El Pirata

Joseph Conrad


Novela


Índice

El Pirata
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16

A G. Jean Aubry en prueba de amistad este relato de los últimos días de un Hermano de la Costa francés.

Capítulo 1

Después de entrar, al amanecer, en la dársena interior del puerto de Tolón, y una vez que intercambió a voz en grito unos saludos con uno de los botes de ronda de la flota, que le dirigió hasta el punto de anclaje, el artillero mayor Peyrol largó el ancla del arruinado buque a su cargo entre el arsenal y la ciudad, en plena perspectiva del muelle principal. El curso de su vida, que a cualquier persona le hubiera parecido llena de incidentes maravillosos (sólo que a él jamás le maravillaron), le había hecho tan reservado que ni siquiera dejó escapar un suspiro de alivio ante el estruendo de la cadena. Y, sin embargo, así concluían seis esforzados meses de errática travesía a bordo de un casco averiado, cargado de valiosa mercadería, casi siempre escaso de comida, siempre a la espera de los cruceros ingleses, una o dos veces al borde del naufragio y más de una al filo del abordaje. Pero en cuanto a este último, el viejo Peyrol había decidido al respecto, y desde el primer momento, hacer saltar su valiosa carga por los aires, sin que tal decisión representara para él perturbación alguna de su espíritu, forjado bajo el sol de los mares de la India en desaforados litigios con gentes de su ralea por un pequeño botín que se desvanecía tan pronto se cobraba, o, más aún, por la simple supervivencia, casi igualmente incierta en sus altibajos, a lo largo de los cincuenta y ocho ajetreados años que ahora contaba.

Mientras su tripulación de espantajos medio famélicos, duros como el pedernal y ávidos como lobos de las delicias de la costa, pululaba por lo alto de la arboladura plegando las velas, casi tan gastadas y parcheadas como sus propias camisas mugrientas, Peyrol contempló los grupos que se formaban a lo largo del muelle para ver el nuevo arribaje. Se fijó particularmente en un buen número de hombres con gorros rojos, y se dijo: «Ahí los tienes». Entre las tripulaciones de los barcos que habían llevado la tricolor hasta los mares de Oriente, se contaban por centenares los que profesaban los principios sans-culottes; siempre los había considerado unos arrogantes y jactanciosos pordioseros. Pero ahora tenía ante los ojos la casta de los que se habían quedado en tierra. Aquellos que habían asegurado la Revolución. Los auténticos revolucionarios. Después de contemplarlos un buen rato, volvió a su camarote con la intención de arreglarse para desembarcar.

Se rasuró las grandes mejillas con una navaja inglesa auténtica de la que se había apropiado años antes en el camarote del oficial de un navío que, en la ruta comercial de la India, había sido abordado por el barco en el que servía entonces. Se puso una camisa blanca, una chaquetilla azul de cuello alto y botones metálicos, y unos pantalones blancos que se ajustó con un pañuelo de colores a guisa de cinturón.

Tocado con un sombrero negro y brillante, no cabía la menor duda de que se trataba de todo un jefe de presa. Llamó a un barquero desde la toldilla y se hizo conducir hasta el muelle.

Cuando lo alcanzó, se percató de que el gentío había aumentado. Peyrol dejó que su mirada vagara sobre él sin mostrar mayor interés, aunque, de hecho, nunca en su vida había visto tantos blancos ociosos reunidos para mirar atentamente a un marino.

Pirata de los mares más remotos, Peyrol se había convertido en un extranjero en su propio país. Durante los pocos minutos que el barquero tardó en arrimarle a los escalones, se sintió como el navegante a punto de pisar una costa recién descubierta.

La chusma le rodeó de inmediato. La llegada de una presa capturada en aguas lejanas por una escuadra republicana no era un acontecimiento cotidiano en Tolón, y había dado lugar al desencadenamiento de insólitos rumores. Peyrol se abrió paso a codazos, pero sin conseguir desembarazarse de quienes le rodeaban.

—¿De dónde vienes, citoyen? —gritó de pronto una voz.

—Del otro lado del mundo —bramó Peyrol.

Sus seguidores no cejaron hasta que se encontró en la puerta de la Comandancia del Puerto. Allí se presentó a los oficiales adecuados como el jefe de la presa capturada a la altura de El Cabo por el ciudadano Renaud, comandante en jefe de la escuadra republicana en los mares de la India. Se le había ordenado poner proa a Dunquerque pero, según explicó, el encarnizado acoso de tres buques ingleses a lo largo de quince días, entre Cabo Verde y cabo Espartel, le había decidido a navegar hacia el Mediterráneo, donde, según lo que habían podido averiguar por un bergantín danés con el que se cruzaron, no había riesgo de topar con navíos de guerra británicos. Y aquí estaba, con los papeles de su barco y los suyos propios y con todo en orden. Mencionó también que se encontraba cansado de rodar por los mares y que ansiaba pasar un período de descanso en tierra firme. Pero mientras no se completaron los requisitos legales permaneció en Tolón, vagabundeando por las calles con paso sosegado, gozando de la consideración general hacia el ciudadano Peyrol y mirando a todo el mundo a la cara.

Su reticencia respecto a su pasado era de las que desencadenan un montón de historias misteriosas. Las autoridades marítimas de Tolón tenían, sin duda, una idea menos confusa sobre el pasado de Peyrol, aunque no por eso necesariamente más exacta. En las diversas oficinas que hubo de visitar para cumplir con sus obligaciones, los pobres amanuenses y hasta algunos jefes le miraban con prevención al verle entrar o salir, muy pulcramente vestido y siempre con una porra que solía dejar a la puerta de aquellos despachos a los que le llamaban para entrevistarse con uno u otro funcionario de cordones dorados. Pero Peyrol, que se había cortado la coleta y se había relacionado con algunos destacados patriotas jacobinos, prestaba poca atención a las miradas y murmuraciones de la gente. La persona que más cerca estuvo de alterar su compostura fue cierto capitán de la Marina, con un parche sobre un ojo y un raído uniforme, que desempeñaba un trabajo administrativo en la Comandancia del Puerto. Levantando la mirada de los papeles que examinaba, ese oficial le comentó bruscamente:

—De hecho se ha pasado usted casi toda la vida rebañando los mares. Y sea lo que sea por lo que se haga pasar, usted ha tenido que ser, en un momento dado, un desertor de la Armada.

Las grandes mejillas del artillero Peyrol ni siquiera temblaron.

—Si algo hubo de esa índole, habría tenido lugar en la época de los reyes y de los aristócratas —dijo, sin alterarse—. Ahora me encuentro aquí para notificar una presa, de acuerdo con los documentos oficiales del ciudadano Renaud, con mando en los mares de la India. También puedo proporcionarle los nombres de unos buenos republicanos de esta ciudad que están al tanto de mis sentimientos. Nadie puede decir que yo haya sido un contrarrevolucionario. Es cierto que los cuarenta y cinco años que he navegado por los mares orientales podrían ser considerados como algo irregulares. Pero permítame observarle que fueron los marinos que se quedaron en casa los que hicieron posible la entrada de los ingleses en el puerto de Tolón. —Hizo una pausa y añadió—: Si uno tiene eso presente, citoyen commandant, considerará que cualquier pequeño desliz en el que yo y la gente como yo hayamos podido incurrir, hace veinte años y a cinco mil leguas de aquí, no puede tener mucha importancia en estos tiempos de igualdad y fraternidad.

—Por lo que se refiere a la fraternidad —subrayó el funcionario de ajado uniforme—, la única que le ha de resultar familiar debe de ser la Hermandad de la Costa.

—Excepto los niños y los pusilánimes, todo el mundo en el océano Índico ha pertenecido a ella —dijo el imperturbable ciudadano Peyrol—. Y poníamos en práctica los principios republicanos mucho antes de que se pensara en la República, pues todos los Hermanos de la Costa eran iguales y elegían a sus propios jefes.

—No eran más que una banda abominable de rufianes sin ley —afirmó ponzoñosamente el funcionario, recostándose en la silla—. No osará usted negarlo.

El ciudadano Peyrol decidió no adoptar una actitud defensiva. Mencionó, simplemente y en un tono neutro, que cumplía con lo que le habían encomendado ante la Comandancia y, en cuanto a sus inclinaciones, aquellos a quienes concernía le habían provisto del correspondiente certificado de civismo. Él era un patriota y eso le ponía a cubierto de cualquier sospecha. El funcionario le despidió con un gesto de cabeza y él recogió su porra y salió del edificio con el sosiego de una conciencia tranquila. Su rostro de facciones romanas no reveló emoción alguna ante los cuchicheos que su paso produjo entre los miserables plumíferos. Cuando salió a la calle miró a la gente a la cara, como era habitual en él, pero esa misma tarde abandonó Tolón. No lo hizo porque se sintiera amenazado en modo alguno. A ese respecto su mente se encontraba tan serena como radiante su rostro. Nadie sabía lo que habían sido los cuarenta años o más que había estado en el mar. Él era el único que podía hablar de ellos. Y en cuanto a eso, no estaba dispuesto a decir más de lo que le había dicho al inquisitivo capitán con el parche sobre un ojo. Pero tampoco quería verse preocupado por ninguna otra razón, ni mucho menos verse, quizá, alistado en la flota que se disponía a salir de Tolón. De manera que, al atardecer, cruzó la puerta del camino a Fréjus encaramado en una carreta de dos ruedas perteneciente a un conocido campesino que vivía en aquella dirección. Unos cuantos patriotas zarrapastrosos, que contrató en la calle con tal fin, se encargaron de colocar en la carreta sus efectos personales, y fue con ellos con quienes cometió su única indiscreción al pagarles su trabajo con un buen puñado de asignados. Pero partiendo de un marino de aspecto tan próspero, su generosidad no resultó comprometedora.

Después, apoyándose en una de las ruedas, se subió a la carreta con un movimiento tan lento y cuidadoso que el campesino no pudo por menos de exclamar alegremente:

—¡Ah, ya no somos tan jóvenes... ninguno de los dos!

—Y yo además con esta condenada herida... —replicó el ciudadano Peyrol, dejándose caer pesadamente.

Y así, de carreta en carreta, avanzando envuelto en una nube de polvo entre muros de piedra y a través de pequeñas aldeas que le resultaban conocidas de los días de su infancia, en un paisaje de colinas pedregosas, rocas descoloridas y verdes olivos polvorientos, el ciudadano Peyrol siguió sin ninguna otra molestia, hasta bajarse torpemente en el patio de una posada en las inmediaciones de la ciudad de Hyères. El sol se ponía por la derecha. Cerca de un grupo de pinos oscuros, cuyos troncos se veían enrojecidos por el crepúsculo, distinguió un sendero trillado que se dirigía hacia el mar.

Ése era el punto en el que el ciudadano Peyrol había decidido abandonar la carretera principal. Cada uno de los rasgos del lugar, con sus oscuras elevaciones boscosas, los amplios eriales pedregosos y los sombríos arbustos que surgían a su izquierda, le atraían con una suerte de extraña familiaridad, pues nada había cambiado desde los días de su infancia. Hasta los mismos surcos de los carros, profundamente tallados en el suelo de piedra, conservaban su propia fisonomía. Y a lo lejos, como una hebra azul, el mar de la rada de Hyères con una protuberancia añil, aún más allá, que era la isla de Porquerolles. Él tenía la idea de que había nacido en Porquerolles, pero, en realidad, no estaba muy seguro. La noción de un padre no tenía nada que ver con su conciencia. Lo único que recordaba de sus padres era una mujer alta, delgada, morena y harapienta que era su madre. Por entonces trabajaban juntos en una granja del interior y podía recordarla a retazos recogiendo aceitunas, quitando piedras de un campo o manejando el estiércol con una horca como si fuera un hombre, incansable y vigorosa, con mechones de cabello gris flotando alrededor de su rostro huesudo. Y también se acordaba de él mismo corriendo descalzo junto a una bandada de pavos, prácticamente desnudo. Por la noche, y con permiso del granjero, dormían en una especie de establo ruinoso, construido con piedras y con sólo la mitad del tejado, acurrucados juntos en el suelo, sobre un poco de paja. Sobre un haz de paja se había agitado su madre durante dos días hasta morir una noche. En la oscuridad, su silencio y la frialdad de su rostro le sobresaltaron de una manera espantosa. Suponía que la habían enterrado, pero no lo sabía a ciencia cierta, pues echó a correr empavorecido y no se detuvo hasta llegar a un punto de la costa llamado Almanarre. Los perros que vagaban por la playa le aterrorizaron aún más y se escondió en una tartana en la que no había nadie. Unos cuantos sacos vacíos le parecieron un lecho magnífico y, absolutamente agotado, se quedó dormido como una piedra. La tripulación regresó en algún momento de la noche y la tartana zarpó hacia Marsella. Y entonces tuvo lugar otro susto espantoso, pues se vio arrastrado de repente por el cuello sobre la cubierta, donde le preguntaron quién diablos era y qué demonios hacía allí. Pero en aquella ocasión la fuga resultaba imposible. Sólo había agua a su alrededor y todo, incluida la costa, no muy lejana, se balanceaba de la manera más alarmante. Intentó explicar a aquellos tres barbudos que trabajaba en la hacienda de Peyrol, pues así se llamaba el granjero, y el niño ignoraba hasta su propio nombre. Como ni siquiera sabía hablar correctamente, lo más probable es que no atinara a hacerse entender. De manera que le adjudicaron el nombre de Peyrol y con él se quedó para toda la vida.

Ahí se detenían los recuerdos de su país natal, oscurecidos por otros en los que se encadenaban multitud de impresiones de océanos infinitos, el canal de Mozambique, árabes y negros, Madagascar, la costa de la India, islas, canales y arrecifes, combates en alta mar y pendencias en tierra firme, matanzas desesperadas, una sed inaudita, navíos de toda suerte, mercantes, fragatas y corsarios, hombres temerarios y juergas descomunales. En el curso de los años aprendió a hablar de forma inteligente y a pensar con coherencia e, incluso, hasta cierto punto, a leer y a escribir. El nombre del granjero Peyrol, asignado a su persona en reconocimiento a su incapacidad para dar razón de sí mismo, adquirió una cierta fama en los puertos de Oriente y, más discretamente, entre los Hermanos de la Costa, esa fraternidad con algo de masonería y no poco de piratería en sus reglamentos. Las palabras República, Nación, Tiranía, Libertad, Igualdad y Fraternidad, así como el culto al Ser Supremo, doblaron el cabo de las Tormentas, que es también el de Buena Esperanza, a bordo de los barcos que venían de la patria: nuevos gritos e ideas que no alteraron el lento desarrollo de la inteligencia del artillero Peyrol. Parecían ser cosas de los hombres de tierra firme, de quienes Peyrol, el marino, tenía muy poca, por no decir nula, idea. Y ahora, tras casi cincuenta años de vivir en el mar, a uno y a otro lado de la ley, el ciudadano Peyrol contemplaba, en el patio de una posada caminera, el último escenario de su infancia.

Lo que veía no le causaba animosidad sino confusión, pues no sabía muy bien cómo orientarse respecto al paisaje. «Debe de ser en esa dirección», pensó de una manera vaga. Decididamente, no seguiría el curso de la carretera... Unas pocas yardas más allá, la mujer de la posada le contemplaba bajo la impresión que producían las buenas ropas, las grandes mejillas afeitadas y el aire acomodado de aquel marino. Peyrol se percató súbitamente de su presencia. Por la ansiedad de su rostro, el gris de sus guedejas y su rústica apariencia, hubiera podido ser su madre, tal cual él la recordaba, con la salvedad de que aquella mujer no se cubría de harapos.

—¡Eh, la mère! —gritó Peyrol—. ¿No habrá un hombre que me ayude a meter mi baúl en la casa?

Se le veía tan dueño de sí mismo, tan autoritario, que la voz aguda de la mujer le respondió sin vacilación:

—Mais oui, citoyen. Estará aquí en un momento.

En la oscuridad crepuscular, el bosquecillo del otro lado de la carretera contrastaba con la serena claridad del cielo, y el ciudadano Peyrol contempló con la mayor apacibilidad posible el teatro de sus míseros comienzos. Aquí estaba, tras casi cincuenta años, y por lo que le rodeaba, parecía que hubiera sido ayer. No sentía cariño ni resentimiento; sólo una ligera alegría. Y lo que le pareció más divertido fue el pensamiento que entonces cruzó por su cabeza: si tuviera el capricho de hacerse con toda aquella tierra, podría comprar hasta el campo más distante, hasta más allá de donde el sendero se hundía en los eriales que bordeaban el mar, justo en el punto en el que la pequeña elevación del final de la península de Giens asumía el aspecto de una nube negra.

—¡Dígame, amigo! —preguntó con voz autoritaria al campesino de cabello enmarañado que aguardaba para cumplir su voluntad—. ¿Acaso no conduce ese sendero a Almanarre?

—Sí —respondió el campesino con el tono de un hombre poco acostumbrado a hablar—. A Almanarre y a la laguna que se encuentra donde termina la tierra, en cabo Esterel.

Peyrol escuchaba con su gran oreja peluda y plana. «Si yo hubiese permanecido aquí, hablaría como él», pensó. Y le preguntó en voz alta:

—¿Hay casas allá, donde termina la tierra?

—Una aldea... Nada, como quien dice. Unas cuantas casas alrededor de una iglesia y una venta donde antes le daban a uno un vaso de vino.

Capítulo 2

El ciudadano Peyrol permaneció en el patio de la posada hasta que la noche difuminó los detalles del panorama que contemplaba. Y una vez que la luz diurna se hubo apagado, él siguió mirando en la oscuridad, aunque lo único que distinguía era el blanco sendero que corría a sus pies y las oscuras copas de los pinos entre los que se hundía el camino al avanzar hacia el mar. No entró en la posada hasta que la abandonaron unos carreteros, que después de beber unas copas se alejaron en sus carretas de dos ruedas, cargadas de barricas de vino vacías, camino de Fréjus. La circunstancia de que no pernoctaran allí satisfizo a Peyrol, que cenó solo, en silencio, con una grave compostura que impresionó a aquella anciana que le recordaba a su madre. Terminada la pipa, y dueño de un candil con una vela, el ciudadano Peyrol subió a reunirse con su equipaje. La escalera crujió bajo sus pesados pasos como si llevara un fardo al hombro. Apenas pisó la habitación, cerró los postigos cuidadosamente, como si temiera al relente de la noche. Después cerró la puerta con cerrojo y, sentándose en el suelo, con el candil colocado entre las piernas bien abiertas, comenzó a desvestirse, tirando la chaqueta al suelo y quitándose apresuradamente la camisa. El secreto de sus pesados movimientos se puso de manifiesto entonces: directamente sobre la piel —como lleva su cilicio el piadoso penitente— llevaba una especie de chaleco hecho con dos piezas de vela de barco, como si fuera un colchón cosido con bramante. Tres botones de cuero cerraban el pecho de la prenda. Los desabrochó y se desembarazó de los tirantes que impedían que aquella curiosa invención se desprendiera de sus hombros. Una vez desnudos su fuerte torso y sus brazos de piel blanca cubierta por una profusión de tatuajes, Peyrol inspiró profundamente para aliviar el agobio de su pecho, cuya piel enrojecida parecía haber soportado una cataplasma de sal y pimienta. Y no sólo el pecho del ciudadano Peyrol se ensanchó entonces hasta la plenitud de su capacidad atlética, sino que también se transformó su fisonomía, pues su grave expresión no era otra cosa que el resultado de la incomodidad física. No es grano de anís andar con las costillas oprimidas y con un montón de monedas extranjeras, de un peso igual al de sesenta o setenta mil francos en metálico, colgado de los hombros. La experiencia de Peyrol con el papel moneda de la República le había hecho preferir su equivalencia en metálico, aunque eso le obligara a acarrear mil o dos mil monedas. Las suficientes, en cualquier caso, como para justificar el capricho que le sobrevino cuando contemplaba el paisaje a la luz del crepúsculo de comprar toda aquella tierra en la que había nacido, con sus casas, bosques, vides, olivos, huertos, rocas y lagunas de agua salada. Todo lo que estaba a la vista, incluidos los animales. Pero la tierra no le importaba en absoluto. No deseaba poseer parte alguna de una tierra a la que no quería. Todo lo que deseaba era un rincón tranquilo y oscuro, a cubierto de la mirada de los hombres, en el que pudiera cavar un agujero para pasar desapercibido.

Un proyecto que convendría llevar rápidamente a cabo, según reflexionó. Uno no puede vivir indefinidamente con un tesoro pegado al pecho. Mientras tanto, aquel absoluto extranjero en su país natal, para quien llegar allí se había convertido en el más grande episodio de una vida aventurera, colocó su chaqueta sobre el chaleco enrollado y apoyó en ella la cabeza tras apagar la candela. La noche era cálida. El suelo de la habitación no era de baldosas, sino de tablas, y ése era un lecho en el que él no se sentía extranjero. Con su porra al alcance de la mano, Peyrol durmió profundamente hasta que los ruidos y las voces de la casa y de la carretera le despertaron, poco después del amanecer. Abrió los postigos y recibió la luz de la mañana y la brisa matinal con la satisfecha holganza que en un hombre de mar resulta inseparable del hecho de encontrarse en tierra firme. Nada inquietaba sus pensamientos, y aunque su fisonomía estaba lejos de parecer despreocupada, no tenía el aspecto de una profunda meditación.

Sólo la más pura casualidad le había llevado, en el transcurso de una travesía, a descubrir en el doble fondo de una gaveta del navío apresado dos bolsas con diversas monedas: mohurs de oro, ducados holandeses, piezas españolas, guineas inglesas. El descubrimiento no le infundió duda alguna. Cualquier botín, grande o pequeño, era un hecho natural en su vida de filibustero. Y el que la fuerza de las cosas le hubiera convertido en artillero mayor de la Marina no tenía por qué dar lugar a que entregara su hallazgo a los condenados funcionarios de tierra firme, simples tiburones, hambrientos plumíferos que sólo aprovecharían su gesto en su propio beneficio. En cuanto a compartirlo con su tripulación (compuesta por malas personas), Peyrol era demasiado sabio como para hacer nada semejante. Una vez puestos al tanto, sus compañeros no habrían tenido el más mínimo escrúpulo en rebanarle el cuello. Un viejo corsario luchador, un Hermano de la Costa, tenía más derecho que nadie a ese botín. Así que durante el resto de la travesía pasó sus ratos libres encerrado en su camarote, confeccionando el ingenioso chaleco de vela con el que le sería posible trasladar su tesoro secretamente a tierra firme. Era una prenda voluminosa, pero sus ropas eran holgadas, y ningún miserable aduanero osaría poner las manos encima de un afortunado jefe de presa que se dirigía a la Comandancia del Puerto para presentar en ella su informe. El plan dio resultado. Sin embargo, la prenda secreta —que valía su peso en oro, literalmente— resultó más insoportable de lo que imaginara. Fatigaba su cuerpo y hasta deprimía su espíritu de algún modo. Eso le hizo menos activo y menos comunicativo y le obligó a tener siempre presente que debía mantenerse alejado de todo tipo de problemas —ya fueran pendencias, familiaridades o jolgorios promiscuos—. Tal había sido la razón de su anhelo por abandonar la ciudad. No obstante, durmió el sueño de los justos apenas reposó la cabeza sobre su tesoro.

Al día siguiente, empero, decidió prescindir del preciado chaleco y, con una mezcla de negligencia marina y de arraigada confianza en su suerte, lo depositó en el cañón de la vacía chimenea. Después se vistió y desayunó. Una hora más tarde, sobre una mula de alquiler, descendió por el sendero con la misma tranquilidad con la que solía explorar los misterios de una isla desierta.

Su destino era el final de la península que, avanzando sobre el mar como un dique colosal, separaba la pintoresca dársena de Hères de los promontorios y de las curvas que constituían las inmediaciones del puerto de Tolón. El camino que tomó la mula (pues una vez que la encarriló, Peyrol se olvidó de dirigirla) descendía rápidamente hacia una llanura de árido aspecto. Las blancas salinas resplandecían a lo lejos, contorneadas por unas colinas azuladas de escasa altura. Todo rasgo de vida humana desapareció pronto ante sus ojos errantes... Aquella parte de su país natal le resultaba más extraña que las orillas del canal de Mozambique, las corrientes coralinas de la India o los bosques de Madagascar. Poco después se encontró en el istmo de la península de Giens, impregnada de sal y con una laguna en el centro, particularmente azul, más oscura y aún más tranquila que las extensiones de mar a izquierda y derecha, separadas por angostas franjas de tierra que en algunos lugares no tenían más de cien yardas de anchura. El sendero casi desaparecía entonces, los surcos de las ruedas se borraban y sólo se veían manchas de sal, blanca como la nieve, entre esqueléticos matojos de hierba y arbustos de aspecto particularmente mortecino. Todo aquel istmo de tierra era tan bajo que no parecía más espeso que una hoja de papel depositada sobre el mar. Al nivel de sus ojos, como si se encontrara una almadía, el ciudadano Peyrol contempló varios tipos de velas, unas blancas y otras marrones, mientras que a su frente, más allá de una ancha faja de agua, se levantaba, indolente y robusta, su isla natal de Porquerolles. La mula, que conocía bastante mejor que el ciudadano Peyrol el punto al que se dirigía, le condujo entre suaves elevaciones de terreno hasta el final de la península. Los repechos se veían cubiertos de una hierba exigua. Las serpenteantes cercas de piedra que servían de límite cruzaban los campos y sobre ellas, aquí y allá, asomaban unos tejados rojos sombreados por las copas de delicadas acacias. A una vuelta del barranco apareció una aldea con sus pocas casas, casi todas sin ventanas en el muro que daba al sendero y, en principio, sin la menor huella humana. Tres altos plátanos, de corteza hecha jirones y muy pobre follaje, se agrupaban en un calvero, y el ánimo del ciudadano Peyrol se alegró a la vista del perro que dormía a su sombra. La mula se desvió con gran firmeza hacia un enorme abrevadero de piedra bajo la fuente de la aldea. Mientras bebía, Peyrol miró a su alrededor desde la montura y no vio rastro de posada alguna. Luego, examinando el terreno más cercano, vio a un hombre harapiento sentado en una piedra. Llevaba un ancho cinturón de cuero y sus piernas estaban desnudas hasta la rodilla. Su mirada examinaba con dura sorpresa al caballero montado en la mula. El oscuro color de avellana de su rostro contrastaba fuertemente con su cabello gris. Peyrol hizo un gesto y el hombre se acercó de buen grado, sin que se alterase el duro carácter de su mirada.

El inopinado pensamiento de que si él hubiera permanecido allí sería probablemente como aquel hombre cruzó la mente de Peyrol. Con la gravedad de la que raramente prescindía, le preguntó si en la aldea vivía alguien más que él mismo.

Y entonces, ante la sorpresa de Peyrol, aquel ocioso desharrapado sonrió agradablemente y dijo que la gente había salido a trabajar en sus parcelas de tierra.

Pero aún quedaba en Peyrol lo suficiente del campesino nato como para subrayar que hacía horas que no veía hombre, mujer, niño o bestia de cuatro patas, y que difícilmente hubiera pensado en la posibilidad de que hubiese por allí lote alguno de tierra para trabajar. Pero el otro insistió. En cualquier caso, todos habían salido a trabajar, al menos los que tenían donde hacerlo.

Al ruido de las voces el perro se levantó con un aire extraño, como si todo él fuese espinazo, y, acercándose con lúgubre fidelidad, permaneció con el morro pegado a los pantalones de su amo.

—Y usted —dijo Peyrol—. Usted, ¿no tiene tierra?

El hombre tardó en contestar:

—Tengo un bote.

Peyrol comenzó a interesarse cuando el hombre le explicó que su bote se encontraba en la alberca salada, aquella enorme, desierta y opaca sábana de agua muerta entre dos grandes bahías de mar vivo. Peyrol se preguntó en voz alta para qué querría alguien tener un bote allí.

—Hay peces —dijo el hombre.

—Y ese bote ¿es lo único que tiene usted? —preguntó Peyrol. Las moscas zumbaban y la mula agachó la cabeza, movió las orejas y agitó suavemente el rabo.

—Tengo una especie de choza junto a la laguna y una red o dos —confesó, por decirlo así, el hombre.

Peyrol miró hacia abajo y completó la lista de sus pertenencias:

—Y este perro.

El hombre tardó de nuevo en contestar.

—Me hace compañía.

Peyrol permaneció sentado tan serio como un juez.

—No tiene usted mucho para ganarse la vida... —dijo al fin—: ¿No hay por aquí una posada, un café o algún sitio donde pueda alojarse uno por un día? He oído hablar de un sitio semejante.

—Se lo mostraré —dijo el hombre, que regresó al punto donde había estado sentado, recogió un gran cesto vacío y emprendió la marcha.

Su perro le siguió, con la cola y la cabeza gachas, y tras ellos se puso en camino Peyrol, rozando con los talones los flancos de la inteligente mula, que parecía conocer de antemano todo lo que había de ocurrir. En la esquina en la que terminaban las casas se levantaba una vieja cruz de madera empotrada en un bloque cuadrado de piedra. El solitario barquero de la laguna de Pesquiers señaló una bifurcación por la que las últimas elevaciones de la península se hundían en un paso no muy profundo.

Había unos pinos que se recortaban contra el cielo, y en el paso, los retazos opacos, de un verde plateado, de los olivares bajo una larga tapia amarilla flanqueada por oscuros cipreses, y los rojos tejados de lo que parecía ser una granja.

—¿Me alojarán allí? —preguntó Peyrol.

—No lo sé. Lo cierto es que tienen muchas habitaciones. Ahora ya no pasan viajeros por aquí. Pero si busca un sitio donde descansar, eso es lo que era. No perderá usted nada con acercarse. Si él no está, ella le atenderá. Es del lugar. Nació aquí. Sabemos todo acerca de ella.

—¿Qué tipo de mujer es? —preguntó el ciudadano Peyrol, gratamente impresionado por el aspecto del lugar.

—Acérquese y lo comprobará usted mismo. Es joven.

—¿Y el marido? —preguntó Peyrol, que al bajar la vista para encontrarse con la firme mirada de su interlocutor, percibió una pequeña vacilación en sus ojos marrones, ligeramente mortecinos—. ¿Por qué me mira así? ¿Acaso tengo la piel negra?

El otro sonrió, mostrando en su rostro salpimentado unos dientes tan sanos como los del propio ciudadano Peyrol. Había en su porte algo de turbación, pero no hostilidad, y la frase que pronunció hizo que Peyrol descubriera que el hombre que tenía ante sí, aquel solitario hirsuto, aquel ser humano tostado y en pernetas, situado junto a su estribo, abrigaba patrióticas sospechas en cuanto a su identidad. Y eso le pareció injurioso. De manera que con su más severo tono de voz quiso saber si acaso le tomaba por un condenado terrateniente. Y sin perder un ápice de su dignidad ni de su apostura agregó a sus palabras un juramento.

—No parece usted un aristócrata, pero tampoco parece un labrador, ni un buhonero, ni un patriota. No se parece usted a nada de lo que hayamos podido ver por aquí en años y años y años. Usted parece... Casi me atrevería a asegurar que usted es un cura.

El estupor petrificó a Peyrol sobre la mula. «¿Estoy soñando?», se preguntó mentalmente.

—¿Está usted loco? —dijo en voz alta—. ¿Sabe usted lo que está diciendo? ¿No le da vergüenza?

Pero el otro insistió inocentemente.

—Hace bastante menos de diez años vi a uno de esos que llaman obispos. Tenía una cara exactamente igual que la suya.

Peyrol se pasó instintivamente una mano por la cara. ¿Qué es lo que podía tener en ella? Ni siquiera le era posible recordar si había visto algún obispo en su vida.

Pero su interlocutor no estaba dispuesto a abandonar el tema, pues, frunciendo el ceño, murmuró:

—También vi a otros... Los recuerdo perfectamente... No hace tantos años.

Andaban escondiéndose por las aldeas, huyendo de la caza que les daban los patriotas...

A través de la perfecta quietud del aire, el sol brillaba sobre las piedras, sobre los guijarros, sobre los arbustos. La mula, desdeñando con republicana austeridad la proximidad de un establo situado a menos de ciento veinte yardas, había agachado la cabeza y hasta las orejas, y dormitaba como si se encontrara en medio de un desierto.

El perro, cual si se hubiera petrificado a los pies de su amo, también parecía dormitar con el hocico pegado al suelo. Peyrol estaba sumido en una honda meditación, y el barquero de la laguna aguardaba la disipación de sus dudas sin impaciencia y con algo parecido a una sonrisa en la espesura de su barba. El rostro de Peyrol se iluminó.

Había resuelto el problema, aun cuando en su tono se mantuvo una sombra de vejación.

—Bueno, qué se le va a hacer —dijo—. Aprendí a afeitarme de los ingleses.

Supongo que eso lo explica todo.

Al oír mencionar a los ingleses el barquero aguzó el oído.

—Cualquiera sabe dónde se habrán metido —murmuró—. Hace sólo tres años pululaban con sus grandes barcos por esta costa. Sólo se les veía a ellos, luchando en tierra alrededor de Tolón. De repente, en una o dos semanas... ¡crac! Nadie. Se escabulleron, el diablo sabe a dónde. Aunque quizá usted lo sepa.

—¡Oh, sí! Lo sé todo acerca de los ingleses —dijo Peyrol—. No se preocupe por eso.

—No me preocupo. Es usted quien debe pensar en lo que le dirá cuando le vea.

Me refiero al dueño de la granja.

—No creo que sea mejor patriota que yo, por mucho que yo me afeite —dijo Peyrol—. Eso sólo llama la atención de un salvaje como usted.

Con un suspiro inesperado, el hombre se sentó al pie de la cruz e, inmediatamente, el perro se separó un poco y se enroscó entre los matojos de hierba.

—Todos los de por aquí somos un poco salvajes —dijo el infeliz pescador de la laguna—. Pero el dueño de la granja es un verdadero patriota de la ciudad. Si alguna vez fuera usted a Tolón y preguntara por él a la gente, se lo dirían. Primero, cuando se dedicaron a purificar la ciudad de todos los aristócratas, él se dedicó con todas sus fuerzas a abastecer a la guillotina. Eso fue incluso antes de que llegaran los ingleses.

Después, cuando los ingleses desaparecieron, la guillotina ya no pudo dar abasto.

Tenían que matar a los traidores en las calles, en las bodegas, en el lecho. Cadáveres de hombres y mujeres se apilaban en los muelles. Hubo muchos como él que se ganaron el nombre de bebedores de sangre. Y él fue uno de los mejores. Yo me limito a contárselo.

Peyrol asintió con la cabeza.

—Me parece muy bien —dijo. Y antes de que pudiera tirar delas riendas y aplicar sus talones a los flancos de la mula, ésta se puso en movimiento como si sólo hubiera estado esperando a oír esas palabras para hacerlo.

En menos de cinco minutos Peyrol se encontró desmontando frente al a la larga y baja de una elevada casa de campo con muy pocas ventanas y rodeada por muros de piedra que, aparentemente, no sólo delimitaban el patio, sino también un campo o dos. Un portillo se abría a su izquierda, pero Peyrol desmontó ante la puerta, por la cual penetró en una habitación desnuda, de paredes toscamente enjalbegadas, con unas cuantas sillas y mesas de madera que sugerían la apariencia de un café rústico.

Golpeó en una mesa con los nudillos, y una joven de cabellos negros y labios rojos, con un fichu al cuello y una falda a rayas blancas y rojas, apareció por una puerta.

—Bonjour, citoyenne —dijo Peyrol.

La joven se quedó tan sorprendida por el insólito aspecto de aquel extranjero, que sólo atinó a musitar «Bonjour», pero un momento después avanzó unos pasos y se quedó expectante. El óvalo perfecto de su rostro, el color de sus suaves mejillas y la blancura de su cuello hicieron que el ciudadano Peyrol emitiera un tenue siseo entre sus dientes apretados.

—Estoy sediento, naturalmente Pero lo que quiero en realidad es saber si me puedo alojar aquí.

El sonido de los cascos de la mula puso a Peyrol en movimiento, pero la mujer le detuvo.

—Es que conoce el camino y se dirige al establo. En cuanto a lo que dice, el patrón llegará en un momento. Nadie pasa por aquí. ¿Cuánto tiempo querría quedarse usted?

El viejo pirata de los mares la miró de hito en hito.

—En verdad, citoyenne, quizá de por vida.

Ella sonrió con un fugaz resplandor de los dientes, pero sin jovialidad y sin que se percibiera cambio alguno en sus ojos, que inquietos recorrían la vacía habitación como si Peyrol se viera acompañado por un séquito de sombras.

—Como yo —dijo—. Yo viví aquí de niña.

—Poca cosa más eres —dijo Peyrol, examinándola con un sentimiento que ya no era de sorpresa o curiosidad, sino que parecía aflorar del mismo pecho.

—¿Es usted un patriota? —preguntó ella, sin dejar de investigar la invisible compañía de la habitación.

Peyrol, que pensaba haber acabado con todo aquel absurdo embrollo, se sintió irritado y desconcertado.

—Soy un francés —respondió bruscamente.

—¡Arlette! —gritó la voz de una anciana a través de la puerta abierta que daba al interior.

—¿Qué quieres? —respondió ella prontamente.

—Una mula ensillada se ha metido en el patio.

—No te preocupes. Su jinete está aquí —sus ojos, que se habían tranquilizado, comenzaron de nuevo a investigar al inmóvil Peyrol. Dio un paso hacia él y en un tono bajo y confidencial le preguntó—: ¿Ha llevado alguna vez la cabeza de una mujer en lo alto de una pica?

Peyrol, que había visto combates, masacres en la tierra y en el mar y ciudades saqueadas por guerreros salvajes, que había matado atacando y defendiéndose, se vio privado del habla ante aquella sencilla pregunta, e impulsado, después, a hablar amargamente.

—No. He oído alardear de haberlo hecho. Quienes lo hacían eran mayormente bravucones de apocado corazón. Pero ¿qué tiene que ver eso contigo?

Ella no le escuchaba. El filo de sus blancos dientes iguales presionaba su labio inferior, y sus ojos no descansaban nunca. Peyrol recordó súbitamente al sans-culotte, el bebedor de sangre. ¿Era posible que él fuese su marido?... Bueno, quizá fuese posible. No lo podía asegurar, y eso le hizo sentirse profundamente incompetente. En cuanto a atrapar su mirada, hubiera sido como intentar coger con las manos una ave marina salvaje. Toda ella era una ave marina: imposible de asir. Pero Peyrol sabía ser paciente, con esa paciencia que tantas veces resulta una forma del coraje. Se le conocía por eso y le había venido muy bien en varias situaciones peligrosas. Una vez llegó a salvarle la vida. Pocas cosas como la paciencia. Podía esperar. Y esperó. Y súbitamente, como amansada por su paciencia, aquella extraña criatura bajó los párpados, avanzó hasta ponerse junto a él y comenzó a juguetear con la solapa de su casaca como podría haberlo hecho un niño pequeño. Peyrol se quedó con la boca abierta por la sorpresa, pero permaneció inmóvil, dispuesto incluso a dejar de respirar. Se sentía embargado por una suave emoción indefinida, y no tuvo que forzar una sonrisa al ver cómo las negras pestañas de la chiquilla reposaban como sombras sobre sus pálidas mejillas. Pasado el primer momento, dejó de sentirse sorprendido.

Sólo le había alarmado el movimiento súbito, no la naturaleza de la acción misma.

—Sí. Se puede quedar. Creo que seremos amigos. Yo le hablaré de la Revolución.

Ante aquellas palabras, Peyrol, el hombre violento y de acción, sintió que un soplo helado le recorría la nuca.

—¿Qué hay de bueno en eso? —preguntó.

—Algo ha de haber —dijo ella. Luego retrocedió rápidamente y, sin levantar los ojos, giró sobre sus talones y desapareció en un instante, como si no hubiera rozado el suelo con los pies.

Peyrol miró a la puerta abierta de la cocina, y al cabo de un momento vio la cabeza de una anciana de hundidas mejillas marrones, cubierta con un pañuelo de colores, que le miraba con aprensión.

—Una botella de vino, por favor —le gritó Peyrol.

Capítulo 3

El hábito, común a todos los marinos, de no sorprenderse ante nada de lo que pueda ocurrir en tierra o mar, se había convertido en Peyrol en una segunda naturaleza.

Habituado desde la niñez a prescindir de todo signo de admiración ante los más extraordinarios acontecimientos, la gente más extraña, las más extrañas costumbres y los más inquietantes fenómenos de la naturaleza (como, por ejemplo, los que ponían de manifiesto la violencia de los volcanes o la furia de los seres humanos), Peyrol se había convertido en un hombre indiferente 0, quizá, sólo extremadamente inexpresivo. Había visto tantas cosas extravagantes o atroces y había oído tantas historias pasmosas, que su reacción mental ante una nueva experiencia se formulaba, por lo general, en los términos J’en ai vu bien d’autres. El último incidente ante el que se había visto tocado por el pánico de lo sobrenatural fue la muerte, bajo un montón de harapos, de aquella mujer demacrada y vigorosa que había sido su madre; y lo último en sobrecogerle casi el ánimo, cuando tenía doce años, con otro tipo de terror, fue el fragor tumultuoso de la muchedumbre en los muelles de Marsella, algo absolutamente inimaginable que le impulsó a refugiarse tras un rimero de sacos de trigo apenas puso pie en tierra después de huir de la tartana. Allí se quedó, temblando, hasta que un hombre con sombrero de tres picos y sable a la cintura (el muchacho no había visto tal sombrero ni tal sable en su vida) le sacó de su escondrijo arrastrándole por el sobaco; un hombre que podía haber sido un ogro (aunque Peyrol no había oído nunca hablar de un ogro), pero que, en cualquier caso y por sus propios méritos, resultaba más inquietante y maravilloso que todo lo que el chiquillo hubiera podido imaginar, si la facultad de la imaginación se hubiera visto desarrollada en él.

Todo aquello era, sin duda, suficiente para morir de miedo, pero esa posibilidad no se le ocurrió jamás. Ni se murió ni se volvió loco. Como era sólo un niño, se adaptó en veinticuatro horas a las nuevas e inexplicables condiciones de la vida, aceptándolas con la más pasiva aquiescencia. Después de una iniciación de tal índole, el resto de su vida, desde los peces voladores a las ballenas, y de ahí a los negros y los arrecifes de coral, a las cubiertas encharcadas en sangre y a la sed en alta mar, podía considerarse como una navegación viento en popa. Así que cuando llegó a la época en que, por boca de los marinos y viajeros y por las revistas atrasadas que llegaban de Europa, oyó hablar de la Revolución en Francia y de ciertos principios inmortales que llevaban a la muerte a un buen número de personas, se hallaba ya preparado para apreciar a su manera la historia contemporánea. Fue testigo, también, de un par de motines, y vio echar a los oficiales por la borda, y en cada ocasión estaba de un lado diferente. En este caso no tomó partido por una u otra facción. El problema le venía demasiado grande y le parecía demasiado remoto como para poder discernirlo con claridad. Pero dominó el argot revolucionario con la suficiente rapidez como para utilizarlo de vez en cuando, y no sin un secreto desdén. Todos los avatares sufridos, desde el maleficio de una enloquecida pasión por una muchacha amarilla hasta la traición de un amigo y camarada (y Peyrol hubo de admitir su incapacidad para comprender tanto lo uno como lo otro), unidos a una variada gama de experiencias en cuanto a los hombres y sus pasiones, conformaron en Peyrol un punto de desprecio universal que actuó siempre como un maravilloso sedante en la extraña mezcla que constituía lo que podría llamarse su alma.

De manera que no mostró ni sintió sorpresa alguna cuando apareció el patrón de la granja de Escampobar. Sentado en la desnuda salle, ante una botella de vino, el desamparado Peyrol se encontraba en el acto de levantar el vaso hacia sus labios cuando entró aquel hombre, aquel ex orador de piquetes, aquel líder de las turbas con gorros rojos, cazador de antiguos y de curas, abastecedor de guillotina; en pocas palabras, aquel bebedor de sangre. Y el ciudadano Peyrol, que nunca se había visto a menos de seis mil millas en línea recta de las realidades de la Revolución, depositó el vaso sobre la mesa, y con voz profunda e indiferente dijo:

—¡Salut!

El otro contestó con un «Salut» mucho más desfallecido, y se quedó mirando al extranjero del que le acababan de hablar. Sus ojos, almendrados y dulces, poseían un brillo notable, así como, hasta cierto punto, la piel de sus pómulos, bien marcados aunque no huesudos, que parecían una máscara roja rodeada de un pelo color castaño que crecía tan espeso y cercano a los labios como para ocultar el dibujo de la boca que, por lo que Peyrol sabía, debía ser de una tremenda ferocidad. Una frente preocupada y una nariz perpendicular sugerían la austeridad adecuada a un ardiente patriota. Llevaba en la mano un cuchillo largo y brillante, que abandonó inmediatamente en una mesa. Robusto y de mediana estatura, algo escaso de aplomo en su porte, no parecía tener más de treinta años. La línea de los hombros sugería algo cercano a la desilusión, y aunque el efecto era sutil, Peyrol se percató de ello mientras le explicaba las circunstancias de su caso, a las que puso punto final declarando que era un marino al servicio de la República y que siempre había sabido cumplir con su deber frente al enemigo.

El bebedor de sangre le había escuchado atentamente. El alto arco de las cejas le prestaba una expresión asombrada. Después se acercó a la mesa y habló con voz temblorosa.

—Puede ser lo que usted dice. Pero también puede ser usted un corrompido. Los marinos de la República se corrompieron con el oro de los tiranos. ¿Quién lo hubiera dicho? Todos hablaban como patriotas. Y, sin embargo, los ingleses entraron en el puerto y desembarcaron en la ciudad sin encontrar oposición alguna. Fueron expulsados por las tropas de la República, pero la traición pulula y acecha por doquier, se sienta en nuestros hogares y se oculta en el pecho de los representantes del pueblo, de nuestros padres, de nuestros hermanos. Hubo una época en la que floreció la virtud cívica, pero ahora se ve en la tesitura de esconder la cabeza. Y le diré por qué: no se ha matado lo suficiente. Parece como si nunca se matara lo suficiente. ¡Es descorazonador! ¡Hay que ver en lo que hemos venido a parar!

Su voz se apagó como si hubiera perdido súbitamente la confianza en sí mismo.

—Traiga un vaso, citoyen —dijo Peyrol, después de una breve pausa—, y bebamos juntos. Beberemos por la vergüenza de los traidores. Detesto la traición tanto como cualquier otro, pero... —Aguardó a que el otro regresara, sirvió el vino, y una vez que entrechocaron y medio vaciaron los vasos, puso el suyo sobre la mesa, y continuó—: pero no tengo nada que ver con su política. Yo me encontraba al otro lado del mundo, así que no puede usted tomarme por traidor. Ustedes los sans- culottes, acababan aquí con los enemigos de la República, y yo los mataba en el extranjero. Ustedes les cortaban la cabeza sin demasiados escrúpulos...

El otro cerró inesperadamente los ojos, y después los abrió como platos.

—Sí, sí —dijo en voz muy baja—. La piedad puede ser un crimen.

—Sí. Golpeé en la cabeza a los enemigos de la República, sin preocuparme de su número, siempre que se me pusieron delante. Me parece que usted y yo deberíamos entendemos bien.

El patrón de la granja de Escampobar murmuró que, sin embargo, nada podía tomarse como prueba positiva en los tiempos que corrían. A todo patriota le incumbía la tarea de abrigar la sospecha en su corazón. Peyrol no se permitió manifestar signo alguno de impaciencia. El autodominio y el sentido del humor con los que había sabido llevar la conversación tuvieron su recompensa. El ciudadano Scevola Bron (que tal resultó ser el nombre del patrón de la granja), objeto de miedo y disgusto para los habitantes de la península de Giens, pareció plegarse al deseo de tener alguien con quien cambiar unas pocas palabras de vez en cuando. Ningún aldeano subía hasta la granja, ni era probable que lo hiciera a no ser en grupo y con intenciones hostiles. La presencia de aquel hombre en sus dominios les causaba un hosco resentimiento.

—¿De dónde viene usted? —Fue la última pregunta del patrón.

—Abandoné Tolón hace dos días.

El ciudadano Scevola tuvo entonces un momentáneo arranque de vigor, golpeando la mesa con el puño.

—Y ésa es la ciudad de la que, por decreto, no había de quedar piedra sobre piedra —se lamentó, con acento deprimido.

—La mayoría se mantiene aún en pie —le aseguró Peyrol, tranquilamente—.

Ignoro si se merecía el destino que me dice le fue decretado. Pasé allí casi todo el mes pasado, y sé que algunos de sus habitantes son buenos patriotas.

Y mencionó unos cuantos nombres ante los que el aislado sans-culotte esgrimió una amarga sonrisa y un silencio ominoso, como si aquellos a quienes correspondían fueran únicamente adecuados para el cadalso y la guillotina.

—Venga y le mostraré el lugar donde dormirá —dijo con un suspiro.

Esto era lo único que Peyrol necesitaba para ponerse en pie. Entraron juntos en la cocina, en cuyo suelo de losas el sol que entraba por la puerta de atrás dibujaba un amplio rectángulo. Fuera podía verse un tropel de pollos al acecho, mientras que una gallina amarilla, apostada en el umbral mismo de la puerta, lanzaba afectadamente la cabeza a izquierda y derecha. Una vieja depositó sobre la mesa un cuenco lleno de restos de comida y se les quedó mirando. La amplitud y limpieza de la estancia impresionaron favorablemente a Peyrol.

—Comerá aquí, con nosotros —dijo su guía, que, sin detenerse, pasó a través de un angosto pasillo que daba acceso a un empinado tramo de escalones. Desde el primer descansillo una escalera de caracol conducía a la parte de arriba de la granja.

Cuando el sans-culotte abrió la sólida puerta en que acababa aquélla, mostró a Peyrol una espaciosa habitación de techo bajo, con una cama de cuatro columnas y dosel, sobre la que se apilaban unas mantas dobladas y unas cuantas almohadas. También había una gran mesa ovalada y un par de sillas de madera.

—Podríamos arreglarle esta habitación —dijo el patrón—, pero no sé lo que dirá la dueña, añadió.

Avisado por la peculiar expresión del rostro de su interlocutor, Peyrol volvió la cabeza y vio a la joven que estaba en la puerta. Fue como si hubiera llegado flotando tras ellos, pues ni el más mínimo paso o roce le había advertido de su presencia. El limpio cutis de sus blancas mejillas se veía realzado por sus labios de coral y por los bucles de su cabello negro como el ala de cuervo, parcialmente recogido en una cofia de muselina ribeteada de encaje. No se movió ni pronunció palabra, tal como si no hubiera nadie en la habitación. Peyrol apartó de repente sus ojos de aquel rostro mudo y desmayado, de mirada errabunda.

De un modo u otro, sin embargo, el sans-culotte pareció descifrar la mente de la joven, pues, a manera de conclusión, dijo:

—Entonces, estamos todos de acuerdo. —Y se hizo un corto silencio durante el que la oscura mirada de la mujer recorrió una y otra vez la habitación, mientras en sus labios se dibujaba una media sonrisa, no tan distraída como totalmente sin motivo, que observada a hurtadillas por Peyrol, no le sirvió para sacar nada en limpio. No dio en absoluto muestras de conocerle.

—Aquí puede gozar de tres vistas al agua salada —subrayó el futuro posadero de Peyrol.

La granja era un edificio elevado, y aquel amplio ático y sus tres ventanas dominaban, por un lado, la rada de Hyères, recortada contra las azules ondulaciones que se extendían hasta un punto tan lejano como Fréjus, y por el otro, el vasto semicírculo de altas y yermas colinas, interrumpido por la entrada al puerto de Tolón, guardado por baterías y fortines, y la punta del cabo Cépet, una montaña achaparrada de oscuros repliegues sobre rocas marrones, con un punto blanco y brillante en la cima: un antiguo centro de peregrinaciones. Como si fuera una gema, la tersa superficie del mar parecía absorber el resplandor del mediodía en la invencible profundidad de su color.

—Es como estar en un faro —dijo Peyrol—. No es sitio para un marino.

Las velas que salpicaban el horizonte alegraron su corazón. Las gentes de tierra adentro, con sus casas, sus animales y sus labores, no significaban nada para él, que sólo percibía la vida de cualquier costa extranjera a la vista de sus embarcaciones:

canoas, catamaranes, praos, chalanas, simples piraguas e incluso las almadías de tronco con un pedazo de estera por toda vela, con las que los hombres de piel morena pescaban desnudos a lo largo de los blancos arenales calcinados por un cielo tropical de siniestro resplandor, y siempre con una nube preñada de tormentas agazapada en el horizonte. Pero ahora contemplaba una visión perfectamente serena, sin nada sombrío en la costa ni signo ominoso alguno en el resplandor del sol. El cielo reposaba suavemente sobre la línea vaga y distante de las colinas; todo parecía inmóvil y suspendido en el aire, como si de un milagro festivo se tratara. Varias tartanas descansaban en la calma chicha del Petite Passe, entre Porquerolles y cabo Esterel, sin que fuera el suyo el reposo de la muerte, sino el de un ligero sueño, la inmovilidad del hechizo risueño de un hermoso día en el Mediterráneo, a veces sin aliento pero jamás sin vida. Ninguno de los hechizos que Peyrol conociera en sus vagabundeos había sido tan remoto a cualquier idea de pugna y de muerte, tan impregnado de una dichosa seguridad ante la que todo su pasado se le aparecía como una sucesión de días cárdenos y noches sofocantes. Pensó que jamás desearía alejarse de ese lugar, como si oscuramente sintiera que allí era donde siempre habían estado las raíces de su alma de viejo pirata. Sí, aquel era el lugar adecuado para él, no porque se lo dictara la oportunidad, sino porque, al fin, había encontrado un hogar su instinto sedentario.

Se apartó de la ventana y se encontró frente a frente con el sans-culotte, que, al parecer, se le había acercado por detrás, quizá con la intención de ponerle la mano sobre el hombro, pero que volvió la cabeza en aquel momento. La joven había desaparecido.

—Dígame, patrón —dijo Peyrol—, ¿hay por aquí alguna pequeña cala con la playa suficiente como para que yo pudiera guardar en ella un pequeño bote?

—¿Para qué quiere usted un bote?

—Para irme de pesca cuando me dé por ahí —respondió secamente Peyrol.

Súbitamente amansado, el ciudadano Bron le dijo que podía encontrarlo que buscaba a unas doscientas yardas de la casa, al pie de la colina. La costa, desde luego, era muy recortada, pero en aquel punto formaba una alberca perfecta. Y los ojos almendrados del bebedor de sangre de Tolón se hicieron extrañamente sombríos al mirar de hito en hito el rostro atento de Peyrol. Una perfecta alberca, repitió, en una ensenada que los ingleses conocían a la perfección. Dicho esto se calló.

Sin animadversión, pero con un gran aplomo, Peyrol observó que resultaba muy difícil mantener alejados a los ingleses de cualquier lugar en el que hubiera agua salada, pero que difícilmente podía imaginar la razón que hubiera podido atraerles hasta un punto como aquel.

—Vinieron la primera vez que llegaron con su flota hasta aquí —dijo el patriota, con una voz lúgubre—, y se mantuvieron merodeando por la costa hasta que los traidores antirrevolucionarios les dejaron franco el paso a Tolón, vendiendo el sagrado solar de la patria por un puñado de oro. Sí, en los días que precedieron a la consumación de aquel crimen, los oficiales ingleses desembarcaban por la noche en esa caleta y subían hasta esta misma casa.

—¡Qué audacia! —comentó Peyrol, sinceramente sorprendido—. Pero así es como son.

Resultaba, sin embargo, muy difícil de creer. ¿No se trataría de una patraña?

El patriota hizo un gesto forzado con el brazo.

—Juré que era verdad ante el tribunal —dijo—. Fue una historia sombría que su padre pagó con la vida —añadió, en voz baja e hizo una pausa—. ...Y su madre también. Pero la patria estaba en peligro —añadió con voz aún más baja.

Peyrol se aproximó a la ventana occidental y dirigió la mirada hacia Tolón. Un elevado navío de dos cubiertas descansaba en medio de la vasta sábana de agua delimitada por el cabo Cicié, rodeado de las chalupas que, como puntitos negros en el agua, se esforzaban en aproarlo de la mejor manera posible. Peyrol las contempló un momento y luego volvió al centro de la habitación.

—¿Le sacó de esta casa para conducirle a la guillotina? —preguntó con voz indiferente.

Bajando la mirada, el patriota movió la cabeza pensativamente.

—Ese amigo de los ingleses llegó a Tolón antes de que comenzaran las evacuaciones... En una tartana de su propiedad, que aún está aquí, en la Madrague.

Llevaba con él a su mujer. Querían recoger a su hija, que vivía con unas viejas monjas escondidas. Los esclavos de la tiranía habían de huir ante el acoso de los victoriosos republicanos.

—... En busca de su hija —musitó Peyrol—. Es curioso que gente de esa índole...

El patriota le miró ferozmente.

—Era de justicia —dijo en voz muy alta—. Eran antirrevolucionarios, y aunque jamás hubieran hablado con un inglés, aquel crimen atroz rondaba en sus cabezas.

—Esperaron demasiado para recoger a su hija —susurró Peyrol—. Así que fue usted quien la trajo a casa.

—Yo fui —respondió el patrón. Sus ojos eludieron la mirada inquisidora de Peyrol, aunque al momento le miró directamente a los ojos—. La superstición no logró corromper su alma —dijo exaltadamente—. Traje a casa a una patriota.

Peyrol, muy tranquilo, hizo apenas un movimiento con la cabeza.

—Bueno —dijo—, nada de eso me quitará de dormir muy bien en esta habitación.

Siempre pensé que me gustaría vivir en un faro cuando me cansara de vagabundear por los mares. Y esto es lo más parecido al fanal de un faro. Mañana me verá usted con toda mi pequeña impedimenta —añadió, moviéndose hacia las escaleras—. Salut, citoyen.

Se daba cita en Peyrol una buena dosis de apacibilidad y autodominio que equivalía a placidez. Había hombres en Oriente que no tenían la menor duda en considerarle un hombre tranquilamente terrible, y hubieran podido ilustrar ese testimonio con ejemplos verdaderamente admirables, a su juicio. Sin embargo, lo único que siempre hizo Peyrol fue comportarse de una manera, en su opinión, racional, en toda clase de circunstancias peligrosas sin dejarse ofuscar por la naturaleza, la crueldad o el peligro de cada situación en concreto. Sabía adaptarse al carácter y al espíritu mismo de los acontecimientos con un sentido profundamente sensible, que no tenía que ver con sentimentalismo alguno. El sentimiento era un artificio del que nunca había oído hablar, y de haberse topado con él se hubiera sentido demasiado perplejo como para poder hacerse una idea. Aquella especie de autenticidad en su capacidad de aceptación hacía de él un huésped adecuado para la granja Escampobar. Trasladó a ella puntualmente su cargamento, como él lo llamaba, y se encontró en la puerta de la granja con la joven de pálido rostro y ojos vagabundos. Nada de lo que la rodeaba parecía atraer su atención largo rato. Cuando se hablaba con ella, la muchacha parecía buscar algo a la derecha, a la izquierda y más allá de su interlocutor, hasta el punto de dejarle a uno con la duda de que se estuviera enterando de lo que se le decía. Y sin embargo era inteligente. A mitad de aquella curiosa búsqueda de algo que no se encontraba allí, la muchacha tuvo el despego suficiente como para sonreír a Peyrol. Después, retirándose hacia la cocina, observó —en la medida en que podían observar sus ojos errabundos— cómo Peyrol y su cargamento subían por las escaleras.

Dado que llevaba la parte más valiosa de su cargamento fajada a su persona, lo primero que hizo Peyrol, una vez solo en aquel ático que parecía el fanal de un faro, fue liberarse de su peso y dejarlo a los pies de la cama. Después se sentó y, apoyando los codos sobre la cama, contempló con un profundo alivio su tesoro. Aquel botín nunca había pesado sobre su conciencia. A veces había agobiado su cuerpo; y si, en algún caso, había afectado a su espíritu, lo había hecho no por su cualidad de secreto, sino por su simple peso, que resultaba incómodo, irritante y, al cabo del día, llegaba a hacerse insoportable. Hacía del hombre de mar, libre y acostumbrado a respirar a pleno pulmón, un animal sobrecargado, aumentando así la compasión, fuera cual fuese, que el carácter de Peyrol sintiera hacia las bestias de cuatro patas que llevaban los fardos del hombre sobre la tierra. Las exigencias de una vida al margen de la ley habían hecho de Peyrol un hombre brutal, pero no despiadado.

Despatarrado en la silla, desnudo hasta la cintura, robusto y canoso, con su cabeza de perfil romano apoyada en el fuerte antebrazo tatuado, contemplaba sosegadamente su tesoro con un aire meditabundo. Peyrol no meditaba, empero (como pudiera haber pensado un observador superficial), sobre el mejor lugar para esconderlo. Y no porque careciera de experiencia respecto a aquel tipo de propiedad que siempre se desvanecía con rapidez entre los dedos. Lo que le hacía meditar era el carácter de aquellas monedas que no procedían del reparto de un botín conseguido con dificultad y a costa de esfuerzos, riesgos, privaciones y peligros, sino de un simple golpe de suerte. Sabía lo que era un botín y cuán rápidamente desaparecía, como sabía que ése no iba a ser el caso con el dinero. Había de guardarlo lejos de las viejas asechanzas de su vida, como si estuviera en otro mundo y no pudiera dilapidarse en la bebida, en el juego, en las dádivas o en cualquier otra circunstancia ya conocida. En aquella habitación, a unos cuantos pies sobre su revolucionaria tierra natal, en la que se sentía más extranjero que en cualquier otra parte del mundo, en aquella amplia buhardilla llena de luz y, por decirlo así, rodeada por el mar, en una atmósfera plena de paz y de seguridad, Peyrol no veía razón alguna para preocuparse tanto. Se le ocurrió que jamás había tomado precauciones ante ninguno de los botines que había caído en sus manos. Nunca había hecho tal cosa. Y le parecía absurdo preocuparse particularmente por aquel por cuya posesión nadie estaría dispuesto a luchar o a intrigar. Peyrol se levantó y abrió el gran cofre de madera de sándalo, asegurado por un enorme candado, parte también de un viejo botín conseguido en una ciudad china del golfo de Tonkin, en compañía de ciertos Hermanos de la Costa con los que abordó por la noche una goleta portuguesa cuya tripulación pusieron en un bote al garete, haciéndose con el control del barco. De eso hacía años y años. Él era joven entonces, muy joven, y el cofre cayó en su poder porque ningún otro hubiera sabido qué hacer con aquel engorro, y también porque el metal de que estaban hechas aquellas gruesas arandelas, curiosamente trabajadas, que lo reforzaban, no era oro sino latón. Él, en su inocencia, se sintió muy satisfecho con aquel mueble. Lo había llevado consigo a todo tipo de sitios, e incluso en una ocasión lo había dejado a buen recaudo, durante todo un año, en una oscura y mefítica gruta perdida de la costa de Madagascar.

También lo había dejado al cuidado de varios jefes nativos, con unos árabes, con el dueño de un garito en Pondichery, en suma, con sus diversos amigos e incluso con sus enemigos. Y llegó a perderlo en una ocasión.

Fue cuando recibió una herida que le dejó rajado y desangrándose como un pellejo de vino acuchillado. Todo ocurrió porque unos cuantos hermanos se enzarzaron en una súbita disputa por cuestiones del reglamento de la hermandad, complicadas con celos personales con los que Peyrol tenía tanto que ver como un niño aún no nacido. Nunca supo quién le dio la puñalada. Otro hermano, un joven inglés, amigo, logró sacarle de la reyerta. Estuvo postrado durante varios días, sin recordar nada, e incluso ahora, cuando miraba la cicatriz, le resultaba imposible comprender cómo no había muerto. Tal acontecimiento, junto con la herida y la penosa convalecencia, se convirtió en el primer episodio de la forja de su carácter.

Muchos años después, cuando a consecuencia de los cambios de su punto de vista respecto a la ilegalidad, servía como cabo de mar en el Hirondelle —un corsario relativamente respetable—, topó con el cofre de nuevo en un lugar tan perdido como Port Louis, depositado en el oscuro zaquizamí de un solitario hindú. La hora era avanzada, la calle estaba desierta, y Peyrol se presentó a reclamar su propiedad tal cual hay que hacer estas cosas, con un dólar en una mano y una pistola en la otra, recibiendo la abyecta súplica de que lo tomara consigo. Se puso el cofre sobre el hombro y aquella misma noche se hizo a la mar con el corsario; sólo entonces tuvo tiempo para cerciorarse de que no se había equivocado, ya que poco después de que el cofre cayera por primera vez en su poder tuvo la siniestra ocurrencia de garrapatear con la punta de su cuchillo en la cara interna de la tapa el tosco bosquejo de una calavera y dos huesos cruzados, que después pintó con un poco de bermellón chino.

Y ahí estaba el dibujo, tan fresco como siempre.

En la buhardilla llena de luz de la granja de Escampobar, el canoso Peyrol abrió el cofre, sacó todo lo que contenía y lo colocó cuidadosamente en el suelo, para depositar a continuación en el fondo del mueble su tesoro, que lo llenó exactamente.

Después, de rodillas, llenó de nuevo el cofre. Una o dos blusas, una fina casaca de paño, un retal de muselina de Madapolan y una buena cantidad de excelentes camisas blancas... Todo un costoso vestuario que jamás se pondría. Con la seguridad de quien ha sido temido en su época, supuso que nadie osaría registrar su cofre. Se irguió, paseó la mirada por la habitación, estiró los brazos y dejó de pensar en el tesoro, en el futuro, e incluso en el mañana, con la repentina convicción de que se encontraba en el lugar que más podía agradarle.

Capítulo 4

Puesto que era domingo, Peyrol se encontraba afeitándose con la infatigable navaja inglesa frente a un fragmento de espejo colgado del marco de la ventana que daba a levante. Los años de cambios políticos que habían concluido con la proclamación de Napoleón como cónsul vitalicio no habían alterado su aspecto, a excepción de la espesa mata de pelo de su cabeza, que había encanecido casi por completo. Tras guardar la cuchilla cuidadosamente, Peyrol introdujo sus pies ataviados con medias en un par de zuecos de la mejor calidad, y bajó la escalera con pasos ruidosos.

Llevaba los pantalones bombachos de color marrón abiertos por las rodillas y las mangas de la camisa arremangadas hasta los hombros. Aquel pirata de los mares convertido en labriego se encontraba perfectamente acomodado en aquella granja que, como si fuese un faro, dominaba un par de fondeaderos y el mar abierto. El aspecto de la cocina por la que cruzó era exactamente igual al del primer día: el rayo de sol en el suelo, los utensilios de cobre brillando en las paredes, la mesa fregada e inmaculadamente limpia... Sólo la anciana, la tía Catherine, parecía tener las facciones más afiladas. Hasta la mismísima gallina que movía presuntuosamente la cabeza en el umbral de la puerta parecía no haberse movido de su sitio durante los últimos ocho años. Peyrol la ahuyentó al pasar hacia el patio, en cuyo pozo se lavó concienzudamente. Cuando regresó a la cocina, su aspecto era tan sano y robusto que la tía Catherine no pudo por menos de felicitarle por su bonne mine con aquella voz aflautada suya. Los modales habían cambiado, y ya no se le dirigía diciéndole citoyen, sino monsieur Peyrol. Él respondió con presteza manifestando que en el caso de que el corazón de la dama estuviera libre, se encontraba dispuesto a conducirla aquel mismo día al altar. Se trataba de una broma tan vieja, que Catherine no lo tomó en consideración, aunque le siguió con los ojos en su paso hacia la frialdad del salón, con sus mesas y bancos bien limpios, y sin bicho viviente. Peyrol lo atravesó hasta salir por la puerta principal, que dejó abierta. El ruido de sus zuecos hizo que un joven que se encontraba fuera, sentado en un banco, volviera la cabeza y le saludara con un ademán descuidado. Su rostro era más bien estrecho, moreno y de facciones refinadas, con una nariz de suave curva y una mandíbula muy bien dibujada. Vestía una casaca naval azul oscura, abierta sobre una camisa blanca, y una corbata negra de nudo corredizo. Unos pantalones blancos, unas medias y unos zapatos negros con hebillas de acero completaban su atuendo. Una espada con empuñadura de latón y vaina negra ajustada a un tahalí descansaba en el suelo, a sus pies. Peyrol, colorado y de cabeza plateada, se sentó en el mismo banco, a una cierta distancia. La no muy amplia explanada del frente de la casa descendía hacia el mar entre dos colinas peladas. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el viejo pirata y el joven marino contemplaron el espacio abierto sin mediar palabra alguna, como los amigos íntimos o los extranjeros que se ignoran. Tampoco les afectó la aparición del patrón de la granja Escampobar, que cruzó la explanada con un bieldo al hombro. Sus manos tiznadas, las mangas de su camisa arremangadas, el bieldo sobre el hombro y todo el conjunto de su aspecto laborioso prestaba a su figura el aire de una exhibición, y sin embargo, a la luz de la mañana que acababa de iniciarse, el patriota arrastraba abatido los zuecos, como ningún verdadero campesino lo hubiese hecho al final de una fatigosa jornada de trabajo. No mostraba, empero, signo alguno de cansancio. Su rostro ovalado, de pómulos redondos, se mantenía terso excepto en el rabillo de sus ojos almendrados, brillantes y visionarios, que no habían cambiado desde el día en que, por vez primera, cruzó Peyrol la mirada con ellos. El paso de los años se percibía únicamente en los escasos cabellos blancos de su pelambrera y barba, visibles sólo a muy poca distancia. Entre las inmutables rocas del extremo de la península, el tiempo parecía haberse detenido, mientras que el grupo de personas asentadas en aquel punto, el más meridional de Francia, se esforzaba en la incesante tarea de obtener pan y vino de una tierra con el corazón de piedra.

Con la vista fija ante él, el patrón de la granja pasó por delante de los hombres, hacia la puerta de la salle, que Peyrol había dejado abierta. Antes de entrar, dejó el bieldo apoyado contra la pared. El tenue sonido de una campana, la campana de la aldea en la que años atrás el viejo pirata diera de beber a su mula y escuchara las palabras del hombre del perro, se introdujeron de súbito en la serena armonía de la atmósfera. Un violento portazo rompió el silencio de quienes contemplaban el mar.

—¿Es que ese tipo no descansa jamás? —preguntó el joven, sin mover la cabeza y en un tono de voz bajo e indiferente, que dominó el delicado tintineo de la campana.

—Ni siquiera en domingo —respondió el viejo pirata, con similar displicencia—.

¿Qué esperaba usted?, la campana de la iglesia le sienta como un veneno. Estoy absolutamente seguro de que se trata de un sans-culotte nato. Todos los decadi se visten sus mejores prendas, se ponen una gorra roja y vagan entre las casas como un alma perdida a la luz del sol. Un jacobino auténtico, si alguna vez los hubo.

—Desde luego. Son pocos los villorrios franceses que no cuentan con uno o dos.

Pero algunos han procurado cambiar de chaqueta. Eso como poco.

—Éste no cambia, y mucho menos de sentimientos. ¿Ya nadie se acuerda en Tolón de él? No hace tanto tiempo. Y, sin embargo... —Peyrol se volvió ligeramente hacia el joven—. Sin embargo, no hay más que mirarle...

El oficial movió la cabeza, y durante un momento su rostro se revistió de una preocupación que no pasó desapercibida a Peyrol, quien siguió hablando tranquilamente.

—Hace algún tiempo, cuando los sacerdotes comenzaron a regresar a las parroquias, él, ese tipo... —Y señaló la cabeza hacia la calle—, ¿quién lo diría? Se dirigió a la aldea con un sable al cinto y una gorra roja a la cabeza, y fue hacia la puerta de la iglesia. Ignoro lo que se proponía, pero no creo que pensara en rezar. El caso es que la gente estaba muy contenta con la reapertura de las iglesias, y alguna mujer que le vio desde una ventana dio la voz de alarma. «¡Eh, mirad! ¡El jacobino!

¡El sans-culotte! ¡El bebedor de sangre! ¡Miradle!». Varias mujeres se echaron a la calle, y uno o dos campesinos que se encontraban trabajando la tierra saltaron sobre las tapias. Pronto se formó un gentío, mujeres en su mayoría, cada cual con lo primero que encontró a mano: palos, cuchillos de cocina, cualquier cosa. Junto a la alberca se les unieron unos cuantos hombres con azadas y garrotes. La cuestión se le puso muy espinosa. ¿Qué podía hacer? Se dio la vuelta y escapó por la colina como si fuera una liebre. Hay que tener mucho valor para enfrentarse con una turba de mujeres furiosas. Así que echó a correr por el sendero, sin volverse a mirar a los que le seguían gritando «A mort! A mort le buveur de sang!». Durante años, y por una cosa u otra, había sido el terror y la abominación de la gente que en aquel momento veía cercana la oportunidad de tomarse la revancha. El sacerdote oyó el tumulto desde el presbiterio, y salió. Le bastó con una mirada. Era un tipo de unos cuarenta años, enjuto, de largas piernas y ágil, ¿sabe usted? Se arremangó la sotana y echó a correr, saltando tapias y jorfes como si fuera un maldito chivo. Yo me encontraba en mi habitación cuando oí el alboroto. Me asomé a la ventana y vi el acoso entre gritos.

Empezaba a pensar que aquel loco iba a traer a los energúmenos que le seguían hasta la misma casa, y que la tomarían al abordaje para dar buena cuenta de nosotros, cuando el sacerdote apareció ante ellos en el momento oportuno. En aquel instante podía haberle hecho la zancadilla a Scevola perfectamente, pero le dejó pasar y se plantó ante sus parroquianos con los brazos extendidos. Eso bastó. Sin duda, salvó al patrón. Ignoro lo que les pudo decir para apaciguarlos, pero llevaba pocos días, y la gente se sentía orgullosa con su nuevo sacerdote. Podría haber hecho con ellos lo que hubiera querido. Yo tenía la cabeza y los hombros fuera de la ventana, porque aquello me parecía muy interesante. Podían haber acabado con el maldito grupo (que así era como nos llamaban), y cuando me volví me encontré con la patrona, que también miraba lo que sucedía. Ya lleva usted aquí el tiempo suficiente como para saber que ella vaga por la casa y por sus inmediaciones sin hacer el menor ruido. Una hoja al caer no se posa en el suelo con mayor ligereza que sus pies al moverse. Supongo que no sabía que yo estaba arriba, y que subió hasta el cuarto según su costumbre de buscar siempre algo que no está en ninguna parte. Al verme con la cabeza fuera, se acercó a ver qué era lo que yo estaba mirando. Su rostro no se mostraba más pálido que habitualmente, pero sus dedos aferraban su vestido sobre su pecho... así. Yo me quedé confundido, y antes de que pudiera pronunciar palabra, ella giró sobre sus talones y desapareció como si fuera una sombra.

Cuando Peyrol dejó de hablar, el sonido de la campana se difuminó y cesó inesperadamente como había comenzado.

—Hablando de sombras —dijo con indolencia el joven oficial—, yo he visto la sombra de esa mujer.

El viejo Peyrol se agitó ostensiblemente.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó—. ¿Dónde?

—La habitación que me asignaron para dormir anoche sólo tiene una ventana y estuve mirando por ella. Ésa es la razón de mi estancia aquí, ¿no? Ver qué es lo que pasa. De manera que, como me desperté súbitamente, lo primero que se me ocurrió fue echar un vistazo al vacío.

—Uno no ve sombras en el vacío —gruñó el viejo Peyrol.

—No, pero sí se pueden ver en el suelo, sobre todo cuando hay luna llena. La sombra cruzó esta explanada desde la esquina aquella de la casa.

—¡La patrona! —exclamó Peyrol en voz baja—. ¡Imposible!

—¿Acaso vagan hasta aquí las mujeres de la aldea o la anciana que vive en la cocina? —preguntó sosegadamente el oficial—. Usted debería conocer las costumbres del pueblo. Era una sombra de mujer. La luna se movía hacia el oeste, y la sombra cruzó sesgadamente desde aquella esquina, a la que regresó después. Pude reconocer la sombra de esa mujer.

—¿Oyó usted algo? —preguntó Peyrol, tras un instante de visible titubeo.

—Tenía la ventana abierta y oía roncar a alguien. No podía ser usted, porque su habitación está demasiado alta. Incluso le diré —añadió torvamente— que por los ronquidos debía de ser alguien con la conciencia tranquila. No como usted, viejo pájaro de mar, pues eso es lo que usted es, a pesar de su certificado de artillero — antes de seguir, el oficial miró a Peyrol de reojo—. ¿Qué es lo que le hace parecer tan preocupado?

—Lo que no puede negarse es ese hábito de vagar que tiene la patrona — murmuró Peyrol, sin intentar disimular la inquietud que le embargaba.

—Evidentemente. Reconocí su sombra en cuanto la vi, y el hecho de verlo no me asustó ni siquiera la cuarta parte de lo que el mero relato del incidente parece asustarle a usted. Por lo demás, ese sans-culotte amigo suyo debe dormir como un tronco. Esos abastecedores de la guillotina gozan de una conciencia republicana a prueba de bombas. Les he visto actuar en el norte cuando yo era un chiquillo que corría descalzo por el arroyo...

—Él siempre duerme en aquel cuarto —dijo Peyrol gravemente.

—Pero eso no importa —subrayó el oficial—, a menos que sea conveniente para las sombras que vagan escuchar el ronquido de las buenas conciencias. Peyrol, excitado, se esforzó en bajar el tono de su voz.

—Teniente —dijo—, de no haber sabido desde el primer momento qué es lo que alberga su corazón, hace tiempo que habría dado con la fórmula para deshacerme de usted, de un modo u otro.

El oficial le miró una vez más de reojo, y Peyrol dejó caer pesadamente su puño sobre el muslo.

—Soy el viejo Peyrol, y este lugar, tan solitario como una nave en el mar, es como un barco para mí, y quienes lo habitan son mis camaradas. Olvídese del patrón.

Lo que quiero saber es si oyó usted algo. ¿Algún ruido? ¿Pisadas, murmullos?

Una sonrisa amargamente burlona cruzó los labios del joven.

—Ni el paso de un hada. ¿Cómo podría haber oído la caída de una hoja con ese vil terrorista trompeteando por encima de mi cabeza? —Sin descruzar los brazos, se volvió hacia Peyrol, que le miraba con ansiedad—. Usted quiere saber, ¿no es así?

Bien, le diré lo que oí, y saque usted las conclusiones que quiera. Oí un tropezón. Y no era un hada la que tropezó. Se trataba de un zapato bien fuerte. Después vino la caída interminable de una piedra por el barranco. Después, un silencio de muerte. No vi nada que se moviera. El paso de la luna dejó el barranco en tinieblas. Y yo no me esforcé por penetrarlas —Peyrol, con el codo en la rodilla, apoyó la cabeza en la palma de la mano—. Saque usted las conclusiones que quiera —repitió el oficial, con los dientes apretados.

Peyrol agitó ligeramente la cabeza. Después de hablar, el joven oficial se recostó contra la pared, pero, al instante, el disparo de una pieza de artillería retumbó como si hubiera sido disparado bajo sus pies, ascendiendo por el declive hacia la izquierda como un golpe sordo y espeso, seguido de un suspiro que parecía buscar salida entre las piedras y las rocas.

—Ésa es la corbeta inglesa que anda por las radas de Hyères desde la semana pasada —dijo el oficial, recogiendo su espada apresuradamente. Mientras Peyrol se levantaba con mayor tranquilidad, él se incorporó, se ciñó el cinturón y dijo—: No puede estar donde la vimos anclada la última noche. Ese cañón estaba cerca. Ha debido pasar al otro lado aprovechando los vientos de esta noche. Pero ¿por qué se pone a disparar en el Petite Passe? Vayamos y echemos un vistazo.

El oficial se puso a andar a buen paso, seguido de Peyrol. No se veía un alma en las inmediaciones de la granja, ni se oía signo de vida alguno, salvo el tenue mugido de una vaca tras una tapia. Peyrol siguió de cerca al rápido oficial, que enfiló el sendero medio borrado sobre la pedregosa ladera de la colina.

—Ese cañón no estaba cargado —observó de repente, con voz profunda y tranquila.

El oficial le miró sobre el hombro.

—Puede que esté usted en lo cierto. Para algo le ha de valer haber sido artillero.

Así que sin carga, ¿eh? Entonces debe haber sido un disparo de aviso. Pero ¿para quién? Llevamos días viendo esa corbeta y nunca la hemos visto acompañada.

Siguió caminando; Peyrol le seguía por el tosco sendero, sin perder el aliento y manteniendo con voz firme el diálogo.

—Estaba sin compañía, pero puede haber encontrado un compañero a la luz de la mañana.

—¡Bah! —replicó el oficial, sin aminorar el paso—. No hable como un niño ni me tome por tal. ¿Qué distancia podía avistar esa corbeta? Y ¿qué panorámica podía dominar a la luz del día si se abría paso hacia el Petite Passe donde se encuentra ahora? Las islas le ocultan dos tercios de mar, y justamente en la dirección por la que podría aparecer la escuadra inglesa más cercana a la costa. ¡Menudo bloqueo! Nos pasamos días y días sin ver una vela inglesa y, de repente, cuando menos lo esperamos, se nos echan todas encima, dispuestas a comernos vivos. ¡No, no! No ha habido el viento suficiente como para traerle compañía. Pero, dígame, artillero, usted que se jacta de conocer todas las piezas inglesas por su estampido, ¿qué tipo de cañón fue el que disparó?

—Una pieza del doce —gruñó Peyrol—. La más pesada que puede cargar. Ese barco no es más que una corbeta.

—Bueno, entonces la dispararon para avisar a alguno de sus botes, que se encuentra a lo largo de la costa y fuera de su vista. Con una costa como ésta, llena de calas y promontorios, no hay nada extraordinario en ello, ¿no le parece?

—No —dijo Peyrol alargando el paso—. Lo que me parece extraordinario es que hayan destacado un bote.

—En eso tiene usted razón —el oficial se detuvo de pronto—. Sí, es verdaderamente notable que hayan destacado un bote. Y no hay otra manera de explicar el cañonazo.

El rostro de Peyrol no expresó emoción alguna.

—Se trata de algo que merece la pena investigar —añadió animosamente el oficial.

—Si se trata de un bote —dijo Peyrol, sin la más ligera excitación—, no creo que haya nada de misterioso en ello. ¿Cuál sería el objeto? Es posible que lo hayan enviado bien temprano a las aguas cercanas a las costas con el propósito de pescar algún pez para el desayuno del capitán. ¿Por qué abre así los ojos? ¿No conoce a los ingleses? Tienen la caradura suficiente...

Una vez pronunciadas estas palabras con una parsimonia que sus cabellos blancos hacían venerable, Peyrol hizo el gesto de secarse la frente, que apenas estaba húmeda.

—Apresurémonos —dijo el teniente con brusquedad.

—¿Por qué apresurarnos? —objetó Peyrol, sin moverse—. Mis zuecos no son lo más adecuado para andar gateando por las piedras.

—¡Ah! ¿No? —rezongó el oficial—. Si se siente cansado, lo que puede hacer es sentarse y abanicarse con su sombrero. Adiós —y echó a andar antes de que Peyrol pronunciara palabra.

El sendero que contorneaba la colina se doblaba rápidamente hacia el mar, de manera que el teniente desapareció con presteza. Después reapareció por un momento su cabeza, sólo su cabeza, para desvanecerse de inmediato. Peyrol se quedó perplejo.

Después de mirar en la dirección por la que el oficial había desaparecido, miró a los edificios de la granja, situados bajo él, pero no a mucha distancia. Desde donde se encontraba podía distinguir perfectamente los pichones que andaban por los tejados.

Alguien sacaba agua del pozo en el medio del patio. Se trataba del patrón, sin duda, pero aquel hombre, que en un tiempo pudo enviar a tantos desdichados a la guillotina, carecía de interés para Peyrol. Incluso había dejado de ser una ofensa para sus ojos y un motivo de turbación para sus sentimientos. No era nada por sí mismo, y nunca había llegado a ser algo más que un efecto de la universal sed de sangre típica de la época. Hasta las mismas dudas que concitara en el pecho de Peyrol se habían disipado ya. El sujeto era tan insignificante que Peyrol no se habría sorprendido al descubrir, en un momento de particular atención, que su cuerpo ni siquiera echaba sombra. Allá abajo quedaba reducido a un enano que tiraba del cubo de un pozo. Pero ¿dónde estaba ella? Peyrol se hizo esa pregunta colocándose la mano sobre los ojos a manera de pantalla. Sabía que la patronne no podía estar muy lejos, pues la había visto por la mañana, antes de enterarse de que había andado vagando por la noche. Su creciente desazón cesó súbitamente cuando, al separar la mirada de la granja, donde era obvio que la muchacha no estaba, la vio aparecer con el sol a su espalda, por el mismo recodo por el que acababa de desaparecer el teniente.

Peyrol avanzó con rapidez hacia ella. No era hombre que perdiera el tiempo en maravillarse, y en esta ocasión sus zuecos no parecieron pesarle demasiado. La fermière, a quien los aldeanos llamaban Arlette como si fuera una chiquilla, pero con un tono extraño de temor casi reverencial, caminaba con la cabeza baja y los pies tan ligeros como una hoja al caer (según solía decir Peyrol). El ruido de sus zuecos hizo que ella levantara sus limpios ojos negros, tan tempranamente castigados por el terror de la sangre, que ya jamás miraban fijamente en dirección alguna, como si temiera que eso bastara para que el aire se viera atravesado por alguna descarnada visión de la muerte. Peyrol decía que aquella mirada trataba de no ver algo que no estaba allí, y esa evasiva, pero franca movilidad, formaba una parte tan crucial de su personalidad, que se sintió sorprendido al ver la firmeza con que, en aquel momento, la muchacha le devolvía la mirada.

—¿Le ha dicho él algo? —preguntó Peyrol, sin andarse por las ramas.

Ella le respondió con un tono impertinente y provocador, que también le sorprendió por su carácter de insólito.

—Ni siquiera se detuvo. Pasó a mi lado como si no me hubiera visto —y en ese momento se separaron sus miradas.

—¿Qué es lo que la incita a vagabundear por la noche?

Ella no esperaba tal pregunta. Inclinó la cabeza y tomó un pliegue de su falda entre los dedos, confundida como un niño.

—¿Por qué no había de hacerlo? —murmuró con voz tímida, como si poseyera dos voces diferentes.

—¿Qué opina Catherine?

—Dormía, o quizá sólo descansaba con los ojos cerrados.

—¿Suele hacer eso? —preguntó Peyrol, con incredulidad.

—Sí —dijo ella, con una extraña sonrisa sin sentido que no llegó a reflejarse en los ojos—. Lo hace a menudo. Me di cuenta hace tiempo. Se queda temblando bajo las mantas hasta que regreso.

—¿Qué fue lo que le impulsó a salir anoche?

Peyrol trató de atrapar su mirada de nuevo, pero ella supo eludirla, como era habitual. Y la sonrisa se hizo imposible en su rostro.

—Mi corazón —dijo.

Peyrol se quedó momentáneamente mudo, y hasta paralizado.

Al bajar la granjera los párpados, su vida pareció refugiarse en los labios de coral, intensos y de línea impecable. Dando por terminada la conversación con un ademán de desconcierto, Peyrol avanzó por el sendero sin mirar hacia atrás. Pero en cuanto dio la vuelta al recodo, se aproximó al mirador con un paso más lento. Era un terreno liso bajo la cumbre de la colina. La ladera era muy escarpada, hasta el punto de que un pino corto y robusto crecía apartándose oblicuamente del borde de la cortadura, que era de unos cincuenta pies más o menos. Lo primero que vieron los ojos de Peyrol fue el agua del Petite Passe con la enorme sombra de la isla de Porquerolles, que a aquella hora temprana oscurecía más de la mitad de la anchura del canal. No podía verlo todo entero, pero en la porción que su vista abarcaba no se divisaba barco alguno. El teniente, con el pecho apoyado contra el oblicuo pino, le habló con irritación.

—¡Agáchese! ¿Es que cree que los ingleses no tienen catalejos?

Peyrol obedeció sin pronunciar palabra, y durante un minuto más o menos ofreció la extravagante imagen de un campesino más bien voluminoso y de venerables rizos blancos arrastrándose a cuatro patas sin razón aparente. Cuando llegó al pino se incorporó sobre sus rodillas. El teniente, aplastado sobre el oblicuo tronco y con un catalejo de bolsillo ante sus ojos, se dirigió a él con un gruñido.

—Ahora la puede ver, ¿no es así?

Peyrol, de rodillas, veía efectivamente el buque. Se encontraba a un cuarto de milla, junto a la costa y al alcance de su poderosa voz. Sus ojos distinguieron sin ayuda alguna a los hombres que, como puntos negros, se movían sobre la cubierta. La embarcación se había acercado tanto a cabo Esterel que su proa parecía entrar en contacto con la masa de tierra prominente. Peyrol soltó un bufido ante aquella inesperada cercanía.

—Puedo ver hasta las charreteras de los oficiales que andan por el puente — murmuró el teniente, manteniendo el catalejo ante sus ojos.

Capítulo 5

Tal como Peyrol y el teniente habían barruntado al escuchar el disparo, el navío inglés que la tarde de la víspera se hallaba en la bahía de Hyères, había zarpado al llegar la noche. Los vientos ligeros le habían empujado hasta el Petite Passe durante las primeras horas de la noche y luego le habían abandonado a la exánime luz de la luna, bajo la cual, privado de todo movimiento, parecía más un blanco monumento de piedra empequeñecido por los oscuros volúmenes de la costa, que una máquina celebrada por su velocidad en el ataque y la evasión.

Su capitán era un hombre de unos cuarenta años, mejillas rasuradas y llenas, y labios delgados y nervios que se apretaban misteriosamente antes de hablar y, a veces, después de hacerlo. Era vivo en sus movimientos y nocturno en sus hábitos.

Una vez que hubo comprobado que la calma se había apoderado de la noche y que se prolongaría durante horas, el capitán Vincent adoptó su postura favorita, apoyándose en la barandilla. Había pasado ya la medianoche y la luna, surcando en su penetrante quietud un delo sin mácula, parecía derramar su hechizo sobre un planeta deshabitado. La luna no tenía ningún interés para el capitán Vincent. Era obvio que hacía a su navío visible desde las dos orillas del Petite Passe. Pero después de casi un año de servicio constante al mando del navío de observación avanzada de la flota de bloqueo del almirante Nelson, conocía perfectamente el emplazamiento de casi todas las piezas de las baterías de costa. Donde el viento le había conducido se encontraba a cubierto del más poderoso cañón entre los pocos con que contaba Porquerolles. Y sabía a ciencia cierta que la orilla de Giens no contaba ni siquiera con una cerbatana. Su prolongada familiaridad con aquella parte de la costa le había infundido la creencia de que se sabía al dedillo las costumbres de los habitantes. Los destellos de luz en las casas se apagaban muy temprano, y el capitán Vincent estaba convencido de que todo el mundo se iba a la cama, incluso los artilleros de las baterías que pertenecían a la milicia local. Y para ellos, los movimientos de la balandra de veintidós cañones Amelia se habían convertido en una cuestión de rutina.

El navío jamás obstaculizaba sus asuntos y permitía a los pequeños barcos costeros ir y venir sin la menor molestia. Lo que les hubiera llamado la atención habría sido perderlo de vista por un par de días. El capitán Vincent solía decir ceñudamente que la dársena de Hyères se había convertido en su segundo hogar.

Durante algo así como una hora, el capitán Vincent pensó en su hogar, en el servicio y en cosas que no tenían nada que ver con lo uno ni con lo otro. Después se puso en movimiento con desenvoltura y se dirigió a despachar aquel bote cuya existencia había supuesto atinadamente el teniente Réal, y de la que, en cualquier caso, el viejo Peyrol no albergaba duda alguna. En cuanto a su misión, no tenía nada que ver con la pesca de pez alguno para el desayuno del capitán. Se trataba de su propia falúa, un bote muy maniobrable, que se encontraba ya dispuesto con su tripulación a bordo, cuando el oficial que lo mandaba fue requerido por el capitán. El oficial llevaba al cinto un machete y un par de pistolas, y se movía con la soltura de alguien avezado en aquel tipo de misiones.

—La calma durará unas cuantas horas —dijo el capitán—. Con esta falta de marea encontrará el barco prácticamente donde está ahora, aunque quizá un poco más cerca de la orilla. La atracción de la tierra, ya sabe.

—Sí, señor. La tierra atrae.

—Sí. De manera que quizá vayamos a dar contra cualquiera de esas rocas. Claro que con este mar, eso sería como moverse a lo largo de un fondeadero. Fíjese en el agua del canal, señor Bolt. Parece una pista de baile. Reme cerca de la orilla al regresar. Le espero al amanecer.

El capitán Vincent se interrumpió bruscamente. El proyecto de aquella expedición nocturna se vio inquietado por una duda. La punta de la península, con su forma de martillo, resultaba invisible desde las dos riberas de la costa, y constituía un punto ideal para un desembarco secreto. Aquella soledad atraía a su imaginación, ya estimulada por un comentario casual del señor Bolt.

La cuestión era que, una semana antes, mientras el Amelia costeaba la península, Bolt mencionó, mirando hacia la ensenada, que conocía bien el lugar. Había desembarcado allí, de hecho, muchos años atrás, cuando servía en la flota de lord Howe. A continuación descubrió el sendero, el aspecto de la pequeña aldea al otro lado del repecho, y se extendió respecto a cierta granja en la que había estado más de una vez y, en ocasiones, hasta más de veinticuatro horas.

Eso estimuló la curiosidad del capitán Vincent. Llamó a Bolt y tuvo con él una larga conversación. La historia, que escuchó con gran interés, se refería a un hombre que agitando una sábana o un mantel blanco entre las rocas que bordeaban el agua consiguió atraer la atención de la cubierta del buque en el que servía Bolt. Podía ser una trampa, pero como el hombre parecía estar solo y la orilla se encontraba al alcance de la artillería del barco, se decidió enviar un bote a recogerle.

—Y ése fue, señor —prosiguió Bolt, solemne—, el primer contacto de lord Howe con los realistas de Tolón. Estoy seguro. Bolt describió a continuación al capitán Vincent el encuentro de los realistas de Tolón con los oficiales de la flota. Bolt mismo, desde detrás de la granja, vigiló frecuentemente, durante horas, la entrada del puerto de Tolón, a la espera de la llegada del barco con los emisarios realistas. Hacía entonces una señal convenida a la escuadra avanzada, y varios oficiales ingleses desembarcaban para entrevistarse en la granja con los franceses. Tan simple como eso. Los granjeros, marido y mujer, eran gente acomodada, buenas personas y acérrimos realistas. Llegó a conocerlos bien.

El capitán Vincent le preguntó si vivían aún allí esas personas. Bolt no vio razón para que no fuera así. No habían pasado más de diez años y, desde luego, no eran viejos. Por lo que él sabía, la granja era de su propiedad. En aquella época Bolt sólo conocía unas pocas palabras de francés. Mucho después, cuando fue hecho prisionero y retenido en Francia hasta la Paz de Amiens, adquirió un conocimiento superficial de la lengua. Y no pudo evitar el comentario de que aquella cautividad fue la que acabó con sus débiles esperanzas de ascenso. Por eso seguía siendo primer contramaestre.

Como muchos oficiales de todo rango en la flota de Nelson, el capitán Vincent desconfiaba del sistema de bloqueo a distancia del que el almirante no parecía dispuesto a apartarse. Sin embargo, no le censuraba. Cualquiera en la flota sabía que lo que tenía en la cabeza no era otra cosa que la destrucción del enemigo, pero si el enemigo se veía estrechamente bloqueado, jamás saldría a dar la batalla que permitiría destruirlo. Estaba claro, por otro lado, que, dado el modo de dirigir las cosas, los franceses contaban con muchas oportunidades para burlar el bloqueo y desvanecerse durante meses. Esas oportunidades eran la constante obsesión del capitán Vincent, apasionadamente dispuesto a cumplir la misión que le habían mandado. ¡Lo que daría por un par de ojos vigilando noche y día la entrada del puerto de Tolón! ¡Por traspasar las cuadernas de los buques franceses, y penetrar hasta los secretos más recónditos del enemigo!

Pero no le dijo a Bolt nada de esto. Sólo observó que la índole del gobierno francés había cambiado, y que también podían haberlo hecho los realistas de la granja desde que se les había vuelto a permitir la práctica de la religión. La respuesta de Bolt fue que él, en su época al servicio de lord Howe, había tratado mucho a los realistas, tanto antes como después de que Tolón fuera evacuado: hombres y mujeres, nobles y barberos, marinos y comerciantes, prácticamente todas las clases de realistas que pudieran imaginarse. En su opinión, un realista nunca cambiaba. Respecto al lugar, le gustaría que el capitán lo hubiera visto. Era ese tipo de sitio en el que nada puede cambiar. E incluso se tomó la libertad de asegurar que permanecería inmutable de allí a cien años.

La seriedad de su oficial hizo que el capitán Vincent le mirara fijamente. Era un hombre de aproximadamente su misma edad, pero mientras que Vincent resultaba un capitán relativamente joven, Bolt era un primer contramaestre viejo. Cada uno entendía perfectamente al otro. El capitán Vincent se agitó por un momento y después observó distraídamente que no era él quién para echar el dogal al cuello del perro y, mucho menos, a un buen marinero.

Ese enigmático juicio no alteró la atenta mirada de Bolt, que permaneció un instante pensativo antes de decir, en el mismo tono distraído, que no era probable que ahorcaran como espía a un oficial uniformado. Obviamente, la misión era arriesgada.

Y para que se cumpliera con éxito —suponiendo que aquella gente permaneciera allí — sería necesario encomendársela a un hombre conocido por sus habitantes. Después añadió que estaba seguro de que le reconocerían. Y mientras se extendía sobre los excelentes términos en que se encontraba con los dueños de la granja, especialmente con la esposa del granjero, una hermosa mujer maternal, animosa y muy amable con él, el capitán Vincent observaba las espesas patillas de su contramaestre, pensando que eran suficientes como para asegurar su reconocimiento. La impresión fue tan intensa que, sin ambages, preguntó:

—¿Ha alterado desde entonces el corte de sus patillas, señor Bolt?

En la negativa respuesta de Bolt hubo un toque de indignación: se sentía orgulloso de sus patillas. Y manifestó que se encontraba dispuesto a arrostrar los mayores riesgos al servicio de su rey y de su patria.

—Y de lord Nelson —añadió el capitán Vincent.

Estaba bien claro lo que su almirante pretendía con aquel bloqueo a sesenta leguas de la costa. Hablaba con un marino y no necesitaba decir más. ¿Suponía Bolt que le sería posible persuadir a aquella gente para que le ocultaran durante un tiempo considerable en la casa del solitario extremo de la península? Bolt estaba seguro de que aquello era lo más fácil del mundo. Lo único que tenía que hacer era llegar allí y renovar la vieja amistad, lo que no suponía actuar de una manera atolondrada. Habría que ir por la noche, cuando fuera lógico que nadie se encontrara por los alrededores.

Desembarcaría en el punto donde acostumbraba a hacerlo, con un capote de marinero que él tenía, puesto sobre el uniforme, y se encaminaría directamente a llamar a la puerta. Había diez probabilidades contra una de que fuera el mismísimo granjero el que acudiera a abrirle. Esperaba saber ya el francés suficiente como para persuadir a aquella gente de que le ocultaran en alguna habitación con la perspectiva adecuada, en la que se apostaría para vigilar día tras día, haciendo un poco de ejercicio por la noche y dispuesto a alimentarse con sólo pan y agua, si era necesario, para no infundir sospechas entre los mozos de labranza. Y quién sabe si con ayuda del granjero le sería posible conseguir alguna noticia sobre lo que sucedía en el puerto.

De vez en cuando, en el silencio de la noche, bajaría hasta la playa, haría señales al barco y entregaría sus informes. Bolt expresó su esperanza de que el Amelia se mantendría cerca de la costa el mayor tiempo posible, pues la vista del barco le reconfortaría. El capitán asintió. Le señaló, sin embargo, que su misión adquiriría una mayor importancia precisamente cuando el barco se viera en la necesidad de alejarse ante la amenaza de algún ataque o del mal tiempo, cosas ambas muy probables.

—En ese caso, tenga presente, Bolt, que se convertiría usted en los ojos de la flota de lord Nelson. ¡En los mismísimos ojos de la flota de lord Nelson!

Una vez que despidió a su oficial, el capitán Vincent pasó la noche en la cubierta.

El día alboreó, al fin, con una luz más pálida que la de la luna a la que desplazaba. Y el bote sin llegar. El capitán Vincent volvió a preguntarse si no habría actuado de una manera improcedente. Impenetrable, y tan fresco como si acabara de subir a cubierta, discutió la cuestión consigo mismo hasta que el sol llameante se elevó por encima del pico de la isla de Porquerolles y caldeó el rocío que goteaba por el cordaje de su barco. Se dirigió entonces a su primer oficial para ordenarle preparar los botes que remolcaran al navío, alejándolo de la costa. El estampido del cañón que ordenó disparar obedeció sólo a su irritación. Aproado hacia la mitad del Passe, el Amelia se movió con la lentitud del caracol, tras la hilera de botes. Pasaron los minutos. Y, de pronto, el capitán Vincent vio su bote navegando cerca de la costa, tal como había ordenado. Cuando alcanzó la altura del barco, viró y se acercó de lado. Bolt saltó a la cubierta, solo, y ordenó que el bote se incorporara a los que remolcaban al Amelia. El capitán Vincent, apostado sobre el puente, le recibió con una ceñuda mirada de interrogación.

Las primeras palabras del señor Bolt dieron la impresión de que creía que aquel condenado lugar estaba encantado. Después echó una mirada al grupo de oficiales que se encontraban al otro lado del puente. El capitán Vincent le condujo a su camarote. Una vez en él, se volvió a mirar a su oficial que, con aire distraído, mascullaba:

—Hay duendes por allí.

—¡Vamos, Bolt! ¿Qué diablos ha visto? ¿Pudo acercarse a la casa?

—Llegué hasta unas veinte yardas de la puerta, señor —dijo Bolt.

Y animado por un «Y ¿entonces?», mucho menos feroz, del capitán, inició su relato. No había conducido al bote hasta el sendero que conocía, sino hacia una pequeña playa en la que dijo a sus hombres que lo atracaran y le esperaran. Unos espesos matorrales ocultaban la playa del interior, y unas cuantas rocas impedían que fuera vista desde el mar. Después se encaminó hacia lo que denominó la quebrada, evitando el sendero, de manera que cubrió casi toda la distancia avanzando sobre las manos y las rodillas, con mucho cuidado de moverse con suavidad al apoyarse sobre las piedras sueltas, hasta que, aferrado a un arbusto, alzó los ojos al nivel de la explanada situada frente a la casa.

El aspecto familiar del lugar, absolutamente igual a cuando él intervino en lo que parecía ser la más feliz operación del principio de la guerra, le inspiró una gran confianza en el éxito de su actual misión, incierta, pero con el enorme encanto de rememorar sus años juveniles. Nada parecía más fácil que cruzar rápidamente las cuarenta yardas de terreno abierto y despertar al granjero del que guardaba tan nítidos recuerdos; aquel hombre acomodado, serio, sagaz realista a su humilde manera, y que, a los ojos de Bolt, no era un traidor a su patria, sino un hombre empeñado en preservar su dignidad frente a las más equivocas circunstancias. Para los simples conceptos de Bolt resultaba imposible que aquel hombre o su mujer se hubiesen visto afectados por cambio alguno.

La impresión que Bolt mantenía sobre los padres de Arlette se veía influida por la conciencia de que él mismo no había cambiado en absoluto. Él era el mismo Jack Bolt, y todo lo que le rodeaba permanecía tal cual, como si lo hubiera abandonado ayer. Y se vio prácticamente a sí mismo en la cocina que conocía tan bien, sentado a la luz de un candil frente a un vaso de vino, hablando en su mejor francés con aquel benemérito granjero de sólidos principios. Las cosas no podían resultar mejor. Se imaginó convertido en el huésped secreto de aquel edificio, enclaustrado en un rincón, pero animado por los grandes resultados posibles de su vigilancia, más cómoda en muchos sentidos, que a bordo del Amelia, y con la gloriosa conciencia de ser, en palabras del capitán Vincent, los mismísimos ojos de la flota.

No manifestó estos sentimientos ante el capitán Vincent, naturalmente. Todos esos pensamientos y sensaciones se comprimieron en un espacio de no más de un minuto o dos mientras que, cogido por una mano al arbusto y con un pie bien asentado en el suelo, se permitía esa placentera sensación anticipada del éxito. En los viejos tiempos la mujer del granjero solía tener el sueño ligero. Los mozos de labranza que, según recordaba, vivían en la aldea o dormían distribuidos en establos o galpones, no le preocupaban en absoluto. No necesitaría llamar con fuerza. Se imaginó a la mujer del granjero sentada en la cama, escuchando y despertando a su marido que, probablemente, cogería la escopeta que estaba abajo, apoyada en el aparador, y acudiría a la puerta.

Y entonces vendría todo rodado... Aunque quizá... ¡Sí! Era probable que el granjero se limitara a abrir la ventana y entablar un diálogo. Eso era muy probable. Y natural. Bolt en su lugar haría lo mismo. Sí, eso era exactamente lo que haría un hombre en una casa solitaria y en mitad de la noche. Y se imaginó a sí mismo pegado a la pared, susurrando misteriosamente sus respuestas a las preguntas obvias: «Ami», «Bolt», «Ouvrez-moi», «vive le roi» y cosas por el estilo. A continuación se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era echar piedrecitas contra el postigo de la ventana, como la forma más adecuada para despertar a alguien con el sueño ligero. No estaba seguro de cuál era la ventana del piso superior que correspondía al dormitorio de aquella gente, pero, en cualquier caso, sólo había tres. Y se hubiera encaramado en ese momento sobre la explanada si, al levantar los ojos para echar otro vistazo a la fachada de la casa, no hubiera reparado en que una de las ventanas ya estaba abierta.

No le era posible explicar cómo no se había dado cuenta antes.

En el curso de su relato confesó al capitán Vincent que «aquella ventana abierta me dejó helado, señor. De hecho, señor, acabó con mi confianza, pues como sabe, señor, a ningún nativo de estas latitudes se le ocurriría dormir con la ventana abierta.

Pensé que se trataba de algo raro, y me quedé donde estaba».

La sensación de reposo, de recóndita confianza que producen las cosas por la noche, desapareció. Una ventana abierta, un rectángulo negro en un muro iluminado por la luna proporcionaba a la granja el aspecto de una trampa. Bolt aseguró al capitán Vincent que la ventana no le hubiera detenido; hubiera seguido adelante, aunque hubiese dejado de tenerlas todas consigo. Pero cuando se disponía a hacerlo, algo como una blanca visión se agitó sin ruido ante sus ojos desconcertados: una mujer. Una mujer cuyo pelo negro podía ver flotando sobre su espalda. Una mujer que cualquiera hubiese podido tomar por un fantasma.

—No diré que se me heló la sangre, señor, pero sí que el frío se adueñó de mí por un momento. Hay un montón de gente que ha visto fantasmas, al menos eso dicen, y yo soy muy imparcial al respecto. Aquella visión a la luz de la luna resultaba verdaderamente inquietante. Tampoco es que caminara como una sonámbula. Si no procedía de una tumba, era que acababa de saltar de la cama. Después desapareció, ocultándose tras la esquina de la casa, con lo que comprendí que no era un fantasma.

No me pudo haber visto. Se quedó en la sombra, mirando algo o esperando a alguien —añadió Bolt en un tono hosco, concediendo piadosamente que «parecía una loca».

Una cosa estaba clara: la granja había sufrido algunos cambios desde que él estuviera allí. Y eso a Bolt le dolía como si sólo hubiese estado ausente una semana.

La mujer oculta tras la esquina de la casa permaneció allí como si esperase que él apareciera, para echar a correr dando gritos y alarmar a la región entera. Bolt llegó rápidamente a la conclusión de que debía abandonar el repecho. Al descender tuvo la mala fortuna de hacer rodar una piedra, circunstancia que precipitó su retirada. En unos pocos minutos se encontró en la playa. Se detuvo y escuchó. Sobre él, en la quebrada y entre las rocas, reinaba una absoluta tranquilidad. Echó a andar en dirección al bote. Lo único que podía hacer era embarcar en silencio y quizá...

—Sí, me da la impresión de que debemos prescindir de nuestro plan, Bolt —le interrumpió el capitán Vincent al llegar a ese punto.

Bolt asintió de mala gana, y después se decidió a confesar que eso no era lo peor, apresurándose a soltarlo ante el rostro estupefacto del capitán Vincent. Lo sentía mucho, y no podía explicar cómo había ocurrido, pero... había perdido un hombre.

El capitán Vincent pareció incapaz de dar crédito a sus oídos.

—¿Qué dice usted? Uno de mis tripulantes... ¡perdido! —Se sentía tan profundamente afectado como Bolt angustiado.

Éste le explicó que poco después de que les abandonara, un marinero oyó o imaginó oír unos ruidos extraños en la ensenada. El timonel envió a uno de los hombres, el más viejo de la tripulación, a que se cerciorara de si el bote de la playa podía ser visto desde el otro lado de la ensenada. El hombre (Symons se llamaba) partió arrastrándose sobre sus pies y manos a cumplir con la orden y... bien... no regresó. Ésa era la razón por la que el bote había tardado tanto en regresar al barco.

Naturalmente, Bolt no quería prescindir de aquel hombre. Resultaba inconcebible que Symons hubiese desertado. Había dejado su sable en el bote y estaba completamente desarmado, pero de haber sufrido un ataque por sorpresa hubiera podido dar un grito que se hubiese escuchado en toda la playa. Pero allí sólo reinó el silencio, un silencio que duró hasta que rompió el día, y en el que un susurro se hubiese oído en millas a la redonda. Era como si Symons se hubiera evaporado mágicamente, sin lucha y sin gritos, pues resultaba impensable que se hubiese aventurado hacia el interior y que lo hubieran capturado allí. Era igualmente inconcebible que aquella noche en particular hubiese sido la escogida por una partida de hombres para caer emboscados sobre Symons y golpearle en la cabeza tan certeramente que ni siquiera le habían dejado quejarse.

—Todo esto es muy fantástico, señor Bolt —dijo el capitán Vincent, apretando firmemente los labios por un momento antes de continuar—. Pero no mucho más que la historia de la mujer. Supongo que vería usted algo real...

—Le digo, señor, que permaneció a plena luz de la luna durante diez minutos, a tiro de piedra de donde yo me encontraba —protestó Bolt, casi desesperadamente—, como si hubiese saltado de la cama para echar un vistazo a la casa. Sólo llevaba unas enaguas sobre el camisón. Estaba de espaldas. Cuando se alejó me fue imposible verle la cara. Luego se quedó de pie a la sombra de la casa.

—Vigilando —sugirió el capitán Vincent.

—Eso me pareció, señor —confesó Bolt.

—Lo que significa que había alguien por los alrededores —concluyó el capitán Vincent con seguridad.

—Puede ser —murmuró Bolt con renuencia. Esperaba que el asunto aquel le trajera graves quebraderos de cabeza, pero la serena actitud del capitán comenzaba a tranquilizarle—. Espero, señor, que apruebe mi conducta al no haber pretendido buscar a Symons inmediatamente.

—Sí. Hizo usted bien al no internarse en tierra —dijo el capitán.

—Temí acabar con nuestras posibilidades de llevar a cabo su plan, señor, si descubría nuestra presencia en la playa. No habría podido evitarlo. Además, sólo éramos cinco e inadecuadamente armados.

—Su duende es quien ha acabado con el plan, señor Bolt —manifestó secamente el capitán—. Pero debemos averiguar qué le ha sucedido a nuestro hombre, si podemos conseguirlo sin arriesgar demasiado.

—Podemos desembarcar esta noche con un buen destacamento y rodear la casa —sugirió Bolt—. Si los que encontramos son amigos, pues en paz. Si no lo son, podemos atrapar algunos y canjearlos como rehenes. Siento no haber regresado para secuestrar a aquella guarra... quienquiera que fuese —añadió temerariamente—.

¡Ah! ¡Si hubiera sido un hombre!

—Había un hombre cerca, sin duda —dijo el capitán Vincent con ecuanimidad—.

Ya veremos, señor Bolt. Ahora váyase y descanse un poco.

Bolt obedeció rápidamente, pues se encontraba cansado y hambriento tras su fracasada aventura. Lo que más le vejaba era lo absurdo del asunto. Aunque también había pasado la noche sin dormir, el capitán Vincent se sentía demasiado inquieto como para quedarse allí abajo. De manera que siguió al oficial a la cubierta.

Capítulo 6

Entretanto el Amelia se había visto remolcado hasta una media milla, más o menos, del cabo Esterel. El movimiento le había aproximado a los dos observadores de la colina, que hubieran podido ser vistos por los de la cubierta, de no haber sido por la copa del pino que les ocultaba. El teniente Réal, a horcajadas en lo más alto que podía del rugoso tronco, tenía toda la cubierta del navío al alcance del catalejo que asomaba entre las ramas.

—El capitán acaba de subir a cubierta —dijo súbitamente a Peyrol. Peyrol, sentado al pie del árbol, dejó pasar un largo rato sin contestar. Una cálida somnolencia se cernía sobre la tierra y parecía pesar sobre sus párpados. Pero en su interior el viejo pirata se sentía absolutamente despierto. Bajo la máscara de su inmovilidad, con los ojos semicerrados y las manos ociosamente entrelazadas, oía cómo el teniente, encaramado casi en lo alto del pino, contaba algo entre dientes.

—Uno, dos, tres —soltando después en voz alta un «¡Parbleu!», tras el que comenzó a descolgarse.

Peyrol se levantó para dejarle sitio, pero no pudo evitar preguntarle:

—¿Qué pasa ahora?

—Le diré lo que pasa —dijo excitadamente el otro. Tan pronto puso el pie en el suelo avanzó hacia Peyrol y, cuando estuvo junto a él, cruzó los brazos sobre el pecho —. Lo primero que hice fue contar los botes que estaban en el agua. No dejaron ni uno a bordo. Y al contarlos ahora me ha salido uno más de la cuenta. Así que botaron uno anoche. Ignoro cómo me pasó desapercibido. Supongo que se incorporó a las líneas de remolque cuando yo me fijaba en las cubiertas. Pero yo estaba en lo cierto.

Ese barco inglés destacó un bote —de repente tomó a Peyrol por los hombros—.

Usted lo sabía. Le digo que lo sabía.

Agitado violentamente por los hombros, Peyrol levantó los ojos para fijarlos en el airado rostro a pocas pulgadas del suyo. En su cara no se pintó ni el miedo ni la vergüenza, sino una preocupada perplejidad y un obvio interés. Tranquilamente, se limitó a hablar en un tono sosegado.

—Doucement. Doucement.

El teniente desistió con un zarandeo final que no logró hacer tambalear al viejo Peyrol, quien, apenas se vio liberado, asumió un tono didáctico.

—Este terreno es resbaladizo. De haber perdido pie, no me hubiera sido posible evitar echarle la mano encima y habríamos caído juntos por este risco, lo que habría proporcionado más información a los ingleses que la que hubieran podido obtener destacando veinte botes otras tantas noches.

El teniente Réal se vio en su fuero interno intimidado por la mansedumbre de Peyrol. Era inconmovible. Incluso físicamente tenía la impresión de que su esfuerzo había sido tan absolutamente útil como si hubiera intentado zarandear una roca. Se dejó caer en el suelo, preguntando descuidadamente:

—¿Por ejemplo?

Peyrol se inclinó con la compostura adecuada a sus canas.

—¿No ha pensado que de los más o menos ciento veinte ojos de ese barco, puede haber una docena vigilando la costa? Dos hombres cayendo por un risco hubieran constituido algo notable y suficientemente interesante como para que los ingleses enviaran un bote a echar un vistazo a nuestros bolsillos. Y me da la impresión de que, muertos o medio muertos, no nos encontraríamos en el estado más apropiado para impedírselo. No es que me hubiera importado por mí, ni sé qué papeles lleva usted en el bolsillo, pero están sus galones y su uniforme...

—No llevo papeles en el bolsillo, y... —El teniente pareció turbarse por un repentino pensamiento, un pensamiento tan intenso y tan traído por los pelos que pareció como si su cabeza se hubiese quedado en blanco. Se recuperó y siguió hablando en otro tono—: Los galones no serían de mucha información.

—No. No mucha. Pero suficiente como para hacer saber al capitán que se encontraba bajo vigilancia. Porque ¿qué otra cosa puede sugerir el cuerpo muerto de un oficial de la Marina con un catalejo en el bolsillo? Hay cientos de ojos que pueden mirar descuidadamente ese barco todos los días desde todos los puntos de la costa, aunque me figuro que apenas se toman ya esa molestia sus habitantes. Pero es muy distinto saberse bajo observación. No creo, de todos modos, que todo esto importe mucho.

El teniente se estaba recuperando del impacto de aquel súbito pensamiento.

—Papeles en mi bolsillo —masculló para su coleto—. Eso sería una forma perfecta... —Sus labios abiertos se unieron en una sonrisa ligeramente sarcástica con la que se encontró la mirada de reojo de Peyrol, perpleja ante el inexplicable carácter de aquellas palabras—. Apuesto —dijo el teniente—, a que desde que llegué está usted devanándose los viejos sesos en cuanto a mis motivos e intenciones.

Peyrol replicó llanamente:

—Al principio vino usted de servicio, y después vino de nuevo porque hasta en la flota de Tolón puede un oficial tomarse unos pocos días de permiso. En cuanto a sus intenciones, nada tengo que decir, especialmente por lo que a mí concierne. Nadie que nos hubiera visto hace diez minutos las hubiese considerado amistosas.

El teniente se sentó de pronto. Para entonces la balandra inglesa se había hecho visible incluso desde el punto en el que se encontraban.

—¡Mire! —exclamó Réal—. Parece moverse a pesar de la calma.

Peyrol alzó los ojos, sorprendido, y vio al Amelia fuera del área dominada por el farallón, con la proa hacia el Passe. Todos los botes estaban a sus costados y, sin embargo, como Peyrol pudo cerciorarse tras un minuto o dos de cuidadosa observación, se movía.

—¡Se mueve! No cabe la menor duda. Mire la mancha blanca de aquella casa en Porquerolles. ¡Allí! La está tocando con el botalón del bauprés. Dentro de un momento nos la ocultará con las velas de la proa.

—Nunca lo hubiera creído —farfulló el teniente, después de otear con cuidado—.

Y mire, Peyrol, el agua está completamente lisa.

Peyrol dejó caer la mano con que se había protegido los ojos del sol.

—Sí —dijo—. Ese barco respondería al suspiro de un niño con mayor rapidez que una pluma, y los ingleses lo descubrieron en cuanto se hicieron con él. Fue capturado en Génova pocos meses después de que yo regresara y echara aquí mis amarras.

—No lo sabía —murmuró el joven.

—¡Ajá, teniente! ¿Duele aquí, verdad? —preguntó Peyrol, apretándose el pecho con la punta de un dedo—. No hay un mal francés entre nosotros. ¿Es que se cree que es un placer para mí ver esa bandera en lo más alto de sus mástiles? Mírela, ahí la tiene entera. Mire esa enseña colgando como si no hubiera un hálito de viento bajo los cielos... —Su pie golpeó súbitamente el suelo—. ¡Y sin embargo se mueve!

Aquellos que en Tolón piensen en capturarla viva o muerta habrán de tener muy buenos planes y muy buenos hombres para llevarlo a la práctica.

—Algo de eso se habló en el Almirantazgo de Tolón —dijo Réal.

El pirata movió la cabeza.

—No necesitaban enviarle a usted para eso —dijo—. Hace un mes que vengo observando a ese navío y al capitán que ahora lo manda. Me sé todos sus hábitos, sus trucos y sus argucias. Ese hombre es un marino cabal, de eso no cabe la menor duda.

Pero puedo decir por adelantado todo lo que haría en un instante concreto.

El teniente Réal se tumbó de nuevo, con las manos entrelazadas bajo la cabeza.

Pensó que aquel viejo no alardeaba. Conocía bien el barco inglés, y si se llevara a cabo algún intento de capturarlo, sería bueno tener sus ideas en cuenta. En sus relaciones con el viejo Peyrol, sin embargo, el teniente Réal padecía sentimientos contradictorios. Réal era el hijo de un matrimonio de pequeños hidalgos campesinos que habían sido decapitados en el plazo de una semana. El delegado del Comité Revolucionario de la ciudad puso al muchacho bajo los cuidados de un ebanista pobre, pero bien intencionado, que, aunque incapaz de proporcionarle zapatos, no dejó de tratarle con amabilidad. El huérfano huyó, no obstante, de su lado antes de que pasara un año, y se enroló como grumete en un barco republicano que se disponía a emprender una lejana expedición. El mar proporcionó al muchacho otra escala de valores. Al cabo de ocho años de sofocar odios y amores, consiguió por sus propios méritos el grado de oficial, una vez acostumbrado a mirar a los hombres con escepticismo y sin demasiado respeto ni desdén. Sus principios se hicieron puramente profesionales, y no hubo lugar en su vida para la amistad, siendo más desdichado, a ese respecto, que el viejo Peyrol, quien, al menos, conoció los vínculos de la ilegal Hermandad de la Costa. Naturalmente, se convirtió en un hombre muy reservado.

Peyrol, al que no esperaba encontrarse establecido en la península, fue el primer ser humano que rompió la esforzada reserva que la precariedad de las cosas determinó en aquel huérfano de la Revolución. La fuerte personalidad de Peyrol despertó el interés de Réal bajo la forma de una desconfiada atracción mezclada con un desprecio de tipo puramente doctrinario. Estaba claro que aquel sujeto había sido, en una u otra ocasión, algo muy cercano a la piratería, y ésa no era la clase de pasado más recomendable para un oficial de la Marina.

Peyrol había sabido romper la reserva del joven, sin embargo, y finalmente, por aquella brecha habían penetrado todos los que vivían en la granja, cada cual con sus peculiaridades.

Tumbado de espaldas y cerrando los ojos al fulgor del sol, el teniente Réal pensaba en el viejo Peyrol, mientras que Peyrol mismo, con sus canas al sol, parecía estar sentado junto a un cadáver. Lo que de aquel hombre impresionaba al teniente Réal era su facultad de sagaz introspección. La conexión de Réal con la granja de la península estaba muy cerca de ser tal cual la había planteado Peyrol. Primero, en cuanto a la misión específica de establecer un puesto de señales; después, cuando se prescindió de aquel proyecto, en cuanto a una serie de visitas voluntarias. Sin pertenecer a la dotación de ningún barco de la flota, pero asignado al servicio terrestre del Arsenal, el teniente Réal pasó cortos períodos de permiso en la granja, donde nadie hubiera podido asegurar si se encontraba realmente de permiso o cumplía con alguna misión en concreto. Ni siquiera él, personalmente, podía (o quería) aclarar ese punto. Últimamente se sentía asqueado de su trabajo. Tampoco tenía en el mundo otro lugar ni otra persona a quien dirigirse. ¿Era acaso Peyrol la razón de su visita? Una comprensión muda, desafiante y singularmente sospechosa se estableció imperceptiblemente entre él y aquel viejo delincuente de quien podía suponerse que estaba allí porque tal era el lugar que había escogido para morir, de no ser porque la robusta personalidad de Peyrol y su sosegada vitalidad constituían algo antagónico con la idea de la muerte. El pirata se comportaba como si tuviera todo el tiempo del mundo a su disposición.

Peyrol habló de pronto, con los ojos fijos en un punto frente a él, como si se dirigiera a la isla de Porquerolles, a ocho millas de distancia.

—Sí... Me sé todos sus movimientos, aunque debo decir que ese truco de navegar cerca de nuestra península es algo insólito.

—Ya... cogiendo peces para el desayuno del capitán —murmuró Réal, sin abrir los ojos—. ¿Dónde se encuentra ahora?

—En medio del Passe, ocupado en izar todos los botes. ¡Y no cesa de moverse!

Ese barco seguirá moviéndose mientras se incline la llama de una vela puesta sobre su cubierta.

—Ese barco es una maravilla.

—Ha sido construido en astilleros franceses —dijo amargamente Peyrol.

Durante un largo tiempo no hubo ningún otro sonido. Al cabo habló el teniente, con un tono neutro.

—Está usted muy seguro de eso. ¿Cómo lo sabe?

—Llevo un mes observando esa corbeta, sea cual sea el nombre que tuviera o el que le hayan puesto los ingleses. ¿Ha visto alguna vez un barco inglés con semejante proa?

El teniente permaneció silencioso, como si hubiera perdido todo interés y allí, a menos de una milla de distancia, no hubiera nada parecido a un buque de guerra inglés. Pero reflexionaba intensamente. Tenía información confidencial de cierta misión a ejecutar según las instrucciones enviadas desde París. No se trataba de una operación militar, sino de una misión de la mayor importancia. E implicaba un riesgo no tanto mortal como particularmente odioso, hasta el punto de que un hombre de valor lo evitaría, pues hay riesgos que, sin ser letales, pueden aconsejar su elusión al hombre más decidido.

—¿Ha probado usted la prisión, Peyrol? —preguntó súbitamente, en un tono afectadamente somnoliento.

La pregunta casi provocó un grito en Peyrol.

—¡Cielos! ¡No! ¡La prisión! ¿Qué quiere decir con eso?... Una vez fui cautivo de los salvajes. —Luego, calmándose, añadió—: Pero eso es una vieja historia. Yo era joven y no tenía sentido común. Más tarde, hecho ya un hombre, caí esclavo del famoso Ali-Kassim. Pasé quince días encadenado de pies y manos en el patio de un fortín de barro a orillas del golfo Pérsico. Éramos casi veinte Hermanos de la Costa en la misma situación... a consecuencia de un naufragio.

—Ya —dijo el teniente, en un tono verdaderamente lánguido—. Y seguro que todos acabaron al servicio de aquel pirata sediento de sangre.

—De todos los miles de moros que tenía a sus órdenes, ni uno solo sabía manejar bien un cañón. Pero Ali-Kassim hacía la guerra como un príncipe. Cruzamos el golfo formando una buena flota, tomamos una ciudad en la costa de Arabia y la saqueamos.

Unos cuantos y yo pudimos hacernos con un cárabo armado y atravesar con él la flota mora. Varios murieron después, de sed. De todos modos, fue una gran aventura. Pero no me hable de prisiones. Un hombre siempre encuentra la oportunidad de luchar hasta morir, ¿me entiende?

—Sí, le entiendo —respondió con lentitud el teniente—. Creo que le conozco muy bien. Supongo que una prisión inglesa...

—Éste es un tema horrible de conversación —le interrumpió Peyrol, con voz alta y sentida—. Cualquier muerte es mejor que la prisión. ¡Naturalmente! ¡Cualquier tipo de muerte! ¿Qué es lo que le ronda por la cabeza, teniente?

—Oh, no es que esté pensando en su muerte —respondió Réal con parsimonia y manteniendo su actitud desinteresada.

Peyrol, sujetándose las piernas con los dedos entrelazados, miraba fijamente al navío inglés que flotaba con indolencia en el Passe, mientras se entregaba mentalmente a la consideración de aquellas palabras que habían flotado, igualmente indolentes, en la paz y el silencio de la mañana. Cuando habló, lo hizo en un tono bajo.

—¿Pretende asustarme?

El teniente se rió agriamente. Ni con palabras, ni con miradas o gestos pareció haberse percatado Peyrol de aquel sonido enigmático y desagradable. Cuando la risa cesó, el silencio entre los dos hombres se hizo tan opresivo que ambos se levantaron como bajo un común impulso. El teniente se puso en pie con ligereza. Peyrol se levantó con mayor reposo y dignidad. Quedaron el uno al lado del otro, incapaces de apartar los ojos del barco enemigo que se encontraba a sus pies.

—Me pregunto por qué se ha colocado en esa curiosa posición —dijo el oficial.

—¿Eso es lo que se pregunta? —gruñó Peyrol con sequedad—. Si sólo hubiéramos tenido un par de piezas del dieciocho sobre esas rocas de la izquierda, la hubiéramos desarbolado en unos diez minutos.

—El buen y veterano artillero —comentó irónicamente Réal—. Y luego ¿qué?

Nos hubiéramos lanzado al agua con el sable entre los dientes y la hubiéramos tomado al abordaje, ¿no?

La ocurrencia provocó en Peyrol una serena sonrisa.

—No, no, ¡no! —protestó sobriamente—. Pero ¿por qué no avisar a Tolón de su presencia? Mandarían una o dos fragatas y la capturarían inmediatamente. He planeado muchas veces su captura, sólo por calmarme los nervios. Muchas veces, por la noche, me he quedado en la ventana de mi habitación del piso alto mirando hacia el punto de la bahía en el que sabía que tenía largada el ancla, pensando en la pequeña sorpresa que podría darle a ese capitán si yo no fuera únicamente Peyrol, el viejo artillero.

—Sí. Que se mantiene lejos de la vista, con una mala nota contra su nombre en los libros del Almirantazgo, en Tolón.

—No puede decir que haya tratado de ocultarme de usted, que es un oficial de la Marina —le interrumpió con presteza Peyrol—. No temo a hombre alguno. No salí.

Me alejé de Tolón, simplemente. Nadie me ordenó permanecer allí. Y no puede usted decir que me haya alejado mucho.

—Sabía lo que hacía. Y actuó de la manera más inteligente.

—Ya está usted otra vez buscando algo sucio, como aquel sujeto de grandes charreteras en la Comandancia del Puerto, que andaba loco por encerrarme sólo por haber traído conmigo una presa desde el océano Índico, a ocho mil millas de distancia, evitando todo navío inglés que se interponía en mi camino; algo que quizá superaba a todo lo que él hubiera podido hacer. Tengo mi título de artillero, firmado por el ciudadano Renaud, un chef d’escadre. No me lo dio por cruzarme de brazos ni por ocultarme bajo la andana cuando el enemigo estaba cerca. A bordo de nuestros barcos no faltaban patriotas que se portaran así, se lo aseguro. Pero con república o sin república, ésa no es la manera de obtener un título de artillero.

—Eso es cierto —dijo Réal, con los ojos clavados en el navío inglés cuya proa se balanceaba ahora hacia el norte—. Mire, parece que ha terminado por perder el rumbo —comentó entre paréntesis a Peyrol, que miró también en esa dirección y asintió—. Eso es cierto, como también lo es que tardó usted muy poco en intimar con un grupo de patriotas de tierra adentro, jefes de sección, terroristas...

—Sí. ¿Y qué? Quería saber lo que tenían que decir. Hablaban como una partida de sinvergüenzas borrachos que hubiesen robado un barco. Pero no eran como los que vendieron el puerto a los ingleses. Eran sólo un grupo de marineros de agua dulce sedientos de sangre. Me fui de la ciudad tan pronto como pude. Recordé que había nacido aquí. No conocía otro lugar de Francia ni tenía intención de buscarlo. Nadie vino en mi busca.

—No por aquí. Supongo que estimaron que esto estaba muy cerca. Le buscaron, pero no mucho. Luego se desentendieron del asunto. Si hubiesen perseverado y le hubieran nombrado almirante, quizá habrían vencido en Abukir.

Ante la mención de ese nombre, Peyrol agitó su puño contra el sereno cielo mediterráneo.

—Y, sin embargo, no éramos peores que los ingleses —gritó—, y no hay en el mundo barcos como los nuestros. Pero ya ve usted, teniente, el dios republicano de esos charlatanes nunca nos dará a los marinos la oportunidad del juego limpio.

El teniente le miró con sorpresa.

—¿Qué sabe usted de un dios republicano? —preguntó—. ¿A qué se refiere?

—He visto y he oído hablar de más dioses de los que podía usted soñar en toda una larga noche. En todos los rincones de la Tierra, en el profundo corazón de los bosques, lo cual es inconcebible. Imágenes, piedras, estacas... Ha de haber algo en esa idea... Y a lo que me refiero —continuó en tono resentido— es a que su dios republicano, que no es una estaca ni una piedra, sino que más bien parece una especie de fantoche, jamás nos ha dado a los marinos un jefe como el que tienen los soldados que combaten en tierra firme.

El teniente Réal miró con grave atención a Peyrol y luego observó con calma:

—Bueno, el dios de los aristócratas está de vuelta, y parece que vuelve trayendo un emperador consigo. ¿No han oído nada de eso ustedes, los de la granja?

—No —dijo Peyrol—. No he oído hablar de emperador alguno. Pero ¿qué importa? Bajo un nombre u otro, un jefe no puede ser más jefe, y ese general al que les ha dado por llamar cónsul es un buen jefe. Nadie puede negarlo.

Tras pronunciar esas palabras en un tono dogmático, Peyrol echó un vistazo al sol y sugirió que ya era hora de bajar a la granja pour manger le soup. El teniente Réal, con el rostro repentinamente sombrío, echó a andar seguido de Peyrol. A la primera vuelta del sendero vieron las casas de Escampobar, con los pichones andando todavía por los tejados, las huertas radiantes y los patios sin bicho viviente. Peyrol comentó que todos se encontraban, sin duda, en la cocina, aguardando su regreso. Él estaba verdaderamente hambriento.

—¿Y usted, teniente?

El teniente no tenía hambre. Al percibir el malhumor con el que lo dijo, Peyrol movió astutamente la cabeza a sus espaldas. Bien, a pesar de todo, los hombres tenían que comer. Él, Peyrol, sabía bien lo que era carecer de comida por completo; hasta las medias raciones eran muy poca cosa para cualquiera que tuviera que trabajar o luchar.

Y no podía imaginar circunstancia alguna en la que él dejara de comer mientras hubiera algo de alimento al alcance de la mano.

Su inusitada garrulería no provocó respuesta alguna, pero Peyrol continuó con el tema, como si sus pensamientos giraran en torno a la comida, mientras que sus ojos se movían de acá para allá y sus oídos se aguzaban ante el más ligero ruido. Cuando llegaron frente a la casa, Peyrol se detuvo y miró ansiosamente hacia el sendero que conducía al mar, dejando que el teniente entrara en el café. La parte de Mediterráneo que se veía desde la puerta del café, estaba tan vacía de velas que parecía un mar aún no descubierto. El sordo tintineo de un agrietado cencerro colgado del cuello de alguna vaca vagabunda fue el único sonido que percibió, acentuando la paz dominical de la granja. Dos cabras descansaban tendidas en la ladera occidental de la colina.

Todo ejercía un efecto tranquilizante, y la expresión ansiosa del rostro de Peyrol comenzaba a disiparse cuando una de las cabras se levantó de un brinco. El pirata dio un respingo y quedó en una actitud de tensa aprensión. Un hombre cuyo estado de ánimo es de tal índole que el brinco de una cabra es capaz de sobresaltarle, no puede ser feliz. La otra cabra, sin embargo, continuó tumbada. No había, realmente, razón para alarmarse, y Peyrol, recuperando en lo posible el habitual sosiego de su compostura, siguió al teniente y entró en la granja.

Capítulo 7

Como habían puesto un solo cubierto para el teniente en el extremo de una larga mesa de la sala, él comió allí mientras los otros lo hacían en la cocina: el extraño y variado grupo de costumbre, servido por la inquieta y silenciosa Catherine. Pensativo y hambriento, Peyrol se hallaba sentado frente al ciudadano Scevola, vestido con ropas de trabajo y muy concentrado en sí mismo. El aspecto de Scevola era más febril que lo usual, con las manchas rojas de sus pómulos muy acusadas sobre la espesa barba. De vez en cuando, la señora de la granja abandonaba su lugar junto al viejo Peyrol y se iba a la salle para atender al teniente. Las otras tres personas no parecían reparar en sus ausencias. Hacia el final de la comida Peyrol se retrepó en su silla de madera, y dejó descansar su mirada en el ex terrorista que aún no había terminado y seguía atareado en su plato, con el aire del hombre que ha tenido una dura mañana de trabajo. La puerta que conducía de la cocina a la salle estaba abierta de par en par, pero ningún sonido de voces atravesaba su umbral.

El interés de Peyrol hacia los estados de ánimo de la gente con la que vivía era muy reciente. Ahora, sin embargo, se preguntaba cuáles podían ser los pensamientos del ex terrorista patriota, de aquella sanguinaria y extremadamente mísera criatura que ocupaba el lugar del señor de la granja Escampobar. Pero cuando el ciudadano Scevola levantó al fin la cara para tomar un largo trago de vino, su rostro —tan coloreado que parecía una máscara pintada— no revelaba nada en absoluto. Sus ojos se encontraron.

—¡Sacrebleu! —dijo, al fin, Peyrol—. Si sigue usted sin dirigir la palabra a nadie, acabará olvidando hasta cómo se habla.

El patriota sonrió desde la profundidad de su barba; una sonrisa que por alguna razón, quizá el mero prejuicio, le recordaba siempre a Peyrol la mueca defensiva de un pequeño animal salvaje temeroso de verse acorralado.

—¿De qué vamos a hablar? —replicó—. Usted vive con nosotros sin moverse de aquí. Supongo que ha contado miles de veces los racimos de la parra del cercado y los higos de la higuera de la tapia occidental... —Dejó de hablar y aguzó el oído hacia el silencio de muerte que reinaba en la salle. Después, elevando ligeramente la voz, dijo—: Usted y yo sabemos todo lo que pasa aquí.

Peyrol frunció las comisuras de los párpados en una mirada penetrante y escrutadora. Catherine se puso a limpiar la mesa comportándose como si fuese sorda.

Su rostro color nogal, con las mejillas y los labios hundidos, hubiera podido ser una escultura por la maravillosa inmovilidad de sus delicados pliegues. Su porte era erguido, y diligente el movimiento de sus manos. Peyrol dijo:

—No hablemos de la granja. ¿Tiene usted alguna noticia reciente?

El patriota negó violentamente con la cabeza. Tenía horror a las noticias. Todo se había perdido. Perjuros y renegados dirigían el país. Todas las virtudes patrióticas habían muerto. Golpeó la mesa con el puño y se quedó escuchando, como si el golpe hubiera podido levantar algún eco en la silenciosa casa. Ni el más ligero sonido llegó de parte alguna. El ciudadano Scevola suspiró. Le parecía ser el único patriota que quedaba, y ni siquiera en aquel retiro estaba su vida a salvo.

—Lo sé —dijo Peyrol—. Lo vi todo por la ventana. Corría usted como una liebre, ciudadano.

—¿Iba a permitir que aquellas bestias supersticiosas me sacrificaran? —arguyó el ciudadano Scevola con voz aguda y genuina indignación, ante la fría mirada de Peyrol, que apenas pudo oírle musitar—, aunque quizá lo más adecuado hubiera sido dejar que aquellos perros reaccionarios acabaran conmigo en aquella ocasión.

La anciana, que lavaba en el fregadero, miró con desasosiego a la puerta de la salle.

—¡No! —gritó el solitario sans-culotte—. No es posible. Tienen que quedar muchos patriotas en Francia. El fuego sagrado arde todavía. —Durante un momento ofreció el aspecto de un hombre con ceniza en la cabeza y desolación en el pecho. El brillo se extinguió en sus ojos almendrados. Pero poco después dirigió una mirada de soslayo a Peyrol, como si comprobara el efecto logrado, y comenzó a declamar en voz baja, cual si ensayara un discurso a sí mismo—. No, no es posible. Llegará un día en el que la tiranía se tambaleará, y entonces será el momento de echarla abajo de nuevo. ¡Seremos miles los que nos levantaremos y... ça ira!

Esas palabras y el apasionado vigor con el que se pronunciaron no causaron el menor efecto en Peyrol. Con la cabeza apoyada en su poderosa mano morena, pensaba en otra cosa tan obviamente como para deprimir de nuevo a aquel pobremente combativo espíritu terrorista que anidaba en el solitario corazón del ciudadano Scevola. El resplandor del sol reflejado en la cocina se oscureció por el cuerpo del pescador de la laguna, que saludaba tímidamente desde la puerta. Sin alterar su postura, Peyrol le dirigió una mirada curiosa. Catherine le atendió, secándose las manos en el delantal.

—Qué tarde llega a comer, Michel.

El pescador entró entonces, tomó de manos de la mujer una escudilla de loza y un buen pedazo de pan, y se dirigió con ello hacia el patio. Peyrol y el sans-culotte se levantaron de la mesa. Este último, tras vacilar como si no supiera dónde ir, se encaminó bruscamente al pasillo, mientras Peyrol, eludiendo la ansiosa mirada de Catherine, se dirigió al patio. A través de la puerta de la salle echó un vistazo a Arlette, que, sentada muy erguida y con las manos sobre el regazo, observaba a alguien a quien no pudo ver, pero que no podía ser otro que el teniente Réal.

En el patio intensamente soleado los pollos dormían la siesta distribuidos por grupos pequeños en los retazos de sombra. Pero el sol no preocupaba a Peyrol.

Michel, que comía bajo el tejado del galpón, dejó la escudilla en el suelo y se unió a su amo junto al pozo rodeado por un muro bajo de piedra y coronado por un arco de hierro forjado sobre el que se retorcían las ramas de una higuera. Tras la muerte de su perro, el pescador había abandonado la laguna salada, dejando su barca podrida en el barro de la orilla y sus redes miserables en la oscura choza. No se preocupó por encontrar otro perro y, además, ¿quién iba a dárselo? Él era el último de los hombres.

¡Alguno había de serlo! No había sitio para él en la vida de la aldea. Así que, una bella mañana, se fue a la granja a ver a Peyrol. O quizá sería más acertado decir que fue a que le viera Peyrol. Ésa era precisamente la única esperanza que le quedaba. Se sentó en una piedra al otro lado de la puerta y dejó a sus pies un hatillo, que consistía en una vieja manta y un palo torcido. Parecía la criatura más mansa, inocente y abandonada de la Tierra. Peyrol escuchó gravemente el confuso relato de la muerte de su perro. Personalmente, jamás se habría hecho amigo de un perro como el de Michel, pero comprendía perfectamente que las cosas hubieran dejado de ser como fueron a la orilla de la laguna. De manera que cuando Michel concluyó con las palabras: «Pensé en pasarme por aquí», Peyrol, sin aguardar una petición clara, dijo:

—Trés bien. Serás mi tripulación —y le señaló el sendero que conducía a la costa.

Y como Michel se levantó con su hatillo y el palo, y echó a andar sin esperar más instrucción, le gritó—: Encontrarás pan y una botella de vino en un armario a popa.

Desayuna.

Tales fueron las únicas formalidades con las que Michel quedó enrolado para servir como «tripulación» a bordo del barco de Peyrol. En efecto, el pirata no había perdido el tiempo sin hacerse con cualquier cosa capaz de flotar. No fue fácil dar con algo que mereciese la pena. La miserable población de la Madrague, un villorrio de pescadores en el camino a Tolón, no tenía cosa alguna que vender. Y lo que poseía no estimulaba sino el desdén de Peyrol. Antes que uno de sus barcos, hubiera comprado un catamarán de tres troncos atados con bejucos; pero allí, en la playa, solitaria y prominente, sumida en la melancolía de los avatares climatológicos, reposaba una tartana de dos palos, con el cordaje caído en festones, blanqueado por el sol, y largas resquebrajaduras en los mástiles resecos. Nadie dormitaba nunca a la sombra de su casco, del que las gaviotas del Mediterráneo habían hecho su hogar. Parecía el resto de un naufragio arrojado a la tierra por un mar despectivo. Examinándola de lejos, Peyrol vio que el gobernalle aún se mantenía en su sitio. Siguió con la mirada el contorno del navío y se dijo a sí mismo que una nave con aquella apariencia navegaría bien. Era mucho más grande de lo que esperaba, y ése era un dato que le resultaba fascinante. Era como si todas las orillas del Mediterráneo quedaran a su alcance: Baleares y Córcega, Berbería y España. Peyrol había navegado centenares de millas en el océano con naves no más grandes que aquélla. A su espalda, silenciosamente perplejas, un grupo de mujeres de pescadores, flacas y destocadas, con un enjambre de chiquillos desharrapados colgando de las faldas, miraban al primer forastero que veían en muchos años.

Peyrol consiguió en el villorrio que le prestaran una pequeña escalera (en la que puso mayor confianza que en las cuerdas que colgaban de la borda) y la bajó hasta la playa, seguido a respetable distancia por aquellas mujeres, que no se perdían ripio, y los chiquillos. Para aquella gente constituía un fenómeno y una maravilla, tal como le había pasado antes en más de una isla de los distantes mares. Subió a bordo de la descuidada tartana y se irguió sobre la proa, haciéndose el centro de todas las miradas. Una gaviota se alejó con un grito de ira. En el fondo de la abierta bodega no había más que arena, unas pocas piezas rotas de madera, un anzuelo enmohecido y algo de una paja que debía haber viajado millas con el viento antes de hallar allí su reposo. En la popa había un tragaluz y una escala, y los ojos de Peyrol se posaron, fascinados, en un enorme candado que aseguraba una puerta de corredera. Tal parecía que allí hubiera secretos o tesoros, aun cuando lo más probable era que no hubiera nada. Peyrol volvió la cabeza y, con toda la fuerza de sus pulmones, gritó en la dirección de las mujeres de los pescadores, a las que se habían unido dos hombres muy viejos y un jorobado que se balanceaba entre dos muletas.

—¿Hay alguien al cuidado de esta tartana?

La primera respuesta fue que todos se echaron atrás. Sólo el jorobado se mantuvo en su sitio, respondiéndole con una voz inesperadamente gruesa.

—Es usted el primero que sube a bordo en muchos años.

Las mujeres de los pescadores le admiraron por su intrepidez, pues, de hecho, Peyrol les parecía un ser temible.

«Debí habérmelo imaginado —pensó Peyrol—, a juzgar por el espantoso estado en que se encuentra». La gaviota afectada había regresado con algunas amigas tan indignadas como ella, volando todas en círculo, a diferentes niveles y chillando salvajemente sobre la cabeza de Peyrol. Éste gritó de nuevo:

—¿A quién pertenece?

El ser que se mantenía sobre las muletas alzó un dedo hacia los circulantes pájaros y respondió con voz profunda:

—A ellos... por lo que a mí se me alcanza. —Y como Peyrol le mirara por encima de la borda, agregó—: Antes pertenecía a Escampobar. ¿Conoce Escampobar? Es una casa en la hondonada entre aquellas colinas.

—Sí, conozco Escampobar —gritó Peyrol, volviéndose para apoyarse en el mástil y adoptar una postura que mantuvo largo rato.

Su inmovilidad produjo el hastío de aquella muchedumbre, que comenzó a moverse hacia los tabucos, con el jorobado que se tambaleaba entre sus muletas cerrando la marcha. Peyrol se quedó solo con las irritadas gaviotas. Se quedó a bordo de la trágica embarcación que había conducido a los padres de Arlette hasta su muerte en la vengativa masacre de Tolón, y que había llevado a la joven Arlette y al ciudadano Scevola de regreso a Escampobar, donde la vieja Catherine, a quien habían dejado sola, llevaba días aguardando el retorno de alguien. Días de angustia y oración, mientras escuchaba el retumbar de los cañones en torno a Tolón y percibía luego, con un temor diferente, pero casi mayor, el silencio de muerte que se extendía a continuación.

Peyrol, que se gozaba en la sensación de tener bajo los pies algo parecido a un barco, rechazó las imágenes del horror que se relacionaban con aquella desolada tartana. Se hizo tarde antes de que regresara a la granja, de manera que cenó solo. Las mujeres se habían retirado, y el sans-culotte, que fumaba en la puerta su corta pipa, le siguió hasta la cocina y le preguntó dónde había estado y si se había perdido. Esa pregunta dio pie a Peyrol para lo que buscaba. Había estado en la Madrague y había visto una tartana muy hermosa pudriéndose en la playa.

—Me dijeron que era suya, ciudadano.

El terrorista se limitó a parpadear.

—¿Qué es lo que pasa? ¿No es la embarcación que le trajo hasta aquí? ¿No me la quiere vender? —Peyrol esperó un poco—. ¿Por qué no habría de hacerlo?

El patriota no tenía, al parecer, ninguna objeción firme. Se limitó a mascullar algo acerca de que la tartana estaba muy sucia, lo que hizo que Peyrol le mirara con un intenso asombro.

—Estoy dispuesto a quedármela tal cual está.

—Seré franco con usted, ciudadano. Verá, estando esa tartana atracada en Tolón, un grupo de traidores fugitivos, hombres, mujeres y niños también, subió a bordo y cortó las amarras con ánimo de escapar. Pero los vengadores no estaban lejos y supieron hacer su trabajo con rapidez. Cuando otro hombre y yo dimos con la tartana, detrás del Arsenal, hubimos de limpiar de cadáveres el camarote y la bodega, tirándolos por la borda. Así que la encontrará usted muy sucia. No tuvimos tiempo de adecentarla.

Peyrol sintió ganas de reír. Había visto cubiertas anegadas en sangre, y había ayudado a tirar cadáveres por la borda después de un combate, pero dirigió una mirada hostil al ciudadano. «Intervino, sin duda, en la masacre», pensó. Pero no hizo comentario alguno. Recordó simplemente el enorme candado que guardaba el osario vacío de popa. El terrorista insistió:

—De verdad que no tuvimos un momento para limpiarla. Las circunstancias eran de tal índole que me vi obligado a huir rápidamente, por miedo a que aquellos falsos patriotas me prepararan una carmañola u otra. En mi sección se dieron conflictos muy amargos. Y yo no era el único en huir, ¿comprende?

Peyrol cortó aquellas explicaciones con un ademán. Pero antes de que ambos se fueran a la cama, podía considerarse el dueño de aquella trágica tartana.

Al día siguiente regresó al villorrio y se instaló para pasar unos días. Aunque el terror que inspirara se fue disipando, nadie se aventuró a acercarse demasiado a la tartana. Peyrol no quería ayuda de nadie. Arrancó él mismo el enorme candado con una barra de hierro, y dejó que la luz del día penetrara en el pequeño camarote que mostraba, desde luego, los rastros de la masacre en las manchas de sangre del maderaje. Por lo demás, se encontraba vacío, salvo por un mechón de largos cabellos y un pendiente de mujer, una baratija que Peyrol recogió y contempló largo rato.

Hallazgos como aquel no eran insólitos en su pasado. Podía imaginar, sin gran emoción, aquella pequeña estancia atestada de cadáveres. Se sentó y miró las manchas y las salpicaduras ignoradas durante años por la luz del sol. El barato pendientillo reposaba ante él, en la mesa toscamente labrada del camarote, entre las alacenas. Peyrol movió pesadamente la cabeza. Él, en todo caso, jamás había sido un hombre sanguinario.

Peyrol hizo la limpieza sin ayuda de nadie. Después se dedicó a habilitar la tartana con amore. Todavía persistían en él los hábitos del trabajo y le resultaba agradable tener algo que hacer. Aquella grata tarea tenía todo el aire de los preparativos de un viaje que, de esa manera, se convertía en un cálido sueño. Y Peyrol terminaba todas las tardes con la satisfacción de haber dado un paso más hacia esa ilusión. Enhebró nuevos aparejos, pulió los mástiles, barrió, fregó y pintó sin ayuda de nadie, trabajando con tanto ahínco y esperanza como si se encontrara preparando la huida de una isla desierta. Tan pronto como hubo limpiado y renovado el pequeño agujero del oscuro camarote, comenzó a dormir a bordo. Sólo hizo una visita de dos días a la granja, y como si se hubiera concedido unas vacaciones. Esos días los ocupó, mayormente, en observar a Arlette. Ella era, quizá, el primer ser humano inquietante con el que se topaba. Peyrol no sentía desprecio hacia las mujeres. Las había visto amar, sufrir, aguantar, alborotar e incluso luchar con las manos con los hombres. Por lo general, había que estar en guardia contra hombres y mujeres, pero, en cierto sentido, las mujeres eran más dignas de confianza. Era evidente que conocía menos a las mujeres de su país que a las de otro cualquiera. Su experiencia en un variado número de razas le sugería, sin embargo, la vaga idea de que las mujeres eran bastante parecidas en todos los lugares. Y ésta era una criatura adorable. Producía en él el mismo efecto que una niña, despertaba una íntima emoción que hasta entonces había ignorado que pudiera darse en un hombre. Su carácter distante le impresionaba. «¿Será que me estoy haciendo viejo?», se preguntó súbitamente una tarde, sentado en el banco contra la pared, y mirando el punto por el que ella había desaparecido, tras cruzarse con su mirada.

Él mismo se sentía observado por Catherine, a quien solía sorprender mirándole desde detrás de las esquinas o a través de las puertas entornadas. Peyrol la miraba abiertamente, consciente de la impresión que producía en ella: una mezcla de curiosidad y pavor. Tenía la idea de que ella no desaprobaba su presencia en la granja, en la que, según veía él claramente, su vida no se podía decir que era agradable, sin que esto tuviera relación alguna con el hecho de que fuera ella la encargada de todo el trabajo doméstico. Se trataba de una mujer de poco más o menos la misma edad que Peyrol, derecha como un palo, pero con el rostro surcado de arrugas. Una tarde en que ambos se encontraban solos en la cocina, Peyrol le dijo:

—Usted debió de ser en su época una mujer atractiva, Catherine. Es extraño que no se casara.

Ella se volvió bajo la alta repisa de la chimenea, y pareció quedarse estupefacta, sorprendida y sin dar crédito a lo que oía, cosa que irritó a Peyrol vivamente.

—¿Qué ocurre? Está usted tan sorprendida como si la hubiera dirigido la palabra el viejo asno del patio. No puede usted negar su belleza de los viejos tiempos.

Ella se recobró de su asombro y dijo:

—Nací aquí, crecí aquí y decidí muy pronto morir aquí.

—Rara decisión para una muchacha —dijo Peyrol.

—No hay por qué hablar de ello —dijo la anciana, retirando una perola de las calientes cenizas—. Entonces —agregó, dándole la espalda— no pensaba que iba a vivir mucho tiempo. Me enamoré de un cura cuando tenía dieciocho años.

—¡Ah! ¡Caramba! —exclamó Peyrol entre dientes.

Ella siguió hablando en un tono tranquilo.

—En aquella época recé para que me alcanzara la muerte. Pasé noches enteras hincada de rodillas en la habitación de arriba, donde usted duerme. Rehuí a todo el mundo. La gente comenzó a decir que estaba loca. Esa gentuza de aquí siempre nos ha odiado. Su lengua es venenosa. Me pusieron el apodo de la fianceé du prêtre. Sí, era hermosa, pero ¿quién me hubiera dirigido la mirada aun en el caso de que yo lo hubiera deseado? Tuve sólo la suerte de contar con una buena persona por hermano.

Él me comprendía. No me dijo ni una palabra al respecto, pero a veces, cuando nos encontrábamos solos y ni siquiera su esposa se encontraba presente, me ponía dulcemente la mano en el hombro. No he pisado la iglesia desde entonces, y jamás lo haré. Pero ya no tengo nada contra Dios.

El desvelo y la preocupación habían desaparecido. En pie, derecha como un palo, miraba de frente a Peyrol con un aire confiado. El pirata no sabía qué decir, y se limitó a asentir dos veces con la cabeza. Catherine se volvió para poner la perola a enfriar en el fregadero.

—Sí, deseaba morir. Pero no lo hice, y ahora tengo algo que hacer —la anciana se sentó junto al fuego, y apoyó la barbilla en la mano—. Y me atrevo a decir que usted sabe de lo que estoy hablando.

Peyrol se levantó lentamente.

—¡Bueno! Bonsoir —dijo—. Me voy a la Madrague. Quiero empezar de nuevo a trabajar en la tartana al amanecer.

—¡No me hable de esa tartana! Ella se llevó a mi hermano para siempre. Yo me quedé en la orilla, viendo cómo sus velas se hacían cada vez más pequeñas. Después regresé sola a la granja.

Moviendo con calma aquellos labios marchitos que ni amante ni hijo alguno besaran jamás, la anciana Catherine habló a Peyrol de los días y noches de espera, con el distante retumbar de los cañones en los oídos. Solía sentarse en el banco de fuera, esperando noticias, contemplando el titilar de las luces en el cielo y oyendo las tremendas explosiones de la artillería sobre las aguas. Hubo una noche en la que el mundo pareció haber llegado a su fin. El cielo ardía y la tierra se estremeció hasta sus cimientos. Ella sintió que la casa temblaba y, levantándose de un salto, aulló de miedo. Aquella noche no se acostó. A la mañana siguiente vio el mar cubierto de velas, y una nube de humo negro y amarillo cernida sobre Tolón. Un hombre que venía de la Madrague le dijo que le parecía que la ciudad entera había reventado. Ella le dio una botella de vino, y el hombre le ayudó aquella tarde a alimentar el ganado, manifestando antes de irse su opinión de que nadie podía haber quedado vivo en Tolón, ya que los pocos supervivientes habrían huido en los barcos ingleses. Casi una semana más tarde, ella se encontraba amodorrada junto al fuego cuando la despertaron unas voces que sonaban de fuera y vio en medio de la salle, pálida como un cadáver salido de la tumba, con una manta empapada de sangre sobre los hombros, y un gorro rojo en la cabeza, a una joven de terrible aspecto, y en quien reconoció de pronto a su sobrina. «¡François! ¡François!», gritó Catherine, aterrada.

Era el nombre de su hermano, al que esperaba encontrar fuera. Su grito asustó a la muchacha, que salió corriendo. Fuera reinaba la calma. «¡François!», gritó de nuevo.

Y tambaleándose hasta llegar a la puerta, vio cómo su sobrina se colgaba de un extraño de gorro rojo y sable a la cintura, que gritó con excitación: «Nunca más verás a François. ¡Vive la République!».

—Reconocí al hijo de los Bron —prosiguió Catherine—. Conocí a sus padres.

Cuando comenzaron los líos, abandonó el hogar para irse con la Revolución. Caminé hasta él y retiré a la muchacha de su lado. La chica no necesitaba de nadie que la engatusara, y siempre me tuvo cariño —continuó, levantándose de la banqueta y acercándose un poco más a Peyrol—. Se acordaba de su tía Catherine. Le arranqué de los hombros aquella horrible manta. La sangre formaba grumos en su cabello y manchaba sus ropas. La llevé arriba, y ella se dejó llevar como una criatura desamparada. La desnudé y la examiné de arriba abajo. No mostraba herida alguna.

De eso estaba yo segura, pero ¿de qué más podía estarlo? Me era imposible entender las cosas que balbucía, pues su voz misma me turbaba. Se durmió en cuanto la puse en la cama, y yo me quedé contemplándola y casi volviéndome loca al pensar en las cosas que podían haberle ocurrido. Cuando bajé las escaleras, me encontré con aquel inepto en la casa, parloteando y fanfarroneando con jactancia hasta que consiguió hacerme creer que estaba viviendo una pesadilla. Mi cabeza se había convertido en un torbellino. Aquel hombre reclamaba a Arlette y Dios sabe qué más. Me pareció entender cosas que me pusieron los pelos de punta. Me clavé las uñas en las manos con toda la fuerza que pude para no perder el control de los sentidos.

—La asustó a usted —dijo Peyrol, mirándola francamente.

Catherine dio un paso hacia él.

—¿Cómo? ¿Asustarme a mí el hijo de los Bron? Pero si era el hazmerreír de las chicas, siempre tonteando al salir de la iglesia los días de fiesta, en la época del rey.

Toda la comarca lo conocía. No. Lo que me dije fue que no me dejaría matar por él.

La chica que acababa de arrebatarle estaba arriba, y yo estaba allí sola frente a aquel hombre con un sable, e incapaz de coger siquiera el cuchillo de la cocina.

—Así que se quedó —dijo Peyrol.

—¿Qué quiere usted que hiciera yo? —preguntó Catherine, con franqueza—. Él había sacado a la chica del matadero. Tuvo que pasar mucho tiempo para que yo me hiciese una idea de lo que había sucedido. Ni siquiera ahora lo sé todo con exactitud, y supongo que nunca lo sabré. Tardé pocos días en tranquilizarme respecto a Arlette, pero pasó mucho tiempo antes de que hablara, y cuando lo hizo no se refirió a nada en particular. Y ¿qué podía hacer yo sola? No estaba dispuesta a condescender y pedir ayuda de alguien. Los de Escampobar nunca hemos sido bien vistos por los labriegos de aquí —dijo orgullosamente—. Y esto es todo lo que puedo decirle.

La voz se quebró, y ella se sentó de nuevo en la banqueta, apoyando la barbilla en la palma de la mano. Cuando Peyrol abandonó la casa para dirigirse al villorrio, pudo ver que Arlette y el patrón doblaban la esquina del muro caminando juntos, pero como si cada cual se mantuviera en una perfecta ignorancia del otro.

Aquella noche durmió a bordo de la renovada tartana, y el sol del amanecer le encontró trabajando en el casco. Había dejado ya de ser un objeto de pavorosa contemplación por parte de los habitantes del villorrio, que, sin embargo, todavía mantenían una actitud desconfiada. El miserable tullido constituía el único vínculo para comunicarse con ellos. Él era, de hecho, la única compañía de Peyrol cuando éste trabajaba en la tartana, y para Peyrol era más eficiente, inteligente y audaz que todos sus compañeros juntos. Podía vérsele bien temprano, por la mañana, marchar con un movimiento de péndulo sobre sus muletas hacia el casco en el que Peyrol solía llevar trabajando algo así como una hora. Peyrol le echaba el cabo de una cuerda, y el tullido apoyaba las muletas en el costado de la embarcación y, a fuerza de manos, aupaba con desenvoltura su maltrecho cuerpecillo, marchito de cintura para abajo.

Sentado en el pequeño castillo de proa, con la espalda contra el mástil y las delgadas piernas retorcidas plegadas ante él, hacía compañía a Peyrol, situado en la otra punta del barco, hablándole con la voz forzada. Luego, al mediodía, compartía con él la comida, cosa lógica, habida cuenta de que era él, por lo general, quien aportaba las provisiones, dispuestas en un curioso cesto que le colgaba del cuello. Así transcurrían las horas de trabajo, que para Peyrol resultaban más cortas al aderezarlas su compañero con perspicaces comentarios y cotilleos de la vida local. Lo que hacía el tullido para informarse era algo difícil de imaginar, y el pirata carecía del conocimiento suficiente de las supersticiones europeas como para suponer que su compañero dedicaba sus noches a volar sobre un palo de escoba, como una especie de brujo. En aquel retorcido desecho de humanidad se albergaba una hombría que sorprendió a Peyrol desde el primer momento. Su voz misma era viril y la índole de sus cotilleos nada tenía de femenina. Incluso mencionó a Peyrol que la gente solía llevarle en carro por el vecindario para que tocara el violín en las bodas y en otras ocasiones festivas, si bien aquello no parecía muy adecuado y hasta él mismo confesó que la Revolución había dado al traste con ese tipo de fiestas. A la gente no le gustaba llamar la atención y todo había que hacerlo bajo cuerda. No había curas que celebraran bodas, y si no había ceremonias, ¿cómo podía haber fiestas? Claro que los niños nacían como antes, pero sin que hubiera nadie que los cristianara, y la gente, de algún modo, parecía rara. Su expresión había cambiado de alguna manera y hasta los chicos y chicas parecían preocupados.

Atareado en una cosa u otra, Peyrol oía, sin parecer que prestase mucha atención, el relato aquel de la Revolución como si se tratara del cuento de un isleño inteligente de la otra punta del mundo, hablando de los rituales sangrientos y las sorprendentes esperanzas de alguna religión ignorada por el resto de la humanidad. Pero algo de mordaz en el discurso de aquel tullido confundía un poco sus pensamientos. A Peyrol le resultaba imposible entender el sarcasmo. En cierta ocasión comentó a su amigo el tullido, cuando se encontraban juntos en el castillo de proa, sentados y masticando pan con higos:

—Algo debe de haber en la Revolución, aunque no está muy claro lo que haya podido hacer por la gente de aquí.

—De hecho —respondió con vivacidad aquel escombro de persona—, no ha servido para enderezarme la espalda ni para proporcionarme un par de piernas como las suyas.

Peyrol, que se había arremangado los pantalones hasta las rodillas para fregar la bodega, se miró con complacencia las canillas.

—Difícilmente podía esperar tal cosa —comentó simplemente.

—¡Ah! Pero usted no sabe lo que la gente con el cuerpo bien hecho esperaba o pretendía —dijo el tullido—. Todo iba a cambiar. Gracias a los altos principios, todo el mundo iba a atar los perros con longaniza. —Su cara alargada, que cuando estaba en reposo mostraba la expresión de sufrimiento habitual en los tullidos, se iluminó con una amplía sonrisa—. Se deben sentir traicionados —añadió—. Y eso, desde luego, es una vejación. Pero yo no me siento vejado. Nunca me sentí vejado por mi padre o por mi madre. Mientras los pobres vivieron, yo no pasé hambre, por lo menos no mucha. Y eso que no podían sentirse muy orgullosos de mí —se interrumpió y pareció contemplar una imagen mental de sí mismo—. Yo no sé lo que hubiera hecho de estar en su lugar. Algo muy diferente. Pero claro, ¿ve usted?, yo sé lo que significa ser como soy. Naturalmente ellos no podían saberlo. Y no creo que los pobres tuvieran muchas luces... Un cura de Almanarre... Almanarre es una aldea de por ahí, con una iglesia...

Peyrol le interrumpió diciéndole que conocía muy bien Almanarre. Esto era mentira porque, en realidad, sabía mucho menos de Almanarre que de Zanzibar o de cualquier nido de piratas desde allí hasta el cabo Guardafui. Y el tullido le miró con aquellos ojos suyos marrones que siempre tenían tendencia a mirar hacia arriba.

—¿Sabe usted? Para mí —dijo, prosiguiendo con tranquila decisión—, usted es un hombre caído del cielo. Bueno, pues vino un cura de Almanarre para enterrarlos.

Un hombre de rostro severo. El hombre más bueno que había visto hasta que usted se dejó caer por aquí. Se decía que una joven se había enamorado de él unos cuantos años antes. Yo ya tenía la edad suficiente como para haber oído algo de eso, pero no estaba muy seguro. Además, mucha gente no se lo creía.

Sin mirar al tullido, Peyrol trató de imaginarse qué clase de niño podía haber sido, qué clase de joven. El pirata había visto asombrosas deformaciones, horrorosas mutilaciones debidas a la mano del hombre, aunque siempre entre gente de piel oscura. Y eso creaba una gran diferencia. Pero lo que había visto y oído desde que regresara a su país natal, los relatos, los hechos y los rostros, también le impresionaban con una fuerza particular a causa de ese sentimiento que tan súbitamente se apoderó de él, tras toda una vida entre indios, malgaches, árabes y moros de todo tipo, y que le hacía darse cuenta de que él pertenecía a aquella tierra y que sólo había escapado por un pelo a todo aquello. Su compañero redondeó su elocuente silencio, que parecía estar ocupado por pensamientos similares a los suyos, diciendo:

—Todo eso pasaba en la época del rey. No le cortaron la cabeza hasta varios años más tarde. Eso no me hizo la vida más fácil, pero desde que aquellos republicanos depusieron a Dios y le echaron de las iglesias, yo le he perdonado por todos mis sufrimientos.

—Así se habla —dijo Peyrol, y sólo el malformado contorno de su espalda le disuadió de darle una amistosa palmada.

Se levantó para comenzar su trabajo de la tarde. Tenía que pintar un poco por dentro, y el tullido se quedó mirándole con ojos soñadores y un pliegue irónico en los labios.

No abrió la boca hasta que el sol se movió sobre cabo Cicié, que podía verse en el agua como una niebla oscura en medio del fulgor.

—Y ¿qué es lo que piensa hacer con esta tartana, ciudadano? Peyrol respondió simplemente que la tartana estaría lista para ir a cualquier sitio en cuanto fuera puesta en el agua.

—Puede usted ir a sitios tan lejanos como Génova o Nápoles, e incluso más lejos —sugirió el tullido.

—Mucho más lejos —dijo Peyrol.

—¿Y la está dejando dispuesta para un viaje?

—Ciertamente —dijo Peyrol, manejando la brocha con diligencia.

—No sé por qué, pero me da la impresión de que no será largo.

Peyrol no detuvo el movimiento de acá para allá de la brocha, pero lo hizo con esfuerzo. El hecho era que había descubierto en sí mismo una singular renuencia a alejarse de la granja Escampobar. Su deseo de tener algo propio que pudiese flotar ya no se relacionaba con deseo alguno de viajar. El tullido tenía razón. El viaje de la renovada tartana no le llevaría muy lejos. Lo que le sorprendió era la absoluta seguridad de su compañero. Parecía capaz de leer los pensamientos de los demás.

La botadura de la renovada tartana constituyó un acontecimiento. Todos los habitantes del villorrio, incluidas las mujeres, prestaron a ello todo un día de trabajo.

En la oscura historia de los días del villorrio jamás hubo uno como aquél, en el que tantas monedas corrieran de mano en mano. Balanceándose entre sus muletas, el tullido vio desde un banco de arena todo lo que pasaba en la playa. Fue él quien convenció a los aldeanos para que prestaran su ayuda, y el que ajustó los términos de aquella prestación. Y había sido él, también, quien, a través de un buhonero de aspecto misérrimo (el único que frecuentaba la península), se había puesto en contacto con unas personas ricas de Fréjus para el cambio a moneda corriente de unas cuantas de las piezas de oro de Peyrol. Había intervenido en el desarrollo de la más excitante y notable experiencia de su vida, y ahora, plantado en la arena sobre sus dos muletas, como si fuera una baliza, vigilaba la última operación. Como si fuera a hacer un viaje de mil millas, el pirata se le acercó para estrecharle la mano y contemplar de nuevo aquellos ojos dulces y su irónica sonrisa.

—Innegablemente, es usted todo un hombre.

—No me hable así, ciudadano —dijo el tullido con voz temblorosa. Hasta entonces suspendido entre sus muletas y con los hombros a la altura de las orejas, no había visto acercarse a Peyrol—. Es un cumplido excesivo.

—Es la verdad —insistió con rudeza el pirata, como si al final de una vida aventurera acabara de descubrir la insignificancia de las envolturas mortales—. Le digo que es usted el camarada que uno quisiera tener al lado en los momentos de apuro.

Al dejar al tullido y encaminarse hacia la tartana, mientras toda la población del villorrio estaba alrededor de la embarcación, unos en tierra y otros con el agua hasta la cintura, con cuerdas en las manos y atentos a sus órdenes, Peyrol se estremeció ligeramente al pensar: «Supón que hubieras nacido como él». Ese tipo de pensamiento le turbaba desde que pusiera pie en su tierra natal. En otro sitio hubiera sido imposible, pues no había forma de identificarse con un moro bueno, malo o indiferente, fuerte o tullido, rey o esclavo, pero en aquella costa meridional hacia la que se había sentido irresistiblemente llamado apenas cruzara el estrecho de Gibraltar, en lo que entendía que había de ser su último viaje, cualquier mujer suficientemente flaca y vieja hubiera podido ser su madre, y él uno cualquiera de aquellos franceses, incluso uno de aquellos a quienes compadecía o a los que despreciaba. Al saltar a bordo de la tartana cual si emprendiera un largo viaje, en realidad se sentía presa de sus orígenes de los pies a la cabeza. De hecho, sabía muy bien que, con un poco de suerte, todo habría pasado en una hora aproximadamente.

Cuando la tartana tocó el agua, el sentimiento de sentirse flotando vibró en las fibras de su corazón. El tullido había convencido a unos pescadores de la Madrague de que ayudaran al viejo Peyrol a tripular la tartana hasta la caleta situada bajo la granja Escampobar. Un sol glorioso brilló aquel breve trayecto y la caleta misma se encontraba radiante cuando llegaron. Las pocas cabras de Escampobar que vagabundeaban por la colina, buscando pasto donde jamás el ojo humano había visto hierba alguna, ni siquiera levantaron la cabeza. Una suave brisa condujo la tartana, joven como la pintura fresca que adornaba su madera, aproándola hacia una pequeña gruta en el acantilado, que daba paso a una rada diminuta, no mayor que una alberca de aldea, escondida al pie de la colina meridional. Y hacia allí fue hacia donde el viejo Peyrol, ayudado por los hombres de la Madrague, que llevaban con ellos sus botes, remolcó su barco, el primero que en realidad poseyera jamás.

Una vez en ella, la tartana llenó casi por completo la pequeña rada, y los pescadores remaron en sus botes de regreso a sus casas. Peyrol pasó la tarde echando cuerdas a la orilla, y atándolas a los arbustos y arbolillos hasta amarrarla a su completa satisfacción. La tartana quedó tan a cubierto de una tempestad como si de casa en tierra firme se tratara.

Una vez que todo quedó asegurado a bordo y las velas pulcramente plegadas — algo laborioso para un hombre solo—, Peyrol contempló el resultado de su tarea, que más sugería el reposo que la errancia, y lo encontró bueno. Aunque no se había propuesto abandonar su habitación en la granja, sintió que su verdadero hogar se encontraba en la tartana, y se alegró ante la idea de que estuviera oculto a los ojos de todos, excepto, quizá, a los de las cabras cuando su ardua pesquisa alimenticia las conducía a la vertiente meridional. Se entretuvo un rato a bordo, e incluso dejó abierta la puerta corredera del pequeño camarote, que ahora olía a pintura fresca y no a sangre rancia. Antes de encaminarse a la granja, el sol había viajado hasta más allá de España, y todo el cielo era amarillo hacia el oeste, mientras que por el lado de Italia se elevaba una bóveda sombría tachonada aquí y allá por brillantes estrellas.

Catherine puso un plato en la mesa, pero nadie le preguntó nada.

Pasaba buena parte de su tiempo a bordo, bajando temprano, subiendo a mediodía, pour manger la soupe, y durmiendo a bordo casi todas las noches. No le gustaba dejar sola la tartana durante tantas horas. A menudo, cuando ya llevaba un cierto trecho de ascensión hacia la granja, se daba media vuelta para echar un último vistazo a la nave, rodeada ya por las tinieblas, y volvía atrás. Una que vez Michel se enroló como tripulante y fijó su residencia a bordo, Peyrol encontró mucho más aceptable pasar las noches en la habitación que parecía un faro, en lo alto de la granja.

Se despertaba frecuentemente por las noches, y se levantaba para mirar al cielo estrellado por cada una de las tres ventanas de su habitación. Entonces pensaba:

«Nada hay ya en el mundo que me impida hacerme a la mar en menos de una hora».

Bastaba con dos hombres, de hecho, para manejar la tartana. Así que el pensamiento de Peyrol era reconfortantemente exacto desde cualquier punto de vista, por cuanto amaba la libertad, y Michel, el de la laguna, carecía, una vez muerto su perro, de vínculo alguno. Era un hermoso pensamiento que le hacía muy fácil el regreso a los cuatro postes de su cama, entre los que conciliaba el sueño.

Capítulo 8

Sentados bajo todo el esplendor del sol del mediodía, a horcajadas en el muro circular que bordeaba el pozo, el pirata de los mares remotos y el pescador de la laguna, que compartía el más sorprendente secreto, tenían todo el aire de unos tenebrosos conspiradores. Lo primero que dijo Peyrol fue:

—¿Y bien?

—Todo tranquilo —dijo el otro.

—¿Has cerrado como es debido la puerta del camarote?

—Ya sabe usted cómo son los cerrojos.

Peyrol no podía negar eso. La respuesta era suficiente y colocaba la responsabilidad sobre sus hombros. Tanto en la guerra como en la paz, siempre había confiado en la obra salida de sus manos. Sin embargo, miró dubitativamente a Michel antes de contestar:

—Sí, pero también sé como es ese hombre.

No podía darse mayor contraste que el de aquellos rostros, limpio el de Peyrol, como tallado en piedra y sólo ligeramente pulido por el tiempo, e hirsuto el del dueño del difunto perro, con muchas hebras de plata, algo elusivo en sus rasgos y con esa expresión vaga que tienen los niños de pecho.

—Sí, sé cómo es ese hombre —repitió Peyrol. La boca de Michel se abrió al oír aquello en una mueca oval que puso algo de avieso en su rostro inocente.

—No se despertará —sugirió tímidamente.

La posesión de un secreto recíproco e importante acerca a los hombres. Peyrol accedió a explicarse.

—Tú no conoces el espesor de su cráneo. Yo sí.

Habló como si lo hubiera hecho él mismo. Michel, que ante aquella rotunda afirmación se olvidó de cerrar la boca, no tuvo nada que decir.

—¿Respira bien? —preguntó Peyrol.

—Sí. Cuando salí y cerré la puerta, me quedé escuchando y creo que le oí roncar.

Peyrol pareció interesado y también un poco inquieto.

—He tenido que subir esta mañana y mostrarme como si nada hubiese ocurrido —dijo—. El oficial lleva dos días aquí y podría habérsele ocurrido bajar hasta la tartana. He estado inquieto toda la mañana. El brinco de una cabra bastaba para sobresaltarme. Tendría gracia que subiera aquí corriendo con la cabeza rota y llena de vendajes, y contigo tras sus talones.

Aquello pareció ser demasiado para Michel que, al borde de la indignación, dijo:

—Ese hombre está medio muerto.

—Ni siquiera medio matar a un hermano de la costa es fácil. Hay hombres y hombres —agregó Peyrol, con suavidad—. Tú, por ejemplo, tú mismo habrías muerto de haber recibido ese golpe en la cabeza. Y hay animales, bestias del doble de tu tamaño, monstruos que pueden ser liquidados con tan sólo darles un golpe en la nariz.

Es algo bien sabido. Incluso llegué a temer que consiguiera reducirle...

—¡Venga, maître! ¡Que uno no es un crío! —protestó Michel ante tal cúmulo de improbabilidades.

Su protesta, sin embargo, fue como el murmullo tímido de un niño. Peyrol cruzó los brazos sobre el pecho.

—Vamos, termina tu sopa —le ordenó en voz baja—, y vete a la tartana. ¿Dices que dejaste bien cerrado el camarote?

—Sí, así lo hice —replicó Michel, desconcertado ante aquel despliegue de ansiedad—. Le sería más fácil romper el techo con la cabeza, ya lo sabes.

—De todas maneras, coge una barra y atranca la puerta apoyándola contra la base del mástil. Y vigila luego fuera. No te acerques a él bajo ningún concepto. Quédate en cubierta y estate atento a mi presencia. Esto es un lío de solución nada fácil y debo ser muy cuidadoso. Trataré de escabullirme y bajar tan pronto como me libre de ese oficial.

Una vez terminada la conferencia bajo el sol, Peyrol salió del patio caminando lentamente y, asomando la cabeza por la esquina de la casa, vio al teniente Réal sentado en el banco. Era lo que esperaba ver, pero lo que no esperaba era verle solo.

Sencillamente era así: allá donde se encontraba Arlette siempre había inquietantes posibilidades. Aunque debía estar en la cocina, ayudando a su tía, con las mangas arremangadas sobre unos brazos tan blancos como Peyrol jamás había visto en mujer alguna. Le sentaba muy bien la forma en que se peinaba, con el cabello trenzado con una ancha cinta de terciopelo negro, y cubierto por un sombrero de arlesina. Se vestía con los vestidos de su madre, de los que contaba con baúles llenos, adecuados a sus medidas naturales. La difunta señora de la granja Escampobar era arlesina y, además, rica. Sí, hasta en lo que se refería a ropas femeninas podían prescindir los nativos de Escampobar de todo contacto con el exterior. Ya era hora de que aquel dichoso teniente regresara a Tolón. Llevaba tres días en la granja. Su corta licencia debía de haber expirado. La actitud de Peyrol hacia los oficiales navales había estado siempre impregnada de cautela y sospecha. Sus relaciones con ellos fueron siempre sumamente complejas. Habían sido sus enemigos y sus superiores. Le habían perseguido y habían depositado en él su confianza. La Revolución había cortado limpiamente la congruencia de su vida montaraz. Hermano de la Costa y artillero de la Marina nacional, y, sin embargo, había sido siempre el mismo hombre. A ellos les había ocurrido igual. Oficiales del Rey y oficiales de la República con sólo cambiar la piel. Todos miraban con similar recelo a un pirata en libertad. Ni siquiera éste se olvidaba de sus charreteras cuando hablaba uno con él. El desprecio y la desconfianza hacia las charreteras estaban fuertemente arraigados en Peyrol. Lo que no significaba que odiara al teniente Réal. Pero, por lo general, su llegada a la granja significaba una maldición, y su presencia, en ese particular momento, un maldito estorbo y, hasta cierto punto, incluso un peligro. «No me apetece que me arrastren por el cuello hasta Tolón», se dijo Peyrol. No había quien confiase en los que llevaban charreteras.

Cualquiera de ellos era capaz de echarse encima de su mejor amigo por una simple cuestión de rango.

Dando la vuelta a la esquina, Peyrol se sentó junto al teniente Réal, con la sensación de disponerse a luchar a brazo partido con un contrincante escurridizo, rasgo que el teniente, que estaba allí sentado ajeno al examen de que le había hecho objeto Peyrol, no mostraba en absoluto. Más bien, por el contrario, parecía encontrarse sólidamente asentado, prácticamente como si estuviera en su casa.

Demasiado a sus anchas. Incluso tras la llegada de Peyrol se mantuvo su aspecto imperturbable, sin trazas de que fuese fácil deshacerse de él. El chirrido de las cigarras bajo el inmóvil calor del mediodía era el único sonido de vida que se oía en mucho tiempo. Una vida delicada, evanescente, alegre, sin problemas y, sin embargo, no exenta de pasión. La voz del teniente arrojó una súbita nota de tristeza sobre la alegría de las cigarras, a pesar de que sus palabras resultaron de lo más superficial.

—¡Tiens! Vous voilà.

A tenor de la tensión que le dominaba, Peyrol no pudo por menos de preguntarse:

¿Y por qué ha tenido que decir eso? ¿Dónde suponía que estaba? El teniente no tenía por qué haber hablado. Llevaban dos años viéndose, y se habían sentado muchas veces, en una especie de igualdad distante y sin pronunciar palabra, en aquel banco.

¿Por qué no había permanecido callado en esta ocasión? Aquel oficial naval jamás hablaba sin una razón para hacerlo, luego ¿qué sentido podían tener sus palabras?

Peyrol consiguió esbozar un falso bostezo y sugirió suavemente:

—Una pequeña siesta no vendría mal, ¿no le parece, teniente?

Mientras que, para su coleto, pensaba: «No hay cuidado, no se irá a su habitación». Se quedaría allí y le impediría bajar a la cala. Miró al oficial de tal forma que si el intenso y concentrado deseo, junto con la mera fuerza de la voluntad, hubieran bastado, el teniente Real se habría visto súbitamente arrojado del banco.

Pero no se movió. Y Peyrol se quedó atónito al verle sonreír, aun cuando lo que más le asombró fue escuchar sus palabras.

—Lo malo de usted es que jamás ha sido franco conmigo, Peyrol.

—Franco con usted —repitió el pirata—. ¿Quiere que sea franco con usted? Bien, muchas veces he deseado que se fuera al infierno.

—Eso está mejor —dijo el teniente Réal—. Pero ¿por qué? Jamás traté de hacerle mal alguno.

—¡Mal alguno! —gritó Peyrol—. ¿A mí? —Pero su indignación se quebró como si le causara algún miedo, y concluyó con un tono muy sosegado—. Ha estado usted husmeando en un montón de papeles sucios, buscando algo contra un hombre que nunca hizo nada contra usted, y que ya era marino antes de que usted naciera.

—Está usted en un error. Nadie husmeó en los papeles. Me topé con ellos de una manera absolutamente accidental. No niego que me sentí intrigado al dar con un hombre como usted en este lugar. Pero no se irrite. Nadie se preocupa por usted. Hace mucho tiempo que le olvidaron. No tenga miedo.

—¡Usted! ¡Usted me habla de miedo! ¡No! —gritó el pirata—. Esto bastaría para convertir a un hombre en un sans-culotte, si no fuera por el furtivo espécimen que ya tenemos entre nosotros.

El teniente volvió la cabeza súbitamente, y ambos se miraron por un instante sombríamente. Cuando Peyrol habló de nuevo, su estado de ánimo ya no era el mismo.

—¿Por qué había yo de temer a alguien? Estoy en paz con todo el mundo.

Entregué todo lo que tenía que ver con la presa del barco, excepto lo que me correspondía por suerte, de lo que no he de dar cuentas a nadie —añadió sombríamente.

—No sé a lo que se refiere —dijo el teniente, tras reflexionar un momento—.

Todo lo que sé es que, al parecer, desdeñó su parte en el botín. Su reclamación no está registrada.

El tono sarcástico desagradó a Peyrol.

—Tiene usted muy mala lengua —dijo—, por su condenada costumbre de hablar como si estuviera hecho de un barro distinto al de los demás.

—No lo tome como una ofensa —dijo el teniente con gravedad, pero ligeramente confundido—. Nadie sacará nada a relucir contra usted. Hace años que aquel dinero se entregó a la fundación de Inválidos. Todo está enterrado y olvidado.

Peyrol se puso a refunfuñar y a jurar para su capote con tal intensidad que el teniente se interrumpió y aguardó a que dejara de hacerlo.

—Y no hay registro alguno de deserción o cosa parecida —agregó—. Usted aparece como disparu. Creo que, tras buscarle durante un cierto tiempo, llegaron a la conclusión de que, de una manera u otra, estaba usted muerto.

—¿Eso pensaron? Bueno, quizás el viejo Peyrol ha muerto. En cualquier caso, ha hecho de este lugar su tumba. —Los sentimientos del pirata manifestaban un tremendo desequilibrio, pues pasaba en un momento de la melancolía a la furia—. Un lugar bastante tranquilo hasta que llegó usted a olfatearlo todo. Más de una vez en la vida me he preguntado cuánto tardarían los chacales en desenterrar mi cadáver, pero contar con un oficial naval escarbando por aquí es lo último que... —De nuevo le sobrevino un cambio—. ¿Qué es lo que quiere? —preguntó en un susurro, súbitamente deprimido.

El teniente se percató del sentido que entrañaban aquellas palabras.

—No es mi deseo molestar a los muertos —dijo, mirando la frente al pirata, quien al oír sus últimas palabras había clavado la mirada en el suelo—. Quiero hablar con el artillero Peyrol.

Sin levantar la mirada del suelo, Peyrol gruñó:

—No está aquí. Ha disparu. Vaya a mirar de nuevo en los papeles. No queda nada de él. Se ha desvanecido.

—Eso es mentira —dijo el teniente Réal, en un tono neutro—. Me habló esta mañana, cuando veíamos un barco inglés desde la colina. Un barco inglés del que lo sabía todo. Me dijo que se pasaba las noches pensando en su captura. Parecía un camarada con el corazón en su sitio. Un homme de coeur. Usted sabe de quién hablo.

Peyrol levantó lentamente su enorme cabeza y miró al teniente.

—¡Hum! —gruñó. Un gruñido fuerte y evasivo. Su viejo corazón se sentía conmovido, pero la confusión era tal, que había que mantenerse en guardia frente a cualquier hombre que llevara charreteras. Su perfil guardó la inmovilidad de una cabeza grabada en una medalla, mientras oía cómo el teniente le aseguraba que, esta vez, había ido a Escampobar para hablar con el artillero Peyrol, y que no lo había hecho antes porque se trataba de un asunto muy confidencial. Al llegar a ese punto el teniente se calló, y Peyrol permaneció inmutable. Interiormente se preguntaba a dónde quería ir a parar el teniente, parecía haber cambiado de terreno. Incluso su tono cambió ligeramente y se hizo más prosaico.

—Dice usted que ha estudiado los movimientos de ese barco inglés. Bien, suponga, entonces, por ejemplo, que se levanta una brisa, como probablemente ocurrirá por la tarde, ¿podría decirme dónde se encontraría el barco al llegar la noche? Quiero decir: ¿qué es lo más probable que hiciera el capitán?

—No. No podría decírselo —dijo Peyrol.

—Pero usted me dijo que se había pasado semanas observándolo minuciosamente. No hay muchas alternativas, y tomando el tiempo y todo en consideración, casi me podría usted responder con total certidumbre.

—No —dijo de nuevo Peyrol—. El caso es que no puedo.

—¿No puede? Entonces es usted peor que esos viejos almirantes que tan poco respeto merecen. ¿Por qué no puede?

—Le diré por qué —dijo Peyrol tras una pausa, y con más aspecto de bajorrelieve que nunca—: Porque ese tipo jamás había llegado tan lejos, de manera que ignoro qué es lo que tiene en la cabeza y, en consecuencia, me es imposible conjeturar cuál será su próximo paso. Se lo puedo decir cualquier otro día, pero no hoy. Quizá la próxima vez que venga a ver... al viejo artillero.

—No, ha de ser ahora.

—¿Quiere usted decir que va a pasarse la noche aquí?

—¿Piensa que estoy de permiso? Le digo que estoy de servicio. ¿No me cree?

Peyrol dejó escapar un fuerte suspiro.

—Sí, le creo. Así que piensa echarle el guante a ese barco. Y le han enviado a usted con una misión. Bueno, eso no hace que le vea con mejores ojos.

—Es usted un hombre raro, Peyrol —dijo el teniente—. Creo que me querría ver muerto.

—No. Sólo fuera de aquí. Pero tiene usted razón. Peyrol no siente simpatía alguna hacia su rostro ni hacia su voz. Ya han hecho bastante daño.

Jamás había llegado ninguno de los dos a tales términos de intimidad. Y no había necesidad de que se miraran. El teniente pensó: «No puede contener su recelo», sin que su pensamiento albergara malicia o desdén, pues tenía mucho que ver con la desesperación. Suavemente dijo:

—Enseña usted los dientes como un perro viejo, Peyrol.

—Hay veces que siento ganas de lanzarme a su cuello —dijo Peyrol, en una especie de susurro controlado—. Y eso es algo que a usted le divierte mucho.

—Así que me divierte. ¿Doy la impresión de ser un hombre divertido?

Peyrol volvió, con parsimonia la cabeza para mirar larga y firmemente. El oficial naval y el pirata se contemplaron de nuevo con una escrutadora y sombría franqueza.

La intimidad, de tan reciente existencia entre ellos, no podía llegar más lejos.

—Escúcheme, Peyrol...

—No —dijo el otro—. Si quiere hablar, hable con el artillero.

Aunque parecía haber adoptado una especie de doble personalidad, el pirata no se mostraba más accesible en un carácter que en el otro. Sobre su entrecejo aparecieron surcos de perplejidad, y como el teniente no le respondiera en seguida, Peyrol, el artillero, le preguntó con impaciencia:

—De manera que están pensando en echarle el guante.

No le agradó oír al teniente decir que no era exactamente eso lo que los jefes de Tolón tenían en la cabeza. Peyrol expresó entonces la opinión de que el ciudadano Renaud era el único jefe naval digno de confianza. Sin tener en cuenta el tono desafiante, el teniente Réal se atuvo al tema de la conversación.

—Lo que ellos quieren saber es si esa corbeta inglesa estorba mucho la navegación de cabotaje.

—No —dijo Peyrol—. No molesta a esa pobre gente, a menos, supongo, que algún barco actúe de forma sospechosa. La he visto dar caza a un navío o dos. Pero ni siquiera los capturó. Michel, ¿sabe usted quién es?, ha oído hablar de ciertas capturas a la gente de tierra adentro. Claro que, hablando estrictamente, nadie está seguro.

—Cierto. Lo que querría saber es qué tipo de actitud es la que los ingleses consideran sospechosa.

—Ésa es una buena pregunta. ¿Sabe usted lo que es un inglés? Hay días en los que se mantienen tranquilos y descuidados, y al día siguiente se le echan a uno encima como si fuesen tigres. Duros por la mañana, relajados por la tarde, sólo se puede confiar en ellos durante el combate, ya se les tenga por aliados o por contrincantes. Por lo demás, son absolutamente excéntricos. Se diría que algo tocados, pero ni siquiera en eso se puede confiar totalmente.

Dado que el teniente le escuchaba con atención, Peyrol suavizó el entrecejo y se explayó sobre los ingleses, como si se tratase de una tribu extraña y muy poco conocida.

—Para decirlo de alguna manera —concluyó—, el pájaro más viejo de los suyos puede caer en el garlito, pero no todos los días —agitó la cabeza y sonrió vagamente para sí, como si recordará uno o dos episodios singulares.

—Ese conocimiento que usted tiene de los ingleses no procede de cuando era artillero —observó secamente el teniente.

—Ya está usted otra vez —dijo Peyrol—. ¿Y que le importa a usted de dónde lo saqué? Suponga que de un hombre que ha muerto. Atribúyalo a eso.

—Vale, vale. De manera que no resulta muy fácil averiguar lo que piensan.

—No —dijo Peyrol, añadiendo malhumoradamente—: Y algunos franceses no son mucho mejores. Ya me gustaría poder averiguar lo que piensa usted.

—Pienso en una misión, artillero, en una misión que, a primera vista, parece fácil, pero que examinada con mayor detenimiento se perfila como la más difícil de todas las que ha acometido en su vida. Todos los jefazos andan a vueltas con ella. Así ha debido de ser, puesto que para ello me han llamado. Cosa lógica si se tiene en cuenta que trabajo en el Almirantazgo. Me enseñaron la orden de París y en seguida me hice cargo de las dificultades que entrañaba. Se las mostré y me encomendaron...

—Venir aquí —le interrumpió Peyrol.

—No. Ponerlo todo a punto, de forma que pueda llevarse a cabo.

—Y usted comenzó por venir aquí. Usted siempre viene aquí.

—Comencé por buscar un hombre —dijo, con énfasis, el teniente.

Peyrol le miró con redoblado interés.

—¿Quiere usted decir que no le ha sido posible encontrar un hombre en toda la flota?

—Jamás lo busqué ahí. Mi jefe estuvo de acuerdo conmigo en que no se trataba de una misión para las fuerzas navales.

—Debe ser muy difícil para un marino admitir tal cosa. ¿Qué dice la orden? No creo que me esté diciendo todas estas cosas sin estar dispuesto a enseñármela.

El teniente hundió la mano en el bolsillo interior de su casaca, para sacarla a continuación vacía.

—Comprenda, Peyrol —dijo encarecidamente—, que no se trata de una misión de combate. Hay cantidad de hombres que servirían para eso. Lo que perseguimos es hacer caer al enemigo en una trampa.

—¿Una trampa? —preguntó Peyrol, en tono crítico—. Eso está bien. He visto cómo monsieur Surcouf tendía trampas a los ingleses en los mares del Índico. Lo he visto con mis propios ojos: engaños, disfraces y cosas por el estilo. Así es la guerra.

—Cierto. Y en esta ocasión la orden viene del Primer Cónsul en persona. ¡Se trata de engañar al Almirante inglés!

—¿A quién? ¿A Nelson? ¡Pero si es muy astuto!

Tras expresar su opinión, el viejo pirata sacó un pañuelo de hierbas con el que se restregó la cara, repitiendo luego pausadamente lo que pensaba: —Celui-là est un malin.

El teniente sacó en ese momento un papel del bolsillo y dijo:

—He copiado la orden para que la viera —tendió el documento al pirata, que lo cogió sin prestarle demasiado crédito.

El teniente Réal contempló cómo el viejo Peyrol extendió primero el brazo, para doblarlo después, y colocar el papel a la distancia adecuada a su vista, y se preguntó si habría escrito la copia en letra suficientemente grande como para que el viejo artillero la pudiera leer cómodamente. La orden rezaba como sigue:

Prepare usted una valija conteniendo despachos y cartas que parezcan proceder de sus oficiales, en los que se manifieste, con la convicción suficiente como para persuadir al enemigo, que el destino de la flota de Tolón es Egipto y, en términos generales, Oriente. Envíe esa valija a Nápoles por vía naval, utilizando una pequeña embarcación, y ponga todos los medios a su alcance para que esa embarcación caiga en manos del enemigo.

El prefecto marítimo había llamado a Réal, le había enseñado ese párrafo de la carta de París y, volviendo la hoja, le había señalado la firma: Bonaparte. Después, y tras lanzarle una significativa mirada, había depositado el papel en una gaveta, cuya llave se guardó en un bolsillo. El teniente Réal copió de memoria el párrafo en cuanto se le ocurrió poner a Peyrol en antecedentes.

Aguzando la mirada y frunciendo los labios, el pirata llegó al fin de su lectura. El teniente extendió la mano con negligencia y guardó el papel.

—Bien, ¿qué piensa usted? —le preguntó—. Comprenderá que no es cosa de sacrificar un barco de guerra en semejante empresa. ¿Cuál es su opinión?

—Que es más fácil hablar de ella que llevarla a cabo —opinó, cortante, Peyrol.

—Eso es lo que le dije a mi almirante.

—Y como se trata de un marino de agua dulce, se lo tuvo que explicar.

—No, artillero, no es un marino de agua dulce. Me escuchó asintiendo con la cabeza.

—¿Y qué dijo cuando acabó usted de hablar?

—Dijo: «Parfaitement. ¿Se le ocurre alguna idea?». Y yo le dije, escuche artillero, le dije: «Oui, mon Almiral. Creo que tengo al hombre que necesitamos». Y el almirante me interrumpió al punto y me dijo: «Bien, no me diga nada de él. Le encomiendo este asunto y le doy una semana para prepararlo. Avíseme cuando lo tenga a punto. Hágase cargo, mientras tanto, de ese paquete». Ya lo tenía todo dispuesto, Peyrol, todas las cartas y despachos falsos, envueltos en un paquete de lona bien atado y sellado. Lo saqué del gabinete del almirante y llevo tres días con él.

Lo tengo arriba, en mi valija.

—No va usted a adelantar mucho con eso —rezongó el viejo Peyrol.

—No —admitió el teniente—. También dispongo de unos cuantos miles de francos.

—Francos —repitió Peyrol—. Bueno, lo mejor que puede hacer, entonces, es regresar a Tolón y buscar al hombre que, a cambio de dinero, esté dispuesto a meter la cabeza entre las fauces del león inglés.

Réal reflexionó y luego habló lentamente:

—Jamás le ofrecería a nadie una cosa semejante. Se trata de una misión peligrosa, desde luego, eso se entiende.

—Claro. Y si diera con alguien que, además de estar dispuesto a arriesgarse, tuviera algo de sentido común, lo que intentaría sería deslizarse entre la flota inglesa, cosa que a lo mejor lograba. ¿Dónde estaría la trampa entonces?

—Podemos obligarle a seguir una ruta marcada.

—Sí. Y podría ocurrir que esa ruta, precisamente, le librara de los ingleses, pues nunca se puede saber con precisión lo que hacen. Quizá estén navegando por Cerdeña.

—Algunos cruceros darían con él y lo atraparían.

—Es posible. Pero eso no es planear una misión, sino jugar a una posibilidad. ¿Se cree que está hablando con un crío o qué?

—No, artillero. Deberíamos contar con un hombre muy duro para salir con bien de esta aventura.

A continuación hubo un momento de silencio. Después, Peyrol asumió un tono dogmático.

—Le diré lo que pienso de todo esto, teniente. Me parece que se trata de la típica orden dada por un marino de agua dulce a buenos hombres de mar. No me lo negará usted.

—No se lo negaré —admitió el teniente—. La cosa es aún más complicada.

Supongamos que la tartana topa con la flota inglesa, tal como está planeado, y que, yendo todo bien, los ingleses registran la bodega y husmean por todas partes, pero sin que se les ocurra buscar despachos. Naturalmente, nuestro hombre los tendría bien escondidos, ¿no? No puede permitir que den con ellos. Si fuera lo bastante necio como para dejarlos bien a la vista, los ingleses pensarían al punto que había gato encerrado. Yo creo que lo que ese hombre haría sería arrojar los despachos por la borda.

—Sí, a menos que estuviera al tanto del plan —dijo Peyrol.

—Evidentemente. Pero, en ese caso, ¿cuánto habría que pagarle a un hombre para que estuviera dispuesto a probar los calabozos ingleses?

—El hombre cobraría el dinero y luego haría todo lo posible para no ser capturado, y en el caso de no poder evitarlo, se cuidaría de que los ingleses no encontraran nada a bordo de la tartana. No, teniente, cualquier bribón que posea una tartana cogerá de buen grado los miles de francos que usted ofrece, pero tratar de engañar al Almirantazgo británico es como jugar con el diablo. ¿No pensó en eso antes de hablar con el hombre de las grandes charreteras que le encomendó la misión?

—Lo pensé y así se lo hice ver —dijo el teniente, bajando aún más la voz, pues su conversación transcurría en voz baja, a pesar de que la casa a sus espaldas se mantenía en silencio y la soledad reinaba en las inmediaciones de la granja Escampobar. Para aquellos que pudieran dormir, era la hora de la siesta. Acercándose más al viejo, el teniente sopló casi las palabras en su oído—: Lo que quería era oírle decir todas esas cosas. ¿Entiende usted ahora lo que le quería decir esta mañana? ¿No recuerda lo que le dije?

Con la mirada perdida en el espacio, Peyrol susurró:

—Recuerdo a un oficial naval tratando de zarandear al viejo Peyrol, cosa que no consiguió. Puedo estar disparu, pero tengo todavía el suficiente vigor como para resistir a un blanchec que ha perdido el control, vaya usted a saber por qué. Y menos mal que no lo consiguió, pues me habría agarrado a usted, y hubiéramos hecho juntos nuestro último salto mortal, para regocijo de la tripulación del barco inglés. ¡Bonito final!

—¿No recuerda que cuando usted mencionó que los ingleses habrían enviado un bote para examinar nuestros bolsillos, yo le dije que eso sería estupendo?

En su pétrea inmovilidad, con el otro hombre dirigiéndose a su oído, Peyrol parecía el receptáculo más insensible a los susurros. El teniente prosiguió con energía:

—Bueno, pues era una alusión a este asunto. Mire usted, artillero, ¿qué podría ser más convincente que el hallazgo de esos despachos? ¿Cuál no sería su estupefacción, su sorpresa? Ni la más ligera duda entraría en sus cabezas. ¿O no, artillero? Claro que no. Me imagino al capitán de esa corbeta navegando a toda vela para poner el paquete en manos de su almirante. El secreto destino de la flota de Tolón encontrado en el cuerpo de un oficial muerto. ¡Cuál sería su entusiasmo ante ese golpe de suerte! No lo considerarían algo accidental. ¡Ya lo creo que no! Lo tomarían como algo providencial. Yo también conozco un poco a los ingleses. Les gusta tener un Dios de su parte: el único aliado al que no tienen que pagar por su actitud. Vamos, artillero, ¿no habría sido una solución perfecta?

El teniente Réal dio un paso para iniciar el regreso. Peyrol, impertérrito en su pétrea ensoñación, gruñó suavemente:

—Todavía hay tiempo. El barco inglés aún está en el Passe. —Aguardó un poco en su actitud misteriosamente estatuaria, y añadió con malicia—: No parece que tenga usted mucha prisa en dar el salto.

—Le doy mi palabra de que estoy suficientemente harto de la vida como para darlo —dijo el teniente en un tono coloquial.

—Pues no se olvide de subir las escaleras y tomar consigo ese paquete antes de hacerlo —dijo Peyrol, sin abandonar el tono malicioso—. Pero no me espere. Yo no estoy harto de la vida. Yo estoy disparu y con eso me basta. No tengo necesidad alguna de morir.

Y, por fin, se movió en su asiento, volvió la cabeza de un lado a otro, como si necesitara comprobar que no se le había petrificado el cuello, emitió una breve carcajada y gruñó: «Disparu. ¡Estoy aviado!», como si la palabra desaparecido fuera un enorme insulto que se pusiera junto al nombre de una persona en un registro. Tal como el teniente Réal advirtió con sorpresa, la palabra parecía irritarle, o quizá era algo de otra índole que pugnaba por expresarse y lo hacía de aquel modo tan curioso.

En cuanto al teniente, hubo un momento en que su ira brilló para desaparecer de inmediato en una fría reflexión filosófica: «Somos víctimas del destino que nos ha unido». Pero aquello estimuló de nuevo su resentimiento. ¿Por qué había tenido que topar con aquella muchacha, o con aquella mujer de la que no sabía qué pensar y que tan horriblemente le hacía sufrir? A él, que desde pequeño se había esforzado por ahogar sus más tiernos sentimientos. Sus volubles estados de ánimo dominados por el asombro ante sí mismo y los inesperados giros de la vida le inducían a un estado de profunda abstracción, del que le sacó la voz de Peyrol, no muy alta pero sí lo suficientemente enojada.

—No —exclamó Peyrol—. Soy demasiado viejo para romperme los huesos en favor de un soldado patán de París, que se cree muy listo.

—No le pido que lo haga —dijo el teniente, con una severidad extrema en la que Peyrol reconoció el tono de quien lleva charreteras—. No se trata de hacer algo en favor de soldado alguno, viejo bandido. Al fin y al cabo, somos franceses.

—¡No me diga!

—¡Sí! —dijo Réal—. Me di cuenta al oírle hablar esta mañana en la cocina, con esa corbeta inglesa al alcance, como si dijéramos a un tiro de piedra.

—¡Sí! ¡Un barco hecho en Francia! —gruñó Peyrol, golpeándose fuertemente el pecho—. Le duele a uno aquí al verlo. Me creo capaz de poder abordarlo sin ayuda de nadie.

—En eso nos entendemos perfectamente —dijo el teniente—. Pero el asunto del que le hablo es mucho más importante que la recuperación de esa corbeta capturada.

De hecho, es mucho más que tender una trampa a un almirante. ¡Esto forma parte de un plan mucho más vasto, Peyrol! ¡Se trata de dar un paso más hacia nuestra gran victoria naval!

—¡Nuestra! Yo soy un pirata y usted un oficial. ¿Qué significa ese «nuestra»?

—Me refiero a todos los franceses —dijo el teniente—. O simplemente, a Francia, a la que también usted ha servido.

Peyrol, cuya pétrea imagen se había humanizado casi contra su voluntad, inclinó apreciativamente la cabeza y dijo:

—Algún plan debe usted tener. Cuéntemelo, si es que confía en un pirata.

—No. Confío en un artillero de la República. Se me ha ocurrido que para este importante asunto podríamos utilizar esa corbeta que usted lleva tanto tiempo vigilando. Porque es inútil pensar que la flota capturara una vieja tartana de forma que no hubiera sospechas.

—Vaya bobada —apuntó Peyrol, con mayor cordialidad de la que nunca había hecho gala con respecto al teniente Réal.

—Sí, pero ahí tenemos a esa corbeta. ¿No podríamos hacer algo para que se tragaran el anzuelo?... Cualquier cosa. ¿Por qué se ríe usted?

—Porque tendría mucha gracia —dijo Peyrol, cuya hilaridad fue muy efímera—.

El tipo ese de a bordo se cree muy listo. Nunca le he puesto los ojos encima, antes pensaba que le conocía como si fuera mi propio hermano. Pero ahora...

Se interrumpió. Tras observar el súbito cambio de su semblante, el teniente Réal dijo con gravedad:

—Me parece que se le acaba de ocurrir una idea.

—En absoluto —dijo Peyrol, volviéndose a quedar petrificado como por encanto.

El teniente no se mostró desalentado, ni tampoco sorprendido, cuando la efigie de Peyrol habló de nuevo—: Podríamos ver, de todos modos —para añadir bruscamente —: ¿Piensa quedarse aquí toda la noche?

—Sí... Bajaré a la Madrague y dejaré aviso para que la gabarra que llega hoy de Tolón regrese sin mí.

—No, teniente. Debe usted regresar hoy a Tolón. Cuando llegue allí, consiga de alguno de esos condenados chupatintas de la Comandancia, aunque sea a medianoche, papeles para una tartana, cualquier tipo de papeles y a nombre de quien usted quiera. Después vuelva tan pronto como pueda. ¿Por qué no baja ahora mismo a la Madrague y mira a ver si la gabarra ha llegado ya? Si es así, podría irse y estar de vuelta para la medianoche.

Se levantó impetuosamente, y el teniente le siguió con la duda pintada en todos sus ademanes. El aspecto de Peyrol no tenía nada de animado, pero la severidad de sus rasgos romanos le confería un aire tremendo de autoridad.

—¿No va usted a decirme más? —preguntó el teniente.

—No —dijo el pirata—. No hasta que nos encontremos de nuevo. Si regresa durante la noche, no trate de entrar en la casa. Espere fuera. No despierte a nadie. Yo estaré por los alrededores, y si tengo algo que decirle, lo haré entonces. ¿Qué es lo que está esperando? No necesita recoger su valija. ¿Tiene también sus pistolas en la habitación? ¿Para qué quiere sus pistolas si sólo tiene que ir y venir a Tolón junto con la tripulación de un bote? —dejó caer la mano sobre el hombro del teniente, y le empujó con suavidad hacia el sendero que conducía a la Madrague.

Réal volvió la cabeza al sentir el contacto, y sus ojos se encontraron en la tensa cercanía de una lucha a brazo partido. Y fue el teniente el que hubo de bajar la vista ante la resuelta mirada del viejo Hermano de la Costa. Disimuló con una sonrisa sarcástica y un alegre «Ya veo que por alguna razón quiere usted quitarme de en medio», que no produjo el más ligero efecto sobre Peyrol, cuyo brazo señalaba hacia la Madrague. Cuando el teniente le ofreció la espalda, Peyrol bajó el brazo, pero le siguió con la mirada hasta que le tuvo fuera del alcance de su vista. Después giró sobre sus talones y echó a andar en dirección contraria.

Capítulo 9

Al perder de vista al perplejo teniente, Peyrol descubrió que tenía la mente absolutamente en blanco. Echó una mirada de soslayo a la casa —que encerraba un problema de índole radicalmente distinta, y que podía aguardar— e inició el descenso hacia su tartana. La extraña sensación de tener la cabeza vacía le imponía la acuciante necesidad de proporcionar a ésta, sin pérdida de tiempo, algún pensamiento. Se descolgó agarrándose a los matorrales y pisando de piedra en piedra con la mecánica precisión y seguridad de una larga práctica, y sin cesar ni por un momento en el esfuerzo de colocar algún plan concreto en su cabeza. La ensenada se hallaba a su derecha, llena de una luz pálida, mientras que el resto del Mediterráneo se extendía a lo lejos, en un azul oscuro y sereno. Peyrol se dirigía a la pequeña dársena en la que su tartana había estado oculta durante años, como una joya en un cofre, destinada únicamente al secreto regocijo de sus ojos, sin más uso práctico que el tesoro de un avaro, e igualmente querida. Se sentó a descansar en un hoyo en el que crecían unos pocos matorrales y hasta algunas briznas de hierba. Su mundo visible se limitaba, en esa posición, a una ladera rocosa, unos pocos pedrejones, el matorral contra el que se recostaba y la vista de un fragmento vacío de horizonte marino. Se percató de que detestaba mucho más a aquel teniente cuando no lo tenía delante. Había algo en aquel tipo. Bueno, en cualquier caso se había desembarazado de él por unas ocho o diez horas. Una cierta inquietud se apoderó del viejo pirata, una suerte de amenaza con respecto a la estabilidad de las cosas, que fue todo menos bien recibida. Se preguntó la razón de aquella sensación y el pensamiento «Me estoy haciendo viejo» cruzó de nuevo como un intruso por su cabeza. Y, sin embargo, era consciente del vigor de su cuerpo. Aún podía gatear furtivamente como un indio y todavía podía utilizar su fiel porra para golpear con bastante precisión la cabeza de un hombre, y con la fuerza suficiente como para derribarle como un buey. Eso era lo que había hecho no más de doce horas antes, a las dos de la madrugada anterior, con facilidad, sin esforzarse demasiado. Aquello le animó. Pero todavía no daba con la idea que perseguía. No con lo que podría uno llamar una verdadera idea. Y como no la veía venir, tampoco había razón para permanecer sentado.

Se levantó y, tras dar unos pasos, alcanzó una cresta rocosa desde la que pudo ver las dos espigas blancas de su tartana. Su saco quedaba oculto por la forma de la costa, en la que el rasgo más destacado era una gran piedra plana. Ése era el punto desde el que, aún no hacía doce horas, Peyrol, incapaz de descansar en la cama, y mientras se dirigía a su tartana con intención de dormir en ella, había visto a la luz de la luna a un hombre situado sobre su barco, examinándolo; una imagen negra y ahorquillada de forma característica y que, ciertamente, no tenía nada que hacer por allí. Por una súbita y lógica deducción, Peyrol se dijo: «Ha desembarcado de un bote inglés». No se detuvo a considerar ni el cómo ni el porqué. Actuó de inmediato como el hombre acostumbrado por los años a afrontar emergencias del tipo más inesperado.

Suspendida en una especie de atenta sorpresa, la tenebrosa figura ni oía ni sospechaba nada. El impacto del extremo más grueso de la porra en su cabeza sobrevino como un rayo caído del cielo. Los lados de la pequeña dársena se hicieron eco del golpe. Pero el intruso ya no pudo oírlo. La fuerza del golpe lanzó el cuerpo inerte sobre el bote de la roca lisa y dio con él en la abierta bodega de la tartana, que lo recibió con el sonido de un apagado redoble de tambor. Peyrol no lo hubiera hecho mejor a los veinte años.

No. No tan bien. Lo había resuelto con la celeridad y la precisión de la experiencia.

Al redoble apagado del tambor siguió un silencio absoluto; ni un suspiro ni quejido alguno. Peyrol echó a correr por un pequeño promontorio donde la orilla alcanzaba la altura de la borda de la tartana, y saltó a ella. El silencio se mantuvo inalterable bajo la fría luz de la luna y entre las espesas tinieblas de las rocas. Permaneció inalterable porque Michel, que siempre dormía bajo la cubierta de proa, se despertó por el golpe sordo que hizo estremecer la tartana, y perdió el sentido del habla. Con la cabeza fuera de la cubierta, a cuatro patas y temblando violentamente como un perro escaldado, le era imposible dar un paso más, por el terror que le había producido aquel cadáver hechizado volando por los aires. No lo hubiera tocado por nada del mundo.

El «ven acá, Michel», pronunciado en voz baja, actuó como un tónico moral.

Aquello no era cosa del Maligno, ni tampoco brujería. E incluso aunque lo fuese, Michel perdió el miedo una vez que supo que Peyrol estaba allí. No aventuró una sola pregunta mientras le ayudaba a dar la vuelta a aquel cuerpo exangüe. El rostro estaba lleno de sangre por la herida que se había hecho en la cabeza al golpearse contra el afilado borde de la sobrequilla. Aquella víctima de la curiosidad desmedida se había salvado de destrozarse las piernas o de romperse la cabeza en su viaje por los aires, al haber entrado en contacto con un obenque del mástil, que se había tronchado como una zanahoria. Al levantar casualmente los ojos, Peyrol vio las cuerdas rotas y entonces puso una mano sobre el pecho del hombre.

—Todavía le late el corazón —murmuró—. Ve y enciende la lámpara del camarote, Michel.

—¿Va a llevar eso al camarote?

—Sí —dijo Peyrol—. El camarote sirve para estas cosas —y, de pronto, sintió una gran amargura—. En una ocasión fue una trampa mortal para gente mejor que este tipo, quienquiera que sea.

Michel se fue a ejecutar la orden, y los ojos de Peyrol vagaron por las orillas de la dársena, sin que le desapareciera la sensación de que por allí se mantenían ocultos los ingleses. Estaba absolutamente seguro de que uno de los botes de la corbeta estaba aún en la caleta. Lo que le resultaba incomprensible era el motivo de su arribada.

Sólo aquella forma inerte tendida a sus pies hubiera podido contestarle, pero Peyrol tenía muy pocas esperanzas de que fuese siquiera capaz de hablar de nuevo. Si sus amigos decidían emprender la búsqueda de su camarada, había pocas posibilidades de que no descubrieran la existencia de la dársena. Peyrol se agachó y examinó el cuerpo. No encontró arma alguna, a excepción de una navaja de muelles sujeta a una cuerda que llevaba alrededor del cuello.

Michel, aquel espíritu sumiso, volvió de popa y siguiendo instrucciones arrojó un par de cubos de agua salada sobre la ensangrentada cabeza con el rostro vuelto hacia la luna. Bajar el cuerpo al camarote fue un poco difícil, pues pesaba mucho. Lo tendieron cuan largo era sobre un baúl, y una vez que, con extraña pulcritud, Michel le acomodó los brazos a lo largo de los costados, adquirió un aspecto increíblemente rígido. La chorreante cabeza con los cabellos empapados parecía la de un ahogado con la brecha rosada de una herida en la frente.

—Ve a la cubierta a echar un vistazo —dijo Peyrol—. Quizá tengamos que luchar antes de que llegue el día.

En cuanto Michel se hubo marchado, Peyrol se quitó la chaqueta y, a continuación, se sacó la camisa por la cabeza. Era una camisa muy fina. En sus horas de asueto, los Hermanos de la Costa no eran de ningún modo una cuadrilla de desharrapados, y Peyrol, el artillero, había mantenido aquel gusto por la ropa blanca fina. Rasgó la camisa en largas tiras, se sentó en el baúl, y colocó la húmeda cabeza sobre sus rodillas. La vendó con algo de práctica, trabajando con tanta calma como si estuviera practicando con un maniquí. Después, el versado Peyrol buscó la mano exangüe, y sintió el pulso. El espíritu no había volado todavía. Desnudo hasta la cintura, y con los poderosos brazos cruzados sobre el vello grisáceo de su pecho, el pirata se inclinó sobre el rostro inerte que sostenía en el regazo, un rostro con los ojos cerrados en paz bajo el blanco vendaje que le cubría la frente. Contempló la pesada mandíbula, extrañamente aparejada con unas mejillas redondeadas; la nariz, notablemente ancha, afilada en la punta, y una tenue mella en el puente, que podía ser natural o el resultado de una antigua herida. Un rostro marrón como la arcilla, toscamente modelado, con abundantes pestañas negras prendidas en los párpados cerrados... Aquella fisonomía de cuarenta o más años tenía un aire artificialmente joven. Y Peyrol pensó en su juventud. No en su propia juventud, cuya rememoración no anhelaba. Pensó en la juventud de aquel hombre, en cómo habría sido aquel rostro con veinte años. Cambió súbitamente de postura, y acercando los labios al oído de aquella inanimada cabeza, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Venga ya! ¡Despierta, camarada!

Hubiera bastado para despertar a un muerto. Un tenue «¡Voilà! ¡Voilà!» fue la respuesta que vino de lejos, dando paso a la cabeza de Michel en el camarote, con una mueca ansiosa y un destello en sus ojos redondos.

—¿Llamaba, maître?

—Sí —dijo Peyrol—. Ven y ayúdame a moverlo.

—¿Lo tiramos por la borda? —murmuró Michel con presteza.

—No —dijo Peyrol—. Sobre esa litera. ¡Con tiento! Que no se golpee la cabeza —gritó con inesperada ternura—. Échale una manta encima. Quédate en el camarote y mantén húmedas las vendas con agua salada. No creo que nadie te moleste esta noche. Me voy a la casa.

—No falta mucho para que se haga de día —señaló Michel.

Ése era un motivo más de que Peyrol tuviera prisa por regresar a la casa y deslizarse sin ser visto hasta su habitación. Se echó la chaqueta sobre la piel desnuda, cogió su bastón y recomendó a Michel que bajo ningún concepto permitiera que aquel extraño abandonara el camarote. Como Michel estaba convencido de que aquel hombre no volvería a caminar en su vida, recibió las instrucciones sin emoción particular alguna.

Había amanecido poco antes de que a Peyrol, que iba camino de Escampobar, se le ocurriera echar un vistazo alrededor y tuviera la suerte de ver cómo el bote del barco de guerra inglés salía de la ensenada. Aquello confirmó sus conjeturas, si bien no esclareció ninguna de las causas. Inquieto y confuso, atravesó el patio hasta llegar a la casa. Catherine, siempre la primera en levantarse, se encontraba en la puerta de la cocina, abierta de par en par. Se hizo a un lado, y le hubiera dejado pasar sin un comentario de no haber sido por Peyrol, que le preguntó en un susurro:

—¿Hay algo de particular?

La anciana respondió en el mismo tono:

—Ha vuelto a vagar por la noche.

Peyrol subió en silencio a su habitación, de la que bajó una hora más tarde, como si hubiera pasado toda la noche en la cama.

Aquella aventura nocturna condicionó luego la conversación aquella mañana de Peyrol con el teniente, penosa hasta cierto punto. Desembarazado de Réal por unas cuantas horas, el pirata debía volver su atención hacia el otro intruso de la forzada, inquietante y ominosa paz de la granja Escampobar. Sentado en la roca plana, con los ojos casualmente fijos en las pocas gotas de sangre que traicionaban ante el cielo su acto de la última noche, mientras se esforzaba por pensar en algo concreto, Peyrol reparó en un golpeteo tenue que se repetía y que, a pesar de su ligereza, llenaba toda la dársena. Adivinó rápidamente su naturaleza, y la perplejidad se borró de su rostro.

Cogió su porra, se puso en pie de un salto, se dijo: «Está todo, menos muerto» y se apresuró a subir a bordo de la tartana.

Michel mantenía su vigilancia en la cubierta de popa. Había hecho cuanto se le ordenara junto al pozo. Además de asegurada con el muy obvio cerrojo, la puerta del camarote se veía atrancada por una barra que le confería la firmeza de una roca. De esa sustancia inamovible parecía surgir mágicamente aquel golpeteo que cesó un momento, dando lugar a que se pudiera escuchar una especie de continuo gruñido agitado, para comenzar de nuevo acto seguido.

—Es la tercera vez que le da por ese juego —aclaró Michel.

—No está muy fuerte, que digamos —señaló gravemente Peyrol.

—Ya es un milagro que sea capaz de eso —dijo Michel, ligeramente excitado—.

Se pone en la escalera y golpea la puerta con los puños. Cada vez lo hace mejor.

Empezó a hacerlo hace una media hora, cuando volví a bordo. Dio unos cuantos golpes y después se cayó de la escalera. Le oí y puse la oreja contra el escotillón.

Descansó y se pasó un largo rato hablando solo. Luego volvió a la carga. —Peyrol se acercó al escotillón, mientras Michel añadía su juicio—: Seguirá así eternamente. No conseguirá usted que deje de hacerlo.

—¡Basta ya! —dijo Peyrol, con voz profunda y autoritaria—. ¡Ya está bien de hacer ruido!

Sus palabras dieron lugar a un silencio de muerte. Michel dejó de hacer muecas, maravillado ante el poder de unas cuantas palabras dichas en un idioma extranjero.

Peyrol sonrió levemente. Hacía años que no pronunciaba una palabra en inglés.

Satisfecho, aguardó a que Michel desatrancara y abriera la puerta del camarote.

Después tronó una advertencia:

—¡Paso! —Y bajó de espaldas, con lentitud, ordenando a Michel que se fuera a vigilar.

Allá abajo, el hombre con la cabeza vendada se apoyaba en la mesa y renegaba débilmente, pero sin interrupción. Tras escucharle un rato con interés, como quien reconoce una tonada oída hace mucho tiempo, Peyrol le interrumpió con un ronco:

—Ya está bien —hubo un corto silencio—. Tienes un aspecto bien malade o, para decirlo como vosotros, muy malo —añadió en un tono que si no era suave, tampoco era ciertamente hostil—. Habrá que remediarlo.

—¿Quién eres? —preguntó el prisionero, asustado y levantando rápidamente los brazos para protegerse la cabeza del golpe que esperaba. Pero la mano que levantó Peyrol, cayó en su hombro con una palmada cordial que le hizo sentarse en el baúl, desplomado e incapaz de hablar. Aunque muy aturdido, no dejó de vigilar a Peyrol mientras éste abría una alacena de la que sacó una pequeña damajuana y un par de jarras de lata. Entonces se atrevió a decir, con un tono lastimero—: Tengo el gaznate como la yesca —añadiendo con suspicacia—: ¿Fuiste tú quien me abrió la cabeza?

—Yo fui —admitió Peyrol, sentándose al otro lado de la mesa y retrepándose para ver cómodamente a su prisionero.

—¿Por qué diablos lo hiciste? —preguntó el otro, con una especie de débil ferocidad que no afectó a Peyrol.

—Porque metiste las narices donde no debías. ¿Comprendes? Te vi a la luz de la luna, penché, comiéndote mi tartana con los ojos. No me oíste, ¿eh?

—Debiste venir por los aires. ¿Querías matarme?

—Sí, antes de dejarte ir con el cuento a tu maldita corbeta.

—Pues ahora tienes la oportunidad de acabar conmigo. Estoy más débil que un gatito.

—¿Qué has dicho? ¿Que un gatito? Ja, ja. ¡Menudo gatito! —dijo Peyrol riendo.

Cogió la damajuana por el cuello y llenó las jarras—. Aquí tienes —añadió, empujando una de ellas hacia el prisionero—. Es buena bebida.

Symons se encontraba como si el golpe le hubiera privado de toda capacidad de resistencia y sorpresa, así como de todos los recursos con los que cuenta un hombre para hacer valer sus derechos, y sólo le quedaba un amargo resentimiento. Le dolía la cabeza, que le parecía enorme, demasiado grande para que su cuello la sostuviera, y absolutamente llena de un humo caliente. Tomó un trago bajo la mirada fija de Peyrol, y volvió a poner la jarra en la mesa con movimientos temblorosos. Hubo un momento en que pareció estar adormilado. Su piel bronceada se coloreó ligeramente después. Se apoyó en el baúl y dijo con voz fuerte:

—Jugaste sucio conmigo. ¿Puede considerarse hombre quien se acerca por el aire a un compañero, le golpea por detrás y le derriba como si fuera un buey?

Peyrol movió suavemente la cabeza y bebió de su jarra.

—No te hubiera hecho nada de no haberte visto curioseando mi tartana. Te hubiera dejado regresar a bordo de tu bote. ¿Dónde estaba tu maldito bote?

—¿Como quieres que te lo diga? No sé ni dónde estoy, y jamás había estado por estos lugares. ¿Cuánto llevo aquí?

—Unas catorce horas —dijo Peyrol.

—Temo que se me caiga la cabeza si me muevo —rezongó el otro—. Eres un maldito chapucero. Eso es lo que eres.

—¿Chapucero? ¿Por qué?

—Por no haber acabado conmigo de una vez.

Cogió la jarra y se la echó al coleto. Peyrol bebió también, sin dejar de observarle. Dejó el vaso en la mesa, con mucho cuidado, y dijo suavemente:

—¿Cómo iba a saber quién eras? Aquel golpe hubiera destrozado el cráneo de cualquier otro.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué sabes tú de mi cráneo? ¿Adónde quieres ir a parar?

No sé quién eres, villano canoso, ni lo que pretendes yendo por las noches a golpear a la gente por la espalda. ¿Golpeaste también al oficial?

—Oh, sí, a tu oficial. ¿Qué es lo que hacía? ¿Qué problemas habéis venido a crear aquí?

—¿Tú crees que se lo dicen a la tripulación? Ve y pregúntaselo al oficial. Él se fue a la escarpadura, y a nuestro timonel le entraron los nervios. Me dijo: «Tú que tienes pies ligeros, Sam», eso me dijo, «gatea hasta la entrada de la ensenada y mira si el bote puede verse desde allí». Yo no vi nada. Todo estaba bien. Pero pensé que debería subir un poco más entre las peñas...

Somnoliento, se interrumpió.

—Eso sí que fue una tontería —contestó Peyrol para animarle.

—Antes hubiera esperado topar con un elefante en tierra que encontrarme con un barco en un estanque que no parece más grande que la palma de mi mano. No me explicaba cómo había llegado hasta allí. No pude evitar bajar para examinarlo, y la siguiente cosa que recuerdo es verme tirado en este cuchitril, con la cabeza vendada.

¿Por qué no me diste el alto y me hiciste prisionero como es debido? Poco hubiera podido yo hacer, armado únicamente con una navaja de muelles de la que me has aliviado.

—Está ahí arriba, en ese estante —dijo Peyrol, mirando en torno suyo—. No, amigo mío. No quise correr el riesgo de que abrieras alas y volaras.

—No tenías que temer por tu tartana. Nuestro bote no buscaba tartana alguna. No nos la hubiéramos quedado. ¿Para qué íbamos a quererla, si vemos docenas de ellas todos los días?

Peyrol llenó de nuevo las jarras.

—Ya —dijo—. Ya sé que veis muchas tartanas, pero ésta no es como las demás.

¿Eres marino y no te das cuenta de lo que tiene ésta de extraordinario?

—¡Rayos y truenos! —gritó el otro—. ¡Cómo iba a darme cuenta! Sólo pude ver que tenía las velas plegadas antes de que tu porra me golpeara en la cabeza —se llevó las manos a la frente y gimió—: ¡Oh, Dios! ¡Me siento como si llevara un mes borracho!

El prisionero de Peyrol tenía el aspecto de quien, al final de una reyerta entre borrachos, se encuentra con la cabeza rota. Pero a Peyrol no le resultaba repulsivo su aspecto. El pirata guardaba un buen recuerdo de su vida de filibustero, con su espíritu proscrito y su escenario sin fronteras, antes de que el cambio en el estado de cosas en el Índico y los asombrosos rumores del mundo exterior le hicieran reflexionar sobre lo precario de su carácter. Era cierto que había desertado, siendo muy joven, de la bandera francesa, pero en aquella época la bandera era blanca, y ahora era tricolor.

Había practicado la libertad, la igualdad y la fraternidad tal cual se entendían en las guaridas, conocidas o secretas, de la Hermandad de la Costa. De manera que el cambio, si se había de dar crédito a la gente que hablaba de él, no podía haber sido muy grande. El pirata también tenía ideas propias en cuanto a lo que significaban aquellas tres palabras. Libertad... para no depender de nadie, en la medida de lo posible. Igualdad... ¡sí! Pero ningún grupo lograría algo prescindiendo de un jefe.

Todo aquello valía lo que valía. Consideraba la fraternidad de una manera diferente.

Es cierto que los hermanos peleaban entre ellos; en una de esas peleas había recibido Peyrol la herida más peligrosa de su vida, pero no guardaba rencor a nadie. Desde su punto de vista, el pacto de la Hermandad era un pacto de solidaridad contra el mundo exterior. Y ahora se hallaba sentado frente a un hermano al que le había abierto la cabeza con motivos suficientemente fundados. Allí lo tenía, al otro lado de la mesa, desgreñado y aturdido, confuso y vejado, y con la cabeza tan dura como en la época en que un hermano de origen italiano le puso el apodo de Testa Dura, con motivo de una pelea sin duda, así como a Peyrol mismo le conocieron durante una época, a ambos lados del canal de Mozambique, como Poigne-de-Fer, por haber zarandeado por la tráquea, en presencia de los hermanos, a un incómodo hechicero negro de aspecto imponente. Con ello logró que los indígenas trajeran rápidamente comida y el hechicero no volviera a ser el que había sido. Un espectáculo magnífico.

Sí, sin duda se trataba de Testa Dura, aquel joven neófito (cuya leva pasó desapercibida para Peyrol) insólito en aquella orden, simplón y siempre asombrado de la bravucona y cosmopolita compañía entre la que había ido a caer. Aquel joven cobró más afecto hacia Peyrol que hacia sus propios compatriotas —que siempre abundaban en la banda—, y corría tras él como un perrito, llegando a comportarse como un verdadero camarada con ocasión de aquella herida que, sin matar ni amilanar a Peyrol, le proporcionó el ocio necesario para reflexionar sobre el sentido de su existencia.

La primera sospecha de aquel sorprendente suceso le sobrevino a Peyrol cuando le vendó la cabeza a la luz de la lámpara humeante. Puesto que el sujeto aún vivía, Peyrol no tenía intención de acabar con él o dejarlo abandonado como a un perro. Se trataba, además, de un marino. El hecho de que fuera inglés no afectaba los mezclados sentimientos de Peyrol, en los que el odio no tenía lugar. De entre todos los miembros de la Hermandad, los ingleses eran sus favoritos, y había encontrado entre ellos ese afecto escrupuloso y leal que un francés de talento y carácter recibe de los ingleses antes que de otras nacionalidades. Hubo épocas en que Peyrol —sin intentarlo, pues no era un hombre ambicioso— se vio obligado a ejercer su jefatura, épocas que, de una u otra forma, fueron siempre de crisis. En esas circunstancias se apoyó siempre en los ingleses.

¡Así que aquel jovenzano había acabado en un buque de guerra inglés! Bueno, el hecho no tenía nada de imposible. Hay Hermanos de la Costa en todo tipo de barcos y en toda suerte de lugares. Peyrol encontró una vez a uno ejerciendo, como anciano y desventurado tullido, de mendigo en las escaleras de la catedral de Manila, y no tuvo inconveniente en aumentar la riqueza de su tesoro secreto mediante dos gruesas piezas de oro. Se decía que un Hermano de la Costa había llegado a mandarín en China, y Peyrol lo tenía por cierto. Nunca se sabía dónde o en qué posición podía encontrarse uno con un Hermano de la Costa. Lo curioso de éste es que se hubiera puesto tras sus pasos para ir a encontrarse con su porra. Lo más importante para Peyrol, a lo largo de toda aquella mañana de domingo, había sido ocultar la aventura al teniente Réal. La protección mutua, igual que contra todo el que llevase charreteras, constituía el principal deber entre Hermanos de la Costa. Y lo inesperado de aquel deber que se le hacía presente después de veinte años, le investía de una fuerza extraordinaria. Ignoraba lo que haría con aquel compañero, pero la situación había cambiado desde aquella mañana. El teniente había depositado su confianza en Peyrol, y aquello convertía la relación entre ambos en algo especial. Por eso se encontraba sumido Peyrol en profundas meditaciones.

—Sacrée tête dure —musitó, sin conseguir entusiasmarse. En realidad se encontraba algo molesto por no haber sido reconocido. No podía concebir cuán difícil había sido para Symons identificar aquella persona con el pelo encanecido y de porte deliberadamente majestuoso, con el objeto de su admiración juvenil, aquel hermano francés de ensortijado pelo negro y en la flor de la vida, del que todo el mundo hablaba tanto. Peyrol se sobresaltó al oír que el otro decía de repente:

—Soy un inglés. Lo soy. Y no me voy a poner de rodillas ante nadie. ¿Qué vas a hacer conmigo?

—Haré lo que me plazca —dijo Peyrol, que se estaba haciendo exactamente la misma pregunta.

—Pues, entonces, sea lo que sea, hazlo pronto. Me importa un bledo lo que hagas, pero sé rápido.

Trató de ser enfático, pero, de hecho, las últimas palabras sonaban muy débiles. Y aquello afectó al viejo Peyrol, que pensó que si le permitía beberse toda la jarra, le emborracharía totalmente. Pero corrió aquel riesgo, y se limitó a decir:

—¡Allons! ¡Bebe!

El otro no aguardó una segunda invitación, aunque no le fue posible controlar muy bien los movimientos del brazo que extendió hacia la jarra. Peyrol levantó la suya en alto.

—Trinquons, ¿eh? —propuso. Pero aun en su precaria situación, el inglés se mantuvo implacable.

—Maldito si lo hago —dijo, indignado, pero en una voz tan baja que Peyrol tuvo que aguzar el oído para escuchar sus palabras—. Me tienes que explicar primero por qué me golpeaste en la cabeza.

Bebió con la vista puesta en Peyrol, y con el ánimo de que su gesto resultara ofensivo, aunque a aquél le pareció todo tan pueril que no pudo evitar la carcajada.

—Sacré imbecile, ¡va! ¿No te he dicho que fue por la tartana? De no ser por la tartana, me habría escondido. Me habría escabullido detrás de una mata como una...

¿cómo llamáis a la lièvre? —El otro, que iba sintiendo el efecto de la bebida, le miró con franca incredulidad—. Tú no tienes importancia —continuó Peyrol—. Si hubieras sido oficial te hubiera atrapado en cualquier caso. ¿Dices que tu oficial se fue por la escarpadura?

Symons suspiró profunda y sosegadamente.

—Ése es el camino que tomó. Le oímos decir a bordo que había una casa por allí.

—De manera que fue a la casa —dijo Peyrol—. Pues si así lo hizo, todavía se debe estar arrepintiendo. Media compañía de infantería se encuentra acuartelada en la granja.

Aquella inspirada filfa fue creída fácilmente por el inglés. Cualquier marino de la flota de bloqueo estaba al tanto de que había soldados en muchos puntos de la costa.

Pero lo que acababa de oír añadió una sombra de consternación a las muchas expresiones que se habían cruzado sobre el rostro de aquel hombre en trance de recuperarse de un largo período de inconsciencia.

—¿Y qué diablos hacen esos soldados acuartelados en esta roca? —preguntó.

—Oh, transmitir señales y cosas así. No voy a decírtelo todo porque... ¡puedes escaparte!

Aquella frase incidió en el punto más sobrio de la personalidad de Symons. Así que estaban pasando cosas. El señor Bolt había sido hecho prisionero. Pero la idea más importante que su confusa cabeza fue capaz de evocar tenía más que ver con la conciencia de que no pasaría mucho tiempo antes de que fuera entregado a aquellos soldados. La perspectiva del cautiverio le destrozaba el corazón, de manera que decidió poner el máximo de dificultades.

—Necesitarás algunos soldados para sacarme de aquí. No pienso caminar. No pienso caminar después de que has estado a punto de triturarme los sesos por la espalda. ¡De veras te lo digo! No voy a dar ni un paso. Que me lleven a cuestas. — Peyrol se limitó a mover la cabeza con desaprobación—. Así que ya puedes ir a por un cabo con una escuadra de soldados —insistió Symons, obstinadamente—. Quiero que me hagan prisionero como es debido. ¿Quién diablos eres tú? No tienes derecho a inmiscuirte en esto. Me da la impresión de que eres un paisano, un marinero común a pesar de lo que te quieras llamar. Y además un marinero bastante sospechoso. ¿Dónde aprendiste inglés? ¿En una prisión? Pero a mí no me vas a tener en esta perrera, a bordo de tu maldita tartana. ¡Venga, ve a buscar un cabo! —Adquirió súbitamente un aspecto muy cansado, y murmuró—: Soy un inglés. Un inglés.

La paciencia de Peyrol era verdaderamente angélica.

—No hables de la tartana —dijo, con solemnidad, separando cuidadosamente las palabras—. Te digo que no es como las demás. Ésta es un barco correo. Cada vez que se hace a la mar, les moja la oreja a todos los cruceros ingleses. No me importa decírtelo porque eres mi prisionero. Ahora aprenderás pronto francés.

—Pero ¿tú quién eres? ¿El guardián de este bote o qué? —preguntó el intrépido Symons.

Pero el misterioso silencio de Peyrol pareció acabar por intimidarle. Comenzó a mostrarse abatido, y se puso a maldecir en tono lánguido a todos los botes expedicionarios, al timonel de la lancha y a su propia suerte infernal.

Peyrol adoptó una actitud atenta y expectante, como la de un hombre interesado en un experimento, mientras que, al cabo de un rato, el rostro de Symons empezó a mostrar la expresión de quien ha sido golpeado de nuevo, aunque no tan rudamente como la vez anterior. Se le nublaron los ojos, y las palabras «marinero bastante sospechoso» abandonaron sus labios con un aire moribundo. Pero su cabeza era tan dura que aún pudo recuperarse lo suficiente como para dirigirse a Peyrol en un tono obsequioso.

—¡Vamos, abuelo! —dijo, tratando de empujar la jarra a través de la mesa y volcándola—. ¡Acabemos con la botellita!

—No —dijo Peyrol, atrayendo la damajuana hacia donde él estaba y tapándola.

—¡No! —repitió Symons con voz de desconfianza y la mirada fija en la damajuana—. ¡Qué chapucero!

Trató de decir algo más, vaciló y, de pronto, pronunció la palabra cochon tan claramente que el viejo Peyrol se sobresaltó. Después de eso era inútil seguir mirándole. Peyrol guardó la damajuana y las jarras. Cuando se volvió de nuevo, el cuerpo del prisionero se extendía sobre la mesa sin emitir sonido alguno, ni siquiera un ronquido.

Al salir Peyrol del camarote, cerrando la puerta a sus espaldas, Michel se le acercó corriendo desde la proa, dispuesto a recibir órdenes de su amo. Pero Peyrol se quedó de pie en la cubierta de popa, con una mano sobre la boca, y reflexionando tan profundamente que Michel, inquieto, intentó animarle con un «Parece que no se va a morir».

—Está acabado —dijo Peyrol jovialmente—. Está acabado de lo borracho que está. Probablemente no me veas hasta mañana.

—¿Y qué voy a hacer? —preguntó medrosamente Michel.

—Nada —dijo Peyrol—. Y, desde luego, no debes permitir que prenda fuego a la tartana.

—Pero suponga —insistió Michel— que intenta escaparse.

—Si ves que intenta escaparse —dijo Peyrol, con jocosa solemnidad—, trata de ponerte fuera de su alcance cuanto antes. Un hombre que pretende escaparse teniendo la cabeza como la tiene ése, es capaz de tragársete de un solo bocado.

Cogió su porra, saltó a tierra y se alejó sin dirigir una sola mirada a su fiel secuaz.

Michel le oyó trepar entre las piedras, y su rostro, habitualmente de una inexpresividad afable, adquirió una especie de dignidad procedente del profundo y absoluto vacío que se cernió sobre él.

Capítulo 10

Peyrol no se detuvo hasta haber alcanzado la explanada frente a la casa, y entonces tomó un momento de reposo para reanudar el contacto con el mundo exterior.

Durante su encierro con el prisionero el cielo se había cubierto de una fina capa de nubes, en uno de esos repentinos cambios de tiempo que no dejan de ser habituales en el Mediterráneo. Y ese gris vapor, elevado por el viento hasta ocultar el disco solar, parecía engrandecer el espacio más allá de su velo, añadiéndose a aquel mundo sin sombras, que, despojado de sus más brillantes aristas, se difuminaba en la tenue línea del horizonte, presto a disolverse en la inmensidad del infinito.

Familiar e indiferente a sus ojos, material y sombrío, el mar había empalidecido en toda su voluble extensión bajo el pálido sol, como en una respuesta sentimental y enigmática, tan enigmática como la gran mancha ovalada de agua oscura que se extendía hacia el oeste, y como aquella ancha cinta azul trazada sobre las aguas plateadas, cual una parábola magistralmente descrita por un dedo invisible a modo de símbolo de un eterno peregrinar... La fachada de la granja podría haber sido la de una casa súbitamente abandonada por sus habitantes. En lo alto del edificio, la ventana del teniente permanecía abierta, tanto los cristales como las contraventanas. Junto a la puerta de la salle el bieldo apoyado en la pared parecía haber sido olvidado por el sans-culotte. Aquel aire de abandono impresionó a Peyrol de una manera inusual.

Haber pensado tanto en aquella gente, y no dar ahora con ella, le parecía artificial e incluso deprimente. La vida le había proporcionado la oportunidad de ver muchos lugares abandonados: chozas de paja, fortines de barro, palacios de reyes, templos de los que toda alma talar había desaparecido... Templos que, sin embargo, nunca daban la impresión de estar vacíos. Los dioses no los abandonaban. Los ojos de Peyrol se fijaron en el banco contra la pared de la Salle. De haber sido todo normal, el banco estaría ocupado por el teniente, que tenía la costumbre de sentarse en él durante horas, casi sin moverse, como una araña aguardando la llegada de una mosca. Esta paralizante comparación hizo que Peyrol se quedara inmóvil, con la boca torcida y el ceño fruncido ante la visión evocada, más nítida y precisa que el hombre mismo, y más turbadora de lo que hubiera sido en realidad.

Se recuperó con un respingo. ¿Qué diablos hacía, cré nom de nom, contemplando aquel estúpido banco vacío? ¿Es que estaba mal de la cabeza? ¿O es que se estaba haciendo viejo de veras? Había visto viejos a los que se les iba así la cabeza. Pero él tenía algo que hacer. Y lo primero de todo era ir a ver qué hacía la balandra inglesa en el Passe.

Al dirigirse al mirador sobre la colina, donde el pino se asomaba inclinado sobre el farallón, como si una insaciable curiosidad le mantuviera en esa precaria posición, Peyrol contempló desde otra perspectiva la granja y sus dependencias, y de nuevo se vio afectado por su desolada apariencia. No parecía que hubiera quedado un alma, ni siquiera un animal; sólo los pichones se movían por los tejados con vivaz elegancia.

Peyrol apresuró el paso y, al poco rato, vio el barco inglés bastante cerca de la orilla de Porquerolles, con todas las vergas en alto y la proa hacia el sur. Soplaba una ligera brisa en el Passe, y la mate superficie plateada del agua se rizaba en una banda oscura hacia el este, en la misma dirección en que la flota inglesa, más o menos distante, pero bien oculta a la vista, vigilaba incansable. Ni la sombra de un palo ni el destello de una vela en el horizonte traicionaban su presencia. Pero para Peyrol no hubiera sido una sorpresa ver una gran multitud de navíos poblar el horizonte con su presencia hostil, y avanzar con rapidez, punteando el mar de grupos ordenados en torno al cabo Cicié, y haciendo alarde de su condenada desfachatez. Aquella corbeta —factor importante en la vida cotidiana de aquella franja costera— se convertiría, entonces, en un asunto baladí, y el hombre que la mandaba (adversario personal de Peyrol en muchos combates imaginarios sostenidos hasta el final en la habitación de arriba) tendría entonces que andarse con cuidado. Recibiría instrucciones de ponerse a las órdenes del almirante, y éste le enviaría de aquí para allá, como si fuera un perrito, si es que no le mandaba subir a bordo del buque insignia para recibir un rapapolvo por esto o aquello.

Peyrol pensó por un momento que la desfachatez de aquel barco podía llevarle a lo largo de la península hasta la vista de la mismísima ensenada, pues la proa de la corbeta comenzaba a tomar ese rumbo. El temor por su tartana angustió el corazón de Peyrol, hasta que recordó que en el barco inglés ignoraban su existencia. Ya lo creo que la ignoraban. Su porra había obstruido aquella información con eficacia. El único inglés al tanto de la existencia de la tartana era el tipo de la cabeza rota. Peyrol se echó a reír ante su momentáneo sobresalto. Era evidente, además, que el barco aquel no tenía intención de desfilar frente a la península. No se iba a permitir esa desfachatez. Las vergas de la corbeta bornearon por la derecha, y la nave se puso contra el viento, pero aproando hacia el norte, de espaldas a su antiguo rumbo. Peyrol se dio cuenta de que el barco pretendía pasar a barlovento de cabo Esterel, con la intención, probablemente, de largar el ancla a distancia de la larga bahía blanca que, en una curva regular, cierra la dársena de Hyères por aquel lado.

Peyrol se imaginó el barco en una noche con nubes, aunque no muy oscura — pues sólo hacía un día que la luna era llena—, largando el ancla no muy lejos de la costa baja, con las velas plegadas y el aspecto de estar profundamente dormido, pero con la guardia presta en cubierta, junto a las baterías. Le rechinaron los dientes. Las cosas habían llegado a tal punto, que cualquier acto del capitán a bordo del Amelia producía en Peyrol un acceso de cólera. ¡De haber tenido con él cuarenta o sesenta hermanos bien elegidos, ya le habría enseñado a ese sujeto lo caro que le podía costar tomarse libertades a lo largo de la costa francesa! ¡Otros buques se habían tomado por sorpresa, y en noches con luz suficiente para ver el blanco de los ojos del enemigo con el que había que pelear! Y ¿cuál podía ser la tripulación de aquel barco?

Unos noventa o cien hombres, incluidos grumetes e infantes... Peyrol agitó el puño como despedida al barco que desapareció de su vista al doblar el cabo Esterel. Pero en el fondo de su corazón, aquel marino de experiencias cosmopolitas sabía muy bien que ni cuarenta, ni sesenta, ni siquiera un centenar de Hermanos de la Costa habrían bastado para capturar aquella corbeta que tan cómodamente se hallaba a menos de diez millas de distancia de donde él mismo había abierto por primera vez los ojos a la luz del mundo.

Negó tristemente con la cabeza al pino ladeado, su única compañía. El alma desheredada de aquel pirata que durante tantos años se paseara por un océano sin ley, y con las costas de dos continentes al alcance de sus correrías, había regresado a su risco, como un pájaro marino cansado de dar vueltas en la oscuridad, y suspiraba por una gran victoria naval para su pueblo: aquella multitud de tierra adentro, de la que Peyrol no conocía sino a los pocos habitantes de aquella península separada del resto de la tierra por el agua muerta de la laguna salada, y en la que sólo un rasgo de virilidad en un miserable tullido y el indescifrable encanto de una mujer medio loca habían hallado respuesta en su corazón.

La idea de los despachos trucados era sólo una pieza del plan para una grande y destructiva victoria. Sólo una pieza, pero no una bagatela. Nada que se relacionara con el fraude a un almirante podía considerarse una bagatela. ¡Y qué almirante!

Peyrol percibía vagamente que aquél era el plan que sólo se le podía ocurrir a un obtuso ciudadano de tierra adentro. Convertirlo en algo practicable era, sin embargo, incumbencia de los marinos. Y debería llevarse a cabo con aquella corbeta.

Peyrol topó en ese punto con la cuestión que a lo largo de toda su vida le había sido imposible resolver: se trataba de decidir si los ingleses eran realmente muy estúpidos o muy taimados. Un problema que se había planteado en numerosas ocasiones. El viejo pirata contaba con el talento suficiente como para haber llegado a la conclusión general de que si habían de ser engañados, no lo serían por las palabras, sino, más bien, por los hechos; no por el mero solapamiento, sino por una profunda destreza oculta bajo algún tipo de acción directa. Esa convicción no significaba, sin embargo, avance alguno en un caso tan necesitado de reflexión como aquél.

El Amelia había desaparecido tras el cabo Esterel, y Peyrol se preguntó, con cierta ansiedad, si eso significaba que aquel barco había decidido prescindir de su hombre.

«Si eso es así —dijo Peyrol para su coleto—, lo he de ver pasar de nuevo, más allá del cabo Esterel, antes de que anochezca». De no ser así, y en el supuesto de que el barco no se dejara ver durante las dos horas siguientes, habría que pensar que había largado el ancla lejos de la playa, aguardando a que llegara la noche para llevar a cabo algún intento de descubrir lo que había pasado con su tripulante. Eso sólo se podía hacer enviando uno o dos botes a explorar la costa y a internarse, sin duda, en la ensenada, desembarcando incluso, quizá, una pequeña tropa de exploración.

Una vez alcanzada esa conclusión, Peyrol comenzó a cargar lentamente su pipa.

De haber echado una mirada a tierra adentro habría visto el movimiento de una falda negra y el destello de un blanco fichu: Arlette corría por el sendero que desde Escampobar descendía hasta la aldea. El mismo sendero, de hecho, por el que el ciudadano Scevola se viera perseguido por la chusma encolerizada cuando intentó obedecer al extraño impulso de visitar la iglesia. Pero mientras cargaba y encendía la pipa, Peyrol sólo tenía ojos para el cabo Esterel. Después, con los brazos afectuosamente colocados sobre el tronco del pino, se dispuso a extremar su vigilancia. Muy lejos, bajo sus pies, con sus destellos grises y brillantes, la rada parecía una placa de madreperla en un marco de rocas amarillas y de barrancos verde oscuro abiertos entre las masas de colinas teñidas del púrpura más delicado. Sobre su cabeza y velado tras las nubes, el sol parecía un disco de plata.

Aquella tarde, tras esperar en vano que el teniente Réal apareciera como tenía por costumbre, Arlette, la señora de Escampobar, había entrado de mala gana en la cocina donde Catherine se hallaba sentada muy derecha en una espaciosa y pesada silla de madera cuyo respaldo se elevaba hasta superar la altura de su cofia blanca. Incluso a su avanzada edad, y aun en sus horas de sosiego, Catherine preservaba la integridad del continente de aquella familia que durante tantas generaciones poseyera Escampobar. Habría sido fácil suponer que, tal algunos caracteres de celebridad mundial, Catherine estaba dispuesta a morir de pie y derecha.

Con su oído lozano como el primer día, Catherine detectó los ligeros pasos en la salle mucho antes de que Arlette penetrara en la cocina. Aquella mujer que había afrontado, sola y desasistida (salvo por el comprensivo silencio de su hermano), la angustiosa pasión de un amor prohibido y terrores comparables a los del Juicio Final, no volvió hacia su sobrina la cara tranquila, pero no serena, ni los ojos, sin temor, pero también sin fuego.

Arlette miró en todas direcciones, hasta a las paredes e incluso al montón de cenizas bajo la repisa de la chimenea, que aún alimentaba en su corazón un destello, antes de sentarse y apoyar el codo en la mesa.

—Andas errante como un alma en pena —dijo su tía, sentada junto al hogar como una vieja reina en su trono.

—Y tú te quedas ahí sentada, rumiando tus pensamientos.

—Antes, las viejas como yo —subrayó Catherine—, podíamos rezar nuestras oraciones. Pero ahora...

—Creo que hace años que no vas a la iglesia. Recuerdo que Scevola me lo dijo hace tiempo. ¿No vas porque no te gusta que los demás te vean? A veces he imaginado que una masacre acabó con la mayoría de la gente hace mucho tiempo.

Catherine miró hacia otro lado. Arlette apoyó la cabeza en su mano medio cerrada y sus ojos, perdiendo fijeza, comenzaron a temblar entre crueles visiones. Se levantó de súbito y acarició con la punta de los dedos aquellas delgadas mejillas, consumidas y huidizas. Luego, en voz baja y con aquella maravillosa cadencia que alcanzaba las fibras del corazón, dijo en tono de ruego:

—Eran sueños, ¿verdad?

La anciana, en su inmovilidad, pidió con toda la fuerza de su voluntad que apareciera Peyrol. No había sido capaz de desprenderse del miedo supersticioso hacia aquella sobrina rescatada de los terrores de un Día del Juicio en el que el mundo fue abandonado a las fuerzas del mal. Siempre tuvo miedo de que aquella muchacha vagabunda, de ojos inquietos y una vaga sonrisa en los labios silentes, pronunciara súbitamente algo atroz, inaudito, clamando al cielo venganza, a menos que Peyrol estuviera por allí. Ese extranjero, venido de par delà les mers, no tenía nada que ver con ellos ni, probablemente, con nadie en el mundo, pero su aspecto imponente había impresionado su imaginación, y aquella tranquilidad suya sugería la fuerza poderosa de un león en reposo. Arlette dejó de acariciar las impertérritas mejillas, y exclamó, petulante:

—Ya estoy despierta —y salió de la cocina sin haber preguntado a su tía lo que la inquietaba y qué era lo que había sido del teniente.

Su corazón le había jugado una mala pasada. Se dejó caer en el banco junto a la puerta de la salle. «Qué les pasa a todos? —se preguntó—. No les entiendo. ¿Qué tiene de raro que no pueda conciliar el sueño?». Incluso Peyrol, tan diferente al resto de la humanidad que desde el primer momento en que se puso ante ella fue capaz de mitigar su desventurada inquietud, incluso Peyrol se pasaba ahora largos ratos sentado con el teniente en el banco, mirando al vacío y hablando de cosas sin sentido, cual si tuviera el propósito de impedirle que pensara en ella. No debería comportarse de esa manera. Pero el enorme cambio que implicaba el hecho de que todos los días tenían ahora un mañana, y que todas las personas a su alrededor habían dejado de ser meros fantasmas sobre los que su inquieta mirada resbalaba sin interés, le hacía sentir la necesidad de apoyarse en algo o alguien. Habría podido pedirlo a gritos.

Se levantó y caminó a lo largo de la fachada de la granja. Al llegar al extremo del muro que cerraba el huerto, exclamó, con suave entonación: «¡Eugène!», no porque tuviera la esperanza de que el teniente se encontrara al alcance de su voz, sino por el placer de escuchar por una vez el sonido de su nombre en voz más alta que un susurro. Dio la vuelta y, al llegar al final del muro del patio, repitió: «¡Eugène, Eugène!», bebiendo el sonido que pronunciaban sus labios con una desesperación casi exultante. Su necesidad de apoyo era acuciante en esos momentos vertiginosos.

Pero todo permanecía en silencio. Sobre su cabeza, y bajo el fino cielo grisáceo, había una gran morera en la que no se agitaba una sola hoja. Paso a paso, como si lo hiciera inconscientemente, comenzó a bajar por el sendero. Cincuenta yardas más allá se extendía la perspectiva de los tejados de la aldea, entre las verdes copas de los plátanos que sombreaban la fuente, y poco más allá, la lisa superficie opalescente de la laguna salada, lisa y mate como una lámina de plomo. Pero lo que condujo sus pasos fue la torre de la iglesia en la que, bajo un arco de medio punto, podía ver la mota negra de la campana que, tras evitar las requisas de las guerras republicanas y permanecer muda bajo la clausurada iglesia vacía, había recuperado recientemente la voz. Echó a correr, pero se detuvo al acercarse lo suficiente para distinguir las figuras que se movían alrededor de la fuente del pueblo, dudó un momento y tomó el camino que llevaba al presbiterio.

Empujó la puertecita con el picaporte roto y la abrió. El humilde edificio de piedras toscas, en cuyas junturas la argamasa había desaparecido casi por completo, parecía hundirse lentamente en la tierra. Frente a él, el jardín se veía agobiado por la cizaña, pues el párroco no encontraba ningún placer en cuidar el jardín. Cuando la heredera de Escampobar abrió la puerta, éste caminaba de un lado a otro de la amplia habitación que utilizaba como dormitorio y salón, y en la que también comía. Era un hombre descarnado, con la cara larga y con un aire crispado. En su juventud había sido tutor de los hijos de un gran noble, pero no había emigrado con su patrón.

Tampoco se había rendido a la República. Se mantuvo en su tierra natal, escondido como una bestia salvaje acosada, y de él se contaban muchas historias, guerreras y de otra índole. Al restablecerse la jerarquía, no fue bien visto por sus superiores.

Resultaba demasiado realista. Aceptó sin rechistar el cargo en aquella miserable parroquia, donde su influencia creció rápidamente. La vocación sacerdotal era para él como una pasión fría. Aunque era un hombre bastante accesible, jamás salía sin su breviario y se limitaba a corresponder a las cabezas que se desnudaban solemnemente a su paso, con secas inclinaciones de la suya. No inspiraba temor exactamente, pero algunos de los aldeanos más viejos, que recordaban al cura anterior, un anciano que había muerto en su jardín, tras ser sacado de la cama por unos cuantos patriotas ansiosos de llevarle prisionero a Hyères, movían la cabeza significativamente cuando se les mencionaba a éste.

Al ver aquella aparición con sombrero de arlesina, faldas de seda, fichu blanco y otros atributos que la diferenciaban tanto como podía serlo una princesa de los rústicos con los que se rozaba cotidianamente, su rostro manifestó una absoluta estupefacción. Después —sabedor de los cotilleos de la comunidad—, sus cejas, rectas y espesas, se unieron en un gesto de hostilidad. Ésta era, sin duda, la mujer de la que sus parroquianos hablaban con el acento entrecortado, explicando que se había entregado, junto con su propiedad, a un jacobino, a un sans-culotte de Tolón, que había enviado a sus padres al cadalso o los había asesinado él mismo durante los tres primeros días de la masacre. Nadie estaba seguro de cuál de las dos cosas había sucedido, pero lo demás era del dominio público. Aunque persuadido de que cualquier depravación moral resultaba posible en un país sin Dios, el párroco no creía a pie juntillas en aquella historia. Sin duda, aquellas gentes eran republicanas e impías y la situación allá arriba era escandalosa y horrible. Luchó contra sus sentimientos de repulsión, suavizó el gesto y aguardó. No se podía imaginar lo que aquella mujer de formas maduras y rostro juvenil podía buscar en el presbiterio.

Súbitamente, se le ocurrió que quizá quisiera agradecerle —aunque con bastante retraso— el haberse interpuesto entre aquel hombre y la furia de los aldeanos. Ni siquiera mentalmente le resultaba posible considerarle como su marido, puesto que, aparte de todas las circunstancias, la relación que mantenían no podía implicar matrimonio alguno para ningún sacerdote, fuera cual fuese la fórmula legal que la sancionara si es que había alguna. Su visitante quedó aparentemente desconcertada por la expresión de su rostro, por el severo retraimiento de su actitud, y sólo dejó escapar un leve murmullo entre los labios. El sacerdote inclinó la cabeza, no muy seguro de haber oído.

—¿Vienes a pedirme ayuda? —preguntó con un tono dubitativo.

Ella afirmó ligeramente con la cabeza, y el párroco cerró la puerta que había quedado entreabierta. No se veía ni un alma entre el presbiterio y la aldea, ni entre el presbiterio y la iglesia. Girando sobre sus talones, el párroco la miró a la cara y dijo:

—Es como si estuviéramos solos. La anciana de la cocina está sorda como una tapia.

Ahora, que miraba a Arlette más de cerca, el abad sentía una especie de aprensión. El carmín de aquellos labios, la transparente, inmaculada e indescifrable negrura de aquellos ojos, la palidez de sus mejillas, le sugerían algo agresivamente pagano y ofensivamente distinto al pecador normal de este mundo. Y ella estaba ahora dispuesta a hablar. Levantó la mano para atajarla.

—Espera —dijo—. No te había visto antes. No sé muy bien quién eres. Ninguno de los tuyos pertenece a mi rebaño... Porque tú eres de Escampobar, ¿no?

Desde la sombra de sus huesudas bóvedas, los ojos del párroco escrutaron el rostro de la muchacha, fijándose en la delicadeza de sus rasgos, en la ingenua terquedad de su mirada.

—Yo soy la hija —dijo.

—¡La hija!... Ya... De ti se dicen cosas horribles.

—¿Esa chusma? —dijo ella, algo impacientada. El párroco permaneció en silencio—. ¿Qué es lo que dicen? Cuando vivía mi padre no se hubieran atrevido a abrir la boca. Lo único que les he visto hacer años y años es aullar como perros sarnosos tras los talones de Scevola.

La ausencia de desprecio en su tono resultaba verdaderamente aniquiladora. Unos dulces sonidos fluían de sus labios y un encanto inquietante de su extraña ecuanimidad. Una seducción de tal índole que el párroco, para el que entrañaba algo diabólico, se esforzó en evitar.

—Son almas sencillas, desatendidas, sumidas en las tinieblas. No es culpa suya.

Pero se vieron ofendidos en sus sentimientos. Yo le salvé de aquella furia. Hay cosas que es preciso dejar a la justicia divina —la inconsciencia de aquel hermoso rostro sin doblez le exasperaba—. Aquel cuyo nombre acabas de pronunciar, y que yo siempre he oído junto al epíteto de bebedor de sangre, está considerado como el dueño de la granja Escampobar. Lleva años viviendo en ella. ¿Cómo es eso?

—Hace ya mucho tiempo que me trajo de regreso a casa. Hace años. Catherine le permitió quedarse.

—¿Quién es Catherine? —preguntó, ásperamente, el párroco.

—Es la hermana de mi padre, que nos esperaba en la casa. Había perdido ya toda esperanza de vernos cuando, una mañana, Scevola apareció conmigo ante la puerta.

De manera que le permitió quedarse. Es un pobre hombre. ¿Qué otra cosa podría haber hecho Catherine? ¿Y qué nos importa lo que piense de él la gente de la aldea?

—Bajó los ojos y pareció caer en una profunda meditación. Después añadió—: Más tarde, mucho más tarde, descubrí que era un pobre hombre. ¿Así que le llaman bebedor de sangre? ¿De dónde lo habrán sacado? Tiene miedo de su propia sombra.

Dejó de hablar, pero no levantó los ojos.

—Ya no eres ninguna niña comenzó a decir el párroco, con voz serena y arrugando el ceño ante sus ojos humillados.

La oyó murmurar:

—Lo era no hace mucho.

No prestó atención y continuó:

—Te pregunto ¿es eso todo lo que tienes que decirme de ese hombre? Espero que, por lo menos, no me vengas con hipocresías.

—Monsieur l’abbé —dijo ella, levantando intrépidamente los ojos—, ¿qué quiere usted que le diga? Puedo contarle cosas que le pondrían los pelos de punta, pero no tienen nada que ver con él.

El párroco hizo un gesto cansado por toda respuesta, y se puso a caminar de un lado a otro de la habitación. Su rostro no expresaba curiosidad ni piedad, sino una especie de aversión que se esforzaba en superar. Se dejó caer en un hondo y raído sillón de orejas, el único detalle lujoso de la habitación, y señaló un escabel de madera con el respaldo recto. Arlette se sentó y comenzó a hablar. El párroco escuchaba, pero con la mirada distante y con sus grandes manos huesudas apoyadas en los brazos del sillón. Al cabo de unas pocas palabras, la interrumpió:

—¿Es tu propia historia la que me estás contando?

—Sí —dijo Arlette.

—¿Es necesario que la sepa?

—Sí, monsieur l’abbé.

—Pero ¿por qué?

El párroco inclinó un poco la cabeza, pero sin dejar, empero, de mirar a lo lejos.

Su voz se había hecho muy baja. De repente se echó hacia atrás.

—¿Quieres contarme tu historia porque te has enamorado de un hombre?

—No, sino porque eso es lo que me ha hecho volver en mí misma. Ninguna otra cosa hubiera podido lograrlo.

El párroco se volvió y la miró torvamente, pero no dijo nada y volvió a mirar a lo lejos. Escuchaba. Al principio murmuró una o dos veces «Sí, ya he oído eso», y después guardó silencio, sin mirarla en absoluto. Sólo la interrumpió para preguntarle:

—¿Recibiste la confirmación antes de que el convento fuera asaltado y expulsadas las monjas?

—Sí —dijo ella—, un año antes o más.

—¿Y dos de esas señoras te llevaron consigo hacia Tolón?

—Sí. Las otras chicas tenían parientes cerca. Me llevaron con ellas pensando que se lo podrían comunicar a mis padres, pero se puso difícil hacerlo. Entonces llegaron los ingleses, y mis padres se hicieron a la mar e intentaron saber lo que me había pasado. Tolón en aquella época era un lugar seguro para mi padre. ¿Piensa usted, quizá, que fue un traidor para su país? —preguntó, y aguardó, con los labios abiertos, la respuesta.

Impasible, el párroco murmuró:

—Era un buen realista —con un tono de amargo fatalismo que parecía absolver a aquél y a todos los hombres de cuyas acciones y errores tenía noticia.

Pasó mucho tiempo, continuó Arlette, sin que su padre pudiera encontrar la casa donde se habían refugiado las monjas. Sólo obtuvo algunos informes el mismo día antes de que los ingleses evacuaran Tolón. Dio con ella por la tarde, y se la llevó. La ciudad estaba llena de tropas extranjeras que se retiraban. Su padre la dejó con su madre y salió de nuevo para intentar hacerse a la mar aquella misma noche, y regresar a casa. Pero la tartana ya no se encontraba donde la había dejado fondeada.

También habían desaparecido los dos hombres de la Madrague que trajera como tripulación. Así que la familia quedó atrapada en aquella ciudad llena de confusión y tumulto. Casas y navíos eran presa de las llamas. Aterradoras explosiones de pólvora sacudían la tierra. Ella pasó aquella noche de rodillas, con la cara escondida en el regazo de su madre, mientras su padre vigilaba la puerta con una pistola en la mano.

Al llegar la mañana, la casa se llenó de gritos salvajes. Oyeron cómo la gente se precipitaba por la escalera, y la puerta fue echada abajo. Ella dio un salto al oír el estruendo, e hincó las rodillas en un rincón, con la cara contra la pared. Hubo un tumulto homicida, oyó dos disparos, y alguien la cogió por el brazo y la hizo ponerse en pie. Era Scevola. La arrastró hacia la puerta. Los cuerpos de su padre y de su madre yacían sobre el umbral. El humo de la pólvora llenaba la habitación. Ella quiso echarse sobre aquellos cuerpos y aferrarse a ellos, pero Scevola la levantó en volandas. La cogió luego de la mano y la obligó a correr tras él, por no decir que la arrastró por las escaleras. Una vez en la calle, se les unieron unos hombres terroríficos, junto con unas mujeres feroces que llevaban cuchillos. Corrieron por la calle blandiendo horcas y sables tras otros grupos de gente desarmada que doblaba las esquinas entre horribles chillidos.

—Yo corría entre ellos, monsieur l’abbé —prosiguió Arlette en un murmullo ahogado—. En cuanto veía agua intentaba arrojarme a ella, pero me encontraba rodeada. Me empujaban por todos los lados, y Scevola me tenía casi siempre bien sujeta de la mano. Se detuvieron frente a una bodega, y me ofrecieron algo de vino.

Tenía la lengua pegada al paladar, y bebí. El vino, el pavimento, los brazos y los rostros, todo era rojo. Yo misma estaba cubierta de salpicaduras rojas. Tuve que correr con ellos todo el día, y durante todo el tiempo me sentí como si me derrumbara en una sima bien honda, muy honda. Las casas se cernían sobre mí. El sol se nublaba por momentos. Y, de repente, oí que gritaba exactamente como los demás.

¿Comprende monsieur l’abbé? ¡Con las mismas palabras!

Los ojos del sacerdote resbalaron en sus profundas órbitas hacia ella, y recuperaron luego su distante fijeza. Entre su fatalismo y su fe, al párroco le faltaba poco para creer que Satán había tomado posesión de la humanidad rebelde, poniendo al desnudo los corazones como piedras, y el alma homicida de la Revolución.

—Algo de eso oí —susurró furtivamente.

—Puse toda mi voluntad en resistirme —dijo ella, con tranquila sinceridad.

Aquella noche Scevola la puso al cuidado de una mujer llamada Perose, joven, bella y natural de Arles, como la madre de Arlette, que guardaba una posada. Arlette quedó encerrada en la habitación de Perose, contigua a aquella en que los patriotas estuvieron gritando, cantando y perorando hasta bien entrada la noche. La mujer entraba de vez en cuando a echar un vistazo, hacía un gesto de desesperación con los brazos y desaparecía de nuevo. Después, muchas noches, cuando la partida dormía en los bancos y tirada por los suelos, Perose se deslizaba hacia la habitación para caer de rodillas junto a la cama en la que Arlette se mantenía sentada con los ojos abiertos y profiriendo desvaríos. La mujer le abrazaba los pies y lloraba hasta caer dormida.

Pero por la mañana se levantaba de un salto para decir: «Venga. La cuestión es mantener nuestros cuerpos con vida. Echemos una mano a la tarea de la justicia». Y se unían a la partida ya dispuesta para otra jornada a la caza del traidor. Pero, al cabo de un tiempo, las víctimas, que al principio atestaban las calles, hubieron de ser buscadas en los patios traseros, sacadas de sus escondrijos y arrancadas de las bodegas, y los desvanes arrasados por la partida entre aullidos de muerte y de venganza.

—Entonces, monsieur l’abbé —dijo Arlette—, hube de rendirme. Ya no pude soportarlo más. Me dije: «Si esto es así, es que así debe ser». Aunque casi todo el tiempo me encontraba como una persona que, medio dormida, medio despierta, sueña cosas imposibles de creer. Aquella mujer, Perose, me sugirió entonces, no sé por qué, que Scevola era un pobre hombre. La noche siguiente, cuando toda la partida dormía profundamente en la habitación grande, Perose y Scevola me ayudaron a saltar por la ventana a la calle, y me condujeron al muelle, detrás del arsenal. Scevola había encontrado nuestra tartana en el pontón, con uno de los hombres de la Madrague. El otro había desaparecido. Perose se colgó de mi cuello, y lloró un poco. Me dio un beso y me dijo: «Pronto me llegará la hora. Tú, Scevola, cuídate de que no te vean en Tolón, porque ya nadie cree en ti. Adieu, Arlette. ¡Vive la Nation!» y desapareció en la noche. Yo me quedé esperando en el pontón, tiritando en mi vestido roto, y escuchando cómo Scevola y el otro arrojaban cuerpos muertos por la borda de la tartana. Plas, plas, plas. Y sentí el impulso súbito de echar a correr, pero me alcanzaron al momento, me arrastraron y me encerraron en aquel camarote que apestaba a sangre. Cuando regresé a la granja me encontraba vacía de todo sentimiento. Ni siquiera me sentía a mí misma. Veía cosas que me rondaban, por aquí y por allá, pero me era imposible fijarme en ellas. Algo se había ido de mí. Ahora sé que ese algo no fue mi corazón, pero entonces no me importaba ignorarlo. Me sentía ligera y vacía y un poco fría todo el tiempo, pero podía sonreír a la gente. Nada me importaba. Nada tenía significado alguno. Nada me preocupaba. Nada deseaba. No estaba viva en absoluto, monsieur l’abbé. La gente parecía verme y me hablaba, y eso parecía divertirme. Hasta que un día sentí vibrar mi corazón.

—¿Por qué has venido precisamente a mí para contarme esa historia? —preguntó, en voz baja, el párroco.

—Porque es usted un sacerdote. ¿Ha olvidado que me eduqué en un convento? Yo no me he olvidado de cómo se reza. Pero ahora tengo miedo del mundo. ¿Qué debo hacer?

—¡Arrepentirte! —tronó el párroco, levantándose, aunque se esforzó por bajar la voz al ver el sobresalto reflejado en aquel rostro ingenuo—. Has de mirar con valiente sinceridad a las tinieblas de tu alma. Recuerda de dónde puede venir la única ayuda verdadera. Aquellos a quienes Dios ha castigado con una prueba semejante no pueden ser considerados inocentes de sus atrocidades. Apártate del mundo.

Desciende a tu interior y abandona vanos pensamientos de lo que la gente llama felicidad. Sé un ejemplo para ti misma de lo que es nuestra naturaleza pecadora y la debilidad de nuestra humanidad. Puedes haber sido posesa. ¿Qué se yo? Quizá se permitió que así fuera, al objeto de conducir tu alma hasta la santidad a través de una vida de reclusión y rezo. Mi deber es ayudarte en ese sentido. Has de rezar, mientras tanto, a fin de que te sea dada la fortaleza que requiere una completa renunciación.

Bajando lentamente los ojos, Arlette atraía al párroco como la imagen simbólica de un misterio espiritual.

—¿Cuál es el designio de Dios sobre esta criatura? —se preguntó a sí mismo.

—Monsieur le curé —dijo ella suavemente—, por vez primera en muchos años, hoy siento necesidad de rezar. Salí de casa con la intención de ir a su iglesia.

—La iglesia siempre está abierta para el peor de los pecadores —dijo el párroco.

—Lo sé. Pero hubiera tenido que pasar ante todos esos aldeanos, y usted, abbé, sabe bien de lo que son capaces.

—Quizá —murmuró el párroco— sea mejor no poner a prueba su caridad.

—He de rezar antes de volver a casa. Pensé que me permitiría entrar por la sacristía.

—Sería inhumano negarse a esta petición —dijo él, levantándose y cogiendo una llave que colgaba de la pared.

Se puso su sombrero de ala ancha y, sin decir una palabra, avanzó el primero a través de la portezuela y a lo largo del sendero que él mismo utilizaba siempre, y que no podía verse desde la fuente de la aldea. Al entrar en la húmeda y ruinosa sacristía cerró la puerta tras ellos, y sólo entonces abrió otra, más pequeña, que daba paso a la iglesia. Cuando se hizo a un lado, Arlette percibió un aroma gélido, como de tierra recientemente removida, mezclado con una débil huella de incienso. En la profunda oscuridad de la nave, una pequeña candela titilaba ante una imagen de la Virgen. El párroco susurró a su paso:

—Humíllate ante el altar mayor, y reza para que la gracia, la fortaleza y la misericordia desciendan sobre este mundo de violencias contra Dios y los hombres.

Ella no le miró. A través de las suelas delgadas de sus zapatos podía sentir la frialdad de las losas. El párroco dejó la puerta entreabierta, se sentó en su silla de anea, la única que había en la sacristía, se cruzó de brazos y dejó caer la mandíbula sobre el pecho. Parecía dormir profundamente, pero al cabo de media hora se levantó y se colocó junto a la puerta, fijo en aquella figura sumida de rodillas en los escalones del altar. El rostro de Arlette se hundía en sus manos con el fuego de la piedad y la oración. El párroco aguardó pacientemente unos cuantos minutos más antes de alzar la voz, en un grave murmullo que anegó el oscuro lugar.

—Es hora de que te retires. He de tocar a vísperas.

Se sentía muy afectado por la visión de aquella absoluta entrega ante el Altísimo.

Volvió a entrar en la sacristía y, poco después, oyó el finísimo roce de la falda de seda negra de la hija de Escampobar, vestida a la usanza arlesina. La muchacha entró en la sacristía con los ojos brillantes, y el párroco la miró con cierta emoción.

—Has rezado bien, hija mía —dijo—. No se te negará el perdón, pues has sufrido mucho. Confía en la gracia de Dios.

Ella levantó la cabeza y contuvo, por un momento, sus pasos. En la pequeña y oscura habitación, el párroco pudo ver el destello de sus ojos bañados en lágrimas.

—Sí, monsieur l’abbé —dijo ella, con su voz clara y seductora—. He rezado y he encontrado respuesta. He solicitado a Dios misericordioso que guarde siempre fiel a mí el corazón del hombre al que amo o me permita morir antes que verle de nuevo.

El párroco palideció bajo su piel tostada de cura rural, y se apoyó con el hombro contra la pared, sin decir una palabra.

Capítulo 11

Arlette abandonó la iglesia por la puerta de la sacristía sin volver la cabeza. El abbé vio su rápido movimiento por el presbiterio, y el edificio la ocultó luego a su mirada.

No la acusaba de duplicidad. Se había engañado él sólo. Una pagana. A pesar de su blancura, el negro de su pelo y de sus ojos, el rojo oscuro de sus labios sugerían una corriente de sangre sarracena. Dejó de pensar en ella sin exhalar un suspiro.

Arlette caminó rápidamente hacia Escampobar, como si no pudiera llegar a tiempo, pero al aproximarse al primer campo cercado sus pasos se hicieron más lentos, y, tras un instante de vacilación, se sentó entre dos olivos, junto a un muro bordeado por un fino manto de hierba a sus pies. «Y si fui posesa —se preguntó a sí misma—, tal como el abbé ha dicho, ¿qué es lo que me ocurre ahora? Aquel espíritu maligno me arrebató el ser del cuerpo, y el cuerpo también. He vivido vacía durante años. Nada tenía sentido para mí».

Pero ahora su verdadero ser había vuelto maduro de su misterioso exilio, esperanzado y ansioso de amor. Tenía la certidumbre de que nunca se había encontrado lejos de aquel cuerpo del que Catherine le había dicho que no estaba destinado a los brazos de hombre alguno. Eso era todo lo que la anciana sabía del asunto, pensó Arlette, no con desprecio sino, más bien, con piedad. Ella sabía más, ella había implorado al cielo la verdad en una larga postración, con sus ardientes oraciones y sus momentos de éxtasis, ante aquel oscuro altar.

Sabía bien lo que aquello significaba, como sabía también el sentido de otra revelación, una revelación terrenal sobrevenida aquel día al mediodía, al atender al teniente. Todos los demás estaban en la cocina. Ella y Réal se encontraban tan solos juntos como jamás lo habían estado en sus vidas. Aquel día no pudo negarse el deleite de estar a su lado, de observarle secretamente, de oírle pronunciar, quizá, unas pocas palabras, de experimentar aquella extraña y grata conciencia de su propio ser que nada, excepto la presencia de Réal, podía proporcionarle; una especie de arrobamiento desapasionado, pero absorbente, calor, valentía, seguridad... Se alejó unos pasos de la mesa de Réal, se sentó dándole la cara, y bajó los ojos. La quietud de la salle sólo se veía alterada por el murmullo de las voces en la cocina. Al principio ella le había mirado furtivamente una o dos veces, y luego, espiándole de nuevo a través de sus pestañas, vio que sus ojos se posaban en ella con un brillo especial.

Algo que jamás había ocurrido. Se levantó de un salto, pensando que él deseaba algo, y quedó frente a él, con la mano apoyada en la mesa. Réal se inclinó entonces y oprimió aquella mano con los labios, comenzando a besarla apasionadamente, sin hacer ningún ruido, interminablemente. La alarma, más que la sorpresa, dio paso a una felicidad infinita que la hizo respirar agitadamente. Él cesó en sus besos y se retrepó en su silla. Arlette se alejó de la mesa y se sentó de nuevo, mirándole cara a cara, sin sonreír. Pero él no la miraba. Sus apasionados labios se mantenían ahora cerrados con firmeza, y su rostro manifestaba un agudo dolor. No cruzaron palabra.

Él se levantó bruscamente, apartando la mirada, y abandonó la sala sin terminar su comida.

En el transcurso habitual de las cosas, o cualquier otro día, ella se habría levantado y le habría seguido, como seguía siempre a cualquier cosa que ejerciera alguna fascinación sobre sus sentidos. Habría salido sólo para pasar delante de él una o dos veces. Pero en esta ocasión no obedeció aquello que era más fuerte que la fascinación, y que surgía de ella misma, impulsándola y refrenándola al mismo tiempo. Se limitó a levantar el brazo y mirarse la mano. Era verdad. Había ocurrido.

La había besado. Antes no había reparado en cuán melancólico parecía mientras permanecía en algún sitio en el que ella pudiera mirarle, lo que hacía siempre que podía, con una ingenua y franca inocencia. Pero ahora sabía que no debía hacerlo. Se levantó, cruzó la cocina, afrontando sin embarazo la inquisitiva mirada de Catherine, y subió por la escalera. Poco después, cuando bajó, Réal había desaparecido y parecía como si todos se hubieran escondido: Michel, Peyrol, Scevola... Pero de haberse encontrado con Scevola, no le habría dirigido la palabra. Hacía mucho tiempo que no le daba pie para charlar. Supuso, sin embargo, que Scevola se había ido a tumbarse, simplemente, en su cubil, una angosta y desaseada habitación iluminada por un ventanuco en lo alto de la pared. Catherine le había asignado aquella habitación el mismo día en que trajo a su sobrina a casa, y él la había considerado como propia desde entonces. Casi se lo podía imaginar tumbado en su jergón. Ahora era ya capaz de eso. Antes, durante los años que siguieron a su regreso, la gente que desaparecía de su vista se esfumaba también de su mente. Si se hubieran ido y la hubieran dejado, ella no les habría dedicado un solo pensamiento. Habría vagado por dentro y por fuera de la casa vacía, y alrededor de los campos desiertos, sin pensar en nadie.

Peyrol era el primer ser humano en muchos años al que había prestado atención.

Peyrol, desde su llegada, había existido para ella. Claro que la presencia del pirata en la granja resultaba, por lo general, evidente. Aquella tarde, sin embargo, ni siquiera Peyrol se encontraba a la vista. Su intranquilidad se hizo creciente, pero sentía una extraña resistencia a dirigirse a la cocina, donde sabía que su tía estaría sentada en su silla, como el genio rector de la casa, impenetrable en su inmovilidad. Pero necesitaba hablar con alguien de Réal. Eso había sido lo que la impulsara a bajar hasta la iglesia. Para hablar de él con el cura y con Dios. Las viejas ideas se imponían por sí mismas. La habían enseñado a creer que a un cura podía contársele todo, y que con la oración al Dios omnipotente que todo lo sabía podía pedírsele perdón, fortaleza, misericordia, protección, piedad. Ella lo había hecho y sentía que había sido escuchada.

El descanso al pie del muro prestó algo de sosiego a su corazón. Arrancó un largo tallo de hierba y se lo enrolló distraídamente en los dedos. El velo de nubes se había espesado sobre su cabeza, sobre la tierra comenzaba a extenderse el crepúsculo, y ella seguía sin saber qué había sido de Réal. Furiosa, se puso en pie de un salto. Pero apenas lo hubo hecho, sintió la necesidad de controlarse. Con su leve paso habitual se acercó al frente de la casa, y entonces, por primera vez en su vida, se percató de cuán yerma y sombría parecía cuando Réal no estaba por allí. Se deslizó sin hacer ruido por la puerta del edificio principal, y subió corriendo. Estaba oscuro en el descansillo.

Pasó ante la puerta de la habitación ocupada por su tía y por ella misma. Había sido el dormitorio de su padre y de su madre. La otra habitación grande era la que ocupaba el teniente durante sus visitas a Escampobar. Sin ni siquiera un susurro de sus ropas, tal una sombra, se deslizó por el pasillo, hizo girar el picaporte sin hacer ruido y entró.

Cerró la puerta tras ella y se quedó escuchando. No se oía un ruido en toda la casa.

Scevola debía encontrarse ya en el patio o tumbado todavía con los ojos abiertos y farfullando maldiciones o cualquier cosa en su jergón. Una vez se lo encontró de esa guisa, tendido boca abajo con un ojo y un lado de la cara hundidos en la almohada, y el otro ojo brillando salvajemente. «Fuera. No te acerques a mí». Aquel espeso susurro la asustó. Y entonces todo aquello no había significado nada para ella.

Segura de que la casa se encontraba tan silenciosa como una tumba, Arlette caminó hacia la ventana que, cuando el teniente ocupaba la habitación, se encontraba siempre abierta y con los postigos desplegados contra la pared. No había cortina, como es natural, y al acercarse a la ventana pudo ver a Peyrol, que bajaba por la colina, regresando del mirador. Su pelo blanco, brillante como la plata contra el terreno ondulado, ocultándose de vez en cuando a su vista, mientras que su oído captaba el ruido de sus pasos al pie de la ventana. Peyrol entró en la casa, pero no le oyó subir por la escalera. Había ido a la cocina. Con Catherine. Se pondrían a hablar de ella y de Eugène. Pero ¿qué es lo que dirían? La vida le resultaba tan inédita, que todo adquiría una apariencia peligrosa: la charla, las actitudes, las miradas. La mera idea del silencio entre esos dos la aterraba. Era posible. Supongamos que no se dijeran nada el uno al otro. Eso sería espantoso.

Mantuvo la calma, sin embargo, como una persona sensata y consciente de que dar vueltas de un lado a otro alterada no es la mejor manera de afrontar los peligros desconocidos. Sus ojos recorrieron la habitación, y vieron la valija del teniente en un rincón. Eso era justamente lo que quería ver. De manera que no se había ido. Pero, aunque la abrió, no consiguió averiguar lo que había sido de él. En cuanto a su regreso, no le cabía la menor duda. Siempre había vuelto. Le llamó particularmente la atención un paquete de lona cosido y con tres grandes sellos rojos sobre la costura.

Tampoco aquello interrumpió sus pensamientos que se cernían todavía sobre lo que Catherine y Peyrol pudieran estar hablando, escaleras abajo. Cuánto habían cambiado. ¿Habrían llegado a pensar que estaba loca? Aquella posibilidad la indignó.

«¿Qué podría haber hecho yo para evitar1o?», se preguntó con desesperación. Se sentó al borde de la cama en su actitud normal, con los pies cruzados y las manos en el regazo. En una de ellas sentía la impresión de los labios de Réal, dulce y tranquilizadora como toda certidumbre, pero era inconsciente de la aún indomeñada confusión de su mente, una fatiga indefinida como la tensión que produce una visión imperfecta al tratar de discernir líneas en movimiento, formas flotantes, signos incomprensibles. No pudo resistir la tentación de tumbarse un rato y conceder un poco de descanso a su cuerpo fatigado.

Se tumbó en el borde mismo de la cama, colocando la mano besada bajo la mejilla. La facultad de pensar huyó de ella, pero permaneció con los ojos abiertos, completamente despierta. En esa posición, sin que se oyera el más mínimo ruido, vio cómo el picaporte comenzó a moverse hasta bajar por completo, en un silencio total, como si estuviera recientemente engrasado. Su primer impulso fue saltar inmediatamente al centro de la habitación, pero se contuvo y se quedó sentada. La cama no crujió. Puso suavemente los pies en el suelo, y cuando, con la respiración contenida, aplicó la oreja a la puerta, el picaporte había ya vuelto a su posición primitiva. No se había oído el más leve ruido fuera. Nada. No se le ocurrió dudar de sus propios ojos, pero había ocurrido todo de una manera tan silenciosa, que ni el sueño más ligero e inquieto se hubiera visto alterado. Estaba segura de que si se hubiera tumbado sobre su otro costado, es decir, dando la espalda a la puerta no se habría enterado de nada. Aún transcurrió algo de tiempo antes de que se alejara de la puerta y se sentara en una silla junto a una mesa pesada y profusamente tallada, un mueble heredado, más propio de un castillo que de una granja. El polvo de muchos meses se acumulaba sobre el suave óvalo del tablero de oscura madera finamente veteada.

«Ha debido ser Scevola», pensó Arlette. No podía ser otro. ¿Qué andaría buscando? Le dio vueltas a eso en la cabeza, aunque, realmente, carecía de interés para ella. Lo que le preocupaba era el ausente Real. Su dedo trazó, con inconsciente torpeza, las iniciales E. A. sobre el polvo de la mesa añadiendo un círculo a su alrededor. Después se levantó de un salto, abrió la puerta y bajó la escalera. Tal como esperaba, encontró a Scevola en la cocina, junto a los demás. Apenas apareció ella, él se levantó y corrió escaleras arriba, pero regresó casi inmediatamente, con el aspecto de quien acaba de ver un fantasma, y cuando Peyrol le preguntó algo insignificante, sus labios y hasta su mandíbula temblaron antes de que pudiera controlar la voz.

Incluso evitó mirar directamente a la cara de sus compañeros. Los demás parecían igualmente incómodos ante la posibilidad de que se cruzaran sus miradas, y, así, la comida de la tarde pareció quedar en Escampobar bajo el hechizo del oficial ausente.

Peyrol tenía que pensar, además, en su prisionero. Su existencia planteaba un problema singular, y el comportamiento del barco inglés, otro, conectado íntimamente con él, y lleno de peligrosas posibilidades. Los ojos negros y opacos de Catherine parecían haberse hundido más profundamente en sus cuencas, pero su rostro manifestaba su habitual y serio retraimiento. De repente, Scevola se puso a hablar como si hubiera hallado respuesta a alguna de sus íntimas preocupaciones.

—Lo que nos perdió fue la moderación.

Peyrol se tragó el trozo de pan con mantequilla que masticaba lentamente, y preguntó:

—¿A qué se refiere usted, ciudadano?

—Me refiero a la República —respondió Scevola, en un tono más seguro que el habitual—. La moderación nos perdió. Nosotros, los patriotas, abrimos la mano demasiado pronto. Debíamos haber acabado con los hijos de los ci-devants y con todos los hijos de los traidores, junto con sus padres y sus madres. El desprecio hacia las virtudes cívicas y el amor a la tiranía son algo innato en ellos. Crecieron, y pisotearon todos los sagrados principios... La obra del Terror se ha perdido.

—¿Qué se propone hacer usted al respecto? —gruñó Peyrol—. Es inútil perorar aquí, o en cualquier otro lugar, si a eso vamos. No encontrará a nadie dispuesto a escucharle, dispuesto a escuchar a un caníbal —añadió, con un tono bienhumorado.

Con la cabeza apoyada en la mano izquierda, Arlette trazaba con el índice de la derecha invisibles iniciales en el mantel. Catherine, que se había agachado para encender una lámpara de aceite de cuatro espitas montada en un pedestal de bronce, volvió el rostro, delicadamente tallado, sobre su hombro. El sans-culotte se levantó de un salto, con aspavientos. Tenía el pelo alborotado por los revolcones insomnes en su jergón. Las desabotonadas mangas de su camisa aletearon contra sus delgados y peludos antebrazos. Ya no tenía el aspecto de quien acaba de ver un fantasma. Abrió una boca ancha y negra, pero Peyrol dirigió un dedo hacia él con calma.

—No, no. Ya ha pasado la época en que sus propios paisanos del camino de la Boyére, ¿no es usted de por allí?, temblaban ante la idea de que usted y otros bribones tan patriotas como usted les visitaran. Usted está solo ahora. Y si se pone a perorar demasiado, la gente se levantará y le dará caza como a un perro rabioso.

Scevola, que había cerrado la boca, miró por encima del hombro y, tal que impresionado ante el hecho de encontrarse sin el apoyo de nadie, abandonó la cocina tambaleándose como si hubiera estado bebiendo. Pero agua era lo único que había bebido. Peyrol miró pensativo la puerta que el indignado sans-culotte cerró tras él de un portazo. Arlette había desaparecido en la salle durante el diálogo entre los dos hombres. Enderezando su larga espalda, Catherine puso sobre la mesa la lámpara de aceite con sus cuatro llamas humeantes. Su rostro se iluminó desde abajo. Peyrol movió ligeramente la lámpara hacia un lado antes de hablar.

—Tuvo usted suerte —dijo, levantando la mirada— de que Scevola no tuviera ni siquiera uno como él consigo cuando vino aquí.

—Sí —admitió ella—. Tuve que enfrentarme con él solo, del principio al fin.

¿Puede usted imaginarme puesta entre él y Arlette? En aquellos días desvariaba terriblemente, pero se sentía aturdido y cansado. Yo me sobrepuse después, y fui capaz de argüir firmemente con él. Solía decirle: «Ahí tiene, una chica tan joven sin conocimiento de sí misma». Porque durante meses, la única cosa inteligible que la chica era capaz de decir fue: «¡Mira cómo chorrea! ¡Mira cómo salpica!». Él me hablaba de su virtud republicana. No era un libertino. Podía esperar. Me dijo que ella era sagrada para él, y cosas por el estilo. Paseaba arriba y abajo durante horas hablando de ella, y yo me sentaba ahí, escuchándolo, con la llave de la habitación en la que la chica estaba encerrada en mi bolsillo. Contemporicé y, como usted dice, quizá no me mató porque no tenía a nadie que le ayudara. Podría haberme matado en cualquier ocasión. Contemporicé. Y, después de todo, ¿por qué iba a querer matarme?

Más de una vez me dijo que estaba seguro de conseguir a Arlette. Más de una vez consiguió hacerme estremecer al contarme por qué debía ser eso así. Ella le debía la vida. ¡Oh! ¡Esa espantosa vida desquiciada! Usted sabe que él es uno de esos hombres que en cuestión de mujeres, saben esperar.

Peyrol movió la cabeza comprensivamente.

—Sí, hay algunos que son como éste. Son personas que se ponen más impacientes a la hora de derramar sangre. De todas formas, creo que escapó usted por un pelo, al menos hasta que llegué yo.

—Las cosas se han asentado en cierto modo —murmuró Catherine—. Pero, en cualquier caso, me puse muy contenta cuando apareció usted, un hombre serio, con el pelo gris.

—El pelo se le pone gris a cualquiera —observó Peyrol, mordaz—, y usted no sabía quién era yo. Ni siquiera ahora sabe algo de mí.

—Ha habido Peyrols viviendo a menos de un día de camino de aquí —observó Catherine con un aire de reminiscencias.

—Eso es cierto —dijo el pirata de una manera tan peculiar, que ella le preguntó con viveza—: ¿Qué ocurre? ¿No es usted uno de ellos? ¿Acaso no se llama usted Peyrol?

—He tenido muchos nombres, y ése es uno de ellos. Así que ese nombre y mi cabello gris le agradaban, Catherine. Le daban confianza en mí, ¿hein?

—No lamenté verle llegar. Y creo que Scevola tampoco. Tenía noticias de la caza de patriotas por aquí y por allá, y cada día hacía menos ruido. Usted fue un estímulo maravilloso para la chiquilla.

—¿Y eso fue también del agrado de Scevola?

—Antes de que usted llegara, ella no hablaba con nadie, a menos que le dirigieran la palabra. Parecía no importarle dónde estaba. Al mismo tiempo —añadió Catherine, tras una pausa—, no le importaba lo que le ocurría. Oh, me he pasado horas dándole vueltas en la cabeza, durante el día mientras trabajaba, y durante la noche, cuando me era imposible conciliar el sueño en la cama y escuchaba su respiración. Y me hago cada día más vieja, y, quién sabe, quizá me encuentre a punto de cumplir la cuenta de mis días. Muchas veces he pensado que cuando sintiera cerca el último suspiro, me dirigiría a usted tal cual lo estoy haciendo ahora.

—¿Así que eso ha pensado? —dijo Peyrol en voz baja—. Por el gris de mis cabellos, supongo.

—Sí. Y porque venía usted de allende de los mares —dijo Catherine, con el talante inflexible y la voz firme—. ¿No sabe usted que Arlette le dirigió la palabra en cuanto le vio, y que ésa fue la primera vez que la oí hablar por decisión propia desde que la trajo a casa ese hombre y la tuve que lavar de la cabeza a los pies antes de meterla en la cama de su madre?

—La primera vez —repitió Peyrol.

—Aquello fue algo milagroso —dijo Catherine—, provocado por usted.

—Debe ser que alguna hechicera india me proporcionó el poder para ello — murmuró Peyrol en un tono tan bajo, que Catherine no oyó sus palabras. Pero eso no pareció importarle, de hecho, pues siguió hablando.

—Usted se la ganó de una manera maravillosa. El sentimiento afloró en ella de una vez.

—Sí —asintió, ceñudo, Peyrol—. Ella se me entregó con los brazos abiertos. Y aprendió a hablar con un anciano.

—Hay algo en usted que actuó como un estímulo para su mente y desató su lengua —dijo Catherine, dirigiéndose a Peyrol con una compostura regia, como si se tratara de la reina de una tribu—. Solía verles hablar desde lejos, y me preguntaba qué es lo que ella...

—Hablaba como una cría —la interrumpió abruptamente Peyrol—. Así que usted iba a dirigirme sus últimas palabras apenas sintiera cerca su última hora. ¿Por qué?

¿No se siente preparada para morir?

—Escuche, Peyrol. Si hay alguien cuya última hora esté cercana, ese alguien no soy yo. Mire usted un poco a su alrededor. Ya era hora de que hablara con usted.

—¿Por qué? Yo no voy a matar a nadie —murmuró Peyrol—. Tiene usted ideas muy raras en la cabeza.

—Es como yo digo —insistió Catherine desapasionadamente—. Parece que lleva la muerte pegada a las faldas. Siempre ha corrido con ella entre los pies. Impidamos que la sangre humana se cruce de nuevo en su camino.

Peyrol, que había dejado caer la cabeza sobre el pecho, la levantó bruscamente.

—¿De qué diablos está usted hablando? —gritó acremente—. No entiendo nada de lo que dice.

—Ignora usted en qué estado se encontraba cuando volvió a mis manos — subrayó Catherine—. Supongo que usted sí sabe dónde se encuentra el teniente. ¿Qué es lo que le ha hecho irse? ¿Adónde ha ido?

—Lo sé —dijo Peyrol—. Puede estar de vuelta esta misma noche.

—¡Usted sabe dónde se encuentra! Y por supuesto que sabe por qué se ha ido y por qué ha de volver —dijo Catherine en un tono ominoso—. Pues dígale que, a menos que tenga ojos en la nuca, haría mejor quedándose donde está y no regresando jamás. Nada le salvará de un golpe traicionero si regresa.

—Ningún hombre ha estado nunca a salvo de la traición —opinó Peyrol, tras un momento de silencio—. No fingiré que no entiendo lo que está usted diciendo.

—Ha oído usted también como yo lo que Scevola ha dicho antes de irse. El teniente es hijo de algún ci-devant y Arlette lo es de un hombre considerado como un traidor a su país. A la vista está lo que Scevola quería decir.

—No es más que un voceras cobarde —dijo Peyrol con desprecio, pero sin alterar la actitud de Catherine, transformada en una anciana sibila profetizando con calma los más atroces desastres—. Lo único que sabe es llenarse la boca de baladronadas republicanas —continuó Peyrol, con redoblado desdén.

—No. Lo que tiene son celos —dijo Catherine—. Quizá durante estos años ha dejado de sentir afecto por ella. Hacía ya mucho tiempo que no me preocupaba.

Pensé que, con una criatura como ésa, podía permitir que se comportara como si fuera el patrón de todo esto... ¡Pero no! Sé que desde que el teniente comenzó a visitarnos, se despertaron de nuevo sus terribles fantasías. No duerme por la noche.

Cierto que no ha dejado de ser un republicano. Pero ¿acaso ignora usted, Peyrol, que puede haber celos donde no existe el amor?

—Ésa es su opinión —dijo el pirata, con voz profunda. Luego hizo acopio de toda su experiencia—. Y él también ha probado el sabor de la sangre —musitó, tras una pausa—. Quizá tenga usted razón.

—Quizá la tenga —repitió Catherine, con un tono ligeramente indignado—. Cada vez que le veo con Arlette al lado, tiemblo ante la posibilidad de que discutan y le dé un mal golpe. Y cuando no les veo es todavía peor. Ahora mismo me pregunto dónde están. Si estuvieran juntos, no me atrevería a levantar la voz para llamarla, por miedo a enfurecerle.

—Pero él va detrás del teniente —observó Peyrol, en voz baja—. En cualquier caso, no puedo impedir el regreso del teniente.

—¿Dónde está ella? ¿Dónde está él? —susurró Catherine, con una voz que traicionaba su íntima angustia.

Peyrol se levantó sin hacer ruido, y salió a la salle dejando la puerta abierta.

Catherine oyó el ruido del pestillo de la otra puerta al levantarse cuidadosamente.

Peyrol regresó poco después, tan silencioso como se había ido.

—Salí a ver el tiempo que hace. La luna está a punto de aparecer, y las nubes son menos densas. Pueden verse estrellas aquí y allá —bajó la voz considerablemente—.

Arlette está sentada en el banco, canturreando en voz baja. Ni siquiera estoy seguro de que se haya percatado de mi cercanía.

—Ella no quiere ver ni oír a nadie, excepto a una persona —afirmó Catherine, recuperando el completo dominio de su voz—. ¿Y está canturreando, dice usted?

Ella, que podía estar sentada durante horas, sin hacer ruido alguno. ¡Cualquiera sabe qué canción será ésa!

—Sí, está muy cambiada —admitió Peyrol con un profundo suspiro—. El teniente la ha tratado siempre con frialdad —continuó tras una pausa—. Le he visto volver la cara muchas veces al darse cuenta de que ella se aproximaba a nosotros. Ya sabe usted, Catherine, cómo son los de las charreteras. Y éste tiene su propio gusano que le corroe por dentro. Dudo que alguna vez se le haya olvidado que es el hijo de un ci-devant. Creo, sin embargo, que ella no quiere oír ni ver a nadie que no sea él.

Debe ser el efecto de haber tenido el juicio trastornado tanto tiempo.

—No, Peyrol —dijo la anciana—. No es eso. ¿Quiere usted saber cómo llamo yo a lo que le pasa? Nada la hizo reír o llorar durante años. Usted está al tanto de eso. La ha visto todos los días. ¿Me creerá si le digo que durante estos últimos meses se ha echado a reír y a llorar en mi brazo sin saber por qué?

—No lo entiendo, dijo Peyrol.

—Yo sí. Ese teniente sólo necesita silbar para que ella corra tras él. Sí, Peyrol.

Eso es. Ella no tiene miedo, ni vergüenza, ni orgullo. Yo misma me he visto muy cerca de ese estado —su fino rostro moreno pareció hacerse más impasible antes de que prosiguiera con voz mucho más baja, como si discutiera consigo misma—. Sólo que a mí al menos no me volvió loca la sangre. Yo era la mujer adecuada para los brazos de cualquier hombre... Pero ese hombre no es un sacerdote.

Peyrol dio un respingo al oír las últimas palabras. Casi había olvidado aquella historia. «Ella sabe de esas cosas, las ha vivido», se dijo.

—Mire, Catherine —dijo terminantemente—. Probablemente esté aquí para la medianoche. Pero le he de decir una cosa: no vuelve para silbar a su sobrina. ¡No! No es ésa la razón de su regreso.

—Bien, si no es ésa la razón, entonces ha de ser que la muerte le ha señalado — anunció la anciana, con fría y solemne convicción—. Nada puede detener al hombre que ha recibido la señal de la muerte.

Peyrol, que había visto la muerte cara a cara muchas veces, miró con curiosidad el delicado perfil tostado de Catherine.

—Es un hecho —murmuró— que quienes buscan la muerte no la suelen encontrar. ¿Así que ha de haber una señal? ¿Y qué tipo de señal?

—¿Cómo puede saberlo nadie? —preguntó Catherine, con la mirada fija en la pared—. Ni siquiera la reconocen aquellos a quienes les está destinada. Pero obedecen su designio. Le digo, Peyrol, que nada puede detenerlos. Puede ser una mirada, o una sonrisa, o una sombra en el agua, o un pensamiento que atraviesa la cabeza. Para mi pobre hermano y para mi cuñada fue el rostro de su hija.

Peyrol cruzó los brazos sobre el pecho e inclinó la cabeza. La melancolía era un sentimiento extraño para él, pues qué tiene que verla melancolía con la vida de un pirata, de un Hermano de la Costa, una vida simple, azarosa, precaria, llena de riesgos y sin tiempo para la introspección ni para ese sentimiento autoindulgente y momentáneo llamado regocijo. Conocía en rachas pasajeras los arrebatos de la furia sombría y de la diversión feroz, pero jamás había sentido ese íntimo sentimiento profundo de la vanidad de todas las cosas, esa duda interior sobre el poder de uno mismo.

Se preguntó cuál sería la señal que le estaría reservada, y llegó a la autodespreciativa conclusión de que no habría signo para él, pues moriría en la cama como un viejo perro en su perrera. Alcanzada esa cota del abatimiento, sólo quedó ante él una negra sima en la que su conciencia se hundió como una piedra.

El silencio, que se prolongó hasta quizá un minuto después de que Catherine dejara de hablar, se vio súbitamente atravesado por una voz alta y clara que dijo:

—¿Qué están tramando ustedes dos?

Arlette apareció en la puerta de la salle. El brillo de la luz en el blanco de sus ojos contrastaba con su negra y penetrante mirada. La sorpresa fue completa. El perfil de Catherine, situada junto a la mesa, se hizo más duro, si cabe: era el agudo bajorrelieve de una anciana arúspice de alguna tribu del desierto. Arlette avanzó tres pasos. En Peyrol, hasta el extremo asombro era ponderativo. Era famoso por la imposibilidad de cogerle en un momento en el que no controlara su aspecto. La edad había acentuado ese rasgo del líder nato. Lo único que hizo fue alejarse del borde de la mesa, y decir con voz profunda:

—¡Pero, patronne! Llevamos largo rato sin pronunciar palabra.

Arlette se acercó aún más.

—Lo sé —gritó—. Es horrible. Les he estado observando. Scevola se dejó caer en el banco, junto a mí. Se puso a hablarme, y yo me fui. Me aburre ese hombre. Y aquí me encuentro con ustedes, que no se dirigen la palabra. Es insoportable. ¿Qué les ha pasado? Dígame, papá Peyrol, ¿es que ya no me quiere? —Su voz llenó la cocina.

Peyrol se dirigió a la puerta de la salle, y la cerró. Al volver sobre sus pasos le asombró el brillo de la vida en Arlette que parecía empalidecer las luces de la lámpara.

—No sé —dijo con voz vacilante— si no me gustabas más cuando no eras tan inquieta.

—Y quizá prefiriera verme en el absoluto reposo de la tumba.

Peyrol se sentía deslumbrado. La vitalidad fluía de aquellos ojos, de aquellos labios, de todo el cuerpo de Arlette, envolviéndola como un halo, y... sí, en efecto, el rubor más tenue posible se extendía por sus mejillas, impregnándolas de un leve matiz rosáceo, como el resplandor de una llama distante sobre la nieve. La muchacha levantó sus brazos en el aire y dejó caer las manos sobre los hombros de Peyrol, cuyos ojos evasivos se vieron subyugados por la negra mirada apremiante y por aquella seducción que nacía del instinto, mientras sentía la creciente fiereza de los dedos engarfiados.

—¡No! ¡No lo puedo soportar! Monsieur Peyrol, papá Peyrol, viejo artillero, horrible lobo de mar, sea usted un ángel y dígame dónde se encuentra.

El pirata, que aquella misma mañana se manifestó tan imperturbable como una roca ante el empellón del teniente Réal, vio cómo toda su fortaleza se desvanecía bajo las manos de aquella mujer.

—Ha ido a Tolón —dijo con voz espesa—. Tenía que ir.

—¿Para qué? ¡Dígame la verdad!

—No todos pueden conocer la verdad —masculló Peyrol, con la sensación de que el mismo suelo se reblandecía bajo sus pies—. Es una misión oficial —añadió con un gruñido.

Las manos de Arlette le soltaron de pronto los anchos hombros.

—¿En misión oficial? —repitió—. ¿Qué misión? —Su voz se desvaneció, y las palabras «¡Oh, sí! Su misión» apenas alcanzaron los oídos de Peyrol, que en cuanto se vio libre de la presión de aquellas manos sobre los hombros, recuperó su fortaleza y volvió a sentir firme el suelo bajo los pies.

Justo frente a él, Arlette, silenciosa, con los brazos caídos y los dedos entrelazados, parecía aturdida por el hecho de que el teniente Réal no estuviera libre de todos los vínculos terrenales, como un ángel venido del cielo y sólo pendiente del Dios al que ella rezara. Debía compartirlo con una misión en la que podían ordenarle cualquier cosa. Pero sentía una fuerza interior, un poder mayor que el de cualquier misión.

—Peyrol —le imploró—, no me destroce el corazón, este nuevo corazón que acaba de empezar a latir. Mire cómo late. ¿Quién podría soportarlo? —Y cogiendo la peluda manaza del pirata, la colocó sobre su pecho—. Dígame cuándo ha de regresar.

—Escuche patronne, es mejor que suba a su cuarto —comenzó a decir Peyrol con gran esfuerzo, retirando la mano que le había sido arrebatada. Después vaciló ante el grito de Arlette.

—Ya no me puede ordenar como antes —no dio una nota falsa en toda la gama de la angustia a la ira, y, así, su explosión emocional tuvo el estremecedor impacto de una inspirada obra de arte. Con un tempestuoso crujido de sus ropas, Arlette se volvió hacia Catherine, que no se había movido ni había emitido sonido alguno—. Nada de lo que puedan hacer ustedes dos va a cambiar las cosas —al instante siguiente se encontraba de nuevo cara a cara con Peyrol—. Usted me asusta con su cabello blanco... Pero ¿he de hincarme de rodillas? Lo haré.

Cogiéndola por los codos, Peyrol la levantó en el aire y la puso de nuevo sobre sus pies, como si de una cría se tratara. Apenas la soltó, ella le dio un puntapié.

—¿Será usted idiota? —gritó la muchacha—. ¿No comprende que algo ha pasado hoy?

Durante toda esta escena Peyrol había mantenido la cabeza sobre los hombros tan honrosamente como cabía esperar, con la calma de un hombre de mar a la hora de afrontar una turbonada en los trópicos. Pero aquellas palabras activaron una docena de pensamientos que recorrieron su mente en pos de lo que aquella sorprendente declaración significara. ¡Algo había pasado! ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué había pasado y con quién tenía que ver? No podía ser algo entre ella y el teniente. Le parecía no haber perdido de vista al teniente desde la primera hora en que se lo encontró, por la mañana, hasta que le envió a Tolón empujándole literalmente entre los hombros, excepto mientras comía en la habitación de al lado, y los pocos minutos de charla con Michel en el patio. Pero sólo habían sido unos pocos minutos, e inmediatamente después, la primera visión del teniente apesadumbradamente sentado en el barco, como un cuervo solitario, no sugería júbilo, ni excitación, ni emoción alguna relacionada con una mujer. Ante tales dificultades, la mente de Peyrol se quedó súbitamente en blanco.

—Voyons, patronne —comenzó a decir, incapaz de articular otra cosa—. ¿A qué se debe semejante alboroto? Espero verle de vuelta alrededor de la medianoche.

Al ver que ella le creía, se sintió inmensamente aliviado. Era lo cierto y, desde luego, no podía suponer qué otra cosa podía habérsele ocurrido sobre la marcha, capaz de quitársela de encima y hacer que se fuera a la cama. Ella le dirigió una siniestra mirada y una terrible amenaza:

—Como me mienta usted...

Él sonrió con indulgencia.

—Tranquilícese. Estará de vuelta a eso de la medianoche. Puede irse a dormir sin preocupaciones.

Ella le dio la espalda, desdeñosa, y dijo secamente:

—Acompáñame, tía —encaminándose hacia la puerta que conducía al pasillo. Al llegar a ella se volvió por un momento, con la mano apoyada en el picaporte—. Usted ha cambiado mucho. Ya no puedo confiar en ustedes. Ya no son los mismos.

Y siguió su camino. Sólo entonces despegó Catherine la mirada de la pared, para encontrarse con los ojos de Peyrol.

—¿Ha oído lo que ha dicho? ¡Cambiados! ¡Nosotros! Es ella...

Peyrol movió la cabeza un par de veces, y luego hubo una larga pausa en la que ni siquiera las llamas de la lámpara se movieron.

—Vaya con ella, mademoiselle Catherine —dijo él, al cabo, con un matiz de simpatía en la voz. Ella no se movió—. Allons, du courage —le urgió él, con deferencia—. Trate de que se duerma.

Capítulo 12

Catherine abandonó, erguida y circunspecta, la cocina, y encontró a Arlette en el pasillo, esperándola con una vela encendida en la mano. Su corazón se llenó de una súbita desolación ante la belleza de aquel joven rostro enmarcado en el halo de luz, y con sólo una densa penumbra como fondo, cual si se encontrara en un calabozo.

Inmediatamente su sobrina subió la primera por la escalera, murmurando salvajemente entre sus hermosos dientes:

—Piensa que me puedo ir a dormir. ¡Viejo imbécil!

Peyrol no separó los ojos de la recta espalda de Catherine mientras la puerta no se cerró tras ella. Sólo entonces dejó escapar, con un suspiro de alivio, el aire entre sus labios fruncidos. Sus ojos vagaron por la habitación. Cogió la lámpara por el anillo que tenía en lo alto de la varilla central, y salió a la salle, cerrando tras él la puerta de la cocina en tinieblas. Dejó la lámpara sobre la misma mesa en la que el teniente Réal había comido al mediodía. Un pequeño mantel blanco permanecía aún extendido, y su silla estaba torcida, como la había dejado él al empujarla para levantarse. Otra de las muchas sillas de la salle estaba ostensiblemente vuelta de cara a la mesa. La vista de tales objetos hizo reflexionar a Peyrol con amargura. «Ella se sienta y le contempla como si él tuviera tres cabezas y siete brazos y estuviera recubierto de oro» (una comparación que recordaba a ciertos ídolos que había visto en un templo hindú). Aunque no era un iconoclasta, el recuerdo le hizo sentirse decididamente mal, y se apresuró a salir al aire libre. La gran nube se había despedazado y sus poderosos fragmentos se movían hacia el oeste, en un vuelo majestuoso ante la luna en ascenso.

Scevola, que se encontraba tendido cuan largo era en el banco, se incorporó rápidamente.

—¿Una siestecita al aire libre? —preguntó Peyrol, dejando errar sus ojos por el luminoso espacio bajo la fugitiva retaguardia de nubes que pugnaban entre sí.

—No dormía —dijo el sans-culotte—. No he cerrado los ojos ni por un momento.

—Eso debe ser porque no tenía usted sueño —sugirió el circunspecto Peyrol, cuyos pensamientos se hallaban lejos de allí, en el barco inglés. Sus ojos contemplaban mentalmente su negra imagen recortada contra la blanca playa de Salins, que describía una curva centelleante bajo la luna. Mientras tanto, siguió hablando lentamente—. Porque lo que es aquí no hay ruidos que impidan conciliar el sueño.

Al nivel de Escampobar, las sombras se alargaban en el suelo, mientras que la ladera de la colina que le servía de atalaya permanecía aún negra, si bien bordeada por un creciente resplandor. Aquel sosiego era de una dulzura tal, que la dureza interior de Peyrol hacia todo el género humano se suavizó momentáneamente, incluso en lo que le correspondía al capitán de aquel barco inglés. El viejo pirata saboreó aquel instante de serenidad en medio de todas sus preocupaciones.

—Éste es un lugar maldito —dijo Scevola, de repente. Sin volver la cabeza, Peyrol le miró de soslayo. Aunque había abandonado con cierta habilidad su postura recostada, el ciudadano parecía bastante desmadejado, como si de un montón de harapos se tratara. Mantenía los hombros encorvados, y sus manos reposaban en las rodillas. Con aquellos ojos fijos, parecía un niño enfermo a la luz de la luna.

—Es el sitio ideal para maquinar traiciones. Uno se siente hundido en ellas hasta el cuello.

Se estremeció y se dejó poseer por un prolongado bostezo nervioso que le dejó con la boca retraída y unos insólitamente largos caninos al aire, quedando de manifiesto la incansable pantera que acecha en el hombre.

—¡Oh, sí! Es mucha la traición que anda suelta. ¿No le es posible imaginársela, citoyen?

—Desde luego que no —replicó Peyrol, con un tranquilo desdén—. ¿Qué traición está usted maquinando? —añadió descuidadamente, de una manera educada, como si se encontrara gozando de una charla a la luz de la luna.

Scevola, que no esperaba ese giro, consiguió, sin embargo, soltar una especie de risa estentórea.

—¡Eso sí que tiene gracia! ¡Ja, ja, ja!... ¡Yo! ¡Maquinando!... ¿Por qué yo?

—Bueno —dijo Peyrol descuidadamente—, no somos muchos por aquí para traicionar. Las mujeres se encuentran en el piso de arriba, Michel está en la tartana...

Quedo yo, y no se atreverá usted a sospechar una traición por mi parte. Así que sólo queda usted.

—Eso no tiene ninguna gracia —dijo Scevola, soliviantado—. Yo he atrapado a muchos traidores. Yo...

Pero logró controlarse. Estaba lleno de sospechas puramente emocionales. Peyrol le hablaba de aquella manera sólo para molestarle y hacer que desapareciera de su vista. Pero en el particular estado de sus sentimientos, Scevola era agudamente consciente de todas y cada una de las sílabas de aquellos comentarios ofensivos.

«¡Ajá! —pensó—, no ha mencionado al teniente». Esa omisión revestía una importancia inmensa para el patriota. Si Peyrol no había mencionado al teniente, era porque los dos habían tramado juntos alguna traición, y por eso habían pasado la tarde a bordo de la tartana. De ahí que no se les hubiera visto durante la mayor parte del día. De hecho, Scevola también había asistido al regreso de Peyrol a la granja esa tarde desde una ventana distinta a la ocupada por Arlette. Eso tuvo lugar unos minutos antes de que intentara abrir la puerta del teniente para ver si Réal se encontraba en su habitación. Se había alejado de puntillas, lleno de dudas, y en la cocina se había encontrado con que sólo Catherine y Peyrol se hallaban en ella.

Apenas apareció Arlette, una súbita inspiración le hizo lanzarse escaleras arriba e intentar abrir la puerta de nuevo. ¡Entonces se abrió! Una prueba evidente de que Arlette se había encerrado allí. El descubrimiento de que ella se comportaba de aquella manera en la habitación del teniente fue para él un golpe tan emponzoñado que pensó que se iba a morir. Ya no le cabía duda de que el teniente había estado conspirando con Peyrol en la tartana. ¿Qué otra cosa podían haber estado haciendo?

Pero ¿por qué no había regresado Réal con Peyrol al atardecer? Scevola se hacía esas preguntas para su coleto, sentado en el banco y con las manos entrelazadas entre las rodillas. De repente llegó a una conclusión: «Son muy hábiles. Los conspiradores siempre evitan ser vistos juntos. ¡Ja!».

Aquello fue como si alguien hubiese prendido un castillo de fuegos artificiales en su cerebro. Se sintió esclarecido, deslumbrado, confundido, con un siseo en los oídos y una cascada de centellas ante los ojos. Cuando levantó la cabeza vio que se encontraba solo. Peyrol había desaparecido. Scevola creyó recordar que había oído a alguien pronunciar las palabras «Buenas noches», y el ruido de la puerta de la salle.

Y, desde luego, la puerta de la salle estaba ahora cerrada. Una luz débil brillaba en la ventana junto a ella. Peyrol había apagado tres de las espitas de la lámpara y se encontraba ahora recostado en una de las largas mesas, con esa facilidad para acomodarse en una tabla que un viejo lobo de mar no pierde jamás. Había decidido quedarse allí abajo por la simple razón de encontrarse más a mano, y no se había tumbado en uno de los bancos corridos junto a la pared porque eran muy estrechos.

Había dejado un pabilo encendido, de manera que el teniente sabría donde buscarle, y se encontraba lo suficientemente cansado como para pensar que podría descabezar un par de horas de sueño antes de que Réal regresara de Tolón. Poniéndose un brazo bajo la cabeza, se acomodó como si se encontrara en la cubierta de un buque corsario, y no se le ocurrió que Scevola estuviera mirando por el cristal de las ventanas, aunque eran tan pequeñas y estaban tan sucias, que el patriota no pudo ver nada. Su movimiento había sido puramente instintivo. Ni siquiera fue consciente de que había sido mirado. Se alejó de allí, caminó hasta el final del edificio, dio la vuelta y caminó hasta el otro extremo, como si temiera apartarse del muro con el que, a veces, se tropezaba. Conspiración, pensaba. Ahora estaba absolutamente seguro de que el teniente permanecía todavía escondido en aquella tartana, esperando únicamente a que todos se encontraran descansando, para deslizarse entonces hasta su habitación, en la que Scevola había encontrado una prueba positiva de que Arlette la consideraba como si fuera su propio hogar. Arrebatarle su derecho sobre Arlette era, sin duda, parte de la conspiración.

«Así que he sido como un esclavo para estas mujeres, y he esperado durante todos estos años ¿sólo para que esa corrompida criatura se una ignominiosamente con un ci-devant, con un aristócrata conspirador?».

La cabeza comenzó a darle vueltas, animada por una furia virtuosa. La evidencia bastaba para que cualquier tribunal revolucionario les cortara la cabeza. ¡Un tribunal!

¡Ya no había tribunales! ¡Ni justicia revolucionaria! ¡Ni patriotas! En su arrebato, chocó con el hombro contra la pared de una forma tan violenta, que rebotó. Este mundo ya no era lugar para los patriotas.

«Si mis palabras me hubieran traicionado en la cocina, podrían haberme asesinado allí mismo». Acababa de caer en la cuenta de que, tal como estaban las cosas, había hablado demasiado. Demasiado. «¡Prudencia! ¡Cautela!», repetía para su coleto, manoteando con ambos brazos. De repente tropezó con algo que cayó entre sus pies con un insólito ruido metálico.

«Alguien trata de matarme», pensó, estremeciéndose de miedo. Se dio por muerto allí mismo. Un profundo silencio reinaba a su alrededor. No ocurrió nada más. Miró, sobrecogido por el terror, y reconoció su propio bieldo en el suelo. Recordó que, al mediodía, lo había dejado apoyado contra la pared. Su propio pie lo había hecho caer.

Se lanzó sobre él ansiosamente. «Esto es lo que necesito», masculló enfebrecido.

«Supongo que el teniente pensará que ya me he ido a la cama».

Se aplastó derecho contra el muro con el bieldo pegado al cuerpo como si fuera un mosquete clavado en tierra. La luna remontó la cúspide de la colina y anegó súbitamente la fachada con su fría luz, pero él no se dio cuenta. Se imaginó estar todavía emboscado en la sombra, y permaneció inmóvil, con la mirada fija en el sendero que conducía hasta la caleta. Sus dientes castañeaban con furiosa impaciencia.

Su mortal rigidez resultaba tan ostentosa que Michel, que regresaba del barranco, se detuvo en seco, tomándole por una aparición procedente del otro mundo. Scevola, por su parte, notó el movimiento de la sombra de un hombre —¡aquel hombre!— y cargó contra ella, sin pensar en nada más, con los dientes del bieldo por delante, como si fuera una bayoneta. No gritó. Se lanzó recto con su arma, de cabeza, gruñendo como si fuera un perro.

Michel, un ser primitivo, inasequible a algo tan poco seguro como la inteligencia, saltó a un lado inmediatamente, con la precisión de un animal salvaje. Había en él, sin embargo, lo suficiente de hombre como para quedarse después paralizado por la sorpresa. El ímpetu de su carrera lanzó a Scevola a varias yardas abajo de la colina, antes de que pudiera recuperarse y adoptar una actitud ofensiva. Los dos adversarios se reconocieron entonces. El terrorista exclamó:

—¡Michel! —Y Michel se apresuró a coger una gran piedra del suelo.

—Pero ¿qué pasa, Scevola? —gritó, no muy alto, pero sí muy amenazadoramente —. ¿Qué formas son éstas?... No te acerques o te tiro esta piedra a la cabeza. Y sé hacerlo muy bien.

Scevola apoyó con un golpe sordo su bieldo en el suelo.

—No te reconocí —dijo.

—¡Venga ya! ¿Quién te creías que era? ¿El otro? ¿No ves que no tengo la cabeza vendada?

Scevola comenzó a subir por la colina, gateando.

—¿Qué dices? ¿A qué cabeza te refieres?

—Te digo que como te acerques, te pego con esta piedra —le respondió Michel —. No se puede confiar en ti cuando hay luna llena. ¡Que no me reconociste!

¡Menuda excusa para ir por ahí atacando a la gente! ¿No tendrás nada contra mí?

—No —dijo el antiguo terrorista, en un tono dubitativo y sin quitarle la vista de encima, pues Michel aún tenía la piedra en las manos.

—La gente lleva años diciendo que eres un lunático. —Michel le criticaba sin miedo, pues el desconcierto de su contrincante era lo bastante obvio como para envalentonar a una liebre—. Si ya no se puede ir a echar un sueñecito al galpón, sin que le corran a uno con un bieldo, ya me...

—Sólo iba a ponerlo por ahí —exclamó Scevola con verbosidad—. Lo había dejado apoyado contra la pared, y lo vi al pasar por aquí, así que se me ocurrió ponerlo en el establo antes de irme a dormir. Eso es todo.

A Michel se le abrió un poco la boca.

—¿Qué es lo que crees que iba a hacer con un bieldo a estas horas de la noche, sino ir a ponerlo en su sitio?

—Ya lo veo —masculló Michel, que comenzaba a dudar de sus sentidos.

—Y tú, grandísimo imbécil, andas por ahí como un loco imaginando idioteces.

Todo lo que quería saber es cómo van las cosas por allá abajo, y tú, idiota, te pones a brincar como una cabra y a coger piedras. Es tu cabeza la afectada por la luna, no la mía. Suelta esa piedra.

Acostumbrado a hacer lo que le decían, Michel abrió lentamente los dedos, no muy convencido, aunque algo ganado por aquel razonamiento. Consciente de esa ventaja, Scevola le siguió regañando.

—Eres un hombre peligroso. Deberías estar atado de pies y manos siempre que hay luna llena. ¿Qué es lo que dijiste acerca de una cabeza? ¿Qué cabeza?

—Dije que yo no tenía la cabeza rota.

—¿Eso fue todo? —le apremió Scevola, preguntándose qué diablos podía haber pasado allá abajo, aquella tarde, para que hubiera una cabeza rota. Debía de haber sido claramente una pelea o un accidente, aunque, en cualquier caso, lo consideraba una circunstancia a su favor, pues, obviamente, un hombre está en desventaja si tiene la cabeza vendada. Se inclinaba por la posibilidad de algún estúpido accidente, y lamentaba profundamente que Réal no se hubiera matado de una vez por todas—. Ya puedes ir al galpón —dijo acremente—. Y no intentes otro de tus trucos, porque la próxima vez que eches mano a una piedra te pego un tiro como si fueras un perro.

Comenzó a andar hacia la puerta del patio que siempre estaba abierta, pero volvió un poco la cabeza para dar la última orden a Michel.

—Pásate por la salle. Alguien ha dejado una luz allí. Hoy parece que se han vuelto todos locos. Lleva la lámpara a la cocina y apágala. Y cuida de que la puerta del patio quede cerrada. Me voy a la cama.

Cruzó la puerta, pero no se internó mucho en el patio. Se detuvo a ver si Michel cumplía la orden. Scevola asomó cautelosamente la cabeza por detrás del quicio de la puerta, y aguardó hasta ver que Michel abría la de la salle. Después cruzó el espacio que le separaba del barranco, y descendió por él en menos de un minuto. Aún llevaba el bieldo sobre el hombro. Su único deseo era que nadie se le cruzara en el camino.

Por lo demás, no le importaba lo que el resto de la gente hiciera o pensara. Una idea fija se había apoderado completamente de él. Carecía de un plan, pero tenía un principio sobre el que actuar. Quería coger al teniente desprevenido, y si el muchacho moría sin saber quién le había golpeado, tanto mejor. Scevola iba a actuar a favor de la virtud y de la justicia. No tenía nada que ver con rivalidad personal alguna.

Mientras tanto, Michel, al entrar en la salle, había encontrado a Peyrol profundamente dormido sobre la mesa. Aunque su respeto por él era infinito, su simpleza era tal que le agitó por el hombro como si se tratara de un mortal cualquiera.

El pirata abandonó tan rápidamente el estado de laxitud en el que se encontraba, que Michel dio un paso atrás y se quedó esperando órdenes. Pero como Peyrol únicamente le mirara, Michel tomó la iniciativa con una frase concisa.

—Ya está dando la lata.

Peyrol, que no parecía haberse despertado del todo, preguntó:

—¿Qué quieres decir?

—Está tratando de escapar.

Peyrol se despertó por completo, y hasta puso los pies en el suelo.

—¿Sí? ¿No cerraste la puerta del camarote?

Michel, muy asustado, explicó que no le había dicho que hiciera tal cosa.

—¿No? —subrayó Peyrol afablemente—. Quizá me olvidé de hacerlo.

Pero Michel seguía muy afectado, y murmuró:

—Se está escapando.

—Bueno —dijo Peyrol—. ¿De qué te preocupas? ¿Adónde piensas que puede llegar?

Una plácida sonrisa se dibujó en el rostro de Michel.

—Si trata de gatear hasta lo alto de las rocas, no tardará en romperse el cuello — dijo—. No irá muy lejos, desde luego. Eso es un hecho.

—¿Ves? —dijo Peyrol.

—Tampoco parecía muy fuerte. Salió arrastrándose del camarote, y no llegó más allá de la cubeta del agua, en la que se metió una y otra vez. La ha debido dejar medio vacía. Después se puso en pie. Yo salté a tierra en cuanto le oí moverse —agregó en un tono de profunda estima—. Me escondí tras una roca y me puse a observarle.

—Bien hecho —comentó Peyrol, con lo que el rostro de Michel quedó adornado con una sonrisa permanente.

—Se sentó en la cubierta de popa —continuó, como si estuviera contando un chiste estupendo—, con los pies colgando sobre la bodega, y que el diablo me lleve si no estoy seguro de que se echó un sueñecito recostado contra la cubeta. Dio unas cuantas cabezadas con esa cabezota blanca que tiene. Bueno, el caso es que me cansé de vigilarle, y como me había dicho usted que me mantuviera apartado de su camino, pensé que lo mejor sería venirme y dormir en el galpón. Hice bien, ¿no?

—Muy bien —dijo Peyrol—. Ahora vete al galpón. ¿Así que le dejaste sentado en la cubierta de popa?

—Sí —dijo Michel—. Pero se estaba despabilando. No me había alejado más de diez yardas cuando oí un porrazo enorme. Supongo que trató de levantarse y se cayó a la bodega.

—¿A la bodega? —repitió vagamente Peyrol.

—Sí, notre maître. Pensé volver y echar un vistazo, pero usted me había prevenido contra él, ¿no es cierto? Además, estoy seguro de que no hay nada que pueda acabar con él.

Peyrol se bajó de la mesa con un aire de preocupación que habría dejado estupefacto a Michel, si éste no fuera absolutamente incapaz de fijarse en las cosas.

—Habrá que ver lo que ocurre —murmuró el pirata, abotonándose la pretina de los pantalones—. Tráeme mi porra que está allí, en el rincón. Ahora vete a dormir.

¿Qué demonios haces ahí en la puerta? ¿No sabes dónde está el galpón? —Esta última observación venía a cuento de que Michel permanecía en la puerta de la salle, con la cabeza fuera y mirando a derecha e izquierda de la fachada de la casa—. ¿Qué te ocurre? ¿No supondrás que te ha seguido tan deprisa hasta aquí?

—Oh, no, notre maître, eso es imposible. Es que vi al sacré Scevola paseando por aquí. No me lo quiero encontrar otra vez.

—¿Estaba paseando por ahí fuera? —preguntó Peyrol, fastidiado—. Y ¿qué es lo que temes? ¿Qué es lo que se te acaba de ocurrir? Estás cada día peor. Anda, vete.

Peyrol apagó la lámpara, y al marcharse, cerró la puerta sin hacer el menor ruido.

Saber que Scevola andaba por allí no era nada que le agradara, pero supuso que, probablemente, el sans-culotte se habría dormido de nuevo, y que, tras despertarse, se habría levantado para irse a la cama, y Michel lo habría visto entonces. Tenía su propia opinión sobre la psicología del patriota y no creía que las mujeres corriesen peligro. Se acercó, sin embargo, al galpón y oyó el crujido de la paja con la que Michel se preparaba un acomodo.

—Debout —le gritó quedamente—. Chist. No hagas ruido. Quiero que vayas a la casa y duermas al pie de la escalera. Si oyes voces, subes, y si ves a Scevola por allí, le dejas sin sentido de un golpe. No le tienes miedo, ¿verdad?

—No, si usted me dice que no se lo tenga —dijo Michel, que recogió sus zapatos, regalo de Peyrol, y se encaminó descalzo a la casa.

El pirata le vio deslizarse sin ruido por la puerta de la salle. De tal manera custodiada, por así decirlo, su base, descendió por el barranco con mucho cuidado.

Cuando alcanzó la hondonada desde la que se veían las puntas de los mástiles de la tartana, se acuclilló y esperó. Ignoraba lo que el prisionero había hecho o estaba haciendo y no quería obstruir su vía de escape. La luna estaba lo suficientemente alta como para reducir las sombras casi a la nada, y todas las rocas se veían inundadas de un resplandor amarillo, mientras que, por contraste, los arbustos parecían muy negros. Decidió que su escondite no era muy bueno. El ininterrumpido silencio terminó por impresionarle. «Se ha ido», pensó. Sin embargo, no estaba seguro. Nadie podría estarlo. Debía hacer una hora que Michel había abandonado la tartana, tiempo suficiente como para que un hombre alcanzara la costa de la caleta, aunque lo hiciera a cuatro patas. Ojalá no le hubiese golpeado tan fuerte. Habría conseguido lo que quería con un golpe la mitad de fuerte. Por lo demás, el comportamiento del prisionero, según lo dicho por Michel, parecía completamente racional. Aquel hombre debía estar muy aturdido. Peyrol se dio cuenta de que le hubiera gustado estar a bordo para animarle, e incluso para prestarle alguna ayuda.

Un cañonazo mar adentro le cortó la respiración en medio de sus reflexiones. Un segundo cañonazo, en menos de un minuto, lanzó otra onda de intenso sonido entre las rocas y colinas de la península. El silencio fue tan profundo después, que pareció extenderse hasta el mismísimo centro de la cabeza de Peyrol, sosegando momentáneamente sus pensamientos. Pero había comprendido. Y se dijo que su prisionero preferiría morir antes que desdeñar aquella llamada de su barco. Aunque sólo le quedara vida para mover una pierna, ese poco de vida lo consumiría arrastrándose hasta la costa.

Aquellos dos cañonazos habían sido, en efecto, disparados desde el Amelia.

Pasado el cabo Esterel, el capitán Vincent largó el ancla justamente en el lugar conjeturado por Peyrol. El Amelia permaneció desde las seis hasta las nueve con las velas arriadas colgando de sus aparejos. El capitán subió a cubierta poco antes de que se elevara la luna y, tras una corta conferencia con su primer teniente, ordenó al contramaestre que zarpara, arrumbando de nuevo al Petite Passe. Bajó luego a su camarote, y, poco después, corrió la voz por cubierta de que el capitán quería ver al señor Bolt. Cuando éste apareció en el camarote, el capitán Vincent le indicó que se sentara.

—Creo que no debí haberle escuchado —dijo—. La idea era fascinante, sin embargo, y resultaba difícil suponer cómo podía afectar a otras personas. Lo peor fue perder un hombre. Pienso que quizá podamos recuperarle. Puede haber sido capturado por los labriegos o haber sufrido un accidente. Resulta insoportable pensar que pueda estar al pie de alguna peña con una pierna rota. He ordenado que preparen el primer cúter y el segundo, de los que le entrego el mando para que penetre usted en la caleta y, si es necesario, realice una pequeña pesquisa en tierra. Por lo que sabemos, nunca ha habido tropas en esa península. Pero examine primero la costa.

Se extendió un poco más en la precisión de sus instrucciones, y después subió a cubierta. El Amelia cubrió, remolcando los cúteres, la mitad del camino al Passe, donde se ordenó soltar los botes, y, antes de que partieran, se dispararon, en rápida sucesión, los cañonazos.

—Así —le explicó el capitán Vincent a Bolt—, sabrá Symons que le estamos buscando, y si se ha escondido en algún lugar de la costa, acudirá a donde usted le pueda ver.

Capítulo 13

La fuerza que anima una idea fija es siempre muy grande. En el caso de Scevola era lo bastante grande como para empujarle ladera abajo sin un ápice de cautela. Saltando entre los pedrejones, con la ayuda del bieldo como bastón, no prestó atención alguna al suelo hasta que se cayó y se dio de bruces con él. El bieldo se le escapó de las manos y bajó ruidosamente hasta dar contra un arbusto.

Y ese hecho evitó que el prisionero de Peyrol siguiera desprevenido. Desde que saliera del pequeño camarote (por la simple razón de que al volver en sí se lo había encontrado abierto), Symons había tenido la oportunidad de refrescarse con prolongados tragos de agua fría y una pequeña siesta al aire libre. Cada momento que pasaba se sentía mejor de las piernas. Y respecto a la cabeza, también se sentía cada vez mejor. La ventaja de tener un cráneo muy duro se hizo evidente por cuanto apenas salió del camarote, se hizo cargo de dónde se encontraba. Lo siguiente que hizo fue fijarse en la luna y evaluar el paso del tiempo. Después se concedió la inmensa sorpresa de encontrarse solo a bordo de la tartana. Se sentó con las piernas colgando sobre la bodega abierta, y trató de imaginarse la razón de que el camarote no se encontrara cerrado ni vigilado.

Siguió dándole vueltas a aquella inesperada situación. ¿Qué habría sido de aquel villano de cabeza blanca? ¿No se encontraría escondido en algún sitio, aguardando la oportunidad de darle otro toque en la cabeza? Symons se sintió de repente muy inseguro sentado allí, en la cubierta de popa, a plena luz de la luna. El instinto, más que la razón, le sugirió que debía bajar a la oscura bodega. Al principio le pareció una empresa difícil, pero en cuanto se puso a ella la coronó con una gran facilidad, aunque no pudo evitar hacer caer un pequeño botalón que estaba apoyado contra la cubierta. El botalón le precedió en el descenso a la bodega con un fuerte golpe que hizo que su corazón palpitara agitadamente. Se sentó en la contranquilla de la tartana, y contuvo el aliento, pero al cabo de un rato pensó que ya nada tenía importancia.

Sentía la cabeza como si la tuviera muy grande, el dolor en el cuello era espantoso, y uno de sus hombros estaba ciertamente entumecido. Jamás podría plantarle cara a aquel viejo rufián. Pero ¿qué habría sido de él? ¡Habría ido en busca de los soldados!

Symons se sintió más tranquilo tras llegar a aquella conclusión. Se puso entonces a intentar recordar las cosas. Lo había visto por última vez a la luz del día, y ahora — Symons miró de nuevo a la luna— debía estar a punto de caer el sexto toque de la primera guardia. El viejo bribón se encontraría, sin duda, bebiendo vino con los soldados en alguna taberna. ¡Pronto aparecerían por allí! La idea de convertirse en prisionero de guerra le deprimió un poco. Su barco se le apareció revestido de un extraordinario número de galas adorables, entre las que se incluían el capitán Vincent y el primer oficial. Hasta le hubiera gustado estrechar la mano del cabo, un malhumorado marino que desempeñaba las funciones de maestro armero en el barco.

«Cualquiera sabe dónde se encuentra mi barco», pensó tristemente, sintiendo que su disgusto ante el cautiverio crecía junto con la recuperación de su vigor.

Fue en ese momento cuando oyó el ruido de la caída de Scevola. Sonó muy cerca, pero no oyó voces después, ni pasos que anunciaran la aproximación de un grupo de hombres. Si aquello significaba el regreso del viejo rufián, entonces es que volvía solo. Inmediatamente Symons se puso a cuatro patas y avanzó hasta la proa. Tenía la idea de que si se escondía bajo la cubierta de proa, estaría en mejor posición para parlamentar con el enemigo, y quizá encontrara algún espeque por allí, o alguna barra de hierro con la que defenderse. Apenas se había acomodado en su escondite, cuando Scevola pasó de la orilla a la cubierta de popa. Symons se percató al primer vistazo de que aquel hombre era muy distinto al que esperaba ver, cosa que le decepcionó bastante. Pero cuando Scevola permaneció inmóvil a plena luz de la luna, Symons se congratuló de haberse colocado bajo la cubierta de proa. Aquel sujeto, que llevaba barba, era un gorrión comparado con el otro, pero estaba peligrosamente armado con algo parecido a un tridente o a un bastón coronado de púas. «¡Vaya arma maligna!», pensó, aterrado. ¿Qué hacía aquel bribón a bordo? ¿Qué podía estar buscando?

El recién llegado actuó extrañamente al principio. De pie, estiró el cuello en una y otra dirección, escrutando a todo lo largo de la tartana. Después cruzó la cubierta, y repitió todas esas operaciones por el otro lado. «Se ha dado cuenta de que la puerta del camarote está abierta. Ahora intenta ver dónde me he metido. Vendrá por aquí en mi busca —se dijo Symons—. Si me acorrala aquí con esa cosa brutal llena de púas, estoy listo». Durante un momento discutió consigo mismo si no sería mejor acometerle y correr luego a la costa, pero, al final, desconfió de sus fuerzas. «Seguro que me atrapa —concluyó—. Y no tiene buenas intenciones, eso seguro. Nadie con buenas intenciones sale por la noche con una maldita cosa como ésa».

Absolutamente quieto, Scevola aguzó sus oídos hacia cualquier sonido que viniera de abajo, donde suponía que se encontraba el teniente Réal. Después se inclinó sobre el escotillón del camarote, y le llamó en voz baja:

—¿Está usted ahí teniente?

Symons vio todos esos movimientos sin hacerse la idea de sus propósitos. Aquel excelente y capaz hombre de mar, de probado valor en muchas expediciones de castigo, comenzó a sentirse bañado en un ligero sudor. Pulidos por su mucho uso, los dientes del tenedor brillaban a la luz de la luna como si fueran de plata, y todo el aspecto de aquel extraño se hacía sumamente raro y peligroso. ¿A quién podía buscar aquel hombre, sino a él mismo?

Al no recibir respuesta, Scevola permaneció agachado. No detectaba ni el sonido más leve de una respiración. Tanto tiempo permaneció en esa posición, que Symons empezó a sentirse muy interesado. «Debe pensar que aún estoy ahí», se dijo en un susurro. El siguiente movimiento de Scevola fue absolutamente pasmoso. Se colocó a un lado del escotillón de la cámara de popa, y, blandiendo su horrible arma como si fuera un botavante, lanzó un grito espantoso, y siguió gritando en francés con tal facundia, que Symons se quedó empavorecido. Scevola se retiró súbitamente del escotillón, y se quedó como si no supiera qué hacer. Cualquiera que hubiera podido ver entonces la cabeza de Symons, con el rostro vuelto hacia popa, habría visto en él una expresión de horror. «¡Vaya bestia astuta! —pensó—. Si llego a estar ahí abajo, me habría hecho salir con todo ese alboroto y me habría atrapado en la cubierta».

Symons experimentó la sensación de encontrarse ante una leve posibilidad de escapatoria que, sin embargo, no le proporcionó mucho consuelo. Todo era cuestión de tiempo. El propósito homicida de aquel tipo era evidente, y no había de pasar mucho tiempo sin que avanzara hacia donde él se encontraba. Symons le vio moverse, y pensó: «Ahí viene», y se preparó para el choque. «Si logro eludir esas malditas púas, le puedo coger por el cuello», meditó. Pero no tenía mucha confianza en sí mismo.

Pero, para gran alivio suyo, lo único que Scevola quería era esconder el tenedor en la bodega, de tal forma que su mango quedara al borde de la cubierta de popa. En esa posición resultaba imposible verlo desde tierra. Scevola había decidido que el teniente se encontraba fuera de la tartana. Estaría paseando por la costa y, probablemente, regresaría en un momento. Se le había ocurrido que, mientras tanto, podía ver si descubría algo comprometedor en el camarote. No llevaría el tenedor consigo porque en aquel espacio reducido le sería inútil y más bien algo engorroso si el teniente regresaba y le encontraba allí. Echó una mirada circular por la caleta y se preparó a bajar.

Symons observaba todos sus movimientos. Imaginó lo que Scevola se proponía, y se dijo: «Ésta es mi única oportunidad, y no puedo perder ni un segundo». En cuanto Scevola dio la espalda a la proa para bajar la escalerilla del camarote, Symons se arrastró fuera de su escondite. Corrió a cuatro patas por la bodega, con miedo de que el otro volviera la cabeza antes de desaparecer hacia abajo, pero apenas supuso que había tocado fondo, se puso en pie y, agarrándose al cordaje del palo mayor, se lanzó sobre la cubierta de popa, y, con el mismo movimiento, cargó contra las puertas del camarote, que se cerraron con un golpe. No había pensado cómo asegurarlas, pero vio el candado colgado de una escarpia a un lado, con la llave puesta, así que lo cogió en una fracción de segundo y aseguró con él las puertas eficazmente.

Casi simultáneamente con el ruido de las puertas del camarote sonó allí abajo una aguda exclamación de sorpresa, y apenas había echado Symons la llave al candado, el hombre que había atrapado intentó abrirse paso. Eso, sin embargo, no inquietó a Symons. Conocía lo fuerte que era aquella puerta. Lo primero que hizo fue apoderarse del bieldo. Entonces se sintió pertrechado para enfrentarse con un hombre o incluso con dos, siempre que no llevaran armas de fuego. A pesar de ello, no esperaba poder oponerse a los soldados ni tenía verdadera intención de hacerlo. Y los soldados podían aparecer en cualquier momento, dirigidos por aquel dichoso marinero. En cuanto al granjero que había subido a bordo de la tartana, no tenía la más ligera duda. Al no ser un hombre atribulado por una excesiva imaginación, le parecía obvio que había ido hasta allí para matar a un inglés, y para nada más. «De buena me he librado —pensó—. ¡Condenado salvaje! Yo no le había hecho nada.

Esto debe estar infestado de asesinos». Miró inquieto a la ladera. Hubiera dado la bienvenida a los soldados. Ahora más que nunca quería ser hecho prisionero con todas las de la ley. Pero la costa se encontraba absolutamente tranquila, y el más profundo silencio reinaba allá abajo en el camarote. Nada. Ni una palabra, ni un movimiento. El silencio de la tumba. «Está muerto de miedo —pensó Symons, dando con la verdad gracias a su simpleza—. Le estaría bien empleado que bajara y le atravesara con esta cosa. Ya lo creo que se lo haría». Se estaba irritando. Recordó que también había algo de vino allá abajo. Descubrió que estaba muy sediento y se sintió casi desfallecido. Se sentó sobre la pequeña claraboya para pensar mientras esperaba a los soldados. Incluso tuvo un pensamiento amistoso para Peyrol. Era consciente de que podía haber saltado a tierra y haberse escondido durante algún tiempo, pero esto sólo conduciría a que, al cabo, le acosaran entre las rocas y le capturaran, con el riesgo adicional de que le metieran una bala en el cuerpo.

El primer cañonazo del Amelia le puso en pie como si le hubieran tirado de la cabellera. Intentó responder con un grito de alegría, pero su garganta sólo produjo un débil gorgoteo. Su barco le había enviado un aviso. No le daban por perdido. Al segundo cañonazo saltó a tierra con la agilidad de un gato, con tanta agilidad que, de hecho, sintió un ataque de vértigo. Cuando éste hubo pasado, regresó pausadamente a la tartana para recoger el bieldo. Después, temblando por la emoción, avanzó con paso vacilante, pero resuelto, y con el único propósito de alcanzar la playa. Sabía que estaría seguro mientras se mantuviera junto al declive de la colina. Como el terreno era por aquella parte de roca pulida y Symons iba descalzo, pasó a no mucha distancia de Peyrol sin que éste le oyera. Cuando llegó al terreno pedregoso, utilizó el bieldo como si fuera un bastón. Aunque se movía lentamente, no estaba lo suficientemente fuerte como para pisar con pie firme.

Unos diez minutos más tarde, Peyrol, escondido tras un arbusto, oyó el ruido de una piedra rodando hacia la cala. El paciente Peyrol se levantó de inmediato y se puso a andar en aquella dirección. Quizá hubiera sonreído si la importancia y la gravedad del asunto en el que se encontraba metido no hubieran impuesto una gran seriedad a sus pensamientos. Avanzando por un sendero a más altura que el seguido por Symons, tuvo pronto la satisfacción de ver perfectamente al fugitivo — inconfundible por el vendaje blanco que llevaba en la cabeza— caminar por el último tramo de la ruta hacia abajo. Ninguna niñera hubiera vigilado con mayor inquietud las andanzas de un niñín que Peyrol el avance del que fuera su prisionero. Y se sintió muy contento al ver que había tenido el buen sentido de coger lo que parecía un bichero de la tartana para ayudarse en su marcha. Peyrol siguió caminando, paso a paso, mientras Symons se hundía cada vez más en su descenso hasta que, al final, le vio desde arriba, sentado en la playa, muy desamparado y solo, con la cabeza vendada entre las manos. Peyrol se sentó también entonces, protegido por una roca salediza. Y se puede decir que con aquello se produjo una completa suspensión de sonido y movimiento en la solitaria cabeza de la península durante media hora.

Peyrol no tenía duda alguna de lo que iba a ocurrir. Estaba tan seguro de que uno o dos botes de la corbeta se dirigían a la cala como si los hubiera visto despegarse del Amelia. Pero comenzó a sentir una ligera impaciencia. Quería ver cómo acababa aquel episodio. Vigilaba a Symons la mayor parte del tiempo. «Sacrée tête dure — pensó—. Se ha dormido». La inmovilidad de Symons era, en efecto, tan completa, que daba la impresión de que el esfuerzo le había matado. Pero Peyrol tenía la convicción de que aquel camarada que en tiempos fuera tan vigoroso no era el tipo de persona que muere fácilmente. La parte de la caleta en que se había situado era perfecta para el propósito de Peyrol, pero era muy fácil que el bote o los botes pasaran sin ver a Symons, y eso daría lugar a que el barco inglés destacara unas cuantas patrullas a tierra en su busca. Las patrullas descubrirían la tartana... Peyrol se estremeció.

La silueta de un bote se dibujó, de repente, en la punta oriental de la cala. El señor Bolt había estado navegando muy cerca de la costa, avanzando lentamente, de acuerdo con sus instrucciones, hasta que alcanzó el borde de la sombra lanzada por la punta, áspera y negra, sobre las aguas iluminadas por la luna. Peyrol podía ver subir y bajar los remos. Otro bote se puso a la vista después. La alarma de Peyrol por su tartana se hizo intolerable. «Despierta, animal, despierta», masculló entre dientes. Los botes se deslizaban suavemente, y ya estaba a punto el primero de pasar junto al hombre que estaba en la playa, cuando el grito de «¡Ah del barco!», llegó débilmente, para su alivio, a Peyrol, absorto espectador de rodillas e inclinado hacia delante.

Vio que el bote se ponía en dirección a Symons, que se había puesto en pie y agitaba con desesperación los brazos. Después le vio alzarse penosamente sobre las amuras. El bote retrocedió. Ambos botes levantaron después los remos y flotaron el uno junto al otro en las centelleantes aguas de la cala.

Peyrol se levantó. Ya tenían a su hombre. Aunque quizá insistieran en desembarcar, en el caso de que el capitán de la corbeta inglesa tuviera algún otro propósito en la cabeza. Esa inquietud no duró mucho. Peyrol vio que los remos se hundían en el agua, y en pocos minutos los botes dieron la vuelta y desaparecieron uno tras otro, más allá de la punta oriental de la cala.

«¡Al fin! —murmuró Peyrol para su coleto—. Ya no veré más a ese torpe Cabeza Dura». Tenía la extraña sensación de que aquellos botes ingleses se llevaban algo que le pertenecía, no un hombre, sino una parte de su propia vida, un toque de aquellos días remotos en el océano Índico, recuperados por unos breves instantes. Descendió lentamente, como si quisiera examinar el punto en el que el Testa Dura había abandonado el suelo de Francia. Ahora tenía prisa por regresar a la granja y encontrar al teniente Réal, que ya debía haber vuelto de Tolón. El camino de la cala era tan corto como cualquier otro. Cuando llegó abajo, examinó la costa solitaria, inquieto por una sensación de vacío en su interior. Al encaminarse hacia el pie del barranco vio un objeto tirado en el suelo. Era un bieldo. «¿Cómo diablos ha podido llegar esto hasta aquí?», se preguntó, mirándolo como si estuviera demasiado sorprendido para cogerlo. Y una vez que lo tuvo en la mano, siguió inmóvil, meditando. Lo relacionaba con alguna actividad de Scevola, puesto que era el hombre al que pertenecía, pero eso no explicaba su presencia allí, a menos que...

«¿Se habrá tirado al mar?», pensó Peyrol, con la mirada fija en las tranquilas y luminosas aguas de la cala, que no le dieron respuesta alguna. Después contempló su hallazgo extendiendo el brazo con el que lo sostenía. Sacudió, finalmente, la cabeza, se echó el tenedor al hombro y continuó a paso lento su camino.

Capítulo 14

El encuentro del teniente Réal con Peyrol tuvo lugar a medianoche, en el más absoluto silencio. Sentado en el banco de fuera de la salle, Peyrol oyó los pasos de Réal en el sendero de la Madrague mucho antes de que el teniente se hiciera visible.

Pero no se movió. Ni siquiera le miró. El teniente desabrochó su talabarte y se sentó sin pronunciar palabra. La luna, único testigo del encuentro, parecía brillar sobre dos amigos tan iguales en ideas y sentimientos, que les resultaba posible conversar sin necesidad de palabras. Peyrol fue quien habló primero.

—Llega usted tarde.

—Tuve que andar detrás de esa gente hasta conseguir que me sellaran el certificado. Estaba todo cerrado. El almirante del puerto se encontraba celebrando una fiesta, pero salió a hablar conmigo cuando le comunicaron mi nombre. Y, ¿sabe usted, artillero, que durante todo ese tiempo no dejé de preguntarme si le volvería a ver otra vez en mi vida? Me lo pregunté incluso cuando ya tenía el certificado en mi bolsillo, donde se encuentra ahora.

—¿Qué demonios pensaba que me iba a ocurrir? —rezongó Peyrol, sin mostrar mayor interés. Había tirado bajo el angosto banco el incomprensible bieldo y podía tocarlo con los pies en aquel sitio, junto a la pared.

—No. Lo que me preguntaba era si volvería yo a poner los pies de nuevo por aquí.

Réal extrajo un papel doblado de su bolsillo y lo tiró sobre el banco. Peyrol lo cogió descuidadamente. Aquello estaba destinado únicamente a echar polvo a los ojos de los ingleses. Tras un momento de silencio, el teniente siguió hablando, con la sinceridad de un hombre que ha sufrido demasiado como para guardarse su preocupación.

—Fue una dura lucha.

—Tardía —dijo Peyrol en un tono terminante—. Debía regresar por pundonor, y, ahora que ha regresado, no parece muy contento.

—No se preocupe por mi aspecto, artillero. Ya tomé mi decisión.

Un feroz, aunque no desagradable pensamiento relampagueó en la mente de Peyrol. Aquel intruso en la siniestra soledad de Escampobar en la que él, Peyrol, mantenía el orden se encontraba en un error. ¡Decisión! ¡Bah! Su decisión no tenía nada que ver con su regreso. Había regresado porque, según las palabras de Catherine, «había sido señalado por la muerte». Mientras tanto, el teniente Réal se quitó el sombrero para enjugarse la frente.

—He decidido desempeñar el papel de portador de mensajes. Como usted mismo dijo, Peyrol, no es posible comprar a un hombre, quiero decir a un hombre honrado.

De manera que encuentre usted el barco y déjeme a mí lo demás. En dos o tres días...

Está usted bajo la obligación moral de prestarme su tartana.

Peyrol no contestó. Estaba pensando que Réal se había percatado de la señal, si bien resultaba imposible decir si su significado tenía que ver con la muerte por inanición o por enfermedad a bordo de un barco prisión inglés, o por cualquier otra causa. Aquel oficial naval no era el hombre en quien pudiera confiar. No podía contarle, por ejemplo, la historia de su prisionero y de lo que había hecho con él. La historia resultaba completamente increíble, por supuesto. El inglés que mandaba aquella corbeta no tenía razón visible, concebible o probable para enviar un bote a esa ensenada precisamente. Peyrol mismo encontraba realmente difícil dar crédito a lo que había ocurrido. Y pensó: «Si se lo contara, el teniente no pensaría sino que soy un viejo bribón en tratos traicioneros con el inglés desde sólo Dios sabe cuánto tiempo hace. Ninguna de mis palabras le persuadiría de que todo fue tan inopinado para mí como si la luna se hubiera desprendido del cielo».

—¡Me pregunto —dijo, en voz no muy alta— qué es lo que le hace volver aquí una y otra vez! —Réal apoyó la espalda contra la pared y se cruzó de brazos, en la actitud habitual de sus charlas inconsecuentes.

—Ennui, Peyrol —dijo con un tono distraído—. El maldito aburrimiento.

Como si le resultara imposible resistir la fuerza del ejemplo, Peyrol asumió también la misma actitud y dijo:

—No parece ser usted un hombre que se haga amigos fácilmente.

—No soy ese tipo de hombre.

—¿No tiene ni un solo amigo? ¿No mantiene usted siquiera una pequeña amistad del tipo que sea?

El teniente Réal apoyó la cabeza contra la pared y no respondió, Peyrol se puso en pie.

—A nadie le importará, entonces, que usted se pierda unos años, en un barco prisión inglés. Así que si les prestara mi tartana, ¿iría usted?

—Sí. Iría en este mismo momento.

Peyrol se rió con fuerza, echando hacia atrás la cabeza. De pronto dejó de reír, y el teniente se sorprendió al verle tambalearse como si hubiera recibido un golpe en el pecho. Al dar rienda suelta a su amarga hilaridad, el pirata había visto el rostro de Arlette en la ventana abierta de la habitación del teniente. De manera que se desplomó pesadamente en el banco, incapaz de articular sonido alguno. El teniente se sorprendió lo suficiente como para separar la cabeza de la pared y mirarle. Peyrol se agachó súbitamente y sacó el bieldo de su escondrijo. Después se puso en pie, apoyándose en el bieldo y fijando su mirada en Réal, quien levantó los ojos con una lánguida sorpresa. Peyrol se preguntaba a sí mismo: «¿No sería mejor que le pinchara en este par de púas, le llevara abajo y le tirara de cabeza al mar?». Se sentía súbitamente abrumado por una pesadez de brazos y una pesadez de corazón que le imposibilitaron todo movimiento. Sus entumecidas e impotentes piernas le negaban todo servicio... Que Catherine cuide de su sobrina. Estaba seguro de que la anciana no se encontraba muy lejos. El teniente le vio absorto en el examen de las púas. Allí pasaba algo raro, así que le fue imposible evitar la pregunta.

—¡Vamos, Peyrol! ¿Qué ocurre?

—Estoy examinando esto —dijo Peyrol—. Una de las puntas está un poco desportillada. Lo encontré en un lugar bastante insólito.

El teniente le seguía mirando con curiosidad.

—¡Lo sé! Estaba debajo del banco.

—¡Hum! —dijo Peyrol, recuperando algo de su autocontrol—, es de Scevola.

—¿De veras? —dijo el teniente, echándose de nuevo para atrás. Su interés parecía haberse agotado, pero Peyrol no se movió.

—Con esa cara parece que va usted a un funeral —comentó de repente, con voz profunda—. ¡Maldita sea, teniente! ¡Le he oído reír una o dos veces, pero que me lleve el diablo si le he visto sonreír alguna vez! Es como si le hubieran hechizado en la mismísima cuna.

El teniente Réal se levantó como movido por un resorte.

—¿Hechizado? —repitió, muy tieso—. En la cuna, ¿eh?... No, no creo que lo fuera tan pronto.

Caminó con el rostro tenso directamente hacia Peyrol, cual si estuviera ciego.

Sobresaltado, el pirata se apartó de su camino y, girando sobre sus talones, le siguió con los ojos. El teniente siguió caminando, como orientado por un imán, en dirección a la puerta de la casa. Con los ojos clavados en su espalda, Peyrol dejó que casi la alcanzara antes de llamarle.

—¡Eh, teniente! —Ante su absoluta sorpresa, Réal se volvió como si le hubiera tocado.

—Ah, sí —respondió, también en voz baja—. Tendremos que hablar de ese asunto mañana.

Peyrol, que se le había acercado, le habló en un susurro que sonó extremadamente fiero.

—¿Hablar? ¡No! Mañana lo llevaremos a la práctica. Le he esperado la mitad de la noche para decírselo.

El teniente Réal asintió con la cabeza. La expresión de su rostro era tan pétrea que Peyrol dudó que le hubiese entendido. Y añadió:

—No va a ser un juego de niños. —El teniente estaba a punto de abrir la puerta cuando Peyrol le dijo—: Un momento. —Y el teniente se volvió silenciosamente de nuevo.

—Michel duerme en la escalera. Despiértelo y dígale que le espero fuera. El resto de la noche lo pasaremos los dos a bordo de la tartana, y al amanecer nos pondremos a trabajar para tenerla a punto. Nos haremos a la mar al mediodía, teniente. Dentro de doce horas dirá usted adiós a la belle France.

Los ojos del teniente Réal, que miraba sobre su hombro, parecían inmóviles y vidriosos a la luz de la luna, como si fuesen los ojos de un muerto. Pero entró. Poco después, Peyrol oyó el ruido de alguien que vacilaba en el pasillo, y Michel salió de cabeza, dando uno o dos traspiés antes de detenerse rascándose el cráneo y mirando a todos los lados a la luz de la luna, sin advertir a Peyrol, que le miraba a una distancia de unos cinco pies. Al fin, Peyrol dijo:

—¡Michel! ¡Michel! ¡Venga, despierta!

—Voilà, notre maître.

—Mira lo que he encontrado —dijo Peyrol—. Cógelo y guárdalo.

Michel no intentó tocar siquiera el bieldo que Peyrol extendía hacia él.

—¿Qué te pasa? —preguntó Peyrol.

—¡Nada, nada! Sólo que la última vez que lo vi, estaba sobre el hombro de Scevola —levantó al cielo la mirada—. Hace poco menos de una hora.

—¿Qué es lo que hacía Scevola?

—Iba al patio, a guardarlo.

—Bueno, pues ahora ve tú al patio, a ponerlo por ahí —dijo Peyrol—, y no tardes.

Con la mano en el mentón, esperó a que su secuaz reapareciera ante él. Pero Michel no se había repuesto de su sorpresa.

—Scevola se iba a la cama, ¿sabe? —dijo.

—¿Eh? ¿Qué? Que se iba... ¿No habría ido, quizá, a dormir en el establo? Sabes que lo hace a veces.

—Lo sé. Miré allí. No estaba —dijo Michel, muy despierto y con los ojos redondos.

Peyrol caminó hacia la ensenada. Al cabo de tres o cuatro pasos se volvió y vio que Michel seguía inmóvil donde lo había dejado.

—¡Vamos! —gritó—. Hemos de preparar la tartana para hacernos a la mar en cuanto amanezca.

De pie a un lado de la ventana abierta de la habitación del teniente, Arlette escuchó sus voces y el sonido de sus pasos al perderse ladera abajo. Antes de que desaparecieran por completo, advirtió unas tenues pisadas que se acercaban a la puerta de la habitación.

El teniente Réal había dicho la verdad. Más de una vez se había jurado en Tolón que jamás volvería a aquella granja fatal. Su estado mental era verdaderamente lastimoso. El honor, la decencia y todos los principios le impedían jugar con los sentimientos de una pobre criatura con la mente oscurecida por una experiencia terrorífica, atroz y culpable, por decirlo de algún modo. ¡Y él había dado súbita vía a un bajo impulso y se había traicionado a sí mismo al besarle la mano! Reconocía con desesperación que aquello no era un juego, pues el impulso había brotado delo más profundo de su ser, lo que significaba un descubrimiento atroz para un hombre que desde la adolescencia, pasada entre las pasiones desenfrenadas y las clamorosas falacias de la Revolución, se había trazado una rigurosa línea de conducta que parecía haber destruido en él toda capacidad para las emociones más delicadas. Taciturno y precavido, se había guardado de establecer relaciones íntimas. No tenía familiares.

Carecía de relaciones sociales. Era algo que formaba parte de su carácter. Al principio visitó Escampobar porque cuando cogió su permiso no tenía lugar al que ir, y porque unos pocos días allí significaban un cambio completo respecto a lo que era la odiosa ciudad, gozando de la sensación de estar lejos de la humanidad ordinaria. Allí desarrolló un afecto por el viejo Peyrol, el único hombre que no tenía nada que ver con la Revolución, que ni siquiera la había visto actuar. La sincera ilegalidad del ex Hermano de la Costa resultaba refrescante. Aquél no era ni un hipócrita ni un loco.

Cuando robó o mató, no lo hizo en el nombre de los sagrados principios revolucionarios ni por amor a la humanidad.

Naturalmente, Réal reparó desde el principio en los ojos negros, profundos e inquietos de Arlette y en la vaga sonrisa persistente en sus labios, en sus misteriosos silencios y en el extraño sonido de su voz, que convertía en caricia todas sus palabras.

Supo algo de su historia a través de Peyrol, renuente a hablar mucho de ella. Lo que supo le produjo más amarga indignación que piedad. Pero estimuló su imaginación y le confirmó en aquel desprecio y colérico aborrecimiento que de pequeño sintiera hacia la Revolución y que, secretamente, abrigaba desde entonces. Ella le atrajo por su aspecto inaccesible. Después trató de no darse cuenta de que, hablando en términos ordinarios, ella tenía inclinación a rondarle. Solía pillarla mirándole a hurtadillas. Pero él carecía de vanidad masculina. Hasta que un día, en Tolón, empezó súbitamente a comprender lo que aquel mudo interés por su persona podía significar.

Se encontraba sentado en la terraza de un café, sorbiendo una bebida cualquiera junto a tres o cuatro oficiales cuya sosa conversación no le interesaba en absoluto. Y le sorprendió el hecho de que aquella suerte de esclarecimiento pudiera sobrevenirle en circunstancias como aquellas, de que pudiera pensar en ella sentado en la calle con aquellos hombres a su alrededor, en medio de una conversación más o menos profesional. Entonces fue cuando se dio cuenta de que llevaba días sin pensar en otra cosa que en aquella mujer.

Se levantó bruscamente, dejó caer en la mesa el dinero de su bebida y abandonó a sus compañeros sin decirles una palabra. Pero tenía reputación de hombre excéntrico y éstos ni siquiera comentaron su inesperada marcha. La tarde estaba despejada.

Caminó en línea recta hasta salir de la ciudad, y la noche le cogió vagabundeando más allá de las fortificaciones, ignorante de la dirección de sus pasos. Todo el campo dormía. No se movía un solo ser humano, y su rumbo entre los fortines por aquella parte desolada del país sólo podría haberse trazado por el ladrido de los perros en los infrecuentes villorrios y en los dispersos caseríos.

«¿Qué ha sido de mi rectitud, de mi autorrespeto, de la integridad de mi mente?

—se preguntó con pedantería—. He permitido que se adueñara de mí una indigna pasión hacia una mera envoltura mortal, manchada por el crimen y sin entendimiento».

Su desesperación ante ese descubrimiento horrible fue tan profunda que si no hubiera llevado puesto el uniforme, se habría suicidado con la pequeña pistola que guardaba en el bolsillo. Apartó aquel pensamiento ante el efecto que produciría, el chismorreo y los comentarios que suscitaría y las deshonrosas sospechas a que daría lugar. «No —se dijo—. Lo que tendré que hacer será quitar las etiquetas de mi ropa interior, vestirme de paisano y alejarme mucho más allá de los fortines. Me esconderé en algún bosque o en un hondo calvero y pondré fin entonces a mi vida. Días más tarde, cuando los gendarmes o la garde-champêtre den con mi cuerpo, descubrirán a un total desconocido sin señas de identidad, e incapaces de encontrar la forma de saber quién soy, me proporcionarán un oscuro entierro en el cementerio de alguna aldea».

Giró sobre sus talones, una vez alcanzada esa resolución, y el amanecer le encontró fuera de la puerta de la ciudad. Tuvo que esperar a que la abrieran, y para aquel entonces la mañana estaba tan avanzada, que tuvo que ir directamente a la oficina del Almirantazgo de Tolón en la que trabajaba. Nadie observó aquel día nada de particular en él. Atendió con aparente compostura sus tareas rutinarias, pero no dejó de argüir todo el rato consigo mismo. Cuando regresó a su cuarto había llegado a la conclusión de que, como oficial en tiempo de guerra, no tenía derecho alguno sobre su vida. Sus principios no le permitirían acabar con ella. Era perfectamente sincero al razonar así. Durante una lucha mortal contra un enemigo irreconciliable, su vida pertenecía a su país. Pero había momentos en los que su soledad se le hacía insoportable, hechizado como estaba por la prohibida visión de Escampobar con la imagen de aquella muchacha aturdida, misteriosa, impresionante, pálida, irresistible en su singularidad, paseando junto a los muros, asomando por las revueltas de la colina, mirando por la ventana... Pasaba horas de solitaria angustia encerrado en su cuarto, y comenzó a cundir entre sus camaradas la opinión de que la misantropía de Réal estaba sobrepasando todos los límites.

Un día vio claro que no podía seguir así por más tiempo. Su cabeza comenzaba a resistirse. «Comenzaré a decir cosas absurdas a la gente —se dijo—. ¿No hubo una vez un pobre diablo que se enamoró de una pintura o de una estatua ante la que se detenía para contemplarla con arrobo? ¡Su infortunio no puede compararse con el mío! Bien, iré a mirarla cual si ella fuera también una pintura, una pintura tan intocable como si se encontrara detrás de un cristal». Y se fue de visita a Escampobar en cuanto dio con la oportunidad para ello. Decidió adoptar un gesto repelente, e hizo de Peyrol su compañía, sentados allá fuera en el banco, ambos con los brazos cruzados y con la mirada perdida en el espacio. Pero cuando Arlette se cruzaba con la línea de sus ojos era como si algo se le moviera en el pecho. Sin embargo, aquellas visitas hacían que la vida le resultara soportable y le capacitaban para atender su trabajo sin ponerse a decir cosas absurdas a la gente. Se dijo que era lo suficientemente fuerte como para sobreponerse a la tentación, que jamás se extralimitaría, pero se encontró en su habitación de la granja, derramando lágrimas de honda pena al considerar su sino. Aquellas lágrimas apagaban durante algún tiempo la devoradora pasión que le corroía. Hizo de la austeridad una armadura y, en su prudencia, decidió mirar muy rara vez a Arlette, por temor a ser sorprendido en ese acto.

El descubrimiento de que la muchacha vagabundeaba por las noches le preocupaba, a pesar de todo, pues aquello resultaba inexplicable. La impresión que aquello le produjo desmanteló, no su resolución, sino su fortaleza. Aquella mañana, mientras ella le servía, permitió que le pillara mirándola, y después, perdido todo control, le dio aquel beso en la mano. Apenas lo hubo hecho, se quedó aterrado.

Había transgredido los límites impuestos. Bajo las circunstancias del caso, aquello representaba un absoluto desastre moral del que muy lentamente cobró conciencia.

Ese momento de fatal debilidad fue, de hecho, una de las razones por las que permitió que Peyrol le pusiera tan sin contemplaciones en camino hacia Tolón. Incluso durante el viaje pensó que lo único que cabía hacer era no regresar jamás. Pero aquel combate consigo mismo no le impidió seguir desarrollando el plan, con una amarga ironía presidiendo su conciencia dual. Antes de dejar al almirante, que lo recibió de uniforme en una habitación iluminada por una sola candela, se sintió súbitamente impulsado a decir:

—Supongo que si no hay otra norma, estoy autorizado a llevar a cabo yo mismo la misión.

Y el almirante le respondió:

—No había pensado en ello, pero si ése es su deseo, no veo objeción alguna. Sólo le aconsejaré que se ponga el uniforme como corresponde a un oficial que ha de entregar unos despachos. Pasado un cierto tiempo, el Gobierno conseguirá, sin duda, canjearlo. Pero hágase a la idea de que será un cautiverio prolongado, debiendo entender que podría afectar a su ascenso.

Al pie de la enorme escalinata, en el iluminado vestíbulo del edificio oficial, Réal pensó súbitamente: «Y ahora debo regresar a Escampobar». Debía volver a Escampobar, en efecto, dado que los falsos despachos se encontraban en la valija que había dejado allí. No podía regresar ante el almirante y explicarle que los había perdido. Lo mirarían como si fuera un inconcebible idiota o un hombre que se había vuelto loco. «Esta es, en verdad —se dijo al caminar hacia el muelle donde le esperaba el bote naval—, mi última visita en muchos años, quizá para siempre».

De regreso en el bote, y a pesar de que sólo soplaba una brisa muy débil, no permitió que se echara mano a los remos. No quería estar de regreso antes de que las mujeres se hubieran acostado. El teniente Réal se dijo que lo más adecuado y honesto sería no volver a ver a Arlette. E incluso logró persuadirse de que su descontrolado impulso carecía de significado para aquella necia e infeliz criatura. Ella no se sobresaltó ni exclamó cosa alguna; no manifestó que aquello la afectara. Permaneció pasiva y después dio la vuelta y se sentó tranquilamente. Ni siquiera podía recordar que se hubiese ruborizado. En cuanto a él, tuvo el suficiente autocontrol como para levantarse de la mesa y marcharse sin mirarla de nuevo. Ella ni siquiera le hizo un gesto. ¿Qué podría inquietar a aquel cuerpo sin seso? No se había enterado de nada, pensó con autodesprecio. «¡Un cuerpo sin seso! ¡Un cuerpo sin seso!», repitió con airado escarnio de sí mismo. «No. No es así», pensó de repente. «Todo en ella es misterio, seducción, encanto. ¡Y yo me preocupo por su seso!».

Este pensamiento le arrancó un débil gemido, ante el que el timonel le preguntó respetuosamente:

—¿Le ocurre algo, mon liutenant?

—Nada —murmuró, y apretó los dientes con la desesperación de un hombre sometido a tortura.

Las palabras «no la volveré a ver» y «cuerpo sin seso» cruzaron por su cabeza cuando habló con Peyrol fuera de la casa. Cuando le dejó y subió por las escaleras, su resistencia se había agotado. Todo lo que quería era estar solo. Avanzando por el oscuro pasillo se percató de que la puerta de la habitación de Catherine estaba entornada. Pero eso no le llamó la atención. Se encontraba en un estado de ánimo muy próximo al embotamiento. Cuando puso la mano en el picaporte de la puerta de su habitación, se dijo: «Pronto habrá acabado todo».

Estaba tan cansado, que se sentía casi incapaz de mantener levantada la cabeza, y al entrar no vio a Arlette pegada a la pared, a un lado de la ventana, fuera de la luz de la luna y en el rincón más oscuro de la habitación. Sólo fue consciente de la presencia de alguien en la habitación cuando ella, haciendo el menor ruido posible, se deslizó a sus espaldas. El teniente Réal vaciló, y dio dos pasos hacia atrás. Entonces oyó girar detrás de él la llave de la puerta. Fue como si la casa se viniera abajo, derribándolo al suelo. Nada podía haberle anonadado más, privándole, en cierto modo, de todos sus sentidos. El que recuperó el primero fue el del tacto, al cogerle Arlette la mano.

Después recuperó el del oído. Ella le susurró:

—¡Al fin! ¡Al fin! Pero eres un descuidado. Si en vez de estar yo, hubiera estado Scevola en esta habitación, ahora estarías muerto. Le he visto actuar. —El teniente Réal sintió un significativo apretón en la mano, pero le fue imposible verla, aunque percibió su cercanía con todas las fibras de su cuerpo—. Pero no fue ayer —añadió ella en voz baja—. Acércate a la ventana para que pueda verte.

La luz de la luna dibujaba un enorme recuadro en el suelo. El teniente obedeció al tirón como si fuera un crío. La muchacha le cogió la otra mano, que colgaba inerte. Él estaba absolutamente rígido, sin articulaciones, como si ni siquiera fuera consciente de su propia respiración. Con el rostro un poco por debajo del suyo, Arlette le miró de hito en hito, susurrando suavemente:

—Eugène, Eugène. —Y, de pronto, la lívida inmovilidad de la cara del teniente la asustó—. No dices nada. Pareces enfermo. ¿Qué te ocurre? ¿Estás herido?

Soltó sus manos insensibles y comenzó a tocarle en busca de alguna herida.

Incluso le quitó el sombrero y lo tiró, en su premura por asegurarse de que no estaba herido en la cabeza. Al no encontrar daño alguno, adquirió la calma de una persona práctica y juiciosa. Le puso las manos alrededor del cuello y titubeó un poco.

Brillaron sus pequeños dientes parejos, y sus ojos negros, inmensamente profundos, le miraron no con el rapto de la pasión o del miedo, sino con una especie de reposada satisfacción y con una expresión aprobadora y penetrante. Él regresó a la vida con una atolondrada exclamación en voz baja, sintiendo inmediatamente una horrible sensación de inseguridad, cual si se hallara en una elevada pinaza sobre el clamor de unas olas rompientes en sus oídos, y con el temor de que los dedos de Arlette le soltaran y ella cayera, perdiéndola para siempre. Le ciñó el talle con los brazos y la apretó contra su pecho. Así permanecieron largo, largo tiempo en un gran silencio, a la brillante luz de la luna que entraba por la ventana. El teniente dirigió su mirada a la cabeza que reposaba en su hombro. Arlette tenía los ojos cerrados y la expresión grave de su rostro manifestaba el deleite de una ensoñación infinitamente etérea, plácida y eterna, por decirlo de algún modo. La punzante dulzura de su encanto le atravesó el corazón. «Es preciosa. Esto es un milagro», pensó, con algo parecido al terror. «Es imposible».

Ella hizo un movimiento para desembarazarse, a lo que él se negó instintivamente, apretándola más contra su pecho. Arlette cedió por un momento, y luego lo intentó de nuevo. Él accedió. La muchacha le puso las manos sobre los hombros, quedando a prudente distancia. El gracioso encanto de su rostro, tan serio de expresión como el de una mujer práctica y competente, sorprendió a Réal.

—Todo esto está muy bien —dijo ella con un tono expeditivo—. Debemos pensar cómo salir de aquí. No quiero decir ahora, en este momento —añadió, al sentir el ligero sobresalto del teniente—. Scevola está sediento de tu sangre. —Arlette retiró una mano para señalar con el dedo el muro interior de la habitación, y bajó la voz—.

Ahí está, ya lo sabes. Tampoco confíes en Peyrol. Os he estado viendo a los dos, ahí fuera. Ha cambiado. Ya no puedo confiar en él —su susurro se hizo penetrante—.

Catherine y él se comportan de una manera muy rara. No sé lo que les ha pasado. Él no me dirige la palabra. Me da la espalda cuando me siento junto a él...

El estremecimiento de Réal bajo sus manos hizo que Arlette se interrumpiera, solícita, y dijera:

—Estás cansado —Réal no se movió, y ella le condujo a una silla, le acomodó en ella y se sentó en el suelo, a sus pies, apoyando la cabeza sobre sus rodillas y reteniendo una de sus manos. No pudo impedir que se le escapara un suspiro—. Sabía que esto iba a ocurrir —dijo en voz muy baja—. Pero me ha cogido por sorpresa.

—Sabías que iba a ocurrir —repitió él, con voz tenue.

—¡Sí! Recé por ello. ¿Alguna vez rezó alguien por ti, Eugène? —preguntó Arlette, deleitándose en la pronunciación de su nombre.

—No, desde que era un niño —respondió Réal en un tono sombrío.

—¡Oh, sí! Hoy he rezado por ti. Bajé a la iglesia... —Réal casi no daba crédito a lo que oía—. El abbé me permitió entrar por la puerta de la sacristía. Me dijo que renunciara al mundo. Por ti hubiera renunciado a todo.

Volviendo el rostro hacia la parte más oscura de la habitación, Réal pareció ver el espectro de la fatalidad aguardando el momento de avanzar y aniquilar aquella felicidad serena y confiada. Rechazó aquella espantosa visión, alzó la mano de Arlette hasta sus labios para besarla prolongadamente, y preguntó:

—Así que ¿sabías lo que iba a ocurrir? ¿Todo? Sí. Y ¿qué pensabas de mí?

Ella apretó fuertemente la mano que aún no había soltado.

—Esto.

—Pero ¿qué pensabas de mi comportamiento en ocasiones? Yo no sabía lo que iba a ocurrir. Yo... Yo tenía miedo —añadió él, entrecortadamente.

—¿Comportamiento? ¿Qué comportamiento? Venías y te ibas. Cuando no estabas aquí, yo pensaba en ti, y cuando estabas aquí podía verte a mi antojo. Te digo que sabía cómo iban a pasar las cosas. Por eso no tenía miedo.

—Te movías con una suave sonrisa —murmuró el teniente, como si mencionara una inconcebible maravilla.

—Estaba arrebatada y tranquila —murmuró Arlette, como si se encontrara en las fronteras de un sueño. Sus labios desgranaron unos tiernos murmullos que describían un estado de dichoso sosiego en frases cuyo sentido no podía ser más absurdo, increíble, convincente y sedante para Réal—. Era algo perfecto. Tu cercanía lograba que todo pareciera diferente.

—¿Diferente? ¿Qué quieres decir?

—Todo era distinto entonces. ¡La luz, las mismas piedras de la casa, las colinas, las florecillas entre las rocas! ¡Hasta Nanette era distinta!

Nanette era una gata blanca de Angora de largo pelo sedoso, que estaba casi siempre en el patio.

—¡Oh, hasta Nanette era diferente! —dijo Real, cuyo deleite en las modulaciones de aquella voz lo había desvinculado de toda realidad e incluso de la conciencia de sí mismo, mientras se inclinaba sobre la cabeza que reposaba en sus rodillas, y su único contacto con el mundo se reducía al cálido apretón de la mano que lo retenía.

—Sí. Estaba mucho más hermosa. Pero la gente... —Arlette se interrumpió con un tono incierto. La ola de encanto pareció haber alcanzado su punto más alto, e iniciar un reflujo más rápido que el del mar al abandonar las lúgubres extensiones de arena.

—¿Qué gente? —preguntó Réal.

—Han cambiado tanto. Escucha. Esta noche, mientras estabas fuera, ¿por qué te fuiste?, sorprendí a ambos en la cocina, sin cruzar palabra entre ellos. Ese Peyrol... es terrible.

La profunda convicción de su terror causó en Réal una tremenda impresión. No podía saber que la mera aparición de Peyrol en Escampobar, imprevista, inesperada, inexplicable, había significado para ella una sacudida física e incluso moral de tal índole, que la inmensa figura del pirata, como un mensajero de lo desconocido en la soledad de Escampobar, se había configurado a sus ojos como algo inmensamente fuerte, con un inagotable poder, siempre invencible y sin que la afectara la familiaridad.

—No dirá nada ni escuchará nada. Puede hacer lo que quiera.

—¿Puede? —musitó Réal.

Ella se incorporó y movió la cabeza asintiendo varias veces, como diciendo que no cabía la menor duda sobre ello.

—¿También él está sediento de mi sangre? —preguntó amargamente Réal.

—No, no. No es eso. Podrías defenderte. Y yo podría velar por ti. He velado por ti. Hace tan sólo un par de noches creí oír ruidos fuera y bajé las escaleras por miedo a que te fuera a pasar algo. Tu ventana estaba abierta, pero no pude ver a nadie, y sin embargo sentí... ¡No, no es eso! Es peor. No sé qué es lo que quiere hacer contigo.

No puedo evitar tenerle un cierto cariño, pero ahora comienzo a tenerle miedo.

Cuando vino aquí por primera vez y le vi, era exactamente igual que ahora, grande, tranquilo, aunque no tenía el pelo tan blanco. Me pareció que algo se me agitaba en la cabeza. Ya sabes lo gentil que era. Me sentí impulsada a sonreírle. Fue como si le hubiera reconocido. Y me dije: éste es, éste es el hombre.

—¿Y cuando vine yo? —preguntó Réal, algo consternado.

—¡A ti te esperaba! —dijo ella en voz baja, con un ligero matiz de sorpresa ante la pregunta, pero con el pensamiento evidentemente puesto en el misterio de Peyrol —. Sí, esta tarde les sorprendí, a los dos, a él y a Catherine, en la cocina, mirándose y quietos como ratones. Le dije que no podía darme órdenes. ¡Oh, mon chéri, mon chéri! No escuches a Peyrol, no le permitas...

Arlette se levantó apoyándose ligeramente en las rodillas de Réal, quien se levantó también, murmurando:

—No puede hacerme nada.

—No le digas nada de esto. Nadie sabe lo que piensa, y ya ni siquiera yo puedo decir lo que significan sus palabras. Es como si guardara un secreto.

Puso tal acento en aquellas palabras que a Réal casi se le saltaron las lágrimas. El teniente repitió que Peyrol no podía ejercer influencia alguna sobre él, y lo dijo persuadido de que decía la verdad, convencido de lo que manifestaban sus palabras.

Desde que abandonara el Almirantazgo, vestido con su uniforme bordado en oro e impaciente por regresar junto a sus invitados, se debía a la misión para la que se había presentado voluntario. Por un momento tuvo la impresión de que un fleje de hierro le ceñía estrechamente el pecho. Ella lo miró muy de cerca, y aquello superó todo lo que podía soportar.

—Está bien. Tendré cuidado —dijo—. Y Catherine, ¿es también peligrosa?

Bañada por el resplandor de la luna, su cuello y su rostro sobre los destellos del fichu, visible y elusiva, Arlette sonrió y se le acercó un poco.

—Pobre tía Catherine —dijo Arlette—. Cíñeme con tus brazos, Eugène. Ella no puede hacer nada. Solía seguirme siempre con la mirada. Creía que yo no me daba cuenta, pero me la daba. Y ahora parece incapaz de mirarme a la cara. Claro que a Peyrol le pasa lo mismo. Él también solía seguirme con la mirada. A veces me he preguntado por qué me miraban así. ¿Me lo puedes decir, Eugène? Pero ahora ha cambiado todo.

—Sí, ha cambiado todo —dijo Réal, en el tono más ligero que le fue posible—.

¿Sabe Catherine que estás aquí?

—Cuando nos vinimos arriba, esta tarde, yo me tumbé vestida en mi cama, y ella se sentó en la suya. La vela estaba apagada, pero podía verla bien a la luz de la luna, con las manos en el regazo. Cuando ya no pude aguantar más, me levanté, simplemente, y salí de la habitación. Ella seguía sentada al pie de su cama. Todo lo que hice fue ponerme el dedo en los labios, y ella dejó caer entonces la cabeza. Creo que no llegué a cerrar la puerta. Apriétame más fuerte, Eugène. Estoy cansada... Qué raro, ¿verdad? Hace mucho tiempo, antes de verte por primera vez, nunca descansaba y nunca me sentía cansada.

Interrumpió súbitamente su murmullo y levantó un dedo reclamando silencio.

Arlette escuchó y Réal también lo hizo, sin saber para qué; y en esa súbita concentración en un punto, todo lo que había ocurrido desde que entrara en la habitación comenzó a parecerle un sueño por su improbabilidad y por esa fuerza que hace a los sueños más fuertes aún que la vida en su inconsecuencia. Incluso la mujer que se abandonaba a sus brazos le parecía tan ligera como lo hubiera sido en un sueño.

—Ahí está —dijo de pronto Arlette en un suspiro, poniéndose de puntillas para alcanzar el oído de Eugène—. Ha debido oírte pasar.

—¿Dónde está? —quiso saber Réal, con un sigilo igualmente intenso.

—Al otro lado de la puerta. Ha debido oír el murmullo de nuestras voces — susurró Arlette, junto a su oído, como si le estuviera narrando una atrocidad—. Un día me dijo que yo era una de esas mujeres que no está destinada a los brazos de hombre alguno.

Al oír esto Réal la rodeó con su otro brazo, mirando fijamente a sus ojos engrandecidos como por el miedo. Ella le abrazó con todas sus fuerzas y así estuvieron largo rato, con los labios unidos sin besarse y sin respirar en la intimidad de su contacto. A Réal le pareció que aquel sosiego se extendía hasta los límites del universo. El pensamiento «¿voy a morir?» relampagueó en ese sosiego y se perdió en él como una centella en la noche indeclinable. El único resultado de aquello fue que abrazó aún más estrechamente a Arlette.

Una voz vieja e incierta pronunció la palabra:

—Arlette.

Catherine, que había estado escuchando sus murmullos, no pudo soportar el prolongado silencio. La pareja oyó los trémulos tonos de su voz tan nítidamente como si se encontrara en la habitación. Réal sintió como si aquello le hubiera salvado la vida. Se separaron en silencio.

—Vete —dijo Arlette.

—Arl...

—Cállate —dijo la joven, un poco más alto—. No tienes nada que hacer aquí.

—Arlette —dijo de nuevo la voz al otro lado de la puerta, trémula e imperiosa.

—Va a despertar a Scevola —dijo Arlette a Réal, y ambos se quedaron a la escucha de unos sonidos que no se produjeron. Arlette señaló con el dedo a la pared —. Está ahí, ¿sabes?

—Está dormido —murmuró Réal, en cuya mente se formuló un pensamiento, «estoy perdido», que nada tenía que ver con Scevola.

—Tiene miedo —dijo Arlette en voz baja y despectiva—, pero eso no significa nada. Puede temblar de miedo un instante, y al siguiente estar dispuesto a matar a alguien.

Muy poco a poco, como empujados por la irresistible autoridad de la anciana, se habían ido acercando a la puerta. Con la súbita lucidez de la pasión, Réal pensó: «Si Arlette no se va ahora, no tendré fuerzas para abandonarla mañana». Ante sus ojos no se cernía la imagen de la muerte, sino la de una prolongada e intolerable separación.

Del otro lado de la puerta llegó un suspiro rayano en el sollozo que impregnó el ambiente de un profundo dolor contra el que no prevalecerían llaves ni candados.

—Es mejor que vayas con ella —susurró Réal con voz penetrante.

—Claro que iré —dijo Arlette con una cierta emoción—. Pobre viejecita. Ella y yo somos todo lo que ambas tenemos en el mundo, pero yo soy la hija aquí, y ella ha de hacer lo que yo diga. Ahora mismo voy —dijo claramente con una mano en el hombro de Réal y la boca pegada a la puerta—. Vuelve a tu habitación y espérame — añadió como si no tuviera duda alguna de ser obedecida.

Se hizo un profundo silencio. Quizás Catherine se había ido ya, pero Arlette y Réal permanecieron inmóviles durante todo un minuto, cual si se hubieran quedado de piedra.

—Ve ahora —dijo Réal con voz ronca y casi inaudible.

Ella le dio un rápido beso en los labios y ambos quedaron de nuevo como una pareja de amantes inmovilizada por un ensalmo.

«Si ella se queda —pensó Réal—, jamás tendré el coraje de partir, y entonces tendré que saltarme la tapa de los sesos». Pero cuando al fin se movió, él la retuvo como si se tratara de su propia vida. Cuando la soltó, le espantó oírla reír su íntimo regocijo.

—¿De qué te ríes? —le preguntó, en tono asustado.

Ella se detuvo para responderle por encima del hombro.

—Me reía porque pensaba en todos los días por venir. Días y días y días. ¿Has pensado en ellos?

—Sí —farfulló Réal, como lo hubiera hecho un hombre apuñalado en el corazón, manteniendo la puerta medio abierta y agradecido de poderla utilizar como punto de apoyo.

Ella se deslizó con un suave crujido de su falda de seda, pero antes de que él pudiera cerrar la puerta, aún tuvo tiempo de echar atrás su brazo. Fue suficiente para que él apretara la palma de su mano contra los labios. La mano estaba fría. Ella la retiró y él tuvo la fortaleza de ánimo suficiente como para cerrar la puerta tras la muchacha. Se sintió como un hombre encadenado a un muro y muerto de sed, al que le arrebataran una bebida fría. La habitación se oscureció de súbito. «Una nube ante la luna», pensó caminando envarado hacia la ventana, inseguro y vacilante como si avanzara sobre una cuerda floja. «Una nube ante la luna, una enorme nube». Al poco rato se dio cuenta de que la luna brillaba en un cielo sin el menor rastro de nubes.

«Supongo que he estado a punto de morir», pensó. «Pero no —añadió para sus adentros con deliberada crueldad—, no puedo morir. Lo único que me queda es sufrir, sufrir, sufrir...».

«Sufrir, sufrir». Sólo al tropezar con el borde de la cama se dio cuenta de que se había separado de la ventana. Se tiró violentamente sobre el lecho y enterró la cara en la almohada, mordiéndola para refrenar el grito de dolor que pugnaba por brotar de sus labios. Cuando los caracteres educados en la insensibilidad se ven dominados por una pasión devoradora, son como gigantes caídos y prontos a la desesperación. Él, un hombre con una misión por cumplir, se estremecía ante la muerte, y esa duda encerraba en sí misma todas las posibles respecto a su propia fortaleza. Lo único que sabía era que a la mañana siguiente habría desaparecido de allí. Su cuerpo tembló cuan largo era, mientras sus manos se crispaban en las sábanas para no brincar presa de la inmensa agitación producida por el pánico. «Debo tranquilizarme y descansar», se dijo con cierta pedantería. «Debo descansar para tener fuerzas mañana. Debo descansar». Y su tremendo esfuerzo por mantenerse quieto le cubrió la frente de gotas de sudor. Finalmente un súbito olvido debió descender sobre él porque, de repente, se dio la vuelta y se incorporó con la palabra «ecoutez» en los oídos.

Una luz fría, extraña, mortecina, llenaba la habitación; una luz como jamás había visto en su vida. A los pies de su cama se erguía una figura de oscuros ropajes, cubierta la cabeza con un oscuro mantón, con un rostro descarnado y rapaz y unos huecos oscuros donde debían estar los ojos... Silenciosa, expectante, implacable.

«¿Es esto la muerte?», se preguntó, mirándola aterrorizado. Aquello se parecía a Catherine.

—Ecoutez —volvió a oírse de nuevo. Él apartó los ojos y al bajar la mirada descubrió que sus propias ropas estaban desgarradas a la altura del pecho. Fuera lo que fuese aquello, espectro o anciana, no lo miraría de nuevo.

—Sí, escucho —dijo.

—Eres un hombre honrado —era la voz de Catherine, desprovista de emoción—.

Acaba de amanecer. Has de irte.

—Sí —dijo sin levantar la cabeza.

—Ella duerme —prosiguió Catherine o lo que fuese—. Está exhausta y tendrías que agitarla con rudeza antes de conseguir despertarla. Has de irte —continuó, inflexible, la voz—. Sabes que es mi sobrina, y sabes que la muerte descansa en los pliegues de su falda y la sangre mancha sus pies. Ella no es para hombre alguno.

Réal sintió toda la angustia de una experiencia de ultratumba. Pero debía afrontar aquello que parecía Catherine y hablaba como un cruel hado. Levantó la cabeza ante aquella luz que le parecía aterradora y de fuera de este mundo.

—Escúchame tú también —dijo—. Aunque toda la locura del mundo y el pecado de todos los crímenes de la Revolución descansaran sobre sus hombros, aun así la apretaría yo contra mi pecho. ¿Entiendes?

La aparición que semejaba a Catherine bajó y subió lentamente la encapuchada cabeza.

—Hubo un tiempo en el que yo hubiera podido apretar l’enfer même contra mi pecho. Él se fue. Tenía su voto. Tú sólo tienes tu honradez. Te irás.

—Tengo mi deber —dijo el teniente Réal en un tono mesurado, como si se hubiera tranquilizado por el exceso de horror que le inspirara aquella anciana.

—Vete sin molestarla, sin mirarla siquiera.

—Llevaré los zapatos en la mano —dijo él. Suspiró profundamente, sintiéndose somnoliento—. Es muy temprano —murmuró.

—Peyrol ya está en el pozo —le anunció Catherine—. ¿Qué puede hacer allí todo el rato? —añadió con voz perturbada.

Réal, que ya tenía los pies en el suelo, la miró de soslayo, pero ella se le alejaba ya suavemente, y cuando miró de nuevo, había desaparecido de la habitación y la puerta estaba cerrada.

Capítulo 15

Al bajar las escaleras Catherine se encontró con Peyrol, que todavía se hallaba junto al pozo, en cuya hondura parecía investigar con sumo interés.

—Peyrol, tiene usted puesto el café —le gritó desde la puerta. Él se volvió rápidamente, como si le hubiera sorprendido, y avanzó sonriendo.

—Eso está muy bien, mademoiselle Catherine —dijo—. Se ha levantado temprano.

—Sí —admitió ella—, pero usted también lo ha hecho, Peyrol. ¿Está Michel por ahí? Dígale que venga a tomar café.

—Michel está en la tartana. Ese barco va a emprender un viajecito, ¿sabe usted?

Bebió un buche de café y mordió la rebanada de pan. Tenía hambre. Había pasado toda la noche en vela e incluso había mantenido una conversación con el ciudadano Scevola. También había trabajado un poco con Michel, al caer la noche, aunque la tarea había sido breve, pues la tartana estaba siempre lista para hacerse a la mar.

Después de encerrar de nuevo al ciudadano Scevola, que estaba extremadamente preocupado en cuanto a lo que le iba a pasar, pero abandonado en un estado de incertidumbre, regresó a la granja y subió a su habitación, en donde se entretuvo un rato, para deslizarse luego, muy cautelosamente, hasta el pozo en el que Catherine, a quien no esperaba ver por allí tan pronto, le había visto antes de dirigirse a la habitación del teniente Réal. Mientras tomaba el café escuchó sin dar muestras de sorpresa los comentarios de Catherine sobre la desaparición de Scevola. Había mirado incluso en su cubil. No había pasado la noche en su jergón, de eso estaba segura, y no se le veía por ningún lado, ni siquiera en los campos más distantes dominados desde lo alto de la granja. Era inconcebible que se hubiera ido a la Madrague, que no le gustaba, o a la aldea, que le aterrorizaba. Peyrol comentó que fuera lo que fuese lo que le hubiera pasado, su desaparición no significaba una gran pérdida, pero eso no sirvió de sosiego para Catherine.

—Me estremezco de pensarlo —dijo ella—. Puede estar escondido en cualquier sitio, dispuesto a atacar a traición. Usted sabe lo que quiero decir, Peyrol.

—Bueno, el teniente no tiene que temer, puesto que está a punto de irse. En cuanto a mí, Scevola y yo somos buenos amigos. He tenido una larga conversación con él hace bien poco. Ustedes dos pueden manejarle perfectamente, y, además, ¿quién sabe? A lo mejor se ha ido para siempre.

Catherine le miró fijamente, si es que la palabra fijamente puede aplicarse a una mirada profundamente contemplativa.

—El teniente no tiene nada que temer de él —repitió cautelosamente.

—Claro, está a punto de irse. ¿No lo sabía? —La anciana siguió mirándole profundamente—. Sí. Ha de llevar a cabo una misión.

Catherine permaneció durante un minuto o cosa así en su contemplativa actitud.

Después terminó con su titubeo. No podía resistir el deseo de informar a Peyrol de los acontecimientos que habían tenido lugar durante la noche. Y según hablaba, a Peyrol se le olvidó el tazón medio lleno de café y su trozo de pan medio mordisqueado. La voz de Catherine fluía sin aspavientos, mientras ella se mantenía imponente y solemne como una sacerdotisa campesina. El relato de lo que para ella había sido una experiencia estremecedora no la llevó mucho tiempo, y lo concluyó con las palabras:

—El teniente es un hombre honrado. —Y lo recalcó tras una pausa—: No hay nada que lo contradiga. Se ha comportado como un hombre honrado.

Peyrol continuó mirando su tazón durante un momento más largo, hasta que, sin previo aviso, se levantó con tal violencia que hizo caer la silla a sus espaldas, sobre las losas.

—¿Dónde está ese hombre honrado? —gritó súbitamente en un tono estentóreo que no sólo hizo que Catherine alzara las manos, sino que incluso le hizo sentir miedo, por lo que bajó la voz al punto, modulando sus palabras de una forma meramente enérgica—. ¿Dónde está ese hombre? Déjeme verlo.

Hasta la hierática compostura de Catherine se alteró.

—¿Por qué? —dijo ella, mirándole realmente desconcertada—. Vendrá aquí directamente. Este tazón de café es para él. —Peyrol hizo como si fuera a abandonar la cocina, pero Catherine le detuvo—. Por el amor de Dios, monsieur Peyrol —le dijo, en un tono mitad súplica y mitad mandato—, no despierte a la muchacha. Déjela dormir. ¡Oh, por favor, déjela dormir! No la despierte. Sólo Dios sabe cuánto tiempo lleva sin dormir bien. No podría decírselo. No me atrevo ni a pensarlo.

Y se sobresaltó al oír decir a Peyrol:

—Todo esto es absurdo.

Pero Peyrol se sentó de nuevo, vio su tazón de café como si acabaran de ponerlo allí, y vació de un trago lo que quedaba en él.

—No quiero que se vuelva aún más loca entre mis manos —dijo Catherine en una especie de exasperación, pero esforzándose por mantener un tono bajo. En su forma egoísta, la frase expresaba una real y profunda compasión hacia su sobrina. Temía el momento en que aquella fatal Arlette despertara y se restablecieran, con ello, todas las espantosas complicaciones de la vida suspendidas por el sueño.

Peyrol se removió en su asiento.

—¿Así que le dijo que se iba? ¿Llegó a decírselo, efectivamente? —preguntó.

—Prometió irse antes de que la muchacha despierte... En seguida.

—Pero, sacré nom d’un chien, nunca hay viento antes de las once en punto — exclamó Peyrol en un tono de profundo fastidio, aunque tratando de moderar la voz, mientras que Catherine, indulgente con sus cambios de humor, se limitó a fruncir los labios y a asentir suavemente con la cabeza—. Es imposible trabajar con gente así — masculló Peyrol.

—¿Sabe usted, monsieur Peyrol, que Arlette fue a ver al cura? —La voz de Catherine se elevó súbitamente sobre el extremo de la mesa en el que se encontraba.

Ambas mujeres habían estado hablando antes de que Arlette resultara convencida de que debía irse a la cama. Peyrol dio un respingo.

—¿Qué? ¿Un cura?... Atienda, Catherine —dijo él, con reprimida ferocidad—, ¿se imagina usted que me interesa algo semejante particular?

—No puedo pensar sino en esa sobrina mía. Ella y yo no tenemos otra cosa en el mundo que a nosotras mismas —dijo ella, con las mismas palabras que Arlette utilizara ante Réal. Parecía estar pensando en voz alta, pero se percató de que Peyrol la escuchaba con atención—. Él pretendía aislarla de todos —y la anciana enlazó sus flacas manos en un gesto repentino—. Supongo que todavía quedan conventos en el mundo.

—Usted y la patrona están absolutamente locas —manifestó Peyrol—. Todo lo que se demuestra con esto es cuán burro es el cura. No sé mucho de estas cosas, aunque en mi época vi alguna que otra monja, incluso muy estrafalaria, pero me parece que en los conventos no permiten la entrada de locos. Así que no tema. Se lo digo yo.

Y dejó de hablar porque la puerta de la cocina se abrió, dando paso al teniente Real. La espada colgaba por el cinturón de su antebrazo, y llevaba puesto el sombrero. Dejó su pequeña valija en el suelo y se sentó en la silla más cercana para ponerse los zapatos que llevaba en la otra mano. Después se acercó a la mesa. Peyrol, que no le quitaba ojo de encima, pensó: «He aquí a uno que parece una polilla chamuscada por el fuego». Réal tenía los ojos hundidos, las mejillas chupadas y todo su rostro manifestaba un aspecto árido y seco.

—Bien... Está usted en un buen estado para engañar al enemigo —observó Peyrol—. En cuanto lo vean, nadie le creerá una palabra. Espero que no se ponga usted enfermo. Tiene usted una misión que cumplir. No tiene usted derecho a estar enfermo. Así que, mademoiselle Catherine, saque usted la botella... Ya sabe, la mía particular. —Arrebató la botella de las manos de Catherine, vertió algo de brandy en el café del teniente, empujó el tazón hacia él y esperó—. ¡Nom de nom! —dijo violentamente—. ¿No sabe para qué es eso? Es para que se lo beba. —Real obedeció con una extraña docilidad automática—. Y ahora —dijo Peyrol levantándose— me voy a mi habitación a afeitarme. Éste es un gran día... El día en que veremos partir al teniente.

Réal no había pronunciado palabra hasta entonces, pero levantó la cabeza en cuanto la puerta se cerró tras Peyrol.

—¡Catherine! —Su voz sonó como un gorgoteo. Ella le miró con firmeza, y él prosiguió—. Escuche... Cuando ella se dé cuenta de que me he ido, dígale que volveré pronto. Mañana. Siempre mañana.

—Sí, mi buen monsieur —dijo Catherine con voz indiferente, pero retorciéndose convulsivamente las manos—. No me atreveré a decirle nada más.

—Ella le creerá —susurró, agitado, Real.

—¡Sí!, me creerá —repitió Catherine, en un tono lastimero.

Réal se levantó, metiéndose el talabarte por la cabeza, y cogiendo luego la valija.

Un ligero rubor coloreaba sus mejillas.

—Adieu —dijo a la silenciosa anciana.

Ella no respondió, pero cuando él se alejó, levantó un poco la mano, vacilante, y la dejó caer de nuevo. Tenía la idea de que las mujeres de Escampobar habían sido elegidas por la cólera divina. Su sobrina era para ella como el chivo expiatorio cargado con todos los asesinatos y blasfemias de la Revolución. Hasta ella misma había sido arrojada de la gracia de Dios. Pero hacía ya mucho tiempo de eso, y ya había hecho las paces con el Cielo. Levantó de nuevo la mano, y esta vez hizo la señal de la cruz en la dirección que había tomado el teniente Réal.

Mientras tanto, arriba, en su habitación y junto a la ventana, Peyrol afeitaba sus grandes mejillas lisas con una navaja inglesa, viendo caminar al teniente Réal hacia la costa. Allá arriba, dominando un amplio panorama de tierra y mar, se encogió de hombros con impaciencia y sin razón visible que le provocara a ello. Uno no se podía fiar de la gente con charreteras, capaz de llenarle a uno la cabeza con historias por su propio bien o por el bien del servicio. Pero él era un pájaro demasiado viejo como para que vinieran a cazarlo con liga, y, además, aquel envarado y zanquilargo sujeto que caminaba con todo el aire de un oficial, era un hombre bastante honrado. En cualquier caso, conocía a un marino en cuanto lo veía, aunque tuviera la sangre tan fría como un pez. La sonrisa de Peyrol se hizo un poco atravesada.

Limpiando la navaja (perteneciente a un juego de doce que descansaban en un estuche) tuvo la visión de un océano caliginoso y brillante y de un navío inglés de fletes indios con todas las vergas bien tirantes y las velas caídas sobre unas cubiertas ensangrentadas asoladas por los corsarios, con la isla de Ceilán hinchada como una delgada nube azul en el lejano horizonte. Siempre había deseado tener un juego de navajas inglesas, y allí se lo había encontrado, a su disposición, por así decirlo, tirado en el suelo de un camarote que ya había sido saqueado. «¡Qué acero, pero qué buen acero era!», pensó, con los ojos prendidos en la navaja. Y allí estaba, casi gastada por el uso. Y las otras navajas del juego, también. ¡Vaya acero! Y allí estaba él, con el estuche en la mano, como si lo acabara de recoger del suelo. El mismo estuche. El mismo hombre. Y el acero gastado.

Cerró bruscamente el estuche y lo tiró al baúl, que permanecía abierto, bajando la tapa de golpe. Sentía en el pecho la sensación, conocida por hombres más cultos que él mismo, de que la vida era un sueño menos concreto que aquella visión de Ceilán como si fuera una nube sobre el mar. Sueños a popa. Sueños a proa. Esa desencantada filosofía tomó la forma de un feroz juramento: —Sacré nom de nom de nom...

«¡Tonnerre de bon Dieu!».

Sus manos apretaron con furia la corbata al anudársela, como si fuera a ahorcarse con ella. Se encasquetó una gorra sobre los rizos venerables y cogió su porra, pero antes de abandonar la habitación se acercó a la ventana que daba al este. La colina le impedía ver el Petite Passe, pero una gran parte de la dársena de Hyères se extendía ante sus ojos, grisácea a la luz de la mañana, y con los alrededores de cabo Blanc temblando confusamente en la distancia, con todos sus detalles aún borrosos y sólo destacándose un objeto, que por su forma podría haber sido un faro, aun cuando Peyrol sabía muy bien que no era sino la corbeta inglesa navegando a toda vela.

Aquel signo complació a Peyrol, más que nada porque lo esperaba. El navío inglés había hecho exactamente lo que él suponía que iba a hacer, y Peyrol miró hacia el barco con una sonrisa de triunfo malicioso, cual si estuviera rivalizando con su capitán. Por una u otra razón, se imaginaba al capitán Vincent como un hombre de rostro alargado, dientes amarillentos y peluca, mientras que el oficial aquel lucía su propio pelo y tenía una dentadura que hubiera honrado a cualquier belleza londinense, y que era, en realidad, el motivo oculto de que el capitán Vincent sonriera tan a menudo.

El barco que a aquella gran distancia navegaba en su dirección mantuvo a Peyrol pegado a la ventana el tiempo suficiente como para que la creciente luz de la mañana alcanzara su esplendor, llenando y coloreando el liso contorno de la tierra con los matices de la madera, la roca y el campo, y con los nítidos puntos de las casas que animaban la vista. El sol creaba una especie de halo alrededor del barco. Volviendo en sí, Peyrol abandonó la habitación y cerró cuidadosamente la puerta. Luego bajó las escaleras desde su buhardilla también muy cuidadosamente. En el descansillo afrontó una breve lucha interior, al final de la cual se aproximó a la puerta de la habitación de Catherine, la abrió un poco y metió la cabeza. Al otro lado de la habitación vio a Arlette que dormía profundamente. Su tía la había tapado con una colcha ligera. Sus zapatos bajos descansaban al pie de la cama. Su cabello negro se extendía por la almohada, y Peyrol se quedó prendado de las largas pestañas sobre las pálidas mejillas. De repente, creyó que se movía, y retiró rápidamente la cabeza, empujando la puerta. Escuchó durante un momento, como tentado a abrirla de nuevo, y juzgándolo demasiado arriesgado, siguió bajando las escaleras. Al reaparecer en la cocina, Catherine se volvió con presteza. Iba vestida de diario, con una amplia cofia blanca en la cabeza, un corpiño negro y una falda marrón de vuelo. En los pies, sobre los zapatos, tenía puestos unos zuecos charolados.

—No hay señales de Scevola —dijo ella, avanzando hacia Peyrol—. Y tampoco ha aparecido Michel.

Peyrol pensó que de ser más pequeña, con aquellos ojos negros y su nariz ligeramente curva, parecería una bruja. Pero las brujas pueden leer los pensamientos de los demás, y él miró francamente a Catherine, con la placentera convicción de que no podía leer los suyos. Dijo:

—Me he cuidado de no hacer ruido, mademoiselle Catherine. La casa quedará bastante vacía y tranquila cuando me vaya.

Ella tenía una curiosa expresión. Peyrol pensó súbitamente que era como si se encontrara perdida en aquella cocina en la que reinara durante tantos años.

—Se quedará usted sola toda la mañana, continuó.

Ella parecía estar escuchando algún sonido distante, y cuando Peyrol añadió: «Ya todo está bien», asintió con la cabeza y, tras un momento, habló de una forma que en ella resultaba inesperadamente impulsiva.

—Señor Peyrol, estoy cansada de la vida.

Él se encogió de hombros y con una jovialidad algo siniestra, comentó:

—Le voy a decir lo que le pasa: debía haberse casado.

Ella le dio la espalda bruscamente.

—No se ofenda —se excusó Peyrol, en un tono más bien melancólico que exculpatorio—. No hay por qué dar importancia a las cosas. ¿Qué es la vida? Psche.

Nadie recuerda una décima parte de ella. Aquí estoy yo, y ¿sabe usted? Apuesto a que si uno de mis camaradas de los viejos tiempos viniera y me viera tal cual estoy, aquí, con usted (me refiero a uno de esos camaradas que le ayudan a uno en cualquier escaramuza, y que le cuidan si resulta herido), pues bien, apuesto —repitió—, a que no me reconocería. Pensaría algo así como: ¡Hombre! He aquí un matrimonio acomodado.

Hizo una pausa. Catherine, dándole la espalda y llamándole, no monsieur, sino Peyrol, tout court, subrayó no precisamente su desagrado, sino más bien, y con un acento ominoso, que no era aquél el momento indicado para banalidades como aquélla. Peyrol siguió hablando, sin embargo, aunque su tono se mantuvo muy lejos del adecuado a una banalidad.

—Pero fíjese, mademoiselle Catherine, en que usted no era como las demás.

Usted se permitía quedarse atónita ante las cosas que pasan, y era muy dura, al mismo tiempo, consigo misma.

Con su largo y flaco esqueleto doblado para trabajar en los fuelles de la chimenea, Catherine asintió:

—¡Quizás! Las mujeres de Escampobar siempre fuimos duras con nosotras mismas.

—Eso es lo que digo. Si a usted le hubieran pasado las cosas que me han pasado a mí...

—Pero ustedes, los hombres, son diferentes. No importa lo que hagan. Ustedes tienen su propia fortaleza. No necesitan ser duros consigo mismos. Ustedes pasan de una cosa a otra de la manera más atolondrada.

Él siguió mirándola escrutadoramente, con algo parecido a una sonrisa en los labios rasurados, pero ella se volvió hacia el fregadero, en el que una de las mujeres que trabajaban en la granja había depositado un montón de hortalizas que comenzó a pelar con un cuchillo mellado, sin que ni siquiera aquel acto tan doméstico le hiciera perder su aire sibilino.

—Este mediodía habrá una buena sopa, por lo que veo —dijo súbitamente el pirata.

Después giró sobre sus talones y se fue, atravesando la salle. El mundo entero se extendía ante él, o, por lo menos, todo el Mediterráneo, que se veía al pie del barranco entre las colinas. El esquilón de la vaca lechera de la granja, dotada del talento para mantenerse invisible, sonó a su derecha, y aunque se esforzó en dar con ella, ni siquiera pudo ver la punta de sus cuernos. Se puso a caminar con paso vigoroso. No había descendido veinte yardas de barranco cuando otro sonido le dejó petrificado. Era un ruido apagado, muy parecido al retumbar sordo de una carreta vacía rodando por un camino pedregoso. Peyrol miró al cielo, sin embargo, y aunque estaba totalmente despejado, no pareció que fuera de su agrado. Tenía una colina a cada lado y la plácida caleta a sus pies. «Truenos al amanecer», murmuró. «Y suenan hacia el oeste. ¡Era lo que nos faltaba!». Temía que aquello acabara con la leve brisa, primero, y con el buen tiempo, después. Durante un momento pareció que todas sus facultades se paralizaban por aquel ruido apagado. En aquel mar regido por los dioses del Olimpo podría haber pasado por un marino pagano sujeto a los caprichos de Júpiter, pero, con el desafío de un pagano, agitó vagamente su puño contra el cielo, que le respondió con un breve y amenazador gruñido. Después continuó su camino hasta que alcanzó a ver las dos espigas de la tartana, y se detuvo a escuchar, pero no oyó ruido alguno, así que siguió caminando mientras pensaba: «De una cosa a otra atolondradamente. ¡Desde luego! ¡Eso es todo lo que sabe la anciana Catherine!».

Tenía que pensar en tantas cosas, que no sabía por cuál empezar, así que permitió que todas se mezclaran en su cabeza. Sus sentimientos también eran confusos y se daba cuenta vagamente de que su conducta se encontraba a merced de un conflicto interior.

Quizás la conciencia de ese hecho explicaba su sardónica actitud hacia sí mismo y hacia aquellos que se encontraban en la tartana, y especialmente hacia el teniente, al que veía sentado en la cubierta, apoyado en el gobernalle, y alejado, como era característico en él, de las otras dos personas a bordo. Michel estaba, como también era característico en él, sobre el pequeño escotillón, a la espera obviamente de ver aparecer a su maître. El ciudadano Scevola, sentado en la cubierta, parecía, a primera vista, estar en libertad, pero de hecho no lo estaba: se encontraba atado a un candelero por tres vueltas de la escota mayor, con un nudo en tal posición que le resultaba imposible acercarse a él sin ser visto. Aquella situación también parecía ser algo característico del ciudadano Scevola, con su aire medio de libertad, medio de sospecha, impregnado siempre, por así decir, de una despectiva circunspección. El sans-culotte, cuyas últimas experiencias casi le habían desquiciado la razón, por su completa impenetrabilidad, primero, y por la enigmática actitud de Peyrol, después, había dejado caer la cabeza, cruzando los brazos sobre el pecho. Y esa actitud resultaba también incierta. Podía ser de resignación o podía responder a un profundo sueño. El pirata se dirigió en primer lugar al teniente.

—Le moment approche —le dijo, con una extraña crispación en las comisuras de la boca, mientras que, bajo la suave gorra de lana, sus cabellos venerables se agitaban a impulsos de un soplo de aire súbitamente caliente—. El gran momento, ¿no?

Se reclinó sobre la caña y pareció flotar sobre el hombro del teniente.

—¿Qué infernal compañía es ésta? —murmuró el oficial, sin ni siquiera mirar a Peyrol.

—Todos viejos amigos. ¿Quoi? —dijo Peyrol con un tono trivial—. Este asunto lo llevaremos entre nosotros. Cuantos menos son los hombres, más grande es la gloria. Catherine está preparando las verduras para la sopa del mediodía, y el navío inglés se aproxima al Passe, al que llegará también al mediodía. Su tarea, teniente, dará comienzo entonces. Puede estar seguro de que cuando llegue el momento le enviaré. Porque, ¿qué más le da a usted? No tiene amigos, ni siquiera una petite amie.

En cuanto a esperar que un viejo pirata como yo... La libertad es dulce, desde luego, pero ¿qué sabe usted de ella, usted, un militar de entorchados? Además, no soy hombre de charlas de cubierta y todas esas cortesías.

—Desearía, Peyrol, que no hablara usted tanto —dijo el teniente Réal, girando levemente la cabeza. Se sentía impresionado por la extraña expresión del viejo pirata —. Y no veo qué es lo que importa todo eso ahora. Yo voy en busca de la flota. Todo lo que usted tiene que hacer es izar velas por mí y gatear después a la costa.

—Muy sencillo —observó Peyrol entre dientes. Y a continuación se puso a cantar.

Quoique leurs chapeaux sont bien laids God-dam! Moi, J’aime les Anglais Ils ont un si bon caractère!

Luego se interrumpió de repente para saludar a Scevola.

—¡Eh! Citoyen! No está dormido, ¿sabe? —le comentó confidencialmente a Réa —. Pero no es que sea como los ingleses. Él tiene un sacré mauvais caractère. Se le ha metido en la cabeza —añadió, en un tono alto e inocente— que usted le encerró anoche en el camarote. ¿No ha notado la venenosa mirada que le acaba de dirigir?

Aquel bullicio suyo sorprendió al teniente Réal y al inocente Michel. Peyrol, sin embargo, no dejaba de pensar: «Ojalá supiera cómo va esa tormenta y el rumbo que ha de tomar. Y eso no lo puedo saber a menos que suba hasta la granja y eche un vistazo a poniente. Puede estar tan lejos como por el valle del Ródano. Por ahí anda, sin duda, y saldrá de ahí también, ¡maldita sea! No hay forma de contar con una ráfaga de viento que no cambie en media hora». Con una mirada de irónica jovialidad devolvió las de quienes le observaban. Michel la recibió con la expresión de un perro fiel y la boca ingenuamente abierta. Scevola mantuvo la mandíbula enterrada en el pecho. El teniente Réal era insensible a las impresiones del exterior, y su mirada ausente nada tenía que ver con Peyrol. Hasta el mismo pirata quedó sumido en sus pensamientos. El último soplo de aire murió sobre la pequeña rada, y el sol, pasando sobre Porquerolles, la inundó de una repentina luz ante la que Michel guiñó como un búho.

—Ha empezado a hacer calor temprano —anunció en voz alta, aunque sólo por el hábito que había desarrollado de hablar consigo mismo.

Jamás hubiera dado su opinión, a no ser que Peyrol se la hubiera pedido.

Su voz hizo que Peyrol volviera en sí y propusiera arbolar las vergas, y que incluso le dijera al teniente Réal que ayudara en aquella maniobra, que fue llevada a cabo en un silencio sólo turbado por el suave chirrido de los cuadernales. Con todo, las velas ciñeron el viento en el aparejo de proa.

—De esta manera —dijo Peyrol— sólo hay que dejar correr las jarcias para encontrarse de inmediato con todo el trapo izado.

Sin contestarle, Réal volvió a colocarse junto al gobernalle, diciendo para sí mismo: «Me voy cobardemente. No. Está el honor, el deber. Y volveré, naturalmente.

Pero ¿cuándo? Se olvidarán de mí y jamás seré canjeado. Esta guerra puede durar años». Y, de una manera ilógica, deseó tener un Dios al que rezar en pos de consuelo para su angustia. «La desesperación caerá sobre ella», pensó, estremeciéndose interiormente ante la imagen mental de una Arlette enloquecida. La vida, no obstante, había amargado prematuramente su espíritu, de manera que se dijo: «Pero ¿pensará siquiera en mí al cabo de un mes?». E instantáneamente se sintió poseído de un remordimiento tan poderoso como para ponerse en pie, cual si se viera moralmente obligado a regresar y confesar ante Arlette el sacrílego cinismo de su pensamiento.

«Estoy loco», murmuró, encaramándose sobre la borda más baja. Su falta de fe lo hundió en tal abismo de infortunio que toda su fuerza de voluntad lo abandonó.

Siguió sentado allí, apático y doliente. «Se sabe de jóvenes que han muerto súbitamente —meditó de forma confusa—. ¿Por qué no yo? De hecho, me encuentro al límite de mi resistencia. Estoy ya medio muerto. Sí, pero lo que me queda de vida ya no me pertenece».

—Peyrol —dijo, en un tono de voz tan penetrante que hasta Scevola levantó de un brinco la cabeza. Hizo un esfuerzo para controlar su estridencia, y siguió hablando muy cuidadosamente—, he dejado una carta al secretario general de la Majorité para pagar dos mil quinientos francos a Jean (usted se llama Jean, ¿no es así?). Peyrol como precio de la tartana en la que me hago a la mar. ¿Es adecuado el precio?

—¿Por qué ha hecho usted eso? —preguntó Peyrol, con el rostro marmóreo—.

¿Para crearme problemas?

—No sea necio, ciudadano. Nadie recuerda su nombre. Está enterrado bajo una pila de papel ennegrecido. Lo que le pido es que vaya allí y diga que ha visto con sus propios ojos al teniente Réal hacerse a la mar para cumplir su misión.

La petrificación de Peyrol no se alteró, pero sus ojos brillaron de furia.

—¡Oh, sí! Ya me veo yendo allí. ¡Dos mil quinientos francos! ¡Dos mil quinientas bobadas! —Su tono de voz cambió súbitamente—: Oí a alguien decir que era usted un hombre honrado, y supongo que esto es una prueba de ello. Bien, ¡al diablo con su honradez!

Miró echando chispas al teniente, y pensó: «Ni siquiera finge escuchar lo que digo», y otra suerte de ira, parcialmente despectiva y con algo de oscura simpatía, reemplazó a su furia categórica. «¡Bah!», dijo. Luego escupió de soslayo y se acercó a Réal con gran parsimonia, palmeándole el hombro. El único efecto de aquel proceder fue que Réal le mirara sin manifestar expresión alguna.

Peyrol cogió entonces la valija del teniente y la bajó a la cámara de popa. Al pasar junto al ciudadano Scevola, éste pronunció la palabra «Citoyen», a la que Peyrol sólo condescendió a responder con un «¿Y bien?» cuando estuvo de vuelta.

—¿Qué va a hacer conmigo? —preguntó Scevola.

—Usted no va a explicarme cómo llegó a bordo de la tartana —dijo Peyrol en un tono que sonó casi amistoso—, de manera que no necesito decirle lo que voy a hacer con usted.

El débil musitar de un trueno se oyó tan de inmediato que fue como si procediera de los labios de Peyrol. El pirata echó al cielo una inquieta mirada. Desde el fondo de aquella pequeña caleta rodeada de rocas sólo podía ver el cielo que tenía sobre la cabeza, y ese fragmento se mantenía sereno, pero en el momento en que miró se produjo una especie de titilación en el resplandor del sol, seguida de un trueno poderoso, aunque distante. Durante la siguiente media hora Peyrol y Michel se afanaron en tierra tendiendo un largo cabo entre la tartana y la entrada de la pequeña caleta, donde lo amarraron a un arbusto, con el propósito de sacar la tartana a la ensenada. Después subieron de nuevo a bordo. El fragmento de cielo sobre sus cabezas aún estaba sereno, pero al caminar con aquel cabo por las inmediaciones de la ensenada, Peyrol acertó a ver el borde de una nube. El sol se hizo abrasador de repente, y el aire estancado pareció sufrir un misterioso cambio que afectó a la calidad y al color de la luz. Peyrol echó su gorra sobre la cubierta, descubriéndose la cabeza ante la sutil amenaza de la extrema quietud del aire.

—¡Fiu! Ça chauffe —murmuró, arremangándose. Luego se enjugó la frente con un poderoso antebrazo en el que había tatuada una sirena con una cola de pez inmensamente larga. Viendo que el talabarte del teniente estaba sobre la cubierta, lo cogió y, sin ningún tipo de ceremonias, lo tiró por la escalera del camarote. Al pasar de nuevo junto a Scevola, el sans-culotte levantó la voz.

—Me da la impresión de que es usted uno de esos canallas corrompidos por el oro del inglés —gritó, como si sufriera el impulso de una inspiración.

El fulgor de sus ojos y el rojo de sus mejillas atestiguaron el fuego del patriotismo que ardía en su pecho al utilizar aquella frase convencional de una época revolucionaria, una época en la que, intoxicado por la oratoria, se lanzó a sembrar la muerte entre los traidores de cualquier sexo y edad. Pero su denuncia fue recibida con tan profundo silencio que hasta su propia certidumbre vaciló. Sus palabras se hundieron en un silencio abismal, y lo siguiente en oírse fue la voz de Peyrol dirigiéndose a Réal.

—No ha de pasar mucho tiempo sin que se encuentre usted hecho una sopa, teniente —y luego, mirando a Réal, añadió para sus adentros—: ¡Una sopa! Estoy seguro de que no le importaría ahogarse.

De pie, inmóvil, preocupado y lleno de cólera, se preguntaba dónde se encontraría el barco inglés en ese momento, y dónde diablos habría ido a parar la tormenta, pues el cielo se había vuelto tan mudo como la agobiada tierra. Réal le preguntó:

—¿Es la hora de partir, artillero?

Y Peyrol dijo:

—No hay un soplo de viento en millas a la redonda.

Y, para su satisfacción, un fuerte murmullo retumbó al parecer sobre las colinas del interior. Una pequeña nube deshilachada y desprendida del manto púrpura de la tormenta se cernió sobre la caleta como la sombra tenue de un oscuro cendal.

Catherine también oyó, arriba en la granja, el murmullo ominoso, así que salió a la puerta de la salle. Desde allí pudo verla gran nube púrpura, redonda y compacta, proyectando su sombra siniestra sobre las colinas. La cercanía de la tormenta se añadió al desasosiego que le causaba encontrarse completamente sola en la casa, Michel no había llegado, y aunque casi nunca le dirigía la palabra, su presencia hubiera significado un cierto alivio, como la de una persona vinculada al orden habitual de las cosas. Catherine no era habladora, pero le hubiera gustado tener a alguien con quien hablar sólo un momento. La desaparición de sonidos, voces o pasos, alrededor de los edificios no resultaba de su agrado, pero al mirar a la nube pensó que aquel silencio no duraría demasiado. Al regresar a la cocina, sin embargo, un sonido penetrante y terrorífico le hizo añorar el opresivo silencio: era un chillido en la parte alta de la casa, en la que, por lo que ella sabía, sólo se encontraba Arlette, durmiendo. En su intento por cruzar la cocina y alcanzar la escalera, el peso de los años acumulados se desplomó sobre la anciana. Súbitamente se sintió muy endeble y casi sin fuerzas para respirar. Y en ese instante, el pensar «¿Es que acaso Scevola la está asesinando?» paralizó el último vestigio de su capacidad física. ¿Qué otra cosa podía ser? Se dejó caer como muerta en una silla bajo la primera impresión y se encontró incapaz de moverse. Sólo su cerebro permaneció activo, y sus manos, que se elevaron hasta los ojos como si quisiera disipar con ellas la imagen del horror que tenía lugar en el piso de arriba. No oyó nada más. Arlette estaba muerta. Y pensó que ahora le había llegado el turno. Su cuerpo se encogió ante aquella violencia brutal, y su abrumado espíritu deseó ardientemente que llegara el final. ¡Que apareciera Scevola! ¡Que se acabara todo con un golpe en la cabeza o una puñalada en el pecho!

Le faltaba el coraje para destaparse los ojos. Esperó, pero al cabo de un minuto que pareció interminable oyó arriba unos pasos rápidos. Arlette corría de acá para allá.

Catherine se retiró las manos de los ojos, y estaba a punto de levantarse cuando oyó gritar en lo alto de la escalera el nombre de Peyrol con un acento desesperado. Tras una brevísima pausa volvió a oírse gritar: «¡Peyrol! ¡Peyrol!», y después se oyó el rumor de unos pies descendiendo las escaleras. Aún sonó otro grito: «¡Peyrol!», al otro lado de la puerta antes de que se abriera. ¿Quién la perseguía? Catherine consiguió levantarse. Sosteniéndose con una mano en la mesa, se plantó impertérrita ante su sobrina, quien se precipitó en la cocina con el cabello alborotado y el fulgor de un salvaje frenesí en los ojos.

La puerta de la escalera se cerró de golpe tras ella. Nadie la perseguía, y alargando su delgado brazo moreno, Catherine detuvo el ímpetu de Arlette con tal determinación que ambas chocaron una contra otra. Después cogió a su sobrina por los hombros.

—¡Por Dios! ¿Qué es lo que pasa? ¿Adónde vas? —gritó.

Y su sobrina, como si se hubiera quedado súbitamente exhausta, murmuró:

—He despertado de un horrible sueño.

Bajo la nube que se cernía sobre la casa, las sombras se apoderaron de la cocina.

Un rayo titiló a lo lejos, acompañado de un tenue fragor en la lejanía.

La anciana sacudió levemente a su sobrina.

—Poco importan los sueños —dijo—. Ahora estás despierta...

Y, de hecho, Catherine pensaba que ningún sueño podía ser tan malo como las realidades que le agobian a uno durante las largas horas de vigilia.

—Le estaban matando —sollozó Arlette, comenzando a temblar y a agitarse en los brazos de su tía—. Le digo que lo estaban matando.

—Tranquilízate. ¿Soñabas con Peyrol?

Arlette se serenó al poco y, después, susurró.

—No. Con Eugène.

Había visto a Réal bajo una lívida luz fría, atacado por una turba de hombres y mujeres chorreando sangre, frente a una hilera de simples cáscaras de casas con los muros resquebrajados y las ventanas rotas, y en medio de un bosque de brazos que agitaban sables, garrotes, cuchillos y hachas. También había visto a un hombre que blandía un palo con un pingajo rojo en la punta, y a otro que aporreaba un tambor, haciéndolo retumbar sobre el crispante sonido de los cristales hechos añicos que caían como lluvia sobre el pavimento. Y al torcer la esquina de una calle desierta, aparecía Peyrol, al que reconocía por sus cabellos blancos, caminando sin prisa, moviendo su porra rítmicamente. Y lo terrible era que Peyrol la miraba francamente, sin notar nada, sin perder la compostura, sin sonreír ni fruncir el entrecejo, ciego y sordo a los brazos que Arlette agitaba y a los gritos desesperados con que le pedía socorro. Se despertó con el punzante sonido de su nombre en los oídos y bajo la impresión del sueño tan poderosa que incluso ahora, con la loca mirada fija en el rostro de su tía, era capaz de ver los brazos desnudos de aquella horda asesina agitándose sobre la abatida cabeza de Réal. Al despertar, sin embargo, el nombre que había saltado a sus labios era el de Peyrol. Arlette empujó a su tía con tal fuerza, que la anciana se tambaleó, y para salvarse hubo de agarrarse a la repisa de la chimenea.

Arlette corrió hasta la puerta de la salle, miró dentro, volvió sobre sus pasos y gritó:

—¿Dónde está?

Catherine ignoraba de veras el camino tomado por el teniente, aunque comprendió muy bien que la pregunta se refería a Réal.

—Hace tiempo que se fue —dijo, cogiendo a su sobrina por el brazo. Y esforzándose por atemperar el tono de su voz, añadió—: Volverá, Arlette. Nada le ha de retener lejos de ti.

Arlette, que susurraba mecánicamente el nombre mágico de Peyrol, gritó entonces...

—¡Quiero ver a Eugène! ¡Ahora mismo!

El rostro de Catherine se convirtió en una máscara de decidida paciencia.

—Marchó a cumplir con su deber —dijo.

Su sobrina la miró con sus ojos enormes, negros como el carbón, profundos e impasibles, y con un tono de voz enloquecido y poderoso, dijo:

—Usted y Peyrol han intentado hacerme perder la razón. Pero sé lo que he de hacer para que ese viejo me lo devuelva. Es mío.

Giró sobre sí misma con el salvaje anhelo de quien busca una vía de escape para un peligro mortal, y echó a correr ciegamente.

La atmósfera en torno a Escampobar era sombría, pero serena, y el silencio era tan profundo que podía oírse el ruido de las primeras gotas de lluvia al golpear en el suelo. Bajo la sombra sobrecogedora de la nube borrascosa, Arlette se detuvo indecisa un momento, aunque sus pensamientos retornaron a Peyrol, aquel hombre pleno de misterio y de poder. Y ella estaba dispuesta a echarse a sus rodillas para hacerle objeto de sus ruegos y sus quejas.

—¡Peyrol! ¡Peyrol! —gritó por dos veces, quedándose luego atenta, como si esperara una respuesta. Después gritó—: ¡Quiero que vuelva!

Catherine, sola en la cocina, se movió y se sentó dignamente en el sillón de alto respaldo, como un senador que en su asiento curul aguardara el golpe de un bárbaro destino.

Arlette echó a correr por la ladera. La primera señal de su llegada fue un grito desmayado que sólo oyó e interpretó el pirata, apretando los labios de una peculiar manera al sopesar aquel obstáculo que se le echaba encima. Y al poco rato la vio, encaramada sobre un pedrejón aislado, tenuemente velada por la primera racha perpendicular de lluvia. Arlette vio la tartana con los hombres a bordo, y dejó escapar un prolongado grito mezcla de desesperación y triunfo.

—¡Peyrol! ¡Ayúdeme! ¡Pey... rol!

Réal se puso en pie con la alarma pintada en su rostro, pero Peyrol le detuvo con un movimiento del brazo.

—Es a mí a quien llama —dijo, mirando a la figura encaramada a la roca—.

¡Buen salto! ¡Sacré nom! ¡Buen salto! —añadiendo luego, serenamente, para su coleto—: Se va a romper las piernas, si no el cuello.

—¡Le veo, Peyrol! —gritó Arlette, que parecía volar en el aire—. No se atreva.

—Sí, aquí estoy —gritó el pirata, golpeándose el pecho con el puño.

El teniente Réal se llevó ambas manos a la cara. Michel miraba con la boca abierta, como si contemplara un espectáculo circense. Pero Scevola bajó la mirada.

Arlette subió a bordo con tal ímpetu que Peyrol tuvo que dar un paso adelante y salvarla de una caída que hubiera podido acabar con ella. La mujer se agitó en sus brazos con extremada violencia. Con su cabello negro alborotado, la heredera de Escampobar parecía la encarnación de una pálida furia.

—¡No te atreverás, miserable! —El retumbar de un trueno silenció sus palabras, pero luego pudo oírsela de nuevo, en tonos suplicantes—: Peyrol, amigo mío, mi querido y viejo amigo, devuélvamelo —y durante todo ese tiempo su cuerpo se agitaba en los brazos del viejo lobo de mar—. Peyrol, usted me quería mucho —gritó la muchacha, sin dejar de agitarse, y súbitamente golpeó dos veces el rostro del pirata con el puño cerrado.

La cabeza de Peyrol recibió los golpes como si estuviera hecho de mármol, pero percibió, aterrado, que el cuerpo de Arlette se sosegaba y comenzaba a quedarse rígido entre sus brazos. Una poderosa turbonada envolvió al grupo a bordo de la tartana. Peyrol depositó a la muchacha suavemente sobre la cubierta. Los ojos de Arlette estaban cerrados y sus manos permanecían apretadas; de su rostro blanco había desaparecido todo rastro de vida. Peyrol se irguió y miró hacia las altas rocas por las que corría el agua. La lluvia caía sobre la tartana con un fiero bramido sibilante, al que se añadía el sonido del agua al precipitarse violentamente por los pliegues y grietas de la escarpada costa, que se perdía de vista gradualmente, como si aquello fuera el comienzo de un diluvio universal y definitivo, el fin de todas las cosas.

El teniente Réal contemplaba, con una rodilla en tierra, el pálido rostro de Arlette.

La voz de Peyrol se oyó nítida, aunque mezclada con un trueno apagado y distante:

—No podemos llevarla a la orilla y dejarla allí con esta lluvia. Hay que llevarla a la casa. —Las empapadas ropas de Arlette se ciñeron a sus miembros, mientras que el teniente, con la cabeza desnuda chorreando agua, parecía como si la acabara de salvar de morir ahogada. La mirada inescrutable de Peyrol envolvía a la mujer tendida sobre cubierta y al hombre de rodillas—. Se ha desmayado de ira contra su viejo Peyrol — dijo, soñadoramente—. Qué cosas tan raras pasan. Pero en cualquier caso, teniente, es mejor que la coja en brazos y la lleve primero a tierra. Yo le ayudaré. ¿Preparado?

¡Arriba!

El movimiento de los dos hombres hubo de ser muy cuidadoso, y avanzaron muy lentamente sobre la parte más baja y empinada de la ladera. Una vez cubiertos los dos tercios del camino, depositaron su inanimada carga sobre una piedra plana. Réal continuó sujetando los hombros de Arlette, pero Peyrol depositó suavemente los pies.

—¡Caramba! —dijo—. Usted ya puede cargarla el resto del camino y entregarla a la anciana Catherine. Haga pie firmemente en cualquier sitio y yo la levantaré hasta ponerla en sus brazos. El tramo que queda es ya muy fácil. Así es... Sosténgala un poco más alto o se golpeará los pies contra las piedras.

El cabello de Arlette colgaba muy por debajo de los brazos de Réal como una masa espesa e inerte. La tormenta se alejaba, dejando un cielo oscurecido a su paso.

Peyrol suspiró profundamente y pensó: «Estoy cansado».

—Pesa muy poco —dijo Réal.

—Parbleau que pesa poco. Si estuviera muerta pesaría demasiado para usted.

Allons, mon lieutenant. No, yo no voy. ¿Para qué? Me quedaré aquí. No tengo ganas de oír las quejas de Catherine.

El teniente, absorto en la contemplación del rostro que descansaba en el hueco de sus brazos, no desvió la mirada ni siquiera cuando Peyrol, inclinándose sobre Arlette, besó la blanca frente junto a la raíz del pelo, negro como el ala de cuervo.

—¿Qué voy a hacer? —musitó Réal.

—¿Hacer? Pues entregársela a la anciana Catherine. Y también puede decirle que yo regresaré en seguida. Eso la confortará. Todavía cuento algo en esa casa. Allez!

¡Que el tiempo apremia!

Con esas palabras giró sobre sus talones y descendió lentamente el camino hacia la tartana. Se había levantado una brisa y la sintió en su cuello húmedo, agradeciendo aquel frío contacto que le hizo acordarse de sí mismo, del viejo vagabundo que jamás conociera debilidad ni duda alguna al afrontar cualquier riesgo de la vida.

Subió a bordo cuando la lluvia cesaba. Michel, calado hasta los huesos, estaba en la misma posición, con la mirada fija en la caleta. El ciudadano Scevola había levantado las rodillas y se sujetaba la cabeza con las manos; ya fuese por la lluvia, por el frío o por cualquier otra cosa, sus dientes castañeteaban audiblemente con un continuo y angustioso matraqueo. Peyrol se quitó la chaqueta, pesada por el agua, con el extraño aire de quien jamás le volvería a prestar su envoltura mortal, cuadró los hombros y, con voz profunda y tranquila, ordenó a Michel que soltara las amarras que unían la tartana a la orilla. El fiel servidor resultó cogido por sorpresa y necesitó de un autoritario «¡Allez!» por parte de Peyrol para ponerse en movimiento. El pirata soltó mientras tanto los guardines y con un aire de dominio, dejó caer la mano sobre el recio madero que se proyectaba horizontalmente desde la cabeza del timón, a la altura de su cadera. Las voces y los movimientos de sus compañeros hicieron que el ciudadano Scevola controlara el desesperado temblor de su mandíbula. Se retorció un poco en sus ataduras y pronunció de nuevo la pregunta que había estado en sus labios durante unas cuantas horas.

—¿Qué van a hacer conmigo?

—¿Qué le parece un paseíto por el mar? —le preguntó Peyrol en un tono que no distaba de ser amable.

El ciudadano Scevola, que parecía estar total y completamente abatido y subyugado, dejó escapar un alarido totalmente inesperado.

—Desáteme. Déjeme bajar.

Michel, atareado a proa, sonrió como si poseyera un cultivado sentido de la incongruencia. Peyrol permaneció serio.

—En seguida lo desataremos —aseguró al patriota bebedor de sangre, quien había sido considerado durante tantos años poseedor, no sólo de Escampobar, sino de la heredera de Escampobar, que, viviendo bajo esa apariencia, había llegado a creérselo él mismo. Su alarido respondía, sin duda, al despertar de esa vana ilusión.

Peyrol alzó la voz—: Tira de la cuerda, Michel.

Libre de sus amarras, la tartana se había alejado de la costa, y llevada por el arrastre de Michel, se encaminó hacia la entrada por la que la caleta se comunicaba con la ensenada. Con Peyrol atento al gobernalle, el barco se deslizó por la angosta brecha y se precipitó casi al centro de la ensenada.

Corría un viento ligero que levantaba pequeños rizos en el agua, pero más allá el mar ensombrecido estaba ya moteado de blanco. Peyrol ayudó a Michel a desplegar las velas de popa y regresó después a la caña. La flamante embarcación que durante tanto tiempo había permanecido ociosa comenzó a deslizarse hacia el ancho mundo.

Michel contemplaba la orilla como si se encontrara arrobado. La cabeza del ciudadano Scevola caía sobre sus rodillas mientras sus manos impotentes abrazaban débilmente sus piernas. Era la viva imagen de la postración.

—¡Eh, Michel! Ven aquí y desata al ciudadano. Justo es que haga sin ataduras una pequeña excursión por el mar.

Una vez cumplida su orden, Peyrol se dirigió a aquella desolada figura sobre cubierta.

—Así, si una turbonada hace zozobrar la tartana, estará usted en iguales condiciones que nosotros para salvar su vida nadando.

Scevola no se molestó en contestar. Se encontraba ocupado en morderse una rodilla con una ira que se manifestaba furtiva.

—Usted vino a bordo con algún propósito asesino. A quién perseguía, a menos que fuese a mí, sólo Dios lo sabe. Me parece justo darle a usted un paseíto por el mar.

No le ocultaré, ciudadano, que puede no estar exento de riesgo para su vida. Pero sólo a usted ha de agradecer el encontrarse aquí.

La tartana sentía con más fuerza el viento según salía de la ensenada, y su movimiento cobraba cada vez mayor ligereza. Una sonrisa de vaga satisfacción iluminó el rostro hirsuto de Michel.

—Mira cómo siente el mar —dijo Peyrol, alegre por el raudo movimiento de su navío—. Esto no tiene nada que ver con la laguna, Michel.

—Desde luego —dijo Michel, con la adecuada seriedad.

—¿No te parece raro mirar a la costa y pensar que no dejas nada ni a nadie detrás?

Michel asumió el aspecto de un hombre ante un problema intelectual. Desde que se convirtiera en el servidor de Peyrol había perdido por completo el hábito de pensar.

Las instrucciones y las órdenes era fáciles de entender, pero una conversación con aquel a quien llamaba «notre maître» constituía una cosa muy seria que requería una gran y concentrada atención.

—Posiblemente —respondió, de una manera extrañamente cohibida.

—Bueno, de veras que eres un hombre afortunado —dijo el pirata, observando el curso de su pequeño navío a lo largo de la extremidad de la península—. Ni siquiera tienes un perro que te eche de menos.

—Sólo le tengo a usted, maître Peyrol.

—Eso es lo que me imaginaba —dijo Peyrol, casi para sí mismo, mientras Michel, bien dotado para moverse en un barco, mantenía el equilibrio en medio del balanceo sin apartar la mirada del rostro del pirata.

—¡No! —exclamó Peyrol súbitamente, tras un momento de meditación—. No podía dejarte atrás —y extendió su mano abierta hacia Michel—. Venga esa mano — dijo.

Michel vaciló un instante ante aquella extraordinaria proposición. Al final accedió, y Peyrol, cogiendo con un fuerte apretón la mano de aquel pescador desheredado, dijo:

—Si me hubiera ido sin ti, te habría dejado solo en esta tierra, como un hombre abandonado para morir en una isla desierta.

Una vaga percepción de la solemnidad del momento pareció introducirse en el primitivo cerebro de Michel. Las palabras de Peyrol se vinculaban, para él, con el sentido de su propia e insignificante posición a la cola de toda la humanidad y tímidamente, con su límpida y cándida mirada, murmuró el axioma fundamental de su filosofía:

—Alguien ha de ser el último en este mundo.

—Bien, entonces, habrás de perdonarme todo lo que pueda ocurrir entre ésta y la hora del crepúsculo.

Obediente al timón, la tartana tomó el viento de popa y puso rumbo a oriente.

Peyrol susurró:

—No ha olvidado cómo surcar los mares —su indomable corazón, agobiado durante tantos días, tuvo un momento de gozo: la ilusión de una inmensa libertad.

En ese momento, sorprendido de no encontrar la tartana en la caleta, Réal echaba a correr locamente hacia la ensenada, donde estaba seguro de que Peyrol se hallaba esperando para entregársela. Y corrió hasta la misma roca en la que se sentara el prisionero de Peyrol, después de su huida, demasiado cansado para ser precavido, aunque feliz ante la esperanza de la libertad. Pero la condición de Réal era peor. Él no podía columbrar forma alguna a través del tenue velo de lluvia que taladraba la porción de agua enmarcada en las rocas. El pequeño navío se había esfumado.

¡Imposible! ¡Debía ser que no veía bien! Las peladas colinas recogieron de nuevo el nombre de Peyrol, gritado con toda la fuerza de los pulmones de Réal. Sólo gritó una vez, y unos cinco minutos más tarde apareció en la puerta de la cocina, boqueando y chorreando agua, cual si hubiera ganado a brazo partido su ascensión desde el fondo del mar. Arlette descansaba, con las extremidades relajadas, en el sillón de alto respaldo, con la cabeza en los brazos de Catherine y el rostro blanco como si estuviera muerta. El teniente vio que Arlette abría sus ojos negros, enormes y como si no fueran de este mundo, vio que la anciana Catherine volvía la cabeza, oyó un grito de sorpresa y vio una especie de conato de pelea entre las dos mujeres.

—¡Peyrol me ha traicionado! —gritó como un loco, y desapareció al momento, dando un portazo.

La lluvia había cesado. La sólida masa de nubes se movía sobre su cabeza hacia oriente, y en esa dirección se movió también él, como conducido igualmente por el viento sobre la colina, hasta alcanzar el mirador. Coronó la altura y, jadeante, pasó un brazo alrededor del tronco del pino inclinado. Durante aquella sombría pausa en el desasosiego de los elementos sólo fue consciente del torbellino que enloquecía su cerebro. Al cabo de un rato percibió entre la lluvia al barco inglés con las gavias arriadas sobre los tamboretes, avanzando despacio y con esfuerzo a través de la entrada norte del Petite Passe. En su acongojada confusión, aquel barco enemigo se vinculó de una manera morbosa con la conducta inexplicable de Peyrol. ¡El viejo jamás pensó en hacer acompañado aquel viaje! Y cuando, un poco después, al mirar hacia el sur, vio la sombra de la tartana bordeando la costa en medio de otra turbonada, susurró para sus adentros un amargo «Naturalmente». La tartana llevaba desplegadas sus dos velas. De hecho, Peyrol hacía todo lo posible por acelerar en su vergonzosa precipitación, su trato con el enemigo. La verdad era que desde la posición en que era visto por Réal, Peyrol no podía ver aún al buque inglés, y mantenía confiadamente su rumbo hacia el centro del estrecho. El buque de guerra y la pequeña tartana se vieron el uno al otro, muy inesperadamente, cuando mediaba entre ellos poco más de una milla. A Peyrol se le subió el corazón a la boca al encontrarse tan cerca del enemigo. A bordo del Amelia no se dieron, al principio, por enterados. Se trataba de una simple tartana a la busca de refugio en la orilla norte de Porquerolles. Pero cuando Peyrol alteró súbitamente su rumbo, el contramaestre del buque de guerra se percató de la maniobra y tomó el catalejo para echar un vistazo. El capitán Vincent se encontraba en cubierta y estuvo de acuerdo con el comentario del contramaestre acerca de que «Aquel barco actuaba sospechosamente—» Antes de que el Amelia cambiara de bordada en medio de la fuerte borrasca, Peyrol se encontraba ya cubierto por la batería de Porquerolles y, por tanto, a salvo de ser capturado. El capitán Vincent no tenía intención alguna de colocar su navío al alcance de la batería, y correr el riesgo de que le averiaran el aparejo o el casco por un pequeño barco de cabotaje. Sin embargo, la historia que Symons había relatado sobre su hallazgo de un barco escondido, sobre su captura y su portentosa huida, hacía de cualquier tartana un objeto de interés para toda la tripulación. El Amelia se mantuvo al pairo en el estrecho, mientras sus oficiales observaban el suave balanceo de las velas latinas bajo las bocas protectoras de los cañones. El mismo capitán Vincent se sintió impresionado por la maniobra de Peyrol. El Amelia no constituía, por lo general, una amenaza para los barcos costeros. Tras dar unas cuantas vueltas por el puente, ordenó que Symons se presentara en popa.

El héroe de una única y misteriosa aventura, eje de todas las conversaciones mantenidas a bordo de la corbeta durante las últimas veinticuatro horas, llegó balanceándose, con el sombrero en la mano y saboreando una secreta sensación de su importancia.

—Coja el catalejo —dijo el capitán— y eche un vistazo a ese velero al abrigo de la costa. ¿Tiene algo que ver con la tartana en la que estuvo usted?

Symons estaba absolutamente seguro.

—Creo que puedo jurar que esos son sus mástiles pintados, señor. Es la última cosa que recuerdo antes de que aquel rufián asesino me dejara sin sentido de un golpe. Brillaban a la luz de la luna. Los veo perfectamente con el catalejo.

En cuanto a la jactancia de aquel sujeto, diciendo que la tartana era un buque correo y que ya había hecho varios viajes, Symons juraba que no creía que aquel zarrapastroso estuviera sobrio en ese momento. No sabía lo que decía. La mejor prueba de su estado es que salió en busca de los soldados y se olvidó de regresar. ¡El viejo rufián asesino!

—Verá, señor —continuó Symons—, él no pensaba que yo me iba a escapar después de haberme dado un golpe que habría matado a nueve de cada diez hombres.

Por eso se fue a alardear ante los suyos de lo que había hecho, y por eso vino luego uno de los suyos, más malo aún que él mismo, pensando en matarme, con una maldita horqueta de estiércol, con perdón por la expresión. ¡Menudo salvaje!

Symons dejó de hablar y se quedó con la mirada fija, como atónito ante los portentos de su propio relato. El viejo contramaestre, colocado junto al capitán, observó en un tono desapasionado que, en cualquier caso, la península no era un mal punto de partida para un barco que pretendiera burlar el bloqueo. Al no serle ordenado que se retirará, Symons se quedó con el sombrero en la mano, aguardando mientras el capitán Vincent ordenaba al contramaestre largar todo el trapo y colocarse un poco más cerca de la batería. Así se hizo, e inmediatamente se vio el fogonazo de un cañonazo hecho a ras de tierra, acompañado de un disparo que rebotó en dirección al Amelia. El disparo había sido muy corto, pero el capitán Vincent juzgó que su navío ya estaba lo suficientemente cerca y ordenó que fuera puesto al pairo de nuevo.

Symons recibió a continuación la orden de mirar una vez más por el catalejo. Al cabo de un largo rato lo bajó y se dirigió con mucho aplomo al capitán.

—Puedo ver tres cabezas a bordo, señor, y una de ellas es blanca. Reconocería esa cabeza blanca en cualquier sitio.

El capitán Vincent no contestó. Todo aquello le parecía muy extraño, aunque posible, después de todo. El navío actuaba de una manera realmente sospechosa. En un tono mortificado se dirigió al primer teniente.

—Lo ha hecho muy bien. Merodeará por aquí hasta la noche, y luego se irá. Es perfectamente absurdo. No quiero enviar unos botes demasiado cerca de la batería. Y si lo hago, él no tiene más que largar velas para escaparse y doblar la punta mucho antes de que le podamos dar caza. La oscuridad será su mejor aliado. A pesar de todo, le vigilaremos por si se siente tentado de burlarnos antes de que anochezca del todo.

En ese caso tendremos una buena oportunidad para atraparlo. Si lleva algo a bordo, quiero hacerme con ello. Puede ser que, después de todo, sea algo de importancia.

A bordo de la tartana, Peyrol se hizo su propia interpretación de los movimientos del barco. Había logrado su objetivo. La corbeta había decidido darle caza. Muy satisfecho al respecto, aguardó su oportunidad y, aprovechando una larga turbonada con lluvia lo suficientemente espesa como para difuminar el contorno del buque inglés, abandonó el amparo de la batería y marcó el baile para el buque de guerra, manteniendo la impresión de ser un navío intentando evitar su captura.

Desde su posición en el mirador y a través de una lluvia cada vez más tenue, Réal vio las puntiagudas velas latinas deslizarse alrededor del extremo norte de Porquerolles y desvanecerse más allá de la tierra. El Amelia izó velas poco después, de una manera que dejaba fuera de toda duda su intención cazadora. Su orgulloso velamen desapareció oculto por la costa de Porquerolles. Cuando desapareció, Réal se volvió a Arlette.

—Vámonos —dijo.

Arlette, estimulada por la breve aparición de Réal en la puerta de la cocina, que para ella había sido como la visión de un hombre perdido llamándola para seguirle al fin del mundo, se había deshecho de los delgados y huesudos brazos de la anciana, incapaces de contender con el ánimo de su cuerpo y la fiereza de su espíritu. Luego había corrido directamente al mirador, aunque nada había que la condujera allí, excepto un ciego impulso de buscar a Réal dondequiera que se hallara. Él no se percató de su presencia hasta que ella le cogió de un brazo con una precipitación, una energía y una determinación inaccesibles para cualquier mente confundida. Y el teniente se sintió poseído de una manera tal, que anuló todos los escrúpulos de su pecho. Cogiéndose al tronco del árbol, ciñó con el otro brazo su cintura, y cuando ella le confesó ignorar por qué le había seguido hasta allí, pero que de no haberlo encontrado se habría dejado caer por el precipicio, él la apretó contra sí con un súbito regocijo, como si ella fuera un presente largo tiempo deseado, en vez de un obstáculo para su pedante imaginación. Y así regresaron, juntos, hacia las casas que les aguardaban, sin vida, bajo la luz menguante, con los muros oscurecidos por la lluvia y las grandes vertientes de los tejados centelleantes y siniestras bajo la alada desolación de las nubes. Catherine oyó desde la cocina sus pasos, y esperó su llegada, rígida en el sillón de alto respaldo. Arlette rodeó con sus brazos el cuello de la anciana, y Réal se quedó a un lado, mirando. Los pensamientos se precipitaron a través de su mente y se desvanecieron ante la fuerte sensación de la irrevocable naturaleza de lo que le ponía en manos de aquella mujer a la que, en el torbellino de sus impresiones, consideraba más cuerda que él mismo. Arlette pasó un brazo sobre los hombros de la anciana y besó la arrugada frente bajo la blanca banda de lino que, en la erguida cabeza, tenía el efecto de una rústica diadema.

—Mañana bajaremos a la iglesia usted y yo.

La austera dignidad del porte de Catherine pareció estremecerse ante la proposición de conducir hasta el Dios con el que había hecho las paces hacía mucho tiempo a aquella infeliz muchacha escogida para compartir la culpa por los indescriptibles e impíos horrores que habían oscurecido su mente.

Inclinada aún sobre el rostro de su tía, Arlette extendió una mano hacia Réal, que, dando un paso adelante, la tomó en silencio.

—¡Oh, sí, tía! ¡Irás! —insistió Arlette—. Has de venir conmigo para rezar por Peyrol, a quien ya no veremos jamás.

Catherine dejó caer la cabeza, asintiendo o lamentándolo, y Réal sintió una inesperada y profunda emoción, pues él también estaba convencido de que ninguna de las tres personas de la granja vería a Peyrol de nuevo. Era como si el pirata de los anchos mares les hubiera abandonado a sí mismos, en un súbito impulso de desdén, de magnanimidad, de pasión cansada de sí misma. Fuera como fuese, Real estaba dispuesto a apretar eternamente contra su pecho a aquella mujer tocada por la mano sangrienta de la Revolución, pues ella, cuyos pies habían hollado los terrores de la muerte, le brindaba el sentido de una vida triunfante.

Capítulo 16

El sol, casi hundido a popa de la tartana, encendía una franja de opaco carmesí cuyo fulgor se cernía entre el cielo nublado y el mar, cada vez más tenebroso. La península de Giens y las islas de Hyères formaban una masa de tierra que se destacaba muy negra contra el ígneo cerco del horizonte. Pero hacia el norte, el largo trazo de la costa alpina dilataba sus infinitas sinuosidades hasta más allá de la vista, bajo las nubes encorvadas.

La tartana parecía correr junto con las olas hacia los brazos de la noche inminente. A poco más de una milla de su sotavento, el Amelia se esforzaba en darle caza. Una caza que duraba ya largas horas, pues Peyrol había conseguido mantenerla ventaja inicial. Mientras se mantuvo en la prolongada banda de agua mansa conocida como la dársena de Hyères, la tartana, un navío de velocidad realmente extraordinaria, defendió su distancia frente a la corbeta. Después, precipitándose súbitamente por el paso oriental entre las dos últimas islas del grupo, Peyrol se perdió de vista para el barco que le perseguía, ocultándose tras la Ile du levant durante algún tiempo. El Amelia se vio obligado a cambiar un par de veces de bordada para seguir y eso le hizo perder aún más terreno. Y al salir al mar abierto cambió la bordada de nuevo, con lo que se colocó en posición de seguir la estela del barco que perseguía, lo que proverbialmente se conoce como una caza muy larga. La pericia marinera de Peyrol había conseguido del capitán Vincent un par de susurros seguidos de una significativa contracción de los labios. Hubo un momento en el que el Amelia estuvo tan cerca de la tartana, que pudo lanzar una andanada. A ésta siguió otra que zumbó extraordinariamente cerca de las espigas, pero el capitán Vincent ordenó entonces afianzar de nuevo el cañón. Se dirigió a su primer oficial, que se mantenía a su lado, con el altavoz en la mano, y le dijo:

—De ninguna manera debemos hundir ese barco. En cuanto tengamos una hora de calma lo alcanzaremos con los botes.

El oficial observó que no había esperanza alguna de calma durante, por lo menos, las veinticuatro próximas horas.

—No —dijo el capitán Vincent—. Y dentro de una hora se habrá hecho la oscuridad suficiente como para que se nos escape. La costa no está muy lejos, y hay baterías a ambos lados de Fréjus, bajo las cuales se encontrará tan a salvo de nosotros como si se encontrara al pairo en la playa. Y mire —exclamó, tras un momento de pausa—, eso es justamente lo que pretende.

—Sí, señor —dijo el oficial, con los ojos fijos en la pequeña mancha blanca que danzaba ligeramente con las cortas olas del Mediterráneo—. Se mantiene fuera del viento.

—Le alcanzaremos en menos de una hora —dijo el capitán, e inició el movimiento de frotarse las manos, pero apoyó de repente el codo en la barandilla—.

Después de todo —prosiguió—, y hablando con propiedad, se trata de una carrera entre el Amelia y la noche.

—Hoy anochecerá pronto —dijo el oficial, balanceando el altavoz por el acollador—. ¿Quitamos las vergas de los brandales, señor?

—No —dijo el capitán Vincent—. Esa tartana lleva a bordo un marino avezado.

Ahora evita correr, pero puede ceñir el viento en cualquier momento. No debemos seguirle muy de cerca, o perderemos la ventaja que ahora tenemos. Ese hombre está decidido a darnos esquinazo.

Si, por algún milagro, aquellas palabras hubieran llegado a oídos de Peyrol, sus labios se habrían curvado en una sonrisa de maliciosa y triunfante alegría. Desde que pusiera la mano sobre la caña de la tartana, todos los recursos de su ingenio y su pericia marinera se habían concentrado en el objetivo de engañar al capitán inglés, a ese enemigo al que jamás había visto, a ese hombre de cuyo cerebro se había hecho un boceto a partir de las maniobras de su barco. Apoyándose contra la pesada caña, rompió el silencio de la tarde y se dirigió a Michel.

—Éste es el momento —dijo con voz profunda y suave—. Arría la escota mayor, Michel. Sólo un poco.

Cuando Michel regresó al lugar donde había permanecido sentado hacia barlovento, el pirata notó que sus ojos quedaban fijos y perplejos en su rostro.

Algunos pensamientos vagos se habían formado lenta y desordenadamente en el cerebro de Michel. Peyrol satisfizo la manifiesta inocencia de la callada pregunta con una sonrisa que transformó el sarcasmo inicial de su boca varonil y sensitiva en algo muy parecido a la ternura.

—Así es, camarada —dijo con una entonación y un énfasis peculiares, como si aquellas palabras encerraran una respuesta completa y suficiente.

Los ojos redondos y habitualmente fijos de Michel parpadearon de la forma más inesperada, como si estuvieran deslumbrados. De las profundidades de su ser extrajo también una extraña y vaga sonrisa que obligó a Peyrol a retirar la mirada.

—¿Dónde está el ciudadano? —preguntó, sujetando fuertemente la caña y mirando hacia adelante—. ¿No habrá saltado por la borda, verdad? Me parece que no le he visto desde que rodeamos la costa cerca del castillo de Porquerolles.

Michel alargó el cuello para echar un vistazo sobre el borde de la cubierta, y anunció que Scevola estaba sentado sobre la contraquilla.

—Ve a proa —dijo Peyrol— y arría un poco la cangreja. Esta tartana tiene alas — añadió para sí mismo.

Solo en la cubierta de popa, Peyrol giró la cabeza para ver al Amelia que, con todo el viento a su favor, cortaba oblicuamente la estela de la tartana, acortando al mismo tiempo la distancia. Peyrol pensó, no obstante, que si hubiera pretendido realmente escapar, sus probabilidades habrían sido de ocho sobre diez: un éxito prácticamente seguro. Y durante largo rato contempló la altiva pirámide de velas recortada contra la menguante franja roja en el cielo, hasta que un gruñido lastimero le hizo volverla cabeza. Era Scevola. El ciudadano andaba a cuatro patas y, mientras Peyrol le miraba, se volvió hacia sotavento, salvándose con bastante soltura de irse al agua. Desesperadamente agarrado a un tojino, gritó con voz cavernosa, apuntando con la otra mano como si acabara de hacer un tremendo descubrimiento:

—¡La terre! ¡La terre!

—Ciertamente —dijo Peyrol, timoneando con extrema precisión—. ¿Y qué?

—¡Yo no me quiero ahogar! —gritó el ciudadano con su nueva voz cavernosa.

Peyrol reflexionó un poco antes de hablar en un tono muy serio.

—Si te quedas donde estás, te aseguro que... —Y miró rápidamente por encima del hombro hacia el Amelia— no morirás ahogado. Luego movió bruscamente la cabeza: Sé lo que pasa por la cabeza de ese hombre.

—¿Qué hombre? ¿Qué cabeza? —gritó Scevola con gran vehemencia y desconcierto—. Sólo estamos nosotros tres a bordo.

Pero la mente de Peyrol se encontraba entretenida en la contemplación malévola de la imagen de un hombre con largos dientes, peluca y grandes hebillas en los zapatos. Tal era su concepción ideal del aspecto del capitán del Amelia, que en aquel momento, y con una mueca de severa resolución en su rostro habitualmente bienhumorado, acababa de reclamar la presencia de su primer oficial.

—Ganamos terreno —le dijo tranquilamente—. Quiero acercarme a él por barlovento, sin exponernos a ninguna de sus tretas. Como usted sabe, es muy difícil superar a un francés en el gobierno de un barco. Envíe unos cuantos hombres armados al castillo de proa. Me temo que la única manera de apoderarnos de esa tartana es inutilizando a los hombres de a bordo. Ojalá se me ocurriera otro medio.

Cuando nos aproximemos, dé orden de disparar apuntando bien. Coloque también algunos hombres a popa. Espero que podamos destrozarles las drizas y enviar un bote en cuanto las velas se desplomen sobre cubierta.

El capitán Vincent permaneció en silencio durante más de media hora, con el codo apoyado en la barandilla, sin perder de vista la tartana, mientras que Peyrol gobernaba silencioso y vigilante su barco, intensamente consciente del incansable acoso al que le sometía el navío enemigo. La estrecha franja roja se desvanecía en el firmamento. La costa francesa, negra contra la luz menguante, se fundía con las sombras espesas de oriente. El ciudadano Scevola, tranquilizado de algún modo por la seguridad de que no moriría ahogado, había elegido permanecer quieto donde cayera, sin osar moverse sobre la inquieta cubierta. Michel, acuclillado a barlovento, miraba atentamente a Peyrol, aguardando alguna orden de un momento a otro. Pero Peyrol no pronunciaba palabra ni hacía gesto alguno. De vez en cuando una ráfaga de espuma azotaba la tartana o un golpe de agua recorría su cubierta con arremolinado estruendo.

Peyrol no abrió la boca hasta que la corbeta se encontró a un tiro de cañón.

—¡No! —gritó, imponiéndose al viento y como dando rienda suelta a un pensamiento intensamente angustioso—. ¡No! No podía dejarte atrás sin ni siquiera la compañía de un perro. Que me lleve el diablo si no es cierto que no me lo habrías agradecido tampoco... ¿Qué me dices, Michel?

Una confusa sonrisa se había aposentado en el rostro cándido del ex pescador, que manifestó lo que siempre pensaba respecto a todos los comentarios de Peyrol:

—Creo que tiene usted razón, maître.

—Escúchame entonces, Michel. Ese barco estará a nuestra altura en menos de media hora. En cuanto se acerquen abrirán fuego sobre nosotros.

—Abrirán fuego sobre... —repitió Michel, mirándole con mucha atención—.

Cómo sabe lo que van a hacer, maître?

—Porque he conseguido que su capitán haga todo lo que se me ocurra —dijo Peyrol, en un tono de rotunda y solemne convicción—. Lo harán tal y como si se lo estuviera ordenando yo mismo. Y porque ese capitán es un marino de primer orden.

Pero yo, Michel, soy un poco más listo que él —miró por encima de su hombro para ver al Amelia corriendo a todo trapo tras la tartana, y alzó la voz súbitamente—. Lo hará porque a no más de media milla de donde nos encontramos se encuentra el punto donde Peyrol morirá.

Michel no pareció asustarse; lo único que hizo fue cerrar los ojos durante un momento. El pirata continuó hablando, aunque en un tono más bajo.

—Quizá me den en el corazón a la primera —dijo—, y, en ese caso y en el supuesto de que sigas con vida, tienes mi permiso para soltar las drizas. Pero si vivo, quiero abatir el gobernalle. Cuando lo haga, suelta la cangreja para que la tartana vuele de cara al viento. Ésa es la última orden que te doy. Ahora ve a proa y no temas. Adieu.

Michel obedeció sin decir una palabra.

Media docena de fusileros del Amelia se apostaron en el castillo de proa, con sus mosquetes a punto. El capitán Vincent caminó hasta el combés de sotavento para verla caza desde allí. Cuando estimó que el botalón del bauprés del Amelia se alineaba con la popa de la tartana, agitó su sombrero y los fusileros descargaron sus armas. Ningún disparo alcanzó los aparejos. El capitán Vincent vio al hombre de la cabeza blanca llevarse una mano a su costado izquierdo, mientras buscaba el sotavento con el gobernalle. Los fusileros de popa dispararon entonces una descarga cerrada. Sobre la cubierta se oyeron voces de que «habían dado al tipo de pelo blanco». El capitán Vincent gritó al contramaestre:

—¡Por la otra bordada!

El viejo contramaestre del Amelia echó una mirada crítica antes de dar las órdenes necesarias, y el Amelia dio fin a la caza con los pitidos de los segundos contramaestres y el áspero grito de:

—¡Arriar velas! ¡Atención a la virada!

Tendido boca arriba bajo la oscilante caña, Peyrol oyó apagarse los gritos y escuchó la ominosa embestida de la proa del Amelia, espumeando a diez yardas de la popa de la tartana; incluso llegó a ver las vergas más altas que se le venían encima.

Todo se desvaneció después en el cielo nuboso. Ya no oyó nada, excepto el sonido del viento, el chapaleo de las olas, golpeando al pequeño navío a la deriva, y el continuo batir de la cangreja, suelta según órdenes que diera a Michel. La tartana comenzó a balancearse fuertemente, pero el brazo derecho de Peyrol estaba incólume, y se las ingenió para pasarlo por un bolardo y evitar así ser arrojado al agua. Una sensación de paz, no exenta de orgullo, se apoderó de él. Todo había salido tal cual lo planeara.

Había decidido engañar a aquel hombre, y el engaño había sido urdido. Urdido por él mejor que por cualquier otro anciano adormecido por las insidias de la edad. Pero aquella sensación de paz se vio de pronto alterada por un sentimiento inesperado como un intruso y cruel como un enemigo.

Peyrol volvió la cabeza a la izquierda. Todo lo que podía ver eran las piernas del ciudadano Scevola resbalando inertes de un lado para otro con el balanceo del barco, como si su cuerpo hubiera quedado atascado en alguna parte. ¿Estaba muerto o sólo muerto de miedo? ¿Y Michel? Aquel hombre sin amigos, a quien su piedad se había negado a abandonar en tierra sin ni siquiera la compañía de un perro, aquel hombre ¿estaba muerto o agonizaba? Peyrol no sentía remordimiento alguno en cuanto a eso, pero le hubiera gustado ver a Michel una vez más. Trató de pronunciar su nombre, pero su garganta se negó a modular siquiera un susurro. Se sintió arrebatado de ese mundo de sonidos humanos en el que Arlette le había gritado: «¡Peyrol, no se atreva!». Jamás oiría otra voz. Bajo aquel cielo gris ya no había nada para él, salvo el silbido del mar abriéndose a sus pies y el incesante batir de la cangreja. Su juguete se sacudía bajo sus pies, con la caña de un lado para otro por encima de su cabeza y masas de agua desplomándose sobre su cuerpo postrado. De repente, una desesperada sacudida, que puso todo el Mediterráneo gruñendo salvajemente al borde de la pequeña cubierta, le permitió ver al Amelia abalanzándose sobre la tartana. El miedo, no a la muerte, sino al fracaso, atenazó su desfalleciente corazón. ¿Es que aquel obtuso buque de guerra inglés iba a echar a pique la tartana con todos sus documentos? Sacando fuerzas de flaqueza, se incorporó y echó un brazo sobre el obenque del palo mayor. El Amelia, que había sobrepasado a la tartana en un cuarto de milla antes de que las velas se arriaran y se bornearan las vergas a la otra bordada, regresaba a tomar posesión de su pieza. Era difícil distinguir al pequeño barco entre las espesas tinieblas y el mar espumeante. Cuando el contramaestre del buque de guerra, escudriñando ansiosamente desde el castillo de proa, comenzaba a pensar que quizá se había hundido, vio la tartana balanceándose en el seno de dos olas, tan cerca como si estuviera prendida del bauprés del Amelia. El corazón se le subió a la boca.

—¡Todo a estribor! —gritó, dando una orden que corrió por las cubiertas.

Peyrol, derribado sobre la cubierta por una nueva sacudida de su barco, vio por un instante la mole de la corbeta inglesa precipitándose hacia las nubes como si fuera a arrojarse sobre su mismo pecho. Una cofa suelta le golpeó ruidosamente en el rostro, y luego se hizo un suave intervalo, el silencio de las aguas. Peyrol contempló en un relámpago los días de su vida, sus días de fortaleza y aventura. Una tremenda voz, como el rugido de un airado león marino, pareció llenar súbitamente y por completo el vacío del cielo con un grito poderoso y autoritario:

—¡Listos!

Y con el sonido de esa familiar voz inglesa en los oídos, Peyrol sonrió ante sus visiones y murió.

El Amelia, desaparejado hasta las gavias y al pairo, se mecía blandamente, mientras que a un cable de su cuadra de popa, el mar zarandeaba la tartana de Peyrol como si fuera un cadáver perdido entre las aguas. El capitán Vincent, apoyado en la barandilla según su postura favorita, contemplaba fijamente su presa. Bolt, que había sido llamado a su presencia, aguardaba a que su superior se diera la vuelta.

—¡Oh, aquí está usted, señor Bolt! Le he mandado llamar para que tome posesión de ese barco. Usted habla francés, y puede que aún quede alguien vivo. Si es así, lo enviará usted a bordo inmediatamente, como es natural. Estoy seguro de que no hay nadie ileso. En cualquier caso, estará demasiado oscuro como para poder ver bien, pero, de todas maneras, examínelo todo cuidadosamente y asegúrese de apoderarse de cualquier papel que vea. Largue la cangreja y dispóngase a recibir una estacha. Voy a remolcar ese barco para registrarlo completamente mañana por la mañana. Si no encuentra usted lo que espero, echaré abajo los tablones del camarote.

Con sus blancos dientes brillando en la oscuridad, el capitán Vincent dio en voz más baja unas cuantas órdenes más, y Bolt se fue corriendo. Media hora más tarde estaba de nuevo a bordo, y el Amelia, con la tartana a remolque, hacía velas hacia oriente en busca de la flota de bloqueo.

En un camarote fuertemente iluminado por una lámpara de Borneo, el señor Bolt entregó a su capitán, que estaba al otro lado de la mesa, un paquete de lona, atado y sellado, y un pedazo de papel doblado en cuatro que, según explicó, parecía ser un certificado de registro en el que, curiosamente, no aparecía nombre alguno. El capitán Vincent cogió ansiosamente el paquete de lona gris.

—Esto debe ser el meollo de la cuestión, Bolt —dijo, dándole vueltas entre las manos—. ¿Encontró usted algo más?

Bolt dijo que había encontrado tres hombres muertos, dos en popa y uno en el fondo de la bodega abierta, con un cabo suelto del trinquete en la mano.

—Debió caer, supongo, cuando acababa de soltarlo —comentó. Describió el aspecto de los cadáveres y manifestó haber hecho con ellos lo que se le ordenara. En el camarote de la tartana había media damajuana de vino y un pan en un armario.

También había, en el suelo, una valija de cuero conteniendo una casaca de oficial y una muda. Había encendido la lámpara y había visto que la camisa estaba marcada con un «E. Réal». Una espada de oficial y un ancho talabarte descansaban también en el suelo. Tales cosas no podían pertenecer al tipo viejo de pelo blanco, que era un hombre robusto.

—Es como si alguien hubiera caído por la borda —comentó Bolt.

Era difícil hacerse una idea en cuanto a dos de los cadáveres, pero no cabía duda alguna de que aquel anciano era un marino.

—¡Por todos los santos! —dijo el capitán Vincent—. ¡Ya lo creo que lo era!

¿Sabe usted, Bolt, que estuvo a punto de burlarnos? Veinte minutos más, y lo hubiera conseguido. ¿Cuántas heridas tenía?

—Creo que tres, señor. No lo examine muy cuidadosamente —dijo Bolt.

—Me repugnaba tener que matar a hombres valerosos como si fuesen perros — dijo el capitán Vincent—. Pero no tenía otra alternativa. Y aquí —añadió, dando una palmada al paquete de lona— puede haber algo que justifique mi acción. Puede usted retirarse.

El capitán Vincent no tenía intención de dormir, así que se tumbó completamente vestido en el catre, hasta que el oficial de guardia apareció en la puerta y le dijo que un navío de la flota se encontraba a la vista, hacia barlovento. El capitán Vincent ordenó que se hiciera la señal nocturna convenida. Cuando subió a cubierta, la elevada sombra de un navío de combate, que parecía alcanzar las mismas nubes, se mecía a la distancia de una voz, como la que oyó gritar a través de un altavoz:

—¿Qué barco es ése?

—La corbeta Amelia, de Su Majestad —gritó el capitán Vincent—. ¿Qué barco es ése, por favor?

En vez de la respuesta habitual, hubo una breve pausa y fue otra voz que rugió a través del altavoz.

—¿Eres tú, Vincent? ¿No reconoces al Superb cuando lo ves?

—En la oscuridad, no, Keats. ¿Cómo estás? Es urgente que hable con el Almirante.

—La flota está cerca —dijo la voz, con una claridad meridiana entre los murmullos, susurros y salpicaduras de la negra extensión de agua entre los dos buques—. El Almirante lleva rumbo sursureste. Si mantienes tu velocidad hasta que amanezca, lo alcanzarás en la otra bordada, a tiempo para desayunar a bordo del Victory. ¿Hay algo de particular?

A cada tenue balanceo, las velas del Amelia, sin viento por la masa de aquel navío de setenta y cuatro cañones, aleteaban suavemente contra los mástiles.

—No mucho —gritó el capitán Vincent—. He hecho una presa.

—¿Has entrado en acción? —Fue la pronta pregunta.

—No, no. Ha sido un golpe de suerte.

—¿Dónde está tu presa? —gritó, interesado, el altavoz.

—En mi mesa —replicó a gritos el capitán Vincent—. Despachos enemigos.

Carga velas, Keats. Te digo que cargues velas o te me vienes encima. —Su pie golpeó el suelo con impaciencia—. Pon a unos cuantos hombres al cable de remolque y que acerquen esa tartana a nuestra popa —ordenó al oficial de guardia—, o, si no, el viejo Superb la va a destrozar sin darse cuenta siquiera.

Cuando el capitán Vincent subió a bordo del Victory era ya demasiado tarde como para que le invitaran a compartir el desayuno del Almirante. Se le dijo que lord Nelson aún no había sido visto aquella mañana por cubierta, y al momento llegó la voz de que el Almirante quería verle inmediatamente en su camarote. El capitán del Amelia, en uniforme de diario, con su sable al costado y el sombrero bajo el brazo, fue recibido amablemente, y tras saludar y exponer la situación con unas breves palabras, dejó el paquete sobre una gran mesa redonda a la que se sentaba un silencioso secretario de negro ropaje que, obviamente, había estado escribiendo una carta al dictado del lord. El Almirante, que caminaba de un lado para otro, se detuvo un momento para saludar al capitán Vincent, y reanudó su caminar de hombre nervioso. La manga vacía de su camisa todavía no había sido prendida a su pechera, y se mecía suavemente cada vez que daba media vuelta. Sus finos bucles caían sobre las pálidas mejillas y todo su rostro en reposo mostraba una expresión de sufrimiento que contrastaba vivamente con el fulgor de su único ojo. Se detuvo en seco ante el capitán Vincent, que se mantenía en una respetuosa actitud, y exclamó:

—¡Una tartana! ¡Una presa a bordo de una tartana! ¿Cómo diablos fue usted capaz de distinguir esa tartana en concreto de los cientos que ve todos los meses?

—He de confesar que una singular información cayó accidentalmente en mis manos —dijo el capitán Vincent—. Fue todo un golpe de suerte.

Mientras el secretario abría con un cortaplumas el paquete con los despachos, lord Nelson condujo al capitán Vincent a la galería de popa. La soleada y sosegada mañana gozaba del añadido encanto de una brisa fresca y suave. Bajo sus tres gavias, el Victory se movía plácidamente hacia el sur en el centro de una flota desplegada y con prácticamente la misma vela que el buque del Almirante. Sólo a lo lejos podían verse dos o tres barcos que, a toda vela, trataban de alcanzar al buque insignia. El capitán Vincent observó con satisfacción que el primer oficial del Amelia se había visto obligado a tensar sus velas de popa para no interferir con el rumbo del Almirante.

—¡Vaya! —exclamó súbitamente lord Nelson, tras echar una rápida ojeada a la corbeta—. ¿Remolca usted esa tartana?

—Pensé que a su señoría quizás le gustara ver un velero latino de cuarenta toneladas capaz de competir con la que me atrevo a considerar la corbeta más rápida de Su Majestad.

—¿Cómo empezó todo? —preguntó el Almirante, sin apartar la vista del Amelia.

—Tal como acabo de sugerir a su señoría, me encontré con cierta información — comenzó a explicar el capitán Vincent, considerando superfluo explayarse sobre aquella parte de la historia—. Esa tartana, que a primera vista no difiere de las otras que hacen el cabotaje entre Cette y Génova, partió de una caleta de la península de Giens. Un anciano de cabellos blancos estaba a su cargo, y en verdad que no podrían haber dado con otro mejor. Bordeó al cabo Esterel, intentando cruzar por la dársena de Hyères, pues, al parecer, no esperaba topar con el Amelia. Y así fue que cometió su único error. Si hubiera mantenido su rumbo, yo no me habría fijado en él más que en los otros dos barcos que en aquel momento se encontraban a la vista. Pero despertó mis sospechas al buscar el amparo de la batería de Porquerolles. Aquella maniobra, junto con la información de la que ya le he hablado, me decidieron a darle caza y ver qué llevaba a bordo. —El capitán Vincent pasó entonces a resumir las peripecias de la caza—. Le aseguro, señor, que jamas me costó tanto dar una orden como la de abrir fuego de fusilería sobre ese barco. Pero aquel anciano había dado tales muestras de pericia y determinación, que no pude hacer otra cosa. Incluso en el momento en que el Amelia estaba a su altura, él intentó prolongar aún más la caza. Sólo quedaban unos pocos minutos de luz, y la noche representaba su última oportunidad de huir.

Considerando que podían haber salvado sus vidas con sólo dejar caer las velas sobre cubierta, no puedo negarles mi admiración, especialmente al hombre de cabellos blancos.

El Almirante, que no había dejado de contemplar con aire ausente el Amelia manteniendo la posición con su remolque, dijo:

—Tiene usted un barquito estupendo, Vincent. Muy adecuado para el trabajo que le he encomendado. Es francés, ¿verdad?

—Sí, milord. Los franceses hacen muy buenos barcos.

—Usted no parece odiar a los franceses, Vincent —dijo el almirante, con una vaga sonrisa.

—A los franceses como ése, no, milord —dijo el capitán Vincent, con un ademán de deferencia—. Detesto sus principios políticos y el carácter de sus estadistas, pero su señoría ha de admitir que en cuanto a coraje y determinación, no podíamos haber encontrado rivales más dignos en todo el mundo.

—Nunca dije que hubiera que despreciarlos —dijo lord Nelson—. Recursos, coraje, sí... Si esa flota de Tolón logra eludir el bloqueo, todas nuestras escuadras entre Gibraltar y Brest estarán en peligro. ¿Por qué no sale y terminamos de una vez?

¿Acaso no les concedo un margen suficiente como para que se decidan? —gritó.

El capitán Vincent consideró la agitación nerviosa de aquella frágil figura con una preocupación que se acrecentó cuando le sobrevino al Almirante un golpe de tos verdaderamente alarmante por su violencia. El comandante en jefe del Mediterráneo jadeaba y boqueaba de una manera tan desamparada, que el capitán apartó la mirada de aquel espectáculo tan lamentable; pero no dejó de notar cuán rápidamente se recuperó lord Nelson del agotamiento subsiguiente.

—Este trabajo es irritante, Vincent —dijo—. Y me está matando. Yo sólo aspiro a reposar en mi país, en el corazón de su campiña, lejos del mar y del Almirantazgo, y de los despachos, y de las órdenes..., y también de las responsabilidades. Acabo de concluir una carta diciendo que ya no me queda aliento para mantenerme en pie un día tras otro... Pero me encuentro en la misma situación que ese anciano de cabellos blancos al que usted admira tanto, Vincent —con una sonrisa de fatiga, prosiguió—:

Seguiré mi tarea hasta que quizá algún disparo del enemigo ponga fin a todo esto...

Veamos qué es lo que hay en esos papeles que ha traído usted.

El secretario del camarote los había ordenado en varios montones.

—¿De qué se trata? —preguntó el Almirante, comenzando de nuevo a caminar de un lado a otro del camarote.

—A primera vista, milord, lo más importante son las órdenes a las autoridades marítimas de Córcega y Nápoles respecto a ciertas disposiciones relacionadas con una expedición a Egipto.

—Eso es lo que siempre pensé —dijo el Almirante, con su ojo fulgurante fijo en el atento rostro del capitán Vincent—. Ha hecho usted un buen trabajo, Vincent. Y yo no puedo hacer nada mejor que enviarle de regreso a su puesto. Sí... Egipto...

Oriente... Todo apunta en esa dirección —prosiguió hablando para sí mismo, bajo la atenta mirada de Vincent, mientras que el secretario, cogiendo cuidadosamente los papeles, se levantó en silencio y se fue a ordenar que fueran traducidos y a preparar un resumen para el Almirante.

—Y, sin embargo, ¡quién sabe! —exclamó lord Nelson, deteniéndose por un momento—. Pero la vergüenza o la gloria han de ser sólo mías. No pediré consejo a nadie.

El capitán Vincent se sintió olvidado, invisible, menos que una sombra en presencia de una naturaleza capaz de sentimientos tan vehementes. «¿Cuánto puede durar así?», se preguntó con sincera preocupación.

No obstante, el Almirante recordó su presencia bien pronto, y al cabo de otros diez minutos el capitán Vincent abandonó el Victory con la sensación, común a todos los oficiales que trataban a lord Nelson, de que había estado hablando con un amigo, y con una renovada devoción hacia el espíritu de gran jefe naval revestido con el frágil cuerpo del comandante en jefe de los navíos de Su Majestad en el Mediterráneo. Mientras le trasladaron a su barco, el Victory izó una enseña para que la flota se alineara según las órdenes, a proa y popa del Almirante, seguida de otra por la que ordenaba al Amelia que se alejase. De acuerdo con ello, Vincent ordenó izar velas y mandó al contramaestre poner rumbo a cabo Cicié, y bajó luego a su camarote. Llevaba casi tres noches en vela y quería echar un sueñecito. Sus sueños, sin embargo, fueron breves y atormentados. Poco después del mediodía se encontró absolutamente despierto y recordando los acontecimientos del día anterior. La orden, terriblemente desagradable en aquel momento, de disparar a sangre fría sobre tres valientes, pesaba gravemente sobre él. Quizá se había dejado impresionar por los blancos cabellos de Peyrol, por su obstinación en huir, por su determinación patente hasta el último momento, por algo que impregnaba todo aquel episodio y sugería algo más que la obligación normal hacia el deber, algo que tenía que ver con un cierto espíritu de provocadora osadía. Con su robusta salud, su naturaleza sencilla y su temperamento sanguíneo matizado con una ligera ironía, el capitán Vincent era un hombre de generosos sentimientos y rápidas simpatías.

—Y sin embargo —reflexionó—, lo estaban pidiendo a gritos. Aquello sólo podía acabar de una manera. Pero el hecho es que estaban desarmados e indefensos y tenían un aspecto particularmente inofensivo, aunque al mismo tiempo se mostraban valientes como el que más. Ese condenado viejo... —Y se preguntaba cuánto habría de verdad en el azaroso relato de Symons.

Estaba seguro de que los hechos eran ciertos, pero la interpretación de Symons hacía extraordinariamente difícil discernir qué era lo que realmente había pasado.

Aquel barco estaba concienzudamente preparado para burlar el bloqueo. Lord Nelson había quedado complacido. El capitán Vincent subió a cubierta con los mejores sentimientos hacia todos los hombres, vivos y muertos.

La tarde era muy hermosa. La flota británica se encontraba ya fuera de la vista, a excepción de uno o dos barcos rezagados que navegaban a toda vela. Una brisa ligera, con la que sólo el Amelia podía avanzar a cinco nudos, rizaba apenas la profundidad de las aguas azules bajo la cálida ternura de un cielo sin nubes. Al oeste y al sur el horizonte estaba vacío, excepto por dos puntos muy lejanos, uno delos cuales brillaba como una mota de plata, mientras que el otro parecía una mota de tinta. Con un firme propósito en la mente, el capitán Vincent se sintió en paz consigo mismo. Como era un hombre fácilmente accesible para sus oficiales, el primero de ellos aventuró una pregunta a la que el capitán Vincent respondió:

—Se le veía muy delgado y fatigado, pero no creo que esté tan enfermo como él piensa. Estoy seguro de que a todos ustedes les complacerá saber que su señoría quedó muy satisfecho con el trabajo de ayer (aquellos documentos resultaron ser de una cierta importancia) y con el comportamiento del Amelia. Fue una extraña caza, ¿no es así? —continuó—. La tartana luchó admirablemente por burlar nuestro acoso.

Pero no tenía nada que hacer frente al Amelia.

Durante la última parte de su parlamento, el primer oficial se mantuvo mirando hacia popa, como si se preguntara durante cuánto tiempo se proponía el capitán Vincent remolcar aquella tartana detrás del Amelia. Los dos hombres que la custodiaban también se preguntaban cuándo les sería permitido regresar a su barco.

Symons, que era uno de ellos, manifestó que estaba harto de gobernar aquel maldito barco. Y que la compañía que tenía a bordo le hacía sentirse incómodo, pues sabía que, de acuerdo con las órdenes del capitán Vincent, Mr. Bolt había colocado los cadáveres de los tres franceses en la cámara de popa, cerrándola después con un enorme candado, que, al parecer, correspondía a ella y cuya llave estaba a bordo del Amelia. En cuanto a uno de aquellos muertos, el rencoroso veredicto de Symons estimaba que le habría estado bien empleado que le hubieran dejado tirado en la costa para que los cuervos le sacaran los ojos. Y, en cualquier caso, le resultaba imposible comprender por qué tenía que servir de timonel de una tumba flotante... Maldita sea... Sus rezongos no acababan nunca.

Al llegar el crepúsculo, que es el momento para celebrar los entierros en el mar, el Amelia fue puesto al pairo. Tiraron del cabo y la tartana quedó a la altura de la corbeta. Los dos hombres recibieron la orden de regresar a su barco. Inclinado hacia delante con los codos apoyados en la barandilla, el capitán Vincent parecía perdido en sus pensamientos. Al fin, el primer oficial se decidió a hablar.

—¿Qué vamos a hacer con esa tartana, señor? Nuestros hombres ya están a bordo.

—La vamos a hundir a cañonazos —manifestó súbitamente el capitán Vincent—.

Ese barco es un excelente ataúd para un marino, y esos hombres se merecen algo mejor que ser arrojados por la borda para quedar a merced de las olas. Permitamos que reposen tranquilamente en el fondo del mar y en el barco al que tan bien sirvieron.

El oficial permaneció en silencio, aguardando alguna otra orden más precisa.

Todos los ojos estaban fijos en el capitán. Pero el capitán Vincent no decía nada ni parecía capaz o deseoso de hacerlo. Tenía la vaga sensación de que todas sus buenas intenciones requerían algo más.

—¡Ah! ¡Señor Bolt! —dijo, mirando al contramaestre, que se encontraba en el combés—. ¿Había alguna bandera a bordo de ese barco?

—Creo que llevaba una enseña diminuta cuando comenzó la caza, señor, pero la ha debido de perder. Ya no está en la verga mayor —miró sobre el costado—. Creo que las drizas están sueltas —añadió.

—Debemos de tener una bandera francesa a bordo —dijo el capitán Vincent.

—Ciertamente, señor.

—Bien, señor Bolt —dijo el capitán Vincent—. Usted es el que se ha encargado de todo. Coja a unos cuantos hombres, coloque la enseña francesa en las drizas e ize la verga mayor hasta la espiga —sonrió a todos los rostros vueltos hacia él—.

Después de todo, ellos no se rindieron y, por todos los cielos, caballeros, les dejaremos hundirse con sus colores al viento.

Un silencio profundo, aunque no de reprobación, se adueñó de las cubiertas del barco, mientras Bolt y tres o cuatro hombres cumplían rápidamente la orden. Sobre el juanete del Amelia apareció de repente la curva superior de una vela latina con la tricolor ondeando en su extremo. Un murmullo sordo de todos los marineros acogió su aparición. El capitán Vincent ordenó al mismo tiempo que retiraran el cabo de remolque. La corbeta adelantó a su presa, que quedó inmóvil en el mar, y con un golpe de timón, dio la vuelta hasta colocarse al otro lado. Se ordenó que el cañón de la amura de babor disparara una andanada, afinando la puntería. El disparo, sin embargo, fue un poco alto, y derribó el trinquete de la tartana. El siguiente tuvo más éxito, atravesando al barco por la línea de flotación. Se hizo un tercer disparo —el de gracia, según los tripulantes— y también dio en el blanco, abriendo un astillado agujero en la proa. Después se fijaron los cañones y el Amelia puso rumbo al cabo Cicié sin haber perdido una driza. Con las espaldas vueltas al crepúsculo, claro como un pálido topacio sobre la dura gema azul del agua, todos los hombres del Amelia vieron cómo la tartana se inclinaba de súbito, para hundirse lentamente a continuación. Al fin, sólo la bandera tricolor permaneció visible durante un tenso e interminable momento, solitaria y patética, en medio de un horizonte vibrante. Y desapareció de golpe, como una llama sobre la que se hubiese soplado, induciendo en quienes lo contemplaron la sensación de haber sido abandonados frente a una inmensa y recién creada soledad. Sobre las cubiertas del Amelia se apagó todo murmullo.

Cuando el teniente Real partió con la flota de Tolón en la gran expedición estratégica que había de concluir en la batalla de Trafalgar, madame Réal regresó con su tía a su casa solariega de Escampobar. Sólo había pasado unas pocas semanas en la ciudad, donde no se la había visto mucho en público. El oficial y su mujer vivían en una casita cercana a la entrada occidental, y la posición del teniente —aunque había estado trabajando en el Estado Mayor hasta el final— no era tan prominente como para que su ausencia se hiciera notable en las recepciones oficiales. Pero su matrimonio fue objeto de un cierto interés en los círculos navales. Quienes habían visto a madame Réal en su casa —hombres en su mayoría—, se hacían lenguas de su deslumbrante figura, de sus magníficos ojos negros, de su extraño y singular atractivo y de las prendas arlesinas que insistía en vestir como manifestación de su linaje campesino, aun después de contraer matrimonio con un oficial de la Marina. También se decía que su padre y su madre habían caído víctimas de las masacres de Tolón, una vez evacuada la ciudad. Pero todas esas historias variaban en detalles y resultaban siempre muy vagas. Cuando la señora Réal salía a la calle, lo hacía acompañada por su tía, que suscitaba casi tanto interés como ella: una magnífica anciana de porte erguido y rostro arrugado, austero y moreno, con las huellas de una antigua belleza.

Catherine también había sido vista sola por la calle, donde, de hecho, la gente volvía la cabeza al paso de su figura esbelta y digna, singular entre los transeúntes, en quienes no parecía reparar. Su huida de las masacres había provocado las historias más fantásticas y adquirió la reputación de una heroína. Se sabía que la tía de Arlette frecuentaba las iglesias, ya abiertas a los fieles, llevando incluso al interior de la casa de Dios su sibilino aspecto de profetisa y sus modales austeros, aun cuando no era en las ceremonias donde se la veía con mayor asiduidad. La gente solía verla en una nave solitaria, flaca y derecha como un huso, a la vera de una poderosa pilastra, cual si interpelara al creador de todas las cosas, con quien había hecho una paz generosa y al que ya sólo pedía el perdón y la reconciliación con su sobrina Arlette. Pues el futuro había sido para Catherine algo incierto durante largo tiempo. Hasta casi el final de su vida no le fue posible desembarazarse del involuntario terror que le provocaba su sobrina, en quien veía el objeto escogido por la ira de Dios. También había otra alma por la que se interesaba. La persecución de la tartana por el Amelia había sido vista desde varios puntos de las islas que cierran la dársena de Hyères, y desde el Fort de la Vigie habían visto cómo el buque inglés abría fuego tras ella. Y aunque los dos veleros se habían perdido de vista rápidamente, no podía caber la menor duda en cuanto al resultado. Un barco de cabotaje que fondeaba en Fréjus contó haber visto a un buque de guerra disparar sobre una tartana, pero, al parecer, eso había sido al día siguiente. Todos esos rumores apuntaban en una dirección y eran la base del informe presentado por el teniente Réal al Almirantazgo de Tolón. Que Peyrol se había hecho a la mar con la tartana y jamás se le había vuelto a ver era, naturalmente, un hecho incontrovertible.

El día anterior de que las dos mujeres regresaran a Escampobar, Catherine se acercó al sacerdote de la iglesia de Ste. Marie Majeure, un hombre pequeño, gordo y sin afeitar, de ojos acuosos, para encargarle algunas misas por el muerto.

—Pero ¿por el alma de quién hemos de rogar? —farfulló el sacerdote, con voz baja y sibilante.

—Ruegue por el alma de Jean —dijo Catherine—. Sí, Jean. No hay otro nombre.

El teniente Réal, que cayó herido en Trafalgar, pero no fue capturado, se retiró con el empleo de Capitaine de Frégate, y desapareció de la vista del mundo naval de Tolón y, prácticamente, del mundo. La señal, fuera cual fuese, que le había hecho regresar a Escampobar aquella noche trascendental, no le había llamado a la muerte, sino a una vida tranquila y retirada, oscura en cierto sentido, pero no exenta de dignidad. Con el correr de los años llegó a ser alcalde de la Commune en aquella misma aldea que viera a Escampobar como un centro de iniquidad, un antro de mujerzuelas y bebedores de sangre.

Uno de los primeros acontecimientos en romper la monotonía de la vida en Escampobar fue el descubrimiento en el fondo del pozo, un año seco en el que el nivel del agua descendió mucho, de algo que constituía una notable obstrucción. Tras muchas dificultades para levantarla, la obstrucción resultó ser una prenda de lona, con agujeros para los brazos y tres botones de cuerno en la pechera, que parecía un chaleco, pero estaba forrada, verdaderamente guarnecida, con una sorprendente cantidad de piezas de oro de diferentes épocas, acuñaciones y nacionalidades. Nadie salvo Peyrol podía haber puesto aquello allí. Catherine pudo dar la fecha exacta, pues recordaba haberle visto haciendo algo en el pozo, la misma mañana en la que se hizo al mar con Michel, llevándose a Scevola con ellos. Para el capitán Réal fue muy fácil suponer el origen de aquel tesoro, y, con la aprobación de su esposa, decidió entregarlo al Gobierno como el legado de un hombre muerto sin testar, del que se desconocían los parientes y cuyo mismo nombre era una cuestión dudosa, incluso para él mismo. Tras aquel acontecimiento, el dudoso nombre de Peyrol surgió una y otra vez en los labios de monsieur y madame Réal, en los que antes raramente se oía, si bien el recuerdo de sus blancos cabellos, de su personalidad tranquila e irresistible, impregnaba los campos de Escampobar. Pero a partir de entonces hablaron de él abiertamente, como si hubiera regresado a vivir otra vez entre ellos.

Muchos años después, una hermosa tarde en que monsieur y madame Réal se hallaban sentados en el banco a la puerta de la salle —nada había cambiado exteriormente en la casa, excepto que ahora estaba enjalbegada—, comenzaron a hablar de aquel episodio y del hombre procedente de los mares, que se había cruzado con sus vidas para perderse de nuevo en el mar.

—¿Cómo conseguiría toda aquella cantidad de oro? —preguntó inocentemente madame Réal—. No podía quererlo para nada. Y ¿por qué lo pondría allí abajo?

—Ésa, ma chère amie —dijo Réal—, no es una pregunta fácil de responder. Las mujeres y los hombres no son tan sencillos como parecen. Ni siquiera tú, fermière — pues así la llamaba jovialmente de vez en cuando—, eres tan sencilla como algunos podrían suponer. Creo que ni siquiera Peyrol, de hallarse aquí, podría responderla.

Y así continuaron, recordándose mutuamente, con pequeñas frases separadas por prolongados silencios, las peculiaridades de aquella singular persona, hasta que sobre la ladera que bajaba hasta la Madrague aparecieron, primero, las puntiagudas orejas y, después, el cuerpo entero de un diminuto burro de color gris claro con manchas oscuras. Dos piezas de madera muy extrañas se proyectaban a ambos lados de su cuerpo, hasta su cabeza, como si fueran las varas de un carro. Pero el burro no llevaba carro alguno detrás. En el lomo, sobre una pequeña albarda, llevaba el torso de un hombre que parecía no tener piernas. El pequeño animal, muy bien almohazado y de fisonomía inteligente y hasta descarada, se detuvo ante monsieur y madame Réal.

Balanceándose ágilmente sobre la albarda, con sus lacias piernas cruzadas entre sí, el hombre se deslizó desenganchando las muletas del arreo del burro y encaramándose limpiamente sobre ellas. Después propinó una sonora palmada al animal, que salió trotando hacia el patio. En su calidad de amigo de Peyrol, (quien había hablado muchas veces de él, tanto a las mujeres como al teniente Réal, y siempre con gran consideración —C’est un homme ça—), el tullido de la Madrague se había convertido en un miembro de la comunidad de Escampobar. Su cometido consistía en llevar recados de un lugar a otro, por más que aquello pudiera parecer insólito en un hombre sin piernas. Pero el burro solucionaba las caminatas, mientras que él ponía su agudo ingenio y su infalible memoria. Quitándose el sombrero y sujetándolo junto a su muleta derecha, el pobre hombre se acercó para dar las novedades del día con palabras bien simples:

—Todo se ha hecho tal cual ordenó usted, madame.

Y después, como un privilegiado sirviente, cordial pero respetuoso, con sus ojos dulces, su rostro alargado y su dolorida sonrisa, se añadió a la conversación.

—Estábamos hablando de Peyrol —le comentó Réal.

—Ah, podría hablarse largo rato de él —dijo el tullido—. Una vez me dijo que, de estar yo todo entero (supongo que quería decir con piernas, como todo el mundo), habría sido un buen camarada para surcar los lejanos mares. Tenía un gran corazón.

—Sí —murmuró, pensativa, madame Réal. Después, volviéndose a su marido, le preguntó—: ¿Qué clase de hombre era realmente, Eugène? —El capitán Réal permaneció en silencio—. ¿Te hiciste alguna vez esa pregunta? —insistió ella.

—Sí —dijo Réal—. Pero lo único cierto que podemos decir de él es que no era un mal francés.

—Así está dicho todo —murmuró el tullido, con ferviente convicción, en el silencio que siguió a las palabras de Réal y al leve suspiro rememorativo de Arlette.

El horizonte azul del Mediterráneo, seductor y embaucador de audaces, guardó el secreto de la fascinación, abrazando en su pacífico seno a las víctimas de todas las guerras, tempestades y desastres de su historia, bajo la maravillosa pureza de su cielo crepuscular. Unas cuantas nubes rosáceas flotaban sobre la sierra de Esterel. El soplo de la brisa vespertina comenzó a enfriar las recalentadas rocas de Escampobar. Y la morera, el único árbol corpulento en el extremo de la península, erguido como un centinela a la puerta del patio, suspiró levemente con un estremecimiento de todas sus hojas, como si añorara al Hermano de la Costa, a aquel hombre de tenebrosas hazañas, pero de gran corazón, que al mediodía solía echar una siesta bajo su sombra.


Publicado el 19 de julio de 2016 por Edu Robsy.
Leído 1 vez.