Ulises

James Joyce


Novela


Índice

1. Telémaco
2. Néstor
3. Proteo
4. Calipso
5. Lotófagos
6. Hades
7. Eolo
8. Lestrigones
9. Escila y Caribdis
10. Las Rocas Errantes
11. Las Sirenas
12. El Cíclope
13. Nausica
14. Los Bueyes del Sol
15. Circe
16. Eumeo
17. Ítaca
18. Penélope

1. Telémaco

MAJESTUOSO, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afei­tar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba de­licadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó:

—Introibo ad altare Dei.

Se detuvo, escudriñó la escalera oscura, sinuosa y llamó rudamente:

—¡Sube, Kinch! ¡Sube, desgraciado jesuita!

Solemnemente dio unos pasos al frente y se montó sobre la explanada redonda. Dio media vuelta y bendijo gravemen­te tres veces la torre, la tierra circundante y las montañas que amanecían. Luego, al darse cuenta de Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, barbotando y agitando la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y adormila­do, apoyó los brazos en el remate de la escalera y miró fría­mente la cara agitada barbotante que lo bendecía, equina en extensión, y el pelo claro intonso, veteado y tintado como roble pálido.

Buck Mulligan fisgó un instante debajo del espejo y luego cubrió el cuenco esmeradamente.

—¡Al cuartel! dijo severamente.

Añadió con tono de predicador:

—Porque esto, Oh amadísimos, es la verdadera cristina: cuerpo y alma y sangre y clavos de Cristo. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Un pequeño contratiempo con los corpúsculos blancos. Silen­cio, todos.

Escudriñó de soslayo las alturas y dio un largo, lento silbi­do de atención, luego quedó absorto unos momentos, los blancos dientes parejos resplandeciendo con centelleos de oro. Cnsóstomo. Dos fuertes silbidos penetrantes contesta­ron en la calma.

—Gracias, amigo, exclamó animadamente. Con esto es su­ficiente. Corta la corriente ¿quieres?

Saltó de la explanada y miró gravemente a su avizorador, recogiéndose alrededor de las piernas los pliegues sueltos del batín. La cara oronda sombreada y la adusta mandíbula ova­lada recordaban a un prelado, protector de las artes en la edad media. Una sonrisa placentera despuntó quedamente en sus labios.

—¡Menuda farsa! dijo alborozadamente. ¡Tu absurdo nombre, griego antiguo!

Señaló con el dedo en chanza amistosa y se dirigió al pa­rapeto, riéndose para sí. Stephen Dedalus subió, le siguió desganadamente unos pasos y se sentó en el borde de la ex­planada, fijándose cómo reclinaba el espejo contra el parape­to, mojaba la brocha en el cuenco y se enjabonaba los cache­tes y el cuello.

La voz alborozada de Buck Mulligan prosiguió:

—Mi nombre es absurdo también: Malachi Mulligan, dos dáctilos. Pero suena helénico ¿no? Ágil y fogoso como el mismísimo buco. Tenemos que ir a Atenas. ¿Vendrás si con­sigo que la tía suelte veinte libras?

Dejó la brocha a un lado y, riéndose a gusto, exclamó:

—¿Vendrá? ¡El jesuita enjuto!

Conteniéndose, empezó a afeitarse con cuidado.

—Dime, Mulligan, dijo Stephen quedamente.

—¿Sí, querido?

—¿Cuánto tiempo va a quedarse Haines en la torre?

Buck Mulligan mostró un cachete afeitado por encima del hombro derecho.

—¡Dios! ¿No es horrendo? dijo francamente. Un sajón pe­sado. No te considera un señor. ¡Dios, estos jodidos ingleses! Reventando de dinero e indigestiones. Todo porque viene de Oxford. Sabes, Dedalus, tú sí que tienes el aire de Oxford. No se aclara contigo. Ah, el nombre que yo te doy es el me­jor: Kinch, el cuchillas.

Afeitó cautelosamente la barbilla.

—Estuvo desvariando toda la noche con una pantera ne­gra, dijo Stephen. ¿Dónde tiene la pistolera?

—¡Lamentable lunático! dijo Mulligan. ¿Te entró canguelo?

—Sí, afirmó Stephen con energía y temor creciente. Aquí lejos en la oscuridad con un hombre que no conozco desva­riando y gimoteando que va a disparar a una pantera negra. Tú has salvado a gente de ahogarse. Yo, sin embargo, no soy un héroe. Si él se queda yo me largo.

Buck Mulligan puso mala cara a la espuma en la navaja. Brincó de su encaramadura y empezó a hurgarse en los bol­sillos del pantalón precipitadamente.

—¡A la mierda! exclamó espesamente.

Se acercó a la explanada y, metiendo la mano en el bolsi­llo superior de Stephen, dijo:

—Permíteme el préstamo de tu moquero para limpiar la navaja.

Stephen aguantó que le sacara y mostrara por un pico un su­cio pañuelo arrugado. Buck Mulligan limpió la hoja de la nava­ja meticulosamente. Luego, reparando en el pañuelo, dijo:

—¡El moquero del bardo! Un color de vanguardia para nuestros poetas irlandeses: verdemoco. Casi se paladea ¿ver­dad?

Se montó de nuevo sobre el parapeto y extendió la vista por la bahía de Dublín, el pelo rubio roblepálido meciéndo­se imperceptiblemente.

—¡Dios! dijo quedamente. ¿No es el mar como lo llama Algy: una inmensa dulce madre? El mar verdemoco. El mar acojonante. Epi oinopa ponton. ¡Ah, Dedalus, los griegos! Ten­go que enseñarte. Tienes que leerlos en el original. Thalatta! Thalatta! Es nuestra inmensa dulce madre. Ven a ver.

Stephen se levantó y fue hacia el parapeto. Apoyándose en él, miró abajo al agua y al barco correo que pasaba por la bocana de Kingstown.

—¡Nuestra poderosa madre! dijo Buck Mulligan.

Desvió los ojos grises escrutantes abruptamente del mar a la cara de Stephen.

—La tía piensa que mataste a tu madre, dijo. Por eso no me deja que tenga nada que ver contigo.

—Alguien la mató, dijo Stephen sombríamente.

—Te podías haber arrodillado, maldita sea, Kinch, cuan­do tu madre moribunda te lo pidió, dijo Buck Mulligan. Soy tan hiperbóreo como tú. Pero pensar en tu madre rogándote en su último aliento que te arrodillaras y rezaras por ella. Y te negaste. Hay algo siniestro en ti ....

Se interrumpió y se enjabonó de nuevo ligeramente el otro cachete. Una sonrisa tolerante le arqueó los labios.

—¡Pero un retorcido encantador! murmuró para sí. iKinch, el retorcido más encantador del mundo!

Se afeitaba uniformemente y con cuidado, en silencio, se­) riamente.

Stephen, un codo recostado en el granito rugoso, apoyó la palma de la mano en la frente y reparó en el borde raído de la manga de su americana negra deslucida. Una pena, que aún no era pena de amor, le carcomía el corazón. Silenciosa­mente, en sueños se le había aparecido después de su muer­te, el cuerpo consumido en una mortaja holgada marrón, despidiendo olor a cera y palo de rosa, su aliento, que se ha­bía posado sobre él, mudo, acusador, un tenue olor a cenizas moladas. Más allá del borde del puño deshilachado veía el mar al que aclamaba como inmensa dulce madre la bienali­mentada voz a su lado. El anillo de la bahía y el horizonte re­tenían una masa de líquido verde apagado. Un cuenco de loza blanca colocado junto a su lecho de muerte reteniendo la bilis verde inerte que había arrancado de su hígado podri­do con vómitos espasmódicos quejumbrosos.

Buck Mulligan limpió de nuevo la hoja de la navaja.

—¡Ay, pobre e infeliz chucho apaleado! dijo con voz ama­ble. Tengo que darte una camisa y unos cuantos moqueros. ¿Qué tal los calzones de segunda mano?

—No me quedan mal, contestó Stephen.

Buck Mulligan la emprendió con el hoyo bajo el labio.

—Menuda farsa, dijo guasonamente. Tendrían que ser de segunda pierna. Sabe Dios qué sifilitigandumbas los soltó. Tengo un par que son un encanto a rayas finas, grises. Esta­rás chulo con ellos. No bromeo, Kinch. Estás imponente cuando te arreglas.

—Gracias, dijo Stephen. No mulos voy a poner si son grises.

—No se los va a poner, dijo Buck Mulligan a su cara en el espejo. Etiqueta ante todo. Mata a su madre pero no se va a poner unos pantalones grises.

Cerró la navaja meticulosamente y con ligeros masajes de los dedos se palpó la piel suave.

Stephen desvió la mirada del mar a la cara oronda de ojos inquietos azulhumo.

—Ese tipo con el que estuve anoche en el Ship, dijo Buck Mulligan, dice que tienes p.g.i. Está viviendo en Villachifla­dos con Conolly Norman. Parálisis general de insania.

Hizo una barrida con el espejo en semicírculo en el aire para difundir la nueva en los contornos del sol radiante en este momento sobre el mar. Los arqueados labios afeitados reían y el borde de los blancos dientes destellantes. La risa atrapó por completo su torso robusto bien formado.

—¡Mírate, dijo, bardo horrendo!

Stephen se inclinó hacia delante y escudriñó el espejo que sostenían frente a él, partido por una raja torcida. El pelo de punta. Como él y otros me ven. ¿Quién eligió esta cara por mí? Este infeliz chucho apaleado al que hay que espulgar. También me lo pregunta.

—Lo trinqué del cuarto de la chacha, dijo Buck Mulligan. Le está bien merecido. La tía siempre coge sirvientas feúchas para Malachi. No le dejes caer en la tentación. Y se llama Ursula.

Riendo de nuevo, apartó el espejo de los ojos escudriñan­tes de Stephen.

—La rabia de Calibán por no verse la cara en el espejo, dijo. ¡Si Wilde viviera para verte!

Retrocedió y, señalando, dijo con amargura Stephen:

—Todo un símbolo del arte irlandés. El espejo rajado de una sirvienta.

Buck Mulligan repentinamente se cogió del brazo de Stephen y paseó con él por la torre, la navaja y el espejo zu­rriando en el bolsillo donde los había metido.

—No está bien que me meta así contigo ¿verdad, Kinch? dijo amablemente. Sabe Dios que tienes más valor que cual­quiera de ellos.

Otro quite. Teme la lanceta de mi arte como yo temo la suya. La pluma acerada y fría.

—¡El espejo rajado de una sirvienta! Cuéntaselo al cabes­tro de abajo y sácale una guinea. Apesta a dinero y no te con­sidera un señor. Su viejo se forró vendiendo jalapa a los zu­lúes o con cualquier otro timo de mierda. Dios, Kinch, si tú y yo al menos trabajáramos juntos podríamos hacer algo por esta isla. Helenizarla.

El brazo de Cranly. Su brazo.

—Y pensar que tengas que mendigar de estos puercos. Soy el único que sabe lo que eres. ¿Por qué no confías más en mí? ¿Qué es lo que te encabrita contra mí? ¿Se trata de Haines? Si va a dar la lata me traigo a Seymour y le armamos una peor que la que le armaron a Clive Kempthorpe.

Gritos juveniles de voces adineradas en las habitaciones de Clive Kempthorpe. Rostrospálidos: se desternillan de risa, agarrándose unos a otros. ¡Ay, que voy a fallecer! ¡Dale la no­ticia con tacto, Aubrey! ¡Que la palmo! Los jirones de la ca­misa azotando el aire, brinca y bota alrededor de la mesa, los pantalones caídos, perseguido por Ades del Magdalen con las tijeras de sastre. Cara de temero asustado dorada con mer­melada. ¡No me bajéis los pantalones! ¡Que no me toreéis!

Gritos desde la ventana abierta turban el atardecer del pa­tio. Un jardinero sordo, con mandil, enmascarado con la cara de Matthew Amold, empuja el cortacésped por la hier­ba umbría observando atentamente las briznas danzarinas de los brotes de césped.

Para nosotros .... un nuevo paganismo .... omphalos.

—Que se quede, dijo Stephen. No se porta mal menos por la noche.

—Entonces ¿qué pasa? preguntó Buck Mulligan impa­cientemente. Desembúchalo. Yo soy franco contigo. ¿Qué tienes contra mí ahora?

Se detuvieron, mirando hacia el cabo despuntado del Pro­montorio del Rebuzno que yacía sobre el agua como el ho­cico de una ballena dormida. Stephen se soltó del brazo si­lenciosamente.

—¿Deseas de verdad que te lo diga? preguntó.

—Sí ¿qué pasa? contestó Buck Mulligan. Yo no me acuer­do de nada.

Miró a Stephen a la cara mientras hablaba. Una ligera bri­sa le rozó la frente, abanicándole suavemente el pelo rubio despeinado y despertando centelleos plateados de ansiedad en sus ojos.

Stephen, abatido por su propia voz, dijo:

—¿Te acuerdas el primer día que fui a tu casa después de la muerte de mi madre?

Buck Mulligan frunció el ceño de pronto y dijo:

—¿Qué? ¿Dónde? No me acuerdo de nada. Me acuerdo sólo de ideas y sensaciones. ¿Por qué? ¿Qué pasó, por Dios santo?

—Estabas preparando el té, dijo Stephen, y pasaste por el descansillo para coger más agua caliente. Tu madre y una vi­sita salían del salón. Te preguntó quién estaba en tu cuarto.

—¿Sí? dijo Buck Mulligan. ¿Qué dije? Lo he olvidado.

—Dijiste, contestó Stephen, Ah, no es más que Dedalus al que se le ha muerto la madre bestialmente.

Un rubor que le hizo parecer más joven y atractivo le su­bió a las mejillas a Buck Mulligan.

—¿Eso dije? preguntó. ¿Sí? ¿Y qué hay de malo en eso? Se deshizo de la tirantez nerviosamente.

—Y ¿qué es la muerte, preguntó, la de tu madre o la tuya o la mía? Tú has visto morir sólo a tu madre. Yo los veo di­ñarla a diario en el Mater y el Richmond y con las tipas fue­ra en la sala de disección. Es algo bestial y nada más. Simple­mente no importa. Tú no quisiste arrodillarte a rezar por tu madre cuando te lo pidió en su lecho de muerte. ¿Por qué? Porque tienes esa condenada vena jesuítica, sólo que inyec­tada al revés. Para mí todo es una farsa bestial. Sus lóbulos cerebrales dejan de funcionar. Llama al médico Sir Peter Teazle y coge margaritas de la colcha. Síguele la corriente hasta que todo se acabe. La contrariaste en su última volun­tad y en cambio te molestas conmigo porque no lloriqueo como una plañidera cualquiera de casa Lalouette. ¡Qué ab­surdo! Supongo que lo diría. No quise ofender la memoria de tu madre.

Según hablaba había ido cobrando confianza. Stephen, es­cudando las heridas abiertas que las palabras habían dejado en su corazón, dijo muy fríamente:

—No estoy pensando en la ofensa a mi madre.

—¿En qué, entonces? preguntó Buck Mulligan.

—En la ofensa a mí, contestó Stephen.

Buck Mulligan giró sobre sus talones.

—¡Ay, eres insufrible! prorrumpió.

Echó a andar apresuradamente a lo largo del parapeto. Stephen se quedó en su puesto, mirando más allá del mar en calma el promontorio. El mar y el promontorio en este mo­mento se ensombrecieron. Tenía palpitaciones en los ojos, nublándole la vista, y sintió la fiebre en las mejillas.

Una voz dentro de la torre llamó fuertemente:

—¿Estás ahí arriba, Mulligan?

—Ya voy, contestó Buck Mulligan.

Se volvió hacia Stephen y dijo:

—Mira el mar. ¿Qué le importan las ofensas? Planta a Lo­yola, Kinch, y baja ya. El sajón quiere sus lonchas mañaneras. Su cabeza se detuvo de nuevo por un momento a la altu­ra del remate de la escalera, a nivel del techo:

—No andes dándole vueltas a eso todo el día, dijo. Soy un inconsecuente. Déjate de mustias cavilaciones.

La cabeza desapareció pero el zureo de su voz descenden­te tronó por el hueco de la escalera:

—Y no te apartesy le des vueltas

al misterio del amor amargo,

porque Fergus guía de bronce los carros.

Sombras de espesura flotaban silenciosamente por la paz de la mañana desde el hueco de la escalera hacia el mar al que miraba. En la orilla y más adentro el espejo del agua blanquecía, hollado por pisadas livianas de pies apresurados. Blanco seno del mar ensombrecido. Golpes ligados, dos por dos. Una mano punteando las cuerdas del arpa, combinan­do acordes ligados. Palabras enlazadas de blancoola fulguran­do en la marea ensombrecida.

Una nube empezó a tapar el sol lentamente, completa­mente, sombreando la bahía en un verde más profundo. Ya­cía a sus pies, cuenco de aguas amargas. La canción de Fer­gus: la cantaba a solas en casa, manteniendo los largos acor­des oscuros. La puerta de ella abierta: quería escuchar mi música. Silencioso de temor y pesar me acerqué a su cabe­cera. Lloraba en su cama miserable. Por aquellas palabras, Stephen: el misterio del amor amargo.

¿Dónde ahora?

Sus secretos: viejos abanicos de plumas, carnés de baile con borlas, empolvados con almizcle, un dije de cuentas de ámbar en su cajón acerrojado. Una jaula colgaba de la venta­na soleada de su casa cuando era niña. Oyó cantar al viejo Royce en la pantomima Turco el terrible y rió con los demás cuando él cantaba:

Yo soy el rapaz
que puedegozar
invisibilidad.

Regocijo fantasmal, guardado: almizcleperfumado.

Y no te apartes y le des vueltas.

Guardado en el recuerdo de la naturaleza con sus juguetes de niña. Los recuerdos asedian su mente cavilante. El vaso de agua del grifo de la cocina cuando hubo recibido el sacra­mento. Una manzana descarozada, rellena de azúcar more­no, asándose para ella en la hornilla en un apagado atardecer otoñal. Las uñas perfectas enrojecidas con la sangre de piojos aplastados de las camisas de los niños.

En sueños, silenciosamente, se le había aparecido, el cuer­po consumido en una mortaja holgada, despidiendo olor a cera y palo de rosa, su aliento, posado sobre él con palabras mudas enigmáticas, un tenue olor a cenizas mojadas.

Sus ojos vidriosos, mirando desde la muerte, para conmo­ver y doblegarme el alma. Clavados en mí sólo. Vela espec­tro para alumbrar su agonía. Luz espectral en su cara ator­mentada. Ronca respiración recia en estertores de horror, mientras todos rezaban de rodillas. Sus ojos en mí para ful­minarme. Liliata rutilantium te confessorum turma circumdet: iu­bilantium te virginum chorus excipiat.

¡Necrófago! ¡Devorador de cadáveres!

¡No, madre! Déjame ser y déjame vivir.

—¡Eh, Kinch!

La voz de Buck Mulligan cantaba desde dentro de la torre. Se acercaba escaleras arriba, llamando de nuevo. Stephen, aún temblando por el lamento de su alma, oyó una cálida luz de sol deslizante y en el aire a su espalda palabras amigas.

—Dedalus, baja, pánfilo. El desayuno está listo. Haines pide disculpas por despertarnos anoche. No pasa nada.

—Ya voy, dijo Stephen, volviéndose.

—Venga, por el amor de Dios, dijo Buck Mulligan. Por el amor mío y por todos los amores.

Su cabeza desapareció y reapareció.

—Le conté lo de tu símbolo del arte irlandés. Dice que es muy agudo. Sácale una libra; anda. Una guinea, mejor dicho.

—Me pagan esta mañana, dijo Stephen.

—¿La escuela de putas? dijo Buck Mulligan. ¿Cuánto? ¿Cuatro libras? Déjame una.

—Si la necesitas, dijo Stephen.

—Cuatro relucientes soberanos, exclamó Buck Mulligan a gusto. Agarraremos una gloriosa borrachera que asombre a los druídicos druidas. Cuatro omnipotentes soberanos.

Alzó las manos y pateó escaleras de piedra abajo, desafi­nando una tonadilla con acento chulapo londinense:

—¡Ay, lo pasaremos muy divertido,

bebiendo güisqui, ceruezay vino!

¡El día de la coronación,

de la coronación!

¡Ay, lo pasaremos muy divertido el día de la coronación!

Cálida luz de sol jugueteando sobre el mar. El cuenco de afeitar niquelado relucía, olvidado, en el parapeto. ¿Por qué habría de bajarlo yo? ¿O dejarlo donde está todo el día, amis­tad olvidada?

Se acercó hasta el cuenco, lo sostuvo en las manos duran­te un tiempo sintiendo su frescor, aspirando el espumajo aguanoso de la espuma donde la brocha estaba hundida. Del mismo modo llevé la naveta con incienso entonces en Clon­gowes. Soy otro ahora y sin embargo el mismo. Sirviente también. Servidor de un sirviente.

En la sombría estancia abovedada de la torre la silueta en batín de Buck Mulligan se movía animadamente de un lado para otro alrededor del fogón, tapando y revelando el fulgor amarillo. Dos haces de suave luz cruzaban el suelo embaldo­sado desde lo alto de las saeteras: y en la unión de los rayos una nube de humo de carbón y humaradas de grasa frita flo­taba, girando.

—Nos vamos a asfixiar, dijo Buck Mulligan. Haines, abre la puerta, anda.

Stephen puso el cuenco de afeitar en el armario. Una figu­ra alta se levantó de la hamaca donde había estado sentada, se dirigió a la entrada y abrió de un tirón la contrapuerta.

—¿Tienes la llave? preguntó una voz.

—Dedalus la tiene, dijo Buck Mulligan. ¡La madre que ... que me asfixio!

Berreó sin quitar la vista del fuego:

—¡Kinch!

—Está en la cerradura, dijo Stephen, avanzando.

La llave chirrió en círculo ásperamente dos veces y, cuan­do el portón hubo quedado entreabierto, una luz anhelada y aire brillante penetraron. Haines estaba en la entrada miran­do hacia fuera. Stephen arrastró su maleta puesta de pie has­ta la mesa y se sentó y esperó. Buck Mulligan echó la fritada en la fuente que había junto a él. Después llevó la fuente y una gran tetera a la mesa, las plantó pesadamente sobre la misma y suspiró con alivio.

—Me derrito, dijo, como apuntó la vela al .... Pero ¡chis! ¡Ni una palabra más sobre ese asunto! iKinch, despierta! Pan, mantequilla, miel. Haines, ven. El rancho está listo. Bendice, Señor, estos alimentos. ¿Dónde está el azúcar? ¡Ay, pardiez, no hay leche!

Stephen fue por la hogaza y el tarro de miel y la mante­quera al armario. Buck Mulligan se sentó con mal humor re­pentino.

—¿Qué casa de putas es ésta? dijo. Le avisé que viniera pa­sadas las ocho.

—Podemos tomarlo solo, dijo Stephen sediento. Hay un limón en el armario.

—¡Maldito seas tú y tus gustos parisinos! dijo Buck Mulligan. Yo lo que quiero es leche de Sandycove.

Haines vino desde la entrada y dijo tranquilamente: —Esa mujer sube ya con la leche.

—¡La bendición de Dios sea contigo! exclamó Buck Mulligan, levantándose de golpe de la silla. Siéntate. Echa el té ahí ya. El azúcar está en la bolsa. Toma, que no voy a se­guir dándole a esos malditos huevos.

Troceó la fritada en la fuente y la echó a paletadas en tres platos, diciendo:

—In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Haines se sentó para echar el té.

—Os pongo dos terrones a cada uno, dijo. Pero, digo, Mulligan, pues sí que haces tú el té fuerte ¿no?

Buck Mulligan, cortando gruesas rebanadas de la hogaza, ijo con voz de vieja marrullera:

—Cuando h'ago té, h'ago té, como decía la vieja tía Grogan. Y cuando h'ago aguas, h'ago aguas.

—Por Júpiter, esto sí que es té, dilo Haines. Buck Mulligan siguió cortando y marrullando:

—Eso es lo queyo hago, Mrs. Cahill, dice ella. Jesús, señora, dice Mrs. Cahill, no permita Dios que haga usted las dos cosas en el mismo cacharro.

Embistió a sus compañeros de mesa por turno con una gruesa rebanada de pan, empalada en el cuchillo.

—Ése es el pueblo, dijo muy formalmente, para tu libro, ao Hanes. Cinco líneas de texto y diez páginas de notas sobre lo popular y los diosespeces de Dundrum. Impreso por las hermanas brujas en el año del gran vendaval.

Se volvió hacia Stephen y le preguntó con exquisita voz insidiosa, arqueando las cejas:

—¿Recuerdas, hermano, si se habla del cacharro para el té y las aguas de la tía Grogan en el Mabinogion o es en los Upanishads?

—Lo dudo, dijo Stephen gravemente.

—¿De verdad? dijo Buck Mulligan con el mismo tono. o ¿Podrías dar razones, si te place?

—Me imagino, dijo Stephen al tiempo que comía, que no existió ni dentro ni fuera del Mabinogion. La tía Grogan era, se supone, parienta de Mary Ann.

La cara de Buck Mulligan sonrió a gusto.

—¡Delicioso! dijo con dulce voz remilgada, mostrando los dientes blancos y parpadeando placenteramente. ¿.Crees que sí? ¡Qué delicioso!

Luego, ensombreciéndosele repentinamente la cara, gruñó con enronquecida voz carrasposa mientras seguía cortando vigorosamente la hogaza:

—Porque a la vieja Mary Ann

todo le importa un carajo.

Pero, en levantándose el refajo....

Se atiborró la boca de fritada y masticó y zureó.

La puerta se oscureció con una silueta que entraba.

—¡La leche, señor!

—Adelante, señora, dijo Mulligan. Kinch, trae la jarra.

Una vieja avanzó y se puso junto a Stephen.

—Hace una mañana muy buena, señor, dijo ella. Alabe­mos al Señor.

—¿A quién? dijo Mulligan, mirándola. ¡Ah, sí, desde luego! Stephen se echó para atrás y cogió la jarra de la leche del armario.

—Los isleños, dijo Mulligan a Haines despreocupadamen­te, hablan frecuentemente del recaudador de prepucios.

—¿Cuánta, señor? preguntó la vieja.

—Un cuarto de galón, dijo Stephen.

Se fijó en cómo vertía en la medida y de ahí en la jarra la cremosa leche blanca, no de ella. Viejas tetas secas. Vertió de nuevo hasta arriba una medida y la chorrada. Vieja y arcana había entrado desde un mundo matutino, tal vez mensajera. Alababa la sustancia de la leche, mientras la echaba. Agaza­pada junto a una paciente vaca al despuntar el día en el cam­po exuberante, como bruja en su seta quitasol, dedos rugosos ágiles en las ubres chorreantes. Mugía a su alrededor a la que conocía, el ganado rocíosedoso. Seda del hato y pobre vieja, nombres que le dieron en tiempos de antaño. Arpía errante, vil criatura inmortal que sirve al conquistador y al seductor desleal, la consentida de ambos, mensajera de la mañana ar­cana. Para servir o para reprender, no sabría decir: pero desdeñaba pedirle sus favores.

—Sí, sin lugar a dudas, señora, dijo Buck Mulligan, echan­do la leche en las tazas.

—Pruébela, señor, dijo ella.

Bebió siguiendo su ruego.

—Si pudiéramos vivir de alimentos sanos como éste, le dijo en tono algo fuerte, no tendríamos el país lleno de dien­tes podridos y de tripas podridas. Vivimos en una ciénaga, comemos bazofia y las calles soladas con polvo, moñigos y escupitajos de tísico.

—¿Es usted estudiante de medicina, señor? preguntó la vieja.

—Lo soy, señora, contestó Buck Mulligan.

—Ande, fijese, dijo.

Stephen escuchaba en silencio desdeñoso. Inclina la vieja cabeza ante la voz que le habla fuertemente, ante su ensalma­dor, su curandero: a mí me desprecia. Ante la voz que confe­sará y ungirá para la sepultura a todo lo que de ella quede sal­vo sus lomos impuros de mujer, de la carne del hombre no he­cha a semejanza de Dios, la presa de la serpiente. Y ante la voz fuerte que ahora la manda callar con mirada inquieta perpleja.

—¿Entiende lo que le dice? le preguntó Stephen.

—Está usted hablando francés, señor? le dijo la vieja a Haines.

Haines volvió a dirigirse a ella con una perorata aún más larga, confiadamente.

—Irlandés, dijo Buck Mulligan. ¿Comprende algo el gaé­lico?

—Pensé que era irlandés, dijo ella, por cómo sonaba. ¿Es so usted del oeste, señor?

Yo soy inglés, contestó Haines.

—Es inglés, dijo Buck Mulligan, y piensa que deberíamos hablar irlandés en Irlanda.

—Claro que sí, dijo la vieja, y me avergüenzo de no hablar yo la lengua. Dicen que es una hermosa lengua los que saben.

—Hermosa no es el término adecuado, dijo Buck Mulligan. Completamente maravillosa. Échanos más té, Kinch. ¿Le apetece una taza, señora?

—No, gracias, señor, dijo la vieja, deslizando el asa de la cántara por el antebrazo a punto de marcharse.

Haines le dijo:

—¿Tiene la cuenta? Deberíamos pagarle, Mulligan ¿no te parece?

Stephen llenó de nuevo las tres tazas.

—¿La cuenta, señor? dijo, deteniéndose. Bueno, son siete mañanas una pinta a dos peniques hacen dos sietes lo que hace un chelín y dos peniques por un lado y estas tres maña­nas un cuarto a cuatro peniques hacen tres cuartos lo que hace un chelín. Eso hace un chelín y uno con dos eso es dos con dos, señor.

Buck Mulligan suspiró y, habiéndose llenado la boca con un trozo de pan abundantemente untado de mantequilla por los dos lados, estiró las piernas y empezó a hurgarse en los bolsillos del pantalón.

—Paga y alegra esa cara, le dijo Haines, sonriendo.

Stephen llenó por tercera vez, una cucharada de té colo­reando tenuemente la espesa leche cremosa. Buck Mulligan sacó un florín, le dio vueltas entre los dedos y exclamó:

—¡Milagro!

Lo pasó por encima de la mesa hacia la vieja, diciendo:

—No pidas más de mí, colibrí:

Todo lo que tengo te di.

Stephen puso la moneda en la mano indiferente de ella.

—Le quedamos a deber dos peniques, dijo.

—Hay tiempo de sobra, señor, dijo, cogiendo la moneda. Hay tiempo de sobra. Buenos días, señor.

Saludó con una reverencia y salió, seguida por la salmodia cariñosa de Buck Mulligan:

—Vida de mi vida, si más hubiera,

más a tus pies uno pusiera.

Se volvió a Stephen y dijo:

—En serio, Dedalus. Estoy tieso. Aligera y vete a tu escue­la de putas y trae algún dinero. Hoy los bardos han de beber y solazarse. Irlanda espera que todo hombre en este día cum­pla con su deber.

—Eso me recuerda, dijo Haines, levantándose, que tengo que ir a vuestra biblioteca nacional hoy.

—A nadar primero, dijo Buck Mulligan.

Se volvió a Stephen y preguntó melosamente:

—¿Te toca hoy el baño mensual, Kinch?

Luego dijo a Haines:

—El sucio bardo se emperra en bañarse una vez al mes.

—Irlanda entera está bañada por la corriente del golfo, dijo Stephen mientras dejaba chorrear un hilo de miel sobre la rebanada de la hogaza.

Haines desde el rincón donde se anudaba despaciosamen­te un pañuelo alrededor del cuello suelto de su camisa de te­nis habló:

—Me propongo recopilar tus dichos, si me dejas.

Hablándome. Se bañan y se remojan y se refriegan. Mor­dedura de la conciencia. Conciencia. Si bien aquí queda una mancha.

—Ese del espejo rajado de una sirvienta como símbolo del arte irlandés es endiabladamente bueno.

Buck Mulligan le dio con el pie a Stephen por debajo de la mesa y dijo en tono entusiasta:

—Espera a oírle hablar de Hamlet, Haines.

—Sí, es a lo que voy, dijo Haines, hablándole aún a Stephen. Estaba precisamente pensando en ello cuando esa pobre vieja entró.

—¿Sacaría algún dinero con eso? preguntó Stephen.

Haines se rió y, mientras cogía el sombrero suave y gris del enganche de la hamaca, dijo:

—No lo sé, la verdad.

Dio unos pasos para fuera hasta la salida. Buck Mulligan se inclinó hacia Stephen y dijo con rudeza vivaz:

—Acabas de meter la pezuña. ¿Por qué has tenido que de­cir eso?

—¿Y bien? dijo Stephen. La cuestión es conseguir dinero. ¿De quién? De la lechera o de él. Es un cara o cruz, creo.

—He hecho que se sienta ufano de ti, dijo Buck Mulligan, y ahora me sales con tus miradas de idiota y tus sombríos sar­casmos de jesuita.

—Espero poco, dijo Stephen, de ella o de él.

Buck Mulligan suspiró trágicamente y puso la mano en el brazo de Stephen.

—Espera de mí, Kinch, dijo.

Con un tono repentinamente alterado añadió:

—Para decir la pura verdad, creo que tienes razón. Para lo que valen, que se vayan al diablo. ¿Por qué no los tratas como yo lo hago? Que se vayan todos ellos al infierno. Va­yámonos de esta casa de putas.

Se levantó, se soltó gravemente el cinturón y se despren­dió del batín, diciendo resignadamente:

—Mulligan es despojado de sus vestiduras.

Vació los bolsillos sobre la mesa.

—Ahí tienes el mocadero, dijo.

Y poniéndose el cuello duro y la corbata rebelde les habló, regañándolos, y a la cadena colgante de su reloj. Sus manos se hundieron y rebuscaron en el baúl mientras pedía un pa­ñuelo limpio. Dios, simplemente tendremos que representar el papel. Quiero unos guantes buriel y unas botas verdes. Contradicción. ¿Me contradigo? Muy bien, pues, me contra­digo. Malachi mercurial. Un proyectil negro y lacio salió dis­parado de las manos que hablaban.

—Y ahí tienes tu sombrero de Barrio Latino, dijo. Stephen lo recogió y se lo puso. Haines los llamó desde la entrada:

—¿Venís, compañeros?

—Estoy preparado, contestó Buck Mulligan yendo hacia la puerta. Sal, Kinch. Te habrás comido todo lo que deja­mos, supongo.

Resignado, salió afuera con graves palabras y porte, dicien­do casi con pesadumbre:

—Y salió cabizbundo y meditabajo.

Stephen, cogiendo la vara de fresno del apoyadero, les si­guió hasta fuera y, mientras ellos bajaban por la escalerilla, tiró del pesado portón de hierro y lo cerró con la llave. Se guardó la enorme llave en el bolsillo interior.

Al pie de la escalerilla preguntó Buck Mulligan:

—¿Traes la llave?

—La tengo, dijo Stephen, adelantándolos.

Siguió andando. Tras él oyó a Buck Mulligan que golpea­ba con la gruesa toalla de baño los altos tallos de los helechos o las hierbas.

—¡Abajo, señor! ¡Cómo se atreve, señor!

Haines preguntó:

—¿Pagáis alquiler por la torre?

—Doce libras, dijo Buck Mulligan.

Al ministro de la guerra, añadió Stephen por encima del hombro.

Se detuvieron mientras Haines examinaba la torre y decía al fin:

—Más bien inhóspito en invierno, diría yo. ¿Martello la llamáis?

—Billy Pitt las mandó construir, dijo Buck Mulligan, cuando los franceses surcaban los mares. Pero la nuestra es el omphalos.

—¿Qué piensas de Hamlet? preguntó Haines a Stephen.

—No, no, gritó Buck Mulligan con dolor. No estoy ahora para Tomás de Aquino y las cincuentaicinco razones que ha recopilado para apoyarlo. Espera a que me haya metido unas cuantas cervezas primero.

Se volvió a Stephen, diciendo, mientras se estiraba meticu­losamente las puntas de su chaleco lila:

—No podrías explicarlo con menos de tres cervezas ¿ver­dad, Kinch?

—Ha esperado tanto, dijo Stephen lánguidarnente, que puede esperar más.

—Me pica la curiosidad, dijo Haines amigablemente. ¿Es alguna paradoja?

—¡Bah! dijo Buck Mulligan. Hemos superado a Wilde y las paradojas. Es bastante sencillo. Demuestra por álgebra que el nieto de Hamlet es el abuelo de Shakespeare y que él mismo es el espectro de su propio padre.

—¿Qué? dijo Haines, empezando a señalar a Stephen. ¿Él mismo?

Buck Mulligan se colgó la toalla del cuello a modo de es­tola y, doblándose de risa, le dijo a Stephen al oído:

—¡Oh, sombra de Kinch el viejo! ¡Jafet en busca de un padre!

—Uno está siempre cansado por la mañana, dijo Stephen a Haines. Y es más bien largo de contar.

Buck Mulligan, avanzando de nuevo, alzó las manos.

—La sagrada cerveza sólo puede soltarle la lengua a Dedalus, dijo.

—Lo que quiero decir, explicó Haines a Stephen mientras seguían, es que esta torre y estos acantilados me recuerdan de alguna manera a Elsinore. Que se adentra en el mar sobre su base ¿no te parece?

Buck Mulligan se volvió repentinamente por un instante hacia Stephen pero no habló. En ese instante silente e ilumi­nador Stephen se vio a sí mismo con su barata y mugrienta indumentaria de luto entre los alegres atuendos de ellos.

—Es una historia maravillosa, dijo Haines, deteniéndolos de nuevo.

Ojos, pálidos como el mar que el viento hubiera refresca­do, más pálidos, seguros y prudentes. Soberano de los mares, extendió la vista al sur por la bahía, vacía salvo por el pena­cho de humo del barco correo difuso en el horizonte brillan­te y por una vela cambiante cerca de los Muglins.

—Leí una interpretación teológica de la misma en algún sitio, dijo absorto. La idea del Padre y del Hijo. El Hijo inten­tando reconciliarse con el Padre.

Buck Mulligan en seguida puso una cara despreocupada de amplia sonrisa. Los miró, la boca bien perfilada abierta fe­lizmente, los ojos, de los que había borrado repentinamente todo rastro de sagacidad, parpadeando locos de contento. Movió una cabeza de muñeco adelante y atrás, agitándosele el ala del panamá, y empezó a salmodiar con tranquila voz feliz y necia:

Jamás habréis visto un joven tan raro,

mi madre judía, padre un pajarraco.

Con josé el fijador bien no me llevo.

Por los discípulosy el Calvario brindemos.

Levantó un índice en señal de aviso:

—Si alguien pensara que no soy divino

no beberá gratis mientras hago el vino,

sino agua, y ojalá sea una clara

cuando el vino otra vez agua se haga.

Dio un tirón velozmente de la vara de fresno de Stephen a modo de despedida y, corriendo hacia una proyección en el acantilado, aleteando las manos a los costados como si fue­ran aletas o alas de alguien a punto de levitar, salmodió:

—¡Adiós, digo, adiós! Escribid lo que he dicho

y contada todo quisque que resucité de entre los nichos.

La querencia no falla, y volaré ¡por Dios!

Sopla brisa en Olivete — ¡Adiós, digo, adiós!

Descendió corcoveando ante ellos hacia el agujero de cua­renta pies, aleteando con manos aladas, dando saltos resuel­tamente, el sombrero de Mercurio agitándose en el aire fres­co que les devolvía sus dulces y breves gorjeos.

Haines, que se había estado riendo precavidamente, siguió su camino al lado de Stephen y dijo:

—No deberíamos reímos, supongo. Es más bien blasfe­mo. No es que yo sea creyente, tengo que decir. Aun así su al­borozo borra la ofensa de alguna manera ¿no crees? ¿Cómo lo llamó? ¿José el fijador?

—La balada de Jesús jacarero, contestó Stephen.

—Ah, dijo Haines. La has oído antes ¿no?

—Tres veces al día, después de las comidas, dijo Stephen secamente.

—Tú no eres creyente ¿verdad? preguntó Haines. Mejor dicho, creyente en el más puro sentido de la palabra. La crea­ción de la nada y milagros y un Dios personal.

—Sólo tiene un sentido esa palabra, me parece a mí, dijo Stephen.

Haines se paró y sacó una pitillera plana de plata en la que cintilaba una piedra verde. La abrió de golpe con el pulgar y la ofreció.

—Gracias, dijo Stephen, cogiendo un cigarrillo.

Haines tomó uno y cerró la pitillera con un chasquido. La volvió a guardar en el bolsillo lateral y sacó del bolsillo del chaleco un yesquero de níquel, lo abrió de golpe también y, una vez encendido su cigarrillo, ofreció la yesca encendida a Stephen en el hueco de las manos.

—Sí, desde luego, dijo, mientras proseguían. O se cree o no se cree ¿no es así? Personalmente yo no podría tragar­me la idea esa de un Dios personal. Tú no defiendes eso, su­pongo.

—Estás contemplando, dijo Stephen con marcado malestar, un horrible ejemplar de libre pensador.

Prosiguió andando, esperando que le volvieran a hablar, ti­rando de la vara de fresno a su lado. El regatón le seguía lige­ramente por el sendero, rechinando a sus talones. Mi familiar, tras de mí, llamando ¡Steeeeeeeeeeeephen! Una raya va­cilante en el sendero. Por la noche la pisarán, cuando vengan en la oscuridad. Él quiere esa llave. Es mía. Yo pagué el alqui­ler. Ahora como su pan. Dale la llave también. Todo. Lo pe­dirá. Se le notaba en los ojos.

—Después de todo, empezó Haines ....

Stephen se volvió y vio que la mirada fría que lo midiera de arriba abajo no era del todo desagradable.

—Después de todo, supongo que te puedes liberar. Uno es su propio dueño, me parece a mí.

—Soy el sirviente de dos amos, dijo Stephen, el uno inglés y el otro italiano.

—¿Italiano? dijo Haines.

Una reina loca, vieja y celosa. Arrodíllate ante mí.

—Y un tercero, dijo Stephen, hay que me quiere para cha­puzas.

—Italiano? dijo Haines de nuevo. ¿Qué quieres decir?

—El estado imperial británico, contestó Stephen subién­dole el color, y la santa iglesia de Roma católica y apostólica.

Haines se quitó del labio inferior unas hebras de tabaco antes de hablar.

—Lo comprendo muy bien, dijo sosegadamente. Un ir­landés tiene que pensar así, debo decir. Nosotros sabemos en Inglaterra que os hemos tratado más bien injustamente. Pare­ce ser que la historia tiene la culpa.

Los orgullosos y potentes títulos tañeron en la memoria de Stephen el triunfo del bronce estridente: et unam sanctam catholicam et apostolicam ecclesiam: el lento desarrollo y cambio de ritos y dogmas como sus propios y excepcionales pensa­mientos, un misterioso proceso estelar. Símbolo de los após­toles en la misa por el papa Marcelo, las voces en armonía, cantando al unísono, fuerte, afirmando: y tras la salmodia el vigilante ángel de la iglesia militante desarmaba y amenazaba a sus heresiarcas. Una horda de herejías en desbandada con las mitras al sesgo: Fotino y la camada de farsantes entre los que se encontraba Mulligan, y Arrio, luchando de por vida a causa de la consustancialidad del Hijo con el Padre, y Valen­tín, profanando el cuerpo terrenal de Cristo, y el sutil here­siarca africano Sabelio que mantenía que el Padre era Él mis­mo Su propio Hijo. Palabras que Mulligan había pronuncia­do momentos antes en pura farsa ante el extraño. Farsa

ociosa. El vacío aguarda ciertamente a todos aquellos que ur­den patrañas: amenaza, desarme y vapuleo a manos de los ángeles batalladores de la Iglesia, de la hueste de Miguel, que la defienden por siempre en la hora del combate con lanzas y escudos.

¡Bien dicho, bien dicho! Aplauso prolongado. Zut! Nom de Dieu!

—Desde luego que soy británico, dijo la voz de Haines, y me siento como tal. No quisiera tampoco ver a mi país en manos de judíos alemanes. Ése es nuestro problema nacio­nal, me temo, en estos momentos.

Había dos hombres de pie al borde del acantilado, obser­vando: comerciante, barquero.

—Se dirige al muelle de Bullock.

El barquero señaló con la cabeza hacia el norte de la bahía con algo de desdén.

—Hay cinco brazas ahí adentro, dijo. Lo arrastrará hacia allá cuando suba la marea a eso de la una. Hoy hace nueve días.

El hombre que se ahogó. Una vela que vira en la bahía so­litaria esperando que un henchido fardo surja, que vuelva ha­cia el sol una cara tumefacta, blanca de sal. Aquí me tenéis.

Siguieron el sinuoso sendero que descendía hasta la ense­nada. Buck Mulligan de pie sobre una piedra, en mangas de camisa, con la corbata suelta ondeando por encima del hom­bro. Un joven, sujetándose a un puntal rocoso cercano, mo­vía lentamente como una rana las piernas verdes en la pro­fundidad gelatinosa de las aguas.

—¿Está contigo el hermano, Malachi?

—En Westmeath. Con los Bannon.

—¿Aún allí? He recibido una tarjeta de Bannon. Dice que ha encontrado una linda jovencita allí. La chica de fotos la llama.

—Instantánea ¿eh? De corta exposición.

Buck Mulligan se sentó y se desató las botas. Un hombre mayor sacó de repente cerca del saliente rocoso una cara colorada y jadeante. Trepó con esfuerzo por las pie­dras, el agua resplandeciéndole en la mollera y en su guir­landa de cabellos grises, el agua escurriéndole por el pecho y la panza y cayéndole a chorros de las negras calzonas col­ganderas.

Buck Mulligan se apartó para que trepara y pasara y, mi­rando a Haines y a Stephen, se persigno piadosamente con la uña del pulgar en la frente, en los labios y en el esternón.

—Seymour está de vuelta en la ciudad, dijo el joven suje­tándose de nuevo al saliente rocoso. Ha plantado la medici­na y se va al ejército.

—¡Bah! ¡No jodas! dijo Buck Mulligan.

—Empieza la semana que viene a pringar. ¿Conoces a esa pelirroja Carlisle, Lily?

—Sí.

—Andaba besuqueándose con él anoche en el rompeolas. El padre está podrido de dinero.

—¿Ha saltado la barrera?

—Mejor que le preguntes a Seymour.

—¡Seymour un cabrón oficial! dilo Buck Mulligan.

Asintió con la cabeza para sí mientras se quitaba los pan­talones y se ponía de pie, repitiendo el dicho vulgar:

—Las pelirrojas retozonas como cabras.

Se interrumpió alarmado, y se palpaba el costado bajo la camisa que se agitaba con el viento.

—Me falta la duodécima costilla, exclamó. Soy el Übermensch. Kinch el desdentado y yo, los superhombres. Se quitó con dificultad la camisa y la echó detrás hacia donde tenía la ropa.

—¿Te metes, Malachi?

—Sí. Haz sitio en la cama.

El joven dio un impulso para dentro en el agua y llegó al centro de la ensenada en dos largas y limpias brazadas. Haines se sentó en una piedra, fumando.

—¿No te metes? preguntó Buck Mulligan.

—Luego, dijo Haines. No con el desayuno en la boca.

Stephen se volvió dispuesto a marcharse.

—Me voy, Mulligan, dijo.

—Déjanos la llave, Kinch, dijo Buck Mulligan, para que no se vuele la camisola.

Stephen le alargó la llave. Buck Mulligan la puso sobre el montón de ropa.

—Y dos peniques, dijo, para una cerveza. Tíralos ahí.

Stephen tiró dos peniques en el blando montón. Vistién­dose, desvistiéndose. Buck Mulligan erguido, con las manos juntas delante, dijo solemnemente:

—Aquel que roba al pobre le presta al Señor. Así habló Zaratustra.

Su cuerpo orondo se zambulló.

—Hasta la vista, dijo Haines volviéndose al tiempo que Stephen subía por el sendero, y sonriéndose del irlandés sal­vaje.

Cuerno de toro, casco de caballo, sonrisa de sajón.

—En el Ship, gritó Buck Mulligan. Doce y media.

—Bien, dijo Stephen.

Caminó por el sendero que ascendía ondulante.

Liliata rutilantium.
Turna circumdet.
Iubilantium te virginum.

El nimbo gris del sacerdote en un hueco donde se vestía discretamente. No dormiré aquí esta noche. A casa tampoco puedo ir.

Una voz de tono dulce y prolongada le llamó desde el mar. Al doblar la curva dijo adiós con la mano. Llamó de nuevo. Una cabeza parda y lustrosa, la de una foca, allá aden­tro en el agua, redonda.

Usurpador.

2. Néstor

—USTED, Cochrane ¿qué ciudad mandó a buscarlo?

—Tarento, señor.

—Muy bien. ¿Y qué? —Hubo una batalla, señor.

—Muy bien. ¿Dónde?

La cara en blanco del chico preguntó a la ventana en blanco.

Fabulada por las hijas de la memoria. Y, sin embargo, fue de alguna manera, si no tal como la memoria lo fabulara. Una frase, pues, de impaciencia, ruido sordo de alas de exu­berancia de Blake. Oigo la devastación del espacio, cristal destrozado y desplome de mampostería, y el tiempo una lí­vida flama final. ¿Qué nos queda entonces?

—He olvidado el lugar, señor. En el año 279 a. de C. Áscoli, dijo Stephen, echando una ojeada al nombre y la fecha en el libro desvencijado.

—Sí, señor. Y dijo: Otra victoria como ésay estamos perdidos.

Esa frase el mundo la había recordado. Obtusa seguridad de conciencia. Desde una colina que domina una explanada sembrada de cadáveres un general arenga a sus oficiales, apo­yado en su lanza. Cualquier general a cualquier grupo de ofi­ciales. Ellos le prestan atención.

—Usted, Armstrong, dijo Stephen. ¿Cómo terminó Pirro?

—¿Cómo terminó Pirro, señor?

—Yo lo sé, señor. Pregúnteme a mí, señor, dijo Comyn.

—Espere. Usted, Armstrong. ¿Sabe algo sobre Pirro?

Un cartucho de panecillos de higos se encontraba bien guardado en la cartera de Armstrong. Los enrollaba entre las palmas a ratos y los tragaba suavemente. Migajas pegadas en el rojo de sus labios. Aliento dulzón de niño. Gente bien, orgullosa de tener al hijo mayor en la marina. Vico Road, Dalkey.

——¿Pirro, señor? Pirro, pirrarse.

Todos rieron. Risotada triste maliciosa. Armstrong miró a su alrededor a los compañeros, júbilo tonto de perfil. Dentro de un momento volverán a reír más fuerte, sabiendo mi fal­ta de autoridad y las mensualidades que pagan sus papás.

—Dígame, dijo Stephen, dándole al niño en el hombro con el libro ¿qué es eso de pirrarse?

—Pirrarse, señor, dijo Armstrong. Gustarte algo mucho. Me pirro por el espigón de Kingstown, señor.

Algunos rieron otra vez; tristemente, pero con inten­ción. Dos de la última banca cuchicheaban. Sí. Sabían: ni habían aprendido ni jamás habían sido inocentes. Todos. Con envidia observó las caras: Edith, Ethel, Gerty, Lily. Sus parecidos: sus alientos, también, dulzones por el té y la mermelada, sus pulseras riendo disimuladamente en el forcejeo.

—El espigón de Kingstown, dijo Stephen. Sí, un puente frustrado.

Las palabras turbaron sus miradas.

—¿Cómo, señor? preguntó Comyn. Los puentes están so­bre los ríos.

Para el libro de dichos de Haines. Nadie aquí para oírlo. Esta noche diestramente en la algarabía de copas y voces, horadar la pulida malla de su mente. ¿Y entonces qué? Un bufón en la corte de su amo, mimado y despreciado, ganán­dose la alabanza de un amo clemente. ¿Por qué habían ele­gido todos ese papel? No era precisamente por la caricia sua­ve. También para ellos la historia era un cuento como cual­quier otro oído demasiado a menudo, su tierra una casa de empeños.

De no haber caído Pirro a manos de una buscona en Ar­gos o no haber sido julio César apuñalado de muerte. No de­ben desterrarse del pensamiento. El tiempo los ha marcado y encadenados se alojan en la habitación de las posibilidades infinitas que ellos han desplazado. Pero ¿son posibles aqué­llas sabiendo que nunca existieron? ¿O fue sólo posible aquello que llegó a ocurrir? Teje, tejedor del viento.

—Cuéntenos un cuento, señor.

—¡Sí, sí, señor! Un cuento de fantasmas.

—¿Por dónde nos quedamos aquí? preguntó Stephen abriendo otro libro.

—No lloréis más, dijo Comyn.

—Continúe pues, Talbot.

—¿Y el cuento, señor?

—Después, dijo Stephen. Continúe, Talbot.

Un chico moreno abrió un libro y lo reclinó resueltamen­te contra la solapa de la cartera. Recitó ristras de versos echando ojeadas furtivas al texto:

—No lloréis más, tristes pastores, no lloréis más

pues Licas, vuestro pesar, no está muerto,

aunque hundido esté bajo la piel de las ondas....

Debe ser un movimiento pues, una actualización de lo po­sible como posible. La frase de Aristóteles tomó forma en los versos chachareados y salió flotando adentrándose en el si­lencio aplicado de la biblioteca de Santa Genoveva donde había leído, cobijado contra el pecado de Pans, noche tras noche. A su lado, un delicado siamés memorizaba un ma­nual de estrategia. Cerebros alimentados y alimentándose a mi alrededor: bajo lámparas incandescentes, empalados, con débiles tentáculos tentativos: y en la oscuridad de mi mente, indolencia del inframundo, recelosa, miedosa de la luz, mu­dando los pliegues escamosos de dragón. Pensar es el pensar del pensar. Luz sosegada. El alma es de alguna manera todo lo que es: el alma es la forma de las formas. Sosiego repenti­no, vasto, candente: forma de las formas.

Talbot repitió:

—Por el poder amado de Aquel que caminó sobre las olas,

por el poder amado.....

—Pase la página, dijo Stephen quedamente. No veo nada. —¿Cómo, señor? preguntó Talbot simplemente, inclinan­dose hacia delante.

Su mano pasó la página. Se echó hacia atrás y continuó, habiendo recordado de pronto. De aquel que caminó sobre las olas. Aquí también en estos corazones miserables se posa su sombra y en el corazón y los labios del burlón y en los míos. Se posa en las caras ansiosas de quienes le ofrecieron una moneda de tributo. A César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Una mirada larga de ojos oscuros, una fra­se indescifrable para tejer y entretejer en los telares de la igle­sia. Sí.

Acertijo, acertijo, intenta acertar.
Mi padre me dio semillas para sembrar.

Talbot deslizó el libro cerrado dentro de la cartera.

—¿Eso es todo? preguntó Stephen.

—Sí, señor. Hockey a las diez, señor.

—Media jornada, señor. Jueves.

—¿Quién puede adivinar este acertijo? preguntó Stephen.

Guardaron los libros, los lápices zurriando, las páginas crujiendo. Apelotonándose unos con otros, cincharon las co­rreas y abrocharon las hebillas de las carteras, chachareando todos alegremente:

—¿Un acertijo, señor? Pregúnteme a mí, señor.

—A mí, señor.

—Uno dificil, señor.

—Ahí va el acertijo, dijo Stephen:

El gallo ha cantado,
el cielo cobalto:
campanas en las alturas
dan las diezy una.
Hora es que esta pobre alma
ascienda a las alturas.

¿Qué es?

—¿Qué, señor?

—Otra vez, señor. No lo hemos oído.

Los ojos se les agrandaban según los versos se repetían. Después de un silencio dijo Cochrane:

—¿Qué es, señor? Nos damos por vencidos.

Stephen, picándole la garganta, contestó:

—El zorro enterrando a su abuela bajo un acebo.

Se levantó y soltó una carcajada nerviosa a la cual le hicie­ron eco las voces descorazonadas de los niños.

Un palo pegó en la puerta y en el corredor una voz lla­maba:

—¡Hockey!

Se produjo una desbandada, ladeándose para salir de entre las bancas, saltándolas. Apresuradamente desaparecieron y del trastero llegó el traqueteo de los palos y el ruido confuso de botas y voces.

Sargent, el único que se había rezagado, se acercó lenta­mente mostrando un cuaderno abierto. El cabello recio y el cuello canijo evidenciaban su endeblez y a través de sus ga­fas empañadas unos ojos inseguros miraban suplicantes. En la mejilla, pálida y exangüe, había una tenue mancha de tin­ta, dactilada, reciente y lienta como la estela del caracol.

Alargó el cuademo. La palabra Aritmética estaba escrita en la cabecera. Debajo había cifras tambaleantes y al pie una fir­ma torcida con círculos floreados y un borrón. Cyril Sargent: su nombre y rúbrica.

—Mr. Deasy me dijo que los volviera a hacer de nuevo, dijo, y que se los enseñara a usted, señor.

Stephen tocó los bordes del libro. Futilidad.

—¿Sabe cómo se hacen ahora? preguntó.

—Del once al quince, contestó Sargent. Mr. Deasy dijo que los debía copiar de la pizarra, señor.

—¿Los sabe usted hacer solo? preguntó Stephen.

—No, señor.

Feo y fútil: cuello delgado y cabello recio y una mancha de tinta, la estela del caracol. Y sin embargo alguien lo había amado, llevado en brazos y en el corazón. De no haber sido por ella, la raza humana lo hubiera pisoteado, como caracol aplastado sin cascarón. Ella había amado su débil sangre acuosa drenada de la suya. ¿Era eso entonces lo real? ¿Lo úni­co verdadero en la vida? El cuerpo postrado de su madre que el ardiente Colombo con santo fervor montó. Ya no existía: el trémulo esqueleto de una ramilla quemado en el fuego, un olor a palo de rosa y a cenizas mojadas. Ella lo había salvado de ser pisoteado y se había ido, sin apenas haber existido. Una pobre alma que ascendió a las alturas: y en un brezal bajo estrellas parpadeantes un zorro, fetidez roja de rapiña en su piel, con brillantes ojos despiadados, escarba en la tierra, escucha, escarba la tierra, escucha, escarba y escarba.

Sentado a su lado, Stephen resolvía el problema. Demues­tra por álgebra que el espectro de Shakespeare es el abuelo de Hamlet. Sargent miraba de reojo a través de sus gafas caídas. Los palos de hockey traqueteaban en el trastero: el golpe hueco de una pelota y voces en el campo.

Por la página los símbolos se movían en una sombría dan­za moruna, en el retorcimiento de sus letras, llevando gorras estrambóticas de cuadrados y cubos. Daos las manos, cruzaos, saludad a la pareja: así: trasgos de fantasía de los moros. Se han ido también del mundo, Averroes y Moisés Maimo­nides, hombres oscuros de semblante y ademanes, difun­diendo desde sus espejos burlones el alma turbia del mundo, oscuridad brillando en la claridad que la claridad no podía comprender.

—¿Lo entiende ahora? ¿Puede hacer el segundo usted solo?

—Sí, señor.

Con grandes y agitados trazos Sargent copió los datos. A la espera siempre de una palabra de ayuda su mano trasladaba fielmente los símbolos vacilantes, un leve tinte de vergüenza tremolando tras la pálida piel. Amor matris: genitivo subjetivo y objetivo. Con su sangre débil y leche seroagria le había ali­mentado y escondido de la vista de otros sus pañales.

Como él era yo, los hombros caídos, sin atractivo. Mi ni­ñez se inclina a mi lado. Demasiado lejana para poder en­contrarla ni una vez ni ligeramente. La mía lejana y la suya enigmática como nuestros ojos. Enigmas, silenciosos, pé­treos se aposentan en los oscuros palacios de nuestros dos co­razones: enigmas hastiados de su tiranía: tiranos, dispuestos a ser destronados.

La operación aritmética estaba hecha.

—Es muy simple, dijo Stephen mientras se levantaba.

—Sí, señor. Gracias, contestó Sargent.

Secó la página con una fina hoja de papel secante y llevó el cuaderno de vuelta a su banca.

—Será mejor que coja el palo y salga con los demás, dijo Stephen mientras seguía hacia la puerta a la figura sin atracti­vo del niño.

—Sí, señor.

En el corredor se oyó su nombre, que lo llamaban desde la cancha.

—¡Sargent!

—Corra, dijo Stephen. Mr. Deasy le llama.

De pie en el soportal contempló al rezagado que aligeraba hacia el reducido campo donde voces agudas se enfrentaban. Los dividieron en equipos y Mr. Deasy se vino pisando ma­tas de hierba con pies abotinados. Cuando hubo llegado al edificio del colegio de nuevo voces en altercado le llamaron. Volvió el enfadado bigote blanco.

—¿Qué pasa ahora? exclamaba incesantemente sin es­cuchar.

—Cochrane y Halliday están en el mismo lado, señor, dijo Stephen.

—Podría esperar en mi despacho un momento, dijo Mr. Deasy, hasta que ponga orden aquí.

Y según volvía melindrosamente a cruzar el campo su voz de viejo exclamó severamente:

—¿Qué sucede? ¿Qué pasa ahora?

Las voces agudas gritaban a su alrededor por todos lados: sus figuras vanadas se apretujaron en torno a él, el sol des­lumbrante blanqueándole la miel de la cabeza mal teñida.

Un aire rancio de humo flotaba en el despacho junto con el olor de cuero usado y rozado de las sillas. Como en el pri­mer día que regateó conmigo aquí. Como era en un princi­pio, ahora. Sobre el aparador la bandeja de monedas Estuar­do, tesoro vil de un tremedal: y siempre lo será. Y bien guar­dados en el cubertero de velludillo púrpura, descolorido, los doce apóstoles habiendo predicado a todos los gentiles: por los siglos de los siglos.

Pasos precipitados en el soportal de piedra y en el corre­dor. Resoplándose el ralo bigote Mr. Deasy se detuvo junto a la mesa.

—Primero, nuestro arreglito financiero, dijo.

Sacó de la americana una cartera sujeta con una correa de cuero. Se abrió bien abierta y sacó dos billetes, uno pegado por la mitad, y los colocó cuidadosamente en la mesa.

—Dos, dijo, amarrando y guardando de nuevo la cartera. Y ahora la caja fuerte para el oro. La mano azarada de Stephen se movió por las conchas apiladas en el frío morte­ro de piedra: buccinos y cauns y conchas leopardo: y ésta, en espiral como el turbante de un emir, y ésta, la venera de San­tiago. Riqueza acaparada por un viejo peregrino, tesoro muerto, conchas vacías.

Un soberano cayó, nuevo y brillante, en la suave pelusa del tapete.

—Tres, dijo Mr. Deasy, dándole vueltas a su portamone­das en la mano. Esto siempre es práctico. ¿Ve usted? Esto es para los soberanos. Esto para los chelines. Los seis peniques, las medias coronas. Y aquí las coronas. ¿Ve?

Sacó de la misma dos coronas y dos chelines.

—Tres y doce, dijo. Comprobará que está exacta.

—Gracias, señor, dijo Stephen, recogiendo el dinero con tímida prisa y metiéndolo todo en un bolsillo del pantalón.

—Nada de gracias, dijo Mr. Deasy. Usted se lo ha ganado.

La mano de Stephen, de nuevo libre, volvió a las conchas vacías. Símbolos también de belleza y poder. Un fajo en mi bolsillo: símbolos ensuciados por la codicia y la miseria.

—No lo lleve así, dijo Mr. Deasy. Se lo sacará en algún lu­gar y lo perderá. Cómprese uno de estos aparatos. Lo encon­trará muy práctico.

Contesta algo.

—El mío estaría a menudo vacío, dijo Stephen.

La misma habitación y hora, la misma sabiduría: y yo el mismo. Tres veces con ésta. Tres lazos que me atan aquí. ¿Y qué? Podría romperlos en este instante si quisiera.

—Porque no ahorra, dijo Mr. Deasy, señalando con el dedo. Usted no sabe aún lo que es el dinero. Dinero es po­der. Cuando haya vivido tanto tiempo como yo. Lo sé, lo sé. Si al menos la juventud lo supiera. Pero ¿qué dice Shakespeare? Echa dinero en tu bolsa.

—lago, murmuró Stephen.

Levantó los ojos de las inertes conchas a la mirada atenta del viejo.

—Él entendía de dinero, dijo Mr. Deasy. Hizo dinero. Un poeta, sí, pero inglés también. ¿Sabe cuál es el orgullo de los ingleses? ¿Sabe cuál es la palabra más orgullosa que escucha­rá jamás de la boca de un inglés?

Soberano de los mares. Sus ojos fríos como el mar mira­ron la bahía vacía: parece ser que la historia tiene la culpa: en mí y en mis palabras, sin odio.

—Que en su imperio, dijo Stephen, nunca se pone el sol.

—¡Bah! exclamó Mr. Deasy. Eso no es inglés. Un celta francés lo dijo.

Tabaleó la caja de caudales con la uña del pulgar.

—Le diré, dijo solemnemente, de lo que alardea con más orgullo. Nadie me ha regalado nada.

Buen hombre, buen hombre.

—Nadie me ha regalado nada. Jamás pedí prestado un chelín en mi vida. ¿Se siente usted así? No debo nada. ¿Así?

Mulligan, nueve libras, tres pares de calcetines, un par de botos, corbatas. Curran, diez guineas. McCann, una guinea. Fred Ryan, dos chelines. Temple, dos almuerzos. Russell, una guinea, Cousins, diez chelines, Bob Reynolds, media guinea, Koehler, tres guineas, Mrs. MacKernan, la comida de cinco semanas. El fajo que tengo no vale para nada.

—Por el momento, no, contestó Stephen.

Mr. Deasy rió muy complacido, mientras colocaba en su sitio el portamonedas.

—Ya sabía que no, dijo gozosamente. Pero algún día de­bería sentirlo. Somos gente generosa pero también debemos ser justos.

—Me asustan esas palabras tan grandes, dijo Stephen, que nos hacen infelices.

Mr. Deasy clavó severamente la mirada atenta durante unos momentos encima de la repisa de la chimenea en la corpulencia proporcionada de un hombre con falda de tar­tán: Albert Edward, príncipe de Gales.

—Me considera una antigualla y un viejo conservador, dijo su voz pensativa. He visto tres generaciones desde los tiempos de O'Connell. Recuerdo la hambruna del 46. ¿Sabe usted que las logias de Orange se alzaron para que la unión se revocara veinte años antes de que O'Connell lo hiciera o antes de que los prelados de su creencia lo tacha­ran de demagogo? Ustedes los fenianos se olvidan de algu­nas cosas.

Gloriosa, pía e inmortal memoria. La logia de Diamond en Annagh la espléndida engalanada por doquier con cadá­veres de papistas. Roncos, enmascarados y armados, el pacto de los colonos. El negro norte y la Biblia azul verdadera. Re­beldes a tierra.

Stephen perfiló un breve gesto.

—Yo tengo sangre rebelde en las venas también, dijo Mr. Deasy. Por parte del huso. Pero desciendo de Sir John Blackwood que votó a favor de la unión. Somos todos irlan­deses, todos hijos de reyes.

—¡Ah! dijo Stephen.

—Per vias rectas, dijo Mr. Deasy firmemente, era su lema. Votó a favor y se calzó las botas de montar para cabalgar has­ta Dublín desde Ards of Down y hacerlo.

Larilá rilá
El camino rocoso hacia Dublín.

Un tosco caballero a caballo con lustrosas botas de mon­tar. ¡Día metido en agua, Sir John! ¡Día metido en agua, su señoría! .... ¡Día! .... ¡Día! .... Dos botas de montar a paso de portantillo hacia Dublín. Lanlá, rilá. Larilá, nlarí.

—Eso me trae algo a la memoria, dijo Mr. Deasy. Me pue­de usted hacer un favor, Mr. Dedalus, con algunos de sus amigos literarios. Tengo aquí una carta para la prensa. Sien­tese un momento. Sólo me queda copiar el final.

Fue al escritorio cerca de la ventana, arrimó la silla dos ve­ces y leyó unas palabras de la hoja que tenía en el carro de la máquina de escribir.

—Siéntese. Perdone, dijo por encima del hombro, los dic­tados del sentido común. Un momento.

Miró fijamente por debajo de sus espesas cejas el manus­crito junto al codo y, mascullando, comenzó a aporrear las rí­gidas teclas del teclado lentamente, a veces resoplando cuan­do hacía girar el carro para borrar algún error.

Stephen se sentó silenciosamente ante la personalidad prin­cipesca. Enmarcadas a lo largo de las paredes imágenes de ca­ballos desaparecidos rendían homenaje, sus mansas cabezas en elegante porte: Repulse de Lord Hasting, Shotover del du­que de Westminster, Ceylon, prix de Paris, 1866, del duque de Beaufort. Jinetes duendecillos los montaban, atentos a una se­ñal. Vio sus marcas de velocidad, defendiendo los colores rea­les, y gritó con los gritos de muchedumbres desaparecidas.

—Punto, ordenó Mr. Deasy a las teclas. Pero una pronta conclusión a esta cuestión de suma importancia ....

Adonde Cranly me llevó para enriquecer de pronto, a la caza de ganadores entre las vagonetas embarradas, en medio del vocerío de los corredores de apuestas en sus puestos y de las emanaciones de la cantina, por el lodo multicolor. Fair Rebel! Fair Rebel! A la par el favorito: diez a uno el resto. Por entre jugadores de dados y tahúres nos apresurábamos tras los cascos, las gorras y chaquetas rivales, dejando atrás a la mujer de cara amondongada, señora de camicero, que hoci­caba sedientamente su gajo de naranja.

Gritos penetrantes resonaron en la cancha de los niños y un silbante silbato.

De nuevo: un tanto. Estoy entre ellos, entre sus cuerpos enzarzados en confuso enfrentamiento, la justa de la vida. ¿Quiere decir el mimadito de mamá zambo y con cara de re­saca? Justas. El tiempo golpeado rebota, golpe a golpe. Justas, lodazal y el estruendo de batallas, el gélido vómito de muer­te de los masacrados, un alarido de lanzadas espetadas con entrañas ensangrentadas de hombres.

—Vamos a ver, dijo Mr. Deasy, levantándose.

Se acercó a la mesa, prendiendo las hojas con una pinza. Stephen se levantó.

—He reducido el asunto a unas pocas palabras, dijo Mr. Deasy. Se trata de la fiebre aftosa. Échele un vistazo. No puede haber discrepancias sobre el asunto.

Me permite abusar de su valioso espacio. Esa doctrina del laissezfaire que tan a menudo en nuestra historia. Nuestro ne­gocio de ganado. Al modo de toda nuestra vieja industria. Los maniobreros de Liverpool que frustraron el proyecto del puerto de Galway. Conflagración europea. Suministros de grano por las escasas aguas del canal. La imperturbabilidad pluscuamperfecta del ministerio de agricultura. Perdonada una alusión clásica. Casandra. Por una mujer que no era más que una mujer. Concretando el tema.

—No ando con rodeos ¿verdad? preguntó Mr. Deasy mien­tras Stephen seguía leyendo.

Fiebre aftosa. Conocida como el preparado de Koch. Sue­ro y virus. Porcentaje de caballos inmunizados. Peste bovina. Los caballos del emperador en Mürzsteg, Baja Austria. Vete­rinarios. Mr. Henry Blackwood Price. Amable ofrecimiento una oportunidad. Los dictados del sentido común. Cuestión de suma importancia. En todos los sentidos de la palabra co­ger al toro por los cuernos. Dándole las gracias por la hospi­talidad de su periódico.

—Quiero que lo publiquen y lo lean, dijo Mr. Deasy. Verá cómo si hay otro brote ponen un embargo al ganado irlandés. Y puede curarse. Se cura. Mi primo, Blackwood Price, me ha escrito que en Austria los médicos de ganado normalmente la tratan y curan. Se han ofrecido a venir aquí. Estoy intentando obtener alguna influencia. Ahora voy a in­tentar la publicidad. Estoy rodeado de dificultades, de .... in­trigas de ..... maniobras de pasillo .....

Levantó el dedo índice y golpeó al aire como los viejos an­tes de que su voz hablara.

—No olvide lo que le voy a decir, Mr. Dedalus, dijo. In­glaterra está en manos de los judíos. En todos los altos cargos: en las finanzas, en la prensa. Y eso son señales de una nación en decadencia. Dondequiera que se reúnan, se co­men la fuerza vital de la nación. Lo he estado viendo venir todos estos años. Tan cierto como que estamos aquí, los mercaderes judíos están ya maquinando su plan de destruc­ción. La vieja Inglaterra se muere.

Se puso a andar con prontitud, cobrando sus ojos vida azul al atravesar un amplio rayo de sol. Dio media vuelta y volvió de nuevo.

—Se muere, dijo otra vez, si no está muerta ya.

De calle en calle el grito de la ramera
tejerá el sudario de la vieja Inglaterra.

Sus ojos bien abiertos como en trance clavaron la mirada severamente a través del rayo de sol donde se había dete­nido.

—Un mercader, dijo Stephen, es alguien que compra ba­rato y vende caro, sea judío o gentil ¿no es así?

—Pecaron contra la luz, dijo Mr. Deasy gravemente. Y pue­de verse la oscuridad en sus ojos. Y es por eso que van erran­tes por la tierra hasta ahora.

En la escalinata de la Bolsa de París los hombres de piel dorada fijando precios en sus enjoyelados dedos. Cháchara de gansos. En bandada clamorosa, torpes, por el templo, sus cabezas confabuladas bajo desmañados sombreros de copa. No de ellos: esas ropas, esa habla, esos gestos. Sus ojos absor­tos y lentos desmentían las palabras, los gestos apremiantes e inofensivos, pero sabían de los rencores que se amontona­ban a su alrededor y sabían que su celo era inútil. Inútil su paciencia en acaparar y atesorar. El tiempo seguramente lo dispersaría todo. Riquezas acumuladas al lado del camino: saqueado y transferido. Sus ojos sabían de los años errantes y, pacientes, sabían la deshonra de su carne.

—¿Y quién no? dijo Stephen.

—¿Qué quiere decir? preguntó Mr. Deasy.

Dio un paso hacia delante y permaneció de pie al lado de la mesa. La mandibula inferior se abrió de lado con incerti­dumbre. ¿Es esto sabiduría de viejo? Espera que diga algo.

—La historia, dijo Stephen, es una pesadilla de la que in­tento despertar.

En la cancha los niños levantaron un griterío. Un silbante silbato: tanto. ¿Y si esa pesadilla te aplastara pesadamente?

—Los caminos del Creador no son nuestros caminos, dijo Mr. Deasy. Toda la historia humana se dirige hacia una gran meta, la manifestación de Dios.

Stephen sacudió el pulgar hacia la ventana, diciendo:

—Eso es Dios.

¡Hurra! ¡Bien! ¡Prrrri!

—¿Cómo? dijo Mr. Deasy.

—Un grito en la calle, dijo Stephen, encogiéndose de hombros.

Mr. Deasy inclinó la vista y se aprisionó durante un rato las aletas de la nariz con los dedos. Al levantar la vista de nuevo las dejó en libertad.

—Soy más feliz que usted, dijo. Hemos cometido mu­chos errores y muchos pecados. La mujer introdujo el peca­do en el mundo. Por una mujer que no era más que una mujer, Helena, la esposa fugada de Menelao, durante diez años los griegos hicieron la guerra a Troya. Una esposa in­fiel fue la primer á en traer a extraños a nuestras costas, la es­posa de MacMurrough y su comblezo, O'Rourke, príncipe de Breffni. Una mujer también hundió a Pamell. Muchos errores, muchos fracasos, pero no el pecado único. Yo soy un luchador ya al final de mis días. Pero lucharé por lo que creo justo hasta el fin.

Pues Ulster luchará
y Ulster razón tendrá.

Stephen levantó las hojas que tenía en la mano.

—Bueno, señor, empezó .....

—Presiento, dijo Mr. Deasy, que no permanecerá usted aquí mucho tiempo en este trabajo. No nació usted para maestro, creo. Quizá esté equivocado.

—Para alumno más bien, dijo Stephen.

Y aquí ¿qué más puedes aprender?

Mr. Deasy meneó la cabeza.

—¿Quién sabe? dijo. Para aprender hay que ser humilde. Pero la vida es la gran maestra.

Stephen hizo crujir las hojas de nuevo.

—Con respecto a éstas, empezó .....

—Sí, dijo Mr. Deasy. Ahí hay dos copias. Si puede usted hacer que se publiquen de inmediato.

Telegraph. Insh Homestead.

—Lo intentaré, dijo Stephen, y se lo haré saber mañana. Conozco algo a dos directores.

—Está bien, dijo Mr. Deasy animadamente. Anoche escri­bí a Mr. Field, Miembro del Parlamento. Hay una reunión de la asociación de tratantes hoy en el Hotel City Arms. Le pedí que sometiera el texto de mi carta a la asamblea. Usted mire a ver si puede meterla en sus dos periódicos. ¿Cuáles son?

—El Evening Telegraph .....

—Está bien, dijo Mr. Deasy. No hay tiempo que perder. Ahora tengo que contestar esa carta de mi primo.

—Buenos días, señor, dijo Stephen, metiéndose las hojas en el bolsillo. Gracias.

—De nada, dijo Mr. Deasy mientras rebuscaba en los pa­peles de su escritorio. Me gusta cruzar la espada con usted, a pesar de ser viejo.

—Buenos días, señor, dijo Stephen de nuevo, haciendo una reverencia a la encorvada espalda.

Salió por el soportal descubierto y bajó por el sendero de gravilla bajo los árboles, escuchando el griterío y golpeteo de los palos en la cancha. Los leones acostados sobre las colum­nas al cruzar la cancela: terrores moznados. Y sin embargo le ayudaré en su lucha. Mulligan me investirá con un nuevo nombre: el bardo valedor de bueyes.

—Mr. Dedalus.

Corre tras de mí. Más cartas no, espero.

—Un momento.

—Sí, señor, dijo Stephen, volviéndose en la cancela.

Mr. Deasy se detuvo, respirando fuerte y tragándose el aliento.

—Sólo quería decirle, dijo. Irlanda, se dice, tiene a honra ser el único país que no persiguió nunca a los judíos. ¿Sabe usted eso? No. ¿Y sabe por qué?

Puso mala cara severamente al aire brillante.

—¿Por qué, señor? preguntó Stephen empezando a son­reír.

—Porque nunca los dejó entrar, dijo Mr. Deasy solemne­mente.

Un borbotón de risa le saltó de la garganta arrastrando consigo una resonante cadena de flema. Se volvió apresura­damente tosiendo, riendo, los brazos alzados saludando al aire.

—No los dejó nunca entrar, exclamó de nuevo entre risas, mientras pateaba con pies abotinados por la gravilla del sen­dero. Por eso.

Sobre sus sabios hombros por el escaqueado de hojas el sol irradiaba lentejuelas, monedas danzarinas.

3. Proteo

INELUCTABLE modalidad de lo visible: al menos eso si no más, pensado con los ojos. Marcas de todas las cosas es­toy aquí para leer, freza marina y ova marina, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platiazula­do, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano. Pero añade: en los cuerpos. Luego se percató de aquesos cuerpos antes que de aquesos coloreados. ¿Cómo? Dándose coscorrones contra ellos, seguro. Tranquilo. Calvo era y mi­llonario, maestro di color che sanno. Límite de lo diáfano en. ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. Si puedes meter los cinco dedos es una cancela, si no una puerta. Cierra los ojos y ve.

Stephen cerró los ojos para oír cómo las botas estrujaban la recrujiente ova y las conchas. Estás andando sobre esto tranquilamente en cualquier caso. Lo estoy, una zancada cada vez. Un espacio muy corto de tiempo a través de tiem­pos muy cortos de espacio. Cinco, seis: el Nacheinander. Exactamente: y ésa es la ineluctable modalidad de lo audible. Abre los ojos. No. ¡Jesús! ¡Si cayera por un acantilado que se adentra sobre su base, cayera por el Nebeneinander inelucta­blemente! Me voy acostumbrando bastante bien a la oscuri­dad. Mi espada de fresno cuelga a mi lado. Bordonea con ella: ellos lo hacen. Mis dos pies en sus botas en los extremos de sus piernas, nebeneinander. Suena sólido: forjado por el mazo de Los demiurgos. ¿Acaso voy andando hacia la eterni­dad por la playa de Sandymount? Estruja, recruje, rac, ric, rac. Dinero del mar salvaje. Maese Deasy conyóscelos bien.

¿Vendrías a Sandymount,
Madeline la mar?

El ritmo empieza, lo ves. Lo oigo. Tetrámetro acataléctico de yambos marchando. No, al galope: deline la mar.

Abre los ojos ahora. Lo haré. Un momento. ¿Se ha desva­necido todo desde entonces? Si abro y me encuentro para siempre en lo adiáfano negro. ¡Basta! Veré si puedo ver.

Mira ahora. Ahí todo el tiempo sin ti: y siempre estará, por los siglos de los siglos.

Descendieron por las escalinatas de Leahy Terrace pruden­temente, Frauenzimmer. y por la inclinada orilla lánguida­mente, sus pies planos hundiéndose en la arena sedimenta­da. Como yo, como Algy, descendiendo a nuestra poderosa madre. La número uno balanceaba patosamente su bolso de matrona, el paraguón de la otra hurgaba en la arena. Del ba­rrio de Liberties, día de paseo. Mrs. Florence MacCabe, viu­da del extinto Patk MacCabe, sinceramente llorado, de Bride Street. Una de su hermandad me sacó guañiendo a la vida. Creación desde la nada. ¿Qué tiene en el bolso? Un engen­dro con el cordón umbilical arrastrando, amorrado en paño bermejo. El cordón de todos enlaza con el pasado, cable ca­bitrenzado de toda carne. Por eso los monjes místicos. ¿Que­rríais ser como dioses? Miraos vuestro omphalos. ¡Oiga! Aquí Kinch. Póngame con Villaedén. Alef, alfa: cero, cero, uno.

Esposa y compañera de Adán Kadmon: Heva, Eva desnu­da. Ella no tenía ombligo. Mirad. Vientre sin mácula, bien abombado, broquel de tensa vitela, no, grano blanquiamon­tonado naciente e inmortal, que existe desde siempre y por siempre. Entrañas de pecado.

Entrañado en la oscuridad pecaminosa estuve yo también, concebido no engendrado. Por ellos, el hombre con mi voz y mis ojos y una mujer fantasmal de aliento a cenizas. Se ayuntaron y desjuntaron, cumplieron la voluntad del aparea­dor. Desde antes de los tiempos Él me dispuso y ahora no puede disponer lo contrario ni nunca. Una lex eterna Le ate­naza. ¿Es ésa pues la divina sustancia en la que el Padre y el Hijo son consustanciales? ¿Dónde está el pobre de Arrio para meterse dentro y ver qué pasa? Guerreando de por vida por la contransmagnificandjudeogolpancialidad. ¡Aciago he­resiarca malogrado! En un excusado griego exhaló su último suspiro: euthanasia. Con mitra de abalorios y con báculo, ins­talado en su trono, viudo de una sede viuda, con omophonon envarado, con posaderas aglutinadas.

Los vientos potreaban a su alrededor, vientos cortantes y apasionados. Llegan, las olas. Los hipocampos crestiblancos, tascando, embridados en fúlgidos céfiros, los corceles de Ma­nanaan.

No debo olvidar su carta para la prensa. ¿Y después? El Ship, doce y media. Por cierto lleva cuidado con ese dinero como buen joven imbécil. Sí, debo hacerlo.

Aflojó la marcha. Veamos. ¿Voy a casa de tía Sara o no? La voz de mi padre consustancial. ¿Te has topado última­mente con tu hermano Stephen el artista? ¿No? ¿Seguro que no está en Strasburg Terrace con su tía Sally? ¿Es que no sabe volar más alto que eso, eh? Y y y y dime, Stephen ¿cómo está el tío Si? ¡Ay, por Cristo bendito en lo que me he metido! Los zagales subidos en lo alto del pajar. Ese contable de pa­cotilla borracho y su hermano, el cometa. ¡Muy respetables gondoleros! Y el bizco de Walter tratando de señor a su pa­dre ¡nada menos! Señor. Sí, señor. No, señor. ¡Ay, Jesús cru­cificado: no me extraña! ¡Por Cristo!

Tiro de la campana resollante de la casita cerrada: y espe­ro. Me toman por un cobrador, escudriñan desde un punto estratégico.

—Es Stephen, señor.

—Déjalo entrar. Deja entrar a Stephen.

Un cerrojo que se descorre y Walter me da la bienvenida.

—Pensábamos que eras otra persona.

En su cama ancha siyo Richie, almohadillado y envuelto en una manta, extiende sobre el montículo de sus rodillas un antebrazo membrudo. El pecho limpio. Se ha lavado la par­te de arriba.

—Buenas, sobrino. Siéntate y anda.

Deja a un lado la bandeja donde garrapatea los costes para los ojos de don Dundo y de don Shapland Tandy, archivan­do poderes e investigaciones y un mandamiento de Duces Te­cum. Un marco de aliso sobre su cabeza calva: el Requiescat de Wilde. El zureo de su silbido equívoco hace volver a Walter.

—¿Sí, señor?

—Güisqui de malta para Richie y Stephen, díselo a madre. ¿Dónde está?

—Bañando a Crissie, señor.

La compañerita de cama de papá. Cachito de amor.

—No, tío Richie ....

—Llámame Richie. Maldita sea tu agua de litina. Te reba­ja. ¡Güisqui!

—Tío Richie, de verdad ....

—Siéntate o demontres que te tumbo.

Walter se despestaña en vano buscando una silla.

—No tiene dónde sentarse, señor.

—No tiene dónde ponerlo, bobo. Trae la silla chippenda­le. ¿Te gustaría comer algo? Nada de tus malditos remilgos en esta casa. ¿Una buena loncha de panceta frita con un arenque? ¿De veras? Pues tanto mejor. No hay nada en la casa salvo píldoras para los dolores de espalda.

All’erta!

Zurea compases del aria di sortita de Ferrando. El número más grandioso, Stephen, de toda la ópera. Escucha.

Su afinado silbido suena de nuevo, matizado delicada­mente, con torrentes de aire, las manos tamboreando en las rodillas acolchadas.

Este viento es más dulce.

Casas de desolación, la mía, la suya y todas. Le contaste a los hijos de papá de Clongowes que tenías un tío juez y un tío general en el ejército. Apártate de ellos, Stephen. La belle­za no está ahí. Ni en la estancada nave central de la biblioteca Marsh donde leíste las profecías olvidadas del abate Joaquín. ¿Para quién? La plebe centicéfala del recinto catedralicio. Un aborrecedor de su especie se alejó corriendo de ellos hacia el bosque de la locura, la melena espumante a la luna, los globos de los ojos estrellas. Houyhiihmn, caballollar. Las ovales caras equinas, Temple, Buck Mulligan, Astuto Campbell, Carichu­pados. Padre abate, deán furioso ¿qué ofensa inflamó sus ce­rebros? ¡Plafl Descende, calve, ut ne amplius decalveris. Una guirlanda de cabellos grises en su cabeza conminada con­templadle a mí bajando a gatas hacia la grada (descende), empuñando una custodia, ojos de basilisco. ¡Bájate, choli­calvo! Un coro devuelve las amenazas y el eco asistiendo al­rededor de los lados del altar, el latín gruñón de los cleriga­llas que se mueven corpulentos dentro de sus albas, tonsura­dos y ungidos y capados, gordos con la flor de los granos de trigo.

Y en el mismo instante quizá un sacerdote a la vuelta de la esquina la esté elevando. ¡Tilintilín! Y dos calles más abajo otro la esté guardando en una píxide. ¡Tilantilín! Y en una capilla de Nuestra Señora otro está tomando la comunión él solo a dos carrillos. ¡Tilintilín! Abajo, arriba, al frente, atrás. Dan Occam ya pensó en eso, doctor invencible. Una brumo­sa mañana inglesa el trasgo hipostático le hizo cosquillas en el cerebro. Al bajar la hostia y arrodillarse oyó ligada con su segunda campana la primera campana del transepto (él está elevando la suya) y, al levantarse, oyó (ahora yo estoy elevan­do) sus dos campanas (se arrodilla) en floreado diptongo.

Primo Stephen, nunca serás un santo. Isla de santos. Eras tremendamente piadoso ¿no? Le pedías a la Virgen Bendita para que no se te pusiera la nariz roja. Le rezabas al diablo en Serpentine Avenue para que la viuda rechoncha de enfrente se remangara las faldas aún más por la calle mojada. ¡O si, cer­to! Vende tu alma por eso, hazlo, harapos teñidos prendidos sobre una guancha. ¡Más dime, más aún! En el segundo piso del tranvía de Howth solo gritándole a la lluvia: ¡Mujeres des­nudas! ¡Mujeres desnudas!¿ Qué te parece eso, eh?

¿Qué te parece qué? ¿Para qué si no se inventaron?

Conque leyendo dos páginas de siete libros distintos cada noche ¿eh? Era joven. Te inclinabas ante ti delante del espe­jo, dando un paso al frente para recibir los aplausos formal­mente, cara insólita. ¡Viva el maldito idiota! ¡Viva! Nadie lo vio: no se lo cuentes a nadie. Libros que ibas a escribir con letras por título. ¿Ha leído usted su F? Sí, sí, pero prefiero Q Sí, pero W es maravilloso. Sí, sí. W. ¿Recuerdas tus epifanías escritas en verdes hojas ovales, profundamente profundas, copias que habrían de ser enviadas si murieras a todas las grandes bibliotecas del mundo, incluyendo la de Alejandría? Alguien habría de leerlas allí pasados unos cuantos miles de años, un mahamanvantara. Como Pico della Mirandola. Sí, muy parecido a una ballena. Cuando uno lee estas extrañas páginas de alguien que ha desaparecido hace tiempo uno siente que uno está con uno junto a uno que una vez ......

La arena granulosa había desaparecido bajo sus pies. Sus botas pisaban de nuevo un húmedo recrujiente sámago, con­chas de navajas, guijarros rechinantes, que rompe contra los innúmeros guijarros, madera tamizada por la taraza, Armada perdida. Llanadas de arenas malsanas acechaban para tragar­se sus pisadas, exhalando un aliento pestilente, un fardo de algas se abrasaba con fuego marino bajo un muladar de ceni­zas humanas. Los bordeó, andando cautelosamente. Una botella de cerveza negra de pie, embarrancada hasta la cintura, en la pastosa masa de arena. Un centinela: isla de sed espan­tosa. Aros rotos en la playa; tierra adentro un laberinto de os­curas y tortuosas redes; más allá puertas traseras pintarrajea­das con tiza y en la parte más alta de la playa un tendedero con dos camisas crucificadas. Ringsend: aduar de tostados ti­moneles y patrones de barcos. Cáscaras humanas.

Se detuvo. Me he pasado del camino de la casa de tía Sara. ¿Es que no voy allí? Parece que no. Nadie a mi alrededor. Se volvió hacia el nordeste y cruzó por la arena más firme hacia el Pigeonhouse.

—Qui vous a mis dans cette fichue position?

—C ést le pigeon, Joseph.

Patrice, en casa de permiso, se relamía con la leche cálida conmigo en el bar MacMahon. Hijo del ganso salvaje, Kevin Egan de París. Padre un pajarraco, él se relamía la dulce lait chaud con tiema lengua sonrosada, cara oronda de conejillo. Lame, lapin. Espera ganar la gros lots. Sobre la naturaleza de la mujer leyó en Michelet. Pero tiene que enviarme La Vie de Jésus de M. Léo Taxil. Prestada a su amigo.

—C’est tordant, vous savez. Moi, je suis socialiste. Je ne crois pas en l existence de Dieu. Faut pas le dire à mon père.

—Il croit?

Mon père, oui.

Schluss. Se relame.

Mi sombrero de Barrio Latino. ¡Dios! Simplemente tene­mos que representar el papel. Quiero unos guantes buriel. Tú eras estudiante ¿no? ¿De qué por todos los diablos? Pe­ceene. PCN, ya sabes: physiques, chimiques et naturelles. Ajá. Comiendo tu ración de mou en civet, ollas de carne de Egip­to, a codazos entre cocheros eructantes. Di sólo con tono de lo más natural: cuando estaba en París, boul' Mich , lo hacía. Sí, hacía por llevar encima billetes picados para tener un ali­bí por si te arrestaban por asesinato en algún sitio. justicia. La noche del diecisiete de febrero de 1904 vieron al prisionero dos testigos. Otro lo hizo: otro yo. Sombrero, corbata, abri­go, nariz. Lui, c est moi. Parece que te divertiste.

Orgullosamente andando. ¿A quién intentabas imitar an­dando? Lo olvido: un desposeído. Con el giro de madre, ocho chelines, la puerta batiente de la estafeta de correos con la que el ordenanza te da en las narices. Dolor de muelas de hambre. Encore deux minutes. Mirar el reloj. Tengo que. Fermé ¡Hijo de perra! Dispárale hasta dejarlo hecho pizcas sangrientas con una escopeta pun, hombre pizcas crispió paredes todos boto­nes de latón. Pizcas todas kjmrklak vuelven a su sitio. ¿No se ha hecho daño? Bueno, no pasa nada. Dale un apretón de ma­nos. ¿Ve lo que quería decir, lo ve? Bueno, no pasa nada. Aprieta un apretón. Bueno, no pasa absolutamente nada.

Ibas a hacer maravillas ¿no? Misionero en Europa como el ardiente Colombo. Fiacre y Scoto en sus banquetas de peni­tencia en el cielo derramaron de sus jarras de cerveza, frago­rosolatinjocoso: Enge! Euge! Haciendo como que chapu­rreabas inglés mientras arrastrabas la maleta, tres peniques un mozo, por el enfangado espigón de Newhaven. Comment? Un rico botín trajiste de vuelta; Le Tutu, cinco números pin­gajosos de Pantalon Blanc et Culotte Rouge, un telegrama azul francés, una curiosidad que enseñar:

—Nadie muere vuelve casa padre.

La tía piensa que mataste a tu madre. Por eso no me deja.

Brindemos por la tía de Mulligan
y os diré simplemente la razón.
Siempre y siempre mantuvo ella el honor
de la familié completa Hannigan.

Sus pies marcharon a un repentino ritmo orgulloso por los surcos de arena, a lo largo de los cantizales del muro sur. Los miró orgullosamente, apilados cráneos de mamut petri­ficados. Luz dorada sobre mar, sobre arena, sobre cantizales. El sol está ahí, los gráciles árboles, las casas limón.

París despierta en carne viva, luz de sol cruda en sus calles limón. Húmeda miga de los chuscos, el ajenjo verderrana, su incienso matinal, cortejan el aire. Belluomo abandona el le­cho de la mujer del amante de su mujer, el ama de casa pa­ñoletada trajinando, con un platillo de ácido acético en la mano. En casa Rodot, Yvonne y Madeleine rehacen su belle­za desarreglada, destrozando con dientes de oro chaussons de hojaldre, sus bocas amarillentas con el pus del flan breton. Ca­ras de parisinos pasan, sus patillas complacidas, acaracolados conquistadores.

El mediodía sestea. Kevin Egan lía cigarrillos de pólvora con dedos embadurnados de tinta de imprenta, bebiendo a sorbos su alosna verde tal como Patrice hace con la suya blanca. A nuestro alrededor unos tragones cucharean alubias picantes al gañote. Un demi setier! Un caño de vapor de café del pulido caldero. Ella me sirve a instancias de él. Il est irlan­dais. Hollandais? Non fromage. Deux irlandais, nou , Irlande vous savez? Ah oui! Pensó que querías un queso hollandais. Tu postalmuerzo ¿conoces esa palabra? Postalmuerzo. Había un tipo que conocí en Barcelona, tipo raro, solía llamarlo su postalmuerzo. Bueno: ¡slainte! Por entre los veladores la ma­raña de alientos avinatados y gargantas quejumbrosas. El aliento suspendido sobre nuestros platos salsimanchados, la alosna verde apuntando por los labios. De Irlanda, los Dalca­sianos, de esperanzas, conspiraciones, de Arthur Griffith ahora, A. E., poimandro, buen pastor de hombres. Para un­cirme a su yunta, nuestros crímenes nuestra causa común. Eres el hijo de tu padre. Conozco la voz. Su camisa de co­tón, sanguifloreada, hace temblar los machos con los secre­tos de él. M. Drumont, periodista famoso, Drumont ¿sabes cómo llamaba a la reina Victoria? Vieja tarasca de dientes amarillos. Vieille ogresse con los dents jaunes. Maud Gonne, be­lla mujer, la Patrie, M. Millevoye, Félix Faure ¿sabes cómo murió? Hombres licenciosos. La froeken, bonne à tout faire, que frota la desnudez de hombre en el baño en Upsala. Moi faire, dijo ella, tous les messieurs. No a este monsieur, dije yo. Qué costumbre más licenciosa. El baño algo de lo más privado. No dejaría a mi hermano, ni siquiera a mi propio hermano, algo de lo más lascivo. Ojos verdes, os veo. Alosna, te siento. Gente lasciva.

La mecha azul se quema letalmente entre las manos y se quema hasta fundirse. Briznas de tabaco sueltas se prenden: una flama y el humo acre iluminan nuestro rincón. Cara es­cuálida bajo el sombrero de chico agitador. Cómo el cerebro escapó, versión auténtica. Se vistió de novia, compadre, velo, azahar, salió en coche por la carretera de Malahide. Lo hizo, te lo juro. De líderes desaparecidos, los traicionados, fugas salvajes. Disfraces, prendidos, escapados, no aquí.

Amante desdeñado. Yo era un mocetón en aquel enton­ces, te digo. Te enseñaré un retrato mío algún día. Lo era, te lo juro. Amante, por el amor de ella patrulló él con el coro­nel Richard Burke, sucesor del jefe de su clan, bajo las mura­llas de Clerkenwell y, agazapados, vieron cómo una flama de venganza los lanzaba por los aires en la niebla. Cristal destro­zado y desplome de mampostería. En el bullicioso Parí se es­conde, Egan de París, no buscado por nadie salvo por mí. Re­corriendo su viacrucis diario, la cutre imprenta portátil, sus tres tabernas, el cubil en Montmartre donde duerme una no­che corta, rue de la Goutte—d'Or, damasquinado con las caras en descomposición de los que se han ido. Sin amor, sin pa­tria, sin mujer. Ella está bien cómoda y a gusto sin su hom­bre proscrito, señora de la rue Git—le—Coeur, canario y dos huéspedes tiarrones. Mejillas de melocotón, falda de cebra, retozona como la de una jovencita. Desdeñado y esperanza­do. Dile a Pat que me viste ¿quieres? Una vez quise encon­trarle un trabajo al bueno de Pat. Mon fils, soldado de Fran­cia. Le enseñé a cantar Los chicos de Kilkenny son recios jóvenes bramantes. ¿Conoces ese viejo romance? Se lo enseñé a Patrice. La vieja Kilkenny: San Canico, el castillo de Strongbow so­bre el Nore. Dice así. Oh, Oh. Me coge, Napper Tandy, de la mano.

Oh, Oh los chicosde
Kilkenny....

Débil mano macilenta sobre la mía. Han olvidado a Kevin Egan, no él a ellos. Recordándoos, Oh Sión.

Se había acercado a la orilla del mar y la arena mojada le azotaba las botas. El aire fresco le daba la bienvenida, pulsan­do cuerdas salvajes, viento de aire salvaje de semillas de clari­dad. Vaya, no me dirijo al barcofaro de Kish ¿no es así? Se paró repentinamente, los pies empezando a hundirse lenta­mente en la tierra palpitante. Vuelve.

Volviéndose, pasó la vista por la orilla al sur, los pies hun­diéndose de nuevo lentamente en nuevos hoyos. La fría es­tancia abovedada de la torre espera. Por entre las saeteras los haces de luz se mueven por siempre, lentamente por siempre mientras los pies se me hunden, arrastrándose hacia el ano­checer por el suelo esférico. Oscurecer azul, caída de la no­che, noche de azul profundo. En la oscuridad de la bóveda esperan, sus sillas ladeadas, mi maleta obelisco, junto a una mesa de platos abandonados. ¿Quién la quita? Él tiene la lla­ve. No dormiré allí cuando llegue la noche. Puerta cerrada de una torre en silencio, que entierra sus cuerpos ciegos, el sahibpantera y su perro de muestra. Llama: nadie contesta. Sacó los pies de la succión y se volvió por la mole de cantos. Toma todo, guarda todo. Mi alma camina conmigo, forma de formas. Así pues en las vigilias de la medianoche de luna recorro el sendero sobre las rocas, en plateado oscuro, escu­chando la incitadora pleamar de Elsinore.

La pleamar me sigue. La veo subir desde aquí. Regresa en­tonces por el camino de Poolbeg hasta la playa allí. Trepó por los juncos y algas anguiformes y se sentó sobre un poye­te de roca, apoyando la vara de fresno en una hendidura.

El cadáver hinchado de un perro yacía recostado en el fuco. Ante él la regala de una barca hundida en la arena. Un coche ensablé llamaba Louis Veuillot a la prosa de Gautier. Es­tas arenas pesadas son lenguaje que la marea y el viento han encenagado aquí. Y estos, los montones de piedra de cons­tructores muertos, un conejar de comadrejas. Esconde oro ahí. Inténtalo. Algo tienes. Arenas y piedras. Pesadas del pa­sado. Los juguetes de Sir Lout. Cuidado que no te den para el pelo. Soy el muy jodido gigante que arrastra todos aquesos jodidos cantizales, huesos para usarlos como mi pasadero. Jojojó. Juelo a carne de jirlandé.

Un punto, perro vivo, fue tomando forma a lo lejos co­rriendo a todo lo ancho de la arena. Dios ¿me va a atacar? Respeta su libertad. No serás el dueño de otros ni tampoco su esclavo. Tengo el palo. Atento. Más lejos, andando hacia la playa desde la marea encrespada, figuras, dos. Las dos ma­rías. Lo han escondido bien entre la anea. Cucu trás. Te veo. No, el perro. Vuelve corriendo hacia ellas. ¿Quién?

Las galeras de los Lochlanns se lanzaban aquí a varar, en bus­ca de rapiña, las sanguinolentas proas picudas cabalgando la re­saca sobre olas de peltre fundido. Daneses vilángos, torces de hachas relucientes sobre el pecho cuando Malachi ciñó el co­llar de oro. Un banco de balénidos embancados en el caluroso mediodía, espurreando, renqueando en los bajíos. Entonces desde la hambrienta ciudad alcahaz una horda de enanos en ju­bones, mi gente, con cuchillos para desollar, corriendo, desca­mando, troceando en pedazos la grasienta carne verde de balle­na. Hambre, peste y mortandad. Su sangre la llevo en mí, sus lujurias mis olas. Yo anduve entre ellos en el helado Liffey, ese yo, un cambiado por otro, entre las fogatas de resina chispean­tes. No hablé con nadie: nadie me habló a mí.

El ladrido del perro corrió hacia él, se paró, corrió de vuel­ta. Perro de mi enemigo. Simplemente me quedé de pie, pá­lido, en silencio, acosado por los ladridos. Tenibilia meditans. Un jubón lila, sota de la fortuna, sonrió al verme con miedo. ¿Por eso suspiras, por el ladrido del aplauso de ellos? Aspi­rantes: vive sus vidas. El hermano de The Bruce, Thomas Fitzgerald, sedoso caballero, Perkin Warbeck, falso vástago de York, con calzones de seda marfil rosado, maravilla de un día, y Lambert Simnel, con una cola de mozcorras y mochi­leros, un freganchín coronado. Todos hijos de reyes. Paraíso de aspirantes entonces y ahora. Él salvó a gente de ahogarse y tú tiemblas ante los gañidos de un chucho. Pero los corte­sanos que se burlaban de Guido en Or san Michele estaban en sus propias casas. Casa de ... No queremos nada con tus abstrusidades medievales. ¿Harías tú lo que él hizo? Habría un barco cerca, una guindola. Natürlich, colocado allí para ti. ¿Lo harías o no? El hombre que se ahogó hace nueve días frente al peñón de la Doncella. Están esperándole ahora. La verdad, escúpela. Me gustaría hacerlo. Lo intentaría. No soy un buen nadador. El agua fría suave. Cuando metía la cara en ella en la palangana en Clongowes. ¡No veo! ¿Quién está detrás de mí? ¡Afuera ligero, ligero! ¿Ves la marea subiendo ligera por todas partes, tapizando las arenas bajas ligeramen­te, colorcortezacacao? Si tuviera tierra bajo mis pies. Quiero que su vida siga siendo suya, la mía que sea mía. Un hombre ahogándose. Sus ojos humanos me chillan desde el horror de su muerte. Yo ... Con él juntos hacia abajo .... No podía salvarla. Aguas: muerte amarga: perdida.

Una mujer y un hombre. Veo sus faldas. Arremangadas, me apuesto.

El perro de ellos amblaba por un banco de arena que se achicaba, trotando, husmeando por todas partes. Buscando algo perdido en una vida anterior. Repentinamente salió co­rriendo como una liebre saltarina, las orejas echadas atrás, persiguiendo la sombra de una gaviota en vuelo raso. El sil­bido agudo del hombre llegó a sus orejas lacias. Se volvió, re­gresó saltando, se acercó, trotó sobre sus patas resplandecien­tes. En un campo de gules un cheurón, pasante, al natural, descomado. En la blonda del agua se detuvo con patas de­lanteras tiesas, orejas apuntando al mar. El hocico alzado la­draba al ruido del mar, bandadas de morsas marinas. Serpenteaban hasta sus patas, rizándose, desenredando muchas cres­tas, cada nueve, rompiéndose, salpicando, desde lejos, desde aún más lejos, olas y olas.

Mariscadores. Se metieron un poco en el agua y, agachán­dose, sumergieron los sacos y, sacándolos de nuevo, se salie­ron del agua. El perro gañía corriendo hacia ellos, se levanta­ba de patas y manoteaba, poniéndose a cuatro patas, de nue­vo se levantaba de patas ante ellos con muda sumisión osuna. Ignorado se mantuvo al lado de ellos según se acerca­ban a la arena más seca, un harapo de lengua de lobo rojirre­soplante en sus fauces. Su cuerpo moteado amblaba delante de ellos y luego se alejó a saltos con galope de ternero. El cadáver yacía en su camino. Se paró, husmeó, zangoloteó al­rededor, hermano, olfateando más cerca, dio una vuelta alre­dedor, olisqueando rápidamente como un perro toda la pin­gado pelleja del perro muerto. Cráneo perruno, husmeo pe­rruno, los ojos en el suelo, se dirige a una gran meta. ¡Ay, pobre chucho infeliz! Aquí yacen los despojos de un pobre chucho infeliz.

—¡Pingajos! ¡Fuera de ahí, chucho!

El grito le trajo arrastrando de vuelta a su amo y un brusco puntapié lo mandó ileso al otro lado de una len­gua de arena, encogido en la huida. Se volvió cabizbajo en escorzo. No me ve. A lo largo del borde del malecón cami­nó torpemente, remoloneó, olió una roca y levantando una pata trasera ladeada orinó contra ella. Trotó hacia de­lante y, levantando de nuevo la pata trasera, orinó breve y rápido contra una roca no olida. Los sencillos placeres del pobre. Sus pezuñas traseras entonces esparcieron la arena: después sus pezuñas delanteras chapotearon y cavaron. Algo que enterrara allí, su abuela. Hozó en la arena, chapo­teando, cavando y se paró a escuchar el aire, arañó la are­na de nuevo con la furia de sus garras, cesando pronto, leo­pardo, pantera, engendrado en engaño matrimonial, carro­ñando muertos.

Después de que me despertara él anoche el mismo sueño Zo no lo era? Espera. Vestíbulo abierto. Calle de rameras. Re­cuerda. Hanín al—Raschid. Barrúntolo. Ese hombre me llevó, habló. Yo no tenía miedo. El melón que tenía me lo sostuvo contra la cara. Sonrió: tufillo a finta cremosa. Esa era la regla, dijo. Dentro. Ven. Alfombra roja extendida. Ya verás quién.

Con los sacos al hombro caminaban penosamente, los ro­jos egipcios. Los amoratados pies de él salían de unos panta­lones remangados y chapaleaban en la arena fría y húmeda, una bufanda color ladrillo apagado le estrangulaba el cuello desafeitado. Con pasos de mujer seguía ella: el rufián y su hembra pendanga. Botín colgado a la espalda. Arena suelta y cascajo de conchas encostraban los pies desnudos de ella. Por la cara ventoagrietada le caía el cabello. Tras su señor, su compañera, montón de desechos camino de la urbe. Cuan­do la noche oculta los defectos de su cuerpo reclama dentro de su chal marrón desde una arcada donde los perros se han cagado. Su chulapo invita a dos Fusderos del Real de Dublín en casa O'Loughlin en Blackpitts. Bésala, tíratela en jerga de pícaros, porque ¡Ay, mi linda gachona amorosa! Blancura sa­tánica bajo sus rancios harapos. En Fumbally's Lane aquella noche: los tufos de la curtiduría.

Blancas tus manos, roja tu boca
y tu cuerpo es delicado.
Ven conmigo a la alcoba.
En la noche besoy abrazo.

Morosa delectación llama el Aquino barrigón a esto, frote porcospino. Adán sin mancha cabalgaba sin brama. Llámale déjale: tu cuerpo es delicado. Lengua ni chispa peor que la suya. Palabras frailunas, chirlería de rosarios marianos en sus cor­dones: picardías, pepitas que se entrechocan en sus bolsillos.

Pasan ahora.

Ojeada de soslayo a mi sombrero de Hamlet. ¿Si estuviera repentinamente desnudo aquí tal como estoy sentado? No lo estoy. Por las arenas de todo el mundo, seguida por la es­pada llameante del sol, hacia el oeste, emigrando a tierras del lubrican. Ella camina penosamente, jorra, remolca, arrastra, tresna su carga. Una marea hespénda, lunaria, en su estela. Ma­reas, minadinsuladas, dentro de ella, sangre no mía, oinopa ponton, mar vinoscuro. He aquí la esclava de la luna. En sue­ños la mojadura da la señal, le manda levantarse. Lecho nup­cial, lecho de parto, lecho de muerte, fantasvelado. Omnis caro ad te veniet. Él viene, pálido vampiro, a través de los ojos de la tormenta, sus velas de murciélago ensangrentando el mar, boca al beso de su boca.

Vamos. Traspasa con un alfiler a ese tipo ¿quieres? Mis ta­blillas. Boca a su beso. No. Debe habé do'. Pégalo' bien. Boca al beso de su boca.

Sus labios enlabiaron y embocaron labios de aire descar­nados: boca a sus lunentrañas. Trañas, tumba omnientrañan­te. Su boca moldeó el aliento que emanaba, inarticulado: u¡¡­ja: bramar de planetas cataráticos, globulares, llameantes, bra­mando andoandoandoandoando. Papel. Los billetes, maldita sea. La carta del viejo Deasy. Aquí. Dándole las gracias por la hospitalidad le corto el trozo en blanco. Volviendo la espal­da al sol se estiró sobre una tabla de roca y garabateó unas pa­labras. Es la segunda vez que olvido coger fichas del mostra­dor de la biblioteca.

Su sombra caía sobre las rocas mientras se inclinaba, aca­bando. ¿Por qué no inacabable hasta la estrella más lejana? Oscuramente están ahí tras esta luz, oscuridad brillando en la claridad, delta de Casiopea, mundos. Mí ahí sentado con su lituo de fresno de augur, con sandalias prestadas, durante el día junto a un mar lívido, inobservado, por la noche vio­leta caminando bajo un reino de estrellas ignotas. Tiro esta acabada sombra de mí, ineluctable forma humana, llámala que vuelva. ¿Inacabable, sería mía, forma de mi forma? ¿Quién me observa aquí? ¿Quién leerá alguna vez en algún lugar estas palabras que escribo? Signos en un campo blanco. En algún lugar para alguien con tu voz más enflautada. El buen obispo de Cloyne sacó el velo del templo de su cabeza ensombrerada: velo de espacio con coloreados emblemas grabados en toda su extensión. Quieto. Coloreado sobre un plano: sí, así es. Plano veo, luego piensa distancia, cerca, le­jos, plano veo, este, atrás. ¡Ah, ya lo ves! Cae para atrás re­pentinamente, helado en estereoscopio. ¡Chas! y ya está. En­cuentras mis palabras oscuras. La oscuridad está en nuestras almas ¿no crees? Más enflautada. Nuestras almas, ruboferi­das por nuestros pecados, se agarran a nosotros aún más, mu­jer agarrándose a su amante, más y más.

Ella confia en mí, su mano delicada, los ojos pestañosos. ¿Y ahora adónde diablos la estoy trayendo más allá del velo? A la ineluctable modalidad de la ineluctable visualidad. Ella, ella, ella. ¿Qué ella? La virgen del escaparate de Hodges Figgis el lunes que entró a buscar uno de los libros alfabéti­cos que tú ibas a escribir. Penetrante mirada le echaste. Con la muñeca por la correa trenzada de su parasol. Vive en Leeson Park con un dolor y fruslerías, dama de letras. Cuéntale eso a alguien más, Stevie: una pingona. Apuesto a que lleva uno de esos malditos corsés ligueros y medias amarillas, zurcidas con hilaza. Háblale de buñuelos de manzana, piuttosto. ¿Dónde está tu chispa?

Tócame. Ojos suaves. Mano suave suave suave. Estoy tan solo aquí. Venga, tócame pronto, ahora. ¿Cuál es esa palabra que todos los hombres conocen? Estoy tan silencioso aquí solo. Y tan triste. Toca, tócame.

Se estiró cuan largo era sobre las rocas picudas, metiendo apretadamente la nota garabateada y el lápiz en un bolsillo, el sombrero caído sobre los ojos. Ese movimiento que hice es el de Kevin Egan, cabeceando una siesta, sueño sabático. Et vidit Deus. Et erant valde bona. ¡Hla, Hla! Bonjour. Bienveni­do sea como las flores de mayo. Bajo el ala observó por en­tre titilantes pestañas pavoabanicantes el austrante sol. Estoy atrapado en esta escena abrasadora. La hora de Pan, el me­diodía faunado. Entre serpentanas degomaplenas, frutas lac­teorrezumantes, donde sobre las aguas leonadas flotan hojas a lo ancho. La pena está lejos.

Y no te apartes y le des vueltas.

Su mirada se abismaba en las botas sobradas, desechos de un buco, nebeneinander. Contó los dobleces del cuero rugoso donde el pie de otro había anidado cálido. El pie que zapa­tea el suelo en tripudio, pie que desamo. Pero te quedaste en­cantado cuando el zapato de Esther Osvalt te vino a medida: chica que conocí en París. Tiens, quel petit pied! Amigo leal, alma gemela: el amor de Wilde que no osa pronunciar su nombre. Su brazo: el brazo de Cranly. El ahora me dejará. ¿Y la culpa? Tal como soy. Tal como soy. Todo o nada.

A largos lazos desde el lago Cock el agua fluía rebosante, cubriendo verdidoradamente lagunas de arena, elevándose, fluyendo. La vara de fresno se me irá flotando. Esperaré. No, pasarán, pasando, rozando contra los bajíos, arremolinándo­se, pasando. Mejor que termine con este asunto pronto. Es­cucha: un hablaoleada de cuatripalabras: süssuu, irss, rssaiss, uus. Vehemente aliento de aguas entre sierpes de mar, caba­llos encabritados, rocas. En cuencas de rocas se desborda: plof, splof, plaf encubada en cubas. Y, agotada, su discurso acaba. Fluye en torbellinos sonoros, anchamente fluyente, flotante charca espumante, flor floreando.

Bajo la marea creciente vio las algas rizantes alzarse lángui­damente y mecer sus brazos indolentes, levantándose el refa­jo, en agua susurrante oscilando y chorreando hacia arriba azoradas frondas de plata. Día a día: noche tras noche: se al­zaban, se anegaban y se derrumbaban. Señor, están cansadas; y, susurrándoseles, suspiran. San Ambrosio lo oyó, el suspiro de hojas y olas, esperando, aguardando la plenitud de sus tiempos, diebus ac noctibus iniurias patiens ingemiscit. Sin nin­gún fin acopiadas; luego vanamente liberadas, desbordándo­se, retrayéndose: pico de la luna. Cansada también a la vista de amantes, hombres lascivos, mujer desnuda resplandecien­te en su cortejo, arrastra un agobio de aguas.

Cinco brazas ahí adentro. A cinco brazas de fondo yace vuestro padre. A la una, dijo. Encontrado ahogado. Marea alta a las puertas de Dublín. Atoando un aluvión suelto de escombros, abanibancos de peces, conchas chamuchinas. Un cadáver emergiendo blanco de sal desde la resaca, bazu­cando paso a paso como marsopa hacia tierra. Ahí está. En­ganchadlo pronto. Tirad. Aunque hundido esté bajo la piel de las ondas. Lo tenemos. Con cuidado.

Saco de gas cadavérico empapado de salmuera inmunda. Un temblor de camarones, gordos de esponjosa golosina, esplende por entre los huecos de la portañuela abotonada. Dios se hace hombre se hace pez se hace bamacla se hace montaña plumón. Alientos muertos yo que vivo respiro, piso polvo muerto, devoro asadura orinada de todos los muertos. Izado yerto por encima de la regala exhala la pes­te de su verde sepultura, el leproso agujero nasal roncando al sol.

Cambio marino es esto, ojos marrones salazul. Muertema­nna, la más apacible de todas las muertes conocidas por el hombre. El viejo Padre Océano. Prix de Paris: ojo con las imi­taciones. Simplemente déle una oportunidad. Nos lo hemos pasado divinamente.

Vamos. Tengo sed. Se nubla. No hay nubes negras por ningún lado ¿no es así? Tormenta. Todo brillante cae él, rayo orgulloso del intelecto, Lucifer, dico, qui nescit occasum. No. Mi sombrero de veneras y el bordón y susmis chancos sandalias. ¿Dónde? A tierras del lubricán. El lubricán se encontrará a sí mismo.

Empuñó la empuñadura de la vara de fresno, dando sua­ves floretazos con ella, remoloneando aún. Sí, el lubricán se encontrará a sí mismo en mí, sin mí. Todos los días alcanzan su fin. Por cierto el próximo cuándo es el martes será el día más largo. De todo el alegre año nuevo, madre, el pon poro­pón pon pon. Lawn—tenis Tennyson, caballero poeta. Già. Por la vieja tarasca de dientes amarillos. Y Monsieur Drumont, ca­ballero periodista. Già. Tengo los dientes muy mal. Por qué, digo yo. Noto. Ése se está echando a perder también. Con­chas. ¿Debería ir al dentista, digo yo, con ese dinero? Ése. Éste. Kinch desdentado, el superhombre. ¿Por qué será eso, digo yo, o querrá decir algo quizá?

Mi pañuelo. Lo tiró. Lo recuerdo. ¿No lo recogí?

Su mano tentó en vano en los bolsillos. No, no lo hice. Mejor que compre uno.

Dejó el moco seco que se había sacado de la nariz sobre el reborde de una roca, cuidadosamente. En cuanto a lo demás que mire quien quiera.

Detrás. Quizá haya alguien.

Volvió la cara sobre un hombro, contornada. Moviendo las altas vergas de una goleta en el aire, con las velas recogi­das en las crucetas, de arribada, contracorriente, moviéndose silenciosamente, un barco silencioso.

4. Calipso

A Mr. Leopold Bloom le gustaba saborear los órganos in­ternos de reses y aves. Le gustaba la sopa de menudi­llos espesa, las mollejas que saben a nuez, el corazón asado relleno, los filetes de hígado empanados, las huevas de bacalao fritas. Lo que más le gustaba eran los riñones de cor­dero a la plancha que le proporcionaban al paladar un deli­cado gustillo a orina tenuemente aromatizada.

Tenía los riñones en mente mientras se movía por la coci­na con suavidad, ajustando las cosas del desayuno para ella en la bandeja gibosa. Luz y aire helados había en la cocina pero fuera una mañana agradable de verano por todas partes. Le abrieron un poco la gazuza.

El carbón se enrojecía.

Otra rebanada de pan con mantequilla: tres, cuatro: bien. A ella no le gustaba el plato lleno. Bien. Apartándose de la bandeja, levantó el hervidor de la hornilla y lo colocó de lado sobre el fuego. Allí quedó posado, deslucido y achaparrado, con el pitorro levantado. Un té pronto. Bueno. Boca seca.

La gata caminó estiradamente alrededor de una pata de la mesa el rabo espigado.

—¡Marrañau!

—Ah, con que estás ahí, dijo Mr. Bloom, apartándose del fuego.

La gata maulló como respuesta y zangoloteó de nuevo es­tiradamente alrededor de una pata de la mesa, maullando. Tal como ella zangolotea por mi escritorio. Prr. Ráscame la cabeza. Prr.

Mr. Bloom miró amablemente con curiosidad la ágil for­rna negra. Limpia a la vista: el brillo de su piel lustrosa, el botón blanco bajo el mocho de la cola, los verdes ojos esplen­dentes. Se inclinó hacia ella, las manos en las rodillas.

—Leche para la minina, dijo.

—¡Maarrañau! mayó la gata.

Los toman por tontos. Entienden lo que decimos mejor que nosotros les entendemos a ellos. Ésta entiende todo lo que quiere. Vengativa también. Cruel. Su naturaleza. Es cu­rioso que los ratones no guañen nunca. Parece que les guste. ¿A saber qué le pareceré yo? ¿Alto como una torre? No, pue­de saltarme.

—Tiene miedo de las gallinas, la tonta, dijo burlonamen­te. Tiene miedo de los piopíos. No he visto nunca una mini­na más estúpida que esta minina.

—¡Maararrañau! dijo la gata con fuerza.

Parpadeó hacia arriba con ávidos ojos ruborosoentoman­tes, maullando larga y quejumbrosamente, mostrándole los dientes blancoleche. El observó los oscuros surcos de los ojos que se angostaban de codicia hasta hacerse piedras ver­des. Luego fue hacia el aparador, cogió la jarra que el leche­ro de Hanlon le acababa de llenar, vertió leche cálidaburbu­jeante en un platillo y lo puso despaciosamente en el suelo. —¡Grrrr! mayó, corriendo para lamer.

Observó los bigotes que relucían metálicamente en la luz débil mientras se agachaba tres veces y lamía delicadamente. ¿A saber si será verdad que si se los cortan no pueden cazar ratones? ¿Por qué? Relucen en la oscuridad, quizá, las pun­tas. O como antenas en la oscuridad, quizá.

Escuchó su lamer lamiscante. Huevos con jamón, no. Nada de huevos con esta sequía. Necesitan agua fresca y lim­pia. Jueves: tampoco es un buen día para riñones de cordero en Buckley. Fritos con mantequilla, un pellizco de pimienta. Mejor un riñón de cerdo en Dlugacz. Mientras hierve el agua. Lamía más lentamente, relamiendo luego el platillo a lametones. ¿Por qué tendrán la lengua tan rasposa? Para rela­mer mejor, todas las cavidades porosas. ¿Nada que pueda co­merse? Echó un vistazo a su alrededor. No.

Con botas ligeramente chirriantes subió las escaleras hasta el recibidor, y se paró en la puerta del dormitorio. Puede que le apetezca algo sabroso. Rebanadas finas de pan con mante­quilla le apetecen por la mañana. Aun así quizá: sin que sir­va de precedente.

Dijo suavemente en el desnudo recibidor:

—Voy ahí al lado. Vuelvo en seguida.

Y cuando se hubo escuchado su voz decirlo añadió:

—¿No quieres nada para desayunar?

Un suave rezongo adormecido contestó:

—Mn.

No. No quería nada. Oyó luego un profundo suspiro cáli­do, más suave, al darse la vuelta y las virolas de latón flojas del cabecero de la cama tintinearon. Tengo que mandar arre­glarlas de verdad. Lástima. Nada menos que desde Gibraltar. Olvidado el poco español que sabía. A saber cuánto le costa­ría a su padre. Estilo antiguo. ¡Ah sí! Claro. La compró en la subasta del gobernador. Conseguida en una puja corta. Duro de roer en el regateo, el viejo Tweedy. Sí, señor. En Plevna fue eso. Yo ascendí de soldado raso, señor, y estoy orgulloso de ello. Aun así tuvo bastante caletre para dar con el filón de los sellos. Eso sí que fue tener vista.

La mano cogió el sombrero del gancho encima de su grue­so abrigo con sus iniciales y del impermeable de segunda mano de la oficina de objetos perdidos. Sellos: estampas de reverso engomado. Diría que montones de oficiales están en el ajo también. Claro que sí. El marbete sudado en la copa del sombrero le decía mudamente: Plasto: sombreros de gran ca. Fisgó apresuradamente bajo la cinta de cuero. Tira de pa­pel blanco. A buen recaudo.

En el escalón de la puerta se palpó el bolsillo del pantalón en busca de la llave. No está ahí. En los pantalones que me quité. Tengo que cojerla. La patata la tengo. Armario chi­rriante. No hay por qué molestarla. Se volvió adormilada­mente en ese momento. Tiró de la puerta del recibidor tras de sí muy quedamente, más, hasta que el batiente inferior encajó delicadamente en el umbral, una tapa floja. Parecía cerrada. Así está bien hasta que vuelva de todas formas.

Cruzó a la parte soleada, evitando la trampilla del sótano suelta del número setentaicinco. El sol se estaba acercando a la torre de la iglesia de George. Va a hacer un día de calor me imagino. Especialmente con estas ropas negras lo sentiré más. El negro conduce, refleja, (¿se dice refracta?), el calor. Pero no puedo ir con el traje claro. Como si fuera de merien­da al campo. Los párpados se le entornaban plácidamente a menudo mientras caminaba en cálido contento. El carromato del pan de Boland que nos reparte en bandejas el nuestro de cada día pero ella prefiere los picos coscurritos calientes de las hogazas de ayer revenidas. Te hace sentir joven. En al­gún lugar del este: por la mañana temprano: te pones en marcha al amanecer. Viajas todo alrededor delante del sol, le adelantas un día de marcha. Repitiéndolo siempre nunca en­vejeces ni un sólo día técnicamente. Caminas por una playa, tierras extrañas, llegas a las puertas de una ciudad, centinela allí, viejo oficial chusquero además, los grandes mostachos del viejo Tweedy, apoyándose en una especie de lanza larga. Deambulas por calles entoldadas. Caras enturbantadas pa­san.Antros oscuros de tiendas de alfombras, hombre grande, Turco el terrible, sentado con las piernas cruzadas, fumando en serpentinado chibuquí. Gritos de vendedores por las ca­lles. Beber agua aromatizada con hinojo, sorbete. Callejeas todo el día. Podrías encontrarte con algún ladrón que otro. Bueno, te lo encuentras. Avanzando hacia el sol de ponien­te. Las sombras de las mezquitas entre las columnas: sacerdo­te con un pergamino enrollado. Un estremecimiento de los árboles, señal, el viento vespertino. Prosigo. Cielo de oro apagándose. Una madre me observa desde la entrada. Llama a sus niños para que se metan en casa en su oscura lengua. Alto muro: más allá unas cuerdas tañen. Cielo nocturno, luna, violeta, color de las ligas nuevas de Molly. Cuerdas. Es­cucha. Una niña tocando uno de esos instrumentos como se llamen: dulcémeles. Sigo.

Seguramente no se parecería nada realmente. Suerte de pa­trañas que uno lee: tras el rastro del sol. Estallido de sol en la portada. Sonrió, satisfecho de sí mismo. Lo que dijo Arthur Griffith sobre el titular del editorial del Freeman: un sol de autonomía elevándose por el noroeste desde la callejuela de­trás del banco de Irlanda. Prolongó su sonrisa complacida. Qué toque de ingenio judío: sol de autonomía elevándose por el noroeste.

Se aproximaba al establecimiento de Lany O'Rourke. Por la rejilla del sótano subía el flojo borbotón de cerveza negra. Por la entrada el bar lanzaba a chorros al exterior bocanadas de jengibre, polvo de té, migas de galletas. Buena casa, sin embargo: justo en el límite del tráfico urbano. Por ejemplo la de M'Auley allá abajo: no es buena su situación. Claro que si pusieran una línea de tranvías a lo largo de Norh Circular desde el mercado de ganado hasta los muelles su valor subi­ría como la espuma.

Una cabeza calva sobre la cortinilla. Astuto vejete. Inútil sondearle para un anuncio. Aun así él conoce el negocio me­jor que nadie. Ahí lo tienes, cómo no, al intrépido Larry, apoyándose en la nasa del azúcar en mangas de camisa mien­tras observa cómo el amandilado dependiente lampacea con cubo y fiiegasuelos. Simon Dedalus lo imita a la perfección entornando los ojos. ¿Sabe usted lo que le digo? Qué sé yo, Mr. O'Rourke. ¿Sabe usted? Los rusos, sólo serían un ten­tempié para los japoneses.

Párate y di algo: sobre el entierro quizá. Qué pena lo del pobre Dignam, Mr. O'Rourke.

Al doblar la esquina de Dorset Street dijo animosamente saludando a través de la entrada:

—Buen día, Mr. O'Rourke.

—Buen día tenga usted.

—Hace un tiempo muy bueno, señor.

—Así es.

¿De dónde sacan el dinero? Llegan hechos unos catetos pelirrojos de County Leitnm como camareros, enjuagando las jarras sucias y guardando los restos de las copas en el só­tano. De pronto, he ahí que florecen y se convierten en los Adam Findlaters o los Dan Tallons. Luego piensa en la com­petencia. Sed general. Buen lío sería cómo cruzar Dublín sin pasar por una taberna. Ahorrarlo no pueden. De los borra­chos quizá. De tres se llevan cinco. Qué es eso, un chelín de aquí y de allá, calderilla. En los pedidos al por mayor quizá. Haciendo una doble jugada con los viajantes de plaza. Tú te las arreglas con el jefe y nos repartimos la sisa ¿comprendes?

¿Cuánto se amasaría con los posos de la cerveza negra al mes? Digamos diez barriles de mercancía. Digamos que qui­tara un diez por ciento. No, más. Quince. Pasó por la escue­la Nacional Saint Joseph. Clamor de mocosos. Ventanas abiertas. El aire fresco ayuda a la memoria. O una cantinela. Abece deefege caelemene opecu erreseteuuve uvedoble. ¿Son niños? Sí. Inishturk. Inishark. Inishboffin. Dándole a la jografia. La mía. Serranía Bloom.

Se detuvo ante el escaparate de Dlugacz fijando la vista en las ristras de salchichas, embutidos diversos, negros y blan­cos. Quince multiplicado por. Las cifras palidecieron en su mente, sin resolver: molesto, las dejó que se borraran. Los re­lucientes embuchados, rellenos de carne picada, le alimenta­ron la vista y aspiró sosegadamente el hálito tibio de la con­dimentada sangre de cerdo cocida.

Un riñón rezumaba gotas de sangre en la fuente sauzales­tampada: el último. Esperó al lado de la chica de los vecinos delante del mostrador. ¿Lo compraría también, pidiendo los artículos de la lista que tenía en la mano? Agrietada: la sosa de lavar. Y una libra y media de salchichas Denny. Sus ojos des­cansaron en las vigorosas caderas. Woods se llama él. A saber a qué se dedicará. La mujer es algo vieja. Sangre nueva. No se permiten pretendientes. Un buen par de brazos. Menean­do la alfombra en el tendedero. Y bien que la menea, señor mío. La forma en que la falda torcida se mueve con cada meneo.

El tocinero de ojos de hurón dobló las salchichas que ha­bía tijereteado con dedos a manchas, rosisalchicha. Buena carne tenemos ahí: como vaquilla de engorde.

Cogió una página de la pila de hojas cortadas: la granja modelo en Kinnereth a la orilla del lago Tiberíades. Puede convertirse en sanatorio ideal de invierno. Moisés Montefiore. Me lo imaginaba. Alquería, con muro alrededor, ganado bo­rroso herbajeando. Sostuvo la página a distancia: interesante: la leyó más de cerca, el título, el borroso ganado herbajean­do, la página que cruje. Una vaquilla blanca. Aquellas maña­nas en el mercado de ganado, las bestias mugiendo en los co­rrales, ganado marcado, plaf y plof del excremento, los cria­dores con botas claveteadas caminando penosamente por la porquería, dando alguna palmada a un cuarto trasero de car­ne a punto, esa pieza es de primera, varas sin pelar en las ma­nos. Sostuvo la página oblicuamente con paciencia, domi­nando sus sentidos y su voluntad, su suave y paciente mira­da calma. La falda torcida se mueve, meneo tras meneo tras meneo.

El tocinero agarró dos hojas de la pila, envolvió las salchi­chas de primera e hizo una mueca roja.

—¡Ea, señorita mía! dijo.

Ella le dio una moneda, sonriendo atrevidamente, ten­diendo la gruesa muñeca.

—Gracias, señorita mía. Y un chelín y tres peniques de vuelta. ¿Y usted, señor?

Mr. Bloom señaló rápidamente. Para alcanzarla y caminar detrás de ella si iba lentamente, detrás de sus jamones rebu­llentes. Placentera visión lo primero por la mañana. Vamos, maldita sea. Que es para hoy y se me escapa. Ella se paró al sol delante de la tienda y anduvo perezosamente hacia la de­recha. Suspiró por la nariz: nunca lo entienden. Manos soda­grietadas. Costrosas uñas de los pies también. Escapularios marrones pingajosos, defendiéndola por los dos lados. La punzada del desprecio fulguró hasta debilitar el placer den­tro de su pecho. Para otro: guardia fuera de servicio estre­chándola en Eccles Lane. A ellas les gustan de buen tamaño. Salchicha de primera. Ay, por favor, señor Policía, me he per­dido en el bosque.

—Tres peniques, por favor.

Su mano aceptó la húmeda glándula blanda y se la metió en un bolsillo lateral. Sacó luego tres monedas del bolsillo del pantalón y las dejó sobre las púas del tapete de goma. Allí quedaron, fueron interpretadas apresuradamente y apresura­damente deslizadas, disco a disco, en la caja.

—Gracias, señor. Hasta otra.

Una chispa de ansioso fuego desde ojos zorrunos le dio las gracias. Retiró la mirada tras un instante. No: mejor que no: en otra ocasión.

—Buenos días, dijo, yéndose.

—Buenos días, señor.

Ni rastro. Se ha ido. ¿Qué importa?

Regresó por Dorset Street, leyendo dignamente. Agendath Netaim: compañía de colonos. Para adquirir yermos terrenos arenosos al gobierno turco y plantar eucaliptos. Excelentes árboles para dar sombra, leña y para la construcción. Naran­jales e inmensos melonares al norte de Jaffa. Pagas ochenta marcos y te plantan mil metros cuadrados de tierra con oli­vos, naranjos, almendros o cidros. Olivos más baratos: los naranjos necesitan riego artificial. Cada año recibes un envío por la cosecha. Tu nombre registrado de por vida como pro­pietario en el libro de la comunidad. Se puede pagar diez de entrada y el resto en plazos anuales. Bleibtreustrasse, 34, Ber­lín, W. 15.

Ni hablar. Aun así hay algo tras todo eso.

Miró al ganado, borroso en el calor de plata. Olivos pla­taempolvados. Largos días tranquilos: podando, madurando. Las aceitunas se envasan en tarros ¿no? Me quedan unas cuantas de Andrews. Molly las escupía. Ahora acepta el sabor. Naranjas envueltas en papel de seda embaladas en jaulas. Cidras también. A saber si el pobre Citron estará to­davía en Saint Kevin's Parade. Y Mastiansky con la vieja cí­tara. Tardes placenteras que pasabamos entonces. Molly en la silla de mimbre de Citron. Agradable al tacto, fresca fru­ta cérea, tacto de la mano, llevarla a la nariz y aspirar el per­fume. Así, intenso, dulce, salvaje perfume. Siempre igual, año tras año. Alcanzaban precios elevados además, me dijo Moisel. Arbutus Place: Pleasants Street: tiempos placente­ros aquéllos. Deben de estar sin maca, decía. Viniendo nada menos que desde tan lejos: España, Gibraltar, el Me­diterráneo, el Levante. Jaulas alineadas en un lado del mue­lle en Jaffa, un tipo las va consignando en un trapacete, peones manipulándolas descalzos con monos mugrientos. Ahí está cómosellama de. ¿Qué tal? No me ha visto. Un tipo que conoces sólo de saludar un poco pelma. Tiene la espalda como la de aquel capitán noruego. A saber si me lo encontraré hoy. El carro del agua. Para provocar la lluvia. Así en la tierra como en el cielo.

Una nube comenzó a cubrir el sol lentamente, totalmen­te. Gris. Lejos.

No, no es así. Una tierra baldía, erial desnudo. Lago vol­cánico, el mar muerto: sin peces, ni algas, hundido pro­fundo en la tierra. Ningún viento podría levantar esas olas, brumosas aguas venenosas, metal gris. Azufre lo llamaban cuando caía en forma de lluvia: las ciudades del llano: So­doma, Gomorra, Edom. Todos nombres muertos. Un mar muerto en una tierra muerta, gris y antigua. Antigua aho­ra. Procreó a la más antigua de las razas, a la primera. Una tarasca encorvada cruzó desde casa Cassidy, con un bote­llín agarrado por el cuello. Las gentes más antiguas. Deam­bularon errantes lejos por toda la tierra, de cautiverio en cautiverio, multiplicándose, muriendo, naciendo por todas partes. Yacía allí ahora. Ahora ya no podía dar más fru­tos. Muerto: de una vieja: el coño hundido y gris del mundo.

Desolación.

Un horror gris le punzó la carne. Doblando la hoja al guardarla en el bolsillo, volvió la esquina de Eccles Street, aligerando a casa. Fríos óleos se deslizaban por sus venas, helándole la sangre: los años encostrándole con un manto de sal. Bueno, ya estoy aquí. Sí, ya estoy aquí. Mal sabor de boca por la mañana malas ocurrencias. Me he levantado con el pie izquierdo. Debo empezar de nuevo con aquellos ejercicios de Sandow. Abajo sobre las manos. Casas de ladri­llo marrón a manchones. El número ochenta todavía desal­quilada. ¿Por qué será? Renta es sólo veintiocho. Towers, Battersby, North, MacArthur: las ventanas del salón emplas­tadas con carteles. Emplastos sobre un ojo dolorido. Oler el suave humo del té, humareda de la sartén, mantequilla chis­porroteante. Estar cerca de su carne abundante cálida de cama. Sí, sí.

Presurosa luz de sol cálida bajaba corriendo desde Berkeley Road, velozmente, con gráciles sandalias, por la soleada ace­ra. Corre, corre a mi encuentro, una niña de cabellos de oro al viento.

Dos cartas y una tarjeta yacían en el suelo del recibidor. Se agachó a recogerlas. Mrs. Manon Bloom. Su acelerado cora­zón redujo el ritmo al punto. Trazo firme. Mrs. Maron.

—¡Poldy!

Al entrar en el dormitorio semicerró los ojos y fue por la tenue luz amarilla cálida hacia la cabeza despeinada.

—¿Para quién son las cartas?

Las miró. Mullingar. Milly.

—Una carta para mí de Milly, dijo cuidadosamente, y una tarjeta para ti. Y una carta para ti.

Dejó la tarjeta y la carta de ella sobre el cobertor asargado cerca de la curva de sus rodillas.

—¿Quieres que suba la cortinilla?

Mientras subía la cortinilla con suaves tirones hasta la mi­tad su ojo de reojo vio su mirada en la carta y meterla bajo la almohada.

—¿Bien así? dijo, volviéndose.

Estaba leyendo la tarjeta, recostada sobre el codo.

—Ya ha recibido las cosas, dijo.

Esperó a que hubiera dejado la tarjeta a un lado y a que se enroscara de nuevo lentamente con un suspiro de como­didad.

—Aligera con el té, dijo. Estoy seca.

—El agua ya está hirviendo, dijo.

Pero se demoró para recoger las cosas de la silla: sus ena­guas a rayas, ropa interior sucia en un revoltijo: y lo levantó todo en una brazada colocándolo a los pies de la cama. Cuando bajaba las escaleras de la cocina, lo llamó:

—¡Poldy!

— Qué?

—Escalda la tetera.

Hirviendo cómo no: un penacho de vapor por el pitorro. Escaldó y enjuagó la tetera y echó cuatro cucharadas colmadas de té, volcando luego el hervidor para que el agua fluyera den­tro. Una vez lo hubo dejado para que se asentara quitó el her­vidor, allanó las ascuas con la sartén y observó cómo la pella de mantequilla se deslizaba y se derretía. Mientras desenvolvía el riñón la gata maulló hambrientamente. Dale mucha carne no cazará ratones. Dicen que no comen cerdo. Casher. Toma. Le dejó caer el papel embadurnado de sangre y soltó el riñón en la mantequilla derretida que chisporroteaba. Pimienta. La es­polvoreó en círculos con los dedos de la huevera desconchada.

Después rasgó el sobre de la carta, recorriendo la página con la vista hasta abajo y volviéndola. Gracias: boina nueva: Mr. Coghlan: merienda en el lago Owel: joven estudiante: chicas en la playa de Boylan Botero.

El té se había asentado. Llenó su propia taza con bigotera, de falsa porcelana Crown Derby, sonriendo. Regalo de cum­pleaños de la tontuela de Milly. Sólo tenía cinco años enton­ces. No, aguarda: cuatro. Yo le regalé el collar ambarino que rompió. Metiendo trozos doblados de papel de estraza en el buzón para ella. Sonrió mientras vertía.

Ah, mi Milly Bloom, eres mi amada.
Eres mi espejo de la noche a la mañana.
Te prefiero a ti sin un ochavo
que a Katey Keogh con jardín y asno.

El pobre profesor Goodwin. Caso horrendo. Aun así era un tipo cortés. Anticuada la manera como solía despedir con reverencias a Molly desde la plataforma. Y el espejito dentro del sombrero de copa. La noche en que Milly lo trajo al sa­lón. ¡Eh, mirad lo que he encontrado en el sombrero del pro­fesor Goodwin! Lo que nos reímos. El sexo alboreando ya entonces. Desparpajadilla que era.

Pinchó el riñón con un tenedor y le dio la vuelta de una paletada: luego ajustó la tetera en la bandeja. La giba se abombó al cogerla. ¿Está todo? Pan con mantequilla, cuatro, azúcar, cuchanlla, la leche cremada. Sí. La subió, el pulgar enganchado en el asa de la tetera.

Empujando la puerta con la rodilla entró con la bandeja y la puso sobre la silla al lado del cabecero.

—¡Cuánto has tardado! dijo.

Los latones tintinearon al incorporarse ella animadamen­te, con un codo en la almohada. El miró calmadamente su corpulencia y entre sus grandes tetas suaves, caídas dentro de su camisón como ubres de cabra. El calor de su cuerpo acos­tado se esparció por el aire, mezclándose con la fragancia del té que ella se echaba.

Una esquina de sobre abierto asomaba por debajo de la al­mohada hoyosa. En el momento de irse se quedó para esti­rar el cobertor.

—¿De quién era la carta? preguntó.

Trazo firme. Manon.

—Pues de Boylan, dijo. Va a traer el programa.

—¿Qué vas a cantar?

—Lá ci darem con J. C. Doyle, dijo y Vieja y dulce canción de amor.

Sus labios carnosos, al beber, sonrieron. Más bien a rancio el tufillo que deja ese incienso al día siguiente. Como agua de flores inmunda.

—¿Quieres la ventana abierta un poco?

Dobló una rebanada de pan y se la metió en la boca, pre­guntando:

—¿A qué hora es el entierro?

—A las once, creo, contestó. No he visto el periódico.

Siguiendo la señal de su dedo, recogió de la cama por una pemera sus bragas sucias. ¿No? Luego, una liga gris retorcida y enrollada alrededor de una media: arrugada, talón brillante.

—No: ese libro.

Otra media. Sus enaguas.

—Me se habrá caído, dijo.

Palpó aquí y allá. Voglio e non vorrei. A saber si lo pronun­cia bien: voglio. No está en la cama. Debe de haberse resbala­do al suelo. Se agachó y levantó los faldones. El libro, caído, abierto contra el alabeo del orinal con greca.

—Trae aquí, dijo. Puse una señal. Hay una palabra que quería preguntarte.

Sorbió un trago de té de la taza que sujetaba por el cuen­co y, tras limpiarse esmeradamente las puntas de los dedos en la manta, empezó a rastrear por el texto con la horquilla hasta que dio con la palabra.

—¿Meten qué? preguntó él.

—Aquí, dijo ella. ¿Qué quiere decir eso?

Se inclinó hacia delante y leyó junto a la uña lacada de su pulgar.

—¿Metempsicosis?

—Sí. No lo conocen ni en su casa a la hora de comer.

—Metempsicosis, dijo él, frunciendo el ceño. Es griego: del griego. Quiere decir la transmigración de las almas.

—¡Bah! ¡Chorradas! dijo. Dilo en cristiano.

Sonrió, mirando de soslayo a sus ojos burlones. Los mismos ojos juveniles. La primera noche después de las charadas. En Dolphm's Bam. Pasó las páginas pringosas. Rubí: el orgullo de la pista. Caramba. Una ilustración. Italiano feroz con zurria­go. Debe ser Rubí el orgullo de la en el suelo desnuda. Una sábana amablemente prestada. El monstruoso Maffei desistió y arrojó a su víctima lejos de sí con un juramento. Crueldad de­trás de todo ello. Animales drogados. En el trapecio de los Henglers. Tuve que mirar para otro lado. La muchedumbre boquiabierta. Trónchate el cuello que nosotros nos troncha­remos de risa. Familias enteras. Los enseñan desde pequeños para que se metampsicoseen. Que vivimos después de muer­tos. Nuestras almas. Que el alma de uno cuando muere, el alma de Dignam....

—¿Lo has terminado? preguntó.

—Sí, dijo ella. No es nada cachondo. ¿Está ella todo el tiempo enamorada del primer tipo?

—No lo he leído. ¿Quieres otro?

—Sí. Tráeme otro de Paul de Verga. Gracioso nombre tiene.

Echó más té en la taza, observando cómo fluía de lado.

Tengo que renovar ese libro de la biblioteca de Capel Street o le escribirán a Kearney, mi garante. Reencarnación: ésa es la palabra.

—Algunos creen, dijo, que seguimos viviendo dentro de otro cuerpo después de la muerte, que hemos vivido con an­terioridad. Lo llaman reencarnación. Que todos hemos vivi­do antes en la tierra hace miles de años o en otro planeta. Di­cen que lo hemos olvidado. Algunos dicen que recuerdan sus vidas pasadas.

La pesada leche cremada formaba cuajadas espirales en su té. Mejor que le recuerde la palabra: metempsicosis. Un ejemplo sería mejor. ¿Un ejemplo?

El baño de la ninfa sobre la cama. Lo daban junto con el nú­mero de Pascua de Resurrección de Photo Bits: espléndida obra maestra en láminas a todo color. El té antes de poner la leche. No muy distinta a ella con el pelo suelto: más delga­da. Tres con seis di por el marco. Ella dijo que estaría bien encima de la cama. Ninfas al desnudo: Grecia: y pongamos por caso toda aquella gente que vivía en aquel entonces.

Pasó las páginas para atrás.

—Metempsicosis, dijo, es como los antiguos griegos lo llamaban. Ellos creían que te podías convertir en animal o en árbol, pongo por caso. Lo que llamaban ninfas, por ejemplo.

La cucharilla dejó de remover el azúcar. Miró fijamente al frente, inhalando por las ventanas de la nariz arqueada.

—Huele a quemado, dijo. ¿Te has dejado algo en el fue­go?

—¡El riñón! exclamó él repentinamente.

Metió el libro torpemente en el bolsillo interior y, los de­dos del pie tropezando contra el bacín roto, salió corriendo hacia el olor, bajando precipitadamente las escaleras con pa­tas de cigüeña en desbandada. Humo irritante salía como un chorro furioso por un lado de la sartén. Pinchando el riñón por debajo con uno de los dientes del tenedor lo despegó y lo volvió boca arriba como tortuga. Sólo un poco quemado. Lo echó de la sartén a un plato y dejó chorrear en él un hilo de la escasa salsa marrón.

Un té ahora. Se sentó, cortó y untó con mantequilla una rebanada de la hogaza. Recortó la carne quemada y se la tiró a la gata. Luego se llevó un tenedor lleno a la boca, y masti­có con discernimiento la carne tierna y gustosa. En su pun­to. Un sorbo de té. Luego cortó dados de pan, sopó uno en la salsa y se lo metió en la boca. ¿Qué era eso del joven estu­diante y de la merienda? Desdobló la carta a su lado, y la leyó lentamente mientras masticaba, sopando otro dado de pan en la salsa y llevándoselo a la boca.

Queridísimo papi

Muchísimas gracias por el bonito regalo de cumpleaños. Me cae divinamente. Todo el mundo dice que estoy guape­tona con mi boina nueva. He recibido la bonita caja de dul­ces de mamá y le escribo. Son divinos. Voy viento en popa en el negocio de fotos ahora. Mister Coghlan me hizo una a mí y a la Mrs. Se mandará cuando esté revelada. Ayer hici­mos el agosto. Día de feria y todas las elegantes patigordas es­taban aquí. Vamos a ir al lago Owel el lunes con unos cuan­tos amigos para hacer una pequeña merienda campestre. Un abrazo a mamá y para ti un beso muy grande y gracias. Les oigo al piano abajo. Va a haber un concierto en el Greville Arms el sábado. Hay un joven estudiante que viene por aquí algunas tardes llamado Bannon sus primos o algo por el esti­lo son gente bien y canta la canción de Boylan (he estado en un tris de escribir Boylan Botero) sobre aquellas chicas de la playa. Dile que la tontuela de Milly manda mis mejores res­petos. Tengo que acabar ahora con todo mi afecto

Tu hija que te quiere

Milly

P.D. Perdona la letra tengo prisa. Adiós.

M.

Quince hizo ayer. Curioso, el quince del mes también. Su primer cumpleaños lejos de casa. Separación. Recuerdo la mañana de verano en que nació, corriendo para despertar a Mrs. Thornton de Denzille Street. Qué vieja más jovial. A cientos de niños habrá tenido que ayudar a traer al mun­do. Ella sabía desde el principio que el pobrecillo Rudy no viviría. Tranquilo, Dios es bueno, señor. Lo supo de inme­diato. Tendría ahora once si hubiera vivido.

Su cara distraída miró lastimosamente la postdata. Perdona la letra. Prisa. Piano abajo. Está en la edad del pavo. Follón con ella en el Café XL por la pulsera. No quería comerse los paste­les ni hablar ni mirar. Descaradilla. Sopó otros dados de pan en la salsa y se comió el riñón trozo a trozo. Doce con seis a la se­mana. No mucho. Aun así, podía estar peor. Teatro de varieda­des. Joven estudiante. Bebió otro sorbo de té más frío para ba­jar la comida. Luego leyó la carta de nuevo: dos veces.

Bueno, bueno: sabe cómo cuidarse. Pero éy si no? No, no ha pasado nada. Claro que podría. Espera en cualquier caso a que ocurra. Menuda chiquilla. Sus piernas delgaduchas co­rriendo escaleras arriba. El destino. Madurando ahora. Vani­dosa: mucho.

Sonrió con preocupado afecto a la ventana de la cocina. La vez que la cogí en la calle pellizcándose las mejillas para ponérselas rojas. Anémica un poco. Se le dio leche demasia­do tiempo. A bordo del Ern's King aquel día alrededor del buquefaro Kish. Maldita bañera cómo se movía. Ni pizca de canguelo. El pañuelo azul pálido suelto al viento con el pelo.

Toda rizosy hoyuelos en las mejillas,
la cabeza sencillamente se te arremolina.

Chicas de la playa. Sobre roto. Las manos metidas en los bolsillos del pantalón, calesero en su día de asueto, cantan­do. Amigo de la familia. Arremollina, dice él. Espigón con fa­rolas, atardecer veraniego, banda.

Aquellas chicas, aquellas chicas,
de la playa encantadoras chicas.

Milly también. Besos juveniles: el primero. Lejos ahora ya pasados. Mrs. Marion. Leyendo, recostada ahora, contando los mechones de su cabello, sonriendo, trenzando.

Un ligero malestar, desazón, le recorrió el espinazo, au­mentando. Sucederá, sí. Evitar. Inútil: no puedo hacer nada. Labios dulces y suaves de niña. Sucederá también. Sintió que el malestar fluyente lo inundaba. Inútil hacer algo ahora. La­bios que besaron, besando, besados. Labios de mujer, carno­sos y glutinosos.

Mejor está allí: lejos. Ocuparla. Quería un perro para en­tretenerse. Podría hacer un viaje hasta allí. En las vacaciones de agosto, sólo dos con seis ida y vuelta. Aún quedan seis se­manas todavía. Podría hacerme de algún pase de prensa. O a través de M'Coy.

La gata, tras haberse lavado todo el pelaje, volvió al papel manchado de sangre, lo olfateó y zangoloteó hasta la puerta. Se volvió a mirarle, maullando. Quiere salir. Espera delante de una puerta alguna vez se abrirá. Que espere. Está azogada. Cargada de electricidad. Truenos en el ambiente. Lavándose estaba la oreja de espaldas al fuego también.

Se sentía pesado, lleno: luego el vientre ligeramente suel­to. Se levantó, desabrochándose la cinturilla del pantalón. La gata le maulló.

—¡Miau! dijó él como respuesta. Espera a que yo esté listo.

Pesadez: será un día caluroso. Demasiada molestia sudar como un negro escaleras arriba hasta el descansillo.

Un periódico. Le gustaba leer en el retrete. Espero que no llegue ningún mentecato justo cuando.

En la gaveta de la mesa encontró un número atrasado de Titbits. Lo dobló bajo el sobaco, fue hasta la puerta y la abrió. La gata subió con suaves saltitos. ¡Ah! quería subir arriba, en­roscarse hecha un ovillo en la cama.

Escuchando oyó la voz de ella:

—Ven, ven, minina. Ven.

Salió por la puerta trasera al jardín: se paró a escuchar ha­cia el jardín de al lado. Ni un ruido. Quizá tendiendo la ropa. La muchacha estaba en el jardín. Espléndida mañana.

Se inclinó a observar una fina hilera de menta que crecía junto a la pared. Hacer aquí un cenador. Judías escarlatas. Pa­rra virgen. Habría que volver a abonar todo el terreno, tierra apelmazada. Una buena mano de hígado de azufre. Toda la tierra está así cuando no tiene estiércol. Desperdicios de la casa. Marga ¿qué es eso exactamente? Las gallinas del jardín de al lado: sus excrementos son muy buenos como abono para encima. El mejor de todos sin embargo es el de ganado, especialmente cuando ha sido cebado con tortas de orujo. Pajuz de estiércol. Lo mejor para limpiar los guantes de cabri­tilla de señora. Lo sucio limpia. Las cenizas también. Regene­rar todo el terreno. Cultivar guisantes en aquel rincón de allí. Lechugas. Siempre habría verduras frescas entonces. Aun así un jardín tiene sus desventajas. La abeja o moscarda el lunes de Pentecostés.

Prosiguió andando. ¿Dónde está mi sombrero, por cierto? He debido de ponerlo de nuevo en el gancho. O al colgarlo el suelo. Extraño que no lo recuerde. El perchero demasiado lleno. Cuatro paraguas, impermeable de ella. Al recoger las cartas. La campanilla del establecimiento de Drago que sue­na. Curioso estaba pensando justo en ese momento. Cabello castaño abrillantinado por encima del cuello. Se acababa de lavar y cepillarse. A saber si tendría tiempo de tomar un baño esta mañana. Tara Street. El tipo aquel de la taquilla ayudó a fugarse a James Stephens, dicen. O'Brien.

Voz profunda tiene ese individuo Dlugacz. ¿Agendath cómo era? ¡Ea, señorita mía! Entusiasta.

De una patada abrió la puerta desencajada del excusado. Mejor será que cuide de no mancharme estos pantalones del entierro. Entró, agachando la cabeza por debajo del dintel. Dejando la puerta entreabierta, en medio de la peste a cal mohosa y de telarañas rancias se desabrochó los tirantes. An­tes de sentarse escudriñó por un resquicio las ventanas de la casa de al lado. El rey estaba en la sala de cuentas. Nadie.

En cuclillas sobre el banquillo de escamio desdobló el pe­riódico, pasando las páginas sobre las rodillas desnudas. Algo nuevo y fácil. No hay prisa. Aguántatelo un poco. Cuento premiado titbit: El golpe magistral de Matcham. Escrito por Mr. Plrilip Beaufoy, del Club de Amigos del Teatro, de Lon­dres. A razón de una guinea la columna se ha pagado al escri­tor. Tres y media. Tres libras con tres. Tres libras, trece con seis.

Plácidamente leyó, conteniéndose, la primera columna y, cediendo pero resisitiéndose, comenzó la segunda. A la mi­tad, cediendo su última resistencia, permitió que el vientre se vaciara plácidamente mientras leía, leyendo aún paciente­mente el ligero estreñimiento de ayer completamente desa­parecido. Espero no sea demasiado grande vuelvan de nuevo las hemorroides. No, lo justo. Así pues. ¡Ay! Estreñido. Una tableta de cáscara sagrada. La vida podría ser así. No le afec­taba ni le emocionaba pero era algo ligero y bien cuidado. Publican cualquier cosa ahora. Qué estación más tonta. Siguió leyendo, sentado calmoso sobre su propio tufo ascendente. Bien cuidado ciertamente. Matcham piensa a menudo en elgolpe magistral por el que sedujo a la bruja hilarante que ahoya. Empieza y termina moralmente. De las manos. Astuto. Echó un vistazo atrás a lo que ya había leído y, mientras sentía fluir su orina quedamente, envidió amablemente a Mr. Beaufoy que había escrito aquello y recibido en pago tres libras, trece con seis.

Podría conseguir hacer un esbozo. Por Mr. y Mrs. L. Bloom. Inventar una historia para ilustrar un proverbio. ¿Cuál? En tiempos solía intentar tomar notas en el puño de lo que ella de­cía al vestirse. Le desagradaba que nos vistiéramos juntos. Me corté afeitándome. Mordiendo su labio inferior, abrochándole el corchete de la falda. Controlándole el tiempo. 9:15. ¿Te ha pagado Roberts ya? 9:20. ¿Qué llevaba puesto Gretta Conroy? 9:23. ¿Cómo se me ocurriría comprar este peine? 9:24. Estoy inflada con esa col. Una mota de polvo en el charol de la bota: restregándose esmeradamente por turno cada vira contra la pantorrilla de la media. La mañana después del baile de la feria cuando la banda de May tocó la danza de las horas de Ponchielli. Explica eso: horas del amanecer, mediodía, luego el atardecer que se acerca, luego las horas de la noche. Laván­dose los dientes. Esa fue la primera noche. Su cabeza al bailar. Las varillas del abanico chascando. ¿Es rico ese tal Boylan? Tiene dinero. ¿Por qué? Noté que tenía un aliento dulce y agradable cuando bailábamos. Inútil tararear en aquel mo­mento. Menciona eso. Extraña música la de aquella última no­che. El espejo estaba en penumbras. Ella limpió el espejo de mano con diligencia en el chaleco de lana contra su abultado pecho oscilante. Mirando en él. Arrugas en sus ojos. No daría buenos resultados de todas maneras.

Horas del atardecer, chicas de gasa gris. Horas de la noche luego: negras con dagas y antifaces. Idea poética: rosa, luego dorado, luego gris, luego negro. Aun así, fiel a la realidad también. El día: luego la noche.

Rasgó contundentemente por la mitad el cuento premia­do y se limpió con él. Luego se ciñó los pantalones, se abro­chó los tirantes y se abotonó. Tiró hacia atrás de la tamba­leante, bamboleante puerta del excusado y salió de las som­bras al aire libre.

En la luz radiante, aligerado y aliviado de miembros, se ojeó cuidadosamente los pantalones negros: los bajos, las ro­dillas, las corvas. ¿A qué hora es el entierro? Será mejor que me entere por el periódico.

Un chirrido y un apagado aleteo por el aire en lo alto. Las campanas de la iglesia de George. Tocaban la hora: sonoro hierro apagado.

¡Dingdón! ¡Dingdón!
¡Dingdón! ¡Dingdón!
¡Dingdón! ¡Dingdón!

Menos cuarto. Ahí está otra vez: la resonancia le sigue por el aire. La tercera.

¡Pobre Dignam!

5. Lotófagos

JUNTO a las grúas de Sir John Rogerson's Quay Mr. Bloom caminaba discretamente, dejando atrás Windmill Lane, el establecimiento Leask molino de linaza, la estafeta de correos y telégrafos. Podría haber dado esa dirección tam­bién. Y dejando atrás el albergue de marineros. Se apartó de los ruidos de la mañana del muelle y prosiguió por Lime Street. Junto a las casitas Brady se hallaba arrellanado un chi­co recogedor de arrebañaduras, el cubo de basura colgado del brazo, fumando una colilla chupada. Una niña más pe­queña con cicatrices de eccema en la frente le ojeó, lánguida­mente sujetando su aro de barrica maltrecho. Dile que si fuma no crecerá. ¡Bah, déjalo! Tampoco su vida es un lecho de rosas. Esperando a las puertas de las tabernas para traer a papa a casa. Vuelve a casa con mama, papa. Hora de poca ac­tividad: no habrá mucha gente allí. Cruzó Townsend Street, pasó la fachada ceñuda de Bethel. El, sí: casa de: Alef, Beth. Y dejó atrás la funeraria Nichols. A las once es. Tiempo de sobra. Diría que Kelleher Copetón birló el trabajo para O'Neill. Coser y cantar. Copetón. La vi una vez bajo el em­parrado. En el sombreado. ¡Qué animado! Soplón de la po­licía. Su nombre y dirección luego dio con el agururú runrurú rururú. Vaya, seguro que lo birló. Que lo entierren barato en un comosediga. Con el gururú gururú gururú gururú.

En Westland Row se detuvo ante el escaparate de la Belfast and Oriental Tea Company y leyó los marbetes de los paquetillos de papel de estaño: mezcla selecta, calidad su­perior, té para la familia. Más bien caluroso. Té. Tengo que hacenne con un poco de Tom Keman. No podría pedírselo en un entierro, sin embargo. Mientras sus ojos leían aún comedidamente se quitó el sombrero aspirando quedamente la brillantina y envió la mano derecha con graciosa lentitud por la frente y el pelo. Mañana muy calurosa. Bajo sus párpados caídos los ojos encontraron el lacito de la cinta de cuero den­tro de su sombrero de gran ca. Allí estaba. La mano derecha bajó al cuenco del sombrero. Los dedos encontraron apresu­radamente una tarjeta tras la cinta y la transfirieron al bolsi­llo del chaleco.

Vaya calor. La mano derecha pasó una vez más más len­tamente por la frente y el pelo. Luego se puso el sombrero de nuevo, aliviado: y leyó de nuevo: mezcla selecta, hecha con las mejores hojas de Ceilán. El lejano oriente. Un lu­gar encantador debe de ser: el jardín del mundo, grandes hojas indolentes donde flotar sin rumbo, cactos, praderas floridas, lianas serpeantes las llaman. A saber si será así. Esos cingaleses zascandileando al sol entregados al dolcefar niente, sin dar ni golpe en todo el día. Duermen seis meses al año. Demasiado calor para discutir. Influencia del clima. Letargo. Flores del ocio. El aire es lo que más alimenta. Azoes. Invernadero en los jardines Botánicos. Plantas sen­sibles. Nenúfares. Pétalos demasiado cansados para. Enfer­medad del sueño en el ambiente. Andan sobre pétalos de rosas. Imagina tratando de comer callos y uñas de vaca. ¿Dónde estaba el tipo que vi en aquella foto en algún si­tio? Ah, sí, en el mar muerto flotando de espaldas, leyen­do un libro con una sombrilla abierta. No puede uno hun­dirse ni aún queriendo: tan espesa con la sal. ¿Porque el peso del agua, no, el peso del cuerpo en el agua es igual al peso del qué? ¿O es el volumen lo que es igual al peso? Es una ley que dice algo así. Vance en el instituto crujiéndose los dedos, enseñando. El plan de estudios del colegio. Plan crujiente. ¿Qué es peso en realidad cuando dices el peso? Treintaidós pies por segundo por segundo. Ley de la iner­cia de los cuerpos: por segundo por segundo. Todos caen al suelo. La tierra. Es la fuerza de la gravedad de la tierra lo que es el peso.

Se volvió y vagó lentamente hacia el otro lado de la calle. ¿Cómo iba andando ella con las salchichas? De esa forma que tú sabes. Mientras andaba cogió el Freeman doblado del bolsillo lateral, lo desdobló, lo enrolló a lo largo en forma de batuta y tabaleó con él en la pemera a cada vagaroso paso. Cara de circunstancia: sólo pasaba por ver. Por segundo por segundo. Por segundo por cada segundo quiere decir. Desde el bordillo lanzó una mirada penetrante por la puerta de la estafeta de correos. Buzón de última recogida. Cartas aquí. Nadie. Adentro.

Alargó la tarjeta por la rejilla de latón.

—¿Hay alguna carta para mí? preguntó.

Mientras la empleada de correos buscaba en un casillero él reparó en un cartel de reclutamiento con soldados de to­dos los cuerpos desfilando: y se llevó la punta de la batuta a la nariz, oliendo el papel de periódico recién imprimido. No habrá respuesta probablemente. Me propasé en la úl­tima.

La empleada de correos le devolvió por la rejilla su tarjeta con una carta. El le dio las gracias y echó rápidamente un vis­tazo al sobre mecanografiado.

Henry Flower Esq.

Lista de Correos. Westland Row.

E/E

Ha contestado en cualquier caso. Deslizó tarjeta y carta en el bolsillo lateral, pasando de nuevo revista a los soldados desfilando. ¿Dónde estará el regimiento del viejo Tweedy? Soldado retirado. Mira: gorra de piel de oso y penacho. No, es un granadero. Puños de pico. Ahí lo tienes: fusileros del real de Dublín. Casacasrojas. Demasiado llamativas. Por eso debe de ser por lo que las mujeres los persiguen. Uniforme. Más fácil alistarse y hacer la instrucción. La carta de Maud Gonne acerca de cómo hay que sacarlos de O'Connell Street por las noches: deshonra para nuestra capital irlandesa. El pe­riódico de Griffith va en la misma linea ahora: un ejército carroño de enfermedades venéreas: imperio de ultramar o de ultraborrachos. Medio cocidos parecen: como hipnotizados. Vista al frente. Marcar el paso. Izquierda: erda. Derecha: echa. Los del Rey. Nunca se le ve a él vestido de bombero o de poli. De masón, sí.

Salió lentamente de la estafeta de correos y dobló a la de­recha. Charla: como si eso lo arreglara todo. La mano se me­tió en el bolsillo y un dedo índice se abrió camino por deba­jo de la solapa del sobre, rasgándolo con brusquedad. Las mujeres siempre echan mucha cuenta, no lo creo. Los dedos sacaron la carta la carta y arrugaron el sobre en el bolsillo. Algo prendido: foto quizá. ¿Pelo? No.

M'Coy. Deshagámonos de él pronto. Va a apartarme de mis asuntos. Qué molesta es la gente cuando uno.

—Hola, Bloom. ¿Adónde va?

—Hola, M'Coy. A ningún sitio en especial.

—¿Cómo le va?

—Bien. ¿Y usted?

—Sobrevivo, dijo M'Coy.

Con los ojos puestos en la corbata y traje negros preguntó con quedo respeto:

—¿Hay algún ... no sucede nada, espero? Veo que está ...

—No, no, dijo Mr. Bloom. El pobre Dignam, ya sabe. El entierro es hoy.

—Claro, pobre hombre. Así es. ¿A qué hora?

Foto no es. Una insignia quizá.

A laaas once, contestó Mr. Bloom.

—Intentaré ir hasta allí, dijo M'Coy. ¿A las once, dice? Sólo me enteré anoche. ¿Quién me lo dijo? Holohan. ¿Co­noce a Boto?

—Le conozco.

Mr. Bloom miró al otro lado de la calle al charrete para­do ante la puerta del Grovesnor. El mozo cargaba la male­ta en el pesebrón. Ella permanecía de pie, a la espera, mien­tras el hombre, marido, hermano, como ella, se buscaba cambio en los bolsillos. Un abrigo con estilo con ese cuello vuelto, abrigado para un día como éste, parece de paño. Qué postura tan distraída con las manos en esos bolsillos de parche. Como aquella encopetada criatura en el partido de polo. Las mujeres todas a favor del espíritu de clase has­ta que tocas el punto sensible. Bien está y bien parece. Re­servadas a punto de ceder. La honorable Mrs. y Bruto es un hombre honorable. Poseerla una vez le quitaría todo ese es­tiramiento.

—Estaba yo con Bob Doran, que pasa por una de sus ron­das habituales, y con ése cómo le llaman Lyons Gallito. Jus­to allá en la taberna Conway estábamos.

Doran Lyons en Conway. Ella se llevó una mano enguan­tada al pelo. Entró Boto. A remojarse el gaznate. Echando la cabeza hacia atrás y mirando fijo a lo lejos con los párpados entornados vio la brillante piel de cervato relucir bajo el fuer­te reverbero, el trenzado. Desde luego que hoy veo bien. La humedad en el ambiente da largo alcance visual quizá. Ha­blando de unas cosas u otras. Mano de señora. ¿Por qué lado se subirá?

—Y dijo él: ¡Qué pena lo del pobre amigo Paddy! ¿Qué Paddy? dije yo. El pobrecillo Paddy Dignam, dijo.

De campo: a Broadstone probablemente. Botas altas ma­rrones con cordones colgantes. Pie bien moldeado. ¿Para qué tanto barullo con ese cambio? Me ve mirando. Ojo avizor por otro tipo siempre. Un por si acaso. Si una vela se apaga. —¿Porqué? dije yo. ¿Qué le pasa? dije.

Orgullosa: rica: medias de seda.

—Sí, dijo Mr. Bloom.

Se echó un poquito hacia la cabeza hablante de M'Coy. Se va a subir dentro de nada.

—¿Que qué le pasa? dijo. Que está muerto, dijo. Y, se lo juro, ya colmó la copa. ¿Quién, Paddy Dignam? dije. No daba cré­dito a mis oídos. Estuve con él el viernes pasado o fue el jue­ves en el Arch. Sí, dijo. Se ha ido. Murió el lunes, pobre hombre.

¡Atención! ¡Atención! Chispazo de seda ricas medias blan­cas. ¡Atención!

Un pesado tranvía tocando el gong viró por en medio.

Me la perdí. Condenado chato ruidoso. Se siente uno que le han quitado la miel de los labios. Paraíso y Pen. Siempre sucede lo mismo. En el preciso momento. Aquella chica en un zaguán de Eustace Street fue un lunes ajustándose la liga. La amiga tapando el espectáculo. Esprit de corps. Vaya ¿qué miras ahí boquiabierto?

—Sí, sí. dijo Mr. Bloom después de un apagado suspiro. Otro que se ha ido.

—Uno de los mejores, dijo M'Coy.

El tranvía pasó. Se marcharon en el coche hacia el puente de la línea de circunvalación, la mano de ella ricamente en­guantada en el asidero de acero. Tremola, tremola: el flaman­te encaje de su sombrero al sol: tremola, tremolina.

—¿La mujer bien, supongo? dijo la voz cambiada de M'Coy.

—Sí, sí, dijo Mr. Bloom. Magnífica, gracias.

Desenrolló la batuta de periódico despreocupadamente y leyó despreocupadamente:

¿Qué es el hogar sin
Fiambre en Pote Ciruelo?
Incompleto.
Con Ciruelo de felicidad repleto.

—Mi señora acaba de conseguir un contrato. De todas formas aún no está formalizado.

El cuento de la maleta otra vez. Por cierto sin ofender. No entro en ese juego, gracias.

Mr. Bloom desvió los ojos de grandes párpados con acom­pasada cordialidad.

—Mi mujer también, dijo. Va a cantar para un asunto de postín en el Ulster Hall, en Belfast, el veinticinco.

—¿Ah, sí? dijo M'Coy. Me alegro de oírlo, viejo. ¿Quién monta el tinglado?

Mrs. Marion Bloom. Aún no levantada. La reina estaba en su dormitorio comiendo pan con. Ningún libro. Ennegreci­das cartas de figuras yacían a lo largo del muslo de siete en siete. Mujer morena y hombre rubio. Carta. Gato ovillo pe­luso negro. Trozo roto de sobre.

Vieja.
Y.
Dulie.
Canción.
De.
Amoooor....

—Es una especie de gira ¿comprende? dijo Mr. Bloom pensativamente. Duulce canción. Se ha formado una comi­sión. A partes iguales en gastos y beneficios.

M'Coy asintió, tirándose del rastrojo del bigote.

—Vaya, vaya, dijo. Ésas son buenas noticias.

Se movió como para irse.

—Bueno, me alegro de verle tan bien, dijo. Nos veremos por ahí.

—Sí, dijo Mr. Bloom.

—Una cosa, dijo M'Coy. Podría firmar por mí en el entie­rro ¿por favor? Me gustaría ir pero puede ser que no pueda, sabe. Ha habido un ahogado en Sandycove que podría apa­recer y entonces tendríamos que ir el juez de instrucción y yo si se encuentra el cuerpo. Tan sólo ponga mi nombre si no estoy allí ¿podría ser?

—Así lo haré, dijo Mr. Bloom, moviéndose como para irse. Está bien.

—De acuerdo, dijo M'Coy animado. Gracias, viejo. Iría si pudiera. Bueno. Chipén. Con sólo poner C. P. M'Coy será bastante.

—Se hará, contestó Mr. Bloom con firmeza.

No me ha cogido en babia ese truco. El sablazo rápido. Presa fácil. Qué más quisiera. Maleta con la que estoy enca­riñado. Piel. Angulos reforzados, bordes con remaches, cerra­dura de palanca con mecanismo reforzado. Bob Cowley le prestó la suya para el concierto de la regata de Wicklow el año pasado y hasta ahora.

Mr. Bloom, andando lentamente hacia Brunswick Street, sonrió. Mi señora acaba de conseguir un. Pecosa soprano ati­plada. Con una nariz de tacaña. Bastante buena a su mane­ra: para una balada corta. No le echa coraje. Usted y yo, qué le parece: en igual barca. Sobalomos. Como para un ataque de nervios. ¿Es que no nota la diferencia? Creo que le tira por ahí. Contra mi forma de ser de alguna manera. Pensó que Belfast lo iría a buscar. Espero que esa viruela de por allá no vaya a más. Supón que no se deja vacunar de nuevo. Su mujer y mi mujer.

A saber si me vendrá de echacuervos.

Mr. Bloom se paró en la esquina, los ojos errando por las vallas publicitarias multicolores. Soda Cantrell y Cochrane (Aromática). Rebajas de verano en Clery. No, sigue recto. Caramba. Leah esta noche. Mrs. Bandmann Palmer. Me gustaría verla otra vez en ese papel. A Hamlet representó anoche. Hacía de hombre. Quizá fuera él una mujer. Por eso Ofelia se suicida. ¡Pobre papá! ¡Cómo solía hablar de Kate Bateman en ese papel! A la entrada del Adelphi en Londres esperó toda la tarde para poder entrar. El año an­tes de nacer yo fue eso: sesentaicinco. Y Riston en Viena. ¿Cómo se llama exactamente? De Mosenthal es. ¿Rachel no es así? No. La escena de la que siempre hablaba cuando el viejo Abraham ciego reconoce la voz y lleva los dedos a la cara.

¡La voz de Natán! ¡La voz de su hijo! Oigo la voz de Na­tán que abandonó a su padre para morir de dolor y miseria en mis brazos, que abandonó la casa de su padre y abando­nó al Dios de su padre.

Cada palabra es tan profunda, Leopold.

¡Pobre papá! ¡Pobre hombre! Me alegro de no haber entra­do en la habitación a mirarle la cara. ¡Aquel día! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Fu! Bueno, quizá fuera lo mejor para él.

Mr. Bloom dobló la esquina y pasó por los cabizbajos pencos de la parada de coches. Inútil pensar más en ello. Hora del morral. Ojalá no me hubiera encontrado con ese M'Coy.

Se acercó más y oyó el ronzar de avena dorada, los dientes que tascaban suavemente. Grandes ojos de buco le observa­ron al pasar, envuelto en las emanaciones de avena dulce del meado de caballo. Su Eldorado. ¡Pobres bobalicones! Maldi­to lo que saben o de lo que se preocupan con sus largas nari­ces metidas en los morrales. Demasiado llenos para palabras. Aun así bien que consiguen comida y catre. Capados tam­bién: especie de muñón de gutapercha negra meneándose la­cio entre las ancas. Puede que sean felices así de todas mane­ras. Buenas bestias parecen. Aun así su relincho puede ser muy irritante.

Sacó la carta del bolsillo y la dobló con el periódico que llevaba. Puedo tropezarme con ella por aquí. El callejón es más seguro.

Pasó el albergue del cochero. Curiosa la vida de estos ca­rreros sin rumbo. Haga frío o calor, en todas partes, a cual­quier hora y a cualquier sitio, sin voluntad propia. Voglio e non. Gusta invitarles a un cigarrillo de vez en cuando. Socia­bles. Vocean unas cuantas sílabas veloces al pasar. Tarareó:

Liá ci darem la mano
la la lata la la.

Dobló la esquina de Cumberland Street y, prosiguiendo unos pasos, se detuvo al amparo de la pared de la estación. Nadie. El almacén de madera de Meade. Vigas apiladas. Rui­nas y casas de vecinos. Con paso cuidadoso pasó por encima del dibujo de un juego de rayuela con su roblón olvidado. Quien pisa raya, pisa medalla. Cerca del almacén de maderas un niño en cuclillas jugaba a las canicas, solo, disparando la bola con pulgar habilidoso. Una gata sabia atigrada, esfinge parpadearte, miraba desde su cálido alféizar. Lástima moles­tarlos. Mahoma se cortó un trozo de la capa para no desper­tarla. Ábrela. Y en tiempos yo jugaba a las canicas cuando iba a la escuela de aquella vieja dama. Le gustaba la reseda. De Mrs. Ellis. ¿Y Mr.? Abrió la carta dentro del periódico.

Una flor. Creo que es una. Una flor amarilla con los péta­los prensados. ¿No está molesta pues? ¿Qué dice?

Querido Henry

Recibí tu última carta por la que te estoy muy agradecida. Siento que no te gustara mi última carta. ¿Por qué adjuntaste los sellos? Estoy muy enfadada contigo. Desearía poder casti­garte por eso. Te llamé diablillo porque no me gusta ese otro mudo. Por favor dime ¿qué quiere decir de verdad ese nom­bre? ¿No eres feliz en tu casa pobre diablillo? En serio que de­searía poder hacer algo por ti. Por favor dime qué piensas de la pobrecita de mí. A menudo pienso en ese nombre tan bo­nito que tienes. Querido Henry ¿cuándo nos vamos a ver? Pienso en ti tan a menudo que no tienes ni idea. Nunca me he sentido tan atraída por un hombre como por ti. Me sien­to tan mal por eso. Por favor escríbeme una carta larga y cuén­tame más. Recuerda que si no lo haces te castigaré. Así que ya sabes lo que te haré, diablillo, si no me escribiste. Ay me mue­ro por conocerte. Querido Henry, no rechaces mi ruego an­tes de que mi paciencia se me agoten. Entonces te lo contaré todo. Bueno adiós, cariño travieso, me duele tanto la cabeza. hoy. y escribe a vuelta de correo a tu anhelante

Martha

P.D. Dime por favor qué clase de perfume usa tu mujer. Quiero saberlo.

besos X X X X

Arrancó la flor ponderadamente del alfiler, olió su casi no olor y la puso en el bolsillo del pecho. El lenguaje de las flo­res. Les gusta porque nadie lo puede oír. O un ramillete en­venenado para fulminarlo. Luego avanzando lentamente leyó de nuevo la carta, mascullando aquí y allá una palabra. Enfadada tulipanes contigo querido hombreflor castigaré tu cacto si no por favor pobre nomeolvides cómo me muero por violetas para querido rosas cuándo nos anémonas cono­ceremos pronto todo travieso tu mujer dulcamara perfume de Martha. Luego de haberla leído entera la sacó del periódi­co y la puso en el bolsillo lateral.

Un débil gozo entreabrió sus labios. Transformada desde la primera carta. A saber si «la escribiste» ella misma. Hacién­dose la ofendida: una chica de buena familia como yo, per­sona respetable. Podríamos encontrarnos un domingo des­pués del rosario. Gracias: nada de eso. Típica trifulca amoro­sa. Luego escondiéndose por esquinas deprisa. Desagradable como una bronca con Molly. Un cigarro tiene efectos tran­quilizantes. Narcótico. Propasarse más en la próxima. Diabli­llo: castigar: tiene miedo de las palabras, claro. Brutal ¿por qué no? Intentarlo de todas formas. Una pizca cada vez.

Palpando aún la carta en el bolsillo le quitó el alfiler. Alfi­ler corriente ¿no es así? Lo tiró a la calzada. De alguna parte de sus ropas: prendiendo algo. Raro la cantidad de alfileres que siempre llevan encima. No hay rosas sin espinas.

Voces dublinesas de acento vulgar le vociferaban en la ca­beza. Aquellas dos guarras esa noche en el Coombe, agarra­das bajo la lluvia.

Oh, Mari perdió el alfiler de las bragas.
No sabía qué hacer
para sujetársela,
para sujetársela.

¿La? Las. Duele tanto la cabeza. Estará con la regla proba­blemente. O sentada todo el día mecanografiando. Concen­trar la vista es malo para los nervios del estómago. Qué per­fume usa tu mujer. ¿Podría uno descifrar algo así?

Para sujetársela.

Marta, María. Vi ese cuadro en algún sitió no recuerdo ahora viejo maestro o falsificado por dinero. El está sentado en casa de ellas, hablando. Misterioso. También las dos gua­rras en el Coombe escucharían.

Para sujetársela.

Grata sensación vespertina. No más errar por ahí. Simple­mente arrellanarse en algún sitio: tranquilo oscurecer: no preocuparse de nada. Olvidar. Hablar de lugares donde has estado, extrañas costumbres. La otra, cántaro en la cabeza, preparaba la cena: fintas, aceitunas, rica agua fresca de un pozo, fría como la piedra como el agujero en el muro de Ashtown. Tengo que llevarme un cotrofe de papel la próxi­ma vez que vaya a las carreras de trotones. Ella escucha con tiernos ojazos oscuros. Háblale: más y más: todo. Luego un suspiro: silencio. Largo largo largo reposo.

Al pasar por debajo del puente del ferrocarril sacó el sobre, lo rompió rápidamente en pedacitos y los esparció en direc­ción a la calzada. Los pedacitos se fueron aleteando, se hun­dieron en el húmedo ambiente desagradable: un aleteo blan­co, luego todos se hundieron.

Henry Flower. Podrías romper un talón de cien libras de la misma manera. Un simple trozo de papel. Lord Iveagh cobró una vez un talón de siete cifras de un millón en el banco de Ir­landa. Demuestra lo que se puede ganar con la cerveza negra. Aun así el otro hermano lord Ardilaun tiene que cambiarse de camisa cuatro veces al día, dicen. La piel cría piojos o parasi­tos. Un millón de libras, espera un momento. Dos peniques por pinta, cuatro peniques por cuarto, ocho peniques por ga­lón de cerveza, no, uno y cuatro peniques por galón de cerve­za. Para que uno con cuatro sean veinte: unos quince. Sí, exac­tamente. Quince millones de barriles de cerveza negra.

¿Qué digo barriles? Galones. Como un millón de barriles de todas maneras.

Un tren que llegaba golpeteó estrepitosamente encima de su cabeza, vagón tras vagón. Los barriles le chocaron dentro de la cabeza: cerveza negra sin fuerza se le desparramó y re­bulló dentro. Las piqueras se abrieron de golpe y una enor­me riada sin fuerza se desplegó, fluyendo toda, ondulándose entre las llanas ciénagas por todo el campo raso, un vago re­molino remansado de licor que arrastraba consigo las flores folianchas de su espuma.

Había llegado a la puerta trasera abierta de All Hollows. Al entrar en el soportal se quitó el sombrero, cogió la tarjeta del bolsillo y la metió de nuevo detrás de la cinta de cuero. Mal­dita sea. Debería haber trajinado a M'Coy para sacarle un pase a Mullingar.

El mismo anuncio en la puerta. Sermón a cargo del muy reverendo John Conmee S. J. sobre San Pedro Claver S. J. y las misiones en África. Oraciones por la conversión de Gladstone hubo también cuando éste estaba casi inconscien­te. Los protestantes son iguales. Para la conversión del Dr. William J. Walsh Doctor en Teología a la religión verda­dera. Para salvar a millones en China. A saber cómo se lo ex­plicarán a los pobres chinitos paganos. Prefieren una onza de opio. Del imperio celeste. Pura herejía para ellos. Buda su dios yace de lado en el museo. Tomándolo con calma la mano en la barbilla. Pebetes que se queman. No como el Ecce Homo. Corona de espinas y cruz. Aguda idea la de San Patricio el trébol. ¿Palillos? Conmee: Martin Cunningham lo conoce: aire distinguido. Siento no haberlo trajinado para que Molly entrara en el coro en vez de con el Padre Farley que parecía tonto pero no lo era. Es lo que les enseñan. Ése sí que no se va a ir por ahí con gafas de sol chorreando sudor a bautizar negritos ¿a que no? Los espejuelos les picaría la cu­riosidad, coruscando. Daría gusto verlos sentados en círculo con labios salientes, traspuestos, escuchando. Bodegón. Lo lamen como si fuera leche, supongo.

El frío olor de la piedra sagrada lo llamaba. Pisó los escalo­nes desgastados, empujó la puerta batiente y entró silenciosa­mente desde atrás.

Se está celebrando algo: alguna cofradía. Lástima tan va­cía. Buen lugar discreto para estar junto a una chica. ¿Quién es mi prójima? Abarrotado a todas horas al son de música lenta. Aquella mujer en la misa de medianoche. Séptimo cie­lo. Mujeres arrodilladas en los bancos con ronzales carmesíes al cuello, las cabezas inclinadas. Un grupo arrodillado ante el comulgatorio. El sacerdote pasaba ante ellas, murmurando, sosteniendo la cosa en las manos. Se paraba con cada una, sa­caba una comunión, sacudía una o dos gotas (¿estarán en agua?) y la ponía meticulosamente en la boca de ella. El som­brero y la cabeza se hundían. Luego la siguiente. El sombre­ro se hundía al momento. Luego la siguiente: una vieja me­nuda. El sacerdote se inclinó para ponérsela en la boca, mur­murando continuamente. Latín. La siguiente. Cierra los ojos y abre la boca. ¿Qué? Corpus: cuerpo. Cadáver. Buena idea lo del latín. Las atonta primero. Hospicio para los moribun­dos. No parece que la mastiquen: sólo se la tragan. Curiosa idea: comerse pizcas de un cadáver. Por eso los caníbales le cogen el gusto a eso.

Se echó a un lado observando sus ciegas máscaras pasan­do por el crucero, una a una, buscando sus sitios. Se acercó a un banco y se sentó en la esquina, el sombrero y el perió­dico en el regazo. Las ollas que tenemos que llevar. Debería­mos tener sombreros hechos a semejanza de nuestras cabe­zas. Estaban a su alrededor aquí y allá, con las cabezas aún inclinadas y sus ronzales carmesí, esperando que se les derri­tiera en el estómago. Algo parecido a los mazzoth: es esa cla­se de pan: pan ácimo. Míralas. Y me apuesto que les hace sentirse felices. Pirulí. Seguro que sí. Sí, pan de los ángeles lo llaman. Hay una gran idea tras ello, especie de reino de Dios dentro de ti que sientes. Primeros comulgantes. Barquillos uno por un penique. Luego todos se sienten como miem­bros de una misma familia, igual que en el teatro, todos en el mismo barco. De verdad. Estoy seguro de ello. No están tan solos. En nuestra confraternidad. Luego salen una pizca achispados. Vía de escape. La cosa es si de verdad crees en ello. Curas en Lourdes, aguas del perdón, y la aparición de Knock, estatuas que sangran. Viejo dormido cerca de ese confesionario. De ahí esos ronquidos. Fe ciega. Seguro en los brazos de a nosotros tu reino. Adormece todas las penas. Despertar el año que viene por estas fechas.

Vio al sacerdote guardar el copón, bien adentro, y arrodi­llarse un instante ante él, mostrando una gran suela gris de bota por debajo de las cosas de encaje que llevaba puestas. Supongamos que pierde el alfiler de las. No sabría qué ha­cer para. Redondelito calvo detrás. Letras en la espalda. ¿I.N.R.I.? No: I.H.S. Molly me lo explicó una vez que se lo pregunté. Jesús he pecado: o no: Jesús he sufrido, quiere de­cir. ¿Y lo otro? Imprecaron al nazareno con recios insultos.

Vemos un domingo después del rosario. No rechaces mi ruego. Aparecería con un velo y bolso negro. Oscurecer y la luz detrás de ella. Puede que esté aquí con una cinta al cuello y haga lo otro como si tal cosa con disimulo. Su naturaleza. Aquel tipo que delató a sus cómplices los invencibles era de, Carey se llamaba, de comunión diaria. Esta misma iglesia. Pedro Carey, sí. No, en Pedro Claver estoy pensando. Denis Carey. Imagínate. Mujer y seis hijos en casa. Y maquinando aquel asesinato todo el tiempo. Esos tragasantos, ahora que lo pienso ése es un buen nombre para ellos, hay algo de mi­rada esquiva en ellos. No son rectos en los negocios tampoco. No, no, no está aquí: la flor: no, no. Por cierto ¿he roto ese sobre? Sí: bajo el puente.

El sacerdote enjuagaba el cáliz: luego lo apuró de un trago de golpe. Vino. Lo hace más aristocrático que si bebiera por ejemplo lo que acostumbran cerveza negra Guinness o algún bebistrajo sin alcohol bíter de lúpulo dublinés de Wheatley o soda Cantrell y Cochrane (aromática). No les dan nada de eso: vino Kasher: sólo lo otro. Mal consuelo. Mentira piado­sa pero muy aconsejable: si no tendrían ajumado a cuál peor pasándose por aquí a mendigar una copa. Raro todo este am­biente de. Muy bien. Pero que muy bien que está.

Mr. Bloom miró para detrás hacia el coro. No va a haber música. Lástima. ¿Quién lleva lo del órgano aquí me pregun­to? El viejo Glynn ése sí que sabía hacerle hablar a ese instru­mento, el vibrato: cincuenta libras al año dicen que cobraba en Gardiner Street. A Molly le salió una voz preciosa aquel día, el Stabat Mater de Rossini. El sermón del Padre Bemard Vaughan primero. ¿Cristo o Pilatos? Cristo, pero no nos ten­gas toda la noche con lo mismo. Música es lo que querían. El ruido de pies cesó. Se podía oír el volar de una mosca. Le dije que modulara la voz hacia aquel rincón. Sentía la emo­ción en el ambiente, el lleno, la gente mirando hacia arriba:

Quis est homo.

Algunas de esas viejas piezas de música sacra espléndidas. Mercadante: las siete palabras. La duodécima misa de Mo­zart: ese Gloria. Aquellos antiguos papas entusiastas de la mú­sica, del arte y las estatuas y los cuadros de todos los tipos. Pa­lestrina por ejemplo también. Se lo pasaron pero que muy bien mientras duró. Saludable también, salmodiando, horas regulares, luego elaboraban licores. Benedictine. Green Char­treuse. Aun así, esto de tener eunucos en el coro eso era pasar­se. ¿Qué clase de voz es ésa? Debe de ser curioso oírlas tras sus propios bajos potentes. Entendidos. Supongo que no sen­tirían nada después. Algo así como una calma. Sin preocupa­ciones. Entrar en carnes ¿no es así? Glotones, altos, piernas largas. ¿Quién sabe? Eunuco. Una fonna de solucionarlo.

Vio al sacerdote inclinarse y besar el altar y luego darse media vuelta y bendecir a toda la concurrencia. Todos se san­tiguaron y se pusieron de pie. Mr. Bloom echó un vistazo a su alrededor y luego se puso de pie, mirando por encima de los sombreros elevados. De pie en el evangelio claro está. Luego todos se volvieron a arrodillar y él se repantigó queda­mente en el banco. El sacerdote bajó del altar, sosteniendo ese chisme hacia delante, y él y el monaguillo se contestaron el uno al otro en latín. Luego el sacerdote se arrodilló y co­menzó a leer de una tarjeta:

—Oh Dios, refugio y fortaleza nuestra .....

Mr. Bloom adelantó la cara para coger las palabras. Inglés. Tirarles el hueso. Recuerdo algo vagamente. ¿.Cuánto tiem­po hace de tu última misa? Gloriosa e inmaculada virgen. José, su esposo. Pedro y Pablo. Más interesante si entendieras de lo que va. Magnífica organización ciertamente, marcha como un reloj. Confesión. Todo el mundo necesita. Enton­ces se lo diré todo. Penitencia. Castígueme, por favor. Exce­lente arma en sus manos. Mejor que la del médico o aboga­do. Mujer que se muere por. Y yo bsbsbsbsbsbs. ¿Y ha shas­hashashasha? ¿Y por qué hiciste? Mira el anillo buscando una excusa. Las paredes de la susurrante galería tienen oídos. Marido se enteraría para su mayor sorpresa. Bromilla de Dios. Luego ahí sale ella. Arrepentimiento a flor de piel. Ver­güenza encantadora. Orar ante un altar. Ave María y San­ta María. Flores, incienso, velas que se derriten. Ocultar sus sonrojos. El ejército de salvación una burda imitación. Pros­tituta arrepentida se dirigirá a la asamblea. Cómo encontré al Señor. Buen caletre deben tener esos tipos de Roma: dirigen todo el cotarro. ¿Y no barren el dinero para casa también? Legados además: al C.P. con el tiempo confiando en absolu­ta discreción. Misas por el descanso de mi alma ofrecerán pú­blicamente a puertas abiertas. Monasterios y conventos. El sacerdote en aquel caso de testamento de Fermanagh como testigo. No había manera de acoquinarlo. Tenía la respuesta lista para todo. Libertad y exaltación de nuestra santa madre iglesia. Los doctores de la iglesia: fraguaron bien toda la teo­logía.

El sacerdote oró:

—Bienaventurado Arcángel San Miguel, defiéndenos en la hora de la lucha. Sé nuestro guía ante la maldad y los en­gaños del demonio (¡que Dios le domine, humildemente lo pedimos!): y tú, oh príncipe de los ejércitos celestiales, por la gloria de Dios arroja a Satán a los infiernos y con él a todos los otros espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas.

El sacerdote y el monaguillo se pusieron de pie y se mar­charon. Se acabó. Las mujeres quedaron atrás: en acción de gracias.

Será mejor que me largue. Hermano Blablá. Podrían venir a pasar el platillo quizá. Cumplir el precepto pascual.

Se puso de pie. Caramba. ¿Han estado esos dos botones del chaleco desabrochados todo el tiempo? A las mujeres les encanta. Nunca te lo dicen. Pero nosotros. Perdón, señorita, es que tiene una (iuf?) es sólo una (¡uf?) pelusa. O la falda por detrás, el corchete desabrochado. Fulgores de la luna. Se mo­lestan si no. Por qué no me lo ha dicho antes. Aun así les gus­tas más desaliñado. Menos mal que no era más al sur. Salió, abrochándose discretamente, por el crucero y a través de la puerta principal a la luz. Estuvo un momento sin ver al lado de la pila de frío mármol negro mientras que delante de él y detrás dos devotas mojaban manos furtivas en la bajamar del agua bendita. Tranvías: un coche de la fábrica de tintes Pres­cott: una viuda enlutada. Reparo porque yo también voy de luto. Se puso el sombrero. ¿Cómo vamos de tiempo? Y cuar­to. Tiempo de sobra aún. Mejor que encargue que preparen la loción. ¿Dónde es? Ah, sí, la última vez. En Sweny en Lincoln Place. Las farmacias rara vez cambian de sitio. Los al­barelos verde y oro demasiado pesados para moverlos. La de Hamilton Long, fundada el año del diluvio. Un cementerio hugonote cerca de allí. Visitarlo algún día.

Anduvo hacia el sur por Westland Row. Pero la receta está en los otros pantalones. Vaya, y he olvidado la llave también. Qué lata este asunto del entierro. Bueno, pobre hombre, no es su culpa. ¿Cuándo la encargué por última vez? Espera. Cambié un soberano lo recuerdo. El primero de mes tuvo que ser o el dos. Bah, puede buscarlo en el libro de recetas.

El farmacéutico fue buscando hacia atrás página tras pági­na. Olor arenoso apergaminado parece despedir. Cráneo en­cogido. Y viejo. En busca de la piedra filosofal. Los alquimis­tas. Las drogas te envejecen después de la agitación mental. Letargo luego. ¿Por qué? Reacción. Toda una vida en una noche. Gradualmente te cambia el carácter. Viviendo todo el día entre hierbas, ungüentos, desinfectantes. Todos los ties­tos de alabastro. Mortero y mazo. Aq. Dist. Fol. laur. Te Vi­rid. El olor casi te cura como con el timbre del dentista. Doctor Cachiporra. Debería medicarse a sí mismo un poco. Electuano o emulsión. El primer tipo que eligió una hierba para curarse a sí mismo tenía agallas. Sin mezcla. Hay que tener cuidado. Suficiente sustancia aquí como para clorofor­mizarte. Prueba: convierte el papel de tornasol azul en rojo. Cloroformo. Sobredosis de láudano. Brebajes para dormir. Filtros de amor. Jarabe calmante de adormidera nocivo para la tos. Obstruye los poros o la flema. Venenos las únicas cu­ras. El remedio donde menos te figuras. Muy aguda la natu­raleza.

—¿Hace dos semanas, señor?

—Sí, dijo Mr. Bloom.

Esperó junto al mostrador, inhalando lentamente el tufo penetrante de las drogas, el polvoriento tufo seco de las es­ponjas y pastes. Un montón de tiempo ocupado en contar tus dolores y achaques.

—Aceite de almendras dulces y tintura de benjuí, dijo Mr. Bloom, y luego agua de azahar ....

Ciertamente que le ponía la piel tan delicadamente blan­ca como la cera.

Y cera blanca además, dijo.

Realza el oscuro de sus ojos. Mirándome, con el embozo hasta los ojos, española, oliéndose a sí misma, cuando me es­taba poniendo los gemelos en los puños. Esas recetas caseras son a menudo las mejores: fresas para los dientes: ortigas y agua de lluvia: harina de avena dicen empapada en suero de leche. Alimento de la piel. Uno de los hijos de la vieja reina, el duque de Albany ¿era él? tenía sólo una piel. Leopold, sí. Tres tenemos. Verrugas, juanetes y granos para empeorarlo. Pero necesitas un perfume además. ¿Qué perfume usa tu? Peau d Espagne. Esa agua de azahar es tan fresca. Grato olor tienen estos jabones. Jabón puro de crema. Hora de tomar un baño a la vuelta de la esquina. En Hammam. Turco. Ma­saje. La suciedad se te enrolla en el ombligo. Más grato si lo hiciera una grata chica. Además creo que. Sí lo. Hazlo en el baño. Curioso esta ansia que yo. Agua al agua. Combinar ne­gocio y placer. Lástima no haya tiempo para masaje. Te sien­tes fresco después todo el día. Entierro más bien triste.

—Sí, señor, dijo el farmacéutico. Fueron dos con nueve. ¿Ha traído un frasco?

—No, dijo Mr. Bloom. Prepárelo, por favor. Pasaré más tarde y cojo uno de estos jabones. ¿Qué valen?

—Cuatro peniques, señor.

Mr. Bloom se llevó una pastilla a la nariz. Dulce cera ali­monada.

—Me cojo ésta, dijo. Eso hace tres chelines y un penique.

—Sí, señor, dijo el farmacéutico. Puede pagarlo todo jun­to, señor, cuando vuelva.

—Bien, dijo Mr. Bloom.

Salió lentamente del establecimiento, la batuta de periódi­co bajo el sobaco, el jabón frescoliado en la mano izquierda.

A la altura del sobaco la voz y mano de Lyons Gallito di­jeron:

—Hola, Bloom. ¿Qué noticias hay? ¿Es el de hoy? Déje­melo un minuto.

¡Se ha afeitado el bigote otra vez, por Júpiter! Labio supe­rior largo y frío. Para aparentar menos edad. Está mochales. Más joven que yo.

Los uñinegros dedos amarillentos de Lyons Gallito desen­rollaron la batuta. Necesita un lavado también. Quitarse la suciedad gorda. Buenos días ¿ha utilizado usted el jabón Pear? Caspa en los hombros. El cabello necesita grasa.

—Quiero ver lo de ese caballo francés que corre hoy, dijo Lyons Gallito. ¿Dónde está ese maricón?

Hizo crujir las plegadas páginas, restregándose la barbilla con el cuello alto. Picazón de barbero. Cuello apretado per­derá el pelo. Mejor que le deje el periódico y me deshago de él.

—Se lo puede quedar, dijo Mr. Bloom.

—Ascot. Copa de oro. Espere, masculló Lyons Gallito. Un momen. Maximum segundo.

—Estaba a punto de tirarlo, dijo Mr. Bloom.

Lyons Gallito levantó la vista repentinamente y lanzó dé­bilmente una mirada maliciosa.

—¿Cómo es eso? dijo su voz aguda.

—Digo que se lo quede, contestó Mr. Bloom. Estaba a punto de tirarlo.

Lyons Gallito dudó por un instante, mirando desconfia­do: luego devolvió con brusquedad las hojas abiertas a los brazos de Mr. Bloom.

—Me arriesgaré, dijo. Tome, gracias.

Salió de estampida hacia la esquina de Conway. Anda con Dios mamarracho.

Mr. Bloom dobló de nuevo las hojas exactamente en cua­tro y colocó allí el jabón, sonriendo. Labios tontos los de ese tipo. Apuestas. Plaga habitual últimamente. Recaderos que roban para apostar seis peniques. Rifan un hermoso pavo tierno. Su cena de Navidad por tres peniques. El desfalco de Jack Fleming para jugárselo y luego se las pira para América. Lleva un hotel ahora. Nunca vuelven. Las ollas de carne de Egipto.

Anduvo animosamente hacia la mezquita de los baños. Le trae a uno a la memoria una mezquita, ladrillos rojicocidos, los minaretes. Deportes en el colegio hoy por lo que veo. Echó una ojeada al cartel de herradura sobre la cancela del parque del colegio: ciclista doblao como bacalao. Chapuza de anuncio. Si lo hubieran hecho redondo como una rueda. Luego los radios: deportes, deportes, deportes: y el cubo gran­de: colegio. Algo que atraiga las miradas.

Ahí está el Matamoros de pie en la portería. Por si acaso: puede que me dé una vuelta por ahí dentro de paso. ¿Cómo está usted, Mr. Homblower? ¿Cómo está usted, señor?

Tiempo divino realmente. Si la vida fuera siempre así. Tiempo de críquet. Sentarse bajo los parasoles. Tiempo tras tiempo. Fuera. Aquí no saben jugar a eso. Cero a seis palos. Aun así el capitán Culler rompió una ventana en el club de Kildare Street con un pelotazo dirigido a la izquier­da del bateador. La feria de Donnybrook está más en su lí­nea. Y la de cráneos que partíamos cuando M'Carthy salía al campo. Ola de calor. No durará. Siempre pasando, fluir de la vida, que en el fluir de la vida rastreamos es más que­rido queee todo.

Disfrutemos de un baño ahora: una limpia tina de agua, esmalte fresco, el delicado fluir tibio. Éste es mi cuerpo. Presintió su cuerpo pálido reclinado en ella a todo lo lar­go, desnudo, en entrañas de tibieza, ungido con perfumado Jabón derritiéndose, suavemente bañado. Se vio el torso y los miembros recubiertos por onduladas ondas y sostenido, im­pulsado ligeramente hacia arriba, amarillolimón: el ombligo, brote de carne: y vio la maraña de oscuros rizos de su mata flotando, pelo flotante del fluir en derredor del lacio padre de miles, lánguida flor flotante.

6. Hades

MARTIN Cunningham, primero, metió la cabeza con sombrero de copa en el coche chirriante y, entran­do hábilmente, tomó asiento. Mr. Power subió tras él, encorvando su altura con cuidado.

Vamos, Simon.

—Después de usted, dijo Mr. Bloom.

Mr. Dedalus se cubrió rápidamente y entró, diciendo:

—Sí, sí.

—¿Estamos todos? preguntó Martin Cunningham. Ven­ga, Bloom.

Mr. Bloom entró y se sentó en el asiento libre. Tiró de la portezuela tras sí y dio un portazo dos veces hasta que se cerró bien cerrada. Pasó un brazo por el asidero y miró se­riamente por la ventanilla abierta del coche a las cortinillas echadas de la avenida. Una se descorrió hacia un lado: una vieja fisgoneando. La nariz blanquiaplastada contra el cris­tal. Agradeciendo a su buena estrella que por esta vez la muerte pasara de largo. Extraordinario el interés que se toman por un cadáver. Contentas de vemos marchar damos tanta guerra al llegar. La tarea parece que les va. A escondidas por los rincones. Van de acá para allá chanclichancleteando por miedo a que despierte. Luego preparándolo. Arreglándo­lo. Molly y Mrs. Fleming haciendo la cama. Tira más de ese lado. Nuestro sudario. Nunca se sabe quién te va a manosear de muerto. Lavado y champú. Creo que cortan las uñas y el pelo. Guardan una pizca en un sobre. Crece lo mismo des­pués. Tarea inmunda.

Todos esperaraban. Nada se decía. Colocando las coronas probablemente. Me he sentado sobre algo duro. Ah, ese jabón: en el bolsillo del pantalón. Mejor que lo cambie de ahí. Esperar la ocasión.

Todos esperaraban. Entonces se oyeron ruedas por enfren­te que giraban: después más cerca: después cascos de caba­llos. Un tirón. El coche de ellos empezó a andar, chirriando y oscilando. Otros cascos y ruedas chirriantes se pusieron en marcha detrás. Las cortinillas de la avenida pasaron y el nú­mero nueve con su aldaba con crespón negro, la puerta en­treabierta. Al paso.

Esperaron aún, las rodillas entrechocando unas con otras, hasta que hubieron doblado y pasaban a lo largo de las vías del tranvía. Tritonville Road. Más rápido. Las ruedas traquetearon al rodar por la calle adoquinada y los cristales desencajados temblaron traqueteando en los marcos de las portezuelas.

—¿Por qué camino nos lleva? preguntó Mr. Power por las dos ventanillas.

—Inshtown, dijo Martin Cunningham. Ringsend. Bruns­wick Street.

Mr. Dedalus asintió, mirando hacia afuera.

—Es una buena y vieja costumbre, dijo. Me alegro de ver que aún no se ha perdido.

Todos miraron un rato por las ventanillas las gorras y som­breros que levantaban los viandantes. Respeto. El coche se desvió bruscamente de las vías del tranvía hacia la calzada más lisa pasado Watery Lane. Mr. Bloom ensimismado avis­tó a un joven lánguido, ataviado de luto, con sombrero de ancha ala.

—Ahí acaba de pasar un amigo suyo, Dedalus, dijo. —¿Quién?

—Su hijo y heredero.

—¿Dónde está? dijo Mr. Dedalus, estirándose hacia el otro lado.

El coche, pasando por alcantarillas destapadas y montones de tierra de la calle levantada delante de las casas de vecinos, dio un vaivén repentinamente en la esquina y, desviándose bruscamente otra vez hacia las vías del tranvía, siguió su cur­so ruidosamente con temblequeantes ruedas. Mr. Dedalus se echó hacia atrás, diciendo:

—¿Iba ese sinvergüenza de Mulligan con él? ¡Su fidus Achates!

—No, dijo Mr. Bloom. Iba solo.

—A casa de su tía Sally, supongo, dijo Mr. Dedalus, la pandilla Goulding, el contable de pacotilla borracho y Crissie, el cachito de caca de papá, la niña sabia que sabe quién es su mismísimo padre.

Mr. Bloom sonrió sin alegría a Ringsend Road. Hnos. Wallace: fábrica de botellas: el puente de Dodder.

Richie Goulding y la cartera de expedientes. Goulding, Collis y Ward le llama al bufete. Sus chistes están ya algo ma­nidos. Menudo era. Bailando en Stamer Street con Ignatius Gallaher un domingo por la mañana, con los dos sombreros de la patrona prendidos en la cabeza. De francachela toda la noche. Empieza a dar la cara ahora: ese dolor de espaldas que tiene, me temo. La mujer tomándole el pelo sin parar. Piensa que se lo va a curar con píldoras. Todo migajas que son. Alrededor de un seiscientos por ciento de beneficios.

—Se junta con gentuza, refunfuñó Mr. Dedalus. Ese apes­toso de Mulligan es un jodido rufián de cuidado lo cojas por donde lo cojas. Su nombre apesta por todo Dublín. Pero con la ayuda de Dios y de Su Santa Madre me voy a encargar yo de escribirle una carta un día de estos a su madre o su tía o lo que sea que le va a abrir los ojos como platos. Lo voy a jo­der vivo, créanme.

Gritó por encima del repiqueteo de las ruedas:

—No voy a dejar que ese bastardo de su sobrino arruine a mi hijo. El hijo de un dependiente de poca monta. Vendien­do cordones en donde mi primo, Peter Paul M'Swiney. De ninguna manera.

Enmudeció. Mr. Bloom desvió la mirada del enfurecido bigote a la cara apacible de Mr. Power y a los ojos y la barba de Martin Cunningham, gravemente agitándosele. Bocazas testarudo. Poseído de su hijo. Tiene razón. Algo que dejar. Si el pequeño Rudy hubiera vivido. Verle crecer. Oír su voz en la casa. Caminando al lado de Molly con traje de Eton. Mi hijo. Yo en sus ojos. Extraña impresión sería. De mí. Sólo por chiripa. Tuvo que ser aquella mañana en Raymond Terrace estando ella en la ventana mirando a los dos perros que estaban haciéndolo al lado de la pared del dejad de ha­cer el mal. Y el sargento con sonrisa bobalicona. Llevaba aquel vestido crema con el rasgón que no llegó a coserse nunca. Dame un achuchón, Poldy. Dios, me muero de ga­nas. Cómo empieza la vida.

Se quedó preñada entonces. Tuvo que renunciar al con­cierto de Greystones. Mi hijo dentro de ella. Yo le podría ha­ber ayudado en la vida. Podría. Haberle hecho independien­te. Aprender alemán también.

—¿Vamos tarde? preguntó Mr. Power.

—Diez minutos, dijo Martin Cunningham, mirando el reloj.

Molly. Milly. Lo mismo pero aguado. Sus tacos de mari­macho. ¡Por Júpiter jorobado! ¡Rayos y truenos! Aun así, es una niña preciosa. Pronto una mujer. Mullingar. Queridísimo papi. Joven estudiante. Sí, sí: una mujer también. La vida, la vida.

El coche daba violentas sacudidas, los cuatro torsos balan­ceándose.

—Copetón nos podría haber proporcionado un cacharro más espacioso, dijo Mr. Power.

—Sí que podría, dijo Mr. Dedalus, si no tuviera tanto ojo como tiene. ¿Me sigue?

Cerró el ojo izquierdo. Martin Cunningham empezó a quitarse migajas de pan de debajo de los muslos.

—¿Qué es esto, dijo, en el nombre del Señor? ¿Migas?

—Alguien parece haber celebrado una merendola aquí re­cientemente, dijo Mr. Power.

Todos levantaron los muslos y miraron con enojo el cue­ro enmohecido y sin botones de los asientos. Mr. Dedalus, arrugando la nariz, miró abajo frunciendo el ceño y dijo:

A no ser que esté muy equivocado ... ¿Qué le parece, Martin?

—A mí me lo ha parecido también, dijo Martin Cunning­ham.

Mr. Bloom dejó caer el muslo. Me alegro de haber toma­do ese baño. Siento los pies bien limpios. Pero ojalá Mrs. Fleming hubiera zurcido estos calcetines mejor.

Mr. Dedalus suspiró resignadamente.

—Después de todo, dijo, es la cosa más natural del mundo.

—¿Se ha presentado Tom Kernan? preguntó Martin Cunningham, rizándose la punta de la barba delicadamente.

—Sí, contestó Mr. Bloom. Está detrás con Ned Lambert y Hynes.

—¿Y Kelleher Copetón en persona? preguntó Mr. Power.

—En el cementerio, dijo Martin Cunningham.

—Me encontré con M'Coy esta mañana, dijo Mr. Bloom. Dijo que intentaría venir.

El coche se detuvo en seco.

—¿Qué pasa?

—Hemos parado.

—¿Dónde estamos?

Mr. Bloom sacó la cabeza por la ventanilla.

—El gran canal, dijo.

Fábrica de gas. Dicen que cura la tos ferina. Menos mal que Milly no la pasó. ¡Pobres niños! Se doblan hasta poner­se morados de las convulsiones. Una pena de verdad. Salió bien parada con respecto a enfermedades en comparación. Sólo sarampión. Té de linaza. Escarlatina, epidemias de gri­pe. Buscando víctimas para la muerte. No se pierda esta oportunidad. El asilo de perros allá. ¡Pobre Athos! Sé bueno con Athos, Leopold, es mi última voluntad. Hágase tu vo­luntad. Obedecemos a los que están en la sepultura. Garaba­tos al morir. Lo tomó a pecho, se consumió de dolor. Bestia tranquila. Los perros de los viejos generalmente lo son.

Una gota de lluvia le escupió en el sombrero. Se echó ha­cia detrás y vio un instante de lluvia salpicar de lunares las losas grises. Espaciada. Curioso. Como por un colador. Lo sabía. Las botas me chirriaban lo recuerdo ahora.

—Está cambiando el tiempo, dijo quedamente.

—Una lástima que no haya seguido bueno, dijo Martin Cunningham.

—Necesaria para el campo, dijo Mr. Power. Ahí está de nuevo el sol saliendo.

Mr. Dedalus, escudriñando a través de las gafas el sol vela­do, lanzó una muda maldición al cielo.

—Tan inestable como el culo de un niño, dijo.

—Nos ponemos en marcha de nuevo.

El coche hizo girar de nuevo las rígidas ruedas y sus torsos se balancearon delicadamente. Martin Cunningham se reza­ba más rápidamente la punta de la barba.

—Tom Keman estuvo tremendo anoche, dijo. Y Paddy Leonard remedándolo en su propia cara.

—Ah, cuente, cuente, Martín, dijo Mr. Power apremiante­mente. Espere que le cuente, Simon, sobre Ben Dollard can­tando El zagal rebelde.

—Tremendo, dijo Martin Cunningham pomposamente. Su forma de cantar esa sencilla balada, Martin, es la interpretación más vigorosa que jamás haya oído en el transcurso de mi experiencia.

—Vigorosa, dijo Mr. Power riéndose. Está loco de atar con eso. Y el convenio retrospectivo.

—¿Habéis leído el discurso de Dan Dawson? preguntó Martin Cunningham.

—No, por cierto, dijo Mr. Dedalus. ¿Dónde está?

—En el periódico de esta mañana.

Mr. Bloom sacó el periódico del bolsillo interior. Ese libro tengo que cambiárselo.

—No, no, dijo Mr. Dedalus prestamente. Más tarde por favor.

La mirada de Mr. Bloom bajó por el borde del periódico, examinando las defunciones: Callan, Coleman, Dignam, Fawcett, Lowry, Naumann, Peake ¿qué Peake será ése? ¿será el chico que estaba en Crosbie y Alleyne? No, Sexton, Ur­bright. Entintados caracteres desvaneciéndose deprisa sobre el gastado papel resquebrajado. En agradecimiento a la Pe­queña Flor. Tristemente echada en falta. Con el inexpresable sentimiento de los suyos. A los 88 años tras una larga y dolo­rosa enfermedad. Al mes: Quinlan. De cuya alma el Dulce Jesús se apiade.

Hace ya un mes de que Henry querido marchara
arriba hasta el cielo allá a su hogar.
Llora la muerte sufamilia desconsolada
y confía algún día volverle a encontrar.

¿Rompí el sobre? Sí. ¿Dónde puse su carta después de leer­la en el baño? Se tentó en el bolsillo del chaleco. Ahí está cómo no. Querido Henry desapareció. Antes de que mi pa­ciencia se me agoten.

Escuela nacional. El almacén de Meade. La parada de co­ches. Sólo dos ahora. Asintiendo. Atiborrados como garrapa­tas. Demasiado hueso en sus cráneos. El otro trotando por ahí en algún viaje. Hace una hora que pasé por aquí. Los ca­leseros saludaron con el sombrero.

La espalda de un guardagujas se irguió repentinamente contra un poste de tranvía por la ventanilla de Mr. Bloom. ¿No podrían inventar algo automático de modo que la rue­da más fácilmente? Sí pero ¿ese tipo perdería su empleo en­tonces? Sí pero entonces ¿otro tipo conseguiría un empleo haciendo el nuevo invento?

Sala de conciertos Antient. Nada en cartel. Un hombre con traje color amanlloclaro y brazalete con crespón. Poco sentimiento debe de haber ahí. Cuarto de luto. La familia política quizá.

Dejaron atrás el inhóspito púlpito de Saint Mark, bajo el puente del ferrocarril, el Queen's Theatre: en silencio. Va­llas publicitarias: Eugene Stratton, Mrs. Bandmann Palmer. Podría ir a ver Leab esta noche, me pregunto. Dije que yo. ¿O Lily of Killarney? Compañía de ópera Elster Grimes. Ex­traordinario cambio. Brillantes carteles húmedos de la im­prenta para la semana próxima. Fun on the Bristol. Martin Cunningham podía proporcionar un pase para el Gaiety. Tendría que invitar a una copa o dos. Hágase el milagro y há­galo el diablo.

El viene por la tarde. Las canciones de ella.

Sombrerería Plasto. El busto de la fuente del monumento a Sir Philip Crampton. ¿Quién era?

—¿Cómo está usted? dijo Martin Cunningham, llevándo­se la palma de la mano a la frente a modo de saludo.

—No nos ve, dijo Mr. Power. Sí que nos ve. ¿Cómo está usted?

—¿Quién? preguntó Mr. Dedalus.

—Boylan Botero, dijo Mr. Power. Ahí va como un pal­mito.

Justo en ese momento estaba pensando.

Mr. Dedalus se inclinó hacia delante para saludar. Desde la puerta del Banco Rojo el disco blanco de un canotié alum­bró una respuesta: elegante silueta: pasó.

Mr. Bloom se pasó revista a las uñas de la mano izquierda, y luego a las de la mano derecha. Las puntas de las uñas, sí. ¿Hay algo más en él que ellas ella ve? Fascinación. El peor hombre de todo Dublín. Eso lo mantiene vivo. A veces pre­sienten cómo es una persona. Instinto. Pero un tipejo como ése. Mis puntas. Estoy mirándomelas: bien recortadas. Y des­pués: pensando en soledad. El cuerpo poniéndosele un poco fláccido. Me daría cuenta de ello: de recordarlo. ¿Qué es lo que lo causa? Supongo que la piel no puede contraerse lo suficientemente aprisa cuando las carnes se afofan. Pero la forma está ahí. La forma está ahí aún. Hombros. Caderas. Oronda. La noche del baile vistiéndonos. La bata metida por entre los cachetes detrás.

Se apretó las manos entre las rodillas y, satisfecho, envió la vacía mirada por sus caras.

Mr. Power preguntó:

—¿Cómo va la gira de conciertos, Bloom?

—Pues muy bien, dijo Mr. Bloom. Me llegan noticias es­tupendas. Es una buena idea, comprende ...

—¿Va usted también?

—Pues no, dijo Mr. Bloom. Se da el caso que tengo que ir a County Clare para hacer unas gestiones. Verá la idea es ha­cer una gira por las ciudades principales. Lo que se pierda en una se puede recuperar en otra.

Así es, dijo Martin Cunningham. Mary Anderson está ahora mismo allí. ¿Tienen ustedes buenos artistas?

—Louis Werner le organiza la gira, dijo Mr. Bloom. Sí, sí, son todos de primera. J. C. Doyle y John MacCormack espe­ro y. Los mejores, de hecho.

—Y madame, dijo Mr. Power sonriendo. Para no ser menos.

Mr. Bloom aflojó las manos con gesto de suave cortesía y las apretó. Smith O'Bnen. Alguien ha colocado un ramo de flores ahí. Mujer. Debe de ser su aniversario. Que cum­pla muchos más. El coche que rodaba junto a la estatua de Farrell les unió silenciosamente las rodillas que no oponían resistencia.

Oota: un viejo de atuendo deslustrado desde el bordillo ofrecía su mercancía, la boca abriéndosele: oota.

—Cuatro cordones de botas por un penique.

A saber por qué le quitarían la licencia de abogado. Tenía el bufete en Hume Street. La misma casa que el tocayo de Molly, Tweedy, procurador en Waterford. Lleva ese sombre­ro de copa desde entonces. Reliquias del viejo decoro. De luto también. Terrible revés ¡pobre desgraciado! Pasando de mano en mano como rapé en velatorio. O'Callaghan en las últimas.

Y madame. Las once y veinte. Levantada. Mrs. Fleming vie­ne a limpiar. Arreglándose el pelo, tarareando. Voglio e non vorrei. No. Vorrei e non. Mirándose las puntas del pelo a ver si las tiene abiertas. Mi trema un poco il. Bellísima en el tre su voz: tono lloroso. Tordo. Tordella. Ahí tienes una palabra tordella que lo expresa.

Sus ojos pasaron levemente por la agraciada cara de Mr. Power. Encanecido encima de las orejas. Madame: sonriente. Le devolví la sonrisa. Una sonrisa hace milagros. Sólo por cortesía quizá. Gran tipo. ¿Quién sabe si eso es cierto sobre la mantenida? Nada agradable para la esposa. Sin embargo se dice, quién me lo contó, que no hay nada carnal. Te pensa­rías que eso se terminaría muy pronto. Sí, fue Crofton que se lo encontró una noche cuando le traía a ella una libra de fi­letes de lomo. ¿Qué es lo que era? Camarera en el Jury. C en el Moira ¿era allí?

Pasaron por debajo de la figura enormencapotada del Li­berador.

Martin Cunningham le dio con el codo a Mr. Power.

—De la tribu de Rubén, dijo.

Una figura alta barbinegra, inclinándose sobre un bastón, vacilante por la esquina de Elvery's Elephant, les mostró una mano curvada abierta sobre el lomo.

—En toda su belleza prístina, dijo Mr. Power.

Mr. Dedalus siguió a la vacilante figura con la vista y dijo apaciblemente:

—¡Que el diablo te rompa la crisma!

A Mr. Power, que se retorcía de risa, se le sombreó la cara al retirarla de la ventanilla cuando el coche pasaba por la es­tatua de Gray.

—Todos hemos pasado por eso, dijo Martín Cunningham decididamente.

Sus ojos se encontraron con los de Mr. Bloom. Se acarició la barba y añadió:

—Bueno, casi todos.

Mr. Bloom empezó a hablar con apremio repentino a las caras de sus compañeros.

—Hay una muy buena que se cuenta por ahí de Reuben J. y el hijo.

—¿La del barquero? preguntó Mr. Power.

—Sí. ¿Verdad que es muy buena?

—¿De qué va? preguntó Mr. Dedalus. Yo no la he oído.

—Había una chica de por medio, empezó Mr. Bloom, y él dispuso enviarlo a la Isla de Man para ponerlo en lugar se­guro pero cuando iban los dos ...

—¿Qué? preguntó Mr. Dedalus. ¿Ese jodido truhán reco­nocido?

—Sí, dijo Mr. Bloom. Iban los dos camino del barco y tra­tó de ahogarse....

—¡De ahogarse Barrabás! exclamó Mr. Dedalus. ¡Por Cris­to que ojalá lo hubiera hecho!

Mr. Power lanzó una larga risotada por las narices cubiertas con las manos.

—No, dijo Mr. Bloom, el hijo en persona....

Martin Cunningham le desbarató su discurso grosera­mente:

—Reuben J. y su hijo ahuecaban el ala muelle abajo junto al río camino del barco de la Isla de Man y el barbilampiño se suelta repentinamente y por encima del muro que se tiró en el Liffey.

—¡Válgame Dios! profirió Mr. Dedalus con espanto. ¿Murió?

—¡Muerto! exclamó Martin Cunningham. ¡Qué va! Un barquero cogió un bichero y lo pescó por la culera de los cal­zones y lo elevó hasta el padre en el muelle más muerto que vivo. Media ciudad estaba allí.

—Sí, dijo Mr. Bloom. Pero lo más gracioso es que....

—Y Reuben J., dijo Martin Cunningham, le dio un florín al batelero por salvarle la vida a su hijo.

Un suspiro sofocado salió de debajo de la mano de Mr. Power.

—Sí, sí, así lo hizo, afirmó Martin Cunningham. Como un héroe. Un florín de plata.

—¿A que es muy buena? dijo Mr. Bloom insistentemente.

—Un chelín y ocho peniques de más, dijo Mr. Dedalus se­camente.

La risa atragantada de Mr. Power estalló apagadamente en el coche.

La columna de Nelson.

—¡Ocho ciruelas a penique!

—¡Ocho a penique!

—Será mejor que nos mostremos algo más serios, dijo Martin Cunningham.

Mr. Dedalus suspiró.

—Ah, vamos, dijo, el pobrecillo Paddy no nos iba a esca­timar una carcajada. El mismo contaba algunas muy buenas.

—¡Que el Señor me perdone! dijo Mr. Power, limpiándo­se los ojos acuosos con los dedos. ¡Pobre Paddy! Cómo se me iba a ocurrir hace una semana cuando le Vi por última vez y él tan saludable como siempre que andaría detrás de él hoy de esta manera. Se ha ido de entre nosotros.

—El hombre más decente que jamás haya usado sombre­ro, dijo Mr. Dedalus. Se fue tan repentinamente.

—Un colapso, dijo Martin Cunningham. El corazón.

Se dio una palmadita en el pecho tristemente.

Cara reluciente: encendida. Demasiado güisqui. Cura para las narices rojas. Beber como un demonio hasta que se pone grisamarilla. Un buen dinero que se gastó coloreándosela.

Mr. Power miró fijamente las casas que pasaban con aprensión triste.

Tuvo una muerte repentina, pobre hombre, dijo.

—La mejor, dijo Mr. Bloom.

Los ojos como platos le miraron.

—Sin dolor, dijo. Un momento y todo ha terminado. Como morirse durante el sueño.

Nadie dijo palabra.

El lado muerto de la calle es éste. Negocio flojo de día, agen­tes de la propiedad, hotel de abstinencia, guía de ferrocarriles en la librería Falconer, colegio de funcionarios, librería Gill, club católico, organización del trabajador ciego. ¿Por qué? Al­guna razón. Haga sol o viento. Por la noche también. Arrapie­zos y tatas. Bajo el patronazgo del que fuera Padre Mathew. Primera piedra por Pamell. Colapso. El corazón.

Caballos blancos con penachos blancos doblaron la esqui­na de la Rotunda, al galope. Un ataúd pequeñito resplande­ció al pasar. Corren a enterrar. Una carroza fúnebre. No ca­sado. Negro para los casados. Pío para solteros. Pardo para monjas.

—Triste, dijo Martin Cunningham. Un niño.

Una cara de enano, malva y arrugada como la del peque­ño Rudy. Cuerpo de enano, flojo como masilla, en una caja de madera forrada de blanco. Entierro lo paga la Friendly Society. Un penique a la semana por un terrón de césped. Nuestro. Pequeño. Desdichado. Recién nacido. No significó nada. Error de la naturaleza. Si sale sano es por la madre. Si no por el hombre. Mejor suerte la próxima vez.

—Pobrecito, dijo Mr. Dedalus. A salvo de todo esto.

El coche trepó más lentamente por la cuesta de Rutland Square. Traquetean los huesos. Por las piedras. Sólo un por­diosero. Nadie lo reclama.

—A mitad de la vida, dijo Martin Cunningham.

—Pero aún es peor, dijo Mr. Power, cuando alguien se quita la vida.

Martin Cunningham sacó el reloj enérgicamente, tosió y lo devolvió a su sitio.

—La mayor deshonra para una familia, añadió Mr. Power.

—Insania temporal, claro está, dijo Martin Cunningham con decisión. Debemos tener una actitud caritativa.

—Dicen que el hombre que lo hace es un cobarde, dijo Mr. Dedalus.

—No somos nadie para juzgar, dijo Martin Cunningham. Mr. Bloom, a punto de hablar, cerró los labios de nuevo. Los grandes ojos de Martin Cunningham. Apartando la mi­rada ahora. Qué hombre más humano y comprensivo. Inte­ligente. Como la cara de Shakespeare. Siempre tiene algo bueno que decir. No tienen misericordia con eso aquí ni con el infanticidio. Les niegan enterramiento cristiano. Le solían atravesar el corazón con una estaca de madera en la sepultu­ra. Como si no lo tuviera roto ya. Sin embargo a veces se arrepienten demasiado tarde. Hallado en el lecho del río aga­rrándose a los juncos. Me miró. Y aquella horrorosa borra­cha de su mujer. Poniéndole casa una y otra vez y luego em­peñándole ella los muebles todos los sábados casi. Haciéndo­le la vida imposible. Le rompería el corazón a una piedra, eso. Lunes por la mañana. A empezar de nuevo. Arrimar el hombro. Dios, qué pinta debía de tener aquella noche Dedalus me lo dijo que estaba allí. Borracha como una cuba y corco­veando con el paraguas de Martin.

Y me llaman la perla de Asia,
de Asia,
la geisha.

Apartó la mirada de mí. Lo sabe. Traquetean los huesos.

La tarde aquella de la investigación post mortem. La bote­lla rojietiquetada en la mesa. La habitación del hotel con cua­dros de caza. Ambiente cargado. La luz del sol por entre los listones de las persianas. Las orejas alumbradas de sol del juez de instrucción, grandes y peludas. El botones prestaba declaración. Pensó a primera vista que estaba dormido al principio. Luego le vio como unos surcos amarillos en la cara. Se había deslizado hacia abajo hasta los pies de la cama. Veredicto: sobredosis. Muerte accidental. La carta. Para mi hijo Leopold.

No más sufrimiento. Nunca más despertar. Nadie lo re­clama.

El coche traqueteó apresuradamente por Blessington Street abajo. Por las piedras.

Vamos a paso ligero, creo, dijo Martin Cunningham.

—Dios quiera que no nos vuelque en medio de la calle, dijo Mr. Power.

—Espero que no, dijo Martin Cunningham. Habrá una carrera estupenda mañana en Alemania. La Gordon Bennett.

—Sí, por Júpiter, dijo Mr. Dedalus. Merecería la pena ver­se, se lo juro.

Al doblar para Berkeley Street un organillo cerca del Basin envió por el aire tras ellos una traqueteante canción bullan­guera de teatro de variedades. ¿Ha visto alguien aquí a Kelly? Ka e ele ele y griega. Marcha fúnebre de Saúl. Es tan malo como el viejo Antonio. Que me dejó solonio. ¡Pirueta! El Mater Misericordiae. Eccles Street. Mi casa por allá. Un sitio grande. Sala para los incurables allí. Muy alentador. Hospital Our Lady para los moribundos. Mortuorio muy práctico de­bajo. Donde murió la vieja Mrs. Riordan. Tienen un aspecto terrible las mujeres. Su tazón y limpiándole la boca con la cuchara. Luego la mampara alrededor de la cama para que muera. Agradable estudiante era aquel que me curó la pica­dura de abeja. Se ha trasladado al hospital de parturientas me han dicho. De un extremo a otro.

El coche al galope dobló una esquina: paró.

—¿.Qué pasa ahora?

Una manada seccionada de ganado marcado pasaba ante las ventanillas, mugiendo, andando con aire gacho sobre cas­cos acolchados, mosqueando con las colas lentamente sus huesudas ancas enfangadas. Por fuera y por en medio corrían ovejas almagradas balando su miedo.

—Emigrantes, dijo Mr. Power.

—¡Eeeh! gritaba la voz del tropero, restallándoles el látigo en los flancos. ¡Eeeh! ¡Fuera de ahí!

Jueves, claro está. Mañana es día de matanza. Novillos ce­bados. Cuffe los vendía a unas veintisiete libras cada uno. Para Liverpool probablemente. Rosbif para la vieja Inglaterra. Compran todas las partes jugosas. Y luego la quinta par­te se pierde: toda esa materia aprovechable, piel, pelo, cuer­nos. Es una buena suma al cabo de un año. Comercio de carne muerta. Subproductos de los mataderos para tenerías, jabón, margarina. A saber si funciona ahora ese ardid de des­cargar la carne en malas condiciones del tren en Clonsilla.

El coche continuó por entre la manada.

—No comprendo cómo la corporación municipal no monta una línea de tranvía desde la verja del parque a los muelles, dijo Mr. Bloom. Todos esos animales podrían lle­varse en vagones hasta los barcos.

—En vez de bloquear la vía pública, dijo Martin Cunning­ham. Muy acertado. Deberían hacerlo.

—Sí, dijo Mr. Bloom, y otra cosa que a menudo he pen­sado, es tener tranvías funerarios municipales como tienen en Milán, ya saben. Llevar la línea hasta las afueras hasta las cancelas del cementerio y tener tranvías especiales, con co­che fúnebre y coche para el duelo y todo. ¿Ven lo que quie­ro decir?

—Vaya, ésa sería una historia formidable, dijo Mr. Dedalus. Coche—cama y vagón comedor.

—Un panorama poco halagüeño para Copetón, añadió Mr. Power.

—¿Por qué? preguntó Mr. Bloom, volviéndose hacia Mr. Dedalus. ¿No sería más decente que galopar de dos en fondo?

—Bueno, ahí podría tener razón, concedió Mr. Dedalus.

—Y, dijo Martin Cunningham, no tendríamos escenas como aquella cuando el coche fúnebre dio un barquinazo al doblar la esquina de Dunphy y volcó el ataúd en mitad de la calle.

—Aquello fue terrible, dijo la cara horrorizada de Mr. Power, y el cadáver rodó por la calle. ¡Terrible!

—El primero en doblar la esquina de Dunphy, dijo Mr. Dedalus, asintiendo. La copa Gordon Bennett.

—¡Alabado sea Dios! dijo Martin Cunningham piadosa­mente.

¡Pum! Vuelco. Un ataúd sale y da contra la calzada. Re­vienta. Paddy Dignam sale despedido y rueda tieso por el polvo con un hábito marrón demasiado grande. Cara roja: gris ahora. La boca se le ha abierto. Preguntando qué pasa ahora. Muy acertado que se la cierren. Está horrorosa abier­ta. Luego las tripas se descomponen rápidamente. Mejor ce­rrarle todos los orificios. Sí, también. Con cera. El esfinter está suelto. Sellarlo todo.

—Dunphy, anunció Mr. Power al girar el coche a la de­recha.

La esquina de Dunphy. Carrozas fúnebres estacionadas, ahogando su dolor. Una pausa en el camino. Lugar magnífi­co para una taberna. Me figuro que pararemos aquí a la vuel­ta para brindar a su salud. Una ronda de alivio. Elixir de la vida.

Pero supón ahora que sí sucediera. ¿Sangraría si una pun­ta digamos lo cortara en el zarandeo? Sangraría y no sangra­ría, supongo. Depende dónde. La circulación se para. Aun así podría manar un poco de alguna arteria. Sería mejor ente­rrarlos de rojo: de rojo oscuro.

En silencio circularon por Phibsborough Road. Un coche fúnebre vacío pasó trotando, de vuelta del cementerio: pare­ce aligerado.

El puente de Crossguns: el canal real.

El agua se precipitaba bramando por las esclusas. Un hom­bre de pie en su gabarra corriente abajo, por entre montones de turba. Por el camino de silga cerca de la compuerta un ca­ballo flojoamesado. A bordo del Bugabu.

Todos los ojos lo observaron. Por el lento canal algoso ha­bía flotado en su balsa costeando el litoral de Irlanda arrastra­do por una sirga junto a lechos de juncos, por el cieno, bo­tellas embarradas, carroñas de perros. Athlone, Mullingar, Moyvalley, podría ir andando a ver a Milly por el canal. O en bicicleta. Alquilar algún viejo trasto, más seguro. Wren tenía uno el otro día en la subasta pero de mujer. Vías acuá­ticas en desarrollo. Pasatiempos de James M'Cann cruzarme en bote al otro lado. Viaje más barato. En fáciles etapas. Ca­sas flotantes. De acampada. También coches fúnebres. Al cielo por el agua. Quizá lo haga sin escribir. Presentarme por sorpresa, Leixlrp, Clonsilla. Bajando compuerta a compuerta hasta Dublín. Con turba de las ciénagas del interior. Saludo. Se quitó el sombrero de paja marrón, saludando a Paddy Dignam.

Dejaron atrás la taberna Brian Boroimhe. Cerca ya.

—A saber cómo le irá a nuestro amigo Fogarty, dijo Mr. Power.

—Más vale que le pregunte a Tom Kernan, dijo Mr. Dedalus.

—¿Cómo es eso? dijo Martin Cunningham. ¿Lo habrá de­jado a dos velas, supongo?

—Ojos que no ven, dijo Mr. Dedalus, corazón que sí siente.

El coche giró a la izquierda hacia Finglas Road.

La marmolería a la derecha. Última etapa. Apiñadas en el trozo de tierra aparecieron figuras silenciosas, blancas, ape­sadumbradas, con manos inmóviles extendidas, arrodilla­das en dolor, señalando. Fragmentos de formas, talladas. En blanco silencio: implorantes. Lo mejor en el mercado. Thos. H. Dennany, constructor de monumentos funerarios y escultor.

Pasaron.

En el bordillo delante de la casa de Jimmy Geary, el sacris­tán, un viejo vagabundo se hallaba sentado, quejándose, sa­cándose la tierra y los chinos de su enorme bota bostezante polvomarrón. Tras el viaje de la vida.

Sombríos jardines pasaron luego: uno a uno: sombrías casas.

Mr. Power señaló.

—Ahí es donde asesinaron a Childs, dijo. La última casa.

—Sí que lo es, dijo Mr. Dedalus. Un caso horrible. Seymour Bushe consiguió que lo exculparan. Asesinó a su hermano. O eso dijeron.

—La acusación no tenía pruebas, dijo Mr. Power.

—Sólo indicios circunstanciales, añadió Martin Cunning­ham. Ésa es la máxima de la ley. Mejor que noventainueve culpables escapen que no que un inocente sea injustamente condenado.

Miraron. Tierra de asesino. Pasó oscuramente. A cal y can­to cerrada, deshabitada, jardín abandonado. Todo el lugar se ha ido al diablo. Injustamente condenado. El asesinato. La imagen del asesino en el ojo del asesinado. Les encanta leer esas cosas. Cabeza de hombre hallada en un jardín. Ella lle­vaba puesto. Cómo encontró ella la muerte. Reciente atroci­dad. El arma utilizada. El asesino aún anda suelto. Pistas. Un cordón de zapato. El cuerpo será exhumado. El asesinato se aclarará.

Apretujados aquí dentro en este coche. Puede que no le gustara a ella que me presentara sin avisarla. Hay que tener cuidado con las mujeres. Las coges tan sólo una vez con el culo al aire. No te lo perdonan jamás. Quince.

Los altos barrotes de la verja de Prospect pasaron ondean­tes ante sus ojos. Oscuros chopos, raras figuras blancas. Figu­ras más frecuentes, blancas formas arracimadas entre los ár­boles, blancas figuras y fragmentos fluyendo mudamente, manteniendo gestos efimeros en el aire.

La llanta rechinó contra el bordillo: se paró. Martín Cun­ningham sacó el brazo y, tirando hacia atrás del pestillo, em­pujó la puerta con la rodilla. Salió. Mr. Power y Mr. Dedalus le siguieron.

Cambia ese jabón ahora. La mano de Mr. Bloom desabro­chó el bolsillo del pantalón sigilosamente y transfirió el ja­bón papelpegado al bolsillo interior del pañuelo. Salió del coche, devolviendo a su lugar el periódico que su otra mano aún sostenía.

Entierro insignificante: carroza y tres coches. Qué más da. Portadores del manto funerario, bridas de oro, misa de ré­quiem, salvas. Pomposidad de la muerte. Más allá del último coche había un vendedor ambulante de pie al lado de su ca­rrito de pasteles y frutas. Pastelillos rellenos de fruta son esos, pegados unos con otros: pasteles para los muertos. Galletas para perros. ¿Quiénes se las comían? Acompañantes del di­funto saliendo.

Siguió a sus compañeros. Mr. Keman y Ned Lambert le si­guieron. Hynes andando detrás de ellos. Kelleher Copetón de pie al lado del coche fúnebre abierto sacó las dos coronas. Le dio una al chico.

¿Dónde se habrá metido el entierro de aquel niño?

Un tiro de caballos pasó de Finglas con fatigoso paso can­sado, arrastrando por el fúnebre silencio un carro chirriante en el que yacía un bloque de granito. El carretero que mar­chaba a la cabeza saludó. El ataúd ahora. Se nos ha adelanta­do, muerto y todo. El caballo que se vuelve a mirarlo con el penacho ladeado. Ojo apagado: la collera apretándole el cue­llo, presionando una artena o algo. ¿Sabrán lo que acarrean hasta aquí todos los días? Debe de haber veinte o treinta en­tierros al día. Mount Jerome además para los protestantes. Entierros por todo el mundo por todas partes cada minuto. Echándolos con las palas al hoyo a carretadas el doble de rá­pido. Miles cada hora. Demasiados en el mundo.

Acompañantes del difunto salieron por la verja: mujer y una niña. Harpía canflaca, mujer dura de roer, la papalina torcida. La cara de la niña manchada de suciedad y lágnmas, cogida del brazo de la mujer, mirándola en espera de una se­ñal para echarse a llorar. Cara de pez, exangüe y lívida.

Los anderos se echaron el ataúd a hombros y lo entraron por la verja. Tanto peso muerto. Yo mismo me sentía más pesado al salir de aquel baño. Primero el fiambre: luego los amigos del fiambre. Kelleher Copetón y el chico siguieron con las coronas. ¿Quién es ese que está a su lado? Ah, el cu­ñado.

Todos caminaron detrás.

Martin Cunningham susurró:

—Estaba pasando un mal rato cuando habló de suicidios delante de Bloom.

—¿Qué? susurró Mr. Power. ¿Cómo es eso?

—Su padre se envenenó, susurró Martin Cunningham. Regentaba el hotel Queen en Ennis. Le oyó decir que iba a ir a Clare. Aniversario.

—¡Válgame Dios! susurró Mr. Power. Ahora me entero. ¿Se envenenó?

Echó un vistazo atrás a donde una cara de ojos oscuros pensativos proseguía hacia el mausoleo del cardenal. Ha­blando.

—¿Estaba asegurado? preguntó Mr. Bloom.

—Creo que sí, contestó Mr. Keman. Pero la póliza estaba fuertemente hipotecada. Martin está tratando de meter al jo­ven en Artane.

—¿Cuántos niños ha dejado?

—Cinco. Ned Lambert dice que intentará meter a una de las chicas en la tienda Todd.

—Una pena, dijo Mr. Bloom delicadamente. Cinco cria­turas.

—Un duro golpe para la pobre mujer, añadió Mr. Keman.

—Sí que lo es, asintió Mr. Bloom.

Ahora le toca reír a ella.

Se miró las botas que se había encerado y abrillantado. Ella le había sobrevivido. Perdió a su marido. Más muerto para ella que para mí. Uno tiene que sobrevivir al otro. Di­cen los entendidos. Hay más mujeres que hombres en el mundo. Acompáñala en el sentimiento. Su terrible pérdida. Espero que pronto le siga. Para viudas hindúes solamente. Ella se casaría con otro. ¿Con él? No. Sin embargo quién sabe después. La viudedad no es lo que era desde que la vie­ja reina murió. Llevada en una cureña. Victoria y Albert. Mo­numento funerario en Frogmore. Pero al final se puso unas cuantas violetas en la papalina. Vanidosa en el fondo de su corazón. Todo por una sombra. El consorte no era ni rey. Su hijo era la esencia. Algo nuevo en lo que esperar no como el pasado que quería recuperar, esperando. Nunca vuelve. Uno tiene que irse antes: solo, bajo tierra: y no yacer más en su cá­lida cama.

—¿Cómo está, Simon? dijo Ned Lambert suavemente, es­trechando manos. No le he visto hace siglos.

—Mejor que nunca. ¿Cómo están todos en la querida Cork?

—Estuve allí para las carreras de Cork el lunes de Resu­rrección, dijo Ned Lambert. Las monsergas de siempre. Paré donde Dick Tivy.

—¿Y cómo está Dick, el hombre formal?

—Sin un pelo en la cresta, contestó Ned Lambert.

—¡Por San Pablo! dijo Mr. Dedalus con asombro mesura­do. ¿Dick Tivy calvo?

—Martin va a ver si nos da un sablazo en beneficio de los chicos, dijo Ned Lambert, señalando hacia delante. Unos cuantos chelines por cabeza. Para que aguanten hasta que se aclare lo del seguro.

—Sí, sí, dijo Mr. Dedalus dudando. ¿Es ése el hijo mayor el de enfrente?

—Sí, dijo Ned Lambert, con el hermano de la mujer. John Henry Menton está detrás. El se ha comprometido a dar una libra.

Apostaría a que lo habrá hecho, dijo Mr. Dedalus. A me­nudo le decía al pobre Paddy que debía cuidar ese trabajo. John Henry no es el peor del mundo.

—¿Cómo lo perdió? preguntó Ned Lambert. La bebida ¿no?

—El fallo de muchos hombres buenos, dijo Mr. Dedalus con un suspiro.

Se detuvieron a la puerta de la capilla mortuoria. Mr. Bloom detrás del chico de la corona observaba el cabello re­peinado y los pliegues del canijo cogote dentro del recién estrenado cuello. ¡Pobre chico! ¿Estaría allí cuando el padre? Ambos inconscientes. Espabilar en el último instante y reco­nocer por última vez. Todo lo que pudo haber hecho. Le debo tres chelines a O'Grady. ¿Lo entendería? Los anderos portaron el ataúd hasta dentro de la capilla. ¿Cuál es el lado de la cabeza?

Tras un instante siguió a los demás adentro, parpadeando en la luz tamizada. El ataúd reposaba sobre sus andas delan­te del presbiterio, cuatro velas altas amarillas en las esquinas. Siempre delante de nosotros. Kelleher Copetón, colocando una corona en cada esquina delantera, indicó al chico que se arrodillara. Los acompañantes se arrodillaron aquí y allá en reclinatorios. Mr. Bloom se quedó de pie detrás junto a la pila y, cuando todos se hubieron arrodillado, dejó caer cui­dadosamente el periódico desdoblado de su bolsillo e hincó la rodilla derecha en él. Encajó el sombrero negro delicada­mente en la rodilla izquierda y, sujetando el ala, se inclinó hacia delante piadosamente.

Un acólito portando un cubo de latón con algo dentro sa­lió por una puerta. El sacerdote blanquialbado vino detrás, alisándose la estola con una mano, equilibrando con la otra un librito contra la barriga de sapo. ¿Quién leerá el libraco? Yo, dijo el braco.

Se detuvieron al lado de las andas y el sacerdote comenzó a leer en el libro con un croar fluido.

El Padre Coffey. Sabía que se llamaba algo así como café. Dominenámme. Parece un matón por el hocico de buldog. El que mangonea el cotarro. Cristiano musculoso. La desdicha caiga sobre aquel que le mire con malos ojos: sacerdote. Tú eres Pedro. Reventará por los costados como un camero bien cebado dice Dedalus que le pasará. Con una barriga que tiene de cachorro podrido. Expresiones de lo más divertidas las que ese hombre encuentra. Jmmm: reventará por los costados.

—Non intres in judicium cum semo tuo, Domine.

Les hace sentirse más importantes si se reza por ellos en la­tín. Misa de réquiem. Plañideras de luto. Tarjetas nigrorladas. Tu nombre en el libro del altar. Qué sitio más frío éste. Ten­drán que alimentarse bien, ahí sentados toda la mañana en la penumbra mano sobre mano y esperando al siguiente por fa­vor. Ojos de sapo también. ¿Qué es lo que le infla de esa ma­nera? Molly se infla con la col. El aire del lugar puede ser. Pa­rece lleno de gas nocivo. Debe de haber una cantidad infemal de gases nocivos en este lugar. Los camiceros, pongo por caso: se ponen como bistecs crudos. ¿Quién me lo contaba? Mervyn Browne. Abajo en la cripta de San Werburgh precioso órgano antiguo ciento cincuenta deberían taladrar un agujero en los ataúdes a veces para dejar salir el gas nocivo y quemarlo. Sale a borbotones: azul. Una bocanada y estás perdido.

Me molesta la rótula. Ay. Así está mejor.

El sacerdote sacó un palito con el extremo en forma de pomo del cubo del chico y lo sacudió encima del ataúd. Lue­go fue al otro extremo y lo sacudió de nuevo. Luego regresó y lo devolvió al cubo. Como eras antes de descansar. Todo está escrito: tiene que hacerlo.

—Et ne nos inducas in tentationem.

El acólito trinaba las respuestas con voz de tiple. A menu­do pensé que sería mejor tener chicos sirvientes. Hasta los quince o así. Después, claro está ...

Agua bendita era eso, me figuro. Sacudiéndole el sueño. Debe de estar harto de ese trabajo, sacudiendo la cosa esa en­cima de todos los cadáveres que traen trotando. Qué malo tiene que viera sobre lo que lo está sacudiendo. Cada día de su puñetera vida un nuevo lote: hombres de mediana edad, viejas, niños, mujeres muertas de parto, hombres barbudos, comerciantes calvos, chicas tísicas con pechitos de gorrión. El año entero ha rezado lo mismo por ellos y sacudido el agua encima de ellos: duermen. Encima de Dignam ahora.

—In paradisum.

Ha dicho que iría al paraíso o que está en el paraíso. Dice eso con todos. Qué trabajo más pesado. Pero tiene que decir algo.

El sacerdote cerró el libro y salió, seguido del acólito. Kelleher Copetón abrió las puertas laterales y los sepultureros entraron, auparon el ataúd de nuevo, lo sacaron y metieron de un empujón en el carro. Kelleher Copetón le dio una co­rona al chico y otra al cuñado. Todos salieron tras ellos por las puertas laterales al apacible aire gris. Mr. Bloom salió el úl­timo doblando el periódico de nuevo en el bolsillo. Miró gra­vemente al suelo hasta que el carro se hubo marchado rodan­do hacia la izquierda. Las ruedas de metal trituraban la gravi­lla con rechinante ruido rasposo y el grupo de botas romas siguió al carrito rodante por un sendero de sepulcros.

Larí lará larí lará larú. Señor, no debo tararear aquí.

—La rotonda de O'Connell, dijo Mr. Dedalus a su alre­dedor.

Los ojos dulces de Mr. Power se elevaron hasta la punta del encumbrado cono.

—Descansa ya, dijo, en medio de su gente, el viejo Dan O'. Pero su corazón está enterrado en Roma. ¡Cuántos corazo­nes rotos están enterrados aquí, Simon!

—La sepultura de ella está por allí, Jack, dijo Mr. Dedalus. Pronto yaceré a su lado. Que El me lleve cuando así sea su voluntad.

Deshecho, comenzó a llorar para sí quedamente, trope­zando un poco en su marcha. Mr. Power lo cogió del brazo.

—Está mejor donde está, dijo amablemente.

—Supongo que sí, dijo Mr. Dedalus con un débil desfalle­cimiento. Supongo que está en el cielo si existe un cielo.

Kelleher Copetón se echó a un lado de la hilera y facilitó a los acompañantes del duelo su penoso caminar.

—Situaciones tristes, empezó Mr. Kernan cortésmente.

Mr. Bloom cerró los ojos y tristemente dos veces inclinó la cabeza.

—Los otros se están poniendo el sombrero, dijo Mr. Keman. Supongo que también podemos hacerlo nosotros. Somos los últimos. Este cementerio es un lugar traicionero.

Se cubrieron.

—El reverendo leyó el servicio demasiado aprisa ¿no cree? dijo Mr. Kernan con reprobación.

Mr. Bloom asintió gravemente mirando los ojos vivaces inyectados de sangre. Ojos enigmáticos, inquisidores. Ma­són, creo: no estoy seguro. A su lado de nuevo. Somos los úl­timos. En el mismo barco. Espero que diga algo más.

Mr. Keman añadió:

—El servicio de la iglesia irlandesa que se practica en Mount Jerome es más sencillo, más impresionante debo decir.

Mr. Bloom dio un consentimiento prudente. La lengua claro está era otra cosa.

Mr. Keman dijo con solemnidad:

—Yo soy la resurreccióny la vida. Eso le llega a uno al corazón.

—Sí que es verdad, dijo Mr. Bloom.

Al corazón quizá pero ¿qué le va al tipo en el hoyo de seis pies por dos con los dedos de los pies apuntando a las mar­garitas? Mejor ni tocarlo. Sede de los afectos. Corazón roto. Una bomba después de todo, bombeando miles de galones de sangre al día. Un buen día se bloquea: ya la tienes. Canti­dades de ellos yacen por aquí: pulmones, corazones, híga­dos. Viejas bombas herrumbrosas: al carajo con todo lo de­más. La resurrección y la vida. Una vez estás muerto estás muerto. La idea del último día. Levantándolos a todos de sus sepulturas. ¡Lázaro, sal fuera! Y salió el último y perdió el puesto. ¡A levantarse! ¡Último día! Luego cada uno huro­neando por ahí su hígado y sus asaduras y el resto de sus avíos. Encontrar toda su jodida persona esa misma mañana. Una medida de polvo en un cráneo. Doce gramos una medi­da. Medida Troyes.

Kelleher Copetón se puso a la altura de ellos.

—Todo fue fenomenal, dijo. ¿No?

Les miró con su mirada indolente. Hombros de policía. Con su gururú guruní.

—Como debe ser, dijo Mr. Keman.

—¿Qué? ¿Eh? dijo Kelleher Copetón.

Mr. Keman se lo confirmó.

—¿Quién es ese tipo de atrás con Tom Keman? preguntó John Henry Menton. Conozco la cara.

Ned Lambert echó una ojeada atrás.

—Bloom, dijo, Madame Manon Tweedy la que era, es, mejor dicho, la soprano. Es su mujer.

—Ah, claro, dijo John Henry Menton. No la he visto des­de hace algún tiempo. Era una mujer guapa. Bailé con ella hace, espera, quince diecisiete dichosos años, en casa de Mat Dillon en Roundtown. Y una buena abrazada que tenía.

Miró detrás por entre los otros.

—¿Qué es él? preguntó. ¿Qué hace? ¿No trabajaba en algo de papelería? Tuve una disputa con él una noche, lo recuer­do, en los bolos.

Ned Lambert sonrió.

—Sí, viajante, dijo, en Wisdom Hely. Vendía papel secante.

—Por Dios Santo, dijo John Henry Menton, ¿para qué se casaría con un pelafustán como ése? Estaba para dar guerra en aquel entonces.

—Aún la da, dijo Ned Lambert. Es agente de publicidad.

Los grandes ojos de John Henry Menton se clavaron al frente.

El carrito dobló por una senda lateral. Un hombre robus­to, emboscado en la hierba crecida, se levantó el sombrero en señal de respeto. Los sepultureros se tocaron la gorra.

—John O'Connell, dijo Mr. Power complacido. Nunca se olvida de un amigo.

Mr. O'Connell les estrechó a todos la mano en silencio. Mr. Dedalus dijo:

—Soy venido a visitaros.

—Amigo Simon, contestó el gerente del cementerio con voz grave. No le quiero por cliente de ninguna manera.

Saludó a Ned Lamben y a John Henry Menton y echó a andar al lado de Martin Cunningham enredando con dos alargadas llaves a su espalda.

—¿Habéis oído esa, les preguntó, sobre Mulcahy del Coombe?

—No, dijo Martin Cunningham.

Inclinaron los sombreros de copa a un tiempo y Hynes prestó oído. El gerente colgó los pulgares en las vueltas de la cadena de oro del reloj y habló con tono discreto a sus son­risas vacías.

—Cuentan, dijo, que dos borrachos vinieron hasta aquí una tarde brumosa a buscar la sepultura de un amigo de ellos. Preguntaron por Mulcahy del Coombe y les dijeron dónde es­taba enterrado. Después de andar dando tumbos por ahí en la niebla encontraron la sepultura cómo no. Uno de los borra­chos deletreó el nombre: Terence Mulcahy. El otro borracho miró con los ojos engurruñados hacia arriba a una estatua de Nuestro Señor que la viuda había mandado colocar.

El gerente miró con los ojos engurruñados hacia uno de los sepulcros que acababan de pasar. Prosiguió:

—Y, después de mirar con los ojos engurruñados a la sa­grada figura, Coño, no se le parece ni pizca, dijo. Ese no es Mucahy, dijo, quien sea que lo haiga hecho.

Premiado con sonrisas se quedó atrás y habló con Kelleher Copetón, aceptando los certificados que le diera, dándoles vuelta y examinándolos al caminar.

—Todo eso está hecho con un propósito, explicó Martin Cunningham a Hynes.

—Lo sé, dijo Hynes. Ya lo sé.

—Para animarle a uno, dijo Martin Cunningham. Es pura bondad: al carajo todo lo demás.

Mr. Bloom admiró la próspera corpulencia del gerente. Todos quieren estar a buenas con él. Tipo decente, John O'Connell, de los buenos. Llaves: como el anuncio de Ya­ves: no hay peligro de que nadie se escape. Nada de contro­les de puertas. Habeas Corpus. Tendré que ver lo del anuncio ese después del entierro. ¿Escribí Ballsbndge en el sobre que cogí para tapar cuando me pilló escribiendo a Martha? Espe­ro que no esté por ahí tirado en la oficina de cartas sin recla­mar. Mejoraría con un afeitado. Barba apuntando canas. Ésa es la primera señal cuando el pelo empieza a salir gris. Y el humor que se agria. Hilos plateados entre los grises. Curioso ser su mujer. A saber cómo tendría coraje para declararse a una chica. Vente a vivir al camposanto. Ponérselo por delan­te. Le podría excitar al principio. Cortejando a la muerte. Sombras de la noche se ciemen por doquier con todos los muertos tendidos alrededor. Sombras de las tumbas cuando los cementerios bostezan y Daniel O'Connell debe de ser descendiente supongo quién era éste que solía decir que era un poco raro y a la vez un buen semental muy católico de to­das formas como descomunal gigante en la oscuridad. Fuego fatuo. Gas de las sepulturas. Hay que hacer que no piense en ello para conseguir embarazarla. Las mujeres especialmente son tan quisquillosas. Cuéntale una historia de fantasmas en la cama para que se duerma. ¿Has visto alguna vez un fantas­ma? Pues yo sí. Era una noche como boca de lobo. El reloj iba a dar la medianoche. Aun así bien que besarían si se las pone a tono. Putas en almacabras turcos. Aprenden cual­quier cosa si se las coge jóvenes. Puede uno conquistarse a una viuda joven aquí. Hay hombres así. Amor entre lápidas. Romeo. Sepulcrales aderezos de placer. En medio de la muerte estamos en la vida. Los extremos se tocan. Dentera para los pobres muertos. Olor a bistecs a la plancha para los hambrientos. Les roe las entrañas. Ganas de dar pelusa a la gente. Molly que lo quería hacer en la ventana. Ocho niños tiene de todas maneras.

Él ha visto a un buen número desaparecer en su vida, que yacen a su alrededor campo tras campo. Campos santos. Más sitio si los enterraran de pie. Sentados o de rodillas no se podría. ¿De pie? La cabeza podría salir algún día de deba­jo de la tierra en un corrimiento con la mano señalando. Todo un panal debe de estar hecho el suelo: celdas oblongas. Y muy cuidado que lo mantiene además: césped y setos re­cortados. Su jardín llama el Comandante Gamble a Mount Jerome. Bueno, así es. Deberían ser flores del sueño. Los ce­menterios chinos donde crecen adormideras gigantes produ­cen el mejor opio me dijo Mastiansky. El jardín Botánico está justo por allí. Es la sangre hundiéndose en la tierra lo que da nueva vida. La misma idea que esos judíos que decían que mataron al niño cristiano. Cada hombre tiene su precio. Gordo cadáver bien preservado, caballero, epicúreo, inapre­ciable para jardín de frutales. De ocasión. Por el cadáver de William Wilkinson, auditor y contable, fallecido reciente­mente, tres libras trece chelines con seis. Agradecido.

Yo diría que la tierra debe de ser bien fértil con el estiér­col de cadáver, huesos, carne, uñas. Osarios. Horrendos. Se vuelven verde y rosa al descomponerse. Se pudren aprisa en tierra húmeda. Los viejos delgados más duros. Luego algo así como seboso como cremoso. Luego empiezan a ponerse negros, negra meladura rezumando de ellos. Luego secos. Mariposas calaveras. Claro que las células o lo que sean si­guen vivas. Cambiándose como pueden. Vives para siempre prácticamente. Nada con que alimentarse se alimentan de ellas mismas.

Pero deben de criar una barbaridad de gusanos. La tierra debe de estar sencillamente arremolinada con tantos. La ca­beza sencillamente se te arremollina. Aquellas bonitas chi­cuillas de la playa. Él parece bastante animado con todo ello. Le da una sensación de poder viendo a todos los otros que se van al hoyo primero. A saber cómo verá él la vida. Contando sus chistes además: le da grandísimo contento. El del boletín. Spurgeon subió al cielo a las 4 de esta ma­drugada. 11 de la noche (hora de cierre). Aún no ha llega­do. Pedro. A los propios muertos a los hombres por lo me­nos les gustaría oír un chiste de vez en cuando o a las mu­jeres saber qué está de moda. Una pera jugosa o un ponche para señoras, caliente, fuerte y dulce. Mantener la humedad a raya. Hay que reírse algunas veces así que mejor hacerlo de esa manera. Los sepultureros en Hamlet. Muestra el pro­fundo conocimiento del corazón humano. No se atreven a hacer chistes sobre los muertos durante dos años al menos. De mortuis nil nisi prius. Quitarse el luto primero. Diflcil imaginarse su entierro. Parece una especie de chiste. Leer tu propia esquela dicen que vives más. Te da nueva savia. Nuevo contrato de vida.

—¿Cuántos tiene para mañana? preguntó el gerente.

—Dos, dijo Kelleher Copetón. A las diez y media y once.

El gerente se metió los papeles en el bolsillo. El carrito ha bía dejado de rodar. Los acompañantes del difunto se divi­dieron a cada lado del hoyo, pisando con cuidado por entre las sepulturas. Los sepultureros cargaron el ataúd y colocaron la parte delantera en el borde, atando las sogas alrededor.

Enterrándolo. Venimos a enterrar al César. Sus idus de marzo o junio. No sabe quién está aquí ni le importa.

¿Y quién es ese tipejo desgarbado de ahí con la gabardina? ¿Y quién será me gustaría saber? Daría cualquier cosa por sa­ber quién es. Siempre aparece alguien que nunca habrías so­ñado. Podría uno vivir en su soledad toda la vida. Sí, claro que podría. Aun así tendría que buscarse a alguien que le echara la tierra después de muerto aunque podría cavar su propia sepultura. Todos lo hacemos. Sólo el hombre entie­rra. No, también las hormigas. Lo primero que le choca a cualquiera. Enterrar a los muertos. Digamos que Robinsón Crusoe existió de verdad. Bien entonces Viernes lo enterró. Todo viernes entierra su jueves si te pones a pensarlo.

¡Oh, pobre Robinsón Crusoe!
¿Cómo pudiste hacerlo?

¡Pobre Dignam! Sus polvos yacen en la tierra en su caja. Cuando piensas en todo esto en verdad que es un gasto inú­til de madera. Toda carcomida. Podrían inventar un féretro elegante con una especie de panel corredizo, lo dejas caer de esa manera. Sí pero quizá objetaran el que se les enterrara en el de otro tipo. Son tan especiales. Que me entierren en mi tierra natal. Un terroncito de Tierra Santa. Sólo alguna vez una madre y su niño nacido muerto enterrados en el mismo ataúd. Ya veo lo que significa. Ya lo veo. Para protegerle el mayor tiempo posible incluso bajo tierra. La casa del irlandés es su ataúd. Embalsamamientos en catacumbas, momias la misma idea.

Mr. Bloom se mantuvo apartado, el sombrero en la mano, contando las cabezas descubiertas. Doce. Conmigo trece. No. El tipo de la gabardina hace trece. El número de la muerte. ¿De dónde puñetas habrá salido? No estaba en la capilla, lo juraría. Qué superstición más tonta la del número trece.

Qué paño más suave y agradable el del traje de Ned Lambert. Un poco tirando a púrpura. Yo tenía uno así cuan­do vivíamos en Lombard Street West. Tipo elegante que era él en tiempos. Solía cambiarse de traje tres veces al día. Ten­go que llevar mi traje gris a que me lo vuelva Mesías. Caram­ba. Pero si es teñido. Su mujer me olvidé de que no está ca­sado o su patrona debería haberle quitado esos hilos.

El ataúd se sumergió zafándose de la vista, bajado con cui­dado por los hombres esparrancados sobre los caballetes de la sepultura. Con esfuerzo se enderezaron y apartaron: y to­dos se descubrieron. Veinte.

Pausa.

Si todos fuéramos repentinamente alguien distinto.

En la lejanía un burro rebuznó. Lluvia. No hay ningún asno. Nunca se ve uno muerto, dicen. Avergonzados de mo­rir. Se ocultan. También el pobre papá se fue.

Un dulce viento suave sopló por entre las cabezas descu­biertas como un susurro. Susurro. El chico a la cabecera de la sepultura sostenía la corona con las dos manos, la mirada si­lenciosamente clavada en el negro espacio abierto. Mr. Bloom se colocó detrás del robusto y amable gerente. Levita de buen corte. Sopesándolos quizá para ver quién será el próxi­mo. Bueno, es un largo descanso. No sentir más. Es el mo­mento lo que sientes. Debe de ser jodidamente desagradable. No se lo podrá uno creer al principio. Un error debe ser: otra persona. Prueba en la casa de enfrente. Espera, yo quería. No he podido todavía. Luego la cámara mortuoria oscurecida. Luz necesitan. Cuchicheando a tu alrededor. ¿Te gustaría ver a un sacerdote? Luego fantaseando y desvariando. Delirio todo lo que ocultaste toda la vida. La lucha con la muerte. Su sueño no es natural. Presiónale el párpado inferior. Obser­van si tiene la nariz en punta si tiene la mandíbula caída si tiene las plantas de los pies amarillas. Quítale la almohada y dejemos que acabe de una vez en el suelo puesto que está perdido. El diablo en aquel cuadro de la muerte de un peca­dor mostrándole una mujer. En camisón muriéndose de ga­nas de abrazarla. El último acto de Lucía. ¿No podré contem­plarte nunca más? ¡Bam! Expira. Se fue por fin. La gente habla de ti durante algún tiempo: te olvidan. No olvides rezar por él. Recuérdale en tus oraciones. Incluso a Pamell. El Día de la Hiedra está desapareciendo. Luego te siguen: caen en un agujero, uno tras otro.

Estamos rezando ahora por el descanso de su alma. Espe­ramos que te encuentres en gracia y no en desgracia. Un buen cambio de aires. De la sartén de la vida al fuego del pur­gatorio.

¿Pensará alguna vez en el agujero que le espera a él tam­bién? Dicen que sí cuando tiritas al sol. Alguien que pisa por encima. La señal del segundo apunte. Cerca de ti. La mía allí hacia Finglas, la parcela que compré. Mamá, pobre mamá, y el pequeño Rudy.

Los sepultureros cogieron las palas y echaron pesados ma­zacotes de tierra sobre el ataúd. Mr. Bloom volvió la cara. ¿Y si estuviera vivo todo este tiempo? ¡Fu! ¡Joroba, sería horro­roso! No, no: está muerto, claro. Claro que está muerto. El lu­nes murió. Debería haber alguna ley punzar el corazón para asegurarse o un reloj eléctrico o un teléfono en el ataúd y al­gún tipo de respiradero de loneta. La bandera de socorro. Tres días. Demasiado tiempo para mantenerlos en verano. Quizá sea mejor deshacerse de ellos tan pronto como estés seguro de que no.

La tierra caía más suavemente. Empiezas a ser olvidado. Ojos que no ven, corazón que no siente.

El gerente se alejó unos pasos y se puso el sombrero. Ya ha aguantado bastante. Los acompañantes se fueron animando, uno a uno, cubriéndose sin ostentación. Mr. Bloom se puso el sombrero y vio cómo la figura robusta se abría camino diestramente por entre el laberinto de sepulturas. Queda­mente, seguro de su terreno, recorrió los tétricos campos.

Hynes apuntando algo en su libreta. Ah, los nombres. Pero él los conoce todos. No: viene hacia mí.

—Estoy tomando nota de los nombres, dijo Hynes en voz casi inaudible. ¿Cuál es su nombre de pila? No estoy seguro.

—L., dijo Mr. Bloom. Leopold. Y quizá pudiera anotar el nombre de M'Coy también. Me lo pidió.

—Charley, dijo Hynes mientras escribía. Lo sé. Estuvo en el Freeman un tiempo.

Sí que estuvo allí antes de que consiguiera el trabajo en el depósito de cadáveres bajo Louis Byme. Buena idea esa del postmortem para los médicos. Averiguar lo que imaginan que saben. Murió un martes. Lo largaron. Se marchó con el dinero de unos cuantos anuncios. Charley, eres mi cariño. Por eso me lo pidió. Bah, no importa. Ya hice eso, M'Coy. Gracias, viejo: muy agradecido. Me debe un favor: no cuesta nada.

—Y dígame, decía Hynes, conoce a aquel tipo con la, el tipo que estaba allí con la ...

Miró a su alrededor.

—Gabardina. Sí, le vi, dijo Mr. Bloom. ¿Dónde está ahora?

—Gandina, dijo Hynes garabateando. No sé quién es. ¿Así se llama?

Se fue, mirando a su alrededor.

—No, empezó Mr. Bloom, volviéndose y parándose. ¡Oiga, Hynes!

No me ha oído. ¿No? ¿Adónde ha ido a parar? Ni rastro. Por todos los. ¿Alguien ha visto por aquí? Ka e ele ele. Se ha vuelto invisible. Dios ¿qué ha sido de él?

Un séptimo sepulturero se acercó a Mr. Bloom para coger una pala tirada.

—¡Vaya, disculpe!

Se apartó resueltamente.

Tierra, marrón, húmeda, empezó a distinguirse en el agu­jero. Crecía. Casi han terminado. Un montículo de húme­dos tormos creció y creció, y los sepultureros descansaron sus palas. Todos se descubrieron de nuevo durante unos ins­tantes. El chico apoyó la corona contra una esquina: el cuña­do la suya en un montón de tierra. Los sepultureros se pusie­ron las gorras y se llevaron las palas enfangadas al carrito. Luego golpearon las palas ligeramente en el césped: limpias. Uno se inclinó a quitar del mango unas matas grandes de hierba. Otro, dejando a los compañeros, se marchó lenta­mente con el arma al hombro, la hoja azuleando. Silencio­samente a la cabecera de la sepultura otro enrolló las cuerdas del ataúd. El cordón umbilical. El cuñado, volviéndose, le puso algo en la mano libre. Agradecimiento en silencio. Lo siento, señor: desgracia. Cabezada. Lo sé. Para ustedes sólo.

Los acompañantes se alejaron lentamente sin rumbo, por senderos erráticos, parándose a ratos para leer un nombre en una tumba.

—Demos una vuelta por la tumba del jefe, dijo Hynes. Te­nemos tiempo.

—Vayamos, dijo Mr. Power.

Giraron a la derecha, continuando con sus lentos pensa­mientos. Con temor la voz diáfana de Mr. Power habló:

—Algunos dicen que no está en la sepultura ni mucho menos. Que llenaron el ataúd de piedras. Que algún día vol­verá de nuevo.

Hynes sacudió la cabeza.

—Pamell nunca más volverá, dijo. Está ahí, todo lo que en él había de mortal. La paz sea con sus cenizas.

Mr. Bloom caminó ignorado a lo largo de la arboleda pa­sando por ángeles afligidos, cruces, columnas rotas, panteo­nes familiares, esperanzas de piedra orando con la vista alza­da, corazones y manos de la vieja Irlanda. Más inteligente gastarse el dinero en una obra de caridad para los vivos. Re­zad por el descanso del alma de. ¿Lo hace alguien en reali­dad? Entiérralo y termina con él. Como por la trampilla del carbón abajo. Luego los apilan a todos juntos para ahorrar tiempo. Día de las ánimas. El veintisiete iré a su sepultura. Diez chelines para el jardinero. La mantiene sin hierbajos. Viejo también. Doblado en dos con sus tijeras de podar recor­tando. Cerca de las puertas de la muerte. Quién se fue. Quién pasó a mejor vida. Como si lo hicieran por su propio gusto. Les dieron el empujón, a todos ellos. Quién estiró la pata. Más interesante si te dijeran lo que fueron. Fulanito, herrero. Yo era viajante de linóleo. Pagué cinco chelines por libra. O el de una mujer con su sartén. Guisaba buenos cocidos irlan­deses. Elogio en un cementerio de pueblo debería ser aquel poema de quién era Wordsworth o Thomas Campbell. Pasó al descanso eterno ponen los protestantes. La del vie­jo Dr. Murren. El gran médico lo llamó a casa. Bueno, es la parcela de Dios para ellos. Buena residencia campestre. Re­cién enlucida y pintada. Lugar ideal para fumarse un ciga­rrillo y leer el Church Times. Los anuncios de bodas nunca intentan adornar nada. Coronas herrumbrosas cuelgan de los pomos, guirnaldas de papel—bronce. Algo mejor por el mismo dinero. Aun así, las flores son más poéticas. Lo otro es más bien aburrido, nunca se marchita. No expresa nada. Siemprevivas.

Un pájaro se posó mansamente en la rama de un chopo. Como si estuviera disecado. Como el regalo de boda que nos dio el edil Hooper. ¡Juu! Ni se ha inmutado. Sabe que no hay tirachinas por aquí. Un animal muerto es aún más triste. La tontuela de Milly que enterró al pajarito muerto en la caja de cerillas de la cocina, una cadena de margaritas y tro­citos de loza rota en la sepultura.

El Sagrado Corazón es ése: mostrándolo. El corazón en la mano. Debería estar de lado y rojo debería estar pintado como un corazón de verdad. Irlanda le fue dedicada o como sea. Parece de todo menos a gusto. ¿Por qué esta pena? Ven­drían entonces los pájaros a picar como el chico del canasto de finta pero él dijo que no porque debían de haber tenido miedo del chico. Apolo fue ése.

¡Cuántos! Todos estos aquí en un tiempo anduvieron por Dublín. Fieles difuntos. Como tú estás ahora así estuvimos una vez nosotros.

Además ¿cómo podrías recordar a todo el mundo? Ojos, andares, voz. Bueno, la voz, sí: gramófono. Pones un gramó­fono en cada sepultura o lo tienes en la casa. Después de la comida de los domingos. Pon al pobre bisabuelo. ¡Craaj­raarc! Holaholahola estoymuycontento craarc muycontento­verosdenuevo holahola estoym cnpzsz. Te recuerda la voz como la fotografia te recuerda la cara. Si no no podrías recor­dar la cara después de quince años, digamos. ¿Por ejemplo quién? Por ejemplo un tipo que murió cuando yo estaba en lo de Wisdom Hely.

¡Rtststr! Un traqueteo de guijarros. Espera. ¡Alto!

Miró hacia abajo intensamente a una cripta de piedra. Al­gún animal. Espera. Ahí va.

Una obesa rata gris paseaba insegura a lo largo de la crip­ta, moviendo los guijarros. Se las sabe todas la muy vieja: bi­sabuela: conoce el percal. El gris vivo se apretujó por debajo del plinto, culebreó para dentro por debajo. Buen escondite para un tesoro.

¿Quién vive ahí? Yacen los restos de Robert Emery. A Robert Emmet lo enterraron aquí a la luz de las antorchas ¿no? De correrías.

El rabo acaba de desaparecer.

Uno de esos bichos tendría poco trabajo con uno. Dejaría los huesos mondos fuera quien fuese. Carne comente para ellos. Un cadáver es carne que se ha echado a perder. Bueno ¿y qué es el queso? Cadáver de la leche. Leí en aquel Voyages in China que los chinos dicen que un hombre blanco huele a muerto. Incineración es mejor. Los sacerdotes totalmente en contra. Jorobar a la otra empresa. Quemadores al por ma­yor y traficantes de hornos holandeses. En tiempos de la pes­te. Fosas para los muertos de cal viva para consumirlos. Cá­mara letal. Cenizas a las cenizas. O inhumar en el mar. ¿Dónde está esa torre parsi de silencio? Comidos por los pá­jaros. Tierra, fuego, agua. Ahogarse dicen que es la más pla­centera. Ves toda tu vida en un tris. Pero traído de nuevo a la vida no. No se puede inhumar en el aire sin embargo. Desde una máquina voladora. A saber si se corre la voz cada vez que dejan caer a uno nuevo. Comunicación subterránea. Apren­dimos eso de ellas. No me sorprendería. Alimento completo corriente para ellas. Las moscas vienen antes de que esté bien muerto. Se enteraron de Dignam. A ellas no les importaría el olor que echa. Puré blancosal de cadáver desmigajándose: huele, sabe a nabos blancos crudos.

La verja brillaba enfrente: todavía abierta. Regreso al mun­do otra vez. Harto de este sitio. Te acerca un poco cada vez. La última vez que estuve aquí fue en el entierro de Mrs. Sinico. Pobre papá también. El amor que mata. E incluso escar­bando la tierra por la noche con una linterna como aquel caso que leí para llegar a las hembras recién enterradas o in­cluso a las putrefactas con heridas sepulcrales abiertas. Se te mete el susto en el cuerpo después de un tiempo. Me apare­ceré a ti después de muerto. Verás mi espíritu después de muerto. Mi espíritu te atormentará después de muerto. Hay otro mundo en el más allá que se llama infierno. No me gus­ta ese otro mudo escribió ella. Ni a mí. Bastante que ver y oír y sentir aún. Sentir seres vivos cálidos cerca. Que duerman ellos en sus camas gusanosas. No me van a pillar a mí esta vez. Cálidas camas: cálida vida sanguibullente.

Martin Cunningham emergió desde un sendero lateral, hablando gravemente.

Procurador, creo. Conozco su cara. Menton, john Henry, procurador, comisionado para juramentos y afidávits. Dignam solía estar en su bufete. En el de Mat Dillon hace mucho tiempo. El jovial Mat. Noches alegres. Pollo frío, ciga­rros, las copas de Tántalo. Un buenazo en realidad. Sí, Menton. Se puso hecho una fiera aquella tarde en la bolera porque metí bola en el centro. Pura chamba: al sesgo. Por eso me cogió tal inquina. Odio a primera vista. Molly y Floey Dillon del brazo bajo la lila, riéndose. Tipo siempre así, se molesta si hay mujeres cerca.

Tiene un bollo en el lateral del sombrero. Del coche pro­bablemente.

—Perdóneme, caballero, dijo Mr. Bloom al lado de ellos. Se pararon.

—Tiene el sombrero un poco estrujado, dijo Mr. Bloom señalando.

John Henry Menton le miró fijamente por un instante sin moverse.

Ahí, ayudó Martin Cunningham, señalando también.

John Henry Menton se quitó el sombrero, allanó el bollo hacia fuera y alisó la pelusa con cuidado en la manga de la americana. Se encasquetó el sombrero en la cabeza de nuevo.

—Ahora está bien, dijo Martin Cunningham.

John Henry Menton sacudió la cabeza en señal de recono­cimiento.

—Gracias, dijo escuetamente.

Continuaron hacia la verja. Mr. Bloom, abatido, se rezagó unos pasos para no oír lo que hablaban. Martin hablando ex cátedra. Martin podía meterse a un cabeza de chorlito como ése en un puño, sin que se diera cuenta.

Ojos color de ostra. No te preocupes. Le pesará después quizá cuando vea claro. Le sacas ventaja de esa manera. Gracias. ¡Qué extraordinarios somos esta mañana!

7. Eolo

EN EL CORAZÓN DE LA METRÓPOLIS HIBÉRNICA

ANTE la columna de Nelson los tranvías aflojaban, ma­niobraban, cambiaban de trole, salían para Blackrock, Kingstown y Dalkey, Clonskea, Rathgar y Terenure, Parlmerston Park y Upper Rathmines, Sandy­mount Green, Rathmines, Ringsend y Sandymount Tower, Harold's Cross. El ronco controlador de salidas de la Uni­ted Company de Tranvías de Dublín vociferaba las sali­das:

—¡Rathgar y Terenure!

—¡Vámonos, Sandymount Green!

A derecha e izquierda paralelamente tañendo sonando un tranvía de dos pisos y otro de uno arrancaron de sus termina­les, se desviaron bruscamente a la línea descendente, discu­rrieron paralelamente.

—¡Salida, Palmerston Park!

PORTADOR DE LA CORONA

Bajo los soportales de la central de correos los limpiabotas voceaban y lustraban. Estacionados en North Prince Street los furgones postales bermellón de Su Majestad, portando en los costados las iniciales reales, E. R., recibían arrojadas estre­pitosamente sacas de cartas, tarjetas postales, avisos, paque­tes, asegurados y pagados, para su reparto local, provincial, británico y de ultramar.

CABALLEROS DE LA PRENSA

Carreteros de botas enormes sacaban rodando barriles re­tumbantes de los almacenes Prince y los colocaban con un chocazo en el carro de la cervecera. En el carro de la cerve­cera chocaban retumbantes barriles que eran sacados ro­dando por carreteros de botas enormes de los almacenes Prince.

—Ahí lo tiene, dijo Murray el Rojo. Alexander Yaves.

—Pues recórtelo, ¿quiere? dijo Mr. Bloom, y lo acercaré a la oficina del Telegraph.

La puerta del despacho de Ruttledge chirrió otra vez. Davy Stephens, diminuto dentro de un amplio cabriolé, con un pequeño sombrero de fieltro nimbándole los rizos, salió con un rollo de papeles bajo la capa, un correo del rey.

Las largas tijeras de Murray el Rojo recortaron el anuncio del periódico de cuatro tijeretazos perfectos. Recortes de prensa.

—Pasaré por la imprenta, dijo Mr. Bloom, cogiendo el re­corte cuadrado.

—Claro que, si él prefiere un texto, dijo Murray el Rojo sinceramente, con una pluma detrás de la oreja, le podemos hacer uno.

—De acuerdo, dijo Mr. Bloom asintiendo. Lo dejaré caer.

Podemos.

WILLIAM BRAYDEN, ESQUIRE, DE OAKLANDS,

SANDYMOUNT

Murray el Rojo tocó el brazo de Mr. Bloom con las tijeras y susurró:

—Brayden.

Mr. Bloom se dio la vuelta y vio al portero de librea alzar­se la gorra rotulada al entrar una figura majestuosa por entre los tablones de noticias del Weekly Freeman and National Press y del Freeman's journal and National Press. Barriles de Guin­ness retumbantes. La figura subió majestuosamente las esca­leras, guiada por un paraguas, una cara solemne barbaenmar­cada. La espalda de paño ascendía en cada escalón: espalda. Los sesos los tiene todos en la nuca, dice Simon Dedalus. Verdugones de carne por detrás en su persona. Grasos plie­gues de cuello, graso, cuello, graso, cuello.

—¿No cree que tiene la cara de Nuestro Salvador? susurró Murray el Rojo.

La puerta del despacho de Ruttledge susurró: ü: cni. Siem­pre ponen una puerta enfrente de otra para que el viento. En­trada. Salida.

Nuestro Salvador: cara barbaenmarcada ovalada: hablan­do en el oscurecer. María, Marta. Guiado por un paraguas de espada hasta las candilejas. Mario el tenor.

—O de Mario, dijo Mr. Bloom.

—Sí, asintió Murray el Rojo. Pero se solía decir que Mario era la viva estampa de Nuestro Salvador.

Manojesús con mejillas coloreteadas, jubón y pencas zan­quivanas. La mano en el corazón. En Martha.

¡Ve—en perdida,
Ve—en querida!

EL BÁCULO Y LA PLUMA

—Su eminencia ha telefoneado dos veces esta mañana, dijo Murray el Rojo gravemente.

Observaron las rodillas, piernas, botas desaparecer. Cuello.

Un repartidor de telegramas entró resueltamente, tiró un sobre en el mostrador y salió a toda prisa con una palabra:

—¡Freeman!

Mr. Bloom dijo lentamente:

—Bueno, él es uno de nuestros salvadores también.

Una sonrisa mansa le acompañaba al levantar la hoja aba­tible del mostrador, al entrar por una puerta lateral y a lo lar­go de la cálida escalera oscura y el corredor, por las ahora reverberantes tablas. ¿Pero salvará la tirada? Porreando. Po­rreando.

Empujó la puerta batiente de cristal y entró, pisando pa­pel de envolver esparcido por el suelo. Por un sendero de tambores golpeteantes se dirigió al gabinete de lectura de Nannetti.

Hynes aquí también: informe sobre el entierro probable­mente. Porreando. Porrazo.

CON VERDADERO DESCONSUELO
ANUNCIAMOS LA DESAPARICIÓN
DE UN CIUDADANO DUBLINÉS MUY RESPETABLE

Esta mañana los restos del que fuera Mr. Patrick Dignam. Máquinas. Le hacen a uno añicos si le echan el guante. Diri­gen el mundo hoy en día. Su maquinaria dale que te pego también. Como éstas, descontroladas: fermentando. Traba­jando mucho, afanándose mucho. Y aquella vieja rata gris afanándose por entrar.

COMO SALE A LA CALLE UN GRAN ÓRGANO DIARIO

Mr. Bloom se detuvo tras el cuerpo seco del administra­dor, admirando una lustrosa coronilla.

Qué extraño que nunca haya visto su verdadero país.. Ir­landa mi país. Diputado por College Green. Aireó bien aquel filón de trabajador de a pie todo lo que pudo. Son los anuncios y la sección de morralla informativa de lo que vive un semanario, no las noticias atrasadas del boletín ofi­cial. La reina Ana ha muerto. Publicado oficialmente en el año mil y. Heredad sita en el municipio de Rosenallis, ba­ronía de Tinnahinch. A todo el que pueda interesar inven­tario de conformidad con las normas vigentes detallando una partida de mulas y alfaraces exportados desde Ballina. Notas agrícolas. Donaires. Chascarrillo semanal de Phil Blake. La página para pequeñines del tío Toby. Consulto­rio de palurdos. Estimado Sr. Director ¿cuál es la mejor cura para la flatulencia? Me gustaría ese papel. Se aprende muchísimo enseñando a otros. Ecos de sociedad. C.T.F. Casi todo fotograbados. Bañistas bien proporcionadas en playa dorada. El globo más grande del mundo. Doble boda de hermanas se celebró. Dos novios que se ríen con ganas el uno del otro. Cuprani también, impresor. Más irlandés que los irlandeses.

Las máquinas golpeteaban al compás de tres por cuatro. Porrazo, porrazo, porrazo. Y si se quedara ahí paralizado y nadie supiera cómo pararlas seguirían golpeteando una y otra vez lo mismo, imprimiéndolo una y otra vez y de arriba abajo y delante y detrás. Saldría todo emborronado. Hace falta una cabeza bien puesta.

—Bueno, inclúyalo en la edición de la noche, concejal, dijo Hynes.

Pronto le ha de llamar el señor alcalde. Long John le apo­ya, dicen.

El administrador, sin contestar, garabateó prensa en un extremo de la hoja e hizo una seña a un cajista. Le alargó la hoja silenciosamente por encima de la mampara de cristal sucia.

—De acuerdo: gracias, dijo Hynes yéndose.

Mr. Bloom le bloqueó el paso.

—Si quiere cobrar el cajero se va a almorzar ahora mismo, dijo, señalando hacia detrás con el pulgar.

—¿Cobró usted? preguntó Hynes.

—Mmm, dijo Mr. Bloom. Aligere y le pillará.

—Gracias, viejo, dijo Hynes. Le daré un toque yo tam­bién.

Se apresuró ansiosamente hacia la oficina del Freeman's journal.

Tres chelines que le presté en la taberna Meagher. Tres se­manas. Tercera indirecta.

VEMOS AL AGENTE DE PUBLICIDAD EN EL TRABAJO

Mr. Bloom colocó el recorte en el escritorio de Mr. Nanetti.

—Perdone, concejal, dijo. Este anuncio, comprende. Ya­ves ¿lo recuerda?

Mr. Nanetti examinó el recorte un rato y asintió.

—Quiere que aparezca en julio, dijo Mr. Bloom.

El administrador acercó el lápiz hacia el recorte.

—Pero espere, dijo Mr. Bloom. Lo quiere cambiar. Yaves, comprende. Quiere dos llaves arriba.

Ruido infemal que hacen. No lo oye. Nannan. Nervios de acero. Quizá entienda lo que yo.

El administrador se volvió para oír pacientemente y, le­vantando un codo, empezó a rascarse lentamente el sobaco de la chaqueta de alpaca.

—Así, dijo Mr. Bloom, cruzando los índices por la parte de arriba.

Que entienda eso primero.

Mr. Bloom, levantando la mirada de soslayo desde la cruz que había hecho, vio la cara cetrina del administrador, creo que tiene algo de ictericia, y más allá las obedientes bobinas introducían enormes pliegos de papel. Golpetéalo, golpetéa­lo. Millas y millas desembobinadas. ¿Qué hacen con eso des­pués? Pues para envolver carne, paquetes: usos varios, miles de cosas.

Dejando caer sus palabras diestramente en las pausas del golpeteo dibujó rápidamente en la madera arañada.

LA CASA DE Y(LL)AVES

—Así ¿comprende? Dos llaves cruzadas aquí. Un círculo. Y aquí el nombre. Alexander Yaves, traficante de té, vino y licores. Y otras cosas.

Mejor que no le enseñe su propio oficio.

—Usted mismo sabe, concejal, exactamente lo que quiere. Luego por arriba en espaciado: la casa de llaves. ¿Compren­de usted? ¿Cree usted que es buena idea?

El administrador bajó la mano rascadora a las costillas in­feriores y rascó allí tranquilamente.

—La idea, dijo Mr. Bloom, es la casa de las llaves. Ya sabe usted, concejal, el parlamento de Man. Insinuando autono­mía. Turistas, ya sabe usted, de la isla de Man. Atrae la aten­ción, comprende. ¿Puede usted hacerlo?

Podría preguntarle quizá por la pronunciación de voglio. Pero y si no lo supiera le pondría en un aprieto. Mejor no.

—Podemos hacerlo, dijo el administrador. ¿Tiene usted el diseño?

—Lo puedo conseguir, dijo Mr. Bloom. Estaba en un pe­riódico de Kilkenny. Él tiene allí una casa además. Me acer­caré por allí y se lo pediré. Bueno, puede usted hacerlo y tan sólo un breve texto que llame la atención. Ya sabe usted lo de costumbre. Establecimiento de alta categoría con licencia para expender bebidas. Lo que siempre ha esperado. Y otras cosas.

El administrador pensó un instante.

—Podemos hacerlo, dijo. Que nos renueve por tres meses. Un cajista le trajo una galerada lacia. Empezó a repasarla silenciosamente. Mr. Bloom esperó, oyendo los fuertes lati­dos de los cigüeñales, observando a los silenciosos cajistas con sus cajas.

ORTOGRÁFICO

Hay que asegurarse de que no hay faltas de ortografia. Fie­bre de pruebas. Martin Cunningham se olvidó de damos su adivinanza ortográfica esta mañana. Es divertido avistar el embaru con ere ¿no es así? con elle amiento sin par con ere alelo de un buhonero con be y hache intercalada preocupa­do mientras ponderaba be la simetría acento de una pera pe­lada junto al muro de una crucería. Tonto ¿verdad? Crucería añadido claro está por lo de la simetría.

Debería haber dicho yo cuando se encasquetó la chiste­ra. Gracias. Tenía que haber dicho yo algo sobre un som­brero viejo o algo. No. Podía haber dicho. Parece nuevo ahora. Verle la jeta entonces.

Sllt. La plancha inferior de la primera máquina empelló adelante el sacador con sllt el primer lote de periódicos ple­gados en ocho. Sllt. Casi humana la forma en que sllt para llamar la atención. Haciendo todo lo que podía por hablar. Esa puerta también sllt chirriando, pidiendo que se la cierre. Cada cosa habla a su modo. Sllt.

CÉLEBRE ECLESIÁSTICO COLABORADOR OCASIONAL

El administrador devolvió la galerada repentinamente, di­ciendo:

—Espere. ¿Dónde está la carta del arzobispo? Hay que re­petirla en el Telegraph. ¿Dónde está cómo se llame?

Miró a su alrededor en torno a sus ruidosas máquinas que no contestaban.

—¿Monks, señor? preguntó una voz desde la platina.

—Eso es. ¿Dónde está Monks?

—¡Monks!

Mr. Bloom recogió el recorte. Hora de largarse.

—Entonces conseguiré el diseño, Mr. Nannetti, dijo, y lo colocará usted en un buen sitio lo sé.

—¡Monks!

—Sí, señor.

Renovación de tres meses. Tengo que desahogarme prime­ro. Intentarlo de todas formas. Dejarlo caer para agosto: bue­na idea: mes de la feria del caballo. Ballsbndge. Habrá turis­tas para la feria.

UN CAPATAZ

Prosiguió su camino por la sala de cajas, dejando atrás a un viejo, encorvado, binoculado, amandilado. El viejo Monks, el capataz. Cantidad de casos raros que habrán pasado por sus manos en sus años: necrológicas, anuncios de tabernas, discur­sos, casos de divorcio, encontrados ahogados. Acercándose a sus últimas ya. Hombre sobrio y serio con algo en la caja de ahorros diría yo. Esposa buena cocinera y lavandera. Hija en su máquina de coser de la salita. Juana la llana, sin tonterías.

Y ERA LA FIESTA DE LA PASCUA JUDÍA

Hizo un alto en el camino para observar a un cajista distri­buyendo meticulosamente los tipos. Lo lee al revés primero. Rápidamente lo hace. Debe de requerir cierta práctica eso. mangiD kcirtaP. Pobre papá con su libro de la Haggada, le­yéndome al revés con el dedo. Pesaj. El año próximo en Je­rusalén. ¡Dios mío, Dios mío! Todo ese largo peregrinar de un lado para otro que nos sacó de la tierra de Egipto y nos llevó a la casa de servidumbre alleluia. Shema Israel Adonai Elohenu. No, eso es lo otro. Luego los doce hermanos, los hi­jos de Jacob. Y luego el cordero y el gato y el perro y el palo y el agua y el carnicero. Y luego el ángel de la muerte mata al carnicero y éste mata al buey y el perro mata al gato. Suena un poco tonto hasta que te paras a mirarlo a fondo. Justicia es lo que quiere decir pero se trata de todo el mundo co­miéndose a todos los demás. Es la vida después de todo. Qué rápidamente hace esa tarea. La práctica lleva a la perfección. Parece ver con los dedos.

Mr. Bloom salió del ruido del golpeteo por la galería al descansillo. Y me voy a ir en tranvía hasta allí para que lue­go él no esté quizá. Mejor que le telefonee primero. ¿El nú­mero? Sí. El mismo que el de la casa de Citron. Veintiocho. Veintiocho cuatro cuatro.

SÓLO UNA VEZ MÁS ESE JABÓN

Bajó las escaleras de la casa. ¿Quién demonios habrá pin­tarrajeado en las paredes con cerillas? Parece como si lo hu­bieran hecho por una apuesta. Intenso olor grasiento que hay siempre en esas máquinas. A pegamento tibio olía ahí al lado en Thom cuando estuve allí.

Sacó el pañuelo para llevárselo a la nariz. ¿Cidrolimón? Ah, el jabón que puse ahí. Lo perderé en ese bolsillo. Al guar­dar el pañuelo sacó el jabón y lo guardó, abotonado, en el bolsillo del pantalón.

¿Qué perfume usa tu mujer? Podría irme a casa aún: tran­vía: algo que olvidé. Sólo a ver: antes de: vistiéndose. No. Aquí. No.

Una repentina carcajada estruendosa salió de la oficina del Evening Telegraph. Sé quien es. ¿Qué pasará? Me pasaré un minuto a telefonear. Es Ned Lambert.

Entró suavemente.

ERÍN, VERDE GEMA DEL MAR PLATEADO

—El espectro avanza repartiendo pasta, murmuró el pro­fesor MacHugh suavemente, degalletaslleno al polvoriento cristal de la ventana.

Mr. Dedalus, desviando la mirada atenta de la chimenea vacía a la cara inquisidora de Ned Lambert, preguntó a ésta agriamente:

—¡Por las llagas de Cristo! ¿No te daría ardores en el culo?

Ned Lambert, sentado en la mesa, continuó leyendo:

—O también, reparad en el serpenteo de un gorgoteante ria chuelo que murmulla en su curso, si bien riñendo con los obstácu­los petrosos, hacia las agitadas aguas de los azulados dominios de Neptuno, por entre márgenes de musgo, abanicado por los más suaves céfiros, mecido por la gloriosa luz del sol o bajo las sombras que se agolpan sobre su pecho meditabundo por el cimbrado folla­je de los gigantes de la espesura. ¿Qué le parece, Simon? pre­guntó por encima del borde del periódico. ¿Qué le parece eso, eh?

—Mezclando bebidas, dijo Mr. Dedalus.

Ned Lambert, riéndose, se golpeó con el periódico en las rodillas, repitiendo:

—El pecho meditabundo y el cimbranalgado follaje. ¡Hay que ver! ¡Hay que ver!

—Y Jenofonte dejó caer la mirada sobre Maratón, dijo Mr. Dedalus, mirando otra vez la chimenea y de allí a la ven­tana, y Maratón miró al mar.

—Ya está bien, exclamó el profesor MacHugh desde la ventana. No quiero oír más tonterías.

Terminó de comer la galleta en cuarto creciente que había estado mordisqueando y, hambreado, se dispuso a mordis­quear la galleta de la otra mano.

Rimbombancias. Floripondios. Ned Lambert se va a coger un día libre por lo que veo. Más bien le estropea a uno el día, un entierro desde luego lo estropea. Tiene influencia dicen. El viejo Chatterton, el rector, es su tío—abuelo o tío—bisabuelo. Cerca de los noventa dicen. Artículo de fondo para su muer­te escrito desde hace tiempo quizá. Sigue vivo por fastidiarlos. Puede que caiga él primero. Johnny, haz sitio a tu tío. El muy honorable Hedges Eyre Chatterton. Diría que le extiende uno o dos talones temblorosos de vez en cuando para un apuro. El gordo le va a tocar cuando estire la pata. Aleluya.

—Y aún hay algo más, dijo Ned Lambert.

—¿De qué se trata? preguntó Mr. Bloom.

—Un fragmento descubierto recientemente de Cicerón, contestó el profesor MacHugh en tono pomposo. Nuestra hermosa tierra.

CORTO PERO AL GRANO

—¿La tierra de quién? dijo Mr. Bloom sencillamente.

—Una pregunta de lo más pertinente, dijo el profesor en­tre masticaciones. Con énfasis en de quién.

—De Dan Dawson, dijo Mr. Dedalus.

—¿Es su discurso de anoche? preguntó Mr. Bloom.

Ned Lambert asintió.

—Pero escuchen esto, dijo.

El pomo de la puerta le pegó a Mr. Bloom en los riñones al abrirse hacia dentro de un empujón.

—Discúlpeme, dijo J. J. O'Molloy, entrando.

Mr. Bloom se echó resueltamente a un lado.

—Disculpe usted, dijo.

—Buenos días, Jack.

—Pase. Pase.

—Buenos días.

—¿Cómo está, Dedalus?

—Bien. ¿Y usted?

J. J. O'Molloy sacudió la cabeza.

TRISTE

El tipo más agudo entre los jóvenes abogados solía ser. Decadencia pobre hombre. Esos arreboles febriles indican el fin de un hombre. Está que se va. Qué está pasando, me pre­gunto. Preocupaciones económicas.

—O también si al menos trepásemos hasta los picachos de las api­ñadas montañas.

—Tiene un aspecto estupendo.

—¿Se puede ver al director? preguntó J. J. O'Molloy, mi­rando hacia la puerta interior.

—Claro que sí, dijo el profesor MacHugh. Se le puede ver y oír. Está en su sanctasanctórum con Lenehan.

J. J. O'Molloy fue lentamente hasta el escritorio inclinado y empezó a pasar para atrás las páginas rosas de la carpeta.

Clientela mengua. Un podíahabersido. Descorazonándo­se. Juego. Deudas de honor. Recogiendo tempestades. Solía conseguir buenos anticipos de D. y T. Fitzgerald. Las pelucas para mostrar la materia gris. Con los sesos en la mano como la estatua en Glasnevin. Creo que escribe algo para el Express con Gabriel Conroy. Tipo muy instruido. Myles Crawford empezó en el Independent. Curioso cómo giran con el viento esos periodistas en cuanto huelen una vacante. Veletas. Siempre cambiando de chaqueta. No sabría a quién creer. Una historia te parece buena hasta que oyes la siguiente. Se tiran al cuello unos a otros sin más en los periódicos y luego todo queda en nada. Cómo te va hombre al momento si­guiente.

—Ah, escuchen esto por el amor de Dios, imploró Ned Lambert. 0 también si al menos trepásemos hasta los picachos de las apiñadas montañas...

—¡Ampulosidad! interrumpió el profesor malhumorada­mente. ¡Ya tenemos bastante de tanta filatería!

—Picachos, prosiguió Ned Lambert, que se remontan hasta lo más alto, para bañar nuestras almas, por decirlo así...

—Para que le bañen la boca, dilo Mr. Dedalus. ¡Dios san­to y eterno! ¿Sí? ¿Está tomando algo para eso?

Por decirlo así, en elpanorama sin par delportfolio de Irlanda, incomparable, a pesar de sus bien aclamados prototipos en otras ex­celentes regiones alardeadas, por su propia belleza, de boscosa arbo­leda y llanos ondulantes y pastos suculentos de verde primavera¿ saturadas de translúcido fulgor trascendente de nuestro apacibley mis­terioso crepúsculo irlandés...

—La luna, dijo el profesor MacHugh. Se ha olvidado de Hamlet.

SU JERGA NATAL

Que envuelve el paisaje a lo ancho y largo hasta que el fulgu­rante orbe de la luna refulja para irradiar su plateada efulgencia...

—¡Vaya! exclamó Mr. Dedalus, dando rienda suelta a un quejido desesperanzado. ¡Caca podrida! Ya está bien, Ned. La vida es demasiado corta.

Se quitó el sombrero de copa y, soplándose impaciente­mente el frondoso bigote, se peinó el pelo a lo galés con el rastrillo de los dedos.

Ned Lambert echó el periódico a un lado, riéndose entre dientes muy a gusto. Un instante después una ronca tos en risotada reventó en la cara desafeitada con gafas negras del profesor MacHugh.

—¡Blandengue! exclamó.

LO QUE DIJO WETHERUP

Muy bonito burlarse de esto ahora una vez imprimido pero se lo tragan como rosquillas después de todo. Estuvo trabajando en la rama de panadería además ¿no? Por eso lo llaman Blandengue. Supo arrimarse a buen árbol de todas formas. La hija prometida a ese tipo de la oficina de contri­buciones con coche. Lo enganchó pero que muy bien. Fies­tas. Hospitalidad. Comilonas. Wetherup siempre lo dijo. Se les atrapa por el estómago.

La puerta interior se abrió violentamente y una cara escar­lata picuda, coronada con una cresta de pelo plumoso, pene­tró por ella. Los Ojos de intenso azul miraron fijamente alre­dedor y la voz áspera preguntó:

—¿Qué pasa?

—¡Y aquí llega el caballero de pega en persona! dijo el pro­fesor MacHugh grandiosamente.

—¡Váyase al cuerno, so jodido pedagogo! dijo el director en reconocimiento.

—Venga, Ned, dijo Mr. Dedalus, poniéndose el sombre­ro. Necesito una copa después de esto.

—¡Copas! exclamó el director. No se sirven copas antes de la misa.

—Tiene mucha razón, dijo Mr. Dedalus, saliendo. Va­mos, Ned.

Ned Lambert se ladeó para bajar de la mesa. Los ojos azu­les del director vagaron hacia la cara de Mr. Bloom, nublada por una sonrisa.

——Nos acompaña, Myles? preguntó Ned Lambert.

GLORIOSAS BATALLAS REMEMORADAS

—¡La milicia de North Cork! exclamó el director, acercán­dose a largos pasos hasta la repisa de la chimenea. ¡Ganába­mos todas las veces! ¡Oficiales de North Cork y españoles!

—¿Dónde fue eso, Myles? preguntó Ned Lambert echan­do un vistazo pensativo a sus punteras.

—¡En Ohio! gritó el director.

—Sí, claro, rediez, asintió Ned Lambert.

Al salir susurró a J. J. O'Molloy:

—Temblores incipientes. Un caso penoso.

—¡Ohio! graznó el director en tono de tiple alto desde su levantada cara escarlata. ¡Mi Ohio!

—¡Un crético perfecto! dijo el profesor. Larga, breve y larga.

¡OH, ARPA EOLIA!

Sacó un carrete de hilo interdental del bolsillo del chaleco y, cortando un trozo, lo hizo vibrar esmeradamente entre dos y dos de sus resonantes dientes sin limpiar.

—Bimban, bamban.

Mr. Bloom, al ver que no había moros en la costa, se diri­gió a la puerta interior.

—Un momento, Mr. Crawford, dijo. Quería tan sólo ha­cer una llamada acerca de un anuncio.

Entró.

—¿Qué pasa con el editorial de esta noche? preguntó el profesor MacHugh, acercándose al director y poniéndole una mano firme en el hombro.

—Todo irá bien, dijo Myles Crawford más calmadamen­te. No se preocupe. Hola, Jack. Irá bien.

—Buenos días, Myles, dijo J. J. O'Molloy, dejando que las páginas que sostenía se deslizaran laciamente otra vez dentro de la carpeta. ¿Aparece el caso del timo ese de Canadá hoy?

El teléfono ronroneó dentro.

—Veintiocho. No. Veinte. Cuatro cuatro, sí.

DESCUBRIR AL GANADOR

Lenehan salió del despacho interior con las pruebas de los Deportes.

—¿Quién quiere una pista segura para la Copa de Oro? preguntó. Cetro con O. Madden encima.

Echó las pruebas sobre la mesa.

Chillidos de muchachos gaceteros descalzos en el vestíbu­lo se acercaron apremiantes y la puerta se abrió de golpe.

—Callad, dijo Lenehan. Oigo pidasas.

El profesor MacHugh atravesó la habitación a largos pasos y cogió al encogido granujilla por el cuello de la camisa mientras los otros salían precipitadamente del recibidor y escaleras aba­jo. Las pruebas crujieron con la corriente, flotaron suavemente en el aire pintarrajos azules y bajo la mesa cayeron a tierra.

—No he sido yo, señor. Fue ese grandullón que me empu­jó, señor.

—Échelo y cierre la puerta, dijo el director. Sopla un hu­racán.

Lenehan empezó a recoger manoteando las pruebas del suelo, rezongando al agacharse dos veces.

—Esperando el especial de las carreras, señor, dijo el gace­tero. Fue Pat Farrell el que me empujó, señor.

Señaló a dos caras que miraban asomadas al marco de la puerta.

—Ése, señor.

—Fuera de aquí, dijo el profesor MacHugh bruscamente.

Echó al chico a empellones y dio un portazo.

J. J. O'Molloy pasaba chascando las carpetas, murmuran­do, buscando:

—Continúa en la página seis, cuarta columna.

—Sí, aquí el Evening Telegraph, telefoneaba Mr. Bloom desde el despacho interior. ¿Está el patrón...? Sí, Telegraph.... ¿Adónde? ¡Ya! ¿Qué salón de subastas? ... ¡Ya! Entiendo. Bien. Lo atraparé.

SOBREVIENE UNA COLISIÓN

El timbre ronroneó de nuevo al colgar. Entró apresurada­mente y se chocó con Lenehan que se levantaba trabajosa­mente con la segunda hoja.

—Pardon, monsieur, dijo Lenehan, agarrándose a él un ins­tante y haciendo una mueca.

—Por mi culpa, dijo Mr. Bloom, aguantando el agarrón. ¿Se ha hecho daño? Tengo prisa.

—La rodilla, dijo Lenehan.

Puso cara de broma y gimió, restregándose la rodilla: —La acumulación del anno Domini.

—Lo siento, dijo Mr. Bloom.

Fue a la puerta y, manteniéndola entreabierta, se paró. J. J. O'Molloy pasaba las pesadas páginas a manotazos. El ruido de dos voces estridentes, y una armónica, de los gace­teros en cuclillas en los escalones de la puerta resonaba en el desnudo vestíbulo:

—Somos los chicos de Wexford

que lucharon con la espaday el corazón.

SALE BLOOM

—Voy sólo a darme una vuelta al Bachelor's Walk, dijo Mr. Bloom, por lo de ese anuncio para Yaves. Quiero dejar­lo solucionado. Me dicen que está por allí en Dillon.

Les miró un momento indecisamente a las caras. El direc­tor que, echado contra la repisa de la chimenea, había apoya­do la cabeza en la mano, repentinamente extendió hacia de­lante un brazo en toda su amplitud.

—¡Várase! dijo. Tiene el mundo por delante.

—Vuelvo en seguida, dijo Mr. Bloom, saliendo ligero.

J. J. O'Molloy cogió las pruebas de la mano de Lenehan y las leyó, soplando delicadamente para separarlas, sin hacer comentario.

—Conseguirá ese anuncio, dijo el profesor, mirando fija­mente a través de sus lentes de montura negra por encima de las cortinillas. Miren a esos pillos detrás de él.

—Dígame. ¿Dónde? exclamó Lenehan, corriendo hacia la ventana.

UN CORTEJO CALLEJERO

Ambos sonrieron por encima de las cortinillas a la fila de gaceteros que hacían el tonto tras la estela de Mr. Bloom, el último zigzagueando, blanca en la brisa cometa quimérica, una cola de blancos lazos.

—Miren al granuja detrás de él en ladra, dijo Lenehan, y se tronchará de risa. ¡Ay, es como para desternillarse! Imitán­dole los torpes pies planos y los andares. Las cogen al vuelo. Más listos que el hambre.

Empezó una mazurca en veloz caricatura a través de la habitación sobre deslizantes pies pasando la chimenea has­ta J. J. O'Molloy que colocó las pruebas en sus manos re­ceptoras.

—¿Qué es eso? dijo Myles Crawford sobresaltado. ¿Dón­de han ido a parar los otros dos?

—Quiénes? dijo el profesor, dándose la vuelta. Han ido ahí abajo al Oval a echar un trago. Paddy Hooper está allí con Jack Hall. Vino anoche.

—Vámonos entonces, dijo Myles Crawford. ¿Dónde está mi sombrero?

Entró nerviosamente en el despacho interior, separando la abertura de la chaqueta, tintineando las llaves en el bolsillo de atrás. Tintinearon luego en el aire y contra la madera cuando acerrojó el cajón de su escritorio.

—Está medio cuba, dijo el profesor MacHugh en voz baja.

—Eso parece, dijo J. J. O'Molloy, sacando una pitillera mientras meditaba murmurando, pero no es siempre lo que parece. ¿Quién es el que tiene más cerillas?

EL CALUMET DE LA PAZ

Ofreció un cigarrillo al profesor y cogió otro para él. Lenehan puntualmente les encendió una cerilla y prendió sus cigarri­llos por turno. J. J. O'Molloy abrió su pitillera de nuevo y la ofreció.

—Gravy vous, dijo Lenehan, obsequiándose con uno.

El director llegó del despacho interior, un canotié torcido sobre la frente. Declamó cantando, mientras señalaba severa­mente al profesor MacHugh:

—Fue rango y fama lo que os tentó,

fue el imperio lo que os cautivó el corazón.

El profesor sonrió burlonamente, sellando sus largos la­bios.

—¿Eh? ¿El jodido imperio romano? dijo Myles Crawford. Cogió un cigarrillo de la pitillera abierta. Lenehan, encen­diéndoselo con pronta gracia, dijo.

—¡Silencio para mi flamante acertijo!

Imperium romanum, J. J. O'Molloy dijo delicadamente. Suena más noble que británico o de Brixton. La palabra le re­cuerda a uno de algún modo la manteca en el fuego.

Myles Crawford lanzó su primera bocanada violentamen­te hacia el techo.

—Eso es, dijo. Nosotros somos la manteca. Usted y yo so­mos la manteca en el fuego. Tenemos las mismas posibilida­des que una bola de nieve en el infierno.

LA GRANDIOSIDAD QUE TUVO ROMA

—Un momento, dijo el profesor MacHugh, alzando dos pacíficas zarpas. No nos dejemos llevar por las palabras, por los sonidos de las palabras. Pensamos en Roma, imperial, im­periosa, imperativa.

Extendió brazos elocucionanos por entre raídos puños manchados, haciendo una pausa:

—¿Cómo fue su civilización? Grande, lo reconozco: pero detestable. Cloacae: cloacas. Los judíos en el desierto y en la cima de la montaña dijeron: Es bueno quedarnos aquí. Constru­yamos un altar a jehová. El romano, como el inglés que le si­gue los pasos, trajo consigo a cada nueva orilla que pisó (la nuestra no la pisó nunca) sólo su obsesión cloacal. Miró a su alrededor con su toga y dijo: Es bueno quedarnos aquí. Constru­yamos un excusado.

—Lo que consiguientemente hicieron, dijo Lenehan. Nuestros ancianos antepasados, como podemos leer en el primer capítulo del Gumness, tenían debilidad por las co­rrenteras.

—Eran caballeros de la naturaleza, murmuró J. J. O'Molloy. Pero también tenemos el derecho romano.

—Y Poncio Pilatos su profeta, respondió el profesor MacHugh.

—¡Conocéis la historia del barón jerarca Palles? preguntó J. J. O'Molloy. Sucedió en la cena de la Royal University. Todo iba a pedir de boca.....

—Primero mi acertijo, dijo Lenehan. ¿Están listos?

Mr. O'Madden Burke, alto en opulento gris de paño de Donegal, entró del vestbulo. Stephen Dedalus, detrás de él, se descubrió al entrar.

—Entrez, mes enfants! exclamó Lenehan.

—Escolto a un suplicante, dijo Mr. O'Madden Burke me­lodiosamente. La juventud guiada por la Experiencia visita a la Celebridad.

—¿Cómo está usted? dijo el director, extendiendo la mano. Entre. Su viejo acaba de irse.

¿??

Lenehan les dijo a todos:

—¡Silencio! ¿Qué ópera se parece a un árbol florido? Re­flexionen, ponderen, excogiten, respondan.

Stephen entregó las hojas mecanografiadas, señalando al título y a la firma.

—¿Quién? preguntó el director.

Trozo arrancado.

—Mr. Garrett Deasy, dijo Stephen.

—Ese viejo putañero, dijo el director. ¿Quién lo arrancó? ¿Le cogió desprevenido?

En llameante vela veloz
del sury de la tormenta
viene, pálido vampiro,
boca a mi boca.

—Buenos días, Stephen, dijo el profesor, acercándose a mirar por encima de sus hombros. ¿Fiebre aftosa? ¿Se ha vuelto...?

Bardo valedor de bueyes.

BRONCA EN CONOCIDO RESTAURANTE

—Buenos días, señor, contestó Stephen sonrojándose. La carta no es mía. Mr. Garrett Deasy me pidió que ...

—Ah, le conozco, dijo Myles Crawford, y conocí a su mu­jer también. La más jodida vieja pendona que jamás haya he­cho Dios. ¡Jesús, ésa sí que tenía fiebre aftosa de eso no hay duda! Aquella noche que le tiró la sopa a la cara al camarero del Star and Garter. ¡Jojó!

La mujer introdujo el pecado en el mundo. Por Helena, la esposa fugada de Menelao, durante diez años los griegos. O'Rourke, príncipe de Breffiii.

—¿Es viudo? preguntó Stephen.

—Sí, pero al acecho, dijo Myles Crawford, el ojo reco­rriendo la página mecanografiada. Los caballos del empera­dor. Habsburgo. Un irlandés le salvó la vida en las defensas de Viena. ¡No lo olviden! Maximiliano Karl O'Donnelll, conde von Tirconnell en Irlanda. Envió allí a su heredero para hacer al rey, un mariscal de campo austriaco. Va a haber líos allí un día de estos. Gansos salvajes. Sí, sí, siempre. ¡No olviden eso!

—El aspecto más discutible es si lo olvidó él, dijo J. J. O'Molloy quedamente, dándole vueltas a un pisapapeles en forma de herradura. Salvar príncipes es una tarea que sue­le recompensarse.

El profesor MacHugh se volvió hacia él.

—¿Y si no? dijo.

—Les diré cómo fue, empezó Myles Crawford. Un húnga­ro fue que un día ...

CAUSAS PERDIDAS

SE MENCIONA A NOBLE MARQUÉS

—Siempre fuimos fieles a causas perdidas, dijo el profesor. El éxito para nosotros es la muerte del intelecto y de la ima­ginación. Nunca fuimos fieles a los triunfadores. Les servi­mos. Yo enseño la gárrula lengua latina. Hablo el idioma de una raza que tiene como el súmmum de su mentalidad la máxima: el tiempo es dinero. Dominación material. Domi­ne! ¡Señor! ¿Dónde está la espiritualidad? ¿Nuestro Señor Je­sús? ¿Nuestro Señor Salisbury? Un sillón en un club del West End. ¡Pero el griego!

KIRIE ELEISÓN!

Una sonrisa de luz iluminó sus ojos con monturas negras, alargó sus largos labios.

—¡El griego! dijo otra vez. Kyrios! ¡Palabra rutilante! Voca­les que el semita y el sajón no conocen. Kirie! Resplandor del intelecto. Yo debería dedicarme al griego, la lengua de la mente. Kirie eleisón! El constructor de excusados y el cons­tructor de cloacas nunca serán señores de nuestro espíritu. Somos vasallos de la caballería católica de Europa que se hundió en Trafalgar y del imperio del espíritu, no un impe­rium, que se fue a pique con las flotas atenienses en Egos Po­tamos. Sí, sí. Se fueron a pique. Pirro, desorientado por un oráculo, hizo un último intento por salvar los destinos de Grecia. Fiel a una causa perdida.

Se alejó de ellos a largos pasos hasta la ventana.

—Fueron a luchar, dijo Mr. O'Madden Burke grismente, pero siempre caían.

—¡Buaaa! lloraba Lenehan haciendo un poco de ruido. Debido a un ladrillo que recibió en la segunda mitad de la matinée. ¡Pobre, pobre, pobre Pirro!

Susurró luego al oído de Stephen:

LA QUINTILLA JOCOSA DE LENEHAN

Hay un sabio aburrido MacHugh

que anteojos gasta tintados.

Si siempre ve doble al mus

¿pa' qué molestarse en llevarlos?

No véole la gracia. ¿Y tú?

De luto por Salustio, dice Mulligan. Al que se le ha muer­to la madre bestialmente.

Myles Crawford se metió las hojas apretadamente en un bolsillo lateral.

—Todo irá bien, dijo. Leeré el resto después. Todo irá bien.

Lenehan extendió las manos en protesta.

—¡Pero y mi acertijo! dijo. ¿Qué ópera es como un árbol florido?

—¿Ópera? la cara de esfinge de Mr. O'Madden Burke re­dobló.

Lenehan anunció alegremente:

—La rosa de Castilla. ¿Ven el truco? Rosa de cas tilla. ¡Diantre!

Le dio un leve codazo a Mr. O'Madden Burke en el bazo. Mr. O'Madden Burke cayó hacia atrás grácilmente sobre su paraguas, fingiendo un jadeo.

—¡Auxilio! suspiró. Siento una gran debilidad.

Lenehan, poniéndose de puntillas, le abanicó la cara rápi­damente con las pruebas crujientes.

El profesor, volviendo por donde las carpetas, barrió con la mano las corbatas desanudadas de Stephen y de Mr. O'Madden Burke.

—París, pasado y presente, dijo. Parecen ustedes de la Co­muna.

—Como tipos que hubieran volado la Bastilla, dijo J. J. O'Molloy con queda burla. t0 fueron ustedes los que dispararon al gobernador general de Finlandia entre los dos? Tienen toda la pinta de haber sido los que han cometido el hecho. General Bobrikoff.

—Sólo estábamos pensándolo, dijo Stephen.

OMNIUM RÉVOLUTUM

—Todos los talentos, dijo Myles Crawford. Las leyes, los clásicos ...

—El turf, insertó Lenehan.

—La literatura, la prensa.

—Si Bloom estuviera aquí, dijo el profesor. El noble arte de la publicidad.

—Y Madame Bloom, añadió Mr. O'Madden Burke. La musa vocalista. La primera favorita de Dublín.

Lenehan tosió fuertemente.

—¡Ejem! dijo muy suavemente. ¡Vaya, qué daría por un aire de bocanada fresca! Me resfrié en el parque. La cancela estaba abierta.

«¡PUEDE HACERLO!»

El director puso una mano nerviosa en el hombro de Stephen.

—Quiero que escriba algo para mí, dijo. Algo con gancho. Puede hacerlo. Se lo noto en la cara. En el vocabulario de la ju­ventud .....

Lo noto en la cara. Lo noto en la mirada. Vago intrigante ocioso.

—¡Fiebre aftosa! exclamó el director con desdeñosa invec­tiva. Gran asamblea nacionalista en Borris—in—Ossory. ¡Qué coño! ¡Acojonando al público! Déles algo con gancho. Mé­tanos a todos en ello, maldita sea su alma. Padre, Hijo y Es­píritu Santo y M'Carthy el Letrina.

—Todos podemos suministrar pábulo mental, dijo Mr. O'Madden Burke.

Stephen levantó los ojos a la intensa mirada desatenta. —Le quiere para el equipo de currinches, dijo J. J. O'Molloy.

EL GRAN GALLAHER

—Usted puede hacerlo, repitió Myles Crawford, apre­tando el puño para enfatizar. Espere un momento. Parali­zaremos Europa como Ignatius Gallaher solía decir cuan­do andaba a la caza de un empleo, echando una mano en los billares en el Clarence. Gallaher, ése sí que era un pe­riodista. Ésa era una pluma. ¿Sabe cómo consiguió su tan­to? Se lo diré. Fue el mejor trabajo de periodismo que se ha visto jamás. Fue en el ocheintaiuno, el seis de mayo, en tiempos de los invencibles, el asesinato en el parque Phoenix, antes de que usted naciera, supongo. Se lo ense­ñaré.

Se abrió camino a empujones hasta las carpetas.

—Mire aquí, dijo volviéndose. El New York World telegra­fió para conseguir una exclusiva. ¿Recuerdan aquellos tiem­pos?

El profesor MacHugh asintió.

—New York World, dijo el director, emocionadamente echándose hacia atrás el canotié. Donde tuvo lugar. Tim Kelly, o Kavanagh mejor dicho. Joe Brady y los demás. Don­de el Pellejocabra llevó el coche. Toda la ruta ¿ven?

—El Pellejocabra, dijo Mr. O'Madden Burke. Fitzhams. Ese que tiene el albergue del cochero aquel, dicen, allá por el puente Butt. Holohan me lo dijo. ¿Conocen a Holohan?

—Cojo y me llevo una ¿no? dijo Myles Crawford.

—Y el pobre Gumley también anda por ahí, según me dijo, vigilando piedras para la corporación municipal. Guar­da de noche.

Stephen se volvió sorprendido.

—¿Gumley? dijo. ¡No me diga! Amigo de mi padre ¿no es así?

—Olvídese de Gumley, exclamó Myles Crawford airada­mente. Deje que Gumley vigile las piedras, que no se esca­pen. Mire aquí. ¿Qué hizo Ignatius Gallaher? Se lo diré. Ins­piración del genio. Telegrafió de inmediato. ¿Tienen Freeman Semanal 17 de marzo? Bien. ¿Lo cogen?

Buscó hacia atrás en las carpetas y plantó el dedo en un punto.

—Tomemos la página cuatro, anuncio de café Bransome, digamos. ¿Lo cogen? Bien.

El teléfono ronroneó.

UNA VOZ EN LA DISTANCIA

—Yo lo cogeré, dijo el profesor, yéndose.

—B es la cancela del parque. Estupendo.

El dedo daba saltos y tocaba un punto tras otro, vibrando.

—T es la residencia virreinal. C es donde se cometió el asesinato. K es la puerta de Knockmaroon.

Las carnes flojas del cuello se le estremecieron como la barba de un gallo. Una pechera postiza mal almidonada se le salió y con un gesto violento la volvió a meter por dentro del chaleco.

—¿Diga? Aquí el Evening Telegraph. ¿Diga? ... ¿Quién lla­ma? ... Sí ... Sí ... Sí.

—De F a P es la ruta que siguió el Pellejocabra con el coche para tener un alibi, Inchicore, Roundtown, Windy Arbour, Palmerston Park, Ranelagh. F. A. B. P. ¿Lo cogen? X es la taberna Davy en Upper Leeson Street.

El profesor se asomó a la puerta interior.

—Bloom está al teléfono, dijo.

—Dígale que se vaya al infierno, dijo el director puntual­mente. X es la taberna Davy ¿ven?

AGUDO, MUCHO

—Agudo, dijo Lenehan. Mucho.

—Se la sirvió en bandeja, dijo Myles Crawford, la jodida historia completa.

Pesadilla de la que nunca despiertas.

—Yo lo vi, dijo el director orgullosamente. Yo estaba pre­sente. Dick Adams, el jodido corquense con el mejor cora­zón de entre los que jamás haya dado Dios el soplo de la vida, y yo.

Lenehan hizo una reverencia a una figura de aire, al tiem­po que anunciaba:

—Madame, soy Adán. Y Abel antes de ver Elba.

—¡La historia! exclamó Myles Crawford. La Vieja, ese pe­1 nódico de Prince Street, llegó la primera. Hubo llanto y re­chinar de dientes por ello. De un anuncio. Gregor Grey ha­bía hecho el diseño. Eso le ayudó a subir. Luego Paddy Hoo­per se trajinó a Te Pe que le llevó al Star. Ahora está con Blumenfeld. Eso es la prensa. Eso es tener talento. ¡Pyatt! ¡Él, que fue papá de todos ellos!

—El padre del periodismo sensacionalista, confirmó Lenehan, y el cuñado de Chris Callinan.

—¿Oiga? ¿Está ahí? Sí, está aquí aún. Véngase usted para acá.

—¿Dónde se encuentra a un periodista como ése ahora, eh? exclamó el director.

Dejó caer las páginas.

—Odidamente jagudo, dijo Lenehan a Mr. O'Madden Burke.

—Muy avispado, dijo Mr. O'Madden Burke.

El profesor MacHugh llegó del despacho interior.

—Hablando de invencibles, dijo, han visto que unos ven­dedores ambulantes han sido llevados ante el magistrado....

—Sí, sí, dijo J. J. O'Molloy ansiosamente. Lady Dudley iba andando camino de su casa por el parque viendo los ár­boles que el ciclón del año pasado había tirado y se le ocu­rrió comprar una vista de Dublín. Y resultó ser una tarjeta conmemorativa de Joe Brady o del Número Uno o del Pe­llejocabra. ¡Justo delante de la residencia virreinal, imagí­nense!

—Sólo están en la sección de bagatelas, dijo Myles Crawford. ¡Bah! ¡La prensa y la abogacía! ¿Dónde se encuen­tra a un hombre ahora en la abogacía como aquellos de an­tes, como Whiteside, como Isaac Butt, como el picodeoro de O'Hagan. ¿Eh? Ah, sandeces. ¡Bah! Sólo de segunda fila.

Su boca continuó contrayéndose sin hablar en nervioso rictus de desdén.

¿Desearía alguna aquella boca para besarla? ¿Cómo lo sa­bes? ¿Por qué lo escribiste entonces?

RIMAS Y RAZONES RAZONADAS

Boca, soca. ¿Es la boca algo soca? ¿O la soca una boca? Algo debe haber. Soca, ñoca, toca, bloca. Rimas: dos hom­bres vestidos iguales, que parecen iguales, de dos en dos.

...................... la tua pace
............ che parlar ti piace
Mentre che il vento, come fa, si tace.

Las vio de tres en tres, chicas que se acercaban, de verde, de rosa, de rojo, entrelazándose, per l’aer perso, de malva, de púr­pura, quella pacifica oriafiamma, de oro onflama, di remirar fe più ardenti. Pero yo ancianos, penitentes, pies de plomo, baoscuri­dajo de la noche: boca soca: tumba entrañas chirumba.

—Hable por usted mismo, dijo Mr. O'Madden Burke.

NO OS PREOCUPÉIS DEL MAÑANA...

J. J. O'Molloy, sonriendo pálidamente, recogió el guante.

—Mi querido Myles, dijo, echando el cigarrillo a un lado, usted ha interpretado mal mis palabras. No hablo en favor, como ahora se propugna, de la tercera profesión qua profe­sión sino que sus piernas corquenses lo están llevando de­masiado lejos. ¿Por qué no se refiere también a Henry Grattan y a Flood y a Demóstenes y a Edmund Burke? A Ignatius Gallaher ya lo conocemos y a su jefe de Chapelizod, Harm­sworth el de la prensa de tres al cuarto, y a su primo america­no el de la porquería sensacionalista de Bowery por no men­cionar a Paddy Kelly's Budget, Pue's Occurrences y a nuestro vi­gilante amigo The Skibbereen Eagle. ¿Por qué referirse a un maestro de la elocuencia forense como Whiteside? Cada día tiene bastante con su periódico.

VÍNCULOS CON LOS DÍAS PASADOS DE ANTAÑO

—Grattan y Flood escribieron en este mismísimo periódi­co, le gritó el director a la cara. Voluntarios irlandeses. ¿Dónde estáis ahora? Fundado en 1763. Dr. Lucas. ¿A quién tie­nen ahora como John Philpot Currant? ¡Bah!

—Bueno, dijo J. J. O'Molloy, Bushe procurador de la co­rona, por ejemplo.

—¿Bushe? dijo el director. Bueno, sí: Bushe, sí. Ése sí lle­va algo de ello en la sangre. Kendal Bushe o mejor dicho Seymour Bushe.

—Hubiera sido magistrado desde hace ya tiempo, dijo el profesor, de no haber sido por .... Pero no importa.

J. J. O'Molloy se volvió a Stephen y dijo queda y lenta­mente:

—Creo que una de las alocuciones más brillantes que haya escuchado jamás en mi vida salió de los labios de Seymour Bushe. Fue en aquel caso de fratricidio, el caso del asesinato Childs. Bushe lo defendió.

Y vertió en el pórtico de mis oídos.

Por cierto ¿cómo se enteró de eso? Murió mientras dor­mía. ¿O la otra historia, la de la bestia de dos espaldas?

—¿Cómo fue eso? preguntó el profesor.

ITALIA, MAGISTRA ARTIUM

—Habló del derecho probatorio romano, dijo J. J. O'Molloy, en contraposición al anterior código de Moisés, la lex talionis. Y citó el Moisés de Miguel Ángel en el vati­cano.

—Ajá.

—Unas cuantas palabras bien escogidas, prologó Lene­han. ¡Silencio!

Pausa. J. J. O'Molloy sacó la pitillera.

Falsa calma. Algo completamente habitual.

Mensajero sacó su caja de cerillas obsequiosamente y le encendió el cigarro.

A menudo he pensado desde entonces al mirar atrás ha­cia aquel extraño episodio que fue aquella pequeña ac­ción, trivial en sí misma, aquel encender de una cerilla, lo que determinó todo el curso posterior de nuestras dos vidas.

UNA ALOCUCIÓN BRILLANTE

J. J. O'Molloy prosiguió, moldeando las palabras:

—Dijo sobre eso: esa efigie pétrea en música escarchada, asta­day terrible, de la forma humana divina, ese símbolo eterno de sabi­duríay de profecía, si algo hay que la imaginación o la mano de es­cultor haya tallado en el mármol como alma tran figurada y como transfiguradora de almas que merezca vivir, eso merece vivir.

Su grácil mano con un ademán agració eco y caída de tono.

—¡Elegante! dijo Myles Crawford de inmediato.

—El divino aflato, dijo Mr. O'Madden Burke.

—¿Le gusta? le preguntó J. J. O'Molloy a Stephen.

Stephen, cortejada su sangre por la gracia del lenguaje y el gesto, se sonrojó. Cogió un cigarrillo de la pitillera. J. J. O'Molloy ofreció la pitillera a Myles Crawford. Lenehan les encendió los cigarrillos como anteriormente y cogió su trofeo, diciendo:

—Gracibus muchibus.

UN HOMBRE CON UNA GRAN MORAL

—El profesor Magennis me ha estado hablando de usted, le dijo J. J. O'Molloy a Stephen. ¿Qué piensa en realidad de ese cenáculo hermético, los poetas de secretos opalinos: A. E. maestro de místicos? Todo comenzó con esa mujer Blavatsky. Menuda fullera. A. E. le ha estado contando a un entrevistador yanqui que usted vino a él de madrugada a pre­guntarle sobre planos de conciencia. Magennis cree que de­bía de estar tomándole el pelo a A. E. Es un hombre con una gran moral, ese Magennis.

Hablando de mí. ¿Qué dijo? ¿Qué dijo? ¿Qué dijo de mí? No preguntes.

—No, gracias, dijo el profesor MacHugh, apartando a un lado la pitillera. Espere un momento. Déjeme decir una cosa. La mejor manifestación de oratoria que he escuchado jamás fue un discurso pronunciado por John F. Taylor para la aso­ciación histórica de la universidad. El juez Fitzgibbon, el ac­tual presidente del Tribunal Supremo, acababa de hablar y el tema de debate era un ensayo (nuevo para aquellos tiempos), abogando por el restablecimiento de la lengua irlandesa.

Se volvió hacia Myles Crawford y dijo:

—Conoce a Gerald Fitzgibbon. Así que puede imaginarse el estilo de su discurso.

—Está junto con Tim Healy, dijo J. J. O'Molloy, según se rumorea, en la comisión administrativa del Trinity College.

—Está con una linda criaturita, dijo Myles Crawford, con pololos de niño. Siga. éY bien?

—Era el discurso, tome nota, dijo el profesor, de un orador consumado, lleno de cortés arrogancia que derramaba con una disciplinada dicción no diré las copas del furor pero sí la contumelia de un hombre orgulloso sobre el nuevo movi­miento. Entonces era un movimiento nuevo. Éramos débiles, y por tanto sin valor.

Cerró los finos labios alargados un instante pero, ansioso por continuar, levantó una mano abierta a sus lentes y, con el pulgar y el anular temblorosos que tocaban ligeramente las negras monturas, los reajustó en un nuevo enfoque.

IN PROMPTU

Con tono normal se dirigió a J. J. O'Molloy:

—Taylor llegó, debe saberlo, habiéndose levantado enfer­mo de la cama. Que se hubiera preparado el discurso no lo creo pues no había ni un solo taquígrafo en la sala. La delga­da cara morena dejaba ver una barba de varios días. Llevaba una chalina suelta de seda blanca y en conjunto parecía (aun­que no lo estaba) un hombre en las últimas.

Su mirada se desvió de inmediato pero lentamente de la cara de J. J. O'Molloy a la de Stephen y luego se posó de in­mediato en el suelo, buscando. El cuello de algodón desalmi­donado le asomaba por detrás de la cabeza inclinada, man­chado por el cabello marchito. Aún buscando dijo:

—Cuando el discurso de Fitzgibbon se acabó John F. Taylor se levantó para responder. Brevemente, si mal no recuerdo, sus palabras fueron éstas.

Levantó la cabeza firmemente. Los ojos se tomaron refle­xivos una vez más. Crustáceos estúpidos nadaron en las grue­sas lentes de un lado a otro, buscando salida.

Comenzó:

—Sr. Presidente, damas y caballeros: Grande fue mi admira­ción al escuchar las consideraciones dirigidas a la juventud de Ir­landa hace un momento por mi ilustrado amigo. Me sentí trans­portado a un país muy lejos de este país, a una época remota de esta época, como si me hallara en el antiguo Egipto y escuchara el discurso de algún sumo sacerdote de aquella tierra dirigiéndose al joven Moisés.

Sus oyentes mantuvieron los cigarrillos suspendidos para escuchar, los humos ascendiendo en frágiles tallos que flo­recían con el discurso. Y deja que nuestros humos sinuosos. Nobles palabras vienen ahora. Alerta. ¿Podrías intentarlo tú ahora?

—Y me pareció que oía la voz de aquel sumo sacerdote egipcio ele­vándose hasta un tono idéntico de arroganciay de orgullo. Oía sus palabrasy su sentido mefue revelado.

DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

Me fue revelado que aquellas cosas son buenas que no obstante están infectas las cuales si no fueran infinitamente buenas o de no ser que fueran buenas podrían estar infectas. ¡Ay, maldito seas! Eso es de San Agustín.

—¿Por qué no aceptáis vosotros los judíos nuestra cultura, nuestra religión y nuestra lengua? Sois una tribu de pastores nó­madas: nosotros un pueblo poderoso. Vosotros no tenéis ciudades ni riquezas: nuestras ciudades son centros de humanidady nues­tras galeras, trirremes y cuadrirremes, cargadas con todo tipo de mercaderías surcan los mares del mundo conocido. Vosotros aca­báis de emerger de unas condiciones primitivas: nosotros tenemos una literatura, un sacerdocio, una historia centenaria y una for­ma de gobierno.

Nilo.

Niño, hombre, efigie.

A las orillas del Nilo las nenemarías se arrodillan, cuna de anea: un hombre diestro en combate: petnastado, petribar­budo, corazón de piedra.

—Vosotros rezáis a un ídolo oscuro y local: nuestros templos, suntuosos y misteriosos, son las moradas de Isis y Osiris, de Ho­rus y de Ammón Ra. De vosotros es la esclavitud, el temory la su­misión: de nosotros el trueno y los mares. Israel es débil y pocos son sus hijos: Egipto es una huestey terribles son sus armas. Va­gabundos y braceros se os llama: el mundo tiembla ante nuestro nombre.

Un silencioso eructo de hambre quebró su discurso. Le­vantó la voz sobre el mismo audazmente:

Pero, damas y caballeros, si el joven Moisés hubiera escuchado y aceptado ese modo de ver la vida, si hubiera doblegado la cabezay doblegado la voluntady doblegado el espíritu ante aquella arrogan­te admonición nunca hubiera sacado al pueblo elegido de la casa de servidumbre, ni seguido la columna de nube por el día. Nunca ha­bría hablado con el Eterno en medio de relámpagos en la cumbre del Monte Sinaí ni habría nunca bajado con la luz de la inspiración fulgurando en su rostro y portando en los brazos las tablas de la ley, grabadas en la lengua del proscrito.

Calló y los miró, disfrutando del silencio.

¡OMINOSO —PARA ÉL!

J. J. O'Molloy dijo no sin pesadumbre:

—Y sin embargo murió sin haber pisado la tierra prometida.

—Un repentino fallecimiento — momentáneo — aunque — por — prolongada — enfermedad — a menudo — pre­viamente — expectorado, añadió Lenehan. Y con un gran futuro detrás de él.

El tropel de pies descalzos se oyó precipitándose por el vestíbulo y pisando sordamente escaleras arriba.

—Eso es oratoria, dijo el profesor sin que nadie lo desmin­tiera.

Lo que el viento se llevó. Huestes en Mullaghmast y Tara de los reyes. Millas de pórticos de oídos. Las palabras del tri­buno, berreadas y esparcidas a los cuatro vientos. Un pueblo cobijado en su voz. Ruido muerto. Registros etéreos de todo lo que alguna vez en algún lugar cualquiera que fuera existió. Amadle y alabadle: a mí nunca más.

Tengo dinero.

—Caballeros, dijo Stephen. Como punto siguiente en el orden del día ¿puedo sugerir que se levante la sesión en este momento?

—Me deja sin aliento. ¿No es por casualidad un cumplido a la francesa? preguntó Mr. O'Madden Burke. Es la hora, a mi parecer, cuando la jarra de vino, hablando metafórica­mente, más se agradece en la vetusta hostería.

—Así es y he aquí que se resuelve resueltamente. Aquellos que a favor estén digan sí, anunció Lenehan. Los que no que no digan. La declaro aprobada. ¿A qué buchinche en espe­cial ...? Mi voto es por: ¡Mooney!

Se puso al frente, amonestando:

—Rehusaremos muy severamente ingurgitar bebidas fuertes ¿de acuerdo? Sí, no lo haremos. De ninguna de las maneras.

Mr. O'Madden Burke, que le seguía de cerca, dijo con una estocada de paraguas de aliado:

—¡Ponte en guardia, Macduffl

—¡De tal palo tal astilla! exclamó el director, dando una palmada a Stephen en el hombro. Vayámonos. ¿Dónde es­tán esas puñeteras llaves?

Se rebuscó en el bolsillo sacando las hojas mecanografia­das aplastadas.

—Fiebre aftosa. Ya sé. Estará bien. Lo insertaremos. ¿Dón­de están? Está bien.

Volvió a guardar las hojas y entró en el despacho interior.

CONFIEMOS

J. J. O'Molloy, a punto de seguirle, dijo quedamente a Stephen:

—Espero que esté vivo cuando se publique. Myles, un momento.

Entró en el despacho interior cerrando la puerta tras de sí.

—Vamos, Stephen, dijo el profesor. Está bien eso ¿no es así? Tiene la visión del profeta. ¡Fuit Rium! El saqueo de la procelosa Troya. Reinos de este mundo. Los amos del Medi­terráneo son campesinos egipcios hoy.

El primer muchacho gacetero bajó sordamente las escale­ras pisándoles los talones y se precipitó a la calle, voceando:

—¡Extra de las carreras!

Dublín. Tengo mucho, pero que mucho que aprender. Doblaron a la izquierda por Abbey Street.

—Yo también tengo una visión, dijo Stephen.

—¿Sí? dijo el profesor, dando un saltito para ponerse al paso. Crawford nos seguirá.

Otro gacetero les pasó como un disparo, voceando mien­tras corría:

—¡Extra carreras!

MI AMADO Y PUERCO DUBLÍN

Dublineses.

—Dos vestales dublinesas, dijo Stephen, mayores y piado­sas, han vivido cincuenta y cincuentaitrés años en Fumbally Lane.

—¿Dónde está eso? preguntó el profesor.

—Más allá de Blackpitts, dijo Stephen.

Noche lienta oliendo a masa que da hambre. Contra la pa­red. La cara resplendente como el sebo bajo el chal de cotón. Corazones frenéticos. Anales acacianos. ¡Más rápido, majo!

Listo ahora. Atrévete. Hágase la vida.

—Quieren ver las vistas de Dublín desde lo alto de la co­lumna de Nelson. Ahorran tres chelines y diez peniques en una hucha de hojalata en forma de buzón rojo. Sacan las monedas de tres—peniques y seis—peniques zarandeándola y ganzúan los peniques con la hoja de un cuchillo. Dos con tres en plata y uno con siete en cobre. Se ponen sus papali­nas y las ropas de domingo y cogen los paraguas por miedo a que se ponga a llover.

—Vírgenes prudentes, dijo el profesor MacHugh.

LA VIDA EN CARNE VIVA

—Compran un chelín y cuatro peniques de carne en ge­latina y cuatro panecillos en la casa de comidas al norte de la ciudad en Marlborough Street a Miss Kate Collins, pro­pietaria. Adquieren veinticuatro ciruelas maduras a una chi­ca al pie de la columna de Nelson para quitarse la sed de la carne en gelatina. Le dan dos monedas de tres—peniques al caballero del torniquete y empiezan a nanear lentamente es­calera de caracol arriba, rezongando, animándose la una a la otra, asustadas de la oscuridad, resoplando, una preguntán­dole a la otra tienes la carne en gelatina, alabando a Dios y a la Virgen Santa, amenazando con bajar, mirando furtiva­mente por los respiraderos. Alabado sea Dios. No sabían que fuera tan alta.

Se llaman Anne Keams y Florence MacCabe. Anne Keams padece de lumbago por lo que se da friegas con agua de Lourdes, que se la dio una señora que consiguió una bo­tella de un padre pasionista. Florence MacCabe se toma una manita de cerdo y una botella de doble X para cenar todos los sábados.

—Antítesis, dijo el profesor asintiendo dos veces. Vírgenes vestales. Como si las viera. ¿Qué estará reteniendo a nuestro amigo?

Se volvió.

Una bandada de muchachos gaceteros se precipitó escalo­nes abajo, dispersándose en todas direcciones, voceando, los periódicos blancos aleteando. Tras ellos en seguida apareció Myles Crawford en los escalones, el sombrero aureolándole la cara escarlata, hablando con J. J. O'Molloy.

—Venga, exclamó el profesor, agitando el brazo.

Se puso en marcha de nuevo para caminar al lado de Stephen.

—Sí, dijo. Como si las viera.

EL REGRESO DE BLOOM

Mr. Bloom, sin aliento, atrapado en un remolino de gace­teros desmandados junto a las oficinas del Irish Catholic y del Dublin Penny Journal, llamó:

—¡Mr. Crawford! ¡Un momento!

—¡Telegraph! ¡Extra carreras!

—¿Qué pasa? dijo Myles Crawford, quedándose atrás un paso.

Un gacetero le gritó en la cara a Mr. Bloom:

—¡Temble tragedia en Rathmines! ¡Un niño atrapado en un fuelle!

ENTREVISTA CON EL DIRECTOR

—Tan sólo este anuncio, dijo Mr. Bloom, abriéndose ca­mino a empujones hasta los escalones, sofocado, y sacando el recorte del bolsillo. He hablado con Mr. Yaves hace un momento. Renovará por dos meses, dice. Después ya verá. Pero quiere un texto que llame la atención en el Telegraph también, en las páginas deportivas del sábado. Y quiere que se copie si no es demasiado tarde le dije al concejal Nannetti del Kilkenny People. Puedo conseguirlo en la biblioteca nacio­nal. La casa de las llaves ¿comprende? Él se llama Yaves. Es un juego de palabras con el nombre. Pero prácticamente prometió que renovaría. Pero quiere que se le dé un poco de coba. ¿Qué le digo, Mr. Crawford?

T.P.C.

—¿Quiere decirle que se vaya a tomar por culo? dijo Myles Crawford extendiendo el brazo para mayor énfasis. Dígaselo clanto sin rodeos.

Un poco nervioso. Cuidado con el chaparrón. Se mar­chan todos a tomar una copa. Cogidos del brazo. La gorra náutica de Lenehan gorroneando allá lejos. Lisonjas como siempre. A saber si ese joven Dedalus es el alma de todo ello. Lleva puesto un buen par de botas hoy. La última vez que lo vi llevaba los talones al aire. Andando en el lodo en algún lugar. Chico descuidado. ¿Qué estaría haciendo en Irishtown?

—Bueno, dijo Mr. Bloom, los ojos calculando, si consigo el diseño supongo que merecería la pena un texto corto. Concedería el anuncio, creo. Le diré que ...

T.P.S.R.C.I.

—Que se vaya a tomar por su real culo irlandés, exclamó por encima del hombro Myles Crawford levantando la voz.

Cuando guste, dígaselo.

Mientras Mr. Bloom permanecía inmóvil considerando la cuestión y a punto de sonreír él continuó su marcha a zanca­das nerviosamente.

CONSEGUIR PASTA

Ninfa bona, Jack, dijo, llevándose la mano a la barbilla. Estoy hasta aquí. Yo también he estado con el agua al cuello. Estuve buscando a alguien que me avalara una factura tan sólo la semana pasada. Lo siento, Jack. Si con la intención bastara. Con toda mi alma si pudiera conseguir pasta de al­guna manera.

J. J. O'Molloy puso la cara larga y siguió andando silencio­samente. Llegaron a la altura de los otros y caminaron todos a la par.

—Cuando se han comido la carne en gelatina y el pan y limpiado los veinte dedos en el papel en que estaba envuel­to el pan se acercan más a la barandilla.

—Algo para usted, le explicó el profesor a Myles Crawford. Dos viejas dublinesas en lo alto de la columna de Nelson.

¡VAYA COLUMNA! — ESO ES LO QUE LA NANEADORA

NÚMERO UNO DIJO

—Eso es nuevo, dijo Myles Crawford. Eso es publicable. A la excursión anual de zapateros por el Dargle. Dos viejas pícaras ¿eh?

—Pero temen que la columna se caiga, continuó Stephen. Ven los tejados y discuten acerca de dónde están las distintas iglesias: la cúpula azul de Rathmines, la de Adam and Eve, la de Saint Laurence O'Toole. Pero les entran mareos al mirar así que se arremangan las faldas ....

ESAS HEMBRAS LIGERAMENTE ALOCADAS

—Tranquilos, dijo Myles Crawford. Nada de licencia poé­tica. Estamos en la archidiócesis aquí.

—Y se instalan sobre sus enaguas a rayas, escudriñando la estatua del adúltero mancopenco en lo alto.

—¡Adúltero mancopenco! exclamó el profesor. Me gusta eso. Ya veo la idea. Veo lo que quiere decir.

DAMAS DONAN PILDORAZOS A CIVILES DUBLINESES
VELOCES AEROLITOS, SE CREE QUE SON

—Les da tortícolis, dijo Stephen, y están demasiado cansa­das para mirar hacia arriba o abajo o para hablar. Ponen la bolsa de ciruelas entre las dos y comen las ciruelas del paque­te, una tras otra, limpiándose con los pañuelos el jugo de ci­ruela que les gotea de la boca y escupiendo los huesos lenta­mente por los barrotes de la barandilla.

Soltó una risotada juvenil repentina como punto final. Lenehan y Mr. O'Madden Burke, al oírla, se volvieron, los llamaron y continuaron al frente cruzando hacia Mooney.

—¿Terminó? dijo Myles Crawford. Mientras no hagan nada peor.

SOFISTA GOLPEA A LA ALTIVA HELENA JUSTO EN
PROBÓSCIDE. ESPARTANOS RECHINAN MOLARES.
ITACENSES VOTAN A PEN CAMPEONA.

—Me recuerda a Antístenes, dijo el profesor, un discípulo de Gorgias, el sofista. Se dice de él que nadie sabía si estaba más amargado con los demás que consigo mismo. Era hijo de un noble y de una esclava. Y escribió un libro en el que le quitaba el palmarés de belleza a la argiva Helena y se lo daba a la pobre Penélope.

Pobre Penélope. Penélope Rich.

Se dispusieron a cruzar O'Connell Street.

¡OIGA, CENTRAL!

En diversos puntos a lo largo de las ocho líneas tranvías con troles permanecían inmóviles en las vías, con destino o proce­dentes de Rathmines, Rathfamham, Blackrock Kingstown y Dalkey, Sandymount Green, Ringsend y Sandymount Tower, Donnybrook, Parlmerston Park y Upper Rathmines, todos inmóviles, encalmados por un cortocircuito. Coches de al­quiler, simones, furgones de reparto, coches correo, berlinas privadas, carricubas de agua mineral gaseosa con jaulas de botellas traqueteantes, traqueteaban, rodaban, tirados por ca­ballos, rápidamente.

¿EH? — Y ASIMISMO — ¿DÓNDE?

—Pero ¿cómo lo titula? preguntó Myles Crawford. ¿De dónde sacaron las ciruelas?

VIRGILIANO, DICE EL PEDAGOGO. ESTUDIANTE BISOÑO
OPTA POR EL VIEJO MOISÉS.

—Titúlelo, espere, dijo el profesor, abriendo completa­mente los largos labios para reflexionar. Llámelo, veamos. Llámelo: Deus nobis haec otia fecit.

—No, dijo Stephen. Yo lo llamo Visión de Palestina desde el Pisgá o La parábola de las ciruelas.

—Ya veo, dijo el profesor.

Se rió con ganas.

—Ya veo, dijo otra vez con renovado placer. Moisés y la tierra prometida. Nosotros le dimos la idea, le añadió a J. J. O'Molloy.

HORACIO ES EL BLANCO DE TODAS LAS MIRADAS
ESTE PLÁCIDO DÍA DE JUNIO.

J. J. O'Molloy lanzó una cansada mirada de soslayo a la es­tatua y se mantuvo en silencio.

—Ya veo, dijo el profesor.

Se detuvo en la isleta de Sir John Gray y escudriñó hacia arriba a Nelson por las mallas de su sonrisa irónica.

DÍGITOS DISMINUIDOS RESULTAN DEMASIADO EXCITANTES
PARA ADEFESIOS RETOZONES. ANNE ALBOROTA, FLO
SISA — PERO ¿SE LAS PUEDE CULPAR?

—Adúltero mancopenco, dijo sonriendo tenebrosamente. Me hace gracia, debo confesar.

—Les hizo gracia a las viejas también, dijo Myles Crawford, si se supiera la pura verdad de Dios Todopoderoso.

8. Lestrigones

CROCANTE de piña, lorza de limón, caramelo. Una chica azúcarviscosa paleteaba cucharadas de helado a un Hermano de las Escuelas Cristianas. Alguna fiesta esco­lar. Malo para las tripitas. Con licencia para caramelos y confi­tes de Su Majestad el Rey. Dios. Salve. A nuestro. Sentado en el trono chupando tabletas de yuyuba hasta dejarlas blancas. Un joven taciturno de las juventudes Cristianas, atento en medio de los dulces vapores cálidos de la confitería Graham Lemon, le colocó un prospecto en la mano a Mr. Bloom.

Charlas de corazón a corazón.

Blo ... ¿Yo? No.

Borbor de la sangre del Cordero.

Sus lentos pies le llevaron hacia el río, leyendo. ¿Estás sal­vado? Todos están lavados con la sangre del cordero. Dios quiere víctimas de sangre. Nacimiento, himen, mártir, gue­rra, cimientos de un edificio, sacrificio, ofrenda quemada de ri­ñón, altares de los druidas. Elías vuelve. El Dr. John Alexander Dowie restaurador de la iglesia de Sión vuelve.

¡Vuelve! ¡¡Vuelve!! ¡¡¡Vuelve!!!

Todos son cordialmente bienvenidos.

Juego rentable. Torry y Alexander el año pasado. Poliga­mia. Su mujer le cerrará el grifo. Dónde estaba aquel anuncio que una compañía de Birmingham el del crucifijo luminoso. Nuestro Salvador. Despierta uno en mitad de la noche y se le ve en la pared, colgado. La idea del fantasma de Pepper. Im­precaron al nazareno con recios insultos.

Seguramente se hace con fósforo. Si dejas un poco de ba­calao por ejemplo. Podía ver el color de la plata azulada por encima. La noche que bajé a la despensa de la cocina. No me gustan todos esos olores que hay dentro esperando poder sa­lir atropelladamente. ¿Qué era lo que ella quería? Pasas de Málaga. Se acordaba de España. Antes de que naciera Rudy. La fosforescencia, ese verdoso azulado. Muy buenas para el cerebro.

Desde la esquina de la casa Butler esquina al monumen­to echó un vistazo al Bachelor's Walk. La hija de Dedalus allá aún ante la sala de subastas de Dillon. Debe de estar li­quidando algunos muebles viejos. La reconocí en seguida porque tiene los ojos del padre. Barzoneando mientras le es­pera. El hogar se desmorona cuando la madre falta. Quince hijos tuvo el hombre. Un nacimiento por año casi. Eso es parte de su teología o el sacerdote no le da a la pobre mujer la confesión, la absolución. Creced y multiplicaos. ¿Se ha­brá oído alguna vez algo parecido? Comen tanto que no hay pan para tanta boca. Ellos sin embargo no tienen fami­lias que alimentar. Viviendo de lo más pingüe de la tierra. Sus fresqueras y despensas. Me gustaría verles guardando el ayuno penoso del Yom Kippur. Monas de Pascua. Una co­mida y una colación por miedo a que se desmaye en el altar. Ama de llaves de uno de esos tipos si se la pudiera sonsacar. No se la puede sonsacar nunca. Como sacarle pamé a él. Se las apaña bien. Nada de invitados. Todo para menda. Mi­rándose el ombligo. Tráigase su pan y vino. Su Reverencia: punto en boca.

Dios Santo, el vestido de esa pobre niña está andrajoso. Desnutrida parece también. Patatas con margarina, margan­na con patatas. Es después cuando se resienten. Cuando le ven las orejas al lobo. Arruina la salud.

Apenas había puesto el pie en el puente de O'Connell cuando un bejín de humo empenachó el parapeto. Gabarra de la cervecera con cerveza negra de exportación. Inglate­rra. El aire del mar la marea, he oído. Sería interesante al­gún día conseguir un pase a través de Hancock para ver la cervecera. Un mundo en miniatura. Barricas de cerveza ne­gra maravilloso. Las ratas se meten también. Beben hasta que se les hincha la barriga tanto como un collie flotando. Borrachas como cubas con la cerveza negra. Beben hasta que la vomitan otra vez como machos. ¡Imagínate bebien­do eso! Barrigas: barricas. Bueno, claro que si supiéramos todas las cosas.

Al mirar hacia abajo vio aleteando con fuerza, revolotean­do alrededor de los desolados muros del muelle, unas gavio­tas. Tiempo borrascoso fuera. ¿Y si me tirara? El hilo de Reuben J. tuvo que tragar una buena panzada de esas aguas residuales. Un chelín y ocho peniques de más. Ummm. Es la manera tan graciosa con la que cuenta las cosas. Sabe contar una historia además.

Revolotearon más bajo. Buscan manduca. Esperad.

Les tiró una bola de papel arrugado. Elías tremtaidós pies por segun vuel. En absoluto. La bola ondeó ignorada en la estela del oleaje, flotó por debajo entre los pilares del puen­te. No son tan rematadamente tontas. También el día que tiré aquel pastel rancio desde el Erin's King lo recogieron en la estela a cincuenta yardas por la popa. Viven de su ingenio. Revolotearon, aleteando.

La hambrienta y famelica gaviota
aletea sobre aguas de arlota.

Así es como escriben los poetas, los sonidos similares. Y sin embargo Shakespeare no tiene rimas: verso blanco. El fluir del lenguaje es lo que es. Los pensamientos. Solemnes.

Hamlet, soy el alma de tu padre
condenado por un tiempo a vagar a través de la tierra.

—¡Dos manzanas a penique! ¡Dos por un penique!

Su mirada pasó por las glaseadas manzanas alineadas en el puesto. Australianas deben de ser en esta época del año. Piel brillante: las lustra con un trapo o un pañuelo.

Espera. Esos pobres pájaros.

Se detuvo otra vez y le compró a la vieja de las manzanas dos pastelillos de Banbury por un penique y rompió la que­bradiza molla y tiró los fragmentos al Liffey. ¿Lo véis? Las ga­viotas se abalanzaron silenciosamente, dos, luego todas cada una desde su altura, calando sobre la presa. Ha desaparecido. Hasta el último bocado. Dándose cuenta de su voracidad y astucia se sacudió las migajas polvorosas de las manos. Eso sí que no se lo esperaban. Maná. Se alimentan de peces, carnes de pescado es lo que tienen, todas las aves marinas, gaviotas, colimbos. Los cisnes del Anna Liffey nadan hasta aquí abajo a veces para atildarse con el pico las plumas. Sobre gustos no hay nada escrito. A saber de qué clase es la carne de cisne. Robinsón Crusoe tuvo que alimentarse de ellos.

Dieron vueltas en el aire aleteando débilmente. No voy a tirar nada más. Un penique es suficiente. Por las muchas gra­cias que recibo. Ni siquiera un graznido. Propagan la fiebre aftosa además. Si cebas un pavo digamos con harina de cas­tañas sabe a eso. Comes cerdo a cerdo. ¿Pero entonces por qué los peces de agua salada no están salados? ¿Por qué es eso?

Sus ojos buscaron respuesta en el río y vieron una barca de remos anclada mecer en el melado oleaje el maderamen em­plastado.

Casa Kino
11/— chelines
Pantalones

Buena idea es ésa. Me pregunto si le paga arbitrios a la cor­poración municipal. ¿Cómo se puede ser propietario del agua en realidad? Siempre fluyendo en el fluir, nunca es la misma, que en el fluir de la vida rastreamos. Porque la vida es un fluir. Cualquier sitio es bueno para un anuncio. Aquel charlatán matasanos de expurgaciones solía estar pegado en todos los urinarios. No se le ve ahora. Reserva absoluta. Dr. Hy Franks. No le costaba una chica como a Maginni el profesor de baile él mismo anunciándose. Se buscó a unos ti­pos que se los pegaran o los pegaría él mismo si vamos a eso fingiendo entrar a toda prisa a abrirle la jaula al pájaro. Pája­ro que escapa. Justo el sitio además. PROHIBIDO FIJAR CARTE­LES. PROHIBIDO ‘PICHAR CARTEROS. Algún tío con unas bue­nas abrasándole.

¿Si él ...?

¡Oh!

¿Eh?

No .... No.

No, no. No lo creo. ¿Seguro que no lo haría?

No, no.

Mr. Bloom avanzó, levantando los ojos preocupados. No pienses más en ello. La una pasada. La bola del reloj en la ca­pitanía del puerto abajo. Hora de Dunsink. Un librito fasci­nante ese de sir Robert Ball. Paralaje. Nunca lo entendí exac­tamente. Ahí va un sacerdote. Podría preguntarle. Par es grie­go: paralelo, paralaje. Meten si acaso decía ella hasta que le expliqué lo de la transmigración. ¡Bah! ¡Chorradas!

Mr. Bloom sonrió bah chorradas a dos de las ventanas de capitanía del puerto. Tiene razón ella después de todo. Sólo palabras altisonantes para cosas ordinarias por lo del sonido. No es que digamos que ella sea precisamente ingeniosa. Pue­de incluso ser grosera. Soltaba lo que yo estaba pensando. Aun así, no sé. Solía decir que Ben Dollard tenía voz de ba­jete barrilete. Tiene las piernas cortas como barriles y se po­dría pensar que canta como desde dentro de un barril. No me digan que no es ingenioso. Le solían llamar el gran Big Ben. Ni la mitad de ingenioso que llamarle bajete barrilete. Apetito como el de un albatros. Se zampa un doble solomi­llo de vaca entero. Tipo con gran capacidad de almacenaje de cerveza Bass. Barril de cerveza Bass. ¿Ves? Todo encaja.

Una procesión de hombres—anuncio blancoemblusados desfilaba lentamente hacia él junto a la alcantarilla, con ban­das escarlatas cruzándoles los tablones. Gangas. Como aquel sacerdote son ellos el de esta mañana: hemos pecado: hemos sufrido. Leyó las letras escarlatas en las cinco chisteras blan­cas: H.E.L.Y.S. Imprenta y papelería Wisdom Hely's. La Y que se había quedado atrás sacó un buen trozo de pan de de­bajo del tablón delantero, se atiborró la boca con él y masti­có a la par que caminaba. Nuestra dieta básica. Tres chelines al día, por andar por las alcantarillas, calle tras calle. Lo justo para mantenerse en pie, pan y sopa boba. No son de Boyl: no, hombres de M'Glade. No atrae a la clientela además. Le sugerí un carro—escaparate transparente con dos chicas atrac­tivas sentadas dentro escribiendo cartas, cuademos, sobres, papelsecante. Me apuesto que eso habría atrapado la aten­ción. Chicas atractivas que escriben algo atraen las miradas de inmediato. Todo el mundo muriéndose por saber qué es­tará escribiendo. Se te paran veinte alrededor si té pones a mirar fijo al vacío. Meter las narices en el asunto. Las muje­res también. Curiosidad. Estatua de sal. No lo aceptó claro está porque no se le ocurrió a él primero. O el tintero que su­gerí con una falsa mancha de celuloide negro. Sus ideas de anuncios como el pote Ciruelo debajo de las esquelas, sec­ción de fiambres. No están chupados. ¿El qué? Nuestros sobres. Hola, Jones ¿dónde vas? No me puedo detener, Robin­son, voy corriendo a adquirir Kansell el único borratinta de confianza, que lo venden en Hely S. A., Dame Street, 85. Menos mal que estoy fuera de ese follón, sí señor. Tarea en­demoniada la de conseguir cobrar en aquellos conventos. Convento Tranquilla. Aquélla sí que era una monja agrada­ble, con aquella cara tan dulce. El griñón le sentaba bien en la cabecita. ¿Hermana? ¿Hermana? Seguro que tuvo un de­sengaño amoroso se veía en sus ojos. Dificil hacer negocios con esa clase de mujer. La interrumpí en sus devociones aquella mañana. Pero tan contenta de comunicarse con el mundo exterior. Nuestro gran día, dijo ella. Fiesta de Nues­tra Señora del Monte Carmelo. Dulce nombre además: ca­ramelo. Ella sabía que yo, creo que lo sabía por la manera en que. Si se hubiera casado habría sido distinta. Supongo que era verdad que andaban mal de dinero. Lo freían todo con la mejor mantequilla de todos modos. Nada de manteca para ellas. Tengo el corazón hecho polvo de comer pringue. Les gusta darse aires por dentro y por fuera. Molly probán­dola, con el velo hacia atrás. ¿Hermana? Pat Claffey, la hija del prestamista. Fue una monja dicen la que inventó el alam­bre de espino.

Cruzó Westmoreland Street cuando el apóstrofo S hubo pasado con penoso caminar. La tienda de bicicletas Rover. Las carreras son hoy. ¿Cuánto tiempo hace de eso? El año en que Phil Gilligan murió. Vivíamos en Lombard Street West. Espera: estaba en Thom. Conseguí el empleo en Wisdom Hely el año en que nos casamos. Seis años. Hace diez años: en el noventa y cuatro murió sí justo el gran incendio en Amott. Val Dillon era el alcalde. La cena de Glencree. El edil Robert O'Reilly que se echó el oporto en la sopa antes de que bajaran la bandera. Bertínbertito relamiéndose de honorable gusto. Ni se oía lo que tocaba la banda. Por lo que acabamos de recibir que el Señor nos haga. Milly era una criaturita en­tonces. Molly tenía aquel vestido griselefante con alamares. Traje sastre con botones forrados. No le gustaba porque me torcí el tobillo el día en que lo estrenó la merienda del coro en el Pandeazúcar. Como si aquello. El sombrero de copa del viejo Goodwin arreglado con una cosa pegajosa. Merienda para moscas también. Nunca más se ha puesto otro vestido como aquél. Le quedaba como anillo al dedo, hombros y ca­deras. Empezaba a estar bien oronda. Empanada de conejo comimos aquel día. La gente sin quitarle ojo.

Feliz. Más feliz entonces. Cuartito acogedor era aquél em­papelado de rojo. De Dockrell, un chelín y nueve peniques la docena. La noche que le tocaba baño a Milly. Jabón ame­ricano compré: flor de saúco. Cosa especial el olor del agua de su baño. Qué graciosa estaba toda enjabonada. Bien pro­porcionada además. Ahora fotografía. El estudio de dague­rrotipo del pobre papá del que me habló. Gusto heredado.

Camino siguiendo el bordillo.

El fluir de la vida. ¿Cómo se llamaba aquel tipo con pinta de cura que siempre miraba de reojo hacia su lado cuando pasaba? Ojos débiles, mujer. Paraba en casa de Citron Saint Kevin's Parade. Pen algo. ¿Pendennis? La memoria me está. ¿Pen ...? Claro que fue hace años. El ruido de los tranvías probablemente. Bueno, si él no se acordaba del nombre del capataz al que ve todos los días.

Bartell d'Arcy era el tenor, empezaba a ser conocido en­tonces. La acompañaba a casa después de los ensayos. Sujeto más engreído con las guías del bigote engomadas. Le dio aquella canción Vientos que soplan del sur.

Noche de ventoleras aquella que fui a recogerla tenía lu­gar una reunión de la logia por lo de los billetes de lotería después del concierto de Goodwin en el salón de banque­tes o en el saloncito de roble de la mansión del alcalde. Él y yo detrás. Una hoja de la partitura se me voló de las ma­nos contra los barrotes de la verja del instituto. Suerte que no. Una cosa así le estropea la noche a ella. El profesor Goodwin cogiéndola del brazo delante. De remos temblo­rosos, viejo borrachín. Sus últimos conciertos. Desde lue­go su última aparición en un escenario. Puede que duran­te meses o puede que nunca. La recuerdo riendo al vien­to, el sobrecuello del abrigo subido. En la esquina de Harcourt Road recuerdo aquella ráfaga. ¡Brrfu! Le subió las faldas y el boa casi sofoca al viejo Goodwin. Sí que se arrebolaba con el viento. Recuerdo cuando llegamos a casa atizando el fuego y friendo aquellos trozos de falda de cor­dero para su cena con la salsa Chutney que tanto le gusta­ba. Y el ron calentito con especias. La veía en el dormito­rio desde el fogón desabrochándose la almilla del corsé: blanco.

Chasquido y suave plof hizo el corsé en la cama. Siempre caliente de ella. Siempre le gustaba quedarse suelta. Sentada allí después hasta cerca de las dos quitándose las horquillas. Milly arropadita en su camitita. Feliz. Feliz. Aquélla fue la noche .....

—Hola, Mr. Bloom ¿cómo está usted?

—Hola ¿cómo está usted, Mrs. Breen?

—Para qué quejarse. ¿Cómo le va a Molly ahora? No la veo desde hace siglos.

—Estupenda, dijo Mr. Bloom alegremente. Milly tiene un trabajo en Mullingar ¿sabe?

—¡Ande usted! ¿No es extraordinario?

—Sí. Con un fotógrafo de allí. Va viento en popa. ¿Cómo están todos sus retoños?

—Con buenas ganas de comer, dijo Mrs. Breen.

¿Cuántos tiene? Ningún otro a la vista.

—Va usted de negro, por lo que veo. ¿No habrá habido ninguna ...?

—No, dijo Mr. Bloom. Vengo de un entierro.

Me lo van a estar sacando todo el día, lo presiento. ¿Quién ha muerto, cuándo y de qué? Vuelve a aparecer como moneda falsa.

—Vaya por Dios, dijo Mrs. Breen. Espero que no fuera un pariente cercano.

Lo mismo me acompaña en el sentimiento.

—Dignam, dijo Mr. Bloom. Un antiguo amigo mío. Mu­rió repentinamente, pobre hombre. Del corazón, creo. El en­tierro fue esta mañana.

Tu entierro es mañana
cuando pases por el centeno.
Tranlarintranlarín tantán
Tranlarintranlarín ...

—Triste perder antiguos amigos, dijeron los ojosdemujer de Mrs. Breen melancólicamente.

Bueno ya está bien de todo eso. Ahora: discretamente: el marido.

—¿Y su amo y señor?

Mrs. Breen alzó dos grandes ojos. No los ha perdido, aún los tiene de todas formas.

—¡Ay, no me diga! dijo. Es un bicho de cuidado. Ahí anda ahora con sus mamotretos de leyes buscando la legisla­ción sobre difamación. Me va a matar de un disgusto. Espe­re que le enseñe.

Emanaciones calientes de cabeza de temera aderezada y el vaho de rollitos de hojaldre con mermelada recién homea­dos salieron en torrente de la pastelería Harrison. El efluvio pesado de mediodía le cosquilleó a Mr. Bloom en el gazna­te. Si se quiere hacer buenos pasteles, mantequilla, harina de la mejor, azúcar cande, o se notará con el té caliente. ¿O vie­ne de ella? Un pilluelo descalzo de pie sobre la rejilla aspira­ba los vapores. Mata el gusanillo del hambre de esa manera. ¿Es placer o dolor? Comida de a penique. Cuchillo y tene­dor encadenados a la mesa.

Abre el bolso, cuero cuarteado. Alfiler de sombrero: debe­rían llevar una contera en esas cosas. Le pueden saltar un ojo a alguien en el tranvía. Rebuscando. Abierto. Dinero. Por fa­vor coja uno. Al demonio si pierde una sola moneda de seis­peniques. Arman la de Dios. El marido hecho un energúme­no. ¿Dónde están los diez chelines que te di el lunes? ¿No es­tarás alimentando a la familia de tu hermanito? Pañuelo sucio: frasco de medicamento. Pastilla fue lo que cayó. ¿Qué está...?

—Debe de haber luna nueva, dijo. Suele estar mal enton­ces. ¿Sabe usted lo que hizo anoche?

La mano dejó de rebuscar. Los ojos se clavaron en él, abiertos con alarma, sin embargo sonrientes.

—¿Qué? preguntó Mr. Bloom.

Déjala hablar. Mírala fijo a los ojos. Yo le creo. Confle en mí.

—Me despertó a media noche, dijo. Un sueño que había tenido, una pesadilla.

Indigesti.

—Decía que el as de espadas subía por las escaleras.

—¡El as de espadas! dijo Mr. Bloom.

Sacó una tarjeta postal doblada del bolso.

—Lea eso, dijo. La recibió esta mañana.

—¿Qué es esto? preguntó Mr. Bloom, cogiendo la tarjeta. ¿QT.C.?

—Q.T.C.: colgado, dijo ella. Alguien que la ha tomado con él. Muy poca vergüenza tiene el que sea.

—Desde luego que sí, dijo Mr. Bloom.

Cogió la tarjeta de nuevo, suspirando.

—Y ahora va a ir al despacho de Mr. Menton. Va a enta­blar un pleito por diez mil libras, dice.

Metió la tarjeta en el bolso revuelto y lo cerró con un chas seco.

El mismo vestido azul de estameña que tenía hace dos años, la lanilla decolorándose. Quedan atrás sus mejores días. Cabello a mechones por encima de las orejas. Y ese to­cado sin gracia: tres uvas viejas para disimular. Indigencia ele­gante. Solía tener buen gusto vistiendo. Arrugas alrededor de la boca. Sólo un año o por ahí mayor que Molly.

Mira la ojeada que le ha echado esa mujer, al pasar. Cruel. El sexo ingrácil.

Siguió mirándola, refrenando tras la mirada su desconten­to. Desabrida sopa al curry cabeza de ternera rabo de buey. Yo tengo hambre también. Migas de pastel en el escudete del vestido: restos de harina azucarada pegada a la mejilla. Tarta de ruibarbo con generoso relleno, interior de fruta dulzona. Josie Powell era ella. En casa de Luke Doyle hace mucho tiempo. Dolphn's Barn, las charadas. Q.T.C.: colgado.

Cambiemos de tema.

—¿Ve usted alguna vez a Mrs. Beaufoy? preguntó Mr. Bloom.

—¿Mina Purefoy? dijo ella.

En Philip Beaufoy estaba pensando. Club de Amigos del Teatro. Matcham piensa a menudo en el golpe magistral. ¿Tiré de la cadena? Sí. El último acto.

—Sí.

—Acabo de acercarme en el camino de vuelta a ver si ya lo había tenido. Está en el hospital de parturientas de Holles Street. El Dr. Home le consiguió una cama. Lleva ya tres días con dolores.

—Vaya, dijo Mr. Bloom. Cuánto lo siento.

—Sí, dijo Mrs. Breen. Y una casa llena de críos esperándo­la. Es un parto muy dificil, me dijo la enfermera.

—Vaya, dijo Mr. Bloom.

Su grave mirada compasiva absorbió la noticia. La lengua chascó con compasión. ¡Dcs! ¡Dcs!

—Cuánto lo siento, dijo. ¡Pobre mujer! ¡Tres días! Es te­rrible.

Mrs. Breen asintió.

—La ingresaron con dolores el martes ...

Mr. Bloom le tocó el hueso de la risa delicadamente, ad­virtiéndola:

—¡Cuidado! Deje pasar a este hombre.

Una figura huesuda caminaba a zancadas a lo largo del bordillo desde el río mirando fijamente absorto la luz del sol a través de un cristal sujeto a un cordón grueso. Apretado como una capelina un sombrerete se le aferraba a la cabeza. Del brazo un guardapolvo doblado, un bastón y un paraguas se movían colgando tras su zancada.

—Mírelo, dijo Mr. Bloom. Siempre anda por fuera de las farolas. ¡Mire!

—¿Quien es si me permite la pregunta? indagó Mrs. Breen. ¿Está chiflado?

—Se llama Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell, dijo Mr. Bloom sonriendo. ¡Mire!

—No se quejará por falta de nombres, dijo ella. Denis es­tará así un día de estos.

Se interrumpió repentinamente.

—Ahí está, dijo. Tengo que ir por él. Adiós. Déle recuer­dos a Molly de mi parte, no lo olvide.

—Lo haré, dijo Mr. Bloom.

Se quedó mirándola cómo se escabullía por entre los vian­dantes en dirección al frontal de las tiendas. Denis Breen con raquítica levita y zapatos de lona azul salía arrastrando los pies de casa Harrison apretujando dos pesados tomos contra las costillas. Como suspiro que el viento se lleva. Así era en los viejos tiempos. Aguantó que le alcanzara sin sorprender­se y dirigió la barba gris apagada hacia ella, la mandíbula flo­ja meneándose al ponerse a hablar engoladamente.

Meshuggah. Mal de la cocorota.

Mr. Bloom prosiguió tranquilamente, avistando por de­lante de él entre la luz del sol la apretada capelina, el bastón­paraguasguardapolvo colgante. Tan chulo él. ¡Míralo! Ahí sale otra vez. Una forma de salir para delante. Y ese otro pe­ludo pánfilo lunático con esa facha. Mal se lo tiene que estar haciendo pasar a ella.

QT.C.: colgado. Juraría que ése ha sido Alf Bergan o Richie Goulding. Lo escribió de guasa en la taberna Scotch me apostaría lo que fuera. Una vuelta por el despacho de Menton. Los ojos como ostras clavados en la tarjeta. Merien­da de negros.

Pasó por delante del Irish Times. Puede haber otras respues­tas esperando ahí dentro. Me gustaría contestar a todas. Buen sistema para criminales. Código. Almorzando ahora. El oficinista ese de las gafas no me conoce. Bah, déjalas ahí que críen. Ya es bastante atreverse con cuarentaicuatro de ellas. Se busca, señorita mecanógrafa dispuesta para ayudar a caballero en actividades literarias. Te llamé cariño travieso porque no me gusta ese otro mudo. Por favor dime qué quie­re decir. Por favor dime qué perfume tu mujer. Dime quien hizo el mundo. La forma en que te saltan con esas preguntas. Y la otra Lizzie Twigg. Mi obra literaria ha tenido la suerte de recibir la aprobación del eminente poeta A. E. (Mr. Geo. Russell). No tiene tiempo de arreglarse el pelo tanto beber té aguado con un libro de poesía.

El mejor periódico con mucho para anuncios breves. Ha abarcado las provincias ahora. Cocinera y ama de llaves, cui­sine excelente, hay muchacha interna. Se busca hombre di­námico para barra. Chica respetable (católica) desearía conse­guir trabajo en frutería o tocinería. James Carlisle lo consi­guió. Seis y medio por ciento de dividendos. Consiguió un gran negocio con las acciones de Coates. Con pies de plo­mo. Astuto y avaro escocés. Pelotilleras todas las noticias. Nuestra graciosa y popular virreina. Han comprado el Irish Field ahora. Lady Mountcashel totalmente recuperada de su sobreparto salió ayer a caballo con los perros de caza de la Ward Union en la caza del zorro de Rathoath. Zorro incomi­ble. Furtivos además. El miedo inyecta jugos que lo hacen suficientemente tierno para ellos. Cabalga a horcajadas. Monta su caballo como un hombre. Cazadora en caballo poderoso. Nada de jamugas ni de grupera para ella, ni pen­sarlo. Primera en la partida y presente en la matanza. Fuertes como yeguas de cría algunas de esas mujeres amazonas. Se pavonean por las caballerizas. Apuran una copa de brandy de un trago en un abrir y cerrar de ojos. La del Grosvenor esta mañana. Arriba con ella al coche: chischás. Ante muro de piedra o valla de cinco palos mete piernas a su montu­ra. Creo que aquel conductor chato lo hizo a mala idea. ¿A quién se parecía ella? ¡Ah sí! A Mrs. Miriam Dandrade que me vendió sus viejos abrigos y ropa interior negra en el hotel Shelbourne. Divorciada de un hispanoamericano. Ni pesta­ñeó porque yo los toqueteara. Como si yo fuera su tendede­ro. La vi en la fiesta del virrey cuando Stubbs el guardabos­ques me coló junto con Whelan el del Express. Recogiendo lo que desechaba la gente de categoría. Cena fría. La mayo­nesa que le eché a las ciruelas creyendo que era natillas. Los oídos debieron estarle zumbando durante semanas. Hay que ser un toro con ella. Cortesana de nacimiento. Nada de ocu­parse de niños para ella, no gracias.

¡Pobre Mrs. Purefoy! Consorte metodista. Cordura en su locura. Almuerzo con bollo de azafrán y combinado de le­che con soda en la granja escuela. Juventudes Cristianas. Co­men con un cronómetro, treintaidós masticaciones por mi­nuto. Y encima le crecían las chuletas. Se supone que está bien relacionado. Primo de Theodore el del Castillo de Du­blín. Siempre hay un tonto en la familia. Y todos los años el mismo regalito. Lo vi delante del Three Jolly Topers desfilan­do sin sombrero y su chico mayor llevaba uno en una bolsa de la compra. Meones. ¡Pobrecilla! Luego teniendo que dar el pecho año tras año a cualquier hora de la noche. Egoístas que son esos de la liga antialcohol. Perro del hortelano. Sólo un terrón de azúcar en mi té, por favor.

Se encontraba en el cruce de Fleet Street. Descanso para el almuerzo. ¿Uno de seis peniques en casa Rowe? Tengo que buscar ese anuncio en la biblioteca nacional. Uno de ocho peniques en el Burton. Mejor. De paso.

Siguió andando dejando atrás casa Bolton en Westmoreland. Té. Té. Té. Me olvidé de darle un toque a Tom Kernan.

Sss. ¡Des, des, des! Tres días imagínate quejándose en la cama con un pañuelo empapado en vinagre en la frente, el vientre inflado. ¡Fu! ¡Horrendo simplemente! La cabeza del niño demasiado grande: fórceps. Doblado dentro de ella in­tentando abrirse camino al exterior a ciegas topetando con la cabeza, tentando el camino al exterior. A mí me mataría eso. Suerte que Molly despachó los suyos fácilmente. Deberían inventar algo para poner fin a eso. La vida con parto forzado. La idea del sueño crepuscular: a la reina Victoria le dieron eso. Nueve tuvo. Buena ponedora. La vieja que vivía en un zapato tuvo tantos hijos que. Supongamos que fuera tuber­culoso. Es hora de que alguien piense en ello en vez de tan­to cascar sobre qué pudo ser el pecho meditabundo de la plateada efulgencia. Naderías para mentes necias. No sería difi­cil tener grandes instituciones solucionar todo el asunto sin dolor de todos esos impuestos darle a cada recién nacido cin­co libras a interés compuesto hasta los veintiuno cinco por ciento serían cien chelines y las dichosas cinco libras multi­plicar por veinte sistema decimal animarían a la gente a guar­dar dinero ahorrarían ciento diez y un poco más en veintiún años tengo que hacer las cuentas sobre el papel vendría a ser una buena suma más de lo que se piensa.

No a los mortinatos claro está. Esos no están ni registra­dos. Trabajo en balde.

Gracioso espectáculo el de ellas dos juntas, con los vien­tres para fuera. Molly y Mrs. Moisel. Reunión de madres. La tisis se aleja durante ese tiempo, luego vuelve. Lo lisas que parecen de repente después. Ojos en paz. Un peso qui­tado de encima. La vieja Mrs. Thornton era un alma de Dios. Todos mis niños, decía. La cuchara de papilla en su boca antes de darles de comer. Ummm, qué rico está. Le aplastó la mano el hijo de Tom Wall. Su primer saludo al público. La cabeza como una calabaza de concurso. El cas­carrabias del Dr. Murren. La gente llamándolos a todas ho­ras. Por Dios, doctor. La mujer está con los dolores. Luego les hacen esperar meses para sus honorarios. Por asistencias a su mujer. Qué ingrata la gente. Médicos humanitarios, la mayoría.

Ante el enorme portalón del edificio del parlamento irlan­dés una bandada de palomos volaba. Holgorio después de las comidas. ¿Encima de quién lo hacemos? Yo escodo a ese tipo de negro. Ahí va. Allá va la buena suerte. Debe de ha­cer ilusión desde el aire. Apjohn, yo y Owen Goldberg enca­ramados a los árboles cerca de Goose Green haciendo el mono. El Caballa me llamaban.

Una patrulla de guardias salió de College Street, desfilan­do en fila india. Paso de la oca. Caras acaloradas de comer, cascos sudorosos, acariciando las porras. Después del rancho con una buena carga de sopa espesa bajo los cinturones. La suerte del policía es a menudo afortunada. Se separaron en grupos y se dispersaron, saludando, hacia sus rondas. Los han soltado a pastar. El mejor momento para atacar a uno en los postres. Un puñetazo en la comida. Una patrulla de otros, desfilando irregularmente, rodeó la verja del Trinity camino de la comisaría. Rumbo al comedero. Listos para en­frentarse a la caballería. Listos para enfrentarse a la sopa. Cruzó bajo el pícaro dedo de Tommy Moore. Hicieron bien al ponerlo en los urinarios: confluencia de aguas. Debe­ría haber lugares para las mujeres. Entran corriendo en una pastelería. Voy a colocarme bien el sombrero. No hay en todo este ancho mundo un vaalle. Canción formidable la de Julia Morkan. Conservó la voz hasta el final. Discípula de Michael Balfe ¿no fue así?

Siguió con la mirada fija la última casaca de paño. Se las tienen que ver con clientes peligrosos. Jack Power podría más de una historia contar: el padre uno de la pasma. Si un fula­no les da guerra cuando le echan el guante le dan de lo lindo en la trena. No se les puede culpar después de todo con el trabajo que tienen especialmente con los galochines. Aquel policía a caballo el día en que le dieron a Joe Chamberlain el título en Trinity ése sí que dio leña. ¡Palabra que sí! Los cas­cos del caballo chacoloteando detrás nuestro por Abbey Street abajo. Suerte que tuve la sangre fría de meterme en la taberna Manning o hubiera ido aviado. Sí que venía zurran­do, caray. Se tuvo que haber roto la crisma en el adoquina­do. No debí haberme dejado llevar por aquellos medicinan­tes. Y los novatos del Trinity con los birretes. Buscando pe­lea. Aun así conocí a aquel joven Dixon que me trató la picadura en el Mater y ahora está en Holles Street donde Mrs. Purefoy. Engranaje complicado. El silbato de la policía aún en los oídos. Todos se largaron. Por qué la tomó conmi­go. Bajo arresto. Justo aquí mismo empezó todo.

—¡Vivan los bóers!

—¡Tres hurras por De Wet!

—Colgaremos a Joe Chamberlain del palo mayor.

Como cabras: partida de cachorros voceando hasta desga­ñitarse. Vinegar Hill. La banda de los Lecheros. En unos cuantos años la mitad de ellos magistrados y funcionarios. Llega la guerra: al ejército pitando: los mismos que solían. Aunque sea en lo alto del patíbulo.

Nunca se sabe con quién estás hablando. A ese Kelleher Copetón el espía le sale por la cara. Como aquel Peter o Denis o james Carey que dio el chivatazo sobre los invencibles. Miembro de la corporación municipal además. Instando a jovencitos imberbes a hurgar en busca de cualquier información siempre en la nómina del servicio secreto del Castillo. Lo dejaron en la estacada. Por eso los policías de paisano siempre andan rondando a las tatas. Fácilmente se huele a un hombre acostumbrado a uniformes. Pelando la pava en el portal de atrás. Achucharla un poco. Luego lo que caiga. ¿Y quién es el caballero que hace las visitas? ¿Decía algo el se­ñorito? Tom el fisgón. Cimbel. Joven estudiante ardiente tonteando alrededor de sus gordos brazos que planchan.

—Son tuyas, Mary?

—Yo no me pongo esas cosas ..... Quieto o se lo digo a la señora. Por ahí toda la noche.

—Se acercan tiempos magníficos, Mary. Ya verás.

—A la porra con sus tiempos magníficos.

Camareras también. Estanqueras.

La idea de James Stephen fue la mejor. Él los conocía. Cír­culos de diez para que nadie pudiera chivarse más que de su propio grupo. Sinn Fein. Si abandonas te apuñalan. Mano secreta. Te quedas. El pelotón de fusilamiento. La hija del carcelero lo sacó de Richmond, partió desde Lusk. Hospe­dándose en el hotel Buckingham Palace en sus propias nari­ces. Garibaldi.

Se debe tener una fascinación especial: Parnell. Arthur Griffith es un hombre honrado pero no tiene encanto para las masas. Ni labia para alabar nuestra hermosa tierra. Char­latanería. Salón de té de la Compañía Panificadora de Du­blín. Asociaciones de debates. Que el republicanismo es la mejor forma de gobierno. Que la cuestión de la lengua de­biera preceder a la cuestión económica. Hagan que sus hijas los engatusen hasta casa. Atibórrenlos de comer y beber. El ganso por San Miguel. Aquí tiene un buen trozo de relleno al tomillo bajo la pechuga. Tome otro cucharón de grasa de ganso antes de que se enfile. Entusiastas a medio comer. Un bollo de a penique y de paseo con la banda. No hay perdón para el trinchador. Pensar que es otro el que paga hace la sal­sa la mejor del mundo. Se instalan como si estuvieran en casa. A ver esos albaricoques, queriendo decir melocotones. Ese día no tan lejano. Sol de autonomía elevándose por el noroeste.

La sonrisa se le borró mientras caminaba, una nube plomi­za cubrió el sol lentamente, sombreando el arrogante frontis­picio del Trinity. Tranvías que se cruzan en todas direccio­nes, para el centro, para las afueras, tañendo. Palabras inúti­les. Las cosas siguen igual, día tras día: patrullas de policía sa­len, vuelven: tranvías entran, salen. Esos dos majaretas hara­ganeando. Dignam con los pies por delante. Mina Purefoy vientre inflado en una cama quedándose para que le saquen el niño a tirones. Uno que nace cada segundo en algún sitio. Otro que muere cada segundo. Desde que les eché de comer a los pájaros cinco minutos. Trescientos han estirado la pata. Otros trescientos nacidos, lavándoles la sangre, todos están lavados con la sangre del cordero, berreando maaaaaa.

Ciudad entera que muere, otra ciudad entera que llega, muere también: otra que aparece, que acaba. Casas, filas de casas, calles, millas de pavimento, ladrillos apilados, piedras. Cambian de mano. Este propietario, ése. El dueño nunca muere dicen. Otro se mete en su pellejo cuando a él le llega el desahucio. Compran el sitio con oro y aún siguen tenien­do todo el oro. Timo en alguna parte. Apiladas en ciudades, desgastadas siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construi­das a costa de pan y cebollas. Muralla china de esclavos. Ba­bilonia. Grandes piedras que permanecen. Torres circulares. El resto ruinas, barrios que se extienden, chapuzas. Casascol­mena de Kerwan construcciones de papel. Cobertizo, para la noche.

Nadie vale nada.

Ésta es la peor hora del día. Vitalidad. Apagado, tristón: odio esta hora. Siento como si me hubieran comido y vomi­tado.

Casa del rector. El reverendo Dr. Salmon: salmón en con­serva. Bien conservado ahí dentro. Como una capilla mor­tuoria. No viviría ahí por nada del mundo. Espero que ten­gan hígado con panceta hoy. La naturaleza aborrece el vacío.

El sol se liberó lentamente y encendió chispas de luz en la plata del escaparate de enfrente de Walter Sexton por donde pasaba John Howard Pamell, sin ver.

Ahí va: el hermano. La viva estampa de él. Cara inolvida­ble. Y eso sí que es una coincidencia. Claro que cientos de veces piensas en una persona y no te la encuentras. Como al­guien andando en sueños. Nadie le conoce. Debe de haber una reunión de la corporación municipal hoy. Dicen que nunca se ha puesto el uniforme de oficial del ayuntamiento desde que le dieron el cargo. Charley Kavanagh solía salir todo empingorotado, sombrero de tres picos, hinchado, em­polvado y afeitado. Mira qué andares de alma en pena lleva. Debe de andar flojo de tripas. Fantasma con ojos escalfados. Tengo una pena. El hermano del gran hombre: el hermano de su hermano. Tendría buena planta en el alfana de la ciu­dad. Se deja caer por la C. P. D. probablemente para tomar café, jugar al ajedrez allí. Su hermano utilizaba a los hombres como peones. Que los parta un rayo. Miedo de hacer nin­gún comentario sobre él. Los hiela con esa mirada que tiene. Esa es la fascinación: el nombre. Todos un poco tocados. Fanny la loca y la otra hermana de él Mrs. Dickinson en ca­rruaje por ahí con arreos escarlata. Bien erguido como el ci­rujano M'Ardle. Aun así David Sheehy le ganó la partida electoral por South Meath. Solicitar los Chiltem Hundreds, dejar el parlamento y te retiras a la función pública. El ban­quete del patriota. Comiendo cáscaras de naranjas en el par­que. Simon Dedalus dijo cuando lo metieron en el parla­mento que Pamell tomaría de la sepultura y lo sacaría de la cámara de los comunes por el brazo.

—Del pulpo bicéfalo, una de cuyas cabezas es la cabeza en la que los extremos del mundo han olvidado encontrarse mientras que la otra habla con acento escocés. Los tentácu­los ....

Desde atrás tomaron la delantera a Mr. Bloom por el bor­dillo. Barba y bicicleta. Jovencita.

Y por ahí va también él. Pues eso sí que es una verdadera coincidencia: por segunda vez. Acontecimientos que derra­man sus sombras antes. Con el consentimiento del eminen­te poeta, Mr. Geo. Russell. Ésa puede ser Lizzie Twigg con él. A. E.: ¿qué quiere decir eso? Iniciales quizá. Albert Edward, Arthur Edmund, Alphonsus Eb Ed El "Esquire". ¿Qué decía él? Los extremos del mundo con acento escocés. Tentáculos: pulpo. Algo oculto: simbolismo. Él disertando pomposa­mente. Ella empapándoselo todo. No dice ni palabra. Para ayudar a caballero en actividades literarias.

Sus ojos siguieron a la figura encumbrada vestida con tos­co traje, barba y bicicleta, una mujer escuchando a su lado. Vienen del restaurante vegetariano. Sólo hierbajos y fruta. No te comas un bistec. Si te lo comes los ojos de la vaca te perseguirán por toda la eternidad. Dicen que es más sano. Acuosoflatoso sin embargo. Lo tengo probado. Te tiene co­rriendo todo el día. Tan malo como cagalera de vaca. Sueños toda la noche. ¿Por qué llamarán a esa cosa que me dieron fi­lete de nuez? Nuezananos. Frutananos. Para que te hagas la idea de que te comes un filete de lomo. Absurdo. Salado ade­más. Cocinan con bicarbonato. Te tiene de imaginaria toda la noche.

Lleva las medias flojas por los tobillos. Detesto eso: tan fal­to de gusto. Esas gentes literarias etéreas que son todas ellas. Soñadores, en las nubes, simbolísticos. Estetas es lo que son. No me sorprendería que fuera ese tipo de comida ya ves que produce las como olas del cerebro lo poético. Por ejemplo a uno de esos policías sudando cocido irlandés a través de las camisas no se le podría sacar ni un solo verso. No saben ni lo que es poesía siquiera. Hay que tener una cierta disposición.

En las nubes la soñadora gaviota
ondea sobre aguas de arlota.

Cruzó por la esquina de Nassau Street y se paró delante del escaparate de Yeates e Hijo, calculando el precio de los prismáticos. ¿O me dejo caer por donde el viejo Harris y charlo con el joven Sinclair? Tipo educado. Seguramente al­morzando. Tengo que llevar mis viejos prismáticos a arre­glar. Lentes Goerz seis guineas. Los alemanes abriéndose ca­mino por todas partes. Venden con facilidades para atrapar el mercado. Malvendiendo. Podría con suerte encontrar un par en la oficina de objetos perdidos de los ferrocarriles. Asombroso las cosas que la gente se olvida en los trenes y en consigna. ¿En qué estarán pensando? Las mujeres también. Increíble. El año pasado en el viaje a Ennis tuve que recoger el bolso de la hija de aquel granjero y dárselo en el empalme de Limenck. Dinero sin reclamar también. Hay un pequeño reloj allá arriba en el tejado del banco para probar esos pris­máticos.

Los párpados bajaron hasta los bordes inferiores de los iris. No lo veo. Si imaginas que está allí casi lo ves. No lo veo. Dio media vuelta y, de pie bajo los toldos, alargó la mano derecha con todo el brazo extendido hacia el sol. He queri­do probar eso a menudo. Sí: completamente. La punta del dedo meñique tapó el disco solar. Debe de ser el foco donde se cruzan los rayos. Si tuviera unos cristales negros. Interesante. Se hablaba mucho de esas manchas solares cuando está­bamos en Lombard Street West. Mirando al cielo en el jar­dín de atrás. Son explosiones tremendas. Habrá un eclipse total este año: algún día del otoño.

Ahora que lo pienso esa bola cae a la hora de Greenwich. Es porque el reloj funciona por un cable eléctrico desde Dunsink. Tengo que ir allí algún primer sábado de mes. Si pudiera conseguir una carta de presentación para el profesor Joly o averiguar algo sobre su familia. Eso sería suficiente para: uno siempre se siente cumplimentado. Lisonja donde menos se lo espera uno. Noble orgulloso de descender de la amante de un rey. Su antepasada. Halaga a base de bien. Su­misión y acatamiento valen por ciento. No ir y descolgarse con lo que sabes que no debieras: ¿qué es paralaje? Acompa­ñe a este caballero a la puerta.

Ah.

La mano bajó a su costado otra vez.

Nunca se sabe nada de eso. Pérdida de tiempo. Bolas de gas que giran, se cruzan unas con otras, avanzan. El mismo sonsonete de siempre. Gas: luego sólido: luego mundo: lue­go frío: luego concha muerta a la deriva, crocante helado, como ese crocante de piña. La luna. Debe de haber luna nue­va, dijo ella. Creo que sí.

Siguió por delante de la maison Claire.

Espera. Luna llena fue la noche que estábamos el domin­go hace quince días exactamente hay luna nueva. Bajando a pie a lo largo del Tolka. No estuvo mal para ser luna de Fairview. Ella tarareaba. La luna nueva de mayo radiante, amor. Él al otro lado de ella. Codo, brazo. Él. La la—ámpara de la luciérnaga reluciente, amor. Roce. Dedos. Preguntan­do. Respuesta. Sí.

Para. Para. Lo que fue fue. Tengo que.

Mr. Bloom, la respiración acelerada, andando más lenta­mente dejó atrás Adam Court.

Con un ca tranquilo estáte tranquilo alivio los ojos toma­ron nota ésta es la calle aquí al mediodía de los hombros caí­dos de Bob Doran. En una de sus rondas anuales, dijo M'Coy. Beben para poder decir o hacer algo o cherchez lafem­me. Allá arriba en el Coombe con arrapiezos y las que hacen la calle y luego el resto del año sobrio como un juez.

Sí. Me lo imaginaba. Escabulléndose por el Empire. Se fue. Agua de seltz sola le vendría bien. Donde Pat Kinsella te­nía el Harp Theatre antes de que Whitbred regentara el Queen. Un bendito. El numerito de Dion Boucicault con su cara de lunallena y con diminuta gorra de mujer. Tres mu­chachas monas de la escuela. Cómo pasa el tiempo ¿eh? En­señando unos pantalones rojos largos bajo las faldas. Bebe­dores, bebiendo, reían espurreando, aventando bebidas. Más Power y salud, Pat. Rojo chillón: alegría para borrachos: car­cajada y humo. Quítate ese sombrero blanco. Sus ojos arre­batados. ¿Dónde está ahora? De mendigo por algún lugar. El arpa que en otros tiempos nos mató de hambre a todos.

Yo era más feliz entonces. ¿O era ése yo? ¿O soy yo aho­ra yo? Veintiocho años tenía. Ella veintitrés. Cuando nos fui­mos de Lombard Street West algo cambió. El hacerlo ya no fue lo mismo después de lo de Rudy. No se puede volver atrás en el tiempo. Como agarrar el agua con la mano. ¿Vol­verías atrás a aquel entonces? Estaba empezando entonces. ¿Volverías? ¿No eres feliz en tu casa pobre diablillo? Quiere coserme los botones. Tengo que contestar. La escribiré en la biblioteca.

Grafton Street vistosa con sus toldos empotrados le cauti­vó los sentidos. Muselinas estampadas, damas ensedadas y viudas de la nobleza, tintineo de arreos, ruido sordo de cas­cos en la abrasante calzada. Pies gruesos que tiene esa mujer de las medias blancas. Ojalá que la lluvia se las empuerque todas. Paleta pueblerina. Todas las elegantes patigordas esta­ban aquí. Siempre las hace a las mujeres torpes de andares. Molly parece que empieza a ponerse oronda.

Dejó atrás, entreteniéndose, los escaparates de Brown Thomas, sedería. Cascadas de cintas. Volátiles sedas de Chi­na. Una urna volcada derramaba por la boca un torrente de popelín color sangre: sangre lustrosa. Los hugonotes la traje­ron aquí. Lacaus esant tara tara. Qué gran coro aquel. Taree tara. Hay que lavarlo con agua de lluvia. Meyerbeer. Tara: bom bom bom.

Acericos. Llevo mucho tiempo amenazando con comprar uno. Las pincha por todas partes. Agujas en las cortinas de la ventana.

Se destapó un poco el antebrazo izquierdo. Rasguño: se fue prácticamente. Hoy no de todas formas. Tengo que vol­ver a por esa loción. Para su cumpleaños quizá. El ocho de juniojulioagoseptiembre. Faltan casi tres meses. Luego puede que no le guste. Las mujeres no recogen los alfileres. Dicen que evita el desamor.

Sedas rutilantes, enaguas en delgados rieles de latón, deste­llos de medias de seda en ringla.

Inútil volver. Tenía que ser. Cuéntamelo todo.

Voces atipladas. Seda cálida de sol. Arreos tintineantes. Todo para la mujer, hogar y casas, tejidos de seda, plata, ex­quisitas frutas suculentas de Jaffa. Agendath Netaim. Rique­za del mundo.

Una cálida carnosidad humana se le posó en el cerebro. Su cerebro se entregó. Un perfume de abrazos a todo él le en­volvió. Con carnes hambreadas oscuramente, mudamente ansió adorar.

Duke Street. Aquí estamos. Tengo que comer. El Burton. Me encontraré mejor entonces.

Dobló la esquina de Combridge, perseguido aún. Tinti­neo, ruido sordo de cascos. Cuerpos perfumados, cálidos, plenos. Todos besados, se entregaban: en frondosos campos estivales, en la espesa hierba aplastada, en los rezumantes za­guanes de las casas de vecinos, en sofás, camas chimantes.

—¡Jack, amor!

—¡Cariño!

—¡Bésame, Reggy!

—¡Mi cielo!

—¡Amor!

Con el corazón trémulo empujó la puerta del restaurante Burton. La pestilencia se le agarró al aliento convulso: desa­brido jugo de carne, agüilla de verduras. Vean comer a las fieras.

Hombres, hombres, hombres.

Encaramados en altos taburetes ante el mostrador, los sombreros echados hacia atrás, en las mesas pidiendo más pan de balde, tragando, zampando cachos de comida pasto­sa, ojos salientes, limpiándose los mostachos mojados. Un joven pálido carasebosa lustraba el vaso cuchara cuchillo y tenedor con la servilleta. Nueva batería de microbios. Un hombre con servilleta salsimanchada como si fuera un babe­ro se echaba paladas de sopa barbotante gañote abajo. Un hombre que escupía la comida de vuelta en el plato: temilla medio mascada: encías: sin dientes para mastimastimasticar­lo. Chuletón a la plancha. Engullendo para acabar de una vez. Ojos tristes de ajumado. Ha mordido más de lo que puede masticar. ¿Soy yo así? Vemos como otros nos ven. Hombre hambrón hombre peleón. Trabajando con diente y mandíbula. ¡No sigas! ¡Ay! ¡Un hueso! Aquel último rey pa­gano de Irlanda Cormac el del poema del colegio se atragan­tó en Sletty hacia el sur del Boyne. A saber lo que estaría co­miendo. Algo de chuparse los dedos. San Patricio lo convir­tió al cristianismo. No se lo pudo tragar todo sin embargo.

—Rosbif con col.

—Un guisado.

Huele a hombres. Serrín ensalivado, humo de cigarrillo dulzón calentito, peste a andullo, cerveza vertida, meados acervezados de hombre, rancio de fermento.

Se le revolvieron las tripas.

No podría probar bocado aquí. Tipo afilando el cuchillo y tenedor para comerse todo lo que tiene delante, viejo hur­gándose en los lumaderos. Ligero espasmo, lleno, rumiando. Antes y después. La bendición después de las comidas. Mira esta imagen y aquella otra. Arrebañando la salsa del guiso con tarugos de pan empapados. ¡Lámelo del plato, hombre! Salgamos de aquí.

Lanzó una mirada a los entaburetados y enmesados comi­lones alrededor, apretando las aletas de la nariz.

—Dos cervezas negras por aquí.

—Una de cecina con col.

Ese tipo atiborrándose de col con el cuchillo como si su vida dependiera de ello. Muy bien. Me pone enfermo mirar­lo. Más seguro sería comer con las tres manos. Desgarra miembro a miembro. Como una segunda naturaleza en él. Nacido con un pan y un cuchillo bajo el brazo. Qué ingenio­so, creo. O no. Lo del pan quiere decir haber nacido rico. Lo del cuchillo no. Pero entonces se pierde la alusión.

Un camarero con delantal mal ceñido recogía pegajosos platos estruendosos. Rock, el alguacil, de pie ante el mostra­dor sopló a la corona de espuma de su pichel. Salud: salpicó de amarillo al lado de su bota. Un comensal, con cuchillo y tenedor levantados, los codos en la mesa, listo para repetir miraba fijamente al montacargas más allá del manchado pe­riódico doblado. Otro tipo le decía algo con la boca llena. Oyente afable. Charloteo de mesa. Len comímch en elm Bonco delm Unchster elm lunemch. ¿Jo? ¡No me digas, por todos los santos!

Mr. Bloom se llevó indecisamente dos dedos a los labios. Sus ojos decían:

Aquí no está. No le veo.

Fuera. No aguanto a comilones sucios.

Retrocedió hacia la puerta. Tomaré algo ligero en Davy Byme. Piscolabis. Me mantendrá. Tomé un buen desayuno.

—Asado con puré por aquí.

—Pinta de cerveza negra.

Cada uno a lo suyo, a brazo partido. Trago. Tajada. Trago. Comistrajo.

Salió a un aire más limpio y se volvió hacia Grafton Street. Comer o ser comido. ¡Matar! ¡Matar!

Supongamos esa cocina comunal dentro de unos años quizá. Todos trotando con escudillas y fiambreras para que se los llenen. Devorar el contenido en la calle. John Howard Pamell por ejemplo el rector del Trinity cada hijo de su ma­dre no hablemos de los rectores ni del rector del Trinity mu­jeres y niños cocheros sacerdotes clérigos mariscales de cam­po arzobispos. Desde Ailesbury Road, Clyde Road, vivien­das de artesanos, casa de beneficencia sindical de Dublín norte, el alcalde en su engalanada carroza, la vieja reina en una silla de ruedas. Tengo mi plato vacío. Usted primero con nuestra taza de la corporación. Como en la fuente de Sir Philip Crampton. Quítale los microbios restregando con el pañuelo. El siguiente les pone una nueva remesa con el suyo. El Padre O'Flynn los pondría en ridículo a todos. Habría broncas de todas maneras. Todo para Don Menda. Los ni­ños se pelearían por las rebañaduras de la olla. Haría falta una sopera tan grande como Phoenix Park. Arponeando file­tes y cuartos traseros. No aguanto a la gente toda a tu alrede­dor. Table d hôte del hotel City Anns lo llamaba ella. Sopa, plato fuerte y postre. No saber nunca de quiénes son las ideas que masticas. Luego ¿quién fregaría todos los platos y tenedores? Puede que todos estemos alimentándonos de pas­tillas para entonces. Los dientes estropeándose más y más.

Después de todo tiene mucho a su favor ese fino sabor ve­getariano de las cosas de la tierra el ajo claro está que apesta como los organilleros italianos fritos de cebolla champiñón trufa. Dolor para el animal también. Desplumar y vaciar aves. Miserables bestias allá en el matadero esperando que el hacha les parta el cráneo en dos. Mu. Pobres terneros tem­blorosos. Me. Tambaleantes inmaduros. Fritanga de ternera y berza. Cubos de matarifes asaduras bamboleantes. Trae acá ese pecho del gancho. Plop. Cabeza en carne viva y huesos ensangrentados. Ovejas desolladas de ojos vidriosos colgadas por las ancas, morros de ovejas en papeles ensangrentados moqueando gelatina en el serrín. Tapa y cordillas por todas partes. No me destroces esas piezas, chaval.

Sangre fresca caliente prescriben para la tisis. Siempre se necesita sangre. Insidiosa. Lambucearla humeante, espesa­mente azucarada. Fantasmas famélicos.

Ah, tengo hambre.

Entró en Davy Byme. Taberna digna. No charla. Invita a una copa de vez en cuando. Pero en año bisiesto una vez cada cuatro. Me hizo efectivo un talón una vez.

¿Qué tomo ahora? Sacó el reloj. Vamos a ver. ¿Cerveza con gaseosa?

—Hola, Bloom, dijo Napias Flynn desde su rincón.

—Hola, Flynn.

—¿Cómo van las cosas?

—De primera... A ver. Voy a tomar una copa de Borgoña Y... a ver.

Sardinas en los estantes. Casi se saborean con sólo mirar­las. ¿Emparedado? Cam—arón y sus descendientes se amosta­zaron y empanaron allí. Fiambres en pote. ¿Qué es el hogar sin fiambre en pote Ciruelo? Incompleto. ¡Qué anuncio más estúpido! Debajo de las esquelas lo pusieron. Todo en el mis­mo bombo. Fiambre de Dignam en pote. Los caníbales sí con arroz y limón. Misionero blanco demasiado salado. Como cerdo escabechado. Me figuro que el jefe consumirá las partes de honor. Deben de estar duras del ejercicio. Las es­posas en fila atentas a las consecuencias. Depura casta había un viejo negro perrengue. Que se comió o algo los algos del reverendo Mr. MacAndante. Con él de felicidad repleto. Dios sabe qué mezcla. Redaños tripas rancias tráqueas retorcidas y picadas. Rompecabezas encontrar la carne. Casher. Nada de carne y leche juntas. Higiene era lo que lo llaman ahora. Ayuno Yom Kippur limpieza de primavera del interior. La paz y la guerra dependen de la digestión de algún individuo. Religio­nes. Pavos y gansos de Navidad. Matanza de inocentes. Comer beber y divertirse. Luego el servicio de urgencias atesta­do después. Cabezas vendadas. El queso lo digiere todo me­nos a sí mismo. Queso acárido.

—¿Tiene usted emparedados de queso?

—Sí, señor.

Me gustaría unas cuantas aceitunas también si las tuviera. Italianas prefiero. Una buena copa de Borgoña le quita a uno eso. Lubrificar. Una deliciosa ensalada, fresca como una le­chuga, que Tom Keman sabe aliñar. Le sabe dar el toque. Aceite puro de oliva. Milly me sirvió aquella chuleta con una ramita de perejil. Coja una cebolla española. Dios creó el ali­mento, el diablo los cocineros. Cangrejos a la diabla.

——¿La mujer bien?

—Muy bien, gracias .... Un emparedado de queso, pues. ¿Tiene Gorgonzola?

—Sí, señor.

Napias Flynn le dio un sorbo al grog.

—¿Tiene algún concierto entre manos?

Mírale la boca. Podría silbarse en su propio oído. Orejas para echarse a volar, a juego. Música. Entiende tanto de ello como el tartanero. Aun así será mejor contárselo. No hace ningún daño. Anuncio gratis.

—La han contratado para una gira para finales de este mes. Quizá lo haya oído ya.

—No. Vaya, eso está de perlas. ¿Quién monta el tinglado? El camarero sirvió.

—¿Cuánto es eso?

—Siete peniques, señor .... Gracias, señor.

Mr. Bloom cortó el emparedado en tiras delgadas. Mr. MacAndante. Más fácil que esa cosa cremosa de ensueño. Sus quinientas esposas. Se divirtieron gustosas.

—¿Mostaza, señor?

—Gracias.

Fue colocando debajo de cada tira levantada unos buru­jos amarillos. Gustosas. Ya lo tengo. Crecía más y más y más empero.

——¿Quién lo monta? dijo. Bueno, la idea es como de una compañía, comprende. Van a partes iguales en gastos y bene­ficios.

—Ah, sí, ya recuerdo, dijo Napias Flynn, metiéndose la mano en el bolsillo para rascarse la ingle. ¿Quién era el que me lo dijo? ¿No anda Boylan Botero mezclado en todo esto?

Un sacudión cálido de aireabrasador de mostaza dentelleó el corazón de Mr. Bloom. Alzó los ojos y se encontró con la mirada fija de un bilioso reloj. Las dos. Reloj de taberna cin­co minutos adelantado. Tiempo avanza. Las manecillas se mueven. Las dos. Aún no.

La boca del estómago anheló entonces hacia arriba, se le hundió en el interior, anheló más largamente, anhelante­mente.

Vino.

Olibebió a sorbos el jugo cordial y, apremiando a la gar­ganta vehementemente a que aligerara, posó la copa de vino delicadamente.

—Sí, dijo. Es el organizador de hecho.

Tranquilo: donde no hay mollera no hay sesera.

Napias Flynn sorbió y se rascó. La pulga se está dando un banquete.

—Qué chamba tuvo, me estaba contando Jack Mooney, con aquel combate de boxeo que ganó Myler Keogh otra vez al soldado del cuartel de Portobello. Vaya por Dios, se llevó a ese renacuajo a County Carlow me estaba contando ...

Espero que esa gota de rocío no le caiga en el vaso. No, la ha sorbido.

—Cerca de un mes, fijese, antes de que terminara. Zu­rrando la badana por Dios hasta nuevo aviso. Para mante­nerlo lejos del trinquis ¿comprende? Dios, Botero es un tío avispado.

Davy Byme se acercó de detrás de la barra en mangas de camisa alforzadas, limpiándose los labios con dos pasadas de la servilleta. Rojo como arenque. Cuya sonrisa juega sobre cada rasgo con tal y tal repleta. Demasiada grasa en las pasti­nacas.

—Y aquí está él en persona y en forma, dijo Napias Flynn. ¿Nos puede dar una pista para la Copa de Oro?

—Me he apartado de eso, Mr. Flynn, contestó Davy Byme. Nunca apuesto nada a los caballos.

—Tiene razón en eso, dijo Napias Flynn.

Mr. Bloom se comió sus tiras de emparedado, pan recien­te limpio, con un sabor de asco mostaza desabrida, el dejo a pies del queso verde. Sorbos del vino le calmaron el paladar. No lleva palo de campeche. Tiene un gusto más intenso con este tiempo no frío.

Qué bar más tranquilo. Qué pedazo de madera la de ese mostrador. Qué bien cepillado. Me gusta la forma en que se curva ahí.

—Yo no haría absolutamente nada en ese sentido, dijo Davy Byme. Ha arruinado a más de uno, los caballos.

Apuestas de vinateros. Con licencia para la venta de cerve­za, vino y licores a consumir en el local. Cara yo gano cruz tú pierdes.

—Tiene toda la razón, dijo Napias Flynn. A no ser que se esté en el ajo. No hay ningún juego limpio hoy día. Lenehan consigue algunas buenas. Hoy está dando a Cetro como se­guro. Zinfandel es el favorito, de Lord Howard de Walden, ganó en Epsom. Morny Cannon lo monta. Yo podría haber conseguido siete a uno contra Saint Amant hace quince días.

—¿De veras? dijo Davy Byme.

Fue hacia la ventana y, cogiendo el libro de caja, examinó las páginas.

—De verdad, se lo juro, dijo Napias Flynn, sorbiendo. Aquello sí que era un caballo. Saint Frusquin fue el semen­tal. Ganó en medio de una tormenta, la potra de Rothschild, con rellenos en los oídos. Chaqueta azul y gorra amarilla. Mala suerte para el gran Big Ben Dollard y su John O'Gaunt. Él me aconsejó dejarlo. Sí.

Bebió resignadamente de su vaso, pasando los dedos por las estrías.

—Sí, dijo, suspirando.

Mr. Bloom, tascando, de pie, contempló su suspiro. Na­pias majadero. ¿Le digo lo del caballo ese que Lenehan? Ya lo sabe. Mejor que lo olvide. Irá y perderá aún más. Mal se dan los dineros y el bobalicón. Otra gota de rocío que le cae. Nariz fría debe de tener cuando bese a una mujer. Aun así puede que les guste. Las barbas que pinchan les gusta. Las na­rices frías de los perros. La vieja Mrs. Riordan con el Skye­terrier que le sonaban las tripas en el hotel City Arms. Molly haciéndole carantoñas en el regazo. ¡Ay, qué perritoguau­guauguay más grande!

El vino empapó y ablandó la miga apiñada de pan mosta­za un momento queso empachoso. Agradable vino este. Lo paladeo mejor porque no tengo sed. Al baño claro está es de­bido. Nada más que un bocado o dos. Luego alrededor de las seis puedo. Seis. Seis. El tiempo habrá pasado entonces. Ella.

Un suave fuego de vino prendió en sus venas. Tenía tan­tas ganas. Me sentía tan deshecho. Los ojos desganadamente vieron estantes de latas: sardinas, pinzas de langostas llamati­vas. La cantidad de cosas extrañas que la gente elige para co­mer. De las conchas, bígaros con un alfiler, de los árboles, ca­racoles de la tierra comen los franceses, del mar con cebo en el anzuelo. Los peces tontuelos no aprenden nada en un mi­llar de años. Si no lo conoces hay que tener cuidado con lo que te metes en la boca. Bayas venenosas. Marjoletos. La re­dondez crees que es buena. Los colores llamativos te previe­nen en contra. Uno se lo dijo a otro y así sucesivamente. Pro­barlo con el perro primero. Guiado por el olor o el aspecto. Fruta tentadora. Cucuruchos de helado. Leche cremada. Ins­tinto. Naranjales por ejemplo. Necesitan irrigación artificial. Bleibtreustrasse. Sí pero ¿y las ostras? Repugnantes como un cuajarón de flema. Conchas asquerosas. Cuesta Dios y ayu­da abrirlas además. ¿Quién las descubrió? Basura, aguas resi­duales es lo que comen. Champán y ostras del banco Rojo. Influyen en lo sexual. Afrodisí. Él estuvo en el Banco Rojo esta mañana. Era él viejo pez ostras en la mesa quizá él carne joven en lecho no junio no tiene erre no se deben comer os­tras. Pero hay gente a la que le gusta las cosas con olor fuer­te. Caza pasada. Liebre en cazuela. Primero hazte con tu lie­bre. Los chinos comiendo huevos de hace cincuenta años, azules y verdes de nuevo. Comidas de treinta platos. Cada plato inocuo puede mezclarse dentro. Buena idea para una novela de misterio de envenenamientos. ¿Aquel archiduque Leopoldo fue no sí o fue Otto uno de los Habsburgos? ¿O quién era el que solía comerse la porquería de su propia ca­beza? El almuerzo más barato de la ciudad. Por supuesto aris­tócratas, luego los otros lo copian para estar a la moda. Milly también petróleo y harina. La pasta cruda me gusta a mí tam­bién. La mitad de la captura de ostras la vuelven a tirar al mar para mantener los precios altos. Baratas nadie las compraría. Caviar. Darse aires. Vino blanco del Rin en copas verdes. Tragantona de fachenda. Lady mengana. Perlas en pechera empolvada. La elite. Créme de la crème. Piden platos especiales para aparentar que son. Ermitaño con una fuente de legumbres para calmar las punzadas de la carne. Para conocerme ven a comer conmigo. Esturión real el gobernador civil, Coffey, el camicero, con derecho a venados del bosque de su exce­lencia. Mandarle la mitad de la vaca. Menudo festín vi allá abajo en las cocinas del Registrador Mayor. Chef blanquien­gorrado como un rabino. Pato flambeado. Col rizada à la duchesse de Panme. Mejor sería que lo escribieran en el menú para que sepas lo que has comido. Demasiados aderezos es­tropean el caldo. Lo se por experiencia. Lo adulteran con sopa desecada Edwards. Gansos cebados hasta reventarlos. Langostas cocidas vivas. Porr ffavor ttome un ppoco de pepr­diz nnival. No me importaría ser camarero en un hotel de fa­chenda. Propinas, traje de etiqueta, señoras medio desnudas. ¿Puedo sugerirle un poco más de lenguado fileteado muy li­monado, Miss Dubedat? Sí ¡qué amabilidat! Y lo tomó por amabilidat. Nombre hugonote me figuro. Una tal Miss Dubedat vivió en Killiney, lo recuerdo. Du de la francés. Aun así es el mismo pescado quizá al que el viejo Micky Hanlon de Moore Street le sacó las tripas haciéndose rico poco a poco el dedo en las agallas del pescado no sabe ni firmar un talón se diría que estuviera pintando el paisaje con la boca torcida. Mi¡ichael A Ache Ha tan zopenco como un borrico, y vale lo que pesa en oro.

Pegadas al cristal dos moscas zumbaban, pegadas.

Vino chispeante se rezagaba en el paladar tragado. Estrujan­do en el trujal las uvas de Borgoña. Es por el calor del sol. Es como si una mano secreta me señalara viejos recuerdos. Seña­lado sus sentidos recordaron humedecidos. Escondidos bajo helechos silvestres en Howth allá abajo la bahía adormecida: cielo. Ni un ruido. El cielo. La bahía púrpura por el Promonto­rio del León. Verde por Drumleck. Amarilloverdosa hacia Sutton. Campos bajo el mar, las líneas marrón tenue en la hier­ba, ciudades sepultadas. Almohadillado en mi americana tenía ella el cabello, las tijeretas del brezo luden mi mano bajo su nuca, me vas a poner perdida. ¡Oh maravilla! Fresca suave de ungüentos su mano me tocó, acarició: sus ojos fijos en mí no se desviaron. Embelesado sobre ella yací, labios carnosos bien abiertos, besé su boca. Mmn. Suavemente me pasó a la boca la torta de alcaravea cálida y masticada. Pasta empachosa su boca había mamullado agridulce de su saliva. Gozo: lo comí: gozo. Vida joven, sus labios eso me dieron en piquito. Suaves cálidos pegajosos gominosos labios. Flores eran sus ojos, tómame, ojos ávidos. Cayeron guijarros. Ella yacía quieta. Una cabra. Nadie. En lo alto en los rododendros de Ben Howth una cabra anda­ba segura, soltando cagarrutas. Abrigada bajo helechos rió cali­doestrechada. Salvajemente yací sobre ella, la besé: los ojos, sus labios, su cuello estirado que latía, pechos de mujer rebosantes en su blusa de gasa, pezones orondos erectos. Caliente la lamí. Ella me besó. Fui besado. Cediendo toda me encrespó el cabe­llo. Besada, me besó.

A mí. Pero yo ahora.

Pegadas, las moscas zumbaban.

Sus ojos caídos siguieron el veteado silencioso de la tabla de roble. Belleza: se curva: curvas son belleza. Diosas bien formadas, Venus, Juno: curvas que el mundo admira. Se las puede ver en el museo de la biblioteca alzándose en el vestí­bulo circular, diosas desnudas. Ayudas para la digestión. No les importa lo que el hombre mira. Para que todos lo vean. Sin hablar nunca. Quiero decir para tipos como Flynn. Su­pongamos que ella hiciera Pigmalión y Galatea ¿qué diría primero? ¡Mortal! Te pondría en tu sitio. Libando néctar en comensalía con dorados platos de dioses, todo ambrosía. No como los almuerzos de a perra gorda que tomamos, cordero hervido, zanahorias y nabos, botella de cerveza Allsop. Néc­tar imagínatelo bebiendo electricidad: alimento de dioses. Encantadoras formas de mujeres esculpidas a lo Juno. Inmor­tal encanto. Y nosotros atracándonos de comida por un agu­jero y echándolo por detrás: comida, quilo, sangre, estiércol, tierra, comida: hay que alimentarlo al igual que se carga una máquina. Ellas no tienen. No me he fijado. Me fijaré hoy. El celador no se dará cuenta. Me inclino y dejo caer algo. Miro a ver si ella.

Gota a gota un mensaje oculto de la vejiga llegaba a ir a ha­cer a no a hacer allí a hacer. Como hombre y presto apuró el vaso hasta las heces y caminó, hasta caballeros también se en­tregaron, caballerosamente conscientes, yacieron con caballe­ros amantes, un joven la gozó, hasta el patio.

Cuando el sonido de las botas hubo cesado Davy Byrne dijo desde su libro:

—¿Qué es ése? ¿No está en la rama de seguros?

—Hace tiempo que lo dejó, Napias Flynn dijo. Es agente de publicidad para el Freeman.

—Le conozco bastante de vista, dijo Davy Byrne. ¿Le ha ocurrido algo?

—¿Que si le ha ocurrido algo? dijo Napias Flynn. No que yo sepa. ¿Por qué?

—Me he fijado que va de luto.

—¿Ah sí? dijo Napias Flynn. Es verdad, por todos los san­tos. Le pregunté cómo iba todo en casa. Tiene razón, por Dios. Es verdad.

Yo nunca saco el tema, dijo Davy Byme humanamen­te, si veo que algún caballero está en ese tipo de apuros. Sólo se lo traes de nuevo a la memoria.

—La mujer no es desde luego, dijo Napias Flynn. Me lo encontré anteayer y él salía de esa vaquería irlandesa que la mujer de John Wyse Nolan tiene en Henry Street con un ta­rro de leche cremada en la mano que se lo llevaba a casa a su media naranja. La tiene alimentada, se lo digo yo. Piquitos de ruiseñor.

—¿Y trabaja para el Freeman? dijo Davy Byme.

Napias Flynn arrugó los labios.

—No compra la leche cremada con los anuncios que pes­ca por ahí. Puede apostar el pellejo.

—¿Y cómo es eso? preguntó Davy Byme, dejando el li­bro.

Napias Flynn hizo unas fintas veloces en el aire con dedos malabares. Guiñó el ojo.

—Está en la hermandad, dijo.

—¿No me diga? dijo Davy Byme.

—Tal como lo oye, dijo Napias Flynn. Orden antigua libre y reconocida. Es un hermano excelente. Luz, vida y amor, por Dios. Le arriman el hombro. Me lo dijo un — bueno, no voy a decir quién.

—¿Seguro?

—Ya, es una orden estupenda, dijo Napias Flynn. Están contigo cuando te va malamente. Conozco a un fulano que estuvo intentando entrar. Pero están más atrancados que Dios. Por todos los diablos hicieron bien con no dejar entrar a las mujeres.

Davy Byme sonnobostezoafirmó todo en uno.

—¡Eeeeeeshaaaaaaahh!

—Hubo una mujer, dijo Napias Flynn, que se escondió en un reloj para enterarse de lo que hacían. Pero la leche que se la olieron y la declararon allí mismo maestre masón. Pertene­cía a los Saint Legers de Doneraile.

Davy Byrne, satisfecho después del bostezo, dijo con ojos mojados por las lágrimas:

—¿Y es eso cierto? Hombre tranquilo y honrado sí que es. A menudo lo he visto por aquí y nunca jamás lo vi — ya sabe, pasarse de la raya.

—No hay Dios que pueda emborracharlo, dijo Napias Flynn firmemente. Se quita de en medio cuando la juerga se pone demasiado al rojo. ¿No lo vio mirar el reloj? Ah, no es­taba usted ahí. Si quieres que tome una copa lo primero que hace es sacar el reloj para ver qué debe pimplar. Por Dios que es así.

—Hay algunos así, dijo Davy Byrne. Es un tío sano, di­ría yo.

—No es mala persona, dijo Napias Flynn, sorbiéndoselas. Se sabe que echa una mano también para ayudarle a más de uno. A cada uno lo suyo. Ya lo creo, Bloom tiene su lado bueno. Pero hay algo que nunca haría.

La mano pintarrajeó una firma en seco al lado de su grog.

—Lo sé, dijo Davy Byme.

—Nada por escrito, dijo Napias Flynn.

Paddy Leonard y Lyons Gallito entraron. Tom Rochford los seguía con el ceño fruncido, una mano alisándose el cha­leco burdeos.

—Buenas, Mr. Byme.

—Buenas, caballeros.

Se pararon ante el mostrador.

—¿Quién convida? preguntó Paddy Leonard.

—Yo convivo mejor o peor, contestó Napias Flynn.

—Bueno ¿qué va a ser? preguntó Paddy Leonard.

—Yo voy a tomar un vaso de quina, dijo Lyons Gallito.

—¿Pero cómo? exclamó Paddy Leonard. ¿Desde cuándo, por el amor de Dios? ¿Para usted qué, Tom?

—¿Cómo anda la cañería principal? preguntó Napias Flynn, dando un sorbo.

Por toda respuesta Tom Rochord se presionó el esternón con la mano e hipó.

—¿No le importaría darme un vaso de agua fresca, Mr. Byme? dijo.

—Por supuesto, señor.

Paddy Leonard ojeó a sus compañeros—bebedores de cerveza.

—Que Dios nos coja confesados, dijo. ¡Miren a lo que es­toy invitando! ¡Agua fríá y gaseosa! Dos tipos que chuparían güisqui de una herida. Este guarda un jodido caballo en la manga para la Copa de Oro. Un soplo fetén.

—¿Hablamos de Zinfandel? preguntó Napias Flynn.

Tom Rochford dejó caer unos polvos de un papel dobla­do en el agua que le pusieron delante.

—Esta condenada dispepsia, dijo antes de beber.

—El bicarbonato viene muy bien, dijo Davy Byrne.

Tom Rochford asintió y bebió.

—¿Hablamos de Zinfandel?

—¡No diga nada! guiñó Lyons Gallito. Voy a apostar cin­co chelines yo solito.

—Díganoslo si tiene lo que hay que tener y váyase al in­fierno, dijo Paddy Leonard. ¿Quién le dio el soplo?

Mr. Bloom camino de la salida levantó tres dedos en señal de saludo.

—¡Hasta la vista! dijo Napias Flynn.

Los otros se volvieron.

—Pues ése es el hombre que me lo dio, susurró Lyons Ga­llito.

—¡Puuff? dijo Paddy Leonard con desdén. Mr. Byme, por favor, tomaremos dos Jamesons de esos que usted tiene por ahí de los pequeños después de esto y un ....

—Vaso de quina, añadió Davy Byme cortésmente.

—Sí, dijo Paddy Leonard. Un biberón para el nene.

Mr. Bloom caminó hacia Dawson Street, pasándose la len­gua por los dientes por igual. Algo verde sería: espinacas, diga­mos. Después con ese reflector de rayos Róntgen se podrían.

En Duke Lane un terrier zampón vomitaba un asqueroso devuelto grumoso en el adoquinado y lo lamía con nuevo ar­dor. Empacho. Devuelto y muchas gracias habiendo digeri­do completamente el contenido. Primero dulce luego sabro­so. Mr. Bloom lo bordeó cautelosamente. Rumiantes. Su se­gundo plato. Mueven la mandíbula superior. A saber si Tom Rochford hará algo con ese invento suyo. Pérdida de tiempo explicárselo al lenguaraz de Flynn. Gente flaca lengua larga. Debería haber un pabellón o un lugar donde los inventores pudieran ir e inventar tranquilamente. Claro que entonces tendrías a todos los grillados dándote la lata.

Tarareó, prolongando en un eco solemne el final de los compases:

—Don Giovanni, a cenar teco

M'invitasti.

Me siento mejor. Borgoña. Buen reconstituyente. ¿Quién sería el primero en destilar? Alguien deprimido. La bebida le­vanta el ánimo. Ese semanario Kilkenny People en la bibliote­ca nacional tengo ahora que.

Pericos limpios destapados esperando en el escaparate de William Miller, fontanero, le hicieron volver atrás en sus pensamientos. Podrían: y observarlo todo el trayecto hasta abajo, te tragas un alfiler y a veces sale por las costillas años más tarde, recorrido por todo el cuerpo cambiando del con­ducto biliar bazo hígado saliendo a chorros jugos gástricos rollos de intestinos como tuberías. Pero el pobre mastuerzo tendría que permanecer todo el tiempo con las entrañas ex­puestas. La ciencia.

A cenar teco.

¿Qué querrá decir ese teco? Esta noche quizá.

—Don Giovanni, me habéis invitado

a venir a cenar esta noche,

tarán tarán tan.

No pega mucho.

Yaves: dos meses si consigo que Nannetti. Eso serían dos libras con diez unas dos libras y ocho chelines. Tres que me debe Hynes. Dos con once. El carromato de la fábrica de tin­tes Prescott allí. Si consigo el anuncio de Billy Prescott: dos con quince. Cinco guineas aproximadamente. Nadando en la abundancia.

Podría comprarle una de esas enaguas de seda a Molly, del color de las ligas nuevas.

Hoy. Hoy. No pensar.

Recorrido por el sur después. ¿Qué tal la costa inglesa? Brighton, Margate. Los espigones a la luz de la luna. Su voz flotando a lo lejos. Aquellas encantadoras chicas dula playa. Contra la pared de la taberna John Long un soñoliento zán­gano sestea sus pensamientos profundos, royéndose un nudi­llo costroso. Hombre para todo necesita trabajo. Jomal bajo. Comería cualquier cosa.

Mr. Bloom dobló delante del escaparate de Gray la confi­tera con tartas no despachadas y dejó atrás la librería del reverendo Thomas Connellan. Por qué dejé la iglesia de Roma. Mujeres del Nido de pajarillos lo manejan. Se dice que solían darle sopa a los niños necesitados para que se convirtieran al protestantismo cuando la plaga de la patata. Asociación al otro lado de la calle a la que iba papá para la conversión de los pobres judíos. El mismo cebo. Por qué délamos la iglesia de Roma.

Un mozalbete ciego de pie bordoneaba el bordillo con su delgado bastón. Ningún tranvía a la vista. Quiere cruzar.

—¿Quiere usted cruzar? preguntó Mr. Bloom.

El mozalbete ciego no contestó. Su cara enjalbegada se frunció débilmente. Movió la cabeza indecisamente.

—Está usted en Dawson Street, dijo Mr. Bloom. Moles­worth Street está enfrente. ¿Quiere cruzar? No hay ningún obstáculo.

El bastón se movió hacia fuera temblando a la izquierda. El ojo de Mr. Bloom siguió la dirección y volvió a ver el ca­rromato de la fábrica de tintes estacionado delante de la bar­bería Drago. Donde vi su pelo brillantinado justo cuando yo iba a. Caballo cabizbajo. El cochero en el John Long. Apa­gando la sed.

—Hay un carromato ahí, dijo Mr. Bloom, pero está para­do. Le ayudaré a cruzar. ¿Quiere ir a Molesworth Street?

—Sí, contestó el mozalbete. A South Fredenck Street.

—Vamos, dijo Mr. Bloom.

Tocó el delgado codo delicadamente: luego cogió la lacia mano vidente para guiarla adelante.

Dile algo. Será mejor no mostrarse condescendiente. Desconfían de lo que se les dice. Haz algún comentario co­rriente.

—No rompe a llover.

No hubo respuesta.

Manchas en la americana. Babea la comida, supongo. Re­conocerá muy bien los sabores. Le tendrían que dar de co­mer con cuchara primero. Como la mano de un niño, su mano. Como era la de Milly. Sensible. Me está sopesando me atrevería a decir por la mano. A saber si tendrá nombre. El carromato. Mantengamos el bastón lejos de las patas del caballo: cansado esclavo que pueda echar una cabezada. Así está bien. Despejado. Del toro la trasera: del caballo la de­lantera.

—Gracias, señor.

Sabe que soy un hombre. La voz.

—¿Todo bien? La primera a la izquierda.

El mozalbete ciego bordoneó el bordillo y siguió su cami­no, tirando de nuevo de su bastón, siempre tentando.

Mr. Bloom caminó tras los pies sin ojos, un traje de corte anodino de espiga de tweed. ¡Pobre chico! ¿Cómo es posible que supiera que ese carromato estaba ahí? Debió de sentirlo. Ven las cosas con la frente quizá: como un sentido del volu­men. El peso o el tamaño, algo más negro que la oscuridad. A saber si lo notaría si quitaran algo de en medio. Notaría un hueco. Rara opinión de Dublín debe de tener, abriéndose ca­mino bordoneando por el adoquinado. ¿Andaría en línea recta si no tuviera ese bastón? Cara piadosa exánime como la de alguien que va para cura.

¡Penrose! Así se llamaba aquel fulano.

Mira cuántas cosas pueden aprender a hacer. Leer con los dedos. Afinar pianos. O nos sorprendemos que tengan cale­tre. Por qué pensamos que una persona deforme o un joro­bado es agudo si dice algo que nosotros diríamos. Claro que los otros sentidos están más. Bordan. Trenzan cestos. La gen­te debería ayudar. Un costurero le podría comprar a Molly por su cumpleaños. Odia la costura. Podría sentirse ofendi­da. Hombres de la oscuridad los llaman.

El sentido del olfato debe de ser más fuerte también. Olores por todas partes, a montones. Cada calle un olor distinto. Cada persona también. Luego la primavera, el verano: olo­res. ¿Sabores? Dicen que no se puede paladear el vino con los ojos cerrados o cuando se está resfriado. También fumar en la oscuridad dicen que no da placer.

Y con una mujer, por ejemplo. Más desvergüenza sin ver. Esa chica que pasa por la institución Stewart, la cabeza ergui­da. Mírame. Los tengo bien puestos. Tiene que resultar raro no verla. Especie de forma en el ojo de su mente. La voz, tem­peraturas: cuando la toca con los dedos tiene por fuerza que ver las líneas, las curvas. Sus manos en el pelo de ella, ponga­mos por caso. Digamos que es negro, pongamos por caso. Bien. Llamémoslo negro. Luego pasando las manos por la piel blanca. Tacto diferente quizá. El tacto de lo blanco.

Estafeta de correos. Tengo que contestar. Qué faena hoy. Enviarle un giro postal de dos chelines, media corona. Acepta mi pequeño regalo. Papelería aquí mismo también. Espe­ra. Piénsatelo.

Con un discreto dedo se palpó tan lentamente el pelo pei­nado hacia atrás por encima de las orejas. De nuevo. Fibras de fina fina paja. Luego discretamente el dedo palpó la piel de la mejilla derecha. Pelusilla también ahí. No suficiente­mente suave. El vientre es lo más suave. Nadie por aquí. Ahí va ése entrando en Frederick Street. Quizá al piano de la aca­demia de baile de Levenston. Pudiera estar colocándome los tirantes.

Al pasar por la taberna Doran deslizó la mano entre el cha­leco y los pantalones y, abriéndose delicadamente la camisa, palpó un pliegue flojo del vientre. Pero sé que es amarillo blancuzco. Hay que probarlo en la oscuridad para ver.

Retiró la mano y se arregló la ropa.

¡Pobre hombre! Casi un niño. Terrible. Verdaderamente terrible. ¿Qué sueños habrá de tener al no ver? La vida un sueño para él. ¿Dónde está la justicia de haber nacido así? Todas esas mujeres y niños en la excursión de placer quema­dos y ahogados en Nueva York. Holocausto. La llaman kar­ma a esa transmigración por los pecados que cometiste en una vida pasada la reencarnación meten si acaso. Ay, señor, señor, señor. Qué pena, claro: pero de todas formas no se lo traga uno de ninguna manera.

Sir Fredenck Falkiner entrando en la logia masónica. Solemne como Troy. Después de un buen almuerzo en Earlsfort Terrace. Viejos amigotes legistas descorchando una de litro y medio. Chismes de tribunales y de sesiones y anales del colegio Bluecoat de hijos de papá. Lo senten­cié a diez años. Supongo que haría un mohín de desprecio a esa cosa que yo he bebido. Vino de reserva para ellos, el año rotulado en la botella polvorienta. Tiene ideas propias sobre la justicia cuando está en el juzgado de instrucción. Viejo bienintencionado. Los pliegos de cargos de la policía atiborrados de casos que saca su porcentaje en la manufac­tura del delito. Los manda a tomar viento fresco. Un dia­blo con los prestamistas. Le echó a Reuben J. un buen ra­papolvos. Ahora que ése es lo que se dice un perro judío. El poder que tienen esos jueces. Viejos borrachines malhu­morados con pelucas. Polvorillas. Y que el Señor se apiade de tu alma.

Caramba, un cartel. La feria del Mirus. Su Excelencia el vi­rrey de Irlanda. Dieciséis. Es hoy. Para recaudar fondos para el hospital Mercer. Se estrenó el Mesías para lo mismo. Sí. Handel. Y si me fuera para allá: Ballsbndge. Podría hacerle una visita a Yaves. Inútil pegarme a él como una lapa. Deja­ría de ser bienvenido. Seguro que conozco a alguien en la puerta.

Mr. Bloom llegó a Kildare Street. Primero tengo que. Bi­blioteca.

Canotié al sol. Zapatos de color canela. Pantalones con vueltas. Es él. Es él.

El corazón le palpitó suavemente. A la derecha. Museo. Diosas. Se desvió bruscamente a la derecha.

¿Es él? Casi seguro. No miraré. Se me nota el vino en la cara. ¿Por qué bebí? Demasiado cabezón. Sí, es él. Los anda­res. No ver. Sigamos.

Dirigiéndose a la puerta del museo a grandes pasos acoqui­nados levantó la vista. Hermoso edificio. Sir Thomas Deane lo diseñó. ¿No me sigue?

No me vio quizá. La luz en los ojos.

El aleteo del aliento se desbocaba en suspiros fugaces. Aprisa. Estatuas filas: tranquilo ya. A salvo en un minuto. No. No me vio. Pasadas las dos. Justo en la puerta.

¡El corazón!

Los ojos palpitando miraron resueltamente las curvas cre­mosas de piedra. De Sir Thomas Deane y su arquitectura griega. Busca algo que.

La precipitada mano se introdujo aprisa en un bolsillo, sacó, leyó Agendath Netaim desdoblado. ¿Dónde lo he?

Ocupado mirando.

Metió de nuevo aprisa Agendath.

Por la tarde dijo ella.

Estoy buscando eso. Sí, eso. Prueba en todos los bolsillos. Pañue. Freeman. ¿Dónde lo he? Ah, sí. Pantalones. Patata. Mo­nedero. ¿Dónde?

Aligera. Anda tranquilo. Un momento más. El corazón. La mano buscando el dónde lo puse encontró en el bolsi­llo de atrás jabón loción pasarme por tibio papel pegado. Ah el jabón ya veo, sí. La puerta.

¡A salvo!

9. Escila y Caribdis

CORTÉS, para hacerles sentirse cómodos, el biblioteca­rio cuáquero ronroneó:

—Y tenemos, no es así, esas páginas inapreciables del Wilhelm Meister. Un gran poeta sobre un gran poeta her­mano. Un alma vacilante alzándose en armas contra un mar de obstáculos, desgarrada por dudas discrepantes, como se ve en la vida misma.

Dio un paso de ngodón al frente sobre cuero chirriante y un paso de ngodón atrás en el suelo solemne.

Un ayudante sin hacer ruido entreabriendo la puerta un poco le hizo una seña sin hacer ruido.

—Inmediatamente, dijo él, chirriando para irse, aunque rezagándose. El bello soñador ineficaz que naufraga despeda­zándose contra la dura realidad. Uno siempre sabe que los juicios de Goethe son tan verdaderos. Verdaderos en un aná­lisis global.

Doblechirriantemente análisis se coreomarchó. Calvo, el más cumplidor junto a la puerta prestó todos sus oídos a las palabras del ayudante: las oyó: y se fue.

Quedaban dos.

—Monsieur de la Palice, dijo Stephen con sorna, estaba vivo quince minutos antes de su muerte.

—¿Encontró a esos seis valientes medicinantes, preguntó John Eglinton destilando hiel de viejo, para que escriban Elparaíso perdido a su dictado? Los pesares de Satán lo llama él. Sonríe. Sonríe la sonrisa de Cranly.

Primero la cosquilleó
luego la toqueteó
luego el catéterfemenino le metió
pues era un medicinante
un jovial medi ....

—Presiento que necesitará uno más para Hamlet. El siete es caro a la mente mística. Los fulgurantes siete los llama W. B. Yeats.

Ojidestellante su cráneo rufo cercano a la lámpara de so­bremesa verdicaperuzada buscó la cara barbada por entre la sombra más verdinegra, un vate, ojisacro. Rió por lo bajo: risa de becario del Trinity: incontestada.

Satán orquestal, lloraba en muchos acres
lágrimas como las del llanto del ángel.
Ed egli avea del cul fatto trombetta.

Retiene mis locuras en prenda.

Los once fieles de Wicklow de Cranly para liberar su suelo­patrio. Kathleen la mellada, el verdor de sus cuatro hermosos campos, el extraño en su casa. Y uno más para saludarle: ave, rabbi, los doce de Tinahely. En la sombra de la vaguada los reclama. La juventud de mi alma le di, noche a noche. Anda con Dios. Que te vaya bien.

Mulligan tiene mi telegrama.

Locura. Persiste.

—Nuestros jóvenes bardos irlandeses, censuró John Eglin­ton, aún tienen por crear una figura que el mundo instale al lado del Hamlet del sajón Shakespeare aunque le admiro, como le admiró el viejo Ben, más acá de la idolatría.

—Todas estas cuestiones son puramente académicas, hadó Russell desde su sombra. Quiero decir, si Hamlet es Shakespea­re o Jacobo I o Essex. Discusiones de clérigos sobre la historici­dad de Jesús. El arte ha de revelamos ideas, esencias espirituales sin forma. La cuestión suprema sobre una obra de arte es saber desde qué profundidad de vida surge. La pintura de Gustave Moreau es pintura de ideas. La poesía más profunda de Shelley, las palabras de Hamlet nos ponen la mente en contacto con la sabiduría eterna, el mundo de las ideas de Platón. Lo demás son especulaciones de escolares para escolares.

A. E. le ha estado contando a cierto entrevistador yanqui. ¡Ay de mí, que me parta un rayo!

—Los escolásticos fueron primero escolares, dijo Stephen supereducadamente. Aristóteles fue durante un tiempo el es­colar de Platón.

—Y ha continuado siéndolo, cabría esperar, dijo John Eglinton serenamente. Uno se lo imagina, escolar modelo con el diploma bajo el brazo.

Rió de nuevo hacia la cara barbada que ahora sonreía.

Espirituales sin forma. Padre, Verbo y Soplo Santo. Panto­padre, el hombre celestial. Hiesos Kristos, mago de lo bello, el Logos que sufre en nosotros en cada instante. Esto es en verdad aquello. Yo soy el fuego en el altar. Yo soy la mante­quilla del sacrificio.

Dunlop, Judge, el más noble romano de todos, A. E., Arval, el Nombre Inefable, en el cielo pronombrado: K. H., el maestro, cuya identidad no es un secreto para los adeptos. Hermanos de la gran logia blanca siempre vigilantes por si pueden ayudar. El Cristo con la hermana—novia, rocío de luz, nacido de una virgen insuflada con alma, sophia contrita, partida en pos del plano de buddhi. La vida esotérica no es para personas corrientes. La gente comente debe evitar el mal karma primero. Mrs. Cooper Oakley una vez entrevió lo elemental de nuestra muy ilustre hermana H. P. B.

¡Qué bochorno! ¡Largo de aquí! ¡Pfuiteufel! Non hase de mirar, señora mía, así que non se ha cuando una dama monstra su elemental.

Mr. Best entró, alto, joven, apacible, ligero. Llevaba en la mano con gracia una libreta, nueva, abultada, limpia, brillante.

—Ese escolar modelo, dijo Stephen, hallaría las medita­ciones de Hamlet sobre la vida venidera de su alma princi­pesca, el improbable, insignificante y poco dramático mono­logo, tan superficiales como las de Platón.

John Eglinton, frunciendo el ceño, dijo, rezumando ira:

—Palabra que me hierve la sangre cuando alguien compa­ra a Aristóteles con Platón.

—¿Cuál de los dos, preguntó Stephen, me hubiera deste­rrado de su república?

Desenvaina tus definiciones aceradas. La caballosidad es la cosicidad de todo caballo. Corrientes de tendencia y eones es lo que veneran. Dios: el centro del mundo: muy peripaté­tico. Espacio: lo que maldita sea tienes por fuerza que ver. A través de espacios más pequeños que los glóbulos rojos de la sangre del hombre se escalofarrastran tras las posaderas de Blake hasta la eternidad de la que este mundo vegetal no es más que una sombra. Aférrate al ahora, al aquí, a través del cual todo el futuro se sumerge en el pasado.

Mr. Best se acercó, amigable, hacia su colega.

—Haines se ha ido, dijo.

—¿De veras?

—Le estaba enseñando el libro de Jubainville. Está muy entusiasmado, entiéndanme, con los Cantos de amor de Con­nacht de Hyde. No me lo pude traer para que oyera la discu­sión. Se fue a la librería Gill a comprarlo.

Adelante, obra mía, rauda
a saludar al pueblo fiero,
escripto, bien me pesa, contra mi gusto
en torpe inglés indecoroso.

—Se le están subiendo los humos de turba a la cabeza, opinó John Eglinton.

Nosotros sabemos en Inglaterra. Ladrón penitente. Se ha ido. Me fumé su pitillo. Verde piedra cintilante. Una esme­ralda engarzada en el anillo del mar.

—La gente no sabe lo peligrosos que pueden ser los can­tares de amor, el huevo áureo de Russell previno oculta­mente. Los movimientos que provocan revoluciones en el mundo nacen de los sueños y visiones de un corazón cam­pesino en la falda de la montaña. Para ellos la tierra no es un suelo utilizable sino la madre viva. El aire enrarecido de la academia y de la cancha producen la novela de a seis che­lines, la canción de teatro de variedades. Francia da la me­jor flor de corrupción con Mallarmé pero la vida apetecible se revela sólo a los pobres de corazón, la vida de los feacios de Homero.

Desde estas palabras Mr. Best desvió una cara candorosa hacia Stephen.

—Mallarmé, entiéndanme, dijo, ha escrito esos maravillo­sos poemas en prosa que Stephen MacKenna solía leerme en París. Aquel sobre Hamlet. Dice: il se promène, lisant au hvre de lui—même, entiéndanme, leyendo el libro de sí mismo. Describe el Hamlet que dieron en una ciudad de Francia, entiéndanme, una ciudad de provincias. Lo anunciaron.

La mano libre trazó graciosamente minúsculos signos en el aire.

Hamlet
ou
Le Distrait
Pièce de Shakespeare

Le repitió al doblemente ceño fruncido de John Eglinton:

—Pièce de Shakespeare, entiéndanme. Es tan francés. El punto de vista francés. Hamlet ou ...

—El mendigo distraído, concluyó Stephen. John Eglinton se rió.

—Sí, supongo que así sería, dijo. Un pueblo excelente, sin duda alguna, pero horriblemente miope en algunos asuntos. Suntuosa y retardada exageración del asesinato. —Verdugo del alma le llamó Robert Greene, dijo Stephen. Por algo era hijo de un carnicero, que blandía el hacha curvada escupiéndose en las manos. Nueve vidas se siegan por la única de su padre. Padre nuestro que es­tás en el purgatorio. Los Hamlets de caqui no dudan en disparar. El matadero ensangrentado del acto quinto es un vaticinio del campo de concentración cantado por Mr. Swinburne.

Cranly, yo su mudo ordenanza, siguiendo batallas de le­jos.

Cachorros y matronas de huestesferoces a quienes nadie
salvo nosotros habría perdonado la vida ....

Entre la sonrisa del sajón y el aullido del yanqui. La sartén y el fuego.

—Porfía que Hamlet es una historia de fantasmas, dijo John Eglinton en ofrenda a Mr. Best. Como el chico gordo de Pickwick quiere damos escalofríos.

¡Ascucha! iAscucha! ¡Oh, ascucha!

Mi carne le oye: en escalofríos, le oye.

Si alguna vez habéis....

—¿Qué es un espectro? dijo Stephen con energía turbado­ra. Alguien que se disipa hasta la impalpabilidad a través de la muerte, de la ausencia, del cambio de formas. El Londres isabelino quedaba tan lejos de Stratford como queda el co­rrompido París del virginal Dublín. ¿Quién es el espectro del limbo patrum, que vuelve al mundo que le ha olvidado? ¿Quién es el Rey Hamlet?

John Eglinton cambió de postura su cuerpo enjuto, recli­nándose hacia atrás para juzgar.

Elevado.

—A esta misma hora un día de mediados de junio, dijo Stephen, pidiendo oídos con una veloz mirada. La bandera está izada sobre el corral de comedias junto a la margen de­recha del río. El oso Sackerson ruge en la explanada cercana, el jardín de París. Juaneteros que navegaron con Drake mas­tican salchichas entre la mosquetería.

Color local. Mete todo lo que sabes. Hazles cómplices.

—Shakespeare ha dejado la casa del hugonote en Silver Street y camina junto a los corrales de cisnes a la orilla del río. Pero no se queda a echar de comer al cisne hembra que lleva por delante a su manada de cisnecitos hacia los juncos. El cisne de Avon tiene otros quebraderos de cabeza. Composición de lugar. ¡Ignacio de Loyola, acude presto en mi ayuda!

—Comienza la función. Un actor avanza desde las som­bras del escenario, disfrazado con la cota de malla desechada por un buco cortesano, hombre bien plantado con voz de bajo. Es el espectro, el rey, rey y no rey, y el actor es Shake­speare que ha estudiado Hamlet todos los días de su vida que no fueron vanidad para poder representar el papel del fantas­ma. Dirige las palabras a Burbage, el joven actor que está ante él más allá de la nebulosa sábana encerada, llamándole por un nombre:

Hamlet, soy el alma de tu padre,

requiriéndole que ascuche. A un hijo le habla, al hijo de su alma, al príncipe, al joven Hamlet y al hijo de su cuerpo, a Hamnet Shakespeare, que ha muerto en Stratford para que su tocayo viva para siempre.

¿Es posible que aquel actor Shakespeare, espectro por au­sencia, y con los ropajes del rey de Dinamarca enterrado, es­pectro por muerte, expresando sus propias palabras al nom­bre de su propio hijo (de haber vivido Hamnet Shakespeare hubiera sido el hermano gemelo del príncipe Hamlet), es po­sible, me gustaría saber, o probable que él no sacara o previe­ra la conclusión lógica de esas premisas: eres el hijo desposeí­do: yo soy el padre asesinado: tu madre es la reina culpable, Ann Shakespeare, de soltera Hathaway?

—Pero este remover en la vida familiar de un gran hom­bre, empezó Russell impacientemente.

¿Estáis ahí, bien nacido?

—Interesante sólo para el registrador. Quiero decir, tene­mos las obras. Quiero decir cuando leemos la poesía del Rey Lear ¿qué nos va a nosotros cómo vivió el poeta? Por lo que se refiere a vivir nuestros sirvientes pueden hacerlo por noso­tros, ha dicho Villiers de FIsle. Fisgando y removiendo en las comidillas cotidianas de camerinos, el poeta y sus borrache­ras, el poeta y sus deudas. Tenemos el Rey Lear. y eso es in­mortal.

La cara de Mr. Best, apelada, asintió.

Corran sobre ellos tus olas y tus aguas, Mananaan,
Mananaan MacLir....

¿Cómo es eso, muy señor mío, y aquella libra que os pres­tó cuando estabas hambriento?

Pardiez, que me era necesaria.

Tomad vos este sueldo.

¡Vamos, venga! Gastaste casi todo en la cama de Georgina Johnson, hija de clérigo. Mordedura de la conciencia.

¿Piensas devolverlo?

Claro que sí.

¿Cuándo? ¿Ahora?

Pues .... No.

¿Cuándo, entonces?

Nadie me ha regalado nada. Nadie me ha regalado nada.

Tranquilo. Él es de por allá del Boyne. La esquina nordes­te. Lo debes.

Espera. Cinco meses. Las moléculas cambian todas. Yo soy otro yo ahora. Otro yo el que aceptó la libra.

Bla. Bla. Bla.

Pero yo, entelequia, forma de las formas, soy yo por la me­moria porque sujeto a constantes formas cambiantes.

Yo que pequé y oré y ayuné.

Un niño que Conmee salvó de los palmetazos.

Yo, yo y yo. Yo.

A. E. Yo. le. de. bO. a. Ud.

—¡Tiene intención de oponerse abiertamente a la tradi­ción de tres siglos? preguntó la voz criticona de John Eglin­ton. El espectro de ella al menos yace enterrado para siem­pre. Ella murió, al menos para la literatura, antes de que hu­biera nacido.

—Murió, replicó Stephen, sesentaisiete años después de que hubiera nacido. Le vio llegar y salir del mundo. Recibió sus primeros abrazos. Parió a sus hijos y le puso peniques en los ojos para mantener los párpados cerrados cuando reposa­ba en el tálamo mortuorio.

El tálamo mortuorio de madre. Vela. El espejo entapuja­do. Quien me trajo a mí al mundo yace ahí, cubierta de bronce, bajo unas cuantas flores baratas. Liliata rutilantium.

Lloré en soledad.

John Eglinton miró hacia dentro de la enmarañada luciér­naga de su lámpara.

—El mundo cree que Shakespeare cayó en el engaño, dijo, y salió de él lo más rápido y mejor que supo.

—¡Tonterías! dijo Stephen groseramente. Un hombre de talento nunca cae en el engaño. Sus errores son deliberados y son portales del descubrimiento.

Portales de descubrimiento se abrieron para permitir el paso al bibliotecario cuáquero, de suavechirriante pisada, cal­vo, espigado y diligente.

—Una fierecilla, dijo John Eglinton fieramente, no es un portal eficaz de descubrimientos, ya se puede uno imaginar. ¿Qué descubrimiento eficaz aprendió Sócrates de Jantipa?

—Dialéctica, contestó Stephen: y de su madre cómo traer pensamientos al mundo. Lo que aprendió de su otra esposa Myrto (absit nomen ), el Epipsychidion de Socra­tididion, ni hombre, ni mujer, jamás lo sabrá. Pero ni el sa­ber popular de la comadrona ni los sermones que hubo de aguantar le salvaron de los arcontes de Sinn Fein ni de la copa de cicuta.

—¿Pero Ann Hathaway? dijo la voz pausada de Mr. Best olvidadizamente. Sí, parece que nos hemos olvidado de ella como el propio Shakespeare la olvidó.

Su mirada fue de la barba del cavilador al cráneo del criti­cón, para recordar, para regañarles no sin amabilidad, luego a la rosicalva cabeza del murmurador Lolardo, sin culpa aun­que difamada.

—Tenía sus buenos cuartos de ingenio, dijo Stephen, y una memoria nada ociosa. Llevaba un recuerdo en su burcha­ca cuando caminaba a pie a la urbe silbando La chica que me dejé atrás. Si el terremoto no le pusiera fecha deberíamos saber dónde situar a la pobre liebre, agazapada en su madriguera, el ladrido de lebreles, las bridas atachonadas y las ventanas azu­les de ella. Ese recuerdo, VenusyAdonis, reposaba en los apo­sentos de todas las ligeras de cascos de Londres. ¿Acaso es Katharine la fierecilla mal parecida? Hortensio la llama joven y bella. ¿Creen ustedes que el autor de Antonioy Cleopatra, pe­regrino apasionado, tenía los ojos en el cogote para escoger a la zorrilla más fea de Warwickshire y yacer con ella? Bien: la dejó y consiguió el mundo de los hombres. Pero sus mujeres­chicos son las mujeres de un chico. Sus vidas, pensamientos y habla son de hombres. ¿Eligió mal? El elegido fue él, me pa­rece a mí. Si otros hacen su ley Ana se hace el juey. Carajo, ella tuvo la culpa. Ella se ofreció moça tiema, alegrona y de veintiséis años. La diosa ojigarza que se inclina sobre el man­cebo Adonis, rebajándose para conquistar, como inicio del acto culminante, es una atrevida moza de Stratford que re­vuelca en un trigal a un amante más joven que ella.

¿Y cuándo me toca a mí? ¿Cuándo? ¡Ya está bien!

—En un centenal, dijo Mr. Best brillante, alegremente, le­vantando su librillo nuevo, alegre, brillantemente.

Murmuró entonces con blondo deleite para todos:

—En los campos de centeno

yacen lindos labriegos.

París: el complaciente complacido.

Una figura alta vestida con tosco traje barbada, surgió de la sombra y descubrió su reloj cooperativo.

—Me temo que me esperan en el Homestead ¿Onde se anda? Suelo utilizable.

—¿Se marcha? preguntaron las activas cejas de John Eglin­ton. ¿Le veremos en casa de Moore esta noche? Viene Piper.

—¡Piper! pió Mr. Best. ¿Ha vuelto Piper?

Peter Piper picó un picón con pica de pique piquero.

—No sé si podré. Jueves. Tenemos nuestra reunión. Si me puedo salir a tiempo.

Yoguilotiforme en las habitaciones de Dawson. Isis al des­cubierto. Su libro pali que intentamos empeñar. Piernas cruza­das bajo un quitaguas parasol él entrona un logos azteca, fun­cionando en niveles astrales, sus superalmas, mahamahatma. Los fieles hermetistas esperan la luz, maduros para el tiroci­nio búdico, haciendo corro a su alrededor. Louis H. Victory. T. Caulfield Irwin. Damas del loto dispuestas a una señal de sus ojos, sus glándulas pineales encendidas. Lleno de su dios, él entrona, Buda bajo la plantaina. Embaulador de almas, embaucador. Masculinas almas, femeninas almas, tropeles de almas. Embauladas con quejumbrosos llantos tronantes, giradas, girando, se lamentan.

En trivialidad quintaesencial
Durante años en esta caja carnal un alma femenina habitó.

—Dicen que hemos de tener una sorpresa literaria, dijo el bi­bliotecario cuáquero, amistosamente y en serio. Mr. Russell, corre el rumor, está recopilando una hacina de versos de nuestros poetas más jóvenes. Todos la esperamos ansiosa­mente.

Ansiosamente miró en el cono de luz de la lámpara don­de tres caras, iluminadas, relucían.

Mira esto. Recuerda.

Stephen bajó la mirada a un ancho güito acéfalo, colgado del puño de la vara de fresno sobre la rodilla. Mi yelmo y es­pada. Toca ligeramente con dos dedos índices. El experimen­to de Aristóteles. ¿Uno o dos? Necesidad es aquello en vir­tud de lo cual es imposible que uno pueda ser de otra mane­ra. Argo, un sombrero es un sombrero.

Escucha.

El joven Colum y Starkey. George Roberts lleva la parte co­mercial. Longworth le dará un poco de coba en el Express. No ¿lo hará? Me gustó Drover de Colum. Sí, creo que tiene eso tan raro que llaman genio. ¿Crees de verdad que tiene genio? Yeats admiraba ese verso suyo: Como en tierra salvaje un vaso griego. ¿Sí? Espero que pueda venir esta noche. Malachi Mulligan también viene. Moore le pidió que trajera a Haines. ¿Habéis oído el chiste de Miss Mitchell sobre Moore y Martyn? ¿Que Moore es la versión loca de Martyn? Muy agudo ¿ver­dad? Le recuerdan a uno a Don Quijote y Sancho Panza. Nuestra épica nacional aún está por escribirse, dice el Dr. Sigerson. Moore es el hombre para eso. Un caballero de la triste figura aquí en Dublín. ¿Con un kilt azafrán? ¿O'Neill Russell? Pues, claro, debe hablar la grandiosa lengua antigua. ¿Y su Dulcinea? James Stephens está realizando unos esbozos muy agudos. Nos estamos haciendo importantes, al parecer.

Cordelia. Cordoglio. La hija más solitaria de Lear.

Arrinconado. Y ahora tus pulidos modales franceses.

—Muchas gracias, Mr. Russell, dijo Stephen, poniéndose en pie. Si fuera usted tan amable de darle la carta a Mr. Norman ...

—Ah, sí. Si la considera importante la incluirá. Tenemos tanta correspondencia.

—Comprendo, dijo Stephen. Gracias.

Que Dios se lo pague. El periódico de los cerdos. Valedor de bueyes.

Synge me ha prometido un artículo para Dana también. ¿Se nos va a leer? Creo que sí. La liga gaélica quiere algo en irlandés. Espero que se pase usted por allí esta noche. Tráiga­se a Starkey.

Stephen se sentó.

El bibliotecario cuáquero vino de los que partían. Sonro­jándose, su máscara dijo:

—Mr. Dedalus, sus opiniones son de lo más esclarecedoras. Chirrió de un lado para otro, alzándose de puntillas más cerca del cielo por la altura de un chapín, y, encubierto por el ruido de los que salían, dijo por lo bajo:

—¿Es, pues, su opinión que ella no le era fiel al poeta?

Una cara alarmada me pregunta. ¿Por qué se habrá veni­do? ¿Cortesía o una luz interior?

—Donde hay reconciliación, dijo Stephen, tiene que ha­ber habido antes desunión.

—Sí.

Cnstofox con pantalones de cuero escoceses, escondién­dose, como un fugado entre horquetas de árboles abatidos, de la ladra. Sin conocer zorra alguna, caminando solitario en la batida. Mujeres se ganó, gente tierna, una puta de Babilonia, señoras de magistrados, esposas de broncos taberneros. El zorro y las gallinas. Y en New Place un cuerpo deshonra­do flojo que en tiempos fue lindo, en tiempos fue tan dulce, tan fresco como la canela, ahora sus hojas se caen, todas, des­nudo, espantado de la estrecha sepultura e imperdonado.

—Sí. Con que usted piensa ....

La puerta se cerró tras el que salía.

El reposo se apoderó repentinamente de la discreta celda abovedada, reposo de aire cálido y caviloso.

Una lámpara de vestal.

Aquí pondera cosas que no existieron: lo que César habría vivido para hacer de haber creído al adivino: lo que podría haber sido: posibilidades de lo posible como posible: cosas no conocidas: qué nombre usó Aquiles cuando vivió entre mujeres.

Pensamientos encajonados a mi alrededor, en cajas de mo­mias, embalsamados en especias de palabras. Tot, dios de las bibliotecas, un dios—pájaro, lunicoronado. Y oí la voz de aquel sumo sacerdote egipcio. En cámaras pintadas cargadas de libros de arcilla.

Están callados. En tiempos energía en la mente de los hombres. Callados: pero una cierta comezón de muerte está en ellos, para contarme al oído un cuento sensiblero, para ur­girme a llevar a cabo su voluntad.

—Ciertamente, recapacitó John Eglinton, de todos los grandes hombres él es el más enigmático. Tan sólo sabemos que vivió y sufrió. Ni siquiera eso. Otros se doblegan a nues­tra pregunta. Una sombra se cierne sobre el resto.

—Pero Hamlet es tan particular ¿no es así? alegó Mr. Best. Quiero decir, una especie de documento privado, entiéndan­me, de su vida privada. Quiero decir, me importa un bledo, entiéndanme, quién muere o quién es culpable ...

Reposó un libro inocente en el filo del escritorio, sonriendo su desafio. Sus documentos privados en el original. Ta an bad ar an tir. Taim in mo shagart. Ponle ladino a la cosa, Littlejohn.

Dixo Littlejohn Eglinton:

—Venía preparado para oír paradojas por lo que nos con­tó Malachi Mulligan pero será mejor que le advierta que si quiere hacer tambalear mi convicción de que Shakespeare es Hamlet tiene una ardua tarea por delante.

Sed pacientes conmigo.

Stephen aguantó la ponzoña de ojos bellacos refulgiendo se­veros bajo cejas fruncidas. Un basilisco. E quando vede l'uomo l áttosca. Messer Brunetto, gradesçedor os quedo por la palabra.

—Tal como nosotros, o madre Dana, tejemos y desteje­mos nuestros cuerpos, dijo Stephen, un día tras otro, las mo­léculas lanzadas de acá para allá, así teje y desteje el artista su imagen. Y tal como la espiga que tengo en el pecho derecho está donde estaba cuando nací, aunque todo el cuerpo se haya tejido de nueva materia una y otra vez, así a través del espectro del padre intranquilo la imagen del hijo no nacido se asoma expectante. En el intenso instante de imaginación, cuando la mente, dice Shelley, es un carbón que se desvane­ce, aquello que yo fui es aquello que soy y aquello que en posibilidad soy capaz de llegar a ser. Así pues en la posteri­dad, hermana del pasado, seré capaz de verme a mí mismo tal como estoy sentado aquí ahora pero por reflejo de aque­llo que entonces seré.

Drummond de Hawthomden te ayudó en ese obstáculo.

—Sí, dijo Mr. Best juvenilmente. Siento a Hamlet muy jo­ven. La amargura podría emanar del padre pero los pasajes con Ofelia son ciertamente del hijo.

No da una en el clavo. Él está en mi padre. Yo estoy en su hijo.

—Esa espiga será lo último en desaparecer, dijo Stephen, riéndose.

John Eglinton hizo una morisqueta nada afectuosa.

—Si ésa fuera la marca de nacimiento del genio, dijo, el genio sería una mercancía de mercado. Las últimas obras de Shakespeare que Renan admiraba tanto exhalan otro es­píritu.

—El espíritu de la reconciliación, exhaló el bibliotecario cuáquero.

—No puede haber reconciliación, dijo Stephen, si no ha habido desunión.

Eso está dicho.

—Si quiere saber cuáles son los acontecimientos que en­sombrecen el infierno del tiempo del Rey Lear, Otelo, Hamlet, Troiloy Crésida, no pierda de vista cuándo y cómo la sombra se disipa. ¿Qué aplaca el corazón del hombre, náufrago en tormentas horrendas, sometido a prueba, como otro Ulises, Pencles, príncipe de Tiro?

Cabeza, coronadaderojocono, zamarreada, cegada por la mar.

—Una criatura, una niña, depositada en sus brazos, Marina.

—La tendencia de los sofistas a las veredas intransitables de los apócrifos es una constante, detectó John Eglinton. Los caminos reales son monótonos pero conducen a la ciudad.

Bacon el bueno: que se ha quedado antiguo. Shakespeare la versión loca de Bacon. Malabaristas de cifras que transitan los caminos reales. Rastreadores en la gran búsqueda. ¿Qué ciudad, queridos maestros? Mimos disfrazados de nombres: A. E., eón: Magee, John Eglinton. Al este del sol, al oeste de la luna: Tir na n—og. Los dos con botas y bastón.

¿Cuántas millas hasta Dublín?
Unas setenta, señor.
¿Llegaremos con la luz del candil?

—Mr. Brandes lo acepta, dijo Stephen, como la primera obra del periodo final.

—¿Es asi? ¿Qué dice Mr. Sidney Lee, o Mr. Simon Lazarus como algunos afirman que se llama, de esto?

—Marina, dijo Stephen, criatura de la tormenta, Miranda, una maravilla, Perdita, aquello que se perdió. Lo que se per­dió le fue devuelto: la criatura de su hija. Mi amada esposa, dice Pencles, era como esta doncella. ¿Amaría algún hombre a la hija si no ha amado a la madre?

—El arte de ser abuelo, escomençó a murmurar Mr. Best. L art d étregrandp .....

—¿No verá retoñado en ella, con la memoria de su juven­tud añadida, otra imagen?

¿Sabes de lo que estás hablando? Amor, sí. La palabra que todos conocen. Amor vero aliquid alicui bonum vult unde et ea quae concupiscimus ...

—Su propia imagen para un hombre con esa cosa rara que es el genio es el modelo de toda experiencia, material y mo­ral. Tal apelación le afectará. Las imágenes de otros varones de su sangre le repelerán. Verá en ellas intentos grotescos de la naturaleza de predecirle o de repetirle a él mismo.

La frente benigna del bibliotecario cuáquero se avivó rosa­damente de esperanza.

—Espero que Mr. Dedalus elabore su teoría para mayor ilustración del público. Y deberíamos mencionar a otro co­mentarista irlandés, Mr. George Bemard Shaw. Ni tampoco deberíamos olvidarnos de Mr. Frank Harris. Sus artículos so­bre Shakespeare en el Saturday Review fueron ciertamente originales. Extrañamente también él nos pinta una relación infeliz con la oscura dama de los sonetos. El rival preferido es William Herbert, conde de Pembroke. Admito que si hu­biera que rechazar al poeta tal rechazo estaría más en conso­nancia con — ¿cómo diría yo? — nuestra idea de lo que de­bería no haber sido.

Oportunamente enmudeció y sostuvo enhiesta la dócil ca­beza en medio de ellos, huevo de alca, la recompensa de la refriega.

La tutea y vosea con solemnes palabras maritales. ¿Amas, Minam? ¿Amas a tu hombre?

—Eso puede ser también, dijo Stephen. Hay un dicho de Goethe que a Mr. Magee le gusta citar. Cuidado con lo que quieres en tu juventud porque lo obtendrás en la madurez. ¿Por qué le envía a una que es una buonaroba, una baya que todos los hombres montan, una dama de honor de mocedad escandalosa, un señoritingo que la corteje por él. Él mismo era un gentilhombre del lenguaje y se había hecho a sí mis­mo caballero rufián y había escrito Romeoyjulieta. ¿Por qué? Mata la confianza en sí mismo a destiempo. Fue abatido pri­mero en un trigal (en un centenal debería decir) y nunca más será vencedor ante sus propios ojos ni nunca más jugará vic­toriosamente el juego de reír y yacer. El fingido donjuanismo no le salvará. Ningún desfacer posterior desfará el primer en­tuerto. El colmillo del jabalí le ha malherido ahí donde el amor yace sangnendo. Si la fierecilla es domada, a ella aún le queda el arma invisible de mujer. Hay, lo siento en las pala­bras, un cierto aguijón de la carne que le arrastra a una nue­va pasión, de la primera caída sombra más oscura, que le os­curece incluso su propia comprensión de sí mismo. Un des­tino igual le aguarda y los dos furores se enredan en un torbellino.

Ascuchan. Y vierto en el pórtico de sus oídos.

—El alma ha recibido antes un golpe mortal, un veneno vertido en el pórtico de un oído durmiente. Pero ésos a los que se les arranca la su vida durante el sueño no pueden conocer la forma de su calma a no ser que el Creador dote a sus almas de ese conocimiento en la vida venidera. El envenena­miento y la bestia de dos espaldas que lo provocó el espectro del Rey Hamlet no podía saberlo de no haber sido dotado de conocimiento por su creador. Es por eso que el discurso (en torpe inglés indecoroso) siempre toma otro camino, hacia atrás. Seductor y seducido, lo que quiso pero no quiso, lo acompaña desde las redondeces de marfil garzoglobulares de Lucrecia hasta el pecho de Imogen, desnudo, con su espiga cinquemoteada. Vuelve, cansado de la creación que él ha apilado para esconderse de sí mismo, perro viejo lamiéndose una vieja herida. Pero, porque las pérdidas son sus ganancias, pasa a la eternidad con personalidad no menguada, no ins­truido por la sabiduría que él ha escrito ni por las leyes que él ha revelado. La visera está levantada. Es un espectro, una sombra ahora, el viento por las rocas de Elsinore o lo que us­tedes quieran, la voz del mar, una voz que se escucha sólo en el corazón de aquel que es la sustancia de su sombra, el hijo consustancial con el padre.

—¡Amén! respondieron desde la puerta. ¿Has vuelto a encontrarme, enemigo mío?

Entracte.

Con cara irreverente, adusta como la de un deán, Buck Mulligan se acercó, luego despreocupado pajarero, hacia el saludo de sus sonrisas. Mi telegrama.

—¿Hablabas del vertebrado gaseoso, si no ando descami­nado? preguntó a Stephen.

Chaleco lila, saludó alegremente con el panamá quitado como si se tratara de una sonaja.

Le dan la bienvenida. Was Du verlachst wirstDu noch dienen. Camada de farsantes: Fotino, pseudo Maaachi, Johann Most.

Él Que se engendró a Sí mismo mediante el Espíritu Santo y Él mismo se envió a Sí mismo, Redentor, entre Él mismo y los demás, fue, agraviado por Sus enemigos, des­nudado y azotado, fue clavado como un murciélago en la puerta de un granero, muerto de hambre en el madero, Se dejó sepultar, se levantó, forzó los infiernos, caminó hasta los cielos y allí estos mil novecientos años está sentado a la derecha de Sí Mismo pero aún vendrá en el último día a juzgar a vivos y muertos cuando todos los vivos estén muertos ya.

Eleva las manos. Caen los velos. ¡Oh, flores! Campanas sobre campanas sobre campanas coreando.

—Sí, cómo no, dijo el bibliotecario cuáquero. Una discu­sión de lo más instructiva. Mr. Mulligan, que me zurzan si no, tiene también su teoría sobre la obra y sobre Shakespeare. Todos los lados de la vida deben estar representados.

Sonrió a todos lados igualmente.

Buck Mulligan pensó, perplejo.

—¿Shakespeare? dijo. Creo conocer ese nombre.

Una fugaz sonrisa fogosa se irradió en sus relajadas facciones.

—Desde luego, dijo, recordando brillantemente. El fulano ese que escribe como Synge.

Mr. Best se volvió hacia él.

—Haines le andaba buscando, dijo. ¿Dio con él? Se en­contrará con usted en la C.P.D. Ha ido a la librería Gill a comprar los Cantos de amor de Connacht de Hyde.

—He pasado por el museo, dijo Buck Mulligan. ¿Ha esta­do él aquí?

—Los paisanos del bardo, contestó John Eglinton, están algo cansados quizá de nuestras onginalidades teorizantes. He oído que una actriz ha hecho de Hamlet por cuatricentesimoc­tava vez anoche en Dublín. Vining mantenía que el príncipe era una mujer. ¿Es que nadie ha intentado demostrar que es ir­landés? El juez Barton, tengo entendido, anda detrás de algu­nas pistas. Maldice (Su Alteza no Su Señoría) por San Patricio.

—Lo más original de todo es esa histona de Wilde, dijo Mr. Best, levantando su original libreta. Ese Retrato de Mr. W. H. donde demuestra que los sonetos fueron escritos por un tal Willie Hughes, hombre de muchos matices.

—Para Willie Hugues ¿no es así? preguntó el bibliotecario cuáquero.

¿O Hughie Wills? Mr. William Helmesmo. W. H.: ¿quién soy yo?

—Quiero decir, para Willie Hughes, dijo Mr. Best, en­mendando su glosa fácilmente. Claro que todo es paradoja, entiéndanme, Hughes mazona y matiza los colores, pero es tan típico cómo él lo soluciona. Es la propia esencia de Wilde, entiéndanme. La pincelada ingeniosa.

Su mirada les pinceló las caras al sonreír, efebo blondo. Esencia mansa de Wilde.

Estás puñeteramente ingenioso. Tres tragos de güisqui te bebiste con los ducados de Dan Deasy.

¿Cuánto gasté? Bah, unos chelines.

Para un hatajo de periodistas. Humor húmedo y seco.

El sentido. Darías tus cinco sentidos por la orgullosa librea de juventud con la que él presume. Facciones de deseo grati­ficado.

Haberlos otros mu. Tómala por mí. En época de aparea­miento. Júpiter, mándales una fría época de celo. Sí, atortólala.

Eva. Desnudo pecado trigoventral. Una serpiente la enro­lla, colmillo ‘nel beso.

—¿Creen ustedes que es sólo una paradoja? preguntaba el bibliotecario cuáquero. Al bromista nunca se le toma en se­rio cuando está más en serio.

Hablaron seriamente de la seriedad del bromista.

La cara seria de nuevo de Buck Mulligan ojeó a Stephen un rato. Luego, meneando la cabeza, se acercó, sacó un tele­grama doblado del bolsillo. Sus móviles labios leyeron, son­riendo de nuevo a gusto.

—¡Telegrama! dijo. ¡Inspiración admirable! ¡Telegrama! ¡Una bula papal!

Se sentó en una esquina sin luz del escritorio, leyendo en voz alta gozosamente:

—El sentimentales aquel que quisieragozar sin incurrir en la in­mensa deuda de lo hecho. Firmado: Dedalus. ¿Desde dónde lo mandaste? ¿Desde la casa de putas? No. Desde College Green. ¿Te has bebido las cuatro libras? La tía va a ir a ver a tu padre insustancial. ¡Telegrama! Malachi Mulligan, El Ship, Lower Abbey Street. ¡Ay, retorcido sin par! ¡Ay, Cuchi­llero sacerdotificado!

Gozosamente se metió mensaje y sobre en un bolsillo pero moduló fúnebremente con acento irlandés quejilloso:

—Tal como te lo estoy diciendo, señor cariñito, es que es­tábamos raros y deprimidos, Haines y yo, en el momento en que él mismo lo trajo. Mascullado que hubimos por una pó­cima patibularia que a un fraile levantara, estoy pensando, y él fofo en fomicio. Y nosotros una hora y dos horas y tres horas en Connery allí sentaditos muy como es debido espe­rando unas pintas para cada uno.

Gimoteó:

—Y nosotros allí dale que te pego, pichoncito, y tú en pa­radero desconocido mandando tus conglomerados con que nosotros venga con la lengua fuera una yarda como clérigos en secano muertos por un algo que echarse al garguero.

Stephen se rió.

Presurosamente, en advertencia Buck Mulligan se inclinó.

—El vagamundo de Synge te está buscando, dijo, para ase­sinarte. Se ha enterado de que te measte en la puerta de su casa en Glasthule. Ha salido en almadreñas para asesinarte.

—¡A mí! profirió Stephen. Ésa fue tu contribución a la li­teratura.

Buck Mulligan jubilosamente se inclinó para atrás, riendo al oscuro techo indiscreto.

—¡Asesinarte! rió.

Cruel cara de gárgola que guerreó contra mí por nuestro rancho de picadillo de asaduras en la rue Saint André des Arts. Con palabras de palabras por palabras, palabras. Oisin con Patrick. Hombrefauno se encontró en la foresta de Clamart, blandiendo una botella de vino. Cést vendredi saintl Assasi­nos irlandeses. Su imagen, errante, encontró. Yo la mía. En­contré un bufón en el bosque.

—Mr. Lyster, dijo un ayudante desde la puerta entomada.

—…. en el que cada cual puede encontrar el suyo. Así pues el Magistrado Madden en su Diario de Maese William Silence ha encontrado los términos de caza .... ¿Sí? ¿Qué su­cede?

—Hay un caballero aquí, señor, dijo el ayudante, acercán­dose y ofreciendo una tarjeta. Del Freeman. Desea ver los fi­cheros del Kilkenny Feople del año pasado.

—Cómo no, cómo no, cómo no. ¿Está el caballero ......?

Cogió la apremiante tarjeta, ojeó, no vio, retiró sin ojear, miró, preguntó, chirrió, preguntó:

—¿Está .....? ¡Ah, ahí está!

Raudo con paso de gallarda se marchó, salió. En el corre­dor iluminado de luz del día habló en locuaces esfuerzos de celo, por su labor sujeto, el más correcto, más amable, más honrado sombrero de cuáquero.

—¿Este caballero? ¿Freeman's Journal? ¿Kilkenny People? Con toda seguridad, claro que sí. Buenos días, señor. Kil­kenny .... Tenemos cómo no ....

Una silueta paciente esperaba, escuchando.

—Todos los importantes de provincias .... Northem Whig Cork Examiner, Enniscorthy Guardian. El año pasado. 1903 .... Por favor ... Evans, lleve a este caballero ... Quiere seguir al ayudant .... O por favor permítame .... Por aquí ... Por favor, señor ....

Locuaz, laborioso, encabezó el camino hacia los periódi­cos de provincias, una figura oscura deferente pisándole los rápidos talones.

La puerta se cerró.

—¡El judío! exclamó Buck Mulligan.

Se levantó de un salto y arrebató la tarjeta.

—¿Cómo se llama ése? ¿Moisés Cortés? Bloom.

Siguió despellejando:

Jeová, el recaudador de prepucios, ya no existe. Lo en­contré en el museo adonde fui a saludar a la enespumanaci­da Afrodita. La boca griega que nunca se ha enarcado en ora­ción. Todos los días debemos rendirle homenaje. Vida de la vida, tus labios avivan.

Repentinamente se volvió hacia Stephen:

—Te conoce. Conoce a tu viejo. Ay, timoroso soy que ése haga más el griego que los griegos. Sus pálidos ojos galileos estaban posados en el canal mesial. Venus Calipigia. ¡Ay, el trueno de esos lomos! El dios en pos de la doncella ascondida.

—Queremos oír más, decidió John Eglinton con la apro­bación de Mr. Best. Empezamos a interesarnos por Mrs. S. Hasta ahora habíamos pensado en ella, si es que habíamos pensado en ella, como una paciente Griselda, una Penélope muy de su casa.

—Antístenes, discípulo de Gorgias, dijo Stephen, le quitó el palmarés de belleza a la paradora de Kyrios Menelao, la ar­giva Helena, la yegua de madera de Troya en donde durmie­ron una veintena de héroes, y se lo dio a la pobre Penélope. Veinte años vivió en Londres y, durante parte de ese tiempo, estuvo cobrando un sueldo igual que el del presidente del tri­bunal supremo de Irlanda. Tuvo una vida rica. Su arte, más que el arte del feudalismo como lo llamó Walt Whitman, es el arte del exceso. Empanadillas calientes de arenques, pócu­los verdes de jerez seco, melcochas, azúcares de rosas, maza­pán, pichones rellenos de grosellas, dulces de eringio. Sir Walter Raleigh, cuando lo arrestaron, llevaba medio millón de francos encima incluyendo un par de corsés de fantasía. La logrera Eliza Tudor tenía ropa interior suficiente como para rivalizar con la de Saba. Veinte años estuvo allí coque­teando entre el amor marital y sus castos deleites y el amor putero y sus puercos placeres. Conocen la historia de Manningham sobre la esposa del burgués que ofreció a Dick Burbage llevárselo a su cama después de haberle visto en Ri­cardo III y cómo Shakespeare, que lo escuchó, sin más ruido y pocas nueces, cogió la vaca por los cuernos y, cuando llegó Burbage y llamó a la cancela, contestó desde las mantas del capón: Guillermo el Conquistador llegó antes que Ricardo III. Y la alegre damisela, Mrs. Fitton, desbocada grita ¡Oh!, y su pri­moroso cielito, dama Penélope Rich, una mujer de calidad es de lo más apropriada para un actor, y las pendonas de la mar­gen derecha del río, a penique la vez.

Cours la Reine. Encore vingt sous. Nous ferons de petites cochonneries. Minette? Tu veux?

—La crema de la alta sociedad. Y la madre de Sir William Davenant de Oxford con su bicoca de vino de Canarias para cualquier cipote canario.

Buck Mulligan, elevando unos ojos piadosos, oró:

—¡Bienaventurada Margarita María Acipote!

—Y la hija de Enrique el de las seis esposas. Y otras damas amigas de posas vecinas como Lawn—tenis Tennyson, caballe­ro poeta, canta. Pero a lo largo de todos esos veinte años ¿qué suponen que hacía la pobre Penélope en Stratford tras los cristales romboidales?

Terminar y terminar. Está terminado. En una rosalera de Fetter Lane al cuidado de Gerard, el herbonsta, anda él, cas­tañogris. Un jacinto azur como las venas de ella. Párpados de los ojos de Juno, violetas. Anda él. Una vida es todo. Un cuerpo. Termina. Pero termínalo. A lo lejos, en una fetidez de lujuria y miseria, se posan manos en la blancura.

Buck Mulligan golpeó el escritorio de John Eglinton con­tundentemente.

—¿De quién sospechas? retó.

—Digamos que es el amante desdeñado de los sonetos. Una vez desdeñado dos veces desdeñado. Pero la mala péco­ra de la corte lo desdeñó por un noble, su cariñito.

Amor que no osa pronunciar su nombre.

—Como buen inglés, querrá decir, interpuso John mem­brudo Eglinton, idolatraba al aristócrata.

Viejo muro donde céleres lagartos fulguran. En Charenton los estuve observando.

—Parece que sí, dijo Stephen, cuando quiere hacer por él, y por todas aquellas entrañas singulares sin arar, el santo ofi­cio que el mozo de cuadra hace por el semental. Tal vez, como Sócrates, tenía una comadrona por madre así como una fierecilla por esposa. Pero ella, la pécora impúdica, no violó el voto del tálamo. Son dos los hechos nauseabundos para la mente del espectro: un voto violado y el palurdo sim­plón al que ella ha otorgado sus favores, hermano del espo­so fallecido. Dulce Ann, para mí que era de sangre ardiente. Una vez seductora, dos veces seductora.

Stephen se volvió audazmente en la silla.

—La tarea de demostrarlo es de ustedes no mía, dijo frun­ciendo el ceño. Si niegan que en la escena quinta de Hamlet él la burila a hierro con infamia díganme por qué no se la menciona durante los treintaicuatro años que pasan entre el día de su boda y el día en que lo entierra. Todas esas mujeres vieron a sus hombres muertos y enterrados: Mary, a su buen­hombre John, Ann, a su pobre Willun querido, cuando fue y se le murió en sus brazos, rabioso por ser el primero en irse, Joan, a sus cuatro hermanos, Judith, a su marido y a todos sus hijos, Susan, a su marido también, mientras que la hija de Susan, Elizabeth, para usar las palabras del abuelito, se casó con su segundo, después de haber matado al primero. Ah, sí, claro que se la menciona. En los años en que él estuvo vi­viendo espléndidamente en el Londres señorial para pagar una deuda tuvo ella que pedir prestados cuarenta chelines al pastor de su padre. Explíquenmelo pues. Expliquen también el canto del cisne do encomiéndala a la posteridad.

Plantóles cara a su silencio.

A quien Eglinton de esta manera hablara: Quiere decir el testamento.

Pero eso lo han explicado, creo, los juristas.

A ella le correspondía su dote de viuda
según ley común. Sus conocimientos jurídicos eran am­plios
nos dicen nuestros jueces.
De él Satán se burla,
Farsante:
Y por tanto suprimió el nombre de ella
del primer borrador pero no suprimió
los regalos para su nieta, para sus hijas,
para su hermana, para los amiguetes de Stratford
y de Londres. Y por tanto cuando le instaron,
como yo creo, a nombrarla
le dejó su
segundamejor
cama.

Punkt.

Ledejosu
segundama
ledejosu
mejorcama
seguncama
dejocama.

¡Sooo!

—Los lindos labriegos tenían poco menaje entonces, ob­servó John Eglinton, como sucede aún si es que nuestros dra­mas rurales son conformes con la realidad.

—Era un rico hacendado, dijo Stephen, con un escudo de armas y propiedades rústicas en Stratford y una casa en Ireland Yard, un accionista capitalista, un promotor de pro­yectos de leyes, un intermediario de diezmos. ¿Por qué no le dejó su mejor cama si es que deseaba que pudiera ella roncar en paz el resto de sus noches?

—Lo que está claro es que había dos camas, una mejor y otra segundamejor, dijo sutilmente Mr. Segundobest Best.

—Separatio a mensa et a thalamo, mejoró Buck Mulligan y se le sonrió.

—La antigüedad menciona camas famosas, dijo Segun­dón Eglinton ceñudo, camasonnendo. Déjenme pensar.

—La antigüedad menciona al granujilla escolar estaginta y sabio pagano calvo, dijo Stephen, quien al morir en el exilio libera y dota a sus esclavos, rinde tributo a sus mayores, man­da que se le entierre en la tierra cerca de los huesos de su di­funta esposa muerta e insta a sus amigos a que sean amables con una vieja amante (no olviden a Nell Gwynn Herpyllis) y la dejen quedarse a vivir en su villa.

—¿Quiere decir que murió así? preguntó Mr. Best con leve preocupación. Quiero decir ....

—Murió de una cogorza espantosa, remató Buck Mulligan. Dos pintas de cerveza son un plato de reyes. ¡Ah, tengo que con­tarles lo que dijo Dowden!

—¿Qué? preguntó Elmejoreglinton.

William Shakespeare y compañía, sociedad anónima. El William del pueblo. Soliciten condiciones a: E. Dowden, Highfield House ....

—¡Encantador! suspiró Buck Mulligan amorosamente. Le pedí su opinión sobre la acusación de pederastia atribuida al bardo. Alzó las manos y dijo: Todo lo que podemos decir es que la vida se vivía a tope en aquellos tiempos. ¡Encantador!

Ganimedes.

—El sentido de la belleza nos desvía del camino, dijo Best belloensutristeza a Eglinton patofeo.

John Tenaz replicó severo:

—El médico puede decimos lo que significan esas pala­bras. No se puede estar en misa y repicando.

¿Así habláis? ¿Nos arrebatarán a nosotros, a mí, el palma­rés de belleza?

—Y el sentido de la propiedad, dijo Stephen. A Shylock se lo sacó de su propio talego tacaño. Hijo de un tratante de malta y usurero era tratante de grano y usurero él también, con diez cargas de grano acaparadas durante los disturbios del hambre. Sus deudores eran sin duda alguna aquellos ve­nerables mencionados por Chettle Falstaff que informó so­bre su honradez en las transacciones. Demandó a un compa­ñero actor por el pago de unos cuantos sacos de malta y exi­gió su libra de carne humana en intereses por cada dinero prestado. ¿De qué otra manera si no pudo hacerse rico tan rá­pidamente el mozo de cuadra y segundo apunte de Aubrey? De todo sacaba tajada. En Shylock resuenan los ecos de la caza de judíos que siguió al ahorcamiento y descuartizamien­to del sanguijuela de la reina López, a quien le fue arrancado el corazón de judío mientras el perro judío seguía aún vivo: Hamlet y Macbeth con la llegada al trono de un escocés filo­sofastro con afición por el asado de brujas. La armada perdi­da es su objeto de burla en Trabajos de amorperdidos. Sus au­tos, los históricos, navegan de viento henchidos sobre un mar de exagerado entusiasmo Mafeking. Jesuitas de War­wickshire son juzgados y tenemos la teoría del equívoco de un portero. El Sea Venture vuelve a casa desde las Bermudas y se escribe la obra que Renan tanto admiraba junto con Patsy Calibán como personaje, nuestro primo americano. Los sonetos azucarados van a rastras de los de Sidney. En cuanto a la fada Elizabeth, también conocida como Bess la pelirroja, la virgen cachonda que inspiró Las alegres comadres de Windsor, dejemos que algún meinherr teutón rastree toda su vida los significados ocultoprofundos en las profundida­des del cesto de la ropa sucia.

Creo que vas por buen camino. Mete sólo un poco de mixtura de teolologicofilolológico. Mingo, minxi, mictum, mingere.

—Demuestre que era judío, retó John Eglinton, expectan­temente. Su jefe de estudios mantiene que era apostólico ro­mano.

Su&minandus sum.

—Se hizo en Alemania, replicó Stephen, campeón francés pulidor de escándalos italianos.

—Hombre de intelecto en miríadas, recordó Mr. Best. Coleridge lo llamó de intelecto en miríadas.

Amplius. In societate humana hoc est maxime necessarium ut sit amicitia inter multos.

—Santo Tomás, empezó Stephen ...

—Ora pro nobis, se quejó Mulligan Monje, dejándose caer en una silla.

Allí moduló fúnebremente una runa lastimera:

—Poque mabone!Acusbla machree! ¡Destruidos que estamos desde este día! ¡Destruidos que estamos en verdad!

Todos sonrieron sus sonrisas.

—Santo Tomás, dijo Stephen sonriendo, cuya maldita y barrigona obra disfruto leyendo en su lengua , de origen, cuando escribe sobre el incesto desde una posición distinta al de la nueva escuela vienesa de la que habló Mr. Magee, lo equipara de esa forma sabia y curiosa a una avaricia de las emociones. Quiere decir que el amor que así se da a un pa­riente consanguíneo se le niega codiciosamente a un extraño que, pudiera ser, tiene hambre de él. Los judíos, a quienes los cristianos tachan de avariciosos, son de todas las razas los más dados a matrimonios entre parientes. Las acusaciones siempre se hacen por rabia. Las leyes cristianas por las que se montaron las riquezas de los judíos (para quienes, como para los Lolardos, la tormenta fue refugio) cercaron sus afectos también con aros de acero. Sea esto pecado o virtud el viejo Papádenadie nos lo contará en el juicio final. Pero alguien que se aferre tan fuertemente a lo que él llama sus derechos sobre lo que él llama sus deudas se aferrará también fuerte­mente a lo que él llama sus derechos sobre la que él llama su mujer. Ningún vecino Sir Sonrisas deseará su buey ni su mu­jer ni su siervo ni su sierva ni su burro.

—Ni su burra, antifonó Buck Mulligan.

—El gentil Will está siendo tratado duramente, dijo el gentil Mr. Best gentilmente.

—¿Qué Will? cortó dulcemente Buck Mulligan. Nos esta­mos liando.

—Will, la voluntad de vivir, filosofó John Eglinton, pues la pobre Ann, la viuda de Will, es la voluntad de morir.

—Requiescat! oró Stephen.

Y de la voluntad de hacer ¿qué se hizo?
Tiempo atrás se deshizo ...

—Yace ataviada en rigurosa rigidez en aquella segundame­jor cama, la reina entocada, aunque demuestre que una cama en aquellos tiempos era algo tan raro como un automóvil lo es hoy día y que su hechura fuera la admiración de siete pa­rroquias. A la vejez le da por los predicadores (uno se alojó en su casa en New Place y se bebió dos pintas de jerez seco que la corporación consistorial costeó pero saber en qué cama llegó a dormir tampoco es para pelearse) y se entera de que tiene alma. Leyó o hizo que le leyeran sus pliegos de cor­del ya que los prefería a las Alegres comadres y, habiendo he­cho sus aguas nocturnas en el tiesto, meditó sobre Corchetes para calzones de creyentes y sobre Cajitas de rapé muy espirituales para el estornudo de almas muy devotas. A Venus se le han enar­cado los labios en oración. Mordedura de la conciencia: re­mordimiento de conciencia. Es una edad en que el puterío se ha apagado tanteando a ciegas por su dios.

—La historia demuestra que eso es así, inquit Egúntonus Chronolologos. Las épocas se suceden unas a otras. Pero sabe­mos de buena tinta que el peor enemigo del hombre se halla en su propia casa y familia. Creo que Russell tiene razón. ¿Qué nos importa su mujer o su padre? Yo diría que sólo poetas de familia tienen vida de familia. Falstaff no era un hombre de familia. Creo que el caballero gordinflón es su creación suprema.

Enjuto, se echó hacia atrás. Vergonzoso, niega a los de tu misma sangre, justiciero inflexible. Vergonzoso, cenando con los sin—dios, roba la copa. Un progenitor de Antrim del Ulster se lo mandó. Lo visita aquí en los días de ayuno. Mr. Magee, señor, un caballero desea verle. ¿A mí? Dice que es su padre, señor. Déme mi Wordsworth. Entra Magee Matthew padre, un rudo y burdo soldado de a pie irlandés desmelenado, con calzones de trampilla de botones, los es­carpines enfangados de barro de cien caminos, una varita de maguillo en la mano.

¿El tuyo? Conoce a tu viejo. El viudo.

Aligerándome a su escuálida guarida de muerte desde el alegre París en el muelle le toqué la mano. La voz, calor nue­vo, que hablaba. El Dr. Bob Kenny la está asistiendo. Los ojos que me desean lo mejor. Pero que no me conocen.

—Un padre, dijo Stephen, luchando contra la desesperan­za, es un mal necesario. Escribió la obra en los meses que si­guieron a la muerte de su padre. Si sostiene que él, un hom­bre con canas y dos hijas casaderas, con treintaicinco años de vida, nel mezzo del cammin di nostra vita, y cincuenta de expe­riencia, es el estudiante imberbe de Wittenberg entonces tie­nen que mantener que su vieja madre de setentaños es la rei­na lasciva. No. El cadáver de John Shakespeare no deambu­la en la noche. Hora tras hora se pudre y se pudre. Descansa, despojado de la patemidad, después de haberle asignado ese estado místico al hijo. Calandrino de Boccaccio fue el prime­ro y el último hombre que se sintió un niño en el vientre. La patemidad, en el sentido de fecundación consciente, es des­conocida para el hombre. Es un estado místico, descenden­cia apostólica, del único engendrador al engendrado único. Sobre ese misterio y no sobre la Madonna que el astuto inte­lecto italiano echó a las muchedumbres de Europa está fun­dada la iglesia y fundada inamoviblemente porque está fundada, como el mundo, macro y microcosmo, sobre el va­cío. Sobre la incertidumbre, sobre la improbabilidad. Amor matris, genitivo subjetivo y objetivo, puede ser la única ver­dad en la vida. La patemidad pudiera ser una ficción legal. ¿Quién es el padre de cualquier hijo que cualquier hijo deba amarle o él a cualquier hijo?

¿Adónde demonios quieres llegar?

Lo sé. Calla la boca. Maldita sea. Tengo motivos.

Amplius. Adhuc. Iterum. Postea.

¿Estás condenado a esto?

—Están desunidos por una vergüenza corporal tan firme que los anales del crimen del mundo, manchados con todos los demás incestos y bestialidades, apenas recogen tal infrac­ción. Hijos con madres, progenitores con hijas, hermanas lés­bicas, amores que no osan mencionar su nombre, nietos con abuelas, talegueros con cerraduras, reinas con toros de con­curso. El hijo nonato mancilla la belleza: nacido, trae dolor, divide áfectos, acrecienta la preocupación. Es un nuevo ma­cho: su desarrollo es el declive del padre, su juventud la en­vidia del padre, su amigo el enemigo del padre.

En la rue Monsieur le Prince lo pensé.

—¿Qué los vincula por naturaleza? Un instante de brama ciega.

¿Soy yo padre? ¿Y si lo fuera?

Mano arrugada vacilante.

—Sabelio, el africano, el heresiarca más sutil de todas las bestias del campo, mantenía que el Padre era Él mismo Su Propio Hijo. El dogo de Aquino, con el que ninguna pala­bra será imposible, lo refuta. Bien: si el padre que no tiene un hijo no es un padre ¿puede el hijo que no tiene padre ser un hijo? Cuando Rutlandbaconsouthamptonshakespeare u otro poeta del mismo nombre en la comedia de los erro­res escribió Hamlet no era el padre de su propio hijo mera­mente sino que, no siendo ya un hijo, él era y se sentía el padre de toda su raza, el padre de su propio abuelo, el pa­dre de su nieto nonato que, igualmente, nunca nació, pues la naturaleza, tal como la entiende Mr. Magee, aborrece la perfección.

Todojoseglinton, avivado de placer, levantó la mirada lu­minosavergonzosamente. Echando un vistazo alegremente, puritano divertido, por entre la retorcida eglantena.

Adula. Excepcionalmente. Pero adula.

—Él mismo su propio padre, Mulliganhijo se dijo a sí mis­mo. Espera. Siento un niño en el vientre. Tengo un hijo no­nato en el cerebro. ¡Palas Atenea! ¡Una función! ¡La función es la trampa! ¡Dejadme parir!

Se asió la frentepanza con ambas manos parteras.

—En cuanto a su familia, dijo Stephen, el nombre de su madre vive en el bosque de Arden. Su muerte le inspiró la es­cena con Volumnia en Coriolanus. La muerte de su hijoniño es la escena de la muerte del joven Arturo en El rey Juan. Hamlet, el príncipe negro, es Hamnet Shakespeare. Quiénes son las niñas de La tempestad, de Perides, de El cuento de invier­no lo sabemos. Quiénes eran Cleopatra, la olla de carne de Egipto, y Crésida y Venus podemos adivinarlo. Pero hay otro miembro de su familia que está registrado.

—La trama se enmaraña, dijo John Eglinton.

El bibliotecario cuáquero, trepidando, entró de puntillas, trepidante, la máscara, trepidante, apremiante, trepidante, trápala.

Puerta cerrada. Celda. Día.

Ascuchan. Tres. Ellos.

Yo tú él ellos. Vamos, reparte.

STEPHEN

Tenia tres hermanos, Gilbert, Edmund, Richard. Gilbert en su vejez contó a unos maestrantes que consiguió un pase por la cara de Maese Taquillero en cierta ocasión pardiobre que lo logró e que avistó a su germá Maese Wull el dramaturgo en Londes en un drama de pendencias con un hombre a la espalda. La mosquetería salchichera le llegó al alma a Gilbert. Él no aparece por ninguna parte; pero un tal Edmund y un Richard están registrados en las obras del dulce William.

MAGEEGLINJOHN

¡Nombres! ¿Qué hay en un nombre?

BEST

Ése es mi nombre, Richard, entiéndanme. Espero que diga algo bueno de Richard, entiéndanme, por respeto a mí.

(risas)

BUCKMULLIGAN

(piano, dimnuendo)

Entonces peroró el medicinante Dick
A su camarada medicinante Davy ...

STEPHEN

En su trinidad de aciagos Wills, los villanos cortabolsas, lago, Ricardo el jorobado, Edmund de El rey Lear, dos llevan el nombre de los malvados tíos. Otrosí, esa última obra se escri­bió o la estaba escribiendo mientras su hennano Edmund se moría en Southwark.

BEST

Espero que sea Edmund el que cargue con el mochuelo. No quiero que Richard, mi nombre .....

(risas)

LYSTERCUÁQUERO

(a tempo) Pero mi fama, quien ésa me robe .....

STEPHEN

(stringendo) Ha ocultado su propio nombre, un nombre her­moso, William, en las obras, un figurante aquí, un bufón allá, como el pintor de la vieja Italia que ponía su cara en un oscuro rincón del lienzo. Lo ha pregonado en los sonetos donde hay Will, voluntad, en exceso. Como John o'Gaunt su nombre le es muy querido, tan querido como el escudo y blasón por los que tanta coba dio, sobre banda de sable un spontón oro acera­do argén, honorificabilitudinitatibus, más querido que la gloria de la más grande shakescena en el país. ¿Qué hay en un nom­bre? Eso es lo que nos preguntamos en la niñez cuando escribi­mos el nombre que nos han dicho es el nuestro. Una estrella, una estrelladiuma, una supemova, apareció en su nacimiento. Brillaba de día en los cielos solitaria, más brillante que Venus en la noche, y de noche brillaba sobre el delta de Casiopea, la constelación yacente que es la firma de su inicial entre las estre­llas. Sus ojos la contemplaron, bajiemplazada en el horizonte, al este de la Osa, cuando caminaba por los aletargados campos estivales a medianoche de vuelta de Shottery y de sus brazos.

Ambos satisfechos. Yo también.

No les cuentes que tenía nueve años cuando se apagó.

Y de sus brazos.

Espera a ser cortejada y conquistada. Sí, acaponado. ¿Quién te cortejará a ti?

Lee el firmamento. Autontimorumenos. Bous Stephanoumenos. ¿Dónde está tu configuración? Stephen, Stephen, corta el pan con ten. S. D.: sua donna. Già: di lui. Gelindo risolve di non amare S. D.

—¿Qué es eso, Mr. Dedalus? preguntó el bibliotecario cuáquero. ¿Fue un fenómeno celeste?

—Una estrella de noche, dijo Stephen. Una columna de nube por el día.

¿Qué más se puede decir?

Stephen se miró el sombrero, el bastón, las botas.

Stephanos, mi corona. Mi espada. Sus botas me están de­formando los pies. Compra un par. Agujeros en los calceti­nes. Pañuelo también.

—Hace buen uso del nombre, concedió John Eglinton. Su nombre en sí es bastante raro. Supongo que eso explica su fantástico humor.

El mío, Magee y Mulligan.

Fabuloso artífice. El hombre halconado. Te echaste a vo­lar. ¿Adónde? Newhaven—Dieppe, pasajero de tercera. París y vuelta. Avefría. Ícaro. Pater, ait. De mar salpicado, caído, sin rumbo. Avefría eres. Avefría sé.

Mr. Best quedanhelantemente alzó su libro para decir:

—Eso es muy interesante porque el tema del hermano, en­tiéndanme, lo encontramos también en los viejos mitos irlandeses. Justo lo que dice usted. Los tres hermanos Shake­speare. En Grimm también, entiéndanme, los cuentos de ha­das. El tercer hermano que siempre se casa con la bella dur­miente y se lleva el mejor premio.

Best el mejor de los hermanos Best. Bueno, mejor, el mejor.

El bibliotecario cuáquero renqueó para acercarse.

—Me gustaría saber, dijo, a qué hermano usted.... Entien­do que está usted sugiriendo que hubo comportamiento in­decente por parte de uno de los hermanos .... Pero ¿quizá me esté anticipando?

Se pilló a sí mismo con las manos en la masa: miró a to­dos: se refrenó.

Un ayudante desde la puerta llamó:

—¡Mr. Lyster! El Padre Dineen quiere ...

—¡Ah! ¡El Padre Dineen! En seguida.

Velozmente rectamente chirriando rectamente rectamen­te se fue rectamente.

John Eglinton retomó el rastro.

—Vamos, dijo. Oigamos lo que tiene usted que decirnos de Richard y Edmund. Los ha dejado para el final ¿no es así?

—Al pedirles que recuerden a esos dos nobles parientes sîyo Richie y siyo Edmund, contestó Stephen, me parece que les estoy pidiendo demasiado quizá. Un hermano se ol­vida tan fácilmente como un paraguas.

Avefría.

¿Dónde está tu hermano? En el Colegio de apotecarios. Mi mollejón. Él, luego Cranly, Mulligan, ahora éstos. Dis­cursos, discursos. Pero actúa. Discursa la acción. Se burlan para probarte. Actúa. Actúa el discurso.

Avefría.

Estoy cansado de mi voz, la voz de Esaú. Mi reino por una copa.

Prosigue.

—Dirán que esos nombres estaban ya en las crónicas de donde sacaba los argumentos de sus obras. ¿Por qué sacó ésos en vez de otros? Richard, un hideputa jorobado, malen­gendro, le hace el amor a una enviudada Ann (¿qué hay en un nombre?), la corteja y la conquista, una viuda alegre hide­puta. Richard el conquistador, tercer hermano, llegó después de William el conquistado. Los otros cuatro actos de esa obra quedan colgando descuidadamente del primero. De todos sus reyes Richard es el único rey no escudado del respe­to de Shakespeare, el ángel del mundo. ¿Por qué la trama se­cundaria de El rey Lear en la que Edmund figura arrancado de la Arcadia de Sidney se inserta aprisa y corriendo en una leyenda céltica más antigua que la historia?

—Ese era el estilo de Will, defendió John Eglinton. No de­biéramos en nuestros días combinar una saga nórdica con ex­tractos de una novela de George Meredith. Que voukz—vous? diría Moore. Él emplaza Bohemia a orillas del mar y hace que Ulises cite a Aristóteles.

—¿Por qué? se respondió Stephen a sí mismo. Porque el tema del hermano desleal o usurpador o adúltero o los tres en uno lo tendrá Shakespeare, y no a los pobres, siempre consigo. El detalle del destierro, destierro del corazón, destierro del ho­gar, suena ininterrumpidamente desde Los dos caballeros de Ve­rona en adelante hasta que Próspero rompe su vara, la entierra un cierto número de brazas bajo tierra e inunda su libro. Se duplica a sí mismo a la mitad de su vida, se refleja en otro, se repite, prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe. Se repite de nue­vo cuando está con un pie en la sepultura, cuando a su hija ca­sada Susan, de tal palo tal astilla, se la acusa de adulterio. Pero fue el pecado original el que ensombreció su entendimiento, debilitó su voluntad y dejó en él una fuerte inclinación al mal. Palabras tomadas de los señores obispos de Maynooth. Un pe­cado original y, como pecado original, cometido por otro en cuyo pecado él también ha pecado. Está entre líneas en sus úl­timos escritos, está petrificado en su lápida bajo la cual los cua­tro puntos cardinales de ella no han de yacer. El tiempo no lo ha marchitado. La belleza y la paz no lo han borrado. Existe por doquier en la variedad infinita del mundo que ha creado, en Mucho ruido por nada, dos veces en Como gustéis, en La tem­pestad, en Hamlet, en Medida por medida — y en todas las de­más obras que no he leído.

Rió para liberar su mente de la servidumbre de su mente.

El magistrado Eglinton recapituló.

—La verdad está a medio camino, afirmó. Él es el espec­tro y el príncipe. Él está presente en todo.

—Lo está, dijo Stephen. El niño del acto primero es el hombre maduro del acto quinto. Todo en todo. En Cimbelino, en Otelo es alcahuete y cornudo. Actúa y es actuado. Aman­te de un ideal o una perversión, al igual que José mata a la verdadera Carmen. Su intelecto infatigable es el Iago fu­rente incesantemente ávido de que el moro dentro de él sufra.

—¡Cuco! ¡Cuco! clocó obscenamente el cuquero Mulligan. ¡Ay! ¡Palabra temible!

La bóveda oscura recibió, resonó.

—¡Y qué personaje el de lago! profirió John Eglinton im­pasible. Dicho esto Dumas fils (o es Dumas pére) tiene razón. Después de Dios Shakespeare es el que más ha creado.

—El hombre no le place ni la mujer tampoco, dijo Stephen. Vuelve después de una vida de ausencia a ese lugar de la tierra donde nació, donde siempre ha sido, hombre y niño, testigo si­lencioso y allí, concluido el viaje de la vida, planta su morera en la tierra. Luego muere. Todo movimiento ha cesado. Unos se­pultureros entierran a Hamlet père y a Hamlet fils. Rey y prínci­pe finalmente en la muerte, con música incidental. Y, aunque asesinado y traicionado, es llorado por todos los frágiles corazo­nes tiernos pues, danés o dublinés, el dolor por los muertos es el único esposo de quien rehúsa divorciarse. Si les gusta el epí­logo considérenlo con detenimiento: el próspero Próspero, el buen hombre recompensado, Lizzie, cachito de amor del abue­lito, y sîyo Richie, el hombre malo que la justicia poética se He — va al lugar donde van los negros malos. Golpe de efecto. En­contró en el mundo de fuera como real lo que había en su mundo de dentro como posible. Maeterlinck dice: Si Sócrates dVara su casa hoy encontraría al sabio sentado en el escalón de la puer­ta. Si judas saliera esta noche sería aludas adonde le dirigieran sus pa­sos. Cada vida es muchos días, día tras día. Andamos por noso­tros mismos, encontrándonos con ladrones, espectros, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, cuñados—en—el—amor, pero siempre encontrándonos con nosotros mismos. El dramaturgo que escribió el folio de este mundo y lo escribió con urgencia (hizo para nosotros primero la luz y el sol dos días después), el señor de las cosas tal como son a quien los romanos más cato­ticos llaman dio boia, dios verdugo, es indudablemente el todo en todo en todos nosotros, mozo de cuadra y carnicero, y sería alcahuete y comudo también de no ser que en la economía del cielo, augurada por Hamlet, no hay más matrimonios, el hom­bre glorificado, ángel andrógino, es esposa de sí mismo.

—¡Eureka! exclamó Buck Mulligan. ¡Eureka!

De pronto satisfecho se levantó de un salto y alcanzó de una zancada el escritorio de John Eglinton.

—¿Me permite? dijo. El Señor ha hablado a Malachi.

Empezó a garabatear en un trozo de papel.

Coge algunas fichas del mostrador cuando salgas. —Aquellos que están casados, dijo Mr. Best, heraldo tem­plado, todos excepto uno, vivirán. El resto se quedará tal como está.

Rióse, licenciado en celibato, de Eglinton Johannes, en le­tras licenciado.

Célibes, desamados, en guardia contra asechanzas, cada cual siguiendo con el dedo en la noche su edición vanorum de La fierecilla domada.

—Es usted ilusivo, dijo John Eglinton sin rodeos a Stephen. Nos ha traído hasta aquí para mostramos un triángulo amo­roso. ¿Se cree usted su propia teoría?

—No, dijo Stephen prontamente.

—¿La va a escribir usted? preguntó Mr. Best. Debería ha­cer de ella un diálogo, sabe usted, como los diálogos platóni­cos que Wilde escribió.

John Eclécticon sonrió doblemente.

—Bueno, en ese caso, dijo, no veo por qué habría de espe­rar que le pagasen por ello ya que no se lo cree ni usted mis­mo. Dowden cree que hay algo misterioso en Hamlet pero se niega a decir más. Herr Bleibtreu, el hombre que Piper cono­ció en Berlín, que está desarrollando esa teoría de Rutland, cree que el secreto está oculto en el sepulcro de Stratford. Va a ir a visitar al duque actual, dice Piper, para demostrarle que fue su antepasado el que escribió esas obras. Será una sorpre­sa para su señoría. Pero él sí cree en su teoría.

Creo, oh Señor, ayuda a mi poca fe. Es decir, ayúdame a creer ¿o ayúdame a descreer? ¿Quién ayuda a creer? Egomen. ¿Quién a descreer? Otro colega.

—Es usted el único colaborador de Dana que pide mone­das de plata. Además no sé nada del próximo número. Fred Ryan quiere espacio para un artículo sobre economía.

Freidraian. Dos monedas de plata me prestó. Capear el temporal. Economía.

—Por una guinea, dijo Stephen, puede usted publicar esta entrevista.

Buck Mulligan se levantó de su risible garabateo, riendo: y dijo entonces gravemente, almibarando malicia:

—Fui a visitar al bardo Kinch en su residencia veraniega de Upper Mecklenburgh Street y lo encontré sumido en el estudio de Summa contra Gentiles en compañía de dos damas gonorreicas, Nelly la Fresca y Rosalie, la puta del muelle del carbón.

Se interrumpió.

—Vamos, Kinch. Vamos, el Aengus errante de las aves.

Vamos, Kinch. Te habrás comido todo lo que dejamos. Sí. Te serviré tus sobras y despojos.

Stephen se levantó.

La vida es muchos días. Éste se acabará.

—Le veremos a usted esta noche, dijo John Eglinton. Notre ami Moore dice que Malachi Mulligan tiene que estar allí.

Buck Mulligan agitó con orgullo la ficha y el panamá.

—Monsieur Moore, dijo, disertante de jodología francesa para la juventud de Irlanda. Allí estaré. Vamos, Kinch, los bardos han de beber. ¿Puedes andar derecho?

Riendo, le ....

De copeo hasta las once. Diversión de las noches irlandesas.

Payaso ....

Stephen siguió a un payaso ...

Un día en la biblioteca nacional estuvimos discutiendo. Shakes. Después. Su espalda de paya: le seguí. Hasta los ca­llos piso de su calcañar.

Stephen, saludando, luego completamente abatido, siguió a un payaso mamarracho, a una cabeza repeinada, recienbar­beado desde la celda abovedada a la arrolladora luz del día de la sinrazón.

¿Qué he aprendido? ¿De ellos? ¿De mí?

Anda como Haines ahora.

La sala de lectores asiduos. En el registro de entrada Cashel Boyle O;Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell rubrica sus poli­sílabos. ítem: ¿estaba loco Hamlet? La mollera del cuáquero piadosamente con un cunlla en charla libresca.

—Ah, cómo no, señor ..... Será un placer ....

Ristolero reflexionó Buck Mulligan con un placentero mur­mullo, ratificándose:

—Culo complacido.

El tomiquete.

¿Acaso es ése ...? ¿Sombrero azulnbeteado ...? ¿Escribien­do despreocupadamente ...? ¿Qué? .... ¿Miró ...?

La balaustrada curva: Mincio suavedeslizante.

Puck Mulligan, panamaencasquetado, avanzó paso a paso, yambeando, salmeando:

—John Eglinton, mi joyón, John,

¿Porqué no desposas una esposa?

Espurrió al aire:

—¡Oh, el chino chin mentón! Men Ton Eg Lin Ton. Nos llegamos a ese teatrucho que tienen, Haines y yo, en el Centro de los fontaneros. Nuestros actores están crean­do un nuevo arte para Europa como los griegos o M. Mae­terlinck. ¡Abbey Theatre! Olfateo el sudor pubiano de los monjes.

Escupió en chupinazo.

Olvidé: no más de lo que olvidó la paliza que Lucy el pio­joso le propinó. Y abandonó a la femme de trente ans. ¿Y por qué no hubo otros hijos? ¿Y su primer hijo una niña?

Contrición. Vuelve.

El recluso obstinado está aún ahí (está en todo) y el tem­plado doncel, capricho de amor, rubio cabello acanciable de Fedón.

Hm ... yo sólo hm .... quería ... olvidé ... hm ...

—Longworth y M'Curdy Atkinson estaban allí ...

Puck Mulligan llevó el compás con destreza, trinando:

—Apenas oigo d llanto del garapito

o a un guripa hablar despacito

cuando ya me lleva la razón

a F. M'Curdy Atkinson,

aquel que de palo tenía la pata

el mismo que con falda escocesa era pirata

que por beber siempre tuvo vocación,

Magee el de jeta chin mentón.

Porque en la tierra de casarse recelaban

Incesantes como monos se masturbaban.

Sigue con las mamarrachadas. Conócete a ti mismo.

Detenido, abajo, inquisidor me mira. Me detengo.

—Retorcido gemebundo, gimoteó Buck Mulligan. Synge ha dejado el luto para ser como la naturaleza. Sólo los cuer­vos, los curas y el carbón inglés son negros.

Una risa se trastabilló en sus labios.

—A Longworth le dan náuseas, dijo, después de lo que es­cribiste sobre esa vieja cotilla Gregory. ¡Ay de ti borracho ju­deojesuítico inquisitorial! Te consigue ella un trabajo en el periódico y agarras y te tiras como un perro contra el babo­seo de la comesantos. ¿No podrías haberlo hecho al estilo de Yeats? Prosiguió adelante y hacia abajo, gesticulando, salmo­diando con gráciles brazos al aire:

—El libro más bello que jamás haya creado nuestro país en mis tiempos. Uno llega a pensar en Homero.

Se paró al pie de la escalera.

—He concebido una comedia para los retorcidos, dijo so­lemnemente.

La columnata de la galería morisca, sombras trenzadas. Para siempre se fueron las danzas morunas de los nueve hom­bres con gorras de fichas.

Con voces dulcemente variadas Buck Mulligan leyó en su tablilla:

—A cada cual su esposa

o

Luna de miel en la mano

(inmoralidad nacional en tres orgasmos)

por

Huevones Mulhgan

Lanzó una sonrisita feliz de gracioso a Stephen, di­ciendo:

—El disfraz, me temo, se transparenta. Pero escucha.

Leyó, marcato:

—Personajes:

TOBY PAJA (polaco perdido)

LADILLAS (bandolero)

MEDICINANTE POLLA

y (dos pájaros de un tiro)

MEDICINANTE DAVY

TÍA GROGAN (la que trae el agua)

NELLY LA FRESCA

y

ROSALE (puta del muelle del carbón)

Se rió, columpiando una cabeza de un lado a otro, prosi­guiendo, seguido de Stephen: y regocijadamente le contaba a las sombras, almas de hombres:

—¡Ah, aquella noche en el Camden Hall cuando las hijas de Erín tuvieron que remangarse las faldas para pasar por en­cima de ti cuando yacías en tu vómito morado, multicolor, multitudinario!

—El más inocente hijo de Erín, dijo Stephen, por el que jamás se las hayan remangado.

A punto de atravesar la entrada, sintiendo a alguien detrás, se echó a un lado.

Marcharse. El momento es ahora. ¿Adónde después? Si Sócrates dejara su casa hoy, si judas saliera esta noche. ¿Por qué? Eso está ahí en el espacio a lo que yo con el tiempo ten­dré que enfrentarme, ineluctablemente.

Mi voluntad: su voluntad me afronta. Mares de por medio.

Un hombre pasó hacia fuera entre los dos, inclinándose deferente, saludando.

—Buenos días de nuevo, dijo Buck Mulligan.

El atrio.

Aquí observé a las aves como augurios. Aengus el de las aves. Se van, vuelven. Anoche volé. Fácilmente volé. Los hombres se asombraron. Calle de rameras después. Un me­lón cremoso sostuvo contra mí. Dentro. Ya verás.

—El judío errante, susurró Buck Mulligan con temor reve­rencial de clown. ¿Viste su mirada? Te miró con ojos de de­seo. Os temo, viejo marinero. Ay, Kinch, estáis en peligro. Conseguíos un cojinete para los calzones.

A la manera de Oxenford.

Día. Sol carretillado sobre arco de puente.

Una espalda oscura caminaba por delante de ellos, paso de leopardo, bajaba, salía por la cancela, bajo los espinos for­jados de la verja.

Ellos la siguieron.

Oféndeme aún más. Continúa hablando.

Aire benigno definía las aristas de las casas de Kildare Street. No hay pájaros. Frágiles desde los tejados dos pena­chos de humo ascendían, empenachados, y en una falla de suavidad eran soplados suavemente.

Cesa en tu esfuerzo. La paz de los sacerdotes druídicos de Cimbelino: hierofante: desde la vasta tierra desplegada un altar.

Loemos a los dioses

y que los humos sinuosos trepen a sus narices

desde nuestros sacros altares.

10. Las Rocas Errantes

El superior, el muy reverendo John Conmee S. J. volvió a acomodar su reloj plano en el bolsillo interior mien­tras bajaba los escalones del presbiterio. Las tres me nos cinco. Tiempo suficiente para ir andando hasta Artane. ¿Cómo era que se llamaba ese chico? Dignam. Sí. Vere dig­num et iustum est. El Hermano Swan era la persona indicada. La carta de Mr. Cunningham. Sí. Complacerle, a ser posible. Buen católico practicante: útil para la época de misiones.

Un marinero con una sola pierna, columpiándose al avan­zar en perezosas sacudidas de sus muletas, gruñía unas notas. Se paró con una sacudida ante el convento de las hermanas de la caridad y alargó una gorra de visera limosnera al muy reverendo John Conmee S. J. El Padre Conmee lo bendijo abandonándolo al sol que más calienta pues su bolsa conte­nía, como bien sabía él, una sola corona de plata.

El Padre Conmee cruzó hacia Mountjoy Square. Pensó, pero no por mucho tiempo, en soldados y marineros, cuyas piernas habían sido arrancadas por balas de cañón, y termi­naban sus días en el pabellón de indigentes, y en las palabras del cardenal Wolsey: Si hubiera servido a mi Dios como he servi­do a mi rey no me habría Él abandonado en la vejez. Caminó bajo la sombra arbórea de hojas en parpadeo solar: y hacia él avanzaba la esposa de Mr. David Sheehy Miembro del Parla­mento.

—Muy bien, desde luego, Padre. ¿Y usted, Padre?

El Padre Conmee estaba muy pero que muy bien desde luego. Iría a Buxton seguramente a tomar las aguas. Y sus chi­cos ¿iban bien en Belvedere? ¿De veras? El Padre Conmee se alegraba desde luego de oírlo. ¿Y Mr. Sheehy en persona? Aún en Londres. La cámara aún en sesión, pues claro que sí. Un tiempo ideal que hacía, delicioso desde luego. Sí, era muy probable que el Padre Bemard Vaughan viniera de nue­vo a predicar. Sí, sí: un éxito extraordinario. Un hombre ex­cepcional realmente.

El Padre Conmee se alegraba mucho de ver a la esposa de Mr. David Sheehy Miembro del Parlamento con tan buen aspecto y le rogaba diera recuerdos a Mr. David Sheehy Miembro del Parlamento. Sí, por supuesto que les haría una visita.

—Buenas tardes, Mrs. Sheehy.

El Padre Conmee se quitó el sombrero de seda y sonrió, al despedirse, a las cuentas de azabache de la mantilla con irisa­ciones de tinta al sol. Y sonrió una vez más, al marcharse. Se había cepillado los dientes, como bien sabía él, con buyo.

El Padre Conmee caminó y, al caminar, sonrió pues pen­só en los ojos graciosos y en el acento chulapo londinense del Padre Bernard Vaughan.

—¡Eh! ¡Pilatos! ¿Por qué no ablandas a esa chusma chusca?

Hombre fervoroso, no obstante. Realmente lo era. Y real­mente hacía el bien a su modo. Sin ningún género de dudas. Amaba a Irlanda, decía, y amaba todo lo irlandés. De buena fa­milia además ¿quién lo hubiera imaginado? Eran galeses ¿no?

Ah, que no se le olvidara. Esa carta al padre provincial.

El Padre Conmee detuvo a tres pequeños escolares en la esquina de Mountjoy Square. Sí, eran de Belvedere. De pri­maria. Aajá. ¿Y eran buenos en el colegio? Vaya. Eso estaba pero que muy bien. ¿Y cómo se llamaba? Jack Sohan. ¿Y éste? Ger. Gallaher. ¿Y este otro hombrecito? Se llamaba Brunny Lynam. Vaya, qué nombre más bonito.

El Padre Conmee se sacó una carta del pecho y dándosela al señorito Brunny Lynam señaló el buzón rojo en la esqui­na de Fitzgibbon Street.

—Pero mucho cuidado con no echarte tú dentro del bu­zón, hombrecito, dijo.

Los niños seisfisgaron al Padre Conmee y rieron:

—No, no, Padre.

—Bien, pues a ver si sabes echar una carta, dijo el Padre Conmee.

El señorito Brunny Lynam cruzó la calle corriendo y me­tió la carta del Padre Conmee al padre provincial por la boca del buzón rojo vivo. El Padre Conmee sonrió y asintió y son­rió y prosiguió a lo largo de Mountjoy Square East.

Mr. Denis J. Maginm, profesor de baile etc., con sombre­ro de copa, levita color pizarra con vueltas de seda, plastrón blanco, pantalones lavanda ceñidos, guantes canarios y botas en punta de charol, andando con grave apostura se echó muy respetuosamente hacia el bordillo al pasar al lado de Lady Maxwell en la esquina de Dignam's Court.

¿No era ésa Mrs. M'Guinness?

Mrs. M'Guinness, majestuosa, cabelloplateada, hizo una leve inclinación hacia el Padre Conmee desde la acera del otro lado por la que bogaba. Y el Padre Conmee sonrió y sa­ludó. ¿Qué tal estaba?

Qué andares más elegantes tenía. Como Mary, la reina es­cocesa, nada menos. ¡Y pensar que era prestamista! ¡Vaya, hombre! Con ese semblante tan ... ¿cómo diría? .... tan de reina.

El Padre Conmee bajó por Great Charles Street y echó un vistazo a la iglesia protestante totalmente cerrada a su iz­quierda. El licenciado reverendo T. R Greene predicará (Deo volente). El beneficiado le llamaban. Al Padre Conmee sí que le beneficiaría decir unas cuantas cosas. Pero hay que tener caridad. Ignorancia invencible. Actuaban de acuerdo con sus luces.

El Padre Conmee dobló la esquina y caminó por North Circular Road. Era extraño que no hubiese una línea de tran­vías en una vía pública tan importante. Indudablemente de­bería haberla.

Una caterva de escolares puestos de cartera cruzó desde Richmond Street. Todos se quitaron las gorras desaliñadas. El Padre Conmee los saludó repetidas veces benignamente. Chicos de las Escuelas Cristianas.

El Padre Conmee olió a incienso a mano derecha mien­tras caminaba. Iglesia de Saint Joseph, Portland Row. Para mujeres mayores y virtuosas. El Padre Conmee se quitó el sombrero ante el Sagrado Sacramento. Virtuosas: pero tam­bién en ocasiones desagradables.

Cerca de la mansión Aldborough el Padre Conmee pensó en aquel noble derrochador. Y ahora oficinas o algo parecido. El Padre Conmee comenzó a caminar por North Strand Road y fue saludado por Mr. William Gallagher de pie a la puerta de su establecimiento. El Padre Conmee saludó a Mr. William Gallagher y percibió los olores que despedían las hojas de panceta y las anchas orzas de mantequilla. Pasó por donde Grogan el estanquero contra cuya pared se apoya­ban tablones de noticias que decían de una catástrofe horren­da en Nueva York. En América esas cosas pasaban constan­temente. Una desgracia que la gente muera de esa manera, sin preparar. Sin embargo, un acto de contrición perfecta.

El Padre Conmee pasó por la taberna de Daniel Bergin contra cuya ventana ganduleaban dos desocupados. Le salu­daron y fueron saludados.

El Padre Conmee pasó por la funeraria de H. J. O'Neill donde Kelleher Copetón sumaba cantidades en el libro—diario mientras masticaba una brizna de paja. Un guardia en su ron­da saludó al Padre Conmee y el Padre Conmee saludó al guardia. En Youkstetter, la tocinería, el Padre Conmee obser­vó los embutidos de cerdo, blanco y negro y rojo, que se ex­tendían ordenadamente enroscados en tubos. Fondeada bajo los árboles de Charleville Mall el Padre Conmee vio una ga­barra de turba, un caballo de tiro con la cabeza gacha, un gabarrero con sombrero de paja sucia sentado en medio de la barca, fumando y embelesado con una rama de álamo enci­ma de él. Aquello era idílico: y el Padre Conmee reflexionó sobre la providencia del Creador que había hecho que la tur­ba estuviera en los pantanos donde los hombres podían ex­traerla y acarrearla a la ciudad o a la aldea para hacer fuego en los hogares de los pobres.

En el puente de Newcomen el muy reverendo John Conmee S. J. de la iglesia de Saint Francis Xavier, en Upper Gardiner Street, se subió a un tranvía con destino a las afueras.

De un tranvía con destino al centro se bajó el reverendo Nicholas Dudley coadjutor de la iglesia de Saint Agatha, en North William Street, en el puente de Newcomen.

En el puente de Newcomen el Padre Conmee se subió a un tranvía con destino a las afueras porque le desagradaba re­correr a pie el camino cutre que cruzaba Mud Island.

El Padre Conmee se sentó en una esquina del tranvía, el billete azul remetido cuidadosamente en el ojal de un oron­do guante de cabritilla, mientras que cuatro chelines, una moneda de seis—peniques y cinco peniques se deslizaron de la palma del otro orondo guante al monedero. Al pasar por la iglesia de hiedra reflexionó en que el revisor solía hacer su vi­sita justo cuando descuidadamente habías tirado el billete. La solemnidad de los ocupantes del coche le pareció al Padre Conmee excesiva para un trayecto tan corto y barato. Al Pa­dre Conmee le gustaba el decoro campechano.

El día era agradable. El caballero de las gafas enfrente del Padre Conmee había terminado una explicación y bajó la mirada. Su mujer, supuso el Padre Conmee.

Un bostezo minúsculo abrió la boca de la mujer del caba­llero de las gafas. Se llevó un puño menudo enguantado a la boca, bostezó con exquisita discreción, tabaleando con el puño menudo enguantado en la boca que se le abría y son­rió minúsculamente, dulcemente.

El Padre Conmee percibió su perfume en el coche. Perci­bió también que el hombre premioso al otro lado de ella iba sentado en el borde del asiento.

El Padre Conmee en el comulgatorio colocó la hostia con dificultad en la boca del viejo premioso de la cabeza temblona.

En el puente de Annesley se detuvo el tranvía y, cuando estaba a punto de iniciar la marcha, una vieja se levantó re­pentinamente de su sitio para apearse. El cobrador tiró de la correa del timbre para detenerle el coche. Fue saliendo con un cesto y una bolsa de la compra: y el Padre Conmee vio al cobrador ayudarla a bajar a ella a su bolsa y a su cesto: y el Padre Conmee pensó que, como casi se había pasado del tra­yecto de a penique, debía de ser una de esas pobres almas a las que siempre había que repetirles vaya en paz, h& mía, que ya han sido absueltas, rece por mí. Pero tenían tantas preocu­paciones en la vida, tantos desvelos, pobres criaturas.

Desde las vallas publicitarias Mr. Eugene Stratton hacía una mueca con gordos labios perrengues al Padre Conmee.

El Padre Conmee pensó en las almas de negros y cobrizos y amarillos y en su sermón sobre San Pedro Claver S. J. y las misiones en África y en la propagación de la fe y en los mi­llones de almas negras y cobrizas y amarillas que no habían recibido el bautismo de agua cuando les llegase la última hora como ladrón en mitad de la noche. Ese libro del jesuita belga, Le Nombre des Élus, le parecía al Padre Conmee un planteamiento razonable. Eran millones de almas humanas las creadas por Dios a Su imagen y semejanza a quienes la fe (Deo volente) no les había llegado. Pero eran almas de Dios, creadas por Dios. Al Padre Conmee le parecía una pena que todas se perdieran, una gran pérdida, si se puede decir.

En la parada de Howth Road el Padre Conmee se apeó, fue saludado por el cobrador y saludó a su vez.

Malahide Road estaba tranquilo. Le agradaba al Padre Conmee, tanto la calle como el nombre. Campanas festivas repicaban en la alegre Malahide. Lord Talbot de Malahide, con derecho hereditario al Almirantazgo de Malahide y ma­res adyacentes. Luego vino la llamada a las armas y ella fue virgen, esposa y viuda en un mismo día. Aquellos tiempos antiguos fueron buenos tiempos, tiempos de lealtad en pue­blos festivos, viejos tiempos en la baronía.

El Padre Conmee, andando, pensó en su librillo Viejos tiem­pos en la baronía y en el libro que podría escribirse sobre casas de jesuitas y en Mary Rochfort, hija de Lord Molesworth, pri­mera condesa de Belvedere.

Una dama lánguida, ya no joven, caminaba solitaria por la orilla del Lough Ennel, Mary, primera condesa de Belvedere, andando lánguidamente al atardecer, sin sobresaltarse cuando una nutria se zambulló. ¿Quién podía conocer la verdad? ¿No el celoso Lord Belvedere ni tampoco su confesor si no había cometido adulterio enteramente, eiaculatio serninis inter vas natu­rale mulieris, con el hermano de su esposo? Se habría confesado a medias si no hubiera del todo pecado como las mujeres ha­cían. Sólo Dios lo sabía y ella y él, el hermano de su esposo.

El Padre Conmee pensó en esa incontinencia tiránica, ne­cesaria sin embargo para la raza humana sobre la tierra, y en los caminos de Dios que no eran nuestros caminos.

Don Juan Conmee caminaba y se movía en tiempos de antaño. Era humanitario y enaltecido además. En la mente portaba secretos confesados y sonreía a caras nobles sonrien­tes en salones encerados, techados con rebosantes racimos de fintas. Y las manos de una novia y de un novio, noble con noble, fueron trabadas por Don Juan Conmee.

Hacía un día adorable.

La portalada de un campo le mostraba al Padre Conmee un vasto espacio de coles, que le hacían reverencias con an­chas hojas arranadas. El cielo le mostraba un hato de nubeci­llas blancas cayendo lentamente con el viento. Moutonner, decían los franceses. Palabra precisa y entrañable.

El Padre Conmee, leyendo los oficios, contempló un hato de aborregadas nubes sobre Rathcoffey. Le cosquillaba los tobi­llos finamente calcetados el rastrojo del campo de Clongowes. Paseaba por allí, leyendo al atardecer, y oía el bullicio de las filas de niños en sus juegos, bullicio juvenil en el tranquilo atardecer. Él era su rector: su reinado era apacible.

El Padre Conmee se quitó los guantes y sacó el breviario de cantos rojos. Un registro marfil le señalaba la página.

Nonas. Debería haberlas leído antes del almuerzo. Pero Lady Maxwell había venido.

El Padre Conmee leyó para sí el Pater y el Ave y se santi­guó. Deus in adiutorium.

Caminó calmosamente y leyó mudamente las nonas, ca­minando y leyendo hasta llegar a Res en Beati immaculati:

Principium verborum tuorum veritas: in eternum omnia iudi­cia iustitias tuae.

Un joven ruborizado salió por el hueco de un seto y tras él venía una joven con unas margaritas silvestres cabeceando en la mano. El joven se quitó la gorra precipitadamente: la joven se inclinó con precipitación y con sumo cuidado se desprendió de la falda liviana una brizna pegada.

El Padre Conmee los bendijo a ambos gravemente y pasó una fina página de su breviario. Sin:

—Principes persecuti sunt me gratis: et a verbis tuis formidavit cor meum.

Kelleher Copetón cerró el dilatado libro—diario y echó un vistazo con los ojo, caídos a una tapa de ataúd de pino de guardia en un rincon. Se irguió con esfuerzo, aproximose a la misma y, girándola sobre su eje, observó la forma y los adornos de latón. Masticando la brizna de paja apartó la tapa del ataúd y se acercó a la entrada. Allí ladeó el ala del som­brero para darse sombra en los ojos y se apoyó contra el qui­cio de la puerta, mirando despreocupadamente hacia fuera.

El Padre John Conmee se subió al tranvía de Dollymount en el puente de Newcomen.

Kelleher Copetón entrecruzó las botas de pies grandes y se quedó con la mirada perdida, el sombrero ladeado para de­lante, masticando la brizna de paja.

El guardia 57C, en su ronda, se paró a dejar pasar el tiempo.

—Hace un día magnífico, Mr. Kelleher.

—Sí, dijo Kelleher Copetón.

—Muy pesado, dijo el guardia.

Kelleher Copetón lanzó un arqueado chorro silencioso de jugo de paja por la boca mientras que un brazo blanco gene­roso desde una ventana de Eccles Street arrojaba una moneda.

—¿Qué se cuenta? preguntó.

—Vi a ese individuo de marras anoche, dijo el guardia ba­jando la voz.

Un marinero con una sola pierna muleteó por la esquina de MacConnell, bordeó el puesto de helados de Rabaiotti, y se fue dando sacudidas Eccles Street arriba. Hacia Larry O'Rourke, en mangas de camisa en su puerta, gruñó con aversión:

—Por Inglaterra ....

Se columpió violentamente con un vaivén hacia delante pasando a Katey y Boody Dedalus, se detuvo y gruñó:

—el hogary la belleza.

A la cara blanca agobiada de preocupaciones de J. J. O'Molloy se le dijo que Mr. Lambert estaba en el almacén con una visita.

Una señora gruesa se paró, sacó una moneda de cobre del bolso y la echó en la gorra que le extendían. El marinero re­funfuñó las gracias, echó un vistazo agriado a las ventanas que lo ignoraban, hundió la cabeza y se columpió hacia de­lante cuatro zancadas.

Se detuvo y gruñó malhumoradamente:

—Por Inglaterra .....

Dos granujillas descalzos, chupando largos cordones de regaliz, se detuvieron cerca de él, mirándole boquiabiertos el muñón con babeantes bocas babiamarillas.

Se columpió hacia delante con vigorosos sacudiones, se detuvo, levantó la cabeza hacia una ventana y lanzó un aulli­do profundo:

—el hogar y la belleza.

El dulce silbido gorjeante alegre del interior continuó un compás o dos, cesó. La cortinilla de la ventana se descorrió. Una tarjeta Apartamentos sin amueblar resbaló de la corredera y cayó. Un generoso brazo orondo desnudo destelló, se vio, emergió del corpiño de unas enaguas de tensos tirantes blan­cos. Una mano de mujer lanzó una moneda por encima de la verja de la entrada al sótano. Cayó en la acera.

Uno de los granujillas corrió hacia ella, la recogió y la dejó caer en la gorra del ministrer, al tiempo que decía:

—Tenga, señor.

Kate y Boody Dedalus entraron dando un empujón a la puerta de la cocina cargada de vapor.

—¿Empeñaste los libros? preguntó Boody.

Maggy al fogón sumergió un par de veces con el mecedor una masa grisácea bajo las jabonaduras burbujeantes y se lim­pió la frente.

—No daban nada por ellos, dijo ella.

El Padre Conmee caminaba por los campos de Clongowes, los tobillos finamente calcetados cosquillados por el ras­trojo.

—¿Dónde lo intentaste? preguntó Boody.

—En M'Guinness.

Boody dio una patada en el suelo y tiró la cartera encima de la mesa.

—¡Que la zurzan a esa cara de pandero! exclamó.

Katey fue al fogón y miró con ojos entrecerrados.

—¿Qué hay en la caldera? preguntó. —Camisas, dijo Maggy.

Boody protestó airada:

—Mecachis ¿es que no tenemos nada que comer?

Katey, levantando la tapadera de la cacerola con un plie­gue de la falda manchada, preguntó:

—¿Y qué hay aquí?

Una humareda espesa salió impetuosamente cómo res­puesta.

—Sopa de guisantes, dijo Maggy.

—¿Dónde te hiciste con ella? preguntó Katey.

—La Hermana Mary Patrick, dijo Maggy.

El portero tocó la campana.

—¡Talán!

Boody se sentó a la mesa y dijo hambrientamente:

—¡Trae para acá!

Maggy vertió sopa espesa amarilla de la cacerola en un cuen­co. Katey, sentada enfrente de Boody, dijo quedamente, mien­tras que la punta de su dedo se llevaba a la boca migajas sueltas:

—Suerte que tenemos eso. ¿Dónde está Dilly?

—Fue a buscar a padre, dijo Maggy.

Boody, migando trozos grandes de pan en la sopa amari­lla, añadió:

—Padre nuestro que no estás en los cielos.

Maggy, vertiendo sopa amarilla en el cuenco de Katey, prorrumpió:

—¡Boody! ¡Por Dios!

Un esquife, un prospecto arrugado, Elías vuelve, surcaba suavemente el Liffey corriente abajo, por debajo del puente de la línea de circunvalación, disparado en los rápidos don­de el agua lame contra los pilares del puente, navegando ha­cia el este dejando atrás cascos y capones, entre el viejo em­barcadero de la Aduana y George's Quay.

La chica rubia del establecimiento Thomton arropó la ces­ta de mimbre con fibras crujientes. Boylan Botero le tendió la botella envuelta en papel de seda rosa y un tarro pequeño.

—Meta éstos primero ¿quiere? dijo.

—Sí, señor, dijo la chica rubia. Y la fruta arriba.

—Así está bien, de rechupete, dijo Boylan Botero.

Distribuyó las peras gordas ordenadamente, cabezas con rabos, y entre ellas melocotones maduros sonrosados.

Boylan Botero anduvo de acá para allá con sus zapatos nuevos color canela por la tienda frutiolorosa, cogiendo las frutas, rojos tomates tempranos jugosos orondos y abolsa­dos, oliscando olores.

H.E.L.Y.S desfilaron ante él, blancoenchisterados, dejan­do atrás Tangier Lane, caminando penosamente hacia su meta.

Se dio la vuelta repentinamente ante una canastilla de fre­sas, sacó un reloj de oro de la faltriquera del chaleco y lo ex­tendió en toda la longitud de la cadena.

—¿Lo puede enviar por tranvía? ¿Ahora?

Una figura dorsoscura bajo Merchants' Arch hojeaba li­bros en el tenderete de un vendedor ambulante.

—Por supuesto, señor. ¿Es en la ciudad?

—Sí, sí, dijo Boylan Botero. A diez minutos.

La chica rubia le entregó un marbete y un lápiz.

—¿Querría escribir la dirección, señor?

Boylan Botero en el mostrador escribió y empujó el mar­bete hacia ella.

—Envíelo de inmediato ¿quiere? dijo. Es para una inválida.

—Sí, señor. En seguida, señor.

Boylan Botero hizo repiquetear monedas cascabeleras en el bolsillo de su pantalón.

—¿A cuánto asciende la dolorosa? preguntó.

Los delgados dedos de la chica rubia contaron las piezas de fruta.

Boylan Botero miró por el escote de la blusa. Una pollita. Tomó un clavel rojo del esbelto florero.

—¿Para mí éste? preguntó galantemente.

La chica rubia lo miró de soslayo, va de punta en blanco, la corbata algo torcida, sonrojándose.

—Sí, señor.

Inclinándose picaruelamente volvió a contar peras gordas y melocotones sonrojados.

Boylan Botero volvió a mirar dentro de la blusa con más regodeo, el tallo de la flor roja entre los dientes sonrientes.

—¿Puedo decirle un par de cosas a su teléfono, mi niña? preguntó taimadamente.

—Ma! dijo Almidano Artifoni.

Contempló por encima del hombro de Stephen la molon­dra nudosa de Goldsmith.

Dos coches atestados de turistas pasaron lentamente, las mujeres delante, empuñando el pasamanos. Rostros pálidos. Los brazos de los hombres con naturalidad alrededor de las formas encogidas de ellas. Alejaron la mirada del Tnnity y la dirigieron al soportal de columnatas cegadas del banco de Ir­landa donde las palomas zuuureaban.

Anch'io ho avuto di queste idee, dijo Almidano Artifoni, quand' ero giovine come Leí. Eppoi mi sono convinto che il mondo è una bestia. È peccato. Perchè la sua voce .... sarebbe un cespite di rendita, via. Invece, Lei si sacrifica.

—Sacrifizio incruento, dijo Stephen sonriendo, haciendo oscilar la vara de fresno en lento balanceo por el centro, grá­cilmente.

—Speriamo, dijo la cara redonda amostachada placentera­mente. Ma, dia: retta a me. Ci rifletta.

Junto a la adusta mano pétrea de Grattan, mandando pa­rar, un tranvía de Inchicore descargó soldados en desorden de una banda de las tierras altas de Escocia.

—Ci rifletterò, dijo Stephen recorriendo con la mirada la apretada pemera del pantalón.

—Ma, sul serio eh? dijo Almidano Artifoni.

Su gruesa mano cogió firmemente la de Stephen. Ojos hu­manos. Contemplaron con curiosidad un instante y se des­viaron apresuradamente hacia un tranvía de Dalkey.

—Eccolo, dijo Almidano Artifoni con amigable premura. Venga a trovarmi e ci pensi. Addio, caro.

Arrivederla, maestro, dijo Stephen, quitándose el som­brero cuando la mano quedó suelta. Egrazie.

—Di che? dijo Almidano Artifoni. Scusi eh? Tante belle cose!

Almidano Artifoni, levantando una batuta de enrolladas partituras a modo de señal, trotó con recios pantalones tras el tranvía de Dalkey. En vano trotó, haciendo señales en vano entre la bulla de escoceses de rodillas desnudas que contrabandeaban instrumentos de música por la verja del Trinity.

Miss Dunne ocultó el ejemplar de La mujer de blanco de la biblioteca de Capel Street en el fondo del cajón y enrolló una hoja de papel llamativo en el carro de su máquina de es­cribir.

Hay demasiado misterio en el libro. ¿Quiere a ésa, a Manon? Lo devolveré y sacaré otro de Mary Cecil Haye.

El disco salió disparado ranura abajo, se bamboleó un ra­tito, cesó y los miró extasiado: seis.

Miss Dunne tecleó en el teclado:

—16 de junio de 1904.

Cinco hombres—anuncio blancoenchisterados por entre la esquina de Monypeny y el pedestal donde no estaba la es­tatua de Wolfe Tone, anguilearon para darle la vuelta a H.E.L.Y'S y se retiraron con penoso caminar por donde ha­bían venido.

Luego clavó la mirada en el gran cartel de Mane Kendall, adorable vedette, y arrellanándose lánguidamente, garaba­teó en el cuaderno varios dieciséis y eses mayúsculas. Cabe­llo mostaza y mejillas repintadas. No es muy agraciada ¿ver­dad? La forma en que se levanta esa menudencia de falda. A saber si estará ése en el concierto de la banda esta noche. Si pudiera conseguir que esa modista me hiciera una falda concertina como la de Susy Nagle. Son de impresión. Shannon y toda la gente bien del club náutico no le quita­ban los ojos de encima. Quiera Dios que no me tenga aquí hasta las siete.

El teléfono sonó groseramente al lado de su oído.

—Diga. Sí, señor. No, señor. Los llamaré después de las cinco. Sólo esos dos, señor, para Belfast y Liverpool. Muy bien, señor. Entonces me puedo marchar después de las seis si usted no ha vuelto. A las y cuarto. Sí, señor. Veintisiete chelines con seis. Se lo diré. Sí, una, siete, seis.

Garabateó tres cifras en un sobre.

—¡Mr. Boylan! ¡Oiga! Ese caballero del Sport vino pre­guntando por usted. Mr. Lenehan, sí. Dijo que estaría en el Ormond a las cuatro. No, señor. Sí, señor. Les llamaré des­pués de las cinco.

Dos caras sonrosadas se volvieron a la flama de la antor­cha minúscula.

—¿Quién va? preguntó Ned Lambert. ¿Eres Crotty?

—Ringabella y Crosshaven, replicó una voz a tientas bus­cando pie.

—Hola, Jack ¿es usted? dijo Ned Lambert, levantando en señal de saludo un cimbreante listón entre los arcos tremo­lantes. Venga. Cuidado no tropiece.

La cerilla en la mano levantada del clérigo se consumió en una larga suave llama y fue dejada caer. A los pies de ellos el punto rojo expiró: y aire enrarecido se cemió a su alrededor.

—¡Cuán interesante! dijo un acento refinado en las som­bras.

—Sí, señor, dijo Ned Lambert enérgicamente. Estamos en la histórica sala de consejos de la abadía de Saint Mary donde el sedoso Thomas se proclamó a si mismo rebelde en 1534. Éste es el lugar más histórico de todo Dublín. O'Madden Burke va a escribir algo sobre ello uno de estos días. El viejo edificio del banco de Irlanda estuvo ahí enfren­te hasta los tiempos de la unión y el templo judío primitivo también estuvo aquí antes de que construyeran la sinagoga allá en Adelaide Road. ¿Usted no había estado aquí antes, verdad,Jack?

—No, Ned.

—Él bajaba a caballo por Dame Walk, dijo el acento refi­nado, si es que puedo confiar en mi memoria. La mansión de los Kildares estaba en Thomas Court.

—Eso es, dijo Ned Lambert. Eso es, sí señor.

—Sería usted tan amable pues, dijo el clérigo, de dejarme la próxima vez quizá ....

—Por supuesto, dijo Ned Lambert. Traiga la cámara foto­gráfica cuando guste. Yo me encargaré de quitar los sacos de las ventanas. La puede tomar desde aquí o desde aquí.

En la aún débil luz se movió de un lado para otro, bordo­neando con el listón los sacos de semillas apilados y los pun­tos estratégicos en el suelo.

Desde una cara larga una barba y una mirada caían sobre un tablero de ajedrez.

—Le estoy sumamente agradecido, Mr. Lambert, dijo el clérigo. No quiero robarle su valioso tiempo ....

—Estoy a su disposición, señor, dijo Ned Lambert. Déje­se caer por aquí cuando guste. La próxima semana, digamos. ¿Ve usted?

—Sí, sí. Buenas tardes, Mr. Lambert. Encantado de haber­le conocido.

—El placer es mío, señor, contestó Ned Lambert.

Siguió a su invitado hasta la salida y luego lanzó el listón revoloteando por entre los pilares. Junto con J. J. O'Molloy se encaminó lentamente hacia Mary's Abbey donde unos ca­rreteros cargaban en carros sacos de harina de algarroba y de areca, O'Connor, Wexford.

Se detuvo a leer la tarjeta que tenía en la mano.

—Reverendo Hugh C. Love, Rathcoffey. Dirección ac­tual: Saint Michael, Sallins. Es un joven agradable. Está escri­biendo un libro sobre los Fitzgeralds me contó. Está muy al día en historia, rediez.

La joven con sumo cuidado se desprendió de la falda livia­na una brizna pegada.

—Pensé que andaba metido en una nueva conspiración de la pólvora, dijo J. J. O'Molloy.

Ned Lambert se crujió los dedos al aire.

—¡Dios! exclamó. Se me olvidó contarle aquella sobre el conde de Kildare después de que prendiera fuego a la catedral de Cashel. ¿La conoce? Me jode haberlo hecho, va y dice, pero juro por Dios que pensaba que el arzobispo estaba dentro. Puede que no le gustara, sin embargó. ¿Qué? Por todos los santos, se la contaré de todas formas. Ese fue el gran conde, Fitzgerald el Grande. Apasionados que eran todos ellos, los Geraldines.

Los caballos por los que pasaba respingaron nerviosamen­te bajo los arreos flojos. Dio una palmada a un anca motea­da que se estremecía cerca de él y voceó:

—¡Sooo, bonito!

Se volvió a J. J. O'Molloy y preguntó:

—Bien, Jack. ¿Qué pasa? ¿Qué problema tiene? Espere un momento. Deténgase.

Boquiabierto y con la cabeza echada hacia atrás se quedó quieto y, tras un instante, estomudó fuertemente.

—¡Achís! dijo. ¡Dios!

—El polvo de esos sacos, dijo J. J. O'Molloy educada­mente.

—No, dijo sofocado Ned Lambert, pillé un .... resfriado ante .... Dios ... anteanoche ... y había una corriente de todos los diablos ....

Sostuvo el pañuelo listo para el siguiente ...

—Estuve .... Glasnevin por la mañana ... pobrecillo ... cómo se llama ... ¡Achís! ... ¡Vaya por Dios!

Tom Rochford tomó el disco superior del montón que asía contra su chaleco burdeos.

—¿Ven ustedes? dijo. Digamos que es el cuadro número seis. Aquí dentro, ven ustedes. Cuadro en escena.

Lo deslizó en la hendidura izquierda como demostración. Salió disparado ranura abajo, se bamboleó un ratito, cesó, mi­rándolos extasiado: seis.

Abogados del pasado, arrogantes, elegantes, contempla­ron pasar desde la oficina de tasación pública hacia el tribu­nal Nisi Prius a Richie Goulding que portaba la cartera de Goulding, Collis y Ward y escucharon el frufrú desde la sala del almirantazgo del tribunal supremo hasta el tribunal de apelación de una mujer anciana con dientes postizos que sonreían incrédulamente y una falda de seda negra de mu­cho vuelo.

—¿Ven ustedes? dijo. Ya ven cómo el último que inserté está aquí: cuadros aparecidos. El impacto. El apalancamien­to ¿ven?

Les mostró la columna creciente de discos a la derecha.

—Buena idea, dijo Napias Flynn, sorbiéndose. Así que uno que llegue tarde sabe qué cuadro está en escena y qué cuadros han aparecido.

—¿Ven? dijo Tom Rochford.

Deslizó un disco por su cuenta: y observó cómo se dispa­raba, se bamboleaba, miraba extasiado, se paraba: cuatro. Cuadro en escena.

—Lo voy a ver ahora en el Onnond, dijo Lenehan, y le tantearé. Un buen cuadro se merece otro igual.

—Hágalo, dijo Tom Rochford. Dígale que estoy Boylan­bullendo de impaciencia.

—Buenas tardes, dijo M'Coy abruptamente. Cuando us­tedes dos empiezan .....

Napias Flynn se encorvó hacia la palanca, sorbiéndose ante ella.

—¿Pero cómo funciona esto, Tommy? preguntó.

—Agur, dijo Lenehan. Hasta luego.

Siguió a M'Coy que se marchaba cruzando la plazuela mi­núscula de Crampton Court.

—Es un héroe, dijo simplemente.

—Lo sé, dijo M'Coy. Lo del sumidero, quiere decir.

—¿Sumidero? dijo Lenehan. Se escurrió por una tapa de registro abajo.

Dejaron atrás el odeón de Dan Lowry donde Mane Kendall, adorable vedette, les sonreía desde un cartel con una sonrisa repintada.

Bajando por la acera de Sycamore Street cerca del odeón Empire Lenehan le explicó a M'Coy cómo había ocurrido todo aquello. Uno de esos registros semejante a una jodida tubería de gas y allí estaba el pobre diablo atraricado en él, medio asfixiado con los gases de la cloaca. Pero para abajo que se fue Tom Rochford de todas formas, chaleco de corre­dor de apuestas y todo, con la soga alrededor. Y qué diantres como que consiguió atarle la soga al pobre diablo y los subie­ron para arriba a los dos.

—La hazaña de un héroe, dijo.

A la altura del Dolphm se detuvieron para dejar que el co­che ambulancia pasara galopando en dirección a Jervis Street.

—Por aquí, dijo, caminando hacia la derecha. Quiero en­trar un segundo en Lynam para ver cómo se cotiza Cetro de salida. ¿Qué hora es por su reloj y cadena de oro?

M'Coy miró con ojos de miope el interior de la oficina umbría de Marcus Tertius Moses, luego el reloj de casa O'Neill.

—Pasadas las tres, dijo. ¿Quién la monta?

—O'Madden, dijo Lenehan. Y una potra de mucho brío que es.

Mientras esperaba en Temple Bar M'Coy fue empujando una cáscara de plátano con suaves puntapiés desde la acera hasta la alcantarilla. Alguien podría meterse un buen bataca­zo si viene con una tajada en la oscuridad.

La verja del paseo se abrió de par en par para facultar la sa­lida de la comitiva virreinal.

—A la par, dijo Lenehan al regresar. Me he topado con Lyons Gallito ahí dentro que iba a apostar por un jodido ca­ballo que alguien le ha sugerido y que no tiene la más remo­ta. Por aquí.

Subieron por los escalones y siguieron bajo Merchants' Arch. Una figura dorsoscura inspeccionaba libros en el ten­derete de un vendedor ambulante.

—Ahí está, dijo Lenehan.

—A saber lo que estará comprando, dijo M'Coy, echando una ojeada para atrás.

—Leopoldo o el Brotebloom en el centeno, dijo Lenehan.

—Pierde la cabeza por los saldos, dijo M'Coy. Estaba con él un día y le compró un libro a una vieja de Liffey Street por dos chelines. Tenía hermosos grabados que valían el doble de lo pagado, estrellas y la luna y cometas de largas colas. Era de astronomía.

Lenehan se rió.

—Le contaré una muy buena sobre colas de cometas, dijo. Pongámonos al sol.

Cruzaron hacia el puente de hierro y fueron a lo largo de Wellington Quay junto al muro del río.

El señorito Patrick Aloysius Dignam salía de casa Mangan, antes Fehrenbach, portando libra y media de filetes de cerdo.

—Hubo una gran comilona en el reformatorio de Glencree, dijo Lenehan animadamente. La cena anual, ya sabe. De alto copete. El alcalde estaba allí, Val Dillon era, y Sir Charles Cameron y Dan Dawson dio un discurso y hubo música. Bartell d'Arcy cantó y Benjamin Dollard .....

—Ya lo sé, le cortó M'Coy. Mi señora cantó allí una vez.

—¿Ah, sí? dijo Lenehan.

Una tarjeta Apartamentos sin amueblar reapareció en la co­rredera de la ventana del número 7 de Eccles Street. Interrumpió la historia un momento pero rompió a reír con risa resollante.

—Pero espere a que le cuente, dijo. Delahunt el de Candem Street llevaba el servicio de comestibles y un servidor de us­ted era el jefe de bebestibles. Bloom y la mujer estaban allí. La cantidad de cosas que nos metimos entre pecho y espal­da: oporto y jerez y curaçao de los que dimos buena cuenta. Fue el desmadre. A los líquidos siguieron los sólidos. Fiam­bres a porrillo y empanadas ....

—Lo sé, dijo M'Coy. El año en que mi señora estuvo .....

Lenehan le cogió del brazo efusivamente.

—Pero espere a que le cuente, dijo. Tuvimos un refrigerio de medianoche también después de toda la juerga y cuando despegamos de allí daban ya las putas luces de la mañana de la resaca anterior. Camino de casa hacía una noche de invier­no magnífica como para meterse en la Montaña Plumón. Bloom y Chris Callinan iban en un lado del coche y yo esta­ba con su mujer en el otro. Empezamos a cantar a tres y a dos voces: Ved, el destello mañanero. Iba bien alumbrada con una buena carga de oporto de Delahunt en la barriga. A cada bandazo del jodido coche ya me la tenía encima. ¡Menudo revoltijo! Tiene un buen par, que Dios la bendiga. Así.

Extendió las manos encovadas alejándolas de él un codo, frunciendo el ceño:

—Estuve remetiéndole la manta y arreglándole el boa todo el tiempo. ¿.Sabe a qué me refiero?

Sus manos moldearon copiosas curvas de aire. Apretó los ojos con placer, contrayéndosele el cuerpo, y rumbó un dul­ce gorjeo desde sus labios.

—El mozo estaba en guardia de todas formas, dijo con un suspiro. Es una yegua de mucho brío de eso no hay duda. Bloom iba señalando todas las estrellas y cometas del firma­mento a Chris Callinan y al calesero: la osa mayor y Hércu­les y el dragón, y la biblia en pasta. Pero yo, vaya por Dios, que andaba perdido, como quien dice, en la vía láctea. Él se las conoce todas, se lo juro. Por fin ella descubrió una chiqui­tita chiquitina a millas de distancia. ¿Yqué estrella es ésa, Poldy? va y dice ella. Vaya por Dios, dejó a Bloom todo cortado. Ésa ¿no? dice Chris Callinan, seguro que ésa es sólo lo que se dice una pichita de nada. Vaya por Dios, que no andaba muy lejos de dar en el blanco. Lenehan se paró y se apoyó contra el muro del río, resoplando con risa suave.

—No puedo más, jadeó.

La cara blanca de M'Coy sonreía a instantes y se fue po­niendo grave. Lenehan comenzó a andar de nuevo. Se levan­tó la gorra náutica y se rascó el colodrillo rápidamente. Miró de soslayo a M'Coy en la luz del sol.

—Es un hombre completo y culto, ese Bloom, dijo seria­mente. No es uno del montón o uno más ... ya sabe ... Tie­ne algo de artista el bueno de Bloom.

Mr. Bloom pasaba despreocupadamente las páginas de Las pavorosas revelaciones de María Monk, luego de la Obra maestra de Aristóteles. Torcida y chapucera la impresión. Grabados: criaturas hechas un ovillo en úteros de rojez san­guinosa como hígados de vacas sacrificadas. Cantidades de ellos en este momento por todo el mundo. Todos ellos tope­tando con el cráneo queriendo salir de ahí. Un niño que nace cada minuto en algún sitio. Mrs. Purefoy.

Echó a un lado ambos libros y miró al tercero: Historias del ghetto por Leopold von Sacher Masoch.

—Ése lo tengo leído, dijo, empujándolo a un lado.

El tendero dejó caer dos volúmenes sobre el mostrador. —Esos dos son de los buenos, dijo.

Cebollas en su aliento llegaron por encima del mostrador desde su boca podrida. Se agachó para hacer un fardo con los otros libros, se los apretó contra el chaleco desabrochado y se los llevó detrás de la cortina cutre.

En el puente de O'Connell muchas personas observaron la grave apostura y alegre indumentaria de Mr. Denis J. Maginni, profesor de baile, etc.

Mr. Bloom, solo, miraba los títulos. Bellos tiranos por James Azotedamor. Conozco la clase que es. ¿Lo leí? Sí.

Lo abrió. Me lo imaginaba.

Una voz de mujer tras la cortina cutre. Escucha: el hombre.

No: no le gustaría tanto. Se lo llevé una vez.

Leyó el otro título: Delicias delpecado. Más en su línea. Vea­mos.

Leyó por donde el dedo había abierto.

—Todos los dólares que le daba su marido se los gastaba en las tiendas en vestidos presuntuosos y en las más caras puntillas. ¡Para él.! ¡Para Raouut

Sí. Éste. Por aquí. Prueba.

—Su boca se pegó a la de el en un suculento beso voluptuoso mientras que las manos de el buscaban sus opulentas curvas dentro del deshabillé.

Sí. Me quedo éste. El final.

—Llegas tarde, dio el con voz enronquecida, observándola con fulminante mirada de sospecha.

La bella mujer se zafó del abrigo ribeteado de marta, luciendo unos hombros fastuosos y estremecedoras redondeces. Una sonrisa imperceptible retozaba en sus labios perfectos al volverse hacia el cal­mosamente.

Mr. Bloom leyó de nuevo: La bella mujer....

Un ardor se derramó suavemente sobre él, intimidándole la carne. La carne cedió ampliamente por entre ropas arruga­das: los ojos en blanco en desmayo. La nariz se arqueó en busca de presa. Ungüentos saturados en el pecho (¡para él.! ¡para Raoulo. Sudor con olor a cebolla de los sobacos. Lecha­za de cola—de—pescado (estremecedoras redondeces). ¡Toca! ¡Aprie­ta! ¡Estruja! ¡Excremento sulfuroso de leones!

¡Joven! ¡Joven!

Una anciana, ya no joven, dejó el edificio del tribunal de casación, el tribunal supremo, el de cuentas y el de pri­mera instancia, después de haber presenciado en la sala del juez del tribunal supremo el caso de demencia de Potterton, en la sección del almirantazgo la citación, a petición de parte, de los propietarios del Lady Cairns contra los pro­pietarios del barco Mona, en el tribunal de apelaciones el fallo con reserva en el pleito de Harvey contra la Compañía Aseguradora de Garantías y Accidentes Oceá­nicos.

Toses de flema sacudieron el aire de la librería, abomban­do las cortinas cutres. La cabeza gris despeinada del tendero salió y también la enrojecida cara desafeitada, tosiendo. Ca­rraspeó violentamente, y gargajeó flema en el suelo. Plantó la bota en lo que había escupido, restregando la suela a todo lo largo, y se inclinó, mostrando una coronilla despellejada, es­casamente peluda.

Mr. Bloom la contempló.

Controlándose la ajetreada respiración, dijo: —Me llevo éste.

El tendero levantó unos ojos cegajosos de resfriado rancio.

—Delicias del pecado, dijo, tabaleando en él. Éste es de los buenos.

El portero junto a la puerta del salón de subastas de Dillon volvió a sacudir dos veces la campanilla y se miró en el espe­jo del armario con marcas de tiza.

Dilly Dedalus, holgazaneando cerca del bordillo, oyó los repiques de la campanilla, los gritos del subastador dentro. Cuatro chelines con nueve. Esas cortinas encantadoras. Cin­co chelines. Cortinas acogedoras. Nuevas se venden a dos guineas. ¿Alguien da más de cinco chelines? Adjudicadas por cinco chelines.

El portero levantó la campanilla y la agitó: —¡Talán!

El tan de la campana de la última vuelta aguijoneó a los ci­clistas de la media—milla al sprint. J. A. Jackson, W. E. Wylie, A. Munro y H. T. Gahan, los estirados cuellos meneándose, salvaron la curva de la biblioteca de la Universidad.

Mr. Dedalus, tirándose del largo bigote, se acercó desde William's Row. Se detuvo cerca de su hija.

—Ya va siendo hora, dijo ella.

—Ponte derecha por el amor de Dios, dijo Mr. Dedalus. ¿Es que intentas imitar a tu tío John, el cometa, con la cabe­za hundida en los hombros? ¡Por Dios bendito!

Dilly se encogió de hombros. Mr. Dedalus puso las manos sobre ellos y se los echó para detrás.

—Ponte derecha, niña, dijo. Vas a tenninar con encorva­miento de la columna vertebral. ¿Sabes qué aspecto tienes?

Hundió la cabeza repentinamente y la proyectó hacia de­lante, encorvando los hombros y dejando caer la mandibula.

—Déjelo ya, padre, dijo Dilly. La gente le está mirando.

Mr. Dedalus se puso derecho y se tiró de nuevo del bi­gote.

—¿Consiguió dinero? preguntó Dilly.

—¿De dónde iba yo a sacar dinero? dijo Mr. Dedalus. No hay nadie en Dublín que me preste ni cuatro peniques.

—Sí que tiene, dijo Dilly, mirándole a los ojos.

—¿Cómo lo sabes? preguntó Mr. Dedalus, con sorna.

Mr. Keman, complacido con el pedido que le habían he­cho, caminaba ufano por James Street.

—Sé que sí, contestó Dilly. ¿No estaba usted en la taber­na Scotch ahora?

—Pues no que no estaba, vamos, dijo Mr. Dedalus, son­riendo. ¿Han sido las monjitas las que te han enseñado a ser tan descarada? Anda, toma.

Le dio un chelín.

—A ver si puedes hacer algo con eso, dijo.

—Seguro que tendrá usted cinco, dijo Dilly. Déme más.

—Espera sentada, dijo Mr. Dedalus amenazadoramente. Eres igual que los demás ¿a que sí? Hatajo de sanguijuelas in­solentes desde que vuestra pobre madre murió. Pero esperad sentadas. No me vengáis con cantinelas que no me vais a sa­car ni el forro del bolsillo. ¡Panda de pillastres! Me voy a des­hacer de todas vosotras. No os importaría que estirara la pata. Se ha muerto. El tío ese de arriba se ha muerto.

La dejó y comenzó a andar. Dilly le siguió rápidamente y le tiró de la americana.

—Bueno, y ahora ¿qué pasa? dijo él, parándose.

El portero tocó la campana a sus espaldas.

—¡Talán!

—Maldita sea tu estampa, carota, exclamó Mr. Dedalus, volviéndose hacia él.

El portero, consciente del comentario, agitó el badajo col­gante de la campana pero débilmente:

—¡Tan!

Mr. Dedalus clavó la mirada en él.

—Míralo, dijo. Qué instructivo. A saber si nos va a dejar hablar.

—Tiene usted más que eso, padre, dijo Dilly.

—Te voy a enseñar un truquito, dijo Mr. Dedalus. Os voy a dejar a todos en la estacada. Mira, aquí está todo lo que ten­go. Conseguí dos chelines de Jack Power y me gasté dos pe­niques en afeitarme para el entierro.

Sacó un puñado de monedas de cobre, nerviosamente.

—¿No puede buscar dinero en alguna parte? dijo Dilly.

Mr. Dedalus pensó y asintió.

—Lo haré, dijo seriamente. Estuve mirando por todas las al­cantarillas de O'Connell Street. Voy a probar en ésta ahora.

—Es usted muy gracioso, dijo Dilly, haciendo un mohín.

—Ten, dijo Mr. Dedalus, alargándole dos peniques. Cóm­prate un vaso de leche y un bollito o algo. Estaré en casa den­tro de nada.

Se metió las otras monedas en el bolsillo y comenzó a ca­minar de nuevo.

La comitiva virreinal salió, cumplimentada por policias ce­remoniosos, por Parkgate.

—Estoy segura de que tiene usted otro chelín, dijo Dilly.

El portero tocó ruidosamente.

Mr. Dedalus en medio del estrépito se marchó, murmu­rando para sí mismo suavemente con la boca fruncida y den­gosa:

—¡Las monjitas! ¡Qué graciosas! ¡Ah, seguro que ellas no harían nada! ¡Ay, seguro que no! ¿No es como digo, herma­nita Mónica?

Desde el reloj de sol hacia James Gate caminaba Mr. Kernan, complacido con el pedido que le habían hecho para Pulbrook Robertson, ufano por James Street, dejando atrás las oficinas de Shackleton. Le he dorado bien la píldora. ¿Cómo está usted, Mr. Crinimins? Inmejorable, señor. Temía que estuviera usted en su otro establecimiento en Pimlico. ¿Cómo van las cosas? Lo justo para ir tirando. Estamos te­niendo un tiempo extraordinario. Sí, desde luego. Bueno para el campo. Los campesinos siempre quejándose. Me to­maría sólo una gota de su excelente ginebra, Mr. Crimmins. Una gotita, señor. Sí, señor. Un asunto horrible ese de la ex­plosión del General Slocum. ¡Horrible, horrible! Mil víctimas. Y escenas estremecedoras. Hombres atropellando a mujeres y niños. De lo más brutal. ¿Cuál dicen que fue la causa? Combustión espontánea. Una revelación de lo más escanda­losa. Ni un solo bote salvavidas se mantenía a flote y todas las mangueras de incendio reventadas. Lo que no entiendo es cómo los inspectores pudieron permitir que un barco como ése .... Precisamente está dando usted en el clavo, Mr. Crimmins. ¿Sabe usted por qué? Engrases. ¿De veras? Sin duda alguna. Vaya, mire usted. Y América dicen que es la tierra de la libertad. Yo pensaba que estábamos mal aquí.

Le sonreí. América, le dije discretamente, ya ves. ¿Qué es lo que es? El desecho de todos los países incluido el nuestro. ¿No es ver­dad? Esa es la pura verdad.

Baratería, muy señor mío. Bueno, claro, donde corre el di­nero siempre hay alguien dispuesto a echarle el guante.

Le vi mirándome la levita. El traje hace al hombre. Nada como una apariencia elegante. Los deja pasmados.

—Hola, Simon, dijo el Padre Cowley. ¿Qué tal van las cosas?

—Hola, Bob, viejo, contestó Mr. Dedalus, parándose.

Mr. Kernan se detuvo y se atildó ante el espejo inclinado de Peter Kennedy, peluquero. Americana con estilo, sin ge­nero de dudas. Scott de Dawson Street. Bien vale el medio soberano que le di a Neary por ella. No te las hacen por me­nos de tres guineas. Me sienta de perlas. De algún cursi del club de Kildare Street probablemente. John Mulligan, el di­rector del Banco Hibérnico, me midió con la mirada ayer en el puente de Carlisle como si me recordara.

¡Aajá! Hay que representar el papel para ellos. Señor de los caminos. Caballero. Y bien, Mr. Crimmins, nos concederá el honor de ser nuestro cliente de nuevo, señor. La copa que reanima pero no embriaga, como dice el viejo dicho.

North Wall y Sir John Rogerson's Quay, con cascos y ca­pones, navegando hacia el oeste, pasó navegando un esquife, un prospecto arrugado, mecido en el oleaje del transborda­dor, Elías vuelve.

Mr. Kernan echó una mirada de despedida a su imagen. Buen color, claro está. Bigote canoso. Oficial jubilado de la India. Valientemente tiraba de su cuerpo repolludo adelante sobre pies abotinados, sacando el pecho. ¿Es ése el hermano de Ned Lambert en la acera de enfrente, Sam? ¿Eh? Sí. Su viva estampa. No. El parabrisas de ese automóvil de ahí al sol. Tan sólo un chispazo ya ves. La viva estampa de él.

¡Rajá! El licor ardiente del jugo de enebro le calentó las en­trañas y el aliento. Una buena gota de ginebra había sido ésa. Los faldones de su levita hacían guiños al sol brillante con su graso contoneo.

Por ahí abajo a Emmet colgaron, destriparon y descuarti­zaron. Soga negra grasienta. Los perros lamiendo la sangre de la calle cuando la esposa del virrey pasó en su calesín.

Malos tiempos aquellos. Bueno, bueno. Ya pasaron. Gran­des borrachines también. Hombres de cuatro—botellas. Veamos. ¿Está enterrado en Saint Michan? O no, hubo un entierro a medianoche en Glasnevin. El cadáver lo metie­ron por una puerta secreta en el muro. Dignam está allí aho­ra. Se esfumó en un santiamén. Bueno, bueno. Mejor será que doble para abajo aquí. Daré un rodeo.

Mr. Keman dobló y descendió por la cuesta de Watling Street por la esquina de la sala de espera de las visitas de Guinness. Delante de los almacenes de la Compañía Destila­dora de Dublín había un charrete parado sin pasajero ni ca­lesero, las riendas anudadas a la rueda. Maldita sea, eso es pe­ligroso. Algún boberas de Tipperary poniendo en peligro las vidas de los ciudadanos. Caballo desbocado.

Denis Breen con sus tomos, cansado de haber esperado una hora en el despacho de John Henry Menton, llevaba a su mujer por el puente de O'Connell, camino del despacho de Messrs. Collis y Ward.

Mr. Keman se aproximó a Island Street. Tiempos de con­flictos. Tengo que pedirle a Ned Lambert que me preste esas memorias de Sir Jonah Barrington. Cuando lo repasas ahora todo eso en una especie de ordenación retrospectiva. Apues­tas en Daly. Nada de trampas en aquel entonces. A uno de aquellos socios le clavaron la mano a la mesa con una daga. Por estos alrededores Lord Edward Fitzgerald escapó del Co­mandante de Plaza Sirr. Las cuadras detrás de Casa Moira.

Pero que muy buena que era esa ginebra.

Lindo joven rozagante de la nobleza. Buena cepa, claro está. Aquel rufián, aquel caballero de pega, de guantes viole­tas, lo delató. Claro que estaban en el bando equivocado. Se alzaron en días oscuros y funestos. Lindo poema ese: Ingram. Eran caballeros. Ben Dollard sí que canta esa balada con sentimiento. Interpretación magistral.

En el cerco de Ross mi padre cayó.

Una comitiva a trote corto a lo largo de Pembroke Quay pasaba, los batidores botando, botando en sus, en sus mon­turas. Levitas. Parasoles color crema.

Mr. Keman apretó el paso, resoplando convulsionada­mente.

¡Su Excelencia! ¡Lástima! Me lo perdí por los pelos. ¡Mal­dita sea! ¡Qué pena!

Stephen Dedalus observaba por el escaparate telarañoso los dedos del lapidario comprobando una cadena desgastada por el tiempo. El polvo entamaba el escaparate y las bande­jas de la vitrina. El polvo oscurecía los atareados dedos de uñas buitreras. El polvo dormía sobre espirales mates de bronce y plata, losanges de cinabno, sobre rubíes, piedras desmochadas y vinoscuras.

Nacidos todos en la oscura tierra agusanada, motas frías de fuego, malditas, luces brillando en la oscuridad. Adonde los arcángeles caídos arrojaron las estrellas de sus frentes. Enfan­gados hocicos de puercos, manos, hozan y hozan, las gafan y arrancan.

Ella baila en sombras inmundas donde goma arde con ajo. Un marinero, barbaherrumbroso, sorbe ron de un ta­zón y la ojea. Una larga brama silenciosa en el mar alimen­tada. Ella baila, corcovea, meneando sus nalgas cerdunas y las caderas, con un huevo de rubí palpitando en su panza carnosa.

El viejo Russell con un trapo de gamuza embadurnado pulía de nuevo su gema, la volvía y mantenía en la punta de su barba de Moisés. Simio abuelo regodeándose en riquezas robadas.

¿Y vosotros que arrancáis viejas imágenes de la tierra tu­mularia? Las palabras vesánicas de los sofistas: Antístenes. Un saber ancestral de drogas. Naciente e inmortal trigo que existe desde siempre y por siempre.

Dos viejas vigorizadas tras su buchada de aire salobre ca­minaban penosamente por Inshtown a lo largo de London Bridge Road, una con un fatigado paraguas enarenado, la otra con un bolso de matrona en el que rodaban once ve­neras.

El runruneo de aleteantes correas de cuero y el zumbido de las dinamos de la central eléctrica incitaron a Stephen a proseguir. Seres sin ser. ¡Párate! Latido siempre fuera de ti y el latido siempre dentro. Tu corazón del que cantas. Yo en­tre ellos. ¿Dónde? Entre dos mundos bramantes donde ellos se arremolinan, yo. Destrózalos, uno y dos. Pero desquiciar­me yo también en el golpe. Destrózame tú que puedes. Alca­huete y camicero eran las palabras. ¡Oiga! Todavía no por ahora. Un vistazo alrededor.

Sí, totalmente cierto. Muy grande y maravilloso y marca la hora fenomenal. Decís bien, señor. El lunes por la mañana. Así fue, cierto.

Stephen bajó por Bedford Row, la empuñadura del fresno zurriando contra la paletilla. En el escaparate de Clohissey un grabado descolondo de 1860 de Heenan boxeando con­tra Sayers le llamó la atención. Apostadores embobados con altos sombreros de copa rodeaban el ring acordelado. Los pesos—pesados con ceñidas calzonas ofrendaban cortésmente el uno al otro sus puños bulbosos. Y están latiendo: corazo­nes de héroes.

Giró y se detuvo cerca del inclinado tenderete de libros. —Dos peniques cada uno, dijo el mercachifle. Cuatro por seis peniques.

Páginas pingajosas. El apicultor irlandés. Viday milagros del venerable cura de Ars. Guía de bolsillo de Killarney.

Puede que encuentre aquí empeñado alguno de mis pre­mios del colegio. Stephano Dedalo, alumno optimo, palmam fe­renti.

El Padre Conmee, habiendo leído las primeras horas canó­nicas, pasaba por la aldea de Donnycamey, murmurando las vísperas.

Encuadernación demasiado buena quizá. ¿Qué es esto? Li­bro octavo y noveno de Moisés. Enigma de todos los enigmas. El sello del Rey David. Páginas llenas de dedadas: leídas y re­leídas. ¿Quién ha pasado por aquí antes que yo? Cómo suavi­zar las manos agrietadas. Receta para hacer vinagre de vino blanco. Cómo conquistar el amor de una mujer. Esto es lo mío. Diga el siguiente conjuro tres veces con las manos juntas:

—¡Se elyilo nebrakada femininum! ¡Amor me solo! ¡Sanktus! Amén.

¿Quién escribió esto? Hechizos y encantamientos del bie­naventurado abad Pedro Salanka revelados a todos los verda­deros creyentes. Tan buenos como los hechizos de cualquier otro abad, como los del musitante Joaquín. Abajo, calvatrue­no, o te trasquilamos la lana.

——¿Qué haces aquí, Stephen?

Los hombros altos y el vestido desharrapado de Dilly.

Cierra el libro rápido. No dejes ver.

—¿Tú qué haces? dijo Stephen.

Una cara de Estuardo de Carlos el sin igual, lacios mechones cayéndole a los lados. Le ardía cuando ella se agachaba para ati­zar el fuego con las botas rotas. Le hablé de París. Dormilona bajo una colcha de viejos abrigos, manoseando una pulsera de similor, recuerdo de Dan Kelly. Nebrakadafemininum.

—¿Qué tienes ahí?

—Lo compré en el otro tenderete por un penique, dijo Dilly, riéndose nerviosamente. ¿Merece la pena?

Mis ojos dicen que tiene. ¿Me ven otros así? Expresivos, distantes y osados. Sombra de mi mente.

Le cogió de la mano el libro sin cubiertas. Compendio ele­mental de francés de Chardenal.

—¿Para qué compraste eso? preguntó. ¿Para aprender francés?

Ella asintió, enrojeciéndose y apretando con fuerza los labios.

No muestres sorpresa. Con naturalidad.

—Toma, dijo Stephen. Está bien. Cuidado que no te lo empeñe Maggy. Supongo que todos mis libros ya han vo­lado.

—Algunos, dijo Dilly. No hubo más remedio.

Se ahoga. Mordedura. Sálvala. Mordedura. Todo está con­tra nosotros. Me ahogará con ella, ojos y cabello. Rodetes desmadejados de cabello algamanna a mi alrededor, de mi corazón, de mi alma. Verde muerte salada.

Nosotros.

Mordedura de la conciencia. De la conciencia la morde­dura.

¡Miseria! ¡Miseria!

—Hola, Simon, dijo el Padre Cowley. ¿Qué tal van las cosas?

—Hola, Bob, viejo, contestó Mr. Dedalus, parándose.

Se dieron la mano ruidosamente delante del anticuario Reddy e Hija. El Padre Cowley se cepillaba el bigote hacia abajo a menudo con mano acucharada.

—¿Qué hay de nuevo? dijo Mr. Dedalus.

—Pues no mucho, dijo el Padre Cowley. Estoy atrinchera­do, Simon, con dos hombres merodeando fuera de la casa in­tentando perpetrar un allanamiento.

—Estupendo, hombre, dijo Mr. Dedalus. ¿De quién se trata?

—Bueno, dijo el Padre Cowley. Un fulano logrero que co­nocemos.

—Con joroba ¿no? preguntó Mr. Dedalus.

—El mismo, Simon, contestó el Padre Cowley. Reuben y otros de la misma ralea. Estoy precisamente esperando a Ben Dollard. Va a hablar con Long John para que haga que me quiten a esos dos hombres de encima. Lo único que quiero es un respiro.

Miró con vaga esperanza arriba y abajo del muelle, una gran nuez abultándole en la garganta.

—Lo sé, dijo Mr. Dedalus, asintiendo. ¡El pobre incapaz de Ben! Siempre le está haciendo un favor a alguien. ¡Quieto! Se puso las gafas y miró hacia el puente de hierro por un instante.

—Ahí viene, por Dios, dijo, el mismo que viste y calza. El chaqué azul suelto y sombrero alto de copa sobre bom­bachos de Ben Dollard cruzaron el muelle con paso vigoroso desde el puente de hierro. Vino hacia ellos despaciosa­mente, rascándose activamente detrás de los faldones.

Al aproximarse Mr. Dedalus le saludó:

—Coged a ese tipo de los pantalones ridículos.

—Cogedle, venga, dijo Ben Dollard.

Mr. Dedalus ojeó con frío desdén errante diversos ras­gos de la persona de Ben Dollard. Luego, volviéndose ha­cia el Padre Cowley con una señal de la cabeza, masculló con sorna:

—¿Bonita vestimenta, no, para un día de verano?

—Que Dios eterno maldiga su alma, gruñó Ben Dollard furiosamente, he tirado más ropa en lo que llevo de vida de la que usted haya visto jamás.

Allí junto a ellos sonreía radiante, a ellos primero y des­pués a sus ropas holgadas de algunas partes de las cuales Mr. Dedalus pelaba pelusas, diciendo:

—Las hicieron para un hombre de buen año, Ben, de to­das formas.

—Mala suerte tenga el judío que las hizo, dijo Ben Dollard. Gracias sean dadas a Dios que todavía no ha cobrado.

——~Y cómo va ese basso profondo, Benjamin? preguntó el Padre Cowley.

Cashel Boyle O'Connor Fitzmaurice Tisdall Farrell, mur­murando, ojovidrioso, pasó a zancadas por delante del club de Kildare Street.

Ben Dollard frunció el ceño y, poniendo repentinamente boca de cantor, soltó una nota profunda.

—¡Ooo! dijo.

—Muy bien, dijo Mr. Dedalus, asintiendo a su vozarrón.

—¿Qué les parece eso? dijo Ben Dollard. ¿Se conserva? ¿Eh?

Se volvió hacia los dos.

—Suficiente, dijo el Padre Cowley, asintiendo también.

El reverendo Hugh C. Love caminaba desde la vieja sala capitular de Saint Mary's Abbey dejando atrás James y Charles Kennedy, refinadores, asistido por Geraldines altos y apuestos, hacia el recinto de portazgo más allá del vado de zarzos.

Ben Dollard con una fuerte inclinación hacia el frontal de las tiendas los condujo hacia delante, los regocijados dedos al aire.

—Vengan conmigo a la oficina del intendente de poli­cía, dijo. Les quiero enseñar el nuevo descubrimiento de alguacil que Rock ha hecho. Es un cruce de Lobengula con Lynchehaun. Merece la pena verlo, les adelanto. Vengan. Vi a John Henry Menton casualmente en la Bodega hace un momento y me va a costar un ojo de la cara si no ... Esperen un rato ..... Vamos por buen camino, me lo huelo, Bob, créa­me usted de veras.

—Por unos días dígale, el Padre Cowley dijo ansiosamente.

Ben Dollard se detuvo con la mirada fija, el orificio sono­ro abierto, un botón que le pendía de un hilo de la chaque­ta meneándose el revés brillante mientras se limpiaba las pas­tosas pitarras que le cegaban los ojos para oír bien.

—Cómo que por unos días? tronó. ¿Es que el casero no le ha embargado por el alquiler?

—Sí que lo ha hecho, dijo el Padre Cowley.

—Entonces la requisitoria de nuestro amigo no vale ni el papel sobre la que va impresa, dijo Ben Dollard. El casero tie­ne prelación. Le di todos los detalles. Windsor Avenue, 29. ¿No se llama Love?

—Así es, dijo el Padre Cowley. El reverendo Mr. Love. Es pastor en algún lugar del país. Pero ¿está seguro de eso? —Puede decirle a Barrabás de mi parte, dijo Ben Dollard, que se meta esa requisitoria por donde le quepa.

Arrastró al Padre Cowley hacia delante resueltamente, en­lazado a su corpulencia.

—Le caben hasta tarugos, dijo Mr. Dedalus, dejando caer las gafas sobre la delantera de la americana, mientras los seguía.

—El chico estará perfectamente, dijo Martin Cunningham, al salir por la verja de Castleyard.

El policía se tocó la frente.

—Que Dios le bendiga, dijo Martin Cunningham, anima­damente.

Hizo una seña al calesero que esperaba, que tiró de las riendas y se puso en marcha hacia Lord Edward Street. Bronce junto a oro, la cabeza de Miss Kennedy junto a la de Miss Douce, aparecieron por encima de las cortinillas del hotel Ormond.

—Sí, dijo Martin Cunningham, tocándose la barba. Le es­cribí al Padre Conmee exponiéndole el caso.

—Podría probar con nuestro amigo, sugirió Mr. Power in­dicando hacia atrás.

—¿Boyd? dijo Martin Cunningham secamente. Ni me lo mencione.

John Wyse Nolan, quedándose atrás, leyendo la lista, los siguió rápidamente por Cork Hill abajo.

En la escalinata del ayuntamiento el concejal Nannetti, descendiendo, hizo un saludo al edil Cowley y al concejal Abraham Lyon que ascendían.

El coche del Castillo vacío entró rodando por Upper Exchange Street.

—Mire, Martin, dijo John Wyse Nolan, dándoles alcance en las oficinas del Mail. Veo que Bloom ha suscrito cinco chelines.

—Muy cierto, dijo Martin Cunningham, tomando la lista. Y además los dio los cinco chelines.

—Sin decir esta boca es mía además, dijo Mr. Power.

—Raro pero cierto, añadió Martin Cunningham. John Wyse Nolan abrió unos ojos como platos.

—Hay que admitir que hay mucha bondad en el judío, citó, elegantemente.

Caminaron por Parliament Street abajo.

—Por ahí va Jimmy Henry, dijo Mr. Power, derecho al es­tablecimiento de Kavanagh.

—Cierto, dijo Martin Cunningham. Mire por dónde va.

Delante de la Maison Claire Boylan Botero salió al paso del cuñado de Jack Mooney, giboso, tajado, que se dirigía al barrio de Liberties.

John Wyse Nolan se quedó atrás con Mr. Power, mientras que Martin Cunningham tomó del codo a un hombrecillo pul­cro con traje de ojo de perdiz, que caminaba inseguro, con pa­sos presurosos por delante de los relojes de Mickey Anderson.

—Los callos del ayudante del secretario del Ayuntamien­to le están molestando, dijo John Wyse Nolan a Mr. Power.

Siguieron caminando y doblaron la esquina hacia la bode­ga de James Kavanagh. El coche del Castillo vacío estaba frente a ellos parado ante la puerta de Essex. Martin Cun­ninghan, sin parar de hablar, mostraba a menudo la lista a la que Jimmy Henry no miraba.

—Y Long John Fanning anda también por ahí, dijo John Wyse Nolan, hecho y derecho.

La figura alta de Long John Fanning llenaba la entrada donde estaba parado.

—Buenos días, señor Intendente de Policía, dijo Martin Cunningham, mientras todos se detenían y saludaban.

Long John Fanning no se apartó para dejarles paso. Retiró su gran puro Henry Clay decididamente y sus grandes ojos fieros inteligentemente examinaron airados todas las caras.

—¿Prosiguen los padres conscriptos sus deliberaciones de paz? dijo con suntuoso estilo acre al ayudante del secretario del Ayuntamiento.

La de Dios es Cristo estaban armando, dijo Jimmy Henry malhumoradamente, acerca de su maldita lengua irlandesa. Dónde estaba el oficial de justicia, era lo que él quería saber, para mantener el orden en la sala de sesiones. Con el viejo Barlow el macero en cama con asma, no había maza en la mesa, ni orden, ni siquiera quórum, y Hutchinson, el alcal­de, en Llandudno y el pequeño Lorcan Sherlock haciendo de locum tenens por él. Maldita lengua irlandesa, lengua de nuestros abuelos.

Long John Fanning sopló un penacho de humo por entre los labios.

Martín Cunningham hablaba a intervalos, rizándose la punta de la barba, al ayudante del secretario del Ayunta­miento y al intendente de policía mientras que John Wyse Nolan guardaba silencio.

—¿A qué Dignam se refiere? preguntó Long John Fan­ning.

Jimmy Henry hizo una mueca y levantó el pie izquierdo.

—¡Ay, mis callos! dijo lastimeramente. Vengan para arriba por lo que más quieran a ver si me puedo sentar en algún si­tio. ¡Uf? ¡Ay! ¡Cuidado!

Desabridamente se abrió camino junto al flanco de Long John Fanning y entró y subió escaleras arriba.

—Vamos para arriba, dijo Martin Cunningham al intenden­te de policía. No creo que usted le conociera o quizá sí, tal vez.

Junto con John Wyse Nolan Mr. Power les siguió adentro.

—Era un bendito, dijo Mr. Power a la espalda robusta de Long John Fanning ascendiendo hacia Long John Fanning en el espejo.

Algo bajito. Dignam el del despacho de Menton es el que digo, dijo Martin Cunningham.

Long John Fanning no era capaz de recordarle.

Un chacoloteo de cascos sonaba por el aire.

—¿Qué es eso? dijo Martin Cunningham.

Todos giraron sobre sus talones. John Wyse Nolan bajó de nuevo. Desde la fresca sombra de la entrada vio pasar los caballos por Parliament Street, arreos y cuartillas lustrosas centelleando a la luz del sol. Alegremente pasaron ante sus fríos ojos hostiles, no apresuradamente. En las monturas de los delanteros, los delanteros botando, cabalgaban los bati­dores.

—¿Qué era eso? preguntó Martin Cunningham, mientras subían escaleras arriba.

—El virrey y gobernador general de Irlanda, contestó John Wyse Nolan desde el pie de la escalera.

Mientras pisaban por la gruesa alfombra Buck Mulligan susurró detrás de su panamá a Haines:

—El hermano de Parnell. Ahí en el rincón.

Eligieron una mesita al lado de la ventana, frente a un hombre de cara alargada cuya barba y mirada caían absortas sobre un tablero de ajedrez.

—¿Es él? preguntó Haines, volviéndose en el asiento.

—Sí, dijo Mulligan. Ese es John Howard, su hermano, nuestro oficial mayor del ayuntamiento.

John Howard Pamell cambió un alfil blanco discretamen­te y la garra gris de nuevo subió hasta la frente donde descan­só. Un instante después, bajo la pantalla de la misma, sus ojos miraron vivazmente, con brillo fantasmal, a su contrin­cante y cayeron de nuevo sobre el tablero de operaciones.

—Tomaré un melange, dijo Haines a la camarera.

—Dos melanges, dijo Buck Mulligan. Y tráiganos unos pa­necillos con mantequilla y unos pastelillos también.

Cuando se hubo ido dijo, riéndose:

—Lo llamamos C.P.D. porque sirven los más condenados pastelillos de Dublín. Ah, pero te perdiste a Dedalus con lo de Hamlet.

Haines abrió su libro recién comprado.

—Lo siento, pero Shakespeare es terreno abonado para to­das las mentes que han perdido el equilibrio.

El marinero cojo gruñó a la entrada del sótano del núme­ro 14 de Nelson Street:

—Inglaterra espera .....

El chaleco lila de Buck Mulligan se rebulló alegremente con su risa.

—Deberías verle, dijo, cuando su cuerpo pierde el equili­brio. El Aengus errante le llamo yo.

—Estoy seguro de que tiene una ideéfixe, dijo Haines, pe­llizcándose la barbilla reflexivamente con el pulgar y el índi­ce. Ahora estoy especulando sobre cuál podría ser. Ese tipo de personas siempre la tienen.

Buck Mulligan se echó hacia delante sobre la mesa grave­mente.

—Le sorbieron el seso, dijo, con visiones del infierno. Nunca llegará a captar la nota ática. La nota de Swinburne, de todos los poetas, la muerte blanca y el nacimiento berme­jo. Ésa es su tragedia. Nunca podrá llegar a ser poeta. El gozo de crear ....

—El castigo eterno, dijo Haines, asintiendo lacónicamen­te. Ya veo. Le estuve tanteando esta mañana sobre creencias. Algo tenía en mente, lo vi. Es bastante interesante porque el profesor Pokorny de Viena entrevé un aspecto interesante en todo eso.

Los ojos acechantes de Buck Mulligan vieron llegar a la ca­marera. La ayudó a descargar la bandeja.

—No encuentra ni rastro del infierno en la antigua mito­logía irlandesa, dijo Haines, en medio de las reconfortantes tazas. La idea moral parece faltar, el sentido de destino, de re­tribución. Es bastante extraño que tenga justamente esa idea fija. ¿Escribe algo para vuestro movimiento?

Hundió dos terrones de azúcar hábilmente en la nata montada. Buck Mulligan partió un panecillo humeante en dos y embadumó con mantequilla la humosa miga. Mordió un trozo tierno hambrientamente.

—Diez años, dijo, masticando y riéndose. Va a escribir algo en diez años.

—Muy lejano parece, dijo Haines, pensativamente levan­tando la cuchara. Aun así, no me extrañaría que lo hiciera después de todo.

Probó una cucharada del cono cremoso de su taza.

—Ésta es auténtica crema irlandesa supongo, dijo con transigencia. No quiero que me engañen.

Elías, esquife, ligero prospecto arrugado, pasó navegan­do hacia el este junto a flancos de barcos y a traineras, en medio de un archipiélago de corchos, más allá de New Wapping Street por delante del transbordador de Benson, y junto a la goleta trimástil Rosevean de Bridgwater con la­drillos.

Almidano Artifoni dejó atrás Holles Street, las caballeri­zas de Sewell. Tras él Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell, con bastonparaguasguardapolvo colgando, evitó la farola delante de la casa de Mr. Law Smith y, cruzan­do, caminó a lo largo de Merrion Square. Distantemente tras él un mozalbete ciego bordoneaba su camino por el tapial de College Park.

Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell cami­nó hasta los reconfortantes escaparates de Mr. Lewis Wemer, después giró y caminó de vuelta a zancadas por Memon Square, el bastonparaguasguardapolvo colgando.

En la esquina de la casa de Wilde se detuvo, frunció el ceño al nombre de Elías que se anunciaba en Metropolitan Hall, frunció el ceño a los distantes arriates de Duke's Lawn. Su anteojo resplandeció frunciendo el ceño al sol. Enseñan­do dientes ratoniles masculló:

—Coactus volui.

Siguió a zancadas hacia Clare Street, rechinando palabras airadas.

Al pasar zanqueando delante del escaparate dental de Mr. Bloom el vaivén de su guardapolvo rozó bruscamente el ángulo de un delgado bastón bordoneante y avanzó inconte­nible hacia delante, tras haber chocado con un cuerpo sin nervio. El mozalbete ciego volvió la cara enfermiza hacia la figura que zanqueaba.

—¡Dios te confunda, dijo ásperamente, quienquiera que seas! ¡Estás más cegato que yo, hijo de la gran puta!

Enfrente del bar Ruggy O'Donohoe el señorito Patrick Aloysius Dignar, manoteando la libra y media de filetes de cerdo de casa Mangan, antes Fehrenbach, por la que había sido mandado, iba por la cálida Wicklow Street remolonean­do. Era puñeteramente aburrido estar sentado en el saloncito con Mrs. Stoer y Mrs. Quigley y Mrs. MacDowell y la corti­na echada y toda la gente sonándose y dando sorbitos al jerez leonado de primera que el tío Bamey había traído de Tunney. Y todos comiendo pedazos de la tarta de frutas casera, ha­blando por los codos todo el puñetero tiempo y suspirando.

Después de Wicklow Lane el escaparate de Madame Doyle, sombrerera de gala, le hizo detenerse. Se quedó mirando adentro a los dos boxeadores con los torsos al aire levantan­do los puños en posición de defensa. Desde los espejos late­rales dos señoritos Dignam de luto miraban boquiabiertos silenciosamente. Myler Keogh, el favorito de Dublín, se en­frentará al sargento mayor Bennett, el magullas de Portobello, por una bolsa de cincuenta soberanos. Diantres, qué buen combate de ver. Myler Keogh, ése es el tipo que le tira el gan­cho el de la faja verde. Dos pavos la entrada, soldados a mi­tad de precio. Podría fácilmente darle el esquinazo a la vieja. El señorito Dignam a su izquierda se volvió cuando él se vol­vió. Ese de luto soy yo. ¿Cuándo es? El veintidós de mayo. Claro que esa puñetera función ya ha pasado. Se volvió ha­cia la derecha y a su derecha el señorito Dignam se volvió, la gorra torcida, el cuello vuelto para arriba. Al abrochárselo, la barbilla levantada, vio la imagen de Mane Kendall, adora­ble vedette, junto a los dos boxeadores. Una de esas fulanas que salen en las cajetillas de pitillos que fuma Stoer que su viejo casi le mata por una vez que lo cogió.

El señorito Dignam se bajó el cuello y siguió remolonean­do. El mejor boxeador en cuanto a fuerza fue Fitzsimons. Un metido en la boca del estómago de ese tipo te manda a tomar viento fresco una semana, tío. Pero el mejor boxeador en cuanto a técnica fue Jem Corbet antes de que Fitzsimons le pusiera fuera de combate, esquivando los golpes y todo lo demás.

En Grafton Street el señorito Dignam vio una flor roja en la boca de un cursi que llevaba un elegantísimo par de calcos y escuchaba lo que el borracho le estaba contando y sonreía burlonamente todo el tiempo.

Ningún tranvía para Sandymount.

El señorito Dignam caminó por Nassau Street, se cambió los filetes de cerdo de mano. El cuello se le volvió de nuevo para arriba y se tiró de él para abajo. El puñetero pasador era demasiado pequeño para el ojal de la camisa, que se vaya a hacer puñetas. Se encontró unos escolares con carteras. No voy a ir mañana tampoco, no asistiré hasta el lunes. Se en­contró a otros escolares. ¿Se dan cuenta de que voy de luto? Tío Bamey dijo que lo pondría en el periódico esta noche. Entonces lo verán todos en el periódico y leerán mi nombre impreso y el nombre de papa.

La cara se le puso toda gris en vez de estar roja como era y había una mosca que le subía hasta el ojo. El chirrido que ha­bía cuando estaban atomillando los tornillos en el ataúd: y los topetazos cuando lo bajaban por las escaleras.

Papa estaba dentro y mama lloraba en el saloncito y el tío Bamey diciéndole a los hombres cómo pasarlo por el cha­flán. Un ataúd bien grande era, y alto y de aspecto pesado. ¿Cómo ocurrió? La última noche papa estaba ajumado y es­taba allí de pie en el descansillo pidiendo a voces las botas para irse a Tunney a seguir bebiendo y parecía gordo y chico en camisa. No lo veré más. La muerte, es eso. Papa está muer­to. Mi padre está muerto. Me dijo que fuera un buen hijo para mama. No pude oír las otras cosas que dijo pero vi cómo la lengua y los dientes intentaban decirlo mejor. Pobre papa. Ése fue Mr. Dignam, mi padre. Espero que esté en el Purgatorio ahora porque fue a confesarse con el Padre Conroy el sábado por la noche.

William Humble, conde de Dudley, y Lady Dudley, acompañados por el teniente—coronel Heseltine, salieron en coche de caballos después del almuerzo de la residencia vi­rreinal. En el siguiente carruaje iban la honorable Mrs. Paget, Miss de Courcy y el honorable Gerald Ward edecán en ser­vicio.

La comitiva salió por la puerta sur de Phoenix Park saluda­da por policías oficiosos y prosiguió por delante de Kings­bridge a lo largo de los muelles del norte. El virrey era muy cordialmente saludado a su paso por la metrópolis. En el puente de Bloody Mr. Thomas Keman al otro lado del río le saludó vanamente desde lejos. Entre los puentes de Queen y de Whitworth los carruajes virreinales de Lord Dudley pasa­ron sin ser saludados por Mr. Dudley White, Ldo. en Dere­cho, Ldo. en Letras, que estaba en Arran Quay delante del es­tablecimiento de Mrs. M. E. White, prestamista, en la esqui­na de Arran Street West tocándose la nariz con el índice, indeciso sobre si llegaría más rápidamente a Phibsborough haciendo un triple cambio de tranvías o parando un coche o a pie por Smithfield, Constitution Hill y el terminal de Broadstone. En los soportales de los Juzgados Richie Goulding con la cartera de Goulding, Collis y Ward la vio con sorpre­sa. Pasado el puente de Richmond en los escalones de la puerta del despacho de Reuben J. Dodd, procurador, agente de la Compañía de Seguros Patriotic, una anciana a punto de entrar cambió de parecer y volviendo sobre sus pasos por los escaparates de King sonrió crédulamente al representante de Su Majestad. Desde su esclusa en el muro de Wood Quay debajo de las oficinas de Tom Devan el río Poddle sacó en vasallaje una lengua de líquido residual. Por encima de las cortinillas del hotel Ormond, oro junto a bronce, la cabeza de Miss Kennedy junto a la de Miss Douce miraron y admi­raron. En Onnond Quay Mr. Dedalus, dirigiendo sus pasos del urinario a la oficina del intendente de policía, se quedó parado en mitad de la calle y se descubrió con reverencia. Su Excelencia graciosamente devolvió el cumplido a Mr. Dedalus. Desde la esquina de la imprenta Cahill el reverendo Hugh C. Love, Ldo. en Letras, hizo una reverencia desapercibida, siendo consciente de los representantes reales cuyas manos benignas habían mantenido en otros tiempos ricas preben­das. En el puente de Grattan Lenehan y M'Coy, despidién­dose el uno del otro, observaron los coches que pasaban. Pa­sando por delante del despacho de Roger Greene y de la gran imprenta roja de Dollard Gerty MacDowell, con cartas de li­nóleo de Catesby para su padre que estaba en cama, supo por el estilo que se trataba del virrey y la virreina pero no pudo ver lo que llevaba puesto Su Excelencia porque el tran­vía y el carromato grande amarillo de muebles de Spring tu­vieron que pararse delante de ella al tratarse del virrey. Más allá de la tabaquería Lundy Foot desde la puerta sombreada de la bodega de Kavanagh John Wyse Nolan sonrió con frialdad inadvertida hacia el virrey y gobernador general de Irlan­da. El Muy Honorable William Humble, conde de Dudley, G.C.O.V., pasó por los relojes en continuo tictac de la relo­jería de Micky Anderson y por los maniquíes de cera a la úl­tima moda de lozanas mejillas de Henry and James, el caba­llero Henry, dernier cri James. Enfrente de la puerta de Dame Tom Rochford y Napias Flynn observaron que se aproxima­ba la comitiva. Tom Rochford, viendo los ojos de Lady Dud­ley fijos en él, sacó los pulgares rápidamente de los bolsillos de su chaleco burdeos y se quitó la gorra hacia ella. Una ado­rable vedette, la gran Marie Kendall, con mejillas repintadas y falda arremangada sonreía repintadamente desde su cartel a William Humble, conde de Dudley, y al teniente—coronel H. G. Heseltine, y también al honorable Gerald Ward ede­cán. Desde la ventana de la C.P.D. Buck Mulligan alegre­mente, y Haines gravemente, miraban abajo al séquito virrei­nal por encima de los hombros de entusiastas parroquianos, cuya masa de siluetas oscurecía el tablero de ajedrez sobre el que John Howard Parnell miraba absorto. En Fowne Street Dilly Dedalus, forzando la vista hacia arriba del compendio elemental de francés de Chardenal, vio parasoles extendidos y radios de ruedas que giraban en el reverbero. John Henry Merton, llenando la entrada de los Edificios Comerciales, miraba fijamente con ojos de ostras abultados del vino, al tiempo que sostenía un pesado reloj de oro de cazador que no miraba con la pesada mano izquierda que no lo sentía. Donde la pata delantera del caballo de King Billy manotea­ba al aire Mrs. Breen tiró hacia atrás de su apresurado mari­do de debajo de los cascos de los batidores. Le gritó al oído las nuevas. Comprendiendo, se cambió los tomos al pecho izquierdo y saludó al segundo coche. El honorable Gerald Ward edecán, agradablemente sorprendido, se apresuró a contestar. En la esquina de la librería Ponsonby un jarro blanco agotado H. se detuvo y cuatro jarros blancos enchis­terados se detuvieron tras él, E.LYS, mientras batidores ca­briolaban por delante y carruajes. Enfrente de los almacenes de música de Pigott Mr. Denis J. Maginni, profesor de bai­le etc., con alegre indumentaria, caminaba gravemente, pasa­do de largo por un virrey e inobservado. Por el muro del rector venía airosamente Boylan Botero, pisando con zapatos color canela y calcetines con recuadros azulcelestes al compás de la canción de Mi chica es una chica de Yorkshire. Boylan Botero presentó a las frontaleras azulcelestes y al cabrioleo de los delanteros una corbata azulceleste, un canotié de ancha ala a lo chulo y un traje de estameña índigo. Sus manos en los bolsillos de la chaqueta olvidaron saludar pero ofreció a las tres damas la admiración atrevida de sus ojos y la flor roja entre los labios. Mientras circulaban por Nassau Street Su Ex­celencia llamó la atención de su inclinante consorte que saludaba sobre el programa de música que se estaba ofre­ciendo en College Park. Inadvertidos mozuelos latosos de las tierras altas de Escocia entonaban y redoblaban tras el cortejo:

Pues aunque sea moza de fábrica
Y no lleve perWá.
Rataplán.
Siento una querencia
con sabor a Yorkshire
por mi rosa de Yorkshire.
Rataplán.

Allá por el muro los corredores del cuarto de milla lisa, M. C. Green, H. Shrift, T. M. Patey, C. Scaife, J. B. Jeffs, G. N. Morphy, F. Stevenson, C. Adderly y W. C. Huggard salieron de estampida. A zancadas por delante del hotel Finn Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell miraba fijamente a través de un fiero anteojo por entre los carruajes a la cabeza de Mr. M. E. Solomons en la ventana del vice­consulado austrohúngaro. En las profundidades de Leinster Street al lado de la potema del Trinity un leal súbdito del rey, Homblower el Matamoros, se tocó la gorra de azuzador. Mientras los lustrosos caballos cabriolaban por Memon Square el señorito Patrick Aloysius Dignam, a la espera, vio que saludaban al caballero de la chistera y se levantó él tam­bién la gorra negra nueva con los dedos pringados del papel de los filetes de cerdo. El cuello también se le levantó. El vi­rrey, camino de la inauguración de la feria del Mirus para re­caudar fondos para el hospital Mercer, circulaba con su cor­tejo hacia Lower Mount Street. Pasó a un mozalbete ciego enfrente de la frutería Broadbent. En Lower Mount Street un viandante con gabardina marrón, comiendo pan seco, cruzó velozmente e ileso por delante del itinerario del virrey. En el puente del Royal Canal, desde su valla publicitaria, Mr. Eugene Stratton, con labios hinchados sonriendo, daba a todos los asistentes la bienvenida al pueblo de Pembroke. En la esquina de Haddington Road dos mujeres enarenadas se detuvieron, un paraguas y un bolso en el que rodaban once veneras para ver con asombro al alcalde con la alcalde­sa sin la cadena de oro de él. En Northumberland Road y Lansdowne Road Su Excelencia contestó con diligencia a los saludos de escasos paseantes masculinos, al saludo de dos pe­queños escolares en la cancilla del jardín de la casa que se de­cía había admirado la difunta reina al visitar la capital irlan­desa con su esposo, el príncipe consorte, en 1849 y al saludo de los gruesos pantalones de Almidano Artifoni tragados por una puerta que se cerraba.

11. Las Sirenas

BRONCE junto a oro oyeron ferrocascos, aceradoso­nantes.

Impertintrit insolentnt.

Lascas, arrancando lascas de la uña rocosa del pulgar, lascas.

¡Horrible! Y oro enrojeció más.

Una áspera notapífano sopló.

Sopló. Brotebloom añil en el.

Auripináculo pelo.

Una rosa saltarina sobre satinado busto de raso, rosa de Cas­tilla.

Trinando, trinando: Idolores.

¡Pío! ¿Quién anda en el .... piodoro?

Tilín clamó por bronce con pena.

Y una llamada, pura, larga y vibrante. Llamada demuerte­lenta.

Cimbel. Suave palabra. Pero mira: las brillantes estrellas se disipan. Notas que gorgorean respuesta.

¡Oh, rosa! Castilla. Despunta el alba.

Calesintineo tintineo se oreaba tintineando.

La moneda sonó. El reloj tabaleaba.

Revelación. Sonnez. No podría. Rebote de liga. Dejarte. ¡Zas!

La cloche! Zas en el muslo. Revelación. Cálido. ¡Amor mío, adiós!

Tintineo. Bloo.

Retumbaron acordes estridentes.

Cuando el amor absorbe.

¡Guerra!¡ Guerra! El tímpano.

¡Una vela! Un velo oleando sobre las olas.

Perdido. Tordella afinó. Ya todo está perdido.

Pica. Pipica.

Cuándo por primera vez vio. ¡Ay!

Monta impetuosa. Latido impetuoso.

Gorgoriteando. ¡Ah, tentación! Tentadora.

¡Martha! ¡Ven!

Plafplaf. Plifplaf. Palmiplaf.

Diossanto jamás eloyó naa.

Sordo calvo Pat trajo papel secante cuchillo recogió.

Una llamadanoctuma clarodeluna: lejos, lejos.

Me siento tan triste. P.D. Solitariamente brotando.

¡Escucha!

El frío cuemodemar erizado y cocleado. ¿Está pi? Cada una, y para otra, roción y bramido silencioso.

Perlas: cuando ella. Esas rapsodias de Liszt. Sisssseo.

¿Usted no?

No: no, no: preste oídos: Lidlyd. Con un capón con un ca­rracón.

Negro. Resonanteprofundo. Por favor, Ben, por favor.

Atiende mientras atiendes. Je je. Atiende mientras tú je.

¡Pero atiende!

En lo profundo del tenebroso corazón de la tierra. Mena ta­raceada.

Naminedamine. Predicador es él.

Todos se fueron. Todos caídos.

Minúsculas, sus trémulas hojuelasdehelechos de hebras ve­nusianas.

¡Amén! Rechinó con furia.

Atrás. Adelante, atrás. Una batuta fresca resaltando.

Broncelydia junto a Minaoro.

Junto a bronce, junto a oro, en oceanoverde de sombras. Bloom. Viejo Bloom.

Uno golpeteó, uno bordoneó, con un carracón, con un ca­pón.

¡Rogad por él! ¡Rogad, buena gente!

Sus dedos gotosos crujiendo.

Gran Big Benaben. Gran Big Benben.

Última rosa Castilla del verano dejó a brotebloom me siento tan triste solo.

¡Chis! Vientecillo venteó chiquitín.

Hombres honrados. Lid Ker Cow De y Doll. Sí, sí. Como vosotros los hombres. Levantarán su chin con su chan.

¡Fff! ¡Uu!

¿Dónde el bronce desde cerca? ¿Dónde el oro desde lejos? ¿Dónde los cascos?

Rrrpr. Craa. Craandán.

Entonces no hasta entonces. Mi eppripfftafio. Sea prfefcrito.

Terminado.

¡Empezad!

Bronce junto a oro, la cabeza de Miss Douce junto a la ca­beza de Miss Kennedy, por encima de las cortinillas del bar del Ormond oyeron los cascos virreinales pasar, acero reso­nante.

—¿Es ésa ella? preguntó Miss Kennedy.

Miss Douce dijo que sí, sentada al lado de Su Ex, gris per­la y eau de Nil.

—Contraste exquisito, dijo Miss Kennedy.

Cuando toda ansiosa Miss Douce dijo apasionadamente:

—Mira al tipo del sombrero de copa.

—¿Quién? ¿Dónde? preguntó oro más apasionadamente.

—En el segundo carruaje, dijeron los labios húmedos de Miss Douce, riendo al sol. Está mirando. Espera a que yo vea.

Salió disparada, bronce, al rincón trasero, aplastando la cara contra el cristal en un halo de aliento presuroso.

Sus labios húmedos rieron con disimulo:

—Se va a quebrar de mirar atrás.

Se rió:

—¡Vaya por Dios! ¡Cómo son los hombres de idiotas!

Con tristeza.

Miss Kennedy se alejó tristemente de la luz brillante, tren­zándose un mechón suelto detrás de la oreja. Alejándose tris­temente, ya no más oro, se retorció trenzó un mechón. Tris­temente trenzó mientras se alejaba mechón dorado detrás de una oreja arqueada.

—Son ellos los que se lo pasan bien, tristemente después dijo.

Un hombre.

Blooquién pasó por las pipas de Moulang portando con­tra su pecho las delicias del pecado, por las antigüedades de Wine, en la memoria portando deliciosas palabras pecado­ras, por la deteriorada plata deslucida de Carroll, para Raoul.

El botones a ellas, a las de la barra, a las camareras se acer­có. Para ellas que le ignoraban golpeó el mostrador con su bandeja de loza repiqueteante. Y

—Ahí tienen sus tés, dijo.

Miss Kennedy con buenos modos traspuso la bandeja del té abajo a una jaula de agua de litina puesta de pie, a salvo de las miradas, bien abajo.

—¿Qué pasa? preguntó con malos modos el botones chi­llón.

—Adivínelo, replicó Miss Douce, abandonando su pues­to de ojeo.

—Su pretendiente ¿no?

Una bronce arrogante contestó:

—Me quejaré a Mrs. de Massey si le oigo una más de sus impertinencias insolentes.

—Impertintnt insolentet, bufó groseramente el hocico del botones, según retrocedía según ella amenazaba según él ha­bía venido.

Bloom.

A su flor frunciendo el ceño dijo Miss Douce:

—De lo más irritante es ese mocoso. Como no se compor­te le voy a poner las orejas de a metro.

Distinguida en exquisito contraste.

—No hagas caso, repuso Miss Kennedy.

Vertió en una taza té, luego de nuevo en la tetera té. Se agazaparon bajo el escollo del mostrador, esperando sobre escabeles, jaulas de pie, esperando que se asentara el té. Se manosearon las blusas, ambas de raso negro, a dos chelines con nueve la yarda, esperando que se asentara el té, y a dos chelines con siete.

Sí, bronce desde cerca, junto a oro desde lejos, oyeron ace­ro desde cerca, sonar de cascos desde lejos, y oyeron acero­cascos cascosonantes acerosonantes.

—¿Estoy muy quemada?

Miss bronce se desblusó el cuello.

—No, dijo Miss Kennedy. Se pone moreno después. ¿Has probado con bórax y agua de laurel real?

Miss Douce se irguió a medias para verse la piel de sosla­yo en el espejo de la barra en oroestampado donde copas de vino blanco del Rin y de clarete relucían y en medio había una concha.

—Y a ver cómo resulta, dijo.

—Prueba con glicerina, recomendó Miss Kennedy.

Despidiéndose del cuello y las manos Miss Douce

—Esas cosas sólo provocan erupciones, respondió, senta da otra vez. Le pedí a ese antigualla de Boyd, el de la farma­cia, algo para la piel.

Miss Kennedy, vertiendo ahora té bien asentado, hizo un mohín y rogó:

—¡Ay, ni me lo menciones por el amor de Dios!

—Pero espera que te diga, imploró Miss Douce.

Té dulce Miss Kennedy habiendo vertido con leche se tapó ambos oídos con los meñiques.

—No, no lo hagas, exclamó.

—No escucharé, exclamó.

¿Y Bloom?

Miss Douce rezongó con tono de cascarrabias antigualla:

—¿Para su qué? dice él.

Miss Kennedy se destapó los oídos para oír, para hablar: pero dijo, pero rogó de nuevo:

—No me hagas pensar en él que desfallezco. ¡Desgraciado viejo repugnante! Aquella noche en la sala de conciertos Antient.

Sorbió con asco la infusión, té caliente, un sorbo, sorbió, té dulce.

Ahí estaba, dijo Miss Douce, irguiendo su cabeza de bronce tres cuartos, encogiendo las aletas de la nariz. ¡Uf!. ¡Ufl

Carcajada penetrante brotó de la garganta de Miss Kennedy. Miss Douce resopló y bufó por las narices que se estreme­cían impertintnt como hocico en rastreo.

—¡Ay! gritando, Miss Kennedy exclamó. ¿Quién se puede olvidar de sus ojos saltones?

Miss Douce repicó con profunda risa de bronce, gritando:

—¡Ni del otro ojo!

Cuyobloo ojo oscuro leía el nombre de Aaron Higatner. ¿Por qué pienso siempre en Higanero? Higando higos, su­pongo. Y el nombre hugonote de Prosper Loré. Por las vírge­nes benditas de Bassi pasaron los ojos oscuros de Bloom. Azultogada, blanco debajo, ampárame. Dios creen que es: o diosa. Aquellas que hoy. No pude ver. Aquel hombre habla­ba. Un estudiante. Después con el hijo de Dedalus. Podía ser Mulligan. Todas vírgenes seductoras. Cautiva a esos tipos di­solutos: el blanco.

Por delante pasaron sus ojos. Las delicias del pecado. De­liciosas son las delicias.

Del pecado.

En un repiqueteo de risitas se mezclaron jóvenes voces bronceoro, Douce con Kennedy el otro ojo. Echaron jóve­nes cabezas atrás, bronce nsitadoro, para dejar librevolar sus risas, chillando, el otro, señales la una a la otra, notas altas afi­ladas.

Ah, resoplando, suspirando, suspirando, ah, exhaustas, su alegría fue apagándose.

Miss Kennedy acercó los labios a la taza de nuevo, la alzó, bebió un sorbo y nsitimó. Miss Douce, inclinándose sobre la bandeja del té, encogió de nuevo la nariz y giró ojos joco­sos cebados. De nuevo Kennyrisitas, agachándose, los rubios pináculos de su pelo, agachándose, la peina de carey a la vis­ta, espurreó de la boca el té, atragantándose con el té y las ri­sas, tosiendo atragantada, exclamando:

—¡Ay! ¡Ojos pringosos! ¡Imagínate casada con un hom­bre como ése! exclamaba. ¡Con su poquito de barba! Douce se desahogó con un grito espléndido, grito impe­tuoso de mujer impetuosa, deleite, gozo, indignación.

—¡Casada con el narizotas pringoso! gritó.

Penetrante, con risa profunda, detrás, oro tras bronce, in­sistió cada una a cada una con repiqueteo tras repiqueteo, resonando por tumos, broncioro, oribronce, profundopene­trante, con nsotada tras risotada. Y luego rieron más. Pringo­so ya sé. Agotadas, jadeantes, las cabezas agitadas recosta­ron, trenzada y pinaculada junto a lustropeinada, contra el reborde del mostrador. Todas acaloradas (¡Ah!), resoplando, sudando (¡Ah!), todas jadeantes.

Casada con Bloom, con pringobloom.

—¡Ay! ¡Por los santos del cielo! dijo Miss Douce, suspiró por encima de su rosa saltarina. Ojalá no me hubiera reído tanto. Me siento toda mojada.

—¡Ay! ¡Miss Douce! protestó Miss Kennedy. ¡Qué tre­menda eres!

Y enrojeció más (¡qué tremenda!), más doradamente.

Por las oficinas de Cantwell vagaba Pringobloom, por las vírgenes de Ceppi, brillantes en sus óleos. El padre de Nannetti vendía esas cosas por ahí de casa en casa, engatu­sando en cada puerta igual que yo. La religión es rentable. Debo verlo para lo del texto. Comeré antes. Tengo ganas. Aún no. A las cuatro, dijo ella. El tiempo pasa sin cesar. Las agujas del reloj giran. Adelante. ¿Dónde como? El Clarence, Dolphin. Adelante. Para Raoul. Comer. Si consigo limpias cinco guineas con esos anuncios. Las enaguas de seda viole­ta. Aún no. Las delicias del pecado.

Acalorada menos, aún menos, doradamente empalidecida. Dentro del bar entró mariposeando Mr. Dedalus. Lascas, arrancando lascas de la uña rocosa del pulgar. Lascas. Mari­poseó.

—Vaya, bienvenida de vuelta, Miss Douce.

Le cogió la mano. ¿Disfrutó de sus vacaciones?

—Magníficas.

Esperaba que le hubiera hecho buen tiempo en Rostrevor.

—Espléndido, dijo ella. Mire qué fantoche estoy hecha. Echada en la playa todo el día.

Blancura de bronce.

—Muy picaruela que es usted, le dijo Mr. Dedalus presio­nándole la mano indulgentemente. Tentando a infelices y sim­ples varones.

Miss Douce de raso acarameló la retirada del brazo.

—¡Vamos! ¡Vamos! dijo. ¿Usted simple? no lo creo.

Lo era.

—Vaya que sí lo soy, recapacitó. Tenía tal aspecto de sim­ple en la cuna que me bautizaron Simón el simplón.

—Debió de ser usted una monería, dijo Miss Douce como respuesta. ¿Y qué le ha mandado hoy el médico?

—Vaya, pues, recapacitó, lo que usted diga. No le impor­taría darme un poco de agua fresca y medio vaso de güisqui. Tintineo.

—Con la mayor celeridad, convino Miss Douce.

Con la gracia de la celeridad hacia el espejo aureolado de Cantrell y Cochrane se volvió. Con gracia ella escanció una me­dida de güisqui dorado de su barrilete de cristal. De entre los fal­dones de su americana Mi. Dedalus sacó petaca y pipa. Celeri­dad sirvió ella. Él sopló por el cañón dos ásperas notaspífano.

—Por Júpiter, recapacitó, siempre he querido ver las mon­tañas Moume. Debe de ser muy tonificante el aire por allá. Pero una vieja maldición siempre se cumple, dicen. Sí. Sí.

Sí. Él palpaba hebras de cabello, sus hebras venusianas de tabaco, de sirena, en la cazoleta. Lascas. Hebras. Recapacitan­do. Mudo.

Naide cosa nada decía nada. Sí.

Alegremente Miss Douce lustraba un vaso, trinando:

—¡O, Idolores, reina de los mares del este!

—¿Ha venido hoy por aquí Mr. Lidwell?

Entró Lenehan. A su alrededor miró Lenehan. Mr. Bloom llegó al puente de Essex. Sí, Mr. Bloom cruzó puente de Sí­sexo. A Martha debo escribir. Comprar papel. En Daly. La chica allí es atenta. Bloom. Viejo Bloom. Brotebloom añil en el centeno.

—Estuvo aquí a la hora del almuerzo.

Lenehan se acercó.

—¿Ha preguntado por mí Mr. Boylan?

Él preguntó. Ella contestó:

—Miss Kennedy ¿estuvo aquí Mr. Boylan mientras yo es­taba arriba?

Ella preguntó. Miss voz de Kennedy contestó, una segun­da taza de té lista, la mirada fija en una página:

—No. No ha estado.

Miss mirada fija de Kennedy, oída, sin ser vista, continuó leyendo. Lenehan alrededor de la campana de los empareda­dos enroscó su cuerpo rotundo en rondas.

—¡Pío! ¿Quién anda en el rincón?

Ninguna ojeada de Kennedy premiándole siguió aún con sus proposiciones. Que no pasara por alto las haches. Que le­yera sólo los puntos e interrogaciones: la o redonda y la ese torcida.

Calesintineo airoso tintineo.

Chicadeoro leía y no echaba ojeadas. No prestar atención. No le prestó atención mientras él leía para ella una fábula en solfa de corrida, cayendo en los bemoles:

—Laa zorra se topó con laa cigüeña. Díjole la zorra ah la cigüeña: ¿Me metel pico nla garganta pa sacarme un jueso?

En vano zureó. Miss Douce tornó a su té de lado.

Él suspiró de lado:

—¡Ay de mí! ¡Maldita sea mi suerte!

Saludó a Mr. Dedalus y recibió una inclinación de cabeza.

—Saludos del famoso hijo de un padre famoso.

—¿Quién será? preguntó Mr. Dedalus.

Lenehan abrió los más cordiales brazos del mundo. ¿Quién?

—¿Quién será? preguntó. ¿Se atreve a preguntarlo? Stephen, el joven bardo.

Seco.

Mr. Dedalus, padre famoso, guardó la pipa seca rellena.

—Ya veo, dijo. No le reconocí al pronto. He oído que se relaciona con gente muy distinguida. ¿Lo ha visto última­mente?

Lo había visto.

—Libé el cuenco de néctar con él esta misma mañana, dijo Lenehan. En donde Mooney en vife y en Mooney sur mer. Había recibido la guita por el alumbramiento de su musa.

Sonrió a los labios en té bañados de bronce, a labios y ojos que escuchaban:

—La elite de Erín se bebía sus palabras. La aburrida lum­brera, Hugh MacHugh, el más brillante escribidor y director de Dublín y ese jovencito ministrer del salvaje oeste empapa­do también conocido por el apelativo eufónico de O'Madden Burke.

Tras un intervalo Mr. Dedalus levantó su grog y

—Debió ser altamente divertido, dijo. Ya veo.

Podía ver. Bebió. Con mirada lejana de montaña de luto. Dejó el vaso.

Miró hacia la puerta del salón del bar.

—Veo que han cambiado el piano de sitio.

—El afinador ha estado hoy aquí, contestó Miss Douce, afinándolo para el pequeño concierto y nunca en mi vida he oído a un pianista tan fino.

—¿Es cierto?

—¿No es verdad, Miss Kennedy? De lo más clásico, ya sabe. Y ciego además, pobre chico. No tenía ni veinte años, estoy segura.

—¿Es cierto? dijo Mr. Dedalus.

Bebió y se retiró.

—Daba tanta pena mirarle a la cara, se dolió Miss Douce.

Que Dios te maldiga hijo de la gran puta.

Tilín a su pena clamó la campanilla de un comensal. A la puerta del bar y comedor vino calvo Pat, vino sorderas Pat, vino Pat, camarero atendedor del Ormond. Cerveza para el comensal. Cerveza sin celeridad ella sirvió.

Con paciencia Lenehan esperaba a Boylan con impacien­cia, a tintinairoso mozo botero.

Sosteniendo la tapa él (¿quién?) miró fijamente en la caja (¿caja?) las triples cuerdas oblicuas (¡piano!). Presionó (el mis­mo que presionó indulgentemente la mano de ella), peda­leando suave, un acorde triple para ver cómo avanzaba el es­pesor del fieltro, para oír el golpeteo amortiguado del maci­llo en acción.

Dos hojas papel vitela color crema una de reserva dos so­bres cuando yo estaba en Wisdom Hely juicioso Bloom en el estanco Daly Henry Flower compró. ¿No eres feliz en tu casa? Flor para consolarme y un alfiler para evitar el desamor. Quiere decir algo, el lenguaje de las flo. ¿Era una margarita? Inocencia es eso. Chica respetable encontrar después de misa. Gracias muy muchísimas. Juicioso Bloom ojeó en la puerta un cartel, una sirena que se mecía fumando entre olas placenteras. Fume sirenas, la bocanada más fresca. Cabello flotante: de amor desatada. Para algún hombre. Para Raoul. Ojeó y vio a lo lejos en el puente de Essex un alegre sombre­ro montado en airoso tílbun. Es él. De nuevo. Por tercera vez. Coincidencia.

Tintineando sobre blandas gomas el coche se oreaba des­de el puente hasta Ormond Quay. Sigue. Arriésgate. Corre. A las cuatro. Casi. Fuera.

—Dos peniques, señor, se aventuró a decir la dependienta.

—Ya, ya ... se me olvidaba... Perdone ...

—Y cuatro.

A las cuatro ella. Encantadoramente ella a Blooembloom sonrió. Bloo sonn corr. Tardes. ¿Te crees el ombligo del mundo? Hace eso con todos. Para los hombres.

En soñoliento silencio oro se inclinaba sobre la página.

Del salón del bar llegó una llamada, de muerte lenta. Era un diapasón que tenía el afinador que se olvidó que ahora ha tocado él. Una llamada de nuevo. Que ahora él probaba aho­ra latía. ¿Oyes? Latía, pura, más pura, suavemente, más suavemente, la horquilla zumbando. Llamada de muerte más lenta.

Pat pagó la botella corchoestallante del comensal: y por encima de vaso, bandeja y botella corchoestallante antes de marchar cuchicheó, calvo y sorderas, con Miss Douce.

—Las brillantes estrellas se disipan ....

Una canción sin voz cantó desde dentro, cantando:

—... despunta el alba.

Un armónico de doce notasgorjeantes gorgorearon bri­llante respuesta atiplada bajo manos sensibles. Bnllantemen­te las teclas, todas centelleantes, enlazadas, todas clavicor­diantes, clamaron por una voz que cantara los compases del alba de rocío, la juventud, el adiós del amor, de la vida, de los albores del amor.

—Perlinasgotas de rocío ....

Los labios de Lenehan por encima del mostrador borbo­llaban un silbido apagado de cimbel.

—Pero mire para acá, dijo, rosa de Castilla.

Calesmuneo airoso junto al bordillo paró.

Se levantó y cerró la lectura, rosa de Castilla: airada, ape­nada, soñadora se levantó.

—¿Se cayó o la empujaron? le preguntó.

Ella contestó, indignada:

—No pregunte si no quiere que le mienta.

Como una señora, señorial.

Los elegantes zapatos color canela de Boylan Botero chi­maron en el suelo del bar por donde andaba a zancadas. Sí, oro desde cerca junto a bronce desde lejos. Lenehan oyó y re­conoció y le saludó:

—Vean venir al héroe conquistador.

Entre coche y ventanal, caminando cautelosamente pasó Bloom, héroe inconquistado. Venne podría. El asiento don­de se sentó: caliente. Gato macho negro cauteloso caminó hacia la cartera de expedientes de Richie Goulding, levanta­da bien alta, saludando.

—Y yo de ti ....

—Había oído que estaba por aquí, dijo Boylan Botero.

Se tocó hacia la rubia Miss Kennedy el ala de su canotié la­deado. Ella le sonnó. Pero hermana bronce le ganó en sonn­sas, atildándose para él su cabello más espeso, un pecho y una rosa.

El avispado Boylan encargó unas pociones.

—¿Qué va a ser? ¿Una cerveza bitter? Una cerveza bitter, por favor, y ginebra de endnna para mí. ¿Aún no ha llegado el cable?

Aún no. A las cuatro ella. ¿Quién dijo las cuatro?

Las antenas rojas y la nuez abultada de Cowley en la puerta de la oficina del administrador de justicia. Evitar. Goulding una oportunidad. ¿Qué está haciendo en el Ormond? El co­che esperando. Espera.

Caramba. ¿Adónde va? to comer algo? Yo también a punto de. Aquí. ¿Cómo, el Ormond? Mejor oferta de todo Dublín. ¿De verdad? El comedor. Sentarse quietecito ahí. Ver, no ser visto. Creo que le acompañaré. Vamos. Richie fue delante. Bloom siguió a la cartera. Comida digna de un príncipe.

Miss Douce se estiró para alcanzar un jarro en alto, alar­gando un brazo de raso, el pecho, que casi le estallaba, bien alto.

—¡Ay! ¡Ay! se sacudía Lenehan, boqueando a cada esti­rón. ¡Ay!

Pero fácilmente atrapó ella su presa y la bajó triunfante.

—¿Por qué no crece? preguntó Boylan Botero. Ellabronce, repartiendo de su tarro oblicuo espeso licor al­

mibarado para los labios de él, miraba mientras manaba (flor en la americana: ¿quién se la habrá dado?), y almibaró con la voz:

—El buen perfume en frascos pequeños.

Es decir ella. Esmeradamente vertió lentalmibarada en­drina.

—Por usted, dijo Botero.

Lanzó una moneda grande sobre el mostrador. La mone­da sonó.

—Espere, dijo Lenehan, hasta que yo ....

—A su salud, deseó, levantando su cerveza burbujeante.

—Cetro va a ganar cómodamente, dijo.

—He apostado algo, dijo Boylan guiñando el ojo y be­biendo. No por mi cuenta, ya sabe. Capricho de una ami­ga mía.

Lenehan seguía bebiendo y sonreía bobaliconamente a su cerveza empinada y a los labios de Miss Douce que medio tarareaban, entreabiertos, la canciondelocéano que sus labios habían trinado. Idolores. Los mares del levante.

El reloj runruneó. Miss Kennedy pasó junto a ellos (flor, a saber quién dio), retirando la bandeja del té. El reloj taba­leaba.

Miss Douce cogió la moneda de Boylan, golpeó resuelta­mente la caja—registradora. Tañó. El reloj tabaleaba. La her­mosa de Egipto jugueteó y distribuyó en la caja y tarareó y alargó monedas de vuelta. Mirada al oeste. Un chasquido. Para mí.

—¿Qué hora es? preguntó Boylan Botero. ¿Las cuatro?

En punto.

Lenehan, ojillos gazuzos por el tarareo, pecho tarareante, tiró del codo de la manga de Boylan Botero.

—Oigamos la hora, dijo.

La cartera de Goulding, Collis, Ward condujo a Bloom por entre mesas floridas de brotecenteno. Sin rumbo eligió con agitado rumbo, calvo Pat atendiendo, una mesa junto a la puerta. Estar cerca. A las cuatro. ¿Se habrá olvidado? Qui­zá una argucia. No irá: abre el apetito. Yo no podría. Atien­de, atiende. Pat, atendedor, atendía.

Chispeante bronce azur ojeó el lazo y los ojos azulcelestes de Botazur.

Vamos, urgió Lenehan. No hay nadie. Jamás él oyó.

—... a los labios de Flora voló.

Alta, una nota alta repiqueteó tiplisonante clara.

Broncidouce comulgando con su rosa que se hundía y su­bía buscó la flor y los ojos de Boylan Botero.

—Por favor, por favor.

Él imploraba incesante en frases de revelación.

—No podría dejarte ...

—Más tarde, prometió Miss Douce azorada.

—No, ahora, urgió Lenehan. Sonnez la cloche! ¡Vamos, por favor! No hay nadie.

Miró. Rápido. Miss Kenn no oiría. Inclinación repentina. Dos caras candentes la vieron inclinarse.

Cimbrantes los acordes se apartaron de la canción, la en­contraron de nuevo, acorde perdido, y la perdieron y encon­traron, vacilantes.

—¡Vamos! ¡Por favor! Sonnez!

Inclinándose, se pizcó un pico de falda por encima de la rodilla. Se demoraba. Les seguía provocando, inclinándose, suspendiendo, con ojos de picardía.

—Sonnez!

Zas. Soltó de repente en rebote la liga elástica pizcada zas­cálida contra su muslo zascable de mujer calidocalcetado. —La cloche! exclamó jubiloso Lenehan. Amaestrada por la dueña. Ahí no hay paja.

Sonrisafingió esquiva (¡Vaya por Dios! ¡Cómo son los hombres!), pero, hacia la luz escurriéndose, apacible sonrió a Boylan.

—Es usted la esencia de la vulgaridad, dijo al escurrirse ella.

Boylan, ojeaba, ojeaba. Se echó a gruesos labios su cáliz, apuró minúsculo su cáliz, sorbiendo hasta la última de las al­mibaradas gotas gordas violetas. Sus ojos embelesados fue­ron detrás, detrás de la escurridiza cabeza barra abajo por los espejos, arco dorado para la soda, copas de vino blanco y de clarete reluciendo, una concha erizada, donde ajustaba, re­lumbraba, bronce de bronce más soleado.

Sí, bronce desde cerca.

—... ¡amor mío, adiós!

—Me voy, dijo Boylan con impaciencia.

Empujó el cáliz raudo lejos de sí, cogió el cambio.

—Espere un segundo, rogó Lenehan, bebiendo apresura­damente. Quería decirle. Tom Rochford ...

—Váyase con Pedro Botero, dijo Boylan Botero, mar­chándose.

Lenehan tragó para irse.

—¿Está picado o qué? dijo. Espere. Que me voy.

Siguió a los presurosos zapatos chirriantes pero se apartó resueltamente en el umbral, saludando a unas figuras, una corpulenta con otra menuda.

—¿Cómo está usted, Mr. Dollard?

—¿Eh? ¿Qué tal? ¿Qué tal? contestó la voz de bajo borro­sa de Ben Dollard, alejándose un instante de la desdicha del Padre Cowley. No le creará problemas, Bob. Alf Bergan ha­blará con el largo. Esta vez se la daremos con queso a ese ju­das Iscanote.

Suspirando Mr. Dedalus cruzó el salón del bar, un dedo aliviando el párpado.

—Jojo, lo haremos, garganteó Ben Dollard jovialmente. Venga, Simon. Cante una cancioncilla. Hemos oído el piano.

Calvo Pat, camarero sorderas, atendía a los pedidos de be­bidas. Un Power para Richie. ¿Y Bloom? Veamos. No le ha­gamos ir dos veces. Sus callos. Las cuatro ahora. Qué calor con esto negro. Claro que los nervios también. Refracta (¿se dice así?) el calor. Veamos. Sidra. Sí, una botella de sidra.

—¿Cómo dice? dijo Mr. Dedalus. Sólo estaba improvisan­do, hombre.

—Vamos, vamos, llamó Ben Dollard. Apartaos de mí te­nebrosas preocupaciones. Venga Bob.

Ambló Dollard, voluminosos bombachos, delante de ellos (coged a ese tipo de los: cogedle pues) hacia el salón del bar. Se dejó caer Dollard sobre la banqueta. Sus zarpas goto­sas se dejaron caer sobre acordes. Cayeron, se contuvieron bruscas.

Calvo Pat en la entrada se encontró con oro sinté que vol­vía. Sorderas, quería un Power y sidra. Bronce junto a la ven­tana, miraba, bronce de lejos.

Calesintineo un tintilín se oreaba.

Bloom oyó un tin, un sonido leve. Se va. Ligero sollozo de aliento suspiró Bloom sobre las silenciosas flores azula­das. Tintineando. Se fue. Tintineo. Oye.

Amor y guerra, Ben, dijo Mr. Dedalus. Que Dios bendi­ga los viejos tiempos.

Los valientes ojos de Miss Douce, desatendidos, se apar­taron de las cortinillas, lacerados por la luz del sol. Se fue. Pensativa (¿quién sabe?), lacerada (la luz lacerante), echó la cortina con la cinta deslizante. Bajó pensativa (¿por qué se habrá ido tan rápido cuando yo?) sobre su bronce, por enci­ma de la barra donde calvo se hallaba junto a hermana oro, inexquisito contraste, contraste inexquisito no—exquisito, len­ta fresca distante profundidad de sombra deslizante verde­mar, eau de Nil.

—El pobre Goodwin era el pianista de aquella noche, les recordó el Padre Cowley. Había un ligero desacuerdo entre él y el piano de cola Collard.

Lo había.

—Todo un espectáculo era él solo, dijo Mr. Dedalus. No había quien lo parara. Se lo llevaban los mengues con unas copas que tomara.

—¡Dios! ¿Se acuerdan? dijo Ben el voluminoso Dollard, apartándose del castigado teclado. Y por mi madre que yo no estaba en traje de bodas.

Se rieron los tres. No estaba de bo. El trío rió. No traje de bodas.

—Nuestro amigo Bloom vino que ni pintado aquella no­che, dijo Mr. Dedalus. ¿Dónde está mi pipa, por cierto?

Caminó de vuelta a la barra a la pipa del acorde perdido. Calvo Pat acarreaba las bebidas de dos comensales, Richie y Poldy. Y el Padre Cowley volvió a reír.

—Yo salvé la situación, Ben, creo.

—Sí, usted fue, afirmó Ben Dollard. Recuerdo aquellos pantalones tirantes también. Fue una idea brillante, Bob.

El Padre Cowley se sonrojó hasta los brillantes lóbulos morados. Salvó la situa. Pantalones tir. Idea brillan.

Yo sabía que estaba sin blanca, dijo. La mujer tocaba el piano en el Coffee Palace los sábados por cuatro perras y ¿quién me vino con el chisme de que también tenía el otro negocio? ¿Recuerdan? Tuvimos que andarnos toda Holles Street para encontrarlos hasta que aquel tipo de casa Keogh nos dio el número. ¿Recuerdan?

Ben recordaba, el ancho semblante asombrado.

—Santo Dios, tenía allí unos mantos de ópera de lujo y otras muchas cosas.

Mr. Dedalus caminó de vuelta, la pipa en la mano.

—Estilo Mernon Square. Trajes de baile, Santo Dios, y trajes de gala. Y no aceptó ningún dinero además. ¿Eh? Can­tidades endemoniadas de sombreros de tres picos y boleros y calzas. ¿Eh?

—Sí, sí, asintió Mr. Dedalus. Mrs. Manon Bloom ha deja­do—ropas de todas clases.

Calesintineo se oreaba muelles abajo. Botero espatarrado sobre cauchos saltarines.

Hígado con panceta. Empanada de carne con riñones. Correcto, señor. Correcto, Pat.

Mrs. Manon. Meten si acaso. Olor a quemado. A Paul de Verga. Simpático nombre que.

—¿Cómo es que se llamaba ella? Una moza rellenita. ¿Manon ...?

—Tweedy.

—Sí. ¿Está viva?

—Y coleando.

—Era hija de...

—Hija del regimiento.

—Sí, rediez. Me acuerdo del viejo sargento de tambores.

Mr. Dedalus raspó, chascó, encendió, boqueó sabrosa bo­canada de humo después.

—¿Irlandesa? No lo sé, se lo juro. ¿Lo es, Simon?

Bocanada de humo después espesa, una bocanada de humo, intensa, sabrosa, crepitante.

—Músculo buccinador está ... ¿Eh? ... Una pizca herrum­broso ... Sí, claro ... Mi Molly de Irlanda, Oh.

Boqueó una explosión irritante en penacho.

—Del peñón de Gibraltar ... nada menos.

Se consumían en la profundidad de la sombra oceánica, oro junto al tirador de cerveza, bronce junto al marrasquino, absortas las dos. Mina Kennedy, Lismore Terrace, 4, Drum­condra con Idolores, una reina, Dolores, silenciosa.

Pat servía, destapaba platos. Leopoldo cortaba trozos de hígado. Como antes se dijo, le gustaba saborear los órganos internos, las mollejas que saben a nuez, las huevas de baca­lao fritas mientras que Richie Goulding, Collis, Ward comía carne con riñones, carne luego riñones, bocado a bocado de empanada él comía Bloom comía ellos comían.

Bloom con Goulding, casados en el silencio, comían. Man­jares dignos de príncipes.

Por Bachelor's Walk en oreadassacudidas tintineaba Boylan Botero, soltero, al sol encelado, lustrosas ancas de yegua al trote, con el tremolar del látigo, sobre cauchos saltarines: es­patarrado, calidosentado, Boylanbullendo de impaciencia, ardientearrestado. Pica. ¿Está picado? Pica. ¿Está? Pi pi pica.

Por encima de sus voces Dollard zumbajeó el arranque, re­tumbando por encima de bombeantes acordes.

—Cuando el amor absorbe mi ardiente alma ...

El bamboleo de Benalmabenjamin se bamboleó hasta las estremecientes amorvibrantes luceras.

—¡Guerra! ¡Guerra! exclamó el Padre Cowley. Usted es el guerrero.

—Sí que lo soy, rió Ben Guerrero. Estaba pensando en su casero. Amor o dinero.

Se paró. Meneó barba inmensa, cara inmensa por su pifia inmensa.

—Seguro, que le va a romper el tímpano del oído, hom­bre, dijo Mr. Dedalus por entre aroma de humo, con ese ór­gano como el suyo.

Con abundante risa barbada Dollard trepidó sobre el te­clado. Se lo rompería.

—Por no mencionar otra membrana, añadió el Padre Cowley. Descanso, Ben. Amoroso ma non troppo. Déjeme ahí.

Miss Kennedy sirvió a dos caballeros unos picheles de cer­veza negra fresca. Ella hizo un comentario. Desde luego, dijo el primer caballero, un tiempo espléndido. Bebieron cerveza negra fresca. ¿Sabía ella adónde iba el virrey? Y oyeron ace­rocascos cascosonantes sonar. No, no sabría decir. Pero ven­dría en el periódico. Bueno, no se molestara. No es ninguna molestia. Desplegó en tomo suyo el Independent a lo ancho, buscando, el virrey, pináculos de su pelo en lentomovimien­to, virr. Demasiada molestia, dijo primer caballero. No, no, en absoluto. La forma en que miraba aquél. Virrey. Oro jun­to a bronce oyeron hierro acero.

—........... mi alma ardorosa

no me turba eeeeeeel mañana.

En salsa de hígado Bloom chafó puré de patatas. Amory guerra alguien está. Ben Dollard y su famoso. Aquella noche que vino corriendo a casa a pedir prestado un traje de etique­ta para aquel concierto. Pantalones tirantes como un tambor llevaba puestos. Cebones musicales. Molly sí que se rió cuan­do se fue. Se tiró de espaldas sobre la cama, chillando, pata­leando. Enseñando él todos los atributos. ¡Ay! ¡Por todos los santos, estoy empapada! ¡Ay! ¡Las mujeres de la primera fila! ¡Ay! ¡Nunca me reí con tantas ganas! Claro, como que eso es lo que le da el bajete barrilete. Por ejemplo los eunucos. A sa­ber quién está tocando. Buenas manos. Debe ser Cowley. Melodioso. Conoce cualquier sonido que toques. Mal alien­to tiene, pobre hombre. Paró.

Miss Douce, atractiva, Lydia Douce, se inclinó hacia el afable procurador, George Lidwell, caballero, que entraba. Buenas tardes. Le dio la mano húmeda (de dama) al firme apretón de él. Buenas. Sí, estaba de vuelta. A la rutina de siempre otra vez.

—Sus amigos están dentro, Mr. Lidwell.

George Lidwell, afable, procurado, retenía una lydiamano. Tintineo.

Bloom comía híga como antes se dijo. Limpio aquí al me­nos. Aquel fulano del Burton, pringado de temilla. No hay nadie aquí: Goulding y yo. Mesas limpias, flores, servilletas mitradas. Pat de un lado para otro. Calvo Pat. Nada que ha­cer. Mejor oferta de Dub.

Piano de nuevo. Es Cowley. La forma en que se pone de­lante, como si fueran uno, comprensión mutua. Pesados em­butidores rascando violines, el ojo en el extremo del arco, se­rrando el violonchelo, te dan un dolor de muelas. El largo ronquido sonoro de ella. La noche que estuvimos en el pal­co. El trombón abajo soplando como una orca, en los en­treactos, el otro tipo de los metales desenroscando, limpian­do la saliva. Las piernas del director también, pantalonesala­res, la giga giga. Hace bien en esconderlas.

Calesmtineo de giga oreado airoso.

Sólo el arpa. Encantadora. Enardecida luz de oro. La chi­ca la pulsaba. La popa de una encantadora. La salsa está bue­na digna de. La nave dorada. Erín. El arpa que una vez o dos. Manos frías. Ben Howth, los rododendros. Somos sus arpas. Yo. Él. Viejo. joven.

—Ah, no puedo, hombre, dijo Mr. Dedalus, vergonzoso, displicente.

Fuertemente.

—¡Vamos, maldita sea! gruñó Ben Dollard. Suéltelo por partes.

—M’appari, Simon, dijo el Padre Cowley.

Hacia la zona de batería dio unas zancadas, grave, desme­dido en su abatimiento, los largos brazos extendidos. Ronca­mente la nuez de la garganta ronqueó suavemente. Suave­mente cantó a una marina polvorienta que allí había: Un adiós postrero. Un promontorio, una nave, una vela sobre la mar. Adiós. Una chica encantadora, el velo oleando al viento so­bre el promontorio, el viento a su alrededor.

Cowley cantó:

—M’appari tutt amor:

Il mio sguardo l’incontr ...

Ella agitaba, sin oír a Cowley, el velo, a alguien que partía, a alguien querido, al viento, al amor, a la vela fugaz, vuelve.

—Vamos, Simon.

—Ah, seguro, mis años mozos se acabaron ya, Ben ... Bue­no ...

Mr. Dedalus dejó reposar la pipa junto al diapasón y, sen­tándose, tocó las sumisas teclas.

—No, Simon, se volvió el Padre Cowley. Tóquelo en la versión original. En fa mayor.

Las teclas, sumisas, subieron, contaron, dudaron, confesa­ron, confusas.

Hacia el foro dio unas zancadas el Padre Cowley.

—Venga, Simon, le acompañaré, dijo. Levántese.

Por el crocante de piña de Graham Lemon, por Elvery's Elephant se sacudía tintineante.

Carne, riñones, hígado, puré, a una mesa digna de prínci­pes estaban sentados los príncipes Bloom y Goulding. Prín­cipes a la mesa levantaban y bebían, Power y sidra.

La más hermosa canción de tenor que jamás se haya escri­to, dijo Richie: Sonnambula. Se la había oído cantar a Joe Maas aquella única noche. ¡Ah! ¡Qué M'Guckin! Sí. A su modo. Estilo de niño de coro. Maas era el niño. Monaguiño. Tenor lírico si le parece. Para no olvidarlo jamás. Jamás.

Tiernamente Bloom ocupado con la panceta sinhígado vio las facciones rígidas tensarse. Dolor de espalda él. Ojos brillantes de la enfennedad de Bright. El próximo en la lista. Pasando la cuenta. Píldoras, pan picado, valen a guinea la caja. Evítalo por un rato. Canta también: Abajo entre los muer­tos. Apropiado. Empanada de riñones. Delicias para la. No están sacando mucho partido de todo ello. Mejor oferta de. Característico en él. Power. Especial con lo que bebe. Una maca en el vaso, agua fresca del Vartry. Soplando cerillas de los mostradores para ahorrar. Luego malgasta un soberano en bobadas. Y cuando lo necesita ni una chica. Tajado se nie­ga a pagar el importe. Tipos curiosos.

Jamás olvidaría Richie aquella noche. No mientras viviera: jamás. En el paraíso del viejo Royal con el pequeñajo de Peake. Y cuando la primera nota.

El habla descansó en los labios de Richie.

Sale con una patraña ahora. Rapsodias sobre fruslerías. Se cree sus propias mentiras. De verdad. Asombroso embuste­ro. Pero se necesita tener buena memoria.

—¿Qué canción es ésa? preguntó Leopold Bloom.

—Ya todo está perdido.

Richie amartilló los labios en puchero. Una baja incipien­te nota dulce hada maligna murmuró: todo. Tordo. Torde­lla. Su aliento, avedulce, dientes sanos de los que se enorgu­llece, afinó con aflicción quejumbrosa. Está perdido. Copio­so sonido. Dos notas en una ahí. Al mirlo oí en el valle de los majuelos. Cogiendo mis acordanzas los ligaba y viraba. Toda gran llamada demasiado nueva está perdida en todo. Eco. Qué dulce la respuesta. ¿Cómo se hace eso? Ya todo perdido. Sombrío silbaba. Caída, entrega, perdida.

Bloom afinaba oídos leopoldados, remetiendo un borde del pañito bajo el jarrón. Encargo. Sí, recuerdo. Canción en­cantadora. En sueños se llegó ella hasta él. Inocencia a la luz de la luna. Intrépidos. No conocen el peligro. Aun así retén­la. Decir su nombre. Tocar agua. Tintineo airoso. Demasia­do tarde. Ella anhelaba ir. Por eso. Mujer. Más fácil poner puertas al mar. Sí: todo está perdido.

—Una canción hermosa, dijo Bloom Leopoldo perdido. La conozco bien.

Jamás en su vida la había Richie Goulding.

Él la conoce bien también. O la siente. Siempre a vueltas con la hija. Niña sabia que sabe quién es su padre, dijo Dedalus. ¿A mí?

Bloom de reojo ocupado con su sinhígado vio. Cara de todo está perdido. El bullanguero de Richie una vez. Chistes viejos rancios ahora. Meneando la oreja. Servilletero en el ojo. Ahora con cartas suplicantes manda a su hijo. El bisojo de Walter sí señor lo hice señor. No molestaría sólo que es­taba esperando un dinero. Discúlpate.

El piano de nuevo. Suena mejor que la última vez que lo oí. Afinado probablemente. Paró de nuevo.

Dollard y Cowley aún urgían al cantante reticente a que se arrancara ya de una vez.

—De una vez, Simon.

—Vez, Simon.

—Damas y caballeros, estoy sinceramente agradecido por su amable interés.

—Vez, Simon.

—No tengo dinero pero si me prestan atención pondré todo mi empeño en cantarles sobre un corazón destrozado.

Junto a la campana de los emparedados en la sombra aco­gedora Lydia, su bronce y rosa, gracia de una dama, daba y retenía: como en fresca glauca eau de Nil Mina a picheles dos sus pináculos de oro.

Los acordes en escala del preludio terminaron. Un acorde, arrastrado, expectante, arrastró una voz.

—Cuando por primera vez vi esa forma querida ...

Richie se volvió.

—La voz de Si Dedalus, dijo.

El ánimo inflamado, las mejillas con un toque de flama, escucharon sintiendo ese fluir querido fluir por la piel miembros humano corazón alma columna. Bloom hizo una señal o a Pat, calvo Pat es un camarero duro de oído, para que deja­ra entreabierta la puerta del bar. La puerta del bar. Así. Así está bien. Pat, camarero, atendió, atento a oír, pues era duro de oí junto a la puerta.

—... El dolor pasaba.

Por la quietud del aire una voz les cantaba, tenue, ni lluvia, ni hojas en murmullo, no como voz de cuerdas ni de instru­mentos de viento ni de comosellamen dulcémeles penetran­do en sus oídos sosegados con palabras, los sosegados corazo­nes de cada uno de ellos de sus vidas evocadas. Bueno, bue­no poder oír: el dolor de cada uno de ellos parecía de ambos pasar cuando por vez primera lo oyeron. Cuando por vez pri­mera vieron, perdidos Richie Poldy, qué belleza, oyeron de una persona que nunca habrían esperado jamás, su primera palabra de misericordiosa blanda—de—amor de—siempre—amada.

Amor que canta: vieja y dulce canción de amor. Bloom deslió lentamente la gomilla elástica del paquete. Viejo y dulce oro sonnez la de amor. Bloom relió una madeja en cua­tro dedos bifurcados, la atirantó, la destensó, y la relió alre­dedor de su desquiciado doble, cuádruple, en octava, los un­ció tensos.

Lleno de esperanzay en extremo dichoso ...

Los tenores consiguen mujeres a puñados. Aumenta el chorro. Tiran flores a sus pies. ¿Cuándo nos vamos a ver? La cabeza sencillamente. Tintineo en extremo dichoso. Él no sabe cantar para los de alto copete. La cabeza sencillamente se te arremollina. Perfumada para él. ¿Qué perfume tu mujer? Quiero saberlo. Tinti. Para. Llama. Última mirada al espejo siempre antes de abrir la puerta. El recibidor. ¿Y qué? ¿Qué tal? Yo bien. ¿Y qué? ¿Qué? ¿O? Caja de caramelos de men­tas, confites de besuqueo, en su bolso. ¿Sí? Las manos busca­ban las opulentas.

Ah, la voz subía de tono, suspirando, cambiaba: fuerte, impetuosa, brillante, altanera.

—Pero ah un vano soñar era ...

Tono glorioso que él tiene aún. Aire de Cork más suave además su acento. ¡Pobre necio! Podía haber ganado dinero a espuertas. Confundiendo la letra. Acabó lentamente con su mujer: ahora canta. Pero rió se puede decir. Sólo ellos dos. Si es que no se viene abajo. Pero aún mantiene el tipo. Las manos y pies cantan también. La bebida. Nervios crispados. Hay que ser abstemio para cantar. Sopa Jenny Lind: caldo, salvia, huevos crudos, media pinta de crema. Para cremosa soñadora.

Ternura desbordaba: lenta, henchida, impetuosa latía. Ahí está. ¡Ja, dale! ¡Toma! Late, un latido, un orgulloso palpitar erecto.

¿.Letra? ¿Música? No: es lo que hay detrás.

Bloom envolvía, desenvolvía, ataba, desataba.

Bloom. Corriente de cálida secretud mamalada rechupada fluyó para fluir en la música fuera, en deseo, oscuro para chu­par el flujo abordante. Cúbrela, gállala, písala, sáltala. Mon­ta. Poros para dilatar dilatando. Monta. El gozo el sentir el cálido el. Monta. Para borbotar por las esclusas borbotones borbotantes. Corriente, borbotón, flujo, regustoborbotón, latidomontante. ¡Ahora! Lenguaje de amor.

—... rayo de esperanza está...

Resplandeciente. Lydia para Lidwell gañido apenas oír tan señorial la musa desgañó un trago de esperanza.

Martha es. Coincidencia. Justo iba a escribir. La canción de Lionel. Nombre encantador que tienes. No puedo escri­bir. Acepta mi regali. Tocar la fibra sensible la bolsa también. Es una. Te llamé diablillo. Aun así el nombre: Martha. ¡Qué extraño! Hoy.

La voz de Lionel volvió, más débil pero incansable. Can­taba de nuevo para Richie Poldy Lydia Lidwell también can­taba para Pat boca abierta oído atendiendo para atender. Cómo por primera vez vio esa forma querida, cómo el dolor pasaba, cómo la mirada, forma, palabra le cautivó a él Gould Lidwell, le ganó el corazón a Pat Bloom.

Desearía verle la cara, no obstante. Se explica mejor. Por qué el barbero en la peluquería Drago siempre me miraba la cara cuando yo le hablaba a su cara en el espejo. Aun así lo oigo mejor aquí que en la barra aunque más lejos.

—Cada mirada cariñosa ....

La primera noche cuando por primera vez la vi en casa de Mat Dillon en Terenure. Encaje negro, amarillo llevaba. Si­llas musicales. Nosotros dos los últimos. El destino. Tras ella. El destino. Vueltas y vueltas despacio. Vueltas rápidas. Noso­tros dos. Todos miraban. Para. Se sentó ella. Todos los des­bancados miraban. Labios sonrientes. Rodillas amarillas.

—Encantó la mirada ...

Cantando. Esperando cantó ella. Yo le pasaba las hojas de la partitura. Voz impetuosa del perfume de qué perfume tu lilas. El pecho le veía, ambos impetuosos, la garganta gorgo­riteando. Por primera vez vi. Me dio las gracias. ¿Por qué a mí? El destino. Ojos españolados. Bajo un peral a solas el pa­tio a esta hora en el viejo Madrid una parte en la sombra Do­lores ladolores. A mí. Tentación. Ay, tentadora.

—¡Martha! ¡Ah, Martha!

Dejando a un lado toda languidez Lionel gritaba su dolor, en un grito de pasión mandando al amor que volviera con más profundos y sin embargo más ascendentes acordes de ar­monía. En un grito de soledad lionada para que ella enten­diera, debería martha sentir. Porque él a sólo ella esperaba. ¿Dónde? Aquí allá mirad allá aquí mirad todos dónde. En al­gún lugar.

—¡Ve—en perdida!

¡Ve—en querida!

Solo. Un amor. Una esperanza. Un consuelo para mí. Martha, do de pecho, vuelve.

—¡Ven ...!

Surcaba en lo alto, un ave, planeaba, un grito puro fugaz, surca el orbe plateado se lanzó serena, veloz, sostenido, para venir, no lo prolongues más más aliento él aliento más vida, surcando en lo alto, alta resplendente, en llamas, co­ronada, alto en la efulgencia simbolística, alto, del seno eté­reo, alto, de la alta dilatada irradiación por todas partes toda surcando todo alrededor en derredor de todo, del sin­finsinfinsinfin .......

—¡A mí!

¡Siopold!

Consumido.

Ven. Bien cantado. Todos palmotearon. Ella debería. Ven. A mí, a él, a ella, a ti también, a mí, a nosotros.

—¡Bravo! Plafplaf. Buen chico, Simon. Palmiplafpla£ ¡Otra vez! Plafplifplaf pla£ Suena como una campana. ¡Bra­vo, Simon! Plafplofplaf Otra vez, aplaf, dijeron, vociferaron, palmotearon todos, Ben Dollard, Lydia Douce, George Lid­well, Pat, Mina Kennedy, dos caballeros con dos picheles, Cowley, primer señor con pich y bronce Miss Douce y oro Miss Mina.

Los elegantes zapatos color canela de Boylan Botero chi­rriaron por el suelo del bar, se dijo antes. Tintineo por los monumentos a Sur John Gray, Horacio mancopenco Nelson, reverendo padre Theobald Mathew, se oreaba, como se dijo antes hace un momento. Al trote, caliente, sentadocaliente. Cloche. Sonnez la. Cloche. Sonnez la. Más despacio la yegua su­bió la cuesta por la Rotunda, Rufland Square. Demasiado despacio para Boylan, Boylan botero, Boylando de impa­ciencia, brincando la yegua.

Un trasresueno de los acordes de Cowley fue el final, ago­nizó en el aire enriquecido.

Y Richie Goulding bebía su Power y Leopold Bloom su sidra bebía, Lidwell su Guinness, segundo caballero dijo que tomarían otros dos picheles si no le importaba. Miss Kennedy sonrió afectadamente desirviendo, labios de co­ral, al primero, al segundo. No le importaba.

—Siete días en la cárcel, dijo Ben Dollard, a pan y agua. Entonces cantarías, Simon, como un tordo de jardín.

Lionel Simon, cantante, reía. El Padre Bob Cowley toca­ba. Mina Kennedy servía. Segundo caballero pagaba. Tom Keman entraba contoneándose. Lydia, admirada, admiraba. Pero Bloom mudo cantaba.

Admirando.

Richie, admirando, peroraba sobre la gloriosa voz de aquel hombre. Recordaba una noche hace mucho. Jamás olvidaría aquella noche. Si cantó Fue rangoyfama: en casa de Ned Lambert fue. Dios Santo jamás él oyó nada parecido en toda su vida una nota como ésa jamás él entonces infiel habre­mos de separarnos tan clara tan oh Dios jamás él oyó ya que amor no hay en ti una voz tan fastuosa no hay en ti pregúntele a Lambert él se lo podrá contar también.

Goulding, un sonrojo forcejeando en su pálido, contaba a Mr. Bloom, rostro de la noche, Si en casa de Ned Lamben, casa Dedalus, cantó Fue rango y fama.

Él, Mr. Bloom, escuchaba mientras él, Richie Goulding, le contaba, a Mr. Bloom, de la noche que él, Richie, le oyó a él, Si Dedalus, cantar Fue rangoyfama, en la de él, en la casa de Ned Lambert.

Cuñados: parientes. Jamás nos hablamos cuando nos cru­zamos. La grieta que hunde el barco creo. Lo menosprecia. ¿Ves? Lo admira aún más. La noche que Si cantó. La voz humana, dos minúsculas cuerdas sedosas, maravillosas, más que todo lo demás.

Esa voz era un lamento. Más reposada ahora. Es en el silencio cuando sientes que oyes. Vibraciones. Ahora aire si­lencioso.

Bloom desunció las manos entrelazadas y con dedos flo­jos tiró del fino tirante de catgut. Estiró y tiró. Zumbó, re­sonó. Mientras Goulding hablaba del torrente de voz de Barraclough, mientras Tom Keman, volviendo al tema en una especie de orden retrospectivo hablaba al Padre Cowley que escuchaba, que tocaba a su aire, que asentía mientras tocaba. Mientras el gran Big Ben Dollard hablaba con Si­mon Dedalus, que encendía, que asentía mientras fumaba, que fumaba.

Tú perdida. Todas las canciones sobre ese tema. Y aún más Bloom atirantaba la cuerda. Cruel parece. Dejar que la gente se encariñe unos de otros: tentación. Luego arrancar a uno del otro. Muerte. Explos. Golpe en la cabeza. Aldiablo­deaquí. Vida humana. Dignam. ¡Uf, el rabo de aquella rata culebreando! Cinco chelines di. Corpus paradisum. Carraca croante: barriga de cachorro podrido. Se fue. Cantan. Olvi­dado. Yo también. Y algún día ella con. Dejarla: cansado. Sufrirá entonces. Llorará. Grandes ojos españolados mirando saltones a nada. Su cabellondulanteantespesoespesospesoe­soeso des peina:'o.

Y sin embargo demasiado feliz aburre. Atirantó más, más. ¿No eres feliz en tu? Resonó. Se partió.

Calesintineo entrando por Dorset Street.

Miss Douce retiró el brazo satinado, reprobador, compla­cida.

—No se tome tantas libertades, dijo, hasta que no nos co­nozcamos mejor.

George Lidwell le decía que de verdad y con franqueza: pero ella no lo creía.

El primer caballero le dijo a Mina que eso era así. Ella le preguntó si era así. Y el segundo pichel le dijo que así. Que eso era así.

Miss Douce, Miss Lydia, no creía: Miss Kennedy, Mina, no creía: George Lidwell, no: Miss Dou no: el primer, el pri­mer: señor con pich: creer, no, no: que no lo creía, Miss Kenn: Lidlydiawell: el pich.

Mejor la escribo aquí. Los cálamos en correos mordidos y deformados.

Calvo Pat a una señal se aproximó. Una pluma y tinta. Se marchó. Un secante. Se marchó. Un secante para secar los borrones. Lo oyó, el sordo Pat.

—Sí, dijo Mr. Bloom, tirando de la guita de catgut que se rizaba. Efectivamente es mejor. Unas líneas será bastante. Mi regalo. Toda esa música italiana recargada es. ¿Quién fue que escribió? Conoces el nombre comprendes mejor. Saquemos unas cuartillas de papel de carta, sobre: despreocupado. Es normal.

—El número más grandioso de toda la ópera, dijo Goulding.

—Lo es, dijo Bloom.

De números se trata. Toda la música cuando lo piensas. Dos multiplicado por dos dividido por la mitad es el doble de uno. Vibraciones: eso son los acordes. Uno más dos más seis es siete. Haces lo que quieres con cifras haciendo juegos mala­bares. Siempre encuentras que esto es igual a aquello. Simetría junto al muro de una crucería. No se da cuenta de que voy de luto. Insensible: todo para su buche. Musimatemáticas. Y te crees que estás escuchando lo etéreo. Pero supón que lo dije­ras como: Martha, siete por nueve menos x es treintaicinco mil. Menudos bemoles. Es a causa de los sonidos es por eso.

Por ejemplo ahora está tocando. Improvisando. Podría ser lo que tú quieras, hasta que oyes la letra. Hay que sostener el oído. Bien aguzado. Al principio todo bien: luego oyes acor­des un poco disonantes: te encuentras un poco perdido. Dentro y fuera de sacos, por encima de barriles, a través de alambradas, carrera de obstáculos. El ritmo configura la ar­monía. Se trata del humor en que estés. Aun así siempre es agradable oír. Excepto las escalas para arriba y para abajo, ni­ñas aprendiendo. Dos juntas vecinas de al lado. Deberían in­ventar pianos de cartón a escala para eso. Milly no tiene gus­to para la música. Raro porque nosotros dos, quiero decir. Blumenlied la compré para ella. El nombre. Tocándola despa­cio, una niña, la noche que vine a casa, la niña. La puerta de los establos cerca de Cecilia Street.

Calvo sordo Pat trajo tinta plano papel secante. Pat puso con la tinta pluma plano papel secante. Pat cogió platel pla­to cuchillo tenedor. Pat se fue.

Era el único lenguaje dijo Mr. Dedalus a Ben. Les oyó de niño en Ringabella, Crosshaven, Ringabella, cantando sus barcarolas. El puerto de Queenstown lleno de barcos italia­nos. Andando, ya sabe, Ben, a la luz de la luna con esos som­breros de paja. Combinando las voces. Dios, qué música, Ben. Oída de niño. Cross Ringabella haven lunarolas.

La agria pipa retirada sostuvo una mano a guisa de escudo junto a los labios que reclamaron una llamadanoctuma a la luz de la luna, clara desde cerca, una llamada desde lejos, res­pondiendo.

El margen abajo de su Freeman en batuta recorría de Bloom, el otro ojo, que ojeaba a ver dónde había visto yo eso. Callan, Coleman, Dignam Patrick. ¡Dingdón! ¡Ding­dón! Fawcett. ¡Ajá! Justo estaba mirando.

Espero que no esté mirando, espabilado como una rata. Sostuvo el Freeman desplegado. No se ve ahora. Recuerda es­cribir las es griegas. Bloom mojó, Bloo mur: estimado señor. Querido Henry escribió: querida Mady. Recibí tu car y flo. ¿Dónde demonios puse? Algún otr bolsi. Es completam im­pos. Subraya impos. Escribir hoy.

Aburrimiento esto. Aburrido Bloom tamborileó suave­mente con los estoy precisamente pensando dedos sobre pla­no papel secante que Pat trajo.

Sigo. Sabes a qué me refiero. No, cambia esa e. Acep mi modest regali q adjun. Pídele que no contes. Espera. Cinco a Dig. Unos dos aquí. Penique las gaviotas. Elías vuel. Siete en casa Davy Byme. Hacen unos ocho o así. Digamos media corona. Mi modesto regali: gir.post. dos chelines con seis. Es­críbeme una larga. ¿Detestas? Tintineo ¿está pi? Tan excita­do. ¿Por qué me llamas diabl? ¿Tú eres una diablilla tam­bién? Oh, Mary perdió la cinta de las. Bueno, adiós por aho­ra. Sí, sí, te contaré. Quiero. Para sujetársela. Llámame ese otro. Otro mudo escribió ella. Mi paciencia se me ago. Para sujetársela. Debes creer. Creer. El pich. Eso. Es. Verdad.

¿Qué tonterías estoy escribiendo? Los maridos no. Eso es lo que el matrimonio da, sus mujeres. Porque estoy lejos de. Supón. ¿Pero cómo? Ella debe. Mantenerse joven. Si se ente­rara ella. La tarjeta en mi sombrero de gran ca. No, no con­tarlo todo. Dolor sin sentido. Si no lo ven. Mujer. Comido yo comidos todos.

Un coche de alquiler, el número trescientos veinticuatro, cochero Barton James de Harmony Avenue, número uno, Donnybrook, en donde se acomodaba un pasajero, un ca­ballero joven, vestido a la moda con traje de estameña azu­líndigo confeccionado por George Robert Mesias, sastre y cortador, de Eden Quay número cinco, y con un canotié muy elegante, comprado en John Plasto de Great Brunswick Street, número uno, sombrerero. ¿Eh? Éste es el calesinti­neo que brincaba y tintineaba. Por los tubos brillantes de Agendath en la tocinería de Dlugacz trotaba una yegua de firmegrupa.

—¿Contestando a un anuncio? los ojos penetrantes de Richie preguntaron a Bloom.

—Sí, dijo Mr. Bloom. Viajante de plaza. Poco que rascar, me figuro.

Bloom mur: inmejorables referencias. Pero Henry escri­bió: me excitará. Ya sabes cómo. Aprisa. Henry. La e griega. Mejor añado una postdata. ¿Qué está tocando ése ahora? Im­provisando. Intermezzo. P.D. El porón pon pon. ¿Cómo me vas a cas? ¿Me vas a castigar? Falda torcida se mueve, a cada meneo. Dime quiero. Saberlo. Oh. Claro que si no no lo preguntaría. La la larí. El rastro ahí se pierde en triste menor. ¿Por qué menor triste? Firma H. Les gusta una coda triste al final. P.P.D. La la larí. Me siento tan triste hoy. Larí. Tan solo. Re.

Secó rápido en el papel secante de Pat. Sobr. Dirección. Nada más copiar del periódico. Murmuró: Messrs. Callan, Coleman y Cía., sociedad anónima. Henry escribió:

Miss Martha Clifford
Lista de Correos
Dolphn's Bam Lane
Dublín

Seca encima de lo otro para que no pueda leer. Ahí. Jus­to. Idea para premio Titbit. Algo que un detective leyó en un papel secante. A razón de guinea la col. Matcham pien­sa a menudo la bruja hilarante. Pobre Mrs. Purefoy. Q.T.C.: colgado.

Demasiado poético eso de lo triste. La música tuvo la cul­pa. La música tiene magia. Dijo Shakespeare. Citas para cada día del año. Ser o no ser. Sabiduría en ocho días.

En la rosalera de Gerard de Fetter Lane anda él, castaño­gris. Una vida es todo. Un cuerpo. Termina. Pero termínalo.

Terminado de todas formas. Giro postal, sello. Correos más abajo. Andemos ahora. Suficiente. En Barney Kieman prometí encontrarme con ellos. Enojoso ese trabajo. Casa de luto. Andemos. ¡Pat! No oye. Sordo como una tapia está.

Coche cerca de allí ahora. Habla. Habla. ¡Pat! No. Colo­cando esas servilletas. Mucho terreno tiene que cubrir al cabo del día. Le pintas una cara por detrás y entonces serían dos. Ojalá cantaran más. Me lo quitaría de la mente.

Calvo Pat que está sorderas formaba mitras con las servi­lletas. Pat es un camarero de oído duro. Pat es un camarero atendedor que está atento mientras tú atiendes. Je je je je. Jel atiende mientras tú atiendes. Je je. Camarero atento es jel. Je je je je. Jel atiende mientras atiendes. Mientras atiendes si atiendes él atenderá mientras atiendes. Je je je je. Jo. Atiende mientras atiendes.

Douce ahora. Douce. Lydia. Bronce y rosa.

Lo pasó espléndido, simplemente espléndido. Y mire qué bonita concha se trajo.

Hasta el final de la barra hasta él llevó ella ligeramente el cuemodemar erizado y codeado para que él, George Lid­well, procurador, pudiera oír.

—¡Escuche! le suplicó ella.

Bajo las ginebrardientes palabras de Tom Kernan el acompañante tejía música lentamente. Hecho auténtico. Cómo perdió Walter Bapty la voz. Pues bien, caballero, el marido lo agarró por la garganta. Bribón, le dijo, no cantará más cantos de amor. Así fue, se lo juro, Sir Tom. Bob Cow­ley tejía. Los tenores consiguen muj. Cowley se echó para atrás.

Ah, ahora lo oía, aplicándoselo ella al oído. ¡Oiga! Él oía. Maravilloso. Ella se lo aplicó al suyo. Y por entre la luz tami­zada oro pálido en contraste se escurría. Para oír.

Toc.

Bloom a través de la puerta del bar vio una concha apli­cada a sus oídos. Oyó más débilmente aquello que ellos oían, cada una sólo para sí misma, luego cada una para la otra, oyendo el salpicar de olas, fuertemente, un bramido silencioso.

Bronce junto a una oro cansada, desde cerca, desde lejos, escuchaban.

También su oído es una concha, el lóbulo que por ahí aso­ma. Ha estado en la playa. De la playa encantadoras chicas. Piel morena quemada. Debería haberse puesto crema antes para ponerse morena. Tostada con mantequilla. Ah, no hay que olvidarse de esa loción. Calenturas por la boca. La cabe­za sencillamente. El cabello trenzado por encima: concha con algas. ¿Por qué se tapan las orejas con cabello de algas? Y las turcas la boca ¿por qué? Sus ojos por encima del embo­zo. Yashmak. Buscar la entrada. Una cueva. Prohibida la en­trada salvo en horas de oficina.

El mar creen que oyen. Cantando. Un bramido. Es la san­gre. Borbollón en el oído a veces. Bueno, es un mar. Islas cor­pusculares.

Maravilloso en realidad. Tan preciso. Otra vez. George Lidwell mantenía el murmullo, oyendo: luego la puso a un lado, delicadamente.

—¿Qué dicen las olas salvajes? le preguntó a ella, sonrió. Adorable, marsonnente y norreplicante Lydia a Lidwell sonrió.

Toc.

Por la tienda de Larry O'Rourke, junto a Larry, el intrépi­do Larry O', Boylan se balanceaba y Boylan se volvía.

Desde la olvidada concha Miss Mina se escurrió hasta sus picheles atendiendo. No, no se sentía tan sola picaruelamen­te la cabeza de Miss Douce le hizo saber a Mr. Lidwell. Pa­seos a la luz de la luna junto al mar. No, no sola. ¿Con quién? Contestó noblemente: con un caballero amigo.

Los dedos cintilantes de Bob Cowley en las agudas toca­ron otra vez. El casero tiene prela. Un respiro. Long John. El gran Big Ben. Ligeramente tocó unos compases ligeros bri­llantes tintilinteantes para ágiles damas, picaruelas y sonrien­tes, y para sus galanes, caballeros amigos. Uno: uno, uno, uno, uno, uno: dos, uno, tres, cuatro.

El mar, el viento, las hojas, el trueno, las aguas, las vacas mugiendo, el mercado de ganado, los gallos, las gallinas no graznan, las serpientes sissssean. Música en todas partes. La puerta de Ruttledge: ü chirriando. No, eso es ruido. El mi­nué de Don Giovanni está tocando ahora. Trajes de gala de todas clases en los salones del castillo bailando. Miseria. Los campesinos afuera. Verdes caras famélicas comiendo hojas de romaza. Qué bien está eso. Mira: mira, mira, mira, mira, mira: míranos.

Es gozoso cómo me siento. Nunca escrito. ¿Por qué? Mi gozo es otro gozo. Pero ambos son gozos. Sí, gozo debe de ser. La mera realidad de la música demuestra que lo estás. A menudo pensé que ella tenía morriña hasta que empezaba a cantar. Entonces entiendes.

La maleta de M'Coy. Mi mujer y tu mujer. Gato que le pi­san la cola. Como cuando se rasga la seda. La lengua cuando habla como tarabilla de molino. No consiguen los intervalos de los hombres. Vacío también en sus voces. Lléname. Soy caliente, oscura, abierta. Molly en quis est homo: Mercadante. La oreja contra la pared para oír. Necesario una mujer que esté en todo.

Sacudida giga se sacudió se paró. Zapato de dandi color canela del dandi de Boylan calcetines de recuadros azulceles­tes descendieron presurosos a tierra.

¡Vaya! ¡Mira así somos! Música de cámara. Podría hacer una especie de retruécano con eso. Es una especie de música en la que pensaba a menudo cuando ella. Acústica es eso. Tintilinteando. Vasijas vacías las que más ruido hacen. Por la acústica, la resonancia cambia en la medida en que el peso del agua es conforme a la ley de la caída del agua. Como esas rapsodias de Liszt, húngaro, de ojos agitanados. Perlas. Go­tas. Lluvia. Tirilin laralara luruluru. Sisssseo. Ahora. A lo me­jor ahora. Antes.

Alguien golpeteó una puerta, alguien bordoneó con un to­que, ¿pegó a Paul de Verga con un nervudo envarado alda­bón con un capón carraconcarraconcarracón capón. Capon­capón.

Toc.

—Qui sdegno, Ben, dijo el Padre Cowley.

—No, Ben, interfirió Tom Keman. El zagal rebelde. Nues­tra jerga natal.

—Sí, por favor, Ben, dijo Mr. Dedalus. Hombres buenos y honrados.

—Por favor, por favor, suplicaron todos a una.

Me voy. Tenga, Pat, vuelva. Venga. Vino, vino, no se que­dó. A mí. ¿Cuánto?

——¿Qué clave? ¿La de seis sostenidos?

—Fa sostenido mayor, dijo Ben Dollard.

Las garras abiertas de Bob Cowley agarraron los negros hondosonantes acordes.

Tengo que irme Bloom príncipe dijo a príncipe Richie. No, dijo Richie. Sí, debo. Un dinero que pilló. Se va de jara­na de las de notemenees. ¿Cuánto? Él veoye hablalabios. Un chelín con nueve. Penique para ti. Tenga. Dale dos peniques de propina. Sordo, sorderas. Pero quizás tenga mujer e hijos esperando, esperando que Patty vuelva a casa. Je je je je. El sordo atiende mientras esperan.

Pero atiende. Pero oye. Oscuros acordes. Lúgugugubres. Profundo. En una cueva del tenebroso corazón de la tierra. Mena taraceada. Puñado de nudomúsica.

La voz de la edad de las tinieblas, del desamor, la fatiga de la tierra se acercaba oscura y dolorida, venida de lejos, des­de montañas vetustas, llamó a hombres buenos y honrados. Al sacerdote buscó. Con él hablaría unas palabras.

Toc.

La voz de Ben Dollard. Bajete Barrilete. Haciendo lo im­posible por decirlo. Croar de vastas marismas despobladas de hombres de lunas de luneres. Otra caída. Abastecedor de buques gran negocio que hizo entonces. Recordar: cordeles resinosos, faroles de barcos. Quebró por la friolera de diez mil libras. Ahora está en el asilo Iveagh. Cubículo número tal. La cerveza Bass tuvo la culpa.

El sacerdote está en casa. El sirviente de un falso sacerdo­te le dio la bienvenida. Pase. El santo padre. Con reverencias un sirviente traidor. Acordes de aspergios encrespados.

Arruínalos. Destroza sus vidas. Luego constrúyeles cubícu­los donde terminen sus días. Duérmete. Nana nanita. Mue­re, perro. Perrito, muere.

La voz de apercibimiento, de solemne apercibimiento, les habló del joven que había entrado en una mansión solitaria, les habló de cuán solemnes se oían sus pisadas allá, les habló de la estancia sombría, del sacerdote revestido sentado para confesar.

Alma cándida. Algo huera ahora. Piensa ganar en Answers, crucigrama con figuras de poetas. Le entregamos un crujien­te billete de cinco libras. Pájaro posado empollando en un nido. El canto del último ministrer pensó que era. Ge es­pacio te ¿qué animal doméstico? Eme raya erre masa grande de agua. Buena voz tiene aún. Nada de eunuco toda­vía en posesión de todos sus atributos.

Escucha. Bloom escuchaba. Richie Goulding escuchaba. Y junto a la puerta sordo Pat, calvo Pat, Pat pingado, escu­chaba.

Los acordes punteaban más lentamente.

La voz de penitencia y pesar llegaba lenta, embellecida, trémula. La barba contrita de Ben se confesaba. In nomine Domim, en el nombre de Dios se arrodilló. Con la mano se dio golpes de pecho, confesándose: mea culpa.

Latín de nuevo. Eso los atrapa como el ajonje. Sacerdote con el corpus de comunión para aquellas mujeres. Individuo aquel en el mortuorio, café o coffey, corpusnomine. A saber dónde estará la rata ahora. Escarba.

Toc.

Escuchaban. Picheles y Miss Kennedy. George Lidwell, párpado palpante, raso bustoabultado. Keman. Si.

La voz suspirante de dolor cantaba. Sus pecados. Desde la Pascua había dicho palabrotas tres veces. Hijo de la gran pu. Y una vez a la hora de la misa se había ido a jugar. Una vez por el cementerio había pasado y por el alma de su madre no había rezado. Un zagal. Un rebelde zagal.

Bronce, escuchando, junto al tirador de cerveza la mirada perdida en la distancia. Entemecida. Ni medio se entera de que estoy. Molly es un lince para ver a quienquiera que mire.

Bronce la mirada perdida a un lado. Espejo ahí. ¿Es ése su lado bueno de la cara? Siempre lo saben. Toque en la puer­ta. Último retoque para emperifollarse.

Caponcarraconcarracón.

¿Qué pensarán cuando oyen música? Forma de coger ser­pientes de cascabel. La noche en que Michael Gunn nos dio el palco. Afinando. Al sha de Persia es lo que más le gustaba. Le recordaría al hogar dulce hogar. Se sonó la nariz con la cortina además. Costumbre en su país quizá. Eso es música también. No es tan malo como suena. Flauteando. Los me­tales rebuznando como asnos trompas en alto. Contrabajos desvalidos, caños en los costados. Instrumentos de viento de madera vacas mugiendo. Piano de media cola abierto coco­drilo la música tiene sus fauces. Vientomadera como el nom­bre de Goodwin ventoleras.

Estaba guapa. El vestido azafrán que llevaba escotado, los atributos al aire. De clavo era su aliento siempre en el teatro cuando se inclinaba para hacer una pregunta. Le conté lo que dice Spinoza en ese libro del pobre papá. Hipnotizada, escuchando. Ojos como platos. Se inclinaba. Aquel indivi­duo del entresuelo comiéndosela con la mirada desde arriba con los gemelos sin miramientos. La belleza de la música hay que escucharla dos veces. La mujer al natural media mirada. Dios hizo el paisaje el hombre el paisanaje. Meten si acaso. Filosofia. ¡Bah! ¡Chorradas!

Todos se fueron. Los caídos. En el cerco de Ross su pa­dre, en Gorey todos sus hermanos cayeron. A Wexford, so­mos los chicos de Wexford, iría. El último de su estirpe y nombre.

Yo también. Último de mi estirpe. Milly joven estudiante. Bueno, mi culpa quizá. Ningún hijo. Rudy. Demasiado tar­de ya. ¿O si no? ¿Si no? ¿Si aún?

No guardaba odio alguno.

Odio. Amor. Son palabras. Rudy. Ya pronto seré viejo.

El gran Big Ben la voz revelaba. Gran voz dijo Richie Goulding, un rubor forcejeando en el pálido, a Bloom pron­to viejo. Pero ¿cuándo fue joven?

Ahora viene Irlanda. Mi país antes que el rey. Ella escu­cha. ¿Quién teme hablar sobre mil novecientos cuatro? Hora de largarse. Ya he visto bastante.

Déme su bendición, padre, exclamó Dollard rebelde. Déme su bendicióny déjeme ir.

Toc.

Bloom miró, malaventurado para irse. Al acecho para fas­cinar: con dieciocho chelines a la semana. Los tíos pagan la manteca. Hay que estar al tanto. Esas chicas, esas encantado­ras. Junto a las tristes olas del mar. Romance de consta. Car­tas leídas en público por incumplimiento de promesa. De la Mamaíta de Nenito. Risa en la sala. Henry. Yo no lo he fir­mado. El nombre tan encantador que.

Amainaba la música, melodía y letra. Luego se avivó. El falso sacerdote saliendo disparado como soldado de la sota­na. Un capitán de caballería. Se lo saben todo de memoria. La emoción que les consume. De caballería capit.

Toc. Toc.

Emocionada escuchaba, inclinándose con interés para oír. Cara en blanco. Virgen se diría: o palpada si acaso. Escribe algo sobre eso: una página. Si no ¿qué ocurre con ellas? Decadencia, desesperación. Las mantiene jóvenes. Incluso se admiran a sí mismas. Mira. Tócala. Boquita de piñón. Cuer­po de mujer blanca, una flauta viva. Sopla suave. Fuerte. Tres agujeros, todas las mujeres. Diosa no se lo vi. Lo están de­seando. No demasiado cortés. Por eso él las consigue. De oro el bolsillo lleno, de metal duro la cara. Di algo. Haz que oiga. Mirada a mirada. Canciones sin letras. Molly, aquel chico del organillo. Ella sabía que lo que él quería decir era que el mono estaba enfermo. O porque de aspecto tan español. En­tiende a los animales también de esa forma. Salomón tam­bién. Don de la naturaleza.

Ventrílocuo. Los labios cerrados. Pensar con el estóm. ¿Qué?

¿Querrás? ¿Tú? Yo. Quiero. Que. Tú.

Con ronca furia cruda el de caballería maldijo, inflándose en apoplético hijo de la gran puta. Un buen pensamiento, muchacho, llegará. Una hora tienes de vida, la última. Toc. Toc.

Emoción ahora. Sienten compasión. Para enjugar una lá­grima por mártires que quieren, que mueren por, morir. Por todas las cosas que mueren, por todas las cosas que na­cen. Pobre Mrs. Purefoy. Espero haya acabado. Porque sus entrañas.

Ojo líquido de entrañas de mujer miraba con mirada per­dida bajo una valla de pestañas, calmosamente, oyendo. Se ve la verdadera belleza del ojo cuando no habla ella. Allá en aquel río lejano. A cada lenta oleada del pecho satinado es­tremecedor (sus estremecedoras redonde) rosa roja roseaba lentamente se hundía roja rosa. Latidos: su aliento: aliento que es vida. Y todas las minúsculas minúsculas hojuelasdehe­lechos temblaron de hebras venusianas.

Pero mira. Las brillantes estrellas se disipan. ¡Oh rosa! Cas­tilla. El alba.

Ca. Lidwell. Para él entonces no para. Encaprichado. ¿Yo así? Verla desde aquí sin embargo. Tapones descorchados, salpicaduras de espuma de cerveza, montones de vasos su­cios.

Sobre el liso tirador saliente se apoyaba la mano de Lydia, ligeramente, oronda, a ver cómo resulta. Perdidamente ape­nada por el rebelde. Para allá, para acá: acá, allá: en el pulido pomo (conoce los ojos de él, los míos, los de ella) el pulgar y el dedo pasaban apenados: pasaban, reposaban y, delicada­mente tocando, luego se deslizaban blandamente, lentamen­te para abajo, una fresca firme batuta de esmalte blanco pro­tuberante por el anillo deslizante.

Con un capón con un carracon.

Toc. Toc. Toc.

Yo defiendo esta casa. Amén. Rechinó con furia. Colgad a los traidores.

Los acordes consintieron. Algo muy triste. Pero tuvo que ser.

Salgamos antes del final. Gracias, fue divino. Dónde ten­go el sombrero. Pasa junto a ella. Puedo dejar el Freeman. La carta la tengo. ¿Supón que fuera ella la? No. Anda, anda, anda. Como Cashel Boylo Connoro Coylo Tisdall Maunce Notisdall Farrell. Aaaaaaanda.

Bueno, tengo que. ¿Se va? Smestbcpó. Blmontó. Sobre el azul añil del centenal. Ay. Bloom se levantó. El jabón algo pe­gajoso detrás. Debo de haber sudado: la música. Esa loción, recuerda. Bueno, hasta luego. De gran ca. Tarjeta dentro. Sí.

Por el sordo de Pat en la entrada aguzando el oído Bloom pasó.

En el cuartel de Ginebra murió aquel joven. En Passage el cuerpo reposa. ¡Dolor! ¡Oh! ¡Él dolores! La voz del cantor gemebundo llamó a oración dolorosa.

Por rosa, por pecho satinado, por la mano acanciante, por posos, por vasos sucios, por tapones descorchados, saludan­do al salir, pasados ojos y hebras venusianas de tabaco, bron­ce y oro tenue en hondasombramanna, se fue Bloom, dulce Bloom, me siento tan solo Bloom.

Toc. Toc. Toc.

Rogad por él, rogaba el bajo de Dollard. Vosotros que oís en paz. Musitad una oración, derramad una lágrima, hom­bres buenos, gente honrada. El fue el rebelde zagal.

Asustando al botones indiscreto el botones rebelde Bloom en el vestíbulo del Ormond oyó los gruñidos y bramidos de bravo, palmotadas en espaldas, sus botas todas pisoteando, las botas no el botones. Todos a coro vamos a echar un tra­go para mojarlo. Me alegro de haberlo evitado.

—Venga, Ben, exclamó Simon Dedalus. Dios santo, está usted como nunca.

—Mejor, dijo Tomgin Keman. La interpretación más vigo­rosa de esa balada, por lo que más quiera que se lo digo yo.

—Lablache, dijo el Padre Cowley.

Ben Dollard cachuchó voluminosamente hacia el bar, po­derosamente alimentado de alabanzas y todo grande rosá­ceo, sobre pies torpes, los dedos gotosos crujiendo castañue­las al aire.

Gran Big Benaben Dollard. Gran Big Beriberi. Gran Big Beriberi.

Rrr.

Y todos profundoconmovidos, Simon proclamando a los cuatro vientos compasión desde su nariz entrapada, todos riendo lo empujaron para delante, Ben Dollard, de muy buen humor.

—Tiene usted un color buenísimo, dijo George Lidwell. Miss Douce se compuso su rosa para atender.

—Ben machree, dijo Mr. Dedalus, dándole a Ben una pal­mada en la gruesa paletilla. Está usted hecho un chaval sólo que tiene un montón de tejido adiposo oculto por ahí en su persona.

Rrrrrrrsss.

—Grasa de muerte, Simon, gruñó Ben Dollard.

Richie grieta que hunde el barco solitario estaba sentado: Goulding, Collis, Ward. Inseguro atendía. Pat impagado también.

Toc. Toc. Toc. Toc.

Miss Mina Kennedy acercó los labios al oído de pichel nú­mero uno.

—Mr. Dollard, murmuraron quedamente.

—Dollard, murmuró pichel.

Pich número uno creía: Miss Kenn cuando ella: que doll era él: ella doll: el pich.

Murmuró que conocía el nombre. Le era familiar el nom­bre, es decir. Lo que era decir que había oído el nombre de. Dollard ¿no era eso? Dollard, sí.

Sí, dijeron sus labios más fuertemente, Mr. Dollard. Cantó esa canción estupendamente, murmuró Mina. Mr. Dollard. Y La última rosa del verano era una canción estupenda. Mina adoraba esa canción. Pichel adoraba la canción que Mina.

Última rosa del verano dollard se alejó bloom sintió vien­tos envolviéndole por dentro.

Los gases que da esa sidra: estriñe también. Espera. Estafe­ta de correos cerca de Reuben J. un chelín y ocho peniques de más. Deshagámonos de ello. Escabullámonos por Greek Street. Ojalá no hubiera prometido verme con. Más libre al aire. Música. Te pone enfermo. Tirador de cerveza. Su mano que mece la cuna gobierna el. Ben Howth. Eso es lo que go­bierna el mundo.

Lejos. Lejos. Lejos. Lejos.

Toc. Toc. Toc. Toc.

Muelle arriba iba Lionelleopold, el travieso Henry con car­ta para Mady, con delicias del pecado con puntillas para Raoul para meten si acaso seguía Poldy adelante.

Toc el ciego caminaba bordoneando con el toc el bordillo bordoneando, toc a toc.

Cowley, se queda embobado con eso: especie de borra­chera. Mejor dejarse ir sólo a medias al modo de un hombre con doncella. Ejemplo locos por la música. Todo oídos. No se pierden una semifusa. Ojos cerrados. Con la cabeza lle­vando el ritmo. Chiflados. No te atreves ni a respirar. Pensar terminantemente prohibido. Siempre hablando de lo mis­mo. Perdiendo el tiempo con músicas celestiales.

Todo ello para intentar pegar la hebra. Desagradable cuan­do se para porque nunca sabes exac. El órgano en Gardiner Street. El viejo Glynn cincuenta libras al año. Raro allá en lo alto en el trifono, solo, con registros y bocarones y teclas. Sentado todo el día al órgano. Repasando durante horas, ha­blando consigo mismo o el fulano soplando a los fuelles. Gruñe enfadado, luego un grito maldiciendo (necesita po­nerse guata o algo en su no no lo haga exclamó ella), luego de un suave repentino chiquitín chiquitino chiquitín viente­cillo ventolín.

¡Chili! Un vientecillo chiquitín venteó iii. En el chiquitín chiquitino de Bloom.

—¿Era ése? dijo Mr. Dedalus volviendo con la pipa traí­da. Estuve con él esta mañana en lo del pobrecillo de Paddy Dignam ...

—Sí, el Señor se apiade de él.

—Por cierto hay un diapasón ahí dentro en el ...

Toc. Toc. Toc. Toc.

—La mujer tiene muy buena voz. O tenía. ¿Eh? preguntó Lidwell.

—Ah, tiene que ser el afinador, dijo Lydia a Simonlionel por primera vez vi, lo olvidó cuando vino.

Ciego era le dijo ella a George Lidwell por segunda vez vi. Y tocaba tan exquisitamente, un placer oír. Contraste exqui­sito: broncelid, minaoro.

—¡Griten! gritó Ben Dollard, vertiendo. ¡Canten fuerte!

—¡ficiente! exclamó el Padre Cowley.

Rrrrrr.

Creo que voy a ....

Toc. Toc. Toc. Toc. Toc.

—Muy bien, dijo Mr. Dedalus, la mirada clavada en una sardina descabezada.

Bajo la campana de los bocadillos yacía sobre unas andas de pan una última, una solitaria, última sardina del verano. Bloom solo.

—Muy bien, la mirada fija. El registro más bajo, estaría mejor.

Toc. Toc. Toc. Toc. Toc. Toc. Toc. Toc.

Bloom pasó por la sastrería Barry. Ojalá pudiera. Espera. Si tuviera ese curalotodo. Veinticuatro procuradores en esa sola casa. Los conté. Litigio. Amaos los unos a los otros. Pi­las de folios. Messrs. Carter y Stas tienen poderes notariales. Goulding, Collis, Ward.

Pero por ejemplo el tipo que aporrea el bombo. Su voca­ción: la banda de Mickey Rooney. A saber cómo le dio por ahí. Sentado en casa después de comer carrillada de cerdo con coles dándole vueltas al asunto en la butaca. Ensayando su parte en la banda. Pon. Poropón. Muy divertido para la mujer. Pieles de asnos. Dándoles tunda toda la vida, y luego aporreados después de muertos. Pon. Aporreo. Parece ser lo que llaman yashmak o mejor dicho kismet. El destino.

Toc. Toc. Un mozalbete, ciego, con un bastón bordo­neante venía toctoctoqueteando por delante del escaparate de Daly donde una sirena el cabello todo flotante (pero él no veía) soplaba bocanadas de una sirena (el ciego no podía), si­rena, la bocanada más fresca.

Instrumentos. Una brizna de hierba, la concha de sus ma­nos, luego sopla. Incluso con peine y papel manila puedes hacer música. Molly en camisa en Lombard Street West, pelo suelto. Supongo que cada oficio tiene la suya propia ¿ves? Cazador con un cuerno. Pi. ¿Está pi? Cloche. Sonnez la. Pastor con su flauta. Chii chiquitino chiquitín. Policía con un silbato. ¡Bocarones y teclas! ¡Shollinadooor! ¡Las cuatro en punto y sereno! ¡Duerme! Ya todo está perdido. ¿Tam­bor? Poropón. Espera. Ya sé. Pregonero, porquerón. Long John. Despertar a los muertos. Pon. Dignam. Pobrecillo no­minedomine. Pon. Es música. Quiero decir claro está que todo es pon pon pon muy lo que llaman da capo: Aun así se pue­de oír. Según caminamos, caminamos, caminamos. Pon.

Tengo realmente que. Fff. Y si lo hiciera en un banquete. Es sólo cosa de costumbres el shah de Persia. Musitad una oración, derramad un lagrimón. De todas formas tenía que ser poco espabilado para no ver que era un capitán de caba­lle. Embozado. A saber quién sería aquel tipo junto a la se­pultura con la gabar marrón. ¡Ay, la puta del callejón!

Una puta asquerosa con sombrero marinero de paja negro torcido salía vidriosamente a la luz del día por el muelle ha­cia Mr. Bloom. ¿Cuándo por primera vez vio esa forma que­rida? Sí que es. Me siento tan solo. La noche mojada en el ca­llejón. Pica. ¿Quién está? Picooon loviooo. No es por aquí donde hace la calle. ¿Qué está? Espero que. ¡Shsss! Alguna probabilidad de que te saque los trapos suci. Conocía a Molly. Me tenía equipado. La señora gruesa que siempre te­níamos encima la del traje marrón. No sabes qué hacer, eso. Encuentro que acordamos sabiendo que jamás, bueno que dificilmente alguna vez. Demasiado caro demasiado cerca del hogar dulce hogar. Me ve ¿no? Está de espanto de día. Cara de mojete. Maldita sea. Bueno, bueno, tendrá que vivir como hacemos los demás. Miremos aquí dentro.

En el escaparate de la tienda de antigüedades de Lionel Mark el arrogante Henry Lionel Leopold querido Henry Flower en serio Mr. Leopold Bloom enfocó estropeadas gaitas agu­sanadas rezumantes de fuelles con velas. De ocasión: seis pa­vos. Podría aprender a tocar. Barato. Dejémosla pasar. Claro que todo es caro si no lo necesitas. Eso es ser un buen ven­dedor. Te hace comprar lo que él quiere vender. El fulano que me vendió la navaja sueca con la que me afeitó. Hasta quiso cobrarme por el afilado que le dio. Está pasando aho­ra. Seis chelines.

Debe de ser la sidra o quizás el borgoñ.

Cerca de bronce desde cerca cerca de oro desde lejos en­trechocaron los vasos tintinantes todos, ojosbrillantes y galanes, ante tentadora última rosa de verano de bronce Lydia, rosa de Castilla. Primero Lid, De, Cow, Ker, Doll, un quin­to: Lidwell, Si Dedalus, Bob Cowley, Kernan y el gran Big Ben Dollard.

Toc. Un joven entró en el solitario vestíbulo del Ormond. Bloom miraba un héroe galán retratado en el escaparate de Lionel Mark. Las últimas palabras de Robert Emmet. Sie­te últimas palabras. De Meyerbeer es.

—Hombres honrados como vosotros.

—Sí, sí, Ben.

—Brindarán con nosotros. Brindaron.

Chin. Chan.

Tic. Un mozalbete novidente estaba en la puerta. Vio no a bronce. Vio no a oro. Ni a Ben ni a Bob ni a Tom ni a Si ni a George ni a pich ni a Richie ni a Pat. Je je je je. Jel no veía quién había.

Pontobloom, pringobloom miraba las últimas palabras. Sua­vemente. Cuando mi país tome su lugar entre.

Prrpn.

Debe de ser el bor.

¡Fff! Uu. Rrpr.

Las naciones del mundo. Nadie detrás. Ya ha pasado. Enton­cesy no hasta entonces. El tranvía cran cran cran. Buena opor. Ya viene. Craandancrancrán. Seguro que es el borgoñ. Sí. Uno, dos. Que mi epitafio se. Craaaaaa. Escriba. He.

Pprrpffrrppffff.

Terminado.

12. El Cíclope

ESTABA yo matando el tiempo con el viejo Troy el de la Policía Metropolitana de Dublín por ahí por la esqui­na de Arbour Hill cuando me cago en la mar un jodi­do deshollinador que pasaba casi me mete los bártulos en el ojo. Me volví para que oyera lo que tenía que oír cuando a quién me veo escabulléndose por Stony Batter sino al mismí­simo Joe Hynes.

—Hombre, Joe, le digo yo. ¿Cómo andas? ¿Has visto a ese jodido limpiachimeneas que casi me salta un ojo con el cepillo?

—El hollín da suerte, dice Joe. ¿Quién es el huevones ése con el que estabas hablando?

—El viejo Troy, le digo yo, que estaba en el cuerpo. Estoy que no sé si detener a ese tío por obstrucción de la vía públi­ca con sus escobas y escaleras.

—¿Y qué haces tú por estos andurriales? dice Joe.

—No mucho, le digo yo. Un jodido pillo ladrón de cuida­do anda suelto por el otro lado de la iglesia del cuartel en la esquina de Chicken Lane — el viejo Troy me acaba de dar el soplo — que se ha largado con a saber qué cantidad de té y azúcar a pagar a tres chelines por semana dijo que tenía unas tierras por County Down de un tal retaco que responde al nombre de Moisés Herzog por ahí cerca de Heytersbury Street.

—¿Circunciso? dice Joe.

—Aahá, le digo yo. Un poco tocado de arriba. Un viejo plomero que llaman Geraghty. Lo llevo amargando va para dos semanas y no le saco ni un penique.

—¿En eso andas metido ahora? dice Joe.

—Aahá, le digo yo. ¡En lo que acaban los poderosos! Re­caudador de deudas incobrables y morosos. Pero ése es el más conocido jodido bandido que te hayas encontrado en tu vida y con más picaduras de viruela en la cara que estrellas en el cielo. Dígale, dice él, que me planto, dice él, que me replanto en mi terreno a ver si le vuelve a mandar a usted aquí otra vez y si se atreve, dice él, le voy a llevar a los tribunales, como le digo, por vender sin licencia. Y después de inflarse a reventar. Recoñg me tuve que reír con ese enano de judío hecho una fiera. El beber a mí mi té. Él comer a mí mi azúcar. ¿Porque él no pagar a mí mi dinero?

Por mercancías no perecederas compradas a Moisés Herzog, con domicilio en Saint Kevin's Parade, 13, en la ciudad de Dublín, distrito de Wood Quay, comerciante, en lo suce­sivo denominado el vendedor, y enajenadas y suministradas al señor don Michael E. Geraghty, con domicilio en Arbour Hill, 29, en la ciudad de Dublín, distrito de Arran Quay, pro­pietano, en lo sucesivo denominado el comprador, a saber, cinco libras en medida legal de té de calidad superior a tres chelines y cero peniques por libra en medida legal y tres pe­sos en medida legal de azúcar, blanquilla, a tres peniques la li­bra en medida legal, el susodicho comprador deudor del su­sodicho vendedor de una libra cinco chelines y seis peniques en moneda legal por los productos recibidos cuyo importe será compensado por el susodicho comprador al susodicho vendedor en vencimientos semanales cada siete días naturales a razón de tres chelines cero peniques en moneda legal: y las susodichas mercancías no perecederas no podrán ser empeña­das ni pignoradas ni vendidas ni en modo alguno traspasadas por el susodicho comprador antes bien habrán de ser y per­manecer y ser consideradas como de la única y exclusiva pro­piedad del susodicho vendedor para ser liquidadas a su mejor conveniencia e interés hasta que el susodicho importe haya sido debidamente satisfecho por el susodicho comprador al susodicho vendedor en el modo que queda enunciado por la presente en que se acuerda entre el susodicho vendedor, sus herederos, sucesores, fideicomisarios y asignatarios por una de las partes y el susodicho comprador, sus herederos, suceso­res, fideicomisarios y asignatarios por la otra parte.

—¿Eres abstemio total? dice Joe.

—No tomo nada entre bebidas, le digo yo.

—¿Y qué pasaría si le presentamos nuestros respetos a nuestro amigo? dice Joe.

—¿Quién? le digo yo. Ya, pero si es el que anda grillao en el asilo John of God, pobrecillo.

—¿Por beber sus propios mejunjes? dice Joe.

—Sí, le digo yo. Güisqui con agua en la sesera.

—Vámonos a Bamey Kieman, dice Joe. Quiero ver al pai­sano.

—Al Bamey el mavourneen, le digo yo. ¿Algo nuevo o es­pecial, Joe?

—Ni pío, dice Joe. Estuve en esa reunión del City Arms.

De qué iba, Joe? le digo yo.

—Tratantes de ganado, dice Joe, por lo de la fiebre aftosa. Quiero referirle al paisano algo de lo que allí se estuvo co­ciendo.

De modo que nos fuimos por cerca del cuartel de Linen­hall y por la espalda del juzgado platicando de una cosa y otra. Buena persona ese Joe cuando tiene pasta, pero, ya ves, nunca la tiene. Recoño, que no salía de mi asombro con lo del jodido pillo de Geraghty, bandido a pleno día. Por ven­der sin licencia, que dice él.

Por Inisfail la bella se extienden unas tierras, la tierra del ve­nerado Michán. Allí se levanta una atalaya visible por los hombres en la lejanía. Allí duermen los restos de los podero­sos como en vida durmieron, guerreros y príncipes de alto re­nombre. Una tierra deleitosa en verdad de aguas murmuran­tes, de arroyos henchidos de peces donde saltan la trilla, la platija, el rubio, el halibut, el abadejo ganchudo, el murgón, el gallo, el rodaballo, la acedía, el romero, y la mezcla ordina­ria de peces habitual y otros habitantes del reino acuático de­masiado numerosos para ser enumerados. Con la tibia brisa del oeste y la del este los encumbrados árboles ondean en di­ferentes direcciones su inestimable follaje, el oloroso sicómo­ro, el cedro del Líbano, el cimero plátano, el eugenésico eu­calipto y otros ornamentos del mundo arbóreo con los que aquella comarca está tan copiosamente bien suplida. Encan­tadoras doncellas se sientan en vecina proximidad a las raíces de los encantadores árboles cantando las más encantadoras canciones mientras juguetean con toda clase de encantadores objetos como por ejemplo lingotes de oro, pececillos argén­teos, cestas de arenques, contingentes de anguilas, bacalaos pequeños, nasas de salmoncillos, purpúreas gemas marinas e insectos retozones. Y los héroes se aventuran desde muy le­jos para seducirlas, desde Eblana a Slievemargy, los príncipes sin par de la indómita Munster y de Connacht los intacha­bles y de la sedosa aterciopelada Leinster y de la tierra de Cruachan y de la espléndida Armagh y del noble distrito de Boyle, príncipes, los hijos de reyes.

Y allí se levanta un radiante palacio cuyo tejado de cristal o rutilante es contemplado por los hombres de mar que surcan el ancho océano en naves construidas expresamente con esa intención, y hasta allá llegan los rebaños y cebones y los pri­meros frutos de aquella tierra porque O'Connell Fitzsimon recibe tributos de ellas, caudillo descendiente de caudillos. Hasta allá los inmensos colosales carromatos transportan la abundancia de los campos, seras de coliflores, carradas de es­pinacas, rodajas de piñas, alubias de Rangún, carretadas de tomates, bateas de higos, hileras de nabos, patatas esféricas y lotes de bretón irisado, de York y de Saboya, y cajas de cebo­llas, perlas de la tierra, y canastillas de champiñones y cremo­sos calabacines y gordas arvejas y cebada y colza y rojas ver­des amarillas marrones rojizas dulces gruesas agrias maduras manzanas a pintas y canastitos de fresas y cestadas de uva­espina, pulposas y vellosas, y fresas dignas de príncipes y frambuesas en sus ramas.

Que me planto, como dice él, y me replanto. ¡Vamos, anda, Geraghty, conocido bandido maricón y bribón!

Y por aquel camino dirigían sus pasos innumerables reba­ños de julos clannados y ovejas de cría y cameros esquilados y corderos y gansos silvestres y novillos medio cebados y ye­guas alborotadoras y temeras descornadas y ganado de pelo largo y ovejas de reserva y los rozagantes novillos cebados de Cuffe y animales de engorde y marranos capados y cochinos de matanza y las distintas y diferentes variedades de ganado porcino en alto grado distinguido y vaquillas de Angus y to­ros descornadas de pura raza yunto con vacas lecheras y toros premiados en concursos: y continuamente se oye un ruido de pisadas, un cacareo, alboroto, mugido, balido, bramido, es­truendo, rezongo, mordisqueo, un rumiar, de ovejas y cerdos y ganado de cansinas pezuñas desde los pastizales de Lusk y Rush y Carrickmines y desde las torrenteras de los valles de Thomond, desde las cimas del M'Gillicuddy el inaccesible y desde el señorial Shannon el insondable, y desde los suaves declives del terruño de la raza de Kiar, las ubres dilatadas por la superabundancia de leche y cubetas de manteca y cuajadas de queso y tinacos de granja y faldillas y pescuezos de corde­ro y celemines de grano y huevos oblongos a cientos, de va­rios tamaños, el ágata junto con el pardo.

De modo que nos metimos en la taberna de Bamey Kiernan y, cómo no, allí estaba el paisano en un rincón en animado palique consigo mismo y ese jodido chucho ro­ñoso, Garryowen, esperando a que le cayera del cielo algo de beber.

—Ahí lo tienes, le digo yo, en su cuchitril, con su tazón lleno y su buena carga de papel, trabajando por la causa.

El jodido chucho soltó un bufido como para meterle a uno el susto en el cuerpo. Sería una obra de misericordia cor­poral que alguien le arrancara la vida a ese jodido perro. Me han asegurado de buena tinta que se comió parte de los pan­talones de un guardia en Santry que llegó con un requen­miento por licencia.

—La bolsa o la vida, dice él.

—Está bien, paisano, dice Joe. Somos amigos.

—Pasad, amigos, dice él.

Entonces se refriega la mano en el ojo y dice él:

—¿Qué os parece como están estos tiempos?

Haciéndose el buen ladrón y el buen bandolero que se tira al monte. Pero, la hostia, Joe estaba en forma.

—Según creo el mercado está en alza, dice él, deslizando la mano por la entrepierna.

De modo que la hostia el paisano se da un manotazo con la zarpa en la rodilla y dice:

—Las guerras en el extranjero han empezado esto.

Y dice Joe, metiéndose el dedo gordo en el bolsillo:

—Es que los rusos están por tiranizar.

—Para joderse, déjate de estupideces, Joe, le digo yo. Ten­go una sed encima que no la doy ni por media corona.

—Tú hablas, paisano, dice Joe.

—De lo que da la tierra, dice él.

—Y tú ¿qué? dice Joe.

—Ídem de ídem, le digo yo.

—Tres pintas, Terry, dice Joe. Y ¿cómo te anda ese viejo corazón, paisano? dice él.

—Nunca mejor, a chara, dice. ¿Qué, Garry? ¿Vamos a ga­nar? ¿Eh?

Y a esto que agarra al jodido viejo cuzco por el pellejo del pescuezo y, recoño, que casi lo estrangula.

La figura sentada en una gigantesca roca al pie de una to­rre circular era la de un héroe de hombros—anchos pecho­prominente miembros—fornidos mirada—franca pelo—rojo pró­digo—en—pecas barba—cerrada boca—espléndida nariz—grande cabeza—apepinada voz—profunda rodillas—desnudas manos­membrudas piernas—peludas rostro—rubicundo brazos—nervu­dos. De hombro a hombro medía varias varas y sus rodillas montañosas peñascosas estaban cubiertas, como del mismo modo lo estaba el resto de su cuerpo por donde quiera que fuera visible, por una tenaz masa de pelo leonado espinoso en tinte y firmeza semejante a la aulaga (Ulex Europeus). Las amplias ventanas de la nariz, desde las cuales emanaban ve­llos del mismo tinte leonado, eran de tal amplitud que den­tro de su oscuridad cavernosa las aguzanieves podrían muy bien haber colocado sus nidos. Los ojos en que lágrima y sonrisa contendían perennemente por la supremacía tenían el tamaño de una coliflor de buen calibre. Una corriente po­derosa de aliento cálido salía a intervalos regulares desde la cavidad profunda de su boca mientras que en resonancia rít­mica las vigorosas percusiones sonoras y robustas de su excel­so corazón tronaban estruendosamente provocando en el suelo, en la cúspide de la torre altanera y en los aún más al­taneros muros de la gruta una vibración y un temblor.

Llevaba largos ropajes sin mangas de piel de toro ha poco desollado que le alcanzaban las rodillas en holgada kilt y ésta iba sujeta hacia su mitad con un cinturón de paja y juncos trenzados. Debajo llevaba calzones de piel de ciervo, cosidos burdamente con tripa. Sus extremidades inferiores estaban embutidas en borceguíes altos de Balbriggan pigmentados en púrpura de liquen, los pies cubiertos con botos de piel de vaca macerada en sal atados con tráqueas de la misma bestia. De su cinturón le colgaba una ristra de piedras marinas que cascabe­leaban a cada movimiento de su portentosa figura yen ellas estaban talladas con rudo aunque admirable arte las efigies tri­bales de muchos héroes y heroínas irlandeses de la antigüe­dad, Cuchulin, Conn el de las cien batallas, Niall el de los nueve rehenes, Brian de Kincora, el gran rey Malachi, Art MacMurragh, Shane O'Nefl, el Padre John Murphy, Owen Roe, Patrick Sarsfield, Red Hugh O'Donnell, Red Jim Mac­Dennott, el Sacerdote Eoghan O'Growney, Michael Dwyer, Francy Higgins, Henry Joy M'Cracken, Goliat, Horace Wheatley, Thomas Conneff, Peg Woffington, el Herrero del Pueblo, el Capitán Clarodeluna, el Capitán Boicot, Dante Alighien, Cristóbal Colón, San Fursa, San Brendano, Marshal MacMahon, Carlomagno, Theobald Wolfe Tone, la Madre de los Macabeos, el último de los Mohicanos, la Rosa de Cas­tilla, el Hombre para todo, El Hombre que arruinó la banca en Montecarlo, El Héroe de la Portería, La Mujer que no qui­so, Benjamin Franklin, Napoleón Bonaparte, John L. Sullivan, Cleopatra, Savoumeen Deelish, Julio César, Paracelso, Sir Thomas Lipton, Guillermo Tell, Miguel Ángel Hayes, Mahoma, la Novia de Lammermoor, Pedro el ermitaño, Pedro el empaquetador, Rosaleen la Tostada, Patrick W. Shakespeare, Brian Confucio, Murtagh Gutenberg, Patricio Velasquez, el Capitán Nemo, Tristán e Isolda, el primer Príncipe de Gales, Thomas Cook e Hijo, el Valiente Soldadito, el Besucón, Dick Turpin, Ludwig Beethoven, la Chica Rubia, Naneador Healy, Ángus el anacoreta, Dolly Mount, Sidney Parade, Ben Howth, Valentine Greatrakes, Adán y Eva, Arthur Wellesley, el jefe Croker, Heródoto, Jack el de las habichuelas, Gautama Buda, Lady Godiva, Lily of Killamey, Balor el del ojo a la virulé, la Reina de Saba, Acky Nagle, Joe Nagle, Alessandro Volta, Jeremiah O'Donovan Rossa, Don Philip O'Sullivan Beare. Una lanza reclinada de granito afilado descansaba a su lado mien­tras que a sus pies reposaba un animal salvaje de la tribu cani­na cuyo estertóreo resuello anunciaba que había caído en un inquieto sopor, deducción confirmada por los broncos gruñi­dos y movimientos espasmódicos que su dueño contenía de tiempo en tiempo con golpes tranquilizadores de una podero­sa tranca rudamente labrada en piedra paleolítica.

Lo cierto es que Terry trajo las tres pintas que Joe pagaba y la hostia que casi pierdo la vista cuando me lo veo que ate­rriza una libra coño, tan cierto como te lo cuento. Un sobe­rano que echaba chispas.

Y más hay de donde éste sale, dice él.

—Has robado el cepillo de los pobres, Joe? le digo yo.

—Con el sudor de mi frente, dice Joe. Fue el prudente so­cio el que se me dejó caer con ese chisme.

—Le vi antes de tropezarme contigo, le digo yo, que se es­cabullía por la esquina de Pill Lane y Greek Street con ojos de cordero sin perder detalle.

¿Quién recorría la tierra de Michán, ataviado con armadu­ra sable? O'Bloom, el hijo de Rory: no otro. Insensible al miedo es el hijo de Rory: el de alma prudente.

—Para la vieja, ese periódico de Pnnce Street, dice el pai­sano, la entidad subvencionada. El partido comprometido en el hemiciclo de Diputados. Y vean este asqueroso periodi­cucho, dice él. Vean esto, dice él. The Irish Independent, si les parece poco, fundado por Pamell para que fuera el amigo del trabajador. Escuchen las listas de nacimientos y necrológicas en el Irlandeses todos por la Independencia de Irlanda, vamos, que ya está bien y de bodas.

Y ni corto ni perezoso empieza a leerlas en alto:

—Gordon, Bamfield Crescent, Exeter; Redmayne de Iflley, Saint Anne's on Sea: la esposa de William T. Redmayne un niño. ¿Qué os parece, eh? Wright y Flint, Vincent y Gillett con Rotha Manon hija de Rosa y del finado George Alfred Gillett, Clapham Road, 179, Stockwell, Playwood y Ridsdale en la iglesia de Saint Jude, Kensington ante el muy reveren­do Dr. Forrest, deán de Worcester. ¿Eh? Fallecimien­tos. Bristow, en Whitehall Lane, Londres: Carr, Stoke Newington, de gastritis y del corazón: Gálico, en Moat House, Chepstow ...

—Conozco a ese tío, dice Joe, por mala experiencia.

—Gálico. Dimsey, esposa de David Dimsey, el que fuera del Almirantazgo: Miller, Tottenham, de ocheintaicinco años: Galés, 12 de junio, en Canning Street, 35, Liverpool, Isabella Helen. ¡Qué os parece esto en un periódico nacio­nal, eh, que me jodan, vamos! ¿No te fastidia, compadre, el trapichero de Bantry?

—Ah, sí, dice Joe, pasando el trinquis. Gracias a Dios que nos llevan la delantera. Bébete eso, paisano.

Ahora mismo, dice él, honorable varón.

—Salud, Joe, le digo yo. Y a la de todos los parroquianos.

¡Ah! ¡Ay! ¡Qué voy a contar! Estaba que me moría por esa pinta. Lo juro que era capaz de oírla cuando me caía en el es­tómago haciendo clac.

Y hete aquí que, según libaban la copa del placer, un en­viado del cielo entró presuroso, radiante como luna de ene­ro, un gallardo joven y tras él caminaba un hombre mayor de noble porte y rostro, portando los sagrados pergaminos de la ley y junto a él su ilustre esposa una dama de linaje sin par, la más bella de su raza.

El pequeño Alf Bergan asomó la jeta por la puerta y se es­condió en el chiribitil de Bamey, retorciéndose de risa. Y quién me diréis que estaba sentado en el reservado que yo no había visto roncando con una mona monumental sino el mismo Bob Doran. Yo no sabía qué estaba pasando y Alf sin parar de hacerme señas para fuera de la puerta. Y la hostia no era más que ese jodido caricato de Denis Breen en zapatillas con dos jodidos librotes en la sobaquera y la mujer como ida de­trás de él, desdichada mujer, al trote como un caniche. Creí que Alf se tronchaba.

—Míralo, dice él. Breen. Dando tumbos por todo Dublín con una tarjeta postal que alguien le ha enviado con Q—T.C.: colgado escrito que le va a poner un pleit ...

Y él que se doblaba.

—¿Le va a poner un qué? le digo yo.

—Un pleito por difamación, dice él, por diez mil libras.

—¡Coño! le digo yo.

El jodido chucho empezó a gruñir que atemorizaba vien­do que algo estaba pasando pero el paisano le soltó un pun­tapié en las costillas.

—Bi i dho husht, dice él.

—¿Quién? dice Joe.

—Breen, dice Alf. Estuvo en el despacho de John Henry Menton y después se fue a Collis y Ward y después se lo en­contró Tom Rochford y lo mandó al intendente de policía para divertirse. Rediós, lo que me duele de reírme. Q.T.C.: colgado. El largo le echó una mirada más larga que una gui­ta y ahora el jodido chalao se ha plantado en Green Street en busca de uno de la pasma.

—¿Cuándo va Long John a colgar a aquel tipo en Mount­joy? dice Joe.

—Bergan, dice Bob Doran, despertándose. ¿Está ahí Alf Bergan?

—Sí, dice Alf. ¿Colgar? Esperad que os enseñe. Venga, Terry, pon una cervecita. ¡Jodido imbécil! Diez mil libras. Deberían haber visto cómo miraba Long John. Q.T.C. ....

Y comenzó a reírse.

—¿De quién te estás riendo? dice Bob Doran. ¿Está ahí Bergan?

—Aligera, Terry, hombre, dice Alf.

Terence O'Ryan le oyó y al momento le trajo una copa de cristal llena de espumosa cerveza color ébano que los nobles gemelos Tabemariveagh y Tabemerardilaun elaboran sin ce­sar en sus divinas cubas, astutos como los hijos de la imnor­tal Leda. Porque ellos acumulan las suculentas flores del lú­pulo y las amasan y criban y molturan y cuecen y mezclan todo eso con jugos amargos y llevan el mosto al fuego sagra­do y no cesan ni de noche ni de día en su tarea, esos herma­nos astutos, señores de la cuba.

Entonces fuiste tú, caballeroso Terence, el que tendiste, como a propósito hecho, aquel brebaje nectáreo y tú el que ofreciste la copa de cristal a aquel sediento, alma de la caba­llería, en belleza comparable a los inmortales.

Pero él, joven jerarca de los O'Bergan, mal podía soportar ser sobrepasado en obras de generosidad por lo que de resul­tas ofrendó con delicado gesto un testón de valiosísimo bron­ce. En él en relieve en excelente trabajo de forja se percibía la imagen de una reina de real continente, vástago de la casa de Brunswick, Victoria su nombre, Su Excelentísima Majestad, por la gracia de Dios del Reino Unido de Gran Bretaña e Ir­landa y de las posesiones británicas de ultramar, reina, defen­sora de la fe, Emperadora de la India, ella misma, que deten­taba el poder, vencedora de tantos pueblos, la bienamada, porque la conocían y la amaban desde donde el sol se levan­ta hasta allá mismo donde se hunde, el pálido, el moreno, el rojizo y el etíope.

—¿Qué está haciendo ese jodido francmasón, dice el pai­sano, merodeando para arriba y para abajo ahí fuera?

—¿Qué es eso? dice joe.

—Aquí tenéis, dice Alf, sacando la guita. Hablando de col­gar, os voy a enseñar algo que jamás habéis visto. Cartas de verdugos. Mirad esto.

De modo que sacó un buen manojo de cartas y sobres del bolsillo.

—No me vengas con estupideces, le digo yo.

—Te lo juro, dice Alf. Léelas.

De modo que Joe agarró las cartas.

—¿De quién te estás riendo? dice Bob Doran.

De modo que cuando me di cuenta de que se iba a armar una trifulca Bob es un tío de cuidado cuando lleva dos copas encima de modo que digo sólo por decir algo:

—¿Cómo le va a Willy Murray, Alf?

—No sé, dice Alf. Lo acabo de ver en Capel Street con Paddy Dignam. Sólo que yo iba detrás de ese ....

—¿Que qué? dice Joe, tirando las cartas. ¿Con quién?

—Con Dignam, dice Alf.

—¿Con Paddy? dice Joe.

—Sí, dice Alf. ¿Por qué?

—¿Pero no te has enterado de que está muerto? dice Joe.

—¡Que Paddy Dignam está muerto! dice Alf.

—Aahá, dice Joe.

—Pero si yo diría que acabo de verlo no hace ni cinco mi­nutos, dice Alf, tan claro como que te estoy viendo.

—¿Quién está muerto? dice Bob Doran.

—Lo que has visto es su espectro, dice Joe, Dios nos am­pare.

—¿Qué? dice Alf. Dios santo, si hace sólo cinco .... ¿Qué? Y Willy Murray iba con él, los dos ahí cerca de cómo se lla­me .... ¿Qué? ¿Dignam muerto?

—¿Qué pasa con Dignam? dice Bob Doran. ¿Quién está hablando de ....?

—¡Muerto! dice Alf. Tan muerto como tú.

—Puede que así sea, dice Joe. Se tomaron la libertad de enterrarlo esta mañana de todos modos.

—¿Paddy? dice Alf.

—Sí, dice Joe. Ha saldado cuentas con la naturaleza, Dios le tenga en su gloria.

—¡Dios santo! dice Alf.

La hostia se quedó como se suele decir pasmado.

En la oscuridad las manos de los espíritus se sintieron re­volotear y cuando la oración conforme a los tantras hubo sido dirigida en el sentido apropiado una tenue pero crecien­te luminosidad de luz de rubí se hizo gradualmente visible, siendo la aparición del doble etéreo especialmente natural debido a la descarga de rayos jívicos desde la coronilla y el rostro. La comunicación se realizó a través de la masa pitui­taria y también mediante los rayos de anaranjado chillón y escarlata que emanaban de la región sacra y del plexo solar. Preguntado en su nombre terrenal acerca de su paradero en el mundo celestial aseguró que ahora se encontraba en el ca­mino del pralaya o de vuelta pero que aún se encontraba su­jeto a pruebas en manos de ciertas entidades sanguinarias en los niveles astrales inferiores. En respuesta a una cuestión re­lacionada con sus primeras sensaciones en la línea divisoria del más allá aseguró que previamente él había visto como en un espejo confusamente pero que aquellos que habían cruza­do tenían posibilidades cimeras de desarrollo átmico ante ellos. Interrogado sobre si la vida allí se asemejaba a nuestra experiencia en la carne aseguró que él había oído de seres más favorecidos ahora en el espíritu que sus moradas estaban equipadas con toda clase de comodidades caseras tales como talafana, aszansar, calantafta, ratrata y que los más encumbra­dos adeptos habían sido impregnados en ondas de volupci­dad de la más pura naturaleza. Habiendo requerido un cuar­to de galón de suero de leche y traído que hubo sido éste evi­dentemente proporcionó alivio. Preguntado si tenía algún recado para los vivos exhortó a todos los que aún estaban en la parte equivocada del Maya a que adoptaran el verdadero camino ya que se anunciaba en los círculos devánicos que Marte y Júpiter estaban por causar daño por el ángulo este donde el carnero tiene poder. Se indagó entonces si había al­gún deseo en especial por parte del difunto y la respuesta fue: Os saludamos, amigos de la tierra, que aún estáis en el cuer­po. Cuidado con C. K. que no exagere. Se averiguó que la re­ferencia era a Mr. Comelius Kelleher, gerente de Messrs. H. J. O'Neill conocido establecimiento funerario, amigo perso­nal del difunto, que había estado encargado de materializar los detalles del entierro. Antes de ausentarse requirió que se le dijera a su querido hijo Patsy que la otra bota que había esta­do buscando se hallaba en la actualidad bajo el bacín en la covacha y que el par había que llevarlo a Cullen para que le pusieran medias suelas nada más ya que los tacones estaban todavía en buen estado. Aseguró que esto le había perturba­do grandemente su paz de conciencia en la otra región y que sinceramente requería que su deseo se diera a conocer. Fue­ron dadas garantías de que al asunto se le prestaría la aten­ción debida y se dio a entender que esto había sido acogido con satisfacción.

Se fue de la vivienda de los mortales: O'Dignam, sol de nuestra mañana. Efimera era su pisada en el helechal: Patrick el de la frente esplendente. Gime, Bamba, en el viento: y gime, Oh océano, en tu vorágine.

Ahí anda otra vez ése, dice el paisano, mirando hacia fuera.

—¿Quién? le digo yo.

—Bloom, dice él. Ahí anda de guardia de arriba a abajo hace diez minutos.

Y, la hostia, vi que asomaba el hocico y que se largaba otra vez.

El pequeño Alf se había quedado de una pieza. Te lo juro que sí.

—¡Dios santo! dice. Hubiera jurado que era él.

Y dice Bob Doran, con el sombrero atrás en la molondra, el mayor marrajo de Dublín cuando está mamao:

—¿Quién dijo que Dios sea santo?

—Suplico que me disgolpe, dice Alf.

—¿Es santo ese Dios, dice Bob Doran, que se nos lleva al pobrecillo de Willy Dignam?

—Ya, sí, dice Alf, dejándolas correr. Ha dejado de pa­decer.

Pero Bob Doran le grita como un energúmeno.

—Es un jodido sinvergüenza, lo digo yo, por llevársenos al pobrecillo de Willy Dignam.

Terry se aproximó y le hizo un guiño para que cerrara el pico, que ellos no permitían esa clase de lenguaje en un local respetable y con todas las autorizaciones. Y Bob Doran em­pieza a echarle flores a Paddy Dignam, tan cierto como que estás aquí.

—La mejor persona, dice él, moqueando, el hombre más honrado.

Lágrimas de cocodrilo en los ojos. Largando disparates. Mejor que se fuera a casa con la putilla sonámbula con que se ha casado, Mooney, la hija del porquerón, la madre tenía una casa de putas en Hardwicke Street, que andaba pindon­gueando por las escaleras Lyons Gallito me lo dijo que fon­deó allí a las dos de la madrugada en cueros vivos, con todo al aire, para la clientela, ea, aquí estoy yo, no hay de qué.

—El más cabal, el más honrado, dice él. Y se fue, pobreci­llo Willy, pobrecillo Paddy Dignam.

Y acongojado y con el corazón encogido clamó quejum­broso por la extinción de aquel resplandor del cielo.

El viejo Garryowen comenzó a gruñirle de nuevo a Bloom que estaba guipando por la puerta.

—Pase, vamos, dice el paisano. Que no le va a comer.

De modo que Bloom se cuela puertas adentro con los ojos de cordero encima del perro y le pregunta a Terry si Martin Cunningham estaba allí.

—Ay, por Dios M'Keown, dice Joe, leyendo una de las cartas. ¿Queréis oír esto?

Y comienza a leer en alto una.

— Hunter Street, 7

Liverpool.

Al Gobernador Civil de Justicia de Dublín

Dublín

Distinguido señor le quedo agradecido en el antes mencionado y desgraciado casoyo corgue a joe Gann en la cartel de Bootle el 12 de femero de 1900 y yo corgue....

—Enséñala, Joe, le digo yo­

—. .. al soldado Arthur Chace por el asesinato con alebosia de Jessie Tilsit en la cartel de Pentonvilley fui halludante cuando ....

—Retoño, le digo yo.

—... Billington egecuto al onible asesino Toad Smith ...

El paisano le echa mano a la carta.

—Aguarda un momento, dice Joe, tengo buena maña pa poner el nudo quen cuanto lo pongo no me se escapan esperando me apolle quedo, distinguido señor, mis onorarios es de cinco gi­neas.

H. Rumbold,

Maestro barbero.

—Y una barbaridad de bárbaro que es el jodido también, dice el paisano.

—Y los garabatos emborronados del desgraciado, dice Joe. Toma, apártalas de mi vista donde no las vea, Alf. Hola, Bloom, dice ¿qué va a tomar?

De modo que comenzaron a machacar el asunto, Bloom decía que ni quería ni podía y que lo disculparan que no pre­tendía ofender a nadie ni nada de nada y luego dijo que acep­taría un cigarro. Ostras, que es un socio prudente que no me equivoco.

—Dame uno de tus apestosos selectos, Terry, dice Joe.

Y Alf nos estaba contando que había un fulano que man­dó una tarjeta de pésame ribeteada de negro.

—Son todos barberos, dice él, de por allá de las negras tie­rras de los Midlands que colgarían a su propio padre por cin­co libras al contado y gastos de viaje.

Y nos iba diciendo que hay dos fulanos abajo para tirarle de los pies cuando se queda colgando para asfixiarlo como es debido y después cortan la soga en trozos y venden los peda­zos a unos cuantos chelines por barba.

En las oscuras tierras acechan, los vengadores caballeros de la navaja. El lazo homicida blanden: sí, y de tal guisa em­pujan a Erebo a cualquier criatura que hubiese cometido he­cho de sangre porque no lo consentiré en manera alguna como así dice el Señor.

De modo que empezaron a hablar de la pena capital y cómo no Bloom sale con el porqué y el para qué y toda la jo­dología de la materia y el perro que no dejaba de olerle sin parar y me tienen dicho que esos judichis despiden un cierto olor para los perros a su alrededor con no sé qué efecto di­suasorio etcétera etcétera.

—Hay una cosa en la que no tiene un efecto disuasorio, dice Alf.

—¿Qué? dice Joe.

—La verga del pobre cabrón que cuelgan, dice Alf.

—¿Cómo es eso? dice Joe.

—Tan cierto como la biblia, dice Alf. Se lo oí al carcelero en jefe que había en Kilmainham cuando colgaron a Joe Brady, uno de los invencibles. Me contó que cuando lo ba­jaron después de colgarlo estaba tiesa delante de sus narices como un palo.

—La pasión dominante dura hasta la sepultura, dice Joe, como alguien dijo.

—Eso lo puede explicar la ciencia, dice Bloom. No es más que un fenómeno natural, comprenden, por efecto de ...

Y comienza a darle con su trabalenguas sobre que si el fe­nómeno y la ciencia y que si este fenómeno y el otro fenó­meno.

El eminente científico Herr Professor Luitpold Blumen­duft presentó evidencias médicas en el sentido de que la frac­tura instantánea de las vértebras cervicales y la consiguiente escisión de la médula espinal habría que, conforme a la más consolidada tradición de la ciencia médica, suponer que pro­duciría inevitablemente en el sujeto humano un violento es­tímulo ganglionar de los centros nerviosos del aparato geni­tal, provocando con ello que los poros elásticos de los corpo­ra cavernosa se dilaten rápidamente de tal manera en cuanto que instantáneamente facilitaría la circulación de la sangre por aquella parte de la anatomía humana conocida como pene u órgano masculino dando lugar al fenómeno que ha sido denominado por el cuerpo facultativo erección mórbi­da empinarte frontal filoprogenitiva in articulo mortis per di~ minutionem capitis.

De modo que desde luego el paisano que esperaba meter baza agarra y empieza a cascar sobre que si los invencibles y que si la vieja guardia y que si los hombres del sesentaisiete y que quién tiene miedo de hablar del noventaiocho y Joe en acompañamiento que si todos aquellos que colgaron, destri­paron y deportaron por la causa en consejo de guerra suma­rísimo y que si una nueva Irlanda y que si un nuevo esto, lo otro y lo de más allá. Hablando de la nueva Irlanda bien que podría ir y agenciarse un nuevo perro más le valdría. Bestia sarnosa zampona husmeando y aventando por todos sitios y rascándose las costras. Y allá que se va para Bob Doran que estaba convidando a Alf a media pinta pelotilleando por lo que pudiera sacar. De modo que desde luego Bob Doran empieza a hacer el jodido imbécil con su:

—¡Dame la pata! ¡La pata, perrito! ¡Perrito bonito! ¡Anda pon aquí la pata, venga! ¡Dame la pata!

Arrah, para joderse, de coña con tanto la pata de y Alf tra­tando de evitar que se cayera del jodido taburete encima del jodido perro y él a vueltas con todas las memeces imagina­bles sobre adiestrar con buen trato y que si el perro de pura raza y que si el perro inteligente: que termina por darte por culo. Después comienza a rebuscar unos cuantos trozos de galleta rancia del fondo de una lata de Jacobs que le dijo a Terry que trajera. Ostras, se lo devoraba lampando con una lengua de a dos varas colgándole. Casi se come la lata y todo, el jodido chucho tragón.

Y a todo esto que el paisano y Bloom metidos en una discusión sobre la misma idea, los hermanos Sheares y Wolfe Tone allá en Arbour Hill y Robert Emmet y morir por la patria, el toque Tommy Moore sobre Sara Curran y aquello de que ella está lejos de la tierra donde su amado duerme. Y Bloom, cómo no, con su cigarro de agárrate fan­farroneando con la cara de pan pringado. ¡Fenómeno! El montón de carne con el que se casó sí que está hecha un buen fenómeno con un culo que tiene como un pandero. En la época en que vivían en el City Arms Burke el Picha me contó que había una vieja allí con un sobrino un poco tara­do y gandul y Bloom tratando de camelársela con carantoñas jugando a la báciga con ella a ver si agarraba algún pellizco en su testamento y sin comer carne los viernes porque la vie­ja estaba siempre dándose golpes de pecho y sacaba al papa­natas de paseo. Y una vez lo llevó a hacer el itinerario por las tabernas de Dublín y, por San Blas, que no paró hasta que lo trajo a casa más borracho que un pellejo y le dijo que había hecho eso para enseñarle las calamidades del alcohol y la le­che que las tres mujeres casi lo asan vivo, es una historia cu­riosa, la vieja, la mujer de Bloom y Mrs. O'Dowd que lleva­ba el hotel. Recoño, me tuve que reír con Burke el Picha que las remedaba echándole el rapapolvo. Y Bloom con su ¿pero no comprenden? y con pero por otra parte. Y para más señales, el papanatas según me dijeron después no salía de la taberna de Power, el de las bebidas, a la vuelta en Cope Street volvía a casa a gatas en un simon cinco veces a la semana después de haber hecho el recorrido por todas las bebidas del jodido es­tablecimiento. ¡Fenómeno!

—Por los caídos, dice el paisano cogiendo su pinta y sin quitarle ojo a Bloom.

—Sí, sí, dice Joe.

—Usted no capta la idea, dice Bloom. Lo que quiero de­cir ....

—Sinn Fein! dice el paisano. Sinn Fein amhain! ¡todos no­sotros! Los amigos a los que amamos están a nuestro lado y los adversarios que odiamos frente a nosotros.

El último adiós fue conmovedor en extremo. Desde espa­dañas cercanas y lejanas el tañido fúnebre redoblaba sin ce­sar mientras que a todo alrededor del sombrío recinto reso­naba la inquietante alarma de cien tambores enfundados truncados por el retumbar abismal de las salvas de ordenan­za. Los atronadores estampidos del trueno y el deslumbrante resplandor de los relámpagos que iluminaban la espantosa escena testimoniaban que la artillería del cielo había fiado su pompa sobrenatural al ya horripilante espectáculo. Una llu­via torrencial derramóse por las compuertas de los cielos en­furecidos sobre las cabezas al aire de la multitud concentrada que ascendía según los cómputos más modestos a quinientas mil personas. Una patrulla de la Policía Metropolitana de Dublín bajo la superintendencia del Comisario en Jefe en persona se encargaba de mantener el orden en el inmenso gentío para el que la banda de metales y viento de York Street animaba el tiempo de espera ejecutando admirable­mente con sus instrumentos adornados de crespones la me­lodía inigualable con la que nos encariñó desde la cuna la musa lastimera de Speranza. Trenes rápidos especiales de re­creo y charabanes tapizados fueron facilitados para comodi­dad de nuestros compatriotas del campo de los que había grandes contingentes. Considerable entretenimiento provo­caron los cantantes callejeros favoritos de Dublín, L—n—h—n y M—11—g—n que cantaron La noche antes de que Lany la palmara con su habitual estilo hilarante. Nuestros dos inimitables ani­madores hicieron negocio redondo con sus pliegos entre los amantes del lado cómico y nadie con un mínimo de cariño en su corazón por el genuino regocijo irlandés sin vulgaridad les va a regatear esos peniques trabajosamente ganados. Los niños del Orfanato para Niños y Niñas que se agolpaban en las ventanas que daban al acto se divirtieron con aquel ines­perado añadido al esparcimiento diario y una mención de elogio ha de hacerse a las Hermanitas de los Pobres por la ex­celente idea de proporcionar a los pobres niños sin padre ni madre un auténtico e instructivo regalo. Los invitados de los virreyes entre los que se encontraban un buen número de da­mas muy conocidas fueron acompañados por Sus Excelen­cias a los asientos de preferencia de la tribuna mientras que una pintoresca delegación extranjera conocida como los Amigos de Isla Esmeralda fue acomodada en un palco exac­tamente enfrente. La delegación, al completo, estaba integra­da por el Commendatore Bacibaci Beninobenone (el semi­paralitico doyen del grupo que hubo de ser asistido hasta su asiento con la ayuda de una potente grúa de vapor), Mon­sieur Pierrepaul Petitépatant, el Granpencón Vladimiro Bol­simokeroff, el Superpericón Leopold Rudolf von Schwan­zenbad—Hodenthaler, la Condesa Marha Virága Kisászony Putrápesthi, Hiram Y. Bomboost, el Conde Athanatos Kara­melopulos, Alí Babá Baksheesh Rahat Lokum Effendi, Señor Hidalgo Caballero Don Pecadillo y Palabras y Patemoster de la Malora de la Malaria, Abricadabri Harakiri, Hi Hung Chang, Olaf Kobrecalderesen, Mynheer Triqui van Traque, Pan Polonhacha Paddyrisky, Gospedon Prhklstr Kratachina­britinich, Borus Tosferinkoff, Herr Hurhausdirektorpresident Hans Chuechli—Steuerli, Doctorprofesorespecialdehistoriage­neraldocentprivadelsuspensorysanatoriomuseoinstitutonacio­nal Kriegfried Ueberallgemein. Todos los delegados por una­nimidad se expresaron en los más tajantes y heterogéneos tér­minos posibles en relación con la indecible barbaridad por la que habían sido requeridos a testificar. Un animado alter­cado (en el que todos tomaron parte) surgió entre los Ami­gos de Isla Esmeralda sobre si el ocho o el nueve de marzo era el día acertado del nacimiento del santo patrón de Irlan­da. A lo largo de la discusión se recurrió a balas de cañón, ci­mitarras, bumerangs, trabucos, bolitas de peste, picadores de carne, paraguas, catapultas, manoplas, porras, trozos de hie­rro y hubo abundante intercambio de golpes. El policía más jovencito, el guardia MacFadden, convocado por correo es­pecial desde Booterstown, inmediatamente restableció el or­den y con prontitud de relámpago propuso el diecisiete del mes como una solución razonablemente honorable para am­bas partes contendientes. La sugerencia del ingenioso largui­rucho de inmediato a todos agradó y se aceptó por unanimi­dad. El guardia MacFadden fue cordialmente congratulado por todos los Amigos de Isla Esmeralda, algunos de los cua­les sangraban copiosamente. Habiendo sido sacado el Com­mendatore Beninobenone de debajo del sillón presidencial, explicaciones debidas fueron dadas por su asesor legal Avvo­cato Pagamimi de que los distintos artículos escondidos en sus treintaidós bolsillos habían sido sustraídos por él durante la reyerta de los bolsillos de sus jóvenes colegas con la espe­ranza de que entraran en razón. Los objetos (que incluían va­rios cientos de relojes de oro y plata de señora y caballero) fueron prontamente restituidos a sus legítimos propietarios y la armonía general reinó suprema.

Serenamente, con sencillez Rumbold ascendió hasta el pa­tíbulo con flamante traje de calle y en el ojal su flor predilec­ta, el Gladiolus Cruentus. Anunció su presencia con aquella discreta tosecilla rumboldiana que tantos han intentado (sin éxito) imitar — corta, remilgada y en el fondo tan característi­ca de aquel hombre. La llegada del mundialmente conocido verdugo fue saludada con una estruendosa aclamación de la ingente concurrencia, las damas de la comitiva virreinal on­deaban sus pañuelos en su entusiasmo mientras que los aún más entusiasmables delegados extranjeros vitoreaban vocin­gleros en una mezcolanza de gritos, hoch, banzai, el én, zivio, chinchin, polla kronia, hiphip, vive, Allah, entre los cuales el re­sonante eviva del delegado de la tierra del canto (en clave de Fa Mayor que recordaba aquellas desgarradoras notas encan­tadoras con las que el eunuco Catalani fascinaba a nuestras tatarabuelas) era fácilmente distinguible. Eran las diecisiete en punto. La señal para la oración fue dada entonces Pronta­mente por el megáfono y en un instante todas las cabezas se descubrieron, el sombrero patriarcal del commendatore, que había estado en posesión de la familia desde la revolución de Rienzi, siéndole retirado por el ayudante médico que le acompañaba, el Dr. Pippi. El sabio prelado que administraba las últimas ayudas de la santa religión al héroe mártir cuando se iba a ejecutar la pena capital se arrodilló con el más gran­de espíritu cristiano en un charco de agua de lluvia, la sotana sobre la cana cabeza, y ofrendó al trono de gracia fervientes oraciones de súplica. Con la mano junto al tajo se alzaba la siniestra figura del ejecutor, el semblante oculto tras un pu­chero de diez galones con dos aberturas circulares perforadas por las que los ojos destellaban feroces. Mientras esperaba la señal fatal probaba el filo del arma horrible afilándolo en el musculoso brazo o decapitando en rápida progresión un re­baño de ovejas que los admiradores de su funesto aunque ne­cesario oficio habían proporcionado. Sobre una delicada mesa de caoba cerca de él estaban meticulosamente dispues­tos el cuchillo de descuartizar, las diferentes herramientas de destripar cuidadosamente templadas (especialmente suminis­tradas por la empresa de cuchillería mundialmente famosa Messrs. John Round e Hijos, de Sheffield), una cubeta de ba­rro para la recogida del duodeno, colon, intestino ciego y apéndice etc. cuando hubieran sido convenientemente ex­traídos y dos hondas jarras de la leche destinadas a recibir la más preciada sangre de la más preciada víctima. El adminis­trador del hogar amalgamado para perros y gatos aguardaba para transportar aquellas vasijas cuando fueran aprovisiona­das a esa institución de beneficencia. Un excelente ágape consistente en lonchas de jamón con huevos, cebollas con fi­lete frito, hechos a la perfección, deliciosos panecillos calien­tes y estimulante té había sido deferentemente proporciona­do por las autoridades para ser consumido por la figura cen­tral de la tragedia que estaba de un humor inmejorable cuando se preparaba para la muerte y manifestó un vivo in­terés por todos los pormenores de principio a final pero él, con una abnegación excepcional para estos tiempos que co­rren, dignamente estuvo a la altura de las circunstancias y ex­presó su último deseo (al que immediatamente se accedió) de que la comida habría de ser repartida a partes iguales en­tre los miembros de la asociación de benefactores de enfer­mos e indigentes como muestra de su consideración y esti­ma. El nec y non plus ultra de la emoción se alcanzó cuando la sonrojada prometida se abrió camino por entre el estran­gulado conjunto de curiosos y se echó en el musculoso pe­cho de aquel que en un instante iba a ser enviado a la eterni­dad por ella. El héroe ciñó su cimbreante figura en un tierno abrazo murmurando cariñosamente Sheila mía. Incitada por ese uso de su nombre de pila ella le besó apasionadamente en todas las diferentes partes procedentes de su persona que la decencia del traje de reo permitían a su ardor alcanzar. Ella le juró al tiempo que se mezclaban los regueros salinos de sus lágrimas que siempre mantendría su recuerdo, que nunca ol­vidaría al mozo héroe que llegó a la muerte con una canción en sus labios como si fuera a un partido de hurley en Clonturk Park. Ella evocó los días felices de una niñez dichosa jun­tos a las orillas del Anna Liffey cuando se dejaban llevar por los inocentes pasatiempos de la adolescencia y, ajenos al horrendo presente, se rieron de buena gana, todos los espec­tadores, incluido el venerable pastor, uniéndose al alborozo general. Aquel público grotesco se estremeció de puro delei­te. Pero pronto fueron embargados por el dolor y juntaron sus manos por última vez. Un nuevo torrente de lágrimas manó de sus conductos lacrimales y la inmensa concurrencia de gente, conmovida en lo más hondo, prorrumpió en sollo­zos lastimeros, no siendo el menos afectado el mismo ancia­no prebendado. Hombres como robles, representantes de la ley y simpáticos gigantones de la guardia real irlandesa, ha­cían uso abiertamente de sus pañuelos y no se andaría descaminado si se afirmara que no había un solo ojo seco en aque­lla inigualable muchedumbre. Un incidente cargado de ro­manticismo tuvo lugar cuando un apuesto licenciado por Oxford, conocido por su caballerosidad hacia el sexo débil, se adelantó y, presentando su tarjeta de visita, su cartilla de ahorros y árbol genealógico, solicitó la mano de la desventu­rada joven, rogándole que pusiera la fecha, y fue aceptado en el acto. Cada una de las damas del público fue agasajada con un artístico recuerdo del acontecimiento en forma de broche con calavera y fémures, una oportuna y generosa acción que originó una nueva explosión emotiva: y cuando el galante jo­ven de Oxford (portador, todo hay que decirlo, de uno de los apellidos más tradicionales en la historia de Albión) colo­có en el dedo de la sonrojada fiancée un costoso anillo de compromiso con esmeraldas engarzadas en forma de trébol de cuatro hojas el entusiasmo no conoció límites. Es más, el severo jefe de la policía militar, teniente coronel Tomkin­Maxwell Francotirador Tomlinson, que presidía el triste acto, el que había reventado a un número considerable de ci­payos en la boca del cañón sin pestañear, no podía ahora do­minar su sensibilidad natural. Con su guantelete de malla secó una lágrima furtiva al tiempo que le oyeron aquellos pri­vilegiados ciudadanos que casualmente se hallaban en su in­mediato entourage, que murmuraba para sí en quebrada voz baja:

—Que me jodan si esa presumida no es una puta pijotera. No te pode vamos que me va a hacer llorar, ya ves, cuando me la echo a la cara que parece como si viera a mi colchona que me espera allá en Limehouse.

De modo que entonces empieza el paisano a hablar de la lengua de Irlanda y de la reunión de la corporación y demás rollo y de los estirados que no hablan su propia lengua y Joe dando la tabarra que si le había gorroneado a alguien una li­bra y Bloom empalagoso como siempre con el veguero de a dos peniques que le había sacado a Joe y a vueltas con lo de la liga gaélica y que si la liga anticonvidadas y que si la bebi­da, la maldición de Irlanda. Las anticonvidadas es a lo que se reduce. Ostras, podrías estar con él toda una vida y no ente­rarte del color de sus zapatos. Y una tarde fui con un compa­dre a una de sus noches musicales, un barullo de agárrate y no me toques María Femanda y un compadre con la cinta azul de Ballyhooly chuleando en irlandés y cantidad de ru­bias de un lado para otro con bebistrajos sin alcohol ven­diendo medallas y naranjas y limonada y unos cuantos bo­llos viejos y secos, ostras, un espectáculo a lo grande, qué te voy a contar. Irlanda sobria Irlanda libre. Y luego un viejo empieza a soplar la gaita y todos aquellos mentecatos arras­trando los pies con una música que dormía a Dios bendito. Y uno o dos curatos cuervos con el ojo alerta no fuera que al­guien se metiera con las hembras, golpes bajos.

De modo que hiciera lo que hiciera, como iba diciendo, al ver el perro la lata vacía comienza a huronear alrededor de Joe y de mí. Yo lo adiestraría con buen trato, ya lo creo que lo haría, si fuera mi perro. Le pegaría un buen puntapié de cuando en cuando que lo dejara tieso.

—¿Te preocupa que te pueda morder? dice el paisano, con guasa.

—No, le digo yo. Pero de que me tome la pierna por un poste de la luz.

De modo que llama al perro. —¿Qué pasa contigo, Garry? dice él.

Entonces comienza a tirar y a atizarle y a hablarle en irlan­dés y el viejo cuzco a gruñir, haciendo como que contestaba, como dúo en la ópera. Gruñidos tales no se oyen a menudo como los que se escupían los dos. Alguien que no tenga nada mejor que hacer debería escribir una carta pro bono publico a los periódicos sobre las disposiciones para abozalar a perros como ése. Gruñendo y bufando y los ojos inyectados de san­gre por la sequedad que hay en ellos y la hidrofobia babeán­dole por las fauces.

Todos aquellos que estén interesados en la propagación de la cultura entre los animales inferiores (y su nombre es le­gión) deberían tomarse como una obligación no perderse el alarde realmente maravilloso de zoantropía que ofrece el fa­moso y centenario perrolobo setter rojo irlandés antes cono­cido por el sobriquet de Garryowen y recientemente rebauti­zado por su amplio círculo de amigos y conocidos como Owen Garry. El alarde, que es el resultado de años de adies­tramiento con buen trato y un régimen de alimentación es­crupulosamente establecido, consiste, entre otros logros, en la recitación de versos. Nuestro más grande experto en foné­tica hoy día (¡ni con una cuerda me sacarían su nombre!) no ha dejado piedra sin remover en su empeño por dilucidar y comparar el poema recitado y ha descubierto que guarda un impresionante parecido (la cursiva es nuestra) con las rimas de los antiguos bardos celtas. No nos referimos tanto a esos de­liciosos cantos de amor a los que el autor que oculta su iden­tidad bajo el precioso seudónimo de Dulce Ramita ha acos­tumbrado al mundo amante de los libros sino más bien (como un colaborador chistoso señala en una interesante co­municación publicada en un diario de la tarde) al aspecto más duro y personal que hallamos en las expansiones satíri­cas del famoso Rafiery y de Dona] MacConsidine por no mencionar a un linsta más moderno que en la actualidad es centro de la atención del público. Adjuntamos una muestra que ha sido vertida al inglés por un eminente erudito cuyo nombre por el momento no estamos en disposición de reve­lar aunque estimamos que nuestros lectores detectarán que las alusiones tópicas son suficientemente indicativas. El siste­ma métrico del original canino, que nos trae a la memoria las complejas reglas aliterativas e isosilábicas del «englyn» galés, es infinitamente más complicado aunque estimamos que nuestros lectores estarán de acuerdo en admitir que el senti­do ha sido muy bien captado. Quizá habría que añadir que el efecto se incrementa sobremanera si el poema de Owen se declama relativamente despacio e indistintamente en un tono que sugiera rencor reprimido.

La maldición de mis maldiciones
siete días cada día
y siete jueves secos
sobre ti recaiga Barney Kiernan,
que no tenga de agua un sorbo
con que mi osadía atemperar,
y mis tripas bramantes
tras la corada de Lowiy.

De modo que le dijo a Terry que trajera agua para el perro y, ostras, se podían oír los lametones a una milla. Y Joe le pre­guntó si tomaría otra.

—Sí, dijo él, a chara, para que se vea que no tengo resenti­mientos.

Ostras, no es tan bobo como parece. Arrastrando el culo por ahí de taberna en taberna, haciendo su real gana, con el perro del viejo Giltrap y dejando que lo mantengan los con­tribuyentes y los de la corporación municipal. Diversión para el hombre y la bestia. Y va y dice Joe:

—¿Te atreverías con otro enjuague?

—¿Se atrevería a patar un nado? le digo yo.

—Que sea lo mismo, Terry, dice Joe. ¿Está seguro que no tomaría nada a modo de reconfortante bebida? dice él.

—Gracias, no, dice Bloom. De hecho lo único que quería era verme con Martin Cunningham, comprende, para lo del seguro del pobre Dignam. Martin me pidió que fuera a la casa. Se da cuenta, él, Dignam, quiero decir, no entregó avi­so de contrato a la compañía a tiempo y nominalmente por ley el acreedor hipotecario no puede reclamar la póliza.

—Santo cielo, dice Joe, riéndose, estaría bueno que pilla­ran al viejo Shylock en su propia trampa. O sea que la mujer tiene todas las de ganar ¿no?

—Bueno, ésa es una cuestión, dice Bloom, para los admi­radores de la mujer.

—¿Los admiradores de quién? dice Joe.

—Los asesores de la mujer, quiero decir, dice Bloom.

Luego comienza todo embarullado a liarla con que si el deudor hipotecario por ley como el presidente del tribunal supremo soltando una parrafada desde el estrado y en bene­ficio de la mujer y que se crea un depósito pero por otro lado que Dignam debía a Bridgeman el dinero y que si ahora la mujer o la viuda impugnaba los derechos del acreedor hipo­tecario hasta que casi hizo que me estallara la cabeza con su deudor hipotecario por ley. Tuvo mucha suerte que no lo metieran en chirona aquella vez y le aplicaran la ley de vagos y maleantes porque tenía un amigo con influencias. Ven­diendo boletos de rifa o como se llame la lotería patrocinada por la Corona húngara. Tan verdad como que estás ahí. ¡Oh, vete a fiar de un israelita! Latrocinio patrocinado por la Co­rona húngara.

De modo que Bob Doran viene dando bandazos de un lado a otro y va y le pide a Bloom que le dijera a Mrs. Dignam que sentía la desgracia y que sentía mucho lo del en­tierro y que le dijera que él decía y que todos los que le cono­cían decían que no había nadie más honrado y mejor perso­na que el pobrecillo de Willy que está muerto que se lo dijera. Atascándose con las jodidas estupideces. Y chocándo­le la mano a Bloom poniéndose trágico que le dijera eso.

Chócala, hermano. Tú un sinvergüenza y yo otro.

—Permítame, dijo él, que abusando de nuestra amistad que, aunque pudiera ser estimada superficial si ha de medir­se sólo por el tiempo, está fundamentada, como espero y creo, en un sentimiento de estima mutua me permita solici­tarle este favor. Sin embargo, si con ello traspaso los límites de la intimidad permita que la sinceridad de mis sentimien­tos sea la excusa de mi atrevimiento.

—No, repuso el otro, reconozco en todo su alcance los motivos que alientan su conducta y llevaré a cabo el encargo que me encomendáis fortalecido en la idea de que, aunque el recado lo sea de pesadumbre, esta prueba de confianza dulcifica en cierta medida la amargura del cáliz.

—Entonces, pues, tolere que estreche su mano, dijo él. La bondad de vuestro corazón, estoy seguro, le inspirará mejor que mis inadecuadas palabras las locuciones más apropiadas para transmitir una emoción cuyo patetismo, si hubiera de dar rienda suelta a mis sentimientos, me despojaría incluso del habla.

Y allá que se fue tratando de andar derecho. Ajumado a las cinco de la tarde. La noche que casi lo ponen a la sombra sólo que Paddy Leonard conocía al poli, 14A. Con una mona morrocotuda ahí en una tabernucha de Bride Street después de la hora de cierre, fornicando con dos pingos y un matón al acecho, bebiendo cerveza negra en tazas de té. Y dándoselas de franchute con las pingos, Joseph Manuo, y ha­blando mal de la religión católica, y pensar que ayudaba a misa en la iglesia de Adam and Eve cuando era un chaval con los ojos entornados, que si quién escribió el nuevo testa­mento, y el antiguo testamento, y arrimándose y toqueteán­dolas. Y las dos pingos que se partían de risa, limpiándole los bolsillos, el muy imbécil y él echando cerveza por toda la cama y las dos pingos chillando riendo la una con la otra. ¿Cómo está tu testamento? ¿Tienes un antiguo testamento? Menos mal que Paddy pasaba por allí, si no ya te cuento yo. Luego lo ves los domingos con la putilla de su mujer, y ella me­neando el culo por todo el crucero de la iglesia con sus botas de charol, nada menos, y con sus violetas, hecha un primor, haciéndose la señora. La hermana de Jack Mooney. Y la pu­tona de la madre con casa de citas para las parejas de la calle. Ostras, Jack le hizo pasar por el aro. Le dijo que si no arregla­ba el desaguisado, recoño, le iba a sacar las tripas por la boca. De modo que Terry trajo las tres pintas.

—Aquí están, dice Joe, haciendo los honores. Aquí tienes paisano.

—Slan leat, dice él.

—Suerte, Joe, le digo yo. A tu salud, paisano.

Ostras, se había bebido ya media jarra. Haría falta un dine­ral para darle de beber a ese tío.

—¿£A quién apoya el largo para la alcaldía, Alf? dice Joe.

—Un amigo tuyo, dice Alf.

—¿Nannan? dice Joe. ¿El congrosista?

—No voy a dar nombres, dice Alf.

—Me lo imaginaba, dice Joe. Le vi hace poco en la reu­nión con William Field, Miembro del Parlamento, los tratan­tes de ganado.

—El peludo Iopas, dice el paisano, ese volcán explosiona­do, el mimado de todas las naciones y el ídolo de la suya. De modo que Joe comienza a hablarle al paisano de la fie­bre aftosa y de los tratantes de ganado y de tomar cartas en el asunto y el paisano a mandarlos a todos a tomar viento fresco y Bloom nos salta con su baño desinfectante para la roña de la oveja y una solución para el moquillo de las teme­ras con tos y un remedio garantizado para la actinomicosis bovina. Sólo porque pasó un tiempo en un matadero de pencos. De acá para allá con su libro y lápiz dándoselas de enterado y sin dar golpe hasta que Joe Cuffe lo plantó en la calle por ponerse gallito con un ganadero. Don Sabelotodo. Se las sabe todas; capaz de ordeñar a un toro. Burke el Picha me decía que en el hotel la mujer se ponía hecha un mar de lágrimas a veces con Mrs. O'Dowd llorando a lágrima viva con sus gorduras saliéndole por todos lados. Sin poder soltar­se los cordones del verdugado pero el viejo ojos de cordero enredando alrededor tenia que enseñarle cómo hacerlo. ¿De qué va el programa hoy? Sí. Métodos humanitarios. Porque los pobres animales sufren y los expertos dicen y el mejor re­medio conocido que no causa dolor a los animales y en el punto sensible se administra con mucho cuidado. Ostras, buena mano tendría él para palpar cluecas.

Ca Ca Cará. Cluc Chic Cluc. La negra Liz es nuestra galli,na. Ella nos da huevos. Cuando ella pone el huevo está muy contenta. Cará. Cluc Chic Cluc. Luego llega el bueno de tío Leo. Él mete la mano debajo de la negra Liz y saca el huevo fresco. Ca Ca Ca Ca Cará. Clic Clic Cluc.

—De todas formas, dice Joe, Field y Nannetti se van esta noche a Londres y van a hacer una interpolación en el hemi­ciclo de la cámara de los comunes.

—¿Está seguro, dice Bloom, que va a ir el concejal? Que­ría verlo, mire por dónde.

—Sí, bueno, sale en el barco correo, dice Joe, esta noche.

—Mala suerte, dice Bloom. Tenía especial interés. Quizá va sólo Mr. Field. No podría llamar por teléfono. No. ¿Está seguro?

—Nannan va también, dice Joe. La liga le pidió que plan­teara una pregunta mañana sobre el comisario de policía que prohibe los deportes irlandeses en el parque. ¿Qué piensas sobre eso, paisano? El Sluagh na h—Eireann, El Ejército de Ir­landa.

Mr. de Toro Toronjo (Multifamham. Nacionalista): A pro­pósito de la pregunta de mi honorable amigo, el diputado por Shillelagh ¿puedo interpelar a su señoría sobre si el go­bierno ha cursado instrucciones al efecto para que estos ani­males sean sacrificados aunque no se dispone de evidencias médicas relacionadas con su estado patológico?

Mr. Acuatropatas (Tamoshant. Conservador): Sus seño­rías ya tienen en su poder las evidencias presentadas ante un pleno de la totalidad de la cámara. Me temo que nada más pueda añadir a eso. En cuanto a la pregunta de su señoría la respuesta es afirmativa.

Mr. Nomedigas Miguillas (Montenotte. Nacionalista): ¿Han sido cursadas de igual manera instrucciones al efecto para que sean sacrificados los animales humanos que se atre­ven a jugar deportes irlandeses en Phoenix Park?

Mr. Acuatropatas: La respuesta es negativa.

Mi. de Toro Toronjo: El famoso telegrama desde Mitchels­town de su señoría ¿ha estimulado la política de los señores del Banco Azul? (¡Oh! ¡Oh!)

Mr. Acuatropatas: Debo ser notificado de esa interpela­ción.

Mr. Sabihondo (Buncombe. Independiente): No duden en disparar. (Ovaciones irónicas de la oposición.)

El presidente: ¡Orden! ¡Orden! (Se levanta la sesión. Ova­ciones.)

—Ahí está el hombre, dice Joe, que hizo posible el resta­blecimiento del deporte gaélico. Ahí lo tienes sentado allá. El hombre que ayudó a escapar a James Stephens. El cam­peón de Irlanda que puso el lanzamiento en dieciséis libras. ¿Cuál fie tu mejor tiro, paisano?

—Na bacleis, dice el paisano, haciéndose el modesto. En otro tiempo fui tan bueno como cualquier otro.

—Choca esos cinco, paisano, dice Joe. Y que lo digas y un rato mejor.

—¿Es cierto eso? dice Alf.

—Sí, dice Bloom. Todo el mundo lo sabe. ¿No lo sabía? De modo que allá que se lanzan con el deporte irlandés y los juegos de estirados tales como el tenis sobre césped y con lo del hurley y lo del lanzamiento de pesos y lo típico de la tierra que le vio a uno nacer y levantar de nuevo un país y de­más rollo. Y claro está Bloom tenía también que meter baza en esto que si alguien padece de corazón el ejercicio violen­to es malo. Yo te juro por lo que más quieras que si cogieras una paja del pijotero suelo y le dijeras a Bloom: Mire, Bloom. ¿Ve esta paja? Pues es una paja. Yo te juro por mi madre que se pasaría una hora hablando de la jodida paja y tanto que lo haría y sin parar.

Una muy interesante discusión tuvo lugar en el antiguo sa­lón de Brian O'Ciarnain en Sraid na Bretaine Bheag, babo los auspicios del Sluagh na h—Eireann, sobre el restablecimiento de los antiguos deportes gaélicos y la importancia de la cul­tura fisica, según se entendía en la antigua Grecia y en la an­tigua Roma y en la antigua Irlanda, para la mejor evolución de la raza. El venerable presidente de tan distinguida orden presidía el acto y el público era numerosísimo. Después de un instructivo discurso del moderador, una magnifica alocu­ción elocuente y convincentemente pronunciada, tuvo lugar una muy interesante e instructiva discusión en el alto grado de excelencia acostumbrado motivada en cuanto a la conve­niencia del renacimiento de los antiguos juegos y deportes de nuestros antiguos progenitores pancélticos. El afamado y altamente respetado artífice en la causa de nuestra vieja len­gua, Mr. Joseph M'Carthy Hynes, hizo un elocuente llama­miento para el resurgimiento de los antiguos deportes y pasatiempos gaélicos, practicados mañana y noche por Finn MacCool, por cuanto que fueron concebidos para vivificar la mejor tradición de fortaleza y valor varoniles legada hasta nosotros desde tiempos antiguos. L. Bloom, que fue recibido con una mezcla de aplausos y abucheos, por haber abrazado la causa contraria el moderador vocalista dio por concluida la discusión, en respuesta a repetidas demandas y efusivos aplausos desde todos los lados de un desbordante auditorio, con una interpretación admirablemente encomiable de los versos imperecederos del inmortal Thomas Osborrrne Davis (por suerte harto conocidos para ser recordados aquí) País de nuevo en cuya ejecución el veterano campeón patriota se puede afirmar sin temor a equivocarse con creces se superó a sí mismo. El irlandés Caruso—Garibaldi estuvo extraordinario y sus notas estentóreas se oyeron de modo muy especial en el himno tradicional cantado como únicamente nuestro pai­sano sabe cantarlo. Su soberbia y destacada vocalización, que por su preeminencia realzó sobremanera su ya interna­cional reputación, fue aplaudida con gran estruendo por el concurrido auditorio entre el que cabría destacar a muchos miembros influyentes del clero así como a representantes de la prensa y de la abogacía y de otras profesiones liberales. A continuación se levantó la sesión.

Entre el clero presente se encontraban el muy Rvdo. William Delany, S J., Doctor en Leyes; el muy Rvdmo. Gerald Molloy, Doctor en Teología; el Rvdo. P. J. Kavanagh, C.S. Sp.; el Rvdo. T. Waters, coadjutor; el Rvdo. John M. Ivers, C.P.; el Rvdo. P. J. Cleary, O.S.F.; el Rvdo. L. J. Hickey, O.P.; el muy Rvdo. Padre Nicholas, O.S.F.C.; el muy Rvdo. B. Gorman, O.C.D.; el Rvdo. T. Maher, S J.; el muy Rvdo. James Murphy, S J.; el Rvdo. John Lavery, V.F.; el muy Rvdo. William Doherty, Doctor en Teología; el Rvdo. Peter Fagan, O.M.; el Rvdo. T. Brangan, O.S.A.; el Rvdo. J. Flavin, coadju­tor; el Rvdo. M. A. Hackett, coadjutor; el Rvdo. W. Hurley, coadjutor; el muy Rvdmo. Monseñor M'Manus, Vicario Ge­neral; el Rvdo. B. R Slattery, O.M.I.; el muy Rvdo. M. D. Scally, C.P.; el Rvdo. F. T. Purcell, O.P.; el muy Rvdo. Timothy canónigo Gorman, C.P.; el Rvdo. J. Flanagan, coadjutor. En­tre los seglares se hallaba P. Fay, T. Quirke, etc., etc.

—Hablando de ejercicios violentos, dice Alf, ¿estuviste en el combate Keogh—Bennett?

—No, dice Joe.

—Oí que un fulano se sacó sus cien libras limpias, dice Alf.

—¿Quién? ¿Botero? dice Joe.

Y va y salta Bloom:

—Lo que quiero decir sobre el tenis, por ejemplo, es la agi­lidad y el entrenamiento visual.

—Aahá, Botero, dice Alf. Se dejó decir que Myler con lo que se entrenaba era con cerveza para subir las apuestas y a todo esto el otro pegándole al saco de arena.

—Lo conocemos, el paisano dijo. El hijo del traidor. Ya sabemos lo que le metió el oro inglés en el bolsillo.

Tienes toda la razón, dice Joe.

Y Bloom va y vuelve a interrumpir de nuevo con lo del te­nis sobre césped y la circulación de la sangre, y le pregunta a Alf:

—Y dígame ¿no cree que es así, Bergan?

—Myler le hizo morder el polvo, dice Alf. El combate en­tre Heenan y Sayers fue una mierda en comparación con eso. Le dio la tunda de María Santísima. Tenías que haber visto a ese renacuajo que no le llegaba al ombligo y al gigan­tón atizándole. Dios, le pegó un último metido en la boca del estómago, reglamento de Queensberry y todo, que echó las papillas que le dieron.

Fue un combate titánico e histórico aquél en el que Myler y Percy se habían inscrito para calzarse los guantes por una bolsa de cincuenta soberanos. Estando como estaba en des­ventaja por falta de peso, el favorito de Dublín lo compensó con su técnica depurada en pugilismo. El último asalto de una verdadera exhibición de virtuosismo fue agotador para ambos campeones. El sargento mayor de peso—welter le había saltado bien las narices en la pelea anterior en la que Keogh había aguantado derechazos y castigo de la izquierda, ha­biendo hecho el artillero un buen trabajo en la nariz del pre­dilecto, y Myler se movía como si estuviera groggy. El solda­do fue al grano, arrancándose con un potente directo de la izquierda que el gladiador irlandés devolvió disparando un directo a la mandíbula de Bennett. El casaca roja lo esquivó pero el dublinés lo levantó en peso con un gancho de la iz­quierda, siendo el cuerpo a cuerpo muy duro. Los hombres se agarraron. Myler inmediatamente se empleó a fondo y tiró al suelo a su hombre, terminando el asalto con el hombre más robusto en las cuerdas, y Myler castigándolo. El inglés, que tenía el ojo izquierdo prácticamente cerrado, se fue a su esquina donde lo empaparon bien de agua y cuando sonó la campana salió con ganas de pelea y hasta los topes de coraje, confiado en derribar al púgil eblanita en un santiamén. Fue un combate de pelea hasta el final y que ganara el mejor. Los dos luchaban como tigres y la animación subía como la fie­bre. El árbitro amonestó dos veces a Percy Peleón por agarrar pero el favorito era hábil y el juego de pies una maravilla de ver. Después de un ligero intercambio de cortesías en que un rápido gancho del militar provocó abundante sangre en la boca del oponente el favorito se lanzó con todas sus fuerzas sobre su hombre colocando un tremendo izquierdazo en el estómago de Bennett Batallador, derribándolo al suelo. Fue un fuera de combate claro y definitivo. En medio de una ten­sa expectación y cuando le estaban contando al magullas de Portobello el segundo de Bennett Ole Pfotts Wettstein tiró la toalla y el niño de Santry fue proclamado vencedor ante las delirantes ovaciones del público que saltó las cuerdas del cuadrilátero y casi lo atropellan del entusiasmo.

—Sabe muy bien arrimarse al mejor árbol, dice Alf. Creo que ahora lleva una gira de conciertos por el norte.

—Así es, dice Joe. ¿No?

—¿Quién? dice Bloom. Ah, sí. Completamente cierto. Sí, es una especie de gira de verano, comprenden. Unas va­caciones.

—Mrs. B. es la estrella rutilante ¿no? dice Joe.

—¿Mi mujer? dice Bloom. Ella canta, sí. Creo que va a ser un éxito además. El es un organizador excelente. Excelente.

Anda la hostia me digo yo digo. Ahí está el intríngulis y eso lo explica todo. Botero haciendo un numerito con el pí­colo. Gira de conciertos. El hijo del cerdo de Dan el parchis­ta allá en Island Bridge que le vendió dos veces los mismos caballos al gobierno para la guerra de los bóers. El viejo Que­qué. Llamaba por lo de la contribución del agua y de los po­bres, Mr. Boylan. ¿El qué? La contribución del agua, Mr. Boylan. ¿Qué qué? Ese bravucón se la va a trajinar, te lo digo yo. Ándate listo Calixto.

Orgullo del monte rocoso de Calpe, de pelo azabache la hija de Tweedy. Allí creció ella en belleza sin par donde el níspero del Japón y el almendro perfuman el aire. Los jardi­nes de la Alameda conocieron su paso: la conocían los olivos y ante ella se inclinaban. La casta esposa de Leopold es ella: Manon la de pechos pródigos.

Y hete aquí que allá entró uno de los del clan de los O'Molloys, un joven héroe gallardo de cara blanca empero un tanto rubicundo, de su majestad consejero en leyes letra­do, y con él el príncipe y heredero del noble linaje de los Lamberts.

—Hola, Ned.

—Hola, Álf.

—Hola, Jack.

—Hola, Joe.

—Dios te guarde, dice el paisano.

—Que a todos os guarde, dice J. J. ¿Qué va a ser, Ned?

—Media, dice Ned.

De modo que J. J. pidió una ronda.

—¿Has estado por el juzgado? dice Joe.

—Sí, dice J. J. Lo arreglará, Ned, dice él.

—Espero, dice Ned.

Bueno ¿qué tramaban esos dos? J. J. sacándole de la lista del jurado de acusación y el otro arrimándole el hombro. Con su nombre en la lista de morosos, en la de Stubbs. Ju­gando a las cartas, alternando con cursis de los de monóculo en el ojo, soplando champán y él mientras anegado en man­damientos judiciales y órdenes de embargo. Empeñando el reloj de oro en Cummins en Francis Street donde nadie le re­conociera en el despacho particular cuando estaba yo con Pi­cha rescatando sus botas del monte de piedad. ¿Cómo se lla­ma, señor? Peña, dice él. Sí, y empeñado. Ostras, un día de éstos acaba mal, me parece a mí.

—¿Ha visto a ese jodido chalao de Breen por ahí? dice Alf. QT.C.: colgado.

—Sí, dice J. J. Anda buscando un detective privado.

—Aahá, dice Ned. Y emperrado en llevarlo a los tribuna­les sólo que Kelleher Copetón le convenció de que hiciera examinar la letra primero.

—Diez mil libras, dice Alf, riéndose. Dios, lo que daría por oírle delante del juez y de un jurado.

—¿Lo hiciste tú, Alf? dice Joe. La verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad, con la ayuda de Jimmy Johnson.

—¿Yo? dice Alf. No me embadumes con tus trápalas. —Cualquier declaración que hagas, dice Joe, podrá ser uti­i lizada en tu contra.

—Claro que un pleito sí que cabría, dice J. J. Si se supone que no sea compos mentis. QT.C.: colgado.

—¡Compos tu abuela! dice Alf, riendo. ¿Pero no sabe que está mochales? No hay más que mirarle la cabeza. Sabéis que algunas mañanas tiene que ponerse el sombrero con calzador?

—Sí, dice J. J., pero en caso de procesamiento por publica­ción de un escrito difamatorio, el derecho no admite la posi­ble veracidad del mismo como defensa.

—Ja ja, Alf, dice Joe.

—Aun así, dice Bloom, en consideración a la pobre mu­jer, quiero decir la esposa.

—Hay que tenerle lástima, dice el paisano. O a cualquier mujer que se case con un ni fu ni fa.

—¿Cómo que ni fu ni fa? dice Bloom. Quiere decir que él ...

—Ni fu ni fa quiero decir, dice el paisano. Un tío que no es ni chicha ni limoná.

—Ni bacalao de Bilbao, dice Joe.

—Eso es lo que quiero decir, dice el paisano. Un cenizo, si sabe a lo que me refiero.

La hostia en seguida vi que se avecinaba camorra. Y Bloom erre que erre con que lo que quería decir era que en conside­ración a lo cruel que era para la mujer tener que andar detrás del pobre retrasado farfulla. Crueldad con los animales es lo que es dejar a ese infeliz desvalido en la calle con barba de a medio palmo, sería para que se le cayera a uno la cara de ver­güenza. Y ella dándose pisto después que se casara con él a cuenta de que un primo del viejo le ponía el reclinatorio al Papa. La foto de él en la pared con los mostachos a lo Sweeney el Matón, el signior Brini de Summerhill, el vistaliano, zuavo papal del Santo Padre, se ha mudado del muelle para irse a Moss Street. ¿Y quién era él, a ver, dígame? Un muer­to de hambre, con cuartucho interior en el segundo a siete chelines a la semana, con toda clase de chapas en el pecho desafiando al mundo.

—Y lo que es más, dice J. J., una tarjeta postal es una pu­blicación. Se tomó como evidencia material delictiva en el precedente judicial Sadgrove contra Hole. En mi opinión hay fundamento para un pleito.

Las mismas monsergas, por favor. ¿Quién te ha pedido tu opinión? Déjanos tomar una cerveza en paz. Ostras, que nos dejen tranquilos por lo menos.

—Bueno, salud, Jack, dice Ned.

—Salud, Ned, dice J. J.

—Ahí anda otra vez, dice Joe.

—¿Dónde? dice Alf.

Y la hostia por allí iba pasando por delante de la puerta con los libros en la sobaquera y la mujer a su lado y Kelleher Copetón con su ojo estrábico mirando para dentro al pasar, hablándole en plan paternal, a ver si le vendía la cabra.

—¿Cómo fue el caso del timo ese de Canadá? dice Joe.

—Confirmado el auto de prisión, dice J. J.

Uno de los de la hermandad de napias ganchudas fue que se hacía llamar James Wought alias Saphiro alias Spark y Spiro, puso un anuncio en los periódicos diciendo que ofer­taba pasajes para Canadá por veinte chelines. ¿Qué? ¿Me ves cara de tonto? Claro que era un jodido atraco a mano ar­mada. ¿Qué? Los timó a todos, chachas y patanes de County Meath, ja, y a los de su ralea también. J. J. nos estaba dicien­do que había un anciano hebreo Zaretsky o algo parecido que lloraba en el banco de los testigos con el sombrero puesto, y juraba por el santo Moisés que le había clavado dos libras.

—¿Quién llevaba el caso? dice Joe.

—El magistrado, dice Ned.

—Pobre Sir Frederick, dice Alf, se la pueden dar con queso.

—Tiene un corazón que no le cabe, dice Ned. Cuéntale una de calamidades en atrasos en el alquiler y de esposas en­fermas y una patulea de criaturas y palabra que se echa a llo­rar en el estrado.

—Aahá, dice Alf. Reuben J. tuvo una suerte de órdago que no le sentara en el banquillo de los acusados el otro día por demandar al pobrecillo de Gumley que vigila las piedras, para la corporación municipal por ahí cerca del puente Butt.

Y comienza a remedar al viejo magistrado haciendo como que llora:

—¡Escandaloso! ¡A un pobre trabajador! ¿Cuántos hijos? ¿Diez decía usted?

—Sí, señoría. Y mi esposa tiene el tifus.

—¡Y la mujer con fiebres tifoideas! ¡Escandaloso! Márche­se de la sala inmediatamente, señor. No, señor, no dictaré ninguna orden de pago. ¡Cómo se atreve, señor, comparecer ante mí y pedirme que extienda esa orden! ¡Un pobre y es­forzado trabajador! Caso desestimado.

Y considerando que el decimosexto día del mes de la dio­sa ojodebuey y en la tercera semana después de la festividad de la Santísima e Indivisible Trinidad, la hija de los cielos, es­tando entonces la luna virgen en su cuarto creciente, ocurrió que aquellos sabios jueces se retiraron a los palacios de la ley. Allí su señoría Courtenay, actuando en su propia cámara, pronunció su discurso y su señoría el juez Andrews, actuan­do sin jurado en el tribunal testamentario, sopesó y ponderó la demanda del primer denunciante sobre la propiedad en el caso de legalización del testamento y disposición testamenta­ria final in re los bienes muebles e inmuebles del extinto y llo­rado Jacob Halliday, vinatero, difunto, contra Livingstone, menor, deficiente, y algo más. Y al tribunal superior de Green Street vino Sir Fredenck el Falconero. Y tomó asiento alrededor de las cinco horas para administrar la ley de los an­tiguos jueces irlandeses en la comisión por aquello y aquellas partes que han de tener lugar en y para el condado de la ciu­dad de Dublín. Y tomó asiento con él el sumo Sanedrín de las doce tribus de Iar, por cada tribu un hombre, de la'tribu de Patrick y de la tribu de Hugh y de la tribu de Owen y de la tribu de Conn y de la tribu de Oscar y de la tribu de Fergus y de la tribu de Finn y de la tribu de Dermot y de la tribu de Cormac y de la tribu de Kevin y de la tribu de Caolte y de la tribu de Ossian, habiendo en total doce hombres buenos y honrados. Y les conminó por Aquel que murió en el madero a que juzgaran ecuánime y rectamente y que die­ran su fallo justo sobre la cuestión sujeta a debate entre su se­ñor soberano el rey y el prisionero en el banquillo y dieran un veredicto justo de acuerdo con la evidencia con la ayuda de Dios y por lo más sagrado. Y se levantaron de sus asien­tos, aquellos doce de Iar, y juraron en el nombre de Aquel que existe eternamente que obrarían según Su justicia. Y de inmediato los servidores de la ley sacaron del calabozo a uno a quien los sabuesos de la justicia habían aprehendido como consecuencia de la infonnación recibida. Y le pusieron grille­tes en pies y manos y no accedieron ni a fianza ni a custodia judicial sino que presentaron cargos contra él por ser un mal­hechor.

—Menudos personajillos, dice el paisano, vienen aquí a Ir­landa y llenan el país de chinches.

De modo que Bloom hace como que no oyera y comien­za a hablar con Joe, y le dice que no tiene que preocuparse con ese asuntillo hasta primeros de mes pero que si pudiera al menos le dijera una palabra a Mr. Crawford. Y de modo que Joe juró por lo que más quería por esto y por lo de más allá que haría lo imposible por echarle una mano.

—Porque, se da cuenta, dice Bloom, para un anuncio hay que repetir. Ahí está todo el secreto.

—Déjelo en mis manos, dice Joe.

—Timando a los campesinos, dice el paisano, y a los po­bres de Irlanda. No queremos más extraños en nuestra casa.

—Bueno, estoy seguro de que todo irá bien, Hynes, dice Bloom. Sólo que Yaves, comprende.

—Eso está hecho, dice Joe.

—Muy amable, dice Bloom.

—Los extraños, dice el paisano. Nosotros tenemos la cul­pa. Nosotros los dejamos entrar. Nosotros los trajimos. La adúltera y su amante trajeron a los ladrones sajones aquí.

—Sentencia provisional de divorcio, dice J. J.

Y Bloom haciendo como si estuviera tremendamente inte­resado en nada, una telaraña en el rincón detrás del barril, y el paisano mirándole poniendo cara de pocos amigos y el pe­no a sus pies mirando para arriba a ver a quién y cuándo mordía.

—Una esposa deshonrada, dice el paisano, ésa es la razón 1 de todas nuestras desgracias.

—Y aquí la tenemos, dice Alf, que se estaba descuajarin­gando con la Police Gazene con Terry en el mostrador, con to­das sus galas.

—Deba que le eche un vistazo, le digo yo.

Y no era más que una de esas revistas guarras ilustradas yanquis que Terry le pide prestadas a Kelleher Copetón. Se­cretos para agrandar las partes privadas. Comportamiento in­decente de una belleza de la alta sociedad. Norman W. Mon­tador, millonario constructor de Chicago, sorprende a su bella pero infiel esposa en los brazos del oficial Taylor. La bella en pololos comportándose indecentemente, y su amiguito tocándole lo que le pica y Norman W. Montador irrumpien­do con su canuto justo a tiempo de no llegar a tiempo des­pués que ella ya se ha encaramado a la cucaña con el oficial Taylor.

—¡La leche, Juanita, dice Joe, qué corta llevas la camisita!

—Ahí hay donde arrascar, Joe, le digo yo. No te vendría mal un filetito de la entrepierna de ésa ¿eh?

De modo que en éstas estábamos cuando entró John Wyse Nolan y Lenehan con él con una cara más larga que un día de perros.

—Bueno, dice el paisano ¿qué noticias calientes traéis? ¿Qué decidieron en su reunión de mandamases del ayunta­miento esos chapuceros sobre la lengua irlandesa?

O'Nolan, guamecido con brillante armadura, con profun­da inclinación rindió tributo al avasallador y encumbrado y poderoso jefe de Erín toda y le hizo sabedor de aquello que hubo sucedido, de cómo los respetables ancianos de la más obediente ciudad, la segunda del reino, habíanse reunido en el recinto de portazgo, y allí, tras las preces pertinentes a los dioses que habitan en el éter celestial, habían resuelto en so­lemne consejo por el que, y si a bien hubiera, una vez más re­tornaría a su estima entre los mortales la lengua asaetada de los gaélicos por el mar separados.

—Está de camino, dice el paisano. Al infierno con esos cer­nícalos sajones y su patois.

De modo que J. J. toma cartas en el asunto, haciéndose el cursi con lo de que una opinión es buena hasta que oyes la contraria y que no hay más verdad que los hechos y el prin­cipio de Nelson, de poner el ojo ciego en el anteojo y elabo­rar una propuesta de ley para encausar a un país, y Bloom respaldándole en lo de la moderación y fastidiación y que si sus colonias y su civilización.

—Su sifilización, querrá decir, dice el paisano. ¡Al infierno con todos ellos! ¡La maldición de un Dios zafio caiga de pla­no sobre las crías de esos orejudos bastardos hijos de puta! Ni música ni arte ni literatura que valga la pena. La civiliza­ción que tienen nos la han robado a nosotros. Espectros tar­tajosos hijos de la gran puta.

—La familia europea, dice J. J. ....

—No son europeos, dice el paisano. Yo estuve en Europa con Kevin Egan de París. Allí no se ve ni rastro de ellos ni de su lengua en ningún sitio de Europa menos en el cabinet d aisance.

Y dice John Wyse:

—Muchas y bellas flores nacen para arrebolarse sin ser vistas.

Y va y dice Lenehan que sabe un poco de franchute: —Conspuez les anglais! Pede Albion!

Así habló y luego elevó en sus toscas grandes musculosas y forzudas manos el cubilete de fuerte cerveza oscura espu­mosa y, profiriendo la llamada tribal Lamb DeargAbu, bebió por la destrucción de sus adversarios, una raza de héroes po­derosos y atrevidos, dueños de los mares, que descansan en tronos de alabastro silenciosos como dioses inmortales.

—Qué te pasa, le digo yo a Lenehan. Tienes cara de haber perdido a tu hija y encontrado a tu suegra.

—La Copa de Oro, dice él.

—¿Quién ha ganado, Mr. Lenehan? dice Terry.

—Tirado, dice, veinte a uno. Un jamelgo de tercera. Los demás para el arrastre.

—¿Y la yegua de Bass? dice Terry.

Aún sigue corriendo, dice. Estamos todos hechos pol­vo. Boylan tiró dos libras en Cetro por indicación mía para él y una dama amiga.

—Yo mismo había puesto media corona, dice Terry, en Zinfandel que Mr. Flynn me recomendó. El de Lord Howard de Walden.

—Veinte a uno, dice Lenehan. Así es la puta vida. Tirado, dice él. Es el colmo colmado. Flaqueza, tienes el nombre de Cetro.

De modo que se fue para la lata de galletas que Bob Do­ran había dejado a ver si había algo que coger de gañote, el arisco chucho detrás de él siguiéndole por si le caía algo con su hocico sarnoso en alto. Mamá Rosario se fue para el ar­mario.

—Ahí no, mi niño, dice él.

—¡Que no se diga, hombre! dice Joe. La yegua habría ga­nado si no hubiera sido por ese matalón.

Y a todo esto J. J. y el paisano discutiendo de leyes y de historia con Bloom metiendo alguna palabra que otra. Alguna gente, dice Bloom, sólo ve la paja en el ojo aje­no pero no ve la viga en el propio.

Raimeis, dice el paisano. Nadie hay más ciego que el que no quiere ver, si saben lo que quiero decir. ¿Adónde han ido a parar los veinte millones de irlandeses que deberían hoy estar aquí en lugar de los cuatro, nuestras tribus perdi­das? Y nuestras alfarerías e industria textil ¡lo mejor en el mundo entero! Y nuestra lana que se vendía en Roma en los tiempos de Juvenal y nuestro lino y nuestro damasco de los telares de Antrim y nuestros encajes de Limenck, nuestras curtidurías y nuestro cristal de roca blanco de ahí abajo por Ballybough y nuestro popelín hugonote que tenemos desde Jacquard de Lyon y nuestros tejidos de seda y nuestros paños de Foxford y los encajes del convento de Carmelitas en New Ross, nada comparable en el mundo entero. ¿Adónde han ido a parar los mercaderes griegos que llegaron cruzando las columnas de Hércules, el Gibraltar hoy en manos del enemi­go de la humanidad, con oro y tinte púrpura que vendían en Wexford en el mercado del Carmen? Leed a Tácito y a Pto­lomeo, incluso a Gerardo de Gales. Vino, peletería, mármol de Connemara, plata de Tipperary, imposible hallar otra igual, nuestros incluso hoy archifamosos caballos, las jacas ir­landesas, el mismo rey Felipe de España proponiendo pagar aranceles por el derecho de pesca en nuestras aguas. ¿Qué es lo que no nos deben esos johnny—guarros de Anglia por la ruina de nuestro comercio y nuestros hogares? ¿Y los lechos del Barrow y del Shannon que no los dragan con millones de acres de marismas y tremedal para que nos muriéramos de consunción?

—Tan faltos de árboles como Portugal nos vamos a en­contrar pronto, dice John Wyse, o Heligoland con su único árbol si no se hace algo para reforestar las tierras. Los alerces, los abetos, todos los árboles de la familia de las coníferas es­tán extinguiéndose muy deprisa. Leí un informe de Lord Castletown ....

—Salvadlos, dice el paisano, al fresno gigante de Galway y al olmo tribal de Kildare con tronco de cuarenta pies y rama­je de un acre. Salvad los árboles de Irlanda para la Irlanda del futuro sobre las dulces colinas de Eire, ay.

—Europa tiene los ojos puestos en vosotros, dice Lene­han.

Toda la sociedad elegante internacional se congregó en masse esta tarde para asistir a la boda del chevalier Jean Wyse de Neaulan, el gran sumo guardabosque—en—jefe de los Foresta­les Nacionales de Irlanda, con Miss Pinabety Conífera de Val­depino, Lady Silvia del Olmo, Mrs. Bárbara Azotedamor, Mrs. Tulípero y Fresno, Miss Acebo de Avellaneda, Miss Daf ne Laurel, Miss Dorotea Cañas, Mrs. Claudia Fraga, Mrs. Ser­bal Céspedes, Mrs. Elena Viñas, Miss Virginia Parra, Mrs. Gladys Haya, Mrs. Olivia Solana, Miss Blanche Arce, Mrs. Amanda Caoba, Miss Marta Mirto, Miss Priscila Edelweis, Miss Bea Madreselva, Miss Gracia Álamo de Blanco, Miss Hortensia Mimosa Huertas, Miss Raquel Cedro, Misses Azu­cena y Violeta Lirio, Miss Dolores Naranjal, Mrs. Kitty Mus­go, Miss Rocío Espino, Mrs. Gloria Palmero, Mrs. Liana Bos­que, Mrs. Arabela Selvanegra y Mrs. Norma Secoya de Villa­rrobledo del Rey honraron la ceremonia con su presencia. La novia llevada hasta el altar por su padre, el M'Resina y Ferro de los Tozas, lucía con exquisito gusto un modelo en seda verde mercenzada, moldeado sobre viso gris crepúsculo, ajustado con una pretina de esmeralda clara y acabado con triple volante de flecos más oscuros, el conjunto avivado con tirantas e inserciones alrededor de la cadera color bronce be­llota. Las damas de honor, Miss Fuensanta Conífera y Miss Picea Conífera, hermanas de la novia, llevaban vestidos muy favorecedores del mismo tono, con primoroso motif de rosa penacho bordado en los pliegues a rayas y repetido capricho­samente en los tocados verdejade en forma de plumas de gar­za de coral en tinte pálido. El Senhor Enrique Flor estuvo en­cargado del órgano con su ya conocida habilidad y, además de los fragmentos obligados en una misa nupcial, tocó un nuevo y sorprendente arreglo de Leñador, no me cortes el árbol al final de la ceremonia religiosa. Al salir de la iglesia de Saint Fiacre in Horto después de la bendición papal la feliz pareja fue objeto de un divertido fuego cruzado de avellanas, hayu­cos, hojas de laurel, candelillas, puñados de hiedra, bayas de acebo, ramitos de muérdago y brotes de acafresna de monta­ña. Mr. y Mrs. Wyse Conífera Neaulan pasarán una plácida luna de miel en la Selva Negra.

—Y también nuestros ojos están puestos en Europa, dice el paisano. Tuvimos relaciones comerciales con España y con los franceses y con los flamencos antes de que esos chu­chos nacieran, cerveza española en Galway, carracas de vino por los mares vinoscuro.

—Y volveremos a tenerlas, dice Joe.

Y con la ayuda de la santísima Virgen volveremos a tener­las, dice el paisano, dándose una palmada en el muslo. Nues­tros puertos ahora vacíos volverán a estar ocupados otra vez, Queenstown, Kinsale, Galway, la bahía Blacksod, Ventry en el reino de Kerry, Killybegs, el tercer puerto más grande de todo el ancho mundo con una flota de mástiles de los Lynches de Galway y los O'Reillys de Cavan y los O'Kennedys de Dublín como cuando el conde de Desmond podía firmar tratados con el emperador Carlos Quinto en persona. Y volveremos a tenerlas, dice, cuando veamos el primer acorazado irlandés de­safiando las olas con nuestra bandera en la proa, nada de arpas de tu Enrique Tudor, no señor, la más antigua bandera a bor­do, la bandera de las provincias de Desmond y Thomond, tres coronas en campo azur, los tres hijos de Milesio.

Y se bebió el último trago de la pinta. Quita de ahí. Boca­zas, sólo gestos y aspavientos. Castillos en el aire. A ver si ex­pone el pellejo del capullo yendo a echarle su discurso de mierda al gentío que se junta en Shanagolden donde no se atreve ni a asomar las narices con todos esos Molly Maguires buscándolo para machacarlo por quedarse las tierras de un aparcero desahuciado.

—Bien dicho, bien dicho, dice John Wyse. ¿Qué te vas a tomar?

—Un infante de caballería, dice Lenehan, para celebrar la ocasión.

—Que sea media, Terry, dice John Wyse, y un arribalas­manos. ¡Terry! Pero ¿estás dormido?

—Sí, señor, dice Terry. Medio güisqui y una botella de Allsop. En seguida, señor.

Pendiente del jodido periódico con Alf a la busca de par­tes picantes en lugar de atender a la clientela. Foto de una pe­lea a topetazos, intentando romperse los jodidos cráneos, un fulano yendo a por el otro con la cabeza gacha como un toro en el toril. Y otra más: Bestia negra quemada en Omaha, Geor­gia. Un grupo de paletos de las marismas con sombreros de ala caída en el momento de disparar a un negro zumbón col­gado de un árbol con la lengua fuera y una hoguera debajo. Ostras, deberían echarlo al mar después y electrocutarlo y crucificarlo para que se quedaran tranquilos que habían ter­minado la tarea.

—¿Y qué me dices de la marina de guerra, dice Ned, que mantiene a nuestros enemigos a raya?

—Sobre eso os voy a hablar, dice el paisano. Un infierno es lo que es. Leed las declaraciones que salen en los periódi­cos acerca de los azotes en buques escuelas en Portsmouth. Escribe uno que se hace pasar por El amargado.

De modo que empieza a hablamos del castigo corporal y de las tripulaciones de marineros y oficiales y de contraalmi­rantes muy derechos con sus sombreros de tres picos y el cura con su biblia protestante presenciando el castigo y un mozo al que apartan, llamando a su mamá a berridos, y que amarran al extremo de un cañón.

—Una docena en la culera, dice el paisano, era como ese rufián de Sir John Beresford lo llamaba pero en el inglés mo­derno de los cojones se llama varazos en las calzas.

Y va y dice John Wyse:

—Esta costumbre es más acatada en el abuso que en el uso. Luego nos siguió contando que el oficial de la policía mi­litar viene con una vara larga y se aparta y azota las asentade­ras del pobre mozo hasta que empieza a berrear no me pegue más, no me pegue más.

—Ahí tienes a la gloriosa armada británica, dice el paisa­no, que mangonea el mundo. La gente que nunca será escla­va, con la única cámara hereditaria sobre la faz de este mun­do de Dios y su tierra en manos de una docena de guarros de engorde y barones de farfolla. Ahí tienes al gran imperio del que alardean de currelos y siervos azotados.

—Sobre el que nunca sale el sol, dice Joe.

—Y lo malo de eso es, dice el paisano, que se lo creen. Esos infelices yahoos se lo creen.

Creen en la vara, en el todopoderoso flagelador, creador del infierno en la tierra, y en Jaimito el Marino, hijo de sota, que fue concebido por obra de infemal vocerío, nacido de combate naval, sufrió de una docena en la culera, fue escari­zado, desollado y apaleado, gritó como un condenado, al ter­cer día se levantó del catre, puso rumbo a puerto, está senta­do sobre su pompis hasta nueva orden de donde vendrá a cu­rrar para ir tirando y ganarse un jornal.

—Pero, dice Bloom, ¿no es la disciplina igual en todas par­tes? Quiero decir ¿no sería igual aquí si se enfrenta a la fuer­za con la fuerza?

¿No te decía? Tan cierto como que me estoy bebiendo esta cerveza aunque estuviera dando las últimas boqueadas se empeñaría en probarte que morir es vivir.

—Enfrentemos fuerza contra fuerza, dice el paisano. No­sotros tenemos nuestra gran Irlanda al otro lado del mar. Se les echó de sus casas y hogares en el negro 47. Sus chozas de barro y sus cabañas a la orilla del camino arrasadas por el ariete y el Times se frotó las manos y contaba a los cobardicas sajones que pronto habría tan pocos irlandeses en Irlanda como pielesrojas en Áménca. El mismo Gran Turco nos mandó sus piastras. Pero el sajón intentó matar de hambre al pueblo en su casa mientras que la tierra rebosaba de cosechas que las hienas británicas compraban y vendían en Río de Ja­neiro. Ya lo creo, echaron a los campesinos en masa. Veinte mil murieron en los barcos—cementerio. Pero aquellos que llegaron a la tierra de la libertad recuerdan la tierra de la ser­vidumbre. Y volverán otra vez y con más ímpetu, no son co­bardes, los hijos de Granuaile, los guerreros de Kathleen ni Houlihan.

—Totalmente cierto, dice Bloom. Pero a lo que yo me re­fería ....

—Hace siglos que estamos esperando ese día, paisano, dice Ned. Desde que la pobre vieja nos dijo que los france­ses se habían hecho a la mar y habían desembarcado en Killala.

—Aahá, dice John Wyse. Luchamos por los Estuardos que nos hicieron trampa con los Guillermistas y nos traicio­naron. Recordad Limench y el quebrantamiento del tratado­de—piedra. Dimos nuestra más ilustre sangre a Francia y Espa­ña, los gansos salvajes. Fontenoy ¿eh, qué os parece? Y Sars­field y O'Donnell, duque de Tetuán en España, y Ulises Browne de Camus que fue mariscal de campo con María Te­resa. Y ¿qué sacamos de todo eso?

—¡Franceses! dice el paisano. ¡Partida de maestros de dan­za! ¿Sabéis lo que pasa? No le han valido un pimiento a Ir­landa. ¿No intentan ahora concertar un entente cordial en las cenas de Te Pe con la pérfida Albión? Botafuegos de Eu­ropa es lo que siempre han sido.

—Conspuez lesfrançais, Lenehan dice, atrapando la cerveza. —Y en cuanto a los pprussianos y hanovenanos, dice Joe ¿no hemos tenido ya suficiente con esos hijos de puta trago­nes de salchichas en el trono desde Jorge el elector hasta el chaval alemán ése y la vieja bruja pedorra ya muerta? Recoño, me tuve que reír por la manera como se descolgó con aquello de la vieja antiparras, amonada en el palacio real todas las noches de Dios, la vieja Viqui, con su pocillo de güisqui escocés y el cochero acarreándola enterita para echar­la en la cama y ella tirándole de las patillas y cantándole tro­zos de viejas canciones sobre Ehren en el Rin y vente para acá donde el trinquis es baratito.

—Bueno, dice J. J. Ahora tenemos a Eduardo el pacifi­cador.

—Eso se lo cuentas a otro, dice el paisano. Hay más ladi­llas y sifilazos en ese pipiolo de lo que parece. ¡Eduardo Guelph—Wettin!

—Y qué opinas, dice Joe, de esos benditos muchachos, los curas y obispos de Irlanda haciéndole la habitación en Maynooth con los colores de las carreras de Su Majes­tad Satánica y pegando las fotos de todos los caballos que sus yóqueys han montado. El conde de Dublín, nada menos.

—Tendrían que haber pegado también a todas las mujeres que él ha montado, dice el pequeño Alf.

Y va y dice J. J.:

—Cuestiones de espacio influyeron en la decisión de sus ilustrísimas.

—¿Te atreves con otra, paisano? dice Joe. —Sí, señor, dice él. Me atrevo.

—¿Y tú? dice Joe.

Agradecido, Joe, le digo yo. Que prospere tu prosperidad.

—Que se repita la dosis, dice Joe.

Bloom hablaba y hablaba con John Wyse y él muy emo­cionado con su facha morenotostadoarcillosa y los ojos de ciruela bailándole.

—Persecuciones, dice él, la historia del mundo está llena de ellas. Perpetuando el odio nacional entre las naciones.

—Pero ¿sabe lo que significa nación? dice John Wyse.

—Sí, dice Bloom.

—¿Qué significa? dice John Wyse.

—¿Nación? dice Bloom. Nación es la misma gente que vive en el mismo lugar.

—Por Dios, entonces, dice Ned, riéndose, en ese caso yo soy una nación porque vivo en el mismo lugar hace cinco años.

De modo que desde luego todo el mundo se rió de buena gana de Bloom y dice él, intentando escapar por algún sitio:

—O también que vive en distintos lugares.

—Ahí me incluyo yo, dice Joe.

—¿Cuál es su nación si me permite la pregunta? dice el paisano.

—Irlanda, dice Bloom. Aquí nací. Irlanda.

El paisano no dijo nada sólo se aclaró el gaznate de telara­ñas y, la hostia, agarra y suelta un gargajo como una ostra del banco Rojo de grande contra el rincón.

—Corriendo que pierde el barco, Joe, dice él, sacando el pañuelo para refregarse.

—Aquí tienes, paisano, dice Joe. Cógelo con la mano de­recha y repite conmigo lo siguiente:

El muy apreciado e intrincadamente bordado antiguo fa­zoleto irlandés atribuido a Salomón de Droma y Manus Tomaltach og MacDonogh, autores del Libro de Ballymote, fue entonces cuidadosamente mostrado y suscitó una pro­longada admiración. No es necesario detenerse en la legen­dana belleza de los extremos, la cumbre del arte, en donde se puede detalladamente discernir cada uno de los cuatro evangelistas que a su vez muestran a cada uno de los cuatro maestros su símbolo evangélico, un cetro de aliso, un puma norteamericano (rey de las bestias mucho más noble que el pegote británico, dicho sea de paso), un becerro de Kerry y un águila dorada del Monte Carrantuo. Los escenarios que allí se nos pintan sobre campo emuntono, que nos mues­tran nuestras antiguas fortalezas y amurallamientos y cróm­lechs y solanas y sitiales de estudio y piedras de maldición, son tan asombrosamente bellos y los pigmentos tan delica­dos como cuando los iluminadores de Sligo dieron rienda suelta a su fantasía artística hace mucho mucho tiempo en la época de los Barmecidas. Glendalough, los encantadores lagos de Killarney, las ruinas de Clonmacnois, la Abadía de Cong, Glen Inagh y los Picos de Beola, Ojo de Irlanda, las Verdes Colinas de Tallaght, Croagh Patrick, la fábrica de cerveza de Messrs. Arthur Guinness, Hijo y Compañía (S. A.), las riberas de Lough Neagh, el valle de Ovoca, la to­rre de Isolda, el obelisco de Mapas, el hospital de Sir Patrick Dun, el Cabo de Clear, la llanura de Aherlow, el castillo de Lynch, la taberna Escocesa, el asilo de pobres del sindicato de Rathdown en Loughlinstown, la cárcel de Tullamore, las casca­das de Castleconnel, Kilballymacshonakill, la cruz de Monas­terboice, el Hotel Jury, el Purgatorio de San Patricio, el Remon­te del Salmón, el refectorio del Colegio de Maynooth, la hoya de Curley, los tres lugares de nacimiento del primer duque de Wellington, la roca de Cashel, el tremedal de Allen, los alma­cenes de Henry Street, la cueva de Fingal — todos esos escena­rios conmovedores aún están ahí para nosotros hoy converti­dos en algo aún más hermoso por las aguas de dolor que por ellos han corrido y por las generosas incrustaciones del tiempo. —Acércame la bebida, le digo yo. ¿Cuál es de quién?

—Ésta es mía, dice Joe, como dijo el diablo al policía muerto.

—Yo pertenezco a una raza además, dice Bloom, que es odiada y perseguida. También ahora. En este preciso mo­mento. En este preciso instante.

Ostras, casi se quema los dedos con la colilla del cigarro.

—Robada, dice él. Saqueada. Insultada. Perseguida. Arre­batándonos lo que nos pertenece por derecho. En este preci­so momento, dice él, levantando el puño, vendida en subas­ta en Marruecos como esclavos o ganado.

—¿Está hablando de la nueva Jerusalén? dice el paisano.

—Estoy hablando de injusticia, dice Bloom.

—De acuerdo, dice John Wyse. Hágale frente con redaño como los hombres.

Ahí tienes una buena foto de almanaque. Un blanco para una bala explosiva. El cara de panpringado defendiendo lo que hay que defender. Ostras, le sentaría mejor un escobón, ya lo creo que sí, no le faltaría más que un delantal de tata. Y de pronto se viene abajo, dándole vueltas a lo contrario, suave como un guante.

—Pero no vale de nada, dice él. La fuerza, el odio, la his­toria, todo eso. Eso no es vida para los hombres y las muje­res, insultos y odio. Y todo el mundo sabe que es precisa­mente lo contrario lo que es la vida de verdad.

—¿Qué? dice Alf.

—El amor, dice Bloom. Quiero decir lo contrario del odio. Tengo que irme, le dice a John Wyse. Ahí mismo a la audien­cia a ver si Martin está allí. Si viene dígale solamente que esta­ré de vuelta en un segundo. Solamente un momento.

¿Quién te para los pies? Y allá que sale pitando como hu­yendo de la quema.

—Un nuevo apóstol de los gentiles, dice el paisano. Amor universal.

—Bueno, dice John Wyse. ¿No es eso lo que nos han en­señado? Ama a tu prójimo.

—¿Ese tipo? dice el paisano. Aprovéchate del prójimo es su lema. ¡Amor, quita de ahí! Buen modelo está hecho de o Romeo y Julieta.

El amor ama amar al amor. La enfermera ama al nuevo far­macéutico. El policía 14A ama a Mary Kelly. Gerty Mac­Dowell ama al chico de la bicicleta. M. B. ama a un apuesto ca­ballero. Li Chi Han amalía besal a Chu Pa Chow. Jumbo, el elefante, ama a Alice, la elefante. El viejo Mr. Verschoyle el de la trompetilla en la oreja ama a la vieja Mrs. Verschoyle la del ojo a la virulé. El hombre de la gabardina marrón ama a una señora que está muerta. Su Majestad el Rey ama a Su Majestad la Reina. Mrs. Nominan W. Montador ama al ofi­cial Taylor. Tú amas a cierta persona. Y esa persona ama a otra persona porque todo el mundo ama a alguien aunque Dios ama a todos.

—Bueno, Joe, le digo yo, a tu salud y que te aclare la gar­ganta. A tu salud, paisano.

—Venga, que no se diga, dice Joe.

—Que Dios y María y Patricio os bendigan, dice el paisano.

Y arriba con la pinta a remojar el gañote.

—Ya conocemos a esos meapilas, dice él, sermoneándote y atracándote. ¿Qué me contáis del santurrón de Cromwell y sus tropas que pasaron a espada a las mujeres y niños de Crogheda con las palabras de la biblia Dios es amor pegadas alrededor de las bocas del cañón? ¡La biblia! ¿Han leído esa pulla en el UnitedIrishman de hoy sobre el jefe zulú que visi­ta ahora Inglaterra?

—¿Cómo es? dice Joe.

De modo que el paisano tira de su follón de papeles y em­pieza a leer en alto:

—Una delegación de los magnates más importantes del al­godón de Manchester fue presentada ayer a Su Majestad el Alaki de Abeakuta por el Bastón de Oro Real, Lord Pisa de Pisa Huevos, para ofrecer a Su Majestad el testimonio más sincero de agradecimiento de los comerciantes británicos por las facilidades otorgadas en sus dominios. La delegación asis­tió a un almuerzo concluido el cual el oscuro potentado, en el transcurso de una feliz alocución, libremente traducida por el capellán británico, el reverendo Ananías Quieradios Huesospelados, ofreció su testimonio de agradecimiento más encarecido al Massa Pisa y resaltó las cordiales relaciones existentes entre Abeakuta y el imperio británico, manifestan­do que estimaba como una de sus más preciadas pertenen­cias la biblia iluminada, el libro de la palabra de Dios y el se­creto de la grandiosidad de Inglaterra, graciosamente ofreci­da por la mujer jefe blanca, la gran guaracha Victoria, con una dedicatoria personal de la augusta mano de la Donante Real. El Alaki luego bebió un velicomen de agua de fuego de excelente calidad al brindis de Blanco y Negro en la calavera de su predecesor inmediato en la dinastía Kakachakachak, apodada de las Cuarenta Verrugas, a continuación de lo cual visitó la factoría más importante de Algodonópolis y estam­pó sus huellas en el libro de visitas, ejecutando subsiguiente­mente una antigua y encantadora danza de guerra abeakúti­ca, en el transcurso de la cual se tragó varios cuchillos y tene­dores, en medio de los hilarantes aplausos de las operarias.

—Mujer viuda, dice Ned. Yo no dudaría de ella. A saber si hizo el mismo uso de la biblia que yo haría.

—El mismo sólo que más, dice Lenehan. Y a partir de en­tonces en esa tierra fértil el mango de hoja ancha floreció so­bremanera.

—¿Es eso de Griffith? dice John Wyse.

—No, dice el paisano. No lleva la firma Shanganagh. Sólo la inicial: P.

—Y una buena inicial que es, dice Joe.

—Así es como es todo, dice el paisano. El comercio sigue a la bandera.

—Bueno, dice J. J., si hay alguien peor que esos belgas en el Estado Libre del Congo ya tiene que ser malo. ¿Leísteis el informe de ese fulano como se llame?

—Casement, dice el paisano. Es irlandés.

—Sí, ése es el hombre, dice J. J. Violan a mujeres y niñas y azotan a los nativos en la barriga para exprimirles todo el caucho rojo que pueden.

—Ya sé adónde ha ido, Lenehan dice, crujiéndose los dedos.

—¿Quién? le digo yo.

—Bloom, dice. La audiencia es una tapadera. Apostó unos cuantos chelines a Tirado y ha ido a arramblar con el di­nero.

—¿Te refieres a ese cafre blanco disfrazado de negro? dice el paisano ¿que no apuesta por un caballo aunque lo aten? —Ahí es donde ha ido, Lenehan dice. Me encontré con Lyons Gallito que iba a apostar por ese caballo sólo que yo se lo saqué de la cabeza y me dijo que Bloom le había dado la idea. Me apuesto lo que queráis a que se ha ganado cien chelines por cinco. Él es ahora el único en Dublín que ha ga­nado. Un caballo del montón.

—Él sí que es un jodido caballo del montón, dice Joe. —¿Te importa, Joe? le digo yo. Dime dónde está la salida de entrada.

—Ahí la tienes, dice Terry.

Adiós Irlanda me voy para Gort. De modo que me fui atrás al patio a echar una meada y la hostia (cien chelines por cinco) mientras me aliviaba del (Tirado veinte a) me aliviaba del flete ostras me digo sabía que no se encontraba a gusto (dos pintas sacadas a Joe y una en la taberna Slattery) nervio­so por salir disparado a (cien chelines son cinco libras) y cuando estaban en el (caballo del montón) Burke el Picha me contaba lo de la partida de naipes y haciendo como que la niña estaba mala (ostras, debo de haber echado casi un ga­lón) la culona de la mujer diciéndole desde arriba por el tubo la niña está mejor o la niña está (¡ay!) todo preparado lo tenía de modo que pudiera evaporarse con la morterada si ganaba o (recoño, estaba hasta los topes) comerciar sin licencia (¡ay!) Irlanda es mi nación dice él (¡jaaj! ¡pfizuu!) no hay manera de ganarles a esos jodidos (por fin) cabrones (¡aah!) sionistas.

De modo que de todas formas cuando Volví seguían con el mismo sonsonete, John Wyse que decía que era Bloom el que le daba las ideas a Sinn Fein para que Griffrth pusiera en su periódico todos esos chanchullos en los distritos electora­les, jurados apañados y el timo de impuestos al gobierno y nombramientos de cónsules por todo el mundo para que vieran de vender las industrias irlandesas. Quitarle el pan de la boca a Pedro para dárselo a Pablo. Ostras, eso lo tira todo por tierra si encima el tío pitarroso se mete a embarullar. Que nos den una jodida oportunidad. Dios libre a Irlanda de gentuza como ese metomentodo. Mr. Bloom con sus discu­siones sin norte ni guía. Y su viejo antes que él perpetrando fraudes, el viejo Matusalén Bloom, el hombre del saco, que se envenenó con ácido prúsico después que inundara el país con sus baratijas y sus diamantes de a penique. Préstamos por correo con facilidades. Cualquier cantidad de dinero adelantada contra pagaré. Condiciones a convenir. Sin fian­zas. Ostras, que ataba los perros con longaniza ¡vamos!

—Bueno, es un hecho, dice John Wyse. Y ahí está el hom­bre que os lo puede contar todo, Martin Cunningham.

En efecto el coche del Castillo llegó con Martin y Jack Power con él y un tipo llamado Crofter o Crofton, jubilado de Hacienda, un orangista que Blackburn tiene en nómina y se saca la paga o Crawford correteando por todo el país a ex­pensas del rey.

Nuestros viajeros alcanzaron la rústica hospedería y desca­balgaron de sus corceles.

—¡Eh, palafrenero! exclamó el que por su porte parecía el mentor de la comitiva. ¡Insolente bellaco! ¡Acudid presto!

Así diciendo aporreó vigorosamente con la empuñadura de la espada el abierto enrejado.

El hospedero acudió raudo a la llamada, ajustándose el ropón.

—Dios os guarde, mis señores, dijo el hospedero con ala­bancera venia.

—¡Apresuraos, buen hombre! exclamó el que aporreado había. Velad por nuestros alazanes. Y a nosotros dadnos de cuanto hayáis lo mejor pues pardiez que de ello habemos ne­cesidad.

—Ay, buenos señores, dijo el hospedero, en mi humilde cobijo ha la alacena mermada. No sé qué ofrendar a sus se­ñorías.

—¿Cómo así, malandrín? exclamó el segundo de la comi­tiva, hombre de grato semblante, ¿Así socorréis a los mensa­jeros del rey, maese Tinajero?

Prontamente el visaje al dueño se le demudó.

—Gracia ruego de vos, caballeros, dijo con modestia. Si del rey sois mensajeros (¡Dios ampare a Su Majestad!) no habréis de tener falta. Los amigos del rey (¡Dios bendiga a Su Majestad!) no han de ayunar en mi cobijo, así os lo pro­meto.

—¡Andaos presto! exclamó el viajero que no había habla­do, de buen yantar por su talante. ¿Tenéis algo que darnos?

El hospedero la venia dio y la réplica otrosí:

—¿Qué dicen, buenos señores, de un pastelón de picho­nes, unas lonjas de venado, unos cuartos de temera, silbón con panceta torrada, una cabeza de verraco con pistachos, una escudilla de gustosas natillas, un budín de nísperos con jarabe de tanaceto y un jarro de Rin añejo?

—¡Por Santiago! exclamó el último en parlamentar. Que me place. ¡Pistachos!

—¡Aahá! exclamó el de grato semblante. ¡Humilde cobijo y alacena meneada, nos decíais! Buen rufián estáis hecho.

De modo que entra Martin preguntando por Bloom.

—¿Que dónde está? dice Lenehan. Embaucando a viudas y huérfanos.

—¿No es cierto, dice John Wyse, lo que le estaba dicien­do al paisano sobre Bloom y el Sinn Fein?

—Así es, Martin dice. O eso comentan.

—¿Quién hace esos comentarios? dice Alf.

—Yo, dice Joe. Yo soy el comentador.

—Y después de todo, dice John Wyse, ¿por qué no puede un judío amar a su país como cualquier hijo de vecino?

—¿Por qué no? dice J. J., cuando esté bien seguro de cuál es su país.

—¿Es judío o gentil o católico o disidente o qué coño es? dice Ned. ¿O quién es? Sin querer ofender, Crofton.

—¿Quién es Junius? dice J. J.

—Nuestro no es, dice Crofter el orangista o presbite­riano.

—Es un judío pervertido, dice Martin, de algún lugar de Hungría y fue él el que preparó el plan según el modelo hún­garo. Eso lo sabemos en el Castillo.

—¿No es pariente de Bloom el dentista? dice Jack Power.

—En absoluto, dice Martin. Sólo tocayos. Su nombre era Virag, nombre del padre que se envenenó. Se lo cambió en escritura legal, fue el padre el que lo hizo.

—¡Aquí tenemos al nuevo Mesías para Irlanda! dice el pai­sano. ¡Isla de santos y sabios!

—Bueno, ellos aún esperan a su redentor, dice Martin. Di­cho sea de paso también nosotros.

—Sí, dice J. J., y en cada varón que nace ven ellos un po­sible Mesías. Y todo judío vive en un tremendo estado de ex­citación, según creo, hasta que sabe si es padre o madre.

—Esperando a cada momento ser el próximo, dice Lenehan.

—Dios, dice Ned, tendríais que haber visto a Bloom antes de que ese hijo suyo que murió naciera. Me lo encontré un día en South City Markets comprando una lata de nutrimen­to Neave seis semanas antes de que la mujer diera a luz.

—En ventre sa mére, dice J. J.

—¿Tú llamas a eso un hombre? dice el paisano.

—A saber si alguna vez se lo quitó de la mente, dice Joe.

—Bueno, le nacieron dos hijos de todas formas, dice Jack Power.

—¿Y de quién sospecha? dice el paisano.

Ostras, la de verdades que se dicen en broma. Uno de esos mariposas es lo que es. Se metía en cama en el hotel me de­cía el Picha. una vez al mes con jaqueca como una damisela con sus cosas. ¿Sabéis de lo que os hablo? Sería una buena obra echarle mano a un fulano como ése y tirarlo de patas al mar. Homicidio justificado, es lo que sería. Y va y se escabu­lle con sus cinco soberanos sin invitar a una pinta siquiera como un hombre. El Señor nos coja confesados. Por no dar no da ni los buenos días.

—Caridad con el prójimo, dice Martin. Pero ¿dónde esta­rá? No podemos esperar.

—Un lobo con piel de cordero, dice el paisano. Eso es lo que es. Virag de Hungría. Asuero es como yo lo llamo. Dios lo maldiga.

—¿Tiene tiempo para un sorbo, Martín? dice Ned.

—Sólo uno, dice Martin. Tenemos prisa. Un J. J. y un S. para mí.

—¿Y tú, Jack? ¿Crofton? Que sean tres medias, Terry.

—San Patricio tendría que desembarcar de nuevo en Ballykinlar y convertirnos, dice el paisano, por haber permi­tido que cosas como ésa contaminaran nuestro suelo.

—Bueno, dice Martin, pidiendo su copa con golpes en el mostrador. Dios bendiga a los presentes es lo que pido.

—Amén, dice el paisano.

—Y estoy seguro de que sí, dice Joe.

Y con el sonido de la campanilla de la consagración, pre­cedidos por un cruciferario con acólitos, turibulanos, portadores de navetas, lectores, ostiarios, diáconos y subdiaconos, la santa procesión avanzó de abates mitrados y priores y i guardianes y monjes y frailes: los monjes de Benito de Spo­leto, cartujos y camaldulenses, cistercienses y olivetenses, oratorios y valombrosianos, y los frailes de Agustín, brigiti­nos, premonstratenses, servitas, trinitarios, y los hijos de Pe­dro Nolasco: y además del Monte Carmelo los hijos de Elías el profeta encabezados por el Obispo Alberto y por Teresa de Ávila, calzados y descalzos: y frailes, marrones y grises, los hijos del pobre Francisco, capuchinos, cordeleros, mínimos y observantes y las hijas de Clara: y los hijos de Domingo, los frailes predicadores, y los hijos de Vicente: y los monjes de San Wolstano: y los hijos de Ignacio: y la congregación de los hermanos cristianos encabezados por el reverendo hermano Edmundo Ignacio Rice. Y detrás seguían todos los santos y mártires, vírgenes y confesores: San Quirico y San Isi­dro Labrador y Santiago el Menor y San Focas de Sinopia y San Julián Hospitalario y San Félix de Cantalejo y San Si­món Estilita y San Esteban Protomártir y San Juan de Dios y San Ferreolo y San Lugardo y San Teodoto y San Vulmaro y San Ricardo y San Vicente de Paúl y San Martín de Todi y San Martín de Tours y San Alfredo y San José y San Dioni­sio y San Cornelio y San Leopoldo y San Bernardo y San Te­rencio y San Eduardo y San Owen Caniculus y San Anóni­mo y San Epónimo y San Pseudónimo y San Homónimo y San Parónimo y San Sinónimo y San Lorenzo O'Toole y Santiago de Dingle y Compostela y San Columcilo y San Columba y San Celestino y San Colomano y San Kevin y San Brendano y San Frigidiano y San Senano y San Facha­nan y San Colombo y San Galo y San Fursa y San Fintano y San Fiacro y San Juan Nepomuceno y Santo Tomás de Aqui­no y San Ivo de Bretaña y San Michán y San Germán José y los tres patronos de la santa juventud San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka y San Juan Berchmans y los santos Gervasio, Servasio y Bonifacio y Santa Brida y San Ciarán y San Canico de Kilkenny y San Jarlath de Tuam y San Finbarr y San Pappin de Ballymun y el Hermano Luis Pacífico y el Hermano Alosio Belicoso y las santas Rosa de Lima y de Viterbo y Santa Marta de Betania y Santa María Egipcíaca y Santa Lucía y Santa Brígida y Santa Atracta y Santa Dympna y Santa Ita y Santa Manon Calpense y la Beata Sor Teresa del Niño Jesús y Santa Bárbara y Santa Escolástica y Santa Úrsula con sus once mil vírgenes. Y todas iban con nimbos y coronas y glorias portando palmas y arpas y espadas y coronas de olivo, con túnicas en las que estaban bordados los sagrados símbolos de sus eficacias, tinteros, flechas, hogazas, jarrones, grilletes, hachas, árboles, puentes, bebés en bañeras, conchas, burchacas, tijeras de esquilar, llaves, dragones, azucenas, pos­tas zorreras, barbas, guarros, lámparas, fuelles, colmenas, cu­charones, estrellas, serpientes, yunques, cajas de ungüento, campanas, muletas, fórceps, cuernos de venado, botas de agua, halcones, piedras de molino, ojos en un plato, velas de cera, asperges, unicomios. Y según caminaban por la Colum­na de Nelson, Henry Street, Mary Street, Capel Street, Little Britain Street salmodiando el introito in Epipbania Domini que empieza Surge, dluminare y más tarde muy dulcemente el gra­dual Omnes que dice de Saba venient hicieron diversos prodi­gios tales como expulsión de demonios, resurrección de muer­tos, multiplicación de peces, curación de tullidos y ciegos, ha­llazgo de objetos varios que se habían perdido, explicación y cumplimiento de las escrituras, bendiciones y profecías. Por último, bajo un palio de tela en oro llegó el reverendo Padre O'Flynn asistido por Malachi y Patrick. Y cuando los reveren­dos padres hubieron llegado al lugar fijado, la casa de Bemard Kieman y Cía., S. A., Litde Britain Street, 8, 9 y 10, consigna­tarios de ultramarinos al por mayor, exportadores de vino y brandy, con licencia para la venta de cerveza, vino y ficores para su consumición en el establecimiento, el celebrante ben­dijo la casa e incensó las ventanas en maineles y contrafuertes y bóvedas y las aristas y los capiteles y los frontones y las cor­nisas y los arcos angrelados y las agujas y las cúpulas y asperjó los dinteles del edificio con agua bendita y rogó a Dios que bendijera aquella casa como El bendijo la casa de Abraham e Isaac y Jacob y que los ángeles de Su luz habitaran en ella. Y al entrar bendijo las viandas y bebidas y la congregación de todos los bienaventurados contestó a sus oraciones.

—Adiutorium nostrum in nomine Domini.

— Qui fecit coelum et terram.

—Dominus vobiscum. Et cum spiritu tuo.

Y puso sus manos sobre lo que bendecía y dio gracias y oró y todos con él oraron:

—Deu , cuius verbo sanctificantur omnia, benedictionem tuam effunde super creaturas istas: et praesta ut quisquis eis secundum le­gem et voluntatem Tuam cum gratiarum actione usus fuerit per in­vocationem sanctissimi nominis Tu¡ corporis sanitatem et animae tutelam Te auctorepercipiatper Christum Dominum nostrum.

—Lo mismo decimos, dice Jack.

—Que sea por muchos años, Lambert, dice Crofton o Crawford.

—De acuerdo, dice Ned, cogiendo su John Jameson. Y que siente bien.

Estaba yo mirando alrededor a ver con qué saltaría el pró­ximo cuando me cago en diez ahí que entra otra vez hacien­do como que tenía una prisa de los demonios.

—Acabo de darme una vuelta por la Audiencia, dice él, a ver si le veía. Espero que no ....

—No, dice Martin, hemos acabado ya.

La Audiencia de mis cojones y tus bolsillos que te arras­tran con oro y plata. Jodido agarrao mamarracho. Convida a un trago siquiera. ¡No te vayas a arruinar! ¡Qué otra cosa se puede esperar de un judío! Todo para Don Menda. Espabi­lao como rata de retrete. Cien por cinco.

—No se lo diga a nadie, dice el paisano.

—¿Cómo decía? dice él.

—Vámonos muchachos, dice Martin, viendo que la cosa se ponía mal. Venga ya.

—No se lo diga a nadie, dice el paisano, soltando un be­rrido. Es un secreto.

Y el jodido perro que se despierta y suelta un gruñido.

—Adiós a todos, dice Martin.

Y se los llevó para fuera tan rápido como pudo, Jack Power y Crofton o como se llame y él en medio de ellos haciendo como que estaba hecho un mar de dudas y arriba con ellos al airoso tílbun del demonio.

—En marcha, dice Martin al calesero.

El delfin blancolácteo sacudió sus crines y, ascendiendo a la popa dorada, el timonel desplegó la vela abultada contra el viento y se adentró mar adentro a toda vela, foque volante a babor. Una plétora de cautivadoras ninfas se acercaron a es­tribor y a babor y, adueñándose de los lados del espléndido velero, unieron sus rutilantes formas cual diestro ruedero cuando acopla al cubo de la rueda los radios equidistantes de los que cada uno es hermano del otro y los fija a todos en un aro exterior y le da de esta manera alas a los pies de los hom­bres cuando bien se levantan en armas o cuando pugnan por la sonrisa de una hermosa dama. De igual manera llegaban y se acomodaban, esas complacientes ninfas, hermanas impe­recederas. Y reían y se solazaban en el redondel de su propia espuma: y el velero cortaba las olas.

Pero la hostia estaba justamente bebiendo lo que me que­daba de la pinta cuando me veo al paisano levantarse e ir na­neando para la puerta, boqueando y resoplando con hidro­pesía, y maldiciendo las entrañas de Cromwell, echando sa­pos y culebras por la boca, escupiendo y espumajeando yJoe y el pequeño Alf a su alrededor como duendecillo a ver si lo calmaban.

—Dejadme, dice él.

Y la hostia se llegó hasta la puerta y ellos agarrándolo y vo­ciferando como un loco:

—¡Tres hurras por Israel!

Arrah, para joderse, siéntate y compórtate como es debido y no des el espectáculo. Recoño, que siempre hay algún pa­yaso que otro armando la de Dios por nada. Ostras, que te revuelven la cerveza en las tripas, te lo prometo.

Y todos los pillos y guarras del mundo alrededor de la puerta y Martin diciéndole al calesero que arrancara de una vez y el paisano vociferando y Alf y Joe tratando de que se callara y en tanto él dándose ínfulas y suelta una parrafada sobre los judíos y los zánganos pidiendo un discurso y Jack Power tratando de sentarlo en el coche y de cerrarle la jodida boca y un zángano con un parche en el ojo que empieza a cantar Si el hombre de la luna fuera judío, judío, judío y una gua­rra que salta:

—¡Eh, mister! ¡Que lleva la bragueta abierta!

Y dice él:

—Mendelssohn era judío y Karl Marx y Mercadante y Spi­noza. Y el Salvador era judío y su padre era judío. Vuestro Dios.

—Que no tenía padre, dice Martin. Ya está bien. Arranca de una vez.

—¿El Dios de quién? dice el paisano.

—Bueno, su tío era judío, dice él. Vuestro Dios era judío. Cristo era judío como yo.

Ostras, el paisano se tira para la taberna.

—Por todos los santos, dice él, le parto la cabeza a ese jo­dido judío por usar el nombre de Dios en vano. Por todos los santos, que le crucifico van a ver. Trae para acá la caja de galletas.

—¡Tranquilo! ¡Tranquilo! dice Joe.

Un nutrido y entusiasta grupo de amigos y conocidos de la metrópolis y del gran Dublín se congregó por miles para decirle adiós a Nagyaságos uram Lipóti Virag, últimamente con Messrs. Alexander Thom, impresores de Su Majestad, con motivo de su partida a las tierras lejanas de Százharminczbro­júgulyás—Dugulás (Prado de Aguas Rumorantes). La cere­monia que se desarrolló con gran éclat se distinguió por una extraordinaria y emocionante cordialidad. Un pergamino ilustrado de antigua vitela irlandesa, fruto de artistas irlande­ses, le fue entregado al distinguido fenomenólogo en nom­bre de un dilatado grupo de la comunidad y acompañado del regalo de un cofrecillo de plata, con exquisito gusto tra­bajado al estilo del antiguo ornato celta, un trabajo que hon­ra sobremanera a sus artífices, Messrs. Jacob agus Jacob. El visitante que se marchaba recibió una calurosa ovación, emocionándose visiblemente muchos de los allí presentes cuando la selecta orquesta de gaitas irlandesas acometió la bien conocida melodía de Vuelve a Erín, a la que inmediata­mente siguió la Marcha de Rakóczsy. Toneles de brea y foga­tas se prendieron por todas las costas de los cuatro mares en las alturas de la Colina de Howth, la Montaña de las Tres Ro­cas, Pandeazúcar, Promontorio del Rebuzno, las montañas de Moume, las Galtees, los picos de Ox y Donegal y Sperrin, las Nagles y las Bograghs, las colinas de Connemara, las mo­les de M'Gillicuddy, Montañas Aughty, Montañas Bemagh y Montañas Bloom. Entre ovaciones que hendían la bóveda celeste, contestadas por ovaciones en respuesta de una gran aglomeración de caballeros en las lejanas colinas Cámbricas y Caledonias, el mastodóntico barco de recreo lentamente se alejó saludado por un último tributo floral de las represen­tantes del sexo débil que componían un amplio contingente mientras que, según se desplazaba río abajo, escoltado por una flotilla de gabarras, las banderas de la Capitanía del Puer­to y del edificio de Aduanas fueron inclinadas en señal de sa­ludo como también lo fueron la de la central eléctrica en Pigeonhouse y la del faro de Poolbeg. VisszontUtásra, keávés barátom! Visszontlátásra! Se fue pero no se le olvidó.

Ostras, no había quien le parara hasta que le echó mano a la lata de todas formas y para fuera que se va con el pequeño Alf pegado y él gritando como un cerdo al que degüellan, igual que una jodida función en el Queen's Royal Theatre:

—Dónde está que lo mato?

Y Ned y J. J. muertos de risa.

—Menuda trifulca, le digo yo, ahora vendré a tomar la úl­tima.

Pero quiso la suerte que el calesero le diera la vuelta al pen­co para el otro lado y para delante que se fue.

—Espera, paisano, dice Joe. ¡Quieto!

La hostia levantó la mano y apuntó y la largó. Gracias a Dios que el sol le daba en los ojos que si no lo deja allí muer­to. Ostras, casi la manda al otro lado de Dublín. El jodido penco se asustó y el viejo chucho detrás del coche como alma que lleva el diablo y toda la chusma gritando y riendo y la jodida lata repiqueteando por toda la calle.

La catástrofe fue tremenda e instantánea en sus conse­cuencias. En el observatorio de Dunsink se registraron en to­tal once sacudidas, todas de cinco grados en la escala de Mer­calli, y nunca se ha registrado hasta ahora un movimiento sís­mico igual en nuestra isla desde el terremoto de 1534, el año de la sublevación del sedoso Thomas. El epicentro parece que se ha localizado en esa parte de la metrópolis constitui­da por el distrito de Inn Quay y la parroquia de Saint Michan cubriendo una superficie de cuarentaiún acres, cuatro ara­das y cinco yardas y media cuadradas. Todas las residen­cias señoriales en los alrededores del palacio de justicia se de­rrumbaron e incluso ese mismo ilustre edificio, en el que en el momento de la catástrofe importantes debates legales te­nían lugar, se ha convertido literalmente en un conglomera­do de ruinas bajo las cuales se teme hayan sido enterrados vi­vos todos los ocupantes. Según testigos presenciales parece que los movimientos sísmicos estuvieron acompañados de una fuerte perturbación atmosférica de carácter ciclónico. Una prenda para la cabeza que después se ha sabido pertene­ce al muy respetado secretario de los tribunales Mr. George Fottrell y un paraguas de seda con empuñadura de oro con las iniciales, blasón, escudo de armas y número de la casa grabados del erudito e ilustre presidente de la audiencia provin­cial Sir Fredenck Falkiner, magistrado de Dublín, han sido encontrados por equipos de rescate en apartados lugares de la isla respectivamente, el primero en la tercera columna ba­sáltica de la manga del gigante, el segundo incrustado a la profundidad de un pie y tres pulgadas en la playa arenosa de la bahía de Holeopen junto al viejo promontono de Kinsale. Otros testigos presenciales declaran haber visto un objeto in­candescente de proporciones enormes precipitándose estre­pitosamente desde la atmósfera a una velocidad terrorífica si­guiendo la trayectoria oeste sudoeste. Mensajes de condolen­cia y pésame se están recibiendo a cada minuto de los cinco continentes y el sumo pontífice ha tenido a bien disponer que se celebre simultáneamente una missa pro defunctis espe­cial por los obispos de todas y cada una de las iglesias cate­drales de todas las diócesis episcopales bajo la jurisdicción de la Santa Sede en sufragio de las almas de aquellos fieles muer­tos que han sido tan inesperadamente llamados de entre no­sotros. Las tareas de salvamento, extracción de escombros, restos humanos etc. han sido encomendadas a Messrs. Michael Meade e Hijo, de Great Brunswick Street, 159, y a Messrs. T. y C. Martin, de North Wall, 77, 78, 79 y 80, ayu­dados por hombres y oficiales del regimiento de infantería Duque de Comwall bajo la supervisión general de S.A.R., el contraalmirante, el honorable Sir Hércules Hannibal Habeas Corpus Anderson, Caballero de la Orden de la Jarretera, Ca­ballero de la Orden de San Patricio, Caballero de la Orden de los Templarios, Consejero Privado del Rey, Caballero Co­mendador de la Orden de Bath, Miembro del Parlamento, juez de Paz, Licenciado en Medicina, Cruz del Mérito Civil, Cabrón Meritorio Civil, Maestre de la Caza del Zorro, Miembro de la Real Academia de Irlanda, Licenciado en De­recho, Doctor en Música, Guardián de la Ley de Ayuda a los Pobres, Miembro del Trinity College de Dublín, Miembro de la Real Universidad de Irlanda, Miembro del Real Cole­gio de Médicos de Irlanda y Miembro del Real Colegio de Cirujanos de Irlanda.

No has visto nada igual en todos los años de tu puñetera vida. Ostras, si le acierta con ese mamporro en la molondra se acuerda del día que nació, ya lo creo que se acuerda, pero la hostia al paisano le habrían arrestado por agresión y pro­vocación y a Joe por colaboración e instigación. El calesero le salvó la vida con una precipitada carrera tan seguro como que Dios es Dios. ¿Que qué? Recoño, y tanto que lo salvó. Y dejó una lluvia de improperios tras él.

—¿Lo maté, dice él, o qué?

Y él venga a gritarle al jodido perro:

—¡Anda a por él, Garry! ¡Anda a por él, bonito!

Y lo último que vimos fue al jodido coche perdiéndose por la esquina y el caracamero dentro gesticulando y el jodi­do chucho detrás corriendo con las antenas para atrás que le arrastraban a ver si lo despedazaba. ¡Cien por cinco! Recoño, se las hizo pagar caras, ya lo creo que sí.

Cuando, hete aquí, que alrededor de ellos apareció un gran resplandor y pudieron ver cómo la carroza en la que iba ascendía a los cielos. Y le pudieron ver en la carroza, revesti­do en la gloria del resplandor, siendo sus vestiduras como de sol, bellas como la luna e imponentes de manera que llenos de miedo no se atrevían a mirarle. Y del cielo salió una voz que decía: ¡Elías! ¡E&ás! Y Él contestó con enérgico grito: ¡Abba! ¡Adonai! Y le vieron a Él a Él mismo, ben Bloom Elías, en medio de una nube de ángeles ascender a la gloria del resplandor en un ángulo de cuarentaicinco grados sobre el establecimiento de Donohoe en Little Green Street como lanzado por una bielda.

13. Nausica

EL atardecer de verano había empezado a envolver el mundo en su misterioso abrazo. A lo lejos por el oes­te el sol se ponía y el último arrebol de un día efurre­ro en demasía se entretenía tiernamente sobre el mar y la pla­ya, sobre el orgulloso promontorio del querido y viejo Howth vigía eterno de las aguas de la bahía, sobre las rocas de algas tapizadas por toda la marina de Sandymount y, finalmente, pero no por ello menos, sobre la callada iglesia de donde a veces emanaba sobre la quietud la voz de una oración a aquella que en su puro esplendor es guía perenne para el co­razón del hombre sacudido por la tormenta, María, estrella de los mares.

Las tres amigas estaban sentadas sobre las rocas, disfrutan­do del ambiente crepuscular y del aire, fresco aunque no muy frío. Con harta frecuencia acostumbraban ir allí a ese su rincón favorito para charlar agradablemente junto a las chis­peantes olas y hablar de cosas de mujeres, Cissy Caffrey y Edy Boardman con el bebé en el carrito y Tommy y Jacky Caffrey, dos críos de cabellos rizados, vestidos con trajes de marinero y gorras a juego y el nombre H.M.S. Befeisle estam­pado en las dos. Porque Tommy y Jacky Caffrey eran melli­zos, apenas cuatro años y muy alborotadores y mimados me­llizos que a veces eran pero a pesar de todo una preciosidad de niños con sus graciosas cantas vivarachas y su aire encan­tador. Estaban hurgando en la arena con sus cubos y palas, levantando castillos como hacen los niños, o jugando con su gran pelota de colores, felices como el viento. Y Edy Boardman rnecía al mofletudo bebé para allá y para acá en el carrito mientras el hombrecito echaba sonnsitas de satisfacción. Sólo o tenía once meses y nueve días y, aunque aún andaba a gatas, ya empezaba a balbucear sus primeras palabras de bebé. Ciss­y Caffrey se inclinó sobre él para acariciar su carita regordeta y el precioso hoyuelo de la barbilla.

—Vamos, nenito, dijo Cissy Caffrey. Di fuerte, agua. Quie­ro agua.

Y el niño chapurreó con ella:

—Ga ga guaba.

Cissy Caffrey abrazó al pequeñín porque a ella le gustaban muchísimo los niños tan paciente con los malitos y Tommy Caffrey no había modo de que se tomara el aceite de ricino si no era Cissy Caffrey la que le tapara la nariz y le prometie­ra el piquito de la barra o pan moreno con arrope rubio por encima. ¡Qué capacidad de persuasión tenía aquella mucha­cha! Pero la verdad es que el bebé Boardman era un cielo, un majete con su nuevo babero emperejilado. Nada de esas gua­pas creídas, a lo Flora MacFlimsy, era Cissy Caffrey. Una mocita con tanto corazón no se ha visto nunca, siempre con una sonrisa en sus ojos agitanados y una palabra ocurrente en sus labios rojos de cereza, una criatura encantadora en sumo grado. Y Edy Boardman se rió también con la media lengua de su hermanito.

Pero en ese preciso momento hubo un pequeño altercado entre el señorito Tommy y el señorito Jacky. Los niños siem­pre serán niños y nuestros dos mellizos no eran la excepción a esa regla de oro. La manzana de la discordia consistía esta vez en un castillo de arena que el señorito Jacky había levan­tado y al que el señorito Tommy se emperraba había que ha­cerle mejoras arquitectónicas con una puerta de entrada como la torre Martello. Pero si el señorito Tommy era testa­rudo el señorito Jacky era terco también y, siguiendo la má­xima de que la casa de todo irlandesito es su castillo, se echó sobre su odiado rival pero de tal guisa que el supuesto asal­tante salió trasquilado y (¡pena da contarlo!) el codiciado cas­tillo también. Ni que decir tiene que los gritos del aturdido señorito Tommy atrajeron la atención de las amigas.

—Ven aquí, Tommy, le llamó su hermana perentoriamen­te. ¡Ahora mismo! Y tú, Jacky, vergüenza tenía que darte ti­rar al pobre Tommy en la arena sucia. Espérate que te coja.

Con los ojos empañados de lágrimas no derramadas, el se­ñorito Tommy acudió a la llamada porque las palabras de su hermana grande eran la ley para los mellizos. Y en penoso es­tado quedó también después de su tropiezo. El blusoncito de marino y sus inmencionables estaban llenos de arena pero Cissy era especialista en el arte de allanar las pequeñas con­trariedades de la vida y en un instante no quedaba ni un gra­no de arena en el elegante trajecillo. Como los ojos azules aún brillaban con lágrimas ardientes que querían brotar ella le llenó de besos para disipar el daño y amenazó con la mano al señorito Jacky el culpable y le dijo que si le pillaba iba a sa­ber lo que era bueno, los ojos bailándole en advertencia.

—¡Qué Jacky más malo y travieso! gritó.

Rodeó al mannento con el brazo y lo tranquilizó con za­lamerías:

—¿Cómo se llama mi niño? ¿Pastelillo de gloria?

—A ver, dime quién es tu novia, habló Edy Boardman. ¿Es Cissy tu novia?

—No, dijo Tommy sollozante.

—¿Es Edy Boardman tu novia? indagó Cissy.

—Que no, dijo Tommy.

Ya sé, dijo Edy Boardman con no excesiva amabilidad con la mirada engurruñada de sus ojos miopes. Ya sé quién es la novia de Tommy. Gerty es la novia de Tommy.

—Que no, dijo Tommy a punto de saltársele las lágrimas. El agudo sentido común de Cissy sospechó lo que iba mal y en voz baja le dijo a Edy Boardman que lo cogiera y se lo llevará detrás del carrito donde no le viera el señor y tuviera cuidado no se mojara los zapatos nuevos color canela.

Pero ¿quién era Gerty?

Gerty MacDoweIl que estaba sentada al lado de sus com­pañeras, ensimismada, su mirada perdida en la distancia era, en verdad, el más excelente modelo de la atractiva juventud irlandesa que uno pueda imaginar. Todos cuantos la cono­cían admitían manifiestamente su belleza aunque, como la gente decía a menudo, salía más a los Giltraps que a los Mac­Dowells. Era delgada y garbosa, más bien frágil aunque esas tabletas gelatinosas de hierro que había estado tomando últi­mamente habían obrado maravillas mucho mejor que las píl­doras para mujeres de la Viuda Welch y se encontraba mejor de esos flujos que solía tener y de la sensación de cansancio. La palidez cérea de su rostro era casi espiritual en su pureza de marfil aunque su boca de pimpollo era un auténtico arco de Cupido, de perfección griega. Las manos eran de alabas­tro delicadamente jaspeado con dedos alargados y tan blan­cas como el zumo de limón y la reina de los ungüentos pu­dieran ponerlas aunque no era verdad que se pusiera guantes de cabritilla para dormir ni que tomara baños de pies con le­che. Bertha Supple se lo dijo una vez a Edy Boardman, una mentira maliciosa, cuando estaba reñida con Gerty (las ami­gas tenían como es natural sus pequeñas peleas de vez en cuando como el resto de los mortales) y le dijo que no dije­ra a nadie que lo que le contaba se lo había dicho ella que si no no le volvería a hablar nunca jamás. No. La verdad sea di­cha. Había en Gerty un refinamiento innato, un lánguido hauteur de reina que incuestionablemente se evidenciaba en sus delicadas manos y en el bien arqueado empeine. Si al me­nos el destino propicio la hubiera hecho nacer dama de alta alcurnia por derecho propio y si al menos hubiera recibido el beneficio de una buena educación Gerty MacDowell podría fácilmente haber estado a la altura de cualquier señora del país y haberse visto exquisitamente engalanada con joyas en la frente y próceres pretendientes a sus pies contendiendo entre ellos por rendirle sus respetos. Y tal vez era eso, el amor que pudo haber sido, lo que prestaba a su rostro de delicadas fac­ciones en ocasiones una mirada, tensa y contenida, que con­fería una extraña y anhelante cualidad a sus bellos ojos, un embrujo que pocos podían resistir. ¿Por qué hay mujeres que tienen ese hechizo en los ojos? Los de Gerty eran del azul más azul irlandés, realzados por unas deslumbrantes pestañas y expresivas cejas oscuras. Tiempo hubo cuando aquellas cejas no eran seducción sedosa. Fue Madame Vera Venty, directo­ra de la sección La mujer bella de la Princess Novelette, la pri­mera en aconsejarle que probara con lápiz de alcohol que prestaba a los ojos esa expresión perturbadora, tan favorecedo­ra en las dirigentes de la moda, y nunca se había arrepentido de ello. Luego había sonrojos científicamente curados y cómo ser alta incremente su estatura y tiene un rostro bello pero ¿qué le pasa a su nariz? Eso le vendría bien a Mrs. Dignara porque la tenía chata. Pero lo más llamativo de Gerty era su hermosu­ra de pelo. Era castaño oscuro con ondulación natural. Se lo había cortado esa misma mañana por aquello de la luna nue­va y le caía de la linda cabecita en una riqueza de mechones desbordantes y también se había cortado las uñas, el jueves buen día para dinero. Y ahora mismo con las palabras de Edy una especie de indiscreto rubor, delicado como el más frágil capullo de rosa, que trepó hasta sus mejillas, resaltó sus encan­tos con su dulce timidez de niña que con certeza la hermosa Irlanda de Dios no podía ofrecer parangón.

Durante un instante guardó silencio con los ojos bajos algo tristes. Estuvo a punto de replicar pero algo contuvo las palabras en su boca. La inclinación la impulsaba a hablar: la dignidad le decía que guardara silencio. Los lindos labios se arrugaron durante un rato pero al instante levantó la mirada y dejó escapar una radiante sonrisa en la que había toda la frescura de una mañana temprano de mayo. Sabía perfecta­mente, y nadie mejor que ella, lo que le hacía decir a la atra­vesada de Edy que era por él por lo que se estaban enfriando sus atenciones cuando era una simple pelea de enamorados. Como siempre tenía que haber alguien que le sentara mal que aquel chico de la bicicleta de una bocacalle de las que dan a London Bridge Road anduviera siempre pedaleando araba y abajo por delante de su ventana. Sólo que ahora su padre no le dejaba salir por las tardes para que estudiara fuer­te a ver si ganaba la competición para el premio de fin de cur­so del Instituto que se estaba celebrando e iba a ir a Trinity College a estudiar para médico cuando terminara el bachiller como su hermano W. E. Wylie que corría en las carreras de bicicletas de Trnity College University. Poco interés mostra­ba él quizá por lo que ella sentía, ese vacío sordo y punzan­te en su corazón a veces, que le llegaba hasta lo más profun­do. Sin embargo él era joven y por ventura aprendería a amarla con el tiempo. Eran protestantes en su familia y des­de luego Gerty sabía Quién venía primero y después de Él la Santísima Virgen y luego San José. Sin embargo nadie podía negar que era guapo con una nariz perfecta y su aspecto de­cía lo que era, todo un caballero, la forma de su cabeza tam­bién por detrás sin la gorra puesta que ella distinguiría en cualquier lugar pues no era corriente y la manera como daba la vuelta en bicicleta a la farola suelto de manos y también el olor agradable de aquellos cigarrillos caros y además los dos tenían la misma estatura también él y ella y por eso era por lo que Edy Boardman pensaba que era tremendamente lista porque él no iba a pedalear arriba y abajo por delante de su trocito de jardín.

Gerty iba vestida con sencillez pero con el gusto instintivo de una devota de la Diosa de la Moda porque tenía la cora­zonada de que había una posibilidad de que él pudiera estar por allí. Una blusa limpia azul eléctrico teñida a mano con tinte Dolly (porque se suponía en el Lady's Pictorial que el azul eléctrico se llevaría) con una elegante abertura en uve hasta la canal y un bolsillo delantero (en el que siempre guar­daba un poquito de algodón perfumado con su perfume fa­vorito porque el pañuelo estropeaba la hechura) y una falda tres cuartos azul marino bien ajustada mostraba su esbelta y grácil figura a la perfección. Llevaba una preciosidad de som­brerito coqueto de ancha ala la parte de abajo de paja negra adomada con un reborde de azul huevo y en el lado un lazo de pajarita de seda a tono. Toda la tarde del martes pasado se la pasó a la búsqueda de algo que casara con aquella felpilla hasta que al fin encontró lo que buscaba en las rebajas de ve­rano de Clery, justo lo que necesitaba, un poco estropeado pero que no se notaba, siete dedos dos chelines y un peni­que. Ella sola hizo todos los arreglos y ¡qué felicidad cuando se lo probó, sonriendo a la encantadora imagen que el espe­jo le daba de ella! Y cuando lo puso sobre la jarra del agua para que mantuviera la forma sabía que eclipsaría a más de una que ella se sabía. Los zapatos eran lo último en calzado (Edy Boardman se las daba de que era petite pero ni compa­ración con el pie de Gerty MacDowell, un treinta y cinco, que más quisiera) con punteras de charol y nada más que una preciosa hebilla en lo alto del bien arqueado empeine. Los bien moldeados tobillos lucían sus perfectas proporcio­nes por debajo de la falda y sólo lo justo y no más de sus tor­neadas piernas cubiertas con finas medias de talones reforza­dos y anchas ligas. En cuanto a la ropa interior era una de las preocupaciones más importantes de Gerty y ¿quién que co­nozca las palpitantes esperanzas y temores de los almibara­dos diecisiete (aunque Gerty no volvería a cumplir los dieci­siete) puede con la mano en el corazón reprocharla? Tenía cuatro juegos que eran una preciosidad de labor de aguja, con tres prendas y camisones aparte, y cada juego llevaba su pasacintas con sus diferentes colores, rosa, azul celeste, mal­va y verde claro, que ella misma oreaba y ponía en azulete cuando volvían a casa de lavar y los planchaba y tenía un tro­zo de ladrillo para apoyar la plancha porque no se fiaba de las lavanderas que eran capaces de quemar las cosas. Llevaba puesto el azul para que le diera suerte, esperando contra toda esperanza, su color preferido y le daba también suerte a una novia tener un trocito de azul encima por algún sitio porque el verde que llevaba aquel día de aquella semana trajo aflic­ción ya que su padre lo metió a estudiar para el premio del Instituto y porque pensó que él pudiera andar por ahí por­que cuando se estaba vistiendo aquella mañana casi se las pone del revés y eso daba buena suerte y favorecía el encuen­tro de enamorados si te pones esas cosas del revés o si se de­satan es porque él está pensando en ti siempre que no sea viernes.

¡Y sin embargo — sin embargo! ¡Esa mirada de cansancio en el rostro! Una pena que la corroe sin cesar. Es su alma la que se asoma a sus ojos y daría este mundo y el otro por es­tar en la intimidad de su aposento de siempre donde, aban­donándose a las lágrimas, pudiera llorar cuanto quisiera y dar rienda suelta a su emoción contenida aunque no demasiado porque ella sabía cómo llorar atractivamente delante del es­pejo. Eres encantadora, Gerty, le decía. La luz amarillenta del atardecer cae sobre un rostro infinitamente triste y ansioso. Gerty MacDowell ansía en vano. Sí, ella había sabido desde un principio que su soñar despierto sobre el matrimonio ha sido fijado y que las campanas de boda al vuelo por Mrs. Reggy Wylie Trinity College, Dublín (porque la que se casa­ra con el hermano mayor sería la Mrs. Wylie) y que en los ecos de sociedad de los periódicos Mrs. Gertrude Wylie lle­vaba una suntuosa creación en gris adomada con costoso zo­rro azul nunca se realizaría. Él era demasiado joven para en­tender. Él no quería creer en el amor, patrimonio de la mu­jer. La noche de la fiesta hace ya tiempo en casa de los Stoers (aún llevaba él pantalones cortos) cuando se quedaron a so­las y él escurrió un brazo alrededor de su cintura ella palide­ció hasta en los labios. La llamó pequeña en una extraña y ás­pera voz y le robó un medio beso (¡el primero!) pero fue sólo en la punta de la nariz y luego se precipitó fuera de la habi­tación con un comentario sobre refrescos. ¡Muchacho impe­tuoso! Firmeza de carácter nunca había sido el sello distinti­vo de Reggy Wylie y el que corteje y conquiste a Gerty Mac­Dowell tiene que ser un hombre hecho y derecho. Pero esperar, siempre esperar a ser solicitada y además era año bisiesto y pronto se acabaría. Nada de príncipe azul era su ideal para ella que rindiera a sus pies un amor fantástico y extraor­dinario sino que prefería un hombre varonil con un rostro sereno y enérgico que no hubiera encontrado su ideal, quizá con el pelo ligeramente moteado de gris, y que fuera com­prensivo, que la tomara en sus brazos protectores, que la es­trechara contra él con toda la fuerza de su naturaleza profun­damente apasionada y que la reconfortara con un largo largo beso. Sería como si la transportara al cielo. Por alguien así es por quien suspira este atardecer fragante de verano. Con todo su corazón ella desea ser sólo suya, su prometida en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y con salud, hasta que la muerte a los dos nos separe, de ahora para siempre.

Y mientras que Edy Boardman estaba con el pequeño Tommy detrás del carrito ella pensaba precisamente si llega­ría el día en que pudiera llamarse su futura mujercita. Enton­ces podrían hablar de ella lo que quisieran, Bertha Supple también, y Edy, malas pulgas, porque ella cumpliría veinti­dós en noviembre. Ella cuidaría de él haciendo la vida mate­rial más confortable además porque Gerty tenía un natural muy femenino y sabía que a cualquier hombre le gusta esa sensación hogareña. Sus pasteles al homo cocidos hasta que toman ese color tostado y su pudín reina Ana de una cremo­sidad deliciosa habían merecido calurosos elogios de todos porque ella tenía muy buena mano incluso para encender el fuego, para temer la harina fina con levadura y remover siempre en la misma dirección, después desnatar la leche y el azúcar y batir bien las claras de los huevos aunque a ella no le gustaba tanto la parte de comérselo cuando había gente delante que la ponía colorada y a menudo se preguntaba por qué no se pueden comer cosas más poéticas como violetas o rosas y tendrían un salón bellamente montado con cuadros y grabados y la foto del precioso perro del abuelito Giltrap Gartyowen que no le falta más que hablar y fundas de creto­na para las sillas y aquella rejilla de plata para tostadas en las liquidaciones de verano de Clery como las que tienen en las casas de los ricos. Él sería alto de anchas espaldas (siempre había admirado a los hombres altos para marido) con dientes blancos resplandecientes bajo unos mostachos retorcidos cuidadosamente recortados y viajarían por Europa en su luna de miel (¡tres semanas maravillosas!) y luego, cuando se asentaran en su acogedora y monísima casa, todas las mañanas se tomarían su desayuno, sencillo pero muy bien presentado, sólo para ellos dos y antes de que saliera para su trabajo él le daría a su mujercita un efusivo abrazo y la miraría por un instante en lo más profundo de sus ojos.

Edy Boardman le preguntó a Tommy Caffrey si había ter­minado y él dijo que sí de modo que entonces le abotonó sus pantaloncitos bombachos y le dijo que echara a correr y se pusiera a jugar con Jacky y que fuera bueno y no se pelea­ra. Pero Tommy dijo que quería la pelota y Edy le dijo no que el bebé estaba jugando con la pelota y que si se la cogía se iba a armar la manmorena pero Tommy dijo que era su pelota y que quería su pelota y dio patadas en el suelo, no fal­taba más. ¡Qué genio! Vaya, era ya un hombre el pequeño Tommy Caffey desde que le quitaron el babero. Edy le dijo no y no y que se fuera ahora mismo y le dijo a Cissy Caffrey que no le hiciera caso.

—Tú no eres mi hermana, dijo el travieso Tonuny. Es mi pelota.

Pero Cissy Caffrey le dijo al bebé Boardman que mirara para arriba, que mirara arriba a lo alto a su dedo y le quitó la pelota en seguida y la lanzó por la arena y Tommy echó a co­rrer detrás, habiéndose salido con la suya.

—Cualquier cosa con tal de tener un poco de tranquili­dad, se rió Ciss.

Y le cosquilleó al nenito en las mejillas a ver si se olvidaba y jugó con él al éste puso un huevo, éste lo frió, éste le echó la sal, éste lo probó y este pícaro gordo se lo comió, se lo co­mió, se lo comió. Pero Edy se puso como un demonio por­que siempre tenía que hacer su real gana porque todo el mundo lo mimaba.

—Me gustaría darle una buena, dijo ella, y tanto que me gustaría, donde yo me sé.

—En el culito, se rió Cissy con ganas.

Gerty MacDowell bajó la cabeza y se puso colorada de sólo pensar que Cissy había dicho algo tan impropio en voz alta que a ella se le caería la cara de vergüenza decirlo, ruborizándose con un intenso rojo sonrosado, y Edy Board­man dijo que estaba segura de que aquel señor de enfrente había oído lo que había dicho. Pero a Ciss le importaba un bledo.

—¡Deja que lo oiga! dijo ella con una descarada sacudida de la cabeza y un respingo indecente de la nariz. Y se la doy también a él en el mismo sitio en un periquete.

Esa chorlito de Ciss con sus rizos de muñeca de trapo. A veces te tienes que reír con ella. Por ejemplo cuando te pre­guntaba si querías más té chino y combota de morueca o también cuando se pintaba los cacharros también y las caras de hombres en las uñas con tinta roja era para partirse o cuando quería ir a donde ya sabes y decía que quería ir co­rriendo a hacerle una visita al señor Roca. Eso era muy del estilo de Chachacissy. Ay, y te acuerdas de la noche que se puso el traje y el sombrero de su padre y un bigote con cor­cho quemado y se recorrió todo Tritonville Road, fumándo­se un cigarrillo. No había quien la igualara en payasadas. Pero era la sinceridad personificada, una de las personas más denodadas y honradas que te puedas echar a la cara, nada de esas suavonas que dan grima.

Y sucedió que llegó por el aire el rumor de voces y la antí­fona cadenciosa del órgano. Era el retiro de abstinencia para hombres dirigido por el misionero, el reverendo John Hughes, S .J., rosario, sermón y bendición con el Santísimo. Se habían reunido allí todos sin distinción de clases sociales (era un espectáculo de lo más edificante de ver) en aquel sencillo santuario junto al mar, tras las tormentas de este miserable mundo, arrodillados a las plantas de la inmaculada, recitan­do la letanía de Nuestra Señora de Loreto, suplicándole que intercediera por ellos, las viejas palabras, santa María, santa Virgen de las vírgenes. ¡Qué triste para los oídos de la pobre Gerty! Si al menos su padre hubiera evitado caer en las garras del demonio de la bebida, haciendo la promesa de dejar de beber o aquel bebedizo para tomar que curaba el hábito de la bebida que se anunciaba en el Tearson's Weekly, podría ella ahora nadar en la abundancia, sin tener que envidiar a nadie. Una y otra vez se había dicho eso mientras pensaba junto a las brasas moribundas sumida en negras cavilaciones sin la lámpara porque odiaba tener dos luces o a menudo mientras miraba por la ventana ensoñadoramente durante horas a la lluvia que caía en el cubo herrumbroso, pensando. Sin em­bargo esa vil decocción que había arruinado tantos hogares y casas había ensombrecido los días de su niñez. Es más, ella misma había presenciado en el seno familiar actos de violen­cia a los que da lugar la intemperancia y había visto a su pro­pio padre, presa de la cólera de la intoxicación, fuera de sí porque si había una sola cosa en el mundo de la que Gerty estaba cierta era que el hombre que levanta la mano a una mujer menos cuando es por cariño, merece ser catalogado como de la calaña más baja.

Y aún seguían cantando las voces en súplica a la Virgen poderosa, Virgen clementísima. Y Gerty, absorta en sus pen­samientos, apenas si veía u oía a sus compañeras ni a los me­llizos en sus piruetas infantiles ni al señor por allí por Sandy­mount Green que Cissy Caffrey decía que parecía muy suyo que andaba por la playa dando un paseo. Nunca se le veía de ninguna manera bebido pero con todo y eso a ella no le gus­taría por padre porque era demasiado viejo o algo por el esti­lo o por su cara (era un caso palpable de Doctor Fell) o por la nariz carbuncal llena de granos y su bigote arenoso un poco blanco por debajo de la nariz. ¡Pobre padre! A pesar de sus defectos ella lo quería cuando cantaba Dime, Mary, cómo he de cortejarte o Mi amory mi cabaña junto a Rochelle y tenían berberechos cocidos y lechuga con aliño de Lazenby para ce­nar y cuando él cantó Ha salido la luna con Mr. Dignam que munó repentinamente y lo enterraron, Dios le haya tenido misericordia, de un ataque al corazón. Era el cumpleaños de su madre y Charley estaba en casa de vacaciones y Tom y Mr. Dignam y la señora y Patsy y Freddy Dignam y querían hacerse una foto en grupo. Nadie hubiera pensado que esta­ba tan cerca el final. Ahora ya está descansando. Y su madre le dijo que le sirviera de advertencia durante el resto de sus días y no pudo ni siquiera ir al funeral a causa de la gota y ella tuvo que ir al centro a traerle las cartas y las muestras de su oficina del linóleo de Catesby, diseños tipo, artísticos, dig­nos de un palacio, magníficos resultados y siempre resplan­deciente y alegre en el hogar.

Una hija de verdad y buena era Gerty igual que una segun­da madre en la casa, un ángel protector también con un co­razoncito que valía su peso en oro. Y cuando su madre tenía esos enojosos dolores de cabeza enloquecedores quién sino Gerty era la que le frotaba la frente con una barra de mentol aunque no le gustaba que su madre tomara un pellizco de rapé y ésa era la única cosa por la que alguna vez habían te­nido una palabra de más, por tomar rapé. Todo el mundo se deshacía en alabanzas de ella por sus finas maneras. Era Gerty la que cerraba la llave de paso del gas todas las noches y Gerty también la que pegaba en la pared de ese sitio donde nunca olvidaba cada quince días el cloruro de cal el almana­que de Navidad del tendero Mr. Tunney, la estampa de los días de alción donde un joven caballero con atuendo de aquellos tiempos y sombrero de tres picos ofrecía un puñado de flores a su amada con la caballerosidad de épocas pasadas a través de la ventana con enrejado. Se podía ver que había alguna historia detrás. El colorido estaba tratado de una ma­nera deliciosa. Ella iba de blanco suave ceñido en una postu­ra estudiada y el caballero iba de chocolate y tenía aspecto de verdadero aristócrata. Ella a menudo los miraba ensoñadora­mente cuando iba allí a cumplir ciertas funciones y se tocaba sus propios brazos blancos y suaves como los de ella con las mangas remangadas y pensaba en aquellos tiempos porque había averiguado en el diccionario de pronunciación de Walker que pertenecía a su abuelito Giltrap lo de los días de alción lo que significaba.

Los mellizos jugaban ahora de la manera más correcta y fratemal hasta que al fin el señorito Jacky que tenía la cara como el cemento y no había modo de meterlo en cintura a cosa hecha le dio una patada a la pelota con todas sus fuer­zas hacia allá abajo a las rocas con algas. Ni que decir tiene que al pobre Tommy le faltó tiempo para pregonar su cons­ternación pero por suerte el señor de negro que estaba senta­do allí solo vino galantemente en auxilio e interceptó la pelo­ta. Nuestros dos campeones reclamaron su juguete con fuer­tes gritos y para evitar complicaciones Cissy Caffrey le dijo al señor que se la echara a ella por favor. El señor apuntó con la pelota una o dos veces y luego la echó playa arriba hacia Cissy Caffrey pero rodó cuesta abajo y vino a parar bajo la falda de Gerty al lado del charco junto a la roca. Los mellizos la reclamaron a voces otra vez y Cissy le dijo que le diera un puntapié y que se pelearan por ella de modo que Gerty echó para atrás el pie aunque hubiera deseado que su estúpida pe­lota no hubiera llegado rodando hasta ella y le tiró una pata­da pero falló y Edy y Cissy se rieron.

—Si te equivocas inténtalo de nuevo, dijo Edy Boardman.

Gerty asintió con una sonrisa y se mordió el labio. Un sua­ve sonrosado le subió hasta las preciosas mejillas pero estaba

dispuesta a que vieran de modo que se levantó la falda un poco nada más que lo necesario y apuntó bien y le dio a la pelota un buen puntapié y la mandó bien lejos y los dos me­llizos detrás de ella para abajo hasta los guijarros de la orilla. Pura envidia desde luego no era otra cosa para llamar la aten­ción del señor que miraba desde el otro lado. Ella sintió el cá­lido rubor, una señal peligrosa siempre en Gerty MacDowell, encrespándose y flameando en sus mejillas. Hasta entonces habían sólo intercambiado miradas de lo más casuales pero ahora bajo el ala de su sombrero nuevo se aventuró a mirar­le y el rostro que encontró su mirada allí en el crepúsculo, macilento y extrañamente tenso, le pareció el más triste que jamás hubiera visto.

A través del ventanal abierto de la iglesia el incienso fra­gante flotaba y con él los nombres fragantes de aquella que había sido concebida sin mancha de pecado original, vaso espiritual, ruega por nosotros, vaso honorable, ruega por nosotros, vaso de singular devoción, ruega por nosotros, rosa mística. Y allí había corazones abatidos por las preo­cupaciones y afanosos por el pan de cada día y muchos que habían errado y caminado sin rumbo, sus ojos húme­dos de contrición pero a pesar de todo resplandecientes de esperanza porque el reverendo padre el Padre Hugues les había contado lo que el gran San Bernardo decía en su fa­mosa plegaria a María, el poder intercesorio de la piadosí­sima Virgen que nunca en todos los tiempos se había sabi­do que quien imploraba su protección poderosa fuera ja­más abandonado por ella.

Los mellizos jugaban ahora de nuevo muy alegremente porque las complicaciones de la niñez son tan pasajeras como los chaparrones de verano. Cissy Caffrey jugaba con el bebé Boardman hasta que éste balbució de regocijo, palmo­teando al aire. Pío exclamaba ella detrás de la capota del ca­rrito y Edy preguntaba dónde se había ido Cissy y entonces Cissy asomó de repente la cabeza y exclamó ¡tras! y, vamos ¡hay que ver lo que se divertía el chavalín! Y entonces le pe­día que dijera papá.

—Di papá, nene. Di pa pa pa pa pa pa pa.

Y el bebé haciendo lo imposible por decirlo porque era muy inteligente para once meses todo el mundo lo decía y grande para su edad y un dechado de salud, la cosa más linda que se pueda uno echar a los ojos, y desde luego que lle­garía a ser algo grande, decían.

—Ajo ya ya ajo.

Cissy le limpió la boquita con el babero y quiso hacer que se sentara derecho y que dijera pa pa pa pero cuando le desa­tó la correa exclamó, san Antonio bendito, estaba empapado y había que darle la vuelta a la media manta que tenía deba­jo. Desde luego que su majestad el bebé estuvo muy protes­tón mientras se realizaban las labores de aseo y se lo hizo sa­ber a todo el mundo:

Jabaa baaaajabaaa baaaa.

Y dos lagrimones enormes adorables corriéronle por las mejillas. No había manera de apaciguarlo con no, nene, mi niño, no y decirle arre, arre borriquito y dónde estaba el cha­cachá pero Ciss, siempre atenta, le puso en la boca la tetilla del biberón y el pequeño granujilla rápidamente se tranqui­lizó.

Gerty hubiera dado algo porque se llevaran de una vez de allí al niño berreón a casa que la estaba poniendo enferma, no era hora de estar en la calle, y a los mocosillos de los me­llizos. Y contempló el mar lejano. Era como las pinturas que aquel hombre solía hacer en la acera con todas sus tizas de colores y qué pena dejarlas además allí para que se borraran del todo, la noche y las nubes que llegaban y el faro de Bailey en Howth y oír una música como ésa y el perfume del in­cienso que quemaban en la iglesia como una especie de ráfa­ga. Y al mirar su corazón se puso que se le salía por la boca. Sí, era a ella a quien miraba, y había intención en su mirada. Sus ojos la quemaban como si quisieran sondearla en toda su extensión, leer hasta en su alma. Ojos maravillosos eran aquellos, extraordinariamente expresivos, pero teran de fiar? La gente era tan rara. Podía distinguir fácilmente por sus ojos oscuros y su rostro pálido e intelectual que era extranjero, re­flejo exacto de la foto que ella tenía de Martin Harvey, el ído­lo de la matinée, a no ser por el bigote que ella prefería por­que no estaba loca por el teatro como Winny Rippingham que quería que las dos vistieran siempre iguales por aquello de una obra de teatro pero no podía distinguir si tenía la na­riz aquilina o ligeramente retroussé a causa de la distancia a la que estaba sentado. Iba de luto riguroso, eso se veía, y la his­toria de amarga pena la llevaba escrita en la cara. Ella hubie­ra dado este mundo y el otro por saber cuál era. Miraba ha­cia ella con tal intensidad, con tal serenidad, y la vio darle la patada a la pelota y quizá pudiera ver las hebillas de acero brillante de sus zapatos si los columpiaba de esa manera pen­sativa con las puntas hacia abajo. Se alegraba de que algo le había dicho que se pusiera las medias transparentes pensan­do que Reggy Wylie anduviera por allí pero eso estaba ya pa­sado. Aquí tenía aquello en lo que tantas veces había soña­do. Era él el que importaba y había dicha en su mirada porque lo quería porque sentía instintivamente que no era como otro cualquiera. Lo más hondo de su corazón de mujer—niña iba en busca de él, el esposo de sus sueños, por­que supo al instante que era él. Si había sufrido, más ofendi­do que ofensor, o incluso, incluso, si él mismo había sido pe­cador, un hombre malvado, no importaba. Incluso si era protestante o metodista podría convertirlo fácilmente si ver­daderamente la amaba. Había heridas que debían curarse con el bálsamo del corazón. Ella era una mujer muy mujer no como otras chicas casquivanas poco femeninas que él hu­biera conocido, esas ciclistas presumiendo de lo que no tie­nen y ella ansiaba conocerlo todo, perdonarlo todo si pudie­ra hacer que se enamorara de ella, que olvidara los recuerdos del pasado. Entonces tal vez la abrazaría con ternura, como un verdadero hombre, oprimiendo su cuerpo suave contra él, y la amaría, su niñita, para ella sólo.

Refugio de pecadores. Consuelo de los afligidos. Ora pro nobis. Con razón se ha dicho que quienquiera que le rece con fe y constancia nunca se sentirá perdido ni abandonado: y muy oportunamente es también puerto de refugio para los afligidos a causa de los siete dolores que le traspasaron el co­razón. Gerty podía imaginarse todo el ambiente en la iglesia, las vidrieras iluminadas, las velas, las flores y los estandartes azules de la cofradía de la Santísima Virgen y el Padre Conroy ayudaba al Canónigo O'Hanlon en el altar, llevando y tra­yendo cosas con los ojos bajos. Parecía casi un santo y su confesionario estaba tan tranquilo y limpio y oscuro y sus manos eran como de blanca cera y si ella algún día se metía a monja dominica con sus hábitos blancos quizá viniera él al convento para la novena de Santo Domingo. Le dijo aquella vez que ella le habló de aquello en confesión, poniéndose colorada hasta la raíz del pelo por temor a que pudiera verla, que no se preocupara porque eso era sólo la voz de la natu­raleza y que todos estábamos sujetos a las leyes de la natura­leza, dijo, en esta vida y que eso no era pecado porque eso provenía de la naturaleza de la mujer instituida por Dios, dijo, y que Nuestra Señora misma le dijo al arcángel Gabriel hágase en mí según Tu Palabra. Era tan bondadoso y santo y una y otra vez había pensado y pensado que podría hacerle un cubretetera acolchado con un diseño floral bordado para él de regalo o un reloj pero ya tenían un reloj había observa­do encima de la repisa de la chimenea blanco y oro con un canario que salía de una casita para dar la hora el día que fue allí por lo de las flores para la adoración de las cuarenta ho­ras porque era diñcil saber qué clase de regalo hacerle o qui­zá un álbum de vistas coloreadas de Dublín o de algún lugar.

Los irritantes mocosflos de los mellizos empezaron a pe­lear otra vez y Jacky tiró la pelota para el mar y los dos echa­ron a correr detrás. Pequeños macacos más pesados que el plomo. Tendrían que cogerlos y darles una buena tunda a ver si aprendían a comportarse, el par de ellos. Y Cissy y Edy les gritaban que volvieran porque les daba miedo que pudie­ra cogerles la marea y se ahogaran.

—¡Jacky! ¡Tommy!

¡Ni caso! ¡Como si no fuera con ellos! De modo que Cissy dijo que era la última vez que los sacaba. Se levantó de un salto y los llamó y echó a correr pendiente abajo por delante de él, echándose el pelo para atrás que tenía un color más que pasable si al menos hubiera sido más abundante pero con todos los potingues esos que siempre se estaba dando no conseguía tenerlo largo porque no era natural de modo que lo más que podía hacer era darlo por perdido. Corría con lar­gas zancadas de ganso un milagro que no se le rasgara la fal­da por los lados que le quedaba demasiado estrecha porque tenía bastante de marimacho Cissy Caffrey y era muy echa­da para delante cuando creía que había una buena oportuni­dad de presumir y precisamente porque era una buena corre­dora coma de esa manera para que él viera el remate de las enaguas al correr y las pantorrillas delgaduchas tan arriba como fuera posible. Le hubiera estado bien merecido si hu­biera tropezado con algo sin querer adrede con tacones altos de carrete torcidos que llevaba para parecer más alta y se hu­biera dado un buen batacazo. Tableau! Eso sí que habría sido una graciosa expose para que un señor como ése lo ob­servara.

Reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los profetas, de todos los santos, rezaban, reina del santísimo ro­sano y entonces el Padre Conroy le pasó el turíbulo al Canó­nigo O'Hanlon y éste echó dentro el incienso e incensó al Santísimo y Cissy Caffrey cogió a los dos mellizos y estaba rabiando por darles un tortazo bien sonoro en la oreja pero no se lo dio porque pensó que él podría estar mirando pero no podía estar más equivocada porque Gerty podía ver sin mirar que no le quitaba los ojos de encima a ella y entonces el Canónigo O'Hanlon pasó de nuevo el turíbulo al Padre Conroy y se arrodilló mirando para arriba al Santísimo y el coro empezó a cantar el Tantum ergo y ella columpiaba el pie para dentro y para fuera al mismo tiempo que la música su­bía y bajaba con el tantumergosa tramen tum. Tres chelines con once le costaron esas medias en Sparrow de George Street el martes, no el lunes santo y no tenían ni un desper­fecto y eso era lo que él estaba mirando, transparentes, y no a las insignificantes de la otra que no tenían ni forma ni con­textura (¡qué descaro!) porque tenía ojos para notar la dife­rencia por sí mismo.

Cissy venía para arriba por la playa con los dos mellizos y la pelota con el sombrero puesto de cualquier manera ladea­do después de la carrera y la verdad que parecía una maruja tirando de los dos críos con aquel pingo de blusa que com­pró hacía sólo dos semanas como un guiñapo y un pico de las enaguas asomando algo cancaturesco. Gerty se quitó un momento el sombrero para arreglarse el pelo y una cabeza más bonita, más primorosa de mechones castañoclaros ja­más se había visto sobre hombros de mujer — una pequeña belleza radiante, en verdad, casi enloquecedora en su dulzu­ra. Tendría uno que viajar muchas y largas millas para encon­trar una mata de pelo como ésa. Podía casi ver la respuesta rá­pida instantánea de admiración en los ojos de él que la estre­meció en todo su ser. Se puso el sombrero de modo que pudiera ver por debajo del ala y columpió el zapato hebilla­do más deprisa pues se le cortó la respiración cuando advir­tió la expresión de sus ojos. La acechaba como la serpiente acecha a su presa. Su instinto de mujer le decía que le había metido el demonio dentro y al pensarlo un ardor escarlata la recorrió de la garganta a la frente hasta que el delicioso color de su cara se tornó en un rosado glorioso.

Edy Boardman lo estaba notando también porque miraba a hurtadillas a Gerty, medio riendo, con las gafas como de vieja solterona, haciendo como que cuidaba del bebé. Una sabandija insoportable es lo que era y siempre lo sería y por eso nadie se llevaba bien con ella metiendo las narices don­de no la llamaban. Y le dijo a Gerty:

—¿A ver si acierto en qué estás pensando?

—¿Qué? replicó Gerty con una sonrisa incrementada con la blancura de los dientes. Me estaba preguntando si se­ría tarde.

Porque le pedía al cielo que se llevaran a los mellizos me­quetrefes y al rorro a casa y dejaran de enredar de modo que por eso había tirado la indirecta de que era tarde. Y cuando Cissy subió Edy le preguntó la hora y Miss Cissy, con toda la labia del mundo, dijo que eran las besa y media, hora de besar de nuevo. Pero Edy la quería saber porque les dijeron que volvieran temprano.

—Espera, dijo Cissy, voy corriendo a preguntarle a tío Pe­rico qué hora es por su pitito.

De modo que allá que se va y cuando él la vio venir ella le vio sacarse la mano del bolsillo, que se ponía nervioso, y que empezaba a jugar con la cadena del reloj, mirando en direc­ción a la iglesia. Aunque él era de naturaleza apasionada Gerty vio que tenía un enorme control de sí mismo. Un ins­tante antes allí estaba él, fascinado por una belleza que le ha­cía mirar, y al instante siguiente volvía a ser el señor apacible de rostro serio, el autocontrol reflejado en cada surco de su distinguida figura.

Cissy dijo que la disculpara si le importaría por favor de­cirle la hora exacta y Gerty vio cómo sacaba el reloj, lo escu­chaba y miraba para arriba y se aclaraba la garganta y dijo que lo sentía que se le había parado el reloj pero que pensa­ba que debían de ser las ocho pasadas porque el sol se había metido. Había en su voz un toque refinado y aunque habla­ba con acento cuidado había un asomo de temblor en su tono meloso. Cissy dijo gracias y volvió con la lengua fuera y dijo que el tío decía que no le funcionaba el caño.

Luego cantaron la segunda estrofa del Tantum ergo y el Ca­nónigo O'Hanlon se levantó otra vez e incensó el Santísimo y se arrodilló y le dijo al Padre Conroy que una de las velas estaba a punto de prenderle fuego a las flores y el Padre Conroy se levantó y lo arregló convenientemente y ella veía cómo el señor le daba cuerda al reloj y escuchaba a ver si fun­cionaba y columpió más la pierna para dentro y para fuera al mismo tiempo. Estaba oscureciendo pero él podía ver y estu­vo mirando todo el tiempo que le estuvo dando cuerda al re­loj o lo que le estuviera haciendo y luego se lo volvió a guar­dar y se metió las manos en los bolsillos. Sintió como una sensación que la embargaba por completo y lo sabía por la sensibilidad del cuero cabelludo y esa irritación contra el cor­sé que eso le iba a venir pronto porque la última vez fue tam­bién cuando se cortó el pelo por lo de la luna. Sus ojos oscu­ros se clavaron en ella de nuevo, absorbiéndole todas sus cur­vas, literalmente venerándola en un altar. Si alguna vez hubo admiración espontánea en la mirada apasionada de un hom­bre a la vista estaba en el rostro de aquel hombre. Es por ti, Gertrude MacDowell, y tú lo sabes.

Edy empezó los preparativos para irse y ya iba siendo hora y Gerty se dio cuenta de que la pequeña indirecta que lanza­ra había producido el efecto deseado porque había un largo camino por la playa hasta donde hubiera sitio para subir el carrito y Cissy les quitó las gorras a los mellizos y les arregló el pelo para llamar la atención desde luego y el Canónigo O'Hanlon se levantó la capa pluvial subiéndosele por el cue­llo y el Padre Conroy le pasó la cartulina para que la leyera y leyó en alto Panem de cielo praestitisti eis y Edy y Cissy estaban hablando de la hora todo el tiempo y preguntándole pero Gerty les pagaba con su propia moneda y respondió con mordaz educación cuando Edy le preguntó si le había roto el corazón el que su amigo la hubiera dejado. Gerty sintió un agudo espasmo de dolor. Un breve y frío resplandor salió de sus ojos que hablaba de raudales de desdén inconmensura­ble. Hacía daño — Oh sí, llegaba muy dentro porque Edy te­nia su manera suave de decir las cosas así como que sabía que iba a herir como condenada gata que era. Los labios de Gerty se abrieron rápidamente para pronunciar la palabra pero reprimió el sollozo que le subía de la garganta, tan ter­sa, tan perfecta, tan bellamente moldeada que se diría que un artista la hubiera soñado. Le había amado más de lo que él imaginaba. Caprichoso embaucador y veleidoso como todos los hombres nunca entendería él lo que había significado para ella y durante un instante sus ojos azules sintieron una súbita punzada de lágrimas. Los ojos de las otras la examina­ban sin piedad pero con un esfuerzo valeroso destelló en res­puesta amigable según miraba a su nueva conquista para que ellas lo vieran.

—Bueno, respondió Gerty, veloz como el rayo, riendo, y su cabeza orgullosa se proyectó hacia atrás. Puedo tirarle los tejos a quien quiera porque estamos en año bisiesto.

Sus palabras vibraron translúcidas, más musicales que el arrullo de la paloma torcaz, pero cortaron el silencio glacial­mente. Había algo en su voz juvenil que decía que ella no era alguien con quien se pudiera jugar a la ligera. En cuanto a Mr. Reggy con sus ostentaciones y su poquito de dinero lo podía mandar a paseo como si fuera basura y nunca jamás volvería a parar mientes en él y rompería su estúpida tarjeta postal en mil pedazos. Y si alguna vez en el futuro intentara aprovecharse le echaría una mirada de desprecio calculado que lo dejaría tieso. El semblante de la insignificante Miss es­cuchimizada Edy se alargó una legua y Gerty podía ver por su aspecto furioso que estaba que echaba chispas aunque lo disimulaba, la muy viborilla, porque esa pullaza le había dado de lleno por su pelusa y las dos sabían que ella era algo remoto, aparte, en otra esfera, que no era como ellas ni nun­ca lo sería y había también otra persona que lo sabía y lo veía de modo que ese sapo tenían que tragárselo.

Edy arregló al bebé Boardman y se dispuso a irse y Cissy re­cogió la pelota y las palas y cubos que ya iba siendo hora tam­bién de irse porque el hombre del saco venía de camino a por el señorito Boardman hijo. Y Cissy le dijo también que el coco ya venía y que el bebé se iba a momí y el bebé estaba ade­más para comérselo, riéndose con sus ojos alegres, y Cissy le hizo así con el dedo como el que no quiere la cosa en la tripi­lla gordita y el bebé, sin más contemplaciones, disparó una sal­va de rocío a los presentes y a su babero inmaculado.

—¡Válgame Dios! ¡La que ha organizado! protestó Ciss. El babero ha estropeado.

El pequeño contretemps le reclamó la atención pero lo solu­cionó en menos que canta un gallo.

Gerty ahogó una exclamación contenida y tosió nerviosa­mente y Edy preguntó qué y estaba a punto de decirle que se fuera a tomar viento fresco pero ella era siempre tan comedi­da en sus modales que simplemente lo dejó pasar con tacto consumado al decir que eso era la bendición porque justo en ese momento sonaba la campana desde el campanario sobre la playa silenciosa porque el Canónigo O'Hanlon estaba de pie en el altar con el velo que el Padre Conroy le había pues­to sobre los hombros dando la bendición con el Santísimo en sus manos.

Qué escena más conmovedora la del crepúsculo avanzan­do, la última visión de Erín, el conmovedor repique de aque­llas campanas del atardecer y al mismo tiempo un murciéla­go atravesaba volando desde las hiedradas espadañas la oscu­ridad, por aquí, por allá, con un grito corto perdido. Y podía ver a lo lejos las luces de los faros tan pintorescos que le habría gustado tener una caja de pinturas porque era más fá­cil que pintar un hombre y muy pronto el farolero haría su ronda por delante de los jardines de la iglesia presbiteriana y a lo largo de la sombreada Tritonville Avenue donde pasea­ban las parejas y encendería la farola junto a su ventana don­de Reggy Wylie daba la vuelta con su bicicleta de piñón libre como había leído ella en aquel libro Elfarolero de Miss Cum­mins, autora de Mabel Vaughan y otros cuentos. Porque Gerty tenía sueños que nadie conocía. Le encantaba leer poesía y cuando recibió como recuerdo de Bertha Supple aquel pre­cioso álbum de confidencias con las tapas de rosacoral para escribir sus pensamientos lo guardó en el cajón de su tocador que, aunque no se pasara de lujoso, estaba escrupulosamen­te ordenado y limpio. Era allí donde guardaba su tesoro es­condido de niña, los peines de carey, su insignia de hija de María, el perfume rosablanca, el lápiz—de—alcohol, su pebete­ro de alabastro y las cintas de cambiar cuando traían sus co­sas a casa de lavar y había bellos pensamientos escritos en él con tinta violeta que había comprado en Hely de Dame Street porque sentía que ella también era capaz de escribir poesía si únicamente pudiera expresarse como aquel poema que la atraía tan profundamente que lo había copiado del pe­riódico que se encontró una tarde donde las especias. ¿Sois rea¡; mi ideal? se llamaba por Louis J. Walsh, Magherafelt, y más adelante había algo sobre crepúsculo ¿alguna vez querréis? y en más de una ocasión la belleza de la poesía, tan triste en su encanto pasajero, le había empañado los ojos de silenciosas lágrimas porque sentía que los años estaban pasando para ella, uno tras otro, y descontando ese único defecto sabía que no tenía que temer competencia alguna y eso fue un ac­cidente al bajar por Dalkey Hill y siempre intentaba ocultar­lo. Pero eso iba a terminar, tuvo la corazonada. Si era cierta esa tentación mágica en sus ojos no habría obstáculo que la frenara. Para el amor no existen barreras. Ella aceptaría el sa­crificio supremo. Todas sus energías las volcaría en compar­tir sus pensamientos. Más preciada que el mundo entero se­ría ella para él y le haría los días dorados de felicidad. Queda­ba una interrogante de capital importancia y ella se moría de ganas por saber si era un hombre casado o un viudo que ha­bía perdido a su esposa o alguna tragedia como el noble con nombre extranjero de la tierra del canto que tuvo que meter­la en un manicomio, cruel sólo por caridad. Pero incluso si — ¿y qué? ¿Sería muy diferente? De todo aquello que pudiera ser en lo más mínimo grosero su naturaleza límpida instinti­vamente sentía repugnancia. Ella aborrecía esa clase de per­sonas, las mujeres de mala vida haciendo la calle por Dodder que se iban con soldados y hombres bastos sin respeto por la honra de una chica, que degradan a la mujer y se las llevan a la comisaría. No, no: eso no. Serían sólo buenos amigos como el hermano mayor y su hennana sin nada de lo otro a pesar de las convenciones de la alta sociedad. Quizá fuese por una antigua novia por lo que llevaba luto de los días más allá del recuerdo. Pensaba que comprendía. Intentaría com­prenderle porque los hombres son tan distintos. El viejo amor estaba esperando, esperando con sus manitas blancas extendidas, con atractivos ojos azules. ¡Corazón mío! Ella se­guiría, sus sueños de amor, los dictados de su corazón que le decían que él era suyo todo por entero, el único hombre en todo el mundo para ella porque el amor es el mejor conseje­ro. Nada más importa. Ocurriera lo que ocurriera quería ser rebelde, independiente, libre.

El Canónigo O'Hanlon puso de nuevo el Santísimo en el tabernáculo e hizo una genuflexión y el coro cantó Lau­date Dominum omnes gentes y después echó la llave a la puer­ta del tabernáculo porque había acabado la bendición y el Padre Conroy le pasó el sombrero para que se lo pusiera y la bicha de Edy le preguntó si no se venía pero Jacky Caffrey gritó:

—¡Eh, mira, Cissy!

Y todos miraron era aquello un relámpago pero Tommy lo vio también sobre los árboles junto a la iglesia, azul y lue­go verde y púrpura.

—Son fuegos artificiales, dijo Cissy Caffrey.

Y todos corrieron por la playa para ver por encima de las casas y la iglesia, atropelladamente, Edy con el carrito con el bebé Boardman dentro y Cissy llevando a Tommy y Jacky de la mano de modo que no se cayeran al correr.

—Vamos, Gerty, llamó Cissy. Son los fuegos artificiales de la feria.

Pero Gerty se mostró inflexible. No estaba dispuesta a es­tar a sus órdenes. Si ellas corrían como pindongas por rastro­jo ella se quedaría sentada de modo que dijo que veía bien desde donde estaba. Los ojos que se clavaban en ella le pro­dujeron escalofríos en las venas. Le miró un instante, soste­niéndole la mirada, y una luz se encendió en ella. Pasión ar­diente había en aquel rostro, pasión silenciosa como una se­pultura, y la había hecho suya. Por fin los habían dejado solos sin que las otras pudieran entrometerse y hacer comen­tarios y sabía que podía confiar en él hasta la muerte, inque­brantable, un hombre de verdad, un hombre de estricto ho­nor de pies a cabeza. Las manos y el rostro de él se movían y un estremecimiento recorrió el cuerpo de ella. Se recostó ha­cia atrás para mirar a lo alto donde estaban los fuegos artifi­ciales y se cogió la rodilla con las manos para no caerse de es­paldas al mirar a lo alto y no había nadie que viera sólo él y ella cuando enseñó del todo sus garbosas piernas bellamente contorneadas ya ves, sedosamente suaves y delicadamente redondeadas, y le parecía oír el jadeo de su corazón, su res­piración fatigada, porque ella también sabía de la pasión de hombres como aquél, de sangre caliente, porque Bertha Supple le contó una vez en absoluto secreto y le hizo jurar que nunca lo diría acerca de un caballero huésped que se alojaba con ellos perteneciente a la Junta de Comarcas Congestiona­das que tenía fotos recortadas de periódicos de esas bailarinas de falda corta y piernas en alto y dijo que solía hacer cosas no muy buenas que ya te podías imaginar algunas veces en la cama. Pero esto era algo totalmente diferente de cosas como ésas porque era muy diferente porque casi sentía cómo le acercaba la cara a la suya y el primer rápido roce ardiente de sus labios generosos. Además estaba la absolución siempre que no se hiciera lo otro antes de casarse y debería haber mu­jeres sacerdotes que entenderían sin que se lo dijeras y Cissy Caffrey también algunas veces tenía esa cosa soñadora en la mirada soñadora de sus ojos de modo que también ella, que­rida, y Winny Rippingham tan loca por las fotos de actores y además era a causa de esa otra cosa que venía de camino que lo hacía.

Y Jacky Caffrey gritó mirad, allí iba otro y ella se recostó hacia atrás y las ligas eran azules a juego a causa de lo trans­parente y todos lo vieron y todos gritaron mirad, mirad, allí va y se recostó para atrás cada vez más para ver los fuegos ar­tificiales y algo raro volaba por el aire, una cosa suave, de un lado a otro, oscura. Y vio una larga carcasa subiendo sobre los árboles, a lo alto, a lo alto, y, en la tensa quietud, todos quedaron sin aliento con la excitación según se elevó más arriba y más arriba y ella tenía que recostarse hacia atrás más y más para mirarlo en lo alto, arriba, arriba, casi no se veía, y su cara estaba inundada de un divino, un arrebatado sonrojo de estirarse hacia atrás y él podía ver sus otras cosas también, bragas de nansú, la tela que acaricia la piel, mejor que esas otras de medio ancho, las verdes, cuatro con once, por ser blancas y ella le dejó y vio que él veía y luego subió tan arri­ba que se perdió de vista un momento y ella temblaba de arriba a abajo de tanto doblarse para atrás de modo que pu­diera ver bien arriba de la rodilla donde nadie jamás ni en el columpio ni cuando se mojaba las piernas en la playa y no se avergonzaba ni él tampoco de mirar de esa manera indecoro­sa ya ves porque él no podía resistir la visión de la revelación maravillosa a medias ofrendada como esas bailarinas de falda corta que se conducían tan indecorosamente delante de ca­balleros que miraban y él seguía mirando, mirando. A ella le hubiera gustado gritarle sofocadamente, tenderle sus finos brazos de nieve que viniera, para sentir posar sus labios en su blanca frente, el grito de amor de una mujer joven, un grito casi estrangulado, que le estalló, ese grito que ha resonado a través de los siglos. Y entonces un cohete subió y explotó pum fogonazo cegador y ¡Oh! luego la carcasa reventó y fue como un suspiro de ¡Oh! y todo el mundo exclamó ¡Oh! ¡Oh! en éxtasis y derramó un chorro de finas hebras de lluvia de oro y se deshicieron y ¡ah! eran estrellas todas de un ver­dor de rocío que caían junto con doradas ¡Oh tan preciosas, Oh, suaves, dulces, suaves!

Después todo se derritió en rocío de aire gris: todo se que­dó silencioso. ¡Ah! Ella le miró al inclinarse para delante bre­vemente, una mirada rápida patética de queja amarga, de tí­mido reproche bajo la que él enrojeció como una muchacha. Él estaba apoyado para atrás contra la roca. Leopold Bloom (porque no es otro) permanece en silencio, con la cabeza do­blada ante esos jóvenes ojos cándidos. ¡Qué bruto había sido! ¿Otra vez has caído? Un alma limpia, impoluta le ha­bía requerido y, desgraciado de él, ¿cómo había respondido a la llamada? ¡Como un auténtico sinvergüenza se había comportado! ¡Precisamente él! Pero había almacenada en aquellos ojos una compasión sin límites, también para él una palabra de perdón aun cuando había faltado y pecado y erra­do. ¿Debería una chica contarlo? No, y mil veces no. Era su secreto, de ellos sólo, solos en el crepúsculo encubridor y na­die había que lo supiera o lo dijera salvo el pequeño murcié­lago que volaba tan suave por el atardecer de un lado para otro y los pequeños murciélagos no hablan.

Cissy Caffrey silbó, imitando a los chicos en el campo de fútbol para demostrar todo lo mujer que era: y luego ex­clamó:

—¡Gerty! ¡Gerty! Nos vamos. Venga. Se puede ver desde un poco más arriba.

A Gerty se le ocurrió una idea, una de esas pequeñas tretas del amor. Dejó deslizar la mano en el bolsillo delantero y sacó la guata y la agitó en respuesta desde luego sin dejarle a él y luego la volvió a deslizar en su sitio. Quizá demasiado le­jos para. Se levantó. ¿Era un adiós? No. Tenía que irse pero se verían de nuevo, allí, y ella soñaría con eso hasta entonces, mañana, su sueño de ayer tarde. Se irguió en toda su estatu­ra. Sus almas se encontraron en una última mirada persisten­te y los ojos que alcanzaron su corazón, cargados de una ex­traña brillantez, se detuvieron extasiados en su dulce rostro de rosa. Ella le sonrió un poco con tristeza, una dulce sonri­sa tierna, una sonrisa que bordeaba las lágrimas, y luego se separaron.

Despacio, sin mirar atrás se fue por la playa rugosa hacia Cissy, hasta Edy, hasta Jacky y Tommy Caffrey, hasta el pe­queño bebé Boardman. Ya estaba más oscuro y había piedras y trozos de madera en la playa y algas resbalosas. Anda­ba con una cierta dignidad reposada muy suya pero con cui­dado y muy lentamente porque — porque Gerty MacDo­well era ...

¿Le aprietan las botas? No. ¡Es coja! ¡Oh!

Mr. Bloom la observó según se alejaba cojeando. ¡Pobre muchacha! Por eso la dejaron arrinconada y las otras salieron corriendo. Pensé que algo iba mal por su aspecto. Belleza de­sairada. Un defecto es cien veces más grave en una mujer. Pero las hace más educadas. Me alegro de no haberlo sabido cuando se estaba exhibiendo. Diablillo caliente de todas for­mas. No me importaría. La curiosidad como una monja o una negra o una chica con gafas. La bizca esa es suave. Le toca la regla, supongo, las pone más juguetonas. Me duele tanto la cabeza hoy. ¿Dónde puse la carta? Sí, está bien. Toda clase de deseos locos. Chupar peniques. La muchacha en el convento Tranquilla la monja me dijo que le gustaba el olor de nafta. Las vírgenes terminan por volverse locas su­pongo. ¿Hermana? ¿Cuántas mujeres en Dublín la tendrán hoy? Martha, una. Algo en el aire. Es la luna. Pero entonces ¿por qué no todas las mujeres menstrúan al mismo tiempo con la misma luna, quiero decir? Depende de la fecha en que nacieron supongo. O todas empiezan la carrera a la vez y lue­go pierden el compás. Algunas veces Molly y Milly a la vez. De todos modos yo me he aprovechado. Me alegro una bar­baridad de no haberlo hecho en el baño esta mañana con su tonta te castigaré carta. Compensación por lo del tranviario de esta mañana. Ese mentecato de M'Coy parándome para no decir nada. Y de su mujer el contrato por el país la male­ta, la voz de zapapico. Agradecido por los pequeños favores. Una ganga además. Encuna de propina. Porque ellas tam­bién lo quieren. Aves rapaces por naturaleza. Tropeles de ellas cada tarde salen de las oficinas. Discreción es preferible. No lo quieres te lo tiran a la cara. Cazarlas fresquitas, Oh. Una pena que no se puedan ver a sí mismas. Un sueño de medias bien rellenitas. ¿Dónde fue eso? Ah, sí. Las imágenes en el mutoscopio de Capel Street: hombres sólo. Tom el fis­gón. El sombrero de Willy y lo que las chicas hicieron con él. ¿Fotografiar a esas chicas o es todo una tomadura de pelo? La fngerie lo consigue. Buscaban sus curvas dentro del desbabillé. Las excita también cuando están. Estoy limpia ven y ensúciame. Y les gusta vestirse unas a otras para el sacrifi­cio. Milly se entusiasmaba con la blusa nueva de Molly. Al principio. Ponérselo todo para quitárselo todo. Molly. Por eso le compré las ligas violeta. Nosotros también: la corbata que él llevaba, los preciosos calcetines y pantalones con vuel­tas. Llevaba un par de polainas la noche que nos conocimos. Su preciosa camisa resplandecía bajo su ¿qué? de azabache. Dicen que una mujer pierde sus encantos con cada alfiler que se quita. Sujetas con alfileres. Oh, Mari perdió el alfi­ler de las. Vestidas de punta en blanco para alguno. La moda parte de su encanto. Cambia cuando se le está cogiendo el tranquillo. Excepto el oriente: María, Marta: ahora como en­tonces. Ninguna oferta razonable rechazada. Tampoco tenía mucha prisa. Siempre detrás de algún fulano cuando están. Nunca olvidan una cita. Por si acaso. Creen en la suerte por­que como ellas. Y las otras dispuestas a meterse con ella de vez en cuando. Las amigas en la escuela, enlazándose por el cuello o con los diez dedos enganchados, besuqueándose y susurrándose naderías en el jardín del convento. Monjas de caras encaladas, frías cofias y sus rosarios de un lado a otro, vengativas también por lo que no pueden tener. Alambre de espino. A ver si de verdad me escribes. Y te escribiré. ¿No te olvidarás? Molly y Josie Powell. Hasta que llega don Elegido, luego se ven de higos a brevas. Tableau! ¡Oh, mira quién es no lo puedo creer! ¿Qué tal? ¿Qué ha sido de tu vida? Beso y encantada, beso, de verte. Buscando defectos en el aspecto de la otra. Estás espléndida. Almas gemelas. Mostrándose los dientes la una a la otra. ¿Cuántos te quedan a ti? No se pres­tarían ni un grano de sal.

¡Ah!

Son diablos cuando les va a venir eso. Oscuro aspecto diabólico. Molly me decía con frecuencia que sentía como si las cosas pesaran una tonelada. Ráscame la planta del pie. ¡Ay, así! ¡Ay, qué gusto! Lo siento yo también. DA gusto des­cansar alguna vez. A saber si es malo ir con ellas entonces. Seguro en cierto sentido. Agria la leche, hace saltar las cuer­das del violín. Algo acerca de que seca las plantas leí del jar­dín. Más aún dicen que si la flor se seca que llevan es porque es una coqueta. Todas lo son. Yo diría que sintió que yo. Cuando te sientes así con frecuencia encuentras lo que sien­tes. ¿Le gusté o qué? El traje es lo que miran. Siempre se sabe del tipo que está cortejando: por el cuello y los puños. Bue­no los gallos y los leones hacen lo mismo y los ciervos. Pero al mismo tiempo puede que prefieran una corbata desanuda­da o algo por el estilo. ¿Los pantalones? ¿Supongamos que yo cuando estaba? No. Se logra con delicadeza. Les molesta el alboroto violento. Beso en la oscuridad y nada de contar­lo. Vio algo en mí. A saber qué. Antes tenerme a mí como soy que a algún poetastro de pelo engominado y abrillantina­do, caracolillo sobre el óptico derecho. Para ayudar en activi­dades literarias. Debería cuidar el aspecto a mi edad. No dejé que me viera de perfil. Aun así, nunca se sabe. Muchachas bonitas y hombres feos se casan. La bella y la bestia. Además no creo que lo sea si Molly. Se quitó el sombrero para mos­trar el pelo. Ancho borde. Comprado para ocultarle la cara, de encontrarse con alguien que podría reconocerla, agachar­se o llevar un ramo de flores para oler. Pelo fuerte en el celo. Diez chelines saqué por las peinaduras de Molly cuando es­tábamos sin blanca en Holles Street. ¿Y por qué no? Supon­gamos que le diera dinero. ¿Y por qué no? Sólo prejuicios. Ella vale diez, quince, más, una libra. ¿Qué? Creo que sí. Todo eso por nada. Trazo firme: Mrs. Manon. ¿Se me olvi­dó escribir la dirección en esa carta como en la tarjeta postal que mandé a Flynn? Y el día que fui a Drimmie sin corbata. La discusión con Molly es lo que me sacó de quicio. No, ya me acuerdo. Richie Goulding: ése es otro. Lo tiene metido en el alma. Curioso el reloj se me paró a las cuatro y media. El polvo. Aceite de hígado de tiburón usan para limpiar. Po­dría hacerlo yo mismo. Se ahorra. ¿Fue entonces cuando él, ella?

Oh, él lo hizo. En ella. Ella lo hizo. Terminado. ¡Ah!

Mr. Bloom con mano cuidadosa se arregló la camisa hú­meda. Válgame Dios, esa diablilla coja. Empieza a sentirse frío y humedad. Los resultados nada agradables. Aun así uno tiene que desahogarse de alguna manera. A ellas no les preo­cupa. Se sienten halagadas quizá. A casa a sus tostaditas con mantequilla y a rezar con las criaturitas antes de dormir. ¿No es así? Verla tal cual lo echaría todo a perder. Es necesario el decorado, los coloretes, el vestuario, el ambiente, la músi­ca. También el nombre. Amours de actrices. Nell Gwynn, Mrs. Bracegirdle, Maud Branscombe. Se levanta el telón. Pla­teada efulgencia de un clarodeluna. Aparece una doncella de pecho meditabundo. Mi cariñito ven a besarme. Aun así, lo siento. La fuerza que le da a un hombre. Ahí está el secreto. Una buena meada la que eché ahí detrás del muro cuando venía de lo de Dignam. Fue la sidra. De no ser así no habría podido. Te entran ganas de cantar después. Lacaus esant tara­tara. Supongamos que le hablara. ¿De qué? Mal asunto sin embargo si no sabes cómo terminar la conversación. Pregún­tales algo y ellas te preguntan a ti. No está mal si te quedas atascado. Se gana tiempo. Pero entonces pierdes el tren. Es­tupendo claro está si dices: buenas tardes, y ves que ella está por la labor: buenas tardes. Ay pero el atardecer oscuro en Appian Way que casi le hablé a Mrs. Clinch Ay pensando que era. ¡Ufl La chica de Meath Street aquella noche. La de cochinadas que le hice decir. Todas malas claro está. Mi colo decía. Es tan dificil encontrar una que. ¡Jo! Si no haces caso cuando te abordan tiene que ser horrible para ellas hasta que se endurecen. Y me besó la mano cuando le di los dos cheli­nes de propina. Cotorras. Apriete el botón y el pájaro chilla­rá. Ojalá no me hubiera llamado señor. ¡Oh, su boca en la oscuridad! ¡Y tú un hombre casado con una hija soltera! Eso es lo que les gusta. Quitarle el hombre a otra mujer. O incluso oír hablar de eso. Distinto conmigo. Feliz de librar­me de la mujer de otro. Comerse las sobras de otro. El fula­no en el Burton hoy escupiendo temilla enciamasticada. Condón aún en el bolsillo. Provoca la mitad de los proble­mas. Pero podría pasar algún día, no lo creo. Pasa, todo está listo. Soñé. ¿Qué? Lo peor es el principio. Cómo cambian de táctica cuando no es lo que les gusta. Te preguntan si te gustan los champiñones porque ella una vez conoció a un caballero que. O te preguntan lo que alguien iba a decir cuando cambió de opinión y se calló. Sin embargo si pusie­ra toda la carne en el asador, dijera: Quiero que, algo así. Por­que quería. Ella también. La ofendes. Luego lo compensas. Simulas que quieres algo con todas tus fuerzas, luego te reti­ras por ella. Les halaga. Ha debido de estar pensando en otro todo el tiempo. ¿Qué daño hace? Desde que tuvo uso de ra­zón, él, él y él. ¡Mua, y ya está! El momento propicio. Algo dentro de ellas les estalla. Un algo blanducho, se les ve en los ojos, a hurtadillas. Los primeros impulsos son los mejo­res. Lo recuerdan hasta el día de su muerte. Molly, el teniente Mulvey que la besó bajo las murallas moras junto a los jar­dines. Quince me dijo ella. Pero los pechos se le habían de­;o sarrollado. Se adormeció entonces. Después de la cena en Glencree fue cuando nos dirigíamos a casa. La Montaña Plu­món. Rechinaba los dientes en sueño. El alcalde no le quita­ba los ojos de encima tampoco. Val Dillon. Apoplético.

Ahí va con ellos a ver los fuegos artificiales. Mis fuegos artificiales. Arriba como un cohete, abajo como un palo. Y los niños, mellizos tienen que ser, esperando que algo ocurra. Quieren ser mayores. Vistiéndose con las ropas de mamá. Hay tiempo de sobra, para entender los vericuetos del mundo. Y la morena de las greñas y los labios de perren­gue. Me imaginaba que sabía silbar. Boca hecha para eso. Como Molly. Por eso aquella puta de clase en Jammet lle­vaba el velo sólo hasta la nariz. ¿Le importaría, por favor, decirme la hora exacta? La hora te la voy a decir en un ca­llejón oscuro. Di drupas y prismas cuarenta veces por las mañanas, cura los labios gordos. Acariciaba al chiquitín también. Los espectadores son los que mejor siguen el jue­go. Claro que saben de pájaros, de animales, de bebés. Está en su línea.

No miró para atrás cuando se fue por la playa. No iba a dar ese gusto. Aquellas chicas, aquellas chicas, aquellas en­cantadoras chicas de la playa. Ojos bonitos tenía, claros. Es el blanco de los ojos lo que lo hace resaltar no tanto la pupi­la. ¿Sabía ella lo que yo? Claro. Como un gato sentado más allá del alcance del perro. Las mujeres nunca dan con uno como aquel Wilkins en el instituto de bachillerato que dibu­jaba una figura de Venus mientras enseñaba todos sus atribu­tos. ¿Llamar a eso inocencia? ¡Pobre idiota! Su mujer tiene ya un buen trecho recorrido. Nunca las verás que se sienten en un banco con el letrero de Ojo, pinta. Tienen ojos por toda la cara. Miran debajo de la cama buscando lo que no hay. Sus­pirando por que les den un susto de muerte. Agudas como navajas son. Cuando le dije a Molly que el hombre en la es­quina de Cuffe Street era bien parecido, me pareció podía gustarle, en seguida saltó que tenía un brazo postizo. Y lo te­nía, además. ¿De dónde lo sacan? Aquella mecanógrafa su­biendo las escaleras del despacho de Roger Greene de dos en dos para enseñar el patamen. Transmitido de padre a, de ma­dre a hija, quiero decir. Lo llevan en la sangre. Milly por ejemplo secando su pañuelo en el espejo para ahorrarse la plancha. El mejor sitio para un anuncio para llamar la aten­ción de una mujer en el espejo. Y una vez que la mandé a por el chal Paisley de Molly a la tintorería Prescott, por cier­to ese anuncio tengo que, ¡volvió a casa con el cambio en el calcetín! Bicho espabilado. No se lo dije nunca. Curiosa la manera en que lleva los paquetes también. Atrae a los hom­bres, una cosilla como ésa. Levantando la mano, la sacudía, para que el flujo de sangre bajara cuando estaba roja. ¿De quién lo aprendiste? De nadie. Algo que la niñera me ense­ñó. ¡Ay, qué no saben! Tres años tenía y ya estaba delante del tocador de Molly, justo antes de que nos mudáramos de Lombard Street West. Nena tene cala bonita. Mullingar. ¿Quién sabe? Los vericuetos del mundo. Joven estudiante. De remos firmes al menos no como la otra. Aun así estaba para dar guerra. Señor, qué mojado estoy. Diablo que eres. La curva de su pantorrilla. Medias transparentes, estiradas a punto de reventar. No como el adefesio de esta mañana. A. E. Medias arrugadas. O la de Grafton Street. Blancas. ¡Uy! Ele­gantes patigordas.

Un cohete con forma de palmera explotó, chisporrotean­do en alocados latigazos. Zracs y zracs, zracs, zracs. Y Cissy y Tommy y Jacky corrían a ver y Edy detrás con el carrito y luego Gerty más allá a la vuelta de las rocas. ¿Lo hará? ¡Ob­serva! ¡Observa! ¡Fíjate! Miró atrás. Picó. Querida, vi, tus. Lo vi todo.

¡Señor!

Me vino bien en cualquier caso. Pachucho después de lo de Kieman, de lo de Dignam. Por el alivio gracias mil. En Hamlet, está eso. ¡Señor! Fue una combinación de varias co­sas. Excitación. Cuando se recostó para atrás, sentí un dolor en la punta de la lengua. La cabeza sencillamente se te arre­molina. Él tiene razón. Podía haber metido aún más la pata sin embargo. En lugar de hablar de nada. Luego te lo conta­ré todo. Aun así fue una especie de diálogo entre los dos. ¿No podía ser? No, Gerty la llamaban. Podría ser un nom­bre falso sin embargo como mi nombre y la dirección de Dolphn's Bam una tapadera.

Su nombre de soltera era jemina Brown
Y vivía con su madre en Irishtown.

El lugar me hizo pensar en eso supongo. Todas cortadas D por el mismo patrón. Limpiándose las plumas en las medias. Pero la pelota rodó hasta ella como si entendiera. Cada bala lleva su nombre escrito. Claro que yo nunca supe tirar nada derecho en la escuela. Retorcido como cuerno de camero. Triste no obstante porque dura sólo unos años hasta que sientan la cabeza y se dedican a poner el puchero y los pan­talones de papá que pronto le vendrán bien a Willy y polvos de talco para el bebé cuando lo sacan a que haga ah ah. No es fácil. Las salva. Las mantiene alejadas del camino del mal. La naturaleza. Lavar al niño, lavar el cadáver. Dignam. Las manos de los niños siempre alrededor de ellas. Cráneos de cocos, monos, ni siquiera cerrados al comienzo, leche agria en las mantillas y calostros pasados. No deberían haberle dado a ese niño una tetilla vacía para chupar. Se llena de aire. Mrs. Beaufoy, Purefoy. Tengo que pasarme por el hospital. A saber si la enfermera Callan está aún allí. Solía echar una ojeada alguna noche cuando Molly estaba en el Coffee Palace. Aquel joven doctor O'Hare vi que ella le cepillaba la ameri­cana. Y Mrs. Breen y Mrs. Dignam en otros tiempos así tam­bién, casaderas. Lo peor de todo las noches Mrs. Duggan me dijo en el City Arms. El marido que llega tambaleándose con la borrachera, apestando a taberna como un turón. Te­ner que soportar eso en tu propia nariz en la oscuridad, bo­canadas de bebida agriada. Después pregunta por la mañana: ¿estaba borracho anoche? Mala cosa sin embargo faltarle al marido. Es como escupir al cielo. Se pegan el uno al otro como con cola. Puede que también sea culpa de las mujeres. Ahí es donde Molly está por encima de ellas. Es la sangre del sur. Mora. También la forma, la figura. Manos buscaban sus opulentas. Compara sencillamente por ejemplo con esas otras. Mujer encerrada en casa, vergüenza de la familia. Per­mítame que le presente a mi. Luego te sacan algo indescrip­tible, que no sabrían cómo llamarla. Siempre se ven los pun­tos débiles de un hombre en su mujer. Aun así es el destino, enamorarse. Tienen sus secretos entre ellos. Fulanos que se hundirían si no fuera porque alguna mujer los toma en sus manos. Luego chicas aniñadas, que no miden medio metro, con sus manditos. Dios los hizo y ellos se juntan. Algunas veces los niños salen bastante bien. Cero más cero igual a uno. O el tipo viejo y rico de setenta y novia vergonzosa. Ca­sarse en mayo y arrepentirse en diciembre. Esta humedad re­sulta desagradable. Pegajosa. Bueno el prepucio no se ha pues­to en su sitio. Mejor subir.

¡Ay!

Y al contrario un tío de dos metros con una mujercita que le llega a la cintura. El punto y la i. Grande él pequeña ella. Muy extraño lo de mi reloj. Los relojes de pulsera no funcio­nan nunca. A saber si hay alguna influencia magnética entre la persona porque ésa era la hora que él. Sí, supongo, al pun­to. El gato fuera, los ratones se divierten. Recuerdo haber pa­sado por Pill Lane. También eso bien mirado es magnetismo. Detrás de todo está el magnetismo. La tierra por ejemplo atrayendo esto y siendo atraída. Eso origina el movimiento. Y la hora, bueno es el tiempo que el movimiento emplea. Entonces si algo se para todo el castillo se viene abajo piedra a piedra. Porque todo está ordenado. La aguja magnética nos dice lo que está pasando en el sol, en las estrellas. Piececitas de acero. Cuando alargas la horquilla. Venga. Venga. Tic. La mujer y el hombre eso es. La horquilla y el acero. Molly, él. Vestirse elegante y mirar e insinuar y te deja ver y ver más y te desafia a ver si eres hombre para ver eso y, como si fuera a estornudar, las piernas, mira, mira y si tienes lo que hay que tener. Tic. Hay que empezar a dar leña.

A saber qué siente ella en esa parte. Una pena que todas finjan delante de terceros. Se molestan más por un agujero en la media. Molly, con cara de a palmo, la cabeza echada para atrás, por el granjero con botas de montar y espuelas en el concurso hípico. Y cuando los pintores estaban en Lombard Street West. Bonita voz tenía aquel tipo. Así empezó Giuglini. Oler lo que hice. A flores. Era así. Violetas. Procedía de la trementina probablemente en la pintura. Se sirven de todo. Al mismo tiempo que lo estaba haciendo restregaba la za­patilla por el suelo para que no oyeran. Pero muchas no consiguen correrse, creo. Mantener la cosa tiesa durante ho­ras. Algo así como algo general por todo el cuerpo y media espalda.

Espera. Ummm. Ummm. Sí. Es su perfume. Por eso dijo adiós con la mano. Te dejo esto para que pienses en mi cuan­do esté lejos en la almohada. ¿Qué es? ¿Heliotropo? No. ¿Ja­cinto? Ummm. Rosas, creo. Tenía que gustarle un perfume de esa clase. Dulzón y vulgar: en seguida rancio. Por eso a Molly le gusta el opopónaco. Le sienta bien, con un poco de jazmín mezclado. Sus notas altas y sus notas bajas. La noche del baile que lo conoció, el baile de las horas. El calor lo re­saltaba. Ella llevaba su traje negro que tenía el perfume de la vez anterior. Buen conductor ¿no es así? ¿O es malo? La luz también. Supongamos que hay alguna conexión. Por ejem­plo si vas a un sótano donde está oscuro. Algo misterioso también. ¿Por qué lo he olido precisamente ahora? Tardó lo suyo en llegar como ella, despacio pero seguro. Supongamos que es por todos esos millones de partículas arrastradas por el aire. Sí es eso. Porque esas islas de las especias, los cingale­ses de esta mañana, se huelen a leguas. Te diré lo que es. Es como un sutil fino velo o membrana que tienen por toda la piel, sutil como cómo se dice eso la gasa, y la van dando de sí, sutil como lo que más, como los colores del arco iris sin sa­berlo. Se agarra a todo lo que se quita. La empella de la me­dia. Zapato caliente. Corsé. Bragas: una patadita, al quitárse­las. Adiós y hasta la próxima vez. También a la gata le gusta olfatear la camisa en la cama. Distingo su olor entre miles. El agua del baño también. Me recuerda las fresas con nata. A sa­ber dónde se encuentra realmente. Ahí o en los sobacos o bajo el cuello. Porque te llega de todos los agujeros y rinco­nes. El perfume de jacinto se hace de aceite de éter o algo así. El almizclero. Bolsa debajo del rabo. Un grano da olor para años. Los perros los unos a los otros detrás. Buenas noches. Buenas. ¿Cómo te va el olfateo? Ummm. Ummm. Muy bien, gracias. Los animales se orientan por eso. Sí bueno, vis­to de esa manera. Nosotros somos lo mismo. Algunas muje­res, por ejemplo, te echan para atrás cuando tienen el perio­do. Arrímate. Y te sueltan un tufo que te tira de espaldas. ¿Como qué? Arenques en lata echados a perder o. ¡Uf! Cui­dado.

Quizá ellas huelen a hombre en nosotros. ¿Y qué? Los guantes vegueros que Long John tenía en el escritorio el otro día. ¿El aliento? Lo que comes y bebes lo produce. No. Olordehombre, quiero decir. Tiene que estar relacionado con eso porque los curas que se suponen que lo son son di­ferentes. Las mujeres mosconean a su alrededor como las moscas alrededor de la meladura. A este lado de la barandi­lla del altar se empeñan en saltarla a toda costa. El árbol del sacerdote prohibido. Oh, padre ¿querría? Déjeme ser la pri­mera que. Eso se difunde por todo el cuerpo, se impregna. Germen de vida. Y es extremadamente cunoso el olor. Salsa de apio. Permítame.

Mr. Bloom introdujo la nariz. Ummm. En la. Ummm. La abertura del chaleco. Almendras o. No. A limones es. Ah no, es el jabón.

A propósito la loción. Sabía que tenía algo en la cabeza. No he vuelto y no pagué el jabón. Me desagrada andar lle­vando botellas como la tarasca de esta mañana. Hynes ya me podía haber pagado los tres chelines. Podría mencionar la ta­berna Meagher sólo como recordatorio. Aun así si hace el texto. Dos chelines con nueve. Mala opinión de mí tendrá. Iré mañana. ¿Cuánto le debo? ¿Tres chelines con nueve? Dos con nueve, señor. Ah. Podría hacer que no fiara en el fu­turo. Se pierde clientela de ese modo. En los bares sucede. Algunos engordan la cuenta en la pizarra y luego se escabu­llen por los callejones y se van a otro sitio.

Ahí va el noble que pasó antes. Como suspiro que el vien­to se lleva. Llegar justo para volverse. Siempre en casa a la hora de comer. Parece reventado: se dio una buena tripada. Disfrutando de la naturaleza ahora. La bendición después de las comidas. Después de la cena andar una milla. Seguro que tiene su pequeña cuenta en el banco en alguna parte, un car­guito con el gobierno. Anda detrás de él y haz que se sienta violento como los gaceteros hicieron conmigo hoy. Aun así se aprende algo. Vemos como otros nos ven. Con tal de que las mujeres no nos tomen el pelo ¿qué importa? Ésa es la ma­nera de saberlo. Pregúntate quién es él ahora mismo. El hom­bre misterioso de la playa, cuento premiado titbit por Don Leo­pold Bloom. A razón de una guinea la columna. Y ese tipo hoy junto a la sepultura con la gabardina marrón. Kismet en­callecido sin embargo. Lo sano quizá lo absorbe todo. Can­ción desafinada atrae lluvia dicen. Debe de haber algo en al­guna parte. La sal en el Ormond húmeda. El cuerpo siente el ambiente. Las articulaciones de la vieja Betty la llevan de ca­beza. La profecía de la tía Shipton sobre barcos que vuelan en un abrir de ojos. No. Señal de lluvia es. Los tomos del Royal Reader. Y las colinas distantes parecen aproximarse.

Howth. El faro de Bailey. Dos, cuatro, seis, ocho, nueve. Mira. Tiene que cambiar si no pensarían que es una casa. Raqueros. Grace Darling. La gente teme la oscuridad. También las luciérnagas, los ciclistas: hora de encender las luces. Los diamantes transmiten mejor la luz. Las mujeres. La luz es una especie de tranquilizante. No te va a hacer daño. Mejor ahora claro está que no hace tiempo. Caminos vecinales. Te abren en canal por nada. Aun así digamos que te topas de so­petón con dos tipos. Les plantas cara o sonríes. ¡Perdón! No hay de qué. La mejor hora para regar las plantas también a la sombra después del sol. Algo de luz aún. Los rayos rojos son los más largos. Roygbiv Vance nos lo enseñó: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo, violeta. Veo una estrella. ¿Ve­nus? No sabría decir aún. Dos. Cuando hay tres es de noche. ¿Estaban esas nubes nocturnas ahí todo este tiempo? Parece un barco fantasma. No. Espera. ¿Son árboles? Una ilusión óptica. Espejismo. Tierra del sol poniente ésta. Sol de auto­nomía poniéndose por el sudeste. Tierra que me vio nacer, buenas noches.

Cae el rocío. Malo para ti, querida, sentarte en esa piedra. Produce flujo blanco. Nunca tendrás un bebecito entonces a menos que sea forzudo para abrirse camino para fuera. Po­dría coger almorranas yo también. Duran además como un resfriado de verano, calentura en la boca. Corte con hierba o papel el peor. Fricción de la posición. Me gustaría ser esa roca en la que se sentó. Oh pequeña mía, no sabes qué linda estabas. Me empiezan a gustar de esa edad. Manzanas verdes. Arramblar con todo lo que se ofrezca. Supongamos que es la única vez que cruzamos las piernas, sentados. También la bi­blioteca hoy: esas chicas licenciadas. Dichosas sillas debajo de ellas. Pero es la influencia del atardecer. Ellas sienten todo eso. Abiertas como flores, conocen las horas, girasoles, mira­soles, en los salones de baile, lucernas, avenidas bajo las faro­las. Alhelíes de la noche en el jardín de Mat Dillon donde la besé en los hombros. Me gustaría tener un retrato al óleo de cuerpo entero de ella de aquel entonces. Junio era también cuando la cortejé. Vuelven los años. La historia se repite. Con vosotros riscos y peñascos de nuevo estoy. La vida, el amor, viaje por tu pequeño mundo. ¿Y ahora? Triste lo de su cojera desde luego pero hay que estar sobre aviso de no sen­tir demasiada lástima. Se aprovechan.

Todo tranquilo en Howth ahora. Las distantes colinas pa­recen. Donde nosotros. Los rododendros. Soy un tonto qui­zá. Él se lleva el zumo, y yo la cáscara. Aquí es donde yo lle­go. Todo lo que esa vieja colina ha visto. Los nombres cam­bian: eso es todo. Amantes: Mmn Mmn.

Cansado me siento ahora. ¿Me levanto? Ay espera. Me ha escurrido toda la energía, la pillastra. Me besó. Nunca más. Mi juventud. Sólo una vez llega. O la suya. Coge el tren ahí mañana. No. Volver no es lo mismo. Como críos en tu se­gunda visita a una casa. Lo nuevo quiero. Nada hay nuevo bajo el sol. Lista de Correos Dolphn's Bam. ¿No eres feliz en tu? Cariño travieso. En Dolphin's Bam las charadas en casa de Luke Doyle. Mat Dillon y su bandada de hijas: Tiny, Atty, Floey, Maimy, Louy, Hetty. Molly también. En el ochentaisiete fue. El año antes que nosotros. Y el viejo co­mandante, que le tira su poquito de alcohol. Curioso ella hija única, yo hijo único. De modo que retoma. Crees que te escapas y te encuentras contigo mismo. El camino más lar­go es el camino más corto a casa. Y justo cuando él y ella. Caballo de circo en círculos por la pista. A Rip van Winkle jugamos. Rip: ripio no pierde Henny Doyle con abrigo roto. Van: vadeando el carro del pan. Winkle: esparavel para ber­berechos y bígaros. Luego yo hacía de Rip van Winkle que volvía. Ella se apoyaba en el aparador y miraba. Ojos de mora. Veinte años dormido en la Vaguada Durmiente. Todo cambiado. Olvidado. Los jóvenes ahora viejos. Su escopeta herrumbrosa del rocío.

Ba. ¿Qué es eso que revolotea? ¿Golondrina? Murciélago probablemente. Cree que soy. un árbol, de tan ciego. ¿No huelen los pájaros? Metempsicosis. Piensan que te podías convertir en árbol del sufrimiento. Sauce llorón. Ba. Ahí va. Qué sinvergüenza. A saber dónde vivirá. El campanario ahí arriba. Seguramente. Colgado de los pies en olor de santi­dad. La campana le espantó, supongo. La misa parece haber acabado. Podía oírles a todos allí dentro. Ruega por nosotros. Y ruega por nosotros. Y ruega por nosotros. Buena idea la re­petición. Lo mismo con los anuncios. Cómprenos. Y cóm­prenos. Sí, hay luz en la casa del cura. Su comida frugal. Re­cuerda el error en la tasación cuando trabajabas para Thom. Es veintiocho. Dos casas tienen. El hermano de Gabriel Conroy es el coadjutor. Ba. Otra vez. A saber por qué salen de noche como los ratones. Son una raza mezclada. Los pá­jaros son como ratones saltarines. ¿Qué les asusta, la luz o el ruido? Mejor quédate sentado y no te muevas. Todo instinto como el pájaro con sed que se hizo del agua del fondo de una jarra echando guijarros. Como un hombrecillo con capa es con manos pequeñitas. Huesos menuditos. Casi se les ve brillar, una especie de blanco azulado. Los colores dependen de la luz que uno ve. Mirar al sol por ejemplo como el águi­la luego miras al zapato y ves un manchón de mancha ama­rillenta. Quiere estampar su marca en todas las cosas. Ejem­plo, el gato esta mañana en las escaleras. Color de césped amarronado. Dicen que nunca los ves de tres colores. No es verdad. Aquella gata medio blanquiatigrada carey en el City Arms con la letra eme en la frente. El cuerpo cincuenta colo­res distintos. Howth hace un rato amatista. Cristal destellan­te. Así es cómo ese sabio como se llame quemó con cristales. Luego el brezo se quema. No pueden ser las cerillas de los tu­ristas. ¿Qué? Quizá los palos secos se frotan en el viento y se encienden. O botellas rotas entre las aliagas actúan como un cristal que quema con el sol. Arquímedes. ¡Lo tengo! No ten­go la memoria tan mal.

Ba. Quién sabe para qué están siempre volando. ¿Insec­tos? La abeja la semana pasada se metió en la habitación ju­gando con su sombra en el techo. A lo mejor fue la que me picó, que vuelve para verme. Los pájaros también. Nunca se sabe. Ni lo que dicen. Como nuestra charla intrascenden­te. Y dice ella y dice él. Agallas tienen que tener para cruzar el océano volando y volver. Montones han de morir en las tormentas y en los cables de telégrafo. Vida terrible la de los marineros también. Monstruos imponentes esos vapores transatlánticos trajinando en la oscuridad, mugiendo como manatíes. Faugh a ballagh! ¡Fuera de ahí, maldita sea! Otros en embarcaciones de velas como pañuelos, baqueando de un lado a otro como rapé en velatorio cuando soplan vien­tos de tormenta. Casados también. A veces alejados durante años en algún sitio de los extremos de la tierra. No tiene ex­tremos en realidad porque es redonda. Una mujer en cada puerto dicen. Buen trabajo tiene ella si se lo toma a pecho hasta que Johnny regrese a casa otra vez. Si es que vuelve. Husmeando por los rincones de los puertos. ¿Cómo les pue­de gustar el mar? Sin embargo les gusta. Las anclas levadas. Allá que larga velas con un escapulario o una medalla pues­ta para darle suerte. Bueno. Y las filacterias no cómo es como lo llaman que el padre del pobre papá tenía en su puerta para tocarlo. Eso nos sacó de la tierra de Egipto y nos llevó a la casa de servidumbre. Algo en todas esas supersti­ciones porque cuando sales nunca sabes qué peligros. Aga­rrado a un tablón o a horcajadas sobre un madero para esca­par con vida, el salvavidas puesto, tragando agua salada, y ahí acaba el finado hasta que los tiburones le echan mano. ¿Se marean alguna vez los peces?

Luego llega una hermosa calma sin una nube, mar apaci­ble, plácido, la tripulación y el cargo hechos añicos, el fondo del mar, la luna asomándose tan placentera. No tengo la cul­pa, compadre.

Una última carcasa solitaria serpenteó por el cielo desde la feria del Mirus para recoger fondos para el hospital Mercer y estalló, deshaciéndose, y derramó un racimo de estrellas vio­letas menos una blanca. Flotaron, cayeron: se desvanecieron. La hora del pastor: la hora del aprisco: la hora del encuentro. De casa en casa, dando su siemprebienvenida doble llamada, iba el cartero de las nueve, su lámpara de luciérnaga en el cin­to reluciendo de aquí para allá por hileras de laureles. Y en­tre los cinco árboles jóvenes un botafuego izado encendía la farola en Leahy's Terrace. Por cortinas de ventanas ilumina­das, por jardines iguales una voz aguda iba gritando, claman­do: ¡Evening Telegraph, última tirada! ¡Resultados de las carreras de la Copa de Oro! y por la puerta de la casa de Dignam un niño salía corriendo y llamaba. Agitándose el murciélago vo­laba para acá, volaba para allá. A lo lejos sobre las arenas, su­bían las rompientes arrastrándose, grises. Howth entraba en sopor, fatigado de los días largos, de los mmnmmn rododen­dros (era viejo) y sentía complacido la brisa de la noche alzar­se, rizar la piel de helechos. Estaba tendido pero abrió un ojo rojo, profunda y lentamente respirando, en sopor pero des­pierto. Y lejos en los bajíos de Kish el barco—faro anclado cin­tilaba, guiñaba a Mr. Bloom.

La vida que esos tipos de ahí tienen que llevar, clavados en el mismo sitio. La comisión de Faros Irlandeses. La peniten­cia por sus pecados. Los guardacostas también. Cohetes y guindola y bote salvavidas. El día que nos fuimos en crucero de placer en el Erin's King, y les arrojamos un saco de perio­dicos viejos. Osos en el zoo. Un viaje de perros. Borrachos en cubierta echando los hígados. Vomitando por la borda para alimentar arenques. Náusea. Y todas las mujeres, el miedo metido en los huesos. Milly, ni señal de canguelo. Su pa­ñuelo azul suelto, riendo. No se sabe lo que es la muerte a esa edad. Y además los estómagos limpios. Pero tienen mie­do a perderse. Cuando nos escondimos detrás del árbol en Crumlin. Yo no quería. ¡Mamá! ¡Mamá! Bebés en el bosque. Asustándolos con máscaras además. Tirándolos al aire y lue­go cogerlos. Te mato. No tiene gracia en absoluto. O cuan­do los niños juegan a la guerra. Se lo toman en serio. Cómo puede la gente apuntar con un arma a otros. Alguna vez se dis­paran. ¡Pobres críos! Las únicas preocupaciones son ensipela y urticaria. Purgante de calomel le di para eso. Después al me­jorarse dormida con Molly. Sus mismos dientes. ¿Qué es lo que desean? to otra ella? Pero aquella mañana que la perse­

1 guía con el paraguas. Quizá de ese modo para no lastimarla. Le tomé el pulso. Hacía tictac. Qué manita más pequeña: ahora grande. Queridísimo papi. Todo lo que una mano dice cuando la tocas. Le gustaba contar los botones de mi chaleco. Su primer corsé recuerdo. Tenía que reírme al verlo. Las tetitas al principio. La izquierda más sensible, creo. La mía también. ¿Más cerca del corazón? Se ponen relleno si está de moda grandes. Los dolores del crecimiento por las noches, llamaba, me despertaba. Estaba asustada cuando le vino la primera vez. ¡Pobre niña! Momento extraño para la madre también. Le recuerda su pubertad. Gibraltar. Mirando desde Buena Vista. La torre de O'Hara. Las aves marinas graznando. El mono de la vieja Berbería que se tragó a su fa­milia entera. Puesta de sol, cañonazo para que los hombres crucen las líneas. Mirando a lo lejos el mar ella me dijo. Atar­decer como éste, pero claro, sin nubes. Siempre pensé que me casaría con un lord o un señor rico con su propio yate. Buenas noches, señorita. El hombre ama la muchacha hermosa. ¿Por qué yo? Porque tú eras tan distinto a los otros.

Mejor no quedarme aquí pegado toda la noche como una lapa. Este tiempo te adormila. Deben de ser cerca de las nue­ve por la luz. Volver a casa. Demasiado tarde para Leab. Lily ofKiflarney. No. Podría aún estar levantada. Pasar por el hos­pital para ver. Espero que ya haya dado a luz. Largo día el que he tenido. Martha, el baño, el entierro, casa de Yaves, el museo con esas diosas, canción de Dedalus. Luego aquel bo­cazas en Barney Kieman. Bien que me las cobré. Borrachos energúmenos lo que le dije sobre su Dios le hizo pupa. Error devolver el golpe. ¿O? No. Deberían irse a casa y reírse de ellos mismos. Siempre quieren mamarse con otros. Recelo­sos de estar solos como niño de dos años. Supongamos que me pegara. Verlo de otra manera. No estaría tan mal enton­ces. A lo mejor no quiso ofender. Tres hurras por Israel. Tres hurras por la cuñada de la que largaba lo suyo por ahí, tres colmillos en la boca. El mismo estilo de belleza. Un grupito perfecto para tomar una taza de té. La hermana de la mujer del salvaje de Bomeo ya está en la ciudad. Imagínate eso por la mañana temprano y a corta distancia. De gustos no hay nada escrito dijo Morris cuando besó a la vaca. Pero lo de Dignam ha sido la guinda. Casas de luto tan deprimentes porque nunca se sabe. De todos modos ella necesita el dine­ro. Tengo que pasar a ver a esos de la Scottish Widows como prometí. Extraño nombre. Se da por supuesto que nosotros la espichamos primero. Aquella viuda el lunes fue que a la puerta de Cramer me miró. Maridito enterrado pero prospe­rando con la póliza. Su óbolo de viuda. ¿Bien? ¿Y qué quie­res que haga? Tiene que abrirse camino. Los viudos me fasti­dian. Se les ve tan desolados. La mujer del pobre O'Connor y los cinco hijos envenenados con mejillones. Las aguas feca­les. Desesperado. Alguna buena mujer madura de sombrero arrufaldado que lo mime. Que tire de él, cara de plato y de­lantal largo. Pololos de franela para señora, tres chelines el par, rebajas extraordinarias. Llana y amada, amada para siem­pre, dicen. Fea: ninguna mujer cree que lo es. Ama, échate y pásatelo bien que mañana moriremos. Verle algunas veces andando por ahí intentando descubrir quién se la jugó. Q.T.C.: colgado. Es el destino. Él, no yo. También una tien­da a menudo observada. La maldición parece amenazarlo. ¿Soñé anoche? Espera. Algo confuso. Ella llevaba las zapati­llas rojas. Turcas. Llevaba los pantalones. ¿Supongamos que sí? ¿Me gustaría ella en pijama? Muy dificil la respuesta. Se ha ido Nannetti. El barco—correo. Por Holyhead ahora. Ten­go que amarrar ese anuncio de Yaves. Trajinarme a Hynes y a Crawford. Enaguas para Molly. Tiene de sobra para llenar­las. ¿Qué es eso? Podría ser dinero.

Mr. Bloom se agachó y le dio la vuelta a un trozo de pa­pel sobre la playa. Se lo acercó a los ojos y lo examinó. ¿Car­ta? No. No se lee. Mejor irse. Mejor. Estoy cansado para mo­verme. Hoja de un viejo cuaderno. Todos esos hoyos y guijarros. ¿Quién los podría contar? Nunca se sabe lo que te puedes encontrar. Botella con la historia de un tesoro den­tro, despojos de un naufragio. Paquetes postales. A los niños siempre les gusta echar cosas al mar. ¿Confianza? Pan que se echa al agua. ¿Qué es esto? Un palo pequeño.

¡Oh! Exhausto esa mujer me ha dejado. No tan joven ya. ¿Vendrá por aquí mañana? Esperarla en algún lugar por siem­pre. Tengo que volver. Los asesinos vuelven. ¿Volveré yo?

Mr. Bloom con su palo suavemente removió la espesa are­na a sus pies. Escribe un mensaje para ella. A lo mejor aguan­ta. ¿Qué?

YO.

La planta de algún caminante lo pisará por la mañana. Inútil. Borrado. La marea llega hasta aquí. Vi un charco jun­to al pie de ella. Inclinarse, ver mi cara ahí, espejo oscuro, res­pirar sobre la superficie, se estremece. Todas estas rocas con arrugas y cicatrices y letras, ¡Oh, transparentes! Además no saben. Qué quiere decir de verdad ese otro mudo. Te llamé diablillo porque no me gusta.

SOY. UN.

No queda sitio. Dejémoslo.

Mr. Bloom borró las letras con la bota lenta. Imposible en la arena. Nada crece. Todo se desvanece. No hay peligro de que los grandes barcos lleguen hasta aquí. Excepto las gaba­rras de Guinness. La vuelta a Kish en ochenta días. Hecho a propósito.

Arrojó lejos su pluma de madera. El palo cayó en arena en­cenagada, hincado. Si intentaras hacerlo una semana entera no acertarías. Suerte. No nos volveremos a ver. Pero estuvo bien. Adiós, querida. Gracias. Me hiciste sentir tan joven.

Echar una cabezadita ahora si pudiera. Deben de ser cerca de las nueve. El barco de Liverpool pasó hace tiempo. Ni siquiera el humo. Y puede hacer lo otro. Lo hizo además. Y Belfast. No iré. Carrera para allá, carrera de vuelta a Ennis. Dejémos­lo. Cierra los ojos sólo un instante. No me voy a dormir, sin embargo. Medio sueño. Nunca vuelve a ser lo mismo. El mur­ciélago otra vez. Él no es malo. Sólo algunos.

Oh mi pequeña toda tu doncellablancura destapada vi hasta lo alto de tu sucio ortesiscorsé me hicieron amor pega­joso nosotros dos cariño Grace traviesa ella a él las y media la cama meten si acaso puntillas para Raoul de perfume tu mujer pelo negro estremecimiento bajo redondón señorita ojos jóvenes Mulvey orondas tetas a mí carro del pan Winkle zapatillas rojas ella en sueño herrumbroso vagar años de en­sueños volver trasero Agendath desmayado amorcito me enseñó su año que viene en bragas vuelta que viene en su que viene su que viene.

Un murciélago voló. De aquí. Para allá. De aquí. A lo le­jos en lo gris una campana repicó. Mr. Bloom con la boca abierta, la bota izquierda enarenada por los lados, se inclinó, respiró. Sólo por unos pocos

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El reloj sobre la repisa de la chimenea en la casa del cura reclamó donde el Canónigo O'Hanlon y el Padre Conroy y el reverendo John Hughes S. J. tomaban el té y panecillos con mantequilla y chuletas de cordero fritas con salsa de tomate y hablaban sobre el

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precisamente porque era un pequeño canario el que salía de su casita para dar la hora es por lo que Gerty MacDowell se dio cuenta aquella vez que estuvo allí porque ella era muy rá­pida en algo así, y tanto que lo era Gerty MacDowell, y se dio cuenta en seguida que aquel señor extraño que estaba sentado en las rocas mirando era un

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cuco.

14. Los Bueyes del Sol

DIRETA Holles Eamus. Direita Holles Eamus. Direita Holles Eamus. Mándanos esclarecido, esclarecido, Horhom, sa­via y del vientre fruto. Mándanos esclarecido, esclarecido, Horhom, savia y del vientre fruto. Mándanos esclarecido, es­clarecido, Horhom, savia y del vientre fruto.

¡Arriba es niñounniño arriba! ¡Arriba es niñounniño arriba! ¡Arriba es niñounniño arriba!

Universalmente ese acumen de una persona es estimado muy poco perceptivo concerniente a cualesquiera asuntos sean considerados como más beneficiosos por mortales de sapiencia dotados para ser estudiados quien ignorante sea de aquello que el mejor en doctrina erudito y ciertamente por razón de aquello en los que el atributo de las más altas men­tes dignas de veneración constantemente mantienen cuando por consentimiento general afirman que otras circunstancias siendo iguales por no esplendor exterior es la prosperidad de una nación más eficazmente atestiguada que por las medidas de hasta dónde puede haber progresado hacia adelante el tri­buto de su afán de permanencia proliferante que de los ma­les el original si estuviera ausente cuando afortunadamente presente constituye la señal cierta del incorrupto favor de la omnipolinizante naturaleza. Porque ¿quién hay que cual­quier cosa de alguna significación haya comprendido y no sea consciente de que ese esplendor exterior pueda ser la super­ficie de una realidad lútea proclive al precipicio o por el con­trario alguien que sea tan obtuso que no perciba que puesto que no hay bendición de la naturaleza que pueda enfrentar­se a la generosidad de la propagación así que incumbe a cada o uno de los más justos ciudadanos erigirse en exhortador y amonestador de sus semejables y temblar no fuera que lo que en el pasado había sido excelentemente comenzado por la na­ción pudiera ser en el futuro no con igual excelencia logrado si algún impúdico hábito hubiera de denigrar gradualmente las honorables costumbres por los ancestros transmitidas has­ta una tal profundidad que cualesquiera que en extremo au­daz fuera quien tuviera la osadía de alzarse afirmando que no puede para nadie haber ofensa más odiosa que a la dejadez olvidadiza consignar aquel evangélico comando juntamente promesa que sobre todos los mortales con profecía de fertili­dad o con amenaza de disminución así exaltara acerca de la reiteradamente función procreadora por siempre irrevocable­mente ordenada?

No hay razón por tanto por qué habríamos de maravillar­nos si, como los mejores historiadores cuentan, con los celtas, quienes nada que no fuera por su propia naturaleza admira­ble admiraban, el arte de la medicina hubiera sido altamente reverenciado. Por no hablar de hospitalerías, leproserías, su­daderos, fosas de plagados, sus grandes fisicos, los O'Shiels, los O'Hickeys, los O'Lees han fijado aplicadamente los dis­tintos métodos por los cuales el enfermo y el recidivo halla­ron de nuevo la salud hubiera sido el mal el baile de San Vito o la descomposición de vientre. Verdaderamente en cual­quier obra pública que en ella se encuentre algo de peso la preparación debiera ser de importancia proporcionada y por tanto un plan por ellos fue adoptado (bien porque hubo sido anteriormente examinado o como maduración de la expe­nencia es dificil de ser asegurado puesto que las opiniones discrepantes de subsiguientes avenguadores no son hasta el presente congruentes como para hacerlo manifiesto) por lo que la maternidad quedó tan lejana de cualquier posibilidad de accidente que cualquier atención que la paciente requirie­ra principalmente en ese momento extremadamente duro para la mujer y no sólo para aquellas opulentamente acauda­ladas sino también para aquella que no siendo suficiente­mente adinerada apenas y a menudo ni siquiera apenas po­día subsistir valerosamente y por un emolumento insignifi­cante era atendida.

Para ella nada ya entonces ni a partir de entonces era capaz de ser molestoso por esto principalmente se dolían todos los ciudadanos a no ser por las madres proliferantes la prosperi­dad en absoluto podría existir lo mismo que ellos habían re­cibido la eternidad los dioses la generación de mortales para que les fuera propicio, si ése era el caso esforzándose, partu­rienta en vehículo hacia allí llevando deseo inmenso entre todas una a la otra la impulsaban para ser recibida en aquel domicilio. ¡Oh cosa de prudente nación no solamente por ser vista sino también incluso por ser estimada digna de ser ensalzada porque ellos a ella de antemano empezaron a ver­la madre, porque ella de pronto por ellos a punto de ser cui­dada había comenzado sentía!

Ant nascencia el ninno dicha aue. Adientro del uientre ve­neracion él retouo. Quequier et por quales maneras fiziesse serenas guisas fecho souo. Un estrado por couigeras celado con sano yantar folgado, pañales de limpio estremança com­mo si encaecido ouiesse et por sabio proveimiento bastido fuesse, mas ende guisado de mengías non e mester ni de en­gennos de cirugiano que son apuestos pora el su propio caso auenido por non ementar estanças de muit esquiuos acaesce­res en muchas latitudes por nueso terreal orbe abastaban cab ymagenes divinas et humanales, la cogitacion daquel por de­sarrimadas mugieres es a tumesçencia conduxente u alleva la salida en aluergue de madres erzido et lumbroso et enforma­do et fremoso o, farto lazrada et maiada, essora quella e en­costada, ella e quitada.

Un omne que de camino sedía cabo la puorta detenido se hubo ca la noche se llegava. De la yente de Israel aquel omne era qui so la tierra andudiera aluen et enderredor. Por volun­tad e de grado solo habíase llegado fasta aquella morada.

Daquella morada A. Home era el señor. Setenta camas allí guarece de madres plenas do costumnan a yazer pora soffrir e encaescer rezios ninnos ansí el ángel de Dios a María dixe­ra. Dúes coidadoras por allí andieron, blancas iermanas en aluergue espierto. Escocimientos ellas calman, aquexamien­tos assessegan: en doce lunas tres vezes un ciento. Fideles de cama alacayas ellas ados son, pora Horne endereçan lazrado aluergue.

En ospital cauta la coidadora oyó al omne llegar de cora­çón cabiloso ayna levantado ha con griñón cobierta la su portalada a él complida mientre ha despagado. Oh, fucilazo quebrante relumbra assora en el sénit güeste de Irlanda. Grande temor ella tuvo que Dios el Vengador toda la huma­nidad astragar fuera por los sus ensuciados pecados. La cruz de Cristo en sus pechos ella fizo e afincóle pora que baxo su morada entrara. Aquel omne asmando su guisa complida adeliñóse a la casa de Horne.

Gran miedo tuvo a la puerta del castiello de Home retou­yendo el su sombrero el buscador estudo. En la morada Be­lla antaño él ospedóse con amada esposa e escantadora fiia dende sobre tierra e mar nueve años había luengamente erra­do. Una vegada ella hallárelo en el ancón del burgo a su sa­ludación él non había contestado. Él esforgóse por su per­dón alcanjar con asaz conseio ca la su faz bienfadada pare­cióle, la su faz, tan moçuela. Ayna los sos ojos alumbráronse, effloresçer de arreboles por sus deleitosas palabras.

Como los ojos della perçibieran el atramento de su atavío ende angostura maginó. Complida fuera depués donde antes coytada fuera. Él a ella preguntóle por los mandados del Doctor O'Hare de lueñes riberas inviados y ella con sospiro encogido contestóle que Doctor O'Hare en el cielo estaba. Desmarrido seye el omne esas palabras oír que grandemente en las sus entramas con dolor pesaban. Todo ella le contara, plorando por la muerte del amigo tan temprana, anque siem­pre sin querer la justicia de Dios rechaçar. Ella dixo que hie tenido una apuesta muerte por grado del Cnador con clérigo misacantano pora confesar, ostia santa e óleo de omnes do­lientes pora sos membros. El omne estonces asaz lazrado a fermana ha preguntado de qué guisa el omne muerto muer­to hubo e Permana hale contestado e dicho que en ínsula Mona hubo muerto por causa del cancro de ventre tres años faze en Nadal venidera e a Dios Misincordioso rogaba que el alma bienquerida en la su Gloria tuviera. Oyó él súas marri­das palauras, retouyendo el sombrero marrado miraba. Ansí desta guisa elos amos entonces en angostura souieron.

Por tanto, hombre del mundo, cuida tu fin último que es la muerte y el polvo que apuña a todo hombre que de mujer es nacido porque así como desnudo sale del vientre de su madre del mismo modo desnudo ha de irse postreramente como llegó.

El hombre que a la casa entrado había luego fabló a la mu­jer de enfermería y demandóle cómo se hallaba la mujer de parto que allí yacía. La mujer de enfermería contestóle y dijo que esa mujer estaba ya con dolores tres luengos días y que sería un parto arrevesado y no çensillo de apechar pero que sin tardanza se acabaría. Ella dijo había visto muchos partos de mujeres pero nunca ninguno tan arrevesado como el par­to de esa mujer. Luego le enformó de todas las minucias por­que sabía que el hombre antaño había vivido cerca de aque­lla casa. El hombre oyó sus palabras y maravillóse de las coi­tas de las mujeres en los dolores de parto para ser madres y maravillóse al ver la faz della entodavía faz fermosa para cualquiera hombre anque por mucho tiempo ha sido moza. Nueve veces doce los fluxos de sangre blasman su marra de fijos.

Y en tanto que así hablaban la puerta del castiello abnose y hasta ellos llegó gran ruido como de alcavela aparejada para yantar. Y hasta aquel logar acercóse donde afincados estaban un mozo caballero escolar nombrado Dixon. Y el andante Leopoldo era dél cognocido dende que aconteciera que amos atingencia tuvieran en la casa de misincordia donde este caballero escolar hallábase por causa que el andante Leo­poldo allí adeliño para se guarir por razón de ser fendo en los pechos por una lanza conque un horrible y espantoso dra­gón húbole jasado para eso fizo un ungüento de sal volátil y crisma abastadamente. Y díjole luego que debría entrar en aquel castiello para tomar solaz con los que dentro estaban. Y el andante Leopoldo dijo quél debría ser ido a un otra par­te porque era hombre caboso y sotil. También la dama fue del mesmo acuerdo y reprochó al caballero escolar anque ella bien sabía que el andante no había dicho verdad por su sotileza. Mas el caballero escolar no quería oír decir no ni complir su comendamiento ni saber de nada que no plazie­ra a su gusto y fablóle de las maravillas del castiello. Y el an­dante Leopoldo entró en el castiello para se holgar durante un rato desmarridos había los membros depués de muchas andanzas ambulando por vanas tierras y otrossí por deleito­sos placeres amatonos.

Y en el castiello estaba puesta una mesa que era de abedul de Finlandia y soportada por cuatro enanos de aquellas co­marcas pero no se aventuraban a moverse por el encanta­miento. Y sobre esa mesa había espantosas espadas y cuchi­llos que son hechos en grandes algares por afanados demo­nios que forjan de blancas llamas y luego fijan en los cuernos de búfalos y venados que allí asombrosamente abundan. Y ha­bía vasos labrados por la magia de Mahoma con arenas de mar y aire por un encantador con el soplo que sopla en ellos asemejado a burbujas. Y copiosas y regaladas vituallas había sobre la mesa que ningún nacido podría antojarse más copio­sas ni más regaladas. Y también había una cuba de plata que con mañas era accionada en la que yacían extraños peces ca­recientes de cabezas aunque hombres descreídos rechazan que cosa así sea posible a no ser que lo vieren empero así acontece. Y estos peces yacen en agua oleosa traída cabal­mente desde las tierras de Portugal por causa de la gasa que hay dentro semejante a los caldos de las almazaras. De la mesma suerte era maravilla ver en aquel castiello cómo por arte de magia hacían en aquel castiello un conmisto de ubé­rrimos granos de trigo de Caldea que con ayuda de ciertos es­píritus mflamados que en él ponen se hincha asombrosa­mente semejando una inmensa montaña. Y allí se enseña a las serpientes a enroscarse en luengos palos clavados en el suelo y las escamas de esas serpientes fermentan un mejunje semejante al aguamiel.

Y el caballero escolar tuvo a bien verter para el Infante Don Leopoldo una colana y la sirvió con agrado al tiempo que todos los que allí estaban bebían sin exceptuación. Y el Infante Don Leopoldo enderezóse la babera para contentar­le y tomó derechamente una miaja por atenencia porque nunca bebía en modo alguno aguamiel la cual apañó y lue­go muy veladamente abocó la mayor parte en el vaso del ve­cino y el vecino no paró mientes en el ardid. Y con ellos se sentó en el castiello para reposar allí un rato. Loado sea el To­dopoderoso Dios.

En el entretanto esta buena hermana que a la puerta esta­ba rogóles por respeto a jesús nuestro Señor Poderoso que dejaran la folganza porque arriba había una persona empre­ñada, una noble señora, presta a dar nacimiento a toda prie­sa. El caballero Don Leopoldo oyó en la estancia damba gran clamor y preguntóse por la razón daquel clamor por si fuera de mujer o niño y admírame, dijo él, que entodavía no haya uviado. Paréceme que lleva larga tardanza. Apercibió y avistó a un hidalgo de nombre Lenehan de allende la mesa entrado en años más que esotros y porque ambos eran caba­lleros de bien en la mesma empresa y también por causa de ser él de más edad hablóle con gran comedimiento. Mas, dí­jole él, no ha de tardar luengo tiempo antes de que encaezca por la munificencia de Dios y haya solaz en su alumbramien­to porque ha aguardado un tiempo asombrosamente largo. Y el hidalgo que había bebido dilo, Esperando a cada mo­mento que el próximo fuera el suyo. Del mismo modo cogió la copa que ante él estaba porque para él no había necesidad que nunca nadie le pidiera ni tampoco le exhortara a beber, Agora bebamos, dijo él, con gran delectamiento, y abuzóse cuanto pudo a la salud de ambos porque era hombre bueno concemiente a su contentamiento. Y el caballero Don Leo­poldo que era el más considerado huésped que nunca se sen­tara en sala de escolares y del mesmo modo era el hombre más manso y el más afable que nunca metiera mano de la­briego bajo gallina y del mesmo modo era el más fiel caballe­ro que en el mundo hubiere nunca alguno fizo mejor servi­cio a dama gentil por él alzó comedidamente la copa. Que­brantos de mujer con asombro valorando.

Hablemos agora de la compaña que allí estaba con el pro­pósito de embriagarse si capaces fueran. Había esotros esco­lares a ambos lados de la mesa, hase de entender, el por nom­bre conocido de Dixon el mozo de Santa María de la Mer­ced con otros sus compañeros Lynch y Madden, estudiantes de medicina, y el hidalgo conocido como Lenehan y un otro de Alba Longa, un Crotthers, y el mozo Stephen que tenía semblante de fraile y estaba a la cabecera de la mesa y Costello al que muchos llaman Ponche Costello tiempo ha por faza­ña que fizo antaño (de todos ellos, excepto el mozo Stephen, él era el más embriagado y aún demandaba más aguamiel) y junto a él el manso caballero Don Leopoldo. Mas todos es­peraban al mozo Malachi porque prometido hubo que habría de llegar y alguno con mal acuerdo había dicho que ha­bía quebrantado su promisión. Y el caballero Don Leopoldo sentóse con ellos porque profesaba apretada amistad al caba­llero Don Simón y a su hijo el mozo Stephen y era por cau­sa de su languideza por lo que allí se encalmó depués de luengo ruar pues era gasajado en tales circunstancias de la más fiada suerte. Por compasión avisado, con amor acuciado con empeño de ruar, remiso de partirse.

Pues ellos eran en verdad ingeniosos escolares. Y él oía las pláticas dellos el uno con el otro tocante a nacencia y justicia, el mozo Madden ahirmaba que dado el caso sería gran­de pesar que la mujer muriera (porque así había acontecido hacía como un año con una mujer de Eblana en la casa de Horne que había traspasado las barreras de este mundo y la mesma noche antes de morir todos los menges y boticarios tomaron consejo sobre el caso della). Y allegaron aindamáis que ella ha de vivir porque al principio, dijeron, la mujer con dolor parirá sus hijos por lo que aquellos que eran de la mes­ma figuración concertaron que el mozo Madden había di­cho verdad porque él tenía remordimiento de dejarla morir. Y a no pocos y entre ellos hallábase el mozo Lynch hacíase­les dubitable si por ventura el mundo estuviera agora peor govemado que nunca antes lo fuera por más que el pueblo ignoble lo creyera de otra suerte aunque ni la ley ni sus jue­ces pongan remedio alguno. Que Dios nos libre. Malavés fuera eso dicho cuando todos vocearon en un solo clamor que no, por la Virgen Madre, que la mujer debería vivir y la creatura morir. Con ocasión de lo cual escalentáronse los ánimos sobre el tal artículo y ya fuera por la disputa ya por la bebida lo cierto es que el hidalgo Lenehan estaba pronto a abocarles malta de suerte que desta guisa no faltara regocijo. Luego el mozo Madden explicóles puntualmente todas las cuestiones y díjoles cómo ella estaba muerta ya fuera por mor de la santa religión ya fuera avisado por romero o por santero o por promesa que él hiciera a San Ultan de Arbraccan el marido de su casa dueño no quería aceptar la muerte della por lo que todos tomaron grandísima aflicción. A lo que el mozo Stephen prosiguió diciendo estas palabras: Mormurar, caballeros, acaece mesmamente entre legos. Amos, la creatu­ra y la engendrante loando agora a su Criador, la una en ca­liginoso limbo, la otra en el purgatorio. Mas, a fe mía ¿qué de esas almas por Dios eseíbles que nosotros por las noches devedamos, que es gran pecado contra el Espíritu Santo, Dios Verdadero y Dador de Vida? Porque, caballeros, folgar es breve. Somos instrumentos para esas pequeñas creaturas dentro de nosotros y la naturaleza tiene otras metas que no­sotros. Luego dijo Dixon el joven a Ponche Costello si él sa­bía qué metas fueran. Mas éste había bebido en demasía y las únicas palabras que dél pudo tener fue que con gusto des­honraría a una dama fuera ella casada o mozuela o manceba si desa suerte acontecielle y estorciese la ardicia de su lascivia. A esto Crotthers de Alba Longa elogió los complimientos quel mozo Malachi fizo de la bestia de nombre unicornio y cómo una vez en el milenio córrese por el cuerno, el otro en tanto, espoleado por las burlas con las que ellos mofábanse dél, todos a un tiempo dando fe por los torillos de San Follino quél era capaz de hacer cualquier suerte de cosa que a hom­bre cupiérale hacer. A lo que todos rieron con gran esparci­miento excepto el mozo Stephen y el caballero Don Leopol­do que nunca se aventuraba a reír derechamente por razón de un extraño humor que no quería revelar y mesmamente porque dolíase de la parturienta fuera ella quien fuera o estu­viera donde estuviera. Luego habló el mozo Stephen despe­chado con la madre Iglesia que quería arrojarlo de su seno, de los preceptos canónicos, de Lilith, patrona de abortos, de barrigas hinchadas por el viento con semillas de fulgor o por el empuje de vampiros boca a boca o, como Virgilio dice, por influjo del viento del oeste o por los vahos de la flor maya o si ella yaciera con mujer con la que su hombre acaba de yacer, eectu secuto, o acaso en el baño conforme a Ave­rroes y Moisés Maimónides. Dijo también cómo al final del segundo mes un alma humana era infundida y cómo en to­dos nuestra santa madre siempre cuida la grey de las almas a la mayor gloria de Dios en tanto que esa madre terrenal que no era más que una hembra para parir bestialmente debería morir conforme a los preceptos de la Iglesa porque así lo dice el que ostenta el sello del pescador, el mesmo Pedro bendito que sobre la roca dél fue la santa Iglesia por los siglos de los siglos fundada. Todos aquellos équites preguntáronle luego al caballero Don Leopoldo si en caso semejante apeligraría la vida della hasta aventurar vida para salvar la vida. Cautela de ánimo llevávale a contestar de suerte que a todos contentara y, poniendo mano en quexadas, dijo con disimulación, con­forme su avezadura era, que según él tenía entendido, que siempre había amado el arte de la fisica según le es a lego pre­mitido, y conforme a su esperiencia de un tan raro acidente era bueno para la madre Iglesia que acertadamente en un solo golpe tuviera los dineros de nacimiento y muerte y des­ta guisa avisadamente libróse de sus preguntas. Que eso es cierto, pardiez, dijo Dixon, y, o engáñome, palabras preña­das son. Eso oyendo el mozo Stephen regocijóse sobremane­ra y aseguró que aquel que al pobre robara al Señor prestaba porque teníale la locura por causa de la bebida y que agora hallábase desta manera confirmóse a toda priesa.

Mas el caballero Don Leopoldo estaba grandemente mal­hadado por razón de sus palabras que todavía apesadumbrá­bale el espanto que daba el griterío de las mujeres en dolores de parto y que a él se le acordaba de su buena dueña Doña Manon que habíale dado un único hijo varón que en su on­zavo día de vida muerto hubo y que ningún hombre sabido pudo salvar así de negro es el destino. Y el corazón della que­dó grandemente apenado por aquel aciago azar y para el en­terramiento fizole ella una juba fermosa de lana de cordero, flor del rebaño, por que no espereciera acabadamente y ya­ciera con frido (pues era entonces a mediados del invierno) y agora el caballero Don Leopoldo que su sangre no habíale dado hijo varón por heredero miró en él en el hijo del ami­go y cerróse entristecido por causa de la venturanza pasada y acontecido como él estaba por no haber un hijo de tan no­ble coraje (pues todos teníanle de buenas partes) de la mes­ma suerte lo estaba por el mozo Stephen pues vivía en el bo­llicio con aquellos despendedores y despachábase de sus bie­nes en mozas del partido.

Para aquel entonces el joven Stephen tenía llenas las copas que habían quedado vacías de suerte tal que no habría dura­do sino un poco más si los más prudentes no hubiéranle os­curecido el acceso a aquel que todavía iba y venía con tanta asiduidad y que, rezando por las intenciones del soverano pontífice, rogóles que brindaran por el vicario de Cristo que también como él dijo es vicario de Bray. Bebamos todos pues, dijo él, de este cáliz y tomad esta aguamiel que no es parte de mi cuerpo sino corpamiento de mi alma. Dejad la fracción del pan para aquellos que sólo de pan viven. No te­máis por vuestras necesidades porque esto os confortará más que lo otro os consternará. Mirad aquí. Y mostróles las mo­nedas resplandescientes del tributo y cédulas de orfebre por valor de dos libras y diecinueve chelines que había obtenido, dijo él, por una cantiga que él escribiera. Todos quedaron ad­mirados al ver las susodichas riquezas dada la penuria de di­nero en la que hasta entonces había estado. Sus palabras fue­ron luego las que aquí se trasladan: Sabed todos, dijo, que las desgracias del momento levantan mansiones de eternidad. ¿Qué significación tiene esto? El viento del deseo agosta el espino majuelo pero después pasa de abrojo a ser una rosa sobre la cruz del tiempo. Escuchad esto. En el vientre de mu­jer la palabra se hace carne pero en el espíritu del hacedor toda carne que fenece se convierte en la palabra que nunca morirá. Esto es la poscreación. Omnis caro ad te veníet. No hay duda de que gran poder ha de tener el nombre de la que lan­zó a su destino inexorable el cuerpo amado de nuestro Re­dentor, Salvador y Pastor, nuestra madre poderosa y madre venerabdísima pues como Bernardo dice muy acertadamen­te Ella tiene una omnipotentiam deíparae supp&cem, a saber, una omnipotencia de petición puesto que ella es la segunda Eva y nos recuperó, dice Agustín también, en tanto que la otra, nuestra abuelita, a la que estamos ligados por anastomosis su­cesiva de cordones umbilicales a todos nos vendió, simiente, casta y cría por manzana de a ochavo. Pero la cuestión es ésta. O bien ella lo conoció, a la segunda me refiero, y no fue más que criatura de la criatura de ella, vergine madre, figlia di tuo fi­glio, o no lo conoció y entonces ella se encuentra en la mis­ma negación o ignorancia que Pedro Pescador que vive en la casa que Jack construyó y con José el fijador patrono de la defunción dichosa de todos los matrimonios desdichados, parce que M. Léo Taxil nous a dit que qui l'avait mise dans cette fichue position c était le sacré pigeon, ventre de Dieu! Entweder tran­sustancialidad oder consustancialidad pero nunca subsustan­cialidad. Y todos clamaron ante aquello porque eran pala­bras harto ruines. Un preñado sin goce, dijo él, un parto sin dolor, un cuerpo sin mácula, una panza sin barriga. Dejad que el obsceno con fe y fervor venere. Nosotros con fuerza nos enfrentaremos, lo refutaremos.

En esto Ponche Costello martilleó con el puño la mesa y hubiera cantado un canon indecente Staboo Stabella sobre una moza a la que dejó preñada un matón juerguista en Ger­manía que al punto se dispuso a entonar:

Los primeros tres meses no se encontraba bien, Staboo, cuando hete aquí que la enfermera Quigley desde la puerta con enojo mandóles hacer chitón deberíais avergonzaos no es que no sólo no estuviera bien como ella les recordó esta­ba resuelta a tenerlo todo en orden para cuando apareciera lord Andrew pues no estaba dispuesta a que ningún terrible alboroto pudiera menguar el honor de su guardia. Era una an­ciana y triste matrona de apariencia apacible y ademanes cristianos, en vestiduras negruzcas acomodándose a su pesadum­bre y semblante arrugado, tampoco a su exhortación faltóle efecto pues inmoderadamente Ponche Costello fue por to­dos ellos recriminado y le regañaron por grosero con civiliza­da brusquedad unos y le hicieron temblar con amenazas de zalamerías otros al tiempo que todos ellos se metían con él, que el cebollino coja una zangarriana, qué demonios estaría haciendo, so palurdo, so escuchimizado, so hijo de pingo, so muerto de hambre, so mondongo, so engendro de renegado, so nacido en la cuneta, so malparido, que cerrara ya su hoci­co de borracho de mona babosa, el bueno de Don Leopoldo que tenía por timbre suyo la flor de la serenidad, gentil me­jorana, avisando que era ocasión única la más sagrada la más merecedora de ser sagrada. En la casa de Home la calma debe reinar.

Para ser breve este discurso apenas había pasado cuando Maese Dixon de María de Eccles, sonriendo abiertamente, preguntóle al joven Stephen cuál fuera la razón por la que no habíase enfrontado a tomar los votos de fraile y él contestó­le que obediencia en el vientre materno, castidad en la tum­ba aunque pobreza involuntaria todos los días de su vida. Maese Lenehan a esto arguyó que había oído de esas hazañas nefarias y de cómo, según las había oído contar, él había em­pañado la hermosura de azucena de la virtud de una confia­da doncella lo que era corrupción de menores y todos ellos manifestáronse también sobre lo mismo, poniéndose alegres y brindando por su paternidad. Pero él dijo muy rectamen­te que era completamente lo opuesto a sus suposiciones por­que él era el hijo eterno y por siempre virgen. Fue por ello que el jolgorio creció en ellos todavía más y le refirieron su cu­rioso rito de casorio para el desvestimiento y desvirgamiento de las esposas, como los sacerdotes solían hacer en la isla de Madagascar, ella debía ir ataviada de blanco y de color aza­frán, el novio de blanco y grana, con cremación de nardos y cirios, sobre un tálamo nupcial mientras los clérigos canta­ban los kyries y la antífona Ut novetur sexus omnis corporis mystenum hasta que ella era allí desflorada. Ofrecióles luego una grandemente admirable mínima blanca de himeneo compuesta por esos refinados poetas Maese John Fletcher y Maese Francis Beaumont que se halla en su Tragedia de la doncella que fuera escrita para un parecido apareamiento de amantes: Ahecho, al lecho, era su bordón para que fuera toca­do con armonía acompañable en los virginales. Un dulce ex­quisito epitalamio de la más molificante persuasión para jo­venes amatorios a los que los hachones odoríferos de los paraninfos han escoltado al proscenio cuadrupedal de la co­munión connubial. Y muy bien que se conocieron, dijo Maese Dixon, gasajado, pero, oíd, joven caballero, no sería mejor llamarles la Novia de Monte Venus y el Incasto por­que, a fe mía, de una tal mestura mucho podríase correr. El joven Stephen dijo que en verdad así era si su recordación no le engañaba ellos no tenían más que una única furcia para ellos dos y ella del lupanar sabiendo cómo manejárselas en el comercio amoroso pues la vida se vivía a tope en aquellos tiempos y la condición de la nación la aprobaba. Amor más grande que ése, dijo él, ningún hombre tiene como no sea la entrega de su mujer a su amigo. Haz como vieres. Así, o para los efectos en palabras semejantes, habla Zaratustra, antiguo «regius professor» de Jodología Francesa en la universidad de Rabodetoro ni jamás respiró allí hombre alguno al que la hu­manidad más debiera. Mete a un extraño en tu torre y muy fácil será que tú te quedes con la segunda mejor cama. Ora­te, fratres pro memetipso. Y toda la gente dirá. Amén. Recuer­da, Erín, a tus progenitores y los tiempos de antaño, cómo desairásteme a mí y a mi palabra y llevaste a un extraño a mi puerta para que cometiera fornicación ante mi vista y para que se engordara y tirase coces como Jeshumm. Por lo que tú has pecado contra la luz y has hecho de mí, tu señor, el es­clavo de los siervos. Tórnate, tómate, Clan de los Milesios: no me olvides, Oh Milesia. ¿Por qué has hecho esta abomi­nación ante mí tú que me despreciaste por un mercader de jalapas y me negaste ante el romano y ante el indio de habla oscura con el que tus hijas folgaron con lujuria? Contempla ahora, pueblo mío, la tierra prometida, desde Horeb y desde Nebo y desde Pisgá y desde los Cuernos de Hatten hasta una tierra que mana leche y monises. Pero tú me has amaman­tado con leche amarga: tú has secado para siempre mi luna y mi sol. Y tú me has dejado solo para siempre en los ca­minos oscuros de mi amargura: y con un beso de cenizas has besado tú mi boca. Esta tenebrosidad del interior, prosi­guió diciendo, no ha sido iluminada por la sabiduría de los setenta ni tan siquiera mencionada porque el Oriente desde las alturas Que quebró las puertas del infierno visitó una os­curidad que venía de lejos. La connaturalización aminora las atrocidades (como Tulio dijo de sus amados estoicos) y Hamlet padre no le muestra al príncipe ampolla alguna de combustión. La opacidad en el mediodía de la vida es una plaga de Egipto que en las noches del prenacimiento y del posfallecimiento es su más oportuna ubi y quomodo. Y como los fines y las ultimidades de todas las cosas están en conso­nancia en alguna manera y medida con sus principios y orí­genes, esa misma concordancia multíplice que encauza el crecimiento desde el nacimiento logrando por medio de una metamorfosis retrogresiva esa reducción y ablación hacia el final que es conforme a la naturaleza así acaece con nuestro ser subsolar. Las viejas hermanas nos traen a la vida: llora­mos, nos cebamos, jugueteamos, nos peleamos, nos abra­zamos, nos separamos, decaemos, morimos: cuando hemos muerto ellas se inclinan sobre nosotros. Primero, rescatado de las aguas del viejo Nilo, entre aneas, un lecho de varillas entretejidas, al final la cavidad de una montaña, un sepulcro oculto en el clamor del gato montés y del quebrantahuesos. Y como no hay hombre que conozca la ubicación de su túmulo ni tampoco a qué procesos habremos de ser por ello llevados tampoco si a Tofet o a Villaedén de la misma mane­ra todo está velado cuando nosotros querríamos ver lo que hay detrás desde qué región de lejanía la eseidad de nuestra aseidad ha alcanzado su causalidad.

A lo que Ponche Costello vociferó vigorosamente Étienne chanson aunque en voz alta les conminó, ved aquí, la sabidu­ría se había levantado una casa, esta inmensa bóveda majes­tuosa inmemorial, palacio de cristal del Creador, todo él en perfecto orden, premio al que encuentre la bolita.

—Contemplad la mansión que erigió el diestro jack

ved la malta guardada en tanto r fluyeme costal

en el arrogante circo de jacly'ohn el vivac.

Un ruido de negro chasquido en las calles, ay, bramó reso­nante. Con estruendo por la izquierda Thor retumbó: en ira desatada el lanzador de martillo. Ya llegaba la tormenta que aguija su corazón. Y Maese Lynch conminóle a que cuidara de embromar y farandulear pues el dios mismo estaba airado por su parloteo infernal y paganía. Y aquel que primero jac­tábase de su bizarría palidecióse como todos ellos pudieron apercibir y encogióse y su barboteo que antes fuera tan de su propia estima enaltecido quedóse ahora de pronto alicaído y su corazón se agitó en la jaula de su pecho cuando gustó el eco de la tormenta. Luego algunos se mofaron y otros bufo­nearon y Ponche Costello volvió a darle a su malta lo que Maese Lenehan juró que al punto haría y sin mediar palabra se lanzó un lingotazo. Pero el fanfarrón bravucón voceó que un mentecato de toda la vida estaba trompa y que eso a él le importaba un bledo y que él no iba a ser menos. Mas esto no era sólo para entintar su desesperación al tiempo que acorba­dado se agazapaba en la mansión de Home. Se echó cierta­mente un trago para fortalecer un corazón de buena gana pues retumbó con estruendo a todo lo largo de los cielos de manera que Maese Madden, siendo devoto de vez en vez, golpeóse las ijadas al chasquido aquel de muerte y Maese Bloom, al lado del fanfarrón, hablóle palabras de sosiego para adormentar su gran temor, haciendo saber cómo eso no era otra cosa que un estruendo ruidoso aquello que oía, la descarga de fluido del núcleo de la tormenta, repare, habien­do ya acontecido, y todo ello en armonía con un fenómeno natural.

Mas ¿fue avasallado el temor del joven Bravuconeador por las palabras del Sosegador? No, pues guardaba en sus entra­ñas una espina de nombre Amargura que no podía con pala­bras ser quitada. Y ¿no fue sosegado como el uno o devoto como el otro? No fue ni lo uno ni lo otro por más que hu­biera deseado ser las dos cosas. Pero ¿no hubiera podido afa­narse por haber hallado de nuevo como en su juventud la morada de Santidad en la que entonces vivía empero? Cier­tamente no porque la Gracia no estaba allí para hallar aque­lla morada. ¿Oyó entonces en aquel estampido la voz de Dios Padre o, como el Sosegador dijo, un estruendo de Fenó­meno? ¿Oyó? Pues cómo, él no podía sino oír a no ser que se le cegase el telescopio del Discernimiento (algo que él no había hecho). Pues a través de aquel telescopio vio que esta­ba en la tierra de Fenómeno donde él debería con seguridad un día morir puesto que era como los demás una sombra pa­sajera. ¿Y no aceptaría morir como los demás y pasar a mejor vida? De ninguna manera lo aceptaría aunque él debería no querría hacer más funciones conforme los hombres hacen con las mujeres que Fenómeno mandóles hacer en el libro de la Ley. Entonces ¿acaso él no sabía de aquella otra tierra que es llamada Cree—en—Mí, que es la tierra prometida que co­rresponde al rey Encantador y que por siempre le correspon­derá donde no hay muerte y no hay nacimientos ni desposa­mientos ni empreñamientos a la que todos llegarán cuantos creen en ella? Sí, Piadoso habíale hablado de aquella tierra y Casto le había mostrado el camino pero la cosa era que en el camino había caído con una cierta puta de aspecto atractivo cuyo nombre, dijo ella, es Más—vale—un—toma y le sedujo con malas mañas apartándole del camino verdadero con embele­cos como ¡Eh! ¡Oye! mozo gentil, ven para acá que te voy a enseñar un sitio muy bonito, y le fascinó tan lisonjeramente que se lo metió en su gruta que es llamada Que—dos—te—daré o, según algunos sabios, Concupiscencia Camal.

Esto era lo que toda aquella compaña que estaba sentada allí departiendo en la Mansión de Matemidad mayormente apetecía si ellos se encontraban con esa puta Más—vale—un­toma (que dentro llevaba toda clase de horribles plagas, monstruos y un diablo infame) harían lo imposible por lan­zarse a ella y conocerla. Porque en lo referente a Cree—en—Mí dijeron que no era más que una noción y ellos no eran capa­ces de imaginárselo ni en pensamiento porque, primero, Que—dos—te—daré adonde ella les cautivaba era la más gustosa gruta y en ella había cuatro almohadas sobre las que había cuatro leyendas en las que estaban inscritas estas palabras, Acuestas y Patasamba y Vergonzante y Codo con Codo y, en segundo lugar, porque esa horrible plaga Todasífilis y los monstruos de los que no se preocupaban porque Preservati­vo habíales dado una sólida adarga de tripa de buey y, en ter­cer lugar, que no habrían de temer quebranto alguno por la progenie que aquél era el diablo infame en virtud de esa mis­ma adarga que era nombrada Mataniños. Así eran todos ellos en su ciega imaginación, el señor Ponerreparos y el se­ñor Devezenvez Devoto, el señor Empinacerveza, el señor Falso Hidalgo, el señor Exquisito Dixon, el joven Bravuco­neador y el señor Sensato Sosegador. En lo que, desgraciada compaña, estabais todos engañados porque aquélla era la voz del dios que estaba grandemente enfurecido y presto a le­vantar el brazo y descalabrar sus almas por sus ofensas y por los descalabramientos cometidos por ellos contrarios a su pa­labra que procrearnos ardorosamente nos manda.

Assí bien jueves dieciséis de junio Patk. Dignam yace bajo tierra por una apoplejía y después de tenaz sequía, a Dios gra­cias, llovió, un barquero que entra por el agua desde cincuen­ta millas más o menos con turba dice que la semilla no bro­tará, campos sedientos, de color muy amustiado y hedor fuerte, marjales y tremedales también. Dificil respirar y los plantones jóvenes consumidos por completo sin riego todo este tiempo atrás como nadie recuerda haber estado. Los ca­pullos rosáceos todos parduzcos y manchones desparrama­dos y las colinas peladas con sólo yerbajos secos y leños que podían prenderse con la primera chispa. Todo el mundo di­ciendo, por lo que entendían, que el gran vendaval de febre­ro del año anterior que causó estragos en la tierra tan lamen­tables era cosa pequeña al lado de esta aridez. Pero luego, como queda dicho, esta tarde después de la puesta del sol, le­vantándose el viento del oeste, grandes nubes cargadas que podían verse según avanzaba la noche y los entendidos del tiempo especulando sobre ellas y algunos fucilazos al princi­pio y después, pasadas las diez, un gran fogonazo con un prolongado trueno y en un dos por tres todo son carreras atropelladas buscando refugio a causa del chaparrón vaporo­so, los hombres protegiendo sus canotiés con un trapo o pa­ñuelo, el mujerío corriendo dando saltitos con las faldas arre­mangadas así como llegó el aguacero. En Ely Place, Baggot Street, Duke's Lawn, de allí por Memon Green hasta Holles Street un aluvión de agua corriendo por donde antes estaba seco como un palo y ni una sola tartana o carruaje o coche de alquiler se veía por ningún sitio pero no más truenos des­pués de ese primero. Enfrente de la puerta del Muy Honora­ble juez Mr. Fitzgibbon (que ha de deliberar con Mr. Healy el abogado sobre las tierras del colegio) Mal. Mulligan un ca­ballero entre caballeros que no había sino llegado de casa de Mr. Moore el escritor (que era papista pero que ahora, según cuentan, es un buen orangista) se tropezó con Alec. Bannon con el pelo corto (que ahora se lleva igual que las capas de baile de verde Kendal) que acababa de llegar a la ciudad des­de Mullingar con la diligencia donde su primo y el hermano de Mal. M. pasarán aún un mes hasta San Swithin y pregun­ta qué diablos hacía allí, él en dirección a casa y él a casa de Andrew Home quedándose para apurar una copa de vino, según él dijo, pero quería hablarle de una vaquilla respingona, grande para su edad y elegante patigorda y a todo esto di­luviaba por lo que los dos se encaminaron hacia Home. Allí Leop. Bloom del periódico de Crawford sentado muelle­mente con una cuadrilla de zumbones, de jóvenes penden­ cieros, Dixon junior estudiante en Nuestra Señora de la Misericordia, Vin. Lynch, un joven escocés, Will. Madden, T. Lenehan, muy entristecido a causa de un caballo de carreras en el que puso sus ilusiones y Stephen D. Leop. Bloom tam­bién allí por causa de un abatimiento que había tenido pero ahora se encontraba mejor, habiendo él soñado anoche un raro ensueño sobre su señora Mrs. Moll en pantuflas rojas y unas botargas lo que se interpreta por los que saben que de­nota cambio y la Mastresa Purefoy también allí, que entró acogiéndose a su vientre, y ahora con las piernas en alto, po­bre mujer, dos días cumplida, las comadronas de lleno en ello y no consigue dar a luz, ella angustiada por un cuenco de agua de arroz que es un atinado desecador de los intesti­nos y su respiración muy pesada más de lo que es bueno y se­ría un rapacejo por los coletazos, dicen, pero Dios le dé pronto su descendencia. Es su noveno arrapiezo que le vive, según tengo oído, y el día de Nuestra Señora le cortó las uñas a su última arrapieza que entenía para entonces sus doce me­ses y con otros tres todos criados a pecho que murieron ins­critos con hermosa letra en la Biblia del rey James. Su dueño y señor de algo más de cincuenta años y metodista pero reci­be el sacramento y puede ser visto los domingos de sol con un par de sus mocitos por el puerto de Bullock pescando de anzuelo en la dársena con una caña de carrete o en una ba­tea que tiene rastreando en busca de acedías y romeros y pes­ca una buena cesta, tengo oído. En resumen un inmenso y grande aguacero y todo refrescado y mucho incrementará la cosecha aunque los que entienden dicen que después de viento y agua llegará el fuego por una pronosticación del amanaque de Malaquías (y tengo oído que Mr. Russell ha hecho un ensalmo profético de la misma enjundia tomado del hindi para su gaceta del labrador) por aquello de que haya tres cosas en total pero esto es pura invención sin fun­damento de razón para carcamales y críos aunque a veces uno haya que acierte con sus onginalidades y no hay mane­ra de decir cómo.

En esto llegó Lenehan a los pies de la mesa y dijo que la carta estaba en la gaceta de la noche y dio un espectáculo buscándosela (pues juraba por su honor que había estado en apuros por ella) pero por instigación de Stephen dejó la bús­queda y se le rogó que se sentara allí a lo que convino con gran presteza. Era una suerte de caballero deportoso que pa­saba por ser un payaso o un buen pillo y en lo que a mujeres concemía, caballos o escándalos picantes estaba al cabo de la calle. A decir la verdad era escaso en fortuna y la mayor par­te del tiempo la pasaba husmeando por los cafés y tabernas de dudosa reputación con reclutadores, mozos de cuadra, co­rredores de apuestas, haraganes, recaderos, aprendices, bus­conas, señoras de mancebía y otros pícaros de esa estofa o con algún alguacil de ocasión o algún galafate con frecuencia por las noches hasta pleno día de los que sacaba entre cordial y cordial no pocos comadreos sueltos. Tomaba su ordinario en alguna alhóndiga y aunque sólo podía embucharse una ración de sobras de comida o un plato de tripas con un tris­te centavo en su bolsa siempre podía sin embargo salir del paso con la lengua, alguna ocurrencia licenciosa de una mu­jerzuela o chismorrería con lo que cualquier hijo de vecino reventaría de risa. El otro, Costello se entiende, oyendo este parlamento preguntó si era poesía o cuento. Pardiez, dice él, Frank (que ése era su nombre), se trata de las vacas de Kerry que van a ser sacrificadas por lo de la peste. Por mí que las ahorquen, dice con un guiño, y también a su carne enlatada, maldita sea. Un buen pescado hay en este bote el mejor que de él saliera y muy confiadamente se mostró dispuesto a co­ger alguna de las anchoas saladas que había en él y que glo­tonamente tenía avistadas todo este tiempo con lo que hubo encontrado el lugar que era en verdad el designio principal de su embajada pues estaba trasijado. Mort aux vaches, dice luego Frank en lengua francesa que había estado unido a un comerciante de licores que tenía una bodega en Burdeos y hablaba también francés como un caballero. Desde que fue­ra niño este Frank había sido un maltrabaja que su padre, asistente de municipio, con gran trabajo hacíale ir a la escue­la para aprender las letras y el uso de los astrolabios, y matri­culado en la universidad para estudiar fisica y química pero él se desbocó como potro retozón y terminó conociendo mejor al justicia mayor y al aguacil que a sus volúmenes. Unas veces que si era comediante, otras cantinero o baratero, las más nadie podíale arrancar de las peleas de osos y de ga­llos, luego le dio por el mar o por patear los caminos con los gitanos, raptando al heredero de un hacendado al amparo de la noche o rateando ropa limpia de moza o retorciendo pes­cuezos de pollo detrás de un seto. Se había ido más veces que vidas tiene un gato y otras tantas de vuelta con los bolsi­llos desnudos a la vera del padre el asistente de municipio que derramaba cuartillos de lágrimas tan pronto le veía. ¿Cómo, dice el señor Leopoldo con sus manos cruzadas, que estaba deseoso de saber a qué llevaba todo aquello, que las van a sacrificar a todas? Sostengo que las vi esta misma ma­ñana camino de los barcos de Liverpool, dice él. Me cuesta creer que la cosa sea de tanto cuidado, dice él. Y él estaba cursado en animales de ese género y en novillos cebados, corderillos cebados y carneros lanosos, habiendo actuado unos años antes como actuario de Mr. Joseph Cuffe, un rico comerciante que ejercía su negocio de tratante de ganado y de animales de pradera muy cerca de los corrales de Mr. Gavin Low en Prussia Street. En eso discrepo de usted, dice. Quizás es más bien moquillo o actinomicosis bovina. Mr. Stephen, un poco agitado pero muy graciosamente, le dijo que no era así que él tenía despachos del sobalomos mayor del emperador agradeciéndole su hospitalidad, que mandaba al Doctor Rinderpest, el cazavacas más de nota de toda Mos­covia, con algunos bolos de medicina para coger al toro por los cuernos. Venga, venga, dice Mr. Vincent, hablemos cla­ro. Se va a poner en los cuernos del toro si se mete con un toro que sea irlandés, dice él. Irlandés por nombre y por na­cimiento, dice Mr. Stephen, y desparramó la cerveza por to­dos lados, un toro irlandés en una tienda de porcelana ingle­sa. Cojo la idea, dice Mr. Dixon. Es el mismo toro que envió a nuestra isla el ganadero Nicholas, el más osado criador de ganado de todos, con un anillo de esmeraldas en la nariz. Es­toy con usted, dice Mr. Vincent desde el otro lado de la mesa, y ha dado en el blanco además, dice él, y un toro más orondo y opulento, dice él, jamás se cagó sobre trébol. El te­nía cuernos en abundancia, una capa de tisú de oro y un dul­ce aliento vaporoso le salla de las narices de manera que las mujeres de nuestra isla, dejando la masa del pan y los rodillos, fueron tras él colgándole en los tolondros guirnaldas de mar­garitas. Qué importa, dice Mr. Dixon, pero antes de que aquí arribara el ganadero Nicholas que era eunuco mandó que lo caparan como es debido a un colegio de doctores que no es­taban en mejor situación que él. Vamos pues, dice él, y haz todo lo que mi primo hermano lord Harry te diga y recibe la bendición de un ganadero, y dicho eso le dio una muy so­nora palmada en el trasero. Pero la palmada y la bendición lo dieron por amigo, dice Mr. Vincent, y para demostrarlo le enseñó un truco que valía por mil de modo y manera que la moza, mujer, abadesa y viuda hasta este día aseguran que prefieren en cualquier mes del año suspirarle al oído en la pe­numbra del cobertizo de un confesionano o dejarse lamer el cogote por su santa y larga lengua antes que acostarse con el más guapo y musculoso joven seductor de todos los confines de Irlanda. Otro luego intervino en la conversación: Y lo vis­tieron, dice él, con alba de encajes y dalmática con esclavina y cinto y volantes en los puños y le raparon los mechones y le frotaron por todo con aceite espermaceti y levantaron es­tablos para él en cada recodo del camino con pesebres de oro en todos rebosantes del mejor heno que pueda encontrarse de manera que pudiera dormitar y expulsar sus boñigas a pla­cer. A todo esto el padre de los creyentes (pues así lo llama­ban) había engordado tanto que apenas si podía acercarse a los pastos. Para remediar lo cual nuestras cotorreras damas y damiselas le traían el pienso en sus delantales y tan pronto como llenaba la panza se enderezaba sobre sus cuartos trase­ros para destaparles a sus señorías un misterio y mugir y bra­mar en la lengua de los toros y todas ellas imitándolo. Sí, dice otro, y tanto fue mimado que no sufría que nada se cul­tivara en los campos que no fuera hierba verde para él (pues ése era el solo color que se le antojaba) y había un tablón iza­do sobre una colina en medio de la isla que decía en letras impresas: Por orden de Lord Harry, Verde sea la hierba que crece en los campos. Y, dice Mr. Dixon, si alguna vez olía a un cuatrero en Roscommon o en las tierras agrestes de Con­nemara o que un labriego de Sligo sembrara si tan siquiera un puñado de mostaza o un saco de semilla de colza allá que se lanzaba hecho un basilisco por media nación arrancando de raíz con los cuernos cuanto estuviera sembrado y todo por órdenes de lord Harry. Hubo mala sangre entre ellos al principio, dice. Mr. Vincent, y el lord Harry encomendó al ganadero Nicholas a todos los diablos del infierno y le llamó chuloputas y que guardaba siete furcias en su casa y había de entremeterse en sus cosas, dice él. He de hacer que ese ani­mal las pase mal, dice él, con la ayuda de la buena picha que me dejó mi padre. Pero una noche, dice Mr. Dixon, cuando el lord Harry se encontraba limpiándose la pelleja para ir a cenar después de ganar una regata (tenía remos de pala para él pero la primera regla de la carrera era que los otros habían de remar con horcas) descubrió que tenía un extraordinario parecido con un toro y al coger un apulgarado enquindion que guardaba en la despensa halló de cierto que era descen­diente por relación carnal detrás de la iglesia del famoso toro campeón de los romanos, Bos Bovum, que es castizo latín de macarronea para el toro de la manada. Tras eso, dice Mr. Vincent, el lord Harry metió la cabeza en un abrevadero de vacas en presencia de todos sus cortesanos y sacándola otra vez les comunicó a todos su nuevo nombre. Luego, con el agua chorreándole por todo, se puso una vieja bata y y una falda que habían pertenecido a su abuela y se compró una gramática de la lengua de los toros para estudiar pero nunca fue capaz de aprender en ella una sola palabra excepto el pro­nombre de primera persona que copió en grandes letras y consiguió aprendérselo de memoria y si alguna vez salía a dar un paseo se llenaba los bolsillos de tizas para escribirlo don­de se le antojara, en el canto de una piedra o en la mesa de un salón de té o en un fardo de algodón o en un flotador de corcho. Para ser breve, él y el toro de Irlanda se hicieron pronto tan amigos como culeras y posaderas. Fueron amigos, dice Mr. Stephen, pero el final fue que los hombres de la isla no viendo de dónde podía venirles una ayuda pronta, y puesto que las desagradecidas mujeres estaban de acuerdo, construyeron una balsa de troncos, se embarcaron en ella y subieron a bordo sus enseres, izaron todos los mástiles, guar­necieron las vergas, acoplaron su orza, se pusieron al pairo, borrachos como cubas, pusieron la proa cerca de la línea de flotación, levaron anclas, pusieron el timón a babor, izaron el pabellón pirata, lanzaron tres hurras, dispuestos a todo, de­satracaron la bombarda y se hicieron a la mar para ganar las costas de América. Lo que dio ocasión, dice Mr. Vincent, a un contramaestre para componer aquella alegre saloma:

—El Papa Pedro es un meón.

Porque es hombre es hombre.

Nuestro entrañable compañero Mr. Malachi Mulligan apareció entonces en la entrada cuando los estudiantes ter­minaban su apólogo acompañado de un amigo que acababa de reencontrar, un joven caballero, de nombre Alec Bannon, que hacía poco había llegado a la ciudad, teniendo la inten­ción de comprarse un nombramiento de abanderado o de chambergo en las milicias urbanas y alistarse para la guerra. Mr. Mulligan era lo bastante cortés como. para significar gus­to por todo ello tanto más cuanto que coincidía con un pro­yecto suyo para la cura de aquel preciso mal que habíase es­tado comentando. Con lo cual repartió entre toda la compa­na una pilada de tarjas de cartón que había mandado grabar ese día a Mr. Quinnell con una leyenda grabada en grácil bastardilla: Mr. Malachi Mulligan. Fertilizador e Incubador. Isla Lambay. Su proyecto, según tuvo ocasión de glosar, se cifra­ba en apartarse de la rutina de vanos placeres tales que for­man el principal empleo de Don Flojeras Barbilindo y Don Nefandano Cominero de la ciudad y emplearse en el más noble oficio para el que nuestro organismo fisico ha sido concebido. Bien, oigamos qué pueda ser, buen amigo, dijo Mr. Dixon. Figúraseme que suena a ir de pendones. Vamos, tomad asiento, ambos. Cuesta lo mismo estar sentado que de pie. Mr. Mulligan convino con la invitación y, departien­do sobre su designio, dijo a sus oyentes que había sido mo­vido a esa idea al considerar las causas de la esterilidad, tanto la inhibitoria como la prohibitoria, fuera a su vez la inhibi­ción debida a vejaciones conyugales o a una parsimonia de la moderación como.si la prohibición procediera de defectos congénitos o de proclividades adquiridas. Enojábale desazo­nadamente, dijo, ver el tálamo nupcial despojado de sus más queridos atributos: reparar en tantas mujeres placenteras de espléndidas articulaciones, presa de los más viles bonzos, que ocultan sus hachones debajo del almud de un desapaci­ble claustro o que pierden su florar virginal en los brazos de un botarate cualquiera cuando podrían multiplicar los re­mansos de felicidad, sacrificando la joya inestimable de su sexo cuando estaban a mano cientos de lindos mocitos para acariciar, esto, les aseguró, es lo que hacía gemir a su cora­zón. Para esquivar este inconveniente (que decidió se debía a una supresión de calor latente), habiendo consultado a cier­tos consejeros de valía y estudiado detenidamente el asunto, se había decidido a adquirir en propiedad absoluta y a todos los efectos el feudo de la isla de Lambay de su poseedor, lord Talbot de Malahide, un caballero Tory de renombre muy apreciado por nuestro partido ascendiente. Se proponía ins­talar allí una granja nacional de fertilización que habría de llamarse Omphalos con un obelisco tallado y erigido al modo egipcio y ofrecer sus eficaces servicios para la fecundación de cualquier mujer de no importa qué casta o condición que allí y a él se dirigiera con el deseo de satisfacer sus funciones na­turales. El dinero no era obstáculo, dijo, ni cobraría un cén­timo por su trabajo. La más humilde fregona no menos que la rica señora elegante, siempre que su complexión y tem­peramento fuesen ardientes persuasores de sus peticiones, encontrarían en él a su hombre. Como alimento nutritivo indicó que allí se alimentaría exclusivamente con una dieta de sabrosos tubérculos y pescados y conejos, la carne de es­tos últimos prolíficos roedores siendo altamente recomen­dada para su propósito, tanto asada como guisada con una pizca de corteza de macis y una o dos ñoras picantes. Tras de esta homilía que él dio en una muy acalorada aserción Mr. Mulligan en un tris quitó del sombrero un pañuelo con el que lo había protegido. Los dos, por lo visto, habían sido sorprendidos por la lluvia y por más que aligeraron el paso se habían empapado de agua, como podía observarse en los pantalones de Mr. Mulligan del color de la lana na­tural y que ahora estaban un tanto a lunares. Su proyecto en el entretanto fue muy favorablemente recibido por los oyentes y se ganó los cordiales elogios de todos aunque Mr. Dixon de María fue la excepción, preguntando con un aire afectado si también se proponía exportar güisqui a Escocia. Mr. Mulligan congració con los eruditos por medio de una oportuna cita de los clásicos que, según afloraba en su me­moria, le parecía un acertado y selecto sostén de sus convic­ciones: Talis ac tanta depravatio hujus seculi, Oquirites ut ma­tresfamiliarum nostrae lascivas cújuslibet semiviri libici titillatio­nes testibus ponderosis atque excelsi erectionibus centurionum Romanorum magnopere anteponunt, mientras que para aque­llos de más duro discernimiento remachó su plan con ana­logías del mundo animal más en consonancia con sus estó­magos, el buco y la gama del claro del bosque, el pato y la pata de granja.

Valorando en no poco su elegancia, siendo como era un hombre de encantadora personalidad, este parlanchín aplicó­se luego a su vestimenta con reprobaciones un tanto acalora­das sobre el repentino antojo de las perturbaciones atmosfé­ricas en tanto que la compaña se deshacía en encomios al proyecto que había adelantado. El joven caballero, su amigo, no cabiendo en sí de contento como estaba por un episodio que últimamente habíale acontecido, no pudo abstenerse de contárselo a su más cercano vecino. Mr. Mulligan, aper­cibiéndose de la mesa, preguntó para quién eran aquellos panes y peces y, viendo a un desconocido, le hizo una cor­tés reverencia y dilo, ruégote, señor ¿habéis necesidad de al­guna asistencia profesional que nosotros pudiéramos daros? Quien, ante su ofrecimiento diole las gracias muy cordial­mente, aunque conservando las distancias, y replicó que se encontraba allí a causa de una señora, ahora interna en la casa de Home, que estaba en estado interesante, pobre cria­tura, con dolores de parto (y a esto dio un profundo suspiro) para saber si su ventura había ocurrido ya. Mr. Dixon, para volver las tornas, se encargó de preguntar a Mr. Mulligan en persona si acaso su incipiente triposidad, de la que templada­mente se mofó, anunciaba una gestación ovoblástica en el utrículo prostático o matriz masculina o era debida, como en el renombrado médico, Mr. Austin Meldon, a que llevaba un lobo en el estómago. Por respuesta Mr. Mulligan, en me­dio de estruendosas carcajadas por sus paños menores, se gol­peó animosamente por debajo del diafragma, exclamando con una admirable imitación divertida de la Tía Grogan (la criatura más extraordinaria de su sexo aunque es una ver­güenza que sea una furcia): He aquí una barriga que nunca parió bastardo. Tan feliz ocurrencia reverdeció la tormenta de hilaridad y disparó a toda la estancia a las más violentas convulsiones de contento. El bullicioso alboroto habría con­tinuado en la misma vena bufa si no hubiera sido por cierto rebato en la antecámara.

Llegados a este punto el oyente que no era otro que el es­tudiante escocés, un mozo un tanto camorrista, rubio como la estopa, se congratuló del modo más efusivo con el joven caballero e, interrumpiendo el discurso en un momento cul­minante, habiendo rogado a la persona que frente a él se en­contraba con una exquisita inclinación que tuviera a bien pasarle una jarra de aguas de cordial al tiempo que con un visa­je interrogativo de la cabeza (siglos de educación en buenas maneras no habrían logrado un tan escogido gesto) al que se unía un equivalente aunque contrario equilibrio de la bote­lla preguntó al narrador tan llanamente como pueda hacerse en palabras si podría servirse una copa de aquello. Mais bien sûr, noble extranjero, dijo alegremente, et mille compliments. Pardiez que puede y muy convenientemente. Nada había que más necesitara que esta copa para culminar mi felicidad. Mas, cielo santo, si resultara que sólo un mendrugo tuviera en el morral y sólo un vaso de agua del pozo, Dios mío, me complacería y sería capaz de postrarme en el suelo y dar gra­cias a los poderes divinos por la felicidad que me ha sido concedida por el Dador de las buenas cosas. Con estas pala­bras acercóse el cáliz a los labios, tomó un complaciente tra­go de aquel cordial, se alisó el pelo y, abriendo la pechera, afuera saltó un medallón que colgaba de una cinta de seda, aquel mismo retrato que él siempre custodiara desde que la mano de ella escribiera en él. Contemplando aquel rostro con infinita ternura, Ah, Monsieur, dijo, si vos la hubiereis visto con estos ojos en aquel instante conmovedor con su primorosa trencilla y su coqueto gorrito nuevo (un regalo por el día de su onomástica como lindamente me dijo) en un tan natural desorden, de tan entemecedora ternura, a fe mía, que hasta vuesa señoría, Monsieur, habríase visto movido por vuestra generosa naturaleza a poneros por entero en las manos de una tal enemiga o a abandonar el campo para siempre. Os digo, nunca de tal manera estuve tan tocado en mi vida. ¡Dios, te doy las gracias, por ser el Autor de mis días! Tres veces dichoso habrá de ser aquél al que tan complacien­te criatura bendiga con sus favores. Un suspiro de amor otor­gó elocuencia a esas palabras y, habiendo puesto de nuevo el medallón en la pechera, se enjugó los ojos y suspiró otra vez. Benéfico Diseminador de bendiciones a todas tus criaturas, cuán grande y universal ha de ser aquella dulcísima de tus ti­ranías que somete a servidumbre al libre y al esclavo, al zagal necio y al mentecato presumido, al amante en el apogeo de la pasión temeraria y al marido en los años de la madurez. Pero en verdad, señor, que me aparto de la cuestión. Cuán enturbiados e imperfectos son nuestros placeres sublunares. ¡Maldición! exclamó con angustia. ¡Ojalá hubiera sido del agrado de Dios que tuviera esa adivinación que me hiciera recordar traerme la capa! Podría llorar de tan sólo pensarlo. Entonces, aunque del cielo hubiera diluviado, poco nos ha­bría importado. Mas, un rayo me parta, dijo, dándose con la mano en la frente, que mañana volverá a salir el sol y, rayos y truenos, conozco a un marchand de capotes, Monsieur Poyntz, de quien puedo tener por una lime una muy cómoda capa al estilo francés como ninguna otra protegiera a señora de ro­ciada. ¡Hala, hala! exclama Le Fécondateur, entrando de ron­dón, mi amigo Monsieur Moore, ese consumado viajero (acabo de desecar media botella avec luí entre las más precla­ras inteligencias de la ciudad) es mi autoridad que en Cabo de Hornos, ventre biche, hay una lluvia que lo impregna todo, hasta las más resistentes capas. Una calada de esa violencia, sans blague, me cuentan, ha despachado a más de un desgra­ciado sin previo aviso y por urgencia al otro mundo. ¡Bah! ¡Una lime! exclama Monsieur Lynch. Esas cosas indecentes son caras hasta por una gorda. Un diafragma, no mayor que una seta de bruja vale como diez de esos sucedáneos. Ningu­na mujer con un mínimo de inteligencia se pondría uno. Mi querida Kitty me dijo hoy que preferiría bailar en un diluvio antes que morirse de ganas en semejante arca de salvación pues, como me trajo a la memoria (sonrojándose maliciosa­mente y susurrándome al oído aunque nadie había allí para agarrar sus palabras a no ser las atolondradas mariposas), dama naturaleza, por bendición divina, lo ha instalado en nuestros corazones y se ha convertido en expresión conoci­da ily a deux choses para las que la inocencia de nuestro indu­mento original, en otras circunstancias una violación del de­coro, es el más adecuado, mejor dicho, el único atavío. Lo primero, dijo ella (y aquí mi bella filósofa, al tiempo que le ayudaba a subir al tílbun, para llamar mi atención, suave­mente rozó con su lengua el pabellón de mi oreja), lo prime­ro es un baño — Pero en este momento el tintineo de una campanilla en la sala cortó en seco un discurso que tanto prometía para el enriquecimiento del cúmulo de nuestra sa­piencia.

En medio de incontinente hilaridad general de la asam­blea una campanilla repicó y, mientras todos se hacían con­jeturas sobre cuál podría ser la causa, Miss Callan entró y, habiendo dicho unas pocas palabras en voz baja al joven Mr. Dixon, se retiró con una profunda inclinación a la compa­ña. La sola presencia aunque fuera por un instante en una par­tida de libertinos de una mujer equipada de un natural modes­to y tan seria como bella frenó las joviales agudezas incluso en los más inmoderados pero su marcha fue la señal para una ola de obscenidades. El cielo me confunda, dijo Costello, un bribonzuelo que estaba ajumado. ¡Buen pedazo de jaca! Ju­raría que se ha citado contigo. ¿Qué me dices, perro ventero? Vamos, que no te las sabes arreglar con ellas. Diantres, se las sabe todas, dijo Mr. Lynch. Maneras de cama son las que se usan en la hospedería Mater. Demontres ¿acaso no les hace la mamola el Doctor O'Gargle a las monjas? Que me conde­ne si no me lo reveló mi Kitty que ha sido limpiadora en el hospital a lo largo de estos siete meses. Que Dios me ampa­re, doctor, pronumpió el joven petimetre del chaleco lila, si­mulando una sonrisa boba afeminada y con retorsiones inde­corosas de cuerpo. ¡Cómo os mofáis del personal! ¡Joroba de hombre! ¡Jesús, María y José! Estoy tiembla que tiembla. ¡Caray, sois tan malo como el padrecito Dondetetocó, que sí que lo sois! Que me atore este cuartillo de a ochavo, gritó Costello, si no está en camino de tener familia. Conozco a la señora que lleva barriga en cuanto le pongo la vista encima. El joven galeno, sin embargo, se levantó y rogó a la compa­ña que excusara su apartamiento ya que la enfermera acaba­ba de informarle que era reclamado en la sala. La providen­cia misericordiosa había propiciado que terminaran los sufri­mientos de la señora que estaba enceinte que había soportado con loable fortaleza y había dado a luz un hermoso niño. Me causan inquietud, dijo, aquellos que sin conocimientos para estimular ni saber para instruir, envilecen una ennoble­cedora profesión que, salvando los respetos debidos a la Dei­dad, es la mayor fuerza de felicidad sobre la tierra. Soy cate­górico cuando aseguro que si necesario fuera podría aportar una tan grande nube de testigos que hablaría de las excelen­cias de un tan noble ejercicio que, lejos de ser objeto de ma­ledicencias, debería ser un estímulo glorioso en el corazón de los hombres. No puedo sufrirlos. ¿Pues qué? ¿Difaman a una como ella, la gentil doncella Callan, que es la gloria de su sexo y portento del nuestro? ¿Y en la ocasión más trascen­dental que pueda acaecerle a una insignificante criatura de barro? ¡Al infierno tal idea! Me estremezco al pensar en el fu­turo de una raza donde se han sembrado las semillas de una tal malicia y donde no se otorga el debido respeto a la mater­nidad ni a la doncellez en la casa de Home. Puesto de mani­fiesto este reproche saludó a los presentes en la francachela y enderezó sus pasos hacia la puerta. Un murmullo de aproba­ción se levantó de todos y algunos estaban por echar fuera al vulgar beodo sin más miramientos, propósito que se habría realizado y sólo habría recibido lo justamente merecido de no ser porque amenguó su transgresión confirmando con una horrenda imprecación (ya que maldecía a manos llenas) que él era tan buen hijo de la grey verdadera como el que más. Que me partan, dijo, si no han sido ésos siempre los sentimientos del honrado Frank .Costello en los que fui cria­do singularmente en honrar a tu padre y a tu madre que te­nía muy buena mano para los rollitos de hojaldre o para un pudín como nunca se haya visto otra y la tengo siempre pre­sente en mi corazón amoroso.

Volviendo a Mr. Bloom que, tras su primera aparición, ha­bía advertido ciertas chanzas impúdicas con las que no obs­tante él había tenido paciencia por ser finto de la edad a la que normalmente se le carga no conocer la compasión. Las jóvenes lumbreras, es verdad, rebosaban de extravagancias como si de zagalones se tratara: las palabras de sus tumultua­rias discusiones se entendían con dificultad y no siempre eran escogidas: su irascibilidad y escandalosas mots eran tales que las entendederas de él flaqueaban: tampoco eran ellos sumamente sensibles al decoro aun cuando el fondo de sal­vajes espíritus animales hablara por ellos. Pero las palabras de Mr. Costello eran para él un lenguaje desagradable pues le daba náuseas aquel desgraciado que le parecía una criatura desorejada de una desdichada gibosidad, nacido fuera del matrimonio y empujado al mundo hecho un jorobado den­tudo y con los pies por delante, que la huella de las pinzas del cirujano en su cráneo dejaron en verdad su rastro, para hacerle a uno pensar en el eslabón perdido en la cadena de la creación echado de menos por el ya fallecido ingenioso Mr. Darwin. Había traspasado ya el tramo medio de dura­ción de vida y había probado las mil y una vicisitudes de la existencia y, procediendo de antepasados cautelosos y él mis­mo hombre de una desusada previsión, le había impuesto a su corazón reprimir toda convulsión de cólera creciente y, atajándola con pronta precaución, fomentar en su pecho esa plenitud de tolerancia de la que hacen escarnio las mentes vulgares, juzgadores atolondrados menosprecian y todos ha­llan aceptable aunque sólo aceptable. A todos aquellos que se imaginan sagaces a costa de la finura femenina (una cos­tumbre mental que él nunca aprobó) a esos no les concede­ría siquiera exhibir el nombre ni heredar la tradición de una clase decente: mientras que para esos tales que, habiendo perdido todo dominio sobre sí mismos, ya no pueden perder más, ahí quedaba el áspero antídoto de la experiencia para forzar a su insolencia a batirse en precipitada e ignominiosa retirada. Y no es que él no pudiera congraciarse con la impe­tuosa juventud que, no importándole las recriminaciones de los vejestorios o refunfuños de los estrictos, siempre está pronta (como dice la púdica fantasía del Santo Autor) a co­mer del árbol que le está prohibido aunque no llega tan lejos como para preterir a la humanidad bajo ninguna condición en absoluto para con una dama cuando ella se ocupaba de sus legítimas necesidades. Para terminar, mientras que a juz­gar por las palabras de la hermana él había contado con rapi­do alumbramiento se sintió, sin embargo, hay que recono­cerlo, un tanto aliviado con la información de que la descen­dencia tan auspiciada después del sufrimiento de tamaña dureza testimoniara ahora una vez más en favor de la miseri­cordia a la vez que de la generosidad del Ser Supremo.

De conformidad con lo cual abrió su corazón al vecino de asiento, diciendo que, para manifestar su criterio sobre el asunto, su opinión (y tal vez no debería manifestar ninguna) era que había que tener un temperamento frío y un talante glacial para no alegrarse con las frescas noticias de la fructifi­cación del parto puesto que había pasado por tales dolores y no por culpa de ella. El petimetre galán dijo que era del marido que la había puesto en aquella expectación o que al menos él debería haber sido a menos que ella fuera una ma­trona efesia más. Debo informaros, dijo Mr. Crotthers, apo­rreando la mesa como para producir un comentario de én­fasis resonante, que el viejo Gloria Alleluyarum estuvo de nuevo por aquí hoy, un hombre ya mayor patilludo, formu­lando nasalmente la petición de hablar con Wilhelmina, mi vida, como él la llama. Le rogué que se mantuviera al aviso puesto que el acontecimiento tendría lugar en breve. De­ montres, os seré sincero. No puedo por menos que encomiar la potencia viril del viejo buco que aún es capaz de hacerle otro hijo. Todos se metieron en alabanzas, cada uno a su modo, aunque el mismo joven petimetre mantuvo su ante­rior parecer de que era alguien distinto de su cónyuge el hombre que había metido el palo en la raja, un clérigo misa­cantano, un paje de hacha (virtuoso) o un vendedor itineran­te de artículos que se necesitan en cualquier casa. Extraña, departió consigo el invitado, la facultad prodigiosamente de­sigual de metempsicosis que poseen, para que el dormitorio puerperal y el anfiteatro de disecciones los conviertan en se­minarios de tal frivolidad, para que la mera adquisición de tí­tulos académicos sea suficiente para transformar en un san­tiamén a estos devotos de la superficialidad en practicantes ejemplares de un arte que la mayoría de los hombres cual­quiera que fuera su eminencia han estimado el más noble. Pero, añadió aún más, eso es quizabes para liberar los senti­mientos aprisionados que en general les oprimen porque yo he observado más de una vez que Dios los cría y ellos se jun­tan para retozar.

Pero icon qué anuencia, permítase preguntar al noble se­ñor, su patrón, háyase este forastero, a quien el favor de un gracioso príncipe ha acogido a los derechos civiles, erigido en señor supremo de nuestra política interior? ¿Dónde se ha­lla ahora esa gratitud que la lealtad debería haber aconseja­do? Durante la guerra reciente cuando quiera que el enemi­go tenía una ventaja temporal con sus granados ¿acaso este traidor de los suyos no aprovechaba el momento para dispa­rar su pieza contra el imperio del que él es un ocupante a vo­luntad mientras él temblaba por la seguridad de sus cuatro por ciento? ¿Ha olvidado esto como olvida todos los benefi­cios recibidos? ¿O es que de ser un embaucador de otros se ha convertido al fin en su propio burlador como lo es, si los rumores no lo desmienten, su propio y solo gozador? Lejos esté de la confianza mancillar la alcoba de una dama decen­te, la hija de un valeroso comandante, o arrojar la más remo­ta censura sobre su virtud pero si provoca nuestra atención sobre eso (como ciertamente estaba muy en su interés el no hacerlo) pues que así sea. Infeliz mujer, durante demasiado tiempo y con demasiado empeño le ha sido negada la legíti­ma prerrogativa de escuchar sus conminaciones con ningún otro sentimiento que no fuera el de la irrisión del desespera­do. ¡Él lo dice, censor de la moralidad, un verdadero pelíca­no por su piedad, que no tuvo escrúpulos, insensible a los vínculos de la naturaleza, en intentar contacto camal ilícito con una fámula sacada de los estratos más bajos de la socie­dad! ¡Aún más, de no ser porque el escobón de la sirvienta se convirtió en su ángel tutelar, a ella le habría ido tan mal como le fue a Agar, la egipcia! En cuanto al asunto de los pastizales su agriada aspereza es notoria y en presencia de Mr. Cuffe provocó por parte de un ganadero indignado una réplica mordaz formulada en términos tan directos como bu­cólicos. Mal va con él predicar ese evangelio. ¿Acaso no tie­ne muy cerca de casa un campo fértil que está en barbecho por falta de reja de arar? Un hábito reprensible en la puber­tad se convierte en algo usual y en oprobio de la madurez. Si ha de derramar su bálsamo de Galaad en panaceas y apoteg­mas de dudoso gusto para devolverle la salud a una genera­ción de bisoños disolutos, que se ocupe de que la práctica ra­dique más en las doctrinas en las que ahora está absorbido. Su pecho marital es el depositario de secretos que el decoro es reacio a mencionar. Las obscenas insinuaciones de alguna belleza marchita pueden consolarle de una consorte abando­nada y seducida pero este nuevo defensor de la moral y cura­dor de males es a lo sumo un árbol exótico que, cuando echó raíces en su oriente originario, prosperó y floreció y abundó en bálsamo pero, trasplantado a un clima más templado, sus raíces han perdido su antiguo vigor mientras que la esencia que de ahí brota está inerte, agria e inoperante.

La noticia fue comunicada con una circunspección que re­cordaba las costumbres ceremoniales de la Sublime Puerta por la segunda enfermera al oficial auxiliar médico interno, quien a su vez anunció a la delegación que un heredero ha­bía nacido. Cuando se hubo dirigido al pabellón de mujeres para asistir a la ceremonia prescrita de secundinas en presen­cia del secretario de estado de asuntos internos y los miem­bros del consejo privado, en silencio y por unánime agota­miento y aprobación los delegados, irritados por la duración y solemnidad de la vigilia y esperando que el feliz aconteci­miento habría de paliar una libertad que la ausencia simultá­nea de la menina y el obstetra hacía más fácil, prorrumpieron al pronto en una quistión de lenguas. En vano la voz de Mr. Agente de Publicidad Bloom se oyó empeñada en reco­mendar, en apaciguar, en moderar. El momento era my pro­picio para el despliegue de ese discurrimiento que parecía el único lazo de unión entre temperamentos tan divergentes. Cada fase de la situación era sucesivamente eviscerada: la re­pugnancia prenatal de hermanos uterinos, la operación de cesárea, la postumidad con respecto al padre y, la forma aún más rara, con respecto a la madre, el caso fratricida conocido como el crimen Childs y convertido en memorable por la apasionada defensa de Mr. Abogado Defensor Bushe que consiguió la absolución del injustamente acusado, los dere­chos de primogenitura y el subsidio real tocante a mellizos y trillizos, abortos e infanticidios, fingidos o disimulados, el foetus in foetu acárdico y la aprosopia debida a la conges­tión, la agnación de ciertos chinos chin mentón (citado por Mr. Aspirante Mulligan) como consecuencia de la defectuo­sa concurrencia de protuberancias maxilares a lo largo de la lí­nea central de tal manera (como él dijo) que un oído pudie­ra oír lo que el otro hablaba, las ventajas de la anestesia o sue­ño crepuscular, la prolongación de los dolores de parto en embarazo avanzado por causa de la presión en la vena, la pérdida prematura del líquido amniótico (según se ilustraba en el caso presente) con el consiguiente peligro de sepsis para la matriz, la inseminación artificial por medio de jeringas, la involución del útero como consecuencia de la menopausia, el problema de la perpetración de la especie en el caso de mujeres fecundadas en violación delictiva, la angustiosa cla­se de parto llamada por los brandenburgueses Sturzgeburt, los casos registrados de nacimientos multiseminales, bispermáti­cos y monstruosos concebidos en el periodo cataménico o de padres consanguíneos — en una palabra todos los casos de nacimientos humanos que Aristóteles ha clasificado en su obra maestra con ilustraciones cromolitográficas. Los más graves problemas de obstetricia y de medicina forense fueron examinados con tanta animación como las creencias más po­pulares sobre el estado de embarazo tales como la prohibi­ción a una mujer embarazada de pasar por encima de un cercado rural por temor a que, con el impulso, el cordón umbilical estrangulara a la criatura y la orden de, en la even­tualidad de un antojo, albergado ardiente e inútilmente, co­locar la mano en esa parte de su persona que el uso tradicional ha dado en llamar asiento del castigo. Las anormalida­des de labio leporino, verruga en el pecho, dedos supernu­merarios, angiomas, casabillos y lentigos fueron alegados por uno como una prima facie y explicación natural hipotética de esos niños ocasionalmente nacidos con cabeza de cerdo (el caso de Madame Grissel Steevens fue recordado) o con pelo de perro. La hipótesis de una memoria plasmática, anticipa­da por el enviado caledonio y digna de la tradición metafísi­ca del país que él representaba, concebía en tales casos un paro del desarrollo embrionario en algún momento prece­dente al humano. Un delegado extravagante defendió en contra de estos dos puntos de vista, con tal ardor que casi lle­gó a convencer, la teoría de la copulación entre mujeres y animales machos, las fuentes eran según su propia confesión las fábulas tales como la del Minotauro, que el genio del ex­quisito poeta latino nos ha legado en las páginas de su Meta­morfosis. La impresión que causaron sus palabras fue inme­diata aunque fugaz. Fue eclipsada tan fácilmente como había sido provocada por una alocución de Mr. Aspirante Mulligan en esa vena de jocosidad que nadie mejor que él sabía cómo fingir, postulando como el supremo objeto de deseo un an­ciano agradable y limpio. Simultáneamente, habiendo surgi­do un acalorado debate entre Mr. Delegado Madden y Mr. As­pirante Lynch concemiente al dilema jurídico y teológico originado en el caso de un gemelo siamés que premuera al otro, la dificultad por consentimiento mutuo fue remitida a Mr. Agente de Publicidad Bloom para sometimiento urgen­te a Mr. Diácono Coadjutor Dedalus. Hasta el momento en silencio, bien para mejor probar por gravedad pretematural esa curiosa dignidad de la vestimenta con la que estaba inves­tido o por obediencia a una voz interior, expresó brevemen­te, y como algunos opinaron, descuidadamente el mandato eclesiástico que prohibe al hombre separar lo que Dios juntó.

Pero la historia de Malaquías comenzó a helarles de ho­rror. Invocó la escena ante ellos. El entrepaño secreto detrás de la chimenea retrocedió y en el hueco apareció — Haines! ¿A quién de nosotros no se le puso la carne de gallina? Tenía una cartera llena de literatura celta en una mano, en la otra un frasco marcado Veneno. Sorpresa, horror y asco se dibuja­ron en las caras de todos al tiempo que él les miraba con una mueca fantasmal. Contaba con una recepción así, comenzó con una risa horripilante, de lo que, parece ser, la historia tiene la culpa. Sí, es verdad. Yo soy el asesino de Samuel Childs. ¡Y ved cómo ahora soy castigado! El infierno no guarda terrores para mí. Ésta es mi condición. Por las llagas de Cristo ¿cómo podría descansar, se quejó roncamente, mientras vago por Dublín todo este tiempo con mi lote de canciones y él tras de mí tal que un alma en pena o un fan­tasma? Mi infierno, y el de Irlanda, está en esta vida. Esto es lo que intenté para borrar mi crimen. Distracciones, ca