Texto: La Liga de los Ancianos

Jack London


Cuento


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Extracto de La Liga de los Ancianos

—Me parece que está loco —dijo Dickensen.

—¿Cómo llamas a eso? —inquirió Jimmy.

Dickensen aplicó un dedo figurativo a su cabeza y le impartió un movimiento rotativo.

—Quizás, quizás —dijo Jimmy, volviéndose hacia Imber, que todavía pedía por el jefe de los hombres blancos.

Un policía montado (desmontado para el servicio en el Klondike) se unió al grupo y escuchó cómo Imber repetía su deseo. Era un individuo joven y fornido, de anchos hombros y pecho hundido, con las piernas bien formadas y muy separadas, y tan alto que, aunque Imber también lo era, le pasaba media cabeza. Sus ojos eran fríos, grises y firmes, y se comportaba con la confianza peculiar de un poder alimentado por la sangre y la tradición. Su espléndida masculinidad —era un simple chiquillo— y sus mejillas imberbes prometían sonrojarse tan prestamente como las mejillas de una doncella.

Imber se dirigió hacia él inmediatamente. El fuego se agolpó en sus ojos al ver en las mejillas del muchacho una cicatriz producida por un sable. Dejó discurrir su mano arrugada por la pierna del joven y acarició su duro tendón. Golpeó el amplio pecho con sus nudillos, y oprimió y pinchó el pesado peto muscular que cubría sus hombros como una coraza. Al grupo se hablan añadido curiosos transeúntes —mineros fornidos, montañeros y hombres de la frontera, descendientes de los viejos pioneros de largas piernas y anchos hombros. Imber los miró a todos, de uno en uno, y luego habló fuertemente en idioma Pez Blanco.


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Se incorporó a textos.info el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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20 páginas / Tiempo de lectura aproximado: 35 minutos.