Insolación y Morriña

Emilia Pardo Bazán


Novela



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Índice

Insolación
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
Epílogo
MORRIÑA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
Epílogo

Insolación

I

La primer señal por donde Asís Taboada se hizo cargo de que había salido de los limbos del sueño, fué un dolor como si la barrenasen las sienes de parte á parte con un barreno finísimo; luego le pareció que las raíces del pelo se convertían en millares de puntas de aguja y se le clavaban en el cráneo. También notó que la boca estaba pegajosita, amarga y seca; la lengua, hecha un pedazo de esparto; las mejillas ardían; latían desaforadamente las arterias, y el cuerpo declaraba á gritos que, si era ya hora muy razonable de saltar de la cama, no estaba él para valentías tales.

Suspiró la señora; dió una vuelta, convenciéndose de que tenía molidísimos los huesos; alcanzó el cordón de la campanilla, y tiró con garbo. Entró la doncella, pisando quedo, y entreabrió las maderas del cuarto-tocador. Una flecha de luz se coló en la alcoba, y Asís exclamó con voz ronca y debilitada:

—Menos abierto... Muy poco... Así.

—¿Cómo le va, señorita?—preguntó muy solícita la Angela (por mal nombre Diabla).—¿Se encuentra algo más aliviada ahora?

—Sí, hija..., pero se me abre la cabeza en dos.

—¡Ay! ¿Tenemos la maldita de la jaquecona?

—Clavada... A ver si me traes una taza de tila...

—¿Muy cargada, señorita?

—Regular...

—Voy volando.

Un cuarto de hora duró el vuelo de la Diabla. Su ama, vuelta de cara á la pared, subía las sábanas hasta cubrirse la cara con ellas, sin más objeto que sentir el fresco de la batista en aquellas mejillas y frente que estaban echando lumbre.

De tiempo en tiempo exhalaba un gemido sordo.

En la mollera suya funcionaba, de seguro, toda la maquinaria de la Casa de la Moneda, pues no recordaba aturdimiento como el presente, sino el que había experimentado al visitar la fábrica de dinero y salir medio loca de las salas de acuñación.

Entonces, lo mismo que ahora, se le figuraba que una legión de enemigos se divertía en pegarla tenazazos en los sesos y devanarla con argadillos candentes la masa encefálica.

Además, notaba cierta trepidación allá dentro, igual que si la cama fuese una hamaca, y á cada balance se le amontonase el estómago y le metiesen en prensa el corazón.

La tila. Calentita, muy bien hecha. Asís se incorporó, sujetando la cabeza y apretándose las sienes con los dedos. Al acercar la cucharilla á los labios, náuseas reales y efectivas.

—Hija... está hirviendo... Abrasa. ¡Ay! Sosténme un poco, por los hombros. ¡Así!

Era la Diabla una chica despabilada, lista como una pimienta: una luguesa que no le cedía el paso á la andaluza más ladina. Miró á su ama guiñando un poco los ojos, y dijo compungidísima al parecer:

—Señorita... Vaya por Dios. ¿Se encuentra peor? Lo que tiene no es sino eso que le dicen allá en nuestra tierra un soleado... Ayer se caían los pájaros de calor, y V. fuera todo el santo día...

—Eso será...,—afirmó la dama.

—¿Quiere que vaya enseguidita á avisar al señor de Sánchez del Abrojo?

—No seas tonta... No es cosa para andar fastidiando al médico. Un meneo á la taza. Múdala á ese vaso...

Con un par de trasegaduras de vaso á taza y viceversa, quedó potable la tila. Asís se la embocó, y al punto se volvió hacia la pared.

—Quiero dormir... No almuerzo... Almorzad vosotros... Si vienen visitas, que he salido... Atenderás por si llamo.

Hablaba la dama sorda y opacamente, de mal talante, como aquel que no está para bromas y tiene igualmente desazonados el cuerpo y el espíritu.

Se retiró por fin la doncella, y al verse sola, Asís suspiró más profundo y alzó otra vez las sábanas, quedándose acurrucada en una concha de tela. Se arregló los pliegues del camisón, procurando que la cubriese hasta los piés; echó atrás la madeja del pelo revuelto, empapado en sudor y áspero de polvo, y luego permaneció quietecita, con síntomas de alivio y aun de bienestar físico producido por la infusión calmante.

La jaqueca, que ya se sabe cómo es de caprichosa y maniática, se había marchado por la posta desde que llegara al estómago la taza de tila; la calentura cedía, y las bascas iban aplacándose... Sí, lo que es el cuerpo se encontraba mejor, infinitamente mejor; pero, ¿y el alma? ¿Qué procesión le andaba por dentro á la señora?

No cabe duda: si hay una hora del día en que la conciencia goza todos sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de colores después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de niebla; faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después de un largo viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no existe realmente, al despertar suele figurársenos que las fiebres y cuidados de la víspera se han ido en humo y ya no volverán á acosarnos nunca. Es la cama una especie de celda donde se medita y hace examen de conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy á gusto, y ni la luz ni el ruido distraen. Grandes dolores de corazón y propósitos de la enmienda suelen quedarse entre las mantas.

Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que á sus demás impresiones sobrepujaba la del asombro.—«¿Pero es de veras? ¿Pero me ha pasado eso? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no? Sácame de esta duda.»—Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder negando ó afirmando, aquello que reside en algún rincón de nuestro ser moral y nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz divina, contestaba:—«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me preguntes, que te diré algo que te escueza.»

—Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un soleado y para mí, el sol... matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su alma! Bien empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por mi tierra...

Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más tranquila desde que pudo echarle la culpa al sol. A buen seguro que el astro-rey dijese esta boca es mía protestando, pues aunque está menos acostumbrado á las acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que las acoja con igual impasibilidad é indiferencia.

—De todos modos—arguyó la voz inflexible,—confiesa, Asís, que si no hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos hace la friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen subterfugios... Y tampoco sirve alegar que si fué inesperado, que si parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo que no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú has sido hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta viuda; conformes; te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa tanto más meritoria cuanto que, seamos francos, últimamente ya necesitabas alguna virtud para querer á tu tío, esposo y señor natural, el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes pintados y sus achaques, fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado y tu afición á las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo sino en la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo niega; te has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de tu posición y tu independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando; lo reconozco; pero... ¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto, incurriste en una chiquillada (porque fué una chiquillada, pero chiquillada del género atroz, convéncete de ello) y por cuanto viene el demonio y la enreda y te encuentras de patitas en la gran trapisonda... No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas de mal pagador. Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la pasioncilla... Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste!

Ante estos argumentos irrefutables cedía la acción bienhechora de la tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco. El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos, y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos á fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba poquito á poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la cama otra vez, á cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin pensar en cosa ninguna...

Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones.

—Si yo pudiese rezar—discurrió Asís.—No hay para esto de conciliar el sueño como repetir una misma oración de carretilla.

Intentólo en efecto; mas si por un lado era soporífera la operación, por otro agravaba las inquietudes y resquemores íntimos de la señora. Bonito se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á confesarse de aquella cosa inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por menudencias de escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma, mermas de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte! ¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión de espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax! ¡Él, que lo preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas ni en reticencias! ¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga estrechita que gastaba! Si al menos permitiese explicar la cosa desde un principio, bien explicada, con todas las aclaraciones y notas precisas para que se viese la fatalidad, la serie de circunstancias que... Pero, ¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas disculpas ante un jesuíta tan duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos señores quieren que todo sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas ni de excusas. Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo que es ahora...

No obstante el triste convencimiento de que con el Padre Urdax sería perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese decir acúsome, acúsome, Asís, en la penumbra del dormitorio, entre el silencio, componía mentalmente el relato que sigue, donde claro está que no había de colocarse en el peor lugar, sino paliar el caso: aunque, señores, ello admitía bien pocos paliativos.

II

Hay que tomarlo desde algo atrás y contar lo que pasó, ó por mejor decir, lo que se charló anteayer en la tertulia semanal de la duquesa de Sahagún, á la cual soy asidua concurrente. También la frecuenta mi paisano el comandante de artillería Don Gabriel Pardo de la Lage, cumplido caballero, aunque un poquillo inocentón, y sobre todo muy estrafalario y bastante pernicioso en sus ideas, que á veces sostiene con gran calor y terquedad, si bien las más noches le da por acoquinarse y callar ó jugar al tresillo, sin importársele de lo que pasa en nuestro corro. No obstante, desde que yo soy obligada todos los miércoles, notan que Don Gabriel se acerca más al círculo de las señoras y gusta de armar pendencia conmigo y con la dueña de la casa; por lo cual hay quien asegura que no le parezco saco de paja á mi paisano, aun cuando otros afirman que está enamorado de una prima ó sobrina suya, acerca de quien se refieren no sé que historias raras. En fin, el caso es que disputando y peleándonos siempre, no hacemos malas migas el comandante y yo. ¡Qué malas migas! A cada polémica que armamos, parece aumentar nuestra simpatía, como si sus mismas genialidades morales (no sé darles otro nombre) me fuesen cayendo en gracia y pareciéndome indicio de cierta bondad interior... Ello va mal expresado..., pero yo me entiendo.

Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el comandante desde los primeros momentos muy decidor y muy alborotado, haciéndonos reir con sus manías. Le sopló la ventolera de sostener una vulgaridad: que España es un país tan salvaje como el Africa central, que todos tenemos sangre africana, beduina, árabe ó qué sé yo, y que todas esas músicas de ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad política y periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma, por lo cual están siempre despegándose, mientras lo verdaderamente nacional y genuino, la barbarie subsiste, prometiendo durar por los siglos de los siglos. Sobre esto se levantó el caramillo que es de suponer. Lo primero que le repliqué fué compararlo á los franceses, que creen que sólo servimos para bailar el bolero y repicar las castañuelas; y añadí que la gente bien educada era igual, idéntica, en todos los países del mundo.

—Pues mire V., eso empiezo por negarlo—saltó Pardo con grandísima fogosidad.—De los Pirineos acá, todos, sin excepción, somos salvajes, lo mismo las personas finas que los tíos; lo que pasa es que nosotros lo disimulamos un poquillo más, por vergüenza, por convención social, por conveniencia propia; pero que nos pongan el plano inclinado, y ya resbalaremos. El primer rayito de sol de España—este sol con que tanto nos muelen los extranjeros y que casi nunca está en casa, porque aquí llueve lo propio que en París, que ese es el chiste...

Le interrumpí:

—Hombre, sólo falta que también niegue V. el sol.

—No lo niego, ¡qué he de negarlo! Por lo mismo que suele embozarse bien en invierno, de miedo á las pulmonías, en verano lo tienen Vds. convirtiendo á Madrid en sartén ó caldera infernal, donde nos achicharramos todos... Y claro, no bien asoma, produce una fiebre y una excitación endiabladas... Se nos sube á la cabeza, y entonces es cuando se nivelan las clases ante la ordinariez y la ferocidad general.

—Vamos, ya pareció aquello. V. lo dice por las corridas de toros.

En efecto, á Pardo le da muy fuerte eso de las corridas. Es uno de sus principales y frecuentes asuntos de sermón. En tomando la ampolleta sobre los toros, hay que oirle poner como digan dueñas á los partidarios de tal espectáculo, que él considera tan pecaminoso como el Padre Urdax, los bailes de Piñata y las representaciones del Demi-monde y Divorciémonos. Sale á relucir aquello de las tres fieras, toro, torero y público; la primera, que se deja matar porque no tiene más remedio; la segunda, que cobra por matar; la tercera, que paga para que maten, de modo que viene á resultar la más feroz de las tres; y también aquello de la suerte de pica, y de las tripas colgando, y de las excomuniones del Papa contra los católicos que asisten á corridas, y de los perjuicios á la agricultura... Lo que es la cuenta de perjuicios la saca de un modo imponente. Hasta viene á resultar que por culpa de los toros hay déficit en la Hacienda y hemos tenido las dos guerras civiles... (Verdad que esto lo soltó en un instante de acaloramiento, y como vió la greguería y la chacota que armamos, medio se desdijo.) Por todo lo cual, yo pensé que al nombrar ferocidad y barbarie vendrían los toros detrás. No era eso. Pardo contestó:

—Dejemos á un lado los toros, aunque bien revelan el influjo barbarizante ó barbarizador (como Vds. gusten) del sol, ya que es axiomático que sin sol no hay corrida buena. Pero prescindamos de ellos; no quiero que digan Vds. que ya es manía en mí la de sacar á relucir la gente cornúpeta. Tomemos cualquier otra manifestación bien genuina de la vida nacional... algo muy español y muy característico... ¿No estamos en tiempo de ferias? ¿No es mañana San Isidro Labrador? ¿No va la gente estos días á solazarse por la pradera y el cerro?

—Bueno; ¿y qué? ¿También criticará V. las ferias y el Santo? Este señor no perdona ni á la corte celestial.

—Bonito está el Santo, y valiente saturnal asquerosa la que sus devotos le ofrecen. Si San Isidro la ve, él que era un honrado y pacífico agricultor, convierte en piedras los garbanzos tostados y desde el cielo descalabra á sus admiradores. Aquello es un aquelarre, una zahurda de Plutón. Los instintos españoles más típicos corren allí desbocados, luciendo su belleza. Borracheras, pendencias, navajazos, gula, libertinaje grosero, blasfemias, robos, desacatos y bestialidades de toda calaña... Gracioso tableau, señoras mías... Eso es el pueblo español cuando le dan suelta. Lo mismito que los potros al salir á la dehesa, que su felicidad consiste en hartarse de relinchos y coces.

—Si me habla V. de la gente ordinaria...

—No, es que insisto: todos iguales en siendo españoles; el instinto vive allá en el fondo del alma; el problema es de ocasión y lugar, de poder ó no sacudir ciertos miramientos que la educación impone: cosa externa, cáscara y nada más.

—¡Qué teorías, Dios misericordioso! ¿Ni siquiera admite V. excepciones á favor de las señoras? ¿Somos salvajes también?

—También, y acaso más que los hombres, que al fin Vds. se educan menos y peor... No se dé V. por resentida, amiga Asís. Concederé que V. sea la menor cantidad de salvaje posible, porque al fin nuestra tierra es la porción más apacible y sensata de España.

Aquí la Duquesa volvió la cabeza con sobresalto. Desde el principio de la disputa estaba entretenida dando conversación á un tertuliano nuevo, muchacho andaluz, de buena presencia, hijo de un antiguo amigo del Duque, el cual, según me dijeron, era un rico hacendado residente en Cádiz. La Duquesa no admite presentados, y sólo por circunstancias así pueden encontrarse caras desconocidas en su tertulia. En cambio, á las relaciones ya antiguas las agasaja muchísimo, y es tan consecuente y cariñosa en el trato, que todos se hacen lenguas alabando su perseverancia; virtud que, según he notado, abunda en la corte más de lo que se cree. Advertía yo que, sin dejar de atender al forastero, la Duquesa aplicaba el oído á nuestra disputa y rabiaba por mezclarse en ella; la proporción le vino rodada para hacerlo, metiendo en danza al gaditano.

—Muchas gracias, señor de Pardo, por la parte que nos toca á los andaluces. Estos galleguitos siempre arriman el ascua á su sardina. ¡Más aprovechados son! De salvajes nos ha puesto, así como quien no quiere la cosa.

—¡Oh Duquesa, Duquesa, Duquesa!—respondió Pardo con mucha guasa.—¡Darse por aludida V., V. que es una señora tan inteligente, protectora de las bellas artes! ¡Usted que entiende de pucheros mudéjares y barreñones asirios! ¡Usted que posee colecciones mineralógicas que dejan con la boca abierta al embajador de Alemania! ¡Usted, señora, que sabe lo que significa fósil! ¡Pues si hasta miedo le han cobrado á V. ciertos pedantes que yo conozco!

—Haga V. el favor de no quedarse conmigo suavemente. No parece sino que soy alguna literata ó alguna marisabidilla... Porque le guste á uno un cuadro ó una porcelana... Si cree V. que así vamos á correr un velo sobre aquello del salvajismo... ¿Qué opina V. de eso, Pacheco? Según este caballero, que ha nacido en Galicia, es salvaje toda España y más los andaluces. Asís, el señor Don Diego Pacheco... Pacheco, la señora Marquesa viuda de Andrade... el señor Don Gabriel Pardo...

El gaditano, sin pronunciar palabra, se levantó y vino á apretarme la mano haciendo una cortesía; yo murmuré entre dientes eso que se murmura en casos análogos. Llena la fórmula, nos miramos con la curiosidad fría del primer momento, sin fijarnos en detalles. Pacheco, que llevaba con soltura el frac, me pareció distinguido, y aunque andaluz, le encontré más bien trazas inglesas: se me figuró serio y no muy locuaz ni disputador. Haciéndose cargo de la indicación de la Duquesa, dijo con acento cerrado y frase perezosa:

—A cada país le cae bien lo suyo... Nuestra tierra no ha dado pruebas de ser nada ruda; tenemos allá de too; poetas, pintores, escritores... Cabalmente en Andalucía la gente pobre es mu fina y mu despabilaa. Protesto contra lo que se refiere á las señoras. Este cabayero convendrá en que toítas son unos ángeles del cielo.

—Si me llama V. al terreno de la galantería—respondió Pardo—convendré en lo que V. guste... Sólo que esas generalidades no prueban nada. En las unidades nacionales no veo hombres ni mujeres; veo una raza, que se determina históricamente en esta ó en aquella dirección...

—¡Ay, Pardo!—suplicó la Duquesa con mucha gracia.—Nada de palabras retorcidas, ni de filosofías intrincadas. Hable V. clarito y en cristiano. Mire V. que no hemos llegado á sabios, y que nos vamos á quedar en ayunas.

—Bueno; pues hablando en cristiano, digo que ellos y ellas son de la misma pasta, porque no hay más remedio, y que en España (allá va, Vds. se empeñan en que ponga los puntos sobre las íes) también las señoras pagan tributo á la barbarie—lo cual puede no advertirse á primera vista porque su sexo las obliga á adoptar formas menos toscas, y las condena al papel de ángeles, como las ha llamado este caballero.—Aquí está nuestra amiga Asís, que á pesar de haber nacido en el Noroeste, donde las mujeres son reposadas, dulces y cariñosas, sería capaz, al darle un rayo de sol en la mollera, de las mismas atrocidades que cualquier hija del barrio de Triana ó del Avapiés...

—¡Ay, paisano! Ya digo que está V. tocado, incurable. Con el sol tiene la tema. ¿Qué le hizo á V. el sol, para que así lo traiga al retortero?

—Serán aprensiones, pero yo creo que lo llevamos disuelto en la sangre y que á lo mejor nos trastorna.

—No lo dirá V. por nuestra tierra. Allá no le vemos la cara sino unos cuantos días del año.

—Pues no lo achaquemos al sol; será el aire ibérico; el caso es que los gallegos, en ese punto, sólo aparentemente nos distinguimos del resto de la Península. ¿Ha visto V. qué bien nos acostumbramos á las corridas de toros? En Marineda ya se llena la plaza y se calientan los cascos igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés flamencos hacen furor; las cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han comprado cientos de navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los chicos de la calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la manzanilla corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y todo; una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse Vds.: aquí en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra cosa más que jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas aquellas demostraciones contra Don Amadeo; lo de las peinetas y mantillas, los trajecitos á medio paso y los caireles; siguió con las barbianerías del difunto rey, que le había dado por lo chulo, y claro, la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia, y entre patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los retratos de Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de tapiz de Goya ó sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á seguirla. Aquí tiene V. á nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su finura, y sus mil dotes de dama; ¿pues no se pone tan contenta cuando la dicen que es la chula más salada de Madrid?

—Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me pondría!—exclamó la Duquesa con la viveza donosa que la distingue.—¡A mucha honra! Más vale una chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy españolaza, ¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo, que no que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los perifollos; bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente, vestido como en el año de la nanita... De Inglaterra los asados... y se acabó. Y diga V., muy señor mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que somos salvajes los españoles y no lo es el resto del género humano? En primer lugar, ¿se puede saber á qué llama V. salvajadas? En segundo, ¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no hagan también los demás de Europa? Conteste.

—¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por donde ando! Pietá, Signor. Vamos, Duquesa, insisto en el ejemplo de antes: ¿ha visto V. la romería de San Isidro?

—Vaya si la he visto. Por cierto que es de lo más entretenido y pintoresco. Tipos se encuentran allí, que... Tipos de oro. ¿Y los columpios? ¿Y los tíos vivos? ¿Y aquella animación, aquel hormigueo de la gente? Le digo á V. que, para mí, hay poco tan salado como esas fiestas populares. ¿Que abundan borracheras y broncas? Pues eso pasa aquí y en Flandes: ¿ó se ha creído V. que allá, por la Ingalaterra, la gente no se pone nunca á medios pelos, ni se arma quimera, ni se hace barbaridad ninguna?

—Señora...—exclamó Pardo desalentado—V. es para mi un enigma. Gustos tan refinados en ciertas cosas, y tal indulgencia para lo brutal y lo feroz en otras, no me lo explico sino considerando que con un corazón y un ingenio de primera, pertenece V. á una generación bizantina y decadente, que ha perdido los ideales... Y no digo más, porque se reirá V. de mí.

—Es muy saludable ese temor; así no me hablará V. de cosazas filosóficas que yo no entiendo—respondió la Duquesa soltando una de sus carcajadas argentinas, aunque reprimidas siempre.—No haga V. caso de este hombre, Marquesa—murmuró volviéndose á mí.—Si se guía V. por él, la convertirá en una cuákera. Vaya V. al Santo, y verá cómo tengo razón y aquello es muy original y muy famoso. Este señor ha descubierto que sólo se achispan los españoles: lo que es los ingleses, ¡angelitos de mi vida! ¡qué habían de ajumarse nunca!

—Señora—replicó el comandante riendo, pero sofocado ya—los ingleses se achispan; conformes: pero se achispan con sherry, con cerveza ó con esos alcoholes endiablados que ellos usan; no como nosotros, con el aire, el agua, el ruido, la música y la luz del cielo; ellos se volverán unos cepos así que trincan, pero nosotros nos volvemos fieras; nos entra en el cuerpo un espíritu maligno de bravata y fanfarronería, y por gusto nos ponemos á cometer las mayores ordinarieces, empeñándonos en imitar al populacho. Y esto lo mismo las damas que los caballeros, si á mano viene, como dicen en mi país. Transijamos con todo, excepto con la ordinariez, Duquesa.

—Hasta la presente—declaró con gentil confusión la dama—no hemos salido ni la marquesa de Andrade ni yo á trastear ningún novillo.

—Pues todo se andará, señoras mías, si les dan paño—respondió el comandante.

—A este señor le arañamos nosotras—afirmó la Duquesa fingiendo con chiste un enfado descomunal.

—¿Y el Sr. Pacheco, que no nos ayuda?—murmuré volviéndome hacia el silencioso gaditano. Este tenía los ojos fijos en mí, y sin apartarlos, disculpó su neutralidad declarando que ya nos defendíamos muy bien y maldita la falta que nos hacían auxilios ajenos: al poco rato miró el reloj, se levantó, despidióse con igual laconismo, y fuése. Su marcha varió por completo el giro de la conversación. Se habló de él, claro está: la Sahagún refirió que lo había tenido á su mesa, por ser hijo de persona á quien estimaba mucho, y añadió que ahí donde lo veíamos, hecho un moro por la indolencia y un inglés por la sosería, no era sino un calaverón de tomo y lomo, decente y caballero, sí, pero aventurero y gracioso como nadie, muy gastador y muy tronera, de quien su padre no podía hacer bueno, ni traerle al camino de la formalidad y del sentido práctico, pues lo único para que hasta la fecha servía era para trastornar la cabeza á las mujeres. Y entonces el comandante (he notado que á todos los hombres les molesta un poquillo que delante de ellos se diga de otros que nos trastornan la cabeza) murmuró como hablando consigo mismo:

—Buen ejemplar de raza española.

III

Bien sabe Dios que cuando al siguiente día, de mañana, salí á oir misa á San Pascual, por ser la festividad del Patrón de Madrid, iba yo con mi eucologio y mi mantillita hecha una santa, sin pensar en nada inesperado y novelesco, y á quien me profetizase lo que sucedió después, creo que le llevo á los tribunales por embustero é insolente. Antes de entrar en la iglesia, como era temprano, me deslicé á dar un borde por la calle de Alcalá, y recuerdo que, pasando frente al Suizo, dos ó tres de esos chulos de pantalón estrecho y chaquetilla corta que se están siempre plantados allí en la acera, me echaron una sarta de requiebros de lo más desatinado; verbigracia:—Ole, ¡viva la purificación de la canela! Uyuyuy, ¡vaya unos ojos que se trae V., hermosa! Soniche, ¡viva hasta el cura que bautiza á estas hembras con mansanilla é lo fino!—Trabajo me costó contener la risa al entreoir estos disparates; pero logré mantenerme seria y apreté el paso á fin de perder de vista á los ociosos.

Cerca de la Cibeles me fijé en la hermosura del día. Nunca he visto aire más ligero, ni cielo más claro; la flor de las acacias del paseo de Recoletos olía á gloria, y los árboles parecía que estrenaban vestido nuevo de tafetán verde. Ganas me entraron de correr y brincar como á los quince, y hasta se me figuraba que en mis tiempos de chiquilla no había sentido nunca tal exceso de vitalidad, tales impulsos de hacer extravagancias, de arrancar ramas de árbol y de chapuzarme en el pilón presidido por aquella buena señora de los leones... Nada menos que estas tonterías me estaba pidiendo el cuerpo á mí.

Seguí bajando hacia las Pascualas, con la devoción de la misa medio evaporada y distraído el espíritu. Poco distaba ya de la iglesia, cuando distinguí á un caballero, que parado al pié de corpulento plátano, arrojaba á los jardines un puro enterito, y se dirigía luego á saludarme. Y oí una voz simpática y ceceosa, que me decía:

—A los piés... ¿A dónde bueno tan de mañana y tan sola?

—Calle... Pacheco... ¿Y V.? V. sí que de fijo no viene á misa.

—¿Y V. qué sabe? ¿Por qué no he de venir á misa yo?

Trocamos estas palabras con las manos cogidas y una familiaridad muy extraña, dado lo ceremonioso y somero de nuestro conocimiento la víspera. Era sin duda que influía en ambos la transparencia y alegría de la atmósfera, haciendo comunicativa nuestra satisfacción y dando carácter expansivo á nuestra voz y actitudes. Ya que estoy dialogando con mi alma y nada ha de ocultarse, la verdad es que en lo cordial de mi saludo entró por mucho la favorable impresión que me causaron las prendas personales del andaluz. Señor, ¿por qué no han de tener las mujeres derecho para encontrar guapos á los hombres que lo sean, y por qué ha de mirarse mal que lo manifiesten (aunque para manifestarlo dijesen tantas majaderías como los chulos del café Suizo)? Si no lo decimos lo pensamos, y no hay nada más peligroso que lo reprimido y oculto, lo que se queda dentro. En suma. Pacheco, que vestía un elegante terno gris claro, me pareció galán de veras; pero con igual sinceridad añadiré que esta idea no me preocupó arriba de dos segundos, pues yo no me pago solamente del exterior. Buena prueba di de ello casándome á los veinte con mi tío, que tenía lo menos cincuenta, y lo que es de gallardo...

Adelante. El señor de Pacheco, sin reparar que ya tocaban á misa, pegó la hebra, y seguimos de palique, guareciéndonos á la sombra del plátano, porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo.

—¡Pero qué madrugadora!

—¿Madrugadora porque oigo misa á las diez?

—Sí señor: todo lo que no sea levantarse para almorsá...

—Pues V. hoy madrugó otro tanto.

—Tuve corasonada. Esta tarde estarán buenos los toros: ¿No va V.?

—No: hoy no irá la Sahagún, y yo generalmente voy con ella.

—¿Y á las carreras de caballos?

—Menos; me cansan mucho: una revista de trapos y moños: una insulsez. Ni entiendo aquel tejemaneje de apuestas. Lo único divertido e el desfile.

—Y entonces, ¿porqué no va á San Isidro?

—¡A San Isidro! ¡Después de lo que nos predicó ayer mi paisano!

—Buen caso hase V. de su paisano.

—Y ¿creerá V. que con tantos años como llevo de vivir en Madrid, ni siquiera he visto la ermita?

—¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V. muchísimo; ya sabe lo que opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo no la conozco tampoco; verdá que soy forastero.

—Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo aquello de que habló D. Gabriel? ¿Será exageración suya?

—¡Yo qué sé! ¡Qué más da!

—Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si luego paso un susto?

—¡Un susto yendo conmigo!

—¿Con V.?—y solté la risa.

—¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse, que soy mu buen compañero.

Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de que Pacheco me acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero, sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen asistentes.

Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su seriedad, con mucha calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una vueltecita por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el dicho de la Sahagún:—«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y muy famoso.»—Y realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?, pensaba yo. Lo mismo se oía misa en la ermita del Santo que en las Pascualas; nada desagradable podía ocurrirme llevando conmigo á Pacheco; y si alguien me veía con él, tampoco sospecharía cosa mala de mí á tales horas y en sitio tan público. Ni era probable que anduviese por allí la sombra de una persona decente ¡en día de carreras y toros!, ¡á las diez de la mañana! La escapatoria no ofrecía riesgo... ¡y el tiempo convidaba tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo más, lo que es yo...

Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo, me declaré vencida. ¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el , y ya discutíamos los medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y típico, el tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto de informalidad, preferí mi coche. La cochera no estaba lejos: calle del Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que enganchasen é iría á recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes de la excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos estos detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A la distancia de diez pasos se paró y preguntó otra vez.

—¿Dice V. que el coche cierra en el Caballero de Gracia?

—Sí, á la izquierda... un gran portalón...

Y tomé aprisita el camino de mi vivienda, porque la verdad es que necesitaba hacer muchas más cosas de las que le había confesado á Pacheco; pero, ¡vaya V. á enterar á un hombre!... Arreglarme el pelo, darme velutina, buscar un pañolito fino, escoger unas botas nuevas que me calzan muy bien, ponerme guantes frescos y echarme en el bolsillo un sachet de raso que huele á iris (el único perfume que no me levanta dolor de cabeza). Porque al fin, aparte de todo, Pacheco era para mí persona de cumplido; íbamos á pasar algunas horas juntos y observándonos muy de cerca, y no me gustaría que algún rasgo de mi ropa ó mi persona le produjese efecto desagradable. A cualquier señora, en mi caso, le sucedería lo propio.

Llegué al portal sofocada y anhelosa, subí á escape, llamé con furia y me arrojé en el tocador, desprendiéndome la mantilla antes de situarme frente al espejo.—«Angela, el sombrero negro de paja con cinta escocesa... Angela, el antuca á cuadritos... las botas bronceadas...»

Vi que la Diabla se moría de curiosidad... «¿Sí? Pues con las ganas de saber te quedas, hija... La curiosidad es muy buena para la ropa blanca.» Pero no se le coció á la chica el pan en el cuerpo, y me soltó la píldora.

—¿La señorita almuerza en casa?

Para desorientarla respondí:

—Hija, no sé... Por si acaso, tenerme el almuerzo listo de doce y media á una... Si á la una no vengo, almorzad vosotros... pero reservándome siempre una chuleta y una taza de caldo... y mi té con leche, y mis tostadas.

Cuando estaba arreglando los rizos de la frente bajo el ala del sombrero, reparé en un precioso cacharro azul, lleno de heliotropos, gardenias y claveles, que estaba sobre la chimenea.

—¿Quién ha mandado eso?

—El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel.

—¿Por qué no me lo enseñabas?

—Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo.

No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba con flores. Escogí una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el pecho. Sujeté el velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á Angela que me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro había llegado el coche. Aún no, porque era imposible; pero á los diez minutos desembocaba á la entrada de la calle. Entonces salí á la antesala, andando despacio, para que la Diabla no acabase de escamarse; me contuve hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me precipité, llegando al portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera Pacheco.

—¡Qué listo anduvo el cochero!—le dije.

—El cochero y un servidor de V., señora—contestó el gaditano, teniendo la portezuela para que yo subiese.—Con estas manos he ayudao á echar las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas.

Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y Pacheco entró por la portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán de profundo respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz sumisa:

—¿Doy orden de ir camino de la pradera?

—Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio.

Sacó fuera la cabeza y gritó:—«¡Al Santo!»—La berlina arrancó inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales exclamó Pacheco:

—Veo que se ha prevenío V. contra el calor y el sol... Todo hace falta.

Sonreí sin responder, porque me encontraba (y no tiene nada de sorprendente) algo cohibida por la novedad de la situación. No se desalentó el gaditano.

—Lleva V. ahí unas flores preciosas... ¿No sobraba para mí ninguna? ¿Ni siquiera una rosita de á ochavo? ¿Ni un palito de albahaca?

—Vamos—murmuré—que no es V. poco pedigüeño... Tome V., para que se calle.

Desprendí la gardenia y se la ofrecí. Entonces hizo mil remilgos y zalemas.

—Si yo no pretendía tanto... Con el rabillo me contentaba, ó con media hoja que V. le arrancase... ¡Una gardenia para mí solo! No sé cómo lucirla... No se me va á sujetar en el ojal... A ver si V. consigue, con esos deditos...

—Vamos, que V. no pedía tanto, pero quiere que se la prenda ¿eh? Vuélvase V. un poco, voy á afianzársela.

Introduje el rabo postizo de la flor en el ojal de Pacheco, y tomando de mi corpiño un alfiler sujeté la gardenia, cuyo olor á pomada me subía al cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin duda, del pelo de mi acompañante. Sentí un calor extraordinario en el rostro, y al levantarlo, mis ojos se tropezaron con los del meridional, que en vez de darme las gracias, me contempló de un modo expresivo é interrogador. En aquel momento casi me arrepentí de la humorada de ir á la feria; pero ya...

Torcí el cuello y miré por la ventanilla. Bajábamos de la plazuela de la Cebada á la calle de Toledo. Una marea de gente, que también descendía hacia la pradera, rodeaba el coche y le impedía á veces rodar. Entre la multitud dominguera se destacaban los vistosos colorines de algún bordado pañolón de Manila, con su fleco de una tercia de ancho. Las chulas se volvían y registraban con franca curiosidad el interior de la berlina. Pacheco sacó la cabeza y le dijo á una no sé qué.

—Nos toman por novios—advirtió dirigiéndose á mí.—No se ponga V. más colorada: es lo que le faltaba para acabar de estar linda—añadió medio entre dientes.

Hice como si no oyese el piropo y desvié la conversación, hablando del pintoresco aspecto de la calle de Toledo, con sus mil tabernillas, sus puestos ambulantes de quincalla, sus anticuadas tiendas y sus paradores que se conservan lo mismito que en tiempo de Carlos IV. Noté que Pacheco se fijaba poco en tales menudencias, y en vez de observar las curiosidades de la calle más típica que tiene Madrid, llevaba los ojos puestos en mí con disimulo, pero con pertinacia, como el que estudia una fisonomía desconocida para leer en ella los pensamientos de la dueña. Yo también, á hurtadillas, procuraba enterarme de los más mínimos ápices de la cara de Pacheco. No dejaba de llamarme la atención la mezcla de razas que creía ver en ella. Con un pelo negrísimo y una tez quemada del sol, casaban mal aquel bigote dorado y aquellos ojos azules.

—¿Es V. hijo de inglesa?—le pregunté al fin.—Me han contado que en la costa del Mediterráneo hay muchas bodas entre ingleses y españolas, y al revés.

—Es cierto que hay muchísimas, en Málaga sobre todo; pero yo soy español de pura sangre.

Le volví á mirar y comprendí lo tonto de mi pregunta. Ya recordaba haber oído á algún sabio de los que suele convidar á comer la Sahagún cuando no tiene otra cosa en que entretenerse, que es una vulgaridad figurarse que los españoles no pueden ser rubios, y que al contrario el tipo rubio abunda en España, sólo que no se confunde con el rubio sajón, porque es mucho más fino, más enjuto, así al modo de los caballos árabes. En efecto, los ingleses que yo conozco son por lo regular unos montones de carne sanguínea, que al parecer se escapa sola á la parrilla del rosbif; tienen cada cogote y cada pescuezo como ruedas de remolacha; las bocas de ellos dan asco de puro coloradotas, y las frentes, de tan blancas, fastidian ya, porque eso de la frente pura está bueno para las señoritas, no para los hombres. ¿Cuándo se verá en ningún inglés un corte de labios sutil, y una sien hundida, y un cuello delgado y airoso como el de Pacheco? Pero al grano: ¿pues no me entretengo recreándome en las perfecciones de ese pillo?

¡Qué hermoso y alegre estaba el puente de Toledo! Lo recuerdo como se recuerda una decoración del teatro Real. Hervía la gente, y mirando hacia abajo, por la pradera y por todas las orillas de Manzanares no se veían más que grupos, procesiones, corrillos, escenas animadísimas de esas que se pintan en las panderetas. A mí ciertos monumentos, por ejemplo las catedrales, casi me parecen más bonitas solitarias; pero el puente de Toledo, con sus retablazos, ó nichos, ó lo que sean aquellos fantasmones barrocos que le guarnecen á ambos lados, no está bien sin el rebullicio y la algazara de la gentuza, los chulapos y los tíos, los carniceros y los carreteros, que parece que acaban de bajarse de un lienzo de Goya. Ahora que se han puesto tan de moda los casacones, el puente tiene un encanto especial. Nuestro coche dió vuelta para tomar el camino de la pradera, y allí, en el mismo recodo, vi una tienda rara, una botería, en cuya fachada se ostentaban botas de todos los tamaños, desde la que mide treinta azumbres de vino, hasta la que cabe en el bolsillo del pantalón. Pacheco me propuso que, para adoptar el tono de la fiesta, comprásemos una botita muy cuca que colgaba sobre el escaparate y la llenásemos de Valdepeñas: proposición que rechacé horrorizada.

No sé quién fué el primero que llamó feas y áridas á las orillas del Manzanares, ni por qué los periódicos han de estar siempre soltándole pullitas al pobre río, ni cómo no prendieron á aquel farsante de escritor francés (Alejandro Dumas, si no me engaño) que le ofreció de limosna un vaso de agua. Convengo en que no es muy caudaloso, ni tan frescachón como nuestro Miño ó nuestro Sil; pero vamos, que no falta en sus orillas algún rinconcito ameno, verde y simpático. Hay árboles que convidan á descansar á la sombra, y unos puentes rústicos por entre los lavaderos, que son bonitos en cualquier parte. La verdad es que acaso influía en esta opinión que formé entonces, el que se me iba quitando el susto y me rebosaba el contento por haber realizado la escapatoria. Varios motivos se reunían para completar mi satisfacción. Mi traje de céfiro gris, sembrado de anclitas rojas, era de buen gusto en una excursión matinal como aquella; mi sombrero negro de paja me sentaba bien, según comprobé en el vidrio delantero de la berlina; el calor aún no molestaba mucho; mi acompañante me agradaba, y la calaverada, que antes me ponía miedo, iba pareciéndome lo más inofensivo del mundo, pues no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese conocerme. Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano de la Sahagún, ó vecina de butacas en el Real, que fuese luego á permitirse comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que interpretan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco le sirve á una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una hora... (Sí, y lo que es á mí, en la actualidad, me caen muy bien estas reflexiones. En fin, prosigamos.) El caso es que la pradera ofrecía aspecto tranquilizador. Pueblo aquí, pueblo allí, pueblo en todas direcciones; y si algún hombre vestía americana, en vez de chaquetón ó chaquetilla, debía de ser criado de servicio, escribiente temporero, hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se tomaba un día de asueto y holgorio. Por eso, cuando á la subida del cerro, donde ya no pueden pasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina, parecíamos, por el contraste, pareja de archiduques que tentados de la curiosidad se van á recorrer una fiesta populachera, deseosos de guardar el incógnito, y delatados por sus elegantes trazas.

En fuerza de su novedad me hacía gracia el espectáculo. Aquella romería no tiene nada que ver con las de mi país, que suelen celebrarse en sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una fuente ó riachuelo cerquita y el santuario en el monte próximo... El campo de San Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto de polvo, invadido por un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino soldados, mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de vegetación, miles de tinglados y puestos donde se venden cachivaches que, pasado el día del Santo, no vuelven á verse en parte alguna: pitos adornados con hojas de papel de plata y rosas estupendas; vírgenes pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón; medallas y escapularios igualmente rabiosos; loza y cacharros; figuritas groseras de toreros y picadores; botijos de hechuras raras; monigotes y fantoches con la cabeza de Martos, Sagasta ó Castelar; ministros á dos reales; esculturas de los ratas de La Gran Vía, y al lado de la efigie del bienaventurado San Isidro, unas figuras que... ¡Válgame Dios! Hagamos como si no las viésemos.

Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del polvo que se masca, bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si sigo mirando van á dolerme los ojos. Las naranjas apiñadas parecen de fuego; los dátiles relucen como granates obscuros; como pepitas de oro los garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de flores no se ven sino claveles amarillos, sangre de toro, ó de un rosa tan encendido como las nubes á la puesta del sol: las emanaciones de toda esta clavelería no consiguen vencer el olor á aceite frito de los buñuelos, que se pega á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no hay color que no sea desesperado: el uniforme de los militares, los mantones de las chulas, el azul del cielo, el amarillento de la tierra, los tíos vivos con listas coloradas y los columpios dados de almagre con rayas de añil... Y luego la música, el rasgueo de las guitarras, el tecleo insufrible de los pianos mecánicos que nos aporrean los oídos con el paso doble de Cádiz, repitiendo desde treinta sitios de la romería:—¡Vi-va España!

Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado lo de oir misa. Tratamos de romper por entre el gentío y de deslizarnos en la ermita, abierta de par en par á los devotos; pero éstos eran tantos, y tan apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío en llegar á la nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos y los puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos apretasen más y que oyésemos juramentos y blasfemias atroces. Le tiré de la manga.

—Vámonos, vámonos de aquí... Renuncio... No se puede.

Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré muy compungida.

—¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy...

—No se apure—me contestó mi acompañante—que yo oiré por V. aunque sea todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta.

—A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan pronto me eche la vista encima—pensaba para mis adentros mientras me tentaba el hombro, donde había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres.

IV

Don Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios; al sonsonete, al ceceíllo y á la prontitud en responder, se debe la mayor parte del salero.

Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros, y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos, gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me cuadré.

—Si compra V. más, me enfado.

—¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que mandar?

—Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.

—¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que pronto.

Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón; que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas osadías. De cualquier índole que fuese, yo sentía ya un principio de mareo cuando exclamé:

—En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.

—Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?—preguntó Pacheco seriamente, con vivo interés.

—Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla la vista.

Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:

—Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V. tiene ni más ni menos que... gasusa.

—¿Eh?

—Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!

—Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo; volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...

—No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!

Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.

Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos escollos me la hacían deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba terminantemente... Nada, á Madrid de seguida.

Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos.

—Que me pongo de rodillas aquí mismo...—exclamaba el muy truhán.—Ea, un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.

Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir:

—Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo?

—En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no, que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la coma un lobo; eso sí que no.

Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus funciones, y en tono tan reverente y servicial como bronco lo usaba para intimar á la gentuza que se desapartase, nos dijo con afable sonrisa:

—Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al cochero?

—Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?—pregunté al agente.

—Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á vusté—explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con una paisana.—«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»—pensé yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:

—¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila.

—Bien veo, bien.

—Pues va V.—ordenó Pacheco—y le dice que se largue á Madrí con viento fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo lugar. ¿Estamos, compadre?

Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:

—De hoy en cien años.

Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en el brazo de Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando un contrato.

—Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien.

El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas. El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos. Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla:

—¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola?

—¿Fonda?—saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi pregunta.—¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.

—¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al primero que pase!

—¡Oigasté... cristiano!

Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo de andar le timen.

—¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?—interrogó Pacheco alargándole un buen puro.

—Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor, que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia; digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.

—No hay más que merenderos, está visto—pronunció Pacheco bajo y con acento pesaroso.

Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me desagradaba comer en un merendero. Tenía más carácter. Era más nuevo é imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un café al aire libre.

V

Convencidos ya de que no existía fonda ni sombra de ella, ó de que nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á nuestro alrededor, eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío. Casi en lo alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos próximos, verbigracia:—«Refrescos de los que usava el Santo.»—«La mar en vevidas y comidas.»—«La Brillantez: callos y caracoles.»—A la entrada (que puerta no la tenía) hallábase de pié una chica joven, de fisonomía afable, con un puñal de níquel atravesado en el moño: y no había otra alma viviente en el merendero, cuyas seis mesas vacías me parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse el barracón á una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de unas esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que formaba el comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se lavaban platos y cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería mejor no profundizarlos mucho, si habíamos de almorzar. El piso del merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro: y una vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas, no necesitaba sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel limpión inverosímil.

Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos en un banco de madera que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La muchacha, con su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y su puñal de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos dirigió unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía á gritos la cara de la chica:—«Buen par están estos dos... ¿Qué manía les habrá dado de venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía quedarse en su nido... que no les faltará, de seguro».—Yo, que leía semejantes pensamientos en los ojos de la muy entremetida, adopté una actitud reservada y digna, hablando á Pacheco como se habla á un amigo íntimo, pero amigo á secas; precaución que lejos de desorientar á la maliciosa muchacha, creo que sólo sirvió para abrirle más los ojos. Nos dirigió la consabida pregunta:

—¿Qué van á tomar?

—¿Qué nos puede V. dar?—contestó Pacheco.—Diga V. lo que hay, resalada..., y la señora irá escogiendo.

—Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar formalmente?

—Con toa formaliá.

—Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos revueltos.

—Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras?

—¿Unas magritas de jamón? Sí.

—¿Y chuletas?

—De ternera, muy ricas.

—¿Pescado?

—Pescado no... Si quieren latas... tenemos escabeche de besugo, sardinas...

—¿Ostras no?

—Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas se pueden despachar. Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas, chuletas...

—V. resolverá—indiqué volviéndome á Pacheco.

—¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos dicho, niña bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y unas cañitas... Y aseitunas.

—Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las chuletas antes de nada?

—No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego el jamón, las sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso...

—¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y pasas, y almendras, y rosquillas, y avellanas tostás...

—Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.

Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las manos, lo pensaba yo. Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo, me abrían el apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo el encontrarme á cubierto del terrible sol.

Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que sale al campo á las doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía ensañarse con nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en un baño abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á oleadas, á torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el ruido, el oleaje del humano mar, los gritos, las disputas, las canciones, las risotadas, los rasgueos y punteos de guitarra y vihuela, el infernal paso doble, el ¡Viva España! de los duros pianos mecánicos.

Casi al mismo punto en que la chica del puñal de níquel depositaba en la mesa una botella rotulada Manzanilla superior, dos cañas del vidrio más basto y dos conchas con rajas de salchichón y aceitunas aliñás, se coló por la abertura una mujer desgreñada, cetrina, con ojos como carbones, saya de percal con almidonados faralaes y pañuelo de crespón de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho dejaba asomar la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija la mano izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.

—En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que donde va er nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que lase á ostés mucha farta saberla...

—¡Calle!—grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos va á decir la buenaventura!

—¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?

—¡Al contrario! Si me divierte lo que no es imaginable. Verá V. cuántos enredos va á echar por esa boca. Ea, la buenaventura pronto, que tengo una curiosidad inmensa de oirla.

—Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una moneíta de plata pa jaser la crú.

Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo, habiendo descorchado la manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de vino á la egipcia. Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y bromas; bien se conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á otro se les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el contenido de la cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman superior aquí! La manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á demonios coronados; pero como al fin era un líquido, y yo con el calor estaba para beberme el Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me escanció otra caña. Sólo que en vez de refrescarme, se me figuró que un rayo de sol, disuelto en polvo, se me introducía en las venas y me salía en chispas por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco muy risueña, y luego me volví confusa, porque él me pagó la mirada con otra más larga de lo debido.

—¡Qué bonitos ojos azules tiene este perdis!—pensaba yo para mí.

El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje ceniza, elegante, de paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la frente sudorosa con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el pelo, bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he visto nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho, doblemente tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la camisa se entreveía un cutis claro.

—La mano, jermosa,—repitió la gitana.

Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener abierta. Pacheco contemplaba las dos manos unidas.

—¡Qué contraste!—murmuró en voz baja, no como el que dice una galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre sí.

En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la mano de la gitana, al lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la tumbaga de plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía á que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi diestra, que es algo chica, pulida y blanca, con anillos de perlas, zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de la bohemia empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de esas que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado con los ojos y el ademán.

—Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto, y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á resibir, y lae alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene usté que la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé les ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté—(al llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus ojos)—y un convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio me es usté; pero cuando se atufa, una leona brava de los montes se me güerve... Que no la enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar pelo de la suavidá, que por la buena, corasón tiene usté pa tirarse en metá e la bahía e Cadis... Con mieles y no con hieles me la han de engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á tener mu guardadico en su pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica me es usté como la piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que usté mesma no me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e gloria le va a caer der sielo y pasmáa se quedará usté; que á la presente me está usté como los pajariyos, que no saben el árbol onde han de ponerse...

Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando tonterías. A mí su parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase de vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que cuando, al tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para descubrir sólo la pinta, y adivinamos ó presentimos de un modo vago la carta que va á salir. Pacheco me miraba atentamente, aguardando á que me cansase de gitanerías para despedir á la profetisa. Viendo que ya la chica del puñal en el moño acudía con la fuente de huevos revueltos, solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que antes de poner piés en polvorosa aún pidió no sé qué para er churumbeliyo.

Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y á descorchar una botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de la tienda, se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria:

—En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que onde va er nombre é Dió...

—¡Estamos frescos!—gritó Pacheco.—¡Gitana nueva!

—Claro—murmuró con aristocrático desdén la chica del merendero.—Como á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la voz... Y tendrán aquí á todas las de la romería.

Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un vaso de jerez.

—Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y najensia.

—E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el aqué de la sal der mundo que van ustés derramando.

—No, no...,—exclamé yo casi al oído de Pacheco.—Nos va á encajar lo mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin reñirla.

—Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he dicho—ordenó el gaditano sin enojo alguno, con campechana franqueza.

La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya, después de echarse al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la mano, se largó con su indispensable churumbeliyo, que lo traía también escondido en el mantón como gusano en queso.

—¿Tienen todas su chiquitín?—pregunté á la muchacha.

—Todas, pues ya se ve—explicó ella con tono de persona desengañada y experta.—Valientes maulas están. Los chiquillos son tan suyos como de una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras bribonas, y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!

—¿Vds. duermen aquí?—la dije por tirarla de la lengua.—¿No tienen miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la comida del siguiente?

—Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro abierto... Porque no se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la Plaza Mayor y venimos aquí no más á poner el ambigú.

Comprendí que la chica se daba importancia, deseando probarme que era, socialmente, muy superior á aquella gentecilla de poco más ó menos que andaba por los demás figones. A todo esto íbamos despachando la ración de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con las magras. Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una chula de mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un jarro de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre zalamera y dolorida:—«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á esa buena moza!»—Al mismo tiempo que la florera, entraron en el merendero cuatro soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que tomaron posesión de una mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido con los sables y regocijando la vista con su uniforme amarillo y azul. ¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara poseen la manzanilla y el jerez, sobre todo cuando están encabezados y compuestos! Si en otra ocasión me veo yo almorzando así, entre soldados, creo que me da un soponcio; pero empezaba á tener subvertidas las nociones de la corrección y de la jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía y la celebré con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen humor, se levantó y fué á ofrecer á los húsares jerez y otros obsequios; de suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo bodegón, sino que fraternizábamos.

Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le disgusta. Alabé la comida; de la chula de los claveles dije que parecía un boceto de Sala; y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en el regazo, diciendo:—«Póngaselas V. todas.»—Así lo ejecuté, y quedó mi pecho convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una desvergonzada riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las ocurrencias de Pacheco que se lió con los húsares no recuerdo con qué motivo. Volvió á nublarse el sol que entraba por la abertura y apareció un pordiosero de lo más remendado y haraposo. No contento con aflojar buena limosna, Pacheco le dió palique largo, y el mendigo nos contó aventuras de su vida: una sarta de embustes, por supuesto. Oyóle el gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que trajese un guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y perjuraba que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le soltamos, bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la del humo.

Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y dispuesta á entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se podía encender un fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía precursor de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima, con la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y gozoso el corazón. Lo que más me probaba que aquello no era cosa alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y modales cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando toda palabra ó movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco, sin dejar por eso de reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial, en armonía con la situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en ello, también sería muy raro estar como si me hubiese tragado el molinillo.

VI

Pacheco, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí: tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno, bromista y (admitamos la terrible palabra) en juerga redonda conmigo, como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que en otra mero galanteo ó flirtación (como dicen los ingleses). Esto lo entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de esas insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco, aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fué tal, que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal de níquel y hasta á la fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus ojos azules que me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.

Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos por donde había entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos trece años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de puro negro, muy aceitoso, recogido en castaña, con su peina de cuerno y su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos brillantes, por contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de una víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos reptiles. Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la retahila consabida:

—En er nombre de Dió Pare, Jijo...

De esta vez, la chica del merendero montó en cólera, y dando al diablo sus pujos de señorita, se convirtió en chula de las más boquifrescas.

—¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer en paz á las personas decentes? ¿Conque las barre uno por un lado y se cuelan por otro? ¿Y cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has visto tú en tu vía. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua pa contarlo.

La chiquilla huyó más lista que un cohete; pero no habrían transcurrido dos segundos, cuando vimos entreabrirse la lona que nos protegía las espaldas, y por la rendija del lienzo asomó una geta que parecía la del mismo enemigo, unos dientes que rechinaban, un puño cerrado, negro como una bola de bronce, y la gitanilla becerreó:

—Arrastrá, condená, tía cochina, que malos retortijones te arranquen las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo e los jígados, y malas culebras te piquen, y remardita tiña te pegue con er moño pa que te quedes pelá como tu ifunta agüela...

Llegaba aquí de su rosario de maldiciones, cuando la del puñal, que así se vió tratada, empuñó el rabo de una cacerola y se arrojó como una fiera á descalabrar á la egipcia: al hacerlo, dió con el codo a una botella de jerez, que se derramó entera por el mantel. Este incidente hizo que la chica, olvidando el enojo, se echase á reir exclamando:—¡Alegría, alegría! Vino en el mantel... ¡boda segura!—y, por supuesto, la gitana tuvo tiempo de afufarse más pronta que un pájaro.

No ocurrió durante el almuerzo ninguna otra cosa que recordarse merezca, y lo bien que hago memoria de todo cuanto pasó en él, me prueba que estaba muy despejada y muy sobre mí. Apuramos el último sorbo de champagne y un empecatado café; saldó Pacheco la cuenta, gratificando como Dios manda, y nos levantamos con ánimo de recorrer la romería. Notaba yo cierta ligereza insólita en piernas y piés; me figuraba que se había suprimido el peso de mi cuerpo, y, en vez de andar, creía deslizarme sobre la tierra.

Al salir, me deslumbró el sol: ya no estaba en el cenit ni mucho menos; pero era la hora en que sus rayos, aunque oblicuos, queman más: debían de ser las tres y media ó cuatro de la tarde, y el suelo se rajaba de calor. Gente, triple que por la mañana, y veinte veces más bullanguera y estrepitosa. Al punto que nos metimos entre aquel bureo, se me puso cabeza que me había caído en el mar: mar caliente, que hervía á borbotones, y en el cual flotaba yo dentro de un botecillo chico como una cáscara de nuez: golpe va y golpe viene, ola arriba y ola abajo. ¡Sí, era el mar; no cabía duda! ¡El mar, con toda la angustia y desconsuelo del mareo que empieza!

Lejos de disiparse esta aprensión, se aumentaba mientras iba internándome en la romería apoyada en el brazo del gaditano. Nada, señores, que estaba en mitad del golfo. Los innumerables ruidos de voces, disputas, coplas, pregones, juramentos, vihuelas, organillos, pianos, se confundían en un rumor nada más: el mugido sordo con que el Océano se estrella en los arrecifes: y allá á lo lejos, los columpios, lanzados al aire con vuelo vertiginoso, me representaban lanchas y falúas balanceadas por el oleaje. ¡Ay Dios mío, y qué desvanecimiento me entró al convencerme de que en efecto me encontraba en alta mar! Me agarré al brazo de Pacheco como me agarro en la temporada de baños al cuello del bañero robusto, para que no me lleve el agua... Sentía un pánico atroz y no me atrevía á confesarlo, porque tal vez mi acompañante se reiría de mí, por fuera ó por dentro, si le dijese que me mareaba, que me mareaba á toda prisa.

Una peripecia nos detuvo breves instantes. Fué una pelea de mujerotas. Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas de vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso. Eran dos mozas: una que tostaba garbanzos en una sartén puesta sobre una hornilla: otra que pasó y con las sayas derribó el artilugio. Jamás he visto en rostro humano expresión de ferocidad como adquirió el de la tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la sartén, y echándose á manera de irritada tigre sobre la autora del desaguisado, le dió con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar un ay, corriéndole de la ceja á la mejilla un hilo de sangre; y trincando á su enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un buen mechón, mientras le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano izquierda: cayeron á tierra las dos amazonas, rodando entre trébedes, hornillas y cazos; se formó alrededor corro de mirones, sin que nadie pensase en separarlas, y ellas seguían luchando, calladas y pálidas como muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien toda ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se reían á carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se despedazaban las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el mareo, á fuerza de repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo, y de aquello del salvajismo y la barbarie española. Pero duró poco esta idea, porque en seguidita se me ocurrió otra muy singular: que las dos combatientes eran dos pescados grandes, así como golfines ó tiburones, y que á coletazos y mordiscos, sin chistar, estaban haciéndose trizas. Y este pensamiento me renovó la fatiga del mareo de tal modo, que arrastré á Pacheco.

—Vámonos de aquí... No me gusta ver esto... Se matan.

Preguntóme Don Diego si me sentía mal, en cuyo caso no visitaríamos los barracones donde enseñan panoramas y fenómenos. Respondí muy picada que me encontraba perfectamente y capaz de examinar todas las curiosidades de la romería. Entramos en varias barracas y vimos un enano, un ternero de dos cabezas, y por último, la mujer de cuatro piernas, muy pizpireta, muy escotada, muy vestida de seda azul con puntillas de algodón, y que enseñaba sonriendo—la risa del conejo—sus dobles muñones al extremo de cada rodilla. En esta pícara barraca se apoderó de mí, con más fuerza que nunca, la convicción de que me hallaba en alta mar, entregada á los vaivenes del Océano. En el lado izquierdo del barracón había una serie de agujeritos redondos por donde se veía un cosmorama: y yo empeñada en que eran las portas del buque, sin que me sacase de mi error el que al través de las susodichas portas se divisase, en vez del mar, la plaza del Carrousel... el Arco de la Estrella... el Coliseo de Roma... y otros monumentos análogos. Las perspectivas arquitectónicas me parecían desdibujadas y confusas, con gran temblequeteo y vaguedad de contornos, lo mismo que si las cubriese el trémulo velo de las olas. Al volverme y fijarme en el costado opuesto de la barraca, los grandes espejos de rigolada, de lunas cóncavas ó convexas, que reflejaban mi figura con líneas grotescamente deformes, me parecieron también charcos de agua de mar... ¡Ay, ay, ay, qué malo se pone esto! Un terror espantoso cruzó por mi mente: ¿apostemos á que todas estas chifladuras marítimas y náuticas son pura y simplemente una... vamos, una filoxerita, como ahora dicen? ¡Pero si he bebido poco! ¡Si en la mesa me encontraba tan bien!

—Hay que disimular—pensé.—Que Pacheco no se entere... ¡Virgen, y qué vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo... ¡Quiá! El movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire... ¡Si hubiese un rincón donde librarse de este gentío!

O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió conmigo en sensaciones, pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente murmuró á mi oído:

—Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda; estará más despejado y más fresco.

—Vamos—respondí fingiendo indiferencia, aunque veía el cielo abierto con la proposición.

VII

Salimos de la barraca y bajamos del cerro á la alameda, siempre empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran más densas según iba acercándose la noche. Llegó un momento en que nos encontramos presos en remolino tal, que Pacheco me apretó fuertemente el brazo y tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes, se me encogía el corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba: un sudor frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el grupo, cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí, enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas lenguas de vaca con su letrero de si esta víbora te pica no hay remedio en la botica, volando por los aires en busca de las tripas de algún prójimo. También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé despavorida al gaditano, el cual me dijo á media voz:

—Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido.

Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del chaleco y asomarse á él la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y mis esfuerzos para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se arremolinaba en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y todo continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes, los carros de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos estaban en espera de sus dueños, me parecían á mí embarcaciones fondeadas en alguna bahía ó varadas en la playa, paquetes de vapor con sus ruedas, quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de piedra y á brea notaba yo. Que sí, que me había dado por la náutica.

—¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya silencio?—supliqué á Pacheco.—¿Donde corra fresquito y no se vea un alma? Porque la gente me mar...

Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y rectifiqué:

—Me fatiga.

—¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.—Y Pacheco señaló, extendiendo la mano.

Por la praderita verde, por las alturas peladas del cerro, por cuanta extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo hormigueo de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios, girar de tíos vivos y corros de baile.

—Hacia allá—murmuré—parece que hay un espacio libre...

Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar un vallado, bastante alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado opuesto me tendió los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con agilidad sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para mí la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza no estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un dedo, me caigo y boto como una pelota.

Atravesamos un barbecho, que fué una serie de saltos de surco á surco, y por senderos realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una casuca que se bañaba los piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse uno allí casi solo, sin oir apenas el estrépito de la romería, con un fresquito delicioso venido de la superficie del agua, y con la media obscuridad ó al menos la luz tibia del sol que iba poniéndose... ¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con sus olas bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy mansas que vienen á morir en la arena sin meterse con nadie...

¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si continuará aquello? ¿Si...?

A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente vestida y dos chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla. Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar inexplicable, y me puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente á la bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que se mecía con movimiento insensible: Pacheco, sentado en la popa, oprimía contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada á su lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro, cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me abanicaba el semblante... ¡Ay madre mía, qué bien se va así!... De aquí al cielo...

Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy despacio, con mi propio pericón...

No tuve tiempo de reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un garfio para arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al pecho, y gemí:

—¡A tierra, á tierra! ¡Que se pare el vapor... me mareo, me mareo! ¡Que me muero!... ¡Por la Virgen, á tierra!

Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las crespas olitas; cesé de sentir el soplo del Nordeste y el olor del alquitrán... Percibí, como entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban... ¿Estaríamos desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de sentido.—«Probetica, sa puesto mala.—Por aquí, señorito...—Sí que hay cama y lo que se nesecite...—Mandar...»—Sin duda ya me habían depositado en tierra firme, pues noté un consuelo grandísimo, y luego una sensación inexplicable de desahogo, como si alguna manaza gigantesca rompiese un aro de hierro que me estaba comprimiendo las costillas y dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí los ojos...

Fué un intervalo lúcido, de esos que se tienen aun en medio del síncope ó del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo cuanto me sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de padre y muy señor mío: la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de sonrojo allí mismo, porque no vi en el cuarto á Pacheco. Sólo la mujer morena y alta, muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda clase de socorros...

—No, gracias... Silencio, y estar á obscuras... Es lo único... Bien, sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor... Silencio y dormir; no necesito más.

La mujer entornó el ventanuco por donde entraba en el chiribitil la luz del sol poniente, y se marchó en puntillas. Me quedé sola: me dominaba una modorra invencible: no podía mover brazo ni pierna; sin embargo, la cabeza y el corazón se me iban sosegando por efecto de la penumbra y la soledad. Cierto que andaba otra vez á vueltas con la manía náutica, pues pensaba para mis adentros:—¡Qué bien me encuentro así... en este camarote... en esta litera!... ¡Y qué serena debe de estar la mar!... ¡Ni chispa de balance! ¡El barco no se mueve!

Yo había oído asegurar muchas veces que si tenemos los ojos cerrados y alguna persona se pone á mirarnos fijamente, una fuerza inexplicable nos obliga á abrirlos. Digo que es verdad, y lo digo por experiencia. En medio de mi sopor empecé á sentir cierta comezón de alzar los párpados y una inquietud especial, que me indicaba la presencia de alguien en el tugurio... Entreabrí los ojos, y con gran sorpresa vi el agua del mar; pero no la verde y plomiza del Cantábrico, sino la del Mediterráneo, azul y tranquila... Las pupilas de Pacheco, como Vds. se habrán imaginado. Estaba de pié, y cuando clavé en él la mirada, se inclinó y me arregló delicadamente la falda del vestido para que me cubriese los piés.

—¿Cómo vamos? ¿Hay ánimos para levantarse?—murmuró: es decir, sería algo por el estilo, pues no me atrevo á jurar que dijese esto. Lo que afirmo es que le tendí las dos manos con un cariñazo repentino y descomunal, porque se me había puesto en el moño que me encontraba allí abandonadita en medio de un golfo profundo, y que iba á ahogarme si no acierta á venir en mi auxilio Pacheco. El tomó las manos que yo ofrecía, las apretó muy afectuoso, me tentó los pulsos y apoyó su derecha en mis sienes y frente, ¡Cuánto bien me hacía aquella presioncita cuidadosa y firme! Como si me volviese á encajar los goznes del cerebro en su verdadero sitio, dándoles aceite para que girasen mejor. Le estreché la mano izquierda... ¡Qué pegajoso, qué majadero se vuelve uno en estas situaciones... anormales! Yo me estaba muriendo por mimos, igual que una niña pequeña... ¡Quería que me tuviesen lástima!... Es sabido que á mucha gente le dan las turcas por el lado tierno. Ganas me venían de echarme á llorar, por el gusto de que me consolasen.

Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla de Vitoria, y el gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura almohada donde reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que eran cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados, porque me parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas hacían un ¡clap! ¡clap! armonioso contra el costado. Sentí en la mejilla un soplo caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de una mariposa. Sonaron pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta y morena, figonera, tabernera ó lo que fuese.

—¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu bueno, no se piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les parece...

—¡No, ron no!—articulé muy quejumbrosa, como si pidiese que no me mataran.

—¡Sin ron... y calentito!—mandó Pacheco.

La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me zumbaban los sesos: ni que tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco seguía apretándome las sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me esponjaba la almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan insensible, como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos. Volvieron á oirse los pasos y el duro taconeo.

—El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo doy yo?

—Venga—exclamó el meridional.

Le sentí revolver con la cucharilla y que me la introducía entre los labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije que no con la cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la taza, y ¡zas! el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi enfermero. El cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me preguntó:

—¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita?

Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy segura! le contesté empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa:

—No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir de aquí... Veremos si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo!

Tendí los brazos confiadamente: el malvado me recibió en los suyos, y agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con el mayor recato y comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las guarniciones de mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el velito, el agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo atribuía á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de que la noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro que cercaba el campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de lucecillas bailadoras, innumerables...

La calma de la noche y el aire exterior me produjeron el efecto de una ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me despejaba y que así como se va la espuma por el cuello de la botella de champagne, se escapaban de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los espíritus alcohólicos del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo me parecía que me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba... Encontrábame aniquilada, en el más completo idiotismo.

Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.

¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!

—¡Vas disgustá conmigo?—gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira, bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano... Perdón, sielo, me da una pena verte afligía... Es una rareza en mí, pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...

Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin duda cayó en el intervalo de una ola á otra:

—¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer para cuidarla.»

Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí..., pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol, que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!

Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la pared, y aunque al pronto volví á amodorrarme, hacia las tres de la madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento, qué jaqueca al despertar!

Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello).

VIII

Convengamos; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por culpa de las circunstancias—eso es, de las circunstancias inesperadísimas en que me he visto,—pude darle algún pié, á la verdad, ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él, el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!

Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace veinticuatro horas no había cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!

Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido. Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó. Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de Madrid... Sí, todo se arregla.

Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda? Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de almorzar allí en un merendero churri, como si fueses una salchichera de los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado con el amílico más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol te marea?

Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas. Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á él solo.

Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí estoy yo, que me he portado como una chula.

Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí. Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.

IX

Así, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama, si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería. Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones en la mente.

Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían cumplido cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien veía be higos á brevas—cuando la Villa de Bilbao andaba por aquellas aguas.—Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene, comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una vueltecita—la frase sacramental.—Hospedábanse en casa de un primo de la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado, porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas, que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de insinuarse un cincuentón con una muchacha. Asís empezó por enseñarle á su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre». Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de Andrade.

El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya—con la cual vivía desde su primer matrimonio—porque era devota, maniática, opuesta á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado, y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.

Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho. Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo ni Dios tenían por qué volverle la espalda.

Y ahora...

X

Oyendo un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á ver qué era. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.

—Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.

—A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.

—A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á nadie.

—¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.

—Y prepárame el baño.

—¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?

—No—contestó Asís secamente.—(¡Manía de meterse en todo tienen estas doncellas!)

—¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á preguntarla.

Al nombre del cochero, sintió Asís que le subía un pavo atroz, como si el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que debía maliciarse!...

—Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más bien.

Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no verse ni oirse! No se podía sufrir.

—¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las ilegalidades... He nacido para vivir con orden y con decoro, está visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?

Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior, y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse, juzgaba regenerarse.

Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una bañadera de zinc con capa de porcelana—idéntica á las cacerolas.—¡Qué placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la dama! Agua clara y tibia—pensaba Asís—lava, lava tanta grosería, tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato, lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de Colonia... Así.

Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba. Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa de sí un enorme peso de cuidados.

Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:

—¿Vendrá á comer, señorita?

—No.—Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal de él.—Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.

Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese de una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al decir al cochero:

—Castellana... Y luego á casa de las tías...

Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:

—Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...

Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con una manuela, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado, sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un milord, que sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el haz de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.

—¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su break. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco Gironellas, Fernandín Hurtado...—En un minuto recordó Asís la organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada más salado que leer, por ejemplo:—Banderilleros: Fernando Alfonso Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.—José María Aguilar y Austria (a) el Chaval.—¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á darse pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana: eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le ocurriría sospechar su aventurilla del Santo. A buen seguro que por un par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática.

Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de verdad, nunca murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de trato distinguidísimo, y su tarjeta hacía bien en cualquier bandeja de porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina, la consideración social.

Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada censurable.

El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable reacción, aquello se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un cuento fantástico.

Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable bondad comenzaron á ofrecerla otro sillón de distinta forma, el rincón del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín para la espalda.

—No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.

Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa, un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo, inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de costumbre, y cuando la criada vino á decir:—«Está el coche de la señora Marquesa»,—tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:

—Gracias, que se aguarde.

A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las mejillas al pálido pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al aire y bajaba la escalera repitiendo:

—Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil cosas al Padre Urdax.

Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso, como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel grandiosísimo truhán.

XI

Lo bueno fué que la dama, lejos de mostrar extrañeza, saludó á Pacheco como si el encontrarle allí á tales horas le pareciese la cosa más natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se dirige á una señora de cumplido, respetable, ya que no por sus años, por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida.

—Siéntese V., Pacheco...—tartamudeó la señora, bastante aturrullada aún.

El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía, por su continente, algún hombre poco avezado á sociedad: pero este aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada, contrastaba de un modo encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la elegancia no estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su tipo de persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró ánimos.—«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque muy manso y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»—Porque la dama, en su inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería iba á entrar hecho un sargento, y á las primeras de cambio la iba á soltar un abrazo furibundo ó cualquier gansada semejante... Pero ya que gracias á Dios se manifestaba tan comedido, bien podía la señora acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y exclamó:

—Conque V. aquí... Yo quisiera... yo...

El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al lado de la dama, que seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego pronunció como el que dice la cosa más patética del mundo:

—A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los criados, ni chispa... La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación con la chica me ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni por esas. Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que para recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco too.

Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso y lánguido, con los ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión. Asís, así al pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora sí que me desato...

—Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone V. en berlina con mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y le dejan á V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le diré cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V., aguarde V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase visto! ¡Para esto los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le vendan á las primeras de cambio!

Comprendía la misma señora que se ponía algo ordinaria chillando y manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en desierto, pues ni siquiera podían oirla desde la cocina; además, Pacheco, en vez de asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba los espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase blandamente por la cintura un brazo del gaditano y que éste no balbuciese á su oído:

—¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No te he dicho que no tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te quiere bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero me iré cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena...

Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván, obligando á la señora á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no se parecía á la pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba:

—Pues váyase V... Hágame el favor de irse. Por Dios...

—¿Ni un minuto hay para mí? Estoy enfermo... ¡Si vieses! En toda la noche no he dormido, no he pegado los ojos.

Asís iba á preguntar: «¿por qué?» pero calló, pareciéndole inconveniente y necia la pregunta.

—Necesitaba saber de ti... Si estabas ya buena, si habías descansado... Si me querías mal, ó si me mirabas con alguna indulgencia. ¿Dura el mal humor? ¿Y esa cabecita? ¿A ver?

Se la recostó sobre el hombro, sujetándola con la palma de la mano derecha. Asís, esforzándose en romper el lazo, notaba disminuidas sus fuerzas por dos sentimientos: el primero, que viendo tan sumiso y moderado al gran pillo, le habían entrado unas miajas de lástima; el segundo..., el sentimiento eterno, la maldita curiosidad, la que perdió en el Paraíso á la primera mujer, la que pierde á todas, y tal vez no sólo á ellas sino al género humano... ¿A ver? ¿Cómo sería? ¿Qué diría Pacheco ahora?

Pacheco, en un rato, no dijo nada; ni chistó. Su palma fina, sus dedos enjutos y nerviosos oprimían suavemente la cabeza y sienes de Asís, lo mismo que si á ésta le durase aún el mareo de la víspera y necesitase la medicina de tan sencillo halago. En la sala parecía que la varita de algún mágico invisible derramaba silencio apacible y amoroso, y la luz de la lámpara, al través de su celosía de encaje, alumbraba con poética suavidad el recinto. La sala estaba amueblada con esas pretensiones artísticas que hoy ostenta todo bicho viviente, sepa ó no sepa lo que es arte, y con ese aspecto de prendería, que resulta de aglomerar el mayor número posible de cosas inconexas. Sitiales, butacas bajas y coquetonas, mesillas forradas de felpa imitando un corazón ó una hoja de trébol, columnas que sostienen quinqués, divancitos cambiados donde la gente puede gozar del placer de darse la espalda y coger un torticolis, alguna drácena en jardineras de zinc, un perro de porcelana haciendo centinela junto á la chimenea, y dos hermosos vargueños patrimoniales restaurados y dorados de nuevo... Todo revuelto, colocado de la manera que más dificultase el paso á la gente, haciendo un archipiélago donde no se podía navegar sin práctico. ¿Y las paredes? Si el suelo estaba intransitable, en las paredes no quedaba sitio libre para un clavo, pues el buen marqués de Andrade, incapaz de distinguir un Ticiano de un Ribera, la había dado algún tiempo de protector de jóvenes artistas, llenando la casa de acuarelas con chulas, matones del Renacimiento ó damas de Luis XV; de manchas, apuntes y bocetos hechos á punta de cuchillo, ó á yema de dedo, tan libres y tan francos, que ni el mismo demonio adivinaría lo que representaban; de tablitas lamidas y microscópicas, encerradas en marcos cinco veces mayores; de fotografías con retumbantes dedicatorias, migajas de arte, en suma, que al menos cubren la vulgaridad del empapelado y distraen gratamente la vista. Y en hora semejante, en medio de la amable paz que flotaba en la atmósfera, y con la luz discreta transparentada por el encaje, los cachivaches se armonizaban, se fundían en una dulce intimidad, en una complicidad silenciosa; la misma horrible carátula japonesa colgada encima de un vargueño y de uno de cuyos ojos se descolgaba una procesión de monitos de felpa, tenía gesto menos infernal; el pañolón de Manila que cubría el piano abría alegremente todas sus flores; las begonias, próximas á la entreabierta ventana, se estremecían como si las acariciase el vientecillo nocturno... Sólo el bull-dog de porcelana, sentado como una esfinge, miraba con alarmante persistencia al grupo del sofá, ostentando una actitud digna y enérgica, como si fuese celoso guardián puesto allí por el espíritu del respetable Marqués difunto... Casi parecía natural que abriese las fauces, soltase un ladrido de alarma, y se abalanzase dispuesto á morder...

Pacheco decía bajito, con el ceceo mimoso y triste de su pronunciación:

—¿Te sospechabas tú lo de ayer, chiquilla? ¿A que sí? Mira, no me digas no, que las mujeres estáis siempre de vuelta en esas cosas... ¡A ver si se calla V. y no me replica! Tú veías muy bien, picarona, que yo estaba muerto, lo que se dise muerto... Sólo que creiste poder dejarme en blanco... Pero sospechar... ¡Quiá! ¡Si lo calaste desde el mismo momento que tiré el puro en los jardines! ¿Y tú te gosabas en verme á mí sufrir, no es eso? ¡Somos más malos! Toma en castigo... ¡Y qué bonita estabas, gitana salá! ¿Te ha dicho á ti algún hombre bonita? ¿No? ¡Pues ahora te lo digo yo, vamos! y valgo más que toos... Oye, en el coche te hubiese yo requebrado seis dosenas de veses..., te hubiese llamao mona, serrana, matadora de hombres... Sólo que no me atrevía, ¿sabes tú? Que si me atrevo, te suelto toas las flores de la primavera en un ramiyetico.

Aquí Asís, sin saber por qué, recobró el uso de la palabra, y fué para gritar:

—Sí..., como á la chica del merendero..., y á mi criada..., y á todas cuantas se ofrece... Lo que es por palabrería no queda.

La interrumpió un enérgico tapabocas.

—No compares, chiquiya, no compares... Tonterías que se disen por pasá el rato, pa que se encandilen las mujeres... Contigo... ¡Virgen Santa! tengo yo una ilusionasa..., ¡una ilusión de volverme loco! Has de saber que yo mismo estoy pasmao de lo que me sucede. Nunca me quedé triste después de una cosa así sino contigo. Hasta me falta resolución pa hablarte. Estoy así... medio orgulloso y medio pesaroso. Más quisiera que nos hubiésemos vuelto ayer antes de almorsá. ¿No lo crees? ¿Ah, no lo crees? Por estas...

El meridional puso los dedos en cruz y los besó con ademán popular. Asís se echó á reir mal de su grado. Ya no había posibilidad de enfadarse; la risa desarma al más furioso. Y ahora, ¿qué hacer? pensaba la dama, llamando en su auxilio toda su presencia de ánimo, toda su habilidad femenil. Nada, muy sencillo... No negarle la cita que pedía para el día siguiente por la tarde, porque si se le negaba, era capaz de hacer cualquier desatino. No, no..., contemporizar..., otorgar la cita, y á la hora señalada... ¡busca! estar en cualquier sitio menos donde Pacheco esperase... Y ahora, procurar por bien que se largase cuanto más pronto... ¡Que diría el servicio! ¡En esa cocina estaría la Diabla haciendo unos calendarios!

XII

Doloroso es tener que reconocer y consignar ciertas cosas; sin embargo, la sinceridad obliga á no eliminarlas de la narración. Queda, eso sí, el recurso de presentarlas en forma indirecta, procurando con maña que no lastimen tanto como si apareciesen de frente, insolentonas y descaradas, metiéndose por los ojos. Así la implícita desaprobación del novelista se disfraza de habilidad.

Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade pensaba conceder en falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la novela puede guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con tal que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á la vez sumamente expresiva.

La berlina de la señora, enganchada desde las cinco, esperaba allí. El cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había permanecido algún tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta, recogidas las riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las punteras de las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados grato beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las manos, exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido súbito, que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante los primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso, dispuesto á beberse la distancia; pero al convencerse de que teníamos plantón, desplomó el cuerpo sobre las patas, sacudió el freno regándolo con espuma, entornó los ojos y se dispuso á la siesta. Hasta la misma berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo de descansar.

Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á despedirse de los cristales, refugiándose en la copa de las acacias de Recoletos cuando ya las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el calor disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados con su suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se necesitaban alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su funda, el otro despachando su ración de pienso, el último en su taberna favorita ó viendo la novillada de aquella tarde...

Cerca de las siete serían cuando salió de la casa un hombre. Era apuesto y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la calle y en la acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del cuarto de Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su camino hacia Recoletos.

XIII

Solía el comandante Pardo ir alguna que otra noche á casa de su paisana y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil cosas, disputando, acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos y entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la gente murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don Gabriel hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís; si bien otros opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á Pardo le importaba el dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres, por hallarse mal curada todavía la herida de un gran desengaño amoroso que en Galicia sufriera: una historia romántica y algo obscura con una sobrina, que por huir de él se había metido monja en un convento de Santiago.

Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la noche del día en que la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando llamó á la puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un apresuramiento que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes visitas. Pero aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís llamaba Imperfecto por sus gedeonadas) como la Diabla, se miraron y respondieron á la pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos.

—¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no acostumbra.

—Salir..., como salir...,—balbució Imperfecto.

—No, salir no—acudió la Diabla viéndole en apuro.—Pero está un poco...

—Un poco dilicada—declaró el criado con tono diplomático.

—¿Cómo delicada?—exclamó el comandante alzando la voz.—¿Desde cuándo se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama?

—No señor, guardar cama no... Unas miagas de jaqueca...

—¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á saber... y que la deseo alivio. ¿Eh? ¡No se olviden!

Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la antesala Asís en bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno.

—Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda... Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V. el favor de pasar aquí...

Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y ensoñadora; en un talavera de botica se marchitaba un ramo de lilas y rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en su butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo, maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.

—Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...—murmuró tratando de disimular mejor la sorpresa.—Están en Belén... ¿Se había V. negado, sí ó no?

—Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha visto V. que le llamé...—alegó la señora con acento contrito, cual si se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose también en no descubrirlo.

—¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?

—Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.)

—Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V. descansar... En durmiendo se pasa.

—No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario...

—¿Cómo que al contrario? Ruego que se expliquen esas palabras—exclamó el comandante, aprovechando la ocasión de bromear para que se le quitase á Asís el sobresalto.

—Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el aire...

—Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso El padrón municipal, en Lara.

—Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme... Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.

—A sus órdenes.

Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de su andar señaló la dirección del paseo.

El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto de Madrid.

La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa, compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.

—Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco. Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la joya que le trajo de París su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...

—Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.

—V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...

—No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!—añadió después de breve silencio.—En esto tenemos que rendir el pabellón, paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.

Callaron un ratito.

En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo pensamiento.

Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.

—¿Subimos hacia la Carrera?—interrogó Pardo.

—No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.

—Y V. ¿por qué da á eso tanta importancia? ¿Qué tiene de particular que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.

—Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!

—¿Está V. mejor?

—Un poco. Me da la vida este aire.

—¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.

Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería así, porque después de tomar asiento se quedaron mudos ella y él; Asís, además de muda, estaba cabizbaja y absorta.

No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo, volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando que la señora desearía explayarse.

—A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos amigos viejos.

—Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!

—Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,—dijo Don Gabriel retrocediendo discretamente.—Yo, en cambio, le podría confiar á V. penas muy grandes..., cosas raras.

—¿Lo de la sobrina?—preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio de la vida de Don Gabriel.

—Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.—(Pardo se alzó el sombrero, porque tenía las sienes húmedas de sudor.)—Creo que se dice que la pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no acertó á descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre... cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden, sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte, que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo digo yo las cosas.

Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba confusamente:

—Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien. Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!

A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto, decía tan sólo:

—¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy particular! ¿Y cómo lo explica V.?

—¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se quieren entender, más se obscurecen. Hay en nosotros anomalías tan raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal. En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas psicológicos. La sociedad...

—Contigo tengo la tema, morena...—interrumpió Asís festivamente.—V. le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como tiene espaldas la infeliz.

—Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.

—Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo... No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se digan. No me escandalizaré, vamos.

—Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?

—Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.

—Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?

Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete silbando un aire de zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se perdió de vista, pronunció la dama:

—¿Y si me equivoco?

—¿No se asusta V. si lo expreso claramente?

La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso. Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa—la cubierta de un tarjetero.

—No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.

—¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin, entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo más claro aún?

—No, ¡basta!—gritó la señora.—Pero entonces, ¿qué es lo principal según V.?

—Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?

—¡Caramba!—exclamó la señora, meditabunda.

—Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado, estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, algún vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.

—Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de antipático y de bruto.

—Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de antemano por una conversación tan shocking. Pues no señora: suponga V. que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de flaqueza...

Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.—Lo sabe, lo sabe—calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y suplicante, exclamó interrumpiendo:

—¡Qué horror! ¡Don Gabriel!

—¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror, Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de Vds., es cuando por lo más insignificante se arma una batahola de mil diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el seductor, ó la matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V. una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento, que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!

Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...

—Tonterías—prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de Asís—pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada, vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un minuto de extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.

Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más profundo de su vida.

XIV

Vaya, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los hombres con la de las mujeres?

—Paquita... dejémonos de clichés.—(Pardo usaba muy á menudo esta palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)—Tanto jabón llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que en nosotros nada significa.

—¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?

La dama argüía con cierta afectada solemnidad y severidad, bajo la cual velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la pasión el entendimiento.

—¡La conciencia! ¡Dios!—exclamó él, remedando el tono enfático de la señora.—Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?

—Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.?

—Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds. Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada.

—No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas. Para Vds. la manga se ensancha un poquito...—repuso Asís, paladeando el deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas refutadas.

—Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor le dirá á V, que hay un pecado más para las hembras. Es decir, que la cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros... ¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado...

—Yo...—balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar.

—Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada cual se debe á sí mismo...

—Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo—articuló Asís hecha una amapola.

—Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte, depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso; que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece. Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos terminachos que la suelto á V.

—No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me aporrea V. los oídos con cada palabrota...

—¿Y si yo le dijese á V.—prosiguió Pardo echándose á disertar—que eso que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se ríe de mí: á callar.

Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto... Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría llamarse aquella operación quirúrgico-moral.

—Es un extravagante este hombre—pensaba la operada.—Decir, me está diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse criminal por unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso, no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo, sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.

Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo, primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach! Estornudó con ruido, estremeciéndose.

—¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.—exclamó su amigo.—No está V. acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.

—No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.

—¿Sol? ¿Cuándo?

—Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...

—De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de estas de primavera en Madrid...

—No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva—contestó la dama levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.

—¿A su casa de V.?

—Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.

No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral: y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según todos los clichés admitidos:

—Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero: serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un caballo muerto, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...

Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero él seguía oliendo, no á los cortesanos y pulidos vegetales de los paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en el valle de los Pazos.

XV

La tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen, como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta preguntando:—¿A dónde desea ir la señora?—para transmitir la orden al cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una fórmula de cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas, otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo, rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:—Sí, señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.—Y la ascensión interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo con un suspiro profundo:—¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...

Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había sido tan cargante, que á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le sacaron sino conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los devotos que si les hurga la conciencia se imponen la obligación de rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre nuestros, Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de desagravio, y como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba saldada más de la mitad de su cuenta. Por otra parte, encontrábase decidida—más que nunca—á cortar las irregularidades de su conducta presente. Tenía razón el comandante: la falta, bien mirado, no era tan inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah! ¡entonces! Evitar el escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se acabó. Cortar de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de grandes y afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba interesado...—Vamos á ver—argüía para sí la señora.—Supongamos que ahora viniesen á decirme: Diego Pacheco se ha largado esta mañana á su tierra, donde parece que se casa con una muchacha preciosa... Nada: yo tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede que diese gracias á Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa es bien sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto el veraneo un poquillo... y corrientes.—¡Qué descanso tomar el tren! Se concluían aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la Diabla le preguntaba alguna cosa, aquella tartamudez, aquella vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos...

Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á subir la escalera de su casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en las tardes veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco!

Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas manos con violencia.

—¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre te negaron... Lo que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres verme, dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme con la puerta en las narices.

—No... pero si yo...—contestaba aturdida la señora.

—¿No se había negado la nena para mí?

—No, para ti no...—afirmó rápidamente Asís con acento de sinceridad: tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas ocasiones el engaño.

—Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche á las nueve.

Hizo la dama un expresivo movimiento.

—¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á alguna parte? La verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado cañaso, pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar. Por mí no has de tener tú media hora de disgusto.

Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable dentro de cierto misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la difícil situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar en el coche.

—Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra sí.) ¿Pero... te irás á las diez?

—¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes que hacer hoy: dímelo así, clarito.

—Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar espectáculo á esa gente.

—El chico no importa, es un bausán... La chica es más avispada. Mándala con un recado fuera... Hasta pronto.

Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora, descomponiéndolo y echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes de llamar, lo cual hizo con pulso trémulo.

Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó distraídamente, dejando una prenda aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y colgaba, no sin haberlas sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le pareció importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la doncella.

—Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene descompuestas las bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama Armandina...; puede que ya estén los sombreros listos... Si no están, la das prisa. Que quiero marcharme pronto, pronto.

—¿A Vigo, señorita?—preguntó la Diabla con hipócrita suavidad.

—¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el zapatero... y á ver si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico.

Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar no era factible. Si le hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana. Disimulo, transigir... y, como decía él..., najencia.

Comió poco; sentía esa constricción en el diafragma, inseparable compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu. Miraba frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las ocho al levantarse la señora de la mesa.

—Oye, Angela...

Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba al velo del paladar.

—Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche con tu hermana, la casada con el guardia civil? ¿Eh?

—¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive tan lejos: el cuartel lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se viene...

—Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un simón. Lo que te haga falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh? no dejarán de abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de seis años?

—De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece meses que anda con la dentición.

—Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le llevas aquella ropa de Marujita que hemos apartado el otro día...

—Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor blanco, con el pájaro?

—También... Anda ya.

El sombrero de castor produjo excelente efecto. Imaginaba siempre la señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se atrevía á mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con disimulada entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más que aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni oído: y á poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje dominguero, el pelo rizado á tenacilla, botas que cantaban.

—Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve menos cuarto...

—No, señorita... Las ocho y veinticinco por el comedor... ¿Tiene algo que mandar? ¿Quiere alguna cosa?...

—Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante te has puesto!... ¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes?

—Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la provincia de Pontevedra, de Marín..., alto él, con bigote negro.

—Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes marcharte.

¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de hora después de recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el portante? Con el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía al pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios de impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado flamante, oyó una risotada, un ¡divertirse y gastar poco! que venía de la cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias á Dios!

Así que se fué la condenada chica, parecióle á la señora que todo el piso se había quedado en un silencio religioso, en un recogimiento inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe, con luz más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto: Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de indiscreta...

XVI

Era Pacheco, envuelto en su capa de embozos grana, impropia de la estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como irresoluto, y Asís tuvo que animarle:

—Pase V...

Entonces el galán se desembozó resueltamente y se informó de cómo andaba la salud de Asís.

En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así, empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse la mano. Ni ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento extraño, que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su trato amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró después de una embarazosa pausa:

—¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes?

—¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener?

—¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy perro viejo en materia de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche.

—Ninguno, ninguno—afirmó calurosamente Asís.

—Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se dicen las verdaes. Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme. Hoy me querías tú á cien leguas.

Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras uñas, entre el pelo de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado sobrio, sin postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la Pinogrande, maestra en los toques de la elegancia.

—Si no quisiese recibirte, con decírtelo...

—Así debiera ser... el corasonsillo en la mano... Pero á veces se le figura á uno que está comprometido á pintar afecto, ¿sabes tú?, por caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he hecho á cada rato con un ciento de novias y de querías... Harto de ellas por cima de los pelos... y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso de estamparle á un hombre ó á una hembra en su propia cara:—Ya me tiene V. hasta aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión.

—¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti conmigo?—exclamó Asís festivamente, echándolas de modesta.

No contestó el meridional sino con un abrazo vehemente, apretado, repentino, y un—¡ojalá!—salido del alma, tan ronco y tan dramático, que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que, poniendo la mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente.

—¿Por qué dices ojalá?—preguntó, imitando el tono del andaluz.

—Porque esto es de más; porque nunca me vi como me veo; porque tú me has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío, chiquilla... Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de almíbar... ¿Te enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre, lo mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal, ¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para que yo me ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar.

La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué contestar á tan apasionadas protestas; pero vino á sacarla del apuro un estruendo inesperado y desapacible, el alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas murgas, y que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo todo, adoptan el nombre de bandas populares.

—¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del barrio?—gritó Pacheco, levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.—¡Y cómo desafinan los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te rompen el tímpano.

En el meridional no era sorprendente este salto desde las ternezas más moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros: estaba en su modo de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las impresiones.

—Mira, ven—continuó.—Te pongo aquí una butaca y nos recreamos. ¿A quién le dispararán la serenata?

—A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado hoy—contestó Asís recordando casualmente chismografías de la Diabla.—En la otra acera, pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya tenemos música para rato!

Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se sentó en él.

—¡Desatento!—exclamó riendo la señora.—¿Pues no decías que era para mí?

—Para ti es—respondió el amante cogiéndola por la cintura y obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas. Se resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como se mece á las criaturas, sin permitirse ningún agasajo distinto de los que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa exigencia de la postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los primeros minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo y ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por las vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos de la música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche, hora que tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes sonidos. Y la proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón, estrechaba también, sin duda, los espíritus, pues por vez primera en el curso de aquella historia entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo íntimo, cariñoso, confidencial.

No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas cosas que parecen muy insignificantes escritas y que en la vida real no se tratan casi nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de imprevista efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos: ¿Qué hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida anterior? ¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses, días y no sé si horas?

—Pues yo soy más vieja que tú—murmuró pensativa, así que el gaditano hubo declarado su fe de bautismo.

—¡Gran cosa! Será un añito, ó medio.

—No, no, dos lo menos. Dos, dos.

—Corriente, sí, pero el hombre siempre es más viejo, cachito de gloria, porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no. Yo, en particular, he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no haya catado. Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas cosas mías!

Asís sintió una curiosidad punzante unida á un enojo sin motivo.

—Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja.

—¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo galanteé á trescientas mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna. Yo hice cuanto disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios. ¿Dirás que cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden en mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que no sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por santo. Es según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias de ser perdío? No me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana. Si doy con gente arrastrada, ¿qué quieres tú?

—¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías llevar?—preguntó algo asustada Asís.

El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado una sierpe.

—¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me has tomado por algún secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu facha. Pero ya sabes que en mi tierra, las pendencias no se cuentan por delitos... He enfriado á un infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo de la ropa. Dejémoslo, que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no ha tenío el diablo por donde cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un dinerillo... regular; he bebío... vamos, que no me falta á mí saque; de novias y otros enredos... De esto estaría muy feo que te contase ná. Chitito. ¿Un cariño á tu rorro?

—Vamos, que eres la gran persona—protestó escandalizada Asís, desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía.

—No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo quisiera averiguar pa qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de tronerilla, un haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa de provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor en que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que me meta en política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu al Congreso... ¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el Congreso ni veinte Congresos me asustan. La farsa aquella no me pone miedo. Te aviso que en todo cuanto me propongo salir avante, salgo y sin grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad, no me he tomado nunca trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer guapa. No soy memo ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como Albareda, la pintaría, figúrate. ¿Que se me ha muerto mi abuelita? ¡Si es la pura verdad! Sólo que too eso porque tanto se descuaja la gente, no vale los sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como tú!...

Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más contra sí.

—Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien en el mundo amargo... Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica, metida en el corasón... Lo demás... pamplina.

—Pero eso es atroz—protestó severamente Asís, cuya formalidad cantábrica se despertaba entonces con gran brío.—¿De modo que no te avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la izquierda?

—¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa quererte? ¿Has resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden agarraos á la casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya. Daré días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda..., verás qué registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un Cánovas del Castillo, y me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que alguno de esos panolis vale más que este nene? (Sólo que ellos largaron todo el trapo y yo recogí velas.). Por no deslucirlos. Modestia pura.

No había más remedio que reirse de los dislates de aquel tarambana, y Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco.

—¡Ea! ya te me acatarraste—exclamó el gaditano consternadísimo.—Hágame V. el obsequio de ponerse algo en la cabeza... Así, tan desabrigada... ¡Loca!

—Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy enclenque.

—Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si aciertas á enfermar, me suicido.

Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de risa, y al saltar perdió una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á cada rato se le escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil extremos y zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de luna empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que venía del saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo. En medio de la lluvia de caricias delirantes que acompañó á demostración tan atrevida, Asís entreoyó una voz alterada, que repetía con acento serio y trágico:

—¡Te adoro... Me muero, me muero por ti!

Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía ese trémolo penoso que da al acento humano el rugir de las emociones extraordinarias comprimido en la garganta por la voluntad. Impresionada, Asís se volvió soltando la toquilla.

—Diego...—tartamudeó llamando así á Pacheco por primera vez.

—¿Por qué no dices Diego mío, Diego del alma?—exclamó con fuego el andaluz deshaciéndola entre sus brazos.

—Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece cosa de novela ó de comedia. Es una ridiculez.

—¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has dicho! ¡Diego mío!—prorrumpió él remedando á la señora, al mismo tiempo que la soltaba casi con igual violencia que la había cogido.—¡Pedazo de hielo! ¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura!

—Mira—dijo la dama tomándolo otra vez á risa—eres un cómico y un orate... No hay modo de ponerse seria con un tipo como tú. A ver: aquí está un señorito que ha tenido cuatrocientas novias y dos mil líos gordos, y ahora se ha prendado de mí como el Petrarca de la señora Laura... De mí nada más: privilegio exclusivo, patente del Gobierno.

—Tómalo á guasa... Pues es tan verdad como que ahora te agarro la mano. Yo tuve un millón de devaneos, conformes; pero en ninguno me pasó lo que ahora. ¡Por éstas, que son cruces! Quebraeros de cabesa míos, novias y demás, me las encuentro en la calle y no las conozco. A ti... te dibujaría, si fuese pintor, á obscuras. Tan clavadita te tengo. De aquí á cincuenta años, cayéndote de vieja, te conocería entre mil viejas más. Otras historias las seguí por vanidad, por capricho, por golosina, por terquedad, por matar el tiempo... Me quedaba un rincón aquí, donde no ha puesto el pié nadie, y tenía yo guardaa la llave de oro para ti, prenda morena... ¿Qué, lo dudas? Mira, haz un ensayo... Por gusto.

Arrastró á la dama hacia el salón y se recostó en el diván; tomó la mano de Asís y la colocó extendida sobre el lado izquierdo de su chaleco. Asís sintió un leve y acompasado vaivén, como de péndulo de reloj. Pacheco tenía los ojos cerrados.

—Estoy pensando en otras mujeres, chiquilla... Quieta..., atención, observa bien.

—No late nada fuerte—afirmó la señora.

—Déjate un rato así... Pienso en mi última novia, una rubia que tenía un talle de lo más fino que se encuentra en el mundo... ¿Ves qué quietecillo está el pájaro? Ahora... dime tú... ¡si puedes! alguna cosa tierna... Mas que no sea verdá.

Asís discurría una gran terneza y buscaba la inflexión de voz para pronunciarla. Y al fin salió con esta eterna vulgaridad:

—¡Vida mía!

Bajo la palma de la señora, el corazón de Pacheco, como espíritu foleto que obedece á un conjuro, rompió en el más agitado baile que puede ejecutar semejante víscera. Eran saltos de ave azorada que embiste contra los hierros de su cárcel... El meridional entreabrió las azules pupilas; su tez tostada había palidecido algún tanto; con extraña prisa se levantó del sofá y fué derecho al balcón, donde se apoyó como para beber aire y rehacerse de algún trastorno físico y moral. Asís, inquieta, le siguió y le tocó en el brazo.

—Ya ves qué majadero soy...—murmuró él volviéndose.

—¿Pero te pasa algo?

—Ná...—El gaditano se apartó del balcón, y viniendo á sentarse en un puf bajito, y rogando á Asís con la mirada que ocupase el sillón, apoyó la cabeza, en el regazo de la dama.—Con sólo dos palabritas que tú me dijiste... Haz favor de no reirte, mona, porque donde me ves tengo mal genio... y puede que soltase un desatino. Desde que me he entontecido por ti, estoy echando peor carácter. Calladita la niní... Deje dormir á su rorro.

Pacheco cruzó el umbral de aquella casa antes de sonar la media noche. La Diabla no había regresado aún. Cuando el gaditano, según costumbre hasta entonces infructuosa, se volvió desde la esquina de la calle mirando hacia los balcones de Asís, pudo distinguir en ellos un bulto blanco. La señora exponía sus sofocadísimas mejillas al aire fresco de la noche, y la embriaguez de sus sentidos y el embargo de sus potencias empezaban á disiparse. Como náufrago arrojado á la costa, que volviendo en si toca con placer el cinto de oro que tuvo la precaución de ceñirse al sentir que se hundía el buque, Asís se felicitaba por haber conservado el átomo de razón indispensable para no acceder á cierta súplica insensata.

—¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados vecinos, servicio, portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me sigue, me sigue el mareo aquel de la verbena... y lo que es ahora no hay álcali que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo, alcohol, insolación... ¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta, que me va gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería..., y punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que me va dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo. Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole... acabóse, me perdí.

Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á recordar mil pormenores, que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y méritos de su adorador. La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía; la gentileza de su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de gomosería impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho sea de paso, que forma el hechizo peculiar de los polos, soleares y demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se alegaba á sí propia para excusar su debilidad y aquella afición avasalladora que sentía apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo, considerando otras cosas, se increpaba ásperamente.

—No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni siquiera bueno: hay un truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de que sólo á mí... Ardides, trapacerías, costumbre de engañar, mañitas de calavera. En volviendo la esquina... (Pacheco acababa de verificar, hacía pocos minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se acuerda de lo que me declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís... juicio. Para estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y extracto de Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo te veré!

El airecillo de la noche, burlándose de la buena señora, compuso con sus susurros delicados estas palabras:

—Terronsito e asúcar..., gitana salá.

XVII

Muy atareadas estaban la marquesa viuda de Andrade y su doncella en revisar los mundos, sacos y maletillas, operación necesaria cuando se va á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del mismo enemigo. Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los baúles. Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para sí:—En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse; le ato á un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día de la marcha salgamos con que se ha obscurecido,—viene el instante crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y lléveselo todo la trampa.

Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos! ¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala?

Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla) se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante, puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir—cosa que no hacía nunca—y se encontró cara á cara con su Diego.

El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta. ¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible. Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel, guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita madrugadora: dos libros medianamente gruesos.

—Las novelas francesas que le prometí...—dijo en voz alta, después del cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de que había moros en la costa.—Si está V. ocupada, me retiro... Si no, entraré diez minutos...

—Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.

Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles abiertos, con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos...

—¿Está V. de mudanza... ó de viaje?—preguntó, quedándose de pié en medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de reconvención ni de queja.

—No...—tartamudeó Asís—tanto como de viaje precisamente... no. Es que estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se descuida, la polilla hace destrozos...

Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:

—A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas. Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.

La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.

—No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...

Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y sin concertarse, á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas.

—Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor te pido...

—¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago... Rica, gitana... ¡Cielo!

—Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...

—Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes.

—Estás tocado... Quita... Chist...

—Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará... verás tú.

—¿Pero cómo? ¿Dónde?

—En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.

¿Cómo cedió y balbució que sí, prometiendo, si no por la Estigia, por algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que remite toda gran resolución hasta que la ampare el recurso de la fuga; el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con soberano imperio.

Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas referentes á la interrumpida tarea del equipaje.

—¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que avise á la Central para mañana?

¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes? Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje, salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del elíxir contra el mármol del lavabo...

—¿Almuerza fuera la señorita?—preguntó la incorregible Diabla.

—Sí... En casa de Inzula.

—¿Ha de venir á buscarla Roque?

—No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete...

—¿De la tarde?

—¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!...

La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba, pegando taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos pinguitos parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah! Por fin... Loado sea Dios...

XVIII

Salvó la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La dama registró con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas, una voz cuchicheó afanosa:

—Allí... entre aquellos árboles... El simón.

Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo, que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado, mojado aún! El recinto se inundó de frescura.

—¡Huelen tan mal estos condenaos coches!—exclamó el meridional como excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener órdenes.

—¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?

—A las Ventas del Espíritu Santo.

—¡Las Ventas!—clamó Asís alarmada.—¡Pero si es un sitio de los más públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?

—Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen restaurant ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo que las Ventas es más bonito.

¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos, el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida, seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros. En aquel rincón semidesierto—á dos pasos del corazón de la vida elegante—se habían refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: Acreditado merendero de la Alegría.

Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa tanto monta, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos coronados de eternas nieves.

Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que, tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben de ir los querubines camino del Empíreo...

Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel contrabando, que en su fuero interno—cosa decidida—llamaba el último, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que jamás, jamás había de gustar otra vez.

Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las Ventas.

—¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?—preguntó Pacheco.

—Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio—indicó la dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de palo pintada de verde rabioso.

Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras descomunales imitando las de imprenta y sin gazapos ortográficos:—Fonda de la Confianza.Vinos y comidas.Aseo y equidad.—El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno! Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima, sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores, las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello—justo es añadirlo para evitar el descrédito de esta Citerea suspendida—muy enjalbegado, alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto.

Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa, con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó apresurado al divisar á la pareja.

—Almorsá—dijo Pacheco lacónicamente.

—¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?

El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.

—Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.

Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera angosta que sombreaba un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:

—Pasen, señoritos, pasen.

La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita. Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el gaditano miró risueño á la señora.

—Nos han traído al palomar—dijo entre dientes.

Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo mueble, blanco también, más blanco que una azucena...

—Mira el nido—añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se asomase.—Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta índole. Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro; pero digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?

No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación, no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos, una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez su invencible pudor.

XIX

Al colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del restaurant por módica suma en que iba comprendido también el carbón: en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus delantales las muchachas, que por lo que pueda importar, diremos que eran operarias de la Fábrica de tabacos.

Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas que llevaba en la boca.

—Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca.

—Valiente perdía será.

—Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango.

—Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta.

—Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos, Virgen!

—No, pus muy amartelaos no van.

—¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro. Verás tú las ventanas y las puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el cutis.

Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.

—Miala, miala..., la gusta el baile.

En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras tocatas: Cádiz hacía el gasto: paso doble de Cádiz, tango de Cádiz, coro de majas de Cádiz... y hasta una veintena de cigarreras, de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.

—¡Calla!—secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la cazuela del guisote.—¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas... quien que se entere too el mundo.

—Estas tunantas ponen carteles.

El mozo subía y bajaba, atareado.

—Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de perdices... ¡Aire!

—No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.

—¡Chist!—mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.—Cuidadito... Si oyen... Son gente... ¡uf!

Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática gravedad.

—Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber. Oigasté, mozo...

Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor, la dama rehusaba hasta probar el Tío Pepe y el amontillado, porque con sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total. Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el almuerzo no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la botella de Tío Pepe, se convirtió en la tristeza humorística tan frecuente en él.

—¿Te aburres?—preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.

—Ajogo las peniyas, gitana,—respondía el meridional apurando otro vaso de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.

Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta, boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro. Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de cajón:—Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla! ¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?

De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas, bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A los tres minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar, apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.

—¡Hola! Ahí viene la hermanita...—dijo Asís.—Y se parecen como dos gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre, porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.

Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades, vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella, porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:

—¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...

—No molestan...—declaró Asís.—Son más formalcitas... A esa no hay quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.

—Pa comer ya la abren las tunantas...

Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano, que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.

—Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de toos.

¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles, luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo? trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por las amistaes y las enfluencias de unos y otros...—Llegada á este punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.—«¡Ay Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores! Dos letricas, un cacho de papel...»

Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera, apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma, cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en el gabinete las dos chicas mayores.

—Miren mis otras huerfanicas enfelices,—indicó la señá Donata.

Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas ajogadas por el Tío Pepe se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos, derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.

—¿Vienen ustés de bailar?—les preguntó risueño.

—Pus ya se ve,—contestaron ellas con chulesco desgarro.

—¿Sin hombres? ¿Sin pareja?

—Ni mardita la falta.

—Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me hubiesen ustés llamao...

—¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.

—¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé yo... ¡A bailar!

Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.

XX

Entre las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave toda impresión fuerte. Esto se llama guardarse las cosas, y si tiene la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que refería por tercera vez las golpás de sangre causa de la defunción de su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que aquello no iba por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada la orden de expulsión.

—¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que se larguen.

—Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores me lo premitieron, ¿estamos? Yo soy así, muy franca de mi natural..., y me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin despreciar á nadie.

—¡Ole las mujeres principales!—contestó con la mayor formalidad Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron á posarse en el salón de baile.

El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?

—Un espejo.

—¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos. ¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero, chiquilla? ¿Qué te pasa?

—Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos...

El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así, sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo hacia sí. Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.

—¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita, celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!

Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.

—Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré...

—¿Qué? ¿Que me dirás?—prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido.

—Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando...

—¡Ah!—interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que salía á golpás, según diría la señá Donata.—No necesitas ponerlo más claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio! Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero, ¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy, corriente... Hoy, mas que digas por tema lo que te dé la gana, me quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos. Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres... ¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero digo verdad.

Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente, mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no cabía en el cuartuco.

Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la misma situación durante todo el almuerzo. Y la ventana justamente miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas, entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.

—Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá.

—Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.

—¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!

—¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase... ¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear podían tener la ventana cerrá.

—¿Quién os manda mirar?

—Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que nones... Las orejas le calienta ahora.

—¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?

—¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me paece...

—No, pus enfadao ya está.

—¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije? Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo que saben estas tunantas! Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!

La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego. Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla, hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre, reluciendo al sol como la película roja que viste á los pimientos riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente; Pacheco la siguió...

—En el coche harán las paces—piaron las gorrionas mayores.—¿A que sí?

—La fija. En entrando...

Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.

—Pus ella vence... Me lo deja plantadito.

—¿A que él se nos vuelve aquí?—indicó la gorriona primogénita, alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de bandolina.

No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso! Estuvo pendiente del simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo; luego, cabizbajo, echó á andar á pié.

XXI

La buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que la marquesa viuda de Andrade se dedicó asiduamente—desde las dos de la tarde, hora en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche—á la faena del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete amargo en la boca. Después de haber comido—por fórmula y sin ganas—pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero ¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...

Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien, mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable, inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así, mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco. En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así, delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios... Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía, en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué cavilaciones más insensatas!

Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la fantasía. No era la pesadilla que causa la ocupación de estómago, en que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís, adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente, aunque en realidad fuese harto más vago y borroso.

Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando, otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas, caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en ráfagas violentas, cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos pulmones.—¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena ahí en el cesto...—Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla..., nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez, brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!...

¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales, cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles rezuman gotas gordas; el suelo se encharca. Al principio, Asís revive como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa, hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...—¡Jesús!... ¿Quién? ¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?—Y la señora palpaba la almohada.—Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas! ¿Quién está?... ¿Quién?

—Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios, siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré incomodarla... Me retiro, me retiro.

—Por Dios... De ningún modo... Tome V. asiento... Salgo en seguida... Estaba lavándome las manos.

Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que La Epoca, y leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas señoritas de Amézaga...»

Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.

—¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!

El gaditano,—lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo adivinaba,—apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando cortésmente:

—Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con el tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.

¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don Gabriel...

Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda escapatoria masculina,—así la del que va en busca de la propia felicidad, como la del que evita el espectáculo de la ajena,—verbigracia Pardo.

Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.—¡Cómo escogen las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es así... Esta desazón, además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante... y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz. Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran, con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V. encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés... Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura, tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...

Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se caló los lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?

—Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!...

Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar, vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos facultativos.»

Epílogo

No entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de la señora.

—¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana ya habías dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo, fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros: sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos, allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!

No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca: descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen superior á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.

—No estés tan tristón—tartamudeó con blandura mimosa.

—Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo que llega un hombre!

—Te pones tan lejos... Aquí, cerquita—murmuró la señora con el tono con que se habla á los niños.

—No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la manita me basta...

—¿No te gusto?

—No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!... ¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?

Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un suspiro y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís.

—Me voy—pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta.

De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y sujetándole.

—No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero.

—Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree que más vale así.

—No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego, por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser.

Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito exclamó con firmeza:

—Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche. Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene soltarme. Tú decidirás.

Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores, eternos, mal llamados por el comandante clichés; que regís las horas normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una persona extraña:

—Quédate.

El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.

Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo, que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme; aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura. Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar sutilmente—si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo—es la causa, la génesis y el rápido desarrollo de aquella idea inesperadísima, que desenlazó precipitada y honrosamente la historia empezada por tan liviano y censurable modo en la romería del Santo...

¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la idea? ¿Fué á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión, el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa idea, profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?

Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero medroso:—Para siempre—y avisa que de malos principios rara vez se sacan buenos fines.—Y reconstruya también á su modo los diálogos en que la idea se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos disectores.

Por eso, y porque no gusto de hacer mala obra, líbreme Dios de entrar hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer, abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos, casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria matutina.

—Está el gran día, chichi...—exclamaba Pacheco.—Vas á tener un viaje...

—¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?

—Lo mismo que ahora. Verás.

—¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?

—No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?

—¿Escribirás las veces que prometiste?

—Boba.

—Simplón, monigote, feo.

—Reina de España.

—En Vigo..., ya sabes... formalidad.

—Hasta que el cura...—(Pacheco hizo con la mano derecha un ademán litúrgico muy significativo.)—Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla. ¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta á ti pa casarme con ella.

Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de la señora, preguntando:

—¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?

E imitando el acento y modales de la gitana, añadió:

—Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté...

El gaditano, siempre presumido, agregó:

—Y usté por ella.

MORRIÑA

A Carmen Almario y Ossorio
de Espinosa

en prenda de antigua amistad
La Autora.

MORRIÑA

I

Si el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el rincón de la ventana, mientras crece y mengua su labor de calceta sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe; conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos, á los estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y estudia su continente y su modo de responder al saludo de los discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.—«¡Ay! Allí viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!... ¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á las familias y crucificar á los pobres rapaces.»

Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel floja y rancia de sus mejillas se teñía de rosa vivo, como si una brisa de juventud le orease las facciones.

—¡Ay! Rogelio.

Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí, con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces, poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima, acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:

Mater amabilis... brinda el corporal sustento al fruto de tu vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.

—Sí—decía risueña la señora;—ya vendrá todo á parar en que te comerás dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media almendra.

La habitación predilecta de la casa no era ni la sala, siempre abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la labor y la media empezada desaparecían bajo números del Madrid Cómico, de Los Madriles y de todas las Ilustraciones habidas y por haber; allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin, la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo servían, porque se le acababa el tema de sus humoradas y bromas. Aún no había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:

—Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire... Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas?

—¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted, fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las flores... ó callos y caracoles del Petit Fornos? ¡Sacadme de esta cruel incertidumbre!

Risas sofocadas en la cocina.

—¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!

Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas. Veinte años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse de ratón; cabeza estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz:

—Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.

II

Doña Aurora tenía su tertulia, y vespertina—nada menos que un five o’clock, como diría algún revistero—sólo que sin tea, ni ganas de él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el hábito.

El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca Don Gaspar Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo, rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia, sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.

Agotada la cuestión sanitaria—todo se agota—pasaban, casi siempre por iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables. No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica, recetas y potingues.—«No parece sino que está uno con un pié en el sepulcro»—decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.

—¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando Narváez...

O de este otro modo:

—¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...

El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:

—Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada significan miserables veinticinco ó treinta años.

—Sí; pero en la de un hombre...

—Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los cincuenta llamo yo la flor de la edad.

—Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y estamos para que nos saquen en un carro al sol.

Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva, consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero: mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida pelambrera con que los viejos verdes se obstinan en reparar el irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses, galantes y rendidas.

A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios, todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente calvos, que le decían en tono de envidia:

—Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos aquí.

Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente el copo de los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya, como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados, empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las fechas y hasta las palabras.—«Este señor de Febrero es una cartilla vieja»,—solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al arbitraje de Don Gaspar.—«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»—«No, señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre... digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»

—¡Pero, hombre!—exclamaba el aludido cuando llegaba á enterarse.—¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.

Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía de chiste. Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa. En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».

La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con él.—«A ver,—decía,—cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí... Digo, no, no. Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría á Vds.»

Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo. Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes «señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía; y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión de códigos.

III

Aquella asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche, acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto de mote Inútil Club; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le llamaba Laín Calvo; y al afeitado y galante señor de Febrero, Nuño Rasura. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al chico:

—Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te quieren!

Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si algún rayo de sol dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones cerradas, donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al chico: el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su primera comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina; aquél, compañero de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba recordando los dulces del bautizo... Si se dejasen llevar del primer impulso, á pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio superior de Rogelio, serían capaces de besuquearle los carrillos y traerle caramelos y cacahuetes. Para ellos era siempre el pequeño, el rapaz: cierto que, por un fenómeno natural de óptica, los excelentes tertulianos de la señora de Pardiñas propendían á seguir considerando como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los machuchos. Se les oía decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre, pues si estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba intervenir el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan Vds.! Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.» «¿Que no tanto? Y los que mamó y anduvo á gatas.»

Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no advertir que el tiempo pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj. Cada año que ganaba en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le concebían abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo á San Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el señor de Rojas:

—¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día corriendo y jugando por la playa!

Y el chico respondió, sin descubrir el amostazamiento sino con un mohín de pillería truhanesca:

—¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con la arena. ¡Gocé más!

En el fondo, el buen corazón del chico se había apegado á la colección de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel mismo señor de Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo mundo, se hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí altar y simulacro (de madera, según Candás). Estricto celador del sentido literal de la ley, Rojas marchaba por el angosto camino que veía, sin titubear, alta la frente y tranquila la conciencia. Persuadido de la altísima dignidad de su cargo, cubría las exigencias del decoro social á costa de una economía y una modestia inverosímiles de puertas adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica por su mujer. No conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna especie. Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de adquisividad, ni resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio Rojas era pronunciado, ya con veneración, ya con la solapada y disolvente ironía que adopta el vicio para desacatar á la virtud. El cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas fantoche del Derecho. Decía que todo en él era de palo, la inteligencia y el carácter; sin ver ó sin querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes fuesen perfectas dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad en aplicarlas, hacer reinar la edad de oro.

Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso ó llovía ó nevaba, Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del ancho sofá, y atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando podía, trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy pequeño. Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado largas temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y hacíanse lenguas de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y sabroso de los alimentos, lo tratable y afectuoso de la gente, y la hermosura extraordinaria del país.

—No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no lleva allá á este pollo para que conozca su cuna—decía el señor de Febrero sobando el cojín de la muleta.

—Si siempre estoy proyectándolo—contestaba la señora—y es de esos planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden que hasta el día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos.

—Di que eres muy remoloncita, mater admirabilis—objetaba el hijo.—Por tu gusto serías árbol, para echar raíces donde te plantasen.

—Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado, niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra? Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver, ni perdemos nunca la querencia.

—Y los que no nacimos lo mismo—intervino Don Nicanor Candás, armado de trompetilla.—Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.

—Pero á mí—prosiguió la señora—siempre se me descomponía el plan, como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas de vieja. Verán Vds.:—y contaba por los dedos.—Primero: que la incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado, de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate, hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido, que no es que yo lo diga...

Rumor de simpatía en la asamblea.

—Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación... ¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...

Aquí la voz de la señora se enronquecía algo; llevaba la mano al bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos.

—De manera—repetía suspirando y encogiéndose de hombros—que cuando llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba. De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver allá para encontrarse de esquina con toda la parentela...

—Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están de nuestra parte.

—Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así... francotes y reales, como los castellanos viejos.

—Habla V. como un libro—asentía el señor de Candás, no desperdiciando la ocasión de sacar las uñas.—El gallego reunirá los méritos que V. guste; pero á retorcido y escurridizo y falso no le gana nadie. No contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.

—¡Cuidadito con insultar á la tierra!—decía festivamente Rogelio.

—Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.

—Eso prueba,—alegaba el señor de Febrero—que somos gente despabilada; no me lo negará V.

El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía:

—Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes, comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se les vuelve pucherines y lamentos.

La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era imposible habituarse á las malignas descortesías de Laín Calvo.

—Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en mayoría los gallegos. ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?»

—Hay—proseguía el fiscal imperturbable—una tanda de memos en polvo que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente, sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo; y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un ochavitu aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente donostiarra!

—A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle—objetaba furioso Nuño Rasura.—Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia y tiempo. Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...

Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado. Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras en la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.

IV

La calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad, conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto. Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y descenso de los tranvías.

Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo. Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente «sus trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos, y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la muiñeira; les hablaba con la u, á guisa de sirviente de comedia de Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:

—Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.

A lo cual solían ellos responder:

—¡Qué señorito tan pavero!

Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde una legua que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:

—Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma? Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?

—Señorito... estaba á leer La Correspondencia.

¡La Correspondencia! ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? ¡La Correspondencia! ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela, simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!

Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.

Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete, aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era gallego. Rogelio venía llamándole con señas y gritos:

—¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!

Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante; pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza, no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.

—¡Señorito, qué cuaselidá!—exclamó Martín al conocer á Rogelio.—Esta joven (el cochero pronunciaba joven con g) viene en busca de la casa del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae una carta...

—¿Quiere V. dejarme ver el sobre?—indicó el estudiante, que al dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.

La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.

—¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú, simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial, tirada por ese lánguido cisne.

—Dios se lo pague, señorito—dijo la muchacha con voz bien timbrada y dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas ribereñas.—No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la casa, que el cochero me lo señaló.

—Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.

Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto, se colocó á su izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto, experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo? ¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:

—¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?

—Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No las conoce?

—¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo que no las vemos.

—Estuvo malita doña Pascuala, la mayor. Tuvo una cosa que le dicen enginas inflamadas. ¡Ay! Muy mala estuvo.

—Y ahora, ¿sigue mejor?—interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.

—Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de junta ella.

—¿Estaba V.... allí?—(Rogelio no se atrevió á decir sirviendo.)

—Sí, señor, desde que vine de allá.

—¿Conque galleguita?

—No tengo por qué negarlo.

—Ni yo tampoco, caramba.

—No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí y la de todo el mundo.

Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie. Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y, desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.

V

—Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.

—¿Esta chica?

—Sí, señora... De las señoritas de Romera.

—A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.

Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.

—¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.

Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:

—«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»

—Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el reuma mis caderas no están para músicas.

En tono natural leyó Rogelio:

«Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas, manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de ella, al contrario.

«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,

«Pascuala y Mercedes Romera.»

—¿No dice más, hijo?

—Trae una posdata tonta. No la leo, ea.

—¿Una posdata tonta?

—Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo... Las bobadas de cajón.

—Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,—exclamó la madre con viveza.—Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco. Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas. ¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.

—¡Pero, mater terribilis, si en cuanto piso aquella antesala me entra un sueño... y no hago sino bostezar!

—Pues son unas santas.

—¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas, tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de La Diva, «Rogelito, ¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»—Al decir, así imitaba la voz cascada y el acento malagueño de las solteronas.

—Valiente pinturero estás tú,—murmuró la señora reprimiendo la risa.—No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.

—Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella dimora casta è pura flota en la atmósfera un beleño letal.

—¡Farsante!

Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo cargo y se encaró con ella.

—Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su venida. ¿Quiere subir?

—No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...

—A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?

—Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de V.... ó de otra familia gallega,—añadió después de una pausa.

Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se ruborizaba un poco.

—¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?

—Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo; ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas, estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando: Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á una persona del país.

Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan distinto del desgarro que gastan las Menegildas madrileñas. Sólo que no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis. Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo bajaba la cabeza y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y prados deleitosos.

—Hija—advirtió la señora—yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el coche sea conmigo.

La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora preguntó:

—Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?

¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar—se necesitaba ser sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo—tartamudeaba, sobre todo en las primeras frases.

—A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.

—¿Cómo no entró V. á servir allá?—insistió la señora, que sobre una pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que pasó por el rostro de Esclavitud.

—No... no se me proporcionó—respondió con acento ahogado.—Luego, como allí todos me conocían, me daba vergüenza.

Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el tono para suavizar lo áspero de la idea.

—Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera, que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso? Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí otras personas de allá, del país, para responder.

La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:

—Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.

—¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y dice V. que la conoce?

No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para expresar: «¡Bah! Desde que nací.»

—Bien...—murmuró la señora.—Francamente, hija, siento que deje V. á las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...

—No niego eso—replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;—solamente que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con esto y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá. «Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.

Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no se veían, porque los bajaba, según costumbre.

—Serénese—ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.

—Mire—declaró adelantando la cabeza por la portezuela—lo que es ahora mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra persona quisiese saber...

Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del pañuelo de seda negra.

—Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra, así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...

—¡Ya, ya!...—atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:—Pero y entonces ¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?

Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón. Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el estudiante: luego pronunció risueña:

—¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve. Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.

Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué uno de esos instantes de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas, enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora, de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por recorrer el ciclo de la vida.

VI

Cuando arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:

—No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.

—¿Y á dónde te vas ahora?

—Por ahí,—respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.

—Algún día ha de ser...,—pensaba.—Está en una edad en que no se puede tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.

Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo. Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y gritando:

—¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.

—Que pase á la sala... voy inmediatamente...—respondió desde alguna oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores variados, una étagère con estatuitas de fundición, cacharros vulgares, y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa criaturas menores.

Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo. Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno, Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos... Cuánto va á sentir Eugenio...»

Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente comentario.

—¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas! ¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?

—No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.

—¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí, es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á incienso. ¡Una santita mocarda!

Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió, no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.

—¿Conque V. la conoce mucho?

—¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también favores... favores gordos, doña Aurora.

—Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha entrado.

Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é hizo un mohín de difícil interpretación.

—¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V. comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso, hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...

—¡No, poco á poco!—exclamó alarmada ya la señora.—Para mí los buenos antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá. Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria, sin que V. me explique...

Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en aprieto.

—Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se me figura que resultará una excelente doncella.

—V. se guasea, Rita,—dijo la señora dando vado á su impaciencia creciente.—Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. el enigma, y entonces...

Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor lastimado.

Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la sala la niña mayor,—la zangolotina de doce años,—saltando de júbilo y exclamando:

—Mamá, mamá, tío Gabriel.

Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en el suelo calculando:

—Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.

VII

Entró el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura, como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, insinuó como aquel que no quiere la cosa:

—Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.

—A fe que no lo creí,—contestó redonda y duramente el artillero.

—Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo ha mostrado una prudencia... atroz.—Y, sin atender al gesto y la mirada de Rita, continuó impávida:—Un cuarto de hora hace que le pido informes de una chica paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de Vimieiro...

Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias confusas.

—Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...

Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del comandante, exclamó con acento profundo:

—¡¡La niña!!

—¡¡Y qué, la niña!!—respondió Don Gabriel remedando el tono dramático de su hermana.—¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?

—Gabriel, eres tremendo, hijo,—gimió Rita, alzando al cielo sus bellos ojos meridionales.—Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se puede.

—Ea, señores,—insistió la pesada de doña Aurora,—yo estoy á mi pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra habitación...

—Que es lo que voy á hacer ahora mismo. Eugenia, vete, hija, á estudiar el método de Concone.

La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.

—Verá V.,—recalcó doña Aurora,—ahora que podemos hablar libremente. Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó.

—La historia...,—dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de oro y calándoselos con ahinco.—Aguarde V., señora, que si mi memoria de gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy mismo á Galicia preguntando.

—¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.

—Más cargo de conciencia es,—replicó Gabriel con vehemencia,—que la chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!

—Allá tú,—articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes otra vez.—Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.

Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á Rita de soslayo y pensó:

—Fastídiate, pinturera...

—Verá V.,—empezó el comandante.—Ese cura Lamas fué un infeliz, ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí; aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido, cama y caldo caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...

—¿Y era Esclavitud?

—No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso lozana y guapetona. Y,—aquí la voz del comandante adquirió tonos irónicos,—al desabrochar la flor de la nubilidad...

—¡Ay, Gabriel!...—respingó Rita.—Ciertas cosas se pueden contar de otro modo. No se necesita entrar en detalles que...

—¡Bah!—dijo doña Aurora.—Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?

—Después vino Esclavitud.

Aunque la señora afirmaba estar al cabo, la noticia, dicha así de pronto, casi la hizo saltar en la silla.

—¡Aah!—pronunció, quedándose muy meditabunda.—Por eso la pobre... Bueno: ¿y después?

—¿Después?—recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo al fin cucharada.—Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el pié y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...

—Mi padre,—advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,—con una mano machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que le dejasen la chiquilla.

—Sí,—volvió á entrometerse Rita,—bonito remedio fué: peor que la enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba. Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos arrebatos de sangre,—en casa por cierto,—que fué preciso aplicarle un golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...

Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.

—Mira,—advirtió,—ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso no viene al caso. Despachemos pronto la historia, y deja que yo la acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores pañales y más... ortodoxamente.

—Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las cosas.

—Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de Vimieiro.

—Falta le haría,—advirtió Rita,—y también para la de su madre, que allá en América parece que se dió á la vita bona.

—¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis carecido de consideración ni de pan!—exclamó Pardo, ya indignado seriamente.—Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo que esa Esclavitud vale más que...

Se contuvo por fortuna, y añadió:

—Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres, diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde la gente sepa y recuerde y diga...

—También juraría lo mismo—asintió con calor doña Aurora.—Ahora entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos nobles... y que esos rasgos la honran mucho.

—Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,—exclamó Rita con una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus hígados.—Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita Pardo.»

La señora pensaba para su rotonda de pieles:

—Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te he calado, ya.

Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la chiquilla, le deslizó al oído:

—Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban, no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá, porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!

—¿Tití Gabriel, me llevas contigo?—arrullaba la zangolotina.—Contigo sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!

—A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés! ¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho! ¡Cuide V. el rosbif de papá!

Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y ella pagó en seguida el envío.

VIII

Doña Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del chocolate.

El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!

A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:

—¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?

Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción necesaria... Era preciso irse con tiento.

—Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á la Pepa.

—¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?

—Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.

Mater, basta ya de prolegónemos—exclamó el chico ensopando en la leche la lengüeta de un bizcocho.—Todo esto viene á parar en que tomas á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene sus debilidaes.

—No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...

¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero ¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la narración novelesca de su madre.

—Ya ves—advirtió ésta al concluir su historia—que á la pobre hay que tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...

—Vamos...—respondió Rogelio recobrando su buen humor—resulta que á la niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece bien?

—¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!

—¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo galantemente cuando penetre en nuestra mansión?—preguntó el estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:

—Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos. Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres camisas preciosas.

—¡Bah! Con encargarle á París un trusó como el de la señora de Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro mil pares de medias de seda... ¿Bastará?

Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, acechaba el efecto.

—¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos buqué, caray, carapuche! como dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»

Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una: pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel, portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma. En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del abad de Vimieiro.

IX

Los primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó treinta.

Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora, enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á las amigas:

—Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la aguja en la mano.

Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.

Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento, obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que «no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la fisonomía.

—Hija, ¿qué te pasa?—la preguntó maternalmente á boca de jarro.—¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida? ¿Te falta alguna cosa?

La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones, y respondió bajito:

—No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.

—Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de abrigo?

Como la muchacha guardase silencio, diciendo que no con la cabeza, dulce y obstinadamente, insistió la señora:

—Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me sienta en la boca del estómago.

Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud. Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde, modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan, pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»

En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento instintivo, como intentando huir y esconderse.—«¡Ta, ta!»—discurrió la señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.—«Ya había yo notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada, porque conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y cuando imagina que la miran mal...»—Insistió entonces en alta voz.—«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»

—Yo no estoy á disgusto, no, señora—contestó Esclavitud con respeto y no sin firmeza.—Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy perfectamente, lástima fuera. Pero otros...

—¿De dónde sacas eso?—replicó la señora mirándola fijamente.—¿Te he regañado desde que entraste?

—No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie—repuso la chica.—Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el infierno que sea, señora.

—Calla, calla, boba—gruñó su ama.—Ya se ve que das gusto. A tu repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.

En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña Aurora llamó á capítulo á su hijo.—«Te aseguro que el intringulis de esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro, imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que es capaz de enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú le hablaría... así... con más afecto.»

El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que responder lo metió á barullo.—«Nada, que de esta noche no pasa...: compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos paces la ilustre fregona y yo.»

En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual—sin duda por efecto de la excitación de su fantasía—le pareció muy demacrada, muy descolorida y más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»

Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos, cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola con la mano, exclamó:

—Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro un solo candil!

Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado, figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente, y para disimular aquella emoción recargó la broma.

—¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias Fantoche del Derecho? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.

En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al levantar el paño, cierta cariñosa malicia.

—A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras. Ni el Rey las gasta más ricas.

—El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese prodigio!

En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que fuera gollería pedir más.

—Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!

—No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que palomas.

—Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice paloma en gallego?

—¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice pomba y también se dice suriña.

—¡Ay! ¡Eso de suriña, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en El Imparcial. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas V. en el armario. ¡Eso!

—¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!—exclamó la muchacha apenas lo abrió.

—Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la lección de idiomas.

X

Ello sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y regocijaban toda.

Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas campechanamente, mira cómo es otra.»

Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos, habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien. La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la vez, formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente, sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso diseño de la virgen.

Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba Nuño Rasura, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus golpes de archimemo».

—Vea V., vea V.—repetía el señor de Febrero levantando la hermosa testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó sobando el cojín de terciopelo de su muleta,—qué buen tino ha demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan laboriosa como parece. En segundo, con ese aire de honestidad y de recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran todas así: nada de estos descaros de hoy día.

—Sí, sí; por fuera mucho compás...—respondía el empecatado Don Nicanor, requiriendo la trompetilla.—Unas santinas de alfeñique. Y por dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban! Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de Virgen.

—¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad, doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire tan modesto, abren más el apetito.

Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir, porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del decano.

A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo concerniente á «nuestra paisanita».

—¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?—preguntaba á la señora de Pardiñas, más con el centellear de los entornados y expresivos ojos tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.

—Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.

—¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.—Y ajustó los vidrios sobre la correctísima nariz.—Pero las amiguitas Romera—prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y la machaquería del viejo que quiere enterarse—¿la han traído de Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia de esta chica es gallega?

—Gallega, sí, señor—afirmó evasivamente doña Aurora.

—Será una familia decentita, ¿eh?—prosiguió el impertérrito Nuño Rasura.—Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí—añadió señalando á aquella escultural facción de su cara.—Ella, hablar, habla bien: sólo algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?

—Decente, sí tal—tuvo que responder la señora, de dientes afuera.

—¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?

—No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas) de un cura de aldea.

—¡Toma, toma, toma!...—articuló el decano enfáticamente.—¡Ya decía yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! Boccato di cardinale: son unas muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda prueba. ¡Toma, toma!

La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder reprimirse, indicó:

—¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso de agua... ó cosa así... con disimulo.

El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando momentáneamente al ejercicio de la sordera:

—¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V. responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los calaveras? Es un pecado, home.

Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo secreteó á la señora de Pardiñas:

—Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...—y se tocaba la nuez—aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo..., cuidado!

—No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás—protestó la señora con enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.

—Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma rabadilla de Lucifer—alegó el maligno asturiano.—Venden modestia, y dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... ¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»

—Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de viperinas—protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el suelo.—Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se toma en boca, señores.

—Ya, ya—replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.—Ya entiendo que á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.

—No señor—declaró la señora de Pardiñas.—No se eche V. á pensar mal, que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á servir...

—¿Desde cuándo?

—Pues hará medio año... poco más ó menos.

—¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!

—¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.

—¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche! Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la nacionalidad de los amos con quien servía, home.

—Está V. equivocado—contestó airadamente el señor de Febrero.—Esta enfermedad, que se conoce por morriña ó mal del país, es terrible en mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. ¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.

—Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con solfa de varas de avellano.

—Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...

—¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora; mire que es cosa grave.

—Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien servida con Esclavitud para deshacerme de ella.

Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo. El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la boca»—deducía.—«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir siéndolo.»

XI

Cruzaba Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.

—¡Esclavita!

—Voy.

—Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso conflicto.

La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si encerrase en ella algún tesoro.

—Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin atravesar mi garganta con el frío acero?

Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero, carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:—«Aparte un poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con el hilo, formando el pié; remató...

—¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.

Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.

—¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!

Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para obtener una cosa muy importante y ardua:

—Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.

La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban, las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo, derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies, y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen destapado una botella de oxígeno.

Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo, cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia conveniente para juzgar del efecto del lazo.

Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila. Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»

La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea, al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz, recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y razonables todos los despropósitos, y hasta—¡extraña forma del capricho apasionado!—creía tener una obligación, una especie de deber estricto de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de locura. «Después sí,—pensaba,—que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí. Dios quiera que no tenga escama ya...»

Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto, afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto, impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial, manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y el honrado Fantoche. Quieren que seas de palo como él. No, eres de carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es... Esclavitud».

A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del Madrid Cómico, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con una lectura hambrienta sus febriles ansias.

No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas. Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor es el remedio que la enfermedad.»

Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes, cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran distracción...»

Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola. «La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un jilguero, trapos, una bota inservible.—Al fijarse en aquel interior nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte. Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»

XII

La mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».

Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres ocupaciones indispensables aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de caballero, con guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.

—¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!

Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de pieles. Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año. Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable, y en el andar cierta majestad insólita.

Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso á arreglarla el polisón y las aldetas del corpiño, y á sacudir imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:

—Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!

—¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete..., así. La levita te la han sacado pintada.

—¡Mamá!...—protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje que estaba bien. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera todavía le gritó:

—¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la alfombra.

La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí. Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:

—Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!

Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían «un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.

—Madre mía, si es posible, pase de mí ese cáliz. Pero, ¡carapuche! como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme así, para no dormirme?

—¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda, anda, da la orden: calle del Barquillo...

Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías «vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros. Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto, indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en Loja... Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...» Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia. «Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.

Inocencia obedeció,—no sin hacer varias morisquetas á pretexto de llegarse á la mesa,—exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:

—Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más preciosas!

Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte honraba más, y aquello olía á noviazgo de juego; pero al verla de cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y dijo para sí:

—Me declaro.

Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña murmuró:

—¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!

Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo que .

—¿Me da V. una prueba de amor?—imploró Rogelio: y sin aguardar respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:

—Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean con ellas.

—Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.

Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:

—También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la mañana, otra por la tarde, que aún es más.

—Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que traiga y lleve la correspondencia.

—Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?—añadió jugueteando con las puntitas rizadas de la coleta.

—No... Cuando yo te dé el retrato.

La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con las mismas precauciones, gozosa.

—Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.

Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y para no estallar se cubría los labios y la nariz con el rico pañuelo de bordada inicial. La novia reparó en el pañuelo, y observó vivamente:

—¿Qué letra es esa?

—Erre. Me llamo Rogelio.

—Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...

—Pardiñas.

—Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...—Repitiólo muchas veces la muchacha, como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le interrogó con tono solemne:

—¿Nos hemos de casar?

Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba, echado atrás en el sillón:

—¡Ay... ay... me muero, me muerooó!

—¿De qué te ríes?—preguntó algo picada la niña.—Pareces tonto. Dime si nos hemos de casar, ea.

—Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir, que si no me pongo malo.

Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:

—¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería montada. Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...

—Abogado.

—¡Lástima! No tienes uniforme.

XIII

A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan desgarrador y patético:

—¡¡Madre del alma!!

Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una exclamación de horrible susto.

—¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús, sangre!

En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la reanimó, y pudo decir con desmayado acento:

—No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada. Ya estoy así..., mejor.

—En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...

—No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.

Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo, al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción cerebral?»

—A casa, despacito—ordenó al cochero que se inclinaba lleno de curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:

—¿Pero mamá, cómo hiciste?

—No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.

—Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué tienes ahora, mamá?

—No sé... Parece que me entra un síncope—respondió con voz débil la señora.

De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»; pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí, hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora lanzó una queja.

—¿Qué te duele?

—Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.

Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos, con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez del Abrojo, y no me vengo sin él».

Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía nada. Quietud, y se acabó.

Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. «Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».

Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había tomado algún sustento en aquel día memorable.

Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese, señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un recuerdo bufo cruzó por su memoria:

—¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?

XIV

Aunque rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio, Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la alcoba de su madre, miró á su alrededor.

Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte, roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada, inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa de algún miedo nocturno, implora compañía.

—¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!—cuchicheó.—Aquí.

Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia Rogelio.

—¿Duerme mamá?

—Y bien que duerme.

—Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito, para que no la despertemos.

—¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?

—Que no. Habla bien despacito... y de cerca.

—¿No le era mejor dormir?

—¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar ahora. Ponte aquí.

—¿Dónde?

—Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y despertaremos á mamá.

Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado, manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica, murmuró:

—Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!

—¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!—contestó la muchacha correspondiendo á la presión.

—¿Y si muriese, qué hacía yo, di?

No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga mirada elocuentísima.

—Si muriese—prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento de sensibilidad involuntaria—ahí tienes; no me quedaba nadie en el mundo más que tú, nadie.

—¡Yo!...—balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del estudiante.

—Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y sólo tú.

Hablaba así Rogelio medio incorporado, para mejor dejarse oir de la muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa ejercitar previsión.

—Tú, Suriña—repetía entregándose á las manos que con vigor casi convulsivo oprimían la suya.—¿Verdad que tú me quieres, y que me quieres mucho?

Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con la cabeza.

—Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.

—Pues es verdad—pronunció al cabo la chica recobrando el habla y apartándose un poco del estudiante.—Yo no sé qué me ha pasado á mí en esta casa, que le cogí así á modo de un cariño... un cariño muy grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin..., estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras, doy cabo de mí muy pronto.

—¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?

—Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.

—¡Yo tema!

—Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se me metió en la cabeza el verme...

—¿El verme?

—Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme, es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen.

—Porque sabías que yo te quería, Sura.

—No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la rabia que tomé me daban ganas de morirme.

—Yo sí que me muero de gusto con oírtelo. Ahí estás muy mal, chica. Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te alcance.

Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez, y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento. La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio expresó su admiración así:

—Suriña, eres preciosa.

En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba de vuelta.

—Duerme como una santa.

—Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?

—¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos ojos... ¿No lo sabe, señorito?

—Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte Dios con malos ojos?

La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos, espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.

—No seas boba—murmuró generosamente Rogelio.—Tú qué culpa tienes, mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo escogemos. ¡Simple!

—¡Si viese cómo me trabaja eso allá dentro!...—articuló con vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.—Siempre estoy imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona, peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»

—Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste desde el primer día, ¿no sabes?

Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas importantes; pero Rogelio no estaba en disposición de prestarse á entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la comida.

—Mamá te quiere mucho—repitió.—¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.

Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é intuiciones adivinatorias del porvenir.

—Mira—murmuró Rogelio—si vieses qué bien me encuentro así contigo. Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.

—No me muevo—respondió con firmeza la muchacha.—Así me quisiesen arrancar con tenazas, aquí me estoy.

—Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!

Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó todavía:

—¿Suriña?

—¿Qué?

—¿Me quieres mucho?

La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita:

—Hasta la hora de morir.

XV

No obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora, aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para evitar los perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la cama.—«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso», advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera. Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»

Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia. Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo diría.»

Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada fábrica de chocolate, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa, despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un modo que tuve de echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno... así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto sea querer; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos esto de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como aquello que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»

Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido. Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el gabinete, haciendo compañía al hijo de la víctima, como se llamaba á sí mismo Rogelio bromeando. Se habló de las consecuencias que pudo tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué dibujos de La Ilustración Ibérica, se inclinó hacia el estudiante y le dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:

—Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»

Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con golpecitos del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la chimenea.

—¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...

La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy entretenido en ajustarse la trompetilla.

—V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.

Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada época anunciando la caducidad de la vida.

—La verdad es—intervino Laín Calvo—que todos estamos hechos unos pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?

—Decía—le gritó Rojas—que para cuidar de sus males quiere á Esclavitud, la doncella de doña Aurora.

—¡Aire!—exclamó el sordo.—No, pues con los cuidados de una rapacina así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble, caray. A no ser que sea como el rey David...—Y añadió encarándose con Rogelio.—¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?

Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez habitual), y contestó tartamudeando:

—No, yo... Yo... al señor de Febrero...—Y para su coleto decía:—«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»

Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño, quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente, notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio, desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura, insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel. Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina. «¡Ay... alabado sea Dios!—decía.—Parece que se me han sosegado mis huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la respiración.

—Hoy sí que viene volando—pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á aquello importancia ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un desordenado latir.

XVI

Vino en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á dos pasos.

—¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo. Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.

Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por lo penetrante y profundo.

—Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me ha hecho caso, señorito.

—¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo.

—Sí, señor...—murmuró la muchacha.—La tengo. Para conseguir todo lo que es contra mí.

—¡Contra ti!—articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.—¿Y es contra ti el que mi madre sane?

—Como sanar...—balbuceó Esclavitud—como sanar... no, señor, y quiera Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos.

La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso. Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que Rogelio la dijo en tono afectuoso:

—Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte.

—Daño, no—murmuró la muchacha.—Daño, no.

Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.

—¿No quieres dormir un poquito?—le propuso.—Llevas dos noches en vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he de estar despabilado...

Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad, sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría ella un trimestre.

—Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo.

—¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!... Quien no sabe nada...

—¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra. Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un tapón. Casi no me acuerdo.

Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la obscuridad, como los de los gatos.

—¿No se acuerda nada, señorito?

—Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á sardina.

—¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?

—Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya. Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.

—¿A mí?—articuló la muchacha meneando la cabeza.—A mí, ya verá como no.

—¿Por qué, tonta?

—Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha puesto que ver no veo más la tierra.

—¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta, cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.

—Y de las del mundo todo, ya se lo dije—contestó con gran persuasión Esclavitud.—Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese echar el cedazo de la sardina!

—Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con su tamboril y su gaita?

—Vale más una fiesta de aquellas—aseguró muy formal la chica—que todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.

—¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.

—Un hueso que tenemos en semejante parte—respondió señalando al pecho—que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va uno quedando mustio, mustio... vamos, así, muy triste, y amarillo, y sin voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo, si no se la levantan á uno, se muere.

—¿Tú crees en eso, chica?

—Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo lo de la paletilla es una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se fueron al otro mundo, por no querer que se la levantasen.

—Pues Suriña, á veces parece que también se me ha caído á mí la paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas de probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña me pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.—Al decirlo inflaba los carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.—Aquí siempre seré un fideo. Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta, anda, cuéntame de allá.

Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni genio descriptivo alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á su biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una tarde que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo aprendía á hacer encajes con los palillos... Un día que cocíamos la hornada en nuestro horno...» Esta misma personalidad de la narración le prestaba singular encanto para Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle que sus desvanecidos recuerdos infantiles tomaban cuerpo, se destacaban, y se le aparecían claros y distintos. El cuarto se llenaba de olores de campo, á menta, á anís, á hierba recién segada. La ilusión fué tan fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y la olió.—«Hueles no sé á qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica hablaba, se le ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho de ir allá. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito que he de pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto gentío. En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo que un becerro bravo.»

—¡Ay señorito!—murmuraba la voz de Esclavitud—¡qué fea y qué seca me pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús, María! Ni un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los labradores ahí?

—Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da el pan y el vino, mujer.

—¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble que contenta esté la gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el mar, mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo Dios podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él! ¡Aquellas conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la sardina, que es el mantenimiento de los pobres!

—Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que diga tu apasionado Nuño Rasura...

—¿Quién?

—El señor de Febrero, mujer...

—¿El ancianito de la muleta?

—Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto por ti.

—¡Bah!... No haga burla.

—De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles no cumplidos.

—Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede.

—Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados cabellos...

—Sí, de difunto—observó humorísticamente la muchacha.

—Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón si me vendes.

Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito:

—Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.

XVII

Doña Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad. Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora, con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos, vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le tuvo por un chiquilicuatro, un rapaz, ahora estaba á sus órdenes, sumisa, como esclava verdadera. Con la madre, por más amante y tierna que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia. Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la dignidad humana.

Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas. A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender á Suriña, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas; tendría una desazón horrible; recaería; acaso despacharía á Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á tu señor.»

Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura. Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena, que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que se ponga más alegre todavía.»

Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto. Sujeta incesantemente en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida, porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito de terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más, de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,—una roseta de minúsculos diamantes;—en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta se había consagrado al culto de ambos númenes.

No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás. Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella, mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en bable, llamando á su marido este, y contando delante de cualquiera indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal gusto de sus opiniones,—porque hasta las opiniones eran de mal gusto en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.

Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,—y acaso sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de la instrucción masculina,—Don Nicanor se mostraba á veces como avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares. Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse; y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido presentados. Pero hubo más. Mientras el señor de Rojas, conversando en igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en Madrid el tocín, dijo con el peor estilo del mundo:

—Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.

Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer, que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.

Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:

—Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me lo tiene ofrecido.

XVIII

Encontrábase la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo. Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.

—¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?—preguntó después de repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada la forma de sus lomos.

Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:—«No; es decir, ¿yo qué sé? Haga V. él favor de explicarse».

—¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...

—Sí, sí; ya... el viernes.

—¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?

—¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente. ¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.

—No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.

—¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?—preguntó ya consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á la de Rojas.

—El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le salieron con «¿V. desacata al ministro?»

—Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...

—¡Mire V.—añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera—que ir un mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen vena. Talis pater... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. ¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!

—Pues á mí,—arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué atenerse respecto á la sordera del Fiscal,—me parece que en todas las profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.

—Y claro,—siguió Laín,—ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán. Como un guante estará dentro de un año.

Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las atrocidades del maligno sordo.

—Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada sordera...

—A mí no me venga V. con sorderas,—protestó la señora.—Dios me libre de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No nací en el año de los tontos.

—Y el que está más chiflado de todos,—advirtió Laín haciéndose el desentendido,—es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.

Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la calceta.

—Lo de Rogelín,—continuó con la misma bonachonería el sordo,—es tan natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese. Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... Rapazadas que se caen de suyo.

La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.

—¿V. sabe lo que está diciendo?—exclamaba.—¿Le parece á V. bien lanzar esas cosas tan serias porque sí, sin prueba ni fundamento ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga? Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas en casa de su madre!...

—Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa, porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico, todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una mano de azotes en el tafanario, por archimemo.

¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones, porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. «Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y gritado con toda su fuerza:

—Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye? «Piensa el ladrón que todos lo son.»

Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva, exclamó con acento dolorido:

—Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me deja sordo.

XIX

Pero apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora, ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de la calceta, llegó á formular categóricamente el indefectible «¿por qué no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia, hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le dije:—Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que yo no esperé nunca que Rogelio fuese toda, toda la vida un santo; pero esto... así, á domicilio...»

Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado, por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento. Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»

Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y escamona se volvió desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.

Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto, en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz. Y,—preciso es confesarlo,—al pronto el resultado de estas averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía las horas que el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él. Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso, excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto, cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más vulgares.

Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos, establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de carnero á medio morir, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha mostraba un apresuramiento que estaba muy lejos de manifestar cuando tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las orejas gachas.

Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto; pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el duelo se despedirá en la taberna.»

Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando, se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan por sacarla de tino. «Es monomanía la que tiene todo el mundo de aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»

No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera, donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado y pensativo que la caracterizaba.

—¿Dónde está el señorito?—preguntó doña Aurora de súbito, sin dar tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.

Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico, respondió:

—Me parece que estudiando en su cuarto ¿Cómo entró, señora? No he sentido la campanilla.

—Es que salía Fausta—explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo! ¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja, deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que te puedas quejar; al contrario, has de tener que darte por satisfecha. Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré quien ha de desbancarte.»

XX

Y EN efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar á fin de que nada velase sus encantos.

Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas fosas nasales más suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal, gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.

—Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de la familia.

—Sí—respondió la señora metiéndose á chalana—pero también no me negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.

—Bueno, los ingleses...; una moda redícula, como muchas que hay; y esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues. Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el Baraterín en comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.

—Es verdad, mamá—afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del simpático animal.—Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo que á ti, y el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!

—Pues que no la ronde, que es tuya—exclamó la mamá decisivamente, recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el hocico negro y suave.

Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes, mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».

Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al día, sino ocu pación y preocupación constante, desde que amanece hasta que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada; ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de tocador—y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las inquietudes por la salud—un caballo ocasiona tantas como un niño chico.—«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el pienso. Le noto los ojos tristes.—Señorito, hoy la jaca no ha...» ¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos, relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto, mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la corbata con herraduras blancas sobre fondo gris... Todo distracción, todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca. ¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida, ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de ágil pareja y disponerse al vals!

Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las tres, salía Rogelio á gozar de los primeros soplos primaverales, ya solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?

No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los nervios.

—Pecisamente—dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter baza:—tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos que somos ya.

—¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué puedo servirla?

—Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal, creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas..., yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados á que está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?

—Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy juiciosamente, amiguita...

—Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de Esclavitud...

El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa, afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos, exclamó:

—Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá meditado... ¿lo dice V. formal, formal?

Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud extemporánea, y se dió prisa á añadir:

—Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...

—Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con las Higinias que corren, ¿quién suelta una Esclavitud.... ¡ah! una Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?

Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista» pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:

—Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.

Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran... vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de guitarra».

Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir al padre en concepto de ama de llaves. El ochentón añadió, estregándose repetidas veces las manos:

—Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.

XXI

Nada transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones del Fiscal, y otro tanto—revelemos estas interioridades—á la fiereza de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes, de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre pelado, con otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así. Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para Filipinas.»

Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos. «Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la confitería de La Pajarita, no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación acertó á decir entregando la dádiva.

Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora desempeñar la ingrata tarea de soltársela á Esclavitud. Hubiese preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos, la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya, aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado que ciento amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»

Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora, el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos intuitivamente.

No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves... Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra casa...»

Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.

—Bien, ¿qué dices?—articuló al fin la señora que comenzaba á impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.

—¿Yo qué quiere que diga?—respondió Esclavitud con voz sorda, pero tranquila al parecer.

—Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar otra á tu modo y á tu idea.

Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro á fuerza de ser contenido:

—Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.

«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien, aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo. Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella tarde no tuvo más recurso que salir,—contra su costumbre,—á despedir en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa, aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.

—¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?

—¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me despide... Me deja en casa del señor de Febrero.

—Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...

La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso, infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés... Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo, queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos. Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba la garganta.

—Voy á abrir, que es la señora.

XXII

Viendo á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó, discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los habituales compañeros de sport. Así que se alzaron los manteles, sacó otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra quiere que le bajen la cabeza, que le rindan el tributo de la recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón, según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»

—Ya repaso, mamá—contestó lacónicamente el estudiante.

Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba, cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón; suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles, sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:

—No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.

La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su despacho.

—Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus pasos contados. Veremos si la puedo enmendar y dar tiempo al tiempo. Si no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien... Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.

Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba disipándose como un frasco de esencia cuando queda destapado. Es indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio, que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.

El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese olvidado aquéllo, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos los días menos inminente—siendo así que lo era más, pues la salida á Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.

Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas; pero en una—la más ingrata y antipática para él—le cayó como una ducha fría un suspenso. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una libra de azúcar.»

XXIII

La última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo, sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja, bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo, dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio. «Esta anda otra vez con intenciones de maridar—pensó doña Aurora.—¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»

Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»

Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse. Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto; y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el sordo Candás».

No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había demacrado, afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los huesos de alguna mártir desconocida.

Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.

Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin, pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.

—Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia. Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que en ésta. Ya sabes que yo te he de querer siempre, boba. No me la pegues con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira que me vas á poner muy triste.

Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:

—Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella una cosa mala.

—Mujer, ¡Suriña!

—Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me habla.

—¡Válgame Dios!—exclamó el estudiante estremeciéndose.—Más quisiera que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y desespérate, pero no digas esas cosazas.

—Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre—repuso apaciblemente la muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de padre que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni perífrasis.

—Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del Abrojo.

—No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son avisos.

—Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...

Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario, pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para decir á su amigo las extravagancias siguientes:

—Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...

Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:

—Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció ventando la muerte.

—¡Jesús, mujer!—exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente impresionado con aquella conversación extraña.—Tú estás loca ¿No ves, Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les mando. Se convertirían en cuarta plana de La Correspondencia. Lo que tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos y tú te quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda, no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...

Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió bastante tiempo—y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y la ceguera de los pocos años—antes que se le despertase una sed criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso obscuridad completa, pues un rayo de luna primaveral, entrando por la vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora. Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó en tono suplicante:

—Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña. Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?

La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad persistía, y no quedaba para siempre en su persona no sé qué de otra, una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con avidez.

Epílogo

Antes faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves. Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada, mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir andando con su pata coja.

En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta. Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»

Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.

La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á Esclavitud cantándole sotto voce aquello de «Y hoy sirvo á un abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»

—Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no lo sea de más...

Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres, mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y tres señoras, dos jóvenes y una de pelo blanco, que aplicaban frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le dijo señalando al grupo:

—¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad, viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la jubilación hace una semana.

—¡Qué me dice V.!—exclamó con pena sincerísima la señora.—¡Válgame Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!

Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:

—¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!

El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.

En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha, estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no volviese á levantarse para ella nunca, nunca.

Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.


Publicado el 23 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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