Sancho Saldaña

Jose de Espronceda


Novela



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Índice

Sancho Saldaña
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49

Capítulo 1

En resolución él mostraba en su apostura que si estuviera bien vestido
le juzgaran persona de calidad y bien nacida.

Las barbas y los cabellos
… … … … … … . .
tiénelos fasta la cinta,
fasta la cinta y aun mase;
la cara mucho quemada
del mucho sol y del aire,
con el gesto demudado
muy fiero y espantable.

ANÓNIMO, Romance del conde Dirlos.

Serían las tres de la tarde un día del mes de agosto cuando un mozo de apariencia pobre y en traje muy derrotado, después de haber atravesado el arenoso pinar de Olmedo, se sentó a las frescas orillas del río Adaja al pie de un árbol que sombreaba la corriente y convidaba a descansar. Parecía ser de edad de dieciocho años, y aunque el polvo del camino y el calor del sol le traían algo desfigurado, su mirada era alegre, su semblante noble y su cuerpo airoso, siendo este elogio tanto más justo cuanto menos su traje y adornos le ayudaban a merecerlo. Traía un coleto de ante tan acuchillado, roto y mugriento, que apenas se conocía de qué era; una sobrevesta que había sido de color verde, y de que aun quedaban algunos jirones raídos; un sombrero tejido de hojas de árboles, las piernas y pies descalzos y una lanza en la mano derecha, que tal parecía el palo de que venía armado, y que tenía por contera un regatón de hierro.

—Veamos —dijo al sentarse— si aun aquí dentro del agua me mortifican también estos malditos tábanos que me persiguen.

Y entró ambos pies en el agua hasta la rodilla con mucho cuidado de no mojarse el vestido, como si lo tuviera en mucha estima y no quisiera echarlo a perder. Luego que se refrescó del fuego de las arenas y repuso de las picaduras de los tábanos, sacó un pañizuelo blanco muy limpio de un zurrón que traía, pero tan desgarrado y abierto por tantas partes que por la más pequeña le cabía el puño. Tendiólo sobre la hierba a guisa de servilleta, y exclamó:

—¡Oh cara camisa mía, que por tanto tiempo fuiste mi más íntima amiga, y que tan aficionado me tenías que siempre te quise tener conmigo y te traje tan a raíz de mi carne por tanto tiempo! ¡A qué punto hemos llegado, amada camisa mía, que cuando creí que de tanto andar juntos y tan apegados te habrías convertido en mi propia carne, y que éramos los dos uno mismo, hallé que de tus anchos y espaciosos vuelos no quedaba ya otra cosa que este pedazo que encontré a duras penas buscándote por mi cuerpo, y que ha venido a parar en mantel a cuenta de tus servicios! Omnia moriuntur, como decía el abad de Benedictinos que me crió. Consuélate, que por ti no se dirá al menos de tu amo que no come pan a manteles; consuélate, celosía de mis manjares, pues tal te puedo llamar, que eres más transparente que el cristal, más diáfana que el aire, y tienes más heridas que el guerrero más veterano y acreditado.

Mientras apostrofaba de esta manera al triste resto de su malograda camisa, iba sacando del alforja las consumidas y poco apetitosas viandas que llevaba para el camino, y se entretenía en colocarlas con el mejor orden, simetría y cuidado que le era posible. Consistía su repuesto en dos o tres mendrugos de pan algún tanto petrificados, un pedazo de queso ovejuno no muy tierno tampoco, dos o tres tomates crudos y una bota de vino blanco, aunque más llena de aire, al parecer, que de vino. Sacó tras esto un estoque, que no era menos larga la navaja que le servía, contempló un rato con muestras de mucho gusto la armonía y distribución de sus platos, y empezó su ocupación gastronómica con aire desenfadado y apetitoso.

—Algo rebelde te encuentro —dijo al dar una dentellada en uno de los mendrugos, y que él presumió que le costaba un diente—; no creí —prosiguió— que después de quince días que te llevo en mi compañía, y cuando más amañado y suave de trato debía encontrarte, te hallase cada vez más duro de corazón y menos sociable. Pero yo te castigaré, y haré ver hasta dónde raya mi valor y tu presunción.

Dicho esto clavó el diente a modo de perro de presa en el endurecido mendrugo, quedando indecisa la victoria por un momento, hasta que al fin el ruido de los demolidos coscurros, y el simultáneo movimiento de las poderosas quijadas, la declararon por el mancebo, que no satisfecho con este importante triunfo, siguió con el mayor denuedo hasta sepultar en su vientre desde el primero hasta el último de sus enemigos. Concluida esta operación, y si no satisfecho su apetito, aliviada su necesidad, se echó al río de bruces y bebió agua: lió en seguida el mantel, tentó la bota, y viendo que estaba vacía dio un suspiro y, doblándola, la guardó en el zurrón con los demás utensilios de su comida. Tomó en seguida unas hojas de un libro manuscritas de buena letra en latín en que venía envuelto el queso, tendióse a la larga sobre la hierba, y empezó a deletrear a voces como es uso de mal lector.

Luego que hubo leído un rato exclamó:

—¿Y qué quiere decir todo esto? ¿Y es posible me haya costado tanto azote, y al fin y al cabo no haya podido el buen abad salirse con la suya de que yo aprendiera? Aunque a decir verdad, yo creo que él no sabía mucho más de lo que me ha enseñado. ¡Oh vida regalada del monasterio! ¡Cuántas veces te echo de menos! Sólo por aquello de dulces, exubiae dum fata Deusque sinebant, como repetía el buen abad cuando me regalaba el rostro con alguna palmada, y no de las más suaves, en prueba de su cariño; sólo por eso conservo estas pocas hojas, de que no he podido aún entender la primera llana, y por lo que me imagino, y no sin razón, que tampoco entenderé la última. Pero, en fin, basta de lectura, y durmamos un poco hasta que caiga la tarde y me pueda aprovechar del fresco para seguir mi camino.

Diciendo esto se cubrió el rostro con el sombrero, y de allí a poco empezó a roncar con tanta fuerza y estrépito, que su ronquido bastaría a despertar los siete durmientes y aun a hacer levantar los muertos el día del Juicio final.

Era entonces la hora de la siesta, y el sol en toda su fuerza abrasaba los extendidos campos de Castilla, que si bien más poblados en aquellos tiempos, no por eso los hacía menos áridos la sequedad propia de la estación, y sobre todo desde Olmedo a Cuéllar, que era el camino que a lo que parecía llevaba nuestro galán. Un bosque de pinos cubre aún hoy día este camino arenoso, en que se hunde a veces la pierna hasta la rodilla, y donde el sol, quebrando sus rayos en cada grano de arena, reverbera del suelo con un esplendor tal que deslumbra, dobla calor y aumenta el cansancio y la fatiga del caminante. Sólo se oye el chirrido cansado de la chicharra y el zumbido monótono de los tábanos; y si algún soplo de viento viene acaso a mecer la copa de un pino, cuando el viajero abre los secos labios con ansia para recogerlo, respira el viento abrasado de los desiertos o un cierzo de fuego que le consume de sed y le quema en vez de regalarle con su frescura.

Tres ríos, si tal nombre merecen tres arroyos algo crecidos, dividen este camino a corta distancia unos de otros, que los naturales distinguen con los nombres de Adaja, Pirón y Cega, siendo este último la línea o frontera que separa las tierras del castillo de Iscar de las de Cuéllar. El Adaja, vadeable aun en invierno, y última linde de Olmedo a Iscar, moja humildemente esta tierra, que se lo sorbe; pero en sus sombrías orillas, cubiertas de frondosos árboles, se respira ya aire más fresco, y ofrece una isla de verdura en medio de aquel desierto.

En sus riberas, pues, como hemos dicho, descansaba nuestro desembarazado mozo de la penosa marcha que había traído, y no haría aún media hora que dormía a pierna suelta cuando sintió una cosa fría que, levantando el sombrero que le tapaba la cara, se refregaba contra él, al mismo tiempo que un peso en el pecho, que se removía. Abrió los ojos, y vio que era un perro mastín de gran tamaño y adornado de sus carlancas, que, después de haber satisfecho su sed en el río, se había llegado a olerle, y le afirmaba las manos en el pecho mientras le humedecía el rostro con el hocico.

—Voto al perro, y mal año para tu amo —gritó con enfado de verse despertar tan fuera de sazón—. ¡Quítate! —y lo empujó al mismo tiempo con fuerza echando mano al desmesurado bastón que hemos tratado de describir.

El perro se retiró atrás dos o tres pasos gruñendo como preparándose para embestirle, y el mozo, ya puesto en pie, enarboló el palo en alto y aguardó a su enemigo con resolución. En esta actitud estaban frente a frente careados, cuando la voz de un hombre y un silbido llamó la atención del mastín, haciéndole mudar de intento, y de allí a poco volvió tranquilamente hacia su señor, que saliendo de entre los árboles descubrió una facha tan rústica y salvaje, que no dejó de sorprender a nuestro campeón.

Era de poca estatura, cuadrado, ancho de espaldas y muy fornido de miembros: sus brazos, que llevaba desnudos, estaban cubiertos de un vello tan espeso, largo y cerdoso, que parecía crines; las piernas arqueadas, sus maneras bruscas, su pelo y barba negros, siendo ésta tan poblada, crecida y rizada que le cubría todo el rostro, sin dejar ver en él más que dos ojos grandes y verdes que parecía que lanzaban rayos, y acaso de tiempo en tiempo dos hileras de dientes blancos como el marfil y tan juntos que parecían uno solo. No obstante aunque su traza imponía, y aun podría decirse asustaba, no se sentía al verle aquel horror que inspira la vista de un animal feroz, y en la viveza y valentía de sus ojos se notaban quizá más señales de nobleza que de crueldad. Traía vestido un sayo baquero y abarcas por zapatos; llevaba en la mano izquierda un arco y algunas flechas suspendidas de un cinto de cuero, que le aseguraba asimismo un hacha de armas de dimensión disforme y extraordinario peso, y pendiente de una cuerda que le rodeaba los hombros colgaba a su espalda una bocina o cuerno de cazador.

Todo esto vio y observó el roto mancebo, dudando si se pondría en defensa, o huiría, o le aguardaría con tranquilidad. El primer pensamiento le pareció perjudicial y disparatado, considerando la desigualdad de sus armas; el segundo casi le pareció mejor, pero viendo que el recién venido no hacía movimiento ninguno ofensivo, y que muy lejos de eso le había evitado la riña con el mastín, se determinó a esperarle a pie firme.

El perro entre tanto llegó coleando a su amo, que alargándole la mano y pasándosela por el lomo, le dijo:

—Sagaz, ¿quién diablos te manda meterte con un hombre dormido? No te tengo yo enseñado a tan poca cosa. Serénate, muchacho —añadió, acercándose al derrotado y descubriendo con una sonrisa irónica el marfil de su dentadura—, que no parece sino que ibas a venir a las manos con un león, según lo alborotado que te pusiste.

—No me alboroto yo por tan poco, y aunque el gozquejo es de buen tamaño, no sé cómo le hubiera ido si le hubiese arrimado yo la punta de mi bastón.

—Quizá mejor que a ti —repuso el de la barba negra—, porque no hubiera encontrado en qué morder sino en la carne, según lo ligera y escasamente que vas vestido.

—Es el mejor traje de verano que tengo —replicó el mancebo con desenfado.

—Y el que más generalmente te pones todos los días, a falta de otro mejor —repuso el otro con sorna.

—Me he dejado el equipaje ahí cerca por caminar más a gusto —respondió sin cortarse el derrotado mozo.

—Pareces arriscadillo y resuelto —contestó el recién venido en el mismo tono.

—Quizá más de lo que tú crees —le contestó el mancebo.

—¿Y hacia dónde se camina tan a la ligera, señor galán? —preguntó el de la barba negra.

—Pregunta es esa —repuso el mozo— sobre que es necesario pensar mucho antes de responder, y todo lo que yo puedo decirte es que el fin de mi camino será donde yo me pare, y que el lugar donde me quede será donde me vaya bien y encuentre en qué ejercitar mis talentos.

—Según eso, no llevas otro camino que el que te dé tu buena o mala ventura, y si aquí mismo se te ofreciese un acomodo tal como tú deseas, aquí mismo te quedarías.

—Ciertamente —repuso el mozo—, aunque a decir verdad no sé qué comodidad puede hallar un hombre como yo en medio de este desierto.

—Puede hallar —replicó el Velludo— una colocación libre y honrosa que le ponga al igual de los señores más poderosos, y aun le dé derecho a veces para alternar con ellos; puede hallarla tal, si le sopla el viento de la fortuna, que llegue a ser él mismo un señor, y a tener castillos, ejércitos y vasallos.

—¡Brillante colocación, amigo mío! —respondió el derrotado—. Pero ¿no podía yo saber qué género de talento es preciso para entregarse con fruto a ocupación de tanta monta y tan productiva?

—No hay duda, pero antes es necesario que sepa yo quién eres, qué papel has representado en el mundo, cuál es tu inclinación decidida y cuáles tus más aventajados talentos, que puesto que me pareces mozo de disposición, todavía necesito examinarte más antes de darte tan honroso cargo.

—Si no viera que habláis con seriedad —repuso el mancebo—, dudaría de lo que me decís, porque a calcular por vuestra apariencia (y esto sea dicho salvo el respeto que me inspira ese colgajo de hierro que lleváis al cinto), no promete vuestra traza más ventajas al que vuestra señoría proteja que ofrece la mía (sin faltar sea dicho al respeto que merecéis) —y esto dijo echándole una mirada picaresca de la cabeza a los pies, y concluyó su discurso con una profunda inclinación jocoseria.

El hombre de la barba negra se sonrió y le miró como agradado de su desenvoltura, y dándole una palmada en el hombro le dijo:

—¡Pobre niño! ¡Cómo se conoce que aún no has visto el mundo sino por un agujero, como se suele decir, y que juzgas sólo por las apariencias, sin considerar que si yo te juzgase por la tuya te propondría en mi imaginación para empleo de tanta importancia! ¡Pobre niño! No sabes tú con quién hablas; si lo supieras temblarías en mi presencia en vez de bufonear.

—Todo puede ser —contestó el roto—, pero desde que dejé de oír en boca del abad de Benedictinos la cruel máxima de que la letra con sangre entra no he vuelto a temblar nunca, excepto cuando me acuerdo de la sangre fría y cachaza con que ponía en ejecución su inexorable sentencia.

—Pues tengamos paz si es así —dijo el del hacha—, porque si un abad te hacía temblar con sus máximas, yo tengo algunas que si te las dijese parecería que te habías quedado de pronto sujeto a convulsiones y perlesías, y así repito que tengamos paz, y sentémonos sobre la hierba, donde me contarás tus hazañas, y veré si eres digno del empleo en que he pensado ocuparte.

Y diciendo y haciendo se sentó, y tirándole del brazo con fuerza obligó a nuestro mozo a que se sentase a su lado. La impresión de la mano del de la barba negra en el brazo del derrotado, dándole una alta idea de su musculatura, le quitó la gana de chancearse, y el tono con que pronunció su amenaza le pareció que tenía un no sé qué de verdad tan expresivo, que le infundió cierto respeto y le llenó de consideración hacia su persona.

—Pídoos porción —le dijo— si os he tratado con demasiada libertad, pero mi buen humor es tal, que cuando no tengo de quién, hasta de mí mismo me burlo.

—Basta ya —le respondió el de la barba— y dime cómo te llamas, que me parece que me has de acomodar para mi servicio.

Volvióle a mirar el mozo, y no le pareció hombre de muchos criados el que se le proponía por amo; pero el respeto que le inspiraba le impidió hacer más observaciones, y empezó su historia de esta manera:

—Yo me llamo Usdróbal, soy natural de León y nunca he conocido a mis padres; cuando tuve uso de razón me hallé recogido en un convento de monjes Benedictinos y al cargo de un abad que se empeñó en enseñarme a leer y en que aprendiese latín. Aunque mi talento era despejado a voto de aquellos padres, yo era más inclinado al juego que no al estudio. Y como me empeñé en no aprender, me salí con la mía, y con la de no entrar en la regla, que era el piadoso intento de mi maestro. Dios me llamaba a mí por diferente camino, y así mi primera hazaña fue convertir en pájaras y otras transformaciones las hojas de una biblia que había costado diez años de trabajo a un copista, y que hallé en la celda del buen abad. Costóme esta diversión tanto azote, que tomé odio a los libros, y de aplicado que podría haber sido llegué a aborrecerlos con tanto ahínco, que determiné no volver a abrir ninguno más en mi vida, más que me fuese en ello toda mi fortuna y mi bienestar.

»Tenía yo doce años, y era lo que se llama una alhaja; llevaba regularmente dos palizas al día, robaba cuanta fruta había en la huerta y hacía más daño que la langosta; bebía el vino de la bodega, y siempre estaba haciendo diabluras o meditándolas. Si entraba en la cocina, me entretenía en echar ceniza en las ollas, y me reía de los gritos del cocinero y de los gestos de los buenos padres; echaba sal en las camas para que no pudieran dormir, tocaba las campanas a vuelo cuando estaban, a mi entender, en la mejor parte de su descanso; perseguía cuantos animales había en el convento, desde la cuadra hasta el gallinero, y, por último, hasta el respetable abad no se halló tampoco exento de mi jurisdicción.

»Juntábame yo con otros chicos de mi edad, que si no eran de lo mejor, eran al menos de lo más malo, y como para sus empresas y las mías necesitábamos dinero, y yo siempre he tenido altos pensamientos, pagaba por todos y buscaba para todos lo necesario. El bolsillo del abad me parecía a mí inagotable, y así por esto como por las razones ya dichas le hacía yo frecuentes sangrías, hasta que le forcé a guardarlo y le puse sospechoso de todo el mundo. Viéndome ya sin tesoro, pasé de caballero a mercader, quiero decir que vendía lo que topaba en su celda, amén de lo que podía extraer de la despensa cuando el despensero se descuidaba. Creía yo inocentemente que aquellos buenos padres no se enfadarían conmigo por tal cual friolera que a mí me pareciese bien y me conviniera para mi uso; pero me engañé, porque habiéndome atrapado en una de estas travesurillas, me llevaron a la celda del padre abad, que me echó un largo discurso sobre los inconvenientes que traía para el cuerpo y el alma el feo vicio del robo, y me hizo sentir en seguida los que traía para el cuerpo mandándome coger por cuatro robustos legos, quienes, a pesar de mis gritos, patadas y mordiscos, me molieron a azotes, encerrándome, además, en un sótano, de donde no salí sino para dejar el convento, aunque esto no fue hasta que encojé las mulas de la labor y satisfice mi venganza como mejor pude y me pareció.

—No me disgusta el principio —interrumpió el del hacha—, y para tan niño hiciste cuanto se podía esperar de un muchacho bien inclinado. Supongo que no sólo te saldrías del convento, sino del pueblo.

—Así fue —continuó Usdróbal—; no bien había vuelto las espaldas al claustro, cuando, sin saber a dónde iba, eché a correr por los campos, y no paré hasta que, fatigado de andar, y no viendo dónde recogerme por ser ya entrada la noche, empecé a afligirme, me recosté contra un árbol y me eché a llorar. Ya estaba yo pesaroso y arrepentido de lo que había hecho, y no sabía si volver al convento y pedir por caridad que me recogiesen o qué hacer de mí sin conocer el mundo, muerto de hambre, solo y en medio de un monte; pero el temor de ser desollado vivo por mis hazañas y la imagen de los cuatro legos se me presentó tan al vivo, que deseché al momento esta idea como un mal pensamiento, y resolví morir primero que verme otra vez objeto triste de su injusto resentimiento. Aunque no había dormido casi nada la noche antes, ocupado en mis venganzas, y había caminado sin descansar todo el día, el hambre había desterrado el sueño de mis ojos de tal manera que los tenía más abiertos que una liebre, y todo era acordarme de la buena mesa que había perdido, y de la imposibilidad en que me hallaba de cenar por entonces y aun de comer en mucho tiempo, a lo que yo, no sin pesadumbre, me imaginaba.

»Estando en estos melancólicos pensamientos y registrando a un lado y otro por si veía alguna luz que me encaminara, vi venir por la falda del monte dos luces hacia donde yo estaba y que, a pesar del deseo que tenía de hallar alguna que me sirviese de guía, no dejaron de imponerme un poco y de hacer pensar a mi sobresaltada conciencia si sería cosa del otro mundo. Púseme en pie al instante, y poco después vi dos hombres, cada uno con un hacha encendida y armados de punta en blanco, que acompañaban unas andas, que traían suspendidas otros dos más, marchando con lentitud por no incomodar al caballero herido que venía en ellas; detrás venía otro soldado a caballo con uno del diestro, que era del caballero, según supe después, y que iba todo encaparazonado de hierro; llegaron adonde yo estaba, y uno de los soldados dijo en viéndome: «Aquí está justamente un chico que podrá ir a avisar al castillo para que todo esté dispuesto a la llegada de nuestro amo.» Y habiendo convenido todos en mi utilidad, me dieron las señas del castillo y me enviaron de mensajero.

»Llegué al castillo, y después de haber desempeñado mi comisión, aguardé la venida del dueño de la fortaleza, que aquel día no sé con qué intención había tratado de saltar con su caballo de más alto que lo que es permitido saltar sin hacerse daño, y se había quebrantado cuantos huesos tenía en su cuerpo. Todo estaba ya arreglado, y sus gentes en movimiento cuando él llegó; entraron sus soldados, acostáronle en su cama y nadie se volvió a acordar de mí, ni yo me atreví a preguntar nada a nadie. Llegó la hora de cenar, sentáronse todos a la redonda y empezaron a dar del diente con tanta gana que se redoblaron las mías. Nadie me había convidado, ni aun me habían echado de ver, lo cual, visto por mí, deliberé sentarme también, y empecé a comer con ellos con el mayor desembarazo del mundo. Miráronme todos y algunos se sonrieron, pero uno de muy mala cara y muy serio, después de haberme mirado de hito en hito largo rato sin pestañear, preguntó si yo era espía, para en ese caso colgarme de una almena en menos tiempo que había tardado en decirlo. Respondí al momento que no, y casi me quitó las ganas de cenar la pregunta de aquel buen hombre; pero habiendo explicado el motivo de hallarme en la fortaleza y viendo algunos allí de los que me habían enviado, atestigüé con ellos, conté mi historia y quedaron muy complacidos. Diéronme ocupación al momento, y me recibieron todos por su criado; procuraba yo servirles en un principio lo mejor que podía, pero como eran tantos y yo uno solo, el servicio iba siempre atrasado; ellos me maltrataban, y yo, que empezaba a disgustarme de servirles de dominguillo, dejé rodar la bola, y propuse hacerme hombre de armas para darles a entender que no sufría más pulgas que las que no me podía echar de encima.

»Habían ya pasado dos años y tenía yo diecisiete; no había cosa buena ni mala que no supiera; manejaba la espada, el arco y el caballo tan diestramente como el mejor veterano; me habían dicho algunas mozas que tenía aire de caballero, y no deseaba más que una ocasión de señalarme. La primera que se me presentó fue justamente con el que me quiso colgar por espía la primera noche. No se me había olvidado su buen deseo, y hacía mucho tiempo que, así por esto como por algunos malos tratos que había experimentado de él, le andaba buscando quimera. Un día se me proporcionó su caballo. Era uno de los mejores que había en el castillo, y él lo quería como a las niñas de sus ojos; uno de los que yo cuidaba riñó con él y le acertó un par de coces tal que lo dejó cojo. El veterano que lo vio, echándome a mí la culpa, tiró de la espada y, se vino a mí decidido a probar el temple en mis costillas. Tiróme una cuchillada que le paré con un palo que hallé a la mano, y a tiempo que levantaba el brazo para secundarme con otra, levanté el palo y le acerté un garrotazo en la sien tan de lleno y aplicado con tanta fuerza que cayó en el suelo cuan largo era. No me entretuve en ver si estaba muerto o aturdido del golpe, sino ensillando un caballo monté en él, y fingiéndome portador de un aviso de mucha importancia, pasé el puente levadizo, y en llegando al campo dejé al animal la rienda libre y huí por donde quiso llevarme.

»Anduve dos días, y al tercero caí en una emboscada de moros, que, después de haberme quitado el caballo y cuanto llevaba, me dieron cien palos y me dejaron por muerto. Recogióme un pobre pastor que se compadeció de mi juventud, y luego que estuve curado dispuse mi viaje a Cuéllar, donde pienso entrar en el cuerpo de aventureros que mantiene el dueño de aquel castillo.

—Amo muy sombrío y melancólico te ibas a echar si no me hubieses hallado aquí —dijo entonces el de las barbas—, porque Sancho Saldaña es más oscuro que la más oscura noche de invierno.

—Sí, eso dicen, y…

—Y si fuera eso sólo, pero no me toca a mí hablar mal del que me ha proporcionado más de una ocasión de lucirme en mi facultad. Ya le conocerás si sigues conmigo, algún tiempo.

—¿Conque tenéis relaciones con él? —preguntó el mozo.

—Y tantas —replicó el del hacha—, que puedo decir que no hace cosa alguna sin consultarme, y aun sin valerse de mí en la mayor parte de las que emprende. Pero no preguntes más, que has de ver maravillas si te enganchas a mi servicio. Sólo te aconsejo si entras en él que hables poco y hagas mucho, porque entre mis gentes una palabra suele costar la vida, y la acción más reprensible del mundo no vale la pena de que piensen un momento en ella.

—Pues, señor —exclamó Usdróbal—, dicho y hecho; aunque no os conozco, soy vuestro; no sé qué tenéis que parecéis digno de mandar hombres de mi disposición; manos a la obra, y ya veréis que no os dejaré mal en ningún peligro, que aunque nada habéis dicho presumo que sobrarán.

—Sobrarán —respondió el del hacha— en donde alcances la estimación de tus compañeros y adelantes en tu carrera. Ahora…

Apenas había dicho esto cuando dos silbidos, que venían del otro lado del río, interrumpieron su conversación, y el de la barba negra se levantó, y mirando hacia donde se oían vio venir a Sagaz, que se había alejado mientras hablaban, corriendo hacia él y ladrando con la intención de avisarle.

—Vamos —dijo su amo a Usdróbal—, ven conmigo y no te extrañes de lo que veas por raro, malo o bueno que te parezca.

—Vamos —repuso Usdróbal—, que ya te he dicho que tuyo soy.

Y así diciendo siguió los pasos de su nuevo amo, vadearon el río, y de allí a poco se perdieron de vista entre los pinares de la otra orilla.

Capítulo 2

Juzgan ser desconformes los presentes
las fuerzas de estos dos por la apariencia,
viendo del tino el garbo, y los valientes
niervos; edad perfecta y experiencia;
y del otro los miembros diferentes,
la tierna edad y grata adolescencia,
aunque a tal opinión contradecía
la muestra de Orompello y osadía.

ERCILLA

Poco tiempo habían andado cuando en medio de una plaza de arena que se formaba en el bosque vio Usdróbal hasta ocho o diez hombres cuyas extrañas cataduras, diversos trajes y armas no le hicieron juzgar muy bien del amo que había tomado. Llevaban los más de ellos espadas y ballestas, y su traje era muy semejante al del hombre de la barba negra. Algunos iban vestidos medio a la morisca, con turbantes en vez de gorras de cuero, y usaban puñal y alfanje; pero el que más le extrañó fue uno, cuya única arma era un cuchillo de monte muy largo y que, apartado de los demás, rezaba al son de un rosario de cuentas muy gordas con mucha devoción y recogimiento. Parecía absorto en sus oraciones, tenía puestos los ojos en tierra, y de cuando en cuando cruzaba las manos, alzaba los ojos y suspiraba de lo amargo.

Cuando ellos llegaron no hizo más movimiento que si no perteneciese a este mundo. Todos los demás saludaron con mucho respeto al de la barba negra, como jefe suyo, y uno que se señalaba por su alta estatura, ojos saltones y lo carirredondo y colorado que era, se llegó a él, y llamándole aparte le estuvo hablando en secreto con tanto recato que, a pesar que Usdróbal tenía el oído listo y trató de coger algo de lo que hablaban, sólo pudo entender el nombre del señor de Cuéllar entre el sordo murmullo de sus palabras. Parecióle, con todo, que su amo oía con gusto lo que le decía aquel truhán y que iba poco a poco mostrando los dientes como en señal de contento, aunque no se le ocultó que había algo de siniestro en sus ojos y, en su sonrisa.

Concluido este coloquio, volvió el de la barba negra, y tomando a Usdróbal de la mano lo presentó a su gente, que no había hecho más caso de él hasta entonces que si hubiese sido invisible.

—Caballeros —dijo—, aquí traigo este mocito, que, aunque como muestra es de poca edad, tiene el corazón bien puesto y es hombre que nos conviene; desde hoy tendrá su parte en nuestras empresas, nuestro botín y ganancias. Zacarías, a ti encomiendo este niño, edúcale y cuida de él; no le falta disposición, y creo que has de sacar un excelente discípulo. Ya sabes lo que te he dicho —prosiguió, dirigiéndose a Usdróbal—: muchas manos y poca lengua; buen maestro tienes, procura tú imitarle, y desde ahora puedes contarte por alistado a las órdenes del Velludo.

—Todo se hará como vos mandáis —respondió el maestro con un tono de voz tan débil y afeminado que se le podría haber tomado por mujer a no ir vestido de hombre—; pondré a este joven en el camino de la virtud y le enseñaré la moral necesaria para que se lave de las gotas de sangre que manchen sus manos por casualidad.

Y sin alzar los ojos siguió en sus meditaciones.

—Lo primero que hay que hacer es armarle Y que se quite esos trapos —dijo el Velludo—, porque claro está que el soldado se ha de vestir de la hacienda de su señor. Que uno de vosotros se llegue a nuestro almacén y traiga con qué vestirlo.

No había acabado de decirlo cuando uno de los moriscos echó a correr con tanta ligereza que no le alcanzara el viento, y de allí a poco volvió cargado con todo lo necesario.

—Toma, cristiano —le dijo, entregándole un sayo de cuero, una gorra de lo mismo, el resto del vestuario y las armas correspondientes—; toma y quítate ese espantajo de la cabeza (aludiendo al sombrero de rama), que pareces un asno cargado de leña verde.

—Gracias —repuso Usdróbal—, y por los muchos que habrás desnudado, sin duda alguna, en tu vida, ayúdame a vestir ahora y cuéntame entre tanto si la ocupación que traéis en este desierto es más santa de lo que a mi se me ha figurado.

—Yo no hago más que lo que me mandan —repuso el mozo con aspereza—, y en cuanto a si es bueno o malo, no me entremeto, cuanto más que ahí está el señor Zacarías, que sabe leer y reza en latín, y dice que en el mundo hay de comer para todos, y que el que no tiene es menester que busque, y yo juro por Mahoma que lo que él dice me parece bien.

—Lo que yo digo —dijo entonces Zacarías (que entreoyó la conversación) en su tono melifluo y afeminado— es que tú eres un pagano, que aplicas mis máximas como mejor te conviene, tuo more. La moral, hijo mío —prosiguió con Usdróbal—, es la ciencia que yo predico, y puedo tener la vanidad de decirte que, gracias a mí, ha hecho grandes progresos entre estas gentes.

—No creo —dijo entonces Usdróbal— que aquí haya venido tanta gente honrada a aprender únicamente eso que llamáis moral, y si no creyera que otras ocupaciones más nobles os sirven de entretenimiento, no me quedaría aquí más tiempo que tarda en cantar un pollo.

—Dos años hace que estoy en la compañía —dijo el morisco—, y desde que oí al señor Zacarías le he dejado el encargo de esas cosas que nos predica, y si he pensado media hora en ellas, Alá permita que no vea yo ponerse el sol esta tarde.

—Fariseo excomulgado —exclamó el moralista sin mudar de tono—, ¿cómo te atreves a hablar así? ¿Quién te ha enseñado a ensangrentar tus armas, lavabo manus, como Pilatos? ¿Quién te ha adiestrado en meter la mano en el bolsillo ajeno sin que faltes a la caridad? Y, por último, ¿quién ha hecho más célebre en estos contornos la partida de nuestro insigne, formidable y respetabilísimo capitán el Velludo sino este humilde gusano que ves aquí? Humilissimus vel miserabile.

—Toma —dijo el moro—. ¿Y quién lo niega? ¿Digo yo lo contrario? Yo lo que digo es que no entiendo esas jeringonzas, y que sin saberlas sé manejar mis armas como el primero. Lo que quisiera era que se armase una tramoya donde se viera a las claras quién era Amete el Izquierdo, aunque ya se ha visto más de una vez que yo no soy nuevo, como este mozo recién venido.

—Pero vamos claros —preguntó Usdróbal—, ¿es ésta una partida de ladrones o qué clase de gente somos?

Aún no había acabado de preguntarlo cuando un puñetazo en el cogote, de buena marca, que lo dejó medio atontado y le hizo zumbar los oídos por media hora, le dio a conocer la insolencia de su pregunta y el peso enorme de la mano descomunal del gigante de los ojos saltones que había estado hablando con el Velludo. No le pareció a Usdróbal muy bien el aviso, y cebando mano a su puñal como pudo, en medio de su aturdimiento, tiró un golpe con él a su advertidor con tanta fuerza, que a haber ido con mejor tino no le hubieran vuelto a dar ganas de avisar a nadie tan bruscamente. Pero Zacarías le tuvo el brazo en lo mejor de su furia, y poniéndose entre los dos estorbó al mismo tiempo al gigante que le embistiese.

—¡Paz, hijos míos! La cólera nos arrastra a cometer acciones de que luego nos arrepentimos, y el hombre es una bestia feroz cuando se deja arrebatar de su ira: indomita silvartim fera, como dice no me acuerdo quién. A sangre fría se debe herir a su enemigo y tomar venganza de las injurias.

—Mosén Zacarías —dijo el de los ojos saltones medio en provenzal, medio en castellano—, voto a Deu que si este mozo llamar lladre a nos, que le haga yo se arrepienta.

—¡Cómo! ¿Qué es esto? —gritó el capitán a Usdróbal— ¿No hace una hora que estás con nosotros y ya has armado quimera?

—No es quimera —replicó el catalán—, es que yo enseñé a parlar a este home.

—Por cierto, Usdróbal —dijo el Velludo—, que te creí de más penetración y más mundo; ya te he dicho que la lengua casi está de más entre nosotros y que mires bien lo que hablas.

—No tengáis cuidado —repuso Usdróbal—, que ya veo por mí mismo cuán a la letra toman aquí ese consejo de callar y hacer, y esto me servirá a mí para en adelante; pero juro… —añadió lleno de cólera y entre dientes.

—No jures —interrumpió con tono suave el hipócrita Zacarías—. Utrum juramentum, y no me acuerdo qué más; puedes tomar la venganza que sea justa, puesto que es justa la defensa propia, justum et tenacem, sin que cargues tu conciencia con juramentos: que la conciencia es lo principal, hijo mío.

—No sé —dijo entonces un viejo que tenía toda la cara llena de cicatrices— para qué trae aquí el capitán chiquillos.

—Los traerá —dijo otro con un ojo remellado y el otro bizco— para que nos sirvan de diversión.

—A su edad —replicó el morisco— ya había yo hecho más de una hazaña, pero éste apostaría a que no tiene fuerza para cortar el dedo meñique a un hombre de sólo una cuchillada.

—Usdróbal —exclamó el capitán sonriéndose—, ¿qué diablos tienes que no vuelves por tu honra? Parece que estás aturdido aún con el aviso de nuestro teniente.

Lo que decía el Velludo en parte era cierto.

Usdróbal, aunque determinado y animoso, naturalmente probaba en aquel momento la sorpresa que causa generalmente a un muchacho de poca edad la reunión de mucha gente desconocida, y cuyos usos, lenguaje y vestidos no dejan de extrañarle, puesto que la principal causa de su silencio más provenía del mal humor que había engendrado en él la imprevista bofetada del catalán y el ansia de vengarse que lo punzaba.

—Estoy reconociendo el terreno —contestó, no obstante, con mucha calma.

—Mejor te han reconocido a ti el cogote —replicó el morisco—, que todavía te está echando humo del bofetón.

—Como fue a puño cerrado no le duele —añadió con mofa el de los ojos bizcos.

—No creo que me hayáis traído aquí —dijo Usdróbal al Velludo, mostrando un sosiego que desmentía el color encendido de sus mejillas— para servir de juguete a vuestros soldados, o lo que sean, y juro que si tal supiera…

—Amigo mío —le respondió el capitán—, yo no te he tomado para nada de eso; pero si te pican moscas, a ti te toca sacudírtelas, que no a mí.

—Sí, hijo mío —añadió Zacarías con su voz melosa, acercándose al corro que ya se había formado alrededor de Usdróbal—, aquí cada uno tiene que mirar por sí, y de otro modo no hay santo que le socorra: nulla est redemptio.

—Al contrario —dijo el bizco, alargando la cara socarronamente y aparentando compadecerse de él—, aquí está mejor que en casa de su padre, y tiene una porción de amigos que le servirán a su voluntad. ¿Os ha hecho mucho daño? —continuó, llegándose a él.

—No os acerquéis a mí —repuso Usdróbal—, porque aunque os parezca manso…

—Pero, hombre, yo —replicó el bizco— no vengo con mala intención; al revés, la mía es buena; os veo solo y os he tomado cariño desde que os vi. ¿No es verdad que da lástima de él? —preguntó volviendo la cara a los otros, a tiempo que hizo un gesto al morisco para que se pusiese a cuatro pies detrás de Usdróbal sin que éste se apercibiese—. A mí no me gustan juegos —continuó. Y viendo que ya su compañero estaba en la disposición que le había indicado, se hizo él mismo empujar de otro, y cayendo sobre Usdróbal le dio un pechugón tan fuerte que, yendo éste a echarse hacía atrás tropezó sobre el morisco y cayó de espaldas.

Las carcajadas y la grita que se movió a su caída en toda aquella desalmada gente aturdieron un momento al pobre mozo, que, no pudiendo contener tiempo su ira y levantándose como un rayo, tiró de su alfanje y se arrojó sobre ellos, sin considerar su número, sin pensar en otra cosa que en su venganza.

—¡A él! ¡A él! —gritaron todos—. ¡A él, que se ha vuelto loco! Vamos a atarle a un pino. ¡Se ha vuelto loco!

Y diciendo y haciendo cayó sobre él una nube de forajidos, y a pesar de su valor y la cólera que le hervía, se vio al momento cercado de todos ellos y asido tan fuertemente que no podía menearse.

Pintar la rabia que se apoderó entonces del animoso mancebo sería imposible; baste decir que la palabra se le cortó entre los dientes y que arrojaba espuma y volteaba los ojos como si de veras estuviese demente, y sin duda le habría ahogado su furia si el capitán no le hubiese hecho soltar diciendo:

—Aquí no permito yo que se riña sino uno a uno, y juro por la Virgen de Covadonga que no hay uno de vosotros que solo a solo haga perder un palmo de tierra a este mozo, a pesar de su poca edad.

Los bandidos, pues tal era su oficio, creyeron en un principio que el Velludo se chanceaba, pero habiendo conocido en sus ojos que no hablaba en broma, se separaron dejando a Usdróbal, a quien él prosiguió diciendo:

—Si quieres satisfacerte del agravio que has recibido, yo te apadrino, y elige el que quieras para pelear.

—Eso es hablar —dijo Usdróbal, ya más sereno—, y por de pronto quiero medir la cara de un tajo a ese grandullón que avisa a bofetadas, y después uno tras otro podrá venir el que quiera.

—¡Bravo! —gritaron los bandoleros, para quienes no había en el mundo espectáculo más divertido que ver dos hombres hacerse pedazos; y al punto se presentó el catalán esgrimiendo una espada que en lo larga y pesada podría haberse creído la del Cid, que se guarda en la catedral de Burgos.

—Hijo mío —dijo Zacarías a Usdróbal—, no te dejes arrebatar de la ira.

—Sí, sí tins algo que dexá al mundo, podes encargarlo a ese home —gritó mofándose el catalán—;ya podes encomendarte a Deus.

—Y tú al diablo que te lleve —le respondió Usdróbal, echando mano a su alfanje—, que ahora puede que te envíe yo a hacerle compañía a los infiernos.

—Buen ánimo, Usdróbal, y no me dejes mal —le gritó el capitán viéndole que se iba para su contrario.

—¡Espera! ¡Espera! —gritaron todos; y formando un corro bastante ancho para que los peleantes pudiesen moverse acá y allá, ya retirándose o avanzando, fijaron sus ojos en ellos, muy persuadidos de que a las primeras de cambio iría el atrevido mozo a contar al otro mundo el resultado de su combate.

El catalán estaba parado en medio, muy ufano con su espadón, riéndose de la poca estatura de Usdróbal, que apenas le llegaba al hombro, y mirándole con tanto desprecio como el gigante Filisteo cuando vio venir a David. Usdróbal le miró de arriba abajo con mucha calma, y el capitán, dando dos palmadas, dio la señal de la acometida.

El primero que embistió fue el catalán, que, levantando el brazo en alto, tiró una cuchillada tan vigorosa, que a haber cogido a Usdróbal le hubiera hendido de medio a medio. Pero éste, con la ligereza de un corzo, saltó hacia atrás, y hurtando el cuerpo dejó al aire que recibiese en su lugar el golpe, y acometiéndole con la misma presteza en el mismo instante se llegó a él tan cerca y descargó su golpe, con tanto tino, que se le rajó el sayo de cuero de arriba abajo, arañándole de paso el pecho con el alfanje. Este movimiento tan rápido y tan acertado volvió la esperanza en el ánimo del Velludo y cambió la idea que todos habían formado del resultado de la pelea, quedando ahora suspensos y sin saber por quién se decidiría. El catalán, que vio tan cerca de sí y tan pronto a su impetuoso enemigo, no pudo menos de sorprenderse, y mucho más considerando que, como se había metido casi debajo de él, no le dejaba espacio para herirle con la espada ni tiempo de retirarse, exponiéndose en este caso a recibir la punta del alfanje en su corazón. En tal aprieto no tuvo más recurso que abrazarse con él, lucha muy desigual para Usdróbal a no haberle éste cogido por la cintura, lo que al cabo le daba alguna ventaja. Entonces fue cuando todos creyeron que la inmensa mole del catalán sin duda le abrumaría, especialmente el capitán, que, a pesar del poco tiempo que le conocía, se le aficionaba cada vez más por su intrepidez.

—¡Firme, muchacho! —gritaban unos.

—¡Agárrate bien! —decían otros.

Mientras que Usdróbal, más enlazado al cuerpo de su contrario que las serpientes de Laocoonte, volteaba acá y allá con los pies en el aire a cada sacudida del catalán.

La más viva alegría brillaba en los rostros de los concurrentes, viendo alargarse la diversión, y así unos azuzaban, otros aconsejaban, todos sin saberlo ellos mismos, echándose hacia adelante y estrechando el círculo, a pesar del Velludo que los contenía; por último, el catalán y su enemigo, que se había cogido a él como un gato acosado se agarra y sostiene de una pared, cansado el uno de forcejear para derribarle y el otro para sostenerse, soltáronse, ambos el brazo derecho con intención de echar mano a los puñales que tenían al cinto y concluir de una vez. Pero Usdróbal, más listo, habiendo conocido el intento de su contrario y asiéndose bien con la mano izquierda, sacó del cinto de éste su propio puñal, dejándole desarmado; y a tiempo que el catalán, pugnando por impedírselo desciñó ambos brazos, el determinado mozo, desembarazándose de sus garras, dio un salto atrás y otro adelante en el mismo punto con tanto brío, llevando el puñal en alto, que le atravesó de parte a parte y le hizo venir al suelo al empuje de su arremetida.

—¡Viva! ¡Bravo! ¡Bien!

Y cien palmadas resonaron en medio de estas aclamaciones, vitoreándole a porfía los mismos que poco antes le habían despreciado, y sobre todo el capitán, que yendo a él le abrazó, diciendo:

—¡Viva! Usdróbal, me has dejado con lucimiento.

—Preguntad —éste— si hay alguno más que quiera reemplazar a ese pobre bestia— y recogió del suelo con mucho sosiego su alfanje.

—No, amigo mío, —replicó el Velludo—, no creo que quieras quitarme el mando quitándome mis vasallos. Vamos, Urgel —continuó, volviéndose al derribado catalán—, ¿qué tal las manos del mocito? ¿Sabe lo que se hace? ¿Eh? ¿En dónde te arañó?

—Voto va a Deu el noy, que creo que me ha dejado manco —repuso Urgel, a tiempo que se levantaba sonriéndose, sin muestras de resentimiento.

Miráronle la herida, que no le dejaba mover el brazo, y aplicándole un poco de aguardiente que traía el bizco en un zaque de cuerno, te apretaron una venda lo mejor que pudieron, riéndose todos y festejando el lance como si hubiese sido el más gracioso sainete.

—Voto va Deu —decía el bizco—, te descuidaste; no creo nunca haber reído más sino el día aquel, hace seis meses, que estábamos bebiendo vino y te cortó Zacarías por entretenimiento las pantorrillas con su cuchillo.

—Estaba éste —dijo el morisco riéndose— como una uva, y el otro más, y éste le decía corta, corta, y el otro dijo corto, y le hizo dos o tres sajaduras que ni pintadas.

—Pues hoy, voto a Deu, no dije yo corta, más volía cortar, y non pas pude, pero non pas hablemos de eso —continuó el provenzal dirigiéndose a Usdróbal—, y aí tins la mano izquierda, que ésta non podo dártela, y quedamos amigos.

—Sí, tómala, y pelillos a la mar —respondió Usdróbal, alargándole su derecha—; todo está olvidado.

—Hijo mío —dijo Zacarías, que había vuelto a tomar su rosario—, buen ojo tienes y buena mano; si arreglas tu conciencia y aprendes bien el oficio, te corregirás del defecto que tienes de ser algo violento en tu cólera y demasiado pacífico a sangre fría.

Dicho esto se retiró a un lado y volvió a sus acostumbradas meditaciones. En esto estaba ya Usdróbal muy querido y considerado de sus compañeros, merced a su buena suerte y animosa disposición, cuando un hombre, que por su traje no parecía pertenecer a la compañía, llegó a ellos con mucho misterio, mirando a un lado y a otro, como receloso de que le siguieran; llamó al Velludo y se apartó con él a un lado secretamente.

—¿Qué hay de nuevo? —le preguntó el capitán—. ¿Sale mañana el conejo de su madriguera o no sale?

—Sale —le respondió el otro—, y lo que hay que hacer es tener buenos perros para que no se escape.

—Eso va de mi cuenta —respondió el capitán—; tu amo, el señor de Cuéllar, y yo hemos tratado lo que hay que hacer, y sería yo el perro más perro del mundo si no se lo entregase como desea. La cosa está en que ella se asome siquiera a la puerta do su castillo.

—Pues mañana se te cumple el gusto —repuso el recién llegado—, y cuando yo te lo afirmo no lo dudes. No han salido antes a caza por la muerte de aquel petate viejo de su padre, pero ahora lo que sé decirte es que para mañana me han mandado que prepare los halcones, y doña Leonor, si cabe, es más aficionada a la caza todavía que su hermano.

—Pues dicho y hecho; dile al señor de Cuéllar que mañana en todo el día cuente con ella. ¿Y a qué lado van, sabes?

—Correrán regularmente todo el Pinar de Iscar —replicó el halconero.

—No hay más que hablar, está bien —contestó el Velludo.

—Pero cuidado, ya sabéis que ella debe ignorar que todo esto se hace de orden del señor de Cuéllar. ¡Pobrecilla! Casi me daba lástima esta tarde cuando la vi, pensando en quién se la va a llevar.

—En efecto —respondió el capitán—, si se la llevase el diablo sería mejor para ella que no ir a poder de tu amo; y creo que es linda como un sol.

—Es la mejor moza —dijo el halconero— que he visto en mi vida; no hay un balcón más listo ni más gallardo.

—Pues, señor, eso no nos toca a nosotros considerarlo —contestó el capitán—, si se fuese a pensar en lástimas, se tendría que estar un hombre toda la vida sin matar un pájaro. Dile a tu amo que está corriente. ¿Quieres echar un trago?

—Vaya, venga una bota de vino y me voy, no sea que ese maldito vicio de Nuño, que desconfía de todos, sospeche de mí no viéndome en el castillo.

El capitán entre tanto mandó a su perro que trajese la bota que llevaba uno de los ladrones, y habiendo vuelto con ella la alargó al halconero, que la besó un rato muy cariñosamente. Luego que hubo bebido se despidió y alejó con el mismo recato que había venido, y el Velludo volvió adonde estaba su comitiva.

Como ya se había puesto el sol, determinaron retirarse a su habitación, y emprendieron alegremente su marcha.

Llevaban a Usdróbal en medio, agasajándole a su manera y tratándole como si hiciese un siglo que anduvieran juntos, y cada cual le refirió sus proezas durante las dos horas largas que tardaron en llegar a las márgenes del Pirón, donde había una cueva en la misma orilla, de entrada muy estrecha y disimulada.

No pudo menos Usdróbal de horrorizarse de algunos hechos que le contaron, pero no había otro remedio, y hubiera sido mirado como una flaqueza manifestar el menor disgusto. Disimuló lo mejor que pudo, entró en la cueva, bajó una cuesta muy pendiente, guiado por el Velludo, y en un espacioso salón subterráneo, donde había algunas camas de hierba seca, durmió aquella noche con sus nuevos cofrades los bandoleros.

Capítulo 3

Hermosa cazadora
… … … … … … … … …
el cabello de oro suelto al viento
de rosas y de flores coronado,
¿eres Napea de este valle estrecho
que alcanza con ligero movimiento
al jabalí sediento
al jabalí sediento
y del ciervo la planta voladora?
HERRERA


Rondaba en torno dél un cuerpo muerto,
negra fantasma o sombra descarnada
… … … … … … … … … … .
… … … … … … … … … … .
… … … … … … y con amiga
caricia le adestró con ir delante
pidiéndole por señas que le siga.

VALBUENA

Apenas el sol brillaba en el horizonte cuando un confuso estruendo de bocinas, ruido de gente y estrépito de caballos, resonaron a la redonda por el pinar y anunciaron la grita y algazara que precede a una cacería.

—Arriba, muchachos —gritó el Velludo a su gente, que, ya despierta, estaba dando fin a un lechón de que había cenado la noche antes y vaciando algunas botas de vino, sentada a la redonda a la entrada de su habitación.

—Hoy tenemos que hacer —prosiguió—; y aunque la empresa no creo que sea arriesgada, pido, no obstante, que estemos alerta, no se nos escape la liebre.

Concluyeron su almuerzo, y todos se pusieron en movimiento muy alborozados con las noticias de su capitán, que, dirigiéndose a Zacarías, le llamó para que reemplazase en su empleo al catalán, que aquel día, a causa de su herida, tenía que quedarse de guardia. Zacarías llegó al Velludo con el rostro muy compungido y los ojos cubiertos de lágrimas, lo que habiendo notado éste, le preguntó qué le había sucedido que así lloraba.

—He tenido un sueño esta noche —le contestó, suspirando con voz muy tenue— que me tiene extremadamente afligido. ¡Ah!

—Pues entonces —respondió el capitán, sonriéndose— no me lo cuentes, y oye las órdenes que voy a darte, y dejémonos de maulerías.

—Es que en medio de mi sueño —replicó Zacarías, debilitando más el tono de voz y sollozando— he sentido que me llamaban. ¡Hi! ¡Hi!

—¡Vive Dios! —exclamó el Velludo no sin enojo—, que si venís a llorar ahora, que os haga yo que lloréis de veras.

—Placida, cuput exultit unda. ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! Mostradme la cara plácida —respondió Zacarías.

—¡Por la Virgen de Covadonga! —repuso enfadado, el Velludo—, pensad que no soy un ama de cría y que tenéis ya cerca de cincuenta años.

—Si os enojáis conmigo me callaré —replicó el hipócrita gimoteador—; yo sólo quería deciros… ¡Hi! ¡Hi!

Si no hubieran sido la destreza y habilidades de Zacarías tan útiles al Velludo, sin duda éste no habría aguantado su impertinencia, ni oídole llorar apenas, cuando le hubiese enjugado los ojos con el mango, si no con el filo, de su hacha, de modo que no hubiera vuelto a tener necesidad otra vez de nadie que le consolara, pero la conocida sutileza del viejo hipócrita para ciertos planes y su mucha destreza para ponerlos en práctica le hacían tan necesario a su capitán, que, viendo que persistía en llorar, tuvo a bien callarse y oírle, aunque no sin juntar las cejas de cuando en cuando, mover la cabeza, mostrar su impaciencia, interrumpiéndole con un «¡Hem!» u otra expresión de enfado más de una vez.

—Tengo que oíros por fuerza —dijo el Velludo—, decid lo que queráis, y breve.

—No gastaré mucho tiempo —repuso el dolorido moralista—, porque el diablo suele aprovecharse de aquel que pasamos ociosamente.

—¡Hem! Decid —interrumpió el capitán.

—Voy a ello… esta noche… , temor in anima, y no sé más Quare conturbas me? ¡Hi! ¡Hi!

—¡Hem! —volvió a exclamar el Velludo dando una patada en el suelo violentamente.

—Vino, como digo —continuó Zacarías—. ¡Ah! Si estuviera aquí el ermitaño que me enseño latín, ¡cuán oportunamente encajaría aquí sus textos!… ¡pero yo, miserable gusano! ¡Miserabilis!

—Adelante —gritó el capitán.

—¡Ah! Sí, no os irritéis. La ira… , aquí venía bien un texto, pero no me acuerdo; seguiré; vino la voz, y dijo: «¡Zacarías! ¡Zacarías!» Y creí yo que me llamabais vos, que habíais tenido alguna visión…

—¡Diablo! —gritó el capitán—. ¡Qué visión! Sigue. ¡Voto va!…

—¡Señor! ¡Señor! No os enojéis con vuestro humilde siervo. ¡Hi! ¡Hi! Paso adelante —prosiguió Zacarías—. Pues es el caso que siguió la voz diciendo: «El infierno se abre ya para devorarte, y no te basta para evitarlo el viaje que hiciste a Tierra Santa de peregrino, ni haber sido sacristán, ni vivir ahora en el Yermo, nada, si no predicas a tus compañeros y logras de ellos que no echen maldiciones, ni blasfemen, ni juren como acostumbran… » «Está bien, ¡yo lo predicaré! ¡Yo lo predicaré!», dije, y no oí más. ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi!

—¿Has acabado? —preguntó el capitán.

—Sí, señor; vuestro siervo no oyó más; pero es preciso que vos seáis el primero que os corrijáis del vicio de jurar a cada momento.

—Pues dame por corregido, y óyeme.

—¿Me lo prometéis?

—Te lo juro, y óyeme, que antes es la obligación que la devoción.

—A un mismo tiempo, señor, a un mismo tiempo —replicó Zacarías, enjugándose los ojos con los dedos.

—Está bien —contestó el Velludo—; tratemos ahora de lo que hay que hacer, y no canses. En primer lugar, hoy desempeñarás las funciones de teniente en vez del catalán, y dispondrás de la mitad de la tropa, dividiéndola en varias emboscadas por todo el pinar, acá y allá, según mejor te parezca. En segundo lugar, ¿no oyes? ¿Qué diablos estás ahí murmurando?

—Sí oigo —replicó Zacarías con su acostumbrada mansedumbre—; pero estoy al mismo tiempo repasando un texto.

—Pues como digo, seguirás sin perder de vista una joven… esto es, si va por donde tú estés: ya la conoces, la del castillo de Iscar.

—¡Ah!, sí, la que no quiere dar al César lo que es del César —contestó Zacarías—; es decir, la que se niega a un hombre tan santo como el señor de Cuéllar.

—La misma, pero no hay que mentar delante de ella semejante nombre ni aun por asomo —respondió el Velludo.

—Entiendo —replicó el gazmoño—, entiendo lo que se quiere.

—Para esta noche ha de estar ya en mi poder, cueste lo que costare, aunque el de Cuéllar me ha encargado que no se haga nada a la fuerza y procedamos con astucia en todo.

—Se hará —respondió Zacarías— como deseáis.

—Sin hacerle daño alguno —replicó el Velludo—, ni tocarle al pelo de la ropa, aunque de esto yo cuidaré, porque ninguno de vosotros es de fiar; y cuidado que el que tenga la suerte de apoderarse de ella le haga el menor mal, porque de un hachazo haré yo que le bailen los sesos. Ahora llévate la gente que necesites y ve arreglando la emboscada por la parte de la derecha al otro lado del convento, que yo me voy por la izquierda. Si pudiera ser, sería mejor evitar un encuentro con los cazadores y retirarnos a la cueva al momento que se haga el robo.

—Se hará como deseáis —respondió Zacarías con mucha humildad— y vuestro siervo os obedecerá; servum erat… erat… ¡Maldita memoria la mía! Me alegro de hacer este servicio al señor de Cuéllar, que tiene trazas de ser un bendito.

Dicho esto contó su gente, llevándose seis hombres consigo, y entre ellos a Usdróbal, predicándoles por el camino que no jurasen, sino, al contrario, imitasen su devoción, no dejándose tentar del demonio, etc.; y el Velludo, seguido de su mastín, echó a andar con otros tantos hacia la parte opuesta del bosque.

En este tiempo los cazadores habían soltado los balcones, que, ya remontándose hasta las nubes, ya deteniendo el vuelo, ya desprendiéndose por los aires, habían levantado una garza que perseguían.

El tropel de los caballos lanzados a la carrera resonó al punto por todo el bosque, y Leonor de Iscar, que acompañaba efectivamente a su hermano, como el halconero avisó al Velludo, no había sido la última que a rienda suelta seguía el vuelo del pájaro cazador, muy ajena de la celada que le preparaban. El estrépito que traían dio a conocer al Velludo el camino que debía seguir sin ser visto, aunque más de una vez, oculto entre las ramas, vio pasar la divertida tropa no lejos de donde estaba, y la rubia cabellera de Leonor, que ondeaba suelta en elegantes rizos sobre su espalda, brilló como un rayo de sol entre los árboles a los ojos del bandolero. Seguida de su hermano y algunos otros, aguijaba un generoso caballo tordo con tanta bizarría y atrevimiento como el cazador más experimentado, y a su agilidad y a la presteza de su carrera se la habría podido tomar por una sílfide, volando en alas del viento, llena de belleza y de gallardía. Cualquier mal paso que se ofrecía a su camino, cualquiera zanja, era ella la primera que la saltaba, a pesar de los gritos de su hermano, que trataba de contenerla, y con admiración de todos los que la veían; y su halcón, que había sido el primero lanzado sobre la garza, parecía querer imitar a su señora en el empeño con que la acosaba, de lo que iba ella no poco vanagloriosa. Ya se cernía sobre su presa con airosa confianza, o ya, calando de lo alto, se arrojaba con velocidad, mientras la garza, dando temerosos graznidos, buscaba en vano dónde acogerse de su enemigo. Por último, Leonor vio a su halcón caer sobre ella y venir ambos pájaros al suelo revoloteando.

Era entonces el momento de gloria para los cazadores, que miraban como un triunfo la dicha del que llegaba primero a arrebatar al halcón su presa. Todos en aquel momento espolearon a sus trotones con más ahínco que nunca, impeliéndolos con la velocidad del rayo, y cortando por diferentes caminos para llegar antes al sitio donde el halcón y su presa se habían derribado luchando. Leonor fue la primera que lo vio y la que primero arrojó su buen tordo por el sendero que se le presentó delante.

Ya unos a otros se atropellaban, trabajando éste por ganar y aventajar al que tenía a su lado, aquél por interponer su caballo y detener al que le seguía y trataba de adelantárse, y Leonor, sola delante de todos, volaba sin reparar en zanjas y precipicios. De repente el caballo de su hermano se precipita y llega a juntarse al suyo, y un hoyo hondísimo y de bastante anchura parece oponerse a su velocidad. Era preciso torcer a un lado o, de lo contrario, despeñarse en aquella sima, que no habría podido saltar el trotón de más ligereza. Ya iba Leonor a tomar la vuelta cuando, volviendo la cabeza para ver qué distancia llevaba a los que la seguían, ve el caballo de su hermano, furioso de la carrera, desbocarse y precipitarse, y, sin que bastasen a contenerle el freno ni la destreza de su jinete, abalanzarse desesperadamente hacia el precipicio. No era tiempo de pararse a reflexionar. Leonor lanza un grito, da vuelta de pronto a su palafrén y como un viento se pone entre su hermano y el despeñadero, coge la rienda del desenfrenado animal y, tirándole fuertemente de un lado, corta el ímpetu de su carrera y salva la vida de su hermano, dejándole, más que nunca, sorprendido de su agilidad.

Este suceso fue causa de un momento de detención; no obstante, Leonor se arrojó la primera a quitar al halcón la desdichada garza, apeándose de su caballo, y cuando los demás llegaron, ya el pájaro vencedor pulía las plumas de su pecho airosamente posado en la mano de la intrépida cazadora. Alzaron todos mil aplausos a su victoria, y Hernando (que así se llamaba su hermano) no pudo menos de abrazarla cariñosamente, jurando que le debía la vida.

—¿Y qué hubiera sido de mí en el mundo si te hubiese perdido? —respondió Leonor con una dulce sonrisa—; ¿a ti, al único apoyo que me ha dejado mi padre? Pero tú dices eso sólo por galantería.

—No, a fe de caballero —replicó Hernando—; tan cierto es eso como que nadie puede disputarte el triunfo en la caza, no sólo entre las damas, sino entre los más ágiles caballeros.

—¿Te burlas, Hernando? —respondió Leonor—. Te he visto más de una vez sujetar tu caballo a tiempo que me alcanzabas; pero dejémonos de cumplimientos y vamos a ver qué tal nos dan de comer estos buenos monjes que nos aguardan.

Diciendo así, con aquella gracia que presta la hermosura de una mujer a cuanto dice, saltó sobre su caballo con mucho donaire y delicada soltura, y habiéndola imitado Hernando, se encaminaron todos hacia el convento que a lo lejos entre los árboles se descubría.

Este edificio aislado, de que hoy día quedan algunas ruinas, estaba situado, yendo de Iscar a Cuéllar, a la derecha de los pinares sobre las márgenes del Pirón; su arquitectura gótica, sus puntiagudas torres y su fachada lóbrega y espaciosa correspondían al gusto del siglo en que se construyó, y solo en aquel desierto, era un asilo muy a propósito para los que deseaban retirarse a la soledad. Un extenso cercado, que servía de huerta, daba entrada a un cementerio, donde estaban enterrados los primeros poseedores del castillo de Iscar, y en que se contaban hasta veinte lápidas escritas con los nombres y hazañas de los ilustres abuelos de los dos hermanos. En otro tiempo había habido en aquel sitio una ermita dedicada a un santo célebre por sus milagros, pero la devoción y las limosnas de los señores de Iscar la convirtieron por último en un convento, engrandeciéndola con sus dádivas, y desde entonces todos los propietarios del castillo habían tomado a los monjes bajo su protección, habiendo hecho allí grabar las armas de su nobleza y establecido su panteón. A pesar de las vicisitudes de los tiempos, la fe y devoción de los habitantes de Iscar no había perdido nada de su primer ardor. Y así Hernando como si, hermana acostumbraban de tiempo en tiempo a ofrecer a Dios en aquel templo oraciones y a visitar los sepulcros de sus antepasados.

El abad, a quien de antemano habían avisado, los aguardaba ya en una habitación fuera de clausura en el vestíbulo del convento. Había hecho disponer allí una abundante comida para los señores, mientras para los criados se preparó el banquete a la sombra de los pinos con la misma abundancia, aunque con menos preparativos. Todos los pobres de los alrededores habían acudido al gaudeamus que les esperaba, porque en tales festines tenía todo el mundo entrada libre, el vino iba a cántaros y el regocijo era general.

Los señores de Iscar, cuando llegaron, fueron recibidos con mil vivas de los parásitos que aguardaban hartar su hambre a costa ajena aquel oía, y el abad del convento, hombre respetable por sus años y grave aspecto, salió a recibirlos acompañado de otros padres, y en llegando a ellos los saludó inclinando la cabeza ligeramente:

—El Señor sea con vosotros.

Ambos hermanos, apeándose de sus caballos, hincaron rodilla en tierra y le besaron la mano, uno después de otro, con mucho respeto, y el abad, levantándolos con majestad y como acostumbrado a recibir semejantes muestras de consideración, los llevó a la iglesia para que orasen.

—Ya, hijos míos, que habéis venido hoy a visitar los humildes siervos de Nuestro Señor —dijo el reverendo—, os pagaremos con la mejor voluntad la honra que nos hacéis, porque en la mesa del pobre no hallará el rico lo que arroja de la suya para sus perros.

—Señor —respondió Hernando—, si esta mansión es, agradable a Dios, ¿por qué no lo ha de ser para los potentados de la tierra?

—El que se humilla ante Dios será ensalzado.

Entraron luego en la iglesia, arrodillándose todos, y rezaron sus oraciones. No obstante el recogimiento de la hermosa hermana de Hernando, no pudo menos de distraerla y admirarla el éxtasis de un hombre que, a poca distancia suya, ya se golpeaba furiosamente el pecho, ya besaba la tierra, o ya, puesto en cruz, parecía como enajenado. Era alto, seco y amojamado, y no era la primera vez que aquel día se había presentado a sus ojos, figurándosele, y no sin fundamento, que le había visto ya en el bosque tan cerca de ella, y siguiéndola a todas partes, como si fuese su sombra. A despecho de la humildad que manifestaba, su apariencia no le era muy favorable, teniendo más trazas de hipócrita consumado que de verdadero religioso, y, sin saber por qué, Leonor sintió cierta repugnancia al verle, que no pudo menos de comunicar en voz baja a su hermano. Pero éste, sin reparar casi en él, le contestó que era una simpleza tener miedo de un hombre que sería, sin duda, algún pobre atraído allí por el olor del banquete como otros muchos. Con esto Leonor quedó tranquila, o aparentó quedarlo, y al tiempo que estaban en todo el fervor de su devoción, el supuesto padre vino andando de rodillas hacia ellos, como si quisiera llegarse así hasta el altar en un éxtasis tan profundo que sin reparar en Hernando tropezó con él, de lo que éste muy irritado, y sin poder contenerse, indignado de la torpeza de aquel villano, le dio un empellón sin mirarle que le arrojó de sí haciéndole caer en tierra. Pareció el pobre llevar este golpe con resignación yéndose a otro lado al instante, sin interrumpir sus rezos al parecer, donde después que estuvo en oración algunos minutos se levantó y salió de la iglesia andando de espaldas hacia la puerta.

De allí a un rato, Hernando, su hermana y el abad salieron también de la iglesia, y cuando entraron en la sala del comedor, Hernando echó de menos un rosario de oro que llevaba colgado al lado, y que no pudo hallarse por más que se buscó en todas partes.

Sin duda el pobre se lo había llevado por equivocación. Pero este suceso, no habiendo alterado en ningún modo la alegría de los convidados, el abad bendijo la mesa, y los dos hermanos se sentaron a la cabecera mientras que algunos otros gentileshombres de su comitiva se colocaron a los extremos.

—¿Y qué tal, buen padre, ahora que no interrumpen las armas la paz de vuestro retiro —preguntó Hernando al abad—, se ha repuesto el convento de las pérdidas que sufrió en las últimas disensiones?

—Dios prueba al justo en las tribulaciones —respondió el abad—, pero ahora que se ha servido dar la paz a sus reinos, gozamos de bastante tranquilidad.

—¿Y vos creéis que esta paz sea duradera?

—Nosotros al menos lo deseamos —replicó el abad.

—Pues yo no —repuso el señor de Iscar—; ni lo deseo, ni creo tampoco que el usurpador del trono de su padre goce largo tiempo del poder que con tan poca razón ejerce, y día llegará…

—Hijo mío —interrumpió el abad—, los caminos de Dios son desconocidos al hombre; cuando yo en otro tiempo vestí la cota en vez de la cogulla, no deseaba menos que vos la guerra, pero era contra los infieles enemigos de la religión y no contra mis propios hermanos, como ha sucedido ahora, y como esperáis que vuelva a suceder dentro de poco tiempo.

—¿Y vos, que habéis recibido tantos agravios de uno de los primeros favoritos del rey don Sancho, quiero decir de Rodrigo Saldaña, que tanto ha perseguido vuestro reposo, cómo no deseáis vengaros de vuestros enemigos? —exclamó el joven señor de Iscar con impetuosidad.

—La venganza es un sentimiento profano que no entra nunca en el pecho del humilde siervo de Dios —repuso el abad—, y el señor de Cuéllar desaparecerá como su impío padre, y sobresaltarán su vida los remordimientos.

—Así es —dijo Leonor—, que he oído decir que Sancho Saldaña no tiene una hora de tranquilidad. Hernando y yo le hemos conocido cuando éramos aún niños, y ¿quién había de pensar que aquel Saldaña sería el mismo que hoy hace hablar de su impiedad en todos estos contornos?

Poco después de esta conversación, y habiéndose levantado de la mesa los dos hermanos, salieron al campo y Leonor repartió entre los pobres que más infelices le parecieron algunas monedas que llevaba para el efecto. Colmada de bendiciones de los ancianos, y admirada de los jóvenes por su belleza, volvía ya adonde su hermano y el abad disputaban sobre el derecho que tenía a la corona Sancho el Bravo, rey de Castilla en aquella época, cuando notó que una mujer cubierta de pies a cabeza de una almalafa o capa morisca, cuya capucha le cubría el rostro, la seguía tirándole del vestido como tratando de detenerla. Ya había vuelto Leonor la cabeza más de una vez a mirarla, y habiéndola tomado por una pobre, le había dicho con dulzura que se retirase y no la molestase más, pues había dado para todos la limosna que le pedía. Pero no por esto la impertinente pobre dejaba de seguirla sin querer separarse de ella, y tirándole del vestido cada vez con más fuerza. Viendo Leonor su tenacidad, creyó sería alguna más infeliz que las otras que no tenía bastante con lo ya dado, y sacando una moneda de oro, alargó la mano para dársela sin pararse. Pero cuál fue su sorpresa viendo que aquella mujer que con tanto empeño la perseguía, y que ella creía una de las más miserables, se negaba a recibir el dinero que habría llenado de regocijo al más descontentadizo mendigo.

—Mujer —le dijo entonces— ¿qué quieres de mí?, ¿ni qué otra cosa puedo yo darte?

—Yo no quiero ni necesito nada de ti —le respondió una voz suavísima en tono tan bajo que Leonor tuvo que acercarse para oírla bien—; al contrario —prosiguió—,vengo a hacerte un favor; no desoigas la voz del que habla en mí, y si no quieres antes de la noche que se trueque en lágrimas tu alegría, retírate ahora mismo a tu castillo y no vuelvas a los pinares, porque hay quien te cela, y sigue, y te ojea, y antes de tres horas te tendrá en su poder.

En diciendo esto se retiró y ocultó entre la confusión de la multitud, sin que Leonor, que había quedado atónita y sorprendida, pudiese seguirla ni aun preguntarle quién era el que así la seguía y trataba de robarla cuando parecía más arriesgado que nunca intentarlo, en un día en que iba rodeada de un séquito numeroso y pronto a sacrificarse por ella. En medio de estas reflexiones la buscaba, no obstante, vanamente, preguntando por ella a cuantos hablaba, sin poderla encontrar en ninguna parte, no habiendo visto nadie semejante mujer, lo que aumentando el misterio redoblaba su curiosidad.

El hombre seco y devoto que había sin duda robado el rosario de oro a su hermano en la misma iglesia, era el único que ella había visto algunas veces a su entender como si la observara; pero fuera de que un hombre solo no podía acometer semejante empresa, hubiera sido ridículo creer capaz de ella a un viejo villano a quien Hernando de sólo un leve empellón habría hecho rodar por tierra. Sin embargo, un secreto presentimiento la molestaba cuanto más se decía a sí misma:

—¿Qué fin podría llevarse esta mujer en engañarme tan neciamente? Lo mejor será decírselo a mi hermano y dejar para otro día la prueba de los galgos, que harto tiempo queda para correr una liebre. ¿Y si se mofa de mi, diciéndome que creo en brujerías? ¿Y si piensa que desdoro mi linaje y me reconviene de tener temores indignos de una dama de mi jerarquía? No, no se lo diré, él dispondrá lo que guste, y cúmplase la voluntad de Dios.

Pensando así, y esforzándose a disimular el sobresalto que a su despecho alborotaba su corazón, llegó adonde su hermano, que ya había concluido su disputa con el abad, examinaba dos galgos nuevos, hablando con un montero mientras se disponía todo para probarlos. Estaba tan ocupado de su diversión, que no percibió la mudanza del rostro de Leonor, que en vano se animaba interiormente a sí misma y procuraba disfrazar su sobresalto bajo la máscara de la alegría.

—Veremos si esta tarde —le dijo Hernando volviéndose a ella con muestras de mucho contento— te llevas la palma en la caza de liebres, como esta mañana en la del halcón.

—Mejor sería —le respondió su hermana con timidez— dejar para otro día la prueba…

—¡Cómo! —repuso su hermano—; ¿tú, la reina de la caza, y que aguardabas esta tarde alcanzar nuevos triunfos, quieres retardar ahora la prueba de los dos mejores galgos que han acosado una liebre?

—No… , pero… —replicó Leonor sin saber qué decir—, ya ves… el cielo está muy nublado, y por la parte de Olmedo parece anunciar una tempestad.

—Puede ser —le contestó Hernando echando una ojeada hacia arriba—; pero antes que la tormenta empiece habremos nosotros acabado nuestra faena, y al contrario, mejor, porque así el sol no nos molestará como esta mañana y el aire es más fresco.

—Entonces haz lo que quieras —dijo Leonor viendo que eran inútiles sus excusas—, pero te ruego que no te separes de mí durante la caza.

—¿Tienes miedo? —le preguntó su hermano riendo.

—No —replicó Leonor—; pero ya ves, así estaremos más cerca y podremos auxiliarnos en caso de algún peligro.

—Es cierto —repuso su hermano—; podrás tú auxiliarme a mí como esta mañana, que si no es por ti me desdeña el brioso en aquella sima.

En esto ya los cazadores estaban a caballo aguardando las órdenes de su señor, los perros alborotaban con sus ladridos, pudiendo apenas los monteros contener su alborozo, y los caballos, hiriendo, la tierra con sus ferradas manos, mostraban con sus relinchos y su inquietud el fuego que los animaba. Leonor y su hermano se despidieron de los buenos padres, y en particular del abad, que habiéndoles echado su bendición volvió al convento, mientras ellos, saltando a caballo, rompieron la marcha entre los gritos de la multitud, que aún se entretenía con los restos del banquete y algunas botas de vino, puestos acá y allá en diferentes corrillos sobre la arena. En uno de ellos estaba sentado el piadoso Zacarías, que cuando vio pasar a los dos hermanos tuvo buen cuidado de encogerse y agazaparse, ocultándose detrás del que tenía al lado, no gustando sin duda de darse a la luz a causa de su humildad. Luego que los hubo visto alejarse, dio en el hombro al bizco y al musulmán, entre quienes se había sentado, y, poniéndose en pie, tomó una bola diciendo:

—Hijos míos, vaya el último trago; tú, fariseo, levántate, y tú, hijo bizco, ve si puedes hacerlo también. No sé por qué bebes vino sabiendo que te hace mal. ¿No sabes que la gula es un enorme pecado? Es verdad que no has bebido arriba de diez cuartillos, pero si no te sienta bien, ¿por qué quieres tentar a Dios? Y tú, morisco, tampoco debías beber vino por tu religión; pero tú eres un moabita enemigo de Israel.

—Yo lo bebo a la salud de Mahoma —respondió el morisco—, y así no creo que lo lleve a mal.

—Vamos, vamos, ayuda a ese hombre —respondió Zacarías— y no perdamos tiempo, que ya viene la caza por este lado.

El morisco ayudó a su compañero a levantarse, que apenas podía abrir los ojos, y que puesto en pie se quedó con mucha gravedad mirándolos, y siguiendo con la parte superior de su cuerpo el movimiento pausado de una péndola de reloj.

—Cuida que no te vea el capitán —le aconsejó Zacarías—, no sea que te haga dormir la borrachera de modo que no vuelvas a despertar, y ve por dónde te escondes, y hasta la vuelta.

—Creo —le dijo el morisco— que con el vino se te han puesto los ojos derechos; adiós, hasta que se te pongan torcidos.

Zacarías y el moabita echaron a andar, dejando a su compañero apoyado en el tronco de un árbol hablando solo, y dando tales berridos de cuando en cuando, que atrajeron a su alrededor a los que ya no teniendo más que comer, hallaron para postre en su borrachera un agradable entretenimiento.

Entre tanto las dos divisiones de los bandidos habían ido poco a poco estrechando la distancia, viendo el punto que los cazadores habían tomado, sin perderlos nunca de vista, con la esperanza de que Leonor en el calor de la caza echaría por algún sendero sola, o acompañada a lo más de su hermano y alguno de sus servidores. En toda la mañana se les había ofrecido ocasión para poner su intento en ejecución, y el Velludo, ya desesperado de no poder cumplir la palabra que había dado al señor de Cuéllar, bramaba de coraje, sin haber querido probar bocado, dudoso ya si los embestiría con su gente y la arrebataría por fuerza. Era este el plan más acomodado al carácter del capitán, y el que, a dejarse guiar por su corazón, hubiera él llevado a efecto con más placer. Pero la promesa que había hecho al de Cuéllar encerraba justamente la cláusula de no ejecutar nada a la fuerza, y esto le tenía ligadas las manos, porque él sabía muy bien que así Hernando como su tropa no dejarían robar a Leonor sin vender antes sus vidas tan caras como pudiesen. Esto le traía pensativo, y mucho más viendo que Zacarías, el más ingenioso de los suyos, y en quien él, en asunto de tramoya tenía toda su confianza, no había ideado nada hasta entonces que le sacara de aquel apuro. Distraído así estaba y apesadumbrado, cuando poniendo por casualidad los ojos en su mastín, que estaba tendido al pie de un árbol, pensó que la astucia de aquel animal podía serle de utilidad.

Era este perro uno de los personajes más principales de la partida, leal a toda prueba y valiente como un león. Le había enseñado su amo a obedecer a la voz, entendiendo con tanta prontitud y haciendo tales cosas, que parecían increíbles si no tuviésemos en el día tantos ejemplos del instinto particular de estos animales. A una voz acometía y, se retiraba, reunía los bandidos donde le mandaba su amo, era un centinela incansable, cazaba como un lebrel, buscaba los rezagados en las noches oscuras y los conducía adonde estaban sus compañeros, atraía los viajeros perdidos y se los entregaba a su amo para que los despojase, siendo su inseparable compañero en todas las expediciones. La vista del perro le sugirió un pensamiento que reanimó su esperanza ya decaída, y haciendo llamar a los seis hombres que tenía en acecho, les ordenó reunirse y marchó con ellos al encuentro de los cazadores, habiendo enviado orden a Zacarías para que estuviese más vigilante que nunca, pues le iba a enviar la dama por aquella parte. El ladrido de los perros y el sonido de las bocinas indicaba el camino que seguía la liebre a la alegre tropa de Hernando, que, muy ajena del peligro de su señora, seguía a rienda suelta la pista. Leonor, sin embargo, temerosa aún del aviso de aquella mujer, no se entregaba a su diversión con el arrojo que había manifestado por la mañana, siguiendo siempre el camino menos espeso de árboles y al mayor número de cazadores, sin atreverse a separarse nunca, yendo siempre detrás de ellos en la carrera.

De repente Sagaz, a la voz de su amo, sale ladrando de entre los pinos, embiste a su caballo, y clavando los dientes en las ancas del animal le asusta y alborota de modo que poniéndose de manos coge el freno con los dientes, y sin poderlo sujetar la dama escapa dando botes arrebatado de todo brío, y sin cesar perseguido del inteligente mastín, que cada vez le acosa más, mordiéndole cuantas veces puede alcanzarle.

Iba Leonor, como hemos dicho, la última, y los cazadores, ocupados en perseguir la liebre, no vieron su apuro ni oyeron sus gritos por el momento. Su hermano, que nunca la abandonaba, fue el único que al ver su riesgo volvió su caballo con intento de favorecerla. Su primer impulso fue arrojar al perro la jabalina o lanza corta de que venía armado; pero ya fuese que el ímpetu de la carrera o la precipitación con que la arrojó no le dejasen tiempo bastante para apuntarle, la jabalina, sin herir en su blanco, quedó temblando clavada en tierra hasta la mitad.

La violencia del palafrén de Leonor obligó al señor de Iscar a lanzarse en su seguimiento a toda la furia del suyo, y así por esto como por ser el bosque muy espeso, por pronto que a su voz acudieron algunos de los suyos, no pudieron acertar el camino que habían tomado. El Velludo, viéndolos que volvían, mandó a su gente que dieran voces andando sin detenerse para atraerlos hacia otra parte, lo que haciéndoles creer que era aquel el camino que habían tomado sus amos, acabó de trastornarlos del todo, obligándolos a que siguiesen la dirección enteramente contraria. El sendero que primero se ofreció al desatentado caballo de la afligida Leonor era precisamente aquel donde se habían emboscado Usdróbal y Zacarías, y el Velludo no dejó de darse el parabién de haber salido adelante con su empresa cuando pensó que dentro de poco estaría la dama en poder de sus dos satélites. Entre tanto ya había sentido Zacarías el ruido de los caballos que se acercaban, y echando mano al cuchillo avisó a Usdróbal que se preparase.

—Hijo mío —le dijo—, ya llegan los enemigos; ten caridad, enfrena la ira; a sangre fría no hay que dejarse arrebatar de la cólera; tú cuidarás de la dama; pero ten cuenta que la carne es frágil, y no caigas en tentación. ¡Ahí están, hijo mío!

A ese tiempo, saliendo de donde estaban ocultos en el momento en que el caballo de la hermosa cazadora pasaba en toda la violencia de la carrera, Usdróbal se arrojó encima, y apoderándose de una rienda le hizo volver de pronto, haciéndole parar de golpe con tanta furia, que la dama perdió los estribos y estuvo a pique de caer al suelo. El caballero que la seguía metió entonces las espuelas hasta los talones a su caballo, tratando de libertarla; pero Zacarías, que aunque rayaba ya en los cincuenta era listo como una pluma, se interpuso entre él y la dama con tal presteza, dando el lado para estorbar que le atropellase, que le cortó al momento al animal los tendones del brazo con un cuchillo, haciéndole caer de golpe con su jinete.

—¡Bravo, Usdróbal! ¡La espada parece que es la de Absalón! ¡Ha echado por tierra al soberbio! —exclamó Zacarías enseñándole su cuchillo—. Monta a caballo y toma en brazos a esa dama, que se ha trastornado del susto.

—Vamos, hijo mío —y dando dos silbidos, se presentaron al momento el morisco y los otros dos que estaban ocultos en aquel lado.

—¡Perros! —gritó el caballero que había caído debajo de su palafrén, y forcejeaba por levantarse—: soltad esa dama, si no, voto a tal… juro… villanos… Pero no, venid, tomad mis tierras, mis castillos, mi vida; venid, yo os daré oro, todo os lo daré por ella, ¡infames!

—Vamos de prisa, hijos míos —dijo a Usdróbal el moralista—, porque yo soy, compasivo y me enternecen los lamentos de ese infeliz. En mí puede mucho la caridad: ¡vamos, vamos, que no vuelva yo a oír los gritos de ese pobre hombre, porque me rasgan el corazón!

—Por cierto —dijo Usdróbal conforme iban andando—, que la presa que llevamos vale más que el trabajo que nos ha costado ganarla.

—Usdróbal, hijo mío, no mires la belleza de esa dama —contestó Zacarías a tiempo que le echó él una mirada a hurtadillas, y no de lástima—. Las mujeres perdieron a Salomón. Señora, no lloréis —añadió dirigiéndose a ella—; Dios prueba nuestra paciencia en las adversidades, y si tenéis la conciencia limpia, no os debéis apesadumbrar por nada. Aquí no se os quiere mal; sólo que nuestro capitán es tan caritativo, que siempre está dispuesto a socorrer a las doncellas menesterosas. No es mala alhaja ésta —prosiguió, echando mano al collar de la dama—, yo no soy inteligente, pero…

—En verdad, maestro Zacarías —exclamó Usdróbal—, que como pongáis la mano en cualquiera cosa de esta señora, que a pesar del respeto que merecéis nos hemos de ver las caras.

—Por poco te enojas, hijo mío —respondió Zacarías—, y no sabes mucho de caridad cuando ignoras que la mejor ordenada empieza por uno mismo.

—Por ahora —repuso Usdróbal— no quiero atender a vuestras lecciones; me queda demasiado tiempo para aprender.

Y volviéndose a la dama, se esforzó a consolarla, excusándose como mejor pudo de su tropelía, y ofreciéndose por su defensor entre aquella gente. Hasta entonces había oído ésta sin notar casi lo que la pasaba, y en medio de su trastorno se había imaginado más de una vez que todo aquello era un sueño. Pero la voz de Usdróbal, dándole a conocer que su desgracia era cierta, le hizo al mismo tiempo tomar ánimo y, volviendo hacia él sus hermosos ojos llenos de lágrimas, mostró en ellos una expresión tan dulce de lástima y de dolor, que Usdróbal no pudo menos de jurarle que moriría primero que permitir la ofendiesen en su presencia.

—Yo os doy gracias, mancebo —le respondió Leonor con un eco de voz que penetró a lo más íntimo de su corazón—; yo os doy gracias, pero mi desventura no es menos cierta por eso. Con todo, aun hay una cosa que la haría menor si vos me quisierais informar de ella. ¿El caballero que me seguía, qué es de él? ¿Era suya la sangre que me parece que vi correr por su vestido al tiempo de su caída?

—Tranquilizaos, señora —repuso Usdróbal—, la sangre era de su caballo, y él vino al suelo sin más daño que haber caído debajo del animal. Fue un golpe maestro de mi caritativo director que aquí veis, incapaz de hacer mal a una hormiga si no es forzado de la necesidad, como él dice, y sin dejarse arrebatar de la cólera.

La dama pareció tranquilizarse, y aun animarse, con la noticia del caballero. Puso entonces los ojos con más cuidado en su defensor, que no quitaba los suyos de ella, y su juventud, nobleza y alegre fisonomía la hubieran acabado enteramente de tranquilizar si los hundidos ojos de Zacarías, su rostro seco y sin barba, su talante hipócrita y su paso de gato que va en acecho no le hubiesen dado a conocer al distraído devoto que la había seguido aquel día y tanto le repugnaba. Había éste echado delante un rato para servir de guía, y como descuidado de lo que pasaba detrás de él, iba, según su costumbre, entregado a sus oraciones con un rosario en la mano y los ojos bajos, y detrás venían el morisco y los otros hablando de su compañero el bizco, y riéndose de su borrachera. Era voz común entre los de su partida, que cuando Zacarías parecía más distraído y devoto sin levantar los ojos del suelo, veía y oía más que el que parecía más atento. A pesar del poco tiempo que hacía que andaba Usdróbal con él, su sola penetración le había enseñado a desconfiarse de todos sus gestos, palabras y movimientos, y así, aunque su deseo mayor era entablar con la dama una conversación útil tal vez para en adelante, el recelo que le inspiraba su director le hizo contentarse con soltar al descuido tal cual pregunta de cuando en cuando.

—Si yo supiese quién sois —dijo en voz muy baja a la dama, y conteniendo el paso de su caballo—, avisaría a vuestros parientes y amigos para…

—Usdróbal, hijo mío, ¿qué haces?; aguija presto —dijo a esta sazón Zacarías sin volver la cara y sin perder un paso—; no te dejes tentar del demonio de la concupiscencia; la carne es frágil.

—Voto a tal —murmuró Usdróbal—, que ese maldito hipócrita no parece sino que tiene hecho pacto con el demonio. ¿Vuestro nombre? —añadió en voz muy baja.

—Leonor de Iscar —respondió la dama.

—No creo, amado discípulo mío —interrumpió Zacarías continuando su camino, y en tono de voz muy dulce, sino que esa dama y tú os habéis conocido antes, o que tú, siguiendo mis lecciones, vas oyendo sus pecados y la exhortas a la paciencia.

—Así es como vos decís —repuso Usdróbal sin titubear—, trato de salvarla de las garras de Satanás (que te lleve a ti y a tu casta) —añadió más bajo.

En esto llegaron a la orilla del río a la entrada de la cueva, donde el capitán había vuelto ya con su gente, y se alegró mucho de la llegada de Zacarías.

La compañía no era de las más a propósito para una dama. Todos voceaban, todos hablaban a un tiempo, estaban comiendo entonces a la redonda, y ya habían apurado más de una bota de vino, y sólo se oían gritos por razones, amenazas y rústicos juramentos. Las diversas lenguas que hablaban, sus caras quemadas del sol, su traje, sus armas, sus maneras salvajes y las recias carcajadas con que celebraban de tiempo en tiempo sus dichos, todo contribuía a hacer más horrible la escena que se ofreció a los ojos de la delicada Leonor, que no pudo por menos de estremecerse considerando su situación y las gentes con que se hallaba. El Velludo se adelantó a recibir la dama con más muestras de cortesía que lo que prometía su apariencia, y habiéndola ayudado a apearse mandó a Usdróbal que echase pie a tierra diciendo:

—Tú, Usdróbal, cuidarás de esa dama; creo que de todos nosotros eres el que puedes tratarla con más atención.

—Así es —continuó Zacarías—, creo que no necesita de mis lecciones. Todo el camino ha venido predicándole un sermón acerca de la paciencia en los trabajos y la caridad hacia nuestro prójimo, con tanta madurez y elocuencia como podría hacerlo yo mismo. Y la dama, a lo que me pareció, le escuchaba con aire contrito y con tanta atención, que edificaba mirarla.

—Hola… —gritó el catalán, que había salido de su Cueva a recibir a sus compañeros—. ¡Lladre de donas!

—Señor —dijo la dama al Velludo—, si sois aquí el jefe, por Dios que mientras esté bajo vuestro poder que no permitáis se me ultraje. Sea cualquiera vuestro designio, yo os prometo un buen rescate si queréis devolverme mi libertad.

El aire de nobleza y resignación con que pronunció estas palabras no dejaron de sorprender al Velludo, acostumbrado a ver temblar siempre delante de él, no ya mujeres débiles, sino hombres intrépidos y forajidos. No obstante, en vano trataba Leonor de encubrir bajo una apariencia firme la turbación que agitaba su alma; una lágrima se desprendió a pesar suyo por sus mejillas, como una gota de rocío sobre la rosa de la mañana, y sentía su sangre helada mientras se esforzaba a mostrarse con tranquilidad.

—Yo, señora —respondió el Velludo—, no entiendo de obsequiar damas, cumplo con mi oficio en teneros apresada, y os aviso que en vano tratará de libraros el que lo intente, pero os juro por la bendita Virgen de Covadonga que el tiempo que estéis con nosotros seréis respetada de todos, o dejaría de llamarme Roque el Velludo.

—¿Y no puedo esperar más de vos? —preguntó la dama.

—Aunque me ofrecieseis el tesoro del rey de Marruecos no haría más que lo que os he ofrecido.

Alzó Leonor los hombros en muestras de resignarse a su desventura al oír las palabras del capitán, y no pudiendo más se sentó al pie de un árbol, y cubriéndose la cara con ambas manos derramó un mar de lágrimas agobiada de su pesadumbre.

—Buena cara tiene la muchacha, y ya me alegraría yo de hallarla en el paraíso cuando vaya allá de este mundo —dijo a este tiempo el morisco contemplándola con brutal codicia, y acercándose a ella para mirarla.

—Cuando tú dejes el pellejo colgado de algún árbol en este mundo —repuso otro de la compañía—, irás al infierno a acompañar a los diablos en sus quehaceres.

—Voto va Deu —gritó a esta sazón el teniente— que la moza es guapa, y tin una cara como una reina.

—Yo no sé por qué hemos de trabajar siempre para otros —dijo el morisco—, y nadie es mejor que nosotros, que tan buenos los he visto yo servir de pasto a los grajos, y estar colgados por los caminos.

—No, pues como no tuviera otro que la defendiese más que ese a quien se la ha encargado —dijo el bizco, que a duras penas había acertado con la cueva, saltándole aún el vino por los ojos, abierto de piernas y con una bota en la mano izquierda—, juro a Dios que todos se habían de ir a cazar hembras al otro mundo si antes que ellos no cataba yo de la caza. Vamos, reina mía, no esté vuestra merced tan triste; veamos esa carita de rosa —añadió, alargando una de sus callosas manos al rostro de la desdichada Leonor—, no estéis tan triste, que aquí los podéis elegir como peras.

Hasta entonces Usdróbal había sufrido la mofa que le había hecho sin decir palabra, y había reprimido el deseo de despertarle de su embriaguez. Pero cuando vio la mano grosera del bandido tocar a la dama, no pudo contener su cólera por más tiempo y alzando la mano le descargó la más recia bofetada que pudo engendrar su cólera, y dio con él a sus pies. Hecho esto, y antes que los otros tuviesen lugar de dar crédito a lo que habían visto, saltó sobre él, y echando mano a la espada se puso en estado de defenderse y ofender al que le acometiera. Algunos de ellos tiraron al punto de sus puñales, y hubiera ciertamente perecido víctima de su honradez si el capitán en este momento, esgrimiendo su formidable hacha en alto, no se hubiese arrojado en medio de la pelea.

—Alto, canalla —gritó con voz de trueno—, que en bebiendo una gota de vino no parece sino que todos los demonios del infierno están dentro de vuestros cuerpos. Voto a tal, que al que no envaine su espada le envainaré yo el hacha hasta los dientes en el cerebro.

Callaron todos atemorizados y pararon en su contienda, retirándose cada uno al puesto que ocupaba antes de la pelea.

—Bravo, Usdróbal —añadió el Velludo—; defiendes la dama como el mejor paladín. Estas buenas gentes —prosiguió, tratando de excusarse con la doncella— han bebido un trago de más, y hasta que yo no mate uno de ellos no sacaremos partido. Levántate tú, belitre —añadió, dando con la punta del pie al ladrón que había derribado Usdróbal, y cuyo vino había hallado allí su centro de gravedad—, y juro por la Virgen de Covadonga que al que vuelva a mentar esta dama le cierre yo la boca para mientras viva. Vamos, que ya va llegando la noche, y el cielo parece que anuncia una tempestad; entremos en nuestra cueva y descansemos hasta mañana.

Entraron todos en ella, y Usdróbal y el Velludo, ayudando a Leonor, la bajaron en brazos casi desmayada al sombrío recinto que servía de habitación a los bandoleros. La noche, entre tanto, había cerrado ya enteramente, adelantada por la tempestad, en medio de los estampidos de los truenos, que retumbaban en las concavidades de las montañas. Las tranquilas aguas del río corrían ahora con alborotado rumor en medio del silencio de la oscuridad, y el ruido sordo de los árboles agitados y el graznido de las aves nocturnas, que volaban a buscar un asilo contra la tormenta, presagiaban un espantoso huracán. De repente sus bramidos zumbaron entre los pinos, semejantes al estruendo que produce a lo lejos el motín y las voces de una populosa ciudad. El crujido de los añosos árboles, tronchados por la violencia del huracán, resonó de tiempo en tiempo, y cielo y tierra parecieron envueltos y confundidos en la furiosa discordia de los elementos.

Una lámpara moribunda ardía en medio do la cueva y derramaba su ondulante reflejo acá y allá sobre las feroces caras de los bandidos. Algunas camas de hierba seca sobre que estaban sentados o recostados era el único adorno de aquella triste mansión, y en una especie de hueco que parecía servirles de chimenea había un asiento a un lado, donde habían sentado la dama. Estaba Usdróbal más atento a cuidarla y a defenderla que si fuese la joya de su felicidad, y el capitán, a cierta distancia, teniendo a sus pies su perro, reposaba, tal vez con menos interés por ella pero no con menos cuidado. Algunas lágrimas centelleaban en los párpados de la desventurada Leonor, y, su belleza pálida pero angelical formaba un raro contraste con los semblantes cruelmente estúpidos de los ladrones. Hubiérase creído que era un ángel celeste que había bajado de la mansión de los justos a alegrar las regiones infernales con su presencia.

De tiempo en tiempo algún relámpago que penetraba velozmente al interior de la cueva, llenándola de lúgubre claridad y realzando la triste hermosura de la prisionera, redoblaba el horror que la rodeaba.

Los bandidos, como hemos dicho, en sus camas, hablaban unos con otros, excepto el capitán y Usdróbal; mientras el bizco y el caritativo maestro, que apartado de todos había cesado en sus meditaciones, dormían profundamente en un ángulo de la cueva.

—Buena noche hace para la maga que vive ahí cerca —dijo el morisco—, que esta noche parece que se ha desencadenado el infierno.

—Ella será quizá la que habrá movido la tempestad —dijo otro—, que ya la he visto yo en noches como ésta volar de pino en pino sobre una nube de fuego dando unos alaridos que os confieso que me estremecía al oírlos.

—Una noche me la encontré yo —dijo un tercero—, y llevaba tantas luces detrás y delante de ella, que parecía un entierro. Por cierto, que mientras pasó, que no iba media vara de mí, me acordé de los rezos del señor Zacarías y me pesó de no haber aprendido algunos, por lo que no pudiendo hacer más me estuve santiguando hasta que la perdí de vista.

—Pues yo —dijo el segundo que había hablado— propuse en mi corazón dejar esta vida y hacerme fraile; pero luego pensé que para que me llevase el diablo al fin de mis días lo mismo era este oficio que otro cualquiera.

—A mí darme una figa con la maga —gritó el catalán—, voto va Deu, que es una dona que no fa mal.

—Tú como ya eres diablo —repuso el tercero— no tienes miedo de tus compañeros, que todos sois lobos de una camada.

—No habléis así —repuso el ladrón anciano, y cuya cara llena de cruces indicaba que había visto de cerca más de una vez las espadas del enemigo—, no habléis así con mofa a estas horas, ni repitáis tanto el nombre del diablo. ¡Jesús me valga! —añadió santiguándose—, porque os puede suceder lo que le sucedió a un caballero, de quien fue escudero mi padre muchos años, y que se burlaba de todo.

—Vaya, contadlo, señor Tinieblas, y así pasaremos el rato —dijo el morisco.

—¡Cuento, compañeros, cuento! Hagamos corro —dijo el segundo bandido. Y reuniéndose todos alrededor del viejo, le rogaron que les contase la historia de su caballero, y el veterano, viéndolos a todos atentos, empezó luego de esta manera:

—Érase que se era un señor de Castilla, que era dueño del castillo de Rocafría y de otros muchos castillos, lugares y tierras, y capitán de más de trescientas lanzas. Tenía este hombre muy mala vida, y no creía en Dios ni en el diablo, y juraba que desearía verse a solas con Lucifer… ¡Jesús me valga! —interrumpió con voz más fuerte el historiador, y todos se estremecieron.

En este tiempo el mastín se había levantado de donde estaba, y con más muestras de miedo que de arrogancia se acercó a la boca del subterráneo, y en dando dos o tres ladridos volvió atrás todo trémulo, rabo entre piernas, y despidiendo aullidos tan prolongados y lúgubres que podían cuando menos entristecer el ánimo más esforzado.

—Silencio, Sagaz —le gritó su amo—: ¿qué diablos tienes que estás temblando?

El perro calló a la voz del Velludo y se volvió a echar a sus pies todo azorado, como si viese delante de él sueños o sombras de aparecidos, que era lo que se creía entonces cuando los animales, sin motivo aparente, se agitaban y entristecían.

—Me parece que oigo un ruido como de muchas cadenas —dijo uno de los ladrones.

—Es el viento, que grita con la voz de cien condenados —replicó el morisco.

—Pues como iba diciendo —continuó el veterano—, tenía este caballero amores con una dama, y no la podía alcanzar porque era muy honesta y hermosa, que me parece que la estoy viendo. Sucedió, pues, que yendo días y viniendo días, el caballero se desesperó, salió al campo y compró una cuerda para ahorcarse muy retorcida, e iba maldiciendo el día en que nació y la hora en que vio a la dama, y maldijo luego su alma y llamó al demonio. ¡Jesús me valga! —interrumpió de nuevo, persignándose como tenía de costumbre.

—Y como digo —continuó— que iba desesperado, se levantó de repente una tempestad tan negra que no se veía a sí mismo, y el viento era tan recio que tuvo que echarse al suelo más de una vez para que no lo llevase como una paja; un relámpago…

En este momento la luz del que penetró en la cueva fue tan viva, que deslumbrándolos y asustándolos interrumpió el cuento tercera vez. El trueno que le siguió pareció retumbar encima de ellos con tan continuado y espantoso estrépito, que no creyeron menos sino que desgajado el cielo en mil rayos se había desplomado, hecho piezas, hasta el centro de los abismos. Quedaron todos asordados y aturdidos por largo rato; y hasta el capitán y Usdróbal agacharon la cabeza como amedrentados. La dama besó una reliquia que traía pendiente de un collar, toda sobrecogida y llena de devoción. Zacarías, que estaba como hemos dicho durmiendo, se levantó de repente despavorido, se hincó de rodillas, y empezó a pedir perdón de sus culpas como si hubiese llegado su última hora. El bizco en medio de su letargo, empezó a gritar que callaran, que no podía dormir con el estrépito que traían, y que el suelo se había hundido por donde él estaba. Por último, pasado el primer susto e informado Zacarías de lo que era:

—Mala hora —dijo— es ésta para cuentos, y mejor sería que cada uno, como mejor supiese, rezase y examinase su conciencia poniéndose a bien con Dios.

—Así es —añadió el veterano—; pero el suceso de este hombre puede servirnos de ejemplo, y no será malo concluirlo ya que he empezado a contarlo.

En esto el viento había redoblado su furia y azotaba con pavoroso bramido la entrada de la caverna; los relámpagos se sucedían sin interrupción y el trueno dilataba su voz, estallando de tiempo en tiempo, con estampidos más horrorosos. Sagaz corría a un lado y otro de la cueva lleno de espanto, desatentado, todo erizado y aullando.

—Siento otra vez el ruido de las cadenas —exclamó el mismo que había primero esta observación.

—¡Santa María me valga! —gritó el veterano sobresaltado—. ¡La maga está entre nosotros!

—¡La maga! —gritaron todos a un tiempo, y huyeron a refugiarse al fondo de la caverna. Un espantoso fantasma vestido todo de negro, con una antorcha en la mano, se apareció en este instante. Sus ojos lanzaban llamas, su semblante era lívido, y sus brazos largos, secos y descarnados, semejaban a los de un desollado cadáver, mostrando todos sus músculos y ligaduras. Brillaba en medio de los relámpagos como un espectro rodeado de luz y vestido del nebuloso ropaje de las tinieblas.

—¡De profundis exaudime! —gritó Zacarías tapándose los ojos y volviendo la cara a un lado.

—¡Bendita Virgen del Tremedal! ¡Miserere mei Domino! —exclamó Usdróbal, levantándose todo azorado.

—¡Virgen de Covadonga! —gritó el capitán andando hacia atrás dos o tres pasos, mientras su perro temblaba con la cola baja, fijos los ojos en la fantasma, y aullando muy tristemente—. Por Santiago, yo te conjuro.

La maga entretanto tendió su mano izquierda a Leonor, que, pálida como la muerte y temblando, se dejó coger su derecha sin tener ánimo para desasirse, y agitando la antorcha y haciéndole señas que la siguiera la sacó medio arrastrando de la caverna, sin que ninguno de los bandidos reuniera bastante espíritu para oponerse.

Capítulo 4

Tal de mi afrenta y mi dolor cargado
en la seguridad nunca sosiego,
y en el sosiego siempre estoy turbado.
HERRERA


Fuéme la suerte en lo mejor avara:
sombras fueron de bien las que yo tuve,
oscuras sombras en la luz más clara.
DEL MISMO


Mal venido seáis, le dice,
alevoso a mi presencia,
hijo de padres traidores.

ANÓNIMO

A la izquierda y en medio del camino de Olmedo a Cuéllar, sobre una altura, se ven, aun hoy día, los arruinados torreones del antiguo castillo de Iscar. Sus primeros propietarios fueron los árabes, que manteniendo allí una guarnición respetable, se servían de él como de un punto central de comunicación entre dos pueblos de tanta importancia como eran Olmedo y Cuéllar en aquella época. Tuviéronlo después en tenencia, o como gobernadores por el rey, varios señores hasta que, arrojados los árabes de ambas Castillas, les quedó en feudo con todas sus dependencias a los ascendientes de doña Leonor. Todos ellos habían ocupado empleos muy principales, siendo tenidos en mucha estima por los reyes a quienes sirvieron, y que premiaron su mérito con honrosos cargos.

Pero, en el momento de nuestro historia, las últimas revoluciones habían oscurecido el brillo de su familia, debilitado su influencia y apocado su engrandecimiento, habiéndose declarado el jefe de ella por el partido de Alfonso el Sabio cuando las revueltas que armó su hijo, ambicioso de la corona. Sin entrar en las causas que pudieron hacer despreciable a los ojos de su pueblo un rey tan ilustrado y poderoso como don Alfonso, y tan respetado de los extranjeros, como para la inteligencia de algunos sucesos es preciso ofrecer el cuadro de la época a que se refieren, echaremos una ligera ojeada sobre la situación en que se hallaba entonces España. Las conquistas de los dos reyes de Aragón y de Castilla, don Jaime y Fernando el Santo, habían reducido la potencia sarracena a los últimos rincones de la Península, siguiendo a estos reyes la victoria por todas partes y extendiendo la fe y las armas cristianas con sus nuevos triunfos. Pero estas guerras, si bien aumentaron las fuerzas de los cristianos, enflaquecieron al mismo tiempo las de los reyes, no habiendo perdonado, particularmente el de Castilla, medio alguno para conseguir su loable empresa de librar toda España del yugo árabe, y habiendo consistido éstos en aumentar los furos y preeminencias de la nobleza, para que con mayor empeño le socorriesen. El orgullo de aquellos hombres, criados en las armas y belicosos por naturaleza, creció de punto desde entonces de tal manera que cada uno pensó igual su autoridad a la de su rey, y aun los hubo que se creyeron con derecho a vengar con las armas los agravios que de él recibieran, e incitaron los pueblos a la rebelión. Así que cuando convenía a su interés o engrandecimiento se aliaban unos con otros, dejando aparte sus diferencias particulares, y hacían temblar al monarca en su mismo trono, como sucedió últimamente a don Sancho, que a despecho de su genio e intrepidez tuvo que sosegar a buenas y un adular el orgullo del revoltoso don Juan Núñez de Lara por miedo de su influencia.

Con hombres tan poderosos y, pueblos avezados a sus antiguos usos y a seguir el movimiento de sus señores, tenía que lidiar Alfonso el Sabio al ceñirse la diadema de sus antepasados. Sus leyes, admiradas de las naciones extrañas y seguidas hasta hoy mismo en la nuestra, hallaron entonces tantos obstáculos, cuanto que todos temían que a su sombra el rey atropellase sus antiguos fueros y sus franquezas. El pueblo no consideró que de ellas emanase acaso su emancipación de los derechos del feudalismo; todos las miraron como enemigas, y el vulgo bárbaro y lleno de supersticiones, ora ridiculizaba a su rey, ora llamaba inquietud a su sabiduría. Añadióse, además, que las continuas guerras de su padre, habiendo agotado los tesoros reales, Alfonso X se vio obligado a remediar de algún modo la escasez de metálico que se sentía. Aumentó el valor de la moneda que mandó labrar, siendo de menos peso que la que había corrido hasta entonces, lo que, poniendo impedimento en el cambio, fue una de las principales causas del descontento general que se manifestó en su reinado. Tacháronle de avaro, siendo así que nunca ha habido rey más espléndido, y le motejaron de injusto cuando fue el primero en España que fijó el modo de administrar justicia.

En todas estas murmuraciones, de que nuestro historiador Mariana hace cuenta casi para acriminarle, tenía sin duda más parte la envidia y el interés sórdido de algunos particulares que la verdad; pero esparciéndose por los pueblos disponían el ánimo de muchos en contra suya, y como de la murmuración al desprecio no hay más que un paso, y de sentirlo a manifestarlo nada, bien pronto este rey, que podría citarse como modelo, se halló envuelto en discordias civiles, vio a su familia armarse contra él, y oyó vitorear al principal rebelde, su propio hijo, con el título de rey, que le concedía antes de tiempo la adulación. La muerte del primogénito don Fernando fue el motivo de esta última desgracia, que puso en término al sabio desventurado monarca de acogerse al mayor enemigo de los cristianos, el rey de Marruecos, para que le ayudara contra don Sancho. Este príncipe, que estaba por otra parte dotado de grandes prendas, apenas había muerto su hermano forzó, por decirlo así, a su padre a que le reconociese por heredero con perjuicio de los dos de La Cerda, hijos del príncipe primogénito. No es éste tiempo de disputar si la corona le tocaba a él, o pertenecía de derecho a los nietos de don Alfonso; pero no podemos dejar de decir que don Sancho mostró demasiada codicia de poseerla. Su bravura, su liberalidad, su cortesanía y buena maña influyeron de tal manera en los ánimos de los castellanos que la mayor parte siguieron sus estandartes, y así los nobles como los eclesiásticos de más nota abrazaron su partido, formando con él una especie de comunidad, como manifiesta el acta de lo resuelto en las Cortes de Valladolid el año de 1828. Sus hazañas y sobre todo la fortuna que, como decía Carlos V, gusta más como mujer de favorecer a los jóvenes que a los viejos, hizo de modo que el mayor número se declarase en contra de la razón, y que a pesar de los esfuerzos de don Alfonso y de la excomunión lanzada contra el mal hijo por el pontífice, la victoria diese al fin el color de la justicia a las pretensiones de Sancho el Bravo. Murió en estas agonías don Alfonso, y sus nietos quedaron excluidos de la corona, habiéndoles obligado a vivir en Játiva por un convento hecho con el rey de Aragón; y don Sancho, que hasta entonces por burla o hipocresía se había contentado con el título de infante mientras vivió su padre, subió al trono después de haber hecho enterrar suntuosamente como rey al que había arrebatado la corona mientras vivía.

Quedó España, como es de suponer, al cabo de esta discordia tan trastornada y revuelta, que al principio del gobierno de Sancho puede decirse reinaban en su lugar más que sus órdenes los furores de la anarquía. Los odios más inveterados renacieron en el trastorno de la revolución, renováronse las pretensiones de la ambición, y los robos, los desórdenes y todos los crímenes juntos hallaron ancho campo en que desplegarse, habiendo incendiado la antorcha de la discordia desde el palacio del soberano hasta el pacífico hogar del labrador. Bastaba que una familia se declarase por un partido para que la otra se decidiese por el contrario; así que la guerra seguía aun después de la muerte de don Alfonso, y cada castillo, cada pueblo era un campo de batalla donde a sombra del interés público combatían el rencor, la codicia y la ambición de algunos particulares. Las hordas de ladrones, que infestaban los caminos descaradamente, estaban protegidas de oculto por los señores, que se valían de ellos para las acciones que un resto de vergüenza les impedía cometer a las claras, haciendo instrumentos de su amor o de su venganza a la escoria de la sociedad.

Tal era la situación del país cuando don Jaime de Iscar se retiró a este castillo, no habiendo querido doblar la rodilla delante del nuevo rey como habían hecho el mayor número de los partidarios de don Alfonso, y haciéndose tachar de sus enemigos como defensor oculto de los de La Cerda. De todos sus señoríos sólo había conservado este castillo, habiendo perdido el resto de sus posesiones en el tumulto de la guerra civil.

Quedó, pues, arruinado y declarado rebelde por el partido del vencedor, y el viejo caballero, que había seguido constantemente la suerte de Alfonso el Sabio, recibió por premio de su lealtad el sentimiento de verse al fin de sus años sin tener más que dejar a su posteridad que el esplendor de su sangre y el mucho más brillante aun de una larga vida gastada en defensa de su patria y de la causa noble de la justicia. Dos hijos que tenía, y algunos veteranos llenos de heridas y cubiertos de canas en su servicio, fueron los únicos compañeros de su destierro. Su hijo mayor, Hernando, tenía entonces veintitrés años y había hecho sus primeras armas en la última revolución y al lado de su anciano padre. Su juventud, su valor y el porte y continente de su persona, hacían que el generoso don Jaime fundase en él las esperanzas de su casa y la gloria de su nombre para lo futuro; pero la ternura, el gozo de su corazón, la alegría de sus canas era una hija que tenía entonces diecinueve años y reunía a una hermosura poco común todas las gracias de su sexo, toda la gallardía de la juventud y un carácter tan dulce y suave como lleno de entereza y de majestad. Era el ángel consolador de los pesares de su anciano padre.

Cuando éste, poseído del descontento natural a su avanzada edad y perdonable en un desgraciado, se entregaba a pensamientos tristes, la vista de Leonor bastaba a disipar enteramente sus penas, y una caricia de su hija era para su corazón el rocío de la tranquilidad, que renovaba el brío de su alma marchita por los años y las desgracias. Pero como al fin la mano de la muerte…

nos corta a todos de vestir un paño, sin hacer diferencia en la medida,

como dice uno de nuestros poetas, y sin que basten a ablandar su encono las lágrimas de la orfandad ni de la hermosura, las enfermedades del anciano se aumentaron por último con sus disgustos, y el día que recibió la nueva de que le declaraban rebelde murió de pesadumbre y en brazos de sus hijos a poco tiempo de su destierro. Quedó Leonor huérfana y bajo la guarda y tutela de su hermano Hernando que, aunque duro de carácter, la amaba con todo su corazón. Fortificado éste en su castillo, bien provisto de víveres y defendido por los leales guerreros que habían seguido a su padre, no tenía que temer ningún asalto de aquellos a que estaban expuestos en tiempos tan revueltos los que eran declarados rebeldes por el partido de Sancho el Bravo.

Pero un enemigo más temible que todas las partidas de bandoleros y todas las órdenes de la corte amenazaban turbar la paz del corazón de Hernando, el reposo de sus gentes y la seguridad de su hermana. Un amigo íntimo, mirado ya como enemigo por la diferencia de los partidos y el rencor inherente a las revoluciones, acabó de convertirse en enemigo mortal de su tranquilidad.

El señor de Cuéllar, Sancho Saldaña, de quien ya más de una vez han hablado algunos personajes de nuestra historia, poseía en aquella época el soberbio castillo que hay en este pueblo, y se llamaba entonces el de la Rosa. Era el señor más poderoso de todos aquellos contornos, extendiéndose su poder sobre la mayor parte de las poblaciones que ahora forman el partido de este corregimiento hasta el Duero, cerca de Valladolid por un lado, y por otro hasta Segovia y muchas leguas a la redonda. Su padre, que había sido compañero y amigo íntimo de don Jaime hasta la rebelión de don Sancho (en que como se ha dicho tomó cada uno su partido), había ganado muchas de estas tierras de los partidarios de don Alfonso entrando en ellas a fuerza de armas, vinculándolas en su provecho y extendiendo de este modo su poderío.

Así por esto como por haber sido antes amigos y no haber seguido contra su opinión las armas de don Alfonso, cobróle tal aborrecimiento el viejo don Jaime que el nombre de Saldaña era para él más villano que el del más ínfimo bandolero y, llevado de su tenacidad, se negó a oír cuantas proposiciones de paz le hizo en todas ocasiones su compañero. Añadíase a esto lo que del hijo, dueño absoluto ya de tan cuantiosos bienes, publicaba la fama en aquellos pueblos. Teníanle unos por asesino y cruel, otros por cobarde; tal le creía temerario, aquel le juzgaba bueno, y mientras no faltaría alguno que le tenía por generoso, otro le tachaba de miserable y la mayor parte creían al ver su rostro, siempre tétrico y melancólico, y su amor a la soledad, que ora algún demonio revestido de figura humana por algún tiempo, que sentía ver acercarse la hora en que había de desaparecer para siempre y volver a los fuegos de que había salido.

Ayudaba a creer esto que su padre había sido enterrado secretamente, y que era voz pública se aparecía de noche en las bóvedas del castillo, y sobre todo la repentina desaparición de una hermana suya, que, aunque de mucha belleza y sin el ceño y cruel aspecto de Sancho Saldaña, también la habían visto siempre triste, melancólica y pálida, como una estrella próxima a obscurecerse. Añadíase, además, que nadie de afuera sabía la verdad de lo que pasaba dentro de la fortaleza; tal era el silencio que reinaba en habitadores, y que todos hablaban únicamente por conjeturas, lo cual hacía que se exagerasen los hechos e inventasen algunos, adornándolos con tan increíbles sucesos y tan ponderados, que el pasajero se llenaba al oírlos de espanto y curiosidad.

El padre de Sancho Saldaña había cautivado una mora muy joven en una de sus correrías, que había quedado desde entonces en el castillo, y éste era otro tema que daba no menos materia que los anteriores a infinitos cuentos y hablillas. Imaginaban algunos que esta cautiva era una artificiosa bruja que por sus encantos y sortilegios había hechizado al hijo del difunto señor de Cuéllar, mientras otros aseguraban que era el genio maléfico y enemigo de la familia, disfrazado en aquel traje, que conspiraba continuamente en su destrucción. En fin, todo era misterioso en el castillo, y todo era misterio cuanto acerca de él se hablaba en sus cercanías. Hoy mismo al mostrar sus almenadas torres al caminante, y sus muros cubiertos de musgos donde asoma ahora el pintado lagarto su fea cabeza, o corre la rápida lagartija entre derribadas piedras, vestido el suelo de hierba y vil cascajo, el paisano, cuando refiere las tradiciones de este castillo, habla todavía con misterio de aquella época sembrando su relación de fábulas y milagros.

Habían pasado Sancho Saldaña y su hermana la primera parte de su juventud al lado de Leonor y Hernando dividiendo con ellos sus juegos con todo el candor y aquella jovialidad con que son amigos los jóvenes. Tenía poco más o menos la edad de Hernando, y sus padres, acostumbrados a mirar los hijos de cada uno como propios suyos, miraban con gusto el cariño que Sancho tenía a Leonor, prometiéndose uno y otro a sí mismos de unirles en cuanto llegasen a la edad precisa si seguían, como hasta entonces, mirándose con afecto. Cumplió Leonor catorce años, y Sancho tenía dieciocho cuando, cesando los juegos y la confianza de niños, entró a galantearla ya como caballero, mostrándose suntuoso en festejos y haciendo en su honra sus primeros hechos de armas.

Era entonces Saldaña el joven más bizarro y galán de la corte, el de más donaire en las danzas, el más arrojado y venturoso en las armas, como Leonor era entre las damas la gala y la flor de la hermosura y la gentileza. No podía menos Leonor de ver con gusto su nombre en mil cifras, célebre ya en los torneos, de oír con placer mil músicas y trovas en su alabanza y saber que era envidiada de las hermosas; pero ya fuese por falta de sensibilidad, ya, lo que es más probable, a causa de sus pocos años, se contentó de mirar con agrado los obsequios de Sancho Saldaña, sin sentir por él otro afecto que el de la amistad y el que concede el amor propio de una dama lisonjeada.

Con todo, nadie había que no creyese tan efectuada esta unión como si hubiesen recibido ya la bendición de la iglesia, y sin duda habría sido así si la rebelión de don Sancho contra su padre no hubiese separado las dos familias, llevándolas, como hemos dicho, a diferentes partidos, deshaciendo sus planes para lo futuro y dejando burladas sus esperanzas y las de los que, dando todo por hecho, habían ya asegurado más de una vez que habían visto los contratos matrimoniales. Todo cambió desde entonces, y habiéndose retirado padre e hijo a su castillo de Cuéllar, este último conoció allí a Zoraida (que era el nombre de la cautiva), y quedó por ella perdido de enamorado. Olvidó, pues, a Leonor, olvidó todo, y en menoscabo suyo se entregó a su nueva pasión con tan desenfrenada locura que no hubo crímenes que no cometiesen sus arrebatos, de cualquier género que puedan imaginarse, ciego con los hechizos de aquella mujer, que no parecía complacida sino teniéndole siempre al borde del precipicio.

Rodeado de crímenes, entregado a un solo pensamiento en el mundo, lleno de hastío, ansioso de algo que nunca podía encontrar, desasosegado en el sosiego, agitado de tristes imaginaciones y, finalmente, cargado de penosos remordimientos que sin cesar le seguían y atormentaban en todas partes, llegó, en fin, a hartarse de la ponzoña que en copa de oro le presentaba la máscara del deleite, y a odiar al fatal objeto de sus amores con tanto más aborrecimiento y más furia cuanto le había amado con más delirio. Volvió en sí, y no pudiendo encontrar nada que bastase a satisfacer sus deseos, a consolar su tristeza, a hacerle olvidar sus remordimientos, se halló en la flor de su edad con un alma árida como la arena, y velado ya su rostro con la sombra de los sepulcros.

En vano buscaba en las diversiones que su opulencia podía ofrecerle el alivio a sus penas, que deseaba. La música servía sólo para entristecerle, los cantares más alegres, las trovas más dulces le fastidiaban, la alegría de los bailes le inspiraba el despecho, y el lujo de los torneos, las voces, el rumor del gentío y los ojos de las hermosas eran para él vastos desiertos donde se perdía sin hablar con nadie, solo siempre con sus pensamientos en medio de la multitud. Se hubiera creído al verle distraído, melancólico y solo en medio de los placeres, que era la sombra de un hombre que vagaba acá y allá sin destino, o una estatua sepulcral arrancada de la tumba que adornaba, e impelida de algún resorte oculto que la movía. La pasión que había tenido a Zoraida había agotado en su corazón las fuentes del sentimiento, y sólo le había quedado fuerza para sufrir y memoria para hacer eterno el gusano que le roía.

Fastidiado de los placeres, se entregó a toda clase de vicios para sepultar en el delirio del juego o en la embriaguez el tormento que le hostigaba. Pero ni la ganancia le alegraba ni la pérdida le entristecía, mientras el vino, lejos de borrar de su fantasía las imágenes de su tristeza, poniéndole en el estado de inercia absoluta a que reduce este vicio generalmente o comunicándole el júbilo con que trastorna y alienta el ánimo más caído, le entregaba más profundamente a todo el horror de sus pensamientos.

Entonces fue cuando, siguiendo el impulso natural al hombre de buscar su felicidad, recordó a su olvidada Leonor, propuso reformar su vida, halagó un momento sus penas con las dulces memorias de su juventud y el recuerdo de los días en que, lleno de gozo, sintió el inocente fuego del amor puro a vista de su hermosura. Nada prueba tanto el poder de la virtud como el homenaje que le tributa el vicio, y el hombre más criminal es el que admira más la inocencia, y el más corrompido suele ver con enfado las costumbres estragadas de los demás y gusta tanto del candor que, a veces, ya que no puede hallarlo en las personas que le rodean, exige al menos las apariencias.

Sancho Saldaña estaba ya harto de libertinaje, y creyó que sólo Leonor, el encanto de sus primeros amores, podría volverle la paz que había perdido, y sintió renovarse en su pecho, ya que no su primer amor, al menos un sentimiento más dulce que los que le habían agitado hasta entonces. Su alma se abrió al soplo de la esperanza por un momento, y la idea de un enlace dichoso que pusiera fin a su inquietud en brazos de Leonor y en medio de caricias desconocidas todavía para él, era tan halagüeña que a veces llegaba hasta ahogar, en algún modo, los gritos de su agitada conciencia.

Resolvió, pues, pedírsela por mujer a su padre, que aun vivía, y volviendo a vestir las ya casi olvidadas galas, ordenó a sus pajes y escuderos que se adornasen y engalanasen, disponiendo al mismo tiempo los mejores caballos de sus cuadras soberbiamente enjaezados. Un rayo de luz brilló en su encapotada frente por un momento, bien así como un rayo de sol entre las nubes de la tormenta, y la guarnición del castillo vio con asombro la mudanza que había habido en su jefe, y aquel día fue el primero, puede decirse, que alumbró el sol el castillo.

Sólo la despreciada mora veía con despecho y celos aquellos preparativos. Sus hermosos ojos negros, en que brillaba el fuego de una osadía más que varonil, giraban vertiginosos acá y allá, y la fiereza de su altiva y pronunciada fisonomía parecía realzada con su inquietud. Sus miembros temblaban de cólera, y la sangre africana, irritada con los desprecios de su amante, hacía latir con tanta fuerza su corazón, que parecía querer saltarse del pecho.

Había sido cautiva Zoraida cuando apenas rayaba en los quince años, y era lo que podía llamarse un modelo de hermosura árabe. De airoso continente, alta y briosa de cuerpo, su marcha era la del cisne cuando gira sereno en las aguas y su mirada la del águila que desafía al sol frente a frente. Sus pasiones impetuosas y vehementes daban a todos sus deseos un carácter tal de fuerza, que su voluntad había de cumplirse o debía ella perecer en su empeño. Estaba acostumbrada a arrostrar los caprichos de la fortuna, y aun a veces a vencerla y a sujetarla, y esta lucha continua en que había pasado toda su vida la había dotado de un valor a toda prueba en los riesgos y de un arrojo en sus empresas que rayaba en temeridad. Pocas veces había llorado en su vida y siempre que había derramado lágrimas había sido implorando venganzas o meditándolas. Amaba (no, amaba es poco), deliraba, idolatraba, miraba a Sancho Saldaña como a su Dios, como a su todo, y a consecuencia de tanto amarle, su mismo frenesí, su mismo amor rayaba en aborrecimiento, de suerte que le odiaba y le idolatraba a un tiempo, y a un tiempo le arriesgaba y le protegía, le despreciaba y le defendía, buscándole y huyendo de él, insultándole y acariciándole, y sintiendo afectos tan diferentes con la misma violencia que la pasión frenética que los movía.

Tal era la mujer que había trastornado el genio, el rostro y el corazón de Saldaña, pero que si le había precipitado en un abismo de males no había titubeado en arrojarse con él, y que si lo había llenado de remordimientos, su corazón ardía en la pasión más arrebatada y sin esperanza que puede sentir mujer. Si tal era su amor y la arrastraba a tantos desaciertos viéndose pacíficamente correspondida, ¡cuál sería su furia cuando hallase una rival que combatir, una enemiga tan temible como Leonor! Supo para qué eran los preparativos de su amante, penetró la causa de su alegría, y sin darle una sola queja riprimió su ira, calló, y sin derramar una lágrima, ni siquiera exhalar un suspiro, se retiró a meditar su venganza, determinada a morir o a llevarla a cabo, imaginándola cruel, terrible y digna del ultraje que se le hacía. El resultado probó hasta dónde llevaba sus planes el rencor con que los trazaba. Sancho Saldaña entre tanto, habiendo dispuesto su comitiva, se encaminó al castillo de Iscar resuelto a sacrificar su orgullo y a sufrir cualquiera mala razón de don Jaime con tal de lograr el blanco de sus deseos.

Llegado que hubo al puente levadizo hizo sonar su trompeta y que se anunciase un heraldo, a cuya señal, habiendo respondido desde el castillo, el heraldo anunció que su amo, el ilustre conde de Saldaña, deseaba hablar en particular con el muy noble señor de Iscar y que aguardaba allí su respuesta. Estaba en este momento don Jaime hablando con Leonor de lo que contaban del señor de Cuéllar, y cuando oyó su nombre no pudo contener su cólera.

—¿A qué viene aquí ese malsín, ese traidor a su rey? ¿Viene a insultarme? Se engaña, porque me quedan aún fuerzas bastantes para obligarle a que me respete. ¡Hernando! —gritó a su hijo—, pon los arqueros en las almenas y dile que yo no respondo a traidores sino con las armas.

—Pero, señor —contestó Hernando—, su traje y su séquito son de paz, y no sería honroso responder con armas al que se nos entrega sin ellas.

—Es verdad, y has apuntado bien —repuso el viejo—, cuanto más que el heraldo debe ser respetado según la ley de la guerra; me acuerdo todavía que en Sevilla, cuando estaba allí la flor de la caballería de España con el Santo rey, padre de nuestro monarca, degollamos una partida de moros que había ahorcado de un árbol un heraldo nuestro que llevaba a la ciudad un mensaje, obrando según la ley de la guerra.

—Señor, ¿qué mandáis que se le responda? —interrumpió respetuosamente su hijo.

—El padre de ese muchacho estaba allí entonces —continuó el buen viejo como distraído, y por cierto que era una de las buenas lanzas que había… ¡Ah!… Sí, se me olvidaba —repuso volviendo en sí—; nada, que se vayan, que aquí no tienen qué hacer; que se vayan, y cuanto antes.

La respuesta era tan definitiva que nada quedaba que replicar; pero Leonor, considerando los peligros a que se exponía su padre haciendo este desaire a Saldaña, determinó sacar de él una respuesta más dulce y que no le expusiese para lo futuro a los riesgos que cualquiera indiscreción podría atraer sobre ellos en circunstancias tan espinosas, y así añadió con voz tímida:

—Padre mío, ¿y si viene a proponeros una reconciliación?

—Entre nosotros no cabe ninguna, hija mía.

Y deteniéndose un momento como pensativo, exclamó:

—Sí, que entre, que entre; quiero seguir el parecer de nuestro sabio rey don Alfonso, que decía que antes de sentenciar es menester oír las partes.

Mucho debió de agradecer Saldaña que este dicho de Alfonso X se presentase a la memoria del caballero, pues de lo contrario hubiera tenido que volver pies atrás; pero las sentencias del sabio Alfonso eran para don Jaime tan sagradas como los preceptos de la religión, no conociendo otro rey ni otra autoridad que la suya; y aunque Sancho el Bravo era el verdadero rey de Castilla entonces, él siempre daba este título a su padre, sin que hubiera fuerzas humanas que le hicieran dar al hijo otro nombre que el del rebelde.

En esto Sancho Saldaña, habiendo recibido el permiso de entrada, llegó al salón donde estaba sentado don Jaime aguardándole, y de que había salido Leonor por respeto a su padre y decoro de su persona.

Conservaba aún Sancho algunos restos de su belleza, marchita ya por el rigor de sus pasiones y el estrago que habían hecho en él los vicios a que últimamente se había entregado; pero en medio de la palidez y severidad de su rostro y la expresión melancólica de su fisonomía, creyó descubrir el anciano en su porte vigoroso y caballerosa apostura alguna semejanza con la marcialidad y belleza del padre en los tiempos de su juventud. El primero que habló fue don Jaime, y dijo:

—Mucho me extraña vuestra visita, señor conde, que puesto que vuestro padre y yo fuimos amigos y compañeros en mejores tiempos que los presentes, ya hace años que acabó nuestra amistad y rompimos lanza con punta de tal modo que se hizo imposible entre nosotros toda reconciliación.

—No vengo ahora —respondió el conde con aire noble, aunque sumiso y arrepentido— a discutir con vos los motivos de vuestros resentimientos con mi padre. Baste deciros que mi poca edad me perdonó el disgusto de mediar en ellos, y que las causas que os resintieron con él no creo que existan para conmigo.

—Tendríais razón, joven —repuso el señor de Iscar—, si vos, dejando a un lado las opiniones de vuestro padre, hubierais depuesto al menos las armas y no hubierais seguido también el partido del hijo rebelde, que no podrá hallar paz nunca en su corazón por haber levantado bandera contra su mismo padre.

Estremecióse Sancho Saldaña al oír estas palabras que pronunció el señor de Iscar con sentimiento, frunció las cejas, y el temblor convulsivo de sus labios anunció que algún remordimiento le fatigaba; pero el anciano, sin echarlo de ver, continuó diciendo:

—Digo, pues, que tendríais en ese caso razón; pero vos desoísteis la voz de vuestra conciencia, seguisteis el ejemplo de vuestro padre, y aunque puede ser más perdonable en vos que en él, a causa de vuestra edad, yo he jurado odio implacable a los enemigos de mi rey, y si acaso puedo compadecer a alguno por el merecido castigo que les aguarda del Vengador de los justos, no podré nunca en mi vida reconciliarme con ellos. Ahora decid lo que tengáis que comunicarme.

Dicho esto se puso a mirarlo con atención, como aguardando su respuesta; pero Sancho Saldaña no se hallaba en estado de responderle. Por una parte, veía frustradas sus esperanzas, y se juzgaba condenado a ser eternamente infeliz, mientras por otra, algunas palabras de las que había dicho el anciano tenían tanta relación con alguna de las causas de sus remordimientos, que sintió ahogársele la palabra, y un estremecimiento convulsivo se apoderó de todos sus miembros. El anciano esperó un rato la respuesta, y habiendo notado sus movimientos, los atribuyó a su orgullo ultrajado por haberle supuesto un momento capaz de humillarse hasta el punto de venir a implorar de él una reconciliación.

—Veo en vos —dijo— el carácter de vuestro padre, y sé que los Saldañas han sido siempre demasiado altivos para mendigar la amistad de cualquiera que sea; pero como podíais tener algún intento que proponerme sobre el que requirieseis mi asentimiento, he empezado por haceros ver que conmigo es imposible toda reconciliación.

—Y si dependiese de ella —exclamó tristemente Saldaña— la esperanza, la felicidad de un joven que, aunque criminal, nada os ha hecho para merecer vuestro odio; si dependiera de vos que un alma se ganara todavía para el cielo en vez de que, entregándola a la desesperación, quede abandonada a todas las asechanzas de Satanás, entonces, señor, entonces, ¿que diríais? ¿Qué determinaríais?

—Hablad —repuso al momento don Jaime—: el sabio rey don Alfonso decía que todos tienen derecho a exigir siempre que se les oiga.

—Señor —continuó el conde, lleno de agitación—, de este momento depende mi vida o mi muerte; vos sólo podéis pronunciar mi sentencia, vos sólo podéis salvarme, de una sola palabra vuestra depende mi felicidad. No me consideréis como el hijo de Rodrigo Saldaña, miradme como un extraño; suponed en mí un pasajero que en la oscuridad de la noche no puede encontrar un asilo donde refugiarse de la lluvia y os pide hospitalidad; mirad en mí un pecador arrepentido, un hombre que va a arrojarse a un abismo, y cuya muerte podéis evitar con sólo tenderle una mano que le separe. Miradme así, y no me negaréis el tesoro único que deseo en el mundo, el día, la vida, el cielo de mi corazón.

—Hablad, pues —exclamó conmovido el anciano— y yo os prometo que como mi honor y el de mis hijos no peligre ni se mezcle en lo que me pidáis, que, olvidando todo resentimiento, os concederé lo que me suplicáis tan de veras.

Sancho Saldaña bajó un momento los ojos al suelo como indeciso, miró a don Jaime, volvió a bajarlos, y como un hombre que arroja de sí un peso superior a sus fuerzas, dio un suspiro y dijo en voz apenas inteligible:

—Yo amo a Leonor.

—Sé que la habéis amado; continuad —repuso gravemente don Jaime.

—La he amado, sí, pero nunca tanto como ahora que veo en ella la fortaleza de mi descanso —repuso el conde—; la he amado, pero ahora veo en ella sola el reposo y la paz de toda mi vida. Yo vivo ya ha mucho tiempo fatigado y harto de cuanto bueno y malo me rodea; el mundo es más viejo para mí, a pesar de mis pocos años, que lo es para vos al cabo de vuestra edad; todo está usado en él; nada hallo nuevo en la Naturaleza; la luz del sol, la noche, la primavera, lo más bello, lo más tremendo con que puede recrear el cielo o amenazar en su cólera, nada me inspira un sentimiento nuevo; sólo Leonor es el único objeto que puede inspirármelo, sólo ella puede volver a mi alma la sensibilidad que ha perdido. Su mano…

—Joven, ¿sabéis lo que me pedís? —repuso don Jaime levantándose con dignidad—. Nunca mi sangre se mezclará con la vuestra, así como la lealtad no se ha mezclado nunca con la traición.

—Ved, señor —exclamó el conde—, que va mi dicha en vuestras palabras.

—Silencio —replicó el caballero—. Os he oído con paciencia, y es cuanto podíais exigir de mí; os compadezco, pero no penséis más en Leonor.

—¿Y me abandonaréis a mi suerte? —dijo el conde en actitud decente, pero suplicante—. ¿Desecharéis mis súplicas y me dejaréis en el camino de la perdición?

—Basta, basta —replicó el anciano—, y en verdad que es humillante para un hombre de vuestro linaje abatirse tanto delante de su enemigo.

—¿Queréis serlo? —respondió Saldaña, recobrando su natural fiereza, impelido de su altivez—; pues bien, sobre vos caigan los nuevos crímenes que me haga cometer la dureza de vuestro corazón, sobre vos caigan las maldiciones de un joven perdido en lo mejor de sus años y condenado ya en vida a todos los tormentos del infierno. Sobre vos…

—Basta, he dicho —replicó irritado don Jaime—; salid de mi castillo, y dad gracias al modo y la intención con que habéis venido que no os mando arrojar por una ven tana.

—¿A mí? —repuso todo encolerizado don Sancho—. ¿A mí? —pero conteniendo su ira, continuó—: Viejo cruel, no me precipitéis; un crimen es para mí poca cosa; dame tu hija, yo te pediré perdón, yo seré feliz y te lo deberé a ti solo, si no… poseerla no me costará más que cometer un delito.

—¡Hernando! —gritó el anciano a su hijo, que se presentó al momento a su voz—, echad del castillo a ese traidor, hijo de un traidor, que viene a insultar mis canas.

—¡Conde don Sancho!… —dijo entonces Hernando.

—¡Hernando! ¡Amigo! —exclamó Saldaña.

—¡Conde don Sancho, repito, obedeced a mi padre!

—Está bien —repuso el conde—, salgo de vuestro castillo; no mancharé mi espada en la sangre del amigo de mi juventud, porque ya tengo bastantes manchas de sangre inocente en mis vestidos; pero juro que ha de ser mía Leonor, ha de ser mía, ¡vive Dios!, de fuerza o de voluntad.

Dicho esto dejó el castillo, y metiendo espuelas a su caballo corrió a rienda suelta hasta Cuéllar sin ver el camino que llevaba ni reparar si le seguía o no su gente. Desde entonces mil imaginaciones, mil venganzas le agitaron, y la cólera y el orgullo luchaban en su corazón; pero ya sea el miedo de irritar a Leonor, particularmente si atropellaba el castillo de su hermano asaltándolo para robarla, ya que creyese, vista la guarnición de la fortaleza, que era empresa de mucho tiempo y dificultad, lo cierto es que en mucho tiempo pareció haber olvidado su juramento y no hizo o no pareció hacer intención de cumplirlo. Con todo, día y noche pensaba en su felicidad, y, por consiguiente, en Leonor, y resuelto, por último, a poseerla de cualquier modo, imaginó robarla como único medio que le quedaba.

El Velludo, a quien daban este mote por el mucho vello de que estaba cubierto, era el ladrón más famoso en Castilla y el terror de aquellos contornos. Había sido soldado en su mocedad y militado en diversas partes, habiendo alcanzado en todas ellas fama de esforzado, y debiendo esta gloria tanto a su buena suerte como a su intrepidez natural. Era entonces de edad de cuarenta años, y no había perdido nada de la robustez y fuerza de su juventud. Fiero y colérico en demasía, no dejaba de ser a veces cruel si le arrebataba la ira, pero su índole era generosa naturalmente, y más bien hacía mal por oficio que por inclinación. Durante las refriegas de Castilla, y en medio de la confusión que dominaba en el reino, había tomado las armas y formado su tropa de bandoleros, saqueando acá y allá, tan pronto a un partido como a otro, prestando sus servicios a todos cuando la utilidad de éstos se convenía con su interés propio, y distinguiéndose siempre en sus hechos tanto por su astucia como por la osadía de sus planes.

A éste, pues, comunicó los suyos Sancho Saldaña, imaginando diestramente el modo de robar a Leonor sin que él apareciese culpable.

Ya hemos dicho que había dejado pasar el conde mucho tiempo desde la entrevista con don Jaime hasta el momento de cumplir su empresa, y en más de un año después de la muerte del caballero no tuvo medio o no se resolvió a efectuarla. Presentósele la mejor ocasión que podía esperar, sabía que la caza era una de las diversiones favoritas de los dos hermanos, y habiendo introducido un halconero de su confianza en el servicio del señor Iscar, tuvo aviso del primer día en que pasado el tiempo del duelo volverían los hermanos a su acostumbrado divertimiento.

Llamó al punto al Velludo, y ofreciéndole una recompensa considerable, trataron juntos del modo de robar a la dama sin que él se comprometiese y, al contrario ganase su voluntad. Para esto se valieron del modo ya referido en el capítulo anterior, teniendo Saldaña el intento de al siguiente día presentarse delante de los bandidos, que habían de huir a su vista y abandonarle a Leonor para que él, como libertador suyo, mereciese de este modo su afecto con menos dificultad.

Pero el cielo, que vela sobre la inocencia y convierte en humo las asechanzas y los pensamientos del impío, hizo que en medio de la agonía de Leonor se presentase a deshora un ser en apariencia sobrenatural que, aterrando con su vista a aquellos hombres supersticiosos y crédulos, la libertó por entonces de sus enemigos y desbarató los planes del tétrico y desesperado Saldaña.

Capítulo 5

El bosque era muy espeso,
todos perdido se hane,
… … … … … … .
andando a un cabo y a otro
mucho alejado se hae:
tantas vueltas iba dando
que no sabe donde estae,
La noche era muy escura,
comenzó recio a tronare.
… … … … … … .

Romance del marqués de Mantua y Valdovinos.

A este tiempo toda la tropa de Iscar estaba vagando por los pinares. Los cazadores, después de haber registrado el bosque por todas partes en busca de sus señores, habían hallado al fin de mucho tiempo, caído aún debajo de su caballo que le había cogido una pierna, al único testigo de la pérdida de Leonor. Estaba éste con el humor que fácilmente podemos imaginarnos se encontraría en su situación un hombre de un genio intrépido y arrebatado. Había visto robar a su hermana ante sus mismos ojos a dos hombres que creía por su clase incapaces e indignos de medirse nunca con él, y que entonces se habían burlado de su valor derribándole, cometiendo su intento y mofándose de sus amenazas.

Añadíase, además, a esto, que ya era bastante para exasperar otro ánimo menos colérico y orgulloso que el suyo, haber estado más de dos horas caído con su caballo, haciendo esfuerzos para levantarse y sin haber podido siquiera mover la pierna, que tenía cogida debajo, con tan crueles dolores, que sólo podía calmarlos un tanto la ira que le sofocaba. En esto llegaron, como se ha dicho, los cazadores, y Hernando en cuanto los vio:

—Juro a Dios —dijo—, canalla, perros, que os he de mandar colgar de una almena; id, seguid por ahí todo derecho, a la izquierda han llevado a vuestra señora dos malsines como vosotros. Seguid por ahí, ¡vive Dios!, ayudadme a salir de este maldito animal, que creo que me ha de haber roto esta pierna.

No había acabado de decir esto cuando un cazador ya viejo, y que parecía el jefe o capataz de los otros, gritó:

—Vamos, pie a tierra dos de vosotros; tú, Cantor, buen viejo, y tú, Garci—Pérez, ayudadme a sacar a nuestro amo.

Y diciendo y haciendo, cogidos dos de la cola del animal y el viejo tirando de ambos brazos al caballero, lograron ponerlo en pie, aunque con mucha dificultad.

—Así me sucedió a mí en la batalla de… —dijo el que parecía capataz, mientras apoyaba la pierna derecha en la barriga del animal y tiraba por bajo de los brazos de su señor—. Vaya una noche que pasé; toda la noche debajo de mi caballo sin poderme menear más lejos que un caracol en medio minuto.

—¿Y qué diablos importa a nadie lo que te sucedió esa noche? —interrumpió Hernando, lleno de enfado, y sin saber con quién desahogaría su cólera.

—Cierto es que no le importa a nadie —replicó el veterano con la misma calma—, pero a mi…

—¡Basta, por Dios, Nuño, basta! Y dadme ahí otro caballo, y vamos —interrumpió otra vez el señor de Iscar.

—¡Que nunca me ha de dejar hablar! Vamos, es lo mismo que el padre: no podía sufrir que hablasen delante de él —murmuró Nuño entre dientes—. Pero qué, ¿estáis herido? —añadió, mirándole con cuidado.

—No, no tengo nada —repuso Hernando con impaciencia.

—La sangre es de este pobre animal —respondió el viejo a quien Nuño había llamado Cantor—; ha caído, si, pero como un pino hendido por el hacha del leñador.

—Pobre Brioso —dijo entonces Nuño, acariciando la frente del alazán—. ¡En dónde has venido a caer! Ya sé yo que tú eres leal para tu jinete; vaya, que se encargue alguno o en llevar a este pobre bicho al castillo; quiero a este caballo, porque lo montaba muchas veces el padre de don Hernando y nos hemos hallado juntos en más de un encuentro.

—Vamos, Nuño, Nuño, ¡a caballo! —gritó Hernando, reprimiendo su ira por el respeto que le imponía el más antiguo servidor de su casa—. Vamos; ¿así olvidáis que está mi hermana en peligro?

—A caballo —contestó el veterano, y saltando en el suyo con más ligereza que lo que prometían sus años, prosiguió diciendo—: Vamos, guiad adonde queráis.

—Voto va —continuó, siguiendo a galope la senda por donde había echado su amo—, voto va, que es doña Leonor la joya más rica que hay en la casa. ¡Cómo la quería su padre! ¡Y a mí me quiere tanto! Por Santiago, que me muera yo esta noche si no la saco aunque sea de mano de los filisteos. Mira, Cantor —añadió, dirigiéndose a su compañero—, ¿te acuerdas de don Jaime? Mira, mira cómo se le parece su hijo; ahí va a caballo que por detrás se me figura que le estoy viendo. Te juro que como yo vuelva a hablar a doña Leonor… ¿Cómo la llamabas tú en tu canción?… Aquello de un cielo…

—Todo es poco —repuso el Cantor— para alabar aquellos ojos de dulzura y de majestad.

—Sí, pero di la canción —insistió el viejo.

—¿Cómo quieres que recite yo versos al paso que vamos? ¿Te parece a ti que mis canciones son para oídas a galope y en un camino?

—Toma, más de una vez —replicó Nuño— las he tarareado yo yendo a escape a embestir a los enemigos; me acuerdo, en la batalla de…

—Calla, que el amo ha hecho alto y me parece que nos hace señas de que vayamos.

—Está de Dios —murmuró entre sí el buen viejo— que nunca me han de dejar hablar.

En efecto, era así como decía el Cantor. Hernando, adelantándose de toda su tropa, había seguido a todo el galope de su caballo el camino por donde presumía que Usdróbal y Zacarías habrían conducido a Leonor; pero habiendo llegado a un sitio cubierto todo de maleza, y donde no había seña de pisada alguna, creyó que había perdido la senda, y los llamaba para tratar con ellos el rumbo que habían de seguir.

Empezaba ya a oscurecer, y la tempestad, que había hecho recogerse a los bandoleros, anunciaba ya su furia con algunos relámpagos de tiempo en tiempo. Poco impedimento era éste para el ánimo del señor de Iscar, y mucho menos en la impaciencia que le agitaba; pero la absoluta ignorancia en que se hallaba del camino que habían tomado los robadores le tenía suspenso y no sabía si pasar adelante o volver atrás.

El convento del Pinar, único edificio aislado en aquel desierto, se descubría apenas a cierta distancia entre los árboles, y era de presumir que no habrían elegido aquel camino los bandoleros, siendo por razón del convento el más fácil que había de hallar. Por otra parte, el río Pirón, que corre allí cerca, era el paso que dividía las tierras de Iscar de las de Cuéllar, y no era probable que hubiesen vadeado el río hacia este punto, siendo fama que aquella parte era la única en todo el país respetada de los ladrones. Perdido en estas imaginaciones había hecho alto, y a poco tiempo tuvo a su lado al Cantor y a Nuño, que llegando a él muy quedito le preguntaron si había descubierto algo.

—Nada, por mi desgracia —repuso Hernando—. He venido todo el camino ojo alerta figurándome ver a Leonor tras de cada mata. La hemos perdido —añadió meneando la cabeza y haciendo cierto rumor con la lengua contra los dientes de arriba, que anunciaba la poca esperanza que le quedaba—. ¡Cómo ha de ser! Será menester que nos retiremos; la noche trae mala cara.

—Poco importa la cara que traiga la noche —repuso Nuño— si sabéis algo, o podéis darme a mí indicios de dónde podría yo encontrar a doña Leonor. Que por Santiago, las tempestades y yo nos conocemos ya ha mucho tiempo, y ni uno ni otro nos hacemos mal, y yo os prometo que, como siquiera me indiquéis lo bastante para que yo imagine dónde se puede hallar, la he de traer o me he de dejar de llamar Nuño Vero. Me acuerdo una noche…

—Lo —mismo digo —interrumpió el poeta—. ¿Qué será de nosotros en el castillo si no vemos brillar nuestra aurora en los ojos celestiales de la virgen de Iscar? No, es preciso buscarla a todo trance; es preciso.

—Bravo, buen trovador —exclamó Nuño, que, aunque resentido de las interrupciones continuas que ponía el poeta a su conversación, le había hecho olvidar la que acababa de sufrir el buen deseo que manifestaba—; tú me acompañarás en mi expedición esta noche, y vos —continuó, dirigiéndose al señor de Iscar— os podéis retirar con la gente.

—La gente se podrá ir sola —repuso el señor de Iscar—, que por Dios no se ha de decir nunca que dejé en el peligro a la que mi padre confió a mi cuidado.

—Pero, señor —replicó Nuño—, la noche va entrando y el huracán amenaza ser espantoso, y aunque ya más de una vez os he visto enristrar lanza contra…

—Ya he dicho —interrumpió Hernando— que la gente se puede ir y que yo me quedaré con vosotros.

—Está de Dios que nunca he de acabar de decir lo que siento —susurró a media voz Nuño Vero, para quien no había nada tan incómodo como que le interrumpiesen cuando estaba hablando.

—Mandad a la gente que se retire —continuó su amo.

—Sí —replicó el veterano—, todos se irán, menos ese halconero nuevo que viene ahí con nosotros, y que conoce esta tierra como la palma de la mano. Y cuanto más, que siempre me acuerdo que vuestro padre recomendaba tomar un guía para ciertos casos, y más de un ejército se hubiera perdido si…

—Pues bien, llamadle y vamos —interrumpió el Cantor.

—Voto va, señor trovador —dijo irritado Nuño— que más de una vez os he dicho que nunca me interrumpáis cuando hable, y no parece sino…

—Vamos pronto, Nuño, antes que sea más tarde —dijo Hernando.

—Otro que tal —exclamó el veterano al verse interrumpido de nuevo; y metiendo espuelas a su caballo llamó al halconero y ordenó al resto de la tropa que se retirase al castillo, lo que hicieron obedeciéndole, aunque todos con mucho disgusto y más gana de acompañar a su amo que de retirarse.

Quedaron, pues, solos los cuatro, y habiendo preguntado al halconero si sabía la habitación de los bandoleros o hacia qué parte podía caer, éste respondió que, aunque no podía fijamente decirlo, creía que poco más o menos acertaría. Y sirviéndoles de guía echó delante, y poniéndose todos en marcha emprendieron su camino a poca distancia de él.

Era este halconero el espía que, como se ha dicho, había introducido Sancho Saldaña en el castillo de Iscar y el que avisó al Velludo del día y sitio en que había de suceder la caza. Conocía a palmos aquella tierra, y era, en efecto, el mejor guía que podía haber tomado nuestro caballero si hubiese ayudado su buena intención a su habilidad. Pero su voluntad era de las más torcidas, y en este momento no trataba nada menos que de entregarlos en manos de los bandidos para que los robaran y aprisionaran, y haciéndoles pagar su rescate, tener él parte en la presa sin apariencia de culpa alguna. Con este mal intento caminaba en medio de la oscuridad a la luz de los relámpagos que de tiempo en tiempo envolvían el bosque en un mar de fuego deslumbrando a los caminantes y sepultándolos en nuevas sombras y lobreguez.

Era el halconero naturalmente cobarde, y el estallido de los truenos y el brillo de los relámpagos espantaban su caballo de tal manera que a cada instante se paraba renovando el miedo de su jinete con la superstición que corría entonces de que estos animales veían espíritus y aparecidos cuando, reacios a la brida, no seguían adelante su movimiento. Pero el veterano Nuño, que tenía un temple de alma muy diferente, aunque en otras cosas pagara también tributo a la superstición de su siglo, se acercó a él y dijo a su amo:

—El miedo de este necio le va a hacer perder el camino, y lo mejor será ponernos a su lado no sea que vuelva grupa en medio de la oscuridad y nos deje, como nos sucedió una vez el año de 1243, poco antes de…

—No me parece mal tu consejo —interrumpió Hernando, y poniéndose junto al guía le dijo si estaba seguro del camino por donde iba.

—No mucho —repuso el guía—, y creo que haríamos mejor en volvernos, porque el huracán amaga romper muy pronto y puede sepultarnos entre la arena cuando no debajo de algún pino de los que tronche.

—Cobarde criatura —respondió el Cantor—, debía dar gracias al que te ofrece ocasión de ver uno de los espectáculos más sublimes de la Naturaleza, cual es una tempestad.

—Más me gusta en noches como ésta —replicó el guía— una bota de vino con buena cena y una mala cama bajo techado que la tempestad más bonita que vos os podéis pensar. Que por Dios, que no es bueno andar a estas horas por los caminos.

—Siempre he oído decir lo mismo a todos vosotros —replicó Nuño—, pero ya yo entiendo a los guías, que de algo me han de servir cuarenta años que llevo de andar por el mundo, y ya no soy ningún niño y no me la pega nadie. Me acuerdo una vez que le metí a un paisano… hará ahora diez años, el de 1274, día de San José, por la noche, cuando entramos en el reino de Granada diez mil peones y más de tres mil caballos, que, como iba diciendo…

—Acabaréis, voto a tal —interrumpió Hernando—, que con los truenos y vuestra sempiterna charla no puedo oír bien las voces que me parece que suenan ahí cerca.

—No son malas voces —respondió el halconero—; es el bramido del huracán, y lo mejor será que echemos hacia este lado —añadió dirigiéndose a las orillas del Adaja— si no queremos hallar aquí nuestra sepultura.

No había acabado de decir estas palabras cuando se desató el huracán con tanta furia que tuvieron que apearse de los caballos, y de allí a poco sintieron crujir junto a sí los árboles y oyeron el estruendo de su caída.

—¡Dios mío! ¡Virgen Santa! —gritó el halconero, tan despavorido y amedrentado que sus miembros se paralizaron y no acertaba a moverse.

—Sácanos de aquí, ¡vive Dios! —exclamó Hernando, cogiéndole fuertemente de un brazo—, o te barreno el pecho de una estocada.

—Adelante, pillo —gritó Nuño, asiéndole del otro brazo—, adelante o te ato ahí a un árbol para que observes despacio la tempestad como nuestro amigo el poeta, que está en sus glorias. Vamos, Cantor, ¿en qué diablos estás entretenido que no nos sigues?

El poeta entre tanto, sin acordarse del peligro que le rodeaba, contemplaba absorto a la luz de los relámpagos el trastorno sublime y la confusa belleza de la tempestad. Ya veía rasgarse el cielo en llamas y descubrir a sus ojos otros mil cielos ardiendo, ya seguido de espantosos truenos lanzarse el rayo en los aires brillante como las armas de mil guerreros, ya imaginaba que oía en los bramidos del huracán los cantos de guerra de un ejército numeroso.

—Vamos, trovador, síguenos —le dijo Hernando, cogiéndole de la aljuba a tiempo que un relámpago le mostró el éxtasis de su poeta.

El guía, temeroso de Nuño, que iba aconsejándole de desvanecer el miedo so pena de verse obligado a cumplir la promesa que le había hecho, emprendió de nuevo su marcha y el Cantor echó detrás de él con su amo.

—En verdad —dijo— que mejor tempestad ni más magnífico espectáculo hace ya tiempo que no se presentaba a mis ojos. ¡Qué grandiosidad! No parece sino que el cielo y el bosque y todo está ardiendo en la naturaleza, y el bramido del huracán suena como los quejidos de las fieras que ven desaparecer entre las llamas el abrigo a que se recogían.

En esto llegaron a la orilla del río en cuyas aguas rielaban los relámpagos como si el fondo fuera todo de fuego, y el guía pidió licencia para reconocer el terreno, pues, según dijo, estaba allí cerca la caverna de los ladrones.

Como no había motivo ninguno para desconfiar, el señor de Iscar no tuvo reparo en dársela, aunque muy a despecho de Nuño, que quería seguirle. Trató con todo de echar tras de él, y dejando su caballo al Cantor empezó a caminar a su lado; pero habiendo tropezado en las raíces de los árboles a tiempo que un relámpago le deslumbró con su luz, cuando volvió a levantarse halló que el guía había desaparecido, haciéndoselo creer del todo que, habiéndole llamado a voces, no respondía.

—Mal haya yo —exclamó— que te solté el brazo, cuando caí, para no romperme las narices y no hice que te rompieras el alma haciéndote caer conmigo. ¡Tunante! ¡Hola, malsín! ¿Dónde andas? Yo te juro que si te cojo que te he de enseñar a no abandonar otra vez en tu vida al que te tome por guía. Y no es eso lo peor, sino que ¿cómo vuelvo yo ahora adonde ha quedado mi amo y ese maldito de Cantor, que siempre me interrumpe en lo mejor de mi conversación? Mira, malsín —prosiguió, gritándole al guía—, vuelve, voto a tal… Bien decía mi amo, el padre de don Hernando, que a veces era precaución necesaria llevar atado el guía de modo que no se pudiese escapar. Si yo le pudiese coger, pero ¿qué? Pies para qué os quiero; irá ese tunante por ahí con el miedo que lleva que no le alcanzará el viento. Hasta el castillo lo menos no para de correr. Pero a bien que mañana será otro día.

No era el camino de Iscar el que había tomado el halconero, y el buen Nuño se engañaba en su pensamiento, no siendo el miedo sólo sino su mala intención lo que le hizo desaparecer. Con todo, las voces de Nuño le asustaron de tal modo, creyéndose perseguido, que, sin ir directamente a la cueva de los bandidos, se agazapó y escondió entre unos matorrales hasta que cesó enteramente de oírlas. Entonces, arrastrándose como pudo, se deslizó hacia el río junto a la boca de la caverna por dar la alarma entre los ladrones y avisar al Velludo que sorprendiese y robase al señor de Iscar.

Pero cuando ya estaba próximo a cumplir su traición e iba a entrar en la cueva, fue cuando un espectro, que él temía mucho y conocía muy bien, salía de ella agitando una encendida tea teniendo asida de la mano una hermosísima joven, que le seguía toda trémula y demudada, y en quien el halconero reconoció a Leonor. No creyó menos al ver la repentina aparición sino que aquella cueva era la entrada del otro mundo, y recogiendo en su mente cuantas oraciones y rezos pudo recordar en aquel apuro, empezó a santiguarse muy de prisa y a correr con más miedo de la aparición que de todo el riesgo con que le amenazaba la tempestad. Entre tanto la maga apagó la antorcha, acaso por precaución, y emprendió su marcha sin hablar palabra a Leonor y sin soltarla del brazo, mientras ésta la seguía como por instinto.

En esto Nuño, que siempre hablando entre sí había seguido adelante por la orilla del río, tropezando aquí, cayendo allá, y cada vez levantándose con más brío con la esperanza de hallar el guía, vio a la luz de un relámpago un bulto negro que se deslizaba y desvanecía entre los árboles.

—¡Ah, malsín! —exclamó—, ya te he visto, y por Santiago que te he de atrapar o mal me han de andar las manos.

Y favorecido de otro y otro relámpago, que se sucedieron, siguió el camino que a su entender había tomado el bulto que él imaginaba que era el guía. Pero no había andado unos pasos cuando, crujiendo en mil astillas y estallando un pino en dos partes tronchado por el huracán, vino al suelo con grande estrépito tan cerca de él, que, rozándole con las ramas, le hizo dar en tierra cuan largo era. Mil remolinos de arena pasaron sobre el pobre Nuño, y cuando pudo levantarse y abrir los ojos, a la luz de un relámpago divisó una cosa negra en el viento a cierta distancia que, a su entender, cuando volvió la oscuridad, había desaparecido en el aire con el relámpago.

Ya hemos dicho que Nuño no dejaba en ciertas cosas de ser algo supersticioso. Había visto aquel bulto, que él imaginaba el guía, justamente junto al árbol que le había a él derribado atropellándole en su caída, y siendo de presumir que el bulto negro hubiese caído precisamente debajo, cuando fue con intención de ver si estaba reventado o no, halló únicamente el tronco del árbol y no oyó quejido alguno ni tentó ningún cuerpo humano como él aguardaba encontrar. La vista del mismo bulto poco después en el aire, a lo que él se había imaginado, trastornó completamente su juicio, y se dio a pensar que el halconero había muerto efectivamente en la caída del árbol, pero que, apenas había expirado, los diablos se lo habían llevado por los aires en cuerpo y alma.

—Ya me figuraba yo —se decía a sí mismo— que tú no eras bueno, según el mucho miedo que tenías de andar de noche a estas horas; pero nunca creí que apenas cayeses en tierra muerto te hiciesen volar por los aires. ¡Jesús, Jesús me valga! Siempre me acordaré de aquel peregrino de Tierra Santa que contaba el caso de aquel condenado. ¿Pero qué diablos habría hecho este pobre halconero sino beber algún día algún trago de más o dar suelta al balcón de cuando en cuando sin que lo supiese el amo? Yo para mí tengo que con un poco de purgatorio tendría bastante. ¡Quién sabe!…

Entretenido en estos pensamientos caminaba sin saber dónde, cuando el ruido de dos caballos que se acercaban le despertó de ellos, y parando el oído por si acaso le engañaba el viento, dijo:

—Ya os conozco, ya os conozco, que son el Rubí y el Moro que traen al amo y a nuestro músico. No hay caballo en el castillo que si le siento andar no le conozca yo por su nombre.

No había acabado de decir esto cuando su amo y el Cantor llegaron junto a él y pararon, habiéndole conocido en la voz.

—¿Qué diablos haces ahí, Nuño? —le dijo su amo—. ¿Dónde está el guía? ¿Y cómo nos habéis dejado allí tanto tiempo?

—Muchas preguntas son esas —replicó Nuño— para responder a todas con claridad…

—Vamos, hombre, responde —interrumpió Hernando—, sin meterte en dibujos…

—Señor —respondió Nuño— no tengo que decir más sino que el pobre halconero, por muy lejos que esté el infierno, debe a estas horas estar ya en él, según el paso a que vi le llevaban los diablos.

—¿Estas loco, Nuño —exclamó Hernando—, o te atreves a burlarte conmigo?

—Señor —respondió Nuño con gravedad—, hace cuarenta años que entré al servicio de vuestro abuelo, y desde entonces hasta ahora no hay hombre viviente que pueda decir que me ha oído mentir una vez en mi vida. Lo que digo es tan cierto como que lo he visto yo, y repito que le vi llevar en volandas por los aires como no quisiera que me llevasen a mí; y como no creo que haya volado nadie hasta ahora si no es en posta para el infierno o por permiso de Dios para ir al cielo, me inclino a creer que nuestro guía ha tomado el primer camino.

—Vamos, maese Nuño, sin duda que estáis loco —respondió el Cantor.

—Vos lo estaréis, señor músico —replicó Nuño encolerizado—, que yo no lo he estado en mi vida, y sabed que si al hijo de mi amo le sufro que me diga lo que le parezca, no por eso aguanto que…

—Reportaos, Nuño —interrumpió el señor de Iscar—, y vamos a nuestro castillo, si es que podemos acertar con él. ¡Cómo ha de ser! —continuó, dando un suspiro—, hemos perdido a Leonor, y ya veo que esta noche es imposible encontrarla.

Dicho esto, dejó el Cantor su caballo a Nuño, y llevando del diestro el que había servido para el guía, echaron a andar en silencio, aunque Nuño no dejó de murmurar todo el camino picado con el poeta que le había llamado loco, y a cada paso le interrumpía. Por último, al cabo de muchas vueltas y revueltas, y después de haber perdido más de una vez el camino, llegaron al castillo de Iscar, en cuyas almenas ardían las alumbradas, que se llamaban almenaras, y que había costumbre de encender de noche siempre que se quería comunicar algún aviso a otras fortalezas o de dirigir tropa o caminantes extraviados. Poco antes de llegar, y para mayor desgracia, la tempestad se deshizo en lluvia con tanta furia que parecía que el cielo se desgajaba y deshacía en agua, así que, muertos de cansancio, calados y desesperados del mal éxito de su empresa, entraron en el castillo Hernando, el viejo Nuño y su contrapunto el Cantor, lleno el primero de impaciencia y de mal humor, y deseando que amaneciese, agitado de mil temores por la situación en que su hermana se encontraría.

Al echar pie a tierra Hernando, el paje que le tenía el estribo se acercó a él y le dijo que aquella tarde, poco antes de oscurecer, un caballero armado, que venía del castillo de Cuéllar, había estado a avisar que el robo de Leonor se había cometido de orden de Sancho Saldaña. Era la peor noticia que, después de tantos azares, podía recibir el señor de Iscar y la que más lastimó su orgullo y su corazón. Hasta entonces el cuidado por su hermana se limitaba a chocar con una horda de bandidos y deshacerla; pero cuando supo que era el señor de Cuéllar el robador de su honra, y recordó la escena que había pasado entre su padre y él, su cólera rompió en mil imprecaciones y amenazas, jurando extinguir hasta el nombre de su enemigo.

Subió a su cuarto, acompañado de Nuño, bramando como un toro, confuso y desesperado, sin saber qué partido tomar en circunstancias tan apuradas, adoptando ya uno, ya otro y desechando todos. Por una parte, conocía el poder del señor de Cuéllar y la nulidad del suyo si le declaraba abiertamente la guerra; por otra, no tenía otro medio de romper con él. Por último, se resolvió a ir a buscarle a su castillo, tacharle de traidor y desafiarle.

—¡Infame! —gritaba en su desesperación, paseándose por la sala—. Tú no querías mancharte en la sangre del amigo de tu infancia pero querías mancharle con la deshonra de su propia hermana. Yo te juro, ¡oh!, ¡sí!, que me he de hartar de tu sangre. ¡Traidor!, traidor a tu rey y al que llamabas en otro tiempo tu amigo.

—Señor —exclamó Nuño—, tranquilizaos. ¿Qué nuevo motivo hay para que os dejéis arrebatar de esa furia? ¿Ha sucedido algo más a doña Leonor?

—¡Leonor! ¡Leonor! —exclamó Hernando lleno de pesadumbre—. ¿Por qué no morirías en la cuna antes de deshonrar la sangre de nuestro padre? Pero no, tú no tienes la culpa, tú eres inocente y pura como el día en que naciste… ese monstruo… sólo ese monstruo. ¡Oh! ¡Oh!

Y diciendo esto se arrojó boca abajo contra la cama bramando de cólera y de dolor.

—Señor —gritó Nuño—, ¿qué tenéis?

—Nada —repuso el señor de Iscar, levantándose como avergonzado de haber dado rienda suelta a su dolor delante de su criado—; nada, vete, déjame.

—Pero, señor… —repitió el veterano, sentido de que su amo no se franqueara con él.

—Nada, Nuño, nada —repuso Hernando con calma—. ¡Cómo ha de ser! Hemos perdido a Leonor. Vete a descansar, vete —y empujándole suavemente cerró la puerta, quedándose solo en su habitación, donde pasó la noche entre quejas y maldiciones pensando en los medios de vengarse de su enemigo.

Capítulo 6

¿Qué duende o qué patarata
es el que veis, embusteros?

El Dómine Lucas

No bien se había retirado Nuño del cuarto del señor de Iscar, cuando al bajar al patio donde estaban las caballerizas el primer objeto que vio, o que creyó ver, fue al montero, que él creía a aquellas horas en el infierno. Pensó que era ilusión de sus ojos, y frotándoselos con ambas manos volvió a mirar y volvió a verlo, y frotóse otra vez los ojos y los abrió otra vez, y otra vez vio la misma cara y la apariencia misma del guía. Creyó entonces que era una aparición, y alzando la voz empezó a decir:

—En nombre de Dios te digo que me digas quién eres y a qué has vuelto al mundo, porque no creo que ningún muerto vuelva a él sin motivo. Y tú eres sin duda la aparición del guía en su misma forma, y como tu muerte fue tan inesperada, sin duda dejaste algunas cuentas que arreglar por acá.

No pudo menos el halconero de echarse a reír oyendo que le apostrofaban ya como si fuese ánima del otro mundo; pero el temor que tenía a Nuño (y él sabía bien por qué) le hizo contener la risa y responder con mucho comedimiento:

—Estáis equivocado, maese Nuño; yo no me he muerto nunca, ni soy ánima del otro mundo; soy el pobre montero a quien el miedo de la tormenta entorpeció tanto que no acertó a serviros de guía.

—No —repuso Nuño—; tú eres algún diablo en carne, y puede ser que estés vivo; pero que tú no has volado esta noche por los aires, eso no habrá nadie en el mundo que me lo quite de la cabeza.

Una carcajada que oyó detrás de él interrumpió en este momento la conversación, y volviendo la cara halló que el que se reía era el Cantor, que había estado oyendo sus exorcismos. En ningún tiempo podía haberse presentado el Cantor a peor hora que aquella en que tan de repente se ofreció a los ojos de Nuño, y hubiera dado éste todos los días que le quedaban de vida por que no le hubiese oído ni visto estar hablando con el halconero. Con todo, reprimiendo la ira que le causaba para él su intempestiva risa:

—Por cierto —dijo—, señor poeta, que no creo en esta ocasión haber dado motivo a que se burle nadie de mí, y que si no fuera por el mucho…

—Vaya, buen Nuño… —interrumpió el Cantor.

—No me interrumpáis —gritó el veterano.

—Pero, hombre… —fue a decir el Cantor.

—No me interrumpáis, ¡vive Dios! —gritó otra vez Nuño, encendido en cólera.

—Pues bien, seguid —repuso el Cantor.

—Pues bien, sigo —prosiguió Nuño—, y digo… que… cuando… ya perdí el hilo; por vida de las interrupciones, que no parece sino que tratáis de divertiros conmigo, y voto a tal que…

—No es eso —replicó el poeta—, sino…

—Otra vez. ¡Juro a Dios! —exclamó el veterano, cada vez con más enojo—, que si me volvéis a interrumpir que os enseñe yo a hablar conmigo.

No era el Cantor hombre a quien imponían los gritos y las amenazas; pero, a pesar de las continuas quimeras que a cada momento tenían, eran él y el buen Nuño compañeros inseparables, y ya hacía más de veinte años que eran amigos. Uno y otro tenían su flaco, siendo el de Nuño figurarse que sus palabras eran de mucha importancia, Y no sufrir que nadie le interrumpiese; y para hacer perder los estribos al poeta no había más que despreciar o censurar su música o las trovas que componía. Uno y otro habían sido los favoritos de don Jaime, que si en el uno premiaba la lealtad y el valor con su estimación, en el otro, como buen admirador de su rey, respetaba el talento, siguiendo la máxima de aquel verso de Alfonso el Sabio:

Ca siempre a los sabios se debe el honor.

Hernando, fiel en todo a los principios de su padre, los miraba como dos joyas de su casa y los tenía en tanta consideración como si fuesen parientes suyos.

En este momento conocía el Cantor que la cólera de su amigo no provenía tanto de las interrupciones como de la carcajada con que le había saludado al sorprenderle con el halconero, a quien él creía ánima del otro mundo, y así torciendo la conversación, le dijo:

—Pero ¿cómo diantres ha venido ese hombre aquí primero que nosotros?

—Yo no sé siquiera —replicó Nuño— cómo está aquí después de haberle yo visto ir por el aire como si fuese una pluma.

—Sobre las alas del huracán como si fuese el genio de la tormenta —enmendó el poeta—. Pero ¿vos creéis, Nuño, de buena fe, que sea este montero que vemos aquí el mismo de carne y hueso que nos iba sirviendo de guía?

—Eso es lo que no afirmaré nunca —respondió el veterano.

—Tocadme y veréis, maese Nuño —dijo el halconero, acercándose a él.

—Vade retro —gritó el veterano, andando hacia atrás—, que sin duda tú eres algún demonio que vienes aquí para tentarnos, y no sería malo llamar al capellán del castillo para que te rociara de agua bendita.

—Pues yo te juro, Nuño —replicó el poeta, palpando al halconero—, que o este demonio está hecho y formado de la misma materia que lo estamos tú y yo (lo que no puede ser) o es un hombre como nosotros que no se ha muerto ni condenado nunca.

—No quisiera yo ser como él —respondió Nuño—, y lo mejor será que sea quien sea, se quite delante de mí, porque ya que le he visto volar esta noche, no quisiera verle hacer más milagros.

No aguardó el montero a que se lo dijese dos veces, antes a la primera se alejó y fue a su camaranchón a reposar, si podía, del susto que le había dado la vista del fantasma, y dándose la enhorabuena de haber salido libre de las manos de Nuño a tan poca costa después de haberle dejado solo sin guía en medio de la tormenta.

—¿Pero es posible que un hombre como tú —exclamó el poeta—, con sesenta años a la cola, crea que ese hombre se ha muerto, se ha condenado y haya vuelto a salir del tártaro sólo para engañarte y alucinarte?

—Dejemos eso —repuso Nuño con algún enfado—; yo juro que le he visto volar, y afirmo que si no es diablo le falta poco, y sobre eso que dices de haber vuelto sólo para alucinarme, te digo que con todas tus trovas y más años que yo no sabes lo que te pasa, y ahí está Garci—Pérez, que en el año de 1250, en el mes de enero, en las montañas de León, vimos un condenado…

—Quita allá —interrumpió el Cantor—, que no sabes lo que te dices y hablas como hablaría un caballo si tuviera don de hablar.

—Y tú no tienes más que mucho imaginarte —repuso Nuño— que sabes todo porque haces ahí cuatro coplas y rascas un poco el laúd…

—Calla, profano, y no hables de lo que no es dado comprender a tu pobre imaginación —respondió el trovador con enojo—. ¿Conque ese halconero está condenado? —añadió con cierta ironía.

—Así lo estuvieras tú, y tus trovas, y tu laúd, que maldita la falta que hacéis —repuso Nuño.

—No las volverás a oír, y la culpa es mía al querer regalar orejas de Beocia con mis canciones.

—¿Orejas de… de qué? —preguntó Nuño encolerizado—. ¿De qué has dicho?

—De nada. ¡Adiós! —replicó el poeta.

—Sí, anda con Dios, y si me vuelvo a llegar a hablarte, quiero quedarme mudo para mientras viva.

Y viendo que se alejaba su compañero, continuó entre sí, a tiempo que se retiraba a su cuarto:

—Ese maldito Cantor todo se le vuelve querer precipitarme, y un día nos la vamos a hallar los dos. Si no fuera que al fin y al cabo es un pobre hombre, y luego canta tan bien, y ha enseñado a cantar a doña Leonor, pobrecita. ¿Qué será de ella a estas horas sin ningún amigo, sola entre una caterva de pillos?… No quisiera más que verme allí con ella, que yo solo bastaba para libertarla contra todos juntos. ¿Quién ha de descansar así? —añadió, echándose sobre la cama—. ¡Cómo ha de ser!, como dice don Hernando, mañana será otro día, que decía siempre don Jaime cuando no llevábamos lo mejor de alguna batalla y teníamos que retirarnos. ¡Cómo ha de ser! —volvió a decir; murmuró luego entre dientes algunas palabras y se quedó, por último, profundamente dormido.

Capítulo 7

Digo que es tentar a Dios
… … … … … … . .
si mi amo es un menguado
… … … … … … . .
un impío que no cree
que hay familiares, espectros,
lamias, brujas de copete,
vampiros, mágica blanca,
y mágica negra y verde;
yo confieso que hay de todo,
y confieso finalmente
que por presencia y potencia
existís … … … … … … . .

COSME, en La dama duende

Mostraba apenas el sol sus rayos derramando vida en la Naturaleza y desvaneciendo las últimas nubes de la tempestad cuando un caballero armado de punta en blanco, montado en un soberbio caballo negro, salía del castillo de Cuéllar, camino de Olmedo, seguido de alguna gente de armas. Llevaba la visera alzada y la cabeza inclinada sobre el pecho, pensativo y triste, y en sus apagados ojos, rostro enjuto y sombrío ceño daba a entender que, aunque en toda la fuerza de la juventud, el furor de las pasiones había amortiguado el brillo de su fisonomía. Caminaba al trote, y parecía tan ajeno de lo que le rodeaba como si fuese un ser privado de todo sentido o llevase embebecida la mente en la contemplación de otros mundos.

La escena que le ofrecía la Naturaleza era en aquel momento bellísima. Al frente y a lo lejos se descubrían las almenas de Torre—Gutiérrez, doradas del sol naciente; a un lado y otro brillaba el rocío en las rubias espigas, que ondeaban mansamente al soplo del céfiro de la mañana, mientras en los oteros que ciñen aquel camino se veían colorear abundantes racimos entre los verdes pámpanos de la viña aún destilando el agua de la pasada lluvia, en cuyas argentadas gotas, que temblaban al viento quebrando el sol sus rayos, reflejaban mil iris de luz de vario y trasparente color. Más allá se divisaba a lo lejos el verde oscuro de los elevados pinos aún confusos entre la niebla, que, levantándose poco a poco entre visos y reverberos, parecía envolver misteriosamente el bosque como para ocultar en él a los humanos ojos la mansión de las sílfides y los aéreos alcázares de las hadas.

Pero nada de esto llamaba la atención de nuestro caballero, que solo y delante, como hemos dicho, de su comitiva, no levantaba siquiera los ojos ni se distraía un momento de sus áridas imaginaciones. Seguíale su gente guardando el mismo silencio, y en su ademán triste y sombrío aspecto podría haberlos comparado el poeta de Iscar a una banda de agoreros búhos, confusos y deslumbrados, huyendo de la luz del día. No obstante, a pesar de su apariencia lóbrega y disgustada, el señor de Cuéllar sentía entonces latir con más fuerza que de costumbre su corazón a impulso de la esperanza que disipaba algún tanto el hastío que le dominaba. Sus tormentos habían calmado un momento, su conciencia reposaba de su continua inquietud y la imagen de Leonor, suya ya, a lo que él presumía, vagaba ante sus ojos despertando de su largo sueño sus sentidos aletargados.

Era para él el primer día que podía decir que le lucía sereno después de seis años de padecimientos, y si no se veía más alegría en su rostro que la que ordinariamente manifestaba, no era que no sintiese ensancharse su corazón, sino el hábito del fastidio que había contraído los músculos, de su semblante. Imaginábase presentarse a Leonor bajo el agradable aspecto de su protector en el triste estado en que ella debía encontrarse; complacíase en figurarse que en su humildad y arrepentimiento reconocería ella aquel Saldaña a quien, si no había amado con todo el delirio del primer amor, había mirado al menos con afición; deleitábase, además, con la dulce idea de verse correspondido, y volviendo entonces a su pensamiento la memoria de los primeros días de su juventud recordaba con placer aquella edad en que su alma veía todo con los ojos del entusiasmo brillante, hermoso, y representábase un porvenir de encanto y felicidad. Pero su alma, en medio de estos castillos que fabricaba su fantasía, estaba llena de zozobra, y un negro presentimiento venía aún a turbar los sueños de su imaginación. Había estado tantas veces tan cerca de poseer, y aun poseyendo, lo que en otros semejantes delirios había mirado como el colmo de su dicha, y había hallado tanto hastío, tanto disgusto después del goce, que aun en estos instantes sombreaban su esperanza las tinieblas de la desesperación.

Todos estos pensamientos y otros mil que sería imposible pintar agitaban en aquel momento su corazón, ya cercándole de imágenes agradables, ya llenándolo de inquietud y desasosiego, porque Saldaña, aunque endurecido en el delito, era menos malvado que criminal. Ya habían andado buena parte de su camino cuando vadearon el Cega y entraron en los pinares que están entre este río y el Pirón.

Llegado que hubo al sitio que le pareció más oculto, mandó hacer alto, y llamando a un joven paje suyo, y en quien tenía su mayor confianza, le comunicó su designio mandándole que le siguiese, así como al trompeta que le acompañaba. Dio órdenes a su tropa de colocar vigías e ir acercándose poco a poco al Adaja, manteniéndose prontos al primer toque que oyesen para acudir al punto donde él se hallara y la trompeta les indicare. Hecho esto, metió espuelas a su trotón, y seguido de sus dos satélites tomó a escape el camino donde él presumía que había de hallar a Leonor.

Entre tanto, los bandidos, que le aguardaban a la otra orilla, no para entregarle la dama como él creía, sino para avisarle del extraordinario acontecimiento que les había privado de poder cumplir su promesa, ofrecían un cuadro particular. A un lado se paseaba el Velludo, cruzados los brazos a guisa de pensativo y meneando la cabeza de tiempo en tiempo entre colérico y avergonzado; sus ojos lanzaban chispas, y echándose tal vez manos a las barbas se las mesaba y arrancaba, distraído de lo que hacía.

—¿Qué pensará de mí Saldaña —se decía a sí mismo cuando hoy sepa que una fantasma, un ente aéreo, una mujer en fin (porque ¿qué es la maga sino una mujer?), ha bastado para arrancarme mi presa sólo con presentarse, estando yo armado y en medio de toda mi tropa? ¿Qué pensará de mí, sino que no soy otra cosa que un baladrón y que todo mi valor se enfría y que toda mi resolución se pierde con sólo que me hagan el bu como si fuere un niño de pechos? ¿Y qué hubiera hecho menos que yo una mujer? Por la Virgen de Covadonga, que con esta aventura voy a perder la fama que tantos años me ha costado ganar.

Mientras el Velludo se paseaba acometido de estos pensamientos, Usdróbal, mucho más triste aunque menos encolerizado, se había sentado al pie de un pino pensando en la hermosura de la dama, reconviniéndose también su poco valor por haberla dejado ir, y ansioso de hallarla otra vez para ofrecerle sus servicios, protegerla y defenderla de cuanto pudiera, hasta borrar así la mala idea que ella hubiese concebido de su robador.

La imagen de Leonor, sus palabras, sus movimientos, todo estaba presente a sus ojos; creía sentir aún el tacto de sus vestidos, oír aquella voz de ángel que había encantado su alma, ver su noble resignación en la desgracia y aquella mirada capaz de ablandar una piedra, todo esto y la incertidumbre en que estaba de su destino le tenían tan pesaroso y sobresaltado como si la hubiese conocido desde la infancia, ella le hubiese tomado por su protector y él estuviese obligado a favorecerla.

A otra parte, el hipócrita Zacarías se paseaba con su rosario en la mano, y entregado, como de costumbre, a sus meditaciones, sin acordarse de la dama más que para sentir no haberse apoderado de las alhajas que tenía encima y haber perdido aquella ocasión, ya que al fin y al cabo nada hacía a su conciencia haberse hecho dueño legítimamente de lo que sin duda ya a aquellas horas habría hecho desaparecer la maga con sus encantos.

Más allá, sentados sobre la arena, estaba el resto de los bandidos jugando al dado, con tan poca aprensión y memoria de lo acaecido la noche antes, como si no hubiera sucedido nada, siendo toda gente soez y desalmada, que no pensaban jamás sino en lo que tenían delante, abandonando el porvenir a la suerte y olvidándose siempre de lo pasado. Reían, bebían, juraban y armaban a cada momento pendencia con tales voces e insultos, que cualquiera hubiera creído al oír sus amenazas e imprecaciones que iban a venir a las manos unos con otros, según lo sofocados y alborotados que se ponían. Algunos estaban en pie mirando jugar, celebrando las suertes o criticándolas, alegrándose y rabiando lo mismo que si tuviesen parte en las ganancias o pérdidas. Otro les escanciaba el vino, más cuidadoso de la bota que un enamorado paladín de la dama de sus pensamientos, y todos hablaban y todos se divertían. Pero entre todas las voces sobresalía como un trueno la voz de un catalán que se alborotaba y juraba más que todos los bandidos juntos.

—Voto a Deu —gritaba a tiempo que acababa de ganar una suerte, y el mismo grito resonaba con acento duro y áspero eco en los oídos de todos cuando perdía.

No se podía juzgar por sus hechos y sus palabras cuándo le iba bien o mal en el juego, levantándose y dándose de puñadas en la cara y jurando cuando perdía, y apuñeteándose, jurando y levantándose cuando ganaba, desesperado de no haber puesto más dinero entonces que la suerte le favorecía.

Entre tanto, Zacarías, de cuando en cuando, se acercaba al corro, jugaba, ganaba y se retiraba.

—Hijos míos —decía—, más vale pasar el rato entretenidos en buenas obras que no echar el día a perros como otros hacen. Itaque homo, como dice no me acuerdo en qué salmo, encargando de no estar ocioso. Fremuerunt gentium, está de Dios que habéis de perder; si no hacéis más que maldecir, ¿cómo queréis que os proteja la Providencia?

Y con este y otros discursos se acercaba y se llevaba el dinero de los demás con mucha sutileza y aspecto muy melancólico.

—Voto a Deu —exclamó el catalán—, que este ira de homo se mama el dinero rezando, y cata que se lo lleve.

—Pues yo, voto a Mahoma —gritó el morisco—, que como vuelva a entrar la mano, jugando yo… que ya me lleva ganado casi todo lo que tengo, y…

—Paciencia, hijo mío —replicó muy dulcemente Zacarías—, no te enojes ni aíres por haber perdido este vil metal, que tú eres de los que dijo el profeta dabo alienibus, daré todo cuanto tenga al que sea cristiano.

—No entiendo yo latines, maestro Zacarías —repuso el morisco, encolerizado—, pero sé manejar la daga como el mejor de los que aquí están, y ya os lo he dicho más de una vez.

Hízose Zacarías el desentendido y se retiró a un lado a pasar cuentas a su rosario, haciendo como que rezaba y fijos los ojos al mismo tiempo en el juego sin perder suerte alguna de las que pasaban.

—Vamos, no haya disputa —dijo a este tiempo el ladrón viejo que había contado la noche antes el cuento del caballero—; ¡juego! —y echando la taba que era de diversos colores y estaba pintada de cada lado, la tiró al aire, teniendo todos los ojos clavados en ella cuando cayó para ver el color que había quedado hacia arriba, y que era señal de la ganancia o pérdida de cada uno.

Aquí fue donde perdió enteramente los estribos el catalán, que había pasado tres suertes con ésta sin ganar en ninguna de ellas. Echóse mano a las barbas y se las arrancó de cuajo, levantándose de repente como si le hubiera picado la víbora gritando y renegando y tirando el dado, que no parecía sino que se había vuelto loco y tenía en su cuerpo un enjambre de diablos.

—Voto a Deu, mala ira me trinque el coll —gritaba—, que non ha pas suerte que la mía.

En esto volvió a llegarse Zacarías al corro a tiempo que el morisco tomaba la taba para tirarla, y cuando estaba en el aire echó en el suelo algunas monedas diciendo:

—Al blanco, que es el color del alma de los justos.

A pesar de que no había jugado a tiempo, todos callaron, y el morisco no avisó ni dijo palabra pensando que saldría otro color y le ganaría; pero la suerte protegió esta vez a Zacarías como las demás, y él pasó detrás de su antagonista para recoger su ganancia.

El morisco, que sintió que apoyaba su mano izquierda sobre su espalda a tiempo de inclinarse adelante para ejecutar su intento, como estaba ya irritado viendo que siempre perdía, y no quedándole, además, dinero con que jugar, y siendo la cólera que provoca el juego al perdidoso la más violenta y arrebatada de todas, echó hacia atrás ambos codos, empujando a Zacarías con tal fuerza, que lo arrojó de sí gran trecho dando traspiés y dejando caer el dinero que había cogido. Riéronse todos de ver al viejo hipócrita andar de espaldas con tal viveza y poca seguridad, y el morisco dijo con aire de desahogo, volviendo la cabeza a mirarle:

—Vaya, señor Zacarías, idos a rezar, y no vengáis a ganar aquí con trampas el dinero a quien, aunque no reza tanto, es tan bueno como vos y como pudo ser vuestro padre.

—Tin firme —gritó el catalán riendo—, que el vino os fa mal, y andáis con él a patadas.

No respondió Zacarías a ninguno de estos insultos ni mostró en su fisonomía señal ninguna de descontento, antes acercándose otra vez recogió su dinero con mucha calma diciendo en el tono melancólico que acostumbraba:

—Hijos míos, el cielo protege a los buenos, y este moabita hace mal en enojarse con el justo, porque su alegría será pasajera, aunque a decir verdad… , pero todo esto es una chanza, y me alegro que no haya perdido el buen humor, ya que ha perdido el dinero.

—No lo doy yo por perdido, señor justo —repuso el morisco— mientras que esté en vuestro bolsillo y vos sigáis en mi compañía, que todavía me quedan manos para ganarlo.

—Tienes razón, hijo mío —contestó Zacarías—, y para que veas que quiero darte el desquite, dame esa taba, que voy a darte la suerte.

Diciendo esto la tomó, y llegándose cerca del morisco se sentó a su lado diciendo:

—¡Atención! Vamos, que Dios nos dé a todos buena ventura.

Y echó el dado al aire con tal presteza, que no parecía sino que había sido aquella la ocupación de toda su vida. Ganó él, y el morisco perdió de nuevo algunas monedas que le habían prestado. Echóla otras dos veces al aire y volvió a ganar, pero la última creyó el morisco que le había visto volver la taba al tiempo de echarla, y gritó que estaba haciendo trampas, lo que no es creíble en la santidad, buena fe y natural desprendimiento de Zacarías; pero, a pesar de estas conocidas virtudes, otros afirmaron lo mismo, y el morisco, alzando el grito, juró o que le volvería el dinero o que se lo había de quitar por fuerza, a lo que Zacarías respondió que no debían creer la voz del impío y que había jugado lealmente; pero el morisco, que ya no aguardaba a razones, montando en cólera se arrojó a coger el dinero que tenía Zacarías en la mano izquierda, jurando y perjurando que se lo había de arrancar o poco había de poder.

—Déjame y no precipites al justo —le gritaba Zacarías, mientras los demás azuzaban al morisco para que se lo arrebatase.

—¿Qué quieres de mí, hijo mío?

—Quiero que me des, perro, lo que me has robado —repuso el morisco sin soltarle la mano y forcejeando por abrírsela y cobrarse lo que había perdido, y algo más si podía; pero se las había con quien hubiera soltado el alma mil veces antes que un solo cornado.

Con todo, sin perder nada de su dulzura, y como si no comprendiese la causa de la embestida de su compañero, repitió:

—No te dejes llevar de la ira de Satanás. ¿Qué quieres de mí, hijo mío?

—Mi dinero o tu corazón —replicó el morisco, furioso de la cachaza de Zacarías.

—Vaya —repuso éste sin mudar de tono—, ¿te has empeñado? Pues toma.

Un grito del morisco, que cayó en tierra nadando en sangre, fue el primer aviso que tuvieron los bandidos que estaban viendo la escaramuza de la especie de regalo que le había hecho el justo, viendo después en la derecha de éste relucir el cuchillo, de que había echado mano sin que ninguno lo apercibiese. El morisco quedó tendido sin decir palabra, y los que se acercaron a reconocerle vieron que estaba muerto.

Este acontecimiento despertó a Usdróbal de su letargo y al Velludo le distrajo de sus imaginaciones; pero como para este último era todo aquello cosa de poco momento y estaba muy acostumbrado a ver diariamente escenas de esta naturaleza, se contentó con restablecer el orden y hacer que por entonces el juego se suspendiese.

—Este pobre mentecato —dijo, mirando con frialdad el cadáver— no sabía que el cuchillo de Zacarías es como las uñas del gato, que arañan antes de que se vean. Llevadle de ahí y echadle ahí más abajo en el río.

—Para qué nos hemos de cansar tanto; que se quede en un lado, que se lo minchen los grajos —respondió el catalán.

—Bien puede mi maestro —dijo Usdróbal— enseñar a dar puñaladas cara a cara sin que le vean, que no parece sino que las da por la espalda. Vaya, y qué bien que sabe aplacar la cólera de cualquiera. ¿Pero dónde está? ¿Se ha ido?

En esto, al volver la cabeza, le vio que se paseaba allí a un lado con el mismo aire compungido y devoto que de costumbre con su rosario en la mano y rezando con mucha tranquilidad, como si acabase de oír misa.

—Me alegro —dijo Usdróbal, que no pudo menos de horrorizarse al verle rezar o aparentar que rezaba con las manos ensangrentadas—, me alegro que os quedéis tan fresco después de haber enviado al infierno el alma de ese pobre morisco.

—Me quedo así, querido Usdróbal —repuso el maestro—, porque mi conciencia está limpia, y has de saber que la muerte de un sarraceno, de un moabita, no es pecado, y si no ya ves que el santo rey don Fernando mató muchos…

—Con la espada en la mano —respondió con indignación Usdróbal—, cara a cara y por la verdadera causa de Dios, y no villana y traidoramente como vos hicisteis.

—Pauci vero electi —respondió Zacarías—; pocos son los escogidos, pero si alguno lo estaba para la horca, era ese enemigo de Dios, y así no me remuerde la conciencia; antes bien, me alabo de haber ahorrado a otras buenas gentes la incomodidad de colgarle y el gasto de la cuerda.

—También me parece a mí —replicó Usdróbal— que sois vos de los escogidos para morir sin poner los pies en el suelo, porque a fe mía que os huele el pescuezo a cáñamo de una legua, a no ser que alguno haga con vos lo mismo que vos habéis hecho con el moabita en pago de vuestras buenas obras.

El tono de estas últimas palabras fue tan siniestro que Zacarías no pudo menos de echarle una mirada de arriba abajo temeroso de algún asalto, y seguramente no habría tenido buen fin esta conversación a juzgar por el ceño de Usdróbal y el desprecio con que miraba la hipocresía de aquel miserable, si el Velludo, que vio venir de lejos al señor de Cuéllar, no le hubiese interrumpido en este momento para que viniese a recibirle con él.

—Vamos —le dijo según iban andando— a confesar nuestra vergüenza, a decir a ese señor que vino el coco y asustó a doce hombres. Por la Virgen de Covadonga, que en la vida me ha sucedido otra igual.

—Fue la sorpresa, capitán —repuso Usdróbal—, que nos dejó sin saber qué hacer.

—¿Y cuándo ha habido nada en el mundo que haya sorprendido al Velludo? ¿Y había de ser una bruja, ¡vive Dios!, la que me había de quitar mi fama?

En esto llegó a ellos Sancho Saldaña, que, habiendo visto que se acercaban, no pudo menos de sobresaltarse, pensando si habría sucedido algo a Leonor o habría hallado medio de evadirse de los ladrones.

Su rostro demostraba el desasosiego y sus ojos giraban acá y allá como desatentados; traía el caballo fatigado del largo escape que había corrido y venía cubierto de lodo hasta la cincha.

—¿Dónde está? ¿Está ahí? —preguntó con voz ahogada y fijando los ojos en el Velludo.

—Ahí estuvo —respondió éste—, pero ya se la han llevado.

—¿Quién? —repuso al momento el señor de Cuéllar—. ¿Quién, vive Dios? ¿Y vosotros os la habéis dejado quitar, cobardes?

—No creo —replicó el Velludo, mordiéndose los labios de rabia— que haya yo merecido nunca ese título, pero ahora tenéis razón; no soy más que un gallina.

—Responde, canalla —replicó el de Cuéllar—. ¿Dónde está Leonor? ¿Quién se la ha llevado? Por todos los santos, juro que estoy tentado de hacer un estrago en todos vosotros —añadió, frunciendo las cejas y contrayendo todos los músculos de su rostro con tan sombrío ceño, que Usdróbal creyó que estaba delante del príncipe de las tinieblas.

El Velludo entre tanto no respondió ni hizo movimiento alguno, clavados los ojos en tierra, una mano en la boca y batiendo el suelo muy de prisa con la punta del pie derecho. Miróle Saldaña un instante, y echándole encima el caballo le cogió del brazo izquierdo, zamarreándole.

—Di, pillo, di, ¿dónde está? ¿Quién te asustó?

Alzó la vista el Velludo, y mirándole con ojos que parecían centellas…

—Conde —le dijo—, no me cojáis así… Por la Virgen… Soltadme, conde, soltadme —añadió, arrancándose con fuerza de su mano—. Yo sé lo que he hecho, sé que voy a perder mi reputación…

—Tú me has vendido, malsín —exclamó el conde.

—Usdróbal —respondió el capitán—, dile lo que pasó; yo no puedo; dile el ejército que tuvo que venir a llevársela.

—Un demonio, señor —repuso Usdróbal—, una bruja, un fantasma que entró a deshora en la cueva nos confundió a todos y delante de todos se la llevó en medio de la tempestad.

—¡Dios! ¡Dios! —exclamó el conde mirando al cielo y retorciéndose las manos de ira—. ¿Es posible que todo el infierno junto me persiga? Tú mientes, canalla —añadió, dirigiéndose a Usdróbal—. ¿Y quién es ese fantasma?

—Yo no miento, conde —repuso Usdróbal—; lo que os he dicho es verdad, y en cuanto a saber quién es la bruja no será muy difícil, porque creo que ha de vivir ahí en las cercanías.

—¿Dónde? Llévame al punto, que juro a fe de caballero entrar y sacarla, aunque sea de las garras de Satanás. Tantas fatigas por alcanzarla y siempre huyendo de mí, y ahora, cuando ya era mía… ¡Por Santiago! ¿He de ser yo siempre infeliz? ¡Infeliz!

Acompañó el conde estas últimas palabras con un rugido como el de un león que siente en su pecho el venablo del cazador y se ve arrancar su presa en el momento de devorarla.

—Señor —respondió el Velludo—, no sé fijamente el camino que va a la habitación de esa maga (que Dios maldiga), pero aquí habrá quien lo sepa. ¡Ojalá nunca hubiera sabido ella el de la mía!

—¿Pensáis ir, señor conde? —preguntó Usdróbal.

—Sí —replicó Saldaña, que, habiendo perdido ya la energía del primer movimiento, había quedado pensativo oyendo la respuesta del capitán—. ¿Y quién ha de venir conmigo? —continuó.

—Yo —repuso Usdróbal con resolución—, en habiendo quien me enseñe el camino.

—¿Tú te atreves? —preguntó el Velludo.

—¿Y por qué no? —respondió Usdróbal—; es preciso lavar el borrón que nos cayó anoche.

—Sí, sí, es preciso —dijo entre sí el capitán—; iremos, voy a ver si hay alguno que se atreva a enseñar siquiera el camino —y diciendo esto echó a andar hacia su compañía.

A pesar de ser todos hombres tenidos por animosos, no hubo ninguno que se resolviera a acompañar en esta empresa a su capitán.

—El señor de Cuéllar —dijo uno— puede ir solo, que ya debe conocer el camino de los infiernos, si es verdad lo que dicen que anda en negocios propios con Lucifer.

—No le acompañaré yo ni me acercaré por allí en cien leguas —respondió el viejo de la cara cortada.

En fin, por más que les rogó, mandó, amenazó y ofreció el Velludo, no pudo lograr otra cosa sino la promesa de uno de ellos, que ofreció proporcionar un paisano de Olmedo, hombre muy temido de las brujas por ser de oficio saludador, que los llevaría adonde quisieran, si la paga era correspondiente al peligro a que se exponía.

En este tiempo Sancho Saldaña había vuelto a su estado de insensibilidad, y Usdróbal estaba contemplándole detenidamente. Admirábale el ver su frente cargada de arrugas; sus ojos grandes y hermosos, pero mustios; sus cejas, ya naturalmente juntas a fuerza de contraerlas; sus mejillas secas y hundidas, al mismo tiempo que en su apostura y gallardía a caballo se descubría en él el porte, el continente y la arrogancia propios de un caballero tan poderoso.

—¿No ha vuelto aún tu amo? —preguntó a Usdróbal, como volviendo lentamente de un sueño.

—Ahí viene mi capitán —respondió Usdróbal, recargando en esta palabra.

—¿Hay guía? —preguntó Saldaña.

—Habrá uno, con vuestro permiso, que vendrá esta noche —respondió el Velludo.

—¿Y ahora no? Ya yo me lo imaginaba —dijo el conde con alguna muestra de despecho—; tú me avisarás.

El Velludo iba a excusarse de no poder ofrecer un guía en aquel momento, pero Sancho Saldaña, sin oír más, volvió a su caballo maquinalmente y se alejó a escape por donde había venido, seguido a cierta distancia de su paje y de su trompeta.

—Parece hombre extraordinario —dijo Usdróbal, siguiéndole con los ojos—, y no tiene trazas de tener nunca muy buen humor.

—El de un condenado —contestó el capitán—, aunque yo creo que es el mismo diablo en persona.

Dicho esto volvieron adonde estaba la banda, muy contento Usdróbal en parte de que la maga, robando a Leonor, hubiese así estorbado que se cumplieran los deseos del señor de Cuéllar.

Capítulo 8

¿Mas qué será consuelo a un desdichado?
Todo le cansa, aflige y le acongoja,
fuego es el agua, el céfiro pesado,
aunque vaya saltando de hoja en hoja:
sierpes las flores, áspides el prado,
del claro arroyo el murmurar le enoja,
que cuanto por el campo alegre suena
sospecha que murmura de su pena.

LOPE DE VEGA

Más perlas pendían de su hermosísimo
cuello, orejas y cabellos, que cabellos tenía
en su cabeza.

CERVANTES

Sancho Saldaña volvió a su gente melancólico y silencioso, y mandándoles que le siguiesen llegó a su castillo harto desesperado y de mal talante. Arrojóse a tierra de su caballo, que entregó a un escudero, y llamando a su paje favorito subió a una sala del primer piso, donde sin hablar palabra le hizo señas que le desarmara.

Quitóle la cota de armas y el casco, y tirando Saldaña la espada sobre una mesa salió del cuarto, pasó a otro y corrió varias salas distraído y cabizbajo, echando a un lado y otro miradas torvas, puesta la barba sobre el pecho, los brazos caídos, y, por último, se arrojó sobre un sillón de respaldo que estaba junto a una gran mesa de mármol. Puesta la mano izquierda en la mejilla y apretando el puño derecho casi sin advertirlo, ya parecía colérico, ya reposado, ya, a veces, amargamente se sonreía. Hablaba solo, ya entre dientes, ya a voces, palabras interrumpidas: «¡Leonor! Sí… —decía—; el infierno… ¿Y qué importa?… ¿No somos ya todos unos?… ¡El infierno! ¿Que la robe el infierno o yo?… ¿No soy yo un infierno?… Aquí (señalándose el corazón), ¡demonios! —gritaba—, yo… sí… tentaré las almas por vosotros. Soy peor que vosotros. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —y soltaba una carcajada histérica y espantosa, capaz de poner grima a los mismos que él invocaba—. ¡Ah! —continuaba precipitadamente—, si en el infierno pudiese yo vivir con ella… ¿Vivir con ella? Allí, allí —añadía, clavando los ojos en tierra—, sería mi cielo, sí, mi cielo. Ella… es un ángel. ¿Qué haré? ¿Dónde huiré de mí?… ¿Dónde descansaré? No, mientras viva, jamás… ¿Y después? ¿Después? ¡Qué horror! Un abismo inmenso de penas; en fin, la mayor de todas, la vida misma que detesto eterna, eterna en la agonía de los condenados. Yo no moriré nunca… Tal vez… para volver a vivir. Yo soy réprobo de Dios, sentenciado a vivir toda una eternidad, a respirar fuego, a ser execración de los hombres, mofa de los demonios… Ya rechinan sus dientes de alegría; helos, helos allí… ¡Oh!, no, no, ¡piedad! ¡Maldición! ¿Qué oigo? Sí, la maldición de mi padre.»

A esta última parte de su discurso se levantó con los ojos desencajados, fuera de sí, frenético, preguntándose y respondiéndose a sí mismo, como si oyera otras voces, rechinando los dientes, sus cabellos erizados y corriendo acá y allá como si alguien le persiguiera, con muestras de espanto y gestos a veces suplicantes y a veces desesperados. Duró un momento el delirio, y como si se hubiesen poco a poco desvanecido a sus ojos las sombras que le creaba su imaginación y le asombraban a su entender, arrancó un suspiro de su fatigado pecho, y arrojándose en la silla segunda vez, quedó algún tiempo con apagado aspecto y sombrío ademán en la misma actitud de antes: enajenado.

Largo rato permaneció así, sin dar otra señal de vida en sus movimientos que su agitada respiración, manteniéndose inmóvil como una estatua, sin mover pie ni mano ni mudar la vista. Por último, dando un suspiro, exclamó:

—¿Qué haré? ¡Tengo que vivir por fuerza! Veamos si hay algo que me distraiga. ¡Qué! No habrá. El mal está en mí mismo, no en lo que me rodea. He oído decir que la lectura divierte; seis años ha que no leo. ¿Y qué he hecho en todo este tiempo? Nada. En fin, probemos. Leeré.

Y alargando la mano a algunos libros, bastante voluminosos, que estaban sobre la mesa, forrados en vaqueta encarnada con molduras de oro en los extremos y cerrados con broches de lo mismo, miró los títulos que sobre pergamino blanco estaban, abriéndolos uno tras otro y deteniéndose un rato para leerlos.

Era el primero que tomó un tratado de astrología de Don Alfonso el Sabio, soberbiamente manuscrito con letras de tinta encarnada sobre pergamino vitela; miró su título, y arrojándolo con desabrimiento tomó otro escrito, encuadernado con la misma riqueza, y dijo:

—Veamos qué es éste, y si engaña menos y sirve para más que la astrología. «Cantigas et trobas sagradas en alabanza de Dios, et vidas et fechos de caballeros, compuestos por el famoso Nicolás de los Romances, trovador del muy noble, muy grande rey D. Fernando III, conqueridor de Córdoba et de Sevilla, etc., etc.» Libro es éste que me entretuvo mucho en mi juventud. ¡Ah, entonces yo trovaba también, yo canté mis amores a Leonor, y ella me oía! Pero no soy ya el mismo; entonces yo era un hombre, yo amaba, yo vivía; ahora lo aborrezco todo, a mí mismo, a Leonor… Sí, la aborrezco, pues trato de sacrificarla haciéndola partícipe de mi fastidio. No, este libro no lo leeré; su lectura me atormentaría; aquí se celebra la gloria y el amor; aquí se alaba a Dios, y yo no soy digno de darle alabanzas, ni me atrevo a rezarle ni a suplicarle, y la gloria y el amor son ya plantas estériles en mi alma. Veamos otro —continuó, echando el Romancero a un lado y tomando otro más voluminoso, forrado en blanco, encuadernado con riqueza y escrito asimismo en caracteres latinos y con tinta encarnada como los otros.

—¡Ah! La Sagrada Escritura —dijo, después de haber leído el título—, éste es el libro de Dios. ¿Será un aviso del cielo que, compadecido de mis miserias, querrá mi arrepentimiento? Ya es tarde; no hay arrepentimiento tan grande que baste a lavar mis culpas. Ya es tarde, y yo he sido sentenciado hace tiempo. Pero, en fin, leamos —añadió, como resolviéndose a poner término a los encontrados sentimientos que le agitaban; y tomando el libro y abriéndolo sobre la mesa se sentó en una silla, y después de haber hojeado un momento, parándose de tiempo en tiempo como para repasar el principio de las materias y, al parecer, buscando algo determinado, halló el libro de Job, empezó a leer muy despacio, aunque sin torpeza y con bastante claridad para aquel tiempo, el versículo de Isaías, que dice de esta manera: «Debajo de ti se tenderá la polilla y te cubrirán los gusanos.» ¿Y es este el premio de mi arrepentimiento? —exclamó, cerrando el libro con ira y dándole con fuerza para arrojarlo a un lado sobre la mesa—. Otra maldición. ¡Oh! Es demasiado, es demasiado; mi alma está llena de remordimientos, mi corazón de hastío, y en mi oído sólo resuena el eco de las maldiciones que me persiguen. Es demasiado. ¡Oh! Salgamos fuera de aquí —continuó, levantándose con precipitación—. El aire de esta sala está infecto, me ahoga; yo necesito más aire, y aquí no puedo respirar siquiera. A más, ¿qué tiene de extraño que me fastidie? —prosiguió como deteniéndose y queriendo él mismo inspirarse la esperanza que no tenía—. Estoy solo, y la soledad fatiga y no ofrece ningún pasatiempo ni diversión. ¿No soy el señor de este pueblo? Pues que vengan mis vasallos a divertirme. ¡Hola! ¡Jimeno! ¡Duarte! ¡García!

Jimeno, su favorito, fue el primero que respondió a sus voces y entró en la sala a ver lo que deseaba.

Llegó a su amo con un aire de alegría y familiaridad que, a la verdad, no parecía propio del privado de un hombre tan tétrico como Saldaña; pero esto mismo era precisamente lo que le había valido su confianza.

Era este favorito de mediana estatura, y su rostro sin barba, su color blanco, sus facciones delicadas, ojos azules vivos y sus cabellos rubios y rizados hacían de él lo que se llama una miniatura. Su boca, cuyos labios coloreaba el más vivo carmín, tenía un corte malicioso, que, aunque podía decirse que le agraciaba, habría hecho, no obstante, a un buen observador desconfiar de su honradez, y tanto armado como en farseto su traza era fina y afeminada, sus movimientos sueltos y acompañados de un descaro y una desfachatez extraordinarios. Traía el manto galanamente colgado del hombro izquierdo, calzón de seda roja, medias de seda y zapato blanco con un madroño de hilo de oro en cada uno y un puñal guarnecido de piedras preciosas en la cintura. En fin, era el dechado de la moda, el mimo de las damas y la envidia de los galanes.

Había logrado la privanza del conde por su indiscreción que rayaba a veces en desvergüenza, y habiéndole conocido el humor, cuando le veía de mal temple lo dejaba entregado a sus reflexiones, y siempre sabía coger la ocasión para presentársele. Había oído sus últimas palabras, y haciendo como que le adivinaba el deseo:

—Paréceme —dijo— que vuestra señoría podría mandar se le presentasen las jóvenes del pueblo (que no deja de haberlas bastante agraciadas) y divertirse en verlas bailar. Yo sé la historia de todas ellas, y podría, mientras danzaban —prosiguió maliciosamente—, entreteneros contándoos sus pasatiempos.

—Está bien —respondió Saldaña con sequedad—; ordéname tú una fiesta, y cuenta con mil alfonsís de oro si logras distraerme de mis pensamientos.

—Yo daría mi buen humor —repuso el paje— con tal de separaros para siempre de ellos, pero no tomaré premio ninguno nunca por cumplir con el deber que me impone vuestro servicio y el afecto que os tengo.

—Ve, pues —dijo el conde—, y… ; pero no, no vayas, no me dejes solo; llama algún otro y dale tú las órdenes que gustares.

—¡Duarte! ¡García! —llamó Jimeno entonces, con el permiso de su señor, y dos escuderos, viejo el primero y el otro de mediana edad, se presentaron al momento a su voz, murmurando, sin duda, entre sí de verse obligados a obedecer a la Niña, que así llamaban a Jimeno los del castillo. A pesar de esto callaron y recibieron sus órdenes con respeto, aunque al salir no pudo contenerse el más viejo y dejar de decir en voz baja a su compañero:

—Vaya el tono que usa ese títere con nosotros, que, por San Cosme, que si le cojo que le hago dar más vueltas en mi dedo meñique que las aspas de un molino de viento.

—Tienes razón, amigo Duarte, que nacimos antes que él y debería tener con nosotros más miramientos; pero en cuanto a eso de cogerle, que dices, trabajo te había de costar, porque es suelto como un gamo y valiente como un mastín.

Apenas dijeron esto se fue cada uno por su lado, refunfuñando entre dientes y maldiciéndole, a dar cumplimiento a lo que había mandado.

La sala en que quedaron Saldaña y el paje era de forma cuadrilonga, muy espaciosa y adornada con toda la elegancia y lujo que podía dar de sí la época en que pasaba esta nuestra historia; su techo acanalado, con vigas dadas de blanco, tenía el fondo azul celeste labrado de mil molduras doradas de mucho gusto, las paredes pintadas a la morisca, varios sillones de respaldo, la mesa de mármol blanco que ocupaba el testero de la sala, el suelo escaqueado de azulejos y a trechos vestido de alfombras y algunos cojines de damasco acá y allá a usanza árabe, de varios colores y con pasamanos de oro. Encima de estas almohadas se había reclinado Saldaña mientras su paje instruía a sus escuderos de su voluntad, distraído ya de lo mismo que deseaba, olvidado de su paje y cargado de pesadumbre. Miróle Jimeno un momento, y viendo que su amo no le veía ni hacía más caso de él que si estuviera a cien leguas, no atreviéndose a despertarle de su letargo, quedó a un lado entretenido en arreglarse y estirarse elegantemente la gola mientras le duraba su distracción.

Volvió en sí Saldaña de allí a un instante y pasándose la mano por la frente, como si quisiera ahuyentar de aquel modo algún pensamiento fatigoso, mandó a Jimeno que se acercase.

—Ven —le dijo— y háblame algo que me divierta.

—Estaba pensando —respondió Jimeno— que debíais ir a la corte. El rey os quiere, y no faltará allí una dama que se apiade de vuestros pesares y tratara de aliviarlos con sus caricias.

—¿Adónde dices? ¿A la corte —replicó el de Cuéllar—, a oír chismes, a fastidiarme con las intrigas de Haro, con las quejas de los Laras, a hastiarme de aquellas mujeres frívolas, que vistas una vez cansan al otro día? Quita allá, Jimeno, háblame de otra cosa.

—Pero, ¿qué puede atraeros tanto a este desierto —repuso el paje, donde no se oye la voz del heraldo que anuncia las fiestas, ni se sabe de una moda hasta que han pasado dos o tres en Toledo y ya es tan antigua como los usos del tiempo de don Pelayo?

—¿Y qué me importa a mí la moda ni los torneos, frivolidades que atraen la atención del hombre feliz en su mocedad? Hubo un tiempo en que yo deseaba parecer bien, Jimeno, en que me gustaba agradar porque me agradaba todo, pero ahora que todo me cansa, ¿qué me importa a mí desagradar a todos? ¡Ah! Yo ya, aunque quiera, no podré nunca parecer agradable.

—Vos decís eso —contestó Jimeno— porque os apegáis demasiado a un amor solo. Si fueseis como yo, que soy una mariposa… La mujer que más se resiste tarda un mes en rendirse, y entonces otra al puesto. A mí me gusta vencer, y no me contento jamás con una victoria. Ellas, generalmente dóciles, se dejan llevar por donde se las dirige, y ninguna se mata por verse abandonada del que la amó. A más, que no se me haría cargo de conciencia que se matase una mujer por mí. Al contrario, mejor, sería yo entonces el Cupido de las damas, y todas me señalarían con el dedo. Si vos hicierais así, veríais las intrigas de una para descubrir vuestros pasos, os divertirían, os entretendrían las caricias de la otra con quien fingís, y reiríais de aquella cuyas tramas conocéis y que está persuadida de que os engaña. No estaríais entonces consumido de ese fastidio que os devora, de esa inquietud, de ese no saber qué haceros. Aquí me tenéis a mí, que no tengo una hora de descanso… ¿Pero qué, no me oís?

—Sí, te oigo y te envidio —repuso el conde—; no me hables más de amores; tú eres feliz y yo ni lo soy ni lo podré ser nunca en mi vida.

—Y bien —repuso el paje, si desdeñáis el amor, ¿por qué no buscáis los laureles y los honores con que debe halagar la gloria a un hombre de vuestro linaje? ¿Acaso don Lope de Haro, con su carácter falso y su genio de víbora, tiene más mérito que vos a los ojos de nuestro rey? Lara, inconstante y rebelde a cada paso, ¿acaso os aventaja en nobleza y valentía? ¿Y por qué vos no habíais de ser su igual, y aun superior a todos ellos, y al lado del trono, punto menos que el rey, recibir los tributos de Granada, disponer de la paz o de la guerra a vuestra voluntad, humillar el orgullo y las pretensiones de vuestros enemigos, engrandecer a vuestros fieles servidores y, por último, ser el ídolo de toda la monarquía? ¿Por qué?…

—Tú tienes ambición, Jimeno —respondió Saldaña—, y por eso te expresas con tanto ardor y deseas tanto tu engrandecimiento. No es extraño, eres un niño… , y quizá tienes razón —continuó después de un momento de reflexión, yo debería ir a la corte. Tal vez la confusión, las tormentas de aquel mar de discordias y la continua zozobra que a todas horas agita el ánimo del cortesano… quizá… ¿quién sabe?… acaso me distraerían. Pero no, no, yo ya he estado en la corte; he tenido, esta segunda vez cuando estuve a prestar homenaje a Don Sancho, los títulos a mi voluntad, y todo me fastidiaba y nada bastó a llenar nunca el vacío de mi alma; ni siquiera un momento me distrajo el bullicio de la corte ni un instante disipó mi melancolía. Conozco tu mérito y tu disposición para cortesano, Jimeno, y puedes estar cierto que, aunque yo no esté en la corte, tú harás en ella tus adelantos.

—No me ha movido a lo que os he dicho —replicó el paje, disimulando su deseo bajo la máscara de la lealtad— mi propio bienestar ni lo que mi ambición me aconsejaría; sólo, en lo que os he dicho, he querido poner remedio a vuestra tristeza, porque en verdad que es lástima que un caballero como vos viva como los padres del Yermo. De mí sé decir que, si fuera señor de Cuéllar, conde de Saldaña y capitán por el rey, no pasaría mi vida encerrado en este castillo.

—No envidies mi poder, Jimeno —replicó el de Cuéllar—; cuando yo envidio tu alegría, cuando yo me tendría por feliz, no con ser quien tú eres, sino el último de mis vasallos con tal de poder estar como tú y poder mostrar una frente tan tersa como la tuya. Tú no puedes comprender mi congoja, la angustia con que late mi corazón, la tristeza, el luto que me rodea… ¡Ah!, tú eres feliz, Jimeno; tu alma es nueva, y la mía, la mía… yo la cambiaría por el alma de un condenado.

Pronunció estas palabras Sancho Saldaña con tan íntimo sentimiento, que su paje, a pesar de su indiferencia natural por las penas de los demás, quedó sin saber qué decirle, bajó los ojos y se puso a contar los pliegues de su jubón y a alisarlos con su mano derecha a guisa de pensativo. Saldaña frunció las cejas, miró a Jimeno con aire torvo, envidioso de su alegría, y estremeciendo sus miembros súbitamente, como deseoso de apartar de sí su último pensamiento, continuó, volviéndose a su paje:

—¿No sabes tú alguna trova alegre que cantarme? Allí hay un laúd —añadió, señalando a un ángulo de la sala—; tómalo y ve si te acuerdas de algo que me divierta.

—Con vuestro permiso —respondió el paje—, mientras esos gansos de Duarte y García arreglan la fiesta, os cantaré la última cantiga que compuse a una dama, a quien dejamos el otro día tres galanes a un tiempo cuando ella creía que todos la idolatrábamos.

Y tomando el laúd se sentó gentilmente en los almohadones, enfrente de su señor, y después de haber recorrido suavemente sus cuerdas preludió un acompañamiento y entonó en agradable voz de esta manera:

Dueña de rubios cabellos,
tan altiva,
que creéis que basta el vellos
para que un amante viva
preso en ellos
el tiempo que vos queréis;
si tanto ingenio tenéis
que entretenéis tres galanes,
¿cómo salieron mal hora,
mi señora,
tus afanes?

Pusiste gesto amoroso
al primero;
al segundo el rostro hermoso
le volviste placentero,
y con doloso
sortilegio en tu prisión
entró un tercer corazón.
Viste a tus pies tres galanes,
y diste, al verlos rendidos,
por cumplidos
tus afanes.

¡De cuántas mañas usabas
diligente!
Ya tu voz al viento dabas,
ya mirabas dulcemente,
o ya hablabas
de amor, o dabas enojos;
y en tus engañosos ojos
a un tiempo los tres galanes,
sin saberlo tú, leían
que mentían
tus afanes.

Ellos de ti se burlaban;
tú reías;
ellos a ti te engañaban,
y tú, mintiendo, creías
que te amaban.
¿Decid, quién aquí engañó?
¿Quién aquí ganó o perdió?
sus deseos tus galanes,
al fin miraron cumplidos,
tú, fallidos
tus afanes.

La expresión irónica y maliciosa que tomaron todas las facciones de Jimeno mientras entonó esta trova y la bulliciosa música con que había acompañado su canto habrían puesto de buen humor a cualquiera otro que no hubiera sido Saldaña. Pero éste, en lugar de divertirse del gracejo de la canción, había estado entre tanto comparando la dicha del buen paje con la amargura de su corazón; así que al acabar el canto, y cuando Jimeno aguardaba por aplauso al menos alguna leve sonrisa, su amo tenía los ojos fijos en él con muestras de envidia, y dando un suspiro le dijo:

—Jimeno, vete, vete; yo soy ahora más desdichado que nunca; vete, porque no puedo ver a mi lado un hombre tan feliz como tú.

—Señor —repuso el paje, cambiando al punto de fisonomía y aparentando el mayor dolor—, si mi alegría os ofende, yo vestiré un cilicio, comeré tierra y me ofreceré a vuestros ojos como el hombre más miserable para daros un punto de comparación en vuestro favor.

—No, ni aun así —exclamó el conde— serías tú tan infeliz como yo. En fin, basta. ¿Qué ruido es ése?

—Son las jóvenes de la fiesta que vienen a entreteneros —respondió Jimeno.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Qué fastidio! ¿Y para qué se ha ordenado esa fiesta? Vendrán a ensordecerme con su estrépito, veré en sus ojos la alegría y la inocencia, y la envidia me devorará. No; que se vayan, que se vayan; no quiero verlas siquiera, ya me han cansado.

—Pero, señor —repuso Jimeno—, vos mismo me lo habéis mandado…

—¿Yo? ¿Yo?… Puede ser, sí; pero no importa, que se vayan.

—Pero, señor, ya llegan —respondió el paje.

—Y bien, yo me iré, y luego da tú orden de que se retiren.

Dicho esto se levantó precipitadamente, y como si alguien le persiguiera salió del cuarto.

Quedó Jimeno mirándole atónito de su repentina determinación y dudando si le seguiría o no, temeroso de incomodarle.

—Daría —dijo— la mitad de mi vida por ser dueño de sus secretos; sólo he podido saber que está enamorado de la de Iscar. Si no es más que eso, no comprendo cómo un hombre, estando las mujeres tan de sobra en el mundo, se da por una sola tan mala vida. Yo… también yo estoy enamorado; esta Zoraida parece al castillo de Albarracín, que no se sabe cómo tomarlo; pero… y qué importa; divirtámonos, y ya que aquí no ha de haber baile, lo habrá fuera de la plaza del castillo; vámonos.

Y arreglándose la gola, después de haber echado una mirada de arriba a abajo, enderezó su cuerpo con elegancia y salió de la sala gallardeando.

Entre tanto, Sancho Saldaña siguió rápidamente atravesando salas y corredores hasta que dejó de oír el ruido del tamboril, los cantos y la bulla de los bailarines, que muy a pesar suyo se retiraban, tachando a su señor de hombre de poco gusto y alabando a su gentil paje, que calmó su enojo proporcionándoles la explanada de la fortaleza para que allí saltasen y cantasen a su voluntad. Pero su señor no era extraño que los arrojara y despidiera sin hacer caso de su habilidad, siendo su mayor tormento, en el estado en que se hallaba, la dicha y el júbilo de los demás.

Paseaba entonces silenciosamente por un oscuro corredor, que separaba los cuartos y el tocador de Zoraida de las otras habitaciones. La soledad y la oscuridad de aquel sitio parecía agradarle sobremanera, y sin duda convenía con sus sentimientos. Su cielo angular de arquitectura gótica, su longitud, su estrechez, la tibia luz de la tarde que débilmente entraba por algunas claraboyas abiertas acá y allá en el techo, más apagada aún por los vidrios de colores que la quebraban, amortiguándola, y el eco que resonaba sordamente sus pasos, todo hacía aquel sitio a propósito para que allí Saldaña se embebiera a su placer en sus siniestras meditaciones. Llegaba a un extremo del corredor, y volvía siguiendo su taciturno paseo hasta el otro, midiendo sus pasos con los ojos y seguido de su sombra, que ya alargándose y creciendo desmesuradamente, ya disminuyéndose y achicándose en el delirio de su imaginación, le hacía a veces pararse y estremecerse, como si viese en ella el mal genio que le perseguía De repente, el eco melancólico de un laúd suave y lánguidamente vibrado hirió su oído con tan armoniosa música y melodía, que suspendiendo a deshora sus pensamientos, creyó que un ángel, apiadado de él, le divertía y regalaba trasladándole a la morada del Paraíso. De repente se abrió una puerta que daba a una sala de tocador adornada de espejos de Venecia, ricas alfombras y cojines a la morisca, con rejas a un delicioso jardín, donde brillaba el último rayo de sol poniente, y mil olorosos perfumes y voluptuosos aromas se esparcieron, como de una encantada mansión, alrededor de Saldaña.

Una mujer se apareció entonces a sus ojos, reclinada en los almohadones, llena de hermosura y resplandeciente en galas y pedrería. Llevaba en la cabeza un turbante de riquísimas telas, blanco y carmesí, con pasamanos de oro y perlas, y su cabello, negro y luciente como el azabache, le caía en rizos sombreando a trechos la nieve de la más airosa espalda que puede pensar la imaginación. Traía en su cuello, blanco como el alabastro, un collar de finísimos rubíes, y así las pulseras que coronaban sus manos como los carcajes que engalanaban la garganta del pie eran de oro con mil piedras preciosas allí embutidas.

Todo su traje era a la usanza mora, blanco y carmesí, como su turbante, lo que la hacía sobremanera bellísima, aunque en sus ojos negros y penetrantes se veía el ánimo y el orgullo, en vez de la dulzura propia de los ojos de las hermosas. Con todo, en este momento se dejaba ver en los suyos la expresión del dolor al través de la que le era natural, y en su enérgica y hermosísima fisonomía se mostraban claramente las señales de su tristeza.

Estaba de perfil a la puerta que había abierto para respirar el aire de la tarde, y sentada junto a la reja, a la que se enlazaban algunas ramas de árboles, con el laúd se entretenía en vibrar dulces sonidos acordes con su melancolía. Puestos los ojos al cielo, y acaso alguna lágrima solitaria bañando lentamente el lirio de sus mejillas, parecía la imagen de la hermosa Druida llorando al son de su lira en su sagrado bosque su funesto amor por el prisionero que va a perecer en las llamas, víctima de la superstición.

Saldaña la contempló un momento, mirándola con ojos en que se traslucía aún parte del amor que le había tenido y de las furiosas pasiones que le inspiraba, acercándose a la puerta sin ruido, entre deseoso de irse y de oír los acentos de su laúd. La había amado, como hemos dicho, con frenesí; pero ahora, quedándole aún algunos restos de su pasión, la aborrecía cuando recordaba que su amor por aquella mujer era causa de sus pesadumbres.

—He aquí —se dijo a sí mismo— la mujer que he adorado con todo mi corazón, aquella en cuyos ojos veía yo amanecer mi sol y el encanto de mis sentidos, el principio de mis desaciertos, el motivo de mis crímenes. Hela allí. ¿Por qué ahora no la amaré? ¿Por qué ella no podrá hacer mi felicidad?

Estaba en estas imaginaciones embebecido cuando una voz dulce como el primer amor y melancólica como su recuerdo vino a disiparlas de nuevo con un dulcísimo sonido, que hubiera dado sentimiento a un mármol, y Zoraida cantó blandamente, acompañándose de su laúd:

Canción de la cautiva

Ya el Sol esconde sus rayos,
el mundo en sombras se vela,
el ave a su nido vuela,
busca asilo el trovador.
Todo calla: en pobre cama
duerme el pastor venturoso,
en su lecho suntüoso
se agita insomne el señor.

Se agita, mas ¡ay! reposa
al fin en su patrio suelo,
no llora en mísero duelo
la libertad que perdió;
los campos ve que a su infancia
horas dieron de contento,
su oído halaga el acento
del país donde nació.

No gime ilustre cautivo
entre doradas cadenas,
que si bien de encanto llenas
al cabo cadenas son.
Si acaso triste lamenta,
en torno ve a sus amigos,
que, de su pena testigos,
consuelan su corazón.

La arrogante erguida palma
que en el desierto florece,
al viajero sombra ofrece,
descanso y grato manjar:

y, aunque sola, allí es querida
del árabe errante y fiero,
que siempre va placentero
a su sombra a reposar.

Mas ¡ay triste! yo cautiva,
huérfana y sola suspiro,
en clima extraño respiro
y amo a un extraño también;
no hallan mis ojos mi patria;
humo han sido mis amores;
nadie calma mis dolores,
y en celos me siento arder.

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?… No puedo,
ni ceder a mi tristura,
ni consuelo en mi amargura
podré jamás encontrar.
Supe amar como ninguna,
supe amar correspondida;
despreciada, aborrecida,
¿no sabré también odiar?

¡Adiós, patria!, ¡adiós, amores!,
la infeliz Zoraida ahora
sólo venganzas implora
ya condenada a morir.
No soy ya del castellano
la sumisa enamorada
soy la cautiva cansada
ya de dejarse oprimir.

Aquí dio fin a su canto la hermosa mora, y exhalando un suspiro dejó el laúd tristemente sobre una almohada, se levantó y acercó a la reja, comparando el silencio, la calma y la serenidad de la noche con la tormenta y la inquietud de su corazón. La hora, la soledad, la magia de su voz y, sobre todo, la melancolía de su canto penetraron de tal modo el ánimo de Saldaña, que arrimado a la puerta había estado oyendo, que largo rato quedó suspenso en el mismo sitio y acongojado, comparando la memoria de los días pasados con la amargura y fastidio de los presentes.

Entretenido en esto hizo ruido sin saberlo ni volver de su distracción, y la mora, volviendo la vista, halló a su amante, fijo a la entrada de su cuarto, inmoble como una estatua. Sorprendida de verle, cuando ya no esperaba nunca que la visitase, impelida del amor que ardió repentinamente en su alma a la vista del que se lo hacía sentir y combatida de su altivez, quedó parada un instante, dudosa de si le hablaría primero o si debería retirarse. Por último, fijando en él sus ojos llenos de fuego y mirándole con orgullo, sin dar un paso a recibirle, le dijo:

—Raro se me hace que el señor de Cuéllar venga a visitar a su cautiva.

Detúvose aquí un momento para aguardar su respuesta, pero viendo que Saldaña la miraba sin hablar palabra, continuó:

—Digo que se me hace raro, porque aunque en otro tiempo no le fuera desagradable mi compañía, hace ya mucho, muchísimo, que me ha dejado abandonada y entregada a mí misma, sin cuidarse de mi persona.

—No me hagas reconvención ninguna —respondió Saldaña— de lo que yo no tengo la culpa. Zoraida, te he amado como nunca se amó, tú lo sabes, pero ahora…

—¿Ahora qué? Dilo, acaba —prosiguió Zoraida con impaciencia.

—No, déjame —replicó el de Cuéllar—; mi vista para ti es un mal, la tuya para mí… ¡Ah!, me trae a la memoria mis vicios, mis desórdenes, mis crímenes, y, sobre todo, me hace conocer que soy infeliz y que lo seré eternamente. Tú me has dejado sin alma, has agotado en mí el sentimiento, y si alguno ha quedado ahora en mí, es sólo el del egoísmo. ¡Ah! ¿Por qué, si fue un sueño mi felicidad contigo, no expiré yo antes de despertar?

El acento de la desesperación vibra y se corresponde en el corazón de los desesperados, y las palabras de Saldaña resonaron en el de Zoraida hiriendo su sensibilidad.

Veía delante de sí triste y abatido al que, a pesar de todo, ella idolatraba con frenesí, le oía que echaba de menos los placeres que había disfrutado amándola, y esto le trajo a su memoria los que ella había gozado a su lado y le hizo olvidar de su ingratitud.

—Saldaña —le dijo, acercándose a él y mirándole con ternura—, yo te amo, yo te adoro más que nunca; ámame como antes, ten esperanza; sí, tú serás feliz todavía, yo, con mis caricias, distraeré tus pesares; créeme, serás feliz.

—¡Feliz! —repitió Saldaña como un eco de sus palabras—. ¡Jamás! ¡Jamás! Tú te engañas, Zoraida; ni en vida ni en muerte podré ser ya nunca feliz. Tú, sí; olvídame, huye de aquí; tu eres libre, huye y olvida al que ya no conoce otras sensaciones que las de la envidia, al que aborrece a cuantos le rodean sólo porque los cree felices; huye de mí te digo.

—No, jamás —le contestó Zoraida—. Nunca me separaré de ti; aquí viviré dichosa si me amas y cariñosa contigo; desdichada si me aborreces, y no te lo oculto, no, meditando planes para vengarme. Yo no he amado más hombre en el mundo que tú, yo he vivido sólo por ti, he respirado por ti, sólo te he visto a ti en el universo; si me dejas, si me echas de ti, tiembla, Saldaña; soy una mujer, no puedo medir mis fuerzas contigo, no tengo campeón ninguno que me defienda; tú eres un señor poderoso, tienes mil lanzas a tu servicio, un brazo que temen los más valientes guerreros de mi país; yo soy sola, sola, mi brazo es débil, pero mi furia es la del huracán, la de cien tormentas, y mi venganza se cumplirá, porque yo querré que se cumpla. Pero si tú me vuelves tu amor —continuó, cambiando el tono enérgico con que hablaba y modulándolo dulcemente—, entonces yo te idolatraré, yo seré tu esclava. Mírame, Saldaña, a tus pies, vuélveme tu cariño.

Bajó Saldaña los ojos y la vio arrodillada, encontrando en los suyos todo lo que el amor puede expresar con más fuego, pero su corazón helado no sintió al verlos movimiento alguno, insensible ya a todo excepto para fatigarse con dolorosas memorias y atormentarse con remordimientos.

—Mujer, levántate; levántate y olvídame para siempre; te he hecho tan desgraciada ¿y aún puedes amarme? Levántate, y sea ésta la última vez que nos encontremos.

Zoraida se levantó con dignidad, y echándole una mirada de indignación:

—¡Ingrato! —exclamó—, tú quieres que te olvide, no por generosidad, sino porque tú me has olvidado a mí ya. Lo sé, sé todo lo que meditas; pero Leonor de Iscar no será tu esposa mientras yo viva.

—¿Qué dices? ¡Leonor! —repuso prontamente Saldaña—. ¿Sabes tú de ella? ¿Dónde está? ¿Acaso tú?… Habla… Di, ¿dónde está?

—¡Desgraciado! —gritó Zoraida con una sonrisa sardónica—. ¡Ah! ¿No la posees todavía? ¿Se malogró tu intento? ¡Qué placer! ¡Qué placer!

—Mujer infernal, ¿la has robado tú? Di, ¿dónde está? Sí, tú has sido, sola tú eres capaz de entenderte con un espíritu del infierno.

—¡Ah! ¡No la posees, no la posees! —continuó entre tanto la mora en un acceso frenético de alegría, gritando fuera de sí como enajenada— ¡Oh! ¡Bendita, bendita la mano que lo estorbó! ¿Y un señor como tú no ha podido robar una mujer?

—Calla —gritó Saldaña, asiéndola fuertemente de un brazo y tirando de su puñal—; di dónde está o te asesino.

—No lo sé —replicó Zoraida sin turbarse—; pero, aunque lo supiera —continuó con sarcasmo—, ¿crees tú que te lo diría? Todo tu poder, todas tus amenazas, mil tormentos no bastarían a arrancarme el secreto que yo quisiera guardar.

—¡Mujer! —exclamó Saldaña, tirándola fuertemente hacía sí y acercando el puñal a su pecho—, di dónde está, dónde, y si lo sabes no me precipites; di dónde está: te amaré… dilo o, por Santiago —continuó, rechinando los dientes— ¡te hago pedazos el corazón!

—Sí, asesíname —gritó Zoraida—, y mi maldición te perseguirá como la del sacerdote que hiciste perecer en las cárceles de este castillo, como la de tu padre al que abandonaste en su lecho de muerte.

—¡Mi padre! ¡Oh Dios! —interrumpió Saldaña.

Una voz resonó en aquel momento en el corredor que lo nombró al mismo tiempo, y Saldaña, dejando de pronto el brazo que tenía asido a Zoraida, salió del cuarto cerrando violentamente la puerta y atravesó a largos pasos el corredor. La voz que le llamaba seguía siempre tras él, y pasado el primer terror volvió la cabeza y reconoció a su paje, que le buscaba para entregarle una carta.

—¿Qué me quieres? —le preguntó con aspereza, avergonzado de su sorpresa— ¿A qué diablos vienes ahora?

—Señor —repuso el paje—, un escudero ha entregado a la puerta del castillo esta carta diciendo que era un asunto importante y que se os remitiera al punto, y yo…

—Está bien —interrumpió el de Cuéllar—; vamos a ver qué es.

Y entrando en la sala, donde ardían sobre la mesa dos lámparas de plata, se acercó a la luz, abrió la carta y leyó:

«Si el señor de Cuéllar es digno del nombre de caballero, mañana, a las cinco de la mañana, se presentará solo y armado de todas armas a la orilla del Cega, donde encontrará un caballero que desea medirse con él sin ventaja. Si teme alguna emboscada, puede hacerse acompañar de alguna gente de armas.»

—No trae firma —dijo Saldaña, sorprendido del mensaje— ¿Conoces tú al escudero?

—No, señor —respondió el paje—, no le he visto nunca en mi vida.

—¿Está aún ahí? ¿Dijo si aguardaba respuesta?

—Lo mismo fue entregar la carta —replicó el paje— que desapareció a todo el galope de su caballo.

—¿Quién será? ¡Pobre caballero! Mucha gana tiene de morir cuando desea medirse con un hombre desesperado. En fin, mañana se le cumplirá el gusto. Oye Jimeno —continuó—, di a Duarte que para mañana a las cuatro y media esté a punto mi caballo de batalla, el Morillo, ¿entiendes? Y tú me prevendrás mis armas. Veremos quién es ese que aborrece tanto su vida.

El paje salió a cumplir sus órdenes al momento, y él continuó hablando consigo mismo.

—Ojalá hallase yo en su lanza el término de mi vida. ¡Leonor! ¡Leonor! ¡Oh! El infierno entero está junto en esa mora, que trajo mi mala suerte a este castillo. Poco me costaría librarme de ella… pero ¿sabría yo entonces en dónde tiene a Leonor? Jimeno es astuto, quizá podría averiguarlo. Veremos, vamos a ver si puedo descansar esta noche. Esta hora es cruel. ¿Y cuál hay para mí que no lo sea? ¿Hago yo diferencia del día a la noche?

Dicho esto, y habiendo vuelto a entrar Jimeno en la sala, después de haberle dado parte del cumplimiento de sus encargos, se retiraron, y el señor de Cuéllar pasó la noche tristemente, agitado de pesados sueños y con la misma zozobra y pena que le quitaba el descanso y ahuyentaba a todas horas la paz de su corazón. Tan cierto es que una conciencia turbada es el mayor castigo del criminal.

Capítulo 9

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
… … … … … … … … … … . .
leal, traidor, cobarde y animoso:
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso:
huir el rostro al claro desengaño;
beber veneno por licor suave;
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe;
dar la vida y la muerte un desengaño:
esto es amor. Quien lo probó lo sabe.

LOPE DE VEGA

… … … … … … … … … . .
… … … . .una vieja así enfadada,
que a nadie placer da, ni gusto en nada.
Toda menor que de la mano al codo,
de enfermedades y de horror cubierta,
corto el cano cabello, el cuerpo todo
de flacos pliegues lleno y color muerta,
de raíces hecha… … … … … … .

VALBUENA, Poema del Bernardo.

Tarde era ya aquella misma noche, cuando a la tibia luz de la luna recorría los corredores de la fortaleza una figura blanca, aérea y nebulosa, entre la luz y las sombras, semejante a un sueño de amor o a una aparición celeste, hollando apenas el suelo, y ágil y ligera como el pensamiento. Ya desaparecía por instantes, ya otra vez brillaba sobre las almenas que plateaba la luna, ya se perdía de nuevo, ya en alguna elevada torre aparecía, sin que la rapidez de su marcha disminuyese ni se pudiese descubrir su rostro. Invisible, tal vez, para los vigías que acá y allá en diferentes puntos velaban, mostrábase siempre en los puntos abandonados, donde apenas se detenía un momento como cuidadosa, cuando se ocultaba en seguida, bien así como si se disipase en el aire. Hubiérase creído que era el genio tutelar del castillo, que por secretos e ignorados caminos recorría todo, veía todo y en todas partes se hallaba, ya desvaneciéndose entre los rayos que destellaba la luna, ya tomando una forma bella y majestuosa al aparecerse. Viósela, en fin, en una de las torrecillas que flanqueaban el edificio, detuvo allí sus pasos, miró a un lado y a otro con ansiedad, y en aquel momento dejóse ver enteramente a la luz. Su blanco ropaje, como el vellón de una nube, ondeaba en pliegues al viento, y entre el rayo de la luna y la oscuridad de la noche se confundía; el aura susurraba en su cabellera tendida, y todo era mágico a su alrededor; pero en su ademán, aunque hermoso, había algo de triste y abatido, y en sus ojos centelleaban acaso algunas lágrimas de tiempo en tiempo, y la inquietud e intensidad de su mirada revelaban las encontradas pasiones que la agitaban. Dos veces miré a un lado y a otro con recelo de que alguno la sorprendiera; dos veces tendió la vista por el espacioso campo, y su ojeada despedía una luz más viva y más ardiente que la que disipaba con su claridad las tinieblas. Parecía como si deseara las alas del águila, la rapidez del huracán, para atravesar de un vuelo el espacio a par de la velocidad de su pensamiento. Allí en alguna parte buscaba algún objeto de odio inmenso, de amor desesperado sobre quien descargar su ira y en quien saciar su rencor, o a cuyos pies volar para pedir piedad y alcanzar el perdón de algún crimen entre sus brazos. Su mirada penetraba como el rayo de la tormenta, volaba al igual de su imaginación, y en sus ojos se retrataban todos los delirios de ternura y de aborrecimiento que a cada instante presentaban diversos cuadros a su fantasía.

Era, en fin, Zoraida delirante, Zoraida celosa, enamorada, cruel, vengativa, lleno su corazón de furia, de celos, guiada por una sola intención. Su fin era averiguar dónde estaba Leonor, morir o asesinarla. Criminal era ya Leonor a sus ojos porque la amaba Saldaña, porque le robaba el único bien que ella poseía en el mundo, porque era, en fin, preciso marchitar la hermosura de aquella mujer cuyos encantos, aunque tal vez contra su voluntad, habían hechizado a Saldaña. La imagen de ella muerta a sus pies, vengando a un tiempo con un solo golpe todos los desaires y desprecios que había sufrido; la idea de ver frustrados los intentos del infiel amante, de verle llorar, padecer y desesperarse, y de ser ella, ella sola, el único agente de su venganza, hacía alguna vez asomar a sus labios una sonrisa diabólica de satisfacción.

¿Y por quién iba a ver torcidos y descompuestos sus planes el caballero más poderoso de Castilla, el temido de los guerreros, el señor de mil lanzas y a quien pagaban pecho tantos vasallos, el hombre a cuya voz obedecían tantos pueblos, tantos soldados y servidores, el señor de horca y cuchillo en su señorío, por quién?

Por una mujer cautiva, sola, sin otro apoyo, sin otro amigo en el mundo que ella misma; por una mujer cuyo sexo, débil por naturaleza, hacíala parecer como sin ánimo y llena de timidez a la vista del guerrero menos intrépido y cuyo brazo apenas podría levantar la espada más ligera de un hombre de armas, y cuyo pecho sofocaría la coraza menos pesada. Por una mujer sin más armas, en la opinión de todos los hombres, que las de su hermosura y sus lágrimas, y a quien su poderoso amante había amado y había dejado tan sin miedo y con tanta indiferencia como un niño toma o deja un miserable juguete. Seguramente que había algo de sublime y de grande, y sobre todo mucho de halagüeño para el amor propio de Zoraida, cuando se comparaba con el hombre cuyos designios iba a contrastar y a desbaratar de un solo golpe, y veía la balanza del poder inclinarse por entonces a su favor.

¡Cómo iba ahora a satisfacer su venganza! ¡Cuál sería el chasco de Saldaña cuando preguntase quién había osado desafiar su cólera, y cuando esperara ver algún señor tan nombrado y poderoso como él, algún amante celoso de Leonor, algún guerrero capaz de sostener a todo trance su temerario arrojo, viese delante de él su cautiva teñida aún en la sangre de su víctima y aguardando impávida todo el torbellino del primer ímpetu de su rabia, alegre con morir después de haber inundado el corazón del perjuro de todo el veneno en que antes había rebosado el suyo!

¡Oh, él presenciaría su triunfo, y al condenarla a morir lograría, sí, una venganza, pero no por eso volvería la vida a su amante; no gozaría por eso de su hermosura ni aun abrazaría su frío cadáver, porque no vería más que a la mujer que despreció, un puñal y la sangre de su Leonor!

Y luego nuevos remordimientos se juntarían a los que ya roían su corazón; nuevos fantasmas turbarían su reposo; nuevos crímenes seguirían a los ya cometidos; dondequiera vería a Leonor, la llamaría, y al llegar a ella sólo hallaría delante de sí su sombra tal vez, y el brazo y el puñal de Zoraida sobre su pecho.

Tales eran los pensamientos de la mora, y tal el porvenir más agradable y más consolador que en su furia se prometía. Los celos la habían hecho dejar su habitación, agitada de una fiebre ardiente, loca, furiosa y desatentada, buscando su rival sin saber dónde hallarla, figurándose en su delirio verla junto a sí, y verse ya en el acto de asesinarla. Pero otras veces la imaginaba muy lejos, fuera del alcance de sus celos, como si una muralla impenetrable se alzase entre las dos, como si un poder invisible la defendiese e hiciese inútiles sus esfuerzos para alcanzarla; y entonces la veía en brazos de su amante, y que ambos la miraban retorcerse las manos y arrojar espuma por la boca de rabia, y de fatiga, burlando con risas de escarnio sus impotentes esfuerzos, señalándosela con el dedo uno a otro, y en paz dulce y en inalterable sosiego haciéndose mutuamente caricias tan suaves, tan tiernas y tan ardientes como el amor que las causaba, viendo uno en otro su cielo y su felicidad.

Y ella entonces comparaba su estado y el de ellos, y se derribaba en el suelo y se arrastraba, mesaba su rostro y lloraba como si realmente sucediera así, y se mordía a sí misma como si quisiera hacerse pedazos.

Y luego corría de una parte a otra, y pensaba que en mudando de sitio se disiparía su fatal ilusión, y no hallaba descanso en ninguna parte, y dondequiera el mismo cuadro despedazador la perseguía. En vano se lanzaba de uno en otro corredor, de una en otra torre; el mal estaba en su corazón, y en su demente arrebato llevaba las manos sobre su pecho como si quisiera arrancárselo.

Y luego tal vez recordaba los días de felicidad que había gozado, las palabras dulces que en tal o cual momento había oído enajenada de boca de su amante, y que habían quedado grabadas en su memoria, y que tantas veces había ella repetido a sus solas con inexplicable delicia. Y ardía con la memoria de sus besos, y aún se estremecía de placer, y recordaba también los días que, mano mano con él, olvidada de todo el mundo, alegre, descuidada, tierna, libre de celos y entregada sólo al amor, había paseado a la fresca sombra de las arboledas, en encantados bosques, al margen de claros y murmuradores arroyos, sin susto, en paz y tiernamente correspondida, y las noches de placer, y el rayo trémulo de la luna, y los besos de fuego, cuyo agradable estallido interrumpía solamente el silencio.

Y veía después al ingrato gallardo en los torneos, cuando la nombrara reina de la hermosura con vergüenza y a despecho de las más brillantes damas que honraban con su belleza el palenque, y con él a todos los valerosos caballeros rendirla homenaje, y al tiempo de coronarle, como a vencedor de la justa, sentía penetrar todavía hasta su corazón la mirada cariñosa y ardiente del impetuoso Saldaña. Y luego le contemplaba en el festín con ella, con ella en la carrera del crimen, de la gloria, de la infamia, de la virtud y del vicio. Y sentía rasgársele las entrañas con tan amargo recuerdo, y desmayar su ánimo y escaldar sus mejillas torrentes de lágrimas abrasadoras como plomo derretido.

Y él, y él y siempre él en su corazón y en su fantasía; y suspiraba por él y por él gemía, y su llanto no parecía tener término.

Y entonces, ¡oh!, de rodillas, inclinada la faz al suelo, imaginando que le besaba humildemente los pies, y le rogaba, le suplicaba, no ya una amorosa caricia, no ya una mirada de lástima, no ya que la amase como antes, sino que no amara a otra alguna. Que se sirviese de ella como de una esclava, que la despreciara, que la insultara, que la aborreciera, que la maltratara, pero que al menos no juntara sus labios a los de otra mujer, no dijera a otra las mismas palabras que a ella, y que la dejase a su lado para únicamente mirarle, cuidarle e idolatrarle.

Que si le enojaba su vista, ella le vería desde donde él no pudiese verla, que nunca más le cansaría con sus amores ni con su presencia, sino que, resignada con su suerte, se contentaría con adorarle en silencio y velar sobre él como un ser invisible.

Pero después resonaban en su oído las ásperas palabras de Saldaña que la arrojaba de sí, y le contemplaba loco de amor por su dichosa rival, buscándola con ansia; y entonces, volviendo los ojos al cielo, rojos de tanto llorar, pero secos ya y con desesperado ademán, blasfemaba de su Dios y de su profeta, y de la horrible fatalidad que la había traído a amar a un engañoso cristiano, a preferir la esclavitud a la libertad, un país extranjero a su patria, y maldecía el brazo de hierro que la tenía allí sujeta en aquel odioso castillo. Y entonces pensaba en los bizarros árabes de Granada, en las damas que rodeadas allí de su familia y mimadas y obsequiadas por sus animosos galanes, disfrutaban de su amor sin zozobra, sin remordimientos, y halagadas de las esperanzas más lisonjeras. Y comparaba su suerte con la de ellas, como un condenado podría comparar el paraíso con el infierno, y sentía un dolor como si le arrancasen con tenazas ardiendo pedazos de carne de su cuerpo, cuando se decía a sí misma que aquella debía haber sido su suerte si no hubiese sido cautiva, si no hubiese conocido a Saldaña, y no habiéndose enamorado de él, hubiese pagado su rescate y hubiese vuelto a su patria. Que no estaría sola como ahora, y tendría quien enjugase su llanto si lloraba, quien sonriese con ella y, en fin, quien la defendiese y la ayudase contra el que intentara ofenderla, y nadie entonces la insultaría ni serían desoídas sus quejas.

Su delirio alejaba de ella todo lo agradable al mismo tiempo que acercaba y engrandecía a sus ojos las imágenes más crueles. Leonor estaba en todas partes, en dondequiera estaba Saldaña, y en la mente de la desventurada mora mil siglos corrían a cada momento que pasaba, porque en cada momento sufría tantas penas, y tantos pesares se agolpaban a su alma y la despedazaban a un tiempo, que los de un solo instante pudieran componer el total de los tormentos de toda la vida humana. Su intento era buscar a Leonor y, salir del castillo y sin saber adónde andaba, andaba y corría aquí y allí, y ya se figuraba lejos del sitio de donde había partido, cuando se encontraba otra vez en él, y otra vez y otra vez atravesaba mil diferentes pasadizos secretos que ella sabía, y nunca acertaba a salir de la fortaleza, turbada toda y perdida en el caos y el laberinto de su imaginación.

La noche tranquila como el lago del valle, la luna bañando en luz pacífica las extendidas llanuras que de las torres se descubrían, el aire sin ruido, el campo sin ecos, el castillo lóbrego y en silencio, la hora ya muy adelantada, el reposo y el sueño en que estaban sumergidos los demás vivientes, todo parecía convidar al descanso, y ella sola no sosegaba, y ni su espíritu ni su cuerpo cesaban en su agitación. Algún centinela que la divisó, ni dio ni hizo señal de haberla visto, y creyéndola algún espíritu no hizo sino persignarse. Cuando ella contemplaba la calma que reinaba a su alrededor, aquella misma paz aumentaba su inquietud lejos de tranquilizarla. Figurábase a Saldaña embriagado en sus sueños de amor, regalado de ilusiones felices que estaba muy lejos, sin duda, de gozar el tétrico castellano, pero que la celosa mora le prestaba en su delirio para atormentarse más a sí misma.

Si contemplaba el castillo, la oscuridad y el rayo de la luna reflejándose débilmente en sus altas y ovaladas ventanas, imaginaba la fortaleza una tumba, y el pálido reverbero de la luz, la llama trémula de las antorchas fúnebres. En cada sombra veía a un ángel de tinieblas que la perseguía y la acosaba, o un motivo de celos, una Leonor enamorada que venía en busca de su amante, y que se iba a encontrar en su camino con ella.

Por fin, el ansia de vengarse, dominando enteramente su alma, sujetó su imaginación, calmó su desvarío, y le hizo tomar un camino recto y seguro afirmándola en un pensamiento único. Entonces, volviendo en sí, su marcha fue más rápida, y con firme paso y decidido ánimo deshizo ya con conocimiento de dónde se hallaba, las vueltas que equivocadamente había dado, y bajando por secretas trampas a escaleras y sitios que sólo ella y el arquitecto del castillo tal vez conocieran tomó el camino más corto para salir al campo.

Llenos estaban los fuertes de aquella época de estas salidas ocultas, de que se servían sus señores, ya para sus empresas particulares, ya para caer inopinadamente, en caso de sitio, sobre sus enemigos, ya para facilitar una o retirada. Ninguno de cuantos secretos contenía aquel alcázar ignoraba Zoraida, que criada en él, había mil veces recorrido todos. Servíase en su camino por aquellos desiertos tránsitos de una linterna sorda de metal, y llena de sobresalto, delirando sin cesar y murmurando entre dientes algunas veces, parecía una maga que en sus furores descendía al infierno a evocar las almas de los condenados.

Entre tanto, cierto rumor llegó a sus oídos, aunque a bastante distancia, que en un principio creyó sería causado por el gemido del viento; pero luego sonó una voz áspera y ronca, como la de un borracho de oficio, que hablaba con otros que contestaban con brindis y carcajadas, y conforme caminaba adelante sintió más cerca el ruido de copas de barro rotas y un estrépito semejante al que produce una orgía desenfrenada.

Era el alboroto en las cuadras de los soldados aventureros, y una luz que ondulando, ya alumbraba unas veces, ya otras al parecer se extinguía, y que a corta distancia reflejaba del cuarto del capitán de este cuerpo, y los desentonados gritos que allí se oían, mostraban la bacanal y el desorden en que pasaban el tiempo. Pero una voz de mujer se oyó acaso en medio de las roncas y vinosas de los varones, y aunque apenas se apercibió débilmente, el oído de Zoraida distinguió el sonido, y su primer pensamiento fue que era la voz de Leonor, que estaba ya en el castillo, y que a la mañana siguiente debía ser presentada a Saldaña. Esta idea, absurda sin duda y que hubiera desechado ella misma si estuviera en su cabal juicio, fue cabalmente la primera y la única que se ocurrió a Zoraida, con tanta obstinación y tan ciegamente, que ni la borrachera de los que allí estaban ni las groseras palabras con que agasajaban a la supuesta rival ni las descaradas respuestas de ella, nada pudo hacerla reflexionar de otro modo.

El estruendo crecía; el estrépito, las voces, las risotadas, los golpes en las mesas, los brindis y las maldiciones, todo lo oía la mora desde su encallejonado pasadizo sin perder una sola sílaba.

Callaron todos de pronto y la misma voz, más ronca y desafinada que las otras, entonó una canción que verdaderamente tenía algo de infernal en su música, haciendo ruido al mismo tiempo con un cacharro contra una mesa para acompañarse:

Pobre diablo Satanás,
bebe vino,
emborráchate y verás
qué divino
se te figura el infierno
en verano y en invierno.

CORO
¡Oh Satanás, Satanás!,
emborráchate y verás.
Vino largo, una querida,
pelear
y beber, esta es la vida
militar;
y beber hasta caer,
y beber y más beber.

Y otras seis u ocho voces que se distinguían por sus diferentes tonos y su desacuerdo, como de gatos que maúllan unos en tiple y otros en bajo, entonaban el estribillo:

¡Oh Satanás, Satanás!,
emborráchate y verás.

Y concluían su canto con un grito agudo, lúgubre y prolongado, semejante al que lanza el perezoso Ay en los desiertos de América. Dos voces repitieron este alarido y luego bebieron, vocearon y juraron; cantaban unos, se peleaban otros, se desafiaban aquéllos; las mujeres chillaban, y todo era confusión, alegría, llanto y borrachera.

En la locura de Zoraida, aquella estancia se le figuró más propia de los demonios que de los hombres. La hora que era y el alboroto que traían en un sitio subterráneo daban cierta apariencia extraordinaria al festín, y ella había oído a Saldaña mismo hablarle de una aparición, de un espíritu que había robado a Leonor. Este pensamiento le confirmó en su primera conjetura acerca de la voz de mujer que había oído, y se resolvió a penetrar allí si era necesario y averiguar de cualquier modo si era ella efectivamente.

Pero aunque el amor a la vida no fuese hacía ya mucho tiempo el primer móvil de las acciones de la desconsolada mora, y muchas y poderosas pasiones hubieran sofocado en su corazón este deseo de conservación, innato en todos los animales, el pudor es el último sentimiento que abandona la mujer, y la idea de entrar en aquella especie de perrera, mezclarse con hombres groseros y acalorados con las bebidas y exponerse a una gracia hedionda y desvergonzada, la hacía temblar, sin atreverse siquiera a mirar adentro por una claraboya que adornaban dos hierros atravesados en cruz.

En esto la puerta del cuarto que caía al otro frente se abrió, y entró un soldado que salía sin duda de centinela, que saludando al que parecía ser el jefe, tomó un jarro de vino y se lo echó a pechos de una sentada.

—Juro por la barba del miramamolín del infierno, que en la centinela de esta noche he sentido pasar junto a mí un alma en pena, toda rodeada de fuego.

—A la salud del alma en pena —gritó el capitán; y empinó la bota más de media hora seguida.

—Por la muerte y pasión que hemos de sufrir todos los que aquí estamos —dijo uno con cara de león de piedra y con ademán grave y solemne—, que no hay alma en pena como la mía, que estoy penando con esta cara de vaqueta vieja por que me quiera esta desagradecida.

—Sí, señor; cuando digo que yo la he visto, ¿cómo se entiende?

—Mentira, yo te digo que no es posible —respondía otro muy enfadado.

—Pues, ¿a que sí?

—¿A que no? ¿Y cómo es?

—Es una figura blanca; lleva tras de sí un gato negro.

—Es verdad —respondió otro—, que yo la he visto esta noche pasearse de torre en torre.

—Y volar por el aire a caballo en una serpiente de fuego —añadió el primero.

—¿A que no eres capaz de ir a buscarla? —apostaba uno en otro corrillo.

—Ahora mismo.

—¿A que no?

—¡Ea, muchachos! un buen trago, y mano a la retamalla —dijo, y bebió, y empuñó su espada.

—¡A buscar a la fantasma!

—A buscarla, a buscarla —repitieron todos a un tiempo sin saber lo que iban a hacer ni lo que decían; y con las espadas desnudas salieron de tropel, como un torbellino de demonios vomitados por el infierno.

Pero la fantasma que buscaban era la mora; y ésta, que había satisfecho ya su curiosidad, se había retirado a tiempo, y caminaba entonces por un pasadizo subterráneo, muy segura de que aquella gente trabajaría en vano por encontrarla. Ni era esto tampoco en lo que pensaba: varias veces había oído contar grandes prodigios y milagros hechos de una bruja de las cercanías que tenía amedrentados a los más intrépidos. A ésta, pues, quisiera hablar Zoraida para consultarle y pedirle que le diese un medio terrible de vengarse, o una bebida para Saldaña que le hechizase y enamorase de ella de tal manera que ni aun en la muerte se separaran sus almas, o un veneno de odio para ella sola que le hiciera aborrecerle tanto como le había amado.

El subterráneo por donde caminaba tenía una salida al pueblo y otra al campo en el lado opuesto; tomó Zoraida la segunda, y después de haber andado más de una hora se halló al raso cerca de Torre—Gutiérrez, castillo perteneciente a los señores de Cuéllar. Había andado cerca de una legua sin sentirlo, sin cansarse, y enteramente entregada a su único pensamiento.

Cuando salió al campo, la respiración le faltaba; su cabeza ardía hecha un volcán; el corazón le hervía, y su sangre, como la lava del Vesubio, había hinchado sus venas y hacía palpitar todo su cuerpo.

Había refrescado el aire, y ella, abierta la boca, lo respiraba con ansia y lo bebía, y todavía quemaba a su parecer; gotas de sudor corrían de su frente ardiente como de fuego, y varias veces en algunos arroyuelos que entre juncos allí corrían, refrescaba su seco paladar, que otra vez abrasaba de nuevo el incendio que arrojaba su corazón. Caminaba, no obstante, sin cesar, pero ya sin saber adónde, y sólo detenía el paso y se paraba cuando alguna ráfaga de viento venía un momento a aliviar su ardor. Pero entonces se figuraba que oía en su susurro besos, caricias, palabras dulces en torno de ella, y la voz de Saldaña y la de Leonor. Y luego creía que resonaban voces de maldición o de lástima, y oía en el murmullo de las aguas, y en el gemido de la brisa y en el rumor de las hojas, que Saldaña la maldecía; y lo que era aún más cruel, que Saldaña idolatraba a Leonor. Y huía entonces hacia otra parte toda desalentada, y así, ya suspendiendo el paso, ya caminando con indecible precipitación, se emboscó entre los pinos que están a la derecha de Torre—Gutiérrez, y allí se enmarañó y se perdió entre las sombras como un espectro errante.

Pero no había andado muchos pasos cuando cayó sin aliento y rendida y quebrantada con la fatiga, al pie de algunos árboles tan espesos que impedían entrase la luz de la luna. Allí, ya sin fuerzas y casi exánime, sintió un sudor frío que le helaba hasta los huesos sin cesar; pero era el ardor calenturiento que la abrasaba. Su cuerpo, débil y falto de alimento, no podía ya sostenerse, y el espíritu, trabajado y fatigado ya con tanto sufrir, no podía tampoco comunicarle más ánimo. Cayó, pues, y no hizo ningún movimiento para levantarse, ni para mudar de postura, ni levantó la cabeza, ni gemía, ni podía llorar, y sólo daba a conocer que vivía el incesante movimiento de su pecho que parecía henchido de tormentos vivos, que luchando en su centro unos con otros lo alborotaban.

Una luz a corta distancia que parecía andar sola se descubrió que venía por el bosque hacia ella, ya a veces desapareciendo entre los espesos árboles, ya otras derramando su ondulante reflejo que aumentaba las sombras en vez de desvanecerlas, con un brillo tan pálido y moribundo como el de una vela amarilla. Nadie se veía; no obstante, la luz se acercaba, y en la imaginación de la mora, cuyos ojos había herido su destello una o dos veces, aquella luz a tan excusada hora y en aquel bosque, se presentó como cosa sobrenatural y del otro mundo. Quizá el ángel Azrael, que compadecido de sus pesares venía a cortar el hilo de su vida, quizá… quién puede decir lo que se figuró, pensó y creyó la enajenada Zoraida. Pero no por eso se levantó de donde estaba, sino que fijos los ojos, fuera ya de sus órbitas, en la misteriosa luz, miraba como demente, y tal vez, según las imágenes que en su delirio inventaba, se descubría una sonrisa amarga como la hiel en sus labios trémulos y blanquecinos. La luz, empero, torció a un lado como si cambiara de senda, pero bien pronto volvió a brillar, y una voz se oyó que murmuraba maldiciones entre dientes, y que en tono monótono y como si rezara pronunciaba varias palabras mágicas o tenidas como tales, y que en informes versos puestas, sonaban como el regaño sordo de un perro alano. Callaba en seguida como si esperara que alguno le contestase; pero sin duda no estaba de humor de responder el ser sobrenatural que evocaba o no la oía, y la voz redobló sus conjuros. Tal vez se imaginó el encantador de la luz que había ya recibido respuesta, y volvió a callar.

Volvió entonces a andar la luz hacia donde estaba Zoraida, y un ente informe de estatura raquítica y consumida, imperfectísimo remedo de una mujer, quizá una especie de animal nuevo, una vieja, en fin, de ojos de víbora, tan flaca como una cuerda, tan ruin como un mal pensamiento, y estropajosamente arrebujada en unos harapos, con una larga mecha de brea encendida en una mano, y en la otra una sarta de dientes de hombre, se presentó delante de la mora, capaz con su figura odiosa y repugnante de haber hecho creer que había diablo al más obstinado incrédulo.

Llevóse Zoraida dos veces ambas manos a los ojos, horrorizada de aquella visión que, a su parecer, había salido del centro de la tierra en aquel instante, y prestándole fuerzas el miedo se levantó de pronto con intención de huir. Pero no bien se había puesto en pie cuando, recobrando su natural denuedo, la miró de hito en hito, al mismo tiempo que el esqueleto ambulante, cuyos ojos relucían como los de un gato, la miraba con cierta diabólica malicia y soltó una risotada desagradable, muy semejante al roznido de un mulo.

—¿Qué haces aquí, linda niña? —le dijo con una voz cascada como el sonido de una castañeta: y riéndose de nuevo continuó—: No te asustes, yo soy la abuela Gila, que vivo en Cuéllar, y aunque me tienen por bruja todavía me creo tan buena como la que más.

La sarta de dientes que llevaba en la mano izquierda resonó, a un movimiento que hizo, como el crujido de un hueso al romperse.

—Buena madre —respondió Zoraida—, yo soy la mujer más infeliz que existe, y he venido aquí sin saber adónde iba ni a qué.

—¡Pobrecita! —replicó la bruja con su acostumbrada risa—. ¿Y a mí qué me importa que tú seas infeliz o no? ¡Ojalá que te veas pronto maldecida por todos como yo, y vieja y con arrugas, que yo también fui joven y bonita, y ahora!… ¿No eres tú la mora que quiere el señor de Cuéllar?

—Sí, yo soy la que fue querida —replicó Zoraida con acento melancólico—, yo soy la que fui feliz.

—¡Hola! Conque, ¿ya no te quiere —replicó la vieja— y tal vez te ha echado de su castillo? Se cumplieron por fin las maldiciones que yo te he echado. Pues, hija mía, ¡cómo ha de ser!, ten paciencia y sufre.

Y después de haber echado a Zoraida una ojeada de diabólica complacencia, la vieja infernal volvió la espalda e hizo ademán de alejarse murmurando estos versos:

Feas, lindas, ricos, pobres,
viejas, jóvenes, guerreros,
reyes, nobles y villanos
entran en un agujero
como hormigas
que la muerte con el pie
junta y apiña.

—Mujer —gritó Zoraida con impetuosidad después de una pausa en que el ansia de vengarse y los celos dieron nuevo ánimo a su corazón—, yo venía en tu busca; si te alegras de mis tristezas, ¿qué me importa? Yo no te he hecho nunca ningún mal, ni te he visto hasta ahora; quiere decir que no sólo me aborreces a mí, sino a todo el género humano.

—Así es —replicó la bruja—; odio a los que creo felices, y río y hago escarnio de los que son desgraciados, como otros lo hacen de mí y me persiguen.

—Pues bien, en ese caso yo quiero vengarme como tú, y mi venganza te debe a ti complacer puesto que hará la desdicha de dos personas que tú aborreces. Dime qué tengo que hacer para lograrlo. Nada te detenga; llama a todo el infierno junto, preséntalo delante de mí con tus conjuros, oiga yo sus clamores, véngueme yo de la rival que detesto, y tuya soy desde ahora.

—Mucho fuego pones en tus palabras —replicó la vieja con un gesto que parecía otra vieja en lo desagradable—. Has de saber que desde que se murió la tía Graja, hace ahora diez años, no se ha vuelto a ver el diablo por estos contornos, ni yo he montado en la escoba desde entonces, ni he dado paz al cabrío. Está esto muy mal, y hasta el amo nos desprecia, y van perdiendo su fuerza nuestros conjuros. Ya se ve, se ahorca ahora tan poca gente que es un dolor; toda la noche he tenido que andar por estos pinos buscando ahorcados a quienes arrancar los dientes, y sólo he podido hallar cuatro o cinco, y aun uno de ellos era ya viejo y le faltaban las muelas.

Era entonces costumbre, y lo fue por largo tiempo en España, ahorcar de los árboles a los que la voluntad o la justicia del señor feudal condenaba a muerte si eran villanos, y nadie ignora que las llamadas brujas prestaban ciertas virtudes a sus dientes y a varias partes de su cuerpo, de que se servían en sus supuestos hechizos.

—Pero, en fin, el hecho es —continuó la asquerosa vieja— que tú quieres maleficiar dos personas y vengarte de ellas, y hasta ahí alcanza mi poder, y en eso doy gusto a mi inclinación. Una de ellas sin duda es el señor de Cuéllar.

—No —repuso la mora con prontitud—; yo le amo demasiado para querer hacerle directamente daño. Yo sólo quiero vengarme de mi rival.

—¿Y quién es tu rival? —preguntó la vieja—. ¿No es la hermana del castellano de Iscar?

—La misma —replicó Zoraida—; esa es la que me ha robado su corazón, esa es la que ha llenado mi alma de amargura y desesperación. Sí, sobre ella caigan tus maldiciones; sobre ella sola, para que no la vea jamás en sus brazos el señor de Cuéllar.

—¿Sabes tú dónde está? ¿Tendrías tú un medio para hacerle tomar una bebida que yo te dé? —preguntó la vieja mirándola fijamente.

—Si yo supiese dónde se halla… —contestó Zoraida.

—En su castillo, sin duda —interrumpió la vieja con una sonrisa irónica—; pero no te dé pena; esa mujer no morirá en paz ni en su cama.

—Pero tú —insistió Zoraida—, ¿no podrías llevarme adonde se halla?

—¿Lo sé yo acaso? —replicó la vieja—. Y aunque lo supiera, ¿por qué te lo había de decir? No señor, sufre, que día vendrá en que se cumplan todas las venganzas juntas, y en que los que ahora viven alegres lloren, y aquellos y aquellas que tienen asco de las pobres viejas, y pasan espetadas delante de ellas sin mirarlas, y que se creen infectadas con sólo rozarse con las que son como yo, y las que ahora rebosan en hermosura y salud, día vendrá, y muy pronto, en que salgan con los pies delante para el cementerio.

Diciendo esto la raquítica bruja dio a su rostro una expresión tan repugnante de alegría y de venganza, que al mismo espíritu maligno le hubiera parecido desagradable. Zoraida no contestó sino que dando algunos pasos hacia ella, aunque con repugnancia, le alargó algunas monedas, pensando que este sería el mejor medio de hacer adivinar y poner de su parte a la bruja.

Tomólas ella con avaricia, y mirándolas una tras otra a la luz no parecía sino que nunca había visto junto tanto dinero, lo cual era más que probable. No sabía tal vez en dónde estaba Leonor, y menos aún podía hablar con acierto acerca de los sucesos futuros; pero era menester decir algo, y estaba demasiado habituada a servirse de la credulidad ajena para titubear un momento. Quizá ella misma a fuerza de oír que la llamaban bruja, y acaso poseedora de algunos secretos, había llegado en efecto a creer que tenía comercio con el demonio. Zoraida, crédula como todos los hombres y mujeres de su siglo, y además agitada de una pasión loca que puede hacer supersticioso al hombre más ilustrado, la miraba como un oráculo y esperaba con ansia saber cuál había de ser su destino. La bruja, pues, le hizo señas de que guardase silencio, y habiendo arrancado algunas retamas les prendió fuego, profiriendo sordamente varias palabras, que no entendía ella misma sin duda, dando vueltas alrededor de la hoguera, con más rapidez que prometían sus años, mientras la llama tomaba vuelo. Paróse en seguida, y sacando del arrugado y cóncavo pecho un bolsillo de cuero que deslió sin dejar de gruñir entre dientes, echó unos pelos al fuego y una especie de saín o gordura de algún animal. Echóse en seguida al suelo, y poniendo contra él la boca, empezó a llamar a algunos, primero en voz baja y después en tono más alto, añadiendo a cada palabra una maldición. Todos sus movimientos eran tan extraordinarios y ridículos que hubieran podido llamar la atención del hombre menos curioso; y su figura maléfica, que se divisaba como un espectro a la luz de la hoguera, el silencio de la noche, la luna, que oculta entre algunas nubes cenicientas teñía el bosque de una especie de color de muerto, daban cierto carácter sobrenatural a aquella singular escena.

La hoguera, sin embargo, se fue consumiendo poco a poco, y cuando ya estaba casi extinguida, la fatídica vieja se levantó y dio una patada con furia sobre las pocas ramas que aún ardían, como si quisiera vengarse de aquella manera del poco efecto que producían sus encantos.

—¡Ea, pues! —dijo volviéndose hacia Zoraida, que había observado cuanto había hecho, y que más de una vez había sentido erizarse sus carnes—: ¡ea, pues!, demonios, ya que desoís mis conjuros, ojalá que se conviertan a Dios y eviten vuestras tentaciones cuantas almas hay en el mundo. Zoraida, el espíritu profético ha huido de mí, y no sé ni acierto adónde está tu rival; sólo sé que un espíritu superior a los que a mí me sirven la protege por ahora. ¡Maldito sea él! Sólo sé que él la libertó de las garras del Velludo. Quizá tú la volverás a ver algún día. Tú también tendrás quien te proteja. Tal vez el de Cuéllar te volverá a amar. Acaso…

La imaginación de la vieja apenas podía ya inventar más, ni suplir con profecías a bulto lo que ignoraba. Por último, y como inspirada de pronto, añadió:

—Puede ser que algún día te acuerdes de lo que has visto esta noche por tu desgracia. Es forzoso que nosotras nos volvamos a ver.

—¿Crees tú que Saldaña me vuelva a amar? —preguntó Zoraida, a quien esta parte de la profecía había conmovido y hecho temblar hasta las entrañas.

—¿La hembra del mastín, no se ayunta con el lobo? —respondió la pitonisa—. Pero guárdate también de que no te devore; guárdate, y teme que no maldigas algún día la hora fatal en que te has hallado conmigo.

Pronunció estas últimas palabras con un eco de voz tan siniestro, y clavando al mismo tiempo en Zoraida una mirada tan fija y horrible, que hubiera podido intimidar al más intrépido. La desdichada mora no pudo menos de estremecerse y sentir sus cabellos tiesos sobre su cabeza.

En vano trató de esforzarse a preguntarle por qué: el temor había helado su voz, y la fiebre que la devoraba le representó en su fantasía, en vez de una bruja, mil que la amedrentaban con sus funestos presagios y que la miraban del mismo modo. Tal vez la intención de la vieja había sido únicamente aterrarla, ya que no había podido convencerla de su mágico poder, pero no obstante, parecía que sólo había verdad en su último presagio, que era una amenaza que debía cumplirse, y que aquella misma mujer había de tener parte en que se cumpliera. El tono de su voz y su mirada manifestaban quizá perversas intenciones para en adelante, quizá estaba ofendida y deseosa de vengarse de la mora que había presenciado la inutilidad de sus conjuros y que podía publicar todo como había pasado, y hacerle perder su fama. De todos modos, había un no sé qué de verdad en sus expresiones.

Zoraida, entre tanto, todo lo daba ya por cumplido, y cuando vuelta en algún tanto de su estupor quiso pedirle algunas explicaciones de lo que había dicho, la inexplicable vieja había desaparecido.

A su entender se había vuelto a sumergir en las entrañas de la tierra, de donde pensó primero que había salido.

Entre tanto ya venía la mañana; el aire, más fresco, halagaba las copas de los pinos, y el color de la aurora empezaba a pintar con su velo de nácar el horizonte. Las aves piaban, los arroyos murmuraban, y se alegraban los campos. Todo respiraba el encanto de una alborada de estío, y el reposo y la paz, aún no alterada por el villano madrugador, podía compararse a la primera sonrisa de un niño. Sólo Zoraida penaba, aterrada aún con el presagio de la impura vieja; pero su fiebre había calmado, y cierta laxitud, producida por su anterior frenesí y lo mucho que había caminado, era lo único que le quedaba de su locura. Parecía que el fuego de su corazón se había enteramente apagado: o, por mejor decir, que su corazón, a modo de un espíritu, se había evaporado, y que ya no le quedaba sentimiento para padecer ni gozar. Sus ojos estaban tristemente caídos; al color encendido de sus mejillas había sucedido una palidez cadavérica; sus miembros flojos apenas obedecían a su voluntad, y en derredor de su boca la herradura de la muerte estaba estampada.

Aún no había recobrado cabalmente su juicio, pero ya no era aquella imaginación llameante la que mezclaba y arrebataba sus pensamientos, y como un herido falto de sangre y lánguidamente débil, sólo veía colores, sombras, oía un confuso rumor, y el cielo y la tierra le parecía que habían cambiado de sitio. Todo a su vista aparecía más alto, más bajo, más lejos, más cerca de lo que estaba realmente. En su memoria se agitaban los sucesos de aquella noche como sueños casi olvidados o como los cuentos de la niñez. Figurábase a veces que eran cosas que había oído contar, que habían pasado hacía mucho tiempo, y allá confusamente oía al mismo tiempo las palabras de la bruja, el canto satánico de los aventureros y el grito de los centinelas.

Examinábase a veces a sí misma en los intermedios que este segundo delirio le concedía, miraba al cielo inundado ya de ráfagas de luz hacia el oriente, consideraba la tranquilidad de los campos, y meditaba en la dicha que disfrutaban sus habitantes. De lejos ya llegaba a sus oídos la voz del leñador que arreaba su asno caminando al monte; el canto monótono de los segadores que aprovechaban la fresca; el grito del labriego en la era, y esta armonía, este bello despertar de la naturaleza, le hacía penar de nuevo y derramar lágrimas hilo a hilo.

—¡Oh —se decía a sí misma—, yo soy la única infeliz entre tantos felices!

Parecíale, al pensar esto, que no era este mundo su morada ni la había sido hasta entonces, sino que, para mayor tormento suyo, una mano fatal la había arrancado de su centro y trasladádola allí para que pudiese comparar la gloria de aquel paraíso con el infierno en que tenía que vivir por fuerza y que llevaba dentro de sí. Hallábase allí en medio del campo, al aire libre, a la luz del día, tan turbada e incómoda como un rústico en medio de un magnífico palacio, o más bien sentía la fatiga del pez que se ve de pronto fuera de su elemento. En su interior oía una voz que le gritaba de volver al castillo; pero el día entraba y aún no se había decidido a obedecerla. Por último, la parte de vida que le animaba venció su irresolución, y la afligida Zoraida tomó la vuelta de la fortaleza.

Los trabajos del campo, propios de la estación, habían despertado ya a los rústicos habitantes, y todo era vida y movimiento en aquella extensa campiña. Hubiera sido un espectáculo agradable sin duda para cualquier espíritu sosegado; pero Zoraida huía de los hombres, hubiera querido no oír sus palabras, y quería ocultar a sus ojos la calma y la hermosura de la naturaleza. Buscaba las sendas más escondidas, los sitios más sombríos, en fin, todo aquello que pudiera tener analogía con su alma.

Cuando llegó a la entrada subterránea que llevaba a las bóvedas del castillo, volvió la cabeza a mirar el sol, que, como un escudo de fuego, se levantaba y teñía el horizonte de mil vivísimos colores. Quiso fijar en él los ojos por un instante, y quedó tan deslumbrada y confusa, que, dando un alarido, se lanzó en la oscura bóveda de repente.

Hubiérase creído que era un ángel de tinieblas que miraba la luz del sol, y despechado de no poder gozar de su hermoso brillo, se arrojaba maldiciendo su suerte en el infierno.

Zoraida, cansada, enferma de alma y cuerpo, llena de visiones, de presagios, de memorias del bien pasado y desnuda de toda esperanza, volvió por los secretos pasadizos por donde antes había salido, y el ruido de las armas, los relinchos de los caballos y las voces de los soldados que barrían sus cuadras, limpiaban sus armaduras y vagaban acá y allá en los patios y corredores próximos al camino que ella llevaba penetraban en su oído mezclados en un son tan confuso y desacorde, que acabaron de trastornar su cabeza. Más de una vez tuvo que apoyarse en la pared para sostenerse, y no supo ella misma el tiempo que estuvo en aquella actitud hasta que recobró sus fuerzas.

Las retorcidas escaleras que subía la mareaban, el castillo se le andaba, y cuando llegó a su cuarto, se encerró allí y se arrojó en su lecho, sintió un placer semejante al de una ave nocturna que, aturdida y ciega por el resplandor del sol, encuentra por casualidad el oscuro nicho que le sirve de asilo.

Capítulo 10

Abrazan los escudos delant' los corazones,
abajan las lanzas avueltas con los pendones,
enclinaban las caras sobre los arzones,
batien los caballos con los espolones,
temblar querie la tierra dond' eran movedores.

Poema del Cid

¿Quién es aquesta dama religiosa
… … … … … … … … … …
… … … . .¿Quién es la afligida,
en igual grado bella y dolorida?

HOJEDA, Cristiada

Ya habrá supuesto el lector que el billete que entregó al señor de Cuéllar su lindo paje venía de parte de Hernando, que deseaba tomar venganza del que él suponía robador de su hermana. En efecto, el tiempo, que, según el estado de nuestra alma, vuela ligero como un relámpago o se nos figura que no se mueve, le parecía aquella noche al señor de Iscar que había perdido sus alas y cada minuto se le hacía un siglo. Tal era el deseo que le punzaba de venir a las manos con su enemigo.

Las tres de la mañana serían, y faltaban aún dos mortales horas para que llegase el momento prefijado para el combate, y ya su voz había despertado al buen Nuño, que, a su vez, había despertado al Cantor, y éste a los demás habitantes de la fortaleza. Ninguno sabía el intento de su señor si no era el capellán del castillo, que había escrito la carta de desafío, porque Hernando de Iscar no sabía leer ni escribir, o, lo que es lo mismo, no era caballero letrado, que se decía entonces, y sólo era entendido en los ejercicios de caballería. Se había confesado la noche antes, como era uso generalmente de los religiosos caballeros si había lugar para hacerlo antes de entrar en batalla o aventurarse a algún peligro, sin que en esto diesen pruebas de menos valor o desconfianza en su buena suerte.

Hernando, buen caballero probado en muchos encuentros, tenía fama de ser tan diestro jinete como ágil en todo género de juego de armas; sabía que su contrario, el de Cuéllar, era una de las lanzas más temibles de la cristiandad, y así por esto como porque interesaba a su honra, tenía intención de proponerle en el campo se desarmasen el lado izquierdo, quedando de este modo expuesto a los golpes el corazón. Era de creer que Sancho Saldaña no titubearía un punto en acceder a su proposición, y en este caso la muerte de uno de los dos, o tal vez la de ambos, era de presumir inevitable.

Pero esto le daba muy poco cuidado a Hernando, que, ganoso de satisfacer su agravio, y educado desde su infancia en las armas, estaba acostumbrado a considerar un duelo a muerte como una especie de pasatiempo. Su buen Nuño, que no daba más importancia que su amo a la vida de un semejante suyo si la arriesgaba en regla y según la ley de las armas, aunque no sabía el intento de su señor, sospechaba lo que podía ser, y le había aderezado ya su armadura, sin olvidarse de la suya propia, persuadido a que su amo tendría tal vez necesidad de su compañía. Había reñido con el poeta más de veinte veces el día antes y hecho la paz otras tantas, y estaba entonces pendiente aún su última riña cuando el Cantor, tarareando unos versos muy conocidos en aquella época, se llegó a hablarle.

—¿A qué diablos —dijo Nuño— vienes aquí a hacer ruido? ¿Te parece a ti que es ésta hora para oír tu música?

—Yo no sé para lo que es hora —respondió el poeta—, pero sé muy bien para lo que vengo.

—Pues habla y sé breve —repuso el enojado Nuño.

—Así lo fueras tú tanto como yo —replicó el Cantor con calma—, y no que cuando tomas la palabra no dejas hablar a nadie y eres capaz de estarte charlando tres días; y al fin si hablaras bien, pase, pero…

—Si vienes a chancearte conmigo —interrumpió Nuño, poco agradado de las finezas de su antagonista—, te puedes ir con mil santos a buscar otro a quien cansar con tus necedades, porque yo no estoy ahora de humor de broma.

—Ve ahí cómo nos equivocamos cuando uno menos lo piensa —repuso el poeta, que se divertía en irritarle—; yo te creía ahora del mejor humor del mundo, porque aunque en tu cara no se conoce nunca cuando estás contento…

—Sí —replicó Nuño con ira—, sí, estoy para hacer correr tras de mí los chicos de la calle; ¿habráse visto impertinente igual? Si no fuera… ¡vive Dios!

—He sufrido tres interrupciones sin quejarme —contestó el poeta—, y todavía no te he interrumpido a ti una sola vez y ya te amostazas he ahí lo que se llama tener buen genio.

—Tengo el que me da la gana —replicó Nuño con mucho enfado.

La conversación llevaba trazas de acabar mal, al menos por parte de Nuño, si el poeta, que no tenía el menor deseo de quimera, no la hubiera hecho tomar distinto giro diciendo:

—Con estos dimes y diretes, mi buen Nuño, todavía no te he preguntado lo que quería, y lo que es más esencial que nuestras cuestiones. ¿Sabes tú por qué don Hernando te ha mandado que apercibas sus armas para esta mañana a las cuatro?

—No sé —replicó Nuño con sequedad.

—Vaya si lo sabrás —continuó el Cantor—. ¿Quién si no tú lo ha de saber, que mereces toda la confianza de nuestro amo y conoces y averiguas, además, cuanto pasa a veinte leguas a la redonda?

Era este justamente el flaco de Nuño, que, aunque a la verdad merecía mucha confianza a su amo, él la ponderaba y exageraba sobremanera, dando a entender que no hacía cosa que no le confiase y sobre que no le pidiese de antemano su parecer. No sabía entonces nada de cierto, como hemos dicho, pero no le parecía oportuno ni honroso disminuir su importancia a los ojos de su antagonista, y estaba decidido a dar por fijo lo que suponía.

—Yo no averiguo ni trato de averiguar nunca nada, y te engañó mucho quien tal te dijo.

—Sí —replicó el Cantor—, no averiguas, pero lo sabes todo.

—Si lo sé —repuso el severo Nuño— no es porque yo me meta nunca donde no me llaman, sino porque hace muchos años que poseo la confianza absoluta de mis amos. En prueba de ello, me acuerdo que pocos días antes de tomar el arrabal de Triana en el sitio de Sevilla el año de 1240, que andaba muy callado entre todos, como es uso y debe ser cuando se trata de las cosas de la guerra, y no sabía nadie la intención del almirante sino el rey y algunos de los caballeros más principales, y los demás andaban olfateando sin atinar con nada, mi amo me dijo: «Nuño, buen ánimo que pronto va a haber barro a mano; cuando llegue el caso, lanza en ristre y confianza en Dios». Lo que yo interpreté que quería decir: Triana será nuestra muy pronto.

—¡Por Dios, Nuño! —exclamó el Cantor—. ¿Qué tiene que ver aquí la toma de Triana con lo que hablamos, que no te he interrumpido sólo porque no te enojaras?

—Es verdad —repuso Nuño—, pues es como digo, entonces y otras veces, el año de 1260…

—¿Otra vez? ¡Por Santiago! —interrumpió el poeta.

—No me interrumpas, o si no callaremos.

—No te interrumpo, sino que no respondes acorde, y me vienes a contar lo que importó saber a mi abuelo.

—Tienes razón —convino Nuño, quizá por la primera vez de su vida—; en hablando de mi amo, quiero decir, del padre de don Hernando, pierdo los estribos; y bien, pregunta, di, porque tampoco me has preguntado nada, y mal te podía responder.

—Sí, te lo he preguntado ya —repuso el impaciente poeta.

—¿Cómo? Eso no —replicó Nuño—, y no creo que me taches también de falto de memoria.

—Está bien; no gastemos más tiempo. Te he preguntado o te pregunto ahora, como tú mejor quieras, ¿para qué ha pedido sus armas?

—¡Ah!, sí, me acuerdo —dijo Nuño—, es verdad; en una palabra, parece que hoy ha determinado mi amo que el señor de Cuéllar purgue de una vez los males que nos ha causado; a lo menos ayer le llevé yo un papel que me entregó el capellán, y es de presumir… ya ves.

—Sí. ¿Pero no te ha dicho don Hernando nada? —preguntó el poeta.

—Hombre… sí y no, me ha dicho y no me ha dicho —repuso Nuño titubeando—; pero yo sé que hoy van a ver quién se tiene mejor a caballo, en buena ley y con buenas armas.

—Pues Dios ayude a don Hernando, porque el de Cuéllar es ligero como el viento y fuerte como una encina de veinte años.

—Quita allá —dijo Nuño—. ¿Dudas tú del ánimo de don Hernando? Le he visto yo cuando apenas tenía diecisiete años sacar a un hombre de la silla y llevarlo enastado en la lanza como si fuera una pluma.

—Ya lo sé —replicó el Cantor— que don Hernando no cede a nadie; pero, aquí entre nosotros, el de Cuéllar es hombre más vigoroso, y la suerte está indecisa.

—Puede ser —replicó el veterano—, pero la rabia que le tiene mi amo suplirá por las fuerzas y allá veremos, y hágase lo que Dios quiera.

—Amén —replicó devotamente el Cantor—. Tienes razón. Dios protege siempre la causa de la justicia; yo pasé cerca del impío y le vi en medio de su grandeza, volví la vista y ya había desaparecido. ¿Pero tú sabes —continuó— que don Hernando está equivocado y que doña Leonor no está en poder de Saldaña?

—¿Pues entonces en dónde está? —preguntó Nuño como sorprendido.

—La bruja, o lo que sea, que anda por estos contornos —prosiguió el poeta— la sacó de manos de los ladrones la misma noche que la robaron, y a la verdad que no sé qué es peor.

—¿De veras? —preguntó Nuño con muestras de mucho contento—. Trae acá un abrazo; es la mejor noticia que podías darme, a no ser que me la dieras de que estaba ya en el castillo.

—Hombre, tú eres raro —dijo el Cantor—, y no entiendo por qué te alegras tanto de mi noticia, porque a mí no me parece muy buena.

—Porque tú no conoces a esa que llamas bruja, que no es ni piensa serlo, sino un ángel del cielo.

—¿Luego tú la conoces? —preguntó el poeta.

—¿Pues no la he de conocer, si fue la misma que me curó de mis heridas cuando hace tres años quedé por muerto en el campo, y ella me recogió y me cuidó como si fuera su hijo? Te aseguro que por la noticia que me has dado te sufro hasta que me interrumpas y te perdono todas tus impertinencias.

—¿Y tú sabes, sin duda, dónde vive?

—No —replicó Nuño—, porque entré sin sentido, y salí con los ojos vendados y ya de noche, de modo que, aunque me levanté un poco el pañuelo para mirar, no pude ver señal alguna de la habitación.

Aquí llegaban cuando el señor de Iscar, habiendo oído al trompeta del castillo, que tocaba las horas, marcar las cuatro con su instrumento, volvió a llamar a Nuño, e interrumpió su conversación.

—¿Qué tal la mañana, Nuño? —le preguntó su amo con aire de buen humor.

—Algo fresca está —replicó el veterano—, las mañanas de este mes son frías por lo regular.

—Tanto mejor —repuso Hernando—; a bien que luego entraré en calor. Tráeme mis armas.

Nuño salió al momento por ellas frotándose alegremente las manos, diciendo entre sí: «Gracias a Dios que se nos proporciona algo que hacer, que por Santiago creí ya que me iba a pudrir aquí y a tomarme de moho como una coraza vieja; pero hoy va a haber golpes sin duda, y aunque no sé si me tocará a mí algo presumo que ha de haber para todos.»

Hablando así, tomó en la sala de armas la armadura de su señor, y volviendo donde él estaba la puso en el suelo y principió a vestírsela con mucha calma.

—Vamos, Nuño, date prisa —le dijo su amo a tiempo que le ceñía el espaldar—. ¿Qué espada me traes?… La de mi padre, supongo.

—Sí, señor, la misma —repuso Nuño— con que mató a orillas del Guadalquivir al africano Aliatar, que me parece que le estoy viendo acercarse todos los días a nuestro campo en una rabicano árabe que corría como el viento, vestido de una piel de león sobre que dormía y en menos de media hora derribar de la silla dos o tres de los mejores soldados nuestros que salían a jinetear. Pero no le valió con don Jaime, que peleó con él delante del famoso Pérez de Vargas y le hizo rodar por el suelo como una bola.

—Pues esa espada quiero yo hoy —dijo Hernando—, y veremos si tengo tan buen pulso y acierto como mi padre.

Dicho esto, y armado ya todo si no la cabeza, caló un casco de bruñido acero de donde volaban infinitas plumas. Nuño le calzó las espuelas, y con brioso y marcial continente salió del cuarto con el mismo deseo y denuedo que si fuese a recibir los aplausos de la multitud y las miradas de las damas a algún lujoso torneo.

La alegría más pura brillaba en los ojos de Nuño al verle, y la memoria de su padre, viniendo de repente a su imaginación, humedeció los ojos del veterano acaso con alguna lágrima, que se limpió con el revés de la mano.

—Señor —le dijo, viendo que Hernando no le decía que le acompañase—, ¿y yo no tengo hoy en qué ocuparme? ¿Me he de estar mano sobre mano aquí en el castillo como una gallina clueca?

—Amigo Nuño —le respondió su amo—, por hoy no necesito tu compañía; solo tengo que ir, y mi brazo me bastará con la ayuda de Dios.

—Pero, señor, ¿y si acaso os sucede algo?…

—En ese caso será de mí lo que Dios quisiere —replicó Hernando—; sólo te encargo que si dentro de dos horas no estoy de vuelta, te llegues hacia la ribera del Cega, junto al molino, donde acaso me encontrarás.

—¿Y no sería mejor —volvió a insistir el fiel Nuño— que yo os acompañase hasta allí? No creáis, aunque me veis viejo, que si se trata de venir a las manos tarde yo en enristrar la lanza más tiempo que el doncel más aventajado.

—Lo sé —repuso su amo—, pero por hoy no puedes venir conmigo; he prometido ir solo y si alguno me acompañase correría peligro mi fama.

—Entonces id con Dios —dijo Nuño— y él os dé tan buena ventura como merecéis.

Con esto llegó Hernando a su caballo, que con su caparazón de batalla estaba ya a la puerta del castillo, de mano de un escudero, y saltando sobre él con tanta soltura como ligereza, tomó de las manos de Nuño la lanza y el escudo que éste le alargó diciéndole:

—Si acaso, ya sabéis, señor, que el golpe de la visera es seguro y de buen empuje; la lanza baja y levantarla de pronto; no hay más que hacer. Me acuerdo…

Iba a contarle tal vez alguna historia de su mocedad, pero Hernando, metiendo espuelas a su caballo, salió a galope, y el veterano le vio atravesar el puente levadizo sin detenerse, bajar la cuesta, seguir su carrera en el llano y desaparecer de allí a poco, como una exhalación a lo lejos entre los pinares, dejando detrás de él rastros de luz de su armadura, herida en aquel momento del sol que empezaba a aparecer en el horizonte.

—Estos jóvenes de ahora —se dijo Nuño a sí mismo cuando le vio partir— quieren guiarse siempre por sí, y no las más veces aciertan. No que lo diga yo por mi amo, que así sabe manejar la espada como el caballo, pero… Allá va, que apenas le alcanza el viento: Dios te guíe y te dé victoria sobre tu enemigo.

Murmurando así entre dientes volvió al castillo, muy apesadumbrado de tener que quedarse sin presenciar el combate, y mucho más de no poder tomar parte.

Entre tanto, el señor de Iscar, sin sosegar su carrera, atravesó el pinar, vadeó el río Pirón y poco después llegó al sitio señalado para el desafío.

Era en la ribera opuesta del Cega, camino de Cuéllar, en una especie de plaza llana y desembarazada de árboles, desde donde se descubría a corta distancia una torre dependiente de aquel castillo, convertida hoy en una pequeña aldea llamada Torre—Gutiérrez.

Tendió la vista el señor de Iscar buscando a Saldaña, y viendo que no había venido aún, lleno de impaciencia echó pie a tierra de su caballo, y sentándose sobre una piedra se puso a aguardarle maldiciendo de todo corazón su tardanza. A cada momento se levantaba y miraba por todos lados por si le veía venir, acrecentando su ira cada minuto que pasaba y ansiando cada vez más el momento de pelear. Por una parte, temía que, siendo el billete anónimo, hubiese despreciado a su autor, teniéndole por caballero de poco nombre e indigno de medirse con él; por otra, recelaba, si sabedor de quién era, seguiría resuelto, como ya había dicho otra vez, a no enristrar lanza contra el amigo de su juventud.

—¡Hipócrita! —exclamaba hablando consigo mismo—. Tal vez quieres engañar aún al mundo dando a entender que respetas los lazos de la amistad; pero tú no me conoces aún: yo te arrancaré la máscara y haré que te vean tal como eres. Puede ser que no vengas a la cita, pero guárdate, porque te he de encontrar aunque te escondas bajo de tierra y te he de coser a estocadas delante del mismo altar de la Virgen. ¡El amigo de mi juventud! —continuaba con ironía—. Ya hace mucho tiempo que no somos amigos, y por lo último que has hecho juro no reposar hasta cumplir mi venganza.

Agitado de estos pensamientos, y temeroso ya de que no viniera, estaba dudando si le aguardaría más tiempo o le daría por cobarde y mal caballero, e iría a su mismo castillo a injuriarle y a castigarle como a un villano. Pero aún no habían dado las cinco, y sólo su impaciencia podía llamar cobarde a Sancho Saldaña, que estaba reputado, como hemos dicho antes, por uno de los más valientes guerreros del partido de Sancho el Bravo.

El señor de Cuéllar, que no tenía los motivos de su contrario para abrigar contra él ningún mal deseo, y no sabía siquiera ni se imaginaba con quién tenía que habérselas, había tomado el lance con la indiferencia apática que era el tipo de su carácter cuando no se trataba de sus pasiones y de martirizarse a sí mismo. Por esto, a las cuatro y media de la mañana se había hecho armar de su paje con mucha calma, y montando a caballo, solo se encaminó, mucho más combatido de sus remordimientos, esperanzas y disgustos, que pensativo del desafío, a un mediano trote al sitio que señalaba el billete.

No había dado apenas la hora cuando el enojado hermano de Leonor le vio con mucho contento que venía a lo lejos en un poderoso caballo brillantemente armado, con muestra triste, aunque animosa y guerrera. Su alta estatura y ancha espalda parecían darle ventaja sobre su contrario, que, aunque robusto y vigoroso, era más pequeño de cuerpo y de formas menos atléticas. Su caballo, negro como el azabache, era también más ancho y de más alzada, y aunque la lanza de Hernando mostraba bien a las claras la pujanza del brazo que la blandía, el asta de Sancho Saldaña marcaba a su señor por hombre de fuerzas extraordinarias. Nadie, al comparar los dos campeones viéndolos frente a frente, hubiera supuesto ventaja en ninguno de ellos, porque si bien imponía el hercúleo continente y grave mole del señor de Cuéllar, el desembarazo, soltura y agilidad de Hernando podían suplir por su falta de fuerzas y de estatura, siendo igual el valor de entrambos, igual su edad, y estando este último particularmente deseoso de pelear.

Caló la visera Hernando viéndole que se acercaba, siendo su intención ahorrar palabras no dándose a conocer, montó a caballo, y fijando la lanza en tierra le aguardó con serenidad. Sancho Saldaña, ensimismado como de costumbre, no había siquiera levantado sus ojos ni visto a su enemigo, que le esperaba, por lo que, la visera alta y puesta la lanza en la cuja, siguió marchando sin avivar el paso de su palafrén.

«Si tendré yo que ir a avisarte que estoy aquí», se dijo entre sí Hernando, picado de su indiferencia; y sin aguardar más tiempo alzó la voz llamándole, no sin aguijar su caballo y avanzar algunos pasos más, lleno de impaciencia, hacia él para obligarle a que le mirara.

Saldaña alzó a su vez la cabeza, y llegando junto a él hizo alto, le echó una ojeada desdeñosa de arriba abajo, que redobló el coraje del señor de Iscar, y después de haberle mirado muy despacio, le dijo:

—Mucha gana tenéis de pelear, señor desconocido, a lo que parece. ¿Tenéis alguna dificultad en darme a conocer vuestro nombre, o quizá sois caballero novel y aún no lo habéis hecho bueno ni conocido?

—Mejor que el tuyo mil veces —repuso Hernando fijando en él dos llamas, que tal parecían sus ojos al través de las barras de la visera—. Mejor que el tuyo, y me extraña que preguntes mi nombre cuando sabes que no es uso de buenos caballeros preguntarlo antes de combatir.

—Más me extraña a mí —replicó el de Cuéllar sin alterarse— que sólo por lograr prez o por alguna imprudente promesa hecha a tu dama (pues no creo me llames aquí por otro motivo), arriesgues tu vida conmigo en sitio tan solitario, a no ser que estés loco o trates de no quedar delante de gentes avergonzado de tu vencimiento.

—Saldaña —gritó Hernando—, lanza en ristre y ahorremos palabras, que donde están las manos no hay para qué servirse de la lengua. Sólo exijo por condición que el vencido ha de declarar la verdad de lo que se le preguntare.

—Inútil me parece esa condición —respondió Saldaña desdeñosamente—, porque tú serás el vencido y yo no tengo nada que preguntarte.

—Otra tengo también que pedirte —repuso el de Iscar—, y es que nos desarmemos las platas y ofrezcamos a los golpes el corazón. ¿Te parece mejor que la otra?

—Sin duda —respondió el de Cuéllar con su acostumbrada calma—; así despacharemos más pronto y el golpe será más seguro.

Y diciendo y haciendo se aflojaron entrambos las lazadas de las armaduras, dejando descubierto el lado izquierdo, y arrojaron al suelo las piezas que lo cubrían. Hecho esto, caló visera Saldaña, embrazaron ambos los escudos, y volviendo sus caballos a un mismo tiempo, con maravillosa presteza tomaron parte del campo, y puestos a igual distancia, sin aguardar otra señal que la de su deseo, arrancaron el uno contra el otro lanza en ristre a toda la violencia de la carrera, envueltos en una nube de polvo. Llegaron uno junto a otro sin detenerse, y se pasaron de claro, habiendo apenas la lanza del de Cuéllar rozado en el brazo derecho de Hernando, y tocando acaso la de éste en el muslo de su enemigo. Siguieron corriendo con el mismo ímpetu hasta llegar a cierta distancia, donde pararon, y arremetiendo segunda vez se desvanecieron de sus puestos con la rapidez del rayo y la lanza baja, amenazando hacerse pedazos. Este segundo encuentro fue más acertado que el primero y ventajoso para el de Cuéllar, que, encontrando el hombro derecho de su enemigo, caló el hierro de la lanza entre la quebrantada armadura, hiriéndole ligeramente, y le hizo bambolear en la silla, porque habiéndose encabritado el caballo de Hernando al recibir el golpe, hubo menester su señor de toda su habilidad para sostenerse.

Pero la tercera vez, encontrándose con la misma furia, fue tal la embestida y la cólera del de Iscar, que su lanza saltó al aire en mil astillas, y el caballo de Saldaña, que con dificultad pudo sostener el choque, cejó, cayendo dos o tres veces del cuarto trasero sin poder apenas tenerse, aunque esto no evitó que su amo rompiese con la punta de su lanza la visera de su enemigo, dejándole tan trastornado y aturdido que estuvo a pique de caer en tierra.

Quedó entonces Hernando a cara descubierta delante de Saldaña, el rostro encendido como fuego, y lanzando sobre él con los ojos rayos de ira, disponiéndose a volver su caballo y a llevar adelante su desafío. Pero el de Cuéllar, que al punto que le vio le hubo conocido, enderezó la lanza y la afirmó en la cuja, pidiéndole que se detuviera y acercándose a él al paso de su trotón:

—¡Hernando! —le dijo con muestras de pesadumbre, ¿y eras tú el que me proporcionabas nueva ocasión para cometer un crimen?

—¡Vil hipócrita! —le respondió el de Iscar, más encolerizado que nunca—. ¿Qué llamas tú un crimen, tú, para quien nada hay que sea sagrado en el mundo, tú, despreciador de la religión, traidor, robador de mi honra?… Vuelve, vuelve a enristrar la lanza, que por Santiago, si no fuera vergüenza mía, no había de aguardar a que te defendieras para enviarte al infierno, sino que así mismo te había de atravesar mil veces el corazón.

—Sosiégate, Hernando —repuso Saldaña, con tranquilidad—, sosiégate y óyeme…

—Nada tengo que oír de ti —interrumpió el de Iscar—, ni nada tienes que hacer sino defenderte y prepararte a morir.

—Oyeme —replicó el de Cuéllar con aire hipócrita— y dime, ¿qué te he hecho yo? ¿Qué agravio has recibido de mí?

—¡Infame! —interrumpió Hernando segunda vez—. ¿Tienes valor para preguntarme qué has hecho, mal caballero? ¿Adónde está mi hermana? ¿Quién la ha robado sino tú? Pero ¿para qué pregunto nada? —añadió con más cólera—; defiéndete o te mato.

—Todo está ya perdido. ¡Ella me aborrecerá! —profirió entre dientes Saldaña—. Y yo, ¡qué diablos sé de tu hermana! —repuso en seguida con aspereza—; la he querido poseer, ella habría hecho mi felicidad, no te lo niego; pero hasta el mismo infierno se ha mezclado para desbaratar mis planes… pero… yo no quería deshonrarte… tenía intenciones de casarme con ella, y no creo…

—Acuérdate de lo que te dijo mi padre: que nunca mi sangre se mezclaría con la tuya —replicó Hernando—; no, nunca, yo lo juro, aunque me fuese en ello mí vida, y sea yo más vil que el siervo más abatido, más deshonrado que un cobarde, y me vea despreciado y escupido del más villano, si tal consiento jamás. Di, traidor, ¿dónde está mi hermana?

—Te he dicho que yo no sé —respondió Saldaña—, y te juro por mi honor…

—¿Lo tienes tú acaso? —interrumpió el de Iscar—; defiéndete o te declaro por cobarde y hago llamar mis más viles criados para que te maten a palos.

—¡Hernando! —dijo entonces Saldaña, mirándole torvamente y rechinando los dientes—. Sólo a tu hermana debes no estar ya tendido a mis pies en pago de tus insultos. Sí —continuó con desesperación—, sólo al temor de que Leonor me aborrezca si ve en mis armas la sangre misma de su hermano. Pero ya, ¿qué importa? ¿No soy ya aborrecible a sus ojos y a los de todo el mundo? Pues ven y luchemos hasta que no quede señal de que haya existido ninguno.

Diciendo así echó pie a tierra de su caballo, trémulo de furor, y habiendo invitado a Hernando para que hiciese lo mismo, se arrojaron los dos al suelo a un tiempo, y echando mano a la espada uno y otro, se acometieron con más furia y más empuje que nunca. Voló al primer golpe en dos pedazos el escudo del señor de Cuéllar, que abolló de un revés el casco de su contrario, y tiráronse algunos golpes más, que acabaron de deshacer mutuamente sus armaduras.

Pero el de Iscar, cansado ya de tan largo combate, empezó a jugar de punta, mientras el de Cuéllar, más forzudo, le fatigaba y acosaba a tajos y cuchilladas. Hacía ya tiempo que peleaban y estaban heridos por mil partes, sudando y faltos de aliento, citando de repente Saldaña, arrojándose sobre Hernando, le tiró a manteniente un golpe tal sobre la cabeza, que dividió el yelmo en dos partes, y echando un río de sangre por ojos, orejas y narices, le derribó en el suelo sin movimiento.

Quedó Saldaña en pie, victorioso del desafío, pero su vista empezó de allí a poco a desvanecerse, quedó inmóvil, apoyándose sobre la cruz de la espada; sus miembros se estremecieron, inclinó lentamente el cuerpo hacia adelante, dobló las rodillas, hizo dos o tres esfuerzos inútiles para llegar hasta su caballo, y, dando un suspiro, cayó en tierra cubierto todo de sangre y privado, por último, de sentido.

El suelo estaba lleno alrededor de ellos de piezas de sus armas, esparcidas acá y allá en la fuga de la batalla; la lanza que Saldaña había dejado para echar pie a tierra cimbraba clavada de punta a un lado del campo; el aire mecía acaso las plumas que habían saltado de los abollados cascos, y los caballos, sueltos por el campo, se entregaban a toda la alegría que inspira la libertad, mientras sus amos, tendidos uno frente de otro, envueltos en sangre, yacían inmóviles, midiendo el campo con sus espaldas. El de Iscar, yerto, al parecer, sin respiración, cubierto el rostro de sangre y restañado en ella el cabello, tenía los ojos aún entreabiertos, la espada en la mano derecha a toda la extensión del brazo, y la palma de la izquierda, abierta, posada sobre la cabeza; el de Cuéllar, como un torreón caído, ocupaba más espacio, tendido sobre el lado derecho, cubierto el rostro con la visera, levantando el pecho a intervalos con fatiga, donde mostraba una ancha herida poco más abajo del hombro, sobre el corazón, que abría y cerraba sus labios arrojando un caño de sangre a cada respiración.

En este tiempo, llenos de inquietud en uno y otro castillo, especialmente en Iscar, el fiel Nuño y el adamado Jimeno, al ver la tardanza de sus señores, ya habían montado a caballo y, seguidos de algunos soldados, se encaminaban con mucha prisa al sitio de la batalla. Venía Nuño con un triste presentimiento de la suerte de su señor; pero no queriendo dar su brazo a torcer ni aun a sí mismo, todo se le volvía buscar razones para explicar la causa de su retardo. Dando prisa a los que le seguían y al mismo tiempo hablando como tenía de costumbre, iba respondiendo a las preguntas que éstos le hacían, mandándoles sin cesar que callaran, siendo él, más que nadie, la causa de que siguiera la conversación.

—Ya os he dicho —decía— que aguijéis y no me preguntéis más; vamos, ¿qué diablos tenéis, que no parece sino que habéis puesto una arroba de hierro a esos caballos en cada casco? ¡Cómo ha de ser! El amo, sin duda, se habrá detenido a componer alguna pieza de su armadura, y, además, ¿qué se os importa a vosotros?; cuando no ha vuelto, tendrá que hacer. Cuántas veces sucede que se le cae una herradura a un caballo y tiene un hombre que echar pie a tierra y… toma, y otros mil percances; vamos, ¿por qué no andáis al trote?, ¡vivo!, que no parece sino que tenéis que pararos para hablar. En diciendo que os da por charlar parecéis una tarabilla. Lo que más me alegro es que no haya venido el Cantor a interrumpirme y a fastidiarme. El pobre quería venir, pero yo no lo he dejado; está lleno de cuidado por don Hernando… Pero sí, buen cuidado hay que tener, el niño no sabe andar solo… Entre todos cuantos calzan espuela no hay uno más animoso que él ni que sepa mejor arrendar un caballo. Y… ¿quién sabe?… tal vez… ¡pero qué!, el que no le conozca como yo puede pensar lo que quiera, pero yo… Sí, lo mismo le vería yo peleando con tres de los mil jinetes africanos que trajo el rey de Marruecos, que sí le viera paseándose en una feria. En fin, ¡cómo ha de ser! allá veremos; adelante, muchachos, no hay que embobarse.

Así, sin dejar de hablar, cuidadoso y metiendo prisa, atravesaba entonces el bosque, desesperado de no poder correr la legua que le quedaba con la ligereza del pensamiento.

Jimeno, por su parte, aunque más cuidadoso de parecer bien que de lo que había sucedido a su amo, no dejaba también de aligerar el paso, aunque sus reflexiones entonces tomaban muy distinto vuelo que las de Nuño.

Pero todas estas disposiciones hubiesen sido tardías y de nada habrían valido a los caballeros, en particular a Saldaña, que por instantes se desangraba, y a quien hubieran hallado muerto sin duda, si el cielo no les hubiese deparado un socorro más eficaz que cuantos podían aguardar de sus escuderos.

Una mujer cubierta toda de una especie de dominó negro, o de hábito con capucha, teniéndola echada en este momento hacia atrás, estaba de rodillas junto a Saldaña, deteniendo la sangre de su herida con un lienzo blanco como la nieve, y le había levantado la visera y quitado el casco para desahogarle. Su rostro pálido, y más ajado por el dolor y la penitencia que por los años, pues no parecía tener arriba de veintidós, tenía un no sé qué tan angelical y amoroso, que cautivaba y enamoraba con su ternura. Pero el sentimiento que inspiraba era más dulce y respetuoso que ardiente y apasionado, porque sin duda los pasatiempos de aquella joven no eran de este mundo, y su alma ya habitaba en las celestiales mansiones de la paz y de la eterna felicidad.

Su languidez, la ternura, el corte ovalado de su semblante y, sobre todo, el vuelo místico, la mágica nube que hacía imaginar que la rodeaba, habría hecho doblar la rodilla al más profano y adorarla como una divinidad. Todo parecía ya tributarla el homenaje que merecía: el aire mecía blandamente sus abandonados rizos, mientras que el sol, reflejando allí sus rayos, doraba sus cabellos de un color de oro suave y parecía coronarla con la aureola de los habitantes del paraíso. Tenía los ojos dulcemente fijos en el moribundo señor de Cuéllar, y a cada instante acercaba sus labios a los suyos para recoger su aliento, pulsándole y registrándole las heridas, sin dejar por eso de acudir a Hernando de tiempo en tiempo, a quien había lavado ya el rostro con el agua fresca del río, pero sin que ni uno ni otro diesen muestras de volver en sí, no dando más señal de vida que en su angustiada respiración. El rostro de Hernando estaba morado como un lirio, con algunas manchas negras de la sangre que allí se lo había agolpado, y Sancho Saldaña, pálido como un cadáver, tenía aún fruncido el entrecejo, los ojos abiertos y el labio inferior cogido entre los dientes, mostrando la ira que los insultos de su contrario habían encendido en su corazón.

La hermosa desconocida, tan pronto auxiliando a uno, tan pronto a otro, si acaso manifestaba más amor a Saldaña, no tomaba menos interés por el señor de Iscar, cuidando a entrambos con la misma piedad y la ternura misma que si viese a su hermano en cada uno de ellos. Ya les había dado los socorros más necesarios, y sentándose junto a Saldaña, mientras le arreglaba un nuevo vendaje, dijo, mirándole con cariño:

—Gracias doy al cielo, que me ha enviado aquí para librarte de la muerte del pecador. ¡En qué estado ibas a presentarte ante el tribunal de Dios! ¡Las penas eternas te aguardaban presentándote así, lleno de crímenes, impenitente! Mil maldiciones te seguían, cuyos imprecadores hubieran ido allí también para acriminarte. No, yo no; muchos agravios me has hecho, mucho mal me has causado, pero nunca te he maldecido; al contrario, a pesar del mal trato que he recibido de ti, a pesar de todo, todo te lo he perdonado, porque al fin hartas maldiciones te han atraído tus desaciertos. Yo no he hecho sino llorarlos.

Un suspiro que exhaló Saldaña en este momento interrumpió sus palabras. Y volviendo a mirarle, le vio abrir y cerrar los ojos, aflojar los dientes y mover apenas un brazo, señales todas de mejoría, y que hicieron florecer una sonrisa de esperanza en los labios de la desconocida. Hernando hizo también algún movimiento que le obligó a acercarse a mirarle, y abriendo después los ojos volvió en sí, persuadido en el delirio de su imaginación que estaba aún combatiéndose con Saldaña.

—¡Hipócrita! —decía en voz tan ahogada que apenas se le entendía—, defiéndete… te daré la vida si me confiesas adónde has ocultado a mi hermana… ¿Llora?… ¿No la oyes? ¡Ah!, ya está aquí, ya, ya la libré de ese miserable. ¡Pobre Leonor!…

La desconocida parecía enternecerse a cada palabra de Hernando, que, viéndola a su lado, la había tomado por su hermana y se regocijaba de verla.

—No, Hernando —le respondió la dama cuidadosa de su salud—; yo no soy tu hermana, pero puedes vivir tranquilo; Leonor está segura y libre de sus enemigos. No tardarás en verla a tu lado.

—¡Ah! —exclamó Hernando, haciendo un esfuerzo para levantarse, que no pudo lograr, y arrodillarse delante de ella—; tú, ángel del cielo, tú que has bajado para dar esperanza a mi corazón; si lees en el de los hombres, verás en el mío que el deseo más noble y más digno de un caballero me ha movido a buscarla, juntamente con la amistad de un hermano. Habla, di, ¿dónde está?

Iba a responderle la desconocida cuando, sintiendo tropel de caballos que se acercaba, se levantó de repente, y cubriéndose el rostro con la capucha, huyó prontamente a esconderse entre los pinares.

—Id, seguidla —gritó Hernando a Jimeno, que se acercaba—; ella sabe dónde está Leonor.

—¿Quién? —dijo el paje—; este hombre está delirando.

—Sí, allí va —exclamó el viejo Duarte persignándose ligeramente—. ¡Es la maga! ¡Ya desapareció!

Llegó Nuño de allí a un momento, y habiendo ambas tropas héchose cargo de sus señores, los acomodaron en unas andas que traían preparadas para el efecto y paso a paso dieron la vuelta cada cual a su fortaleza.

Capítulo 11

Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
de la virtud arrastra la cadena!
La pesada cadena con que el mundo
oprime a sus esclavos.

JOVELLANOS

Optabam esse anathema pro fratribus meis.

SAN PABLO, ad Rom. 9.

A poca distancia de la cueva de los bandidos, y bajando las riberas del Pirón, había habido en los siglos del paganismo un soberbio templo de piedra, erigido sin duda por los romanos en honor de alguna deidad a quien habían consagrado aquel sitio. El furor de los siglos, y acaso la mano del hombre, más destructora que la del tiempo, había ido poco a poco demoliendo este monumento de la grandeza de aquellos conquistadores, y en la época de esta historia no quedaban ya otros vestigios aparentes que algunas piedras cubiertas de musgo, alguna columna rota u otra infeliz muestra de su antigua magnificencia. Una parte de él, sin duda en algún terremoto, se había hundido debajo de tierra, habiendo desaparecido de modo que nadie habría podido sospechar siquiera que entre aquellos escombros, mansión al parecer únicamente de inmundos insectos, estuviera oculta una habitación capaz, bastante para servir de abrigo a algunos hombres en caso de necesidad. Pero una piedra fácil de remover daba entrada a un arco oscuro que debajo de tierra tortuosamente se prolongaba hasta llegar a una espaciosa bóveda octangular, asilo tal vez en otros tiempos de algún religioso ermitaño, y no tan abandonada ahora que no se conociese que servía aún de lo mismo. Con todo, el adorno de esta sepultura (si tal puede llamarse habitándola cuerpos vivos) probaba que quien la había elegido en este tiempo por su morada miraba poco en las comodidades del mundo y sólo pensaba en la salud del alma y en el retiro. Un crucifijo de madera groseramente trabajado estaba con dos clavos sostenido de la pared; delante de él, y a sus pies, venía a parar una lámpara que pendía por una cuerda del techo, y a todas horas mezclaba su moribunda luz con la que escasamente el día reflejaba en aquella estancia. Una pila de agua bendita en un ángulo de la bóveda, unas disciplinas salpicadas de sangre y un cilicio colgados de la pared; una cama de paja y algunos escaños de madera sin pulir completaban los muebles de este ignorado asilo del arrepentimiento. Pero ahora tal vez se notaba más cuidado y compostura en el arreglo de la habitación. La cama de paja parecía más mullida y recogida que de costumbre, y algunos manjares, aunque pobres harto lujosos para quien se mantiene de lágrimas y de ayunos, daban a conocer que la persona dueña de aquel recinto había recibido un huésped a quien trataba de festejar.

En efecto, la maga, como la llamaban en las cercanías, no había descuidado nada de lo que estaba a su alcance y que pudiera en algún modo aminorar la molestia y pobreza de su mansión. Aquí fue donde Leonor, siguiendo los pasos de su misteriosa conductora y obedeciéndola, más por temor que llevada de su voluntad, llegó la noche que en medio de la tormenta la libertó de manos de los bandidos. Ellas fueron las que, pasando junto a Nuño, le hicieron creer que era el guía que había desaparecido; y Leonor, cerca de su fiel vasallo sin saberlo, fue tomada en la imaginación de éste, a tiempo que trepaba con la maga a la altura donde estaba la entrada de su retiro, por el cuerpo del halconero volando a toda prisa camino de los infiernos.

Iba Leonor demasiado sobresaltada para preguntar nada a su conductora, y cuando entraron en la bóveda, los diferentes sucesos del día, el susto pasado, la duda de su situación y el miedo de aquel espantoso espectro, cuya desollada mano, fría como la losa de un sepulcro, tenía asida fuertemente la suya, oprimieron su corazón a un tiempo, de modo que no pudiendo llorar ni respirar siquiera, fijó en ella los ojos con espanto a la débil luz de la lámpara, dio un suspiro y cayó desmayada sobre el escaño donde le hacía señas que se sentara. Tantas sensaciones crueles, tantos sustos, debilitaron sus fuerzas, encendieron su imaginación, y la afligida dama, asaltada de una fiebre ardiente, había pasado en un continuo delirio los días en que tanto Saldaña como su hermano habían suspirado por ella, buscándola con tanta ansia, aunque por tan diferentes motivos. Pero la Providencia, lejos de abandonarla, no contenta con haberle proporcionado una tan milagrosa libertadora, hizo que hallase en aquella misma fantasma, que fija en su memoria le aterraba aun en medio de su delirio, la enfermera más cariñosa. Una mano benéfica mejoró su salud, suministrándole las medicinas más necesarias, y más de una vez hirió su oído una voz llena de suavidad, y se le figuró, en medio de su enajenamiento de espíritu, que había visto junto a sí algunas veces un ángel que la consolaba.

Al cabo de tres días la calentura fue poco a poco disminuyendo, se disipó la confusión de su entendimiento, y Leonor, ya más tranquila, se encontró sola y acostada sobre la paja, y mirando a su alrededor examinó el cuarto donde se hallaba.

La luz de la lámpara, la vista del crucifijo y la oscuridad de la bóveda no dejaron de sorprenderla por un momento, y olvidada de cuanto le había sucedido, y no pudiéndose dar razón de cómo había venido a aquel sitio, casi estuvo por creer que había muerto ya para el mundo y la habían enterrado en vida. Miróse a sí misma con asombro, refregándose los ojos y tentándose por si dormía, y como por más que hacía no podía adivinar cómo se encontraba allí sepultada, pensó un momento que todo aquello era un sueño o un capricho de su fantasía. Pero aclarándose poco a poco sus ideas, empezó a recordar una tras otra cada una de sus desventuras, y completando el cuadro de todas ellas, recordó, no sin temor, la tormenta, la pavorosa fantasma, y reconoció la lámpara a cuya luz la había visto en aquella misma caverna poco antes de desmayarse.

Esta última reflexión no pudo menos de horrorizarla, pensando que aquella visión infernal vivía con ella, y que era sin duda su única compañera; pero, a despecho de su preocupación, la vista del crucifijo y de los dos instrumentos de penitencia (el cilicio y la disciplina) asegurándola de sus temores, le hicieron tomar nueva esperanza, pensando que cualquiera que pudiese ser la persona que allí vivía, sus sentimientos eran religiosos, y que ya no le haría ningún mal quien la había tenido tanto tiempo, sin hacérselo, en su poder.

—¿Qué miedo puedo tener —se decía a sí misma— de quien, sin duda, me ha cuidado en mi enfermedad y sólo ha tratado de hacerme bien? ¿Acaso si esta habitación no ofrece comodidades, no inspira una santa veneración? No hay duda que fue algún ángel el que me salvó de manos de los ladrones y tomó aquella espantosa forma sólo para aterrarlos. Pero si fue un amigo, ¿por qué no ha avisado a mi hermano para que viniese o enviase algunos criados que me trasladasen de aquí al castillo?

Combatida de estas reflexiones, no acertaba a decidir entre sí si era enemigo o amigo su libertador, ya afligiéndose, ya consolándose, terminando sólo sus incertidumbres, y calmándolas de algún modo, el pensamiento de que al cabo no se hallaba en poder de un impío, enemigo de su religión. Alzó su mente a Dios, y después de haberse conformado devotamente con su voluntad, empezó de nuevo la curiosidad a punzarla cada vez más, deseosa de saber quién era el dueño de aquella estancia tan triste.

—Daría —dijo— no sé qué por saber a quién tengo que agradecer el cuidado que de mí ha tenido.

Y levantándose y registrando a un lado y otro, no vio más salida que un arco medio hundido a un lado de la habitación, pero tan oscuro, y amenazando ruina de tal manera, que no se atrevió a aventurarse por aquel camino. Llegóse a él, con todo, dos o tres veces mirando con curiosidad y retirándose con espanto, temerosa de hallar con el espectro aterrador que allí le había conducido, y que ella se figuraba ver en cada sombra que ondulaba al reflejo trémulo de la lámpara. Por último, imaginó que veía una figura negra que se acercaba, cerró los ojos, volvió a abrirlos, y creyéndola ya más cerca huyó de allí al momento, y sin volver la cabeza atrás de miedo, se arrodilló temblando delante del crucifijo.

Hacía un rato que estaba así cuando, repuesta de su temor y dando por una ilusión la figura que la había asustado, volvió la cara y halló detrás de sí, en pie, inmóvil, el bulto negro. Estremecióse al verle, sobrecogida; pero volviendo a mirarle creyó que ya otra vez le había visto y que debajo de aquella almalafa negra iba encubierta la misma mujer que le había anunciado su peligro el día de la caza junto al monasterio. Esta idea le hizo cobrar ánimo, y levantándose le preguntó:

—¿Quién eres tú que parece que te deleitas en asustarme?

—Soy —le respondió la misma voz dulce que entonces la sorprendió tanto— el instrumento de que Dios se ha servido para libertarte a ti y estorbar un crimen al pecador. No temas nada de mí, pues yo sólo, cumpliendo con la voluntad del Señor, he tratado y trato de hacerte bien; soy la que ya no es conocida en el mundo, y la que tú has olvidado en tu corazón.

—¿Por qué usas conmigo tanto misterio? —le preguntó Leonor con algo más de ánimo—. Si tu nombre me es conocido, ¿por qué me lo ocultas? ¿Por qué me escondes tu rostro? Si temes que lo declaro en el mundo, yo te juro por la honra de mi linaje de callarlo hasta el fin de mis días, y no confiar a nadie que te he conocido, ni aun a mi mismo hermano. ¿O has cometido algún crimen y temes por eso decirme cómo te llamas?

—Mis faltas —respondió la fantasma— han sido sólo para con Dios, cuya bondad sin dada me las perdonará, y ningún ser en el mundo puede quejarse de mí. Hubo un tiempo, Leonor, en que la vanidad agitaba mi corazón, en que pude pagarme de la hermosura de mi cuerpo, y descuidé acaso la de mi alma; pero este no es un pecado para con el mundo. Mi nombre fue ilustre, y yo fundé impíamente mi gloria en el valor de mis ascendientes, sin fundarlo en mis méritos para con Dios; pero hace ya tres años que mi mansión es ignorada del hombre como la guarida del lobo; que he ocultado mi rostro como el vergonzoso; mis días pasan en la penitencia y en la meditación, y he arrancado mi pensamiento de la tierra y despreciado las comodidades que mis riquezas me prometían, para elevar aquél únicamente a Dios y trocar éstas por las eternas. Desde entonces, tú y todos los amigos del mundo me han olvidado, y yo he muerto para ellos en mi soledad.

La unción religiosa de su discurso, su imponente presencia y la majestad melancólica de sus palabras inspiraron tal respeto a Leonor, que de haberla creído poco antes un espíritu del infierno, pasó a imaginarse que estaba delante de una santa, a quien sólo faltaba morir para ir a sentarse en el paraíso. Postróse ante ella, y quizá le hubiese tributado adoración si la maga, levantándola con dulzura, no la hubiese hecho avergonzarse de su intención.

—Alzate de ahí, Leonor —le dijo—, yo soy una pecadora como tú, y para que te desengañes y veas que no hay otro misterio que el que me fuerza a guardar un voto hecho por la salvación del alma de un hombre, aún no saciado de sus delitos, mírame bien y reconóceme de una vez.

Diciendo esto se echó atrás la capucha que le tapaba el rostro y quedó descubierta delante de ella.

—¿No me conoces? —prosiguió, viendo que Leonor la miraba atónita sin hablarle ni recordar su fisonomía—; seis años hace que no nos vemos. ¿Es posible que ya no te acuerdes de Elvira de Saldaña, la hermana de Sancho Saldaña, o, por mejor decir, la compañera de tu niñez?

—¡Elvira mía! ¿Eres tú? —exclamó Leonor, loca de alegría de haber hallado una amiga en su libertadora, echándole los brazos al cuello para estrecharla en su corazón.

Elvira la miró con cariño, dejándose abrazar de su amiga; pero sus ojos manifestaban la tristeza, y con los brazos caídos no le devolvió ninguna de sus caricias.

—Retírate, Leonor —le dijo con sentimiento, separándola con entereza—, y no hagas con tus extremos que renazca en un corazón entregado enteramente a Dios ningún sentimiento mundano.

—¡Tú me arrojas de ti! —exclamó Leonor sorprendida—. ¿No eres ya mi amiga? ¿No me amas ya, o acaso la enemistad de nuestros hermanos ha hallado también cabida en tu corazón?

—La amistad y la enemistad de los hombres —repuso Elvira con solemne y religioso ademán—, sus odios, sus pasiones, las sensaciones profanas de la ternura, nunca habitaron en el alma que se alimenta sólo de las dulzuras espirituales, y que ya en la tierra se desprende de su deleznable cuerpo y se eleva a contemplar la imagen de su Hacedor. No que la mía haya llegado aún a este grado de enajenamiento celeste a que alza Dios las almas de sus elegidos; no, todavía conozco en mí la debilidad de la criatura —prosiguió, llena de emoción y sin poder contener una lágrima a su pesar—; yo amo aún en el mundo; yo no he podido romper todavía los lazos de la sangre y de la amistad que hicieron las delicias de mi juventud, yo amo aún a mi hermano; amo al asesino del justo, del santo sacerdote que consoló a mi padre en la agonía de la muerte; yo te amo a ti también, Leonor, a ti, la amiga de mi infancia; me he descubierto a ti; he permitido que me abrazaras, no porque no conozca que he pecado faltando al voto que contraje delante de los altares… Dios me perdonará; yo ya río podía contenerme.

Atónita, Leonor había contemplado la fisonomía de Elvira mientras hablaba, y sus ojos, brillantes con la luz de la inspiración, su semblante majestuoso en que se reflejaban al mismo tiempo uno por uno los distintos afectos que en su alma se combatían, la habían sorprendido de modo que la alegría del primer momento se trocó en un respeto místico hacia su amiga. Con todo, las últimas palabras volvieron a despertar en su corazón los sentimientos de la amistad, y el enajenamiento con que Elvira las había pronunciado le inspiró el dulce deseo de tranquilizarla.

—No sé —le respondió— qué votos son los que te obligan a ocultarte y vivir sola en esta especie de sepultura; pero, pues Dios permite que en tu corazón abrigues aún un resto de ternura hacia tus amigos y algún dulce recuerdo de lo que hizo en otro tiempo tu dicha, ¿por qué temes entregarte a sensaciones tan inocentes? He oído decir a los sacerdotes que Dios nos deja ese consuelo en todas nuestras adversidades.

—El único consuelo del santo —repuso Elvira recobrando su tono imponente— debe buscarlo en el Todopoderoso, y no en los consuelos pasajeros de sentimientos terrenos, robados a la divinidad, en quien deben emplearse todos los de nuestra alma. Pero tú hablas por boca de Satanás, y tus palabras afectuosas tratan de seducirme. Yo he provocado la tentación con descubrirme a ti. Tu discurso es inspirado sin duda por el enemigo.

—Te protesto —replicó Leonor, atemorizada de oírla—, que te he hablado con inocencia, y que he creído hacerte bien y sosegar tu conciencia diciéndote lo que creo. Yo no puedo imaginarme que sea un crimen amar a mis semejantes.

—Amarlos en Dios, no en ellos —exclamó Elvira con fanática indignación—. Pero tú no sabes lo que dices —añadió con más suavidad—; ¡y con todo, es tan dulce ser amado de sus semejantes y amarlos!

Elvira quedó un momento suspensa, bajó los ojos y derramó algunas lágrimas en silencio, mientras Leonor, sensible a sus emociones, la correspondía con su llanto entre intimidada y enternecida.

Duró esta escena muda algunos minutos, hasta que Elvira, dominando su turbación, levantó su hermosa cabeza con gravedad, alzó sus ojos al cielo y exclamó:

—Dios mío, perdonadme si aún doy oídos al lenguaje de los mundanos; perdonadme si he cedido un momento a las instigaciones de mi flaca naturaleza. Leonor —prosiguió, volviendo a ella sus ojos cubiertos de lágrimas y mirándola con agrado—, yo te amo y yo he pecado por ti. Tres años hace que no me ha dirigido su voz ninguna criatura humana, rara vez he visto la luz del sol; mi única habitación en la tierra es esta tumba; mi alimento, las lágrimas de la penitencia; mi cama, el suelo; el alivio de mis pesares, el ayuno y la disciplina, y Dios ha sido mi único compañero en la soledad. Tanto tiempo desterrada del mundo, tantas maceraciones, no han bastado aún a fortalecer mi alma: ¡miserable vaso de perdición! Yo ofrecí delante de los altares sacrificarme en vida a Dios para salvar a mi hermano del infierno que le amenazaba. Yo le vi, yo le veo aún sordo a la voz de mi padre moribundo, que le llamaba para darle su última bendición, negándose a recibirla, embriagado en los deleites de su manceba, y maldiciendo al siervo que le interrumpía en sus placeres para llamarle. Yo le vi cuando furioso, hirviendo en toda la cólera del infierno, alzó el puñal, guiado por los demonios, y lo hincó en el corazón del sacerdote que piadosamente le reprendía. Yo le vi después, cubierto aún de sangre, reposarse en brazos de su Zoraida y oí su risa y sus carcajadas emborrachándose en el festín. El infierno se estremeció de júbilo y los demonios alargaron sus manos para agarrar su presa; yo los oí que reían, y me horroricé. Entonces me postré delante de Dios, oré por el pecador y ofrecí sepultarme en vida, cubrir mi rostro y alejar de mí todas las vanidades del mundo para expiación de los crímenes de mi hermano. Desde entonces cambié mis galas por el cilicio, troqué la blandura de mi lecho por un poco de paja, comí las raíces de los árboles, los frutos silvestres y traté mi cuerpo como a un animal inmundo. Vime odiada y maldecida de los habitantes de las cercanías, creída bruja y mirada como un agente de Satanás; y yo, para más humillarme y contener al mismo tiempo la curiosidad de las gentes con el temor, adulé su credulidad confirmándola con mi apariencia. Porque no sólo prometí no cuidar de mi fama, sino que también ofrecí exponerla a las lenguas de las gentes y sufrir el oprobio con humildad. Pero, ¡ah!, ¡cuánto me ha costado vencerme; cuántas veces ha resonado en mi oído la voz de Satanás, que me incitaba a faltar a mis votos para con Dios, y he querido volver al mundo, lisonjear mi vanidad publicando mi penitencia y realzar de nuevo los dulces vínculos de la sangre y de la amistad que rompí para desterrarme, destrozando mi corazón! Yo recordaba, a pesar mío, los primeros días de mi juventud, y mis ojos se cubrían de lágrimas; yo habría dado el resto de mi vida por un momento de consuelo, sólo porque la mano de un semejante mío, aunque fuese desconocida, hubiera enjugado una vez el llanto de mi amargura. El sol, que derrama su luz para todos, estaba oscurecido para mí en esta bóveda, y si acaso alguna vez vivificaban sus rayos mis miembros yertos y debilitados, mi vista inspiraba el terror a los habitantes de las cercanías, que huían delante de mí, y no hallaba una mirada de afecto, una muestra siquiera de lástima que compensase mis privaciones. ¡Ah!, ¡tú no sabes cuán duro, cuán amargo, es este aislamiento del mundo, cuán triste es verse aborrecida sin merecerlo!

El sentimiento íntimo con que pronunció estas palabras mostró más que nunca en este instante su agitación. Sus ojos se inundaron de lágrimas, inclinó su rostro al suelo con una expresión peculiar de tristeza y de santidad, y puesta una mano sobre el corazón, como para aliviar el dolor que la atormentaba, largo tiempo quedó sin poder hablar, interrumpiendo el silencio que reinaba alrededor de ella sólo con sus sollozos y sus gemidos. La soledad y la lobreguez de la bóveda, alumbrada apenas por la lámpara que ardía delante del crucifijo, y, sobre todo, el tono, ya místico y ya melancólico, que había dado Elvira a sus expresiones, acaloraron de tal modo la imaginación de Leonor, que sintió correr un sudor frío por su cuerpo, y tuvo que arrimarse a un ángulo de la estancia para sostenerse. Sus ojos llenos de piedad se fijaron, por último, en su amiga, que inmóvil delante del crucifijo y cubierta de su almalafa negra, clavados los ojos al suelo sin pestañear, y en su rostro pálido y desencajado reflejando acaso la amortiguada luz de la lámpara, tenía el aspecto de un cadáver vestido de su mortaja, que se había levantado de su ataúd. En vano Leonor había tratado algunas veces de interrumpirla; sus palabras se habían helado en su boca, dudosa si servirían más bien para aumentar su dolor que para aliviarlo, y en este momento, sin saber qué decirle, obedecía a los sentimientos que Elvira comunicaba a su corazón llorando con ella, sin hallar otro medio de consolarla.

Duró un rato el silencio, y Leonor, esforzándose, se acercó a ella, y tomándole una mano, que apretó cariñosamente entre las suyas, le dijo:

—Hermana mía, si las caricias de una amiga pueden hacerte sobrellevar la carga del voto que has contraído, yo no te olvidaré nunca; yo vendré a verte todos los días y tú hallarás en mí todos los cariños juntos que echa de menos tu corazón. Yo, si es necesario para tu consuelo, participaré de tus penitencias, dividiré alegremente tu cama y rogaré a Dios contigo. Tendrás al menos un ser en el mundo que te ame y te compadezca.

—¡Leonor! —repuso Elvira, apoyando su frente en el hombro de su amiga, sin poder contener más tiempo los impulsos de su ternura—. ¡Ah! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo he pasado sin que una voz dulce como la tuya regalase mi corazón! ¡Cuán largos se me han hecho los días en mi soledad! Pero, ¡ah!, sólo cuando se han pasado días y días en el desierto y en el silencio, cuando se iba sido un objeto de odio y terror para sus semejantes, cuando la Naturaleza se ha mostrado a nuestros ojos yerma, sola y sin ofrecer un árbol a cuya sombra reposarse de las fatigas de una larga y penosa peregrinación, sólo entonces se pueden valuar justamente las dulzuras, las delicias de la amistad. ¡Dichosos aquellos que sin pecar ni faltar a los votos que contrajeron pueden desahogar su alma en la de su amigo y sentir en su corazón herido gota a gota el bálsamo suavísimo del consuelo! Pero yo —añadió, empujando de sí a Leonor y como horrorizándose de sí misma—, yo he atraído sobre mí la maldición de un Dios colérico contra el perjuro. La amistad en mí es un crimen; yo he jurado olvidar el mundo, olvidarme hasta de mi existencia. ¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Yo he quebrantado mis votos! ¡Ah, hermano mío! ¡Yo que los hice por ti, como si yo no tuviera nada que reconvenirme! El Señor ha castigado mi orgullo y debilidad. ¡Y tú también, Leonor, tú quieres sacrificarte por mí y tomar parte en mis miserias y penitencias!… Dulce, dulcísimo sería para mí, sin duda, tener conmigo quien comprendiese la voz de mí corazón… Dios mío, recibe benigno esta privación, la más cruel que puedo imponerme, en descargo de mis pecados.

«No, Leonor —continuó más tranquila, aunque en su voz trémula se notaba su agitación—; para ti sería un sacrificio inmenso; para mí, una culpa imperdonable si yo consintiese con tu amistad. Nosotras no volveremos a vernos más; una casualidad fue causa de que nos halláramos; esta bóveda no está lejos de la cueva de los bandidos; yo pasé cerca de ellos aquella mañana y los oí hablar de mi hermano; curiosa de saber sus maquinaciones, me oculté a sus espaldas entre los árboles. Desde allí oí a su capitán que comunicaba su plan a uno de los suyos. ¡Ah! Dios condujo allí mis pasos para impedir a mi hermano que consumase el crimen que había pensado. Tú ibas a ser entregada a su voluntad para satisfacer su torpeza o a ser víctima de su furia. El Señor puso su fortaleza en mi corazón, eligiendo para salvarte de manos de los forajidos a una mujer débil que los aterró con sólo una máscara, como si hubiese llevado consigo un ejército poderoso.

—¡Oh! Sí —exclamó Leonor—, yo te debo más que la vida, puesto que te debo mi honra. Tú que te expusiste tanto por mí, ¿cómo podré yo pagarte?

—Leonor —dijo Elvira en tono solemne—, no blasfemes; sólo al que vela sin cesar sobre los oprimidos debes tu salvación; a él debes dar gracias en tus oraciones. Yo fui la mano de que se valió en su benignidad, y no corrí riesgo alguno, cubierta, como iba, con el escudo de su omnipotencia.

—Pues bien —le respondió Leonor—, yo aquí contigo se las tributaré, y mis oraciones, juntamente con las tuyas, volarán hasta su trono como una nube de aromas. Tu boca, más pura que la mía…

—Leonor —interrumpió su amiga—, no adules mi vanidad; yo soy un vil gusano como tú delante del Altísimo. ¿Quién osa hablar delante de él de pureza? ¿Yo que he quebrantado mis votos sólo por un momento de deleite mundano? ¡Ah!…

Diciendo esto, sus ojos salieron de sus órbitas, alzó ambas manos al cielo y pareció como arrobada y fuera de sí algún tiempo. Poco después dobló las rodillas delante del crucifijo, oró, besó la tierra y dio muestras de un verdadero arrepentimiento, y sintiéndose más tranquila, se levantó de nuevo y se acercó a Leonor, que había contemplado su éxtasis en silencio.

—Es preciso que nos separemos —dijo con el acento melancólico que daba algunas veces a sus palabras—, es preciso; yo cometería un pecado imperdonable si te tuviese más tiempo conmigo, y, por otra parte, tú tienes un hermano que te ha buscado con ansia y que ahora, más que nunca, necesita de tu cuidado. Tienes cien lanzas en tu castillo que te defenderán de tus enemigos, y no te has obligado, como yo, a vivir sola y a olvidar y a ser olvidada de tus amigos. Tu juventud no debe marchitarse en un destierro, como la mía; tu corazón puede abrirse sin pecar a todas las sensaciones más dulces que hacen las delicias de los mortales; el mío debe cerrarse aun para las más inocentes; sí, Leonor, aun para las más inocentes. Cuando yo te he visto estos días enferma sobre esa paja, te he estrechado mil veces contra mi pecho, te he mirado como a mi única joya en el desierto, y he pecado. ¡Ah! Tú no sabes ahora cuánto, cuánto me cuesta separarme de ti; pero es preciso; sería en mí un espantoso crimen recibir otra vez una caricia tuya.

—¡Ah! —exclamó Leonor conmovida—, yo no te abandonaré, yo no me separaré de ti.

—No hay remedio, Leonor —repuso Elvira con resignación—; Dios me lo manda.

—Yo vestiré como tú un cilicio —respondió Leonor—, y su clemencia te perdonará.

—Tu hermano está herido —dijo Elvira—, y te llama tal vez en este momento desde su lecho.

—¡Herido! —exclamó Leonor—. Vamos, sí, que yo le vea. ¡Mi hermano herido! Pero, ¡ah! —continuó, dirigiéndose a su amiga—, tú me dejarás que venga alguna vez a llorar aquí contigo, a consolarte, Elvira mía.

—No, jamás —respondió Elvira, haciendo un esfuerzo—, jamás; cuando tú hayas salido de aquí, olvídame; yo te lo pido por amistad. No más, Leonor —continuó, alargando su mano hacia su boca, viéndola en ademán de interrumpirla—. No más; olvídame; ¡cúmplase la voluntad de Dios! La noche debe ya haber cubierto el mundo con su oscuridad, pues no penetra ninguna luz por las aberturas del techo. Tu hermano está herido; ven, sígueme.

Diciendo esto tomó de la mano a Leonor, que, inquieta por la salud de Hernando, no hizo más resistencia, y guiándola a tientas por el arruinado arco por donde se salía de la bóveda, Elvira empujó una piedra, que cedió dócilmente a su impulso, sintieron el aire del campo y ambas tomaron tristemente el camino de su castillo.

Capítulo 12

Yo triunfaré de mi pasión insana,
yo desde ahora aborrecerle quiero,
le quiero aborrecer… ¡Oh! quién me diera
desenclavar del corazón mi afecto.

CIENFUEGOS. Safo, en la tragedia de Pitaco.

La luna caminaba ya a occidente acompañada del lucero de la mañana, y todo estaba en silencio en el castillo de Cuéllar. Saldaña había ya vuelto de su parasismo, y sus heridas, aunque peligrosas, no habían sido declaradas mortales por los maestros. Un calmante le proporcionó algunas horas de sueño, y a la hora de la mañana descansaba de las fatigas de su combate con mucho placer del viejo Duarte y su favorito Jimeno, que se aprovecharon de este momento de reposo, el primero, para dormir, y el segundo, para vaciar algunas botellas de buen vino y refrigerarse al lado de su cuotidiana, como él llamaba a su concubina.

No se oían los cantos ni las voces de los soldados, ninguna luz ardía en el castillo excepto las de las cuadras, y sólo el ladrido de algún perro o la voz del vigía que anunciaba las horas, más cuidadoso de su relevo que de contemplar la diosa de las tres caras, interrumpían de tiempo en tiempo el silencio misterioso de esta hora de la noche, en que toda la Naturaleza parece que se abandona profundamente al reposo. Sólo una luz se vio cruzar de ventana en ventana y desaparecer, se oyó crujir una puerta que se cerraba, y poco después la voz, las carcajadas de Jimeno y el ruido que formaba el choque de los vasos anunciaron que aún la disipación y el vicio estaban despiertos en el castillo. Pero este rumor fue poco a poco disminuyéndose, hasta que cesó enteramente, y otra vez se oyeron los pasos del centinela, que, al parecer, era el único que velaba en la fortaleza.

Tal creía él, al menos, sin imaginarse que otro motivo que el de su deber pudiese desterrar el sueño de los ojos de ningún habitante del castillo, y muy ajeno de pensar que el amor tenía aún abiertos los de la hermosa Zoraida, que más que nunca combatida entonces de su pasión, y sentada en aquel momento a la reja de su estancia, miraba la luz de la luna sola y melancólica, mientras el orgullo y el cariño luchaban en su corazón. Con una mano apoyada sobre la reja, adonde se entretejían, como hemos dicho, algunas ramas de árboles, reclinada en los almohadones, apoyada su frente en la otra mano y desnuda de todas sus joyas, pero más hermosa que nunca, al rayo de la luna, que se quebraba allí penetrando con débil luz en la estancia, se entretenía, embebecida en sus pensamientos, en arrancar algunas hojas, que desmenuzaba distraída entre sus dedos, mientras la brisa de la mañana susurraba mansamente a su alrededor.

En otro tiempo ella hubiera sido la primera a quien Saldaña habría llamado junto a su lecho, y sus palabras hubieran sido el mejor bálsamo para sus heridas. En otro tiempo ella habría cuidado de su reposo; pero ahora su amante no la había nombrado siquiera, y si acaso se hubiera acordado de la desdichada Zoraida, habría sido sin duda para maldecirla, procurando arrojarla cuanto antes de su memoria como a un objeto de odio y horror. Sola allí y olvidada ya de todos aquellos que en otro tiempo la adulaban y deseaban parecer agradables a sus ojos para serio a los de Saldaña, servida únicamente por una esclava de poca edad, que dormía muy descuidada de las penas de su señora, si había sabido lo que pasaba en el castillo lo debía más a su vigilancia y cuidado por el ingrato que a ninguna noticia que le hubiesen dado.

Jimeno, el lindo Jimeno, era el único que parecía compadecerla, y le traía con frecuencia nuevas de su señor; pero, además de que Zoraida recibía sus atenciones con desdén y que él no era muy de su gusto, sus noticias servían más bien para irritar su orgullo que para dar esperanza a su corazón, no pareciendo sino que en medio de la pesadumbre que mostraba el compasivo paje al comunicárselas se gozaba secretamente en atormentarla. El fue el primero que avisó a la mora de las heridas de Saldaña, engrandeciendo y pintando el riesgo en que se hallaba su vida con tan vivos colores y tan sin compasión de la pena que manifestaba Zoraida, que parecía más entretenido en referir su cuento que en observar su rostro, dando al mismo tiempo a su narración cierto aire aparente de sencillez. El fue el primero que cuando el señor de Cuéllar volvió de su desmayo tuvo el cuidado de venir a contarle cómo no había preguntado por ella ni había dicho que la llamaran, siendo este el golpe más cruel que podía recibir Zoraida, cuyo orgullo ultrajado ahogó un instante en su alma el sentimiento de su cariño; pero la situación de Saldaña, casi moribundo, y, sobre todo, la violencia con que, a su despecho, le idolatraba, triunfaron de todo, haciéndola olvidar por entonces sus desprecios, pensando sólo en el riesgo en que se encontraba y dispuesta a dar hasta su vida para salvarle la suya.

El amor es generoso, aunque vengativo, y él era al fin el único hombre a quien ella había amado; era su primer amor, podía aborrecerle, vengarse de él, detestarle, pero amándole siempre, idolatrándole a su pesar y olvidando todo en el momento de su peligro para protegerle, bien así como un enemigo pundonoroso devuelve a su contrario la espada que le derribó su destreza, en vez de aprovecharse de su victoria para herirle desarmado. Tales eran los pensamientos de Zoraida, triste y desdeñada, pero deseosa aún de cuidar por sí misma del herido caballero que tan mal pagaba su amor, y creída que, estando tan cerca de su última hora, no era aquella ocasión de mostrarse airada, sino de vengarse de sus desdenes probándole con su generosidad cuál era la mujer que había despreciado su ingratitud.

De esta manera trataba la enamorada cautiva de disfrazar el vehemente deseo que la incitaba a ir a verle, esforzándose a sí misma y queriendo cubrir a sus mismos ojos, bajo el velo de la caridad y la compasión, lo que era sólo un amor frenético, vanamente contenido por el orgullo. Ya varias veces había hecho ánimo de levantarse para ir a verle, ya otras tantas su amor propio lo había impedido cumplir su resolución, ya agitada del temor, ya del deseo, hasta que al fin la voz de la más poderosa hizo callar la de las otras pasiones.

Zoraida se levantó en pie de pronto, tomó una luz que ardía en la sala contigua a su tocador, cerró su puerta sin ruido, y con callados y ligeros pasos se dirigió a la estancia donde estaba Saldaña. Pintada la agitación de su rostro, trémula y deteniendo su marcha como si temiera que la sintiese el mismo a quien iba a buscar, llegó toda azorada a su cuarto, empujó con mucho tiento la puerta, alargó la cabeza a mirarle sin atreverse aún a entrar, y sintiendo por su respiración que dormía, se resolvió por último, puso la luz sobre una mesa y se arrojó sobre un sillón de respaldo que estaba a su lado, como cansada del trabajo que le había costado vencerse para llegar hasta allí.

Saldaña reposaba entonces, si puede decirse que reposa el que en su sueño no halla descanso para su espíritu; su color pálido, además, por la mucha sangre que había perdido, su cabeza, que en la agitación de su sueño había cambiado varias veces de sitio sin encontrar nunca la comodidad que buscaba, estaba caída fuera de la almohada al borde de la cama, reclinada sobre su pecho, y su frente arrugada, sobre la cual caían algunos mechones de pelo, sus cejas fruncidas, que le daban un aspecto feroz, y su respiración anhelosa probaban que estaba muy lejos de gozar en su sueño de tranquilidad. Su brazo derecho colgaba desnudo al suelo, mientras, tirado atrás, el izquierdo le caía doblado sobre la cabeza, y su cuerpo, torcido en una posición bastante penosa, le hacía que casi descansase sobre su herida, lo que tal vez era causa en parte de la pesadilla que le fatigaba.

Es sabido que una mujer dotada de sensibilidad se identifica de tal modo con las desgracias que le cuentan o los males de que es testigo, como si los padeciera ella misma, aun tratándose de un desconocido. Su fibra, más delicada que la del hombre, corresponde a la voz de la compasión con la misma fuerza con que siente la chispa eléctrica el que más distante está de la máquina, por ligero que sea el contacto que le una con aquel a quien su golpe se comunique, y no hay duda que el más dulce consuelo de nuestros pesares es la piedad y el cuidado de una mujer. El carácter de Zoraida, a despecho de su altivez, era tan flexible al sentimiento y la melancolía como a todos los arrebatos de la ira, siendo su alma de fuego y no habiendo conocido nunca sino el último extremo de las pasiones, tan arrebatada en sus celos como exagerada en su amor sin que hubiese dique alguno que bastase a detener siquiera el torrente de su corazón. Los lazos que lo habían unido a Saldaña eran los únicos que le unían al mundo, y aislada y cautiva casi desde su infancia, había cifrado en el señor de Cuéllar todos los cariños de su alma mirándole como a su padre, a su hermano, a su amigo, a su amante, a su único protector en su cautiverio.

Saldaña había cometido crímenes por su amor, pero sin que ella hubiese tomado parte activa en ninguno, habiendo sido tal vez causa inocente de todos ellos, y aunque en su imaginación sombría Zoraida se ofreciese como una furia que le arrastraba al delito, más bien dependía esta idea de que él necesitaba disculparse de algún modo, que no de que fuera cierta, y la enamorada mora no le debía a él sino desgracias. Su padre, alcaide de un castillo en las fronteras de Granada, perdió la vida a manos del padre de Sancho Saldaña, y ella vio perecer allí sus compatriotas al filo de la espada de los cristianos, mientras ya prisionera de ellos, un mar de fuego envolvía hasta las almenas de su fortaleza. Perdió su patria, sus riquezas, un padre anciano que era su único apoyo, y para colmo de su desventura se enamoró del hijo de su enemigo para verse después, en premio de su cariño, despreciada y aborrecida. Pero ahora, viéndole postrado en su lecho, había olvidado sus propios pesares, compadecida y enamorada más que nunca del ingrato que la maldecía, y le contemplaba con ternura, mientras él mostraba en su fatigoso y agitado sueño el mismo fastidio, la misma inquietud y el disgusto mismo que eran el tipo de su carácter mientras estaba despierto.

—He aquí —se dijo a sí misma, levantándose de su asiento y acercándose a su lecho paso a paso para no despertarle—, he aquí solo y abandonado a mi voluntad, sin poderse valer a sí mismo y sin tener a nadie que le socorra, el caballero más poderoso e intrépido de Castilla, el terror de mis compatriotas, el despreciador de su cautiva, el que hace dos días tuvo puesto el puñal a mi pecho para asesinarme. Héle aquí. ¿Quién me quitaría vengarme si yo no le amase aún con todo mi corazón? ¿Quién, si no estuviese yo ahora más dispuesta a cuidarle y defenderle que a satisfacer mi venganza? ¡Cómo el ceño de su semblante descubre los tormentos de su alma! El sudor de su frente es frío como un hielo —añadió, llegando cuidadosamente una mano y estremeciéndose al tocarle—. ¡Ah! ¡No parece sino que este frío penetra en mi corazón! ¡Cuán mustio, cuán otro está de aquel que entre mis brazos se llamó tantas veces el hombre más feliz de los hombres, de aquel en cuya boca recogía yo enajenada la dulce sonrisa del deleite en medio del placer de oírle que me adoraba! Su frente, entonces tersa como el marfil, brillaba aún libre de la nube de los pesares, sus ojos ardían de amor, y la palidez de sus mejillas mostraba más languidez que tristeza; pero ahora… ¡Cuánto sufres!… ¡Cuántos tormentos han abrumado tu alma! Y yo… ¡yo con mi amor he sido causa de tus desgracias!… Pero no me aborrezcas, no; yo te idolatro, Saldaña; sí, yo te idolatro y te perdono tu ingratitud.

Diciendo esto se había arrodillado junto a la cama, y tomando entre las suyas trémulas la mano que Saldaña tenía pendiente la llegó mil veces a sus ardorosos labios y la cubrió de lágrimas y de besos.

—¡Con qué fatiga respiras, ídolo mío!… ¡Ah! ¿Me oyes tú? ¡Suspira! —continuó, mirándole con dulzura y sin soltar la mano que tenía cogida y apretándola suavemente—; ¡oh, sí!, tú me amas aún; las arrugas de su frente veo poco a poco que se disipan, su mano se estrecha contra la mía, sus mejillas se sonrosean… sus labios se abren como si fuera a hablar… yo tiemblo… ¡Qué oigo!… sí…

—¿Me amas? —dijo en este momento Saldaña con voz muy apagada—. ¡Perdóname!

—¡Oh! ¡Yo soy feliz! —exclamó Zoraida fuera de sí de placer—. Sí, yo te perdono con todo mi corazón, yo te he perdonado ya, ya he olvidado todo, todo ha desaparecido de mi memoria como si las olas del mar hubiesen pasado sobre mis agravios Tú, tú eres quien tienes que perdonarme.

—¡Leonor! ¡Leonor! —exclamó Saldaña sin despertar con el acento más tierno.

—¡Cielos! ¡Qué oigo! —gritó Zoraida, soltándole la mano de pronto y levantándose desesperada—. ¡Ah! —continuó con amargura—. ¡Yo me había olvidado de mi rival y creí que él estaba soñando conmigo. ¡Y yo te había perdonado! ¡Yo! ¡Jamás, jamás!

Todo el amor, toda la dulzura de la desgraciada Zoraida se trocó ahora en la más espantosa furia al oír el nombre de su rival, sus ojos parecían querer salir de sus órbitas, los músculos de su rostro se contrajeron, pintándose en él todas las señales de la locura, sus labios trémulos cambiaron su color rosa en un blanco cárdeno; como sobrecogida de un accidente, retorcía sus manos, y ya, sin temor de interrumpir el sueño del herido, gritaba con el acento de la más horrible desesperación:

—¡Jamás! ¡Jamás ¡Yo me vengaría! ¡No, Leonor no será tuya jamás!

A sus gritos despertó Saldaña despavorido, abrió los ojos y quiso incorporarse en el lecho. Por una transición de ideas, muy natural en un hombre cuyos sentidos están muy debilitados por cualquier causa que sea, y cuyo sueño han interrumpido de pronto voces u otro repentino estruendo, Saldaña, que había estado soñando con Leonor, aunque sin mudar de objeto, había cambiado la decoración en la última parte de su sueño, y creía que la maga, habiéndosela arrebatado de entre sus brazos, se esforzaba en ahogarle en los suyos como a una presa ya digna de los infiernos. Cuando despertó estaba todavía confusa su imaginación, y al ver los ademanes de la mora y oyendo sus últimas palabras: «¡No, Leonor no será tuya jamás!», imaginó que era la maga quien se lo decía.

—¡Ah! —suspiró Saldaña, gritando con una voz sepulcral—. ¿No has cumplido aún tu venganza? ¿No bastaba que la robaras, era menester quitarme con ella hasta la única esperanza que me quedaba?

—Sí, hasta la última esperanza —repitió Zoraida con amargura, volviendo a él los ojos en que estaba pintado su frenesí—. ¿Y tú no me has robado a mí todo cuanto poseía? ¿Mis padres, mi patria, mi gloria, mi inocencia, mi felicidad, mi esperanza? ¿No me lo robaste tú todo?

¡Y a pesar de eso te amé, a pesar de eso me dejé seducir de tus mentiras y cifré en ti mi universo! ¡Oh!, maldito el día en que me engendraron, maldito el día en que nací para idolatrarte y verme pagada con celos y con escarnio. ¡Ojalá nunca hubiese lucido aquel día!

—Mujer infernal —exclamó Saldaña, que la había conocido—, ¿quién te dejó entrar aquí? Huye de mi presencia, y maldita sea la hora en que te conocí, demonio de mi persecución; ¡huye!, y no vengas a atormentar al enfermo en su lecho del dolor.

—Plugiese al cielo —respondió la mora— que todo el infierno junto ardiese en tu corazón como arde en este momento en el mío; plugiese al cielo que pudiera hartarte del veneno de que tú has inundado mi alma… ¡Ah! ¡Yo reiría entonces viendo que tú dividías conmigo mis sufrimientos! ¡Ojalá veas en brazos de otro esa Leonor a quien amas! Tal vez está así ahora mismo en brazos de otro, sí. Tal vez es un amante disfrazado, a quien ella adora, esa bruja que te la robó. Sí, sufre, sufre como tú me haces sufrir a mí; es el único consuelo que me queda en mi desesperación.

—Mientes, boca de Satanás, mientes —respondió Saldaña haciendo un esfuerzo, que no pudo lograr, para levantarse—, mientes; Leonor no tiene ningún amante; no me amará a mí, pero no ama a otro ninguno tampoco.

—¿Y tú qué sabes? —replicó Zoraida con una sonrisa sardónica—. Por lo menos te aborrece a ti; te aborrece, y yo estoy aquí para repetírtelo. No me mires con esa ira, no te esfuerces en levantarte; tú eres un caballero muy poderoso, pero ahora yaces en esa cama como si te hubiesen ligado con cien cadenas; yaces herido por la espada del hermano de la que adoras, que te aborrecerá más por eso, porque tú también le has herido a él, y él le comunicará el furor con que te detesta.

—¡Mujer! —gritó Saldaña, casi fuera de sí—, ¿has venido a asesinarme?

—¡Ah! —repuso la celosa mora—, no; ¡he venido a acabar de ser infeliz, a saber de tu propia boca que me aborreces!

—Pues sí, yo te aborrezco —replicó el herido—, yo te abomino, instigadora de mis delitos; huye de aquí, furia vomitada por el infierno. ¡Duarte! ¡Jimeno! ¡García!, echad de aquí a esta mujer, que viene a mofarse del moribundo. ¡Duarte! ¿Qué, no hay aquí nadie conmigo?

El viejo Duarte, que al acostarse sólo había pensado dormir media hora, hacía ya una y media que roncaba en otra estancia al lado de la que ocupaba su amo cuando llegó su nombre a sus oídos y conoció la voz de Saldaña que le llamaba. Púsose en pie al instante y entró a ver qué le quería su señor, buscando alguna excusa que darle por no haber estado velándole como debía, cuando su amo le alivió de este trabajo gritándole en cuanto le vio.

—Echa de aquí a esa mujer, quítala de mi vista, y cuida que no vuelva otra vez a presentarse delante de mí.

—¡Zoraida! —gritó, dirigiéndose a ella—, huye, huye de mi presencia o te mando quemar viva en la explanada de mi castillo.

—Sí, yo me iré —respondió la mora con pesadumbre—, yo me iré, no por miedo de tus amenazas, sino porque aún tengo compasión de ti, Saldaña —añadió más tranquila—, puede ser que yo haya sido tu perdición, pero no hay duda que tú has causado la mía; adiós.

Diciendo así rechazó con orgullo la mano de Duarte, que había hecho ademán de cogerla, salió del cuarto con majestad y se retiró a su habitación, donde poco después, tranquilizándose su furor, derramó un torrente de lágrimas. Entre tanto la mañana despuntaba ya en el oriente, como si la calma y la serenidad de la Naturaleza se deleitase en servir de contraste con las pasiones de los hombres, pintando el cielo del color del alba y derramando por la haz de la tierra toda la luz y la alegría de una alborada de estío. Jimeno, que no había oído nada de la escena que acababa de pasar en la habitación de Saldaña, por tener su cuarto en la parte opuesta del castillo, dejaba en aquel mismo punto su lecho, más cansado de las caricias de su manceba que cuidadoso de su deber, y estaba entonces arreglando muy detenidamente su tocado, operación para él tan esencial como la de comer, todos sus cuidados, refiriéndose más al adorno de su persona que a ninguna otra cosa en el mundo. Con todo, como su obligación era mostrarse aquel día con semblante triste ante su señor, eligió el traje a su entender más análogo con la pesadumbre que debía aparentar, y aunque tan puesto y pulido como si fuese de gala, se adornó con un estudiado descuido, bien así como si dijésemos a la negligé. En esto estaba tarareando el antiguo romance.

Rey Rodrigo, rey Rodrigo,
tu suerte yo bien querría;
si perdistes el ser rey
también hubiste a Florinda.

cuando sintió que andaban a su puerta, y poco después entró García, el compañero de Duarte.

—¿Qué me quieres, zorro viejo? —preguntó el paje—. ¿Vienes de embajador de alguna sílfide que suspira por mis pedazos?

—Si yo soy zorro —replicó García con enfado—, a ti no te falta sino ser viejo, y has de saber que ni yo ni ninguno de mi casta ha servido a nadie de tercero en su vida.

—¡Ve ahí! ¿No lo digo? —replicó el paje—. El oficio que, según dicen, ejerce todo un don Lope de Haro con su sobrina y el rey, y se enoja un pobre escudero que se lo achaquen como si fuera un insulto.

García meneó la cabeza, no muy gustoso de la desfachatez de Jimeno, y dijo:

—Lo que yo tengo que decirte es que el señor de Cuéllar pregunta por ti, que ha estado allí la mora y le ha vuelto el juicio, según me ha dicho Duarte, aunque yo me figuro que está hechizado, y me ha encargado que te llame y vayas allá al momento.

—¿Zoraida ha ido a verle? —murmuró entre sí el paje—. ¿Y él la ha despreciado como acostumbra? ¡Bueno! ¡Soberbio! No parece sino que ella misma me ayuda; sí, vamos —continuó, saliendo del cuarto y dirigiéndose al escudero.

—No será nada, sino que ese estúpido de Duarte, que no habla nunca sino para reñir, es más a propósito para velar a un muerto que para cuidar un enfermo.

—Como tú —replicó García entre dientes siguiendo detrás de él—, valdrías más para moza de un serrallo que para ser paje de lanza.

El paje entre tanto compuso su rostro, tomando la fisonomía más triste que pudo, y cuando entró en la estancia de su señor podría habérsele comparado a un novicio por sus ojos caídos y el recogimiento que aparentaba.

Saldaña estaba entonces con una calentura furiosa a causa de la cólera que había tomado, y habiéndose recogido toda su sangre a su corazón, tenía una especie de ahoguido que le hacía respirar con dificultad. Sus ojos estaban cubiertos de un velo cristalino, su corazón se oía latir, y la ropa de su cama, toda revuelta, manifestaba los muchos vuelcos que en su inquietud había dado a un lado y a otro.

Jimeno se acercó a la cabecera, y habiendo mandado a Duarte que saliese a buscar el cirujano del castillo, le dio a beber un agua, a que mezcló algunas gotas del elixir que le habían recetado, hecho lo cual se sentó junto a él, y Saldaña pareció más sosegado.

—Jimeno —le dijo con el acento sombrío de la desesperación—, ¿crees tú que habrá perdón para mí?

—¿Y por qué no? —replicó el paje—. ¿Acaso habéis hecho algo nuevo en el mundo? Tal mujer burlada, tal homicidio cometido en un acceso de ira no son, a mi parecer, culpas imperdonables. ¿Pero a qué viene eso? ¿Os queréis morir?

—¡Morir! —exclamó Saldaña—. ¡Ojalá, si no hubiese un infierno! ¡Ah!, tú no sabes hasta qué punto me sobresalta esta idea; ¡toda una eternidad!

—Tiempo os queda de arrepentiros —respondió el paje—, aunque sea en medio del camino que hay de aquí a allá. Cuanto más que si vos habéis burlado una mujer, ha sido una enemiga de nuestra religión; de las otras podéis decir que pensabais casaros con ellas, y en cuanto a haber hecho morir a éste o aquél con más o menos justicia, nadie está libre de un momento de irreflexión, y tal vez la muerte que les anticipasteis les abrió el camino de la salvación, quitándoles de cometer delitos que si hubieran vivido les habrían hecho hallar cerradas las puertas del cielo.

—Es verdad, Jimeno —replicó el herido, que cogía con avidez cualquier excusa que aminorase sus culpas a su entender—, es verdad, y entonces yo no soy criminal, ni debo temer el infierno; Zoraida ha sido la causa de la mayor parte de mis delitos.

—Así es —replicó Jimeno sin titubear—; esa mujer os precipita, y sobre ella, si acaso, debéis cargar el peso de vuestros pecados. Su suerte ha sido que no haya estado yo aquí cuando vino a atormentaros, sin consideración a que estáis herido. Si llego a estar presente la echo al foso desde la ventana más alta. Y es mentira; ni ella os ama ni os ha amado nunca; a ella le convenía, es mujer, y no hay mujer que no mienta.

—Conque ¿tú crees que aún puedo encontrar perdón? —insistió el supersticioso Saldaña.

—¿Y qué os podía hacer pensar de otro modo? —respondió el paje.

—¡Qué! Que más de una vez —repuso el de Cuéllar con sobresalto— he visto ahí, ahí mismo donde tú estás, un demonio que me escarnecía y me anunciaba que no había perdón para mí; yo he querido orar, y todos los rezos habían huido de mi memoria, y hasta mi lengua se resistía a pronunciar las pocas palabras sagradas de que pude acordarme, mientras él las hacía sonar en mi oído como blasfemias, y, mofándose, me cargaba de maldiciones.

—¡Ave María Purísima! —exclamó el paje haciendo la señal de la cruz—. Eso sería un delirio, una ilusión; pero, no obstante, tomad esa reliquia, que os librará por lo menos de su presencia.

Diciendo esto sacó una medalla del pecho, y el impío Saldaña la tomó con religiosa codicia y la besó respetuosamente.

—Siento algún consuelo —le dijo, guardándola debajo de la almohada—. ¿Y Leonor? ¡Ah! ¿No me amará jamás? No creo que peco con hablar de ella; mi fin es hacerla mi esposa. ¿Y cómo podré ya si tal vez su hermano está enterrado a estas horas? Yo le vi muerto a mis pies. Pero él tuvo la culpa; todavía me irrito cuando me acuerdo de sus insultos.

—Cuando nosotros llegamos —repuso el paje— había ya vuelto en sí y sus heridas no me parecieron muy peligrosas. Y a las mujeres, ¿qué les hace eso? Leonor os amará porque sois hombre; no hay mujer que se resista a un hombre de las prendas que vos tenéis. En Valladolid maté yo al hermano de una que cortejaba y no me quiso menos por eso.

—Sí, pero Leonor no es de ésas —repuso Saldaña con fuerza, no muy agradado de las comparaciones del paje.

La llegada del cirujano interrumpió su conversación, y habiendo notado que su enfermo se había agitado demasiado para el estado en que se encontraba de debilidad, le encargó que no hablase, y mandó que se guardase el mayor silencio en la estancia para no turbar el reposo de que tenía mucha falta. Poco después llegó el Velludo al castillo con dos prisioneras que había hecho la noche antes, a quienes dieron habitación en la parte del mediodía contigua a la de Saldaña, aunque no le dijeron nada de este suceso, pues en la situación en que se hallaba, a voto de los cirujanos, cualquier sensación fuerte, ora de alegría, ora de pesadumbre, podía serle funesta.

Capítulo 13

SEGISMUNDO
… … … … … . . ¿Qué
te suspende?
LESBIA
… … … Hacia allí pasos
sentí y las ramas se mueven.
Veré quién es.

CALDERON, Afectos de odio y amor.

Es opinión muy antigua que los hombres manifestamos nuestro carácter, nuestras pasiones, y yo estoy por asegurar que hasta el oficio en que nos ocupamos, en nuestro modo de hablar, de andar, de dormir, etc., y que si algunas excepciones hay, dependen más bien del estado de ficción en que vivimos en la sociedad que no de que sea falsa esta aserción. Así vemos generalmente que a un enamorado se le conoce que lo está en sus distracciones, en sus ojos, o demasiado alegres o muy caídos, y en otras semejantes señales. Descúbrese a un ambicioso en su paso precipitado, su aspecto pensativo y mirada solícita e imponente; a un avaro, porque, por guardar, guardará las manos en los bolsillos hasta en los meses de más calor, y en las ojeadas de desconfianza con que honra a los que le rodean. Y pasando de las condiciones a los oficios, todo el mundo conoce los escribientes de lotería en lo bulle bulle que son y en la viveza ratonil de que están dotados, y nadie equivocará un oidor con un escribano si compara la gravedad, gordura y mesurado continente del uno con la mirada en acecho y el furtivo paso del otro. Con todo, como la duda es el principio del saber, y puede haber muchos contrarios a mi opinión en esta materia, no insistiré más tiempo en convencerlos, no siendo esto de mi incumbencia, y habiéndose escrito ya tanto en el mundo sobre fisonomías, cráneos, etc., y sólo les recomendaré el tratado de frenología del doctor Gall, donde se convencerán de la razón que me asiste, puesto que no le asistió a él más para asegurar que cada joroba de nuestra cabeza es un nido de vicios, de virtudes y de talentos.

Y así, tomando el hilo de nuestra historia, sea esta mi opinión verdadera o falsa, hubiera sido preciso ser muy menguado, torpe o falto de juicio para no conocer a primera vista que un corrillo de diez o doce hombres que estaban aquella mañana juntos a poca distancia del castillo de Cuéllar, sentados al pie de un árbol, eran gente non sancta y un mal encuentro para un viajero. Sus caras, sus trajes y sus armas indicaban bastante su oficio, y no quedará duda ninguna al lector del que ejercían viendo a Usdróbal con ellos y a otros dos o tres más, Zacarías, el bizco y el catalán, conocidos antiguos de la cuadrilla. Su conversación parecía muy animada, y todos ellos hablaban con admiración del valor de su capitán, quien había tenido, la noche antes una aventura, a su entender casi milagrosa, y a que había dado dichoso fin.

—Yo no puedo menos de creer —decía el veterano, de que ya hemos hecho mención en la primera parte de nuestra historia—, sino que el capitán es brujo o el mismo diablo. ¡Jesús me valga! Pues a no ser así no habría podido cogerla cuando ella iba saltando de pino en pino como acostumbra.

—Lo que es brujo —repuso el bizco—, no creo que lo sea—, pero Lucifer mismo no asesta mejor una flecha, aunque sea contra un junco, ni tira con más certeza; así que no me espanto de que, aun cuando la maga fuese volando, la haya hecho bajar sin hacerle mal, con sólo cortarle un ala.

—Sin un conjuro que dice maleficium… demolire universa ejus, o, lo que es igual, te demoleré los huesos, y otras cosas que yo le enseñé, cree mi humildad, caros hermanos míos —replicó Zacarías—, que nada hubiera logrado, a pesar de lo que decís.

—Puede ser —repuso Usdróbal—, mi dulce y respetable maestro; pero el refrán dice, y mejor lo sabéis vos que yo, a Dios rogando y con el mazo dando.

Para entender esta conversación es preciso tomar el hilo de los hechos del buen capitán el Velludo, y retrocediendo algunas páginas sabremos quiénes eran las prisioneras que trajo él mismo a Cuéllar y cómo y en dónde habían venido a sus manos.

El lector se acordará de la promesa que hizo el Velludo a Saldaña de proporcionar un guía experimentado que les condujese a la cueva de la maga, después que no pudo obligar a ninguno de su partida a hacerse cargo de esta empresa por el temor que todos, excepto Usdróbal, habían tomado a la supuesta fantasma. Todos los hombres tienen su amor propio, y así se ve que hasta los más corrompidos, y los más sin fe, gastan su puntillo de honor de cuando en cuando, y toman a cuenta suya ciertas empresas, más por miedo de ser tachados de cobardes, viles o tímidos que por voluntad propia. Tenía el Velludo, además, el conocimiento íntimo de su valor, muy probado y experimentado en mil riesgos, y confiaba tanto en el aliento y arrojo de que estaba dotado, que no podía menos de sentirlo mucho cuando éste le faltaba en la ocasión, siendo un acaso de este género motivo, suficiente para estarse a sí mismo reconviniendo toda la vida hasta que tomaba una especie de satisfacción de su falta, acometiendo otra vez la misma empresa u otra de igual clase que ofreciese más riesgo.

La vista tan inesperada de un espectro en su propia cueva le había sorprendido tanto como si hubiese visto de pronto todo el infierno junto, aunque para hacer justicia a su valentía debe decirse que eran pocos los hombres de aquella época que, a despecho de toda su temeridad, no hubieran mostrado el mismo temor delante de una aparición tan extraordinaria. El Velludo no pudo menos de sobrecogerse un momento, y la ligereza de su aterrada imaginación dominó por entonces su corazón vigoroso; pero esto fue sólo un instante, y poco después, recobrando otra vez su energía, no pudo menos de reprenderse su debilidad. Con todo, ya era tarde; su prisionera se le había escapado, por decirlo así, de las manos, y tuvo que confesar su falta y oír los improperios e insultos de que le colmó el desesperado Saldaña. Pero esto fue precisamente lo que le obligó más que nunca a decidirse a buscar la pretendida maga para resarcir lo que él llamaba su honra, a toda costa, ya volviendo a recobrar a Leonor, ya tomando venganza de su robadora. Dudaba él si sería ésta un ser sobrenatural o un cualquiera que oculto bajo aquel disfraz se había arrojado a tanta temeridad; si lo primero, quedaba en examinándolo disculpada su cobardía; pero si se verificaba lo segundo, en ese caso bien podía llamarse infeliz el autor de empresa tan aventurada.

Con este pensamiento, y más que nunca irritado con los denuestos del señor de Cuéllar, ansiaba más que éste, si cabe, la llegada del saludador, que uno de sus súbditos le había ofrecido traer para que le sirviese de guía.

Consistía este oficio de saludador, que ha durado hasta nuestros días y tal vez conserva su crédito aún hoy mismo en algunos pueblos, en una virtud secreta heredada en ciertas familias, que servía para curar la rabia a los animales, hacer que a su voz se presentasen de repente cuando sus amos los habían perdido, gozando, además, los herederos de esa virtud de otros varios privilegios para sí mismos, como el de ser incombustibles y no poder recibir daño de las brujas, de quienes eran muy temidos. Distinguíase el verdadero saludador en tener dibujada naturalmente en la lengua una rueda de santa Catalina o bien debajo de ella una cruz, aunque nadie todavía ha asegurado que haya visto ni una ni otra señal. El respetable Feijoo prueba con su sano juicio los engaños de que se valían estos impostores para comer a costa de los inocentes que los creían, y la mentira e impiedad de sus supuestos milagros. Ejercía regularmente así este oficio como el de bruja la hez de la sociedad, sin que su ciencia y sus falsedades les sirvieran para otra cosa que para mal comer sin trabajar, siendo como eran los seres más derrotados y despreciables.

El saludador que el bizco había prometido por guía no gozaba en esta parte de más privilegios que sus colegas en la facultad.

Había sido verdugo en Valladolid en su juventud, habiendo dejado fama en aquella ciudad de su destreza, habilidad e ingenio en el arte utilísimo de apretar gañotes, bien así como el respetable tío del gran Tacaño, que era un águila en el oficio. Pero el tiempo, que derriba los torreones, allana los montes y aniquila los imperios más populosos, había ido poco a poco debilitando sus fuerzas y disminuyendo su agilidad, hasta el punto de haber tenido que nombrar por sucesor suyo a su sobrino, mozo vigoroso y robusto, y que adiestrado por su tío, no dejaba nada que desear a los conocedores en el arte gaznático, conviniendo todos, cuando acababa de aciguatar a algún penitente, en aquello de Horacio: «Que el águila altanera nunca engendró a la paloma tímida». El verdugo cesante tomó entonces el oficio de saludador, que, aunque bastante noble, no era, sin duda, tan vistoso como el primero, y andaba a la sazón por aquellos pueblos, quantum mutatus ab illo!, haciendo, según decían, curas tan prodigiosas como había hecho maravillas en su antiguo arte. Sus heridas privaron a Saldaña de conocer a este bellísimo sujeto, que no pudo acudir a verse con el Velludo hasta de allí a dos días por haber estado muy ocupado en curar un mulo rabioso, a quien no por miedo, puesto que su secreta virtud le protegía contra los furores del animal, sino por lástima, no había querido tomar el pulso, y que murió sin duda por haberle llamado tarde.

El Velludo, a quien ya faltaba tiempo para acometer su empresa, deseoso de acabarla solo y recobrar mejor de esta manera su fama y buena opinión con el señor de Cuéllar, no dijo palabra a Usdróbal, que se había ofrecido a acompañarle, ni a ninguno de su comitiva, y llamando a su perro salió al caer de la tarde con el buen hombre en busca de la fantasma y determinado a embestir al mismo Satanás en persona. Fue esta misma noche aquella en que Leonor, por determinación de Elvira, debía volver a su castillo y cuidar de su hermano, que, aunque no tan mal herido como Saldaña, estaba de mucho cuidado.

Dejaron las dos amigas, como hemos dicho, el solitario asilo al oscurecer, sostenida Leonor del brazo de la generosa eremita, y caminaban muy despacio, no habiéndose aquélla recobrado enteramente de su enfermedad, atravesando el sombrío pinar, tristes las dos y sin hablar palabra, Elvira esforzándose a contener las lágrimas que le arrancaba el verse obligada por sus votos a separarse de la única persona en el mundo que pudiera compadecerla, y Leonor, toda sobresaltada, dividiendo los afectos de su alma entre su hermano y su amiga. Largo trecho habían andado, y no estaban ya lejos del castillo de Iscar, cuyas almenas empezaban a platear al rayo de la luna naciente, cuando Leonor, sintiéndose fatigada, se sentó junto a un pino para descansar mientras Elvira, en pie y atenta al menor ruido, temblaba por su amiga al más ligero murmullo del viento.

—Vamos —le dijo—, Leonor, anímate; estos bosques son de mal agüero para ti, y tras de cada rama puede esconderse un hombre.

—Elvira mía —replicó Leonor—, aquí ya no hay miedo; estamos muy cerca de nuestro castillo y los bandidos no se atreven a cometer sus villanías tan cerca de donde a un grito mío podían hallar su castigo.

—Tu castillo —repuso Elvira— está muy lejos aún para que oigan tus gritos, y el jefe de los bandoleros es atrevido como un bribón de batalla. Anímate, ¿no oyes voces que se acercan? —añadió, poniendo el oído al viento—. Huyamos, Leonor —continuó con tono imponente, aunque sobresaltada—. Dios ha puesto el recelo en mi corazón; si no obedecemos su voz, él castigará nuestro orgullo.

Leonor, sobrecogida, se levantó con precipitación, a pesar de su debilidad, y tomando el brazo de Elvira, ambas amigas aceleraron el paso.

No se había engañado la hermana de Saldaña; la voz que llegó a sus oídos no era otra que la del Velludo, que venía en su busca renegando del respetable saludador. Tenía éste el mismo acierto para atinar con las habitaciones de brujas, que no subía, y de que no le había dado las señas, que para curar la rabia a los mulos, y era, además, tan cerril como sus pacientes y tan cachazudo cuanto bastara para hacer desesperar otro ánimo menos impaciente que el del capitán.

El camino que había tomado era precisamente el opuesto al que llevaba a la bóveda de Elvira, y más de dos horas hacía que andaban descarriados de acá para allá por el bosque y a pique, en la oscuridad de la noche, de romperse la cabeza si tropezaban, sin que el sabio saludador hubiese encontrado siquiera vestigios de lo que buscaba. Iba el Velludo dándose a todos los diablos con la torpeza del guía, y más enojado con él casi que con la maga, maldiciéndole e insultándole a cada mal paso que se encontraba.

—¿Dónde demonios —le dijo— me llevas por aquí, sin saber tú mismo dónde vamos, arca de mentiras, que Dios confunda?

—A buscar la bruja —respondió el saludador con calma y con una voz ronca como un tambor destemplado—. Voy mirando hacia arriba por ver si la veo volar.

—Si en vez de haber sido tú verdugo tantas veces, guindando hombres que valían más que tú —replicó el capitán—, hubiera querido Dios que hubieses sido sólo una vez paciente, no andarías engañando a los tontos que te creemos.

—Cuando yo era verdugo —replicó el pobre hombre—, nunca se me quejó ningún amigo que fuese a parar a mis manos, y si no ahí está el manco, tu primo, que si viviera podría decirlo, que cuando me monté sobre él me dijo que no había ningún hombre de armas que montase mejor que yo y otras cosas que callo, porque no le toca a un hombre alabarse.

—En efecto —repuso el Velludo, distraído con el recuerdo de su Primo—, no me descontentó el modo como le ahorcaste. ¡Era mucho hombre mi primo! ¡Qué lástima que cayese en tus manos tan joven!

—A muchos he puesto la cuerda al cuello —repuso el saludador—, pero no he visto ninguno de más hígados que tu primo. Cuando le bajé la gola para ponerle el collar, no parecía sino que se iba a afeitar según lo grave que estaba. ¡Ah! —continuó con sentimiento—. Pasó ya aquel tiempo en que yo era el miembro más lucido de justicia que había en la corte; mi juventud se ha rozado y ha perdido su vigor como una cuerda a fuerza de usarse; mi cuerpo es débil como los palos de una horca vieja, y yo ya no veré alrededor de mí un inmenso concurso admirando mi habilidad; no representaré ya el segundo papel en la fiesta, después del hombre que confiaban a mi cuidado. ¡Infelices racimos de la de palo, cuánto echaréis de menos al misericordioso Soguilla! ¡Hi! ¡Hi!

Decía esto llorando con tanta pena, que el Velludo no pudo menos de sonreírse.

—Buen Soguilla —le dijo—, si no fuera por el respeto que un verdugo decano se merece de los hombres de bien, juro que yo te había de enseñar a ser saludador, y a servir de guía por caminos que no conoces. Pero ¿qué sombra es aquélla? Ya se deslizó detrás de aquel pino. ¡Una mujer! ¡La maga! Ella es: tú por un lado y yo por el otro.

Dos bultos aparecieron en este momento y se ocultaron al punto, refugiándose tras de los árboles por no ser vistos, la maga y Leonor, habiendo oído con mucha claridad las últimas palabras del Velludo, que penetraron en su corazón helando hasta el tuétano de sus huesos. Leonor especialmente más atemorizada se asió al brazo de su compañera sin saber qué hacerse, mientras ésta, más acostumbrada a semejantes azares, miraba a un lado y a otro buscando por dónde huir esforzando a su amiga y rogando a Dios que las librase de aquel peligro. Seguramente Elvira podría haberse escapado de su enemigo, siendo el principal intento de éste, cuyos penetrantes ojos ya habían descubierto a Leonor, no meterse con la maga, si no era preciso, hasta haber recobrado su prisionera, y no siendo el saludador, hombre gordo y ya viejo, un obstáculo muy temible. Pero la idea de abandonar a su amiga no podía abrigarse en el noble corazón de Elvira, resuelta más que nunca a sacrificarse por cita, libre ya de temor en el momento mismo del riesgo, y poniendo toda su confianza en Dios con todo aquel fuego celeste que elevaba tanto su alma.

—Leonor —le dijo a su amiga—, no huyas, porque sería inútil, y colócate tras de mí. Si mi presencia quiso Dios que aterrase a una partida de forajidos, ahora con su poder hará que a mi vista retroceda ese bandolero.

—Mi castillo está cerca; yo gritaré —replicó Leonor—, y acaso podrá oírnos el centinela.

—No muestres nunca tu miedo al que te persigue —repuso Elvira—; antes que te oyeran serías presa de ese mal hombre. El Señor está con nosotras, él nos asistirá.

En esto estaban cuando oyeron decir al Velludo: «¡Ella es!», y se escondieron por instinto detrás del pino.

Era esta la única esperanza que les quedaba en aquel apuro, y acaso el terror que inspiraba la vista de Elvira no habría dejado de producir su efecto si el capitán no estuviese ya prevenido y determinado a hacerle frente y a averiguar quién era, no obstante que en secreto sentía cierta especie de repugnancia conforme se iba acercando. Su guía, no tan valiente como él, ni con mucho, procuró quedarse algunos pasos detrás abriendo los ojos y la boca como espantado y buscando por todas partes la temerosa bruja que él no había visto, y que se le figuraba que iba a echar a volar de pronto, como una perdiz sale de entre las viñas a poca distancia del cazador.

Por último, el Velludo hizo la señal de la cruz y se arrojó hacia ellas con el hacha en la mano gritando:

—Por la Virgen de Covadonga, entrégate, aunque seas el mismo diablo, o te mato.

Tendió hacia él Elvira su mano derecha con majestad, y acaso su imponente y negro aspecto hubieran enfriado la resolución del bandido si Leonor, que vio el hacha en alto amenazando descargar su golpe sobre su amiga, no se hubiese soltado de ella y echándose a los pies del Velludo, pensando salvarla de esta manera de una muerte inevitable a su parecer. Conoció con esto el capitán su fuerza y la debilidad de sus contrarios, por lo que, bajando el hacha, les intimó que se entregasen a discreción, jurando que él no les haría daño alguno ni las ultrajaría en ningún modo, siempre que no tratasen de huir ni hacer la menor resistencia.

—Déjanos en libertad de continuar nuestro camino —respondió Leonor—, y yo te prometo por la fe de caballero de mi hermano darte por nuestro rescate más oro que has visto en toda tu vida.

—Después hablaremos de eso —replicó el Velludo—; veamos antes quién es esta bruja, que me ha hecho pasar más vergüenza que he tenido en toda mi vida.

Y diciendo y haciendo se acercó a Elvira, que, dotada naturalmente de ánimo y arrebatada de su celestial entusiasmo, no había hecho movimiento alguno, y sólo temía por su amiga, a quien ya veía sin remedio en poder de su hermano, a pesar de sus esfuerzos para salvarla.

—Alzate esa capucha —dijo el Velludo— y enséñanos esa cara.

—Huye, malvado —respondió Elvira—, y tenle el castigo del cielo si llegas siquiera a tocarme.

—¡Hola! —replicó el capitán—. Voz muy dulce tiene la maga. Torpe has andado, si eres el diablo, en tomar voz de mujer para asustar a nadie. No me estorbéis el paso, señora —prosiguió hablando con Leonor, que se había abrazado a sus rodillas para detenerle.

—Dejadla por Dios, dejadla —gritaba ésta—; ella no hace mal a nadie; ya me tenéis a mí, llevadme a Cuéllar, matadme, pero dejad, respetad el secreto de esa mujer.

—Nada de eso, y no os abracéis al lobo aunque os parezca manso —respondió el Velludo—. Yo he jurado que le había de quitar las ganas, a quien quiera que fuese, de venir a asustarme a media noche a mi misma casa, y lo cumpliré… ¡Vaya, fuera! —añadió, y empujando a Leonor a un lado y desasiéndose de ella se acercó a Elvira, y a pesar de sus amenazas le echó la capucha atrás y le descubrió el rostro, trayéndola por fuerza adonde daba la luna.

—¡Una mujer tan joven y tan hermosa —gritó el Velludo, atónito de su descubrimiento—, y andar así en este traje por estos andurriales! ¡Eh! ¡Zamacuco! —continuó, llamando a su guía, que no hacía mas que abrir los ojos hecho un bausán, hasta el punto que él mismo pensó que se le rasgaban hasta la cabeza—. Cuida de esa otra dama mientras yo examino esta… ¿Quién eres? —le preguntó, volviéndose a ella.

—Si te dijese mi nombre pecaría; nadie —repuso Elvira con dignidad.

—¿Qué hacías en estos desiertos?

—Nada.

—Secretos tengo yo —respondió el capitán— que te harían hablar, y han hecho soltar la lengua a hombres de bigotes muy ásperos, puesto que determinado venía a enviarte esta noche a dormir al otro mundo; pero eres una mujer, no puedes defenderte y me das lástima. Por lo demás, no me importa saber quién eres; tu oficio de bruja acabó, y por ahora vendrás conmigo a hacer compañía a tu amiga en el castillo de Cuéllar, donde no te faltará quien te agasaje.

—Mis pecados —repuso Elvira en tono solemne— me han traído a este punto, cúmplase la voluntad de Dios.

Entre tanto Leonor había tratado de huir hacia su castillo y alarmar si era posible la guarnición con sus gritos, cuando el Velludo, volviendo con Elvira asida de un brazo hacia ella, se interpuso en su camino con la presteza de un rayo, y la detuvo por el vestido.

—No, ahora no será como la otra vez. Belcebú había de venir y nos las habíamos de ver, él con sus tizones y yo con mi hacha.

—¡Ah! —exclamó Leonor—. ¿No hay quien me favorezca? ¡Los hombres de armas de mi castillo ahí mismo y no me oyen! ¡Casi los siento hablar y no me oyen!

—Y aunque os oyeran sería lo mismo —replicó el Velludo, mandándolas que le siguiesen—. Venid conmigo. Yo no soy cruel, y sentiría tener ahora que serlo si os empeñaseis en no obedecer.

Tenía el Velludo algo en su voz que naturalmente imponía, aunque se esforzase a dulcificarla; y así por esto como por ser toda resistencia inútil, ambas cedieron a su voluntad, Leonor llorando y ofreciéndole mil tesoros por su rescate y maldiciendo su suerte, casi desesperada, y Elvira sin hablar palabra y con estoica resignación.

—¿Qué diablos hacías ahí, papanatas? —dijo el Velludo al saludador, abriendo como él la boca con una mueca.

—¡Toma! —repuso el misericordioso Soguilla con su voz bronca—. ¿Y qué he de hacer con una bruja que se echa a volar? Di que hubiera sido un lobo rabioso y le hubieras visto más manso que una borrega.

—¡Ojalá! —replicó el capitán con sorna.

Tales fueron las aventuras de aquella noche y tal era el asunto de la conversación que hemos interrumpido para contarlas, por lo que volviendo a nuestros bandidos, que aguardaban a su capitán, añadiremos otra persona al corro, a quien en otro tiempo no habrían querido tener tan cerca por su oficio de verdugo, y que ahora departía con ellos agradablemente merced al que ejercía de saludador.

—Si no hubiese sido por mí —dijo éste en adición a lo que había dicho Usdróbal—, poco le hubieran valido vuestros consejos, señor Zacarías; pero yo huelo las brujas lo mismo que olía en mi tiempo cuando iba a haber ocupación en mi oficio, y ensebaba los cordeles de modo que al hombre de menos gusto le habría dado tentación de ahorcarse, y más de una vez estuve yo para hacer la prueba.

—Si la hubieses llegado a verificar una sola vez —dijo Usdróbal—, no habrías ido esta noche a caza de brujas. ¿No es cierto?

—No lo puedo negar —repuso gravemente el saludador—, y para ser tan mozo habláis con mucho tino.

—¿Pero la bruja voló o no voló? —preguntó el veterano Tinieblas.

—Como una garza —contestó Soguilla—; pero yo la hice caer a los pies del Velludo por mi virtud de saludador, puesto que por más que hice no pude hallarle el pescuezo.

—Pero el vuestro por poco que se busque no será difícil hallarlo. ¿No es cierto? —preguntó Usdróbal con mucha seriedad, burlándose del enorme cerviguillo que descubría el ex—verdugo.

—Sin duda —replicó Soguilla mirándole con atención, y volviéndose a los otros continuó—: ¿Este mozo ha estudiado?

—Es un gerifalte —repuso el bizco— y sabe latín.

—¡Oh, amigo!, para verdugo no hay cosa como saber latín.

—Hasta ahora no he estudiado mucho —respondió Usdróbal—; pero mi maestro es el benignísimo y piadosísimo señor que aquí veis —y señaló a Zacarías—, por lo que podéis esperar que si no llego a verdugo llegaré a ahorcado, y en cuanto a saber latín, ya sabéis que sirve lo mismo para uno que para otro.

—No os moféis del humilde siervo de Dios —repuso el maestro con su acostumbrada dulzura.

Usdróbal se levantó, volvió la espalda al corro y empezó a cantar, con aquella apariencia indiferente y alegre que le era natural:

Cuando miro una horca
con su colgajo,
guiño el ojo, me río
y aprieto el paso.
Por mi consuelo
murmurando entre dientes:
morir tenemos.

A pesar de su buen humor y natural alegre, Usdróbal sentía en aquel momento cierta inquietud y desasosiego por una de las prisioneras, a quien, sin saber por qué, habría querido dar libertad de buena gana o verla a lo menos; y sin que él pudiera darse razón a sí mismo, se alegraba entre tanto interiormente de que Saldaña estuviese imposibilitado de entenderse con ella por sus heridas.

Este interés por Leonor, que a no calcular la distancia del rango que los separaba podría acaso atribuirse a otro afecto más vehemente que el de la compasión, le ponía pensativo de cuando en cuando, determinándole a abandonar el servicio del Velludo, incitado, además, por su buena índole y sentimientos nobles, que le hacían desagradable el género de vida que había abrazado más por necesidad que por inclinación. Su mala cabeza y carácter abandonado se lo había hecho sobrellevar sin pesadumbre hasta entonces, pero su corazón se resentía de la villanía de su oficio, mientras su imaginación, engrandeciendo a sus ojos el brillo que rodea al guerrero de buena fama, y mostrándole fácil el camino de la gloria que podría abrirle su lanza hallándose en otro estado más noble, le hacía desear la ocasión de señalarse públicamente por algún rasgo marcado de caballerosa bravura.

Combatido estaba de estas imaginaciones cuando vio venir al Velludo, que salía del castillo mano a mano y hablando amigablemente con un hombre alto y tan seco que parecía que sólo le quedaba el pellejo, según lo correoso que era, el rostro muy tostado del sol, bigote entrecano y caído, pelo del mismo color, nariz larga y tan colorada como si la hubiesen dado de bermellón, lo que le daba trazas de no disgustarle el jugo de la uva, en confirmación de lo cual sus ojos lucían con aquel brillo vidrioso que marca comúnmente a los borrachos de profesión. Traía en la cabeza un gorro de pieles, y envuelto en una ancha capa, sólo dejaba ver sus piernas cubiertas de planchas de hierro puestas unas sobre otras a modo de tejas, lo que daba muestras que venía armado; y en sus movimientos y contoneo jaquetón se conocía que estaba muy pagado de sí mismo y que miraba con desprecio a los otros, todo lo cual confirmaban su mirada de lástima y su labio inferior caído naturalmente.

Era nada menos que el jefe de la compañía aventurera que el señor de Cuéllar pagaba y mantenía en su castillo, aragonés de nación y con mucho renombre de buen soldado y buen bebedor, amigo de la guerra, de las mozas y, sobre todo, de la bota y de los valientes, habiendo reunido una compañía volante con la que andaba al pillaje o servía al que mejor le pagaba, no reconociendo más ley que su espada, más rey que el dinero ni más órdenes que su voluntad. Rayaba ya en los cincuenta años, y era muy grande amigo del Velludo, por haber sido soldados juntos en su mocedad, y no obstante que el aragonés tenía en mucho más su oficio de aventurero que el de bandido, no por eso dejaba de mirar con mucha consideración a su amigo, que tenía tan bien sentada su fama como el que más, y en un momento a una voz suya podía poblar todos aquellos bosques de un ejército de bandoleros.

Llegaron adonde estaba Usdróbal, y el Velludo, viéndole pensativo, le dijo:

—¿En qué piensas, buena alhaja, que estás ahí que pareces un asno viejo?

El aragonés echó una mirada a Usdróbal de arriba a abajo con aquella apariencia insultante de compasión que le era propia, y volviéndose al capitán le guiñó el ojo, empujando la barba hacia él con un gesto que equivalía a preguntar: «¿Qué mozo es ése?», y a que el Velludo contestó mirándole de reojo y echando hacia fuera ambos labios como si fuera a silbar, dándole a entender que el mancebo tenía el alma bien puesta y que era mozo de manos. Todo esto fue obra de un momento, y Usdróbal, sin echarlo de ver, dirigiéndose a su capitán, dijo:

—Estaba pensando que vale más ser cabeza de ratón que cola de león, pero que en caso de ser cola de uno u otro, vale más serlo del rey de los animales.

—No entiendo a qué viene eso —replicó el Velludo—, pero creo que tienes razón si no dices más.

—Viene —replicó Usdróbal— a que yo quisiera más bien ser arriero que burro; pero ya que siempre he de ser burro, quisiera serlo de un señor más bien que de un molinero.

—Todo eso está muy bien —respondió el capitán—; pero si no te explicas más claro te quedarás siendo burro toda tu vida.

—A mí el abad de San Bernardo me enseñó a explicarme por rodeos; pero, aunque algo torcido en mis explicaderas, soy muy recto, y siempre voy por el camino derecho, vía recta, cuando se trata de obrar; así que ahora pregunto, ¿qué querríais más, ser quien sois o ser señor de Cuéllar?

—Ser señor de Cuéllar —repuso el capitán sonriéndose—. ¡Pareces tonto!

—¿Y si os hiciesen rey, lo preferiríais a eso?

—¿Quién lo duda?

—Y en caso de servir, ¿a quién serviríais mejor, al rey o a Sancho Saldaña?

—¡Toma! Al rey.

—Pues vos, mismo habéis desatado mi duda, y ya estoy resuelto a servir como soldado aventurero entre los hombres de armas del señor de Cuéllar y a dejar lugar para otro en vuestra partida.

Frunció el Velludo las cejas, sus ojos se iluminaron de pronto y lanzó una mirada de cólera sobre Usdróbal, irritado de que éste le tuviese a él por tan poco que se creyese ser cola de ratón hallándose en su servicio, mientras su compañero, el aragonés, con su acostumbrado desdeño, le dirigió la palabra:

—¿Y qué hombre eres tú para alistarte bajo mi bandera? ¿Ni qué papel has de hacer tú entre veteranos, que al que menos le llega la barba al cinto?

—Ocuparé el lugar —repuso Usdróbal— que ocupa un hombre en todas partes, y rayaré donde raye el más alto.

—Eso sí —replicó el Velludo—, y cualquiera a quien yo admito en mi partida es muy capaz de romper una lanza con el mejor de tu compañía.

—¡Con el mejor de mi compañía! —respondió el aragonés sonriéndose, y volviéndose a Usdróbal continuó—: ¿Sabes montar a caballo?

—Como un moro granadino.

—¿Enristras bien una lanza?

—No sé quién eres, pero si quieres saberlo por ti mismo me remito a la prueba, y no hay más que hacer.

—¡Puede! —replicó con calma el aventurero—. Di, Velludo, ¿qué te parece de lo que dice este almogárabe?

—Que dice bien —replicó el capitán— y que es muy capaz de hacer lo que dice, pero ven acá, niño —continuó hablando con Usdróbal—, ¿qué ventolera te ha dado de dejar tan pronto mi compañía?

—¿No soy yo libre de hacer lo que mejor me convenga? —preguntó Usdróbal.

—Sin duda eres libre; pero sabe que pierdes mucho en dejarme, primero porque aquí conmigo no tienes más jefe que a mí, y en entrando en el cuerpo de aventureros tendrás mil que no lleguen a la suela de mi zapato.

—¡Pasito, amigo, pasito! —replicó el aragonés—; tú y yo nos conocemos, y basta.

—No hablo por ti —continuó el Velludo—, y, además, como iba diciendo, sabe que este ratón, si toca este cuerno (y señaló al que llevaba a la espalda), reúne en veinticuatro horas más de mil valientes bajo sus órdenes, a quienes paga con más rumbo que puede pagar en su vida el mismo rey en persona.

—Todo eso también lo sé —replicó Usdróbal—, y yo siempre os respetaré, pero por ahora he determinado sentar plaza de aventurero, si me admiten, en las lanzas de ese castillo, y faltaría a un voto que he hecho si no cumpliese mi resolución.

—Pues, hijo, a mí no me haces falta; Dios te guíe, y para que veas que te quiero bien, este amigo es el jefe de la compañía y el que te ha de admitir en ella.

—A mí me basta tu recomendación —repuso el aragonés—, la estatura no es mala, es mozo, parece robusto —añadió, mirándole despacio—, y justamente está vacante la plaza de un buen muchacho que antes de ayer, bebiendo conmigo, por broma le fui a dar de plano con la espada y le rajé la cabeza hasta la barba, sin querer, de una cuchillada. ¡Un buen muchacho!

—Pues sí, amigo, yo te lo recomiendo —respondió el capitán—, y adiós, que voy a recoger mi partida. Adiós, Usdróbal.

—No, eso no; cuenta con lo que se habla, y trae la bota antes de que te vayas —dijo, deteniéndole el aragonés—, que estoy seco de hablar, y este muchacho no se ha de separar de ti como si fuera un nadie.

—Y mucho menos sin despedirme de mi piadosísimo maestro —añadió Usdróbal.

—Pues entonces venid conmigo —respondió el Velludo—, y si han dejado algo lo beberemos en buena paz y compañía.

Diciendo así llegaron al corro, y hallando la bota todavía bastante provista, empinaron el codo hasta vaciarla, y Usdróbal se despidió de sus compañeros. Zacarías lloró, gimoteó y le rogó que no abandonase la paz del desierto por los placeres mundanos; los demás camaradas no mostraron la mayor pena por su partida, y aunque las libaciones fueron copiosas, todos se pusieron en pie al echar el último trago, y el Velludo se despidió de su amigo el aventurero y de Usdróbal, retirándose con su gente, mientras éstos volvieron paso a paso al castillo.

Poca bebida era aquella para hacer dar traspiés al aragonés, que tocante a vino era una cuba sin fondo, y cuando más, llegaba a ponerse alegre; pero aquel día había recibido un amigo íntimo, y su lengua, algo trabada, se resentía del fino agasajo que le había hecho, por lo que todo el camino vino hablando a Usdróbal acerca de sus deberes.

—Sí, señor —decía—, la sibordunación, y la desceplina, y buen empuje cuando se trata de enris… enris… enristrar lanza.

—No tengáis cuidado, que no me quedaré atrás —respondió Usdróbal, interrumpiendo un romance que venía tarareando entre dientes.

—Está bien; porque el hombre ha de ser mulo, y cuando llegue el caso, un trago de vino y a ellos.

Con esta conversación entraron en el castillo, donde Usdróbal fue alistado en la compañía, y le dieron las armas del difunto a quien había relevado, que él se vistió, muy contento de verse ya hombre de armas y, sobre todo, de estar cerca de la hermosa Leonor, decidido a favorecerla en todo y libertarla si fuese necesario a costa de su propia vida.

Capítulo 14

… … … … … … … . .
Tanto, que dije entre mí:
¿Todo el mundo se me atreve?
¿Tan dejada te parezco?
¿Eres tú tan insolente
que aunque me prometas reinos
mis favores te prometes?

Romancero

Ya hacía ocho días que estaba Usdróbal con sus aventureros, muy apreciado de todos ellos por su ánimo resuelto y humor alegre, su semblante franco y natural descaro habiéndole hecho hallar muchos amigos en el castillo.

Estas amistades en tan breve tiempo no parecerán extrañas al que haya vivido algún tiempo entre militares, donde la franqueza y familiaridad del trato hace que la amistad se estreche e intime casi a primera vista; pero mucho menos raro parecerá si trasladándonos a aquellos tiempos en que ser valiente era la cualidad única que se exigía para ser estimado de todos, consideramos que tanto los compañeros de Usdróbal como los demás habitantes de la fortaleza eran hombres que se pagaban más de un rasgo de resolución y un trago a tiempo que de una acción filantrópica, viendo en cualquiera de estas dos cosas todo lo que necesitaban para elegir un amigo. La mayor parte de los soldados aventureros no tenían nada que echar a Usdróbal en cara, porque si éste había dejado el ejercicio de bandolero para tomar aquél, ellos habían tenido otros oficios en su vida de igual especie o peor, toda la compañía siendo generalmente compuesta de hombres sin oficio ni beneficio, extranjeros, mercenarios y desertores.

Usdróbal, siempre fijo en su empresa de salvar a Leonor, que era el principal intento que le había traído a hacerse hombre de armas entonces, no desdeñó la amistad de ninguno, y, al contrario, puso de su parte cuanto pudo para granjearse la de muchos más, pensando, como general prudente, en hacerse aliados dentro de la misma plaza que pretendía embestir antes de ponerle sitio. Con este fin, y valido de su flexibilidad de carácter, bebía con los unos, hablaba con los otros y se mostraba generoso con todos, gracias al dinero que le valió su estancia con el Velludo, sin descuidarse al mismo tiempo en ir reconociendo el terreno, visitar la fortaleza, y siempre tratando de averiguar dónde estaba detenida la hermana de Hernando, deseoso de verla y comunicar con ella sus planes.

Pero a pesar de su vigilancia y buen deseo, sus esfuerzos tocante a este punto no hubieran producido acaso ningún resultado si los celos y el despecho de una mujer vengativa no hubiesen venido justamente a favorecer sus proyectos.

Zoraida, más irritada que nunca contra Saldaña, había sabido ya, gracias al paje, que no se había descuidado en decírselo, quién era una de las prisioneras, y más interesada que nadie en hacerla desaparecer del castillo antes que Sancho se recobrase enteramente de sus heridas, no había cesado de meditar un punto, desde entonces, el modo de cumplir su deseo. Su conocimiento de todas las comunicaciones secretas y escaleras ocultas de un castillo en que había pasado tantos años, las riquezas que poseía y, sobre todo, su audacia y carácter emprendedor, hacía de ella el mejor aliado que Usdróbal podía desear, y que su buena suerte le proporcionó.

Sabía muy bien Zoraida que de todos los servidores de Saldaña, los más fáciles de sobornar con dinero y más aptos para aquella empresa eran los aventureros, y ya más de una vez había tratado de descubrir a alguno de ellos su plan, puesto que su poca influencia con el señor de Cuéllar había disminuido su crédito entre aquellas gentes, y esta consideración hubo de contenerla algún tiempo.

Muchas veces había ojeado los individuos de la compañía, buscando entre ellos alguno a quien confiarse, y aunque la muestra y apariencia de todos los manifestaba muy capaces de tomar a su cargo cuanto bueno o malo se les encomendase, esto mismo la hacía dudar, temiendo que, si la descubrían, su venganza quedaría sin cumplirse y Leonor para siempre en poder del señor de Cuéllar. Con todo, ya había observado a Usdróbal, y los ojos de lince de los celos la habían hecho en parte descubrir sus intenciones, habiéndole oído hacer varias preguntas acerca de la habitación que ocupaba la prisionera, que, aunque hechas al parecer con indiferencia y sólo como por mera curiosidad, Zoraida las imaginó sospechosas, y mucho más cuando, informada de que era un soldado nuevo, no pudo menos de figurarse que en aquel hombre de armas estaba disfrazado acaso el amante de Leonor, que se había alistado aventurero con el fin de salvarla. Este pensamiento, y más que todo la buena cara y modales naturalmente francos de Usdróbal, acabó de engañarla, afirmándola en la idea de que, siendo el amante oculto de una dama tan principal, tenía de ser caballero, no pudiendo menos de serlo un hombre de continente tan desembarazado y fisonomía tan resuelta, por lo que, más animada que nunca, se decidió a hablarle en secreto y asegurarse de este modo si era o no cierta su presunción.

Por su parte, Usdróbal no había dejado de informarse de quién era aquella extranjera tan bella que parecía tan triste, y no faltó tampoco quien le contase lo que deseaba, y punto por punto le refiriese sus amores con Saldaña y los desdenes que ahora sufría. Esta narración le originó el pensamiento de aliarse con la hermosa mora, pensando, con razón, que, sin duda, movida de sus celos y por su propio interés, había de desear con ansia verse de cualquier modo libre de su rival y que su proposición de alianza para este caso sería aceptada con gusto. Muchos deseos tenía de hablar y franquearse con ella, y aunque la prudencia tal vez exigía que él no fuese el primero en romper la valla, como esta cualidad no era la que más brillaba entre las que Usdróbal poseía, lo hubiera ya hecho a no mediar, a su parecer, una consideración que le irritaba y afligía al mismo tiempo. No sabiendo si Leonor amaba o no a Saldaña, y no pudiendo por esto contar con su voluntad para el proyecto que meditaba, traíale pensativo esta idea, y a veces hasta le ponía tan furioso como si él la amara verdaderamente y, celoso de ella, desconfiase de su constancia.

Pero cuando, ya tranquilo, se detenía en pensar en los medios de que el de Cuéllar se había valido para poseerla, en el odio que había oído decir se profesaban las dos familias y en la fama que tenía Saldaña en aquellos contornos, su ira se aplacaba y su pesadumbre se desvanecía, conociendo cuán poco fundadas iban sus conjeturas, y asegurándose cada vez más en que el servicio que trataba de hacer a Leonor era en aquellas circunstancias el que más le agradecería. No obstante, deseaba verla, y ya algunas veces había intentado penetrar en su estancia; pero ésta, colocada precisamente en el primer tramo del edificio y a la otra parte en el fondo, estaba vigilada por los servidores más leales de Saldaña, quien al momento que supo el nombre de su prisionera, lleno de gozo había nombrado los que la habían de guardar, con orden de no dejar acercar a nadie sitio a su paje favorito, y a las damas que la sirviesen. Añadíase, además, que Usdróbal, que no sabía fijamente la habitación y no quería hacerse sospechoso, miraba como otros tantos espías suyos a cuantos subían y bajaban por la escalera principal, única que él conocía que condujese hasta allí. Enojado con tantas dificultades, no sabía qué hacerse, aprobando y desechando cuantos recursos le ofrecía su imaginación, más por miedo de empeorar la situación de Leonor que por temor de su vida, aunque sabía que Saldaña no tardaría más tiempo en mandarle despedazar vivo que el que tardase en conocer su intención.

En esto estaba cuando un día, a tiempo que se paseaba por un corredor solo, mirando a un lado y a otro por ver si descubría algún secreto pasadizo o escalera que le llevase adonde quería, sintió que le tiraban suavemente de un brazo, y volviéndose a ver quién era, vio una niña de poco más de diez años que en lengua árabe y con señas muy expresivas le suplicaba que le siguiese, que le tenía que comunicar un secreto. Era Usdróbal demasiado amigo de aventuras para que dudase en seguir la que se le presentaba, y aunque avisos de aquel género eran en los castillos de aquel tiempo señales de dicha a veces y muchas otras de muerte, lo que él menos pensó fue en lo que podía sucederle, dispuesto a arrostrar cualquier peligro y pronto a todo con tal de satisfacer su curiosidad.

Como Usdróbal no conocía la lengua en que le hablaba la niña, ni le preguntó nada, ni se detuvo un momento, sino embrazando su espada, siguió con ligereza los veloces pasos de la esclavilla, que, después de haberle hecho subir por una escalerilla de caracol muy estrecha, cortada en el mismo muro del edificio, que conducía a uno de los torreones que flanqueaban la fortaleza, le hizo atravesar una galería muy oscura, abrió después una puerta y, quedándose ella afuera para que él entrase primero, Usdróbal se halló como por encanto en una habitación soberbiamente adornada.

Una mujer pálida, y en cuyas mejillas se marcaban aún los surcos que habían formado lágrimas muy recientes, estaba sentada sobre dos almohadones moriscos, cubierta de una almalafa de seda, cuya capucha caída dejaba ver su rostro, que, tan majestuoso como afligido, inspiraba a un mismo tiempo el respeto y la compasión. Usdróbal conoció en ella a la hermosa mora a quien había visto algunas veces y de cuya historia ya le habían informado, y habiéndola saludado respetuosamente, quedó en pie y a cierta distancia, aguardando para romper el silencio a que ella hablase primero. Zoraida estuvo un rato callada como dudando del giro que daría a su discurso, y no sabiendo cómo empezar, alzó en seguida los ojos, y habiéndole echado una mirada de curiosidad, sin duda con intención de leer en su corazón y penetrar de este modo el misterio que a su parecer se escondía en aquel joven, con acento tranquilo, aunque melancólico, dijo:

—Aunque el puesto que ocupáis en este castillo os hace parecer a los ojos de todos sólo como un simple soldado, yo no puedo menos de creer que vuestra sangre es ilustre, y que vos sois otra cosa de lo que aparentáis.

—Mi sangre, señora —respondió Usdróbal—, puede ser la sangre de un rey, ¿quién sabe?, porque yo no he conocido a mis padres; y en cuanto a mostrar otra cosa que lo que soy, puedo aseguraros que, aunque no muy viejo, he corrido ya tantas aventuras, que muchas veces hasta yo mismo me desconozco.

—¿Pero vos sois caballero —preguntó Zoraida—, no es cierto?

—Si no lo soy —repuso Usdróbal—, me siento capaz de serlo, y estoy pronto a acometer la empresa más ardua de que pudiera un caballero gloriarse.

—No me he engañado —dijo la mora, que dio por cierta su conjetura al oír el tono altivo que usaba Usdróbal, en su expresión—; no me he engañado, y os aseguro que quienquiera que seáis, podéis hablar francamente conmigo. Yo soy una mujer, y una mujer sin ningún auxilio en el mundo; vivo, por decirlo así, sola en el universo, pero mi alma es noble y mi corazón es tan vengativo como generoso. Vos deseáis quizá tomar venganza de otros agravios, yo de los míos; tal vez nuestro enemigo es uno mismo; reunamos nuestras fuerzas y conspiremos de mancomún contra él. Si sois un caballero, os bastará que una mujer desgraciada os reclame por su defensor; si sois villano, riquezas tengo, podéis disponer de todas.

—(Pues señor, bien va el negocio, prudencia. Si estuviera aquí mi maestro —pensó Usdróbal— no dejaría pasar en blanco esta palabra; pero ya que esta mujer me cree caballero, portémonos como tal.) Yo, señora —continuó dirigiéndose a Zoraida—, no comprendo bien vuestro discurso, y os suplico que si no lo tomáis a mal, os expliquéis más claro; vuestra situación me mueve a favoreceros, y así no tenéis nada que disfrazar. En cuanto a las riquezas que me ofrecéis, os las agradezco, porque soy más amante de la gloria que del dinero.

—No os ocultaré nada —replicó Zoraida—, siempre que me deis vuestra palabra de caballero, pues sin duda lo sois, visto vuestro proceder generoso, de no comunicar a nadie lo que os dijere, caso que no queráis ser cómplice de mis designios. Dádmela, y acaso no sentiréis tenerme por aliada.

—Yo os doy la palabra más sagrada —repuso Usdróbal— que un caballero pudiera dar, y os prometo cortarme la lengua antes de que ella revele a ningún viviente vuestro secreto, cualquiera que sea, aunque fuese vuestra intención asesinar a mi mismo padre si lo tuviera.

—Me basta —respondió la mora—; voy a abriros mi corazón. El señor de este castillo fue en otro tiempo mi amante; ahora es mi mayor enemigo. Me ha despreciado, me ha humillado, se ha olvidado enteramente de mí, y yo le he amado como nunca se amó, y he desoído la voz de mi orgullo más de una vez para perdonarle. Yo he sufrido sus desprecios sin dar siquiera una queja, le he visto apartarse de mí, y, sola con mi dolor, tal vez he tenido compasión de su tristeza olvidándome de la mía; mis lágrimas han corrido en silencio, mi amor por él he sentido que se aumentaba con su desdén, y lejos de pensar en vengarme de su inconstancia, me he esforzado a hacerme más agradable a sus ojos, a consolarle, determinada a sacrificar mi vida por hacer su felicidad. Sí, yo estaba determinada a morir; lo estoy ahora mismo más que nunca, pero vengada. Nuevos ultrajes, horribles insultos, insufribles celos han venido ahora a amargar con su ponzoña mi corazón… Y él va a ser feliz en brazos de otra mujer. ¡Oh! no. Él dividió conmigo sus placeres en otro tiempo; él me ha hecho hartarme de hiel; justo, muy justo es que los dos ahora agotemos juntos hasta las heces la copa de la amargura. No, no; se engaña, si mientras yo viva, cree el infame con los halagos de otra mujer disipar los tormentos que le abruman; Zoraida se los hará sentir más crueles. ¡Nunca mujer ninguna, ninguna, los calmará con sus caricias! Pero esto para vos es nada —continuó más tranquila—; ni vos ni nadie en el mundo pueden volverme la paz; todo lo más que puedo esperar de vos es que ayudéis mi venganza. ¿Qué importa?, es bastante. ¿Conocéis a Leonor de Iscar? ¿Sois acaso su amante?

—Soy, señora —respondió Usdróbal, cuya alma sensible habían conmovido las palabras de la hermosa mora—; soy quizá el hombre que más culpa tiene de que esta dama esté ahora prisionera y en poder de vuestro enemigo. Soy quien sin saberlo la traje al punto en que ahora se ve, pero ya, arrepentido de lo que hice, estoy resuelto a morir o a libertarla, y nada habrá por peligroso que sea, por difícil que parezca de superar, a que no me arroje y que yo no arrostre, siendo ésta la pena que me he impuesto por el delito que cometí. Acepto con gusto vuestra oferta, y desde ahora juntos formaremos nuestro plan y juntos lo pondremos en planta; digo que acepto tanto más gustoso vuestra alianza, cuanto que solo y sin conocer este castillo mi empresa hubiera sido más perjudicial a esa dama que provechosa, puesto que tampoco hubiera cedido yo un punto en llevarla adelante por temor del riesgo que podía correr. Hablad, señora, disponed de mí; mi brazo y mi corazón son vuestros, y con todo, antes que dispongáis cosa alguna, haced de modo que yo hable un momento con ella, sólo un instante; es quizá lo más esencial.

Zoraida quedó un momento pensativa ingeniando cómo Usdróbal pudiese ser introducido donde habitaba Leonor, movió la cabeza varias veces como aprobando o desaprobando sus propios pensamientos, y dijo:

—Todos los secretos de este castillo, y particularmente los de la estancia que habita Leonor, me son muy conocidos. Allí he vivido yo en días más felices; allí era mi paraíso; allí pasó una parte de mi vida como un sueño venturoso entre delicias y amores y halagada de la esperanza más lisonjera. ¡Ah! ¿Por qué no fue eterno mi sueño? Sí, yo conozco todo lo que allí hay; pero aunque sería fácil llegar hasta allí sin ser visto, para hablarla sería preciso que os vieran, y entonces era tiempo perdido. ¿Cómo haremos?… Yo había pensado valerme de vos para que sorprendieseis de noche a los que la guardan, introduciéndoos en la habitación por una escalera oculta; pero para que la habléis sin que ella esté avisada y no os vean, no hallo medio. Vos decís que es lo más esencial; yo creo lo más esencial que sea pronto. Si Saldaña, que está ya casi recobrado de sus heridas, llega a ir a verla, y Leonor accede a sus deseos y se entrega a su voluntad, no contéis ya con salvarla —continuó con furor—; no, porque entonces yo misma la asesinaré.

—Es imposible —repuso con calor Usdróbal— que Leonor no aborrezca a un hombre tan endiablado.

—¡Ojalá! —respondió la mora—. Tenéis razón en lo que decís; y a pesar de todos sus defectos, ¿no le amo yo? ¿Por qué otra no podría amarle?

Aquí llegaban de su conversación, cuando la esclava avisó a su señora que el primoroso Jimeno pedía licencia para entrar a hablarla.

—Amigo —dijo entonces Zoraida— vienen a interrumpirnos; retírate y no te alejes, porque quisiera verte después.

Usdróbal la saludó con respeto y salió de la sala, atónito de la energía de aquella mujer, y muy gozoso de su aventura. Al llegar a la puerta halló a Jimeno que iba a entrar, y que le echó una insolente mirada de arriba abajo como extrañado de verle allí, y a la que Usdróbal contestó con otra que manifestaba no menos altivez y desprecio.

—¿Qué tal? —se dijo a sí mismo el paje—; para el tonto que fíe en mujeres. Este será algún capricho de Zoraida; algo grosero es para preferirlo a un hombre como yo; pero ahí está el caso, probar de todo.

Diciendo así se estiraba la gola, alisaba los pliegues de su justillo, y repasaba minuciosamente su tocado, disponiéndose a presentarse delante de una mujer a quien trataba de cautivar con sus gracias el presuntuoso, y como casi seguro de su triunfo, entró arreglándose el bigotillo rubio que empezaba a cubrirle el labio, con pasos muy medidos y elegantes y fingiendo la tristeza conveniente a la que, según él, también aparentaba la mora. Esta correspondió con una ligera inclinación de cabeza al gentil saludo de Jimeno, quien después de las generales de entrada se sentó frente a Zoraida, en uno de los bordados cojines que rodeaban la sala, con muestras de pesadumbre, ya mirándola dulcemente, y ya bajando los ojos con fingido rubor, como si tuviera algún secreto que le fatigara, y su timidez, cortándole la palabra, le impidiera comunicárselo. El orgulloso continente de Zoraida parecía haber recobrado toda su majestad delante de un hombre a quien ella estaba acostumbrada a mirar como un simple vasallo, y vuelto el rostro a otro lado, ni aun se dignaba contestar con una mirada a las ojeadas humildes y amorosas del paje, que sentado como estaba, parecía al mismo tiempo estudiar las actitudes más amables y caballerosas para agradarla.

—¿Qué causa os ha traído a verme? ¿Tenéis alguna noticia que darme? —preguntó la mora sin volver siquiera la cabeza a mirarle, y con el acento más desdeñoso.

—No sé —respondió el paje no sin malicia, aunque con tono sumiso— si he llegado en ocasión y hora en que vos hubierais deseado que nadie os interrumpiese, pero nada os extrañe que yo cumpla con mi primer deber viniendo a presentar a vuestros pies el homenaje debido a la reina de la hermosura.

—Jimeno —replicó Zoraida—, vuestro lenguaje afectado me incomoda; esas intempestivas y miserables galanterías usadlas con las mujeres a quien pretendáis agradar y que se paguen más de palabras que de los verdaderos sentimientos del corazón.

—Veo, señora —respondió el paje—, que no queréis perdonarme la interrupción que he tenido la desgracia de causar, sin querer, con mi venida tan poco a tiempo. Cuando la imaginación está ocupada de otros objetos, y acaso se acaba de oír el lenguaje del corazón, la vista más agradable nos fastidia, y las palabras más dulces y lisonjeras nos parecen frías, insulsas, si las comparamos a las que acaban de halagar nuestro oído. No me extraña, en efecto, que llaméis intempestiva mi galantería.

—Vos sois insolente, Jimeno —respondió Zoraida con majestad—; explicaos, aclarad esas suposiciones que vuestra malicia…

—Respeto mucho —contestó el paje sin desconcertarse, en el mismo tono—, los secretos de las damas, y mucho más cuando no tengo ningún derecho para saberlos. Vos, supongamos, cualesquiera que sean los vuestros, ¿qué razón ni qué facultades tengo yo para entrometerme en ellos? Conozco el motivo de vuestros pesares y las injusticias que estáis sufriendo. ¿Qué tiene de particular que tratéis acaso de consolaros y de vengaros al mismo tiempo del único modo que una mujer se puede vengar? No que yo crea…

—Basta, Jimeno, al momento salid de aquí —repuso Zoraida levantándose con dignidad—; aún no me juzgo tan inferior que esté en el caso de sufrir los insultos de un miserable vasallo del señor de Cuéllar.

—Perdonad, señora —respondió el paje inclinándose delante de ella con un movimiento fino y como arrepentido de su ligereza—, no os irritéis con un hombre que no sabe lo que dice, agitado como está de mil sentimientos diversos y de la pasión más loca; no os alteréis; permitidme que os haga una sola pregunta, y me retiro.

Conocía muy bien Jimeno la situación de Zoraida, que ya en el castillo conservaba sólo el prestigio de lo que fue, y estaba expuesta a la desvergüenza del soldado más ínfimo, ya sin apoyo ni valimiento alguno, la poca consideración que le quedaba, consistiendo sólo en el dominio que había ejercido sobre Saldaña, de quien ya sabían todos que era entonces aborrecida. No era el paje tampoco tan generoso que respetase la desgracia cuando se trataba de su propio interés, o de callar un chiste malicioso; pero aunque, como la mayor parte de los hombres viciosos, para él todas las mujeres fuesen iguales, tocaba esto a su virtud, y no al genio de cada una, por lo que conociendo el astuto paje demasiado bien el imperioso carácter de Zoraida, y prometiéndose hacerla su conquista para agradar su amor propio, y satisfacer asimismo su liviandad, cuando la vio enojada varió al momento de camino, y mostrándose arrepentido de lo que había dicho, tomó el tono de rendimiento en vez del de la ironía.

—Jimeno —respondió la mora—, os conozco acaso demasiado bien; no me puedo quejar de vos, y habéis tenido o fingido tener lástima de mis desgracias; pero no sé por qué, a pesar mío, no puedo agradeceros el interés que habéis tomado por mí: vuestras palabras hoy han sido tan insufribles y altivas, como en otro tiempo eran aduladoras y bajas. Tal vez vuestra pregunta me descontente; con todo, no importa, hacedla; la sufriré en pago de los servicios que me habéis hecho, y aun puede ser que os responda.

—(Yo te bajaré ese orgullo —pensó el paje—.) Siempre he sido y seré —continuó en alta voz— vuestro amigo y vuestro defensor; siempre os he defendido, y aun me he atrevido por vos a contravenir a las órdenes expresas de mi señor; ahora mismo, más que nunca, estoy dispuesto a todo por agradaros. ¡Cuántas veces he reconvenido a Saldaña de su inconstancia, y le he tachado entre mí mismo de hombre de poco gusto, cuando desdeñaba tanta hermosura y virtudes tan raras en vuestro sexo!

—Haced vuestra pregunta —replicó Zoraida—, y no repitáis tantas veces que soy desdeñada de nadie. Decid lo que queráis sin volver a esa charla insignificante, usada sólo en este país de mentira y de hipocresía.

—Está bien —repuso Jimeno— y puesto que me lo permitís, perdonad mi impertinente curiosidad y decidme quién es ese soldado joven que vuestra esclava hizo salir de este cuarto al momento en que yo iba a entrar.

Zoraida no pudo menos de turbarse al pronto, no sabiendo qué responder, mientras el paje, con los ojos bajos y al parecer sin mirarla, no dejó escapar la sensación que su pregunta le había causado, y que él atribuyó a motivos muy diferentes de los que realmente eran. Zoraida no obstante, se recobró al punto, y repuso con altivez.

—A nadie en el mundo tengo que dar cuenta de mis acciones; el hombre que poseía ese derecho, me ha dejado libre y señora de mi voluntad. Y bien, es un soldado que yo he hecho llamar para hablarle de cosas que me interesaban. ¿Estáis satisfecho?

—Me basta —replicó el paje con su acostumbrada malicia—, soy discreto, y habéis hecho bien en hablarme con confianza. He entendido y me voy; podéis hacerle llamar.

Diciendo así, hizo muestra de salir de la habitación. El rostro de Zoraida se encendió de repente, arrebatada de cólera contra el vil que la sospechaba, y aunque se esforzó a contenerse como mejor pudo, parecía, como se suele decir, que lo iba a deshacer con los ojos. Mas el temor de perder quizá el único apoyo que le quedaba, le obligó a sujetar su furia en su corazón, quedando inmóvil delante de él sin querer dejarle ir ni acertar a detenerle tampoco. Jimeno conoció la lucha en que se hallaba su alma, y cómo él se juzgaba muy superior a Usdróbal en todo, no dudó que le sería fácil triunfar, atribuyendo el supuesto capricho de la hermosa mora más a un movimiento de venganza que a una pasión naciente. Volvióse, pues, a ella, tomó otra vez su apariencia cortés y respetuosa, dijo:

—Siento retirarme dejándoos enojada conmigo. Pero tenéis razón, y conozco que me he propasado. Soy franco, no obstante, y digo que a la verdad siento que un hombre de nacimiento tan bajo… Perdonad, señora, yo me retiro, y a pesar de todo creed que seguiré siendo, como hasta aquí, vuestro fiel amigo y vuestro defensor más acérrimo. Cualquier favor, cualquier servicio que exijáis de mí…

—Jimeno —interrumpió la mora—, estáis acostumbrado a pensar mal de las mujeres, y así no es extraño que penséis mal de mí. ¡Creéis que ese soldado es mi amante! Podéis creer lo que queráis, pero al menos —prosiguió reprimiendo sus lágrimas—, al menos no me insultéis.

—Sirvan de disculpa mis pocos años a mi indiscreción —repuso el paje fingiéndose enternecido—, y perdonad a un hombre que os adora —añadió arrojándose a sus pies—, que os mira como su único bien, unos celos sin duda mal fundados, pero que son señales de la verdad con que os amo.

—Levantad, Jimeno, del suelo —respondió Zoraida con ceño—, que perdéis el tiempo en mentir.

Alzóse el paje mirándola con asombro, indignado interiormente de sus razones, mientras la hermosa mora, puesto entre sus labios el índice de la mano izquierda y clavados los ojos al suelo, parecía profundamente ocupada de algún proyecto.

—Jimeno —le dijo al cabo de un rato de silencio—, si no tenéis mala voluntad a una mujer que nunca os dio motivo de enojo, si sois tan noble de corazón como os jactáis de serlo por vuestros antepasados, creo que no seréis capaz de faltar a la confianza que de vos se haga.

—Y mucho menos —repuso el paje—, a la que vos me juzguéis digno de merecer. El fuego inextinguible en que esos hermosos ojos…

—Basta, Jimeno —interrumpió Zoraida—; os he dicho que no mintáis, y que no me pago de insípidas galanterías.

—¡Galanterías! ¿Cómo podéis equivocar el lenguaje del amor puro con el de la galantería?; Zoraida, disponed de mí, hablad, confiadme vuestros deseos, y yo os probaré que es verdad cuanto he dicho.

—¿Tenéis libre entrada en el cuarto de Leonor de Iscar?

—(Mía eres, Zoraida) —pensó el paje, y hablando en voz alta, prosiguió—: El conde me ha enviado varias veces a saber de ella, y a darle amorosos recados de su parte.

—¿Recados amorosos de parte suya? —exclamó Zoraida con ira—: ¿vos los habéis llevado? ¿Y qué le decía? ¿Y ella le respondía con cariño sin duda?

—Con cariño no —repuso el paje malicioso—, pero…

—¿Qué? Acabad.

—Los oye al menos con gusto, y siempre pregunta con cierto cuidado por su salud. Pero vos sois una rival temible, y ella…

—Por Dios, Jimeno, de una vez, de una vez acabad.

—Ella cree que el conde os ama todavía, a pesar que él jura que…

—Así, lentamente, Jimeno —repuso Zoraida con amargura—, así, que cada gota de hiel de tu lengua amargue por sí sola mi corazón.

—¿Queréis por último que os lo diga? —replicó el paje bajando los ojos y encogiendo los hombros—; pues él jura y protesta que os aborrece.

—Lo sé, lo sé —replicó Zoraida con voz interrumpida por sus sollozos—; sí, Saldaña me aborrece, y yo… yo también le odio con todo mi corazón —prosiguió con ira Zoraida—; si me amas de veras, si tan siquiera te parezco bien, ayúdame en mi venganza, satisface mi resentimiento, y toda, toda yo seré tuya…

—¡Oh día feliz! ¡Día feliz! —exclamó Jimeno—: habla, di; mi brazo y mi corazón es tuyo; pronto estoy a vengarte, habla, y este puñal te vengará de Saldaña.

—Tú contra tu propio señor…

—Zoraida, yo te adoro —replicó el paje.

—Júrame —respondió la mora— guardar silencio de lo que voy a confiarte: te creo falso, Jimeno, pero el deseo que tienes de mí, pienso que te hará leal. ¡Sahara! ¡Sahara! —prosiguió, llamando a su esclava, que entró al momento en la estancia—, dile a ese soldado que entre.

Salió la esclava a llamar a Usdróbal, mientras Jimeno se decía a sí mismo:

—Ya cediste, Zoraida; ¡ay de ti si me engañas!

Duró algunos minutos el silencio, y la hermosa mora, fijos sus penetrantes ojos en él, parecía querer leer en su alma. Jimeno no pudo resistir su mirada, y bajó dos veces los ojos, pero animado de su descaro volvió a alzarlos, y alargando su mano derecha hacia ella le dijo:

—Dame tu mano, Zoraida, y recibe la mía en prueba de que después que te vengue no se han de desasir nunca; dámela en prueba de que me amas.

—¡Que yo te amo! —replicó la mora—: ¿y cuándo lo he dicho yo? Cuando tú me vengues seré tuya, sí, pero sin amarte.

—No importa —repuso el paje—, estréchete yo sólo una vez a mi corazón, palpite yo de placer en tus brazos, y nada me importa que no me ames.

—Recibe no obstante mi mano —respondió Zoraida— en fe de nuestra alianza.

Tomó el paje la mano trémula de la mora y la apretó contra la suya, pero al ir a estampar en ella sus labios, Zoraida la retiró de pronto como avergonzada de su humillación. En este momento se abrió la puerta y entró Usdróbal con aquel desembarazado continente que le era propio. El paje dio atrás dos o tres pasos alejándose de Zoraida, y ésta se reclinó sobre los almohadones.

—Venid, caballero —le dijo—; tenemos otro aliado, y vuestra empresa puede decirse segura; ya he hallado medio para que habléis a Leonor.

—¡Caballero! —dijo a media voz el paje mirándole, con desprecio—: no me parece muy caballero el que vive en compañía de villanos.

—Si no fuera el respeto que se merece una dama —repuso Usdróbal, que había entreoído lo que decía el paje—, ya os hubiera yo dado a conocer que si no soy caballero, valgo tanto como el que más.

—Con la lengua o a traición —replicó el paje—, sin duda, como es uso de los de tu ralea.

—Jimeno —gritó Zoraida—, ¿queréis auxiliar mi venganza o no?, ¿qué venís aquí con miserables rencillas a enemistaros?

Estas palabras templaron el furor que se había apoderado de los dos mancebos, e hicieron que el uno retirase la mano que sobre la cruz de la espada tenía, y el otro del puño de la preciosa daga que llevaba al cinto, y Zoraida continuó:

—Si hemos de llevar a cabo esta empresa, unámonos, tengamos paz y sólo pensemos en ella. Motivos poderosos de amor quizá os hacen parecer lo que no sois, Usdróbal; pero aunque yo no quiera descubrir quién seáis, sé positivamente que vuestra intención es hablar con Leonor y sacarla de este castillo. Ninguno mejor que vos, Jimeno, puede favorecerle en su intento; y si lo logra, si llega a arrebatársela para siempre a Saldaña, yo me doy por satisfecha de mi venganza.

—¿Y vos me cumpliréis en ese caso lo que me habéis ofrecido?

—Sí —repuso la mora—; o moriré, o lo cumpliré; yo os lo prometo de nuevo.

—Está bien —replicó el paje—: soldado, tú le hablarás ahora mismo. Sígueme.

En diciendo así, Usdróbal y Jimeno saludaron a la hermosa mora, que contestó con una inclinación de cabeza, salieron del cuarto y se encaminaron por desusados y ocultos pasadizos a la habitación de la desdichada prisionera de Iscar.

Capítulo 15

Padece, llora, experimenta y gusta
de tu llanto y dolor, muerte y tormento,
que es justo premio de venganza justa
un tal castigo para tal intento:
si hay cuchillo de fuerza más robusta,
verdugo sea el amor de tu contento,
porque entre ese dolor, rabia y discordia,
aprendas a tener misericordia.

BERNARDO

Abiertas aún las heridas, pálido, débil y apoyado en el brazo de su favorito paje, dejó Saldaña el lecho donde había pasado diez días esperando la muerte en la agonía de la desesperación, y con pasos poco seguros se dirigió a la habitación de Leonor. Vanamente Jimeno y los cirujanos trataron de disuadirle de dar este paso, manifestándole el flaco estado de su salud, y el peligro que corría a cualquier acaloramiento o incomodidad que tomara.

—El mayor mal que me aflige —respondió el herido— no está en vuestra mano curarlo, y ninguna incomodidad puede haber que iguale al tormento de mi imaginación.

Con esto, y viéndole resuelto a levantarse y a ir a ver a sus prisioneras, nadie osó oponerse a su voluntad, y el tétrico Saldaña, lleno el corazón de temores y esperanzas, envió recado de su visita.

Entre tanto, Leonor, que había hablado ya con Usdróbal, animada con la esperanza de salir de allí pronto, parecía más alegre que de costumbre, sabedora de que había un hombre que se interesaba por ella en donde menos podía presumir encontrarlo. Desde que se vio prisionera, rodeada de personas desconocidas y todas ellas indiferentes a su dolor, no había tenido otro consuelo que sus lágrimas y las religiosas palabras con que tal vez confortaba su ánimo la generosa Elvira, que por fortuna se encontraba en la misma estancia con ella. Pero esta mujer fanática, sin dejar ver su rostro a nadie, persuadida de que Dios permitía todo aquello en castigo de la falta que había cometido dejándose ver de Leonor, rara vez se acercaba a hablarla, embebecida en sus oraciones y creída en que cometía un pecado, cuando, movido su corazón por un sentimiento dulce, pero mundano, dirigía la palabra a su amiga.

No obstante, su natural ternura vencía a veces su fanática obstinación, y buscando palabras con que aliviarla de sus pesares, proporcionaba a la doncella de Iscar los únicos momentos de dulzura que gozaba en la cárcel; cárcel decimos, si tal puede llamarse la estancia más elegante y mejor alhajada que había en el castillo, puesto que, aunque privadas de libertad, todo era abundancia a su alrededor, y varios espaciosos jardines con ricos surtidores de aguas y poblados de sombríos árboles, a que daban las puertas de aquella estancia, les proporcionaban delicioso paseo, mientras las doncellas que las servían y algunos juglares se esmeraban en divertirlas. ¿Pero qué vale el beber en oro y verse servido de mil esclavos atentos al menor movimiento del obsequiado cautivo, si al fin no puede pasar de un término prefijado, si no respira el aire puro de la libertad?

La mayor pena que abrumaba el corazón de Leonor, era entonces verse imposibilitada de asistir a su hermano, que tal vez necesitaba de su cariño y la nombraba a cada momento. Esta idea no se apartaba un punto de su imaginación, y el llanto que humedecía sus ojos con frecuencia era más bien un tributo al amor fraternal que una prueba de la debilidad de su sexo. Olvidada de sí misma, había tenido más alegría al hallar allí un protector, por la esperanza de llegar a tiempo para cuidar de su hermano viéndose libre, que por su propio interés, sólo el temor de algún infame atropello, haciéndole sentir por sí su cautividad. En vano trataba de distraerla el juglar con sus cantos y sus historias, y la demás turba de histriones que corrían en aquella época los castillos con sus músicas y bailes a la morisca. La herida de su hermano no se apartaba de su memoria, y su situación y el atropellado amor de Saldaña no dejaban descansar un instante su corazón. Elvira, encerrada a todas horas en un oratorio que allí había, rara vez, como hemos dicho, humillaba hasta nuestro suelo sus pensamientos, todos ellos empleados en la contemplación de las cosas celestes. Tal era, por último, el estado del ánimo de las dos amigas, cuando una de las mujeres de la servidumbre entró y anunció la visita del señor de Cuéllar.

Turbóse Leonor al oír su nombre, no hallando palabras con que dar el permiso que le pedían de parte del que podía visitarla sin él, y volvió el rostro a Elvira, que en aquella sazón entraba, habiendo oído las últimas palabras de la camarera.

—Decid —respondió ésta— al señor de Cuéllar, que hace mal en pedir permiso para visitarnos cuando tiene el suyo y el del demonio para cometer todo género de crímenes y de villanías.

—Señora —respondió la doncella—, si yo doy ese recado, es bien seguro que el conde me hará castigar…

—Pero ¡ojalá Dios se complazca en perdonarte, oh Saldaña! —prosiguió Elvira en uno de sus arrebatos de entusiasmo, sin atender a la respuesta de la camarera—. ¡Ojalá, y que descargue sobre mí el peso de su ira y cumpla yo de esa manera mis votos!

Diciendo así bajó la cabeza, cruzó ambas manos sobre el pecho, y pareció que elevaba al cielo alguna súplica por el pecador. La doncella permaneció un momento delante de ella sin atreverse a interrumpirla; pero viendo que no debía esperar más respuesta, volvió a preguntar a Leonor, la que, vuelta ya de su turbación, dijo:

—Id y decidle que el cautivo está a merced del que le cautivó, y no es a él a quien toca conceder permiso cuando éste sólo lo pide por cumplimiento, sabiendo que nunca es agradable la presencia del amo para el esclavo.

Esta respuesta tuvo al fin que contentar a la camarera, la cual, muy de mala gana y temerosa, salió a llevársela a su señor. Pero antes de que ella llegara, el lindo paje, que irritado de su tardanza había ido con licencia de Saldaña a saber qué había, se atravesó en el camino, y la camarera con muy buen cuidado en cuanto le vio descargó en él el peso de su comisión, contándole lo que había pasado, y encargándole que fuese a referirlo a Saldaña.

—Reina mía —le dijo el paje con una cortesía burlesca—, paréceme que vos queréis que meta yo el dedo en la lumbre y comeros vos las castañas… , pero no… no os pongáis colorada por eso: ¿qué no haría yo por una hermosa joven a quien sólo la falta de una media docena de muelas y la sobra de algunos años puede hacer parecer un tanto desagradable?

—Insolente, deslenguado —gritó la camarera indignada de la verdad con que el paje le había hablado; y murmurando un millón de maldiciones se retiró, dejando al desvergonzado Jimeno riéndose de su furia.

Quedó un momento en seguida algo pensativo el buen paje, y torciendo el camino, en vez de volver adonde estaba su amo, de una carrera atravesó algunos corredores y desapareció.

De allí a poco se oyó su voz cerca de las habitaciones al oriente de la fortaleza, como si hablara con alguien a quien tratara de consolar, mientras que otras voces respondían y seguían la cuestión, al parecer con calor, según se podía conjeturar por el tono vehemente y la precipitación con que a veces resonaban en alto, y a veces se percibía apenas el murmullo de las atropelladas palabras. Duró este diálogo sólo un instante, se oyó cerrar una puerta con ímpetu, se sintieron los pasos de un hombre que corría por aquellos tránsitos, y poco después se vio al paje que volvía con la misma prisa que había desaparecido. Llegó en seguida adonde estaba Saldaña, y cambiando las palabras de la camarera, le dijo que Leonor no tenía dificultad en recibirle, siempre que como caballero ofreciese no abusar de su posición.

—¡Consiente al fin en verme! —exclamó Saldaña—: ¡pero tiene desconfianza de mí! ¡Cómo ha de ser! ¡harta razón tiene para desconfiar!

—Eso prueba que está ya medio rendida —replicó Jimeno—; animaos, señor, que a buen seguro que no se os escapa esta vez.

—Si vuelvo a oírte hablar con esa irreverencia de la que no eres tú digno de besar el polvo que pisa, juro que te he de hacer arrepentir para siempre de tu indiscreción.

—Perdonad, señor; yo no he querido ofenderla —contestó el paje, y bajó la cabeza en señal de sumisión; pero una maliciosa sonrisa que pasó por sus labios daba al mismo tiempo a conocer el placer que sentía en incomodarle.

Con esto se asió de su brazo el herido para sostenerse, y meditando lo que había de decir, llegó a la habitación de las prisioneras. Levantóse Leonor de su asiento, saludándole con dignidad; entróse en el oratorio Elvira sin descubrirse, y el paje acercó uno de los sillones detrás del herido caballero para que se sentase, hecho lo cual salió de la habitación mientras éste apenas osaba alzar los ojos, y parecía luchar dentro de sí con sus remordimientos y sin hallar palabras con que empezar.

Sentáronse los dos por último; hubo aún una pausa, hasta que el caballero alzó los ojos, y fijándolos en Leonor con cierta timidez, rompió por fin el silencio pronunciando con débil voz esta frase, que apenas fue inteligible.

—Yo os he agraviado, Leonor, y vos sin duda me aborrecéis.

—Mentiría —repuso Leonor con firmeza— si no os dijera que vuestra conducta para conmigo es muy ajena de un hombre que profesa la orden de la caballería. Vos habéis puesto en peligro mi honra, me habéis entregado a una horda de bandidos, y por último, me tenéis ahora mismo prisionera en vuestro castillo contra toda razón y justicia.

—Verdad es, Leonor; y así no podré nunca aspirar siquiera a merecer vuestra estimación —replicó Saldaña algo más animado—; pero si el amor puede disculpar mis errores; si los tormentos que padezco y que vos sola podéis calmar; si el hastío con que vivo, la angustia que me acongoja y la desesperación que me ahoga alcanzan una mirada de lástima de vuestros ojos; si, en fin, basta además mi arrepentimiento de lo que os he hecho sufrir, creo que lejos de merecer vuestro odio, merezco siquiera vuestra compasión.

—Mi compasión, la tenéis, Saldaña —replicó Leonor conmovida—. ¿Quién habrá, que como yo os conozca, que no os compadezca? Vos, libre y poderoso, y yo cautiva, huérfana y ultrajada en este momento, me tengo mil veces por más dichosa que vos, mi alma es inocente y mi corazón es puro; pero si estáis de veras arrepentido, ponednos en libertad a mi amiga y a mí, y tal vez, si no está corrompido vuestro corazón, os cause un nuevo gozo hacer esta buena obra.

—Eso no; ¡nunca! —respondió Saldaña muy agitado—; cien muertes antes, cien infiernos padezca yo antes que te separes de mí, Leonor. ¡Nunca! Yo besaré el polvo que pises, te serviré de rodillas, te adoraré como se adora a la Virgen que está en el altar…

—¡Silencio, impío! —interrumpió una voz suave, pero en acento terrible, detrás de Saldaña—. ¡Silencio, y no profanes con tu boca de podredumbre el puro nombre de la Santa Madre de Dios!

Volvió Saldaña los ojos airados a ver quién era la que con tanto atrevimiento le interrumpía, y halló en pie a su espalda a Elvira envuelta en su almalafa, como hemos dicho, que salía entonces del oratorio.

—¿Quién eres tú —le preguntó Saldaña con enfado— que te atreves así a insultarme? Mal haces si crees que ese disfraz que llevas te da permiso para abusar de esa manera de mi paciencia.

—Las amenazas, los tormentos, los más crueles martirios —repuso Elvira— que puedas imaginarte, son para el penitente aureolas de gloria y nuevos soles que le guían en el camino escabroso de la virtud. Nada temo de ti, Saldaña, y todo lo temo por ti; mira un momento dentro de ti y te horrorizarás de ti mismo. Tu conciencia te remuerde; continua guerra se hace en tu corazón; en él habita tu desdicha; en él se albergan el odio, la envidia, el temor, la rabia y la desesperación; sobre tu frente está grabada la marca del réprobo; mil maldiciones te abruman, mil funestos recuerdos te acongojan, oro que toques te se volverá ceniza, y la flor más pura perderá su aroma y se marchitará tan sólo con que tú llegues a olerla. Saldaña, el lobo hambriento que se expone a la furia de los pastores y los mastines, que en tiempo de nieves busca trabajosamente alimento para él y para sus hijos que le esperan con ansia en la camada, y que vuelve sin él mordido, fatigado y aullando, es mil veces más venturoso, es mil veces más dichoso que tú. ¡Ah, Saldaña! Recuerda los primeros años de tu juventud, cuando era aún inocente tu corazón, recuérdalos y llora, llora lágrimas eternas de arrepentimiento.

—Mujer fantástica —replicó Saldaña—, cuando yo me presente a dar cuenta a Dios de mi vida, sé muy bien el modo de disculparme, y aquí en la tierra el amor es harta buena defensa de mis mayores delitos. Sí, Leonor —prosiguió volviendo la espalda a Elvira—; pero esta mujer tiene razón, nadie es más desdichado que yo. Todos los hombres, en medio de su desgracia, tienen algún dulce recuerdo que los halague, algún sueño de oro para el porvenir, alguna persona, en fin, que los ame y que llore con ellos su desventura. Pero yo, Leonor, oídme —continuó con pesadumbre—, yo no tengo nada, nada que me consuele; mis recuerdos eran penosos; negro y tormentoso contemplaba mi porvenir; ni una estrella, ni una luz, por débil y amortiguada que fuera, alumbraba mi peregrinación; todo era noche, todo era un abismo, un caos inmenso donde a cualquier parte que volvía la vista me hallaba siempre conmigo solo, solo y sepultado en la oscuridad.

»Un recuerdo, dulce como el aroma de las flores, me quedaba aún; un recuerdo que podía traer a mi memoria sin horrorizarme ni estremecerme. Tú, joven hermosa, virgen pura; tú, a quien yo había amado ya cuando mi corazón era bueno; tú sola podías hacer mi felicidad; tú eras la llama de mi existencia; yo te veía en todas partes, para mí no había ya soledad, porque tú siempre me acompañabas. ¡Ah! Yo necesitaba de ti, de ti para que fueses el rocío de mi alma; pero tú me desdeñabas. ¿Qué me quedaba que hacer? Robarte para poseerte; ahora yo soy tu esclavo, ¿qué quieres de mí, di, mi sangre? Estoy pronto a derramarla toda por ti —añadió arrojándose a sus pies—. ¡Oh!, di que me amarás, dilo siquiera por lástima. El hombre que fuese al patíbulo cargado de crímenes y que más te hubiese injuriado, ¿no merecería de ti, si en eso le iba la vida, que le dijeras: yo te perdono? ¿Y para salvar mi alma de la eterna condenación no me dirás: yo te amo?

—¡Hermano mío! —exclamó Elvira con entusiasmo, echando atrás su capucha, y descubriendo el rostro—. ¡Yo te amo!, ¡yo soy tu hermana, que te ama con todo su corazón! ¡Ah! sí, tú tienes necesidad de amor, y yo te ofrezco el mío, puro, amor de hermanos, lleno de ternura, de ilusiones y de verdad.

—¡Elvira! —gritó Saldaña espantado y retrocediendo algunos pasos con susto—. ¡Por Santiago! ¿eres tú Elvira? ¡Qué horror!, ¡qué horror! ¡Eres tú, que has dejado la tumba para venirme a ofrecer el amor de hermana! ¡Elvira!…

—No —exclamó Leonor—, no es una aparición; recobraos, Saldaña; es vuestra hermana, que se ha sacrificado generosamente por vos, que os ama, que ha llorado día y noche por vos durante tres años en un desierto; ella os hará feliz; vedla, abrazadla, aconsejaos con ella; podéis todavía ser feliz: no lo dudéis. Yo no os aborrezco, y os perdono todo. Dejadme ir de aquí: mi hermano está herido. El cariño de vuestra hermana os hará completamente feliz.

—Elvira —exclamó con humildad Saldaña—, perdóname.

—Pide a Dios tu perdón, no a mí —repuso Elvira con majestad—: arrepiéntete de tus crímenes, deja libre a esa mujer, y no vuelvas a pensar en ella puesto que no es para ti.

—¡Oh!, eso no —replicó Saldaña—: ya es tarde para que yo me arrepienta; mis súplicas han sido otras veces desoídas, y yo ya estoy condenado; ya es tarde —continuó con horrible desesperación—: no, yo no volveré a humillarme, yo no dejaré la prenda más segura de mi felicidad, la gloria de mi vida, la mujer que tanta pena me ha costado tener conmigo, por un arrepentimiento sin fruto, que lejos de aliviar mis penas, hará que se redoblen prolongando con ellas mis desesperación. Leonor ya es mía, será mía, y ya es tarde para arrepentirme.

—¡Profanación! ¡Blasfemia! —exclamó Elvira alzando ambas manos al cielo.

Pero otra voz resonó de pronto en la estancia, y todos se estremecieron.

—Ya es tarde, sí —repitió Zoraida entrando a deshora, desencajados los ojos, y trémula de furor.

Traía el cabello desgreñado y suelto, el rostro pálido de color de cera, y en su agitación incesante y sus movimientos convulsivos parecía latir toda de cólera; sus miradas eran de fuego, y su estatura, que parecía realzada con la ira, le daban un aspecto hermoso, sí, pero imponente y terrible.

Quedaron todos suspensos: Leonor se apartó amedrentada, Elvira se persignó y Saldaña se puso encendido de rabia, lanzando sobre ella miradas capaces de infundir terror a otra mujer de menos ánimo que Zoraida. Pero ésta, sin titubear por eso, prosiguió:

—Sí, la maldición de tu Dios y del mío ha caído ya sobre nosotros dos. Mírame, Saldaña, y estremécete. Tú eres el alma condenada, y yo soy el demonio, que te atormento y te persigo; el demonio, que cuenta tus horas, que sigue tus pasos, que convierte en hiel el manjar más dulce en tu boca, que te ha guiado en el crimen, que turbará tus placeres, que reirá junto a ti cuando sufras; mírame, tú me has abandonado, tú has querido alejarte de mí, pero en vano, porque yo estoy condenada a velar sobre ti para afligirte, ahora en la vida, y luego en la eternidad. No le ames, mujer —prosiguió dirigiéndose a Leonor—, no le ames; su lengua es engañosa, su corazón es malvado, y él te engañará y hará del tuyo un infierno, como ha hecho del mío, y como hace que sea cuanto está junto a él; no le ames, si no quieres como yo hundirte con él en el abismo de su perdición. Mira, yo era feliz —continuó con acento melancólico—; yo era inocente como tú; como tú he sido robada; me amó, le amé, y ya fui viciosa, criminal y despreciable para todo el mundo. ¡Ah!, y yo le amaba con más ternura que tú; yo le amaba como una madre al hijo que tiene al pecho, como la huérfana al hombre que le sirve de segundo padre, como una hermana a un hermano, como una mujer adora al ídolo, al Dios de su corazón. ¡Él me ha despreciado, él me ha visto derramar lágrimas, y se ha mofado de mi dolor, y yo le amaba todavía, y yo le amo!

—¡Bruja de maldición, calla! —replicó Saldaña rechinando los dientes— Verdaderamente que tú eres el demonio que me persigue, pero yo te enviaré a los infiernos para que allá me aguardes y dejes al menos de atormentarme en vida. ¡Mi daga! Por Dios que me he olvidado de traerla —continuó, echando mano a su cintura, donde la llevaba ordinariamente—. ¡Mi daga! ¿Y qué importa? ¡Mujer infame!, entre mis manos te ahogaré.

—Teneos, Saldaña —gritó Leonor poniéndose entre él y la mora—. ¿Qué vais a hacer? ¡Siquiera por mí, por vuestra hermana! ¿Vais a cometer otro asesinato? ¿Es acción digna de un caballero poner la mano en una mujer?

—Si tienes algún temor de Dios, detente —gritó Elvira—, y acuérdate que con esas mismas manos que quieres ahogarla la has colmado de caricias impuras en otro tiempo.

—Ven, ven y despedázame —exclamó Zoraida, que no había retrocedido un paso al verle venir hacia ella—. Te engañas si piensas por eso libertarte de mí. Hiéreme, y abre tú mismo mi sepultura; hazla bien honda, bien profunda, sepúltame tú mismo, y arroja sobre mí un monte; mi espectro ensangrentado saldrá de allí; de día me verás en los rayos del sol, en la sombra de cada árbol; oirás mi voz en el crujido de cualquier puerta, sentirás mis pasos detrás de ti; de noche, en la luz sangrienta de la luna, delante de ti, yo vendré a tu cama, y perturbaré tus sueños; te despertaré, y me verás, y mi mano fría con la muerte sentirás que te hiela tu corazón. Aún más: yo evocaré las sombras de los que murieron por tu injusticia, la de tu padre. ¿Qué, te amedrentas? ¡Con qué placer te veremos en la agonía, cuando juntos tantos espectros oigas el rechinamiento de dientes, y el crujido de huesos, y sus aullidos, y los veas saltar en derredor de tu cama, en ti fijos sus ojos brillantes como ascuas, y sientas frío y temblor hasta en el tuétano de tus huesos!

—¡Oh! ¡basta! ¡basta! —gritó Saldaña aterrorizado, dejándose caer sobre una silla medio exánime y sin aliento—. ¡Jimeno —exclamó—, sácame de aquí! Yo muero…

Y dejando caer la cabeza, la debilidad en que estaba y la agitación que había tomado, le causaron un parasismo, y quedó como muerto.

—¡Oh Dios! yo he causado su muerte —gritó la mora con el acento de la desesperación, y salió precipitadamente del cuarto.

Leonor y Elvira acudieron a socorrerle, y tomándole ésta una mano, sintió el hielo de la muerte en la paralización de su pulso.

—¡Oh, hermano mío! —exclamó—: ¡ojalá Dios te vuelva a la vida, y te dé tiempo de arrepentirte! Caiga su maldición sobre mí; yo te amo, hermano mío, vive tú y muera yo por ti. ¡Oh! Sí, es un desmayo; él volverá en sí. Tú volverás a ser virtuoso; tú tenías en tu infancia todos los gérmenes de la virtud en tu alma. El vicio la ha cubierto de sombras y de nieblas perpetuas. Pero escrito está que Dios no quiere la muerte del pecador.

Entró Jimeno al momento, acompañado de otros dos escuderos, y tomando el sillón en brazos le llevaron a su estancia, acostáronle en su cama, y habiéndole los cirujanos hecho volver en sí con algunos espíritus que le aplicaron a la nariz, encargaron el silencio y se retiraron.

Capítulo 16

MENDO
¿Cómo te has de resistir?
BLANCA
Con firme valor.
MENDO
¿Quién vio
tanta dureza?
… … … … … … … … … .
MENDO
¡O qué villanas crueldades!
¿Quién puede impedirme?…
GARCÍA
Yo.

ROJAS, G. García del Castañar.

Apenas habían retirado a Saldaña, cuando la celosa mora, pesarosa ya de lo que había hecho, lloraba y lamentaba por él con la misma ternura que si hubiese perdido el único bien de su corazón. Entró, pues, en su cuarto acongojada sobre manera y arrepentida, y sin poder sujetar sus lágrimas, llamó a su esclava que entró al momento a saber lo que tenía que mandarle.

—Corre —le dijo—, pregunta si ha vuelto en sí el señor de Cuéllar; vuela y vuelve al momento.

Partió la esclava al punto; Zoraida se sentó pensativa, clavó en el suelo sus hermosos ojos, derramó algunas lágrimas y prorrumpió por último hablando consigo misma:

—¿Y qué extraño es que me aborrezca? Si yo fuera más dulce, más humilde con él, acaso me amaría… Si yo le amara de veras, ¿no desearía yo su felicidad antes que la de ningún otro, primero que la mía? ¿Y por qué le he de martirizar? No, yo no le amo, o el amor es sólo nuestro interés. Sí, en vez de decir yo te amo, deberíamos decir yo me amo a mí misma tanto que te quiero esclavizar para mí. Saldaña, perdóname; he hecho mal en atormentarte, pero no me aborrezcas, ¡que oiga yo en tus últimas palabras que me perdonas!…

Diciendo así, su corazón generoso había olvidado ya los desdenes del caballero, y hasta se habían borrado completamente de él los celos que poco antes le atormentaban. Lloraba Zoraida, y lloraba lágrimas de compasión, sin ver en él otro hombre que su amante expirando por culpa suya en aquel momento. Ella misma maldecía su furor, se tachaba de injusta, y sólo deseaba que viviera, que viviera y no más, aunque no la amara, aunque se viera siempre despreciada por él, para no tener nunca que echarse en cara a sí misma la muerte del hombre a quien, a pesar de todo, amaba con toda su alma. La esperanza de lograr el amor de la persona amada es la última que abandona un corazón enamorado de veras, y a veces es tal la ilusión que se forma el amante, que halla en la más insignificante mirada representado un sentimiento que está sólo en su corazón.

Zoraida, pues, encontraba medios de interpretar en favor suyo la misma conmoción que experimentaba Saldaña cuando la veía, y la indignación y la rabia que su presencia le causaba eran, a su entender, obra de los remordimientos que le traían los recuerdos de lo pasado más bien que fruto de su impaciencia y su odio, más temerosa siempre de hallar indiferencia en él que de granjearse su aborrecimiento. Todas estas razones, si tal pueden llamarse los delirios de una pasión, hacían que ahora llorase de veras por el mismo a quien antes había sofocado con sus maldiciones; pero esta dulzura, esta generosidad no debían ser de larga duración en su carácter, y mucho menos si algún malintencionado atizaba con astucia la hoguera de sus celos. Su corazón en este momento podía compararse a una nube de tormenta preñada de rayos, pero que herida del sol parece bordada de suaves colores, hasta que impelida del viento arroja al choque el incendio que ardía en su seno.

No tardó mucho tiempo Jimeno en venir a verla, disfrazando su dañada intención con el cuidado de saber de ella. Entró en su cuarto poco después de la esclava que trajo la noticia de la salud del señor de Cuéllar, caído y triste el semblante, los ojos algo llorosos y adornado con poco esmero, como si las penas que traía en su alma le quitasen el gusto hasta para vestirse. No obstante, aunque la capilla corta que llevaba al hombro y lo restante del traje parecía puesto con desaliño, se notaba que había más arte en aquel aparente descuido, cuando no tanto como pudiera haber empleado en acicalarse y pulirse.

—¡Qué desgraciada eres, Zoraida! ¡Y qué desdichado soy yo viendo lo que padeces!

Zoraida no respondió nada a ninguna de estas exclamaciones que el paje pronunció con aire teatral y arrojando al mismo tiempo un suspiro que parecía que se le arrancaba el pecho. Sentóse en seguida como abrumado de su dolor, y apoyando su frente en una mano, ya bajaba los ojos, ya los alzaba con dolorosa expresión al cielo, ya echaba, volviéndolos a Zoraida, lánguidas y amorosas miradas.

—¿Está mejor? ¿Cómo le habéis dejado? —preguntó Zoraida con voz apagada—. En su situación os necesita a su lado más que yo al mío.

—Ciertamente —repuso Jimeno, moviendo la cabeza con ironía—, era eso lo que debía yo aguardar de ti, que me echases atentamente de tu habitación cuando precisamente vengo a libertarte la vida y a sacrificarme por ti. Pero sí, tienes razón —añadió, levantándose—, no soy aquí necesario, soy más útil al lado del señor de Cuéllar; de allí por lo menos no me echan; puedo oír planes terribles que me horrorizan; pero eso ¿qué te importa a ti? Tenía algunas cosas que decirte, y que creí que desearías saber; pero ya veo que no, ¡cómo ha de ser!, yo lo siento por ti… pero… me iré…

—Jimeno —gritó Zoraida con impetuosidad—, tú tienes un alma de hierro, y parece que te han elegido para darme tormento y añadir a cada instante nuevas inquietudes a las que sufro. Si te interesas verdaderamente por mí, ¿por qué me haces así morir de ansia y de impaciencia, sin hablar de una vez? Y si me odias y eres el instrumento de que mis tiranos se sirven, hiéreme, y no temas que me queje, que ni un ¡ay! saldrá de mi boca cuando entre tu puñal en mi corazón.

—¡Zoraida!, tú me injurias cada vez que me hablas —respondió Jimeno—, y a cada insulto tuyo devuelvo yo un beneficio; pero no gastemos el tiempo en conversaciones frívolas; sabe que Saldaña ha dado orden para que se te encierre esta noche, y allá donde nadie pueda oír tus gritos… tal vez para que no se asuste con ellos su Leonor… desempeñe su oficio nuestro preboste.

—¡Y qué es la muerte para quien no tiene nada en el mundo! —exclamó Zoraida con sentimiento—. Yo la deseo, yo la deseaba, como desea el aire el viajero de los desiertos. Yo nada tengo en el mundo, nada pierdo, ni una lágrima caerá sobre mi sepulcro; mi madre… ya no me llorará, ni yo tampoco tengo por quien llorar. Aguardo, pues, la muerte con resignación.

—¡Sí, cierto, la muerte a veces es un bien; pero tú, tan joven aún, tan hermosa! ¡Es triste, Zoraida, es triste a la verdad morir tan joven! —repuso el paje en tono muy afligido.

—No sé —replicó la mora con pena, pero con sinceridad— si es triste o no morir joven; para mí la vida se acabó ya hace mucho tiempo, y estar encerrada aquí o en la tumba es para mí indiferente.

—¿Y olvidas de esa manera tus sufrimientos, tus venganzas, tu amor y la rival que te ofende? —insistió el paje, desesperado de ver su conformidad.

—¿Para qué decís eso? —preguntó la mora—. ¿Queréis, cuando voy a morir sin remedio, hacer que sienta la muerte y disipar el tedio que tengo a la vida y que es lo que presta resignación a mi alma?

—No —repuso Jimeno—. Quiero inspirarte un deseo tal de vivir, que busques los medios de escapar a tus verdugos. Mi espada está pronta a defenderte de todos, pero no basta. Piensa, Zoraida, que Saldaña te sacrifica a tu rival más que a su odio; que sólo para complacer a Leonor…

—¡Jimeno! —interrumpió Zoraida, encendida en cólera de repente—. ¡Calla y no vuelvas a entrar en mi alma la desesperación!

—Para complacer a Leonor —continuó Jimeno, sin interrumpirse— y hacerle ver que todo, hasta la mujer que más ha amado hasta ahora, todo lo abandona por ella. Le dirá que te ha arrojado de su castillo, que en vano le pediste de rodillas que te dejara un rincón, un calabozo para vivir a su lado, bajo un mismo techo, y dirá, además, que se enterneció, pero que sólo por ella, sólo por su Leonor, por su esposa, lo hubiera podido hacer.

—¡Maldición! —exclamó Zoraida—. ¡Y ella!…

—Ella entonces —prosiguió el paje sin titubear— le agradecerá una prueba tan ponderada de su cariño, le mirará en un principio con lástima, se acostumbrará, por último, a su lenguaje, se envanecerá con su triunfo sobre una mujer a quien yo sé positivamente que teme, y un enlace pacífico terminará las desavenencias de las dos familias y trocará en amistad el odio del caballero de Iscar. Zoraida, tal es el fin que tendrán los amores de Saldaña, y que tú, muerta o viva, has de saber en donde quiera que estés, ora en la tierra, en el paraíso o en el infierno, porque hasta allí resonarán las canciones del día de la boda y los besos que le dé Leonor.

—El mismo ángel de las tinieblas —respondió la mora— no es capaz de afligir y de atormentar como tú. Pero yo no seré ludibrio de esa mujer, no; yo moriré, pero vengada. Antes que el puñal de los asesinos me arranque la vida que aborrezco, ella perecerá. Dame un medio, Jimeno, de martirizarla, dame un medio; piensa, inventa el más terrible, el más bárbaro para que yo me regocije en mi triunfo. Que yo la vea expirar a los ojos de su amante y que él trate de salvarla y no pueda y llore y se desespere. Tienes razón, es cruel, muy cruel, morir sin venganza. ¿Qué más quisieran ellos? ¡Con qué tranquilidad gozarían sin que yo nunca les estorbara! ¡Y ella había de besar los mismos labios que fueron míos! Veneno encontré sólo en ellos, veneno que ha llenado mi corazón de amargura; podría quizá vengarme con dejarla que lo probase; pero no, yo lo he agotado ya todo, y allí no quedan más que dulzuras. ¡Muerte! ¡Muerte! Jimeno, toda yo soy tuya, toda soy tuya si la asesinas.

—(Así te quiero yo —pensó Jimeno—; irritarte es el único modo de vencer tu tenacidad.) Cuando he venido aquí, no he venido —continuó en alta voz— sólo a traerte malas noticias ni a gozarme en tu aflicción como me has dicho. Te amo de veras, y una pasión tan vehemente como la que te domina por ese ingrato ha echado ya hondas raíces en mi corazón. Yo te idolatro, yo he buscado la felicidad y la he hallado en esta agitación incesante, en los celos, en la misma desesperación del amor. Sabe que he aguzado el puñal antes de venir aquí para clavarlo, si preciso fuera, hasta en el mismo Saldaña. Pero es preciso no perder tiempo; de aquí a algunas horas habrás bajado a tu sepultura. Ese soldado aventurero que tú crees amante de Leonor debe esta noche sacarla de aquí, si ella consiente…

—¿No consintió cuando se hablaron? —preguntó la mora con inquietud.

—No —repuso el paje—, no; a lo menos se mostró indecisa, y parecía que le costaba trabajo salir de aquí. En fin, Zoraida, tú te libertarás de la cólera de Saldaña, quedarás vengada o libre de tu rival y triunfarás por último de tus enemigos. ¡Oh, sí! Has de ser mía, y has de serlo ahora mismo.

Diciendo así se arrojó a ella con tal impetuosidad que, sin que pudiese impedirlo, la cubrió de besos, teniéndola estrechada en sus brazos.

—Déjame que en esa boca de delicias estampe yo mil besos… en esa cara de ángel… yo te adoro. ¡Zoraida! ¡Zoraida! ¿Por qué te resistes?

—¡Infame! —gritó la mora, retorciendo los brazos y defendiéndose con toda la furia de su carácter—. En todo mientes. Yo tuya… te aborrezco. Eres mil veces más odioso para mí y más falso que todos. Huye de mí… Sé generoso…

—No, Zoraida; te tengo bien asida para que te escapes—; grita, que nadie te responderá; llama a quien quieras, solos estamos aquí; cede, eres mía, eres mía…

La infame victoria del paje parecía estar decidida; nadie respondía a los gritos de su víctima; en vano había luchado con él con toda su fuerza; en vano trataba aún de defenderse, su pecho latía alborotado de cólera y de fatiga, y la falta de aliento y de vigor para resistir no hacían dudoso su vencimiento; un esfuerzo más y el triunfo era de Jimeno. Pero éste, fatigado también, trémulo y sudoroso, quedó en el instante de su caída suspenso un punto para tomar aliento y dio tiempo a la mora de recobrar su serenidad. Levantóse, pues, de pronto, y antes de que él tuviera lugar para sujetarla, echó mano al puñal del paje, arrancándoselo del cinto, y retirándose algunos pasos avanzó en seguida determinada a clavarlo en su corazón. Sucedió esto en menos tiempo que el que hemos tardado en contarlo, y sólo lo tuvo el paje para parar el golpe, asiéndola fuertemente del brazo.

Entonces empezó una nueva lucha, más terrible, si cabe, que la primera. Cambió Zoraida con la presteza del rayo el puñal a su mano izquierda con intención de herirle, viéndose asida de la derecha, y sin duda hubiera logrado su intento si el paje, en tan inminente peligro, no hubiera hecho uso de toda su fuerza, empujándola de sí con tanto ímpetu que, haciéndola vacilar dos o tres pasos andando de espaldas, logró derribarla segunda vez.

Arrojarse entonces sobre ella, arrancarle el puñal y sujetarla completamente fue obra de un solo punto.

—Vencí, Zoraida —gritó el perverso Jimeno—. Lucha, defiéndete, haz lo que puedas para estorbarme mi triunfo, desdéñame cuanto quieras, ya eres mía. ¿Quién habrá que te arranque de entre mis brazos?

—Yo —gritó Usdróbal, que abrió en este momento la puerta y quedó horrorizado de la terrible escena que se presentaba a sus ojos.

Zoraida, casi sin conocimiento, desgreñado el cabello, el semblante lívido y desencajados los ojos, parecía ahogada de furia; el paje, de rodillas, sujetándola y con el puñal en la mano, descompuesto el vestido y pálido de voluptuosidad; los almohadones, las sillas, derribadas por todas partes y todo en desorden.

—¡Favor, favor! —gritó Zoraida.

—El demonio —dijo Usdróbal— no hace cosa igual. Pardiez el caballero, que no es acción muy noble la que acometéis.

—Maldita sea el alma del que me interrumpe —gritó el paje, levantándose muy colérico y encaminándose a Usdróbal con el puñal en la mano.

—Sosegaos el caballero —repitió Usdróbal con ironía y desenvainando al mismo tiempo su espada—; reportaos, que si no juro por el sol que nos alumbra que os arranque el alma de una estocada; mirad que estoy bien armado.

—¡Villano! —repuso el paje, que, a pesar de su ira, conoció la ventaja de su enemigo y contuvo el paso—. Si fueras caballero…

—Mil veces más que tú —replicó la mora—. ¡Infame! ¡Vil! ¡Valiente con las mujeres! Acércate, acércate a mí ahora. ¡Cobarde!

—Ya veo —repuso Jimeno con su acostumbrada ironía— que te defiende tu amante. ¡Tu amante! ¡Un soldado! ¿Y qué podía esperarse de una mujer como tú sino que te entregaras a un aventurero?

—Reportaos, Jimeno, y no insultéis a una mujer desvalida delante de mí —replicó Usdróbal—. Soy sólo un aventurero, soy lo que represento y no más; pero preferiría mil veces ser un vil verdugo a ser un noble de tu ralea.

—¿Qué he hecho yo, Dios poderoso?¿Qué he hecho yo —exclamó la mora— para que me castigues con tanta crueldad? Usdróbal —continuó, poniéndose delante de él de rodillas—, no me abandonéis, defendedme; todo el mundo me ultraja y todos me desamparan. ¡Tened compasión de mí! ¡Yo soy sola y hasta el vasallo más ínfimo se me atreve!

—Levantaos, Zoraida, levantaos de ahí —replicó Usdróbal—. Soy de nacimiento villano, pero yo os defenderé del caballero que os atropelle. Y vos, señor almibarado paje, si tenéis algo de hombre en vuestro corazón, si no sois tan bajamente cobarde como parecéis, venid, yo os desafío y os reto de forzador y os tacho de infame si no sois capaz de seguirme.

—Si tú mismo confiesas —repuso el paje, aliñando sus vestidos al mismo tiempo— que tu nacimiento no es noble, ¿qué gloria ganaría yo con derramar la sangre de un miserable aventurero? Vete de aquí, y da gracias que no llamo a algunos compañeros tuyos para que te harten de palos.

—La primera voz que des te cuesta la vida —respondió Usdróbal, cogiéndole fuertemente de un brazo.

—Suelta, canalla —replicó el paje, desasiéndose con indignación.

—Juro a Dios —repuso Usdróbal, dejándole— que casi me da vergüenza de medir mi espada contigo, porque a fe mía que me pareces una mujer.

Era el paje, a pesar de todo, valiente, y el último insulto quizá el único que le sacara fuera de sí.

—Vamos —le dijo— donde quieras, y ya que te empeñas, te enseñaré yo mismo el respeto que se merece un noble de un villano como tú eres. Adiós, Zoraida; cuando concluya con este galán veremos quien te defiende.

—Vamos, y basta de amenazas, señor paje, que mucho será que os libréis de mis manos.

Diciendo así salieron del cuarto, dejando a la hermosa mora privada de sentido y todavía descompuesta, la ira y el cansancio de la pasada refriega, habiéndole hecho caer en un accidente del que tardó mucho tiempo en volver.

Capítulo 17

Cien mil siglos le parecía cada hora
de las que faltaban hasta la dichosa
que esperaba.

PÉREZ DE HITA, Guerras de Granada

Luego que Usdróbal y el paje salieron de la habitación de Zoraida, llegaron sin hablar palabra hasta la torre de Oriente, que estaba a un extremo del gótico corredor, donde había una escalerilla de piedra cortada por fuera en el mismo muro que conducía a las obras exteriores de la fortaleza.

—Aguárdame aquí —dijo el paje— mientras subo a mi cuarto a tomar mis armas, que no creo que nos hayamos de batir con armas tan desiguales como son un puñal y una espada.

—Cierto que no —repuso Usdróbal—, pero no creo excusado que yo os acompañe, y si es preciso os ayude a vestir la armadura; porque, sea dicho con franqueza, Jimeno, no me fío mucho de vos.

—Más que yo de ti —replicó el paje— te puedes fiar de mí, puesto que prostituyo y empaño el lustre de mi nacimiento hasta el punto de aceptar tu desafío. Por lo demás, no me creas tan cobarde que no me considere capaz de dar una lección con las armas a un villano presuntuoso para que nunca más ose retar en su vida al noble de menos brío.

—Las mismas manos tengo que tú —respondió Usdróbal— y el mismo número de dedos en ellas; anda y trae tus armas, que no quiero que nadie me tache de desconfiado. Aquí te espero; si no vuelves antes de un cuarto de hora, ya que la echas de noble, te declararé no sólo cobarde, sino bastardo.

—A pensar como se debe de las mujeres, nada tendría de particular que lo fuese —repuso el paje sonriéndose con su acostumbrada impudencia—. Adiós —continuó—, y cree no necesito de nadie para hacerte arrepentir de tu orgullo.

Quedó, pues, Usdróbal, solo tarareando un romance con su natural buen humor como si fuese a un baile, y el paje se encaminó a su cuarto con el mismo descuido, pero no tan tranquilo, resentido como estaba su amor propio con la resistencia que había opuesto Zoraida a su mal intento.

—¡Quién lo creyera! —se iba diciendo el paje a sí mismo—. Es la mujer más rara que hay en el mundo. ¡Qué! Ni santa Lucrecia, ésa que contaba aquel monje que tanto se había resistido al Cid, tiene que ver con esa maldita fiera; y eso que nada me quedó que hacer; con todo, si hubiese yo cerrado la puerta, y no que ese mulo de carga se sopló de rondón como si hubiese entrado en su cuadra. ¡Maldito sea! ¡Ja! ¡Ja! —continuaba, riéndose—. Pero qué bien fingí; vamos, no puedo menos de reírme cuando me acuerdo que yo lloraba.

Hablando así llegó a su cuarto, y tomando sus armas, conforme se las iba vistiendo se le ocurrió un pensamiento que no sólo le obligó a no seguir adelante poniéndoselas, sino que, aflojándose las correas, se quitó la coraza, que ya se había ceñido, y la volvió a colocar donde estaba.

—¡El diablo me lleve por majadero! —exclamó—. ¡Vive Dios! ¡Irme yo ahora muy a lo caballero a rajar la cabeza a un miserable villano, que se considerará muy honrado con que yo me digne abrírsela en dos partes como si fuese una calabaza! ¡Pardiez, que soy más estúpido que Duarte, el escudero de mi señor! ¡Como si no pudiese vengarme de él y de ella de otra manera! No, señor, el jayán ese la echa de hombre de pro y tiene humos de caballero. Y a la verdad tiene motivos de creerse tal, viéndose tan favorecido de las damas. ¡Vive Dios que es el rival mío y el del señor de Cuéllar y que se lleva de calle a las dos princesas, como si valiese más él solo que nosotros dos juntos!

»Con todo, su favorita es Leonor, ha venido aquí por ella. Tengo en mi mano mi venganza, sin peligro de quedar mal. Protegeré su empresa, me congraciaré de ese modo con Zoraida, aunque no se le cumpla lo que desea. ¿Porque quién quita que un hombre ruede por una escalera abajo o que le suceda cualquier otra cosa? Luego, él es el único que me estorba aquí… En haciendo que no vuelva a parecer por acá, todo está concluido. ¡Ea! ¡Viva el ingenio! Buen chasco te vas a llevar, novel paladín —continuó, cerrando la puerta y dirigiéndose a buscarle—. Aún no sabes tú la culebra que te voy a liar.

Pensando así y meditando mil planes a cual más pérfidos, enderezó sus pasos el lindo paje al sitio donde le aguardaba Usdróbal, ya algo impaciente, muy divertido con sus perniciosos pensamientos, riéndose solo, ya de lo bien engañado que iba a quedar en cuanto le hablara. Pero antes de llegar a él reprimió su alegría, y ocultando el natural descaro de su semblante bajo la máscara de la humildad, se acercó a Usdróbal en ademán triste, los brazos cruzados y los ojos bajos con muestra de arrepentimiento.

Miróle Usdróbal, y no pudo menos de admirarse de verle sin armas, con el mismo traje que antes traía y con aspecto tan melancólico, cuando esperaba que volviese armado y con la arrogancia y la indiferencia propias de su carácter y de un hombre que venía a reñir.

—Por el alma de mi padre —le dijo— que estamos adelantados; me habéis tenido aquí de plantón media hora aguardándoos y os venís lo mismo que os habéis ido. ¿Qué es eso? Paréceme, además, que volvéis más pensativo que os fuisteis. ¿Habéis quizá reflexionado que la espada de un villano corta tanto como la de un gran señor? ¿O sois acaso de los que dicen que más vale que digan aquí huyó que aquí murió?

—Ni lo uno ni lo otro —repuso el paje—, y sabido es en el castillo que no soy hombre que huya a nadie la cara. Pero cuando se ha cometido una mala acción, no creo que el mejor medio de arrepentirse sea atravesar de una estocada al que se opuso a ella. Puedo tener cuantos defectos se quieran; en un momento de cólera puedo llegar a ser un criminal, pero mi corazón es bueno, y cuando conozco que no obré bien, no soy de aquellos que tratan de sostener a todo trance una cosa injusta.

—¡Juro a Dios —respondió Usdróbal— que me he llevado chasco contigo y que creí que tenías todo bueno menos el alma! Pero ya que dices tú lo contrario, no habrá más remedio que creerte. Pero, en fin, ¿a qué viene todo eso?

—Viene —replicó el paje— a que sería yo un mal hombre si aceptara tu desafío y no estrechara de veras mi amistad con quien sin duda es más que lo que parece, y puesto que no lo sea, es digno de ella por su virtud.

—Es la primera vez —replicó Usdróbal— que me oigo elogiar de ese modo; hasta ahora sólo me habían alabado por mi mala cabeza, pero ya veo que me falta poco para ir al cielo, si he de creer lo que dices.

—Yo he hecho mal —continuó el paje— en haber atropellado a una mujer sola y sin defensa.

—Eso sí —interrumpió Usdróbal—, y merecías que te asaetearan vivo. Si hubiera sido con su consentimiento, pase, que no soy yo tan escrupuloso que me hubiera metido a estorbarlo; pero por fuerza, juro por todo el infierno que es una infamia.

—Es cierto, una infamia —repitió Jimeno sin mudar de color—, y harto arrepentido estoy de ella; pero la ocasión, el amor, algunas palabras acaso mal entendidas… ¿Quién podrá decir que no ha pecado en su vida?

—En resumidas cuentas —replicó Usdróbal—, todo eso se reduce a que no te quieres batir conmigo, ¿no es cierto?

—Así es —repuso el paje—, pero no por miedo que tenga, porque te juro que no lo he conocido nunca, y ocasiones vendrán en que veas que no miento, sino porque tú no me has hecho nada, ni creo tampoco que yo te haya dado a ti ningún motivo de queja. En cuanto a Zoraida, estoy pronto a pedirle humildemente perdón, a darle cuantas satisfacciones me exija, y lejos de creer que me humillo con hacer esto, estoy seguro que me ensalzo a tus ojos, o me equivoco mucho.

—¿Qué quieres que te diga? —replicó Usdróbal—. Aunque siempre mi opinión es, cuando se trata de batirse, dejar las explicaciones para después, creo, no obstante, que tienes razón. De todos modos, ¿qué más podía yo prometerme, aunque te hubiese vencido, que lo que tú me ofreces de buena gana? Por otra parte, como tú has dicho, no tengo ninguna queja de ti. Conque no hay más sino dar esto por acabado, y como si no hubiese sucedido nunca.

—No basta —repuso el paje—; yo quiero ser tu amigo, y para probártelo te voy a cumplir la palabra que te di de proteger la fuga de Leonor esta misma noche.

—¡Oh!, eso sí —exclamó Usdróbal—; eso primero que todo, y aquí tienes mi mano y mi corazón.

—Ahí tienes la mía —respondió Jimeno, alargándosela.

Apretáronselas mutuamente los dos recién hechos amigos, Usdróbal con toda la sinceridad de su alma y el paje con toda la doblez de la suya, pero en apariencia con el afecto y la cordialidad de un verdadero amigo de corazón.

—Esta misma noche —prosiguió el paje— la sacarás de aquí; voy ahora mismo a proporcionarte todos los medios posibles para que tu empresa tenga buen éxito. De aquí a dos horas estarás en este mismo sitio, que es el más solitario del castillo y donde podemos hablar con la confianza de que nadie nos oiga; aquí en todas partes hay mucho que recelar —añadió, mirando a un lado y a otro y bajando la voz—; sin ver nosotros a nadie, puede haber quien nos espíe. Cada pared de éstas esconde un eco que repite nuestras palabras; a un lado y a otro se puede esconder mucha gente sin ser vistos.

»Acércate —continuó, tomándole una mano y haciéndole que tocase la pared—. ¿Ves este muro de piedra y sólido al parecer? Pues está hueco, y entre las piedras de este lado y las del otro hay un pasadizo que, siguiendo toda la muralla, da vuelta a la fortaleza, tiene salidas y comunicaciones con todas las habitaciones y las escaleras. Pero hay muy pocos que conozcan estos secretos. Yo mismo no sabía nada de ellos hasta que Zoraida me los comunicó para que pudieses sacar a Leonor sin peligro.

—Más te agradezco ese favor que si me hicieras príncipe —repuso Usdróbal, encantado de la franqueza del paje.

—Te aseguro que no tendrás nada que agradecerme —respondió Jimeno— y que todo lo hago únicamente por hacer algo bueno en mi vida. Esta noche, como iba diciendo, yo te introduciré en uno de esos pasadizos y haré de modo que Leonor esté preparada para que te siga sin hablar palabra ni meter ruido, a una seña que tú darás. Saldrás por el mismo camino por donde entraste; bajarás una escalerilla de caracol que está a la izquierda, a la primera vuelta que forma el callejón, y con una llave que te daré abrirás una puerta que da al campo y…

—Son demasiadas señas ésas para que yo me acuerde —interrumpió Usdróbal—, y lo mejor será, puesto que caminas de buena fe, que tú mismo me sirvas de guía. A ti te conocen y te respetan aquí más que a mí y sabrás responder a las atalayas que acaso encontraremos en el camino.

—Juro por las barbas de todos los difuntos habidos y por haber —repuso el paje— que no hay peligro ninguno, y que así no me salgan todas las cosas como deseo si esta aventura tiene mal fin.

—Con todo —replicó Usdróbal—, siempre he oído decir que adonde menos se piensa salta la liebre, y no creo que andarse sin guías por andurriales, atajos, escaleras y pasadizos no conocidos sea muy prudente. No que yo desconfíe de ti ni tema por mi vida tampoco, sino que a la verdad sentiría que esa pobre muchacha se pudriera aquí para siempre.

—Muy prevenido eres —respondió el paje—, y a fe mía que no te creí tan prudente; pero, en fin, si ha de calmar tus temores el que yo te acompañe, dalo por hecho, que no sólo iré contigo, sino que te daré cuantas seguridades exijas de mi persona. Y ahora, adiós, hasta la noche, que de aquí a dos horas me aguardarás en este mismo sitio.

—¡Oye! —dijo Usdróbal—. Antes de que te vayas démonos prendas para que no podamos uno a otro engañarnos ni descubrir nada sin que peligremos los dos.

—¡Por Santiago! —exclamó el paje—, que desconfías demasiado de mí, y te juro a fe de noble que no te engaño.

—No acepto ese juramento, porque no te lo puedo devolver —replicó Usdróbal—, no siendo noble como tú; cuanto más que lo que yo te propongo tanto vale para mí como para ti. Ni tú ni yo nos conocemos tanto que podamos fiarnos absolutamente uno de otro, y cuando de buena fe se procede no duelen prendas. Esto no lo sabe nadie sino tú y yo; si se descubre tiene la culpa uno de nosotros, y es muy justo, ya que los dos entramos en la intentona, que no la pague uno solo.

—Natural condición de villanos —repuso el paje— es desconfiar de todos. Pero no me importa, y como tú has dicho, no duelen prendas cuando se obra bien. Ahí tienes esa sortija de oro en que están trabajadas las armas de mi familia y que vale más que cuanto tú puedas darme.

Y sacándosela del índice de la mano derecha se la entregó a Usdróbal.

—Pues yo, en cambio —respondió Usdróbal—, te entrego este relicario, en que va un pedazo de la verdadera cruz, que trajo al convento en que me crié un peregrino de Tierra Santa, y que vale, sin duda, más —añadió, besándolo devotamente— que toda la nobleza de que pueden jactarse todos los ricoshombres de España. Lo he llevado conmigo desde niño y me ha libertado de más de un riesgo.

El paje lo recibió con indiferencia y se lo guardó en uno de los bolsillos del follado o calzón de seda plegado que se usaba entonces.

Hecho esto, se despidieron segunda vez, y cada uno fue a ocuparse de lo que tenía que hacer.

Quedó Usdróbal un momento entre pensativo y alegre, persuadido de que había tomado cuantas medidas podía dictar la prudencia, y muy pagado de sí mismo, siendo quizá ésta la primera vez en su vida que había obrado con precaución.

—Si trata de engañarme —se decía a sí mismo— y me prenden, yo le juro que le han de colgar a mi lado. Pero no hay cuidado, y si hubiera tenido intención de venderme, no hubiera andado tan fácil en darme tantas seguridades. ¡Pobre Leonor! Lo mismo es acordarme de ella que siento un no sé qué como si estuviera enamorado. ¿Y por qué no la he de amar? Tan hermosa, tan joven, tan dulce como es, ¿qué extraño tiene que yo la ame? Pero lejos, lejos de mí esta idea; mi nacimiento y mi posición en el mundo son obstáculos insuperables para que nunca se realice mi atrevimiento. No, yo no la amo; yo soy únicamente un esclavo fiel que la serviría toda mi vida de rodillas sólo por merecer una mirada suya. ¡Ah! —continuó suspirando—. ¡Por qué no fueron nobles mis padres! Y ya que no… Pero no pensemos más que en servirla siempre; servirla siempre para que, al menos, no me mire con odio.

En estas imaginaciones bajó al patio, donde sus compañeros se divertían en varios juegos de fuerza y de ligereza, y metiéndose entre ellos procuró distraerse y aturdir el ánimo con las voces y la alegría de la multitud.

—¡Duarte! —gritó Saldaña, despertándose, al escudero, que siempre le acompañaba—. ¿En dónde está Jimeno?

—Señor —respondió el viejo, que no tenía mucho cariño al buen paje—, para la falta que hace, lo mismo da que esté aquí que en Roma; estará por ahí haciendo piruetas.

—¡Animal! —replicó Saldaña—. No te pregunto qué hace, sino dónde está.

—Vuestro padre no me llamaba nunca animal —repuso Duarte—, ni ese fue el nombre con que me bautizaron.

—¿Dónde está el paje?

—Le iré a buscar si queréis —continuó, levantándose con mal gesto—. ¡Vive Dios! —añadió, murmurando entre dientes—, que no parece sino que el demonio del títere ese nos ha de traer a todos revueltos.

—¡Largo de ahí! A buscarlo —gritó Saldaña imperiosamente—, y basta de refunfuñar.

—Voy allá —repuso el escudero con calma, y echó a andar hacia la puerta; pero no había aún llegado a ella cuando vio al paje que venía, y mirándole con el peor ceño del mundo se puso a un lado para dejarle entrar.

—¿Qué me miras, mulo? —le preguntó Jimeno en voz baja, riéndose de su gesto.

—Aquí está ya la alhaja —gritó Duarte a su señor, y salió del cuarto gruñendo un millón de maldiciones contra el niño mal criado que no respetaba sus canas.

—¿En dónde habéis estado, Jimeno? —preguntó Saldaña con impaciencia—. ¿Os parece regular dejarme aquí solo con ese bárbaro de Duarte, que si le pido agua me trae un ungüento y que siempre lo trueca todo?

—Permitid, señor —replicó Jimeno con humildad—, que os diga que, aunque tenéis razón en lo que decís, he ido a cumplir vuestras órdenes.

—¿Y qué órdenes he dado yo —repuso Saldaña— si me acabo ahora mismo de despertar?

—En cuanto volvisteis en vos, la primera cosa que me dijisteis —contestó el paje— fue que mandara matar a Zoraida, y…

—¿Y la habéis muerto ya? —preguntó el de Cuéllar con sobresalto.

—Aún no —repuso Jimeno—; pero he dado las órdenes convenientes… y esta noche…

—¡Infame! —exclamó Saldaña con ira—. ¿Quieres cargarme más delitos que los que tengo? ¿Quieres que cumpla lo que me ofreció y que me vea a todas horas perseguido de su aparición? Corre al momento, y juro a Dios que al primero que le toque el pelo de la ropa que le mande yo arrancar el corazón por mano del verdugo y colgarle de una almena para espantajo.

—Señor —replicó el paje—, cuando salí de aquí a obedeceros pensé justamente en lo que acabáis de decir ahora mismo, y no di las órdenes con tanta premura que corra esa mujer todavía ningún riesgo, habiéndose contenido esta reflexión, y persuadido de que no os faltarían medios mejores de libraros de ella para siempre sin peligro de vuestra conciencia, porque al fin claro está que es forzoso que no la volváis a ver.

—Eso sí —respondió Saldaña—, y para eso el mejor medio es que se vaya de aquí o echarla por fuerza si no quiere irse.

—De ningún modo, señor —repuso el paje—; en primer lugar, porque su tenacidad es tal y son tan maravillosas sus artes que, aunque se la llevasen al fin del mundo volvería, y si la encerrasen, hallaría medio de salir, aunque fuese de las entrañas de la tierra, porque, o mucho me equivoco, o en su desesperación ha hecho pacto con los demonios; cuanto más que, dado caso que no volviera, iría publicando por todas partes, con gran descrédito vuestro, lo que no es capaz de imaginarse el diablo, y quizá perderíais vuestra fama.

—Tienes razón, Jimeno —respondió Saldaña—, y no hay remedio. Es lo que ella me ha dicho; es el demonio de mi persecución.

—No hay duda —repuso el paje—, y lo que acabo de averiguar lo confirma.

—¡Maldición! —exclamó Saldaña—. ¿Qué ha hecho esa condenada mujer?

—Señor —respondió Jimeno—, ha ideado un plan diabólico, y que siento tener que decíroslo, porque os va quizá a irritar demasiado, y lo primero es cuidar de vuestra salud.

—¡Maldito! Pues si lo has apuntado ya, ¿quieres dejarme así en la incertidumbre para que padezca lo mismo sin satisfacer mi curiosidad?

—He hecho de modo, poniéndome en su confianza, que no tendrá efecto, a pesar de sus arterías —replicó el paje—. ¡Pero es horrible! ¡Es un plan!…

—¡Demonio! O calla o habla del todo, o por Santiago, te estrello contra la pared —gritó Saldaña, enderezándose en la cama lleno de cólera.

—Quería evitaros un disgusto —respondió Jimeno, que se deleitaba en enfurecerlo—; pero ya que lo tomáis por empeño os lo diré; sosegaos.

—Pues dilo y sé breve, que, ya que he de vivir atormentado, más vale que sea por hechos que no por imaginaciones —repuso Saldaña, dejándose caer en la cama.

—El caso es, señor, que cuando salí de aquí, dudoso si obedecería vuestras órdenes o las miraría como un acto de acaloramiento de que pudierais arrepentiros después, oí gritos hacia la habitación de Zoraida. Curioso de ver qué era, me encaminé hacia allí, aunque las voces me parecieron tan espantosas y lúgubres que necesité de todo mi ánimo para no volver el pie atrás. Llegué por fin a la puerta, y hallándola cerrada, me puse a escuchar, asombrado de lo que oía. Era ella que evocaba a los demonios con los conjuros más terribles que ha usado en su vida la bruja más detestable y con las más sacrílegas maldiciones que pienso oír jamás. Con todo, como hablaba en lengua extraña, sólo pude entender muy poco; pero juraría que oí vuestro nombre y el de Leonor.

—¿Mi nombre y el de Leonor? —exclamó Saldaña, estremeciéndose involuntariamente—. Sigue, Jimeno, sigue.

—Sí, señor —continuó el paje—, oí vuestro nombre y el de Leonor. Poco después bajó la voz, y me pareció que estaba hablando sola; pero bien pronto sentí otra voz que le respondía, y que yo creo que era el demonio, que había acudido a sus gritos y estaba hablando con ella.

—¡Jimeno! —gritó Saldaña, afectando serenidad, aunque en su rostro estaba pintado el terror—. Sería una ilusión tuya; es imposible, deliras.

—No, señor, nada de eso —prosiguió el paje—; yo mismo lo pensé así en un principio, pero… ¿Os ponéis pálido? ¿Qué tenéis? Callaré.

—No, no es nada; sigue, nada tiene de extraño que esté algo pálido.

—Después me convencí —continuó Jimeno— de que era verdad. Oí, pues, como iba diciendo, que la hablaban, y entonces algún ángel me hizo adivinar lo que maquinaba esa mujer infernal, y entendí que trataba nada menos que de envenenar a Leonor.

—Por todo el infierno —exclamó Saldaña lleno de ira— que es la bruja más horrible que nunca he oído. Sal y haz que la quemen viva y que echen sus cenizas al viento.

—Pensad, señor —repuso el paje—, en lo que vos mismo dijisteis antes, y que si la hacéis matar de orden vuestra…

—Tienes razón; no hay remedio —interrumpió Saldaña—. Será menester que yo huya, que sea yo el que me vaya o me mate. ¡Maldita, maldita sea! ¡Envenenar a Leonor! ¿No te estremeces tú, alma de Caín? —añadió, mirando a Jimeno—. ¿No te asombra de que haya quien sea capaz de envenenar a una mujer tan hermosa y tan inocente?

—En verdad —repuso el paje— que no estoy menos horrorizado que vos, pero ya no hay que tener cuidado; soy yo el que ha de hacerlo, y ya os podéis imaginar que me he valido de este ardid para evitar que lo hiciera otro.

—Tú eres malo, Jimeno; eres, sin duda, mucho más malo y más perverso que yo —dijo Saldaña, mirándole de hito en hito, y el paje, a pesar de la seriedad que exigía el asunto, no pudo menos de agradecerle el cumplimiento haciéndole una cortesía. Pero Saldaña, sin notarlo, continuó—: Yo, si hubiese oído lo que tú me cuentas, entro y le clavo el puñal mil veces hasta la guarnición. Es menester ser verdaderamente malo para disimular y mentir hasta ese punto.

No cambió de color por eso Jimeno, ni en ningún movimiento suyo hubiera podido conocer el observador más escrupuloso que estaba mintiendo en aquel momento; antes por el contrario, y sin aparentar la turbación más ligera, respondió a Saldaña con su acostumbrada desfachatez:

—Vos me llamáis malo únicamente porque, en vez de cometer un crimen para impedir otro, me he valido de la astucia y hecho caer en el lazo a nuestra enemiga. He pensado así inutilizar sus encantos, y aunque no se me oculta que por sus malas artes vendrá a descubrir mi enredo, tenemos tiempo entre tanto de delatarla por bruja al tribunal eclesiástico y poner fin de esa manera a sus tramas.

—¿Pero tú crees de veras —preguntó Saldaña— que esa mujer haya hecho pacto con el demonio?

—¿Y vos lo dudáis? —replicó el paje—. Estoy tan seguro de lo que digo como que no hay médico en el mundo que pueda averiguar de qué están compuestos los brebajes que ha preparado, y yo mismo la he oído hablar con el diablo y ella misma me lo ha confesado.

—¿Y estás tú pronto a sostener de todos modos la acusación? —replicó el conde.

—A prueba de hierro y de agua, y a pie y a caballo si tiene algún campeón —contestó el paje, aludiendo a las diferentes pruebas que en aquel tiempo se hacían en las causas de magia.

—Pero si ese pacto es verdad, como dices —insistió Saldaña—, ¿cómo has podido tú engañar a una mujer que protege el diablo?

—Señor —replicó Jimeno—, Dios pone a veces una venda en los ojos del más perspicaz y le hace que caiga en el hoyo que evitaría un ciego.

—Así será —respondió el de Cuéllar—, o tal vez que tú eres más diablo que el diablo mismo. De todos modos, quisiera saber de qué artería te has valido.

—Del amor.

—¿Del amor? —preguntó el conde con extrañeza—. ¿Y ella te ama a ti?

—No, señor —repuso el paje—, pero yo he fingido que la amaba; ella me ha creído necesario para poner en ejecución su designio y lo ha fingido también.

—Pardiez que es la primera vez que me río hace seis años —exclamó Saldaña con una sonrisa diabólica—. Algo ratera me parece tu superchería; pero, en fin, yo me lavo las manos; es cosa tuya, y a ti te tocará responder por tu alma, que no a mí. Yo te agradezco tus servicios, Jimeno, y te los agradeceré mucho más cuando me vea libre de su persecución.

—Pues para ello —respondió Jimeno— es menester denunciarla al tribunal cuanto antes. Además de que estoy seguro de que es bruja y de mi serenidad al acusarla, su opinión no es la mejor en todos estos contornos, y habrá miles que atestigüen en contra de ella. No tiene aquí a nadie, es una extranjera de la maldita religión de Mahoma, y a poco que se extienda y publique lo que ella es, se verá odiada de todos y se aprobará su sentencia de muerte como justa y bien dada por el tribunal. Ninguno saldrá en su defensa, sufrirá la pruebas de las barras, y si por algún artificio pasase por ellas sin quemarse, reiteraré la acusación y la sostendré a todo trance.

—El plan es como tuyo —dijo entonces Saldaña—, pero, en fin, yo no tengo nada que ver contigo, líbrame de ella y haz lo que quieras.

—Podéis contar con que mañana en todo el día quedará el castillo desocupado de esa mala hembra —contestó Jimeno.

Quedó Saldaña sumido en uno de aquellos letargos mentales en que caía siempre después de cualquier conversación en que su ánimo tomaba algún interés, como si revolviese en su imaginación todo lo que se había dicho. Calló el paje, y hubo un largo rato en que reinó el más profundo silencio en la habitación.

La luz amortiguada del crepúsculo, pronto ya a oscurecerse, penetraba apenas por las altas ventanas de la estancia entre los vidrios de colores, y casi no se distinguían los adornos del cuarto, confuso todo con las sombras de la noche, que se acercaba.

—Esta es la hora más terrible para mí —dijo el supersticioso Saldaña—; en cada sombra veo un fantasma. Si yo pudiese rezar… ¿Oyes? Tocan a la oración; recemos, Jimeno.

La campana de alguna iglesia del pueblo marcaba entonces efectivamente la hora de esta devoción cotidiana, y sus lúgubres y prolongados sonidos, sucediéndose lentamente, llegaron a sus oídos en aquel punto. Muchas veces, tanto Saldaña como su paje, los habían oído sin sentir el temor secreto que en aquel momento turbó de repente su corazón, y ambos a dos murmuraron un Avemaría con mucho recogimiento. Entraron poco después dos criados y colocaron dos lámparas de plata encendidas sobre una mesa de tres pies con remates de bronce, y, saliendo en seguida, la luz cambió los pensamientos de los dos malvados, haciéndoles volver a tomar el camino de que se habían separado por un instante.

—Voy, señor —dijo Jimeno—, con vuestro permiso, a dar orden que de ningún modo se ejecute la sentencia que fulminasteis contra Zoraida. Nuestras gentes son de suyo ejecutivas cuando se trata de cumplir mandatos de este jaez, y no sería extraño que adelantasen la hora.

—Sí, ve al momento —respondió Saldaña—; sería la mayor desgracia que podía sucederme el que esa mujer muriese por orden mía. Como tú has propuesto, ya es otra cosa; yo nada tengo que ver, y así no podrá venir después a echármelo en cara y a maldecirme.

—¿Queréis que llame a García o a Duarte que os acompañen? —preguntó el paje.

—No, de ningún modo —respondió Saldaña—; que estén ahí cerca por si se me ocurre algo. Quiero estar solo.

Hízole Jimeno una cortesía respetuosa al retirarse, y saliendo de la habitación se dirigió en seguida al sitio donde Usdróbal debía aguardarle; pero no había andado muchos pasos cuando, dándose una palmada en la frente, como si se hubiese acordado de pronto de alguna cosa, volvió atrás muy de prisa, torció varios corredores a derecha y a izquierda, bajó algunas escaleras, y llegando, por último, a las salas bajas que habitaban los hombres de armas, entró en una de ellas y llegó al cuarto o pabellón del jefe de los aventureros.

—¿Qué hace tu capitán? —preguntó el paje a uno de los soldados que estaban allí a la puerta.

—Ahí dentro está —repuso éste— refrescando el paladar con unos cuantos amigos.

—¡Martín Gutiérrez! —gritó el paje, llamándole.

—Adelante el que sea —respondió una voz ronca desde adentro con arrogancia. Oyéronse en seguida dos o tres juramentos y dos o tres puñetazos, al parecer dados sobre una mesa por alguno que quería, sin duda, tener razón y echaba mano de las ya dichas para probarlo.

—Ahí está la gente que busco —se dijo el paje a sí mismo, entrando sin más cumplimientos, y bien seguro de que no por eso aquellas buenas gentes se enojarían.

Pensando así llegó adonde estaba el capitán y otros dos o tres subalternos suyos jugando en un tablero a un juego llamado Alquerque, y que era muy parecido al que hoy se llama de tres en raya, con un pellejo de vino al lado, que no era mucho menor la bota de que se servían. El adorno del cuarto consistía en una mala mesa de pino, en que ardía un candil, dos o tres escaños o bancos cojos y varias piezas de armaduras, como escudos, yelmos y espadas colgadas por las paredes. Gozaba el paje de mucha consideración en el castillo merced al favor de Saldaña; así que en cuanto entró todos se pusieron en pie, menos el capitán, que le miró de arriba abajo, con aquella manera de perdonavidas que le era natural, al tiempo de saludarle.

—Hola, señores —dijo el paje—, parece que se pasa el tiempo alegremente.

—A estilo de gente de guerra —repuso el capitán—; vos no querréis catar de esto —continuó, alargándole la bota—, porque eso no es sino para la gente cruda.

—Os equivocáis, capitán —replicó el paje, aceptando el convite y sin hacer ningún melindre, a pesar de su aparente delicadeza—. Donde vos ponéis la boca, no debe tener escrúpulo de ponerla el mismo rey en persona.

Y venciendo su repugnancia a beber por donde tantos habían bebido, empinó la bota con la misma soltura que pudiera hacerlo el bebedor más acreditado. Tomóla en seguida el que estaba al lado, que se la presentó al capitán, quien, no habiéndola recibido por cortesía, le hizo señas que bebiese y corriese la rueda, lo que se obedeció puntualmente.

—¿Y qué os trae por acá, señor Jimeno? —preguntó el veterano saboreándose.

—Una orden secreta que hay que comunicaros —replicó el paje.

—¿Hay que hacer alguna correría?

—No hay necesidad siquiera de salir del castillo para cumplirla.

—Lo siento —respondió el veterano—; atiza esa torcida —continuó, volviéndose a uno de sus amigos—, que nos vamos a quedar a oscuras.

—No es cosa mayor —dijo el paje—, pero es importante que suceda, y, además, pide mucho sigilo, por lo cual será bueno que os hable a solas.

—¡Ea, muchachos! Fuera de aquí hasta luego, que voy a recibir órdenes —gritó Martín Gutiérrez a sus amigos.

Salieron todos obedeciéndole, y habiendo quedado solos el capitán y el paje, dio éste dos o tres vueltas por el cuarto, como receloso de que alguno oyera, cerró la puerta con mucho cuidado y se acercó al capitán, que le miraba con desprecio, como si le parecieran todas aquellas precauciones ridículas o cobardes.

—Gran novedad debe haber, señor Jimeno —le dijo—, que no parece sino que se trata de ponernos en emboscada.

—Pues de eso se trata, señor Gutiérrez. El señor de Cuéllar me manda que os diga pongáis esta noche en uno de los nichos de la escalerilla del norte que va a la estacada dos o tres hombres de aquellos que merezcan más vuestra confianza. La cosa no es nada, no se trata más que de echar un hombre al otro mundo antes que le llegue la hora.

—¿Y para eso dos o tres hombres? —replicó el veterano, sonriéndose con aire matón—. Por el alma de mi padre que se han vuelto gallinas los hombres de este siglo.

—No es eso, señor capitán, no es eso —respondió el paje—, sino que no se quiere meter ruido sin necesidad.

—A mí poco me importa —repuso el capitán—; pero pensé que era asunto de más empeño. Con todo, estoy convenido con el señor de Cuéllar en servirle por dos años más y obedeceré.

—¿Y qué hombres me dais? —preguntó el paje.

—Os llevaréis ahí dos muchachos de pelo en pecho y el chico nuevo que llaman Usdróbal, que con eso se estrenará.

—No, ese muchacho de ningún modo —repuso el paje—; tiene muchos humos de caballero y quizá lo echaría a perder.

—Para eso, como queréis, cualquiera es bueno.

—Sí, pero sobre todo a ese muchacho —insistió el paje— no hay que decirle ni una palabra.

—¿Y a qué hora? —preguntó el capitán.

—A eso de media noche.

—Está bien; es una pequeña algara, dos o tres jinetes que salen a correr la tierra, una sorpresa de poca importancia.

—Cuento con ellos —repuso Jimeno.

—A no dudarlo —repuso el capitán.

—En dando yo dos palmadas, ¡firme! en el que vaya a la izquierda bajando la escalerilla, y ahora, adiós.

En diciendo esto, el paje se despidió precipitadamente como el que había fallado en más de un cuarto de hora a la cita y temía llegar tarde. Entre tanto, Usdróbal hacía ya mucho tiempo que le aguardaba impaciente y desesperado con su tardanza, ya temiendo si se habría arrepentido de sus ofertas, ya buscando razones con que excusar su retardo. La noche había cerrado ya enteramente, tan oscura, que apenas se divisaba una estrella en el firmamento.

El lector que por curiosidad haya visitado alguno de los castillos antiguos que han luchado hasta hoy con el transcurso de los siglos y el furor de los hombres, y que todavía elevan sus almenadas torres y sus murallas ya casi destruidas como un monte de piedra, llenando de lúgubre majestad sus contornos, puede formarse fácilmente una idea exacta del edificio en que pasaban los sucesos que acabamos de referir. (2)

Todo allí era sombrío como el dueño de la fortaleza; la noche parecía más oscura en aquellos corredores, por cuyas altas claraboyas apenas penetra la luz del día; el eco de los pasos resuena a lo largo con temeroso ruido y la palabra se repite, por bajo que se hable, sordamente en todos los ángulos del muro, como si mil seres invisibles habitasen por todas partes y respondiesen con tristes gemidos a la voz humana. No era Usdróbal supersticioso, pero la oscuridad que le rodeaba, la soledad, el ruido pausado del eco, que resonaba sus pasos, y, sobre todo, la hora, podían haber cubierto de melancolía el corazón más alegre por naturaleza. No era él ya tampoco aquel joven de buen humor que por nada tomaba pena, que a todo se acomodaba y que con tanta indiferencia vivía en la cueva de los ladrones como en el más suntuoso palacio. Nunca había deseado hasta entonces saber de quién era hijo, y ahora hubiera dado con gusto la mitad de su vida por conocer al padre que le engendró y saber si era de nacimiento ilustre y podía pretender con razón los altos destinos a que se sentía inclinada su alma, y que halagaban tanto su fantasía. Veíase entonces mezclado con la escoria más vil de la sociedad, sin nombre, sin hechos de armas gloriosos, y este pensamiento y el recuerdo de Leonor humedeció sus ojos con una lágrima de amargura. Quizá ella le miraría como un bandido y le despreciaría, creyendo que sólo el vil interés y las demás pasiones bajas podían tener cabida en su alma. Su última conversación con ella harto se lo había probado, y demasiado había visto en sus ojos que le miraba con indiferencia y como a un hombre de inferior jerarquía, y cuyo deber era sacrificarse por ella. Deseaba volver a hablarle, antes de poner en ejecución el plan que tenía de salvarla aquella noche, y este deseo, que se aumentaba en cada instante y a cada idea que se le ocurría, poniéndole tan impaciente como si le pinchasen mil alfileres, le hacía que esperase a Jimeno con más ansia, falto ya casi de sufrimiento. Llegó, por fin, el suspirado momento, y Usdróbal sintió pasos de alguno que se acercaba.

—¿Quién eres? —le dijo—. ¿Eres tú, Jimeno?

—El mismo —repuso el paje, que, sacando una linterna sorda de metal de que venía provisto, deslumbró de repente al aventurero e iluminó parte del corredor.

—Ya era hora de que vinieras, que me has hecho esperar aquí un siglo.

—Más esperan —replicó el paje— los que están aguardando al Mesías y aún les queda más que esperar.

—Vamos, ¿y traes buenas noticias? ¿Has preparado ya todo?

—Todo está ya dispuesto, y es bien seguro que no le prepararon mejor su fuga al rey don Alonso cuando volvió disfrazado de Alemania; bien me puedes agradecer la noche que vas a pasar con tu dama en cuanto salgas de aquí.

—Jimeno —respondió Usdróbal, en un tono de voz que manifestaba su enojo—, guárdate de gastar malicias a costa de esa dama, porque rompemos aquí mismo las amistades.

—Te creía más prudente —repuso el paje con calma—, y no creí que era ésta ocasión de que te incomodaras conmigo. Pero, en fin, tengamos paz, que los buenos amigos se sirven unos a otros y luego se baten.

—Así es —respondió Usdróbal—, y ya que te has empeñado en servirme, sírveme por completo y haz de modo que yo le hable un momento.

—¿A quién? —preguntó el paje.

Usdróbal apenas se atrevía a nombrarla, pero el paje le quitó ese trabajo.

—¡Ah! —continuó diciendo—. Sí, a Leonor. Ya veo que estáis muy enamorados los dos.

Si el rayo de luz de la linterna hubiera reflejado en el rostro de Usdróbal en aquel momento, tal vez los colores que se asomaron en él habrían confirmado al paje, que, por lo menos, no había mentido en la mitad de lo que había dicho.

—Tu malicia te engaña —repuso Usdróbal con seriedad—. Has de saber que Leonor de Iscar ni me ama ni me puede amar, que ella es como el sol y yo como el más miserable gusano que vivifican sus rayos. En fin, ¿puedes hacer que la vea? —continuó, después de una pausa, tomada sin duda para suspirar.

—Veré — respondió Jimeno—. Sígueme.

Echó a andar el paje alumbrado delante de su linterna, que iba disipando poco a poco las sombras según pasaban, y Usdróbal a corta distancia le seguía melancólico y pensativo.

Cuando hubieron llegado cerca de la habitación de Leonor, el paje se acercó muy quedito a Usdróbal, y le dijo al oído que le aguardara allí mientras iba a disponer que él entrase.

—Jimeno —le respondió Usdróbal—, yo te creo mi mejor amigo si me proporcionas esta entrevista; te confesaré que no soy digno siquiera de servirte de escudero y que todos los días de mi vida te obedeceré y te seguiré a todas partes donde quieras llevarme.

—No es cosa para tanto —repuso el paje con frialdad—, y te aseguro que no tienes nada que agradecerme. —Y dejándole solo continuó entre sí—: Si tú supieras que estás como el que van a ahorcar, que le dan cuanto pide, qué poco le gustaría esta entrevista. Yo te juro que será la última que tengas en adelante. No volverás otra vez a estorbarme.

Entró hablando así en la habitación de las prisioneras, y cerrando tras de él la puerta desapareció.

Media hora haría que le esperaba Usdróbal cuando sintió la voz de Jimeno, y oyó poco después que siseaban llamándole. Acercóse con tímidos pasos y embargado el aliento, no por miedo que tuviera, sino porque iba a hablar a la mujer que amaba, y no es de aquellas empresas, aunque a la primera vista parezca lo contrario, que necesitan menos determinación, y mucho más en la situación de nuestro aventurero. Llegó por fin a la puerta sin atreverse a entrar, indeciso, como si el natural arrojo del desembarazado mozo hubiera cedido a la timidez del amante.

—Entra —le dijo el paje—, que parece que estás entumido, y no metas bulla.

Usdróbal no contestó una palabra, pero obedeció su mandato entre dudoso y resuelto, lleno de placer y al mismo tiempo con un peso sobre el corazón.

La estación, como se ha dicho, era de verano, y el calor solía refrescar algún tanto por la tarde. Las nubes que habían cubierto el cielo al entrar la noche se habían disipado a la salida de la luna y aparecía la bóveda azul a intervalos sembrada por una parte de nubecillas blancas, entre las cuales, como bajo un velo finísimo de encaje, giraba la luna derramando su amortiguada luz, y sólo a un extremo del horizonte se descubrían aún algunos celajes negros.

Varias puertas de la habitación daban, como se ha dicho, a un suntuoso jardín. En una de ellas, sentada Leonor, tomaba a aquella hora el fresco, más cuidadosa por su hermano y distraída por su situación, que ocupada en admirar el hermoso espectáculo que desenvolvía la noche a sus ojos. El paje había tenido cuidado de hacer retirar a todos los que la servían, y Usdróbal pudo entrar hasta allí sin que le sintiese ella misma. Estaba sentada en una de las gradas de piedra que conducían al jardín, vuelta de espaldas a la puerta por donde Usdróbal entró, y éste no pudo menos de suspenderse y pararse al verla y al oírla cantar con aquella voz argentina que tanto le llegaba al alma el siguiente romance, que era entonces muy conocido:

¿Hay pena más cruda,
hay mayor pesar,
que del que se odia
verse requebrar?

Diránle en las armas
bizarro y audaz,
será con los damas
donoso y galán.
¿Qué importa? —En el mundo
no hay mayor pesar
que del que se odia
verse requebrar.

Dirán que en su escudo
grabados están
más timbres que lleva
arenas el mar;
que pecho le pagan
cien pueblos y más;
que puede mil lanzas
al rey presentar;
y que en sus castillos
su bandera ondea
que allá en la pelea
tembló el musulmán.

¿Qué importa? —En el mundo
no hay mayor pesar
que del que se odia
verse requebrar.

Había escuchado Usdróbal su canto mirándola sin pestañear, estático y sin movimiento, parado a corta distancia de ella, como si fuera una estatua de hierro. Veíase en sus ojos la ternura y la melancolía, y hubiera dado cuanto hay de bueno en el mundo porque aquel momento feliz de ilusiones hubiese sido el último de su vida.

El que ama interpreta todo cuanto ve y escucha, y Usdróbal, en la canción que acababa de oír, creyó leer el corazón de Leonor y se confirmó en la idea de que, ya que no fuese amado, no tenía al menos rival. Distraído con esto, apenas se acordaba ya del objeto de su venida (si otro tenía que el de verla) y hasta que Leonor se levantó de su asiento no recobró su memoria.

—Señora… —le dijo con voz balbuciente.

—¡Oh!, mi buen amigo Usdróbal —le respondió Leonor con suavidad—, mucho me alegro de veros antes de que llegue la hora de salir de aquí, porque, a decir la verdad, tiemblo que os suceda alguna desgracia.

La frente de Usdróbal pareció iluminarse de alegría, siendo el cuidado que Leonor mostraba por él, más de lo que se atrevía a esperar.

—Mi intención al venir aquí —repuso Usdróbal bajando los ojos— ha sido únicamente tranquilizaros y disipar cualquier temor que pudieseis tener de que saliera mal nuestra empresa.

—Os habéis portado conmigo mejor de lo que podía esperar —replicó Leonor—, y mucho más no teniendo, como no tenéis, motivo para favorecerme.

—Señora —repuso Usdróbal—, era mi deber volveros la libertad que yo mismo ayudé a quitaros tan infamemente. Y aunque es verdad que a vuestros ojos debe parecer extraño que un miserable bandido, un villano de nacimiento y cuyos criminales hechos vos misma presenciasteis, trate de hacer una obra buena en su vida; no obstante, mi corazón no es malo, y yo…

La voz le faltó al llegar aquí, y sus ojos caídos y el color encendido de su rostro mostraban bien a las claras los afectos de su alma. Leonor los interpretó de otro modo, y no vio en todo esto sino la vergüenza que el recuerdo de su mala acción le causaba.

—Yo he olvidado ya todo en cuanto a vos toca —respondió Leonor con dulzura—, y sería muy injusta si os aborreciese.

—¡Oh!, no, no me aborrezcáis nunca —gritó Usdróbal, arrojándose a sus pies de pronto—. Yo soy feliz con sólo eso, con sólo que me perdonéis, con sólo que os dignéis mirarme como al perro a quien echáis el pan debajo de la mesa, sin odio y con lástima.

—¿Qué hacéis, Usdróbal? —repuso la dama con altivez, habiendo descubierto en sus desconcertadas acciones la causa de tantos servicios—. Levantaos.

Usdróbal se puso en pie y se retiró atrás dos o tres pasos con respetuoso ademán y sin alzar los ojos, como si temiese empañar el brillo de aquel sol con sus miradas atrevidas.

—Perdonad —le dijo— si os he enojado con lo que he hecho; puedo jurar que no ha sido mi intención ofenderos.

—Tal creo —replicó Leonor—: pero desde aquí en adelante, cuando hayáis cumplido vuestro ofrecimiento de sacarme de aquí, ya que tan gran servicio queréis hacerme, yo os haré pagar al precio que queráis, y no volveremos a vernos más.

—¡Pagar! ¿Con dinero? —murmuró Usdróbal, y una lágrima de fuego quemó al mismo tiempo sus párpados y se secó en sus encendidas mejillas.

Miróle Leonor y no pudo menos de conmoverse y extrañarse de la delicadeza de aquel villano.

—¿Y a qué hora —le preguntó— vendréis esta noche?

—Entre doce y una —respondió Usdróbal con acento melancólico—. La seña serán tres golpes en esta pared que se abre —continuó, señalando a un ángulo del cuarto—; vos responderéis con otros tres, abriré yo entonces y me seguiréis.

—¿Y no corréis ningún riesgo? —preguntó Leonor.

—Creo que no —replicó Usdróbal—, y aunque así sea, ¿qué vale la vida cuando se ha de pasar sin brillo y en el olvido, cuando se ha nacido para arrastrarse eternamente como la culebra, que ni aun puede mirar al águila que se remonta?

En diciendo así quedó un momento pensativo, alzó después los ojos y los fijó en Leonor con una expresión tal de ternura y pena que habría conmovido un mármol. Leonor no le miraba. Saludó en seguida y se retiró, dejándola llena de esperanza y de temor hasta que sonase la hora. No bien hubo salido cuando halló al paje en la antesala, que le aguardaba.

—¿Qué tal? ¿Está todo ya concertado? —le preguntó éste con su maliciosa sonrisa.

—Todo —respondió Usdróbal con sequedad.

—Pues ahora a descansar hasta luego.

—¿Falta mucho tiempo? —preguntó Usdróbal con impaciencia.

—Tres horas lo menos —repuso el paje—. Parece que no sales muy satisfecho.

—¿Qué te importa? —replicó Usdróbal bruscamente; pero reconociendo la falta que cometía hablando así a quien tanto le favorecía, añadió—: No, descontento no; pero siento tener que aguardar tanto tiempo.

—Pues no hay más remedio que tener paciencia —contestó Jimeno.

—Si tu sangre te escaldara como a mí el corazón, no me darías esa respuesta. ¿Vendrás a buscarme?

—Sí. ¿Adónde?

—Ni yo lo sé —respondió Usdróbal—. En cualquier parte. Estaré paseando en la explanada del castillo.

—Pues hasta luego.

—Adiós.

Capítulo 18

Salen con tanto silencio
que ni las nocturnas aves
sienten sus secretos pasos,
ni los veladores canes.
… … … … … … … . .
… … … … … … … . .
Sacan los alfanjes fieros,
derriban los capellares,
y tíranse fuertes golpes
con pensamientos mortales.
Crece la rabia y desdén,
la fuerza, rabia y coraje,
y saltan vivas centellas
de los duros pedernales.

Romancero

La campana de la iglesia principal tocaba a maitines cuando Usdróbal, que en vano había tratado de descansar, salió a la explanada del castillo con la misma impaciencia que si mil chispas hubieran caído sobre él y le abrasaran en todas partes a un tiempo. El camino del desierto no se le hace más lejos al caminante fatigado y sediento, el día de fiesta no le parece más tardo en llegar al jornalero holgazán ni camina tan lenta la eternidad para el condenado como le habían parecido perezosas las horas al impaciente Usdróbal. No así al paje. Su alma de hielo y estragada por un amor propio insufrible y su mal corazón estaban muy acostumbrados a ver sufrir y a sentir una complacencia secreta en los padecimientos ajenos.

Criado desde niño al lado de Saldaña y educado en el crimen, ambicioso por naturaleza y astuto, traidor y maligno por instinto, sabía tomar cuantas formas exteriores le acomodaban y encubría bajo la lindeza de su rostro y la flexibilidad de sus facciones la más refinada perversidad. Sin duda nació ya inclinado al mal, y su educación acabó de completar su carácter; su amor propio le hacía querer dominar dondequiera, y sobre todo a las mujeres, a quienes, aunque parecía mirar con desprecio, trataba siempre de rendir, siendo éste el triunfo que más lisonjeaba su vanidad. Su amor propio producía en él los mismos efectos que la pasión más desenfrenada, no perdonando medio alguno para lograr su intento y satisfacer su orgullo o su venganza. Su ambición lo hacía mirar con odio a cuantos eran más que él, y él sólo era paje de lanza; en fin, sus dotes eran dignas de cualquier proteo político de nuestros días.

Llegaba ya el término de su venganza y habían pasado las tres horas que tan pesadas habían parecido a Usdróbal gozándose en sus planes futuros y embriagado en los sueños de oro con que halagan la malicia y la perversidad, igualmente que la virtud y la inocencia. Dormía Saldaña; su hermana, llena de cuidado, había venido a asistirle, y salió a buscar a Usdróbal.

Todo estaba callado en el castillo, y sólo tal vez se oía el ladrido lejano de algún perro o el canto sordo y monótono del centinela, que entretenía el tiempo cantando o paseando. La luna se había ocultado ya, y los celajes negros con que había entrado la noche habían vuelto a velar con su fúnebre manto el horizonte. Todo era oscuridad y silencio y sólo tal cual amortiguada luz se veía ondular a lo lejos, tal cual estrella, casi oscurecida, vibraba de cuando en cuando sus trémulos destellos sobre la tierra. Usdróbal se paseaba lentamente cuando oyó junto a sí pasos y una voz de allí a poco que le nombraba.

—¡Usdróbal, Usdróbal! ¿Estás ahí?

—¿Eres tú, Jimeno?

—Silencio —respondió éste, cuya era efectivamente la voz—. Sígueme.

—Déjame me coja a ti para atravesar esas galerías, que debes tú conocer mejor que yo.

—Aquí está mi brazo. ¡Silencio!

Diciendo así le presentó el brazo derecho, de que asió Usdróbal el izquierdo, y echaron a andar.

Al entrar en la galería sacó el paje su linterna sorda, y enviando la luz contra la pared, dijo:

—Aquí es: entremos.

Y llegándose a ella luchó un momento con un resorte que muy disimulado estaba, y al punto se abrió la puerta.

—Este es el camino, entremos; ya podemos aquí usar sin peligro de mi linterna.

Era un callejón oscuro y estrecho que se formaba en el centro de la pared, y que volvía a un lado y a otro, según torcía el corredor o la sala a que sus paredes servían de muro.

—Pues si habíamos de venir por aquí —preguntó Usdróbal—, ¿qué más daba que esto se hubiese hecho dos horas hace?

—Habla bajo —repuso el paje después de haber vuelto a correr la puerta, que sonó como si fuera de hierro—. Importaba separar un centinela que debía estar en cierta parte por donde tenemos que pasar por fuerza, y no se podía hacer antes.

No preguntó más Usdróbal, ni el paje habló más palabra; sólo sus pasos resonaban en aquella estrecha bóveda, y cualquiera, al sentirlos transitar a aquella hora sin verlos desde cualquiera de las habitaciones contiguas, habría creído que hacía aquel rumor sordo alguna alma en pena. No dejó tal vez de pensarlo alguno y de santiguarse.

—Da ahí tres golpes —le dijo el paje a Usdróbal cuando llegaron, después de muchas vueltas y revueltas, a un ángulo saliente que formaba el extremo de alguna sala.

Usdróbal respondió:

—Si esto es piedra, mal podrán oírme.

—Dalos sin miedo, que aunque parezca piedra no es sino hierro.

Diólos, pues, con mucha pausa, y al punto resonaron otros tres en respuesta.

—Es ella —se dijo a sí mismo, y se estremeció involuntariamente.

—Déjame abrir —le dijo el paje, y habiéndose hecho atrás para darle paso, Jimeno se adelantó, procuró hallar el resorte, y luego que lo hubo encontrado se abrió allí otra puerta semejante a la primera por donde ellos habían entrado.

—Usdróbal —dijo una voz suavísima que vibró en el corazón del aventurero, y Leonor entró en el corredor toda trémula y asustada.

Marcharon los tres en silencio aún algún tiempo, y Usdróbal tomó el lado de Leonor, más cuidadoso de ella que una madre puede estarlo del hijo de sus entrañas. Abrió el paje otra puerta y salieron a una escalerilla de caracol que Usdróbal reconoció por una de las muchas que salían de las torres de la fortaleza. A lo lejos la vista descubría en montón y confusamente el campo, las empalizadas y las demás obras del castillo; de cerca no se veían los dedos de la mano. Al llegar allí paróse el paje, y echó una mirada maligna a Usdróbal, bañándole en luz el rostro.

—Puesto que vienes armado, toma la izquierda de la escalerilla, y ve con cuidado. No os asustéis, señora, no es nada, pura precaución.

—Colocaos así detrás de mí —dijo el aventurero a Leonor—, que si alguno sube tendrá que pasar por mi cuerpo para llegar hasta vos.

—Y yo le deslumbraré con mi linterna; pero no hay miedo.

—Con la espada en la mano no lo tengo yo a nadie —repuso Usdróbal desenvainándola.

Usdróbal iba delante, seguíale Leonor sin respirar apenas, y el paje bajaba detrás alumbrando con su linterna. De repente la luz falta, suenan dos palmadas, y dos o tres espadas caen sobre Usdróbal, cuyos golpes se repiten sobre su armadura cada vez con más furia.

—¡Traidores! —gritó el aventurero, y mil golpes resonaron de nuevo, y volaron mil chispas a un tiempo por todas partes.

—¡Dios mío! —gritó Leonor—, nos han vendido.

Y cayó desmayada, al mismo tiempo que se sintió asir con fuerza y arrebatar por el aire.

El combate seguía, todo estaba a oscuras, y no se oía una voz ni un quejido. El martilleteo de las armas continuaba cada vez con más furia. No sabía Usdróbal cuántos le acometían; pero sus enemigos a su parecer se multiplicaban. La escalerilla era muy estrecha, y nadie podía subir mientras él defendiera el paso, y a pesar de esto siempre hallaba enemigos detrás y delante de él. Crujía el hierro, retumbaban los golpes, y sólo se oía alguna vez el bramido sordo de los combatientes. De pronto se oye un golpe en el suelo, como el que pudiera hacer un hombre armado al caer, y un ¡ay! en seguida. Después retumbó con estrépito rodando las escaleras, sonó otro quejido en el mismo instante, y otro golpe, y la pelea pareció como suspendida.

—Por vida del Cid —dijo uno—, gracias a Dios que ese demonio ha muerto.

—No he visto gato con más vidas —añadió otro a tiempo que por sus pasos se conocía que se retiraban—, era un alano de buena presa.

—Quizá no esté todavía bien muerto.

—No hay hueso en su cuerpo que no esté hecho polvo. ¿No has sentido cómo rodó por la escalera?

Siguieron hablando, sin duda, pero su voz fue poco a poco perdiéndose en la distancia, hasta que otra vez todo volvió a quedar en silencio.

Aquella misma noche, poco después, dos hombres atravesaron la explanada del castillo.

—¿Es éste —preguntó el del farol alargando la cabeza a mirar abajo, y sirviéndose de su linterna, que iluminó la superficie del foso—, es este el sitio más hondo?

—¡Por Santiago!, ¿tienes miedo todavía que se escape? —repuso el otro, que habiendo echado al suelo la carga dejó ver un cadáver horriblemente descoyuntado y quebrantados todos sus huesos, cubierto en parte de una armadura no menos magullada y hecha pedazos.

Cogióle por los pies uno de aquellos hombres, mientras el otro le suspendía por los brazos, y habiendo tomado vuelo le lanzaron al foso, que estaba lleno de agua, cuyo pacífico curso alborotó su caída.

Capítulo 19

Mientras los sucesos referidos pasaban en el castillo de Cuéllar, yacía también mal herido en su lecho el señor de Iscar, y todo estaba sombrío y triste en su fortaleza. El Cantor había roto su lira, falto ya de entusiasmo para pulsarla, Nuño parecía haber perdido su ordinaria locuacidad, y los demás servidores de don Hernando se perdían en cavilaciones preguntándose unos a otros por doña Leonor, dándose mutuamente noticias de ella, fundadas sólo en presunciones vagas, todos, todos hablando en voz baja, y como temerosos de despertar la cólera de su señor, cuyas heridas, aunque leves de suyo, se hacían peligrosas con la ardiente calentura que le consumía. Baste decir que Nuño y el trovador habían puesto treguas a sus disputas, y que sólo de tiempo en tiempo tal cual palabra mordaz daba a entender que no por eso había cesado enteramente la guerra. Ambos a dos se esmeraban en cuidar a su señor, que devorado interiormente de mil pesares y crueles imaginaciones, había caído en una fiebre continua que no sólo burlaba la vigilancia de los dos fieles vasallos, sino también el arte y el talento de los tres más famosos Hipócrates de aquella época que le asistían.

Estaba entonces la ciencia de la medicina, con corta diferencia, como está hoy día, en la infancia; pero particularmente entre los cristianos se hallaba tan abandonada, que apenas se encontraba un médico para un remedio. Dichosa edad, por cierto, aquella, en que cada uno moría de su enfermedad y no de su médico, como dice Quevedo, y en que se podía morir cualquier hombre honrado sin tantas fórmulas como en el día se usan. Dichosa edad, repetimos, porque en ella blancas y pulidas manos de hermosas damas se ejercitaban a veces en curar así las heridas del cuerpo como las del alma a los caballeros intrépidos, y hacían el oficio que ahora sólo desempeñan las callosas y poco limpias de algún impío barbero en los lugares de por ahí cuando algún malogrado paciente les viene como llovido para saciar en él su sed de sangre y sus horribles escalpelos, que harán que se horripile el hombre de más valor. Sólo en aquellos tiempos puede decirse que cultivaban la tal ciencia homicida con algún fruto los ilustrados árabes y los judíos, que así en esto como en todo lo que toca a ciencias y artes, en particular los primeros, nos han dejado profundas huellas de su asombrosa sabiduría. Los Avicenas, los Averroes, sirven aún de regla a nuestros más presumidos galenos, y justamente en el siglo de don Alfonso el Sabio fue cuando los judíos, favorecidos de este monarca, que protegía el talento donde quiera que se encontraba, comentaron la Biblia, escribieron de medicina, de astrología, etc., y se les debieron muchos y muy curiosos inventos.

Sucedía, no obstante, que siendo mal visto que un cristiano viejo se dejase curar por un judío, a quien todos o la mayor parte, de común acuerdo, hubieran querido quemar en honra y gloria de Dios, había hombre que prefería morirse a deber la vida a los hechizos y cabalísticas palabras de que se creía que usaba aquella maldita raza, puesto que no eran los hijos de Israel tan poco filantrópicos que no prodigasen sus remedios a todo el mundo. Ninguno de estos famosos empíricos asistía al impaciente hermano de la desdichada Leonor, que nunca más que entonces hubiera deseado la salud, y cuya ansia y desasosiego eran las principales causas de su enfermedad. Su hermana, presa y deshonrada, estaba delante de él a todas horas presente en sus delirios, ya tachándole de perezoso, de cobarde y mal caballero, ya reprendiéndole de haber desamparado a la que su padre le encomendó al morir, a la que desvalida y sin otro amigo que él en el universo, esperaba de él sólo su salvación. El furor que entonces le sacaba fuera de sí, le hacia saltar del lecho, dar voces, maltratar a cuantos le rodeaban, pedir sus armas y resistirse furiosamente a los esfuerzos de los que interesados por su salud trataban de sosegarle y contenerle.

Capítulo 20

Quién a la ropa y quién al cofre aguija,
quién abre, quién desquicia y desencaja,
quién no deja fardel ni baratija,
quién contiende, quién riñe, quién baraja,
quién alega y se mete a la partija.
… … … … … … … … … … … .

ERCILLA, Araucana.

El lector se acordará del llano o plaza de arena en que Usdróbal fue presentado por el Velludo a los honrados habitantes del bosque, sus servidores, y en donde tomó a su cargo el piadoso Zacarías educarle como convenía para el ejercicio que había abrazado. Pues minuto más o menos a aquella misma hora y en aquel mismo sitio algunos días después de la aventura del capitán con la maga, estaban reunidos varios individuos de la partida, no razonando alegremente unos con otros, ni trasegando el alma de algún pellejo de vino a sus insaciables estómagos, según costumbre, ni admitiendo en su seno ningún joven cuya noble alma no pudiera sufrir el peso de la ociosidad, sino muy solícitos y divertidos en aligerar el peso de las maletas y faltriqueras de una tropa de viajeros que por su mal habían acertado a encontrarse con ellos en aquel desierto.

Cuatro eran los caminantes, y todos parecían por su traje ser gente comerciante que, como era entonces uso, llevaban de pueblo en pueblo sus mercancías trocándolas por otras o por dinero en los mercados públicos, y sólo se distinguían de los que llaman buhoneros en que en vez de llevarlos a cuestas y caminar a pie, sus fardos iban a lomo sobre una mula, y ellos montados en sendos animales de la misma raza. Pero en el momento que se trata, los bandoleros, compadecidos sin duda de la enorme carga que oprimía y fatigaba a las pobres bestias, habían hecho apear de sus cabalgaduras a los malaventurados viandantes, y aliviado de su desmedida carga a la que llevaba delante guiándola del ronzal un mozo de pocos años que iba allí de espolique.

Habíalos visto desde los pinares el compungido Zacarías, que avisó al momento a sus compañeros sin cambiar su mística fisonomía, y sin dejar de rezar al mismo tiempo, mandándoles que estuviesen alerta para sorprenderlos.

—Hijos míos —les dijo—, ahí viene una raza de pecadores de aquellos que el Señor ha dicho pulvis eris et in pulvere reverteris; de judíos digo, pueblo, como sabéis, maldito y cuyos bienes podemos confiscar a nuestro favor sin el más pequeño remordimiento y cumpliendo con nuestro deber. Son cuatro hebreos, enemigos de toda bolsa cristiana, cuatro sanguijuelas hidrópicas de la sangre del justo —y pasó una cuenta a su rosario murmurando un Pater noster al mismo tiempo.

—Voto a Deu —respondió el catalán, que helos que se dirijan aquí, y me importa a mi lo matéis que un trago de vino si son cristianos o judíos, con tal que traigan dinero.

—Buena mula es la que viene delante —dijo el bizco—, y por las barbas del Cid, que no se puede mover de cargada.

—Manos a la obra —gritaron los otros, y se pusieron todos en movimiento.

—Silencio, hijos míos, y mucha caridad sobre todo y que no vayan al otro mundo sin confesión; ya que Dios los trae aquí yo me encargo de convertirlos si son judíos, como es regular.

—Dos por aquí —mandó con su voz áspera el catalán, señalando a la derecha—, cuatro a la izquierda y los demás conmigo: yo voy delante.

—Domine exaudi mihi —dijo Zacarías, y echó mano a su cuchillo sin dejar el rosario, andando al lado del catalán—: Dios ponga tiento en nuestras manos y perdone nuestros pecados.

—Voto va Deu, ¡a ellos! —gritó Urgel desaforadamente a tiempo que casi iban los viajeros a tropezar con ellos, todavía sin haberlos visto a causa de la espesura del bosque.

El primero que rompía la marcha era el mozo de espuela, que muy descuidado de la que le esperaba venía alegremente silbando, y que apenas oyó el grito de a ellos cuando sintió un garrotazo sobre la frente tan descomunal y tremendo, que cayó en tierra con la cabeza abierta y bañado en sangre. Fue el primer saludo con que se explicó el formidable catalán antes de decir palabra. Zacarías echó mano al ronzal de la mula, que, espantada con el porrazo y la airada presencia del apaleador, se había levantado de manos y trataba de volver grupas. Estaba el buen anacoreta destellando avaricia por los ojos, rezando muy aprisa, y señor ya de la carga que era el blanco de sus más fervorosas súplicas.

Esta fue la señal de la arremetida, y los demás emboscados a derecha e izquierda, cayeron como halcones sobre su presa con los alfanjes y las espadas en la mano, dando gritos y dispuestos a asesinar al primero que se resistiese. El catalán, que disfrutaba tanto placer en pegar como en robar, puesta en alto su partesana, se arrojó en seguida de haber derribado al mozo sobre los desdichados mercaderes, que al ver caer sobre ellos aquella nube de forajidos no sabían qué hacerse, y ni hacían muestra de rendirse, ni de huir, ni de defenderse. Alguno, cuya cabalgadura no estaba acostumbrada a niñerías semejantes, no pudiendo resistir sus corcovos, dio consigo una caída, que los vencedores tomaron por una señal clara de su sumisión. En efecto, todos ellos eran gente pacífica y mal avenida con todo género de refriegas, por lo que el triunfo no fue muy costoso ni tardó en decidirse por los bandidos más tiempo del que tardaron en hacerlos echar pie a tierra y atarlos a los árboles que formaban la plaza.

—Amigos —gritaba uno de los viajeros, que era precisamente al que había derribado su mula, calvo con sólo algunos mechones blancos en la cabeza, pequeño de cuerpo y flaco, cara larga, nariz aguileña, ojos negros, pero sin brillo, y la barba cana y poblada—, amigos míos, no tenéis necesidad de atarnos, nosotros no nos hemos de defender, y os daremos de buena gana cuanto traemos sin que tengáis que decirnos siquiera una mala palabra.

—Raza descreída —repuso Zacarías con su voz de vieja—, tú eres de los que ataron a una columna a nuestro Redentor; cuida que si no fuera porque pienso hacer de ti un cristiano tan santo como el que más, cuando hayas vuelto a cada uno de por sí lo mucho que habrás robado, y que es por lo que has de empezar ahora mismo, cuida que no se les ponga en la idea a estos honrados hermanos abrirte las carnes a azotes por ladrón, como casi me dan intenciones de aconsejárselo: quia tu es ad verberandum.

—Veo amigo lad… quiero decir, buen hombre —respondió el viejo con serenidad—, que nos tratas mal sin merecerlo, y que partes de un principio erróneo dando por cierto lo que es enteramente falso.

—Al diablo tanto parlar, voto a Deu —gritó el catalán—: ¿qué hacéis sin catar de lo que traigan esos borrachos?

—Has de saber, santo varón —gritaba el mercader viejo—, que aquí no viene ningún judío, sino que somos gente pacífica que vamos a nuestro comercio.

—Pues entonces, hijo mío —le respondió Zacarías, registrándole al mismo tiempo—, perdona por Dios esta ofensa que te he hecho contra mi voluntad, y suelta el dinero que traigas contigo por amor de él, y como ordena la caridad cristiana.

—Pardiez, que esta es buena gente —gritaba el bizco al tiempo que él y otros tres descargaban la mula que traía las mercancías—. No parece si no que están estos cajones llenos de plomo, según lo que pesan.

—Eso será hierro sin duda —añadió el veterano de la cara cortada—, que o el sonido me engaña mucho, o lo que va dentro son sedas y lienzos como yo soy turco.

—No lo creáis, buenas gentes: son algunas telas de poco valor lo que ahí va que para nada os sirven —les gritó el viajero—; regalos que yo llevaba a Valladolid para su alteza don Sancho IV, rey de Castilla: los enviaba el señor de Aguilar con algunas otras bujerías.

—Tanto mejor, voto a Deu —gritó el catalán—; el rey de Castilla non pas tindrá eso que dices, y haz cuenta que lo has portat per nosaltros.

—Sí, pero temed el enojo del rey —replicó el viejo, a quien ya habían enteramente desvalijado, así como a sus compañeros, y que tenía al parecer mucho interés en que no viesen lo que venía en los cajones—; ya veis —prosiguió—, yo lo digo por vuestro bien. Cuenta con lo que hacéis con lo que pertenece a su alteza; ahí tenéis lo mío y lo de mis compañeros; con eso podéis hacer lo que queráis sin miedo, quedaros con ello o devolvérnoslo; pero el regalo del señor de Aguilar…

—Anda tú, el rey y el señor de Aguilar a los infiernos —respondió el de la cara cortada—. Abrámoslo de una vez, que todo lo más que harán si nos prenden será ahorcarnos, y eso que robemos o no robemos al rey habrá de suceder lo mismo.

—Tienes razón —dijo el bizco—, y a más que morir ahorcado es una muerte en que se adelanta para subir al cielo todo lo que falta para llegar con los pies al suelo, y ya que lo han de colgar a uno, que no sea por una niñería, sino por haber hecho algo que merezca contarse.

—Abrid los cajones de una vez, y basta ya de charla —gritó otro.

Empezaron a descargar golpes sobre las cajas muy de prisa y con toda su fuerza, y ya empezaban a saltar astillas y a crujir las tablas, a despecho de los consejos que continuaba dándoles el viajero, y de sus gritos, súplicas y amenazas, cuando Zacarías, que hasta entonces había estado hincado de rodillas rezando, y empleado asimismo en desliar, registrar, inquirir y escudriñar pliegue por pliegue y muy detenidamente un gabán o alforja que traía el caminante, se levantó después de haber escondido debajo de todo, a un lado, un cajón de boj, largo de una vara y con molduras de plata en los extremos, cerrado con un resorte que él no entendía; y dejando para luego enterarse de lo que había dentro, hizo a los otros que suspendiesen su faena, pidiendo que se dispusiese en concilio lo que había de hacerse.

—Hijos míos —les dijo—, por todos los apóstoles juntos os ruego humildemente que pongáis atención en las palabras de ese buen viajero que está ahí atado, y que hoy ha ganado el cielo por la mansedumbre y generosidad conque nos ha entregado voluntariamente lo que traía superfluo, para socorrer nuestras necesidades. Vedle ahí, que se desgañita rogándonos que no se toque el regalo que lleva para el ungido; vedle ahí, que me parece que en este poco tiempo se ha puesto más flaco aún y más viejo que cuando llegó, y se ha achicado una cuarta. Tened paciencia, hijos míos, y no me interrumpáis, que nadie nos corre, y menester es tenerla en las adversidades. Oídme hasta el fin, y juzgaréis. Ya veis, amados hijos de mi ternura, que nuestro cristiano capitán no está aquí ahora, y que es antigua usanza entre nosotros, cuando aquel santo varón (bendígale Dios) no se halla presente, tomar el parecer de cada uno, y que todo el mundo dé francamente su opinión. La mía, pues, es de que se abran las cajas, y Dios nos dé aquí paz y después gloria.

—Pues a fe mía que ya podían estar abiertas, y para eso —repuso el bizco—, no había necesidad de predicarnos ningún sermón.

—Voto a Deu, que no oiga yo más discursos.

—Ni yo, ni yo —gritaron todos, y se dispusieron a empezar de nuevo con más empeño.

—Con todo —gritó Zacarías, con un chillido agudo como el de un pito—, oídme. Puede el viajero o alguno de sus cofrades ofrecerse en pío sacrificio en lugar de esas cajas, y con tal que esté dispuesto a sufrir sobre su cuerpo los golpes que ellas habían de llevar, soy de opinión de hacerles esta obra de misericordia, y que se atienda a sus ruegos.

Una ruidosa carcajada aplaudió esta sabia determinación del benéfico Zacarías, y el pobre robado y sus compañeros empezaron a temblar y dar diente con diente, temerosos de sufrir la pena a que los condenaba, en caso de quedarse libres las mercancías de todo daño y embargo.

—¿Tuerces el hocico, mal hombre? —prosiguió Zacarías—. Yo que había pensado en enviarte hoy al cielo porque creí que ahora te irías allá derecho, tomando todo cuanto aquí se hiciera por bien de tu alma, y en penitencia de tus pecados, y ahora no parece sino que te causa cierto disgusto mi buena intención. Ea, muchachos, puesto que nuestra opinión es una misma, manos a la obra, y a trabajar con la ayuda de Dios, mientras yo convierto a este impío, hombre sin fe y sin resignación.

No aguardaron los acólitos del mal ladrón a oír hasta el fin su arenga, sino que llenos de brío empezaron a golpear tan de firme y tan a prisa, que a poco tiempo no quedó tabla de las que formaban las cajas, que no hubiese saltado hecha piezas. Pero cuál fue su asombro cuando en vez de los magníficos dones que pensaban hallar, enviados al rey por uno de los ricoshombres de más fama, vieron rodar por el campo, en montón y con grande estrépito, una porción de yelmos, corazas y otras armas defensivas y ofensivas de que venían preñadas la cajas, y que en su hechura y artificio más parecían propias para soldados, que para regalar a un monarca.

—Por San Cosme bendito —dijo uno de los bandidos—, que tanto puchero de hierro como viene aquí, no será para que ponga el rey la olla, ni para eso se los enviará ese señor.

—Vive Dios que las mercancías son de gusto, y que más seguro va en estos tiempos un hombre con un traje como éste que con un vestido de seda.

—Voto a Deu —añadió el catalán, tomando un casco en la mano—, que más vale guarir así el cap que con un bonete de cuero.

Y arrojó el que llevaba en la cabeza y se caló en su lugar el yelmo.

Pero nada igualó al asombro de Zacarías, que habiendo abierto por fin la caja de boj en que esperaba hallar por lo menos algunas joyas de raro valor, y que con mucho cuidado había tratado de ocultar a sus compañeros, para no tener que partir con ellos, halló dos cosas entre otras varias, capaces de trastornar el juicio más sano del hombre más entendido de aquellos tiempos.

Era una de ellas una bola de cristal muy pequeña, dentro de la cual vivía y al parecer se agitaba un animal disforme, un elefante de desmesurada grandeza, un demonio sin duda, porque sólo un demonio podía habitar en tu pequeño espacio, infinitamente reducido para dar cabida a tan desproporcionada y extraña bestia. Sus ojos, de extraordinario tamaño, parecían quererse tragar al que lo miraba; su trompa inmensa podía sin trabajo alguno sepultar un hombre de una vez en su vientre; su piel, de un color oscuro con algunas manchas, era sin duda impenetrable al arma más bien templada; y una infinidad de pies y piernas sostenían como columnas aquella mole ponderosa que al mismo tiempo gozaba sin duda de tanta comodidad en aquella estrecha vivienda, como si se hallase en un anchuroso palacio. No creyó menos Zacarías sino que allí estaba encerrado algún diablo, y tirando la bola de cristal con la prontitud de aquel que se quema, se hincó de rodillas, se persignó mil veces, besó el suelo, y empezó a rezar y a darse golpes de pecho con la mayor devoción, pidiendo a Dios que apartase aquel mal espíritu de su presencia.

Era la otra una varita de hierro con un ruedo de metal a un extremo, fija en un punto dado de un esqueleto de reloj, y que lo mismo fue sacarla, al impulso que recibió principió a ondular a un lado y a otro por sí sola con movimiento muy concertado.

—¿No os lo dije yo que era un judío? Hermanos míos, este hombre tiene hecho pacto con el demonio —gritó Zacarías pálido de temor—; aquí lo tiene encerrado, es menester matarlo, hacerlo quemar aquí mismo.

Acudieron todos a ver qué era lo que hacía dar tantos gritos y salir fuera de sus casillas al hombre de sangre más fría que había entre ellos, espantados todos de verle tan fuera de sí, y algunos creídos que había perdido la cabeza completamente.

—¿Qué diablos tenéis, maestro Zacarías —preguntó el veterano—, que no parece sino que habéis tenido una visión del infierno, y que os habéis vuelto loco?

—Y como que he tenido una visión —respondió Zacarías—: de profundis clamavit miserere mei domine secundum… secundum… ¡memoria! ¡memoria! ¡Ah! Miserrima civitas. Eso es —se dijo a sí mismo como satisfecho de haber atinado con el texto—. Lo he visto, señor Tinieblas, y vos lo podéis ver si queréis; ahí está, si tenéis ánimo para tomarlo en la mano… Es menester quemar a este hombre: es judío y mágico.

—Vade retro —respondió Tinieblas sin atreverse a mirar a donde señalaba Zacarías con la mano—; la Virgen Santa me valga, que no quiero yo nada con esa gente. No hay duda, es menester quemar a este hombre.

Difícil es que ninguno de nuestros lectores pueda formarse idea exacta de lo que pasaba en el alma de los viajeros, especialmente del que parecía más principal, y que era el que estaba más en peligro. Todo el mundo le miraba ya con horror, le maldecía, y hasta el mejor intencionado de los bandidos deseaba ya verle arder y se preparaba a derribar árboles y a formar la hoguera. En vano el pobre hombre se esforzaba a persuadirles que aquel animal tan estupendo y prodigioso no era más que una pulga, en vano pedía que no le rompiesen el hierro que andaba solo, pues no era sino un reloj, como cualquiera otro, de sol, sino que de distinta construcción y hechura, en vano les rogaba encarecidamente que no le matasen, y les ofrecía montones de oro por su rescate, que un momento antes les hubiera hecho abrir tanto ojo: todo era inútil; promesas, ruegos, amenazas, lágrimas, nada podía ablandar aquellos corazones de piedra, y era lo bueno que los más de ellos aún no sabían por qué era aquella ansia que había de quemar a aquel hombre, ni se cuidaban de preguntarlo, y eran los que más voceaban y le maldecían, y empezaban ya a partir leña.

Con todo, el alboroto llegó a su colmo cuando el catalán tomó en la mano el funesto cristal, y mil diversas caricaturas, unas de susto, otras de horror, la boca abierta, los ojos desencajados, los pelos tiesos, se pararon a mirarlos atónitos y fríos de lo que veían.

Él sólo tuvo valor para cogerlo con la mano, y levantando el brazo en alto para que todo el mundo pudiera ver aquel tan prodigioso hechizo, pálido y persignándose al mismo tiempo, hubo un momento de estupor general en todos, y no parecía sino que de veras habían quedado encantados, según el silencio que guardaban y la inmovilidad en que sus cuerpos por largo rato estuvieron.

Pero luego que dio lugar el pasmo y asombro del primer momento a la reflexión, y cada uno echó sus cálculos allá entre sí, y pesó y examinó la enormidad del crimen, y con lo que añadía cada cual de suyo y el odio natural en toda alma cristiana contra la brujería y el demonio, se irritó la cólera de aquella gente feroz, que, sin verdadera religión, estaban llenos de todas las supersticiones posibles, empezó un murmullo semejante al que hacen los árboles del bosque en señal del huracán que se acerca, y luego alzaron el grito, y todos corrieron a hacinar leña para formar la hoguera.

—Es menester quemar esa bestia —gritaba uno.

—Y a ese viejo judío con ella —decía otro.

—Y a los otros tres con él.

—Y al mozo de mulas.

—Y las mulas, y los cajones, y las armas —añadía el bizco.

—Voto a Deu, y los potingues que ahí trae —proseguía el catalán.

—Y esos librotes viejos, y los papeles, y sus almas, que se las lleve el demonio.

—Y todo por la gloria de Dios —concluía Zacarías, que no hacía sino rezar al mismo tiempo que colocaba en buena disposición la leña que iban cortando los otros.

—Dios de Jacob, padre Abraham, sacadme de este aprieto —clamaba el pobre judío, que sin duda lo era a juzgar por sus exclamaciones—. Sacadme con bien de manos de estos tigres despiadados, libradme como a Daniel de las garras de los leones. Amigos míos, queridos amigos míos —prosiguió volviéndose a los bandidos—, yo soy viejo, estos tres hombres que están ahí son mis criados, nosotros no os hemos hecho mal nunca. ¿Qué gloria podéis sacar de quemar a hombres como nosotros, que somos los cautivos de vuestra lanza? ¿Queréis que mi hijo, a quien dejé en Aragón, pregunte cuándo volverá a ver a su padre, y su madre no le responda y llore? Queridos míos, vosotros no sois malos, lo sé, yo lo sé muy bien que no queréis ensangrentaros en un viejo débil. Estáis engañados en lo que creéis: si me dejáis un momento ese pedazo de cristal, un momento no más, yo haré ver en qué consiste vuestro engaño; pero vosotros no nos hagáis mal.

—Loado sea el Señor, que ya arde la leña; Dios me perdone, que me ha costado mucho trabajo encenderla.

—Ea, pues, cada uno al suyo —gritó el tío Tinieblas—; pronto a desatarlos y asarlos, que no se hace más en eso que lo que se debe.

—¡Que mueran, que mueran! —vociferaban todos.

Y cortando de un golpe las cuerdas que ligaban a los árboles los desdichados viajeros, sin atender a sus lágrimas, ni a sus súplicas, empezaron a arrastrarlos hacia la hoguera en que ardía ya medio monte, y cuyas llamas, impelidas del viento, se levantaban sobre las copas de los pinos más altos, como si amenazaran al cielo, despidiendo al mismo tiempo columnas de humo que envolvían la luz del sol, y daban un aspecto más negro a aquel espantoso cuadro.

Figúrese el lector una ancha plaza rodeada por todas partes de árboles, y capaz de contener en su ámbito más de mil o dos mil soldados. En medio de ella pinos enteros ardiendo, cuyas llamas, mezcladas con el humo que con ellas se levantaba, daban un color cárdeno al día, ennegreciendo la atmósfera al mismo tiempo. El calor era irresistible, y a más de cincuenta pasos a la redonda era casi imposible aguantarlo. Alrededor de este fuego, e iluminados con la opaca lumbre sus cetrinos rostros, doce o catorce bandidos con todas las señales de la miseria y de la ferocidad en sus estúpidas fisonomías, arrastrando entre cada tres o cuatro de ellos un hombre cuyos gritos, gestos y contorsiones le hacían parecer un endemoniado, dando ellos al mismo tiempo voces, echando torpes juramentos, soltando risas y carcajadas horribles, o profanando con sus sucias bocas los nombres más santos que invocaban. Figurémonos, en fin, una porción de demonios arrastrando al fuego eterno las almas de los condenados, y sólo así tendremos una idea exacta de escena tan horrorosa.

—La maldición del Dios de Israel se desplome sobre vosotros —gritaba el judío viejo, luchando y reluchando con el bizco y el catalán, mientras Zacarías le pinchaba por detrás con su cuchillo para hacerle andar.

—Yo soy un embajador del rey de Aragón… Tened cuenta con lo que… Yo daré un millón de oro por mi vida… Tened compasión de mí… Yo os explicaré lo que es eso… , dejadme un momento que os hable… ¿Dónde está vuestro capitán?

Y al mismo tiempo se tendía en el suelo, se defendía a coces, a puños y a bocados; arrojaba espuma por la boca, revolvía los ojos en remolinos espantosos, su rostro estaba morado, sus labios negros, y sus lamentos, sus rugidos y sus maldiciones hubieran podido hacer estremerse a una roca. La desesperación, aunque viejo y débil, le prestaba fuerzas en tanto grado, que apenas podían sujetarle los brazos robustos de los dos ladrones, y aún no le habían meneado dos pasos.

—Voto a Deu, mala ira te trinq'el coll, que es menester una corda y atemos este perro con una legión de diablos.

—Mírale qué pelos pone —gritó el bizco—, y oye los berridos que da que me atraviesan el cerebro como si fueran puñales; juro a Dios —añadió sacudiéndose una mano— que me ha partido un dedo de un mordisco, y que estoy por matarle aquí mismo de una puñalada, más que no se queme en su vida.

—Caridad, hijo mío, y refrena la ira, que no está tan lejos la hoguera —respondió Zacarías con su tono suave—; no le pinches si acaso más que yo, que sólo le entro en el cuerpo la puntita de mi cuchillo.

Hizo el judío en aquel momento un esfuerzo tan desesperado, que habiendo logrado zafarse de manos de sus opresores, se levantó y dio a correr por ver si podía salvarse; pero a los pocos pasos sintió la mano de hierro del catalán, que de un puñetazo le derribó segunda vez en el suelo, y una cuerda que le liaba el bizco a las piernas, mientras que un pinchazo que sintió en la espalda le anunció que no andaba lejos el caritativo Zacarías. Entonces el infeliz judío oyó las voces de los demás ladrones, que ya habían logrado acercar sus respectivas víctimas a la hoguera, y que sólo aguardaban a que él viniese para darle la preferencia quemándole a él el primero. Todo parecía colmar en aquel trance su desesperación; sobre él se extendía un cielo de humo como para evitar que sus gritos llegasen al otro cielo; a su alrededor un desierto, y los semblantes de hierro de los bandidos; enfrente la hoguera, cuyo calor, que se sentía no poco donde él estaba, penetraba ya a su entender hasta el tuétano de sus huesos; ninguna muestra de compasión en ninguno de los que allí estaban, ninguna esperanza de socorro; todo le había abandonado a su fatalidad. Entonces sintió crisparse sus nervios, las fuerzas le faltaron, un color pálido sucedió al amoratado que tenía su rostro, y sólo sus ojos cristalinos, que ya se volvían a la hoguera con estúpido ahínco, ya hacia sus inexorables verdugos a demandar piedad, y el temblor convulsivo de sus labios, daban a entender que vivía.

Dejó por fin caer la cabeza sobre el pecho, y sin hacer más resistencia se dejó conducir de los ladrones. No había ya ningún obstáculo que vencer; los demás prisioneros unos estaban accidentados, otros rugían de temor, y algunos se deshacían en súplicas, que apenas eran oídas. El mozo de mulas, que había vuelto en sí, y a quien querían también quemar sólo por aquello de dime con quién andas… etc., aunque no tenía nada de judío ni de encantador, había logrado por fin que le perdonaran, con tal que ayudase a quemar a sus amos por las muchas brujerías que refirió les había visto hacer durante el camino. En fin, había llegado para aquellos infelices el fin del mundo, y el cielo, sordo a sus plegarias, no parecía querer enviarles ningún socorro.

Pero una idea que sobrevino casualmente en el ánimo de Zacarías dilató aún por algunos momentos la terrible muerte que les aguardaba.

—Hijos míos —dijo el hipócrita con su acento meloso—, ya sabéis lo caritativo que soy, y creo que si tengo algún influjo entre vosotros no desoiréis la voz del justo. Bien hecho está que aborrezcamos a estos infames amalecitas, bien me parece que se les castigue, y yo mismo he sido el primero que he convenido en el exterminio de los fieles, digo de los infieles: infelix opera summa, que dijo aquel santo varón. Pero no por eso creo piadoso que entreguemos su alma a los demonios (Dios nos libre), como se pensó en un principio, quod in principium… No importa que no me acuerde del texto, proseguiré: quiero decir et qui habet aures audiat, como dijo San… no me acuerdo del Santo, pero la cita es exacta. Digo y repito que se debe tratar de salvar sus almas, y en particular la de este viejo infernal que ha mordido un dedo al bizco, y también al buen Urgel en la pierna derecha, de la cual como veis cojea.

—Así, voto a Deu, que me ha llegado hasta el hueso —interrumpió el catalán.

—Prosigo, pues —continuó Zacarías—, florentem cytisum sequitur (por ahí va bien), y digo que yo me encargo de convertirlos, y en particular a ese perro que he dicho, y entre tanto podéis seguir echando troncos al fuego y alimentándolo, y de ese modo ellos se familiarizarán con la hoguera, la mirarán como cualquier otra cosa, sicut erat in principio, morirán sin tantos aspavientos, y sobre todo tan convertidos y arrepentidos que ni siquiera han de tener que tocar en el purgatorio. Purgatorium peccatorum, etc., y loado sea Dios: he dicho.

La opinión de Zacarías prevaleció como era de esperar entre gentes que le tenían por un pozo de ciencia y que le consideraban en segundo lugar después de su capitán. Convinieron todos en que debía hacerse así como él lo pedía, por lo que se suspendió el castigo de los criminales entre tanto se convertían.

Zacarías alzó entonces los ojos al cielo con aire tan compungido y devoto, como si de veras pidiese al Espíritu Santo que le iluminase en la conversión de aquellos herejes, cuyas almas iba a enviar al cielo por el camino más corto. Hecho esto, mandó que le trajesen al viejo, que ya se dejaba llevar lo mismo a un lado que a otro, insensible al parecer a todo cuanto le rodeaba. Nada había oído del discurso de Zacarías, aturdidos y embotados sus sentidos con la idea de la muerte tan próxima, y sin otra sensación que la que en él producía la vista de la llama, que a su parecer le iba abrasando ya parte por parte su cuerpo.

El sitio que había elegido el piadoso varón para la conversión del infiel estaba a bastante distancia de la hoguera, y el aire, aunque caldeado tanto con el calor de la estación como por efecto del fuego, le pareció fresco al judío en comparación con el que había respirado hasta entonces.

Trató, pues, de limpiarse el sudor, que a chorros le caía por el rostro; pero sus manos estaban atadas a su espalda, y no pudo hacer otra cosa que suspirar.

Zacarías tomó el aspecto más grave que pudo, besó su rosario devotamente y empezó, con un tono de voz sobremanera melifluo, a arengar al prisionero.

—Hijo mío —le dijo—, serénate; aquí no se te quiere mal: ya veo que estás bastante agitado, y sin duda has tenido razón para gritar y forcejear, pues que estos hermanos míos, fratres carissimi, por otra parte, con la mejor intención te iban a dar muerte de perro, lo que no es nuestra voluntad. Fiat voluntas tua, que dijo quien lo sabía. He echado de ver también que a ti te disgusta morir de esa manera, y no me ha extrañado. Peccata mea… Hermano mío, no debes asombrarte porque se me olvide un texto, porque son tantos los que tengo en la cabeza… Pero tomando el hilo de mi discurso, por amor de Dios y como manda la moral y la caridad, yo los he contenido cuando más empeñados estaban en llevar a cabo su santa obra, y puedes estar seguro que no estás hecho ya un chicharrón, y lo mismo tus criados, famuli tui, por causa mía. Mea culpa tu non est in chicharrone convertitus. Este texto es mío; te lo digo por si sabes algo de latín.

El viajero había ido poco a poco recobrando el conocimiento, mientras desembuchaba Zacarías su elocuente oración, y no hacía sino mirarle de hito en hito tan fijamente como si quisiera penetrar en su alma. Sus ojos, aunque en un principio apenas ofrecían nada que pudiese llamar la atención, a poco que se fijaron en él fueron por grados tomando tal expresión y despedían una mirada tan intensa, tan penetrante, que el mismo Zacarías no pudo sufrirla, bajó los suyos más de una vez y aun estuvo a pique de interrumpirse.

—Buen hombre, honrado capitán de esta tropa —contestó el anciano—, yo os juro por el Dios de Abraham que estoy inocente del crimen de hechicería que me suponéis y pronto a haceros ver vuestro engaño. Tú, que pareces hombre entendido…

Zacarías creció un palmo con la lisonja, y el judío como si no lo echara de ver, prosiguió diciendo:

—Tú, que sin duda eres hombre de letras, ilustre alumno de la…

—Basta, basta —interrumpió con voz muy sumisa el hipócrita Zacarías—; yo sólo soy un indigno siervo de Dios.

—No hay duda; tan bien como vos decís —continuó el judío, que iba cobrando más ánimo a medida que observaba el efecto que producía la adulación en el espíritu del bandido—. Dadme, si me permitís, esa maldita bola que tanto os ha alborotado, y veréis que no tiene dentro más que una pulga, si no que os parece animal disforme a causa del cristal en que está metida. Desatadme los brazos que, por el Dios que adoramos todos y que bendijo la tribu de Benjamín, es demasiado cruel tratarme así, cuando yo soy de mío pacífico, y me veis viejo, con todos los achaques de la edad encima, y no puedo medir mis fuerzas con hombres como vosotros. Tened compasión de mí y de mis fieles criados; ved que estoy lleno de sangre de los pinchazos y golpes que me habéis dado. Y si no tenéis lástima de mis canas, si sois padres, si tenéis una mujer a quien améis, no seáis tan crueles que queráis que la mía tenga que rasgar sus vestiduras, y maltratarse, y llorar, y echar ceniza sobre su frente. Soltadme, por Dios; dadme acá ese cristal. Mirad: si ponéis un dedo de los vuestros a un lado, y miráis por el otro, veréis también que os parecerá mucho más grande. Vos, que sois hombre entendido, debéis saber que son secretos de la ciencia…

—A judío hueles, que no lo puedes negar, perro —dijo el bizco luego que hubo acabado—; al momento se os conoce como a la zorra por el rabo.

—Sí, soy judío —respondió el anciano—, ya no lo niego; esa fue la religión de mis padres; pero vosotros sois cristianos, y hay una máxima en el Evangelio que dice: parce inimicis tuis.

—Es verdad que la hay, es verdad —replicó Zacarías sollozando—: ¡ah!, no me hables del Evangelio; yo lo sabía de memoria, sino que ya se me ha olvidado. Este hombre me hace llorar. ¡Dios mío, perdonadle!, parce nobis Domine. Pero es menester quemarlo.

—Voto a Deu —gritó el catalán—, venirse ahora con que es sólo una pulga un animal como ese; y ¡a quién se lo viene a decir!, a nosotros que estamos comidos de ellas, y hartos de retorcerlas.

—Has dicho bien, hermano Urgel —contestó Zacarías—. Y tú, varón ilustre, has hablado muy mal, pues que quieres hacernos creer que hay pulgas de esas, y aun si hubieras dicho otro animal, pase; pero Dios justamente por su infinita bondad nos tiene aquí plagados de esa clase de bichos y de otros varios.

—Pardiez que aquí he topado con una sobre este muslo —dijo el bizco restregando el dedo pulgar contra el índice, entre cuyas yemas llevaba sujeta su prisionera—. No hay sino compararla, y siempre que esta pulga y el bicho ese se parezcan en algo, yo me dejo quemar en vez de ese embustero judío.

—Dádmela acá —replicó el viajero—, desatadme las manos, y veréis como la meto dentro del cristal y os parece como la otra.

—Vade retro, horribile visu —exclamaba Zacarías—; hasta ahí podía llegar la astucia del diablo.

—Eso y mucho más he visto yo hacer —añadió el tío Tinieblas, meneando la cabeza con intención.

—Al foc, al foc —gritó el catalán—; lo rest es gastar tiempo.

—No, amados hijos míos; es preciso convertirle primero —replicó Zacarías—, nec diabolus… por ahí le anda. ¿Tratas tú de convertirte, o no, buen hombre?

—Sí, yo me convertiré; decidme lo que queréis que haga —respondió el judío, que quería ganar tiempo.

—Loado sea Dios, que alumbra el alma del impío como tú, anima impiorum. Varias conversiones he hecho yo en mi vida, y en todas ha tenido más parte el espíritu del convertido que mi elocuencia, y eso que me he valido hasta de dar tormento para convencer: Idest ossa ejus perfringam.

—Yo —dijo el judío mirándole atentamente— confío mucho en vos; soy hombre rico, almojarife del rey de Aragón, y os he tomado afición desde que os vi, tanto por vuestra inteligencia y erudición cuanto por vuestra caridad infinita, y quisiera conferenciar con vos particularmente acerca de los misterios de la religión, etc… , puesto que estoy muy decidido a convertirme pronto.

—Bendita sea la providencia divina, que al fin salvará al pecador —exclamó Zacarías—: vas a morir quemado lo mismo que antes, pero ¡qué importa! ¡Ah!, echar ahí leña, y atizar eso —prosiguió con entusiasmo—. ¡Qué importa! —continuó Zacarías—: es una obra de caridad, porque tu alma irá así blanca como la de un ángel. Bien puedes agradecérmelo, que así mueres en gracia de Dios. Esto sí que se llama hacer una obra de misericordia.

El judío torció el gesto, poco gustoso con la caridad de aquel bendito varón, que acababa todos sus discursos con que era preciso quemarle. Con todo, no queriendo abandonar el campo sin poner en uso cuantos ingenios le sugiriese su imaginación, pensó que quizá la esperanza de lo que podía ganar con salvarle, hiciese cambiar de ánimo a Zacarías. Era el judío quizá uno de los hombres más sabios de su siglo, y tenía entre otras la cualidad de conocer a la primera ojeada el alma de aquel a quien se detuviera a observar, formando sus juicios con tanto tino y tan buen acierto que muy rara vez se equivocaba en ellos, y pudiendo disputárselas al más afamado fisonomista de nuestros días, aun sin excluir de la cuenta al mismo Lavateur en persona.

Había, pues, observado a Zacarías, y al través de la máscara hipócrita con que se cubría este bandido había logrado penetrar en su corazón. Parecióle que era aún más avaro que religioso, y viendo que era el que allí llevaba la voz, intentó persuadirle a él sólo, haciéndole grandes promesas, muy seguro de salir libre y aun agasajado por todos si llegaba a merecer el beneplácito.

—¡Oh, hombre piadoso —le dijo con esta intención—, si tú supieras cuánto agradezco tu compasión! Justo es, no hay duda, y muy cristiano, querer que se salve el alma del pecador; pero yo tengo algunas dudas sobre ciertos puntos de mera doctrina, y desearía que hablásemos los dos aparte de esta materia. Tú mejor que nadie, sacratísimo varón, respetable como Moisés en el desierto, sabes mejor que nadie cuán útil es la soledad y la meditación en asuntos tan graves, y así yo desearía ¿qué digo?, yo te suplico humildemente que mandes apartar a estos que tú llamas hermanos tuyos, y que son tan intrépidos por lo menos como los siete Macabeos. Quizá yo encuentre medios de manifestarte mi eterno agradecimiento.

Era Zacarías harto ladino y truhán para no conocer el blanco a donde disparaba sus tiros aquel descreído hebreo; pero no queriendo desperdiciar aquella ocasión de echar la soguilla a la vaquilla, como se suele decir, sin darse por entendido mandó a los otros que se alejasen bajo pretexto de su conversión, diciendo que ya que iba a morir, justo era se le concediese tan pequeña gracia como la de hablar con él un momento. Sin embargo, y para no perder tiempo, encargó al tío Tinieblas la conversión de los otros tres, pero sin hacerles daño alguno hasta que él no estuviese presente, pues no quería dejar de presenciar un auto de fe de tanta pompa como el que se preparaba.

Quedáronse entonces solos el judío y Zacarías, mirándose uno a otro como dos tigres que se temen y dudan quién empezará la quimera, cada uno maquinando lo que debía decir, puesto que el judío era el que más ocupado de esto se hallaba.

—Os he llamado a solas —le dijo—, respetabilísimo varón, porque me ha parecido que así nos podemos entender mejor. Yo quisiera… a la verdad… —prosiguió interrumpiéndose, viendo que Zacarías estaba tan embebecido en sus rezos que era imposible que le escuchase—. Ya veis… . morir quemado no es cosa que puede gustar a nadie. Yo soy rico, muy rico.

Zacarías le miró de reojo y continuó con sus oraciones.

—Sí —prosiguió el judío, que no había dejado caer en saco roto la mirada del convertidor—. Sí, sin duda, lo que es doce y aun quince mil besantes bien podía yo dar por mi vida.

—¡Quince mil besantes! Rico sois. Padre nuestro —prosiguió Zacarías entre dientes.

—Aquí mismo podría yo hallar quien me prestara por lo menos la mitad de esa cantidad.

—La mitad, ¡eh!, ¡jem! —respondió Zacarías como si tuviese carraspera—. Hijo mío, no perdáis tiempo, mirad que es preciso que os encomendéis a Dios, porque vais a morir quemado. Dios te Salve María —continuó, bajando la voz.

—Mi vida —prosiguió el judío—, no la perdería yo por tan poco precio si entrásemos en tratos, por otra parte, ¿qué fruto sacarías de quemarme? Un hombre como tú…

—¿Por quién me tomas tú, vil judío? —repuso Zacarías irritado—. ¡Ave María!, sufrir yo un insulto semejante, entrar yo en tratos con este Jeroboán, Jeroboanis Rex, como dice el texto: conque ¡quince mil besantes! Santa María, ora pro nobis —murmuró de nuevo, continuando su rezo.

—Quince mil y aun algo más —prosiguió el judío sin alterarse—, en monedas de oro de buena ley.

—Sed ne nos inducas in tentatione —profirió Zacarías alzando un poco la voz—: ¡oh amalecita desvirtuado!, ¡mal aconsejado hebreo! ¿En monedas de oro? Sed libera nos a malo. No, no hay remedio, dime que estás convertido y te hago quemar, que de todas maneras mueres. Gracia plena.

—Pero vos no me escucháis sin duda cuando decís eso —replicó el judío.

—¿Cómo que no? —respondió el moralista—: he oído todo cuanto has dicho, y te confesaré que algunas de tus palabras me han parecido dignas de un hombre contrito. Mira, yo no te quiero mal, te he pinchado antes y voy a hacerte quemar, no tengas duda. Tu est in conciliabulo demoniorum, y es el latín más corriente que he dicho en todo el día de hoy. Quiero decir, tú eres brujo, y además tú mismo lo has dicho, estás circuncidado. Circuncidatus fuisti, por lo cual, y por los crímenes que has referido, mereces la muerte. ¡Cómo ha de ser! ¿Estás ya arrepentido? Con todo has de saber que yo no soy hombre de usuras ni de contratos, sino un humilde gusano, como debo ser, que no soy avaro… ni… ¡qué! el dinero para mí es lo mismo que si fuese tierra. ¿Con cuánto dijiste que podías contar? ¿Con quince mil besantes?

—Ciertamente —respondió el judío.

—Y aun con algo más, me parece que dijiste después; yo, como estaba entregado a mis oraciones, quizá no oí bien.

—No, nada de eso, oíste perfectamente —replicó el judío.

—¿Sí? ¿Conque algo más? Bueno. Pues no hay más remedio que quemarte.

—Por el templo de Salomón —exclamó el judío—, que no tienes piedad de mí.

—Hombre, yo bien quisiera —respondió Zacarías—, pero nuestro capitán el Velludo es…

—¿El Velludo? —preguntó con alegría Abraham (que así se llamaba el judío)—: ¡oh!, si tu capitán estuviera aquí estaba yo seguro de que nada me sucediese; ¿dónde está?, dejad que yo le vea…

—Te engañas mucho si crees que le habías de seducir con dinero: o pectora caeca!, que creo dijo Séneca hablando de un caso semejante que le sucedió con un moro. ¡Bendito sea Dios! —añadió cruzando las manos—: nuestro capitán tiene un corazón de acero, y con nada se le enternece. ¿Y tú darías quince mil besantes por ti?

—Y la mitad más por mis criados —añadió el judío.

—En caso que yo te salvase la vida —continuó Zacarías—, ¿no es eso?

—Sin duda, veo que me entiendes.

—¿Y qué seguridad darías de que habías de cumplir tu palabra?

—Una carta mía para uno de mi tribu en Olmedo, que os daría la mitad ahora y la otra mitad después, cuando me dejaseis seguir mi camino.

—Voto a Deu, maestro —gritó el catalán—, ¿qué fa, que está tanto tiempo?

—¡Pues no tarda poco en convertirse! —añadió el bizco—. No fue más larga la conversión del rey de Roma que convirtió San Marcos.

—¡Ea!, aquí no nos importa un bledo que se condene o que no —gritó otro.

—¡Al fuego!, ¡al fuego con él!

—Que se consume la hoguera.

—Ya lo oyes —le dijo Zacarías—; con todo, así Dios me salve como quisiera salvarte: tus últimos lamentos han llegado a mi corazón.

—Basta ya, tiempo le queda en el camino para convertirse —gritaron todos.

Y echándose sobre el miserable judío, le arrebataron en volandas a despecho de sus súplicas y las voces de Zacarías, que les rogaba le dejasen solo un momento con él para acabarle de imbuir su doctrina, pues le llevaba ya muy adelantado. Nada pudo calmar la irritación de aquella desenfrenada tropa.

El pobre Abraham gritaba, lloraba y se arrancaba mechones enteros de sus barbas, sin que nada les conmoviese. La misma voz de Zacarías fue desoída, y sin duda hubiese sido el pobre hebreo víctima de la ferocidad de aquellos salvajes si el capitán en aquel momento no hubiese llegado allí seguido de su fiel Sagaz. Pararon todos, al punto que le vieron, en su algazara, tal era el miedo que le tenían, pero sin soltar por eso al desventurado hebreo, a quien quemarían al cabo, de todas maneras, no siendo de suponer que el capitán le perdonara la vida cuando supiese sus crímenes y examinase por sí mismo el espantoso animal, causa y origen de aquel motín.

—¡Por la Virgen de Covadonga! ¡Vive Dios —exclamó el capitán—, que vais a poner fuego al bosque! ¿A qué viene esta hoguera? Pues voto a Judas, que se achicharra uno con el calor que hace por esos campos, y ¡estáis vosotros encendiendo lumbre! ¿Quiénes son esos hombres que tenéis ahí atados; tienen tercianas, o a qué diablos los arrimáis ahí al fuego?

—Mi capitán —respondió Tinieblas—, son judíos, y no valen la pena siquiera de que pensemos en ellos.

—¿Y esas armas que están rodando por el suelo, y esas cajas abiertas, qué significan? —preguntó el Velludo.

—¡Señor Velludo!, ¡señor capitán! ¡Favor!, ¡favor!, oídme una palabra no más. ¡Favor! —clamó al mismo tiempo el hebreo con un eco de voz tan lastimoso, que no pudieron menos todos de conmoverse.

—¿Qué es eso, buen hombre? —preguntó el capitán acercándose a él—. Por todos los santos juntos apagad ese fuego pronto, o nos vamos todos a derretir. Buen hombre, parece que os habéis quedado gafo: ¿qué armas son esas?

—Dejadme que os diga una palabra al oído, una palabra no más —contestó el judío.

—Pues bien, decidla —respondió el capitán.

—Haced que me desaten primero, tened compasión de mí; pero no, sabed… inclinaos algo más…

—Soltadle, por la Virgen de Covadonga, que estáis ahí cuatro hombres para sujetar a un viejo. Acércate acá, pobre diablo. ¿Qué tienes tú que decirme?

El judío, viéndose libre de manos de sus opresores, se llegó a él, y en hablándole muy quedito, el rostro del capitán pareció tomar un aspecto cuidadoso, como si lo que le decía le causase mucho interés.

—¿Aragón? —dijo el judío.

—Y Castilla —contestó el capitán.

—Esa es la seña —repuso Abraham.

—Ea, muchachos, desatad a esos infelices ¡pronto! —gritó el Velludo, volviéndose hacia su gente—; y cuidado con que se les devuelva cuanto se les ha quitado, no sea que tenga yo que registrar a alguno. Vamos, ¿en qué estáis pensando?

No pudieron menos los bandidos de espantarse de la orden de su capitán, viendo que no sólo no se contentaba con aguarles la fiesta, sino que también quería privarles de lo que habían legalmente adquirido. Un rumor sordo se esparció por toda la asamblea, y todos empezaron a murmurar contra él, unos con otros refunfuñando, bien que en voz baja, no atreviéndose a mostrar a las claras su descontento. La voz, empero, subía ya de punto, el descontento se manifestaba a las claras por los más atrevidos, y el Velludo empezaba a encolerizarse.

—Voto al santo más alto —dijo, poniendo mano a su hacha—, canallas, que el primero que chiste le arranque yo mismo la lengua. Pronto, a hacer lo que os he mandado, y cuidado con que lo repita segunda vez.

—Señor —repuso el judío—, yo doy todo por bien perdido con tal de haberos hallado tan a tiempo y les hago don de cuanto han tomado con sólo que me devuelvan mi caja de boj con los enseres que tenía dentro y mis libros, que es lo que más aprecio en el mundo.

—Considerad —dijo Zacarías, acercándose al oído del Velludo— que es un hebreo muy rico y que es mágico. Dios no permita que yo contradiga vuestra voluntad, pero no sería malo que… A mi ya me prometía quince mil besantes; hablo para los muchachos.

—No necesito de consejos de nadie —le respondió el Velludo con un bufido—. Perros —prosiguió con voz de trueno dirigiéndose a los demás—, a hacer lo que he dicho; aquí nadie manda más que yo.

—También es bueno —dijo el bizco— que no hemos de hacer una presa que valga algo… Pues si todos fueran de mi parecer, por Santiago que habíamos de cambiar de capitán y…

No lo dijo tan bajo que no lo oyera el Velludo, y alzando el hacha a dos manos iba ya a descargársela encima y a rebanarle sin duda en dos cuando al llegar cerca de él, viéndole que se atrevía a ponerse en defensa con su alfanje, y considerándole quizá indigno de emplear en él su terrible arma, bajó el hacha, y tomándola en la mano izquierda, con la derecha le asió del pescuezo con tanta fuerza, que no le dejaba gañir, y levantándolo en alto como quien alza una paja le arrojó de sí con tal fuerza, que el pobre diablo cayó despatarrado en el suelo, a más de una vara de distancia, sin movimiento.

Cuando llegaron a ver qué tenía, la sangre le salía a caños por ojos y narices, medio reventado del golpe.

Callaron todos maravillados, mirándose unos a otros, asombrados de la prodigiosa fuerza de su capitán, mientras él, con la misma sangre fría y serenidad que si acabase de beber un vaso de agua, volvió a intimar sus órdenes con mucha calma. Apresuráronse todos a poner al pie de un árbol cuanto habían quitado al judío, y no fue el último Zacarías, que presentó la caja de boj, puesto que la bola de cristal no se pudo encontrar de ningún modo habiendo sido echada al fuego, tal vez con la sana intención de quemar al diablo, si era posible, en aquella pulga.

—Ahí está la dichosa caja —dijo Zacarías al tiempo de devolverla—. No quiera Dios que yo me haya inficionado con tocarla. Yo os protesto que cuanto hay en ella es cosa de brujería.

—Más brujería y más infamia —replicó el Velludo con indignación— es hacer una criba del cuerpo de un hombre que no nos ha hecho mal ni tiene manos para defenderse.

Zacarías le echó una de aquellas miradas a él peculiares, que el Velludo no echó de ver, y se retiró a un lado sin responder haciendo que rezaba, pero es creíble más bien que se las jurara en secreto.

El judío, entre tanto, no quiso tomar de sus efectos, sino lo más necesario, temeroso tal vez de que aquella desalmada gente le acometiera de nuevo, sin respeto a las órdenes del capitán, y le saliese peor la cuenta. Miró sus papeles y libros muy detenidamente, y hallando algunas hojas rotas, no pudo menos de suspirar, sobre todo cuando vio que le faltaba el cristal de aumento y que le habían descompuesto la péndola. Por último, después de haber cargado la mula con los cajones, dadas las gracias al Velludo y despedídose de la compañía, que le prodigó cuantos dicterios pueden imaginarse, echaron a andar acompañados del capitán, que parecía tener mucha familiaridad y confianza con don Abraham.

Capítulo 21

Con el bálsamo curóse
a sí mismo las feridas;
de esta manera fablando
facían más corta la vía.

ANÓNIMO

La alegría del león que fuera de su jaula se ve libre de pronto, corre el llano, traspasa el monte y atraviesa el bosque, asombrado él mismo de no hallar pared ninguna que detenga su voluntad, que ora mira al cielo, ora ruge, sacude su melena, corre, para y se estremece de júbilo, no es más viva que la del sabio judío al verse libre de aquella horda de caribes que intentaban devorarle, y él en su corazón no pudo menos de compararla con la que sentirían los israelitas cuando tragó el mar Rojo los ejércitos de Faraón.

—El Dios de Jacob no abandona nunca a sus elegidos —dijo, después de un rato de profunda meditación.

—Bien puedes dar gracias a Dios —respondió el Velludo—, que si no llego a tan buena hora te tuestan como a un cochinillo.

—Sí, amigo mío —respondió Abraham—, veo que tienes a tus órdenes soldados más feroces que los del impío Nemrod; pero tú eres justo y generoso, y quisiera pagarte con algo el servicio que acabas de hacerme.

—Judío —replicó el capitán—, yo conozco tu buena voluntad y te lo agradezco, pero he jurado no tomar premio de nadie sin haberlo merecido; lo que he hecho por ti no ha sido arriesgado, y ya sabes, además, que me iba a mí poco en que te quemaran o no.

—Sí, es cierto —respondió el judío—, pero vosotros los cristianos no hacéis nada por nada, y cuando encontráis algún israelita que desollar, parecéis perros hambrientos en la codicia que tenéis de arrancarle cada uno un pedazo. Con todo, tú te has portado hoy con piedad y has salvado la vida del despreciado judío.

—A mí —repuso el Velludo, mirándole con desprecio— me basta mi espada para vivir holgadamente, y no tengo que andar con brujerías, trampas y engaños para llenar mis arcas como tú y tu raza; cuanto más que, la verdad sea dicha, no soy amigo de despojar al rendido.

Dicho esto cesó la conversación, y largo rato caminaron sin hablar palabra, el Velludo con ademán pensativo y el viejo hebreo dando tal vez algunas órdenes a sus criados en un idioma desconocido para el capitán, mientras el mozo de espuela, que había vuelto a desempeñar su empleo, llevaba la mula de carga del diestro y divertía su camino con sus canciones.

—¿Queda mucho aún para el castillo del señor de Iscar? —preguntó el judío al cabo de algún tiempo.

—Como cosa de un cuarto de legua —respondió el capitán.

—Creo que ha de ser pobre ese castellano —dijo Abraham con indiferencia— y que sus vasallos se reducen a sólo la guarnición de la fortaleza.

—Así es —replicó el Velludo—; pero aunque él y yo no nos queremos mucho, debo decirte que es un caballo como hay pocos, y que su tropa está compuesta de veteranos de nombradía.

—El de Cuéllar tengo entendido que se las puede disputar al rey en poder, ¿no es así? —preguntó el judío.

—Venís bien enterado sin duda para venir de tan lejos; es hombre que puede dar al rey mil lanzas como un hombre solo.

Calló de nuevo el judío, que no parecía poner el mayor interés en la conversación, y el capitán, que no era hombre de muchos recursos para sostenerla, calló asimismo, y anduvieron algunos minutos sin otro ruido que el canto del guía y las palabras que usaba de cuando en cuando para arrear las caballerías.

Serían entonces las dos de la tarde y el calor era irresistible. El hebreo, que basta entonces, en el exceso de su alegría, no había cuidado de sus heridas, empezó a sentir tales dolores en sus espaldas que no pudo menos de tirar del freno a la mula y pararse para echar pie a tierra. Su voz detuvo a su comitiva, que caminaba delante, y volviendo todos la cabeza a ver qué les quería, le vieron cambiado enteramente el color, casi exánime y sin tener fuerza apenas para apearse. El Velludo, que iba a su lado, le ayudó a desmontarse tomándole entre sus brazos y le condujo al pie de un árbol, que hacía alguna sombra allí a un lado, con la misma soltura y facilidad que si fuese un niño chiquito. Los demás echaron también pie a tierra, y entregando al mozo de mulas las caballerías, se sentaron a su alrededor.

—Benjamín, amigo mío —dijo el hebreo con voz muy debilitada y flaca, dirigiéndose a uno de sus criados—, tráeme esa calabaza que va colgada del arzón de la silla, en que llevo cierto licor precioso que me fortificará y dará aliento para seguir el camino.

El criado se levantó para obedecerle, y habiéndole traído la calabaza, el judío bebió un trago y pareció recobrarse.

—Es mucho hombre mi buen Zacarías —exclamó el capitán, mirando la espalda desnuda del judío, que se quitó en seguida su gabardina—. Por la Virgen de Covadonga, que sólo ese maldito hipócrita tiene alma bastante para cometer semejante infamia. Si siquiera te hubieran matado de un golpe, pase, eso lo haría cualquiera; pero agujerearte de esa manera, voto a Santiago que no se me hubiera ocurrido nunca.

En efecto, la espalda del judío estaba listada de la sangre que había corrido de cuatro o cinco pinchazos que en diferentes partes tenía. Ninguno era más hondo de medio dedo, pero la sangre se había amontonado y coagulado allí, y los labios que había abierto el cuchillo estaban ya negros, al mismo tiempo que la parte sana había tomado un color cárdeno como el de un lirio. Todos los criados del judío hicieron grandes pasmos al ver a su amo tan maltratado, mientras éste, ya más repuesto, con estoica imperturbabilidad no daba siquiera un quejido, no obstante los agudos dolores que le afligían.

—Lavadme esas heridas con este mismo licor —les dijo, alargándoles la calabaza. Lo que habiéndose ejecutado, hizo algunas hilas de su camisa, y mojándolas en el bálsamo mandó que las entrasen en los agujeros.

Hecho esto, volvió a vestirse con mucho sosiego, dejando admirado al Velludo de su serenidad y manera de curarse que había tenido, y montando otra vez cada uno en su mula prosiguieron su camino en silencio.

El primero que te rompió fue otra vez el judío.

—Calor hace, amigo Velludo, pero tú ya estarás acostumbrado. ¿Hace muchos años que andas en este país?

—De aquí a un mes, para el día de la Virgen de septiembre, hará ocho años —respondió el capitán.

—Mucha fama tienes en todos estos contornos —añadió el judío—, y siento a la verdad que sea…

Abraham se detuvo al llegar aquí, como si temiera desagradar al Velludo finalizando su frase; pero éste, mirándole con cierta sonrisa desdeñosa:

—Acaba —dijo—. ¿Sientes que sea de un capitán de bandidos, no es esto?

No pudo menos el judío de estremecerse del tono irónico del Velludo, que había entendido tan perfectamente lo que dejó por decirle, y aquél prosiguió diciendo:

—Si tú, mal hebreo, mirases los hombres por lo que hacen y no por lo que de ellos se cuenta, cualquiera mala opinión de mí que te hubieran hecho concebir por ahí debías haberla mudado al ver mi comportamiento.

—Yo te juro y te protesto —respondió Abraham— que no he querido decir lo que tú has supuesto.

—Basta de eso —repuso el Velludo con aspereza—; a vosotros los judíos os sucede lo que a las mujeres: que no tenéis más que lengua y no podéis ofender.

Abraham cambió la conversación y continuó:

—He oído decir que ha habido época en que has tenido a tus órdenes mil quinientos y aun dos mil hombres.

—Así es —repuso el Velludo—, pero no todos los tiempos son unos.

—Eso habrá sido cuando las revueltas del rey don Sancho contra su padre. ¿Te decidiste tú por algún partido?

—Por los dos y contra los dos muchas veces, conforme me convenía.

—Ahora —prosiguió el hebreo preguntón— no podrías poner tanta gente sobre las armas.

—¡Oh! Y más; lo que me falta es dinero para mantenerla, pero dejar que se dé el grito por los Lacer…

—¡Chis! —interrumpió el judío, poniendo el índice de su derecha en sus labios, indicándole que callase—. Tras de una piedra se suele esconder un hombre —y volvió a un lado y a otro la cabeza como receloso—. El señor de Cuéllar creo que es muy temido en estos contornos —continuó preguntando.

—Será temido de quien le tema —respondió el Velludo con altivez.

—Ya; pero si aquí… supongamos, lo que sin duda está lejos de suceder, si aquí se sublevara algún pueblo o más, él solo con su gente bastaría quizá a sofocar la insurrección. ¿No es cierto?

—Lo que él había de cuidar sería de no perecer en su intento si tal trataba —respondió el capitán, y más si andaba en la danza quien yo me sé.

—¿Y por qué?

—Porque sí —repuso el Velludo—; porque si tú tienes tus secretos, también yo tengo los míos; y ahora, adiós, que ya aquí nada tenéis que temer y yo me vuelvo con mi partida.

—Loado sea el Dios de nuestros padres que al fin de tantos peligros nos ha traído a puerto de salvación —dijo el judío a tiempo que llegaron al pie del cerro sobre el que está fundado el castillo de Iscar—. Buen hombre —continuó, dirigiéndose al capitán—, no te vayas, que no se ha de decir que te apartaste de mí sin darte siquiera una pequeña prueba de mi agradecimiento. Toma esta caja —añadió, alargándole una muy pequeña de madera llena de un ungüento aromático—, ahí tienes lo que no se compra con todo el oro de Salomón. Si alguna vez te hieren, por peligrosa que sea la herida, no dudes que al momento se cerrará con solo que apliques un poco de esa composición milagrosa.

—Hombre habría —respondió el Velludo— que sería más escrupuloso que yo en aceptar tu regalo y que daría por cierto que había en él algo de magia, lo que yo ni dudo ni creo. Pero a mí me parece que me lo das de buena gana y no debo desconfiar de ti.

—Yo te juro que todas las coronas de los monarcas del mundo no pagan las virtudes que encierra ese ungüento. Es una de las bendiciones que Dios se sirvió echar sobre su pueblo.

Diciendo así, tornaron a despedirse; el Velludo se guardó su caja en el gorro, y alejándose de ellos se perdió al momento de vista, entre tanto que los viajeros, después de haber respondido a la señal del castillo, empezaron a subir la eminencia.

El centinela que les dio la voz de alto comunicó a Nuño la respuesta del judío, diciéndole que era un médico extranjero que pedía permiso para hospedarse hasta que refrescase la tarde y pudiese seguir con más comodidad su camino.

—Ese será algún charlatán —dijo el Cantor, que acertó a estar por allí— y que vendrá ahora a echarla de médico.

Basta que el poeta dijese que era un charlatán para que Nuño sostuviese lo contrario.

—¿Y de dónde sacas que ha de ser un charlatán? —replicó lleno de enfado—. No sabéis más que poner faltas. Pues yo estoy seguro que te equivocas, y apostaré ciento contra uno a que es un excelente médico.

—Tan sabio como tú. ¡Ja! ¡Ja! —respondió el Cantor soltando una carcajada.

—No, será un burro; basta que tú lo digas —respondió Nuño con cólera—. El demonio del mentecato, ¿pues no se le ha metido en la cabeza que ha de entender de todo?

—No se puede hablar contigo —respondió el poeta sin reírse de tus necedades.

—Ni contigo —repuso Nuño— sin rabiar. Bajad el puente levadizo y que entre —prosiguió, dirigiéndose al centinela—, y veremos si es o no tan buen médico como me pienso.

—Mira, lo que te encargo es que experimentes su ciencia en otro primero que en don Hernando —dijo el poeta—, no sea que…

—Haré lo que me dé la gana —replicó Nuño.

Con esto, y habiéndole obedecido la tropa, el judío, sus criados y caballerías entraron en el castillo, con grande asombro del Cantor, que al ver la desenvuelta frente y aspecto pensativo de don Abraham, no pudo menos de temer verse chasqueado en su contienda con Nuño, de lo que éste en adelante no dejaría de aprovecharse para zaherirle.

Capítulo 22

E llegado al puerto de Alejandría,
el físico astrólogo en ella salía,
e a mí fue llegado cortés con amor.

ALFONSO X, El lib. del Tesoro.

El judío subió a un salón del castillo acompañado de Nuño, adonde a poco rato le sirvieron algunos refrescos y varios manjares que satisficieron su apetito y apagaron su sed. Hecho esto, pidió ver al señor de la fortaleza, de cuya enfermedad le había informado ya Nuño mientras comía, dando rienda suelta a su deseo de hablar en la detenida pintura que le hizo del estado peligroso de don Hernando. El judío le había escuchado en silencio, y luego que hubo acabado Nuño, salieron del cuarto y se encaminaron a la habitación del herido.

Acababa éste de salir de uno de aquellos delirios que le sacaban fuera de sí, y estaba entonces con bastante razón para responder acorde y tomar parte en cualquier conversación, por lo que el sabio hebreo se acercó sin temor a su cama, y después de las generales de entrada, palparle la frente y tomarle el pulso, se sentó junto a él a la cabecera.

—Tu mal —le dijo— proviene más de la agitación en que está tu espíritu que de ninguna indisposición física, y lo primero que hay que hacer ahora es cortar la calentura, para acudir después a los remedios que necesita tu alma.

—El remedio único es la venganza —respondió el enfermo—, y no hay médico que me cure si no puede proporcionarme los medios de satisfacerla.

—Quizá te traiga yo ese remedio —replicó el judío—, y tal vez tengo en mi mano el darte lo que tú más deseas.

—¿Sí? —repuso el señor de Iscar, incorporándose en el lecho—. Pues devuélveme el honor y haz que lave el borrón que sobre mí tengo con la sangre de mi enemigo.

—Sosiégate y no pienses por ahora en eso —respondió el médico—; primero es curarte, y después veremos lo que hemos de hacer.

Y habiéndole traído uno de los criados una copa con agua, sacó de un bolsillo de su gabardina un pomito de barro oloroso que destapó, y echó en la copa dos o tres gotas de algún elixir que contenía, hecho lo cual lo revolvió algunos minutos con una pluma y se lo dio a beber al enfermo. Mandó en seguida que le arropasen bien y cerrasen las puertas sin dejar entrar a nadie, encargando sobre todo que no se metiese ruido por allí cerca, pues el herido iba a hacer un sueño, que si no era interrumpido le daría la salud.

Obedecieron todos sus órdenes y salieron cuantos allí estaban, menos Nuño que se encargó de velar a su amo por si despertaba o necesitaba de alguna cosa.

Pasáronse así cuatro horas, que don Hernando durmió de un tirón, y cuando Nuño salió a avisar a don Abraham que viniese, halló al enfermo fuera de todo peligro, recobradas en parte las fuerzas y deseando saltar de la cama.

—Voto a Luzbel —dijo cuando vio entrar al médico—, que cura más milagrosa no se ha hecho en la vida; voy a levantarme de la cama ahora mismo, y mañana creo que ya podré montar a caballo.

—Y en seguida mandar que te abran la sepultura —respondió con mucha calma el judío—. Si tal hicieras creería que lo habías hecho por quitar la fama al médico y que eras hombre desagradecido.

—¿Conque todavía tengo que estarme aquí un mes? ¡Cuerpo de Cristo, que más quisiera en ese caso haberme muerto y estar ya comido de los gusanos!

—Sosiégate —repuso Abraham—, que pronto te has de alegrar de estar vivo, más de lo que tú crees.

—¿Y mi hermana? ¿Y el ladrón de Saldaña? ¿Y mi venganza? ¿Qué medios son, judío, esos que me prometiste para vengarme de mi enemigo?

—Ya veo —replicó Abraham— que tu enfermedad ha degenerado en locura, y en ese caso es inútil hablarte de la comisión que me ha traído a tu castillo.

—¿Una comisión? —preguntó el señor de Iscar con extrañeza—. ¿Una comisión? Tú, un médico, ¿para mí? ¿Tal vez de Aragón? Acaso… Pero no, el que yo esperaba no es médico.

—Hay muchos que son más de lo que parecen —replicó el judío— y otros que parecen lo que no son. Con todo, lo esencial ahora es que recobres tu juicio, y hallarás tal vez en mí al que aguardabas.

—¿Eres tú el judío don Abraham, mensajero del rey de Francia y del de Aragón, y a quien me dijeron habían encargado que se avistase conmigo?

—Ciertamente, el mismo —respondió el judío—, y aquí tienes —añadió, alargándole unos pergaminos que traía enrollados en la mano izquierda— los títulos de mi embajada.

—No, te excusas de dármelos —replicó el caballero—, porque no sé leer y, además, te creo como si lo leyera.

El judío le echó una mirada entreverada de desprecio y lástima, como apiadado de su ignorancia.

—Así es —le dijo—; vosotros, los caballeros cristianos, desdeñáis cultivar la parte más noble y en que más semejanza tiene el hombre con la divinidad, y os ejercitáis en juegos de fuerza y en los demás oficios en que más relaciones tiene con los animales.

—Palabras son esas —respondió el caballero mirándole— que si no las hubiese dicho mi médico y mi aliado le había de haber costado a otro cualquiera una hinchazón de pescuezo; pero las has dicho tú y te perdono, además, por lo poco entendidos que sois los judíos en lo que nosotros llamamos honra.

Dicho esto, Abraham, sin responder palabra, empezó a leer, traduciendo del latín, los encargos principales de su comisión, que reducidos y compendiados venían a ser los siguientes: «Primero, verse con los conocidos por enemigos de Sancho el Bravo; segundo, hablarles de los Lacerdas, hijos del príncipe don Fernando, y obligarles a tomar las armas en su favor contra don Sancho, a quien se debía destronar, proclamando por su rey al mayor de los dos hermanos, sin duda por aquello de que no nos ha de faltar nunca rey que nos mande ni Papa que nos descomulgue; y tercero y último, encomendar el mando de las tropas leales al que eligiesen los principales caudillos, haciendo de modo que esta elección cayese en don Hernando de Iscar, a quien seguramente mirarían todos como a su jefe.»

Todas estas determinaciones y otras varias estaban tomadas por dos reyes al parecer en paz con don Sancho, puesto que su nombre no andaba, como se suele decir, de oficio en ninguna de ellas, y ellos podrían echar el cuerpo fuera cuando todo saliese mal, lo que hacía algo peliagudo el cargo del diplomático.

Tal era esta intriga, que prueba lo antigua que es en el mundo esa tan poderosa ciencia de la mentira, la tramoya y la desvergüenza, que ha valido tanta fama a un príncipe alemán de nuestros días y a otros varios manufactureros de protocolos.

Era nuestro judío uno de aquellos hombres a quien, si hubiera vivido en nuestro tiempo, hubiéramos honrado con el título pomposo de grande hombre, y que no habría dejado de dar que hacer últimamente y de medírselas con el veterano Talleirand (o por otro nombre el embrollo personificado), a haber tenido la dicha de vivir en este siglo y la sobre todas digna de envidia de ser miembro de la conferencia de Londres. Sabía perfectamente la cuenta que le esperaba s su empresa probaba mal, en cuyo caso tanto Su Majestad Monsieur rey de Francia como su alteza el de Aragón le dejarían en las astas del toro, sacrificándole, si era preciso, para que no se interrumpiese en ninguna manera la buena armonía que reinaba entre estos dos monarcas y el de Castilla.

Figurábase, además, el astuto hebreo que su amo, el de Aragón, quería mejor hacer mal al de Castilla que proteger a los de la Cerda, a quienes tenía encerrados en Játiva, más en calidad de presos que de príncipes aliados, y así por esto como por no exponerse había tomado sus medidas para complacer al que le enviaba y no perder la cabeza en caso de que estallase a mala hora la proyectada conjuración.

Muchos eran, no obstante, los partidarios, ya ocultos, ya declarados, de los nietos de Alfonso el Sabio, particularmente en Castilla, donde había de romper la revolución, por lo cual y las buenas tropas que podían aquéllos poner en armas, así como el populacho, en todos tiempos amigo de alborotos y mudanzas, que sin duda engrosaría sus filas, era dudoso a cuál de los dos partidos daría razón la victoria.

Mucho tiempo había pasado desde que comenzó esta trama, y las promesas hechas por segunda mano en nombre del rey de Aragón, ya de ayudarles a mano armada, ya de protegerles en caso de algún revés, habían producido el efecto que se deseaba, animando a los indecisos, fortaleciendo a los tímidos y dando materia a los animosos para que inspirasen confianza a todos y extendiesen voces y noticias que tenían alborotada la gente.

Era el de Iscar, como puede suponer el lector, uno de los primeros y más intrépidos conspiradores contra don Sancho; su valor, y sobre todo la nombradía de su padre, no sólo le habían atraído a la mayor parte de los señores castellanos descontentos de Sancho el Bravo, sino también la atención de los dos reyes sus protectores, que preferían entenderse mejor con él que con ningún otro, y habían comisionado para llevar el ultimátum al sabio judío, no quedando ya otra cosa que hacer que enarbolar la bandera de la rebelión y reunir al momento a los conjurados. Todos ellos estaban dispuestos y prontos para el día que se señalase, y el punto de reunión, siendo el castillo de Iscar, la guerra debía empezarse por la toma del fuerte de Cuéllar, cuyo dueño era el único enemigo temible que había en aquellos contornos.

Cuando Abraham concluyó su lectura y manifestó al de Iscar los muchos recursos con que se contaba, así de dinero como de pertrechos de guerra, la ambición y el deseo de vengarse animaron de tal modo el corazón del intrépido caballero que la alegría le rebosaba por todo su cuerpo, sintió duplicarse sus fuerzas y exclamó lleno de entusiasmo:

—Mañana mismo es preciso romper. Voto a tal que no esperaba yo que fuese tan pronto; pero, en fin, ya llegó el día en que nos veamos segunda vez a caballo.

—Tranquilízate —respondió el judío— y ten más juicio y prudencia si has de encaminar tu empresa a buen fin, porque de lo contrario creeré que no vales para mandar, sino para obedecer, y se lo escribiré así a mi rey.

—Por vida del Cid, maldito judío, que si no mirara a Dios, estoy por hacer en ti un ejemplar castigo —repuso el caballero con ira—; pero…

—Cuanto vas diciendo —replicó Abraham, sin alterarse— prueba más cada vez tu inutilidad para el mando, y ya veo que tus razones desmienten la fama que te reputa de hombre capaz.

El caballero hizo un movimiento incorporándose sobre la cama como si intentara arrojarse al atrevido hebreo, pero reprimiendo su cólera lo mejor que supo, no pudo menos de avergonzarse de sus arrebatos al ver la impasibilidad del judío, cuyos penetrantes ojos, clavados en él, le hicieron bajar los suyos y cambiar de color.

—Tienes razón, Abraham, mi carácter es muy precipitado y a veces injustamente colérico —dijo, después de un largo silencio—. Tú eres más apto que yo para mandar; dirige tú esta empresa, que yo seguiré tus consejos.

—La docilidad en ciertos casos equivale al talento, y en éste servirá para que yo temple con la nieve de mi avanzada edad el ardor natural de la tuya. Conozco tu entusiasmo por la justa causa que defendemos, tu valor y los motivos particulares que te punzan para desear que llegue cuanto antes la hora de la venganza, pero ni tú estás en disposición de calarte el casco, ni están todavía reunidas las fuerzas con que contamos; y no es de tan poca monta el bienestar de la patria que así se arriesgue nuestra causa a perderse completamente y sin esperanza para el porvenir, cuando puede ser casi seguro el triunfo si tenemos paciencia por unos días.

—¡Paciencia! —exclamó, mordiéndose los labios, Hernando—. ¡Cómo ha de ser! Prosigue.

—Paciencia, sí, señor, paciencia —prosiguió el judío—. En primer lugar, es preciso aguardar a que se reúnan los aliados y sepamos así por nuestros mismos ojos la fuerza con que contamos; y en segundo, esperar la respuesta del de Lara, que por costumbre o por gusto no hay año que no se rebele dos veces contra su rey, y a quien el rey de Aragón ha escrito, sabedor de sus disgustos con el de Haro, prometiéndole mil mercedes y el castillo de Albarracín si se pone de nuestra parte. Por lo demás, como nuestro primer objeto debe ser reunir mucha gente, no será malo al mismo tiempo que se trate con el Velludo.

—¿El Velludo? —preguntó el de Iscar con ceño.

—Sí; el Velludo es un capitán de ladrones —prosiguió el judío, sonriéndose—, pero tiene mucho nombre en este país y puede poner de dos a tres mil hombres sobre las armas cuando se ofrezca. Además, es valiente y…

—Por la Virgen —gritó Hernando, sin poder contener su cólera—, que no me habléis de semejante canalla, y juro a Dios que no me meta yo en nada y eche todo a rodar si tal bribón ha de venir a alternar conmigo. ¡Infame! Que le he de ahorcar a él y a todos los demás de su cuadrilla o me he de borrar el nombre que tengo. Abraham, mira bien lo que dices, porque esa gente ni tiene ley ni rey, y en cuanto a valientes, el caballero de menos ánimo es capaz de hacer correr en campo abierto mil juntos de esa villana ralea.

—Tienes razón —replicó el judío, luego que Hernando desfogó su cólera—, y sé también que tienes motivos muy justos para aborrecer al Velludo; sé, además, que cierta clase de gentes hacen más daño que provecho en cualquier partido a que pertenezcan; pero, sin embargo, la mucha gente es necesaria cuando se trata de pelear, y el Velludo, aunque a la verdad sea un ladrón, no deja de tener cualidades bastante raras en los de su oficio. Es valiente, sagaz, y yo tengo una prueba reciente de la bondad de su alma.

—No me hables más de ese hombre o reñimos —repuso el señor de Iscar con ímpetu—. Por vida de… ¿reunirme yo con un bandido? ¡Oh! Es demasiado exigir, cuanto más que, aunque por mí no fuera, no habría un noble que no se apartase de nuestro partido en cuanto supiese que semejante canalla componía parte de nuestro número.

—Muy equivocado estás —respondió el judío sonriéndose—; al contrario, ellos mismos han sido los que me han probado la necesidad que tenemos de él.

—Pues entonces digo que tales caballeros no lo son y que no hay que contar conmigo —replicó don Hernando con entereza.

—En ese caso —repuso el judío— quiere decir que abandonas tu propia causa y te olvidas del testamento de don Alfonso, que dejando a sus nietos por herederos os obliga a los grandes a sacrificar todo en defensa de sus derechos legítimos.

—No es eso, no me separo; pero quiero decir que yo solo tomaré las armas y me declararé contra don Sancho sin necesidad que nadie me ayude.

—¿Y tu venganza?

—¡Mi venganza! —exclamó Hernando—. ¡Cómo ha de ser! La tomaré yo solo o moriré.

El tono con que pronunció estas palabras dio a conocer al judío el carácter duro y tenaz del hombre con quien trataba, por lo que sin hacerle más reflexiones cambió de conversación.

—Paréceme —dijo— que dentro de quince días a lo más tendremos reunida toda nuestra gente de guerra. Es preciso empezar cuanto antes, porque o don Sancho está ya en Valladolid, o debe llegar hoy mismo, pues creo que tiene algunas noticias de nuestra trama.

—Ya he dicho —dijo el de Iscar— que si por mí fuera saldríamos a campaña mañana mismo. Esta noche debe llegarnos algún refuerzo y varios nobles de las cercanías con la tropa que han reclutado. Don Sancho tiene entretenida la mayor fuerza de su ejército en Andalucía, donde andan revueltos los moros, y la guarnición del castillo de Cuéllar, aunque bastante numerosa, ni es temible ni tiene un buen jefe, a no ser que Sancho Saldaña saliese menos herido de lo que yo creo de nuestro desafío.

—Calma en determinar y mucha expedición y presteza en la ejecución es lo que nos es ahora más necesario —repuso el hebreo—; sobre todo yo es preciso que vea esta noche a esas gentes que aguardas, y tú que descanses y que tu espíritu se sosiegue, si has de tener parte en nuestras deliberaciones.

—Pienso que no dejaría de ser útil enviar un expreso a los otros que han de venir mañana a fin de que apresuren su marcha.

—Estoy en ello. ¿Pero tienes algún hombre de tu confianza que… ?

—Mi fiel Nuño, por quien pondría las manos en el fuego, seguro de no quemármelas.

—Me parece un poco hablador —replicó el judío—, y podría quizá charlar más de lo que fuera conveniente.

—No temas por eso —respondió el caballero—, que yo salgo fiador de su silencio. Tú que sabes escribir le darás por escrito los mensajes que ha de llevar a los que yo te diré que saben leer, que creo son dos o tres, y en cuanto a los otros, él tiene buena memoria y se los dará de palabra.

El judío meneó la cabeza en señal de que convenía, y Hernando llamó a su fiel Nuño, cuya voz se percibía en otra sala, como si mantuviese alguna disputa muy acalorada con un enemigo no menos testarudo que él. Los gritos eran tales que hubo de llamarle su amo dos o tres veces antes de recibir ninguna respuesta, hasta que por fin se le vio entrar todavía sudando, sin duda de lo mucho que había gritado.

—Hay una comisión que desempeñar, mi buen Nuño —le dijo Hernando—, y de aquellas un poco arriesgadas que a ti te gustan.

—Así es, señor; vuestro padre siempre me escogía cuando se trataba de algo en que hubiese peligro. En el año de mil…

—¿Hay algún tintero en el castillo? —interrumpió el de Iscar.

—¿Tintero? —repitió con mucha extrañeza Nuño—. Por vida mía que es instrumento de que he hecho muy poco uso en mi vida. Tengo cerca de setenta años y creo que no he visto más que uno, que es el que tiene nuestro capellán.

—No hay para qué buscar tintero —replicó el judío—; yo traigo aquí el mío, que gracias a que es de cobre no se me ha estropeado en mis últimas aventuras. Voy al cuarto donde he comido y escribiré; tú puedes dar los recados de palabra a este hombre —continuó, dirigiéndose a don Hernando—. La oscuridad va entrando, y a mi ver ha de ser ya cerca de prima noche a lo menos. De aquí a una hora podrá ponerse en camino, que ya tendré yo escritas las cartas.

Dicho esto salió de la habitación, dejando a Nuño con su señor, quien le enteró de todo con mucha satisfacción del buen viejo, que casi lloraba de gozo al ver cuán cerca estaba el día de volver a enristrar lanza, y al mismo tiempo muy pagado de la confianza que su señor le hacía encargándole tan importante misión.

Capítulo 23

CAPITÁN
Este bastón, por quien todos
unánimes te obedecen,
es la respuesta que traigo;
ya nuestro caudillo eres.


DUQUE
Gustoso, amigos, lo admito,
y tanto me desvanece
el mandar soldados tales,
que a las vuestras y a mi frente
el verde desdón de Dafne
aun no fecunda laureles.

Todavía no empezaba a amanecer cuando el sonido de una trompeta anunció la llegada al castillo de las tropas que se aguardaban, y, el centinela habiendo dado el aviso, bajaron algunos hombres de armas a reconocerlas. Comunicada la seña con que se entendían los conspiradores, se echó el puente levadizo al momento, y de allí a poco resonó el patio del castillo con las armas y estrépito de hombres y de caballos que traía, en número de doscientos y otros tantos de a pie, el joven señor de Toro, que, descontento del rey, había abrazado el partido de los de la Cerda.

Otros varios señores fueron llegando asimismo, ya con más, ya con menos número de tropas bajo su mando, de suerte que el castillo se transformó en poco tiempo de un lugar de retiro, guarnecido de algunos pocos veteranos, en una ruidosa plaza de armas llena de soldados de todas partes y donde todo era entusiasmo, voces y preparativos de guerra. Colocáronse todos lo mejor que pudieron en las anchas cuadras del fuerte, (que por el corto número de la guarnición estaban desocupadas), con grande alegría de todos, que, aunque la mayor parte sin saber fijamente por qué era aquel movimiento, presumían que iba a haber guerra, y esto bastaba para tenerlos contentos.

Luego que amaneció dejó el judío la cama en que haría dos horas que se había acostado, y después de recorrer las cuadras e informarse del número de tropas que había venido, pasó al cuarto del enfermo, a quien halló tan convalecido que le dio permiso para que se levantase cuando quisiera. No aguardó don Hernando a que se lo repitiese segunda vez, sino que saltando en el mismo instante del lecho, empezó a vestirse al momento tan alborozado y alegre como un niño que va a estrenar un vestido.

Cuando hubo acabado tomó el brazo del Cantor, y razonando con el judío, que le acompañaba, salieron juntos del cuarto y se dirigieron a otra sala, en donde estaban reunidos los jefes de las tropas recién llegadas. Todos se pusieron en pie, en cuanto entró, para saludarle; su rostro noble y su marcial continente le daban cierto aire de superioridad dondequiera que se presentaba. Añadíase a esto su palidez y la fama del combate que había sostenido con Saldaña, y en que había peleado con tanta igualdad con un hombre que tan nombrado era por sus fuerzas y extraordinario valor, todo lo cual aumentaba el respeto y el interés que su gallardía y noble ánimo podían inspirar por sí solos.

—Caballeros —dijo, después de sentarse en un sillón que un paje le había acercado—, a grande honra tengo que mi castillo haya sido elegido por punto de reunión de tan intrépidos capitanes. Nada tengo que deciros de la justicia de nuestra causa ni de las grandes ventajas que puede prometerse Castilla si la victoria protege, como es de esperar, nuestros estandartes y estando determinados a vencer, que así será sin duda con poco que ayude la suerte nuestra osadía. Paso en silencio los grandes recursos que nos ofrecen el rey de Aragón y el de Francia, con cuya amistad y alianza sé que podemos contar fijamente, porque no hay necesidad de dar ánimo a corazones tan generosos como los vuestros, y sólo creo que debemos determinar cuándo y con qué hecho de armas hemos de dar principio a empresa de tanta gloria. Vosotros, entre quienes veo con gusto capitanes cubiertos de canas y cicatrices, ilustres guerreros llenos de valentía y de experiencia, vosotros debéis decidir en materia tan ardua, puesto que del principio de nuestras operaciones depende, sin duda, el buen éxito de nuestros planes.

En diciendo así tendió la vista a su alrededor, miró después al judío, que, a un lado, parecía muy pensativo, y aguardó a que alguno diese su parecer sobre la cuestión que les había propuesto. El primero que tomó la palabra fue el judío, y dijo:

—Valientes capitanes, generosos defensores de la orfandad desvalida, si mi barba blanca como la de nuestro padre Abraham…

Todos hicieron un gesto de desagrado, y el judío prosiguió:

—Si mi carácter de enviado de los dos poderosos reyes de Aragón y de Francia me da derecho para hablar delante de vosotros y dar mi parecer acerca del primer paso que ha de darse al estallar nuestra conspiración, faltaría yo a la confianza que hacéis de mí si os ocultase mi opinión o la disfrazase por miedo de disgustaros. Empero, cuando contemplo delante de mí tantos y tan ilustres campeones criados en las armas, maestros en ardides de guerra y tan famosos por su valor como por su experiencia, no puedo menos yo, un pobre judío, que ha dedicado toda su vida al retiro y al estudio de las ciencias, que por su religión y su clase no puede jamás compararse con el más ínfimo de vosotros…

Los ojos de todos se volvieron a él con desprecio.

—No puedo menos, repito, de turbarme, y me faltan palabras con que expresarme, asombrado yo mismo de mi atrevimiento. Pero como el bien de la causa que defendéis es sin duda el único móvil de mi temeridad, paréceme que me siento con fuerzas bastantes para superar tamañas dificultades, así como el joven David se halló súbitamente con bastante espíritu para luchar con el gigante filisteo. Est Deus in nobis, puedo yo decir ahora como el poeta. Cuán apreciable cualidad sea la del valor no hay para qué decirlo, y mucho menos cuando no se trata de animaros, sino, al contrario, de contener vuestro brío y dirigirlo por el camino más seguro, aunque no tan recto, de la prudencia. Los grandes varones de la antigüedad, como Escipión…

Aquí el señor de Toro no pudo reprimir por más tiempo el desprecio que le inspiraba el judío.

—Perro hebreo —le dijo—, saca ejemplos cristianos y no me vengas ahora a contar lo que hicieron esos paganos.

El señor de Iscar y algunos otros no pudieron menos de reprender en voz baja al caballero que así interrumpía y faltaba al respeto a un enviado nada menos que de dos reyes tan poderosos, y el judío, sin mirarle ni inmutarse, continuó:

—En todos tiempos la astucia ha ganado más batallas que el valor, y es seguro que aquélla sola puede mucho y éste por sí solo puede muy poco, así como el triunfo es indudable si una y otro caminan juntos. El mayor enemigo nuestro en este país y el que, sin duda, se opondrá a nuestra marcha decididamente es el conde de Saldaña, señor del castillo de Cuéllar. Este castillo, inexpugnable a mi entender por la fortaleza de sus murallas, cuenta, además, dentro de ellas con más de ocho a diez mil hombres de armas que le guarnecen, y puede, en caso preciso, contener otros tantos en pie de guerra si su señor quiere armar a los jóvenes de la ciudad. Ya veis, señores, que apenas contamos nosotros con la mitad, pero no creáis que esta razón y otras muchas que por ahora callo las presento con intención de que retardéis vuestro alzamiento; al contrario, sé muy bien que tal demora, lejos de estar en nuestro provecho, estaría en el de nuestros enemigos, que así tendrían más medios de prepararse; y no se me oculta que es ya demasiado pública nuestra conjuración para volver el pie atrás o hacer alto en nuestro camino. Conozco, además, nuestro riesgo si, como se suena, es verdad que Sancho IV ha despedido las Cortes en Sevilla, noticioso de nuestros intentos, y ha emprendido su marcha a Valladolid; pero todos estos peligros, lejos de desalentarnos, deben inspirarnos más ánimo. Sólo es preciso que la astucia supla nuestra falta de fuerza. Ver de introducirse en el castillo de Cuéllar, a lo cual yo mismo me ofrezco, no para contar los soldados ni el número de troneras que hay en él, sino para buscar allí dentro aliados que nos lo entreguen si puede ser sin el menor riesgo de nuestra parte, buscar amigos en la corte del mismo don Sancho, entre los que más le parezcan suyos; en una palabra, socavar sigilosamente el alcázar de la tiranía para levantar sobre sus ruinas el templo de la libertad; tal me parece que debe ser nuestro primer objeto. Nuestras tropas entonces hallarán auxiliares en todas partes, los triunfos que sin duda se han de alcanzar reforzarán el espíritu del soldado y nuestros enemigos, peleando en un terreno en falso, se hundirán y serán raídos de la haz de la tierra como las espigas desaparecen en montón bajo la hoz de los segadores. Este, a mi entender, debe ser el primer paso que ha de darse, y que facilitará cuantos en adelante se den, y para esto deben buscarse hombres de resolución y que merezcan nuestra confianza. Yo el primero, a despecho de mi edad y de mi natural pacífico, tomo a mi cargo introducirme en el castillo de Cuéllar, en donde, a riesgo de mi vida, desempeñaré mi comisión y os probaré que un judío sabe, tan bien como un caballero, arrostrar el peligro con serenidad.

Admirados quedaron todos, más de la resolución del judío que de su discurso, y aunque muchos pusieron mala cara a la última fanfarronada, todos unánimemente aprobaron su parecer.

Trataron en seguida de algunas disposiciones militares los puntos que habían de acometer, si habían o no de dividir sus fuerzas y si habían de esperar hasta reunir mayor número de tropas para el alzamiento. Los más de ellos fueron de opinión de no hacer nada hasta que todos los conjurados estuviesen reunidos, a despecho del de Iscar, que, deseoso de libertar a su hermana y vengarse de su robador (lo cual aumentaba la natural impetuosidad de su genio) quería romper al momento sin esperar más, y se valió de cuantas razones supo para atraerlos a su parecer.

Estando todavía en esta disputa llegó un propio de Valladolid con la noticia de que el rey acababa de llegar de Sevilla, sabedor acaso de la revolución que se tramaba, lo cual puso a la mayor parte de los caballeros en mucho cuidado y algunos de ellos cambiaron de color; sólo don Hernando vio un motivo más para apresurar el rompimiento, y el judío, con su acostumbrada sangre fría, apoyó entonces su proposición.

Capítulo 24

REY
¿En fin, vos sois en la villa
quien al mismo rey no da
dentro de su casa silla?
… … … … … … .
¿Vos quien como llegue a vello
partís mi cetro entre dos,
pues nunca mi firma o sello
se obedece sin que vos
deis licencia para ello?
… … … … … … .


DON TELLO
¡Cielos, con tal deshonor!
¡a mí ultraje tan infame!,
¡que para esto el rey me llame!


Rico hombre de Alcalá

La crónica de que copiamos, o por mejor decir extractamos, esta verdadera historia cuenta que el rey don Sancho se hallaba, en efecto, en Valladolid, tal como había referido el propio que avisó a los conspiradores. Las noticias que en Sevilla tuvo del próximo alzamiento en Castilla a favor de don Alonso de la Cerda, que ya se nombraba rey, le hicieron suspender las Cortes y aproximar su vuelta a Valladolid con el menos aparato posible: sólo le acompañaban su esposa, doña María; el de Lara, rival del señor de Vizcaya, y los que componían su consejo; tal prisa metían las nuevas que recibió.

En efecto, la protección que Felipe, rey de Francia, concedía a sus dos primos, así como la del de Aragón, no pudo menos de disgustarle sobremanera, y mucho más viendo lo revueltas que estaban las cosas de su reino, que no sólo le desobedecían sus enemigos declarados, sino que sus amigos (y en particular don Lope de Haro), cada día se le hacían más temibles, abrogándose derechos y facultades que estaban muy lejos de pertenecerles.

Sufría el rey con paciencia y disimulando su natural altivez las altanerías de este favorito, que había en otro tiempo tomado tanto influjo en la corte, que llegó a proponer a don Sancho anulase su casamiento con doña María y tomase por mujer a su sobrina Guillerma, hija de Gaston, vizconde de Bearne, con lo cual, y porque el rey no se negó abiertamente a semejante proposición, se ensoberbeció de modo que no se tuvo por menos que él y andaba propalando en todas partes la próxima boda, tratando mal a sus iguales, y haciéndose insufrible con su orgullo y su presunción.

No era Sancho el Bravo de aquellos reyes a quienes la adulación presta pomposos títulos que bajo ninguno merecen, y el renombre de Fuerte que llevaba lo había ganado sin duda.

Había ya quitado a don Lope gran parte de su favor que dividía asimismo con el de Lara, pero la apurada situación en que se veía, el genio inquieto de aquél, y más que todo el colosal poder del de Haro, le hacían temer que reuniéndose estas dos casas, cabalmente las dos más poderosas del reino, le declarasen la guerra y le destronasen tal vez, aprovechándose de la avenida de males y guerras que por tantas partes a un tiempo le amenazaban. Astuto y sagaz en extremo, preveía las fatales consecuencias de semejante alianza, por lo que a la muerte de don Alvar Núñez de Lara concedió la privanza a su hermano don Juan para que el poder de esta familia contrapesase el del señor de Vizcaya, suscitando continuamente rivalidades entre ellos, a lo que contribuyó no poco su esposa con sus sabios consejos y su prudencia.

Tal era, en compendio, el estado crítico de los negocios, y en tan deshecha borrasca vagaba don Sancho a impulsos del viento de la fortuna, con gran peligro de que zozobrase su navío, a pesar de su destreza, actividad y bravura.

Reunidos estaban en palacio esperando al rey para deliberar acerca de tan importantes materias muchos de los miembros de su consejo, entre los cuales había varios ricoshombres, arzobispos, obispos y otras dignidades del reino, muy entretenidos al parecer en una conversación que el lector nos permitirá referírsela, cumpliendo con nuestro oficio de historiadores.

—Desengañaos, señor López Salcedo —decía un obispo grueso y muy colorado, que luego se supo que lo era de Plasencia—. El señor de Haro ni habría venido aquí ni estaría tan orgulloso si no fuese cierto que su alteza va a anular su casamiento con doña María, para verificar el cual ya sabéis que no se dispensaron del parentesco. Sine affinitatis dispensatione sponsalia contraherunt.

—Pues yo os aseguro —repuso López Salcedo— que el rey no se separa de doña María aunque se lo prediquen ángeles, y voto a tal que yo hiciera otro tanto, puesto que ella es el primer sostén de su trono.

—¿Sabéis, señores —dijo, acercándose a los dos con mucho sigilo el deán de Sevilla—, que el rey trata de hacer que le vuelva el de Haro los castillos y plazas que le ha usurpado?

—Ya era hora de que le hiciese bajar la cabeza —replicó Salcedo— a ese vanidoso señor que nos miraba a todos como inferiores suyos, y pardiez que he estado más de una vez por atravesarle de una estocada.

—Es fama —añadió el deán— que este cambio lo causa la sospecha que hay de que el de Haro está en inteligencias secretas con don Pedro, rey de Aragón, y auxilia por bajo de mano a los revoltosos.

—Me parece que todos os engañáis —repuso el obispo—; yo apostaría ciento contra uno a que don Lope está más en privanza que nunca, y en cuanto a lo que decís de sus inteligencias secretas con los revoltosos de Castilla, ¿cómo es posible que un don Lope, señor de Vizcaya, se humille hasta el punto de entenderse con una gavilla como esa de hombres perdidos?

—Perdonad, señor obispo —replicó el deán de Sevilla sonriéndose—, yo no he dicho que tal cosa sea cierta; al contrario, si me pedís mi opinión, os diré francamente que estoy muy distante de creer lo que por ahí cuentan.

—Pues en cuanto a mí —respondió Salcedo—, no sé si es cierto o no; pero sé que anda muy equivocado su ilustrísima si cree que son todos los rebeldes gente perdida, porque hay entre ellos caballeros muy principales, y don Lope de Haro, si por eso es, podría entenderse con ellos sin rebajar nada de su alta alcurnia, como ya se ha entendido con el rey de Aragón.

El deán se acercó al oído de López Salcedo, diciéndole que mirase bien lo que hablaba, pues así el obispo de Plasencia como Diego de Campos, que estaba detrás, eran muy grandes servidores y amigos del de Haro y podrían contarle después lo que de él dijese, con grave daño de su interés. Pero el caballero, después de darle las gracias, continuó:

—Acercaos, señor don Diego López de Campos; yo estaba hablando mal del conde don Lope, y como vos sois su amigo, pienso que habéis de tener curiosidad de oírme. Pues, como iba diciendo, las noticias de Castilla son de la mayor importancia, y aquí el señor deán me parece ha de saberlas mejor que yo.

—Yo —respondió el deán con su melosa y cortesana sonrisa— no sé más que lo que todos sabemos; he oído decir que con algunas tropas buenas que se envíen a reforzar el castillo de Cuéllar bastará para hacer entrar a todos en razón, y mucho más ahora que don Lope de Haro ha recobrado el favor de nuestro monarca y le podrá ayudar con todo su poder.

—La muerte de don Alvar Núñez de Lara —repuso el obispo de Plasencia— ha libertado al señor de Vizcaya del único competidor que podría hacerle sombra, y el rey tendrá sin duda que volverle la autoridad que tenía en su corte.

—En prueba de ello —añadió López de Campos— hoy mismo se le aguarda aquí con el infante don Juan, su yerno, que viene a hacer reverencia a su alteza y a acompañarle en su expedición contra los facciosos.

—¿Y quién mejor que él —repuso el deán— puede afirmar la autoridad real, siendo como es el señor de más valimiento en España?

—Señor deán —replicó Salcedo—, os torcéis a todas partes como una varita de mimbre. El de Haro, señores, tiene más de un competidor que le haga frente, y don Juan Núñez de Lara, hermano del difunto don Alvar, puede suplirle aquí y en todas partes con ventaja.

—¡Oh!, don Juan Núñez de Lara —exclamó el deán— no hay duda que es poderoso.

—Esa cuestión quedará hoy decidida —respondió el obispo, con el tono propio de un hombre que sabe muy bien lo que dice—, y ya os he dicho que no hubiera venido don Lope a ver al rey ni andaría tan confiado si no estuviese seguro que va a ocupar el hueco que le corresponde: ad assequendum officium se dotibus commendavit.

—Así es —continuó el de Campos—, y no hay que dudar que vuelve a la gracia del rey, y entonces veremos —añadió, echando una ojeada a Salcedo— quién les vale a los que le han motejado estando caído y quién los ha de libertar de su cólera.

—Vive Dios, señor Diego de Campos —respondió Salcedo—, que si lo decís por mí que os engañáis en mucho, que habéis de saber que yo no necesito que nadie me valga mientras mi brazo derecho no se me desprenda del hombro y cuelgue mi espada de mi cintura, y lo que ahora digo estoy pronto a sostenerlo a pie y a caballo con uno y con veinte que lo contradigan.

—Calmaos, señor López Salcedo —repuso el deán con su acostumbrada sonrisa de benevolencia—; sosegaos, que aquí nuestro amigo López de Campos no lo dijo por tanto.

—Ciertamente —añadió el obispo—, y no ha tenido intención de ofenderos.

—Y si la hubiera tenido… —replicó Salcedo.

—¿Qué hubierais hecho? —interrumpió el de Campos.

—¿Qué? Dejaros tendido aquí mismo.

—Paz, señores, paz —exclamó el deán, colocándose entre los dos.

—Mirad, señores, que estamos en casa del rey —continuó el obispo.

Salcedo se mordió los labios de ira; pero el sitio en que estaban y las personas que allí había presentes le obligaron a contenerse y dejar para luego la cuestión empezada, disimulando en cuanto le fue posible y retirándose del corrillo. El de Campos, aunque tan irritado como él, había aprendido a disfrazar mejor sus sentimientos, y luego que su enemigo se separó, su semblante pareció tan tranquilo como si nada hubiese sucedido desagradable.

—¡Qué genio! ¡Qué genio tiene el tal Salcedo! —dijo el fino deán, encogiéndose de hombros y meneando la cabeza a un lado y a otro luego que se separó.

—¡Oh! Es un hombre insufrible —replicó el obispo—. Silvestris homo, homo bellua.

—Nada tiene de extraño que se enoje —repuso el de Campos—, y mucho más cuando todos sabemos su amistad con los Laras y el odio que tiene a don Lope.

—Yo, la verdad —dijo el deán—, tengo mucho que agradecer al de Lara, pero no dejo de hacer justicia al mismo tiempo al de Haro, y si llega hoy como se dice…

—¡Oh! Se entiende —replicó el obispo con cierta ironía—, no seréis el último que acuda a darle la enhorabuena y a felicitarle por su vuelta al favor del rey.

—No tendré el menor inconveniente en hacerlo —repuso el deán, como si no hubiese entendido la pulla.

En este tiempo la llegada de un mensajero del castillo de Cuéllar que enviaba Saldaña puso fin a la conversación, y habiéndose vuelto todos a ver quién era el que con tanta prisa quería hablar al rey, vieron un joven de desembarazado continente, lindo en extremo y muy bizarramente vestido, que entró en este momento en la sala.

Era el artificioso y mal intencionado Jimeno, que venía de parte de su señor al rey con nuevas de las tropas rebeldes que se reunían en el castillo de Iscar, y que ya habían dado principio a sus algaras y escaramuzas. Rodeáronle todos y empezaron a preguntarle las nuevas que traía, y que el buen paje desembuchó con cierto ademán de importancia, tal como un diplomático suele hacer cuando se le ofrece la ocasión de lucirse en su mentirosa ciencia delante de un numeroso concurso que está colgado de sus palabras.

—El conde de Saldaña —dijo— no ha podido salir aún a correr el campo por no estar todavía enteramente convalecido de sus heridas. Pero el negocio es más arduo de lo que se cree y las fuerzas de los revoltosos son bastante imponentes.

—¿Y quién los manda? —preguntó el obispo de Plasencia.

—Han nombrado por jefe suyo —repuso el paje— a don Hernando de Iscar, y el rey de Aragón creo que les ha prometido socorros. Si pudierais hacer que yo hablase a su alteza en particular, os lo agradecería. Ya sabéis que hay ciertas cosas que no se pueden decir en público, y yo traigo para su alteza una comisión secreta de suma consideración.

—Ya se le ha enviado recado —dijo Salcedo—, y de aquí a un momento entraréis.

—¿Y creéis que basten las fuerzas del conde vuestro señor para sofocar la rebelión?

—Tal vez. ¿Quién puede asegurarlo? Hasta ahora…

—¡Oh! La llegada de don Lope de Haro pondrá todo en orden —repuso López de Campos—, y la sumisión del infante don Juan, su yerno, es un golpe terrible para el partido de los Lacerdas.

—Todo puede ser —replicó el paje, cuya vanidad parecía recrearse en poner en dudas a los grandes señores que le escuchaban.

Un macero que salió del cuarto del rey, habiéndole traído orden para que entrara, hizo que el paje, con su natural descaro, saludara a todos con cierta sonrisa maliciosa de protección, atravesara el salón con la cabeza alta y entrara en la habitación de su alteza.

Estaba el rey sentado en un sillón de marfil adornado de muchos relieves, vestido de una túnica o bata llamada Argate, y en conversación con don Juan Núñez de Lara, que ocupaba otro asiento a su izquierda a cierta distancia como en señal de respeto.

Era de mediana estatura, pero muy noble, de ademán severo, graves y penetrantes ojos y muy osado de aspecto. Llevaba un puñal o cuchillo atravesado en el cinto, que le sujetaba la túnica, guarnecido de piedras que le había regalado el rey de Granada, y que nunca quitaba del cinto en su palacio y dondequiera que estaba.

Cuando entró el Paje volvió a él los ojos con serenidad, suspendió su habla con el de Lara y le preguntó:

—¿Qué nuevas traes y cómo está nuestro fiel servidor señor de Cuéllar? ¿Está ya curado completamente de sus heridas?

El paje bajó la cabeza en señal de respeto, y parándose a unos seis u ocho pasos del rey contestó:

—El señor de Cuéllar hace a vuestra alteza homenaje y aguarda vuestras órdenes en su castillo. En cuanto a las noticias que tengo la honra de comunicar a vuestra alteza, algunas son de palabra y la mayor parte vienen en este pliego, que me encargaron os entregara yo mismo.

Y sacó del pecho unos rollos de pergamino que entregó al rey, después de haberle doblado la rodilla y hecho ademán de besarle la mano derecha, que el rey alargó para recogerlos. Hecho esto se retiró a la misma distancia que antes y, en silencio, aguardó su determinación mientras aquel leía.

No nos detendremos en relatar al lector las nuevas que enviaba Saldaña, reducidas en gran parte a avisar al rey de todo lo referido en los capítulos anteriores. Don Sancho las leyó muy detenidamente pero sin dar muestras de asombro ni de temor; y al concluir de leerlas pasó los pergaminos al de Lara con una desdeñosa sonrisa, como si mirase tan seria rebelión con indiferencia. Su favorito las tomó con respeto y las leyó también para sí mientras don Sancho continuaba su conversación con Jimeno.

—¿Y las que traéis de palabra, buen paje?

—Se reducen, señor —replicó Jimeno—, a deciros que los rebeldes últimamente se han aumentado hasta el número de quince mil hombres, lo que ha obligado a mi señor a mantenerse a la defensiva, contentándose con enviar algunos escuadrones volantes en diferentes direcciones que los entretengan y escaramucen con ellos. Pero como esto solo no es bastante para acabar de una vez con los sublevados, y cada día se declara por ellos alguna ciudad de importancia, mi señor me encarga suplique a vuestra alteza que envíe algunos hombres de armas para poder salir a campaña sin dejar en peligro de ser tomada su fortaleza y combatirlos con igualdad. Aún más, señor, cree que vuestra alteza haría muy bien si fuese en persona mandando las tropas que hubieran de ir, puesto que éste sería el medio más acertado de apaciguar la tierra.

—¿Esto es todo? —preguntó el rey.

—Señor —repuso el paje—, he desempeñado mi encargo.

—Está bien; retírate —replicó el rey—, y di a nuestro leal conde de Saldaña que iremos a verle muy pronto.

Obedeció el paje a la intimación de don Sancho, y luego que estuvo fuera de la habitación, el rey se volvió a su privado, que acababa de leer los pliegos y no mostraba tan buena cara como don Sancho; antes, muy al revés, daba a conocer en su semblante cuán grave le parecía aquel asunto.

—¿No os lo decía yo —dijo el rey— que sólo yendo en persona podríamos sujetar esos jabalíes?

—Ya sabe vuestra alteza que sólo me he opuesto a esa determinación por razones de política, y aun ahora mismo estoy persuadido que el primer paso que debe dar vuestra alteza es hacer que el de Haro entregue los fuertes que tiene en su poder, alzando el juramento a las guarniciones que en ellos tiene, y dándonos las contraseñas para que vuestra alteza obre a su voluntad; de lo contrario iremos a combatir un enemigo temible, dejando otro más poderoso a la espalda, y que puede hacernos más daño.

—Dices bien —respondió el rey—, y para eso nos hemos valido del disimulo, y le hemos llamado hoy a mi corte, de donde no saldrá vivo si no conviene en hacer cuanto exijamos. Ya veis que en esto os damos a vos mismo una seguridad más del aprecio que nos merecéis.

—Hace mucho tiempo que el de Haro trata de suceder a mi hermano en el lugar que él perdió por su demasiado orgullo, y a que vuestra alteza se ha dignado elevarme.

—Ya habéis visto —dijo el rey, que no usaba menos disimulo con el de Lara, y de cuya fidelidad quería asegurarse—, que en esas cartas se hace mención de vos, y que os prometen en nombre del rey de Aragón el castillo de Albarracín en el caso que os declaréis partidario de mis sobrinos.

Diciendo esto le miró fijamente como si tratara de leer en su alma, pero el de Lara sin inmutarse le respondió:

—Vuestra alteza sabe que yo soy libre, como armado que estoy de caballero, para abrazar la causa de cualquiera que tenga a mi parecer razón, aunque sea contra vuestra alteza misma, sin que se me pueda tachar de traidor, pues tales son los fueros de la orden de caballería que profeso. El castillo de Albarracín fue arrancado a mi padre don Juan por fuerza de armas, y aunque yo no cederé jamás de mi derecho, como ahora no se trata de recobrar aquel fuerte, sino de defender vuestra corona, he abrazado decididamente vuestro partido.

—Nos —dijo el rey— os agradecemos vuestra leal resolución, y os prometemos, concluido que sea este negocio, de mediar con el rey de Aragón para que os devuelva aquel castillo como es ley, y si no, nos obligamos a daros el que vos elijáis que nos pertenezca.

Agradecióle el de Lara su promesa con las mejores razones que supo, y el rey, después de haber recogido los papeles que le habían traído, se los entregó para que los guardara, y levantándose de su asiento salió a la sala del consejo, donde, como se ha dicho, le estaban esperando sus grandes.

Cuando entró en ella ocuparon todos sus puestos después de haberle saludado, y a los que de más penetración se jactaban se les figuró que el rey venía muy preocupado de algún plan de entidad, y aun llegaron a advertirse al oído unos a otros que aquel día habían de presenciar grandes cosas.

Luego que el rey se sentó, el de Lara se colocó a su izquierda en un escaño un poco más bajo, y todos tomaron asiento según el orden que les señalaba a cada uno su jerarquía. López de Salcedo, como capitán de maceros, se puso en pie a la derecha del rey, y todos con la mayor ansiedad aguardando que hablara, ya esperaban la entrada de don Lope de Haro con el infante, ya se desvivían por saber cuáles eran las últimas noticias que habría traído el mensajero de Cuéllar.

Esto último fue justamente lo que dio margen a la primera discusión que hubo y en que cada uno discurrió según el interés que le movía, los parientes y amigos que tenía en el partido contrario, o las relaciones que le ligaban al de don Sancho.

No obstante, todos fueron de parecer de la necesidad que había de castigar con el mayor rigor a los principales jefes de los revoltosos, y dieron la razón al rey cuando propuso le aconsejasen si debía marchar él mismo a Cuéllar a combatir los rebeldes, puesto que el tono con que presentó la cuestión dio a conocer a todos la voluntad que tenía de ir, y por eso sin duda fue tanta la unanimidad del consejo. Algunas otras materias se habían tratado, cuando la hora que tanto deseo tenían algunos de que llegara, que inspiraba a muchos tanto temor, a otros esperanzas alegres, y a todos causaba indecible curiosidad, sonó por último, y un rey de armas anunció en la sala la llegada del infante don Juan y de don Lope de Haro, que pedían permiso para besar la mano a su alteza. Estremeciéronse unos, miráronse otros con alegría, palidecieron muchos, y el rey, inclinándose al de Lara, le dijo algo al oído que este comunicó a su vez al de Salcedo, quien salió al punto a ejecutar su mandato. Pero ni el rey ni el de Lara cambiaron de fisonomía, sólo que el primero movió la cabeza en señal de que les daba licencia.

Hubo un largo murmullo en la asamblea, y cuando los dos anunciados príncipes entraron se oyó un ligero rumor semejante al zumbido de las abejas, pero que al momento se apaciguó y convirtió en el silencio de las tumbas, fijos todos los ojos en ellos, quienes se adelantaron al rey, que hacía apariencia de estar hablando con su favorito, y aún no los había mirado.

Era el señor de Haro de aventajada estatura, ya de edad, duro y ceñudo de ojos, seco de rostro, de alta y despejada frente; su cabello entrecano, corto y claro ya por los años, le caía con descuido en dos mechones largos que desde la coronilla le iban a parar a las sienes, dejando una ancha calva en medio, donde el ojo menos observador hubiera echado de ver, a la más ligera ojeada, la prominencia que los freneologistas dicen ser el asiento del amor propio; tan marcada estaba en su cabeza aquella protuberancia.

Apenas se dignó echar una mirada a su alrededor, y cuando entró en la sala fijó en el rey los ojos, y se encaminó hacia él con la más desmedida altanería, y como irritado de que se le tratase como a inferior. Su yerno, el infante, entró detrás con ademán más respetuoso, puesto que el hombre más altivo hubiera parecido humilde si se comparaban sus modales a los soberanamente arrogantes del ilustre conde don Lope. Luego que llegó junto al rey, viendo que no le hacía caso ni levantaba siquiera los ojos:

—¡Don Sancho! —le gritó en alta voz—: que está aquí el señor de Vizcaya.

—¡Oh, que está aquí mi hermano! —dijo el rey, sin hacer caso de don Lope, y bajando de su asiento para abrazar a don Juan.

El infante no pudo menos de corresponder a tanta fineza, y mucho más cuando el rey tenía tantos motivos de quejarse de él, que últimamente se le había rebelado, mientras don Lope, jaspeado el rostro de cólera y crujiéndole todos los huesos de su cuerpo, le miraba con tales ojos que parecía devorarle con ellos, herido en lo más vivo de su amor propio.

—No puedo menos, señor —dijo el infante—, de pediros que disimuléis mis pasados yerros y aceptéis la sumisión sincera que ofrezco a vuestra alteza para en adelante. Yo os juro que…

—Hermano mío, no tenemos nada de qué quejarnos de vos; malos consejeros quizá os descarriaron del camino que siempre debiste seguir, pero yo ya he olvidado todo, y siempre veré en ti un hermano querido, un hijo digno del sabio rey que nos engendró.

Esta alusión de don Sancho a su padre, contra quien se había rebelado cuando vivía, nada tiene de extraño si recordamos que, tanto antes como después de la muerte, siempre habló de él con tanto respeto y cortesanía como pudiera hacerlo el hijo más obediente, y aun castigó ejemplarmente a los que, creyendo lisonjearle, habían hecho mofa delante de él de aquel tan sabio como desventurado rey.

—Tengo al mismo tiempo la honra —dijo el infante— de llamar vuestra atención hacia mi suegro, don Lope de Haro…

—Y ahora —repuso el rey, como si no hubiese oído lo que le había dicho el infante— esperamos que nos acompañes en nuestra expedición a Cuéllar contra los revoltosos.

—Señor… —pronunció con voz ahogada por la cólera el orgulloso don Lope, que estaba detrás del rey.

—Nuestro buen servidor el de Saldaña se halla enfermo —prosiguió don Sancho, dirigiendo la palabra a su hermano— y, además, apurado con la multitud de enemigos que le rodean.

El infante apenas sabía qué decir, y ya miraba al rey, que parecía tan embebido en lo que decía como si los dos estuvieran solos, ya volvía los ojos a don Lope, que en este momento dio una patada en el suelo con tanta fuerza que retembló el pavimento.

—¡Señor! —gritó, tocando en el hombro a don Sancho—, hace una hora que estoy aquí.

—Sí, ya os había visto —repuso el rey con indiferencia—; ahora hablaremos, aguardad, que primero ha de ser mi hermano que ningún otro.

—¡Primero que yo! —murmuró, en voz no tan baja don Lope que no entendieran lo que había dicho cuantos en la sala estaban.

—Mal me parece que va a acabar esto —dijo en voz baja el atildado deán de Sevilla al obispo de Plasencia, que tenía al lado.

—Todo puede ser —respondió el obispo, que no las tenía tampoco todas consigo.

El rey, entre tanto, prosiguió hablando con su hermano amigablemente, hasta que al cabo de un rato volvió la cabeza y se encaró con el de Haro.

—¿Y el señor de Vizcaya —le dijo con desdén— viene también a besar la mano a su rey y a prestarle el rendimiento debido?

Diciendo esto subió de nuevo a su asiento, desde donde alargó su mano derecha a don Lope, que ciego de cólera ni acertó a hincar la rodilla ni a besar la mano, sino que le dejó con ella tendida por largo rato, hasta que al fin y contra toda su voluntad la besó sin saber lo que hacía levantándose desesperado de ver que el rey no le alzaba del suelo como hacía con todos y le despreciaba de aquella manera delante de tantos enemigos suyos que interiormente se habrían de regocijar de verle tan abatido.

—El señor de Vizcaya —respondió don Lope volviendo en sí— viene a saludar a vuestra alteza como su feudatario que es; pero como está ocupado el puesto único que le corresponde en la corte, pide a vuestra alteza licencia para retirarse a su señorío.

—Mi voluntad —repuso el rey, que se aprovechaba de cuantas ocasiones se le ofrecían de indisponerle con el señor de Lara— ha dado ese puesto al que lo merece, siempre pensando que a mi lado cualquiera otro es honroso y que vos, tanto como el primero de mis reinos, podría ocupar sin vergüenza el que yo tuviera a bien darle.

—Es que el primero después de vuestra alteza soy yo —replicó don Lope, poco acostumbrado a aquel tono que usaba con él don Sancho por primera vez en su vida—, y vuestra alteza debe saber que sólo hay un lugar que corresponde al primero.

—Bajad la voz, señor de Vizcaya —respondió don Sancho sin alterarse—; pensad delante de quién estáis, y sabed que si hasta ahora las consideraciones que merecían los servicios que me habéis prestado hicieron que os tratase como a un mi igual, ahora me tienen harto indignado vuestras astucias, intrigas y mal consejo. No penséis que porque soy blando sea débil, ni creáis que suframos en adelante las insolencias de ningún vasallo.

Atónito quedó don Lope con la arenga del rey, y no lo quedaron menos cuantos estaban presentes, que habían creído hasta entonces que el súbdito dominaba al monarca y que éste jamás habría sido capaz de hablar con tanta aspereza al primer ricohombre de sus reinos. Don Lope apenas podía ya sufrir aquel tan desusado lenguaje; sus ojos ardían, la barba le temblaba, agitaba su cuerpo una continua inquietud, y las palabras se le quebraban entre los dientes sin poder hablar, ahogado casi de cólera. El infante don Juan, viéndole en aquel estado, respondió por él:

—Yo, señor —dijo—, en nombre de don Lope de Haro, suplico a vuestra alteza le perdone las faltas quizá cometidas por su demasiado celo en vuestro servicio.

El señor de Vizcaya hizo un gesto de ira al oír las palabras de su yerno, se esforzó a hablar, y sólo pudo pronunciar un «no» ronco y oscuro, indicando al mismo tiempo con la cabeza y la mano la misma idea. Pero ni el rey ni el infante oyeron su voz ni observaron sus movimientos y el último prosiguió:

—La misma intención que me ha traído hoy en presencia de vuestra alteza ha sido la suya al venir aquí: vuestra alteza sabe muy bien los muchos y leales servicios que le ha prestado don Lope, y si un momento de orgullo, una indiscreción, han podido hacerle perder algo de vuestro aprecio ni él ni yo creemos que haya sido para siempre. Ahora pronto está a daros a conocer su lealtad: exigid de él y de mí cuanto queráis, por alto y trabajoso que os parezca de alcanzar, y verá vuestra alteza si tiene razón de dudar en la buena fe y lealtad de tan ilustre caballero.

—Probémosla, pues —repuso el rey—, y también nosotros estamos prontos a volverle nuestra gracia. Señor don Lope de Haro, señor de Vizcaya, y vos don Juan, infante de Castilla, entregadnos las llaves de las fortalezas que ocupan vuestros soldados; dadnos la contraseña que tengáis para que podamos tomar posesión de ellas con vuestra orden, haciendo al mismo tiempo que nos presten vasallaje los señoríos que tenéis, fuera del de Vizcaya.

Hasta aquí pudo llegar el sufrimiento del orgulloso don Lope, y el mismo infante no pudo menos de escandalizarse al ver las duras condiciones que su hermano les imponía. Pero la misma causa produjo distinto efecto en uno que en otro, y mientras el primero, determinado ya a todo, se preparaba para responderle, el segundo calculaba el grave error que habían cometido en venir sin escolta a entregarse en manos de su enemigo, y temeroso ya del fin de aquel acto de despotismo, buscaba algún sitio donde refugiarse del primer ímpetu de su hermano. Entonces conoció cuán engañosos habían sido los abrazos con que le había recibido y vio claramente adónde se encaminaba su política y cuán bien la había urdido para que viniesen y hacerles caer en el lazo.

Por un efecto de la misma cólera que le abrasaba; don Lope pareció más sosegado; revolvió la capa al brazo, y alzando la cabeza y mirando al rey de hito en hito:

—Cuando he venido aquí —le dijo— fue para rendir a vuestra alteza homenaje, pero no para pedirle perdón, porque no soy criminal, y aunque lo fuera, ninguno de mi esclarecido linaje ha pedido nunca perdón. Cuantos reyes ha habido en España han tenido a mis ascendientes como a sus iguales en grandeza, y ninguno ha sido osado para demandar más que el feudo que ha pagado nuestro señorío. Vuestra alteza se engaña si piensa que yo he degenerado de mis abuelos; su sangre hierve en mis venas, y yo he encanecido con tanto honor como ellos. Si vuestras exigencias fuesen justas, dispuesto estaba a transigir en todo con vuestra alteza; pero desposeerme de mis haciendas, haberme hecho llamar clandestinamente bajo mil pretextos infames para, en teniéndome en vuestro poder, arrancarme lo que es mío, aparentando a la faz del mundo que yo os lo doy de mi voluntad… ¡Vive Dios que es el acto más pérfido que jamás pudo cometer un tirano!

—Don Lope —gritó el rey con no menos furia—, por Santiago que os reportéis.

—No, jamás me vuelvo atrás de lo que dije una vez —continuó el de Haro, cada vez más acalorado—; tirano sois, tirano, que no rey de vuestros pueblos, astuto y mañero como un villano cobarde, y juro a Dios…

Púsose en pie don Sancho temblando de furor y dudoso si se arrojaría a él para castigarle allí mismo; pero como rara vez le abandonaba su razón en medio del más violento arrebato, disimuló aún lo mejor que pudo, contentándose con decirle:

—¿Queréis entregarme los fuertes o pensáis resistir insolentemente las órdenes de vuestro rey?

—¿Entregarte los fuertes? ¿Yo, y sólo porque tú me lo mandas? Rey don Sancho, no repitas otra vez esa orden, porque juro al cielo que te haga entregar el alma.

—¿Tú a mí, traidor? Prendedle —gritó el rey, lanzándose de su asiento—, o me entregas las fortalezas o…

—Muere —le interrumpió el de Haro, desenvainando su espada y arrojándose a matarle antes que ninguno de los presentes tuviera tiempo para estorbárselo.

Huyó el golpe el rey, y tropezando en la falda de la túnica estuvo para venir al suelo pero en el mismo instante, asiéndose del brazo derecho del conde para sujetarle, tiró del puñal que llevaba al cinto, descargándole con él tan tremendo golpe que le rajó desde el hombro hasta el corazón. Hecho esto, gritó:

—Matadlo —Y allí acabaron con él los maceros que tenía prevenidos por lo que pudiera sobrevenir.

Había tratado en vano de defenderle el infante, cuando se vio acometido de tantos ya que todos los que allí estaban cargaron también sobre él, y después de haber herido a algunos, viéndose ya perdido, recurrió a la fuga y se acogió a la habitación de la reina. Seguíale el rey furioso, corriendo tras de él con el puñal en alto goteando sangre, diciéndole cuantos ultrajes su furia le sugería.

—¡Matadle, matadle! —gritaba don Sancho—. ¡Traidor, asesino!

Las salas, las galerías de palacio, se llenaron al punto de hombres armados. Los consejeros del rey salieron a ayudarle, unos contra el infante, otros a detenerle, y algunos a esconderse, temerosos de lo que el rey había hecho con el de Haro, que había sido su protector. Los que entraban nuevos preguntaban a los otros lo que había pasado; confundíanse éstos, atropellábanse aquéllos, gritaban todos, y ninguno se entendía. «¡Han querido matar al rey!», repetían, y muchos, que ignoraban quiénes fueran los asesinos, corrían sin saber adónde, siguiendo la multitud.

Algunos se aprovechaban de esta confusión para vengarse de sus enemigos; acometíanse unos a otros, trababan pendencias, andaba todo el palacio revuelto, no había sino ruido de armas, voces, cuchilladas, maldiciones, injurias, lamentos; y en medio de este arrebato general, de esta alarma, estrépito y baraúnda, don Sancho, sin atender a otra cosa que a su venganza, borracho de cólera, golpeaba furiosamente la puerta del cuarto de su esposa, donde se había amparado el infante, con cuanta fuerza podía a patadas y a puñetazos. Habíala cerrado el infante tras sí al entrar, y echándose a los pies de la reina, que en aquel punto, toda aturdida con tantos gritos, salía a saber la causa de aquello:

—Señora —le dijo—, favorecedme, libradme de su furor; mi hermano me ha traído aquí para asesinarme.

—El rey no hará tal —respondió doña María— a no haberle vos insultado como a caballero. Pero él llega.

—Favor, señora, que va a echar la puerta abajo.

—Yo le excusaré ese trabajo —replicó la reina—, voy a abrirle.

—¿Qué intentáis? —repuso el infante, tratando de detenerla.

—Tranquilizaos, don Juan, y no tengáis miedo —dijo la reina.

Adelantóse doña María con serenidad, y habiendo descorrido el cerrojo, abrió de pronto la puerta.

El primer impulso del rey fue de arrojarse en la habitación; pero en el mismo instante, reparando en su mujer que le cerraba el paso, quedó estático delante de ella. La cólera dio lugar al respeto que sus virtudes y el cariño con que le amaba merecían, y la vergüenza de haber querido atropellar la habitación de la reina coloró sus mejillas, que habían palidecido la ira.

—Deteneos, don Sancho —gritó la reina—. El infante está bajo mi protección; reparad al menos que es vuestro hermano.

—Sí, está salvo —repuso el rey—; traidor, da las gracias a la que querías destronar; está salvo.

Y al mismo tiempo, sin atender más a su esposa, dio a correr por las galerías como un frenético, sin que el de Lara, que había logrado acallar un poco el tumulto del palacio, y que llegaba en aquel momento, tuviese lugar para detenerle.

Huía Diego de Campos, favorito del orgulloso don Lope, por uno de los corredores, aturdido, sin hallar dónde refugiarse de Salcedo, que le perseguía. En medio de su carrera encontráronse el rey y el desdichado de Campos, que se quedó parado a su vista, helado de temor, y sin acertar a huir.

Don Sancho clavó en él los ojos ensangrentados de furia, y en habiéndole conocido:

—¡Todavía estás aquí! —dijo, y le envainó el puñal en el pecho.

El desgraciado caballero cayó en tierra anegado en su sangre a los pies del rey.

Esta última puñalada, dada con toda la voluntad de matar que puede inspirar la venganza, tranquilizó por fin a don Sancho, que, metiendo su puñal en el cinto, tomó el brazo del de Lara con tanto sosiego como si no hubiera sucedido nada.

La calma del rey calmó igualmente a los cortesanos, cuyas facciones, como todo el mundo sabe, toman la fisonomía que conviene, y quienes siempre han sido máquinas de los príncipes.

El tumulto fue poco a poco aplacándose, y los hombres de armas se retiraron después de haber puesto en orden a palos, según costumbre, al leal pueblo de Valladolid, que había corrido en grupos a las puertas de palacio, lo que les importaba, solícito y cuidadoso, como siempre sucede, del que le gobierna; y de allí a media hora todo estaba en tanta paz y buena armonía como antes de embrollarse aquel laberinto. Sólo los partidarios y parientes de los muertos se habían retirado jurando vengarse; pero como estaban caídos, sus murmullos no eran entendidos de nadie, y la voz del partido vencedor, que resonaba en tono más alto, parecía la expresión pública y general de todas las voluntades.

No se trataba ya sino del próximo viaje a Cuéllar, y muy pocos se acordaban de don Lope de Haro ni de nada de lo acontecido, poco después del suceso; y si algunos conservaban algún recuerdo, se servían de él más para insultar su memoria que para lamentarla; contándose quizá en este número los que más habían adulado a aquel prócer cuando vivía, y que ahora, ultrajándole después de muerto, querían ponerse a bien con el vencedor. Tal es la miserable condición humana, y particularmente la del que vive del favor y beneplácito de los príncipes.

Capítulo 25

… … … . yo no hallo
remedio a los males míos
si no es morir, porque veo
que un imposible conquisto.
Yo estoy sin mí, yo no mando,
mi razón yo no la rijo
poder superior me arrastra,
sin ser dueño de mí mismo.

MORETO, Primero es la honra.

Mientras esto pasaba en Valladolid y andaba tan alborotado el palacio con la muerte del señor de Haro, nuestro lindo Jimeno daba la vuelta a Cuéllar a todo el galope de su caballo, acompañado de algunos hombres de armas para mayor seguridad en aquel país tan revuelto.

Al llegar a Tudela de Duero, a pesar de los riesgos que podía correr viendo que sus soldados no podían caminar tan a prisa como él quisiera, se adelantó a su gente con intención de llegar a Cuéllar aquella noche.

El más vivo deseo le punzaba de volverse a ver en el castillo para llevar adelante su infame plan contra la desdichada Zoraida.

Había ya decidido a Saldaña contra ella completamente, y viendo que nada podía alcanzar con las amenazas, la había acusado ante el tribunal eclesiástico para que la prendiesen y castigasen como a hechicera, dispuesto a sostener en persona la acusación. Pero antes de entregarla a la muerte o, lo que es lo mismo, a sus jueces, quería ver si el amor a la vida vencía en fin la obstinación de aquella infeliz, que muerto ya Usdróbal, sin tener nadie que la amparase, acaso se entregaría a él para que la libertase de tamaño peligro y la vengase de su enemigo. Tenía para esto en su favor la industria y secreto con que había urdido sus tramas, puesto que en la última aventura de Usdróbal no parecía que él hubiese tenido parte alguna en otra cosa que en haber querido favorecer a Zoraida y poner en salvo a Leonor, cumpliendo lo que había prometido, y no siendo culpa suya que los sorprendieran en aquel lance.

Aparentaba, además, hacer tales esfuerzos para templar la cólera de su señor, que nadie hubiera creído que él era quien le inducía a arrojar de allí y a enviar al patíbulo a aquella desdichada mujer, a quien al mismo tiempo estaba fingiendo amar tan de veras. No obstante, Zoraida desconfiaba de él, y aunque a veces le creía inocente de algunas supercherías, siempre le miraba con recelo, y le había cerrado la puerta de su habitación, no pudiendo menos de aborrecerle.

Allí sola, sin ver a nadie, pasaba sus días en la agonía de la muerte, y sólo alguna vez dejaba su estancia para espiar los pasos de Saldaña y vengarse en cierto modo presentándose a su vista y gozándose en su turbación.

Completamente restablecido de sus heridas el señor de Cuéllar, aunque combatido siempre de su misantropía, y a pesar de los continuos combates que tenía que resistir de las tropas que mandaba el de Iscar, no pensaba sino en Leonor, y la infeliz prisionera, que ignoraba la sublevación, privada ya de toda esperanza de libertad, no tenía otro consuelo en su cautiverio que sus lágrimas y la soledad; cada visita que le hacía Saldaña era un nuevo martirio, y la desaparición de Elvira, que había faltado del castillo, o a lo menos no vivía ya con ella, la había privado de la única amiga a quien pudiera comunicar su dolor. Recelaba, además, que Saldaña hubiera hecho apartar a su hermana de allí para poder obrar con más libertad, y aunque la cortesanía y el respeto que siempre usaba con ella pudieran tranquilizarla, temía, no obstante, la hora fatal en que aquel hombre vicioso, cansado de sus desdenes, dejase de respetarla como dama para tratarla como cautiva.

Entretanto, el paje se acercaba a Cuéllar a rienda suelta. Luego que llegó al castillo echó pie a tierra de su caballo y subió a dar cuenta a su señor de su comisión. Contóle cuanto había visto en la corte, y concluyó su relación, que apenas había oído Saldaña, con la promesa que el rey le hizo de venir en persona a sujetar los rebeldes.

—Está bien —dijo Saldaña—; tú cuidarás de prepararle el recibimiento. Y de Zoraida, ¿cuándo piensas librarme de ella?

—Mañana mismo, señor, llegarán los enviados del tribunal a prenderla; he presentado mi acusación en forma y se han horrorizado todos.

—¿Y con qué testigos cuentas? —preguntó Saldaña.

—Cuantos viven en el pueblo y en el castillo están persuadidos de sus brujerías y creen que os tiene hechizado; bien es verdad que no lo creo yo menos que ellos.

—Está bien, basta —replicó el de Cuéllar—; líbrame de ella y no tenga yo nada que ver con su muerte. ¿Y el rey, qué gente de armas crees tú que traiga consigo?

—No os lo puedo asegurar —repuso Jimeno—, pero siempre serán de tres a cuatro mil hombres.

—¡Oh! —exclamó Saldaña con una sonrisa que rara vez animaba su fisonomía—. En este caso su hermano va a tener que rendirse, y ella es mía.

Miróle Jimeno sorprendido con la alegría del señor de Cuéllar, cosa tan nueva para él como para el mismo que la sentía.

—Ya veo, señor, que vais todavía a ser feliz. ¿No os dije yo que las fatigas de la guerra, nuevos amores y el bullicio de la corte eran el mejor remedio para vuestra enfermedad?

—Quita allá, necio —respondió Saldaña, que había vuelto a su estado habitual de tristeza—; solamente una cosa podría hacerme dichoso, y no es ninguna de las que dices. ¡Ay! ¡Y quién sabe tampoco si sería yo entonces feliz!

Detúvose aquí con muestras de pesadumbre, y ambos interlocutores guardaron un momento silencio.

—Será preciso ir disponiendo a Leonor —pensó Saldaña—; sí, vamos.

Y levantándose de su asiento echó a andar pensativo y sin mirar al paje hacia la habitación de Leonor.

—Está loco, no hay duda —dijo éste después que se hubo alejado—; allá se las avenga, yo hago lo que quiero de él, y a mí me viene bien su locura. Yo también voy a ver cómo lo pasa Zoraida, y si me puedo introducir en su cuarto.

Ocupado, pues, de sus pensamientos, llegó Saldaña a la puerta de la habitación de Leonor, y habiendo pedido permiso para visitarla, bajo pretexto de traerle noticias de su hermano, aguardó la vuelta de la camarera, que no tardó mucho tiempo.

Concedida la licencia entró el conde, y después de haberle cortésmente preguntado por su salud, tomó asiento enfrente, algo apartado, no sin alguna turbación, y casi sin atreverse a mirarla.

Leonor apenas le contestó a sus preguntas, pero llena de ansiedad le preguntó por su hermano.

—Se ha recobrado del todo —respondió Saldaña—, pero tengo, no obstante, que daros una mala noticia.

—¡Hablad! ¿Qué hay? ¿Está preso? —preguntó Leonor toda asustada.

—Por ahora no —replicó el de Cuéllar—; pero, ¡ay de él si llegan a aprisionarle!

—Pero, ¿qué ha hecho? ¿Qué hay?

—Sosegaos, señora, y oídme —respondió Saldaña—. Un enjambre de ilusos han tomado las armas y proclamado rey a don Alfonso de la Cerda, rebelándose contra don Sancho, y vuestro hermano los capitanea. Sus fuerzas, aunque numerosas, consisten la mayor parte en hombres que apenas han tomado en su vida un arma en la mano, y no son temibles por consiguiente. Se encuentran, además, aislados, y sin esperanza de auxilio por ningún lado; todo lo cual hace creer que se verán muy pronto forzados a entregarse y a sufrir en tal caso la pena a que la ley condena al traidor.

—Eso no —repuso Leonor con altivez—; mi hermano podrá morir peleando o perder su cabeza en un cadalso, pero su fama quedará sin mancha, su nombre no perderá por eso el lustre que le dieron nuestros abuelos, y la nota de infamia caerá sobre el vencedor.

—Sea como decís —replicó Saldaña—, y aun más diré: que usa de su derecho como caballero; pero no por eso es menos triste su situación. Su aprehendimiento y su muerte son seguros.

—Cumpla mi hermano como deba —replicó Leonor— y sea cualquiera su suerte. Yo desdoraría la gloria de mi linaje y negaría la sangre que por mis venas corre si de otro modo le aconsejara. Ha tomado las armas por su patria contra un tirano y en favor de su rey. Mi padre le hubiera consejado lo mismo, y yo, aunque le amo más que a mí misma, no puedo menos de aprobar lo que ha hecho.

Los ojos de Leonor brillaban con entusiasmo mientras hablaba, su fisonomía mostraba un carácter determinado, y en su ademán noble y hermoso aspecto había algo capaz de fascinar y enamorar un hombre de hielo. Mirábala Saldaña con pesadumbre, contemplándola tan hermosa y animada al mismo tiempo, y viéndose a su parecer detestado de aquella mujer en cuya posesión hubiera él cifrado toda su dicha.

Este sentimiento de cariño y de amarga desesperación no pudo menos de henchir su corazón de llanto, que para mayor pena suya, lejos de servirle de desahogo derramándose por sus ojos, combatía su alma como el mar que en la más deshecha borrasca no puede traspasar sus orillas.

—¡Quién más desdichado que yo! —exclamó—: ¡yo que te adoro, que veo en ti en este mundo mi felicidad y en el otro mi salvación, que habría de haber sido tu esposo, y que hubiera hallado en ti una mujer hermosa, sensible, heroica, una mujer, en fin, como no hay ninguna en el mundo, y que ahora me veo aborrecido de ti! ¡Oh!, a la verdad es demasiado sufrir. Sí, tienes razón, Leonor, tu hermano es un héroe, la causa que defiende es justa; don Sancho es un tirano, un usurpador, un mal hijo; peor que yo es el rey que elegí, que me distingue, y debe ser tan perverso como yo cuando hace de mí tanto aprecio. Pero no importa, si él me ha colmado de beneficios, yo le seré desagradecido, yo me rebelaré contra él, yo le asesinaré hospedándole en mi castillo: habla, Leonor, mándame que lo haga, y volaré en seguida con mis tropas a aumentar el número de los que han seguido a tu hermano. ¡Oh! —continuó, arrojándose a sus pies—, ámame, ámame, y don Alfonso de la Cerda puede contar con un amigo más y un poderoso aliado.

—No, Saldaña; levantaos, y no penséis tan bajamente de mí —replicó Leonor—. ¿Por qué os había de engañar? No os amo, pero tampoco es decir esto que os aborrezca. Os aborrecería, no obstante, sí abandonaseis vuestro partido, si viese que os mostrabais desagradecido a los beneficios que os ha prodigado don Sancho. No creáis nunca, Saldaña, que para buscar aliados a mi hermano me valga yo de medios tan bajos.

—Perdonad, señora, mi arrebato —replicó el de Cuéllar, más sosegado—: tenéis razón, y yo mismo, a pesar de todo, no haría… , ¿pero qué digo? haría cuanto vos quisierais. Pensad, sin embargo, en las circunstancias peligrosas en que se ve vuestro hermano; considerad que acaso puede necesitar un día algún amigo que le proteja contra la injusticia. ¿Querríais vos ver a vuestro hermano, puesta la soga al cuello, marchando por las calles públicas, conducido al cadalso por el verdugo? ¿Querríais oírle nombrar traidor y ver rodar su cabeza ensangrentada por tierra?

—¡Saldaña! —exclamó Leonor horrorizada—: ¡Basta, por Dios!, tened compasión de mí.

Saldaña prosiguió diciendo:

—¡Dichoso, sí, si no hubiera otro mundo! Pero inquieto allí mismo y penando, él volvería a reconveniros por haberle dejado morir. Y no lo dudéis, el triunfo es nuestro, y Hernando va a ser víctima de su entusiasmo. El rey va a llegar con un numeroso cuerpo de aguerridos veteranos; nuestros espías son mejores y más diestros que los suyos; allí mismo, en su campo, hay quien se ha ofrecido ya a asesinarle o a entregarle vivo, y su desgracia es tan cierta como que el sol nos alumbra.

—¿Y qué queréis decir con eso? —preguntó Leonor conmovida—: ¿acaso os complacéis haciéndome padecer?

—¡Ojalá, Leonor —contestó Saldaña—, sufriese yo aún más de lo que sufro y fueras tú feliz de ese modo! No, mi intención no es ésa; yo quiero hacerte ver solamente lo desdichado que soy. Figúrate un hombre que te idolatra, y que por la dura ley del honor se ve obligado a emplear sus armas contra tu hermano, quizá a encontrarse y a tener que pelear con él en el campo; un hombre que si ya no es detestado de ti por lo que ha hecho, va a serlo por lo que le queda que hacer. ¡Ah! Tu hermano entregado al verdugo, bañando el cadalso con su noble sangre, es más dichoso que yo. A él le queda la ilusión de la gloria para aquel momento, la esperanza de un ilustre nombre en la posteridad y las alabanzas de su partido; mientras a mí, que en nada de esto cifro mi gloria, y que sólo quisiera vivir en paz, y ser amado de ti, no me queda que aguardar sino la vida, tu odio y mis eternos remordimientos.

—Sí, Saldaña —respondió Leonor—, tú te ves precisado a combatir con él, pero no es de caballero tender asechanzas y hacer asesinar vilmente al enemigo que se presenta noblemente en el riesgo. Si le rodean traidores, tú debes avisarle, al mismo tiempo que no debes huirle la cara frente a frente en el campo.

—Piensa, Leonor —respondió el de Cuéllar—, que nada me quedará que hacer por librarle; vive persuadida de que hasta ahora está seguro de los asesinos que le cercan, y de que yo he dado orden de que se respete su vida, y cree también que aun si cayera prisionero del rey, yo interpondría todo mi valimiento para salvarle. Sí, todo por ti, Leonor, todo por ti, por quien estoy pronto a exponer riquezas, vida, honra, en fin, cuanto puede exponer un hombre.

—Y yo te lo agradeceré toda mi vida, y si hasta ahora no he tenido de ti sino memorias odiosas, entonces tendré al menos un recuerdo que me hará pensar en ti con agrado, y te miraré no como a mi perseguidor, no como al enemigo de mi familia, sino como al libertador de mi hermano.

—¡Un recuerdo!, ¿y no más? —exclamó Saldaña—; pero tampoco merezco yo más. Tienes razón, Leonor, un recuerdo tuyo debe bastarme, y es el único premio que tengo derecho a exigir de ti.

El tono melancólico con que pronunció estas palabras y la resignación que manifestaba a su suerte tal vez hubieran enternecido a Leonor si la idea del riesgo en que se encontraba su hermano no tuviese únicamente ocupada su imaginación.

—Yo confío —le dijo— en que apartaréis de mi hermano cuantos lazos puedan tenderle los que no saben librarse de sus enemigos si no es valiéndose de traidores y de asesinos. Si su suerte fuera morir al frente de sus partidarios, en tal caso no desmentiría yo la entereza de una dama de mi jerarquía, le lloraría en silencio, y me resignaría a mi desgracia. Pero si yo le veo aprisionado o muerto, no por el valor sino por la ratera astucia de sus enemigos, contad, Saldaña, con mi eterno aborrecimiento, vos y cuantos sean sus contrarios.

Diciendo así se levantó de su asiento, y habiéndole pedido permiso para retirarse a otra sala, se despidió de Saldaña, a quien enamoraban cada día más las nuevas virtudes y gracias que descubría en su prisionera, al mismo tiempo que aumentaba su desesperación el horrible contraste que ofrecían su corazón y el de ella si los comparaba.

Capítulo 26

¡A tan leve culpa, tanta
ingratitud se ha juntado!
Mas quien nació desdichado
siempre el mal se le adelanta.

El caballero del Sacramento

Cuenta la historia que así como el paje separó de su amo, se dirigió a la habitación de Zoraida, cuya puerta halló cerrada, y tardó mucho tiempo en hacer que le abriera la esclava que la servía.

—¿Qué queréis? —le preguntó ésta—. Ya sabéis la orden de mi señora, que me ha prohibido que os deje entrar.

—Abre, niña —repuso el paje en tono muy dulce—; yo no vengo a ofenderla; o bien, ve y dile que vengo de parte de mi señor.

La esclava obedeció al punto, y al cabo de un rato volvió a abrir la puerta, y entró Jimeno después de halagarle las mejillas con dos o tres palmaditas suaves. Al entrar él, Zoraida se levantó con fiereza, aunque en medio de su resolución se notaba cierto temblor convulsivo en todo su cuerpo.

Lucía en su mano derecha una daga desnuda, con que parecía amenazarle, pero su semblante estaba ya muy caído; pálida y desmejorada, apenas ofrecía ya a la vista aquel conjunto de orgullo y de hermosura que tanto la distinguía.

—Jimeno —le dijo con voz tan abatida como su rostro, pero que no desmentía por eso la audacia de sus palabras—, si habéis venido a ultrajarme, entrad y me veréis morir aquí mismo; dad un paso más con esa intención, y me atravieso el pecho con esta daga.

Turbóse el paje sorprendido de tanta resolución, y sin atreverse a adelantar un paso quedó inmóvil, mirándola con sorpresa.

—Serénate, Zoraida —dijo aparentando el mismo abatimiento que ella—. Conozco mi mal comportamiento contigo; te he dado motivos bastantes para hacerte desconfiar de mí; pero ¿qué sacrificios hay que yo no haya hecho después para hacerte olvidar tus ultrajes y mi infamia? ¿No he estado a pique de perecer por librarte de tu rival? ¿No te he salvado dos veces la vida del furor de Saldaña? Y ahora mismo, créeme Zoraida, vengo a librarte de la horrible muerte que te preparan.

—Jimeno —repuso la mora—, ¿qué me importa morir? ¿Ves tú que me rodeen tales dichas que deba sentir perderlas, ni que me halague la esperanza más remota para lo futuro? ¿Ves tú cómo vivo, y puedes creer no cifre yo mi única esperanza en la sepultura? Vete, pues; nadie puede oponerse a lo que está escrito en el libro de los destinos; vete, y déjame morir en paz.

—¡Ah! —exclamó Jimeno—: tú no sabes el tremendo fin que te aguarda, tú no sabes qué genero de muerte te apercibe tu fatalidad.

—Cualquiera que sea —replicó la mora— será más dulce que vivir como vivo.

—¿Y tu venganza? —repuso el paje.

—¿Qué me importa después de muerta?

—Zoraida, voy a declararte la horrible trama que hay contra ti. Sancho Saldaña, lleno de odio hacia ti, y por librarse de tu presencia, te ha delatado al tribunal eclesiástico por hechicera. Si niegas que lo eres, el tormento, que hará polvo tus huesos, te obligará a confesar cuanto quieran aquellos fanáticos, sufrirás la prueba del guantelete de fuego en que meterán esa mano de marfil, que sólo debería quemar el amor con sus labios, pasarás por once barras ardiendo que abrasarán tus delicados pies, que ahora son gloria del suelo que pisas. Tú no tienes a nadie que te defienda, ningún caballero tomará por ti la demanda, y todos te odiarán, y te maldecirán creyéndote bruja con la mejor fe del mundo. Tal es la suerte que te espera; seré breve, voy a pintarte la que te aguarda si te entregas a mi voluntad. El castillo de Cuéllar no es el único castillo que hay en el mundo. No lejos de Córdoba, en medio de la abundante y deliciosa Andalucía, posee un caballero pariente mío una fortaleza magnífica, rodeada no sólo de fuertes muros, sino de frondosos jardines, bajo un cielo de cristal purísimo, que junto a ellos son arenosos páramos los tan ponderados de este castillo. Es aquel el país de las bellas y de los amantes, aquel el suelo que tantos recuerdos conserva y tantas maravillas muestra de lo que fueron y fabricaron tus padres; de allí se dijo con razón que ríos de miel y de leche fecundaban aquellas tierras; allí tu vida…

—Basta, Jimeno —interrumpió Zoraida—; ni la vida ni la venganza quiero de ti; te odio, y prefiero mil tormentos y mil oprobios a deberte mi salvación.

—Piensa más tus respuestas —repuso el paje—; los momentos son preciosos, cada instante que pasa te acerca a la eternidad. Los jueces que te han de oír no harán sino lo que quiera Sancho Saldaña. Son, además, fanáticos y supersticiosos como él, y tienes contra ti la opinión del vulgo bárbaro, que hace mucho tiempo te cree hechicera. Todos pedirán a gritos tu muerte, y tus lágrimas, tus ruegos y tu belleza no te valdrán siquiera una muestra de compasión.

—Tu vista —replicó Zoraida— me horroriza más que cuantos tormentos me pintas.

—No hago caso de tus palabras —repuso Jimeno—; lo que me importa es salvarte, y quizá dentro de algún tiempo me sea imposible; sígueme.

—Jamás.

Tan horrible te parezco que aún dudas escoger entre el cadalso y mi amor? —preguntó el paje—. Piensa, Zoraida, lo que vas a decir; no te dejes llevar de tu resentimiento conmigo, y obra no por amor de mí, sino por tu propia conveniencia y seguridad.

—He dicho —respondió la mora con entereza.

—¿Has elegido ya? —preguntó el paje con cierta sonrisa irónica.

—Sí —repuso con firmeza Zoraida—; la muerte.

—Pues bien, yo también me gozo en que mueras —replicó el paje mudando de tono con mucha calma—. También hay placer en ser malo; sí, yo mismo te acompañaré al tribunal, al patíbulo, te perseguiré hasta que expires, y me burlaré de tus súplicas cuando te acuerdes de que he podido salvarte y quieras que entonces te salve. Desengáñate, tú no estás acostumbrada a sufrir, y la vista del cadalso y los martirios de la tortura te harán arrepentir aún y cambiar de opinión. Todavía te has de arrojar tú misma en mis brazos.

—Jimeno —contestó la mora—, tu perversidad prueba esa calma irónica con que hablas; ni aun sientes la pasión de la ira viéndote despreciado de la que dices que amas. Tú no haces sino calcular lo que has de decir. Huye, monstruo: ¿qué vale un mundo en que habitan y medran seres tan viles como tú?

—No, no siento nada, como tu dices —prosiguió el paje con la misma sangre fría y tono irónico—, ni aun siento deseos de vengarme de ti; pero tú no sabes aún hasta dónde llega mi perversidad; sabe que yo, que trataba de libertarte, yo que te amo, yo soy tu acusador ante el tribunal.

En este momento las puertas de la habitación se abrieron de par en par, y dos hombres vestidos de negro, de siniestro aspecto y con traza de alguaciles, entraron en el aposento. Eran sus fisonomías de aquellas en que se nota, al mismo tiempo que el sello de la estupidez, el de la crueldad que suele dar el oficio. Venía tras de ellos, a corta distancia, un eclesiástico, marchando con pasos muy mesurados, y murmurando entre dientes algunos rezos, y junto a él, trémulo, pálido, y sin atreverse a alzar los ojos del suelo, caminaba el mismo Sancho Saldaña. Los remordimientos que le despedazaban continuamente se habían aumentado en aquel instante en su corazón al verse forzado él mismo a entregar al verdugo aquella mujer cuyo único delito era amarle, a quien él mismo había sacrificado y perdido, y cuya inocencia del crimen que la imputaban debía de ser para él tan clara como la luz del sol. Aquella mujer que había hecho en otro tiempo su felicidad, a quien él había desdeñado tan sin razón, y cuyo amor iba él a premiar llenándola de infamia y haciéndola quemar viva. No podía menos de horrorizarse de sí mismo viéndose delante de ella. Apenas acertaba a moverse, y sentía un dolor agudo en su corazón, como si lo atravesasen con un puñal de dos filos. Motejábase de infame y de malvado entre sí, teníase por más despreciable y bajo que el insecto más infeliz, se apiadaba de ella, pensaba en los martirios que iba a sufrir, en las maldiciones que le echaría en la hora de su muerte; veíala irse quemando poco a poco reclinada sobre la hoguera, y, sin sentirlo, él mismo se despedazaba las manos, hincándose las uñas hasta los huesos, y rechinaba los dientes, pero no por eso cambiaba de resolución.

Mirábale atentamente Zoraida, sorprendida de verle allí, sin osar todavía imaginarse que era aquel mismo hombre que la había amado tanto el mismo que la condenaba a morir de aquel modo. Parecíale imposible que fuese él, y más de una vez creyó que le engañaban sus ojos. Pero no había que dudarlo, era Saldaña; era su amante, el que tantas veces le había jurado que la adoraría eternamente; era el mismo que estaba allí, y que venía acompañando a los que venían a prenderla; era Saldaña, que hubiera querido en aquel momento que se hundiese la tierra bajo sus pies por no verse delante de ella representando tan villano papel, que llevaba en su alma su más cruel suplicio, pero inmutable, fijo, inexorable en su bárbara resolución.

Los dos hombres y el eclesiástico se adelantaron hacia la mora, que distraída, mirando fijamente a Saldaña, no hacía caso de nada de lo que le rodeaba, mientras él, avergonzado y cabizbajo, se había quedado inmóvil en el umbral de la puerta. Sólo el paje parecía haber conservado toda su serenidad, aunque algo sorprendido de la llegada de aquellos hombres, a quienes él no esperaba hasta el día siguiente, no obstante que a veces solía cambiar de color cuando miraba a Zoraida. Los dos satélites del tribunal rodearon a la mora, y el sacerdote, después de haber hecho su venia a Saldaña, que casi no le miró, colocándose delante de ella, leyó con voz muy campanuda y sonora el acta de prisión, que estaba en latín, y en que le ordenaban se apoderase de la persona de aquella mujer, acusada de usar de maleficios y hechizos para cautivar a los hombres.

No entendió Zoraida, como es de presumir, ni una palabra de las que el mandamiento rezaba, hallándose escrito en lengua que le era extraña, pero no por eso dejó de conocer de lo que se trataba, y mucho más cuando oyó a los dos piadosos oficiales del tribunal intimarle la orden de entregarse presa a tiempo que cada uno por su lado la sujetaba tan fuertemente de un brazo que la obligaron a dar un grito. No pudo menos Saldaña de apartar los ojos y volver la cabeza a otro lado en aquel instante. El sacerdote hizo señas a los dos ministros que la sacasen de allí, y el paje se sonrió como podría sonreírse un demonio.

Había vuelto Zoraida de su primer asombro, y recobrando todo su ánimo, no pudo menos de echar una mirada de triunfo a Saldaña, gozosa, en medio de su desgracia, con los tormentos que aquella escena causaba en su corazón.

Sin duda, ella en aquel momento era mucho más dichosa que él, puesto que podía levantar su frente sin rubor, serena, y sin la marca de la vergüenza, mientras que su pérfido amante se veía allí delante de ella con todo el abatimiento y el oprobio de un hombre cuyo crimen le hace detestarse a sí mismo.

Al pasar junto a Saldaña sintió éste un frío por todo su cuerpo tan intenso que le penetraba hasta los huesos, sus rodillas se doblaron, y quiso articular algunas palabras. Sólo se le pudo entender que decía:

—¿Me perdonas?

Zoraida le miró con desdén y menosprecio.

—No —le contestó—; jamás te perdonaré. Tanto cuanto te he amado te aborrezco. Te he perseguido, he querido vengarme de ti, pero no me movía a hacerlo más que mi amor. Podías en un acceso de cólera haberme muerto de una puñalada, haberme ahogado entre tus brazos, y yo te habría perdonado. ¡Pero entregarme fríamente a mis verdugos! Tú eres un malvado, y jamás te perdonaré.

—¡Zoraida, Zoraida! —gritó Saldaña de rodillas, y tendiendo hacia ella los brazos—. No os la llevéis sin que diga que me perdona, porque Dios me castigará.

El sacerdote hizo señas a los alguaciles de que anduviesen, y dijo:

—Está hechizado, no hay duda, Miserere nobis Domine secundum magnam misericordiam tuam. —Y echó a andar detrás de ellos, seguido del paje, sin atender a los gritos del supersticioso Saldaña.

Capítulo 27

Deslumbrantes armas,
petos argentinos,
caballos, pendones
moviendo contino
destellaban juntos
entre el polverío
tornasoles tales
que el verlo era hechizo.
¿Y a dó tan bizarros
irán los caudillos,
y para el combate
tan apercibidos?

JOSÉ GARCÍA DE VILLALTA

Rayaba apenas el sol en el oriente, dos días después de la muerte del señor de Haro, cuando por las extensas llanuras que desde el castillo de Cuéllar se descubren camino de Valladolid, divisaron los vigías de la fortaleza a lo lejos una inmensa polvareda, como podría levantar la marcha de algún numeroso ejército. Veíanse, además, de cuando en cuando, arrojando un mar de luz en los aires, resplandecer acaso confusamente las armaduras, y los erguidos y blancos penachos de los caballeros ondear graciosamente a merced del viento como un bosque de palmas. Oíanse ya más cerca con belicoso y alborotado estrépito el relincho de los caballos, el ruido de los tambores, el crujido de las armas y el mezclado son de los lelilíes, clarines y otros instrumentos de guerra, con tan marcial y confundido estruendo que arrebataba los ánimos, asordaba los campos, retemblaba la tierra y pasmaba el verlo.

Correspondía a este aparato guerrero con no menos pompa y estrépito la guarnición del castillo, que puesta parte de ella sobre las murallas, y parte en la llanura fuera de la fortaleza, ya asestaban aquellos sus arcos desde las almenas con ademán guerrero como si esperasen sus enemigos, ya éstos maniobraban en sus gallardos bridones con ligeros escarceos, caminando al encuentro de los que se acercaban, ya permanecían como estatuas de hierro en sus pesados caballos; otro bando de ellos aguardaba a pie firme caladas las viseras, la lanza en la cuja y la espada desnuda colgada de la cadenilla que la aseguraba a la mano derecha, prontos a enristrar lanza al momento.

Sonaban las músicas de uno y otro ejército algunas tocatas guerreras, las campanas de la ciudad echadas a vuelo en señal de fiesta con atronador estruendo aumentaban la confusión, los truenos del castillo retumbaban a la redonda, y los gritos, los vivas, la alegría de la multitud, las ventanas coronadas de hermosas damas, las plazas inundadas de gente hacían aquel espectáculo tan vario y divertido como imponente y terrible. Admiraba ver juntos todos los preparativos de una fiesta en que brillaba en los rostros el regocijo, al mismo tiempo que todos los aparatos de guerra y los semblantes marcialmente severos de los soldados.

Y pocos consideraban en aquel instante viendo aquella multitud de banderas, aquellas armaduras tan relucientes, aquellos tan briosos caballos, y aquel tan numeroso escuadrón de hombres tan llenos de vida, de galas y de bizarría, que no pasaría mucho tiempo sin que esparciesen por todas partes el terror, el desorden y la muerte; que sus armaduras caerían desbaratadas en piezas al golpe de los ensangrentados aceros, y que ellos y sus caballos servirían de banquete a los hambrientos perros y a carnívoras aves, yertos ya y sin ánima sus robustos cuerpos. Entonces todo era fiesta, todo era júbilo, y si pensaban en el día de la batalla, era pensando en vencer, y alentados con mil esperanzas y mil ilusiones de gloria.

Fuéronse, pues, acercando en buen orden, y cuando ya las tropas ligeras de Saldaña se hallaban cerca de las que venían, pararon aquéllas, y un guerrero, cuyo melancólico rostro formaba un singular contraste con su lujosa armadura y buen aderezo, de majestuoso continente y gigantesca estatura, a galope en un alazán de fuego, se adelantó de sus tropas y salió a recibir a Sancho el Bravo, que, armado todo menos el casco, venía, rodeado de sus principales caballeros, montado en un tordo árabe, cuya soberbia lozanía sujetaba con indecible agilidad y destreza.

Llevaba el rey en la cabeza un bonete de terciopelo, color carmesí, de donde le volaban infinitas plumas de varios y bien casados colores; vestía una aljuba sobre la coraza, bordada toda de oro, y a su lado detrás de él llevaba un escudero su lanza, su escudo y el yelmo, que, rodeado de puntas de hierro y sólo adornado de algunas plumas blancas, mostraba que no lo traía para un torneo, sino para usarlo en la guerra. Descollaba a su lado por su aventajada estatura y grave porte el muy noble señor don Juan Núñez de Lara, primer ricohombre del reino, asimismo armado y a caballo, y cubierto el caparazón de su palafrén de una piel de tigre real, de que a su padre don Juan había hecho don el famoso Vargas Machuca, después que despojó de ella al intrépido Ben—Omar—Ben—Hacen, sobrino del rey de Marruecos, a quien combatió y venció en singular batalla cuando el sitio de Sevilla, delante del rey don Fernando.

El orgullo y las altas pretensiones de esta familia habían hecho célebre su nombre en todas las revoluciones anteriores a nuestra época, no pudiendo los reyes menos de ceder en algo a caballeros tan puntillosos de su derecho, y que por el menor motivo se querellaban con ellos. Pero nunca como ahora después de la muerte del de Haro se habían presentado en el apogeo de su poder, por lo que a pesar de la premura del tiempo, y no haber podido enviar a reclutar gente en sus señoríos, había traído don Juan al rey en aquella ocasión más de cuatrocientas lanzas, la mayor parte veteranos de nombradía, que eran los primeros que rompían la marcha, enarbolando en alto el glorioso pendón de su casa. Ocupaba la izquierda del rey, el valeroso López Salcedo, capitán de lanceros, y uno de los guerreros de más fama en aquellos tiempos, que sujetó después y puso en orden a los vizcaínos que había sublevado contra don Sancho el hijo del malaventurado don Lope. Marchaba todo cubierto de hierro, sin lujo, y aunque pequeño de cuerpo, parecía sostener el peso de sus armas sin trabajo ni fatiga alguna, antes bien, la enorme maza de hierro que colgaba del arzón de su silla, probaba bien a las claras la fortaleza de su musculatura.

Quisiéramos referir todos los nombres, todas las cifras y las armas de los demás ilustres caballeros que allí venían; pero la crónica de que copiamos no hace justamente mención particular de ellos, y por no faltar a la verdad histórica, nos vemos obligados a pasar en claro todo el ejército, sin poder dar cuenta de las banderas, motes y nombres de tantos célebres capitanes. Pero felizmente la misma crónica, aunque concisa y mezquina sobre ciertos puntos, después de enojar al lector, algunas veces por su demasiada estrechez y brevedad ruin, suele también divertirle agradablemente otras, y aun desarrugar su ceño entreteniéndole con descripciones sobremanera sabrosas y de buen leer.

Así que, en esta ocasión, puesto que calla los nombres de los valientes, lo que tal vez hizo el autor que vivió en aquellos tiempos por envidia o superchería, ensalza y alaba con entusiasmo la hermosura, a fuer de buen caballero, de algunas damas que en su litera venían detrás del ejército, cuyos rostros, trajes y condiciones describe con admirable minuciosidad, encomiando la nobleza de sus apellidos, la sobrehumana belleza en que excedían, dice el autor, a cuanto él había visto hasta entonces, y la riqueza de sus preseas y alhajas, cada una de las cuales era fama que bien valía una cibdad. Sentimos, empero, no ser enteramente de la opinión del cronista; pero faltaríamos a la verdad si, como él, exagerásemos la hermosura de aquellas damas, con mengua y agravio de las que son adorno y gala de nuestras fiestas, y mucho más si pusiésemos a tan alto precio las joyas que las engalanaban, dando envidia a nuestras más ricas fembras, y susto y temblor a sus maridos. Baste decir, que en la litera venían la reina y otras dos damas suyas; que doña María, esposa de Sancho el Bravo, tenía más de talento que de belleza, y que el lujo y la pedrería que llevaba han hecho creer que dio causa al prudente refrán tan sabido de antes que te cases, mira lo que haces.

Era la reina de mediana estatura y bastante airosa, de tez morena, pero sumamente agraciada, de animada fisonomía y de ademán señoril, realzando sobre todo la expresión de su rostro, sus hermosos ojos árabes, cuyas negras pestañas al caer podría haberlas comparado cualquier poeta clásico a dos nubes cubriendo un sol en cada uno de ellos, puesto que esto de nubes no hermosea mucho los ojos. Las otras damas no eran tampoco mal parecidas, sin embargo que una de ellas, y permítasenos esta descortesía, rayaba ya en los cuarenta, edad en la que si una mujer no es vieja, empieza por lo menos a envejecer.

Rodeaban esta litera algunos caballeros muy principales, aunque el rey y otros que las habían acompañado hasta entonces, se habían adelantado y puesto al frente de las tropas, para recibir el homenaje que debía hacerles, a la cabeza de las suyas, nuestro héroe el castellano de Cuéllar. Llegó éste al rey con aquella indiferencia y tristeza propia de él, y ya iba a echar pie a tierra cuando el rey, alargándole la mano se lo estorbó, apretándole la suya amistosamente.

Hicieron alto en este momento ambos ejércitos, y las músicas de uno y otro corrieron a cubrir el camino que había desde allí al castillo, tocando varias alegres sonatas, en medio de los vivas de la multitud. Tomó Sancho Saldaña el lugar de preferencia junto al rey, que le cedió Salcedo, puesto que el de Lara no hubiera hecho tal cumplimiento a nadie. Y en llegando al castillo pararon, y las tropas desfilaron en buen orden delante de ellos, entrando en el pueblo, que estaba a la izquierda por aquel lado, las tropas del rey delante, y las de Saldaña a retaguardia.

En esto, y en medio de los dos ejércitos, llegó la litera en que las damas venían, y habiendo echado todos pies a tierra, a ejemplo del rey, se adelantaron a recibirlas.

—¿Qué os distrae, buen Saldaña, que no venís a ayudar a esas damas a que salgan de la litera, o acaso tenéis en vuestro castillo quien os pide celosa cuenta de vuestras acciones? —preguntó el rey a nuestro héroe viendo que no se movía más que si fuera de piedra.

—Perdone vuestra alteza —replicó Saldaña—, si mi cabeza no está para cumplimientos. No obstante, sentiría perder la honra que vuestra alteza me ofrece.

Y diciendo así se encaminó hacia la litera, que ya había hecho alto, y después de abierta la portezuela hincó rodilla en tierra como los demás caballeros, y besó respetuosamente la mano de doña María, que se apeó en brazos de su esposo, mientras las otras dos damas que la acompañaban aceptaron las finezas de los cumplidos caballeros, que se apresuraron a servirlas, aunque es fama que a la más madura en años movió a obsequiarla, más que el deseo, la cortesía de los que se acercaron.

—Permitidme, señor, que os guíe —dijo Saldaña—, ya que vuestra alteza se ha dignado venir a verme a mi castillo.

—Id delante, buen caballero —repuso el rey—, que quien siempre fue delante en la batalla, justo es que vaya delante siempre.

Hízole Saldaña una ligera inclinación de cabeza, pero su carácter oscuro no le dejó agradecer con palabras la cortesanía del rey, de lo que murmuraron no poco muchos de los palaciegos, y entre ellos el deán de Sevilla, que ya conoce el lector.

—¡Cómo ha cambiado este hombre! —dijo a López Salcedo—: ¡ha perdido hasta el modo de hablar! ¿No veis con qué agasajo le trata su alteza, y qué áspera y bruscamente responde cuando le da la gana de responder? ¿A qué atribuís eso, señor Salcedo?

—A su carácter un tanto orgulloso, o quizá a sus distracciones continuas.

—¡Distracciones! Si hablara con un villano, sería natural distraerse; ¡pero con un rey! Os protesto, amigo mío, que yo no puedo atribuirlo sino a que estos señores que no frecuentan la corte se hacen tan sombríos y rudos como los castillos que habitan.

—Todo puede ser —repuso López Salcedo.

Entre tanto acabaron de desfilar las tropas en medio de los gritos y algazara del pueblo que se confundía con la estrepitosa fanfarria de las músicas. Los principales caballeros entraron en el fuerte detrás del rey, razonando unos con otros, ya del despego del señor de Cuéllar, que apenas había cumplido con el ceremonial de recibimiento, ya de las buenas obras del castillo y preparativos militares que en él había, cada uno según su inclinación cortesana o afición a las cosas de la guerra.

Camparon las tropas, parte en las alturas que rodean al pueblo, y las que cupieron se alojaron en el castillo. Era de ver todos aquellos cerros cubiertos de tiendas, en que tremolaban mil diferentes banderas de los nobles que allí venían, brillando al sol, que adelantaba su curso, tornasoladas de mil colores, llenas las colinas de armados guerreros, sonando con militar estruendo los ecos, y todo vida y movimiento donde pocas horas antes sólo alteraba el silencio la gallarda moza que con su cántaro en la cabeza pasaba cantando a tomar agua de la cercana fuente, el balido de las ovejas o el ladrido del perro que las guardaba.

El pueblo, mitad de él hundido en las faldas de los oteros por un lado, y empinado hacia el otro extremo donde levanta sus almenas la fortaleza en forma de magnífico anfiteatro, los caseríos que acá y allá en los llanos y las alturas se descubrían, las torres del castillo coronadas de arinada gente que al sol resplandecían como si fueran de plata, los alminares y veletas de las iglesias iluminadas de luz, los extendidos campos cubiertos de segadas espigas hacinadas ya para las eras, los pinares que a lo lejos por un lado y otro rodean aquella vasta campiña, el cielo claro, el sol en todo su brillo, el horizonte por término a la vista, los soldados que arreglaban sus tiendas, las gentes que iban y venían al campamento, el ruido de los instrumentos marciales, el bullicio de la multitud, los cantos de los soldados, todo presentaba el más vistoso cuadro y formaba la más discordante armonía que puede crear la imaginación.

Entre tanto Sancho Saldaña del mejor modo que pudo cumplimentó a sus reales huéspedes, supliendo a su cortesanía el buen trato, las opíparas mesas que hizo servir no sólo a los reyes, sino a cuantos venían en la comitiva, y los magníficos aposentos en que alojó a los más principales, todo lo cual hizo que el deán no le encontrase tan cambiado ni grosero como en un principio le pareció.

Creían muchos que Saldaña haría desocupar el cuarto que habitaba Leonor en obsequio de la reina, siendo la mejor y más elegante habitación del castillo, pero se engañaron en su creencia, porque el ceñudo castellano condujo a su alteza al segundo piso, a la habitación de la mora, puesto que tuvo la atención de decirle que desearía un palacio entero que ofrecerle, no siendo todo su castillo digno de contener en su seno tanta grandeza.

Bajó en seguida con Sancho el Bravo a la estancia que debía ocupar, y cuya descripción hemos ya dado en el tomo segundo de esta, no sé si se llame cuento o historia. Hablaron allí, estando presente el de Lara, acerca de los asuntos políticos de la época, y Saldaña manifestó la situación de toda aquella provincia, presentó un estado de las fuerzas de los conjurados, y después de varios debates tomaron algunas determinaciones, cuyos efectos verá bien pronto el lector.

Capítulo 28

Ese maldito usurero
… … … … … … … … .
que por granjear dinero
pondría en venta a su hermano,
reza a San Pedro, a San Juan,
a San Cosme y San Damián
y a toda la letanía.

MANUEL BRETON DE LOS HERREROS

Luego que Saldaña se retiró a su habitación, donde Duarte y García le aguardaban para desarmarle, se arrojó en un sillón como un hombre fatigado y harto de cuanto ha hecho y ha visto. Quedó un rato pensativo y callado, hasta que dando un suspiro y encogiéndose de hombros llamó a Duarte y le preguntó por su favorito paje.

—Señor —repuso—, con la bulla que ha habido hoy no he tenido tiempo siquiera para pensar en mí mismo, cuanto más en el paje: muy ocupado debe estar cuando no se ha presentado por ningún lado.

—Está bien, vete, que ya estás hablando de más —replicó Saldaña—; cuando venga, que entre.

—Muy bien —repuso el viejo—: el demonio del niño, maldito él sea —prosiguió gruñendo entre dientes—, que no parece sino que… un hombre como yo…

Perdiéronse a lo lejos sus murmullos, y Saldaña quedó otra vez solo, hablando consigo mismo y comparando la situación de su alma con el semblante que había tenido que tomar aquel día para recibir al monarca. Parecíale que era cada momento más infeliz, y recordaba los días de quietud del castillo en que no había tenido que disimular sus pesares para agradar a nadie, ni sufrir tanto enfadoso ruido ni vocería; solo y desgraciado sí, pero pudiendo desahogarse a su libertad. Figurábase que no era dueño ahora de su castillo, ni podía llorar ni maldecir su suerte, sino que como un miserable bufón tenía que someterse a la voluntad de su amo, y renegaba entonces de la venida del rey y de tanta gente llegada allí sólo para enojarle y cansarle con sus insípidos cumplimientos y necias charlatanerías. Hubiera deseado haber podido arrojar de allí a todos, castigar a los habitantes de Cuéllar por la alegría que manifestaban, y quedarse solo, sin más compañía que la de su pérfido confidente, el paje, ni otra persona en su fortaleza que su desdichada cautiva.

De cuando en cuando si llegaba a sus oídos algún grito de contento, o las carcajadas de los que por los cercanos corredores atravesaban, se encendían sus ojos, doblaba el ceño, apretaba los puños, dando señales de la ira que le abrasaba. Cansado de estar sentado se paseaba, cansado de pasearse se sentaba; en fin, nunca a su entender había tenido un día de más desagrado, inquietud y desasosiego que aquel; y pensando que aún le quedaban muchos que pasar de aquel mismo modo, prorrumpía en imprecaciones contra la suerte de Zoraida, y pensando supersticiosamente en los cargos a que este hecho daría lugar contra él en el otro mundo, aunque interiormente echaba la culpa al paje y trataba de persuadirse que el pecado recaía sobre Jimeno, no podía, sin embargo, acallar los gritos de su conciencia.

—¿Y por qué —decía— he de temer yo, cuando Jimeno no teme, que es el autor de este proyecto? Yo no tengo nada que ver con lo que él haga. ¿Peco yo acaso por haberle dejado llevarlo a efecto? ¿No fue él quien lo propuso? Y por último, ¿no es ella una mujer infame y de otra religión que la mía? No, no tengo cuidado; ya sabré yo en muriéndome lo que tengo que responder, no me cogerá el diablo desprevenido.

Su corazón, empero, no quedaba tranquilo a despecho de sus argumentos.

Tales eran sus pensamientos, cuando el elegante Jimeno pidió permiso para entrar a verle, y luego que lo obtuvo empujó la puerta y entró acompañado de un hombre, cuyos ojos hundidos y relucientes, sus tácitos y atentados pasos, y el rosario que traía en su mano, daban a entender que no podía ser otro que Zacarías.

—Benedictus in nomine Domini —dijo el hipócrita sin levantar los ojos del suelo.

No le miró siquiera Saldaña, ni hizo de él más caso que de un perro que hubiese entrado, sino que volviéndose a Jimeno y habiéndole hecho señas que se acercara, le preguntó:

—¿Has desempeñado tu encargo?

—Ved aquí, señor —repuso el paje—, un buen hombre dispuesto a hacer cuanto se le mande, con tal que se le pague bien.

Fijó en él Saldaña los ojos, y no pudo menos de sentir interiormente cierta gana de hacerle ahorcar, pareciéndole que en pocos pescuezos podría emplearse un cordel más dignamente que en el suyo; y Jimeno, que leía en el alma de su señor, no pudo menos de sonreírse. Estaba Zacarías a la izquierda del paje y enfrente del de Cuéllar, que ocupaba una silla, con las manos cruzadas, los ojos bajos y rezando sin duda, a juzgar por el movimiento continuo de sus labios, sin atender ni a uno ni a otro, y levantando los ojos únicamente cuando no le miraba ninguno.

—¿Quién eres? —le preguntó Saldaña con aspereza.

—Soy, oh benignísimo y esclarecidísimo señor, un humilde siervo de Dios, un pecador a quien no bastará llorar toda su vida para llorar como debe sus pecados. Lacrimae rerum.

—Es —le interrumpió Jimeno— el insigne Zacarías, piadoso director de las conciencias de los que tiene a sus órdenes el Velludo.

—Un miserable morador del desierto —añadió Zacarías con su voz compungida y meloso tono.

—Lo que tú tienes —dijo el de Cuéllar— es traza de ser el más consumado bribón que he visto en toda mi vida.

—Así es —añadió el paje.

—Laus tibi Domine, loado sea el Señor —replicó Zacarías—; más padeció Jesucristo por nosotros: estoy no obstante al servicio de vuestra grandeza, y bien puede creerme la vuestra excelsitud que más me inclina a servirle a su gracia la buena fama que de religioso tiene que el dinero que espero en Dios que me pagará, sin embargo, que el artesano vive de su salario.

—Ya te habrá dicho mi paje lo que quiero que hagas —respondió Saldaña—; y creo que hace ya algunos días que te entiendes con él.

—Señor, hasta ahora sólo he servido de espía con el ayuda de Dios, y por mi conducto han llegado a noticias de vuestra grandeza los movimientos de los rebeldes, y los planes que fabrican contra el ungido.

—Además —prosiguió el paje—, se ha ofrecido a asesinar al jefe de los revoltosos.

—¿A Fernando de Iscar? Por vida de mi padre, Jimeno —dijo Saldaña—, que tú no quieres sino cargar mi alma con nuevos crímenes. Al primero que siquiera le mire mal le he de arrancar yo mismo los ojos.

—Eso es lo mismo que digo yo —repuso Zacarías sin alterarse—; nada que perjudique el alma debe hacerse jamás, aunque vaya en ello la vida: Animae mea pura, etc., por no cansaros. Yo he pensado un medio de matarle sin que su sangre caiga sobre nosotros, y en cuanto a mirarle mal, yo le miraré, os juro, con la mayor dulzura en aquel momento.

—Las órdenes que me disteis… —dijo el paje.

—Las órdenes que yo te di fueron que me lo entregasen vivo, y no que ningún villano lo asesinara —contestó Saldaña encolerizado.

—Señor —repuso Jimeno—, eso quizá sea imposible.

—Pues entonces largaos de aquí tú y ese miserable gazmoño al instante —replicó Saldaña.

—No os encolericéis, eminentísimo señor —respondió Zacarías—; la cólera es uno de los siete pecados mortales, y…

—Quita allá, vive Dios, tú y tus pecados mortales —interrumpió Saldaña levantándose con la intención sin duda de darle de puntillones.

Pero Zacarías, viéndole tan irritado, se determinó a aplacarle diciendo:

—Vuestra grandeza debe saber que hasta lo imposible suele vencerse con la ayuda de Dios. Deo volente.

—Pues es preciso —replicó Saldaña, sentándose de nuevo más sosegado— que Dios quiera.

—Considerad, señor —repuso el paje, que el señor de Iscar está siempre rodeado de caballeros y que él lo es muy valiente para que se deje prender de un villano.

—El Espíritu Santo —exclamó Zacarías— acaba de iluminarme ahora mismo. ¡Oh! ¡Santo de los Santos!, ¡oh, esplendor divino! Bien podéis decir que Dios os favorece cuando me ha inspirado tan luminosa idea en vuestra ayuda.

—Habla y déjate de exclamaciones —respondió Saldaña.

—El Señor pondrá susto en su alma y… excelsa turris… Hoy se me ha olvidado casi todo el latín que sabía: vos veréis; pero la empresa merece vuestra atención, y vuestra grandeza debe saber que tanto vales cuanto tienes; y que así como antes trataba yo de emplear algunas monedas en beneficio del alma de ese caballero, dándole ya por difunto, ahora pienso será bueno rezar a las ánimas benditas, a San Cosme, a San Damián, a las once mil Vírgenes y a los innumerables Mártires de Zaragoza para que salgamos bien con nuestra intención.

El acarnerado rostro de Zacarías tomó una expresión particularmente devota en este punto, cruzó las manos sobre el pecho, y perdidos los ojos en el techo no dejaba por eso de lanzar de reojo algunas miradas hacia Saldaña, para ver si se daba por entendido, o era preciso usar de más claridad. El paje, con ademán socarrón, le miraba y sonreía.

—Tú puedes rezar —respondió el de Cuéllar— a cuantos santos y mártires te parezca, pero ahora lo que has de hacer es explicarme tu plan.

—No hay duda —replicó Zacarías—; vuestra grandeza sabe lo que ha de hacer este humildísimo siervo, vil lombriz del fango, pulvis, etc. Pero suponiendo por un momento que vuestra excelsitud se encargase de rezar tanto Paternoster y tanta Avemaría, amén de una estación por cada espina de la corona de Cristo nuestro bien, lo cual no sería extraño en un tan religioso varón como vuestra grandeza…

—Quita allá, mal ladrón: ¿cómo había yo de encargarme de rezar tanto? Falta, además que yo pudiese rezar… —replicó Saldaña—: déjate de hipocresías conmigo, no sea que usarlas te cueste caro: habla, o vete.

—Pero, señor, poderosísimo señor —respondió Zacarías con la mayor humildad—, vuestra grandeza sabe muy bien que cada uno tiene sus explicaderas. Dios pone valor en el corazón del guerrero y ciencia en la lengua del sabio. Yo rezaría todo eso, porque esas son mis oraciones diarias; pero hombres santos hay cuyas súplicas valen más que las mías para con Dios. Pero ellos están harto ocupados en el culto divino, y es menester pagarles su trabajo; ya sabéis que tantas oraciones dan ocupación para algunos días, y yo me encargaría de llevarles el dinero y de entregárselo, por lo que no sería malo que vuestra grandeza añada algo más a lo que tiene intención de pagarme. Yo me contentaría con un cornado por cada estación.

—Maldito demonio —replicó Saldaña irritado—, si hay que rezar a cada uno de los innumerables mártires, ¿dónde piensas que hay dinero para pagarte? Huye de mi presencia, y cuenta que voy a dar orden para que te disparen tantas flechas como Avemarías me has pedido.

—No se enoje vuestra excelsitud —replicó Zacarías—: aquí mi amigo Jimeno tasará mi trabajo.

—¡Amigo!, ¡puf! —interrumpió el paje mirándole con desdén.

—Pues, señor, yo —continuó el hipócrita—, si no ofrezco algo a las ánimas benditas soy hombre al agua y no sirvo para nada, ni a nada me atrevo absolutamente, porque antes es en mí la devoción que otra cosa cualquiera.

Volvióse el de Cuéllar sobre su sillón harto enojado con la falsedad y avaricia del buen Zacarías, y apoyando la cabeza sobre la mano derecha, afirmando el codo en el cincelado respaldo, quedó un rato pensativo, dudando si le mandaría ahorcar y haría ese favor más a la humanidad, o si seguiría valiéndose de él, vista la mucha necesidad que de sus servicios tenía, y consentiría en cuanto le pidiese.

El hecho era que sus esperanzas no podían absolutamente cumplirse si no lograba tomar prisionero al de Iscar, hazaña casi imposible de verificarse a no valerse de la astucia de alguno de su partido que lo entregara. Esta reflexión, que para él tenía más fuerza que cualquier otra, le determinó a todo y a dar cuanto Zacarías exigiese, aunque tuviese que empeñar sus tierras y sus castillos para satisfacer su codicia. Repugnábale, no obstante, tener que ponerse a merced de un villano que, según las ideas de aquel siglo, debía tener a mucha honra servir a un caballero tan principal como él, y cuya vida debía estar a su placer, pronto a sacrificársela. Pero como no había más remedio, era preciso pasar por todo; y volviéndose hacia el piadoso varón, que con aire meditabundo parecía que estaba contando los innumerables cornados que le pedía:

—Malsín —le dijo—, admirable es la paciencia con que he visto tu descaro sin haberte ya hecho empalar. Con todo, quiero hoy hacer prueba de mi bondad para ver tu insolencia hasta dónde llega. Tasa tú mismo lo que vale tu traición, y veremos.

—Señor —respondió Zacarías—, vuestra bondad y mansedumbre os colocarán algún día en el paraíso, como tan santo varón merece. Pero yo puedo juraros y os juro —añadió, poniendo los índices de ambas manos uno sobre otro en forma de cruz, acercándolos a sus labios— por esta señal de la cruz, que el dinero que os pido es para un buen fin, y que si se tratara de mí me contentaría con el que quisiereis darme. Veo, sin embargo, vuestra generosidad y magnificencia, y voy a tasar poco más o menos lo que creo que valdrá tanto rezo. En primer lugar, por cada estación pondré un cornado, moneda ínfima, como vos sabéis; ahora bien, en cuanto a las ánimas benditas, debe haber infinitas en el purgatorio, y se puede regular unos ochocientos millones de almas, echando corto. Las once mil Vírgenes es poca cosa. Pasemos ahora a los innumerables mártires, Martirologium, cte., que no viene a cuento. Los innumerables en este caso deben tener número, y para no ser prolijo pondré el doble de las ánimas benditas, aunque tal vez diréis que ando escaso, pero como quedan las espinas de la corona de…

—Voto a tal, vive Dios, infame, atrevido, insolente, mal villano, ladrón, ruin —exclamó Saldaña, poniéndose en pie y volcanizado de ira—, que he de hacer un escarmiento en ti, que ha de poner espanto en todos los de tu miserable ralea. ¿Y dónde has aprendido a echar cuentas, canalla? ¿Y cómo tienes osadía para demandar dinero a un caballero como yo soy, y que puede disponer hasta de tu vida? Jimeno, echa de aquí a ese follón deslenguado y arrójale de cabeza a un pozo ahora mismo, que por mi vida que no ha de vivir dos horas más en el mundo.

Quedóse Zacarías inmóvil, sin dar señales de susto ni cambiar su aspecto devoto, notándose convulsivo en los labios, como si rezara muy a prisa y se pusiera a bien con Dios. El paje se acercó a Saldaña y le habló al oído.

—Señor —le dijo—, lo que a vos importa es coger prisionero al señor de Iscar. Perdonad a este hombre su atrevimiento, y cuando vuelva por la paga, ¿tenéis más que hacerle ahorcar de una almena?

—Dices bien —respondió Saldaña, y encarándose con Zacarías prosiguió—: Infame, hipócrita, saco de embustes y villanías, las palabras que has usado merecían que yo te hubiese hecho arrojar de cabeza desde la torre más alta al foso, como he tenido intención. No obstante, te perdono, y estoy pronto a darte cuanto me pidas luego que hayas cumplido tu promesa, entregándome prisionero al señor de Iscar.

—Bien parece, señor mío —replicó el astuto gazmoño—, la generosidad en los poderosos, Regum que Deum que; sin embargo como las oraciones que os pido son para antes y no para después, creo tendréis a bien entregarme siquiera la mitad de su valor, a fin de que yo lo lleve al monasterio más próximo y principien las plegarias desde esta tarde.

—Dice bien —repuso el paje, adelantándose a hablar, viendo que otra vez Saldaña se encolerizaba—; sólo que lo mejor es que haga venir aquí los frailes, o quien quiera que sea quien haya de recibir esa cantidad, para que el señor de Cuéllar quede satisfecho de que ha sido bien empleada.

Esta salida del paje cortó el revesino, como se suele decir, al consumado tuno, que no acertaba apenas qué responder, y sosegó el ánimo de Saldaña, que no pudo menos de sonreírse y mirar al paje, que, fijos los ojos en Zacarías, tomó el ademán burlón tan natural en su maliciosa fisonomía.

El devoto bandolero no dejó por eso de responder.

—¿Y por qué —dijo— distraer de sus santas ocupaciones a los elegidos del Señor? Con que yo fuera a llevárselo, bastaba, cuanto más que ya veo que mi piedad me ha descarriado un poco, y…

—Has pedido lo que el mundo todo no bastaría a pagar —interrumpió el paje, terminando la arenga de Zacarías.

—Mi devoción, mi exagerado celo por el culto, eclesiae suae santae…

—Basta —replicó Saldaña—, voy a darte diez alfonsís de oro (4), y después ajustaremos cuentas.

—Siquiera, por las lágrimas de la Magdalena —exclamó Zacarías—, generosísimo señor, que sean veinte.

—Diez he dicho —repuso el de Cuéllar con sequedad.

—Diecinueve, por las siete espadas que atravesaron el corazón de la Virgen, pia mater.

—Ni un cornado más.

—Dieciocho, señor, diecisiete, dieciséis, quince, por la lanzada de Longinos, por las llagas de nuestro Redentor…

Reíase el paje, aunque con disimulo por no enojar a Saldaña, viendo a Zacarías seguir a su señor, que salía ya de la habitación, acosándole, cansándole, pidiéndole y rogándole por cuanto puede rogar y suplicar un cristiano, diez, seis, una moneda más, un cornado siquiera más que lo que Saldaña le prometía, y persiguiéndole hasta el punto de hacerle volver hacia él la punta del pie y arrojarle al suelo de un puntillón que le hizo venir rodando hasta los pies de Jimeno.

—Sea por Dios —dijo, poniéndose en pie—; más padeció Jesucristo por nosotros.

—Al fin has logrado lo que pedías, puesto que te han dado un puntillón además de los diez del pico —dijo el paje, burlándose.

—Yo le hubiera perdonado tanta generosidad —respondió Zacarías—, que pienso que me ha derrengado, y hay larguezas que no se agradecen.

—Con todo —repuso Jimeno—, has caído con mucha gracia, y por eso te perdono el pisotón que me diste.

—¿Te pisé? ¡Oh! Se ha cumplido en mí la profecía: super aspidem et basiliscum ambulavis.

Volvió en esto el señor de Cuéllar, y habiéndole endonado un bolsón con las diez medallas, que Zacarías recogió con ansia, miró con condicia y se guardó en un vuelo, dijo:

—Ahora bien, ¿cuál es tu plan?

—Yo traeré al señor de Iscar a alguna emboscada vuestra —respondió Zacarías— valiéndome de algún lícito y piadoso engaño, y con la ayuda de Dios os le entregaré prisionero.

—Está bien, y cuidado con que no faltes a tu promesa. Te doy de término cinco días; si en este tiempo no me sirves bien entregándomelo lealmente, le aviso al Velludo de tu traición para que te haga ahorcar al momento. ¿Entiendes?

—De aquí a cinco días, mediante Dios, estará el señor de Iscar en vuestro poder.

—Vete.

—Pero si vuestra generosidad y buen corazón inclinasen a vuestra excelsitud a darme algo más.

—¿No te vas? —replicó Saldaña—, o quieres que…

—No, señor, nada de eso, poderosísimo y eminentísimo señor, ya me voy, Padre nuestro, etc… —y volvió la espalda rezando.

Capítulo 29

Velada en nubes la celeste cumbre
todo era noche, luto y tempestad,
sólo a tu rostro de divina lumbre
vaga aureola daba majestad,

ANTONIO ROS, La Virgen al pie de la Cruz.

Cuando dicen que las cosas del mundo parecen una novela, no es más sino que una novela es o debe ser la representación de las cosas del mundo, en que todo va a nuestro entender desenlazado y desunido a veces, aunque si se examina bien no carece de cierto orden y regularidad, y en que personas al parecer inútiles y acontecimientos en sí frívolos son acaso tan esenciales y necesarios cuanto que sin ellas o ellos fuera imposible que tuviese tal o cual fin el asunto principal. Nosotros, no obstante, que nada tenemos que hacer sino extractar de las crónicas que dan cuenta de nuestra historia, no podemos vanagloriarnos mucho de este enjambre de personas que en ella andan revueltas, ni de lo distantes que por su jerarquía y oficios parece que habían de estar unos de otros y de la relación que tienen entre sí todos, bien como una ingeniosa máquina en que desde la rueda principal hasta la más pequeña y ruin, aunque obren al parecer en contrario sentido, ayudan todas ellas su movimiento. Pero, como hemos dicho, el mérito, si alguno hay, no es nuestro ni del cronista, sino que así pasó y así lo dispuso Dios, y nosotros no hacemos sino contarlo.

El genio de la historia deja, pues, ahora por un momento los palacios de los reyes y los castillos de los señores, y atando algunos hilos que habían quedado sueltos en el enmarañado transcurso de los anteriores sucesos, dirige su vuelo al campo, y entre los pinares del río Pirón se esconde y desaparece.

—Por el Dios de Abraham…

—No jures así, no sea que saquen por el hilo el ovillo y nos conozcan estos perros. Cuanto más, que si nos descubren con este traje morimos sin remedio.

—En verdad, señor mío, que no sé cómo sabiendo tanto y teniendo tanta experiencia como vuestros años prometen os habéis metido en este oscuro encierro, que para mí creo que no hemos de hallar la salida.

—Las determinaciones del sabio cree el ignorante que son locuras, porque nunca será capaz de entenderlas.

—Lo que yo entiendo es que si se llega a averiguar nuestro enredo nos asaetean vivos, sin que nos valga toda la sabiduría de Salomón, y yo ya sabéis que soy hombre muerto antes que me maten en tales lances.

—Si tienes miedo, puedes volverte desde aquí mismo.

—¿Miedo? ¿Y por qué no he de tener miedo, si nunca hice profesión de valiente? Pero soy criado fiel y no me separaré de vos nunca.

Tal era la conversación que traían dos religiosos de la orden de San Francisco que salían de los pinares, sin duda con intención de vadear el río, y hacían su camino a pie, como deben caminar los frailes de esta religión. Traían echadas las capuchas, que apenas les dejaba descubierto el rostro, y uno de ellos, de pequeña estatura, y el más viejo, llevaba un báculo o bastón grueso, en que se apoyaba para andar con menos trabajo.

Al llegar a la orilla del río hicieron alto, y habiendo buscado el sitio en que hacía más sombra, fatigados del sol por ser las doce del día, se recostaron sobre la arena, y el hermano más joven sacó de las alforjas algunos fiambres y un pedazo de pan, que ambos a dos comieron con mucho apetito, aunque, a decir verdad, el viejo puede decirse que se contentó con probar de aquellas viandas, a que dio fin con extraordinario gusto su compañero. En esto estaban, cuando una voz, que tenía algo de sobrehumano a aquella hora y en aquel sombrío y solitario bosque, llegó a sus oídos, y oyeron que entonaba con angelical melodía un himno sagrado, de que conservó el fraile más anciano algunos trozos en su memoria, que dicen que fueron hallados después de muerto entre sus manuscritos.

Plegaria

Tus dulces ojos con amor piadosa,
Virgen divina, vuelve al pecador;
oye, ¡oh, madre!, mi súplica angustiosa,
tú que sentiste como yo el dolor.

Llanto continuo corre de mis ojos,
y a ti mi rostro no me atrevo a alzar,
árida senda de ásperos abrojos
hace la sangre de mis pies brotar.

Largo camino y duro se me hacía,
flaco sentí mi corazón latir,
débil mujer sin ánimo y sin guía
la tentación no pude resistir.

¡Ay!, yo pequé y abandoné el camino
que lleva sólo a la mansión de paz,
y en negra sombra el resplandor divino
trocarse vi de tu amorosa faz.

Lejos del mundo en santa penitencia,
sola aquí en este túmulo lloré,
para otro aquí imploraba tu clemencia,
por otro aquí mi pecho golpeé.

¡Oh madre mía!, altiva pecadora
nunca por mí rogué en mi vanidad.
Mares de eternas lágrimas ahora
no bastarán para alcanzar piedad.

Resonó el eco la suave armonía que hacía parecer aquel sitio encantado, y aunque los dos religiosos registraron a un lado y a otro por ver quién era el que de aquella manera cantaba tan dulcemente, no vieron a nadie y todo había quedado en silencio; la voz, no obstante, había salido de entre unos escombros y ruinas que a la orilla del río estaban, pero entre los que no hallaron oculto a nadie, por más que recorrieron todo.

—Señor —dijo el más joven de los frailes—, esto es cosa de encantamiento, y el arpa de David no sonó con más suavidad.

—Ciertamente que no he oído voz más dulce, y la hermosa Esther, mi hija querida, que me mataron sin duda estos perros cristianos cuando era niña, no tenía voz más pura. ¿Te acuerdas, Benjamín, de mi hija?

—¿Que si me acuerdo? —repuso el joven—. ¿Puedo yo olvidar nunca a la amiga de mi niñez? ¡Ni cómo olvidaré yo jamás la noche terrible que la perdisteis! Me acuerdo como si hubiera sucedido ayer.

—Tú eras aún muy niño —repuso el viejo, con muestras de mucha pena—, tú te reías de ver arder el castillo y volvías la cara para mirar las llamas que lo consumían, mientras nosotros huíamos delante de la espada de los nazarenos. ¡Oh, mi hija Esther! ¡Hija mía! ¡Mi querida hija! Yo te busqué por medio de las espadas enemigas, al través de las llamas; yo te pedía a todo el mundo, al cielo, a la tierra, y nadie respondía a mis voces. ¡Ah! Tú no viste la desesperación de tu padre: ¡hija mía, hija mía! La flor de tu hermosura había sido ya deshojada por el huracán.

Al decir esto inclinó el buen viejo la barba sobre el pecho y derramó algunas lágrimas. Benjamín dio un suspiro, y ambos guardaron silencio por largo rato.

El viejo prosiguió diciendo:

—Benjamín, el sabio debe ser superior a los contratiempos de la vida, pero aunque han pasado ya muchos años, y a pesar de los cariños de mi segunda esposa y de mi hijo, nada basta a arrancarla de mi memoria; continuamente, a todas horas, la veo delante de mí con aquella gracia infantil, aquel donaire en que yo fundaba toda mi vanidad. ¡Ah! Ya habrá crecido, ya será una mujer. ¿Pero qué digo? Ya sólo es polvo y gusanos. Desde entonces aborrezco el nombre de cristiano y me valgo de cuantas mañas puedo para exterminar una raza maldita de asesinos. ¡Benjamín! ¡Benjamín! Tú no sabes cuántas veces se me saltan las lágrimas al mirame, pensando que te veo aún jugar con mi hija. ¡Ahora tendría tu edad!

Pronunció estas palabras con tanto sentimiento que Benjamín sólo pudo corresponder suspirando al dolor que el buen viejo manifestaba. Fue empero Abraham, a quien ya habrá conocido el lector, el primero de los dos que se recobró, y acordándose sólo de la misión que llevaba, pasó la mano por la frente como para ahuyentar cualquier otro pensamiento, y ya se había puesto en pie para seguir su camino, cuando la misma voz que había cantado sin duda, a juzgar por su suave sonido, vino a interrumpir su marcha diciendo:

—¡Padre mío, padre mío!

Volvieron la cara los dos mentidos frailes al oírse apostrofar de aquel modo, y reciente la imagen de su hija en su memoria, no pudo Abraham menos de estremecerse; pero fijando la vista ya con más atención, vieron venir hacia ellos una figura envuelta en una capa o almalafa negra, que no dejó de asustar a Benjamín y de sorprender bastante al sabio judío.

—Padre mío —repitió la hermana de Saldaña, arrojándose a los pies de Abraham—, en nombre de Dios oídme en confesión, no miréis con desprecio a esta pecadora.

—Levanta, hija mía —repuso el supuesto fraile—. ¿Quién eres, dime, que andas sola por estos despoblados?

—Separaos un momento de vuestro compañero —respondió Elvira—, y si no, no; oídme los dos; sí, el mundo entero sepa mi delito y sea testigo de mi vergüenza. Padre mío, tenéis delante de vos una mujer criminal, una mujer que lleva consigo la maldición del Señor.

—Has de saber —replicó el judío— que voy muy de prisa y…

—No, no os iréis de aquí sin oírme… —repuso Elvira, cogiéndole del hábito.

—Señor, si nos cogen somos perdidos —dijo Benjamín en lengua extraña a su amo.

—Con todo, estoy por darle gusto —replicó en el mismo idioma Abraham—; ¿quién sabe si sus confesiones nos pueden ser útiles?

—Hija mía —prosiguió, volviéndose a ella—, habla y sé breve, que acaso Dios nos pedirá cuenta del tiempo que aquí hemos perdido.

—Padre mío —exclamó Elvira, arrojándose segunda vez de rodillas—, padre mío, yo soy la hermana de Sancho Saldaña, yo había hecho voto de enterrarme en vida y consagrarme a Dios por la salvación de su alma, y yo he faltado a lo que ofrecí. Yo volví a su castillo, le asistí en sus heridas y he sido testigo de nuevos crímenes. He huido otra vez al desierto, e implorando el perdón de mis faltas, mis lágrimas han corrido noche y día sin cesar, pero el Señor no ha respondido a mis súplicas. El demonio del orgullo se apoderó de mi corazón; mi pecado es grande, y la eternidad se abre delante de mí con espanto. ¡Ah! ¡No me maldigáis! Mi arrepentimiento durará toda mi vida; imponedme la penitencia más dura de cumplir, mandadme que peregrine leguas y leguas con los pies descalzos, que maltrate mis carnes, que bese los pies del viajero que encuentre en mi camino, todo me parecerá poco comparado con mi delito. Yo he preferido el amor y la amistad de los hombres al amor de Dios; yo, ¡miserable de mí! he caído en la tentación.

Quedó el judío pensativo, menos compadecido del arrepentimiento fanático de aquella infeliz mujer que cuidadoso de aprovecharse de la ocasión que la suerte le presentaba, por lo que el primer pensamiento que tuvo en cuanto oyó que era hermana de Saldaña fue fomentar su locura y servirse de ella para sus planes.

—El cielo —dijo— ha guiado aquí mis pasos para salvarte de la muerte eterna. Días hace que el Señor puso en el corazón de su siervo la intención y el deseo de morir mártir o salvar a tu hermano del infierno que le amenaza, y mi deseo ha permitido Dios que se cumpla. El Señor ha mirado con ojos benignos al pecador. Grande, como tú has dicho, es tu pecado, pero mayor es la clemencia de Dios. Con todo, la penitencia que te impone por mi boca es terrible; examina primero tu corazón, piensa en el castigo que te aguarda en la eternidad y compáralo con la obligación más penosa en la vida: inflame tu alma el santo fervor que debe acompañar al arrepentimiento. Eleva tu espíritu a la presencia de tu Criador; pon tu confianza en el que da aliento a mi voz e inspira mis palabras, arráncate de los lazos del mundo, olvida a tu hermano, olvídate de ti misma, y el entusiasmo divino de la religión exalte tus potencias para que seas digna de la grande empresa a que tú sola puedes dar fin. ¡Considera que quizá Dios te destina para que libres de la servidumbre a su pueblo!

El rostro del mentiroso judío había tomado una expresión particular de enajenamiento y sublime arrobo que no parecía sino que de veras ardía en su pecho el fuego de la inspiración. Sus ojos habían trocado su natural decaimiento en un brillo vivísimo, como iluminados, y el color ardiente de sus mejillas, la actitud atrevida y religiosa al mismo tiempo de su expresivo semblante hubieran podido engañar a cualquiera otro más suspicaz que Elvira. Besó ésta el cordón de su hábito humildemente, y sin alzar los ojos del suelo respondió:

—Padre mío, mi vanidad humillada no se atreve a lisonjearse de tantas glorias como me habéis ofrecido en nombre de Dios; pero mi corazón no tiembla de la penitencia más cruda. Cumpla yo mi deber para con Dios y véame envilecida y criminal para con los hombres.

—El mayor crimen —replicó el judío—, el delito más horroroso al parecer de los hombres, puede ser agradable a los ojos del Omnipotente (5). Llenas están las Santas Escrituras de acciones delincuentes, según el mezquino juicio del mundo, y que el Señor en su profunda mente ordenó que se cometieran. ¡Quién osará sondear los altos juicios de Dios! Él manda matar para dar vida, y se sirve a veces del insecto más vil para humillar la soberbia del poderoso. Llenos están los montes y los valles de tus maravillas, señor Dios Sabaoth, dijo el salmista. Tú pusiste fuerza en el corazón de Judith cuando derribaste el orgullo del enemigo de tu pueblo. Tú inflamaste el espíritu de la maravillosa Débora y tú comunicaste vigor al brazo de un pastor niño para que de un solo golpe hundiera en la nada la arrogancia del Filisteo. Mujer, ¿por qué has de dudar tú de la elección del Señor, cuando él ha puesto en ti los ojos para que vengues su pueblo y le libres del cautiverio y pone en tu mano la espada de la victoria, que arrojará en el polvo al hijo impío que se rebeló contra su padre, al hijo maldito que excomulgó el pontífice, al nuevo Nabucodonosor que ha encadenado los mancebos y las vírgenes de Sión? Mujer, enciende tu ánimo en santa ira y regocíjate en el Señor. Vano será tu arrepentimiento y vanas tus lágrimas, aunque derramases mil veces más que lleva gotas de agua el océano, si no sigues a ciegas la voz del que en este momento me inspira y me revela tus destinos. Los crímenes de tu hermano han rebosado ya del vaso de la misericordia, tu pecado es grande, y la clemencia divina no la alcanzarás sin que antes hierva en tu brazo la sangre que salte del corazón del impío.

—¡Oh! ¡Padre mío! —exclamó Elvira, atemorizada—. Yo soy una mujer… mi mano es débil… La vista de la sangre me hace caer desmayada; yo la he visto derramar una sola vez a mi mismo hermano, y aún me horrorizo de recordarlo. ¿No bastará otra penitencia menos cruel? Yo no tendré valor para levantar el puñal. ¡Ah! Mandadme comer tierra, andar arrastra como la culebra…

—Mujer cobarde, ingrata al Dios que te dio el ser, yo no te mando nada; Dios me ordena que te hable de esta manera, a él, a él solo, debes darle tus quejas, a él debes reconvenir, que no a mí. Tu alma está corrrompida y sin fe, y tú y tu hermano pereceréis por haber desoído la voz del Omnipotente. A él sólo, a él sólo debes acudir por misericordia. Yo te abandono a tu ceguedad.

Diciendo esto le volvió la espalda y se alejó algunos pasos sin volver siquiera a mirarla.

Benjamín, espantado con el lenguaje de su amo, no osaba decir palabra, no pudiendo comprender el fin que tenían sus discursos, mientras Elvira, fuera de sí y mirándole con los ojos desencajados, parecía haber perdido el conocimiento.

—¡Oh, no me abandonéis, no me abandonéis, padre mío! —exclamó, deteniéndole por el hábito—. ¡Ah! Yo soy una mujer, nada más que una mujer, sin brío, sin ánimo para nada; ni aun lo tuve para resistir al placer de llorar con una amiga, única persona que vi después de tres años en mi soledad. No lo he tenido para sufrir la penitencia que yo misma me impuse. Tened compasión de mí. ¿Cómo queréis que yo pueda derramar la sangre del poderoso? Perdonadme, pero yo mentiría si no os dijese que hay una voz en mi alma que me aconseja lo contrario de lo que me decís.

—Obedécela, pues —repuso el fingido fraile, sin volver la cara, separándola con aspereza—; es la voz de tu debilidad, la voz del demonio. Sigue el camino por donde él se guía, y al fin de él te juntarás con tu hermano, sin que ni a él ni a ti os hayan aprovechado tus penitencias. Adiós.

—¡Oh, no! Yo haré todo cuanto quiera Dios exigir de mi —exclamó Elvira, y cayó en el suelo sin señal de vida.

La compasión, o tal vez el pensamiento de la utilidad que aquella desdichada fanática podía producir a la causa que defendía Abraham, le hizo acudir a darle socorro viéndola en aquel estado y tratar de volverla en sí. Sacó, pues, uno de aquellos milagrosos espíritus que solía llevar consigo, y en habiéndole untado las sienes y aplicado a la nariz, se la vio recobrarse poco a poco, abrir los ojos y arrancar un profundo suspiro.

—Piedad, Señor; tened compasión de mi debilidad —dijo, poniendo los ojos en el cielo, con un acento tan dulce, que el judío, a despecho de su sangre fría, tuvo que apartar la cara a un lado para esconder una lágrima que a su pesar se desprendió de sus ojos, y hacer un esfuerzo para ocultar la sensación que le había causado. Pero reponiéndose al punto y desterrando de su imaginación el recuerdo penoso que aquella voz le traía, dijo:

—Mujer, anímate y cúmplase la voluntad de Dios. No mires tu miseria, sino el poder del que te ha escogido para que resplandezca la espada de su justicia en la tierra. Los reyes tiemblan a su nombre y los montes inclinan delante de él su cerviz. Forsitam enim indignationem suam abscindet et dabit gloriam nomini suo. El tirano ha congregado sus gentes, miles de siervos suyos armados cubren ya esta tierra con sus caballos de batalla y ha caído el terror sobre el corazón de los hombres. El parricida se burla de la excomunión del Pontífice y desafía cara a cara al Omnipotente. Iniquitatem fecimus. Hemos llenado la tierra de nuestras iniquidades, y el Señor ha permitido a este Faraón que nos persiga; pero sus carros se hundirán en el abismo del mar y no quedará rastro de él ni de sus huestes.

»Dichosa tú, hija mía, una y mil veces, dichosa tú, que quebrantarás el cuello del dragón y que subirás a la mansión de gloria acaso con la brillante corona del martirio; allí junto al árbol de la vida beberás las aguas puras del eterno río que fertiliza sus raíces; ángeles y serafines te cantarán y bendecirán; tú acompañarás sus armoniosos cánticos en loor del Todopoderoso. ¡Oh!, sí, vuela, ármate de fortaleza; Dios pondrá constancia en tu ánimo para que desprecies el riesgo, y segunda Judith, hagas que el mundo, postrado y temeroso, reconozca que no hay más que un Dios, que es el Dios de tus padres. Ven, hija mía, tu rostro veo que se inflama, fuego divino arde en tus ojos; ya te anima el entusiasmo que ardió en el corazón de la débil Jael cuando con un clavo atravesó las sienes de Sisera. Esta es la última penitencia que cumplirás por tu salvación y la de tu hermano. El tirano está en su castillo. Yo mismo te guiaré y te fortaleceré hasta el momento de dar el golpe. Un ángel sin duda me ha traído aquí para anunciarte la voluntad de Dios. Ven, sígueme; despréndete de todo miedo, de todo sentimiento terreno, y tuyo es el triunfo sobre el infierno.

—Padre mío —respondió Elvira—, yo me siento desvanecer, y me parece que veo ya la gloria que me prometéis, el mundo se desliza bajo mis pies, y en mi arrebato me siento elevar sobre las nubes hasta el empíreo. Vedlo, el universo rueda delante de mí, un rayo de luz ha iluminado mi frente, la espada del Dios de los ejércitos centellea junto a mí; sí, no hay duda, yo soy llamada por el Omnipotente para asombrar al mundo con su justicia.

Los ojos de Elvira giraban a un lado y otro mientras hablaba; su voz había tomado un tono imponente; su ademán tenía algo de sobrehumano y maravilloso: sus cabellos encrespados ondeaban como la cola de un caballo al escape; hería la tierra ya con un pie, ya con otro, levantaba los brazos; temblaba toda, y parecía que estaba demente.

Era así en efecto; los ayunos, las maceraciones y cilicios habían ya debilitado bastante su juicio, y hacía tiempo que imaginaba que veía visiones de ángeles y de diablos. Las últimas palabras del judío la acabaron de volver loca.

—¡Oh!, sí, en el castillo de mi hermano está —prosiguió diciendo, sin que Abraham, que la miraba atónito, tuviese valor para interrumpirla—; allí correrá su sangre por mi mano. ¡Oh!, ¡sangre!, ¡sangre! —añadía con un gesto de horror, mirando fijamente su mano derecha—. Pero yo soy una segunda Judith.

Y luego cantaba:

Mi diestra fortalece
el Dios de Sabaoth,
de acero impenetrable
cercó mi corazón.

Ved, ya he vencido,
vedlo caer
yerto a las plantas
de una mujer.

—Chis… será menester mucho disimulo… él tiene muchos guardias consigo —proseguía, bajando la voz y acercándose al judío—. Vamos, sí, vamos.

—Modera, hija mía, tu entusiasmo; tú has dicho muy bien. Es preciso, como Judith, engañar a los que guardan a ese segundo Olofernes; tú, como hermana del castellano, tendrás entrada al momento en la fortaleza; allí te retirarás adonde nadie te vea sino yo, y pasarás orando y ayunando tres días. Entonces el ángel del Señor te avisará.

Mirábale Elvira sin pestañear mientras hablaba, y luego que concluyó bajó la cabeza, y sin hablar ya más palabra echó a andar junto a ellos camino del castillo de Cuéllar, en donde ambos frailes entraron aquella tarde.

Capítulo 30

¿Vos, Hernando, en Arjonilla?, dijo Peransúrez cuando se vieron apartados del ventorrillo, todo lo que hubiera sido menester para no ser de nadie entendidos.

MARIANO JOSE DE LARRA,El Doncel de D. Enrique el Doliente.

Volvamos ahora a nuestro Zacarías, que contando su dinero, y aunque no muy satisfecho de Saldaña, alegre con su aventura caminaba a paso de lobo hacia el campamento de los partidarios del nieto de Alfonso el Sabio.

Ocupaba su ejército las llanuras que se extienden camino de Segovia a la derecha de Iscar, en una legua de circunferencia, donde mil diversas banderas flameaban al aire en las tiendas de los capitanes. Sobre un cerro, cuya superficie plana daba lugar bastante para establecer parte del campamento, y que en medio de aquellos llanos se levantaba como en un sitio de distinción, estaban las tiendas de los jefes principales, que trajeron gentes de armas y que usaban de enseña propia, y alrededor, en las faldas de la colina y en la llanura, se veían las de la tropa hasta perderse de vista por un lado y otro a lo lejos.

Por una y otra parte rodeaban el campamento un número proporcionado de centinelas, que en los parajes más elevados podían descubrir con facilidad cualquier objeto a la distancia más larga que puede alcanzar la vista. A la puerta de las tiendas de los señores había también una guardia, compuesta de soldados escogidos entre los que había cada uno traído a aquella guerra consigo.

Era la noche, el campo estaba en silencio, y sólo se oía el grito del centinela o el canto de algún trovador que al rayo de la luna entonaba dulces canciones de amor o se animaba con himnos de guerra para la batalla. La noche estaba serena y ni una nube siquiera manchaba el terso velo de gasa que la diosa argentada bañaba con su pura luz. Las tiendas del cerro, a la sombra y en montón, parecían negros fantasmas que se habían refugiado allí huyendo de la claridad que despedía la luna. Nadie hubiera creído, al contemplar la paz que reinaba en aquellos sitios y la calma de la Naturaleza, que al día siguiente inundarían aquel país lagos de sangre, se cubrirían aquellos llanos de muertos y que era, en fin, aquella tranquila noche la última que habían de contar muchos que en aquel momento se prometían quizá grandes triunfos y largos días de gloriosa vida.

Tal no pensaba, empero, el castellano de Iscar, que, deseoso de venir a las manos en un combate decisivo, velaba en su tienda cuidadoso de su honra y meditando por esto los mejores planes que le parecían para poner en derrota a sus enemigos. Acompañábanle varios jefes, y en medio de la tienda, sobre un tambor, ardía una luz a cuyo alrededor estaban sentados sobre unos groseros escaños. Dormían a la puerta, que estaba abierta por el calor, echados acá y allá en el suelo, los soldados de guardia, reposando algunos de sus fatigas y otros boca arriba mirando al cielo y silbando, mientras el centinela lentamente se paseaba.

—Pardiez —exclamó el joven señor de Toro—, que no hemos tenido noticia del judío, ni ha llegado todavía el jefe de nuestros espías. No que uno ni otro me importen mucho, y si los han ahorcado no han hecho más que morir como debían, pero quisiera que por esta vez no les hubiese sucedido nada.

—El ejército de don Sancho —decía un capitán viejo al de Iscar— consta de dieciocho mil hombres, más bien más que menos; el nuestro, aunque bastante numeroso, no cuenta arriba de ocho mil soldados aguerridos, por lo que mi opinión es que nos fortifiquemos en nuestro campo.

—La mía no —repuso el de Iscar—, porque el soldado se desanima cuando se le encierra, y es menester salir a recibirlos.

Hablaba el de Toro en secreto con otro joven que tenía al lado, y de repente interrumpió la conversación de los dos jefes con una carcajada.

—¡Ja! ¡Ja! Tendrá que ver el judío si lo ahorcan vestido de fraile; ningún grajo se llega a él, apuesto cualquier cosa; creerán que es un espantapájaros.

—Podíais atender a lo que estamos tratando —dijo el viejo— y no estar pensando ahora en vuestro judío, que mal demonio le lleve.

—¡Ja! ¡Ja! Si le hubierais visto vestido de fraile como yo, juro a Dios que os habría hecho reír como a mí. Por lo demás, yo no me cuido de vuestra formalidad ni de lo que habláis, y quiero vivir alegremente hasta que llegue mi hora.

La presencia de Zacarías, que entró en ese momento en la tienda, cortó la conversación con un Deo gracias que hizo volver la cabeza a todos.

—¡Ja! ¡Ja! Ya está aquí nuestro beato —dijo el de Toro—. Benitum in Domino nomine, o qué sé yo cómo se dice. ¡Hola!, costal de oraciones, buena alhaja, ya te había yo creído en el cielo o, por lo menos, en actitud de volar hacia él colgado por ahí de un árbol.

—Dios ha sido servido de mirar por su siervo —respondió Zacarías.

—¿Qué traes de nuevo? —preguntó el de Iscar—. Las tropas de don Sancho están ya en marcha, sin duda.

—Mañana, siendo Dios servido —replicó el hipócrita—, tendréis el gusto de verlas al amanecer.

—Tanto mejor —gritaron todos, menos el viejo.

—Y dime —preguntó el de Toro—, ¿has hallado en tu camino dos frailes franciscanos que salieron de aquí esta mañana?

—El señor no me ha hecho la gracia de hallar a sus santos ministros en mi camino. Permitidme —prosiguió Zacarías, dirigiéndose al de Iscar— que os haga en particular una comunicación de suma importancia, y que sólo debe ser oída de vos.

—Nos retiraremos —dijo el veterano capitán, haciendo intención de ponerse en pie.

—No hay para qué —respondió don Hernando—; salgamos afuera, buen hombre, y me dirás lo que quieras.

Diciendo así se levantó de su asiento, y embrazando la espada salió de la tienda acompañado del villano Zacarías, que ejercía el mismo oficio en los dos ejércitos enemigos. A pesar de la oposición que el noble don Hernando había manifestado a que el Velludo con su partida auxiliase la revolución, supo el astuto judío manejarse de tal manera que logró componer todo sin disgustarle, conviniéndose con los otros jefes, quienes los incorporaron entre sus tropas sin darle a él cuenta. Conocía apenas el de Iscar a Zacarías, habiéndole visto antes sólo dos veces, sin haber casi reparado en él, por lo que lejos de mirarle con odio le tenía por un mentecato fanático que, cuando más, merecía su desprecio, que en alto grado le dispensaba.

Salieron, pues, solos, al campo, marchando el de Iscar delante y a pocos pasos siguiéndole Zacarías, hasta que llegaron a un sitio apartado de los vigías y en donde nadie podía oír su conversación.

—Bien estamos aquí —dijo—; habla.

—Loada sea la Providencia divina —exclamó Zacarías—, que va a poner a vuestra disposición el trono de Castilla.

—¿Qué dices? —repuso asombrado el de Iscar—. ¿Es cierto? Despáchate; habla.

—El cielo protege por último la buena causa, y os entrega al tirano para que hagáis de él a vuestra voluntad. Utrum rex regum, etc.

—Demonio, di, y no andes con más preámbulos.

—Grande es el poder de Dios, que derriba el de los reyes. Ayer tarde cuando iba a espiar las intenciones del enemigo fui apresado, y fue la voluntad del Señor que me llevaran a la presencia del rey. Yo soy hombre veraz, y no diría una mentira por cuanto Dios crió.

—Adelante; al grano, y no me impacientes.

—Es, pues, el caso, fama erat, que el rey me preguntó dónde estabais vos, y tuvo el benéfico pensamiento de hacerme ahorcar, por lo que le prometí cuanto quiso si me perdonaba. Pero ya sabéis vos quod est dictum non est scriptum.

—Yo no sé latín —respondió don Hernando con impaciencia—, y si no me hablas claro te arranco la lengua; prosigue.

—Pues, señor, el rey me ofreció montes de oro si, como él decía, le entregaba yo al jefe de los rebeldes, en lo que convine.

—¡Cómo, pícaro!

—Aguardad, señor; no fue más que una promesa, como antes dije en latín. Para esto quedamos en que él enviaría alguna gente a un paraje donde yo os llevaría, en lo que convino al momento, y me repitió sus ofertas; pero yo, que, como todo el mundo sabe, quiero más mi virtud que cuantas…

—Adelante.

—Pues sí, señor, aparenté convenir, aunque le puse algunas dificultades, y sólo pensé en servir la santa causa que Dios me manda que sirva. Buen latín os perdéis por no dejarme hablar en otra lengua que la mía. Díjele que yo os amaba sobremanera, en lo que no mentí, y que aunque estaba dispuesto a entregaros, temía, no obstante, por vuestra vida, y que si él no me daba una seguridad de que nada os sucedería, estaba determinado a perecer primero que cometer tal infamia, que Dios no permita. Entonces me aseguró daría orden al jefe de la emboscada para que os respetase como a su misma persona, pero habiendo yo insistido en mi duda, quedó pensativo un momento y dijo: Está bien; quiere decir que yo mismo empezaré y acabaré la guerra en un día; y me prometió venir en persona. Salí de allí, después de concertar con él el sitio y la hora de vuestra entrega. Escondíme, observé los pasos de todos, y si tenéis el ánimo que en tantas ocasiones habéis probado, esta noche en cambio voy a entregaros el rey. Está en un pueblo aquí cerca, sin guardias apenas, habiéndose adelantado del ejército, y la emboscada está puesta no lejos de allí; esta noche, después de media noche, están creídos que habéis de ir conmigo; si no os atrevéis, capitanes hay en vuestro ejército que aceptarán con gusto.

—Villano —interrumpió el de Iscar—, ¿osas tú decirme, que si no me atrevo?

Quedó pensativo un rato y dijo:

—¿Qué seguridad me das tú de que es cierto lo que dices?

—Mi juramento…

—No basta; pero no importa, tu vida me responderá; vendrás conmigo.

—Pensad que Dios os entrega un rey, y…

—¿Qué gente piensas que lleve?

—Poca y buena —respondió Zacarías—. Dios ha descubierto las maquinaciones de los impíos, y…

—Está bien; sígueme.

Dicho esto echaron a andar, y habiendo vuelto a la tienda llamó a Nuño, que estaba mandando la guardia, y le dijo lo que pensaba.

—Habrá bastante con cincuenta hombres —repuso Nuño—, y llevaremos atado al guía. Ya os he dicho mil veces que no debéis fiaros tanto de vuestro valor, porque, como decía vuestro padre…

—Mi padre decía muy bien, pero lo que ahora importa es que nos despachemos, que no faltan más que dos horas.

Y el buen Nuño se apartó, y tomando la gente que le parecía más granada volvió adonde estaba ya su amo a caballo, aguardándole lleno de orgullo y contento, pensando nada menos sino que iba a hacer prisionero al rey.

—Buen hombre —le dijo Nuño al espía—, ven aquí junto a mi caballo; al menor movimiento que hagas que me descubra tu traición, mueres.

—Yo sólo confío en el Señor Todopoderoso, Padre nuestro, etc. —y echó a andar, al parecer, con serenidad, procurando todos no meter ruido, y saliendo sin alarma ni dar nada que sospechar.

Capítulo 31

El ominoso Marte, que preside
a la sangrienta lid con ceño airado,
la frente de laureles va ciñendo
al que vuela sañudo
los campos de cadáveres cubriendo.
Impune hiere el bárbaro asesino
y tranquilo se goza en sangre humana
retiñendo el puñal de muertes lleno,
y asesinando vive
alumbrándole el sol que alumbra al bueno.

JUAN BAUTISTA ALONSO, A la muerte de una niña.

«¡Al arma, al arma!», resonaba el campo de los partidarios al romper el día, y al espantoso estrépito de sus instrumentos guerreros correspondían con no menos estruendo los de un numeroso ejército que, marchando hacia ellos, como a tres tiros de flecha se descubría. Pero bien pronto hizo alto, y varios cuerpos de caballería, armada ligeramente, salieron de entrambas alas a campear, mientras los contrarios del rey se presentaron en batalla con bastante serenidad e imponente aspecto, poniendo en las primeras filas a sus flecheros, que, armados los arcos y colocados los cuerpos en actitud de tirar, sólo aguardaban a que el enemigo se acercase para llenar el aire de un diluvio de flechas. A pesar de esta aparente firmeza, la falta de Hernando de Iscar, a quien no había visto nadie desde su expedición de la noche antes, daba mucho cuidado a sus amigos y había introducido cierto temor y desconfianza en la tropa.

Los veteranos de Iscar no hacían sino preguntar por su jefe, y echando de menos entre ellos a algunos de sus compañeros de armas que habían marchado con él, no se atrevían a pensar si sería alguna estratagema de don Hernando o si le habría acaecido algo desagradable, inclinándose o generalmente todos a lo peor. Pero quien sobre todos estaba inquieto era el Cantor, que había ido uno tras otro preguntando a cuantos había encontrado por su señor, y que ahora montado en su buen caballo ocupaba su puesto gallardamente entre las pocas lanzas que componían la fuerza casi total de la guarnición de Iscar. La distancia a que se hallaban unos de otros no permitía reconocer los jefes contrarios, puesto que un guerrero del ejército del rey que galopaba entre las filas, y que a lo lejos parecía un fantasma negro, medio polvo y medio aire, cualquiera habría creído que era Sancho Saldaña.

—¿Dónde diablos iría anoche el señor de Iscar? —decía el viejo capitán en un corro en que algunos jefes se habían reunido, frunciendo las cejas y al parecer no muy satisfecho.

—No hay miedo —repuso antes que ninguno el de Toro—; que si se fue con Zacarías no se lo llevará el diablo.

—Antes creo yo —dijo otro— que Zacarías y el diablo son una misma persona.

—Pues sentiría que lo hubiesen matado —dijo el viejo, retorciéndose con mucho despacio el bigote entrecano, cuyas puntas caídas le rodeaban la barba.

—Pues si ha muerto —dijo el de Toro—, ¡cómo ha de ser! Al que se muere lo entierran o se lo comen los cuervos.

—¡A las armas, señores, que ya se empiezan a cruzar flechas!

—El que caiga que aguante —dijo el aturdido de Toro—; hasta la vista.

En efecto, habían avanzado ya ambos ejércitos a menos de tiro de flecha, después de algunas ligeras escaramuzas entre los campeadores, que fueron reñidas con bastante igualdad, sin que la victoria quedase por ningún lado. Fue tanta la multitud de saetas que se arrojaron, que puede decirse sin mentir con cierto poeta antiguo

que el sol en aquel día
la batalla miró por celosía

puesto que muchas se deshicieron encontrándose unas con otras en su carrera. Algunos soldados y varios caballos cayeron víctimas de este primer ensayo. Duró este simultáneo flecheo cerca de media hora.

Sancho Saldaña, que era, en efecto, el caballero de la negra armadura, se retiró a una altura, desde donde veía la batalla pacíficamente a caballo, y reposando sobre su lanza, un guerrero de ojos de águila, cuyo casco ceñido de puntas de acerado hierro y cuya rizada melena, que por sus armados hombros se desprendía, daban a conocer al rey. Estaba rodeado de algunos otros caballeros que ya conoce el lector, y en su rostro brillaba cierta marcial alegría con cierta mezcla de ferocidad, que realzaba la fisonomía enérgica de su semblante.

Saldaña parecía también menos tétrico, y su buen paje, el atildado Jimeno, no ignoraba el por qué.

Un hombre alto y seco, que llevaba atado a la cabeza un lienzo blanco, teñido sin duda en su propia sangre, muy devoto de ojos y con palabras melosas, corría detrás de ellos rogando, a lo que parecía, le diesen algún dinero, siquiera para curarse la herida que en su servicio había recibido. Algunos cuerpos de caballería que se divisaban confusamente a lo lejos acá y allá por el campo: tales eran los grupos parciales que por aquel lado se distinguían, aparte del gran cuadro que el total del ejército presentaba.

La misma perspectiva, poco más o menos, ofrecía el de los partidarios, sólo que al extremo del ala derecha (que apoyaba en un enmarañado bosque de pinos) se veía una porción de tropa suelta, independiente al parecer del ejército, y que en número de doscientos a trescientos hombres obedecían al Velludo. Llevaba éste su gente en dispersión, habiéndoles mandado ocultarse como mejor pudieran, con intención de flanquear el ejército de don Sancho y caer sobre él de repente, para lo cual había combinado ya su marcha con los movimientos de la fuerza principal. Deslizábanse sus soldados escondidos entre los árboles, rodeando el bosque, con intento de colocarse en posición de acometer al enemigo ventajosamente, y el Velludo, acompañado del catalán y del veterano Tinieblas, marchaba en acecho observando las maniobras de ambos ejércitos.

—Por la Virgen de Covadonga, mil diablos me lleven si sé yo lo que hace Zacarías ahora hablando con Sancho Saldaña.

—Voto a Deu —respondió el catalán—, que no es pas bueno repicá y aná en la procesión, y ahora que nos van rompiendo el cap, puede Mosén Zacarías estar acá.

—Mucho me engaño —replicó el Velludo— si ese pícaro hipócrita, que Dios confunda, no nos ha vendido y ha entregado en poder de Sancho Saldaña al señor de Iscar. Lo cierto es que anoche fueron juntos a una expedición, según se dijo, de mucho riesgo, y él está allí y don Hernando no ha parecido.

—¡Cómo! —respondió Tinieblas con su gravedad acostumbrada—. Un hombre tan santo como Zacarías y que ha vivido tanto tiempo con gente como nosotros es imposible que haya cometido semejante infamia. El de Iscar habrá sido herido o muerto en la refriega y él tal vez esté prisionero.

—Miren, miren —exclamó el catalán—, que tins un chirlo sin duda.

—Así es —respondió Tinieblas—, que lleva un pañuelo en la cabeza todo empapado en sangre.

—A pesar de eso —dijo el Velludo, meneando la cabeza—, me atrevo a jurar que nos ha vendido como a un mal caballo por cualquier cosa. Pero, hola, las trompetas tocan ya la carga; ved, aquel es el rey; el de Lara y Saldaña, van a su lado; también va allí otro rehecho y pequeño con un hacha de armas como la mía. También los nuestros van bien; el de Toro, que está siempre riéndose; ¿pero quién es aquel muchacho que se adelanta de todos y parece que quiere él solo decidir la batalla? Juro a Dios que creo que es Usdróbal. Él es, él es, que se ha pasado sin duda a los nuestros. ¡Hola!, allí va el veterano Gutiérrez, el capitán de los aventureros de Saldaña, con el bigote goteándole vino. ¡Ea!, ya desaparecieron entre el polvo que levantan los caballos en la carrera. ¡A ellos, a ellos, valientes caballeros, buen ánimo! Catalán, reúne tú esos muchachos, que ya es tiempo. ¡A ellos!

Y diciendo así reunió su gente y echaron a andar a pasos precipitados, deseosos sobremanera de llegar a las manos con sus enemigos.

Era la caballería del rey más numerosa y mejor, por lo que tuvieron la ventaja en este primer encuentro, y los partidarios del de la Cerda perdieron terreno, aunque no por eso los buenos caballeros que allí venían perdieron su buena fama. Antes bien, revolviendo los caballos con nueva furia, embistieron en los reales con tanto brío, que los obligaron a ceder a su vez, y en una y otra acometida rodaron por el suelo muchos caballos con sus jinetes, y el campo se llenó de armas, muertos y heridos de ambas partes. Confundíanse todos en aquella espesa revuelta, y entre el polvo, el estruendo de las armas, los gritos de los heridos, la vocería animosa de los combatientes, hubo algunos minutos de tal confusión, estrépito y polverío, que no podían verse ni oírse.

El calor y la fatiga suspendieron por último la batalla y, como de común consentimiento, los contrarios escuadrones quedaron fijos en sus puestos por algún tiempo mientras tomaban aliento.

Entonces fue cuando se vio el hacha de armas del rey bañada en sangre hasta el mango, Sancho Saldaña hollando cadáveres con sólo un pedazo de lanza en la mano y el de Lara y Salcedo con toda su armadura abollada. Andaba el de Toro y los otros jefes de los revoltosos, no menos encarnizados, repartiendo golpes a diestro y siniestro y derribando un enemigo en cada embestida.

El viejo capitán consejero del de Iscar había probado aquel día que, aunque tan prudente en el consejo, no era menos resuelto en el campo; pero el sobre todos intrépido era el guerrero que el Velludo había creído Usdróbal, y que después de muchas hazañas dignas de eterna memoria había peleado y derribado cuerpo a cuerpo, habiéndole muerto el caballo, al lindo paje de Saldaña, que cayó sin sentido en tierra. La primera intención del desconocido, cuando vio a su enemigo en el suelo, fue apearse de su caballo y clavarle en el pecho la daga de misericordia que llevaba al cinto y de que echó mano, pero se le interpusieron tantos contrarios en un momento, que harto hizo con defenderse. Entonces, viéndose rodeado por todas partes, tiró la lanza y empuñó la espada, y metiendo espuelas a su trotón al mismo tiempo, rompió, como una nave la ola que la embiste, por medio de todos, barrenando el pecho a uno de paso y llevándole a otro las riendas del caballo de una cuchillada.

—Por vida de… que nos hace falta Hernando de Iscar —decía el veterano.

—Buen ánimo, muchachos; no hay que retroceder —gritaba el de Toro.

Pero en este momento una espantosa gritería se levantó a espaldas del ejército del rey, y como un río que sale de madre se desbandaron a un lado y otro las tropas, empujándose, atropellándose y esparciéndose precipitadamente y en montón por el campo, embestidos y apretados por retaguardia.

El grito de ¡A ellos, que huyen! resonó a un tiempo por todas partes en el ejército de los de la Cerda, y como una bandada de langostas se arrojaron en desorden sobre el enemigo.

En vano el rey, Sancho Saldaña, Lara y los otros capitanes trataron de reanimar el espíritu de su gente y rehacerlos; en vano en medio del enemigo daban el ejemplo combatiendo como valientes; sus gritos y exhortaciones se perdían entre las voces que acá, allá y en todas partes sonaban de ¡Somos perdidos, que nos cortan!, y otras de tanto desánimo y cobardía. Todos huían; atropellábanse unos a otros; el terror había penetrado en el corazón de los más intrépidos; muchos maltrataban a sus amigos porque intentaban detenerlos; el trastorno y el miedo habían llegado a su colmo, y cargados a un tiempo de frente y por la espalda, donde el Velludo había primero introducido el desorden, hallábanse, adonde quiera que revolvían, con las afiladas espadas de sus enemigos.

La angustia de la estrechez, la desesperación de la fuga sucedió en un instante a la arrogancia y la osadía del valor, y en tan horrible conflicto, sin atender nadie a las órdenes de su capitán, cada uno procuraba salvarse como podía, sin curarse ya de la honra con tal de guardar la vida.

Corría furioso el rey acompañado de Salcedo y Lara, la espada en alto, haciendo rostro a los suyos y a sus contrarios, y a unos y a otros maltratando y matando cuanto encontraban.

—¡A ellos! —gritaba el de Toro, que por aquella parte capitaneaba, viendo a su gente que retrocedían aterrados de los tremendos golpes de los tres guerreros, que habían logrado mantener todavía algunos pocos en orden.

—Voto a Santiago, cobardes, que huís de un hombre solo como si vuestras espadas fuesen de lana; dejadme solo, que por el sol que le he de quitar la gana de comer antes que él nos quite la honra. ¡Caterva de villanos, fuera! Amigo mío —le dijo al guerrero desconocido—, sígueme.

Y diciendo y haciendo, sin mirar si le seguían o no, se afirmó en los estribos, inclinó el cuerpo, enristró la lanza y salió a escape a encontrar con el rey que, no menos animoso, partió el camino y se apresuró a recibirle.

Acometiéronse con igual impetuosidad, y las lanzas se hicieron mil astillas en el encuentro. Pero echando el rey mano a la espada en aquel momento, sin volver su caballo para tomar carrera ni cubrirse con el escudo, la rodeó con ambas manos por la cabeza, y dirigiéndola sobre el yelmo de su contrario, que aún estaba aturdido del primer encuentro, la descargó con tanta furia y en tan buen punto, que el casco y la cabeza cayeron divididos a un lado y otro, saltando acero, plumas, sesos y sangre a más de una vara de distancia, y cayendo en seguida el mutilado tronco del desventurado de Toro sobre la arena.

Apareció entonces el Velludo pie a tierra con su formidable hacha de armas chorreando sangre, al frente de su escasa tropa de forajidos, que habían puesto en tanto desorden aquel ejército. Había atravesado para llegar hasta allí por entre miles de lanzas y espadas, combatiendo sin descansar, hiriendo y matando, y llevando el terror y la muerte por dondequiera, hasta el punto de haber casi dado la victoria a los de su partido. Venía el catalán a su lado, con los ojos encarnizados y el gorro de cuero calado hasta las cejas, manejando su espadón y echando un voto a Deu a cada golpe que descargaba. Pero una desmandada saeta que acertó a venir silbando, disparada de alguna cobarde mano, puso término a su vida atravesándole la garganta de parte a parte, de modo que apenas pudo acabar de decir su acostumbrado juramento, cortándole la palabra al mismo tiempo que le derribó en el suelo sin movimiento. Hallábase ya en demasiado apuro, no obstante, el rey y los pocos que le seguían a despecho de su valor, y la batalla se había decidido en favor de los partidarios. Sólo ellos peleaban, mientras los demás huían o perecían al filo de la espada enemiga; el desorden crecía en aquellos a la par que el valor en éstos, y era más que probable que Sancho el Bravo y sus caballeros cediesen al fin al número de los que sin darles un instante para respirar los acometían, acosaban y perseguían.

Capítulo 32

Ya vencedor, ya vencido,
se ve cada cual a instantes,
… … … … … … … .
Con más enojo acometen
y con brazo más pujante,
espumarajos vertiendo
silenciosos y tenaces.

Era Sancho Saldaña demasiado buen capitán para no haber dejado algunos cuerpos de reserva con que volver al combate en caso de una derrota, por lo que metiendo espuelas a su caballo, y desesperado de rehacer a aquellos cobardes, trató sólo de renovar el combate con nuevas fuerzas.

Luego que llegó a la izquierda del camino que va desde Segovia a Cuéllar, donde había dejado unos dos mil caballos, mandóles que le siguiesen, se puso al frente de aquellas tropas, y a todo galope volvió al sitio de la pelea. Estaba ya el ejército rebelde tan confiado en su triunfo, que, sin cuidar de otra cosa que de perseguir a los fugitivos, se hallaban desbandados y sin orden, impelidos del ardor que hacía que cada uno obrase aisladamente, y guiado sólo de su valentía. Los pocos parciales combates que acá y allá sostenían con los más bravos que preferían la muerte a la fuga, no hacían sino aumentar el desorden, acudiendo cada uno a donde su propio instinto le llevaba creyéndose más necesario. Veíanse algunos grupos arremolinados peleando aquí y allí, huía acullá un caballero seguido de dos o más que le iban a los alcances, corrían a rienda suelta en montón muchos otros vencidos y vencedores confusamente, y algunos heridos y caídos luchaban todavía en el suelo unos contra otros, a la par que con las agonías de la muerte.

Tal era la situación de ambos ejércitos cuando llegó Saldaña. Venía delante de las tropas que conducía, gritando con voz de trueno a los fugitivos que se detuviesen, y procurando asimismo que se formasen a retaguardia. El primero que ordenó su tropa fue el veterano Martín Gutiérrez, que dio aquel día repetidas pruebas de ser tan valiente en la guerra como fanfarrón era en la paz, y que había logrado más de una vez contener el ímpetu del enemigo. Un clamor general de alegría en los unos y de sorpresa en los otros fue la señal de la llegada de aquel inesperado socorro, y las trompetas de los rebeldes empezaron a tocar llamada.

Estaba Hernando de Iscar prisionero desde la noche anterior en el campamento de don Sancho con su buen Nuño, que asimismo había caído en la red que había tendido a Hernando el hipócrita Zacarías. Persuadido que iba a decidir la suerte de la guerra si el rey caía en su poder, había tomado el señor de Iscar cuantas medidas de seguridad creyó necesarias para el logro de su empresa; pero guiado en todas ellas por Zacarías, tuvo éste buen cuidado de que todas fuesen inútiles. El orgullo de ser él solo quien acabase con tan acertado golpe una guerra cuyo término parecía tan dudoso, deslumbró al intrépido Hernando, que cayendo con sus cuarenta jinetes en una emboscada, dispuesta ya de antemano, se halló rodeado de pronto por más de trescientos hombres, quienes después de un muy reñido y obstinado combate se apoderaron de su persona.

En vano fue allí el valor y aun la temeridad, porque ahogados por el número de sus contrarios, nada pudieron hacer sino morir matando, habiendo quedado tendidos noblemente en el campo casi todos los veteranos de Iscar, Hernando herido malamente en el brazo derecho de una estocada, y Nuño, que habiendo perdido el caballo, cayó en tierra y al punto fue aprisionado. Tuvo el buen viejo no obstante la fortuna de abrirle a Zacarías la cabeza al momento que fueron acometidos, aunque el hipócrita evitó en parte el golpe derribándose en el suelo en el mismo instante, por lo que llevaba sin duda liado el lienzo blanco de que hemos hecho mención. En resolución, Jimeno, que mandaba aquella emboscada, no dejó nada que desear a su amo, habiendo aprisionado al de Iscar, que era el blanco de sus deseos, puesto que le costó perder treinta jinetes de los mejores. Hallábanse amo y criado, prisioneros ahora en una torre perteneciente al señor de Cuéllar que a un cuarto de legua del sitio de la pelea, sobre una albara, se descubría, y habían visto con el ansia y la inquietud que fácilmente puede imaginarse los sucesos de la batalla. Hubieran deseado tener alas para volar al combate, y no pudiendo hacerlo daban voces y órdenes desde allí como si pudieran los de su partido oírlas y obedecerlas.

Desesperábase Hernando al verse encerrado, y más de una vez había tratado de arrancar la reja para arrojarse; pero los hierros eran demasiado fuertes y estaban muy asegurados para ceder a las fuerzas de un hombre, y no tenía otro recurso que sufrir pateando el suelo, apretando los puños y rompiendo a cada instante el vendaje que le cubría la herida, a pesar de los respetuosos esfuerzos de su fiel Nuño, que en vano trataba de sosegarle. No estaba éste menos descontento que su amo; pero su sangre, más fría ya por los años, le hacía mirar todo aquello como un acontecimiento natural en la guerra, por lo que llevaba su encierro con más paciencia.

—En el año de 1248 —decía—, cuando caí yo cautivo en la batalla de…

—Por Dios, Nuño, que te dejes ahora de cuentos: estamos aquí mordiendo la cadena como unos perros, y me vienes ahora a contar historias.

—Iba a deciros —repuso Nuño con calma— que aquel día me sucedió poco más o menos lo que nos sucede ahora, que estuve mirando desde lejos la sarracina, como el hortelano que desde la ventana de su casa ve a los chicos que le roban la fruta del huerto, y se tiene que contentar con dar voces para espantarlos. Bien lo sabía vuestro padre que…

—Por vida mía —exclamó el de Iscar, que agarrado fuertemente a la reja no atendía ya a lo que le hablaba su servidor—, por vida mía que la victoria es nuestra, y que los enemigos van de vencida. ¡Allí está el rey! Buen golpe le ha tirado al de Toro; me parece que él es el caído. No importa: ¡buen ánimo, valerosos caballeros! ¡A él! Ya huyen; si yo estuviera allí… , ¡vive Dios! Los pocos que siguen al rey son los únicos que resisten. Venga una lanza. ¡Cobardes! —Diciendo así, asió de Nuño con la mano izquierda con tanta fuerza, que se lo trajo sin mirarle medio arrastrando a la reja, e interrumpió su discurso, que llevaba trazas de no acabar en un año.

—¡Qué más quisiera yo, señor —dijo a su amo—, que poderos dar esa lanza que me pedís! Pero no hagáis esas fuerzas, porque vais a lastimaros la herida.

—Valientes caballeros —prosiguió Hernando sin oírle—: ¡a ellos! ¡la victoria es nuestra! ¡Que no estuviera yo allí! Acordaos de la gloria que nos espera.

—Decís bien —dijo Nuño, asomándose a ver lo que sucedía—; el rey va a caer prisionero. Allí le veo rodeado de diez o doce; pero es preciso confesar que pelea como un segundo Pérez de Vargas. ¿Pero qué polvareda es esa?…

—¡El rey ha caído! —exclamó el de Iscar—. No, no ha sido él, ha sido otro, apenas se ve. ¡Por la Virgen! ¡Mil diablos!

—Sí, todo eso es verdad; pero mirad por aquí a nuestra derecha la tropa que les va de refresco, que van como alma que lleva el diablo, y me acuerdo que el año…

—¡Maldición! —gritó el de Iscar, volviendo la vista hacia donde Nuño le señalaba—. ¡Somos perdidos si aquellos villanos huyen! Es algún cuerpo de reserva que tenían preparado. ¡Y yo estoy aquí! ¡Muerte y condenación! Los van a acometer, y en el desorden en que están los nuestros van a hacerles pedazos. Si yo pudiera ir a avisarlos, si me oyeran… pero ¡qué!, estas malditas murallas sofocan mi voz, y no la oiría un hombre que estuviese ahí abajo. No hay remedio: somos perdidos.

Diciendo así echó a andar por el cuarto a pasos precipitados, la cabeza baja, los ojos ensangrentados, y contraído el semblante como si estuviera loco, dando de tiempo en tiempo una vigorosa patada al pasar en la robusta puerta de encina tachonada de clavos, que con cien candados los encerraba. Bajó asimismo Nuño los ojos, y quedó pensativo un rato.

—¿Los ves?, ¿los ves? —gritó Hernando, volviendo de nuevo a la reja—; ya están envueltos; las tropas del rey se rehacen. ¡Caballeros, si tenéis en nada la honra, pelead por la vida al menos! ¡Malsines! ¡Canalla! ¡Ya se trocó la suerte, y son los nuestros los derrotados! Voto va… ¡Firmes! Ya vuelven. ¡Valientes capitanes!, ¡buen Aguilar!, ¡animoso Vargas!, vosotros sois la nata de la caballería: primero morir que volver la cara; pero ya retroceden, no pueden resistir el ímpetu de aquellos tres caballeros que siguen al mal hijo de don Alfonso. Cáigale la maldición de Dios. Daría lo que me resta de vida por medirme con ellos. Los nuestros caen, todos huyen, y allá van todos envueltos y confundidos.

—¡Cómo ha de ser! —respondió Nuño—; mañana será otro día: hemos perdido la batalla.

—Y yo mi honra, mi hermana y mi causa —añadió Hernando, levantando los ojos al cielo, desesperado.

Y yéndose a otro lado de la habitación mandó callar a Nuño, que era, sin duda, la persona menos a propósito para consolarle entre cuantas su mala suerte podía haber asociado con él.

En esto, los últimos rayos del día se escondieron en el occidente, y la luna, con su pacífica luz empezó a subir por el horizonte. Pero la escena que iluminaba esta noche estaba muy lejos de parecerse a la que la noche anterior presentaban aquellos campos. Corría cierto airecillo frío que mecía a lo lejos en la oscuridad algunos jirones de banderas rotas, varias esparcidas plumas, y el eco repetía los lamentos de los moribundos, que, confundidos entre los muertos, se arrastraban con penosa agonía. Las tiendas de los jefes estaban caídas, muchos de ellos muertos, las orgullosas enseñas de su nobleza rasgadas, y desfigurados sus blasones. Veíanse caballos amontonados sobre caballos, hombres sobre hombres, y al pálido resplandor de la luna, algunos, cuajada la sangre en el rostro, la boca entreabierta y los ojos desencajados, parecían las imágenes que suelen rodear el lecho del moribundo en el delirio de su última hora.

Todo era luto y desolación allí, donde poco antes todo había sido movimiento y vida. La algazara de la batalla había cesado enteramente, y el silencio y el horror de la muerte reinaban en aquellas ensangrentadas llanuras; ni aun se oían los cánticos del vencedor, y sólo allá a mucha distancia se descubrían algunas hogueras y sombras que se cruzaban, y el brillo tal vez de alguna arma, o de tal cual exhalación que al punto desaparecía.

Capítulo 33

Y en ciego desvarío,
lánzase a la virtud, lánzase al crimen.

VENTURA DE LA VEGA

Algunos días después de esta reñida batalla volvió Sancho el Bravo a descansar en Cuéllar de las fatigas de la guerra, habiendo puesto guarniciones en algunos castillos de los señores que habían tomado parte en la rebelión, demolido otros, y reducido a la obediencia aquella parte de Castilla que primero había tomado las armas. Sólo el Velludo, que en la derrota de aquel día, fatal para los conjurados, había logrado salvarse, andaba aún por aquellos contornos con su partida, burlando la vigilancia de las tropas reales, y algunas veces molestándolas y causándoles descalabros que, aunque de poca consecuencia, obligaban a tener todavía mucha gente ocupada en su persecución. Seguía prisionero Hernando aguardando la muerte con resignación, no dudando que, así como los otros señores que habían caído bajo el poder del rey, sería declarado traidor y acabaría su vida en un cadalso para escarmiento de los que en adelante intentasen seguir su ejemplo. Su conciencia, no obstante, estaba tranquila, y el nombre de traidor en aquella ocasión le parecía que iba a añadir nuevos timbres a los adquiridos honrosamente por sus abuelos. Sólo le molestaba y entristecía el pensamiento de la suerte que quizá esperaba a la desvalida Leonor, si ya no era tanta su desgracia que se hallase deshonrada y envilecida.

Pero la persona más digna de compasión entre los habitantes de la fortaleza de Cuéllar, era Elvira, que aconsejada del judío únicamente, y encerrada en su habitación, sin ver otro hombre que él, había perdido el juicio, de modo que sólo y para mayor desventura lo recobraba a intervalos, luchando entonces entre el fanático y cruel deber que se había impuesto a sí misma, y los sentimientos dulces y generosos de su corazón, creyéndolos al mismo tiempo un delito, y no saliendo de este terrible combate si no para volverse loca y delirar lastimosamente. El implacable judío, sin pensar en más que en el buen resultado que la muerte de Sancho el Bravo debía producir en favor de don Alfonso de la Cerda, había agotado todos los recursos de su elocuencia bíblica, y empleado todo su ingenio para encontrar sofismas con que persuadirla a cometer un asesinato. La cabeza volcánica de Elvira estaba asaz dispuesta a recibir las impresiones que el supuesto fraile intentaba grabar en ella; y si el aventurado golpe de matar al rey no se había verificado ya, había sido porque la tarde en que los dos judíos y ella entraron en el castillo, fue la misma en que el rey y sus tropas juntamente habían emprendido su marcha contra los rebeldes.

Su vuelta ahora al castillo iba a proporcionar nueva ocasión al judío para realizar sus proyectos. Cualquiera otro no obstante, que se hubiera hallado en su lugar, habría tratado ya de fugarse abandonando todo al ver perdida tan completamente su causa; pero el judío era harto tenaz y tenía demasiada confianza en sí mismo para ceder al primer golpe contrario de la fortuna, una vez determinado a desafiarla y vencerla; fortaleciéndose tanto más su valor cuanto mayores dificultades hallaba. Había entrado en el fuerte valido de su hábito franciscano, después de haber pedido permiso a Saldaña para permanecer en él por algún tiempo, así como el otro religioso, su compañero, de quien supuso que estaba enfermo. El supersticioso Saldaña titubeó un momento en concederle la entrada, temiendo que viniese a maldecirle y a anatematizarle por sus pasados delitos, pero luego que vio que el astuto fraile le prometía indulgencia y la gloria si hacía aquella obra de caridad que le pedía, creyendo que por aquel camino quizá podría sosegar su sobresaltada conciencia, les dio permiso para permanecer el tiempo que les pareciese bien en su fortaleza, muy ajeno de sospechar el áspid que había abrigado.

El carácter de sacerdote que había tomado inspiraba demasiado respeto para que nadie intentase oír sus diálogos con Elvira, y mucho más no teniendo motivo alguno para desconfiar de él, y proporcionádole su hábito entrada en todas partes, menos en la habitación de Leonor, donde, sin duda de miedo de alguna represión religiosa, había mandado Saldaña que se la negasen.

Celebraban ya en el castillo la vuelta del rey y las victorias que había alcanzado, y todo era algazara, gustos y regocijo en sus habitantes. Veíanse coronados los cerros e inundados los llanos de labradores, soldados y mujeres, juntos en diferentes corrillos. Bailaban allí, allí comían y bebían, acullá jugaban a las bochas, tiraban la barra, luchaban o ejecutaban peligrosos equilibrios que ofrecían materia de abundante risa a los espectadores, con las caídas de los poco diestros que se aventuraban a desnucarse. Iban, venían de un lado a otro incesantemente, la diversión seguía, y todos habían olvidado ya las fatigas de la guerra, las muertes de sus amigos y los riesgos a que tal vez el día antes habían estado ellos mismos expuestos. La mañana estaba templada, el aire puro y el cielo alegre, todo lo cual realzaba y animaba el júbilo natural en los vencedores.

En un mirador de piedra de forma de ojiva que daba a la espaciosa explanada, brillaba la reina adornada y engalanada soberbiamente con ricas joyas y pedrería, acompañada de sus damas, poco menos magníficamente vestidas, atrayendo a la luz de su hermosura las miradas de los caballeros que en la explanada torneaban gallardamente. Pero como ya se ha descrito muchas veces este género de pasatiempos, y nadie ignora en lo que consistían, nos contentaremos con decir únicamente que el torneo duró hasta las dos de la tarde desde las ocho de la mañana, en cuyo tiempo hubo muchos encuentros que merecieron los aplausos de los circunstantes, y en que algunos caballeros ganaron honra y otros perdieron la silla y fueron declarados vencidos. Mostrábanse empero todos alegres, y aun el mismo Saldaña pareció más animado que ningún día.

Luego que la reina, también reina del torneo aquel día, más por adulación que por verdadero mérito, puesto que otras había más hermosas, repartió premios a los vencedores y se hubo concluido el torneo, el rey y los caballeros acompañaron las damas al principal salón del castillo, donde les aguardaba un brillante festín, en diferentes mesas cubiertas de ricos manjares y servidas por un sin número de criados y pajes aderezados galanamente. Faltaba allí no obstante el pulido Jimeno, a quien negocios que averiguaremos después traían sin duda muy ocupado. Varios juglares y trovadores, a cuyas canciones y música era muy aficionado el rey, entonaron algunos himnos en alabanza suya y de los hermosos ojos que estaban adornando el banquete.

Sancho el Bravo, para quien no había belleza comparable a la de su esposa, celebró asimismo en muy delicadas trovas su virtud y sus gracias, dando a conocer que si esgrimía la espada como el más diestro, no pulsaba el laúd con menos habilidad. Varios caballeros propusieron diferentes brindis a la gloria de los valientes y en honra cada uno de la dama de sus pensamientos. Sólo Saldaña parecía algo taciturno y melancólico en medio de tantos alegres, pero como su humor era ya conocido de todos, el rey le dirigió la palabra varias veces, y aunque él le contestó secamente nadie hizo alto ni por eso se interrumpió la alegría.

Pero otro acaecimiento de mucha más consecuencia iba aquel día a turbar el general regocijo, y acaso a convertir los placeres de la tarde en llantos y las ricas galas en luto. Tiempo hacía ya que el atrevido judío hablaba a puerta cerrada con la infeliz Elvira, disponiéndola en aquel instante a cometer un crimen, abusando de su fanática credulidad. Hallábase Elvira en uno de aquellos accesos de locura en que el mentido religioso había logrado ponerla. Su rostro, generalmente pálido, parecía un hierro encendido, corría el sudor por su frente en gruesas gotas frías que le inundaban el rostro, tenía el cabello erizado, y en sus movimientos y contorsiones la habría comparado un griego de la antigüedad a la famosa pitonisa de Delfos, hiriendo la trípode con su planta. Brillaba un puñal en su mano derecha, en que a veces fijaba con estúpido horror la vista, y otras con alegre ferocidad. Enfrente de ella, a cierta distancia, fríamente inmóvil y observándola con cuidadosa tranquilidad, estaba el sagaz hebreo cubierto de su hábito franciscano, los brazos cruzados sobre el pecho y echada la capucha al rostro que, flaco y consumido, apenas se veía de él más que la acaballada nariz que distingue los de su raza, y sus apagados ojos, que a veces no obstante parecían despedir relámpagos.

Hablaba Elvira interrumpiéndose al mismo tiempo con cantos y oraciones que ya entonaba en voz alta, ya rezaba entre dientes de rodillas delante de un crucifijo, cuyos pies tal vez besaba con religioso ardor.

—Señor, señor —decía—. ¿Y eres tú quien me pides sangre? ¿Por qué la mía no puede expiar mis pecados?

Y levantándose de repente continuaba arrebatada de su locura

Tú inflamaste el pecho impávido
de la animosa Judith,
que derribó
la soberbia y los ejércitos
de aquel potente adalid
que te irritó.
Álcente cánticos
hombres y ángeles.
Temblad, oh príncipes,
la ira de Dios.
¡Señor! ¡Señor!
esfuerza tú mi débil corazón.

En cantado así calló, y el judío dijo:

—Baltasar está en el festín, y Dios ha decretado su ruina: las fatídicas palabras están ya trazadas sobre el muro. Sal de aquí y les oirás blasfemar y mofarse del que puede hacerlos ceniza. Allí están, y su voz ronca con el vino entona canciones impías. Anatema, anatema sobre el malvado hijo que no sólo no respetó a su padre, sino que insulta su memoria después de muerto. Hiere, oh virgen del Señor, hiere, y sea tu brazo fuerte como el de Sansón, y no tiemble tu corazón en tu pecho. Cien coronas de flores resplandecientes tejen para ti las vírgenes del paraíso. El ángel de la victoria te guía, y yo en nombre de Dios te absuelvo de todos tus pecados, aunque entre ellos contases haber asesinado a tu padre.

Diciendo así alzó el brazo derecho, y haciéndola poner de rodillas, le echó la bendición, arrojó algunas gotas de agua, que él dijo bendita, sobre el puñal, y ayudándola a levantarse, en seguida la obligó a beber el cordial que siempre llevaba consigo, comunicándole de este modo nuevo espíritu y ardimiento.

—¡Dios mío! —exclamó Elvira—, benigno acepta mi sacrificio y ten piedad de mi hermano.

Y enajenada, de repente prosiguió diciendo en voz baja:

—¡Siento un peso en mi corazón! Yo quisiera llorar y no puedo. Allí centellea la espada del querubín. Hermano mío, ¿me oyes? ¿Es verdad que tú estás ya arrepentido? No, no es debilidad, padre; si yo mostrara en este momento flaqueza, el Señor me castigaría. La ira de Dios va a aniquilar al impío.

Y luego, alzando la voz, exclamó:

—Ya me siento mayor; fuego del cielo ha inflamado mi alma. Llevadme en presencia del rey. ¿Nadie me verá, es verdad? ¿Mi mano será invisible al herirle? Ya palpo la nube que me rodea. ¿Oís? Es un canto de guerra.

Levanta el brazo fuerte,
¡oh Virgen de Sión!,
que acecha ya la muerte
al que las iras provocó de Dios.

Cayó el impío, el mundo cantará;
gloria al Señor que su poder mostró;
hiere sin miedo, que en tu diestra va
la ira celeste que en Sodoma ardió.

Levanta el brazo fuerte,
¡oh Virgen de Sión!,
vuela, que a eterna muerte
le condenó de Dios la maldición.

—Son los ángeles que cantan: ¿oís? ¡Oh! es el canto de muerte. Vamos.

—Sí, vamos, hija mía —dijo Abraham, que no creyó oportuno dejar pasar su delirio sin aprovecharse de él—. Vamos.

Diciendo así tomó el brazo de Elvira, y echaron a andar precipitadamente hacia la estancia donde el rey y sus caballeros festejaban, muy ajenos de ningún peligro, llenando mil veces las copas y entonando alegres cantares. Iba Elvira fuera de sí hablando consigo misma, tirada atrás la capucha de su almalafa, erizado el cabello, y el puñal en la mano como una furiosa bacante. Persuadíala el judío, ya encargándole el disimulo, ya manteniéndola en su locura, con sus infames discursos.

—Aquí —le dijo tomando el cuchillo—, lo has de esconder entre los pliegues del pecho. Llegas a él, te arrojas a sus pies, y al levantarte, no temas, clávaselo en el corazón. ¿Oyes, oyes los gritos de los malvados, el murmullo de sus conversaciones? Allí están descuidados del riesgo que les amenaza. Dios te lo entrega. Pero no; ya dejan las mesas y salen sin duda al jardín, que está todo iluminado, y donde va a empezarse la danza. Ve y colócate a la salida que está al otro lado de la habitación.

Oíale Elvira sin replicar palabra, y como una máquina se dejaba llevar del judío. Empezaba ya a oscurecer, y todo iba sucediendo a medida del deseo de Abraham, que no desperdiciaba nada de cuanto pudiera enajenar el espíritu de su víctima. Luego que llegaron al sitio señalado para el sacrificio:

—Espérate aquí —le dijo—; el Señor queda contigo, no temas; ya le conoces, derríbale muerto a tus pies. Adiós.

Diciendo así se retiró pensativo y lleno el corazón de zozobra, dudoso del éxito de tamaña empresa como trataba de llevar a término, y muy desconfiado de la resolución de Elvira si su delirio se calmaba, o si en su arrebato se precipitaba fuera de tiempo. Pero satisfecho por que no estaba de su parte hacer más, y pensando ya en su seguridad, se determinó a salir del castillo en aquel momento, abandonando lo demás a la suerte, a quien correspondía decidir el resultado de su temerario proyecto.

Quedó, pues, Elvira sola y oculta en una vuelta del corredor, temblando a veces al menor ruido, esperando otras con ansia y arrojo, rodeada de la oscuridad de la noche, el cerebro ardiendo, tiritando con frío sudor, o latiendo tal vez todo su cuerpo con la repetida pulsación de la fiebre que la abrasaba.

El son de las arpas, que hería de cuando en cuando su oído, las voces que en rumor discorde se confundían, el melodioso canto del trovador, todo se acordaba y convenía en su delirante cabeza, representando en extrañas formas delante de ella objetos ya sombríos, ya radiantes, a que daba cuerpo y movimiento su imaginación. Parecíale a veces que sentía pasos, y amedrantada se estremecía; otras imaginaba que no era ella misma la que estaba allí, y se palpaba atónita dudando de su existencia.

En fin, todo era lóbrego y sublime en torno de ella, y embozada en su negra túnica, en un rincón del oscuro corredor, sin movimiento y sin sentirse su respiración, cualquiera que a la distante luz que reflejaba allí, alguna vez la hubiese visto de lejos, la habría tomado por una sombra o un sueño de su fantasía. Daba una puerta de la habitación del festín a la magnífica explanada que, iluminada de hachas de viento puestas en las torres y ventanas del castillo a par que en los árboles y muros de alrededor, brillaba con tanta luz como si fuese de día. A un lado de aquella puerta doblaba el corredor interior, estrecho y enteramente a oscuras entonces, donde la muerte quizá aguardaba sin remedio al rey; y en calle horizontal enfrente se extendía a un lado y a otro la magnífica galería que caía a la explanada, alumbrada asimismo soberbiamente. Las músicas sonaban allí, y en los jardines que la rodean, varias tocatas alegres, que regocijaban y despertaban con su bullicioso sonido el pecho más melancólico. Alegres turbas de jóvenes y mancebos del pueblo bailaban el antiguo baile en círculo de los asturianos, saltando, cantando y animándose con dichos al mismo tiempo.

En el salón del banquete continuaban aún los brindis, los agudos chistes y las entretenidas canciones; en fin, todo era júbilo, y todo lo había dispuesto el lindo Jimeno por orden de su amo para que, cuando no realmente lo hubiese, se fingiera y aparentara del mejor modo. Sin duda, en aquel mismo instante, tal vez entre los más alegres, vagaban muchos que más debieran maldecir y llorar aquellas fiestas que aplaudirlas y festejarlas. Muchas madres no habían vuelto a ver a los hijos que vieron arrancar de sus brazos para conducirlos a sostener lo que ellos mismos quizá ignoraban, muchos labradores habían perdido sus cosechas y visto quemar su casa, huérfanos desvalidos había que lamentaban la pérdida de sus padres sin tener adónde volver la cara a pedir sustento. Pero era preciso divertirse y estar alegre, porque tal era la voluntad del señor feudal, que quería agasajar al rey, a quien no se debía fastidiar con lágrimas y quejas de cuatro malaventurados villanos. Por último, el tiempo, que para Elvira andaba apenas con pies de plomo, llegó ya de dejar el banquete y salir a tomar el aire en la galería.

Púsose en pie el rey, y todos sus caballeros imitaron su movimiento, dirigió algunas chanzas a Saldaña sobre su humor melancólico y la vida retirada que hacía, al mismo tiempo que presentó una fineza a la reina y otra al de Lara, que seco y adusto no parecía estar muy contento, tal vez receloso de la influencia del señor de Cuéllar.

Salieron primero las damas, y en seguida iba el rey a salir. Iba a su derecha el señor de Lara y a su izquierda el de Cuéllar. Salcedo y los demás caballeros le seguían a corta distancia. Volvía el rey la cabeza en aquel momento dirigiéndoles la palabra, cuando la fanática Elvira se aparece delante de él como por encanto, tira del puñal que llevaba escondido en el pecho, y antes que pudiese ninguno estorbarlo hiere al rey, que apenas tiene tiempo para poner el brazo.

—Cúmplase la justicia de Dios —exclamó Elvira.

Pero su brazo desfallecido, sin dar impulso al golpe, bajó el puñal sin acierto alguno y con tan poca fuerza, que no hizo sino rasgarle el cutis, hiriéndole levemente en el hombro.

—¡Traición! —gritaron todos, y se arrojaron a sujetarla.

—No es nada —dijo el rey con serenidad, empujando al mismo tiempo con brío a la infeliz fanática, que a gran trecho de él la derribó en el suelo dando un gran golpe.

—¿Qué quiere decir esto, señor de Cuéllar? —dijo el de Lara fijando los ojos con intención en Saldaña—; ¿estamos seguros en vuestro castillo?

—Quiere decir —replicó Saldaña con altivez— que no sé responder a esas preguntas sino con la espada.

—¿A qué viene alborotaros así? Veamos quién es ese miserable —dijo el rey—, y sepamos qué le indujo a cometer tal crimen.

A pesar de esto cien espadas brillaron en un momento; la voz de ¡han muerto al rey, han asesinado al rey!, voló de corredor en corredor y de torre en torre por el castillo, esparciendo la alarma por todas partes.

La reina volvió al punto a informarse toda sobresaltada, sus damas gritaban, los nobles pedían justicia, las danzas, las músicas, todo paró donde cogió a cada cual la noticia. Preguntó doña María a su esposo dónde tenía la herida, y viéndola se tranquilizó y la vendó ella misma. La alarma seguía no obstante, y Saldaña parecía pensativo.

Yacía Elvira en tierra sin movimiento. Cuando la descubrieron y trataron de levantarla estaba muerta.

Fue general el asombro al hallar, bajo ropón negro, una mujer joven aún, delicada, y que sin duda había sido hermosa, en vez de un asesino como habían pensado encontrar. Acercóse Saldaña a mirarla, y estremeciéndose exclamó:

—¡Es mi hermana! ¡También Dios me pedirá cuenta de ella!…

Dicho esto quedó inmóvil como una estatua, mirándola sin ver ni oír nada de cuanto le rodeaba, hasta que de orden del rey retiraron de allí el cadáver, que el tétrico Saldaña acompañó lleno de congoja, pero sin derramar una lágrima.

Las funciones, no obstante, no quiso el rey que se suspendieran.

Capítulo 34

¡Adiós!… exclama la encendida mora
bañando en llanto la cadena dura,
¡adiós!… que siempre el corazón te adora
aunque hiciste nacer mi desventura:
cadalso horrible, hoguera destructora
prepara el fanatismo a mi ternura…
Por ti perdí mi patria y mi inocencia,
¡por ti pierdo la mísera existencia!…

RAFAEL GONZÁLEZ CARVAJAL

Hay un campo fuera de Valladolid que llaman el Campo Grande, que sirve hoy de paseo a las gentes de aquella ciudad, y donde se cuentan hasta catorce edificios… o conventos, puesto que todavía a ciertas gentes les parecen pocos, por aquel dicho sin duda de que nunca lo bueno fue mucho. Pero dejando esto aparte (que a fe mía que el que quiera frailes, en España no ha de llorar por ellos), seguiremos el hilo de nuestro cuento, si es que lo tiene tan enmarañada madeja, y veremos de poner nuevamente en la escena algunas personas que probablemente no habrá olvidado el lector.

Era entonces el Campo Grande una espaciosa llanura, sin los secos árboles ni las enjutas fuentes que adornan hoy día la parte que se llama el Paseo, y la hierba que crecía allí a toda su voluntad no había sido aún arrancada para poner arena y chinas en su lugar. Algunos álamos aquí y allí crecían solitarios, y sólo tal cual huerta murada de algún convento solía alegrar de cuando en cuando la vista. La gente entonces frecuentaba muy poco este sitio, y sólo algún reverendo padre se veía tal vez pasear al caer la tarde con mucho sosiego delante de la puerta de su convento, tal vez algún viejo abandonado del mundo, o al robusto lego franciscano que volvía de los lugares de la comarca con las alforjas llenas al hombro y un palo en la mano para ayudar el camino, después de bien regalado y agasajado por las hermanas y hermanos de la cofradía. Para los días de fiesta había otro paseo, adonde acudían los caballeros del pueblo, los mancebos, las mozas y los estudiantes, que ya entonces estaba establecida la Universidad. El que desee saber algo de este paseo puede leer a Quevedo, y verá lo que de él dice algunos siglos después; y nosotros sólo diremos que era el famoso Espolón, citando al mismo tiempo cuatro versos del mencionado poeta:

Claro está que el Espolón
es una salida necia
calva de yerbas y flores
y lampiña de arboleda.

Pero el Campo Grande no estaba siempre desierto, y algunas veces millares de hombres y mujeres de todas clases lo poblaban cuando se celebraban allí torneos y toros, o servía de espectáculo algún criminal famoso, bruja o mago, cuya sentencia se ejecutaba en aquel sitio generalmente; entonces se despoblaban los lugares circunvecinos, se levantaban tablados o cadalsos para los jueces y las personas de alta jerarquía, se circunvalaba el paraje donde se había de representar la tragedia, la gente se atropellaban unos a otros, los tejados de los conventos, torres, los árboles se veían coronados de hombres y muchachos que trepaban hasta la veleta del campanario más alto, armábanse pendencias por tomar puesto, mofábanse de los que estaban mal los que habían logrado colocarse bien, voceaban todos, reían, juraban, pensaban muchos que se divertían, y el Campo Grande era un hervidero de cabezas amontonadas y empinadas unas sobre otras para ver acaso perder la suya a algún infeliz condenado a muerte.

El día en que sucedió lo que vamos a referir era justamente uno de aquellos que por famosos se cuentan en las crónicas de aquel país. No que fuera un espectáculo nuevo la quema de una bruja (que al cabo no era otra cosa la diversión con que esperaban pasar su tiempo los dignos habitantes de Valladolid) sino que la fama de la hermosura de la desgraciada, sus estupendos y maravillosos crímenes, que corrían de boca en boca, pasmando a los que los oían referir, y de que se hacían nuevas ediciones aumentadas y corregidas a cada instante, y sobre todo la grandeza y poder del señor al que con sus artes había hechizado, añadían tanta importancia a un suceso que ya en sí mismo ofrecía cierto encanto, que hasta los viejos más admiradores del tiempo antiguo confesaban que sólo uno u otro caso semejante habían presenciado en su juventud.

Un espacioso cuadro a manera de palenque cogía una parte del Campo; levantábanse a sus extremos, fronteros uno de otro, dos cadalsos cubiertos de bayeta negra, con asientos asimismo enlutados, para los jueces; ardía en el otro frente del cuadro un grande hornillo de herrería, cuyo fuego atizaban dos negros cíclopes con un enorme fuelle que hacía llover chispas a todas partes y levantaba una espesa columna de humo que se disipaba a grande altura en el aire.

El día estaba nublado, y la llama resplandecía bastante, a pesar de la claridad natural; otros tiznados compañeros machacaban largos hierros hechos ascua, que metían a cada instante en la fragua, y que cortaban y arreglaban en pequeñas barras anchas de un palmo y largas de dos pies. El eco repetía el golpe de sus martillos, que entre el ruido y las voces de la multitud resonaba de cuando en cuando, y sus negras caras y ocupación infernal no les habría hecho desmerecer el título de demonios.

En el otro frente estaban en pie dos hombres de caras triangulares y ojos hundidos con un bonete rojo y una sobrevesta de mil colores, sobremanera charros y mal tejidos, que los hacían parecer tan ridículos como feos. Detrás de ellos veíase un gran montón de leña seca, colocada con mucho cuidado, embreada para que no tardase en arder, junto al cual sentado tranquilamente aparecía un hombre de frente de buitre y cerviguillo de toro, grueso y pequeño de cuerpo, vestido de rojo y amarillo, con un hacha entre las piernas, y que sin duda era el jefe o padre de los otros dos cocodrilos que hemos procurado pintar.

Entre la hoguera y uno de los cadalsos brillaba sobre un altar cubierto también de paño negro un gran crucifijo de plata, y algunos milagros de cera se veían colgados en los paños que servían al altar de dosel. Algunos alabarderos procuraban contener el pueblo que, agrupados y hacinados unos sobre otros, traspasaba a veces la línea donde debiera pararse, mientras los impertérritos centinelas, saludando con el mango de sus alabardas a los más atrevidos, los hacían bajar la cabeza más de lo que ellos quisieran.

Resultaban de aquí disputas, echándose unos a otros la culpa del golpe que habían llevado sin merecerlo; reñían, y en medio de la quimera solía venir tal cual teja volando por el aire, que desde el tejado del convento más próximo tiraba algún mal intencionado muchacho que despartía a los combatientes, haciéndoles dirigir hacia otra parte su ira, causando nuevos agravios y dando que reír a los malignos mozuelos que haciendo diabluras por allí andaban. Discutían en otro corrillo si quemarían viva a la bruja o el verdugo le cortaría la cabeza primero; hablaban los estudiantes a voces desde dondequiera que estaban, aturdiendo a todo el mundo con sus desentonados gritos que retumbaban sobre el bullicio de la multitud, mezclando latinajos en su atronadora conversación y mofándose de cuantos hombres formales y mujeres de cierta edad acertaban a pasar delante de sus ojos por su desgracia. Oíase la voz melancólica de los asquerosos pobres que pedían limosna con su acostumbrada pesadez, enojando y fastidiando a los que en aquel aprieto mal de su agrado no podían alejarse de ellos. Lloraban los chiquillos, que, medio ahogados, no podían salir de la apretura en que su curiosidad les había metido; pellizcaban otros en las piernas a los que los sofocaban, haciéndoles chillar y saltar bruscamente a cada picotazo que inesperadamente sentían; en fin, todo era ruido, disputas, voces, quimeras y juramentos, y sin poder siquiera rebullirse ni menearse, era cosa de ver aquel sinnúmero de cabezas en movimiento, que, como nos pintan las ánimas del purgatorio, juntas y embutidas unas en otras ni aun podían volver a mirar atrás.

—Hola, señor Soguilla, parece que todavía le queda a vuesa merced la afición —dijo a un hombre gordo y que sudaba a chorros, medio ahogado en aquel conflicto, otro bizco, pequeño de cuerpo, de quien el lector no es difícil que se acuerde si no ha olvidado aún las figuras de los satélites del Velludo.

—Amigo —respondió el verdugo cesante—, cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento, a mí me toca ahora ver como otras veces me tocó lucirme; pero allí está mi sobrino, que parece un rey. Ved con qué serenidad está; vamos, da gusto; bien puedo decir que es sobrino mío sin avergonzarme.

—Así es efectivamente —respondió el bizco—; pero voto a tal que no quisiera yo que él se luciese conmigo.

—Pues yo os juro —repuso el saludador con su voz bronca— que no sois hombre de gusto. Pero hablando de otra cosa, ¿cómo habéis dejado a mi compadre el Velludo, o traéis quizá algún encargo?

—Nada de eso, señor Soguilla; he dejado al Velludo por cosas muy largas de contar, y he venido acompañando al señor Zacarías, que también ha de representar aquí su papel.

—Ya entiendo, sí —repuso Soguilla—; es aquel buen hombre flaco que sabe latín y tiene un pescuezo tan largo y delgado que más de una vez me han dado ganas de ahorcarle; porque a hablar verdad, está diciendo comedme.

—Pues el mismo, y si pudiéramos salir de aquí nos iríamos hacia el tribunal, donde veríais que se las tiene tiesas con el obispo.

—Voto a tal, que daría el mejor mulo de cuantos me quedan que curar en mi vida o la cuerda mejor ensebada de que haya hecho uso el mejor de cuantos ajustan gaznates con tal de verle disputárselas con el obispo; porque, aunque no lo entiendo, me gusta mucho oír hablar en latín.

—Pues ánimo y veamos si podemos salir de estas apreturas, porque todavía es temprano y hasta las dos lo menos no quemarán la bruja.

Ardua empresa era la que proponía el bizco, y mucho más a un hombre tan gordo y pesado como Soguilla, que empujado, apretado y sofocado con tanta gente apenas podía respirar. Empezaron, no obstante, a forcejear, codeando a los de al lado y empujando a los de atrás por ver si podían romper brecha y salir de allí, el bizco, más ligero, deslizándose de medio lado, y el honrado Soguilla a pique de sofocarse.

—¡Hola, eh! —decía un estudiante—. ¿A dónde va ese tonel?

—Es el antiguo verdugo de la ciudad —gritó otro.

—Allá vas, catedrático de la soga, aligerador de pescuezos.

—Es el saludador que cura mulos rabiosos. Medicus asinorum.

—¡Plaza, plaza! —gritaba otro—, que ese hombre está ético, y nos puede pegar el mal.

Nosotros les dejaremos salir como puedan de aquel apuro en que por su culpa se hallaban, que al fin saldrán si pueden; y peor para el desdichado verdugo, que sin considerar sus dimensiones se había metido en donde no había lugar para él a pique de que le diera una aplopejía, y trasladaremos a otra parte al lector, adonde, aunque había pocas menos personas, reinaba un profundo silencio.

En un gran salón del edificio en que celebraba sus sesiones el tribunal eclesiástico, dividido en dos partes por una baranda de hierro de tres pies de altura, que se abría en su mitad, veíase de un lado al pueblo agrupado y atento, puestos muchos de puntillas y con los ojos fijos al frente, y encargándose mutuamente el silencio con repetidos siseos. Dos alabarderos, con las armas del obispo grabadas en sus alabardas, parecían dos estatuas clavadas a la parte de allá de la baranda con las espaldas vueltas al pueblo. Todas las ventanas estaban cerradas, y sólo por las claraboyas que junto al techo estaban abiertas penetraba escasamente la luz del día. Ardían, en cambio, en grandes candelabros de ébano infinidad de velas de cera amarilla, cuyo pálido reflejo daba un tinte sombrío y melancólico a todo el cuadro. Brillaba en el fondo una gran cruz de plata colocada sobre una especie de túmulo o catafalco vestido de paños negros con calaveras y huesos pintados; desde la baranda de hierro hasta el extremo donde el catafalco se levantaba corrían largas filas de bancos enlutados con ricos paños bordados de oro, y las armas también del obispo, y en ellos estaban sentados gran número de hábitos negros con impasibles semblantes y devotas fisonomías. Un magnífico sillón bordado todo de oro y colocado en cierto lugar preferente servía para el obispo, que con su capa pluvial y demás distintivos de su alto cargo presidía el tribunal. Otros dos alabarderos estaban colocados uno frente de otro a la mitad de la sala, además de otros cuatro que guardaban el catafalco. Un grupo de partesanas y alabardas rodeaba al reo, que por una puerta abierta a la derecha del catafalco, junto al sillón del obispo, acababa de entrar en el tribunal.

Era una mujer vestida a la usanza arabesca, pero sin toca ni velo en la cabeza y con el cabello tendido, que le enlutaba toda la espalda, según era negro y espeso. Traía la cabeza baja y sus ojos sin brillo clavados tristemente en el suelo, las manos atadas y puestas en cruz sobre el pecho y los pies desnudos, por lo que al andar parecía que se lastimaba.

—Esa es la bruja, la mora —corrió la voz entre los asistentes; pero bien pronto sucedió el silencio a una orden de los ministriles de su ilustrísima.

Acercáronse al catafalco, y en habiéndola mandado que se prosternara, lo que hizo sin decir palabra, el obispo se levantó y entonó con grave y serena voz el De profundis, cuyo tenor siguieron cuantos allí había. Concluido el salmo, púsose el obispo la estola, hizo agua bendita, que esparció aquí y allí diciendo:

—Te invocamus, te adoramus —y en confuso y sordo murmullo respondieron todos del mismo modo. Entonces se levantaron todos y empezaron a cantar trozos de salmos tristes y melancólicos.

Domine nec in furore tuo arguas me, neque in ira tua corripias me.

Dirigió el obispo en seguida muchas maldiciones a Satanás, mandándole que se ahuyentara de aquellos sitios, y amenazándole si no lo hacía con redoblar sus conjuros.

Y en señal de maldición se apagaron las luces, sonó la campana de execración en la catedral, hirió el obispo con el pie el pavimento, mandando al diablo por segunda vez que dejara libre a su víctima para que pudiera responder verdad, excomulgándole y maldiciéndole por si acaso permanecía en aquella estancia con intento de ofuscar el entendimiento de los jueces y hacerles faltar a su deber, y luego a una voz cantaron todos en las tinieblas:

—Discedite omnes qui operamini iniquitatem.

Este cántico, entonado majestuosamente en medio de la oscuridad y en aquella bóveda que retumbaba la voz, era el canto de muerte para la infeliz Zoraida, que apenas comprendía lo que todo aquello quería decir.

El pueblo escuchaba con devoción y recogimiento.

Volvieron a encender las luces, el obispo se sentó en su silla y los demás en los bancos, y el secretario, que tenía la mesa junto al sitio que ocupaba el obispo, tomó unos pergaminos, y poniéndose en pie empezó a leer en latín el proceso de la acusación.

Consistía éste, como todos los de su jaez, en un enjambre de desatinos, testimonios falsos y acusaciones ridículas, que si bien en el día pudieran tal vez hacernos reír al leerlas, servían en aquellos tiempos, y aun sirvieron muchos siglos después, para llevar al patíbulo infinidad de inocentes. Persuadido estaba el secretario que no era cosa de broma lo que rezaba el proceso, por lo que aprovechándose de los diferentes tonos a que sabía acomodar la voz, empezando a leer en bajo y concluyendo cada período en tiple, procuraba asimismo sacar partido de su ridícula figurilla, alzándose sobre las puntas de los pies por ser pequeño de cuerpo y gesticulando con su cara de chorlito a cada palabra sobre la cual quería llamar la atención. Oíanle los jueces sin pestañear, y lo más gracioso es que el pueblo, sin entenderle, le oía tan atentamente como si cada uno de los que allí estaban fuese un dómine examinado.

Leída que fue la declaración del acusador, entró en la sala un joven lindo de cara con la visera alta y armado lujosamente de punta en blanco, y acercándose a la mesa del secretario con desenfado volvió la cabeza a un lado y a otro, clavó un momento los ojos en Zoraida, que no alzaba los suyos del suelo, y en habiéndola mirado se encogió de hombros, y aun muchos creyeron haber reparado en sus labios una sonrisa de Lucifer.

—El tribunal —dijo el secretario— os pide a vos Jimeno Díaz, paje de lanza del castellano y señor de Cuéllar, que os ratifiquéis y afirméis en la acusación hecha por vos contra Zoraida, de nación árabe, su religión mahometana, acusada de haber hecho pacto con el demonio para hechizar a vuestro amo el señor de Cuéllar, como también de asistir los sábados a las orgías de Satanás, bautizar sapos y preparar bebidas que vuelven loco al que las bebe o le mudan la voluntad. ¿Juráis sobre los santos Evangelios y os ratificáis en haber dicho verdad?

Jimeno respondió sin titubear.

—Sí, juro.

El obispo mandó acercar a Zoraida, y el secretario le preguntó:

—¿Tenéis algo que responder a vuestro acusador?

Zoraida no respondió palabra.

—Habéis oído vuestra acusación y visto lo que resulta del proceso —continuó el secretario, sin preguntarle primero si entendía el latín—, y si tenéis algo que exponer en vuestro favor, el tribunal está pronto a oíros.

—Mujer —dijo el obispo con muchas severidad—, veo que el espíritu maligno te ha privado del uso de la palabra y te fuerza a no responder. Pero debe entender el demonio que te posee que nos valdremos del fuego y del agua para obligarle a obedecernos si persiste como hasta ahora en callar. Entretanto puede procederse a las declaraciones de los demás testigos.

El segundo que se presentó era el benéfico Zacarías con su cabeza todavía vendada, su traza humilde y devota y su tono de voz melifluo y afeminado. Luego que hubo jurado y besado devotamente la cruz del rosario que traía en la mano, empezó su declaración diciendo cómo la había visto volar una noche montada en una serpiente de fuego, y que detrás y delante de ella llevaba una columna de humo pestífero que dejó al testigo caer sin sentido en tierra encomendándose a Dios. Recordó también la aparición de Elvira en la cueva de los bandidos, achacándosela ahora a Zoraida con toda seguridad, y concluyó diciendo:

—Vuestras señorías ilustrísimas deben saber, como dice el texto, que hay cosas quod homo non inteliget; y yo, señores, juro delante de Dios con la humildad y la llaneza de un siervo infeliz que ha de dar pronto cuenta a Dios de su alma, que esta mujer que aquí está la he visto yo brincar desde el castillo de Cuéllar hasta la torre de Iscar, cosa pasmosa, porque hay más de tres leguas de distancia, y sólo una bruja pudiera hacerlo, mulier cum maleficius saltarat longa vía est, y ahí va ese trozo de latín mío, que, gracias a Dios, hay aquí quien lo entiende.

A risa hubiera movido sin duda el disparatado latinajo de Zacarías si la causa que ocupaba a los jueces y el interesante testimonio que acababan de oír de boca de aquel hombre devoto no hubiesen llamado la atención general, escandalizando y asombrando de tal manera, que hasta el más incrédulo no estaba de humor de reír.

Otros varios testigos dijeron poco más o menos lo mismo, con añadidura, si acaso, de algún cuento que habían oído o imaginaron del caso, y como soldados que eran los más de la guarnición del castillo, refirieron cómo el señor de Cuéllar se estremecía todo y perdía el sentido a veces cuando veía delante de sí aquella mujer, que le había hecho asesinar a su sacerdote por su propia mano (por lo que tuvo que acudir al Papa que le perdonara) y cometer otra porción de crímenes por medio de hechizos y bebidas que le había dado. Recordaron asimismo la noche aquella en que la infeliz Zoraida, agitada de los celos en el delirio de una fiebre ardiente, recorrió de torre en torre el alcázar con asombro de los centinelas, y luego salió al campo y halló una vieja que también con endiablada risa y voz cascada se presentó ahora en el tribunal a atestiguar contra ella.

—Pardiez, la tía Gila —dijo uno de los del auditorio—. Mal se quieren las brujas cuando ellas mismas se delatan unas a otras.

—Silencio —gritó uno de los alguaciles del tribunal, volviendo su mal gesto hacia el pueblo.

Hasta entonces la desventurada Zoraida no había levantado los ojos del suelo ni había contradicho nada de lo que contra ella habían expuesto los testigos, ni visto ni oído al parecer nada de lo que le rodeaba; su profundo dolor, el recuerdo de los días del placer y la infame crueldad del hombre que la sacrificaba a otra mujer, pagando sus cariños con la muerte, la lúgubre estancia donde se hallaba, y adonde la habían traído sacándola de un calabozo infecto donde había pasado noches y noches sin saber nunca cuándo amanecía, las caras extrañas e insensiblemente apáticas de sus jueces, todo había llegado a abatir de tal manera su ánimo, que poseída de un pensamiento único no había oído siquiera ni aun reparado en sus acusadores. Al oír la voz de la vieja levantó la cabeza, se estremeció de repente, y volviendo a un lado y otro sus ojos atónitos, los clavó al fin en aquella momia reseca y diminuta, en cuyo rostro sólo se veían dos ojos que brillaban con la intención de una víbora.

—¡Qué horror! —exclamó la mora—. ¡Al fin se ha cumplido su maldición!

Fue tan agudo y llevaba una expresión tal de dolor el grito histérico que arrojó Zoraida, que hasta los más indiferentes y apáticos volvieron la cabeza a mirarla asombrados, y algunos jueces, que se habían dormido durante el curso del proceso, se despertaron creyendo que era la campanilla del presidente que ya los llamaba para votar la muerte de la prisionera.

—El testimonio de esta buena mujer —dijo el obispo, señalando a la vieja— es tan veraz y poderoso, que el diablo no ha podido menos de dejar hablar a su víctima, obligándola a que confiese cómo y cuándo se ha cumplido la maldición que sin duda arrojó sobre ella algún santo varón a quien trató de dañar con sus maleficios.

—Si su ilustrísima lo permite —dijo el fiscal eclesiástico—, requiero que se presente, como es uso, el hechizado en el tribunal para que dé más fuerza a la acusación.

—El hechizado es el señor de Cuéllar, y se halla en este momento al lado de su alteza —replicó Jimeno— mucho mejor y más aliviado desde el día en que se empezó a formar este proceso. Yo le represento ante el tribunal, y por encargo suyo y obligación que mi conciencia me ha impuesto he acusado a esta mujer de bruja y hechicera infame, con pacto con el diablo, que la protege, como también de haber hechizado y tratar de asesinar a mi muy ilustre señor el castellano de Cuéllar, y me ratifico en mi acusación.

—¡Es un infame, es un infame! —exclamó Zoraida—. ¡Miente, miente! Y no hay Dios cuando no le traga la tierra.

Jimeno la miró con terror y bajó en seguida los ojos.

—¡Blasfemia! ¡Blasfemia! —gritaron todos los jueces.

El que parecía más dulce dijo:

—Que se le atraviese la lengua con un hierro ardiendo por mano del verdugo.

Pero una voz sonó en este momento entre los espectadores, tan dolorosa y terrible que habría hecho estremecer una piedra.

—¡Es mi hija! ¡Es mi hija! ¡Y me la van a matar!

—¡Hola! —gritó el obispo—. ¡Alguaciles! ¡Que echen de ahí ese impertinente!

Pero aún no había acabado de decirlo cuando, sin respeto a los centinelas y atropellando por medio, de todo como un rayo, se arrojó en medio de la sala un hombre al parecer frenético, y antes que ninguno se opusiese a su intento, abrazó estrechamente a Zoraida, que no menos atónita que cuantos estaban presentes, ni aun tuvo fuerza para separarlo de sí.

—¡Hija mía! ¡Hija mía! Yo soy tu padre. ¿No me conoces? —decía llorando—. ¡Cuántas veces te he tenido sobre mis rodillas y me encantabas con tu sonrisa! ¿No te dice tu corazón que te abraza tu padre? Mírame, hija mía… ya estamos juntos… ya no nos separaremos más, nunca más. Volvédmela, es mi hija —proseguía, volviéndose a los jueces—, es el apoyo de mis canas, es inocente; vosotros la perdonaréis. ¡Hija mía! ¡Hija mía!

Y al mismo tiempo la cubría de lágrimas y de besos, y corría de una parte a otra enajenado, implorando a los jueces, abrazándoles las rodillas y volviendo siempre a su hija con muestras de amor, de alegría, de pena y desesperación.

Lloraban los espectadores; algunos alabarderos que se acercaron a separarle de Zoraida apenas podían contener sus lágrimas, ni cumplían tampoco con su deber; hasta Jimeno mismo, a despecho de su mal alma y refinada maldad, sintió oprimírsele el corazón, y aun se arrepintió de lo que había hecho; sólo aquellos eclesiásticos, viejos ya, y en cuyas almas de hielo jamás había penetrado la ternura del amor paterno, cuyo deber había sido sofocar las pasiones de la juventud, y que nada veían ya en su vejez sino a sí mismos, se mantenían impasibles y pretendían arrojar de allí aquel hombre enojoso, que había faltado al miramiento debido a tan respetable tribunal con la osadía, nunca vista, de haber atropellado el foro.

—Prended a ese hombre y que vaya fuera de aquí —gritaba el obispo.

—¡Fuera! —repetían los demás jueces.

Y entre tanto el judío Abraham, que él era el padre de la desdichada Zoraida, temía, rogaba, maldecía, se ponía de rodillas, abrazaba a su hija, se arrancaba mechones de pelo, resistía a sus verdugos, besaba sus plantas y exclamaba a cada momento:

—¡Hija de mi dolor! ¡Hija mía! ¡Hija de mis entrañas!

No volvía en sí Zoraida de su sorpresa; pero aunque no hacía sino mirarle, se dejaba acariciar de él, y aun sentía en medio de tantas penas cierta dulzura en su alma, bien así como si ya hubiese pasado a otro mundo de más paz, donde había encontrado todavía otro ser tan infeliz como ella que la amaba y la acariciaba.

Pero los alabarderos empezaban ya a cansarse de aquella escena viendo al obispo y los demás jueces encolerizados, y el pueblo, aunque en un principio había tomado cierto interés, deseaba que prosiguiese ya la tragedia.

El horror que el leal pueblo de Valladolid tenía a la magia y a los que por influjo del diablo la ejercían, venció por último la sensación que el encuentro de un padre con su hija en situación tan triste había producido al principio. Con todo, y para decir verdad, muchos hubo que, sin poder resistir más, se salieron del tribunal llenos de lástima y pesadumbre.

—¡Ea! Cumplid las órdenes del tribunal —dijo el obispo, levantándose.

—¡Oh! No, no. Yo soy su padre —exclamó el judío—, y no me la arrancarán otra vez. ¿Veis cómo llora? ¡Hija mía! Yo creí que había muerto, y me la encuentro aquí ahora. Había perdido ya toda esperanza de volverla a ver. ¿Me la volvéis para quitármela para siempre? Ella era una niña; oíd su historia. Yo era alcaide del castillo de Zahara (6); una noche, después de dos meses de sitio, asaltaron los cristianos la fortaleza y la entraron a hierro y fuego. ¡Ah! Entonces la cautivaron; era una niña hermosa como un ángel, un retrato de la mujer que más he amado en mi vida, de mi esposa Sara. No os enojéis; seré breve. Ahora me la daréis, es verdad. ¡Hija mía!, tú serás el consuelo de mi vejez, yo te mimaré, te acariciaré, te adoraré noche y día.

—¡Oh! Sí, sí, vos sois sin duda mi padre —exclamó Zoraida, devolviéndole sus abrazos—, puesto que vos sois en el mundo la única persona que me favorece. Sí, vos sois mi padre; es el único amor que siento que penetra en mi alma sin celos ni remordimientos. Yo soy inocente, soy una infeliz sin otro crimen que haber idolatrado a un hombre sin merecerlo; pero no sé por qué todos son enemigos míos; vos sois mi único amigo, mi consuelo; vos no me engañáis, me amáis de veras. ¡Padre mío!, mi corazón me dice que sois mi padre.

—¡Oh! Yo enloquezco al oírte decir ese nombre; bendita, bendita sea tu boca que lo pronuncia.

—Basta ya —gritó uno de los alabarderos, que sin duda era el jefe de los demás—; es preciso echar este loco de aquí.

—¡Loco! —exclamó el judío—. Loco, sí, de placer de haber encontrado a mi hija. Pero no, no me separéis de ella, haced que muramos juntos. Si sois padres… ¿No habéis tenido hijos nunca? ¡Ah! Yo soy un anciano, mis desgracias me habían hecho aborrecer a los hombres y me había vuelto misántropo; volvedme a mi hija y yo os amaré a todos por amor de ella.

Diciendo así se arrojó en el suelo, besaba los pies de los guardas, se defendía y resistía con toda su fuerza.

—¡Bárbaros! —exclamó por último, apresado ya por cuatro de ellos, que habían logrado sujetarle—. Vosotros no sois jueces, sino tigres sedientos de la sangre de mi hija. ¡Maldición! ¡Hija mía! ¡Hija mía! Apela al juicio de Dios.

—¡Oh! No hay duda —dijo Zoraida, mirándole fijamente a tiempo que se lo llevaban de allí medio muerto—, es mi padre, y es tan infeliz como yo.

Y en seguida inclinó la barba sobre el pecho, acongojada, sin poder llorar, gimiendo y sollozando con tan angustiosa agonía que no parecía sino que se le arrancaba el alma.

Luego que sacaron del tribunal al desdichado judío, uno de los jueces tomó la palabra y dijo:

—Ya que no nos volverá a interrumpir ese hombre furioso, pido al tribunal que continúe juzgando.

El procurador de la acusada se levantó y propuso que, puesto que su cliente ni se defendía ni confesaba el delito, él pedía en su nombre a su ilustrísima refiriese su juicio al de Dios, haciendo con ella las pruebas que en tal caso requería la ley.

El obispo y todos los jueces aprobaron su proposición, y el tribunal levantó la sesión en el mismo punto, dándole dos horas de término a la acusanda para que buscase caballero que la defendiese, pues de lo contrario sufriría otra prueba, pasando con los pies desnudos por once barras de hierro ardiendo.

Decretado que fue esto, el tribunal preguntó de nuevo a Jimeno si se ratificaba en su acusación y estaba dispuesto a combatir en buena ley, y sin valerse de hechizo ni superchería alguna, con cualquier caballero que tomase la demanda por aquella mujer, y Jimeno juró de nuevo y se afirmó tanto en lo que había dicho como en lo que ahora se le preguntaba.

Entonces se levantaron todos, se oyó ruido de pies en la antesala del pueblo, que se ponía en movimiento para marcharse, y los jueces, precedidos del obispo, se retiraron.

Al salir Zoraida en medio de los alabarderos, el paje se acercó a ella.

—¿Quieres ser mía? Todavía estás a tiempo.

—Huye, demonio de mi desdicha —respondió la mora, mirándole con ojos hechos ascuas de ira—; la muerte, el infierno, todo me es más agradable que tú.

—Tanto peor para ti —repuso el paje, volviendo la espalda—. No porque tú me desdeñes he de creerme más feo, y este desaire me lo vas a pagar bien caro.

Echó a andar entonces haciendo ruido con las espuelas, y en saliendo a la calle empezó a mirar a las celosías por si veía alguna dama a quien hacer señas.

Capítulo 35

Adiós por siempre, ¡oh sol!, naturaleza
del mundo entero, adiós. ¡Ah! No más sufra
yo el triste peso de la amarga vida,
para mí de pesares tan fecunda.
¡Oh, muerte! escucha mi postrer plegaria:
ven, oh sueño eternal, ven en mi ayuda.

EUGENIO OCHOA, La muerte del Abad.

Cuando el judío se arrojó en medio del tribunal a abrazar a su hija, acababa de entrar hacía poco en la sala, y habiendo preguntado a uno de los espectadores, hombre ya viejo y que parecía por sus modales haber sido en otro tiempo soldado, qué hacía allí aquella gente reunida, éste, después de satisfacer su curiosidad, le refirió, además, cómo él conocía a la acusada hacía ya algunos años. Esta conversación ofrecía tanto interés para el viejo hebreo, que no pudo menos de preguntarle dónde y cuándo la había conocido; a lo que respondió el soldado, que justamente lo era de la guarnición de Cuéllar, contándole toda la historia de la mora desde el momento de su cautiverio hasta el día.

Crecía el ansia y la inquietud de Abraham a cada palabra de aquel hombre, como si en ellas se encerrase algún encanto particular, hasta que llegando a dar señales del sitio donde la habían cautivado y de las ricas alhajas que traía consigo, con todas las demás circunstancias del asalto en que se había hallado él mismo, reconoció el judío a su hija, y a pesar del peligro a que se exponía si llegaban a conocerle como uno de los principales enemigos del rey, sin acordarse de nada en aquel momento, y perdiendo de repente su estoica serenidad, atropelló por todo, y se lanzó al cuello de la hija que creía perdida, con la violencia de una leona que ve a su leoncillo en manos del cazador.

Tal fue la causa que alborotó a todos los espectadores y motivó la sorpresa que acaso este suceso habrá producido al lector. Sólo el nombre de la acusada no convenía con las otras señas que el soldado dio al judío, llamándose ella Zoraida y siendo Esther el nombre de su hija. Pero, además de que esta circunstancia nada quitaba a la verdad de su relación, era muy fácil le hubiesen trocado el nombre poniéndole otro más acomodado a la pronunciación castellana, lo que el judío supuso también al momento, puesto que de lo demás de creerla árabe era muy natural habiéndola cautivado en un fuerte perteneciente a aquella nación. Y esta es la solución que da la crónica de que extractamos nuestra historia a las dudas que puedan ocurrir acerca de este maravilloso acontecimiento, no saliendo nosotros responsables de las que acaso ponga, además, algún lector quisquilloso.

Cuenta, pues, la historia que así como el judío salió de la sala entre los cuatro alabarderos que le sujetaron, que tal la rabia y el dolor que sintió, que llegó a perder el conocimiento, y le dejaron como muerto en uno de los oscuros corredores del edificio, habiendo dado orden, además, a los guardas de que de ningún modo le dejasen entrar si volvía de su parasismo.

Algunos del pueblo se acercaron a él, y en particular su joven criado el tímido Benjamín, que, a pesar del mucho cariño que tenía a su amo, no se había atrevido a manifestarlo delante de los alabarderos, contentándose con llorar a sus solas la suerte de la compañera de su niñez y el peligro a que se exponía su señor. Pero al momento que le vio libre de sus opresores llamó a dos hombres, quienes piadosamente, mediante cierta cantidad que les ofreció, le ayudaron a transportar su cuerpo a otra parte. Cuando el judío volvió en sí, lo primero que preguntó fue por su hija; pero lejos de arrebatarse y dejarse llevar del sentimiento que desgarraba su corazón, pareció mucho más tranquilo y que había recobrado su sangre fría acostumbrada.

—Es menester —se dijo a sí mismo— salvarla, y esto no se logra con desesperarse. Lo primero que hay que hacer es penetrar en su cárcel. Le han dado dos horas y es preciso que yo la vea en este tiempo.

Y luego se levantó del lecho, no obstante las reflexiones de Benjamín, que hizo cuantos esfuerzos pudo para oponerse a la determinación de su amo, creyendo que se había vuelto loco, porque el judío echaba sus cálculos entre sí, y sólo tal cual vez dejaba entender alguna palabra suelta.

Entre tanto, el gentío congregado en Campo Grande desde el amanecer estaba ya sobremanera impaciente y desesperado con la tardanza de la función que aguardaba. No parecía sino que se les debía de justicia la muerte o la vida de aquella infeliz, que a todo estaban convenidos con tal de pasar el rato, ya viéndola ir al suplicio o salir salva de la prueba que debía sufrir. Pero el tiempo volaba, las horas corrían y no llegaba, no obstante, la que el pueblo esperaba con tanta ansia. Decían unos:

—Sin duda la bruja halló una escoba y se escapó por el agujero de la chimenea.

Gritaban otros:

—Es una infamia tenernos así todo el día esperando ahí una hechicerilla, que, al fin y al cabo, no es ninguna Medea —y el buen estudiante citaba el precepto clásico, nec coram populo Medea truciaet.

—La culpa de eso —decía otro— la tiene el rector de la Universidad, que entretiene al tribunal más de lo que debiera con sus discursos.

—Como que es el secretario del obispo.

—Muera el rector.

—Y los jueces.

—A sacar la bruja y nosotros la quemaremos —gritaba otro.

Y el tumulto crecía, y los arqueros que estaban de centinela no las tuvieron todas consigo. Pero el pueblo de Valladolid, así como todo el de España, sensato, pacífico y sufridor por naturaleza, no es de aquellos que se alborotan porque les hagan esperar mucho tiempo; así que, excepto algunos estudiantes de los más perdidos, nadie tomó parte en el alboroto, causando miedo un unos, risa en otros y apatía en todos la intrepidez de aquellos extravagantes mozuelos.

En esto el reloj de sol del convento de los Agustinos señaló las tres, y al mismo tiempo se oyeron gritos de alegría, tal como cuando sale el toro en la plaza los suele dar el pueblo, si hace mucho que espera la llegada del que ha de presidir la función.

—¡Ahí viene! ¡Ahí viene! —gritaban de todas partes los que ocupaban las alturas, mientras los que estaban debajo empinaban los gaznates por si lograban ver algo.

Pero no tardó mucho en aparecer la fúnebre comitiva con dos pregoneros delante, que a grito herido iban declarando los supuestos crímenes de Zoraida y la determinación del tribunal. Venía en seguida gran número de arqueros a caballo escoltando a la prisionera, que a pie y en medio de ellos con los pies descalzos venía marchando con paso bastante seguro. Llevaba la espalda inclinada hacia delante y la cabeza baja, y tal vez su boca convulsa se contraía esforzándose para no llorar.

Así encorvada en su angustia parecía una palma tronchada por el huracán. Seguían tras de ella otros tantos alabarderos, menos por guardarla que por honra del obispo, que también con los otros jueces, cada uno en su litera, venía, como era de su deber, a presenciar el juicio de Dios. Al llegar a una de las entradas del palenque la comitiva hizo alto, sonaron las trompetas, formó la tropa y el obispo bendijo al pueblo desde la ventanilla de su litera. Apeóse en seguida, y lo mismo hicieron los otros jueces que le acompañaban, y en habiendo tomado asiento en el tablado, mandó el obispo trajesen allí a la acusada, y dijo:

—Tú eres una extranjera y no tienes aquí nadie que te proteja, pero has apelado al juicio de Dios, y él te salvará si no eres culpable. Su voluntad va a manifestarse, y el hombre no podrá hacer otra cosa que someterse a sus inerrables juicios. ¿Has encontrado caballero en el tiempo que el tribunal te ha concedido para buscarlo?

—¿Cómo quieres que una extranjera —respondió Zoraida—, como tú mismo has dicho que soy, pueda encontrar en tan poco tiempo ninguno que se exponga a defenderla, no sólo contra el acero de mi enemigo, sino contra la preocupación de los que, sin saber por qué, me aborrecen?

—Y vos —dijo el obispo, dirigiéndose a Jimeno, que, como acusador, estaba colocado enfrente de la acusada—, ya que no se presenta campeón ninguno que defienda la inocencia de esta mujer, ¿qué prueba queréis que dé de que es inocente?

Miróla Jimeno de hito en hito, cambiando tal vez de color, y pensando al mismo tiempo entre sí que eran aquellos pies demasiado lindos y delicados para no hollar siempre flores en vez de hierros ardiendo. Y no había formado la naturaleza aquella mano de nieve y rosas para oprimirla y reducirla a cenizas dentro de un guantelete de fuego.

—(Pero no importa —se dijo—, me ha despreciado, y debe morir). La prueba de las barras —continuó en alta voz, dirigiéndose al tribunal.

—Mujer —dijo el obispo—, la ira de Dios va a caer sobre ti si eres culpable, y allí, además —añadió, señalando a la hoguera—, encontrarás la pena de tus crímenes en la tierra. Cúmplase la voluntad de Dios.

Volvió Zoraida la vista al hornillo, que resonaba con el continuo y monótono son de los martillos que a compás caían sobre el yunque, y cada golpe le pareció sentirlo en el corazón. Y cuando la apartó de allí horrorizada y vio la leña que había de consumir su cuerpo, cerró los ojos y sintió, como si se le despegara la carne de los huesos, un dolor tan intenso que estuvo próxima a desmayarse. Pero su valor la sostuvo, y cuando abrió segunda vez los ojos miró al hornillo y la hoguera con serenidad.

Los dos maestres de campo, que asistían a la prueba por si acaso la acusada encontraba caballero que la defendiese, se retiraron a un lado del palenque y cedieron sus puestos a dos alguaciles del tribunal, que debían sostener a la acusada por los brazos mientras paseaba las barras. Dos escribanos que allí había debían dar fe de cómo se había verificado la prueba sin malicia, engaño ni hechicería, tanto por parte de la procesada como por la del acusador. Presentó un sacerdote a Jimeno los Santos Evangelios para que jurara no traer sobre sí encanto alguno ni sortilegio que torciese el juicio de Dios en daño de la acusada, lo que el paje juró, muy seguro de que no había necesidad de más sortilegio que el hierro ardiendo para abrasar los pies de la mora.

El obispo lanzó de nuevo mil maldiciones contra el mal espíritu para que no interpusiese su influjo en contra o en favor de ella, y luego resonaron los golpes sobre el yunque con más fuerza, los jueces murmuraron algunas oraciones y salmos en voz baja, y el pueblo en silencio esperaba el fin de la prueba con cierto temor religioso. Entre tanto los tiznados satélites de Vulcano sacaron del hornillo hasta once ascuas largas de dos pies, que pusieron paralelas unas junto a otras por donde había de pasar la acusada. Los dos alguaciles la acercaron por fuerza hacia las barras, y Zoraida sintió crispársele los pies y, en todo su cuerpo, dolorosas contracciones de nervios. En vano se esforzaba a poner el pie; la naturaleza se resistía a aquel martirio, y sus miembros no obedecían a su voluntad.

—¡Oh! ¡Piedad! ¡Piedad! —clamó, arrojándose a los pies de los alguaciles que la empujaban—. Yo no me muevo de aquí; yo no puedo… ¡Perdón! Soy inocente… La muerte, la muerte… Sí, yo prefiero morir mil veces a pasar por aquí…

En balde fuera querer pintar el sonido de su voz, ya dulce y humilde, ya dando gritos horribles al mirar las ascuas que sus pies habían de pisar, y las miradas de piedad y de terror que volvía a todas partes y sus movimientos y contorsiones en aquel terrible momento.

Pero sus ojos no encontraban compasión en la fisonomía inflexible de sus verdugos, que, acostumbrados a presenciar todos los días semejantes crueldades, no hacían más caso de las lágrimas y súplicas de sus víctimas que del llanto de un niño que hubiera perdido un juguete.

—Vamos, reina mía —decía uno de los alguaciles, que se pierde tiempo. Más caliente estará el infierno, y no te pesaba tanto ir allá.

—¡Por Dios! ¡Por Dios! —gritaba con voz que desgarraba el corazón de oírla—. ¡Matadme! No me martiricéis. ¡Ah! ¿Quién me había de decir en otro tiempo que el hombre a quien he amado más en mi vida había de dejar que me martirizasen así? Yo deseo la muerte; dádmela; yo soy culpable; yo diré todo lo que queráis con tal de no pasar por aquí.

Esta última confesión suspendió el empeño de los alguaciles, y el juez, que en pie y junto a ella debía presenciar la prueba, se acercó al tablado y dijo:

—Atendido a que la acusada se resiste a sufrir la prueba y ha confesado todo, pido que sin más dilación sufra la pena de muerte a que en este caso está condenada por el tribunal.

—La voluntad de Dios —dijo el obispo— se ha declarado manifiestamente y el demonio no se ha atrevido a arrostrar su juicio y ha abandonado el campo, entregando a la justicia su presa. Que se ejecute la ley, y Dios tenga piedad de su alma.

—Amén —contestaron a una voz los jueces.

—Jimeno —prosiguió el obispo, dirigiéndose al paje—, habéis sostenido vuestra acusación como leal y noble que sois, y el tribunal os declara libre de la palabra que habéis empeñado de sostenerla hasta el último trance, puesto que desiste de la prueba propuesta vuestra acusada.

En oyendo esto, Jimeno, acompañado de los maestros de campo, echó a andar, después de haber saludado al tribunal respetuosamente, y se dirigió pensativo, con la cabeza baja y sin mirar a Zoraida, hacia la puerta del palenque, que caía al otro extremo. El verdugo tomó el hacha en la mano y se dirigió adonde estaba Zoraida todavía de rodillas, sin movimiento. Sus dos ayudantes pusieron fuego a la leña, que, por estar embreada, ardió en un momento, y los dos alguaciles se separaron de ella para hacer lugar al ejecutor.

Algunos corazones del pueblo, que la hermosura de Zoraida y sus gritos habían movido a piedad, temblaron en aquel instante cuando vieron la hermosa cabellera de la desventurada en manos del verdugo, que la arrojó adelante con indiferencia, cubriendo con ella su hermoso rostro, y echando en seguida el pie derecho atrás y levantando el hacha en alto, se disponía a descargarla ya sobre aquel cuello de alabastro, morada de los amores.

Pero en aquel mismo instante, y cuando aún no había salido el paje del palenque, resonó un grito, que se extendió como un golpe eléctrico de boca en boca, y cien voces resonaron a un tiempo con alegría: «¡Un caballero! ¡Un caballero!»

El verdugo volvió la vista a los jueces, y el obispo le hizo señas de detenerse. Bajó el hacha y quedó inmóvil detrás de Zoraida, que clavada en el suelo de rodillas, esperando la muerte con resignación, parecía una estatua de mármol de las que suelen adornar algunos sepulcros.

En este momento un caballero armado de punta en blanco entró en el palenque a rienda suelta montado en un generoso alazán, y arrojándose pie a tierra de un salto, se dirigió al tablado de los jueces con gallardo desembarazo. Era de mediana estatura, robusto y airoso de continente.

Uno de los maestres de campo se acercó a él y le preguntó a qué venía.

—A sostener la verdad contra la mentira, a proteger la inocencia contra el hombre más infame y falso que existe, si la acusada me quiere por su caballero.

—Para eso —respondió el maestre— es preciso que digáis vuestro nombre y os dejéis registrar por si se esconde en vos alguna superchería.

—¡Superchería! El acusador de esa infeliz es capaz de usarla, que no yo. De todos modos, estoy pronto a todo, menos a decir mi nombre.

—Vuestra nobleza al menos…

—La probará mi espada —respondió con intrepidez el desconocido—; además, el acusador y yo en otra ocasión hemos trocado ciertas prendas, y la que él me dio la traigo siempre conmigo. Quiero, pues, que me devuelva la que le entregué.

—Os creo, caballero, y esa prueba me basta —respondió el maestre, mirando una sortija que el incógnito le enseñó quitándose el guantelete de la mano derecha, y en la cual estaba grabado un blasón.

Diciendo así le presentó ante los jueces.

—Este caballero —dijo— está pronto a sostener a pie y a caballo que la acusación hecha contra esa mujer es falsa y apela nuevamente en su favor al juicio de Dios.

—La acusada —respondió el obispo— se ha negado a la prueba de las barras y ha preferido la muerte más bien que las consecuencias del juicio divino, y nosotros hemos dado por libre a su acusador.

—Sin embargo, si vuestra ilustrísima lo permite —dijo el maestre—, observaré que la prueba del combate fue la primera en que la acusada convino y la que el tribunal aprobó, dándole dos horas para que buscase su campeón.

El tribunal, después de una corta, aunque muy acalorada discusión, mandó se le preguntase a Zoraida si convenía en esta prueba, y el maestre que acompañaba al caballero desconocido se acercó a preguntárselo.

Habíase recobrado Zoraida de su estupor, y las voces de la multitud y los vivas con que celebraron la llegada del caballero resonaban tan confusamente en su imaginación, mezclados con el golpe de martillo en el yunque (que, aunque ya había parado, todavía hacía dar saltos a su corazón, repitiéndose en sus oídos) que apenas podía darse razón a sí misma de lo que le pasaba. Trató de echarse el cabello a la espalda para despejar la frente y mirar a su alrededor; pero halló que tenía las manos atadas atrás, y entonces exhaló un gemido. Extrañábale, sin embargo, la tardanza del verdugo en sacudir el golpe terrible que la había de quitar para siempre de penas, y por un movimiento de instinto encogía de cuando en cuando los hombros.

Su ropaje era blanco, su cuello estaba desnudo, y de rodillas en medio del campo, detrás de ella el verdugo, el hacha al lado, mirándola con ojos estúpidos, aguardando sólo una seña para retirarse o matarla, y en su rostro cuadrado marcada la insensibilidad, ofrecían un conjunto de resignación, de belleza, de horror y de estolidez inexplicable.

Uno de los alguaciles mandó al verdugo que se retirara, lo que él hizo refunfuñando; la levantó, le desató las manos, y Zoraida entonces, echándose el cabello a la espalda, miró con ojos espantados alrededor, y enseñó el rostro pálido con la huella de la muerte en él. Hubiérase dicho un cadáver que volvía a la vida. Entonces llegaron a ella el maestre y el caballero que se ofreció por su campeón. Entendió apenas Zoraida lo que le decían, pero respondió que sí le aceptaba, y entonces la sentaron en un escaño junto a la hoguera, mientras decidía la próxima lid de su suerte.

Preguntó el otro maestre a Jimeno si estaba dispuesto a sostener la lid, a lo que respondió que sí, siempre que su contrario manifestase su nombre.

Entonces los dos enemigos se carearon, y el desconocido le dijo, presentándole la sortija:

—¿Jimeno, reconoces esta joya? Tú debes tener en tu poder un relicario con un pedazo de la verdadera cruz que te cambiaron por ella.

Jimeno palideció; aquella voz le parecía haberla oído otra vez; pero no era la voz de un vivo; aquel cuya era había muerto hacía mucho tiempo.

—¿Quién eres? —le preguntó en voz baja, temblando.

—Pronto me conocerás —repuso el incógnito—; monta a caballo y luego verás quién soy.

—No, yo no me bato contigo; tú eres el alma de…

—De Usdróbal quieres decir —replicó el campeón de la mora—; calla y monta a caballo, o te declaro cobarde y manifiesto tu villanía.

—Eso no, ¡vive Dios! Más que seas el demonio mismo, no te temo —respondió el paje—, y si eres Usdróbal y vives todavía, lo que es imposible, yo haré que no vuelvas otra vez a presentarte delante de mí. Estoy pronto —añadió, volviéndose a los padrinos.

El despecho y la cólera habían sucedido al espanto de la sorpresa en el alma negra del paje; calándose el casco, salió gallardamente al medio y montó un caballo que le presentó su escudero. No obstante el coraje y la duda que le irritaba y afligía a un mismo tiempo, todavía se gallardeó en la silla y dio una vuelta haciendo gentilezas por el palenque.

Al pasar junto a Usdróbal, que cerca del tablado estaba a caballo apoyado en la lanza, soltó una carcajada y le dijo:

—Tu protegida y tú vais ahora al otro mundo de fijo, y yo te aseguro que no me has de estorbar tercera vez hacer lo que me dé gana. Para un villano, no te tienes mal a caballo.

—Mejor que tú, y no hace muchos días que te lo probé —contestó el campeón.

(Imposible es que sea Usdróbal —se decía a sí mismo Jimeno—; yo mismo lo eché en el foso).

Hechas, pues, todas las ceremonias de uso y habiendo jurado los dos campeones ante el crucifijo que iban a combatir lealmente para aclarar la verdad y hacer patente el juicio divino, tomaron lanzas de manos de los escuderos, los dos maestres partieron el campo y las trompetas dieron la señal de la acometida.

Creció entonces el ansia y la zozobra en todos los corazones, cada cual tomando interés por uno de los dos contrarios, aunque la mayor parte deseaban el triunfo al desconocido.

Tenía, no obstante, Jimeno sus partidarios entre los que, sin conocer a fondo los sujetos, juzgan únicamente por la apariencia, y en particular entre las mujeres, habiendo agradado generalmente la belleza de su rostro, su natural buen humor y la elegancia de su apostura. Pero de todos los espectadores no había ninguno tan conmovido como el judío, que a la llegada del caballero había logrado introducirse, aunque con mucha dificultad, en uno de los grupos que más cerca estaban del palenque, y que desde allí no quitaba los ojos de su hija sino para mirar a su campeón, tan embebecido y desasosegado que puede decirse temía más que ella el término de la lucha.

Entre tanto, como hemos dicho, sonaron las trompetas, y ambos campeones se lanzaron a la carrera. Igual era su furia y su valentía, igual, sin duda, el deseo de venganza y el odio que mutuamente los animaba. Encontráronse, pues, con tanta fuerza, tanta violencia y coraje, que aún no los habían visto arrancar de sus puestos cuando vieron los espectadores con espanto rodar por tierra a entrambos jinetes con sus caballos. El incógnito había caído envuelto con su bridón hecho un lío, con un mechón de crin en la mano a que se había asido. El trotón de Jimeno, habiéndose levantado de manos, midió el palenque con sus espaldas, mientras que su señor, al que había encontrado en todo el ímpetu de la embestida la lanza de su contrario en su pecho, botó de la silla como una pelota al aire, yendo a parar a más de dos varas de su caballo. Desembarazarse de los estribos, levantarse y echar mano a la espada el campeón de Zoraida fue obra de un solo punto; pero viendo que Jimeno no se movía, se acercó a ver si respiraba aún, y en tal caso a obligarle a confesar su delito. Los dos maestres de campo llegaron al paje igualmente, y en habiéndole desarmado, reconocieron que estaba expirando.

La lanza del desconocido había saltado en dos partes, y una de ellas, que le había entrado por la juntura de la coraza, asomaba a su espalda el hierro y más de una cuarta de asta. El golpe que había llevado al caer le acabó de matar, reventándole, y la sangre le saltaba aún a caños por las narices, los ojos y los oídos. Cuando su contrario lo exigió con el puñal en la mano que manifestase su crimen, todas sus facciones se contrajeron, rechinó los dientes y gritó:

—¡Maldición! —y quedó muerto.

Sucedió a esto en el concurso un profundo silencio.

El obispo y todos los jueces se levantaron, y habiendo traído a Zoraida, toda turbada y confusa, el obispo dijo:

—He aquí el juicio de Dios. Mujer, eres inocente.

Capítulo 36

DON JUAN
… … … … . Por estotra puerta
te puedes ir … … … … … …

AGUSTIN MORETO, Trampa adelante.

Luego que Esther o Zoraida fue declarada inocente, prorrumpió el pueblo en infinitos vivas y estrepitosas aclamaciones, dando el parabién por su victoria al guerrero que tan generosamente había tomado a su cargo salvar aquella mujer desvalida. Los que ocupaban los tejados de los conventos se desprendieron todos, a cuál más ligeros, con intención de verle de cerca, palparle si era posible, y satisfacer su curiosidad conociendo a tan intrépido caballero. Los que habían tomado puesto en el llano se empujaron y comprimieron para acercarse más al palenque, y en todas partes resonaban los aplausos, crecía el entusiasmo, los vivas, los bravos llenaban confusamente los aires y el espacioso Campo retemblaba sacudido con tanto estruendo.

Los jueces y los maestros de campo dieron también la enhorabuena al vencedor, habiendo quedado satisfechos de su comportamiento, y en habiendo concluido las ceremonias de uso, se retiraron del palenque con la misma pompa y el mismo orden con que habían venido.

Pero antes de que hubiesen salido, ya el judío tenía abrazada a su hija, que sollozaba en sus brazos, y como si estuviera demente, gritaba, lloraba, saltaba y la cubría de besos con tanta avaricia como ternura. Ni uno ni otro pudieron pronunciar una sola palabra por mucho tiempo.

Miradas, sollozos, lágrimas y estrechísimos y convulsivos abrazos y gritos inarticulados fue únicamente lo que expresó el gozo del primer momento; y luego los mismos extremos que hacían, comunicando nueva convulsión a sus nervios, mil y mil veces la estrechaba su padre de nuevo y ella a él, y cada vez con más fuerza. Y su voz interrumpida, cortada, ahogada con los anhelosos latidos de sus corazones, podía sólo de cuando en cuando proferir: «¡Hija mía!» «¡Padre mío!», y hubiérase dicho que él no se contentaba con tenerla allí, ni con besarla, ni con apretarla a su corazón, sino que quería convertirse en ella misma, esconderla dentro de su corazón para que nadie la tocara ni el aire la ofendiera, y llevarla allí, y mirarla, y acariciarla, no ya como un padre, sino como la madre más cariñosa. La expresión de su alegría se comunicaba a todos los espectadores, que asimismo lloraban, y con semblantes llenos de lágrimas, pero bañados en dulce sonrisa, los contemplaban. Acercóse también allí Benjamín, que acompañaba también a su amo en los extremos que hacía, y seguramente los tres formaban el cuadro más tierno que puede crear la imaginación.

Había Zoraida olvidado todo en aquel momento, y hasta su antiguo amor por el ingrato Saldaña parecía también que se había apagado enteramente en su alma. Ya no era una huérfana sin amparo, una mujer desdeñada, maldecida, odiada de todo el mundo; había hallado por último un protector, un amigo, un hombre que la amaba, se alegraba y padecía con ella; un padre, en fin, que la idolatraba. Zoraida era entonces feliz, y las lágrimas que derramaba no corrían gota a gota abrasando sus ojos y sus mejillas, sino que manaban en tropel, y desahogaban dulcemente y refrescaban por vez primera su corazón.

Lo primero que vino a la memoria de su padre, luego que recobró su razón, de que le había casi privado aquella sobrenatural alegría, fue preguntar por el caballero que había salvado a su hija. La gratitud quizá exigía haberse acordado antes, pero el amor paternal sofocó en un principio cualquiera otro sentimiento en el alma del pobre judío, que, a despecho de su estudiado estoicismo, había casi perdido en aquella ocasión la cabeza, y Zoraida no estaba tampoco en disposición de manifestarle su agradecimiento.

Pero cuando los dos se acordaron, ya había desaparecido, y no fue posible hallarle por más que hicieron, pues en montando a caballo había salido a escape del palenque entre los gritos de la multitud, que, puesto que algunos intentaron seguirle, no lo pudieron lograr sino con los ojos, hasta que le perdieron en las estrechas y revueltas callejuelas que abocaban entonces al Campo Grande.

—Cómo ha de ser, hija mía —dijo Abraham—; ese extranjero es un hombre de bien y ha tenido lástima de nuestras lágrimas, siento que se haya marchado sin probarle nuestra gratitud, pero confío que pronto le hemos de volver a ver, y en ese caso todos los tesoros del mundo no son bastante para pagarle. Tú estás muy débil y necesitas descanso; vamos a mi posada, y no nos separaremos nunca.

—No, nunca, padre mío —respondió Zoraida—; yo creí que ya no me quedaba ninguna esperanza en el mundo, y ahora veo que puedo todavía ser feliz. Pero, ¡ah!, padre mío, si supierais…

—Serénate, hija mía, ahora, y no turbes tan dichoso momento con ninguna memoria triste. Ven, hija querida de mi alma. ¿Qué puedes ya necesitar en el mundo habiendo encontrado a tu padre? Yo te amo más que a mi vida. ¡Estás tan pálida! ¡Has sufrido tanto! Pero todavía estás hermosa. Sí, esos son los ojos de mi hermosa Esther.

Diciendo así la besó en ellos cariñosamente y echó a andar dándole el brazo, encargándole muchas veces y con mimosa ternura que se apoyase en él, y preguntándole cómo se sentía a cada instante con indecible cuidado.

La muchedumbre se había ya dispersado poco a poco, y sólo algún que otro de los más curiosos paseaba por fin a sus anchas el Campo Grande, que no tardó una hora en verse tan abandonado y solitario como de costumbre. Venía ya a más andar la noche, y las oscuras calles de la ciudad ponían al judío a cubierto de la persecución que recelaba emprenderían contra él si, como tenía motivos para sospechar, le había conocido alguno. No había pensado hasta entonces en el riesgo a que se había expuesto presentándose en público como uno de los principales héroes del drama que acababa de representarse; pero ahora, más cuidadoso que por él por su hija, cualquier sombra, cualquier bulto le sobresaltaba.

Un hombre envuelto en una ancha capa aparecía a cierta distancia de ellos y desaparecía por intervalos como una sombra errante, como una aparición maléfica, siguiéndolos y espiando sus pasos. No había reparado en él Zoraida, ni el judío le dijo una palabra siquiera por no asustarla; pero más de una vez estuvo tentado de detenerse a preguntar a aquel hombre quién era, y aun lo hubiera hecho a no ir desarmado. Hubiera querido Abraham dar algunas vueltas más primero que entrar en su posada por ver si le seguía aquel hombre tenaz que como un gato arrimado a la pared se deslizaba sin ruido, y aun no parecía que movía los pies; pero se hacía ya tarde, su hija estaba casi exánime con lo mucho que había sufrido y el incansable embozado llevaba traza de seguirlos al fin del mundo. Dábale cuidado al judío, y algunas veces detenía el paso, y aun se paraba por ver si el encapotado pasaba de largo; pero era como su sombra, y siempre quedaba detrás, y siempre a la misma distancia.

En resolución, por más que hizo no pudo evitar que el desconocido le viese entrar en una casa en el barrio de los judíos, donde el padre de Esther se alojaba con un amigo que allí vivía.

Bajó a abrirles la puerta una vieja con un candil, y en habiendo entrado salió a abrazarle un anciano, cuya nariz larga y demás facciones habrían hecho conocer al menos inteligente fisonomista que era uno de los descendientes de las doce tribus.

—Bendito sea el Dios de Israel —le dijo—, que te ha sacado de manos de esos lobos sedientos de nuestra sangre y te ha devuelto tu hija en el día de la tribulación. Pero me parece que está muy pálida; ya se ve, es natural; es menester que descanse.

—¡Zoraida! ¡Hija mía! —exclamó Abraham, todo sobresaltado, viéndola que perdía las fuerzas, medio exánime y amarilla como una muerta—. ¡Zoraida! ¡Dios mío! ¡Te he recobrado después de tantos años para perderte tan pronto!

Pero Zoraida no respondía, ni acaso oía lo que le decía su padre; un sudor frío humedecía su frente, pálida como la cera; tenía las manos heladas, que apretaba su padre entre las suyas, besándola y llamándola por su nombre como un frenético, mientras su cuerpo había caído desmayado sobre unos almohadones que acercó al momento el otro judío.

Había éste conservado su juicio más que su amigo, y en habiéndola pulsado conoció que no era aquel desfallecimiento otra cosa que una congoja producida por el sobresalto y la angustia de aquel día terrible y tantos otros como había pasado, sin otro desahogo que sus lágrimas, abandonada de todo el mundo y sostenida únicamente por la energía de su alma. Por lo que volviéndose a Abraham dijo:

—El sabio, amigo mío, no debe sorprenderse por nada y debe estar prevenido para sufrir toda clase de contratiempos. Lo que tu hija tiene no es nada, y es raro que de esa manera te turbes, tú que has sido siempre ejemplo de firmeza de alma en nuestra tribu.

Frunció Abraham las cejas, y habiendo procurado serenarse, sentido de haber dado a conocer su debilidad delante de su amigo, lavó la frente de su hija con una de las aguas maravillosas que traía consigo y pidió a su compañero que le ayudase a transportarla al lecho, puesto que ya daba señales de volver en sí y necesitaba de mucha paz y sosiego para reponerse. Hecho lo cual, ayudado además de Benjamín y la vieja, los dos judíos se retiraron a otra habitación interior adornada con alguna decencia y alumbrada por una lámpara de plata que ardía en mitad de la sala. Un braserillo en que se quemaban varios olorosos perfumes estaba sobre una mesa de tres pies compuesta y ajustada con diferentes maderas de gusto mosaico, siendo este mueble y la lámpara los dos únicos objetos de lujo que allí había, pues los almohadones y los sillones eran tan viejos y feos que más que adornar afeaban la habitación.

Los dos viejos acercaron dos sillones a la mesa, y en sentándose, dijo el patrón a su huésped:

—Mucho tarda ese joven cristiano a quien entregué la armadura y el caballo de que tú has salido fiador, y que tan bien ha aprovechado hoy a todos. Él tiene cara de buen muchacho, y hoy se ha portado como valiente; pero esto mismo me hace pensar que una vez que se ha visto a caballo no le hemos de volver a ver por acá.

—Mucho lo sentiría —replicó Abraham—; no por el caballo y las armas, que ya son suyas y yo te las pagaré, sino por no poderle dar las gracias como lo merece su buena acción.

—En efecto —repuso Aarón, que éste era el nombre del otro judío—, la fianza que me has dado te compromete a pagarme en caso que él no cumpla devolviéndome lo que por tu intercesión ir presté. Pero ya sabes que no estamos para gastos, y…

En esto estaban de su conversación, cuando fueron interrumpidos por la llegada del joven de quien hablaban, que con aspecto no muy tranquilo y precipitados pasos se había entrado hasta allí sin más etiqueta que pudiera usar en su propia casa. Venía armado todavía como si acabase de echar pie a tierra de su caballo, sólo que en vez de casco le cubría la cabeza un sombrero de alas anchas que casi le tapaba la cara, aunque no tanto que cualquiera que le hubiera visto una vez, si le miraba con atención, no reconociera en su noble fisonomía al generoso Usdróbal, como ya habrá supuesto el lector. Lo mismo había sospechado Jimeno al verle delante de sí en el palenque, puesto que le creyó nada menos que un fantasma del otro mundo, no pudiéndose imaginar que estuviese vivo el mismo a quien él había visto hecho pedazos arrojar en el foso la noche que habían ambos tratado de libertar la hermana del castellano de Iscar. Pero la buena suerte, que sin duda para mayores cosas le guardaba, dispuso de modo que saliesen torcidos los planes del malvado paje, librándole de la muerte que su traición le tenía apercibida.

En medio de aquel inesperado combate, herido uno de los asesinos, rodó la escalera con grande estrépito hasta el último tramo sin detenerse, mientras que Usdróbal, luchando aún con los otros, sostuvo todavía la batalla por algún tiempo. Herido ya y fatigado de combate desigual, viéndose a pique de perecer, se le ocurrió una estratagema para salvarse, y arrojándose de repente en tierra, suponiendo que dándole por muerto se retirarían sus contrarios, se pegó contra el muro, sin respirar siquiera, hasta que sintió que se alejaban satisfechos de su victoria. En este tiempo bajó la escalera con cuidado, receloso del menor ruido, la espada en la mano, hasta que llegando a un trozo de la muralla que daba al campo, se arrojó desde su altura sin titubear, con lo que anduvo toda la noche hasta llegar a sitio donde curarse de sus heridas.

Volvieron al poco tiempo los asesinos con una luz a recoger su cadáver; pero como no le hallaron, temerosos de que el paje los castigara, y codiciosos del premio que éste les había ofrecido, no dudaron en suponer que el cuerpo muerto de su compañero era el de Usdróbal, estando tan desfigurado y hecho pedazos que no daba nada que sospechar, y Jimeno, que desde el principio de la pelea se había retirado llevando a Leonor, creyó de buena fe cuanto quisieron decirle.

Permaneció Usdróbal oculto por algún tiempo curándose de sus heridas, y sentó plaza después en uno de los escuadrones rebeldes, donde estuvo hasta el día de la derrota general, en que habiendo determinado marchar a Vizcaya en busca del hijo de don Lope de Haro, que andaba revolviendo aquella provincia, llegó a Valladolid, donde la fama del proceso de la desgraciada Zoraida le hizo detenerse por unos días. Estuvo presente a todas las declaraciones de los testigos, y desde el momento que vio que era el paje su acusador se determinó a servirla de campeón en caso que el juicio se remitiese a las armas. Fatigábale, sin embargo, el pensar que a despecho de su buena intención no había de serle su valor de provecho, por no estar armado caballero y no tener siquiera quien le prestase caballo con que poder entrar en la lid. Pero el cielo que velaba en favor de la inocencia, hizo de modo que el judío, a quien él había visto antes en el castillo de Iscar, no habiendo podido penetrar en la prisión de su hija, se dirigiese a él eligiéndole por su defensor, y proveyéndole de cuanto necesitaba para el combate.

Tal era la suerte que había Usdróbal corrido desde su salida del castillo de Cuéllar, de donde milagrosamente había escapado con vida, habiendo, en fin, logrado poner en claro el juicio de Dios con la muerte del traidor que no le creía ya en este mundo.

Entró, pues, como hemos dicho, bastante agitado en la sala donde conversaban muy en paz los dos amigos judíos, y encarándose con Abraham exclamó:

—Si aprecias en algo tu vida, sal de esta casa al momento, monta en mi caballo, que está a la puerta, y huye sin detenerte, porque no tardarán media hora en venir a prenderte aquí.

Turbáronse los dos judíos al oír tan inesperada noticia, levantáronse de repente de sus asientos, y exclamaron casi en el mismo instante cada uno según el sentimiento que en ellos había producido:

—¡Y mi hija!, ¡qué será de mi hija! —gritó Abraham—: ¿estás seguro de lo que dices?

—¡Mi casa, mis riquezas! —exclamó Aarón—: esos perros van ahora a saquear lo poco que con sus continuos robos han dejado al pobre judío. Dios de Abraham, haz que los pies de esos babilonios queden clavados contra la tierra, para que no vengan a maltratar a tu siervo.

—Te han conocido —repuso Usdróbal, dirigiéndose a Abraham—, y yo me he adelantado a avisarte; huye, si no quieres perder la vida, y no temas en cuanto a tu hija, que además que no hay nada contra ella, yo te prometo a todo trance protegerla y llevarla adonde tú estés.

—Sí, tienes razón —repuso Abraham, que recobró al momento su acostumbrada serenidad—, no hay más remedio que huir. ¿Y a quién mejor que a ti podré yo fiar el cuidado de mi hija, que hoy le has salvado la vida? ¡Ah! sólo ella puede obligarme a salvar la mía: por lo demás, ya soy viejo, y morir hoy, morir mañana, me sería indiferente. Pero, vamos, no hay más remedio que huir.

—Tú, sí, vas seguro —replicó Aarón—; pero yo, ¡desventurado de mí!, no tengo recurso ninguno, y voy a perder en un día lo que me ha costado tantos de sudor para atesorar. No que yo sea rico… —prosiguió volviéndose a Usdróbal.

—¿Qué me importa a mí que lo seas o no? Sálvate, Abraham; yo creo que todavía tienes tiempo.

Abrazáronse los dos judíos, el uno recomendando a su hija, y el otro sollozando y gimiendo por su dinero, que iba a correr tanto riesgo si entraban en su casa los babilonios, y Abraham, en habiendo tomado una luz, acompañado de Usdróbal, sin atreverse a despedirse de Zoraida, que descansaba, se encaminó hacia la escalera, cuando oyeron grande estrépito de armas y gente que se acercaba.

—Sígueme —le dijo Usdróbal, desenvainando la espada—, que juro a Dios que he de abrirte camino.

—Eso no lo permitiré yo —replicó el judío—, que no quiero que pierdas por mí tu vida: retírate.

—De ninguna manera; o he de morir, o te he de salvar —repuso el valeroso cristiano—; no se dirá que abandoné yo nunca en el riesgo a mi compañero.

—Generoso amigo mío, guarda tu vida y cuida de mi desgraciada hija, si no yo te juro que me entregue yo mismo a mis enemigos.

En esto el ruido de los pasos y el crujir de las armas se oía cada vez más cerca.

—¿Pero hay algún otro sitio por donde huir? —preguntó Usdróbal.

—Sí —replicó el judío—, pero es preciso que me dejes solo; aquí esta ventana cae a un corral que tiene una puerta falsa que comunica al campo; la bajada es fácil y aún tengo tiempo; tú no eres conocido y debes quedarte aquí con mi hija… ¡Esther mía! —prosiguió interrumpiéndose con un suspiro—; pero tú, amigo mío, tú la consolarás. Adiós.

Diciendo así echó el cuerpo fuera de la ventana, y apoyando los pies en una estrecha cornisa que formaba la pared a poco más de una vara del suelo, saltó al patio sin hacerse daño, abrió la puerta falsa, y Usdróbal le creyó libre. Apenas volvió la cabeza de la ventana donde había estado mirando la fuga del judío, cuando se halló rodeado de hachas encendidas, partesanas, picas y alabardas de los que venían en su busca.

—Hola, amigos —dijo Usdróbal, volviéndose a ellos con extraordinaria serenidad—, yo creo que el pájaro ya voló; a menos ya hace rato que ando reconociendo la casa, y voto a Santiago que no ha quedado rincón que no he escudriñado.

—La puerta de ese corral da al campo —dijo uno de los alabarderos.

—Así es —repuso Usdróbal sin alterarse—; pero justamente al otro lado hay gente apostada para apresarlo, y por ahí no se ha de escapar.

—No hay duda —respondió el que parecía jefe de aquella tropa—; tiene razón este mozo, que allí está ese hombre flaco que dio el aviso y un compañero mío con algunos hombres de armas.

—¡Suerte del diantre! —murmuró entre sí Usdróbal desesperado con la noticia que él mismo había forjado, y que salía cierta por su desgracia.

En esto llegaron dos hombres más con el judío Aarón, a quien habían hallado en un sótano entre algunos cofres y sacos, casi embutido en ellos y pegado a la pared como si fuera una oblea.

En vano juraba el pobre hombre y afirmaba que nada sabía de Abraham: amenazábanle con tormentos si no declaraba dónde se encontraba su amigo, a quien traían orden de prender y llevar a presencia del rey, contra quien había conspirado, y aun hubieran puesto en ejecución su amenaza si no hubiera llegado el aviso de que estaba ya asegurado el reo a tiempo que tratando de escaparse había tropezado con los que guardaban la salida del campo. Estaba allí en efecto Zacarías, que era el que le había seguido aquella noche, y que, cierto de la casa en que habitaba, le había descubierto.

Sin embargo, no impidió la aprehensión de Abraham para que llevasen preso al otro judío, habiéndose salvado Usdróbal, como suele decirse, en una tabla, por no haber topado con el infame devoto, que no hubiera quizá dejado de hacerle alguna obra de misericordia.

Quedó la casa sola, habiendo quedado el cuarto de Zoraida únicamente sin registrar, ya que por haber hallado al judío tan pronto no entraron en su aposento, donde la infeliz reposaba todavía de sus pasadas fatigas, y muy ajena del peligro que corría su padre.

Capítulo 37

BOABDIL
Pues la sentencia pronunció tu labio,
él vivirá; pero a mi amor sincero
has de corresponder.
ZORAIDA
¡Señor!, ¡amaros!
BOABDIL
O caerá su cabeza en este día.
ZORAIDA
¿Hay mayor crueldad?

NICASIO ALVAREZ DE CIENFUEGOS, Zoraida.

Mientras esto pasaba en Valladolid, proseguía Sancho IV en el castillo de Cuéllar ocupado en castigar los jefes de los rebeldes, llevando la crueldad al punto de no perdonar uno solo de cuantos tuvieron la desgracia de caer en sus manos. Cabezas ilustres desprendió de sus troncos el hacha del verdugo, y pocas veces bañó sangre más noble el cadalso, siendo la mayor parte de los que en él perecieron fieles servidores del sabio rey don Alfonso, en cuyo servicio habían arriesgado su vida más de una vez valerosamente en los combates. Sólo Hernando de Iscar quedaba hasta entonces vivo, si puede llamarse vida la miserable existencia que arrastraba en una estrecha prisión del castillo de Cuéllar, adonde le habían trasladado luego que la victoria del rey desbarató los planes de sus compañeros. Pero su mala suerte estaba muy lejos de ofrecerle tarde o temprano la libertad, puesto que como jefe principal de los revoltosos era casi seguro correría igual fortuna que sus amigos, muriendo en un patíbulo como traidor si ya el rey, cediendo a las instancias de Saldaña, no le perdonaba la vida.

Tal era, sin duda, el pensamiento del castellano de Cuéllar, que ya había logrado del rey dilatar su muerte con esperanza de alcanzar la mano de Leonor, condición que pensaba poner, y sin la cual estaba firmemente resuelto a no interponer su influjo en favor de Hernando. Traíale esta idea sobremanera distraído y silencioso, y aunque en él no fuera extraña jamás la tristeza, en su rostro amarillo y en sus hundidos ojos notábase empero que no era ya un mar de pensamientos el que movía borrascas en su alma, sino que uno inmutable, único, se había apoderado de todo él. Paseábase solo calculando entre sí cómo haría para no ser aborrecido de aquella mujer que era el sueño de su felicidad, ya dudando si obraría generosamente poniendo en libertad a su hermano, ya temiendo no recibir en tal caso más que una fría muestra de agradecimiento de parte de su altiva prisionera, quedando al mismo tiempo sin medios de forzar en adelante su voluntad, por haberse privado del único recurso que en su desesperación le quedaba.

—No —se decía a sí mismo—, no para obrar tan neciamente os he hecho traer prisioneros a mi castillo. Tu hermano morirá si te obstinas, tú estarás aquí presa toda tu vida, y al fin te he de poseer por fuerza o por voluntad.

En diciendo esto se encaminó hacia la habitación de Leonor, resuelto a poner por obra lo que había pensado; sólo que al entrar sintió enfriarse su valor, titubeó, se maldijo a sí mismo, y tuvo que hacer un no pequeño esfuerzo para afirmarse en su determinación.

Estaba Leonor acompañada de dos de las doncellas que la servían, quienes viendo entrar a Saldaña se retiraron, y él se sentó enfrente de ella.

—Tráigoos, señora —le dijo con los ojos torvos clavados en tierra y una agitación que desmentía el tono tranquilo de sus palabras—, una muy mala noticia.

—¿Ha muerto mi hermano? —preguntó Leonor toda sobrecogida.

—Es mucho peor —replicó Saldaña con la misma calma aparente—; vuestro hermano cayó prisionero, y…

—Es falso —exclamó Leonor con orgullo—: mi hermano hubiera muerto mil veces antes de dejarse prender; es falso.

—La suerte de la guerra —continuó Saldaña moderando su voz—, es tal que muchas veces sucede lo que uno menos se imaginaba. Vos no lo creeréis, pero la prisión de vuestro hermano no es menos cierta por eso: yo os lo digo a fe de caballero.

—¿Y qué será ahora de él? ¡Saldaña! —exclamó Leonor mirándole horrorizada—, ¿qué será de él?

Bajó Saldaña la cabeza sobre el pecho, cruzó los brazos, hubo una pausa, encogióse de hombros, y dijo:

—Su suerte será la de sus compañeros; morirá como ellos en un cadalso pregonado como traidor.

—¿Y vos me lo decís así, Saldaña? —exclamó Leonor—, ¿vos me lo decís tan fríamente?

—Y si yo os pregunto si me amáis, ¿no me responderéis fríamente que no? —replicó Saldaña—. ¿Y creéis acaso que es más una sentencia de muerte, un pregón que se olvida en cuanto se ha acabado de oír, una nota de infamia que allá en el otro mundo no ha de aumentar las penas del infierno ni las dulzuras de la gloria; creéis que es más que un no de la mujer que se adora, que puede forzar al hombre a cometer crímenes, a hacer eterna la condenación de su alma, eternos sus tormentos, y obligarle a llevar años y años una vida de maldición que sólo podría trocarse por la muerte de horror y desesperación que le aguarda? ¡Ah! Y vos me habéis dicho ese no fríamente más de una vez.

—Vuestro honor mismo, Saldaña, está comprometido a salvar a mi hermano —repuso Leonor conmovida—; él ha sido el amigo de vuestra juventud, él ha sido vuestro enemigo noblemente en el campo. Un caballero generoso debe recordar sólo en tal caso la amistad, y olvidar todo resentimiento.

—¡Mi honor! —respondió el de Cuéllar con una amarga sonrisa—. ¡Un caballero generoso! ¡La amistad! Yo ya no tengo amistad, generosidad ni honor; tú me has dicho que no, y yo he sacrificado ya todo por lograr un sí de tu boca.

—¡Oh! Saldaña —exclamó Leonor con aquel eco de voz tan dulce que enterneciera un diamante, y arrojándose al mismo tiempo delante de él de rodillas—, por Dios, por mí, si me amas, salva, salva a mi hermano.

—¡Leonor! —gritó Saldaña sorprendido de aquella acción tan inesperada—: levantad, que yo no soy sino un hombre y tú una divinidad, y yo sí que debo besar tus pies.

—¿Salvarás a mi hermano?, ¿me lo prometes? —preguntó Leonor, poniéndose en pie.

—¿Serás tú mía? —preguntó Saldaña—; ¿me lo juras?

Esta pregunta hizo volver en su acuerdo a la desdichada Leonor, que se sonrojó avergonzada de haberse humillado hasta el punto de tener que oír con paciencia el atrevimiento que ella misma había provocado, arrebatada del deseo de libertar la vida a su hermano. Sentóse otra vez en su silla, y quedó pensativa por largo rato; Saldaña ocupó de nuevo su asiento.

—¡Qué dijera Hernando de mí —se dijo a sí misma—, si ahora me hubiese visto rogar por él a los pies de su enemigo! ¡Qué poco reconocería en mí a su hermana!

Mientras reflexionaba de esta manera y procuraba recobrar la entereza digna de una dama de aquellos tiempos heroicos, esforzándose a mirar con serenidad el rostro a la fortuna, Saldaña, no menos pensativo, aunque mucho más animoso, no quitaba los ojos de ella, dándose a sí mismo ya el parabién de su triunfo.

—Leonor —dijo—, tu hermano vivirá, y sus estados y todo lo que ha perdido le será devuelto con sólo que tú pronuncies una palabra. Mil veces te he dicho que te idolatro, y te he pintado el amor de fuego con que has abrasado mi alma. No me hables de generosidad, no me pidas por él: es inútil; eres tú quien le ha de librar, y yo no he de ser sino el instrumento de tu voluntad. Mentiría si te ocultase que puedo fácilmente salvarle; pero no, Leonor, tú no has sido generosa conmigo; tú me has visto a tus pies triste, afligido y acosado de mil tormentos; te he pedido, no que me libertases de una muerte pronta, sino una lágrima de piedad, mi felicidad en la tierra y la salvación de mi alma; tú me has arrojado de ti con desdén, y el lobo tiene más piedad del cordero que devora, que tú has tenido de mí ¡Leonor! ¡Leonor! No apeles a mi generosidad.

—Sí, me he engañado —replicó la hermosa de Iscar, recobrando su natural gravedad—; te creía criminal, pero caballero; ahora conozco que tu corazón no tiene otro resorte que tu egoísmo, que en ti la orden de caballería está peor empleada que en el más ruin villano. Sí, baja los ojos y avergüénzate, Saldaña: mi hermano morirá en un cadalso, le llamarán traidor, pero la posteridad le juzgará como a bueno, y tú y sus enemigos llevaréis la mancha con que intentáis ahora empañar el lustro de sus hazañas. En cuanto a mí, soy noble castellana y hermana suya; la misma sangre que arde en sus venas anima mi corazón; rogaré a Dios por su alma, y no se dirá que desmentí con una sola lágrima de debilidad mi linaje.

Pronunció estas palabras con tanta majestad, entreviéndose al mismo tiempo la pena que le causaba la situación de un hermano que hacía con ella las veces de padre y a quien tenía por único cariño en el mundo, que el insensible Saldaña no pudo menos de conmoverse.

—Leonor —le dijo, arrodillándose a sus pies y tirando de la daga que llevaba al cinto—, un solo remedio hay para mí: si tan infame te parezco, toma este puñal y clávalo en mi corazón. Véngate de los insultos que te he hecho, y venga al mismo tiempo a tu hermano. Animo tengo para sufrir la muerte y bajar al infierno que me aguarda; pero quitarme yo mismo el único recurso que me queda para obligarte a que seas mía si vivo, ni quiero, ni puedo: hiéreme.

—Retiraos, Saldaña, retiraos de aquí —repuso Leonor con serenidad—, y si queda en vuestro corazón algo del respeto que me habéis manifestado siempre hasta ahora, no volváis más a insultarme con vuestra presencia. Entre nosotros no cabe ya reconciliación: yo soy vuestra prisionera, mi hermano es vuestra víctima, y vos nuestro enemigo común.

—En efecto —replicó Saldaña, levantándose y dando rienda suelta a la ira—, tú eres mi prisionera, y yo dispondré de ti a mi voluntad: he sufrido tus insultos, te he rogado cuando podía mandarte, me he visto ajado y hollado por tu soberbia. Desde ahora cuenta que hemos cambiado ya de papel; a mí me toca mandar, a ti obedecer, suplicarme y llorar, y tu hermano morirá, o tú has de ceder a mi gusto. Tres días te doy de término para resolverte, cumplidos éstos, Hernando acabará en el patíbulo su vida, y de grado o de fuerza te poseeré.

Los ojos hundidos de Saldaña lanzaron sobre la infeliz una mirada de tigre; el tono de su voz ronco y oscuro semejaba al zumbido del huracán entre los árboles, y Leonor, a despecho de la entereza que se esforzaba a aparentar, no pudo menos de apartar de él la vista y estremecerse.

Capítulo 38

Que es mujer, y apasionada,
ningún respeto la enfrena,

Romance de Abenzulema

Entre tanto Zoraida lamentaba en Valladolid la prisión de su padre, a quien ya sabía que conducían algunos hombres de armas camino de Cuéllar con intención de presentarle al rey, a quien tocaba únicamente juzgarle como embajador que se decía del rey de Aragón.

Vano fuera querer pintar la sorpresa y el dolor que sintió cuando se halló al despertar sola en aquella casa, para ella desconocida, con una mujer anciana a la cabecera del lecho, que con infinitas lágrimas y no pocos suspiros le refirió la prisión de Abraham, así como la de Aarón, sobre lo cual hizo largos comentarios y dolorosas lamentaciones. Baste decir que la confusión en que se hallaban los sentidos de la desgraciada judía era tal, que apenas como de un sueño se acordaba de todos los sucesos que desde su prisión en el castillo hasta entonces habían pasado por ella, y casi no comprendía lo que le contaba aquella mujer. Oíala sin hablar palabra, y miraba a su alrededor como atónita de verse allí, sin poderse dar razón así misma de todo aquello.

Pero cuando Usdróbal, poco tiempo después de amanecer, volvió a verla, habiendo logrado zafarse de los de la escolta, todas las dudas se disiparon en su mente, los recuerdos de lo pasado cobraron nuevo vigor en su alma, y la dolorosa verdad ocupó el lugar de sus ilusiones. Todo era demasiado cierto, y Usdróbal debía ser en adelante su único protector en el mundo, según había encargado su padre.

Con todo, como mujer tan sobremanera animosa, no tardó en tomar su resolución, y sabedora del destino del preso, se determinó a volver al castillo que había de servirle de cárcel. Vistióse, pues, y en saliendo a otro cuarto donde la aguardaba Usdróbal le comunicó su designio de marchar a Cuéllar, donde ella sabía cómo entrar y cómo salvar a su padre, valiéndose del conocimiento que tenía de todos los pasadizos ocultos y comunicaciones secretas de aquel castillo. No le pareció a Usdróbal tan descabellada su proposición que se pudiera desechar sin meditarla primero. Parecíale efectivamente fácil la libertad del judío si Zoraida lograba penetrar en la fortaleza, en lo que no había a su parecer gran riesgo, ahora que Jimeno había pagado sus crímenes con la muerte y no podía sorprenderles. Facilitábale quizá más esta empresa, que al cabo no dejaba de ser peligrosa tanto para él como para Zoraida si llegaban a sospechar su intención, el recuerdo de la hermosa Leonor, cuya imagen no se había apartado de sus ojos en medio de cuantas aventuras había corrido. La idea de hacer algo en su favor, y sobre todo el pensamiento de que quizá podría verla u oírla al menos, y que iba a habitar bajo el mismo techo, producía tal contento en su alma, que nada le parecía imposible ni aun dificultoso. Pero aunque todo esto lo halagaba sobremanera, no le cegaba hasta el punto de desoír la voz de su conciencia, que le gritaba mirase bien el paso que iba a dar tan aventurado, puesto que al fin él sería responsable de cualquier desgracia que por su imprudencia sobreviniese a aquella mujer que había puesto la Providencia divina a su cuidado.

—En verdad —se dijo a sí mismo pensando en esto y sonriéndose—, que en mi vida he meditado nada con tanta madurez como ahora, y luego dirán que soy ligero de cascos. Pues, señor, nada de eso —prosiguió en alta voz—, yo iré solo y sacaré a vuestro padre de sus apuros, o mal me han de andar las manos.

—Eso no —respondió Zoraida—; vos me acompañaréis, y yo iré; y no meditéis más sobre esto porque estoy determinada ya, y no he de dejar de ir.

En resolución, largo fue el debate; pero, habiendo vencido por último la obstinación de Zoraida fueron tan poderosas las razones que supo darle, que Usdróbal se encogió de hombros, y no sabiendo qué responder salió a preparar el viaje para marchar aquel mismo día.

Tres horas después ya se había proporcionado Usdróbal dos caballos, Zoraida se despidió de la buena vieja que la asistía, y ambos a dos emprendieron su marcha, cada cual muy pensativo y ocupado de sus designios.

Marchaban uno al lado del otro sin hablar palabra. Usdróbal saboreándose con formar, como suele decirse, castillos en el aire, y ella esforzándose a desechar de su imaginación la principal figura del cuadro que le forjaba su fantasía. Pero por más que intentaba alejarla, representándose a su padre en el inminente peligro en que se encontraba, por más que intentaba apartar de sí cualquiera otra idea, deseosa de no pensar ni amar más que a él, estaba harto reciente su herida, y su pasión era demasiado poderosa para que no pensase en Saldaña.

Su infidelidad, su infame comportamiento, su amor por aquella cristiana a quien ella en sus celos atribuía la mayor parte de sus desgracias, cuanto había padecido por causa suya, cuantos planes de venganza le sugería su resentimiento, todo, en fin, combatía y ocupaba de tal manera su alma, que la prisión, la muerte de su mismo padre no era sino una gota más de veneno en el agitado mar que emponzoñaba su vida.

Su amor a Saldaña había sido el primero, el único amor de su corazón, y ahora no podía menos, con vergüenza, de confesar en sí que la libertad de su padre era sólo un pretexto con que quería en vano engañarse a sí misma para ocultarse la fuerza de su pasión y el poder del destino que la arrastraba a Cuéllar. Mil pensamientos de venganza volaban delante de ella, mientras que otros tantos de esperanza y felicidad llenaban la mente del alegre Usdróbal, que al cabo de haber andado una legua entonó esta canción con voz clara y no de mala manera cantada:

Tocando están a maitines
y está roncando el prior,
que es para él la campana
como cantarle el ro ro.

Dos vueltas daba en la cama,
un bostezo y una tos,
y como es noche de enero
entre sueños se arropó.

Perdido entre tanto andaba
ya fatigado el trotón,
calado y yerto de frío
jurando y llamando a Dios,
un jinete aventurero
que mal oficio tomó.

Al tañer de la campaña
relincha alegre el bridón,
alza la cabeza, el paso
presto aguija, y su señor,
reanimada su esperanza
de hallar cerca población,
va acariciándole el cuello
y le anima con la voz.

Entre breñas solitarias,
como sombras que fingió
en noche oscura a lo lejos
tal vez medroso pastor,
se elevan las altas torres
de aquella santa mansión.

A pie se arroja al llegar
soñoliento el viajador
y chocó en sus férreas puertas
con ímpetu su lanzón,
que por bóvedas y claustros
hondamente resonó.

Para; nadie le responde;
vuelve a llamar: al rumor
los muertos se despertaran,
mas no despierta el prior:
dos, tres, cien veces repite
los golpes con más tesón:
tiembla la puerta, y es fama
que el edificio tembló.

Pero no entró el caballero
ni dio al caballo ración,
y a pesar del ruido duerme
a pierna suelta el prior.

—Vos sois dichoso, Usdróbal —dijo Zoraida con un suspiro.

—Ciertamente no me creo del todo infeliz —repuso el desembarazado mozo—, pero tampoco me faltan penas.

—¿Amáis mucho a Leonor? ¿Creéis que ella no os sea ingrata?

—Señora —respondió Usdróbal sonrojándose—, yo amo a Leonor con toda mi alma, pero ella no sabe ni sabrá nunca que yo la amo. No —prosiguió como si hablara consigo mismo—, no se lo diré jamás; hay mucha distancia de mí a ella, y perdería hasta el consuelo de verla.

En esta conversación llegaron a uno de los pueblos del camino, donde descansaron aquella noche, sin que sea posible pintar el decoro y respeto con que Usdróbal la trataba, que no parecía sino que más se había educado en cortesanos estrados que en rudos castillos y cuevas de ladrones; tan puntual y atento supo mostrarse en aquella ocasión.

Al día siguiente, que por estar ya a fines de octubre empezaba a enfriar la estación, habiéndose puesto en marcha dejó Usdróbal ambos caballos en la cabaña de un pastor, no muy lejos de Torre—Gutiérrez, adonde caía justamente, si mal no se acuerda el lector, la entrada secreta que conducía a la fortaleza de Cuéllar. En vano rogó allí de nuevo a la apasionada Zoraida que desistiese de su empresa, representándole los muchos peligros a que se exponía, y ofreciéndose él a cuanto fuese necesario hacer en favor de su padre. Pero ella desoyó todos sus consejos, arrebatada de su vengativa pasión, que por instantes crecía conforme se iba acercando a la habitación de su infiel, con mezcla de rencor y de ternura, de valor y de miedo, toda trémula y temerosa de verse con Saldaña, jurando huir de él, y deseosa al mismo tiempo de hallarle.

Entraron, en fin, y aquel día era sin duda uno de aquellos en que ha de cumplirse algún terrible anatema, un día de maldición y de muerte.

Capítulo 39

RODRIGO
¡Desventurada!
Gonzalo, su cadáver apartemos
de este lugar… … … … … .

NICASIO ALVAREZ DE CIENFUEGOS, Condesa de Castilla.

Acababa Saldaña de pronunciar las tremendas palabras que hicieron estremecerse a la desamparada Leonor, cuando mirando a un lado y a otro, sin acertar aún a retirarse de su presencia, y temeroso también de dejarse llevar de la ira que le abrasaba si permanecía allí más tiempo, cuenta la historia que a una de las puertas laterales de la habitación vio una mujer lívida, azul el rostro, la rabia en la boca, lumbre en las pupilas, furia en todos sus ademanes, que sin quitar de él los ojos, y con un puñal en la mano derecha, a paso de lobo se le acercaba.

Miróla Saldaña aterrado, y ella viéndose descubierta ni huyó, ni bajó los ojos siquiera, antes por el contrario enclavólos en él con más ahínco que nunca, y sólo detuvo el paso dudosa a cuál de los dos, a él o a Leonor, elegiría por su víctima. Hubiérase creído al ver a Leonor y a Saldaña suspensos y estúpidos a su vista, que los ojos de aquella tigre tenían virtud para convertir en piedra cuanto miraban, como la Gorgona de la fábula. Pero no tardó mucho tiempo Saldaña en volver en sí y en reconocerla. Había sabido ya el éxito del proceso y la muerte de su lindo paje, y vio que la que tenía delante de sí era Zoraida.

—¡Mujer!, ¡todavía estás aquí, todavía vuelves a atormentarme! —exclamó lleno de furor.

Y arrojándose sobre ella tiró de la daga, y antes que Leonor pudiera evitar el golpe, se la clavó en el pecho y la derribó a sus pies yerta. Cayó Zoraida, dio un alarido Saldaña, y arrojando la daga huyó precipitadamente del cuarto.

—¡Maldición! ¡Maldición! ¡Soy perdido! —se oyó que decía huyendo al mismo tiempo fuera de sí.

Dio Leonor gritos como una loca, acudieron al punto sus doncellas, y habiendo registrado la herida de Zoraida se halló que no era tan profunda que pareciese mortal, sin embargo que por entonces no daba señal de vida. Entró a poco Duarte y dos escuderos, y viendo que no se bullía ni respiraba siquiera, la sacaron del castillo al campo, donde, como no era cristiana, quedó para festín de las carnívoras aves sin enterrar.

Capítulo 40

Viéndole en su promesa tan constante
… … … … … … … … … … .
… … … … … … … … … … .
salió a la prima noche en gran secreto.

ERCILLA, Araucana.

Dos días después llegó el judío a Cuéllar cargado de cadenas y escoltado por un numeroso cuerpo de alabarderos, que llenos de cuidado venían porque no se les escapara, habiéndoselo encomendado mucho el buen Zacarías, que les había contado maravillas de las brujerías que él mismo le había visto hacer. Al menor movimiento que hacía el infeliz, a la más breve palabra que pronunciaba, se hallaba las puntas de las alabardas al pecho, amenazando matarle si no callaba o no permanecía quieto, temerosos no fuera algún conjuro o alguna intención de escaparse. Mirábanle todos con asombro, persignábanse muy a menudo, amenazábanle con más frecuencia, habiéndole cargado con tantas cadenas y argollas que apenas podía moverse, y le traían caballero en una mula, donde sufría todas estas penalidades sin dejar escapar una queja. Alguna vez solía suspirar, pero era con el recuerdo de su querida hija, que habría recobrado para perderla tan pronto, y que iba a quedar, a lo que él se imaginaba, sola y abandonada en el mundo. Por lo demás, en cuanto a él, no temía por su vida y alimentaba aún muy buenas esperanzas de salvarse si alcanzaba hablar al rey, como se lo habían prometido.

Colocáronle en una de las torres en un encierro, donde habiéndole aliviado del peso de las cadenas lo dejaron solo entregado a sus reflexiones, que a la verdad no hay lugar más a propósito para dar libertad a la imaginación que aquel en que está preso el cuerpo. Al cabo de ocho días sintió descorrer con grande estrépito el cerrojo de su calabozo, y oyó la agria voz de su carcelero, que le mandó le siguiese. Halló a la puerta una pequeña guardia de arqueros, y colocándole en medio le condujeron hasta la habitación del rey, que con grande aparato, rodeado de sus caballeros, le aguardaba con mucho deseo de conocer a un hombre tan sabio y que merecía la confianza del rey de Aragón.

El judío entró en la estancia con serenidad, y aun con cierta expresión de indiferencia en su fisonomía, clavó en el rey los ojos un momento, y habiéndole saludado profundamente a la usanza oriental, quedó en pie con los brazos cruzados y la cabeza inclinada sobre el pecho en muestras de su respeto. Miróle también el rey con ojos escudriñadores, habiéndole devuelto su saludo con cierta consideración que siempre tuvo el hijo de don Alfonso a los sabios, como uno de los príncipes más entendidos de su tiempo.

—¿No es tu nombre Abraham? —le preguntó en seguida de este ligero examen.

—Ese es, señor —respondió el judío gravemente—, el nombre que me dan los de mi tribu, puesto que entre los sabios soy conocido por otro.

—¿Es verdad —preguntó de nuevo el rey— que tú has descubierto el gran secreto de la piedra filosofal?

—No —repuso Abraham—; mis adelantos en la ciencia no han llegado hasta allí, y no soy más que un humilde aprendiz de los grandes maestros, cuyo principal secreto no he podido penetrar todavía.

—¿Pero tú eres el médico y secretario de nuestro muy querido primo el rey de Aragón?

—Soy, señor —replicó Abraham—, un humilde servidor de su alteza, que se ha dignado honrarme con su confianza.

—¿Y qué embajada has traído de su parte para nosotros, puesto que según tú mismo has dicho eres un enviado suyo?

—Señor —respondió el judío—, el rey de Aragón me dio una comisión importante para vuestra alteza, y si no he cumplido antes mi encargo ha sido porque graves acontecimientos me han impedido…

—¿Te mandó sin duda —dijo el rey con ironía— que te avistases primero con los rebeldes que acaudillaba el de Iscar, en cuyo castillo te has detenido algún tiempo?

—Así es ciertamente como vuestra alteza dice —repuso Abraham sin turbarse—, y mi estancia en su castillo ha sido el principal motivo de mi detención, en todo lo cual he obrado con arreglo a las órdenes del rey mi señor.

—Y has cumplido como buen vasallo de nuestro querido primo —replicó don Sancho—. Ahora bien, como yo soy el rey de Castilla, mando en mis reinos y no me acomoda que en ellos venga a sembrar la discordia ni aun el legado del Papa; escribiré al rey de Aragón que tú te has portado fielmente, y te mandaré al mismo tiempo ahorcar.

—Señor —respondió el judío—, vuestra alteza es dueño de mi vida, pero debe meditar mucho antes de quitármela, no sea que tenga que arrepentirse cuando ya no tenga remedio. Todo el poder de un rey se reduce a destruir a un hombre, pero por más que lo desee no alcanzará a dar vida a un reptil. Yo soy un enviado del rey de Aragón: instrucciones secretas que no tendría inconveniente en manifestar a vuestra alteza a solas, me han obligado a obrar de un modo al parecer sospechoso. Sin embargo, y aun dado caso que me hallase en el de tener que guardar el más escrupuloso secreto, vuestra alteza faltaría al derecho de gentes si mandase ahorcar a un enviado de otro monarca, que con el seguro de la buena fe y de la paz ha venido a ponerse en vuestro poder, y es imposible que el rey valiente y caballero, el hijo del rey Alfonso, se olvide de sí mismo hasta el punto de sacrificar a una sospecha cualquiera la vida de un extranjero que con tan sagrado carácter ha entrado en vuestros dominios. Por otra parte, vuestra alteza, como profundo político, debe conocer, si cree que el rey de Aragón sea un enemigo oculto de vuestra alteza, que con mi muerte no hará otra cosa que irritarle más y obligarle a que rompa por último abiertamente. Y si tal sospecha no cabe en vuestro generoso ánimo, como es de presumir, si recuerda las repetidas pruebas de amistad que aquel monarca le ha dado, es imposible que vuestra alteza trate de granjearse su enemistad cometiendo en la persona de su enviado injusticia tan escandalosa. Estas razones, y sobre todo la comisión que en secreto puedo manifestar a vuestra alteza, si se digna oírme, confío le harán obrar de muy distinta manera que se ha propuesto.

Atónitos quedaron el rey y los cortesanos de ver la energía y el atrevimiento con que se expresaba aquel viejo, en cuyo miedo habían esperado hallar un motivo de risa cuando el rey le anunciara su suerte, y a quien aguardaban haber visto intimidado y lloroso implorando el perdón a los pies del trono.

Duró un breve rato el silencio, y el rey pareció quedar pensativo.

—Judío —le dijo—, si el rey de Aragón fuese nuestro enemigo, caballeros tenemos nosotros y vasallos tan fieles como aquel monarca, y que sabrán defender el trono de Castilla, y aun triunfar de todos sus enemigos. No es mi ánimo tampoco tan temeroso que me amedrenten las amenazas hasta el punto de que el miedo tenga parte en mis determinaciones, y si cambiara alguna de ellas sería sólo un efecto de mi clemencia. Dices que tienes una comisión secreta para mí, y esto me mueve a suspender tu castigo, dándote lugar a que te defiendas de la acusación que contra ti hay, y si eres inocente irás libre. Caballeros —prosiguió, volviéndose a sus cortesanos—, dejadnos solos, retiraos.

Pusiéronse en pie todos al punto, y en toda la sala resonó un sordo murmullo de los que se retiraban, y ninguno al salir dejó de echar una ojeada de curiosidad al judío, ya que todos le juzgaban por hombre extraordinario.

Quedáronse, pues, solos el rey y él, y habiéndose levantado el primero de su asiento, le mandó se acercase tanto a él que no pudieran ser oídos de nadie, si alguno trataba de escuchar y se había quedado por allí cerca. El judío cada vez que daba un paso encorvaba el cuerpo y se detenía obedeciendo la voz de don Sancho, que le intimaba dulcemente que se acercase.

—Amigo mío —dijo en voz baja—, sé todo lo que te ha pasado, y no quiero obligarte ahora a fingir haciéndote desembuchar ahí una embajada que sólo ha de reducirse a meros cumplimientos de parte de nuestro caro primo. Yo sé que tú has venido encargado de promover contra mí la rebelión, y tu rey te ha encargado de esta comisión peligrosa. No importa; sus esperanzas han salido fallidas, y yo he descubierto sus planes. En cuanto a la amenaza que me has hecho de que el rey de Aragón tornaría tu defensa, tú mismo sabes muy bien que no se cumpliría, y que a nosotros los reyes no nos importa nada sacrificar al instrumento de nuestros designios si con su muerte nos podemos librar del más pequeño disgusto. Yo respeto tu sabiduría, y no te culpo de haber servido a tu rey, por lo que si juras servirme a mí con la misma lealtad te tomaré a mi servicio, y no tendrás que arrepentirte del cambio.

—La confianza que vuestra alteza hace de mí —replicó el judío—, me mueve a responder con la misma franqueza. Mucho mal os he hecho, señor, pero aún me queda que haceros un servicio que equivaldrá al favor que me hacéis en dejarme libre. Sabed, señor, que aquí mismo, a vuestro lado, tenéis un caballero que nada menos trata que alzarse contra vuestra alteza, y aguarda a cumpliros la palabra que os dio de serviros lealmente mientras dure la rebelión, para en el momento en que le parezca que os la ha cumplido, hacer valer sus derechos sobre el castillo de Albarracín, y ofrecerse a las órdenes del rey de Aragón.

—Sé todo eso muy bien —repuso el rey.

—Sí —replicó el judío, pero vuestra alteza ignora que el rey de Aragón y el de Lara se han convenido ya para obrar de mancomún contra vos, y lo que parecerá a vuestra alteza imposible, es que él y el hijo de don Lope de Haro están de acuerdo para vengar a su padre.

—También lo sé —respondió don Sancho—, y, sin embargo, se me hace duro creerlo.

—Ahí tenéis una carta que os lo probará —repuso Abraham, alargándole un papel—. Una casualidad ha hecho que cayera en mis manos, y su lectura os asegurará de la buena fe con que desde este momento empiezo a serviros.

—Quieres decir —replicó el rey, después de haber leído la carta sin mostrar el menor movimiento de sorpresa— que puedo contar contigo desde ahora para en adelante.

—Así es, señor, como vuestra alteza dice; sólo que desearía cumplir primero, como es de mi deber, con mi rey, manifestándole mi intención de abandonar su reino para pasarme a Castilla, condición sin la cual vos mismo no podríais juzgar bien de un hombre que fuera traidor al que primero le había empleado.

—Tal es —repuso el rey— mi intención: enviarte a Aragón con todas las muestras que de mi amistad puedo dar a su rey, tratándote como a su embajador y honrándote en cuanto esté a mis alcances. Pero allí mismo exijo de ti el desempeño de una comisión a que de ningún modo puede oponerse tu escrupulosa conciencia. Quiero, pues, que halles un medio de deshacerme de mis sobrinos los infantes de la Cerda. No que yo desee que se les dé un veneno, no te imagines tal cosa, pero sí que si pudiera ser que me los entregaran… ; en fin, si pudiera lograrse que no me inquietaran más…

—Estoy, señor; vuestra alteza desearía que no le inquietaran más —respondió el judío con intención.

—En eso, ya ves —replicó don Sancho—, que no faltas a la fe que debes a aquel monarca. Él ya los tiene presos. ¿Qué importa que sea yo quien los tenga?

Puso el judío sus dificultades, mostró repugnancia; ofreció, rogó y amenazó don Sancho, hasta que pareciendo ceder por último el judío a sus razones y promesas fingió con tanta habilidad su papel que el rey quedó muy persuadido del buen fruto de su resolución. Añadióse, además, que hallándose enferma la reina, tuvo el judío ocasión de probar su ciencia devolviéndole en pocos días la salud, y que siendo muchos de los cortesanos en extremo aficionados a la alquimia y astrología, se granjeó en ellos poderosos protectores para con el rey, que ya sin necesidad de esto le manifestaba abiertamente una amistad asegurada con repetidas pruebas.

Hizo entre tanto Abraham las más vivas diligencias por averiguar el paradero de su hija, cuya última desgracia ignoraba, hasta que desesperado, y sin haber tampoco adquirido noticias de Usdróbal, llegó el día señalado para su vuelta a Aragón, y en que se puso en camino colmado de honores y confianzas y acompañado de una numerosa escolta para su honra y seguridad.

Capítulo 41

Y a un lado miro con soberbias torres
el palacio de Lara
… … … … … … … … … …
… … … … … … … … … …
Tanto desastre al infelice dueño,
tanta desolación a su familia,
¡cuán distinto se ve!…

ANGEL DE SAAVEDRA, El Moro Expósito.

Hallábase en esto Usdróbal fuera del castillo de Cuéllar, en las cercanías, adonde había tenido que retirarse temeroso de ser conocido. Sin embargo, no dejaba de hacer sus excursiones al fuerte, ansioso de saber de Leonor y de favorecer a su hermano si podía libertarle de la prisión en que yacía aguardando a cada instante la muerte.

Habían ya puesto en liberad a Nuño, a quien por fuerza arrancaron del lado de su señor, no pareciéndoles ser persona de importancia para que fuese preciso tenerle preso, y quizá también por quitar al de Iscar el consuelo que su fiel criado pudiera darle.

Los días habían pasado lentamente uno tras otro para don Hernando, que solo en uno de los calabozos del fuerte, no acertaba a darse razón del por qué le tenían allí tanto tiempo sin decirle palabra ni sacarle al patíbulo, lo que ya casi deseaba en su desesperación, cada mañana, apenas amanecía, esperaba ver entrar el verdugo en su calabozo con la escolta que había de acompañarle al suplicio, y al menor ruido que sentía apercibía el ánimo para el terrible trance en que a cada momento esperaba verse. Imaginaba otras veces posible su libertad, ya porque la guerra siguiera, ya porque algún amigo secreto le protegiese; pero ni la hora de la muerte llegaba ni sus esperanzas se realizaban, y pasaba lentamente un día tras otro sin recibir noticia alguna ni ver apariencia de que se decidiese de alguna manera su suerte.

Sin embargo, no se descuidaba el buen Nuño, ni por verse él libre se había olvidado de su señor preso; antes bien, todos los días venía al castillo por si hallaba ocasión de verle, y ya que no podía otra cosa, se contentaba con preguntar por él a su amigo el viejo Duarte, quien solía darle noticias. Volvíase Nuño descontento y gruñendo casi todos los días del castillo, viendo que sus deseos a tan corto servicio habían de limitarse por fuerza, trazando a todas horas cómo libertar a don Hernando, para lo que ya había intentado hablar a Duarte, puesto que la rudeza y la fidelidad de aquel viejo para con su amo el de Cuéllar le quitaba el ánimo cuando más determinado venía a confiarle su plan.

Con este pensamiento, y renegando de su falta de resolución, salió de Cuéllar una tarde, y con mucho despacio, asaz pensativo y del mal humor dirigía su pasos al pueblo de Iscar, pesaroso de haber vivido tantos años para sobrevivir a la ruina de aquel castillo, mansión otro tiempo de la alegría y el lujo y ahora desolado trofeo del conquistador. Ocupaban sus almenas las tropas de don Sancho, que se habían apoderado de él, y la vista de los soldados de un rey no menos odioso para Nuño que para su amo, más de una vez había hecho al buen viejo derramar amargas lágrimas de coraje. Veíase en su vejez sin asilo y a merced de algún antiguo vasallo de su señor, que por piedad le había recogido, y esta idea cruel para un hombre acostumbrado a mirar los vasallos de su amo como siervos suyos ajaba su amor propio tanto que ni aun bastaban las ilusiones que se hacía él mismo de que aquel labriego al favorecerle no hacía sino cumplir con su deber, y era un nuevo dardo que venía a clavarse en su alma.

Envuelto, pues, en estas meditaciones caminaba, y ya el sol empezaba a ocultarse cuando alzando la vista de pronto vio un hombre enfrente de él parado que le miraba de hito en hito, sin pestañear y como si quisiera reconocerle. Miróle Nuño asimismo, pero volviendo a sus largos monólogos, prosiguió su camino sin acordarse más de aquel hombre, hasta que en habiendo andado pocos pasos más sintió que le tiraban de la rienda a su caballo para detenerle, lo que le hizo volver en sí y llegar la mano a la guarnición de la espada por lo que pudiera acaecer.

—Sosegaos, señor Nuño, que más vale que seamos amigos, y yo no vengo con intención de ofenderos —dijo el joven que estaba pie a tierra, y en el cual reconoció a Usdróbal, a quien más de una vez había visto en el campo de los rebeldes.

—Por Santiago —repuso Nuño—, que me alegro de hallarte, galán, pero siento que me hayas sorprendido, y si mi amo, el padre de don Hernando, me hubiese visto ahora caminar tan desprevenido, no habría dejado de decirme algo que me pesara. Pero a bien que él ya murió, su hija Dios sabe dónde estará, su hijo irá a acompañarlo dentro de poco y yo no los veré ya en todo lo que me queda de vida.

Dio a estas últimas palabras el pobre viejo un tono tal de melancolía y pesadumbre, que Usdróbal no pudo menos de conmoverse.

—Buen amigo —le dijo—, es menester más ánimo, y la esperanza no debe abandonaros tan pronto. Aquí me tenéis a mí…

—Tú eres muchacho —respondió Nuño—, y a tu edad lo mismo me daba a mí ocho que ochenta, pero ya soy viejo. Esperaba morir en el castillo de mis amos dejándolos a ellos felices; ellos han sido mi única familia, pues yo no he tenido hijos ni mujer, y no he vivido tantos años sino para ver morir a sus hijos y su casa en poder de otro dueño que ha echado de allí hasta los perros. Amigo mío, créeme: este golpe es demasiado cruel para que yo lo sufra con resignación.

—Con todo —repuso Usdróbal—, no hay que desesperarse todavía. Si esta noche queréis quedaros aquí conmigo en esa cabaña que veis, haremos penitencia juntos y acaso entre los dos daremos traza de que las cosas mejoren de aspecto. Puede ser que todo se componga y que hallemos medios de salvar a tus amos.

—Si tú, buen amigo —repuso Nuño—, encuentras camino de burlar la vigilancia de nuestros contrarios, te juro que puedes disponer de mi vida y de mí como de un esclavo. Vamos, que no dejaré yo también de servir de algo en tus designios, aunque no sea más que por mi prudencia y la experiencia que tengo del mando, que de algo me han de servir los años y las guerras y trabajos en que me he visto.

—Así es, buen Nuño —replicó Usdróbal—. Vamos.

Y diciendo y haciendo se encaminaron juntos hacia una choza que allí cerca, entretejida de ramas de árboles que en el techo ondeaban, se veía a la luz del crepúsculo como el yelmo de un caballero, y en entrando en ella los dejaremos meditando sus planes, cuyo resultado hemos de conocer por último, contentándonos con saber que al día siguiente muy de mañana montó Nuño a caballo, y habiéndose despedido de Usdróbal salió a buscar al Velludo, que andaba no lejos de aquellos contornos con su partida.

Capítulo 42

… … . Mas cesa de repente
todo rumor, y el estridor violento
le sucede de un arco sacudido,
y de flecha veloz el silbo horrendo.

ANGEL DE SAAVEDRA, El Moro Expósito.

La alegría de verse libre y honrado por el rey de Castilla no pudo templar, sin embargo, en el pecho del judío Abraham, el dolor de no haber podido averiguar todavía el paradero de la desgraciada Zoraida. Harto feliz con ignorar la suerte que había cabido a su hija, creíase el más desventurado de los hombres cuando, a la vuelta de los emisarios que había enviado a Valladolid, no pudo lograr noticia cierta del camino que tanto ella como Usdróbal habrían tomado. Combatíanse varios pensamientos en su interior, y hasta llegaba a veces a desconfiar de Usdróbal, puesto que semejante idea apenas lograba hallar cabida en su alma, y era desechada con enojo cada vez que su imaginación acalorada se la presentaba.

Embebecido con esto, caminaba acompañado de un numerosa escolta que, a par que mostraba honrarle, no dejaba de vigilar todos sus movimientos, como si temiese que se les escapara. A la mitad del camino se agregaron dos hombres a ellos, vestidos de ermitaños, aunque no tan cubiertos con la capucha que no se les viese bastante del rostro para conocer quiénes eran. Traía uno de ellos un rosario de cuentas muy gordas, y en llegando a la tropa dirigió su Laus Deo con tan afeminada y meliflua voz que nadie hubiera creído sino que era Zacarías el que hablaba.

—Decid, hijo mío —dijo, llegándose con mucha dulzura a uno de los soldados—, decidme, y así Dios os lo pague en el cielo, ¿qué escolta es ésta y a quién vais acompañando?

—Nuestro capitán —respondió el soldado— es el valiente Alonso de Vargas, y el que vamos acompañando dicen que es un embajador, aunque otros aseguran que es un judío.

—Sed libera nos a malo —repuso el ermitaño—. ¡Un judío! Mal haréis si no le quemáis vivo o le exigís un rescate proporcionado a las muchas riquezas que debe tener. ¡Un judío! ¡Jesús! ¡Jesús! Ora pro nobis, Turris Eburnea.

—Pues voto a Judas —replicó el soldado— que como todos pensasen como yo no habíamos de andar muchas leguas acompañándole, que no es justo que un perro como él traiga asendereados tantos hombres de bien.

—¡Cómo ha de ser, hijo mío! Dios dispondrá lo que más convenga, y puede ser que no se pase mucho tiempo sin que ese mal hombre pague sus culpas y entregue a los fieles como tú lo que con sus usuras ha granjeado malamente.

—Tengo entendido —añadió el soldado—, (y por las barbas de mi padre que no las traigo todas conmigo), que el tal embajador de Lucifer es mágico y tiene pacto con el demonio.

—Vade retro —exclamó el ermitaño, haciendo al mismo tiempo la señal de la cruz—. Diabolicus vir. ¿Y cómo camináis con tanto descuido con un hombre tan peligroso?

—Ande más y hable menos, ¡juro a Dios! —gritó en esto un cabo de la tropa que venía detrás—; y vos, señor ermitaño, idos a rezar vuestras oraciones.

—Sea lo que Dios quiera —respondió el soldado en voz baja al ermitaño, y apretó el paso en seguida.

Apresuráronlo también los dos anacoretas, observando al parecer con indiferencia el orden en que caminaba la escolta, que componían doce soldados armados de punta en blanco a caballo y un número doble de infantería con sus ballestas y partesanas. Iba el judío delante montado en una soberbia mula, y a su lado el capitán Alonso de Vargas razonando con él amigablemente, y el resto de la tropa marchaba detrás a cierta distancia, sin temor de ningún peligro, en dos filas y conversando unos con otros para entretener el camino. Cuando los dos ermitaños pasaron por donde caminaba el capitán, inclinaron la cabeza sobre el pecho en muestra de saludarle sin detenerse.

—¿A dónde bueno, devotos padres? —preguntó el capitán.

Zacarías hizo una seña a su compañero que respondiera.

—A la ermita de Nuestra Señora de los Afligidos —repuso su compañero.

—¿Y cómo tan solos? ¿No tenéis miedo de ladrones?

—En todo este camino, señor —replicó el anacoreta, no se halla uno, y, además, nosotros no llevamos nada que nos roben y no podemos tentar su codicia.

—Pues decían que el Velludo —respondió el capitán— vagaba por estas cercanías.

—Nada de eso; las últimas noticias son que ha tenido, que retirarse a Vizcaya. Loado sea Dios, que ha libertado esta tierra del terrible azote que la afligía.

Más hubiera querido saber el capitán acerca de lo que se decía del Velludo, pero los supuestos anacoretas saludaron de nuevo y apretaron el paso de modo que a poco tiempo en las revueltas del camino ya se habían perdido de vista.

—No sé por qué —dijo el judío al capitán, luego que hubieron desaparecido— me da el corazón que esos dos ermitaños no son sino dos pícaros redomados. y mucho que temo que no sean espías del Velludo.

—¡Qué! —exclamó el capitán con indiferencia—. El miedo os hace ver lo que no hay. ¿Qué habían aquí de venir a espiar ni qué adelantarían con eso? Tranquilizaos, que por vida de mi padre que daría los años que me quedan de vida por habérmelas con ese capitán de bandidos, y veríamos de qué le servían conmigo las tretas villanas de que se vale para escaparse.

—No habléis muy alto —repuso el judío—, que quiera Dios que no os oiga.

—No me irritéis, ¡vive Dios! —replicó Alonso de Vargas—, que estoy por ir solo a buscarle ahora mismo.

—Allá veremos —replicó Abraham.

Callaron con esto, y anduvieron aún una media hora da que sucediese cosa que digna5 de julio de 2002 de contar fuese. En esto el camino en que entraron empezó a estrechar rodeado de dos colinas muy pedregosas, y se levantaban de trecho en trecho tan elevados peñascos, que bien podría tras ellos ocultarse una docena de hombres. Los últimos rayos del sol herían tibiamente las cumbres de las montañas, y apenas a cierta distancia se veían reflejar confusamente los espesos árboles de un bosque que como el término de aquella angostura se presentaba. De repente una flecha silba a los oídos del capitán, y otras dos más se clavan en su armadura. Alzar Vargas la vista, enderezarse en la silla y empuñar su lanza fue obra de un solo punto; pero ya, habían caído muertos tres soldados y tenía algunos caballos heridos.

—Ánimo, muchachos —gritó con voz de trueno; y ya me disponía a dar las órdenes convenientes cuando un sinnúmero de flechas quedaron hincadas en su cuerpo, dos de las cuales, calando hasta el corazón, le hicieron abrir los brazos y caer de la silla dando un bramido.

En este momento las dos lomas aparecieron cubiertas de gente que, desprendiéndose como un ejército de hambrientos buitres sobre las amedrentadas palomas, acabaron lo que ya había empezado el terror, pues sin dejarles volver de su sorpresa cayeron sobre ellos con tanto ímpetu que los pusieron en fuga, no creyendo menos sino que el cielo en su ira llovía sobre ellos hombres armados.

Defendiéronse, sin embargo, algunos que prefirieron la honra a la vida; pero, además de que fueron pocos, fue tanto el desorden y tan impensada la acometida, que no tardó mucho el Velludo en quedarse absoluto dueño del campo. Había conservado el judío su serenidad en medio de aquel trastorno, y apeándose de la mula estaba aún registrando las heridas del capitán por ver si podría socorrerle cuando, decidida ya la victoria, se halló prisionero entre los de su partido. El primero que se acercó a él fue el devoto ermitaño, que desde el día en que trató de quemarle no había dejado de soñar en los muchos cequíes que había estado a pique de agarrar si no hubiera llegado el Velludo tan a tiempo, y que desde entonces le había seguido como su sombra por si podía hallar otra ocasión de cobrarlos. El había sido el que, viendo cuán mal le salían sus trazas, avisó al Velludo de la proporción que tenía de batir la escolta que le acompañaba, persuadido de que cayendo el judío en poder de los bandidos, no le sería difícil atraer a su partido a algunos de ellos, y a despecho del capitán, si fuese preciso, forzarle a entregar tales cantidades que pudiesen satisfacer su codicia y la de sus camaradas. Había concertado para esto su plan con algunos compañeros que habían jurado obedecerle a todo trance, aun contra la voluntad del Velludo, y durante la acción no había hecho más que observar a Abraham por si se escapaba, por lo que fue el primero que le echó mano cuando estaba registrando, como hemos dicho, las heridas del desgraciado Alonso de Vargas.

Cuando el judío reconoció al que le tenía prisionero, no pudo menos de temblar recordando la cruel tragedia en que por causa de aquel mal hombre estuvo a pique de representar el papel de protagonista, y mucho más cuando le oyó decir:

—Dios no quiere sin duda que se pierda tu alma y te ha traído segunda vez al camino de tu salvación. Deja a ese infeliz, que está dando ya cuenta a Dios; vente conmigo.

—No me moveré de aquí —repuso Abraham— si primero no me lo manda el Velludo, cuyas órdenes estoy dispuesto a obedecer al momento. Vosotros en mí debéis mirar un aliado, y no tengo nada que temer de vuestro capitán.

—¿Quién lo duda? —replicó Zacarías—. Síguenos, pues, ya que el Señor te ha libertado de tus enemigos, y dale gracias por haber venido a parte donde, como tú dices, has hallado tus aliados.

En esto llegó el Velludo preguntando por el judío, quien al momento que le hubo visto le conoció, y en llamándole, todos los demás se apartaron para hacerle lado, si no Zacarías, que así se separaba de él como un perro del hueso que tiene entre los dientes.

—Señor Zacarías, señor Zacarías —dijo el Velludo con sorna, dándole una palmada en el hombro—, por esta vez quedó también el cordero libre de los dientes del lobo. No se hizo la miel para la boca del asno, y así no seréis vos quien la coma. Idos, pues, de aquí, antes que os haga yo andar más que de prisa de un puntapié.

—Vuestro siervo…

Iba a contestar Zacarías, pero el temor que le inspiraba el Velludo le hizo retirarse sin proferir más palabra.

—Veníos conmigo —prosiguió el bandolero dirigiéndose al judío—. Abraham, sois libre, y nadie os tocará el pelo de la ropa viviendo yo; vamos.

Y tomando del ronzal la mula, echó a andar a su lado, antecogiendo su gente, que, rica con los despojos que acababa de ganar, le seguían en buen orden, encaminándose todos hacia el bosque, que, por ser ya oscurecido, se divisaba apenas como una sombra en el horizonte. Luego que llegaron se enmarañaron en su espesura, y habiendo colocado las centinelas, el Velludo se retiró con el judío y un caballero armado, que luego pareció ser Nuño, y que hablaba con el primero.

—No tengáis duda, que mucha experiencia tengo y he visto muy malas caras en mi vida, pero la de este que va aquí de ermitaño no se me despintará nunca, aunque viva más que Matusalén. Él fue el guía que me entregó a mí y a mi amo la noche antes de la batalla, y por cierto que ha de conservar la marca de un latigazo que le tiré a la cabeza con esta misma espada que llevo al cinto.

—Sosegaos, amigo Nuño —replicó el Velludo—, y yo os juro que las va a pagar todas juntas.

—Tiempo es ya —añadió el judío— de purgar la tierra de ese malvado.

Otras varias razones pasaron entre ellos, y la conversación llevaba trazas de no acabar tan pronto, cuando el grito de ¡Al arma, al arma! resonó a la redonda por todo el bosque. Alzó la vista el Velludo y vio que ardía una gran parte de él cuyas llamas iluminaban los contornos con tanta luz como si fuese de día. Los gritos se aumentaban, oíase ruido de armas, el incendio volaba y crecía el desorden.

—Mi capitán —dijo uno de los bandidos, todo desfigurado y falto de aliento—. Zacarías ha sublevado una parte de vuestra tropa, y dicen que ha de ser él quien los mande o que les habéis de entregar este hombre —y señaló al judío.

—¡Sangre y demonios! —exclamó el Velludo—. Pronto, ¡a ellos!, y no hay que dar cuartel a ninguno.

—Lo mejor que podéis hacer —dijo Nuño— es echaros fuera del bosque, que en el llano difícil será que os ataquen; me acuerdo yo que en el año 1255, día de San José, por la tarde…

Iba a proseguir refiriendo lo que había sucedido el día de San José por la tarde cuando notó que ya el Velludo había desaparecido y que había quedado solo con el judío, que en tanto riesgo no sabía qué partido tomar.

—Parece ser que es a vos a quien buscan —prosiguió Nuño, volviéndose al judío—. Lo mismo me sucedió a mí la noche del día de San José, como iba contando; pero aquélla era situación algo más apurada que la vuestra, y Dios sabe cómo me vi para salir de ella.

—Por Dios —interrumpió Abraham—, dejaos ahora de eso y veamos qué hemos de hacer, pues, según veo, el fuego llegará aquí muy presto y no nos queda más remedio que huir.

—Lo mejor que podéis hacer —dijo Nuño— es largaros y esconderos de unos y otros, pues yo que vos no me fiaría mucho de ninguno de ellos. Venid conmigo y no tengáis miedo, que basta que hayáis sido el médico de mi pobre amo para que yo os proteja y defienda contra todo el mundo.

Diciendo así tomaron la vuelta del camino, y habiendo trepado por entre unos peñascos, eligieron el sitio que les pareció más seguro, donde quedaron ocultos hasta el día siguiente.

Toda la noche duró el fuego y la batalla, y tal era el encarnizamiento con que pelearon unos con otros, que hubo muy pocos de una y otra parte que no saliesen heridos. Los caseríos vecinos, los pueblos a más de dos leguas de distancia, brillaban con un color rojizo en la oscuridad de la noche al resplandor del incendio; volaban hechos pavesa los árboles, y en medio de aquel espantoso estrago oíanse los alaridos de los moribundos, las voces de los combatientes, y no parecía sino que los hombres que peleaban eran demonios que entre las llamas retozaban contentos de ver la destrucción del mundo.

Sostuvo el Velludo aquella noche la fama de valiente que tan merecida tenía, no cuidándose del peligro, arrojándose a todas partes y combatiendo como buen soldado. Eran los suyos el mayor número, y aunque Zacarías animaba también a sus partidarios con el ejemplo, cada golpe del hacha del Velludo parecía decidir la victoria. Seguía a éste su fiel perro, que, no menos intrépido que su amo, acometía a sus enemigos con increíble inteligencia y ferocidad, y más de uno de los bandidos rebeldes fue víctima de los dientes del impetuoso Sagaz.

En resolución, al amanecer se levantó un viento fresco en dirección al sitio donde empezó el fuego, que, impeliendo las llamas a campo raso, lo apagó en pocas horas, falto ya de árboles en que cebarse.

Amaneció nublado, y el humo cubría de tal modo la atmósfera, que apenas podía decirse que era de día. Entre tanto cesó la batalla y quedó el campo en silencio, lo que redobló la inquietud del judío y causó pena al buen Nuño, dudosos ambos por quién habría quedado el combate. Pero esta duda no duró mucho tiempo, y bien pronto, habiendo Nuño salido a registrar el campo, vio subir la colina al Velludo, negro de humo, medio chamuscadas las barbas y el saco de cuero quemado, cubierta de sangre el hacha que traía en la mano y con los ojos que relampagueaban de ira. Seguíale su gente conduciendo algunos presos, y en llegando a la altura donde estaba el judío hicieron alto, se repartieron algunos víveres y se pusieron en buena paz a almorzar, tan alegres y satisfechos como si nada hubiera sucedido de extraño.

El judío se acercó al capitán y le saludó diciéndole sentía mucho haber sido él causa inocente de aquel trastorno, a lo que respondió el Velludo que él se alegraba sobremanera de aquello, porque así se había conocido ya quiénes eran los buenos y los malos de su partida.

Dicho esto callaron todos, y él dio orden para que les quitaran la vida a los que traían prisioneros, lo que se ejecutó al momento, atándolos dos con dos por los brazos a los dos frentes de cada árbol que por allí había y disparándoles tantas flechas, que su muerte fue obra de un solo punto.

—Veamos —dijo, hecho esto, el Velludo con mucha calma desde la peña en que estaba sentado—, veamos ahora ese hipócrita de Lucifer que trataba de quitarme el mando. Por la Virgen de Covadonga que voy a hacer con él ahora un ejemplar castigo como no se ha visto en el mundo.

Diciendo así dio un silbido, y habiendo vuelto Nuño y el judío los ojos hacia la parte adonde llamaba, vieron venir al mastín trayendo medio a rastra el cuerpo de Zacarías, que en vano intentaba desasirse de él, y que cada vez que sentía en su carne los dientes del animal lanzaba un quejido tan lastimoso como risible para aquellos bandidos, que a carcajada tendida celebraban con sumo aplauso la gracia. Señalábanle todos riendo, y hasta el buen Nuño, aunque nos cueste trabajo decirlo, pagó su tributo a la ferocidad de aquel siglo con una carcajada brutal. Sólo el judío ni se reía ni se conmovía, indiferente al parecer, y admirando entre sí los castigos que tarde o temprano reserva al delicuente la providencia.

—Vamos, aquí —dijo el Velludo—, señor devoto, que os voy a enviar al cielo más pronto que la vista, aunque antes no será malo que nos divirtamos un rato a tu costa, según tu loable costumbre con los que caían en tus manos. Suéltale, Sagaz.

Con lo que habiéndole el perro dejado libre, Zacarías se hincó de rodillas y empezó amargamente a llorar, suplicándole que le perdonase la vida.

—Siquiera —decía— por el tiempo que os he servido.

Yo os prometo retirarme a buen vivir y rogar a Dios por vos; lo digo ahora de veras. Yo os prometo que no quiero más que salvar mi alma. Yo os besaré los pies, yo…

—A ver, un latinajo, maestro Zacarías —gritó, mofándose uno de los bandidos.

El Velludo le miraba con desprecio, y más de una vez tuvo el hacha en alto para descargársela encima, a tiempo que el infeliz se arrastraba en el suelo delante de él, le besaba en efecto los pies y pedía la vida con clamores capaces de enternecer una piedra.

—Vergüenza me da, ¡vive Dios! —dijo el Velludo soltando el hacha—, de pensar que has sido tú el que ha tratado de quitarme el mando. Ven acá, alma de cántaro, corazón de gallina, ¿qué demonios tiene la muerte que tanto te asusta? Por la Virgen de Covadonga, si no tiene más remedio que morir, muere como hombre y no hagas ver que eres un mandria.

—¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Compasión! ¡Misericordia de mí! —gritaba Zacarías—. Dios os lo premiará en la otra vida.

—Calla, cobarde, que no es cosa para tanto, ni vale tu vida el tiempo que hemos de tardar en quitártela. ¡Ea!, muchachos, ahí os lo entrego para que os divirtáis un rato con él —gritó el Velludo a su gente con su acostumbrada frescura.

Adelantáronse todos al pobre hipócrita, que más hubiera querido verse entregado a las fieras, y sin hacer caso de sus súplicas ni de los alaridos que daba, empezaron a jugar a la pelota con él como con un pelele en carnestolendas, echándoselo unos a otros, hasta que cansados de su diversión idearon otra de no menos ingenioso entretenimiento, y fue que cogiéndole entre dos o tres le ataron las manos a la espalda, y en seguida por medio del cuerpo a un árbol, ligándolo fuertemente asimismo por los pies, lo que con grandes carcajadas y chistes fue aplaudido por todos. Hecho esto llamaron al perro, y poniéndolo enfrente de él a cierta distancia y sujetándolo uno de ellos con ambas manos, hicieron por dos o tres veces ademán de dejarlo ir contra él, riéndose a cada contorsión que hacía el infeliz, temeroso de la embestida. Por último, al cabo de haberle remedado algunos y díchole otros cuantos donaires se les ocurrieron, achucharon al animal, y al grito de «¡A él, a él!», lo dejaron suelto.

Arrojóse el perro con tanta furia como suelen embestir al toro los alanos que a tales peleas están enseñados, y en llegando cerca del árbol dio un salto y agarró a Zacarías del pescuezo, que, olvidado de que tenía las manos atadas, hacía increíbles esfuerzos por llevarlas delante para apartarle con ellas. Apenas hubo hecho presa cuando dos ladrones acudieron a quitárselo, lo que con no poco trabajo lograron, y habiéndose vuelto a colocar en el mismo sitio que antes, le soltaron segunda vez. Varias veces repitieron la misma faena, y a la verdad que era horrible ver aquel hombre moribundo esperando de este modo una muerte, lentamente penosa, y clamando ya con espantosos gritos que le mataran por Dios cuanto antes.

En resolución, fueron tales los alaridos que dio, que el judío y Nuño se taparon los oídos por no oírlo, y el Velludo, levantándose de la piedra donde había permanecido mirando, puso fin a la bárbara diversión diciendo, a tiempo que se encaminaba hacia él:

—Yo te haré callar, Lucifer, que ya me duele la cabeza de oírte.

Y llegándose a él le dividió el cráneo en dos partes del primer hachazo, llamó al perro y se volvió a donde estaban el judío y Nuño, con quienes se puso a hablar muy tranquilo. Y fue lo particular que en su última hora de lo que menos se acordó Zacarías fue de encomendarse a Dios ni de rezar; tan turbado estaba que hasta se olvidó de la ocupación de toda su vida.

—No hay que temer, amigo Nuño —decía el Velludo—; yo os ofrezco que antes de tres días me tendréis a vuestra disposición con mi tropa en los pinares de Iscar y que se hará cuanto se pueda por vuestro amo. En cuanto a vos —prosiguió, hablando con el judío—, sois libre y podéis iros donde mejor os convenga.

Diciendo así, y habiendo reunido su partida, se despidió de ellos y se alejó de allí precipitadamente a una expedición, si no de mucha honra, al menos de bastante provecho.

—Si no fuera que es un ladrón —dijo Nuño, luego que el Velludo se retiró—, juro a Dios que sería un hombre con quien yo pasaría con gusto toda mi vida. Es intrépido como él solo y se parece como un huevo a otro a un amigo que yo tuve, que murió el año de 1255, el día de San José en la batalla que os empecé a contar. ¡Fue mucha batalla aquélla!

—El Velludo —respondió el judío— es como todos los hombres: un conjunto de cosas buenas y malas.

Y montando en su mula y Nuño en su caballo tomaron, el primero, el camino de Valladolid por si lograba saber el paradero de su hija, y el segundo, el de Iscar, determinado a todo con tal de salvar a su señor de la prisión donde maldecía su destino.

Capítulo 43

Abrirse ve bajo su misma planta
la tierra de ambos polos sacudida;
sulfúrea niebla que la vista espanta
… … … … … … … … … .
y en medio de los aires se levanta
sobre un grupo de nubes sostenida,
adusta diosa cuya sombra crece
y allá en los cielos penetrar parece.

MARTINEZ DE LA ROSA

Dos días habían pasado ya desde la entrevista de Nuño con el Velludo, sin que en este tiempo hubiese visto Hernando de Iscar otra cara que la de su carcelero, que con extraordinarias precauciones le traía todos los días la comida, que el desesperado caballero apenas probaba, sin embargo que el cocinero del castillo solía echar en todos los manjares cantidad suficiente de ajos y especias para despertar el apetito.

Era su calabozo el cubo de una torre, sin más vistas que una reja que daba al campo, por donde le entraba la luz del día; un cántaro de agua y una cadena fija en una aldaba de la pared, y que ceñía al prisionero por medio cuerpo, aunque bastante larga para permitirle ponerse en pie y andar algunos pasos, hacían el único adorno de aquella estancia. Cerrábase con una puerta doble, tachonada de clavos, que bien así como la losa de una sepultura encajaba de modo, en el marco, que ni aun daba paso al aire, asegurada asimismo por fuera con dos enormes cerrojos, que al abrir o cerrar el calabozo hacían el único ruido que llegaba a los oídos del castellano de Iscar. Habíanse tomado cuantas providencias son imaginables para que no pudiera escapar, temerosos de su valor; y Saldaña, que miraba su prisión como el áncora de su esperanza, había impuesto pena de la vida por el menor descuido que padeciesen sus guardas.

Era animoso el de Iscar, y los trabajos que sufría no eran capaces de abatir su corazón; pero como al mismo tiempo era su genio impaciente sobremanera y en extremo altivo, su brío le hacía a cada instante exasperarse, y, perdido en sus cavilaciones, a veces parecía loco y se arrancaba mechones de pelo de coraje. Su carcelero, el buen Duarte, brusco y rudo como un puerco espín, apenas le hablaba una palabra, y el de Iscar, demasiado orgulloso para preguntar nada a un villano, no se dignaba siquiera mirarle cuando le traía su comida. No venía tampoco más que dos veces al día, y rara vez volvía a abrir el calabozo hasta el día siguiente. Pero una tarde, a deshora, sintió el de Iscar el triste estruendo de los cerrojos que descorrían, y asombrado de aquel desusado ruido a tal hora, volvió la cabeza a mirar quien era con indiferencia, y vio a Duarte que con su cara de perro de presa y las llaves en la mano entraba en el calabozo. No preguntó nada el de Iscar, y era asaz tardo el honrado escudero para hablar de pronto sin meditar primero lo que iba a decir. Y no que temiese aquello de que palabra suelta no se recoge, sino que se sucedían tan despacio las ideas en su embotado caletre, y era, además, tan falto de explicaderas, que necesitaba de algún tiempo para romper.

En fin, haciendo un esfuerzo, después de haberse mordido la yema del dedo pulgar, rascádose la frente con la mano izquierda y dado dos o tres embestidas con el cuerpo hacia adelante como si fuese a hacer algo y no se atreviese a ello, dijo:

—Pues, voto a mi padre, que aquí no debéis estar muy a gusto.

Estaba sentado en el suelo el de Iscar, tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, y no hizo señal siquiera de haberle oído, por lo que segunda vez se halló Duarte en la misma dificultad, sin acertar por dónde empezaría lo que tenía que decirle.

—Yo, señor —dijo—, no sirvo para esto; yo he conocido mucho a vuestro padre cuando el de mi amo y él eran amigos.

Aquí se detuvo por ser período demasiado largo y no ocurrirsele el cómo podría pasar adelante; pero el de Iscar, que oyó nombrar a su padre, no pudo menos de levantar la vista y responder con su acostumbrada aspereza.

—¿Y qué hay?

Esta pregunta fue un rayo de luz para Duarte, que respondió como si lo trajese estudiado:

—Es el caso que están haciendo en la plaza del pueblo un tablado, y que tengo entendido que, a más tardar pasado mañana, os van a cortar allí la cabeza. No que a mí me importe eso, ni menos me asuste, pero, al fin y al cabo, como os he conocido cuando erais niño, lo siento.

El rostro de Hernando resplandeció con el gozo de la desesperación al oír la noticia que le daba su carcelero. Púsose en pie, levantó al cielo los ojos y dijo:

—¡Yo os doy gracias, Dios mío! Padre mío, voy a abrazaros digno de vos, sin haber manchado en nada la gloria de mis antepasados.

Y volviéndose a Duarte prosiguió:

—Ve y di a tu amo que lo que siento es que no me haga dar muerte ahora mismo.

—Vive Dios que me alegro —repuso Duarte— que no os siente mal la noticia, porque, en fin, así se va un hombre más contento, y…

Aquí le faltaron ya palabras al escudero, que aquel día había hablado, puede asegurarse, casi tanto como en toda su vida, excepto cuando vivía Jimeno, a quien estaba maldiciendo continuamente por el poco respeto que el pícaro paje le manifestaba.

Iba ya a retirarse cuando el señor de Iscar, templada sin duda su altivez con la idea de la muerte próxima o enternecido su corazón con algún recuerdo de lo que dejaba en el mundo, volvió a mirarle y le dijo:

—¿Sabes tú de mi hermana? ¿Está aquí?

—Aquí está. ¿Qué hay con eso?

Un pensamiento cruel despedazó en este momento el corazón de Hernando y una lágrima de furor y de pena a un mismo tiempo se desprendió por su mejilla, al par que el temblor convulsivo de sus miembros probó la agitación de su alma. Figuróse si estaría ya deshonrada, y tal vez en aquel momento en brazos de su enemigo, acariciándole y olvidada de su hermano, cuyo honor, que debía reflejar en ella, iba a cubrirse de nubes para siempre por culpa de una mujer. El temor de deshonrarla delante de aquel villano si no era cierto lo que imaginaba y el más terrible de saber de fijo lo que quisiera eternamente ignorar combatía con el deseo más vivo de saber de ella. Por último, determinado a todo, se atrevió a preguntarle:

—¿Saldaña la trata bien?

—¡Toma! —respondió Duarte—. La mima como a una reina.

—Y ella supongo —continuó el prisionero con amargura— admitirá sin repugnancia sus atenciones.

—Hay de todo —repuso el escudero con sequedad—, aunque dicen que se está tratando la boda.

—Mientes —le dijo el de Iscar con impetuosidad; pero acercándose a él cuanto le permitía su cadena, procuró contenerse y prosiguió—: Dime la verdad, explícate claramente, y yo te prometo… no sé qué —exclamó con impaciencia, acordándose de que nada poseía ya en el mundo y que estaba condenado a muerte—. Este relicario de oro —prosiguió, echando mano al que traía en el pecho— vale cien alfonsís y mi padre lo llevó encima mientras vivió.

—A mí no me seduce nadie —gritó Duarte con un gruñido—. ¡Vive Dios! Bueno es que anduvo el maldito paje, que está en los infiernos, tras de ganarme, y no lo pudo conseguir nunca.

—¡Por Santiago! ¡Villano! —exclamó el caballero, crujiéndole todos los huesos de su cuerpo de cólera y haciendo un esfuerzo para romper la cadena—, que me has de decir cuanto sepas o…

—No, no hay cuidado —repuso Duarte con estúpida calma—. La cadena no se rompe así como se quiera, y os vais a hacer mal si tiráis de ese modo.

—Maldito seas tú y tu amo, y ojalá que se cumpla mi maldición —gritó Hernando, con el rostro amoratado y arrojando espuma por la boca, de ira—, y maldita sea mi hermana, y caiga sobre ella, además, la maldición de mi padre si mi sangre se mezcla alguna vez con la del infame Saldaña.

Imposible fuera pintar la rabia que se apoderó del desdichado caballero, que no dudó ya un punto que su hermana había en fin cedido a las instancias de su robador; baste decir que se arrojó contra el suelo dando bramidos espantosos y golpeándose la cabeza con los eslabones de la cadena con tanta furia que el viejo Duarte, a despecho de su estúpida insensibilidad, se sintió conmovido, y aun le hubiera rogado que no se maltratase de aquella manera si el pobre hombre hubiese hallado palabras con que pedírselo. Calmado ya el primer ímpetu de su cólera, clavó el prisionero los ojos en el techo de su calabozo y dijo con desmayada voz:

—Vos me oís, padre mío; maldición sobre la hija de vuestro cariño, que ha desobedecido vuestros mandatos. Vos la hicisteis noble al engendrarla, y ella se ha prostituido a vuestro enemigo; vos la educasteis en la virtud y ello ha preferido el vicio y ha deshonrado nuestra familia llenándome a mí de infamia. No es ya mi hermana, no es ya vuestra hija. ¡Maldición, execración eterna sobre esa mujer! Oye —continuó, fijando sus ojos en Duarte—, dile a tu amo que el único favor que le pido es que se harte de ella pronto y la odie, la mitad siquiera de lo que le aborrezco yo a él. ¡Hermana mía! ¡Hermana mía, tú eras la perla de nuestro linaje, el ídolo de tu hermano, y tú le has deshonrado por último!

—Juraría que siento pasos —dijo Duarte, acercándose a la puerta—. Alguien viene. Quedad con Dios, que no quiero que me vean hablando con vos ahora.

Y ya iba a cerrar la puerta cuando una mujer, hermosa como el sueño de la inocencia, aunque abatida sobremanera y preñados los ojos de lágrimas, le hizo seña con la mano que dejase abierto, y sin sentar apenas el pie en el suelo, veloz como el pensamiento, se precipitó en la prisión.

—¡Afuera! —gritó Duarte con su rusticidad favorita; pero antes que pusiese en ejecución sus palabras, como tenía medio cuerpo fuera del calabozo, sintió que le asían fuertemente de un brazo, volviéndose con impaciencia a saber quién era, halló un hombre embozado en una ancha capa de pies a cabeza, que, acercándosele cuanto pudo, le dijo en secreto algunas palabras y se alejó en seguida.

Empezaba ya a anochecer, y la poca luz que penetraba en el calabozo servía sólo para dejar ver las tinieblas; Duarte, obediente sin duda a las palabras del incógnito, se había retirado fuera del calabozo, dejando la puerta abierta; Hernando, tendido en el suelo, reclinaba su frente sobre su mano derecha, la cabeza vuelta hacia la pared y la desesperación en su rostro; y Leonor, que era ella la que acababa de entrar, parada en medio del calabozo, las manos cruzadas sobre el pecho y puestos los ojos en su hermano, mirándole con muestras de compasión y ternura.

—Hernando, hermano mío —se atrevió, por último, a pronunciar en voz baja y mirando a un lado y a otro, como si temiese que la escucharan, bajándose al mismo tiempo para abrazarle.

—¡Qué oigo! —exclamó Hernando sorprendido y volviéndose de repente a mirarla—. ¡Es la voz de Leonor! ¡Dios mío, haced que sea falso lo que me imaginaba!

—Hernando —exclamó Leonor, sorprendida de la frialdad de su hermano, que no había hecho sino mirarla—, ¿te has olvidado ya de mí? ¿No me amas ya como antes?

—¡Pluguiese a Dios —respondió Hernando— que te aborreciera! ¡Mujer! ¡Mujer! Tú me has perdido y te has llenado de infamia a ti misma.

—¿Yo te he perdido? ¿Yo me he cubierto de infamia? —exclamó Leonor, sorprendida—. ¿Qué quieres decir, Hernando? ¿Quisieras tú aborrecer a tu hermana?

—O que nunca hubieras nacido —continuó el caballero con muestras de pesadumbre—. Leonor, yo te adoraba; yo había jurado no dar mi mano a ninguna mujer para entregarme únicamente a ti, satisfecho con el amor puro de hermanos que se abrigaba dulcemente en mi alma; tú eres la joya de más valor que al morir me había dejado mi padre, la mejor riqueza de cuantas yo poseía; tu honor era para mí mil veces más querido que el mío; me deleitaba en tu virtud, y cuando te veía hermosa, dulce y pura como un ángel de luz, todos mis pesares se disipaban, el ceño de mi rostro se desvanecía y un sentimiento inexplicable de ternura se derramaba como un bálsamo de delicia en mi corazón. ¡Ojalá que entonces te hubiese yo visto expirar en mis brazos o que el día que entraste en este castillo se hubiese desplomado sobre ti, sepultándote bajo sus ruinas! Yo te hubiera llorado, pero no te habría maldecido.

Al decir esto apoyó su frente en la mano izquierda, inclinó la cabeza, y su respiración anhelosa daba a conocer el tormento que le abrumaba.

Púsose Leonor junto a él de rodillas, arrasados los ojos de lágrimas, y echándole ambos brazos al cuello.

—¡Hernando! —exclamó—. ¡Ojalá, como tú dices, que hubiese sido el último de mi vida el día que pisé este castillo por mi desgracia! Pero, ¡ah!, ¿qué te he hecho yo para que me maldigas? ¿En qué te he ofendido, ¡infeliz de mí!, yo, que tantas penas he sufrido sola, débil, mujer en fin, sin ánimo, como tú, para vengarme de mi perseguidor, y forzada a oponer únicamente una resistencia pasiva a sus ruegos y a sus amenazas? ¿Qué más podías exigir de mí? Yo he sabido que estabas también prisionero de tu enemigo; mil veces ese hombre cruel, digno de odio y de lástima al mismo tiempo, me ha amenazado con darte muerte si no cedía a sus deseos. Mil veces se ha detenido en pintarme el momento de tu muerte con los colores más negros que pueden imaginarse, subiendo al patíbulo como traidor, envilecido tu nombre, borrados nuestros blasones por el verdugo y arrasado el castillo de nuestros padres. Y yo podía darte la honra y la vida si le entregaba mi mano, y sólo en una palabra mía consistía salvarte de muerte tan espantosa. Tres días me dio para decidirme. Pasaron éstos, y yo no había hecho más que llorar día y noche, sin determinarme a nada, y si tal vez pensaba en sacrificarme por ti, ponía a Dios por testigo de mi inocencia, y rogaba a mi padre que mirase con piedad la debilidad de su hija. Pero aun tuve fuerza para resistir y para rogar a nuestro tirano que me concediese algunos días más y dilatase tu última hora, esperanzada no sé en qué, y todavía sin saber a qué resolverme.

—A verme morir —respondió con firmeza el caballero—. A verme morir con el valor propio de la hija de cien héroes, y a morir tú misma primero que llamar tu esposo al verdugo de tu familia.

—¡Ah, sí, morir! Ese es mi único deseo —respondió Leonor—, pero la muerte no oye la voz del infeliz que la llama, y antes he de ver rodar tu cabeza y teñida el hacha del verdugo en tu sangre, y he de oír deshonrado tu nombre, y aun quizá viviré largos años, y una voz secreta repetirá a cada instante en mi corazón: Tu hermano murió en un patíbulo por tu culpa; en ti pudo más tu orgullo que el amor que le debías, y que te mandaba sacrificarte por él.

—¡Quita allá, mujer! —gritó Hernando, apartándola de su lado con aspereza—. Huye de aquí y deja que olvide que he tenido una hermana que prefiere mi deshonra a mi muerte; huye de aquí y déjame morir en paz.

—¡Ah! —suspiró la infeliz Leonor, poniéndose en pie, sorprendida de aquel tratamiento tan áspero—. Yo he suplicado a Saldaña que me permitiese venir a verte pensando servirte de consuelo, y he venido sólo a aumentar tu martirio. ¡Dios mío! ¡Qué maldición ha caído sobre mí para merecer el odio de mi mismo hermano! ¡Quién hay más desdichada que yo! ¿Qué quieres que haga por ti?

—Dejarme morir, y si de veras me amas, clavar un puñal en el pecho de mi asesino y vengarme.

—Hernando, tú no sabes lo que me pides —respondió Leonor, aterrada—; yo sólo quisiera salvarte.

—Si tal hicieras, mujer, yo te juro que sería inútil tu sacrificio —repuso Hernando—, porque antes de verte esposa de ese traidor, yo mismo, yo, me atravesaría con mil puñaladas el corazón, y a falta de cuchillo, con mis propias manos me despedazara. Oye, la noticia del próximo fin que me aguarda, y que he recibido hoy, había regocijado mi pecho, y hasta de esta última alegría me has privado con tu ruin proceder; vete, vete de aquí, primero que me hagas cometer un crimen, ahogándote para evitarte que cometas tú una vileza, y sabe que te he maldecido, que en ti no veo ya sino una prostituta que va a entregarse a un malvado, que antepone la vida a la honra y que ha venido en fin, a amargar mi última hora con su presencia. Sí, yo te maldigo, y hasta que muera te maldeciré.

—No, no, hermano mío —exclamó Leonor, arrojándose a sus pies y abrazándole las rodillas, toda desolada y llorando—. Yo no merezco tu maldición; tú eres injusto conmigo, y, en fin, yo soy inocente y nada le he prometido. No me maldigas; ten compasión de mí y mátame si quieres, pero no me aflijas con tus insultos.

Miróla Hernando, y sintió al oír su voz dolorida, y al verla a sus pies tan acongojada, que su furor se había calmado de repente, y hasta se arrepintió de lo que había dicho. Porque en medio de su frenesí había dejado escapar palabras harto injuriosas contra su hermana; era, en fin, generoso y la amaba demasiado para que no le pesase su arrebato y tratase de enmendarlo y pedirle perdón de sus injusticias.

—Levántate, Leonor —repuso con voz más dulce—; yo te perdono; sin duda no eres culpable, pero tú no sabes adónde llega el dolor que despedaza mi alma. El peso de mis cadenas, la estrechez y el silencio lúgubre de este calabozo, los días que en él he estado esperando hora tras hora la muerte, todo ha sido un cielo si lo comparo con el infierno que abrasa ahora mi corazón. No has prometido nada me dices. ¿Y cómo has podido siquiera dudar un instante del partido que debías abrazar? ¿Cómo has podido creer que yo te agradeciera nunca una vida comprada con tu deshonra, ni cómo puedes tú ser jamás la esposa del hombre que te ultrajó y te ha ofendido, y exige tu mano por fuerza, del hombre, en fin, a quien detesto con todos mis sentidos y toda mi alma?

—¿Y crees tú —respondió Leonor— que le aborrezco yo menos? ¿No concibes el sacrificio que estaba dispuesta a hacer por salvarte? Dios sabe si mis intenciones son puras. Pero tú eres el último de mi linaje, y en ti, si mueres, se extinguirá para siempre. Yo no soy más que una mujer, y aunque viva, aunque te sacrifique a mi orgullo y a mi inclinación, no puedo por mí sola sostener el esplendor de mis ascendientes. Y viviendo tú renovarás nuestros antiguos timbres con tu valor y podrás cumplir tu venganza. Olvidarás que soy tu hermana, y mirándome como la esposa de Sancho Saldaña, yo misma presentaré a tu puñal mi pecho, dichosa si con mi muerte he salvado tu honra, después de haber salvado tu vida con mi vergüenza.

—Calla, calla, Leonor, y júrame, si me amas, odiar como yo a mi enemigo y no ser nunca su esposa.

—¿Y te he de dejar morir?

—Sí, Leonor —replicó su hermano—, y mi última hora será la más feliz de mi vida si me aseguras de mantenerte en tan noble determinación. ¿Me lo juras?

—¡Hernando!

—No hay remedio si no quieres que te aborrezca —replicó el de Iscar—; mi muerte será un bien, será una felicidad, y yo al expirar te bendeciré.

—Separémonos como hermanos, Hernando, y no me hagas jurar lo que quizá no tenga fuerza para cumplir.

—Júralo u olvídame para siempre, y mi desprecio y mi maldición será el premio de tu sacrificio. Pero si, al contrario, juras dejarme morir y odiar eternamente a Saldaña, yo te amaré con todo mi corazón, te amaré como a mi hermana querida, y moriré contento.

—¡Hernando! ¡Hernando mío! —exclamó Leonor, derramando un torrente de lágrimas.

—Estás resuelta, ¿no es verdad? Ven y déjame que te estreche por última vez a mi corazón: encuentre yo en ti todavía la hermana de mi cariño. Acuérdate que el verdugo de tu hermano ha sido Sancho Saldaña, que sus manos se han teñido en tu sangre…

—Sí, Hernando mío —replicó Leonor, arrojándose en sus brazos—, yo te lo juro.

—¡Padre mío! —exclamó Hernando, con su mano izquierda abrazando a Leonor, y alzando los ojos y la derecha al cielo—, tú has oído su juramento. Caiga tu maldición sobre el perjurio, y vela tú desde el cielo sobre esta infeliz huérfana que va a quedar a tantos peligros abandonada si cumple lealmente lo que ha jurado. Dios mío, ten lástima de su orfandad.

—¡Hernando! ¡Hernando! ¡Nunca más te he de volver a ver! —exclamó Leonor abrazándole toda trémula e interrumpida su voz con sus gemidos.

—En el cielo, Leonor —repuso su hermano con tono solemne.

La puerta del calabozo se abrió de par en par en este momento, y el embozado que había hecho retirar a Duarte se precipitó furiosamente en la estancia, y arrancando a Leonor de su hermano con increíble fuerza, tomóla en brazos, y a pesar de los gritos y de las amenazas de Hernando, cerró la puerta de golpe, corrió con gran estrépito los cerrojos, y con su preciosa carga en los brazos atravesó a pasos precipitados los corredores, subió y bajó sin detenerse las escaleras, y Leonor, aterrada y sorprendida, no creyó menos sino que volaba en los aires arrebatada de un huracán.

Era Saldaña, que había estado oyendo la conversación de los dos hermanos; Saldaña, que había sufrido en media hora todos los martirios del infierno en la eternidad, despedazando su corazón la rabia, y roído de envidia, juzgando muy más feliz a su enemigo el de Iscar, preso y sentenciado a muerte, que a él mismo en medio de los honores y las riquezas y dueño de su libertad. Porque él cifraba su dicha en el amor de Leonor, y la había oído decir que le aborrecía, y aunque ya hacía tiempo que lo imaginaba, nunca se lo había oído a ella misma. Había visto, además, la alegría de Hernando que, resuelto a morir, miraba la muerte como el camino del cielo, tranquila su conciencia y sosegado su espíritu, y sin temor del juicio de Dios, confiado en su inagotable misericordia, mientras él, supersticioso, pecador endurecido y lleno al mismo tiempo de remordimientos, no gozaba un instante de paz, pensando en los eternos castigos que le aguardaban. Despechado, por último, frenético, celoso del amor de los dos hermanos, no pudo contenerse más tiempo, y en uno de aquellos frenesíes que solían apoderarse de él, penetró, como hemos dicho, en el calabozo y la arrebató de los brazos de Hernando.

Atravesaba el corredor a donde daba la puerta de la habitación que en otro tiempo había ocupado la desventurada Zoraida, cuando creyó que oía pasos de alguno que se acercaba. Pero no eran los pasos que oía como los de un ser mortal, y había algo en el lento, melancólico y pausado ruido que hacían, que parecía cosa del otro mundo. La imaginación acalorada de Saldaña le hizo acordarse entonces de aquella infeliz que había asesinado él mismo, heló un sudor frío sus huesos, erizáronsele los cabellos y sintió que le faltaban las fuerzas. Los pasos que había oído parecían acercarse, sintió además un rumor semejante al que forma una ropa talar, que arrastra, al movimiento del que la lleva; cerró los ojos, apoyó la espalda contra la pared, estrechó a la desmayada Leonor contra su amedrentado pecho, y no acertó a seguir adelante ni a retirarse.

La noche había cerrado ya enteramente y la oscuridad más profunda reinaba en aquellas temerosas galerías. Los pasos resonaron más cerca, y Saldaña apenas osaba moverse, cuando abrió los ojos de pronto y vio, o imaginó, que veía, una luz pálida y moribunda a corta distancia, semejante a los fuegos fatuos que suelen encenderse en los cementerios. Figurósele que temblaba asimismo el suelo bajo sus pies, como si se abrieran las losas del pavimento, y que una figura cadavérica, una mujer, en su imaginación colosal, la imagen, en fin, de Zoraida, sólo que desfigurada ya con la muerte y de extraordinaria estatura, con el mismo puñal en la mano con que le amenazaba el día que la asesinó, se alzaba fantásticamente a su vista, y se encaminaba hacia él. Sintió Saldaña, al verla, oprimirse su corazón, crisparse sus nervios, y a no tener apoyada la espalda contra la pared hubiera dado consigo y con Leonor en tierra. Pero el mismo terror que aquella aparición sobrenatural le infundía le prestó fuerzas otra vez en el mismo instante, y sin separarse del muro, puestos los ojos inmóviles en ella, a cada paso que la fantasma adelantaba retrocedía él otro, andando de lado, trémulo y falto de aliento.

Cuando llegó al ángulo del corredor, ya la visión había desaparecido, y en su lugar vio al viejo Duarte, que con una linterna en la mano venía hacia él desde el otro extremo. No pudo entonces menos de dudar si habría sido un delirio suyo la vista de aquella fantasma, y si habría tomado a Duarte por ella en su desvarío. Sin embargo, Duarte acababa entonces de llegar al corredor, y la figura de Zoraida había aparecido enfrente de él, y casi en el mismo sitio donde se había presentado la había visto desvanecerse. No dudó ya un punto de la verdad de aquella visión, pero habiendo recobrado en parte su espíritu, aunque todavía temeroso de volverla a ver, corrió con ímpetu a la habitación de Leonor, y en dejándola al cuidado de sus doncellas, se dirigió a su estancia y se arrojó en su silla, donde quedó pensativo por largo rato.

Capítulo 44

Fallida ya mi esperanza
quedo triste y sin ventura,
y en tamaña desventura
no he más bien que mi venganza.

ANÓNIMO

Entró luego a despertarle de sus cavilaciones un caballero de parte del rey, que le dijo que su alteza deseaba verle, y que le esperaba solo en su cuarto. Túvole que repetir el recado dos veces, a pesar de venir del rey, pues además de estar distraído no se picaba nuestro héroe de cortesano, y las penas que le consumían le traían tan fuera de sí que apenas ponía cuidado en lo que le hablaban. Levantóse de su asiento a la segunda vez sin replicar palabra, y habiendo hecho seña al caballero de que le había entendido, se dirigió a la habitación de don Sancho, donde le halló solo, ocupado en revolver algunos libros de astronomía.

Hízole un saludo respetuoso, al que contestó el rey, quien cerró el libro que estaba leyendo, y habiéndose vuelto a él le indicó que tomase asiento y se acercase, diciéndole al mismo tiempo:

—Parece, buen caballero, que os es fatal vuestra estrella.

—Vuestra alteza, señor —respondió Saldaña con tono de voz melancólico—, creo que se engaña en llamar estrella a la luz infernal que guía mis pasos en este mundo. Pero lo cierto es que no hay en él un hombre más desdichado que yo.

Eso quiere decir —repuso el rey— que la hermana del rebelde está más obstinada que nunca, y no nos permite con su tenacidad usar de nuestra clemencia.

—Así es —repuso Saldaña—: esa mujer se ha empeñado en que su hermano muera, y en que yo me desespere y maldiga al Dios que me hizo y la hora en que vi la luz.

—Pues entonces, ya veis —contestó don Sancho— que es inevitable que se cumpla la ley. Mi deseo hubiera sido perdonarle y reconciliar vuestras dos familias por medio de vuestro enlace con Leonor de Iscar, porque, por Santiago de Compostela, os juro que querría salvar y tener por mi servidor a un tan valiente caballero como su hermano, aunque no fuera sino por lo leal que para con mi padre fue el suyo.

—Hernando de Iscar, señor —respondió el de Cuéllar—, es testarudo como un toro, y yo no sé qué hacer ya con su hermana para persuadirla. Con todo, es cruel el partido que va a tomar vuestra alteza, y si pudiera ser retardar aún algunos días…

—No, Saldaña, os engañáis —interrumpió el rey—; lo que sería bondad únicamente de nuestra parte, sería mirado como una prueba de debilidad por nuestros enemigos. El delito de Hernando, mientras que a Nos no preste el homenaje debido y ceda su hermana a vuestras instancias, no debe quedar impune. Considerad que es el jefe de una facción que todavía cuenta muchos partidarios en todo el reino, y que mientras él viva y no le tachen los suyos de traidor a sus juramentos, viéndole premiado a nuestro servicio, mantendrán esperanzas que debemos a toda costa desvanecer, y atribuirán a miedo la tardanza de su castigo. Os he hecho llamar, porque no he querido proceder de ligero; pero ya que vos mismo no conserváis esperanza alguna de reducir a su hermana, Hernando de Iscar es preciso que muera.

—Y entonces yo —respondió Saldaña— perderé también lo único que me quedaba en el mundo, porque también Leonor morirá sin duda, y vos seréis el que, por premio de los servicios que os he hecho, me la arrebatéis para siempre y hagáis que me maldiga en su lecho de muerte como al demonio de su desgracia.

—Saldaña —repuso el rey con afabilidad—, estáis loco, y no se puede hacer caso de lo que en este momento decís. Esa mujer os ha trastornado el juicio.

No se engañaba el rey en lo que decía y cualquiera que hubiese visto a Saldaña girar a un lado y a otro, los ojos desatentados, la cabeza baja y contraído a veces el rostro, hubiera participado de su opinión. Luchaba entonces el corazón de nuestro héroe con cien encontradas pasiones. Deseaba, por una parte, vengarse de una vez de Leonor, aunque fuese a costa de sí propio; faltábale, por otra, fuerza bastante para ejecutar su venganza, temía echarse sobre sí un nuevo crimen, hacíase ilusión todavía de vencer la tenacidad de Leonor, pesaba además las razones del rey, y en medio de tan contrarias voluntades no sabía por qué decidirse. Y quedó algún tiempo en silencio y hablando a veces consigo mismo en confuso murmullo, olvidado de quien estaba con él, como si se hallara solo en su cuarto. Mirábale el rey, y de cuando en cuando se sonreía. También él hubiera querido salvar a Hernando, aunque por diferentes razones, que puesto que hasta entonces había aparentado ceder a las súplicas de Saldaña, no se le ocultaba al rey lo importante que podía serle un hombre del valimiento de Hernando si lograba desconceptuarlo entre los revoltosos y atraerlo a su servicio.

Pero el convencimiento en que estaba ya de que no podía alcanzar lo que quería, le había hecho mudar de intento, determinado por último a hacer, ya que más no podía, un castigo ejemplar en el jefe de los contrarios. Por otra parte, Saldaña no veía tampoco para él ventaja alguna en cometer el delito de sacrificar a Hernando, puesto que si hubiera querido sólo satisfacer sus sentidos, tiempo hacía ya que estaba Leonor a su voluntad, y en vano hubiera sido su resistencia; pero no buscaba en ella un placer pasajero, no era un instinto animal el que le hacía desearla, sino que un sentimiento profundo, una esperanza de felicidad le obligaba a todo para poseerla.

Imaginábase (porque siempre nos imaginamos en nuestros sueños de felicidad lo que queremos) que aunque ella le aborreciera entonces, su empeño en agradarla, si llegaba a ser su esposo, los miramientos que con ella tendría, volverían en cariño el odio que un resentimiento pasajero había engendrado contra él en su corazón. Por lo que la vida de Hernando le era tan precisa como la suya propia para el cumplimiento de sus esperanzas, y sin embargo que la entrevista de los dos hermanos había disipado muchas de sus ilusiones y encendido en su alma vehementes deseos de venganza, decidido a acabar de una vez, aún no acert