Noli Me Tangere

José Rizal


Novela corta



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Índice

Noli Me Tangere
A mi patria
I. Una reunión
II. Crisóstomo Ibarra.
III. La cena
IV. Hereje y filibustero
V. Una estrella en noche obscura
VI. Capitán Tiago
VII. Idilio en una azotea
VIII. Recuerdos
IX. Cosas del pais
X. El pueblo
XI. Los soberanos
XII. Todos los Santos
XIII. Presagios de tempestad
XIV. Tasio el loco ó el filósofo
XV. Los sacristanes
XVI. Sisa
XVII. Basilio
XVIII. Almas en pena
XIX. Aventuras de un maestro de escuela
XX. La junta en el Tribunal
XXI. Historia de una madre
XXII. Luces y sombras
XXIII. La pesca
XXIV. En el bosque
XXV. En casa del filósofo
XXVI. La víspera de la fiesta
XXVII. Al anochecer
XXVIII. Correspondencias
XXIX. La mañana
XXX. En la iglesia
XXXI. El sermón
XXXII. La cabria
XXXIII. Libre Pensamiento
XXXIV. La comida
XXXV. Comentarios
XXXVI. La primera nube
XXXVII. Su Excelencia
XXXVIII. La procesión
XXXIX. Doña Consolación
XL. El derecho y la fuerza
XLI. Dos visitas
XLII. Los esposos de Espadaña
XLIII. Proyectos
XLIV. Examen de conciencia
XLV. Los perseguidos
XLVI. La gallera
XLVII. Las dos señoras
XLVIII. El enigma
XLIX. La voz de los perseguidos
L. La familia de Elías
LI. Cambios
LII. La carta de los muertos y las sombras
LIII. Il buon dí si conosce da mattina
LIV
LV. La catástrofe
LVI. Lo que se dice y lo que se cree
LVII. ¡Væ Victis!
LVIII. El maldito
LIX. Patria é intereses
LX. María Clara se casa
LXI. La caza en el lago
LXII. El padre Dámaso se explica
LXIII. La Nochebuena
Epílogo

(El país de los frailes)

A mi patria

Registrase en la historia de los padecimientos humanos un cáncer de un carácter tan maligno, que el menor contacto le irrita y despierta en él agudísimos dolores. Pues bien, cuantas veces enmedio de las civilizaciones modernas he querido evocarte, ya para acompañarme de tus recuerdos, ya para compararte con otros países, tantas se me presentó tu querida imagen con un cáncer social parecido.

Deseando tu salud, que es la nuestra, y buscando el mejor tratamiento, haré contigo lo que con sus enfermos los antiguos: exponíanlos en las gradas del templo, para que cada persona que fuese a invocar a la Divinidad les propusiese un remedio.

Y a este fin, trataré de reproducir fielmente tu estado sin contemplaciones; levantaré parte del velo que oculta el mal, sacrificándolo todo a la verdad, hasta el mismo amor propio, pues, como hijo tuyo, adolezco también de tus defectos y flaquezas.

El autor
Europa 1888.

I. Una reunión

A fines de Octubre, don Santiago de los Santos, conocido popularmente con el nombre de «Capitán Tiago», daba una cena, que, sin embargo de haberla anunciado aquella tarde tan sólo, contra su costumbre, era ya el tema de todas las conversaciones en Binondo, en otros arrabales y hasta en Intramuros. Capitán Tiago pasaba entonces por el hombre más rumboso, y sabíase que su casa, como su país, no cerraba las puertas á nadie, como no fuese al comercio ó á toda idea nueva ó atrevida.

Como una sacudida eléctrica corrió la noticia en el mundo de los parásitos, moscas ó colados que Dios crió en su infinita bondad, y tan cariñosamente multiplica en Manila. Unos buscaron betún para sus botas; otros, botones y corbatas, pero todos preocupados del modo como habían de saludar más familiarmente al dueño de la casa, para hacer creer en antiguas amistades, ó excusarse, si á mano viniese, de no haber podido acudir más temprano.

Dábase esta cena en una casa de la calle de Anloague, y ya que no recordamos su número, la describiremos de manera que se la reconozca aún, si es que los temblores no la han arruinado. No creemos que su dueño la haga derribar, porque de este trabajo ordinariamente se encarga allí Dios ó la Naturaleza, que también tiene de nuestro Gobierno muchas obras contratadas.—Es ello un edificio bastante grande, á estilo de los muchos del país, situado hacia la parte que da á un brazo del Pásig, llamado por algunos ría de Binondo, y que desempeña, como todos los ríos de Manila, el múltiple papel de baño, alcantarilla, lavadero, pesquería, medio de transporte y comunicación y hasta agua potable, si lo tiene por conveniente el chino aguador. Es de notar que esta poderosa arteria del arrabal en donde más el tráfico bulle y aturde el vaivén, en una distancia de casi un kilómetro, apenas cuenta con un puente de madera, descompuesto por un lado durante seis meses é intransitable por el otro el resto del año, de tal suerte, que los caballos en la temporada del calor aprovechan este permanente stato quo para desde allí saltar al agua, con gran sorpresa del distraído mortal, que en el interior del coche dormita ó filosofa sobre los progresos del siglo.

La casa á que aludimos es algo baja y de líneas no muy correctas: que el arquitecto que la haya construído no viera bien, ó que esto fuera efecto de los terremotos y huracanes, nadie puede decirlo con seguridad. Una ancha escalera de verdes balaustres y alfombrada á trechos conduce desde el zaguán ó portal, enlosado de azulejos, al piso principal, entre macetas y tiestos de flores sobre pedestales de losa china de abigarrados colores y fantásticos dibujos.

Pues que no hay porteros ni criados que pidan ó pregunten por el billete de invitación, subiremos, ¡oh tú que me lees, amigo ó enemigo! si es que te atraen los acordes de la orquesta, la luz ó el significativo clin clan de la vajilla y de los cubiertos, y quieres ver cómo son las reuniones allá en la Perla del Oriente. Con gusto y por comodidad mía te ahorraría á tí de la descripción de la casa, pero esto es muy importante, pues nosotros los mortales en general somos como las tortugas: valemos y nos clasifican por nuestras conchas; por esto y otras cualidades más como tortugas son también los mortales de Filipinas.—Si subimos, nos encontraremos de golpe en una espaciosa estancia, llamada allí caída, no sé por qué, que esta noche sirve de comedor al mismo tiempo que de salón de la orquesta. En medio, una larga mesa, adornada profusa y lujosamente, parece guiñar al colado con dulces promesas, y amenazar á la tímida joven, á la sencilla dalaga, con dos horas mortales en compañía de extraños, cuyo lenguaje y conversación suelen tener un carácter muy particular. Contrastando con estos terrenales preparativos están los abigarrados cuadros de las paredes, representando asuntos religiosos como El Purgatorio, El Infierno, El Juicio final, La muerte del Justo, La del Pecador, y en el fondo, aprisionado en un espléndido y elegante marco estilo Renacimiento que Arévalo tallara, un curioso lienzo de grandes dimensiones en que se ven dos viejas... La inscripción dice: Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que se venera en Antipolo, bajo el aspecto de una mendiga, visita en su enfermedad á la piadosa y célebre capitana Inés. La composición, si no revela mucho gusto ni arte, tiene en cambio sobrado realismo: la enferma parece ya un cadáver en putrefacción por los tintes amarillos y azules de su rostro; los vasos y demás objetos, ese cortejo de las largas enfermedades, están reproducidos tan minuciosamente que se ven hasta sus contenidos. Al contemplar estos cuadros que excitan el apetito é inspiran ideas bucólicas, acaso piense alguno que el maligno dueño de la casa conocía muy bien el carácter de la mayor parte de los que se han de sentar á la mesa, y para velar un poco su pensamiento ha colgado del plafón preciosas lámparas de China, jaulas sin pájaros, esferas de cristal azogado, rojas verdes y azules, plantas aéreas marchitas, pescados desecados é inflados, que llaman botetes, etc., cerrando el todo por el lado que mira al río con caprichosos arcos de madera, medio chinescos medio europeos, y dejando ver en una azotea emparrados y glorietas alumbrados escasamente por farolitos de papel de todos colores.

Allá en la sala están los que han de comer, entre colosales espejos y brillantes arañas: allá, sobre una tarima de pino, está el magnífico piano de cola de un precio exorbitante, y más precioso aún esta noche, porque nadie lo toca. Allá hay un grande retrato al óleo de un hombre bonito, de frac, tieso, recto, simétrico como el bastón de borlas que lleva entre sus rígidos dedos cubiertos de anillos: el retrato parece decir:

—¡Ejem! !mirad cuánto llevo puesto y qué serio estoy!

Los muebles son elegantes, acaso incómodos y malsanos: el dueño de la casa no pensaría en la higiene de sus convidados, sino en el propio lujo.—¡Es cosa terrible la disentería, pero os sentáis en sillones de Europa y eso no se tiene siempre! les diría él.

La sala está casi llena de gente: los hombres separados de las mujeres, como en las iglesias católicas y en las sinagogas. Ellas son unas cuantas jóvenes entre filipinas y españolas: abren la boca para contener un bostezo, pero la tapan al instante con sus abanicos; apenas murmuran algunas palabras; cualquiera conversación que se aventura muere entre monosílabos, como esos ruidos que se oyen de noche en una casa, ruidos causados por ratones y lagartijas. ¿Son acaso las imágenes de diferentes Nuestras Señoras que cuelgan de las paredes las que las obligan á guardar el silencio y la compostura religiosa, ó es que aquí las mujeres forman una excepción?

La única que recibía á las señoras era la vieja, prima de Cpn. Tiago, de facciones bondadosas y que hablaba bastante mal el castellano. Toda su política y urbanidad consistía en ofrecer á las españolas una bandeja de cigarros y buyos, y en dar á besar la mano á las filipinas, exactamente como los frailes. La pobre anciana acabó por aburrirse y, aprovechando el ruido de un plato que se rompía, salió precipitadamente, murmurando:

—¡Jesús! ¡Esperad, indignos!

Y no volvió á parecer.

En cuanto á los hombres, éstos ya hacían más ruido. Algunos cadetes hablaban con animación, pero en voz baja, en uno de los rincones, mirando de cuando en cuando y señalando á veces con el dedo á varias personas de la sala; y se reían entre ellos más ó menos disimuladamente; en cambio, dos extranjeros, vestidos de blanco, cruzadas las manos detrás y sin decir palabra, paseábanse de un extremo á otro de la sala á grandes pasos, como hacen los aburridos pasajeros sobre la cubierta de un buque. Todo el interés y la mayor animación partían de un grupo formado por dos religiosos, dos paisanos y un militar alrededor de una mesita en que se veían botellas de vino y bizcochos ingleses.

El militar era un viejo teniente, alto, de fisonomía adusta; parecía un duque de Alba rezagado en el escalafón de la Guardia Civil; hablaba poco, pero duro y breve.—Uno de los frailes, un joven dominico, hermoso, pulcro y brillante como sus gafas de montura de oro, tenía una temprana gravedad: era el cura de Binondo, y fué en años anteriores catedrático en San Juan de Letrán. Tenía fama de consumado dialéctico, tanto, que en los tiempos en que los hijos de Guzmán se atrevían aún á luchar en sutilezas como los seglares, el hábil argumentador B. de Luna no había podido jamás embrollarle ni cogerle: los distingos de fray Sibyla le dejaban como al pescador que quiere coger anguilas con lazos. El dominico hablaba poco y parecía pesar sus palabras.

Por el contrario, el otro, que era un franciscano, hablaba mucho y gesticulaba más. Sin embargo de que sus cabellos empezaban á encanecer, parecía conservarse bien su robusta naturaleza. Sus correctas facciones, su mirada poco tranquilizadora, sus anchas quijadas y hercúleas formas le daban el aspecto de un patricio romano disfrazado, y, sin quererlo, os acordaréis de uno de aquellos tres monjes de que habla Heine en sus Dioses en el destierro, que por el Equinoccio de Septiembre, allá en el Tirol, pasaban á media noche en barca un lago, y cada vez depositaban en la mano del pobre barquero una moneda de plata, como el hielo fría, que le dejaba lleno de espanto. Sin embargo, fray Dámaso no era misterioso como aquellos; era alegre, y si el timbre de su voz era brusco como el de un hombre que jamás se ha mordido la lengua, que cree santo é inmejorable cuanto dice, su risa alegre y franca borraba esta desagradable impresión, y hasta se veía uno obligado á perdonarle el enseñar en la sala unos pies sin calcetines y unas piernas velludas, que harían la fortuna de un Mendieta en las ferias de Quiapo.

Uno de los paisanos, un hombre pequeñito, de barba negra, sólo tenía de notable la nariz que, á juzgar por sus dimensiones, no debía ser suya; el otro, un joven rubio, parecía recién llegado al país: con éste sostenía el franciscano una viva discusión.

—Ya lo verá,—decía el fraile;—como cuente en el país algunos meses, se va á convencer de lo que le digo: una cosa es gobernar en Madrid y otra estar en Filipinas.

—Pero...

—Yo, por ejemplo,—continuó fray Dámaso levantando más la voz para no dejarle al otro la palabra,—yo que cuento ya veintitres años de plátano y morisqueta, yo puedo hablar con autoridad sobre ello. No me salga usted con teorías ni retóricas; conozco al indio. Haga cuenta que desde que llegué al país, fuí destinado á un pueblo, pequeño, es verdad, pero muy dedicado á la agricultura. Todavía no sabía yo muy bien el tagalo, pero ya confesaba á las mujeres, y nos entendíamos, y tanto me llegaron á querer que, tres años después, cuando me pasaron á otro pueblo mayor, vacante por la muerte del cura indio, todas se pusieron á llorar, me colmaron de regalos, me acompañaron con música...

—Pero eso sólo demuestra...

—¡Espere, espere usted! ¡no sea tan vivo! El que me sucedió permaneció menos tiempo, y cuando salió tuvo más acompañamiento, más lágrimas y más música, y eso que pegaba más y había subido los derechos de la parroquia casi el doble.

—Pero usted me permitirá...

—Aun más; en el pueblo de san Diego he estado veinte años y sólo hace algunos meses que lo he... dejado (aquí pareció disgustarse). Veinte años, no me lo podrá negar nadie, son más que suficientes para conocer un pueblo. San Diego tenía seis mil almas, y yo conocía á cada habitante como si yo lo hubiese parido y amamantado: sabía de qué pie cojeaba éste, dónde le apretaba el zapato á aquél, quién le hacía el amor á aquella dalaga, qué deslices había tenido ésta y con quién, cuál era el verdadero padre del chico, etcétera, como que confesaba á todo bicho; se guardaban bien de faltar á su deber. Dígalo, si miento, Santiago, el dueño de la casa; allí tiene muchas tierras y allí fué donde hicimos nuestras amistades. Pues bien, verá usted lo que es el indio; cuando salí, apenas me acompañaron unas viejas y algunos hermanos terceros, ¡y eso que he estado veinte años!

—Pero no hallo que eso tenga que ver con el desestanco del tabaco,—contestó el rubio aprovechando una pausa, mientras el franciscano tomaba una copita de Jerez.

Fray Dámaso, lleno de sorpresa, por poco deja caer la copa. Quedóse un momento mirando de hito en hito al joven.

—¿Cómo? ¿cómo?—exclamó después, con la mayor extrañeza.—Pero ¿es posible que no vea usted eso que es claro como la luz? No ve usted, hijo de Dios, que todo esto prueba palpablemente que las reformas de los ministros son irracionales?

Esta vez fué el rubio el que se quedó perplejo; el teniente arrugó más las cejas; el hombre pequeñito movía la cabeza como para dar la razón á fray Dámaso ó para negársela. El dominico se contentó con volverles casi las espaldas á todos.

—¿Cree usted?...—pudo al fin preguntar muy serio el joven y mirando lleno de curiosidad al fraile.

—¿Que si creo? ¡Como en el Evangelio! ¡El indio es tan indolente!

—¡Ah! perdone usted que le interrumpa,—dijo el joven bajando la voz y acercando un poco su silla;—ha pronunciado una palabra que llama todo mi interés: ¿existe verdaderamente, nativa, esa indolencia en los naturales, ó sucede, según un viajero extranjero, que nosotros excusamos con esta indolencia la nuestra propia, nuestro atraso y nuestro sistema colonial? Hablaba de otras colonias cuyos habitantes son de la misma raza...

—¡Ca! ¡Envidias! Pregúnteselo al señor Laruja, que también conoce el país; ¡pregúntele si la ignorancia y la indolencia del indio tienen igual!

—En efecto,—contestó el hombre pequeñito, que era el aludido,—en ninguna parte del mundo puede usted ver otro más indolente que el indio, ¡en ninguna parte del mundo!

—¡Ni otro más vicioso, ni más ingrato!

—¡Ni más mal educado!

El joven rubio principió á mirar con inquietud á todas partes.

—Señores, dijo en voz baja, creo que estamos en casa de un indio; esas señoritas...

—¡Bah! ¡no sea usted tan aprensivo! Santiago no se considera indio, y además, no está presente y... ¡aunque estuviera! Esas son tonterías de los recién venidos. Deje que pasen algunos meses; cambiará de opinión cuando haya frecuentado muchas fiestas y bailujan, dormido en los catres y comido mucha tinola.

—¿Es acaso eso que usted llama tinola una fruta de la especie del loto que vuelve á los hombres... así... como olvidadizos?

—¡Qué loto ni qué lotería!—contestó riendo el padre Dámaso;—está usted tocando el bombo. Tinola es un gulaí de gallina y calabaza. ¿Cuánto tiempo hace que ha llegado usted?

—Cuatro días,—profirió el joven algo picado.

—¿Viene como empleado?

—No, señor: vengo por cuenta propia para conocer el país.

—¡Hombre, qué pájaro más raro!—exclamó fray Dámaso mirándole con curiosidad.—¡Venir por cuenta propia y por tonterías! ¡Qué fenómeno! Habiendo tantos libros... con tener dos dedos de frente... muchos han escrito así grandes libros! Con tener dos dedos de frente...

—Decía vuestra reverencia, padre Dámaso,—interrumpió bruscamente el dominico cortando la conversación,—que ha estado vuestra reverencia veinte años en el pueblo de San Diego y lo ha dejado... ¿No estaba vuestra reverencia contento del pueblo?

Fray Dámaso, á esta pregunta, hecha con un tono tan natural y casi negligente, perdió repentinamente la alegría y dejó de reir.

—¡No!—gruñó secamente, y se dejó caer con violencia contra el respaldo del sillón.

El dominico prosiguió en tono más indiferente aún:

—Doloroso debe ser dejar un pueblo donde se ha estado veinte años, y que se conoce como el hábito que se lleva. Yo, al menos, sentí dejar Camiling, y eso que estuve pocos meses... pero los superiores lo hacían para bien de la Comunidad... para bien mío.

Fray Dámaso por primera vez en aquella noche parecía muy preocupado. De repente dió un puñetazo sobre el brazo de su sillón y, respirando con fuerza, exclamó:

—¡O hay religión ó no la hay, esto es, ó los curas son libres ó no! ¡El país se pierde, está perdido!

Y volvió á dar otro puñetazo.

Toda la sala, sorprendida, se volvió hacia el grupo: el dominico levantó la cabeza para mirarle por debajo de sus gafas. Los dos extranjeros que se paseaban paráronse un momento, se miraron, enseñáronse un poco sus dientes incisivos, y continuaron acto seguido su paseo.

—¡Está de mal humor porque usted me lo ha tratado de reverencia!—murmuró al oído del joven rubio el señor Laruja.

—¿Qué quiere vuestra reverencia decir? ¿qué le pasa?—preguntaron el dominico y el teniente en diferentes tonos de voz.

—¡Por eso vienen tantas calamidades! ¡Los gobernantes sostienen á los herejes contra los ministros de Dios!—continuó el franciscano levantando sus robustos puños.

—¿Qué quiere usted decir?—volvió á preguntar el cejijunto teniente, medio levantándose.

—¿Qué quiero decir?—repitió fray Dámaso alzando más la voz y encarándose con el teniente.—¡Yo digo lo que yo quiero decir! Yo, yo quiero decir que cuando el cura arroja de su cementerio el cadáver de un hereje, nadie, ni el mismo rey tiene derecho á mezclarse y menos á imponer castigos. Conque un generalito, un generalito Calamidad...

—¡Padre, su excelencia es Vice Real Patrono!—gritó el militar levantándose.

—¡Qué excelencia ni qué Vice Real Patrono!—contestó el franciscano levantándose también.—En otro tiempo se le hubiera arrastrado escaleras abajo, como lo hicieron una vez las Corporaciones con el impío gobernador Bustamante. ¡Aquellos sí que eran tiempos de fe!

—Le advierto que yo no permito... ¡Su Excelencia representa á S. M. el rey!

—¡Qué rey ni qué Roque! para nosotros no hay más rey que el legítimo...

—¡Alto!—gritó el teniente amenazador y como si se dirigiera á sus soldados;—ó retira usted cuanto ha dicho ó mañana mismo doy parte á Su Excelencia...

—¡Ande usted ahora mismo, ande usted!—contestó con sarcasmo fray Dámaso, acercándosele con los puños cerrados.—¿Cree usted que porque yo llevo hábito, me faltan?... ¡Ande usted que todavía le presto mi coche!

La cuestión tomaba un giro cómico, pero afortunadamente intervino el dominico.

—¡Señores!—dijo en tono de autoridad y con esa voz nasal que sienta tan bien á los frailes,—no hay que confundir las cosas ni buscar ofensas donde no las hay. Debemos distinguir en las palabras de fray Dámaso las del hombre de las del sacerdote. Las de éste, como tal, per se, jamás pueden ofender, pues provienen de la verdad absoluta. En las del hombre hay que hacer una subdistinción: las que dice ab irato, las que dice ex ore pero no in corde y las que dice in corde. Estas últimas son las que únicamente pueden ofender y eso según, si ya in mente preexistían por un motivo, ó solamente vienen per accidens en el calor de la conversación, si hay...

—¡Pues yo por accidens y por mí sé los motivos, padre Sibyla!—interrumpió el militar que se embrollaba en tantas distinciones y temía que si éstas seguían no saliese él todavía culpable.—Yo sé los motivos y los va V. R. á distinguir. Durante la ausencia del padre Dámaso en San Diego, enterró el coadjutor el cadáver de una persona dignísima... sí, señor, dignísima; yo le he tratado varias veces y en su casa me he hospedado. Que jamás se haya confesado, ¿eso qué? yo tampoco me confieso; pero decir que se ha suicidado, es una mentira, una calumnia. Un hombre como él, que tiene un hijo en quien cifra su cariño y sus esperanzas, un hombre que tiene fe en Dios, que conoce sus deberes para con la sociedad, un hombre honrado y justo no se suicida. Esto lo digo yo, y callo aquí lo demás que pienso y agradézcamelo V. R.

Y volviéndole las espaldas al franciscano, continuó:

—Pues bien, este cura, á su vuelta al pueblo, después de maltratar al pobre coadjutor, ha hecho desenterrar el cadáver y sacarlo fuera del cementerio para enterrarlo no sé dónde. El pueblo de San Diego ha tenido la cobardía de no protestar; verdad es que muy pocos lo supieron: el muerto no tenía ningún pariente, y su único hijo está en Europa; pero S. E. lo ha sabido y, como es hombre de recto corazón, ha pedido el castigo... y el padre Dámaso fué trasladado á otro pueblo mejor. He ahí todo. Ahora haga V. R. sus distinciones.

Y dicho esto, se alejó del grupo.

—Siento mucho haber tocado, sin saberlo, una cuestión tan delicada,—dijo el padre Sibyla con pesar.—Pero, al fin, si se ha ganado en el cambio de pueblo...

—¡Qué se ha de ganar! Y ¿lo que se pierde en los traslados... y los papeles... y las... y todo lo que se extravía?—interrumpió balbuciente, sin poder contener su ira, fray Dámaso.

Poco á poco volvió la reunión á su antigua tranquilidad.

Habían llegado otras personas, entre ellas un viejo español, cojo, de fisonomía dulce é inofensiva, apoyado en el brazo de una vieja filipina, llena de rizos y pinturas y vestida á la europea.

El grupo les saludó amistosamente; el doctor de Espadaña y su señora, la doctora doña Victorina, se sentaron entre nuestros conocidos. Veíase á algunos periodistas y almaceneros saludarse, discurrir de un lado á otro sin saber qué hacer.

—Pero ¿me puede usted decir, señor Laruja, qué tal es el dueño de la casa?—preguntó el joven rubio.—Yo todavía no he sido presentado.

—Dicen que ha salido: yo tampoco le he visto.

—¡Aquí no hay necesidad de presentaciones!—intervino fray Dámaso.—Santiago es un hombre de buena pasta.

—Un hombre que no ha inventado la pólvora,—añadió Laruja.

—¡También usted, señor de Laruja!—exclamó con meloso reproche doña Victorina, abanicándose.—¿Cómo podía el pobre inventar la pólvora, si, según dicen, la habían ya inventado los chinos siglos hace?

—¿Los chinos? ¿Está usted loca?—exclamó fray Dámaso.—¡Quite usted! ¡La ha inventado un franciscano, uno de mi orden, fray no sé cuántos Savalls en el siglo... siete!

—¡Un franciscano!—Bueno; ése habrá estado de misionero en China, ese padre Savalls,—replicó la señora, que no dejaba así sus ideas.

—Schwartz querrá usted decir, señora,—repuso fray Sibyla sin mirarla.

—No lo sé; fray Dámaso ha dicho Savalls: ¡yo no hago más que repetir!

—¡Bien! Savalls ó Chevás, ¿qué más da? ¡Por una letra no se queda chino!—replicó malhumorado el franciscano.

—Y en el siglo catorce, no en el siete,—añadió el dominico en tono de correctivo, como para mortificar el orgullo del otro.

—¡Bueno, un siglo más ó un siglo menos tampoco le hace dominico!

—¡Hombre, no se enfade V. R.!—dijo el padre Sibyla sonriendo.—Tanto mejor que lo haya inventado él; así les ha ahorrado ese trabajo á sus hermanos.

—Y ¿dice usted, padre Sibyla, que fué eso en el siglo catorce?—preguntó con gran interés doña Victorina;—¿antes ó después de Cristo?

Felizmente para el preguntado, dos personajes entraron en la sala.

II. Crisóstomo Ibarra.

No eran hermosas y bien ataviadas jóvenes que llamasen la atención de todos, hasta la de fray Sibyla; no era S. E. el Capitán general con sus ayudantes para que el teniente saliera de su ensimismamiento, avanzara algunos pasos, y fray Dámaso se quedase como petrificado: era sencillamente el original del retrato de frac, conduciendo de la mano á un joven vestido de riguroso luto.

—¡Buenas noches, señores! ¡buenas noches, padre!—fué lo primero que dijo Cpn. Tiago besando las manos á los sacerdotes que se olvidaron de dar la bendición: el dominico se había quitado las gafas para mirar al joven recién llegado, y fray Dámaso quedó pálido y con los ojos desmesuradamente abiertos.

—¡Tengo el honor de presentar á ustedes á don Crisóstomo Ibarra, hijo de mi difunto amigo!—continuó Cpn. Tiago;—este señor acaba de llegar de Europa y he ido á recibirle.

A este nombre, se oyeron algunas exclamaciones; el teniente se olvidó de saludar al dueño de la casa; acercóse al joven y le examinó de pies á cabeza. Este, entonces, cambiaba las frases de costumbre con todo el grupo, y no parecía presentar otra cosa de particular que su traje negro en medio de aquella sala. Su aventajada estatura, sus facciones, sus movimientos respiraban, no obstante, ese perfume de una sana juventud en que tanto el cuerpo como el alma se han cultivado á la par. Veíanse en su rostro, franco y alegre, algunas ligeras huellas de la sangre española al través de un hermoso color moreno, algo rosado en las mejillas, efecto tal vez de su permanencia en los países fríos.

—¡Calla!—exclamó con alegre sorpresa;—¡el cura de mi pueblo! ¡el padre Dámaso, el íntimo amigo de mi padre!

Todas las miradas se dirigieron al franciscano: éste no se movió.

—¡Usted dispense, me había equivocado!—añadió Ibarra confuso.

—¡No te has equivocado!—pudo al fin contestar aquél con voz alterada.—Pero tu padre jamás fué íntimo amigo mío.

Ibarra retiró lentamente la mano que había tendido, mirándole lleno de sorpresa, se volvió y se encontró con la adusta figura del teniente que le seguía observando.

—Joven, ¿es usted el hijo de don Rafael Ibarra?

El joven se inclinó.

Fray Dámaso se incorporó en su sillón y miró de hito en hito al teniente.

—¡Bienvenido á su país y que en él sea más feliz que su padre!—exclamó el militar con voz temblorosa.—Yo le he conocido y tratado, y puedo decir que era uno de los hombres más dignos y más honrados de Filipinas.

—¡Señor!—contestó Ibarra conmovido;—el elogio que usted hace de mi padre, disipa mis dudas sobre su suerte, que yo, su hijo, ignoro aún.

Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas, dió media vuelta y se alejó precipitadamente.

Vióse el joven solo en medio de la sala: el dueño de la casa había desaparecido, y no encontraba quién le presentase á las señoritas, muchas de las cuales le miraban con interés. Después de vacilar algunos segundos, con una gracia sencilla y natural se dirigió á ellas:

—Permítanme ustedes,—dijo,—que salte por encima de las reglas de una rigorosa etiqueta. Hace siete años que falto en mi país, y al volver á él, no puedo contener mi admiración y dejar de saludar á su más precioso adorno, á sus mujeres.

Como ninguna se atrevió á contestar, se vió el joven obligado á alejarse. Dirigióse al grupo de algunos caballeros, que, al verle venir, formaron un semicírculo.

—¡Señores!—dijo;—hay en Alemania la costumbre de que cuando un desconocido viene á una reunión y no halla quién le presente á los demás, él mismo dice su nombre y se presenta, á lo que contestan los otros de igual manera. Permítanme ustedes este uso, no por introducir costumbres extranjeras, que las nuestras son muy bellas también, sino porque me veo obligado á ello. He saludado ya al cielo y á las mujeres de mi patria: ahora quiero saludar á los ciudadanos, á mis compatriotas. ¡Señores, yo me llamo Juan Crisóstomo Ibarra y Magsalin!

Los otros dieron sus nombres más ó menos insignificantes, más ó menos desconocidos.

—¡Yo me llamo A... a!—dijo un joven secamente é inclinándose apenas.

—¿Tendré acaso el honor de hablar con el poeta, cuyas obras han mantenido mi entusiasmo por mi patria? Me han dicho que ya no escribe usted, pero no han sabido darme el por qué...

—¿El por qué? Porque no se invoca á la inspiración para que se arrastre y mienta. A uno le han formado causa por haber puesto en verso una verdad de Pero Grullo. A mí me han llamado poeta, pero no me llamarán loco.

—Y ¿se puede saber qué verdad era esa?

—Dijo que el hijo del león era también león; por poco no va desterrado.

Y el extraño joven se alejó del grupo.

Casi corriendo llegó un hombre de fisonomía risueña, vestido como los naturales del país, con botones de brillantes en la pechera; acercóse á Ibarra, le dió la mano diciendo:

—Señor Ibarra, yo deseaba conocerle á usted; Cpn. Tiago es muy amigo mío, yo conocí á su señor padre... yo me llamo Cpn. Tinong, vivo en Tondo, donde usted tiene su casa; espero que me honrará con su visita; venga usted á comer mañana con nosotros.

Ibarra estaba encantado de tanta amabilidad; Cpn. Tinong sonreía y se frotaba las manos.

—¡Gracias!—contestó afectuosamente:—pero parto mañana mismo para San Diego...

—¡Lástima! ¡Entonces, será para cuando usted vuelva!

—¡La mesa está servida!—anunció un mozo de café de la Campana. La gente empezó á desfilar, no sin que se hicieran de rogar mucho las mujeres, especialmente las filipinas.

III. La cena

Jele Jele bago quiere

Fray Sibyla parecía muy satisfecho: andaba tranquilamente y en sus contraídos y finos labios no se reflejaba ya el desdén; hasta se dignaba hablar con el cojo doctor de Espadaña, que respondía por monosílabos, pues era algo tartamudo. El franciscano estaba de un humor espantoso, pegaba puntapiés á las sillas que le obstruían el camino y hasta dió un codazo á un cadete. El teniente, serio; los otros hablaban con mucha animación y alababan la magnificencia de la mesa. Doña Victorina, sin embargo, arrugó con desprecio la nariz, pero inmediatamente se volvió furiosa como una serpiente pisoteada: en efecto, el teniente le había puesto el pie sobre la cola del vestido.

—Pero ¿es que no tiene usted ojos?—dijo.

—Sí, señora, y dos mejores que los de usted; pero estaba mirando esos rizos,—contestó el poco galante militar, y se alejó.

Instintivamente los dos religiosos se dirigieron á la cabecera de la mesa, quizás por costumbre, y como era de esperar, sucedió lo que con los opositores á una cátedra: ponderan con palabras los méritos y la superioridad de los adversarios, pero luego dan á entender todo lo contrario, y gruñen y murmuran cuando no la obtienen.

—¡Para usted, fray Dámaso!

—¡Para usted, fray Sibyla!

—Más antiguo conocido de la casa... confesor de la difunta... edad, dignidad y gobierno...

—¡Muy viejo que digamos, no! en cambio, ¡es usted el cura del arrabal!—contestó en tono desabrido fray Dámaso, sin soltar la silla.

—¡Como usted lo manda, obedezco!—concluyó el padre Sibyla disponiéndose á sentarse.

—¡Yo no lo mando!—protestó el franciscano;—¡yo no lo mando!

Iba ya á sentarse fray Sibyla sin hacer caso de las protestas, cuando sus miradas se encontraron con las del teniente. El más alto oficial es, según la opinión religiosa en Filipinas, muy inferior al lego cocinero. Cedant arma togæ, decía Cicerón en el Senado; cedant arma cottæ dicen los frailes en Filipinas. Pero fray Sibyla era persona fina y repuso:

—Señor teniente, aquí estamos en el mundo y no en la iglesia; el asiento le corresponde.

Pero, á juzgar por el tono de su voz, aun en el mundo le correspondía á él. El teniente, bien sea por no molestarse, ó por no sentarse entre dos frailes, rehusó brevemente.

Ninguno de los candidatos se había acordado del dueño de la casa. Ibarra le vió contemplando la escena con satisfacción y sonriendo.

—¡Cómo, don Santiago! ¿no se sienta usted entre nosotros?

Pero todos los asientos estaban ya ocupados: Lúculo no comía en casa de Lúculo.

—¡Quieto! ¡no se levante usted!—dijo Cpn. Tiago poniendo la mano sobre el hombro del joven.—Precisamente esta fiesta es para dar gracias á la Virgen por su llegada de usted. ¡Oy! que traigan la tinola. Mandé hacer tinola por usted, que hace tiempo que no la habrá probado.

Trajeron una gran fuente que humeaba. El dominico, después de murmurar el Benedícite al que casi nadie supo contestar, principió á repartir el contenido. Pero sea por descuido ú otra cosa, al padre Dámaso le tocó el plato donde entre mucha calabaza y caldo nadaban un cuello desnudo y una ala dura de gallina, mientras los otros comían piernas y pechugas, principalmente Ibarra á quien le cupieron en suerte los menudillos. El franciscano lo vió todo, machacó los calabacines, tomó un poco de caldo, dejó caer la cuchara con ruido, y empujó bruscamente el plato hacia delante. El dominico estaba muy distraído hablando con el joven rubio.

—¿Cuánto tiempo hace que falta usted en el país?—preguntó Laruja á Ibarra.

—Casi unos siete años.

—¡Vamos, ya se habrá usted olvidado de él!

—Todo lo contrario: y aunque mi país parecía haberme olvidado, siempre he pensado en él.

—¿Qué quiere usted decir?—preguntó el rubio.

—Quería decir que hace un año he dejado de recibir noticias de aquí, de tal manera, que me encuentro como un extraño, que ni aun sabe cuándo ni cómo murió su padre.

—¡Ah!—exclamó el teniente.

—Y ¿dónde estaba usted que no ha telegrafiado?—preguntó doña Victorina.—Cuando nos casamos, telegrafiamos á la Peñínsula.

—Señora, estos dos últimos años estaba en el Norte de Europa: en Alemania y en la Polonia rusa.

El doctor de Espadaña, que hasta ahora no se había atrevido á hablar, creyó conveniente decir algo.

—Co... conocí en España á un polaco de Va... Varsovia, llamado Stadnitzki, si mal no recuerdo; ¿le ha visto usted por ventura?—preguntó tímidamente, y casi ruborizándose.

—Es muy posible,—contestó con amabilidad Ibarra;—pero en este momento no lo recuerdo.

—¡Pues, no se le podía co... confundir con otro!—añadió el doctor que cobró ánimo: era rubio como el oro y hablaba muy mal el español.

—Buenas señas son, pero desgraciadamente allá no he hablado una palabra de español más que en algunos consulados.

—Y ¿cómo se arreglaba usted?—preguntó admirada doña Victorina.

—Me servía del idioma del país, señora.

—¿Habla usted también inglés?—preguntó el dominico que había estado en Hong Kong y hablaba bien el Pidgin-English, esa adulteración del idioma de Shakespeare por los hijos del Imperio Celeste.

—He estado un año en Inglaterra entre gentes que sólo hablaban el inglés.

—Y ¿cuál es el país que más le gusta á usted en Europa?—preguntó el joven rubio.

—Después de España, mi segunda patria, cualquier país de Europa libre.

—Y usted que parece haber viajado tanto..... vamos, ¿qué es lo más notable que ha visto usted?—preguntó Laruja.

Ibarra pareció reflexionar.

—Notable ¿en qué sentido?

—Por ejemplo..... en cuanto á la vida de los pueblos..... vida social, política, religiosa, en general, en la esencia, en el conjunto...

Ibarra se puso á meditar largo rato.

—Con franqueza, me gusta todo en esos pueblos, quitando el orgullo nacional de cada uno... Antes de visitar un país, procuraba estudiar su historia, su Éxodo, si puedo decirlo, y después todo lo hallaba natural; he visto siempre que la prosperidad ó miseria de los pueblos están en razón directa de sus libertades ó preocupaciones, y por consiguiente, de los sacrificios ó egoísmo de sus antepasados.

—Y ¿no has visto más que eso?—preguntó con risa burlona el franciscano, que desde el principio de la cena no había dicho una sola palabra, distraído tal vez por la comida;—no valía la pena de malgastar tu fortuna para saber tan poca cosa: ¡cualquier bata de la escuela lo sabe!

Ibarra se quedó sin saber qué decir: los demás, sorprendidos, miraban al uno y al otro, y temían un escándalo.—«La cena toca á su fin y S. R. está ya harto», iba á decir el joven, pero se contuvo, y sólo dijo lo siguiente:

—Señores, no extrañen ustedes la familiaridad con que me trata nuestro antiguo cura: así me trataba cuando niño, pues para S. R. en vano pasan los años; pero se lo agradezco porque me recuerda al vivo aquellos días, en que S. R. visitaba frecuentemente nuestra casa y honraba la mesa de mi padre.

El dominico miró furtivamente al franciscano, que se había puesto tembloroso. Ibarra, continuó, levantándose:

—Ustedes me permitirán que me retire, porque, acabado de llegar y teniendo que partir mañana mismo, quédanme muchos negocios por evacuar. Lo principal de la cena ha terminado y yo tomo poco vino y apenas pruebo licores. ¡Señores, todo sea por España y Filipinas!

Y apuró una copita, que hasta entonces no había tocado. El viejo teniente le imitó, pero sin decir palabra.

—¡No se vaya usted!—decíale Capitán Tiago en voz baja.—Ya llegará María Clara: ha ido á sacarla Isabel. Vendrá el nuevo cura de su pueblo, que es un santo.

—¡Vendré mañana antes de partir! Hoy tengo que hacer una importantísima visita.

Y partió. Entretanto el franciscano se desahogaba.

—¿Usted lo ha visto?—decía al joven rubio, gesticulando con el cuchillo de postres.—¡Eso es por orgullo! ¡No pueden tolerar que el cura los reprenda! ¡Ya se creen personas decentes! Es la mala consecuencia de enviar los jóvenes á Europa. El gobierno debía prohibirlo.

—Y ¿el teniente?—decía doña Victorina haciéndole coro al franciscano;—en toda la noche no ha desarrugado el entrecejo; ha hecho bien en dejarnos. ¡Tan viejo y aún es teniente!

La señora no podía olvidar la alusión á sus rizos y el pisoteado encañonado de sus enaguas.

Aquella noche escribía el joven rubio, entre otras cosas, el capítulo siguiente de sus Estudios Coloniales: «De cómo un cuello y un ala de pollo en el plato de tinola de un fraile pueden turbar la alegría de un festín.» Y entre sus observaciones había éstas: «En Filipinas la persona más inútil en una cena ó fiesta es la que la da: al dueño de la casa pueden empezar por echarle á la calle y todo seguirá tranquilamente. En el estado actual de las cosas casi es hacerles un bien el no dejar á los filipinos salir de su país, ni enseñarles á leer...»

IV. Hereje y filibustero

Ibarra estaba indeciso. El viento de la noche, que por esos meses suele ser ya bastante fresco en Manila, pareció borrar de su frente la ligera nube que la había obscurecido: descubrióse y respiró.

Pasaban coches como relámpagos, calesas de alquiler á paso moribundo, transeuntes de diferentes nacionalidades. Con ese andar desigual, que da á conocer al distraído ó al desocupado, dirigióse el joven hacia la plaza de Binondo, mirando á todas partes como si quisiera reconocer algo. Eran las mismas calles con las mismas casas de pinturas blancas y azules y paredes blanqueadas ó pintadas al fresco imitando mal el granito; la torre de la iglesia seguía ostentando su reloj con la traslúcida carátula; eran las mismas tiendas de chinos con sus cortinas sucias y sus varillas de hierro, una de las cuales había él torcido una noche, imitando á los chicos mal educados de Manila: nadie la había enderezado.

—¡Se va despacio!—murmuró, y siguió la calle de la Sacristía.

Los vendedores de sorbetes seguían gritando: ¡Sórbeteee! los huepes ó lamparillas alumbraban aún los mismos puestos de chinos y de mujeres, que vendían comestibles y frutas.

—¡Es maravilloso!—exclamó;—es el mismo chino de hace siete años, y la vieja ... ¡la misma! ¡Diríase que esta noche he soñado en siete años de viaje por Europa!... y ¡Santo Dios! continúa aún desarreglada la piedra como cuando la dejé.

En efecto, estaba aún desprendida la piedra de la acera, que forma la esquina de la calle de San Jacinto con la de la Sacristía.

Mientras contemplaba esta maravilla de la estabilidad urbana en el país de lo inestable, una mano se posó suavemente sobre su hombro: levantó la cara y se encontró con el viejo teniente que le contemplaba casi sonriendo: el militar no tenía ya aquella expresión dura ni aquellas cejas fruncidas que tanto le caracterizaban.

—¡Joven, tenga usted cuidado! ¡Aprenda usted de su padre!—le dijo.

—Usted perdone, pero me parece que ha querido usted mucho á mi padre. ¿Podría usted decirme cuál ha sido su suerte?—preguntó Ibarra mirándole.

—Qué, ¿no la sabe usted?—preguntó el militar.

—Se lo he preguntado á don Santiago, pero no me prometió referirlo sino hasta mañana. ¿Lo sabe usted por ventura?

—¡Ya lo creo, como todo el mundo! Murió en la cárcel.

El joven retrocedió un paso y miró al teniente de hito en hito.

—¿En la cárcel? ¿quién murió en la cárcel?—preguntó.

—¡Hombre, su padre de usted, que estaba preso!—contestó el militar algo sorprendido.

—¿Mi padre ... en la cárcel ... preso en la cárcel? ¿Qué dice usted? ¿Sabe usted quién era mi padre? ¿Está usted?...—preguntó el joven cogiéndole del brazo al militar.

—Me parece que no me engaño; era don Rafael Ibarra.

—¡Sí, don Rafael Ibarra!—repitió el joven débilmente.

—¡Pues yo creía que usted lo sabía!—murmuró el militar con acento lleno de compasión, al leer lo que pasaba en el alma de Ibarra;—yo suponía que usted ... pero ¡tenga usted valor! ¡aquí no se puede ser honrado sin haber ido á la cárcel!

—Debo creer que no juega usted conmigo,—repuso Ibarra con voz débil, después de algunos instantes de silencio.—¿Podría usted decirme por qué estaba en la cárcel?

El anciano pareció reflexionar.

—A mí me extraña mucho que no le hayan enterado á usted de los negocios de su familia.

—Su última carta de hace un año me decía que no me inquietase si no me escribía, pues estaría muy ocupado: me recomendaba siguiese estudiando... ¡me bendecía!

—Pues entonces esa carta se la escribió á usted antes de morir: pronto hará un año que le enterramos en su pueblo.

—¿Por qué motivo estaba preso mi padre?

—Por un motivo muy honroso. Pero sígame usted, que tengo que ir al cuartel; se lo contaré andando. Apóyese usted en mi brazo.

Anduvieron por algún tiempo en silencio: el anciano parecía reflexionar y pedir inspiración á su perilla que acariciaba.

—Como usted sabe muy bien,—comenzó diciendo,—su padre era el más rico de la provincia, y aunque era amado y respetado de muchos, otros en cambio le odiaban ó envidiaban. Los españoles que venimos á Filipinas no somos desgraciadamente lo que debíamos: digo esto tanto por uno de sus abuelos de usted, como por los enemigos de su padre. Los cambios continuos, la desmoralización de las altas esferas, el favoritismo, lo barato y lo corto del viaje tienen la culpa de todo: aquí viene lo más perdido de la Península, y si llega uno bueno, pronto le corrompe el país. Pues bien, su padre de usted tenía entre los curas y los españoles muchísimos enemigos.

Aquí hizo una breve pausa.

—Meses después de su salida de usted, comenzaron los disgustos con el padre Dámaso, sin que yo pueda explicarme el verdadero motivo. Fray Dámaso le acusaba de no confesarse: antes tampoco se confesaba, y sin embargo eran muy amigos, como usted recordará aún. Además, don Rafael era un hombre muy honrado y más justo que muchos que confiesan y se confiesan: tenía para sí una moral muy rígida, y solía decirme cuando me hablaba de estos disgustos: «Señor Guevara, ¿cree usted que Dios perdona un crimen, un asesinato, por ejemplo, sólo con decirlo á un sacerdote, hombre al fin que tiene el deber de callarlo, y temer tostarse en el infierno, que es el acto de atrición? ¿con ser cobarde, desvergonzado sobre seguro? Yo tengo otra idea de Dios, decía; para mí, ni se corrige un mal con otro mal, ni se perdona con vanos lloriqueos, ni con limosnas á la Iglesia. Y me ponía este ejemplo: si yo he asesinado á un padre de familia, si he hecho de una mujer una viuda infeliz, y de unos alegres niños huérfanos desvalidos, ¿habré satisfecho á la eterna Justicia con dejarme ahorcar, confiar el secreto á uno que me lo ha de guardar, dar limosnas á los curas, que menos las necesitan, comprar la bula de composición ó lloriquear noche y día? ¿Y la viuda y los huérfanos? Mi conciencia me dice que debo sustituir en lo posible á la persona que he asesinado, consagrarme todo y por toda mi vida al bien de esta familia cuya desgracia hice, y aun así, ¿quién sustituye el amor del esposo y del padre?» Así razonaba su padre de usted, y con esta moral severa obraba siempre, y se puede decir que jamás ha ofendido á nadie; por el contrario, procuraba borrar con buenas obras ciertas injusticias que él decía habían cometido sus abuelos. Pero volviendo á sus disgustos con el cura, éstos tomaban mal carácter; el padre Dámaso le aludía desde el púlpito, y si no le nombraba claramente era un milagro, pues de su carácter todo se podía esperar. Yo preveía que tarde ó temprano la cosa iba á terminar mal.

El viejo teniente volvió á hacer otra breve pausa.

—Recorría entonces su provincia un exartillero, arrojado de las filas por demasiado bruto é ignorante... Como el hombre tenía que vivir, y no le era permitido dedicarse á trabajos corporales que podrían dañar á nuestro prestigio, obtuvo de no sé quién el empleo de recaudar impuestos sobre vehículos. El infeliz no había recibido educación ninguna, y los indios lo conocieron bien pronto: para ellos es un fenómeno un español que no sabe leer ni escribir. Todo era burlarse del desgraciado, que pagaba con sonrojos el impuesto que cobraba, y conocía que era objeto de burla, lo cual agriaba más su carácter, rudo y malo ya de antemano. Dábanle intencionadamente lo escrito al revés; él hacía ademán de leerlo y firmaba en donde veía blanco con unos garabatos que le representaban con propiedad. Los indios pagaban, pero se burlaban; él tragaba saliva, pero cobraba, y en esta disposición de ánimo no respetaba á nadie, y con su padre de usted había llegado á cambiar muy duras palabras.

Sucedió que un día, mientras daba vueltas á un papel, que en una tienda le habían entregado, deseando ponerlo al derecho, un chico de la escuela empezó á hacer señas á sus compañeros, á reirse y señalarle con el dedo. El hombre oía las risas, y veía la burla retozar en los serios semblantes de los presentes; perdió la paciencia, volvióse rápidamente, y empezó á perseguir á los muchachos que corrieron gritando: ba, be, bi, bo, bu. Ciego de ira y no pudiendo darles alcance, les arroja su bastón que hiere á uno en la cabeza y le derriba; corre entonces á él, le patea, y ninguno de los presentes que se burlaban tuvo el valor de intervenir. Por desgracia pasaba por allí su padre; indignado, corre hacia el cobrador, le coge del brazo y le increpa duramente. Este que, sin duda, veía todo rojo, levanta la mano, pero su padre no le dió tiempo, y con esa fuerza que delata al nieto de los vascongados... unos dicen que le pegó, otros que se contentó con empujarle; el caso es que el hombre vaciló, cayó á algunos pasos dando de cabeza contra una piedra. Don Rafael levanta tranquilamente al niño herido y lo lleva al tribunal. El exartillero arrojaba sangre por la boca y ya no volvió en sí, muriendo algunos minutos después. Como era natural, intervino la justicia, su padre de usted fué preso y todos los enemigos ocultos se levantaron entonces. Llovieron las calumnias, se le acusó de filibustero y hereje: ser hereje es en todas partes una gran desgracia, sobre todo en aquella época, cuando la provincia tenía por alcalde á un hombre que hacía gala de devoción, que con sus criados rezaba en la iglesia en voz alta el rosario, quizás para que le oyesen todos y rezasen con él; pero ser filibustero es peor que ser hereje y matar tres cobradores de impuestos que saben leer, escribir y hacer distinciones. Todos le abandonaron; sus papeles y libros fueron recogidos. Se le acusó por suscribirse á El Correo de Ultramar y á periódicos de Madrid, por haberle á usted enviado á la Suiza alemana, por habérsele encontrado cartas y el retrato de un ajusticiado sacerdote y ¿qué sé yo más? De todo se deducían acusaciones, hasta del uso de la camisa, siendo él descendiente de peninsulares. A haber sido otro, su padre de usted acaso hubiera salido pronto libre, pues hubo un médico que atribuyó la muerte del desgraciado cobrador á una congestión; pero su fortuna, su confianza en la justicia, y su odio á todo lo que no era legal ni justo, le perdieron. Yo mismo, á pesar de mi repugnancia á implorar la merced de nadie, me presenté al Capitán General, al antecesor del que tenemos: le hice presente que no podía ser filibustero quien acoge á todo español, pobre ó emigrado, dándoles techo y mesa, y en cuyas venas hierve aún la generosa sangre española; en vano respondí con mi cabeza, juré por mi pobreza y mi honor militar, y sólo conseguí ser mal recibido, peor despedido y el apodo de chiflado.

El viejo se detuvo para tomar aliento, y viendo el silencio de su compañero que escuchaba sin mirarle, prosiguió:

—Hice las diligencias del pleito por encargo de su padre. Acudí al célebre abogado filipino, el joven A,—pero rehusó encargarse de la causa—«Yo la perdería», me dijo. «Mi defensa sería un motivo de nueva acusación para él y quizás para mí. Acuda usted al señor M, que es un orador vehemente, de fácil palabra, peninsular y que goza de muchísimo prestigio.» Así lo hice, y el célebre abogado se encargó de la causa, que defendió con maestría y brillantez. Pero los enemigos eran muchos y algunos ocultos y desconocidos. Los falsos testigos abundaban, y sus calumnias, que en otra parte se hubieran disipado á una frase irónica ó sarcástica del defensor, aquí tomaban cuerpo y consistencia. Si el abogado conseguía anularlos poniéndolos en contradicción entre sí y consigo mismos, pronto renacían otras acusaciones. Le acusaron de haberse apoderado injustamente de muchos terrenos, le pidieron indemnización de daños y perjuicios; dijeron que mantenía relaciones con los tulisanes para que sus sembrados y animales fueran respetados. Al fin, embrollóse el asunto de tal manera, que al cabo de un año ya nadie se entendía. El alcalde tuvo que dejar su puesto; vino otro que tenía fama de recto, pero éste, por desgracia, apenas estuvo meses; y el que le sucedió amaba demasiado los buenos caballos.

Los sufrimientos, los disgustos, las incomodidades de la prisión, ó el dolor de ver á tantos ingratos, alteraron su salud de hierro, y enfermó de ese mal que sólo la tumba cura. Y cuando todo iba á terminarse, cuando iba á salir absuelto de la acusación de enemigo de la Patria y de la muerte del cobrador, murió en la cárcel sin tener á su lado á nadie. Yo llegué para verle expirar.

El viejo se calló; Ibarra no dijo una sola palabra. Entre tanto habían llegado á la puerta del cuartel. El militar se detuvo y tendiéndole la mano, le dijo:

—Joven, los pormenores pídaselos usted á capitán Tiago. Ahora, ¡buenas noches! es menester que vea si ocurre algo nuevo.

Ibarra estrechó con efusión, en silencio, aquella mano descarnada, y en silencio le siguió con los ojos hasta que desapareció.

Volvióse lentamente y vió un coche que pasaba; hizo una seña al cochero.

—¡Fonda de Lala!—dijo con acento apenas inteligible.

—Este debe venir del calabozo,—pensó el cochero dando un latigazo á sus caballos.

V. Una estrella en noche obscura

Ibarra subió á su cuarto que da al río, y dejóse caer sobre un sillón, mirando al espacio que se ensanchaba delante de él, gracias á la abierta ventana.

La casa de enfrente, á la otra orilla, estaba profusamente iluminada y llegaban hasta él alegres acordes de instrumentos, de cuerda en su mayor parte.—Si el joven hubiera estado menos preocupado, si, más curioso, hubiese querido ver con la ayuda de unos gemelos lo que pasaba en aquella atmósfera de luz, habría admirado una de esas fantásticas visiones, una de esas apariciones mágicas que á veces se ven en los grandes teatros de Europa, en que á las apagadas melodías de una orquesta se veía aparecer en medio de una lluvia de luz, de una cascada de diamantes y oro, en una decoración oriental, envuelta en vaporosa gasa, una deidad, una sílfide que avanza sin tocar casi el suelo, rodeada y acompañada de un luminoso nimbo: á su presencia brotan las flores, retoza la danza, se despiertan armonías, y coros de diablos, ninfas, sátiros, genios, zagalas, ángeles y pastores bailan, agitan panderetas, hacen evoluciones y depositan á los pies de la diosa cada cual un tributo. Ibarra habría visto una joven hermosísima, esbelta, vestida con el pintoresco traje de las hijas de Filipinas, en el centro de un semicírculo formado de toda clase de personas, gesticulando y moviéndose con animación: allí había chinos, españoles, filipinos, militares, curas, viejas, jóvenes, etc. El padre Dámaso estaba al lado de aquella beldad; el padre Dámaso sonreía como un bienaventurado; fray Sibyla, el mismo fray Sibyla le dirigía la palabra, y doña Victorina arreglaba en la magnífica cabellera de la joven una sarta de perlas y brillantes que reflejaban los hermosísimos colores del prisma. Ella era blanca, demasiado blanca tal vez; los ojos, que casi siempre los tenía bajos, enseñaban un alma purísima cuando los levantaba, y cuando ella sonreía y descubría sus blancos y pequeños dientes, podía decirse que una rosa es sencillamente un vegetal, y el marfil, un colmillo de elefante. Entre el tejido transparente de la piña y alrededor de su blanco y torneado cuello pestañeaban, como dicen los tagalos, los alegres ojos de un collar de brillantes. Un solo hombre no parecía sentir su influencia luminosa, si se puede decir: era éste un joven franciscano, delgado, demacrado, pálido, que la contemplaba inmóvil, desde lejos, como una estatua, casi sin respirar.

Pero Ibarra no veía nada de esto: sus ojos veían otra cosa. Cuatro desnudos y sucios muros encerraban un pequeño espacio; en uno de aquéllos, allá arriba, había una reja; sobre el sucio y asqueroso suelo, una estera, y sobre la estera un anciano agonizando: el anciano, que respiraba con dificultad, volvía á todas partes la vista y pronunciaba llorando un nombre; el anciano estaba solo; se oía de cuando en cuando el ruido de una cadena ó un gemido al través de la pared... y luego allá á lo lejos un alegre festín, casi una bacanal, un joven ríe, grita, derrama el vino sobre las flores á los aplausos y á la embriagada risa de los demás. ¡Y el anciano tenía las facciones de su padre, el joven se le parecía á él, y el nombre que aquél pronunciaba llorando era el suyo!

Esto era lo que veía el desgraciado delante de sí. Se apagaron las luces en la casa de enfrente, cesó la música y el ruido, pero Ibarra oía aún el angustiado grito de su padre, buscando un hijo en su última hora.

El silencio había soplado su hueco aliento sobre Manila, y todo parecía dormir en los brazos de la nada; oíase el canto del gallo alternar con los relojes de las torres y con el melancólico grito de alerta del aburrido centinela; un pedazo de luna empezaba á asomarse; todo parecía descansar; sí, el mismo Ibarra dormía ya también, cansado quizás de sus tristes pensamientos ó del viaje.

Pero el joven franciscano, que vimos hace poco inmóvil y silencioso en medio de la animación de la sala, no dormía, velaba. Con el codo sobre el antepecho de la ventana de su celda, el pálido y enflaquecido rostro apoyado en la palma de su mano, miraba silencioso á lo lejos una estrella que brillaba en el obscuro cielo. La estrella palideció y se eclipsó, la luna perdió sus pocos fulgores de luna menguante; pero el fraile no se movió de su sitio: miraba al lejano horizonte que se perdía en la bruma de la mañana, hacia el campo de Bagumbayan, hacia el mar que dormía aún.

VI. Capitán Tiago

¡Hágase tu voluntad en la tierra!

Mientras nuestros personajes duermen ó se desayunan, vamos á ocuparnos de capitán Tiago. No hemos sido jamás convidado suyo; no tenemos, pues, el derecho ni el deber de despreciarle haciendo caso omiso de él, aun en circunstancias importantes.

Bajo de estatura, claro de color, redondo de cuerpo y de cara gracias á una abundancia de grasa, que, según sus admiradores, le venía del cielo, de la sangre de los pobres según sus enemigos, capitán Tiago aparecía más joven de lo que realmente era: le hubieran creido de treinta á treinta y cinco años de edad. La espresión de su rostro era constantemente beatífica en la época á que se refiere nuestra narración. Su cráneo, redondo, pequeñito y cubierto de un pelo negro como el ébano, largo por delante y muy corto por detrás, contenía muchas cosas, según dicen, dentro de su cavidad; sus ojos pequeños, pero no achinados, no cambiaban jamás de espresión; su nariz era fina y no chata, y si su boca no hubiese estado desfigurada por el abuso del tabaco y del buyo, cuyo sapá reuniéndose en un carrillo alteraba la simetría de sus facciones, diríamos que hacía muy bien en creerse y venderse por un hombre bonito. Sin embargo de aquel abuso, conservaba siempre blancos sus propios dientes y los dos que le prestó el dentista, á razón de doce duros pieza.

Se le consideraba como uno de los más ricos propietarios de Binondo y uno de los más importantes hacenderos por sus terrenos en la Pampanga y en la Laguna de Bay, principalmente en el pueblo de san Diego, cuyo canon ó arriendo cada año subía. San Diego era el pueblo favorito suyo por sus agradables baños, famosa gallera y los recuerdos que de él conserva: allí pasaba cuando menos dos meses del año.

Capitán Tiago tenía muchas fincas en Santo Cristo, en la calle de Anloague y en la del Rosario; la contrata del opio la explotaban él y un chino, y ocioso es decir que sacaban grandísimos beneficios. Daba de comer á los presos de Bilibid, y zacate á muchas casas principales de Manila, mediante contratas, se entiende. En bien con todas las autoridades, hábil, flexible y hasta audaz tratándose de especular con las necesidades de los demás, era el único y temible rival de un tal Pérez en cuanto á arriendos y subastas de cargos ó empleos, que el Gobierno de Filipinas confía siempre á manos particulares. Así que en la época de estos acontecimientos, capitán Tiago era un hombre feliz en cuanto puede ser feliz un hombre de pequeño cráneo en aquellas tierras; era rico, estaba en paz con Dios, con el Gobierno y con los hombres.

Que estaba en paz con Dios, era indudable, casi dogmático: motivos no había para estar mal con el buen Dios cuando se está bien en la tierra, cuando no se ha comunicado con Él jamás, ni se Le ha prestado dinero. Nunca se había dirigido á Él en sus oraciones, ni aún en sus más grandes apuros: era rico y su oro oraba por él: para misas y rogativas Dios había criado poderosos y altivos sacerdotes; para novenas y rosarios, Dios en su infinita bondad había criado pobres para bien de los ricos, pobres que por un peso son capaces de rezar dieciséis misterios y leer todos los libros santos, hasta la Biblia hebraica si aumentan el pago; y si alguna vez en un grande apuro necesitaba auxilios celestiales y no encontraba á mano ni una vela roja de chino, dirigíase á los santos y santas de su devoción, prometiéndoles muchas cosas para obligarlos y acabarlos de convencer de la bondad de sus deseos. Pero á quien más prometía y cumplía su promesa, era á la Virgen de Antipolo, Nuestra Señora de la Paz y de Buenviaje, pues con ciertos santos pequeños no andaba el hombre ni muy puntual ni decente: á veces, conseguido lo que deseaba, no volvía á acordarse de ellos, verdad es que tampoco los volvía á molestar, si se le presentaba ocasión: capitán Tiago sabía que en el calendario había muchos santos desocupados, que acaso no tienen qué hacer allá en el cielo. A la Virgen de Antipolo, además, atribuía mayor poder y eficacia que á todas las otras Vírgenes, ya lleven bastones de plata, ya Niños Jesús desnudos ó vestidos, ya escapularios, rosarios ó correas; quizás se debe esto á la fama de ser aquélla una señora muy severa, muy cuidadosa de su nombre, enemiga de la fotografía, según el Sacristán mayor de Antipolo, y que, cuando se enfada, se pone negra como el ébano, y á que las otras Vírgenes son más blandas de corazón, más indulgentes: sabido es que ciertas almas aman más á un rey absoluto que á uno constitucional; díganlo Luis XIV y Luis XVI, Felipe II y Amadeo I. Por esta razón acaso se debe el verse también, en el famoso santuario andar de rodillas á moros infieles y hasta españoles; sólo que no se explica el por qué se escapan los curas con el dinero de la terrible Imagen, se van á América y allá se casan.

Aquella puerta de la sala, oculta por una cortina de seda, conduce á una pequeña capilla ú oratorio, que no debe faltar en ninguna casa filipina: allí están los dioses lares de capitán Tiago, y decimos dioses lares, porque este señor más bien estaba por el politeismo que por el monoteismo, que jamás había comprendido. Allí se ven imágenes de la Sagrada Familia con el busto y las extremidades de marfil, ojos de cristal, largas pestañas y cabellera rubia rizada, primores de la escultura de Santa Cruz. Cuadros pintados al óleo por los artistas de Paco y Hermita, representan martirios de santos, milagros de la Virgen, etc.; Santa Lucía mirando al cielo y llevando en un plato otros dos ojos con pestañas y cejas, como los que se ven pintados en el triángulo de la Trinidad ó en los sarcófagos egipcios; san Pascual Bailón, san Antonio de Padua con hábito de guingón, contemplando lloroso á un Niño Jesús vestido de Capitán general, tricornio, sable y botas como en el baile de niños de Madrid: esto para el capitán Tiago significaba que aunque Dios añadiese á su poder el de un Capitán general de Filipinas, siempre jugarían con él los franciscanos como con una muñeca. Vénse también un san Antonio Abad con un cerdo al lado, cerdo que para el digno capitán era tan milagroso como el santo mismo, por cuya razón no se atrevía á llamarle cerdo, sino criatura del santo señor san Antonio; un san Francisco de Asís con siete alas y el hábito color de café colocado encima de un san Vicente que no tiene más que dos, pero en cambio lleva un cornetín, un san Pedro Mártir con la cabeza partida con un talibón de malhechor, empuñado por un infiel puesto de rodillas, al lado de un san Pedro que corta la oreja á un moro, Malco sin duda, que se muerde los labios y hace contorsiones de dolor, mientras un gallo sasabungin canta y bate las alas sobre una columna dórica, de lo cual deducía capitán Tiago que para ser santo lo mismo era partir que ser partido. ¿Quién puede enumerar aquel ejército de imágenes y decir las cualidades y perfecciones que allí se atesoran? ¡No tendríamos bastante con un capítulo! Sin embargo, no pasaremos en silencio un hermoso san Miguel de madera dorada y pintada, casi de un metro de altura: el arcángel, mordiéndose el labio inferior, tiene los ojos encendidos, la frente arrugada y las mejillas de rosa; embraza un escudo griego y blande en la diestra un kris joloano, dispuesto á herir al devoto ó al que se acerque (según se deduce de su actitud y mirada) más bien que al demonio rabudo y con cuernos que hinca los colmillos en su pierna de doncella. Capitán Tiago no se le acercaba jamás temiendo un milagro. ¿Cuántas y cuántas veces no se ha animado más de una imagen, por peor tallada que fuese como las que salen de las carpinterías de Paete, para confusión y castigo de los pescadores descreidos? Es fama que tal Cristo de España, invocado como testigo de promesas de amor, asintió con movimiento de cabeza delante del juez, que otro Cristo se desclavó el brazo derecho para abrazar á santa Lutgarda ¿y qué? ¿no había él leido un librito, publicado recientemente sobre un sermón mímico, predicado por una imagen de santo Domingo en Soriano? El santo no dijo una sola palabra, pero de sus gestos se dedujo ó dedujo el autor del librito que anunciaba el fin del mundo No se decía también que la Virgen de Luta del pueblo de Lipa tenía una mejilla más hinchada que la otra, y enlodados los bordes del vestido? ¿No es esto probar matemáticamente que las sagradas imágenes también se dan paseos sin levantar el vestido y hasta padecen dolores de muelas, acaso por causa nuestra? No había él visto por sus propios ojitos á los Cristos todos en el sermón de las Siete Palabras mover y doblar la cabeza á compás de tres veces, provocando el llanto y los gritos de todas las mujeres y almas sensibles destinadas al cielo? ¿Más? Nosotros mismos hemos visto al predicador enseñar al público, en el momento del descenso de la cruz, un pañuelo manchado de sangre, é íbamos ya á llorar piadosamente, cuando, para desgracia de nuestra alma, nos aseguró un sacristán que aquello era broma: era la sangre de una gallina, asada y comida incontinenti á pesar de ser Viernes santo... y el sacristán estaba grueso. Capitán Tiago, pues, á fuer de hombre prudente y religioso, evita aproximarse al kris de san Miguel;—¡Huyamos de las ocasiones! decía para sí; ya sé que es un arcángel, pero ¡no, no me fío, no me fío!

No pasaba un año sin concurrir con una orquesta á la opulenta romería de Antipolo: entonces costeaba dos misas de gracia de las muchas que forman los tres novenarios y los otros días en que no hay novenarios, y se bañaba después en el renombrado batis ó fuente, donde la misma sagrada Imagen se bañara. Las personas devotas ven aún la huella de los pies y el rastro de los cabellos en la dura peña, al enjugarlos, precisamente como una mujer cualquiera que gasta aceite de coco, y como si sus cabellos fuesen de acero ó de diamante, y pesase mil toneladas. Nosotros desearíamos que la terrible Imagen sacudiese una vez su sagrada cabellera á los ojos de estas personas devotas, y les pusiese el pie sobre la lengua ó la cabeza.—Allí, junto á esa misma fuente, capitán Tiago debe comer lechón asado, sinigang de dalag con hojas de alibambang y otros guisos más ó menos apetitosos. Las dos misas le venían á costar algo más de cuatrocientos pesos, pero resultaban baratas si se ha de considerar la gloria que la Madre de Dios adquiere con las ruedas de fuego, cohetes, bombas y morteretes ó bersos como allí se llaman, si se han de calcular las grandes ganancias, que, merced á estas misas, había de conseguir en el resto del año.

Pero Antipolo no era el único teatro de su ruidosa devoción. En Binondo, en la Pampanga y en el pueblo de san Diego, cuando tenía que jugar un gallo con grandes apuestas, enviaba al cura monedas de oro para misas propiciatorias, y, como los romanos que consultaban sus augures antes de una batalla dando de comer á los pollos sagrados, capitán Tiago consultaba también los suyos con las modificaciones propias de los tiempos y de las nuevas verdades. Él observaba la llama de las velas, el humo del incienso, la voz del sacerdote etc., y del tono procuraba deducir su futura suerte. Es una creencia admitida que capitán Tiago pierde pocas apuestas, y éstas se deberían á que el oficiante estaba ronco, había pocas luces, los cirios tenían mucho sebo, ó que se había deslizado entre las monedas una falsa, etc., etc.: el celador de una cofradía le aseguraba que aquellos desengaños eran pruebas, á que le sometía el cielo para asegurarse más de su fe y devoción. Querido de los curas, respetado de los sacristanes, mimado por los chinos cereros y los pirotécnicos ó castilleros el hombre era feliz en la religión de esta tierra, y personas de carácter y gran piedad le atribuyen también gran influencia en la Corte celestial.

Que estaba en paz con el Gobierno, no hay que dudarlo, por difícil que la cosa pareciese. Incapaz de imaginarse un pensamiento nuevo, y contento con su modus vivendi, siempre estaba dispuesto á obedecer al último oficial quinto de todas las oficinas, á regalar piernas de jamón, capones, pavos, frutas de China en cualquiera estación del año. Si oía hablar mal de los naturales, él, que no se consideraba como tal, hacía coro y hablaba peor; si se criticaba á los mestizos sangleyes ó españoles, criticaba él también acaso porque se creyese ya ibero puro. Era el primero en aplaudir toda imposición ó contribución, máxime cuando olía una contrata ó un arriendo detrás. Siempre tenía orquestas á mano para felicitar y dar enfrentadas á toda clase de gobernadores, alcaldes, fiscales, etc., etc., en sus días, cumpleaños, nacimiento ó muerte de un pariente, en cualquiera alteración, en fin, de la monotonía habitual. Encargaba para esto versos laudatorios, himnos en que se celebraba al suave y cariñoso gobernador, valiente y esforzado alcalde que le espera en el cielo la palma de los justos (ó palmeta) y otras cosas más.

Fué gobernadorcillo del rico gremio de mestizos, á pesar de la protesta de muchos que no le tenían por tal. En los dos años de su mando estropeó diez fracs, otros tantos sombreros de copa y media docena de bastones: el frac y el sombrero de copa en el Ayuntamiento, en Malacañang y en el cuartel; el sombrero de copa y el frac en la gallera, en el mercado, en las procesiones, en las tiendas de los chinos, y debajo del sombrero y dentro del frac, capitán Tiago sudando con la esgrima del bastón de borlas, disponiendo, arreglando y descomponiéndolo todo con una actividad pasmosa y una seriedad más pasmosa todavía. Así que las Autoridades veían en él un hombre, dotado de la mejor voluntad, pacífico, sumiso, obediente, agasajador, que no leía ningún libro ni periódico de España, aunque hablaba bien el español; le miraban con el sentimiento con que un pobre estudiante contempla el gastado tacón de su zapato viejo, torcido gracias á su modo de andar.—Para él resultaban verdaderas ambas frases cristiana y profana de beati pauperes spiritu y beati possidentes y muy bien se le podía aplicar aquella, según algunos, equivocada traducción del griego: ¡‘Gloria á Dios en las alturas y paz á los hombres de buena voluntad en la tierra’! pues, como veremos más adelante, no basta que los hombres tengan buena voluntad para vivir en paz. Los impíos le tomaban por tonto, los pobres por despiadado, cruel explotador de la miseria, y sus inferiores por déspota y tirano. ¿Y las mujeres? ¡Ah, las mujeres! Rumores calumniosos zumban en las miserables casas de nipa y se asegura oirse lamentos, sollozos, mezclados á veces con los vagidos de un infante. Más de una joven es señalada por el dedo malicioso de los vecinos: tiene la mirada indiferente y el seno marchito. Pero estas cosas no le quitan el sueño; ninguna joven turba su paz; una vieja es la que le hace sufrir, una vieja que le hace la competencia en devoción, y que ha merecido de muchos curas más entusiastas alabanzas y encomios que él en sus mejores días consiguiera. Entre capitán Tiago y esta viuda, heredera de hermanos y sobrinos, existe una santa emulación, que redunda en bien de la Iglesia, como la competencia de los vapores de la Pampanga redundaba entonces en bien del público. ¿Regala capitán Tiago un bastón de plata con esmeraldas y topacios á una Virgen cualquiera? pues ya está doña Patrocinio encargando otro de oro y con brillantes al platero Gadáunez; que en la procesión de la Naval capitán Tiago levantó un arco con dos fachadas, de tela abollonada, con espejos, globos de cristal, lámparas y arañas, pues doña Patrocinio tendrá otro con cuatro fachadas, dos varas más alto, más colgajos y pelendengues. Pero entonces él acude á su fuerte, á su especialidad, á las misas con bombas y fuegos artificiales, y doña Patrocinio tiene que morderse con sus encías los labios, pues, excesivamente nerviosa, no puede soportar el repiqueteo de las campanas y menos las detonaciones. Mientras él sonríe, ella piensa en su revancha y paga con el dinero de los otros á los mejores oradores de las cinco Corporaciones de Manila, á los más famosos canónigos de la Catedral y hasta á los Paulistas para predicar en los días solemnes sobre temas teológicos y profundísimos á los pecadores que sólo comprenden lengua de tienda. Los partidarios de capitán Tiago han observado que ella se duerme durante el sermón, pero los partidarios de ella contestan que el sermón está ya pagado, y por ella, y en todas las cosas pagar es lo primordial. Ultimamente le anonadó regalando á una iglesia tres andas de plata con dorados, cada uno de los cuales le costará más de tres mil pesos. Capitán Tiago espera que esta anciana acabe de respirar el mejor día ó que pierda cinco ó seis de sus pleitos, para servir solo á Dios; desgraciadamente los defienden los mejores abogados de la Real Audiencia, y en cuanto á su salud, no tiene por donde cogerla la enfermedad: parece un alambre de acero, sin duda para edificación de las almas, y se agarra á este valle de lágrimas con la tenacidad de una erupción de la piel. Sus partidarios tienen la confianza segura de que á su muerte será canonizada, y de que capitán Tiago mismo la ha de venerar aún en los altares, lo que él acepta y promete con tal de que muera pronto.

Así era capitán Tiago en aquel entonces. En cuanto á su pasado era el hijo único de un azucarero de Malabón, bastante acaudalado, pero tan avaro que no quiso gastar un cuarto para educar á su hijo, por cuyo motivo fué Santiaguillo criado de un buen dominico, hombre muy virtuoso, que procuraba enseñarle todo lo bueno que podía y sabía. Cuando iba á tener la felicidad de que sus conocidos le llamasen lógico, esto es, cuando iba á estudiar lógica, la muerte de su protector, seguida de la de su padre, dió fin á sus estudios, y entonces tuvo que dedicarse á los negocios. Casóse con una hermosa joven de Santa Cruz que le ayudó á hacer su fortuna y le dió su posición social. Doña Pía Alba no se contentó con comprar azúcar, café y añil: quiso sembrar, y compró el nuevo matrimonio terreno en San Diego, datando de ahí sus amistades con el P. Dámaso y D. Rafael Ibarra, el más rico capitalista del pueblo.

La falta de heredero en los seis primeros años de matrimonio hacía de aquel afán por acumular riquezas casi una censurable ambición, y, sin embargo, doña Pía era esbelta, robusta y bien formada. En vano hizo novenarios; visitó por consejo de las devotas de san Diego á la Virgen de Caysasay en Taal; dió limosnas; bailó en la procesión en medio del sol de Mayo delante de la Virgen de Turumba en Pakil: todo fué en vano, hasta que fray Dámaso le aconsejó se fuera á Obando, y allí bailó en la fiesta de san Pascual Bailón, y pidió un hijo. Sabido es que en Obando hay una Trinidad que concede hijos é hijas á elección: Nuestra Señora de Salambau, santa Clara y san Pascual. Gracias á este sabio consejo, doña Pía se sintió madre... ¡Ay! como el pescador de que habla Shakespeare en Macbeth, el cual cesó de cantar cuando encontró un tesoro, ella perdió la alegría, se puso muy triste y no se la vió ya más sonreír.—¡Cosas de antojadizas! decían todos, hasta capitán Tiago. Una fiebre puerperal concluyó con sus tristezas, dejando huérfana una hermosa niña que llevó á la pila el mismo fray Dámaso; y como san Pascual no dió el niño que se le pedía, le pusieron los nombres de María-Clara en honor de la Virgen de Salambau y de santa Clara, castigando con el silencio al honrado san Pascual Bailón. La niña creció á los cuidados de la tía Isabel, aquella anciana de urbanidad frailuna que vimos al principio: vivía la mayor parte del año en san Diego por su saludable clima y allí fray Dámaso le hacía fiestas.

María Clara no tenía los pequeños ojos de su padre: como su madre, los tenía grandes, negros, sombreados por largas pestañas, alegres y risueños cuando jugaba, tristes, profundos y pensativos cuando no sonreía. De niña su rizada cabellera tenía un color casi rubio; su nariz, de un correcto perfil, ni era muy afilada ni chata; la boca recordaba la pequeña y graciosa de su madre con los alegres hoyuelos de las mejillas; su piel tenía la finura de una capa de cebolla y la blancura del algodón al decir de sus enloquecidos parientes, que encontraban el rasgo de paternidad de capitán Tiago en las pequeñas y bien modeladas orejas de María-Clara.

Tía Isabel atribuía aquellas facciones semieuropeas á antojos de doña Pía; recordaba haberla visto muchas veces en los primeros meses de la gestación llorar delante de San Antonio; otra prima de capitán Tiago era del mismo parecer, sólo que difería en la elección del santo; para ella ó era la Virgen ó San Miguel. Un famoso filósofo, primo de capitán Tinong y que sabía el Amat de memoria, buscaba la explicación en influencias planetarias.

María Clara, ídolo de todos, creció entre sonrisas y amores. Los mismos frailes la festejaban cuando en las procesiones la vestían de blanco, la abundante y rizada cabellera entretejida de sampagas y azucenas, con dos alitas de plata y oro pegadas á la espalda del traje, y dos palomas blancas en la mano, atadas con cintas azules. Y luego, era tan alegre, tenía una charla tan cándidamente infantil, que capitán Tiago, loco de amor, no hacía más que bendecir á los Santos de Obando y aconsejar á todos la adquisición de hermosas esculturas.

En los países meridionales, la niña á los trece ó catorce años se hace mujer, como el capullo de la noche, flor á la siguiente mañana. En ese periodo de transición, lleno de misterios y romanticismo, entró María Clara por consejos del cura de Binondo en el Beaterio de Santa Catalina para recibir de las monjas la severa educación religiosa. Con lágrimas se despidió del padre Dámaso y del único amigo con quien había jugado en su niñez, de Crisóstomo Ibarra, que después partió también para Europa. Allí, en aquel convento que se comunica con el mundo al través de una doble reja, y todavía bajo la vigilancia de la Madre Escucha, vivió ella siete años.—Cada uno con sus miras particulares y comprendiendo la mutua inclinación de los jóvenes, don Rafael y capitán Tiago concertaron la unión de sus hijos y formaron una razón social. Este acontecimiento, que tuvo lugar algunos años después de la partida del joven Ibarra, fué celebrado con igual júbilo por dos corazones cada uno en un extremo del mundo y en muy diferentes circunstancias.

VII. Idilio en una azotea

El Cantar de los Cantares.

Temprano habían ido aquella mañana á misa tía Isabel y María Clara: ésta vestida elegantemente, con un rosario de cuentas azules que medio le servía de brazalete, y aquélla con sus anteojos para leer el «Ancora de Salvación», durante el Santo Sacrificio.

Apenas desapareció el sacerdote del altar, la joven manifestó deseos de retirarse, con gran sorpresa y disgusto de la buena tía que creía á su sobrina piadosa y amiga del rezo, como una monja cuando menos. Refunfuñando y haciéndose cruces se levantó la buena anciana. «¡Bah! ya me perdonará el buen Dios, que debe conocer el corazón de las muchachas mejor que usted, tía Isabel», le hubiera dicho para cortar sus severos, pero al fin maternales sermones.

Ahora se han desmayado ya, y María Clara distrae su impaciencia tejiendo un bolsillo de seda, mientras la tía quiere borrar los rastros de la fiesta anterior, empezando á manejar el plumero. Capitán Tiago examina y repasa unos papeles.

Cada ruido en la calle, cada coche que pasaba hacían palpitar el seno de la virgen y la estremecían. ¡Ah, ahora desea estar otra vez en su tranquilo beaterio, entre sus amigas! ¡Allí le podría ver sin temblar, sin turbarse! Pero ¿no era él tu amigo de la infancia, no jugabais tantos juegos y hasta reñíais á veces? El por qué de estas cosas no lo he de decir; si tú que me lees has amado, lo comprenderás, y si no, es inútil que te lo diga: los profanos no comprenden estos misterios.

—Yo creo, María, que el médico tiene razón,—dice capitán Tiago.—Debes ir á provincias, estás muy pálida, necesitas buenos aires. ¿Qué te parece, Malabón... ó San Diego?

A este último nombre, María Clara, se puso roja como una amapola y no pudo contestar.

—Ahora iréis Isabel y tú al beaterio para sacar tus ropas y despedirte de tus amigas,—continuó capitán Tiago sin levantar la cabeza;—ya no volverás á entrar en él.

María Clara sintió esa vaga melancolía que se apodera del alma cuando se deja para siempre un lugar en donde fuimos felices, pero otro pensamiento amortiguó este dolor.

—Y dentro de cuatro ó cinco días, cuando tengas ropa nueva, nos iremos á Malabón... Tu padrino ya no está en San Diego; el cura que viste aquí anoche, aquel padre joven, es el nuevo cura que tenemos allá, es un santo.

—¡Le prueba San Diego mejor, primo!—observó la tía Isabel;—además, la casa que allá tenemos es mejor; y se acerca la fiesta.

María Clara quería dar un abrazo á su tía, pero oyó pararse un coche y se puso pálida.

—¡Ah, es verdad!—contestó capitán Tiago, y cambiando de tono, añadió:

—¡Don Crisóstomo!

María Clara dejó caer la labor que tenía entre las manos; quiso moverse, pero no pudo: un estremecimiento nervioso recorría su cuerpo. Se oyeron pasos en las escaleras, y después, una voz fresca, varonil. Como si esta voz hubiese tenido un poder mágico, la joven se sustrajo á su emoción y echóse á correr, escondiéndose en el oratorio donde estaban los santos. Los dos primos se echaron á reir, é Ibarra oyó aún el ruido de una puerta que se cerraba.

Pálida, respirando aceleradamente, la joven se comprimió el palpitante seno y quiso escuchar. Oyó la voz, aquella voz tan querida, que hacía tiempo sólo oía en sueños; él preguntaba por ella. Loca de alegría besó al santo que encontró más cerca, á San Antonio Abad ¡santo feliz, en vida y en madera, siempre con hermosas tentaciones! Después buscó un agujero, el de la cerradura, para verle y examinarle: y sonreía, y cuando su tía la sacó de su contemplación, sin saber lo que se hacía, se colgó del cuello de la anciana y la llenó de repetidos besos.

—Pero, tonta, ¿qué te pasa?—pudo al fin decir la anciana enjugándose una lágrima de sus marchitos ojos.

María Clara se avergonzó y se tapó los ojos con el redondo brazo.

—¡Vamos, arréglate, ven!—añadió la anciana en tono cariñoso.—Mientras él habla con tu padre de ti... ven, y no te hagas esperar.

La joven se dejó llevar como una niña, y allá se encerraron en su aposento.

Capitán Tiago é Ibarra hablaban animadamente cuando apareció la tía Isabel, medio arrastrando á su sobrina, que dirigía la vista á todas partes, menos á las personas...

¿Qué se dijeron aquellas dos almas, qué se comunicaron en ese lenguaje de los ojos, más perfecto que el de los labios, lenguaje dado al alma para que el sonido no turbe el éxtasis del sentimiento? En esos instantes, cuando los pensamientos de los felices seres se compenetran al través de las pupilas, la palabra es lenta, grosera, débil, es como el ruido bronco y torpe del trueno á la deslumbradora luz y la rapidez de la centella: expresa un sentimiento ya conocido, una idea ya comprendida, y si se usa de ella es porque la ambición del corazón, que domina todo el sér, y que rebosa de felicidad, quiere que todo el organismo humano con todas sus facultades físicas y psíquicas manifieste el poema de alegrías que entona el espíritu. A la pregunta de amor de una mirada que brilla ó se vela, no tiene respuestas el idioma: responden la sonrisa, el beso ó el suspiro.

Y después, cuando la enamorada pareja, huyendo del plumero de la tía Isabel que levanta el polvo, se fueron á la azotea para departir en libertad entre los pequeños emparrados, ¿qué se contaron entre murmullos, que os estremecíais, florecitas rojas del cabello-de-ángel? ¡Contadlo vosotras, que tenéis aromas en vuestro aliento y colores en vuestros labios; tú, céfiro, que aprendiste raras armonías en el secreto de la noche obscura y en el misterio de nuestros vírgenes bosques; contadlo, rayos del sol, manifestación brillante del Eterno en la tierra, único inmaterial en el mundo de la materia, contadlo, vosotros, que yo sólo sé referir prosaicas locuras!

Pero ya que no lo queréis hacer, lo voy á intentar yo mismo.

El cielo era azul: una fresca brisa, que no olía á rosa, agitaba las hojas y las flores de las enredaderas,—por esto se estremecían los cabellos-de-ángel,—las plantas aéreas, los pescados secos y las lámparas de China. El ruido del saguan, que removía las turbias aguas del río, el paso de los coches y carros por el puente de Binondo llegaban distintamente hasta ellos, pero no lo que murmuraba la tía.

—Mejor, allí estaréis vigilados por todo el vecindario,—decía ésta.

Al principio no se dijeron más que tonterías, esas dulces tonterías que se parecen mucho á las jactancias de las naciones en Europa: gustan y saben á miel para los nacionales, pero hacen reir ó fruncir las cejas á los extranjeros.

Ella, como hermana de Caín, es celosa y por esto pregunta á su novio:

—¿Has pensado siempre en mí? ¿no me has olvidado en tantos viajes? ¡Tantas grandes ciudades con tantas mujeres hermosas!...

El también, otro hermano de Caín, sabe eludir las preguntas y es un poco mentiroso, y por eso:

—¿Podría yo olvidarte?—contesta mirando embelesado en las negras pupilas de ella:—¿podría yo faltar á un juramento sagrado? ¿Te acuerdas de aquella noche tempestuosa en que tú, viéndome solitario llorar junto al cadáver de mi madre, te acercaste á mí, me pusiste la mano sobre el hombro, tu mano que hacía tiempo ya no me dejabas que cogiese, y me dijiste: «Has perdido á tu madre, yo nunca la tuve...» y lloraste conmigo? Tú la querías y ella te quería como á una hija. Fuera llovía y relampagueaba, pero me parecía oir música, ver sonreir el pálido rostro del cadáver... ¡oh, si mis padres vivieran y te contemplaran! yo entonces cogí tu mano y la de mi madre, juré amarte, hacerte feliz, sea cualquiera la suerte que el cielo me deparase, y como este juramento no me ha pesado nunca, ahora te lo renuevo. ¿Podía yo olvidarte? Tu recuerdo me ha acompañado siempre, me ha salvado de los peligros del camino, ha sido mi consuelo en la soledad de mi alma en los países extranjeros; tu recuerdo ha neutralizado el efecto del loto de Europa, que borra de la memoria de muchos las esperanzas y la desgracia de la Patria. En sueños te veía de pie en la playa de Manila, mirando al lejano horizonte, envuelta en la tibia luz de la temprana aurora; oía un lánguido y melancólico canto, que despertaba en mí adormecidos sentimientos y evocaba en la memoria de mi corazón los primeros años de mi niñez, nuestras alegrías, nuestros juegos, todo el pasado feliz que animaste mientras estabas en el pueblo. Me parecía que eras el hada, el espíritu, la encarnación poética de mi Patria, hermosa, sencilla, amable, candorosa, hija de Filipinas, de ese hermoso país que une á las grandes virtudes de la Madre España las bellas cualidades de un pueblo joven, como se reune en tu sér todo lo hermoso y bello, patrimonio de ambas razas; y por esto tu amor y el que profeso á mi Patria se funden en uno solo... ¿Podía olvidarte? Varias veces creía escuchar los sonidos de tu piano y los acentos de tu voz, y siempre que en Alemania, á la caída de la tarde, cuando vagaba por los bosques, poblados por las fantásticas creaciones de sus poetas y las misteriosas leyendas de sus pasadas generaciones, evocaba tu nombre, creía verte en la bruma que se levanta del fondo del valle, creía oir tu voz en los susurros de las hojas; y cuando los aldeanos, volviendo del trabajo, dejaban oir desde lejos sus populares cantos, se me figuraba que armonizaban con mis voces interiores, que cantaban para tí, y daban realidad á mis ilusiones y ensueños. A veces me perdía en los senderos de las montañas, y la noche, que allí desciende poco á poco, me encontraba aún vagando, buscando mi camino entre pinos, hayas y encinas; entonces, si algunos rayos de luna se deslizaban por entre los claros del ramaje, me parecía verte en el seno del bosque como una vaga, enamorada sombra oscilar entre la luz y las tinieblas de la espesura; y si acaso el ruiseñor dejaba oir sus variados trinos, creía que era porque te veía y tú le inspirabas. ¡Si he pensado en tí! ¡La fiebre de tu amor no solamente animaba á mi vista la niebla, sino que además coloreaba el hielo! En Italia, el hermoso cielo de Italia por su limpidez y profundidad me hablaba de tus ojos; su risueño paisaje me hablaba de tu sonrisa, como las campiñas de Andalucía con su aire saturado de aromas, poblado de recuerdos orientales, llenos de poesía y colorido, me hablaban de tu amor. En las noches de luna, de aquella soñolienta luna, bogando en una barca en el Rhin, me preguntaba si acaso no podría engañar á mi fantasía para verte entre los álamos de la orilla, en la roca de la Lorelay ó en medio de las ondas, cantando en el silencio de la noche, como la joven hada de los consuelos, para alegrar la soledad y la tristeza de aquellos arruinados castillos!

—Yo no he viajado como tú; no conozco más que tu pueblo, Manila y Antipolo,—contesta ella sonriendo, pues cree todo cuanto él le cuenta,—pero desde que te dije adiós, y entré en el beaterio, me he acordado siempre de tí, y no te he olvidado por más que me lo ha mandado el confesor, imponiéndome muchas penitencias. Me acordaba de nuestros juegos, de nuestras riñas cuando éramos niños. Escogías los más hermosos sigüeyes para jugar al siklot; buscabas en el río las más redondas y finas piedrecitas de diferentes colores para que jugásemos al sintak; tú eras muy torpe, perdías siempre y por castigo te daba el bantil con la palma de mi mano, pero procuraba no pegarte fuerte, pues te tenía compasión. En el juego de la chonka eras muy tramposo, más aún que yo, y solíamos acabar á arrebatiña. ¿Te acuerdas de aquella vez cuando te enfadaste de veras? Entonces me hiciste sufrir, pero después, cuando me acordaba de ello en el beaterio, sonreía, te echaba de menos para reñir otra vez ... y hacer las paces en seguida. Eramos aún niños: fuimos con tu madre á bañarnos en aquel arroyo bajo la sombra de los cañaverales. En las orillas crecían muchas flores y plantas cuyos extraños nombres me decías en latín y en castellano, pues entonces ya estudiabas en el Ateneo. Yo no te hacía caso; me entretenía en ir detrás de las mariposas y libélulas, que tienen en su cuerpo fino como un alfiler todos los colores del arco iris y todos los reflejos del nácar, que pululan y se persiguen unas á otras entre las flores; á veces con las manos quería sorprender, coger los pececillos, que se deslizan rápidos entre el musgo y las pedrezuelas de la orilla. De pronto desapareciste, y cuando volviste traías una corona de hojas y flores de naranjo que colocaste sobre mi cabeza, llamándome Cloe; para tí hiciste otra de enredaderas. Pero tu madre cogió mi corona, la machacó con una piedra mezclándola con el gogo con que nos iba á lavar la cabeza; se te saltaron las lágrimas de los ojos y dijiste que ella no entendía de mitología:—«¡Tonto!—contestó tu madre,—verás qué bien olerán después vuestros cabellos.»—Yo me reí, te ofendiste, no me quisiste hablar, y el resto del día te mostraste tan serio, que á mi vez tuve ganas de llorar. De vuelta al pueblo, y ardiendo mucho el sol, cogí hojas de salvia que crecía á orillas del camino, te las di para que las pusieses dentro de tu sombrero y no tuvieses dolor de cabeza. Sonreiste, entonces te cogí de la mano é hicimos las paces.

Ibarra se sonrió de felicidad, abrió su cartera y sacó un papel, dentro del cual había envueltas unas hojas negruzcas, secas y aromáticas.

—¡Tus hojas de salvia!—contestó él á su mirada;—esto es todo lo que me has dado.

Ella á su vez sacó rápidamente de su seno una bolsita de raso blanco.

—¡Psh!—dijo ella dándole una palmada en la mano;—no se permite tocar; es una carta de despedida.

—¿Es la que te escribí antes de partir?

—¿Me ha escrito usted otra, señor mío?

—Y ¿qué te decía yo entonces?

—¡Muchos embustes, excusas de mal pagador!—contestó ella sonriendo, dando á entender cuán agradables eran aquellas mentiras.—¡Quieto! te la leeré, pero suprimiré tus galanterías para no martirizarte.

Y levantando el papel á la altura de sus ojos para que el joven no le viera la cara, comenzó:

«Mi... no te leo lo que sigue, pues es un embuste,—y recorrió algunas líneas con los ojos.—«Mi padre quiere que parta á pesar de mis súplicas.—Tú eres hombre, me ha dicho, debes pensar en el porvenir y en tus deberes. Debes aprender la ciencia de la vida, lo que tu patria no puede darte, para serle útil un día. Si permaneces á mi lado, á mi sombra, en esta atmósfera de preocupaciones, no aprenderás á mirar á lo lejos; y el día en que te falte te encontrarás como la planta de que habla nuestro poeta Baltasar: «Crecida en el agua, se le marchitan las hojas á poco que no se la riegue; la seca un momento de calor.» ¿Ves? eres ya casi un joven ¡y lloras aún!—Me hirió este reproche y le confesé que te amaba. Mi padre se calló, reflexionó, y poniéndome la mano sobre el hombro me dijo con temblorosa voz:—¿Crees que tú solo sabes amar, que tu padre no te ama ni siente separarse de tí? Hace poco perdimos á tu madre; voy caminando ya á la vejez, á esa edad en que se busca el apoyo y el consuelo de la juventud, y sin embargo, acepto mi soledad, y no sé si te volveré á ver. Pero debo pensar en otras cosas más grandes... El porvenir se abre para tí, para mí se cierra; tus amores nacen, los míos van muriendo; el fuego hierve en tu sangre, el frío se insinúa en la mía, y sin embargo lloras y no sabes sacrificar el ahora á un mañana útil para ti y tu país!—Los ojos de mi padre se llenaron de lágrimas, caí de rodillas á sus pies, le abracé, le pedí perdón y le dije que estaba dispuesto á partir...»

La agitación de Ibarra suspendió la lectura: el joven estaba pálido y andaba de un extremo á otro de la azotea.

—¿Qué tienes? ¿qué te pasa?—le preguntó ella.

—¡Tú me has hecho olvidar que tengo mis deberes, que debo partir ahora mismo para el pueblo! Mañana es la fiesta de los muertos.

María Clara se calló, fijó en él algunos instantes sus grandes y soñadores ojos, y cogiendo unas flores, le dijo conmovida:

—¡Vé, yo no te detengo más; dentro de algunos días nos volveremos á ver! ¡Coloca esta flor sobre la tumba de tus padres!

Algunos minutos después, el joven descendía las escaleras acompañado de capitán Tiago y de la tía Isabel, mientras María Clara se encerraba en el oratorio.

—¡Haga usted el favor de decir á Andeng que prepare la casa, que van á llegar María é Isabel! ¡Buen viaje!—decía capitán Tiago, mientras Ibarra subía en el coche, que partió en dirección á la plaza de San Gabriel.

Y después, por vía de consuelo, decía á María Clara, que lloraba al lado de una imagen de la Virgen:

—Anda, enciende dos velas de á dos reales, una al señor San Roque, y otra al señor San Rafael, ¡patrón de los caminantes! Enciende la lámpara de Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que hay muchos tulisanes. ¡Más vale gastarse cuatro reales en cera y seis cuartos en aceite que no tener después que pagar un rescate gordo!

VIII. Recuerdos

El coche de Ibarra recorría parte del más animado arrabal de Manila; lo que la noche anterior le ponía triste, á la luz del día le hacía sonreir á pesar suyo.

La animación que bullía por todas partes, tantos coches que iban y venían á escape, las carromatas, las calesas, los europeos, los chinos, los naturales, cada cual con su traje, las vendedoras de fruta, los corredores, el desnudo cargador, los puestos de comestibles, las fondas, restaurants, tiendas, hasta los carros tirados por el impasible é indiferente carabao, que parece entretenerse en arrastrar bultos mientras filosofa, todo, el ruido, el traqueteo, hasta el sol mismo, cierto olor particular, los abigarrados colores, despertaban en su memoria un mundo de recuerdos adormecidos.

Aquellas calles no tenían aún adoquinado. Brillaba el sol dos días seguidos y se convertía en polvo, que todo lo cubría, hacía toser y cegaba á los transeuntes: llovía un día, y se formaba un pantano, que á la noche reflejaba los faroles de los coches, salpicando desde cinco metros de distancia á los peatones en las angostas aceras. ¡Cuántas mujeres no habían dejado en aquellas olas de lodo sus chinelas bordadas! Entonces veíanse apisonando las calles presidiarios en fila, la cabeza rapada, vistiendo una camisa de mangas cortas y un calzón hasta las rodillas con números y letras azules; en las piernas cadenas medio envueltas entre trapos sucios para moderar el roce ó quizás el frío del hierro; unidos de dos en dos, tostados por el sol, rendidos por el calor y el cansancio, hostigados y azotados con una vara por otro presidiario, que se consolaba acaso con poder á su vez maltratar á otros. Eran hombres altos, de sombrías fisonomías, que él no había visto jamás serenarse con la luz de una sonrisa; sus pupilas, sin embargo, brillaban, cuando la vara, silbando, caía sobre los hombros, ó cuando un transeunte les arrojaba la colilla de un cigarro, medio mojado y deshecho: lo cogía el que estaba más cerca y lo escondía en su salakot; los demás se quedaban mirando con una expresión rara á los otros transeuntes. Le parecía oir aún el ruido que hacían desmenuzando la piedra para cubrir los baches, y el sonido alegre de los pesados grillos en sus tobillos hinchados. Ibarra recordaba estremeciéndose aún una escena que había herido su imaginación de niño: era una siesta y el sol dejaba caer á plomo sus más calurosos rayos. A la sombra de un carretón de madera yacía uno de aquellos hombres, exánime, los ojos entreabiertos; otros dos, silenciosos, arreglaban una camilla de caña, sin ira, sin dolor, sin impaciencia, lo que era propio del carácter atribuído á los naturales.—Hoy tú, mañana nosotros, dirían entre sí. La gente circulaba sin cuidarse de ello, aprisa; las mujeres pasaban, lo miraban, y continuaban su camino; el espectáculo era común, había encallecido los corazones; los coches corrían reflejando en su barnizado cuerpo los rayos de aquel sol brillante en un cielo sin nubes; á él solo, niño de once años, acabado de llegar del pueblo, le conmovía, á él sólo le dió una pesadilla la noche siguiente.

Ya no estaba el bueno y honrado Puente de Barcas, aquel puente buen filipino, que hacía todo lo posible por servir á pesar de sus naturales imperfecciones, que se elevaba y se deprimía según el capricho del Pásig y que éste más de una vez había maltratado y destrozado.

Los almendros de la plaza de San Gabriel no habían crecido, continuaban raquíticos.

La Escolta le pareció menos hermosa, sin embargo de que un gran edificio con cariátides ocupaba el sitio de los antiguos camarines. El nuevo Puente de España llamó su atención; las casas de la orilla derecha del río entre cañaverales y árboles, allá donde la Escolta termina y la Isla del Romero empieza, le recordaron las frescas mañanas, cuando en banca pasaban por allí para ir á los baños de Ulî Ujî.

Encontraba muchos coches tirados por magníficos troncos de caballos enanos: dentro de los coches, empleados, que medio dormidos aún, se dirigían acaso á sus oficinas, militares, chinos en una postura fatua y ridícula, frailes graves, canónigos, etc. En una elegante victoria creyó reconocer al padre Dámaso, serio y con las cejas fruncidas, pero éste ya había pasado y ahora le saluda alegremente desde su carretela Cpn. Tinong, que va con su señora y sus dos hijas.

A la bajaba de puente los caballos tomaron el trote, dirigiéndose hacia el paseo de la Sabana. A la izquierda, la fábrica de Tabacos de Arroceros dejaba oir el estruendo que hacen las cigarreras golpeando las hojas. Ibarra no pudo menos de sonreir, acordándose de aquel fuerte olor que á las cinco de la tarde saturaba el Puente de Bargas y le mareaba cuando niño. Las animadas conversaciones, los chistes llevaron maquinalmente su imaginación al barrio de Lavapiés en Madrid con sus motines de cigarreras, tan fatales para los desgraciados guindillas, etc.

El jardín botánico ahuyentó sus risueños recuerdos: el demonio de las comparaciones le puso delante de los jardines botánicos de Europa, en los países donde se necesitan mucha voluntad y mucho oro para que brote una hoja y abra su cáliz una flor; recordó los de las colonias, ricos y bien cuidados y abiertos todos al público. Ibarra apartó la vista, miró á su derecha y allí vió á la antigua Manila, rodeada aún de sus murallas y fosos, como una joven anémica envuelta en un vestido de los buenos tiempos de su abuela.

¡La vista del mar que se pierde á lo lejos!.....

—¡A la otra ribera está Europa!—pensaba el joven. ¡Europa con sus hermosas naciones agitándose continuamente, buscando la felicidad, soñando todas las mañanas y desengañándose al ocultar el sol ... feliz en medio de sus catástrofes! ¡Sí, á la otra orilla del infinito mar están las naciones espirituales, sin embargo de que no condenan la materia, más espirituales aún que las que se precian de adorar el espíritu!...

Pero estos pensamientos huyen de su imaginación á la vista de la pequeña colina en el campo de Bagumbayan. El montecillo, aislado, al lado del paseo de la Luneta, llamaba ahora su atención y le ponía meditabundo.

Pensaba en el hombre que le había abierto los ojos de su inteligencia, hecho comprender lo bueno y lo justo. Las ideas que le había infundido eran pocas, sí, pero no eran vanas repeticiones: eran convicciones que no palidecieron á la luz de los mayores focos del Progreso. Aquel hombre era un anciano sacerdote, y las palabras que le había dicho al despedirse de él, resonaban aún en sus oídos. «No olvides que si el saber es patrimonio de la humanidad, sólo lo heredan los que tienen corazón», le había recordado. «He procurado transmitirte lo que de mis maestros he recibido; el caudal aquel lo he procurado aumentar en lo que he podido y lo transmito á la generación que viene: tú harás lo mismo con la que te suceda, y puedes triplicarlo, pues vas á muy ricos países.» Y añadía sonriendo: «Ellos vienen buscando oro, id también vosotros á su país á buscar otro oro que nos hace falta. Recuerda, sin embargo, que no es oro todo lo que reluce.» Aquel hombre había muerto allí.

A estos recuerdos contestaba él profiriendo en voz baja:

—¡No, á pesar de todo, primero la patria, primero Filipinas, hija de España, primero la patria española! ¡No, eso que es fatalidad no empaña á la patria, no!

No llama su atención la Ermita, fénix de nipa, que se levanta de sus cenizas bajo la forma de casas pintadas de blanco y azul, techadas de cinc pintado de rojo. No atraen sus miradas ni Malate, ni el cuartel de caballería con sus árboles enfrente, ni los habitantes, ni las casitas de nipa de techo más ó menos piramidal ó prismático, ocultas entre plátanos y bongas, construídas como los nidos, por cada padre de familia.

El coche seguía rodando: se encontraba con una carromata tirada por uno ó dos caballos, cuyos arneses de abaká delataban su origen provinciano. El carromatero procuraba ver al viajero del brillante coche y pasaba sin cambiar palabra, sin un solo saludo. A veces un carretón, tirado por un carabao de paso lento é indiferente, animaba las anchas y polvorosas calzadas, bañadas por el brillante sol de los trópicos. Al melancólico y monótono canto del guía, montado sobre el búfalo, acompaña el estridente rechinar de la seca rueda con el descomunal eje del pesado vehículo; á veces es el sonido sordo de los gastados patines ó plantas de un paragos, ese trineo de Filipinas, que se arrastra penosamente sobre el polvo ó los charcos del camino. En los campos, en las tendidas eras pasta el ganado, mezclado con las blancas garzas, tranquilamente posadas sobre el lomo del buey, que rumía y saborea medio cerrando los ojos la hierba de la pradera; á lo lejos yeguadas triscan, saltan y corren, perseguidas por un potro de genio vivo, cola larga y abundantes crines: el potro relincha, y salta la tierra á los golpes de sus poderosos cascos.

Dejemos al joven viajar meditando ó dormitando: la poesía melancólica ó animada del campo no llama su atención; aquel sol que hace relucir las copas de los árboles y correr á los campesinos, cuyos pies quema el candente suelo á pesar de su calzado de callos, aquel sol que detiene á la aldeana bajo la sombra de un almendro ó cañaveral y le hace pensar en cosas vagas é inexplicables, aquel sol no tiene encantos para nuestro joven.

Volvamos á Manila mientras el coche rueda tambaleando, como un borracho, por el accidentado terreno, mientras pasa un puente de caña, sube elevada cuesta ó baja rápida pendiente.

IX. Cosas del pais

Ibarra no se había equivocado: en aquella victoria iba en efecto el padre Dámaso y se dirigía á la casa de donde él acababa de salir.

—¿A dónde os vais?—preguntó el fraile á María Clara y á tía Isabel que se disponían á subir en un coche con adornos de plata: padre Dámaso en medio de su preocupación daba ligeros golpecitos en las mejillas de la joven.

—Al Beaterio á sacar mis cosas,—contestó ella.

—¡Ahaaá! ¡ajá! vamos á ver quién puede más, vamos á ver...—murmuraba distraído, dejando á las dos mujeres no poco sorprendidas. Con la cabeza baja y andar lento ganó las escaleras y subió.

—¡Debe tener sermón, y lo estará estudiando de memoria!—dijo tía Isabel;—sube, María, que llegaremos tarde.

Si el padre Dámaso tenía sermón ó no, no lo podemos decir; pero cosas muy importantes debían absorber su atención, pues no tendió la mano á Cpn. Tiago, que tuvo que hacer una semigenuflexión para besársela.

—¡Santiago!—fué lo primero que dijo,—tenemos que hablar de cosas muy importantes; vamos á tu despacho.

Cpn. Tiago se puso inquieto, perdió el uso de la palabra, pero obedeció y siguió detrás del colosal sacerdote, que cerró detrás de sí la puerta.

Mientras conferencian en secreto, averigüemos qué se ha hecho de fray Sibyla.

El sabio dominico no está en la casa parroquial: muy temprano, después de decir misa, se fué al convento de su orden, situado á la entrada de la puerta de Isabel II ó de Magallanes, según qué familia reina en Madrid.

Sin hacer caso ni del rico olor á chocolate, ni del ruido de cajones y monedas, que venía de la procuración, y contestando apenas al respetuoso y deferente saludo del hermano procurador, fray Sibyla subió, atravesó algunos corredores y llamó á una puerta con los nudillos de los dedos.

—¡Adelante!—suspiró una voz.

—¡Dios devuelva á vuestra reverencia la salud!—fué el saludo del joven dominico al entrar.

Sentado en un gran sillón se veía á un viejo sacerdote, demacrado, algo amarillento, como esos santos que pintó Rivera. Sus ojos se hundían en las ahuecadas órbitas, coronadas de pobladísimas cejas, que, por estar contraídas casi siempre, aumentaban el intenso brillo de aquellos.

El padre Sibyla le contempló conmovido, cruzados los brazos debajo del venerable escapulario de Santo Domingo. Después dobló la cabeza sin decir una palabra y pareció aguardar.

—¡Ah!—suspiró el enfermo—me aconsejan la operación. Hernando, ¡la operación á mi edad! ¡El país, este terrible país! ¡Escarmienta en mí, Hernando!

Fray Sibyla levantó lentamente los ojos y los fijó en la fisonomía del enfermo:

—Y ¿qué ha decidido vuestra reverencia?—preguntó.

—¡Morir! ¡Ay! ¿quédame otra cosa acaso? Sufro demasiado pero ... he hecho sufrir á muchos ... ¡saldo mi deuda! Y tú ¿cómo estás? ¿qué traes?

—Venía á hablarle del encargo que me ha dado.

—¡Ah! y ¿qué es de ello?

—¡Psh!—contestó con disgusto el joven sentándose y volviendo con desprecio la cara á otra parte; nos han contado fábulas; el joven Ibarra es un chico prudente, no parece tonto, pero le creo un buen chico.

—¿Lo crees?

—Anoche comenzaron las hostilidades.

—¿Ya? y ¿cómo?

Fray Sibyla refirió brevemente lo que pasó entre el padre Dámaso y Crisóstomo Ibarra.

—Además,—añadió concluyendo,—el joven se casa con la hija de Cpn. Tiago, educada en el colegio de nuestras hermanas, es rico, y no querrá hacerse de enemigos para perder felicidad y fortuna.

El enfermo movía la cabeza en señal de asentimiento.

—Sí, pienso como tú... Con una mujer tal y un suegro parecido, le tendremos en cuerpo y alma. Y si no, ¡tanto mejor si se declarase enemigo nuestro!

Fray Sibyla miró sorprendido al anciano.

—Para bien de nuestra Santa Corporación, se entiende,—añadió, respirando con dificultad.—Prefiero los ataques á las tontas alabanzas y adulaciones de los amigos... Verdad es que están pagados.

—¿Piensa vuestra reverencia?...

El anciano le miró con tristeza.

—¡Tenlo bien presente!—contestó respirando con fatiga. Nuestro poder durará mientras se crea en él. Si nos atacan, el Gobierno dice: Los atacan porque ven ellos un obstáculo á su libertad, pues conservémoslos.

—Y ¿si les da oídos? El Gobierno á veces...

—¡No les dará!

—Sin embargo, si, atraído por la codicia, llegase á querer para sí lo que nosotros recogemos ... si hubiese un atrevido y temerario...

—Entonces ¡ay de él!

Ambos guardaron silencio.

—Además,—continuó el enfermo,—nosotros necesitamos que nos ataquen, que nos despierten: esto nos descubre nuestros flacos y nos mejora. Las exageradas alabanzas nos engañan, nos adormecen, pero fuera nos ponen en ridículo, y el día en que estemos en ridículo, caeremos como caímos en Europa. El dinero ya no entrará en nuestras iglesias, nadie comprará escapularios ni correas ni nada, y cuando dejemos de ser ricos, no podremos ya convencer á las conciencias

—¡Psh! siempre tendremos nuestras haciendas, nuestras fincas...

—¡Todas se perderán como las perdimos en Europa! Y lo peor es que trabajamos para nuestra misma ruina. Por ejemplo: ese afán desmedido de subir cada año, y á nuestro arbitrio, el canon de nuestros terrenos, ese afán que en vano he combatido en todos los Capítulos, ¡ese afán nos pierde! El indio se ve obligado á comprar en otra parte tierras que resultan tan buenas ó mejores que las nuestras. Temo que empezamos á bajar: Quos vult perdere Júpiter dementat prius. Por eso no aumentemos nuestro peso; el pueblo murmura ya. Has pensado bien: dejemos á los demás que arreglen allá sus cuentas, conservemos el prestigio que nos queda, y puesto que pronto apareceremos ante Dios, limpiémonos las moscas... ¡Que el Dios de las misericordias tenga piedad de nuestra flaqueza!

—¿De manera que vuestra reverencia cree que el canon ó tributo?...

—¡No hablemos ya más de dinero!—interrumpió con cierto disgusto el enfermo.—Decías que el teniente había prometido al padre Dámaso...

—¡Sí, padre!—contestó Fray Sibyla medio sonriendo. Pero esta mañana le vi y me dijo que sentía cuanto había pasado anoche, que el Jerez le había subido á la cabeza, y que consideraba que el padre Dámaso estaba en igual situación que él.—Y ¿la promesa? le pregunté en broma.—Padre cura, me contestó: yo sé cumplir mi palabra cuando con ella no mancho mi honor: no soy, ni he sido nunca delator; por eso no tengo más que dos estrellas.

Después de hablar de otras cosas insignificantes, fray Sibyla se despidió.

El teniente no había ido en efecto á Malacañan, pero el Capitán General supo lo ocurrido.

Hablando con sus ayudantes de las alusiones que los periódicos de Manila le hacían bajo el nombre de cometas y apariciones celestes, uno de aquellos le refirió la cuestión del padre Dámaso con colores algo más intencionados aunque en forma más correcta.

—¿De quién lo supo usted?—preguntó Su Excelencia sonriendo.

—De Laruja, que lo contaba esta mañana en la redacción.

El Capitán General volvió á sonreirse y añadió:

—¡Mujer y fraile no hacen agravio! Pienso vivir en paz el tiempo que me queda de país y no quiero más cuestiones con hombres que usan faldas. Es más; he sabido también que el provincial se ha burlado de mis órdenes; yo pedí como castigo el traslado de ese fraile; y bien, le trasladaron llevándole á otro pueblo mucho mejor: ¡frailadas, como decimos en España!

Pero cuando Su Excelencia se encontró solo, dejó de reir.

—¡Ah! ¡si el pueblo este no fuera tan estúpido, les metería en cintura á sus reverencias!—suspiró.—Pero cada pueblo merece su suerte, y hagamos lo que todo el mundo.

Capitán Tiago entretanto concluyó de conferenciar con el padre Dámaso, ó mejor dicho éste con aquél.

—¡Conque ya estás advertido!—decía el franciscano al despedirse.—Todo esto se hubiera podido evitar si me hubieses antes consultado, si no hubieses mentido cuando yo te lo preguntaba. ¡Procura no cometer más tonterías y fíate en su padrino!

Capitán Tiago dió dos ó tres vueltas por la sala, meditabundo y suspirando de repente, como si se le hubiese ocurrido un buen pensamiento, corrió al oratorio y apagó aprisa las velas y la lámpara que había hecho encender para salvaguardia de Ibarra.

—¡Todavía hay tiempo y el camino es muy largo!—murmuró.

X. El pueblo

Casi á orillas del lago está el pueblo de San Diego en medio de campiñas y arrozales. Exporta azúcar, arroz, café y frutas ó los vende malbaratados al chino, que explota la candidez ó los vicios de los labradores.

Cuando en un día sereno los muchachos se suben al último cuerpo de la torre de la iglesia, que el musgo y las plantas trepadoras adornan, entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la hermosura del panorama que se ofrece á su vista. En medio de aquel cúmulo de techos de nipa, teja, cinc y cabonegro, separados por huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeño nido. Todo les sirve de señas: un árbol, el tamarindo de ligero follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astarté generadora ó la Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caña, una bonga, una cruz. Allá está el río, monstruosa serpiente de cristal, dormida en la verde alfombra; de trecho en trecho rizan su corriente pedazos de roca, esparcidos en el arenoso lecho; allá el cauce se estrecha entre dos elevadas orillas á que se agarran haciendo contorsiones árboles de raíces desnudas; aquí se forma una suave pendiente y el río se ensancha y remansa. Allá, más á lo lejos, una casita, construída al borde, desafía la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harigues ó puntales, diríase una monstruosa zancuda que espía al reptil para acometerle. Troncos de palmeras ó árboles con corteza aún, movedizos y vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio magníficos aparatos gimnásticos para hacer equilibrios, lo que no es de desdeñar: los chicos se divierten desde el río en que se bañan, con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza, ó del anciano que va temblando y deja caer el báculo en el agua.

Pero lo que siempre llama la atención, es una que diríamos península de bosque en aquel mar de terrenos cultivados. Allí hay árboles seculares, de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algún rayo hiere la altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe y muere en el mismo sitio; allí hay enormes peñas que el tiempo y la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves siembran semillas. La vegetación tropical se desenvuelve libremente: matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas á otras, pasan de un árbol á otro, se cuelgan de las ramas, se agarran á las raíces, al suelo, y como si Flora no estuviese aún contenta, planta sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas, y plantas aéreas, graciosos huéspedes, confunden sus abrazos con las hojas del árbol hospitalario.

Aquel bosque era respetado: acerca de él existían extrañas leyendas, pero la más verosímil y por lo mismo menos creída y sabida parece ser la siguiente.

Cuando el pueblo era todavía un montón miserable de chozas, y en las mal llamadas calles crecía aún abundante la hierba, en aquellos tiempos en que durante la noche venían venados y jabalíes, llegó un día un viejo español de ojos profundos y que hablaba bastante bien el tagalo. Después de visitar y recorrer los terrenos en varios sentidos, preguntó por los propietarios del bosque en donde corrían aguas termales. Presentáronse algunos que pretendían serlo, y el viejo lo adquirió en cambio de ropas, alhajas y algún dinero. Después, sin saberse cómo, desapareció. La gente le creía ya encantado, cuando un olor fétido, que partía del vecino bosque, llamó la atención de unos pastores; rastreáronlo y encontraron al viejo en estado de putrefacción, colgado de la rama de un balitî. En vida ya daba miedo por su voz profunda, cavernosa, por aquellos ojos hundidos y aquella risa sin sonido; pero ahora, habiéndose suicidado, turbaba el sueño de las mujeres. Algunas tiraron las alhajas al río y quemaron la ropa, y desde que el cadáver fué enterrado al pie mismo del balitî, ya no hubo persona que por allí se quisiese aventurar. Un pastor, que buscaba á sus animales, contó haber visto luces; fueron los mancebos, y éstos ya oyeron lamentos. Un infeliz enamorado, que para llamar la atención de la desdeñosa prometió pasar la noche debajo del árbol arrollando á su tronco un largo junco, murió de una fiebre rápida, que le cogió al día siguiente de la noche de su apuesta. Corrían aún sobre este paraje muchos cuentos y leyendas.

Mas pasaron meses y vino un joven, mestizo español al parecer, que dijo ser el hijo del difunto, y se estableció en aquel rincón dedicándose á la agricultura, sobre todo, á la siembra del añil. Don Saturnino era un joven taciturno y de un carácter violento, á veces cruel, pero era muy activo y laborioso: cercó con un muro la tumba de su padre, que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en años, casóse con una joven de Manila, de quien tuvo á don Rafael, el padre de Crisóstomo.

Don Rafael, desde muy joven, se hizo amar de los campesinos: la agricultura, traída y fomentada por su padre, se desarrolló rápidamente; afluyeron nuevos habitantes, vinieron muchos chinos, el villorio pronto se hizo aldea y tuvo un cura indio; después la aldea se convirtió en pueblo, murió el cura y vino Fr. Dámaso, pero el sepulcro y el territorio anejo fueron respetados. Los chicos se atreven á veces, armados de palos y piedras, á vagar por los alrededores, para coger guayabas, papayas, lomboi, etcétera, y ocurría que en lo mejor de la ocupación, ó cuando contemplaban silenciosos la cuerda que se balancea desde la rama, caía una ó dos piedras, venidas sin saberse de dónde; entonces al grito de ¡el viejo! ¡el viejo! arrojaban frutas y palos, saltaban de los árboles, corrían entre rocas y matorrales y no paraban hasta salir del bosque, pálidos, jadeantes unos, llorosos otros, y riendo muy pocos.

XI. Los soberanos

Dividíos é imperad.

(Nuevo Maquiavelo.)

¿Quiénes eran los caciques del pueblo?

No lo fué don Rafael cuando vivía, aunque era el más rico, tenía más tierras, y casi todos le debían favores. Como era modesto y procuraba quitar el valor á cuanto hacía, en el pueblo no formó nunca su partido, y ya vimos como se le levantaron en contra cuando le vieron vacilar.—¿Sería Cpn. Tiago?—Cuando llegaba, era en verdad recibido de sus deudores con orquesta, le daban banquete y le colmaban de regalos: las mejores frutas cubrían su mesa; si se cazaba un venado ó jabalí, él tenía un cuarto; si encontraba hermoso el caballo de un deudor, media hora después lo veía en su cuadra: todo esto es verdad, pero se reían de él y le llamaban en secreto Sacristán Tiago.

¿Acaso el gobernadorcillo?

Este era un infeliz que no mandaba, obedecía; no reñía á nadie, era reñido; no disponía, disponían de él; en cambio, tenía que responder al Alcalde Mayor de cuanto le habían mandado, ordenado y dispuesto como si todo hubiese salido de su cráneo, pero, sea dicho en su honor, él do ha robado ni usurpado esta dignidad: le ha costado cinco mil pesos y muchas humillaciones, y por lo que le renta, le parece muy barata.

¡Vamos! ¡entonces será Dios!

¡Ah! el buen Dios no turbaba las conciencias ni el sueño de sus habitantes: por lo menos no les hacía temblar, y si les hubiesen hablado de El por casualidad en algún sermón, de seguro que habrían pensado suspirando: ¡Si sólo hubiese un Dios!... Del buen Señor se ocupaban poco: bastante que hacer daban los santos y las santas. Dios para aquella gente había pasado á ser como esos pobres reyes que se rodean de favoritos y favoritas: el pueblo sólo hace la corte á estos últimos.

San Diego era una especie de Roma, pero no Roma cuando el tuno de Rómulo trazaba con el arado sus murallas, ni cuando después, bañándose en sangre propia y ajena, dictaba leyes al mundo, no: era como la Roma contemporánea con la diferencia de que en vez de monumentos de mármol y coliseos, tenía monumentos de saualî y gallera de nipa. El cura era el Papa en el Vaticano; el alférez de la guardia civil el Rey de Italia en el Quirinal, se entiende, todo en proporción con el saualî y la gallera de nipa. Y aquí como allá resultaban continuos disgustos, pues cada cual, queriendo ser el señor, hallaba sobrante al otro. Expliquémonos y describamos las cualidades de ambos.

Fray Bernardo Salví era aquel joven y silencioso franciscano de que ya hemos hablado antes. Por sus costumbres y modales distinguíase mucho de sus hermanos y más aún de su predecesor, el violento P. Dámaso. Era delgado, enfermizo, casi constantemente pensativo, estricto en el cumplimiento de los deberes religiosos y cuidadoso de su buen nombre. Un mes después de su llegada, casi todos se hicieron hermanos de la V. O. T., con gran tristeza de su rival, la Cofradía del Santísimo Rosario. El alma saltaba de alegría al ver en cada cuello cuatro ó cinco escapularios y en cada cintura un cordón con nudos, y aquellas procesiones de cadáveres ó fantasmas con hábitos de guingón. El sacristán mayor se hizo un capitalito vendiendo ó dando de limosna, que es como se debe de decir, todos los objetos necesarios para salvar el alma y combatir al diablo: sabido es que este espíritu, que antes se atrevía á contradecirle á Dios mismo cara á cara, dudando de sus palabras, como se dice en el libro santo de Job; que llevó por los aires á N. S. Jesucristo, como después en la Edad Media con las brujas, y continúa, dicen, haciéndolo aún con los asuang de Filipinas, parece que hoy se ha vuelto tan vergonzoso, que no puede resistir la vista de un paño en que hay pintados dos brazos y teme los nudos de un cordón; pero esto no prueba otra cosa sino que se progresa también por este lado, y el diablo es retrógrado ó al menos conservador como todo el que vive en las tinieblas, si no quiere que le atribuyamos debilidades de doncella de quince años.

Como decíamos, el P. Salví era muy asiduo en cumplir con sus deberes; según el alférez, demasiado asiduo. Mientras predicaba—era muy amigo de predicar—se cerraban las puertas de la iglesia; en esto se parecía á Nerón que no dejaba salir á nadie mientras cantaba en el teatro; pero aquél lo hacía para el bien y éste para el mal de las almas.—Toda falta de sus subordinados la solía castigar con multas, pues pegaba muy raras veces: en lo que se diferenciaba también mucho del P. Dámaso, el cual todo lo arreglaba á puñetazos y bastonazos, que daba riendo y con la mejor buena voluntad. Por esto no se le podía querer mal; estaba convencido de que sólo a palos se le trata al indio; así lo había dicho un fraile que sabía escribir libros y él lo creía pues no discutía nunca lo impreso: de esta modestia se podían quejar muchas personas.

Fr. Salví pegaba rarísimas veces pero como decía un viejo filósofo del pueblo, lo que faltaba en cantidad, abundaba en cualidad, pero tampoco por esto se le podía querer mal. Los ayunos y abstinencias, empobreciendo su sangre, exaltaban sus nervios y, como decía la gente, se le subía el viento á la cabeza. De esto venía á resultar que las espaldas de los sacristanes no distinguían bien cuando un cura ayunaba mucho ó comía mucho.

El único enemigo de este poder espiritual con tendencias de temporal, era, como ya dijimos, el alférez. El único, pues cuentan las mujeres que el diablo anda huyendo de él, porque un día, habiéndose atrevido á tentarle, fué cogido, atado al pie del catre, azotado con el cordón, y sólo fué puesto en libertad después de nueve días.

Como es consiguiente, el que después de esto se haga todavía enemigo de un hombre como tal, llega á tener peor fama que los mismos pobres é incautos diablos, y el alférez merecía su suerte. Su señora, una vieja filipina con muchos coloretes y pinturas, llamábase doña Consolación; el marido y otras personas la llamaban de otra manera. El alférez vengaba sus desgracias matrimoniales en su propia persona emborrachándose como una cuba, mandando á sus soldados hacer ejercicios al sol, quedándose él en la sombra, ó más á menudo, sacudiendo á su señora, que, si no era un cordero de Dios para quitar los pecados de nadie, en cambio servía para ahorrarle muchas penas del Purgatorio, si acaso iba allá, lo que ponen en duda las devotas. El y ella, como bromeando, se zurraban de lo lindo y daban espectáculos gratis á los vecinos: concierto vocal é instrumental, á cuatro manos, piano, fuerte, con pedal y todo.

Cada vez que estos escándalos llegaban á oídos del P. Salví, éste se sonreía y se persignaba, rezando después un padrenuestro; llamábanle carca, hipócrita, carlistón, avaro; el P. Salví se sonreía también y rezaba más. El alférez siempre contaba á los pocos españoles que le visitaban, la anécdota siguiente:

—¿Va usted al convento á visitar al curita Moscamuerta? ¡Ojo! Si le ofrece chocolate, ¡lo cual dudo!... pero en fin si le ofrece, ponga atención. ¿Llama al criado y dice: Fulanito, haz una jícara de chocolate, ¿eh? entonces quédese, sin temor, pero si dice: Fulanito, haz una jícara de chocolate ¿ah? entonces coja usted el sombrero y márchese corriendo.

—¿Qué? preguntaba el otro espantado ¿da jicarazo? ¡Caramba!

—¡Hombre tanto, no!

—¿Entonces?

—Chocolate ¿eh? significa espeso, y chocolate ¿ah? aguado.

Pero creemos que esto sea calumnia del alférez, pues la misma anécdota se atribuye también á muchos curas. A menos que sea cosa de la Corporación...

Para hacerle daño prohibió el militar, inspirado por su señora, que nadie paseara arriba de las nueve de la noche. Doña Consolación pretendía haber visto al cura, disfrazado con camisa de piña y salakot de nitô, pasearse á altas horas de la noche. Fr. Salví se vengaba santamente: al ver al alférez entrar en la iglesia, mandaba disimuladamente al sacristán cerrar todas las puertas, y entonces se subía al púlpito y empezaba á predicar hasta que los santos cerraban los ojos, y le murmuraba ¡por favor! la paloma de madera sobre su cabeza, la imagen del Espíritu divino. El alférez, como todos los impenitentes, no por eso se corregía: salía jurando y tan pronto como podía pillar á un sacristán ó un criado del cura, le detenía, le zurraba, le hacía fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa, que entonces se ponía decente. El sacristán, al ir á pagar la multa, que el cura le imponía por su ausencia, exponía los motivos. Fr. Salví le oía silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba á sus cabras y carneros para que fuesen á pacer en el jardín del alférez, mientras buscaba un tema nuevo para otro sermón mucho más largo y edificante. Pero estas cosas no eran obstáculo ninguno, para que, si después se veían, se diesen la mano y se hablasen cortesmente.

Cuando el marido dormía el vino ó roncaba la siesta y doña Consolación no podía reñir con él, entonces acomodábase en la ventana con su puro en la boca y su camisa de franela azul. Ella, que no puede soportar á la juventud, dardea desde allí con sus ojos á las muchachas y las moteja. Estas la temen, desfilan confusas sin poder levantar sus ojos, apresurando el paso y conteniendo la respiración. Doña Consolación tenía una gran virtud: parecía no haber mirado nunca un espejo.

Estos son los soberanos del pueblo de San Diego.

XII. Todos los Santos

Lo único que sin disputa distingue al hombre de los animales, es el culto que rinden á los que dejaron de ser. Y ¡cosa extraña! esta costumbre aparece tanto más profundamente arraigada cuanto menos civilizados son los pueblos.

Escriben los historiadores que los antiguos habitantes de Filipinas veneraban y deificaban á sus antepasados; ahora sucede lo contrario: los muertos tienen que encomendarse á los vivos. Cuentan también que los de Nueva Guinea guardan en cajas los huesos de sus muertos y mantienen con ellos conversación; la mayor parte de los pueblos de Asia, Africa y América les ofrecen los platos más exquisitos de sus cocinas ó los que fueron en vida su comida favorita, y dan banquetes á que suponen que asisten. Los egipcios les levantaban palacios, los musulmanes capillitas, etc., pero el pueblo maestro en esta materia y que ha conocido mejor el corazón humano es el de Dahomey. Estos negros saben que el hombre es vengativo; así, pues, dicen, para contentar al muerto no hay mejor que sacrificarle sobre la tumba á todos sus enemigos; y como el hombre es curioso y no sabrá cómo distraerse en la otra vida, le envían cada año un correo bajo la piel de un esclavo decapitado.

Nosotros nos diferenciamos de todos. Pese á las inscripciones de las tumbas, casi ninguno cree en que descansan los muertos, y menos en paz. El más optimista se imagina á sus bisabuelos tostándose aún en el Purgatorio, y, si no sale condenado, todavía podrá acompañarlos por muchos años. Y quien nos quiera contradecir, que visite las iglesias y los cementerios del país durante este día, observe y verá. Pero ya que estamos en el pueblo de San Diego, visitemos el suyo.

Hacia el oeste, en medio de los arrozales, está, no la ciudad, sino el barrio de los muertos: conduce á él una estrecha vereda, polvorosa en días de calor y navegable en días de lluvia. Una puerta de madera y un cerco mitad de piedra y mitad de caña y estacas, parecen separarle del pueblo de los hombres, pero no de las cabras del cura y algunos cerdos de la vecindad, que entran y salen para hacer exploraciones en las tumbas ó alegrar con su presencia aquella soledad.

En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en el verdadero Gólgota, están en confuso montón calaveras y huesos, que el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. Allí esperarán probablemente, no la resurrección de los muertos, sino la llegada de los animales, que con sus líquidos les calienten y laven aquellas frías desnudeces.—En los alrededores recientes excavaciones se notan: acá el terreno está hundido, allá forma pequeña colina. Crecen en toda su lozanía el tarambulo y el pandakakî: el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el segundo para añadir su olor al del cementerio por si éste no olía bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que, como aquellos cráneos, son ya únicamente conocidas de su Criador: la sonrisa de sus pétalos es pálida, y su perfume es el perfume de los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda fealdad; á veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y terremotos, ocultando á las miradas los venerables vacíos de la tumba.

A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado á los animales; sólo alguno que otro cerdo, animal difícil de convencer, se asoma con brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca, levanta el hocico al aire y parece decir á una mujer que reza:

—No lo comas todo; déjame algo ¿eh?

Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse: el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja vértebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro está preocupado, suda, fuma y escupe á cada momento.

—¡Oye!—dice el que fuma, en tagalo.—¿No sería mejor que cavásemos en otro sitio? Esto es muy reciente.

—Son tan recientes unas fosas como otras.

—¡No puedo más! Ese hueso que has partido aún sangra... ¡hum! ¿y esos cabellos?

—Pero ¡qué delicado eres!—le reprocha el otro.—¡Ni que fueras tú escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo lo he hecho, un cadáver de veinte días, por la noche, á obscuras, lloviendo... Se apagó mi linterna.

El otro se estremeció.

—El ataúd se desclavó, el muerto medio salió, olía... y tenerlo tú que cargar... y llovía, y estábamos ambos mojados, y...

—¡Brrr! Y ¿por qué lo has desenterrado?

El sepulturero le miró con extrañeza.

—¿Por qué? ¿lo sé yo acaso? ¡Me lo han mandado!

—¿Quién te lo mandó?

El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies á cabeza á su compañero.

—¡Hombre! pareces un español; las mismas preguntas me hizo después un español, pero en secreto. Pues te voy á contestar como al otro: me lo mandó el cura grande.

—¡Ah! y ¿qué has hecho después del cadáver?—continuó preguntando el delicado.

—¡Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos está lejos...

—¡No, no! ¡yo no cavo más!—interrumpió el otro, lleno de horror, soltando la pala y saltando de la fosa;—he partido un cráneo y temo que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero soltó una carcajada al ver como el melindroso se alejaba haciéndose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre sí, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente á rezar; oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar ó reprimir. Ya se oía un run run de orápreo, orápreiss y requiemæternams.

Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos se rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo entre los huesos; después con cuidado fué apartando los cráneos uno tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas, movió á un lado y otro la cabeza, miró á todas partes, y finalmente se levantó y se dirigió al sepulturero.

—¡Oye!—le dijo.

Este levantó la cabeza.

—¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del coco, con una completa dentadura, y que yo tenía allí al pie de la cruz, debajo de aquellas hojas?

El sepulturero se encogió de hombros.

—¡Mira!—añadió el viejo enseñándole una moneda de plata;—no tengo más que esto, pero te la daré si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el osario y dijo:

—¿No está allá? ¿No? Pues entonces no lo sé.

—¿Sabes? Cuando me paguen los que me deben te daré más,—continuó el viejo.—Era el cráneo de mi esposa; con que si me la encuentras...

—¿No está allá? ¡Pues no lo sé! Pero si queréis, os puedo dar otro.

—¡Eres como la tumba que cavas!—le apostrofó el viejo nerviosamente;—no sabes el valor de lo que pierdes. ¿Para quién es la fosa?

—¿Lo sé yo acaso? ¡Para un muerto!—contestó malhumorado el otro.

—¡Como la tumba, como la tumba!—repitió el viejo riendo secamente;—ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas. ¡Cava, cava!

Y se volvió dirigiéndose á la puerta.

El sepulturero entretanto había concluído con su tarea; dos montículos de tierra fresca y rojiza se levantaban en los bordes de la fosa. Sacó de su salakot buyo, y púsose á mascarlo, mirando con aire estúpido cuanto en su derredor pasaba.

XIII. Presagios de tempestad

En el momento en que el viejo salía, parábase á la entrada del sendero un coche que parecía haber hecho un largo viaje; estaba cubierto de polvo y los caballos sudaban.

Ibarra descendió seguido de un viejo criado; despidió el coche de un gesto y se dirigió al cementerio, silencioso y grave.

—¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver!—decía el anciano tímidamente;—capitán Tiago dijo que se cuidaría de hacer levantar un nicho; pero yo planté flores y una cruz labrada por mí.

Ibarra no contestó.

—¡Allí detrás de esa cruz grande, señor!—continuó el criado, señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.

Ibarra iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de algunas personas al reconocerle, quienes suspendieron el rezo y le siguieron con la vista llenas de curiosidad.

El joven caminaba con cuidado, evitando pasar por encima de las fosas que se conocían fácilmente por un hundimiento del terreno. En otro tiempo las pisaba, hoy las respetaba: su padre yacía en iguales condiciones. Detúvose al llegar al otro lado de la cruz y miró á todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado; buscaba huellas en el suelo y en ninguna parte se veía cruz alguna.

—¿Es aquí?—murmuraba entre dientes:—no, es allá, pero ¡la tierra está removida!

Ibarra le miraba angustiado.

—¡Sí!—continuó,—recuerdo que había una piedra al lado; la fosa era un poco corta; el sepulturero estaba enfermo, y la tuvo que cavar un aparcero, pero preguntaremos á ése qué se ha hecho de la cruz.

Dirigiéronse al sepulturero, que les observaba con curiosidad.

Este les saludó quitándose el salakot.

—¿Podéis decirnos cuál es la fosa que allá tenía una cruz?—preguntó el criado.

El interpelado miró hacia el sitio y reflexionó.

—¿Una cruz grande?

—Sí, grande,—afirmó con alegría el viejo, mirando significativamente á Ibarra, cuya fisonomía se animó.

—¿Una cruz con labores, y atada con bejucos?—volvió á preguntar el sepulturero.

—¡Eso es, eso es, así, así!—y el criado trazó en la tierra un dibujo en forma de cruz bizantina.

—Y ¿en la tumba había flores sembradas?

—¡Adelfas, sampagas y pensamientos! ¡eso es!—añadió el criado lleno de alegría, y le ofreció un tabaco.

—Decidnos cuál es la fosa y dónde está la cruz.

El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando:

—Pues la cruz... ¡yo la he quemado!

—¿Quemado? y ¿por qué la habéis quemado?

—Porque así lo mandó el cura grande.

—¿Quién es el cura grande?—preguntó Ibarra.

—¿Quién? El que pega, el padre Garrote.

Ibarra se pasó la mano por la frente.

—Pero, á lo menos, ¿podéis decirnos dónde está la fosa? la debéis recordar.

El sepulturero se sonrió.

—¡El muerto ya no está allí!—repuso tranquilamente.

—¿Qué decís?

—¡Ya!—añadió el hombre en tono de broma;—en su lugar enterré hace una semana una mujer.

—¿Estáis loco?—le preguntó el criado;—si todavía no hace un año que le hemos enterrado.

—¡Pues eso es! hace ya muchos meses que lo desenterré. El cura grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero como era pesado y aquella noche llovía...

El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y sacudiéndole.

—Y ¿lo has hecho?—preguntó el joven con acento indescriptible.

—No os enfadéis, señor,—contestó palideciendo y temblando;—no le enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos, dije para mí, y arrojé el muerto al agua!

Ibarra le puso ambos puños sobre los hombros y le miró largo tiempo con una expresión que no se puede definir.

—¡Tú no eres más que un desgraciado!—dijo, y salió precipitadamente, pisoteando huesos, fosas, cruces, como un loco.

El sepulturero se palpaba el brazo y murmuraba:

—¡Lo que dan que hacer los muertos! El Padre Grande me pegó de bastonazos por haberlo dejado enterrar estando yo enfermo; ahora éste á poco me rompe el brazo por haberlo desenterrado. ¡Lo que son estos españoles! Todavía voy á perder mi oficio.

Ibarra andaba aprisa con la mirada á lo lejos; el viejo criado le seguía llorando.

El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los árboles y hacía gemir á los cañaverales.

Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa que desde hace muchos años no había vuelto á pisar. Rodeada de un muro donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas se abrían: el ilang-ilang se balanceaba agitando alegremente sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.

Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote, que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego, aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón se aplastaba y amoldaba á sus formas, marcando unos muslos delgados y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasán con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.

Al encontrarse, detúvose el joven un momento y le miró de hito en hito; fray Salví esquivó la mirada y se hizo el distraído.

Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió á él rápidamente, le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz apenas inteligible.

—¿Qué has hecho de mi padre?—preguntó.

Fray Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como paralizado.

—¿Qué has hecho de mi padre?—le volvió á preguntar con voz ahogada.

El sacerdote, doblegado poco á poco por la mano que le oprimía, hizo un esfuerzo y contestó:

—¡Está equivocado; yo no le he hecho nada á su padre!

—¿Que no?—continuó el joven oprimiéndole hasta hacerle caer de rodillas.

—¡No, se lo aseguro! fué mi predecesor, fué el padre Dámaso...

—¡Ah!—exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la frente. Y abandonando al pobre fray Salví se dirigió precipitadamente hacia su casa.

El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile á levantarse.

XIV. Tasio el loco ó el filósofo

El extraño viejo vagaba distraído por las calles.

Era un antiguo estudiante de filosofía, que dejó la carrera por obedecer á su anciana madre, y no fué ni por falta de medios ni de capacidad: fué precisamente porque su madre era rica, y se decía que él tenía talento. La buena mujer temía que su hijo llegase á ser un sabio y se olvidase de Dios, por lo que le dió á escoger entre ser sacerdote ó dejar el colegio de San José. El, que estaba enamorado, optó por lo último, y se casó. Viudo y huérfano en menos de un año, buscó un consuelo en los libros para librarse de su tristeza, de la gallera y de la ociosidad. Pero se aficionó de tal modo á los estudios y á la compra de libros, que descuidó completamente su fortuna y se arruinó poco á poco.

Llamábanle las personas bien educadas don Anastasio ó el filósofo Tasio, y las de mala educación, que eran la mayoría, Tasio el loco, por sus raros pensamientos y extraña manera de tratar á los hombres.

Como decíamos, la tarde amenazaba tempestad; algunos relámpagos iluminaban con pálida luz el cielo plomizo; la atmósfera era pesada y el aire sumamente bochornoso.

El filósofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera: ahora sonríe mirando las obscuras nubes.

Cerca de la iglesia encontróse con un hombre, vestido de una chaqueta de alpaca, llevando en la mano más de una arroba en velas y un bastón de borlas, insignia de la autoridad.

—¿Parece que estáis alegre?—preguntóle éste en tagalo.

—En efecto, señor capitán; estoy alegre porque tengo una esperanza.

—¡Ah! ¿y qué esperanza es esa?

—¡La tempestad!

—¡La tempestad! ¿Pensáis bañaros sin duda?—preguntó el gobernadorcillo en tono burlón, mirando el modesto traje del viejo.

—Bañarme... no está mal, sobre todo cuando se tropieza con una basura,—contestó Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo, mirando en la cara á su interlocutor;—pero espero otra cosa mejor.

—¿Qué, pues?

—¡Algunos rayos que maten personas y quemen casas!—contestó seriamente el filósofo.

—¡Pedid de una vez el diluvio!

—¡Lo merecemos todos, y vos y yo! Vos, señor gobernadorcillo, tenéis allí una arroba de velas que vienen de la tienda del chino; yo hace más de diez años que voy proponiendo á cada nuevo capitán la compra de pararrayos, y todos se me ríen, y compran bombas y cohetes, y pagan repiques de campanas. Aun más, vos mismo, al siguiente día de mi proposición, encargasteis á los fundidores chinos una esquila para Santa Bárbara, cuando la ciencia ha averiguado que es peligroso tocar las campanas en días de tempestad. Y decidme, ¿por qué el año 70 cuando cayó un rayo en Biñan, cayó precisamente en la torre y destrozó reloj y un altar? ¿Qué hacía la esquila de Santa Bárbara?

En aquel momento brilló un relámpago.

—¡Jesús, María y José! ¡Santa Bárbara bendita!—murmuró el gobernadorcillo palideciendo y santiguándose.

Tasio soltó una carcajada.

—¡Sois dignos del nombre de vuestra patrona!—dijo en castellano dándole las espaldas, y se dirigió hacia la iglesia.

Los sacristanes levantaban dentro un túmulo rodeado de cirios en candelabros de madera. Eran dos mesas grandes, puestas una encima de otra, cubiertas con lienzos negros listados de blanco; aquí y allá se veían calaveras pintadas.

—¿Es por las almas ó por las velas?—preguntó.

Y viendo á dos muchachos de diez años el uno y siete el otro aproximadamente, se dirigió á éstos sin esperar la contestación de los sacristanes.

—¿Venís conmigo, muchachos?—les preguntó.—Vuestra madre os tiene preparada una cena de curas.

—¡El sacristán mayor no nos deja salir hasta las ocho, señor!—contestó el mayorcito.—Espero cobrar mi sueldo para dárselo á nuestra madre.

—¡Ah! y ¿á dónde vais?

—A la torre, señor, para doblar por las almas.

—¿Vais á la torre? Pues ¡cuidado! no os acerquéis á las campanas durante la tempestad.

Después abandonó la iglesia no sin haber seguido antes con una mirada de compasión á los dos muchachos, que subían las escaleras para dirigirse al coro.

Tasio se frotó los ojos, miró otra vez al cielo y murmuró:

—Ahora sentiría que cayesen rayos.

Y con la cabeza baja dirigióse pensativo hacia las afueras de la población.

—¡Pase usted antes!—le dijo en español una voz desde una ventana.

El filósofo levantó la cabeza y vió á un hombre de treinta á treinta y cinco años que le sonreía.

—¿Qué lee usted ahí?—preguntó Tasio señalando hacia un libro que el hombre tenía en la mano.

—Es un libro de actualidad: ¡Las penas que sufren las benditas ánimas del Purgatorio!—contestó el otro sonriendo.

—¡Hombre, hombre, hombre!—exclamó el viejo en diferentes tonos de voz entrando en la casa;—el autor debe ser muy listo.

Al subir las escaleras fué recibido amistosamente por el dueño de la casa y su joven señora. El se llamaba don Filipo Lino y ella doña Teodora Viña. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un partido casi liberal, si se le puede llamar así, y si es posible que haya partidos en los pueblos de Filipinas.

—¿Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael, que acaba de llegar de Europa?

—Sí, le ví cuando bajaba del coche.

—Dicen que ha ido á buscar el sepulcro de su padre... El golpe debió haber sido terrible.

El filósofo se encogió de hombros.

—¿No se interesa usted por esa desgracia?—preguntó la joven señora.

—Ya sabe usted que fuí yo uno de los seis que acompañamos al cadáver; fuí yo quien me presenté al Capitán General cuando ví que aquí todo el mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanación, y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida á adorarle en su muerte.

—¿Entonces?

—Ya sabe usted, señora, que no soy partidario de la monarquía hereditaria. Por las gotas de sangre china que mi madre me ha dado, pienso un poco como los chinos: honro al padre por el hijo, pero no al hijo por el padre. Que cada uno reciba el premio ó el castigo por sus obras, pero no por las de los otros.

—¿Ha mandado usted decir una misa por su difunta esposa, como se lo aconsejaba ayer?—preguntó la mujer cambiando de conversación.

—¡No!—contestó el viejo sonriendo.

—¡Lástima!—exclamó ella con verdadero pesar;—dicen que hasta mañana, á las diez, las almas vagan libres esperando los sufragios de los vivos; que una misa en estos días equivale á cinco en otros días del año, ó á seis, como dijo el cura esta mañana.

—¡Hola! ¿es decir que tenemos un gracioso plazo que hay que aprovechar?

—¡Pero, Doray!—intervino don Filipo;—ya sabes que don Anastasio no cree en el purgatorio.

—¿Que no creo en el purgatorio?—protestó el viejo medio levantándose de su asiento.—¡Hasta sé algo de su historia!

—¡La historia del purgatorio!—exclamaron llenos de sorpresa ambos consortes.—¡A ver! ¡Cuéntenosla usted!

—¿No la saben ustedes y mandan allá misas y hablan de sus penas? ¡Bueno! ya que empieza á llover y parece que va á durar, tendremos tiempo de no aburrirnos,—contestó Tasio poniéndose un momento á meditar.

Don Filipo cerró el libro que tenía en la mano, y Doray se sentó á su lado, dispuesta á no creer en nada de lo que el viejo Tasio iba á decir. Este comenzó de la siguiente manera:

—El purgatorio existía mucho antes de que viniera al mundo N. S. Jesucristo, y debía estar en el centro de la tierra según el P. Astete, ó en las cercanías de Cluny, según el monje de que nos habla el P. Girard. El sitio aquí es lo de menos. Ahora bien; ¿quiénes se tostaban en aquellos fuegos que ardían desde el principio del mundo? Su existencia antiquísima la prueba la Filosofía cristiana, que dice que Dios no ha creado nada nuevo desde que descansó.

—Podría haber existido in potentia, pero no in actu,—objetó el teniente mayor.

—¡Muy bien! Sin embargo, os contestaré que algunos lo conocieron como existente in actu, y uno de ellos fué Zarathustra ó Zoroastro, que escribió parte del Avesta y fundó una religión, que tenía ciertos puntos de contacto con la nuestra; y Zarathustra, según los sabios, existió ochocientos años lo menos antes de Jesucristo. Digo lo menos, pues Gaffarel, después de examinar los testimonios de Platón, Xanto de Lidia, Plinio, Hermipos y Eudoxo, le cree anterior en dos mil quinientos años á nuestra era. Sea de esto lo que se quiera, es lo cierto que Zarathustra hablaba ya de una especie de purgatorio, y daba los medios para librarse de él. Los vivos pueden redimir las almas de los muertos en pecado, recitando pasajes del Avesta, haciendo buenas obras, pero con la condición de que el que ha de orar sea un pariente hasta la cuarta generación. El tiempo para esto tenía lugar cada año y duraba cinco días. Más tarde, cuando esta creencia se hubo afirmado en el pueblo, los sacerdotes de aquella religión vieron en ella un gran negocio y explotaron aquellas «cárceles profundamente oscuras en donde reinan los remordimientos,» como dice Zarathustra. Establecieron, pues, que por el precio de un derem, una moneda de poco valor según dicen, se le puede ahorrar al alma un año de torturas; pero como para aquella religión había pecados que costaban de 300 á 1000 años de sufrimiento, como la mentira, la mala fe, el no cumplir una palabra dada, etc., resultaba que los pícaros se embolsaban millones de derems. Aquí verán ustedes algo que se parece ya á nuestro purgatorio, si bien con la diferencia sobrentendida de la diferencia de religiones.

Un relámpago, seguido de un retumbante trueno, hizo levantarse á Doray, quien dijo santiguándose:

—¡Jesús, María y José! Los dejo á ustedes; voy á quemar palma bendita y encender candelas de perdón.

La lluvia empezó á caer á torrentes. El filósofo Tasio prosiguió, mientras miraba alejarse á la joven:

—Ahora que no está, podemos hablar de la materia más razonadamente. Doray, aunque un poco supersticiosa, es una buena católica, y no me gusta arrancar la fe del corazón: una fe pura y sencilla se distingue del fanatismo como la llama del humo, como una música de una algarabía: los imbéciles como los sordos los confunden. Entre nosotros podemos decir que la idea del Purgatorio es buena, santa y razonable; continúa la unión entre los que fueron y los que son, y obliga á una mayor pureza de vida. El mal está en el abuso que de él se hace.

Pero veamos ahora cómo pudo pasar al catolicismo esta idea que no existía ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moisés ni Jesucristo hacen la más pequeña mención de él, y el único pasaje que citan de los Macabeos es insuficiente, además de que este libro fué declarado por el concilio de Laodicea apócrifo, y la Santa Iglesia Católica sólo lo ha admitido con posterioridad. La religión pagana tampoco tenía nada que se pareciese á él. El pasaje tan citado de Virgilio de Aliæ panduntur inanes, que diera ocasión á S. Gregorio el Grande para hablar de almas ahogadas, y á Dante para otro relato en su «Divina Comedia», no puede ser el origen de esta creencia. Ni los bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron á Grecia y Roma su Caronte y su Averno, tenían nada que se pareciese á esta idea. No hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filósofos, si bien conservan aún sus creencias y hasta ritos cristianizados, no han podido acompañar á sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del mediodía.—Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no creían en el Purgatorio: morían con esa alegre confianza de ver en breve cara á cara á Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo mencionaron, fueron san Clemente de Alejandría, Orígenes y san Ireneo, quizás influídos por la religión zarathustriana, que entonces florecía aún y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos á cada paso reproches al orientalismo de Orígenes. San Ireneo probaba su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo «tres días en las profundidades de la tierra», tres días de Purgatorio, y sacaba de esto que cada alma debía permanecer en él hasta la resurrección de la carne, por más que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso parece contradecirle. San Agustín habla también del Purgatorio, pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible, suponiendo que podrían continuarse en la otra vida los castigos que en ésta recibimos por nuestros pecados.

—¡Diantre con San Agustín!—exclamó don Filipo;—¡no estaba satisfecho con lo que aquí sufrimos y quería la continuación!

—Pues así andaba la cosa: unos creían y otros no. Sin embargo de que San Gregorio lo llegó ya á admitir en su de quibusdam levibus culpis esse ante judicium purgatorius ignis credendus est, nada hubo sobre ello definitivo hasta el año 1439, esto es, ocho siglos más tarde, en que el Concilio de Florencia declaró que debía existir un fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de Dios, pero sin haber satisfecho aún á la Justicia divina. Ultimamente el Concilio Tridentino, bajo Pío IV, en mil quinientos sesenta y tres, en la sesión XXV, dió el decreto del Purgatorio que empieza: Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc., en donde dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras obras piadosas eran los medios más eficaces de librar á las almas, si bien antepone á todo el sacrificio de la misa. Los protestantes no creen sin embargo en él, y los Padres griegos tampoco, pues echan de menos un fundamento cualquiera bíblico, y dicen que el plazo para el mérito ó desmérito termina á la muerte, y que el Quodcumque ligaberis in terra... no quiere decir usque ad purgatorium, etc.; pero á esto se puede contestar que estando el Purgatorio en el centro de la tierra, caía naturalmente bajo el dominio de san Pedro. Pero no acabaría si tuviese que repetir aquí todo lo que sobre el asunto se ha dicho. Un día que queráis discutir conmigo la materia, venid á mi casa y allá abriremos volúmenes y discutiremos libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no sé por qué esta noche la piedad de los cristianos permite el robo,—ustedes, las autoridades, lo dejan,—y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos, los dejaría, pero sé que muchos los quieren quemar para hacerme una obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar, es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.

—Pero ¿supongo que creerá usted en la condenación?—preguntó sonriendo Doray, que aparecía llevando en un braserillo hojas secas de palma que despedían humo fastidioso y agradable perfume.

—¡Yo no sé, señora, lo que de mí hará Dios!—respondió el viejo Tasio pensativo.—Cuando esté agonizando, me entregaré á Él sin temor; haga de mí lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.

—Y ¿qué pensamiento es ese?

—Si los únicos que pueden salvarse son los católicos, y de entre estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los católicos una duodécima parte de la población de la tierra si hemos de creer lo que dicen las estadísticas, resultaría que después de haberse condenado millares de millares de hombres durante los innumerables siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo, después que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora sólo conseguiría salvarse cinco por cada mil doscientos. ¡Oh ciertamente no! prefiero decir y creer con Job: ¿Serás severo contra una hoja que vuela y perseguirás una arista seca? ¡No, tanta desgracia es imposible, creerlo es blasfemar, no, no!

—¿Qué quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...

—¡Oh! ¡pero la Justicia y la Pureza divina veían el porvenir antes de la creación!—contestó el viejo estremeciéndose y levantándose.—La creación, el hombre es un sér contingente y no necesario, y ese Dios no debía haberle criado, no, si para hacer feliz á uno debía condenar á centenares á una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas ó de un momento. ¡No! Si eso fuera cierto, ahogue usted á su hijo que allí duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas entrañas se quemaban á los niños arrancados del seno de sus madres, ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sería al lado de él una débil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.

Y lleno de horror, el loco ó el filósofo abandonó la casa, corriendo á la calle á pesar de la lluvia y de la oscuridad.

Un deslumbrador relámpago, acompañado de un espantoso trueno, sembrando el aire de mortíferas chispas alumbró al viejo que, tendidas las manos al cielo, gritaba:

—¡Tú protestas! ¡Ya sé que no eres cruel, ya sé que sólo debo llamarte El Bueno!

Los relámpagos redoblaban, la tempestad arreciaba...

XV. Los sacristanes

Los truenos retumbaban á cortos intervalos, cruzándose unos con otros, y cada trueno precedido del espantoso zigzag del rayo: habríase dicho que Dios escribía con un incendio su nombre y que la bóveda eterna temblaba medrosa. La lluvia caía á torrentes y, azotada por el viento, que silbaba lúgubremente, cambiaba atontada á cada momento de dirección. Las campanas entonaban con voz llena de miedo su melancólica plegaria, y en el breve silencio, que dejaba el robusto rugido de los elementos desencadenados, un triste tañido, queja al parecer, gemía plañidero.

En el segundo cuerpo de la torre hallábanse los dos muchachos, que vimos de paso hablando con el filósofo. El menor, que tenía grandes ojos negros y tímido semblante, procuraba pegar su cuerpo al de su hermano, que se le parecía mucho en las facciones, sólo que la mirada era más profunda y la fisonomía más decidida. Ambos vestían pobremente trajes llenos de zurcidos y remiendos, Sentados sobre un trozo de madera, cada uno tenía en la mano una cuerda, cuya extremidad se perdía en el tercer piso, allá arriba entre sombras. La lluvia, empujada por el viento, llegaba hasta ellos y atizaba un cabo de vela, que ardía sobre una gran piedra, de que se sirven para imitar el trueno en Viernes Santo haciéndola rodar por el coro.

—¡Tira de tu cuerda, Crispín!—dijo el mayor á su hermanito.

Este se colgó de ella, y arriba se oyó un débil lamento, que apagó al instante un trueno, multiplicado por mil ecos.

—¡Ah! si estuviéramos ahora en casa, con madre!—suspiró el pequeño mirando á su hermano; allí no tendría miedo.

El mayor no contestó; estaba mirando cómo se derramaba la cera y parecía preocupado.

—¡Allá nadie me dice que robo!—añadió Crispín; ¡madre no lo permitiría! Si supiese que me pegan...

El mayor separó su vista de la llama, levantó la cabeza mordiendo con fuerza la gruesa cuerda de la que tiró violentamente, dejando oir una sonora vibración.

—¿Vamos á vivir siempre así, hermano?—continuó hablando Crispín.—¡Quisiera enfermar mañana en casa, quisiera tener una larga enfermedad para que madre me cuidase y no me dejase volver al convento! Así no me llamarían ladrón, ni me pegarían! Y tú también, hermano, debías enfermar conmigo.

—¡No!—contestó el mayor;—nos moriríamos todos: madre de pena, y nosotros de hambre.

Crispín no replicó.

—¿Cuánto ganas tú este mes?—preguntó al cabo de un momento.

—Dos pesos: me han impuesto tres multas.

—Paga lo que dicen que he robado, así no nos llamarán ladrones; ¡págalo, hermano!

—¿Estás loco, Crispín? Madre no tendría qué comer; el sacristán mayor dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.

El pequeño contó en sus dedos hasta llegar á treinta y dos.

—¡Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,—murmuró después pensativo.—Y cada peso... ¿cuántos cuartos?

—Ciento sesenta.

—¿Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? ¡Madre! Y ¿cuántos son ciento sesenta?

—Treinta y dos manos,—contestó el mayor.

Crispín se quedó un momento viéndose las manecitas.

—¡Treinta y dos manos!—repetía;—seis manos y dos dedos, y cada dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... ¡Madre, cuántos cuartos! No podrá uno contarlos en tres días... y se puede comprar chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para tí y madre y...

Crispín se puso pensativo.

—¡Ahora, siento no haber robado!

—¡Crispín!—le reprendió su hermano,

—¡No te enfades! El cura ha dicho que me mataría á palos si no parece el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podría hacer aparecer... y si muero, que al menos tengáis ropas tú y madre! ¡Si lo hubiese robado!

El mayor se calló y tiró de su cuerda. Después repuso suspirando:

—¡Lo que temo es que regañe madre contigo cuando lo sepa!

—¿Lo crees tú?—preguntó el pequeño sorprendido.—Tú dirás que á mí ya me han pegado mucho, yo le enseñaré mis cardenales, y mi bolsillo roto: no he tenido más que un cuarto que me dieron en la Pascua, y el cura me lo quitó ayer. No he visto otro cuarto más hermoso. ¡Madre no lo va á creer, no lo creerá!

—Si el cura lo dice...

Crispín empezó á llorar, murmurando entre sollozos:

—Entonces retírate solo, no quiero retirarme; dí á madre que estoy enfermo; no quiero retirarme.

—¡Crispín, no llores!—dijo el mayor.—Madre no lo creerá; no llores; el viejo Tasio dijo que nos espera una buena cena...

Crispín levantó la cabeza y miró á su hermano:

—¡Una buena cena! Yo todavía no he comido; no me quieren dar de comer hasta que parezcan las dos onzas... Pero ¿si madre lo cree? Tú le dirás que el sacristán mayor miente, y el cura que le cree, también, que todos ellos mienten; que dicen que somos ladrones porque nuestro padre es un vicioso que...

Pero una cabeza apareció saliendo del fondo de la escalerilla que conducía al piso principal, y esta cabeza, como la de Medusa, heló la palabra en los labios del niño. Era una cabeza prolongada, flaca, con largos cabellos negros; unas gafas azules le disimulaban un ojo tuerto. Era el sacristán mayor que así solía aparecer, sin ruido, sin prevenir.

Los dos hermanos se quedaron fríos.

—¡A tí, Basilio, te impongo una multa de dos reales por no tocar á compás!—dijo con voz cavernosa como si no tuviese cuerdas vocales.—Y tú, Crispín, te quedas esta noche hasta que aparezca lo que has robado.

Crispín miró á su hermano como pidiéndole amparo.

—Tenemos ya permiso... madre nos espera á las ocho,—murmuró tímidamente Basilio.

—¡Es que tampoco te retiras tú á las ocho! ¡hasta las diez!

—Pero, señor, á las nueve ya no se puede andar y la casa está lejos.

—Y ¿me querrás tú mandar á mí?—le preguntó irritado aquel hombre. Y cogiendo á Crispín del brazo trató de arrastrarle.

—¡Señor! ¡hace ya una semana que no hemos visto á nuestra madre! suplicó Basilio cogiendo á su hermanito como para defenderle.

El sacristán mayor de una palmada le apartó la mano y arrastró á Crispín, que comenzó á llorar dejándose caer al suelo mientras decía á su hermano:

—¡No me dejes, me van á matar!

Pero el sacristán, sin hacerle caso, le arrastró escaleras abajo, desapareciendo entre las sombras.

Basilio se quedó sin poder articular una palabra. Oyó los golpes que daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla, un grito, varias palmadas, y después se perdieron poco á poco aquellos acentos desgarradores.

El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente abiertos, y los puños cerrados.

—¿Cuándo podré arar un campo!—murmuró entre dientes, y bajó precipitadamente.

Al llegar al coro se puso á escuchar con atención; la voz de su hermanito se alejaba á toda prisa y el grito: ¡madre! ¡hermano! se extinguió completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando, detúvose un momento; mordióse el puño para ahogar un grito que se le escapaba del corazón y dejó vagar sus miradas en la semiobscuridad de la iglesia. Allí ardía débilmente la lámpara de aceite; el catafalco estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenían rejas.

De repente subió la escalerilla, pasó por el segundo cuerpo, donde ardía la vela, y subió al tercero. Desató las cuerdas que sujetaban los badajos, y después volvió á descender pálido, pero sus ojos brillaban y no por las lágrimas.

La lluvia en tanto comenzaba á cesar y el cielo se despejaba poco á poco.

Basilio anudó las cuerdas, ató un cabo á un balaustre da la barandilla, y sin acordarse de apagar la luz se dejó deslizar en medio de la obscuridad.

Algunos minutos después, en una de las calles del pueblo se oyeron voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarmó y todo quedó otra vez en silencio.

XVI. Sisa

La noche es obscura: duermen en silencio los vecinos; las familias que han recordado á los que dejaron de existir, se entregan al sueño tranquilas y satisfechas: han rezado tres partes de rosario con requiems, la novena de las almas, y quemado muchas velas de cera delante de las sagradas imágenes. Los ricos y pudientes han cumplido con los deudos que les legaron su fortuna; al día siguiente oirían las tres misas que dice cada sacerdote, darían dos pesos para otra en su intención, y luego comprarían la bula de los difuntos, llena de indulgencias. A fe que la Justicia divina no parece tan exigente como la humana.

Pero el pobre, el indigente que apenas gana para mantenerse y tiene que sobornar á los directorcillos, escribientes y soldados para que le dejen vivir en paz, ese no duerme con la tranquilidad que creen los poetas cortesanos, los cuales tal vez no hayan sufrido las caricias de la miseria. El pobre está triste y pensativo. Aquella noche, si ha rezado poco, ha orado mucho, con dolor en los ojos y lágrimas en el corazón. No tiene las novenas, ni sabe las jaculatorias, ni los versos, ni los oremus, que han compuesto los frailes para los que no tienen ideas propias, ni propios sentimientos; no los entiende tampoco. Reza en el idioma de su miseria; su alma llora por él y por los seres muertos cuyo amor era su bien. Sus labios pueden proferir salutaciones, pero su mente grita quejas y acusa lamentos. ¿Estaréis satisfechos, tú que bendijiste la pobreza, y vosotras sombras atormentadas, con la sencilla oración del pobre, proferida delante de una mal grabada estampa, á la luz de un timsim, ó deseáis por ventura cirios delante de Cristos sangrientos, de Vírgenes de boca pequeña y ojos de cristal, las misas en latín, que dice maquinalmente el sacerdote? Y tú, Religión predicada para la humanidad que sufre, ¿habrás olvidado tu misión de consolar al oprimido en su miseria y de humillar al poderoso en su orgullo, y sólo tendrías ahora promesas para los ricos, para los que pueden pagarte?

La pobre viuda vela entre los hijos que duermen á su lado; piensa en las bulas que debe comprar para el descanso de los padres y del difunto esposo. «Un peso, dice, un peso es una semana de amores para mis hijos, una semana de risas y alegrías, mis economías de un mes, un traje para mi hija que se va haciendo mujer...»—«Pero es menester que apagues estos fuegos, dice la voz que ella oyó predicar; es menester que te sacrifiques.» ¡Si! ¡es necesario! La Iglesia no te salva gratuitamente las almas queridas: no reparte bulas gratis. La debes comprar y, en vez de dormir la noche, trabajarás. Tu hija que enseñe entretanto sus desnudeces púdicas; ¡ayuna, que el cielo es caro! ¡Decididamente parece que los pobres no entran en el cielo!

Estos pensamientos van volando por el ámbito que separa el sahig, donde está tendida la humilde estera, del palupu de donde cuelga la hamaca en que se mece el niño. Su respiración es fácil y reposada; de cuando en cuando mastica la saliva y articula sonidos: sueña comer el estómago hambriento que no está satisfecho con lo que le han dado los hermanos mayores.

Las cigarras van cantando monótonamente uniendo su nota eterna y continuada á los trinos del grillo, oculto en la hierba, ó de la zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el chacón, ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatídica voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros ladran lastimeramente allá en la calle, y el supersticioso que lo escucha, está convencido de que los animales ven los espíritus y las sombras. Pero ni los perros ni los otros insectos ven los dolores de los hombres, y sin embargo ¡cuántos existen!

Allá lejos del pueblo, á una distancia como de una hora, vive la madre de Basilio y de Crispín, mujer de un hombre sin corazón, la cual procura vivir para sus hijos mientras el marido vaga y juega al gallo. Sus entrevistas son raras, pero siempre dolorosas. El le ha ido despojando de sus pocas alhajas para alimentar sus vicios, y cuando la sufrida Sisa ya no poseía nada para sostener los caprichos de su marido, entonces comenzó á maltratarla. Débil de carácter, con más corazón que cerebro, ella sólo sabía amar y llorar. Para ella su marido era su Dios; sus hijos eran sus ángeles. El, que sabía hasta qué punto era adorado y temido, se portaba también como todos los falsos dioses; cada día se hacía más cruel, inhumano, voluntarioso.

Cuando le consultó Sisa, una vez que le vió con el semblante más sombrío que nunca, sobre su proyecto de hacer sacristán á Basilio, continuó acariciando el gallo, no dijo ni sí ni no, y sólo preguntó si ganaría mucho dinero. Ella no se atrevió á insistir; pero su apurada situación y el deseo de que los chicos aprendieran á leer y escribir en la escuela del pueblo, la obligaron á llevar á cabo el proyecto. El marido tampoco dijo nada.

Aquella noche, á eso de diez y media ú once, cuando las estrellas brillaban ya en el cielo que la tempestad ha despejado, estaba Sisa sentada sobre un banco de madera, mirando algunas ramas que medio ardían en su hogar, compuesto de piedras vivas más ó menos angulares. Sobre uno de estos trípodes ó tunkô, había una ollita en donde cocía arroz, y sobre las brasas tres sardinas secas, de las que se venden tres dos cuartos.

Tenía la barba apoyada sobre la palma de su mano, mirando la llama amarillenta y débil que da la caña, cuyas pasajeras brasas se volvían pronto ceniza; triste sonrisa iluminaba su rostro. Se acordaba del gracioso acertijo de la olla y del fuego, que Crispín le propuso una vez. El muchacho decía:

Naupú si Maitim, sinulut ni Mapulá

Nang malaó y kumara kará.

Era aún joven y se conocía que un tiempo debió ser bella y graciosa. Sus ojos, que, al igual de su alma, diera ella á sus hijos, eran hermosos, de largas pestañas y profunda mirada; su nariz era correcta; sus pálidos labios, de un gracioso dibujo. Era lo que los tagalos llaman kayumanging kaligatan, esto es, morena, pero de un color limpio y puro. Sin embargo de su juventud, el dolor, ó acaso el hambre, empieza á socavar las pálidas mejillas, la abundante cabellera, en otro tiempo gala y adorno de su persona, si está aún aliñada no es por coquetería, sino por costumbre: un moño muy sencillo sin agujas ni peinetas.

Había estado varios días sin salir de casa, cosiendo una obra que le habían encargado concluyese lo más pronto posible. Ella, para ganar dinero, dejó de oir misa aquella mañana, pues habría empleado en ir y venir al pueblo dos horas lo menos:—¡la pobreza obliga á pecar!—Concluído su trabajo, lo llevó al dueño, pero éste sólo le prometió pagar.

Todo el día estuvo pensando en los placeres de la noche: supo que sus hijos iban á venir, y pensó regalarles. Compró sardinas, cogió de su jardinito los tomates más hermosos, porque sabía que eran la comida favorita de Crispín; pidió á su vecino, el filósofo Tasio, que vivía á medio kilómetro, tapa de jabalí y una pierna de pato silvestre, los bocados favoritos de Basilio. Y llena de esperanzas coció el más blanco arroz, que ella misma había recogido en las eras. Aquello era, en efecto, una cena de curas para los pobres chicos.

Pero por una desgraciada casualidad vino el marido y se comió el arroz, la tapa de jabalí, la pierna del pato, cinco sardinas y los tomates. Sisa no dijo nada, si bien le pareció que la comían á ella misma. Harto ya él, se acordó de preguntar por los hijos; entonces Sisa pudo sonreir y, contenta, prometió en su interior no cenar aquella noche, pues de lo que quedaba no había para tres. El padre preguntó por sus hijos, y esto para ella era más que comer.

Después él cogió su gallo y quiso marcharse.

—¿No quieres verlos?—preguntó temblorosa;—el viejo Tasio me ha dicho que se retardarían un poco; Crispín ya lee y... ¡quizás Basilio traiga su sueldo!

A esta última razón el marido se detuvo, vaciló, pero triunfó su ángel bueno.

—¡En ese caso guárdame un peso!—dijo, y se marchó.

Sisa lloró amargamente, pero se acordó de sus hijos y secóse las lágrimas. Coció nuevo arroz, y preparó las tres sardinas que quedaron: cada uno tendría una y media.

—¡Traerán buen apetito!—pensaba;—el camino es largo y los estómagos hambrientos no tienen corazón.

Atenta á todo rumor la encontramos escuchando las más ligeras pisadas; fuertes y claras, Basilio; ligeras y desiguales, Crispín, pensaba ella.

El kalao cantó en el bosque dos ó tres veces ya, desde que la lluvia había cesado, y no obstante sus hijos no llegaban todavía.

Puso las sardinas dentro de la olla para que no se enfriaran y se acercó al umbral de la choza para mirar hacia el camino. A fin de distraerse se puso á cantar en voz baja. Ella tenía una hermosa voz, y cuando sus hijos la oían cantar kundiman lloraban sin saber por qué. Pero aquella noche su voz temblaba, y las notas salían perezosas.

Suspendió su canto y hundió la mirada en la obscuridad. Nadie venía del pueblo, á no ser el viento que hacía caer el agua de las anchas hojas de los plátanos.

De repente vió un perro negro aparecer delante de ella; el animal rastreaba algo en el sendero. Sisa tuvo miedo, cogió una piedra y se la arrojó. El perro echó á correr aullando lúgubremente.

Sisa no era supersticiosa, pero tanto había oído hablar sobre presentimientos y perros negros que el terror se apoderó de ella. Cerró precipitadamente la puerta, y se sentó al lado de la luz. La noche favorece las creencias, y la imaginación puebla el aire de espectros.

Trató de rezar, de invocar á la Virgen, á Dios para que cuidasen de sus hijos, sobre todo, de su pequeño Crispín. Y distraídamente olvidó el rezo para no pensar más que en ellos, recordando las facciones de cada uno, aquellas facciones que le sonríen continuamente, ya en sueños, ya en vigilias. Mas de repente sintió erizarse sus cabellos, sus ojos se abrieron desmesuradamente; ilusión ó realidad, ella veía á Crispín de pie al lado del hogar, allí donde solía sentarse para charlar con ella. Ahora no decía nada; la miraba con aquellos grandes ojos pensativos, y sonreía.

—¡Madre, abrid! ¡abrid, madre!—decía la voz de Basilio desde fuera.

Sisa se estremeció vivamente y la visión desapareció.

XVII. Basilio

La vida es sueño.

Apenas pudo entrar Basilio, y tambaleando se dejó caer en los brazos de su madre.

Un frío inexplicable se apoderó de Sisa al verle llegar solo. Quiso hablar, pero no halló sonidos; quiso abrazar á su hijo, pero tampoco halló fuerzas; llorar, érale imposible.

Pero á la vista de la sangre que bañaba la frente del niño, pudo gritar con ese acento que parece anunciar la rotura de una cuerda del corazón:

—¡Hijos míos!

—¡No temáis nada, madre!—lo contestó Basilio;—Crispín se ha quedado en el convento.

—¿En el convento? ¿se ha quedado en el convento? ¿Vive?

El niño levantó hacia ella sus ojos.

—¡Ah!—exclamó pasando de la mayor angustia á la mayor alegría. Sisa lloró, abrazó á su hijo cubriéndole de besos la ensangrentada frente.

—¡Vive Crispín! tú le dejaste en el convento... y ¿por qué estás herido, hijo mío? ¿Te has caído?

Y le examinaba cuidadosamente.

—El sacristán mayor, al llevarse á Crispín, me dijo que no podría salir hasta las diez, y como es muy tarde me escapé. En el pueblo me dieron los soldados el ¿quién vive? eché á correr, dispararon, y una bala rozó mi frente. Temía que me prendiesen y que me hiciesen fregar el cuartel á palos como lo hicieron con Pablo, que aún está enfermo.

—¡Dios mío, Dios mío!—murmuró la madre estremeciéndose.—¡Tú le has salvado!

Y añadía mientras buscaba paños, agua, vinagre y plumón de garza:

—¡Un dedo más y te matan, me matan á mi hijo! ¡Los guardias civiles no piensan en las madres!

—Diréis que me he caído de un árbol; que no sepa nadie que fuí perseguido.

—¿Por qué se ha quedado Crispín?—preguntó Sisa, después que hubo hecho la cura á su hijo.

Este la contempló por algunos instantes, después, abrazándola, le refirió poco á poco lo de las onzas; sin embargo, no habló de las torturas que hacían sufrir á su hermanito.

Madre é hijo confundieron sus lágrimas.

—¡Mi buen Crispín! ¡acusar á mi buen Crispín! ¡Es porque somos pobres, y los pobres tenemos que sufrirlo todo!—murmuraba Sisa, mirando con sus ojos llenos de lágrimas el tinhoy, cuyo aceite se acababa.

Así permanecieron algún rato silenciosos.

—¿Has cenado ya? ¿No? Hay arroz y sardinas secas.

—No tengo ganas; agua, quiero agua no más.

—¡Sí!—repuso la madre con tristeza;—ya sabía yo que no te gustaban las sardinas secas; yo te había preparado otra cosa, pero vino tu padre, ¡pobre hijo mío!

—¿Vino padre?—preguntó Basilio, y examinó instintivamente la cara y las manos de su madre. La pregunta del hijo hizo oprimirse el corazón de Sisa, que le comprendió demasiado, así es que se apresuró á añadir:

—Vino y preguntó mucho por vosotros, quería veros; tenía mucha hambre. Ha dicho que si seguís siendo buenos, volvería á quedarse con nosotros.

—¡Ah!—interrumpió Basilio, y sus labios se contrajeron con disgusto.

—¡Hijo!—le reprendió ella.

—¡Perdonad, madre!—repuso seriamente:—¿no estamos mejor nosotros tres, vos, Crispín y yo? pero lloráis; no he dicho nada.

Sisa suspiró.

—¿No cenas? Entonces acostémonos, que ya es tarde.

Sisa cerró la choza y cubrió las pocas brasas con ceniza para que no se extinguiesen, como hace el hombre con los sentimientos del alma: cubrirlos con la ceniza de la vida que llaman indiferencia, para que no se apaguen con el trato cotidiano de nuestros semejantes.

Basilio murmuró sus oraciones y acostóse cerca de su madre, que rezaba arrodillada.

Sentía calor y frío; procuró cerrar los ojos pensando en su hermanito que aquella noche contaba dormir en el regazo de la madre, y ahora lloraría y temblaría de miedo en un rincón obscuro del convento. Sus oídos le repetían aquellos gritos, como los había oído en la torre, pero la cansada naturaleza principió á confundir sus ideas, y el espíritu de los sueños descendió sobre sus ojos.

Vió una alcoba donde ardían dos velas. El cura, con el bejuco en la mano, escuchaba sombrío al sacristán mayor, que le hablaba en un extraño idioma, con gestos horribles. Crispín temblaba y volvía los ojos llorosos á todas partes como buscando á alguien ó un escondite. El cura se vuelve á él y le interpela irritado, y el bejuco silba. El niño corre á esconderse detrás del sacristán, pero éste le coge, le sujeta y le ofrece al furor del cura: el infeliz pugna, patalea, grita, se tira al suelo, rueda, se levanta, huye, resbala, cae y para los golpes con las manos, que, heridas, esconde vivamente aullando. ¡Basilio le ve retorcerse, golpear el suelo con la cabeza, ve y oye silbar el bejuco! Desesperado su hermanito se levanta; loco de dolor, se arroja sobre sus verdugos y muerde al cura en la mano. Este suelta un grito, deja caer el bejuco; el sacristán mayor coge un bastón, le da un golpe en la cabeza, y el niño cae aturdido; el cura, al verse herido, le patea, pero ya no se defiende, ya no grita: rueda por el suelo como una masa inerte y deja un húmedo rastro...

La voz de Sisa le llamó á la realidad.

—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?

—¡Soñé!... ¡Dios mío!—exclamó Basilio incorporándose cubierto de sudor.—Fué un sueño, decid, madre, que no fué más que un sueño, ¡un sueño no más!

—¿Qué has soñado?

El muchacho no contestó. Sentóse para enjugarse las lágrimas y el sudor. La choza estaba toda á obscuras.

—¡Un sueño, un sueño!—repetía Basilio en voz baja.

—¡Cuéntame qué has soñado; no puedo dormir!—decía la madre cuando su hijo volvió á acostarse.

—Pues,—dijo éste en voz baja,—soñé que fuimos á recoger espigas... en una sementera donde había muchas flores... las mujeres tenían cestos llenos de espigas... los hombres tenían también cestos llenos de espigas... y los niños también... ¡No me acuerdo más, madre, no me acuerdo de lo demás!

Sisa no insistió; ella no hacía caso de los sueños.

—Madre, he formado un proyecto esta noche,—dijo Basilio después de algunos minutos de silencio.

—¿Qué proyecto?—preguntó ella.

Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los creía más juiciosos que ella misma.

—¡Ya no quisiera ser sacristán!

—¿Cómo?

—Oid, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de España el hijo del difunto don Rafael, y el cual será tan bueno como su padre. Pues bien, madre, mañana sacáis á Crispín, cobráis mi sueldo y decís que ya no seré sacristán. Tan pronto como me ponga bueno, iré á verle á don Crisóstomo y le suplicaré me admita como pastor de vacas ó carabaos: ya soy bastante grande. Crispín podrá aprender en casa del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por más que no lo crea el cura. ¿Qué tenemos ya que temer del padre? ¿Puede hacernos más pobres de lo que somos? Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejaré de ser sacristán, se gana poco, y todavía lo que se gana se va en multas. Todos se quejan de lo mismo. Seré pastor, y cuidando bien lo que se me confíe, me haré querer del dueño; quizás nos dejen ordeñar una vaca para tomar leche; á Crispín le gusta mucho la leche. ¡Quién sabe! quizás os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la engordaremos como nuestra gallina. En el bosque cogeré frutas y las venderé en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta, y así tendremos dinero. Armaré lazos y trampas para coger aves y gatos monteses, pescaré en el río, y cuando sea más grande, cazaré. Podré también cortar leña para vender ó regalar al dueño de las vacas, y así le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pediré me confíe un pedazo de tierra para sembrar caña de azúcar ó maíz, y no tendréis que coser hasta media noche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos carne y pescados grandes. Entretanto viviré libre, nos veremos todos los días y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispín tiene mucha cabeza, le enviaremos á Manila á estudiar; yo le mantendré trabajando: ¿verdad, madre? Y será doctor, ¿qué decís?

—¿Qué he de decir? ¡Que sí!—contestó Sisa abrazando á su hijo.

Había notado que el hijo no contaba para nada con su padre en el porvenir, y lloró lágrimas silenciosas.

Basilio siguió hablando de sus proyectos con esa confianza de los años que no ve más que lo que se quiere ver. Sisa á todo decía , todo le parecía bueno. El sueño volvió á descender poco á poco sobre los cansados párpados del niño, y esta vez el Ole Luköie de que nos habla Andersen desplegó sobre él su hermoso paraguas, lleno de alegres pinturas.

Ya se veía pastor con su hermanito; cogían guayabas, alpay y otras frutas en el bosque; andaban de rama en rama, ligeros como las mariposas; entraban en las grutas y veían que las paredes brillaban; bañábanse en los manantiales, y la arena eran polvos de oro, y las piedras como las piedras de la corona de la Virgen. Los pececillos les cantaban y reían, las plantas inclinaban sus ramas, cargadas de monedas y frutas. Luego vió una campana, colgada de un árbol, y una cuerda larga para tocarla: á la cuerda había atada una vaca con un nido de pájaros entre las astas, y Crispín estaba dentro de la campana, etcétera. Y así fué soñando.

Pero la madre, que no tenía su edad ni había corrido durante una hora, no dormía.

XVIII. Almas en pena

Serían las siete de la mañana cuando fray Salví concluyó de decir su última misa: las tres se ofrecieron en el espacio de una hora.

—El padre está enfermo,—decían las devotas;—no se mueve con la pausa y elegancia de costumbre.

Despojóse de sus vestiduras sin decir una palabra, sin mirar á nadie, sin hacer ninguna observación.

—¡Atención!—se cuchicheaban los sacristanes;—¡el barreno progresa! ¡Van á llover multas, y todo por culpa de los dos hermanos!

Abandonó la sacristía para subir á la casa parroquial, en cuyo zaguán escuela aguardábanle sentadas en los bancos unas siete ú ocho mujeres y un hombre, que se paseaba de un extremo á otro. Al verle venir, levantáronse, una mujer se adelantó para besarle la mano, pero el religioso hizo un gesto tal de impaciencia, que la detuvo en medio de su camino.

—¿Habrá perdido un real Kuriput?—exclamó la mujer con risa burlona, ofendida de tal recibimiento. ¡No darle á besar la mano á ella, la celadora de la Hermandad, la hermana Rufa! Aquello era inaudito.

—¡Esta mañana no se ha sentado en el confesonario!—añadió hermana Sipa, una vieja sin dientes;—yo quería confesarme para comulgar y ganar las indulgencias.

—¡Pues os compadezco!—repuso una joven de cándida fisonomía;—esta semana gané tres plenarias, y las dediqué al alma de mi marido.

—¡Mal hecho, hermana Juana!—dijo la ofendida Rufa.—Con una plenaria había bastante para sacarle del Purgatorio; no debéis malgastar las santas indulgencias; haced lo que yo.

—Yo decía: ¡cuanto más, mejor!—contestó la sencilla hermana Juana sonriendo.—Pero, decid, ¿qué es lo que hacéis?

Hermana Rufa no contestó al instante: primero pidió un buyo, lo mascó, miró á su auditorio que escuchaba atento, escupió á un lado, y comenzó mientras mascaba tabaco:

—¡Yo no malgasto ni un santo día! Desde que pertenezco á la Hermandad he ganado 457 indulgencias plenarias, 760,598 años de indulgencias. Apunto todas las que gano, porque me gusta tener cuentas limpias; no quiero engañar, ni que me engañen.

Hermana Rufa hizo una pausa y continuó mascando; las mujeres la miraban con admiración, pero el hombre que se paseaba se detuvo, y le dijo un poco desdeñoso:

—Pues yo, solamente este año, he ganado cuatro plenarias más que vos, hermana Rufa, y cien años más, y eso que este año no he rezado mucho.

—¿Más que yo? ¿Más de 689 plenarias de 994,856 años?—repitió hermana Rufa algo disgustada.

—Eso es, ocho plenarias más y ciento quince años más y en pocos meses,—repitió el hombre, de cuyo cuello pendían escapularios y rosarios mugrientos.

—No es extraño,—dijo la Rufa dándose por vencida;—¡sois el maestro y el jefe en la provincia!

El se sonrió lisonjeado.

—No es extraño que gane más que vos, en efecto; casi, casi puedo decir que aún durmiendo gano indulgencias.

—Y ¿qué hacéis de ellas, maestro?—preguntaron cuatro ó cinco voces á la vez.

—¡Psh!—contestó el hombre haciendo una mueca de soberano desprecio; ¡las tiro por aquí y por allá!

—¡Pues en eso sí que no os puedo alabar, maestro!—protestó la Rufa.—¡Iréis al purgatorio por malgastar indulgencias! Ya sabéis que por cada palabra inútil se padecen cuarenta días de fuego, según el cura; por cada palmo de hilo, sesenta; por cada gota de agua, veinte. ¡Vais al purgatorio!

—¡Ya sabré yo salir de él!—contestó hermano Pedro con una confianza sublime.—¡He sacado tantas almas del fuego! ¡He hecho tantos santos! Y además, in articulo mortis puedo ganarme todavía, si quiero, lo menos siete plenarias, y podré salvar á otros, muriendo!

Y dicho esto, se alejó orgullosamente.

—Sin embargo, debíais hacer lo que yo, que no pierdo un día y hago bien mis cuentas. ¡No quiero engañar ni que me engañen!

—¿Qué hacéis?—preguntó la Juana.

—Pues debéis imitar lo que hago. Por ejemplo: suponed que gano un año de indulgencias, lo apunto en mi cuaderno y digo: Bienaventurado Padre Señor Santo Domingo, haced el favor de ver si en el purgatorio hay alguno que precisamente necesite un año, ni un día más ni un día menos. Juego cara y cruz; si sale cara, no; si sale cruz, sí. Pues supongamos que sale cruz, entonces escribo: Cobrado; ¿sale cara? entonces retengo la indulgencia, y de este modo hago grupitos de cien años que tengo bien apuntados. Lástima que con ellos no se pueda hacer lo que con el dinero: darlas á interés; se podrían salvar más almas. Creedme, haced lo que yo.

—¡Pues yo hago otra cosa mejor!—contestó hermana Sipa.

—¿Qué? ¿mejor?—pregunta sorprendida la Rufa.—¡No puede ser! ¡Lo que yo hago es inmejorable!

—¡Oid un momento y os convenceréis, hermana!—contesta la vieja Sipa en tono desabrido.

—¡A ver, á ver! ¡oigamos!—dijeron las otras.

Después de toser ceremoniosamente, habló la vieja de esta manera:

—Vosotras sabéis muy bien que rezando el Bendita sea tu Pureza, y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, se ganan diez años por cada letra...

—¡Veinte!—No, ¡menos!—¡Cinco!—dijeron varias voces.

—¡Uno más, uno menos, no importa! Ahora; cuando un criado ó una criada me rompe un plato, vaso ó taza, etc., le hago recoger todos los pedazos, y por cada uno, aún por el más pequeñito, tiene que rezarme el Bendita sea tu Pureza y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, y las indulgencias que gano las dedico á las almas. En casa todos los saben, menos los gatos.

—Pero estas indulgencias las ganan las criadas y no vos, hermana Sipa,—objeta la Rufa.

—Y ¿mis tazas, y mis platos quién me los paga? Ellas están contentas de pagarlos así, y yo también; no les pego, sólo algún coscorrón ó pellizco...

—¡Os imitaré!—¡Haré lo mismo!—¡Y yo!—decían las mujeres.

—Pero ¡si el plato no se ha roto más que en dos ó tres pedazos, ganáis poco!—observa aún la terca Rufa.

—¡Bah!—contesta la vieja Sipa,—les hago rezar también, hago colar los pedazos y no perdemos nada.

Hermana Rufa no supo ya qué objetar.

—Permitidme que os someta una duda,—dice tímidamente la joven Juana.—Vosotras, señoras, entendéis tan bien estas cosas del cielo, purgatorio é infierno... yo confieso que soy ignorante.

—¡Hablad!

—Encuentro muchas veces en las novenas y otros libros este encargo: Tres padrenuestros, tres avemarías y tres gloriapatris...

—¿Y bien?...

—Pues quería saber cómo hay que rezarlos; ó tres padrenuestros seguidos, tres avemarías seguidas y tres gloriapatris seguidos, ó tres veces, un padrenuestro, un avemaría y un gloriapatri?

—Pues así es, tres veces un padrenuestro...

—¡Perdonad, hermana Sipa!—interrumpe la Rufa;—deben rezarse de la otra manera: á los machos no hay que mezclarlos con las hembras: los padrenuestros son machos, las avemarías son hembras y las glorias son los hijos.

—¡Eh! perdonad, hermana Rufa; padrenuestro, avemaría y gloria son como arroz, vianda y salsa, un bocado de los santos...

—¡Estáis equivocada! Ved solamente, vos que rezáis así no conseguís nunca lo que pedís.

—¡Y vos porque rezáis así, no sacáis nada de vuestras novenas!—replica la vieja Sipa.

—¿Quién?—dice la Rufa levantándose;—hace poco perdí un cerdito, recé á San Antonio, y lo encontré, y tanto que lo vendí á un buen precio...

—¿Sí? ¡por eso decía vuestra vecina que vendisteis un cerdito suyo!

—¿Quién? ¡La sinvergüenza! ¿Acaso soy yo como vos?...

El maestro tuvo que intervenir para poner paz: ya nadie se acordaba de los padrenuestros, sólo se hablaba de cerdos.

—¡Vamos, vamos, no hay que reñir por un cerdito, hermanas! Las Santas Escrituras nos dan ejemplo: los herejes y protestantes no le han reñido á Nuestro Señor Jesucristo, que arrojó al agua una piara de puercos que les pertenecían, y nosotros que somos cristianos y además hermanos del Santísimo Rosario, ¿habremos de reñir por un cerdito? ¿Qué dirían de nosotros nuestros rivales, los Hermanos Terceros?

Calláronse todas admirando la profunda sabiduría del maestro, y temiendo el qué dirán de los Hermanos Terceros. Aquel, satisfecho de tanta obediencia, cambió de tono y prosiguió:

—Pronto nos hará llamar el cura. Hay que decirle qué predicador elegimos de los tres que ayer propuso: el padre Dámaso, el padre Martín ó el coadjutor. No sé si han elegido ya los Terceros; es menester decidir.

—El coadjutor...—murmura tímidamente la Juana.

—¡Hum! ¡El coadjutor no sabe predicar!—dice la Sipa;—mejor es el padre Martín.

—¿El padre Martín?—exclama otra con desdén;—no tiene voz: mejor es el padre Dámaso.

—¡Ese, ese es!—exclama la Rufa.—¡El padre Dámaso sí que sabe predicar, ese parece un comediante!

—¡Pero no le entendemos!—murmura la Juana.

—¡Porque es muy profundo! y con tal que predique bien...

En esto llegó Sisa, llevando una cesta sobre la cabeza, dió los buenos días á las mujeres y subió las escaleras.

—¡Aquella sube! ¡subamos también!—dijeron.

Sisa sentía latir con violencia su corazón mientras subía las escaleras: no sabía qué iba á decir al padre para aplacar su enojo ni qué razones iba á darle para abogar por su hijo. Aquella mañana, con las primeras tintas de la aurora había bajado á la huerta para coger sus más hermosas legumbres, que colocó en un cesto entre hojas de plátano y flores. Fué á orillas del río á buscar pakô, que sabía le gustaba al cura comer en ensalada. Vistióse sus mejores ropas, y con la cesta sobre la cabeza, sin despertar á su hijo, partió para el pueblo.

Procurando hacer el menor ruido posible, subía las escaleras lentamente, escuchando atenta por si acaso oía una voz conocida, fresca, infantil.

Pero no oyó mi encontró á nadie, y se dirigió á la cocina.

Allí miró á todos los rincones: criados y sacristanes la recibieron con frialdad. Saludó y apenas la contestaron.

—¿Dónde podré dejar estas legumbres?—preguntó sin darse por ofendida.

—¡Allí... en cualquier parte!—contestó el cocinero sin mirarlas apenas, atento á su faena: estaba desplumando un capón.

Sisa fué colocando ordenadamente sobre la mesa las berengenas, los amargosos, las patolas, la zarzalida y los tiernos ramos de pakô. Después puso las flores encima, medio se sonrió, y preguntó á un criado, que le pareció más tratable que el cocinero:

—¿Podré hablar con el padre?

—Está enfermo,—contestó éste en voz baja.

—Y ¿Crispín? ¿Sabéis si está en la sacristía?

El criado la miró sorprendido.

—¿Crispín?—preguntó frunciendo las cejas.—¿No está en vuestra casa? ¿Lo querréis negar?

—Basilio está en casa, paro Crispín se ha quedado aquí,—repuso Sisa;—quiero verle...

—¡Ya!—dice el criado;—se quedó, pero después... después se escapó, robando muchas cosas. El cura me ha mandado esta mañana temprano al cuartel para dar parte á la Guardia Civil. Ya deben haber ido á vuestra casa á buscar á los chicos.

Sisa se tapó las orejas, abrió la boca, pero sus labios se agitaron en vano: no salió ningún sonido.

—¡Vaya con los hijos que tenéis!—añadió el cocinero.—Se conoce que sois fiel esposa: ¡los hijos han salido como el padre! ¡Cuidado que el pequeño le va á sobrepasar!

Sisa prorrumpió en amargo llanto, dejándose caer sentada sobre un banco.

—¡No lloréis aquí!—le gritó el cocinero:—¿no sabéis que el padre está enfermo? Id á llorar en la calle.

La pobre mujer casi á empujones descendió las escaleras, al mismo tiempo que las hermanas, que murmuraban y hacían conjeturas acerca de la enfermedad del cura.

La desgraciada madre ocultó su cara con el pañuelo y reprimió el llanto.

Al llegar á la calle, miró indecisa en torno suyo, y después, como si hubiese tomado una determinación, se alejó rápidamente.

XIX. Aventuras de un maestro de escuela

El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo

Hablarle en necio para darle gusto.

(Lope de Vega).

El lago, rodeado de sus montañas, duerme tranquilo con esa hipocresía de los elementos, como si la noche anterior no hubiese hecho coro á la tempestad. A los primeros reflejos de luz, que despiertan en las aguas á los genios fosforescentes, se dibujan á lo lejos, casi en el confín del horizonte, parduscas siluetas: son las bancas de los pescadores que recogen la red; cascos y paraos que tienden sus velas.

Dos hombres, vestidos de riguroso luto, contemplan silenciosos el agua desde una altura: uno de ellos es Ibarra y el otro es un joven de aspecto humilde y fisonomía melancólica.

—¡Aquí es!—decía este último;—aquí fué arrojado el cadáver de su padre. ¡Aquí nos condujo el sepulturero al teniente Guevara y á mí!

Ibarra estrechó con efusión la mano del joven.

—No tiene usted que agradecérmelo!—repuso éste.—Debía muchos favores á su padre, y el único que le hice fué acompañarle al sepulcro. Había venido sin conocer á nadie, sin recomendaciones, sin nombre, sin fortuna, como ahora. Mi predecesor había abandonado la escuela para dedicarse á vender tabaco. Su padre de usted me protegió, me procuró una casa y me facilitó cuanto pudiera necesitar para el adelanto de la enseñanza; iba á la escuela y repartía algunos cuartos á los chicos pobres y aplicados, los proveía de libros y papeles. ¡Pero esto, como todas las cosas buenas, duró muy poco!

Ibarra se descubrió y pareció orar largo rato. Volvióse después á su compañero y le dijo:

—Decía usted que mi padre socorría á los chicos pobres. ¿Y ahora?

—Ahora hacen lo posible y escriben cuando pueden,—contestó el joven.

—¿Por qué?

—La causa está en sus rotas camisas y avergonzados ojos.

Ibarra guardó silencio.

—¿Cuántos alumnos tiene usted ahora?—preguntó con cierto interés.

—Más de doscientos en la lista, y en la clase veinticinco.

—¿Cómo es eso?

El maestro de escuela se sonrió melancólicamente y exclamó:

—Decirle á usted las causas es contarle una larga y fastidiosa historia.

—No atribuya usted mi pregunta á una vana curiosidad,—repuso Ibarra gravemente, mirando al lejano horizonte.—He reflexionado mejor, y creo que realizar los pensamientos de mi padre, vale más que llorarle, mucho más que vengarle. Su tumba es la sagrada Naturaleza, y sus enemigos han sido el pueblo y un sacerdote: perdono al primero por su ignorancia, y respeto al segundo por su carácter, y porque quiero que se respete la religión que educó á la sociedad. Quiero inspirarme en el espíritu del que me dió el sér, y por esto desearía conocer los obstáculos que encuentra aquí la enseñanza.

—El país—dijo el maestro—bendecirá su memoria de usted, si realiza usted los hermosos propósitos de su difunto padre. ¿Quiere usted conocer los obstáculos en que tropieza la enseñanza? Pues bien, en las circunstancias en que estamos, sin un poderoso concurso la enseñanza nunca será un hecho; primero, porque en la niñez no hay aliciente ni estímulo, y segundo, porque aún cuando los hubiera, los matan la carencia de medios y muchas preocupaciones. Dicen que en Alemania estudia el hijo del campesino ocho años en la escuela del pueblo; ¿quién querrá emplear aquí la mitad de ese tiempo, cuando se recogen tan escasos frutos? Leen, escriben y se aprenden de memoria trozos y á veces libros enteros en castellano, sin entender de ellos una palabra; ¿qué utilidad saca de la escuela el hijo de nuestros aldeanos?

—Y usted que ve el mal ¿cómo no ha pensado en remediarlo?

—¡Ay!—contestó moviendo tristemente la cabeza;—un pobre maestro, solo, no lucha contra las preocupaciones, contra ciertas influencias. Necesitaría antes que todo tener escuela, un local, y no como ahora que enseño al lado del coche del padre cura, debajo del convento. Allí los niños que gustan de leer en voz alta, incomodan, como es natural, al padre, que á veces desciende nervioso, sobre todo cuando tiene sus ataques, les grita y me insulta á mí á veces. Comprenderá usted que así no se puede enseñar ni aprender; el niño no respeta al maestro desde el instante en que le ve maltratado sin hacer prevalecer sus derechos. El maestro, para ser escuchado, para que su autoridad no se ponga en duda, necesita prestigio, buen nombre, fuerza moral, cierta libertad, y permítame usted que le hable de tristes pormenores. Yo he querido introducir reformas y se han reído de mí. Para remediar aquel mal de que le hablaba, traté de enseñar el español á los niños, porque además de que el Gobierno lo ordenaba, juzgué que sería también una ventaja para todos. Empleé el método más sencillo, de frases y nombres, sin valerme de grandes reglas, esperando enseñarles la gramática cuando ya comprendiesen el idioma. Al cabo de algunas semanas los más listos casi me comprendían y componían algunas frases.

El maestro se detuvo y pareció dudar; después, como si se hubiera decidido, continuó:

—No debo avergonzarme de la historia de mis agravios; cualquiera en mi lugar se habría portado lo mismo. Como decía, principiaba bien; mas, algunos días después, el padre Dámaso, el cura de entonces, me hizo llamar por el sacristán mayor. Como conocía su carácter y temía hacerle esperar, subí inmediatamente, le saludé y le dí los buenos días en castellano. Él, que por todo saludo me alargaba la mano para que se la besara, la retiró y sin contestarme, empezó á reir á carcajadas, burlonamente. Quedéme desconcertado; delante estaba el sacristán mayor. Al pronto no supe qué decir; me quedé mirándole pero él siguió riendo. Yo ya me impacientaba y veía que iba á cometer una imprudencia, pues ser buen cristiano y ser digno á la vez no son cosas incompatibles. Iba ya á preguntarle, cuando de repente, pasando de la risa al insulto, me dijo con socarronería: «¿Con que buenos días? ¡buenos días! ¡gracioso! ¡ya sabes hablar español!» Y continuó riendo.

Ibarra no pudo reprimir una sonrisa.

—Usted se rie,—repuso el maestro riéndose también;—confieso que entonces no tuve ganas de reirme. Estaba de pie; sentí que la sangre se me subía á la cabeza, y un relámpago oscurecía mi cerebro. Al cura le ví lejos, muy lejos; me adelanté hacia él para replicarle, sin saber lo que iba á decir. El sacristán mayor se interpuso, él se levantó y me dijo serio en tagalo:—«No me uses prendas prestadas; conténtate con hablar tu idioma y no me eches á perder el español, que no es para vosotros. ¿Conoces al maestro Ciruela? Pues Ciruela era un maestro que no sabía leer y ponía escuela.» Quise detenerle, pero entróse en su cuarto y cerró la puerta violentamente. ¿Qué iba yo á hacer, yo que apenas tengo para vivir con mi sueldo, que para cobrarlo necesito el visto bueno del cura y hacer un viaje á la cabecera de la provincia, qué podía yo hacer contra él, la primera autoridad moral, política y civil en un pueblo, sostenido por su Corporación, temido del Gobierno, rico, poderoso, consultado, escuchado, creído y atendido siempre por todos? Si me insulta, debo callarme; si replico, se me arroja de mi puesto, perdiendo para siempre mi carrera, y no por eso ganaría la enseñanza, por el contrario, todos se pondrían del lado del cura, me execrarían y llamarían vanidoso, orgulloso, soberbio, mal cristiano, mal educado, y cuando no, anti-español y filibustero. Del maestro de escuela no se espera saber ni celo; sólo se le pide resignación, humillación, inercia, y perdóneme Dios si he renegado de mi conciencia y razón, pero he nacido en este país, tengo que vivir, tengo una madre y me abandono á mi suerte como un cadáver que arrastra la ola.

—Y ¿por este obstáculo se ha desanimado usted para siempre? ¿Y así ha vivido usted después?

—¡Ojalá hubiera escarmentado!—contestó;—¡se hubieran limitado á eso mis infortunios! Verdad es que desde entonces cobré aversión á mi carrera; pensaba buscar otro oficio como mi predecesor, porque el trabajo, cuando se hace á disgusto y con vergüenza, es un martirio, y porque la escuela me recordaba cada día mi afrenta, haciéndome pasar horas muy amargas. Pero ¿qué hacer? No podía desengañar á mi madre; tenía que decirle que sus tres años de sacrificios para darme esta carrera, hacen ahora mi felicidad; es menester hacerle creer que la profesión es honradísima, el trabajo delicioso, el camino sembrado de flores; que el cumplimiento de mi deber sólo me produce amistades; que el pueblo me respeta y me llena de consideraciones; de lo contrario, sin dejar de ser infeliz, haría otra desgraciada, lo que además de ser inútil es un pecado. Permanecí, pues, en mi puesto y no quise desanimarme: intenté luchar.

El maestro de escuela hizo una breve pausa y después prosiguió:

—Desde el día en que fuí tan groseramente insultado, me examiné á mí mismo y me ví en efecto muy ignorante. Púseme á estudiar día y noche el español y todo lo que se relacionaba con mi carrera; el viejo filósofo me prestaba algunos libros, leía cuanto encontraba, y analizaba cuanto leía. Con las nuevas ideas que de una parte y otra he ido adquiriendo cambió mi punto de vista, y ví muchas cosas bajo un aspecto diferente del que tenían antes. Ví errores donde antes sólo veía verdades, y verdades en muchas cosas que me parecieron errores. Los azotes, por ejemplo, que desde tiempo inmemorial eran el distintivo de las escuelas, y que antes tenían por el único medio eficaz de hacer aprender—así nos habían acostumbrado á creerlo,—me parecieron después que, lejos de contribuir al adelanto del niño, le inutilizaban considerablemente. Me convencí de que era imposible raciocinar teniendo la palmeta ó las disciplinas á la vista; el miedo y el terror turban al más sereno, además de que la imaginación del niño es más viva, más impresionable. Y como, para que en el cerebro se impriman las ideas, es menester que reine la calma, exterior é interiormente, que haya serenidad de espíritu, tranquilidad material y moral y buen ánimo, creí que ante todo debía infundir en los niños confianza, seguridad y aprecio de sí mismos. Comprendí además que el espectáculo diario de los azotes mataba la piedad en el corazón y extinguía esa llama de la dignidad, la palanca del mundo, perdiéndose con ella la vergüenza que vuelve ya difícilmente. He observado también que cuando uno es azotado, halla un consuelo en que los demás lo sean á su vez, y sonríe con satisfacción al oir el llanto de los otros; y el que se encarga de azotar, si bien obedece el primer día con repugnancia, después se acostumbra y halla un deleite en tu triste misión. El pasado me horrorizó, quise salvar el presente modificando el antiguo sistema. Traté de hacer amable y risueño el estudio, quise hacer de la cartilla, no el librito negro y bañado en lágrimas de la niñez, sino un amigo que le va á descubrir secretos maravillosos; de la escuela, no un lugar de dolores, sino un sitio de recreo intelectual. Suprimí, pues, poco á poco los azotes, me llevé á casa las disciplinas y las reemplacé con la emulación y el aprecio de sí mismos. Si se descuidaba una lección, lo atribuía á falta de voluntad, nunca á falta de capacidad; les hacía creer que tenían mejores disposiciones de las que en realidad podían tener, y esta creencia que procuraban confirmar, los obligaba á estudiar, así como la confianza conduce al heroísmo. Al principio parecía que el cambio de método era impracticable: muchos dejaron de estudiar; pero yo seguí y noté que poco á poco se iban levantando los ánimos, acudían más niños y con más frecuencia; y el que una vez era alabado delante de todos, al día siguiente aprendía el doble. Pronto se divulgó por el pueblo que yo no pegaba; el cura me hizo llamar, y temiendo yo otra escena, saludéle secamente en tagalo. Esta vez estuvo él muy serio conmigo. Me dijo que echaba á perder á los niños, que malgastaba el tiempo, que no cumplía con mi deber, que el padre que perdonaba el palo odiaba á su hijo, según el Espíritu Santo, que la letra con sangre entra, etc., etc.; me trajo una porción de dichos de los tiempos bárbaros, como si bastase que una cosa haya sido dicha por los antiguos para ser indiscutible; según esto, deberíamos creer que han existido realmente los monstruos, que aquellas edades crearon y han esculpido en sus palacios y catedrales. En fin, me recomendó ser diligente y que volviese al antiguo sistema, pues de lo contrario daría parte al alcalde en contra mía. No quedó aquí mi desgracia: días después se presentaban debajo del convento los padres de los chicos, y he tenido necesidad de llamar en mi auxilio toda mi paciencia y resignación. Empezaron ponderándome los antiguos tiempos en que los maestros tenían carácter y enseñaban como habían enseñado sus abuelos. «¡Aquellos sí que eran sabios! decían; aquellos pegaban y enderezaban el árbol torcido. ¡Aquellos no eran jóvenes, eran viejos de mucha experiencia, canosos y severos! Don Catalino, el rey de todos ellos y fundador de aquella escuela, no daba nunca menos de veinticinco palos, y por eso sacó hijos sabios y sacerdotes. ¡Ah! los antiguos valían más que nosotros, sí, señor, más que nosotros.» Otros no se contentaban con estas groseras indirectas; me decían claramente que, si seguía mi sistema, sus hijos no aprenderían nada y que se verían obligados á sacarlos de la escuela. Inútil fué razonar con ellos: como joven no me concedían gran razón. ¡Cuánto hubiera yo dado por tener canas! Citábanme la autoridad del cura, de Fulano, de Zutano y se citaban á ellos mismos, diciendo que, si no hubiera sido por los azotes de sus maestros, no habrían aprendido nada. La simpatía que algunas personas me demostraron dulcificó un poco la amargura de este desengaño.

En vista de esto, tuve que renunciar á un sistema, que después de mucho trabajo empezaba á darme sus frutos. Desesperado, llevé al día siguiente á la escuela los azotes, y comencé de nuevo mi bárbara tarea. La serenidad desapareció y volvió á reinar la tristeza en los semblantes de los niños que ya me empezaban á querer: eran mis únicas relaciones, mis únicos amigos. Aunque procuraba economizar los azotes y darlos con toda la lenidad posible, los niños se sentían sin embargo vivamente heridos, rebajados, y lloraban con amargura. Aquello me llegaba al corazón, y aunque interiormente estaba irritado contra sus estúpidas familias, no podía vengarme en aquellas inocentes víctimas de las preocupaciones de sus padres. Sus lágrimas me quemaban; el corazón no me cabía dentro del pecho, y aquel día abandoné la clase antes de la hora y me fuí á mi casa á llorar á solas... Acaso le extrañe á usted mi sensibilidad, pero si estuviese en mi lugar, la comprendería. El viejo don Anastasio me decía: «¿Piden azotes los padres? ¿Por qué no se los dió usted á ellos?» De resultas de esto caí enfermo.

Ibarra escuchaba pensativo.

—Apenas restablecido, volví á la escuela y encontré á mis discípulos reducidos á una quinta parte. Los mejores habían desertado á la vuelta del antiguo sistema, y de los que quedaban, unos cuantos que iban á la escuela para huir de los trabajos domésticos, ninguno manifestó alegría, ninguno me felicitó por mi convalecencia: les era igual que sanase ó no, quizás hubieran preferido que hubiese continuado enfermo, porque el sustituto, si bien pegaba más, iba en cambio raras veces á clase. Mis otros alumnos, aquellos que sus padres conseguían obligar á ir á la escuela, íbanse de paseo á otra parte. Culpábanme de haberlos mimado y me llenaban de recriminaciones. Uno, sin embargo, el hijo de una campesina que me visitaba durante mi enfermedad, no volvió porque se había hecho sacristán: el sacristán mayor dice que los sacristanes no deben frecuentar la escuela: se rebajarían.

—Y ¿se resignó usted con sus nuevos alumnos?—preguntó Ibarra.

—¿Podía hacer otra cosa?—contestó.—Sin embargo, como durante mi enfermedad habían sucedido muchas cosas, cambiamos de cura. Concebí una nueva esperanza é intenté hacer otra prueba para que los niños no perdiesen del todo el tiempo y aprovechasen en lo posible los azotes; que al menos que aquellas vergüenzas den para ellos algún fruto, pensé. Quise hacer, ya que ahora no me podían amar, que al menos conservando algo útil de mí, me recordasen después con menos amargura. Usted ya sabe que en la mayor parte de las escuelas están en castellano los libros, á excepción del Catecismo tagalo, que varía según la corporación religiosa á que pertenece el cura. Estos libros suelen ser novenas, trisagios, el catecismo del padre Astete, de los que tanta piedad sacan como de los libros de los herejes. En la imposibilidad de enseñarles el castellano ni de traducir tantos libros, he procurado sustituirlos poco á poco por cortos trozos, sacados de obras útiles tagalas, como el tratado de Urbanidad de Hortensio y Feliza, algunos manualitos de Agricultura, etc., etc. A veces yo mismo traducía obritas como la historia de Filipinas del padre Barranera y los dictaba después, para que los reuniesen en cuadernos, aumentándolos á veces con propias observaciones. Como no tenía mapas para enseñarles Geografía, copié uno de la provincia que ví en la Cabecera, y con esta reproducción y las baldosas del suelo les dí algunas ideas del país. Esta vez fueron las mujeres las que se alborotaron; los hombres se contentaban con sonreir viendo en ello una de mis locuras. El nuevo cura me hizo llamar, y si bien no me reprendió, me dijo que primero debía cuidarme de la religión, y que antes de enseñar estas cosas, debían los niños probar en un examen que saben bien de memoria los Misterios, el Trisagio y el Catecismo de la Doctrina Cristiana.

En el entretanto, pues, estoy trabajando para que los chicos se conviertan en papagayos y puedan saber de memoria tantas cosas de las cuales no entienden una sola palabra. Muchos saben ya los Misterios y el Trisagio, pero me temo que no se estrellen mis esfuerzos con el padre Astete, pues la mayor parte de mis alumnos no distinguen aún muy bien las preguntas de las respuestas y lo que ambas cosas pueden significar. ¡Y así moriremos y así harán los que han de nacer, y en Europa se hablará del Progreso!

—¡No seamos tan pesimistas!—repuso Ibarra levantándose.—El teniente mayor me ha pasado una invitación para asistir á una junta en el tribunal... ¿Quién sabe si allí tendrá usted una respuesta á sus preguntas?

El maestro se levantó también, pero sacudiendo la cabeza en señal de duda, respondió:

—¡Va usted á ver cómo el proyecto ese de que me hablaron se queda también como los míos! Y si no, ¡veámoslo!

XX. La junta en el Tribunal

Era una sala de doce á quince metros de larga por ocho á diez de ancha. Sus muros, blanqueados de cal, estaban cubiertos de dibujos al carbón, más ó menos feos, más ó menos indecentes, con inscripciones que completaban su sentido. En un rincón y adosados ordenadamente al muro, se veían unos diez viejos fusiles de chispa entre sables roñosos, espadines y talibones: aquello era el armamento de los cuadrilleros.

En un extremo de la sala, que adornan sucias cortinas rojas, se escondía colgado de la pared el retrato de S. M.; debajo del retrato, sobre una tarima de madera, un viejo sillón abría sus destrozados brazos; delante, una grande mesa de madera, manchada de tinta, picada y tallada de inscripciones y monogramas, como muchas mesas de las tabernas alemanas que frecuentan los estudiantes. Bancos y sillas desvencijadas completaban el mueblaje.

Esta es la sala de las sesiones, del tribunal, de la tortura, etc. Aquí conversan ahora las autoridades del pueblo y de los barrios: el partido de los viejos no se mezcla con el de los jóvenes, y unos y otros no se pueden sufrir: representan el partido conservador y el liberal, sólo que sus luchas adquieren en los pueblos un carácter extremado.

—¡La conducta del gobernadorcillo me escama!—decía don Filipo, el jefe del partido liberal, á sus amigos;—lleva un plan preconcebido en esto de dejar hasta la última hora la discusión del presupuesto. Notad que apenas nos quedan once días.

—¡Y se ha quedado en el convento á conferenciar con el cura que está enfermo!—observó uno de los jóvenes.

—¡No importa!—repuso otro;—todo lo tenemos ya preparado Con tal que el proyecto de los viejos no obtenga la mayoría...

—¡No lo creo!—dijo don Filipo;—yo presentaré el proyecto de los viejos.

—¿Cómo? ¿qué decís?—preguntaron sus oyentes sorprendidos.

—Digo que si hablo el primero, presentaré el proyecto de nuestros enemigos.

—Y ¿el nuestro?

—De presentarlo os encargaréis vos,—contestó el teniente sonriendo y dirigiéndose á un joven cabeza de barangay; hablaréis después que haya yo sido derrotado.

—¡No os comprendemos, señor!—decían los interlocutores, mirándole llenos de duda.

—¡Oid!—dijo don Filipo en voz baja á dos o tres que le escuchaban.—Esta mañana me encontré con el viejo Tasio.

—Y ¿qué?

—El viejo me dijo: «Vuestros enemigos os odian á vos más que á vuestras ideas. ¿Queréis que una cosa no se haga? pues proponedla, y aunque fuese más útil que una mitra será rechazada. Una vez que os hayan derrotado, haced que exponga lo que queríais el más modesto de entre todos, y vuestros enemigos, por humillaros, lo aprobarán.» Pero guardadme el secreto.

—Pero...

—Por eso propondré el proyecto de nuestros enemigos exagerándolo hasta el ridículo. ¡Silencio! ¡El señor Ibarra y el maestro de escuela!

Ambos jóvenes saludaron á unos grupos y otros sin tomar parte en sus conversaciones.

Momentos después entró el gobernadorcillo con el rostro disgustado: era el mismo que vimos ayer llevando una arroba de velas. A su entrada cesaron los murmullos, cada cual tomó asiento, reinando poco á poco el silencio.

Sentóse el capitán en el sillón colocado debajo del retrato de Su Majestad, tosió cuatro ó cinco veces, pasóse las manos por la cabeza y la cara, puso los codos sobre la mesa, los retiró, volvió á toser y así sucesivamente.

—¡Señores!—repuso al fin con voz desfallecida:—me he atrevido á convocaros á todos para esta junta... ¡ejem! ¡ejem!... tenemos que celebrar la fiesta de nuestro patrón San Diego, el 12 de este mes... ¡ejem! ¡ejem! hoy estamos á dos... ¡ejem! ¡ejem!

Y aquí le atacó una tos pausada y seca, que le redujo al silencio.

Levantóse entonces del banco de los viejos un hombre de unos cuarenta años, de aspecto arrogante. Era el rico capitán Basilio, contrario del difunto don Rafael, un hombre que pretendía que desde la muerte de Santo Tomás de Aquino el mundo no había dado un paso hacia adelante, y que desde que él dejó San Juan de Letrán, la humanidad empezó á retroceder.

—Permítanme VV. SS. que tome la palabra en un asunto tan interesante,—dijo.—Hablo el primero, si bien otros de los que aquí están presentes tienen más derechos que yo, pero hablo el primero porque me parece que en estas cosas el hablar el primero no significa que sea uno el primero, así como hablar el último no significa tampoco que sea uno el último. Además, las cosas que tendré que decir son de una importancia tal, que no son para dejadas ni dichas al último, y por eso quisiera hablar el primero para darle su tono correspondiente. Me permitirán pues VV. SS. que hable el primero en esta junta donde veo muy notabilísimas personas como el capitán actual; el capitán pasado, mi distinguido amigo don Valentín; el capitán pasado, mi amigo de la infancia don Julio; nuestro célebre capitán de cuadrilleros, don Melchor, y tantas otras señorías más, que para ser breve no quiero mentar, que VV. SS. ven aquí presentes. Suplico á VV. SS. que me permitan el uso de la palabra antes que otro alguno hable. ¿Tendría yo la fortuna de que la Junta accediese á mi humilde ruego?

Y el orador se inclinó respetuosamente sonriendo.

—¡Ya podéis hablar, que os escuchamos con ansia!—dijeron los amigos aludidos y otras personas que le tenían por un gran orador: los viejos tosían con satisfacción y se frotaban las manos.

Capitán Basilio, después de limpiarse el sudor con su pañuelo de seda, prosiguió:

—Ya que VV. SS. han sido tan amables y tan complacientes con mi humilde persona, concediéndome el uso de la palabra antes que á otro cualquiera de los que aquí están presentes, me aprovecharé de este permiso, tan generosamente concedido, y voy á hablar. Me imagino con mi imaginación que me encuentro en medio del respetabilísimo Senado romano, senatus populusque romanus que decíamos en aquellos hermosos tiempos, que fatalmente para la humanidad no volverán ya, y pediré á los patres conscripti, que diría el sabio Cicerón, si estuviera en mi lugar, pediré, puesto que nos falta tiempo, y el tiempo es oro como decía Salomón, que en esta importante cuestión cada uno exponga su parecer clara, breve y sencillamente. He dicho.

Y satisfecho de sí mismo y de la atención de la sala, el orador se sentó no sin dirigir una mirada de superioridad á Ibarra que estaba sentado en un rincón, y otra de mucha significación á sus amigos como diciéndoles: «¡Ah! ¿He hablado bien? ¡ah!»

Sus amigos reflejaron también ambas miradas, dirigiéndose hacia los jóvenes como para matarlos de envidia.

—Ahora puede hablar el que quiera, ¡ejem!—repuso el gobernadorcillo sin poder acabar su frase... que la tos y los suspiros interrumpieron.

A juzgar por el silencio, ninguno quería dejarse llamar uno de los patres conscripti, ninguno se levantaba: entonces don Filipo aprovechó la ocasión y pidió la palabra.

Los conservadores guiñaron los ojos y se hicieron señas significativas.

—Yo voy á presentar mi presupuesto, señores, para la fiesta,—dijo don Filipo.

—¡No lo podemos admitir!—contestó un viejo tísico, conservador intransigente.

—¡Votamos en contra!—dijeron los otros adversarios.

—¡Señores!—dijo don Filipo reprimiendo una sonrisa;—aún no he expuesto el proyecto que nosotros, los jóvenes, traemos aquí. Este gran proyecto, estamos seguros de que será preferido por todos al que idean ó pueden idear nuestros adversarios.

Este presuntuoso exordio acabó de irritar los ánimos de los conservadores, quienes juraron in corde hacerle una terrible oposición. Don Filipo prosiguió:

—Tenemos 3,500 pesos de presupuesto. Pues bien, con esta cantidad podremos celebrar una fiesta que eclipse en magnificencia á todas las que hasta aquí se han visto, ya en nuestra provincia ya en las vecinas.

—¡Hum!—exclamaron los incrédulos;—el pueblo A. tenía 5,000, el B. 4,000, ¡hum! ¡hambuguería!

—¡Oidme, señores, y os convenceréis!—continuó don Filipo impertérrito.—¡Propongo que se levante un gran teatro en medio de la plaza, que cueste 150 pesos!

—¡No bastan 150, hay que poner 160!—objetó un tenaz conservador.

—¡Apuntad, señor director, 200 pesos para el teatro!—dijo don Filipo.—Propongo que se contrate á la comedia de Tondo para que dé funciones por siete noches seguidas. Siete funciones á 200 pesos noche, hacen 1,400: ¡apuntad 1,400, señor director!

Viejos y jóvenes se miraron sorprendidos: sólo los que estaban en el secreto no se movieron.

—Propongo además grandes fuegos artificiales; nada de lucecitas ni de ruedecitas que gustan á niños y solteras; nada de esto. Nosotros queremos grandes bombas y colosales cohetones. Propongo, pues, 200 grandes bombas á dos pesos una, y 200 cohetones del mismo precio. Los encargaremos á los castilleros de Malabón.

—¡Hum!—interrumpió un viejo:—una bomba de á dos pesos no me espanta ni deja sordo; tiene que ser de á tres pesos.

—¡Apuntad 1,000 pesos para 200 bombas y doscientos cohetones!

Los conservadores ya no pudieron contenerse; algunos se levantaron y conferenciaron entre sí.

—Además, para que vean nuestros vecinos que somos gente espléndida y nos sobra dinero,—continuó don Filipo levantando la voz y lanzando una rápida mirada al grupo de los viejos,—propongo: 1.o cuatro hermanos mayores para los dos días de fiesta, y 2.o que cada día se arrojen al lago 200 gallinas fritas, 100 capones rellenos y 50 lechones, como lo hacía Sila, contemporáneo de ese Cicerón, de quien acaba de hablar Cpn. Basilio.

—¡Eso es, como Sila!—repitió Cpn. Basilio lisonjeado.

El asombro subía por grados.

—Como va á acudir mucha gente rica y cada uno se trae miles y miles de pesos y sus mejores gallos, y el liam-pó y las cartas, propongo quince días de gallera, libertad de abrir todas las casas de juego...

Pero los jóvenes le interrumpieron levantándose: creían que el teniente mayor se había vuelto loco. Los viejos discutían con calor.

—Y por último, para no descuidar los placeres del alma...

Los murmullos y los gritos que se levantaron de todos los rincones de la sala cubrieron totalmente su voz: aquello no fué ya más que un tumulto.

—¡No!—gritaba un intransigente conservador;—¡no quiero que se alabe de haber hecho la fiesta, no! ¡Dejadme, dejadme hablar!

—¡Don Filipo nos ha engañado!—decían los liberales. ¡Votaremos en contra! ¡Se ha pasado á los viejos! ¡Votemos en contra!

El gobernadorcillo, más abatido que nunca, no hacía nada para restablecer el orden: esperaba que lo restableciesen ellos.

El capitán de cuadrilleros pidió la palabra; se la otorgaron, pero no abrió la boca y volvió á sentarse confuso y avergonzado.

Por fortuna se levantó Cpn. Valentín, el más moderado entre todos los conservadores, y habló:

—No podemos admitir lo que ha propuesto el teniente mayor, por parecernos una exageración. Tantas bombas y tantas noches de comedia sólo las puede desear un joven, como el teniente mayor, que puede pasar muchas noches en vela y oir muchas detonaciones sin volverse sordo. He consultado la opinión de las personas sensatas, y todas desaprueban unánimemente el proyecto de don Filipo. ¿No es esto, señores?

—¡Sí! ¡sí!—dijeron jóvenes y viejos á una voz. Los jóvenes estaban encantados de oir hablar así á un viejo.

—¿Qué vamos á hacer nosotros con cuatro hermanos mayores?—prosiguió el anciano.—¿Qué quieren decir esas gallinas, capones y lechones arrojados al lago? ¡Hambuguería! dirán nuestros vecinos, y luego ayunaremos medio año. ¿Qué tenemos que ver con Sila ni con los romanos? ¿Nos han invitado acaso alguna vez á sus fiestas? ¡Yo, por lo menos, no he recibido ningún billete de su parte y cuidado que ya soy viejo!

—¡Los romanos viven en Roma, donde está el Papa!—le murmuró por lo bajo Cpn. Basilio.

—¡Ahora lo comprendo!—exclamó el anciano sin turbarse.—Celebrarían sus fiestas en vigilia y el Papa mandaría arrojar la comida al mar para no cometer un pecado. Pero, de todos modos, vuestro proyecto de fiesta es inadmisible, imposible, ¡es una locura!

Don Filipo, combatido vivamente, tuvo que retirar su proposición.

Los conservadores más intransigentes, satisfechos de la derrota de su mayor enemigo, vieron sin inquietud levantarse á un joven cabeza de barangay y pedir la palabra.

—Pido á VV. SS. me excusen, si, joven como soy, me atrevo á hablar delante de tantas personas respetabilísimas tanto por su edad, como por la prudencia y el discernimiento con que en todos los asuntos juzgan; pero puesto que el elocuente orador, Cpn. Basilio, ha invitado á todos á manifestar aquí sus opiniones, sirva su autorizada palabra de disculpa á la pequeñez de mi persona.

Los conservadores movían la cabeza satisfechos.

—¡Este joven habla bien!—¡Es modesto!—¡Raciocina admirablemente!—se decían unos á otros.

—¡Es lástima que no sepa gesticular bien!—observó Cpn. Basilio.—Pero ¡ya se ve! no ha estudiado á Cicerón y aún es muy joven.

—Si os presento, señores, un programa ó proyecto,—continuó el joven,—no lo hago con el pensamiento de que lo encontraréis perfecto, ni lo aceptaréis; quiero, al mismo tiempo que me someto una vez más á la voluntad de todos, probar á los viejos que pensamos siempre como ellos, puesto que hacemos nuestras todas las ideas que tan elegantemente ha expresado Cpn. Basilio.

—¡Bien dicho, bien dicho!—decían los lisonjeados conservadores.

Cpn. Basilio hacía señas al joven para decirle cómo debía mover el brazo y poner el pie. El único que permanecía impasible era el gobernadorcillo, distraído ó preocupado: ambas cosas parecía. El joven prosiguió, animándose:

—Mi proyecto, señores, se reduce á lo siguiente: inventar nuevos espectáculos que no sean los ordinarios y comunes que vemos cada día, y procurar que el dinero recaudado no salga del pueblo, ni se gaste vanamente en pólvoras, sino que se emplee en alguna cosa de utilidad para todos.

—¡Eso es! ¡eso es!—asintieron los jóvenes;—eso queremos.

—¡Muy bien!—añadieron los viejos.

—¿Qué sacamos nosotros de una semana de comedias que pide el teniente mayor? ¿Qué aprendemos con los reyes de Bohemia y Granada, que mandan cortar la cabeza á sus hijas ó las cargan en un cañón y luego el cañón se convierte en trono? Ni somos reyes, ni somos bárbaros, ni tenemos cañones, y si les imitásemos nos ahorcarían en Bagumbayan. ¿Qué son esas princesas que se mezclan en las batallas, reparten tajos y mandobles, pelean con príncipes y vagan solas por montes y valles, como seducidas del Tikbalang? En nuestras costumbres amamos la dulzura y la ternura en la mujer y temeríamos estrechar unas manos de doncella, manchadas en sangre, aun cuando esa sangre fuese la de un moro ó gigante; entre nosotros menospreciamos y tenemos por vil al hombre que levanta la mano sobre una mujer, ya sea príncipe, alférez, ó rudo campesino. ¿No sería mil veces mejor que representásemos la pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios y defectos y ensalzar las buenas cualidades?

—¡Eso es! ¡eso es!—repitieron sus partidarios.

—¡Tiene razón!—murmuraron pensativos algunos viejos.

—¡En eso no había yo pensado jamás!—prosiguió Cpn. Basilio.

—Pero ¿cómo vais á hacer eso?—le objetó el intransigente.

—¡Muy fácilmente!—contestó el joven.—Traigo aquí dos comedias, que seguramente el buen gusto y conocido discernimiento de los respetables ancianos, aquí reunidos, encontrarán muy aceptables y divertidas. Titúlase una «La Elección del Gobernadorcillo;» es una comedia en prosa, en cinco actos, escrita por uno de los presentes. La otra en nueve actos, para dos noches, es un drama fantástico de carácter satírico, escrito por uno de los mejores poetas de la provincia, y se titula Mariang Makiling. Viendo nosotros que se retardaba la discusión de los preparativos de la fiesta, y temiendo que nos faltase tiempo, hemos buscado en secreto nuestros actores y les hemos hecho aprender sus papeles. Esperamos que con una semana de ensayo, tendrán más que lo suficiente para salir airosos de su cometido. Esto, señores, además de ser nuevo, útil y razonable, resulta económico: trajes no necesitamos, los nuestros sirven, los de la vida común.

—¡Yo costeo el teatro!—exclamó entusiasmado Cpn. Basilio.

—¡Si salen soldados, presto los míos!—dijo el capitán de cuadrilleros.

—Y yo... y yo... si necesitan un viejo...—balbuceaba otro, y se erguía con prosopopeya.

—¡Aceptado! ¡aceptado!—gritaron muchas voces.

El teniente mayor estaba pálido de emoción; llenáronse de lágrimas sus ojos.

—¡Llora de despecho!—pensó el intransigente y gritó:

—¡Aceptado, aceptado sin discusión!

Y satisfecho de su venganza y de la completa derrota de su adversario, el hombre empezó á elogiar el proyecto del joven. Este prosiguió:

—Una quinta parte del dinero recaudado se puede emplear para distribuir algunos premios, por ejemplo, al mejor chico de la escuela, al mejor pastor, labrador, pescador, etc. Podremos organizar regatas en el río y en el lago, carreras de caballos, levantar cucañas é instituir otros juegos en que puedan tomar parte nuestros campesinos. Concedo que por razón de nuestras inveteradas costumbres tengamos fuegos artificiales: ruedas y castillos ofrecen espectáculos muy hermosos y divertidos, pero no creo que necesitemos las bombas que propuso el teniente mayor. Para alegrar la fiesta dos bandas de música son suficientes; así, evitamos esas riñas y enemistades, que hacen de los pobres músicos, que vienen á alegrar nuestras fiestas con su trabajo, unos verdaderos gallos de pelea, retirándose después mal pagados, mal alimentados, contusos y á veces heridos. Con el dinero que ha de sobrar se puede principiar la construcción de un pequeño edificio para servir de escuela, pues no hemos de esperar que Dios mismo descienda y nos la levante: es triste cosa que mientras tenemos una gallera de primer orden, nuestros niños aprendan poco menos que en la cuadra del cura. He aquí el proyecto á la ligera: el perfeccionarlo será la obra de todos.

Un alegre murmullo se levantó en la sala: casi todos asentían á lo dicho por el joven; sólo algunos murmuraban:

—¡Cosas nuevas! ¡cosas nuevas! En nuestra juventud...

—Aceptémoslo por ahora,—decían los otros;—humillemos á aquél.

Y señalaban al teniente mayor.

Cuando se restableció el silencio, todos estaban ya conformes. Faltaba la decisión del gobernadorcillo.

Este sudaba, se agitaba inquieto, se pasaba la mano por la frente y por fin pudo tartamudear con los ojos bajos:

—Yo también estoy conforme... pero ¡ejem!

El tribunal le escuchaba en silencio.

—¿Pero?—preguntó Cpn. Basilio.

—¡Muy conforme!—repitió el gobernadorcillo:—es decir... no estoy conforme... sí, pero...

Y se frotó los ojos con el dorso de la mano.

—Pero el cura,—continuó el infeliz,—el padre cura quiere otra cosa.

—¿Paga el cura la fiesta ó la pagamos nosotros? ¿Ha dado un cuarto siquiera?—exclamó una voz penetrante.

Todos miraron hacia el sitio de donde partieron estas preguntas: allí estaba el filósofo Tasio.

El teniente mayor estaba inmóvil con los ojos fijos, mirando al gobernadorcillo.

—Y ¿qué quiere el cura?—preguntó Cpn. Basilio.

—Pues el padre cura quiere... seis procesiones, tres sermones, tres grandes misas... y si sobra dinero, comedia de Tondo y canto en los intermedios.

—¡Pues nosotros no los queremos!—dijeron los jóvenes y algunos viejos.

—¡El padre cura lo quiere!—repitió el gobernadorcillo.—Yo he prometido al cura que se cumpliría su voluntad.

—Entonces ¿por qué nos habéis convocado?

—Precisamente... para decíroslo.

—Y ¿por qué no lo habéis dicho desde un principio?

—Quería decirlo, señores, pero Cpn. Basilio habló y no he tenido tiempo... ¡Hay que obedecer al cura!

—¡Hay que obedecerle!—repitieron algunos viejos.

—¡Hay que obedecer! de lo contrario el Alcalde nos encarcela á todos,—añadieron tristemente otros viejos.

—¡Pues obedeced y haced la fiesta vosotros!—exclamaron los jóvenes levantándose.—Nosotros retiramos nuestra contribución.

—¡Todo está cobrado ya!—dijo el gobernadorcillo.

Don Filipo se le acercó y le dijo amargamente:

—Sacrifiqué mi amor propio en favor de una buena causa; vos sacrificásteis vuestra dignidad de hombre en favor de una mala y todo lo derribásteis.

Ibarra decía al maestro de escuela:

—¿Quiere usted algo para la cabecera de la provincia? Hoy parto inmediatamente.

—¿Tiene usted un negocio?

—¡Tenemos un negocio!—contestó Ibarra con misterio.

Por el camino decía el viejo filósofo á don Filipo, que maldecía su suerte:

—¡La culpa es nuestra! ¡Vosotros no protestásteis cuando os dieron por jefe un esclavo, y yo, loco de mí, lo he olvidado!

XXI. Historia de una madre

Andaba incierto—volaba errante,

Un solo instante—sin descansar....

(Alaejos).

Sisa corría á su casa con ese trastorno en las ideas que se produce en nuestro sér, cuando en medio de una desgracia nos vemos desamparados de todos y huyen de nosotros las esperanzas. Entonces parece que todo se oscurece en torno nuestro, y si vemos alguna lucecita brillar á lo lejos, corremos á ella, la perseguimos; ¡no importa si en medio del sendero se abre un abismo!

La madre quería salvar á sus hijos; ¿cómo? Las madres no preguntan por los medios cuando se trata de sus hijos.

Corría desalada, perseguida por los temores y los siniestros presentimientos. ¿Habrían preso ya á su hijo Basilio? ¿A dónde ha huido su Crispín?

Cerca de su casa distinguió los capacetes de dos soldados por encima del cercado de su huerta. Imposible describir lo que pasó en su corazón: olvidóse de todo. Ella no ignoraba la audacia de aquellos hombres, que no guardaban miramientos aun con los más ricos del pueblo; ¿qué iba á ser ahora de ella y de sus hijos, acusados de hurto? Los guardias civiles no son hombres; sólo son guardias civiles; no oyen súplicas y están acostumbrados á ver lágrimas.

Sisa, instintivamente, levantó los ojos al cielo, y el cielo sonreía con luz inefable: algunas blancas nubecillas nadaban en el transparente azul. Detúvose para reprimir el temblor que se apoderaba de todo su cuerpo.

Los soldados dejaban su casa y venían solos: no habían prendido más que la gallina que Sisa engordaba. Respiró y cobró ánimo.

—¡Qué buenos son y qué buen corazón tienen!—murmuró casi llorando de alegría.

Hubieran los soldados quemado la casa, pero dejando en libertad á sus hijos, y ella los habría colmado de bendiciones.

Miró otra vez agradecida al cielo, que surcaba una bandada de garzas, esas nubes ligeras de los cielos de Filipinas, y, renaciendo en su corazón la confianza, prosiguió su camino.

Al aproximarse á aquellos hombres temibles, Sisa hacía de mirar á todas partes como distraída y fingía no ver su gallina, que piaba pidiendo socorro. Apenas pasó á su lado, quiso correr, pero la prudencia moderó sus pasos.

No se había alejado mucho cuando oyó que la llamaban imperiosamente. Estremecióse, pero hízose la desentendida y continuó andando. Tornaron á llamarla, pero esta vez con un grito y una palabra insultante. Volvióse á pesar suyo toda pálida y temblorosa. Un guardia civil le hacía señas con la mano.

Acercóse Sisa maquinalmente, sintiendo su lengua paralizarse de terror y secándosele la garganta.

—¡Dinos la verdad ó si no te atamos á aquel árbol y te pegamos dos tiros!—dijo uno de ellos con voz amenazadora.

La mujer miró hacia el árbol.

—¿Eres la madre de los ladrones, tú?—preguntó el otro.

—¡Madre de los ladrones!—repitió Sisa maquinalmente.

—¿Dónde está el dinero que te han traído anoche tus hijos?

—¡Ah! el dinero...

—¡No nos lo niegues, que será peor para tí!—añadió el otro.—Hemos venido para prender á tus hijos y el mayor se nos ha escapado; ¿dónde has escondido al menor?

Al oir esto, Sisa respiró.

—¡Señor! contestó; hace muchos días que no he visto á mi hijo Crispín: esperaba verle esta mañana en el convento y allí solamente me dijeron que...

Los dos soldados cambiaron una mirada significativa.

—¡Bueno!—exclamó uno de ellos;—danos el dinero y te dejaremos en paz.

—¡Señor!—suplicó la desgraciada mujer;—mis hijos no roban aunque tengan hambre: estamos acostumbrados á padecerla. Basilio no me ha traído ni un cuarto; registrad toda la casa y si encontráis un solo real, haced de nosotros lo que queráis. Los pobres ¡no somos todos ladrones!

—Entonces,—repuso el soldado lentamente y fijando sus miradas en los ojos de Sisa—vienes con nosotros; tus hijos ya procurarán parecer y soltar el dinero que han robado. ¡Síguenos!

—¿Yo?... ¿seguiros?—murmuró la mujer retrocediendo y mirando con espanto los uniformes de los soldados.

—Y ¿por qué no?

—¡Ah! ¡compadeceos de mí!—suplicó casi de rodillas.—Soy muy pobre, no tengo ni oro, ni alhajas que ofreceros: lo único que tenía me lo habéis sacado ya, la gallina que yo pensaba vender... llevaos todo lo que encontréis en mi choza, pero dejadme aquí en paz, ¡dejadme aquí morir!

—¡Adelante! tienes que venir, y si no sigues á gusto te ataremos.

Sisa rompió en amargo llanto. Aquellos hombres eran inflexibles.

—¡Dejadme al menos ir delante á una distancia!—suplicó cuando sintió que la cogían brutalmente y la empujaban.

Los dos soldados se conmovieron y conferenciaron entre sí en voz baja.

—¡Bien!—dijo uno;—como de aquí hasta que entremos en el pueblo puedes correr, estarás entre nosotros dos. Una vez allá podrás marchar delante á unos veinte pasos; pero ¡cuidado! no entres en ninguna tienda, no te detengas. ¡Adelante y aprisa!

Vanas fueron las súplicas, vanas las razones, inútiles las promesas. Los soldados decían que se comprometían bastante y le concedían demasiado.

Al verse en medio de los dos sintió morirse de vergüenza... Nadie en verdad venía por el camino, pero y ¿el aire y la luz del día? El verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrióse la cara con el pañuelo, y marchando á ciegas lloró en silencio sobre su humillación. Conocía su miseria, sabía que estaba abandonada de todos, aun de su mismo marido, pero hasta ahora se había considerado honrada y estimada: hasta ahora había mirado con compasión á aquellas mujeres, vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los soldados. Ahora le parecía haber descendido una grada más que aquéllas en la escala de la vida.

Oyéronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados á los pueblos del interior. Hacían sus viajes en pequeñas caravanas hombres y mujeres montados en malos jacos, entre dos cestos colgados á los costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza, le habían pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora, al pasar á su lado, le parecía que la atropellaban y pisoteaban y que sus miradas, compasivas ó desdeñosas, penetraban al través de su pañuelo y asaeteaban su cara.

Al fin los viajeros se alejaron, y Sisa suspiró. Apartó un instante el pañuelo para ver si aún estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos postes de telégrafos antes de llegar al bantayan ó garita. Jamás le había parecido tan larga aquella distancia.

A orillas del camino crecía un frondoso cañaveral, á cuya sombra descansaba ella en otros tiempos. Allí le daba dulce conversación su novio; él la ayudaba á llevar el cesto de frutas y legumbres; ¡ay! aquello pasó como un sueño; el novio fué marido y al marido le hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenzó á llamar á su puerta.

Como el sol empezaba á arder, preguntáronla los soldados si quería descansar.

—¡Gracias!—respondió horrorizada.

Pero donde se apoderó de ella verdadero terror fué al acercarse al pueblo. Angustiada, dirigió una mirada en torno suyo: ¡vastos arrozales, un pequeño canal de riego, árboles raquíticos; ni un precipicio ni una roca contra la cual estrellarse! Arrepintióse de haber seguido á los soldados hasta allí; echó de menos el profundo río que corría cerca de su choza, cuyas altas orillas, sembradas de puntiagudas rocas, ofrecían tan dulce muerte. Pero el pensamiento de sus hijos, de su hijo Crispín cuya suerte aún ignoraba, la alumbró en aquella noche, y pudo murmurar resignada:

—¡Después... después iremos á vivir en el fondo del bosque!

Secóse los ojos, procuró serenarse y dirigiéndose á los guardias, les dijo en voz baja:

—¡Ya estamos en el pueblo!

Su acento era indefinible; era queja, reconvención, lamento; era una plegaria, era el dolor condensado en sonido.

Los soldados, conmovidos, le respondieron con un gesto. Sisa se adelantó rápidamente y procuró afectar un aire tranquilo.

En aquel momento empezaron á repicar las campanas anunciando que había terminado la misa mayor. Sisa avivó el paso para no encontrarse, si posible era, con la gente que salía. Pero en vano; no había medio de esquivar su encuentro.

Saludó con amarga sonrisa á dos conocidas suyas que la interrogaban con la mirada, y en adelante, para evitarse aquellas mortificaciones, bajó la cabeza y sólo se puso á mirar al suelo, ¡y cosa extraña! tropezaba con las piedras del camino.

La gente se paraba un momento al verla, conversaban entre sí siguiéndola con los ojos: todo esto lo veía, lo sentía á pesar de tener constantemente los ojos bajos.

Oyó una voz desvergonzada de mujer que preguntaba detrás de ella casi gritando:

—¿Dónde la habéis cogido? Y ¿el dinero?

Era una mujer, sin tapis ó túnica, con saya amarilla y verde y camisa de gasa azul; se podía conocer por su traje que era una querida de la soldadesca.

Sisa creyó sentir un bofetón: aquella mujer la había desnudado delante de la multitud. Levantó un momento sus ojos para saciarse en la burla y en el desprecio; vió á la gente lejos, muy lejos de ella, y sin embargo sentía el frío de sus miradas y oía sus cuchicheos. La pobre mujer andaba sin sentir el suelo.

—¡Eh, por aquí!—le gritó un guardia.

Como un autómata cuyo mecanismo se rompe, giró rápidamente sobre sus talones. Y sin ver nada, sin pensar, corrió á esconderse; vió una puerta con un centinela, trató de penetrar por ella, pero otra voz, más imperiosa aún, la apartó de su camino. Con paso vacilante buscó la dirección de aquella voz, sintió que la empujaban por las espaldas, cerró los ojos, dió dos pasos y faltándole las fuerzas, se dejó caer en el suelo, primero de rodillas y sentada después. Un llanto sin lágrimas, sin gritos, sin ayes, la agitaba convulsivamente.

Aquello era el cuartel. Allí había soldados, mujeres, cerdos y gallinas. Algunos cosían sus ropas mientras su querida estaba acostada sobre el banco, teniendo por almohada el muslo del hombre, fumando y mirando aburrida hacia el techo. Otras ayudaban á los hombres á limpiar las prendas de vestir, las armas, etc., cantando á media voz canciones lúbricas.

—¡Parece que los pollos se han escapado! ¡No traéis más que la gallina!—dijo una mujer á los recién llegados: no se ha averiguado si aludía á Sisa ó á la gallina que continuaba piando.

—¡Sí, siempre vale más la gallina que los pollos!—se contestó ella misma cuando vió que los soldados se callaban.

—¿Dónde está el sargento?—preguntó en tono disgustado uno de los guardias civiles.—¿Han dado ya parte al alférez?

Movimientos de hombros que se encogían fueron las contestaciones: nadie se molestaba para averiguar algo acerca de la suerte de la pobre mujer.

Allí pasó ella dos horas en un estado de semimbecilidad, acurrucada en un rincón, oculta la cabeza entre las manos, los cabellos desgreñados y en desorden. A mediodía se enteró el alférez, y lo primero que hizo fué no dar crédito á la acusación del cura.

—¡Bah! ¡cosas del mezquino fraile!—dijo, y ordenó que soltaran á la mujer y que no se ocupase nadie del asunto.

—¡Si quiere recobrar lo perdido,—añadió,—que lo pida á su San Antonio ó que se queje al nuncio! ¡Despejen!

A consecuencia de esto, Sisa fué echada del cuartel, casi á empujones, porque ella no quería moverse.

Al verse en medio de la calle echó á andar maquinalmente hacia su casa, aprisa, con la cabeza descubierta, el cabello desarreglado y la mirada fija en el lejano horizonte. El sol ardía en su zenit y no había una nube que velara su resplandeciente disco; el viento agitaba débilmente las hojas de los árboles, el camino estaba ya casi seco; ni un ave se atrevía á dejar la sombra de las ramas.

Sisa llegó al fin á su casita. Entró en ella, muda, silenciosa; la recorrió, salió, echó á andar en todas direcciones. Corrió después á casa del viejo Tasio, llamó á la puerta, pero el viejo no estaba allí. La infeliz volvió á su casa y empezó á llamar á gritos: ¡Basilio! ¡Crispín! deteniéndose á cada momento y aplicando el oído con atención. El eco repetía su voz; el dulce susurro del agua en el vecino río, la música de las hojas de las cañas eran las únicas voces de la soledad. Volvía á llamar, subía á una altura, bajaba á un barranco, descendía al río; sus ojos erraban con expresión siniestra, se iluminaban de cuando en cuando con vivos resplandores, después se obscurecían, como el cielo en una noche de tormenta: diríase que la luz de la razón chisporroteaba y estaba próxima á apagarse.

Volvió á subir á su casita, sentóse en la estera donde se acostaran la noche anterior, levantó los ojos y vió un jirón de la camisa de Basilio en el extremo de una caña del dinding ó tabique, que cae cerca del precipicio. Levantóse, cogiólo y lo examinó á la luz del sol: el jirón tenía manchas de sangre. Pero Sisa acaso no las viera, pues bajó y continuó examinándolo en medio de los rayos abrasadores, levantándolo á lo alto; y como si sintiese obscurecerse todo y le faltase la claridad, miró al sol frente á frente y con los ojos desmesuradamente abiertos.

Siguió aún vagando de un lado á otro, gritando ó aullando extraños sonidos; habría tenido miedo quien la hubiese oído: su voz tenía un raro timbre como no suele producirlo la laringe humana. Durante la noche, cuando la tempestad brama y el viento vuela con vertiginosa rapidez batiendo con sus invisibles alas un ejército de sombras que le persiguen, si os encontráis en un edificio arruinado y solitario, oís ciertos quejidos, ciertos suspiros que supondréis ser el roce del viento al azotar las altas torres ó derruídos muros, pero que os llenan de terror y hacen que os estremezcáis sin poderlo remediar; pues bien, el acento de aquella madre era aún más lúgubre que esos desconocidos lamentos en las noches obscuras cuando brama la tempestad.

Así la sorprendió la noche. Quizás el cielo le concediera algunas horas de sueño, durante las cuales el ala invisible de un ángel, rozando su pálido semblante, haya borrado su memoria, reducida toda á dolores; quizás tantos sufrimientos no estarían á la medida de la débil resistencia humana, é intervendría entonces la Madre Providencia con su dulce lenitivo, el olvido; sea de ello lo que fuere, es el caso que, al día siguiente, Sisa vagaba sonriendo, cantando ó hablando con todos los seres de la Naturaleza.

XXII. Luces y sombras

Han pasado tres días desde los acontecimientos que hemos narrado. Estos tres días con sus noches ha dedicado el pueblo de San Diego á hacer preparativos de la fiesta y comentarios, murmurando al mismo tiempo.

Mientras se saboreaban los futuros regocijos, unos hablaban mal del gobernadorcillo, otros del teniente mayor, otros de los jóvenes, y no faltaba quien echase la culpa de todo á todos.

Comentaban la llegada de María Clara, acompañada de tía Isabel. Se alegraban de ello porque la querían, y á la vez que admiraban mucho su hermosura, se admiraban también de los cambios que sufría el carácter del padre Salví.—«Se distrae muchas veces durante el santo sacrificio; no habla ya mucho con nosotras y se pone á ojos vistas más delgado y taciturno», decían sus penitentes. El cocinero le veía enflaquecerse por minutos y se quejaba del poco honor que hacía á sus platos. Pero lo que más exaltaba la murmuración de la gente era el hecho de verse en el convento más de dos luces durante la noche mientras el P. Salví está de visita en una casa particular... ¡en casa de María Clara! Las beatas se hacían cruces, pero continuaban murmurando.

Juan Crisóstomo Ibarra había telegrafiado desde la cabecera de la provincia saludando á tía Isabel y á su sobrina, pero sin explicar la causa de su ausencia. Muchos le creían preso por su conducta con el P. Salví en la tarde del día de Todos los Santos. Pero los comentarios subieron de punto, cuando, á la tarde del tercer día, le vieron bajar de un coche delante de la casita de su futura y saludar cortésmente al religioso que también se dirigía á ella.

De Sisa y de sus hijos nadie se ocupaba.

Si ahora vamos á la casa de María Clara, un hermoso nido entre naranjos é ilang ilang, alcanzaremos aún á los dos jóvenes, asomados á una ventana que da vistas al lago. Sombreábanla flores y enredaderas, que trepaban en cañas y alambres esparciendo un ligero perfume.

Sus labios murmuran palabras, más suaves que el susurro de las hojas y más perfumadas que el aire impregnado de aromas, que vaga por el jardín. Era la hora en que las sirenas del lago, aprovechándose de las sombras del rápido crepúsculo de la tarde, asomaban por encima de las olas sus alegres cabecitas para admirar y saludar con sus cantos al sol moribundo. Dicen que sus ojos y cabellos son azules, que van coronadas de plantas acuáticas con flores blancas y rojas; dicen que de cuando en cuando descubre la blanca espuma sus esculturales formas, más blancas aún que la espuma misma, y que al descender completamente la noche empiezan ellas sus divinos juegos y dejan oir acordes misteriosos como de arpas eólicas; dicen también... pero volvamos á nuestros jóvenes y oigamos el final de su conversación. Ibarra decía á María Clara.

—Mañana, antes de que raye el alba, se cumplirá tu deseo. Esta noche lo dispondré todo para que nada falte.

—Entonces escribiré á mis amigas, para que vengan. ¡Haz de modo que no pueda seguir el cura!

—Y ¿por qué?

—Porque parece que me vigila. Me hacen daño sus ojos hundidos y sombríos; cuando los fija en mí, me dan miedo. Cuando me dirige la palabra, tiene una voz... me habla de cosas tan raras, incomprensibles, tan extrañas... me preguntó una vez si no había soñado en cartas de mi madre; creo que está medio loco. Mi amiga Sinang y Andeng, mi hermana de leche, dicen que está algo tocado porque no come ni se baña y vive á obscuras. ¡Haz que no venga!

—No podemos menos de no invitarle,—contesta Ibarra pensativo.—Las costumbres del país lo requieren; está en tu casa y además se ha portado conmigo con nobleza. Cuando el alcalde le consultó sobre el negocio que te he hablado, sólo ha tenido alabanzas para mí y no ha pretendido poner el más pequeño obstáculo. Pero veo que te pones seria; descuida, que no nos podrá acompañar en la banca.

Oyéronse ligeros pasos: era el cura que se acercaba con una forzada sonrisa en los labios.

—¡El viento es frío!—dijo;—cuando se coge un catarro no se le suelta hasta que venga el calor. ¿No temen ustedes resfriarse?

Su voz era temblorosa y sus miradas se dirigían al lejano horizonte; no miraba á los jóvenes.

—¡Por el contrario la noche nos parece agradable y el viento delicioso!—contestó Ibarra.—En estos meses tenemos nuestro otoño y nuestra primavera; caen algunas hojas, pero brotan siempre flores.

El fraile suspiró.

—Hallo muy hermoso el consorcio de estas dos estaciones sin que intervenga el frío invierno,—continuó Ibarra.—En Febrero brotarán las yemas en las ramas de los árboles frutales, y en Marzo tendremos ya las frutas maduras. Cuando vengan los meses de calor nos iremos á otra parte.

Fray Salví se sonrió. Empezaron á hablar de cosas indiferentes, del tiempo, del pueblo, de la fiesta; María Clara buscó un pretexto y se alejó.

—Y pues que hablamos de fiestas, permítame usted que le invite á la que celebraremos mañana. Es una fiesta campestre que mutuamente nos damos nuestros amigos y nosotros.

—Y ¿en donde se hará?

—Las jóvenes la desean en el arroyo que corre en el vecino bosque, cerca del balitî: por eso nos levantaremos temprano para que no nos alcance el sol.

El religioso reflexionó; un momento después, contestó:

—La invitación es muy tentadora y acepto para probarle que ya no le guardo rencor. Pero tendré que ir más tarde después que haya cumplido con mis obligaciones. ¡Feliz usted que está libre, enteramente libre!

Minutos después, Ibarra se despedía para cuidar de la fiesta del día siguiente.—Era ya noche oscura.

En la calle se le acercó uno que le saludó reverentemente.

—¿Quién sois?—preguntóle Ibarra.

—No conocéis, señor, mi nombre,—contestó el desconocido.—Os he estado esperando dos días.

—Y ¿por qué?

—¡Porque en ninguna parte se han apiadado de mí, porque dicen que soy un bandido, señor! ¡Pero he perdido mis hijos, mi mujer está loca y todos dicen que merezco mi suerte!

Ibarra examinó rápidamente al hombre y preguntó:

—¿Qué queréis ahora?

—¡Implorar vuestra piedad para mi mujer y mis hijos!

—No puedo detenerme,—contestó Ibarra.—Si queréis seguirme, caminando me podréis contar lo que os ha sucedido.

El hombre dió las gracias, y pronto desaparecieron en las tinieblas de las mal alumbradas calles.

XXIII. La pesca

Todavía brillaban las estrellas en la bóveda de zafiro, y las aves dormitaban aún en las ramas, cuando una alegre comitiva recorría ya las calles del pueblo dirigiéndose al lago, á la alegre luz de las antorchas de brea, que llaman comunmente huepes.

Eran cinco jovencitas, que marchaban aprisa, cogidas de las manos ó de la cintura, seguidas de algunas ancianas y de varias criadas, que llevaban graciosamente sobre sus cabezas cestos llenos de provisiones, platos, etc. Al ver los semblantes en que ríe la juventud y brillan las esperanzas, al contemplar como flota al viento la abundante y negra cabellera y los anchos pliegues de sus vestidos, las tomaríamos por divinidades de la noche huyendo del día, si no supiésemos que son María Clara con sus cuatro amigas: la alegre Sinang, su prima la severa Victoria, la hermosa Iday y la pensativa Neneng, de belleza modesta y temerosa.

Conversaban animadamente, reían, se pellizcaban, se hablaban al oído y después prorrumpían en carcajadas.

—¡Vais á despertar á la gente que aún está durmiendo!—les reprendía la tía Isabel;—cuando éramos jóvenes no alborotábamos tanto.

—¡Tampoco madrugarían ustedes como nosotras, ni serían los viejos tan dormilones!—contestaba la pequeña Sinang.

Callábanse un momento, procuraban bajar la voz, pero pronto se olvidaban, reían y llenaban la calle con sus juveniles y frescos acentos.

—¡Hazte la resentida; no le hables!—decía Sinang á María Clara:—¡ríñele para que no se acostumbre mal!

—No seas tan exigente,—decía Iday.

—¡Sé exigente, no seas tonta! ¡El novio debe obedecer mientras es novio, que después cuando es marido hace lo que le da la gana!—aconsejaba la pequeña Sinang.

—¿Qué entiendes tú de eso, niña?—le corregía su prima Victoria.

—¡Pst, silencio, que vienen!

En efecto, venía un grupo de jóvenes alumbrándose con grandes antorchas de caña. Marchaban bastante serios al són de una guitarra.

—¡Parece guitarra de mendigo!—dijo Sinang riendo.

Cuando los dos grupos se encontraron, eran las mujeres las que guardaban un continente serio y formal como si aún no hubiesen aprendido á reir; por el contrario, los hombres hablaban, saludaban, sonreían y hacían seis preguntas para obtener media contestación.

—¿Está el lago tranquilo? ¿Creéis que vamos á tener buen tiempo?—preguntaban las madres.

—No os inquietéis, señoras; yo sé nadar bien,—contestaba un joven flaco, alto y delgado.

—¡Debíamos antes haber oído misa!—suspiraba tía Isabel juntando las manos.

—Aún es tiempo, señora; Albino, que ha sido seminarista, la puede decir en la banca,—contestó otro señalando al joven flaco y alto.

Este, que tenía una fisonomía de socarrón, al oir que le aludían, adoptó un ademán compungido, caricaturizando al padre Salví.

Ibarra, sin perder su seriedad, tomaba también parte en la alegría de sus compañeros.

Al llegar á la playa, escapáronse involuntariamente de los labios de las mujeres exclamaciones de asombro y alegría. Veían dos grandes bancas, unidas entre sí, pintorescamente adornadas con guirnaldas de flores y hojas, con telas abollonadas de varios colores: farolitos de papel colgaban de la improvisada cubierta alternando entre rosas y claveles, frutas, como piñas, kasuy, plátanos, guayabas y lanzones, etc. Ibarra había traído sus alfombras, tapices y cojines, y formado con ellos cómodos asientos para las mujeres. Los tikines y los remos tenían también sus adornos. En la banca mejor adornada había un arpa, guitarras, acordeones y un cuerno de carabao; en la otra ardía el fuego en kalanes de barro; preparábase té, café y salabat para el desayuno.

—¡Aquí las mujeres, allí los hombres!—decían las madres al embarcarse.—¡Estaos quietas! No moverse mucho que vamos á naufragar.

—¡Hacer antes la señal de la cruz!—decía tía Isabel persignándose.

—Y ¿estaremos aquí tan solas?—preguntaba Sinang haciendo un mohín;—¿nosotras solamente?... ¡aray!

Este ¡aray! lo causaba un pellizco que á tiempo le propinó su madre.

Las bancas se iban alejando lentamente de la playa reflejando la luz de los faroles en el espejo del lago, completamente tranquilo. En el Oriente aparecían las primeras tintas de la aurora.

Reinaba bastante silencio; la juventud, con la separación establecida por las madres, parecía dedicarse á la meditación.

—¡Ten cuidado!—dijo en voz alta Albino, el seminarista, á otro joven;—pisa bien la estopa que hay debajo de tu pie.

—¿Qué es?

—Puede saltar y entrar el agua: esta banca tiene muchos agujeros.

—¡Ay, que nos hundimos!—gritaron las mujeres espantadas.

—¡No tengáis cuidado, señoras!—les afirmó el seminarista.—Esa banca está segura: no tiene más que cinco agujeros y no muy grandes.

—¡Cinco agujeros! ¡Jesús! ¿Es que queréis ahogarnos?—exclamaron las mujeres horrorizadas.

—¡Nada más que cinco, señoras, y así de grandes!—aseguraba el seminarista enseñándoles la pequeña circunferencia formada por sus dedos índice y pulgar.—Pisad bien las estopas para que no salten.

—¡Dios mío! ¡María Santísima! ¡Ya entra agua!—gritó una vieja que sentía mojarse.

Hubo un pequeño tumulto; unas chillaban, otras pensaban saltar al agua.

—¡Pisad bien las estopas, allí!—continuaba Albino, señalando hacia el sitio donde estaban las jóvenes.

—¿Dónde? ¿Dónde? ¡Dios! ¡No lo sabemos! ¡Por piedad, venid que no lo sabemos!—imploraron las temerosas mujeres.

Fué menester que cinco jóvenes pasasen á la otra banca para tranquilizar á las aterradas madres. ¡Casualidad rara! parecía que al lado de cada una de las dalagas había un peligro: las viejas no tenían juntas ni un agujero comprometido. Y ¡más extraño aún! Ibarra estaba sentado al lado de María Clara, Albino al de Victoria, etc. La tranquilidad volvió á reinar en el círculo de las cuidadosas madres, pero no en el de las jóvenes.

Como el agua estaba completamente tranquila, los corrales de pesca no lejos, y era aún muy temprano, se decidió que se dejasen los remos y todo el mundo se desayunase. Apagáronse los faroles, pues la aurora iluminaba ya el espacio.

—¡No hay cosa que pueda compararse con el salabat, tomado por la mañana antes de ir á misa!—decía capitana Ticá, la madre de la alegre Sinang;—tomad salabat con poto, Albino, y veréis que hasta os dará ganas de rezar.

—Es lo que hago,—contestó éste:—pienso confesarme.

—¡No!—decía Sinang,—tomad café, que da ideas alegres.

—Ahora mismo, porque me siento un poco triste.

—¡No hagáis eso!—le advertía la tía Isabel;—tomad té con galletas; dicen que el té tranquiliza el pensamiento.

—¡También tomaré té con galletas!—contestaba el complaciente seminarista;—por fortuna ninguna de estas bebidas es el catolicismo.

—Pero ¿podéis?...—pregunta Victoria.

—¿Tomar también chocolate? ¡Ya lo creo! Con tal que el almuerzo no tarde mucho...

La mañana era hermosa: las aguas comenzaban á brillar, y de la luz directa del cielo y de la reflejada por las aguas, resultaba una claridad que iluminaba los objetos, casi sin producir sombras, una claridad brillante y fresca, saturada de colores, que adivinamos en algunas marinas.

Casi todos estaban alegres, aspiraban la ligera brisa que comenzaba á despertarse: hasta las madres, tan llenas de prevenciones y advertencias, reían y bromeaban entre sí.

—¿Te acuerdas?—decía una á capitana Ticá,—te acuerdas de cuando nos bañábamos en el río, cuando aún éramos solteras? Descendían á lo mejor la corriente, en banquitas hechas con corteza de plátano, con frutas de varias clases entre olorosas flores. Cada una llevaba una banderita en donde leíamos nuestros nombres...

—Y ¿cuando volvíamos á casa?—añadía otra sin dejar concluir á la primera;—encontrábamos los puentes de caña destrozados y entonces teníamos que vadear los arroyos... ¡los pícaros!

—¡Sí!—decía capitana Ticá,—pero yo prefería mojar los bordes de mi falda antes que descubrir el pie: sabía que en los matorrales de la orilla había ojos que observaban.

Las jóvenes que oían estas cosas se miraban y sonreían; las demás tenían sus propias conversaciones y no hacían caso.

Sólo un hombre, el que hacía el oficio de piloto, permanecía silencioso y ajeno á toda aquella alegría. Era un joven de formas atléticas y de una fisonomía interesante por sus grandes ojos tristes y el severo dibujo de sus labios. Los cabellos negros, largos y descuidados, caían sobre su robusto cuello; una camisa de tela basta y oscura, dejaba adivinar al través de sus pliegues los poderosos músculos que contribuían con sus nervudos y desnudos brazos á manejar, como una pluma, un ancho y descomunal remo, que le servía de timón para guiar las dos bancas.

María Clara le había sorprendido más de una vez observándola: él entonces volvía rápidamente la vista á otra parte y miraba á lo lejos, al monte, á la orilla. Compadecióse la joven de su soledad y cogiendo unas galletas se las ofreció. El piloto la miró con cierta sorpresa, pero esta mirada sólo duró un segundo; tomó una galleta y dió las gracias brevemente y en voz apenas perceptible.

Y nadie volvió á acordarse más de él. Las alegres risas y las ocurrencias de los jóvenes no contraían ningún músculo de su rostro; no le hacía sonreír la alegre Sinang recibiendo pellizcos, que la obligaban á fruncir las cejas un instante para volver otra vez á su alegría como antes.

Concluído el desayuno, continuaron la excursión hacia los corrales de pesca.

Estos eran dos, colocados á cierta distancia uno del otro: ambos pertenecían á capitán Tiago. Desde lejos veíanse algunas garzas posadas sobre las puntas de las cañas del cercado, en actitud contemplativa, mientras algunas aves blancas, que los tagalos llaman kalauay ó calao volaban en distintas direcciones, rozando con sus alas la superficie del lago y llenando el aire de estridentes graznidos.

María Clara siguió con la vista á las garzas que, al aproximarse las bancas, echáronse á volar en dirección al vecino monte.

—¿Anidan esas aves en el monte?—preguntó la joven al piloto, acaso más que para saberlo para hacerle hablar.

—Probablemente, señora,—contestó;—pero nadie hasta ahora ha visto sus nidos.

—¿No tienen nido esas aves?

—Supongo que deben tenerlos, pues de lo contrario serían muy desgraciadas.

María Clara no notó el acento de la tristeza con que pronunció el piloto estas palabras.

—¿Entonces?...

—Dicen, señora,—contestó el joven,—que los nidos de esas aves son invisibles y poseen la cualidad de hacer invisible al que los tenga en su poder; y, como el alma que sólo se ve en el terso espejo de los ojos, es también en el espejo de las aguas donde únicamente estos nidos se dejan contemplar.

María Clara se puso pensativa.

Entretanto habían llegado al baklad: el viejo banquero ató las embarcaciones á una caña.

—¡Espera!—dijo tía Isabel al hijo del viejo, que se preparaba á subir provisto de su panalok, ó sea la caña con la bolsa de red;—es menester que esté dispuesto el sinigang para que los peces pasen del agua al caldo.

—¡Buena tía Isabel!—exclamó el seminarista;—no quiere que el pez pueda echar de menos ni un momento el agua.

Andeng, la hermana de leche de María Clara, á pesar de su cara limpia y alegre, tenía fama de buena cocinera. Preparó agua de arroz, tomates y camias, ayudándola ó estorbándola algunos, que acaso querían merecer sus simpatías. Las jóvenes limpiaban los cogollos de calabaza, los guisantes, y cortaban los paayab en cortos pedazos, largos como cigarrillos.

Para distraer la impaciencia de los que deseaban ver cómo saldrían los peces de su cárcel, vivitos y coleando, la hermosa Iday cogió el arpa: Iday no solamente tocaba bien este instrumento, sino que tenía además muy hermosos dedos.

La juventud batió las palmas, María Clara le dió un beso; el arpa es el instrumento que más se toca en aquella provincia y era el propio de aquellos momentos.

—¡Canta, Victoria, la canción del matrimonio!—pidieron las madres.

Los hombres protestaron y Victoria, que tenía buena voz, se quejó de ronquera. «La canción del matrimonio» es una hermosa elegía tagala en que se pintan todas las miserias y tristezas de este estado, sin mentar ninguna de sus alegrías.

Entonces pidieron que cantase María Clara.

—Todas mis canciones son tristes.

—¡No importa, no importa!—dijeron todas.

No se hizo de rogar, cogió el arpa, tocó un preludio y cantó con voz vibrante, armoniosa y llena de sentimiento.

¡Dulces las horas en la propia patria

Donde es amigo cuanto alumbra el sol,

Vida es la brisa que en sus campos vuela,

Grata la muerte y más tierno el amor!

Ardientes besos en los labios juegan,

De una madre en el seno al despertar,

Buscan los brazos á ceñir el cuello,

Y los ojos sonriendo al mirar.

Dulce es la muerte por la propia patria,

Donde es amigo cuanto alumbra el sol:

¡Muerte es la brisa para quien no tiene

Una patria, una madre y un amor!

Extinguióse la voz, cesó el canto, enmudeció el arpa y aún seguían escuchando: ninguno aplaudió. Las jóvenes sentían sus ojos llenarse de lágrimas. Ibarra parecía contrariado y el joven piloto miraba inmóvil á lo lejos.

De repente se oyó un atronador estruendo: las mujeres soltaron un grito y se taparon las orejas. Era el exseminarista Albino, que soplaba con toda la fuerza de sus pulmones en el cuerno de carabao, llamado tambulî. La risa y la animación volvieron; los ojos, llenos de lágrimas, brillaron alegremente.

—Pero ¿es que nos vas á volver sordas, hereje?—le gritó tía Isabel.

—Señora,—contesta el exseminarista solemnemente;—he oído hablar de un pobre trompetero, allá en las orillas del Rhin, que por tocar la trompeta se casó con una noble y rica doncella.

—Cierto, el trompetero de Säckingen,—añadió Ibarra, no pudiendo menos de tomar parte en la nueva animación.

—¿Lo oís?—continúa Albino;—pues yo quiero ver si tengo la misma suerte.

Y volvió á soplar aún con más bríos en el resonante cuerno, acercando particularmente la trompa á los oídos de las jóvenes que más tristes se habían puesto. Naturalmente, hubo un pequeño alboroto; las madres le hicieron callar á fuerza de chinelazos y pellizcos.

—¡Aray! ¡aray!—decía palpándose los brazos.—¡La distancia que separa Filipinas de las orillas del Rhin! ¡Oh tempora! ¡oh mores! ¡A unos les dan encomiendas y á otros sambenitos!

Ya todas reían, hasta la Victoria misma; sin embargo, Sinang, la de los alegres ojos, decía en voz baja á María Clara:

—¡Feliz tú! ¡Ay, yo también cantaría si pudiese!

Andeng anunció al fin que el caldo estaba ya dispuesto á recibir á sus huéspedes.

El jovencito, el hijo del pescador, subió entonces sobre el encerradero ó bolsa del corral, colocado en el extremo más estrecho de éste, donde se podría escribir el Lasciati ogni speranza voi ch’entrate, si los desgraciados peces supiesen leer el italiano y entenderlo: pez que entraba allí no salía sino para morir. Es un espacio casi circular de un metro de diámetro próximamente, dispuesto de manera que un hombre pueda tenerse en pie en la parte superior, para desde allí retirar los peces con la redecilla.

—¡Allí sí que no me aburriría el pescar con caña!—decía Sinang estremeciéndose de placer.

Todos estaban atentos: ya algunos creían ver los peces colear y agitarse dentro de la red, brillar sus relucientes escamas, etc. Sin embargo, al introducirla el joven, no saltó pez alguno.

—Debe estar lleno,—decía Albino en voz baja;—hace más de cinco días que no se ha visitado.

El pescador retiró la caña... ¡ay! ni un pececito adornaba la red; el agua, al caer en abundantes gotas que el sol iluminaba, parecía reir con risa argentina. Un ¡ah! de admiración, de disgusto, de desengaño se escapó de los labios de todos.

El joven repitió la misma operación, y el mismo resultado.

—¡No entiendes tu oficio!—le dijo Albino trepando al encerradero y arrancando la red de las manos del joven.

—¡Ahora veréis! ¡Andeng, abre la olla!

Pero Albino tampoco lo entendía y siguió vacía la red. Todos se echaron á reir.

—¡No hagáis ruido, que os oyen los peces y no se dejan coger!—dijo.—Esta red debe estar rota.

Pero la red tenía íntegras todas sus mallas.

—Déjame á mí,—díjole León, el novio de Iday.

Este se aseguró bien del estado del cerco, examinó la red y, satisfecho, preguntó:

—¿Estáis seguros de que no se ha visitado desde hace cinco días?

—¡Segurísimos! La última vez fué la vigilia de Todos los Santos.

—Pues entonces, ó el lago está encantado ó yo saco algo.

León introdujo la caña en el agua, pero el asombro se pintó en su semblante. Silencioso miró un momento al vecino monte y siguió paseando la caña dentro del agua: después, sin retirarla, murmuró en voz baja:

—Un caimán.

—¡Un caimán!—repitieron.

La palabra corrió de boca en boca en medio del espanto y de la estupefacción general.

—¿Qué decís?—le preguntaron.

—Digo que hay un caimán cogido,—afirmó León, é introduciendo el mango de la caña en el agua, continuó:

—¿Oís ese sonido? eso no es la arena, es la dura piel, la espalda del caimán. ¿Veis como se mueven las cañas? es él que forcejea, pero está arrollado sobre sí mismo; esperad... es grande; su cuerpo mide casi un palmo ó más de ancho.

—¿Qué hacer?—fué la pregunta.

—¡Cogerlo!—dijo una voz.

—¡Jesús! ¿y quién lo coge?

Nadie se atrevía á descender al abismo. El agua era profunda.

—¡Debíamos atarle á nuestra banca y arrastrarle en triunfo!—dijo Sinang;—¡comerse los peces que debíamos comer!

—¡No he visto hasta ahora un caimán vivo!—murmuró María Clara.

El piloto se levantó, cogió una larga cuerda y subió ágilmente á la especie de plataforma. León le cedió el sitio.

Excepto María Clara, nadie hasta entonces se había fijado en él: ahora admiraban todos su esbelta estatura.

Con gran sorpresa y á pesar de los gritos de todos, el piloto saltó dentro del encerradero.

—¡Llevaos este cuchillo!—le gritó Crisóstomo sacando una ancha hoja toledana.

Pero ya el agua subía en forma de mil surtidores y el abismo se cerró misterioso.

—¡Jesús, María y José!—exclamaban las mujeres.—Vamos á tener una desgracia! ¡Jesús, María y José!

—No tengáis cuidado, señoras,—les decía el viejo banquero;—si hay en toda la provincia uno que lo puede hacer, ése es él.

—¿Cómo se llama ese hombre?—preguntaron.

—Nosotros le llamamos el Piloto: es el mejor que he visto; sólo que no ama el oficio.

El agua se movía, el agua se agitaba: parecía que en el fondo se trababa una lucha; vacilaba el cerco. Todos callaban y contenían la respiración. Ibarra apretaba con mano convulsiva el puño del agudo cuchillo.

La lucha pareció terminarse. Asomóse por encima la cabeza del joven, que fué saludado con gritos alegres: los ojos de las mujeres estaban llenos de lágrimas.

El piloto trepó llevando en la mano el estremo de la cuerda, y una vez en la plataforma tiró de ella.

El monstruo apareció: tenía la soga atada en forma de doble banda por el cuello y debajo de las extremidades anteriores. Era grande, como ya lo había anunciado León, pintado, y sobre sus espaldas crecía verde musgo, que es á los caimanes lo que las canas á los hombres. Mugía como un buey, azotaba con la cola las paredes de caña, se agarraba á ellas, y abría las negras y tremendas fauces, descubriendo sus largos colmillos.

El piloto le izaba solo: nadie se acordaba de ayudarle.

Fuera ya del agua y colocado sobre la plataforma, púsole el pie encima, con robusta mano cerró sus descomunales mandíbulas y trató de atarle el hocico con fuertes nudos. El reptil tentó un nuevo esfuerzo, arqueó el cuerpo, batió el suelo con la potente cola, y, escapándose, se lanzó de un salto al lago, fuera del corral, arrastrando á su domador. El piloto era hombre muerto; un grito de horror se escapó de todos los pechos.

Rápido como el rayo, cayó otro cuerpo al agua; apenas tuvieron tiempo de ver que era Ibarra. María Clara no se desmayó, porque las filipinas no saben aún desmayarse.

Vieron las olas colorearse, teñirse en sangre. El joven pescador saltó al abismo con su bolo en la mano, su padre le siguió: pero apenas desaparecían, cuando vieron á Crisóstomo y al piloto reaparecer agarrados al cadáver del reptil. Este tenía todo el blanco vientre rasgado y en la garganta clavado el cuchillo.

Imposible es describir la alegría de los circunstantes: mil brazos se tendieron para sacar á los jóvenes del agua. Las viejas estaban medio locas y reían y rezaban. Andeng olvidó que su sinigang había hervido tres veces: todo el caldo se derramó y apagó el fuego. La única que no podía hablar era María Clara.

Ibarra estaba ileso, el piloto tenía en el brazo un ligero rasguño.

—¡Os debo la vida!—dijo á Ibarra, que se envolvía en mantas de lana y tapices.

La voz del piloto parecía revelar cierta pena.

—Sois demasiado intrépido,—contestóle Ibarra;—otra vez no tentaréis á Dios.

—¡Si me hubieses seguido, si hubiésemos muerto,—contestó el joven completando su pensamiento,—en el fondo del lago, habría yo estado en familia!

Ibarra no se acordaba de que allí yacían los restos de su padre.

Las viejas ya no querían ir al otro baklad, sino retirarse, alegando que el día había comenzado mal y podrían sobrevenir muchas desgracias.

—¡Todo es porque no hemos oído misa!—suspiraba una.

—Pero ¿qué desgracia hemos tenido, señoras?—preguntaba Ibarra.—¡El caimán sí que es desgraciado!

—Lo cual prueba—concluyó el exseminarista—que en toda su pecadora vida jamás ha oído misa este reptil. Nunca le he visto entre los numerosos caimanes que frecuentan la iglesia.

Las bancas se dirigieron, pues, hacia el otro baklad, y fué menester que Andeng preparase otro sinigang.

El día adelantaba; soplaba la brisa; las olas despertaban y se rizaban en torno del caimán, levantando «montes de espuma do tersa brilla, rica en colores, la luz solar», que dice el poeta Paterno.

La música volvió á resonar: Iday tocaba el arpa; los hombres, los acordeones y guitarras con mayor ó menor afinación, pero el que mejor lo hacía era Albino, que la rascaba verdaderamente desafinada y perdía el compás á cada instante, ó se olvidaba á lo mejor y se pasaba á otra sonata enteramente distinta.

El otro corral fué visitado con desconfianza. Muchos esperaban encontrar allí la hembra del caimán; pero la naturaleza es burlona, y salía siempre llena la red.

Tía Isable mandaba:

—El ayungin es bueno para el sinigang; dejad el biâ para el escabeche, el dalay y el buan-buan para pesâ: el dalag puede vivir mucho. Ponedlos en la red para que continúen en el agua. ¡Las langostas á la sarten! El bânak es para asado, envuelta en hojas de plátano y relleno de tomates.

—Dejad los demas para que sirvan de reclamo: no es bueno vaciar el baklad completament añadía.

Entonces trataron de abordar á la orilla, en aquel bosque de árboles seculares perteneciente á Ibarra. Allí, á la sombra y junto al cristalino arroyo, almorzarían entre las flores ó debajo de improvisadas tiendas.

La música resonaba en el espacio; el humo de los kalanes se levantaba alegre en forma de tenues torbellinos; el agua cantaba dentro de la ardiente vasija, acaso palabras de consuelo para los peces muertos, acaso palabras de sarcasmo y burla; el cadáver del caimán daba vueltas, presentaba ya el blanco y destrozado vientre, ya la pintada y verdosa espalda, y el hombre, favorito de la naturaleza, no se inquietaba por tantos fratricidios, que dirían los bramines ó los vegetarianos.

XXIV. En el bosque

Temprano, muy temprano había dicho su misa el padre Salví y limpiado en pocos minutos una docena de almas sucias, lo cual no era su costumbre.

Después, con la lectura de unas cartas que llegaron bien selladas y lacradas, perdió el digno cura su apetito y dejó que el chocolate se enfriara completamente.

—El padre se pone enfermo,—decía el cocinero mientras preparaba otra taza;—hace días que no come: de los seis platos que le pongo en la mesa, no toca dos.

—Es que duerme mal,—contesta el otro criado;—tiene pesadillas desde que cambió de alcoba. Sus ojos se hunden cada vez más, enflaquece de día en día, y está muy amarillo.

En efecto, da lástima ver al padre Salví. Ni ha querido tocar la segunda taza de chocolate, ni probar los hojaldres de Cebú: paséase pensativo por la espaciosa sala, arrugando entre sus huesudas manos unas cartas que lee de cuando en cuando. Al fin pide su coche, se arregla y ordena le conduzcan al bosque donde se encuentra el fatídico árbol, y en cuyas cercanías se celebra la partida campestre.

Llegado al sitio, el padre Salví despachó su vehículo y se internó solo en el bosque.

Un sombrío sendero franquea trabajosamente la espesura y conduce á un arroyo, formado de varias fuentes termales como muchas de las faldas del Makiling. Adornan sus orillas flores silvestres, muchas de las cuales no han recibido aún nombre latino, pero sin duda son ya conocidas de los dorados insectos, de las mariposas de todos tamaños y colores, azul y oro, blancas y negras, matizadas, brillantes, pavonadas, llevando rubíes y esmeraldas en sus alas, y de los millares de coleópteros de reflejos metálicos, espolvoreados de oro fino. El zumbido de estos insectos, el chirrido de la cigarra que alborota día y noche, el canto del pájaro, ó el ruido seco de la podrida rama que cae enganchándose en todas partes, son los únicos que turban el silencio de aquel misterioso paraje.

Algún tiempo estuvo vagando entre las espesas enredaderas, evitando los espinos que le agarraban por el hábito de guingón como para detenerle, las raíces de los árboles que salían del suelo, haciendo tropezar á cada momento al no acostumbrado caminante. Detúvose repentinamente: alegres carcajadas y frescas voces llegaron á sus oídos, y las carcajadas partían del arroyo y se acercaban cada vez más.

—Voy á ver si encuentro un nido,—decía una hermosa y dulce voz que el cura conocía:—quisiera verle sin que él me viese, quisiera seguirle á todas partes.

El padre Salví ocultóse detrás del grueso tronco de un árbol y púsose á escuchar.

—¿Es decir que quieres hacer con él lo que contigo hace el cura, que te vigila en todas partes?—contestó una alegre voz.—¡Ten cuidado que los celos hacen enflaquecer y hunden los ojos!

—¡No, no son celos, es pura curiosidad!—replicaba la voz argentina, mientras la alegre repetía: «¡Sí, celos, celos!» y reía á carcajadas.

—Si yo tuviera celos, en vez de hacerme invisible á mí, le haría á él para que nadie le pudiese ver.

—Pero tú tampoco le verías, y eso no está bien. Lo mejor es que si encontramos el nido, se lo regalemos al cura: así puede vigilarnos á nosotras sin que tengamos necesidad de verle, ¿no te parece?

—Yo no creo en los nidos de las garzas,—contestaba otra voz;—pero si alguna vez tuviese celos, ya sabría vigilar y hacerme invisible...

—Y ¿cómo? ¿cómo? ¿Acaso como sor Escucha?

Alegres carcajadas provocó este recuerdo de colegiala.

—¡Ya sabes cómo se la engaña á sor Escucha!

El padre Salví vió desde su escondite á María Clara, á Victoria y á Sinang recorriendo el río. Las tres andaban con la vista en el espejo de las aguas, buscando el misterioso nido de la garza: iban mojadas hasta la rodilla, dejando adivinar en los anchos pliegues de sus sayas de baño las graciosas curvas de sus piernas. Llevaban la cabellera suelta y los brazos desnudos, y cubría el busto una camisa de anchas rayas y alegres colores. Las tres jóvenes, á la vez que buscaban un imposible, recogían flores y legumbres que crecían en la orilla.

El Acteón religioso contemplaba pálido é inmóvil á aquella púdica Diana: sus ojos, que brillaban en las obscuras órbitas, no se cansaban de admirar aquellos blancos y bien modelados brazos, aquel cuello elegante con el comienzo del pecho; los diminutos y rosados pies, que jugaban con el agua despertaban en su empobrecido sér extrañas sensaciones y hacían soñar en nuevas ideas á su ardiente cerebro.

Tras un recodo del riachuelo, entre espesos cañaverales, desaparecieron aquellas dulces figuras y dejaron de oirse sus crueles alusiones. Ebrio, vacilante, cubierto de sudor, salió el padre Salví de su escondite y miró en torno suyo con ojos extraviados. Detúvose inmóvil, dudoso; dió algunos pasos como si tratase de seguir á las jóvenes, pero volvió y, andando por la orilla, trató de buscar el resto de la comitiva.

A alguna distancia de allí vió en medio del arroyo una especie de baño, bien cercado, cuyo techo lo formaba un frondoso cañaveral: de él salían alegres y femeniles acentos. Adornábanle hojas de palma, flores y banderolas.—Más allá vió un puente de caña y á lo lejos á los hombres bañándose, mientras una multitud de criados y criadas bullían alrededor de improvisados kalanes, atareados en desplumar gallinas, lavar arroz, asar lechón, etc. Y allá, en la orilla opuesta, en un claro que habían hecho, se reunían muchos hombres y mujeres bajo un techo de lona, colgado en parte de las ramas de los árboles seculares, en parte de estacas nuevamente levantadas. Allí estaban el alférez, el coadjutor, el gobernadorcillo, el teniente mayor, el maestro de escuela y muchos capitanes y tenientes pasados, hasta capitán Basilio, el padre de Sinang, antiguo adversario del difunto don Rafael en un viejo litigio. Ibarra le había dicho: «Discutimos un derecho, y discutir no quiere decir ser enemigos.» Y el célebre orador de los conservadores aceptó con entusiasmo la invitación, enviando tres pavos y poniendo sus criados á la disposicion del joven.

El cura fué recibido con respeto y deferencia por todos, hasta por el alférez.

—Pero ¿de dónde viene vuestra reverencia?—preguntóle éste al ver su cara llena de rasguños y su hábito cubierto de hojas y pedazos de ramas secas.—¿Se ha caído vuestra reverencia?

—No, me he extraviado!—contestó el padre Salví, bajando los ojos para examinar su traje.

Se abrían frascos de limonadas, se partían cocos verdes para que los que salían del baño bebiesen su agua fresca y comiesen su tierna carne, más blanca que la leche; las jóvenes recibían además un rosario de sampagas, entremezcladas de rosas é ilang-ilang, que perfumaban la suelta cabellera. Sentábanse ó recostábanse en las hamacas, suspendidas de las ramas, ó se entretenían jugando alrededor de una ancha piedra, sobre la cual se veían naipes, tableros, libritos, sigüeyes y pedrezuelas.

Enseñáronle al cura el caimán, pero al parecer estaba distraído y sólo prestó atención cuando le dijeron que aquella ancha herida la había hecho Ibarra. Por lo demás no era posible ver al célebre y desconocido piloto; había desaparecido ya antes de la llegada del alférez.

Al fin salió María Clara del baño, acompañada de sus amigas, fresca como una rosa en su primera mañana cuando brilla el rocío, con chispas de diamante, en los divinos pétalos. Su primera sonrisa fué para Crisóstomo, y la primera nube de su frente para el padre Salví. Este lo notó y no suspiró.

Llegó la hora de comer. El cura, el coadjutor, el alférez, el gobernadorcillo y algunos capitanes más con el teniente mayor, sentáronse en una mesa que presidía Ibarra. Las madres no permitieron que ningún hombre comiese en la mesa de las jóvenes.

—Esta vez, Albino, no inventas agujeros como en las bancas,—dijo León al exseminarista.

—¿Qué? ¿Qué es eso?—preguntaron las viejas.

—Las bancas, señoras, estaban tan enteras como este plato,—aclaró León.

—¡Jesús!—exclamó tía Isabel sonriendo.

—¿Sabe usted algo ya, señor alférez, del criminal que maltrató al padre Dámaso?—preguntaba fray Salví en la comida á aquel.

—¿De qué criminal, padre cura?—preguntó el alférez, mirando al fraile al través del vaso de vino que vaciaba.

—¿De quién ha de ser? ¡Del que anteayer tarde golpeó al padre Dámaso en el camino!

—¿Golpeó al padre Dámaso?—preguntaron varias voces.

El coadjutor pareció sonreir.

—¡Sí, y el padre Dámaso está ahora en cama! Se cree sea el mismo Elías que le arrojó á usted en el charco, señor alférez.

El alférez se puso colorado de vergüenza ó de vino.

—Pues yo creía—continuó el padre Salví con cierta burla—que estaba usted enterado del asunto ... que el alférez de la guardia civil...

Mordióse el militar los labios y balbuceó una tonta excusa.

En esto, apareció una mujer pálida, flaca, vestida miserablemente; nadie la había visto venir, pues iba silenciosa y hacía tan poco ruido que de noche se la habría tomado por un fantasma.

—¡Dad de comer á esa pobre mujer!—decían las viejas:—¡oy! ¡venid aquí!

Pero ella continuó su camino y se acercó á la mesa donde estaba el cura: éste volvió la cara, la reconoció y se le cayó el cuchillo de la mano.

—¡Dad de comer á esta mujer!—ordenó Ibarra.

—¡La noche es obscura y desaparecen los niños!—murmuraba la mendiga.

Pero, á la vista del alférez que le dirigió la palabra, la mujer se espantó y echó á correr desapareciendo por entre los árboles.

—¿Quién es ésa?—preguntó.

—¡Una infeliz que se ha vuelto loca á fuerza de sustos y dolores!—contestó don Filipo;—hace cuatro días que está así.

—¿Es acaso una tal Sisa?—preguntó con interés Ibarra.

—La han preso sus soldados de usted,—continuó con cierta amargura el teniente mayor;—la han conducido por todo el pueblo por no sé qué cosas de sus hijos que ... no se han podido aclarar.

—¿Cómo?—preguntó el alférez volviéndose al cura:—¿es acaso la madre de sus dos sacristanes?

El cura afirmó con la cabeza.

—¡Que han desaparecido sin averiguarse nada de ellos!—añadió severamente don Filipo, mirando al gobernadorcillo que bajó los ojos.

—¡Buscad á esa mujer!—mandó Crisóstomo á los criados.—He prometido trabajar para averiguar el paradero de sus hijos...

—¿Que han desaparecido dicen ustedes?—preguntó el alférez.—¿Sus sacristanes de usted han desaparecido, padre cura?

Este apuró el vaso de vino que tenía delante é hizo señas con la cabeza de que sí.

—¡Caramba, padre cura!—exclama el alférez con risa burlona, y alegre con el pensamiento de una revancha;—desaparecen algunos pesos de V. R. y se me despierta á mi sargento muy temprano para que los haga buscar; desaparecen dos sacristanes, y V. R. no dice nada, y usted, señor capitán... Verdad es también que usted...

Y no concluyó su frase, sino que se echó á reir hundiendo su cuchara en la roja carne de una papaya silvestre.

El cura, confuso y perdiendo la cabeza, contestó:

—Es que yo tengo que responder del dinero...

—¡Buena respuesta, reverendo pastor de almas!—interrumpió el alférez con la boca llena.—¡Buena respuesta santo varón!

Ibarra quiso intervenir, pero el padre Salví, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, repuso con una sonrisa forzada:

—Y ¿sabe usted, señor alférez, qué se dice de la desaparición de esos chicos? ¿No? ¡Pues pregúntelo usted á sus soldados!

—¿Cómo?—exclama aquél, perdiendo la alegría.

—¡Dícese que en la noche de la desaparición han sonado varios tiros!

—¿Varios tiros?—repitió el alférez mirando á los presentes.

Estos hicieron un movimiento de cabeza afirmativo.

El padre Salví repuso entonces lentamente y con cruel burla:

—Vamos, veo que usted ni coge á los criminales ni sabe lo que hacen los de su casa, y quiere meterse á predicador y enseñar á los otros su deber. Usted debe saber el refrán de «Más sabe el loco en su casa...»

—¡Señores!—interrumpe Crisóstomo, viendo que el alférez se ponía pálido;—á propósito de esto quisiera saber qué dicen ustedes de un proyecto mío. Pienso confiar esa loca á los cuidados de un buen médico, y en el entretanto con el auxilio y los consejos de ustedes, buscar á sus hijos.

La vuelta de los criados que no habían podido encontrar á la loca, acabó de pacificar á los dos enemigos, llevando la conversación á otro asunto.

Terminada la comida, y mientras se servía el té y el café, distribuyéronse jóvenes y viejos en varios grupos. Unos cogieron los tableros, otros los naipes, pero las jovencitas, curiosas de saber el porvenir, prefirieron hacer preguntas á la Rueda de la Fortuna.

—¡Venga usted, señor Ibarra!—gritaba capitán Basilio que estaba un poco alegre.—Tenemos un pleito de hace quince años, y no hay juez en la Audiencia que lo falle: vamos á ver si lo terminamos en el tablero.

—¡Al instante y con mucho gusto!—contestó el joven.—Un momento, que el alférez se despide.

Al saberse esta partida, todos los viejos que comprendían el ajedrez se reunieron en torno del tablero: la partida era interesante y atraía hasta á los profanos. Las viejas, sin embargo, rodearon al cura para conversar con él sobre asuntos espirituales, pero fray Salví no juzgaría apropiado el sitio ni la ocasión, pues daba vagas contestaciones y sus miradas, tristes y algo irritadas, se fijaban en todas partes, menos en sus interlocutoras.

Comenzó la partida con mucha solemnidad.

—Si el juego sale tablas, sobreseemos, se entiende,—decía Ibarra.

A la mitad del juego, Ibarra recibió un parte telegráfico que le hizo brillar los ojos y ponerse pálido. Intacto lo guardó en su cartera, no sin dirigir una mirada al grupo de la juventud, que continuaba entre risas y gritos preguntando al Destino.

—¡Jaque al rey!—dijo el joven.

Capitán Basilio no tuvo más remedio que esconderle detrás de la reina.

—¡Jaque á la reina!—volvió á decir amenazándola con su torre, que resultaba defendida por un peón.

No pudiendo cubrir á la reina ni retirarla á causa del rey que estaba detrás, capitán Basilio pidió tiempo para reflexionar.

—¡Con mucho gusto!—contestó Ibarra;—tenía precisamente algo que decir ahora mismo á algunos en aquella reunión.

Y se levantó, concediendo á su contrario un cuarto de hora.

Iday tenía el disco de cartón en que estaban escritas cuarenta y ocho preguntas, Albino el libro de las respuestas.

—¡Mentira! ¡no es verdad! ¡mentira!—gritaba medio llorosa Sinang.

—¿Qué te pasa?—preguntóle María Clara.

—Figúrate, pregunto yo: «¿Cuándo tendré juicio?» echo los dados, y ése, ese cura trasnochado lee en el libro: «¡Cuando la rana críe pelo!» ¿Te parece?

Y Sinang le hace una mueca al exseminarista, que continúa riendo.

—¿Quién te manda hacer esa pregunta?—le dice su prima Victoria.—¡El hacerla basta para merecer tales contestaciones!

—¡Preguntad!—le dijeron á Ibarra presentándole la rueda.—Hemos decidido que quien obtuviese la mejor contestación recibiría un regalo de los demás. Todos hemos preguntado ya.

—Y ¿quién ha obtenido la mejor?

—¡María Clara, María Clara!—contestó Sinang.—Le hicimos preguntar quieras ó no quieras: «¿Es su cariño fiel y constante?» y el libro contestó...

Pero María Clara, toda encarnada, le tapó la boca con sus manos, y no la dejó continuar.

—¡Entonces, dadme la rueda!—dijo Crisóstomo sonriendo.

—Pregunto: «¿Si saldré bien en mi actual empresa?»

—¡Vaya una fea pregunta!—exclamó Sinang.

Ibarra echó los dados, y con arreglo á su número buscaron la página y el renglón.

—«¡Los sueños sueños son!»—leyó Albino.

Ibarra sacó el parte telegráfico y lo abrió temblando:

—¡Esta vez, vuestro libro ha mentido!—exclamó lleno de alegría.—¡Leed!

«Proyecto escuela aprobado, otro sentenciado á su favor.»

—¿Qué significa esto?—le preguntaron.

—¿No decíais que hay que regalar algo á la que mejor contestación obtenga?—preguntó con voz temblorosa de emoción mientras partía cuidadosamente el papel en dos pedazos.

—¡Sí! ¡Sí!

—Pues bien, este es mi regalo,—dijo entregando á María Clara la mitad;—en el pueblo he de levantar una escuela para niños y niñas; esta escuela será mi regalo.

—Y ese otro pedazo ¿qué quiere decir?

—Esto se lo regalaré á quien haya obtenido la peor respuesta.

—¡Pues yo! ¡entonces á mí!—gritó Sinang.

Ibarra le dió el papel y se alejó rápidamente.

—Y esto ¿qué quiere decir?

Pero el feliz joven ya estaba lejos y volvía á proseguir su partida de ajedrez.

Fray Salví se acercó como distraído al alegre círculo de los jóvenes. María Clara se secaba una lágrima de alegría.

Cesó entonces la risa y enmudeció la conversación. El cura miraba á los jóvenes sin acertar á decir una sola palabra; éstos esperaban que él hablase y guardaban silencio.

—¿Qué es esto?—pudo al fin preguntar cogiendo el librito y medio hojeándolo.

—«La rueda de la Fortuna,» un libro de juego,—contestó León.

—¿No sabéis que es un pecado creer en estas cosas?—dijo, y rasgó con ira las hojas.

Gritos de sorpresa y disgusto se escaparon de todos los labios.

—¡Mayor pecado es disponer de lo que no es suyo contra la voluntad del dueño!—replicó Albino levantándose.—Padre cura, eso se llama robar, y Dios y los hombres lo prohiben.

María Clara juntó las manos y miró con ojos llorosos los restos de aquel libro que hace poco la había hecho tan feliz.

Fray Salví, contra lo que esperaban los presentes, no le replicó á Albino: quedóse viendo cómo revoloteaban las desgarradas hojas, yendo á parar algunas en el bosque, otras en el agua; después se alejó tambaleando con las dos manos sobre la cabeza. Detúvose algunos segundos hablando con Ibarra, que le acompañó hasta uno de los coches, dispuestos para llevar ó conducir á los invitados.

—¡Hace bien en marcharse ese espanta-alegrías!—murmuraba Sinang.—Tiene una cara que parece decir: «No te rías, que conozco tus pecados.»

Después del regalo que había hecho á su prometida, Ibarra estaba tan contento, que empezó á jugar sin reflexionar ni entretenerse examinando con cuidado el estado de las piezas.

De esto resultó que, aunque capitán Basilio se defendía ya sólo á duras penas, la partida llegó á igualarse, gracias á muchas faltas que el joven cometió después.

—¡Sobreseemos, sobreseemos!—decía capitán Basilio alegremente.

—¡Sobreseemos!—repitió el joven,—sea cualquiera el fallo que los jueces hayan podido dar.

Ambos se dieron la mano y se la estrecharon con efusión.

Mientras los presentes celebraban este acontecimiento que daba fin á un pleito que tenía á ambas partes ya fastidiadas, la repentina llegada de cuatro guardias civiles y un sargento, armados todos y con la bayoneta calada, turbó la alegría é introdujo el espanto en el círculo de las mujeres.

—¡Quieto todo el mundo!—gritó el sargento.—¡Un tiro al que se mueva!

A pesar de esta brutal fanfarronada, Ibarra se levantó y se le acercó.

—¿Qué quiere usted?—preguntó.

—Que nos entregue ahora mismo á un criminal llamado Elías, que les servía de piloto esta mañana,—contestó con tono de amenaza.

—¿Un criminal?... ¿El piloto? ¡Debe usted estar equivocado!—repuso Ibarra.

—No, señor: ese Elías está nuevamente acusado de haber puesto la mano en un sacerdote...

—¡Ah! y ¿es ése el piloto?

—El mismo, según se nos dice. Admite usted en sus fiestas á gente de mala fama, señor Ibarra.

Este le miró de pies á cabeza y le contestó con soberano desprecio:

—¡No tengo que dar á usted cuenta de mis acciones! En nuestras fiestas todo el mundo es bien recibido, y usted mismo que hubiera venido, habría encontrado un sitio en la mesa, como su alférez, que hace dos horas estaba entre nosotros.

Y dicho esto, le volvió las espaldas.

El sargento se mordió los bigotes, y considerando que era la parte más débil, ordenó que buscasen en todas partes y entre los árboles al piloto cuyas señas traían en un pedazo de papel. Don Filipo le decía:

—Note usted que esas señas convienen á las nueve décimas partes de los naturales; ¡no vaya usted á dar un paso en falso!

Al fin volvieron los soldados diciendo que no habían podido ver ni banca ni hombre alguno que infundiese sospechas: el sargento balbuceó algunas palabras y se marchó como había venido.

La alegría volvió poco á poco á renacer, llovieron las preguntas y abundaron los comentarios.

—¡Con que ése es el Elías que arrojó al alférez á un charco!—decía León pensativo.

—Y ¿cómo fué eso? ¿cómo fué?—preguntaban algunos curiosos.

—Dicen que por Septiembre, en un día muy lluvioso, se encontró el alférez con un hombre que venía cargando leña. La calle estaba muy encharcada y solamente en la orilla había un estrecho paso, transitable para una persona. Dicen que el alférez, en vez de detener su caballo, picó espuelas, gritando al hombre que retrocediese: éste parecía que tenía pocas ganas de desandar lo andado por la carga que llevaba sobre el hombro, ó no quería hundirse en el charco y siguió adelante. El alférez, irritado, le quiso atropellar, pero el hombre cogió un trozo de leña y dió al animal en la cabeza con tal fuerza, que el caballo cayó arrastrando al jinete al lodazal. Dicen también que el hombre siguió tranquilo su camino sin hacer caso de las cinco balas, que desde el charco le envió una tras otra el alférez, ciego de furia y de lodo. Como el hombre era enteramente desconocido para él, se supuso que sería el célebre Elías, llegado á la provincia hacía algunos meses, venido sin saberse de dónde, y que se ha dado á conocer á los guardias civiles de algunos pueblos por hechos parecidos.

—¿Es, pues, un tulisán?—preguntó Victoria estremeciéndose.

—No lo creo, porque dicen que se ha batido una vez contra los tulisanes que saqueaban una casa.

—¡No tiene cara de malhechor!—añadió Sinang.

—No, sólo que su mirada es muy triste: no le he visto sonreir en toda la mañana,—repuso pensativa María Clara.

Así pasó la tarde y vino la hora de volver al pueblo.

A los últimos rayos del sol moribundo salieron del bosque pasando en silencio cerca de la misteriosa tumba del antepasado de Ibarra. Después las alegres conversaciones volvieron á reanudarse vivas, llenas de color, bajo las ramas aquellas, poco acostumbradas á escuchar tantos acentos. Los árboles parecían tristes, las enredaderas se balanceaban como diciendo: «¡Adiós, juventud! ¡Adiós, sueño de un día!»

Y ahora, á la luz de las rojizas y gigantescas antorchas de caña y al són de las guitarras, dejémoslos en su camino hacia el pueblo. Los grupos disminuyen, las luces se apagan, el canto cesa, la guitarra enmudece á medida que se van acercando á las moradas de los hombres. ¡Poneos la máscara, que estáis otra vez entre vuestros hermanos!

XXV. En casa del filósofo

A la mañana del día siguiente, Juan Crisóstomo Ibarra, después de visitar sus tierras, se dirigió á casa del anciano Tasio.

Completa tranquilidad reinaba en el jardín, pues las golondrinas, que revoloteaban en torno de los aleros, apenas hacían ruido. El musgo crecía en el viejo muro donde una especie de yedra trepaba, bordando las ventanas. Aquella casita parecía la mansión del silencio.

Ibarra ató cuidadosamente su caballo á un poste, y caminando casi de puntillas, atravesó el jardín, limpia y escrupulosamente mantenido; subió las escaleras y, como la puerta estaba abierta, entró.

Lo primero que se presentó á sus ojos fué el viejo, inclinado sobre un libro en el que parecía escribir. En las paredes se veían colecciones de insectos y hojas, entre mapas y viejos estantes llenos de libros y manuscritos.

El viejo estaba tan absorto en su ocupación que sólo notó la llegada del joven en el punto que éste, no queriendo estorbarle, trataba de retirarse.

—¿Cómo estaba usted ahí?—preguntó mirando á Ibarra con cierta extrañeza.

—Usted dispense,—contestó éste,—veo que está muy ocupado...

—En efecto, escribía un poco, pero no urge, y quiero descansar. ¿Puedo serle útil en algo?

—¡En mucho!—contestó Ibarra acercándose;—pero...

Y echó una mirada al libro que estaba sobre la mesa.

—¿Cómo?—exclamó sorprendido;—¿se dedica usted á descifrar jeroglíficos?

—¡No!—contestó el viejo ofreciéndole una silla;—no entiendo el egipcio ni el copto siquiera, pero comprendo algo el sistema de escritura y escribo en jeroglíficos.

—¿Escribe usted en jeroglíficos? Y ¿por qué?—preguntó el joven dudando de lo que veía y oía.

—¡Para que no me puedan leer ahora!

Ibarra le miró de hito en hito, pensando si el viejo estaría en efecto loco. Examinó rápidamente el libro para ver si aquello era cierto y vió muy bien dibujados animales, círculos, semicírculos, flores, pies, manos, brazos, etc.

—Y ¿por qué escribe usted si no quiere que le lean?

—Porque no escribo para esta generación, escribo para otras edades. Si ésta me pudiese leer, quemaría mis libros, el trabajo de toda mi vida; en cambio, la generación que descifre estos caracteres será una generación instruída, me comprenderá y dirá: «¡No todos dormían en la noche de nuestros abuelos!» El misterio ó estos curiosos caracteres salvarán mi obra de la ignorancia de los hombres, como el misterio y los extraños ritos han salvado á muchas verdades de las destructoras clases sacerdotales.

—Y ¿en qué idioma escribe usted?—preguntó Ibarra, después de una pausa.

—En el nuestro, en el tagalo.

—Y ¿sirven los signos jeroglíficos?

—Si no fuera por la dificultad del dibujo, que exige tiempo y paciencia, casi le diría que sirven mejor que el alfabeto latino. El antiguo egipcio tenía nuestras vocales; nuestra o, que sólo es final y que no es como la española, sino una vocal intermedia entre o y u; como nosotros, el egipcio no tenía verdadero sonido de e; se encuentran en él nuestro ha y nuestro kha que no tenemos en el alfabeto latino tal como lo usamos en español. Por ejemplo: en esta palabra mukhâ,—añadió señalando en el libro,—trascribo la sílaba ha más propiamente con esta figura de pez que con la h latina, que en Europa se pronuncia de diferentes maneras. Para otra aspiración menos fuerte, por ejemplo, en esta palabra hain, donde la h tiene menos fuerza, me valgo de este busto de león, ó de estas tres flores de loto según la cantidad de la vocal. Es más; tengo el sonido de la nasal que tampoco existe en el alfabeto latino españolizado. Repito que si no fuera por la dificultad del dibujo, que debe ser perfecto, casi se podrían adoptar los jeroglíficos, pero esta misma dificultad me obliga á ser conciso y á no decir más que lo justo y necesario; este trabajo además me hace compañía, cuando mis huéspedes de la China y del Japón se marchan.

—¿Cómo?

—¿No les oye usted? Mis huéspedes son las golondrinas; este año falta una; algún mal muchacho chino ó japonés debe haberla cogido.

—¿Cómo sabe usted que vienen de esos países?

—Sencillamente: hace algunos años, antes de partir, les ataba al pie un papelito con el nombre de Filipinas en inglés, suponiendo que no debían ir muy lejos, y porque el inglés se habla en casi todas estas regiones. Durante años mi papelito no obtuvo contestación, hasta que últimamente lo hice escribir en chino, y he aquí que el Noviembre siguiente vuelven con otros papelitos que hice descifrar: el uno estaba escrito en chino y era un saludo desde las orillas del Hoang-ho, y el otro, supone el chino á quien consulté debe ser japonés. Pero le estoy á usted entreteniendo con estas cosas y no le pregunto en qué puedo serle útil.

—Venía á hablarle de un asunto de importancia,—contestó el joven:—ayer tarde...

—¿Han preso á ese desgraciado?—interrumpió el viejo lleno de interés.

—¿Habla usted de Elías? ¿Cómo lo ha sabido usted?

—He visto á la Musa de la guardia civil.

—¡La Musa de la guardia civil! Y ¿quién es esa Musa?

—La mujer del alférez, á quien usted no invitó á su fiesta. Ayer mañana se divulgó por el pueblo lo sucedido con el caimán. La Musa de la guardia civil tiene tanta penetración como malignidad, y supuso que el piloto debía ser el temerario que arrojó á su marido al charco y apaleó al padre Dámaso; y como ella lee los partes que debe recibir su marido, apenas hubo llegado éste á su casa borracho y sin juicio, despachó, para vengarse de usted, al sargento con los soldados á fin de que turbaran la alegría de la fiesta. ¡Tenga usted cuidado! Eva era una buena mujer, salida de las manos de Dios... ¡Doña Consolación dicen que es mala y no se sabe de qué manos vino! La mujer, para poder ser buena, necesita haber sido siquiera una vez ó doncella ó madre.

Ibarra se sonrió ligeramente, y repuso sacando de su cartera algunos papeles:

—Mi difunto padre solía consultar á usted en algunas cosas, y recuerdo que sólo ha tenido que felicitarse de haber seguido sus consejos. Tengo entre manos una pequeña empresa, cuyo buen éxito necesito asegurar.

E Ibarra le refirió brevemente el proyecto de la escuela, que había ofrecido á su novia, desarrollando á la vista del estupefacto filósofo los planos que le llegaron de Manila.

—Quisiera que usted me dijese qué personas debo ganar primero en el pueblo para el mejor éxito de la obra. Usted conoce bien á los habitantes; yo acabo de llegar y soy casi extranjero en mi país.

El viejo Tasio examinaba con ojos humedecidos por las lágrimas los planos que tenía delante.

—¡Lo que usted va á realizar era mi sueño, el sueño de un pobre loco!—exclamó conmovido;—y ahora, lo primero que le aconsejo es no venir á consultarme jamás.

El joven le miró sorprendido.

—Porque las personas sensatas—continuó con amarga ironía—le tomarían á usted por loco también. La gente cree locos á los que no piensan como ellos; por eso me tienen por tal, y lo agradezco, porque ¡ay de mí! el día en que quieran devolverme el juicio; ese día me privarían de la pequeña libertad que me he comprado á costa de mi reputación de sér razonable. Y ¿quién sabe si tienen razón? No pienso ni vivo según sus leyes; mis principios, mis ideales son otros. Fama de cuerdo goza entre ellos el gobernadorcillo porque, no habiendo aprendido más que á servir el chocolate y sufrir el mal genio del padre Dámaso, ahora es rico, turba los pequeños destinos de sus conciudadanos, y á veces hasta habla de justicia. «¡Ese es el hombre de talento!» piensa el vulgo; «¡ved, con nada se ha hecho grande!» Pero yo, yo he heredado fortuna, consideración, he estudiado, y ahora soy pobre; no me han confiado ni el más ridículo cargo, y todos dicen: «¡Ese es un loco; ése no entiende la vida!» El cura me llama filósofo por mote, y da á entender que soy un charlatán que hace gala de lo que aprendió en las aulas universitarias, cuando precisamente es lo que menos me sirve. Acaso sea yo verdaderamente el loco y ellos los cuerdos; ¿quién lo podrá decir?

Y el viejo sacudió su cabeza como para alejar un pensamiento y continuó:

—Lo que le puedo también aconsejar es que consulte al cura, al gobernadorcillo, á todas las personas de posición: ellos le darán á usted malos, torpes ó inútiles consejos, pero consultar no quiere decir obedecer; aparente usted seguirles siempre que le sea posible y haga constar que obra según ellos.

Ibarra estuvo un momento reflexionando y después repuso:

—El consejo es bueno, pero difícil de seguir. ¿No podría yo llevar adelante mi idea sin que sobre ella se refleje una sombra? ¿No podría lo bueno hacerse paso al través de todo, y que la verdad no necesita pedir prestado vestidos al error?

—¡Nadie ama la verdad desnuda por eso!—replica el viejo.—Eso es bueno en teoría, factible en el mundo que la juventud sueña. Ahí está el maestro de escuela que se ha agitado en el vacío; corazón de niño que quiso el bien y sólo recogió burla y carcajadas. Usted me ha dicho que es extranjero en su país, y lo creo. Desde el primer día de su llegada, empezó usted por herir el amor propio de un religioso, que tiene fama de santo entre la gente y de sabio entre los suyos. Dios quiera que este paso no haya decidido de su porvenir. No crea usted que porque los dominicos y agustinos miran con desprecio el hábito de guingón, el cordón y el indecente calzado; porque haya recordado una vez un gran doctor de Santo Tomás que el papa Inocencio III había calificado los estatutos de esta orden como más propios para puercos que para hombres, no se dan todos ellos la mano para afirmar lo que un procurador decía: «El lego más insignificante puede más que el gobierno con todos sus soldados.» Cave ne cadas. El oro es muy poderoso; el becerro de oro ha derribado muchas veces á Dios de sus altares, y ya desde los tiempos de Moisés.

—No soy tan pesimista ni me parece tan peligrosa la vida en mi país,—contestó sonriendo Ibarra.—Creo que esos temores son un poco exagerados, y espero poder realizar todos mis propósitos sin encontrar resistencia grande por ese lado.

—Sí, si ellos le tienden la mano; nó, si ellos se la retiran. Todos los esfuerzos de usted se estrellarían contra las paredes de la casa parroquial con sólo agitar el fraile su cordón ó sacudir el hábito; el alcalde, con cualquier pretexto, le negaría mañana lo que hoy ha concedido; ninguna madre dejaría que su hijo frecuentase la escuela, y entonces todas sus fatigas tendrían un efecto contraproducente: desanimarían á los que después quisiesen intentar generosas empresas.

—Con todo,—repuso el joven,—no puedo creer en ese poder que usted dice, y aun suponiéndolo, admitiéndolo, tendría todavía á mi lado al pueblo sensato, al gobierno que está animado de muy buenos propósitos, lleva grandes miras y quiere francamente el bien de Filipinas.

—¡El gobierno! ¡El gobierno!—murmuró el filósofo levantando los ojos para mirar al techo.—Por más animado que esté del deseo de engrandecer el país en beneficio del mismo y de la madre patria; por más que el generoso espíritu de los Reyes Católicos lo recuerde aún alguno que otro funcionario y lo piense á sus solas, el gobierno no vé, no oye, no juzga más que por lo que le hace ver, oir y juzgar el cura ó el provincial; está convencido de que sólo descansa en ellos, de que si se sostiene es porque ellos le sostienen, que si vive es porque le consienten que viva y el día en que le falten, caerá como un maniquí que perdió su sostén. Al gobierno se le amedrenta con levantar al pueblo y al pueblo con las fuerzas del gobierno: de aquí se origina un sencillo juego que se parece á lo que sucede á los medrosos al visitar lugares lúgubres: toman por fantasmas las propias sombras y por extrañas voces los propios ecos. Mientras el gobierno no se entienda con el país, no saldrá de esa tutela; vivirá como esos jóvenes imbéciles que tiemblan á la voz de su ayo, cuya condescendencia mendigan. El gobierno no sueña en ningún porvenir robusto, es un brazo; la cabeza es el convento, y por esta inercia con que se deja arrastrar de abismo en abismo, se convierte en sombra, desaparece su entidad, y débil é incapaz todo lo confía á manos mercenarias. Compare usted, si no, nuestro sistema gubernamental con los de los países que ha visitado...

—¡Oh!—interrumpió Ibarra;—eso es mucho pedir, contentémonos con ver que nuestro pueblo no se queja, ni sufre como el pueblo de otros países, y eso es gracias á la religión y á la benignidad de los gobernantes.

—El pueblo no se queja porque no tiene voz, no se mueve porque está aletargado, y dice usted que no sufre, porque no ha visto lo que sangra su corazón. Pero un día usted lo verá y lo oirá y ¡ay de los que basan su fuerza en la ignorancia ó en el fanatismo! ¡ay de los que gozan con el engaño y trabajan en la noche creyendo que todos duermen! Cuando la luz del día alumbre el aborto de las sombras, vendrá la reacción espantosa: tanta fuerza, durante siglos comprimida, tanto veneno destilado gota á gota, tantos suspiros ahogados saldrán á la luz y estallarán... ¿Quién pagará entonces esas cuentas que los pueblos presentan de tiempo en tiempo y que nos conserva la Historia en sus páginas ensangrentadas?

—¡Dios, el gobierno y la religión no permitirán que llegue ese día!—repuso Crisóstomo, impresionado á pesar suyo.—Filipinas es religiosa y ama á España; Filipinas sabrá cuanto por ella hace la nación. Hay abusos, sí, hay defectos, no lo he de negar, pero España trabaja para introducir reformas que los corrijan, madura proyectos, no es egoísta.

—Lo sé, y esto es lo peor. Las reformas que vienen de lo alto se anulan en las esferas inferiores, gracias á los vicios de todos, gracias por ejemplo, al ávido deseo de enriquecerse en poco tiempo y á la ignorancia del pueblo que todo lo consiente. Los abusos no los corrige un real decreto mientras una autoridad celosa no vigile su ejecución, mientras no se conceda la libertad de la palabra contra las demasías de los tiranuelos: los proyectos quedan proyectos, los abusos abusos, y el ministro, satisfecho, dormirá más tranquilo, sin embargo. Aun más; si acaso viene un personaje de alto puesto con grandes y generosas ideas, pronto empieza por oir, mientras por detrás le tienen por loco: «Vuecencia no conoce el país, V. E. no conoce el carácter de los indios, V. E. los va á perder, V. E. hará bien en fiarse en fulano y zutano, etc.», y como S. E. no conocía efectivamente el país, que hasta ahora había colocado en América, y además tiene defectos y debilidades como todo hombre, se deja convencer. Su excelencia recuerda también que para conseguir el puesto, ha tenido que sudar mucho y sufrir más, que lo tiene únicamente por tres años, que se hace viejo y es menester no pensar en quijoterías sino en su porvenir: un hotelito en Madrid, una casita en el campo y una buena renta para vivir con lujo en la corte; hé aquí lo que debía buscar en Filipinas. No pidamos milagros, no pidamos que se interese por el bien del país quien viene como extranjero para hacer su fortuna y marcharse después. ¿Qué le importa el agradecimiento ó las maldiciones de un pueblo que no conoce, en donde no tiene sus recuerdos, en donde no tiene sus amores? La gloria, para ser agradable, es menester que resuene en los oídos de los que amamos, en la atmósfera de nuestro hogar ó de la patria que ha de guardar nuestras cenizas: queremos que la gloria se siente sobre nuestro sepulcro para calentar con sus rayos el frío de la muerte, para que no nos reduzcamos por completo á la nada, sino que quede algo de nosotros. Nada de esto podemos prometer al que viene á cuidarse de nuestros destinos. Y lo peor de todo esto es que se marchan cuando empiezan á enterarse de su deber. Pero nos alejamos de nuestra cuestión.

—No, antes de volver á ella, necesito aclarar ciertas cosas,—interrumpió el joven vivamente.—Puedo conceder que el gobierno desconozca al pueblo, pero creo que el pueblo conoce menos al gobierno. Hay funcionarios inútiles, malos, si usted quiere, pero también los hay buenos y si éstos no pueden hacer nada, es porque se encuentran con una masa inerte: la población que toma poca participación en las cosas que le atañen. Pero no he venido á discutir con usted sobre este punto: venía para pedirle un consejo y usted me dice que doble ante grotescos ídolos la cabeza.

—Sí, y lo repito, porque aquí hay que bajar la cabeza ó dejarla caer.

—¿Bajar la cabeza ó dejarla caer?—repitió Ibarra pensativo.—¡Es duro el dilema! Pero ¿por que? ¿Es acaso incompatible el amor á mi país con el amor á España? ¿Es acaso necesario rebajarse para ser buen cristiano, prostituir la propia conciencia para llevar á cabo un buen fin? Amo á mi patria, á Filipinas, porque á ella le debo mi vida y mi felicidad, y porque todo hombre debe amar á su patria; amo á España, la patria de mis mayores, porque, á pesar de todo, Filipinas le debe y le deberá su felicidad y su porvenir; soy católico, conservo pura la fe de mis padres, y no veo por qué había de bajar la cabeza, cuando la puedo levantar, entregarla á mis enemigos cuando los puedo hollar.

—Porque el campo en donde usted quiere sembrar está en poder de sus enemigos, y contra ellos no tiene usted fuerza... Es necesario que bese usted primero esa mano que...

Pero el joven no le dejó continuar y exclamó arrebatado:

—¡Besar! Pero usted olvida que entre ellos han matado á mi padre, le han arrojado de su sepulcro ... pero yo que soy el hijo no lo olvido, y si no le vengo, es porque miro por el prestigio de la religión.

El viejo filósofo bajó la cabeza.

—Señor Ibarra,—repuso lentamente;—si conserva usted esos recuerdos, recuerdos cuyo olvido no le puedo aconsejar, abandone la empresa que intenta y busque en otra parte el bien de sus paisanos. La empresa pide otro hombre porque, para llevarla á cabo, no sólo se necesita tener dinero y querer; en nuestro país se requieren además abnegación, tenacidad y fe, porque el terreno no está preparado; sólo está sembrado de cizaña.

Ibarra comprendía el valor de estas palabras, pero no debía desanimarse; el recuerdo de María Clara estaba en su mente: era preciso realizar su oferta.

—¿No le sugiere su experiencia más que ese duro medio?—preguntó en voz baja.

El viejo le cogió del brazo y le llevó á la ventana. Un viento fresco, precursor del norte, soplaba; á sus ojos se extendía el jardín, limitado por el extenso bosque que servía de parque.

—¿Por qué no hemos de hacer lo que ese débil tallo, cargado de rosas y capullos?—dijo el filósofo, señalando un hermoso rosal.—El viento sopla, le sacude, y él se inclina como ocultando su preciosa carga. Si el tallo se mantuviese recto, se rompería, el viento esparciría las flores, y los capullos se malograrían. El viento pasa y el tallo vuelve á erguirse, orgulloso con su tesoro: ¿quién le acusará de haberse plegado ante la necesidad? Allá vea usted aquel gigantesco kupang, que mueve majestuosamente su aéreo follaje donde anida el águila. Lo traje del bosque débil planta; con delgadas cañas sostuve su tallo durante meses. Si lo hubiera traído grande y lleno de vida, á buen seguro que aquí no habría vivido: el viento le habría sacudido antes de que sus raíces se pudiesen fijar en el terreno, antes que éste se afirmase á su alrededor y le proporcionase el debido sustento para su tamaño y altura. Así terminará usted, planta trasplantada de Europa á este suelo pedregoso, si no busca apoyo y se empequeñece. Usted está en malas condiciones, solo, elevado: el terreno vacila, el cielo anuncia tempestad y la copa de los árboles de su familia se ha probado que atrae el rayo. No es valor, sino temeridad combatir solo contra todo lo existente; nadie tacha al piloto que se acoge á un puerto á la primera ráfaga de tormenta. Bajarse cuando pasa la bala no es cobardía; lo malo es desafiarla para caer y no volverse á levantar.

—Y ¿produciría este sacrificio los frutos que espero?—preguntó Ibarra;—¿creería en mí y olvidaría su agravio el sacerdote? ¿Me ayudarían francamente en provecho de la instrucción que disputa á los conventos las riquezas del país? ¿No pueden fingir amistad, aparentar protección, y por debajo, en las sombras, combatirle, minarle, herirle en el talón para hacerle vacilar más pronto que atacándole de frente? Dados los antecedentes que usted supone, todo se puede esperar.

El viejo permaneció silencioso, sin poder contestar. Meditó algún tiempo y repuso:

—Si tal sucediese, si la empresa fracasase, le consolaría á usted el pensamiento de haber hecho cuanto dependía de su parte, y aun así, algo se habría ganado: poner la primera piedra, sembrar, después que se desencadene la tempestad, algún grano acaso germine, sobreviva á la catástrofe, salve la especie de la destrucción y sirva después de simiente para los hijos del sembrador muerto. El ejemplo puede alentar á los otros que sólo temen principiar.

Ibarra consideró estas razones, vió su situación y comprendió que, con todo su pesimismo, el viejo tenía mucha razón.

—¡Le creo á usted!—exclamó estrechándole la mano.—No en vano esperaba un buen consejo. Hoy mismo iré á franquearme con el cura, que al fin y al cabo no me ha hecho ningún mal y que debe ser bueno, pues no todos son como el perseguidor de mi padre. Tengo además que interesarle en favor de esa desgraciada loca y de sus hijos: confío en Dios y en los hombres.

Despidióse del viejo y, montando á caballo, partió.

—¡Atención!—murmuró el pesimista filósofo siguiéndole con la mirada; observemos bien cómo desarrollará el destino la comedia que ha empezado en el cementerio.

Esta vez estaba verdaderamente equivocado: la comedia había empezado mucho antes.

XXVI. La víspera de la fiesta

Estamos á diez de Noviembre, la víspera de la fiesta.

Saliendo de la monotonía habitual, el pueblo se entrega á una actividad incomparable en la casa, en la calle, en la iglesia, en la gallera y en el campo: las ventanas se cubren de banderas y damascos de varios colores; el espacio se llena de detonaciones y música; el aire se impregna y satura de regocijos.

Diferentes confituras de frutas del país en dulceras de cristal de alegres colores va ordenando la dalaga en una mesita, que cubre blanco mantel bordado. En el patio pían pollos, cacarean gallinas, gruñen cerdos, espantados ante las alegrías de los hombres. Los criados suben y bajan llevando doradas vajillas, cubiertos de plata: aquí se riñe porque se rompe un plato, allá se ríen de la simple campesina: en todas partes se manda, se cuchichea, se grita, se hacen comentarios, conjeturas, ni animan unos á otros, y todo es confusión, ruido y bullicio. Y todo este afán y toda esta fatiga es por el huésped conocido ó desconocido; es para agasajar á cualquiera persona que quizás no se haya visto jamás, ni se dejará ya más ver después; para que el forastero, el extranjero, el amigo, el enemigo, el filipino, el español, el pobre, el rico salgan contentos y satisfechos; no se les pide siquiera gratitud, ni se espera de ellos que no dañen á la hospitalaria familia durante ó después de la digestión. Los ricos, los que han estado alguna vez en Manila, y han visto algo más que los otros, han comprado cerveza, champagne, licores, vinos y comestibles de Europa, de lo que apenas probarán un bocado ó beberán un trago. Su mesa está aparejada gallardamente.

En medio está una gran piña artificial, muy bien imitada, en que clavan palillos para dientes, primorosamente cortados por los presidiarios en sus horas de descanso. Ya figuran un abanico, un ramillete de flores, una ave, una rosa, una palma ó unas cadenas, todo tallado de una sola pieza de madera: el artista es un forzado, el instrumento es un mal cuchillo y la inspiración la voz del bastonero.—A los lados de esta piña, que se llama palillera, levántanse sobre fruteros de cristal, pirámides de naranjas, lanzones, ates, chicos y aun mangas á pesar de ser Noviembre. Después, en anchos platones, sobre papeles calados y pintados con brillantes colores, se presentan jamones de Europa, de China, un pastel grande en forma de Agnus Dei ó de paloma, el Espíritu santo tal vez, pavos rellenos, etcétera, y entre éstos los aperitivos frascos de acharas con caprichosos dibujos, hechos de la flor de bonga y de otras legumbres y frutas, cortadas artísticamente y pegadas con almíbar á las paredes de los garrafones.

Límpianse los globos de vidrio, que han venido heredándose de padres á hijos; se hacen brillar los aros de cobre; se desnudan las lámparas de petróleo de sus fundas rojas, que las libran de moscas y mosquitos durante el año y las hacen inútiles; las almendras y colgantes de cristal de formas prismáticas bambolean, chocan armoniosamente, cantan, parece que toman parte en la fiesta, se alegran y descomponen la luz, reflejando sobre la blanca pared los colores del arco iris. Los niños juegan, se divierten, persiguen los colores, tropiezan, rompen tubos, pero esto no impide que continúe la alegría de la fiesta: en otra época del año lo contarían de diferente manera las lágrimas de sus redondos ojos.

Al igual de estas venerandas lámparas, salen también de sus escondites las labores de la joven: velos, hechos al crochet, alfombritas, flores artificiales; aparecen antiguas bandejas de cristal, cuyo fondo figura un lago en miniatura con pececitos, caimanes, moluscos, algas, corales y rocas de vidrio de brillantes colores. Estas bandejas se cubren de puros, cigarrillos y diminutos buyos, torcidos por delicados dedos de las solteras.—El suelo de la casa brilla como un espejo; cortinas de piña ó jusi adornan las puertas; de las ventanas cuelgan faroles de cristal ó de papel rosa, azul, verde ó rojo: la casa se llena de flores y tiestos colocados sobre pedestales de loza de China; hasta los santos se engalanan, las imágenes y las reliquias se ponen de fiesta, se les sacude el polvo, se limpian los cristales y cuelgan de sus marcos ramilletes de flores.

En las calles, de trecho en trecho, se levantan caprichosos arcos de caña labrada de mil maneras, llamados sinkaban, rodeados de kalushús cuya sola vista alegra ya el corazón de los muchachos. Alrededor del patio de la iglesia, está el grande y costoso entoldado, sostenido por troncos de caña, para que pase la procesión. Debajo de éste juegan los chicos, corren, trepan, saltan y rompen las nuevas camisas que debían lucir el día de la fiesta.

Allá, en la plaza, se ha levantado el tablado, escenario de caña, nipa y madera: allí dirá maravillas la comedia de Tondo, y competirá con los dioses en milagros inverosímiles; allí cantarán y bailarán Marianito, Chananay, Balbino, Ratia, Carvajal, Yeyeng, Liceria, etc. El filipino gusta del teatro y asiste con pasión á las representaciones dramáticas; oye silencioso el canto, admira el baile y la mímica, no silba, pero tampoco aplaude. ¿No le gusta la representación? pues masca su buyo ó se marcha sin turbar á los otros que acaso encuentran gusto en ello. Sólo algunas veces aúlla el bajo pueblo, cuando los autores besan ó abrazan á las actrices, pero no pasa de ahí. En otro tiempo se representaba únicamente dramas; el poeta del pueblo componía una pieza en que necesariamente había de haber combates á cada dos minutos, un jocoso (gracioso) y metamorfosis terroríficas. Pero desde que los artistas de Tondo se pusieron á pelear cada quince segundos, tuvieron dos jocosos y dieron en cosas más inverosímiles aún, mataron á sus colegas provincianos. El gobernadorcillo era aficionado á ello, y escogió de acuerdo con el cura, la comedia: «El príncipe Villardo ó los esclavos arrancados de la infame cueva,» pieza con magia y fuegos artificiales.

De cuando en cuando, repican alegremente las campanas, aquellas mismas campanas que diez días antes tan tristemente doblaban. Ruedas de fuego y morteretes atruenan el aire: el pirotécnico filipino, que aprendió su arte sin maestro alguno conocido, va á desplegar sus habilidades, prepara toros, castillos de fuego con luces de bengala, globos de papel inflados con aire caliente, ruedas de brillantes, bombas, cohetes, etc.

¿Resuenan lejanos acordes? pues ya corren los muchachos precipitadamente hacia las afueras de la población para recibir á las bandas de música. Son cinco las alquiladas, además de tres orquestas. La música de Pagsanghan, propiedad del escribano, no debe faltar, ni la del pueblo S. P. de T., célebre entonces porque la dirigía el maestro Austria, el vagabundo cabo Mariano, que lleva, según dicen, la fama y la armonía en el estreno de su batuta. Los músicos elogian su marcha fúnebre «El Sauce,» y deploran que no hayan tenido educación musical, pues con su genio habría dado gloria á su país.

La música entra en el pueblo tocando alegres marchas, seguida de chicos haraposos ó medio desnudos: quien viste la camisa de su hermano, quien los pantalones de su padre. Tan pronto como la música ha cesado, ya la saben de memoria, la tararean, la silban con rara afinación, y dan su juicio.

Entretanto van llegando en carromatas, calesas ó coches los parientes, los amigos, los desconocidos, los tahures con sus mejores gallos, con sacos de oro, dispuestos á arriesgar sus fortunas sobre el tapete verde ó dentro de la rueda de la gallera.

—¡El alférez tiene cincuenta pesos cada noche!—murmura un hombre pequeñito y rechoncho al oído de los recién llegados; capitán Tiago va á venir y pondrá banca; capitán Joaquín trae dieciocho mil. Habrá liam pó: el chino Carlos lo pone con un capital de diez mil. De Tanauan, Lipa y Batangas, así como de Santa Cruz, vienen grandes puntos. ¡Va á ser en grande! ¡Va á ser en grande! Pero tomen ustedes chocolate. Este año no nos pelará capitán Tiago, como el pasado: no ha costeado más que tres misas de gracia y yo tengo un mutyâ de cacao. Y ¿cómo está la familia?

—¡Bien, bien! ¡gracias!—contestaban los forasteros: y ¿el padre Dámaso?

—El padre Dámaso predicará por la mañana y tallará con nosotros por la noche.

—¡Mejor, mejor! ¡No hay entonces peligro ninguno!

—¡Seguros, estamos seguros! ¡El chino Carlos suelta además!

Y el hombre rechoncho hace con sus dedos un ademán, como quien cuenta monedas.

Fuera del pueblo, los montañeses, los kasamá, se ponen sus mejores trajes para llevar á casa de los socios capitalistas bien cebadas gallinas, jabalíes, venados, aves; éstos cargan en los pesados carros leña, aquéllos frutas, plantas aéreas, las más raras que crecen en el bosque: otros llevan bigâ de anchas hojas, tikas tikas con flores de color de fuego para adornar las puertas de las casas.

Pero donde reina la mayor animación, que ya raya en tumulto, es allá sobre una especie de ancha meseta á algunos pasos de la casa de Ibarra. Rechinan poleas, óyense gritos, el ruido metálico de la piedra que se pica, el martillo que clava un clavo, el hacha que labra la viga. Cava la tierra una muchedumbre y abre un ancho y profundo foso; otros ponen en fila piedras sacadas de las canteras del pueblo, descargan carros, amontonan arena, disponen tornos y cabrestantes...

—¡Aquí! ¡allá eso! ¡Vivo!—gritaba un viejecillo de fisonomía animada é inteligente, que tenía por bastón un metro con cantos de cobre, al cual va arrollada la cuerda de una plomada. Era el maestro de obras, ñor Juan, arquitecto, albañil, carpintero, blanqueador, cerrajero, picapedrero y en ocasiones escultor.

—¡Es menester terminarlo ahora mismo! ¡Mañana no se puede trabajar y pasado mañana es la ceremonia! ¡Vivo!

—¡Haced el hoyo de manera que se adapte justamente con este cilindro!—decía á unos picapedreros que pulimentaban una grande piedra cuadrangular; dentro de esto se conservarán nuestros nombres.

Y repetía á cada nuevo forastero que se acercaba lo que ya mil veces había dicho.

—¿Sabéis lo que vamos á construir? Pues es una escuela, modelo en su género, como las de Alemania, mejor aún! El plano lo ha trazado el arquitecto señor R., y yo, ¡yo dirijo la obra! Sí, señor, ved, esto va á ser un palacio con dos alas: una para los niños y otra para las niñas. Aquí en medio un gran jardín con tres surtidores: allí, en los costados, arboledas, pequeñas huertas para que los chicos siembren y cultiven plantas en las horas de recreo, aprovechen el tiempo y no lo malgasten. ¡Ved cómo los cimientos son profundos! ¡Tres metros sesenta y cinco centímetros! El edificio va á tener bodegas, subterráneos, calabozos para los desaplicados, cerca, muy cerca de los juegos y del gimnasio para que los castigados oigan cómo los diligentes se divierten. ¿Veis ese grande espacio? Eso será la explanada para correr y saltar al aire libre. Las niñas tendrán jardín con bancos, columpios, alamedas para el juego de la comba, surtidores, pajareras, etc. ¡Esto va á ser magnífico!

Y ñor Juan se frotaba las manos, pensando en la fama que iba á adquirir. Vendrían los extranjeros para verlo y preguntarían:—¿Quién es el gran arquitecto que ha construído esto?—¿No lo sabéis? Parece mentira que no conozcáis á ñor Juan. ¡Sin duda venís de muy lejos!—contestarían todos.

Con estos pensamientos iba de un extremo á otro, inspeccionándolo todo y pasando revista á todo.

—¡Encuentro demasiada madera para una cabria!—decía á un hombre amarillo que dirigía algunos trabajadores: yo tendría bastante con tres largos trozos que formen trípode y otros tres los que sujeten entre sí.

—¡Abá!—contestó el hombre amarillo sonriendo de un modo particular;—cuanto más aparato demos á la obra, tanto mayor efecto conseguiremos. El conjunto tendrá más aspecto, más importancia, y dirán: ¡Cuánto se ha trabajado! Veréis, veréis qué cabria levanto yo! Y luego la adornaré de banderolas, guirnaldas de hojas y flores ... diréis después que habéis tenido razón en admitirme entre vuestros trabajadores, y el señor Ibarra no podrá desear más.

Y el hombre reía y sonreía: ñor Juan sonreía también y movía la cabeza.

A alguna distancia de allí se veían dos kioscos unidos entre sí por una especie de emparrado cubierto de hojas de plátano.

El maestro de escuela, con unos treinta muchachos, tejían coronas, sujetaban banderas á los delgados pilares de caña, cubiertos de lienzo blanco abollonado.

—¡Procurad que las letras estén bien escritas!—decía á los que dibujaban inscripciones; el alcalde va á venir, muchos curas asistirán, ¡acaso el Capitán General, que está en la provincia! Si ellos ven que dibujáis bien, tal vez os alaben.

—¿Y nos regalen una pizarra?...

—¡Quién sabe! pero el señor Ibarra ya ha pedido una á Manila. Mañana llegarán algunas cosas, que se repartirán entre vosotros como premios... Pero, dejad esas flores en el agua, mañana haremos los ramilletes, traeréis más flores, porque es menester que la mesa esté cubierta de ellas; las flores alegran la vista.

—Mi padre traerá mañana flores de bainô y un cesto de sampagas.

—El mío ha traído tres carretones de arena y no ha recibido pago.

—¡Mi tío ha prometido pagar un maestro! añadía el sobrino de capitán Basilio.

En efecto, el proyecto había encontrado eco casi en todos. El cura había pedido apadrinar y bendecir él mismo la colocación de la primera piedra, ceremonia que tendría lugar el último día de la fiesta, siendo una de sus mayores solemnidades. El mismo coadjutor se había acercado tímidamente á Ibarra, ofreciéndole cuantas misas le pagasen los devotos hasta la conclusión del edificio. Aún más; la hermana Rufa, la rica y económica mujer, dijo que si llegaba á faltar dinero, ella recorrería algunos pueblos para pedir limosna, con la única condición de que le pagasen el viaje y los alimentos, etc. Ibarra le dió las gracias y respondió:

—No sacaríamos gran cosa, pues ni yo soy rico ni este edificio es una iglesia. Además, no he prometido levantarlo á costa de los otros.

Los jóvenes, los estudiantes que venían de Manila para celebrar la fiesta, le admiraban y le tomaban por prototipo; pero, como sucede casi siempre, cuando queremos imitar á los hombres notables, sólo imitamos sus pequeñeces, cuando no sus defectos, porque de otra cosa no somos capaces, y muchos de estos admiradores se fijaban en la manera como el joven hacía el lazo de su corbata, otros en la forma del cuello de la camisa y no pocos en el número de los botones de su americana y chaleco.

Los funestos presentimientos del viejo Tasio parecían haberse disipado para siempre. Así se lo manifestó Ibarra un día, pero el viejo pesimista contestó:

—Recuerde usted lo que dice Baltasar:

«Kung ang isalúbong sa iyong pagdating

Ay masayang mukhâ ’t may pakitang giliu,

Lalong pag ingata ’t kaauay na li him...»

Baltasar era tan buen poeta como pensador.

Estas y otras cosas más pasaban en la víspera, antes de ponerse el sol.

XXVII. Al anochecer

En casa de capitán Tiago se habían hecho también muy grandes preparativos. Conocemos al dueño; su afición al fausto y su orgullo de manileño debían humillar en esplendidez á los provincianos. Otra razón había además que le obligaba á procurar eclipsar á los otros: tenía á su hija María Clara, y estaba allí su futuro yerno que sólo hacía hablar de él.

En efecto: uno de los más serios periódicos de Manila le había dedicado un artículo en su primera plana, titulado: ¡Imitadle! colmándole de elogios y dándole algunos consejos. Le había llamado el ilustrado joven y rico capitalista; dos líneas más abajo, el distinguido filántropo; en el siguiente párrafo el alumno de Minerva que había ido á la madre patria para saludar al genuino suelo de las artes y ciencias y un poco más abajo el español filipino, etc., etc. Capitán Tiago ardía en generosa emulación y pensaba que tal vez fuese también su deber levantar á su costa un convento.

Días antes habían llegado á la casa, que habitaban María Clara y su tía Isabel, multitud de cajas de comestibles y bebidas de Europa, espejos colosales, cuadros y el piano de la joven.

Capitán Tiago llegó el mismo día de la víspera: al besarle su hija la mano, él le regaló un hermoso relicario de oro con brillantes y esmeraldas, conteniendo una astilla de la barca de San Pedro, donde se había sentado Nuestra Señora durante la pesca.

La entrevista con el futuro yerno no podía ser más cordial; se habló naturalmente de la escuela. Capitán Tiago quería que se llamase escuela de San Francisco.

—Créame usted,—decía;—San Francisco es un buen patrón. Si usted la llama escuela de Instrucción primaria, no haga usted nada. ¿Quién es instrucción primaria?

Llegaron algunas amigas de María Clara y la invitaron á salir á paseo.

—Pero vuelve pronto,—dijo capitán Tiago á su hija que le pedía su permiso;—ya sabes que esta noche cena con nosotros el padre Dámaso que acaba de llegar.

Y volviéndose á Ibarra que se había puesto pensativo, añadió:

—Cene usted también con nosotros; en su casa estará usted solo.

—Con muchísimo gusto, pero debo estar en casa por si vienen visitas,—contestó balbuceando el joven, esquivando la mirada de María Clara.

—Traiga usted á sus amigos,—replicó frescamente capitán Tiago;—en mi casa siempre hay comida abundante. Quisiera además que usted y el padre Dámaso se entendiesen...

—¡Ya habrá tiempo para eso!—contestó Ibarra sonriendo con sonrisa forzada y se dispuso á acompañar á las jóvenes.

Bajaron las escaleras.

María Clara iba en medio de Victoria é Iday; la tía Isabel seguía detrás.

La gente se apartaba respetuosa para abrirles camino. María Clara iba sorprendente de belleza: su palidez había desaparecido y si sus ojos seguían pensativos, su boca, por el contrario, sólo parecía conocer la sonrisa. Con esa amabilidad de la doncella feliz saludaba á los antiguos conocidos de su niñez, hoy admiradores de su dichosa juventud. En menos de quince días había vuelto á recobrar aquella franca confianza, aquella charla infantil que parecían haberse aletargado entre los estrechos muros del beaterio: diríase que la mariposa al dejar el capullo reconocía todas las flores; le bastó volar un momento y calentarse á los dorados rayos del sol para perder la rigidez de la crisálida. La nueva vida se reflejaba en todo el sér de la joven: todo lo encontraba bueno y bello; manifestaba su amor con esa gracia virginal que no viendo más que pensamientos puros, no conoce el por qué de los falsos rubores. Sin embargo, se cubría el rostro con el abanico cuando le daban una alegre broma, pero entonces sus ojos sonreían y un ligero estremecimiento recorría todo su sér.

Las casas principiaban á iluminarse, y en las calles, que recorría la música, encendíanse las arañas de caña y madera, imitación de las de la iglesia.

Desde la calle, al través de las abiertas ventanas, se veía á la gente bullir en las casas, en una atmósfera de luz y perfumes de las flores, á los acordes del piano, arpa ú orquesta. Cruzaban las calles chinos, españoles, filipinos, y éstos ya vistiendo el traje europeo, ya el del país. Andaban confundidos codeándose y empujándose criados cargando carne y gallinas, estudiantes vestidos de blanco, hombres y mujeres, exponiéndose á ser atropellados por coches y calesas, que á pesar del tabî de los conductores, difícilmente se abrían paso.

Delante de la casa de Cpn. Basilio, algunos jóvenes saludaron á nuestros conocidos y los invitaron á que visitaran la casa. La alegre voz de Sinang que descendía las escaleras corriendo puso fin á toda escusa.

—Subid un momento para que yo pueda salir con vosotras,—decía.—Me aburre estar entre tantos desconocidos, que sólo hablan de gallos y barajas.

Subieron.

La sala estaba llena de gente. Algunos se adelantaron para saludar á Ibarra cuyo nombre era conocido de todos; contemplaban extasiados la hermosura de María Clara, y algunas viejas murmuraban mientras mascaban buyo: «¡Parece la Virgen!»

Allí tuvieron que tomar chocolate. Capitán Basilio se había hecho íntimo amigo y defensor de Ibarra desde el día de campo. Supo por el telegrama, regalado á su hija Sinang, que estaba enterado de que el pleito había sido sentenciado á su favor, por lo cual, no queriendo dejarse vencer en generosidad, trataba de anular lo del juego de ajedrez. Pero, no consintiendo Ibarra en ello, capitán Basilio propuso que el dinero con que debía pagar las costas, se emplease en pagar á un maestro en la futura escuela. A consecuencia de esto, el orador empleaba su oratoria para que los otros contrarios desistiesen de sus extrañas pretensiones y les decía:

—¡Creedme: en los pleitos el que gana se queda sin camisa!

Pero no llegaba á convencer á nadie, á pesar de citar á los romanos.

Después de tomar el chocolate, nuestros jóvenes tuvieron que oir el piano, tocado por el organista del pueblo.

—Cuando le oigo en la iglesia,—decía Sinang señalándole,—me dan ganas de bailar; ahora que toca el piano se me ocurre rezar. Por esto me marcho con vosotras.

—¿Quiere usted venir con nosotros esta noche?—preguntaba capitán Basilio al oído de Ibarra al despedirse:—el P. Dámaso va á poner una pequeña banca.

Ibarra se sonrió y contestó con un movimiento de cabeza que tanto equivalía á un sí como á un no.

—¿Quién es ése? preguntó María Clara á Victoria señalando con una rápida mirada á un joven que las seguía.

—Ese... ése es un primo mío, contestó algo turbada.

—Y ¿el otro?

—Ese no es primo mío,—contestó vivamente Sinang;—es un hijo de mi tía.

Pasaron por delante de la casa parroquial, que por cierto no era de las menos animadas. Sinang no pudo contener una exclamación de asombro al ver que ardían las lámparas, de una forma antiquísima, que el P. Salví no dejaba nunca encender por no gastar petróleo. Oíanse gritos y sonoras carcajadas, veíase á los frailes andar lentamente moviendo á compás la cabeza y el grueso puro que adornaba sus labios. Los seglares que entre ellos estaban procuraban imitar cuanto hacían los buenos religiosos. Por el traje europeo que vestían debían ser empleados ó autoridades en la provincia.

María Clara distinguió los redondos contornos del P. Dámaso al lado de la correcta silueta del P. Sibyla. Inmóvil en su sitio estaba el misterioso y taciturno P. Salví.

—¡Está triste!—observó Sinang;—piensa en lo que le van á costar tantas visitas. Pero ya veréis como no lo paga él, sino los sacristanes. Sus visitas siempre comen en otra parte.

—¡Sinang!—le reprende Victoria.

—No le puedo sufrir desde que rompió la Rueda de la Fortuna; yo ya no me confieso con él.

Entre todas las casas, se distinguía una que ni estaba iluminada, ni tenía las ventanas abiertas: era la del alférez. Extrañóse de ello María Clara.

—¡La bruja! ¡la Musa de la Guardia Civil, como dice el viejo! exclamó la terrible Sinang. ¿Qué tiene ella que ver con nuestras alegrías? ¡Estará rabiando! Deja que venga el cólera y verás como da un convite.

—¡Pero, Sinang!—vuelve á reprender su prima.

—Nunca la he podido sufrir y menos desde que turbó nuestra fiesta con sus guardias civiles. A ser yo arzobispo, la casaba con el P. Salví... ¡vería qué hijitos! Mira que hacer prender al pobre piloto, que se arrojó al agua por complacer...

No pudo concluir la frase: en el ángulo de la plaza donde un ciego cantaba al són de una guitarra el romance de los peces, se presentaba un raro espectáculo.

Era un hombre cubierto con un ancho salakot de hojas de palma, y vestido miserablemente. Consistía su traje en una levita, hecha jirones, y unos calzones anchos, como los de los chinos, rotos en diferentes sitios. Miserables sandalias calzaban sus pies. Su rostro quedaba todo en sombras gracias á su salakot, pero de aquellas tinieblas partían de cuando en cuando dos fulgores, que se apagaban al instante. Era alto y por sus movimientos debía creerse que era joven. Depositaba un cesto en tierra, y se alejaba después pronunciando sonidos extraños, incomprensibles; permanecía de pie, completamente aislado, como si él y la muchedumbre se esquivasen mutuamente. Entonces, acercábanse algunas mujeres á su cesta, depositaban frutas, pescado, arroz, etc. Cuando ya no había nadie que se acercase, salían de aquellas sombras otros sonidos más tristes, pero menos lastimeros, acción de gracias tal vez; recogía su cesta y se alejaba para repetir lo mismo en otro sitio.

María Clara presintió allí una desgracia y preguntó, llena de interés, por aquel extraño sér.

—Es el leproso,—contestó Iday.—Hace cuatro años ha contraído esa enfermedad: unos dicen por cuidar á su madre, otros por haber estado en la húmeda prisión. Vive allá en el campo, cerca ya del cementerio de los chinos; no se comunica con nadie, todos huyen de él por temor de contagiarse. ¡Si vieras su casita! Es la casita de Giring-giring: el viento, la lluvia y el sol entran y salen como la aguja en la tela. Le han prohibido tocar nada que perteneciese á la gente. Un día cayó un chiquillo en el canal, el canal no era profundo, pero él, que pasaba cerca, le ayudó á salir de allí. Súpolo el padre, se quejó al gobernadorcillo, y éste le mandó dar seis azotes en medio de la calle, quemando después el bejuco. ¡Aquello era atroz! el leproso corría huyendo, el azotador le perseguía y el gobernadorcillo le gritaba: «¡Aprende! más vale que uno se ahogue que no que enferme como tú.»

—¡Es verdad!—murmuró María Clara.

Y sin darse cuenta de lo que hacía, acercóse rápidamente á la cesta del desgraciado y depositó en ella el relicario que acababa de regalarle su padre.

—¿Qué has hecho?—le preguntaron sus amigas.

—¡No tenía otra cosa!—contestó disimulando con una risa las lágrimas de sus ojos.

—Y ¿qué va él á hacer con tu relicario?—le dijo Victoria.—Un día le dieron dinero, pero con una caña le alejó de sí: ¿para qué lo quería si nadie acepta nada que venga de él? ¡Si el relicario pudiera comerse!

María Clara miró con envidia á las mujeres que vendían comestibles, y se encogió de hombros.

Pero el lazarino se acercó á la cesta, cogió la alhaja que brilló entre sus manos, se arrodilló, la besó y después descubriéndose hundió la frente en el polvo que la joven había pisado.

María Clara ocultó el rostro detrás de su abanico y se llevó el pañuelo á los ojos.

Entretanto se había acercado una mujer al desgraciado que parecía orar. Traía la larga cabellera suelta y desgreñada, y á la luz de los faroles se vieron las facciones extremadamente demacradas de la loca Sisa.

Al sentir su contacto, el lazarino soltó un grito y se levantó de un salto. Pero la loca se agarró á su brazo, con gran horror de la gente, y decía:

—¡Recemos, recemos! ¡Hoy es el día de los muertos! Esas luces son las vidas de los hombres; ¡recemos por mis hijos!

—¡Separadla, separadlos! ¡que se va á contagiar la loca!—gritaba la multitud, pero nadie se atrevía á acercarse.

—¿Ves aquella luz en la torre? ¡Aquella es mi hijo Basilio que baja por una cuerda! ¿Ves aquella allá en el convento? Aquella es mi hijo Crispín, pero yo no voy á verlos porque el cura está enfermo y tiene muchas onzas, y las onzas se pierden. ¡Recemos, recemos por el alma del cura! Yo le llevaba amargoso y zarzalidas; mi jardín estaba lleno de flores, y tenía dos hijos. ¡Yo tenía jardín, cuidaba flores, y tenía dos hijos!

Y soltando al lazarino se alejó cantando:

«¡Yo tenía jardín y flores, yo tenía hijos, jardín y flores!»

—¿Qué has podido hacer por esa pobre mujer?—preguntó María Clara á Ibarra.

—¡Nada; estos días había desaparecido del pueblo y no se la podía encontrar!—contestó medio confuso el joven.—He estado además muy ocupado, pero no te aflijas; ¡el cura se interesa mucho por ella!

—¿No decía el alférez que haría buscar á los niños?

—¡Sí, pero entonces estaba un poco... bebido!

Apenas acabada de decir esto, cuando vieron á la loca, arrastrada más bien que conducida por un soldado: Sisa oponía resistencia.

—¿Por qué la prendéis? ¿Qué ha hecho?—preguntó Ibarra.

—¿Qué? ¿No habéis visto cómo ha alborotado?—contestó el custodio de la pública tranquilidad.

El lazarino recogió precipitadamente su cesto y se alejó.

María Clara quiso retirarse, pues había perdido la alegría y el buen humor.

—¡También hay gentes que no son felices!—murmuraba.

Al llegar á la puerta de su casa, sintió aumentar su tristeza al ver que su novio se negaba á subir y se despedía.

—¡Es necesario!—decía el joven.

María Clara subió las escaleras pensando en lo aburridos que son los días de fiesta, cuando vienen las visitas de los forasteros.

XXVIII. Correspondencias

Cada cual habla de la feria según le va en ella.

No habiendo sucedido nada importante para nuestros personajes, ni en la noche de la víspera ni al siguiente día, saltaríamos gustosos al último, si no considerásemos que acaso algún lector extranjero desee conocer cómo celebran sus fiestas los filipinos. Para esto copiaremos al pie de la letra varias cartas, una de ellas la del corresponsal de un serio y distinguido periódico de Manila, venerable por su tono y alta severidad. Nuestros lectores rectificarán algunas ligeras y naturales inexactitudes.

El digno corresponsal del noble periódico escribía así:

«Sr. Director...

»Mi distinguido amigo: Jamás presencié, ni espero ver en provincias, fiesta religiosa tan solemne, espléndida y conmovedora como la que se celebra en este pueblo por los M. M. R. R. y virtuosos P. P. Franciscanos.

»La concurrencia es grandísima; aquí he tenido la felicidad de saludar á casi todos los españoles, residentes en esta provincia, á tres R. R. P. P. Agustinos de la Provincia de Batangas, á dos R. R. P. P. Dominicos, uno de ellos el M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla, que con su presencia ha venido á honrar este pueblo, lo cual no deben olvidar jamás sus dignos habitantes. He visto también á gran número de principales de Cavite, Pampanga, á muchos ricos de Manila, y muchas bandas de música, entre ellas la refinadísima de Pagsanghan, propiedad del escribano, don Miguel Guevara, y á multitud de chinos é indios, que con la curiosidad que caracteriza á los primeros y religiosidad de los últimos, esperaban con ansia el día en que había de celebrarse la solemne fiesta, para asistir al espectáculo cómico-mímico-lírico-coreográfico-dramático, para cuyo fin se había levantado un grande y espacioso tablado en medio de la plaza.

»A las nueve de la noche del día diez, la víspera de la fiesta, después de la opípara cena con que nos obsequió el Hermano mayor, llamaron la atención de cuantos españoles y frailes estábamos en el convento, los acordes de dos músicas que con acompañamiento de apiñada multitud y al ruido de cohetes y bombazos, y precedidas por los principales del pueblo, venían al convento para sacarnos y conducirnos al sitio preparado y destinado para nosotros á fin de presenciar el espectáculo.

»Tuvimos que ceder á tan galante ofrecimiento, por más que yo hubiera preferido descansar en los brazos de Morfeo y dar grato reposo á mis doloridos miembros, gracias á las sacudidas del vehículo que nos proporcionó el gobernadorcillo del pueblo de B.

»Bajamos, pues, y fuimos á buscar á nuestros compañeros que cenaban en la casa que aquí tiene el piadoso y opulento don Santiago de los Santos. El cura del pueblo, el M. R. P. Fr. Bernardo Salví, y el M. R. P. Fr. Dámaso Verdolagas, que ya está por especial favor del Altísimo restablecido de la dolencia, que mano impía sobre él causara, en compañía del M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla y el virtuoso cura de Tenauan, con otros españoles más, eran los invitados en casa del Creso filipino. Allí hemos tenido la dicha de admirar, no solamente el lujo y el buen gusto de los dueños de la casa, que no es común entre los naturales, sino también á la preciosa, bellísima y rica heredera, que demostró ser una consumada discípula de Santa Cecilia tocando en su elegante piano, con una maestría que me hizo recordar á la Gálvez, las mejores composiciones alemanas é italianas. Lástima que tan perfecta señorita sea tan excesivamente modesta y oculte sus méritos á la sociedad que para ella sólo tiene admiraciones. No debo dejar en el tintero que en casa del anfitrión nos hicieron tomar champaña y finos licores, con la profusión y esplendidez que caracterizan al capitalista conocido.

»Asistimos al espectáculo. Ya conoce usted á nuestros artistas Ratia, Carvajal y Fernández; sus gracias sólo fueron comprendidas por nosotros, pues la clase no ilustrada no pescó de ello ni una jota. Chananay y Balbino, bien, aunque algo ronquillos: el último soltó un pollito, pero en conjunto y buena voluntad admirables. A los indios, sobre todo el gobernadorcillo, gustó mucho la comedia tagala: este último se frotaba las manos y nos decía que era una lástima que no hubiesen hecho pelear á la princesa con el gigante que la había robado, lo cual en su opinión habría sido más maravilloso, y más, si el gigante llegaba á ser invulnerable menos en el ombligo, como un tal Ferragús de que habla la historia de los Doce Pares. El M. R. P. Fr. Dámaso, con esa bondad de corazón que le distingue, participaba de la opinión del gobernadorcillo y añadía que en tal caso la princesa ya se arreglaría para descubrirle al gigante su ombligo y darle el golpe de gracia.

»Excuso decirle que durante el espectáculo no permitió que faltase nada la amabilidad del Rothschildt filipino: sorbetes, limonadas gaseosas, refrescos, dulces, vinos, etcétera, etc. corrían con profusión entre los que estábamos allí. Notóse mucho y con razón la ausencia del conocido é ilustrado joven don Juan Crisóstomo Ibarra que, como usted sabe, debe mañana presidir la bendición de la primera piedra para el gran monumento que tan filantrópicamente hace levantar. Este digno descendiente de los Pelayos y Elcanos (porque, según he sabido, uno de sus abuelos paternos es de nuestras heroicas y nobles provincias del Norte, acaso uno de los primeros compañeros de Magallanes ó Legaspi) tampoco se ha dejado ver en el resto del día, á causa de un pequeño malestar. Su nombre corre de boca en boca y sólo lo pronuncian con alabanzas que no pueden menos de redundar en gloria de España y de los legítimos españoles como nosotros, que no desmentimos jamás nuestra sangre, por mezclada que pudiese estar.

»Hoy, 11, por la mañana, presenciamos un espectáculo altamente conmovedor. Este día, como es público y notorio, es la fiesta de la Virgen de la Paz, y la celebran los Hermanos del Smo. Rosario. Mañana será la fiesta del Patrón San Diego y toman parte en ella principalmente los Hermanos de la V. O. T. Entre estas dos corporaciones hay una emulación piadosa para servir á Dios, y esta piedad llega hasta el extremo de provocar santos disgustos entre ambas, como lo sucedido últimamente por disputarse el gran predicador de reconocida fama, el tantas veces nombrado M. R. P. Fr. Dámaso, que ocupará mañana la cátedra del Espíritu Santo con un sermón que será, según creencia general, un acontecimiento religioso y literario.

»Pues, como íbamos diciendo, presenciamos un espectáculo altamente edificante y conmovedor. Seis jóvenes religiosos, tres que debían decir misa y los otros tres de acólitos, salieron de la sacristía, y postrados ante el altar, entonó el celebrante, que era el M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla, el Surge Dómine, con que debía empezar la procesión al rededor de la iglesia, con aquella magnífica voz y religiosa unción que todo el mundo le reconoce y le hacen tan digno de la admiración general. Terminado el Surge Dómine, el gobernadorcillo, vestido de frac, con el guión, seguido de cuatro acólitos con incensarios, empezó la procesión. Tras ellos venían los ciriales de plata, la municipalidad, las preciosas imágenes vestidas de raso y oro, representando á Santo Domingo, San Diego y la Virgen de la Paz con un magnífico manto azul con planchas de plata dorada, regalo del virtuoso exgobernadorcillo, muy digno de imitarse y nunca suficientemente nombrado, don Santiago de los Santos. Todas estas imágenes iban en carros de plata. Tras la madre de Dios veníamos los españoles y los otros religiosos: el oficiante iba protegido por un palio que llevaban los cabezas de barangay, y cerraba la procesión el benemérito cuerpo de la guardia civil. Creo inútil decir que una multitud de indios formaban las dos filas de la procesión, llevando con gran piedad cirios encendidos. La música tocaba religiosas marchas; repetidas salvas hacían bombas y ruedas de fuego. Causa admiración ver la modestia y fervor que estos actos inspiran en el corazón de los creyentes, la fe pura y grande que á la Virgen de la Paz profesan, la solemnidad y ferviente devoción con que tales solemnidades celebramos los que tuvimos la dicha de nacer bajo el sacrosanto é inmaculado pabellón de España.

»Terminada la procesión, se dió principio á la misa ejecutada por la orquesta y los artistas del teatro. Después del Evangelio, subió al púlpito el M. R. P. fray Manuel Martín, agustino que ha venido de la provincia de Batangas, el cual ha tenido absorto y pendiente de su palabra á todo el auditorio y principalmente á los españoles en el exordio en castellano, que dijo con valentía y frases tan fácilmente traídas y adecuadas, que llenaban nuestros corazones de fervor y entusiasmo. Esta palabra, pues, es lo que debe darse á lo que se siente ó sentimos cuando se trata de la Virgen y de nuestra querida España, y sobre todo cuando pueden intercalarse en el texto, puesto que la materia se presta, las ideas de un príncipe de la Iglesia, el señor Monescillo, que son con seguridad las de todos los españoles.

»Concluída la misa subimos todos al convento juntamente con los principales del pueblo y otras personas de importancia, donde fueron muy bien obsequiados con la finura, atención y prodigalidad que caracterizan al M. R. P. fray Salví, ofreciéndoles cigarros y un fuerte tente-en-pie que el Hermano mayor había preparado debajo del convento, para todo el que necesitase acallar las necesidades de su estómago.

»Durante el día no faltó nada para hacer alegre la fiesta y para conservar la animación característica de los españoles, que en ocasiones tales no pueden contenerse, demostrando ya en canciones ó bailes, ya en otras sencillas y alegres distracciones, que tienen corazón noble y fuerte, que las penas no les abaten y que basta se reunan en un sitio dado tres españoles para que la tristeza y malestar de allí se ausenten. Rindióse, pues, culto á Terpsícore en muchas casas, pero principalmente en la del ilustrado millonario filipino, á donde fuimos todos invitados á comer. Excuso decirle á usted que el banquete, opípara y brillantemente servido, fué la segunda edición de las bodas de Caná ó Camacho, corregida y aumentada. Mientras gozábamos de los placeres de la bucólica que dirigía un cocinero de la Campana, tocaba la orquesta armoniosas melodías. La hermosísima señorita de la casa lucía un traje de mestiza y una cascada de brillantes, y fué como siempre la reina de la fiesta. Todos deploramos en el fondo de nuestra alma que una ligera torcedura de su lindo pie la haya privado de los placeres del baile, pues si hemos de juzgar por lo que sus perfecciones en todo demuestran, la señorita de los Santos debe bailar como una sílfide.

»El alcalde de la provincia ha llegado esta tarde con objeto de solemnizar con su presencia la ceremonia de mañana. Ha deplorado el malestar del distinguido propietario señor Ibarra, que, gracias á Dios, según se nos ha dicho, ya está mejor.

»Esta noche hubo procesión solemne, pero de esto le hablaré en mi carta de mañana, porque, además de los bombazos que me han aturdido y vuelto algo sordo, estoy muy cansado y me caigo de sueño. Mientras, pues, recupero fuerzas en los brazos de Morfeo ó sea en el catre del convento, deseo á usted, mi distinguido amigo, buenas noches y hasta mañana, que será el gran día.

Su affmo. amigo q. b. s. m.

»San Diego, 11 de Noviembre.

El corresponsal.»

Esto escribía el bueno del corresponsal. Veamos ahora qué escribía capitán Martín á su amigo Luis Chiquito:

«Querido Choy: Ven corriendo, si puedes, que la fiesta es muy alegre; figúrate que capitán Joaquín está casi desbancado: capitán Tiago le ha doblado tres veces y las tres en puertas, con lo que Cabezang Manuel, el dueño de la casa, se vuelve cada vez más pequeño de alegría. El padre Dámaso rompió de un puñetazo una lámpara porque hasta ahora no ha ganado una carta; el cónsul ha perdido en sus gallos y en la banca todo lo que nos ha ganado en la fiesta de Biñang y en la del Pilar de Santa Cruz.

»Esperábamos que capitán Tiago nos trajese á su futuro yerno, el rico heredero de don Rafael, pero parece que quiere imitar á su padre, porque ni siquiera se ha dejado ver. ¡Lástima! Parece que no será nunca de provecho.

»El chino Carlos está haciendo una grande fortuna con el liam-pó; sospecho que lleva algo oculto, tal vez un imán: se queja continuamente de dolores de cabeza que lleva vendada, y cuando el cubo del liam-pó se pára poco á poco, entonces se inclina casi hasta tocarle, como si lo quisiese observar bien. Estoy escamado, porque sé otras historias parecidas.

»Adiós, Choy; mis gallos van bien y mi mujer está alegre y se divierte.

»Tu amigo

Martín Aristorenas.»

Ibarra había recibido también un billetito perfumado, que Andeng, la hermana de leche de María Clara, le había entregado á la noche del primer día de la fiesta. El billete decía:

«Crisóstomo: Hace más de un día que no te dejas ver; he oído que estás algo enfermo, he rezado por tí y encendido dos cirios por más que papá dice que no estás enfermo de gravedad. Anoche y hoy me han aburrido mandándome tocar el piano é invitándome á bailar ¡No sabía que hubiese tantos fastidiosos en la tierra! Si no fuera por el padre Dámaso, que procura distraerme contando y diciéndome muchas cosas, me habría encerrado en mi alcoba para dormir. Escríbeme qué tienes, pues diré á papá que te visite. Por ahora, te envío á Andeng, para que te haga té: ella lo sabe cocer bien y acaso mejor que tus criados.

María Clara.

»P. D. Si no vienes mañana, no iré á la ceremonia. Vale.»

XXIX. La mañana

Las bandas de música tocaron diana á los primeros albores de la aurora, despertando con aires alegres á los fatigados vecinos del pueblo. La vida y la animación renacieron, las campanas volvieron á repicar y las detonaciones comenzaron.

Era el último día de la fiesta, era verdaderamente la fiesta misma. Se esperaba ver mucho más que el día anterior. Los hermanos de la V. O. T. eran más numerosos que los del Santísimo Rosario, y los cofrades sonreían piadosamente, seguros de humillar á sus rivales. Habían comprado mayor número de velas: los chinos cereros hicieron su agosto, y en agradecimiento pensaban bautizarse, por más que algunos aseguraban que no era fe en el catolicismo, sino por el deseo de tomar mujer. Pero á esto respondían las piadosas mujeres:

—Aunque así fuera, el casarse tantos chinos á la vez no dejaría de ser un milagro, y ya les convertirían sus esposas.

La gente se puso los mejores trajes; salieron de sus cajitas todas las alhajas. Los tahures y los jugadores mismos lucieron camisas bordadas con botones de gruesos brillantes, pesadas cadenas de oro y blancos sombreros de jipijapa. Sólo el viejo filósofo seguía como siempre: la camisa de sinamay con rayas obscuras, abotonada hasta el cuello, zapatos holgados y ancho sombrero de fieltro color de ceniza.

—¡Está usted hoy más triste que nunca!—le dijo el teniente mayor;—¿no quiere usted que nos alegremos de vez en cuando, puesto que tenemos mucho que llorar?

—¡Alegrarse no quiere decir cometer locuras!—contestó el viejo.—¡Es la insensata orgía de todos los años! Y todo ¿por qué? ¡Malgastar el dinero cuando hay tantas miserias y necesidades! ¡Ya lo entiendo, es la orgía, es la bacanal para apagar las lamentaciones de todos!

—Ya sabe usted que participo de su opinión,—repuso don Filipo, medio serio medio sonriendo.—La he defendido, pero ¿qué podía hacer contra el gobernadorcillo y el cura?

—¡Dimitir!—contestó el filósofo y se alejó.

Don Filipo se quedó perplejo, siguiendo con la vista al anciano.

—¡Dimitir!—murmuraba dirigiéndose á la iglesia,—¡dimitir! ¡Sí! si este cargo fuese una dignidad y no una carga, sí, ¡dimitiría!

El patio de la iglesia estaba lleno de gente: hombres y mujeres, niños y viejos, vestidos con los mejores trajes, confundidos unos con otros, entraban y salían por las estrechas puertas. Olía á pólvora, á flores, á incienso, á perfume; bombas, cohetes y buscapiés hacían correr y gritar á las mujeres, reir á los niños. Una banda de música tocaba delante del convento, otras, conduciendo á la municipalidad, recorrían las calles, donde flotaban y ondeaban multitud de banderas. Luz y colores abigarrados distraían la vista, armonías y estruendos el oído. Las campanas no cesaban de repicar; cruzábanse coches y calesas cuyos caballos á veces se espantaban, encabritaban, se ponían de manos, lo cual, sin embargo de no figurar en el programa de la fiesta, constituía un espectáculo gratis y de los más interesantes.

El Hermano mayor de este día había enviado criados para buscar convidados en la calle, como el que dió el festín de que nos habla el Evangelio. Se invitaba, casi á la fuerza, á tomar chocolate, café, té, dulces, etc. No pocas veces la invitación tomaba las proporciones de una querella.

Iba á celebrarse la misa mayor, la misa que llaman de dalmática, como la de ayer de que hablaba el digno corresponsal, sólo que ahora el celebrante sería el padre Salví y entre las personas que iban á oirla estaría el alcalde de la provincia con otros muchos españoles y gente ilustrada para escuchar al padre Dámaso, que gozaba de gran fama en la provincia. El alférez mismo, escarmentado y todo de las predicaciones del padre Salví, acudía también para dar una prueba de su buena voluntad y desquitarse si era posible de los malos ratos que el cura le había dado. Tal fama tenía el padre Dámaso, que ya el corresponsal escribió de antemano al director del periódico lo siguiente:

«Como le había anunciado á usted en mis mal pergeñadas líneas de ayer, así ha sucedido. Hemos tenido la especial dicha de oir al M. R. P. fray Dámaso Verdolagas, antiguo cura de este pueblo, transferido hoy á otro mayor en premio de sus buenos servicios. El insigne orador sagrado ocupó la cátedra del Espíritu Santo pronunciando un elocuentísimo y profundísimo sermón, que edificó y dejó pasmados á todos los fieles que aguardaban ansiosos ver brotar de sus fecundos labios la saludable fuente de la eterna vida. Sublimidad y atrevimiento en los conceptos, novedad en las frases, elegancia en el estilo, naturalidad en los gestos, gracia en el hablar, gallardía en las ideas, he aquí las prendas del Bossuet español, que tiene justamente ganada su alta reputación, no sólo entre los ilustrados españoles, sino aun entre los rudos indios y los astutos hijos del Celeste Imperio.»

Sin embargo, el confiado corresponsal por poco no se ve obligado á borrar cuanto había escrito. El padre Dámaso se quejaba de cierto ligero catarro que había cogido la noche anterior: después de cantar unas alegres peteneras se había tomado tres vasos de sorbete y asistido un momento al espectáculo. A consecuencia de esto quería renunciar á ser el intérprete de Dios para con los hombres, pero no encontrándose otro que se hubiese aprendido la vida y milagros de San Diego,—el cura los sabía, es verdad, mas tenía que oficiar,—los otros religiosos hallaron unánimemente que el timbre de voz del padre Dámaso era inmejorable y que sería una gran lástima dejar de pronunciar sermón tan elocuente como el ya escrito y aprendido. Por esto, la antigua ama de llaves le preparó limonadas, le untó pecho y cuello con ungüentos y aceites, le envolvió en paños calientes, le sobó, etc., etc. El padre Dámaso tomó huevos crudos batidos en vino, y en toda la mañana ni habló ni se desayunó; apenas bebió un vaso de leche, una taza de chocolate y una docenita de bizcochos, renunciando heroicamente á su pollo frito y á su medio queso de la Laguna de todas las mañanas, porque, según el ama, pollo y queso tenían sal y grasa y podrían provocar la tos.

—¡Todo para ganar el cielo y convertirnos!—decían conmovidas las hermanas de la V. O. T., al enterarse de estos sacrificios.

—¡La Virgen de la Paz le castiga!—murmuraban las hermanas del Santísimo Rosario, que no le podían perdonar el haberse inclinado al lado de sus enemigas.

A las ocho y media salió la procesión á la sombra del entoldado de lona. Era por el estilo de la de ayer, si bien había una novedad: la Hermandad de la V. O. T. Viejos, viejas y algunas jóvenes camino de viejas exhibían largos hábitos de guingón; los pobres los gastaban de tela basta, los ricos de seda ó sea del guingón franciscano, que llaman por usarlo más los reverendos frailes franciscanos. Todos aquellos sagrados hábitos eran legítimos, venían del convento de Manila de donde el pueblo los adquiere por limosna, á cambio de dinero prix fixe, si se permite la frase de una tienda. Este precio fijo puede aumentarse, pero no disminuirse. Lo mismo que estos hábitos se venden también otros en el mismo convento y en el monasterio de Santa Clara, que poseen, además de la gracia especial de procurar muchas indulgencias á los muertos que en ellos se amortajan, la gracia más especial aún de ser más caros cuanto más viejos, raídos é inservibles son. Escribimos esto por si algún piadoso lector necesita de tales reliquias sagradas, ó algún tuno trapero de Europa quiere hacer fortuna llevándose á Filipinas un cargamento de hábitos zurcidos y mugrientos, pues llegan á costar dieciséis pesos ó más según el aspecto más ó menos haraposo.

San Diego de Alcalá iba en un carro adornado con planchas de plata repujada. El Santo, bastante delgado, tenía el busto de marfil de una expresión severa y majestuosa, á pesar del abundante cerquillo rizado como el de los negritos. Su vestido era de raso bordado de oro.

Nuestro venerable padre San Francisco seguía. Después la Virgen, como ayer, sólo que el sacerdote que venía debajo del palio, era esta vez el padre Salví y no el elegante padre Sibyla de modales tan distinguidos. Pero si bien al primero le faltaba hermoso continente, le sobraba unción: tenía las manos juntas en actitud mística, los ojos bajos, y andaba medio encorvado. Los que llevaban el palio eran los mismos cabezas de barangay, sudando de satisfacción al verse á la vez que semisacristanes, cobradores de tributos, redentores de la humanidad vagabunda y pobre, y por consiguiente Cristos que dan su sangre por los pecados de los otros. El coadjutor, de sobrepelliz, iba de un carro á otro llevando el incensario, con cuyo humo regalaba de tiempo en tiempo el olfato del cura, que entonces se ponía más serio aún y más grave.

Así andaba la procesión lenta, pausadamente al són de bombas, cantos y religiosas melodías, lanzadas al aire por las bandas de música, que seguían detrás de cada carro. Con tal afán, entretanto, distribuía el Hermano mayor cirios, que muchos de los acompañantes se retiraron á sus casas con luz para cuatro noches mientras juegan á las cartas. Devotamente se arrodillaban los curiosos al pasar el carro de la Madre de Dios y rezaban con fervor credos y salves.

Frente á una casa en cuyas ventanas, adornadas de vistosas colgaduras, se asomaban el alcalde, capitán Tiago, María Clara, Ibarra, varios españoles y señoritas, detúvose el carro; el padre Salví acertó levantar la vista, pero no hizo el más pequeño gesto que demostrase saludo ó que los reconociese: únicamente se irguió, se puso más derecho y la capa pluvial cayó sobre sus hombros con cierta gracia y más elegantemente.

En la calle, debajo de la ventana, había una joven de rostro simpático, vestida con mucho lujo, llevando en sus brazos un niño de corta edad. Nodriza ó niñera debía ser, pues el chico era blanco y rubio, y ella morena, y sus cabellos más negros que el azabache.

Al ver al cura, extendió el tierno infante sus manecitas, rióse con esa risa de la infancia que no provoca dolores ni es por ellos provocada, y gritó balbuceando en medio de un breve silencio: «¡Pa... pá! ¡Papá! ¡papá!»

La joven se estremeció, puso precipitadamente su mano sobre la boca y alejóse corriendo muy confusa. El niño echóse á llorar.

Los maliciosos se guiñaron unos á otros, y los españoles que vieron la corta escena se sonrieron. La natural palidez del padre Salví se trocó en un rojo amapola.

Y sin embargo, la gente no tenía razón: el cura no conocía siquiera á la mujer, que era una forastera.

XXX. En la iglesia

De extremo á extremo estaba lleno el camarín, que los hombres asignan por casa al Criador de cuanto existe.

Se empujaban, se oprimían, se machucaban unos á otros, exhalando ayes los pocos que salían y los muchos que entraban. Todavía, desde lejos, extendíase ya el brazo para mojar los dedos en agua bendita, pero á lo mejor venía la oleada y apartaba la mano: entonces se oía un gruñido, una mujer pisoteada renegaba, pero continuaban los empujones. Algunos viejos que conseguían refrescar sus dedos en el agua aquella, ya de color de cieno, en donde se lavara una población entera con más los forasteros, se untaban con ella devotamente, si bien con trabajo, el cogote, la coronilla, la frente, la nariz, la barba, el pecho y el ombligo, en la convicción de que así santificaban todas aquellas partes y no padecerían ni tortícolis, ni dolores de cabeza, ni tisis, ni indigestiones. Las personas jóvenes, bien porque no fuesen tan enfermizas ó no creyesen en aquella sagrada profilaxis, apenas humedecían la puntita del dedo—para que la gente devota no tuviese nada que decir,—y hacían de señalar la frente sin tocarla, por supuesto. «Será bendita y todo lo que se quiera,» pensaría alguna joven, «¡pero tiene un color!»

Se respiraba á duras penas; hacía calor y olía á animal bimano; pero el predicador valía todas aquellas molestias: su sermón le costaba al pueblo doscientos cincuenta pesos. El viejo Tasio había dicho:

—¡Doscientos cincuenta pesos por un sermón! ¡Un hombre solo y una sola vez! ¡La tercera parte de lo que cuestan los comediantes que trabajarán durante tres noches!... ¡Necesariamente debéis ser muy ricos!

—¿Qué tiene eso que ver con la comedia?—contestó malhumorado el nervioso maestro de los Hermanos de la V. O. T.;—con la comedia se van las almas al infierno, y con el sermón al cielo. Si hubiese pedido mil, le pagaríamos y todavía se lo tendríamos que agradecer...

—¡Después de todo, tenéis razón!—replicó el filósofo;—á mí al menos me divierte más el sermón que la comedia.

—¡Pues á mí ni la comedia!—gritaba furioso el otro.

—¡Lo creo, tanto entendéis del uno como del otro!

Y el impío se marchaba sin hacer caso de los insultos y funestas profecías que el irritable maestro hacía sobre su vida futura.

Mientras se esperaba al alcalde, la gente sudaba y bostezaba: agitaban el aire abanicos, sombreros y pañuelos; gritaban y lloraban los niños, lo que daba que trabajar á los sacristanes para echarlos del templo. Esto hacía pensar al concienzudo y flemático maestro de la Cofradía del Santísimo Rosario:

—«Dejad que los niños se acerquen á mí», decía N. S. Jesucristo, es verdad; pero aquí debe sobrentenderse «niños que no lloran.»

Una vieja, de las vestidas de guingón, la Hermana Putê, decía á su nieta, una chiquilla de seis años, que estaba á su lado arrodillada:

—¡Condenada! ¡estáte atenta, que vas á oir un sermón como el de Viernes Santo!

Y le dió un pellizco despertando la piedad de la chiquilla, que hizo una mueca, alargó el hocico y arrugó las cejas.

Algunos hombres, sentados en cuclillas, dormitaban cerca de los confesonarios. Un viejo, cabeceando, hacía creer á nuestra vieja que mascullaba rezos y hacía correr rápidamente los dedos por las cuentas de su rosario, que aquella era la manera más reverente de acatar los designios del cielo y poco á poco se puso á imitarle.

Ibarra estaba en un rincón; María Clara, arrodillada cerca del altar mayor en un sitio que el cura tuyo la galantería de hacer despejar por los sacristanes. Capitán Tiago, vestido de frac, se sentaba en los bancos destinados á las autoridades, por lo cual los chicos que no le conocían, le tomaban por otro gobernadorcillo y no osaban acercársele.

Por fin llegó el señor alcalde con su estado mayor, viniendo de la sacristía y ocupando uno de los magníficos sillones, sobre una alfombra colocados. El alcalde iba vestido de gran gala, luciendo la banda de Carlos III y cuatro ó cinco condecoraciones más.

El pueblo no le reconoció.

—¡Abá!—exclamó un labriego;—¡un civil vestido de comediante!

—¡Simple!—le contestó el vecino codeándole:—¡es el príncipe Villardo, que vimos anoche en el teatro!

El alcalde subió de categoría á los ojos del pueblo, llegando á ser encantado príncipe, vencedor de gigantes.

Empezó la misa. Los que estaban sentados se levantaron, los que dormían se despertaron por el campanilleo y la sonora voz de los cantores. El P. Salví, á pesar de su gravedad, parecía muy satisfecho, pues le servían de diácono y subdiácono nada menos que dos agustinos.

Cada cual cantó bien, cuando le llegó el turno, con voz más ó menos nasal y pronunciación obscura, menos el oficiante que la tenía algo temblorosa, desafinando no pocas veces, con gran extrañeza de los que le conocían. Se movía sin embargo, con precisión y elegancia; decía el Dóminus vobiscum con unción ladeando un poco la cabeza y mirando hacia la bóveda. Al verle recibir el humo del incienso, se habría dicho que Galeno tenía razón admitiendo el paso del humo de las fosas nasales al cráneo por la criba del etmoides, pues se erguía, echaba hacia atrás la cabeza, caminaba después hacia el centro del altar con tal prosopopeya y gravedad, que capitán Tiago le halló más majestuoso que el comediante chino de la noche anterior, vestido de emperador, pintarrajeado, con banderitas en la espalda, barba cerda de caballo y babuchas de alta suela.

—Indudablemente,—pensaba,—un solo cura nuestro tiene más majestad que todos los emperadores.

Por fin llegó el deseado momento de oir al P. Dámaso. Los tres sacerdotes se sentaron en sus sillones en actitud edificante, como diría el honrado corresponsal; el alcalde y demás gente de varas y bastones los imitaron; la música cesó.

Aquel paso del ruido al silencio, despertó á nuestra vieja hermana Putê, que ya roncaba, gracias á la música. Como Sigismundo, ó como el cocinero del cuento de Dornröschen, lo primero que hizo al despertarse fué dar un cogotazo á su nieta, que también se había dormido. Esta chilló, pero se distrajo pronto viendo á una mujer darse golpes de pecho convencida y entusiasmada.

Todos procuraron colocarse cómodamente; los que no tenían banco se sentaron en cuclillas, las mujeres sobre el suelo ó sus mismas piernas.

El P. Dámaso atravesó la multitud, precedido de dos sacristanes y seguido de otro fraile que llevaba un gran cuaderno. Desapareció al subir la escalera de caracol, pero pronto reapareció su redonda cabeza, después el grueso cogote seguido inmediatamente de su cuerpo. Miró á todas partes con seguridad, medio tosiendo; vió á Ibarra; un pestañeo particular dió á entender que no se olvidaría de él en sus oraciones; después una mirada de satisfacción al P. Sibyla y otra de desdén al P. Manuel Martín, el predicador de ayer. Concluida esta revista, volvióse disimuladamente al compañero diciéndole: «¡Atención, hermano!» Este abrió el cuaderno.

Pero el sermón merece capítulo aparte. Un joven que entonces aprendía la taquigrafía y que idolatra á los grandes oradores, lo estenografió; gracias á esto podemos traer aquí un trozo de la oratoria sagrada de aquellas regiones.

XXXI. El sermón

Fray Dámaso empezó lentamente, pronunciando á media voz:

«Et spíritum tuum bonum dedisti, qui dóceret eos, et manna tuum non prohibuisti ab ore eorum, et aquam dedisti eis in siti.»

«¡Y les diste tu espíritu bueno para que los enseñase y no quitaste tu maná de su boca y les diste agua en su sed!»

«Palabras que dijo el Señor por boca de .»

El P. Sibyla miró sorprendido al predicador; el P. Manuel Martín palideció y se tragó saliva; aquello era mejor que el suyo.

Sea que el P. Dámaso lo notara ó estuviese aún ronco, es el caso que tosió varías veces poniendo ambas manos sobre el antepecho de la santa tribuna. El Espíritu Santo estaba sobre su cabeza, acabado de pintar: blanco, limpio, con las patitas y el pico color de rosa.

«¡Excelentísimo Señor (al alcalde), virtuosísimos sacerdotes, cristianos, hermanos en Jesucristo!»

Aquí hizo solemne pausa, paseando de nuevo sus miradas por el auditorio, cuya atención y recogimiento le llenaron de satisfacción.

La primera parte del sermón debía ser en castellano y la otra en tagalo: loquebantur omnes linguas.

Después de los vocativos y de la pausa, extendió majestuosamente la mano derecha hacia el altar fijando la vista en el alcalde; después se cruzó de brazos lentamente sin decir una sola palabra, pero pasando de esta calma á la movilidad, echó hacia atrás la cabeza, señaló hacia la puerta mayor cortando el aire con el borde de la mano, con tanto ímpetu, que los sacristanes interpretaron el gesto por un mandato y cerraron las puertas; el alférez se inquietó y estuvo dudando sobre si salir ó quedarse, pero ya el predicador empezaba á hablar con voz fuerte, llena y sonora: decididamente la antigua ama era inteligente en medicina.

«Esplendoroso y relumbrante es el altar, ancha la puerta mayor, el aire es el vehículo de la santa palabra divina que brotará de mi boca, oid pues vosotros con los oídos del alma y del corazón, para que las palabras del Señor no caigan en terreno pedregoso y las coman las aves del Infierno, sino que crezcáis y brotéis como una santa simiente en el campo de nuestro venerable y seráfico P. S. Francisco. Vosotros, grandes pecadores, cautivos de los moros del alma, que infestan los mares de la vida eterna en poderosas embarcaciones de la carne y del mundo, vosotros que estáis cargados con los grilletes de la lascivia y concupiscencia y remáis en las galeras del Satán infernal, ved ahí con reverente compunción al que rescata las almas de la cautividad del demonio, al intrépido Gedeón, al esforzado David, al victorioso Roldán del Cristianismo, al guardia civil celestial, más valiente que todos los guardias civiles juntos, habidos y por haber»...—(El alférez arruga el ceño),—«sí, señor alférez, más valiente y prepotente, que sin más fusil que una cruz de palo, vence con denuedo al eterno tulisán de las tinieblas y á todos los secuaces de Luzbel y habría á todos para siempre extirpado, si los espíritus no fuesen inmortales. Esta maravilla de la creación divina, este portento imposible es el bienaventurado Diego de Alcalá, que, valiéndome de una comparación, porque las comparaciones ayudan bien á la comprensión de las cosas incomprensibles, como dijo el otro, digo pues que este gran santo es únicamente un soldado último, un ranchero en nuestra poderosísima compañía, que desde el cielo manda nuestro seráfico P. S. Francisco, á la que tengo la honra de pertenecer como cabo ó sargento por la gracia de Dios.»

Los rudos indios, que dice el corresponsal, no pescaron del párrafo otra cosa que las palabras guardia civil, tulisán, S. Diego y S. Francisco, observaron la mala cara que había puesto el alférez, el gesto belicoso del predicador y dedujeron que regañaba á aquél porque no perseguía á los tulisanes. San Diego y S. Francisco se encargarían de ello, y muy bien, como le prueba una pintura, existente en el convento de Manila, en que S. Francisco con sólo su cordón había contenido la invasión china en los primeros años del descubrimiento. Alegráronse, pues, no poco los devotos, agradecieron á Dios esta ayuda, no dudando que una vez desaparecidos los tulisanes, S. Francisco destruiría también á los guardias civiles. Redoblaron, pues, la atención siguiendo al P. Dámaso, que continuó:

«Excelentísimo señor: Las grandes cosas siempre son grandes cosas aun al lado de las pequeñas, y las pequeñas siempre son pequeñas aun al lado de las grandes. Esto dice la Historia, pero como la Historia da una en el clavo y ciento en la herradura, como cosa hecha por los hombres, y los hombres se equivocan: errarle es hominum como dice Cicerón, el que tiene boca se equivoca, como dicen en mi país, resulta que hay más profundas verdades que no dice la Historia. Estas verdades, Excmo. Señor, ha dicho el Espíritu divino en su suprema sabiduría que jamás comprendió la humana inteligencia desde los tiempos de Séneca y Aristóteles, esos sabios religiosos de la antigüedad, hasta nuestros pecadores días, y estas verdades son que no siempre las cosas pequeñas son pequeñas, sino son grandes, no al lado de las chicas, sino al lado de las más grandes de la tierra y del cielo y del aire y de las nubes y de las aguas y del espacio y de la vida y de la muerte...»

—¡Amén!—contestó el maestro de la V. O. T. y se santiguó.

Con esta figura de retórica, que aprendiera de un gran predicador en Manila, quería el P. Dámaso sorprender á su auditorio, y en efecto, su Espíritu Santo, embobado con tantas verdades, necesitó que le tocara con el pie para recordarle su misión.

—¡Patente está á vuestros ojos!—dijo el Espíritu desde abajo.

«¡Patente está á vuestros ojos la prueba concluyente y contundente de esta eterna verdad filosófica! Patente está ese sol de virtudes, y digo sol y no luna, porque no hay gran mérito en que la luna brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es el rey; por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mérito es poder brillar aun en medio del día como lo hace el sol: así brilla el hermano Diego aun en medio de los más grandes santos. Ahí tenéis patente á vuestros ojos, á vuestra impía incredulidad la obra maestra del Altísimo para confundir á los grandes de la tierra, sí, hermanos míos, patente, patente á todos, ¡patente!»

Un hombre se levantó pálido y tembloroso y se escondió en un confesonario. Era un vendedor de alcoholes, que dormitaba y soñó que los carabineros le pedían la patente que no tenía. Asegúrase que no volvió á salir de su escondite mientras duró el sermón.

«¡Humilde y recogido santo, tu cruz de palo»—(la que tenía la imágen era de plata),—«tu modesto hábito honran al gran Francisco de quien somos los hijos é imitadores! Nosotros propagamos tu santa raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los pueblos sin distinguir al blanco del negro»—(el alcalde contiene la respiración)—«sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de fe y de religión armada»—(¡Ah! respira el alcalde)—«que sostiene al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la perdición.»

Los oyentes, hasta el mismo capitán Tiago, bostezaban poco á poco. María Clara no atendía al sermón; sabía que Ibarra estaba cerca y pensaba en él mientras miraba, abanicándose, el toro de uno de los evangelistas, que tenía todas las trazas de un pequeño carabao.

«Todos debíamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de los santos y así no tendría yo que predicaros, pecadores; debíais saber cosas tan importantes y necesarias como el padrenuestro, por más que muchos de vosotros lo habéis olvidado ya viviendo como los protestantes ó herejes, que no respetan á los ministros de Dios, como los chinos, pero os vais á condenar, peor para vosotros, ¡condenados!»

—¡Abá cosa ese pale Lámaso, ese!—murmuró el chino Carlos mirando con ira al predicador, que seguía improvisando, desencadenando una serie de apóstrofes é imprecaciones.

«¡Moriréis en la impenitencia final, raza de herejes! ¡Dios os castiga ya desde esta tierra con cárceles y prisiones! ¡Las familias, las mujeres debían huir de vosotros, los gobernantes os deberían ahorcar á todos para que no se extienda la semilla de Satanás en la villa del Señor!... ¡Si tenéis un miembro malo que os induce al pecado, cortadlo, arrojadlo al fuego...!»

Fray Dámaso estaba nervioso, había olvidado su sermón y su retórica.

—¿Oyes?—preguntó un joven estudiante de Manila á su compañero;—¿te lo cortas?

—¡Ca! ¡que lo haga él antes!—contestó el otro señalando al predicador.

Ibarra se puso inquieto: miró en derredor suyo buscando algún rincón, pero toda la iglesia estaba llena. Nada oía ni veía María Clara, que analizaba el cuadro de las benditas ánimas del purgatorio, almas en forma de hombres y mujeres en cueros, con mitras, capelos ó tocas, asándose en el fuego y agarrándose al cordón de S. Francisco, que no se rompía á pesar de tanto peso.

El Espíritu Santo fraile, con aquella improvisación, perdió el hilo del sermón y saltó tres largos párrafos, apuntando mal al P. Dámaso, que descansaba jadeante de su apóstrofe.

«¿Quién de vosotros, pecadores que me escucháis, lamería las llagas de un pobre y andrajoso mendigo? ¿Quién? ¡Que responda y levante la mano! ¡Ninguno! Ya lo sabía yo: sólo un santo como Diego de Alcalá puede hacerlo; él lamió toda podredumbre diciendo á un asombrado hermano: ¡Así se cura á este enfermo! ¡Oh caridad cristiana! ¡Oh piedad sin ejemplo! ¡Oh virtud de virtudes! ¡Oh dechado inimitable! ¡Oh talismán sin mancha!...»

Y siguió con una larga lista de exclamaciones, poniendo los brazos en cruz, subiéndolos y bajándolos como si quisiese volar ó espantar á los pájaros.

«Antes de morir habló en latín sin saber latín. ¡Pasmaos, pecadores! Vosotros, á pesar de que lo estudiáis y os dan por ello azotes, no hablaréis latín, ¡moriréis sin saberlo! Hablar latín es una gracia de Dios, por eso la iglesia habla latín. ¡Yo también hablo latín! ¿Cómo? ¿Dios iba á negar este consuelo á su querido Diego? ¿Podía morir, podía dejarle morir sin hablar latín? ¡Imposible! ¡Dios no sería justo, no sería Dios! Habló, pues, latín, y de ello dan testimonio los autores de aquella época.» Y terminó su exordio con el trozo que más trabajo le costara y que plagiara de un gran escritor, Sinibaldo de Más.

«Yo te saludo, pues, esclarecido Diego, honra de nuestra corporación. Tú eres dechado de virtudes, modesto con honra, humilde con nobleza, sumiso con entereza, sobrio con ambición, enemigo con lealtad, compasivo con perdón, religioso con escrúpulo, creyente con devoción, crédulo con candidez, casto con amor, callado con secreto, sufrido con paciencia, valiente con temor, continente con voluptuosidad, atrevido con resolución, obediente con sujeción, vergonzoso con pundonor, cuidadoso en tus intereses con desprendimiento, diestro con capacidad, ceremonioso con urbanidad, astuto con sagacidad, misericordioso con piedad, recatado con vergüenza, vengativo con valor, pobre por laboriosidad con conformidad, pródigo con economía, activo con negligencia, económico con liberalidad, inocente con penetración, reformador con consecuencia, indiferente con ansia de aprender. ¡Dios te crió para sentir los deliquios del amor platónico...! ¡Ayúdame á cantar tus grandezas y tu nombre más alto que las estrellas y más claro que el sol mismo que gira á tus pies! Ayudadme, vosotros, pedid á Dios la inspiración suficiente rezando el avemaría.»

Todos se arrodillaron levantando un murmullo como el zumbido de mil moscardones. El alcalde dobló trabajosamente una rodilla, moviendo la cabeza disgustado; el alférez estaba pálido y contrito.

—¡Al diablo con el cura!—murmuró uno de los dos jóvenes que venían de Manila.

—¡Silencio!—contesta el otro,—que nos oye su mujer...

Entretanto, el P. Dámaso, en vez de rezar el avemaría, reñía á su Espíritu Santo por haber saltado tres de sus mejores párrafos, tomaba dos merengues y un vaso de Málaga, seguro de encontrar en ellos mayor inspiración que en todos los Espíritus santos ya sean de madera en figura de paloma, ya de carne bajo la forma de un distraido fraile. Iba á empezar con el sermón tagalo.

La vieja devota da otro cogotazo á su nieta, quien despierta malhumorada y pregunta:

—¿Es hora ya de llorar?

—¡Aún no, pero no te duermas, condenada!—contestó la buena abuela.

De la 2.a parte del sermón, ó sea del tagalo no tenemos más que ligeros apuntes. El P. Dámaso improvisaba en este idioma, no porque lo poseyese mejor, sino porque, teniendo á los filipinos de provincia por ignorantes en retórica, no temía cometer disparates delante de ellos. Con los españoles ya era otra cosa: había oido hablar de reglas de la oratoria y entre sus oyentes podía haber alguno que hubiese saludado las aulas, acaso el señor alcalde mayor; por lo cual escribía sus sermones, los corregía, los limaba y después se los aprendía de memoria y se ensayaba unos dos días antes.

Es fama que ninguno de los presentes comprendió el conjunto del sermón: eran tan obtusos de entendimiento y el predicador era muy profundo, como decía hermana Rufa; así que el auditorio esperó en vano una ocasión para llorar, y la condenada nieta de la vieja beata volvió á dormirse.

No obstante, esta parte tuvo más consecuencias que la primera, al menos para ciertos oyentes, como veremos más adelante.

Empezó con un Maná capatir con cristiano, al que siguió una avalancha de frases intraducibles; habló del alma, del Infierno, del mahal na santo pintacasi, de los pecadores indios y de los virtuosos Padres Franciscanos.

—¡Menche!—dijo uno de los irreverentes manileños á su compañero;—eso está en griego para mí, yo me voy.

Y viendo cerradas las puertas, se salió por la sacristía con gran escándalo de la gente y del predicador, que se puso pálido y se detuvo á la mitad de su frase; algunos esperaban un violento apóstrofe, pero el P. Dámaso se contentó con seguirle con la vista y prosiguió su sermón.

Se desencadenaron maldiciones contra el siglo, contra la falta de respeto, la naciente irreligiosidad. Este asunto parecía su fuerte, pues se mostraba inspirado y se expresaba con fuerza y claridad. Habló de los pecadores que no se confiesan, que mueren en las cárceles sin sacramentos, de familias malditas, de mesticillos orgullosos y soplados, de jóvenes sabiondos, filosofillos ó pilosopillos, de abogadillos, estudiantillos, etc. Conocida es la costumbre que tienen muchos cuando quieren ridiculizar á sus enemigos: sacan en todo la terminación en illo, porque el cráneo parece no dar otra cosa, y se quedan muy felices.

Ibarra lo oía todo y comprendía las alusiones. Conservando una aparente tranquilidad, buscaba con los ojos á Dios y á las autoridades, pero allí no había más que imágenes de santos, y el alcalde dormitaba.

Entretanto el entusiasmo del predicador subía por grados. Hablaba de los antiguos tiempos en que todo filipino, al encontrar á un sacerdote, se descubría, doblaba una rodilla en tierra y le besaba una mano.—«¡Pero ahora—añadía—sólo os quitáis el salakot ó el sombrero de castorillo, que colocáis medio ladeado sobre vuestra cabeza para no desarreglar el peinado! Os contentáis con decir: buenos días, ¡among!, y hay orgullosos estudiantillos de poco latín, que por haber estudiado en Manila ó en Europa, se creen con derecho á estrecharnos la mano en lugar de besarla... ¡Ah! ¡el día del juicio pronto viene, el mundo se acaba, muchos santos lo han profetizado! ¡va á llover fuego, piedra y ceniza para castigar nuestra soberbia!»

Y exhortaba al pueblo á que no imitase á esos salvajes, sino que los huyese y aborreciese, porque estaban excomulgados.

—«¡Oid lo que dicen los santos Concilios!—clamaba.—Cuando un indio encontrare en la calle á un cura, doblará la cabeza y ofrecerá el cuello para que el among se apoye en él; si el cura y el indio van á caballo ambos, entonces el indio se parará, se quitará el salakot ó sombrero reverentemente; en fin, si el indio va á caballo y el cura á pie, el indio bajará del caballo y no volverá á montar hasta que el cura le diga: ¡Sulung! ó esté ya muy lejos. Esto dicen los santos Concilios, y el que no obedezca estará excomulgado.»

—Y ¿cuándo uno monta un carabao?—pregunta un escrupuloso labriego á su vecino.

—¡Entonces... sigue adelante!—contesta éste, que es un casuista.

Pero á pesar de los gritos y gestos del predicador muchos se dormían ó distraían, pues aquellos sermones eran los de siempre y de todos: en vano algunas devotas trataron de suspirar y de lloriquear sobre los pecados de los impíos; tuvieron que desistir de su empresa por falta de socios. La misma hermana Putê pensaba todo lo contrario. Un hombre sentado á su lado se había de tal manera dormido, que se cayó sobre ella, descomponiéndole el hábito: la buena anciana cogió su zueco y á golpes empezó á despertarle, gritando:

—¡Ay! ¡quita salvaje, animal, demonio, carabao, perro, condenado!

Armóse un tumulto, como era consiguiente. Paróse el predicador, enarcó las cejas, sorprendido de tanto escándalo. La indignación ahogó la palabra en su garganta y sólo consiguió berrear, golpeando con sus puños la tribuna. Esto produjo su efecto: la vieja soltó el zueco refunfuñando y, santiguándose repetidas veces, se puso devotamente de rodillas.

—«¡Aaah! ¡aaah!—pudo al fin exclamar el indignado sacerdote, cruzando los brazos y agitando la cabeza; ¡para eso os predico yo aquí toda la mañana, salvajes! Aquí, en la casa de Dios, reñís y decís malas palabras, ¡desvergonzados! ¡Aaaaah! ¡ya no respetáis nada!... ¡Esta es la obra de la lujuria é incontinencia del siglo! ¡Ya lo decía, aaah!

Y sobre este tema siguió predicando por espacio de media hora. El alcalde roncaba, María Clara cabeceaba: la pobrecita no podía resistir el sueño, no teniendo ya ninguna pintura ni imagen que analizar ni en que distraerse. A Ibarra ya no le hacían mella las palabras, ni las alusiones; pensaba ahora en una casita en la cima de un monte y veía á María Clara en un jardín. ¡Que en el fondo del valle se arrastren los hombres en sus miserables pueblos!

El padre Salví había hecho tocar dos veces la campanilla, pero esto era echar leña al fuego: fray Dámaso era terco y prolongó más el sermón. Fray Sibyla se mordía los labios y arreglaba repetidas veces sus anteojos de cristal de roca montados en oro: fray Manuel Martín era el único que parecía escuchar con placer, pues sonreía.

Por fin, dijo Dios basta: el orador se cansó y bajó del púlpito.

Todos se arrodillaron para dar gracias á Dios. El alcalde se restregó los ojos, extendió un brazo como para desperezarse, soltando un ¡ah! profundo y bostezando.

Continuó la misa.

Cuando, al cantar Balbino y Chananay el Incarnatus est, todos se arrodillaban y los sacerdotes bajaban la cabeza, un hombre murmuró al oído de Ibarra: «¡En la ceremonia de la bendición no os alejéis del cura, no descendáis al foso, no os acerquéis á la piedra, que os va la vida en ello!»

Ibarra vió á Elías, que, dicho esto, se perdía entre la muchedumbre.

XXXII. La cabria

El hombre amarillo había cumplido su palabra: no era una sencilla cabria lo que había construído sobre el abierto foso para hacer descender la enorme mole de granito; no era el trípode que ñor Juan había deseado para suspender una polea de su vértice, era algo más; era á la vez que una máquina, un adorno, pero un grandioso é imponente adorno.

Sobre ocho metros de altura se eleva la confusa y complicada andamiada: cuatro gruesos maderos hundidos en el suelo servían de almas, sujetos entre sí por colosales vigas cruzadas formando diagonales, unidas unas á otras por gruesos clavos hundidos sólo hasta la mitad, acaso porque, teniendo el aparato un carácter provisional, pudiera ser después fácilmente deshecho. Enormes cables, colgando por todos lados, daban un aspecto de solidez y grandiosidad al conjunto, coronado allá arriba por banderas de abigarrados colores, flotantes gallardetes y monstruosas guirnaldas de flores y hojas, artísticamente entretejidas.

Allá arriba, en la sombra que proyectan maderos, guirnaldas y banderas, pende sujeta por cuerdas y ganchos de hierro una descomunal polea de tres ruedas, sobre cuyos brillantes bordes pasan acabalgados tres cables aún mayores que los otros, y llevan suspendido el enorme sillar lleno, socavado en su centro, para formar con la excavación de la otra piedra, ya colocada en el foso, el pequeño espacio destinado á guardar la historia del día, como periódicos, escritos, monedas, medallas, etc., y transmitirla acaso á muy lejanas generaciones. Estos cables descendían de arriba abajo, se enlazaban con otra no menos gruesa polea atada al pie del aparato, é iban á arrollarse al cilindro de un torno, sujeto en tierra merced á gruesos maderos. Este torno, que se puede poner en movimiento por medio de dos manubrios, centuplica la fuerza de un hombre merced á un juego de ruedas dentadas, si bien lo que en fuerza se gana, se pierde en velocidad.

—Mirad,—decía el hombre amarillo haciendo girar el manubrio:—mirad, ñor Juan, como con mis fuerzas únicamente hago subir y bajar la inmensa mole... Está tan bien dispuesto, que á voluntad puedo graduar, pulgada por pulgada, el ascenso ó descenso, de modo que un hombre desde el fondo pueda con toda comodidad hacer adaptar ambas piedras, mientras yo lo manejo desde aquí.

Ñor Juan no podía menos de admirar al hombre que se sonreía tan particularmente. Los curiosos hacían comentarios y alababan al hombre amarillo.

—¿Quién os enseñó la maquinaria?—le preguntó ñor Juan.

—¡Mi padre, mi difunto padre!—contestaba con su particular sonrisa.

—¿Y á vuestro padre?...

—Don Saturnino, el abuelo de don Crisóstomo.

—No sabía que don Saturnino...

—¡Oh! ¡sabía muchas cosas! No solamente pegaba bien y exponía al sol á sus trabajadores; sabía además despertar á los dormidos y hacer dormir á los despiertos. ¡Ya veréis con el tiempo lo que mi padre me ha enseñado, ya veréis!

Y el hombre amarillo se reía, pero de un modo extraño.

Sobre una mesa, cubierta de un tapiz de Persia, estaban el cilindro de plomo y los objetos que iban á guardar en aquella especie de tumba: una caja de cristal de gruesas paredes contendría aquella momia de una época y guardaría para el porvenir los recuerdos de un pasado. El filósofo Tasio, que discurría por allí pensativo, murmuraba:

—Quizás algún día, cuando la obra que hoy comienza á nacer, envejecida después de tantas vicisitudes, caiga en ruinas, ya á las sacudidas de la naturaleza, ya á la destructora mano del hombre, y sobre las ruinas crezcan la yedra y el musgo; después, cuando el tiempo destruya el musgo, la yedra y las ruinas y esparza sus cenizas al viento, borrando de las páginas de la Historia el recuerdo de ella y de los que la destruyeron, ya largo tiempo perdido en la memoria de los hombres; quizás, cuando las razas con las capas del suelo se hayan sepultado ó desaparecido, sólo por alguna casualidad el pico de algún minero, haciendo brotar del granito la chispa, podrá desenterrar del seno de la roca misterios y enigmas. Quizás los sabios de la nación que habite estas regiones trabajarán, como trabajan los actuales egiptólogos con los restos de una grandiosa civilización, preocupada de la eternidad y que no sospechaba iba á descender sobre ella una tan larga noche. Quizás algún sabio profesor diga á sus alumnos de cinco y siete años en un idioma hablado por todos los hombres: «¡Señores! Estudiados y examinados cuidadosamente los objetos encontrados en el subsuelo de nuestro terreno, descifrados algunos signos y traducidas algunas palabras, podemos, sin género alguno de temor, presumir que tales objetos pertenecían á la edad bárbara del hombre, á la era obscura que solemos llamar fabulosa. En efecto, señores; para que os podáis formar una aproximada idea del atraso de nuestros antepasados, bastará que os diga, que los que vivían aquí no sólo reconocían aún reyes, sino que para resolver cuestiones de su gobierno interior, tenían todavía que acudir al otro extremo del mundo, que es como si dijéramos un cuerpo que para moverse necesitase consultar su cabeza existente en otra parte del globo, acaso en los parajes que hoy ocultan las olas. Esta increíble imperfección, por inverosímil que os parezca, deja de ser así si consideramos las circunstancias de aquellos seres, que apenas me atrevo á llamar humanos. En aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban aún (ó al menos así lo creían) en relación directa con su Criador, pues tenían ministros del mismo, seres diferentes de los demás y denominados siempre con los misteriosos caracteres: M. R. P. fray, sobre cuya interpretación nuestros sabios no están de acuerdo. Según el mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla más que ciento de los defectuosos idiomas del pasado, M. R. P. significaría Muy Rico Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses, virtuosísimos, elocuentísimos oradores, ilustradísimos, y á pesar de su gran poder y prestigio, jamás cometerían la más ligera falta, lo cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta de los demás. Y si esto no bastase para apoyar mi opinión, quédame aún el argumento, no negado por nadie y cada día más y más confirmado, de que tales misteriosos seres hacían descender á Dios sobre la tierra con sólo pronunciar algunas palabras, que Dios no podía hablar sino por boca de ellos, y á quien se comían, bebían la sangre y no pocas veces lo daban también á comer á los hombres comunes...

Estas y otras cosas más ponía el incrédulo filósofo en boca de todos los corrompidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se equivoque, lo que es muy fácil, pero volvamos á nuestra narración.

En los kioscos que vimos anteayer ocupar al maestro de escuela y á los alumnos, se preparaba ahora el almuerzo, opíparo y abundante. Sin embargo, en la mesa destinada á los chicos de la escuela, no había ni una botella de vino, pero en cambio abundaban más las frutas.—En la enramada estaban los asientos para los músicos y una mesa cubierta de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores para el sediento público.

El maestro de escuela había hecho levantar cucañas, barreras, colgar sartenes, ollas para alegres juegos.

La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo del sol brillante, ya bajo la sombra de los árboles, ya bajo el emparrado. Los muchachos se subían á las ramas, sobre las piedras, para ver mejor la ceremonia, supliendo así su pequeña estatura; miraban con envidia á los chicos de la escuela que, limpios y bien vestidos, ocupaban un sitio destinado para ellos. Los padres estaban entusiasmados; ellos, pobres campesinos, verían á sus hijos comer sobre blanco mantel casi como el cura y el alcalde. Basta pensar en ello para no tener hambre, y tal suceso se contaría padres á hijos.

Pronto se oyeron los lejanos acordes de la música; la precedía una abigarrada turba, compuesta de todas las edades y vestida de todos los colores. El hombre amarillo se puso inquieto y examinó con una mirada todo su aparato. Un curioso campesino seguía su mirada y observaba todos sus movimientos: era Elías que acudía también á presenciar la ceremonia; por su salakot y su manera de vestir, casi estaba desconocido. Se había procurado el mejor sitio, casi al lado mismo del torno, al borde de la excavación.

Con la música venían el alcalde, los munícipes, los frailes, menos el padre Dámaso, y los empleados españoles. Ibarra conversaba con el primero, de quien se había hecho muy amigo desde que le dirigiera unos finos cumplidos por sus condecoraciones y bandas: los humos aristocráticos eran el flaco de S. E. capitán Tiago; el alférez y algunos ricos más iban en la dorada pléyade de las jóvenes que lucían sus sombrillas de seda. El padre Salví seguía, como siempre, silencioso y pensativo.

—Cuente usted con mi apoyo siempre que se trate de una buena acción,—decía el alcalde á Ibarra;—yo le proporcionaré cuanto usted necesite, y si no, haré que se lo proporcionen los otros.

A medida que se iban acercando, sentía el joven palpitar su corazón. Instintivamente dirigió una mirada á la extraña andamiada, allí levantada; vió al hombre amarillo saludarle respetuosamente y fijar en él un momento la vista. Con sorpresa descubrió á Elías, quien con un significativo pestañeo le dió á entender se acordase de lo que le había dicho en la iglesia.

El cura se puso las vestiduras sacerdotales y empezó la ceremonia: el tuerto sacristán mayor tenía el libro, y un monaguillo el hisopo y la vasija de agua bendita. Los demás, en derredor, de pie y descubiertos, guardaban un tan profundo silencio, que, á pesar de leer en voz baja, se conocía que temblaba la voz del padre Salví.

Entretanto se había colocado en la caja de cristal cuanto había que poner, como manuscritos, periódicos, medallas, monedas, etc., y el todo encerrado dentro del cilindro de plomo y herméticamente soldado.

—Señor Ibarra, ¿quiere usted colocar la caja en su sitio? ¡El cura espera á usted!—murmuró el alcalde al oído del joven.

—Con mucho gusto,—murmuró éste;—pero usurparía ese honroso deber al señor escribano: ¡el señor escribano debe dar fe del acto!

El escribano lo tomó gravemente, descendió la alfombrada escalera que conducía al fondo de la excavación, y con la solemnidad conveniente lo depositó en el hueco de la piedra. El cura cogió entonces el hisopo y roció las piedras con agua bendita.

Llegó el momento de poner cada uno su cucharada de lechada sobre la superficie del sillar, que yacía en el foso, para que el otro se adaptase bien y se agarrase.

Ibarra presentó al alcalde una llana de albañil, sobre cuya ancha hoja de plata estaba grabada la fecha; pero S. E. pronunció antes una alocución en castellano.

«¡Vecinos de San Diego!—dijo con grave acento: tenemos el honor de presidir una ceremonia de una importancia que vosotros comprenderéis sin que Nos os lo digamos. Se funda una escuela; la escuela es la base de la sociedad, la escuela es el libro donde está escrito el porvenir de los pueblos! Enseñadnos la escuela de un pueblo, y os diremos qué pueblo es.

«¡Vecinos de San Diego! ¡Bendecid á Dios, que os ha dado virtuosos sacerdotes, y al gobierno de la madre patria que difunde incansable la civilización en estas fértiles islas, amparadas por ella bajo su glorioso manto! ¡Bendecid á Dios, que se ha apiadado de vosotros trayéndoos estos humildes sacerdotes que os iluminan y os enseñan la divina palabra! ¡Bendecid al Gobierno que tantos sacrificios ha hecho, hace y hará por vosotros y por vuestros hijos!

«¡Y ahora que se bendice la primera piedra de este tan transcendental edificio. Nos, alcalde mayor de esta provincia, en nombre de S. M. el rey, que Dios guarde, rey de las Españas, en nombre del preclaro gobierno español, y al amparo de su pabellón inmaculado y siempre victorioso, Nos consagramos este acto y principiamos la edificación de esta escuela!

«¡Vecinos de San Diego, viva el rey! ¡Viva España! ¡Vivan los religiosos! ¡Viva la religión católica!»

—¡Viva! ¡viva!—contestaron muchas voces,—¡viva el señor alcalde!

Este descendió después majestuoso á los acordes de la música que empezó á tocar; depositó unas cuantas cucharadas de lechada sobre la piedra y con igual majestad que al principio volvió á subir.

Los empleados aplaudieron.

Ibarra ofreció otra cuchara de plata al cura que, después de fijar los ojos en él un momento, descendió lentamente. A la mitad de la escalera levantó la vista para mirar la piedra que colgaba sujeta por los poderosos cables, pero fué sólo un segundo, y continuó descendiendo. Hizo otro tanto que el alcalde, pero esta vez se oyeron más aplausos: á los empleados se habían agregado algunos frailes y capitán Tiago.

El padre Salví parecía que buscaba á alguien á quien entregar la cuchara; miró como dudoso á María Clara, pero cambiando de opinión se la ofreció al escribano. Este, por galantería se acerca á María Clara, quien rehusa sonriendo. Los frailes, los empleados y el alférez bajan todos uno tras otro. Capitán Tiago no fué olvidado.

Faltaba Ibarra, y ya se iba á ordenar que el hombre amarillo hiciese descender la piedra, cuando el cura se acordó del joven, diciéndole en tono de broma y afectando familiaridad:

—¿No mete usted su cuchara, señor Ibarra?

—¡Sería un Juan Palomo; yo me lo guiso y yo me lo como!—contestó éste en el mismo tono.

—¡Ande usted!—dijo el alcalde empujándole suavemente; si no, doy orden de que no descienda la piedra y nos estaremos aquí hasta el día del juicio.

Ante tan terrible amenaza, Ibarra tuvo que obedecer. Cambió la pequeña llana de plata por otra grande de hierro, lo que hizo sonreir á algunas personas, y adelantóse tranquilamente. Elías le miraba con expresión indefinible; al verle, se habría dicho que toda su vida se reconcentraba en sus ojos. El hombre amarillo miraba al abismo abierto á sus pies.

Ibarra, después de dirigir una rápida mirada al sillar que pendía sobre su cabeza y otra á Elías y al hombre amarillo, dijo á ñor Juan con voz algo temblorosa:

—¡Dadme el cubo y buscadme otra llana arriba!

El joven quedó sólo. Elías ya no le miraba: sus ojos estaban clavados en la mano del hombre amarillo, que inclinado á la fosa, seguía con ansia los movimientos del joven.

Oíase el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al través de un débil murmullo de los empleados, que felicitaban al alcalde por su discurso.

De repente un estrépito estalla: la polea, atada á la base de la cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta: un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire. Huyen y corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente María Clara y el padre Salví permanecen en su sitio sin poderse mover, pálidos y sin palabra.

Cuando la polvareda se hubo algún tanto desvanecido, vieron á Ibarra de pie, entre vigas, cañas, cables, entre el torno y la mole de piedra, que al descender tan rápidamente, todo lo había sacudido y aplastado. El joven tenía aún en su mano la cuchara y miraba con ojos espantados el cadáver de un hombre, que yacía á sus pies, medio sepultado entre las vigas.

—¿No se ha muerto usted?—¿Vive usted todavía?—¡Por Dios hable usted!—decían algunos empleados, llenos de terror é interés.

—¡Milagro! ¡Milagro!—gritaron algunos.

—¡Venid y sacad el cadáver de este desgraciado!—dijo Ibarra, como despertando de un sueño.

Al oir su voz, María Clara sintió que la abandonaban las fuerzas y cayó medio desmayada en brazos de sus amigas.

Reinaba una gran confusión: todos hablaban, gesticulaban, corrían de un lado á otro, bajaban á la fosa, subían, todos aturdidos y consternados.

—¿Quién es el muerto? ¿Vive todavía?—preguntaba el alférez.

Reconocieron en el cadáver al hombre amarillo que estaba de pie al lado del torno.

—¡Que procesen al maestro de obras!—fué lo primero que pudo decir el alcalde.

Examinaron el cadáver, pusieron la mano sobre el pecho, pero el corazón ya no latía. El golpe le había alcanzado en la cabeza y la sangre brotaba por las narices, boca y oídos. Vieron en el cuello unas huellas extrañas: cuatro depresiones profundas por un lado y una por el opuesto aunque algo más grande: al verlas se habría creído que una mano de acero le había cogido como una tenaza.

Los sacerdotes felicitaban calurosamente al joven, estrechaban su mano. El franciscano de aspecto humilde, que servía de Espíritu Santo al P. Dámaso, decía con ojos llorosos:

—¡Dios es justo, Dios es bueno!

—¡Cuando pienso que momentos antes estaba allí!—decía uno de los empleados á Ibarra,—¡digo! si llego á ser el último, ¡Jesús!

—¡A mí se me ponen los pelos de punta!—decía otro medio calvo.

—¡Y bueno que á usted le pasó eso y no á mí!—murmuraba tembloroso aún un viejo.

—¡Don Pascual!—exclamaron algunos españoles.

—Señores, decía eso porque el señor no se ha muerto: yo, si no salía aplastado, me habría muerto después con sólo pensar en ello.

Pero Ibarra ya estaba lejos enterándose del estado de María Clara.

—¡Que esto no impida que la fiesta continúe, señor de Ibarra!—decía el alcalde—¡alabado sea Dios! El muerto no es sacerdote, ni español. Hay que festejar su salvación de usted. ¡Mire que si le coge la piedra debajo!

—¡Hay presentimientos, hay presentimientos!—exclamaba el escribano;—yo ya lo decía: El señor Ibarra no bajaba á gusto. ¡Yo ya lo veía!

—¡El muerto es no más que un indio!

—¡Que siga la fiesta! ¡Música! ¡no resucita al muerto la tristeza! ¡Capitán, aquí se practicarán las diligencias!... ¡Que venga el directorcillo!... ¡Preso el maestro de obras!

—¡Al cepo con él!

—¡Al cepo! ¡Eh! ¡música, música! ¡Al cepo el maestrillo!

—Señor alcalde, repuso gravemente Ibarra: si la tristeza no ha de resucitar al muerto, menos lo conseguirá la prisión de un hombre sobre cuya culpabilidad nada sabemos. Yo salgo garante de su persona y pido su libertad por estos días al menos.

—¡Bien! ¡bien! pero ¡que no reincida!

Circulaban toda clase de comentarios. La idea del milagro era ya cosa admitida. Fr. Salví parecía, sin embargo, alegrarse poco del milagro, que á un santo de su corporación y de su parroquia atribuían.

No faltó también quien añadiera haber visto bajar al foso, mientras todo se desplomaba, una figura vestida de un traje oscuro como el de los franciscanos. No había duda: era el mismo San Diego. Súpose también que Ibarra había oído misa y el hombre amarillo nó; claro como la luz del sol.

—¿Ves? tú no querías oír misa,—decía una madre á su hijo;—si no te llego á pegar para obligarte, ahora irías tu al tribunal como ese, ¡en carreta!

En efecto el hombre amarillo ó su cadáver, envuelto en una estera, era conducido al tribunal.

Ibarra corría á su casa para mudarse.

—¡Mal comienzo, hum!—decía el viejo Tasio alejándose.

XXXIII. Libre Pensamiento

Estaba concluyendo Ibarra de arreglarse, cuando un criado le anunció que un campesino preguntaba por él.

Suponiendo fuese uno de sus trabajadores, ordenó le introdujesen en su despacho ó gabinete de estudio, biblioteca á la vez que laboratorio químico.

Pero con extrañeza vió allí la severa y misteriosa figura de Elías.

—Me habéis salvado la vida,—dijo éste en tagalo comprendiendo el movimiento de Ibarra;—os he pagado mi deuda á medias y no tenéis nada que agradecerme, antes al contrario. He venido para pediros un favor...

—¡Hablad!—contestó el joven en el mismo idioma, sorprendido de la gravedad de aquel campesino.

Elías fijó algunos segundos su mirada en los ojos de Ibarra y repuso:

—Cuando la justicia de los hombres quiera aclarar este misterio, os suplico no habléis á nadie de la advertencia que os hice en la iglesia.

—Descuidad,—contestó el joven con cierto tono de disgusto;—sé que os persiguen, pero yo no soy ningún delator.

—¡Oh, no es por mí, no es por mí!—exclamó con cierta viveza y altivez Elías;—es por vos: yo no temo nada de los hombres.

La sorpresa de nuestro joven se aumentó: el tono con que hablaba aquel campesino, antes piloto, era nuevo y no parecía estar en relación ni con su estado ni su fortuna.

—¿Qué queréis decir?—preguntó interrogando con sus miradas á aquel hombre misterioso.

—Yo no hablo por enigmas, procuro expresarme con claridad. Para mayor seguridad vuestra, es menester que os tengan por desprevenido y confiado vuestros enemigos.

Ibarra retrocedió.

—¿Mis enemigos? ¿Tengo enemigos?

—¡Todos los tenemos, señor, desde el más pequeño insecto hasta el hombre, desde el más pobre al más rico y poderoso! ¡La enemistad es la ley de la vida!

Ibarra miró en silencio á Elías.

—¡Vos no sois piloto ni campesino!...—murmuró.

—Tenéis enemigos en las altas y en las bajas esferas,—continuó Elías sin advertir las palabras del joven;—meditáis una empresa grande, tenéis un pasado, vuestro padre, vuestro abuelo han tenido enemigos, porque han tenido pasiones, y en la vida no son los criminales los que más odio provocan, sino los hombres honrados.

—¿Conocéis á mis enemigos?

Elías no contestó por de pronto y meditó.

—Conocí á uno, al que ha muerto, repuso. Ayer noche descubrí que él tramaba algo contra vos, por algunas palabras cambiadas con un desconocido que se perdió entre la multitud. «A éste no le comerán los peces como á su padre: lo veréis mañana», decía. Estas palabras llamaron mi atención no sólo por su sentido, sino por el que las pronunciaba, que hace días se había presentado al maestro de obras, con el deseo expreso de dirigir los trabajos de la colocación de la piedra, no pidiendo gran salario y haciendo gala de grandes conocimientos. Yo no tenía motivo suficiente para creer en su mala voluntad, pero algo en mí me decía que mis presunciones eran ciertas, y por esto escogí, para advertiros, un momento y una ocasión propios para que no me pudieseis hacer preguntas. Lo demás ya lo visteis.

Largo rato había callado ya Elías y aún no había contestado ni dicho una palabra Ibarra. Estaba meditabundo.

—¡Siento que ese hombre haya muerto!—repuso al fin;—¡de él se habría podido saber algo más!

—Si hubiese vivido se habría escapado de la temblorosa mano de la ciega justicia humana. ¡Dios le ha juzgado, Dios le ha matado, Dios sea el único Juez!

Crisóstomo miró un momento al hombre que así le hablaba, y descubriendo sus musculosos brazos, llenos de cardenales y grandes contusiones:

—¿Creéis también en el milagro?—dijo sonriendo;—¡ved el milagro de que habla el pueblo!

—Si creyese en milagros, no creería en Dios: creería en un hombre deificado, creería que efectivamente el hombre había criado á Dios á su imagen y semejanza,—contestó solemnemente:—pero yo creo en El; he sentido más de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando destrucción á cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujeté al criminal, me puse al lado suyo: él fué herido y yo estoy sano y salvo.

—¿Vos? ¿de manera que vos?...

—¡Sí! yo le sujeté cuando quería escaparse, una vez comenzada su obra fatal: yo vi su crimen. Y os digo: sea Dios el único juez entre los hombres, sea El el único que tenga derecho sobre la vida; ¡que el hombre no piense nunca en sustituirle!

—Y sin embargo, vos esta vez...

—¡No!—interrumpió Elías adivinando la objeción,—no es lo mismo. Cuando el hombre condena á los otros á muerte ó destruye para siempre su porvenir, lo hace á mansalva y dispone de la fuerza de otros hombres para ejecutar sus sentencias, que después de todo pueden ser equivocadas ó erróneas. Pero yo, al exponer al criminal en el mismo peligro que él ha preparado á los otros, participaba de los mismos riesgos. Yo no le maté, dejé que la mano de Dios le matara.

—¿No creéis en la casualidad?

—Creer en la casualidad es como creer en milagros: ambas cosas suponen que Dios desconoce el porvenir. ¿Qué es milagro? Una contradicción, un trastorno de las leyes naturales. Imprevisión y contradicción en la Inteligencia que dirige la máquina del mundo significan dos grandes imperfecciones.

—¿Quién sois?—volvió á preguntar Ibarra con cierto temor;—¿habéis estudiado?

—He tenido que creer mucho en Dios, porque he perdido la fe en los hombres,—contestó el piloto eludiendo la pregunta.

Ibarra creyó comprender á aquel joven perseguido: negaba la justicia humana, desconocía el derecho del hombre á juzgar á sus iguales, protestaba contra la fuerza y la superioridad de ciertas clases sobre las otras.

—Con todo, debéis admitir la necesidad de la justicia humana, por imperfecta que ella pueda ser,—repuso.—Dios, por más ministros que tenga en la tierra, no puede, es decir, no dice claramente su juicio para dirimir los millones de contiendas que suscitan nuestras pasiones. ¡Es menester, es necesario, es justo que el hombre juzgue alguna vez á sus semejantes!

—Sí, para hacer el bien, no el mal, para corregir y mejorar, no para destruir, porque si fallan sus juicios, él no tiene el poder de remediar el mal que ha hecho. Pero, añadió cambiando de tono, esta discusión está por encima de mis fuerzas, y os entretengo ahora que os esperan. No olvidéis lo que yo os acabo de decir: tenéis enemigos; conservaos para el bien de vuestro país.

Y se despidió.

—¿Cuándo os volveré á ver?—preguntó Ibarra.

—Siempre que queráis y siempre que os pueda ser útil. ¡Aún soy vuestro deudor!

XXXIV. La comida

Allá bajo el adornado kiosco comían los grandes hombres de la provincia.

El alcalde ocupaba un extremo de la mesa; Ibarra, el otro. A la derecha del joven se sentaba María Clara, y el escribano á su izquierda. Capitán Tiago, el alférez, el gobernadorcillo, los frailes, los empleados y las pocas señoritas que se habían quedado se sentaban, no según el rango, sino según sus aficiones.

La comida era bastante animada y alegre, pero, á la mitad de ella, vino un empleado de telégrafos en busca de Cpn. Tiago, trayendo un parte. Capitán Tiago pide naturalmente permiso para leerlo, y naturalmente todos se lo suplican.

El digno Capitán frunce primero las cejas, después las levanta: su rostro palidece, se ilumina y, doblando precipitadamente el pliego y levantándose:

—¡Señores,—dice azorado,—S. E. el Capitán general viene esta tarde á honrar mi casa!

Y echa á correr llevándose el parte y la servilleta, pero sin sombrero, acosado por exclamaciones y preguntas.

El anuncio de la venida de los tulisanes no habría producido más efecto.

—¡Pero oiga usted!—¿Cuándo viene?—¡Cuéntenos usted!—¡Su Excelencia!

Capitán Tiago ya estaba lejos.

—¡Viene S. E. y se hospeda en casa de Cpn. Tiago!—exclaman algunos sin considerar que allí estaban la hija y el futuro yerno.

—¡La elección no podía ser mejor!—repuso éste.

Los frailes se miran unos á otros; la mirada quería decir: «El Capitán general comete una de las suyas; nos ofende»; piensan así, se callan y nadie expresa su pensamiento.

—Ya me habían hablado de eso ayer,—dice el alcalde,—pero entonces S. E. no estaba aún decidido.

—¿Sabe V. E, señor alcalde, cuánto tiempo piensa el Capitán general quedarse aquí?—pregunta inquieto el alférez.

—Con certeza no; á S. E. le gusta dar sorpresas.

—¡Aquí vienen otros partes!

Eran para el alcalde, el alférez y el gobernadorcillo, anunciando lo mismo: los frailes notan bien que ninguno va dirigido al cura.

—¡S. E. llegará á las cuatro de la tarde, señores!—dice el alcalde solemnemente;—podemos comer con tranquilidad!

Mejor no podía haber dicho Leonidas en las Termópilas: «¡Esta noche cenaremos con Plutón!»

La conversación volvió á tomar su curso ordinario.

—¡Noto la ausencia de nuestro gran predicador!—dice tímidamente uno de los empleados, de aspecto inofensivo, que no había abierto la boca hasta el momento de comer y hablaba ahora por primera vez en toda la mañana.

Todos los que sabían la historia del padre de Crisóstomo hicieron un movimiento y un guiño que querían decir: «¡Ande usted! ¡Al primer tapón zurrapas!» pero algunos más benévolos contestaron:

—Debe usted estar algo cansado...

—¿Qué algo?—exclama el alférez;—rendido debe estar y, como dicen por aquí, malunqueado. ¡Cuidado con la plática!

—¡Un sermón soberbio, gigante!—dice el escribano.

—¡Magnífico, profundo!—añade el corresponsal.

—Para poder hablar tanto, se necesita tener los pulmones que él tiene,—observa el P. Manuel Martín.

El agustino no le concedía más que pulmones.

—Y la facilidad de expresarse,—añade el P. Salví.

—¿Saben ustedes que el señor de Ibarra tiene el mejor cocinero de la provincia?—dice el alcalde cortando la conversación.

—Eso decía, pero su hermosa vecina no quiere honrar la mesa, pues apenas prueba bocado,—repuso uno de los empleados.

María Clara se ruborizó.

—Doy gracias al señor ... se ocupa demasiado de mi persona,—balbuceó tímidamente,—pero...

—Pero que la honra usted bastante con sola su asistencia,—concluyó el galante alcalde, y volviéndose al P. Salví:

—Padre cura,—añadió en voz alta,—noto que todo el día está V. R. callado y pensativo...

—¡El señor alcalde es un terrible observador!—exclama el P. Sibyla en un tono particular.

—Esa es mi costumbre,—balbucea el franciscano;—me gusta más oir que hablar.

—¡V. R. atiende siempre á ganar y no perder!—dice en tono de broma el alférez.

El P. Salví no tomó la cosa á broma: su mirada brilló un momento y replicó:

—¡Ya sabe bien el señor alférez que estos días no soy yo el que más gana ó pierde!

El alférez disimuló el golpe con una falsa risa y no se dió por aludido.

—Pero, señores, yo no comprendo cómo se puede hablar de ganancias ó pérdidas,—interviene el alcalde;—¿qué pensarían de nosotros esas amables y discretas señoritas, que nos honran con su presencia? Para mí, las jóvenes son como las arpas eólicas en medio de la noche: hay que escucharlas y prestar atento oído, para que sus inefables armonías, que elevan al alma á las celestiales esferas de lo infinito y de lo ideal...

—¡V. E. está poetizando!—dice alegremente el escribano, y ambos apuran la copa.

—No puedo menos,—dice el alcalde limpiándose los labios;—la ocasión, si no siempre hace al ladrón, hace al poeta. En mi juventud compuse versos, y por cierto, no malos.

—¡De modo que V. E. ha sido infiel á las musas por seguir á Temis!—dice enfáticamente nuestro mítico ó mitólogo corresponsal.

—¡Psh! ¿qué quiere usted? Recorrer toda la escala social fué siempre mi sueño. Ayer recogía flores y entonaba cantos, hoy empuño la vara de la justicia y sirvo á la humanidad, mañana...

—Mañana arrojará V. E. la vara al fuego para calentarse con ella en el invierno de la vida y tomará una cartera de ministro,—añade el P. Sibyla.

—¡Psh! sí... no... ser ministro no es precisamente mi bello ideal: cualquier advenedizo lo llega á ser. Una villa en el norte para pasar el verano, un hotel en Madrid y unas posesiones en Andalucía para el invierno... ¡Viviremos acordándonos de nuestra querida Filipinas!... De mí no dirá Voltaire: Nous n’avons jamais été chez ces peuples que pour nous y enrichir et pour les calomnier.

Los empleados creyeron que S. E. había dicho una gracia y se echaron á reir celebrándola; los frailes los imitaron, pues no sabían que Volter era el Voltaïré tantas veces maldecido por ellos y puesto en el infierno. Sin embargo el P. Sibyla lo sabía y se puso serio, suponiendo que el alcalde había dicho una herejía ó impiedad.

En el otro kiosco comían los niños, presididos por su maestro. Para ser chicos filipinos hacían bastante ruido, pues generalmente en la mesa y delante de otras personas pecan más de cortos que de sueltos. Aquel que equivocaba el uso de los cubiertos era corregido por el vecino; de aquí surgía una discusión y ambos encontraban partidarios: quienes optaban por la cuchara, quienes por el tenedor ó el cuchillo, y como no consideraban á nadie como una autoridad, allí se armaba la de Dios es Cristo ó, más claramente, una discusión de teólogos.

Los padres se guiñaban, se codeaban, se hacían señas y en sus sonrisas se podía leer que eran felices.

—¡Ya!—decía una campesina á un viejo que trituraba buyo en su kalíkut;—por más que mi marido no quiera mi Androy será sacerdote. Somos en verdad pobres, pero ya trabajaremos, y si fuese necesario, pediremos limosna. No falta quien dé dinero para que los pobres puedan ordenarse. ¿No dice el hermano Mateo, hombre que no miente, que el Papa Sixto era un pastor de carabaos en Batangas? ¡Pues mirad á mi Andoy, miradle si no tiene ya la cara de San Vicente!

Y á la buena madre se le hacía agua la boca viendo á su hijo coger el tenedor con ambas manos.

—¡Dios nos ayude!—añade el viejo mascando el sapá;—si Andoy llega á ser papa, nos iremos á Roma, ¡jejé! todavía puedo andar bien. Y si me muero... ¡jejé!

—¡Perded cuidado, abuelo! Andoy no se olvidará de que le habéis enseñado á tejer cestos de caña y dikines.

—Tienes razón, Petra; yo también creo que tu hijo será gran cosa ... cuando menos patriarca. ¡No he visto otro que en menos tiempo haya aprendido el oficio! Ya, ya se acordará de mí cuando Papa ú obispo se entretenga en hacer cestos para su cocinera. Ya dirá misas por mi alma, ¡jejé!

Y el buen anciano, con esta esperanza, cargó de lleno su kalíkut con mucho buyo.

—Si Dios oye mis ruegos y mis esperanzas se cumplen, diré á Andoy: Hijo, quítanos á todos los pecados y mándanos al cielo. Ya no tendremos necesidad de rezar, ayunar, ni comprar bulas. ¡Quien tiene un hijo santo Papa ya puede cometer pecados!

—Envíale mañana á casa, Petra,—dice entusiasmado el viejo;—le voy á enseñar á labrar el nitô!

—¡Hum! ¡abá! ¿Qué creéis, abuelo? ¿Pensáis que los curas mueven todavía las manos? ¡El cura, con ser no más que cura, sólo trabaja en la misa... cuando da vueltas! El arzobispo ya no da vueltas, dice la misa sentado; con que el Papa... el Papa la dirá en la cama, con abanico!... ¿Qué os figurábais?

—No está de más, Petra, que él sepa cómo se prepara el nitô. Bueno es que pueda vender salakots y petacas para no tener que pedir limosna, como lo hace aquí todos los años el cura en nombre del Papa. Me da compasión ver un santo pobre y doy siempre lo que economizo.

Acercóse otro campesino diciendo:

—¡Está decidido, cumare, mi hijo ha de ser doctor; no hay como ser doctor!

—¡Doctor! callaos, cumpare,—contesta la Petra;—¡no hay como ser cura!

—¿Cura? ¡brr! ¿cura? ¡El doctor cobra mucho dinero, los enfermos le veneran, cumare!

—¡Por favor! El cura, con dar tres ó cuatro vueltas, y decir déminos pabiscum, come á Dios y recibe dinero. Todos, hasta las mujeres le cuentan sus secretos!

—Y ¿el doctor? Pues ¿qué creéis que es el doctor? El doctor ve todo lo que tenéis las mujeres, toma el pulso á las dalagas... ¡Yo sólo quisiera ser doctor una semana!

—Y ¿el cura? ¿acaso el cura no ve también lo que vuestro doctor? ¡Y todavía mejor! ya sabéis el refrán: gallina gorda y pierna redonda para el cura.

—¿Pues qué? ¿comen los médicos sardinas secas? ¿se lastiman los dedos comiendo sal?

—¿Se ensucia el cura la mano como vuestros médicos? Para eso tiene grandes haciendas, y cuando trabaja, trabaja con música y le ayudan los sacristanes.

—¿Y el confesar, cumare? ¿No es un trabajo?

—¡Vaya un trabajo! ¡Ya quisierais estar confesando á todo el mundo! Con que trabajamos y sudamos para averiguar qué hacen los hombres y las mujeres, qué nuestros vecinos! El cura no hace más que sentarse, y todo se lo cuentan; á veces se duerme, pero suelta dos ó tres bendiciones y somos otra vez hijos de Dios! ¡Yo quisiera ser cura en una tarde de cuaresma!

—Y ¿el... el predicar? eso no me diréis que no es trabajo. ¡Ved, si no, cómo sudaba esta mañana el cura grande!—objetaba el hombre, que sentía batirse en retirada.

—¿El predicar? ¿Un trabajo el predicar? ¿Dónde tenéis el juicio? ¡Ya quisiera yo estar hablando medio día, desde el púlpito, regañando y riñendo á todos, sin que ninguno se atreva á replicar, y pagándome por ello todavía! ¡Ya quisiera yo ser cura no más que una mañana cuando estén oyendo misa los que me deben! ¡Ved, ved no más al padre Dámaso cómo engorda de tanto reñir y pegar!

En efecto venía el padre Dámaso con el andar de hombre gordo, medio sonriendo, pero de una manera tan maligna, que Ibarra al verle perdió el hilo de su discurso.

El padre Dámaso fué saludado, si bien con cierta extrañeza, con muestras de alegría por todos, menos por Ibarra. Estaban ya en los postres y el champaña espumaba en las copas.

La sonrisa del padre Dámaso se hizo nerviosa cuando vió á María Clara sentada á la derecha de Crisóstomo; pero, tomando una silla al lado del alcalde, preguntó en medio de un silencio significativo:

—¿Se hablaba de algo, señores? ¡continúen ustedes!

—Se brindaba,—contestó el alcalde.—El señor de Ibarra mencionaba á cuantos le habían ayudado en su filantrópica empresa y hablaba del arquitecto, cuando V. R...

—Pues yo no entiendo de arquitectura,—interrumpió el padre Dámaso,—pero me río de los arquitectos y de los bobos que á ellos acuden. Ahí está: yo tracé el plano de esa iglesia, y está construída perfectamente: así me lo dijo un joyero inglés que se hospedó un día en el convento. ¡Para trazar un plano basta tener dos dedos de frente!

—Sin embargo,—repuso el alcalde viendo que Ibarra se callaba,—cuando ya se trata de ciertos edificios, por ejemplo, como esta escuela, necesitamos un perito!...

—¡Qué perito ni qué peritas!—exclama con burla el padre Dámaso.—¡Quien necesite de peritos es un perrito! ¡Hay que ser más bruto que los indios, que se levantan sus propias casas, para no saber hacer construir cuatro paredes y ponerles un tapanco encima, que es todo una escuela!

Todos miraron hacia Ibarra, pero éste, si bien se puso pálido, siguió como conversando con María Clara.

—Pero considere V. R...

—Vea usted,—continúa el franciscano no dejando hablar al Alcalde,—vea V. cómo un lego nuestro, el más bruto que tenemos, ha construído un hospital bueno, bonito y barato. Hacía trabajar bien y no pagaba más que ocho cuartos diarios á los que tenían aún que venir de otros pueblos. Ese sabía tratarlos, no como chiflados y mesticillos, que los echan á perder pagándoles tres ó cuatro reales.

—¿Dice V. R. que sólo pagaba ocho cuartos? ¡Imposible!—dice el alcalde para cambiar el curso de la conversación.

—Sí, señor, y eso debían imitar los que se precian de buenos españoles. Ya se ve, desde que el canal de Suez se ha abierto, la corrupción ha venido acá. ¡Antes, cuando teníamos que doblar el Cabo, ni venían tantos perdidos, ni iban allá otros á perderse!

—Pero ¡padre Dámaso!...

—Usted ya conoce lo que es el indio: tan pronto como aprende algo, la echa de doctor. Todos esos mocosos que se van á Europa...

—Pero ¡oiga V. R...!—interrumpía el alcalde, que se inquietaba por lo agresivo de aquellas palabras.

—Todos van á acabar como merecen,—continúa el fraile; la mano de Dios se ve en medio, se necesita estar ciego para no verlo. Ya en esta vida reciben el castigo los padres de semejantes víboras... se mueren en la cárcel ¡je je! como si dijéramos, no tienen donde...

Pero no concluyó la frase. Ibarra, lívido, le había estado siguiendo con la vista; al oir la alusión á su padre, se levantó y de un salto, dejó caer su robusta mano sobre la cabeza del sacerdote, que cayó de espaldas atontado.

Llenos de sorpresa y terror, ninguno se atrevió á intervenir.

—¡Lejos!—gritó el joven con voz terrible,—y extendió su mano á un afilado cuchillo mientras sujetaba con el pie el cuello del fraile, que volvía de su atolondramiento;—¡el que no quiera morir que no se acerque!

Ibarra estaba fuera de sí: su cuerpo temblaba, sus ojos giraban en sus órbitas amenazadores. Fray Dámaso, haciendo un esfuerzo, se levantó, pero él, cogiéndole del cuello le sacudió hasta ponerle de rodillas y doblarle.

—¡Señor de Ibarra! ¡Señor de Ibarra!—balbucearon algunos.

Pero ninguno, ni el mismo alférez, se atrevía á acercarse viendo el cuchillo brillar, calculando la fuerza y el estado de ánimo del joven. Todos se sentían paralizados.

—¡Vosotros, ahí! vosotros os habéis callado, ahora me toca á mí. Yo lo he evitado. Dios me lo trae, ¡juzgue Dios!

El joven respiraba trabajosamente, pero con brazo de hierro seguía sujetando al franciscano, que en vano pugnaba por desasirse.

—Mi corazón late tranquilo, mi mano va segura...

Y mirando al rededor suyo:—Antes, ¿hay entre vosotros alguno, alguno que no haya amado á su padre, que haya odiado su memoria, alguno nacido en la vergüenza y la humillación?... ¿Ves? ¿oyes ese silencio? Sacerdote de un Dios de paz, que tienes la boca llena de santidad y religión, y el corazón de miserias, tú no debiste conocer lo que es un padre... ¡hubieras pensado en el tuyo! ¿Ves? ¡Entre esa multitud que tú desprecias no hay uno como tú! ¡Estás juzgado!

La gente que le rodeaba, creyendo que iba á cometer un asesinato, hizo un movimiento.

—¡Lejos!—volvió á gritar con voz amenazadora;—¡qué! ¿teméis que manche mi mano en sangre impura? ¿No os he dicho que mi corazón late tranquilo? ¡Lejos de nosotros! ¡Oid, sacerdotes, jueces, que os creeis otros hombres y os atribuís otros derechos! Mi padre era un hombre honrado; preguntadlo á ese pueblo que venera su memoria. Mi padre era un buen ciudadano: se ha sacrificado por mí y por el bien de su país. ¡Su casa estaba abierta, su mesa dispuesta para el extranjero ó el desterrado que acudía á él en su miseria! Era buen cristiano: ha hecho siempre el bien y jamás oprimió al desvalido, ni acongojó al miserable... A éste le ha abierto las puertas de su casa, le ha hecho sentarse en su mesa y le ha llamado su amigo. ¿Cómo ha correspondido? Le ha calumniado, perseguido, ha armado contra él á la ignorancia, valiéndose de la santidad de su cargo; ha ultrajado su tumba, deshonrado su memoria y le ha perseguido en el mismo reposo de la muerte. Y, no contento con esto, ¡persigue al hijo ahora! Yo le he huído, he evitado su presencia... Vosotros le oisteis esta mañana profanar el púlpito, señalarme al fanatismo popular, y yo me he callado. Ahora viene aquí á buscarme querella; he sufrido en silencio con sorpresa vuestra; pero insulta de nuevo la memoria más sagrada para todos los hijos... Vosotros los que estáis aquí, sacerdotes, jueces, ¿vísteis á vuestro anciano padre desyelarse trabajando para vosotros, separarse de vosotros para vuestro bien, morir de tristeza en una prisión, suspirando por poderos abrazar, buscando un sér que le consuele, solo, enfermo, mientras vosotros en el extranjero?... ¿Oisteis después deshonrar su nombre, hallasteis su tumba vacía cuando quisisteis orar sobre ella? ¿No? ¡Os calláis, luego le condenáis!

Levantó el brazo; pero una joven, rápida como la luz, se puso en medio y con sus delicadas manos detuvo el brazo vengador: era María Clara.

Ibarra la miró con una mirada que parecía reflejar la locura. Poco á poco se aflojaron los crispados dedos de sus manos dejando caer el cuerpo del franciscano y el cuchillo, y cubriéndose la cara huyó al través de la multitud.

XXXV. Comentarios

Pronto se divulgó el acontecimiento en el pueblo. Al principio nadie lo quería creer, pero, teniendo que ceder á la realidad, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa.

Cada cual según el grado de su elevación moral hacía sus comentarios.

—¡El padre Dámaso está muerto!—decían algunos;—cuando le levantaron, tenía toda la cara bañada en sangre y no respiraba.

—¡Descanse en paz, pero no ha hecho más que saldar su deuda!—exclamaba un joven.—Mirad que lo que ha hecho esta mañana en el convento no tiene nombre.

—¿Qué ha hecho? ¿Ha vuelto á pegar al coadjutor?

—¿Qué ha hecho? ¡A ver! Cuéntanoslo.

—¿Habéis visto esta mañana á un mestizo español salir por la sacristía durante el sermón?

—¡Sí! sí que le vimos. El padre Dámaso se fijó en él.

—Bueno... después del sermón, le hizo llamar y le preguntó por qué había salido. «No entiendo el tagalo, padre», contestó, «Y ¿por qué te has burlado diciendo que aquello era griego?» le gritó el padre Dámaso, dándole un bofetón. El joven contestó, y anduvieron los dos á puñetazos hasta que los separaron.

—Si me ocurriese eso...—murmuró entre dientes un estudiante.

—No apruebo la acción del franciscano,—repuso otro,—pues la religión no se debe imponer á nadie como un castigo ó una penitencia; pero casi lo celebro porque conozco á ese joven, sé que es de San Pedro Macati, y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tengan por recién venido de Rusia y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.

—Entonces, ¡Dios los cría y ellos se pegan!

—Sin embargo debemos protestar contra el hecho,—exclamaba otro estudiante;—callarse sería asentir y lo sucedido puede repetirse en cualquiera de nosotros. ¡Volvemos á los tiempos de Nerón!

—¡Te equivocas!—le replicaba otro.—¡Nerón era un gran artista y el P. Dámaso un pésimo predicador!

Los comentarios de las personas de edad eran otros.

Mientras esperaban la llegada del capitán general en una casita fuera del pueblo, decía el gobernadorcillo:

—Decir quién tiene y quién no tiene razón, no es cosa fácil; sin embargo, si el señor Ibarra hubiese guardado más prudencia...

—¿Si el padre Dámaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del señor Ibarra, queriais decir probablemente?—interrumpía don Filipo.—El mal está en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado como un viejo, y el viejo como un joven.

—Y ¿decís que ninguno se movió, ninguno acudió á separarlos, fuera de la hija de Cpn. Tiago?—pregunta capitan Martín.—¿Ninguno de los frailes, ni el alcalde? ¡Hum! ¡Peor que te peor! No quisiera estar en la pelleja del joven. Nadie le podrá perdonar el haberle tenido miedo. ¡Peor que te peor, hum!

—¿Lo creeis?—pregunta con interés capitán Basilio.

—Espero,—dice don Filipo cambiando con éste una mirada,—que el pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia ha hecho y en lo que está haciendo ahora. Y si acaso, acobardado, el pueblo se calla, sus amigos...

—Pero, señores,—interrumpe el gobernadorcillo,—¿qué podemos hacer nosotros? ¿qué puede hacer el pueblo? Suceda lo que suceda, los frailes siempre tienen razón.

—Tienen siempre razón, porque nosotros siempre se la damos,—contesta don Filipo con impaciencia recargando el acento en la palabra «siempre»;—¡démonosla una vez y entonces hablaremos!

El gobernadorcillo se rascó la cabeza y mirando al techo repuso con voz agria:

—¡Ay! ¡el calor de la sangre! Parece que no sabéis aún en qué país estamos; no conocéis á nuestros paisanos. Los frailes son ricos y están unidos, y nosotros divididos y pobres. ¡Sí! tratad de defenderle y veréis cómo os dejan solo en el compromiso.

—¡Sí!—exclama D. Filipo con amargura,—eso sucederá, mientras se piense así, mientras miedo y prudencia sean sinónimos. Se atiende más á un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el miedo y no la confianza; cada cual piensa en sí solo, nadie en los demás; por eso todos somos débiles.

—¡Pues bien, pensad en los otros antes que en vos mismo y veréis cómo os dejan colgado!—¿No sabéis el refrán español: la caridad bien entendida empieza por sí mismo?

—¡Mejor diríais—contesta exasperado el teniente mayor—que la cobardía bien entendida empieza por el egoísmo y acaba por la vergüenza! Ahora mismo presento mi dimisión al alcalde; harto estoy de pasar por ridículo sin ser á nadie útil... ¡Adiós!

Las mujeres opinaban de otra manera.

—¡Ay!—suspiraba una mujer de expresión bondadosa;—los jóvenes siempre serán así. Si viviese su buena madre, ¿qué diría? ¡Ay, Dios! Cuando pienso que otro tanto puede pasarle á mi hijo, que también tiene la cabeza caliente... ¡ay, Jesús! casi le tengo envidia á su difunta madre ... me moriría de pena.

—Pues yo no,—contestaba otra mujer;—no me daría pena si tal pasase á mis dos hijos.

—¿Qué decís, capitana María?—exclamaba la primera juntando las manos.

—Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, capitana Tinay; ¿qué diríais si un día, viuda, oyéseis hablar de vuestro marido, y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?

—¡Yo le negaría mi bendición!—exclama una tercera, la hermana Rufa,—pero...

—¡Negarle la bendición, jamás!—interrumpe la bondadosa capitana Tinay,—una madre no debe decir eso ... pero yo no sé lo que haría ... no sé ... creo que me moriría ... le ... ¡no! ¡Dios mío! pero no querría verle más ... pero ¿qué pensamientos tenéis, capitana María?

—Con todo,—añadía hermana Rufa,—no hay que olvidar que es un gran pecado poner la mano sobre una persona sagrada.

—¡La memoria de los padres es más sagrada!—replica capitana María. ¡Ninguno, ni el Papa, y menos el padre Dámaso puede profanar tan santa memoria!

—¡Es verdad!—murmuraba capitana Tinay admirando la sabiduría de ambas;—¿de dónde sacáis tan buenas razones?

—Pero y ¿la excomunión y la condenación?—replicaba la Rufa.—¿Qué son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos condenamos? Todo pasa pronto ... pero la excomunión ... ultrajar á un ministro de Jesucristo... ¡eso no lo perdona nadie más que el Papa!

—¡Lo perdonará Dios que manda honrar padre y madre; Dios no le excomulgará! Y yo os digo: si ese joven viene á mi casa, yo le recibo y hablo con él; si tuviese una hija, le querría por yerno: ¡el que es buen hijo será buen marido y buen padre, creedlo, hermana Rufa!

—Pues yo no pienso así; decid lo que queráis, y aunque parezca que tengáis razón, siempre le creeré más al cura. Ante todo, salvo yo mi alma, ¿qué decís, capitana Tinay?

—¡Ah! ¡qué queréis que diga! Ambas tenéis razón; el cura la tiene, ¡pero Dios también la debe tener! Yo no sé, no soy más que una tonta... ¡Lo que voy á hacer es decirle á mi hijo que no estudie más! Dicen que los sabios mueren ahorcados. ¡María Santísima! ¡mi hijo que quería ir á Europa!

—¿Qué pensáis hacer?

—Decirle que se queda á mi lado; ¿para qué saber más? Mañana ó pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante ... la cuestión es vivir en paz.

Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.

—Pues yo,—decía gravemente la capitana María,—si fuese rica como vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser hombres ... yo ya he de vivir poco ... nos veríamos en la otra vida ... los hijos deben aspirar á ser algo más que sus padres, y en nuestros senos sólo les enseñamos á ser niños.

—¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis!—exclamaba espantada capitana Tinay, juntando las manos;—¡parece que no habéis parido con dolor á vuestros gemelos!

—Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado á pesar de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me han costado, sean no más que medio hombres...

—¡Me parece que no amáis á vuestros hijos como Dios manda!—dice en tono algo severo hermana Rufa.

—Perdonad, cada madre ama á sus hijos á su manera: unas los aman para sí, otras por sí, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas últimas; mi marido así me lo ha enseñado.

—Todos vuestros pensamientos, capitana María,—dice la Rufa como predicando,—son poco religiosos: haceos hermana del Santísimo Rosario, de San Francisco, de Santa Rita ó Santa Clara!

—¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de ser hermana de los santos,—contestaba la otra sonriendo.

Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos, nos iremos á la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos, veremos allí á un conocido nuestro, el hombre que soñaba con los doctores en medicina.

—¡Lo que más siento,—decía éste,—es que la escuela ya no se termina!

—¿Cómo? ¿cómo?—preguntaban los circunstantes con interés.

—¡Mi hijo ya no será doctor, sino carretero! ¡Nada! ¡Ya no habrá escuela!

—Quién dice que ya no habrá escuela?—pregunta un rudo y robusto aldeano, de anchas quijadas y estrecho cráneo.

—¡Yo! Los padres blancos han llamado á don Crisóstomo plibastiero. ¡Ya no hay escuela!

Todos se quedaron preguntándose con la mirada. El nombre era nuevo para ellos.

—Y ¿es malo ese nombre?—se atreve al fin á preguntar el rudo aldeano.

—¡Lo peor que un cristiano puede decir á otro!

—¿Peor que tarantado y saragate?

—¡Si no fuese más que eso! Me lo han llamado varias veces así, y ni siquiera me ha dolido el estómago.

—¡Vamos, no será peor que indio, que dice el alférez!

El que va á tener un hijo carretero se pone más sombrío; el otro se rasca la cabeza y piensa.

—¡Entonces será como betelopora, que dice la vieja del alférez! Peor que eso es escupir en la hostia.

—Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes santo,—contestaba gravemente.—Ya os acordáis de la palabra ispichoso, que bastaba aplicar á un hombre para que los civiles de Villa-Abrille se le llevasen al desierto ó á la cárcel; pues plebestiero es mucho peor. Según decían el telegrafista y el directorcillo, plibestiro dicho por un cristiano, un cura ó un español á otro cristiano como nosotros parece santusdeus con requimiternam: si te llaman una vez plibustiero, ya puedes confesarte y pagar tus deudas, pues no te queda más remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo y el telegrafista deben estar enterados: el uno habla con alambres y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.

Todos estaban aterrados.

—¡Que me obliguen á ponerme zapatos y no beber en toda mi vida más que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo llamar pelbistero!—jura cerrando sus puños el aldeano.—¿Quién? ¡Yo, rico como don Crisóstomo, sabiendo el español como él, y pudiendo comer aprisa con cuchillo y cuchara, me río de cinco curas!

—¡Al primer civil que vea yo robando gallinas, le llamo palabistiero..... y me confesaré en seguida!—murmura en voz muy baja, alejándose del grupo, uno de los campesinos.

XXXVI. La primera nube

En casa de capitán Tiago reinaba menos confusión que en la imaginación de la gente. María Clara no hacía más que llorar y no escuchaba las palabras de consuelo de su tía, y de Andeng, su hermana de leche. Le había prohibido su padre que hablase con Ibarra hasta tanto que los sacerdotes no le absolviesen de la excomunión.

Capitán Tiago, que estaba muy ocupado preparando su casa para recibir dignamente al capitán general, había sido llamado al convento.

—No llores, hija,—decía tía Isabel pasando la gamuza sobre las brillantes lunas de los espejos;—ya le retirarán la excomunión, ya escribirán al Santo Papa ... haremos una grande limosna... ¡El padre Dámaso no ha tenido más que un desmayo ... no ha muerto!

—No llores,—le decía Andeng en voz baja;—ya haré yo que le hables: ¿para qué han hecho los confesonarios, si no es para pecar? ¡Todo se perdona con decirlo al cura!

¡Por fin, capitán Tiago llegó! Ellas buscaron en su cara la respuesta á muchas preguntas; pero la cara de capitán Tiago anunciaba el desaliento. El pobre hombre sudaba, se pasaba la mano por la frente y no conseguía articular una palabra.

—¿Qué hay, Santiago?—pregunta ansiosa la tía Isabel.

Este contesta con un suspiro, enjugándose una lágrima.

—¡Por Dios, habla! ¿Qué pasa?

—¡Lo que yo ya me temía!—prorrumpe al fin medio llorando.—¡Todo está perdido! ¡El padre Dámaso manda que rompa el compromiso, de lo contrario me condeno en esta vida y en la otra! Todos me dicen lo mismo, ¡hasta el padre Sibyla! Debo cerrarle las puertas de mi casa y... ¡le debo más de cincuenta mil pesos! He dicho esto á los padres, pero no han querido hacerme caso: ¿Qué prefieres perder, me decían, cincuenta mil pesos ó tu vida y tu alma? ¡Ay, San Antonio! ¡si lo hubiese sabido, si lo hubiese sabido!

María Clara sollozaba.

—No llores, hija mía,—añadía volviéndose á ésta; tú no eres como tu madre que no lloraba nunca..... no lloraba más que por antojos... El padre Dámaso me ha dicho que ha llegado ya un pariente suyo de España ... y te lo destina por novio...

María Clara se tapó los oídos.

—Pero, Santiago, ¿estás loco?—le gritó tía Isabel;—¡hablarle de otro novio ahora! ¿Crees que tu hija muda de novios como de camisa?

—Eso mismo pensaba yo, Isabel; don Crisóstomo es rico ... los españoles sólo se casan por amor al dinero ... pero ¿qué quieres que haga? Me han amenazado con otra excomunión..... dicen que corre gran peligro no sólo mi alma sino también el cuerpo..... el cuerpo, ¿oyes? ¡el cuerpo!

—¡Pero tú no haces más que desconsolar á tu hija! ¿No es amigo tuyo el arzobispo? ¿Por qué no le escribes?

—El arzobispo también es fraile, el arzobispo no hace más que lo que los frailes le dicen. Pero, María, no llores; vendrá el Capitán general, querrá verte y tus ojos estarán encarnados..... ¡Ay! yo que pensaba pasar una tarde feliz... sin esta gran desgracia sería el más feliz de los hombres y todos me tendrían envidia..... ¡Cálmate, hija mía: yo soy más desgraciado que tú y no lloro! ¡Tú puedes tener otro novio mejor, pero yo, yo pierdo cincuenta mil pesos! ¡Ay, Virgen de Antipolo, si esta noche al menos tuviese suerte!

Detonaciones, rodar de coches, galope de caballos, música tocando la marcha real anunciaron la llegada de S. E. el Gobernador general de las Islas Filipinas. María Clara corrió á esconderse en su alcoba... ¡Pobre joven! juegan con tu corazón groseras manos que no conocen sus delicadas fibras.

Mientras la casa se llenaba de gente, y fuertes pasos, voces de mando, ruidos de sables y espuelas resonaban por todas partes, la atribulada joven yacía medio arrodillada delante de una estampa de la Virgen, que la representaba en aquella actitud de dolorosa soledad, sólo sentida por Delaroche, como si la hubiese sorprendido al volver del sepulcro de su Hijo. María Clara no pensaba en el dolor de aquella madre, pensaba en el suyo propio. Con la cabeza doblada sobre el pecho y las manos apoyadas contra el suelo, parecía el tallo de una azucena doblado por la tempestad. ¡Un porvenir soñado y acariciado durante años, cuyas ilusiones, nacidas en la infancia y crecidas con la juventud, daban forma á las células de su organismo, querer borrarlo ahora, con una sola palabra, de la mente y del corazón! ¡Tanto valía paralizar los latidos de uno y privar á la otra de su luz!

María Clara era tan buena y piadosa cristiana, como amante hija. No sólo le arredraba la excomunión: el mandato y la amenazada tranquilidad de su padre le exigen ahora el sacrificio de sus amores. Sentía ella toda la fuerza de aquel afecto que hasta entonces no sospechaba. Era una vez un río que se deslizaba mansamente; fragantes flores alfombraban sus orillas, y su lecho lo formaba fina arena. Su corriente apenas rizaba el viento; habríase dicho al verle que se remansaba. Pero de repente se estrecha el cauce, ásperas rocas le cierran el paso, añosos troncos se atraviesan formando dique, ¡ah! ¡entonces ruge el río, se levanta, hierven las olas, sacude penachos de espuma, bate las rocas y se lanza al abismo!

Quería orar, pero ¿quién ora en la desesperación? Se ora cuando se espera, y cuando no, y nos dirigimos á Dios, sólo exhalamos quejas.—«¡Dios mío! gritaba su corazón, ¿por qué separar así á un hombre, por qué negarle el amor de los demás? Tú no le niegas tu sol, ni tu aire, ni le ocultas la vista de tu cielo, ¿por qué negarle el amor, cuando sin cielo, sin aire y sin sol se puede vivir, pero sin amor jamás?»

¿Llegarían al trono de Dios esos gritos que no oyen los hombres? ¿los oiría la Madre de los desgraciados?

¡Ay! la pobre joven, que no había conocido una madre, se atrevía á confiar estos pesares que causan los amores de la tierra á aquel corazón purísimo, que sólo había conocido el amor de hija y el de madre: ella en sus tristezas acudía á esa imagen divinizada de la mujer, la idealización más hermosa de la más ideal de las criaturas, á esa creación poética del Cristianismo, que reune en sí los dos más bellos estados de la mujer, virgen y madre, sin tener sus miserias, y á quien llamamos María.

—¡Madre, madre!—gemía.

Tía Isabel vino á sacarla de su dolor. Habían llegado algunas amigas y el Capitán general deseaba hablarle.

—¡Tía, decid que estoy enferma!—suplicó la joven espantada;—¡me van á hacer tocar el piano y cantar!

—Tu padre lo ha prometido, ¿vas á dejar dar un feo á tu padre?

María Clara se levantó, miró á su tía, retorcióse los hermosos brazos y balbuceó:

—¡Oh! si tuviese yo...

Pero no concluyó su frase y empezó á arreglarse.

XXXVII. Su Excelencia

—¡Deseo hablar con ese joven!—decía S. E. á un ayudante;—ha despertado todo mi interés.

—Ya han ido á buscarle, mi general. Pero aquí hay un joven de Manila que pide con insistencia ser introducido. Le hemos dicho que V. E. no tenía tiempo y que no había venido para dar audiencias sino para ver el pueblo y la procesión, pero ha contestado que V. E. siempre tiene tiempo disponible para hacer justicia...

S. E. se vuelve al alcalde maravillado.

—Si no me engaño,—contesta éste haciendo una ligera inclinación,—es el joven que esta mañana ha tenido una cuestión con el padre Dámaso con motivo del sermón.

—¿Aún otra? ¿Se ha propuesto ese fraile alborotar la provincia, ó cree que él manda aquí? ¡Decid al joven que pase!

S. E. se pasea nervioso de un extremo á otro de la sala.

En la antesala había varios españoles, mezclados con militares y autoridades del pueblo de San Diego y de los vecinos: agrupados en corro conversaban ó disputaban. Encontrábanse también ahí los frailes todos, menos el padre Dámaso, y querían pasar para presentar sus respetos á S. E.

—¡S. E. el Capitán general suplica á VV. RR. que se esperen un momento!—dice el ayudante;—¡pase usted, joven!

Aquel manileño que confundía el griego con el tagalo entró en la sala pálido y tembloroso.

Todos estaban llenos de sorpresa: muy irritado debía estar S. E. para atreverse á hacer esperar los frailes. El padre Sibyla decía:

—¡Yo no tengo nada que decirle!... ¡aquí pierdo tiempo!

—Digo lo mismo,—añade un agustino;—¿nos vamos?

—¿No sería mejor que averiguásemos cómo piensa?—pregunta el padre Salví;—evitaríamos un escándalo ... y ... podríamos recordarle..... sus deberes para con..... la religión.....

—¡VV. RR. pueden pasar, si gustan!—dice el ayudante conduciendo al joven que no entendía el griego, que ahora sale con un rostro en que brilla la satisfacción.

Fray Sibyla entró el primero; detrás venían el padre Salví, el padre Manuel Martín y los otros religiosos. Saludaron humildemente, menos el padre Sibyla, que conservó, aún en la inclinación, cierto aire de superioridad; el padre Salví por el contrario casi dobló la cintura.

—¿Quién de VV. RR. es el padre Dámaso?—preguntó de improviso S. E. sin hacerles sentar, ni interesarse por su salud, sin dirigirles las frases lisonjeras á que estaban acostumbrados tan altos personajes.

—¡El padre Dámaso no está, señor, entre nosotros!—contestó casi con el mismo acento seco el padre Sibyla.

—Yace en cama enfermo el servidor de V. E.,—añade humildemente el padre Salví;—después de tener el placer de saludarle y enterarnos de la salud de V. E., como cumple á todos los buenos servidores del rey y á toda persona de educación, veníamos también en nombre del respetuoso servidor de V. E. que tiene la desgracia...

—¡Oh!—interrumpe el Capitán elsewhere] general haciendo girar una silla sobre un pie y sonriendo nerviosamente,—si todos los servidores de mi excelencia fuesen como su reverencia el padre Dámaso preferiría servir yo mismo á mi excelencia!

Sus reverencias que ya estaban parados corporalmente, se lo quedaron también en espíritu ante esta interrupción,

—¡Tomen asiento VV. RR.!—añadió, después de una breve pausa, dulcificando un poco su tono.

Capitán Tiago iba de frac y andaba de puntillas; conducía de la mano á María Clara, que entró vacilante y llena de timidez, y no obstante hizo un gracioso y ceremonioso saludo.

—¿Es esa señorita hija de usted?—preguntó sorprendido el Capitán general.

—¡Y de V. E., mi general!—contestó capitán Tiago seriamente.

El alcalde y los ayudantes abrieron los ojos; pero S. E., sin perder su gravedad, tendió la mano á la joven y le dijo afablemente:

—¡Felices los padres que tienen hijas como usted, señorita! me han hablado de usted con respeto y admiración ... he deseado verla para darle las gracias por el hermoso acto que ha llevado á cabo este día. Estoy enterado de todo, y cuando escriba al gobierno de S. M. no olvidaré su generoso comportamiento. Entre tanto, permítame usted, señorita, que en nombre de S. M. el rey que aquí represento y que ama la paz y tranquilidad de sus fieles súbditos, y en el mío, en el de un padre que también tiene hijas de su edad de usted, le dé las más expresivas gracias y la proponga para una recompensa!

—¡Señor!...—contestó temblorosa María Clara.

S. E. adivinó lo que ella quería decir y repuso:

—Está muy bien, señorita, que usted se contente con su conciencia y con la estimación de sus conciudadanos: á fe que es el mejor premio, y nosotros no debíamos pedir más. Pero no me prive usted de una hermosa ocasión para hacer ver que si la justicia sabe castigar, también sabe premiar y que no siempre es ciega.

Todas las palabras en letra cursiva fueron pronunciadas de un modo más significativo y en voz más alta.

—¡El señor don Juan Crisóstomo Ibarra aguarda las órdenes de V. E.!—dijo en voz alta un ayudante.

María Clara se estremeció.

—¡Ah!—exclamó el Capitán general,—permítame usted, señorita, que le exprese el deseo de volverla á ver antes de dejar este pueblo: tengo aún que decirle cosas muy importantes. Señor alcalde, V. S. me acompañará durante el paseo, que quiero hacer á pie, después de la conferencia que tendré á solas con el señor Ibarra.

—V. E. nos permitirá que le advirtamos,—dijo el padre Salví humildemente,—que el señor Ibarra está excomulgado...

S. E. le interrumpió diciendo:

—Me alegra mucho no tener que deplorar más que el estado del padre Dámaso, á quien deseo sinceramente una curación completa, porque á su edad un viaje á España por motivos de salud no debe ser muy agradable. Pero esto depende de él... y entre tanto ¡que Dios conserve la salud á VV. RR.!

Unos y otros se retiraron.

—Y ¡tanto que depende de él!—murmura al salir el padre Salví.

—¡Veremos quién hará más pronto el viaje!—añadió otro franciscano.

—¡Me voy ahora mismo!—dice despechado el padre Sibyla.

—¡Y nosotros á nuestra provincia!—dijeron los agustinos.

Unos y otros no podían sufrir que, por culpa de un franciscano, S. E. los hubiese recibido fríamente.

En la antesala se encontraron con Ibarra, su anfitrión de hacía algunas horas. No cambiaron con él ningún saludo, pero sí miradas que decían muchas cosas.

El alcalde, por el contrario, cuando ya los frailes habían desaparecido, le saludó y le tendió la mano familiarmente, pero la llegada del ayudante que buscaba al joven no dió lugar á ninguna conversación.

En la puerta se encontró con María Clara: las miradas de ambos se dijeron también muchas cosas, pero bien diferentes de las que hablaron los ojos de los frailes.

Ibarra vestía de riguroso luto. Presentóse sereno y saludó profundamente, sin embargo de que la visita de los frailes no le parecía de buen augurio.

El Capitán general se adelantó hacia él algunos pasos.

—Tengo suma satisfacción, señor Ibarra, en estrechar su mano. Permítame usted que le reciba en el seno de la confianza.

S. E., en efecto, contemplaba y examinaba al joven con marcado contento.

—¡Señor... tanta bondad!...

—Su sorpresa de usted me ofende, me dice que no esperaba de mí un buen recibimiento: ¡esto es dudar de mi justicia!

—Una amistosa acogida, señor, para un insignificante súbdito de Su Majestad como yo, no es justicia, es un favor.

—¡Bien, bien!—dice su excelencia sentándose y señalándole un asiento,—déjenos usted gozar un rato de expansión; estoy muy satisfecho de su conducta y ya le he propuesto al gobierno de S. M. para una condecoración por el filantrópico pensamiento de erigir una escuela... Si usted se me hubiese dirigido, yo habría presenciado con placer la ceremonia y acaso le habría evitado un disgusto.

—El pensamiento me parecía tan pequeño,—contestó el joven,—que no lo creía bastante digno para distraer la atención de V. E. de sus numerosas ocupaciones; además, mi deber era dirigirme antes á la primera autoridad de mi provincia.

S. E. movió la cabeza con aire satisfecho, y adoptando cada vez un tono más familiar, continuó:

—En cuanto al disgusto que usted ha tenido con el padre Dámaso, no guarde ni temor ni rencores: no se le tocará un pelo de su cabeza, mientras yo gobierne las islas; y por lo que respecta á la excomunión, ya hablaré con el arzobispo, porque es menester que nos amoldemos á las circunstancias: aquí no podríamos reirnos de estas cosas en público como en la península ó en la culta Europa. Con todo, sea usted en lo sucesivo más prudente; usted se ha colocado frente á frente de las corporaciones religiosas que, por su significación y su riqueza, necesitan ser respetadas. Pero yo le protegeré á usted porque me gustan los buenos hijos, me gusta que se honre la memoria de los padres; yo también he amado á los míos y ¡vive Dios! no sé lo que habría hecho en su lugar...

Y cambiando rápidamente de conversación, preguntó:

—Me han dicho que viene usted de Europa; ¿estuvo usted en Madrid?

—Sí, señor, algunos meses.

—¿Oyó usted acaso hablar de mi familia?

—Acababa V. E. de partir cuando tuve el honor de ser presentado á ella.

—Y ¿cómo entonces se vino usted sin traerme ninguna recomendación?

—Señor,—contestó Ibarra inclinándose,—porque no vengo directamente de España, y porque, habiéndome hablado del carácter de V. E., he creído que una carta de recomendación no sólo sería inútil, sino hasta ofensiva: los filipinos todos le estamos recomendados.

Una sonrisa se dibujó en los labios del viejo militar, que repuso lentamente como midiendo y pesando sus palabras:

—Me lisonjea que usted piense así, y... ¡así debía ser! Sin embargo, joven, usted debe saber qué cargas pesan sobre nuestros hombros en Filipinas. Aquí, nosotros, viejos militares, tenemos que hacerlo ó serlo todo: rey, ministro de Estado, de Guerra, de Gobernación, de Fomento, de Gracia y Justicia, etc., y lo peor aún es que para cada cosa tenemos que consultar á la lejana madre patria, que aprueba ó rechaza, según las circunstancias, ¡á veces á ciegas! nuestras propuestas. Ya decimos los españoles: ¡el que mucho abarca poco aprieta! Venimos además generalmente conociendo poco el país y le dejamos cuando le empezamos á conocer.—Con usted puedo franquearme, pues sería inútil aparentar otra cosa. Así que, si en España donde cada ramo tiene su ministro, nacido y criado en la misma localidad, donde hay prensa y opinión; donde la oposición franca abre los ojos al gobierno y le ilustra, anda todo imperfecto y defectuoso, es un milagro que aquí no esté todo revuelto, careciendo de aquellas ventajas, y viviendo y maquinando en las sombras una más poderosa oposición. Buena voluntad no nos falta á los gobernantes, pero nos vemos obligados á valernos de ojos y brazos ajenos, que por lo común no conocemos, y que acaso en vez de servir á su país, sólo sirven á sus propios intereses. Esto no es culpa nuestra, es de las circunstancias; los frailes nos ayudan no poco á salir del paso, pero no bastan ya... Usted me inspira interés y desearía que la imperfección de nuestro actual sistema gubernamental no le perjudicase en nada... yo no puedo velar por todos, ni todos pueden acudir á mí. ¿Puedo serle á usted útil en algo, tiene usted algo que pedir?

Ibarra reflexionó.

—Señor,—contestó,—mi mayor deseo es la felicidad de mi país, felicidad que quisiera se debiese á la madre patria y al esfuerzo de mis conciudadanos, unidos una y otros con eternos lazos de comunes miras y comunes intereses. Lo que pido sólo puede darlo el gobierno después de muchos años de trabajo continuo y reformas acertadas.

S. E. le miró por algunos segundos, con una mirada que Ibarra sostuvo con naturalidad.

—¡Es usted el primer hombre con quien hablo en este país!—exclamó tendiéndole la mano.

—V. E. sólo ha visto á los que se arrastran en la ciudad, no ha visitado las calumniadas cabañas de nuestros pueblos: V. E. habría podido ver verdaderos hombres si para ser hombre basta tener un generoso corazón y costumbres sencillas.

El Capitán general se levantó y se puso á pasear de un lado á otro de la sala.

—Señor Ibarra,—exclamó parándose de repente; el joven se levantó;—acaso dentro de un mes parta; su educación de usted y su modo de pensar no son para este país. Venda usted cuanto posee, arregle su maleta y véngase conmigo á Europa: aquel clima le sentaría mejor.

—¡El recuerdo de la bondad de V. E. lo conservaré mientras viva!—contestó Ibarra algo conmovido;—pero debo vivir en el país donde han vivido mis padres...

—¡Donde han muerto, diría usted más exactamente! Créame, acaso conozca su país mejor que usted mismo... ¡Ah! ahora me acuerdo,—exclamó cambiando de tono,—usted se casa con una adorable joven, y le estoy deteniendo aquí. Vaya usted, vaya usted al lado de ella y para mayor libertad envíeme al padre,—añadió sonriendo.—No se olvide usted, sin embargo, de que quiero que me acompañe á paseo.

Ibarra saludó y se alejó.

S. E. llamó á su ayudante.

—¡Estoy contento!—dijo dándole ligeras palmadas en el hombro;—hoy he visto por primera vez cómo se puede ser buen español sin dejar de ser buen filipino y amar á su país; hoy les he demostrado al fin á las reverencias que no todos somos juguetes suyos: este joven me ha proporcionado la ocasión y pronto habré saldado todas mis cuentas con el fraile. ¡Lástima que ese joven algún día ú otro... pero llámame al alcalde!

Este se presentó inmediatamente.

—Señor alcalde,—le dijo al entrar,—para evitar que se repitan escenas, como las que V. S. esta siesta ha presenciado, escenas que deploro porque desprestigian al gobierno y á los españoles todos, me permito recomendarle eficazmente al señor Ibarra, para que no sólo le facilite los medios de llevar á cabo sus patrióticos fines, sino también evite que en adelante le molesten personas de cualquier clase que fueren y bajo cualquier pretesto.

El alcalde comprendió la reprimenda y se inclinó para ocultar su turbación.

—Haga V. S. decir lo mismo al alférez que aquí manda la sección, y averigüe si es verdad que este señor tiene ocurrencias propias, que no dicen los reglamentos: he oído sobre esto más de una queja.

Capitán Tiago se presentó tieso y planchado.

—Don Santiago,—le dijo S. E. en tono afectuoso,—hace poco le felicitaba á usted por la dicha de tener una hija como la señorita de los Santos; ahora le felicito por su futuro yerno: la más virtuosa de las hijas es digna seguramente del mejor ciudadano de Filipinas. ¿Se puede saber cuándo es la boda?

—¡Señor!...—balbucea capitán Tiago, y se limpia el sudor que corría por su frente.

—¡Vamos, veo que aún no hay nada definitivo! Si faltan padrinos, tendré sumo gusto en ser uno de ellos. ¡Es para quitar el mal gusto que me han dejado tantas bodas como hasta aquí he apadrinado!—añadió dirigiéndose al alcalde.

—¡Sí, señor!—contestó capitán Tiago con una sonrisa que inspiraba compasión.

Ibarra fué casi corriendo en busca de María Clara: tenía tantas cosas que decirle y contarle. Oyó alegres voces en una de las habitaciones y llamó ligeramente á la puerta.

—¿Quién llama?—pregunta María Clara.

—¡Yo!

Las voces callaron y la puerta... no se abrió.

—Soy yo, ¿puedo entrar?—pregunta el joven cuyo corazón latía violentamente.

El silencio continuó. Segundos después unos ligeros pasos se acercaron á la puerta y la alegre voz de Sinang murmuró al través del agujero de la cerradura:

—Crisóstomo, vamos al teatro esta noche; escribe lo que tengas que decirle á María Clara.

Y los pasos volvieron á alejarse, rápidos como vinieron.

—¿Qué quiere esto decir?—murmuraba Ibarra pensativo, alejándose lentamente de la puerta.

XXXVIII. La procesión

A la noche, y encendidos ya todos los faroles de las ventanas, salió por cuarta vez la procesión al repique de las campanas y las consabidas detonaciones.

El Capitán general, que había salido á pie en compañía de sus dos ayudantes, capitán Tiago, el alcalde, el alférez é Ibarra, precedidos por guardias civiles y autoridades que abrían paso y despejaban el camino, fué invitado á ver pasar la procesión en casa del gobernadorcillo, que había hecho levantar delante un tablado, para que se recitara una loa en honor del santo patrón.

Ibarra hubiera renunciado gustoso á oir esta composición poética y preferido ver la procesión en casa de capitán Tiago, donde María Clara se había quedado con sus amigas, pero S. E. quería oir la loa y no tuvo más remedio que consolarse con la idea de verla en el teatro.

Principiaba la procesión con los ciriales de plata, llevados por tres enguantados sacristanes; seguían los chicos de la escuela, acompañados del maestro; después los muchachos con los faroles de papel, de forma y colores varios, puestos en el extremo de una caña más ó menos larga y adornada según el capricho del muchacho, pues que esta iluminación la costeaba la niñez de los barrios. Cumplen gustosos con este deber, impuesto por el matandâ sa nayon; cada cual imagina y compone su farol, su fantasía lo adorna con más ó menos perendengues y banderitas, atendiendo también al estado del bolsillo, y lo ilumina con un cabo de vela si tiene un amigo ó pariente sacristán, ó compra una candelita roja que los chinos usan ante sus altares.

En medio van y vienen alguaciles, tenientes de justicia, para cuidar de que las filas no se rompan ni se aglomere la gente, y para ello se valen de sus varas, con cuyos golpes, dados convenientemente y con cierta fuerza, procuran contribuir á la gloria y brillantez de las procesiones para edificación de las almas y lustre de las pompas religiosas.

A la vez que los alguaciles reparten gratis estos santificadores bejucazos, otros, para consolar á los azotados, distribuyen cirios y velas de diferentes tamaños, gratis también.

—Señor alcalde,—dice Ibarra en voz baja,—¿se dan esos golpes en castigo de los pecados ó sólo por gusto?

—¡Tiene usted razón, señor Ibarra!—contesta el Capitán general que oyó la pregunta;—este espectáculo... bárbaro extraña á todo el que viene de otros países. Convendría prohibirlo.

Sin poderse explicar el por qué, el primer santo que aparece es san Juan Bautista. Al verle se diría que la fama del prímo de N. S. no andaba muy bien puesta entre la gente; verdad es que tenía pies y piernas de doncella y cara de anacoreta, pero iba en unas viejas andas de madera y le obscurecían unos cuantos chicos, armados de sus faroles de papel no encendidos, pegándose disimuladamente unos á otros.

—¡Desgraciado!—murmuró el filósofo Tasio, que presenciaba la procesión desde la calle;—¡no te vale ser el precursor de la Buena Nueva, ni el haberse Jesús inclinado ante tí! no te vale tu gran fe ni tu austeridad, ni el morir por la verdad y tus convicciones: todo esto ¡lo olvidan los hombres, cuando no se cuenta más que con los méritos propios! Más vale predicar mal en las iglesias que ser la elocuente voz que clama en el desierto; esto te enseña Filipinas. Si hubieses comido pavo en vez de langostas, vestido seda en vez de pieles y te hubieses afiliado á una corporación...

Pero el viejo suspendió su apóstrofe, pues venía san Francisco.

—¿No lo decía?—continuó sonriendo sarcásticamente;—éste va en carro y ¡Santo Dios, qué carro, cuántas luces y cuántos faroles de cristal! ¡nunca te viste rodeado de tantas lumbreras, Giovanni Bernardone! Y ¡qué música! ¡Otras melodías dejaron oir tus hijos después de tu muerte! Pero, venerable y humilde fundador, si resucitas ahora, no verás sino degenerados Eliases de Cortona, y si te reconocen tus hijos, te encierran y acaso participes de la suerte de Cesáreo de Spira.

Detrás de la música venía un estandarte que representaba al mismo santo, pero con siete alas, llevado por los Hermanos Terceros, vistiendo el hábito de guingón y rezando en alta y lastimera voz.—Sin saberse la causa de ello, venía santa María Magdalena, hermosísima imagen con abundante cabellera, pañuelo de piña bordado entre los dedos cubiertos de anillos, y traje de seda adornada de planchas de oro. Luces é incienso la rodeaban; veíanse sus lágrimas de vidrio reflejar los colores de las luces de Bengala, que daban á la procesión aspecto fantástico; así que la santa pecadora lloraba ora verde, ora rojo, ora azul, etc. Las casas no principiaban á encender estas luces sino cuando pasaba san Francisco; san Juan Bautista no gozaba de estos honores, y pasaba de prisa, avergonzado de ir el único vestido de pieles entre tanta gente cubierta de oro y piedras preciosas.

—¡Allí va nuestra santa!—dice la hija del gobernadorcillo á sus visitas;—le he prestado mis anillos, pero es para ganar el cielo.

Los alumbrantes deteníanse alrededor del tablado para oir la loa, los santos hacían lo mismo: ellos ó sus portadores querían oir versos. Los que cargaban á san Juan, cansados de esperar, se sentaron en cuclillas y convinieron en dejarle en el suelo.

—Puede regañar el alguacil,—objetó uno.

—¡Quizá en la sacristía le dejan en un rincón entre telarañas!...

Y san Juan, una vez en el suelo, llegó á ser como gente del pueblo.

A partir de la Magdalena vienen las mujeres, sólo que en vez de empezar por las niñas, como entre los hombres, venían primero las viejas cerrando las solteras la procesión hasta el carro de la Virgen, detrás del cual venía el cura bajo su palio. Esta costumbre la tenían del padre Dámaso que decía: «A la Vírgen le gustan las jóvenes y no las viejas», lo que hacía poner mala cara á muchas beatas, pero no cambiar el gusto de la Vírgen.

San Diego seguía á la Magdalena, aunque no parecía alegrarse de ello, pues continuaba compungido como esta mañana cuando iba detrás de san Francisco. Tiran de su carro seis Hermanas Terceras por no sé qué promesa ó enfermedad: es el caso que tiran, y con afán. San Diego se detiene delante del tablado y aguarda á que le saluden.

Pero hay que esperar el carro de la Virgen, precedido de gente vestida de fantasma, que asusta á los chicos, y por eso se oye un llorar y chillar de los bebés imprudentes. Sin embargo, en medio de aquella masa obscura de hábitos, capuchones, cordones y tocas, al son de aquel rezo monótono y gangoso, vense, como blancos jazmines, como frescas sampagas entre trapos viejos, doce niñas vestidas de blanco, coronadas de flores, el cabello rizado, de miradas brillantes como sus collares; parecían geniecillos de la luz prisioneros de los espectros. Iban cogidas á dos anchas cintas azules sujetas al carro de la Virgen, recordando á las palomas que arrastran el de la Primavera.

Ya todas las imágenes estaban atentas, pegadas unas á otras para escuchar los versos; todo el mundo tenía los ojos fijos en la entreabierta cortina; al fin un ¡aaah! de admiración se escapó de todos los labios.

Y lo merecía: era un jovencito con alas, botas de montar, banda, cinturón y sombrero con plumajes.

—¡El señor alcalde mayor!—gritó uno, pero el prodigio de la creación empezó á recitar una poesía como él y no se dió por ofendido de la comparación.

¿Para qué trasladar aquí lo que dijo en latín, tagalo y castellano, todo versificado, la pobre víctima del gobernadorcillo? Nuestros lectores han saboreado ya el sermón del padre Dámaso de esta mañana, y no queremos mimarlos con tantas maravillas, además de que el franciscano podrá mirarnos con rencor si le buscamos un competidor, y esto es lo que no queremos, gente pacífica como tenemos la fortuna de ser.

Continuó después la procesión: san Juan siguió su calle de amarguras.

Al pasar la Virgen por delante de la casa de capitán Tiago, un canto celestial la saludó con las palabras del arcángel. Era una voz tierna, melodiosa, suplicante, llorando el Ave María de Gounod, acompañándose del piano que oraba con ella. La música de la procesión enmudeció, el rezo cesó y el mismo padre Salví se detuvo. La voz estremecía y arrancaba lágrimas: expresaba más que una salutación, una plegaria, una queja.

Ibarra oyó la voz desde la ventana donde estaba, y el terror y la melancolía descendieron sobre su corazón. Comprendió lo que aquel alma sufría y expresaba en un canto y temió preguntarse la causa de aquel dolor.

Sombrío, pensativo le encontró el Capitán general.

—Me acompañará usted en la mesa; allí hablaremos de esos niños que han desaparecido,—le dijo.

—¿Seré yo la causa?—murmuraba el joven mirando sin ver á S. E., á quien siguió maquinalmente.

XXXIX. Doña Consolación

¿Por qué están cerradas las ventanas de la casa del alférez? ¿Dónde estaban, mientras pasaba la procesión, la cara masculina y la camisa de franela de la Medusa ó la Musa de la guardia civil? ¿Habrá comprendido doña Consolación lo desagradables que eran su frente surcada de gruesas venas, conductoras, al parecer, no de sangre, sino de vinagre y hiel, el grueso tabaco, digno adorno de sus morados labios, y su envidiosa mirada, y, cediendo á un generoso impulso, no ha querido turbar con su aparición siniestra las alegrías de la multitud?

¡Ay! para ella los impulsos generosos vivieron en la Edad de oro.

La casa está triste porque el pueblo se alegra, como decía Sinang; no tiene ni faroles ni banderas. Si el centinela no se pasease delante de la puerta, se diría que la casa está deshabitada.

Una débil luz alumbra la desarreglada sala, y pone transparentes las sucias conchas en que se ha agarrado la telaraña é incrustado el polvo. La señora, según su costumbre de estar mano sobre mano, dormita en un ancho sillón. Viste como todos los días, es decir, mal y horriblemente: por todo tocado un pañuelo atado á la cabeza, dejando escapar delgados y cortos mechones de cabellos enmarañados; la camisa de franela azul, sobre otra que debió haber sido blanca, y una falda desteñida que modela los delgados y aplanados muslos, colocados uno sobre otro y agitándose febrilmente. De su boca van saliendo bocanadas de humo, que arroja con fastidio al espacio hacia donde mira cuando abre los ojos. Si en aquel momento la hubiese visto don Francisco de Cañamaque la habría tomado por un cacique del pueblo ó el mankukulam, adornando después su descubrimiento con comentarios en lengua de tienda, inventada por él para su uso particular.

Aquella mañana, la señora no había oído misa, no porque no hubiese querido, al contrario, quería enseñarse á la multitud y oir el sermón, pero el marido no se lo había permitido, y la prohibición iba acompañada, como siempre, de dos ó tres insultos, juramentos y amenazas de puntapiés. El alférez comprendía que su hembra vestía ridículamente, que olía á eso que llaman querida de soldados, y que no convenía exponerla á las miradas de los personajes de la cabecera ni de los forasteros.

Pero ella no lo entendía así. Sabía que era hermosa, atractiva, que tenía aires de reina y que vestía mucho mejor y con más lujo que la misma María Clara: ésta iba de tapis, ella de saya suelta. Fué necesario que el alférez le dijese:—¡O te callas ó te envío á puntapiés á tu p... pueblo!

Doña Consolación no quería volver á puntapiés á su pueblo, pero pensó en la venganza.

Jamás fué propia para infundir confianza en nadie la faz obscura de la señora, ni cuando se pintaba, pero aquella mañana inquietó grandemente, sobre todo cuando la vieron recorrer la casa de un extremo á otro, silenciosa y como meditando algo terrible ó maligno: su mirada tenía el reflejo que brota de la pupila de una serpiente cuando, cogida, va á ser aplastada: era fría, luminosa, penetrante, y tenía algo de viscoso, asqueroso y cruel.

La más pequeña falta, el más insignificante inusitado ruido le arrancaban un torpe é infame insulto que abofeteaba al alma, pero nadie respondía: excusarse era otro crimen.

Así se pasó el día. No encontrando un obstáculo que se le pusiese delante,—el marido estaba convidado,—se saturaba de bilis: creeríase que las células de su organismo se cargaban de electricidad y amenazaban estallar en una infame tormenta. Todo á su alrededor se plegaba, como las espigas al primer soplo del huracán; no encontraba resistencia, no hallaba ninguna punta ó eminencia para descargar su mal humor: soldados y criados se arrastraban á su lado.

Para no oir el regocijo exterior, mandó cerrar las ventanas y encargó al centinela no dejara pasar á nadie. Atóse un pañuelo á la cabeza como para evitar que estallara, y á pesar de que el sol brillaba aún, mandó encender luces.

Sisa, como vimos, fué detenida por perturbadora del orden y conducida al cuartel. El alférez no estaba entonces, y la infeliz tuvo que pasar la noche en un banco, con la mirada indiferente. Al siguiente día vióla el alférez, y temiendo por ella en aquellos días de algarabía, y no queriendo dar un espectáculo desagradable, encargó á los soldados la tuviesen custodiada, la tratasen con piedad y le diesen de comer. Así pasó la demente dos días.

Esta noche, sea que la vecindad de la casa de capitán Tiago haya llevado hasta ella el triste canto de María Clara, sea que otros acordes despertasen sus antiguos cantos, sea la causa que fuese, Sisa empezó también á cantar con su voz dulce y melancólica los kundiman de su juventud. Los soldados la oían y se callaban: ¡ay! aquellos aires despertaban antiguos recuerdos, los recuerdos del tiempo en que aún no se habían corrompido.

Doña Consolación la oyó también en su aburrimiento, y enterada de la persona que cantaba:

—¡Que suba al instante!—mandó, después de algunos segundos de meditación. Algo como una sonrisa vagaba por sus secos labios.

Trajeron á Sisa, quien se presentó sin turbarse, sin manifestar extrañeza ni temor: parecía no ver á señora alguna. Esto hirió la vanidad de la Musa, que pretendía infundir respeto y espanto.

La alféreza tosió, hizo seña á los soldados para que se fuesen y, descolgando el látigo de su marido, dijo con acento siniestro á la loca:

¡Vamos, magcantar icau!.

Sisa naturalmente no la comprendió, y esta ignorancia aplacó sus iras.

Una de las bellas cualidades de esta señora era el procurar ignorar el tagalo, ó al menos aparentar no saberlo, hablándolo lo peor posible: así se daría aires de una verdadera orofea, como ella solía decir. Y hacía bien, porque si martirizaba el tagalo, el castellano no salía mejor librado ni en cuanto se refería á la gramática ni á la pronunciación. Y ¡sin embargo su marido, las sillas y los zapatos, cada cual había puesto de su parte cuanto podía para enseñarla! Una de las palabras que le costaron más trabajo aún que á Champollión los jeroglíficos, era la palabra Filipinas.

Cuéntase que al día siguiente de su boda, hablando con su marido, que entonces era cabo, había dicho Pilipinas; el cabo creyó deber suyo corregirla, y le dijo dándole un coscorrón:—«¡Dí Felipinas, mujer! no seas bruta. ¿No sabes que se llama así á tu p... país por venir de Felipe?»—La mujer, que soñaba en su luna de miel, quiso obedecer y dijo Felepinas. Al cabo le pareció que ya se acercaba, aumentó los coscorrones y la increpó: «Pero, mujer, ¿no puedes pronunciar Felipe? No lo olvides, sabe que el rey don Felipe... quinto... Di Felipe, y añádele nas que en latín significa islas de indios, y tienes el nombre de tu rep... país».

La Consolación, lavandera entonces, palpándose el chichón ó los chichones, repitió empezando á perder la paciencia:

—Fe... lipe, Felipe... nas, Felipenas, ¿así ba?

El cabo se quedó viendo visiones. ¿Por qué resultó Felipenas en vez de Felipinas? ¿Una de dos: ó se dice Felipenas ó hay que decir Felipi?

Aquel día tuvo por prudente callarse; dejó á su mujer y fué á consultar cuidadosamente los impresos. Aquí su admiración llegó al colmo; restregóse los ojos:—¡A ver... despacio!—Filipinas decían todos los impresos bien deletreados: ni él ni su mujer tenían razón.

—¿Cómo?—murmuraba,—¿puede mentir la historia? ¿No dice este libro que Alonso Saavedra había dado este nombre al país en obsequio al infante don Felipe? ¿Cómo se corrompió este nombre? ¿Si sería un indio el tal Alonso Saavedra?...

Consultó sus dudas al sargento Gómez, que en su mocedad había deseado ser cura. Este, sin dignarse mirarle y arrojando una bocanada de humo, le contestó con la mayor prosopopeya:

—En los tiempos antiguos decíase Filipi en vez de Felipe; nosotros los modernos, como nos volvemos franchutes, no podemos tolerar dos is seguidas. Por esto la gente culta, en Madrid sobre todo, ¿no has estado en Madrid? la gente culta, digo, ya empieza á decir: menistro, enritación, embitación, endino, etc., que es lo que se llama montarse á la moderna.

El pobre cabo no había estado en Madrid; hé aquí por qué ignoraba el busilis. ¡Qué cosas se aprenden en Madrid!

—¿De modo que hoy se debe decir?...

—¡A la antigua, hombre! este país aún no es culto, ¡á la antigua: Filipinas!—contestó Gómez con desprecio.

El cabo, si era mal filólogo, era en cambio un buen marido: lo que acababa de aprender, su mujer debía saberlo también y continuó la educación.

—Consola, ¿cómo llamas á tu p... país?

—¿Cómo lo he de llamar? como me lo enseñaste: Felifenas.

—¡Te tiro la silla, p...! ayer ya lo pronunciabas algo mejor, á la moderna; pero ahora hay que pronunciarlo á la antigua! Feli, digo, ¡Filipinas!

—¡Miro que yo no soy ninguna antigua! ¿qué te has creido?

—¡No importa! ¡dí Filipinas!

—¡No me da la gana! Yo no soy ningún trasto viejo... apenas treinta añitos,—contestó remangándose como disponiéndose al combate.

—¡Dilo, rep..., ó te tiro la silla!

Consolación vió el movimiento, reflexionó y balbuceó respirando fuertemente:

—Feli... Fele... File...

¡Pum! ¡crracc! la silla concluyó con la palabra.

Y la lección terminó á puñetazos, arañazos, bofetones. El cabo la cogió del cabello, ella á él de la perilla y de otra parte del cuerpo—morder no podía, porque los dientes se le movían todos—el cabo dió un grito, soltóla, pidióle perdón, brotó la sangre, hubo un ojo más rojo que el otro, una camisa hecha jirones, salieron muchos órganos de sus escondites, pero Filipinas no salió.

Aventuras parecidas sucedían cada vez que se trataba del lenguaje. El cabo, que veía los progresos lingüísticos de ella, calculaba con dolor que en diez años su hembra perdería por completo el uso de la palabra. En efecto, así sucedió. Cuando se casaron, ella entendía aún el tagalo y se hacía entender en español; ahora, en la época de nuestra narración, ya no hablaba ningún idioma: se había aficionado tanto al lenguaje de los gestos, y de éstos escogía los más ruidosos y contundentes, que daba quince y falta al inventor del volapük.

Sisa, pues, tuvo la fortuna de no comprenderla. Desarrugándose un poco sus cejas, una sonrisa de satisfacción animó su cara; indudablemente ya no sabía el tagalo, era ya orofea.

—¡Asistente, di á ésta en tagalo que cante! ¡No me comprende, no sabe el español!

La loca comprendió al asistente y cantó la canción de la noche.

Doña Consolación oía al principio con risa burlona, pero la risa desapareció poco á poco de sus labios, se puso atenta, después seria y algo pensativa. La voz, el sentido de los versos y el canto mismo la impresionaban: aquel corazón árido y seco estaba tal vez sediento de lluvia. Ella lo comprendía bien: «La tristeza, el frío y la humedad que descienden del cielo envueltos en el manto de la noche,» según el kundiman, le parecía que descendían también sobre su corazón; «la flor mustia y marchita que, durante el día había ostentado sus galas, deseosa de aplauso y llena de vanidad, al caer la tarde, arrepentida y desengañada, hace un esfuerzo para levantar sus ajados pétalos al cielo, pidiendo un poco de sombra para ocultarse y morir sin la burla de la luz que la vió en su pompa, sin ver la vanidad de su orgullo, un poco de rocío también que llore sobre ella. El ave nocturna deja su solitario retiro, el hueco del añoso tronco, y turba la melancolía de las selvas»...

—¡No, no cantes!—exclamó la alféreza en perfecto tagalo levantándose agitada; ¡no cantes! ¡esos versos me hacen daño!

La loca se calló; el asistente soltó un: ¡Abá! sabe palá tagalog! y quedóse mirando á la señora lleno de admiración.

Esta comprendió que se había delatado; avergonzóse, y, como su naturaleza no era la de una mujer, la vergüenza tomó el aspecto de rabia y odio. Señaló la puerta al imprudente, y de un puntapié la cerró detrás de él. Dió unas cuantas vueltas por el aposento, retorciendo entre sus nervudas manos el látigo, y, parándose de pronto delante de la loca, le dijo en español:—¡Baila!

Sisa no se movió.

—¡Baila, baila!—repitió con voz siniestra.

La loca la miraba con ojos vagos, sin expresión: la alféreza le levantó un brazo, después otro, sacudiéndoselos: inútil, Sisa no comprendía.

Púsose á saltar, á agitarse, estimulando á la otra para que la imitara. Oíase de lejos la música de la procesión tocar una marcha grave y majestuosa, pero la señora saltaba furiosamente siguiendo otro compás, otra música, la que resonaba en su interior. Sisa la miraba inmóvil: algo como curiosidad se pintó en sus ojos y una débil sonrisa movió sus pálidos labios: le hacía gracia el baile de la señora.

Paróse ésta como avergonzada, levantó el látigo, aquel terrible látigo conocido de los ladrones y soldados, hecho en Ulangô y perfeccionado por el alférez con alambres retorcidos, y dijo:

—¡Ahora te toca á tí bailar... baila!

Y empezó á azotar débilmente los pies descalzos de la loca, cuya cara se contrajo de dolor, obligándola á defenderse con las manos.

—¡Ajá! ¡ya empiezas!—exclamó con salvaje alegría, y del lento pasó á un allegro vivace.

La infeliz lanzó un quejido de dolor y levantó vivamente el pie.

—¿Has de bailar, p... india?—decía la señora, y el látigo vibraba y silbaba.

Sisa dejóse caer al suelo, llevándose ambas manos á las piernas y mirando á su verdugo con ojos desencajados. Dos fuertes latigazos á la espalda le hicieron levantarse: ya no fué un quejido, fueron dos aullidos lo que la desgraciada exhaló. Rasgóse la fina camisa, la piel se abrió y brotó la sangre.

La vista de la sangre entusiasma al tigre; la sangre de su víctima exaltó á doña Consolación.

—¡Baila, baila, condenada maldita! ¡Mal haya la madre que te parió!—gritaba;—¡baila ó te mato á latigazos!

Y ella misma, cogiéndola con una mano y azotándola con la otra, empezó á saltar y á bailar.

La loca la comprendió al fin, y siguió moviendo descompasadamente los brazos. Una sonrisa de satisfacción contrajo los labios de la maestra, sonrisa de un Mefistófeles hembra que consigue sacar un gran discípulo; había odio, desprecio, burla y crueldad: con una carcajada no hubiera expresado más.

Y, absorta en el goce de su espectáculo, no oyó llegar á su marido hasta que se abrió estrepitosamente la puerta de un puntapié.

Apareció el alférez pálido y sombrío; vió lo que allí pasaba y lanzó una terrible mirada á su mujer. Esta no se movió de su sitio y quedóse sonriendo cínicamente.

El alférez puso lo más dulcemente que pudo la mano sobre el hombro de la extraña bailarina y la hizo parar. La loca respiró y sentóse poco á poco en el suelo, manchado de su sangre.

El silencio continuó: el alférez respiraba con fuerza; la hembra que le observaba con ojos interrogadores, recogió el látigo y le preguntó con voz tranquila y lenta:

—¿Qué te pasa? ¡No me has dado siquiera las buenas noches!

El alférez, sin contestar, llamó al asistente.

—¡Llévate á esa mujer,—dijo;—que la Marta le dé otra camisa y la cure! Tú le darás bien de comer, una buena cama... ¡cuidado con que se la trate mal! Mañana se la conducirá á casa del señor Ibarra.

Después cerró cuidadosamente la puerta, puso el cerrojo y se acercó á su señora.

—¡Tú estás buscando que yo te reviente!—le dijo cerrando los puños.

—¿Qué te pasa?—preguntó ella levantándose y retrocediendo.

—¿Qué me pasa?—gritó con voz de trueno, soltando una blasfemia y enseñándole un papel lleno de garabatos, continuó:

—¿No has escrito tú esta carta al alcalde, diciendo que se me paga para permitir el juego, so p...? ¡Yo no sé cómo no te machaco!

—¡A ver! ¡á ver si te atreves!—díjole ella riendo burlonamente; ¡el que me machaque ha de ser más hombre que tú!

Él oyó el insulto, pero vió el látigo. Cogió un plato de los que estaban sobre una mesa, y se lo arrojó á la cabeza; la mujer, acostumbrada á estas luchas, se baja rápidamente y el plato se estrella contra la pared; igual suerte les cupo á una taza y á un cuchillo.

—¡Cobarde!—le dice ella,—no te atreves á acercarte.

Y le escupe para exasperarle más. El hombre se ciega y bramando se arroja sobre ella, pero ésta, con una rapidez asombrosa, le cruza la cara á latigazos, y échase á correr atropelladamente, encerrándose en su cuarto, cuya puerta cierra violentamente. Rugiendo de ira y dolor persíguela el alférez y sólo consigue darse contra la puerta que le hace vomitar blasfemias.

—¡Maldita sea tu descendencia, marrana! Abre, p.... ¡abre, si no te rompo la crisma!—aullaba golpeando la puerta con sus puños y pies.

Doña Consolación no contestaba. Oíase un crujir de sillas y baúles, como quien quiere levantar una barricada con muebles caseros. La casa cimbraba á los puntapiés y juramentos del marido.

—¡No entres, no entres!—decía la voz agria de la mujer;—si te asomas te pego un tiro.

El pareció calmarse poco á poco y se contentó con pasearse de un extremo á otro de la sala como una fiera en su jaula.

—¡Vete á la calle á refrescarte la cabeza!—continuaba burlándose la mujer, que parecía haber concluído ya sus preparativos de defensa.

—¡Te juro que como te coja, no te ve ni Dios, so cochina p...!

—¡Sí! ya puedes decir lo que quieras... ¡no querías que fuese á misa! ¡no me dejabas cumplir con Dios!—decía con sarcasmo, como ella sola lo sabía hacer.

El alférez cogió su capacete, arreglóse un poco y se marchó á grandes pasos, pero al cabo de algunos minutos volvió sin hacer el menor ruido: se había quitado las botas. Los criados, acostumbrados á estos espectáculos, solían aburrirse, pero la novedad de las botas llamó la atención, y unos á otros se guiñaron los ojos.

Sentóse el alférez en una silla, al lado de la sublime puerta, y tuvo la paciencia de esperar más de media hora.

—¿Has salido de veras ó estás allí, cabrón?—preguntaba la voz de vez en cuando, cambiando de epítetos, pero subiendo de tono.

Por fin ella comenzó á retirar poco á poco los muebles; él oía el ruido y se sonreía.

—¡Asistente! ¿ha salido el señor?—gritó doña Consolación.

El asistente, á una señal del alférez, contestó:

—Sí, señora, ha salido.

Oyósela reir alegremente y descorrió el cerrojo.

Despacito se levantó el marido; entreabrióse la puerta...

Un grito, el ruido de un cuerpo que cae, juramentos, aullidos, maldiciones, golpes, voces roncas... ¿Quién describe lo que pasó en la obscuridad de la alcoba?

El asistente, saliendo á la cocina, hizo una seña muy significativa al cocinero.

—¡Y lo vas á pagar tú!—díjole éste.

—¿Yo? ¡en todo caso el pueblo! Ella me preguntó si había salido, no si había vuelto.

XL. El derecho y la fuerza

Serían las diez de la noche. Los últimos cohetes suben perezosamente por el cielo obscuro, donde, brillan cual nuevos astros, algunos globos de papel, elevados hacía poco merced al humo y al aire calentado. Algunos, adornados de fuegos artificiales, se incendiaron amenazando las casas todas; por esto siguen viéndose aún hombres sobre los caballetes de los tejados, armados de una larga caña con un trapo en la punta y provistos de un cubo de agua. Sus negras siluetas se destacan en la vaga claridad del aire, y parecen fantasmas descendidos de los espacios para presenciar los regocijos de los hombres.—Habíanse quemado también multitud de ruedas, castillos, toros ó carabaos de fuego y un gran volcán que ha superado en hermosura y grandiosidad á cuanto hasta entonces habían visto los habitantes de San Diego.

Ahora se dirige la gente en masa hacia la plaza del pueblo para asistir por última vez al teatro. Acá y allá se ven luces de Bengala, alumbrando fantásticamente los alegres grupos; los chicos se valen de antorchas para buscar entre la hierba bombas falladas y otros restos que pudieran utilizarse, pero la música da la señal y todos abandonan la pradera.

El gran tablado está espléndidamente iluminado: miles de luces rodean los puntales, penden del techo y siembran el suelo en apiñados grupos. De ellas cuídase un alguacil y cuando se adelanta para arreglarlas, el público le silba y grita:—¡Ya está, ahí está!

Delante del escenario templa la orquesta los instrumentos, preludia aires; detrás de ésta se encuentra el sitio de que hablaba el corresponsal en su carta. La principalía del pueblo, los españoles y los ricos forasteros iban ocupando las alineadas sillas. El pueblo, la gente sin títulos ni tratamientos, ocupaba el resto de la plaza; algunos cargaban un banco á cuestas, más que para sentarse para remediar la falta de estatura: esto provocaba ruidosas protestas por parte de los desbancados; aquellos descendían inmediatamente, pero pronto volvían á subir como si nada hubiera pasado.

Idas y venidas, gritos, exclamaciones, carcajadas, un buscapié rezagado, un reventador ó petardo aumentaban el bullicio. Acá se le rompe el pie á un banco y caen al suelo, á las risotadas de la multitud, personas que habían venido de lejos para ver, y ahora resultaban vistas; allá riñen y disputan por el sitio; un poco más distante se oye un estrépito de copas y botellas que se rompen: es Andeng que lleva refrescos y bebidas; con ambas manos sostiene cuidadosa la ancha bandeja, pero se encuentra con el novio que quiere aprovecharse de la situación...

El teniente mayor, don Filipo, preside el espectáculo, pues el gobernadorcillo es aficionado al monte; don Filipo habla con el viejo Tasio:

—¿Qué he de hacer?—decía;—el alcalde no ha querido admitir mi dimisión; «¿no se siente usted con fuerzas para cumplir con sus deberes?» me preguntó.

—Y ¿qué le ha contestado usted?

—¡Señor alcalde! le contesté; las fuerzas de un teniente mayor, por insignificantes que pudiesen ser, son como las de toda autoridad: vienen de esferas superiores. El rey mismo recibe las suyas del pueblo, y el pueblo de Dios. Carezco de esto precisamente, señor alcalde.—Pero el alcalde no me quiso escuchar y me dijo que ya hablaríamos de esto después de las fiestas.

—¡Entonces que Dios ayude á usted!—dijo el viejo y trató de irse.

—¿No quiere usted ver la función?

—¡Gracias! para soñar y disparatar me basto yo solo,—contestó con risa sarcástica el filósofo;—pero ahora me acuerdo, ¿no ha llamado nunca su atención el carácter de nuestro pueblo? Pacífico, gusta de espectáculos belicosos, de luchas sangrientas; demócrata, adora emperadores, reyes y príncipes; irreligioso, se arruina por las pompas del culto; nuestras mujeres tienen un carácter dulce y deliran cuando una princesa blande la lanza... ¿sabe usted á qué se debe esto? Pues...

La llegada de María Clara y sus amigas cortó la conversación. Don Filipo las recibió y las acompañó á sus asientos. Detrás venía el cura y venían también otros vecinos que tienen por oficio escoltar á los frailes.

—¡Dios los premie también en la otra vida!—dijo el viejo Tasio alejándose.

La función empezó con Chananay y Marianito en Crispino e la Comare. Todos tenían ojos y oídos en el escenario menos uno: el P. Salví. Parecía no haber ido allí más que para vigilar á María Clara, cuya tristeza daba á su hermosura un aire tan ideal é interesante, que se comprende que se la contemple con arrobamiento. Pero los ojos del franciscano, profundamente ocultos en sus socavadas órbitas, no decían arrobamiento: en aquella sombría mirada se leía algo desesperadamente triste: ¡con tales ojos contemplaría Caín desde lejos el paraíso cuyas delicias le pintara su madre!

Se concluía el acto cuando entró Ibarra; su presencia ocasionó un murmullo: la atención de todos se fijó en él y en el cura.

Pero el joven no pareció advertirlo, pues saludó con naturalidad á María Clara y á sus amigas, sentándose á su lado. La única que habló fué Sinang.

—¿Has estado á ver el volcán?—preguntó.

—No, amiguita, he tenido que acompañar al Capitán general.

—¡Pues es lástima! El cura venía con nosotras, y nos contaba historias de condenados; ¿te parece? meternos miedo para que no nos divirtamos, ¿te parece?

El cura se levantó y acercóse á don Filipo, con quien pareció entablar una viva discusión. El cura hablaba con viveza, don Filipo con mesura y en voz baja.

—Siento no poder complacer á V. R.,—decía éste;—el señor Ibarra es uno de los mayores contribuyentes y tiene derecho á estarse aquí mientras no perturbe el orden.

—Pero ¿no es perturbar el orden escandalizar á los buenos cristianos? ¡Es dejar á un lobo entrar en el aprisco! ¡Responderás de esto ante Dios y ante las autoridades!

—Siempre respondo de los actos que emanan de mi propia voluntad, padre,—contestó don Filipo inclinándose ligeramente;—pero mi pequeña autoridad no me faculta para mezclarme en asuntos religiosos. Los que quieran evitar su contacto que no hablen con él: el señor Ibarra no fuerza tampoco á nadie.

—Pero es dar ocasión al peligro, y quien ama el peligro, en él perece.

—No veo peligro alguno, padre: el señor alcalde y el Capitán general, mis superiores, han estado hablando con él toda la tarde, y no les he dar una lección.

—Si no le echas de aquí, salimos nosotros.

—Lo sentiría muchísimo, pero no puedo echar de aquí á nadie.

El cura se arrepintió, pero ya no había remedio. Hizo una seña á su compañero, que se levantó con pesar, y ambos salieron. Imitáronlos las personas adictas, no sin lanzar antes una mirada de odio á Ibarra.

Los murmullos y los cuchicheos subieron de punto: acercáronse y saludaron entonces varias personas al joven y decían:

—Nosotros estamos con usted; no haga usted caso de esos.

—¿Quiénes son esos?—preguntó con extrañeza.

—¡Esos que han salido por evitar su contacto!

—¡Sí! dicen que está usted excomulgado.

Ibarra, sorprendido, no supo qué decir y miró á su alrededor. Vió á María Clara que ocultaba el rostro detrás del abanico.

—Pero ¿es posible?—exclamó al fin;—¿todavía estamos en plena Edad media? De manera que...

Y acercándose á las jóvenes y cambiando de tono:

—Dispensadme,—dijo;—me había olvidado de una cita; volveré para acompañaros.

—¡Quédate!—le dijo Sinang;—Yeyeng va á bailar en «la Calandria»; baila divinamente.

—No puedo, amiguita, pero ya volveré.

Redoblaron los murmullos.

Mientras Yeyeng salía vestida de chula con el «¿Da usté su permiso?» y Carvajal le contestaba «Pase usté adelante» etc., acercáronse dos soldados de la guardia civil á don Filipo, pidiendo que se suspendiese la representación.

—Y ¿por qué?—pregunta éste sorprendido.

—Porque el alférez y la señora se han pegado y no pueden dormir.

—Diga usted al alférez que tenemos permiso; nadie en el pueblo tiene facultades, ni el mismo gobernadorcillo, que es mi ú-ni-co su-pe-rior.

—¡Pues hay que suspender la función!—repitieron los soldados.

Don Filipo les volvió las espaldas. Los guardias se marcharon.

Por no turbar la tranquilidad, don Filipo no dijo á nadie una palabra acerca del incidente.

Después del trozo de zarzuela, que fué muy aplaudido, se presentó el príncipe Villardo retando á combate á todos los moros, que tenían preso á su padre; el héroe les amenazaba con cortarles á todos la cabeza de un solo tajo y enviarlas á la luna. Afortunadamente para los moros, que se disponían al combate al són del himno de Riego, sobrevino un tumulto. Los de la orquesta se pararon de repente y asaltaron el teatro, arrojando sus instrumentos. El valiente Villardo, que no los esperaba, tomándolos por aliados de los moros, arroja también espada y escudo y emprende la carrera; los moros, al ver que tan terrible cristiano huía, no tuvieron inconveniente en imitarle: óyense gritos, ayes, imprecaciones, blasfemias, corre la gente, se atropella, se apagan luces, se lanzan al aire vasos de luz, etc.—¡Tulisanes! ¡Tulisanes!—gritan unos.—¡Fuego! ¡ladrones!—gritan otros;—mujeres y niños lloran, ruedan por el suelo bancos y espectadores en medio de la confusión, algarabía y tumulto.

¿Qué había pasado?

Dos guardias civiles habían perseguido vara en mano á los músicos para suspender el espectáculo; el teniente mayor con los cuadrilleros, armados de sus viejos sables, los logran detener á pesar de su resistencia.

—¡Conducidlos al tribunal!—gritaba don Filipo,—¡cuidado con soltarlos!

Ibarra había vuelto y buscaba á María Clara. Las atemorizadas jóvenes se agarraron á él temblorosas y pálidas; tía Isabel rezaba las letanías en latín.

Repuesta algún tanto la gente del susto, y habiéndose dado cuenta de lo que había pasado, la indignación estalló en todos los pechos. Llovieron piedras sobre el grupo de los cuadrilleros que conducían á los dos guardias civiles; hubo quien propuso incendiar el cuartel y asar á doña Consolación juntamente con el alférez.

—¡Para eso sirven!—gritaba una mujer remangándose y extendiendo los brazos; ¡para perturbar el pueblo! ¡No persiguen más que á los hombres honrados! ¡Allí están los tulisanes y jugadores! ¡Incendiemos el cuartel!

Uno palpándose el brazo pedía confesión; voces plañideras salían de debajo de los caídos bancos: era un pobre músico. El escenario estaba lleno de artistas y gente del pueblo, que hablaban todos á la vez. Allí estaba Chananay, vestida de Leonor en el Trovador, hablando en lengua de tienda con Ratia, en traje de maestro de escuela; Yeyeng, envuelta en su pañolón de seda, con el príncipe Villardo; Balbino y los moros se esforzaban en consolar á los músicos, más ó menos lastimados. Algunos españoles iban de un punto á otro hablando y arengando á todo el que encontraban.

Pero ya se había formado un grupo. Don Filipo supo su intento y corrió á contenerlos.

—¡No alteréis el orden!—gritaba;—mañana pediremos satisfacción, se nos hará justicia; ¡yo os respondo de que se nos hará justicia!

—¡No!—contestaban algunos;—lo mismo hicieron en Calamba; se prometió lo mismo, pero el alcalde no hizo nada. ¡Queremos justicia por nuestra mano! ¡Al cuartel!

En vano los arengaba el teniente mayor: el grupo continuaba en su actitud. Don Filipo miró en torno suyo buscando auxilio y vió á Ibarra.

—¡Señor Ibarra, por favor! detenedlos, mientras busco cuadrilleros!

—¿Qué puedo hacer yo?—preguntó el joven perplejo, pero el teniente mayor ya estaba lejos.

Ibarra á su vez miró al rededor, buscando sin saber á quién. Por fortuna creyó distinguir á Elías, que presenciaba impasible el movimiento. Ibarra corre á él, le coge del brazo y le dice en español:

—¡Por Dios! haga usted algo, si puede; ¡yo no puedo nada!

El piloto debió haberle comprendido, pues perdióse entre el grupo.

Oyéronse discusiones vivas, rápidas interjecciones; después, poco á poco, el grupo empezó á disolverse tomando cada cual una actitud menos hostil.

Tiempo era ya, pues los soldados salían armados, con la bayoneta calada.

Entretanto ¿qué hacía el cura?

El P. Salví no se había acostado. De pie, apoyada la frente contra las persianas, miraba hacia la plaza, inmóvil, dejando escapar de tiempo en tiempo un comprimido suspiro. Si la luz de su lámpara no hubiese sido tan oscura, acaso se habría podido ver que se llenaban de lágrimas sus ojos. Así pasó casi una hora.

De este estado le sacó el tumulto de la plaza. Siguió con ojos sorprendidos el confuso ir y venir de la gente, cuyas voces y gritería llegaban vagamente hasta él.—Uno de los criados, que vino sin aliento, le enteró de lo que pasaba.

Un pensamiento atravesó su imaginación. En medio de la confusión y del tumulto es cuando los libertinos se aprovechan del espanto y de la debilidad de la mujer; todos huyen y se salvan, nadie piensa en nadie, el grito no se oye, las mujeres se desmayan, se atropellan, caen, el terror y el miedo desoyen al pudor, y en medio de la noche... y ¡cuando se aman! Se le figuró ver á Crisóstomo llevar en sus brazos á María Clara desmayada, y desaparecer en la oscuridad.

Bajó saltando las escaleras sin sombrero, sin bastón, y como un loco se dirigió á la plaza.

Allí encontró á los españoles que reprendían á los soldados, miró hacia los asientos que ocupaban María Clara y sus amigas y los vió vacíos.

—¡Padre Cura! ¡padre Cura!—le gritaban los españoles,—pero él no hizo caso y corrió en dirección á la casa de capitán Tiago. Allí respiró: vió en el trasparente caído una silueta, la adorable silueta, llena de gracia y suave de contornos, de María Clara, y la de la tía que llevaba tazas y copas.

—¡Vamos!—murmuró;—¡parece que sólo se ha puesto enferma!

Tía Isabel cerró después las conchas de las ventanas, y la graciosa sombra desapareció.

El cura se alejó de aquel sitio sin ver á la multitud. Tenía delante de sus ojos un hermoso busto de doncella, durmiendo y respirando dulcemente; los párpados estaban sombreados por largas pestañas, que formaban graciosas curvas como las de las Vírgenes de Rafael; la pequeña boca sonreía; todo aquel semblante respiraba virginidad, pureza, inocencia; aquel rostro era una dulce visión en medio de la ropa blanca de su cama, cual una cabeza de querubín entre nubes.

La imaginación siguió viendo otras cosas más... pero ¿quién escribe todo lo que un ardiente cerebro puede imaginar?

Quizás el corresponsal del periódico, que terminaba su descripción de la fiesta y de todos los acontecimientos de esta manera:

«¡Gracias mil veces, gracias infinitas á la oportuna y activa intervención del M. R. P. Fr. Bernardo Salví, quien, desafiando todo peligro, entre aquel pueblo enfurecido, en medio de la turba desenfrenada, sin sombrero, sin bastón, apaciguó las iras de la multitud, usando sólo de su persuasiva palabra, de la majestad y autoridad que nunca le faltan al sacerdote de una Religión de Paz. El virtuoso religioso, con una abnegación sin ejemplo, ha dejado las delicias del sueño, de que toda buena conciencia, como la suya, goza, para evitar que le sucediese á su rebaño una pequeña desgracia. ¡Los vecinos de San Diego no olvidarán sin duda este sublime acto de su heroico Pastor y sabrán serle por toda la eternidad agradecidos!»

XLI. Dos visitas

En el estado de ánimo en que se encontraba Ibarra, le era imposible conciliar el sueño; así que, para distraer su espíritu y alejar las tristes ideas que se exageran durante la noche, púsose á trabajar en su solitario gabinete. El día le alcanzó haciendo mezclas y combinaciones, á cuya acción sometía trocitos de caña y otras sustancias, que encerraba después en frascos numerados y lacrados.

Un criado entró anunciándole la llegada de un campesino.

—¡Que pase!—dijo sin volverse siquiera.

Entró Elías, que permaneció de pie en silencio.

—¡Ah! ¿sois vos?—exclamó Ibarra en tagalo al reconocerle;—dispensad que os haya hecho esperar, no lo había notado: estaba haciendo un experimento importante...

—¡No quiero distraeros!—contestó el joven piloto;—he venido primero, para preguntaros si queríais algo para la provincia de Batangas hacia donde parto ahora, y después para daros una mala noticia...

Ibarra interrogó al piloto con la mirada.

—La hija de capitán Tiago está enferma,—añadió Elías tranquilamente;—pero no de gravedad.

—¡Yo ya me lo temía!—exclamó Ibarra con voz débil;—¿sabéis qué enfermedad es?

—¡Una fiebre! Ahora, si no tenéis nada que mandar...

—Gracias, amigo mío; os deseo buen viaje... pero, antes, permitid que os haga una pregunta; si es indiscreta, no me respondáis.

Elías se inclinó.

—¿Cómo habéis podido conjurar el motín de anoche?—preguntó Ibarra fijando en él sus ojos.

—¡Muy sencillamente!—contestó Elías con la mayor naturalidad;—los que dirigían el movimiento eran dos hermanos cuyo padre había muerto, apaleado por la guardia civil; un día tuve la fortuna de salvarlos de las mismas manos en que había caído su padre, y ambos me están por esto agradecidos. A ellos me dirigí anoche y ellos se encargaron de disuadir á los demás.

—Y ¿esos dos hermanos cuyo padre murió apaleado?...

—Acabarán como el padre,—contestó Elías en voz baja;—cuando la desgracia ha marcado una vez una familia, todos los miembros tienen que perecer; cuando el rayo hiere un árbol, todo lo reduce á cenizas.

Y Elías, viendo que Ibarra callaba, se despidió.

Este, al verse solo, perdió el continente sereno que había conservado en presencia del piloto, y el dolor se manifestó en su semblante.

—¡Yo, yo la he martirizado!—murmuró.

Vistióse rápidamente y descendió las escaleras.

Un hombrecito, vestido de luto, con una gran cicatriz en la mejilla izquierda, le saludó humildemente, parándole en su camino.

—¿Qué queréis?—le preguntó Ibarra.

—Señor, yo me llamo Lucas, soy el hermano del que murió ayer.

—¡Ah! Os doy el pésame... y ¿bien?

—Señor, quiero saber cuánto vais á pagar á la familia de mi hermano.

—¿Pagar?—repitió el joven sin poder reprimir su disgusto;—ya hablaremos de esto.—Volved esta tarde que hoy tengo prisa.

—¡Decid solamente cuánto queréis pagar!—insistió Lucas.

—¡Os he dicho que hablaremos otro día, hoy no tengo tiempo!—dijo Ibarra impaciente.

—¿No tenéis tiempo ahora, señor?—preguntó con amargura Lucas, poniéndosele delante;—¿no tenéis tiempo para ocuparos de los muertos?

—¡Venid esta tarde, buen hombre!—repitió Ibarra conteniéndose;—hoy tengo que ver á una persona enferma.

—¡Ah! ¿y por una enferma olvidáis á los muertos? ¿Creéis que porque somos pobres?...

Ibarra le miró y le cortó la palabra.

—¡No pongáis á prueba mi paciencia!—dijo y siguió su camino. Lucas se le quedó mirando con una sonrisa llena de odio.

—¡Se conoce que eres el nieto del que puso á mi padre al sol!—murmuró entre dientes;—¡aún tienes la misma sangre!

Y cambiando de tono añadió:

—Pero, si pagas bien... ¡amigos!

XLII. Los esposos de Espadaña

Ya ha pasado la fiesta; los vecinos del pueblo hallan otra vez, como todos los años, que la caja está más pobre, que han trabajado, sudado y velado mucho sin divertirse, sin adquirir nuevos amigos, en una palabra, han comprado caro el bullicio y los dolores de cabeza. Pero no importa; el año que viene se hará lo mismo, lo mismo la venidera centuria, pues esta ha sido hasta ahora la costumbre.

En casa de capitán Tiago reina bastante tristeza: todas las ventanas están cerradas, la gente apenas hace ruido al andar y sólo en la cocina se atreve á hablar en voz alta. María Clara, el alma de la casa, yace enferma en el lecho; su estado se lee en todos los semblantes, como se leen las dolencias del espíritu en las facciones de un individuo.

—¿Qué te parece, Isabel: hago la limosna á la cruz de Tunasan ó á la cruz de Matahong?—pregunta en voz baja el atribulado padre.—La cruz de Tunasan crece, pero la de Matahong suda; ¿cuál crees tú que sea más milagrosa?

Tía Isabel piensa, mueve la cabeza y murmura.

—Crecer... crecer es mayor milagro que sudar: todos sudamos, pero no crecemos todos.

—Es verdad, sí, Isabel, pero advierte que sudar... sudar la madera que hacían para pie de banco no es poco milagro... Vamos, lo mejor será dar limosna á ambas cruces; así ninguna se resiente y María Clara sanará más pronto... ¿Están bien los cuartos? Ya sabes que viene con los doctores un nuevo señor medio pariente del P. Dámaso; es menester que nada falte.

En el otro extremo del comedor están las dos primas, Sinang y Victoria, que vienen á acompañar á la enferma. Andeng les ayuda á limpiar un servicio de plata para tomar el té.

—¿Conocéis al doctor Espadaña?—pregunta con interés á Victoria la hermana de leche de María Clara.

—¡No!—contesta la interpelada;—lo único que sé de él es que cobra muy caro, según capitán Tiago.

—¡Entonces debe ser muy bueno!—dice Andeng;—el que agujereó el vientre de doña María cobraba caro; por eso era sabio.

—¡Tonta!—exclama Sinang,—no todo el que cobra caro es sabio. Mira el doctor Guevara, después que no supo ayudar al parto, cortándole la cabeza al niño, le cobra cincuenta pesos al viudo... Lo que sabe es cobrar.

—¿Qué sabes tú?—le pregunta su prima dándole un codazo.

—¿No lo he de saber? El marido, que es un aserrador de maderas, después de perder su esposa, tuvo también que perder su casa, porque el Alcalde es amigo del doctor, le obligó á pagar... ¿no lo he de saber? Mi padre le prestó el dinero para hacer el viaje á Santa Cruz.

Un coche, parándose delante de la casa, cortó todas las conversaciones.

Capitán Tiago, seguido de tía Isabel, bajó corriendo las escaleras para recibir á los recién llegados. Estos eran el doctor don Tiburcio de Espadaña, su señora, la doctora doña Victorina de los Reyes de de Espadaña y un joven español de fisonomía simpática y agradable aspecto.

Ella vestía una bata de seda, bordada de flores, y un sombrero con un gran papagayo, medio machacado entre cintas azules y rojas; el polvo del camino, mezclándose con los polvos de arroz en sus mejillas, parecían aumentar sus arrugas; como cuando la vimos en Manila, hoy lleva también del brazo á su marido cojo.

—¡Tengo el gusto de presentarle á usted á nuestro primo, don Alfonso Linares de Espadaña!—dijo doña Victorina señalando al joven; el señor es ahijado de un pariente del padre Dámaso, secretario particular de todos los ministros...

El joven saludó con gracia; capitán Tiago por poco le besa la mano.

Mientras suben las numerosas maletas y sacos de viaje, mientras capitán Tiago los conduce á sus aposentos, digamos algo acerca de este matrimonio, cuyo conocimiento hemos hecho tan ligeramente en los primeros capítulos.

Doña Victorina era una señora de sus cuarenta y cinco agostos, equivalentes á treinta y dos abriles, según sus cálculos aritméticos. Había sido bonita en su juventud, tuvo buenas carnes,—así solía decirlo ella,—pero extasiada en la contemplación de sí misma, había mirado con gran desdén á muchos adoradores filipinos que tuvo, pues sus aspiraciones eran de otra raza. Ella no ha querido otorgar á nadie su blanca y diminuta mano, pero no por desconfianza, pues no pocas veces había entregado joyas de inestimable valor á varios aventureros extranjeros y nacionales.

Seis meses antes de la época de nuestra historia, vió realizado su más hermoso sueño, el sueño de toda su vida, por el cual despreciaría los halagos de la juventud y hasta las promesas de amor de capitán Tiago, arrrulladas en otro tiempo en sus oídos, ó cantadas en alguna serenata. Tarde, es verdad, se ha realizado el sueño; pero doña Victorina que, aunque hablaba mal el español, era más española que Agustina de Zaragoza, y sabía el refrán: Más vale tarde que nunca, consolábase con decírselo á sí misma.—No hay felicidad completa en la tierra, era su otro íntimo refrán, porque ambos no salían jamás de sus labios delante de otras personas.

Doña Victorina, que había pasado su primera, segunda, tercera y cuarta juventud tendiendo redes para pescar en la mar del mundo el objeto de sus insomnios, tuvo al fin que contentarse con lo que la suerte le quiso deparar. La pobrecita, si en vez de tener treinta y dos abriles, no hubiese tenido más que treinta y uno,—la diferencia para su aritmética era muy grande,—habría devuelto al destino la presa que le ofrecía, para esperar otra más en conformidad con sus gustos. Pero como el hombre propone y la necesidad dispone, ella que tenía ya mucha necesidad de marido, vióse obligada á contentarse con un pobre hombre, que arrojó de sí Extremadura y que después de vagar por el mundo seis ó siete años, Ulises moderno, encontró al fin en la isla de Luzón hospitalidad, dinero y una Calipso trasnochada, su media naranja... ¡ay! y la naranja era agria. Llamábase el infeliz Tiburcio Espadaña, y aunque tenía treinta y cinco años y parecía viejo, era más joven que doña Victorina que sólo tenía treinta y dos. El por qué de esto es fácil de comprender, pero peligroso de decir.

Había ido á Filipinas de oficial quinto de Aduanas, pero tuvo tan mala suerte que, además de marearse mucho y fracturarse una pierna durante la navegación, encontróse á los quince días de su llegada con la cesantía que oportunamente le trajo el Salvadora, cuando ya se encontraba sin un cuarto.

Escarmentado del mar, no quiso volver á España sin haber hecho fortuna, y pensó dedicarse á algo. El orgullo español no le permitía ningún trabajo corporal: el pobre hombre hubiera trabajado con gusto para vivir honradamente, pero el prestigio de los españoles no se lo hubiera consentido, y este prestigio no le salvaba de las necesidades.

Al principio vivía á costa de algunos paisanos, pero, como Tiburcio era honrado, sabíale amargo el pan, y en vez de engordar, enflaquecía. No teniendo ni ciencia ni dinero ni recomendaciones, aconsejáronle sus paisanos, para desprenderse de él, fuese á provincias y se hiciese pasar por doctor en medicina. El hombre se resistía al principio, pues si bien había sido mozo en el hospital de San Carlos, no había aprendido nada de la ciencia de curar: su oficio era sacudir el polvo de los bancos, encender los braseros, y esto fué por corto tiempo. Pero como la necesidad apremiaba y sus amigos disipaban sus escrúpulos, dióles oídos al fin, fuése á provincias y empezó por visitar algunos enfermos, cobrando módicamente como su conciencia se lo decía. Mas, á semejanza del joven filósofo de que habla Samaniego, concluyó cobrando caro y poniendo gran precio á sus visitas; de aquí que pronto le tuvieron por gran médico y hubiera hecho probablemente su fortuna, si el protomedicato de Manila no hubiese tenido noticia de sus exorbitantes honorarios y de la competencia que hacía á los otros.

Intercedieron por él particulares y profesores.—«¡Hombre! Dr. C., déjele usted hacer su capitalito, que en cuanto tenga seis ó siete mil pesitos, se podrá volver á su tierra y vivir allí en paz. Total ¿qué le hace á usted eso? ¿que engaña á los incautos indios? Pues que sean más listos. ¡Es un infeliz; no le quite usted el pan de su boca; sea usted buen español!

El doctor era buen español y consintió en hacer la vista gorda; pero como la noticia llegó á oídos del pueblo, empezóse á desconfiar de él y á poco don Tiburcio Espadaña perdió su clientela y se vió de nuevo obligado casi á mendigar el pan de cada día. Por entonces supo de un amigo suyo, íntimo que fué de doña Victorina, el apuro en que se encontraba esta señora, su patriotismo y buen corazón. Don Tiburcio vió allí un pedazo de cielo y pidió ser presentado.

Doña Victorina y don Tiburcio se vieron. Tarde veniéntibus ossa habría exclamado él, si hubiese sabido latín. Ella no era ya pasable, era pasada; su abundante cabellera se había reducido á un moño, grande, al decir de su criada, como la cabeza de un ajo; arrugas surcaban su cara y empezaban á movérsele los dientes; los ojos habían sufrido también, y considerablemente; tenía que entornarlos con frecuencia para mirar á cierta distancia: su carácter era lo único que le había quedado.

Al cabo de media hora de conversación, comprendiéronse y se aceptaron. Ella hubiera preferido un español menos cojo, menos tartamudo, menos calvo, menos mellado, que arrojase menos saliva al hablar y tuviese más brío y categoría, como ella solía decir; pero esta clase de españoles no se dirigieron jamás á ella para pedirle su mano. Había oído más de una vez decir que «á la ocasión la pintan calva» y creyó honradamente que don Tiburcio era la misma ocasión, pues gracias á sus noches negras padecía de una prematura calvicie. ¿Qué mujer no es prudente á los treinta y dos años?

Don Tiburcio, por su parte, sintió vaga melancolía al pensar en su luna de miel. Sonrióse con resignación y evocó en su auxilio el fantasma del hambre. Jamás había tenido ambición ni pretensiones; sus gustos eran sencillos, sus pensamientos limitados; pero su corazón, virgen hasta entonces, había soñado en muy diferente divinidad.—Allá en su juventud, cuando, cansado de trabajar después de una frugal cena, iba á acostarse en una mala cama para digerir el gazpacho, se dormía pensando en una imagen sonriente, acariciadora. Después, cuando los disgustos y las privaciones aumentaron, pasaron los años y la poética imagen no vino, pensó sencillamente en una buena mujer, hacendosa, trabajadora, que le pudiese aportar una pequeña dote, consolarle de las fatigas del trabajo y reñirle de cuando en cuando,—¡sí, él pensaba en las riñas como en una felicidad! Pero cuando, obligado á vagar de país en país en busca, no ya de fortuna, sino de alguna comodidad para vivir los días que le restaban; cuando, ilusionado por las relaciones de sus paisanos que venían de Ultramar, embarcóse para Filipinas, el realismo cedió el puesto á una arrogante mestiza, á una hermosa india de grandes ojos negros, envuelta en sedas y tejidos trasparentes, cargada de brillantes y oro, brindándole su amor, sus coches, etc. Llegó á Filipinas y creyó que realizaba su sueño, pues las jóvenes, que en plateados coches acudían á la Luneta y al Malecón, le habían mirado con cierta curiosidad. Mas, una vez cesante, la mestiza ó la india desapareció, y con trabajo se forjó la imagen de una viuda, pero una viuda agradable. Así que cuando vió su sueño tomar cuerpo en parte, se puso triste, pero, como tenía cierta dósis de filosofía natural, se dijo: «¡Aquello era un sueño y en el mundo no se vive soñando!» Así resolvía él sus dudas: ella gasta polvos de arroz, ¡psé! cuando se casen, ya hará que se los quite; tiene muchas arrugas, pero su levita tiene más roturas y zurcidos; es una vieja pretenciosa, imponente y varonil, pero el hambre es más imponente, terrible y más pretenciosa todavía, y luega para eso ha nacido él dulce de genio, y el amor modifica los caracteres; habla muy mal el castellano, él tampoco lo habla bien, según dijo el jefe del Negociado al notificarle su cesantía, y además ¿qué importa? ¿es una vieja fea y ridícula? ¡él es cojo, desdentado y calvo! Don Tiburcio prefería cuidar que no ser cuidado por enfermo de hambre. Cuando algún amigo se burlaba de él, respondía: «Dame pan y llámame tonto.»

Don Tiburcio era lo que vulgarmente se dice: un hombre que no hacía mal á una mosca: modesto é incapaz de abrigar un mal pensamiento, se hubiera hecho misionero en los antiguos tiempos. Su estancia en el país no le había podido dar ese convencimiento de alta superioridad, de gran valor y de elevada importancia que á las pocas semanas adquieren la mayor parte de sus paisanos. Su corazón no ha podido nunca abrigar odio; todavía no ha podido encontrar un solo filibustero; únicamente veía infelices á quienes convenía desplumar, si no quería ser más infeliz que ellos. Cuando se trató de formarle causa por hacerse pasar como médico, no se resintió, no se quejó; reconocía la justicia y sólo contestaba: ¡Pero es menester vivir!

Casáronse ó cazáronse pues, y fueron á Sta. Ana para pasar la luna de miel; pero en la noche de bodas, doña Victorina tuvo una terrible indigestión, y don Tiburcio dió gracias á Dios, mostróse solícito y cuidadoso. A la segunda noche, sin embargo, se portó como hombre honrado, y al día siguiente, al mirarse en el espejo, sonrió con melancolía descubriendo sus desprovistas encías; había envejecido lo menos diez años.

Muy contenta doña Victorina de su marido, hizo que le arreglaran una buena dentadura postiza, le vistieran y le equiparan los mejores sastres de la ciudad; encargó arañas y calesas, pidió á Batangas y Albay los mejores troncos y hasta le obligó á tener dos caballos para las próximas carreras.

Mientras trasformaba á su marido, no se olvidaba de su propia persona: dejó la saya de seda y la camisa de piña por el traje europeo; sustituyó el sencillo tocado de las filipinas por los falsos flequillos, y con sus trajes, que le sentaban divinamente mal, turbó la paz de todo el tranquilo y ocioso vecindario.

El marido que no salía nunca á pie,—ella no quería que se viese su cojera,—la llevaba á paseo por los sitios más solitarios con gran pesar de Eva, que quería lucir su marido en los paseos más públicos, pero se callaba por respeto á la luna de miel.

El cuarto menguante empezó cuando él quiso hablarle de los polvos de arroz, diciendo que aquello era falso, no natural; doña Victorina frunció las cejas y le miró en la dentadura postiza. El se calló y ella comprendió su flaco.

Pronto creyóse madre y anunciólo así á todos sus amigos:

—El mes que viene, yo y de Espadaña nos vamos á la Peñínsula; no quiero que nuestro hijo nazca aquí y le llamen revolucionario.

Puso un de al apellido de su marido; el de no costaba nada y daba categoría al nombre. Cuando firmaba poníase: Victorina de los Reyes de de Espadaña; este de de Espadaña era su manía; ni el que le litografió sus tarjetas ni su marido pudieron quitárselo de la cabeza.

—¡Si no pongo más que un de puede creerse que no lo tienes, tonto!—decía á su marido.

Hablaba continuamente de sus preparativos de viaje, aprendióse de memoria los nombres de los puntos de escala, y era un gusto oirla hablar:—«Voy á ver el ismo en el canal de Suez: De Espadaña cree que es lo más bonito. De Espadaña ha recorrido todo el mundo»—«Probablemente no volveré más á este país de salvajes.»—«No he nacido para vivir aquí; me convendría más Aden ó Port Said; desde niña lo he creído así, etc.» Doña Victorina en su geografía dividía el mundo en Filipinas y España, á diferencia de los chulos que lo dividen en España y América ó China por otro nombre.

El marido sabía que algunas de estas cosas eran barbaridades, pero se callaba para que no le chillase y le echase en cara su tartamudez. Hízose la antojadiza para aumentar sus ilusiones de madre, y se dió por vestirse de colores, llenarse de flores y cintas y pasearse en bata por la Escolta, pero ¡oh desencanto! pasaron tres meses y el sueño se evaporó, y no habiendo ya motivo para que el hijo no fuese revolucionario, se desistió del viaje. Dióse á consultar médicos, comadronas, viejas, etc., pero inútil; ella, que con descontento de capitán Tiago se burlaba de san Pascual Bailón, no quería recurrir á ningún santo ni santa; por lo que le dijo un amigo de su marido:

—¡Créame usted, señora; es usted el único espíritu fuerte en este aburrido país!

Sonrióse ella sin comprender lo que era espíritu fuerte, y á la noche, á la hora de dormir, se lo preguntó al marido.

—Hija, contestó éste, el e... espíritu fuerte, que conozco es el amoníaco: mi amigo habrá hablado por re... retórica.

Desde entonces ella decía siempre que podía:

—Soy el único amoníaco en este aburridísimo país, hablando por retórica; así lo ha dicho el señor N. de N., peninsular de muchísima categoría.

Cuanto decía se tenía que hacer, había llegado á dominar completamente á su marido, que por su parte no ofreció gran resistencia, llegando á convertirse en una especie de perrito faldero para ella. Si le incomodaba, no le dejaba pasear, y cuando se enfurecía de veras, le arrancaba la dentadura dejándole horrible por uno ó más días.

Se le ocurrió que su marido debía ser doctor en Medicina y Cirugía y así se lo manifestó.

—¡Hija! ¿quieres que me prendan?—preguntó asustado.

—No seas tonto y déjame arreglar las cosas; no irás á curar á nadie, pero quiero que te llamen doctor y á mí doctora; ¡ea!

Y al día siguiente Rodoreda recibía el encargo de grabar en una losa de mármol negro: DOCTOR DE ESPADAÑA, ESPECIALISTA EN TODA CLASE DE ENFERMEDADES.

Toda la servidumbre les debía dar los nuevos títulos, y á consecuencia de esto se aumentó el número de los flequillos, la capa de polvos de arroz, las cintas y encajes, y miró con más desdén que nunca á sus pobres y poco afortunadas paisanas, cuyos maridos eran de menos categoría que el suyo. Cada día sentía dignificarse y elevarse más, y á seguir este camino, al cabo de un año se creería de origen divino.

Estos sublimes pensamientos no impedían sin embargo que cada día fuese más vieja y ridícula. Cada vez que capitán Tiago se encontraba con ella y se acordaba de haberle hecho en vano el amor, mandaba acto continuo un peso á la iglesia para una misa en acción de gracias. A pesar de esto, capitán Tiago respetaba mucho al marido por el título de especialista en toda clase de enfermedades, y escuchaba con atención las pocas frases que él en su tartamudez conseguía pronunciar. Por esto, y porque este doctor no visitaba á todo el mundo como los otros médicos, le escogió capitán Tiago para asistir á su hija.

En cuanto al joven Linares, ya era otra cosa. Cuando se disponía el viaje para España, doña Victorina pensó en un administrador peninsular, no confiando en los filipinos: el marido acordóse de un sobrino en Madrid, que estudiaba para abogado y era considerado como el más listo de la familia: escribiéronle, pues, pagándole de antemano ya el pasaje, y cuando el sueño se desvaneció, el joven ya estaba navegando.

Estos son los tres personajes que acaban de llegar.

Mientras tomaban el segundo almuerzo, llegó el padre Salví, y los esposos, que ya le conocían, le presentaron con todos sus títulos al joven Linares, que se ruborizó.

Se habló de María Clara como era natural; la joven descansaba y dormía. Se habló del viaje; doña Victorina lució su verbosidad criticando las costumbres de los provincianos, sus casas de nipa, los puentes de caña, sin olvidarse de decir al cura sus amistades con el segundo cabo, con el alcalde tal, con el oidor cual, con el intendente, etc., personas todas de categoría que le guardaban mucha consideración.

—Hubiera usted venido dos días antes, doña Victorina,—repuso capitán Tiago en una pequeña pausa,—y habría usted encontrado á S. E. el Capitán general: allí estaba sentado.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Estuvo aquí S. E.? ¿Y en su casa de usted? ¡Mentira!

—¡Le digo á usted que allí se sentaba! Hubiera usted venido dos días antes...

—¡Ah! ¡qué lástima que Clarita no se haya enfermado antes!—exclama ella con verdadero pesar, y dirigiéndose á Linares:

—¿Oyes, primo? ¡Aquí estaba S. E.! ¿Ves si tenía razón De Espadaña cuando te decía que no ibas á casa de un miserable indio? Porque usted sabrá, don Santiago, que nuestro primo era en Madrid amigo de ministros y duques y comía en casa del conde del Campanario.

—Del duque de la Torre, Victorina,—le corrige su marido.

—Lo mismo da, ¿si me dirás tú á mi?...

—¿Encontraría yo este día al padre Dámaso en su pueblo?—interrumpe Linares dirigiéndose al padre Salví;—me han dicho que está cerca de aquí.

—Precisamente está aquí y vendrá dentro de poco,—contestó el cura.

—¡Cuánto me alegro! tengo una carta para él,—exclamó el joven,—y si no fuera por esta feliz casualidad que me trae aquí, habría venido expresamente para visitarle.

La feliz casualidad entretanto se había despertado.

—De Espadaña,—dice doña Victorina terminando el almuerzo,—¿vamos á ver á Clarita?—Y á capitán Tiago:—¡Por usted solo, don Santiago, por usted solo! Mi marido no cura más que á las personas de categoría, y ¡aun, aun! Mi marido no es como los de aquí... en Madrid no visitaba más que á los personajes de categoría.

Pasaron al cuarto de la enferma.

La habitación estaba casi á obscuras, las ventanas cerradas por miedo á una corriente de aire, y la poca luz que la iluminaba partía de los cirios que ardían delante una imagen de la Virgen de Antipolo.

Ceñida la cabeza con un pañuelo empapado en agua de Colonia, envuelto cuidadosamente el cuerpo en blancas sábanas de abundantes pliegues, que velaban sus formas virginales, yacía la joven en su catre de kamagon, entre cortinajes de jusi y piña. Sus cabellos, formando un marco al rededor de su ovalado semblante, aumentaban aquella transparente palidez, animada únicamente por sus grandes ojos, llenos de tristeza. A su lado estaban las dos amigas y Andeng con un ramo de azucenas.

De Espadaña tomóle el pulso, examinó la lengua, hizo unas cuantas preguntas, y dijo moviendo la cabeza á un lado y otro:

—¡E... está enferma, pero se puede curar!

Doña Victorina miró con orgullo á los circunstantes.

—¡Liquen con leche por la mañana, jarabe de altea, dos píldoras de cinoglosa!—ordenó de Espadaña.

—Cobra ánimo, Clarita,—decía doña Victorina acercándose;—hemos venido para curarte... Te voy á presentar á nuestro primo.

Linares estaba absorto, contemplando aquellos elocuentes ojos que parecían buscar á alguien, y no oyó á doña Victorina que le llamaba.

—Señor Linares,—díjole el cura arrancándole de su éxtasis,—aquí viene el padre Dámaso.

En efecto, venía el padre Dámaso, pálido y algo triste; al dejar la cama, su primera visita fué para María Clara. No era ya el padre Dámaso de antes, tan robusto y decidor; ahora marcha silencioso y algo vacilante.

XLIII. Proyectos

Sin cuidarse de nadie, se fué derecho á la cama de la enferma y tomándola de la mano:

—¡María!—dijo con indecible ternura, y brotaron lágrimas de sus ojos;—¡María, hija mía, no te has de morir!

María abrió los ojos y le miró con cierta extrañeza.

Ninguno de los que le conocían al franciscano sospechaba en él tiernos sentimientos; bajo aquel rudo y grosero aspecto nadie creía que existiese un corazón.

El padre Dámaso no pudo seguir más y se alejó de la joven, llorando como un niño. Fuése á la caída para dar rienda suelta á su dolor, bajo las favoritas enredaderas del balcón de María Clara.

—¡Cómo quiere á su ahijada!—pensaban todos.

Fray Salví le contemplaba inmóvil y silencioso, mordiéndose ligeramente los labios.

Sosegado algún tanto, le fué presentado por doña Victorina el joven Linares, que se le acercó con respeto.

Fray Dámaso le contempló en silencio, de pies á cabeza, tomó la carta que aquél le alcanzaba y la leyó sin comprenderla al parecer, pues preguntó:

—Y ¿quién es usted?

—Alfonso Linares, el ahijado de su cuñado...—balbuceó el joven.

El padre Dámaso echó el cuerpo hacia atrás, examinó de nuevo al joven y, animándose su fisonomía, se levantó.

—¡Con que eres tú el ahijado de Carlicos!—exclamó abrazándole;—ven que yo te abrace... hace unos días recibí carta suya... ¡con que eres tu! No te conocí... ya se ve, aún no habías nacido cuando dejé el país; ¡no te conocí!

Y el padre Dámaso estrechaba en sus robustos brazos al joven que se ponía rojo, no se sabe si de vergüenza ó de asfixia. El padre Dámaso parecía haber olvidado por completo su dolor.

Pasados los primeros momentos de efusión y hechas las primeras preguntas acerca de Carlicos y de la Pepa, preguntó el padre Dámaso:

—Y ¡vamos! ¿qué quiere Carlicos que haga por ti?

—En la carta creo que dice algo...—volvió á balbucear Linares.

—¿En la carta? ¿á ver? ¡Es verdad! Y ¡quiere que te procure un empleo y una mujer! ¡Hum! Empleo... empleo, es fácil; ¿sabes leer y escribir?

—¡Me he recibido de abogado en la Universidad Central!

—¡Caramba! ¿Con que eres un picapleitos? pues no tienes facha... pareces un madamisela, pero ¡tanto mejor! Pero darte una mujer... ¡hum! ¡hum! una mujer...

—Padre, no tengo tanta prisa,—dijo Linares confuso.

Pero el padre Dámaso se paseaba de un extremo á otro de la caída murmurando:

—¡Una mujer, una mujer!

Su rostro ya no estaba triste ni alegre; ahora expresaba la mayor seriedad y parecía que estaba cavilando. El padre Salví miraba toda esta escena desde lejos.

—¡Yo no creía que la cosa me diese tanta pena!—murmuró el padre Dámaso con voz llorosa;—pero de dos males el menor.

Y levantando la voz y acercándose á Linares:

—Ven acá, mozo,—dijo;—vamos á hablar con Santiago.

Linares palideció y se dejó arrastrar por el sacerdote, que marchaba pensativo.

Entonces le tocó á su vez al padre Salví el turno de pasearse, meditabundo como siempre.

Una voz que le daba los buenos días le sacó de su monótono paseo; levantó la cabeza y se encontró con Lucas, el cual le saludaba humildemente.

—¿Qué quieres?—preguntaron los ojos del cura.

—¡Padre, soy el hermano del que murió el día de la fiesta!—contestó en tono lacrimoso Lucas.

El padre Salví retrocedió.

—Y ¿qué?—murmuró con voz imperceptible.

Lucas hacía esfuerzos para llorar y se enjugaba los ojos con el pañuelo.

—Padre,—decía lloriqueando,—he estado en casa de don Crisóstomo para pedir la indemnización... Primero me recibió á puntapiés, diciendo que él no quería pagar nada, pues había corrido peligro de morir por culpa de mi querido é infeliz hermano. Ayer volví para hablarle, pero ya se había marchado á Manila, dejándome, como por caridad, quinientos pesos y encargándome que no volviese jamás. ¡Ah, padre, quinientos pesos por mi pobre hermano, quinientos pesos! ¡Ah, padre!...

El cura le escuchaba al principio con sorpresa y atención, y lentamente se reflejó en sus labios una sonrisa tal de desprecio y sarcasmo á la vista de aquella comedia, que, si Lucas la hubiese visto, se habría escapado á todo correr.

—Y ¿qué quieres ahora tú?—le preguntó volviéndole las espaldas.

—¡Ay, padre! decidme por amor de Dios qué debo hacer: el padre ha dado siempre buenos consejos.

—¿Quién te lo ha dicho? Tú no eres de aquí...

—¡Al padre le conocen en toda la provincia!

El padre Salví se le acercó con ojos irritados y, señalándole la calle, dijo al espantado Lucas:

—¡Vete á tu casa y dale gracias á don Crisóstomo que no te haya enviado á la cárcel! ¡Largo de aquí!

Lucas se olvidó de su farsa y murmuró:

—Pues yo creía...

—¡Largo de aquí!—gritó con nervioso acento el padre Salví.

—Quisiera ver al padre Dámaso...

—El padre Dámaso tiene que hacer... ¡largo de aquí!—volvió á mandar con imperio el cura.

Lucas bajó las escaleras murmurando:

—Este es también otro... ¡como no pague bien!... El que pague mejor...

A las voces del cura habían acudido todos, hasta el padre Dámaso, capitán Tiago y Linares.

—¡Un insolente vagabundo que viene á pedir limosna y no quiere trabajar!—dijo el padre Salví, cogiendo el sombrero y bastón para dirigirse al convento.

XLIV. Examen de conciencia

Largos días y tristes noches se han pasado á la cabecera de la cama; María Clara había recaído momentos después de haberse confesado, y durante su delirio no pronunciaba más que el nombre de su madre, á quien ella no había conocido. Pero sus amigas, su padre y su tía velaban; enviábanse misas y limosnas á todas las imágenes milagrosas; capitán Tiago prometió regalar un bastón de oro á la Virgen de Antipolo, y al fin la fiebre comenzó á descender paulatinamente y con regularidad.

El doctor de Espadaña está asombrado de las virtudes del jarabe de altea y del cocimiento de liquen, prescripciones que no ha variado. Doña Victorina se halla tan contenta de su marido, que un día que éste le pisó la cola de su bata, no aplicó su código penal quitándole la dentadura, sino que se contentó con decirle:

—¡Si no llegas á ser cojo, me pisas hasta el corsé!

¡Y ella no lo usaba!

Una tarde, mientras Sinang y Victoria visitaban á su amiga, conversaban durante la merienda, en el comedor el cura, capitán Tiago y la familia de doña Victoria.

—Pues lo siento mucho,—decía el doctor;—el padre Dámaso lo sentirá mucho también.

—Y ¿á dónde dice usted que le trasladan?—preguntó Linares al cura.

—¡A la provincia de Tayabas!—respondió éste negligentemente.

—Quien lo sentirá mucho también es María cuando lo sepa,—dijo capitán Tiago;—le quiere como á un padre.

Fray Salví le miró de reojo.

—Creo, padre,—continuó capitán Tiago,—que toda esta enfermedad viene del disgusto que ha tenido el día de la fiesta.

—Soy del mismo parecer, y ha hecho usted bien en no permitir al señor Ibarra que le hablase; se hubiera agravado.

—Y si no fuera por nosotras,—interrumpe doña Victorina,—Clarita ya estaría en el cielo cantando alabanzas á Dios.

—¡Amén Jesús!—creyó deber decir capitán Tiago.

—Fortuna para usted que mi marido no haya tenido enfermo de más categoría, pues hubiera usted tenido que llamar á otro y aquí todos son ignorantes; mi marido...

—Creo y sigo en lo que he dicho,—la interrumpe á su vez el cura;—la confesión que María Clara ha hecho, ha provocado aquella crisis favorable que le ha salvado la vida. Una conciencia limpia vale más que muchas medicinas, y ¡cuidado que no niego yo el poder de la ciencia, sobre todo el de la cirugía! pero una conciencia limpia... ¡Lean ustedes los libros piadosos y verán cuántas curaciones operadas por sólo una buena confesión!

—Usted perdone,—objeta doña Victorina picada;—eso del poder de la confesión... ¡cure usted á la mujer del alférez con una confesión!

—¡Una herida, señora, no es ninguna enfermedad en que pueda influir la conciencia!—replica severamente el padre Salví;—sin embargo, una buena confesión la preservaría de recibir en adelante golpes como los de esta mañana.

—¡Lo merece!—continúa doña Victorina, como si no hubiese oído cuanto dijo el padre Salví.—¡Esa mujer es muy insolente! En la iglesia no hace más que mirarme, ¡ya se ve! es una cualquiera; el domingo yo le iba á preguntar si tenía monos en la cara, pero ¿quién se mancha hablando con gente que no es de categoría?

Por su parte el cura, como si tampoco hubiese oído toda esta perorata, continuó:

—Créame usted, don Santiago; para acabar de curar á su hija es menester que haga una comunión mañana; le traeré el viático... creo que no tendrá nada de qué confesarse, sin embargo... si quiere conciliarse esta noche...

—No sé,—añadió al instante doña Victorina aprovechando una pausa,—no comprendo cómo puede haber hombres capaces de casarse con tales espantajos, como esa mujer; de lejos se ve de dónde viene; se le conoce que se muere de envidia; ¡ya se ve! ¿qué gana un alférez?

—Con que, don Santiago, diga usted á su prima que prevenga á la enferma de la comunión de mañana; vendré esta noche á absolverla de sus pecadillos...

Y viendo que la tía Isabel salía, le dijo en tagalo:

—Preparad á vuestra sobrina para confesarse esta noche; mañana le traeré el viático; con eso convalecerá más pronto.

—Pero, padre,—se atrevió á objetar tímidamente Linares,—no vaya á creer que está en peligro de muerte.

—¡No tenga usted cuidado!—le contestó sin mirarle,—yo sé lo que me hago: he asistido ya á muchísimos enfermos; además, ella dirá si quiere ó no tomar la santa comunión y verá usted como dice á todo que sí.

Por de pronto capitán Tiago tuvo que decir sí á todo.

Tía Isabel entró en la alcoba de la enferma.

María Clara seguía en cama, pálida, muy pálida; á su lado estaban sus dos amigas.

—Toma un granito más,—decía Sinang en voz baja presentándole un gránulo blanco, que sacó de un pequeño tubo de cristal;—él dice que, cuando sientas ruido ó zumbido de oídos, suspendas la medicina.

—¿No ha vuelto á escribirte?—pregunta en voz baja la enferma.

—No, ¡debe estar muy ocupado!

—¿No me manda decir nada?

—No dice más sino que va á procurar que el arzobispo le absuelva de la excomunión para que....

La conversación se suspende porque viene la tía.

—El padre quiere que te dispongas á confesarte, hija,—dice ésta;—dejadla para que haga su examen de conciencia.

—Pero ¡si no hace una semana que se confesó!—protesta Sinang.—Yo no estoy enferma y no peco tan á menudo.

—¡Abá! ¿no sabéis lo que dice el cura? el justo peca siete veces al día. Vamos ¿quieres que te traiga el Ancora, el Ramillete ó el Camino recto para ir al cielo?

María Clara no contestó.

—Vamos, no te has de fatigar,—añade la buena tía para consolarla; yo misma te leeré el examen de conciencia y tú no harás sino recordar los pecados.

—¡Escríbele que no piense más en mí!—murmuró María Clara al oído de Sinang, cuando se despedía de ella.

—¿Cómo?

Pero la tía entró y Sinang tuvo que alejarse, sin comprender lo que su amiga le había dicho.

La buena tía acercó una silla á la luz, púsose los anteojos sobre la punta de la nariz, y abriendo un librito, dijo:

—Pon mucha atención, hija mía; voy á empezar por los mandamientos de la ley de Dios; iré despacio para que puedas meditar; si no me has oído bien, me lo dirás para que lo repita; ya sabes que por tu bien no me canso jamás.

Empezó á leer con voz monótona y gangosa las consideraciones acerca de los casos pecaminosos. Al fin de cada párrafo ponía una larga pausa, para dar tiempo á la joven de recordar sus pecados y arrepentirse.

María Clara miraba vagamente al espacio. Terminado el primer mandamiento de amar á Dios sobre todas las cosas, obsérvala tía Isabel por encima de los anteojos y se queda satisfecha de su aire meditabundo y triste. Tose piadosamente, y después de una larga pausa, comienza el segundo mandamiento. La buena anciana lee con unción, y terminadas las consideraciones, mira otra vez á su sobrina, que vuelve lentamente la cabeza á otro lado.

—¡Bah!—dijo para sí tía Isabel;—en esto de jurar su santo nombre, la pobrecita no tendrá nada que ver. Pasemos al tercero.

Y el tercer mandamiento fué desmenuzado y comentado, y leídos todos los casos en que se peca contra él, vuelve á mirar hacia la cama; pero ahora la tía levanta las gafas, y se restriega los ojos: ha visto á su sobrina llevarse el pañuelo á la cara como para enjugar lágrimas.

—¡Hum!—dice,—¡ejem! La pobre se durmió durante sermón.

Y volviendo á colocar los anteojos sobre la punta de su nariz, se dijo:

—Vamos á ver si, así como no ha santificado las fiestas, no ha honrado padre y madre.

Y lee el cuarto mandamiento con voz más pausada y gangosa aún, creyendo dar así mayor solemnidad al acto, como había visto hacer á muchos frailes: tía Isabel no había oído jamás predicar á un cuákero, si no se habría puesto también á temblar.

La joven, entretanto, se lleva varias veces el pañuelo á los ojos, y su respiración se hace más perceptible.

—¡Qué alma tan buena!—piensa para sí la anciana;—¡ella que es tan obediente y sumisa con todos! Yo he tenido más pecados y nunca he podido llorar de veras.

Y comenzó el quinto mandamiento con mayores pausas y una gangosidad más perfecta aún si cabe, con tanto entusiasmo, que no oyó los ahogados sollozos de su sobrina. Sólo á una pausa que hizo, después de las consideraciones sobre el homicidio á mano armada, percibió los gemidos de la pecadora. Entonces el tono pasó de lo sublime, leyó lo que restaba del mandamiento con acento que procuró hacer amenazador, y viendo que su sobrina seguía aún llorando:

—¡Llora, hija, llora!—le dijo acercándose al lecho;—cuanto más llores más pronto te ha de perdonar Dios. Ten el dolor de contrición mejor que el de atrición, ¡Llora, hija, llora! ¡no sabes cuánto gozo viéndote llorar! Date también golpes de pecho, pero no muy fuertes, porque todavía estás enferma.

Mas, como si el dolor para crecer necesitase el misterio y la soledad, María Clara, al verse sorprendida, cesó poco á poco de suspirar y secó sus ojos sin decir una palabra ni contestar á su tía.

Esta prosiguió la lectura, pero, como el llanto de su público había cesado, perdió el entusiasmo, los últimos mandamientos le dieron sueño y le hicieron bostezar, con gran detrimento de la monótona gangosidad, que así se interrumpía.

—¡A no verlo no lo creería!—pensaba después la buena anciana;—¡esta niña peca como un soldado contra los cinco primeros, y del sexto al décimo ni un pecado venial, al revés de nosotras! ¡Cómo va el mundo ahora!

Y encendió un gran cirio á la Virgen de Antipolo y otros dos más pequeños á Nuestra Señora del Rosario y á Nuestra Señora del Pilar, teniendo cuidado de apartar y poner en un rincón un crucifijo de marfil, para darle á entender que por él no se habían encendido los cirios. La Virgen de Delaroche tampoco tuvo participación: es una extranjera desconocida, y tía Isabel no había oído hasta ahora ningún milagro suyo.

No sabemos qué habrá pasado en la confesión de aquella noche; nosotros respetamos esos secretos. La confesión fué larga, y la tía, que desde lejos vigilaba á su sobrina, pudo notar que el cura, en vez de aplicar el oído á las palabras de la enferma, tenía por el contrario la cara vuelta hacia ella, y no parecía sino que quería leer en los hermosos ojos de la joven los pensamientos ó adivinarlos.

Pálido y con los labios contraídos, salió el padre Salví del aposento. Al ver su frente obscura y cubierta de sudor, se habría dicho que era él el que se había confesado y no mereció la absolución.

—¡Jesús, María y José!—dijo la tía santiguándose para apartar un mal pensamiento;—¿quién comprende á las jóvenes ahora?

XLV. Los perseguidos

A favor de la débil claridad, que difunde la luna al través de las espesas ramas de los árboles, un hombre vaga por el bosque con paso lento y reposado. De vez en cuando y como para orientarse, silba una melodía particular, á la que suele responder otra lejana entonando el mismo aire. El hombre escucha atento, y después prosigue su camino en la dirección del lejano sonido.

Por fin, al través de mil dificultades que ofrece de noche una selva virgen, llega á un pequeño claro, bañado por la luna en su primer cuarto. Elevadas rocas, coronadas de árboles, se levantan alrededor formando una especie de derruído anfiteatro; árboles recién cortados, troncos carbonizados llenan el medio, confundidos con enormes peñascos, que la naturaleza cubre en parte con su manto de verde follaje.

Apenas el desconocido hubo llegado, cuando otra figura, saliendo repentinamente de detrás de una gran roca, avanza y sacando un revólver:

—¿Quién eres?—pregunta en tagalo con voz imperiosa, amartillando el gatillo de su arma.

—¿Está entre vosotros el viejo Pablo?—preguntó el primero con voz tranquila, sin contestar á la pregunta ni intimidarse.

—¿Hablas del capitán? Sí, está.

—Díle entonces que aquí le busca Elías,—dijo el hombre que no era otro que el misterioso piloto.

—¿Sois vos, Elías?—preguntó el desconocido con cierto respeto y acercándose, sin dejar por eso de apuntarle con su revólver;—entonces... venid.

Elías le siguió.

Penetraron en una especie de caverna, que se hundía en las profundidades de la tierra. El guía, que sabía el camino, advertía al piloto cuando debía descender, inclinarse ó arrastrarse; sin embargo, no tardaron mucho y llegaron á una especie de sala, alumbrada miserablemente por antorchas de brea, ocupada por doce ó quince individuos armados, de fisonomías siniestras y trajes sucios, sentados unos, acostados otros, hablando entre sí apenas. Apoyados los codos sobre una piedra, que hacía el oficio de mesa, y contemplando meditabundo la luz que difundía tan poca claridad para tanto humo, se veía un anciano de fisonomía triste, la cabeza envuelta en una venda ensangrentada: si no supiéramos que aquella era una caverna de tulisanes, diríamos, al leer la desesperación en el rostro del anciano, que era la torre del Hambre en la víspera de devorar Ugolino á sus hijos.

A la llegada de Elías y de su guía, los hombres medio se incorporaron, pero á una señal del último se tranquilizaron, contentándose con examinar al piloto, que estaba completamente sin armas.

El anciano volvió lentamente la cabeza y se encontró con la seria figura de Elías, que le contemplaba descubierto, lleno de tristeza é interés.

—¿Eres tú?—preguntó el anciano, cuya mirada, al reconocer al joven, se animó algún tanto.

—¡En qué estado os encuentro!—murmuró Elías á media voz y moviendo la cabeza.

El anciano bajó la cabeza en silencio, hizo una seña á los hombres, los cuales se levantaron y se alejaron, no sin medir antes con una mirada la estatura y los músculos del piloto.

—¡Sí!—dijo el anciano á Elías luego que se encontraron solos;—hace seis meses, cuando te di abrigo en mi casa, era yo el que me compadecía de tí; ahora la suerte ha cambiado, y eres tú quien me compadeces. Pero siéntate, y dime cómo has llegado hasta aquí.

—Hace unos quince días que me han hablado de vuestra desgracia,—contestó el joven lentamente en voz baja, mirando hacia la luz;—púseme al instante en camino y os he estado buscando de monte en monte: he recorrido casi dos provincias.

»Por no derramar sangre inocente, he tenido que huir; mis enemigos temían presentarse y sólo me ponían delante unos infelices, que no me han hecho el más pequeño mal.

Después de una corta pausa, que Elias empleó para leer los pensamientos en el sombrío semblante del anciano, repuso:

—He venido para proponeros una cosa. Habiendo buscado inútilmente algún resto de la familia que ha causado la desgracia de la mía, he decidido dejar la provincia en donde vivo, para emigrar hacia el norte y vivir entre las tribus infieles ó independientes: ¿queréis dejar la vida que comenzáis y veniros conmigo? Seré vuestro hijo, pues que habéis perdido los que teníais, y yo que no tengo familia, tendré en vos un padre.

El anciano movió la cabeza negativamente, y dijo:

—A mi edad, cuando se toma una resolución desesperada, es porque no hay otra. Un hombre que, como yo, ha pasado su juventud y su edad madura trabajando para el propio porvenir y el de sus hijos; un hombre que ha sido sumiso á todas las voluntades de sus superiores, que ha desempeñado á conciencia pesados cargos, sufrido todo para vivir en paz y en una tranquilidad posible; cuando este hombre, cuya sangre ha enfriado el tiempo, renuncia á todo su pasado y á todo su porvenir en los bordes mismos de la tumba, es porque ha juzgado maduramente que la paz ni existe ni es el supremo bien. ¿A qué vivir miserables días en tierra extranjera? Yo tenía dos hijos, una hija, un hogar, una fortuna; gozaba de consideración y aprecio; ahora estoy como un árbol despojado de sus ramas, vago fugitivo, cazado como una fiera en el bosque, y todo ¿por qué? Porque un hombre ha deshonrado á mi hija, porque los hermanos pidieron cuenta de la infamia á ese hombre, y porque ese hombre está colocado por encima de los demás con el título de ministro de Dios. Con todo, yo, padre, yo, deshonrado en mi vejez, he perdonado la injuria, indulgente con las pasiones de la juventud y las debilidades de la carne, y ante un mal irreparable, ¿qué debía yo hacer sino callarme y salvar lo que me ha quedado? Pero el criminal ha tenido miedo ante una venganza más ó menos próxima, y buscó la perdición de mis hijos. ¿Sabes qué ha hecho? ¿No? ¿No sabes que se fingió un robo en el convento, y entre los acusados figuró uno de mis hijos? Al otro no se le pudo incluir porque estaba ausente. ¿Sabes las torturas á que fueron sometidos? ¡Las conoces porque son las de todos los pueblos! ¡Yo, yo vi á mi hijo colgado de los cabellos, yo oí sus gritos, yo oí que me llamaba, y yo, cobarde y acostumbrado á la paz, no he tenido el valor ni de matar ni de morir! ¿Sabes que el robo no se probó, que se vió la calumnia y que en castigo el cura fué trasladado á otro pueblo, y mi hijo murió á consecuencia de la tortura? El otro, el que me quedaba, no era cobarde como su padre, y temiendo el verdugo que no vengara en él la muerte del hermano, so pretexto de no tener cédula de vecindad, que momentáneamente había olvidado, fué preso por la guardia civil, maltratado, irritado y provocado á fuerza de injurias hasta obligarle al suicidio. ¡Y yo, yo he sobrevivido después de tanta vergüenza, pero si no he tenido el valor de padre para defender á mis hijos, quédame un corazón para la venganza y me vengaré! ¡Los descontentos se van reuniendo bajo mi mando, mis enemigos aumentan mi campo, y el día en que me considere fuerte, bajaré al llano y extinguiré en el fuego mi venganza y mi propia existencia! ¡Y ese día llegará ó no hay Dios!

Y el anciano se levantó agitado y, con la mirada centellante y la voz cavernosa, añadió mesándose sus largos cabellos:

—¡Maldición, maldición sobre mí que he contenido la mano vengadora de mis hijos; yo los he asesinado! ¡Hubiera dejado que el culpable muriese, hubiese creído menos en la justicia de Dios y en la de los hombres, y ahora tendría á mis hijos, fugitivos tal vez, pero los tendría y no habrían muerto entre torturas! ¡Yo no había nacido para ser padre, por eso no los tengo! ¡Maldición sobre mí que no he aprendido con mis años á conocer el medio en que vivía! ¡Pero en fuego y sangre, y en mi muerte propia sabré vengaros!

El desgraciado padre, en el paroxismo de su dolor, se había arrancado la venda, abriéndose una herida que tenía en la frente, de la que cayeron gotas de sangre.

—Respeto vuestro dolor,—repuso Elías,—y comprendo vuestra venganza; yo también soy como vos, y sin embargo, por temor de herir á un inocente, prefiero olvidar mis desdichas.

—¡Tú puedes olvidar porque eres joven y porque no perdiste ningún hijo, ninguna última esperanza! Pero yo te lo aseguro, no heriré á ningún inocente. ¿Ves esta herida? Por no matar á un pobre cuadrillero que cumplía con su deber, me la he dejado hacer.

—Pero ved,—dijo Elías después de un momento de silencio;—ved en qué espantosa hoguera vais á sumir á nuestros desgraciados pueblos. Si cumplís la venganza por vuestra mano, vuestros enemigos tomarán terribles represalias, no contra vos, no contra los que están armados, sino contra el pueblo que suele ser el acusado, según la costumbre, y entonces ¡cuántas injusticias!

—¡Que el pueblo aprenda á defenderse, que cada cual se defienda!

—¡Sabéis que eso es imposible! Señor, os he conocido en otra época cuando érais feliz, entonces me dabais sabios consejos; ¿me permitiréis?...

El anciano se cruzó de brazos y pareció atender.

—Señor,—continuó Elías midiendo bien sus palabras;—yo he tenido la fortuna de haber podido prestar un servicio á un joven rico, de buen corazón, noble y que ama el bien de su país. Dicen que este joven tiene amigos en Madrid; no lo sé, pero sí os puedo asegurar que es amigo del Capitán general. ¿Qué decís si le hacemos portador de las quejas del pueblo, si le interesamos en la causa de los infelices?

El anciano sacudió la cabeza.

—¿Dices que es rico? Los ricos no piensan más que en aumentar sus riquezas; el orgullo y la pompa los ciegan, y como generalmente están bien, sobre todo cuando tienen poderosos amigos, ninguno de ellos se molesta por los desgraciados. ¡Lo sé todo porque fuí rico!

—Pero el hombre de que os hablo no se parece á los otros; es un hijo que ha sido insultado en la memoria de su padre; es un joven que, como ha de tener dentro de poco familia, piensa en el porvenir, en un buen porvenir para sus hijos.

—Entonces es un hombre que va á ser feliz; nuestra causa no es la de los hombres felices.

—¡Pero es la de los hombres de corazón!

—¡Sea!—repuso el anciano sentándose;—supón que consienta en llevar nuestra voz hasta al Capitán general, supón que encuentre en la corte diputados que aboguen por nosotros, ¿crees que se nos hará justicia?

—Intentémoslo antes de tomar una sangrienta medida,—contestó Elías.—Os debe extrañar que yo, otro desgraciado, joven y robusto, os proponga á vos, anciano y débil, medidas pacíficas; pero es que yo he visto tantas miserias causadas por nosotros como por los tiranos: el inerme es el que paga.

—Y ¿si no conseguimos nada?

—Algo se conseguirá, creedme; no todos los que gobiernan son injustos. Y si nada conseguimos, si desoyen nuestras voces, si el hombre se ha vuelto sordo á los gritos de dolor de sus semejantes, ¡entonces me tendréis á vuestras órdenes!

El viejo, lleno de entusiasmo, abrazó á Elías.

—Acepto tu proposición, Elías; sé que cumples tu palabra. Vendrás á mí y yo te ayudaré á vengar á tus antepasados, tú me ayudarás á vengar á mis hijos, ¡mis hijos que eran como tú!

—Entretanto evitaréis, señor, toda medida violenta.

—Expondrás las quejas del pueblo, tú las conoces ya. ¿Cuándo sabré la contestación?

—Dentro de cuatro días enviadme un hombre á la playa de San Diego, y le diré la que me dé la persona en quien espero... Si acepta, nos harán justicia, y si no, seré el primero que caerá en la lucha que emprenderemos.

—Elías no morirá, Elías será el jefe, cuando capitán Pablo caiga satisfecho en su venganza,—dijo el anciano.

Y él mismo acompañó al joven hasta fuera de la cueva.

XLVI. La gallera

Para santificar la tarde del domingo se va generalmente á la gallera en Filipinas, como á los toros en España. La riña de gallos, pasión introducida en el país y explotada hace un siglo, es uno de los vicios del pueblo, más trascendental que el opio entre los chinos; allí va el pobre á arriesgar lo que tiene, deseoso de ganar dinero sin trabajar; allí va el rico para distraerse, empleando el dinero que le sobra de sus festines y misas de gracia; pero la fortuna que juegan es suya, el gallo está educado con mucho cuidado, con más cuidado quizás que el hijo, sucesor del padre en la gallera, y esto disculpa á los jugadores.

Puesto que el gobierno lo permite, y hasta casi lo recomienda, mandando que el espectáculo sólo se dé en las plazas públicas, en días de fiesta (para que todos puedan verlo y el ejemplo anime?), después de la misa mayor hasta el obscurecer (ocho horas), asistiremos á este juego para buscar á algunos conocidos.

La gallera de San Diego no se diferencia de las demás que se encuentran en otros pueblos más que en algunos accidentes. Consta de tres departamentos: el primero, ó sea la entrada, es un gran rectángulo de unos veinte metros de largo por catorce de ancho; á uno de sus lados se abre una puerta, que generalmente suele guardar una mujer, encargada de cobrar el sa pintû, ó sea el derecho de entrada. De esta contribución, que cada uno pone allí, percibe el gobierno una parte, algunos centenares de miles de pesos al año: dicen que con este dinero, con que el vicio paga su libertad, se levantan magníficas escuelas, se construyen puentes y calzadas, se instituyen premios para fomentar la agricultura y el comercio... ¡Bendito sea el vicio que tan buenos resultados produce!—En este primer recinto están las vendedoras de buyo, cigarros, golosinas y comestibles, etc.; allí pululan los muchachos que acompañan á sus padres ó tíos, que les inician cuidadosos en los secretos de la vida.

Este recinto comunica con otro de proporciones un poco mayores, una especie de foyer donde el público se reune antes de las soltadas. Allí están la mayor parte de los gallos, sujetos por una cuerda al suelo mediante un clavo de hueso ó de palma brava; allí los tahures, los aficionados, el perito atador de la navaja; allí se contrata, se medita, se pide prestado, se maldice, se jura, se ríe á carcajadas; aquel acaricia su gallo, pasándole la mano por encima del brillante plumaje; éste examina y cuenta las escamas de las patas; refiérense las hazañas de los héroes; allí veréis muchos, con el semblante mohino, llevar de los pies un cadáver desplumado: el animal que fué el favorito durante meses, mimado, cuidado día y noche y en el cual cifraban halagüeñas esperanzas, ahora no es más que un cadáver y va á ser vendido por una peseta, para ser guisado con jengibre y comido aquella misma noche: ¡sic transit gloria mundi! El perdidoso vuelve al hogar donde le esperan la inquieta esposa y los haraposos hijos, sin el capitalito y sin el gallo. De todo aquel dorado sueño, de todos aquellos cuidados durante meses, desde que despunta el día hasta que el sol se oculta, de todas aquellas fatigas y trabajos, resulta una peseta, las cenizas que quedan de tanto humo.—En este foyer discute el menos inteligente; el más ligero examina concienzudamente la materia, pesa, contempla, extiende las alas, palpa los músculos á aquellos animales. Unos van muy bien vestidos, seguidos y rodeados de los partidarios de sus gallos; otros, sucios, con el sello del vicio marcado en el escuálido semblante, siguen ansiosos los movimientos de los ricos y atienden á las apuestas, porque la bolsa puede vaciarse, pero no saciarse la pasión: allí no hay rostro que no esté animado; allí no está el filipino indolente, el apático, el callado: todo es movimiento, pasión, afán; diríase que tienen esa sed que aviva el agua del cieno.

De este lugar se pasa á la arena que llaman rueda. El piso, cercado de cañas, suele ser más elevado que el de los dos anteriores. En la parte superior, y tocando casi al techo, hay graderías para los espectadores ó jugadores, que vienen á ser lo mismo. Durante el combate se llenan estas graderías de hombres y niños que gritan, vociferan, sudan, riñen y blasfeman: por fortuna casi ninguna mujer llega hasta allí. En la rueda están los prohombres, los ricos, los famosos tahures, el contratista, el sentenciador. Sobre el suelo, apisonado perfectamente, luchan los animales, y desde allí distribuye el destino á las familias risas ó lágrimas, festines ó hambre.

A la hora en que entramos, vemos ya al gobernadorcillo, á capitán Pablo, á capitán Basilio, á Lucas, el hombre de la cicatriz en la cara, que tanto sintiera la muerte de su hermano.

Capitán Basilio se acerca á uno del pueblo y le pregunta:

—¿Sabes qué gallo trae capitán Tiago?

—No lo sé, señor; esta mañana le han llegado dos, uno de ellos es el lásak que ganó el talisain del cónsul.—¿Crees que mi búlik puede luchar con él?

—¡Ya lo creo! ¡Pongo mi casa y mi camisa!

En aquel momento llegaba capitán Tiago. Vestía como los grandes jugadores, camisa de lienzo Cantón, pantalón de lana y sombrero de jipijapa. Detrás venían dos criados, llevando el lásak y un gallo blanco de colosales dimensiones.

—¡Sinang me ha dicho que María va cada vez mejor!—dice capitán Basilio.

—¿Perdió usted anoche?

—Un poco; sé que usted ha ganado... voy á ver si me desquito.

—¿Quiere usted jugar el lásak?—preguntó capitán Basilio mirando el gallo, y pidiéndoselo al criado.

—Según, si hay apuesta.

—¿Cuánto pone usted?

—Menos de dos, no lo juego.

—¿Ha visto usted mi búlik?—pregunta capitán Basilio, y llama á un hombre que trae un pequeño gallo.

Capitán Tiago lo examina, y después de pesarlo y analizar las escamas, lo devuelve.

—¿Cuánto pone usted?—pregunta.

—Lo que usted.

—¿Dos y quinientos?

—¿Tres?

—¡Tres!

—¡Para la siguiente!

El corro de curiosos jugadores esparce la noticia de que lucharán dos célebres gallos; ambos tenían su historia y su fama conquistada. Todos quieren ver, examinar las dos celebridades; se emiten opiniones, se profetiza.

Entretanto las voces crecen, aumenta la confusión, se invade la rueda, las graderías son asaltadas. Los soltadores llevan á la arena dos gallos, uno blanco y otro rojo, armados ya, pero las navajas están aún envainadas. Se oyen gritos de ¡al blanco! ¡al blanco! alguna que otra voz grita ¡al rojo! El blanco era el llamado y el rojo el dejado esto es, el favorito y el outsider (desechado).

Entre la multitud circulan guardias civiles; no llevan el uniforme del benemérito cuerpo, pero tampoco van de paisano. Pantalón de guingón con franja roja, camisa manchada de azul de la blusa desteñida, gorra de cuartel, he aquí el disfraz en armonía con su comportamiento: apuestan y vigilan, turban y hablan de mantener la paz.

Mientras se grita, se tienden las manos, agitando monedas y haciéndolas sonar; mientras se busca en los bolsillos la última moneda ó, á falta de ella, se quiere empeñar la palabra, prometiendo vender el carabao, la próxima cosecha, etc., dos jóvenes, hermanos al parecer, siguen con ojos envidiosos á los jugadores, se acercan, murmuran tímidas palabras que nadie escucha, se ponen cada vez más sombríos y se miran entre sí con disgusto y despecho. Lucas los observa con disimulo, sonríe malignamente, hace sonar pesos de plata, pasa cerca de los dos hermanos, y mira hacia la rueda, gritando:

—¡Pago cincuenta, cincuenta contra veinte por el blanco!

Los dos hermanos cambian una mirada.

—Yo ya te decía,—murmura el mayor,—que no apostases todo el dinero; ¡si me hubieses obedecido tendríamos ahora para el rojo!

El menor se acerca tímidamente á Lucas y le toca del brazo.

—¿Eres tú?—exclama éste volviéndose y fingiendo sorpresa;—¿acepta tu hermano mi proposición ó vienes á apostar?

—¿Cómo queréis que apostemos, si hemos perdido todo?

—¿Entonces aceptáis?

—¡El no quiere! si pudieseis prestarnos algo, ya que decís que nos conocéis...

Lucas rascóse la cabeza, estiró su camisa, y repuso:

—Sí que os conozco; sois Társilo y Bruno, jóvenes y fuertes. Sé que vuestro valiente padre murió de resultas de los cien azotes diarios, que le daban esos soldados; sé que no pensáis en vengarle...

—No os entrometáis en nuestra historia,—interrumpió Társilo, el mayor;—eso trae desgracia. ¡Si no tuviéramos una hermana, ya haría tiempo que estaríamos ahorcados!

—¿Ahorcados? Sólo ahorcan al cobarde, al que no tiene dinero ni protección. Y de todos modos el monte está cerca.

—¡Ciento contra veinte, voy al blanco!—gritó uno al pasar.

—¡Prestadnos cuatro pesos... tres... dos,—suplicó el más joven; luego os devolveremos el doble; la soltada va á empezar.

Lucas rascóse de nuevo la cabeza.

—¡Pst! Este dinero no es mío, me lo ha dado don Crisóstomo para los que le quieran servir. Pero veo que no sois como vuestro padre; aquél sí que era valiente; el que no lo es, que no busque diversiones.

Y se alejó de ellos, aunque no mucho.

—Aceptemos ya ¿qué más da?—dijo Bruno.—Lo mismo da morir ahorcado que fusilado: los pobres no servimos para otra cosa.

—Tienes razón, pero piensa en nuestra hermana.

Entretanto el redondel se ha despejado, va á comenzar la lid. Las voces empiezan á callarse, y los dos soltadores y el perito atador de navajas se quedan en medio. A una señal del sentenciador, aquél desnuda los aceros, y brillan las finas hojas, amenazadoras, relucientes.

Los dos hermanos se acercan tristes y silenciosos al cerco, y observan, apoyando la frente contra la caña. Un hombre se acerca y les dice al oído:

—¡Pare! ciento contra diez; ¡yo soy por el blanco!

Társilo le mira con aire atontado. Bruno le da un codazo, al que responde con un gruñido.

Los soltadores tienen los gallos con delicadeza magistral, cuidando de no herirse. Reina un silencio solemne: creeríase que los presentes, menos los dos soltadores, son horribles muñecos de cera. Acercan un gallo al otro, sujetándole la cabeza á uno para que al ser picoteado se irrite, y viceversa: en todo duelo debe de haber igualdad, lo mismo entre galos parisienses que entre gallos filipinos. Después les hacen verse cara á cara, los acercan, con lo que los pobres animalitos saben quién les ha arrancado una plumita y con quién deben luchar. Erízase el plumaje del cuello, se miran con fijeza, y rayos de ira se escapan de sus redondos ojitos. Entonces ha llegado el momento: los depositan en tierra á distancia y les dejan el campo libre.

Avanzan lentamente. Oyense sus pisadas sobre el duro suelo; nadie habla, nadie respira. Bajando y subiendo la cabeza como midiéndose con la mirada, los dos gallos emiten sonidos, tal vez de amenaza y desprecio. Han divisado la brillante hoja, que lanza fríos y azulados reflejos; el peligro los anima y dirígense uno á otro decididos, pero á un paso de distancia se detienen, y con la mirada fija bajan la cabeza y vuelven á erizar sus plumas. En aquel momento el pequeño cerebro se baña en sangre, brota el rayo, y con su natural valor se lanzan impetuosamente el uno contra el otro; chocan entre sí pico contra pico, pecho contra pecho, acero contra acero y ala contra ala: los golpes se han parado con maestría, y sólo han caído algunas plumas. Vuelven á medirse de nuevo; de repente el blanco vuela, se eleva agitando la mortífera navaja, pero el rojo ha doblado las piernas, ha bajado la cabeza, y el blanco sólo ha azotado el aire; mas, al tocar el suelo, evitando ser herido de espaldas, vuélvese rápidamente y hace frente. Atácale el rojo con furia, pero se defiende con serenidad: no en vano es el favorito del público. Todos siguen trémulos y ansiosos las peripecias del combate, soltando alguno que otro involuntario grito. El suelo se va cubriendo de plumas rojas y blancas, tintas en sangre: pero no es á primera sangre el duelo; el filipino, siguiendo aquí las leyes dadas por el gobierno, quiere que sea á muerte ó á quien huya el primero. La sangre riega el suelo ya, los golpes menudean, pero la victoria sigue indecisa. Por fin, tentando un supremo esfuerzo, el blanco se arroja para dar el último golpe, clava su navaja en el ala del rojo y se engancha entre los huesos; pero el blanco ha sido herido en el pecho, y ambos, desangrados, extenuados, jadeantes, unido el uno al otro, permanecen inmóviles hasta que el blanco cae, arroja sangre por el pico, patalea y agoniza; el rojo, sujeto del ala, se mantiene á su lado, poco á poco dobla sus piernas y cierra lentamente sus ojos.

Entonces el sentenciador, de acuerdo con lo que prescribe el gobierno, declara vencedor al rojo; una salvaje gritería saluda la sentencia, gritería que se oye en todo el pueblo, prolongada, uniforme y dura algún tiempo. El que la oye de lejos, comprende entonces que el que ha ganado es el dejado; de lo contrario el júbilo duraría menos. Tal sucede entre las naciones: una pequeña que consigue alcanzar una victoria sobre otra grande, la canta y la cuenta por los siglos de los siglos.

—¿Ves?—dijo Bruno con despecho á su hermano,—si me hubieses creído hoy tendríamos cien pesos: por ti estamos sin un cuarto.

Társilo no contestó, pero miró con ojos entornados al rededor suyo, como buscando á alguien.

—Allá está hablando con Pedro,—añade Bruno;—le da dinero, ¡cuánto dinero!

En efecto, Lucas contaba sobre la mano del marido de Sisa monedas de plata. Cámbianse aún algunas palabras en secreto y se separan al parecer satisfechos.

—Pedro habrá sido contratado: ¡ese, ese sí que es decidido!—suspira Bruno.

Társilo permanece sombrío y pensativo; con la manga de la camisa se enjuga el sudor que corre por su frente.

—Hermano,—dice Bruno,—yo voy si tú no te decides; la ley continúa, el lásak debe ganar y no podemos perder tan buena ocasión. Quiero apostar en la soltada siguiente; ¿qué más da? Así vengamos al padre.

—¡Espera!—le dice Társilo y le mira fijamente en los ojos: ambos estaban pálidos;—voy contigo, tienes razón: vengaremos al padre.

Se detiene, sin embargo, y vuelve á enjugarse el sudor.

—¿En qué te paras?—pregunta Bruno impaciente.

—¿Sabes qué soltada sigue? ¿vale la pena?...

—¡Pues no! ¿no lo has oído? El búlik de capitán Basilio contra el lásak de capitán Tiago; según la ley del juego, debe ganar el lásak.

—¡Ah, el lásak! yo también apostaría... pero asegurémonos antes.

Bruno hace un gesto de impaciencia, pero sigue á su hermano y éste mira bien el gallo, le analiza, medita, reflexiona, hace algunas preguntas, el desgraciado duda; Bruno está nervioso y le mira airado.

—Pero ¿no ves esa ancha escama que tiene allí, cerca del espolón? ¿no ves esas patas? ¿qué más quieres? ¡Mira esas piernas, extiende esas alas! ¿Y esta escama partida encima de esta ancha, y esta doble?

Társilo no le oye, sigue examinando el animal: el ruido del oro y de la plata llegan á sus oídos.

—Veamos ahora el búlik,—dice con voz ahogada.

Bruno golpea el suelo con el pie, hace crujir sus dientes, pero obedece á su hermano.

Acércanse á otro grupo. Allí arman el gallo, escogen navajas, el atador prepara seda roja, lo encera y frota varias veces.

Társilo envuelve el animal con una mirada sombríamente impasible: parecía que no veía el gallo, sino otra cosa en el porvenir. Se pasa la mano por la frente.

—¿Estás dispuesto?—pregunta á su hermano con voz sorda.

—¿Yo? desde antes; ¡sin necesidad de verlos!

—Es que... nuestra pobre hermana...

—¡Abá! ¿No te han dicho que el jefe es don Crisóstomo? ¿no le has visto pasearse con el Capitán General? ¿Qué peligro corremos?

—¿Y si morimos?

—¿Qué más da? Nuestro padre murió apaleado.

—¡Tienes razón!

Ambos hermanos buscan á Lucas entre los grupos.

Tan pronto como le divisan, Társilo se detiene.

—¡No! vámonos de aquí, ¡nos vamos á perder!—exclama.

—¡Vete si quieres, yo acepto!

—¡Bruno!

Desgraciadamente un hombre se acerca y les dice:

—¿Apostáis? Yo soy por el búlik.

Los dos hermanos no contestan.

—¡Logro!

—¿Cuánto?—pregunta Bruno.

Púsose el hombre á contar sus monedas de cuatro pesos: Bruno le miraba sin respirar.

—¡Tengo doscientos; cincuenta contra cuarenta!

—¡No!—dice Bruno resuelto;—poned...

—¡Bueno; cincuenta contra treinta!

—¡Doblad si queréis!

—¡Bien! el búlik es de mi patrón y acabo de ganar; ciento contra sesenta.

—¡Trato hecho! Esperad que saque dinero.

—Pero yo seré el depositario,—dice el otro no confiando mucho en las trazas de Bruno.

—¡Me es igual!—responde éste que confía en sus puños.

Y volviéndose á su hermano le dice:

—Si te quedas, yo me voy.

Társilo reflexionó: amaba á su hermano y el juego. No podía dejarlo solo, y murmuró:—¡Sea!

Acercáronse á Lucas: éste les vió venir y se sonrió.

—¡Mamâ!—dice Társilo.

—¿Qué hay?

—¿Cuánto dais?—preguntan los dos.

—Ya lo he dicho: si os encargáis de buscar otros para sorprender el cuartel, os doy treinta pesos á cada uno, y diez á cada compañero. Si todo sale bien, recibirá ciento cada uno y vosotros el doble: don Crisóstomo es rico.

—¡Aceptado!—exclamó Bruno; venga el dinero.

—¡Ya sabía yo que érais valientes como vuestro padre! ¡Venid, que no nos oigan esos que le mataron!—dijo Lucas señalando á los guardias civiles.

Y llevándolos á un rincón, les dice mientras les cuenta las monedas:

—Mañana llega don Crisóstomo y trae armas; pasado mañana, á la noche, cerca de las ocho, id al cementerio y os diré sus últimas disposiciones. Tenéis tiempo de buscar compañeros.

Despidiéronse. Los dos hermanos parecían haber cambiado de papel: Társilo estaba tranquilo, Bruno inquieto.

XLVII. Las dos señoras

Mientras capitán Tiago jugaba su lásak, doña Victorina daba un paseo por el pueblo, con la intención de ver cómo tenían los indolentes indios sus casas y sementeras. Se había vestido lo más elegantemente que podía, poniéndose sobre la bata de seda todas sus cintas y flores, para imponer á los provincianos y hacerles ver cuánta distancia mediaba entre ellos y su sagrada persona, y dando el brazo á su marido cojo, se pavoneó por las calles del pueblo, en medio de la estupefacción y de la extrañeza de los habitantes. El primo Linares se había quedado en casa.

—¡Qué feas casas tienen esos indios!—empezó doña Victorina haciendo una mueca;—yo no sé cómo pueden vivir allí: se necesita ser indio. Y ¡qué mal educados son y qué orgullosos! ¡Se encuentran con nosotros y no se descubren! Pégales en el sombrero como hacen los curas y los tenientes de la guardia civil, enséñales urbanidad.

—Y ¿si me pegan?—pregunta el doctor de Espadaña.

—¡Para eso eres hombre!

—¡Pe... pero estoy cojo!

Doña Victorina se iba poniendo de mal humor: las calles no estaban adoquinadas, y la cola de su bata se llenaba de polvo. Encontrábase además con muchas jóvenes que, al pasar á su lado, bajaban los ojos y no admiraban, como debían, su lujoso traje. El cochero de Sinang, que conducía á ésta y á su prima en un elegante tres por ciento, tuvo la desfachatez de gritarle ¡tabî! con voz tan imponente, que ella tuvo que apartarse y sólo pudo protestar:

«¡Mírale al bruto del cochero! Le voy á decir á su amo que eduque mejor á sus criados.»

—¡Volvámonos á casa!—mandó á su marido.

Este, que temía una tormenta, giró sobre su muleta obedeciendo el mandato.

Encontráronse con el alférez, saludáronse y esto aumentó el descontento de doña Victorina: el militar no sólo no le hizo ningún cumplido por su traje, sino que casi lo examinó con burla.

—Tú no debías darle la mano á un simple alférez,—dijo á su marido al alejarse aquél; él apenas tocó su capacete y tú te quitaste el sombrero; ¡no sabes guardar el rango!

—¡El es jefe a ... aquí!

—Y ¿qué nos importa? ¿Somos acaso indios?

—¡Tienes razón!—contestó él que no quería reñir.

Pasaron delante de la casa del militar. Doña Consolación estaba en la ventana, como de costumbre, vestida de franela y fumando su puro. Como la casa era baja, se miraron, y doña Victorina la distinguió bien: la Musa de la guardia civil la examinó tranquilamente de pies á cabeza, y después, sacando el labio inferior hacia adelante, escupió, volviendo la cara á otro lado. Esto acabó con la paciencia de doña Victorina, y dejando á su marido sin apoyo, se cuadró enfrente de la alféreza, temblando de ira y sin poder hablar. Doña Consolación volvió lentamente la cabeza, la examinó de nuevo tranquilamente y escupió otra vez, pero con mayor desdén.

—¿Qué tiene usted, doña?—pregunta.

—¿Puede usted decirme, señora, por qué me mira usted así? ¿Tiene usted envidia?—consigue al fin hablar doña Victorina.

—¿Yo, envidia yo, y de usted?—dice con sorna la Medusa;—¡sí! ¡le envidio los rizos!

—¡Ven, mujer!—dice el doctor;—¡no le hagas ca... caso!

—¡Deja que le dé una lección á esta ordinaria sin vergüenza!—contesta la mujer dando un empellón á su marido que por poco besa el suelo, y volviéndose á doña Consolación.

—¡Mire usted con quién se trata!—dice;—¡no crea usted que soy una provinciana ó una querida de soldados! En mi casa, en Manila, no entran los alféreces; se esperan en la puerta.

—¡Hola, excelentísima señora Puput! no entrarán los alféreces, pero sí los inválidos, como ese, ¡ja! ¡ja! ¡ja!

A no haber sido por los coloretes, se habría visto á doña Victorina ruborizarse: quiso asaltar á su enemiga, pero el centinela la detuvo. Entretanto la calle se llenaba de curiosos.

—¡Oiga usted! me rebajo hablando con usted; las personas de categoría... ¿Quiere usted lavar mi ropa, la pagaré bien! ¿Cree usted que no sé que era usted lavandera!

Doña Consolacion se irguió furiosa: lo de lavada la hirió.

—¿Cree usted que no sabemos quién es y qué gente trae? ¡Vaya! ¡ya me lo ha dicho mi marido! Señora, yo al menos no he pertenecido más que á uno, pero ¿y usted? Se necesita morir de hambre para cargar con el sobrante, el trapo de todo el mundo.

El tiro le dió en la cabeza á doña Victorina; remangóse, cerró los puños y apretando los dientes empezó á decir:

—¡Baje usted, vieja cochina, que le voy á machacar esa sucia boca! ¡Querida de un batallón, ramera de nacimiento!

La Medusa desapareció rápidamente de la ventana, y pronto se la vió bajar corriendo, agitando el látigo de su marido.

Suplicante se interpuso don Tiburcio, pero habrían venido á las manos, si no hubiese llegado el alférez.

—Pero ¡señoras... Don Tiburcio!

—¡Eduque usted mejor á su mujer, cómprele mejores vestidos y si no tiene dinero, robe usted á los del pueblo, que para eso tiene usted soldados!—gritaba doña Victorina.

—¡Aquí estoy, señora! ¿por qué no me machaca V. E. la boca? ¡Usted no tiene más que lengua y saliva, doña Excelencias!

—¡Señora!—decía el alférez furioso;—¡dé usted gracias que yo me acuerde de que es usted mujer, que si no la reventaba á puntapiés con todos sus rizos y cintajos!

—¡Se... señor alférez!

—¡Ande usted, matasanos! ¡No lleva usted pantalones, Juan Lanas!

Armóse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos é injurias; sacáronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban cuatro á la vez y decían tantas cosas, que desprestigian á ciertas clases, sacando á relucir muchas verdades, renunciamos aquí á escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendían todo lo que se decían, divertíanse no poco y esperaban que llegasen á las manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz.

—¡Señores, señoras! ¡qué vergüenza! ¡Señor alférez!

—¿Qué se mete usted aquí, hipócrita, carlistón?

—Don Tiburcio, llévese usted á su señora! ¡Señora, contenga usted su lengua!

—¡Eso dígaselo usted á esos roba pobres!

Poco á poco se agotó el diccionario de epítetos, terminó la reseña de las desvergüenzas de cada pareja y, amenazándose é insultándose, se fueron separando poco á poco. Fray Salví iba de una parte á otra animando el espectáculo; ¡si nuestro amigo, el corresponsal, hubiese estado presente!....

—¡Hoy mismo nos vamos á Manila y nos presentamos al Capitán general!—decía furiosa doña Victorina á su marido.—Tú no eres hombre; ¡lástima de pantalones que gastas!

—Pe... pero, mujer, y ¿los guardias? ¡yo estoy cojo!

—Debes desafiarle á pistola ó á sable, ó si no... si no...

Y doña Victorina le miró en la dentadura.

—Hija, no he cogido nunca...

Doña Victorina no le dejó concluir: con un sublime movimiento le arrancó la dentadura en medio de la calle y la pisoteó. El, medio llorando, y ella echando chispas, llegaron á casa. Linares estaba en aquel momento hablando con María Clara, Sinang y Victoria, y como no había sabido nada de la discordia, se inquietó no poco al ver á sus primos. María Clara, que estaba recostada en un sillón entre almohadas y mantas, se sorprendió no poco al ver la nueva fisonomía de su doctor.

—Primo,—dice doña Victorina,—tú desafías ahora mismo al alférez ó si no...

—Y ¿por qué?—pregunta Linares sorprendido.

—Le desafías ahora mismo ó si nosino digo aquí á todos quién eres tú.

—Pero ¡doña Victorina!

Las tres amigas se miran.

—¿Te parece? ¡El alférez nos ha insultado y ha dicho que tú eres lo que eres! La vieja bruja ha bajado con látigo, y éste, éste se ha dejado insultar... ¡un hombre!

—¡Abá!—dijo Sinang;—¡se han peleado y no lo hemos visto!

—¡El alférez le rompió los dientes al doctor!—añadió Victoria.

—Hoy mismo nos vamos á Manila; tú, te quedas aquí á desafiarle, y si no le digo á don Santiago que es mentira cuanto le has contado, le digo...

—¡Pero, doña Victorina, doña Victorina!—interrumpe pálido Linares acercándose á ella, cálmese usted; no me haga usted recordar...—y añadió en voz baja:—No sea usted imprudente, precisamente ahora.

A la sazón que pasaba esto, llegaba capitán Tiago de la gallera, triste y suspirando: había perdido su lásak.

No le dejó tiempo doña Victorina de suspirar; en pocas palabras y muchos insultos le contó cuanto había pasado, se entiende, procurando ponerse en buena luz.

—Linares le va á desafiar, ¿oye usted? ¡Si no, no le deje usted que se case con su hija, no lo permita usted! Si no tiene valor, no merece á Clarita...

—¿Con que te casas con ese señor?—pregunta Sinang cuyos alegres ojos se llenan de lágrimas;—yo sabía que eras discreta, pero no voluble.

María Clara, pálida como la cera, medio se incorpora y mira con espantados ojos á su padre, á doña Victorina y á Linares. Este se ruboriza, capitán Tiago baja los ojos y la señora añade:

—Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no lleve pantalones; te expones á que te insulten hasta los perros.

Pero la joven no contestó y dijo á sus amigas:

—Conducidme á mi cuarto, que no puedo andar sola.

Ayudáronla á levantarse; y rodeada su cintura con los redondos brazos de sus amigas, apoyada la marmórea cabeza sobre el hombro de la hermosa Victoria, entró la joven en su alcoba.

Aquella misma noche recogieron ambos cónyuges sus cosas, pasaron la cuenta á capitán Tiago, la cual ascendió á algunos miles, y al día siguiente muy temprano partían para Manila en el coche de éste. Al tímido Linares le confiaron el papel de vengador.

XLVIII. El enigma

Volverán las oscuras golondrinas... (Becquer).

Como había anunciado Lucas, Ibarra llegó al día siguiente. Su primera visita fué para la familia de capitán Tiago con el objeto de ver á María Clara y referir que Su Ilustrísima ya le había reconciliado con la religión: traía una carta de recomendación para el cura, escrita del puño mismo del Arzobispo. No poco se alegró de ello tía Isabel, que quería al joven y no veía con tan buenos ojos el casamiento de su sobrina con Linares. Capitán Tiago no estaba en casa.

—Pase usted,—decía la tía en su medio castellano;—María, don Crisóstomo está otra vez en gracia de Dios; el arzobispo le ha descomulgado.

Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se heló en sus labios y la palabra huyó de su memoria. Junto al balcón, de pie, al lado de María Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y las hojas de las enredaderas; en el suelo yacían esparcidas rosas y sampagas. María Clara, recostada en su sillón, pálida, pensativa, la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como sus afilados dedos.

A la presencia de Ibarra, Linares se puso pálido y las mejillas de María Clara se tiñeron de carmín. Trató de levantarse, pero, faltándole las fuerzas, bajó los ojos y dejó caer el abanico.

Un embarazoso silencio reinó por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo adelantarse y murmurar tembloroso:

—Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que estás mejor de lo que yo creía.

María Clara parecía que se había vuelto muda, no profería una palabra y continuaba con los ojos bajos.

Ibarra miró á Linares de pies á cabeza, mirada que el vergonzoso joven sostuvo con altivez.

—Vamos, veo que mi llegada no era esperada,—repuso lentamente;—María, perdóname que no me haya hecho anunciar; otro día podré darte explicaciones sobre mi conducta... todavía nos veremos... con seguridad.

Estas últimas palabras acompañadas de una mirada para Linares. La joven levantó hacia él los hermosos ojos, llenos de pureza y melancolía, tan suplicantes y elocuentes, que Ibarra se detuvo confuso.

—¿Podré venir mañana?

—Ya sabes que para mí siempre eres bien venido,—contestó ella apenas.

Ibarra se alejó tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en la cabeza y frío en el corazón. Lo que acababa de ver y de sentir era incomprensible: ¿qué era aquello, duda, desamor, traición?

—¡Oh, mujer al fin!—murmuraba.

Llegó, sin notarlo, al sitio donde se construía la escuela. Las obras estaban muy adelantadas; Ñor Juan con su metro y su plomada iba y venía entre los numerosos trabajadores. Al verle corrió á su encuentro.

—Don Crisóstomo,—dijo,—al fin ha llegado usted; todos le esperábamos; mire usted cómo están los muros: ya tienen un metro diez de alto; dentro de dos días tendrán la altura de un hombre. No he admitido más que molave, dungon, ipil, langil; he pedido tíndalo, malatapay, pino y narra para las obras muertas. ¿Quiere usted visitar los subterráneos?

Los trabajadores saludaban respetuosos.

—¡Aquí está la canalización que me he permitido añadir,—decía Ñor Juan;—estos canales subterráneos conducen á una especie de depósito que hay á treinta pasos. Servirá para el abono del jardín; de esto no había en el plano. ¿Le disgusta á usted?

—Todo lo contrario, lo apruebo y le felicito por su idea; usted es un verdadero arquitecto: ¿con quién aprendió usted?

—Conmigo, señor,—contestaba el viejo modestamente.

—¡Ah! antes que se me olvide: que sepan los escrupulosos (por si alguno teme hablar conmigo) que ya no estoy excomulgado; el arzobispo me ha invitado á comer.

—¡Abá, señor, no hacemos caso de las excomuniones! Todos estamos ya excomulgados; el mismo P. Dámaso lo está, y sin embargo sigue tan gordo.

—¿Cómo?

—Ya lo creo; hace un año dió un bastonazo al coadjutor y el coadjutor es tan sacerdote como él. ¿Quién hace caso de excomuniones, señor?

Ibarra divisó á Elías entre los trabajadores; éste le saludó como los demás, pero con una mirada le dió á entender que tenía algo que decirle.

—Ñor Juan,—dijo Ibarra;—¿quiere usted traerme la lista de los trabajadores?

Ñor Juan desapareció, é Ibarra se acercó á Elías, que levantaba solo una gruesa piedra y la cargaba en un carro.

—Si me podéis conceder, señor, algunas horas de conversación, paseaos luego la tarde á orillas del lago y embarcaos en mi banca, pues tengo que hablaros de graves asuntos,—dijo Elías alejándose, después de ver el movimiento de cabeza del joven.

Ñor Juan trajo la lista, pero en vano la leyó Ibarra; el nombre de Elías no figuraba allí.

XLIX. La voz de los perseguidos

Antes de ocultarse el sol, ponía Ibarra el pie en la banca de Elías, á la orilla del lago. El joven parecía contrariado.

—Perdonad, señor,—dijo Elías con cierta tristeza, al verle;—perdonad que me haya atrevido á daros esta cita; quería hablaros en libertad y aquí no tendremos testigos: dentro de una hora podemos volver.

—Os equivocáis, amigo Elías,—contestó Ibarra procurando sonreir;—me tenéis que conducir á ese pueblo cuyo campanario vemos desde aquí. La fatalidad me obliga á ello.

—¿La fatalidad?

—Sí; figuraos que al venir me encuentro con el alférez, que se esfuerza en ofrecerme su compañía; yo que pensaba en vos y sabía que os conocía, para alejarle le he dicho que me iba á ese pueblo, en donde tendré que estar todo el día, pues el hombre me quiere buscar mañana á la tarde.

—Os agradezco esta atención, pero debíais sencillamente invitarle á que os acompañara,—contestó Elías con naturalidad.

—¡Cómo! ¿y vos?

—No me habría reconocido, pues la única vez que me vió no podía pensar en hacer mi filiación.

—¡Estoy de malas!—suspiró Ibarra, pensando en María Clara.—¿Qué teníais que decirme?

Elías miró al rededor suyo. Estaban ya lejos de la orilla; el sol se había ocultado y, como en estas latitudes el crepúsculo apenas dura, comenzaban las sombras á extenderse, y hacían brillar el disco de la luna en su lleno.

—Señor,—repuso Elías con voz grave,—soy portador de los deseos de muchos desgraciados.

—¿De los desgraciados? ¿Qué queréis decir?

Elías le refirió en pocas palabras la conversación que había tenido con el jefe de los tulisanes, omitiendo las dudas que éste abrigaba y sus amenazas. Ibarra le escuchaba atentamente, y cuando Elías concluyó su relato, reinó un largo silencio, que Ibarra fué el primero en romper:

—¿De modo que desean?...

—Reformas radicales en la fuerza armada, en los sacerdotes, en la administración de justicia, es decir, piden una mirada paternal por parte del Gobierno.

—Reformas ¿en qué sentido?

—Por ejemplo; más respeto á la dignidad humana, más seguridades al individuo, menos fuerza á la fuerza ya armada, menos privilegios para este cuerpo que fácilmente abusa de ellos.

—Elías,—contestó el joven,—yo no sé quién sois, pero adivino que no sois un hombre vulgar; pensáis y obráis de otra manera que los otros. Vos me comprenderéis, si os digo que si bien el estado actual de las cosas es defectuoso, más lo sería si se cambiase. Yo podría hacer hablar á los amigos que tengo en Madrid, pagándolos, podría hablar al Capitán general, pero ni aquellos conseguirían nada, ni éste tiene tanto poder para introducir tantas novedades, ni yo daría jamás un paso en este sentido, porque comprendo muy bien que si es verdad que estas Corporaciones tienen sus defectos, son ahora necesarias: son lo que se llama un mal necesario.

Elías, muy sorprendido, levantó la cabeza y le miró atónito.

—¿Creéis vos también, señor, en el mal necesario?—preguntó con voz ligeramente temblorosa;—¿creéis que para hacer el bien se necesita hacer el mal?

—No; creo en él como en un remedio violento de que nos valemos cuando queremos curar una enfermedad. Ahora bien, el país es un organismo que padece una enfermedad crónica, y para sanarle, el gobierno se ve precisado á usar de medios, duros y violentos si queréis, pero útiles y necesarios.

—Mal médico es, señor, aquel que sólo busca corregir los síntomas y sofocarlos, sin tratar de indagar el origen del mal, ó conociéndolo, teme atacarlo. La guardia civil tiene no más que este fin: represión del crimen por el terror y la fuerza, fin que no se llena ni se cumple más que por casualidad. Y hay que tener en cuenta que la sociedad sólo puede ser severa con los individuos, cuando les ha suministrado los medios necesarios para su perfectibilidad moral. En nuestro país, como no hay sociedad, pues no forman una unidad el pueblo y el gobierno, éste debe ser indulgente, no sólo porque necesita indulgencia, sino porque el individuo, descuidado y abandonado por él, tiene menos luces. Además, siguiendo vuestra comparación, el tratamiento que se aplica á los males del país, es tan destructor que sólo se deja sentir en el organismo sano, cuya vitalidad debilita y prepara al mal. ¿No sería más razonable fortalecer el organismo enfermo y aminorar un poco la violencia del medicamento?

—Debilitar á la guardia civil sería poner en peligro la seguridad de los pueblos.

—¡La seguridad de los pueblos!—exclamó Elías con amargura.—Pronto hará quince años que estos pueblos tienen su guardia civil y ved: aún tenemos tulisanes, aún oimos que se saquean pueblos, aún se ataja en los caminos; los robos continúan y no se averiguan los autores; el crimen existe y vaga libre el verdadero criminal, pero no así el pacífico habitante del pueblo. Preguntad á cada honrado vecino si mira esta institución como un bien, una protección del gobierno y no como una imposición, un despotismo cuyas demasías hieren más que las violencias de los criminales. Estas suelen ser en verdad grandes, pero raras, y contra ellas está uno facultado para defenderse; contra las vejaciones de la fuerza legal no se permite ni la protesta, y si no son tan grandes, son sin embargo continuas y sancionadas. ¿Qué efecto produce esta institución en la vida de nuestros pueblos? Paraliza las comunicaciones, porque todos temen ser maltratados por fútiles causas; se fija más en formalidades que no en el fondo de las cosas, primer síntoma de la incapacidad; porque uno se ha olvidado su cédula, ha de ser maniatado y maltratado; no importa si es una persona decente y bien considerada; los jefes tienen por primer deber el hacerse saludar de grado ó por fuerza, aun en la oscuridad de la noche, en lo que les imitan los inferiores para maltratar y despojar á los campesinos, y pretextos no les faltan; no existe el sagrado del hogar: hace poco en Calamba asaltaron, pasando por la ventana, la casa de un pacífico habitante á quien el jefe debía favores; no hay la seguridad del individuo: cuando necesitan limpiar el cuartel ó la casa, salen y prenden á todo el que no se resiste para hacerle trabajar durante el día; ¿queréis más? pues durante estas fiestas han continuado los juegos prohibidos, pero han turbado brutalmente los regocijos permitidos por la autoridad; visteis qué pensaba el pueblo acerca de ellos; ¿qué ha sacado con deponer sus iras y esperar en la justicia de los hombres? ¡Ah, señor, si á esto llamáis conservar el orden!...

—Convengo en que hay males,—replicó Ibarra,—pero aceptemos estos males por los bienes que los acompañan. Esta institución puede ser imperfecta, pero, creedlo, impide por el terror que inspira el que el número de los criminales aumente.

—Decid más bien que por este terror aumenta el número,—rectificó Elías.—Antes de la creación de este cuerpo, todos los malhechores casi, con excepción de muy pocos, eran criminales por el hambre; pillaban y robaban para vivir, pero pasaba la carestía, y los caminos se veían otra vez libres; bastaban para ahuyentarlos con sus imperfectas armas los pobres, pero valientes cuadrilleros, tan calumniados por los que han escrito sobre nuestro país, los que tienen por derecho el morir, por deber el luchar, y por recompensa la burla. Ahora hay tulisanes, y son para toda su vida. Una falta, un crimen inhumanamente castigado, la resistencia contra las demasías de este poder, el temor á atroces suplicios los arrojan para siempre de la sociedad y los condenan á matar ó á morir. El terrorismo de la guardia civil les cierra las puertas del arrepentimiento, y como un tulisán lucha y se defiende en la montaña mejor que un soldado de quien se burla, resulta que no somos capaces de extinguir el mal que hemos creado. Acordaos de lo que ha hecho la prudencia del Capitán general, de la Torre: el indulto, concedido por él á esos infelices, ha probado que en estos montes late aún el corazón del hombre y sólo espera el perdón. El terrorismo es útil cuando el pueblo es esclavo, cuando el monte no tiene cavernas, cuando el poder pone apostado detrás de cada árbol un centinela y cuando en el cuerpo del esclavo sólo hay estómago y tripas; pero, cuando el desesperado que lucha por la vida siente su brazo fuerte, latir su corazón y su sér llenarse de bilis, ¿podrá el terrorismo apagar el incendio al que libra combustibles?

—Me confundís, Elías, al oiros hablar así; creería que tenéis razón si no tuviese yo mis propias convicciones. Pero notad un hecho,—no os déis por ofendido pues os excluyo y os miro como una excepción;—ved quiénes son los que piden esa reforma. ¡Casi todos criminales ó gentes que están para serlo!

—Criminales ó futuros criminales, pero ¿por qué lo son? Porque se les ha turbado la paz, arrancado la felicidad, herido en sus más caras afecciones, y al pedir protección á la justicia, se han convencido de que sólo la podían esperar de sí mismos. Pero os equivocáis, señor, si creéis que sólo la piden los criminales; id de pueblo en pueblo, de casa en casa; escuchad los secretos suspiros de las familias y os convenceréis de que los males que la Guardia civil corrige, son iguales, si no menores, á los que ella continuamente causa. ¿Deduciríamos por esto que son criminales todos los vecinos? Entonces ¿para qué defenderlos de los otros? ¿por qué no destruirlos á todos?

—Algún error existe aquí que se me escapa ahora, algún error en la teoría que deshace la práctica, pues en España, en la patria, este cuerpo presta y ha prestado muy grandes utilidades.

—No lo dudo: quizás esté allá mejor organizado, el personal más selecto; acaso también porque España lo necesite, pero no Filipinas. Nuestras costumbres, nuestro modo de ser, que siempre se invocan cuando se nos quiere negar un derecho, se olvidan totalmente cuando algo se nos quiere imponer. Y decidme, señor; ¿por qué no han adoptado esta institución las otras naciones, que por su vecindad á España debían parecérsele más que Filipinas? ¿Será por esto que tienen aún menos robos en sus ferrocarriles, menos motines, menos asesinatos y se dan menos puñaladas en sus grandes capitales?

Ibarra bajó la cabeza como meditando, después la levantó y contestó:

—Esta cuestión, amigo mío, necesita un serio estudio; si mis indagaciones me dicen que esas quejas son fundadas, escribiré á mis amigos de Madrid, puesto que no tenemos diputados. Entretanto, creed que el gobierno necesita de un cuerpo, que tenga fuerza ilimitada, para hacerse respetar, y autoridad para imponer.

—Eso, señor, cuando el gobierno está en guerra con el país; mas, para bien del gobierno, no debemos hacer creer al pueblo que está en oposición contra el poder. Y si así fuese, si prefiriésemos la fuerza al prestigio, debíamos mirar bien á quién damos esta fuerza ilimitada, esta autoridad. Tanta fuerza en manos de hombres, y hombres ignorantes, llenos de pasiones, sin educación moral, sin honradez probada, es un arma en manos de un loco entre una multitud inerme. Concedo y quiero creer con vos que el gobierno necesita este brazo; pues que escoja bien su brazo, que escoja los más dignos; y puesto que prefiere darse autoridad á que el pueblo se la conceda, al menos que haga ver que sabe dársela.

Elías hablaba con pasión, con entusiasmo; sus ojos brillaban y el timbre de su voz resonaba vibrante. Siguió una solemne pausa: la banca, no impelida por el remo, parecía mantenerse tranquila sobre las aguas; la luna resplandecía majestuosa en un cielo de zafir, algunas luces brillaban á lo lejos en la ribera.

—Y ¿qué más piden?—preguntó Ibarra.

—Reforma del sacerdocio—respondió con voz desalentada y triste Elías;—los desgraciados piden más protección contra...

—¿Contra las órdenes religiosas?

—Contra sus opresores, señor.

—¿Habrá olvidado Filipinas lo que á estas órdenes debe? ¿habrá olvidado la inmensa deuda de gratitud á los que los han sacado del error para darles la fé, á los que los han amparado contra las tiranías del poder civil? ¡He aquí el mal de desconocer la historia patria!

Elías, sorprendido, apenas podía dar crédito á lo que oía.

—Señor,—repuso con voz grave;—acusáis de ingratitud al pueblo; permitid que yo, uno del pueblo que sufre, lo defienda. Los favores que se hacen, para que tengan derecho al reconocimiento, necesitan ser desinteresados. Hagamos caso omiso de la misión, de la caridad cristiana, tan manoseada; prescindamos de la historia, no preguntemos qué ha hecho España del pueblo judío, que ha dado á toda Europa, un libro, una religión y un Dios; qué ha hecho del pueblo árabe que le ha dado cultura, ha sido tolerante con su religión y ha despertado su amor propio nacional, aletargado, destruído casi durante la dominación romana y goda. Decís que nos han dado la fe y nos han sacado del error; ¿llamáis fe á esas prácticas exteriores, religión á ese comercio de correas y escapularios, verdad á esos milagros y cuentos que oímos todos los días? ¿Es ésta la ley de Jesucristo? Para esto no necesitaba un Dios dejarse crucificar ni nosotros obligarnos á una gratitud eterna: la superstición existía mucho antes, sólo necesitaba perfeccionarla, y subir el precio de las mercancías. Me diréis que, por imperfecta que fuese nuestra religión de ahora, es preferible á la que teníamos; lo creo y convengo en ello, pero es demasiado cara, pues por ella hemos renunciado á nuestra nacionalidad, á nuestra independencia; por ella hemos dado á sus sacerdotes nuestros mejores pueblos, nuestros campos y damos aún nuestras economías con la compra de objetos religiosos. Se nos ha introducido un artículo de industria extranjera, lo pagamos bien y estamos en paz. Si me habláis de la protección dada contra los encomenderos, os podría contestar que por ellos caímos bajo el poder de estos encomenderos; pero no, reconozco que una verdadera fe y un verdadero amor á la humanidad guiaban á los primeros misioneros que vinieron á nuestras playas; reconozco la deuda de gratitud hacia aquellos nobles corazones; sé que la España de entonces abundaba en héroes de todas clases, así en lo religioso, como en lo político, en lo civil y en lo militar. Pero porque los antepasados fueron virtuosos, ¿consentiríamos el abuso en sus degenerados descendientes? Porque se nos ha hecho un gran bien, ¿seríamos culpables por impedir que nos hagan un mal? El país no pide la abolición, sólo pide reformas que exigen las nuevas circunstancias y las nuevas necesidades.

—Yo amo á nuestra patria, como la podéis amar vos, Elías; comprendo algo lo que desea, he oído con atención lo que dijisteis y con todo, amigo mío, creo que vemos un poco con los ojos de la pasión: aquí menos que en otra parte veo la necesidad de las reformas.

—¿Será posible, señor?—preguntó Elías extendiendo con desaliento las manos—¿no véis la necesidad de reformas, vos cuyas desgracias de familia...

—¡Ah, yo me olvido de mí y olvido mis propios males ante la seguridad de Filipinas, ante los intereses de España!—interrumpió vivamente Ibarra.—Para conservar á Filipinas es menester que continúen como son los frailes, y en la unión con España está el bien de nuestro país.

Ibarra había concluído ya de hablar, y Elías escuchaba aún; su fisonomía está triste, sus ojos han perdido su brillo.

—Los misioneros han conquistado el país, es verdad,—repuso;—¿creéis que por los frailes se conservará Filipinas?

—Sí, sólo por ellos, así lo creen cuantos han escrito sobre Filipinas.

—¡Oh!—exclamó Elías arrojando con desaliento el remo en la banca;—no creía que tuviéseis tan pobre idea del gobierno y del país. ¿Por qué no despreciáis á uno y otro? ¿qué diríais de una familia que sólo vive en paz por la intervención de un extraño? ¡Un país que obedece porque se le engaña, un gobierno que manda porque se vale del engaño, un gobierno que no sabe hacerse amar ni respetar por sí mismo! Perdonad, señor, pero creo que vuestro gobierno es torpe y suicida cuando se alegra de que tal se crea. Os doy gracias por vuestra amabilidad ¿á dónde queréis que os conduzca ahora?

—No,—repuso Ibarra;—discutamos, es menester saber quién tiene la razón en materia tan importante.

—Perdonad, señor,—contestó Elías sacudiendo la cabeza;—no soy bastante elocuente para convenceros; si bien he tenido alguna educación, soy un indio, mi existencia para vos es dudosa, y mis palabras os parecerán siempre sospechosas. Los que han expresado la opinión contraria son españoles, y como tales, aunque digan trivialidades ó simplezas, el tono, los títulos y el origen las consagran, les dan tal autoridad que desisto para siempre de combatirlos. Además, cuando veo que vos que amáis vuestro país, vos cuyo padre descansa debajo de estas tranquilas olas, vos que os habéis visto provocado, insultado y perseguido, conserváis tales opiniones á pesar de todo y de vuestra ilustración, empiezo á dudar de mis convicciones y admito la posibilidad de que el pueblo se equivoque. He de decir á esos desgraciados que han puesto su confianza en los hombres, que la pongan en Dios ó en sus brazos. Os doy de nuevo las gracias y mandad á donde os debo conducir.

—Elías, vuestras amargas palabras llegan hasta mi corazón y me hacen también dudar. ¿Qué queréis? No me he educado en medio del pueblo, cuyas necesidades desconozco tal vez; he pasado mi niñez en el colegio de los jesuítas, he crecido en Europa, me he formado en los libros y he leído sólo lo que los hombres han podido traer á la luz; lo que permanece entre las sombras, lo que no dicen los escritores, eso lo ignoro. Con todo, amo como vos nuestra patria, no sólo porque es deber de todo hombre amar el país á quien debe el sér y á quien deberá acaso el último asilo; no sólo porque mi padre me lo ha enseñado así, porque mi madre era india, y porque todos mis más hermosos recuerdos viven en él; ¡le amo además porque le debo y le deberé mi felicidad!

—Y yo porque le debo mi desgracia,—murmuró Elías.

—Sí, amigo mío, sé que sufrís, sois desgraciado, y esto os hace ver oscuro el porvenir é influye en vuestra manera de pensar; por esto escucho con cierta prevención vuestras quejas. Si pudiese yo apreciar los motivos, parte de ese pasado...

—Mis desgracias reconocen otro origen, si supiese que iban á ser de alguna utilidad, os las referiría, pues aparte de que no hago de ellas ningún misterio, son bastante conocidas de muchos.

—Acaso el saberlas rectifique mis juicios; sabéis que desconfío mucho de las teorías, me guío más por los hechos.

Elías permaneció pensativo algunos instantes.

—Si es así, señor,—repuso,—os referiré brevemente mi historia.

L. La familia de Elías

«Hará unos sesenta años vivía mi abuelo en Manila y servía de tenedor de libros en casa de un comerciante español. Mi abuelo era entonces muy joven, estaba casado y tenía un hijo. Una noche, sin saberse cómo, ardió el almacén, el incendio se comunicó á toda la casa y de ésta á otras muchas. Las pérdidas fueron innumerables, se buscó un criminal y el comerciante acusó á mi abuelo. En vano protestó, y como era pobre y no podía pagar á los célebres abogados, fué condenado á ser azotado públicamente y paseado por las calles de Manila. No hace mucho se usaba todavía este castigo infamante, que el pueblo llama caballo y vaca, peor mil veces que la misma muerte. Mi abuelo, abandonado de todos menos de su joven esposa, vióse atado á un caballo, seguido de una cruel multitud, azotado en cada esquina, á la faz de los hombres, sus hermanos, y en la vecindad de los numerosos templos de un Dios de paz. Cuando el desgraciado, infame ya para siempre, hubo satisfecho la venganza de los hombres con su sangre, sus torturas y sus gritos, le tuvieron que sacar del caballo pues había perdido el sentido, y ¡ojalá hubiese muerto! Por una de esas crueldades refinadas le dieron la libertad; su pobre mujer, encinta entonces, en vano mendigó de puerta en puerta trabajo ó limosna, para cuidar al enfermo marido y al pobre hijo, ¿quién se fía de la mujer de un incendiario é infame? ¡La esposa, pues, tuvo que dedicarse á la prostitución!»

Ibarra se levantó de su asiento.

«¡Oh, no os inquietéis! la prostitución no era ya una deshonra para ella ni un deshonor para el marido: honor y vergüenza ya no existían. El marido curó de sus heridas y vino á ocultarse con su mujer é hijo en los montes de esta provincia. Aquí parió la mujer un feto estropeado y lleno de enfermedades, que tuvo la fortuna de morir. Aquí vivieron algunos meses aún, miserables, aislados, odiados y temidos de todos. No pudiendo mi abuelo soportar su miseria y menos valeroso que su mujer, se ahorcó, desesperado de ver á su esposa enferma, privada de todo auxilio y cuidado. El cadáver se pudrió á la vista del hijo, que apenas podía cuidar á su madre enferma, y el mal olor lo descubrió á la justicia. Mi abuela fué acusada y condenada por no haber dado parte; se le atribuyó la muerte de su marido y se creyó esto, pues ¿de qué no es capaz la mujer de un miserable, que después fué prostituta? Si jura, la llaman perjura, si llora le dicen que miente, y blasfema si invoca á Dios. Sin embargo, le tuvieron consideración y esperaron su alumbramiento para después azotarla: sabéis que los frailes extienden la creencia de que á los indios únicamente se los puede tratar á palos: leed lo que dice el padre Gaspar de S. Agustín.

«Condenada así una mujer, maldecirá el día en que su hijo salga á luz: lo cual es, además de prolongar el suplicio, violentar los sentimientos maternales. La mujer parió con felicidad por desgracia, y por desgracia también el niño nació robusto. Dos meses después cumplióse la sentencia con gran satisfacción de los hombres, que así creían cumplir con su deber. No tranquila ya en estos montes, huyó con sus dos hijos á la vecina provincia y allí vivieron como fieras: odiando y odiados. El mayor de los dos hermanos, que recordaba en medio de tanta miseria su infancia feliz, se hizo tulisán tan luego como se halló con fuerzas. Pronto el nombre sanguinario de Bálat se estendió de provincia en provincia, terror de los pueblos, porque en su venganza todo lo llevaba á sangre y fuego. El menor, que había recibido de la Naturaleza un corazón bueno, habíase resignado con su suerte é infamia al lado de su madre: vivían de lo que el bosque daba, vestíanse de los andrajos que les arrojaban los caminantes, ella había perdido su nombre, sólo se la conocía por los apelativos de delincuente, prostituta, apaleada; él era únicamente conocido por el hijo de su madre, porque por la dulzura de su carácter no le creían hijo del incendiario, y porque todo se puede dudar de la moralidad de los indios. Al fin, el famoso Bálat cayó un día en poder de la Justicia, que le pidió estrecha cuenta de sus crímenes, ella que nada hizo para enseñarle el bien; y una mañana, buscando el joven á su madre, que había ido al bosque para coger hongos y aún no había vuelto, encontróla tendida en tierra, á orillas del camino, debajo de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados, fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra, sobre la cual se veían manchas de sangre. Ocúrresele al joven levantar la vista y seguir la mirada del cadáver, ¡y vé en la rama colgado un cesto, y dentro del cesto la ensangrentada cabeza del hermano!»

—¡Dios mío!—exclamó Ibarra.

—«¡Eso pudo exclamar mi padre!—continuó Elías fríamente.—Los hombres habían descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si vais alguna vez de Calamba á Santo Tomás, encontraréis todavía un miserable árbol de lomboy donde colgó pudriéndose una pierna de mi tío: la Naturaleza le ha maldecido y el árbol ni crece ni da fruto. Lo mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza como lo mejor del individuo, como lo que más fácilmente se reconoce, la colgaron delante de la cabaña de la madre!»

Ibarra bajó la cabeza.

—«El joven huyó como un maldito,—continuó Elías;—huyó de pueblo en pueblo, por montes y valles, y cuando ya se creía desconocido, entró de trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad, la dulzura de su carácter le granjearon la estimación de cuantos no conocían su pasado. A fuerza de trabajo y economía logró hacerse un pequeño capital, y como la miseria había pasado y era joven, pensó en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situación algo desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano no se atrevía á pedir por miedo de que el pasado se conozca. Pero el amor pudo más y ambos faltaron á sus deberes. El hombre, para salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio, se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era rico, consiguió que procesaran al hombre, que no trató de defenderse, lo admitió todo y fué enviado á presidio. La joven dió á luz un niño y una niña, que fueron criados en secreto, haciéndoles creer en un padre muerto, lo que no era difícil, habiendo visto, siendo de tierna edad, morir á su madre, y pensándose poco en indagar genealogías. Como nuestro abuelo era rico, nuestra niñez fué muy venturosa; mi hermana y yo nos educamos juntos, nos amábamos como sólo se aman dos gemelos que no conocen otros amores. Muy joven fuí á estudiar en el colegio de los jesuitas, y mi hermana, para no separarnos del todo, pasó á la pensión de la Concordia. Concluída nuestra corta educación, porque únicamente deseábamos ser agricultores, nos retiramos al pueblo para tomar posesión de la herencia de nuestro abuelo. Vivimos algún tiempo felices, el porvenir nos sonreía, teníamos muchos criados, nuestros campos cosechaban bien y mi hermana estaba en vísperas de casarse con un joven á quien adoraba y de quien era igualmente correspondida. Por cuestiones pecuniarias, por mi carácter entonces altivo, me enajené la voluntad de un lejano pariente, y un día me echó en cara mi tenebroso nacimiento, mi infame ascendencia. Yo lo creí una calumnia y pedí satisfacción; la tumba en que dormía tanta podredumbre se volvió á abrir y la verdad salió para confundirme. Para mayor desdicha, teníamos desde hace años un criado viejo, que sufría todos mis caprichos sin dejarnos nunca, contentándose sólo con llorar y gemir entre las burlas de los otros servidores. Yo no sé cómo lo averiguó mi pariente; el caso es que citó ante la justicia á este viejo y le hizo declarar la verdad; el viejo criado era nuestro padre, que se pegaba á sus queridos hijos y á quien yo había maltratado varias veces. Nuestra dicha se desvaneció, renuncié á nuestra fortuna, mi hermana perdió su novio, y con mi padre abandonamos el pueblo para ir á otro punto cualquiera. El pensamiento de haber contribuido á nuestra desgracia acortó los días del anciano, de cuyos labios supe todo el doloroso pasado. Mi hermana y yo nos quedamos solos.

»Ella lloró mucho, pero en medio de tantos dolores como sobre nosotros se amontonaron, no pudo olvidarse de su amor. Sin quejarse, sin decir una palabra, vió casarse con otra á su antiguo novio, y yo la ví poco á poco enfermarse sin poderla consolar. Un día desapareció; en vano la busqué por todas partes, en vano pregunté por ella, hasta que seis meses después supe que por aquella época, después de una crecida del lago, se había encontrado en la playa de Calamba entre unos arrozales el cadáver de una joven, ahogada ó asesinada; tenía, según dicen, un cuchillo clavado en el pecho. Las autoridades de aquel pueblo hicieron publicar el hecho en los pueblos vecinos; nadie se presentó á reclamar el cadáver, ninguna joven había desaparecido. Por las señas que me dieron después, por el traje, las alhajas, la hermosura de su rostro y su abundantísima cabellera, reconocí en aquella á mi pobre hermana. Desde entonces vago de provincia en provincia; mi fama y mi historia andan en boca de muchos, se me atribuyen hechos, á veces se me calumnia, pero hago poco caso de los hombres y continúo mi camino. He aquí brevemente relatada mi historia, y la historia de uno de los juicios de los hombres».

Elías se calló y continuó remando.

—Voy creyendo que no os falta razón,—murmuró en voz baja Crisóstomo,—cuando decís que la justicia debía procurar el bien por la recompensa de la virtud y la educación de los criminales. Sólo que... esto es imposible, utópico; pues ¿de dónde sacar tanto dinero, tantos nuevos empleados?

—Y ¿para qué están los sacerdotes que pregonan su misión de paz y caridad? ¿Será más meritorio mojar con agua la cabeza de un niño, darle á comer sal, que despertar en la obscurecida conciencia de un criminal esa centella, dada por Dios á cada hombre para buscar el bien? ¿Será más humano acompañar á un reo al patíbulo, que acompañarle por la difícil senda que conduce del vicio á la virtud? ¿No se pagan también espías, verdugos y guardias civiles? Esto, sobre ser sucio, cuesta dinero también.

—Amigo mío, ni vos ni yo, aunque lo queramos, lo conseguiremos.

—Solos, en verdad, somos nada; pero tomad la causa del pueblo, uníos al pueblo, no desoigáis sus voces, dad ejemplo á los demás, ¡dad la idea de lo que se llama una patria!

—Lo que pide el pueblo es imposible; es menester esperar.

—¡Esperar, esperar equivale á sufrir!

—Si lo pidiese, se me reirían.

—Y ¿si el pueblo os sostiene?

—¡Jamás! no seré yo nunca el que he de guiar á la multitud á conseguir por la fuerza lo que el gobierno no cree oportuno, ¡no! Y si yo viera alguna vez á esa multitud armada, me pondría del lado del gobierno y la combatiría, pues en esa turba no vería á mi país. Yo quiero su bien, por eso levanto una escuela; lo busco por medio de la instrucción, por el progresivo adelanto; sin luz no hay camino.

—¡Sin lucha tampoco hay libertad!—contestó Elías.

—¡Es que yo no quiero esa libertad!

—Es que sin libertad no hay luz,—replicó el piloto con viveza;—decís que conocéis poco vuestro país, lo creo. No véis la lucha que se prepara, no véis la nube en el horizonte; el combate comienza en la esfera de las ideas para descender á la arena, que se teñirá en sangre; oigo la voz de Dios, ¡ay de los que quieran resistirle! ¡para ellos no se ha escrito la historia!

Elías estaba transfigurado: de pie, descubierto, su semblante varonil, iluminado por la luna, tenía algo de extraordinario. Sacudió su abundante cabellera, y continuó:

—¿No véis como todo despierta? El sueño duró siglos, pero un día cayó el rayo, y el rayo, al destruir, llamó la vida; desde entonces nuevas tendencias trabajan los espíritus, y estas tendencias, hoy separadas, se unirán un día guiadas por Dios. Dios no ha faltado á los otros pueblos, tampoco faltará al nuestro; su causa es la causa de la libertad.

Un silencio solemne siguió á estas palabras. Entretanto la banca, llevada insensiblemente por las olas, se acercaba á la orilla. Elías fué el primero que rompió el silencio.

—¿Qué he decir á los que me envían?—preguntó cambiando de tono.

—Ya os lo he dicho: que deploro mucho su estado, pero que esperen, pues los males no se curan con otros males, y en nuestra desgracia todos tenemos nuestras culpas.

Elías no volvió á replicar; bajó la cabeza, continuó remando, y llegado á la orilla, se despidió de Ibarra, diciendo:

—Os doy gracias, señor, por la condescendencia que habéis tenido conmigo; en interés vuestro os pido que en adelante os olvidéis de mí y no me reconozcáis en cualquiera situación que me encontréis.

Y dicho esto, volvió á conducir la banca, remando en dirección á una espesura en la playa. Durante la larga travesía permaneció silencioso; parecía no ver otra cosa que los millares de diamantes, que con el remo sacaba y devolvía al lago donde desaparecían misteriosos entre las azules ondas.

Por fin llegó; un hombre salió de la espesura y se le acercó.

—¿Qué digo al capitán?—preguntó.

—Dile que Elías, si no muere antes, cumplirá su palabra,—contestó tristemente.

—Entonces ¿cuándo te reunirás con nosotros?

—Cuando vuestro capitán crea que ha llegado la hora del peligro.

—¡Está bien, adiós!

—¡Si no muero antes!—murmuró Elías.

LI. Cambios

El pudibundo Linares está serio y lleno de inquietud; acaba de recibir una carta de doña Victorina, que dice así:

«Estimado primo: Dentro de tres días espero saber de ti ci ya te á matado el alféres ó tú hael no qiero que pase un día mas cin que eze animal tenga su castigo si pasa este plazo iaun no leas desafiao haese le digo ha don Santiago que jamas fuiste segretario ni dabas bromas á Canobas ni ivas de golgorio con el general don arseño Martines le digo ha Clarita que todo es bola ino te doy ni un quarto mas si le desafias te prometo todo lo que qieras con que haver si le deza fías te prebengo que no hay es qucas ni motibos.

Tu prima que te qiere de coracon

Victorina de los Reyes de Espadaña.

Sampaloc lunes a las 7 de la Noche.»

El asunto era serio: Linares conocía el carácter de doña Victorina y sabía de qué era capaz; hablarle de razón era hablar de honradez y urbanidad á un carabinero de Hacienda, cuando se propone encontrar contrabando donde no lo hay; suplicar era inútil; engañar, peor; no había más remedio que desafiar.

—Pero ¿cómo?—decía paseándose solo;—¿si me recibe á cajas destempladas? ¿si me encuentro con su señora? ¿quién querrá ser mi padrino? ¿el cura? ¿capitán Tiago? ¡Maldita sea la hora en que he dado oídos á sus consejos! ¡Latera! ¿Quién me obligaba á darme pisto, contar bolas, á engatusar con fanfarronadas! ¿qué va á decir de mí esa señorita?... ¡Ahora me pesa haber sido secretario de todos los ministros!.

En este triste soliloquio estaba el buen Linares cuando el padre Salví llegó. El franciscano estaba en verdad más flaco y pálido que de costumbre, pero sus ojos brillaban con una luz singular y á sus labios asomaba una extraña sonrisa.

—Señor Linares, ¿tan solo?—saludó dirigiéndose á la sala, por cuya puerta entreabierta se escapaban algunas notas de piano.

Linares quiso sonreir.

—Y ¿don Santiago?—añadió el cura.

Capitán Tiago se presentó en el momento mismo, besó la mano al cura, le desembarazó de su sombrero y bastón, sonriendo como un bendito.

—¡Vamos, vamos!—decía el cura entrando en la sala, seguido de Linares y capitán Tiago;—tengo buenas noticias que participar á todos. He recibido cartas de Manila que me confirman la que ayer me trajo el señor Ibarra... de modo, don Santiago, que el impedimento desaparece.

María Clara, que estaba sentada al piano entre sus dos amigas, medio se levanta, pero pierde las fuerzas y vuelve á sentarse. Linares palidece y mira á capitán Tiago, que baja los ojos.

—Ese joven me va pareciendo muy simpático,—continúa el cura;—al principio le juzgué mal... es un poco vivo de genio, pero después sabe tan bien arreglar sus faltas que no se le puede guardar rencor. Si no fuera por el padre Dámaso...

Y el cura dirigió una rápida mirada á María Clara, que escuchaba, pero sin apartar los ojos del papel de música, á pesar de los pellizcos disimulados de Sinang, que así expresaba su alegría, y á estar á solas habría bailado.

—¿El padre Dámaso?...—preguntó Linares.

—Sí, el padre Dámaso ha dicho,—continuó el cura sin separar su vista de María Clara,—que como... padrino de bautismo, no podía él permitir... pero en fin, yo creo que si el señor Ibarra le pide perdón, lo que no dudo, todo se arreglará.

María Clara se levantó, dió una excusa y se retiró á su cuarto, acompañada de Victoria.

—Y ¿si el padre Dámaso no le perdona?—pregunta en voz baja capitán Tiago.

—Entonces... María Clara verá... el padre Dámaso es su padre... espiritual; pero yo creo que se entenderán.

En aquel instante oyéronse pasos y apareció Ibarra, seguido de la tía Isabel: su presencia produjo una impresión muy variada. Saludó con afabilidad á capitán Tiago, que no supo si sonreir ó llorar, y á Linares con una profunda inclinación de cabeza. Fray Salví se levantó y le tendió tan afectuosamente la mano, que Ibarra no pudo contener una mirada de sorpresa.

—No lo extrañe usted,—dice fray Salví;—ahora mismo le alababa á usted.

Ibarra dió las gracias y se acercó á Sinang.

—¿Dónde has estado todo el día?—preguntó ésta con su charla juvenil;—nos preguntábamos y decíamos: ¿A dónde habrá ido esa alma redimida del purgatorio? Y cada una de nosotras decía una cosa.

—Y ¿se puede saber qué decíais?

—No, eso es un secreto, pero ya te lo diré á solas. Ahora dinos dónde has estado, para ver quién ha podido adivinar.

—No, eso es también un secreto, pero yo te lo diré á solas, si los señores lo permiten.

—¡Ya lo creo, ya lo creo! ¡No faltaba más!—dijo el padre Salví.

Sinang llevó á Crisóstomo á un extremo de la sala: ella estaba muy alegre con la idea de saber un secreto.

—Dime, amiguita,—preguntó Ibarra;—¿está María enfadada conmigo?

—No lo sé, pero dice que es mejor que la olvides y se echa á llorar. Capitán Tiago quiere que se case con aquel señor, el padre Dámaso también, pero ella no dice ni sí ni no. Esta mañana, cuando preguntábamos por tí y yo decía: ¿Si habrá ido á hacer el amor á alguna? ella me contestó: ¡Ojalá! y se puso á llorar.

Ibarra estaba serio.

—Dile á María que quiero hablarle á solas.

—¿A solas?—preguntó Sinang frunciendo las cejas y mirándole.

—Enteramente á solas, no; pero que no esté aquél delante.

—Es difícil: pero pierde cuidado, se lo diré.

—Y ¿cuándo sabré la contestación?

—Mañana, vete á casa temprano. María no quiere jamás estar sola, la acompañamos; Victorina duerme una noche á su lado y yo otra; mañana me toca el turno. Pero oye ¿y el secreto? ¿Te vas sin decirme lo principal?

—¡Es verdad! estuve en el pueblo de Los Baños; voy á explotar los cocales, pues pienso levantar una fábrica; tu padre será mi socio.

—¿Nada más que eso? ¡Vaya un secreto!—exclamó Sinang en voz alta, con el tono de un usurero estafado;—yo creía...

—¡Cuidado! ¡no te permito que lo publiques!

—¡Ni ganas!—contestó Sinang arrugando la nariz.—Si fuera algo más importante, lo diría á mis amigas; pero ¡comprar cocos! ¡cocos! ¿quién se interesa por los cocos?

Y más que de prisa fué á buscar á sus amigas.

Momentos después, Ibarra se despidió viendo que la reunión no podía menos de languidecer; capitán Tiago tenía una cara agridulce, Linares estaba callado y observaba, el cura aparentando alegría hablaba de cosas extrañas. Ninguna de las jóvenes había vuelto á salir.

LII. La carta de los muertos y las sombras

El nublado cielo oculta á la luna; un viento frío, presagio del próximo Diciembre, barre algunas hojas secas y el polvo en el estrecho sendero, que conduce al cementerio.

Tres sombras se hablan en voz baja debajo de la puerta.

—¿Le has hablado á Elías?—preguntó una voz.

—No, ya sabes que es muy raro y circunspecto, pero debe ser de los nuestros: Don Crisóstomo le ha salvado la vida.

—Por eso también acepté,—dice la primera voz;—don Crisóstomo hace que la curen á mi mujer en casa de un médico en Manila. Me he encargado del convento para arreglar mis cuentas con el cura.

—Y nosotros, del cuartel para decir á los civiles que nuestro padre tenía hijos.

—¿Cuántos seréis?

—¡Cinco, con cinco hay bastante. El criado de don Crisóstomo dice que seremos veinte.

—Y ¿si no salís bien?

—¡St!—dijo uno y todos se callaron.

Veíase á favor de la semiobscuridad venir una sombra, deslizarse siguiendo el cerco: de tiempo en tiempo se detenía como si volviese la cara hacia atrás.

Y no le faltaba motivo. Detrás, á unos veinte pasos, venía otra sombra, mayor, y que parecía más sombra que la primera: tan ligeramente pisaba el suelo, desaparecía con rapidez como si le tragase la tierra cada vez que la primera se detenía y volvía.

—¡Me siguen!—murmuró ésta;—¿será la guardia civil? ¿mentirá el sacristán mayor?

—Dicen que es aquí la cita,—decía en voz baja la segunda sombra;—de algo malo se debe tratar cuando me lo ocultan los dos hermanos.

La primera sombra llegó al fin á la puerta del cementerio. Las tres primeras se adelantaron.

—¿Sois vosotros?

—¿Sois vos?

—¡Separémonos, que me han seguido! Mañana tendréis las armas y á la noche será. El grito es: «¡Viva don Crisóstomo!» ¡Idos!

Las tres sombras desaparecieron detrás de las tapias. El recién llegado se ocultó en el hueco de la puerta y esperó silencioso.

—¡Veamos quién me sigue!—murmuró.

La segunda sombra llegó con mucha precaución y se detuvo como para mirar en torno suyo.

—¡He llegado tarde!—dijo á media voz;—pero acaso vuelvan.

Y como empezaba á caer una lluvia fina y menuda, que amenazaba durar, pensó guarecerse debajo de la puerta.

Naturalmente se encontró con el otro.

—¡Ah! ¿quién sois?—preguntó el recién llegado con voz varonil.

—Y ¿quién sois vos?—contestó el otro tranquilamente.

Un momento de pausa; ambos trataban de reconocerse por el timbre de la voz y distinguirse las facciones.

—¿Qué esperáis aquí?—preguntó el de voz varonil.

—Que den las ocho para tener la carta de los muertos; quiero ganar esta noche una cantidad,—contestó el otro con voz natural;—y vos ¿á qué venís?

—A... lo mismo.

—¡Abá! me alegro: así me estaré sin compañero. Traigo cartas; á la primera campanada les pongo albur; á la segunda, gallo; las que se muevan son las cartas de los muertos y hay que disputárselas á tajos. ¿Traéis también cartas?

—¡No!

—¿Entonces?

—Sencillamente; así como les ponéis banca, espero que ellos me la pondrán.

—Y ¿si los muertos no la ponen?

—¿Qué hacer? El juego no se ha hecho aún obligatorio entre los muertos...

Hubo un momento de silencio.

—¿Venís armado? ¿Cómo vais á luchar con los muertos?

—Con mis puños,—contestó el más grande de los dos.

—¡Ah, diablo, ahora me acuerdo! los muertos no apuntan cuando hay más de un vivo, y somos dos.

—¿De veras? pues yo no quiero irme.

—Ni yo, me hace falta dinero,—contestó el más pequeño;—pero hagamos una cosa: juguemos entre los dos, y el que pierda que se aleje.

—Sea...—contestó el otro con cierto disgusto.

—Entonces entremos... ¿tenéis fósforos?

Entraron y buscaron en aquella semiobscuridad un lugar á propósito, y pronto encontraron un nicho sobre el que se sentaron. El más bajo sacó de su salakot unas cartas, y el otro encendió un fósforo.

A la luz miráronse el uno al otro, pero, á juzgar por la expresión de sus rostros, no se conocían. No obstante, nosotros reconoceremos en el más alto y de voz varonil á Elías, y en el menor á Lucas con su cicatriz en la mejilla.

—¡Cortad!—dijo éste, sin dejar de observarle.

Apartó algunos huesos, que encontró sobre el nicho, y sacó un as y un caballo. Elías encendía fósforos uno tras otro.

—¡Al caballo!—dijo, y para señalar la carta puso una vértebra encima.

—¡Juego!—dijo Lucas, y á las cuatro ó cinco cartas sacó un as.

—Habéis perdido,—añadió;—ahora dejadme solo que me busque la vida.

Elías, sin decir una palabra, se alejó perdiéndose en la obscuridad.

Algunos minutos después dieron las ocho en el reloj de la iglesia, y la campana anunció la hora de las ánimas; pero Lucas no invitó á jugar á nadie: no evocó á los muertos, como manda la superstición, sino que descubrió y murmuró algunas oraciones, santiguándose y persignándose con el mismo fervor que lo haría en aquel momento el jefe de la cofradía del santísimo rosario.

Toda la noche siguió lloviznando. A las nueve las calles estaban ya obscuras y solitarias; los faroles de aceite, que cada vecino debe colgar, apenas iluminaban una esfera de un metro de radio: parecían encendidos para hacer ver las tinieblas.

Dos guardias civiles se pasean de un extremo á otro de la calle, cerca de la iglesia.

—¡Hace frío!—decía uno en tagalo, con acento visaya; no cogemos á ningún sacristán; no hay quien componga el gallinero del alférez... Con la muerte del otro se han escarmentado; esto me aburre.

—Y á mí,—contesta el otro;—nadie roba ni alborota; pero, gracias á Dios, dicen que Elías está en el pueblo.

Dice el alférez que el que le coja, estará libre de azotes durante tres meses.

—¡Ah! ¿Sabes de memoria las señas?—preguntó el visaya.

—¡Ya lo creo! estatura alta, según el alférez; regular, según el padre Dámaso; color moreno, ojos negros, nariz regular, boca regular, barba ninguna, pelo negro...

—¡Ah! ¿y señas particulares?

—Camisa negra, pantalón negro, leñador...

—¡Ah! no se escapará; me parece ya verle.

—No le confundo con otro, aunque se le parezca.

Y ambos soldados siguen su ronda.

A la luz de los faroles vemos otra vez dos sombras ir una detrás de otra con gran cautela. Un enérgico ¿quién vive? detiene á ambas, y la primera contesta ¡España! con voz temblorosa.

Los soldados le arrastran y le llevan á un farol para reconocerle. Era Lucas, pero los soldados dudan y se consultan con la mirada.

—¡El alférez no ha dicho que tenga cicatriz!—dice el visaya en voz baja.—¿A dónde vas?

—A mandar una misa para mañana.

—¿No has visto á Elías?

—¡No le conozco, señor!—contesta Lucas.

—¡No te pregunto si le conoces, tonto! tampoco le conocemos; te pregunto si le has visto.

—No, señor.

—Oye bien, te diré sus señas. Estatura á veces alta, á veces regular; pelo y ojos negros; todo lo demás es regular,—dice el visaya.—¿Le conoces ahora?

—¡No, señor!—contestó Lucas atontado.

—Entonces, ¡sulung! ¡burro! ¡burro!—Y le dieron un empellón.

—¿Sabes tú por qué para el alférez es alto Elías, y regular para el cura?—pregunta pensativo el tagalo al visaya.

—No.

—Porque el alférez estaba hundido en el charco cuando le observó y el cura de pie.

—¡Es verdad!—exclama el visaya;—tienes talento... ¿cómo eres guardia civil?

—No siempre lo fuí; yo era contrabandista,—contesta el tagalo con jactancia.

Pero otra sombra los distrajo: le dieron el ¿quién vive? y la llevaron á la luz. Esta vez era el mismo Elías el que se presentaba.

—¿A dónde vas?

—A perseguir, señor, á un hombre que pegó y amenazó á mi hermano; tiene una cicatriz en la cara y se llama Elías...

—¡Ah!—exclaman los dos y se miran espantados.

Y acto continuo echan á correr en dirección á la iglesia, donde minutos antes había desaparecido Lucas.

LIII. Il buon dí si conosce da mattina

Temprano se esparcía por el pueblo la noticia de que la noche anterior se habían visto muchas luces en el cementerio.

El jefe de la V. O. T. hablaba de velas encendidas y describía sus formas y tamaños, pero no pudo decir á punto fijo el número, pues había contado más de veinte. Hermana Sipa, de la cofradía del Santísimo Rosario no debía tolerar que se jactase solo de haber visto esta gracia de Dios uno de la hermandad enemiga: hermana Sipa, aunque no vive cerca, oyó lamentos y gemidos, y hasta creyó reconocer en las voces ciertas personas con quienes ella en otro tiempo... pero, por caridad cristíana, no solamente perdonaba, sino oraba y callaba sus nombres, por lo cual todos la declaraban santa incontinenti. Hermana Rufa no tiene en verdad tan fino el oído, pero no debe sufrir que hermana Sipa lo haya oído, y ella no; por esto ha tenido un sueño y se le han presentado muchas almas, no sólo de personas muertas, sino también de vivas; las almas en pena pedían parte de sus indulgencias, apuntadas en toda regla y atesoradas. Ella podrá decir los nombres á las familias interesadas, y sólo pide una pequeña limosna para socorrer al Papa en sus necesidades.

Un muchachuelo, pastor de oficio, que se atrevió á asegurar no haber visto más que una luz y dos hombres con salakot, á duras penas escapó de palos é insultos. En vano juró; estaban sus carabaos que venían con él y podían hablar.

—¿Vas á saber más que el celador y las hermanas, paracmasón, hereje?—le decían y le miraban con malos ojos.

El cura subió al púlpito y volvió á predicar sobre el purgatorio, y los pesos volvieron á salir de sus escondites para ganar una misa.

Pero dejemos á las almas en pena y oigamos la conversación de don Filipo y del viejo Tasio, enfermo en su casita solitaria. Hacía días que el filósofo ó el loco no dejaba la cama, postrado por una debilidad que progresaba rápidamente.

—En verdad que no sé si felicitaros porque os hayan admitido la dimisión; antes, cuando el gobernadorcillo desoyó tan descaradamente el parecer de la mayoría, el solicitarla era justo; pero ahora que estáis en lucha con la guardia civil es inconveniente. En tiempo de guerra se debe permanecer en su puesto.

—Sí, pero no cuando el general se vende,—contestó don Filipo;—ya sabéis que á la siguiente mañana puso el gobernadorcillo en libertad á los soldados que he conseguido prender, y se ha negado á dar un solo paso. Sin el consentimiento de mi superior no puedo nada.

—Vos solo, nada, pero con los demás mucho. Hubiérais aprovechado esta ocasión para dar un ejemplo á los otros pueblos. Sobre la ridícula autoridad del gobernadorcillo está el derecho del pueblo; era el comienzo de una buena lección y la perdísteis.

—Y ¿qué hubiera podido yo contra el representante de las preocupaciones? Ahí tenéis al señor Ibarra, se ha plegado á las creencias de la multitud; ¿pensáis que él cree en la excomunión?

—No estáis en la misma situación: el señor Ibarra quiere sembrar, y para sembrar hay que bajarse y obedecer á la materia; vuestra misión era sacudir, y para sacudir se pide fuerza é impulso. Además, la lucha no se debía plantear contra el gobernadorcillo; la frase debía ser: contra el que abusa de su fuerza, contra el que turba la tranquilidad pública, contra el que falta á su deber; y no hubiérais estado solo, pues que el país de ahora no es el mismo que hace veinte años.

—¿Lo creéis?—preguntó don Filipo.

—Y ¿no lo sentís?—contestó el anciano medio incorporándose en el lecho; ¡ah! es porque no habéis visto el pasado, no habéis estudiado el efecto de la inmigración europea, de la venida de nuevos libros y de la marcha de la juventud á Europa. Estudiad y comparad: es cierto que existe aún la Real Pontificia Universidad de santo Tomás con su sapientísimo claustro, y se ejercitan todavía algunas inteligencias en formular distingos y ultimar las sutilezas del escolasticismo, pero ¿dónde encontraréis ahora aquella juventud metafísica de nuestros tiempos, de instrucción arqueológica, que, torturado el encéfalo, moría sofisticando en un rincón de provincias, sin acabar de comprender los atributos del ente, sin resolver la cuestión de la esencia y existencia, elevadísimos conceptos que nos hacían olvidar de lo esencial: de nuestra existencia y propia entidad? ¡Ved ahora la niñez! Llena de entusiasmo á la vista de más amplios horizontes, estudia historia, matemáticas, geografía, literatura, ciencias, físicas, lenguas, materias todas que en nuestro tiempo oíamos con horror, como si fuesen herejías; el más libre pensador de mi época las declaraba inferiores á las categorías de Aristóteles y á las leyes del silogismo. El hombre ha comprendido al fin que es hombre; renuncia al análisis de su Dios, á penetrar en lo impalpable, en lo que no ha visto, á dar leyes á los fantasmas de su cerebro; el hombre comprende que su herencia es el vasto mundo cuyo dominio está á su alcance; cansado de su trabajo inútil y presuntuoso, baja la cabeza y examina cuanto le rodea. Ved ahora cómo nacen nuestros poetas; las musas de la naturaleza nos abren poco á poco sus tesoros y empiezan á sonreirnos para alentarnos al trabajo. Las ciencias experimentales han dado ya sus primeros frutos; falta ahora que el tiempo las perfeccione. Los nuevos abogados se forman en los nuevos moldes de la filosofía del derecho; algunos empiezan á brillar en medio de las tinieblas que rodean á nuestra tribuna, y advierten un cambio en la marcha de los tiempos. Oid cómo habla la juventud, visitad los centros de enseñanza, y otros nombres resuenan en las de los claustros, allí donde sólo oímos los de santo Tomás, Suárez, Amat, Sánchez y otros, ídolos de mi tiempo. En vano claman desde el púlpito los frailes contra la desmoralización, como claman los vendedores de pescado contra la avaricia de los compradores, sin notar que su mercancía está pasada é inservible. En vano extienden los conventos sus prolongaciones y raíces para ahogar en los pueblos la corriente nueva; los dioses se van; las raíces del árbol pueden enflaquecer á las plantas que en él se apoyan, pero no quitar la vida á otros seres, que, como el ave, se remontan á los cielos.

El filósofo hablaba con animación; sus ojos brillaban.

—Sin embargo, el germen nuevo es pequeño; si todos se proponen el progreso, que tan caro compramos, se puede ahogar,—objetó don Filipo incrédulo.

—Ahogarle... ¿quién? ¿el hombre, ese enano enfermo, ahogar al progreso, al poderoso hijo del tiempo y de la actividad? ¿Cuándo lo pudo? El dogma, el cadalso y la hoguera, tratando de suspenderle, le empujan. E pur si muove, decía Galileo, cuando los dominicos le obligaban á declarar que la tierra no se movía; la misma frase se aplica al progreso humano. Se violentarán algunas voluntades, se sacrificarán algunos individuos, pero no importa: el progreso seguirá su camino, y de la sangre de los que caigan brotarán nuevos y vigorosos retoños. ¡Ved! la prensa misma, por más retrógrada que quisiera ser, da también un paso hacia adelante; los mismos dominicos no escapan á esta ley, é imitan á los jesuítas, sus enemigos irreconciliables: dan fiestas en sus claustros, levantan teatritos, componen poesías, porque, como no les falta inteligencia á pesar de creerse en el siglo XV, comprenden que los jesuítas tienen razón, y tomarán aún parte en el porvenir de los pueblos jóvenes que han educado.

—Según vos, ¿los jesuítas van con el progreso?—preguntó admirado don Filipo; ¿por qué, pues, se los combate en Europa?

—Os contestaré como un antiguo escolástico,—contestó el filósofo volviéndose á acostar y recobrando su fisonomía burlona:—de tres maneras se puede ir con el progreso: delante, al lado y detrás; los primeros le guían, los segundos se dejan llevar, los últimos son arrastrados, y á éstos pertenecen los jesuítas. Ellos ya quisieran dirigirle, pero, como le ven fuerte y con otras tendencias, capitulan, prefieren seguir á ser aplastados ó quedarse en medio del camino entre sombras. Ahora bien, nosotros, en Filipinas, vamos lo menos dos siglos detrás del carro: apenas empezamos á salir de la Edad media; por esto los jesuítas, que son retroceso en Europa, vistos desde aquí, representan el progreso; Filipinas les debe su naciente instrucción, las ciencias naturales, alma del siglo XIX, como á los dominicos el escolasticismo, muerto ya á pesar de León XIII: no hay papa que resucite lo que el sentido común ha ajusticiado... Pero ¿á dónde hemos ido?—preguntó cambiando de tono;—¡ah! hablábamos del estado actual de Filipinas... Sí, ahora entramos en el período de lucha, digo, vosotros: nuestra generación pertenece á la noche, nos vamos. La lucha está entre el pasado, que se aferra y agarra con maldiciones al vacilante feudal castillo, y el porvenir, cuyo canto de triunfo se oye á lo lejos, á los resplandores de una naciente aurora, trayendo la buena nueva de otros países... ¿Quiénes caerán y se sepultarán entre los escombros?

El anciano calló, y viendo que don Filipo le miraba pensativo, sonrióse y repuso:

—Casi adivino lo que pensáis.

—¿De veras?

—Pensáis que muy bien puedo equivocarme,—dijo sonriendo con tristeza;—hoy tengo fiebre y no soy infalible: homo sum et nihil humani a me alienum puto, decía Terencio; pero si alguna vez se permite soñar ¿por qué no soñar agradablemente en las últimas horas de la vida? Y luego, ¡no he vivido más que de sueños! Tenéis razón; ¡sueño! nuestros jóvenes no piensan más que en amoríos y placeres: más tiempo gastan y trabajan más para engañar y deshonrar á una joven, que para pensar en el bien de su país; nuestras mujeres por cuidar de la casa y la familia de Dios, se olvidan de las propias; nuestros hombres sólo son activos para el vicio y heroicos en la vergüenza; la niñez despierta en tinieblas y rutina; la juventud vive sus mejores años sin ideal, y la edad madura, estéril, tan sólo sirve para corromper con su ejemplo á la juventud... Me alegro de morir... claudite jam rivos, pueri.

—¿Queréis alguna medicina?—preguntó don Filipo para cambiar el giro de la conversación, que había puesto sombrío el semblante del enfermo.

—Los que mueren no necesitan medicinas; los que os quedáis sí. Decid á don Crisóstomo que me visite mañana, pues tengo cosas muy importantes que decirle. Dentro de algunos días me voy. ¡Filipinas está en las tinieblas!

Don Filipo, después de algunos minutos más de conversación, dejó grave y pensativo la casa del enfermo.

LIV

Quidquid latet, apparebit,

Nil inultum remanebit.

La campana anuncia la oración de la tarde; al oir el religioso tañido, detiénense todos, dejan sus ocupaciones y se descubren: el labrador que viene del campo, suspende el canto, pára el acompasado andar del carabao que monta, y reza; las mujeres se persignan en medio de la calle y agitan con afectación los labios para que nadie dude de su devoción; el hombre deja de acariciar su gallo y reza el ángelus para que la suerte le sea propicia; en las casas se reza en voz alta ... todo ruido que no sea el del avemaría se disipa, enmudece.

Sin embargo, el cura, con sombrero, atraviesa de prisa la calle y escandaliza á muchas viejas; ¡y más escándalo! se dirige á casa del alférez. Las devotas creen tiempo ya de suspender el movimiento de sus labios para besarle la mano al cura, pero el padre Salví no hace caso de ellas; hoy no encuentra placer en colocar su huesuda mano sobre la nariz cristiana, para de allí deslizarla suavemente (según ha observado doña Consolación) en el seno de una graciosa jovencita, que se inclina para pedir la bendición. ¡Importante asunto debe preocuparle para olvidarse así de sus propios intereses y de los de la Iglesia!

En efecto, precipitadamente sube las escaleras y llama con impaciencia á la puerta del alférez, que aparece cejijunto, seguido de su mitad, que sonríe coma una condenada.

—¡Ah, padre cura! iba á verle ahora; el cabrón de usted...

—Tengo un asunto importantísimo...

—No puedo permitir que me anden rompiendo el cerco... ¡le pego un tiro si vuelve!

—¡Eso si tiene usted tiempo de vivir hasta mañana!—dice el cura jadeante y dirigiéndose hacia la sala.

—¡Qué! ¿cree usted que me mata á mí ese muñeco sietemesino? ¡Le reviento de un puntapié!

Padre Salví retrocedía, y miró instintivamente hacia el pie del alférez.

—¿De quién habla usted?—preguntó temblando.

—¿De quién he de hablar, si no de ese bobalicón, que me propone un desafío á revólver á cien pasos?

—¡Ah!—respiró el cura, y añadió:—vengo á hablar á usted de un asunto urgentísimo.

—¡Déjeme usted de asuntos! Será como el de los dos muchachos!

Si la luz no hubiera sido de aceite y el globo no hubiera estado tan sucio, habría visto el alférez la palidez del cura.

—¡Hoy se trata seriamente de la vida de todos!—repuso éste á media voz.

—¡Seriamente!—repitió el alférez palideciendo; ¿tira bien ese joven?...

—No hablo de él.

—¿Entonces?

El fraile le indicó la puerta que él cerró á su manera, de un puntapié. El alférez hallaba las manos superfluas y no habría perdido nada con dejar de ser bimano. Una imprecación y un rugido respondieron de fuera.

—¡Bruto! ¡me has partido la frente!—gritó su esposa.

—¡Ahora, desembuche usted!—dijo él al cura tranquilamente.

Este le miró un largo rato; después preguntó la voz nasal y monótona de predicador:

—¿No ha visto usted que me venía corriendo?

—¡Rediós! ¡creí que estaba usted con diarrea!

—Pues bien,—dijo el cura sin cuidarse de la grosería del alférez,—cuando así falto á mi deber, es que hay graves motivos.

—Y ¿qué más?—preguntó el otro golpeando con el pie en el suelo.

—¡Calma!

—Entonces ¿á qué venir con tanta prisa?

El cura se le acercó y preguntó con misterio:

—¿No... sabe... usted... nada de nuevo?

El alférez se encogió de hombros.

—Usted confiesa que no sabe nada absolutamente.

—¿Me quiere usted hablar de Elías, que anoche escondió su sacristán mayor?—preguntó.

—No, no hablo ahora de esos cuentos,—contestó el cura malhumorado; hablo de un gran peligro.

—¡Pues, p...! suéltese usted entonces!

—¡Vaya!—dijo el fraile lentamente y con cierto desdén;—verá usted una vez más la importancia que tenemos los religiosos; el último lego vale un regimiento; con que un cura...

Y bajando la voz y con mucho misterio:

—¡He descubierto una gran conspiración!

El alférez saltó y atónito miró al fraile.

—Una terrible y bien urdida conspiración, que ha de estallar esta misma noche.

—¡Esta misma noche!—exclamó el alférez abalanzándose al cura; y, corriendo á su revólver y sable colgados de la pared,

—¿A quién prendo? ¿á quién prendo?—gritó.

—¡Cálmese usted; aún hay tiempo, gracias á la prisa que me he dado; hasta las ocho!...

—¡Afusilo á todos!

—¡Escuche usted! Esta tarde, una mujer cuyo nombre no debo decir (es un secreto de confesión) se ha acercado á mí y me lo ha descubierto todo. A las ocho se apoderan del cuartel por sorpresa, saquean el convento, apresan la falúa y nos asesinan á todos los españoles.

El alférez estaba atontado.

—La mujer no me ha dicho más que esto,—añadió el cura.

—¿No ha dicho más? ¡pues la prendo!

—No lo puedo consentir: el tribunal de la penitencia es el trono del Dios de las misericordias.

—¡No hay Dios ni misericordias que valgan! ¡la prendo!

—Está usted perdiendo la cabeza. Lo que usted debe hacer es prepararse; arme usted silenciosamente á los soldados y póngalos en emboscada; mándeme cuatro guardias para el convento y advierta á los de la falúa.

—¡La falúa no está! ¡Pido auxilio á las otras secciones!

—No, que entonces se nota, y no siguen lo que traman. Lo que importa es que los cojamos vivos y les hagamos cantar, digo, usted les hará cantar; yo, en calidad de sacerdote, no debo mezclarme en estos asuntos. ¡Atención! aquí puede usted ganarse cruces y estrellas; sólo pido que haga constar que soy yo quien le ha prevenido.

—¡Constará, Padre, constará, y acaso le caiga una mitra!—contestó el alférez radiante, mirándose las mangas de su uniforme.

—Con que me manda usted cuatro guardias disfrazados, ¿eh? ¡Discreción! esta noche á las ocho llueven estrellas y cruces.

Mientras esto pasaba, un hombre va corriendo por el camino que conduce á casa de Crisóstomo y sube las escaleras aprisa.

—¿Está el señor?—pregunta la voz de Elías al criado.

—Está en su gabinete trabajando.

Ibarra, para distraer su impaciencia esperando la hora de poder tener explicaciones con María Clara, se había puesto á trabajar en su laboratorio.

—¿Ah, sois vos, Elías?—exclamó;—pensaba en vos: ayer me había olvidado de preguntaros por el nombre de aquel español en cuya casa vivía vuestro abuelo.

—No se trata, señor, de mí...

—Ved,—continuó Ibarra sin notar la agitación del joven y acercando un trozo de caña á la llama;—he hecho un gran descubrimiento: esta caña es incombustible...

—No se trata, señor, de la caña ahora; se trata de que recojáis vuestros papeles y huyáis dentro de un minuto.

Ibarra miró sorprendido á Elías y, al ver la gravedad de su semblante, se le cayó el objeto que tenía entre las manos.

—Quemad todo cuanto os pueda comprometer y que dentro de una hora os encontréis en un lugar más seguro.

—Y ¿por qué?—preguntó al fin.

—Poned en seguro cuanto tenéis de más precioso...

—Y ¿por qué?

—Quemad todo papel escrito por vos ó para vos: el más inocente se puede interpretar mal...

—Pero y ¿por qué?

—¿Por qué? porque acabo de descubrir una conspiración que se os atribuye para perderos.

—¿Una conspiración?... y ¿quién la trama?

—Me ha sido imposible averiguar el nombre de su autor; hace un momento acabo de hablar con uno de los desgraciados pagados para ello y á quien no he podido disuadir.

—Y ese ¿no os ha referido quién es el que le paga?

—Sí, exigiéndome que le guardase el secreto, me dijo que érais vos.

—¡Dios mío!—exclamó Ibarra y se quedó aterrado.

—¡Señor, no lo dudéis, no perdamos tiempo, que la conjuración acaso estalle esta noche misma!

Ibarra, con los ojos desmesuradamente abiertos, y las manos en la cabeza, parecía no oirle.

—El golpe no se puede impedir,—continuó Elías;—he llegado tarde, desconozco á los jefes... ¡salvaos, señor, conservaos para vuestro país!

—¿A dónde huir? ¡Esta noche me esperan!—exclamó Ibarra pensando en María Clara.

—¡A otro pueblo cualquiera, á Manila, á casa de alguna autoridad, pero en otra parte, para que no se diga que dirigíais el movimiento!

—Y ¿si yo mismo denuncio la conspiración?

—¡Vos denunciar!—exclamó Elías mirándole y retrocediendo;—pasaríais por traidor y cobarde á los ojos de los conspiradores, y por pusilánime á los ojos de los otros; se diría que les tendisteis un lazo para hacer méritos, se diría...

—Pero ¿qué hacer?

—Ya os lo dije: destruir cuantos papeles tengáis que se relacionan con vuestra persona, huir y esperar los acontecimientos...

—¿Y María Clara?—exclamó el joven;—¡no, antes morir!

Elías se retorció las manos y dijo:

—¡Pues bien, á lo menos evitad el golpe, preparáos para cuando os acusen!

Ibarra miró alrededor suyo en ademán atontado.

—Entonces, ayudadme; allí en esas carpetas tengo las cartas de mi familia; escoged las de mi padre que son las que tal vez me puedan comprometer. Leed las firmas.

Y el joven, aturdido, atontado, abría y cerraba cajones, recogía papeles, leía aprisa cartas, rasgaba unas, guardaba otras, sacaba libros, los hojeaba, etc. Elías hacía lo mismo, si bien con menos trastorno aunque con igual afán; pero de pronto se detiene, sus ojos se dilatan, da vueltas á un papel que tiene en la mano y pregunta con voz temblorosa:

—¿Conoció vuestra familia á don Pedro Eibarramendía?

—¡Ya lo creo!—contestó Ibarra abriendo un cajón y sacando un montón de papel;—¡era mi bisabuelo!

—¿Vuestro bisabuelo don Pedro Eibarramendía?—vuelve á preguntar Elías, lívido y con las facciones alteradas.

—Sí,—contesta Ibarra distraído;—acortamos el apellido que era largo.

—¿Era vascongado?—repitió Elías acercándosele.

—Vascongado, pero ¿qué tenéis?—pregunta sorprendido.

Elías cierra el puño, lo oprime contra su frente y mira á Crisóstomo, que retrocede al leer la expresión de su cara.

—¿Sabéis quién era don Pedro Eibarramendía?—pregunta entre dientes.—Don Pedro Eibarramendía era aquel miserable que calumnió á mi abuelo y causó toda nuestra desgracia... Yo buscaba su apellido, Dios os entrega á mí... ¡dadme cuenta de nuestras desgracias!

Crisóstomo le miró aterrado, pero Elías le sacudió del brazo, y le dijo con una voz amarga en que rugía el odio:

—Miradme bien, mirad si he sufrido, y vos vivís, amáis, tenéis fortuna, hogar, consideraciones, vivís... ¡vivís!

Y fuera de sí, corrió hacia una pequeña colección de armas, pero apenas hubo arrancado dos puñales, los deja caer, y mira como un loco á Ibarra, que continuaba inmóvil.

—¿Qué iba á hacer?—murmuró, y huyó de la casa.

LV. La catástrofe

Allá en el comedor cenan capitán Tiago, Linares y tía Isabel; desde la sala se oye el ruido de platos y cubiertos. María Clara ha dicho que no tenía apetito y se ha sentado al piano, acompañada de la alegre Sinang, que le murmura al oído misteriosas frases, mientras el padre Salví se pasea inquieto de un extremo á otro de la sala.

No es que la convaleciente no sienta hambre, no; es que espera la llegada de una persona y ha aprovechado el momento en que su Argos no puede estar presente: la hora de cenar para Linares.

—Verás como el fantasma ese se queda hasta las ocho,—murmura Sinang señalando al cura;—á las ocho debe él venir. Ese está enamorado como Linares.

María Clara miró con espanto á su amiga. Esta, sin notarlo, continuó con su charla terrible:

—¡Ah! ¡ya sé yo por qué no sale á pesar de mis indirectas: no quiere gastar luz en el convento! ¿sabes? Desde que caíste enferma, las dos lámparas que hacía encender, se han vuelto á apagar... Pero ¡mírale qué ojos pone y qué cara!

En aquel momento en el reloj de la casa dieron las ocho. El cura se estremeció y fué á sentarse en un rincón.

—¡Ya viene!—dijo Sinang pellizcando á María Clara;—¿oyes?

La campana de la iglesia dió el toque de las ocho y todos se levantaron para rezar; el padre Salví con voz débil y temblorosa ofreció, pero, como cada uno tenía sus propios pensamientos, nadie paró atención en ello.

Terminado el rezo apenas, se presentó Ibarra. El joven llevaba luto no sólo en el traje sino también en la cara, de tal manera que, al verle, María Clara se levantó dando un paso hacia él como para preguntarle qué tenía, pero en el mismo instante una descarga de fusilería se dejó oir. Ibarra se detiene, sus ojos giran, pierde la palabra. El cura se esconde detrás de un pilar. Nuevos tiros, nuevas detonaciones se oyen del lado del convento, seguidos de gritos y carreras. Capitán Tiago, tía Isabel y Linares entran precipitadamente gritando ¡tulisán, tulisán! Andeng los sigue blandiendo el asador y corriendo hacia su hermana de leche.

Tía Isabel cae de rodillas y llora y reza el kyrie eleyson; capitán Tiago, pálido y tembloroso, lleva en un tenedor el hígado de una gallina, que ofrece llorando á la Virgen de Antipolo; Linares tiene la boca llena y está armado de una cuchara; Sinang y María Clara se abrazan, el único que permanece inmóvil, como petrificado, es Crisóstomo, cuya palidez es indescriptible.

Los gritos y los golpes continuaban, las ventanas se cerraban con estrépito, se oía pitar, un tiro de cuando en cuando.

¡Christe eleyson! Santiago, que se cumple la profecía... ¡cierra las ventanas!—gemía tía Isabel.

—¡Cincuenta bombas grandes con dos misas de gracia!—contestaba capitán Tiago;—¡ora pro nobis!

Poco á poco volvía un terrible silencio... Se oye la voz del alférez que grita corriendo:

—¡Padre cura! ¡Padre Salví! ¡Venga usted!

¡Miserere! ¡El alférez pide confesión!—grita tía Isabel.

—¿Está herido el alférez?—pregunta al fin Linares;—¡ah!

Y ahora nota que no ha deglutido aún lo que tiene en la boca.

—¡Padre cura, venga usted! ¡ya no hay nada que temer!—continuaba gritando el alférez.

Fray Salví, pálido, se decide al fin, sale de su escondite y desciende las escaleras.

—¡Los tulisanes han muerto al alférez! María, Sinang, al cuarto; ¡atrancad bien la puerta! ¡kyrie eleyson!

Ibarra se dirigió también á las escaleras, á pesar de tía Isabel, que decía:

—¡No salgas, que no te has confesado, no salgas!

La buena anciana había sido muy amiga de su madre.

Pero Ibarra dejó la casa; le parecía que todo giraba en torno suyo, que le faltaba el suelo. Sus oídos le zumbaban, sus piernas se movían pesadamente y con irregularidad: olas de sangre, luz y tinieblas se sucedían en su retina.

A pesar de que la luna brillaba espléndida en el cielo, el joven tropezaba con las piedras y maderos que había en la calle, solitaria y desierta.

Cerca del cuartel vió soldados con la bayoneta calada hablar vivamente, por lo cual pasó inadvertido.

En el tribunal se oían golpes, gritos, ayes, maldiciones: la voz del alférez sobresalía y lo dominaba todo.

—¡Al cepo! ¡esposas en las manos! ¡Dos tiros al que se mueva! ¡Sargento, montará usted guardia! ¡Hoy nadie se pasea, ni Dios! ¡Capitán, no hay que dormir!

Ibarra apresuró el paso hacia su casa; sus criados le esperaban inquietos.

—¡Ensillad el mejor caballo é idos á dormir!—les dijo.

Entró en su gabinete, y á prisa quiso preparar una maleta. Abrió una caja de hierro, sacó todo el dinero que allí se encontraba y lo metió en un saco. Recogió sus alhajas, descolgó un retrato de María Clara, y, armándose de un puñal y dos revólveres, se dirigió á un armario, donde tenía herramientas.

En aquel instante tres golpes secos y fuertes resonaron en la puerta.

—¿Quién va?—preguntó Ibarra con voz lúgubre.

—¡Abra en nombre del Rey, abra en seguida ó echamos la puerta abajo!—contestó una voz imperiosa en español.

Ibarra miró hacia la ventana; brillaron sus ojos y amartilló su revólver; pero, cambiando de idea, dejó las armas y fué á abrir él mismo en el momento en que acudían los criados.

Tres guardias le cogieron al instante.

—¡Dése usted preso en nombre del Rey!—dijo el sargento.

—¿Por qué?

—Allá se lo dirán á usted; nos está prohibido el decirlo.

El joven reflexionó un momento, y no queriendo tal vez que los soldados descubriesen sus preparativos de huída, cogió un sombrero, y dijo:

—¡Estoy á su disposición! Supongo que será por breves horas.

—Si usted promete no escaparse, no le maniataremos: el alférez le hace esta gracia; pero si huye usted...

Ibarra les siguió, dejando consternados á sus criados.

Entretanto ¿qué había sido de Elías?

Al dejar la casa de Crisóstomo, como un enajenado corría sin saber á dónde iba. Atravesó los campos, llegó al bosque en una agitación violenta; huía de la población, huía de la luz, la luna le molestaba, se metió en la misteriosa sombra de los árboles. Allí, ya deteniéndose ya andando por desconocidas sendas, apoyándose en los seculares troncos, enredándose entre las malezas, miraba hacia el pueblo, que allá á sus pies se bañaba á la luz de la luna, se extendía en el llano, recostado á orillas del mar. Las aves, despertadas de su sueño, volaban; gigantescos murciélagos, lechuzas, buhos pasaban de una rama á otra con estridentes gritos y mirándole con sus redondos ojos. Elías ni los oía ni se fijaba en ellos. Se creía seguido por las irritadas sombras de sus antepasados; veía en cada rama el fatídico cesto con la ensangrentada cabeza de Bálat, tal como se lo refiriera su padre; creía tropezar al pie de cada árbol con la anciana muerta; le parecía ver entre sombras balancearse el infecto esqueleto del abuelo infame... y el esqueleto y la anciana y la cabeza le gritaban: ¡Cobarde, cobarde!

Elías abandonó el monte, huyó y descendió al mar, á la playa que recorría agitado; pero allá á lo lejos, en medio de las aguas, donde la luz de la luna parecía levantar una niebla, creyó ver, elevarse y mecerse una sombra, la sombra de su hermana con el pecho ensangrentado, la cabellera suelta esparcida al aire.

Elías cayó de rodillas en la arena.

—¡Tú también!—murmuró extendiendo los brazos.

Mas, con la mirada fija en la niebla, se levantó lentamente, adelantóse y entró en el agua como si siguiese á alguien. Caminaba por aquella suave pendiente que forma la barra; ya estaba lejos de la orilla, el agua le llegaba á la cintura y seguía, seguía como fascinado por un espíritu seductor. El agua le llega ya al pecho... pero la descarga de fusilería resuena, la visión desaparece y el joven vuelve á la realidad. Merced á la tranquilidad de la noche y á la mayor densidad del aire, llegan hasta él claras y distintas las detonaciones. Detiénese, reflexiona, nota que está en el agua; el lago está tranquilo y divisa aún las luces en las cabañas de los pescadores.

Volvió á la orilla y se dirigió al pueblo, ¿para qué? El mismo no lo sabía.

El pueblo parecía deshabitado; las casas estaban todas cerradas; los animales mismos, los perros que suelen ladrar durante la noche, se han ocultado medrosos. La plateada luz de la luna aumentaba la tristeza y la soledad.

Temiendo encontrarse con los guardias civiles, internóse en las huertas y jardines, en uno de los cuales creyó percibir dos formas humanas; pero prosiguió su camino, y, saltando cercos y tapias, llegóse con mucho trabajo al otro extremo de la población, dirigiéndose hacia la casa de Crisóstomo. En la puerta estaban los criados, comentando y lamentando la prisión de su señor.

Enterado de lo que había pasado, Elías se alejó, dió la vuelta á la casa, saltó la tapia, trepó por la ventana y penetró en el gabinete, donde aún ardía la vela que había dejado Ibarra.

Elías vió los papeles y los libros; encontró las armas y los saquitos que contenían el dinero y las alhajas. Reconstruyó en su imaginación lo que allí había pasado, y viendo tantos papeles que podían comprometer, pensó recogerlos, arrojarlos por la ventana y enterrarlos.

Lanzó una mirada al jardín, y á la luz de la luna vió dos guardias civiles que venían con un auxiliar: las bayonetas y los capacetes relucían en la obscuridad.

Entonces tomó una resolución: amontonó ropas y papeles en medio del gabinete, vació encima una lámpara de petróleo y prendió fuego. Ciñóse precipitadamente las armas, vió el retrato de María Clara, vaciló ... lo guardó en uno de los saquitos, y, llevándoselos, saltó por la ventana.

Ya era tiempo; los guardias civiles forzaban la entrada.

—¡Dejadnos subir para coger los papeles de vuestro amo!—decía el directorcillo.

—¿Tenéis permiso? Si no, no subiréis,—decía un viejo.

Los soldados les apartaron á fuerza de culatazos, subieron las escaleras ... pero un espeso humo llenaba toda la casa y gigantescas lenguas de fuego salieron de la sala, lamiendo puertas y ventanas.

—¡Incendio! ¡Incendio! ¡Fuego!—gritaron todos.

Todos se precipitan para salvar cada cual lo que pueda, pero el fuego ha llegado al pequeño laboratorio y estallan las materias inflamables. Los guardias civiles tienen que retroceder; les cierra el paso el incendio, que brama y barre cuanto encuentra. En vano se saca agua del pozo; todos gritan, todos piden auxilio, pero están aislados. El fuego gana los demás aposentos y se eleva al cielo levantando gruesas espirales de humo. Ya toda la casa es presa de las llamas, el viento, caldeado, arrecia; vienen desde lejos algunos campesinos, pero llegan para ver la espantosa hoguera, el fin de aquel viejo edificio, tanto tiempo respetado por los elementos.

LVI. Lo que se dice y lo que se cree

Dios amaneció al fin para el aterrorizado pueblo.

La calle donde se encuentra el cuartel y el tribunal continúa aún desierta y solitaria; las casas no dan signos de vida. No obstante, se abre con estrépito la hoja de madera de una ventana y se asoma una cabeza infantil, que gira en todos sentidos, alarga el cuello y mira en todas direcciones... ¡Plas! el ruido anuncia el brusco contacto de un cuero curtido con el fresco cuero humano; la boca del niño hace una mueca, sus ojos se cierran, desaparece, y la ventana se vuelve á cerrar.

El ejemplo está dado; aquel abrir y cerrar se ha oído sin duda, porque otra ventana se abre despacito y asómase con cautela la cabeza de una vieja, arrugada y sin dientes: es la misma hermana Putê que tanto alboroto armó mientras el padre Dámaso predicaba. Niños y viejas son los representantes de la curiosidad en la tierra: los primeros por el afán de saber, las segundas por el de recordar.

Sin duda no hay quien se atreva á darle un chinelazo, pues permanece allí, mira á lo lejos frunciendo las cejas, se enjuaga la boca, escupe con ruido y después se persigna. La casa de enfrente abre también tímidamente una ventanilla y da paso á hermana Rufa, la que no quiere engañar ni que le engañen. Ambas se miran un momento, sonríen, se hacen señas y vuelven á persignarse.

—¡Jesús! ¡Parecía una misa de gracia, un castillo!—dice hermana Rufa.

—Desde el saqueo del pueblo por Bálat no he visto otra noche igual,—contesta hermana Putê.

—¡Cuántos tiros! dicen que es la partida del viejo Pablo.

—¿Tulisanes? ¡No puede ser! Dicen que son los cuadrilleros contra los civiles. Por eso está preso D. Filipo.

¡Sanctus Deus! dicen que hay lo menos catorce muertos.

Otras ventanas se fueron abriendo, y rostros diferentes asomaron cambiándose saludos y haciendo comentarios.

A la luz del día, que prometía ser espléndido, veíanse á lo lejos soldados ir y venir, confusamente, como cenicientas siluetas.

—¡Allá va otro muerto!—dijo uno desde una ventana.

—¿Uno? Yo veo dos.

—Y yo... pero en fin ¿á que no sabéis qué fué?—preguntaba un hombre de rostro socarrón.

—¡Ya! los cuadrilleros.

—No, señor; ¡un alzamiento en el cuartel!

—¿Qué alzamiento? ¿El cura contra el alférez?

—Pues, nada de eso,—dice el que había hecho la pregunta;—son los chinos que se han sublevado.

Y volvió á cerrar su ventana.

—¡Los chinos!—repiten todos con el mayor asombro.

—¡Por eso, no se ve á ninguno!

—Habrán muerto todos.

—Yo ya me lo suponía que iban á hacer algo malo. Ayer...

—Yo ya lo veía. Anoche...

—¡Lástima!—decía hermana Rufa;—morirse todos antes de la Pascua, cuando vienen con sus regalos... Hubiesen esperado al año nuevo...

La calle se iba animando poco á poco: primero fueron los perros, gallinas, cerdos y palomas los que intentaron la circulación; á estos animales siguieron unos chicos andrajosos, cogidos del brazo y acercándose tímidamente hacia el cuartel; después, algunas viejas, con el pañuelo en la cabeza atado debajo de la barba, un grueso rosario en la mano, aparentando rezar para que los soldados les dejasen el paso libre. Cuando se vió que se podía andar sin recibir un tiro, entonces empezaron á salir los hombres, afectando indiferencia; al principio, sus paseos se limitaban por delante de su casa, acariciando el gallo; después probaron alargarlos, parándose de tiempo en tiempo, y así se llegaron hasta delante del tribunal.

Al cuarto de hora circularon otras versiones. Ibarra con sus criados había querido robar á María Clara, y capitán Tiago la había defendido, ayudado por la guardia civil.

El número de los muertos no era ya catorce, sino treinta; capitán Tiago está herido y se marcha ahora mismo con su familia para Manila.

La llegada de dos cuadrilleros, conduciendo en unas parihuelas una forma humana, y seguidos de un guardia civil, produjo gran sensación. Súpose que venían del convento; por la forma de los pies que colgaban, una conjeturó quién podía ser; un poco más lejos se dijo que lo era; más allá el muerto se multiplicó y se verificó el misterio de la Santísima Trinidad; después se renovó el milagro de los panes y los peces, y los muertos fueron ya treinta y ocho.

A las siete y media, cuando llegaron otros guardias civiles, procedentes de los pueblos vecinos, la versión que corría era ya clara y detallada.

—Acabo de venir del tribunal, donde he visto presos á don Filipo y á don Crisóstomo,—decía un hombre á hermana Putê;—he hablado con uno de los cuadrilleros que están de guardia. Pues bien, Bruno, el hijo de aquel que murió apaleado, lo declaró todo anoche. Como sabéis, capitán Tiago casa su hija con el joven español; don Crisóstomo, ofendido, quiso vengarse y trató de matar á todos los españoles, hasta al cura; anoche atacaron el cuartel y el convento; y felizmente, por la misericordia de Dios, el cura estaba en casa de capitán Tiago. Dicen que se escaparon muchos. Los guardias civiles quemaron la casa de don Crisóstomo, y si no le prenden antes, le queman también.

—¿Le quemaron la casa?

—Todos los criados están presos. ¡Ved como todavía se ve desde aquí el humo!—dice el narrador acercándose á la ventana;—los que vienen de allá cuentan cosas muy tristes.

Todos miran hacia el sitio indicado: una ligera columna de humo subía aún lentamente al cielo. Todos hacen comentarios más ó menos piadosos, más ó menos acusadores.

—¡Pobre joven!—exclama un viejo, el marido de la Putê.

—¡Sí!—le contesta ella;—pero mira que ayer no mandó decir misa por el alma de su padre, que sin duda la necesitará más que los otros.

—Pero, mujer, ¿no tienes tú compasión?...

—¿Compasión de los excomulgados? Es un pecado tenerla con los enemigos de Dios, dicen los curas. ¿Os acordáis? ¡En el campo santo andaba como en un corral!

—Pero si el corral y el campo santo se parecen,—responde el viejo;—sólo que en aquél no entran más que animales de una especie...

—¡Vamos!—le grita hermana Putê;—todavía vas á defender á quien Dios tan claramente castiga. Verás como te prenden á tí también. ¡Sostén una casa que se cae!

El marido se calló ante el argumento.

—¡Ya!—prosigue la vieja;—después de pegar al padre Dámaso, no le quedaba más que matar al padre Salví.

—Pero no me puedes negar que era bueno cuando chico.

—Sí, era bueno,—replica la vieja;—pero se fué á España; todos los que se van á España se vuelven herejes, han dicho los curas.

—¡Oy!—le replicó el marido que vió su revancha;—¿y el cura, y todos los curas, y el arzobispo, y el Papa, y la Virgen no son de España? ¡Abá! ¿serán también herejes? ¡abá!

Felizmente para hermana Putê, la llegada de una criada corriendo, toda azorada y pálida, cortó la discusión.

—¡Un ahorcado en la huerta del vecino!—decía jadeante.

—¡Un ahorcado!—exclamaron todos llenos de estupor.

Las mujeres se santiguaron; nadie pudo moverse de su sitio.

—Sí, señor, continúa la criada temblorosa;—iba yo á coger guisantes ... miro á la huerta del vecino para ver si estaba ... veo un hombre balancearse; creí que era Teo, el criado, que me da siempre.... Me acerco para ... coger guisantes, y veo que no es él sino otro, un muerto; corro, corro y...

—Vamos á verlo,—dice el viejo levantándose;—condúcenos.

—¡No te vayas!—le grita hermana Putê cogiéndole de la camisa;—¡te va á suceder una desgracia! ¿se ha ahorcado? ¡pues peor para él!

—Déjame verlo, mujer; vete al tribunal, Juan, á dar parte; acaso no esté aún muerto.

Y fuése á la huerta seguido de la criada, que se ocultaba detrás de él; las mujeres y la misma hermana Putê venían detrás, llenas de temor y curiosidad.

—Allá está, señor,—dijo la criada deteniéndose y señalando con el dedo.

La comisión se detuvo á respetable distancia, dejando al viejo avanzar solo.

Un cuerpo humano, colgado de la rama de un santol, se balanceaba suavemente, impulsado por la brisa. Contemplóle el viejo algún tiempo; vió aquellos pies rígidos, los brazos, la ropa manchada, la cabeza doblada.

—No debemos tocarle hasta que llegue la justicia,—dijo en voz alta;—ya está rígido; hace mucho que está muerto.

Las mujeres se acercaron poco á poco.

—Es el vecino que vivía en aquella casita, el que ha llegado hace dos semanas; ved la cicatriz en la cara.

—¡Ave María!—exclamaron algunas mujeres.

—¿Rezamos por su alma?—preguntó una joven luego que hubo acabado de mirarlo y examinarlo.

—¡Tonta, hereje!—le riñe la hermana Putê,—¿no sabes lo que dijo el padre Dámaso? Es tentar á Dios rezar por un condenado; el que se suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en lugar sagrado.

Y añadía:

—Ya me parecía que ese hombre iba á concluir mal; jamás pude averiguar de qué vivía.

—Yo le vi dos veces hablar con el sacristán mayor,—observó una joven.

—¡No sería ni para confesarse ni para encargar una misa!

Acudieron los vecinos, y un numeroso corro rodeó el cadáver, que aún continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el directorcillo y dos cuadrilleros; éstos lo descendieron y pusieron sobre unas parihuelas.

—La gente tiene prisa por morir,—dijo riendo el directorcillo, mientras se quitaba la pluma que tenía encima de la oreja.

Hizo sus preguntas capciosas, tomó declaración á la criada á quien procuraba enredar, ya mirándola con malos ojos, ya amenazándola, ya atribuyéndole palabras que no había dicho, tanto que ella, creyendo que iba á la cárcel, empezó á llorar y acabó por declarar que no buscaba guisantes sino que... y sacaba por testigo á Teo.

En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello un gran parche, examinaba el cadáver y la cuerda.

La cara no estaba más amoratada que el resto del cuerpo; encima de la ligadura se veían dos rasguños y dos pequeños cardenales ó equimosis; las rozaduras de la cuerda eran blancas y no tenían sangre. El curioso campesino examinó bien la camisa y el pantalón, notó que estaban llenos de polvo y rotos recientemente en algunos sitios; pero lo que más llamó su atención fueron las simientes de amores-secos pegadas hasta en el cuello de la camisa.

—¿Qué estás viendo?—le pregunta el directorcillo.

—Estaba viendo, señor, si le podía reconocer,—balbuceó medio descubriéndose, esto es, bajando más el salakot.

—¿No has oído que es un tal Lucas? ¿Estás durmiendo?

Todos se echaron á reir. El campesino, corrido, profirió algunas palabras, y retiróse cabizbajo, andando lentamente.

—¡Oy! ¿á dónde vais?—le grita el viejo;—¡por allí no se sale; por allí se va á casa del muerto!

—¡Todavía duerme el hombre!—dice el directorcillo con burla; habrá que echarle agua encima.

Los circunstantes volvieron á reir.

El campesino dejó el sitio donde tan mal papel había jugado, y se dirigió á la iglesia. En la sacristía preguntó por el sacristán mayor.

—¡Duerme aún!—le contestaron groseramente;—¿no sabéis que anoche saquearon el convento?

—Esperaré á que despierte.

Miráronle los sacristanes con esa grosería propia de gentes acostumbradas á ser mal tratadas.

En un rincón, que quedaba en sombras, dormía el tuerto en una silla larga. Los anteojos estaban colocados sobre la frente entre los largos mechones de pelos; el pecho, escuálido y raquítico, estaba desnudo y se elevaba y deprimía con regularidad.

El campesino sentóse cerca, dispuesto á aguardar pacientemente, pero se le cae una moneda y va á buscarla, ayudado de una vela, debajo del sillón del sacristán mayor. El campesino nota también simientes de amores secos en el pantalón y en las mangas de la camisa del dormido que despierta al fin, se restriega el único ojo sano, é increpa al hombre con bastante mal humor.

—¡Quería mandar decir una misa, señor!—contesta en tono de disculpa.

—Ya se han concluído todas las misas,—dice entonces el tuerto dulcificando un poco su acento;—si quieres para mañana... ¿Es para las almas del Purgatorio?

—No, señor,—contesta el campesino dándole un peso.

Y mirándole fijamente en el único ojo, añadió:

—Es para una persona que pronto va á morir.

Y abandonó la sacristía.

—¡Le hubiera podido pillar anoche!—dijo suspirando, mientras se quitaba el parche y se enderezaba para recobrar la cara y la estatura de Elías.

LVII. ¡Væ Victis!

Mi gozo en un pozo.

Algunos guardias civiles se pasean con aire siniestro delante de la puerta del tribunal, amenazando con la culata de su fusil á los atrevidos chicuelos, que se levantan de puntillas ó se cargan unos á otros para ver algo al través de las rejas.

La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discutía el programa de la fiesta; ahora es sombrío y poco tranquilizador. Los guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas, y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos soldados; el alférez se pasea de un lado á otro, mirando de cuando en cuando con aire feroz hacia la puerta; más orgulloso no habría aparecido Temístocles en los Juegos Olímpicos después de la batalla de Salamina. Doña Consolación bosteza en un rincón, enseñando unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija fría y siniestra en la puerta de la cárcel, cubierta de figuras indecentes. Ella había conseguido del marido, á quien la victoria había hecho amable, le dejase presenciar el interrogatorio y acaso las torturas consiguientes. La hiena olía el cadáver, se relamía y la aburría el retardo del suplicio.

El gobernadorcillo está muy compungido: su sillón, aquel gran sillón colocado debajo del retrato de S. M., está vacío y parece destinado á otra persona.

Cerca de las nueve, el cura llega pálido y cejijunto.

—¡Pues no se ha hecho usted esperar!—le dice el alférez.

—Preferiría no asistir,—contesta el padre Salví en voz baja, sin hacer caso de aquel tono amargo;—soy muy nervioso.

—Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su presencia de usted... Ya sabe usted que esta tarde salen.

—¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?

El alférez señaló hacia la cárcel.

—Ocho están allí,—dijo;—el Bruno murió á medianoche, pero su declaración ya consta.

El cura señaló á doña Consolación, que respondió con un bostezo y un ¡aah! y ocupó el sillón debajo del retrato de S. M.

—¡Podemos empezar!—repuso.

—¡Sacad á los dos que están en el cepo!—mandó el alférez con voz que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al cura, añadió, cambiando de tono:

—¡Están metidos saltando dos agujeros!

Para los que no están enterados de estos instrumentos de tortura, les diremos que el cepo es uno de los más inocentes. Los agujeros en que se introducen las piernas de los detenidos distan entre sí poco más ó menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontraría en una posición un poco forzada, con una singular molestia en los tobillos y una abertura de las estremidades inferiores de más de una vara: no mata al instante, como muy bien se puede imaginar.

El carcelero, seguido de cuatro soldados, retiró el cerrojo y abrió la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y húmedo se escaparon de la densa obscuridad á la vez que se oyeron algunos lamentos y sollozos. Un soldado encendió un fósforo, pero la llama se apagó en aquella atmósfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar á que el aire se renovase.

A la vaga claridad de una bujía se columbraron algunas formas humanas: hombres, abrazados á sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas, acostados boca abajo, de pie, vueltos á la pared, etc. Oyóse un golpear y rechinar, acompañados de juramentos: se abría el cepo.

Doña Consolación estaba medio inclinada hacia adelante, tendidos los músculos del cuello, con los ojos salientes clavados en la entreabierta puerta.

Entre dos soldados salió una figura sombría, Társilo, el hermano de Bruno. En las manos tenía esposas; sus vestidos, desgarrados, descubrían una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron insolentemente en la mujer del alférez.

—Este es el que se defendió con más bravura y mandó huir á sus compañeros,—dijo el alférez al padre Salví.

Detrás vino otro de aspecto desgraciado, lamentándose y llorando como un niño: cojeaba y tenía el pantalón manchado de sangre.

—¡Misericordia, señor, misericordia! ¡No volveré á entrar en el patio!—gritaba.

—Es un tunante,—observó el alférez hablando con el cura;—quiso huir, pero ha sido herido en el muslo. Estos dos son los únicos que tenemos vivos.

—¿Cómo te llamas?—preguntó el alférez á Társilo.

—Társilo Alasigan.

—¿Qué os prometió don Crisóstomo para que atacaseis el cuartel?

—Don Crisóstomo jamás se ha comunicado con nosotros.

—¡No lo niegues! Por eso quisisteis sorprendernos.

—Os equivocáis: matasteis á nuestro padre á palos, le vengamos y nada más. Buscad á vuestros dos compañeros.

El alférez mira al sargento sorprendido.

—Allá están en un despeñadero, allá los arrojamos ayer, allá se pudrirán. Ahora matadme: no sabréis nada más.

Hubo un momento de silencio.

—Nos vas á decir quiénes son tus otros cómplices,—profirió el alférez, blandiendo un bejuco.

Una sonrisa de desprecio asomó á los labios del reo.

El alférez conferenció algunos instantes, en voz baja, con el cura; y volviéndose á los soldados:

—¡Conducidle á donde están los cadáveres!—ordenó.

En un rincón del patio, sobre un carretón viejo están amontonados cinco cadáveres, medio cubiertos por un pedazo de estera rota, llena de inmundicias. Un soldado se pasea de un extremo á otro, escupiendo á cada instante.

—¿Los conoces?—preguntó el alférez, levantando la estera.

Társilo no respondió; vió el cadáver del marido de la loca con otros dos; el de su hermano, acribillado de bayonetazos y el de Lucas, aún con la soga al cuello. Su mirada se volvió sombría y un suspiro pareció escaparse de su pecho.

—¿Los conoces?—le volvieron á preguntar.

Társilo permaneció mudo.

Un silbido rasgó el aire y el bejuco azotó sus espaldas. Estremecióse, sus músculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Társilo siguió impasible.

—¡Que le den de palos hasta que reviente ó declare!—gritó el alférez exasperado.

—¡Habla ya!—le dice el directorcillo;—de todos modos te matan.

Volvieron á conducirle á la sala donde el otro preso invocaba á los santos, castañeteándole los dientes y doblándosele las piernas.

—¿Le conoces á ese?—preguntó el P. Salví.

—¡Es la primera vez que le veo!—contestó Társilo mirando con cierta compasión al otro.

El alférez le dió un puñetazo y un puntapié.

—¡Atadle al banco!

Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fué sujetado á un banco de madera. El infeliz miró en derredor suyo como buscando algo y vió á doña Consolación; rióse sardónicamente. Sorprendidos los presentes, le siguieron la mirada y vieron á la señora, que se mordía ligeramente los labios.

—¡No he visto mujer más fea!—exclamó Társilo en medio del silencio general;—prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado de ella, como el alférez.

La Musa palideció.

—Me vais á matar á palos, señor alférez,—continuó;—esta noche me vengará vuestra mujer al abrazaros.

—¡Amordazadle!—gritó el alférez temblando de ira.

Pareció que Társilo sólo deseaba la mordaza, porque, cuando la tuvo, sus ojos lanzaron un rayo de satisfacción.

A una señal del alférez, un guardia, armado de un bejuco, empezó su triste tarea. Todo el cuerpo de Társilo se contrajo; un rugido ahogado, prolongado, se dejó oir á pesar del lienzo que le tapaba la boca; bajó la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre.

El P. Salví, pálido, con la mirada extraviada, se levantó trabajosamente, hizo una seña con la mano y dejó la sala con paso vacilante. En la calle vió una joven, apoyada de espaldas contra la pared, rígida, inmóvil, escuchando atenta, mirando al espacio, extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la bañaba de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos y aquel desgarrador gemido. Era la hermana de Társilo.

En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, rendido de dolor, enmudeció y aguardó á que sus verdugos se cansasen. Al fin, el soldado jadeante, dejó caer el brazo y el alférez, pálido de ira y asombro, hizo una seña para que le desatasen.

Doña Consolación se levantó entonces y murmuró al oído del marido algunas palabras. Este movió la cabeza en señal de inteligencia.

—¡Al pozo con él!—dijo.

Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen por timbaín. No sabemos quién habrá sido el que ha inventado este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La Verdad, saliendo de un pozo, es quizás su sarcástica interpretación.

En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de un pozo, hecho groseramente con piedras vivas. Un rústico aparato de caña, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de mal olor. Cacharros rotos, basura y otros líquidos se reunían allí, pues aquel pozo era como la cárcel; allí pára cuanto la sociedad desecha ó da por inútil; objeto que dentro caiga, por bueno que haya sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jamás: á veces se condena á los presos á ahondarlo y profundizarlo, no porque se piense sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que el trabajo ofrece: preso que allí una vez ha descendido, coge una fiebre de la que muere casi siempre.

Társilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada fija; estaba muy pálido y sus labios temblaban ó murmuraban una oración. La altivez de su desesperación parecía haber desaparecido ó, cuando menos, debilitado. Varias veces dobló el erguido cuello, y fijó la vista en el suelo, resignado á sufrir.

Lleváronle al lado del brocal, seguido de doña Consolación, que sonreía. Una mirada de envidia lanzó el desventurado hacia el montón de cadáveres y un suspiro se escapó de su pecho.

—¡Habla ya!—volvió á decirle el directorcillo;—de todos modos te ahorcan; al menos muere sin haber sufrido tanto.

—De aquí saldrás para morir,—le dijo un cuadrillero.

Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Debía descender de cabeza y permanecer algún tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen con el cubo, sólo que al hombre le dejan más tiempo.

El alférez se alejó para buscar un reloj y contar los minutos.

Entre tanto Társilo pendía, su larga cabellera ondeaba al aire; tenía los ojos medio cerrados.

—Si sois cristianos, si tenéis corazón,—murmuró en tono de súplica,—bajadme con rapidez ó haced de modo que mi cabeza choque contra la pared y me muera. Dios os premiará esta buena obra... ¡quizás un día os veáis como yo!

El alférez volvió y presidió el descenso, reloj en mano.

—¡Despacio, despacio!—gritaba doña Consolación siguiendo al infeliz con la vista;—¡cuidado!

La palanca bajaba lentamente, Társilo rozaba contra las piedras salientes y las plantas inmundas que crecían entre las grietas. Después, la palanca cesó de moverse: el alférez contaba los segundos.

—¡Arriba!—mandó secamente al cabo de medio minuto.

El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el agua anunció la vuelta del reo á la luz. Esta vez, como el peso del balancín era mayor, subió con rapidez. Los pedruscos y guijarros, arrancados de las paredes, caían con estrépito.

Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteando, apareció á los ojos de la multitud silenciosa: el viento le hacía estremecerse de frío.

—¿Quieres declarar?—le preguntaron.

—¡Cuida de mi hermana!—murmuró el infeliz mirando suplicante á un cuadrillero.

La palanca de caña rechina de nuevo y el condenado vuelve á desaparecer. Doña Consolación observó que el agua permanecía tranquila. El alférez contó un minuto.

Cuando Társilo volvió á subir, sus facciones estaban contraídas y amoratadas. Dirigió una mirada á los circunstantes y mantuvo abiertos los ojos, inyectados en sangre.

—¿Vas á declarar?—volvió á preguntar con desaliento el alférez.

Társilo movió negativamente la cabeza y volvieron á descenderle. Sus párpados se iban cerrando, sus pupilas seguían mirando al cielo donde flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz del día, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y aquel telón infame le ocultó el espectáculo del mundo.

Pasó un minuto; la Musa en observación vió gruesas burbujas de aire que subían á la superficie.

—¡Tiene sed!—dijo riendo.

Y el agua volvió á quedar tranquila.

Esta vez duró un minuto y medio y el alférez hizo una seña.

Las facciones de Társilo ya no estaban contraídas; los entreabiertos párpados hacían ver el fondo blanco del ojo; de la boca salía agua cenagosa con estrías sanguinolentas; el viento frío soplaba, pero su cuerpo ya no se estremecía.

Todos se miraron en silencio, pálidos y consternados. El alférez hizo una seña para que le descolgasen y se alejó pensativo; doña Consolación le aplicó varias veces á las desnudas piernas el botón de fuego de su cigarro, pero el cuerpo no se estremeció y se apagó el fuego.

—¡Se ha asfixiado á sí mismo!—murmuró un cuadrillero;—mirad como se ha vuelto la lengua como queriéndosela tragar.

El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como un loco á todas partes.

El alférez encargó al directorcillo que le interrogase.

—Señor, señor!—gemía;—¡diré todo lo que vosotros queráis!

—¡Bueno! vamos á ver: ¿cómo te llamas?

—¡Andong, señor!

—¿Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo... ó qué?

—¡Andong, señor!—repitió el imbécil.

—Póngale usted Bernardo ó lo que sea,—decidió el alférez.

—¿Apellido?

El hombre le miró espantado.

—¿Qué nombre tienes, qué te añaden al nombre Andong?

—¡Ah, señor! ¡Andong Medio tonto, señor!

Los circunstantes no pudieron contener la risa; el mismo alférez detuvo su paseo.

—¿Oficio?

—Podador de cocos, señor, y criado de mi suegra.

—¿Quién os mandó que atacaseis el cuartel?

—¡Nadie, señor!

—¿Cómo nadie? ¡No mientas, que te van á meter en el pozo! ¿Quién os ha mandado? ¡Di la verdad!

—¡La verdad, señor!

—¿Quién?

—¡Quién, señor!

—Te pregunto quién os ha mandado hacer la revolución.

—¿Cuál revolución, señor?

—Eso, porque estabas tú anoche en el patio del cuartel.

—¡Ah, señor!—exclamó ruborizándose Andong.

—¿Quién tiene, pues, la culpa de eso?

—¡Mi suegra, señor!

Una risotada acogió á estas palabras. El alférez se paró y miró con no severos ojos al infeliz, que creyendo que sus palabras habían producido buen efecto, continuó más animado:

—Sí, señor: mi suegra no me da de comer otra cosa más que todo lo podrido é inservible; anoche, cuando vine, me dolió el vientre, vi el patio del cuartel cerca, y me dije: Es de noche, nadie te verá. Entré... y cuando me levantaba, resonaron muchos tiros; yo ataba mis calzones...

Un bejucazo le cortó la palabra.

—¡A la cárcel!—mandó el alférez;—esta tarde ¡á la Cabecera con él!

LVIII. El maldito

Pronto se extendió por el pueblo la noticia de que los presos iban á partir; al principio fué oída con terror, después vinieron los llantos y las lamentaciones.

Las familias de los presos corrían como locas: iban del convento al cuartel, del cuartel al tribunal, y no encontrando en ninguna parte consuelo, llenaban los aires de gritos y gemidos. El cura se había encerrado por estar enfermo; el alférez había aumentado sus guardias, que recibían con la culata á las mujeres suplicantes; el gobernadorcillo, sér inútil, parecía más tonto y más inútil que jamás. Frente á la cárcel, corrían de un extremo á otro las que aún tenían fuerzas; las que no, se sentaban en el suelo, pronunciando los nombres de las personas queridas.

El sol ardía y ninguna de aquellas infelices pensaba retirarse. Doray, la alegre y feliz esposa de don Filipo, vaga desalada, llevando en brazos á su tierno hijo: ambos lloran.

—Retiraos,—le decían;—vuestro hijo va á coger una calentura.

—¿A qué vivir si no ha de tener un padre que le eduque?—contestaba la desconsolada mujer.

—Vuestro marido es inocente; ¡tal vez vuelva!

—¡Sí, cuando ya nos habremos muerto!

Capitana Tinay llora y llama á su hijo Antonio; la valerosa capitana María mira hacia la pequeña reja, detrás de la cual están sus dos gemelos, sus únicos hijos.

Allí estaba la suegra del podador de cocos; ella no llora: se pasea, gesticula con los brazos remangados y arenga al público.

—¿Habéis visto cosa igual? Prender á mi Andong, pegarle un tiro, meterle en el cepo y llevarle á la cabecera, sólo porque... ¿porque tenía nuevos calzones? ¡Esto pide venganza! ¡Los guardias civiles abusan! Juro que, si vuelvo á encontrar á cualquiera de ellos buscando un lugar retirado en mi huerta, como muchas veces ha sucedido, le mutilo, ¡le mutilo! ó si no... ¡que me mutilen!

Pero pocas personas hacían coro á la suegra musulmana.

—De todo esto tiene la culpa don Crisóstomo,—suspira una mujer.

El maestro de escuela vaga también confundido entre la multitud; Ñor Juan no se frota ya las manos, no lleva su plomada ni su metro: el hombre viste de negro, pues ha oído malas noticias, y fiel á su costumbre de ver el porvenir como cosa sucedida, lleva ya luto por la muerte de Ibarra.

A las dos de la tarde un carro descubierto, tirado por dos bueyes, se paró delante del tribunal.

El carro fué rodeado de la multitud, que quería desengancharlo y destrozarlo.

—No hagáis tal,—decía capitana María;—¿queréis que vayan á pie?

Esto detuvo á las familias. Veinte soldados salieron y rodearon el vehículo. Aparecieron después los presos.

El primero fué don Filipo, atado; saludó sonriendo á su esposa; Doray rompió en amargo llanto y costó trabajo á dos guardias impedirle que abrazase á su marido. Antonio, el hijo de capitana Tinay, apareció llorando como un niño, lo que no hizo más que aumentar los gritos de su familia. El imbécil Andong prorrumpió en llanto al ver á su suegra, causa de su desventura. Albino, el exseminarista, estaba también maniatado, lo mismo que los dos gemelos de capitana María. Estos tres jóvenes estaban serios y graves. El último que salió fué Ibarra, suelto, pero conducido entre dos guardias civiles. El joven estaba pálido; buscó una cara amiga.

—¡Ese es el que tiene la culpa!—gritaron muchas voces;—¡ese tiene la culpa y va suelto!

—¡Mi yerno no ha hecho nada y está con esposas!

Ibarra se volvió á sus guardias:

—¡Atadme, pero atadme bien, codo con codo!—dijo.

—¡No tenemos orden!

—¡Atadme!

Los soldados obedecieron.

El alférez apareció á caballo, armado hasta los dientes; seguíanle diez ó quince soldados más.

Cada preso tenía á su familia que rogaba allí por él, lloraba por él y le daba los nombres más cariñosos. Ibarra era el único que no tenía á nadie; el mismo Ñor Juan y el maestro de escuela habían desaparecido.

—¿Qué os han hecho á vos mi marido y mi hijo?—decíale llorando Doray:—¡ved á mi pobre hijo! ¡le habéis privado de su padre!

—¡Tú eres un cobarde!—le gritaba la suegra de Andong.—¡Mientras los otros peleaban por tí, tú te escondías, cobarde!

—¡Maldito seas!—le decía un anciano siguiéndole;—¡maldito el oro amasado por tu familia para turbar nuestra paz! ¡Maldito! ¡Maldito!

—¡Que te ahorquen á tí, hereje!—le gritaba una pariente de Albino,—y sin poderse contener cogió una piedra y se la arrojó.

El ejemplo fué pronto imitado, y sobre el desgraciado joven cayó una lluvia de polvo y piedras.

Ibarra sufrió impasible, sin ira, sin quejarse, la justa venganza de tantos corazones lastimados. Aquella era la despedida, el adiós que le hacía su pueblo, donde tenía todos sus amores. Bajó la cabeza; quizás pensaría en un hombre, azotado por las calles de Manila, en una anciana que caía muerta á la vista de la cabeza de su hijo; quizás la historia de Elías pasaba por delante de sus ojos.

El alférez creyó necesario alejar á la multitud, pero las pedradas y los insultos no cesaron. Una madre tan sólo no vengaba en él sus dolores: capitana María. Inmóvil, con los labios contraídos, los ojos llenos de lágrimas silenciosas veía alejarse á sus dos hijos; su inmovilidad y su dolor mudo eran mayores que los de la fabulosa Niobe.

El cortejo se alejó.

De las personas asomadas en las raras abiertas ventanas las que más compasion han demostrado para el joven son los indiferentes ó curiosos. Sus amigos todos se habían ocultado, sí, hasta el mismo Capitán Basilio, que prohibió el llanto á su hija Sinang.

Ibarra vió las humeantes ruinas de su casa, de la casa de sus padres, donde él había nacido, donde vivían los más dulces recuerdos de su infancia y adolescencia; las lágrimas, largo tiempo reprimidas, brotaron de sus ojos, dobló la cabeza y lloró, sin tener el consuelo de poder ocultar su llanto, atado como estaba, ni de que su dolor despertara en nadie compasión. ¡Ahora no tenía ni patria, ni hogar, ni amor, ni amigos, ni porvenir!

Desde una altura, un hombre contemplaba la fúnebre caravana. Era un anciano, pálido, demacrado, envuelto en una manta de lana, apoyándose con fatiga en un bastón. Era el viejo filósofo Tasio, que á la noticia del suceso quiso dejar su cama y acudir, pero sus fuerzas no le han permitido. El viejo siguió con la vista el carro hasta que desapareció á lo lejos: permaneció algún tiempo pensativo y cabizbajo, después se levantó y, trabajosamente, tomó el camino de su casa, descansando á cada paso.

Al día siguiente, los pastores le encontraban muerto en el umbral mismo de su solitario retiro.

LIX. Patria é intereses

El telégrafo trasmitió sigilosamente el suceso á Manila, y treinta y seis horas después hablaban de ello con mucho misterio y no pocas amenazas los periódicos, aumentados, corregidos y mutilados por el fiscal. Mientras tanto, noticias particulares, emanadas de los conventos, fueron las que primero corrieron de boca en boca, en secreto, y con gran terror de los que lo llegaban á saber. El hecho, en mil versiones desfigurado, fué creído con más ó menos facilidad según adulaba ó contrariaba las pasiones y el modo de pensar de cada uno.

Sin que la pública tranquilidad apareciese turbada, al menos aparentemente, se revolvía la paz del hogar al igual que en un estanque: mientras la superficie aparece lisa y tersa, en el fondo hormiguean, corren y se persiguen los mudos peces. Cruces, condecoraciones, galones, empleos, prestigio, poder, importancia, dignidades, etc., empezaron á revolotear, como mariposas en una atmósfera de monedas de oro, para los ojos de una parte de la población. Para la otra, oscura nube se levantó en el horizonte, destacándose de su ceniciento fondo, como negras siluetas, rejas, cadenas y aun el fatídico palo de la horca. Creíanse oir en el aire los interrogatorios, las sentencias, los gritos que arrancan las torturas; las Marianas y Bagumbayan se presentaban envueltos en haraposo y sangriento velo: se confundían pescadores y pescados. El destino mostraba el acontecimiento á la imaginación de los manileños como ciertos abanicos de China: una cara pintada de negro; la otra llena de dorado, colores vivos, aves y flores.

En los conventos reinaba la mayor agitación. Enganchábanse coches, los provinciales se visitaban, tenían secretas conferencias. Presentábanse en los palacios para ofrecer su apoyo al gobierno, que corría gravísimo peligro. Se volvió á hablar de cometas, alusiones, alfilerazos, etc.

—¡Un Te Deum, un Te Deum!—decía un fraile en un convento;—¡esta vez que nadie falte en el coro! ¡No es poca bondad de Dios hacer ver ahora, precisamente en tiempos tan perdidos, cuánto valemos nosotros!

—Con esta leccioncita se estará mordiendo los labios el generalillo Mal Agüero, contestaba otro.

—¿Qué habrá sido de él sin las corporaciones?

—Y para mejor celebrar la fiesta, que adviertan al hermano cocinero y al procurador... ¡Gaudeamus por tres días!

—¡Amén!—¡Amén—¡Viva Salví!—¡Viva!

En otro convento se hablaba de otra manera.

—¿Veis? Ese es un alumno de los jesuítas; ¡del Ateneo salen los filibusteros!—decía un fraile.

—Y los antirreligiosos.

—Yo ya lo dije: los jesuítas pierden al país, corrompen á la juventud; pero se los tolera porque trazan unos cuantos borrones en el papel cuando hay temblor...

—¡Y Dios sabe cómo estarán hechos!

—Sí, ¡vaya usted á contradecirlos! Cuando todo tiembla y se mueve, ¿quién escribe garabatos? Nada, el padre Secchi...

Y sonríen con soberano desprecio.

—Pero ¿y los temporales? y ¿los baguios?—pregunta otro con ironía sarcástica;—¿no es eso divino?

—¡Cualquier pescador los pronostica!

—Cuando el que gobierna es un tonto... ¡dime cómo tienes la cabeza y te diré cómo es tu padre! Pero verán ustedes si los amigos se favorecen unos á otros: los periódicos casi piden una mitra para el padre Salví.

—Y ¡la va á tener! ¡Se la chupa!

—¿Lo crees?

—¡Pues no! Hoy por cualquier cosa la dan. Yo sé de uno que con menos se la caló; escribió una chabacana obrita, demostró que los indios no eran capaces de otra cosa más que de ser artesanos... ¡psh! ¡viejas vulgaridades!

—¡Es verdad! ¡Tantas injusticias dañan á la religión!—exclamaba otro;—si las mitras tuviesen ojos y pudiesen ver sobre qué cráneos...

—Si las mitras fuesen objetos de la naturaleza...—añadía otro con voz nasal.—Natura abhorret vacuum...

—Por eso se les agarran; ¡el vacío las atrae!—contestaba otro.

Estas y otras cosas más se decían en los conventos, y hacemos gracia á nuestros lectores de otros comentarios con colores políticos, metafísicos ó picantes. Conduzcamos al lector á casa de un particular, y como en Manila tenemos pocos conocidos, vamos á casa de capitán Tinong, el hombre agasajador, que vimos convidando con insistencia á Ibarra para que le honrase con su visita.

En el rico y espacioso salón de su casa en Tondo, está capitán Tinong sentado en un ancho sillón, pasándose las manos por la frente y la nuca en ademán de desconsuelo, mientras su señora, la capitana Tinchang, lloraba y le sermoneaba delante de sus dos hijas, que oían desde un rincón mudas, atontadas y conmovidas.

—¡Ay, Virgen de Antipolo!—gritaba la mujer.—¡Ay, Virgen del Rosario y de la Correa! ¡ay! ¡ay! ¡Nuestra Señora de Novaliches!

—¡Nanay!—repuso la más joven de las hijas.

—¡Ya te lo decía yo!—continuó la mujer en tono de recriminación;—¡ya te lo decía yo! ¡ay, Virgen del Carmen, ay!

—¡Pero si tú no me has dicho nada!—se atrevió á contestar capitán Tinong lloroso;—al contrario, me decías que hacía bien en frecuentar la casa y conservar la amistad de capitán Tiago porque... porque era rico... y me dijiste...

—¿Qué? ¿qué te dije? ¡Yo no te he dicho eso, no te he dicho nada! ¡Ay, si me hubieses escuchado!

—¡Ahora me echas la culpa á mí!—replicó en tono amargo, dando una palmada sobre el brazo del sillón;—¿no me decías que había hecho bien en invitarle á que comiese con nosotros, porque como era rico.... tú decías que no debíamos tener amistades más que con los ricos? ¡Abá!

—Es verdad que yo te dije eso porque... porque ya no había remedio: tú no hacías más que alabarle; don Ibarra aquí, don Ibarra allá, don Ibarra en todas partes, ¡abaá! Pero yo no te aconsejé que le vieras ni que hablaras con él en aquella reunión; esto no me lo puedes negar.

—¿Sabía yo que iba él allá, por ventura?

—¡Pues debías haberlo sabido!

—¿Cómo, si ni siquiera le conocía?

—¡Pues, debías haberle conocido!

—Pero, Tinchang, ¡si era la primera vez que le veía, que oía hablar de él!

—¡Pues debías haberle visto antes, oído hablar de él! ¡Para eso eres hombre, llevas pantalones y lees El Diario de Manila!—contestó impertérrita la esposa, lanzándole una terrible mirada.

Capitán Tinong no supo qué replicar.

Capitana Tinchang, no contenta con esta victoria, quiso anonadarle, y acercándose con los puños cerrados:

—¿Para eso he estado trabajando años y años, economizando, para que tú con tu torpeza eches á perder el fruto de mis fatigas?—le increpó.—Ahora vendrán á llevarte desterrado, nos despojarán de nuestros bienes, como á la mujer de... ¡Oh, si yo fuese hombre...!

Y viendo que su marido bajaba la cabeza, empezó de nuevo á sollozar, pero siempre repitiendo:

—¡Ay, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!

—Y si fueses tú hombre,—preguntó al fin picado el marido,—¿qué harías?

—¿Qué? pues... pues... pues hoy mismo me presentaría al Capitán general, para ofrecerme á pelear contra los alzados, ¡ahora mismo!

—Pero ¿no has leído lo que dice el Diario? ¡Lee! «La traición infame y bastarda ha sido reprimida con energía, fuerza y vigor, y pronto los rebeldes enemigos de la patria y sus cómplices sentirán todo el peso y la severidad de las leyes...» ¿ves? ya no hay alzamiento.

—No importa, debes presentarte como lo han hecho el 72, y se han salvado.

—¡Sí! también lo ha hecho el padre Burg...

Pero no pudo concluir la palabra; la mujer corriendo le tapó la boca..

—¡Dale! ¡pronuncia ese nombre para que mañana mismo te ahorquen en Bagumbayan! ¿No sabes que basta pronunciarlo para ser sentenciado sin formación de causa? ¡Jale! ¡dilo!

Capitán Tinong, por más que hubiese querido obedecerla, no habría podido: con ambas manos le tapaba la boca su mujer, oprimiendo su cabecita contra el espaldar del sillón, y acaso el pobre hombre se hubiera muerto asfixiado si un nuevo personaje no hubiese intervenido.

Este era el primo don Primitivo, que sabía de memoria el Amat, un hombre de unos cuarenta años, pulcramente vestido, panzudo y algo regordete.

Quid video?—exclamó al entrar;—¿qué pasa? Quare?

—¡Ay, primo!—dijo la mujer corriendo llorosa hacia él;—te he hecho llamar, pues no sé qué va á ser de nosotras... ¿qué nos aconsejas? ¡Habla, tú que has estudiado latín y sabes argumentos...

—Pero antes quid quaeritis? Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu; nihil volitum quin praecognitum.

Y se sentó pausadamente. Cual si las frases latinas hubiesen poseído una virtud tranquilizadora, cesaron de llorar ambos cónyuges y se le acercaron esperando de sus labios el consejo, como un tiempo los griegos ante la frase salvadora del oráculo que los iba á librar de los persas invasores.

—¿Por qué lloráis? Ubinam gentium sumus?

—Tú sabes ya la noticia del levantamiento...

Alzamentum Ibarrae ab alferesio Guardiae civilis destructum? Et nunc? Y ¿qué? ¿Os debe algo don Crisóstomo?

—No, pero sabes tú, Tinong le ha convidado á comer, le ha saludado en el Puente de España... ¡á la luz del día! ¡Van á decir que es amigo suyo!

—¿Amigo?—exclamó sorprendido el latino levantándose;—amice, amicus Plato sed magis amica veritas! ¡Dime con quién andas y te diré quién eres! Malum est negotium et est timendum rerum istarum horrendissimum resultatum! Hmmm!

Capitán Tinong se puso espantosamente pálido al oir tantas palabras en um; este sonido le presagiaba mal. Su esposa juntó las manos suplicantes y dijo:

—Primo, no nos hables ahora en latín; ya sabes que no somos filósofos como tú; háblanos en tagalo ó castellano, pero danos un consejo.

—Lástima que no entendáis latín, prima: las verdades latinas son mentiras tagalas, por ejemplo, contra principia negantem fustibus est argüendum, en latín es una verdad como el Arca de Noé; lo puse una vez en práctica en tagalo, y fuí yo el apaleado. Por esto, es una lástima que no sepáis latín; en latín todo se podría arreglar.

—Sabemos también muchos oremus, parcenobis y Agnus Dei Catolis pero ahora no nos entenderíamos. ¡Dale un argumento á Tinong para que no le ahorquen!

—¡Has hecho mal, muy mal, primo, en trabar amistad con ese joven!—repuso el latino.—Los justos pagan por los pecadores; por poco te aconsejaba que hicieras tu testamento... Vae illis! Ubi est ignis! Similis simili gaudet; atqui Ibarra ahorcatur, ergo ahorcaberis...

Y movía la cabeza de un lado á otro, disgustado.

—¡Saturnino, qué te pasa!—grita capitana Tinchang, llena de terror;—¡ay, Dios mío! ¡Se ha muerto! ¡Un médico! ¡Tinong, Tinongoy!

Acuden las dos hijas y empiezan las tres á lamentarse.

—¡No es más que un desmayo, prima, un desmayo! Yo más me hubiera alegrado que... que... pero desgraciadamente no es más que un desmayo. Non timeo mortem in catre sed super espaldonem Bagumbayanis. ¡Traed agua!

—¡No te mueras!—lloraba la mujer,—¡no te mueras que vendrán á prenderte! ¡Ay, si te mueres y vienen los soldados, ¡ay! ¡ay!

El primo le roció la cara con agua, y el infeliz volvió en sí.

—¡Vamos, no llorar! Inveni remedium, encontré el remedio. Trasportémosle á su cama; ¡vamos! ¡valor! que aquí estoy con vosotros y toda la sabiduría de los antiguos... Que llamen á un doctor;—y ahora mismo, prima, vas al Capitán general y le llevas un regalo, una cadena de oro, un anillo... Dadivae quebrantant peñas; dices que es regalo de Pascua. Cerrad las ventanas, las puertas, y á cualquiera que pregunte por mi primo que se le diga que está gravemente enfermo. Entretanto quemo todas las cartas, papeles y libros para que no puedan encontrar nada, como ha hecho don Crisóstomo. Scripti testes sunt! Quod medicamenta non sanant, ferrum sanat, quod ferrum non sanat, ignis sanat.

—¡Sí, toma, primo; quémalo todo!—dijo capitana Tinchang;—aquí están las llaves, aquí las cartas de capitán Tiago, ¡quémalas! Que no quede ningún periódico de Europa, que son muy peligrosos. Aquí están estos The Times que yo conservaba para envolver jabones y ropas. Aquí están los libros.

—Vete al Capitán general, prima,—dijo don Primitivo;—déjame solo. In extremis extrema. Dame el poder de un director romano y verás cómo salvo la pat... digo, al primo.

Y empezó á dar órdenes y más órdenes, á revolver estantes, rasgar papeles, libros, cartas, etc. Pronto ardió una hoguera en la cocina; partieron con hacha viejas escopetas; arrojaron al excusado herrumbrosos revólvers; la criada que quería conservar el cañón de uno para soplador, recibió un réspice.

Conservare etiam sperasti, perfida? ¡Al fuego!

Y continuó su auto de fe.

Vió un viejo tomo en pergamino y leyó el titulo:

—«Revoluciones de los globos celestes por Copérnico», pfui! Ite, maledicti, in ignem kalanis,—exclamó arrojándolo á la llama.—¡Revoluciones y Copérnico! ¡Crimen sobre crimen! Si no llego á tiempo... «La libertad en Filipinas.» ¡Tatatá! ¡qué libros! ¡Al fuego!

Y se quemaron libros inocentes, escritos por autores simples. Ni el mismo «Capitán Juan,» obrita cándida, consiguió librarse. Primo Primitivo tenía razón: los justos pagan por los pecadores.

Cuatro ó cinco horas más tarde, en una tertulia de pretensiones en Intramuros se comentaban los acontecimientos del día. Eran muchas viejas y solteronas casaderas, mujeres ó hijas de empleados, vestidas de bata, abanicándose y bostezando. Entre los hombres, que, al igual de las mujeres, delataban en sus facciones su instrucción y origen, había un señor de edad, pequeñito y manco, á quien trataban con mucha consideración y que guardaba con respecto á los demás un desdeñoso silencio.

—A la verdad que antes no podía sufrir á los frailes y guardias civiles por lo mal educados que son,—decía una señora gruesa;—pero ahora que veo su utilidad y servicios, casi me casaría gustosa con cualquiera de ellos. Yo soy patriota.

—¡Lo mismo digo!—añadió una flaca;—¡qué lástima que no tengamos al anterior gobernador: aquél dejaría el país limpio como una patena!

—¡Y se acabaría la ralea de filibusterillos!

—¿No dicen que quedan muchas islas por poblar? ¿Por qué no deportan allá á tantos indios chiflados? A ser yo el Capitán general...

—Señoras,—dijo el manco:—el Capitán general sabe su deber; según he oído, está muy irritado, pues habían colmado de favores á ese Ibarra.

—¡Colmado de favores!—repetía la flaca, abanicándose furiosa;—¡miren ustedes lo ingratos que son estos indios! ¿Se los puede tratar acaso como personas? ¡Jesús!

—Y ¿saben ustedes lo que he oído?—preguntaba un militar.

—¡A ver!—¿Qué es? ¿Qué dicen?

—Personas fidedignas—dijo el manco en medio del mayor silencio—aseguran que todo aquel ruido de levantar una escuela era puro cuento.

—¡Jesús! ¿ustedes han visto?—exclamaron ellas creyendo ya en el cuento.

—La escuela era un pretexto; lo que quería levantar era un fuerte, desde donde poderse bien defender cuando vayamos á atacarle...

—¡Jesús! ¡qué infamia! Sólo un indio es capaz de tener tan cobardes pensamientos,—exclamaba la gorda.—Si fuera yo el Capitán general, ya verían... ya verían...

—¡Lo mismo digo!—exclamaba la flaca dirigiéndose al manco.—¡Prendía á todo abogadillo, cleriguilo, comerciante, y sin formación de causa, desterrados ó bajo partida de registro! ¡El mal arrancarlo de raíz!

—¡Pues se dice que el filibustero ese es hijo de españoles!—observó el manco sin mirar á nadie.

—¡Ah, ya!—exclama impertérrita la gorda;—¡siempre iban á ser los criollos! ¡ningún indio entiende de revolución! ¡Cría cuervos... cría cuervos!...

—¿Saben ustedes lo que he oído decir?—pregunta una criolla que así corta la conversación.—La mujer de capitán Tinong... ¿se acuerdan ustedes? aquel en cuya casa bailamos y cenamos en la fiesta de Tondo...

—¿Aquel que tiene dos hijas? y ¿qué?

—Pues la mujer acaba de regalar esta tarde al Capitán general ¡un anillo de mil pesos de valor!

El manco se vuelve.

—¿De veras? y ¿por qué?—pregunta con ojos brillantes.

—La mujer decía, como regalo de Pascua...

—¡La Pascua no viene dentro de un mes!

—Temerá que le venga el chaparrón encima...—observa la gorda.

—Y se pone á cubierto,—añade la flaca.

—¡Satisfacción no reclamada, culpa confesada!

—En eso pensaba yo; usted ha puesto el dedo en la llaga.

—Es menester ver bien eso,—observa pensativo el manco;—me temo que allí haya gato encerrado.

—¡Gato encerrado, eso! eso iba yo á decir,—repite la flaca.

—Y yo,—dice otra arrebatándole la palabra;—la mujer de capitán Tinong es muy avara... aún no nos ha enviado ningún regalo y eso que hemos estado en su casa. Con que cuando una agarrada y codiciosa suelta un regalito de mil pesitos...

—Pero ¿es cierto eso?—preguntó el manco.

—¡Y tanto! ¡y tan cierto! se lo ha dicho á mi prima su novio, el ayudante de S. E. Y estoy por creer que es el mismo anillo que llevaba puesto la mayor el día de la fiesta. ¡Va siempre llena de brillantes!

—¡Un escaparate andando!

—¡Una manera de hacer reclamo como otra cualquiera! En lugar de comprar un figurín ó pagar una tienda...

El manco abandonó la tertulia dando un pretexto.

Y dos horas después, cuando ya todos dormían, varios vecinos de Tondo recibieron una invitación por medio de soldados... La Autoridad no podía consentir que ciertas personas de posición y propiedades durmiesen en casas tan mal guardadas y poco refrescadas: en la Fuerza de Santiago y otros edificios del gobierno el sueño sería más tranquilo y reparador. Entre estas personas favorecidas estaba incluído el infeliz capitán Tinong.

LX. María Clara se casa

Capitán Tiago está muy contento. En toda esta terrible temporada nadie se ha ocupado de él: no le han preso, no le han sometido á incomunicaciones, interrogatorios, máquinas eléctricas, pediluvios continuos en habitaciones subterráneas, y otras picardías más, que conocen bien ciertos personajes que se llaman á sí mismos civilizados. Sus amigos, es decir, los que lo fueron (porque el hombre ya renegó de sus amigos filipinos, desde el instante en que fueron sospechosos para el gobierno) han vuelto también á sus casas, después de algunos días de vacaciones en los edificios del Estado. El Capitán general mismo había ordenado que se los echase de sus posesiones, no juzgándolos bastante dignos para que pudiesen permanecer en ellas, con gran disgusto del manco, que quería celebrar las próximas Pascuas en su abundante y rica compañía.

Capitán Tinong volvió á su casa enfermo, pálido, hinchado,—la excursión no le había probado bien,—y tan cambiado que no dice una palabra, ni saluda á su familia que llora, ríe, habla y se vuelve loca de contento. El pobre hombre ya no sale de casa por no correr el peligro de saludar á un filibustero. El mismo primo Primitivo, con toda la sabiduría de los antiguos, no le podía sacar de su mutismo.

Crede, prime,—le decía:—si no llego á quemar todos tus papeles, te aprietan el cuello; pero si quemo toda la casa, no te tocan ni el pelo. Pero quod eventum, eventum; Gratias agamus Domino Deo quia non in Marianis Insulis es, camotes seminando.

Historias parecidas á las de capitán Tinong no las ignoraba capitán Tiago. El hombre rebosaba de gratitud, sin saber á punto fijo á quién deber tan señalados favores. Tía Isabel atribuía el milagro á la Virgen de Antipolo, á la Virgen del Rosario, ó por lo menos á la Virgen del Carmen, y cuando menos, cuando menos, es lo menos que ella puede conceder, á Nuestra Señora de la Correa: según ella, el milagro no podía escapar de allí. Capitán Tiago no negaba el milagro, pero añadía:

—Lo creo, Isabel, pero no lo habrá hecho la Virgen de Antipolo sola; mis amigos habrán ayudado, mi futuro yerno, el señor Linares, que, ya sabes, embroma al mismo señor Antonio Cánovas, aquel cuyo retrato nos trae la ilustración, aquel que no se digna enseñar á la gente más que media cara.

Y el buen hombre no podía reprimir una sonrisa de satisfacción cada vez que oía una importante noticia acerca de los acontecimientos. Y no había para menos. Se cuchicheaba por lo bajo que Ibarra sería ahorcado; que si bien faltaban muchas pruebas para condenarle, últimamente había aparecido una que confirmaba la acusación; que los peritos habían declarado que, en efecto, las obras de la escuela podían pasar por un baluarte, una fortificación, si bien algo defectuosa como no se podía menos de esperar de los indios ignorantes. Estos rumores le tranquilizaban y le hacían sonreir.

De igual manera que capitán Tiago y su prima divergían en sus opiniones, los amigos de la familia se dividían también en dos partidos: uno milagrero y otro gubernamental, aunque este último era insignificante. Los milagreros estaban subdivididos: el sacristán mayor de Binondo, la vendedora de velas y el jefe de una cofradía veían la mano de Dios, movida por la Virgen del Rosario; el chino cerero—su proveedor cuando va á Antipolo—decía abanicándose y agitando la pierna:

—No siya osti gongong; ¡Míligen li Antipulo esi! Esi pueli más con tolo; no siya osti gongong.

Capitán Tiago tenía en mucha estima al chino, que se hacía pasar por profeta, médico, etc. Examinando la palma de la mano de su difunta esposa, en el sexto mes de embarazo, había pronosticado:

—¡Si esi no hómele y no pactaylo, mujé juete-juete!

Y María Ciara vino al mundo para cumplir la profecía del infiel.

Capitán Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no podía decidirse tan fácilmente como el troyano Paris; no podía dar así así la preferencia á una de las dos Vírgenes por temor de ofender á la otra, lo cual podría acarrear graves consecuencias.—«¡Prudencia!—se decía á sí mismo;—no vayamos ahora á echarlo á perder.»

En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental llegó: doña Victorina, don Tiburcio y Linares.

Doña Victorina habló por los tres varones y por ella misma, mencionó las visitas de Linares al Capitán General, é insinuó repetidas veces la conveniencia de un pariente de categoría.

—¡Na!—concluía,—como ezimoz: el que á buena zombra ze cobija, buen palo ze le arrima.

—¡A... a... al revés, mujer!—corrigió el doctor.

Desde hace días pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner z por s, y esta idea no había quien se la quitase de la cabeza; primero se dejaba arrancar los rizos postizos.

—¡Zí!—añadía hablando de Ibarra;—eze lo tenía muy merezío; yo ya lo ije cuano le vi la primera vez: ezte ez un filibuztero. ¿Qué te ijo á tí, primo, el general? ¿Qué le haz icho, qué noticiaz le izte e Ibarra?

Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosiguió, dirigiéndose á capitán Tiago:

—Créame uzté, zi le conenan á muelte, como ez e ezperar, zerá por mi primo.

—¡Señora! ¡señora!—protestó Linares.

Pero ella no le dió tiempo.

—¡Ay que iplomático te haz güerto! Zabemos que erez el conzejero del general, que no puee vivir zin tí... ¡Ah, Clarita, qué placer e verte!

María Clara aparecía pálida aún, aunque ya bastante repuesta de su enfermedad. La larga cabellera iba recogida por una cinta de seda de un ligero azul. Saludó tímidamente, sonriendo con tristeza, y se acercó á doña Victorina para el beso de ceremonia.

Después de las frases de costumbre, prosiguió la pseudoandaluza:

—Venimoz á vizitaroz; oz habeiz zalbao graciaz á vuestraz relacionez!—y miró significativamente á Linares.

—¡Dios ha protegido á mi padre!—contestó en voz baja la joven.

—Zí, Clarita, pero el tiempo e loz milagros ya ha pazao: nozotroz loz españolez ecimoz: «Dezconfía e la virgen y échate á corré».

—¡A... a... al revés!

Capitán Tiago, que hasta entonces no había encontrado tiempo para hablar, se atrevió á preguntar, poniendo mucha mucha atención á la respuesta:

—¿De modo que usted, doña Victorina, cree que la Virgen?...

—Venimoz precizamente á hablar con uzté e la virgen,—contestó ella misteriosamente señalando á María Clara;—tenemoz que hablar e negocioz.

La joven comprendió que debía retirarse; buscó un pretexto y se alejó, apoyándose en los muebles.

Lo que en esta conferencia se dijo y se habló es tan bajo y tan mezquino, que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se despidieron, estaban todos alegres, y que después capitán Tiago decía á tía Isabel:

—¡Avisa á la fonda que mañana damos una fiesta! Vete preparando á María, que la casamos dentro de poco.

Tía Isabel la miró espantada.

—¡Ya lo verás! Cuando el señor Linares sea nuestro yerno, subiremos y bajaremos todos los palacios; nos tendrán envidia, se morirán todos de envidia!

Y así fué como á las ocho de la noche del siguiente día estaba llena otra vez la casa de capitán Tiago, sólo que ahora sus invitados son únicamente españolas y chinos; el bello sexo está representado por españolas, peninsulares y filipinas.

Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el padre Sibyla, el padre Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente de la guardia civil, señor Guevara, más sombrío que antes; el alférez que cuenta por la milésima vez su batalla, mirando por encima de sus hombros á todos, creyéndose un don Juan de Austria; ahora es teniente con grado de comandante; de Espadaña que le mira con respeto y temor y le esquiva sus miradas, y doña Victorina despechada. Linares no había llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en todo se quedan grandes hombres.

En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración: la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder su aire de tristeza.

—¡Pst!—decía una joven;—orgullosita...

—Bonitilla,—contestaba otra;—pero él podía haber escogido otra que tuviese menos cara de tonta.

—El oro, chica; el buen mozo se vende.

En otra parte se decía:

—¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!

—A eso llamo yo ser prudente: tener á mano un sustituto.

—Pues cuando enviude...

Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se la veía temblar, palidecer y morderse varias veces los labios.

En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta, y naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos hablaban, hasta don Tiburcio; todos menos el padre Sibyla, que guardaba desdeñoso silencio.

—He oído decir que deja vuestra reverencia el pueblo, padre Salví,—pregunta el nuevo teniente á quien ha hecho más amable su nueva estrella.

—Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en Manila... ¿y usted?

—Dejo también el pueblo,—contestó estirándose;—el gobierno me necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias de filibusteros.

Fray Sibyla le mira rápidamente de pies á cabeza y le vuelve las espaldas por completo.

—¿Se sabe ya de cierto qué va á ser del cabecilla, del filibusterillo?—preguntó un empleado.

—¿Habla usted de Crisóstomo Ibarra?—pregunta otro. Lo más probable y más justo es que sea ahorcado como los del setenta y dos.

—¡Va desterrado!—dice secamente el viejo teniente.

—¡Desterrado! ¡Nada más que desterrado! ¡Pero será un destierro perpetuo!—exclaman varios á la vez.

—Si ese joven,—prosiguió el teniente Guevara en voz alta y severa,—hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de seguro que habría salido absuelto.

Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El padre Salví miró á otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó inmóvil. El padre Sibyla, que sabía callar, parecía también que era el único que sabía preguntar.

—¿Habla usted de cartas, señor de Guevara?

—Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo é interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió á una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vió el proyecto y una amenaza contra el gobierno, y que él reconoció como suyas, no se le podía encontrar por donde acusarle.

—Y ¿la declaración del bandido antes de morir?

—El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás se habían comunicado con el joven, si no sólo con un tal Lucas, que era enemigo suyo según se pudo comprobar, y que se ha suicidado acaso por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual á la que tenía el señor Ibarra hace siete años, pero no á la de ahora, lo que hace suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor decía que si el señor Ibarra no hubiera querido reconocer la carta, mucho se habría podido hacer por él; pero á su vista se puso pálido, perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito.

—Decía usted—preguntó un franciscano—que iba dirigida la carta á una mujer; ¿cómo llegó á manos del fiscal?

El teniente no respondió; miró un momento al padre Salví y se alejó, retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras los otros hacían comentarios.

—¡Ahí se ve la mano de Dios!—decía uno;—hasta las mujeres le tienen odio.

—Hizo quemar su casa creyendo salvarse, pero no contaba con la huéspeda, esto es, con la querida, con la babai, —añadió otro riendo.—¡Está de Dios! ¡Santiago cierra España!

Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acercó á María Clara, que escuchaba la conversación inmóvil en su asiento; á sus pies se veían las flores.

—Usted es una joven muy precavida,—le dijo el viejo teniente en voz baja;—ha hecho usted bien en entregar la carta... así se aseguran ustedes un tranquilo porvenir.

Ella le vió alejarse y se estremeció, mordiéndose los labios. Afortunadamente pasó la tía Isabel. María Clara tuvo la fuerza suficiente para cogerla del vestido.

—¡Tía!—murmuró.

—¿Qué tienes?—preguntó ésta espantada, al ver la cara de la joven.

—¡Conducidme á mi cuarto!—suplicó colgándose del brazo de la anciana para levantarse.

—¿Estás enferma, hija mía? ¿qué tienes?

—Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito descansar. Decid á mi padre que dormiré.

—¡Estás fría! ¿quieres té?

María Clara movió la cabeza negativamente, cerró con llave la puerta de su alcoba y sin fuerzas se dejó caer en el suelo, al pie de una imagen, sollozando:

—¡Madre, madre, madre mía!

Por la ventana y la puerta que comunicaba con la azotea, entraba la luz de la luna.

La música seguía tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba la risas y el run run de las conversaciones; varias veces llamaron á la puerta su padre, tía Isabel, doña Victorina y aun Linares, pero María Clara no se movió: un estertor se escapaba de su pecho.

Pasaron horas; las alegrías de la mesa terminaron, se oía bailar, cantar, se consumió la bujía y se apagó, pero la joven continuaba aún inmóvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie de la imagen de la Madre de Jesús.

La casa volvió á quedar poco á poco en silencio, se apagaron las luces, tía Isabel llamó de nuevo á la puerta.

—¡Vamos, se ha dormido!—dijo la tía en voz alta;—como es joven y no tiene ningún cuidado, duerme como un cadáver.

Cuando todo estuvo en silencio, ella se levantó lentamente y paseó una mirada á su alrededor, vió la azotea, los pequeños emparrados, bañados por la melancólica luz de la luna.

—¡Un tranquilo porvenir! ¡Dormir como un cadáver!—murmuró en voz baja y se dirigió á la azotea.

La ciudad dormía; sólo se oía de tiempo en tiempo el ruido de un coche, pasando el puente de madera sobre el río, cuyas solitarias aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.

La joven levantó los ojos al cielo de una limpidez de zafir; quitóse lentamente sus anillos, pendientes, agujas y peineta, colocándolos sobre el antepecho de la azotea, y miró hacia el río.

Una banca, cargada de zacate, se detenía al pie del embarcadero, que tiene cada casa á orillas del río. Uno de los dos hombres que la tripulaban subió la escalera de piedra, saltó el muro, y segundos después, se oían sus pasos subiendo la escalera de la azotea.

María Clara le vió detenerse al descubrirla, pero sólo fué un momento, porque el hombre avanzó lentamente, y á tres pasos de la joven se detuvo. María Clara retrocedió.

—¡Crisóstomo!—murmuró llena de terror.

—¡Sí, soy Crisóstomo!—repuso el joven en voz grave:—un enemigo, un hombre que tenía razones para odiarme, Elías, me ha sacado de la prisión en que me han arrojado mis amigos.

A estas palabras siguió un triste silencio; María Clara inclinó la cabeza y dejó caer ambas manos.

Ibarra continuó:

—Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, ¡sea cual fuere mi destino! Pudiste faltar á tu juramento, ella no era tu madre; pero yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y al través de mil peligros he venido aquí á cumplir con el mío, y la casualidad permite que te hable á tí misma María, no nos volveremos á ver; eres joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo á decirte, antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!

Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo.

—¡Crisóstomo!—dijo;—Dios te ha enviado para salvarme de la desesperación... ¡óyeme, y júzgame!

Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.

—No he venido á pedirte cuenta de tus actos... he venido para darte la tranquilidad.

—No quiero esa tranquilidad que me regalas; ¡la tranquilidad me la daré yo misma! ¡Tú me desprecias, y tu desprecio me hará amarga hasta la muerte!

Ibarra vió la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó qué deseaba.

—¡Que creas que te he amado siempre!

Crisóstomo sonrió con amargura.

—¡Ah! tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te ha ocultado un solo pensamiento!—exclamó con dolor la joven. ¡Te comprendo! Cuando sepas mi historia, la triste historia que me revelaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en manos de mi ignorante médico? ¡Tú y yo habríamos sido más felices!

María Clara descansó un momento y continuó:

—¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone! En una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡á no ser que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!

Ibarra retrocedió y miró espantado á la joven.

—Si,—continuó ella;—el hombre me dijo que no podía permitir nuestra unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado á publicarlo, á riesgo de causar un grande escándalo, porque mi padre es...

Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja, que sólo él lo oyó.

—¿Qué iba yo á hacer? ¿Debía yo sacrificar á mi amor la memoria de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del verdadero? ¿Podía hacerlo sin que tú mismo me despreciaras?

—Pero ¿pruebas, tuviste pruebas? ¡Tú necesitabas pruebas!—exclamó Crisóstomo convulso.

La joven sacó de su seno dos papeles.

—¡Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus remordimientos, cuando me llevaba en sus entrañas! Toma, léelas, y verás cómo ella me maldice y desea mi muerte... ¡mi muerte que en vano procuró mi padre con medicinas! Estas cartas las ha olvidado él en la casa donde vivió, el hombre las encontró y conservó, y sólo me las entregó á cambio de tu carta... para asegurarse, según decía, de que no me iba á casar contigo sin el consentimiento de mi padre. Desde que las llevo sobre mí, en lugar de tu carta, siento el frío sobre el corazón. Te sacrifiqué, sacrifiqué mi amor... ¿qué no hace una por una madre muerta y dos padres vivos? ¿Sospechaba yo el uso que iban á hacer de tu carta?

Ibarra estaba aterrado. María Clara prosiguió:

—¿Qué me quedaba ya? ¿podía decirte por ventura quién era mi padre, podía decirte que le pidieses perdón, á él que tanto ha hecho sufrir al tuyo? ¿podía decirle á mi padre acaso que te perdonara, podía decirle que yo era su hija, á él que tanto ha deseado mi muerte? ¡Sólo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir sufriendo!... Ahora, amigo mío, ahora que sabes la triste historia de tu María, ¿tendrás aún para ella esa desdeñosa sonrisa?

—¡María, tú eres una santa!

—Soy feliz, puesto que tú me crees...

—Sin embargo,—añadió el joven cambiando de tono,—he oído que te casas...

—¡Sí!—sollozó la joven;—mi padre me exige este sacrificio... él me ha amado y alimentado y no era su deber; yo le pago esta deuda de gratitud asegurándole la paz por medio de este nuevo parentesco, pero...

—¿Pero?

—No olvidaré los juramentos de fidelidad que te hice.

—¿Qué meditas hacer?—preguntó Ibarra tratando de leer en sus ojos.

—¡El porvenir es obscuro y el Destino está entre sombras! no sé lo que he de hacer; pero sabe que yo amo una sola vez, y sin amor jamás seré de nadie. Y de ti, ¿qué va á ser de ti?

—No soy más que un fugitivo... huyo. Dentro de poco se descubrirá mi fuga, María...

María Clara cogió la cabeza del joven entre sus manos, le besó repetidas veces en los labios, le abrazó, y después, alejándole bruscamente de sí:

—¡Huye, huye!—le dijo;—¡huye, adiós!

Ibarra la miró con ojos brillantes, pero, á una señal de la joven, se alejó ebrio, vacilante...

Saltó otra vez el muro y entró en la banca. María Clara, apoyada sobre el antepecho le miraba alejarse.

Elías se descubrió y la saludó profundamente.

LXI. La caza en el lago

—Oíd, señor, el plan que he meditado,—dijo Elías pensativo mientras se dirigían á San Gabriel.—Os ocultaré ahora en casa de un amigo mió en Mandaluyong; os traeré todo vuestro dinero, que he salvado y guardado al pie del balití, en la misteriosa tumba de vuestro abuelo; dejaréis el país...

—¿Para ir al extranjero?—interrumpió Ibarra.

—Para vivir en paz los días que os quedan de vida. Tenéis amigos en España, sois rico, podréis haceros indultar. De todos modos, el extranjero para nosotros es una patria mejor que la propia.

Crisóstomo no contestó; meditó en silencio.

Llegaban en aquel momento al Pásig y la banca empezó á subir la corriente. Sobre el puente de España corría un jinete aprisa y se oía un prolongado y agudo silbido.

—Elías,—repuso Ibarra;—debéis vuestra desgracia á mi familia; me habéis salvado la vida dos veces, y os debo no sólo gratitud, sino también una restitución de vuestra fortuna. Me aconsejáis que viva en el extranjero, pues venid conmigo y vivamos como hermanos. Aquí sois también desgraciado.

Elías movió tristemente la cabeza y contestó:

—¡Imposible! Es verdad que yo no puedo amar ni ser feliz en mi país, pero puedo sufrir y morir en él, y acaso por él: siempre es algo. ¡Que la desgracia de mi patria sea mi propia desgracia, y puesto que no nos une un noble pensamiento, puesto que no laten nuestros corazones á un solo nombre, al menos que á mis paisanos me una la común desventura, al menos que llore yo con ellos nuestros dolores, que un mismo infortunio oprima nuestros corazones!

—Entonces ¿por qué me aconsejáis que parta?

—Porque en otra parte podéis ser feliz y yo no, porque no estáis hecho para sufrir, y porque aborreceríais vuestro país, si un día os vieseis por causa suya desgraciado: y aborrecer á su patria es la mayor desventura.

—¡Sois injusto conmigo!—exclamó Ibarra con amargo reproche;—olvidáis que, apenas llegado aquí, me he puesto á buscar su bien...

—No os ofendáis, señor, no os hago ningún reproche: ¡ojalá todos puedan imitaros! Pero yo no os pido imposibles, y no os ofendáis si os digo que vuestro corazón os engaña. Amabais á vuestra patria porque vuestro padre así os lo ha enseñado; la amabais porque en ella teníais amor, fortuna, juventud, porque todo os sonreía, vuestra patria no os había hecho ninguna injusticia; la amabais como amamos todo aquello que nos hace felices. Pero el día en que os veais pobre, hambriento, perseguido, delatado y vendido por vuestros mismos compatriotas, ese día renegaréis de vos, de vuestra patria y de todos.

—Vuestras palabras me lastiman,—dijo Ibarra resentido.

Elías bajó la cabeza, meditó y repuso:

—Yo quiero desengañaros, señor, y evitaros un triste porvenir. Acordaos de aquella vez cuando yo os hablaba en esta misma banca y á la luz de esta misma luna, hará un mes, días más días menos: entonces erais feliz. La súplica de los desgraciados no llegaba hasta vos: desdeñasteis sus quejas porque eran quejas de criminales; disteis más oídos á sus enemigos y, á pesar de mis razones y ruegos, os pusisteis del lado de sus opresores, y de vos dependía entonces el que yo me convirtiese en criminal ó me dejase matar para cumplir una palabra sagrada. Dios no lo ha permitido porque el anciano jefe de los malhechores ha muerto... ¡Ha pasado un mes y ahora pensáis de otra manera!

—Tenéis razón, Elías, pero el hombre es un animal de circunstancias: entonces estaba cegado, disgustado, ¿qué sé yo? Ahora la desgracia me ha arrancado la venda; la soledad y la miseria de mi prisión me han enseñado; ahora veo el horrible cáncer que roe á esta sociedad, que se agarra á sus carnes y que pide una violenta extirpación. ¡Ellos me han abierto los ojos, me han hecho ver la llaga y me fuerzan á ser criminal! Y pues que lo han querido, seré filibustero, pero verdadero filibustero; llamaré á todos los desgraciados, á todos los que dentro del pecho sienten latir un corazón, á esos que os enviaban á mí... ¡no, no seré criminal, nunca lo es el que lucha por su patria, al contrario! Nosotros, durante tres siglos, les tendemos la mano, les pedimos amor, ansiamos llamarlos nuestros hermanos, ¿cómo nos contestan? Con el insulto y la burla, negándonos hasta la cualidad de seres humanos. ¡No hay Dios, no hay esperanzas, no hay humanidad; no hay más que el derecho de la fuerza!

Ibarra estaba nervioso; todo su cuerpo temblaba.

Pasaron por delante del palacio del General y creyeron notar movimiento y agitación en los guardias.

—¿Se habrá descubierto la fuga?—murmuró Elías.—Acostaos, señor, para que os cubra con el zacate, pues pasaremos al lado del Polvorista, y al centinela puede chocarle el que seamos dos.

La banca era una de esas finas y estrechas canoas que no bogan sino que resbalan por encima del agua.

Como Elías había previsto, el centinela le paró y le preguntó de dónde venía.

—De Manila, de dar zacate á los oidores y curas,—contestó imitando el acento de los de Pandakan.

Un sargento salió y enteróse de lo que pasaba.

—¡Sulung!—díjole éste;—te advierto que no recibas en la banca á nadie; un preso acaba de escaparse. Si le capturas y me lo entregas te daré una buena propina.

—Está bien, señor; ¿qué señas tiene?

—Va de levita y habla español; con que ¡cuidao!

La banca se alejó. Elías volvió la cara y vió la silueta del centinela, de pie junto á la orilla.

—Perderemos algunos minutos de tiempo,—dijo en voz baja;—debemos entrar en el río Beata para simular que soy de Peña Francia. Veréis el río que cantó Francisco Baltasar.

El pueblo dormía á la luz de la luna. Crisóstomo se levantó para admirar la paz sepulcral de la naturaleza. El río era estrecho y sus orillas formaban llano, sembrado de zacate.

Elías arrojó su carga en la orilla, cogió una larga caña y sacó debajo de la hierba algunos vacíos bayones ó sacos hechos de hoja de palmera. Siguieron navegando.

—Sois dueño de vuestra voluntad, señor, y de vuestro porvenir,—dijo á Crisóstomo que se mantenía silencioso.—Pero si me permitís una observación, os diré: Mirad bien lo que vais á hacer, vais á encender la guerra, pues tenéis dinero, cabeza y encontraréis pronto muchos brazos, fatalmente hay muchos descontentos. Mas, en esta lucha que vais á emprender, los que más sufrirán son los indefensos é inocentes. Los mismos sentimientos que hace un mes, hacían que me dirigiese á vos pidiendo reformas, son también los que me mueven ahora á deciros que meditéis. El país, señor, no piensa separarse de la madre patria; no pide más que un poco de libertad, de justicia y de amor. Os secundarán los descontentos, los criminales, los desesperados, pero el pueblo se abstendrá. Os equivocáis, si, viendo todo obscuro, creéis que el país está desesperado. El país sufre, sí, pero aún espera, cree, y sólo se levantará cuando haya perdido la paciencia, esto es, cuando lo quieran los que gobiernan, lo cual aún está lejos. Yo mismo no os seguiría; jamás acudiré á esos remedios extremos mientras vea esperanza en los hombres.

—¡Entonces iré sin vos!—repuso Crisóstomo resuelto.

—¿Es vuestra firme decisión?

—¡Firme y única, testigo la memoria de mi padre! Yo no me dejo arrancar impunemente paz y felicidad, yo que sólo he deseado el bien, yo que todo lo he respetado y sufrido por amor á una religión hipócrita, por amor á una patria. ¿Cómo me han correspondido? Hundiéndome en un calabozo infame y prostituyendo á mi futura esposa. ¡No, no vengarme sería un crimen, sería animarlos á nuevas injusticias! ¡No, fuera cobardía, pusilanimidad, gemir y llorar cuando hay sangre y vida, cuando al insulto y al reto se une el escarnio! ¡Yo llamaré á ese pueblo ignorante, le haré ver su miseria; que no piense en hermanos; sólo hay lobos que se devoran, y les diré que contra esta opresión se levanta y protesta el eterno derecho del hombre para conquistar su libertad!

—¡El pueblo inocente sufrirá!

—¡Mejor! ¿Podéis conducirme hasta la montaña?

—¡Hasta que estéis en seguridad!—contestó Elías.

Salieron de nuevo al Pásig. Hablaban de cuando en cuando de cosas indiferentes.

—¡Santa Ana!—murmuró Ibarra;—¿conoceréis esta casa?

Pasaban delante de la casa de campo de los jesuítas.

—¡Allí pasé yo muchos días felices y alegres!—suspiró Elías.—En mi tiempo veníamos cada mes... entonces era yo como los otros: tenía fortuna, familia, soñaba y vislumbraba un porvenir. En esos días veía á mi hermana en el vecino colegio; me regalaba una labor de sus manos... la acompañaba una amiga, una bella joven. Todo ha pasado como un sueño.

Permanecieron silenciosos hasta llegar á Malapad-na-bató. Los que de noche han surcado alguna vez el Pásig, en una de esas noches mágicas que Filipinas ofrece, cuando la luna derrama desde el límpido azul melancólica poesía: cuando las sombras ocultan la miseria de los hombres y el silencio apaga los mezquinos acentos de su voz; cuando sólo habla la Naturaleza, esos comprenderán lo que meditaban ambos jóvenes.

En Malapad-na-bató, el carabinero tenía sueño, y, viendo que la banca estaba vacía y no ofrecía botín alguno que coger según la tradicional costumbre de su cuerpo y uso de aquel puesto, dejóles pasar fácilmente.

El guardia civil de Pásig tampoco sospechaba nada, y no fueron molestados.

Comenzaba á amanecer cuando llegaron al lago, manso y tranquilo como un gigantesco espejo. La luna palidecía y el Oriente se teñía con rosadas tintas. A cierta distancia columbraron una masa gris que avanzaba poco á poco.

—La falúa viene,—murmura Elías;—acostaos y os cubriré con estos sacos.

Las formas de la embarcación se hacían más claras y perceptibles.

—Se pone entre la orilla y nosotros,—observa Elías inquieto.

Y varió poco á poco la dirección de su banca, remando hacia Binangonan. Con gran estupor notó que la falúa cambiaba también de dirección, mientras una voz le llamaba.

Elías detúvose y reflexionó. La orilla estaba aún lejos y pronto estarían al alcance de los fusiles de la falúa. Pensó volver al Pásig: su banca era más veloz que aquella. Pero ¡fatalidad! otra banca venía del Pásig, y se veían brillar los capacetes y bayonetas de los guardias civiles.

—¡Estamos cogidos!—murmuró palideciendo.

Miróse sus robustos brazos y tomando la única resolución que quedaba, principió á remar con todas sus fuerzas hacia la Isla de Talim. Entretanto, se asomaba el sol.

La banca se deslizaba rápidamente; Elías vió sobre la falúa, que viraba, algunos hombres de pie haciéndole señas.

—¿Sabéis guiar una banca?—preguntó á Ibarra.

—Sí; ¿por qué?

—Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la pista. Ellos me perseguirán, yo nado y buceo bien... yo los alejaré de vos, y después procuráis salvaros.

—¡No; quedaos y vendamos caras nuestras vidas!

—Inútil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarán como á pajaritos.

En aquel momento se oyó un chiss en el agua como la caída de un cuerpo caliente, seguido inmediatamente de una detonación.

—¿Veis?—dijo Elías poniendo el remo en la banca.—Nos veremos en la Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. ¡Salvaos!

—Y ¿vos?

—Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elías se quitó la camisa; una bala la rasgó de sus manos, y dos detonaciones se dejaron oir. Sin turbarse, estrechó la mano de Ibarra, que continuaba tendido en el fondo de la banca; se levantó y saltó al agua, empujando con el pie la pequeña embarcación.

Oyéronse varios gritos, y pronto á alguna distancia apareció la cabeza del joven como para respirar, ocultándose al instante.

—¡Allá, allá está!—gritaron varias voces y silbaron de nuevo las balas.

La falúa y la banca pusiéronse en su persecución: una ligera estela señalaba su paso, alejándose cada vez más de la banca de Ibarra, que bogaba como si estuviese abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la cabeza para respirar, disparaban sobre él guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la banquilla de Ibarra estaba lejos, el nadador se aproximaba á la orilla, distantes unas cincuenta brazas. Los remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues sacaba la cabeza á menudo y cada vez en distinta dirección, como para desconcertar á sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla á unas diez brazas, hicieron fuego... después pasaron minutos y minutos; nada volvió á aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza con un aire que tanto quería decir sí como no.

LXII. El padre Dámaso se explica

En vano se amontonan sobre una mesa los preciosos regalos de boda; ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados de piña, ni las piezas de seda atraen las miradas de María Clara. La joven mira, sin ver ni leer, el periódico que da cuenta de la muerte de Ibarra, ahogado en el lago.

De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan, y una voz alegre, la del padre Dámaso, le dice:

—¿Quién soy? ¿quién soy?

María Clara salta de su asiento y le mira con terror.

—Tontica, ¿has tenido miedo, eh? ¿No me esperabas, eh? Pues he venido de provincias para asistir á tu casamiento.

Y acercándose con una sonrisa de satisfacción, le tendió la mano para que se la besara. María Clara se inclinó temblorosa y la llevó con respeto á sus labios.

—¿Qué tienes, María?—preguntó el franciscano, perdiendo su sonrisa alegre y llenándose de inquietud;—tu mano está fría, palideces... ¿estás enferma, hijita?

Y el padre Dámaso la atrajo á sí con una ternura de la que no se le hubiera creído capaz, cogió ambas manos de la joven y la interrogó con la mirada.

—¿No tienes ya confianza en tu padrino?—preguntó en tono de reproche;—vamos, siéntate aquí y cuéntame tus disgustillos, como lo hacías conmigo de niña, cuando deseabas velas para hacer muñecas de cera. Ya sabes que te he querido siempre... nunca te he reñido...

La voz del padre Dámaso dejaba de ser brusca y llegaba á tener modulaciones cariñosas. María Clara empezó á llorar.

—¿Lloras, hija mía? ¿por qué lloras? ¿Has reñido con Linares?

María Clara se tapó los oídos.

—¡Nada de él... ahora!—gritó la joven.

Padre Dámaso la miró lleno de asombro.

—¿No quieres confiarme tus secretos? ¿No he procurado siempre satisfacer tus más pequeños caprichos?

La joven levantó hacia él sus ojos llenos de lágrimas, le miró algún rato, y volvió á llorar amargamente.

—¡No llores así, hija mía, que tus lágrimas me hacen daño! ¡Cuéntame tus penas; verás cómo tu padrino te ama!

María Clara se le acercó lentamente, cayó de rodillas á sus pies y levantando su semblante, bañado en llanto, le dijo en voz baja, apenas perceptible:

—¿Me ama usted aún?

—¡Niña!

—¡Entonces... proteja usted á mi padre y rompa mi casamiento!

Y la joven le refirió su última entrevista con Ibarra, ocultando el secreto de su nacimiento.

El padre Dámaso apenas podía creer lo que oía.

—Mientras él vivía,—continuó la joven,—pensaba luchar, esperaba, confiaba. Quería vivir para oir hablar de él... pero ahora que le han muerto, ahora no hay razón para que viva y sufra.

Esto lo dijo ella lentamente, en voz baja, con calma, sin lágrimas.

—Pero, tonta, ¿no es Linares mil veces mejor que?...

—Cuando él vivía, podía yo casarme... pensaba huir después... ¡mi padre no quiere más que el parentesco! Ahora que él está muerto, ningún otro me llamará su esposa... Cuando él vivía, podía yo envilecerme, quedábame el consuelo de saber que él existía y quizás pensaría en mí; ahora que él está muerto... el convento ó la tumba.

El acento de la joven tenía una firmeza tal, que el padre Dámaso perdió su aire alegre y se puso muy pensativo.

—¿Le amabas tanto?—preguntó balbuceando.

María Clara no respondió. Fray Dámaso inclinó la cabeza sobre el pecho y se quedó silencioso.

—¡Hija mía!—exclamó con voz dolorida;—perdóname que te haya hecho infeliz sin saberlo. Yo pensaba en tu porvenir, quería tu felicidad. ¿Cómo podía permitir yo que te casases con uno del país, para verte esposa infeliz y madre desgraciada? Yo no podía quitar de tu cabeza tu amor, y me opuse con todas mis fuerzas, abusé de todo, por tí, solamente por ti. Si hubieses sido su esposa, llorarías después, por la condición de tu marido, expuesto á todas las vejaciones sin medio de defensa; madre, llorarías por la suerte de tus hijos: si los educas, les preparas un triste porvenir; se hacen enemigos de la Religión, y los verás ahorcados ó expatriados; si los dejas ignorantes, ¡los verás tiranizados y degradados! ¡No lo podía consentir! Por esto buscaba para tí un marido que te pudiese hacer madre feliz de hijos que manden y no obedezcan, que castiguen y no sufran... Sabía que tu amigo de la infancia era bueno, le quería á él como á su padre, pero los odié desde que vi que iban á causar tu infelicidad, porque yo te quiero, te idolatro, te amo como se ama á una hija; no tengo más cariño que el tuyo; yo te he visto crecer; no transcurre una hora sin que piense en tí; sueño en tí; tú eres mi única alegría...

Y el padre Dámaso se echó á llorar como un niño.

—Pues bien, si me ama usted no me haga eternamente desgraciada; él ya no vive, quiero ser monja.

—¡Ser monja, ser monja!—repitió.—,Tú no sabes, hija mía, la vida, el misterio que se oculta detrás de los muros del convento, ¡tú no lo sabes! prefiero mil veces verte infeliz en el mundo que en claustro... Aquí tus quejas pueden oirse; allá sólo tendrás los muros... Tú eres hermosa; muy hermosa, y no has nacido para él, para esposa de Cristo. Créeme, hija mía, el tiempo lo borra todo; más tarde te olvidarás, amarás, y amarás á tu marido... á Linares.

—¡O el convento ó... la muerte!—repitió María Clara.

—¡El convento, el convento ó la muerte!—exclamó el padre Dámaso.—María, yo ya soy viejo, no podré velar más tiempo por ti y por tu tranquilidad... Escoge otra cosa, busca otro amor, otro joven, sea quien quiera, todo menos el convento.

—¡El convento ó la muerte!

—¡Dios mío, Dios mío!—gritó el sacerdote, cubriéndose la cabeza con las manos;—tú me castigas, sea; pero vela por mi hija...

Y volviéndose á la joven:

—¿Quieres ser monja? lo serás; no quiero que mueras.

María Clara le cogió ambas manos, las estrechó, las besó arrodillándose.

—¡Padrino, padrino mío!—repetía.

Fray Dámaso salía después triste, cabizbajo y suspirando.

—¡Dios, Dios, tú existes puesto que castigas! Pero véngate en mí y no hieras al inocente, salva á mi hija.

LXIII. La Nochebuena

Arriba, en la vertiente de la montaña, junto á un torrente, se esconde entre los árboles una choza, construída sobre troncos. Sobre su techo de kogon, trepa ramosa, cargada de frutas y flores, la calabaza; adornan el rústico hogar cuernas de venado, calaveras de jabalí, algunas con largos colmillos. Allí vive una familia tagala, dedicada á la caza y á cortar leñas.

A la sombra de un árbol, el abuelo hace escobas con los nervios de la palma, mientras una joven coloca en un cesto huevos de gallina, limones y legumbres. Dos muchachos, un niño y una niña, juegan al lado de otro, pálido, melancólico, de ojos grandes y mirada profunda, sentado sobre un caído tronco. En sus enflaquecidas facciones reconoceremos al hijo de Sisa, Basilio, el hermano de Crispín.

—Cuando te pongas bueno del pie,—le decía la niña,—jugaremos pico pico con escondite, yo seré la madre.

—Subirás con nosotros á la cumbre del monte, añadía el niño, beberás sangre de venado con zumo de limón y te pondrás grueso, y entonces te enseñaré á saltar de roca en roca, encima del torrente.

Basilio sonreía con tristeza, miraba la llaga de su pie, y después dirigía la vista al sol que brillaba espléndido.

—Vende estas escobas,—dijo el abuelo á la joven,—y compra algo para tus hermanos que hoy es la Pascua.

—¡Reventadores, quiero reventadores!—gritó el niño.

—¡Yo, una cabeza para mi muñeca!—gritó la niña, cogiendo á su hermana del tapis.

—Y tú ¿qué quieres?—preguntó el abuelo á Basilio.

Este se levantó trabajosamente y se acercó al anciano.

—Señor;—le dijo,—¿he estado, pues, enfermo más de un mes?

—Desde que te encontramos desmayado y lleno de heridas, han pasado dos lunas; creíamos que ibas á morir...

—¡Dios os pague; nosotros somos muy pobres!—repuso Basilio;—pero ya que hoy es Pascua, quiero irme al pueblo para ver á mi madre y á mi hermanito. Me estarán buscando.

—Pero, hijo, todavía no estás bueno y tu pueblo está lejos; no llegas á media noche.

—¡No importa, señor! Mi madre y mi hermanito deben estar muy tristes; todos los años pasamos juntos esta fiesta... el año pasado comimos un pescado entre nosotros tres... Madre habrá estado llorando buscándome.

—¡No llegarás vivo al pueblo, muchacho! Esta noche tenemos gallina y tapa de jabalí. Mis hijos te buscarán cuando vengan del campo...

—Tenéis muchos hijos, y mi madre no tiene más que á nosotros dos; acaso me cree ya muerto. Esta noche quiero darle una alegría, un aguinaldo... un hijo.

El anciano sintió humedecerse sus ojos, puso la mano sobre la cabeza del niño y le dijo conmovido:

—¡Pareces un viejo! ¡Anda, vete, busca á tu madre, dale el aguinaldo... de Dios, como dices; si hubiese sabido el nombre de tu pueblo, habría ido allá cuando estabas malo. Anda, hijo mío, que Dios y el Señor Jesus te acompañen. Lucía, mi nieta, irá contigo hasta el próximo pueblo.

—¿Cómo? ¿te vas?—le pregunta el niño.—Allá abajo hay soldados, hay machos ladrones. ¿No quieres ver mis reventadores? ¡Pum purumpum!

—¿No quieres jugar gallina ciega con escondite?—pregunta á su vez la niña;—¿te has escondido alguna vez? Verdad, no hay cosa más agradable que ser perseguido y esconderse.

Basilio se sonrió; cogió su bastón y con lágrimas en los ojos:

—Volveré pronto,—dijo;—traeré á mi hermanito, le veréis y jugaréis con él; es tan grande como tú.

—¿Anda también cojeando?—preguntó la niña;—entonces le haremos madre en el pico pico.

—No te olvides de nosotros,—le decía el anciano;—llévate esta tapa de jabalí y dáselo á tu madre.

Los niños le acompañaron hasta el puente de caña, colocado sobre el torrente de alborotado curso.

Lucía le hizo apoyarse sobre su brazo y desaparecieron de la vista de los niños.

Basilio marchaba ligero á pesar de su pierna vendada.


El viento del norte silba y los habitantes de San Diego tiritan de frío.

Es la Nochebuena, y sin embargo, el pueblo está triste. Ni un farol de papel cuelga de las ventanas, ningún ruido en las casas anuncia regocijo como otros años.

En el entresuelo de la casa de capitán Basilio, hablan al lado de una reja éste y don Filipo (la desgracia del último los había hecho amigos), mientras que en la otra miran hacia la calle Sinang, su prima Victoria y la bella Iday.

La luna, menguante, empezaba á brillar en el horizonte y doraba nubes, árboles y casas, proyectando largas y fantásticas sombras.

—¡No es poca fortuna la vuestra, salir absueltos en estos tiempos!—decía capitán Basilio á don Filipo; os han quemado vuestro libros, sí, pero otros han perdido más.

Una mujer se acercó á la reja y miró hacia el interior. Sus ojos eran brillantes, sus facciones demacradas, su cabellera suelta y desgreñada: la luna le daba un aspecto singular.

—¡Sisa!—exclamó sorprendido don Filipo,—y volviéndose á capitán Basilio, mientras la loca se alejaba.

—¿No estaba en casa de un médico?—preguntó;—¿se ha curado ya?

Capitán Basilio se sonrió amargamente.

—El médico tuvo miedo de que le acusasen como amigo de don Crisóstomo y la despidió de su casa. Ahora vaga otra vez tan loca como siempre, canta, es inofensiva y vive en el bosque...

—¿Qué cosas más han sucedido en el pueblo desde que lo dejamos? Sé que tenemos cura nuevo y nuevo alférez...

—¡Terribles tiempos, la humanidad retrocede!—murmura capitán Basilio pensando en el pasado.—Veréis: al día siguiente de vuestra marcha encontraron muerto al sacristán mayor, colgado del zaquizamí de su casa. El padre Salví sintió mucho su muerte y se apoderó de todos sus papeles. ¡Ah! el filósofo Tasio murió también y fué enterrado en el cementerio de los chinos.

—¡Pobre don Anastasio!—suspiró don Filipo;—y ¿sus libros?

—Fueron quemados por los piadosos, que así creían agradar á Dios. Nada pude salvar, ni los libros de Cicerón... el gobernadorcillo no hizo nada por impedirlo.

Ambos guardaron silencio.

En aquel momento se oía el canto triste y melancólico de la loca.

—¿Sabes cuándo se casa María Clara?—preguntaba Yday á Sinang.

—No lo sé,—contestó ésta:—recibí una carta de ella, pero no la abro por temor de saberlo. ¡Pobre Crisóstomo!

—Dicen que si no es por Linares, á capitán Tiago le ahorcan; ¿qué iba á hacer María Clara?—observó Victoria.

Un muchacho pasó cojeando; corría en dirección á la plaza, de donde partía el canto de Sisa. Es Basilio. El niño ha encontrado su casa, desierta y en ruinas; después de muchas preguntas sólo sacó que su madre estaba loca y vagaba por el pueblo: de Crispín ni una palabra.

Basilio tragóse las lágrimas, ahogó el dolor y sin descansar fué á buscar á su madre. Llegó al pueblo, preguntó por ella y un canto hirió sus oídos. El infeliz dominó el temblor de sus piernas y quiso correr para arrojarse en los brazos de su madre.

La loca dejó la plaza y se llegó delante de la casa del nuevo alférez. Ahora como antes hay un centinela en la puerta, y una cabeza de mujer se asoma á la ventana, pero no es la Medusa, es una joven: alférez y desgraciado no son sinónimos.

Sisa empezó á cantar delante de la casa, mirando á la luna, que se mecía majestuosa en el cielo azul entre nubes de oro. Basilio la veía y no se atrevía á acercarse, esperando quizás que abandone el sitio; andaba de un lado á otro, pero evitando aproximarse al cuartel.

La joven que estaba en la ventana escuchaba atenta el canto de la loca, y mandó al centinela que le hiciese subir.

Sisa, al ver acercarse al soldado y oir su voz, llena de terror, echóse á correr, y sabe Dios cómo corre una loca. Basilio sigue detrás de ella, y temiendo perderla, corre y olvida los dolores de sus pies.

—¡Mirad cómo ese muchacho persigue á la loca!—exclamaba indignada una criada que estaba en la calle.

Y viendo que la seguía persiguiendo, cogió una piedra y la lanzó contra él diciendo:

—¡Toma! ¡qué lástima que esté atado el perro!

Basilio sintió un golpe en su cabeza, pero continuó corriendo sin hacer caso. Los perros le ladraban, los gansos graznaban, unas ventanas se abrían para dar paso á un curioso; cerrábanse otras temiéndose otra noche de alborotos.

Llegaron fuera del pueblo. Sisa empezó á moderar su carrera; gran distancia la separaba de su perseguidor.

—¡Madre!—le gritó cuando la distinguió.

La loca, apenas oyó la voz, comenzó de nuevo á huir.

—¡Madre, soy yo!—gritó el muchacho desesperado.

La loca no oía, el hijo seguía jadeante. Los sembrados habían pasado y estaban ya cerca del bosque.

Basilio vió á su madre entrar en él y entró también. Las matas, los arbustos, los espinosos juncos y las raíces salientes de los árboles impedían la carrera de ambos. El hijo seguía la silueta de su madre, alumbrada de cuando en cuando por los rayos de la luna, penetrando al través de los claros y las ramas. Era el misterioso bosque de la familia de Ibarra.

El muchacho tropezó varias veces cayendo, pero se levantaba, no sentía dolor; toda su alma se reconcentraba en sus ojos, que seguían la querida figura.

Pasaron el arroyo que murmuraba dulcemente; las espinas de las cañas, caídas en el barro de la orilla, se hundían en sus pies desnudos: Basilio no se detenía para arrancarlas.

Con gran sorpresa vió que su madre se internaba en la espesura y entraba por la puerta de madera, que cierra la tumba del viejo español al pié del balitî.

Basilio trató de hacer lo mismo pero halló la puerta cerrada. La loca defendía la entrada con sus descarnados brazos y desgreñada cabeza, manteniéndola cerrada con todas sus fuerzas.

—¡Madre, soy yo, soy yo, soy Basilio, vuestro hijo!—gritó el extenuado muchacho dejándose caer.

Pero la loca no cedía; apoyándose con los pies contra el suelo ofrecía una enérgica resistencia.

Basilio golpeó la puerta con el puño, con su cabeza, bañada en sangre, lloró, pero en vano. Levantóse trabajosamente, miró al muro, pensando escalarlo, pero nada halló. Lo rodeó entonces y vió una rama del fatídico baliti cruzándose con la de otro árbol. Trepó: su amor filial hacía milagros, y de rama en rama pasó al balitî, y vió á su madre sosteniendo aún con su cabeza las hojas de la puerta.

El ruido que hacía en las ramas llamó la atención de Sisa; volvióse y quiso huir, pero el hijo, dejándose caer del árbol, la abrazó y la cubrió de besos, perdiendo después el sentido.

Sisa vió la frente bañada en sangre; inclinóse hacia él, sus ojos parecían saltar de las órbitas; le miró en la cara, y aquellas pálidas facciones sacudieron las dormidas células de su cerebro, algo como una chispa brotó en su mente, reconoció á su hijo y, soltando un grito, cayó sobre el desmayado muchacho, abrazándole y besándole.

Madre é hijo permanecieron inmóviles...

Cuando Basilio volvió en sí halló á su madre sin sentido. La llamó, prodigóle los más tiernos nombres y, viendo que ni respiraba ni despertaba, levantóse, fué al arroyo á sacar un poco de agua en un cucurucho de hojas de plátano y roció con ella el pálido rostro de su madre. Pero la loca no hizo el menor movimiento, sus ojos continuaron cerrados.

Basilio la miró espantado; aplicó su oído al corazón de ella, pero el flaco y marchito seno estaba frío y el corazón no latía: puso los labios sobre sus labios y no percibió ningún aliento. El desgraciado abrazó el cadáver y lloró amargamente.

La luna brillaba en el cielo majestuosa, la brisa vagaba suspirando y debajo de la hierba los grillos trinaban.

La noche de luz y alegría para tantos niños, que en el amable seno de la familia celebran la fiesta de más dulces recuerdos, la fiesta que conmemora la primera mirada de amor que el cielo envió á la tierra; esa noche en que todas las familias cristianas comen, beben, bailan, cantan, ríen, juegan, aman, se besan... esa noche, que en los países fríos es mágica para la niñez con su tradicional árbol de pino, cargado de luces, muñecas, confites y oropeles, que miran deslumbrados los redondos ojos donde se refleja la inocencia, esa noche no ofrece á Basilio más que una orfandad. ¿Quién sabe? Acaso en el hogar del taciturno padre Salví juegan también los niños, acaso se canta:

La Nochebuena se viene,

La Nochebuena se va...

El niño lloró y gimió mucho y cuando levantó la cabeza, vió un hombre delante de sí, que le contemplaba en silencio. El desconocido le preguntó en voz baja:

—¿Eres el hijo?

El muchacho afirmó con la cabeza.

—¿Qué piensas hacer?

—¡Enterrarla!

—¿En el cementerio?

—No tengo dinero, y además no lo permitiría el cura.

—¿Entonces...?

—Si me quisiéseis ayudar...

—Estoy muy débil,—contestó el desconocido que se dejó caer poco á poco en el suelo, apoyándose con ambas manos en tierra;—estoy herido... hace dos días que no he comido ni dormido... ¿No ha venido ninguno esta noche?

El hombre permaneció pensativo, contemplando la interesante fisonomía del muchacho.

—¡Escucha!—continuó en voz más débil;—habré muerto también antes que venga el día... A veinte pasos de aquí, á la otra orilla del arroyo, hay mucha leña amontonada; tráela, haz una pira, pon nuestros cadáveres encima, cúbrelos y prende fuego, mucho fuego hasta que nos convirtamos en cenizas...

Basilio escuchaba.

—Después, si ningún otro viene... cavarás aquí, encontrarás mucho oro... y todo será tuyo. ¡Estudia!

La voz del desconocido se hacía cada vez más ininteligible.

—Ve á buscar la leña... quiero ayudarte.

Basilio se alejó. El desconocido volvió la cara hacia el Oriente y murmuró como orando:

—¡Muero sin ver la aurora brillar sobre mi patria!... ¡vosotros, que la habéis de ver, saludadla... no os olvidéis de los que han caído durante la noche!

Levantó sus ojos al cielo, sus labios se agitaron como murmurando una plegaria, después bajó la cabeza y cayó lentamente en tierra...

Dos horas más tarde, Hermana Rufa estaba en el batalan de su casa haciendo sus abluciones matinales para ir á misa. La piadosa mujer miraba al cercano bosque y vió subir una gruesa columna de humo; frunció las cejas y, llena de santa indignación, exclamó:

—¿Quién será el hereje que en día de fiesta hace kaingin. ¡Por eso vienen tantas desgracias! ¡Prueba ir al Purgatorio y verás si te saco de allá, salvaje!

Epílogo

Viviendo aún muchos de nuestros personajes, y habiendo perdido de vista á los otros, es imposible un verdadero epílogo. Para bien de la gente, mataríamos con gusto á todos nuestros personajes empezando por el P. Salví y acabando por doña Victorina, pero no es posible... ¡que vivan! el país y no nosotros los ha de alimentar al fin...

Desde que María Clara entró en el convento, el P. Dámaso dejó el pueblo para vivir en Manila, al igual del P. Salví, que, mientras espera mitra vacante, predica varias veces en la iglesia de Santa Clara, en cuyo convento desempeña un cargo importante. No pasaron muchos meses, y el P. Dámaso recibió orden del M. R. P. Provincial para desempeñar el curato en una provincia muy lejana. Cuéntase que tomó tanto pesar en ello, que al día siguiente le hallaron muerto en su alcoba. Unos dijeron que murió de apoplejía, otros de una pesadilla, pero el médico disipó las dudas declarando que murió de repente.

Ninguno de nuestros lectores reconocería ahora á capitán Tiago si le viese. Ya semanas antes de profesar María Clara cayó en un estado de abatimiento tal, que empezó á enflaquecer y á ponerse muy triste, meditabundo y desconfiado, como su examigo, el infeliz capitán Tinong. Tan pronto como las puertas del convento se cerraron, ordenó á su desconsolada prima, la tía Isabel, recogiese cuanto á su hija y difunta esposa había pertenecido, y se fuese á Malabón ó San Diego, pues quería vivir solo en adelante. Dedicóse al liampó y á la gallera con furia, y empezó á fumar opio. Ya no va á Antipolo, ni manda decir misas; doña Patrocinio, su vieja competidora, celebra piadosamente su triunfo, poniéndose á roncar durante los sermones. Si alguna vez, al caer de la tarde, os paseáis por la primera calle de Santo Cristo, veréis, sentado en la tienda de un chino, un hombre pequeño, amarillo, flaco, encorvado, con los ojos hundidos y soñolientos, labios y uñas de un color sucio, mirando á la gente como si no la viese. Al llegar la noche le veréis levantarse con trabajo, y, apoyado en un bastón, dirigirse á una estrecha esquinita, entrar en una sucia casucha, encima de cuya puerta se lee en grandes letras rojas: FUMADERO PÚBLICO DE ANFION. Este es aquel capitán Tiago tan célebre, hoy completamente olvidado, hasta del mismo sacristán mayor.

Doña Victorina ha añadido á sus rizos postizos y á su andaluzamiento, si se nos permite la palabra, la nueva costumbre de querer guiar los caballos del coche, obligando á don Tiburcio á estarse quieto. Como por la debilidad de su vista sucedían muchas calamidades, ella usa ahora quevedos, que le dan un aspecto famoso. El doctor no ha vuelto á ser llamado para asistir á nadie; los criados le ven muchos días de la semana sin dientes, lo cual, como saben nuestros lectores, es de muy mal agüero.

Linares, único defensor de este desgraciado, hace tiempo descansa en Paco víctima de una disentería y de los malos tratamientos de su cuñada.

El victorioso alférez se fué á España de teniente con grado de comandante, dejando á su amable mujer en su camisa de franela, cuyo color es ya incalificable. La pobre Ariadna, al verse abandonada, se consagró también, como la hija de Minos, al culto de Baco y al cultivo del tabaco, y bebe y fuma con tal pasión, que ya la temen no sólo las jovencitas sino también las viejas y los chiquillos.

Vivirán probablemente aún nuestros conocidos del pueblo de San Diego, si es que no se han muerto en la explosión del vapor «Lipa», que hacía el viaje á la provincia. Como nadie se cuidó de saber quiénes fueron los infelices que en aquella catástrofe murieron, á quiénes pertenecieron las piernas y brazos desparramados en la isla de la Convalecencia y en las orillas del río, ignoramos por completo si entre ellos iba algún conocido de nuestros lectores. Estamos satisfechos, como el gobierno y la prensa de entonces, con saber que el único fraile que en el vapor estaba se ha salvado y no pedimos más. Lo principal para nosotros es la vida de los virtuosos sacerdotes, cuyo reinado en Filipinas conserve Dios para bien de nuestras almas.

De María Clara no se volvió á saber nada más, sino que el sepulcro parece la guarda en su seno. Hemos preguntado á varias personas de mucha influencia en el santo convento de Santa Clara, pero nadie nos ha querido decir una sola palabra, ni aun las charlatanas devotas, que reciben la famosa fritada de hígados de gallinas, y la salsa más famosa aún, llamada «de las monjas», preparada por la inteligente cocinera de las Vírgenes del Señor.

Sin embargo, una noche de Septiembre rugía el huracán y azotaba con sus gigantescas alas los edificios de Manila; el trueno retumbaba á cada instante; relámpagos y rayos alumbraban por momentos los estragos del vendaval y sumían á los habitantes en espantoso terror. La lluvia caía á torrentes. A la luz del relámpago ó del rayo que culebreaba se veía un pedazo de techo, una ventana volar por los aires, desplomarse con horrible estrépito: ni un coche, ni un caminante atravesaba las calles. Cuando el ronco eco del trueno, cien veces repercutido, se perdía á lo lejos, entonces se oía suspirar al viento, que arremolinaba la lluvia, produciendo un repetido trac-trac contra las conchas de las cerradas ventanas.

Dos guardias cobijábanse en un edificio que se construía cerca del convento: eran un soldado y un distinguido.

—¿Qué hacemos aquí?—decía el soldado;—nadie anda por la calle... debíamos irnos á una casa; mi querida vive en la calle del Arzobispo.

—De aquí allá hay buen trecho y nos mojaremos,—contesta el distinguido.

—¿Qué importa con tal que no mate el rayo?

—¡Bah! no tengas cuidado; las monjas deben tener un pararrayos para librarse.

—¡Sí!—dice el soldado;—¿pero de qué sirve si está la noche tan oscura?

Y levantó la vista hacia lo alto para ver en la oscuridad: en aquel momento brilló un relámpago repetido y seguido de un formidable trueno.

¡Naku! ¡Susmariósep!—exclamó el soldado persignándose, y estirando á su compañero:—¡vámonos de aquí!

—¿Qué te pasa?

—¡Vámonos, vámonos de aquí!—repitió castañeteándole los dientes de miedo.

—¿Qué has visto?

—¡Un fantasma!—murmuró todo tembloroso.

—¡Un fantasma?

—¡Sobre el tejado... debe ser la monja que recoge brasas durante la noche!

El distinguido sacó la cabeza y quiso ver.

Brilló otro relámpago y una vena de fuego surcó el cielo, dejándose oir un horrible estallido.

—¡Jesús!—exclamó persignándose también.

En efecto, á la brillante luz del meteoro había visto una figura blanca, de pie, casi sobre el caballete del tejado, dirigidos al cielo los brazos y la cara, como implorándole. ¡El cielo respondía con rayos y truenos!

Tras el trueno se oyó un quejido triste.

—¡No es el viento, es el fantasma!—murmuró el soldado como respondiendo á la presión de mano de su compañero.

—¡Ay! ¡ay!—cruzaba el aire sobreponiéndose al ruido de la lluvia: el viento no podía cubrir con sus silbidos aquella voz dulce y lastimera, llena de desconsuelo.

Brilló otro relámpago de una deslumbrante intensidad.

—¡No, no es fantasma!—exclamó el distinguido;—la he visto otra vez; es hermosa como la Virgen... ¡Vámonos de aquí y demos parte!

El soldado no se hizo repetir la invitación y ambos desaparecieron.

¿Quién gime en medio de la noche, á pesar del viento, de la lluvia y de la tempestad? ¿quién es la tímida virgen, la esposa de Jesucristo, que desafía los desencadenados elementos y escoge la tremenda noche y el libre cielo, para exhalar desde una peligrosa altura sus quejas á Dios? ¿Habrá abandonado el Señor su templo en el convento y no escucha ya las plegarias? ¿no dejarán tal vez sus bóvedas que la aspiración del alma suba hasta el trono del Misericordioso?

La tempestad se desencadenó furiosa durante casi toda la noche; durante la noche no brilló una sola estrella; los ayes desesperados, mezclados con los suspiros del viento, continuaron, pero hallaron sordos á la naturaleza y á los hombres: Dios se había velado y no oía.

Al día siguiente, cuando, despejado el cielo de oscuras nubes, el sol brilló de nuevo en medio del éter purificado, un coche se detenía á la puerta del convento de Santa Clara y descendía de él un hombre, que se dió á conocer como representante de la autoridad y pidió hablar inmediatamente con la abadesa y ver á todas las monjas.

Cuéntase que apareció una con el hábito todo mojado, hecho jirones, y pidió llorando el amparo del hombre contra las violencias de la hipocresía delatando horrores. Cuéntase también que era hermosísima, que tenía los más bellos y expresivos ojos que jamás se hayan visto.

El representante de la autoridad no la acogió: parlamentó con la abadesa y la abandonó á pesar de sus ruegos y lágrimas. La joven monja vió cerrarse la puerta detrás del hombre, como el condenado vería cerrarse para él las puertas del cielo, si alguna vez el cielo llegaba á ser tan cruel é insensible como los hombres. La abadesa decía que era una loca.

El hombre no sabría tal vez que en Manila hay un hospicio para dementes, ó acaso juzgaría que el convento de monjas era sólo un asilo de locas, aunque se pretende que aquel hombre era bastante ignorante, sobre todo para poder decidir cuándo una persona está en su juicio ó no.

Cuéntase también que el general señor J.—pensó de otra manera, y que cuando el hecho llegó á sus oídos, quiso proteger á la loca y la pidió.

Pero esta vez no apareció ninguna hermosa y desamparada joven, y la abadesa no permitió que se visitase el claustro, invocando para ello el nombre de la religión y los Santos Estatutos.

Del hecho no se volvió á hablar más, como tampoco de la infeliz María Clara.


Publicado el 13 de octubre de 2016 por Edu Robsy.
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