Lord Jim

Joseph Conrad


Novela


Índice

Lord Jim
Nota del autor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45

A Mr. y Mrs. Hope con agradecido afecto, después de muchos años de amistad.

Joseph Conrad


No cabe duda de que cualquier convicción gana infinitamente en cuanto otra alma cree en ella.

Novalis

Nota del autor

Cuando esta novela se publicó en forma de libro, circuló la idea de que me había dejado arrebatar por ella. Algunos críticos sostuvieron que la obra, que comenzó como un cuento corto, había escapado al dominio del autor. Uno o dos descubrieron pruebas internas del hecho, cosa que pareció divertirles mucho. Señalaron las limitaciones de la forma narrativa. Argumentaron que no podía esperarse que un hombre hablara tanto tiempo y otros escucharan durante tan largo rato. No era muy creíble, dijeron.

Después de pensarlo unos dieciséis años, no estoy tan seguro. Se ha sabido de hombres, tanto en los trópicos como en la zona templada, que permanecieron despiertos la mitad de la noche "intercambiándose relatos". Pero este es un solo relato, aunque con interrupciones que ofrecen cierta medida de alivio; y en consideración a la resistencia del lector, es preciso aceptar el postulado de que la narración era interesante. Es el supuesto preliminar necesario. Si no hubiese creída que era interesante, no habría empezado a escribirla. En cuanto ala simple posibilidad física, todos sabemos que algunos discursos del Parlamento ocuparon más bien seis que tres horas, en tanto que toda la parte del libro que es el relato de Marlow puede leerse en voz alta, diría yo, en menos de tres horas. Además —aunque eliminé de la narración, con criterio estricto, todo tipo de detalles insignificantes por el estilo—, podemos presumir que esa noche tiene que haber habido algún refrigerio, un vaso de agua mineral, o algo así, para ayudar al narrador a seguir adelante.

Pero, en verdad, lo cierto es que primero pensé en un cuento breve, que se ocupara sólo del episodio del barco de peregrinos, y nada más. Y era una concepción legítima. Pero después de escribir unas páginas, no sé por qué me sentí desconforme y las abandoné durante un tiempo. No volví a sacarlas de la gaveta hasta que el extinto Mr. William Blackwood sugirió que volviese a darle algo para su revista.

Sólo entonces me di cuenta de que el episodio del barco de los peregrinos era un buen punto de partida para un relato libre y vagabundo; además, era un acontecimiento que, concebiblemente, podía colorear todo "el sentimiento de la existencia" en un personaje simple y sensible. Pero todos estos talantes y agitaciones preliminares del espíritu eran más bien vagos en esa época, y no me resultan más claros ahora, después de pasados tantos años.

Las pocas páginas que había abandonado no carecieron de peso en la elección del tema. Pero el conjunto fue reescrito de manera deliberada. Cuando me dediqué a ello, supe que sería un libro largo, aunque no preví que ocuparía trece números del Maga.

En ocasiones se me preguntó si no era el libro que más me gustaba de entre los míos. Soy un gran enemigo del favoritismo en la vida pública, en la vida privada y aun en las delicadas relaciones de un autor con sus obras. Por principio, no tengo favoritos, pero no llego hasta el punto de molestarme y disgustarme por la preferencia que algunas personas otorgan a mi Lord Jim. Ni siquiera diré que "No consigo entender..." ¡No! Pero en una oportunidad tuve motivos para sentirme intrigado y sorprendido.

Un amigo mío que regresaba de Italia Había hablado allí con una dama a quien no le agradaba el libro. Lo lamenté, es claro, pero lo que más me sorprendió fue el motivo de su desagrado:

—¿Sabe? —había dicho—, todo es tan morboso...

El pronunciamiento me dio pábulo para una hora de ansiosas meditaciones. Al cabo llegué a la conclusión de que, aun teniendo debida cuenta de que el tema mismo era más bien ajeno a la sensibilidad normal de las mujeres, la dama no debía ser italiana. Me pregunto si siquiera seria europea. Sea como fuere, ningún temperamento latino habría advertido nada morboso en la aguda conciencia del honor perdido. Puede que esa conciencia sea errónea, o quizás esté bien o tal vez se la pueda condenar como artificial; y es posible que mi Jim no sea un tipo muy común. Pero puedo asegurar a mis lectores que no es el producto de un frío pensamiento pervertido. Tampoco es una figura de las Brumas del Norte. Una mañana soleada, en los vulgares contornos de un ancladero del este, vi pasar su figura —atrayente, significativa, bajo una nube— totalmente silenciosa. Y así tiene que ser. A mí me correspondía, con toda la simpatía de que era capaz, buscar palabras adecuadas para su significación. Era "uno de nosotros".

J. C.

Junio de 1917

Capítulo 1

Tenía dos o quizá cuatro centímetros menos que un metro ochenta de estatura, una contextura poderosa, y avanzaba hacia uno en línea recta, con un leve encorvamiento de los hombros, la cabeza adelantada y una mirada fija, de abajo hacia arriba, que hacía pensar en la embestida de un toro. Su voz era profunda, fuerte, y sus modales exhibían una especie de empecinada autoafirmación que nada tenía de agresiva.

Parecía una necesidad, y en apariencia se dirigía tanto contra él mismo como contra cualquier otro. Era inmaculadamente pulcro, llevaba ropas impecablemente blancas, de los zapatos al sombrero, y gozaba de gran popularidad en varios puertos de Oriente donde se ganaba la vida como empleado de puerto de proveedores marítimos.

Un empleado de puerto no debe aprobar ningún examen de nada de lo que exista bajo el sol, pero debe poseer capacidad en abstracto y demostrarla en la práctica. Su trabajo consistía en correr con velas vapor o remos, compitiendo con otros empleados de puerto hasta llegar a cualquier barco a punto de anclar, saludar con alborozo a su capitán, meterle en la mano una tarjeta —la comercial del proveedor marítimo—y en su primera visita a tierra pilotearlo con firmeza, pero sin ostentación, hacia una vasta tienda, parecida a una caverna, repleta de cosas que se comen y beben a bordo de un barco; donde se puede conseguir cualquier cosa para hacerlo navegable y hermoso, desde un juego de ganchos de cadena para sus cables, hasta un librito de hoja de oro para las tallas de su popa; y donde su comandante es recibido como un hermano por un proveedor marítimo a quien nunca vio hasta ese momento. Hay una salita fresca, butacas, botellas cigarros, elementos para escribir, un ejemplar de los reglamentos del puerto, y una calidez de bienvenida que diluye en el corazón del marino la sal de tres meses de viaje. La vinculación así iniciada se mantiene, mientras el barco permanece anclado, con las visitas cotidianas del empleado de puerto. Con el capitán es fiel como un amigo y atento como un hijo; posee la paciencia de Job, la abnegada devoción de una mujer y la alegría de un compañero festivo. Más tarde se envía la cuenta. Es una ocupación bella y humana. Por lo tanto, los buenos empleados de puerto escasean.

Cuando uno de los que poseen capacidad de abstracto también tiene la ventaja de haber sido criado en el mar, vale para su empleador mucho dinero y cierta complacencia. Jira siempre recibía buenos salarios, y un trato tan afable que habría comprado la fidelidad de un demonio. Pero con negra ingratitud, de pronto abandonaba el puesto y se iba. Las razones que daba a sus empleadores eran evidentemente inadecuadas.

"¡Maldito tonto!", decían en cuanto les volvía la espalda. Tal era la crítica a su exquisita sensibilidad.

Para los blancos que se dedicaban a los negocios portuarios y los capitanes de barcos, era Jim, nada más. Es claro que tenía otro nombre, pero no quería que se lo pronunciase. Su incógnito, que tenía tantos agujeros como un cedazo, no estaba destinado a ocultar una personalidad, sino un hecho. Cuando el hecho se dejaba ver a través del incógnito, abandonaba de repente el puerto de mar en que se hallaba y se iba a otro, por lo general más hacia el este. Se aferraba a los puertos marítimos porque era un marino exiliado del mar y poseía Capacidad en abstracto, lo cual no sirve para otro trabajo que para el de empleado de puerto. Retrocedía con orden hacia el sol naciente, y el hecho lo perseguía, con negligencia pero de manera inevitable. Así se lo conoció, a lo largo de los años, sucesivamente en Bombay, Calcuta, Rangún, Penang, Batavia; y en cada uno de esos lugares de parada era nada más que Jim, el empleado de puerto. Después, cuando su aguda percepción de lo Intolerable lo apartó para siempre de los puertos y los hombres blancos, y lo hizo internarse inclusive en la selva virgen los malayos de las aldeas selváticas en las cuales elegía esconder su deplorable facultad agregaron una palabra al monosílabo de su incógnito. Lo llamaron Tuan Jim: lord Jim, como quien dice.

Provenía de una parroquia. Muchos comandantes de buenos barcos mercantes salían de esa, moradas de paz y piedad. El padre de Jim poseía de lo Incognoscible un conocimiento tan certero como el que hacía falta para la rectitud de los habitantes de las chozas, sin perturbar la paz espiritual de aquellos a quienes una Providencia que no falla permite vivir en mansiones. La iglesita de la colina tenia el musgoso tono gris de una roca vista a través de una desgarrada cortina de hojas.

Se erguía allí desde hacía siglos pero es probable que los árboles que la rodeaban recordasen la colocación de la primera piedra. Abajo, la fachada roja de la rectoría ardía con cálidos tintes en medio de los terrenos con césped, los canteros de flores y los abetos, con un huerto al fondo, una cuadra pavimentada a la izquierda y los vidrios inclinados delos invernaderos apoyados contra una pared de ladrillos. La vivienda había pertenecido a la familia durante generaciones, pero Jim era uno entre cinco hijos, y cuando, luego de un ligero curso de literatura de vacaciones, se declaró su vocación por el mar, se lo envió en el acto a un "barco de adiestramiento para oficiales de la marina mercante".

Allí aprendió un poco de trigonometría, y la manera de usar los juanetes. En general se simpatizaba con él. Tenía el tercer puesto en navegación y era remero del primer cúter.

Como era dueño de una cabeza firme y un físico excelente, se las arreglaba muy bien arriba, con las jarcias. Su puesto estaba en la cofa de trinquete, y desde allí miraba a menudo hacia abajo, con el desprecio de un hombre destinado a brillar en medio de los peligros, y veía la pacífica multitud de techos cortados en dos por la marea parda de la corriente, en tanto que, dispersas en las afueras de la llanura circundante, las chimeneas de las fábricas se erguían, perpendiculares, contra un cielo sucio, cada tina de ellas delgada como un lápiz y eructando humo corno un volcán. Podía ver los grandes barcos que partían, los anchos ferries en constante movimiento, los barquitos que flotaban muy abajo de sus pies, con el brumoso esplendor del mar a la distancia y la esperanza de una vida agitada en el mundo de la aventura.

En el puente de abajo, en la babel de doscientas voces, se olvidaba de sí y vivía de antemano, con el pensamiento, la vida marinera de la literatura ligera. Se veía salvando a personas de barcos hundidos, cortando mástiles en medio de un huracán, nadando a través de una rompiente con una cuerda; o como náufrago solitario, descalzo y semidesnudo, mientras caminaba sobre arrecifes a flor de agua en busca de mariscos para no morir de hambre. Enfrentaba a los salvajes en playas tropicales, aplastaba motines en alta mar, y en un botecito, en el océano, mantenía vivo el espíritu de hombres desesperados... ejemplo, siempre, de la dedicación al deber, y héroe tan impávido como los de los libros.

—Algo ocurre. Ven.

Se puso de pie de un salto. Los muchachos subían corriendo por las escalas. Arriba se oían grandes corridas y gritos, y cuando pasó por la escotilla permaneció inmóvil, como aturdido.

Era el anochecer de un día de invierno. El ventarrón había refrescado desde el mediodía e interrumpido el tráfico en el río, y ahora soplaba con la fuerza de un huracán, en ráfagas espasmódicas, que resonaban como salvas de grandes cañones que disparasen sobre el océano. La lluvia caía al sesgo, en láminas que parpadeaban y desaparecían, y entre una y otra Jim entrevió visiones de la tumultuosa marea, las pequeñas embarcaciones zarandeadas y sacudidas a lo largo de la costa, los edificios inmóviles en medio de la bruma que se espesaba, los anchos ferribotes que cabeceaban, pesados, al ancla; los vastos embarcaderos que subían y bajaban, ahogados por las rociaduras. La ráfaga siguiente pareció arrastrar consigo todo eso. El aire estaba henchido de aguas volantes. El ventarrón tenía una intención feroz, había una furiosa seriedad en el chillido del viento, en el brutal tumulto de la tierra y el cielo, que parecían dirigirse contra él, y que lo hicieron contener la respiración, atemorizado. Se quedó inmóvil. Le pareció que se le hacía girar en torno de sí.

Lo empujaron.

—¡Al cúter!

Los jóvenes corrieron a su lado. Un costero que corría en busca de refugio había atravesado a una goleta anclada, y uno de los instructores del barco presenció el accidente. Una multitud de jóvenes se treparon a las barandas, se apiñaron en torno de los pescantes.

—Colisión. Delante de nosotros. Mr. Symons lo vio.

Un empellón lo hizo trastabillar contra el palo de mesana, y se tomó de una maroma. El viejo barco de adiestramiento, encadenado a su amarradero, se estremecía de uno a otro extremo, se bamboleaba con suavidad, de proa al viento, y su escaso velamen canturreaba en un bajo profundo la entrecortada canción de su juventud en el mar.

—¡Arríen!

Vio que el bote, tripulado, descendía con rapidez debajo de la baranda, y corrió tras él. Oyó un chapoteo.

—¡Suelten! ¡Desenganchen las betas!

Se asomó. El río hervía en espumosas franjas. Se pudo ver al cúter, en la creciente oscuridad, bajo el impulso de la corriente y el viento, que por un momento lo mantuvieron clavado, sacudiéndose junto al barco. Una voz que gritaba le llegó, débil:

—¡Remen al compás, cachorros, si quieren salvar a alguien! ¡Al compás!

Y de pronto se levantó de proa y, saltando con los remos en alto sobre una ola rompió el hechizo que le imponían el viento y la marea.

Jim sintió que le apretaban el hombro con firmeza.

—Demasiado tarde joven. —El capitán del barco depositó el freno de su mano en el muchacho, quien parecía a punto de saltar por sobre la borda, y Jira levantó la vista con el dolor de la derrota consciente en la mirada. El capitán le sonrió con simpatía. —Mejor suerte la próxima vez. Eso te enseñará a ser más despierto.

Un agudo grito saludó al cúter. Regresó bailando, semi lleno de agua, y con dos hombres extenuados bañándose en las tablas del fondo.

El tumulto y la amenaza del viento y el mar le parecieron entonces despreciables a Jim, y le hicieron lamentar el haberse aterrorizado ante su ineficiente peligro. Ahora sabía qué pensar de él. Le pareció que el ventarrón carecía de importancia. Podía afrontar mayores riesgos, y mejor que nadie. No quedaba ni una partícula de temor. Pero caviló toda la noche, mientras el remero de proa del cúter —un muchacho con una cara como la de una niña y grandes ojos grises— era el héroe del puente inferior. Ansiosos interrogadores se apiñaban a su alrededor. El joven narraba:

—Vi que la cabeza se le asomaba y se hundía, y lancé mi bichero al agua. Se le enganchó en los pantalones y yo casi caí al agua, me pareció que estaba a punto, sólo que el viejo Symons soltó el timón y me agarró de las piernas... El bote casi se inundó. El viejo Symons es un buen tipo. No me molesta que nos gruña. Me maldijo durante todo el tiempo que me sostuvo la pierna, pero esa no era más que su manera de decirme que no soltara el bichero. El viejo Symons es muy excitable, ¿no? No, no el tipo bajito y rubio; el otro, el grande de barba. Cuando lo sacamos gimió: "¡Oh, mi pierna! ¡Oh, mi pierna!" ¿Alguno de ustedes se desmayaría de un golpe de bichero? Yo no. Se le clavó en la pierna hasta aquí. —Mostró el bichero, que había llevado abajo con tal fin, y provocó una gran sensación. —¡No, tonto! No lo sostuvo la carne, sino los pantalones. Mucha sangre, es claro.

Jim lo consideró una lamentable exhibición de vanidad. El ventarrón había patrocinado un heroísmo tan espurio como su propia ficción de terror. Se sentía furioso con el brutal amotinamiento de la tierra y el cielo, por tomarlo desprevenido y frenar injustamente su generosa disposición apenas por un pelo. En otro sentido, se alegraba de no haber ido en el cúter, pues una proeza de menor importancia tuvo idéntica utilidad. Había ampliado sus conocimientos en mayor medida que quienes hicieron la labor. Cuando todos los hombres retrocedieran, entonces —estaba seguro— sólo él sabría cómo hacer frente a la espuria amenaza del viento y el agua. Sabía qué pensar de ellos. Vistos sin apasionamiento, parecían despreciables. No percibía en sí ni una sola huella de emoción, y el efecto final del conmovedor acontecimiento fue que, inadvertido y separado de la ruidosa multitud de muchachos, se alborozó, con renovada certidumbre, por su avidez para la aventura y por un multifacético sentimiento de valentía.

Capítulo 2

Después de dos años de adiestramiento, navegó en el mar, y al penetrar en regiones tan bien conocidas por su imaginación, las encontró extrañamente estériles de aventuras. Hizo muchos viajes. Conocía la mágica monotonía de la existencia entre el cielo y el agua; tenía que soportar las críticas de los hombres, las imposiciones del mar y la prosaica severidad de la tarea cotidiana que hace ganar el pan, pero cuya única recompensa consiste en el perfecto amor al trabajo. Esta recompensa lo eludía. Pero no podía retroceder, porque nada existe más atrayente, desilusionante y esclavizante que la vida en el mar. Además, sus perspectivas eran buenas. Era caballeresco, tenaz, tratable, tenía un amplio conocimiento de sus obligaciones; y con el tiempo, cuando aún fuese muy joven llegaría a ser primer oficial de un buen barco, sin haber sido puesto a prueba jamás por los acontecimientos marinos que muestran a la luz del día la valía interior de un hombre, el filo de su temperamento y la fibra de la materia de que está hecho; que revelan la calidad de su resistencia y la verdad secreta de sus ficciones, no sólo a los demás, sino también a él mismo.

Una sola vez más volvió a entrever la sinceridad de la cólera del mar. Esa verdad no resulta evidente con tanta frecuencia como cree la gente. Existen muchos matices en el peligro de las aventuras y los huracanes, y sólo de vez en cuando aparece en la faz de los hechos una siniestra violencia de intención, ese no sé qué indefinible que dice a la mente y al corazón de un hombre que esa complicación de accidentes o esas furias elementales se precipitan contra él con un propósito de malicia, con una fuerza indominable, con una crueldad irrefrenada que quiere arrancarle su esperanza y su temor, el dolor de su fatiga y su ansia de descanso; que tiene la intención de aplastar, destruir, aniquilar todo lo que vio, conoció, amó, disfrutó u odió; todo lo apreciable y necesario, el sol, los recuerdos, el futuro; que ansía borrar por completo de su vista todo el precioso mundo mediante el sencillo y aterrador acto de quitarle la vida.

Jim, incapacitado por la caída de un palo al comienzo de una semana de la cual su capitán escocés solía decir luego:

—¡Hombre! ¡Para mí es un perfecto milagro que hayamos salido de ella con vida! —Jim, entonces, se pasó varios días echado de espaldas, aturdido, magullado, desesperanzado y atormentado, como si se hallara en el fondo de un abismo de inquietud. No le importaba cuál fuese el final, y en sus momentos de lucidez sobrevaloraba su indiferencia. El peligro, cuando no se lo ve, posee la imperfecta vaguedad del pensamiento humano. El miedo se vuelve incierto; y la Imaginación, la enemiga de los hombres, madre de todos los terrores, carente de estímulos se hunde a reposar en el embotamiento de la emoción agotada. Jim nada veía, salvo el desorden de su camarote sacudido. Yacía allí, aporreado en medio de una pequeña devastación, y en secreto se sentía feliz de no tener que subir al puente. Pero de vez en cuando se apoderaba de él, físicamente, una incontenible embestida de la angustia, lo hacía jadear y retorcerse bajo las mantas, y después, la nada inteligente brutalidad de una existencia pasible del tormento de tales sensaciones lo llenaba de un desesperado deseo de escapar a cualquier costo. Luego volvió el buen tiempo, y ya no pensó más en esto.

Pero su cojera persistió, y cuando el barco llegó a un puerto oriental tuvo que ir al hospital. Su recuperación era lenta, y lo dejaron allí.

No había nada más que otros dos pacientes en la sala de hombres blancos: el sobrecargo de una cañonera, que tenía una pierna fracturada por una caída a través de una escotilla; y una especie de contratista ferroviario de una provincia vecina, aquejado de quién sabe qué misteriosa enfermedad tropical, el cual tenía al médico por un asno y se dedicaba a secretas orgías con una medicina específica que un criado tamil solía llevarle de contrabando, con infatigable devoción. Se narraban unos a otros la historia de sus vidas, jugaban un poco a los naipes o, bostezando y en piyama, holgazaneaban durante todo el día en sillones, sin hablar. El hospital se erguía en una colina, y una suave brisa que entraba por las ventanas introducía en la habitación desnuda la dulzura del cielo, la languidez de la tierra, el hechicero aliento de las aguas orientales. Había perfumes en él, sugestiones de infinito reposo, el don de interminables sueños. Jim miraba todos los días sobre los matorrales de los jardines, más allá de los techos del pueblo, por encima de las frondas de las palmeras que crecían en la costa, hacia el fondeadero que es una calzada del Oriente; al fondeadero salpicado de islotes enguirnaldados, iluminado por un sol festivo, con barcos como juguetes, con su brillante actividad semejante a un espectáculo de vacaciones, con la serenidad eterna del cielo del este y la sonriente paz del mar del este adueñado del espacio hasta el horizonte.

En cuanto pudo caminar sin bastón, bajó al pueblo para buscar alguna oportunidad de volver a su hogar. No existía ninguna por el momento, y mientras esperaba se vinculó, como cosa natural, con los hombres de su oficio que encontraba en el puerto. Eran de dos tipos.

Algunos, muy pocos y a quienes se veía allí con muy escasa frecuencia, hacían una vida misteriosa, habían conservado una energía no destruida, con el temperamento de bucaneros y los ojos de soñadores.

Parecían vivir en un loco laberinto de planes, esperanzas, peligros, empresas, más allá de la civilización, en los lugares oscuros del mar; y su muerte era el único suceso de su fantástica existencia que parecía tener una razonable certidumbre de logro. La mayoría eran hombres que, como él, arrojados allí por algún accidente, se habían quedado como oficiales de los barcos del país. Ahora sentían horror por el servicio de la patria, con sus condiciones más duras, su concepción más severa del deber y los peligros de los océanos tormentosos. Se habían adaptado a la eterna paz del cielo y al mar de Oriente. Amaban las travesías breves, las buenas sillas de cubierta, las grandes tripulaciones nativas, y hacían una vida precariamente fácil, siempre al borde del despido; servían a chinos, árabes, mestizos, y habrían servido al demonio si éste les hubiese facilitado las cosas. Hablaban sin descanso de las vueltas de la suerte; de cómo Fulano había conseguido el mando de un barco en la costa de China, trabajo descansado; de cómo ese otro contaba con una vivienda cómoda en alguna parte del Japón, y aquél hacia una vida regalada en la marina de Siam. Y en todo lo que decían —en sus acciones, en su aspecto, en sus personas— se podía advertir el punto blando, la parte de decadencia, la decisión de haraganear con comodidad a lo largo de la existencia.

A Jim ese grupo chismorreador, visto como integrado por marinos, le pareció al principio más insustancial que otras tantas sombras.

Pero al cabo descubrió una fascinación en la visión de esos hombres, en su apariencia de buena vida con una porción tan reducida de peligro y trajín. Con el tiempo, junto con el desdén primitivo, creció poco a poco otro sentimiento. Y de pronto abandonó la idea de regresar al hogar y ocupó un puesto como primer oficial del Patna.

El Patna era un vapor local tan viejo como las colinas, esbelto como un galgo y corroído por el óxido mucho más que un condenado tanque de agua. Era de propiedad de un chino, fletado por un árabe y mandado por una especie de renegado alemán de Nueva Gales del Sur, muy ansioso por maldecir en público a su país natal, pero que, en apariencia basado en la victoriosa política de Bismarck, sometía a un trato brutal a todos aquellos a quienes no temía; exhibía una apariencia de "sangre y hierro", combinada con una nariz púrpura y un bigote rojo.

Después que el barco fue pintado por fuera y encalado por dentro, citando se hallaba anclado, con las calderas encendidas, junto a un espigón de madera, subieron a bordo alrededor de ochocientos peregrinos.

Lo hicieron por tres planchadas, entraron en torrente, acicateados por la fe y la esperanza del paraíso; irrumpieron con un continuo pisoteo y arrastrar de pies descalzos sin una palabra, un murmullo o una mirada hacia atrás. Y cuando pasaron al otro lado de las barandas dispuestas por todas partes en el puente, fluyeron de proa a popa, se desbordaron por las escotillas abiertas, inundaron los rincones internos del barco como el agua que llena un depósito, como el agua que llena las grietas y agujeros, corno el agua que se eleva en silencio hasta el borde mismo. Ochocientos hombres y mujeres con fe y esperanzas, con afectos y recuerdos, se reunieron allí, llegados del norte y del sur, y de la periferia del Oriente, después de hollar los senderos de la selva, de cruzar en pequeñas canoas de isla en isla de pasar por sufrimientos, conocer extraños espectáculos acosados por raros temores, sostenidos por un único deseo. Llegaban de chozas solitarias de la selva, de populosos campongs, de aldeas costeras del mar. Al llamado de una idea, habían abandonado sus bosques, sus claros, la protección de sus gobernantes, su prosperidad, su pobreza, el paisaje de su juventud y las tumbas de sus padres. Llegaban cubiertos de polvo, de sudor, de mugre, de harapos, los hombres fuertes a la cabeza de sus familias, los ancianos flacos avanzando sin esperanzas de regreso; los jóvenes, con ojos sin miedo, miraban con curiosidad; y tímidas jovencitas de larga cabellera caída, y las mujeres medrosas, embozadas y apretando contra el pecho, envueltos en los pliegues sueltos de los pañuelos de la cabeza, a sus niños dormidos, inconscientes peregrinos de una exigente creencia.

—Mire ese rebaño —dijo el capitán alemán a su nuevo segundo de a bordo.

Un árabe, el conductor del piadoso viaje, subió el último. Lo hizo con lentitud, hermoso y grave en su blanca vestidura y gran turbante.

Una hilera de criados lo seguían, cargados con su equipaje. El Patna soltó amarras y se alejó del muelle.

Pasó entre dos islotes, cruzó en línea oblicua el ancladero de veleros, describió un semicírculo a la sombra de una colina y siguió cerca de una saliente de espumeantes arrecifes. El árabe, de pie en la popa, recitó en voz alta la oración de los viajeros del mar. Invocó el favor del Altísimo para ese viaje, imploró Su bendición para los trabajos de los hombres y los secretos objetivos de sus corazones; el vapor golpeaba, en el oscurecer, las tranquilas aguas del estrecho; y muy a popa del barco peregrino, un faro de torre helicoidal, plantado por no creyentes en un traicionero bajo fondo, pareció guiñarle con su ojo de llama, como burlándose de su misión de fe.

Salió del estrecho, atravesó la bahía, continuó su marcha a través del paso de "un grado". Siguió en línea recta hacia el mar Rojo, bajo un cielo sereno, bajo un cielo quemante y sin nubes, envuelto en un fulgor de sol que mataba todo pensamiento, oprimía el corazón, agostaba todos los impulsos de fuerza y energía. Y bajo el siniestro esplendor de ese cielo, el mar, sin una ondulación, sin una arruga, viscoso, estancado, muerto. El Patna, con un leve silbido, pasó sobre esa llanura luminosa y lisa, desenrolló una negra cinta de humo en el cielo, dejó tras de sí, en el agua, una franja blanca de espuma que desapareció en el acto, como el fantasma de una pista trazada en un mar inerte por el fantasma de un vapor.

Todas las mañanas, el sol, corno si estableciera el ritmo de sus revoluciones según el avance de la peregrinación, surgía con un silencioso estallido de luz, exactamente a la misma distancia a popa del barco, lo alcanzaba al mediodía, derramaba el fuego concentrado de sus rayos sobre los piadosos objetivos de los hombres, resbalaba hacia delante en su descenso y se hundía misteriosamente en el mar, noche tras noche, conservando, adelante, la misma distancia respecto de las amuras de la embarcación que avanzaba. Los cinco blancos de a bordo vivían en medio del buque, aislados del cargamento humano. Las toldillas cubrían el puente con un techo blanco, de proa a popa, y un leve zumbido, un bajo murmullo de voces tristes, era lo único que revelaba la presencia de una muchedumbre en la gran llamarada del océano. Así eran los días, inmóviles, calientes, pesados, y uno tras otro desaparecían en el pasado, como si cayesen en un abismo para siempre abierto en la estela del barco, solitario bajo un penacho de humo, firme en su trayecto, negro y ardiente en una luminosa intensidad, como encendido por una llama lanzada sobre él desde un cielo carente de piedad.

Las noches caían como una bendición.

Capítulo 3

Un silencio maravilloso impregnaba el mundo, y las estrellas junto con la serenidad de sus rayos, parecían derramar sobre la tierra la certeza de una seguridad eterna. La joven luna curva, que brillaba muy baja en el oeste, era como una delgada viruta cortada de una barra de oro, y el mar de Arabia, liso y fresco a la vista como una hoja de hielo, extendía su perfecto nivel hacia el círculo perfecto de un horizonte negro. La hélice giraba sin descanso, como si su palpitación formase parte del esquema de un universo seguro; y a cada lado del Patna dos hondos pliegues de agua, permanentes y sombríos en el inarrugado cabrilleo, encerraban en sus lomos rectos y divergentes unos pocos remolinos blancos de espuma que estallaban en un siseo bajo, unas olitas, unas ondulaciones que, cuando quedaban atrás, agitaban la superficie del mar por un instante, después del paso del barco, se calmaban, chapoteando con suavidad, y por último se fundían con la inmovilidad circular del agua y el cielo, con el punto negro de la móvil embarcación siempre en el centro.

En el puente, Jim se sentía penetrado por la gran certidumbre de ilimitada seguridad y paz que podían leerse en el silencioso aspecto de la naturaleza, como la certidumbre del amor nutricio en la plácida ternura de un rostro materno. Debajo de las toldillas entregados a la sabiduría de los hombres blancos y a su valentía, confiados en el poder de su incredulidad y en la cáscara férrea de su barco de fuego, los peregrinos de una fe exigente dormían en esteras, en mantas, en tablas desnudas, en todos los rincones oscuros, envueltos en telas teñidas, embozados en guiñapos sucios, con la cabeza apoyada en ataditos, con el rostro apretado contra los brazos plegados: los hombres, las mujeres y los niños; los viejos con los jóvenes, los decrépitos con los robustos, todos iguales en el sueño, hermano de la muerte.

Una corriente de aire, soplada desde adelante por la velocidad del barco, pasaba sin cesar a través de la larga penumbra, entre las altas amurallas recorría las hileras de cuerpos yacentes. Unas pocas llamas tenues, en lámparas de globo, pendían, bajas, aquí y allá, debajo de las cumbreras; y en los borrosos círculos de luz que caían y temblaban apenas con la incesante vibración del barco, aparecía una barbilla levantada, dos párpados cerrados, una mano oscura con anillos de plata, un magro miembro envuelto en una tela desgarrada, una cabeza echada hacia atrás, un pie desnudo, una garganta estirada como ofreciéndose al cuchillo. Los acomodados habían construido para sus familias refugios con pesados cajones y polvorientos felpudos; los pobres reposaban lado a lado con todo lo que poseían en la tierra envuelto en un trapo, bajo la cabeza. Los ancianos solitarios dormían con las piernas recogidas sobre sus alfombrillas de orar, los oídos cubiertos por las manos y un codo a cada lado de la cara. Un padre, con los hombros levantados y las rodillas bajo la frente, dormitaba, desalentado, junto a un niño que dormía de espaldas, con el cabello revuelto y un brazo imperiosamente extendido. Una mujer cubierta de pies a cabeza, como un cadáver, por una tela blanca, tenía un chico desnudo en el hueco de cada brazo. Las pertenencias del árabe, apiladas a popa, componían un pesado montículo de bordes quebrados, con una lámpara de cargamento suspendida encima y una gran confusión detrás: vislumbres de ventrudos cacharros de bronce, el apoya pies de una silla de tijera, hojas de lanzas, la vaina recta de una vieja espada apoyada sobre un montón de almohadas, el pico de una cafetera de hojalata. La corredera del coronamiento hacía resonar periódicamente un único golpe tintineante por cada milla recorrida en la misión de fe. Sobre la masa de durmientes flotaba a veces un suspiro débil y paciente, la exhalación de un sueño inquieto; y breves repiqueteos metálicos estallaban de pronto en las profundidades del barco, el áspero raspar de una pala el golpe violento de la puerta de un horno, estallidos brutales, como si los hombres que manipulaban las cosas misteriosas de abajo tuviesen el pecho henchido de una cólera feroz. En tanto que el esbelto y alto casco del vapor seguía hacia delante, sin un balanceo de sus mástiles desnudos, tajeando continuamente la gran calma de las aguas bajo la inaccesible serenidad del cielo.

Jim se paseaba por el barco, y sus pisadas en el vasto silencio eran ruidosas aun para sus propios oídos, como si repercutieran en las vigilantes estrellas. Sus ojos vagaban por la línea del horizonte, parecían mirar, hambrientos, lo inalcanzable, y no velan la sombra del suceso inminente. La única sombra era la del humo negro que vomitaba con fuerza, por la chimenea, su inmenso gallardete, cuyo extremo se disolvía constantemente en el mar. Dos malayos, silenciosos y casi inmóviles, timoneaban, uno a cada lado de la rueda, cuyo borde de bronce brillaba en fragmentos, en el óvalo de luz que arrojaba la bitácora. De vez en cuando aparecía en la parte iluminada una mano, con dedos negros que por turno soltaban y aferraban los rayos giratorios; los eslabones de la cadena de la rueda chirriaban, pesados, en las muescas del eje. Jim echaba una mirada a la brújula miraba el horizonte inalcanzable, se desperezaba hasta que las articulaciones le crujían, con un lánguido giro del cuerpo, en el exceso mismo del bienestar; y como si el invencible aspecto de la paz lo volviera audaz, sentía que nada le importaba de lo que pudiera ocurrirle hasta el final de sus días. En ocasiones observaba, ocioso, un mapa clavado con cuatro chinches de dibujo a una baja mesita de tres patas, detrás de la caja del engranaje del gobernalle. La hoja de papel que representaba las profundidades del mar exhibía una superficie brillante bajo la luz de una lámpara de ojo de buey atada a un barraganete, una superficie lisa y suave como la reluciente superficie de las aguas. Sobre él reposaban las reglas paralelas con un compás encima; la posición del barco al mediodía estaba marcada con una crucecita negra, y la recta a lápiz, trazada con firmeza Basta Perim, expresaba el rumbo de la nave, el sendero de almas hacia el lugar santo, la promesa de salvación, la recompensa de vida eterna, mientras el lápiz, cuya aguzada punta tocaba la costa de Somalía, yacía, cilíndrico e inmóvil, como un desnudo mástil de barco que flotase en el estanque de un dique protegido. "Cuán firme va", pensó Jim con asombro, con algo así como gratitud por esa elevada paz de sosiego y cielo. En esas ocasiones sus pensamientos estaban repletos de acciones valerosas; amaba esos sueños y los éxitos de sus hazañas imaginarias. Eran las mejores partes de la vida, su verdad secreta, su realidad oculta. Poseían una encantadora virilidad, el hechizo de la vaguedad. Pasaban ante él con pisadas heroicas; se llevaban su alma consigo y la embriagaban con el divino filtro de la ilimitada confianza en sí misma. Nada había que no pudiese enfrentar. Se sentía tan encantado con la idea, que sonreía, y mantenía la mirada fija hacia delante con negligencia. Y cuando por casualidad miraba hacia atrás, veía la blanca franja de la estela trazada tan recta en el mar por la quilla del barco como la línea negra dibujada por el lápiz en el mapa.

Los cubos de ceniza repiqueteaban, al subir y bajar por el ventilador del cuarto de calderas, y ese estrépito de recipientes le anunciaba que el final de su guardia estaba próximo. Suspiraba de satisfacción, y también de pena por tener que separarse de esa serenidad que alimentaba la aventurera libertad de sus pensamientos. Además, estaba un poco soñoliento, y sentía que una agradable languidez le recorría todo el cuerpo, como si toda la sangre se le hubiese convertido en leche tibia. Su capitán se había acercado en silencio, en piyama y con la chaqueta de dormir abierta. Carirrojo, apenas semi despierto, el ojo izquierdo cerrado en parte, el derecho de mirada estúpida y vidriosa, inclinó la cabezota sobre el mapa y se rascó las costillas adormilado.

Había algo obsceno en la visión de su carne desnuda. El pecho al descubierto brillaba suave y grasiento, como si en el sueño hubiese sudado su grasa. Pronunció una observación profesional con voz áspera y muerta, parecida al sonido de la lima de madera en el borde de una tabla; el pliegue de la doble papada le colgaba como una bolsa amarrada bajo el gozne de la quijada. Jim se sobresaltó, y su respuesta fue deferente, pero la odiosa y carnuda figura, como si la viese por primera vez en un momento de revelación, se le fijó para siempre en la memoria como la encarnación de todo lo vil y bajo que acecha en el mundo que amamos; con el corazón confiamos nuestra salvación a los hombres que nos rodean, a las visiones que llenan nuestros ojos, a los sonidos que penetran en nuestros oídos, al aire que desborda en nuestros pulmones.

La delgada viruta de oro que flotaba con lentitud hacia abajo se había perdido en la superficie oscurecida de las aguas, y la eternidad, más allá del cielo, parecía bajar más a la tierra, con el resplandor acrecentado de las estrellas con la lobreguez más profunda en el lustre de la cúpula semitransparente que cubría el disco chato de un mar opaco. El barco se movía con tanta suavidad, que su movimiento hacia delante resultaba imperceptible para los sentidos de los hombres, como si hubiese sido un atestado planeta que volase por los negros espacios del éter, más allá del enjambre de soles, en las aterradoras y serenas soledades que esperaban el aliento de futuras creaciones.

—La palabra calor no alcanza para decir lo que sucede abajo afirmó una voz.

Jim sonrió, sin volverse para mirar. El capitán presentaba una inmóvil amplitud de espalda: la treta del renegado consistía en parecer significativamente inconsciente de la existencia de uno, hasta que convenía para sus fines darse vuelta y lanzar una furiosa mirada devoradora antes de soltar un torrente de jerga insultante, llena de espumarajos, que surgía como un borbotón de una cloaca. En ese momento no hizo más que emitir un hosco gruñido; el subjefe de máquinas, en la parte superior de la escala del puente, continuó, impávido, mientras amasaba con palmas húmedas un trapo sucio, el relato de sus quejas. Los marineros la pasaban bien ahí arriba, y maldito sea si entendía qué utilidad tenían para el mundo. Los pobres diablos de los maquinistas debían hacer marchar el barco de cualquier manera, y muy bien podían ocuparse además de todo lo otro; caramba, ellos...

—Cállese —gruñó el alemán, estólido.

—¡Sí! Cállese... Y cuando algo anda mal, vienen corriendo a buscarnos, ¿no? —continuó el otro. Tenía la impresión de estar más que cocinado a medias; pero de cualquier manera no le importaba todo lo que había pecado, porque en los últimos tres días había pasado por un magnífico curso de preparación para el lugar al cual van los chicos malos cuando mueren en verdad que sí... además de haber quedado ensordecido por el maldito estrépito de abajo. El condenado montículo de basura compleja, podrida y condensada repiqueteaba y golpeaba allí como un viejo cabrestante de puente, sólo que más aún. Y ni él mismo podía decir qué le hacía arriesgar la vida todas las noches y días creados por el Señor, en medio de los desperdicios de una playa de desguace que vuela de un lado a otro a cincuenta y siete revoluciones. Sin duda había nacido sin capacidad para reflexionar, cuernos. Él...

—¿De dónde sacó bebida? —preguntó el alemán, muy salvaje, pero inmóvil a la luz de la bitácora, como una torpe efigie de un hombre tallado en un bloque de grasa. Jim continuó sonriendo al horizonte que retrocedía; tenía el corazón henchido de impulsos generosos, y su pensamiento contemplaba su propia superioridad.

—¡Bebida! —repitió el maquinista con amable desprecio. Se aferraba con ambas manos a la baranda, sombría figura de piernas flexibles—.

No de usted, capitán. Usted es demasiado mezquino, cuernos. Preferiría dejar morir a un buen hombre antes que darle una gota de schnapps.

Eso es lo que ustedes, los alemanes, llaman economía. Ahorran peniques y derrochan libras. —Se puso sentimental. El jefe le había dado un trago de cuatro dedos a eso de las diez.—¡Uno solo, lo juro! El bueno y viejo jefe. —Pero en cuanto a sacar al viejo falsario de su litera... ni una grúa de cinco toneladas lo conseguiría. Ni pensarlo. Por lo menos esa noche. Dormía dulcemente, como un chiquillo, con una botella de coñac de primera bajo la almohada. De la gruesa garganta del comandante del Patna salió un bajo retumbo, en el cual el sonido de la palabra schwein aleteó de arriba abajo como una caprichosa pluma en una leve corriente de aire. Él y el jefe de máquinas eran compinches desde hacía muchos años; servían al mismo chino jovial y taimado, de gafas con montura de cuerno e hilos de seda roja trenzados en los venerables cabellos canos de su coleta. La opinión de los muelles en el puerto de base del Patna era que esos dos, en materia de descarados peculados, "habían hecho muy bien juntos, todo lo que pueda pensarse". Por fuera no combinaban bien: uno de mirada apagada, malévolo y de suaves curvas carnosas; el otro delgado, todo huecos, con una cabeza larga y huesuda como la de un caballo viejo, mejillas y sienes hundidas, indiferente mirada turbia de ojos hundidos. Había quedado encallado en algún punto del Oriente, en Cantón, Shanghai o tal vez Yokohama; quizá ni siquiera a él mismo le interesaba recordar la localidad exacta, y menos aún la causa de su naufragio. Por piedad para con su juventud, se lo expulsó con discreción de su barco, hacía veinte años, o más, y habría podido ser tanto peor para él que el recuerdo del episodio casi no contuviese huellas de desdicha. Luego, cuando la navegación de vapor se extendió en esos mares y los hombres de su oficio escasearon al comienzo, en cierto modo "siguió adelante". Se esforzaba por hacer saber a los desconocidos, en un lúgubre murmullo, que "aquí era un viejo caballo de diligencia". Cuando se movía, un viejo esqueleto parecía agitarse, suelto, debajo de sus ropas; su marcha era un simple vagabundeo, y así solía vagar por la lumbrera del cuarto de máquinas, fumando sin placer tabaco modificado en un cuenco de bronce fijado al extremo de una boquilla de cerezo de un metro veinte de largo, con la imbécil gravedad de un pensador que elaborase un sistema filosófico a partir de la brumosa visión de una verdad. Por lo general no era muy generoso con su acopio personal de bebidas alcohólicas, de modo que su segundo, un hijo de Wapping, débil de cerebro, se mostraba muy feliz, desfachatado y parlanchín, entre lo inesperado del convite y la fuerza de la bebida. La furia del alemán de Nueva Gales y del Sur era extrema: resoplaba cono un tubo de escape, y Jim, un tanto divertido con la escena, esperaba con impaciencia el momento de bajar. Los últimos diez minutos de la guardia eran irritantes como un arma que no dispara; esos hombres no pertenecían al mundo de la aventura heroica.

Pero no; eran malos tipos. Y aun el propio capitán... Se le cerró, la garganta ante la visión de la masa de carne jadeante de la cual surgían murmullos que gorgoteaban un nebuloso hilo de expresiones obscenas.

Pero experimentaba una languidez demasiado placentera para sentir un desagrado activo por esa; o cualquier otra cosa. La calidad de esos hombres no importaba; se rozaba con ellos pero no podían tocarlo.

Compartía; el aire que respiraban, pero él era distinto... ¿Atacaría el capitán al jefe de máquinas?.. La vida era fácil y él estaba demasiado seguro de sí... demasiado seguro de sí para... La línea que separaba su meditación de una cabeceada subrepticia, de pie, era más delgada que el hilo de una tela de araña.

El subjefe de máquinas llegaba, en fáciles transiciones, a la consideración de sus finanzas y su valentía.

—¿Quién está borracho? ¿Yo? ¡No, no, capitán! Nada, de eso. Ya tendría que saber que el jefe no es lo bastante generoso como para emborrachar a un gorrión, cuernos. La bebida jamás me hizo daño en la vida; todavía no se fabricó, la que pueda embriagarme a mí. Podría beber fuego líquido, vaso por vaso, con otro que bebiese whisky, cuernos, y mantenerme fresco como una lechuga. Si creyese que estoy ebrio, saltaría por la borda... terminaría conmigo mismo, cuernos, ¡Lo juro! ¡Sin vacilar! Y no me iré del puente. ¿Dónde quiere que tome aire en una noche como esta, eh? ¿En la cubierta, entre esas sabandijas de abajo? Sí, ¿eh? No tengo miedo de nada de lo que pueda hacerme.

El alemán levantó al cielo dos pesados puños y los sacudió un poco sin hablar.

—No conozco el miedo —continuó el maquinista, con el entusiasmo de una sincera convicción—. ¡No temo hacer ton, do el condenado trabajo en este bote podrido, cuernos! Y es una bendición para usted que haya en el mundo algunos de nosotros que no temen por sus vidas, o dónde estaría, si no... usted y este vejestorio, con planchas como papel de estraza... papel de estraza, lo juro, ¿eh? Para usted está muy bien...

saca una cantidad de dinero de todo esto, de una u otra manera, ¿pero y yo, qué tengo yo? Unos míseros ciento cincuenta dólares por mes, y haga lo que le parezca. Quiero preguntarle con respeto... con respeto, ¿entiende? ¿quién no mandaría al demonio un trabajo de porquería como este? ¡No es seguro, lo juro, no lo es! Sólo que yo soy uno de esos que no tienen miedo...

Soltó la baranda e hizo amplios ademanes, como si demostrase en el aire la forma y extensión de su valor; su voz aguda se precipitó en prolongados chillidos hacia el mar, retrocedió y avanzó en puntas de pies para conseguir más fuerza de emisión, y de pronto cayó hacia abajo, de cabeza, como si lo hubieran golpeado con una porra desde atrás. Dijo "¡Maldito sea!" al derrumbarse; un instante de silencio siguió a sus chillidos. Jim y el capitán avanzaron tambaleando de común acuerdo, y deteniéndose, se quedaron muy tiesos e inmóviles, mientras miraban, asombrados, el nivel imperturbable del mar. Luego miraron hacia arriba, a las estrellas.

¡Qué había sucedido! El jadeante repiqueteo de las máquinas continuaba. ¿La tierra se había detenido en su trayectoria? No entendían; y de pronto el mar sereno, el cielo sin nubes, parecieron formidablemente inseguros en su inmovilidad, como suspendidos al borde del vacío y la destrucción. El maquinista rebotó cuan largo era, y volvió a derrumbarse en un vago montón. El montón decía "¿Qué es eso?" con apagado acento de profunda pena. Un ruido tenue, como de un trueno, de un trueno infinitamente remoto, apenas algo más que una vibración, pasó con lentitud, y el barco se estremeció en respuesta, como si el trueno hubiese gruñido en las profundidades del océano. Los ojos de los dos malayos de la rueda del timón brillaron hacia los hombres blancos, pero sus manos oscuras siguieron apretadas sobre los rayos de las ruedas. El aguzado casco, que continuaba abriéndose paso, pareció elevarse unos centímetros, varias veces, en toda su longitud, como si se hubiera vuelto flexible, y volvió a dedicarse, rígido, a su tarea de hendir la lisa superficie del mar. Sus estremecimientos cesaron, y el débil ruido del trueno se interrumpió en el acto, como si el barco hubiese atravesado un delgado cinturón de agua tensa y aire canturreante.

Capítulo 4

Un mes después, más o menos, cuando Jim, en respuesta a punzantes preguntas, trataba de relatar con sinceridad la verdad de esa experiencia, decía, hablando del barco:

—Pasó con tanta facilidad sobre lo que fuera, como una serpiente que reptase sobre un palo.

El ejemplo era bueno; las preguntas de ellos apuntaban a los hechos, y la investigación oficial se llevaba a cabo en el tribunal policial de un puerto de Oriente. Él se encontraba elevado, en el banquillo de los testigos, con las mejillas ardientes en una sala fresca, alta; el gran armazón de los punkahs se movía con suavidad de atrás hacia delante, por sobre su cabeza, y abajo muchos ojos lo miraban desde caras oscuras, rojas, blancas; desde rostros atentos, hechizados, como si todas esas personas sentadas en ordenadas filas y filas de estrechos bancos hubiesen quedado esclavizadas por la fascinación de su voz. Era fuerte, resonaba desconcertante en sus propios oídos; era el único sonido audible en el mundo, pues las preguntas terriblemente claras que le arrancaban las respuestas parecían modelarse en angustia y dolor en su pecho; le llegaban penetrantes y silenciosas como el terrible interrogatorio de la propia conciencia. Fuera del tribunal el sol llameaba; adentro estaba el viento de los grandes punkahs que lo hacía a uno estremecerse, la vergüenza que lo hacía arder, los ojos atentos cuya mirada apuñalaba. El rostro del magistrado presidente, afeitado e impasible, lo miraba con mortal palidez por entre las caras rojas de los dos asesores náuticos. La luz de un ancho ventanal, debajo del cielo raso, caía sobre las cabezas y hombros de los tres hombres, y tenían una claridad feroz en la media luz de la gran sala en que el público parecía compuesto de sombras que miraban. Querían hechos. ¡Hechos! ¡Le exigían hechos, como si los hechos pudiesen explicar algo!

—Después que llegó a la conclusión de que habían chocado contra algo que flotaba, digamos un resto de naufragio, su capitán le ordenó que fuese a proa para ver si se había producido algún daño. ¿Le pareció eso posible por la fuerza del golpe? —preguntó el asesor sentado a la izquierda. Tenía una delgada barba en forma de herradura, pómulos salientes; con los dos codos apoyados en el escritorio se apretaba las toscas manos ante la cara, y miraba a Jim con pensativos ojos azules.

El otro, un hombre pesado, despectivo, espaldado en el asiento, el brazo izquierdo extendido, tamborileaba delicadamente con las yemas de los dedos en un secante. En el centro, el magistrado, erguido en la amplia butaca, la cabeza un tanto inclinada sobre el hombro, tenía los brazos cruzados en el pecho y unas pocas flores en un jarrón de vidrio, al costado de su tintero.

—No —respondió Jim—. Se me dijo que no llamara a nadie, que no hiciese ruido, por temor a provocar el pánico. La precaución me pareció razonable. Tomé una de las lámparas colgadas debajo de las toldillas y fui a proa. Después de abrir la escotilla delantera, oí chapoteos.

Entonces bajé la lámpara hasta donde daba el acollador y vi que ya había agua hasta más arriba de la mitad. Entonces supe que debía haber un gran boquete debajo de la línea de flotación. —Se interrumpió.

—Sí —dijo el asesor corpulento, con una sonrisa soñadora al secante. Sus dedos jugaban sin cesar, tocaban el papel sin ruido.

—En ese momento no pensé en el peligro. Puede que me haya sobresaltado un poco. Todo ocurrió en forma tan silenciosa, y tan de repente... Sabía que en el barco no existía más mamparo que el de choque, que separaba el espacio de proa de la bodega. Volví a decírselo al capitán. Me encontré con el segundo jefe de máquinas al pie de la escala de cubierta; parecía aturdido, y me dijo que tenía la impresión de haberse fracturado el brazo izquierdo; se había resbalado en el escalón de arriba, al bajar, mientras yo estaba adelante. "¡Mi Dios! — exclamó—. Ese maldito mamparo cederá en un minuto, y todo este maldito cascarón se hundirá bajo nuestros pies como un trozo de plomo." Me apartó con el brazo derecho y subió corriendo, delante de mí, por la escala gritando mientras trepaba. El brazo izquierdo le colgaba al costado. Yo no llegué a tiempo para ver que el capitán se tado. Yo no llegué a tiempo para ver que el capitán se precipitaba hacia él y lo derribaba de espaldas. No volvió a golpearlo; se inclinó sobre él y le habló con ira, pero en voz baja. Me imagino que le preguntaba por qué demonios no iba a parar las máquinas en lugar de hacer un escándalo en el puente. "¡Levántese! ¡Corra! ¡Vuele!", le oí decir. También maldijo. El maquinista se deslizó por la escala de estribor y corrió alrededor de la lumbrera hacia la escala del cuarto de máquinas, que se encontraba del lado de babor.

Mientras corría, gemía...

Hablaba con lentitud; recordaba con rapidez, y en forma muy vívida. Habría podido reproducir, como un eco, los gemidos del maquinista, para mejor información de esos hombres que querían hechos.

Después de su primera rebelión, aceptó el punto de vista de que sólo una minuciosa precisión en las declaraciones podría delinear el verdadero horror que había detrás del rostro atroz de las cosas. Los hechos que esos hombres se mostraban tan ansiosos por conocer habían sido visibles, tangibles, abiertos a los sentidos, con su lugar ocupado en el espacio y el tiempo, y para su existencia exigían un vapor de mil cuatrocientas toneladas y veintisiete minutos por reloj. Componían un conjunto que tenía rasgos, matices de expresión, un complicado aspecto que podía ser recordado por el ojo, y algo más, algo invisible, un espíritu director de perdición que moraba adentro, como un alma malévola en un cuerpo detestable. Ansiaba dejar eso en claro. No había sido un asunto común, todo en él tuvo la máxima importancia, y por fortuna lo recordaba todo. Quería seguir Hablando en bien de la verdad, quizá también en su propio bien. Y en tanto que sus declaraciones eran deliberadas, sus pensamientos volaban en torno del apretado círculo de hechos que habían surgido en su derredor para separarlo del resto de los de su especie. Era como una criatura que, al encontrarse encerrada en un cercado de altas estacas, corre en redondo, enloquecida en la noche, tratando de encontrar un punto débil, una grieta, un lugar que escalar, alguna abertura por la cual escurrirse y huir. Esa espantosa actividad mental lo hacía vacilar en ocasiones, mientras hablaba.. .

—El capitán siguió yendo de un lado a otro, por el puente; parecía bastante sereno, sólo que en varias ocasiones se tambaleó. Y en un momento en que estaba hablándole caminó hacia mí, como si estuviera ciego. No me ofreció una respuesta definida a lo que le decía. Masculló para sí. Sólo escuché unas pocas palabras que parecían ser "¡maldito vapor!" y "¡vapor del demonio!"... algo sobre el vapor. Pensé.

Empezaba a decir desatinos; una pregunta concreta lo interrumpió, como un ramalazo de dolor, y se sintió muy desalentado y fatigado. Estaba por llegar, ya llegaba meso... y ahora, frenado brutalmente, debía contestar por sí o por no. Respondió con veracidad mediante un "Sí", y, agradable de rostro, grande de contextura, de ojos jóvenes y sombríos, mantuvo los hombros erguidos por sobre la baranda, mientras el alma se le retorcía por dentro. Se le hizo contestar a otra pregunta, muy concreta e igualmente inútil, y volvió a esperar. Tenía la boca seca e insípida, como si hubiese estado comiendo polvo, y luego salada y amarga, como después de un trago de agua de mar. Se enjugó la frente húmeda, se pasó la lengua por los labios resecos, sintió que un estremecimiento le recorría la espalda. El asesor corpulento había dejado caer los párpados y tamborileaba en silencio, indiferente y lúgubre; los ojos del otro, por encima de los dedos atezados, entrelazados, parecían resplandecer de bondad. El magistrado se había desplazado hacia delante; su rostro pálido se destacaba sobre las flores, y luego, dejándose caer de costado, sobre el brazo de la butaca, apoyó la sien en la palma de la mano. El viento de los punkahs bajaba en remolinos por encima de las cabezas, sobre los nativos de rostro oscuro, envueltos en voluminosas telas; sobre los europeos, sentados juntos, muy acalorados, en trajes de dril que parecían ajustarles tanto como la piel, y con los redondos cascos de corcho sobre las rodillas. En tanto que deslizándose a lo largo de las paredes, los criados del tribunal, de largas casacas blancas abotonadas, corrían con rapidez de un lado a otro, descalzos, de cinturón rojo, turbante rojo en la cabeza, silenciosos como fantasmas y despiertos como otros tantos perros de caza.

Los ojos de Jim, que vagaban en los intervalos entre una y otra respuesta, se fijaron en un hombre blanco que se mantenía apartado de los otros, de rostro gastado y sombrío, pero con mirada tranquila que se clavaba directamente, interesada y clara. Jim respondió a otra pregunta y tuvo la tentación de gritar "¡De qué sirve esto! ¡De qué sirve!" Golpeó apenas con el pie, se mordió el labio y apartó la vista por sobre las cabezas. Se encontró con los ojos del hombre blanco. La mirada que se le dirigía no era la fascinada de los otros. Era un acto de volición inteligente. Entre dos preguntas, Jim se olvidó de sí hasta el punto de encontrar tiempo para un pensamiento. Este individuo —decía el pensamiento— me mira como si pudiera ver a alguien o algo por encima de mi hombro. Ya se había cruzado antes con ese hombre... tal vez en la calle. Estaba seguro de no haberle hablado nunca.

Durante muchos días no habló con nadie, sino que mantuvo una conversación silenciosa, incoherente e interminable consigo mismo, como un prisionero a solas en su celda o un viajero perdido en una selva. En ese momento contestaba a preguntas sin importancia, aunque tenían un objetivo, pero dudaba de volver a hablar mientras viviese. El sonido de sus veraces afirmaciones confirmaba su opinión deliberada de que el hablar ya no le servía. Ese hombre parecía tener conciencia de su desesperada dificultad. Jim lo miró y luego desvió la vista con decisión, como en una despedida final.

Y más tarde en muchas ocasiones, en distintas partes del mundo, Marlow se mostraba dispuesto a recordar a Jim, a recordarlo prolongadamente, en detalle y de manera audible.

Ello ocurría, a veces, después de la cena, en una galería envuelta en follaje inmóvil y coronada de flores, en el denso anochecer moteado de ígneos fuegos de cigarros. De vez en cuando un pequeño resplandor rojo se movía de golpe y esparcía luz sobre los dedos de una mano lánguida, parte de un rostro en profundo reposo, o encendía un resplandor carmesí en un par de ojos pensativos, sombreados por un fragmento de una frente serena; y con la primera palabra pronunciada, el cuerpo de Marlow, extendido en reposo en el asiento, se inmovilizaba, como si su espíritu hubiera volado hacia atrás, por sobre el tiempo, y hablase por sus labios desde el pasado.

Capítulo 5

—Oh, sí. Asistí a la investigación —solía decir—, y hasta hoy no dejé de preguntarme por qué fui. Estoy dispuesto a creer que cada uno de nosotros tiene un ángel guardián, si ustedes me conceden que cada uno también tiene un demonio familiar. Quiero que lo admitan, porque no me siento excepcional de ninguna manera y sé que lo tengo; el demonio, quiero decir. Es claro que no lo he visto, pero me baso en pruebas circunstanciales. Está aquí, y como es malicioso me deja meterme en ese tipo de cosas. ¿Qué tipo de cosas, me preguntan? Pues lo de la investigación, lo del perro amarillo —nadie creería que un sarnoso gozque nativo pudiese hacer tropezar a la gente en la galería del tribunal de un magistrado, ¿no?—, el tipo de cosas que por caminos indirectos, inesperados, realmente diabólicos, me hace toparme con hombres con puntos blandos, puntos duros, puntos de peste oculta, ¡caramba!, y les afloja la lengua, con sólo verme, para sus infernales confidencias.

Como si, en verdad, no tuviese que hacerme confidencias yo mismo, como si —¡Dios me ampare!— no tuviera suficiente información confidencial acerca de mí para torturarme el alma hasta el final del plazo que se me ha acordado. ¿Y qué Hice para ser favorecido de ese modo?

Quiero saberlo. Declaro que estoy tan repleto de mis propias preocupaciones como cualquiera, y poseo tanta memoria como el peregrino común de este valle, de modo que ya ven que no tengo mucha competencia para ser un receptáculo de confesiones. ¿Y por qué, entonces?

No sé... salvo que sea para pasar el rato después de la cena. Charley, mi querido amigo, tu cena fue muy buena, y en consecuencia estos hombres consideran que una tranquila partida de bridge sería una ocupación tumultuosa. Se regodean en tus sillones y piensan: "Al diablo con los esfuerzos. Que hable Marlow".

¡Hablar! Sea. Y es fácil hablar del señor Jim después de un buen festín, a sesenta metros sobre el nivel del mar, con una caja de cigarros decentes a mano, en una bendita noche de frescura y estrellas que haría que los mejores de nosotros olvidásemos que sólo estamos aquí porque se tolera que estemos, y nos dedicáramos a buscar nuestros caminos con luces cruzadas, vigilando cada uno de los preciosos minutos y de los irremediables pasos, seguros de que en definitiva conseguiremos llegar hasta el final con decencia —pero en fin de cuentas no tan seguros—, y con muy poca ayuda que esperar de aquellos cuyos codos rozamos a derecha e izquierda. Es claro que existen hombres, aquí y allá, para quienes el conjunto de la vida es como una hora de sobremesa con un cigarro: fácil, agradable, vacía, tal vez animada por cierta narración de luchas, que se puede olvidar antes que llegue el final del relato...

Antes que llegue el final del relato, aunque no tenga final.

Mis ojos lo vieron por primera vez en esa investigación. Tienen que saber que todos los relacionados de alguna manera con el mar se encontraban presentes, porque el asunto se había vuelto famoso desde hacía varios días, desde que el misterioso cable llegó de Aden y nos puso a cacarear. Digo misterioso, porque en cierto sentido lo era, aunque contenía un hecho desnudo, un hecho tan desnudo y desagradable como pueda existir. La costa entera no hablaba de otra cosa. Por la mañana, mientras me vestía en mi camarote, oí a través del mamparo que mi parsi Dubash parloteaba acerca del Patna con el camarero, mientras bebía una taza de té, de favor, en la cocina. En cuanto bajaba a tierra, me tropezaba con algún conocido, y la primera frase era "¿Alguna vez oíste hablar de algo que superase a esto?", y según su índole, el hombre lanzaba una sonrisa cínica, o se mostraba triste, o emitía uno o dos juramentos. Los desconocidos se abordaban con familiaridad, nada más que para descargarse el alma del peso del tema. Todos los malditos holgazanes del pueblo aprovechaban para beberse unos tragos a costa del asunto. Se oía hablar de él en la oficina del puerto, en lo de todos los corredores de buques, en lo del agente de uno, en boca de los blancos, los nativos, los mestizos; hasta del botero, sentado, semidesnudo, en los escalones de piedra, cuando uno subía, ¡caramba! Existía cierta indignación, no pocas bromas, e interminables discusiones en cuanto a lo que había sido de ellos ¿saben? Eso siguió así durante un par de semanas, o más, y comenzó a predominar la opinión de que lo que había de misterioso en todo eso resultaría ser también trágico, cuando un buen día, mientras me encontraba a la sombra de los escalones de la oficina de puerto vi que cuatro hombres caminaban hacia mí por el muelle. Me pregunté durante un momento de dónde había salido ese grupo tan extraño, y de pronto, puedo decir, grité para mis adentros: "¡Aquí vienen!"

Y venían, no cabía duda alguna —tres de ellos grandes, y uno más grande de perímetro de lo que ningún hombre viviente tiene derecho a ser—, recién desembarcados, con un buen desayuno adentro, de un vapor de la línea Dale que había llegado una hora antes de la salida del sol.

Imposible equivocarse; a la primera mirada distinguí al alegre capitán del Patna: el hombre más gordo de todo el bendito cinturón tropical que envuelve esta buena y vieja tierra nuestra. Lo que es más, unos nueve meses antes me había encontrado con él en Samarang. Su vapor cargaba en el puerto, y él maldecía a las tiránicas instituciones del Imperio alemán, y se remojaba en cerveza todo el día, un día tras otro, en la trastienda de De Jongh, hasta que De Jongh, quien cobraba un guilder por cada botella sin siquiera mover un párpado, me llamó aparte y, con la carita correosa toda arrugada, me dijo, en confidencia:

—Negocios son negocios, pero este hombre, capitán, me enferma.

¡Uf!

Yo lo miraba desde la sombra. Se apresuraba un poco, adelantado, y el sol que caía sobre él destacaba su masa en forma asombrosa.

Me hizo pensar en un elefantito adiestrado que caminase sobre las patas traseras. Y además estaba esplendoroso, de una manera extravagante, ataviado con un sucio traje de dormir, de rayas verticales color verde intenso y anaranjado, con un par de raídas pantuflas de paja en los pies desnudos y un sombrero de corcho abandonado por alguien muy mugriento y que le iba dos números más chico, atado en la cima de la cabeza con una cuerda de manila. Fíjense que un hombre como ese no tiene la menor posibilidad cuando se trata de conseguir ropa prestada. Muy bien. Llegó, acalorado y deprisa, sin mirar a derecha ni izquierda, pasó a un metro de mí, y en la inocencia de su corazón corrió escaleras arriba, a la oficina del puerto, para presentar su declaración, o informe, o como se llame.

Parece que se dirigió ante todo al enganchador principal. Archie Ruthvel acababa de llegar, y según lo cuenta él, estaba a punto de comenzar su arduo día de trabajo dándole una buena jabonada a su empleado de más alto rango. Algunos de ustedes tienen que haberlo conocido: un sumiso y pequeño mestizo portugués, de ínfimo cuello flaco, y siempre preparado para conseguir de los enganchadores algo comestible, un trozo de cerdo salado, un bolso de galletas, unas papas o qué sé yo. Recuerdo que en un viaje le di como propina un cordero vivo de los restos de carga marítima. No es que quisiese que hiciera algo por mí —era incapaz, ¿saben?—, sino porque su creencia infantil en el sagrado derecho a las propinas me conmovía el corazón. Era tan fuerte, que casi resultaba bella. La raza —o más bien las dos razas— y el clima... Pero no importa. Sé dónde tengo un amigo para toda la vida.

Bueno, Ruthvel dice que le estaba dando un serio sermón supongo que vinculado con la moral oficial— cuando oyó a sus espaldas una especie de conmoción atenuada, volvió la cabeza y vio, según sus propias palabras, algo redondo y enorme, parecido a una barrica de azúcar de dieciséis quintales, envuelta en franeleta rayada, de pie en el centro de la vasta superficie del piso de la oficina. Declara que se sintió pasmado durante tanto tiempo, que no se dio cuenta de que la cosa tenía vida, y permaneció sentado, inmóvil, preguntándose con qué fin y por qué medios se había transportado el objeto para dejarlo delante de su escritorio. La arcada de la antesala estaba repleta de manipuladores de punkahs, barrenderos, policías, el contramaestre y la tripulación de la lancha de vapor del puerto, y todos estiraban el cuello y casi trepaban unos encima de otros. Todo un motín. Para entonces el sujeto había conseguido quitarse el casco a fuerza de tirones y sacudidas, y avanzaba hacia Ruthvel con leves inclinaciones de cabeza. Ruthvel me dijo que la visión era tan desconcertante, que durante un tiempo escuchó sin entender qué quería la aparición. Hablaba con voz ronca y lúgubre, pero intrépida, y poco a poco Archie entendió que se trataba de un aspecto del caso del Patna. Dice que en cuanto se dio cuenta de quién era el que tenía ante sí se sintió muy enfermo —Archie es tan simpático, y se conmueve con facilidad—, pero se recuperó y gritó:

—¡Espere! No puedo escucharlo. Tiene que ir a ver al jefe ayudante. No puedo atenderlo. El hombre que tiene que ver es el capitán Elliot. Por aquí, por aquí.

Se puso de pie de un salto, corrió en torno del largo mostrador, tiró, empujó; el otro se lo permitió, sorprendido pero obediente al comienzo, y sólo ante la puerta de la oficina privada cierto instinto animal lo hizo retroceder y bufar como un buey asustado:

—¡Oiga! ¿Qué pasa? ¡Suelte! ¡Vamos! —Archie abrió la puerta sin golpear.

—El capitán del Patna, señor —grita—. Entre, capitán. —Vio que el viejo levantaba la cabeza de unos papeles, con tanta energía que las gafas se le cayeron; cerró con un portazo y huyó rumbo a su escritorio, donde algunos documentos aguardaban su firma. Pero dice que el estrépito que estalló allí fue tan horrendo, que no pudo recobrar el dominio de sus sentidos lo suficiente para recordar cómo se escribía su nombre. Archie es el enganchador más sensible de los dos hemisferios.

Declara que sintió como si hubiese arrojado un hombre a un león hambriento. No cabe duda de que el ruido era grande. Yo lo escuché abajo, y tengo todos los motivos para creer que se lo oyó al otro lado de la explanada, hasta el palco de la orquesta. El viejo Elliot tiene un gran acopio de palabras, y sabe gritar; y no le importa a quién le grita. Le habría gritado al propio virrey. Como solía decirme:

—He llegado tan alto como es posible; mi pensión está segura.

Tengo ahorradas unas libras, y si no les gustan mis ideas sobre el deber, prefiero irme a casa. Soy un hombre viejo, y siempre dije lo que pensaba. Lo único que me interesa ahora es ver casadas a mis hijas antes de morir.

En ese sentido estaba un poco chiflado. Sus tres hijas eran encantadoras, se parecían sorprendemente a él, y por la mañana despertaba con una torva visión de las perspectivas matrimoniales de ellas; entonces la oficina se lo leía en la mirada y temblaba, porque, decían, sin duda aplastaría a alguien antes del desayuno. Pero esa mañana no se devoró al renegado, sino que, si se me permite seguir con mi metáfora, lo mascó en trocitos diminutos, por decirlo así y, ¡ah!, lo escupió de vuelta.

Así, pocos minutos después vi que su monstruoso corpachón descendía a toda prisa y se quedaba inmóvil en los escalones exteriores. Se había detenido cerca de mí para dedicarse a una profunda meditación; le temblaban las amplias mejillas purpúreas. Se mordía el pulgar, y al cabo de un rato me miró con irritación de reojo. Los otros tres tipos que habían desembarcado con él lo esperaban en un grupito, a cierta distancia. Había un hombrecito de rostro cetrino, pequeño, con un brazo en cabestrillo, y un individuo alto, de chaqueta de franela azul, seco como una piedra y no más fornido que un palo de escoba, de caídos bigotes grises, que miraba en torno con aspecto de airosa imbecilidad. El tercero era un joven erguido, de anchos hombros, las manos en los bolsillos la espalda vuelta a los otros dos, que parecían conversar con animación. Miró a través de la explanada desierta. Un destartalado gharry , todo polvo y celosías, se detuvo frente al grupo, y el conductor, levantando el pie derecho sobre la rodilla se dedicó al examen crítico de los dedos de los pies. El joven no hizo movimiento alguno, ni siquiera con la cabeza, y siguió mirando el sol. Esa fue la primera vez que vi a Jim. Parecía tan despreocupado e inabordable como sólo pueden parecerlo los jóvenes. Ahí estaba, esbelto de miembros, rostro limpio, firme sobre los pies, un joven tan promisorio como ninguno sobre los que haya brillado el sol; y al mirarlo, sabiendo todo lo que sabía él, y un poco más, me enojé como si lo hubiera sorprendido tratando de arrancarme algo con falsedades. No tenía derecho a exhibir un aspecto tan sano. Pensé para mí: bueno, si un hombre así puede andar tan mal... Y entonces sentí que podía arrojar mi sombrero al suelo y bailar sobre él de pura mortificación, como una vez vi que lo hacía el capitán de una barca italiana, porque el imbécil de su primer oficial había fabricado un embrollo con las anclas cuando hacía un amarre volante en un puerto repleto de barcos. Y me pregunté, mientras lo veía ahí, en apariencia tan a sus anchas: ¿es tonto, es insensible? Parecía dispuesto a silbar una melodía. Y fíjense que no me interesaba un bledo el comportamiento de los otros dos. Sus personas coincidían, más bien con la información que era de propiedad pública, y serían objeto de una investigación oficial.

—Ese viejo pillastre loco de arriba me llamó sabueso —dijo el capitán del Patna. No sé si me reconoció; creo que sí. Pero de todos modos nuestras miradas se cruzaron. Él miró con furia; yo sonreí. Sabueso era el epíteto más suave que me había llegado a través de la ventana abierta.

—¿De veras? —dije por no sé qué extraña imposibilidad de mantener la lengua quieta. Él asintió, volvió a morderse el pulgar y me miró con hosco y apasionado descaro.

—¡Bah! El Pacífico es grande amigo. Ustedes, los malditos ingleses, pueden hacer lo que les parezca. Yo sé dónde hay lugar de sobra para un tipo como yo. Soy muy conocido en Apia, en Honolulú, en... Se interrumpió, reflexivo, mientras sin esfuerzo alguno me imaginaba la clase de personas de las cuales tenía "conocimiendo" en esos lugares. No revelo un secreto si digo que yo mismo tengo no pocos "conocidos" por el estilo. Hay ocasiones en que un hombre debe actuar como si la vida fuese igualmente dulce en cualquier compañía. Yo conocí esas ocasiones, y lo que es más, no fingiré ahora poner cara larga por mi necesidad, porque muchas de esas malas compañías, por falta de una... de una, ¿cómo diré?, postura moral, o por cualquier otra causa igualmente profunda, eran dos veces más instructivas y veinte veces más divertidas que el habitual y respetable ladrón del comercio a quienes ustedes invitan a su mesa sin verdadera necesidad; por costumbre, por cobardía, por afabilidad, por cien rastreras e inadecuadas razones.

—Ustedes, los ingleses, son todos unos pillastres —continuó mi patriótico australiano de Flensborg o Stettin, en verdad no recuerdo ahora qué decente puertecito de las costas del báltico fue mancillado por ser el nido de ese precioso pájaro—. ¿Qué son ustedes para gritar? ¿Eh?

¡Dígame! No son mejores que otros, y ese viejo granuja hizo un alboroto del demonio conmigo. —El cuerpo obeso le tembló sobre las piernas, que eran como un par de columnas; le tembló de la cabeza a los pies.— Eso es lo que siempre hacen ustedes los ingleses; hacen un maldido alboroto. Me sacan la licencia. Sáquenmela. No quiero la licencia.

Un hombre como yo no necesita su verfluchte licencia. Le escupo encima. —Escupió. —Me haré ciutatano nordeamericano —gritó, removiéndose, furioso, y sacudiendo los pies como para liberar los tobillos de alguna invisible v misteriosa garra que no le permitía apartarse del lugar. Se acaloró tanto, que la coronilla de la cabeza de forma de bala casi le humeaba. Nada misterioso me impedía alejarme. La curiosidad es el más evidente de los sentimientos, y me retenía allí para presenciar el efecto de una información completa sobre el joven quien con las manos en los bolsillos y vuelto de espaldas hacia la acera, observaba, más allá de los retazos de césped de la explanada, el pórtico amarillo del hotel Malabar, con el aspecto de quien hará una caminata en cuanto aparezca su amigo. Ese aspecto tenía, y resultaba odioso. Yo esperaba verlo abrumado, aturdido, atravesado de lado a lado, retorciéndose como un escarabajo empalado; y al mismo tiempo temía verlo, si entienden lo que quiero decir. Nada es más terrible que mirar a un hombre que acaba de ser descubierto, no en un delito, sino en una debilidad más que criminal. El tipo de fortaleza más común nos impide convertirnos en delincuentes en el sentido legal. Por debilidad, desconocida pero tal vez sospechada como en algunas partes del mundo se sospecha la existencia de una víbora en cada matorral; por debilidad que puede yacer oculta, vigilada o no, reprimida o quizá desconocida más de la mitad de una vida ninguno de nosotros está a salvo. Se nos tienden trampas para que hagamos cosas por las cuales se nos injuria, y cosas por las cuales se nos ahorca, y, sin embargo, el espíritu puede llegar a sobrevivir; puede sobrevivir a la condena, al cepo, ¡caramba! Y hay cosas —a veces también parecen muy pequeñas— que nos deshacen total y completamente. Lo miraba al joven. Me gustaba su aspecto; conocía su aspecto; provenía del lugar correcto; era uno de los nuestros. Representaba allí toda la paternidad de su tipo, a hombres y mujeres en manera alguna inteligentes o divertidos, pero cuya existencia misma se basa en la fe honrada, y en el instinto de la valentía. No me refiero a la valentía militar, ni a la civil, ni a ninguna en especial. Me refiero nada más que a la capacidad innata de mirar de frente las tentaciones, una disposición muy poco intelectual, Dios lo sabe, pero sin posturas; un poder de resistencia, ¿verdad?, nada gracioso, si se quiere, pero inapreciable; una rigidez no pensada y bendita ante los terrores exteriores e internos, ante el poderío de la naturaleza y ante la seductora corrupción de los hombres, respaldada por una fe invulnerable en la fuerza de los hechos, en el contagio del ejemplo, en la solicitación de las ideas. ¡Al diablo con las ideas! Son vagos, vagabundos, golpean en la puerta trasera de la mente de uno, y cada una saca un poco de sustancia, cada una se lleva una migaja de esa creencia en unas pocas ideas sencillas a las cuales hay que aferrarse si se quiere vivir de manera decente y morir sin tormentos.

Esto nada tiene que ver con Jim directamente. Sólo que por fuera era tan típico de esa buena clase estúpida que nos agrada sentir marchando a derecha e izquierda de nosotros, por la vida, de la clase que no se deja conmover por los vagabundeos de la inteligencia y las perversiones de... de los nervios, digamos. Era el tipo de individuo a quien uno, de sólo mirarlo, dejaría a cargo del puente... hablando en términos figurativos y profesionales. Digo que yo lo haría, y sé lo que digo.

¿Acaso no eduqué a suficientes jóvenes en mi época, para el servicio del Trapo Rojo, en el oficio del mar, en el oficio cuyo secreto podría expresarse en una frase breve, y que sin embargo es preciso volver a meter todos los días en las jóvenes cabezas, hasta que se convierte en parte componente de cada uno de los pensamientos en los momentos de vigilia; ¡hasta que está presente en cada sueño de su dormir juvenil!

El mar fue bueno conmigo, pero cuando recuerdo a todos esos muchachos que pasaron por mis manos, algunos ya crecidos, ahora, y otros ya ahogados, pero todos ellos buen material marinero, no creo haberme portado mal con él. Si mañana volviese a mi hogar, apuesto a que antes que pasaran dos días por sobre mi cabeza, algún joven primer oficial atezado me alcanzaría a la salida de un dique y una voz profunda y fresca, hablando por sobre mi sombrero, preguntaría:

—¿No me recuerda, señor? ¡Pero si soy el pequeño Fulano de Tal!

Tal y cual barco. Era mi primer viaje.

Y yo recordaría a un desconcertado jovencito imberbe, no más alto que el respaldo de este sillón, con una madre y quizás una hermana mayor en el muelle, muy calladas pero muy inquietas, que agitaban el pañuelo frente al barco que se desliza con suavidad entre la rompiente; o tal vez un decente padre de edad mediana, que llega temprano con su hijo, para despedirlo, y se queda toda la mañana porque en apariencia le interesa la cabria, y se queda demasiado, y al final tiene que saltar a tierra sin tiempo para despedirse. El piloto del pontón, a popa, me dice, arrastrando las sílabas:

—Reténgalo un poco, señor oficial. Aquí hay un caballero que quiere bajar... Arriba, señor. Casi se lo llevan a Talcahuano, ¿eh? Ahora es el momento; con calma... Muy bien. Vuelvan a soltar, ahí.

Los remolcadores, humeando coma el pozo de la perdición, se aferran y revuelven el viejo río con furia. En tierra, el caballero se desempolva las rodillas: el benévolo camarero le arroja el paraguas.

Todo muy bien. Acaba de ofrecer su porción de sacrificio al mar, y ahora puede volver a su casa y fingir que no le importa. Y la pequeña víctima voluntaria estará muy marcada a la mañana siguiente. Poco a poco, cuando aprenda los minúsculos misterios y el único gran secreto del oficio, estará en condiciones de vivir o morir como el mar pueda decretarlo. Y el hombre que lo llevó de la mano a ese juego de tontos, en el cual el mar gana en cada movida, se sentirá encantado de que una ruano joven le palmee la espalda, y de oír una alegre voz de cachorro de mar:

—¿Me recuerda, señor? El pequeño Fulano de Tal.

Les digo que eso es bueno; eso les confirma que por lo menos una vez en la vida trabajaron bien. Yo recibí esas palmadas; y las recibí con una mueca. porque eran pesadas, y resplandecí todo el día, y me acoté sintiéndome menos solo en el mundo en virtud de esa fuerte palmada.

¡Que si recuerdo al pequeño Fulano de Tal! Les digo que conozco el tipo de aspecto correcto. Le habría confiado el puente a ese joven sobre la base de una sola mirada, para después irme a dormir, ¡y por Dios, no habría sido nada seguro! Hay profundidades de horror en ese pensamiento. Parecía tan auténtico como un soberano nuevo, pero en su metal existía cierta infernal aleación. ¿Cuánto? Apenas... una gota mínima de algo raro y maldito. ¡Una gota ínfima! Pero él —ahí de pie, con ese aspecto de me importa un bledo— le hace pensar a uno si por casualidad no sería nada más raro que el bronce.

Yo no podía creerlo. Les digo que deseaba verlo retorcerse por el honor del oficio. Los otros dos individuos insignificantes avistaron a su capitán y comenzaron a avanzar con lentitud hacia nosotros. Conversaban mientras caminaban, y a mí me importaron tan poco como si hubiesen sido invisibles a ojos desnudos. Se sonreían; por lo que sabía, era posible que estuviesen intercambiando bromas. Vi que en el caso de uno de ellos se trataba de un brazo fracturado; en cuanto al individuo largo de los bigotes grises, era el jefe de máquinas, y en distintos sentidos una personalidad muy destacada. Cada tino de ellos era un Don Nadie. Se acercaron. El capitán miraba entre sus pies con ojos inanimados; parecía hinchado por una aterradora enfermedad, por la acción misteriosa de un veneno desconocido, hasta una dimensión artificial. Levantó la cabeza, vio a los dos que esperaban ante él, abrió la boca con una contorsión extraordinaria, despectiva, del rostro hinchado —supongo que para hablarles—, y entonces pareció ocurrírsele un pensamiento. Los gruesos labios purpúreos se le unieron sin un sonido; se dirigió, con un anadeo decidido, hacia el gharry y se dedicó a tironear del picaporte de la portezuela con tan ciega brutalidad e impaciencia, que me pareció que todo el vehículo se volcaría de costado, con pony y todo. El conductor, arrancado de sus meditaciones respecto de la planta de su pie, exhibió en el acto señales de intenso terror, y se sostuvo con las dos manos, mientras miraba, por el costado de su caja, el enorme corpachón que se introducía por la fuerza en su carruaje. El reducido vehículo se sacudió y tambaleó tumultuosamente, y la nuca carmesí del cuello inclinado, las dimensiones de los muslos tensos, los inmensos movimientos de la espalda rayada de verde y anaranjado, todo el esfuerzo de excavación de la abigarrada y sórdida masa, le turbaba a uno el sentido de la probabilidad, con un efecto cómico y temible, como una de esas visiones grotescas y claras que lo asustan y fascinan durante una fiebre. Desapareció. Casi esperé que el techo se rajara en dos, que la cajita sobre ruedas estallara como un capullo de algodón maduro, pero no hizo más que hundirse con un chasquido de muelles achatados, y de pronto una celosía descendió con estrépito.

Los hombros reaparecieron, encastrados en la pequeña abertura; la cabeza le colgaba hacia afuera, ensanchada y bamboleante como un globo cautivo, sudorosa, furiosa, farfullante. Estiró el brazo para aferrar al gharry—wallah, con malévolos movimientos de un puño tan gordo y rojo como un trozo de carne cruda. Le rugió que partiera, que se pusiese en marcha. ¿Adónde? Al Pacífico, quizá. El conductor agitó la fusta; el pony bufó, corcoveó una vez y partió al galope. ¿Adónde?

¿,A Apia? ¿A Honolulú? Tenía 10.000 kilómetros de cinturón tropical en los cuales recrearse, y yo no escuché la dirección exacta. Un pony que bufaba se lo llevó a la ewigkeit en un abrir y cerrar de ojos, y jamás volví a verlo. Y lo que es más, no conozco a nadie que haya vuelto a encontrarlo después que desapareció de mi conocimiento dentro de un maltrecho gharry que dio la vuelta a la esquina en una blanca nube de polvo. Partió, desapareció, se desvaneció, huyó; y cosa absurda, parecía como si se hubiera llevado el gharry consigo, porque nunca más volví a encontrarme con un pony alazán que tuviera una oreja hendida y un lánguido conductor tamil que padeciese de un pie lastimado. En verdad, el Pacífico es grande; pero si encontró o no un lugar para exhibir sus talentos, sigue en pie el hecho de que había volado al espacio como una bruja sobre una escoba. El hombrecito del brazo en cabestrillo estuvo a punto de correr tras el carruaje, gritando: "¡Capitán, oiga, capitán, oigaaaa!", pero después de unos pasos se detuvo en seco, dejó caer la cabeza y regresó con lentitud. Ante el fuerte repiqueteo de las ruedas, el joven giró en su lugar. No hizo otro movimiento, ni ademán, ni señal, y se quedó mirando en la nueva dirección, después que el gharry desapareció de la vista.

Todo esto sucedió en mucho menos tiempo del que lleva contarlo, ya que trato de interpretar ante ustedes, hablando con lentitud, el efecto instantáneo de impresiones visuales. Un momento después apareció en escena el empleado mestizo, enviado por Archie para ocuparse de los pobres abandonados del Patna. Salió corriendo, ansioso v con la cabeza al aire, mirando a derecha e izquierda, y absorbido por su misión.

Estaba condenado a fracasar en lo referente a la persona principal, pero se aproximó a los otros con afanosa importancia, y casi en el acto se encontró envuelto en un violento altercado con el individuo que llevaba el brazo en cabestrillo y que resultó tener enormes deseos de pendencia. No permitiría que se le dieran órdenes, "de ninguna manera, caramba". No se dejaría aterrorizar con un montón de mentiras por un engreído mestizo chupatintas. No se dejaría amedrentar por "ningún objeto de ese tipo", aunque la historia fuese cierta. Expuso a gritos su deseo, su decisión, su determinación de ir a acostarse.

—Si no fueses un portugués abandonado de la mano de Dios —le oí gritar—, sabrías que el hospital es el lugar adecuado para mí.

Metió el puño del brazo sano bajo la nariz del otro; empezó a reunirse un gentío. El mestizo, atónito, aunque hacía lo posible por parecer digno, trató de explicar sus intenciones. Yo me fui sin esperar a presenciar el final.

Pero daba la casualidad de que en ese momento tenía a un hombre en el hospital, y al ir a visitarlo, la víspera de la iniciación de la investigación, vi, en la sala de hombres blancos, al hombrecito que se retorcía de espaldas, con el brazo entablillado y muy aturdido. Para mi gran sorpresa, el otro, el individuo largo de bigotes caídos, también había conseguido meterse allí. Recordé que lo había visto escurrirse el día de la pelea, medio arrastrando los pies, medio haciendo cabriolas y esforzándose todo lo posible por no parecer asustado. Parece que no era un extraño en el puerto, y en su congoja pudo correr en línea recta a la sala de billares y tienda de bebidas de Mariani, cerca de la feria. Ese indecible vagabundo, Mariani, quien había conocido al hombre y satisfecho sus vicios en uno o dos lugares más, besó el suelo, por decirlo así, ante él, y lo encerró con una provisión de botellas en una habitación de arriba, en su infame choza. Parece que sentía cierta vaga aprensión en cuanto a su seguridad personal, y deseaba esconderse. Pero Mariani me contó mucho tiempo después (un día que subió a bordo para importunar a mi camarero con el precio de unos cigarros) que habría hecho mucho más por él, sin formular preguntas, por gratitud, por un impío favor recibido muchos años atrás, hasta donde conseguí entenderlo. Se golpeó dos veces el musculoso pecho, hizo rodar enormes ojos negros y blancos, brillantes de lágrimas:

—¡Antonio nunca olvida! ¡Antonio nunca olvida!

Jamás me enteré de la naturaleza exacta de la inmoral obligación, pero sea cual fuere, le facilitó todo lo necesario para permanecer encerrado con llave: una silla una mesa, un colchón en un rincón y un poco de yeso caído en el suelo; en su irracional estado de terror, mantenía el ánimo con los tónicos que le hacía llegar Mariani. Eso duró hasta la noche del tercer día, en que, después de lanzar unos pocos gritos espantosos, se vio obligado a buscar refugio huyendo de una legión de ciempiés. Abrió la puerta con violencia, saltó, para salvar la vida, escalerilla abajo, aterrizó de lleno en el estómago de Mariani, se incorporó y se precipitó como un conejo hacia la calle. La policía lo arrancó, por la mañana temprano, de un montículo de desperdicios. Al principio se le ocurrió la idea de que se lo llevaban para colgarlo, y luchó por su libertad como un héroe, pero cuando me senté junto a su cama ya hacía dos días que estaba tranquilo. Su flaca cabeza bronceada, de bigotes blancos, parecía hermosa y serena en la almohada, como la cabeza de un soldado fatigado por la guerra, con alma de niño, a no ser por el atisbo de alarma espectral que se agazapaba en el brillo opaco de su mirada, semejante a una indescriptible forma de terror acurrucada, en silencio, detrás de un vidrio. Estaba tan sereno, que empecé a alentar la excéntrica esperanza de escuchar alguna explicación del famoso asunto, desde su punto de vista. No puedo decir por qué ansiaba hurgar en los deplorables detalles de un suceso que, en definitiva, sólo tenía que ver conmigo como miembro de un oscuro grupo de hombres unidos por una comunidad de inglorioso trajín y por una fidelidad a determinadas normas de conducta. Si quieren pueden llamarlo curiosidad enfermiza; pero yo tengo la clara noción de que deseaba encontrar algo.

Tal vez, sin saberlo, abrigaba la esperanza de hallar ese algo, alguna causa profunda y redentora, una explicación piadosa, la convincente sombra de una excusa. Ahora veo muy bien que esperaba lo imposible, el descubrimiento del fantasma más obstinado que haya creado el hombre, la revelación de la inquieta duda que se levantaba como una bruma, secreta y corrosiva como un gusano, y más escalofriante que la certidumbre de la muerte; la duda del poder soberano entronizado en una norma de conducta fija. Es lo más difícil de hallar; es lo que engendra aullantes pánicos y buenas y tranquilas villanías minúsculas; es la verdadera sombra de la calamidad. ¿Creía en un milagro? ¿Y por qué lo deseaba con tanto ardor? ¿Por mi bien deseaba encontrar la sombra de una excusa para ese joven a quien no conocía, pero cuyo aspecto por sí solo agregaba un toque de preocupación personal a los pensamientos sugeridos por el conocimiento de su debilidad, lo convertía en una cosa de misterio y terror, como una insinuación de un destino destructivo que nos esperase a todos aquellos cuya juventud en su momento— se pareció a la juventud de él? Me temo que ese era el motivo secreto de mis averiguaciones. No cabe duda de que buscaba un milagro. Lo único que a esta distancia del tiempo me parece casi milagroso es la medida de mi imbecilidad. Abrigaba la positiva esperanza de obtener del maltrecho y sospechoso inválido algún exorcismo contra el fantasma de la duda. Además, debo de haber estado muy desesperado, porque sin pérdida de tiempo, después de unas pocas frases indiferentes y amistosas, que él contestó con lánguida prontitud, largué la palabra Patna envuelta en una delicada pregunta, como en un capullo de hilos de seda. Me mostraba delicado por egoísmo; no quería sobresaltarlo; no le tenía aprecio; no estaba furioso ni apenado por él.

Su experiencia carecía de importancia, su redención no habría tenido sentido para mí. Había envejecido en medio de iniquidades menores, y ya no podía inspirar aversión ni piedad. ¿Patna?, repitió, interrogante, pareció hacer un esfuerzo de memoria y dijo:

—Muy cierto. Aquí soy un viejo caballo de diligencia. Lo vi hundirse.

Me dispuse a dar rienda suelta a mi indignación ante tan estúpida mentira, cuando agregó con suavidad:

—Estaba repleto de reptiles.

Eso me contuvo. ¿Qué quería decir? Los inquietos fantasmas del terror, detrás de sus ojos vidriosos, parecieron quedarse inmóviles y virar los míos con ansiedad.

—Me sacaron de mi litera en mitad de la guardia para ver cómo se hundía —continuó, con tono reflexivo. De pronto su voz pareció alarmantemente fuerte. Lamenté mi locura. En la perspectiva de la sala no se veía la cofia de alas almidonadas de una monja enfermera; pero en mitad de una larga hilera de camas de hierro, vacías, una víctima de algún barco del puerto se hallaba sentado, moreno y enjuto, con un vendaje blanco en la cabeza, en un ángulo silencioso. De pronto mi interesante inválido extendió un brazo delgado como un tentáculo y me aferró el hombro.

—Sólo mis ojos fueron bastante buenos para ver. Soy famoso por la agudeza de mi vista. Por eso me llamaron, supongo. Ninguno de ellos tuvo la suficiente velocidad para ver cómo se hundía, pero vieron que estaba perdido y cantaron juntos... así... —Un aullido de lobo se me clavó en los rincones del alma.

—Oh, háganlo callarse —gimió la víctima, irritado.

—Sin duda no me cree —siguió el otro, con expresión de inefable jactancia—. Le digo que no hay ojos como los míos de este lado del golfo Pérsico. Mire debajo de la cama.

Es claro que me incliné en el acto. Estoy seguro de que cualquiera habría hecho lo mismo.

—¿Qué ve? —preguntó.

—Nada —contesté, sintiéndome muy avergonzado. Me escudriñó el rostro con salvaje y ardiente desprecio.

—Por supuesto —dijo—, pero si yo mirase podría ver... Le digo que no hay ojos como los míos. —Otra vez me aferró, tirando de mí hacia abajo, en su ansiedad por aliviarse mediante una comunicación confidencial. —Millones de sapos rosados. No hay ojos como los míos. Puedo mirar barcos que se hunden y fumar mi pipa todo el día. ¿Por qué no me devuelven mi pipa? Podría fumar, mientras miro los sapos. El barco estaba repleto de ellos. Hay que vigilarlos ¿sabe? —Me hizo un guiño jocoso. Mi sudor goteó sobre la cabeza de él, la chaqueta de dril se me pegaba a la espalda mojada. La brisa de la tarde barrió con impetuosidad la hilera de camas y los rígidos pliegues de las cortinas se agitaron, perpendiculares, repiqueteando en las barras de bronce; las colchas de las camas vacías revolotearon sin ruido cerca del suelo desnudo, a todo lo largo de la fila y yo temblé hasta la médula. El suave viento de los trópicos jugaba en esa sala desnuda, tan yermo como un ventarrón de invierno en el viejo granero de mi casa.

—No deje que empiece a gritar, señor —pidió desde lejos la víctima, en un bramido afligido y furioso que llegó resonando entre las paredes, como un tembloroso llamado en un túnel. La mano parecida a una garra me tironeó del hombro; me lanzó una conocedora mirada de reojo.

—El barco estaba repleto de ellos ¿sabe?, y tuvimos que abandonarlo con el máximo sigilo —susurró con extrema rapidez. Todos rosados. Todos rosados... grandes como mastines, con un ojo en la parte superior de la cabeza y garras en torno de la espantosa boca. ¡Aj! ¡Aj! Rápidas sacudidas de piernas magras y agitadas. Ale soltó el hombro y trató de aferrar algo en el aire. El cuerpo le tembló, tenso como una cuerda de arpa. Y mientras yo lo miraba, el horror espectral que tenía adentro le estalló a través de la mirada vidriosa. En un instante su rostro de viejo soldado, con sus perfiles nobles y serenos, se descompuso ante mi vista con la corrupción de una taimada astucia, de una abominable cautela de un miedo desesperado. Contuvo un grito.

—¡Shhh! ¿Qué están haciendo ahí? —preguntó, señalando el suelo con una fantástica precaución de voz y ademanes, cuyo significado, transmitido a mi pensamiento en un relámpago cárdeno, hizo que me sintiera enfermo ante mi inteligencia.

—Duermen todos —contesté, mirándolo con atención. Era eso. Eso era lo que quería escuchar; esas eran las palabras exactas que lo tranquilizarían. Lanzó un largo suspiro.

—¡Shhh! Silencio, cállese. Aquí soy un viejo caballo de diligencia.

Conozco a esas bestias. Aplástele la cabeza a la primera que se asome.

Son muchas, y no podrá nadar más de diez minutos. —Volvió a jadear.¡Deprisa! —gritó de pronto, y siguió en un grito interrumpido—. Están todos despiertos... son millones. ¡Me pisotean! ¡Espere! ¡Oh, espere!

Los aplastaré a montones, como moscas. ¡Espérenme! ¡Socorro! ¡Soco—rro! —Un aullido interminable y sostenido completó mi desconcierto.

Vi, a lo lejos, que la víctima se llevaba con angustia las dos manos a la cabeza vendada; un enfermero, con un delantal que le llegaba hasta la barbilla se mostró en el paisaje de la sala como si se lo viera en el extremo reductor de un telescopio. Me confesé derrotado por completo, y sin más trámites salí por uno de los largos ventanales y escapé a la galería exterior. El aullido me persiguió como una venganza. Pasé a un rellano desierto y de pronto todo quedó quieto y silencioso a mi alrededor, y bajé sin hacer ruido por la escalera desnuda y brillante. Entonces pude componer mis pensamientos enredados. Abajo me encontré con uno de los cirujanos residentes, quien cruzaba el patio y me detuvo.

—¿Fue a ver a su hombre, capitán? Creo que mañana lo podremos dejar ir. Estos tontos no saben cuidarse, aunque debo decir que aquí tenemos al jefe de máquinas de ese barco peregrino. Un caso curioso.

Delirium tremens de la peor especie. Se pasó tres días bebiendo sin detenerse en esa taberna del griego, o el italiano. Qué se puede esperar.

Cuatro botellas de ese tipo de coñac por día, me dicen. Si es cierto, es asombroso. Apuesto a que por dentro está forrado de planchas de calderas. La cabeza, ¡ah!, la cabeza, es claro, ya no le sirve para nada, pero lo curioso es que en sus delirios hay algo de método. Estoy tratando de descubrirlo. Muy poco común... ese hilo de lógica en semejante delirio. Por lo general tendría que ver serpientes, pero no las ve.

Hoy en día la buena y vieja tradición ya no rige. ¡Eh! Sus... este...

visiones son de batracios. ¡Ja, ja! No, hablando en serio, no recuerdo haberme interesado nunca, hasta tal punto, por un caso de delirio. Tendría que estar muerto, ¿sabe?, después de ese experimento festivo. ¡Oh, es un tipo duro! Y por añadidura, veinticuatro años en los trópicos. De veras, debería echarle un vistazo. Un viejo borrachín de noble aspecto.

El hombre más extraordinario que conocí, en términos médicos, es claro. ¿Irá a verlo?

Mientras él hablaba, yo le ofrecía los habituales signos de interés cortés, pero en ese momento adopté una expresión pensativa, murmuré algo acerca de la falta de tiempo y le estreché la mano deprisa.

—Oiga —me gritó cuando me alejaba—, no puede concurrir a esa investigación. ¿Le parece que su declaración tiene importancia?

—Ni la menor —le contesté desde el portón.

Capítulo 6

Es evidente que las autoridades tenían la misma opinión. La investigación no se postergó. Se llevó a cabo el día designado para satisfacer a la ley, y tuvo una gran concurrencia, sin duda a consecuencia de su interés humano. No existía incertidumbre en cuanto a los hechos; quiero decir, en cuanto al único hecho material. No fue posible averiguar cómo se averió el Patna; el tribunal no esperaba descubrirlo; y en todo el público no existía un solo hombre al que le importara. Sin embargo, como ya les dije, concurrieron todos los marinos del puerto, y los negocios portuarios estuvieron representados al máximo. Lo supieran o no, el interés que los atraía era puramente psicológico: la esperanza de escuchar alguna revelación esencial en cuanto a la fuerza, el poderío, el horror de las emociones humanas. Por supuesto, no era posible revelar nada por el estilo. El interrogatorio del único hombre dispuesto a hacerle frente equivalía a un inútil andarse por las ramas, en torno del hecho bien conocido, y el juego de preguntas correspondientes fue tan instructivo como los golpes con un martillo en una caja de hierro, cuando se trata de averiguar qué hay adentro. Pero una investigación oficial no podía hacer ninguna otra cosa. Su objetivo no era el porqué fundamental, sino el superficial cómo de ese asunto.

El joven habría podido decírselo, y aunque eso era lo único que interesaba al público, las preguntas que se le hicieron lo apartaron por fuerza de lo que para mí, por ejemplo, habría sido la única verdad digna de conocerse. No se puede esperar que las autoridades constituidas investiguen el estado del alma de un hombre... ¿O se trata sólo de su hígado? Mi ocupación consistía en llegar a las consecuencias, y, para decirlo con franqueza, un magistrado policial cualquiera, y dos asesores náuticos, no sirven para mucho más que eso. No quiero decir que esos sujetos fuesen estúpidos. El magistrado se mostró muy paciente. Uno de los asesores era un capitán de veleros, de barba rojiza y disposición piadosa. El otro era Brierly. El Gran Brierly. Algunos de ustedes deben haber conocido al Gran Brierly, el capitán del barco más famoso de la línea Blue Star. Ese es el hombre.

Parecía aburrido al máximo por el honor que se le había confiado.

Jamás en la vida cometió un error, nunca tuvo un accidente nunca un tropiezo, nunca un freno en su ascenso continuado, y parecía ser uno de esos individuos afortunados que nada saben acerca de indecisiones, y mucho menos de desconfianza respecto de sí mismos. A los treinta y dos años tenía uno de los mejores mandos del tráfico oriental, y lo que es más, sentía una alta estima por lo que poseía. Nada había en el mundo que se le asemejara, y supongo que si se le hubiese preguntado a boca de jarro, habría confesado que, en su opinión, no existía otro comandante igual. La elección había recaído sobre el hombre adecuado. El resto de la humanidad que no dirigía el vapor Ossa, de acero, capaz de desarrollar dieciséis nudos, estaba constituido por criaturas mas bien dignas de lástima. Había salvado vidas en el mar, rescatado barcos en aprietos, los aseguradores le habían regalado un cronómetro de oro, y algún gobierno exterior un par de binoculares con una inscripción adecuada, en conmemoración de dichos servicios. Poseía plena conciencia de sus méritos y recompensas. Yo le tenía bastante simpatía, aunque algunos que conozco —hombres tímidos, amistososno podían soportarlo para nada. No me cabe la menor duda de que se consideraba muy por encima de mí —y en verdad, si uno hubiera sido emperador de Occidente y de Oriente, no habría podido pasar por alto su propia inferioridad en presencia de él—, pero no conseguía engendrar en mí un verdadero sentimiento de ofensa. No me despreciaba por nada que yo pudiese solucionar, por nada de lo que yo fuese. ¿Saben? Yo era una cifra insignificante nada más que porque no era el hombre afortunado de la tierra, no era Montague Brierly, al mando del Ossa, ni el dueño de un cronómetro de oro con una inscripción, ni de binoculares con montura de plata que atestiguasen la excelencia de mi capacidad marinera y mi indomable denuedo. No era dueño de un agudo sentimiento de mis méritos y recompensas, aparte del amor, o mejor, la adoración de un perdiguero negro, el más maravilloso de su tipo, pues nunca hubo un hombre así amado por un perro como ese. No cabe duda de que el hecho de que le impusieran todas esas cosas resultaba exasperante; pero cuando pensé que yo me encontraba vinculado a esas fatales desventajas, junto con doce millones de seres más o menos humanos, descubrí que podía soportar mi parte de su lástima bonachona y despectiva, a cambio de algo definido y atrayente que había en el hombre. Nunca intenté caracterizar ese atractivo, pero había momentos en que lo envidiaba. El aguijón de la vida no podía hacer con su alma complaciente más de lo que puede hacer el raspar de un alfiler en la cara lisa de una roca. Eso era envidiable. Mientras lo contemplaba, flanqueado a un lado por el magistrado modesto y de rostro pálido, que presidía la investigación, su satisfacción consigo mismo presentaba, ante mí y ante el mundo, una superficie dura como el granito. Muy poco después se suicidó.

No es extraño que el caso de Jim lo aburriese, y mientras yo pensaba con algo parecido al temor de ver la inmensidad de su desprecio hacia el joven interrogado, él tal vez llevara a cabo una silenciosa investigación de su propio caso. El veredicto debe de haber sido de culpa sin atenuantes, y se llevó el secreto de la prueba consigo, en ese salto al mar. Si entiendo algo de los hombres, el caso, no cabe duda, era de la más grave importancia, una de esa; cositas que despiertan ideas, que dan vida a cierto pensamiento con el cual un hombre, no acostumbrado a esa compañía, encuentra imposible vivir. Ahora me encuentro en condiciones de saber que no se trataba de dinero, y que no era la bebida, ni una mujer.

Saltó sobre la borda, al mar, apenas una semana después del final de la investigación, y menos de tres días más tarde de zarpar del puerto, en su viaje hacia alta mar; como si en ese punto exacto, en medio de las aguas, hubiese descubierto de pronto las puertas de otro mundo, abiertas de par en par para su recepción.

Pero no fue un impulso repentino. Su canoso primer oficial, un marino de primera calidad y un anciano muy agradable con los desconocidos, pero en sus relaciones con su comandante el más hosco primer oficial que haya conocido, relata la historia con lágrimas en los ojos. Parece que cuando subió al puente, por la mañana, Brierly había estado escribiendo en el cuarto de mapas.

—Eran las cuatro menos diez —dijo—, y, por supuesto, la segunda guardia no había sido relevada. Oyó mi voz en el puente, hablando con el segundo oficial, y me llamó. Y o no tenía deseos de ir, y esa es la verdad, capitán Marlow. No podía soportar al pobre capitán Brierly, se lo digo con vergüenza. Nunca sabemos de qué está hecho un hombre.

Se lo había ascendido por encima de muchos otros, sin contarme a mí, y tenía una maldita manera de hacer que uno se sintiese pequeño, nada más que por la forma en que decía "Buenos días". Jamás le hablaba, como no fuese por asuntos de trabajo, y en esas ocasiones tenía que esforzarme mucho para hablarle con cortesía. —En ese sentido, se auto elogiaba. A menudo me pregunté como Brierly pudo aguantar sus modales durante más de medio viaje.— Tengo esposa e hijos —continuó—, y hacía diez años que estaba en la Compañía, esperando siempre el próximo mando como un verdadero tonto. Y él me dice: "Venga, Mr.

Jones —con esa voz jactanciosa que tenía—. Venga, Mr. Jones." Fui.

"Determinaremos la posición", dice, inclinándose sobre el mapa, con un compás en la mano. Según las órdenes corrientes, el oficial que dejaba la guardia tenía que hacer eso al final de ella. Pero yo no contesté, y seguí mirando mientras él señalaba la posición del barco con una minúscula cruz y escribía la fecha y la hora. Puedo verlo en este momento mismo, escribiendo con sus pulcros números: diecisiete, ocho, cuatro de la mañana. El año queda escrito en tinta roja en la parte superior del mapa. Nunca usaba sus mapas más de una vez por año, el capitán Brierly. Yo lo tengo ahora. Cuando termina, se queda mirando la marca que trazó y sonríe para sí, y luego me mira. "Treinta y dos millas más con el mismo rumbo —dice—, y entonces usted podrá alterar el rumbo veinte grados al suroeste".

Pasábamos al norte del banco Héctor en este viaje. Respondí "Muy bien señor", mientras me preguntaba por qué se tomaba tanto trabajo ya que de cualquier manera yo tenía que llamarlo antes de modificar el rumbo. En ese momento sonaron las ocho campanadas; salimos al puente, y el segundo oficial, antes de irse, menciona, como de costumbre, "setenta y una en la corredera". El capitán Brierly mira la brújula y después pasea la mirada en torno. Era una noche negra y clara, y todas las estrellas se destacaban como en una noche helada de altas latitudes. De pronto dice, con una especie de suspiro:

—Voy a proa, y yo mismo pondré la corredera en cero para usted, de modo que no haya errores. Treinta y dos millas más de este rumbo, y ya estará a salvo. Veamos... la corrección de la corredera es de un seis por ciento aditivo; digamos, entonces, treinta según la esfera y puede virar veinte grados a estribor en el acto. De nada sirve perder distancia, ¿verdad?

Jamás lo había escuchado hablar tanto de una vez, y, según me parecía, sin necesidad. No respondí. Bajó por la escala y el perro, que siempre le pisaba los talones, fuese a donde fuere, de día o de noche, lo siguió, deslizando el hocico ante sí. Oí los tacones de sus botas que golpeteaban en el puente de popa, y luego se detuvo y le habló al perro.

—Vuelve, Rover. ¡Al puente, amigo! ¡Vamos... vete!

—Luego me llana desde la oscuridad—: Encierre a ese perro en el cuarto de mapas, Mr. Jones, ¿quiere?

Esa fue la última vez que escuché su voz, capitán Marlow.

Fueron las últimas palabras que pronunció al alcance del oído de ningún ser humano viviente, señor. —En ese punto la voz del anciano se volvió un tanto insegura.— Temía que el pobre animal saltara tras él, ¿entiende? —continuó con voz temblorosa. Sí, capitán Marlow. Me preparó la corredera; le puso, ¿quiere creerlo? un poco de aceite. Allí estaba la aceitera, cuando la dejó, cerca. El segundo contramaestre llevó la manga a popa para lavar a las cinco y media; de pronto deja el trabajo y sube corriendo al puente.

—Por favor, ¿quiere venir a popa, Mr. Jones? —dice—. Hay algo raro.

No quiero tocarlo. —Era el cronómetro de oro del capitán Brierly, colgado con cuidado debajo de la baranda, con la cadena.

En cuanto mi mirada se posó en él, algo cayó sobre mí, y lo supe, señor. Se me aflojaron las piernas. Fue como si lo hubiese visto saltar.

Y, además, supe cuán atrás había quedado. La corredera de coronamiento marcaba dieciocho millas y tres cuartos, y en torno del palo mayor faltaban cuatro cabillas de hierro. Se las puso en los bolsillos para ayudarse a bajar, supongo. Pero, ¡Señor!, ¿qué son cuatro cabillas para un hombre poderoso como el capitán Brierly? Es posible que su confianza en sí mismo se debilitara un tanto al final. Esa fue la única señal de confusión que dio en toda su vida, pienso. Pero estoy dispuesto a responder por él, afirmo que una vez que saltó no trató de dar ni una brazada, tal como habría tenido la suficiente valentía como para mantenerse todo el día a flote si hubiera caído por la borda accidentalmente. Sí, señor. No era inferior a nadie... aunque lo dijese él mismo, como lo oí decirlo en una ocasión. Durante la segunda guardia escribió dos cartas. Una a la Compañía, y otra a mí. Me daba una cantidad de instrucciones en cuanto al pasaje —yo estaba en el oficio desde mucho antes que él—, y un sinfín de insinuaciones en cuanto a mi conducta con nuestra gente de Shanghai, de modo que pudiese conservar el comando del Ossa. Escribía como un padre a su hijo favorito, capitán Marlow, y yo era veinticinco años mayor que él y había probado el agua salada antes que él se pusiera los primeros pantalones largos. En su carta a los dueños —la dejó abierta para que yo la leyera— decía que siempre había cumplido con su deber hacia ellos —hasta ese momento—, y que ni siquiera entonces traicionaba su confianza, pues dejaba el barco en manos de un marino tan competente como pudiera encontrarse... ¡Y se refería a mí, señor, se refería a mí! Me decía que si ese último acto de su vida no disminuía el respeto que sentían por él, otorgarían todo su peso a mis fieles servicios y a su cálida recomendación, cuando llenaran la vacante dejada por su muerte. Y muchas otras cosas por el estilo, señor. Yo no podía creer lo que veía. Me hizo sentir muy extraño continuó el anciano, muy perturbado, mientras aplastaba algo en la comisura de su ojo derecho con el extremo de un pulgar ancho corno una espátula—. Cualquiera habría creído, señor, que saltó por la borda nada más que para dar a un hombre infortunado una última oportunidad de progresar. Pero con el golpe que significó para mí que él muriese de ese modo tan espantoso y precipitado, y con considerarme un hombre beneficiado por esa acción, estuve casi enloquecido durante una semana. Pero sin motivos. El capitán del Pelion fue trasladado al Ossa; subió a bordo en Shanghai, pequeño petimetre, señor, de traje gris a cuadros, con el cabello peinado al medio.

—... Este... soy... este... su nuevo capitán, Mr... Mr... este... Jones. Estaba bañado en perfume... casi hedía, capitán Marlow. Apuesto a que lo que lo hizo tartamudear fue la mirada que le lancé. Masculló algo acerca de mi natural desilusión —era mejor que supiese enseguida que su primer oficial había logrado el ascenso al mando del Pelion, él nada tenía que ver con eso, claro... Suponía que la oficina sabía lo que hacía.. . Perdón... Le digo yo:

—No se preocupe por el viejo Jones, señor; maldita sea su alma, ya está acostumbrado a eso. —Enseguida comprendí que había lastimado sus delicados oídos; luego, mientras compartíamos nuestra primera merienda juntos, comenzó a encontrar defectos, en forma desagradable, en tal y cual cosa del barco. Jamás escuché semejante voz, ni en una función de títeres. Apreté los dientes, clavé la vista en mi plato, y mantuve la calma mientras me fue posible; pero al cabo tuve que decir algo. Y él se pone de pie de un salto de puntillas esponja todas sus hermosas plumas, como un gallito de riña.

—Ya verá que tiene que tratar con una persona distinta que el desaparecido capitán Brierly.

—Ya lo he visto —respondo, muy lúgubre, pero fingiendo que estoy muy atareado con mi biftec.

—Usted es un viejo, rufián, Mr... este... Jones; y lo que es más, se lo conoce como un viejo rufián en el empleo —me chilla. Los malditos lava copas estaban allí, escuchando con la boca abierta de oreja a oreja.

—Puede que yo sea un caso difícil —le contesté—, pero no tanto como para tener que aguantar el espectáculo que da usted sentado en la silla del capitán Brierly. —Y con eso dejo el cuchillo y el tenedor.

—A usted le gustaría sentarse en ella... Ahí es donde le aprieta el zapato —dice, burlón. Salí del comedor, reuní mis trapos y estaba en el muelle, con todas mis pertenencias a mis pies, antes que los estibadores regresaran. A la deriva —en tierra— después de diez años de servicios... y con una pobre mujer y cuatro hijos, a diez mil kilómetros de distancia, dependientes de mi media paga por cada bocado que comían. ¡Sí, señor! Lo abandoné antes de permitir que se insultara al capitán Brierly.

Me dejó sus prismáticos nocturnos, aquí están. Y quiso que me ocupase del cuidado de su perro; y aquí está. Hola Rover, pobrecito. ¿Dónde está el capitán, Rover? —El perro levantó la mirada, nos contempló con melancólicos ojos amarillos lanzó un ladrido desolado y reptó debajo de la mesa.

Todo esto ocurría, más de dos años después, a bordo de esa ruina náutica que es el Fire—Queen que este Jones tenia a su mando —y por un raro accidente—, recibido de Matherson —el loco Matherson, lo llaman en general, el mismo que solía rondar por Haifong, ¿saben?, antes de los días de la ocupación. El viejo siguió hablando...

—Sí, señor, el capitán Brierly será recordado aquí, aunque no quede ningún otro lugar en la tierra. Le escribí en detalle a su padre, y no recibí ni una palabra de respuesta... ¡Ni gracias, ni váyase al demonio!

¡Nada! Quizá no querían saber.

La visión de este anciano Jones de ojos acuosos, que se enjugaba la calva con pañuelo de algodón rojo, y el angustiado gañido del perro, la suciedad del tumbadillo con marcas de moscas que era el único altar de su recuerdo, arrojaba un velo de inexpresable y mísero patetismo sobre la figura recordada de Brierly, venganza póstuma del destino por esa creencia en su propio esplendor, que casi había despojado a su vida, con engaños, de sus legítimos terrores. ¡Casi! Y talvez por completo. ¿Quién puede decir qué halagadora visión se indujo a ver en el momento de su suicidio?

—¿Por qué cometió ese acto precipitado, capitán Marlow? ¿Se le ocurre? —preguntó Jones, uniendo las palmas—. ¿Por qué? ¡No lo entiendo! ¿Por qué? —Se palmeó la frente baja y arrugada.— Si hubiese sido pobre y viejo, y estuviese endeudado o loco. Pero no era de los que se vuelven locos. Puede creerme. Lo que un primer oficial no sabe acerca de su capitán, no vale la pena de saberse. Era joven sano, acomodado, sin preocupaciones... A veces me quedo sentado aquí, pensando, pensando, hasta que la cabeza casi comienza a zumbarme. Tiene que haber habido algún motivo.

—Puede estar seguro, capitán Jones —le respondí—, no fue nada que nos hubiese molestado mucho a cualquiera de los dos —le dije. Y entonces, como si una luz se hubiese encendido en la maraña de sus pensamientos, el pobre y viejo Jones encontró una última palabra de sorprendente profundidad. Se sonó la nariz, me miró, asintiendo, lastimero:

—¡Ay, ay! Ni usted, señor, ni yo, tuvimos nunca tan alta opinión de nosotros.

Es claro que el recuerdo de mi última conversación con Brierly está teñido por el conocimiento de su fin, que siguió tan pronto. Hablé con él por última vez durante el desarrollo de la investigación. Fue después del primer receso, y se acercó a mi en la calle. Estaba irritado, cosa que advertí con sorpresa, pues su conducta habitual, cuando condescendía a conversar, era serena, con un rastro de divertida tolerancia, como si la existencia de su interlocutor hubiese sido un buen chiste.

—Me pescaron para esta investigación, ¿sabe? —comenzó a decir, y durante un rato me detalló, quejoso, los inconvenientes de la asistencia cotidiana al tribunal—. Y el cielo sabe cuánto durará. Tres días, supongo. —Lo escuché en silencio; en mi opinión se trataba de una forma tan buena como cualquier otra de exponer el caso.— ¿De qué sirve? Es el espectáculo más estúpido que se pueda imaginar —continuó, acalorado.

Yo le indiqué entonces que no había opción. Me interrumpió con una especie de violencia acumulada—. Me siento como un tonto todo el tiempo—. Lo miré. Eso era ir demasiado lejos —para Brierly—, cuando se hablaba de Brierly. Me detuvo en seco, me tomó de la solapa y tironeó apenas de ella.— ¿Por qué atormentamos a ese joven? —preguntó. La pregunta coincidía tan bien con la resonancia de cierto pensamiento mío, que, con la imagen en mi mirada del renegado huyendo, respondí en el acto:

—Maldito si lo sé, aparte de que él les permite hacerlo.

Me asombró el ver que coincidía conmigo, por decirlo así, pues mi frase habría tenido que resultarle más o menos enigmática. Dijo, colérico:

—Pues sí. ¿No se da cuenta que ese desdichado capitán de él ha huido? ¿Qué espera que ocurra? Nada puede salvarlo. Está listo. Caminamos unos pasos en silencio.—¿Por qué comer tanta tierra? exclamó, con una energía de expresión oriental, más o menos el único tipo de energía de la cual se puede encontrar huellas al este del meridiano cincuenta. Me asombró mucho la dirección de sus pensamientos, pero ahora tengo la fuerte sospecha de que estaba muy dentro de su carácter. En el fondo, el pobre Brierly debe haber estado pensando en sí mismo. Le señalé que el capitán del Patna, según se sabía, había forrado muy bien su nidito, y podía obtener casi en cualquier parte los medios para huir. En el caso de Jim no ocurría así; el gobierno lo mantenía por el momento en el Hogar para Marinos, y lo más probable es que no tuviese una moneda en el bolsillo. Una fuga cuesta cierto dinero.

—¿De veras? No siempre —dijo, con una amarga carcajada, y a otra observación mía—: Bueno, pues que se hunda seis metros bajo el suelo y se quede allí. ¡Cielos! Yo lo haría. —No sé por qué, su tono me irritó, y repliqué:

—Hay algo de valentía en enfrentar los hechos tal como lo hace él, sabiendo muy bien que si escapara nadie se preocuparía por perseguirlo.

—¡Al demonio con la valentía! —gruñó Brierly—. Ese tipo de valentía que no sirve para mantener a un hombre en pie, me importa un bledo. Si usted dijese que se trata de una especie de cobardía... de blandura... Le diré una cosa: yo pondré doscientas rupias y usted pone otras cien y se compromete a llevarse mañana por la mañana, temprano, al pobre diablo. El tipo es un caballero, si no está dispuesto a que lo ayuden... Entenderá. ¡Debe entender! Esta infernal publicidad es demasiado desagradable. Se la pasa sentado con esos condenados nativos, serangs, lascars, contramaestres, presentan testimonios suficientes como para convertir en cenizas a un hombre de pura vergüenza. Es abominable. ¿Pero qué, Marlow, no le parece, no siente que esto es abominable, no lo siente, vamos, como marino? Si se fuera, todo esto terminaría enseguida —Brierly dijo estas palabras con una animación poco común, e hizo un movimiento como para extraer su cartera. Yo lo contuve, y le declaré con frialdad que la cobardía de esos cuatro hombres no me parecía un asunto de tan gran importancia.— Supongo que usted se considera un marinero —dijo, colérico. Le respondí que eso era lo que me consideraba, y, además, abrigaba la esperanza de serlo. Me escuchó, e hizo un ademán con su enorme brazo, que parecía querer despojarme de mi individualidad y lanzarme hacia la multitud—. Lo peor —dijo—, es que todos ustedes carecen del sentimiento de dignidad; no les interesa mucho lo que se supone que son.

Entretanto habíamos estado caminando con lentitud, y en ese momento nos detuvimos frente a la oficina del puerto, a la vista del lugar mismo desde el cual el inmenso capitán del Patna había desaparecido tan completamente como una plumita arrebatada por un huracán. Sonreí. Brierly continuó:

—Esto es una desgracia. Tenemos entre nosotros todo tipo de personas... E inclusive algunos pillastres ungidos. Pero maldito sea, debemos conservar la decencia profesional, o no seremos más que otros tantos remendones que andan sueltos por ahí. Se confía en nosotros.

¿Entiende? ¡Se confía! Con franqueza, no me interesan un rábano todos los peregrinos que hayan salido jamás de Asia, pero un hombre decente no se habría comportado de esa manera con toda una carga de trapos viejos en fardos. No somos un cuerpo organizado de hombres, y lo único que nos mantiene unidos es el nombre de ese tipo de decencia.

Un asunto así destruye la confianza de uno. Un hombre puede pasarse casi toda la vida en el mar sin necesidad de mostrar entereza. Pero cuando llega el momento de mostrarla... ¡Ahá! ... Si yo...

Se interrumpió, y con distinto tono. —Le daré doscientas rupias ahora, Marlow, y hable con ese sujeto. ¡Maldito sea! Ojalá no hubiese venido nunca aquí. El caso es que se me ocurre que algunos de los míos saben esto. El viejo es un párroco, y ahora recuerdo que lo conocí en una ocasión, cuando estuve con mi primo en Essex, el año pasado.

Si no me equivoco, el viejo parecía tener más bien cierto cariño por su hijo marino. Horrible. No puedo hacerlo yo... Pero usted...

Así, a propósito de Jim, tuve una visión del verdadero Brierly pocos días antes que comprometiera su realidad y su ficción juntas, y las entregara ala guarda del océano. Es claro que me negué a entrometerme. El tono de ese último "pero usted" (el pobre Brierly no pudo evitarlo), que parecía sugerir que yo no era más perceptible que un insecto, me hizo contemplar la propuesta con indignación, y debido a ese desafío, o por algún otro motivo, quedé convencido en el pensamiento de que la investigación era un severo castigo contra ese Jim, y que el hecho de que éste la enfrentara —prácticamente por su propia voluntad— era una característica redentora de su abominable caso. Antes no estaba tan seguro de ello. Brierly se fue, encolerizado. En esos momentos su estado de ánimo era más misterioso para mí de lo que lo es ahora.

Al día siguiente llegué tarde al tribunal, y me senté separado de los demás. Es claro que no podía olvidar la conversación que había sostenido con Brierly, y ahora los tenía a ambos bajo mi vista. La conducta de uno sugería un lúgubre descaro, y la del otro un despectivo aburrimiento. Pero una de las actitudes podía no ser más cierta que la otra, y tuve conciencia de que una no era cierta. Brierly no estaba aburrido, sino exasperado. Y en ese caso, era posible que Jim no se mostrase descarado. Según mi teoría, no lo hacía. Me imaginé que se sentía desesperado. Entonces se encontraron nuestras miradas. Se encontraron, y la forma en que me miró desalentó toda intención, que hubiese podido tener, de hablarle. En cualquiera de las dos hipótesis —insolencia o desesperación—, me pareció que no podía serle de utilidad ninguna.

Ese era el segundo día de la investigación. Poco después del intercambio de miradas, ésta se volvió a postergar para el día siguiente. Los blancos comenzaron a atropellarse para salir. A Jim se le había dicho un poco antes que bajara, y pudo salir entre los primeros. Vi sus anchos hombros y su cabeza delineados a la luz de la puerta, y mientras yo salía con lentitud, hablando con alguien —algún desconocido que me dirigió la palabra por casualidad—, pude verlo en la sala del tribunal, apoyando ambos codos en la balaustrada de la galería, y volviendo la cabeza hacia el hilo de gente que se derramaba por los escalones. Hubo un murmullo de voces y un arrastrarse de zapatos.

El caso siguiente era el de un ataque y agresión cometidos contra un prestamista, creo; y el acusado —un venerable anciano de recta barba blanca— se encontraba sentado en una estera, al otro lado de la puerta, con sus hijos, hijas, yernos, nueras, y, me parece, la mitad de la población de su aldea, acuclillados o de pie a su alrededor. Una esbelta mujer de piel oscura, con parte de la espalda y un negro hombro al desnudo, y con un delgado anillo de oro en la nariz, rompió de pronto a hablar en un tono agudo, gruñón. El hombre que me acompañaba la miró instintivamente. Acabábamos de pasar por la puerta, y nos encontrábamos detrás de la ancha espalda de Jim.

No sé si los aldeanos habían llevado consigo el perro amarillo. De todos modos, allí había un perro, que entraba y salía por entre las piernas de la gente, en esa forma silenciosa y sigilosa que tienen los perros nativos, y mi compañero tropezó con él. El perro se alejó de un salto, sin un sonido.

El hombre levantó un poco la voz y dijo con una carcajada lenta:

—Mire a ese perro desdichado. —Y poco después nos separó un grupo de personas que se introducían. Me recosté durante un instante contra la pared, en tanto que el desconocido conseguía bajar los escalones y desaparecía. Vi que Jim giraba en torno. Dio un paso adelante y me cerró el camino. Estábamos solos; me miró furioso, con una expresión de empecinada decisión. Me di cuenta de que se me asaltaba, por así decirlo, como en un bosque. Para entonces la galería se hallaba desierta, y el ruido y movimientos habían cesado en el tribunal. Un gran silencio cayó sobre el edificio, en el cual, mucho más adentro, una voz oriental empezaba a quejarse con abyección. El perro, en el momento mismo de tratar de escurrirse por la puerta, se sentó deprisa para cazar pulgas.

—¿Usted me habló? —preguntó Jim en voz muy baja, e inclinándose hacia delante, no tanto hacia mí sino contra mí, si entienden lo que quiero decir. En el acto respondí que no. Algo que resonaba en el tono tranquilo de él me previno que debía ponerme a la defensiva. Lo miré.

Se parecía mucho a un encuentro en un bosque, sólo que más incierto en cuanto al resultado, ya que él no podía querer ni dinero ni mi vida, nada que pudiese sencillamente entregar o defender con la conciencia tranquila. —Dice que no —replicó, muy sombrío—. Pero yo escuché.

—Algún error —protesté, desconcertado, y sin sacarle la vista de encima. Mirarle el rostro era como presenciar un cielo que se oscurece antes del trueno, la sombra que cubre de manera imperceptible a otra sombra, y la lobreguez que se vuelve misteriosamente intensa en la calma de una violencia en maduración.

—Por lo que sé, no abrí la boca al alcance de su oído —afirmé con perfecta sinceridad. Empezaba a enojarme un poco, también yo, ante el absurdo de ese encuentro. Ahora se me ocurre que nunca en la vida estuve tan cerca de una paliza; quiero decir, en términos literales: una paliza propinada con los puños. Supongo que tuve la brumosa presencia de esa eventualidad que aleteaba en el aire. Y no es porque él me amenazara de manera activa. Por el contrario, se mostraba extrañamente pasivo, ¿saben?, pero ceñudo, y aunque no era excepcionalmente grande en general parecía capaz de demoler una pared. El síntoma más tranquilizador que advertí fue una especie de lenta y pausada vacilación, que consideré un tributo a la evidente sinceridad de mis modales y mi tono. Nos encaramos. En el tribunal, seguía adelante el caso de atraco. Escuché las palabras: "Pozo... búfalo... palos... en la enormidad de mi temor...

—¿Por qué me estuvo mirando toda la mañana?

—¿Acaso quiere que permanezcamos sentados, con la vista baja, para no herir su susceptibilidad? —repliqué con sequedad. No me sometería dócilmente a ninguna de esas tonterías. Volvió a levantar la vista, y esta vez siguió mirándome a la cara.

—No. Está bien —dijo con una expresión de deliberar consigo mismo acerca de la verdad de la frase—. Está bien. Quiero seguir adelante con eso. Sólo que —y aquí habló con un poco más de rapidez— no permitiré que nadie me insulte fuera de este tribunal. Había un sujeto con usted. Usted le habló... o sí... ya sé; todo está muy bien. Usted le habló, pero tenia la intención de que yo lo escuchara...

Le aseguré que era víctima de un extraordinario error.

No tenía idea de cómo se había producido.

—Pensó que yo temería molestarme por esto —dijo, con un leve rastro de amargura. Me sentía lo bastante interesado como para discernir los más leves matices de expresión, pero nada estaba claro para mí.

Y, sin embargo, un no sé qué de esas palabras, o quizá sólo la entonación de la frase, me indujeron de pronto a hacerlo objeto de las mayores consideraciones. Dejé de disgustarme por mi inesperada situación.

Se trataba de algún error de su parte; cometía un desatino, y yo tuve la intuición de que dicho desatino era de naturaleza odiosa, infortunada. Experimenté ansiedad por terminar con esa escena, por motivos de decencia, tal como uno se muestra ansioso por interrumpir una confidencia no provocada y abominable. Y lo curioso era que, en medio de todas estas consideraciones del más elevado orden tenía conciencia de cierta vacilación en cuanto a la posibilidad —más aun, la probabilidad— de que el encuentro terminase en alguna riña poco recomendable que no se pudiese explicar, y que me pusiera en ridículo. No anhelaba una celebridad de tres días como el hombre a quien le habían puesto un ojo negro, o algo por el estilo, en una pendencia con el primer oficial del Patna. Lo más probable es que a él no le importase lo que hiciera, o que por lo menos se sintiera plenamente justificado en su propia opinión. No hacía falta ser un mago para ver que estaba muy enojado por algo, a pesar de toda su conducta tranquila e inclusive torpe. No niego que yo tenia grandes deseos de tranquilizarlo a toda costa, si hubiese sabido cómo hacerlo. Pero no lo sabia, como bien pueden imaginarlo. Era una oscuridad sin un solo resplandor de luz.

Nos enfrentamos en silencio. Él permaneció inmóvil durante unos quince segundos, y luego dio un paso hacia delante, y yo me preparé para esquivar un golpe, aunque no creo que moviese un músculo.

—Si usted fuese tan grande como dos hombres y tan fuerte como seis —dijo con gran suavidad—, le diría lo que pienso. Usted...

—¡Espere! —exclamé. Eso lo contuvo durante unos segundos—. Antes de decirme lo que piensa de mí —continué con rapidez—, ¿quiere hacer el favor de decirme qué dije o hice?

Durante unos segundos me examinó con indignación, mientras yo efectuaba sobrenaturales esfuerzos de memoria, en los cuales tropezaba con el obstáculo de la voz oriental, en la sala del tribunal, que rechazaba con apasionada volubilidad una acusación de falsía. Y entonces hablamos casi al mismo tiempo.

—Pronto le mostraré que no lo soy —dijo, con el tono sugestivo de una crisis.

—Afirmo que no lo sé —contesté con sinceridad, al mismo tiempo.

Él trató de aplastarme con el desprecio de su mirada.

—Ahora que ve que no tengo miedo, trata de escurrirse—dijo él—.

¿Quién es un perro, eh?

Y entonces, por fin, entendí.

Me escudriñaba las facciones como si buscara un lugar en el cual plantar el puño.

—No permitiré que nadie... —masculló, amenazador.

En verdad, era un espantoso error, se había traicionado por entero. No puedo darles siquiera una idea de lo sacudido que me sentí.

Supongo que vio algún reflejo de mis sentimientos en mi rostro, porque su expresión cambió un poco.

—¡Buen Dios! —tartamudeé—. No pensará que yo...

—Pero estoy seguro de haber escuchado —insistió elevando la voz por primera vez desde el comienzo de la deplorable escena. Y luego, con una sombra de desprecio, agregó—: ¿Entonces no fue usted? Muy bien ya encontraré al otro.

—No sea tonto —exclamé, exasperado—. No hubo nada de eso.

—Yo oí —volvió a decir con perseverancia inconmovible y sombría.

Algunos se habrían reído de su pertinacia. Yo no. ¡Oh, yo no!

Nunca hubo un hombre a quien sus propios impulsos naturales pusiesen al desnudo de manera tan implacable. Una sola palabra lo había despojado de su discreción, de esa discreción que es más necesaria para las decencias de nuestro ser interior de lo que lo es la vestimenta para el decoro de nuestro cuerpo.

—No sea tonto —repetí.

—Pero el otro lo dijo, ¿eso no lo niega? —expresó con claridad, mirándome a la cara, sin parpadear.

—No, no lo niego —respondí, devolviéndole la mirada. Por último sus ojos siguieron hacia abajo la dirección de mi dedo, que señalaba.

Al principio pareció no entender, luego se mostró confuso, y al fin sorprendido y asustado, como si un perro hubiese sido un monstruo, y él no hubiese visto ninguno hasta ese instante—. Nadie soñó con insultarlo —dije.

Contempló al desdichado animal, que no se movió más que una efigie; se encontraba sentado, con las orejas levantadas, y el agudo hocico apuntado hacia la puerta, y de pronto lanzó un mordisco a una mosca, como si fuese un mecanismo.

Lo miré. El rojo de su clara tez tostada se acentuó de pronto, bajo el vello de las mejillas le invadió la frente, se difundió hasta las raíces de su cabello rizado. Las orejas adquirieron un intenso tono carmesí, e inclusive el claro azul de los ojos se oscureció en varios matices con la precipitación de la sangre ala cabeza. Frunció un poco los labios, temblorosos, como si hubiese estado a punto de estallar en lágrimas. Me di cuenta de que era incapaz de pronunciar una palabra a consecuencia del exceso de su humillación. Y también por desilusión... ¿quién sabe?

¿Tal vez ansiaba los puñetazos que pensaba darme para rehabilitarse, para tranquilizarse? ¿Quién puede decir qué alivio esperaba de esa posibilidad de una riña? Era lo bastante ingenuo como para esperar cualquier cosa; pero en este caso se había traicionado sin motivos. Se mostró franco consigo mismo —y no hablamos de mí—, en la loca esperanza de llegar, de esa manera, a alguna refutación eficaz, y las estrellas le fueron irónicamente desfavorables. Emitió un sonido inarticulado con la garganta, como un hombre semi atontado por un golpe en la cabeza. Era lamentable.

No volví a alcanzarlo hasta mucho más allá de los portones. Inclusive tuve que trotar un poco al final, pero cuando, casi sin aliento, junto a él, lo acusé de huir, respondió "¡Jamás!", y en el acto se volvió.

Le expliqué que no tenía la intención de decir que huyese de mí.

—De ninguno... ni de un solo hombre de la tierra —afirmó con expresión de terquedad. Me abstuve de señalarle la única y evidente excepción que requería para los más valientes de entre nosotros; pensé que muy pronto la descubriría él mismo. Me miró con paciencia mientras yo pensaba en algo que decirle, pero en el momento no pude encontrar nada, y él comenzó a alejarse. Lo seguí, ansioso de no dejar que se fuera. Le dije, deprisa, que no podía pensar siquiera en separarme de él sin eliminar una falsa impresión acerca de mí... de mí... tartamudeé. La estupidez de la frase me asustó, mientras trataba de terminarla pero el poder del habla nada tiene que ver con su sentido o con la lógica de su construcción. Mi estúpido mascullar pareció complacerlo. Me interrumpió diciendo, con cortés placidez, que hablaba de una inmensa capacidad de dominio, o si no de una maravillosa elasticidad de espíritu:

—El error fue mío. —Me asombré ante esta expresión; habría podido estar refiriéndose a un suceso insignificante. ¿Acaso no entendía su deplorable significado?— Muy bien ¿puede perdonarme? —continuó, y luego siguió diciendo, con cierta melancolía—: Toda esa gente que me miraba en el tribunal parecía tan tonta que... que podría haber ocurrido tal como lo supuse.

Esto, para mi asombro, abrió de pronto una nueva visión de él. Lo miré con curiosidad, y me encontré con sus ojos imperturbables e impenetrables.

—No puedo soportar estas cosas —dijo, con suma sencillez—, ni quiero hacerlo. En el tribunal es distinto. Eso tengo que aguantarlo... y también puedo hacerlo.

No pretendo haberlo entendido. Las visiones que me permitió tener de él eran como esos vislumbres a través delas móviles desgarraduras de una densa niebla trozos de detalles vívidos y fugaces, que no ofrecían una idea coherente del aspecto general de un paisaje. Alimentaban la curiosidad de uno sin satisfacerla; no servían para los fines de la orientación. En conjunto, el hombre resultaba equívoco. Así lo resumí para mis adentros, cuando me separé de él, ya avanzada la noche.

Yo me hospedaba en la Casa Malabar durante algunos días, y ante mi insistente invitación cenó conmigo allí.

Capítulo 7

Esta tarde había llegado un barco correo, y el gran comedor del hotel estaba ocupado en su mayor parte por personas con pasajes de cientos de esterlinas, de un viaje alrededor de la tierra. Había parejas de casados, de aspecto doméstico y aburrido, en medio de su viaje; había grupos grandes y pequeños, e individuos aislados que cenaban con solemnidad o festejaban ruidosamente, pero todos pensaban, conversaban, bromeaban o fruncían el entrecejo como lo hacían en su casa; y con una receptividad tan inteligente de nuevas impresiones como sus baúles, en sus habitaciones de arriba. En adelante se los rotularía, pasajeros en tal o cual lugar, lo mismo que su equipaje. Atesorarían esa distinción de sus personas, y —conservarían los rótulos engomados en sus maletas, como pruebas documentales, como el único rastro permanente de su empresa de perfeccionamiento. Criados de rostros morenos caminaban sin ruido sobre el vasto y lustrado piso; de vez en cuando se escuchaba una risa de muchacha, tan inocente y vacía como su mente, o, en un repentino silencio del rumor de vajilla unas pocas palabras, de acento afectado, de algún ingenioso que bordaba, en beneficio de un sonriente grupo de comensales, el último relato gracioso de un escándalo a bordo. Dos solteronas nómadas, ataviadas con sus mejores galas recorrían con acrimonia la minuta, y se susurraban unas a otras, con labios descoloridos, rostro pétreo y extravagante, como dos suntuosos espantapájaros. Un poco de vino abrió el corazón de Jim y le aflojó la lengua. Me di cuenta de que, además, su apetito era bueno.

Parecía haber enterrado en alguna parte el episodio inicial de nuestra relación. Era como algo acerca de lo cual no se volvería a hablar en este mundo. Y durante todo el tiempo tuve ante mí esos ojos azules, juveniles, que miraban directamente a los míos, ese rostro joven esos hombros fuertes, la frente franca y bronceada, con una línea blanca debajo de las raíces del crespo cabello rubio, ese aspecto que a primera vista convocaba todas mis simpatías; ese exterior franco, la sonrisa sincera, la seriedad juvenil. Era de los buenos; era uno de los nuestros.

Hablaba con sobriedad, con una especie de compuesta falta de reserva y con un porte tranquilo que podía ser el resultado de un dominio viril, del descaro, de la insensibilidad, de una colosal inconsciencia, de un gigantesco engaño. ¡Quién puede saberlo! Por nuestro tono, habríamos podido estar hablando de una tercera persona, de un partido de fútbol, del tiempo del año pasado. Mis pensamientos flotaron en un mar de conjeturas, hasta que el giro de la conversación me permitió, sin resultar ofensivo, señalar que, en general, esa investigación debía ser bastante molesta para él. Extendió el brazo a través del mantel, me apretó la mano, al lado de mi plato, y me miró con fijeza. Me sobresalté.

—Tiene que ser muy difícil —tartamudeé, confundido por esa exhibición de sentimiento mudo.

—Es... un infierno —estalló, con voz apagada.

El movimiento y las palabras hicieron que dos trotamundos acicalados de una mesa vecina levantasen la mirada, alarmados de su budín helado. Me puse de pie, y pasamos ala galería delantera, para beber café y fumar cigarros.

En las mesitas octogonales ardían velas en globos de vidrio; grupos de plantas de hojas rígidas separaban los juegos de cómodos sillones de mimbre; y entre los pares de columnas, cuyos fustes rojizos reflejaban, en una larga hilera, el resplandor de las altas ventanas, la noche, reluciente y sombría, parecía colgar como un espléndido cortinado. Las móviles luces de los barcos guiñaban a lo lejos, como estrellas ponientes, y las colinas al otro lado del puerto, parecían negras masas redondas de nubes inmóviles.

—No pude irme —comenzó a decir Jim—. El capitán lo hizo... Eso está bien para él. Yo no pude y no quise. Todos salieron del asunto, de una u otra manera, pero para mí eso no valía.

Escuché con atención concentrada, sin atreverme a hacer un solo movimiento en mi sillón; quería saber... y hasta hoy no sé, sólo puedo adivinar. Parecía confiado y deprimido, al mismo tiempo, como si alguna convicción de inculpabilidad, innata frenase la verdad que se retorcía dentro de él a cada rato. Empezó por decir, y su tono era como el de quien admite su incapacidad para saltar por sobre una pared de cinco metros, que jamás volvería a su hogar; y esta declaración me recordó lo que había dicho Brierly, "que al viejo párroco de Essex parecía tener no poco cariño por su hijo marinero".

No puedo decirles si Jim sabía que se le tenía un "cariño" especial. Pero el tono de sus referencias a "mi padre" estaba destinado a darme la idea de que el bueno y viejo párroco rural era casi el mejor hombre que alguna vez hubiese sido agobiado por las preocupaciones de una gran familia, desde el comienzo del mundo. Esto, aunque nunca dicho en otras tantas palabras, fue sugerido por una ansiedad de que no surgieran errores en ese sentido, y que resultaba en verdad cierta y encantadora, pero agregaba a los otros elementos del relato una punzante sensación de vidas muy lejanas.

—En este momento ya debe haberlo leído en todos los periódicos dijo Jim—. Nunca podré enfrentarme al pobre viejo. —No me atreví a levantar los ojos hasta que lo escuché agregar: —Jamás podría explicarle. No lo entendería.

Entonces levanté la vista. Fumaba, reflexivo, y al cabo de un momento, como quien despierta, volvió a hablar. Descubrió en el acto un deseo de que no lo confundiese con sus socios en... llamémoslo el delito. No era uno de ellos; pertenecía a otro tipo. No ofrecí señales de disentimiento. No tenía la intención de despojarlo, en bien de la verdad desnuda, de la menor partícula de ninguna gracia salvadora que pudiese cruzarse por su camino. No sé hasta qué punto lo creía él mismo. No entendía a dónde quería llegar —si quería llegar a alguna parte—, y sospecho que tampoco él lo sabía; pues creo que nadie entiende del todo sus propias tretas ingeniosas para eludir la torva sombra del conocimiento de sí. No emití sonido alguno mientras él se preguntaba qué podía hacer "después que terminara la estúpida investigación".

En apariencia compartía la despectiva opinión de Brierly acerca de esos procedimientos ordenados por la ley. No sabría qué hacer, confesó, y resultó claro que pensaba en voz alta, en lugar de hablar conmigo. La licencia perdida, la carrera destruida, sin dinero para irse, sin trabajo que conseguir, hasta donde podía verlo. Era posible que en su casa consiguiese algo; pero eso significaba acudir a su familia en busca de ayuda, y no lo haría. No veía más remedio que embarcarse en una categoría inferior... Tal vez consiguiera un puesto de contramaestre en algún vapor. Aceptaría un cargo de contramaestre...

—¿Le parece? —pregunté, implacable. Se puso de pie de un salto, fue hacia la balaustrada de piedra, miró hacia la noche. Un momento después regresó, erguido ante mi sillón, con su rostro juvenil nublado todavía por el dolor de una emoción dominada. Había entendido muy bien que no dudaba de su capacidad para pilotear un barco. Con voz que temblaba un poco, me preguntó:

—¿Por qué dije eso?

Había sido "muy bondadoso" con él. Ni siquiera me reí de él cuando... aquí comenzó a mascullar...

—Ese error, ¿sabe?, me convirtió en un maldito asno.

Lo interrumpí para decirle, con cierto calor, que un error por el estilo no era cosa de risa. Se sentó y bebió, en forma deliberada, un poco de café, y vació la tacita hasta la última gota.

—Eso no significa que admita por un momento que yo tuviese la culpa —declaró con claridad.

—¿No? —dije.

—No —afirmó con tranquila decisión—. ¿Sabe lo que habría hecho usted? ¿Lo sabe? ¿Y se considera... —tragó algo—... se considera un...

un... perro?

Y enseguida —¡por mi honor!— me miró, interrogante. En apariencia era una pregunta ¡una pregunta bona—fide! Pero no esperó una respuesta. Antes que pudiese recobrarme, continuó, con la vista fija hacia delante, como si leyese algo escrito en el cuerpo de la noche.

—Todo consiste en estar preparado. Yo no lo estaba; no entonces no... No quiero disculparme; pero me agradaría explicar... me gustaría que alguien entendiera... alguien... ¡por lo menos una persona! ¡Usted!

¿Por qué no usted?

Era solemne, y, además, un poco ridículo, como lo son siempre los individuos que luchan tratando de salvar del fuego su idea de cuál debería ser su identidad moral, esa preciosa noción de una convención, nada más que una delas reglas del juego, sólo eso, pero tanto más terriblemente eficaz por su suposición de un poder ilimitado sobre los instintos naturales, por las atroces penalidades de su fracaso.

Comenzó el relato con bastante tranquilidad. A bordo del vapor de la línea Dale que recogió a esos cuatro que flotaban en un bote, en el discreto resplandor del atardecer en el mar, después del primer día se los miró de soslayo. El gordo capitán contó algo, los otros guardaron silencio, y al principio los aceptaron. No se interroga a pobres náufragos que se ha tenido la buena suerte de salvar, si no de una muerte cruel, por lo menos de un cruel sufrimiento. Después, sin tiempo para pensarlo, debe de habérseles ocurrido a los oficiales del Avondale que había "algo sospechoso" en el asunto. Pero es claro que guardaron sus dudas para sí. Habían recogido al capitán, al primer oficial, y a dos maquinistas del vapor Patna hundido en el mar, y eso, como es justo, les bastaba. No le preguntaron a Jim acerca de la naturaleza de sus sentimientos durante los diez días que pasó a bordo. Por la forma en que narró esta parte, me sentí en libertad de inferir que estaba un tanto aturdido por el descubrimiento que había hecho —el descubrimiento acerca de sí mismo—, y que sin duda se esforzaba por explicarlo al único hombre capaz de apreciar toda su tremenda magnitud. Entiendan que él no trató de minimizar su importancia. De eso estoy seguro, y en ello reside su distinción. En cuanto a las sensaciones que experimentó cuando bajó a tierra y escuchó la imprevista conclusión de la narración en la cual había tenido un papel tan lamentable, nada me dijo acerca de ellas y resulta difícil imaginarlas. Me pregunto si sintió que le faltaba el suelo bajo los pies. Me lo pregunto. Pero no cabe duda de que muy pronto encontró un nuevo terreno firme que pisar. Estuvo en tierra durante toda una quincena, esperando en el Hogar para Marinos, y como había seis o siete hombres hospedados allí en esa época, oía hablar un poco de él. La lánguida opinión de la gente parecía ser la de que, además de sus otros defectos, era un animal tosco. Se había pasado esos días en la galería, hundido en un largo sillón, y salía de ese lugar de sepultura sólo a la hora de la comida, o tarde por la noche, cuando vagaba por los muelles, a solas separado de lo que lo rodeaba, indeciso y silencioso, como un fantasma sin un hogar que recorrer.

—No creo que todo ese tiempo haya hablado tres palabras con un alma viviente —me dijo, y me hizo sentir mucha pena por él; y enseguida agregó—: Uno de esos tipos habría barbotado, sin duda alguna, algo que yo estaba resuelto a no soportar, y no quería riñas. ¡No! Entonces no. Estaba demasiado... demasiado... No tenía ánimo para ello.

—De modo que ese mamparo aguantó, en definitiva —señalé, alegre.

—Sí —murmuró—, aguantó. Sin embargo, le juro que lo sentí hincharse bajo mi mano.

—Es extraordinaria la tensión que el hierro viejo puede soportar a veces —respondí. Echado hacia atrás en su asiento, las piernas extendidas, rígidas, y los brazos colgantes, asintió varias veces con un leve movimiento de cabeza. No es posible imaginar un espectáculo más triste. De pronto levantó la cabeza, se incorporó, se golpeó el muslo.

—¡Ah, qué oportunidad perdida! ¡Dios mío, qué oportunidad perdida! —estalló, pero el sonido de ese último "perdida" se pareció a un grito arrancado por el dolor.

Volvió a guardar silencio con una expresión lejana, inmóvil, de feroz ansia, después de esa distinción perdida, con las fosas nasales dilatadas por un instante, husmeando el aliento embriagador de esa oportunidad derrochada. Si piensan que me sentí sorprendido o conmovido, cometen conmigo una injusticia en más de un sentido. ¡Ah, era un individuo imaginativo! Se traicionaba; se entregaba. Pude ver en su mirada que penetraba en la noche, todo su ser interior arrebatado, proyectado de cabeza hacia el reino fantástico de las irreflexivas aspiraciones heroicas. No tenía tiempo para lamentar lo que había perdido, de modo que se preocupaba por completo, y de manera natural, por lo que no había conseguido. Estaba muy lejos de mí, que lo observaba desde un, metro de distancia. A cada instante que pasaba, penetraba más profundamente en el reino imposible de las hazañas románticas.

¡Por fin llegó al corazón de ese mundo! Una extraña expresión de beatitud se difundió por sus facciones, los ojos le chispearon a la luz de la vela que ardía entre nosotros; ¡sonrió! Había llegado al corazón mismo... al corazón mismo... Era una sonrisa extática que el rostro de ustedes —o el mío— jamás ostentarán, mis queridos amigos. Lo traje devuelta diciendo:

—¡Querrá decir, si se hubiese quedado en el barco!

Se volvió hacia mí, con la mirada de pronto asombrada y henchida de dolor, con un rostro desconcertado, asombrado, sufriente, como si hubiese caído de una estrella. Ni ustedes ni yo veremos nunca esa expresión en ningún otro hombre.

Se estremeció profundamente, como si la yema de un dedo frío le hubiese tocado el corazón. Por último suspiró.

Yo no estaba de humor piadoso. Me provocaba con sus indiscreciones contradictorias.

—¡Es una pena que no lo supiese de antemano! —dije, con intención maligna; pero el dardo pérfido cayó, inofensivo; cayó a sus pies, como una flecha rota, por decirlo así y él no pensó siquiera en recogerlo. Tal vez ni lo había visto.

De pronto, recostado y tranquilo, dijo:

—¡Al demonio! Le digo que se hinchó. Ya sostenía mi lámpara al lado del hierro en ángulo del puente inferior, cuando un trazo de óxido grande como la palma de mi mano cayó de la plancha, por sí solo. —Se pasó la mano por la frente.— Se removió y saltó como algo vivo, mientras yo lo miraba.

—Eso lo hizo sentirse muy mal —señalé, con negligencia.

—¿Acaso supone —respondió— que pensaba en mí, con ciento sesenta personas sobre mis espaldas, todas dormidas, solo en ese puente delantero... y más a popa; más en el puente... dormidas, sin saber nada de eso... tres veces más que los botes que se podían disponer para ellos aunque hubiese tiempo? Mientras estaba ahí, esperaba ver abrirse el hierro, y la embestida del agua cubriéndolos dormidos... ¿Qué podía hacer... qué?

Me lo imagino con facilidad en la poblada penumbra del lugar cavernoso, con la luz de la lámpara cayendo sobre una pequeña porción del mamparo que tenía el peso del océano del otro lado, y la respiración de los durmientes en los oídos. Lo veo mirar con furia el hierro, sobresaltado por la herrumbre que caía, abrumado por el conocimiento de una muerte inminente. Entendí que esa era la segunda vez que lo enviaba a proa el capitán, quien pienso, quería mantenerlo alejado del puente. Me dijo que su primer impulso fue gritar y hacer que todas esas personas saltasen de su sueño, aterrorizadas. Pero lo abrumó un sentimiento tan enorme de su impotencia, que no pudo emitir un sonido.

Eso es, supongo, lo que quiere decir la gente cuando habla de que la lengua queda pegada al paladar. "Demasiado seca", fue la expresión concisa que utilizó él con referencia a ese estado. Sin un sonido, entonces, volvió a cubierta por la escotilla número uno. Una manguera de lona colocada allí lo golpeó por accidente, y recordó que el leve roce de la lona en el rostro casi, lo derribó de la escala de la escotilla.

Confesó que las rodillas le temblaban mucho mientras se hallaba en el puente de proa, contemplando a otra multitud durmiente. Para entonces las máquinas estaban inmóviles, el vapor escapaba por las válvulas. Su profundo rugido hacía vibrar toda la noche como una cuerda de bajo. El barco temblaba.

Aquí y allá vio una que otra cabeza que se levantaba de una estera, una vaga forma que se incorporaba para sentarse, escuchaba, adormilada, un momento, y volvía a hundirse en la arremolinada confusión de cajas, cabrestantes de vapor, ventiladores. Tenía conciencia de que todas esas personas no sabían lo suficiente como para advertir en forma inteligente el sentido de ese ruido extraño. El barco de hierro, los hombres de rostros blancos, todas las visiones, todos los sonidos, todo, a bordo, para esa ignorante y piadosa multitud, era igualmente extraño, tan digno de confianza como incomprensible resultaría para siempre.

Se le ocurrió que el hecho era afortunado. La sola idea resultaba terrible.

Recuerden que creía, como cualquier otro hombre lo habría hecho en su lugar, que el barco se hundiría en cualquier momento. Las planchas hinchadas, corroídas por el óxido, que contenían el océano, debían ceder fatalmente, todas de golpe, como una presa minada, y dejar entrar una inundación repentina y abrumadora. Permaneció inmóvil, mirando los cuerpos recostados, como un hombre condenado, consciente de su destino, que observa la silenciosa compañía de los muertos. ¡Estaban muertos! ¡Nada podía salvarlos! Tal vez habría botes suficientes para la mitad de ellos pero no quedaba tiempo. ¡No había tiempo! ¡No lo había! No parecía importante abrir los labios, mover pies o manos. Antes de poder gritar tres palabras o dar tres pasos, se vería arrebatado por un mar espantosamente blanqueado por las desesperadas luchas de seres humanos, clamorosos con sus acongojados gritos de ayuda. No había ayuda. Imaginó muy bien lo que sucedería; recorrió cada uno de los detalles, inmóvil, junto a la escotilla con la lámpara en la mano; los repasó hasta el último y atormentador instante.

Creo que volvió a pasar por ello mientras me contaba estas cosas que no podía decir en el tribunal.

—Vi, con tanta claridad como lo veo a usted ahora, que nada podía hacer. Eso pareció quitarme la vida de los miembros. Me pareció que tanto daba que me quedase allí, a esperar. No creí que me quedasen muchos segundos... —De pronto el vapor dejó de salir. El ruido, señaló, había sido enloquecedor. Pero el silencio se volvió de repente intolerable y opresivo.

—Pensé que me asfixiaría antes de ahogarme —dijo.

Protestó que no había pensado en salvarse. El único pensamiento claro que se formaba, desaparecía y volvía a formarse en su cerebro, era: ochocientas personas y siete botes; ochocientas personas y siete botes.

—Alguien hablaba en voz alta dentro de mi cabeza —dijo, un poco enloquecido—. Ochocientas personas y siete botes... ¡Y no quedaba tiempo! Piense en eso. —Se inclinó hacia mí, por encima de la mesita, y yo traté de esquivar su mirada.— ¿Le parece que tenía miedo a la muerte? —inquirió con voz feroz y baja. Descargó la mano abierta, con un estrépito que hizo bailar las tazas de café—. Estoy dispuesto a jurar que no... que no... ¡Por Dios, no! —Se enderezó y cruzó los brazos; la barbilla le cayó sobre el pecho.

El leve repiqueteo de la vajilla nos llegó, tenue, a través de los altos ventanales. Hubo un estallido de voces, y varios hombres salieron, de muy buen humor, a la galería. Intercambiaban recuerdos jocosos acerca de los burros de El Cairo. Un joven pálido y ansioso, que pisaba con suavidad, con sus largas piernas, era objeto de las burlas de un jactancioso y rubicundo trotamundos, acerca de sus compras en la feria.

—No, de veras... ¿le parece que me engañaron hasta ese punto? inquirió el primero, muy serio y deliberado. El grupo se alejó, dejándose caer en sillones a medida que avanzaban; se encendieron fósforos, que iluminaron durante un segundo rostros sin una huella de expresión, y la mirada chata de blancas pecheras de camisas; el zumbido de muchas conversaciones animadas por el ardor del festín me sonó absurdo e infinitamente remoto.

—Algunos de los de la tripulación dormían en la escotilla número uno, al alcance de mi brazo —volvió a hablar Jim.

Tienen que saber que en ese barco mantenían una guardia kalashee, todos dormían durante toda la noche, sólo se llamaba a los relevos de los contramaestres y los vigías. Sintió la tentación de aferrar y sacudir el hombro del lascar más cercano, pero no lo hizo. Algo le retenía los brazos a los costados. No tenía miedo... ¡Oh, no! No podía, eso es todo. No tenía miedo ala muerte, tal vez, pero les diré una cosa:

temía a la emergencia. Su maldita imaginación le había pintado todos los horrores del pánico, el atropellamiento de la carrera, los penosos gritos, los botes inundados, todos los terribles incidentes de un desastre en el mar, que alguna vez había escuchado. Habría podido resignarse a morir, pero sospecho que quería morir sin pavores acrecentados, con tranquilidad, en una especie de hipnosis pacífica. No es muy extraña cierta disposición a perecer, pero muy pocas veces se encuentra a hombres cuya alma, acorazada en el impenetrable blindaje de la resolución, esté dispuesta a entablar una batalla perdida hasta el final, pues el deseo de paz se fortalece a medida que declina la esperanza, hasta que al cabo domina al deseo mismo de la vida. ¿Quién de nosotros no ha observado eso, o tal vez experimentado algo de ese sentimiento en su propia persona, esa extrema fatiga de las emociones lo vano del esfuerzo, el ansia de descanso? Los que luchan contra fuerzas irrazonables lo conocen bien: los náufragos en botes, los viajeros perdidos en el desierto, los hombres que batallan contra el poderío irreflexivo de la naturaleza o la brutalidad estúpida de las muchedumbres.

Capítulo 8

No puedo decir cuánto tiempo se quedó inmóvil al lado de la escotilla esperando sentir a cada instante que el barco se hundiera bajo sus pies, y que la acometida del agua lo arrojase hacia atrás, como a una brizna de paja. No habrá sido mucho... tal vez dos minutos. Un par de hombres, a quienes no distinguió, comenzaron a conversar, adormilados, y, además, no pudo decir dónde percibió un curioso ruido de pies que se arrastraban. Por encima de esos leves sonidos se cernía el horrendo silencio que precede a una catástrofe, ese silencio aplastante de antes del estallido. Y entonces se le ocurrió que quizá tendría tiempo de correr y cortar todos los acolladores de las trincas de gancho de los botes, de modo que pudiesen flotar cuando el barco zozobrara.

El Patna tiene una cubierta larga, y todos los botes estaban allí, cuatro de un lado y tres del otro; el más pequeño de ellos del lado de babor, y casi a la misma altura que la rueda del timón. Me aseguró, con evidente deseo de ser creído, que había tenido sumo cuidado en mantenerlos preparados para utilizarlos en un instante. Conocía sus obligaciones. Me atrevo a decir que era un oficial bastante bueno, hasta donde puede afirmarse tal cosa.

—Siempre creí estar preparado para lo peor —comentó, mirándome con ansiedad. Yo di mi aprobación a ese sólido principio, y desvié la vista ante la sutil debilidad del hombre.

Comenzó a correr con inseguridad. Tenía que pasar por encima de piernas, tratar de no tropezar contra las cabezas. De pronto alguien lo tomó de la chaqueta, desde abajo, y una voz acongojada habló junto a su hombro. La luz de la lámpara que llevaba a la derecha cayó sobre un rostro moreno, vuelto hacia arriba, cuyos ojos rodaban junto con la voz. Había aprendido lo bastante el idioma como para entender la palabra agua, repetida varias veces en un tono de insistencia, de oración, casi de desesperación. Se sacudió para soltarse, y sintió que un brazo le envolvía la pierna.

—El tipo se aferró a mí como un ahogado —dijo, impresionado—.

¡Agua, agua! ¿A qué agua se refería? ¿Qué sabía? Con tanta calma como me fue posible, le ordené queme soltara. Me detenía, el tiempo apremiaba, otros hombres comenzaron a moverse. Necesitaba tiempo...

tiempo para cortar las cuerdas de los botes. Entonces me aferró la mano, y sentí que estaba por gritar. Se me ocurrió que eso bastaría para iniciar el pánico, y moví el brazo libre y le lancé la lámpara a la cara.

El vidrio tintineó, la luz se apagó, pero el golpe lo obligó a soltarme, y salí corriendo... quería llegar a los botes. Quería llegar a los botes.

Saltó sobre mí desde atrás. Me volví hacia él. No se quedaba quieto; trató de gritar; casi llegué a estrangularlo antes de entender lo que quería. Deseaba un poco de agua... Agua para beber. Las raciones eran estrictas, ¿sabe? y llevaba consigo un chiquillo a quien había visto varias veces. Su hijo estaba enfermo y sediento. Me vio cuando pasaba por allí, y rogaba que le diese un poco de agua. Eso es todo. Estábamos bajo el puente, en la oscuridad. Me aferraba a cada rato de las muñecas; imposible librarme de él. Corrí a mi litera, tomé mi botella de agua y se la metí entre las manos. Desapareció. Hasta entonces no me di cuenta de cuánto necesitaba un trago yo mismo. —Se apoyó en un codo, con la mano sobre los ojos.

Experimenté una hormigueante sensación en toda la columna vertebral; había algo de singular en todo eso. Los dedos de la mano que le sombreaban la frente temblaron un tanto. Quebró el breve silencio.

—Estas cosas sólo le suceden una vez a un hombre y... ¡ah, bueno!

Cuando por fin llegué al puente, la gente sacaba de los tacos uno de los botes. ¡Un bote! Yo subía corriendo la escala cuando sentí un fuerte golpe sobre el hombro, apenas me erró la cabeza. No me detuvo, y el jefe de máquinas —para entonces lo habían sacado de su litera— volvió a levantar el tensor del bote. Quién sabe por qué, ni se me ocurrió sorprenderme de nada. Todo eso me parecía natural... y espantoso... y espantoso. Esquivé al desdichado maniático, lo levanté del puente como si hubiese sido un chiquillo, y susurró entre mis brazos: "¡No!

¡No! Pensé que era uno de esos negros". Lo arrojé, resbaló por el puente y golpeó contra las piernas del hombrecito... el segundo. El capitán, atareado con el bote, miró y se lanzó contra mí con la cabeza baja, gruñendo como un animal feroz. No me moví más de lo que se mueve una piedra. Me quedé tan sólido, allí, de pie, como esto —y golpeó con ligereza, con los nudillos la pared de atrás de su sillón—. Fue como si lo hubiese oído todo, o visto todo, pasado por todo en otras veinte ocasiones. No les temía. Eché el puño hacia atrás y él se detuvo en seco, mascullando... "¡Ah, es usted! Ayúdeme, pronto".

—Eso dijo. ¡Rápido! ¡Rápido! Como si alguien pudiese ser lo bastante rápido. ¿Piensa hacer algo? —le pregunté.

—"Sí. Irme". —ladró sobre el hombro.

—Creo que entonces no entendí lo que quería decir. Los otros dos se habían levantado para entonces, y corrían juntos hacia el bote. Pisoteaban, jadeaban, empujaban, maldecían al barco, al bote, el uno al otro... me maldijeron a mí. Todo en un susurro. Yo no me moví, no hablé. Observé la inclinación del barco. Estaba tan inmóvil como sujeto por los cantos de un dique seco... Sólo que de esta manera. Levantó la mano, la palma hacia abajo, la yema de los dedos inclinada hacia abajo.— Así —repitió—. Pude ver la línea del horizonte ante mí, clara como un cristal, sobre la proa. Vi el agua, lejos, negra y chisporroteante, tranquila... inmóvil como un estanque mortalmente tranquila más tranquila de lo que nunca lo estuvo el mar... Más tranquila de lo que me resultaba posible contemplar. ¿Alguna vez vio un barco flotando proa hacia abajo, frenado en su movimiento por una chapa de hierro viejo demasiado podrida como para que se la pueda apuntalar? ¿Sí? Ah sí, ¿apuntalar? Había pensado en eso... pensé en todo. Pero no se puede apuntalar un mamparo en cinco minutos... o en cincuenta, qué importa.

¿De dónde sacaría hombres que quisieran bajar? ¡Y los puntales... los puntales! ¿Habría tenido usted el valor de blandir el mazo para el primer golpe, si hubiese visto ese mamparo? No diga que sí; usted no lo vio. Nadie lo habría hecho. Maldición... para hacer alto así hay que creer que existe una posibilidad, por lo menos una en un millar, una sombra de posibilidad; y no lo habría creído. Nadie lo habría creído.

Usted me consideraba un perro por haberme quedado allí, ¿pero qué habría hecho en mi lugar? ¡Qué! No puede decirlo... Nadie puede.

Hace falta tiempo para darse vuelta. ¿Qué quería que hiciera? ¿Qué se habría ganado con enloquecer de miedo a esa gente a la cual no podía salvar yo solo... a la cual no podía salvar? ¡Vea! Tan cierto como que estoy sentado en este sillón, delante de usted...

Inspiraba con rapidez a cada pocas palabras, y me lanzaba rápidas miradas al rostro, como si en su angustia tuviese necesidad de ver el efecto que producía. No hablaba conmigo, sólo hablaba ante mí, en una disputa con una personalidad invisible, un socio antagónico e inseparable de su existencia; otro dueño de su alma. Se trataba de problemas ajenos a la competencia de un tribunal de investigación. Era una pendencia sutil y trascendente en cuanto a la verdadera esencia de la vida, y no necesitaba un juez. Necesitaba un aliado, un ayudante, un cómplice. Sentí el riesgo que corría, de ser desbordado, cegado, dañado, amedrentado, tal vez, para llevarme a representar un papel definido en una disputa de decisión imposible, si se quería ser justo con todos los fantasmas poseedores, con todos los honrados que tenían sus exigencias y con los deshonrados que reclamaban las suyas. No puedo explicarles a ustedes, que no lo vieron, y que escuchan sus palabras de segunda mano, la naturaleza confusa de mis sentimientos. Me pareció que se me estaba haciendo entender lo Inconcebible... Y no conozco nada que pueda compararse con la incomodidad de semejante sensación. Se me hacía observarla convención que se agazapa en todas las verdades y en la sinceridad esencial de lo falso. Él recurría a todas las partes al mismo tiempo... A la parte perpetuamente vuelta hacia la luz del día, y a la otra parte de nosotros que, como el otro hemisferio de la luna, existe, en sigilo y perpetua oscuridad, con sólo una temible luz cenicienta que a veces cae de los bordes. Se dominó. Lo confieso, lo reconozco. La ocasión era oscura, insignificante... lo que quieran: un joven perdido uno en un millón... Pero era uno de los nuestros; un incidente tan por entero carente de importancia como la inundación de un hormiguero, y sin embargo el misterio de su actitud se apoderó de mí como si hubiese sido un individuo ubicado al frente de su especie, como si la oscura verdad involucrada tuviese la suficiente trascendencia como para afectar la concepción que el género humano tiene acerca de sí mismo...

Marlow hizo una pausa para infundir nueva vida a su cigarro que se apagaba, pareció olvidar el relato, y de pronto lo reinició.

—La culpa es mía, por supuesto. No es correcto interesarse de veras. Es una debilidad mía. La de él era de otra clase. Mi debilidad consiste en no tener un ojo discriminador para lo incidental... para lo exterior... en no saber ver el cesto del recolector de trapos o el delicado lienzo del vecino. El vecino... eso es. He conocido a tantos hombres continuó, con momentánea tristeza—, y los conocí, además, con ciertos... ciertos... impactos, digamos. Como a ese individuo, por ejemplo...

y en cada caso, lo único que veía era nada más que al ser humano. Una maldita cualidad democrática de visión que puede ser mejor que la ceguera total, pero que jamás me resultó ventajosa, puedo asegurarles.

Los hombres esperan que uno tenga en cuenta sus delicadas telas. Pero yo nunca conseguí entusiasmarme con esas cosas. ¡Oh, es un defecto!

¡Es un defecto! Y entonces viene una noche tranquila. Una cantidad de hombres demasiado indolentes para jugar al whist... y un relato...

Volvió a hacer una pausa para esperar una frase de aliento, tal vez, pero nadie habló; sólo el anfitrión, como si cumpliera un degradado deber, murmuró con desgano:

—Usted es tan sutil, Marlow.

—¿Quién? ¿Yo? —preguntó Marlow en voz baja—. Pero él lo era; y por más que trate de tener éxito con esta narración, paso por alto innumerables matices... tan delicados, tan difíciles de transmitir con palabras incoloras. Porque él complicaba las cosas al mostrarse tan sencillo... El más sencillo de los pobres diablos!.. ¡Caramba!, resultaba sorprendente. Estaba ahí, sentado, diciéndome que, tal como lo veía ante mis ojos, no temía enfrentarse con nada... y, además, lo creía. ¡Les digo que era fabulosamente inocente, y que el asunto era enorme, enorme! Lo miré a hurtadillas como si hubiese sospechado que tenía la intención de irritarme. El hombre confiaba en que, "la cara limpia, fíjense!", no había nada que no pudiese enfrentar. Desde que era "así de alto", "un chiquillo", venía preparándose para todas las dificultades que pueden acosarlo a uno en la tierra y en el mar. Confesó con orgullo este tipo de previsión. Había elaborado peligros y defensas, esperando lo peor, ensayando lo mejor. Tuvo que haber llevado una existencia exaltada. ¿Se lo imaginan? ¡Una sucesión de aventuras, tanta gloria, un avance victorioso! Y el profundo sentimiento de su sagacidad que coronaba todos los días de su vida interior. Se olvidó de sí mismo. Le brillaron los ojos, y con cada una de las palabras mi corazón, registrado por la luz de su absurdo, se me volvía cada vez más pesado en el pecho. No tuve ganas de reírme, y para no sonreír me compuse un rostro estólido. Él dio muestras de irritación.

—Siempre ocurre lo inesperado —dije, con tono propiciatorio. El que yo fuese tan obtuso le provocó un despectivo "¡Bah!" Supongo que quería decir que lo inesperado no lo rozaba; sólo lo inconcebible podía superar su perfecto estado de preparación. Se lo había atacado por sorpresa... y susurró para sí una maldición contra las aguas y el firmamento, contra el barco, contra los hombres. ¡Y todo lo había traicionado! Se lo indujo, con engaños, a ese tipo de resignación altanera que le impedía levantar siquiera el meñique, en tanto que esos otros que tenían una clarísima percepción de la necesidad real, tropezaban unos contra otros, y sudaban, desesperados, con el asunto del bote. Algo había salido mal allí, a último momento. Parece que en su prisa se las arreglaron, de alguna manera misteriosa, para atascar el retén del bote delantero, y a continuación perdieron el resto de su cordura a consecuencia de la mortífera naturaleza del accidente. Debió ser un espectáculo sumamente bonito el de la feroz industriosidad de esos sujetos, trajinando en un barco inmóvil que flotaba, tranquilo, en el silencio de un mundo dormido, luchando contra el tiempo por liberar el bote.

Arrastrándose en cuatro patas, poniéndose de pie, desesperados, tironeando, empujándose, ladrándose el uno al otro venenosos, prontos a matar, prontos a llorar, y sólo impedidos de lanzarse el uno a la garganta del otro por el temor a la muerte que permanecía silenciosa, detrás de ellos como un capataz inflexible y de ojos fríos. ¡Ah, sí!

Debió ser un muy bonito espectáculo. Él lo vio todo, podía hablar de eso con desdén y amargura; tenía un minucioso conocimiento de ello gracias a cierto sexto sentido, entiendo, porque me juró que se mantuvo aparte, sin mirarlos ni a ellos ni al bote, sin una sola mirada. Y yo le creo. Sí, pienso que debió estar demasiado ocupado observando la amenazadora inclinación del barco, la amenaza en suspenso descubierta en medio de la más perfecta seguridad... fascinado por la espada que colgaba de un pelo sobre su imaginativa cabeza.

Nada en el mundo se movía ante sus ojos, y pudo describirse, sin tropiezos, el repentino sesgo hacia arriba de la oscura línea del horizonte, el súbito ascenso de la vasta llanura del mar, el veloz movimiento sorprendente, el brutal lanzamiento, el apretón del abismo, la lucha sin esperanzas, la luz de las estrellas cerrándose sobre su cabeza para siempre, como la bóveda de una tumba... la rebelión de su vida joven... el negro final. ¡Podía! ¡Caramba! ¿Quién no habría podido? Y deben recordar que era un consumado artista en esa manera peculiar, era un pobre diablo dotado de la facultad de una rápida y previsora visión. Las escenas que ésta le mostraba lo habían convertido en fría piedra, desde las plantas de los pies hasta la nuca, pero en la cabeza había una caliente danza de pensamientos, una danza de pensamientos cojos, ciegos, mudos, un remolino de horrendos tullidos. ¿No les dije que se confesó ante mí como si yo tuviese el poder de atar y desatar?

Cavó muy, muy adentro, con la esperanza de mi absolución, que de nada le habría servido. Era uno de esos casos que ningún solemne engaño puede paliar, que ningún hombre puede atenuar; en que su propio Hacedor parece abandonar a un pecador a su propio arbitrio.

Se hallaba en el lado de estribor del puente, tan lejos como podía apartarse de la lucha por el bote, que seguía con la agitación de la locura y el sigilo de una conspiración. Entretanto, los dos malayos continuaban aferrados a la rueda del timón. Imagínense a los actores de ese episodio, ¡gracias a Dios!, único en el mar, cuatro hombres fuera de sí, con feroces y secretos esfuerzos, y tres que miraban en completa inmovilidad, y arriba las toldillas descubrían la ignorancia de cientos de seres humanos, con su fatiga, con sus sueños, con sus esperanzas, detenidos, inmovilizados por una mano invisible al borde de la aniquilación. Pues eso eran, no me cabe duda: dada la situación del barco, esa era la más mortífera descripción posible del accidente que podía ocurrir. Esos sujetos del bote tenían todos los motivos para enloquecer de terror. Para decirlo con franqueza, si yo hubiese estado allí, no habría dado ni siquiera una moneda falsa por la posibilidad que tenía el barco de mantenerse a flote al cabo de cada segundo. ¡Y, sin embargo, seguía flotando! Los peregrinos dormidos estaban destinados a cumplir toda su peregrinación hasta la amargura de algún otro extremo. Era como si la Omnipotencia, cuya merced confesaban, necesitara su humilde testimonio en la tierra durante algún tiempo más, y hubiese mirado hacia abajo para hacer una señal, "¡no lo harás!" al océano. Su salvación lo habría preocupado como un suceso prodigiosamente inexplicable si no supiese cuán recio puede ser el hierro viejo; a veces tanto como el espíritu de algunos hombres que conocemos de vez en cuando, desgastados hasta quedar convertidos en una sombra y haciendo frente al peso de la vida. Y no menos asombrosa, en esos veinte minutos, para mí, es la conducta de los dos timoneles. Se contaban entre el grupo nativo de todo tipo traído desde Adén para prestar testimonio en la investigación. Uno de ellos víctima de una intensa timidez, era muy joven y con sus facciones suaves, amarillas alegres, parecía más joven aún de lo que era. Recuerdo muy bien que Brierly le preguntó, por medio del intérprete, qué pensó al respecto en ese momento, y el intérprete, luego de un breve coloquio, se volvió hacia el tribunal con expresión de importancia:

—Dice que no pensó nada.

El otro, con pacientes ojos parpadeantes, un pañuelo de algodón azul, descolorido de tanto lavado, anudado con una elegante torsión, una cantidad de mechones grises, la cara hundida en torvos huecos, la piel morena oscurecida por una red de arrugas, explicó que tuvo conocimiento de que algo malo le ocurría al barco, pero que no hubo órdenes; no recordaba una orden; ¿por qué había de abandonar el timón? A otras preguntas, echó hacia atrás los flacos hombros y declaró que jamás se le habría ocurrido pensar que los hombres blancos estuviesen a punto de abandonar el barco por miedo a la muerte. Tampoco lo creía en ese momento. Debían de haber existido razones secretas. Movió sabiamente la vieja barbilla. ¡Ah!, razones secretas. Era un hombre de gran experiencia, y quería que ese Tuan blanco supiera —se volvió hacia Brierly, quien no levantó la cabeza— que había adquirido un conocimiento de muchas cosas al servir a hombres blancos en el mar durante muchos años... De pronto, con temblorosa excitación, derramó sobre nuestra atención hechizada una cantidad de nombres de sonidos extraños, nombres de capitanes muertos, nombres de barcos olvidados, nombres de sonidos familiares y deformados, como si las manos del tiempo sordo hubiesen trabajado en ellos durante siglos. Por fin lo hicieron callar. El silencio invadió el tribunal, un silencio que permaneció intacto durante un minuto, por lo menos, y se confundió poco a poco con un profundo murmullo. Ese episodio fue la sensación del segundo día del tribunal... Afectó a todo el público, afectó a todos, salvo a Jim, quien continuaba sentado, lúgubre, al final del primer banco, y que no levantó la mirada ante ese extraordinario y condenatorio testigo que parecía dueño de cierta misteriosa teoría de la defensa.

De modo que los dos lascars se pegaron al timón del barco sin estela donde la muerte los habría encontrado si tal hubiese sido su destino. Los blancos no les dedicaron ni media mirada, y tal vez habían olvidado su existencia. No cabe duda de que Jim no los recordaba.

Recordaba que nada podía hacer; nada podía hacer, estaba solo. Sólo restaba hundirse con el barco. Era inútil armar un alboroto al respecto.

¿Lo era? Esperó erguido, sin un sonido, rígido con la idea de cierto tipo de discreción heroica. El jefe de máquinas corrió con cautela a través del puente, para tironearle de la manga.

—¡Venga a ayudar! ¡Por amor de Dios, venga a ayudar!

Corrió de vuelta al bote en puntas de pie, y regresó en el acto para tironearle otra vez de la manga, rogándole y maldiciéndolo al mismo tiempo.

—Creo que me habría besado las manos —dijo Jim, con salvajismo—, y al instante siguiente lanza espumarajos y me susurra en la cara: "Si tuviera tiempo, le abriría el cráneo de un golpe". Lo aparté. De pronto me tomó del cuello. ¡Maldito sea! Lo golpeé. Lo golpeé sin mirarlo.

"¿No quiere salvar su propia vida... cobarde del demonio?" —sollozó.

¡Cobarde! ¡Me llamó cobarde del demonio! ¡Ja, ja, ja! Me llamó a mí...

¡Ja, ja, ja!...

Se había echado hacia atrás, y se sacudía de risa. Nunca en la vida escuché nada tan amargo como ese ruido. Cayó como un marchitamiento sobre toda la alegría vinculada con burros, pirámides, ferias, o qué sé yo. En toda la vaga longitud de la galería, las voces descendieron, los pálidos manchones de rostros se volvieron hacia nosotros, al unísono, y el silencio se hizo tan profundo, que el claro tintineo de una cucharilla que caía al piso teselado de la galería resonó como un grito minúsculo y argentino.

—No debe reír así, con toda esta gente que nos rodea —le reproché—.

No les resulta agradable, ¿sabe?

No dio señales de haberme escuchado al comienzo, pero al cabo de un rato, con una mirada que, sin verme, parecía hurgar el corazón de alguna visión espantosa, murmuró, indiferente:

—Oh, pensarán que estoy borracho.

Y después de eso, uno habría creído, por su aspecto, que jamás volvería a emitir un sonido. ¡Pero nada de eso! Ya no podía dejar de hablar, como no habría podido dejar de vivir por simple fuerza de voluntad.

Capítulo 9

Yo me decía: "¡Húndete..., maldito seas! ¡Húndete!"—. Estas fueron las palabras con que reanudó su relato. Quería terminar con eso.

Había quedado muy solo, y formuló en su cabeza esa frase al barco, en un tono de imprecación, en tanto que, al mismo tiempo, gozaba del privilegio de presenciar escenas —hasta donde puedo juzgarlo— de baja comedia. Estaban enloquecidos con el retén. El capitán ordenaba:

—Métanse abajo y traten de levantar —y los otros, como es natural, no le obedecieron. Entiendan que ser aplastados bajo la quilla de un bote no era una situación deseable, para ser atrapado si el barco se hundía de repente.

—¿Por qué no lo hace usted... usted que es el más fuerte? —gimió el pequeño maquinista.

—¡Gott maldito! Soy demasiado grueso —farfulló el capitán, desesperado. Era lo bastante gracioso como para hacer llorar a los ángeles.

Permanecieron ociosos durante un rato, y de pronto el jefe de máquinas volvió a precipitarse sobre Jim.

—¡Venga a ayudar, hombre! ¿Está loco, quiere desperdiciar su única oportunidad? ¡Venga a ayudar, hombre! ¡Hombre! ¡Mire ahí... mire!

Y por último Jim miró a popa, hacia donde el otro señalaba con maniática insistencia. Vio una silenciosa borrasca negra que ya había devorado casi un tercio del cielo. Ya saben cómo aparecen esas borrascas allí, en esa época del año. Primero se ve un oscurecimiento del horizonte... nada más. Después se eleva una nube, opaca como una pared.

Un borde recto de vapor, forrado de enfermizos resplandores blancos, asciende desde el suroeste, tragándose las estrellas de constelaciones enteras; su sombra vuela sobre las aguas, y confunde el cielo y el mar en un abismo de oscuridad. Y todo está inmóvil. Nada de truenos, ni viento, ni sonidos; ni un parpadeo de relámpagos. Y luego, en la tenebrosa oscuridad, aparece un arco lívido; una o dos olas como ondulaciones de la oscuridad misma, pasan de largo, y de repente, el viento y la lluvia golpean juntos con una peculiar impetuosidad, como si hubieran estallado a través de algo sólido.

Una nube así había surgido mientras no miraban. Acababan de verla y tenían perfecta justificación al suponer que sien una tranquilidad absoluta el barco tenía alguna posibilidad de mantenerse a flote unos minutos más, la menor perturbación del mar terminaría con él en el acto. Su primer cabeceo ante la ola que precede al estallido de esa turbonada sería el último, se convertiría en una zambullida, por así decirlo, se prolongaría en un hundimiento muy lento, hacía bajo, cada vez más hasta el fondo. De ahí esos nuevos saltos del terror de ellos esas nuevas cabriolas en que exhibían su extrema aversión a morir.

—Estaba negro, negro —continuó Jim con lúgubre firmeza—. Había caído sobre nosotros desde atrás. ¡Un infierno! Supongo que todavía me quedaba, en el fondo de los pensamientos, alguna esperanza. No sé.

Pero entonces todo terminó. Me enfureció tanto verme atrapado de esa manera... Estaba colérico, como si me hubiese tendido una trampa.

¡Estaba atrapado! Y la noche, además, era calurosa, recuerdo. Ni un soplo de aire.

Se acordaba tan bien que, al jadear en la silla parecía sudar y ahogarse ante mis ojos. No cabe duda de que lo enfureció; volvió a golpearlo de nuevo —por así decirlo—, pero también le hizo recordar el importante objetivo que lo había hecho correr por el puente, sólo para desaparecer por completo de sus pensamientos. La intención era la de cortarlas amarras de los botes salvavidas. Sacó el cuchillo y se dedicó a cortar como si nada hubiese visto, nada oído, nada sabido de nadie a bordo. Lo consideraron desesperanzadamente equivocado y enloquecido, pero no se atrevieron a protestar contra esta inútil pérdida de tiempo. Cuando terminó, volvió al mismo punto del cual había salido. El jefe estaba; allí, preparado para aferrarlo y susurrarle, cerca de la cabeza, con tono urticante, como si quisiera morderle la oreja:

—¡Tonto estúpido! ¿Piensa que tendrá la sombra de una posibilidad cuando todos esos animales estén en el agua? Le aplastarán la cabeza desde los botes.

Se estrujó las manos, ignorado, al lado de Jim. El capitán seguía con sus nerviosos movimientos de pies en el mismo lugar, y mascullada.

—¡Martillo! ¡Martillo! ¡Mein Gott! Consígame un martillo.

El pequeño maquinista gimoteaba como un niño, pero con brazo fracturado y todo resultó ser el menos cobarde de ellos según parece, y, en verdad, reunió suficiente valentía como para ir al cuarto de máquinas. No era una nadería, es preciso reconocerlo, en justicia. Jim me dijo que lanzaba miradas desesperadas, como un hombre acorralado, emitió un gemido bajo y salió corriendo. En el acto volvió, trepando, martillo en mano, y sin detenerse se lanzó contra el retén. Los otros abandonaron a Jim y se precipitaron en su ayuda. Oyó el golpeteo del martillo, el sonido del retén liberado que caía. El bote estaba suelto.

Sólo entonces se volvió para mirar... Sólo entonces. Pero mantuvo su distancia. Mantuvo su distancia. Quiso que supiese que había mantenido su distancia; nada había de común entre él y esos hombres... que tenían el martillo. Nada en absoluto. Es más que probable que se considerase separado de ellos por un espacio imposible de atravesar, por un obstáculo insuperable, por un fabismo sin fondo. Estaba tan lejos de ellos como le era posible... Todo el ancho del barco.

Tenía los pies pegados a ese punto remoto, la mirada clavada en el grupo indistinto, encorvado y balanceándose extrañamente en el tormento común del pavor. Una lámpara de mano atada a un barraganete, sobre una mesita instalada en el puente —el Patna no tenía cuartos de mapas en el centro—, arrojaba su luz sobre los hombros que se movían sobre las espaldas arqueadas y móviles. Empujaron la proa del bote; lo empujaron hacia la noche; empujaron, y ya no volvieron a mirarlo. Habían abandonado el barco como sien verdad estuviese demasiado lejos, demasiado separado de ellos como para ser digno de un llamado, una mirada, una señal. No tenían tiempo para contemplar su heroísmo pasivo, para sentir el escozor de su abstención. El bote era pesado; empujaban por la proa, sin aliento sobrante para una palabra de estímulo; pero el torbellino de terror que les había dispersado el dominio de sí, como paja al viento, convertía sus desesperados esfuerzos en algo así como una travesura, lo juro, digna de payasos en una farsa.

Empujaron con las manos, con la cabeza, empujaban para salvar la vida con todo el peso del cuerpo, empujaban con toda la energía del alma. Sólo que en cuanto conseguían liberar la proa del aparejo, saltaban como un solo hombre e intentaban treparse como locos. Como consecuencia natural, el bote se balanceaba con brusquedad hacia dentro, los empujaba hacia atrás, impotentes y tropezando unos con otros.

Se quedaban perplejos durante un rato, intercambiaban, en feroces susurros, todos los nombres infames que se les ocurrían, y volvían a poner manos a la obra. Esto ocurrió tres veces. Jim me lo describió con lúgubre flexibilidad. No había perdido un solo movimiento de esa cómica agitación.

—Me repugnaban. Los odié. Tenía que mirar todo eso —dijo, sin énfasis, lanzándome una mirada vigilante y sombría—. ¿Hubo alguna vez alguien tan vergonzosamente puesto a prueba?

Se tomó la cabeza entre las manos por un momento, como un hombre aturdido por alguna ofensa indecible. Eran cosas que no podía explicar al tribunal... ni siquiera a mí. Yo habría sido poco idóneo para la recepción de sus confidencias si en ocasiones no hubiese podido entender las pausas que se producían entre las palabras. En otro ataque contra su fortaleza existía la burlona intención de una venganza rencorosa y vil; en su prueba había un elemento de lo burlesco, una degradación de muecas extrañas entre la cercanía de la muerte o la deshonra.

Relataba hechos que yo no olvidé, pero a esta distancia no puedo recordar sus palabras. Sólo me acuerdo de que se las arregló a las mil maravillas para transmitir el caviloso rencor de sus pensamientos y recubrirlo con el desnudo recitado de los sucesos. En dos oportunidades, me dijo, cerró los ojos, en la certidumbre de que el fin ya había llegado a él, y en dos ocasiones tuvo que volver a abrirlos. Y cada vez advirtió el oscurecimiento de la gran quietud. La sombra de la nube silenciosa había caído sobre el barco desde el cenit, y parecía apagar todos los sonidos de su hirviente vida. Ya no escuchaba las voces bajo las toldillas. Me dijo que en cada ocasión en que cerraba los ojos, el relámpago de un pensamiento le mostraba la multitud de cuerpos, tendidos para la muerte, con tanta claridad como la luz del día. Cuando los abría, era para ver la brumosa lucha de cuatro hombres que peleaban como locos contra un bote empecinado.

—Retrocedían ante él una y otra vez, se maldecían, y de pronto se precipitaban en grupo... Suficiente como para matarlo a uno de risa comentó con la vista baja; luego levantó los ojos, durante un instante, para mirarme con una sonrisa triste—. La vida debería ser alegre para mí gracias a ello, ¡por Dios!, pues veré esa graciosa visión muchas veces, todavía, antes de morir. —Volvió a bajar la vista.— Ver y oír... ver y oír...

—repitió dos veces, a largos intervalos llenos de una mirada vacía.

Se sacudió.

—Había resuelto mantener los ojos cerrados —dijo—, y no pude. No pude y no me importa quién lo sepa. Que pasen por una experiencia similar antes de hablar. Que pasen por ella... y que lo hagan mejor...

Eso es todo. La segunda vez abrí los párpados, y también la boca. Había sentido moverse el barco. Hundió apenas las amuras... y las levantó con suavidad... ¡y con lentitud, con una lentitud perdurable! Y apenas.

Hacía días que no ocurría eso. La nube había seguido volando hacia delante, y la primera ola pareció recorrer un mar de plomo. No había vida en esa ondulación. Pero consiguió derribar algo que tenía dentro de la cabeza.

¿Qué habría hecho usted? Está muy seguro de sí, ¿no es cierto?

¿Qué haría si sintiera ahora, en este momento... que la casa se mueve, que se mueve apenas un poco bajo su silla? ¡Saltar! ¡Cielos!, daría un salto desde donde está sentado y aterrizaría en esa mata de arbustos que está allá.

Lanzó el brazo hacia la noche, más allá de la balaustrada de piedra. Yo me quedé inmóvil. Me miró con firmeza, consuma severidad.

Imposible equivocarse; ahora se me amedrentaba, me correspondía no efectuar señal alguna, no fuese que, por ademán o palabra, me viese arrastrado a una admisión fatal, respecto de mí mismo, que pudiese tener alguna relación con el caso. No estaba dispuesto a correr ningún riesgo por el estilo. No olviden que lo tenía ante mí, y que en verdad se parecía demasiado a uno de nosotros como para no ser peligroso. Pero, si quieren saberlo, no me molesta decirles que, con una rápida mirada, calculé la distancia hasta la masa de negrura más densa en el centro del retazo de césped que se extendía debajo de la galería. Él exageraba.

Habría aterrizado un par de metros antes... y eso es lo único de lo cual tengo una certeza más o menos digna de confianza.

Había llegado el último momento, pensó él, y no se movió. Sus pies siguieron clavados en las tablas aunque los pensamientos se le agolpaban, sueltos en la cabeza. En ese momento, además, vio que uno de los hombres del bote retrocedía de pronto, aferraba el aire con los brazos levantados, se tambaleaba y se derrumbaba. No cayó, sino que se deslizó con suavidad hasta quedar sentado, acurrucado y con los hombros apoyados contra el costado del tragaluz del cuarto de máquinas.

—Era el hombre—burro. Un individuo macilento, de rostro blanco y bigote ralo. Trabajaba como tercer maquinista —explicó.

—Muerto —dije. Habíamos oído algo de eso en el tribunal.

—Así dicen —pronunció con sombría indiferencia—. Es claro que nunca lo supe. El corazón débil. El hombre venía quejándose hacía tiempo de que se sentía mal. Emoción. Exceso de esfuerzos. Sólo el diablo lo sabe. ¡Ja, ja, ja! Resultaba fácil ver que tampoco quería morir.

Extraño, ¿verdad? ¡Que me fusilen si no se lo engañó hasta el punto de hacerlo matarse! Se lo engañó... ni más ni menos. ¡Se lo mató con engaños, por el cielo! Tal como yo. ¡Ah! ¡Si se hubiese quedado quieto; si les hubiera dicho que se fueran al demonio cuando lo sacaron de su litera porque el barco se hundía!

Si se hubiera quedado con las enanos en los bolsillos insultándolos!

Se puso de pie, sacudió el puño, me miró con cólera y se sentó.

—Una oportunidad perdida, ¡eh! —murmuré.

—¿Por qué no se ríe? —dijo—. Una broma engendrada en el infierno.

¡El corazón débil!... A veces deseo que el' mío también lo fuera.

Eso me irritó.

—¿De veras? —exclamé, con profunda ironía.

—¡Sí! ¿No puede entenderlo usted? —exclamó.

—No sé qué más podía querer —repliqué, colérico. Me lanzó una mirada de incomprensión absoluta. Esa flecha también se había desviado del blanco, y él no era hombre de preocuparse por flechas extraviadas. Palabra de honor, era demasiado poco suspicaz; no constituía una buena presa. Me alegré deque mi proyectil no hubiese acertado, que él no oyera siquiera el sonido de la cuerda del arco.

Claro que en ese momento no podía saber que el hombre estaba muerto. El minuto siguiente —el último que pasó a bordo— estuvo henchido de un tumulto de sucesos y sensaciones que golpearon en torno de él como el mar contra una roca. Uso el símil adrede porque, por su relato, me veo obligado a creer que mantuvo, durante todo el tiempo, una extraña ilusión de pasividad, como si no hubiese actuado, sino tolerado que lo manipulasen las infernales potencias que lo habían elegido como víctima de su broma pesada. Lo primero que llegó hasta él fue el chirriante balanceo de los pesados pescantes que por fin se movían... una sacudida que pareció entrarle en el cuerpo, desde el puente, a través de las plantas de los pies, y subirle por la columna vertebral hasta la coronilla. Luego, con la borrasca ya muy cerca, otra ola más pesada aún, levantó el casco pasivo en una sacudida amenazadora que le cortó el aliento, en tanto que el cerebro y el corazón juntos se le perforaban, como con gritos de pánico.

—¡Suelten! ¡Por amor de Dios, suelten! ¡Suelten! ¡Se va!

Después de eso, los aparejos de los botes arrastraron los tacos, y un grupo de hombres rompió a hablar en tono sobresaltado, bajo las toldillas.

—Cuando esos sujetos salieron, sus aullidos eran como para despertar a los muertos —dijo. Como una continuación de la chapoteante conmoción del bote literalmente caído al agua, llegaron los ruidos huecos, pisadas y carreras, mezclados con gritos confusos.

—¡Desenganchen! ¡Desenganchen! ¡Empujen! ¡Desenganchen!

¡Empujen por su vida! Aquí viene una turbonada...

Escuchó, muy por encima de la cabeza, el leve murmullo del viento; debajo de los pies oyó un grito de dolor. Una voz perdida, cerca, comenzó a maldecir a un gancho giratorio. El barco zumbaba de proa a popa como una colmena agitada, y con la misma voz tranquila con que me relataba todo esto —porque hasta entonces se mostró muy tranquilo en la actitud, el rostro y la voz—, siguió narrando, por así decirlo, sin el menor aviso—: Tropecé con las piernas de él.

Esa era la primera noticia que tenía de que se hubiese movido. No pude contener un gruñido de sorpresa. Por fin algo lo había hecho moverse, pero en cuanto al momento exacto, en cuanto a la causa que lo arrancó de su inmovilidad, no sabía más de lo que sabe el árbol desarraigado respecto del viento que lo derriba. Todo eso le había ocurrido: los sonidos, las divisiones, las piernas del muerto... ¡Caramba! Le metían diabólicamente en la garganta la broma infernal, pero fíjense— no pensaba admitir ningún tipo de movimiento de deglución en su gaznate. Resulta extraordinaria la forma en que puede arrojarse sobre uno el espíritu de su ilusión. Yo lo escuchaba como se escucha una narración de magia negra que actúa sobre un cadáver.

—Cayó de costado, con gran suavidad, y eso es lo último que recuerdo haber visto a bordo —continuó—. No me importaba lo que hiciera.

Pareció como si se incorporase; pensé que se incorporaba, es claro.

Esperaba verlo pasar corriendo junto a mí, sobre la borda, para dejarse caer en el bote, detrás de los otros. Los escuché removerse abajo, y una voz, como si gritara por un tubo, que llamaba "George". Y enseguida tres voces juntas, unidas en un aullido. Me llegaron por separado: una balaba, la otra gritaba, la otra aullaba. ¡Aj!

Se estremeció apenas, y lo vi levantarse poco a poco, como si una mano firme, desde arriba, lo hubiera sacado de la silla por el cabello.

Se irguió, de a poco... en su máxima estatura, y cuando las rodillas quedaron firmes, la mano lo soltó, y se balanceó sobre sus pies. Había una sugestión de espantosa inmovilidad en su rostro, en sus movimientos, en su voz, cuando dijo "gritaron", e involuntariamente agucé los oídos para percibir la sombra de ese grito que se escucharía a través del falso efecto del silencio.

—Había ochocientas personas en ese barco —dijo, y me clavó en el respaldo del asiento con esa horrenda mirada vacía. Ochocientas personas vivas, y gritaban por el único hombre muerto y le pedían que bajase y se salvara. "¡Salta, George! ¡Salta! ¡Oh, salta!" Yo tenía la mano apoyada en el pescante. Estaba inmóvil. La oscuridad era intensa. No se veía el cielo ni el mar. Oí que el bote golpeaba contra el costado del barco, y no hubo otro sonido abajo, durante un rato, pero el barco que tenía bajo mis pies estaba repleto de ruidos de conversaciones. De repente el capitán aulló "¡Mein Gott! ¡La borrasca! ¡La borrasca! ¡Apártense!" Con el primer silbido de la lluvia y la primera ráfaga del viento gritaron "¡Salta, George! ¡Te atraparemos! ¡Salta!" El barco inició un lento movimiento descendente; la lluvia lo barría como un mar hirviente. La gorra se me voló de la cabeza; el viento me empujó el aliento de vuelta en la garganta. Oí, como si estuviese en la cima de una torre, otro salvaje chillido: "¡Geoooorge! ¡Oh, salta!" Se hundía, cada vez más, cabeza abajo, bajo mis pies...

Se llevó la mano, en un movimiento deliberado, a la cara, e hizo movimientos con los dedos, como si le molestara una tela de araña, y después miró la palma abierta durante medio segundo, antes de estallar. —Salté... —Se interrumpió, desvió la vista.— Así parece —agregó.

Sus claros ojos azules se volvieron hacia mí con una mirada lastimosa, y al verlo de pie ante mí, aturdido y herido, me oprimió una triste sensación de resignada sabiduría, mezclada con la divertida y profunda pena de un hombre de edad, impotente ante un desastre infantil.

—Parece que sí —mascullé.

—No me di cuenta de nada hasta que levanté la vista —explicó, deprisa. Y eso también es posible. Había que escucharlo como se hace con un chiquillo con problemas. No lo sabía. De alguna manera, ocurrió. No volvería a suceder. Aterrizó, en parte, sobre alguien y cayó de través. Sintió como si todas las costillas del lado izquierdo se le hubiesen fracturado; luego rodó sobre sí mismo, y vio, en forma vaga, que el barco que acababa de abandonar se erguía sobre él, con la luz roja del costado ardiendo, grande en la lluvia, como un fuego en el borde de una colina vista a través de la niebla. —Parecía más alto que una pared; se erguía como un risco sobre el bote... Tuve deseos de morir —exclamó. —Imposible volver. Era como si hubiese saltado dentro de un pozo... En un agujero profundo y eterno.

Capítulo 10

Entrelazó los dedos y los apartó con fuerza. Nada podía ser más cierto: en verdad había saltado a un agujero profundo y permanente.

Había caído desde una altura que jamás podía volver a escalar. Para entonces el bote era impulsado hacia delante, más allá de la proa. La oscuridad era demasiado densa para que se vieran unos a otros, y, lo que es más se encontraban cegados y semi ahogados por la lluvia. Me dijo que era como ser barrido por una inundación a través de una caverna. Volvieron la espalda a la borrasca; parece que el capitán pasó un remo sobre la popa para mantener el bote delante de él, y durante dos o tres minutos el fin del mundo llegó en un diluvio de oscuridad tan profunda como la pez. El mar silbaba "como veinte mil teteras". Ese es un símil de él, no mío. Imaginan que no hubo mucho viento después de la primera ráfaga; y él mismo admitió en la investigación que el mar nunca subió mucho, esa noche. Se acurrucó en la proa y lanzó una mirada furtiva hacia atrás. Vio un solo resplandor amarillo de la luz de la punta del mástil, muy arriba, y borroneada como una última estrella a punto de disolverse.

—Me aterrorizó verla todavía allí —eso dijo. Lo que lo aterrorizó fue el pensamiento de que aún no habían terminado de ahogarse. Sin duda quería concluir con esa abominación lo antes posible. En el bote, nadie emitía un sonido. Parecía volar en la oscuridad, pero es claro que no avanzaba mucho. Entonces el chubasco pasó adelante, y el gran ruido sibilante y enloquecedor siguió a la lluvia, hacia lo lejos, y se extinguió. Ya no se escuchaba nada más que el leve batir del agua contra los costados del bote. A alguien le castañeteaban los dientes con violencia.

Una mano le tocó la espalda. Una voz débil preguntó:

—¿Está ahí?

Otra gritó, temblorosa.

—¡Se hundió! —y se reunieron todos para mirar a popa. No vieron luces. Todo era negro. Una tenue llovizna fría les golpeaba el rostro. El bote se sacudía un tanto. Los dientes castañetearon cada vez con mayor velocidad, se interrumpieron y volvieron a castañetear otras dos veces, antes que el hombre pudiese dominar sus temblores lo bastante para decir:

—Ju—ju—justo a ti—tiem—po... brrr.

Reconoció la voz del jefe de máquinas que decía, mal humorado:

—Lo vi hundirse. En ese momento di vuelta la cabeza por casualidad.

El viento había amainado casi por completo.

Miraron en la oscuridad, con la cabeza vuelta a medias hacia barlovento, como si esperasen escuchar gritos. Al principio se sintió agradecido de que la noche hubiese cubierto la escena ante sus ojos, y después, el hecho de saberlo, y sin embargo no haber visto ni oído nada le pareció, en cierta forma, el punto culminante de una tremenda desdicha.

—Extraño, ¿verdad? —murmuró, interrumpiéndose en su inconexa narración.

A mí no me pareció extraño. Pero él debió tener la convicción inconsciente de que la realidad no podía ser ni la mitad de mala ni la mitad de angustiosa, atroz y vengadora que la creada por el terror de su imaginación. Creo que en ese primer momento, el corazón se le estrujó con todos los sufrimientos, que su alma conoció el sabor amulado de todo el miedo, el horror, la desesperación de ochocientos seres humanos aplastados en la noche por tina muerte repentina y violenta, pues de lo contrario, ¿por qué habría dicho?

—Me pareció que debía saltar del maldito bote y volver nadando para ver... media milla... más... cualquier distancia... hasta el lugar mismo.

¿Por qué ese impulso? ¿Entienden el significado? ¿Por qué hasta el punto mismo? ¿Por qué no ahogarse allí... si pensaba ahogarse? ¿Por qué hasta el punto mismo, para ver... como si su imaginación tuviese que ser apaciguada por la seguridad de que todo había terminado, antes que la muerte pudiese brindarle alivio? Desafío a cualquiera de ustedes a que ofrezca otra explicación. Fue una de esas visiones insólitas y emocionantes a través de la bruma. Una extraordinaria revelación. Lo dijo como lo más natural que se podía decir. Luchó contra el impulso, y entonces adquirió conciencia del silencio. Me lo mencionó. Un silencio del mar, del cielo, fusionados en un silencio indefinido e inmenso como la muerte, en torno de esas vidas salvadas y palpitantes.

—En el bote se habría podido oír la caída de un alfiler —dijo, con una rara contracción de los labios, como un hombre que trata de dominar sus sensibilidades mientras relata algún hecho conmovedor. ¡Un silencio! Sólo Dios, quien lo hizo tal como era, sabe qué efecto le produjo eso en el corazón. No creía que ningún lugar de la tierra pudiese estar tan calmo —dijo—. Era imposible distinguir el mar del cielo; nada que ver, y nada que oír. Ni un atisbo, ni una sombra, ni un sonido.

Habría podido creerse que hasta el último trozo de tierra firme yacía ya en el fondo; que todos los hombres de la tierra, salvo yo y esos pobres diablos del bote, se habían ahogado. —Se inclinó sobre la mesa, con los nudillos apoyados entre tazas de café, copas de licor, colillas de cigarro.— En apariencia, así lo creí. Todo había desaparecido y... todo estaba terminado... —lanzó un profundo suspiro—... Todo había terminado para mí.

Marlow se incorporó de pronto y arrojó su cigarro con fuerza.

Dejó una veloz huella roja, como un cohete de juguete disparado a través de los cortinados de la trepadora. Nadie se movió.

—Eh, ¿qué les parece? —exclamó con repentina animación—. ¿No fue coherente consigo mismo, no lo fue? Su vida salvada había terminado por falta de suelo bajo los pies, por falta de visiones para sus ojos, por falta de voces en sus oídos. Aniquilación... ¡Eh! Y durante todo el tiempo sólo había un cielo nublado, un mar que no hendían, el aire que no se movía. Sólo una noche, sólo un silencio.

Duró un rato, y luego, de repente y en forma unánime, sintieron necesidad de producir algún ruido vinculado con su fuga.

—Desde el comienzo supe que se hundiría.

—Por un pelo.

—¡Una salvada milagrosa, caramba!

Él nada dijo, pero la brisa que había cesado volvió, una corriente suave, cada vez más fresca, y el mar unió su voz murmurante a esa parlanchina reacción que reemplazaba los momentos de mudez y pavor. ¡Se había hundido! ¡Se había hundido! ¡Se había hundido! No cabía duda. No habrían podido ayudar. Repitieron las mismas palabras una y otra vez, como si no pudieran contenerse. Nadie dudaba de que se hundiría. Y las luces ya no existían. No había error. Las luces no se veían. No se podía esperar otra cosa. Tenía que hundirse... Él se dio cuenta de que hablaban como si nada hubiesen dejado detrás, aparte de un barco vacío. Llegaron a la conclusión de que no habría aguantado mucho tiempo, en cuanto empezó a hundirse. Ello pareció provocarles cierto tipo de satisfacción. Se aseguraron unos a otros que no habría tardado mucho: "Se hundió como una plancha". El jefe de máquinas declaró que la luz del mástil mayor, en el momento de hundirse, pareció caer "como un fósforo encendido que uno arroja". Al escuchar eso, el segundo lanzó una carcajada histérica.

—Me ale—legro, me ale—legro.

Los dientes le castañeteaban "como una matraca eléctrica", y de pronto rompió a llorar. Lloró y moqueó como un niño, conteniendo el aliento y sollozando:

—¡Ay, por Dios! ¡Ay, por Dios! ¡Ay, por Dios!

Se callaba durante un instante y luego volvía a empezar:

—¡Oh, mi pobre brazo! ¡Oh, mi pobre brazo! —Sentí deseos de derribarlo de un golpe. Algunos estaban sentados en las velas de popa.

Apenas distinguía sus contornos. Me llegaron algunas voces, murmullos, murmullos, gruñidos, gruñidos. Todo eso parecía muy difícil de soportar. Y, además, sentía frío. Y nada podía hacer. Pensé que si me movía caería por el costado y...

Su mano tanteó con cautela entró en contacto con un vaso de licor y se retiró de pronto, como si hubiese tocado un carbón al rojo blanco.

Le empujé un poco la botella.

—¿No quiere beber más? —le pregunté. Me miró con furia.

—¿No le parece que puedo contarle lo que hay que contar sin necesidad de embriagarme? —preguntó. El pelotón de trotamundos había ido a acostarse. Estábamos a solas si se exceptúa una vaga forma blanca erguida en las sombras, que, al ser mirada, hizo además de adelantarse, vaciló, retrocedió en silencio. Se hacía tarde pero yo no apuré a mi invitado.

En medio de su estado de desolación, escuchó que sus compañeros insultaban a alguien.

—¿Qué le impedía saltar, pedazo de lunático? —dijo una voz gruñona. El jefe de máquinas abandonó la cámara del bote y se lo oyó trastabillar hacia delante, como con intenciones hostiles contra "el máximo idiota que jamás haya existido". El capitán gritó, con ronco esfuerzo, epítetos ofensivos desde donde se hallaba sentado, con los remos. Jim levantó la cabeza ante el estrépito, y oyó el nombre "George" mientras una mano, en la oscuridad, lo golpeaba en el pecho.

—¿Qué puede decir en su defensa, tonto? —preguntó alguien con una especie de virtuosa furia.

—Me buscaban —dijo—. Me insultaban... me insultaban... con el nombre de George.

Se detuvo para mirar, trató de sonreír, apartó la vista y continuó.

—El pequeño segundo me acerca la cabeza hasta la nariz: "¡Pero si es el maldito primer oficial!" ¡Qué!" —aúlla el capitán desde el otro extremo del bote. "¡No!"— chilla el jefe. Y también él se detuvo para mirarme la cara.

El viento había abandonado al bote de repente. La lluvia comenzó a caer de nuevo, y el suave, interrumpido, minúsculo y misterioso sonido con que el mar recibe una lluvia surgió por todas partes, en la noche.

—Al principio se sintieron demasiado desconcertados para decir nada más —narró, con voz calma—, ¿y qué podía decirles yo a ellos? Vaciló por un instante, e hizo un esfuerzo para continuar.— Me dijeron cosas horribles. —La voz se le hundió hasta convertirse en un susurro; de vez en cuando ascendía, de repente, endurecida por la pasión del desprecio, como si hubiera hablado de abominaciones secretas: —No hablemos de lo que me dijeron —dijo, torvo. —Pude percibir el odio de sus voces. Y eso era bueno. No me perdonaban por estar en ese bote.

Me odiaban. Los enloquecía... —Lanzó una breve carcajada.— Pero a mí me impidió... ¡mire! Yo estaba sentado, cruzado de brazos, en la borda.

—Se encaramó, con viveza, en el borde de la mesa, y se cruzó de brazos... —Así, ¿ve? Un pequeño movimiento hacia atrás, y habría desaparecido... detrás de los otros. Un movimiento pequeñísimo... apenas...

muy pequeño. —Frunció el ceño, se golpeó la frente con la yema del dedo medio.— Estaba siempre presente —dijo, con acento impresionante—.

Todo el tiempo... esa idea. Y la lluvia... fría, densa, fría como la nieve fundida.. . más fría... sobre mis delgadas ropas de algodón... nunca volveré a sentir tanto frío en mi vida, lo sé. Y el cielo estaba negro...

Todo negro. Ni una estrella ni una luz en ninguna parte. Nada, fuera de ese maldito bote y de los dos que aullaban ante mí, como un par de sucios perros mestizos ante un ladrón acorralado. ¡Ladraban y ladraban! ¿Qué hace ahí? ¡Gran persona! Demasiado aristocrático para ayudar. Ya salió de su sueño, ¿eh? ¿Para deslizarse aquí? ¿No es cierto? ¡Ladrido, ladrido! ¡No tiene derecho a vivir! ¡Ladrido, ladrido! Dos de ellos juntos, tratando cada uno de ladrar más que el otro. El otro aullaba desde la popa, a través de la lluvia... No podía verlo... no lo distinguía... parte de su sucia jerga. ¡Ladrido, ladrido! ¡Guuuauuuuuu!

¡Ladrido, ladrido! Escucharlos resultaba encantador; me mantenían con vida, se lo aseguro. Me salvó la vida. ¡Y siguieron, como si trataran de derribarme por la borda con el ruido!... —Me extraña que haya tenido suficiente valor para saltar. Aquí no lo queremos. Si hubiese sabido quién era, lo habría arrojado... zorrino. ¿Qué hizo con el otro? ¿De dónde sacó el valor para saltar... cobarde? ¿Qué puede impedirnos a los tres arrojarlo al mar..? —Les faltaba el aliento; el chubasco pasó de largo. Y después nada. Nada había en torno del bote, ni un ruido Querían verme caer por la borda, ¿eh? ¡Lo juro! Creo que habrían satisfecho sus deseos si se hubiesen callado. ¡Arrojarme por la borda! Sí, ¿eh? "Inténtelo —dije—. Lo haría por dos peniques." "¡Sería un favor para usted!", chillaron juntos. Reinaba tanta oscuridad, que sólo cuando uno u otro de ellos se movía tenía la certeza de verlos. ¡Cielos! Mi único deseo era que lo intentaran.

No pude dejar de exclamar:

—¡Que asunto extraordinario!

—¿No está mal, eh? —dijo él, como asombrado, en cierto modo—.

Fingieron creer que había matado a ese hombre—burro por no sé qué motivo. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Y cómo demonios podía saberlo yo? ¿No llegué de alguna manera al bote, a ese bote?... Yo... —Los músculos de alrededor de los labios se le contrajeron en una mueca inconsciente, que desgarró la máscara de su expresión habitual, algo violento, de corta vida, y esclarecedor como un relámpago que permite que el ojo penetre por un instante en las circunvoluciones secretas de una nube.— Por cierto que sí, estaba allí, con ellos... ¿no es verdad? ¿No es espantoso que un hombre se vea empujado a hacer una cosa como esa... y ser responsable? ¿Qué sabía yo acerca del George por quien aullaban? Recordé haberlo visto acurrucado en el puente. "¡Cobarde asesino!", siguió llamándome el jefe. Parecía no recordar otras dos palabras. A mí no me importaba, sólo que el ruido empezó a preocuparme. "¡Cállese!", dije. Entonces juntó fuerzas para un condenado chillido. "Usted lo mató. Usted lo mató." "No —grité—, pero lo mataré a usted." Me puse de pie de un salto, y él cayó hacia atrás, sobre un banco, con un ruido espantoso. No sé por qué. Demasiada oscuridad. Trató de retroceder, supongo. Yo seguía de pie, de frente ala popa y el desdichado y minúsculo segundo comenzó a gemir: "No golpeará a un tipo con el brazo roto... y eso que se considera un caballero." Escuché mis pesados pasos... uno... dos y un gruñido jadeante. Un rostro animal venía hacia mí, golpeando el reino sobre la popa. Lo vi avanzar, enorme, enorme... como se ve a un hombre en una bruma, en un sueño.

"Venga", grité— Habría caído sobre él como un montón de desperdicios.

Se detuvo, masculló algo para sí, y retrocedió. Quizás había oído el viento. Yo no. Fue la última ráfaga fuerte que tuvimos. Volvió a su remo. Yo lo lamenté. Habría querido...

Abrió y cerró los dedos encorvados, y las manos describieron un aleteo ansioso y cruel.

—Calma, calma —murmuré.

—¿Eh? ¿Qué? No estoy excitado —reprochó, muy ofendido, y con un movimiento convulsivo del codo derribó la botella de coñac. Yo me adelanté, raspando la silla contra el suelo. Él saltó de la mesa como si una mina hubiese estallado a su espalda, y se volvió a medias antes de caer de nuevo, acurrucado, y mostrándome un par de ojos sobresaltados y un rostro blanco en torno de las fosas nasales. Luego apareció una expresión de intenso disgusto—. Lo siento mucho. ¡Qué torpeza! murmuró, muy molesto, en tanto que el punzante olor del alcohol derramado nos envolvía, de pronto, con una atmósfera de mísera borrachera en la fresca y pura oscuridad de la noche. En el comedor las luces estaban apagadas; nuestra vela parpadeaba, solitaria, en la larga galería, y las columnas se habían vuelto negras, desde el pedestal hasta el capitel. Bajo las lívidas estrellas la alta esquina de la Oficina de Puertos se destacaba con claridad a través de la explanada, como si el sombrío edificio se hubiese deslizado, acercándose, para ver y escuchar.

Él adoptó una expresión de indiferencia.

—Me atrevo a afirmar que ahora estoy menos calmo que entonces.

Estaba dispuesto a todo. Esas eran tonterías.

—Pasó momentos muy animados en ese bote —señalé.

—Estaba preparado —repitió—. Después que se extinguieron las luces del barco, cualquier cosa habría podido suceder en ese bote... Cualquier cosa... y el mundo no se hubiese enterado. Lo sentí, y me agradó.

Y, además, había suficiente oscuridad. Éramos como hombres emparedados en una tumba espaciosa. Ninguna relación con nada en el mundo. Nadie que pudiese opinar. Nada importaba. —Por tercera vez durante esta conversación, lanzó una carcajada áspera, pero no había nadie cerca que pudiese sospechar que estaba apenas bebido.— Ni temor, ni ley, ni sonidos, ni ojos —ni siquiera los nuestros—, hasta la salida del sol, por lo menos.

Me llamó la atención la sugestiva veracidad de sus palabras. Hay algo de singular en un bote de reducidas dimensiones, en alta finar.

Sobre las vidas transportadas bajo la sombra de la muerte parece caer la sombra de la locura. Cuando el barco le falla a uno, parece fracasarle todo el mundo; el mundo que lo hizo a uno, que lo contuvo, lo cuidó.

Es como si las almas de los hombres, flotantes en un abismo y en contacto con la inmensidad, quedasen libres para cualquier exceso de heroísmo, absurdo o abominación. Por supuesto, como en el caso de las creencias, los pensamientos, el amor, el odio, la convicción o inclusive el aspecto visual de las cosas materiales, hay tantos náufragos como hombres, y en ese naufragio existía algo abyecto que hacía que el aislamiento resultase más completo; había una ruindad de circunstancias que separaba a esos hombres del resto de la humanidad, en forma mucho más completa; de la humanidad cuyo ideal de conducta jamás había sufrido la prueba de una broma diabólica y atroz. Estaban exasperados con él por ser un holgazán indiferente; él concentraba en ellos su odio hacia todo aquello; le habría agradado tomarse una gran venganza por la aborrecible oportunidad que pusieron en su camino. Es indudable que un bote en alta mar saca a la superficie lo Irracional que se encuentra agazapado en el fondo de todos los pensamientos, sentimientos, sensaciones, emociones. El hecho de que no llegasen a los golpes formaba parte de la burlesca ruindad que impregnaba ese desastre en el mar. Todo era amenazas, todo una ficción de terrible eficacia, una falsedad desde el comienzo hasta el final, planada por el tremendo desdén hacia las Potencias Oscuras, cuyos verdaderos terrores, siempre al borde del triunfo, se ven eternamente frustrados por la firmeza de los hombres. Pregunté, luego de esperar un rato:

—Bien ¿y qué ocurrió?

Pregunta inútil. Yo sabía ya demasiado para esperar la gracia de un solo toque de elevación, el favor de una insinuación de locura, de una sombra de horror.

—Nada —respondió—. Yo hablaba en serio, pero ellos no hacían más que ruido. Nada ocurrió.

Y el sol naciente lo encontró tal corno había saltado al comienzo, en la proa del bote. ¡Qué persistencia de vigilia! Y, además, se había pasado toda la noche con la caña del timón en la mano. Ellos habían dejado caer el timón por la borda cuando trataban de subirlo al bote, y supongo que la caña llegó de alguna manera a proa, impulsada por un puntapié, mientras corrían de un extremo a otro del bote, tratando de hacer todo tipo de cosas a la vez para alejarse del barco. Era un trozo de madera duro, largo y pesado, yen apariencia lo tuvo aferrado durante seis horas, más o menos. ¡Si no consideran que eso es estar preparado! ¿Lo imaginan, silencioso y de pie, la mitad de la noche, de cara a las ráfagas de lluvia, observando formas sombrías, vigilando vagos movimientos, aguzando los oídos para percibir los escasos murmullos bajos de la cámara de popa? ¿Firmeza de valentía, o esfuerzo de temor? ¿Qué les parece? Y la resistencia también es innegable. Seis horas, más o menos, a la defensiva; seis horas de alerta inmovilidad, mientras el bote avanzaba con lentitud o flotaba, detenido, según el capricho del viento; en tanto que el mar, calmo, dormía por fin; mientras las nubes pasaban por sobre su cabeza; mientras el cielo, desde una inmensidad opaca y negra, disminuido hasta quedar convertido en una bóveda sombría y lustrosa, centelleaba con mayor brillo, se decoloraba hacia el este, palidecía en el cenit; mientras las sombras oscuras que borraban las bajas estrellas de popa adquirían contornos, relieves, se convertían en hombros, cabezas, caras, facciones... lo enfrentaban con terribles miradas, tenían cabellos enmarañados, ropas rasgadas, párpados enrojecidos en la aurora blanca.

—Parecían haber estado embriagados durante una semana, cayéndose en todos los arroyos —describió, con términos gráficos; y luego murmuró algo acerca de que la salida del sol fue del tipo de las que predicen un día sereno. Ya conocen el hábito de los marinos, de referirse al tiempo en relación con cualquier cosa. Por mi parte, sus pocas palabras masculladas fueron suficientes para hacerme ver el limbo inferior del sol iluminando la línea del horizonte, el temblor de una baja ondulación que recorría toda la extensión visible del mar, como si las aguas se hubieran estremecido, dando a luz el globo del sol, en tanto que la última bocanada de brisa agitaba el aire en un suspiro de alivio.

—Se encontraban en la popa, sentados hombro con hombro, con el capitán en el medio, como tres lechuzas sucias, y me miraban —le oí decir con una intención de odio que destilaba una virtud corrosiva en las palabras comunes, como una gota de poderoso veneno que cayese en un vaso de agua.

Podía imaginar, bajo el transparente vacío del cielo, a los cuatro hombres apresados en la soledad del mar, el sol solitario, diferente a la mota de vida, que ascendía en la clara curva del cielo como para mirar con ardor, desde una gran altura, su propio esplendor reflejado en el océano inmóvil—. Me llamaron desde popa —dijo Jim— como si hubiésemos sido compinches. Los escuché. Me pedían que fuese sensato y dejase caer ese "maldito trozo de madera". ¿Por qué quería seguir con eso? No me habían hecho ningún daño, ¿verdad? No había habido daños... ¡Daño!

El rostro se le empurpuró como si no pudiese librarse del aire de los pulmones.

—¡No había daños! —estalló—. Dígamelo usted, usted entiende ¿verdad? Se da cuenta... ¿no? ¡No hubo daños! ¡Buen Dios! ¿Qué más podían hacer? Oh, sí, lo sé muy bien... yo salté. Por supuesto.. ¡Salté!

Ya le dije que salté; pero le aseguro que eran demasiados para cualquier hombre. Eran tan culpables como si hubiesen tomado un bichero para hacerme caer en el bote. ¿No lo entiende? Debe entenderlo. Vamos. Hable... sin vueltas.

Su mirada inquieta se clavó en la mía, interrogó, suplicó, desafió, ordenó. Por más que hice, no pude dejar de murmurar—Ya se lo juzgó.

—Más de lo que es justo —replicó, con rapidez—. No se me dio ni media oportunidad... con una pandilla como esa. Y ahora se mostraban amistosos... ¡Oh, tan condenadamente amistosos! ¡Compinches, compañeros de barco! Todos en el mismo bote. Sacar la máxima ventaja de la situación. No habían tenido la intención de hacer nada. George les importaba un rábano. George había vuelto a su litera, para buscar algo a último momento, y quedó atrapado. El hombre era un tonto de remate. Muy triste, por supuesto... Sus ojos me miraban. Movían los labios; meneaban la cabeza en el otro extremo del bote... Tres. Me llamaban...

A mí. ¿Por qué no? ¿Acaso no había saltado? No respondí. No hay palabras para el tipo de cosas que yo quería decir. Si hubiese abierto los labios en ese momento, habría aullado como un animal. Me preguntaba cuándo despertaría. Me instaron, en voz alta, a ir a popa y escuchar con tranquilidad lo que el capitán quería decir. Estábamos seguros de ser recogidos antes de la noche... Nos encontrábamos en medio de la línea de tránsito del canal; ya se veía humo hacia el noroeste.

—Sentí una espantosa sacudida al ver ese leve, tenue borrón, esa baja mancha de bruma parda a través de la cual se puede percibir el límite del mar y el cielo. Les grité que podía oírlos muy bien desde donde estaba. El capitán maldijo, tan ronco como un cuervo. No pensaba hablar a voz en cuello para mi comodidad. "¿Tiene miedo que lo escuchen en la costa?", pregunté. Me miró con furia, como si hubiera tenido deseos de despedazarme. El jefe de máquinas le aconsejó que me siguiese la corriente. Le dijo que todavía no estaba bien de la cabeza. El otro se puso de pie a popa, como una gruesa columna de carne...

y habló... habló...

Jim se quedó pensativo.

—¿Y bien? —pregunté.

—¿Qué me importaba la historia que hubiesen convenido en relatar? —gritó, irreflexivo—. Podían muy bien decir lo que se les viniera en gana. Era cosa de ellos. Yo conocía la historia. Nada de lo que pudiesen hacer creer a la gente la modificaría en lo que a mí se refería. Lo dejé hablar, argumentar... hablar, argumentar. Siguió y siguió y siguió.

De pronto sentí que las piernas se me aflojaban. Estaba enfermo, cansado... mortalmente cansado. Dejé caer la caña del timón, les volví la espalda y me senté en el primer banco.

Ya era suficiente para mí. Me llamaron para saber si entendía...

¿No era verdad hasta la última palabra? ¡Era verdad, por Dios!, a la manera de ellos. No volví la cabeza. Los oí conferenciar. "El tonto del demonio no dirá nada." "Oh, lo entiende muy bien." "Déjelo; no hará nada." "¿Qué puede hacer?" Qué podía hacer. ¿No estábamos todos en el mismo bote? Traté de ensordecerme. El humo había desaparecido hacia el norte. Era una calma chicha. Bebieron del barrilito, y yo también. Después hicieron un gran alboroto con el asunto de extender la vela sobre la borda. ¿Quería yo montar guardia? Se metieron debajo, fuera de mi vista, ¡gracias a Dios! Me sentía agotado, agotado, extenuado, como si no hubiese dormido una hora desde el día en que nací.

No podía ver el agua por el resplandor del sol. De vez en cuando uno de ellos salía arrastrándose, se ponía de pie para echar una mirada en torno, y se introducía de nuevo. Oí ronquidos debajo de la vela. Algunos de ellos podían dormir. Por lo menos uno. ¡Yo no! Todo era luz, luz, y el bote parecía caer a través de ella. De vez en cuando me sentía muy sorprendido de encontrarme sentado en un banco.

Comenzó a caminar con pasos medidos, de un lado a otro, ante mi sillón, con una mano en los bolsillos del pantalón, la cabeza inclinada, pensativa, y el brazo derecho levantado, a largos intervalos en un ademán que parecía apartar de su camino a un intruso invisible.

—Supongo que usted pensará que estaba volviéndome loco comenzó con tono distinto—. Y es lógico, si recuerda que había perdido la gorra. El sol se arrastró desde el este hasta el oeste por sobre mi cabeza desnuda, pero ese día nada de malo podía sucederme, supongo.

El sol no conseguía enloquecerme... —Su brazo derecho apartó la idea de la locura.— Tampoco podía matarme... —Otra vez su brazo rechazó una sombra.— Eso corría por mi cuenta.

—¿De veras? —exclamé, inexpresablemente asombrado ante este nuevo giro, y lo miré con el mismo tipo de sentimiento que muy bien habría podido experimentar si él, después de girar sobre sus talones, presentase un rostro nuevo en todo sentido.

—No caí con fiebre cerebral, tampoco me derrumbé muerto continuó—. No me preocupé para nada por el sol que tenía sobre la cabeza. Pensaba con tanta frialdad como cualquier hombre pensó alguna vez, sentado a la sombra. El grasiento animal del capitán asomó la cabezota con el cabello cortado al rape, por debajo de la lona, y me clavó sus ojillos suspicaces. "Donnerwetter, se morirá", gruñó, y se metió adentro como una tortuga. Yo lo había visto, lo escuché. No me interrumpió. En ese momento pensaba que no moriría.

Trató de sondear mis pensamientos con una mirada atenta que me lanzó al pasar.

—¿Quiere decir que había estado meditando acerca de si moriría? le pregunté, con un tono tan impenetrable como pude conseguir. Asintió sin detenerse.

—Sí, había llegado a eso, mientras me encontraba sentado allí, solo —respondió. Y dio unos pocos pasos más, hasta el final imaginario de su recorrido, y cuando se volvió para regresar tenía las dos manos profundamente hundidas en los bolsillos. Se detuvo delante de mi sillón y me miró—. ¿No lo cree? —inquirió con tensa curiosidad. Me sentí empujado a hacer una solemne declaración de mi disposición a creer de manera implícita en cualquier cosa que le pareciera conveniente decirme.

Capítulo 11

Me escuchó con la cabeza a un costado, y tuve otro atisbo a través de un desgarrón de la bruma en la cual se movía y en la cual tenía su ser. La tenue luz de la vela chisporroteó dentro de la bola de vidrio, y eso era todo con lo cual contaba para verlo; a su espalda estaba la negra noche, con las estrellas claras, cuyo brillo distante, dispuesto en planos cada vez más lejanos, atraía la mirada hacia las profundidades de una oscuridad mayor; y, sin embargo, una misteriosa luz parecía mostrarme su cabeza juvenil, como si en ese momento el joven que tenía dentro de él chispeara y expirase durante un instante.

—Usted es una muy buena persona por escucharme de esta manera —dijo—. Me hace bien. No sabe lo que es para mí. No sabe... —parecieron faltarle las palabras. Fue una visión clara. Era un joven del tipo de los que a uno le agrada tener cerca; del tipo que gusta de imaginar que uno mismo ha sido; del tipo de aquellos cuyo aspecto proclama su afinidad con las ilusiones que uno mismo consideraba perdidas, extinguidas, frías, y que, como si se reencendieran al contacto de otra llama, aletean en lo hondo, muy en lo profundo, en algún lugar, emiten una vibración de luz..; de calor!.. Sí; entonces pude entreverlo... y no era el último de esa especie...

—No sabe lo que es para una persona en mi situación que le crean... hablar con sinceridad a un hombre de más edad. Es tan difícil...

tan espantosamente injusto... tan poco comprensible ...

La niebla volvía a cerrarse. No sé qué edad supuso que tenía... ni cuánta sabiduría. Ni la mitad de la edad que entonces sentía: ni la mitad de inútilmente sabio que testaba seguro de ser. No cabe duda: en ninguna otra profesión, como en la del mar, van hasta tal punto los corazones de aquellos ya destinados a hundirse o nadar hacia la juventud que se encuentra al borde del abismo, que contempla con ojos brillantes el resplandor de la vasta superficie que no es más que un reflejo de sus propias miradas henchidas de fuego. Existe una magnífica vaguedad en las esperanzas que empujaron a cada uno de nosotros al mar, una gloriosa indefinición, ¡una magnífica ansia de aventuras que son su propia y única recompensa! ¿Qué obtenemos...? Bueno, no hablemos de eso... ¿Pero puede uno de nosotros contener una sonrisa?

En ninguna otra clase de vida está la ilusión tan lejos de la realidad...

En ninguna otra el comienzo es todo ilusión... el desencanto más veloz, el sometimiento más completo. ¿No habíamos comenzado todos con el mismo deseo, terminado con el mismo conocimiento, arrastrado los recuerdos de los mismos arrebatos atesorados a lo largo de los sórdidos días de imprecación? Qué tiene de extraño, entonces, que cuando algún intenso aguijonazo nos penetra descubramos que el lazo es tan estrecho; que además de la hermandad de la profesión se experimente la fuerza de un sentimiento más amplio, el sentimiento que une a hombre y niño. Y él estaba allí, ante mí, creído de que la edad y la sabiduría pueden encontrar un remedio contra el dolor de la verdad, ofreciéndome un atisbo de sí mismo corno un joven en un aprieto que es un demonio de aprieto, el tipo de problemas ante los cuales los hombres encanecidos menean la cabeza con solemnidad mientras ocultan una sonrisa. Y había estado pensando en la muerte. ¡Maldito sea! ¡Había encontrado eso! para meditar, porque le parecía haber salvado su vida en tanto que todo su esplendor desaparecía con el barco en la noche.

¡Qué más natural! Era lo bastante trágico y gracioso, con toda conciencia, pedir compasión en voz alta, ¿y en qué era yo mejor que los otros para negarle mi piedad? Y mientras lo miraba, las brumas entraron rodando en la tienda, y su voz habló:

—Estaba tan perdido, ¿sabe? Era una de esas cosas que nadie espera que le suceda. Eso no se parecía a una pelea, por ejemplo.

—Es cierto —admití. Parecía cambiado, como si hubiese madurado de pronto.

—Nunca puede estarse seguro —masculló.

—¡Ah! No estaba seguro —dije, y me aplacó el sonido de un leve suspiro que pasó entre nosotros como el vuelo de un ave en la noche.

—Bien no lo estaba —respondió él, con valentía—. Se parecía mucho a la desdichada historia que ellos habían elaborado. No era una mentira... pero tampoco era verdad. Era algo.. . uno conoce una mentira lisa y llana. No existía ni siquiera el grosor de una hoja de papel entre lo correcto y lo erróneo de este asunto.

—¿Qué más quería usted? —pregunté. Pero creo que hablé en voz tan baja que no me escuchó. Había postulado su argumento como si la vida fuese una red de senderos separados por abismos. Su voz parecía razonable.

—Suponga que no... quiero decir, suponga que me hubiera quedado en el barco. Bien. ¿Cuánto tiempo más? Digamos un minuto... medio minuto... Vamos. En treinta segundos, como parecía seguro entonces, me habría arrojado por sobre la borda. ¿Piensa que no me habría apoderado de cualquier cosa que encontrara en el camino: remo, salva vida, emparrillado, algo? ¿No lo habría hecho usted?

—Para salvarse —interrumpí.

—Esa no habría sido la intención —replicó—. Y es más de lo que quería cuando... —Se estremeció como si estuviese a punto de tragar alguna droga nauseabunda... —salté —pronunció con un convulsivo esfuerzo, cuya tensión, como propagada por las ondas del aire, hizo que mi cuerpo se removiera un poco en el sillón. Me miró con los ojos bajos—¿No me cree? —exclamó—. ¡Lo juro!... ¡Maldito sea! Me hace hablar y...

¡tiene que creerme!... Dijo que me creería.

—Por supuesto que sí —protesté con tono tranquilo, que produjo un efecto sedante.

—Perdóneme —pidió él—. Es claro que no le habría hablado de todo esto si no fuese un caballero. Habría debido saber... yo soy... soy...

también soy un caballero...

—Sí, sí —respondí deprisa. Me miraba directamente a la cara, y retiró la mirada poco a poco.

—Ahora entiendo por qué, en fin de cuentas... por qué no me fui de esa manera. No pensaba asustarme por lo que había hecho. Y de cualquier modo, si me hubiese aferrado al barco, habría hecho todo lo posible para que me salvaran. Se ha sabido de hombres que flotaron durante horas.. . en mar abierto... y a quienes se recogió casi ilesos. Yo habría durado mucho más que otros. Mi corazón no tiene nada. —Sacó el puño derecho del bolsillo, y el golpe que se dio en el pecho resonó como una detonación apagada en la noche.

—No —dije. Meditó, con las piernas un tanto separadas y la barbilla hundida.

—Por un pelo —murmuró—. Ni el ancho de un pelo entre esto y lo otro. Y en ese momento...

—Resulta difícil ver un pelo a medianoche —dije, con cierta malignidad, me temo. ¿Entienden lo que quiero decir cuando me refiero a la solidaridad de la profesión? Estaba enojado con él, como si me hubiese engañado... ¡A mí! Como si me hubiera arrebatado una espléndida oportunidad de mantener la ilusión de mis comienzos, como si hubiese despojado a nuestra vida común de la última chispa de su esplendor—. Y entonces huyó... en el acto.

—Salté —me corrigió, con tono incisivo.— ¡Salté... téngalo en cuenta!

—repitió, y me sorprendí ante la evidente pero oscura intención—. ¡Y bien sí! Tal vez no podía ver entonces, pero tenía tiempo suficiente y cualquier cantidad de luz en ese bote, y, además, podía pensar. Nadie lo sabría, por supuesto, pero eso no me facilitaría las cosas. También tiene que creer en eso. Yo no quería esta conversación... no... sí... no me tiré... la quería: es lo único que quería... y ya lo he dicho. ¿Le parece que usted o cualquiera habría podido obligarme a hablar si...? Yo...

no tengo miedo de hablar. Y tampoco lo tuve de pensar—. Lo miré a la cara—. No pensaba huir. Al principio... si no hubiera sido por esos individuos, habría podido... ¡No, por el cielo! No pensaba darles esa satisfacción. Ya habían hecho lo suficiente. Compusieron un relato, y, por lo que yo sé, creían en él. Pero yo sabía la verdad, y tendría que vivir con ella... solo, por mi cuenta. No pensaba ceder ante una cosa tan canallesca e injusta. ¿Qué demostraba, en fin de cuentas? Yo me sentía muy mal. Enfermo de la vida... para decirle la verdad. ¿Pero de qué podía servir eludirlo... de... de... de esa manera? Ese no era el modo.

Creo... creo que habría... creo que habría terminado en nada.

Se paseaba de un lado al otro, pero con la última palabra se detuvo ante mí.

—¿Qué cree usted? —preguntó con violencia. Se produjo una pausa, y de pronto me sentí abrumado por una profunda y desesperada fatiga, como si su voz me hubiera sacado de un sueño de vagabundeos por espacios vacíos cuya inmensidad había torturado mi alma y agotado mi cuerpo.

—... Habría terminado en nada —masculló, erguido sobre mí, con obstinación, al cabo de un rato—. ¡No, lo correcto era hacerle frente...

solo... esperar otra oportunidad... descubrir...

Capítulo 12

Todo estaba silencioso en torno, hasta donde llegaba el oído. La bruma de los sentimientos de él se desplazaba ante nosotros, como conmovida por sus luchas, y en los desgarrones del velo inmaterial aparecía distinto se forma y preñado de un vago atractivo, como una figura simbólica en un cuadro. El aire frío de la noche parecía yacer sobre mis miembros, tan pesados como una placa de mármol.

—Entiendo —murmuré, más para demostrarme que podía romper con mi estado de parálisis, que por otra razón.

—El Avondale nos recogió antes de la puesta del sol —señaló, lúgubre—. Se dirigió en línea recta hacia nosotros. Sólo tuvimos que permanecer sentados y esperar.

Luego de un largo intervalo dijo:

—Ellos narraron su historia. —Y volvió a reinar el silencio opresivo.— Sólo entonces supe qué había decidido —agregó.

—Nada dijo —susurré.

—¿Qué podía decir? —preguntó, en el mismo tono bajo... —Un leve choque. Detuve el barco, evalué el daño. Tomé medidas para bajar los botes sin crear pánico. Cuando descendió el primer bote, el barco entró en una borrasca. Se hundió como plomo... ¿qué podía resultar más claro..? —Bajó la cabeza.— ¿Y más espantoso? —Los labios le temblaron mientras me miraba a los ojos.— Yo había saltado, ¿verdad? —preguntó, acongojado—. Con eso tenía que vivir. El relato no importaba... —Se apretó las manos un instante y luego miró a derecha e izquierda, en la oscuridad —: Era como trampear a los muertos —balbuceó.

—Y no había muertos —dije.

Al escuchar eso se alejó de mí. Esa es la única forma en que puedo describirlo. En un momento vi su espalda cerca de la balaustrada.

Permaneció allí un rato, como si admirase la pureza y la paz de la noche. Un arbusto de flores, del jardín de abajo, difundía su poderoso aroma en el aire húmedo. Volvió a mí con pasos apresurados.

—Y eso no importaba —dijo con tanto empecinamiento como es posible mostrar.

—Tal vez no —admití. Empecé a tener la idea de que en definitiva, era demasiado para mí. En fin de cuentas, ¿qué sabía yo?

—Muertos o no, no podía librarme —dijo—. Tenía que vivir, ¿no es verdad?

—Bueno, sí... si lo toma de esa manera —murmuré.

—Me alegré, por supuesto —dijo con negligencia, con los pensamientos fijos en otra cosa—. El escándalo —pronunció con lentitud, y levantó la cabeza—. ¿Sabe cuál fue mi primer pensamiento cuando me enteré? Sentí alivio. Sentí alivio de enterarme que esos gritos... ¿le dije que había oído gritos? ¿No? Bien pues los oí. Gritos de pedido de auxilio... impulsados por la llovizna. Imaginación, supongo. Y sin embargo no puedo... qué estúpido... los otros no los escucharon. Después les pregunté. Todos dijeron que no. ¿No? ¡Y yo los escuchaba aun en ese momento! Habría debido saberlo. Pero no pensé... sólo escuché.

Gritos muy débiles... día tras día. Y entonces el pequeño mestizo de aquí vino y me habló. "El Patna... cañonera francesa... nos remolcó con éxito a Adén... Investigación... Oficina de Marina... Hogar de Marinos... ¡Medidas tomadas para pensión y alojamiento!" Caminé con él, y gocé con el silencio. De modo que no había habido gritos. Imaginación. Tuve que creerle. Ya no escuchaba nada más. Me pregunto cuánto tiempo lo habría soportado. Y, además, empeoraba... quiero decir... eran más fuertes.

Reflexionó.

—¡Y yo no oía nada! Bueno... que así sea. Pero las luces. ¡Las luces se apagaron! No las vimos. No estaban allí. Si hubiesen estado, habría regresado nadando... habría vuelto y gritado al costado del barco... habría rogado que me hicieran subir a bordo... habría corrido el albur... ¿Lo duda?... ¿Cómo sabe qué sentía? ... ¿Qué derecho tiene a dudar?... En verdad, casi lo hice... ¿entiende? —Se le apagó la voz.— No había ni un resplandor... ni un resplandor —protestó, quejumbroso—. ¿No entiende que si lo hubiese habido, no me vería aquí? Me ve... y duda.

Sacudí la cabeza en señal de negación. El problema de las luces que se perdieron de vista cuando el bote no estaba a más de un cuarto de milla del barco era para discutirlo mucho. Jim se atuvo a su afirmación de que nada pudo verse después que terminó el primer chubasco; los otros afirmaron lo mismo a los oficiales del Avondale. Es claro que la gente meneó la cabeza y sonrió. Un viejo capitán que estaba sentado cerca de mí, en el tribunal, me cosquilleó la oreja con su blanca barba, para murmurar:

—Por supuesto, tienen que mentir.

En verdad, nadie mintió; ni siquiera el jefe de máquinas, con su historia de la luz del palo mayor que se apagaba como un fósforo que uno arroja. Por lo menos, no de manera consciente. Un hombre con el hígado en ese estado habría podido muy bien ver una chispa flotante, con el rabo del ojo, cuando lanza una mirada apresurada por sobre el hombro. No habían visto ninguna clase de luz, aunque estaban bastante cerca, y sólo podían explicarlo de una manera: el barco se había hundido. Era evidente y consolador. La rapidez con que se produjo el acto previsto había justificado su prisa. No era extraño que no buscasen otra explicación. Pero la verdadera era muy sencilla y en cuanto Brierly la sugirió, el tribunal dejó de preocuparse por el asunto. Si lo recuerdan, el barco estaba detenido, de proa al rumbo trazado a lo largo de la noche, con la popa levantada y la proa hundida en el agua, que llenaba el primer compartimiento delantero. Así de mal estibado, cuando la borrasca lo volteó un poco en la cuarta, viró de proa al viento, con tal brusquedad como si hubiese estado al ancla. Con ese cambio de posición, todas sus luces quedaron fuera de la vista del bote, durante unos momentos, a popa. Bien puede ser que, si las hubieran visto, habrían producido el efecto de un llamado mudo... que su resplandor, perdido en la oscuridad de la nube, hubiese tenido el misterioso poder de la mirada humana, que puede despertar sentimientos de remordimiento y piedad. Habría dicho: "Estoy aquí... todavía aquí"... ¿Y qué más puede decir el ojo del más abandonado de los seres humanos? Pero les volvió la espalda, como en desprecio del destino de ellos. Giró en redondo, pesado, para contemplar con furia y empecinamiento el nuevo peligro del mar abierto, al cual tan extrañamente sobrevivió para terminar sus días en una playa de desguace, como si su destino registrado hubiese sido morir en forma oscura bajo los golpes de muchos martillos. No puedo decir cuáles fueron los destinos finales que el destino reservó a los peregrinos. Pero el futuro inmediato trajo, a las nueve de la mañana siguiente, una cañonera francesa que volvía a su país desde Reunión.

El informe de su comandante era ya de propiedad pública. Se apartó un tanto de su rumbo para averiguar qué ocurría con el vapor que flotaba peligrosamente cerca, proa abajo, en un mar tranquilo y brumoso.

Había una enseña, con el emblema de la unión hacia abajo, flotando de su cangreja mayor (el serang había tenido la sensatez de poner la señal de pedido de ayuda a la luz del día). Pero los cocineros preparaban la comida, a proa, como de costumbre. Los puentes estaban tan repletos como un corral de ovejas; había gente encaramada a lo largo de las barandillas apiñada en la cubierta en una masa sólida; cientos de ojos miraban, y no se oyó un sonido cuando la cañonera se ubicó por el través, como si toda esa multitud de labios hubiese estado sellado por un hechizo.

El francés saludó, no obtuvo una respuesta inteligible, y después de asegurarse, con los binoculares, que la multitud de a bordo no parecía apestada decidió enviar un bote. Dos oficiales subieron a bordo, escucharon al serang, trataron de hablar con el árabe, nada entendieron.

Pero era claro que la naturaleza de la emergencia resultaba evidente.

También les asombró mucho descubrir a un blanco muerto y acurrucado en el puente. "Fort intrigués par ce cadavre", como me informó, mucho después, un maduro teniente francés con quien me topé una tarde en Sydney, por pura casualidad, en una especie de café, y que recordaba muy bien el asunto. En verdad, este asunto, puedo señalarlo de pasada, tuvo el extraordinario poder de desafiar la brevedad de los recuerdos y la longitud del tiempo. Parecía vivir, con una especie de rara vitalidad, en la mente de los hombres, en la punta de su lengua. Yo he tenido el dudoso placer de encontrarme con él a menudo, años irás tarde a miles de kilómetros de distancia, cuando surgía de la más remota conversación posible, cuando aparecía en la superficie de las alusiones más distantes. ¿Acaso no apareció entre nosotros esta noche?

Y yo soy aquí el único marino. Soy el único para quien es un recuerdo.

¡Y, sin embargo, se abrió paso! Pero si dos hombres que, desconocidos entre sí, y que están enterados del asunto, se encuentran por accidente en cualquier lugar de la tierra, el caso salta entre ellos con tanta certeza como el destino, antes que se separen. Yo nunca había visto antes al francés, y al cabo de una hora terminamos cada uno con el relato de su propia vida. Él no parecía muy parlanchín, en especial, yo tampoco.

Era un individuo tranquilo, macizo, de uniforme arrugado, sentado, dormitando ante un vaso semillero de cierto liquido oscuro. Sus charreteras estaban un poco deslustradas, sus mejillas afeitadas eran grandes y cetrinas; parecía un hombre aficionado a tomar rapé, ¿saben? No digo que lo hiciera, pero la costumbre habría coincidido con esa clase de hombre. Todo comenzó cuando me entregó un ejemplar de Home News, que yo no quería, a través de la mesa de mármol. "Merci", le dije. Intercambiamos unas frases en apariencia inocentes, y de pronto, antes que supiese cómo había sucedido, estábamos en mitad de ello, y él me contaba cuánto les había "intrigado el cadáver". Resultó que era uno de los oficiales que habían subido a bordo.

En el establecimiento en que nos hallábamos sentados se podía obtener una variedad de bebidas extranjeras que se reservan para los oficiales navales visitantes, y él bebió un trago del oscuro líquido de aspecto medicinal, que tal vez no era nada más desagradable que cassis à l’eau, y mientras miraba con un ojo dentro del vaso, meneó apenas la cabeza.

—Impossible de comprendre... vouz concevez —dijo, con curiosa mezcla de despreocupación y reflexividad. Me resultó muy fácil entender cuán imposible les había sido entender. En la cañonera, nadie sabía bastante inglés como para entender la historia, tal como la narraba el serang. Además, había mucho ruido alrededor de los dos oficiales.

—Se apiñaron en torno de nosotros. Había un círculo alrededor del muerto (autour de ce mort) —describió—. Era preciso ocuparse de lo más apremiante. Esas personas comenzaban a agitarse... Parbleu! Una muchedumbre como esa, ¿entiende? —acotó con filosófica indulgencia.

En cuanto al mamparo, aconsejó a su comandante que lo más seguro era dejarlo en paz, ya que tenía un aspecto tan sospechoso. Llevaron dos guindalezas a bordo en seguida (en toute hâte) y remolcaron al Patna —de popa—, cosa que, dadas las circunstancias, no era tan tonto, puesto que la rueda del timón estaba demasiado fuera del agua como para ser de alguna utilidad, y esa maniobra aliviaba la tensión sobre el mamparo, cuyo estado, afirmó con estólida volubilidad, exigía el mayor cuidado (éxigeait les plus grands ménagements). No pude dejar de pensar que mi nuevo conocido debió tener alguna voz en la mayor parte de esas medidas. Parecía un oficial digno de confianza, no ya muy activo, y, además, un aspecto muy de marino, en cierto modo, aunque mientras estaba sentado allí, con los gruesos dedos entrelazados ligeramente sobre el estómago, le recordaba a uno esos curas de aldea tranquilos manchados de rapé, en cuyos oídos se vierten los pecados, los sufrimientos, el remordimiento de generaciones campesinas, en cuyo rostro la expresión plácida y sencilla es como un velo dejado caer sobre el misterio del dolor y la congoja. Habría debido usar una raída soutane negra abotonada hasta la amplia barbilla en lugar de la levita con charreteras y botones de bronce. El ancho pecho se le hinchaba con regularidad mientras continuaba explicándome que fue un trabajo del demonio, como sin duda (sans doute) podía figurármelo yo mismo como marino (en votre qualité de marin). Al final del período inclinó su cuerpo un tanto hacia mí y, frunciendo los labios afeitados, permitió que el aire se escapara con un suave silbido.

—Por fortuna —continuó—, el mar estaba liso como esta mesa, y no soplaba más viento que aquí.

En verdad, el lugar me parecía intolerablemente cargado y caluroso. El rostro me ardía como si hubiese tenido suficiente juventud para turbarme y ruborizarme. Pusieron rumbo —continuó—, al puerto inglés más cercano, "naturellement", donde terminaba su responsabilidad, "Dieu merci"... E infló un poco las chatas mejillas...

—Porque, fíjese (notez bien), durante todo el tiempo del remolque tuvimos dos cabos de mar de guardia, con hachas, junto a las guindalezas, para librarnos de nuestro remolque en caso de que el otro barco.. Hizo aletear los pesados párpados, para dejar en claro todo lo posible su pensamiento.— ¡Qué quiere! Se hace lo que se puede (on fait ce qu'on peut) —y por un momento consiguió investir su pesada inmovilidad con una apariencia de resignación—. Dos cabos... treinta horas...

siempre allí. ¡Dos! —repitió, levantando un tanto la mano derecha, y exhibiendo dos dedos. Ese era el primer ademán que le veía hacer. Me proporcionó la oportunidad de "advertir" una cicatriz estrellada en el dorso de la mano... indudable efecto de un escopetazo. Y, como si mi visión se hubiese agudizado con ese descubrimiento, percibí también la cicatriz de una vieja herida, que comenzaba un poco por debajo de la sien y desaparecía de la vista bajo el corto cabello gris del costado de la cabeza... el roce de una lanza o el tajo de un sable. Volvió a entrelazar las manos sobre el estómago.

—Permanecí a bordo de ese... ese... mi memoria se va (s'en va), ¡Ah! Patt—nà. C'est bien ça. Patt—nà. Merci. Resulta rara la forma en que uno se olvida. Permanecí en ese barco durante treinta horas...

—¡De veras! —exclamé. Todavía mirándose las manos, frunció un tanto los labios, pero esta vez no silbó.

—Se consideró conveniente —respondió, levantando las cejas sin apasionamiento— que uno de los oficiales permaneciera para mantener los ojos abiertos (pour ouvrir l'oeil)... —suspiró, ocioso—, y para comunicarse por medio de señales con el barco de remolque, ¿entiende? ...

Etcétera. Por lo demás, también era mi opinión. Preparamos los botes para dejarlos caer... y también en ese barco adoptamos medidas... ¡En fin! Uno hizo todo lo posible. Era una situación delicada. Treinta horas.

Me prepararon algunos alimentos. En cuanto al vino... ni una gota. —De alguna manera extraordinaria, sin ningún cambio notable en su actitud inerte y en la plácida expresión de su rostro, se las arregló para transmitir la idea de un profundo disgusto.— Yo... cuando se trata de comer sin mi vaso de vino... estoy perdido.

Temí que me diese más detalles sobre su molestia, pues aunque no movió un miembro ni un músculo, hacía que uno tuviera conciencia de lo mucho que le irritaba el recuerdo. Pero pareció olvidarse de todo ello. Entregaron su carga a las "autoridades portuarias", como lo expresó él. Le llamó la atención la calma con que se la recibió.

—Cualquiera habría creído que todos los días les llevaban un hallazgo tan raro (drôle de trouvaille). Ustedes son extraordinarios comentó, con la espalda apoyada contra la pared, con un aspecto tan incapaz de exhibiciones emocionales como un saco de harina. Por casualidad había en ese momento un barco de guerra y un vapor de la marina india en el puerto, y él no ocultó su admiración ante la forma eficiente en que los botes de esos dos barcos libraron al Patna de sus pasajeros. En verdad, su aspecto aletargado nada ocultaba: tenía ese poder misterioso, casi milagroso, de producir efectos notables por medios imposibles de descubrir, lo cual constituye la última palabra del arte más elevado.

—Veinticinco minutos... reloj en mano... veinticinco, no más...

Abrió y volvió a cerrar los dedos sin separar las manos del vientre, y el ademán fue infinitamente más eficaz que si hubiese alzado los brazos al cielo, en señal de asombro...

—Toda esa gente (tout ce monde) en la costa... con sus bártulos...

No quedó nadie, salvo una guardia de marinos (marins de l’État) y ese interesante cadáver (cet intéres—sant cadavre). Veinticinco minutos.

Con la vista baja y la cabeza inclinada un tanto hacia un lado, pareció degustar con sabiduría, en la lengua, el sabor de un trabajo bien hecho. Lo convencía a uno, sin mayores demostraciones, que su aprobación tenía una gran importancia, y luego de reanudar su casi no interrumpida inmovilidad, siguió informándome que, como tenía la orden de partir hacia Tolón, zarparon dos horas más tarde "de modo que (de sorte que) hay muchas cosas en este incidente de mi vida (dans cet épisode de ma vie) que quedaron a oscuras".

Capítulo 13

Después de estas palabras, y sin un cambio de actitud, se sometió, por así decirlo, y de manera pasiva, a un estado de silencio. Yo le hice compañía, y de pronto, pero no con brusquedad, como si hubiese llegado el momento para que su voz moderada y ronca saliera de su inmovilidad, exclamó:

—¡Mon Dieu! ¡Cómo pasa el tiempo!

Nada habría podido ser más vulgar que esta frase. Pero su emisión coincidió, para mí, con un momento de visión. Es extraordinaria la manera en que pasamos por la vida con los ojos semi cerrados, con los oídos sordos, con los pensamientos dormidos. Y quizá sea mejor así; y es posible que este aturdimiento mismo haga que la vida resulte tan soportable y bienvenida para la incalculable mayoría. No obstante ello, fuimos muy pocos los que nunca conocimos uno de esos raros momentos de despertar en que vemos, oímos y entendemos tanto... todo...

en un relámpago... antes de volver a caer en nuestra agradable somnolencia. Levanté la vista cuando él habló, y lo vi como si nunca lo hubiese visto hasta entonces. Le vi la barbilla hundida en el pecho, los torpes pliegues de la chaqueta, las manos entrelazadas, la postura inmóvil, que de manera tan curiosa sugería que sencillamente había quedado abandonado allí. Por cierto que el tiempo había pasado; lo alcanzó y siguió adelante. Lo había dejado atrás, sin esperanzas, con muy pocos dones: el cabello gris acero, la pesada fatiga del rostro atezado, dos cicatrices, un par de deslucidas charreteras; uno de esos hombres firmes, dignos de confianza, que son la materia prima de grandes reputaciones, una de esas vidas inexplicadas que se sepultan, sin tambores ni trompetas, bajo los cimientos de éxitos monumentales.

—Ahora soy tercer teniente de la Victorieuse —(era la nave almirante de la escuadra francesa del Pacífico en la época), dijo, separando los Hombros de la pared, un par de centímetros, para presentarse. Yo incliné un tanto la cabeza desde mi lado de la mesa, y le dije que mandaba un mercante en ese momento anclado en la bahía de Rushcutters.

Él la había "percibido", una hermosa embarcación. Se mostró muy cortés al respecto, con sus modales impasibles. Incluso creo que llegó al punto de inclinar la cabeza, en alabanza, mientras repetía, respirando visiblemente.

—Ah, sí. Una pequeña embarcación pintada de blanco... muy hermosa... muy hermosa (très coquet).

Al cabo de un rato hizo girar poco a poco el cuerpo para enfrentar la puerta de vidrio que teníamos a la derecha.

—Una ciudad aburrida (triste ville) —hizo observar, mientras miraba hacia la calle. Era un día brillante; soplaba un fuerte viento del sur, y podíamos ver a los transeúntes, hombres y mujeres, zarandeados por el viento en las aceras, los frentes soleados de las casas, al otro lado del camino, borroneados por los altos remolinos de polvo.

—Bajé a tierra —dijo—, para estirar un poco las piernas, pero... —No terminó, y se hundió en las profundidades de su reposo.— Por favor, dígame —comenzó, y fue subiendo con pesadez—, ¿qué había en el fondo del asunto... con exactitud (au juste)? Es curioso. Ese muerto, por ejemplo, etcétera.

—También había hombres vivos —repliqué—. Mucho más curioso.

—Sin duda, sin duda —admitió, con voz apenas audible, y luego, como después de una madura reflexión, murmuró—. Es evidente. —Yo no ofrecí dificultades en lo referente a comunicarle lo que más me interesaba del caso. En apariencia, él tenía derecho a saberlo; ¿no se había pasado treinta horas a bordo del Patna... no había tomado la sucesión, por decirlo así, no había hecho "lo posible"? Me escuchó, con un aspecto más sacerdotal que nunca, y con lo que —tal vez a consecuencia de su mirada baja— tenía la apariencia de una devota concentración.

Una o dos veces enarcó las cejas (pero sin levantar los párpados), como quien dice "¡Qué demonios!" En una ocasión exclamó con serenidad "¡Ah, bah!", entre dientes, y cuando terminé frunció los labios en forma deliberada, y emitió una especie de silbido lastimero.

En cualquier otro habría podido ser una prueba de aburrimiento, un signo de indiferencia, pero él, a su manera oculta, se las compuso para hacer que su inmovilidad pareciera profundamente sensible, y tan repleta de pensamientos valiosos como un huevo lo está de alimentos.

Al final dijo nada más que "muy interesante", pronunciado con cortesía, y con fuerza no mucho mayor que la de un susurro. Antes que me recuperase de mi desilusión, agregó, pero como si hablase consigo mismo:

—Eso es. —La barbilla pareció hundírsele aún más en el pecho, el cuerpo pesar más en el asiento. Estaba a punto de preguntarle qué quería decir, cuando una especie de temblor preparatorio le recorrió todo el cuerpo, como puede verse una leve ondulación en el agua estancada antes de percibir el viento.— Y entonces el pobre joven huyó junto con los demás —dijo con grave tranquilidad.

No sé qué me hizo sonreír. La única sonrisa auténtica que recuerdo en relación con el caso de Jim. Pero en cierta forma esa sencilla exposición del asunto parecía graciosa en francés... “s'est enfui avec les autres", había dicho el teniente. Y de pronto comencé a admirar la discriminación del hombre. Advirtió el problema enseguida: descubrió lo único que me interesaba. Sentí como si adoptase una opinión profesional al respecto. La calma imperturbable y madura de él era la de un experto en posesión de los hechos, para quien las perplejidades ajenas son simples juegos de niños.

—¡Ah, los jóvenes, los jóvenes! —dijo, indulgente—. Y al fin de cuentas, uno no muere de eso.

—¿De qué? —pregunté con rapidez.

—De tener miedo. —Aclaró lo que quería decir y sorbió su bebida.

Vi que los últimos tres dedos de su mano herida estaban rígidos y no podían moverse con independencia uno del otro, de modo que tomaba el vaso con una garra torpe.

—Uno siempre tiene miedo. Uno puede hablar, pero... —Dejó el vaso con torpeza... — El temor, el temor... Mire... siempre está ahí... —Se tocó el pecho cerca de un botón de bronce, en el punto mismo en que Jim había propinado un golpe al suyo, cuando protestaba que su corazón estaba sano. Supongo que hice alguna señal de disidencia, porque insistió: —¡Sí, sí! Uno habla uno habla; todo está muy bien; pero en fin de cuentas, uno no es más inteligente que el prójimo.. . ni más valiente.

¡Valiente! Eso siempre queda por verse. He recorrido el mundo (roulé ma bosse) —dijo, usando la expresión de jerga con imperturbable seriedad— por todos sus rincones; conocí hombres valientes... ¡famosos!

¡Allez!... —Bebió con descuido... —Valientes... se da cuenta... en el servicio... hay que serlo... el oficio lo exige (le métier veut pa). ¿No es así? me preguntó, con acento razonable—. ¡Eh bien! Cada uno de ellos...

digo cada uno de ellos si eran hombres sinceros... bien entendu... confesaba que existía un punto... hay un punto... en los mejores de nosotros... en alguna parte hay un punto en que uno abandona todo (vous lachez tout). Y hay que vivir con esa verdad... ¿se da cuenta? Dada cierta combinación de circunstancias, es inevitable que surja el miedo.

Un pavor abominable (un trac épouvantable). Y aun entre quienes no creen en esta verdad, el miedo existe también... el miedo a sí mismos.

En absoluto. Créame. Sí, sí... a mi edad uno sabe lo que dice... ¡que diable!.. —Dijo todo eso con tanta inmovilidad, como si hubiese sido el vocero de la sabiduría abstracta. Pero en ese punto acentuó el efecto de desapego porque comenzó a hacer girar los pulgares con lentitud.— Es evidente... ¡parbleu! —continuó—. Pues, resuelva lo que le parezca, hasta un simple dolor de cabeza o una indigestión (un dérangement d'estomac) es suficiente para... ahí me tiene a mí, por ejemplo... pasé por mis pruebas. ¡Eh bien!, yo, que le estoy hablando, una vez...

Apuró la bebida y volvió a los pulgares giratorios.

—No, no; no se muere de eso —pronunció, por último, y cuando vi que no tenía la intención de continuar con la leyenda personal, sentí una gran desilusión. Tanto más cuanto, no era el tipo de relato, ¿sabe?, respecto del cual se puede insistir al relator. Permanecí en silencio, y él también, como si nada pudiese complacerlo más. Hasta los pulgares estaban inmóviles ahora. De pronto los labios empezaron a moverse.

—Es así —continuó, plácido—. El hombre nace cobarde (L'homme est né poltron). Es una dificultad, ¡parbleu! De lo contrario sería demasiado fácil. Pero la costumbre... la costumbre, la necesidad... ¿entiende?..

El ojo de los demás... voilà. Uno lo aguanta. Y, además, el ejemplo de otros que no son mejores que uno, y que, sin embargo, presentan buen semblante...

Se le interrumpió la voz.

—Ese joven... observe... no tenía ninguna de esas incitaciones... por lo menos en ese momento —señalé.

Levantó las cejas, perdonándome.

—No lo digo; no lo digo. El joven de que se trata habría podido tener la mejor de las disposiciones... la mejor de las disposiciones repitió, acezando un poco.

—Me alegro de que lo vea con benignidad —dije—. Los sentimientos de él al respecto eran... ¡Ay!... esperanzados, y...

El removerse de sus pies debajo de la mesa me interrumpió. Levantó los pesados párpados. Los levantó, digo... —ninguna otra expresión puede describir la firme voluntariedad del acto—, y al cabo se me reveló por completo. Me vi frente a dos estrechos circulitos grises, como dos minúsculos anillos de acero en torno de la profunda negrura de las pupilas. La mirada penetrante, en ese cuerpo macizo, daba una idea de extrema eficiencia, como el filo de navaja de un hacha de batalla.

—Perdón —dijo, puntilloso. Levantó la mano derecha y se bamboleó hacia delante—. Permítame... Afirmé que uno puede vivir muy bien sabiendo que su valentía no viene sola (ne vient pas tout seule). En eso no hay nada que lo pueda inquietar a uno. Una verdad más no puede hacer imposible la vida... Pero el honor... ¡el honor, monsieur!... El honor, eso es real... ¡Lo es! Y qué puede valer la vida cuando... —Se puso de pie con grave impetuosidad, como un buey sobresaltado podría levantarse del césped... —cuando el honor ha desaparecido... ¡oh ca, par exemple!.. No puedo ofrecer opiniones... no puedo ofrecer opiniones...

porque... señor... nada sé al respecto.

Yo también me había puesto de pie; tratamos de introducir una infinita cortesía en nuestras actitudes, y nos enfrentamos, mudos como dos perros de porcelana en la repisa de un hogar. ¡Maldito sea el tipo!

Había pinchado la burbuja. La enfermedad de la inutilidad que espera, agazapada, en los discursos de los hombres, había caído sobre nuestra conversación para convertirla en una cosa de sonidos huecos.

—Muy bien —dije, con sonrisa desconcertada—, ¿pero no podría reducirse por sí mismo a algo no descubierto?

Pareció estar a punto de contestar enseguida, pero cuando habló había cambiado de opinión.

—Esto, señor, es demasiado sutil para mí... está muy por encima...

no pienso en ello.

Hizo una pesada inclinación de cabeza por encima de su gorra, que sostenía ante sí por la visera, entre el pulgar y el índice de la mano herida. Yo le respondí con otra inclinación de cabeza. Lo hicimos juntos; frotamos los pies con mucha ceremonia, en tanto que un sucio ejemplar de camarero nos miraba con expresión crítica, como si hubiese pagado por el espectáculo.

—Serviteur —dijo el francés. Otro remover de pies—. Monsieur...

Monsieur...

La puerta de vidrio se balanceó por detrás de su robusta espalda.

Vi que el viento del sur hacía presa de él y lo empujaba hacia abajo, con la mano en la cabeza, los hombros cuadrados y los faldones de la chaqueta aplastados con fuerza contra las piernas.

Volví a sentarme solo y desalentado... desalentado por el caso de Jim. Si les extraña que después de más de tres años conservara su actualidad, deben saber que acababa de verlo hacía poco. Volvía directamente de Samarang, donde cargué un barco para Sydney; un negocio desde todo punto de vista carente de interés, lo que Charley, aquí presente, llamaría una de mis transacciones racionales, y en Samarang me encontré con Jim. Entonces trabajaba para De Jongh, por mi recomendación. Dependiente portuario. "Mi representante flotante", como lo llamaba De Jongh. No pueden imaginarse un modo de vida más despojado de consuelo, menos capaz de ser investido de una chispa de esplendor... como no sea el negocio de un corredor de seguros. El pequeño Bob Stanton —Charley lo conoce muy bien— había pasado por esa experiencia. El mismo que se ahogó después, al tratar de salvar a la criada de una dama en el desastre del Sephora. Un caso de colisión en una mañana brumosa, frente a la costa española si recuerdan. Todos los pasajeros fueron embarcados en botes y apartados del barco, cuando Bob se arrimó otra vez y trepó al puente para salvar a la joven. No entiendo cómo había que—dado allí; de cualquier modo, estaba loca por completo... No quería abandonar el barco... se aferraba a la baranda con torva decisión. El forcejeo se veía con claridad desde los botes, pero el pobre Bob era el primer oficial más bajo del servicio mercante, y la mujer tenía uno sesenta de estatura, calzada, y era tan fuerte como un caballo, según se me dijo. Y así siguieron, tironeo de aquí, tironeo de allá, y la desdichada chica chillando constantemente, y Bob lanzando un grito de vez en cuando, para advertir a su bote que se mantuviera alejado del barco. Uno de los marineros me dijo, ocultando una sonrisa ante el recuerdo:

—En verdad, señor, fue como si un joven perverso luchara con su madre. —El mismo viejo dijo que: —Por fin pudimos ver que Mr. Stanton había dejado de tironear de la chica, y que estaba allí, mirándola vigilante. Después pensamos que debe haber calculado que tal vez la acometida del agua la arrancaría de la baranda, muy pronto, y le daría una oportunidad de salvarla. No nos atrevimos a acercarnos. Y al cabo de un rato el viejo barco se hundió de repente, con una sacudida de babor... plop. La succión fue espantosa. Jamás vimos que nada vivo o muerto subiese a la superficie.

La parte de la vida de Bob que transcurrió en tierra fue de complicaciones en un asunto amoroso, según creo. Abrigaba la tierna esperanza de haber terminado con el mar para siempre, y estaba seguro de poseer todas las bendiciones de la tierra, pero a la postre terminó con un corretaje. No sé qué primo de él, de Liverpool, lo puso en eso. Solía contarnos todas sus experiencias en ese terreno. Nos hacía reír hasta el llanto y, no del todo molesto con el efecto, bajo y barbudo hasta la cintura, como un gnomo, se acercaba a nosotros en puntas de pie y decía:

—Está muy bien que ustedes, pobre diablos se rían, pero mi alma inmortal quedó encogida hasta el tamaño de una arveja seca después de una semana de ese trabajo.

No sé cómo se adaptó el alma de Jim a las nuevas condiciones de su vida —yo estaba muy ocupado consiguiéndole algo que le mantuviera juntos el alma y el cuerpo—, pero estoy muy seguro de que su fantasía aventurera sufría todos los tormentos del hambre. Por cierto que en su nueva profesión nada había que pudiese alimentarlo. Era una pena verlo en el trabajo, aunque lo encaraba con la empecinada serenidad que debo reconocerle. Vigilé su pesado trajín con la muy peregrina idea de que se trataba de un castigo por el heroísmo de su fantasía, una expiación de sus ansias de más esplendores de los que podía soportar.

Le había agradado demasiado imaginarse como un glorioso caballo de carrera, y ahora estaba condenado a un trajín sin honor, como burro de vendedor ambulante de hortalizas. Lo hacía muy bien. Se encerraba, bajaba la cabeza, jamás pronunciaba una palabra. Muy bien; muy bien en verdad... salvo ciertos estallidos fantásticos y violentos, en las deplorables ocasiones en que el irreprimible caso del Patna volvía a surgir. Por desgracia, el escándalo de los mares de Oriente no quería extinguirse. Y ese es el motivo de que jamás pudiera sentir que había terminado con Jim para siempre.

Me quedé pensando en él, sentado, después que se fue el teniente francés, pero no en relación con la trastienda fría y lóbrega de De Jongh donde no hacía mucho nos habíamos dado un rápido apretón de manos, sino tal como lo había visto, años atrás, en los últimos parpadeos de la vela a mi lado, en la larga galería de la Casa Malabar, con el frío y la oscuridad de la noche a su espalda. Tenía suspendida sobre la cabeza la respetable espada de las leyes de su país. Mañana, ¿o acaso hoy? (la medianoche se había deslizado mucho antes que nos separáramos), el magistrado policial de rostro marmóreo, después de distribuir multas y encarcelamientos en el caso de atraco, tomaría la espantosa arma y la dejaría caer sobre el cuello inclinado de él. Nuestra comunión nocturna se pareció, en forma poco común, a la última vigilia con un condenado. Y, además, era culpable. Era culpable... como yo mismo me lo dije en repetidas ocasiones, culpable y terminado; sin embargo, deseaba ahorrarle el simple detalle de una ejecución formal.

No pretendo explicar las razones de mis deseos... no creo que pudiese; pero si a esta altura ustedes no tienen alguna idea al respecto, entonces debo haber sido muy oscuro en mi narración, o ustedes han estado demasiado adormilados para entender el sentido de mis palabras. No defiendo mi moral. No existía moral en el impulso que me indujo a presentarle el plan de evasión de Brierly —puedo llamarlo así— en toda su primitiva sencillez. Estaban las rupias ya preparadas en mi bolsillo, y muy a su servicio; ¡oh, un préstamo, un préstamo, por supuesto!, y si una presentación para un hombre (en Rangún) podía hacer que consiguiese algún trabajo... ¡pero con el mayor placer! Tenía pluma, tinta y papel en mi habitación del primer piso. E inclusive mientras hablaba me sentía impaciente la carta: día, mes, año, dos y treinta de la mañana, iniciar bien de nuestra vieja amistad le pido que consiga algún trabajo para Mr. James tal y cual, en quien etcétera, etcétera... Estaba dispuesto a escribir en esa vena. Si no se había granjeado mi simpatía hizo algo más: llegó a la fuente y origen mismos de ese sentimiento, tocó la secreta sensibilidad de mi egoísmo. No les oculto nada, porque si lo hiciese mi acción parecería más ininteligible de lo que acto de hombre alguno tiene derecho a serlo; y —en segundo lugar— mañana olvidarán mi sinceridad, junto con las otras lecciones del pasado. En esta transacción, para hablar con grosería y precisión, yo era el hombre irreprochable; pero las sutiles intenciones de mi inmoralidad fueron frustradas por la sencillez moral del delincuente. No cabe duda de que él también era egoísta, pero su egoísmo tenía un origen más elevado, un objetivo más alto. Descubrí que, dijese yo lo que quisiera, él ansiaba pasar por la ceremonia de la ejecución. Y Yo le dije mucho, pues sentí que en la discusión su juventud tendría un peso muy grande frente a mí: él creía, cuando yo ya había dejado de dudar. Había algo de magnífico en la locura de su esperanza inexpresada, y casi no formulada.

—¡Huir! Ni se me ocurrió pensar en eso —dijo, con un movimiento de cabeza.

—Le hago un ofrecimiento por el cual no pido ni espero ningún tipo de gratitud —dije—. Me devolverá el dinero cuando le resulte conveniente, y...

—¡Muy amable de su parte! —murmuró sin levantar la vista. Me miró con atención; el futuro debe haberle parecido horriblemente incierto, pero no vaciló, como si en verdad su corazón no tuviese debilidad alguna. Me sentí furioso... y no por primera vez esa noche.

—Todo este condenado asunto —dije— es bastante amargo, me parece, para un hombre de su especie...

—Lo es, lo es —susurró dos veces, con la vista clavada en el suelo.

Era desgarrador. Se erguía por encima de la luz, y yo podía verle el vello de la mejilla un cálido color bajo la lisa piel de su rostro. Créanme o no, digo que resultaba tremendamente desgarrador. Me impulsó a la brutalidad.

—Si —dije—. Permítame que le confiese que me resulta en todo sentido imposible imaginar qué ventaja espera de este tragar las heces.

—¡Ventaja! —murmuró, saliendo de su silencio.

—Maldito si lo entiendo —dije, colérico.

—He estado tratando de explicarle todo —continuó él, con lentitud, como si meditase acerca de algo que no tenía respuesta—. Pero en definitiva es mi problema. —Abrí la boca para replicar, y de pronto descubrí que había perdido toda confianza en mí; y era como si también él me hubiese abandonado, pues masculló, como un hombre que piensa en voz alta: — Me fui... me interné en hospitales... Ninguno quería encararlo... ¡Ellos! —Movió la mano apenas, para sugerir desprecio.— Pero tengo que superar esto, y no debo esquivarlo ni... No voy a esquivar nada.

Guardó silencio. Miró como si estuviese hechizado. Su rostro inconsciente reflejó las rápidas expresiones de desdén, desesperación, decisión; las reflejó por turno, como un espejo mágico reflejaría el veloz paso de sombras ultra terrenales. Vivía rodeado de fantasmas engañosos, de sombras austeras.

—¡Ah, tonterías, mi querido amigo! —comencé a decir. Él tuvo un movimiento de impaciencia.

—Parece que no entiende —dijo, incisivo. Y luego me miró sin un parpadeo—. Puede que haya saltado, pero no huyo.

—No quise ofender —dije. Y agregué, con tono estúpido—: mejores hombres que usted encontraron conveniente huir, en algunas ocasiones.

Se ruborizó por completo, en tanto que en mi confusión casi me ahogaba con mi propia lengua.

—Es posible —respondió al cabo—. No soy lo bastante bueno. No puedo permitírmelo. Estoy obligado a luchar con esto hasta el fin...

estoy luchando ahora.

Me levanté de la silla y me sentí envarado. El silencio era turbador, y para terminarlo no se me ocurrió nada mejor que afirmar:

—No tenía idea de que fuese tan tarde —en tono ligero...

—Apuesto a que usted ya está cansado de esto —dijo él, brusco—. Y para decirle la verdad —miró en torno, buscando el sombrero—, también yo.

¡Bien! Había rechazado esta oferta singular. Había apartado mi mano de ayuda; estaba dispuesto a irse, y más allá de la balaustrada la noche parecía esperarlo, muy inmóvil, como si lo hubiese señalado por sorpresa. Escuché su voz.

—¡Ah! Aquí está. —Encontró el sombrero. Durante unos segundos quedamos pendientes en el viento.

—¿Qué hará después... después..? —pregunté en voz muy baja.

—Lo más probable es que me vaya al demonio —respondió con un murmullo hosco. En cierto grado, recuperé la serenidad, y me pareció mejor tomarlo a la ligera.

—Recuerde por favor —dije—, que me gustaría mucho volver a verlo antes de que se vaya.

—No sé qué puede impedírselo. Todo este asunto no me volverá invisible —dijo con intensa amargura—, no tendré esa suerte. —Y después, en el momento de despedirse, ofreció un espantoso revoltijo de dudosos balbuceos y movimientos, una horrenda exhibición de vacilaciones.

Dios lo perdone. ¡A mí! Se le había metido en la imaginativa cabeza que era posible que yo no me mostrase dispuesto a estrecharle la mano.

Resultaba demasiado atroz para decirlo con palabras. Creo que de pronto le grité como se le grita a un hombre a quien se ve a punto de dejarse caer de un risco. Recuerdo que levantamos las voces. La aparición de una desdichada sonrisa en su rostro, un aplastante apretón de mi mano, una risa nerviosa. La vela chisporroteó y se apagó, y el asunto terminó por fin, con un gemido que me llegó flotando en la oscuridad. De alguna manera se alejó. La noche devoró su figura. Era un horrible chapucero. Horrible. Oí el rápido crujido de la grava bajo sus botas. Corría. Ni más ni menos: corría, sin lugar a donde ir. Y todavía no había cumplido los veinticuatro años.

Capítulo 14

Dormí poco, me apresuré con el desayuno y luego de una leve vacilación abandoné la visita temprana a mi barco. En verdad estaba muy mal de mi parte, porque aunque mi primer oficial era un hombre excelente en todo sentido, era víctima de tan negras imaginaciones, que si no recibía una carta de su esposa en el momento esperado, enloquecía de cólera y celos perdía su dominio del trabajo, reñía con todos, o bien lloraba en su camarote, o desarrollaba tal ferocidad en el trato, que prácticamente llevaba a la tripulación al borde del motín. Eso siempre me había resultado inexplicable: hacía trece años que estaban casados; yo la vi una vez, y en verdad no podía concebir a un hombre tan abandonado como para hundirse en el pecado por una persona tan poco atractiva. Y no me equivoqué al abstenerme de presentar esta opinión al pobre Selvin; el hombre se construía un pequeño infierno en la tierra para su uso personal, y además yo también sufría de manera indirecta, pero no cabe duda de que cierto tipo de falta de delicadeza me lo impedía. Las relaciones maritales de los marinos resultarían un tema interesante, y yo podría hablarles de casos... Pero este no es el momento ni el lugar, y nos ocupamos de Jim, que era soltero. Si su imaginativa conciencia o su orgullo; si todos los extravagantes fantasmas y austeras sombras que fueron los desastres familiares de su juventud, no le permitían huir del tajo, yo de quien por supuesto, no se puede sospechar que sea uno de esos familiares, me veía irresistiblemente impulsado a ir y ver cómo rodaba su cabeza. Me encaminé hacia el tribunal.

No abrigaba esperanzas de impresionarme o edificarme mucho, o de sentir gran interés o siquiera asustarme, aunque, mientras existe vida ante uno, un buen susto de vez en cuanto es una disciplina saludable.

Tampoco esperaba llegar a una depresión tremenda. Lo horrendo de su castigo consistía en su atmósfera fría y mezquina. La verdadera significación del delito consiste en que es una violación de la fe de la comunidad del hombre, y desde ese punto de vista él no era un traidor ruin, pero su ejecución venía a ser una cosa oculta e insignificante. No había elevados patíbulos, ni telas escarlatas (¿tienen telas escarlatas en Tower Hill? Deben haberlas tenido), ni una multitud empavorecida, que se horrorizase ante su culpa y llegara a las lágrimas ante su destino; ni un ambiente de sombrío castigo. Mientras caminaba, veía la clara luz del sol, un brillo demasiado apasionado como para ser consolador, las calles repletas de fragmentos confusos de color, como un calidoscopio roto: amarillo, verde azul, un blanco enceguecedor, la desnudez morena de un hombro descubierto, una carreta de bueyes cor, un toldo rojo, una compañía de infantería nativa de color parduzco, con cabezas morenas que marchaban con polvorientas botas de cordones, un policía nativo de sombrío uniforme de corte económico, con cinturón de cuero charolado, quien me miró con lastimosa expresión oriental, como si su espíritu migratorio sufriera enormidades ante el imprevisto —¿cómo se los llama?—avatar, encarnación. Bajo la sombra de un árbol solitario, en el patio, los aldeanos vinculados con el caso de agresión se hallaban sentados en un grupo pintoresco parecido a una cromolitografía de un campamento, en un libro de viajes del Oriente.

Se echaba de menos el obligatorio hilo de humo del primer plano, y los animales de carga pastando en los alrededores. Una desnuda pared amarilla se erguía detrás, por encima del árbol, y reflejaba el resplandor. La sala del tribunal era sombría, parecía más vasta. Muy arriba, en el" lóbrego espacio, los punkahs se balanceaban en leves movimientos de atrás adelante, de atrás adelante. Aquí y allá, una figura envuelta, empequeñecida por las paredes desnudas, se mantenía sin moverse en medio de hileras de bancos vacíos, como absorta en piadosas meditaciones. El demandante, quien había sido golpeado, un obeso hombre de color chocolate y cabeza afeitada, un gordo pecho al aire y una marca de casta de amarillo brillante sobre el puente de la nariz, se hallaba sentado con pomposa inmovilidad. Sólo le brillaban los ojos, que revoleaba en la penumbra, y las fosas nasales se dilataban y hundían con violencia cuando respiraba. Brierly se dejó caer en su asiento, con aspecto de extenuado, como si se hubiese pasado la noche corriendo por una pista de escoria de cenizas. El piadoso capitán de veleros parecía excitado y hacía movimientos inquietos, como si contuviera con dificultad un impulso de ponerse de pie y exhortarnos, con sinceridad, a la oración y el arrepentimiento. La cabeza del magistrado, delicadamente pálida bajo el cabello ordenado con pulcritud, se parecía a la cabeza de un inválido sin cura después de haber sido lavado, cepillado y sentado en la cama. Apartó el jarrón de flores —un ramo de púrpura, con unos pocos capullos rosados al extremo de largos tallos—, tomó con ambas manos una larga hoja de papel azulado, la recorrió con la vista, apoyó los antebrazos en el borde del escritorio y comenzó a leer en voz alta, con acento claro, parejo y despreocupado.

¡Cielos! A pesar de todas mis tonterías sobre patíbulos y cabezas que ruedan... les aseguro que era mucho peor que una decapitación. Un pesado sentimiento de finiquitud pendía sobre todo ello, no atenuado por la esperanza del descanso y la seguridad después de la caída del hacha. Estos procedimientos tenían toda la fría vengatividad de una sentencia de muerte, toda la crueldad de una sentencia de exilio. Así lo vi yo esa mañana, y aun ahora me parece ver un innegable vestigio de verdad en esa exagerada visión acerca de un suceso común. Ya podrán imaginar todo lo que yo sentía en ese momento. Quizá sea por eso que no podía acostumbrarme a admitir el fin. El asunto estaba siempre vivo en mí, siempre me encontraba ansioso por opinar acerca de él, como si no hubiese estado ya prácticamente resuelto, opiniones individuales...

opiniones internacionales... ¡caramba! Ese francés, por ejemplo. El pronunciamiento de su país fue emitido en la fraseología carente de pasión, definida, que usaría una máquina si las máquinas pudieran hablar. La cabeza del magistrado estaba semioculta por el papel, su frente era como de alabastro.

Se presentaron varias preguntas ante el tribunal. La primera, acerca de si el barco era en todo sentido sólido y apropiado para el viaje. El tribunal decidió que no. El punto siguiente, recuerdo, era el de si, hasta el momento del accidente, el barco había sido piloteado con cuidados adecuados y competentes. A eso se respondió que sí, Dios sabe por qué, y después declararon que no existían pruebas que mostrasen la causa exacta del accidente. Tal vez algún resto de naufragio flotante.

Recuerdo que una barca noruega, rumbo a alta mar con una carga de pinotea, había sido dada por perdida, por esos días, y era el tipo de embarcación que podía darse vuelta en una borrasca y flotar, quilla arriba, durante meses; una especie de monstruo marítimo, al acecho, para matar barcos en la oscuridad. Estos cadáveres vagabundos son bastante comunes en el Atlántico norte, recorrido por todos los terrores del mar: neblinas, bancos de hielo, barcos muertos dedicados a causar daños, y largos y siniestros ventarrones que caen sobre uno como un vampiro, hasta que desaparecen toda la fuerza y el espíritu, y aun las esperanzas, y uno se siente como la cáscara vacía de un hombre. Pero allí —en esos mares— el incidente era lo bastante raro como para parecerse a un ordenamiento especial de una providencia malévola y, salvo que tuviese como objeto matar al hombre—burro y hacer caer sobre Jim algo peor que la muerte, parecía una acción endemoniada y en todo sentido carente de objetivo. Esa idea distrajo mi atención. Durante un tiempo tuve conciencia de la voz del magistrado nada más que como un sonido; pero en un momento se modeló en palabras claras...

—... en completo abandono de sus obligaciones —decía. La siguiente frase se me escapó, y luego—: ... abandonar, en el momento de peligro, las vidas y propiedades que se les habían confiado... —continuó la voz, con tono parejo, y se interrumpió. Un par de ojos, bajo la frente blanca, lanzaron una oscura mirada por encima del borde de papel.

Busqué a Jim deprisa, como si hubiese esperado que desapareciera.

Estaba muy inmóvil... pero presente. Se encontraba sentado, rosado y rubio, y muy atento—. Por lo tanto... —siguió la voz, enfática. Jim miraba con los labios entreabiertos, pendiente de las palabras del hombre de atrás del escritorio. Le llegaron a través del silencio, transportadas por el viento que producían los punkahs, y yo, que vigilaba su efecto sobre él, sólo percibí algunos fragmentos del lenguaje oficial... —El tribunal...

Tal y Cual... nativo de Alemania... James Tal y Cual... primer oficial...

licencias canceladas.

Se hizo un silencio. El magistrado dejó el papel, se inclinó de costado, sobre el brazo de la butaca, y comenzó a hablar con Brierly.

La gente empezó a salir; otros pugnaban por entrar, y yo también me dirigí hacia la puerta. Afuera me quedé clavado en el lugar, y cuando Jim pasó ante mí, camino al portón, lo tomé del brazo y lo detuve. La mirada que me lanzó me desconcertó, como si hubiese sido responsable de su situación; me miró como si hubiera sido el mal encarnado.

—Todo terminó —balbuceé.

—Sí —respondió con voz espesa—. Y ahora, que hombre alguno...

Se soltó el brazo con una sacudida. Yo contemplé su espalda mientras se alejaba. Era una calle larga, y permaneció ante mi vista durante algún rato. Caminaba con cierta lentitud, y abría un poco las piernas, como si le resultase difícil mantenerse en línea recta. Antes de perderlo de vista, me pareció que se tambaleaba un poco.

—Hombre al agua —dijo una voz profunda detrás de mí. Me volví y vi a un individuo a quien conocía un poco, un hombre de Australia occidental. Se llamaba Chester. También él miraba a Jim. Era un hombre de inmensa caja toráxica, un rostro afeitado, tosco, de color caoba, y dos mechones romos de color gris hierro, pelos gruesos y duros en el labio superior. Había sido pescador de perlas salvador de barcos a punto de naufragar, comerciante, y también ballenero, creo. Según sus propias palabras... todas y cada una de las cosas que un hombre puede hacer en el mar, salvo pirata. El Pacífico, norte y sur, era su territorio de caza. Pero había vagado extensamente en busca de un vapor barato que comprar. En los últimos tiempos descubrió —así dijo— una isla de guano en alguna parte, pero sus accesos eran peligrosos; y el ancladero, tal como existía, no podía considerarse seguro, para no decir más.

—Casi una mina de oro —exclamaba—. En el centro mismo de los arrecifes de Walpole, y si es cierto que no se puede encontrar fondo en ninguna parte, en menos de cuarenta brazas, ¿qué importa? También están los huracanes, pero es algo de primera agua. ¡Casi como una mina de oro... mejor! Todavía no hay un solo tonto que se haya dado cuenta. No puedo encontrar un capitán o un armador que se acerque al lugar. De modo que decidí llevar yo mismo el maldito asunto adelante...

Para eso necesitaba un vapor —y yo sabía que entonces negociaba con entusiasmo, con una firma parsi por un viejo anacronismo marinode noventa caballos de fuerza, armado como un bergantín. Nos habíamos encontrado y conversado varias veces. Miró con aire de conocimiento a Jim, quien se retiraba.

—¿Se lo toma a pecho? —preguntó, despectivo.

—Mucho —respondí.

—Entonces no sirve —opinó—. ¿A que viene todo el alboroto? Un trozo de piel de asno. Eso todavía no consiguió hacer nunca a un hombre. Hay que ver las cosas tales como son... si no, es mejor que se entregue enseguida. Jamás hará nada en este mundo. Míreme. Yo me acostumbré a no tomarme nunca nada a pecho.

—Sí —dije—, ve las cosas tales como son.

—Ojalá pudiese ver a mi socio acompañándome, eso es lo que deseo ver —dijo—. ¿Conoce a mi socio? El viejo Robinson. Sí, él Robinson.

¿No lo conoce? El famoso Robinson.

El hombre que contrabandeó más opio y cazó más focas, en su tiempo, que ninguna otra persona viviente. Dicen que solía abordar las goletas en Alaska cuando la niebla era tan densa que sólo el Señor, únicamente Él, podía distinguir a un hombre de otro. El Terrorífico Robinson. De él se trata. Está conmigo en ese asunto del guano. La mejor oportunidad que se le ha presentado en la vida. —Acercó los labios a mi oído: —¿Caníbal? Bien así solían llamarlo hace muchos, muchos años. ¿Recuerda la historia? Naufragio en la costa oeste de la isla Stewart; así es, siete llegaron a tierra, parece que no se entendían muy bien entre sí. Algunos hombres son demasiado quisquillosos para cualquier cosa... no saben cómo sacar el mejor partido de una mala situación... No ven las cosas como son... ¡como son, amigo! Entonces, ¿cuál es la consecuencia? ¡Evidente! Problemas, problemas; un golpe en la cabeza, con toda probabilidad; y se lo tienen merecido. Ese tipo de gente es más útil cuando está muerta. La historia dice que un bote del barco de Su Majestad Wolverine lo encontró de rodillas entre las algas, desnudo como el día en que nació, y entonando no sé qué salmo; una nevada ligera caía en ese momento. Esperó hasta que el barco estuvo a un remo de distancia de la playa, y entonces se levantó y huyó. Lo persiguieron durante una hora por entre peñascos, hasta que un marinero le arrojó una piedra que le dio en forma providencial detrás de la oreja y lo dejó sin sentido. ¿Solo?

Por supuesto. Pero eso se parece al relato de las goletas que cazan focas; Dios sabe dónde está la verdad, y dónde la mentira en esa narración. El cúter no investigó mucho. Lo envolvieron en una empavesada y se lo llevaron con tanta rapidez como les fue posible, pues ya caía una noche oscura, el tiempo era amenazante y el barco hacía disparos de llamado cada cinco minutos. Tres semanas después estaba tan bien como siempre. No permitió que lo molestara nada del alboroto que se hizo en tierra; cerró los labios con fuerza y dejó que la gente chillara.

Ya era bastante el haber perdido su barco, y por añadidura todo lo demás, sin tener que prestar atención a los insultos que le dirigían. Ese es un hombre como me gustan a mí. —Levantó el brazo para llamar a alguien al otro extremo de la calle.— Tiene un poco de dinero, de modo que yo le permito intervenir en mi asunto. ¡Me vi obligado! Habría sido un pecado desperdiciar semejante hallazgo, y yo no tenía ni una moneda. Me molestó mucho, pero pude ver el caso tal como era, y si debo compartir —pienso— con cualquier hombre, entonces denme a Robinson. Lo dejé desayunando en el hotel, para venir al tribunal, porque tengo una idea. ¡Ali! Buenos días, capitán Robinson... un amigo mío, el capitán Robinson.

Un flaco patriarca de traje de dril blanco, un casco de corcho con forro verde en el ala sobre la cabeza, tembloroso de vejez, se nos unió después de cruzar la calle en un trotecito de pies arrastrados, y se apoyó con ambas manos en el mango de un paraguas. Una barba blanca con hilos color ámbar le colgaba, fláccida, hasta la cintura. Me miró, moviendo los arrugados párpados, con mirada de desconcierto.

—¿Como le va? ¿Cómo le va? —dijo con voz aguda y afable, y se bamboleó.

—Un poco sordo —dijo Chester.

—¿Lo hizo arrastrarse diez mil kilómetros para conseguir un vapor barato? —pregunté.

—Le habría hecho dar dos veces la vuelta al mundo con la misma facilidad con que lo miro —dijo Chester con inmensa energía—. El vapor nos salvará, amigo. ¿Tengo yo la culpa de que todos los capitanes y armadores de la maldita Australasia sean unos condenados tontos? Una vez hablé durante tres horas con un hombre en Aukland. "Mande un barco —le dije—, mande un barco. Le daré la mitad de la primera carga para usted, gratis, por nada... nada más que para un buen comienzo."

"No lo haría —responde— aunque no hubiese otro lugar en la tierra al cual mandar un barco." Un asno de cabo a rabo, por supuesto. Rocas, corrientes, sin ancladeros, un acantilado desnudo, ninguna compañía de seguros correría el riesgo, no veía cómo podría llegar a completar la carga en menos de tres años. ¡Asno! Casi me puse de rodillas ante él.

"Pero mire cómo es eso —le dije—. Al demonio con las rocas y huracanes. Mírelo tal como es. Allí hay guano, los plantadores de azúcar de Queensland se pelearán por eso... se pelearán en el muelle, se lo aseguro"... ¿Qué se puede hacer con un tonto?... "Esa es una de sus bromitas, Chester", me dice... ¡Bromita! Habría podido llorar. Pregúnteselo al capitán Robinson. Y había otro tipo, un armador... un sujeto obeso, de chaleco blanco, en Wellington, quien pareció creer que yo estaba tramando una estafa, o algo por el estilo. "No sé qué tipo de imbécil está buscando —me dice—, pero en este momento estoy muy ocupado, buenos días." Tuve deseos de tomarlo con las dos manos y arrojarlo por la ventana de su propia oficina. Pero no lo hice. Me porté con tanta dulzura como un cura. "Piénselo —le digo—. Piénselo. Volveré mañana." Gruñó algo acerca de que "estaré afuera todo el día". En la escalera estuve a punto de golpearme la cabeza contra la pared, de irritación.

El capitán Robinson puede decírselo. Era horrible pensar en todo ese material derrochándose al sol... material que haría que la caña de azúcar subiera hasta el cielo. ¡La fortuna de Queensland! ¡La fortuna de Queensland! Y en Brisbane, a donde fui para hacer un último intento, me tildaron de lunático. ¡Idiotas! El único hombre sensato con quien me crucé fue el cochero que me llevaba de un lado al otro. Era un petimetre venido a menos, supongo. ¡Eh! ¿Capitán Robinson? ¿Recuerda que le hablé de mi cochero de Brisbane? El tipo tenía un olfato maravilloso para las cosas. Lo vio en el acto. Era un verdadero placer hablar con él. Una noche, después de un día endemoniado entre armadores, me sentí tan mal que le digo: "Tengo que emborracharme. Venga conmigo; debo emborracharme o me enloqueceré." "Soy su hombre —dice él— adelante." No sé qué habría hecho sin él. ¡Eh, capitán Robinson!

Propinó un golpecito a su socio en las costillas.

—¡Je, je, je! —rió el anciano, miró sin ver calle abajo, y luego me atisbó con pupilas tristes, opacas... —¡Je, je, je!..

Se apoyó con más fuerza en el paraguas, y dejó caer la vista al suelo. No tengo que decirles que traté de irme varias veces, pero Chester frustró todos los intentos mediante el simple recurso de tomarme de la chaqueta.

—Un minuto. Tengo una idea.

—¿Cuál es su maldita idea? —estallé al cabo—. Si piensa que voy a ir con usted...

—No, no, amigo, demasiado tarde aunque lo quisiera. Tenemos un vapor.

á, —Tienen el fantasma de un vapor —repliqué.

—Suficiente para comenzar... no nos andamos con tontos problemas de superioridad. ¿No es cierto, capitán Robinson?

—¡No, no, no! —graznó el anciano sin levantar la vista, y el senil temblor de la cabeza se le volvió casi feroz de decisión.

—Entiendo que conoce a ese joven —dijo Chester, con un movimiento de cabeza hacia la calle por la cual Jim había desaparecido hacía rato—. Ayer por la noche estuvo cenando con usted en la Malabar... Así me dijeron.

Dije que eso era cierto, y después de señalar que también a él le agradaba vivir bien y en gran estilo, sólo que, por el momento, tenia que ahorrar hasta el último penique.

—¡Nunca es suficiente para el negocio! ¿No es cierto, capitán Robinson?"—, cuadró los hombros y se acarició el hirsuto bigote, en tanto que el conocido Robinson, quien tosía a su lado, se aferraba más que nunca al mango del paraguas y parecía dispuesto a desmoronarse de manera pasiva en un montículo de huesos viejos.

—¿Entiende?, el viejo tiene todo el dinero —susurró Chester, con tono confidencial—. Yo quedé sin nada al tratar de poner a punto las malditas máquinas. Pero espere un poco, espere un poco. Ya llegan los buenos tiempos... —De pronto apareció asombrado ante las señales de impaciencia que yo exhibía.— ¡Ah, caramba! —exclamó—. Le hablo de lo más grande que nunca existió y usted...

—Tengo una cita —expliqué con debilidad.

—¿Y qué? —preguntó con auténtica sorpresa—. Que espere.

—Eso es exactamente lo que ocurre en este momento —respondí—.

¿No será mejor que me diga lo que quiere?

—Compraré veinte hoteles como ese —gruñó para sí—, y a todos los tipos que se hospedan en él también... veinte veces. —Levantó la cabeza con vivacidad.— Quiero a ese joven.

—No entiendo —respondí.

—No sirve, ¿eh? —dijo Chester con sequedad.

—Acerca de eso, nada sé —protesté.

—Pero si usted mismo me dijo que se lo tomaba a pecho argumentó Chester—. Bien. En mi opinión, un tipo que es... De cualquier manera, no puede ser muy útil. Pero por lo demás, ¿entiende?

Busco a alguien y tengo una cosa que le vendrá bien. Le daré un trabajo en mi isla. —Asintió significativamente.— Voy a llevar a cuarenta culís allí... aunque tenga que robarlos. Alguien debe trabajar en el guano. ¡Oh, pienso actuar como corresponde: cobertizo de madera, techo de hierro acanalado! Conozco a un hombre en Hobart que aceptará mi letra a seis meses por los materiales. Estoy seguro. Honorable.

Y después está el abastecimiento de agua. Tendré que buscar por todas partes y conseguir que alguien me confíe media docena de tanques de hierro de segunda mano. Para recoger el agua de lluvia, ¿eh? Que él se ocupe de eso. Lo convertiré en el amo supremo de los culís. Buena idea, ¿no es verdad? ¿Qué le parece?

—Pasar años enteros antes que caiga una gota de lluvia en Walpole —dije, demasiado asombrado como para reírme. Él se mordió los labios y pareció molesto.

—Oh, bueno, ya encontraré algo para ellos... o llevaré el abastecimiento. ¡Maldito sea! No se trata de eso.

Nada dije. Tuve una rápida visión de Jim encaramado en una roca que no proyectaba sombra, hundido en el guano hasta las rodillas con los gritos de las aves marinas en los oídos, la bola incandescente del sol sobre la cabeza. El cielo desierto y el océano desierto, temblorosos, cabrilleando juntos, en el calor, hasta donde alcanzaba la vista.

—No le aconsejaría a mi peor enemigo... —comencé a decir.

—¿Qué le pasa? —gritó Chester—. Pienso darle una buena participación. Es decir, en cuanto la cosa empiece a andar, por supuesto. Es tan fácil como derribar un árbol. No hay nada que hacer: dos revólveres de seis balas en el cinturón... Sin duda no tendrá miedo a nada que puedan hacerle cuarenta culís... con dos revólveres, siendo él el único hombre armado. Es mucho mejor de lo que parece. Quería que usted me ayudase a hablar con él.

—¡No! —grité. El viejo Robinson levantó por un instante los ojos legañosos y acongojados. Chester me miró con infinito desprecio.

—¿De modo que no quiere aconsejarle? —dijo con lentitud.

—Por cierto que no —respondí, tan indignado como si me hubiese pedido que ayudase a asesinar a alguien—. Lo que es más, estoy seguro de que él no aceptará. Está en mala situación, pero no es un loco, hasta donde yo sé.

—No sirve para nada —caviló Chester en voz alta—. Me habría venido muy bien. Si usted sólo pudiese ver las cosas tales como son, vería qué le conviene. Y además... ¡si es la posibilidad más espléndida, más segura..! —De pronto se enfureció.— Necesito un hombre. ¡Eso es!... Golpeó con el pie y lanzó una sonrisa desagradable.— De cualquier modo, puedo garantizar que la isla no se hundirá bajo los pies de él... Y creo que es un poco quisquilloso en ese sentido.

—Buenos días —dije, con sequedad. Me miró como si hubiese sido un tonto incomprensible.

—Debemos irnos, capitán Robinson —gritó de pronto en el oído del anciano—. Tres parsis nos esperan para cerrar trato. —Tomó a su socio por debajo del brazo, con un firme apretón, lo hizo girar y, en forma inesperada, me lanzó un guiño sobre el hombro.— Estaba tratando de hacerle un favor, afirmó, con expresión y tono que me hicieron hervir la sangre.

—Gracias por nada... en nombre de él —le repliqué.

—¡Oh! Usted es diabólicamente listo —se burló—. Pero es como todos ellos. Demasiado en las nubes. A ver qué puede hacer usted con él.

—No sé si quiero hacer nada con él.

—¿No? —barbotó. El bigote gris se le erizó de furia, ya su lado el conocido Robinson, apoyado en el paraguas, de espaldas a mí, seguía tan paciente e inmóvil como un caballo de tiro fatigado.

—Yo no encontré una isla de guano —dije.

—Creo que no la reconocería si lo llevasen a ella de la mano respondió con rapidez—. Y en este mundo primero hay que ver una cosa, antes de poder usarla. Hay que verla de cabo a rabo, ni más ni menos.

—Y hacer que otros también la vean —insinué, con una mirada hacia la espalda encorvada que tenía a su lado. Chester me lanzó un bufido.

—Sus ojos están muy bien... no se preocupe. No es un cachorro.

—¡Oh, caramba, no! —exclamé.

—Venga, capitán Robinson —gritó, con una especie de amedrentadora deferencia, bajo el ala del sombrero del viejo.

El Terrorífico dio un saltito sumiso. El fantasma del vapor los esperaba. ¡Fortuna es la hermosa isla! Era una curiosa pareja de argonautas. Chester caminaba con desenvoltura, erguido, majestuoso, y con semblante de conquistador. El otro, largo, esquelético, encorvado y apoyado en su brazo, arrastraba las marchitas piernas con desesperada prisa.

Capítulo 15

No empecé a buscar a Jim enseguida, sólo porque tenia una cita que no podía descuidar. Después, por mala suerte, en la oficina de mi agente me cayó encima un sujeto que acababa de llegar de Madagascar, con un pequeño plan para un negocio maravilloso. Tenía algo que ver con ganado y cartuchos, y un príncipe Ravonalo no sé qué; pero el eje de todo el asunto era la estupidez de cierto almirante... Creo que el almirante Pierre. Todo giraba en torno de eso, y el tipo no podía encontrar palabras lo bastante fuertes como para expresar su confianza.

Tenía ojos globulares que le sobresalían con un resplandor sospechoso, bultos en la frente, y llevaba el largo cabello cepillado hacia atrás, sin raya. Tenía una frase favorita que repetía con acento triunfante. "El mínimo de riesgo con el máximo de ganancia, es mi lema. ¿Eh?" Me hizo doler la cabeza, me arruinó la merienda, recibió de mí lo que se merecía. Y en cuanto me lo quité de encima me dirigí hacia la costa. Vi a Jim inclinado sobre el parapeto del muelle. Tres boteros nativos, que reñían por un asunto de cinco annas, armaban un enorme estrépito junto a él. No me oyó llegar, pero giró en redondo como si el leve contacto de mi dedo hubiese soltado un resorte.

—Estaba mirando —tartamudeó. No recuerdo lo que dije yo, no habrá sido mucho, de cualquier manera, pero no ofreció ninguna dificultad cuando le pedí que me acompañase al hotel.

Me siguió, tan dócil como un chiquillo, con expresión obediente, sin manifestaciones de ninguna índole, casi como si hubiese esperado que fuese a llevármelo. No habría debido asombrarme tanto con su mansedumbre. En toda la tierra, que a algunos les parece tan grande y que otros parecen considerar más pequeña que un grano de mostaza, no tenía lugar al cual pudiera —¿cómo puedo decirlo?— al cual pudiera retirarse. ¡Eso es! Retirarse... estar a solas con su soledad. Caminó a mi lado con gran calma, mirando aquí y allá, y una vez volvió la cabeza para mirar a un bombero africano de levita y pantalones amarillos cuyo rostro negro tenía resplandores sedosos, como un trozo de antracita.

Pero dudo de que viese nada, o de que tuviera conciencia todo el tiempo de mi compañía, porque si no lo hubiera empujado aquí a la izquierda o tirado de él allá hacia la derecha; creo que habría seguido en línea recta, en cualquier dirección hasta que lo detuviera una pared o algún otro obstáculo. Lo llevé a mi dormitorio y me senté en el acto a escribir cartas. Ese era el único lugar del mundo (aparte, tal vez, del arrecife Walpole, pero no lo teníamos tan a mano) en que se podía discutir consigo mismo sin ser molestado por el resto del universo. El maldito asunto —como él mismo lo expresaba— no lo había vuelto invisible, pero yo me comporté como si lo fuese. En cuanto me senté, me incliné sobre mi escritorio como un escriba medieval, y, aparte del movimiento de la mano que sostenía la pluma, me mantuve ansiosamente quieto. No puedo decir que estuviese asustado; pero es cierto que conservé cierta inmovilidad, como si existiera algo peligroso en la habitación, que a la primera insinuación de un movimiento de mi parte pudiese caerme encima. No había gran cosa en la habitación —ustedes ya saben cómo son los dormitorios—; una especie de cama de cuatro columnas, bajo un mosquitero; dos o tres sillas la mesa en que escribía, un suelo desnudo. Una puerta de vidrio se abría a una galería superior, y él se quedó de cara a ella y la pasó muy mal con toda la intimidad posible. Llegó el anochecer; encendí una vela con la máxima economía de movimientos, y con tanta prudencia como si se tratase de un procedimiento ilegal. No cabe duda de que la pasaba muy mal, y yo también, hasta el punto, debo confesarlo, de desear que se fuese al diablo, o por lo menos al arrecife Walpole. Una o dos veces se me ocurrió que, en fin de cuentas. Chester era, tal vez, el hombre que podía encarar con eficacia semejante desastre. Ese extraño idealista había encontrado un uso práctico para él en el acto... de modo infalible, por así decirlo.

Bastaba para hacer que uno sospechase, tal vez que podía ver el aspecto real de las cosas, que parecía misterioso o en todo sentido desesperado para personas menos imaginativas. Escribí y escribí; liquidé todos los atrasos de mi correspondencia, y luego seguí escribiendo a personas que no tenían motivo alguno para esperar de mí una carta llena de murmuraciones acerca de nada. En ocasiones lo miraba de reojo. Estaba clavado en el lugar, pero estremecimientos convulsivos le recorrían la espalda; de pronto levantaba los hombros. Luchaba, luchaba... ante todo para respirar, en apariencia. Las macizas sombras, que la recta llama de la vela arrojaba hacia un solo lado, parecían poseídas de una lúgubre conciencia; la inmovilidad del mobiliario tenía, para mi mirada furtiva, una expresión de atención. Empezaba a volverme imaginativo en medio de mis industriosos garrapateos; y aunque, cuando el rasgar de mi pluma se detenía por un instante, reinaba un total silencio y quietud en el lugar, yo padecía del profundo nerviosismo y confusión de pensamientos que provoca un tumulto violento y amenazador... un fuerte ventarrón en el mar, por ejemplo. Algunos de ustedes pueden saber a qué me refiero; a esa mezcla de ansiedad, congoja e irritación, con una especie de sentimiento de cobardía insinuándose; nada agradable para reconocerlo, pero que otorga un tranquilo mérito especial a la resistencia de uno. No pretendo mérito alguno por soportar la tensión de las emociones de Jim. Podía refugiarme en las cartas; inclusive habría podido escribir a desconocidos, si era necesario. De pronto, cuando tomaba una nueva hoja de papel, escuché un sonido bajo, el primer ruido que, desde que nos encontrábamos encerrados juntos, llegaba a mis oídos en la vaga calma de la habitación. Seguí con la cabeza baja, la mano detenida. Quienes han mantenido una vigilia al lado del lecho de un enfermo, escuchan esos leves ruidos en el silencio de las guardias nocturnas, sonidos arrancados de un cuerpo torturado, de un alma fatigada. Empujó la puerta con tanta fuerza, que las hojas de vidrio resonaron. Salió, y yo contuve la respiración y agucé el oído, sin saber qué más esperaba oír. En realidad se tomaba demasiado a pecho una formalidad vacía, que para la rigurosa crítica de Chester parecía indigna de la atención de un hombre que pudiese ver las cosas tales como son. Una formalidad vacía, un trozo de pergamino. Bien, bien. En cuanto al inaccesible depósito de guano, ese era otro asunto.

Uno podía romperse el corazón, en forma inteligible, en relación con eso. Un débil estallido de muchas voces, mezclado con el tintineo de la platería y los vasos, flotó desde el comedor de abajo. A través de la puerta abierta, el borde exterior de luz de mi vela caía apenas sobre la espalda de él. Más allá, todo era negro. Se encontraba al borde de una vasta oscuridad, como una figura solitaria en la costa de un océano sombrío y sin esperanzas. Sin duda estaba en ella el arrecife Walpole, un punto en un vacío oscuro, una paja para el hombre que se ahoga. Mi compasión por él adoptó esta manera de pensar: no me habría agradado que su familia lo viese en ese momento. A mí mismo me resultaba penoso. Los jadeos ya no le sacudían la espalda; se hallaba erguido como una flecha, apenas visible e inmóvil. El sentido de esa inmovilidad se hundió hasta el fondo de mi alma como plomo en el agua, y la volvió tan pesada, que por un segundo deseé, con todas mis fuerzas, que el único remedio que me quedara fuese el de pagar su funeral.

Hasta la ley había terminado con él. ¡Enterrarlo habría sido una bondad tan fácil! Habría coincidido tanto con la sabiduría de la vida, que consiste en eliminar la visión de todos los restos de nuestra locura, de nuestra debilidad, de nuestra mortalidad; de todo lo que conspira contra nuestra eficiencia: el recuerdo de nuestros fracasos, las insinuaciones de nuestros temores inmortales, los cuerpos de nuestros amigos muertos. Quizá se lo tomaba demasiado a pecho. En ese caso... el ofrecimiento de Chester... En ese momento tomé una nueva hoja y comencé a escribir con decisión. Entre él y el océano oscuro sólo existía yo.

Tuve un sentimiento de responsabilidad. Si hablaba, ¿ese joven inmóvil y sufriente saltaría a la oscuridad... se aferraría de la paja? Descubrí cuán difícil puede resultar a veces emitir un sonido. La palabra hablada posee un extraño poder. ¿Y por qué diablos no?, me pregunté, con insistencia, mientras continuaba con mi escritura. De pronto, en la página en blanco, bajo la punta misma de la pluma, las dos figuras de Chester y su anciano socio, muy claras y completas, aparecieron a la vista con zancadas y ademanes, como reproducidas en el campo de algún juguete óptico. Las observé durante un rato. ¡No! Eran demasiado fantasmales y extravagantes para aparecer en el destino de nadie. Y una palabra llega lejos... muy lejos... destruye a lo largo del tiempo, tal como las balas vuelan por el espacio. Nada dije; y él, afuera, con la espalda hacia la luz como amarrado y amordazado por todos los enemigos invisibles del hombre, no se movió ni emitió sonido alguno.

Capítulo 16

Llegaba el momento en que lo vería amado, confiado, admirado, con una leyenda de fuerza y proezas formándose en torno de su nombre, como si hubiese sido de la pasta de un héroe. Es cierto... Lo aseguro; tan cierto como estoy sentado aquí, hablando en vano sobre él. Él, por su parte, tenía la facultad de contemplar el rostro de su deseo y la forma de su sueño, sin el cual la tierra no conocería amantes ni aventureros. Conquistó gran honor y una felicidad de Arcadia (nada diré acerca de la inocencia) en la selva, y eso fue tan bueno para él como el honor y la felicidad de Arcadia en las calles, para otro hombre. La felicidad, la felicidad... ¿cómo diré? ... se bebe a grandes tragos, en copa de oro, en todas las latitudes. El sabor es para uno, para uno solo, y se lo puede hacer tan embriagador como se quiera. Él pertenecía a los que beben a fondo, como pueden imaginárselo por lo que sucedió antes. Lo encontré, si no en verdad embriagado, por lo menos sonrojado por el elixir que rozaba sus labios. No lo obtuvo enseguida. Hubo, como saben un período de prueba entre los infernales proveedores marítimos, durante el cual sufrió y yo me preocupé por... por... mi confianza... si puede decirse así. No sé si estoy del todo tranquilo ahora, después de haberlo visto en todo su brillo. Esa fue mi última visión de él... bajo una fuerte luz, dominante, y, sin embargo, en plena coincidencia con lo que lo rodeaba, con la vida del bosque y la de los hombres. Admito que me impresionó, pero debo confesar que en definitiva no es la impresión más perdurable. Estaba protegido por su aislamiento, solo en su propia categoría superior, en estrecho contacto con la naturaleza, que es fiel, en condiciones tan sencillas a sus amantes. Pero no puedo fijar ante mi vista la imagen de su seguridad. Siempre lo recordaré como lo vi a través de la puerta abierta de mi dormitorio, tomándose, tal vez demasiado a pecho, las simples consecuencias de su fracaso. Claro que me complace que mis esfuerzos diesen algún buen resultado... e inclusive cierto esplendor. Pero en ocasiones me parece que habría sido mejor, para mi tranquilidad espiritual, no me hubiera interpuesto entre él y el ofrecimiento, condenadamente generoso, de Chester. Me pregunto qué habría hecho su exuberante imaginación con el islote de Walpole... esa perdida y olvidada migaja de tierra firme en medio de las aguas. Es probable que no me enterase nunca, pues debo decirles que Chester, después de llegar a algún puerto australiano para remendar su anacronismo marítimo con arboladura de goleta, se internó en el Pacífico con una tripulación de veintidós hombres en total, y las únicas noticias que pudieran tener alguna relación con el misterio de su destino fue la de un huracán que supuestamente atravesó su rumbo en las restingas de Walpole, un mes más tarde poco más o menos.

Nunca se vio vestigio alguno de los argonautas; ni un sonido surgió de la desolación. ¡Finis! El Pacífico es el más discreto de los océanos vivos, de temperamento ardiente; el helado Antártico también puede mantener un secreto, más bien a la manera de una tumba.

Y en esa discreción hay un sentimiento de bendita finalidad, que es lo que todos nosotros estamos dispuestos a admitir de manera más o menos sincera, ¿pues qué otra cosa hace soportable la idea de la muerte? ¡Fin! ¡Finis!, la poderosa palabra que expulsa con exorcismos, de la casa de la vida, la fatídica sombra del destino. Esto es lo que —a pesar del testimonio de mis ojos y de mis más sinceras afirmaciones— echo de menos cuando recuerdo el éxito de Jim. Mientras hay vida, hay esperanzas, es cierto; pero también hay temor. No digo que lamente mi acción, ni afirmaré que no puedo dormir por la noche a consecuencia de ello. Pero aun así se interpone la idea de que exageré demasiado su desgracia, cuando lo único que importa es la culpa. Por decirlo así, el hombre no me era claro. Y existe la sospecha de que tampoco resultaba claro para sí. Tenía una delicada sensibilidad, delicados sentimientos, delicadas ansias, una especie de egoísmo sublimado, idealizado. Era —si me permiten decirlo— muy delicado. Muy delicado... y muy infortunado. Una naturaleza un poco más tosca no habría soportado la tensión.

Habría tenido que hacer las paces consigo misma, con un suspiro, un gruñido o incluso una risotada; una más tosca aún se habría mantenido invulnerablemente ignorante y por completo desinteresada.

Pero era demasiado interesante, o demasiado infortunado para ser arrojado a los perros, o inclusive a Chester. Eso lo sentí mientras inclinaba el rostro sobre el papel, y él luchaba y jadeaba, forcejeando para respirar, en esa forma terriblemente sigilosa, en mi habitación. Lo sentí cuando corrió a la galería, como para arrojarse... y no lo hizo. Y lo sentí ada vez más, durante el tiempo que se quedó afuera, apenas luminado sobre el fondo de la noche, como en la costa de un mar sombrío y sin esperanzas.

Un brusco y fuerte retumbar me hizo levantar la cabeza. El ruido pareció alejarse, y de pronto un resplandor penetrante y violento cayó sobre el rostro ciego de la noche. Los parpadeos sostenidos y enceguecedores parecieron durar un tiempo interminable. El gruñido del trueno aumentó poco a poco mientras yo lo miraba, perfilado y negro, plantado con solidez en las costas de un mar de luz. En el momento del máximo brillo, la oscuridad retrocedió de un salto, con un estrépito culminante, y él desapareció ante mis ojos enceguecidos, tan por completo, como si se hubiera convertido en átomos. Pasó un enorme suspiro; furiosas manos parecieron desgarrar los arbustos, sacudir las copas de los árboles de abajo, golpear puertas, romper vidrios de ventanas, todo a lo largo del frente del edificio. Él entró, cerró la puerta tras de sí, y me encontró inclinado sobre la mesa. Mi repentina ansiedad en cuanto a lo que diría fue muy grande y semejante al miedo.

—¿Puede darme un cigarrillo? —preguntó. Empujé la caja sin levantar la cabeza—. Necesito su... necesito... tabaco —murmuró. Yo me volví muy animado.

—Un momento —gruñí, complacido. Dio unos pasos aquí y allá.

—Eso terminó —le oí decir. Un solo y distante trueno llegó desde el mar, como un cañón que anuncia peligro—. El monzón empieza temprano este año —dijo, en tono de conversación, detrás de mí. Ello me instó a volverme, cosa que hice en cuanto terminé de poner la dirección en el último sobre. Fumaba con avidez, en el centro de la habitación, y aunque escuchó el movimiento que hice, siguió de espaldas a mí durante un rato.

—Vamos... lo soporté muy bien —dijo, girando de pronto—. Algo se ha apagado... no mucho. Me pregunto qué vendrá después. —Su rostro no mostró emociones. Sólo parecía un tanto oscurecido e hinchado, como si hubiera contenido el aliento. Sonrió a desgana, por decirlo así, y siguió hablando mientras yo lo miraba, mudo.— Gracias, sin embargo... su habitación... muy conveniente... para un tipo... tan desanimado... —La lluvia repiqueteaba y silbaba en el jardín; una tubería de agua (debía tener un agujero) ejecutaba, al otro lado de la ventana, una parodia de gorgoteante angustia, con extraños sollozos y lamentaciones, interrumpidos por sacudidas espasmódicas de silencio... —Un poco de refugio —masculló, y guardó silencio.

Un estampido de relámpago descolorido entró por el marco negro de las ventanas, y salió sin ruido. Yo pensaba en cuál sería la mejor forma de abordarlo, no quería que me volviese a rechazar, cuando él lanzó una carcajada.

—Ahora no soy más que un vagabundo... —el extremo del cigarrillo le ardía entre los dedos... —sin un solo... sin un solo —pronunció con lentitud—, y, sin embargo... —se interrumpió. La lluvia caía con violencia redoblada.—Algún día uno tiene que llegar a cierta clase de posibilidades de recuperarlo todo de vuelta. ¡Es preciso! —susurró con claridad, mirándome los zapatos.

Ni siquiera sabía qué era lo que tantos deseos tenía de recuperar, qué había echado tanto de menos. Quizá fuese tanto, que resultara difícil decirlo. Un trozo de piel de asno, según Chester. Me miró con expresión interrogante.

—Tal vez, si la vida es lo bastante larga —mascullé entre dientes, con irrazonable animosidad—. No lo espere demasiado.

—¡Cielos! Siento como si nada pudiera volver a tocarme —dijo con tono de sombría convicción—. Si esto no pudo derribarme, entonces no hay peligro de que no quede tiempo suficiente... para subir trepando y... —miró hacia arriba.

Se me ocurrió que con personas como él se construye el gran ejército de extraviados y abandonados. El ejército que marcha y marcha por todos los arroyos de la tierra. En cuanto saliera de mi habitación, ese "pequeño refugio", ocuparía su lugar en las filas y comenzaría el viaje hacia el agujero sin fondo. Yo, por lo menos, no tenía ilusiones; pero también yo, que un momento antes me sentía tan seguro del poder de las palabras, temía ahora hablar, de la misma manera en que uno teme moverse para no perder un asidero resbaladizo. Cuando tratamos de enfrentar las necesidades íntimas de otros, percibimos cuán incomprensibles, vacilantes y nebulosos son los seres que comparten con nosotros la visión de las estrellas y el valor del sol. Es como si la soledad fuese la condición dura y absoluta de la existencia; la envoltura de carne y sangre en que se clavan nuestros ojos se licua ante nuestra mano extendida, y sólo queda el espíritu caprichoso, inconsolable y fugaz que ninguna mirada puede perseguir, ninguna mano aferrar. El miedo de perderlo me hizo guardar silencio, pues de pronto, y con fuerza inexplicable, se me ocurrió que si lo dejaba hundirse en la oscuridad jamás me lo perdonaría.

—Bueno. Gracias... una vez más. Ha sido... es que... muy extraordinariamente... en verdad no hay palabras para... ¡Extraordinariamente!

No sé por qué, le aseguro. Temo no sentirme tan agradecido como ocurriría si todo esto no hubiera caído con tanta brutalidad sobre mí.

Porque en el fondo... usted, usted mismo... —balbuceó.

—Es posible —intervine. Él frunció el ceño.

—De cualquier manera, uno es responsable. —Me vigiló como un halcón.

—Y eso también es cierto —respondí.

—Bien. Seguí con eso hasta el final, y no pienso permitir que ningún hombre me lo pase por el rostro sin... sin... ofenderme. —Apretó el puño.

—¿Y usted mismo? —dije con una sonrisa poco alegre, Dios lo sabe, pero él me miró con expresión de amenaza.

—Eso es cosa mía —contestó. Una expresión de decisión indomable le cruzó por la cara como una sombra vana y pasajera. Al instante siguiente parecía un buen muchacho amable y metido en problemas, como antes. Arrojó el cigarrillo—Adiós —dijo, con la repentina prisa de un hombre que se ha demorado demasiado tiempo y tiene un trabajo urgente que lo espera. Y luego, durante uno o dos segundos, no hizo el menor movimiento. El chubasco caía con la pesada e interrumpida precipitación de una inundación, con un ruido de irrefrenada y abrumadora furia que le recordaba a uno imágenes de puentes que se derrumban, y árboles desarraigados, montañas socavadas. Nadie podía hacer frente al colosal e impetuoso torrente que parecía quebrarse y arremolinarse en la oscura quietud en que teníamos nuestro precario refugio, como en una isla. El tubo perforado gorgoteaba, se ahogaba, escupía y chapoteaba en odioso remedo de un nadador que luchase por la vida.

—Llueve —reproché—, y yo...

—Con lluvia o con sol —comenzó a decir con brusquedad, se contuvo y se dirigió hacia la ventana—. Un verdadero diluvio —masculló al cabo de un rato; apoyó la frente en el vidrio—. Y, además, está oscuro.

—Sí, muy oscuro —dije.

Giró sobre los talones, cruzó la habitación y ya había abierto la puerta que daba al corredor antes que me pusiera de pie, de un salto.

—Espere —grité—. Quiero que...

—No puedo volver a cenar con usted esta noche —profirió, con una pierna ya fuera de la habitación.

—No tengo la menor intención de invitarlo —grité. Entonces retiró la pierna, pero se quedó, desconfiado, en el vano de la puerta. Yo no perdí tiempo en rogarle con sinceridad que no fuese absurdo; que entrase y cerrara la puerta.

Capítulo 17

Por último entró. Pero creo que fue más bien la lluvia la que lo hizo volver. En ese momento caía con devastadora violencia, que se apaciguó poco a poco mientras conversábamos. Sus modales eran muy sobrios y serenos. Su porte era el de un hombre taciturno por naturaleza, poseído por una idea. Mi conversación se refería al aspecto material de su conversación; tenía el único objetivo de salvarlo de la decadencia, la ruina y la desesperación que se ciernen con tanta rapidez sobre un hombre sin amigos ni hogar. Le rogué que aceptara mi ayuda. Le ofrecí argumentos razonables; y cada vez que levantaba la vista para observar ese absorto rostro liso, tan grave y juvenil, tenía la inquietante sensación de no serle de ayuda alguna, sino más bien un obstáculo para ciertas misteriosas, inexplicables, impalpables ansias de su espíritu herido.

—Supongo que tendrá la intención de comer y beber y dormir como se acostumbra —recuerdo haber dicho con irritación—. Dice que no quiere tocar el dinero que se le debe... —Estuvo tan a punto de hacer un ademán de horror como pueden estarlo los de su tipo. (Se le debían tres semanas y cinco días de paga como primer oficial del Patna.)—. Bueno, eso es de poca importancia; ¿pero qué hará mañana? ¿A dónde irá?

Tiene que vivir...

—No se trata de eso —fue el comentario que se le escapó, entre dientes. Yo hice caso omiso, y continué combatiendo contra lo que suponía que eran los escrúpulos de una exagerada delicadeza.

—Por todos los motivos concebibles —terminé diciendo—, debe dejar que lo ayude.

—No puede —dijo con suma sencillez y bondad, aferrándose a una profunda idea que pude ver brillar como un estanque de agua en la oscuridad, pero al cual desesperaba de poder acercarme alguna vez lo bastante como para sondearlo. Examiné su bien proporcionada contextura.

—De cualquier manera —dije—, puedo ayudar a lo que veo de usted.

No pretendo hacer nada más. —Meneó la cabeza con escepticismo, sin mirarme. Me acaloré—. Pero es que puedo —insistí—. Puedo hacer más.

Estoy haciendo más. Confío en usted.

—El dinero... —comenzó a decir.

—Palabra, merece que le digan que se vaya al demonio —exclamé, forzando la nota de indignación. Se sobresaltó, sonrió, y yo insistí en mi ataque—. No se trata de dinero. Es demasiado superficial —dije (y al mismo tiempo pensaba: ¡bueno, ahí va! Y tal vez lo sea, en fin de cuentas) —. Mire la carta que quiero que tome. Le escribo a un hombre al que jamás le pedí un favor, y le escribo sobre usted en términos que uno sólo se aventura a usar cuando habla de un amigo intimo. Me hago responsable, sin reserva alguna, por usted. Eso es lo que hago. Y en verdad, si quiere reflexionar apenas un poco en lo que ello significa...

Levantó la cabeza. La lluvia había pasado; sólo el tubo seguía derramando lágrimas con un absurdo goteo del otro lado de la ventana.

En la habitación reinaba el silencio, cuyas sombras se acurrucaban en los rincones, lejos de la llama inmóvil de la vela que se ensanchaba hacia arriba, en forma de daga; al cabo de un rato su rostro pareció inundado por el reflejo de una luz suave, como si el alba hubiese llegado.

—¡Cielos! —exclamó—. ¡Eso es una gran nobleza!

Si de pronto me hubiese sacado la lengua, para burlarse de mí, no me habría sentido más humillado. Pensé: te lo mereces por ser un farsante rastrero... Sus ojos me miraron, brillantes, pero me di cuenta de que no era un brillo burlón. De pronto saltó, en espasmódica agitación, como una de esas chatas figuras de madera que se manipulan por medio de una cuerda. Levantó los brazos, y luego los dejó caer con una palmada. Se convirtió en otro hombre.

—Yo no me había dado cuenta —gritó. De súbito se mordió el labio y frunció el entrecejo—. Qué imbécil he sido —dijo en voz muy baja y tono respetuoso—... Usted es muy bueno —exclamó luego, con voz apagada. ¡Me tomó la mano! como si acabara de verla por primera vez, y la soltó enseguida— ¡Pero si esto es lo que yo...! Usted... yo... —balbuceó, y luego, en un retorno a sus modales estólidos, y puedo decir tercos, comenzó a hablar, con voz pesada—: Sería un animal si... —Y entonces la voz pareció quebrársele.

—Está bien —dije. Me alarmaba mucho esa exhibición de sentimientos, a través de los cuales se percibía un extraño júbilo. Yo había tirado de la cuerda por accidente, digamos; nunca entendí del todo el funcionamiento del juguete.

—Ahora tengo que irme —dijo—. ¡Cielos! Me ha ayudado. No puedo quedarme sentado. Precisamente lo que...

—me miró con intrigada admiración—. Precisamente lo que...

Es claro que era precisamente lo que... Apuesto diez contra uno a que lo había salvado del hambre..., de ese tipo singular que casi siempre va unido a la bebida. Eso era todo. No me hacía ilusiones al respecto, pero al mirarlo me permití preguntarme acerca de la naturaleza de la que él, en los últimos tres minutos, había dejado crecer con tanta claridad en su pecho. Yo acababa de ponerle por la fuerza, en las manos, el medio de seguir adelante, de manera decente, con el serio oficio de vivir, de conseguir alimentos, bebida y refugio del tipo acostumbrado, en tanto que su espíritu herido, como un ave con el ala rota, podía saltar y aletear en algún rincón, para morirse allí, de inanición, en silencio. Eso fue lo que le obligué a tomar: una cosita definidamente minúscula; y he aquí que, por la manera en que la recibía, se erguía, en la vaga luz de la vela como una sombra grande indistinta, quizá peligrosa.

—No se moleste si no digo nada adecuado —estalló. —Nada hay que pueda decir. Ayer por la noche ya me hizo mucho bien. Al escucharme... ¿sabe? Le doy mi palabra de que más de una vez pensé que la cabeza se me haría pedazos. —Positivamente se precipitó, de un lado al otro, las manos metidas en los bolsillos las volvió a sacar, se echó la gorra sobre la cabeza. Yo no tenía ni idea de que pudiese ser tan vivaz y airoso. Pensé en una hoja seca aprisionada en un remolino de viento, en tanto que una misteriosa aprensión, una carga de infinita duda, me aplastaba en la silla. Él se quedó quieto, como si un descubrimiento lo hubiera inmovilizado.

—Me dio confianza —declaró con sobriedad.

—¡Oh, por amor a Dios, mi querido amigo... no..! —le rogué, como si me hubiese herido.

—Está bien me callaré de ahora en adelante. Pero no puede impedirme que piense... ¡no importa!... Todavía demostraré... —Fue a la puerta deprisa, se detuvo con la cabeza gacha, y regresó, caminando con pasos deliberados. —Siempre pensé que si uno podía volver a comenzar desde cero... y ahora usted... en cierta medida... sí... desde cero.

Agité la mano, y él salió sin mirar hacia atrás. El ruido de sus pisadas se apagó poco a poco detrás de la puerta cerrada, las pisadas en modo aluno vacilantes de un hombre á que camina a la luz del día.

Pero en cuanto a mí, a solas con la vela quedé muy poco esclarecido. Yo no era lo bastante joven como para ver, a cada paso, la magnificencia que envuelve nuestras pisadas más insignificantes, para bien o para mal. Sonreí al pensar que, en definitiva, era él quien de los dos, poseía la luz. Y me sentí triste. ¿A partir de cero, dijo? Como si la palabras inicial de cada uno de nuestros destinos no estuviese grabada en caracteres imperecederos en la superficie de una roca.

Capítulo 18

Seis meses más tarde mi amigo (era un cínico, un solterón de edad más que mediana, con una reputación de excentricidad, y dueño de un molino de arroz) me escribió, y juzgando por el calor de mi recomendación lo que me interesaba escuchar, detallaba un tanto las perfecciones de Jim. En apariencia, éstas eran de una clase tranquila y eficaz.

"Como hasta ahora no pude encontrar en mi corazón otra cosa que una tolerancia resignada hacia cualquier individuo de mi especie, viví solo en una casa que inclusive en este clima humeante podría considerarse demasiado grande para un solo hombre. Hace un tiempo que vive conmigo. Parece que no cometí un error.”

Me pareció, al leer esta carta, que mi amigo había encontrado en su corazón más que tolerancia para Jim... que esos eran los comienzos de una simpatía activa. Es claro que explicaba sus motivos en forma característica. Por empezar, Jim conservaba su frescura en el clima. Si hubiese sido una joven —escribía mi amigo—, cualquiera habría dicho que florecía —con modestia— como una violeta, y no como esas vocingleras flores tropicales. Estaba en la casa desde hacía seis semanas, y ni una vez intentó palmearlo en la espalda o llamarlo "viejo", o tratar de hacer que se sintiese como un fósil anticuado. No tenía nada del exasperante parloteo de los jóvenes. Poseía buen humor, no hablaba mucho de sí, en modo alguno era inteligente, gracias a Dios, escribía mi amigo. Sin embargo, en apariencia, Jim era lo bastante inteligente como para apreciar, sin muchas alharacas, su ingenio, en tanto que, por otro lado, lo divertía con su ingenuidad. "Todavía tiene el rocío encima. Y como a mí se me ocurrió la brillante idea de darle una habitación en la casa y de hacer que me acompañase en las comidas, me siento menos marchito. El otro día se le metió en la cabeza cruzar la habitación, sin otro objetivo que el de abrirme una puerta; me sentí en contacto con la humanidad, mucho más que desde hacía años. Ridículo, ¿verdad? Por supuesto, supongo que hay algo —algún horrible problemita— acerca del cual lo sabes todo... pero aunque estoy seguro de que es terriblemente atroz, me imagino que uno puede arreglárselas para perdonarlo. Por mi parte, declaro que me siento incapaz de imaginarlo culpable de nada peor que robar fruta en un huerto. ¿Es peor? Tal vez habrías debido decírmelo; pero hace tanto tiempo que nos convertimos en santos, que es posible que hayas olvidado que también nosotros pecamos en nuestra época. Puede que algún día tenga que preguntártelo, y entonces esperaré que me lo digas. No quiero interrogarlo yo mismo hasta tener alguna idea acerca de lo que es. Más aun, todavía es demasiado pronto. Que me abra varias veces más la puerta...”

Así decía mi amigo. Yo me sentí encantado por partida triple:

porque a Jim le iba tan bien por el tono de la carta, por mi propia inteligencia. Era evidente que supe lo que hacía. Había leído muy bien en los caracteres, etc. ¿Y si algo inesperado y maravilloso nacía de todo eso? Esa noche, reposando en una silla de tijera bajo la sombra de mi propia toldilla de popa (estaba en el puerto de Hong Kong), construí, a nombre de Jim, el primer castillo de arena, pero de piedra.

Hice un viaje al norte, y cuando regresé encontré, esperándome, otra carta de mi amigo. Fue el primer sobre que abrí.

"No faltan cucharas, hasta donde puedo saberlo —decía: la primera línea—. No me sentí lo bastante interesado como para investigarlo. Se fue, dejando en la mesa del desayuno una notita formal de disculpas, que, o bien es tonta, o sin corazón. Tal vez las dos cosas... y para mí es lo mismo. Permíteme decir, por si tuvieras más jóvenes misteriosos en reserva, que he cerrado el negocio, definitivamente y para siempre.

Esta es la última excentricidad de la cual me haré culpable. No imagines por un momento que me importa un pito; pero se lo echa mucho de menos en los partidos de tenis, y por mi parte dije algunas mentiras plausibles en el club...”

Arrojé la carta a un lado y me dediqué a mirar las que tenía sobre la mesa, hasta que llegué a una con la escritura de Jim. ¿Querrán creerlo? ¡Una posibilidad en cien! ¡Pero siempre es la centésima oportunidad! El pequeño segundo jefe de máquinas del Patna había aparecido, en situación de mayor o menor desamparo, y conseguido un puesto temporario, para ocuparse de vigilar las máquinas del molino.

"No pude soportar la familiaridad del animalito —me escribía Jim desde un puerto marítimo, a unos mil doscientos kilómetros al sur del lugar en que habría debido estar nadando en la abundancia—. Por el momento, ahora estoy en Egström y Blake, proveedores marítimos, como... bueno... corredor de ellos para llamar la cosa por su verdadero nombre. Como referencia, les di su nombre, que conocían, por supuesto, y si puede escribir una palabra en mi favor, será un empleo permanente." Me sentí por completo aplastado bajo las ruinas de mi castillo, pero es claro que escribí como se me pedía. Antes de fin de año, mi nuevo contrato me llevó hacia allí, y tuve la oportunidad de verlo.

Seguía empleado por Egström y Blake, y nos encontramos en lo que ellos llaman "nuestra sala", que se abre a la tienda. En ese momento acababa de regresar de a bordo de un barco, y me enfrentó con la cabeza gacha, preparado para una pendencia.

—¿Qué puede decir en su defensa? —pregunté en cuanto nos dimos la mano.

—Lo que le escribí... nada más —respondió con empecinamiento.

—¿Ese tipo parloteó... o qué? —inquirí. Me miró con una sonrisa turbada.

—¡Oh, no! No lo hizo. Lo convirtió en una especie de asunto confidencial entre nosotros. Se mostraba condenada—mente misterioso cada vez que yo iba al molino; me lanzaba un guiño, en forma respetuosa, como si dijese: "sabemos lo que sabemos". Muy adulón... y familiar...

y esas cosas.

Se dejó caer en una silla y se miró las piernas.

—Un día estábamos solos y el individuo tuvo el descaro de decir:

"Bien Mr. James —me llamaba Mr. James como si yo hubiese sido el hijo—, aquí estamos juntos una vez más. Esto es mejor que el viejo barco, ¿verdad?". . ¿No era eso espantoso? Lo miré, y él adoptó una expresión de conocedor. "No se inquiete, señor. Conozco a un caballero cuando lo veo, y sé cómo sienten los caballeros. Pero espero que usted me mantenga en este trabajo. Yo pasé malos ratos, también, con ese asunto podrido del Patna". ¡Cielos! Fue terrible. No sé qué habría hecho o dicho si no hubiese escuchado en ese momento a Mr. Denver que me llamaba en el corredor. Era la hora de la merienda, y cruzamos juntos el patio y el jardín, hasta el bungalow. Empezó a bromear conmigo. a su manera, bondadoso... creo que me tenía aprecio...

Jim guardó silencio durante un rato.

—Sé que me apreciaba. Por eso me resultó tan difícil.

¡Un hombre tan espléndido! Esa mañana deslizó la mano por debajo de mi brazo... También él se mostraba familiar conmigo —estalló en una breve carcajada, y dejó caer la barbilla sobre el pecho.— ¡Bah!

Cuando recordé cómo me había hablado el mísero animalito —siguió, de pronto, con voz vibrante—, no pude siquiera pensar en mí... Supongo que usted sabe... —asentí—. Más bien como un padre —exclamó. La voz se le hundió. Habría debido decírselo. No podía dejar que eso continuase así, ¿verdad?

—¿Y bien? —murmuré, después de esperar un rato.

—Preferí irme —dijo con lentitud—. Esto hay que enterrarlo.

Podíamos oír a Blake en la tienda, reprochando a Egström con voz insultante y tensa. Hacía muchos años que eran socios, y todos los días, desde el momento en que se abrían las puertas hasta el último minuto, antes de cerrar, Blake, un hombrecito de cabello liso y negro, de ojillos desdichados parecidos a cuentas, injuriaba a su socio sin cesar, con una especie de furia ardiente y quejumbrosa. El sonido de esos permanentes regaños era parte del lugar, lo mismo que otros muebles; inclusive los desconocidos llegaban a prescindir muy pronto, por completo, de ello, como no fuese para murmurar... "qué molestia", o para levantarse de pronto y cerrar la puerta de la "sala". El propio Egström, un escandinavo de huesos salientes, pesados, modales afanosos e inmensas patillas rubias, seguía dirigiendo a su gente, solicitando envíos, redactando facturas o escribiendo cartas en un escritorio de la tienda, de pie, y se comportaba, en medio del estrépito, tal como si hubiese sido sordo como una tapia. De vez en cuando emitía un fastidiado y superficial "ssh" que no producía el menor efecto, ni se esperaba que lo produjese.

—Aquí son muy amables conmigo —dijo Jim—. Blake es un grosero, pero Egström es bueno. —Se puso de pie con rapidez, y caminó con paso medido hacia un telescopio de trípode instalado en la ventana, y apuntado hacia el puerto, y le aplicó el ojo.— Ahí está ese barco que estuvo detenido afuera toda la mañana, con la calma chicha, y que ahora tiene una brisa y está entrando —señaló, con paciencia. —Debo subir a bordo.

Nos estrechamos las manos en silencio, y él se volvió para irse.

—¡Jim! —exclamé. Miró en torno, con la mano en el picaporte. Usted... usted se desprendió de algo así como una fortuna. —Volvió desde la puerta.

—Un anciano tan espléndido —dijo—. ¿Cómo pude hacerlo? ¿Cómo pude? —Se le fruncieron los labios—. Aquí no tiene importancia.

—¡Oh, usted... usted..! —comencé a decir, y tuve que buscar una palabra adecuada, pero antes de darme cuenta de que no existía ninguna, ya se había ido. Escuché, afuera, la suave y profunda voz de Egström que decía con alegría:

—Ese es el Sarah W. Granger, Jimmy. Tiene que arreglárselas para ser el primero que suba a bordo.

Y en el acto intervino Blake, chillando como una cacatúa ofendida:

—Dígale al capitán que tenemos parte de su correspondencia aquí.

Eso lo atraerá. ¿Me oye, Mr..? ¿cómo se llama?

Y Jim que le contestaba a Egström, con algo de juvenil en el tono—Está bien. Iré a la carrera.

Parecía refugiarse en la parte de navegación en bote de ese lamentable trabajo.

No volví a verlo durante ese viaje, pero al siguiente (tenía un contrato de seis meses) fui a la tienda. A diez metros de la puerta, los regaños de Blake salieron para recibirme, y cuando entré me lanzó una mirada de la más absoluta desdicha. Egström, todo sonrisas, avanzó y extendió una mano huesuda.

—Me alegro de verlo. capitán... Ssh... Ya pensaba que tenía que volver. ¿Cómo dijo, señor? Ssh... ¡Ah, él! Nos dejó. Venga a la sala... Después del portazo, la voz tensa de Blake se debilitó, como la de quien hace reproches desesperados en un desierto... —Nos causó grandes trastornos, además. Y nos trató muy mal... debo decir.

—¿A dónde fue? ¿Lo sabe?

—No. Y es inútil preguntarlo —dijo Egström, de pie, patilludo y servicial, ante mí, con los brazos pendientes a los costados, torpes, y una delgada cadena de plata, de reloj, colgándole, muy baja, en un arrugado chaleco de sarga azul. —Un hombre como ese no va a ninguna parte en especial. —Me preocupó mucho la noticia para pedir una explicación de ese pronunciamiento, y él continuó: — se fue... veamos... el mismo día en que un vapor con peregrinos que regresaban del mar Rojo atracó aquí, con dos palas de menos en la hélice. Hace tres semanas.

—¿Usted dijo algo acerca del caso del Patna? —inquirí, temiendo lo peor. Él se sobresaltó, y me miró como si hubiese sido un hechicero.

—¡Pero sí! ¿Cómo lo sabe? Algunos de ellos hablaban de eso aquí.

Había uno o dos capitanes, el gerente de la empresa de máquinas de Vanlo, en el puerto, otros dos o tres, y yo. Jim estaba allí, también, con un sandwich y un vaso de cerveza. Cuando estamos atareados, ¿entiende capitán?, no hay tiempo para una verdadera merienda. Se encontraba de pie ante esa mesa, comiendo sandwiches, y todos los demás rodeábamos el telescopio, viendo entrar el vapor. Entonces el gerente de Vanlo habló acerca del capitán del Patna.

Una vez le hizo algunas reparaciones, y a partir de ahí nos habló de la vieja ruina que era este barco, y del dinero que se ganó con él.

Llegó a mencionar su último viaje, y entonces todos intervinimos.

Alguien dijo algo, y otros otras cosas... no mucho... lo que usted y cualquier hombre podrían decir. Y hubo algunas carcajadas. El capitán O'Brien del Sarah W. Granger, un viejo corpulento, ruidoso, de bastón, estaba sentado, escuchándonos, en esta butaca; golpeó de pronto con el bastón en el suelo, y rugió: "¡Zorrinos!"... Nos sobresaltó a todos. El gerente del Vanlo nos lanza un guiño y pregunta: "¿Qué sucede capitán O'Brien?" "¡Sucede, sucede! —gritó el viejo—. ¿De qué se ríen pedazo de indios? No es cosa de risa. Es una deshonra para la naturaleza humana... Eso es. Me disgustaría que me viesen en alguna habitación con alguno de esos hombres. ¡Sí, señor!" Pareció cruzar su mirada con la mía, y yo tuve que hablar, por cortesía. "¡Zorrinos! —digo—, es claro, capitán O'Brien y a mí tampoco me gustaría tenerlos aquí, de modo que está muy a salvo en esta habitación, capitán O'Brien. Beba algo fresco." "¡Maldita sea su bebida, Egström —responde con un brillo en los ojos —. Cuando quiera una bebida, la pediré a gritos. Me voy. Esto apesta." Entonces todos los otros estallaron en carcajadas, y salieron detrás del viejo. Y en ese momento, señor, el maldito Jim deja el sandwich que tenía en la mano y dala vuelta a la mesa para acercarse a mí. Todavía tenía el vaso de cerveza por la mitad. "Me voy", me dice sin más trámites. "Todavía no son la una y media —le digo—. Primero podría fumar un cigarrillo." —Pensé que se refería a que ya era hora de ir a trabajar. Cuando entendí lo que quería decir, se me cayeron los brazos... ¡así! No se puede conseguir un hombre como ese todos los días, ¿sabe, señor? Un verdadero demonio para pilotear un bote. Dispuesto a internarse varias millas en el mar para encontrarse con barcos, en cualquier clase de tiempo. Más de una vez un capitán llegó aquí admirado, y lo primero que me decía era: "Ese que tiene como dependiente marítimo es una especie de lunático arriesgado, Egström. Yo buscaba mi rumbo a tientas, a la luz del día, con poco velamen cuando de pronto sale volando de entre la bruma, delante de mi proa, un bote con agua casi hasta la mitad, las rociaduras le llegaban al palo mayor, dos negros asustados echados en el fondo, un demonio aullante en la caña del timón. ¡Eh, eh! ¡Del barco! ¡Los del barco, capitán! ¡Eh, eh!

¡El hombre de Egström y Blake es el primero que les habla! ¡Eh, eh!

¡Egström y Blake! ¡Hola eh! Patea a los negros... Larga drizas... en ese momento había una borrasca... se precipitaba hacia delante aullando y gritando, y me dice que ice velas que él me señalará el camino. Más un demonio que un hombre. Nunca vi un bote manejado así en toda mi vida. No estaría borracho, ¿eh? Y un individuo tan tranquilo, de habla tan suave... se ruborizó como una niña cuando subió a bordo..." Le digo, capitán Marlow, que nadie tuvo nunca una posibilidad contra nosotros, con un barco desconocido, cuando Jim salía a su encuentro.

Los otros proveedores marítimos podían quedarse con sus antiguos clientes y..

Egström pareció abrumado por la emoción.

—Pero señor... parecía como sí no le molestara internarse cien millas en el mar, en un zapato viejo, para abordar un barco en nombre de la firma. Si el negocio hubiera sido de él, y todo estuviese todavía por hacerse, no habría hecho más en ese sentido... Y ahora... de pronto...

¡así! Yo pienso: ¡Ahá!, un aumento de salarios... ese es el problema ¿verdad? Muy bien le digo, no hace falta todo ese alboroto conmigo, Jimmy. Sólo tiene que mencionar la cifra. Cualquier cosa que sea razonable. Y me mira como si quisiera deglutir algo que se le ha atascado en la garganta. "No puedo quedarme con usted." "¿Qué es esa broma?", le pregunto. Menea la cabeza, y pude ver en la mirada que era como si ya se hubiera ido, señor. De modo que me volví hacia él y lo insulté hasta quedar ronco. "¿De qué huye? —le pregunto—. ¿Quién lo está molestando? ¿Qué lo asustó? Tiene tanta sensatez como una rata; ellas no huyen de un buen barco. ¿Dónde espera conseguir un empleo mejor?...

pedazo de tal por cual. —Le aseguro que lo hice sentirse enfermo.— Este negocio no se hundirá", le digo. Dio un gran salto. "Adiós —dice, saludándome con la cabeza como a un lord—. Usted no es un mal tipo, Egström. Le doy mi palabra de que si conociera mis razones, no querría conservarme." "Esta es la mentira más grande que jamás dijo en su vida —le replico—. Conozco mis propias opiniones." Se enfureció tanto, que tuve que reírme. "¿De veras no puede quedarse lo bastante como para beber ese vaso de cerveza, pedazo de pobre diablo estúpido?" No sé qué le pasó, no podía encontrar la puerta. Algo cómico, le digo, capitán. Yo mismo me bebí la cerveza. "Bien si tiene tanta prisa, brindo por usted con su propia cerveza —le digo—. Sólo que, acuérdese, si sigue con este juego, muy pronto descubrirá que la tierra no es bastante grande para contenerlo... Eso es todo." Me lanzó una negra mirada, y salió corriendo, con una cara como para asustar a un chiquillo.

Egström lanzó un amargo bufido, y se peinó, con dedos nudosos, una patilla castaña.

—Desde entonces no pude conseguir un hombre que sirviera para nada. En este negocio todo es preocupación, preocupación. ¿Y dónde lo conoció, capitán, si se puede preguntar?

—Era primer oficial del Patna en ese viaje —respondí, sintiendo que debía alguna explicación. —Durante un instante, Egström se quedó inmóvil, con los dedos hundidos en el pelo del costado de la cara, y luego estalló.

—¿Y a quién demonios le importa eso?

—Supongo que a nadie —comencé a decir...

—Y de todos modos, ¿quién diablos es él para comportarse de esa manera? —De pronto se metió la patilla izquierda en la boca y esbozó una expresión de asombro.— ¡Caray! —exclamó—. Y yo le dije que la tierra no sería lo bastante grande rara contenerlo.

Capítulo 19

Les narré en detalle estos dos episodios para mostrarles la manera que él mismo tenía de encarar las nuevas condiciones de su vida. Hay muchos otros por el estilo, más de los que podría contar con los dedos de las dos manos. Todos tienen el mismo matiz de altivo absurdo de intención que hace que su inutilidad resulte profunda y conmovedora.

Desprenderse del pan de todos los días con el fin detener las manos libres para enfrentar a un fantasma puede ser un acto de heroísmo prosaico. Otros hombres lo hicieron antes (de nosotros, que hemos vivido, sabemos muy bien que no es el alma acosada, sino el cuerpo hambriento el que lo convierte a uno en un proscrito), y hombres que comían y pensaban comer todos los días aplaudieron esta apreciable locura. Por cierto que era un desdichado, pues toda su irreflexividad no podía sacarlo de abajo de la sombra. Siempre quedaba una duda acerca de su valentía. La verdad parece ser que resulta imposible derribar el fantasma de un hecho.

No se lo puede enfrentar ni eludir... y he conocido a uno o dos hombres que lanzaban guiños a sus sombras familiares.

Es evidente que Jim no era del tipo de los que guiñan; pero lo que nunca pude entender es si su línea de conducta equivalía a eludir a su fantasma o a enfrentarlo.

Forcé mi visión mental, nada más que para descubrir que, como ocurre con la contextura de todas nuestras acciones, el matiz de diferencia era tan delicado, que resultaba imposible percibirlo. Puede que haya sido una lucha, y puede que haya sido un modo de combate. Para la mentalidad común, llegó a ser conocido como piedra que rueda, porque esa erala parte más graciosa; al cabo de un tiempo se lo conoció muy bien e inclusive adquirió cierto relieve, en el círculo de sus vagabundeos (que tenía un diámetro de digamos, cinco mil kilómetros), de la misma manera que un personaje excéntrico es conocido en toda la región. Por ejemplo, en Bangkok, donde encontró empleo en Yucker Hermanos, fletadores y comerciantes en teca, era casi patético verlo caminar al sol, abrazado a su secreto, que conocían hasta los mismos leños que flotaban por el río. Schomberg, el encargado del hotel en que se alojaba, un hirsuto alsaciano de porte masculino e irreprimible difusor de todas las murmuraciones escandalosas del lugar, impartía, los codos en la mesa, una versión adornada de la historia a cualquier huésped que quisiese beber conocimientos junto con los licores más costosos.

—Y fíjese, el individuo más agradable que pueda conocer —era su generosa conclusión—. Muy superior.

Habla muy en favor del grupo casual que frecuentaba el establecimiento de Schomberg, el hecho de que Jim consiguiera quedarse en Bangkok seis meses eneros. Les advertí que la gente, los desconocidos, simpatizaban con él como quien simpatiza con un chico agradable. Sus modales eran reservados, pero parecía como si su aspecto personal, sus cabellos sus ojos, sus sonrisas, le consiguiesen amistades dondequiera que fuese. Y es claro que no era un tonto. Oí a Siegmund Yucker (nativo de Suiza), una dulce criatura víctima de una cruel dispepsia, y tan espantosamente cojo que la cabeza se le balanceaba un cuarto de círculo a cada paso que daba, declarar, con apreciación, que por ser tan joven era "de gran gavacitat", como si se tratase de un simple asunto de contenido cúbico.

—¿Por qué no enviarlo más arriba? —sugerí con ansiedad. (Yucker Hermanos tenía concesiones y bosques de teca en el interior)—. Si tiene la capacidad, como dice, muy pronto conocerá el trabajo. Y en términos físicos, es muy fuerte. Su salud siempre fue excelente.

—¡Ach! Una gran gosa en este baís estar libre de disbebsia —suspiró el pobre Yucker, con envidia, mientras le lanzaba una mirada de soslayo a la boca de su arruinado estómago. Lo dejé tamborileando, pensativo, en su escritorio, y mascullando: Es ist ein idee. Es ist ein idee.

Por desgracia, esa misma noche ocurrió en el hotel algo muy desagradable.

No sé si debo censurar mucho a Jim, pero fue en verdad un incidente lamentable. Era una de esas amistosas especies de pendencias de tabernas, y el otro participante era cierto danés bizco, cuya tarjeta de visita recitaba, bajo su nombre bastardo: primer teniente de la Real Marina Siamesa. Es claro que el individuo era en absoluto inútil para el billar, pero no le gustaba que lo derrotaran, supongo. Había bebido; lo bastante como para ponerse desagradable después de la sexta partida, y hacer algunas observaciones despectivas a expensas de Jim. La mayoría de los que estaban allí no escucharon lo que se dijo, y quienes lo oyeron dieron la impresión de que todos los recuerdos exactos habían desaparecido debido a la horrenda naturaleza de las consecuencias que siguieron. El danés tuvo la suerte de saber nadar, porque la habitación daba a una galería, y el Menam fluía abajo, muy ancho y negro. Un bote cargado de chinos, que se dirigía, sin duda, a alguna expedición de robo, pescó al oficial del Rey de Siam y Jim apareció a eso de la medianoche, a bordo de mi barco, sin sombrero.

—Todos, en la habitación, parecían saberlo —dijo, jadeando todavía a consecuencia del encuentro, en apariencia. Lamentaba, en principio y en general, lo ocurrido, aunque en ese caso "no hubo opción", dijo.

Pero lo que más le acongojaba era que todos conocieran tan bien la naturaleza de su carga, como si hubiese pasado todo ese tiempo llevándola sobre los hombros. Como es natural, después de eso no podía seguir allí. Era universal la condena contra la violencia brutal, tan poco adecuada en un hombre de su delicada situación. Algunos afirmaban que había estado ebrio en el momento. Otros criticaron su falta de tacto. El propio Schomberg se disgustó mucho.

—Es un joven muy agradable —me dijo, argumentativo—, pero el teniente también es un hombre de primera. Cena todas las noches en mi table d'hôte, ¿sabe? Y hay un taco de billar roto. Eso no puedo permitirlo. Esta mañana, a primera hora, fui a disculparme al teniente, y creo que solucioné las cosas por mi parte; ¡pero piense, capitán, nada más:

si todos se dedicaran a hacer lo mismo! ¡Pero si el hombre habría podido ahogarse! Y aquí no puedo salir corriendo a la calle de enfrente y comprar un nuevo taco. Tengo que escribir a Norteamérica para pedirlo. ¡No, no! ¡Un temperamento así no sirve!... —Se sentía muy lastimado por todo el asunto.

Ese fue el peor incidente de todos en su... su retirada. Nadie podía deplorarlo más que yo; pues si, como dijo alguien al oírlo mencionar, "¡Oh, si, lo sé! Anduvo mucho por aquí", de alguna manera se las había arreglado para ser golpeado y magullado entretanto. Pero este último asunto me inquietó seriamente, porque si su exquisita sensibilidad llegaba hasta el punto de enredarlo en querellas de taberna, perdería su nombre de tonto inofensivo, aunque molesto, y adquiriría el de holgazán común. A pesar de toda mi confianza en él, no pude dejar de pensar que en tales casos, desde el nombre hasta la cosa misma no hay más que un paso. Supongo que entenderán que para entonces no podía pensar en lavarme las manos de él. Me lo llevé de Bangkok en mi barco, y tuvimos una larga travesía. Era lastimoso ver cómo se hundía dentro de sí. Un marino, aunque sea un simple pasajero, se interesa por un barco, y mira la vida marina que lo rodea con el goce crítico de un pintor, por ejemplo, que observa el trabajo ajeno. En todos los sentidos de la expresión, está "en el puente". Pero mi Jim permaneció abajo en la mayor parte del trayecto, lúgubre, como si hubiese sido un polizón.

Me contagió hasta tal punto, que eludí hablar de asuntos profesionales, como los que se sugerían por sí mismos, de manera natural, a dos marinos durante un pasaje. Pasaron días enteros sin que cambiásemos una palabra. Yo no me sentía en modo alguno dispuesto a dar órdenes a mis oficiales en su presencia. A menudo, cuando estaba a solas con él en el puente, o en el camarote, no sabíamos qué hacer con nuestros ojos.

Lo coloqué con De Jongh, como saben feliz de librarme de él de alguna manera, pero convencido de que su situación se hacía cada vez más intolerable. Había perdido parte de la elasticidad que le permitía rebotar de vuelta a su situación de inflexibilidad, después de cada caída. Un día, al bajar a tierra, lo vi en el muelle. El agua del puerto y el mar contenían un suave plano ascendente, y los barcos anclados más afuera parecían navegar, inmóviles, en el cielo. Esperaba su bote, que se cargaba a nuestros pies, con paquetes de pequeñas tiendas, para algún navío pronto a zarpar. Después de intercambiar un saludo, nos quedamos en silencio... uno al lado del otro.

—¡Cielos! —dijo de pronto—. Este es un trabajo que mata.

Me sonrió. Debo decir que por lo general se las arreglaba para sonreír. Yo no respondí. Sabía muy bien que no se refería a sus obligaciones; la había pasado muy bien con De Jongh. Ello no obstante, en cuanto habló quedé convencido desde todo punto de vista de que el trabajo era matador. Ni lo miré.

—¿Le gustaría —le pregunté— dejar para siempre esta parte del mundo; probar suerte con California o la costa Oeste? Veré qué puedo hacer...

Me interrumpió, un poco despectivamente.

—¿Cuál sería la diferencia...?

Me sentí convencido de que tenía razón. No habría diferencias.

No necesitaba alivio; me pareció percibir, en forma oscura, que lo que quería, lo que, por así decirlo, esperaba, era algo no fácil de decidir...

algo así como una oportunidad. Yo le había ofrecido muchas, pero fueron nada más que ocasiones para ganarse el pan. Y, sin embargo, ¿qué más podía hacer uno? La situación me pareció desesperada, y volvió a mí la frase del pobre Briely: "Que se meta seis metros bajo tierra y se quede ahí". Mejor eso, pensé, antes que esperar, al nivel del suelo, lo imposible. Pero ni siquiera se podía estar seguro de eso. Allí, en ese momento, yo mismo, antes que su bote estuviese a tres remos de distancia del muelle, decidí ir a consultar a Stein por la noche.

Este Stein era un comerciante adinerado y respetado. Su "casa"

(porque era una casa, Stein & Co, y había algo así como un socio, quien como decía Stein, "se ocupaba de las Molucas") realizaba una gran actividad entre las islas con muchos puestos comerciales establecidos en los lugares más apartados, para recibir los productos. Su riqueza y respetabilidad no eran precisamente las razones que me impulsaban a pedirle consejo. Deseaba confiarle mis dificultades porque era uno de los hombres más dignos de confianza que jamás había conocido. La suave luz de una afabilidad sencilla e infatigable, por decirlo así, además de inteligente, iluminaba su largo rostro lampiño.

Tenía pliegues descendentes, y era pálido, como en un hombre que hace vida sedentaria... lo cual, en verdad, estaba muy lejos de ser cierto. Su cabello era ralo, y lo llevaba cepillado hacia atrás, despejando la frente maciza y elevada. Uno imaginaba que a los veinte debía de tener, poco más o menos, el mismo aspecto que tenía ahora a los sesenta.

Era un rostro de estudiarte; sólo las cejas, casi canosas y velludas, junto con la decidida mirada escudriñadora que surgía por debajo de ellas no coincidían con eso. Puedo hablar de un aspecto erudito. Era alto y como desarticulado; las espaldas un tanto cargadas, junto con una inocente sonrisa, lo hacían parecer benévolo y dispuesto a escuchar. Los largos brazos, con las manos grandes y pálidas, tenían ademanes más bien deliberados, de tipo indicativo, demostrativo. Hablo de él en detalle, pues por debajo de su exterior, y en conjunción con una naturaleza recta e indulgente, ese hombre poseía una intrepidez de espíritu y una valentía física que habrían podido llamarse irreflexivas si no hubiesen sido como una función natural del cuerpo —digamos, una buena digestión, por ejemplo—, por entero inconsciente de sí mismo. A veces se dice de un hombre que lleva su vida en sus manos. Este dicho habría sido inadecuado si se le aplicara a él; durante la primera parte de su existencia en Oriente jugó con ella. Todo eso quedaba ya en el pasado, pero yo conocía la historia de su vida y el origen de su fortuna.

También era un naturalista de cierta distinción, o quizá debería decir un coleccionista con conocimientos. La entomología era su estudio especial. Su colección de Buprestidae y Longicorns, todos escarabajos, horribles monstruos en miniatura, que parecían malévolos en la muerte y la inmovilidad, y su gabinete de mariposas, bellas y aleteantes bajo el vidrio de vitrinas de alas inertes, habían difundido su fama por toda la tierra. El nombre de este comerciante, aventurero, en ocasiones asesor de un sultán malayo (a quien jamás se refería de otra manera que no fuese la de "mi pobre Mohammed Bonso"), había llegado a ser conocido, gracias a unos pocos bushels de insectos muertos, para las personas cultas de Europa, que no podían concebir, y a quienes por cierto no les habría importado conocerlos su vida y su carácter. Yo, que los conocía, lo consideraba una persona en todo sentido adecuada para recibir mis confidencias acerca de las dificultades de Jim, lo mismo que respecto de las mías.

Capítulo 20

A última hora de la tarde entré en su estudio, después de cruzar un comedor imponente pero desierto, apenas iluminado. La casa estaba en silencio. Me precedió un anciano y hosco criado javanés, ataviado con una especie de librea de chaqueta blanca y sarong amarillo, quien después de abrirla puerta exclamó en voz baja: "¡Oh amo!", y desapareció en forma misteriosa, como si hubiese sido un fantasma encarnado durante apenas un instante para ese servicio. Stein se volvió junto con la silla y en el mismo movimiento sus gafas parecieron subir a su frente. Me dio la bienvenida con su voz tranquila y humorística. Sólo un rincón de la vasta habitación, el rincón en que se encontraba su escritorio, estaba fuertemente iluminado por una lámpara de leer, con pantalla y el resto de la espaciosa estancia se hundía en una penumbra informe, como una caverna. Angostos anaqueles, repletos de cajas oscuras, de forma y color uniformes, se extendían a lo largo de las paredes, no del piso al cielo raso, sino en un sombrío cinturón de poco más de un metro de ancho. Catacumbas de escarabajos. Arriba pendían tabletas de madera, a intervalos irregulares. La luz llegaba a una de ellas y la palabra Coleópteros, escrita en letras doradas, tenía un brillo misterioso en la vasta lobreguez. Las vitrinas de vidrio que contenían la colección de mariposas se hallaban ordenadas en tres largas hileras, sobre mesitas de patas esbeltas. Una de las vitrinas había sido sacada de su lugar y estaba sobre el escritorio, sembrado de tiras rectangulares de papel, cubiertas de minúscula caligrafía.

—Aquí me ve.. —dijo. La mano revoloteó sobre la caja de vidrio, donde una mariposa, en solitaria grandeza, extendía sus alas de color bronceado oscuro, de más de veinte centímetros de punta a punta, con exquisitas venas blancas y un esplendoroso borde de puntos amarillos.

—Sólo un ejemplar como éste tienen en su Londres, y después... nada más. Legaré esta colección a mi pequeña ciudad natal. Algo mío. Lo mejor.

Se inclinó hacia delante, en la silla miró con atención, la barbilla sobre la parte delantera de la caja. Yo me encontraba a espaldas de él.

—Maravilloso —susurró, y pareció olvidar mi presencia. Su historia era curiosa. Había nacido en Baviera, y de joven a los veintidós años, participó de manera activa en el movimiento revolucionario de 1848.

Muy comprometido, consiguió huir, y al principio encontró refugio en casa de un pobre relojero republicano de Trieste. De ahí viajó a Trípoli, con un acopio de relojes baratos que vender... Nada importante como comienzo, pero resultó afortunado para él, pues allí conoció a un viajero holandés, un hombre bastante famoso, creo, pero no recuerdo su apellido. Ese naturalista fue quien luego de tomarlo como una especie de ayudante, se lo llevó a Oriente. Viajaron juntos por el archipiélago, y después se separaron, para coleccionar insectos y aves durante cuatro años, o más. Luego el naturalista volvió a su hogar, y Stein, que no tenía hogar al que regresar, quedó con un viejo traficante a quien había conocido en sus viajes por el interior de las Célebes... Si se puede decir que las Célebes tienen un interior. Ese anciano escocés, el único hombre blanco a quien se le permitía residir en el lugar en esa época, era un privilegiado amigo del jefe principal de los Estados Wajo, que era una mujer. A menudo oí a Stein relatar la forma en que el individuo, un tanto paralizado de un costado, lo presentó en la corte nativa poco antes que otro ataque se lo llevara a la tumba. Era un hombre pesado, de patriarcal barba blanca y estatura imponente. Entró en la sala del consejo, donde se hallaban reunidos todos los rajás, los pangerang y jefes con la reina, una mujer obesa y arrugada (de lenguaje muy franco, dijo Stein), reclinada sobre un alto cojín, bajo un dosel. Él arrastró la pierna, golpeteando con el bastón, y tomó el brazo de Stein, para llevarlo al lado del cojín.

—Vean, reina, y ustedes, rajás; este es mi hijo —proclamó con voz estentórea—. Comercié con los padres de ustedes, y cuando yo muera él comerciará con ustedes y sus hijos.

Por medio de esta sencilla formalidad, Stein heredó la situación privilegiada del escocés, y todas sus existencias, junto con una casa fortificada en la orilla del único río navegable del país. Poco después, la anciana reina, tan franca de lenguaje, murió, y el país resultó sacudido por las actividades de varios pretendientes al trono. Stein se unió al partido del hijo menor, aquel de quien treinta años más tarde hablaba llamándolo "mi pobre Mohammed Bonso". Ambos se convirtieron en héroes de innumerables hazañas: pasaron por maravillosas aventuras, y una vez soportaron un asedio, en la casa del escocés, durante un mes, con sólo una veintena de seguidores contra todo un ejército. Creo que los nativos hablan de esta guerra hasta hoy. Entretanto, según parece, Stein no dejó de incorporar a su propia cuenta todas las mariposas o escarabajos que se cruzaban por su camino. Después de unos ocho años de guerra, negociaciones, falsas treguas, repentinos estallidos, reconciliaciones, traiciones y demás, y en el momento en que la paz parecía por fin establecida de modo permanente, su "pobre Mohammed Bonso" fue asesinado ante las puertas de su propia residencia real, en el momento en que desmontaba, muy animado, de regreso de una exitosa cacería de ciervos. Este hecho hizo que la situación de Stein resultara muy insegura, pero tal vez se habría quedado a no ser porque poco tiempo después perdió a la hermana de Mohammed ("mi querida esposa, la princesa", solía decir, con solemnidad), con la cual había tenido una hija. Madre e hija murieron ambas, a tres días de diferencia una de la otra, de cierta fiebre infecciosa. Él salió del país, que esta cruel pérdida le hacía insoportable. Así terminó la primera y más aventurera parte de su existencia. Lo que siguió fue tan distinto que, a no ser por la realidad de la congoja que lo seguía, esa extraña parte habría parecido un sueño. Tenía poco dinero; inició la vida de nuevo, y a lo largo de los años adquirió una considerable fortuna. Al principio viajó mucho entre las islas pero la edad lo fue invadiendo, y en los últimos tiempos salía muy pocas veces de su espaciosa casa, situada a cinco kilómetros del pueblo, con un amplio jardín y rodeada de establos oficinas y chozas de bambú para sus criados y dependientes, de los cuales tenía muchos. Todas las mañanas viajaba en su calesa a la ciudad, donde había instalado una oficina con empleados blancos y chinos. Era dueño de una pequeña flota de goletas y tripulación nativa y trabajaba en gran escala con los productos isleño. Por lo demás, hacía una vida solitaria, pero no misantrópica con sus libros y su colección, su clasificación y ordenamiento de ejemplares, su correspondencia con entomólogos de Europa, su redacción de un catálogo descriptivo de sus tesoros. Tal era la historia del hombre a quien iba a consultar sobre el caso de Jim, sin esperanzas definidas. El solo hecho de escuchar lo que pudiese decirme sería un alivio. Me sentía muy ansioso, pero respeté la intensa, casi apasionada concentración con que observaba una mariposa, como si en el brillo broncíneo de las frágiles alas en los dibujos blancos, en las esplendorosas marcas, pudiese ver otras cosas, una imagen de una destrucción tan perecedera y desafiante como esos delicados tejidos inertes que exhibían una magnificencia no perturbada por la muerte.

—¡Maravilloso! —repitió, mirándome—. ¡Mire! La belleza... pero eso no es nada... vea la exactitud, la armonía. ¡Y tan frágil! ¡Y tan fuerte!

¡Y tan exacta! Esta es la naturaleza.. . el equilibrio de fuerzas colosales. Todas las estrellas son así... todas las briznas de hierba se yerguen así... y el poderoso cosmos, en perfecto equilibrio, produce... esto. Esta maravilla esta obra maestra de la naturaleza, la gran artista.

—Nunca oí a un entomólogo hablar de esta manera —observé, alegre—. ¡Obra maestra! ¿Y el hombre?

—El hombre es sorprendente, pero no es una obra maestra —replicó, con la vista todavía fija en la caja de vidrio. —Tal vez el artista estaba un poco loco. ¿Eh? ¿Qué le parece? A veces pienso que el hombre apareció donde no se lo deseaba, donde no hay lugar para él; pues de lo contrario, ¿para qué necesita todo el lugar?

¿Por qué corre de aquí para allá, y hace grandes ruidos y arma un gran estrépito acerca de sí mismo, habla sobre las estrellas perturba las briznas de hierba...?

—Y caza mariposas —intervine.

Sonrió, se echó hacia atrás, en la silla y estiró las piernas.

—Siéntese —dijo—. Yo mismo capturé este raro ejemplar una buena mañana. Y experimenté una muy grande emoción. No sabe qué es para un coleccionista capturar un ejemplar tan raro. No lo sabe.

Sonreí, a mis anchas, en una mecedora. Los ojos de él parecían ver mucho más allá de la pared que miraban; y me contó que una noche llegó un mensajero para su "pobre Mohammed", quien solicitaba su presencia en la "residenz" —como la llamaba—, ubicada a unos quince o dieciséis kilómetros sobre un sendero de herradura que cruzaba una llanura cultivada, con retazos de bosque aquí y allá. Por la mañana, temprano, salió de su casa fortificada, después de abrazar a su pequeña Emma, y dejar a la "princesa", su esposa, al mando de todo. Describió la forma en que ella lo acompañó hasta los portones, con una mano en el cuello de su caballo; llevaba puesta una chaqueta blanca, horquillas de oro en el cabello, y cinturón de cuero castaño sobre el hombro izquierdo, con un revólver en él.

—Hablaba como hablan las mujeres —dijo—; me pidió que tuviese cuidado, y que tratara de volver antes del anochecer, y el peligro que representaba el hecho de que me fuese solo. Estábamos en guerra, y la región no era segura; mis hombres colocaban persianas a prueba de bala en la casa, cargaban los rifles, y ella me rogó que no temiese por su vida. Podía defender la casa contra cualquiera, hasta que yo regresara. Y yo lancé una carcajada de placer. Me gustaba verla tan valiente, joven y fuerte. También yo era joven entonces. En los portones me tomó la mano, la apretó y retrocedió. Hice que mi caballo se detuviera hasta que escuché la caída de las trancas del portón, a mis espaldas.

Había un gran enemigo mío, un gran noble —y un gran pillastre, además—, que merodeaba con una banda por las cercanías. Recorrí, al galope corto, unos seis o siete kilómetros. Por la noche había llovido, pero la bruma se evaporaba, ascendía... y la faz de la tierra estaba limpia. Me sonreía, tan fresca e inocente... como un chiquillo. De pronto alguien descarga una andanada... Veinte disparos me parecieron por lo menos. Oigo las balas bajar cantando junto a mis oídos y mi sombrero salta hacia la nuca. Era una pequeña intriga, ¿entiende? Hicieron que mi pobre Mohammed me mandase a buscar, y luego me tendieron esa emboscada. Lo entendí todo en un minuto, y pensé... esto necesita un poco de orden. Mi pony bufa, salta y se para en dos patas, y yo caigo lentamente hacia adelante, la cabeza hundida en sus crines. Se pone a caminar, y con un ojo veo, por sobre su cuello una leve nube de humo que pende ante un bosquecillo de bambúes, a mi izquierda. Pensé...

¡Ahá!, amigos míos, ¿por qué no esperaron un poco más antes de disparar? Esto todavía no está gelungen. ¡Oh, no! Saco el revólver con la derecha despacio... despacio. En fin de cuentas, sólo había siete de esos pillastres. Se levantan del césped y rompen a correr, envueltos en sus sarongs, agitando las lanzas por sobre la cabeza, y gritándose unos a otros que tengan cuidado y atrapen al caballo, porque yo estaba muerto. Los dejo llegar tan cerca como de aquí a esa puerta, y entonces, bang, bang, bang: y, además, apunto en cada ocasión. Hago otro disparo a la espalda del hombre, pero yerro. Ya están demasiado lejos. Entonces me quedo sentado a solas en mi caballo, y la limpia tierra me sonríe, y ahí están los cadáveres de tres hombres, caídos en el suelo.

Uno estaba encogido como un perro; otro, de espaldas, tenía el brazo sobre los ojos, como para que el sol no lo molestara, y el tercero levanta la pierna con suma lentitud, lanza un puntapié con ella para volver a enderezarla. Lo miro con mucho cuidado desde mi caballo, pero ya no hay más... bleibt ganz ruhig se queda quieto, así. Cuando le miré la cara, para ver si mostraba alguna señal de vida, observé algo como una leve señal de sombra que le pasaba por la frente. Era la sombra de esta mariposa. Mire la forma del ala. Esta especie vuela alto, con un vuelo muy fuerte. Levanté la vista y la vi alejarse aleteando. Pienso...

¿será posible? Y la pierdo. Desmonté y seguí con gran lentitud, llevando mi caballo de la brida, sosteniendo el revólver con una mano, y mis ojos yendo de arriba abajo y de derecha a izquierda, ¡por todas partes!

Por fin la veo sentada en un montículo de tierra, a tres metros de distancia. El corazón me palpitó con rapidez. Solté el caballo, conservé el revólver en una mano, y con la otra me saqué de la cabeza el sombrero de fieltro blando. Un paso. Tranquilo. Otro. ¡Plaf! ¡La atrapé! Cuando me levanté temblaba como una hoja, de excitación, y cuando abrí estas hermosas alas y me aseguré de lo raro y extraordinariamente perfecto del ejemplar que tenía, la cabeza me dio vueltas y las piernas se me debilitaron de emoción, a tal punto, que tuve que sentarme en el suelo.

Tenía grandes deseos de poseer un ejemplar de esa especie cuando coleccionaba para el profesor. Hacía largos viajes y sufría grandes privaciones; soñaba con ella y aquí, de pronto, la tenía entre mis dedos... ¡para mí! Para decirlo con las palabras del poeta (pronunció "boeta") So halt' ich's endlich denn in meinen Händen, Und nenn' es in gewissem Sinne mein.

Pronunció la última palabra con el acento de una voz repentinamente acallada, y retiró la vista, poco a poco, de mi rostro. Se dedicó a cargar, afanoso, una pipa de caño largo, y en silencio, después, con el pulgar en el orificio del cuenco, volvió a mirarme en forma significativa.

—Sí, mi buen amigo. Ese día no tuve nada que desear; había disgustado en gran medida a mi principal enemigo; era joven fuerte; tenía amistades; tenía el amor de una mujer, una hija tenía, para llenarme el corazón... ¡Y hasta lo que una vez soñé estaba ahora entre mis manos, también!

Encendió un fósforo, que chisporroteó con violencia. Su plácido rostro pensativo se contrajo una vez.

—Amigo, esposa, hija —dijo con lentitud, mirando la llamita—, ¡bah!

—apagó el fósforo. Suspiró y se volvió otra vez hacia la caja de vidrio.

Las frágiles y hermosas alas temblaron apenas, como si su aliento, por un instante, hubiese devuelto la vida al espléndido objeto de sus sueños.

—El trabajo —dijo de pronto, señalando las tiras de papel dispersas, y en su tono habitual, suave y alegre— hace grandes progresos. Estuve describiendo este raro ejemplar... ¡Na! ¿Y cuáles son sus buenas noticias?

—Para decirle la verdad, Stein —dije con un esfuerzo que me sorprendió—, vine a describirle un ejemplar...

—¿Mariposa? —preguntó, con ansiedad humorística e incrédula.

—Nada tan perfecto —respondí, y de pronto me sentí desilusionado, y víctima de todo tipo de dudas—. ¡Un hombre!

—¡Ach so! —murmuró, y su semblante sonriente, vuelto hacia mí, se puso grave. Luego, después de mirarme un instante, dijo: Bueno... yo también soy un hombre.

Acá lo tienen tal como era; sabía ser generosamente estimulante, como para hacer que un hombre escrupuloso vacilara al borde de la confidencia; pero si yo vacilé, no fue durante mucho tiempo.

Me escuchó, sentado con las piernas cruzadas. A veces su cabeza desaparecía por completo en una gran erupción de humo, y un gruñido de simpatía surgía de entre la nube. Cuando terminé, descruzó las piernas, dejó la pipa, se inclinó hacia delante, hacia mí, con avidez, con los codos en los brazos de su sillón, las yemas de los dedos juntas.

—Entiendo muy bien. Es romántico.

Me diagnosticó el caso, y al principio me sobresalté al descubrir cuán sencillo era. Y en verdad, nuestra conferencia se parecía mucho a una consulta médica: Stein, de aspecto erudito, sentado en un sillón, delante de su escritorio; yo, ansioso, en otro, frente a él pero un tanto a un costado... y me pareció natural preguntar:

—¿Qué es bueno para eso?

Levantó un largo índice.

—¡Hay un solo remedio! ¡Una sola cosa puede curarnos de nosotros mismos! —El dedo descendió al escritorio con un golpe vivaz. El caso que había hecho parecer tan sencillo, hacía un momento, se volvió más sencillo aún, si eso era posible... y desde todo punto de vista desesperado. Hubo una pausa.

—Sí —dije—, hablando en términos estrictos, el problema no es cómo curarse, sino cómo vivir.

Aprobó con la cabeza, en apariencia con cierta tristeza.

—¡Ja! ¡Ja! En general, para adaptar las palabras de su gran poeta:

ese es el problema... —Continuó asintiendo con simpatía: — ¡Cómo ser!

¡Ach! Cómo ser.

Se puso de pie, con las yemas de los dedos apoyadas en el escritorio.

—Queremos ser en tantas formas distintas —continuó. —Esta magnifica mariposa encuentra un montículo de tierra y se queda inmóvil en él. Pero el hombre nunca permanece inmóvil en su montículo de barro.

Quiere ser así, y después quiere ser de otra manera... —Movió la mano hacia arriba, luego, hacia abajo...— Quiere ser un santo, y quiere ser un demonio... y cada vez que cierra los ojos se ve como un individuo espléndido... tan espléndido como jamás podrá serlo... en un sueño...

Bajó la tapa de vidrio, el cierre automático lanzó un fuerte chasquido, levantó la caja con ambas manos y la llevó religiosamente a su lugar, para lo cual salió del brillante círculo de la lámpara y se hundió en el anillo de luz más leve... y por último en una penumbra informe.

Fue un efecto curioso como si esos pocos pasos lo hubieran sacado de este mundo concreto y perplejo. Su alta figura, como despojada de su sustancia, aleteó sin ruido sobre cosas invisibles, con movimientos encorvados e indefinidos; su voz, escuchada en esa región remota en la cual se lo podía entrever misteriosamente ocupado en cosas inmateriales, va no era incisiva: parecía rodar, voluminosa y grave, atenuada por la distancia.

—Porque no siempre uno puede mantener los ojos cerrados, aparece el gran problema... el dolor del corazón... el dolor del mundo. Le digo, mi amigo, no es bueno para uno descubrir que no puede hacer que el sueño adquiera realidad, por la razón de que uno más fuerte no es, o no bastante inteligente. Ja!... ¡Y al mismo tiempo uno es un individuo tan magnífico! Wie? Was? Gott in Himmel! ¿Cómo puede ser eso? ¡Ja, ja, ja!

La sombra que hurgaba entre las tumbas de las mariposas lanzó una estrepitosa carcajada.

—¡Sí! Muy graciosa es esta terrible cosa. Un hombre que nace cae en un sueño como quien cae al mar. Si trata de trepar al aire, como la gente inexperta intenta hacerlo, se ahoga... nicht wahr? ¡No! ¡Se lo digo yo! La solución es el elemento destructivo, someterse, y con el esfuerzo de las manos Y los pies en el agua hacer que el mar profundo, profundo, lo mantenga. De modo que si me pregunta... ¿cómo ser?

Su voz saltó, con fuerza extraordinaria, como si más allá, en la penumbra, hubiese sido inspirado por un murmullo de conocimientos.

—¡Se lo diré! Para eso también hay un solo camino.

Con un apresurado susurro de las pantuflas se irguió en el anillo de luz débil, y de pronto apareció en el círculo brillante de la lámpara.

Su mano extendida apuntaba a mi pecho como una pistola; sus ojos hundidos parecían atravesarme, pero sus labios, móviles, no pronunciaron una palabra, y la austera exaltación de una certidumbre percibida en la penumbra desapareció de su rostro. La mano que me apuntaba al pecho cayó, y pronto, acercándose un paso, la depositó con suavidad sobre mi hombro. Había cosas, dijo con acento lúgubre, que tal vez jamás pudieran decirse. Pero él había vivido tanto tiempo a solas que a veces se olvidaba... se olvidaba. La luz había destruido la seguridad que lo inspiró en las sombras distantes. Se sentó y, con ambos codos sobre el escritorio, se frotó la frente.

—Y, sin embargo, es cierto... es cierto. En el elemento destructivo inmerso... —Habló con tono apagado sin mirarme, una mano a cada lado de la cara.— Ese era el camino. Seguir el sueño, y volver a seguirlo... Y así... ewig... usque ad finem...

El susurro de su convicción pareció abrir ante mí una vasta e incierta extensión, como de un horizonte crepuscular en una llanura, al alba... ¿O era tal vez a la llegada de la noche? No existía el valor necesario para decidir; pero era una luz encantadora y engañosa, que lanzaba la impalpable poesía de su oscuridad por encima de peligros latentes.. . o sobre tumbas. Su vida comenzó en sacrificio, en entusiasmo por ideas generosas; había viajado mucho, de distintas maneras, por extraños caminos, y fuese lo que fuere lo que perseguía, lo hizo sin vacilar, y por lo tanto sin vergüenza y sin lamentarlo. En ese sentido tenía razón. Ese era el camino, sin duda alguna. Y, sin embargo, a pesar de todo, la gran llanura por la cual los hombres vagan entre tumbas y peligros seguía muy desolada, bajo la impalpable poesía de su luz crepuscular, sombreada en el centro, circundada por un borde brillante, como rodeada por un abismo repleto de llamas. Al cabo, cuando yo quebré el silencio, fue para expresar la opinión de que nadie podía ser más romántico que él mismo.

Meneó la cabeza con lentitud, y después me observó con una mirada paciente e interrogadora. Era una vergüenza, dijo. Ahí estábamos, sentados y hablando como dos chiquillos en lugar de unir las cabezas para encontrar algo práctico... un remedio práctico... un remedio práctico... para el mal... para el gran mal... repitió con una sonrisa humorística e indulgente. A pesar de todo eso, nuestra conversación no se hizo más práctica. Evitábamos pronunciar el nombre de Jim como si tratáramos de eliminar de nuestra discusión la carne y la sangre, o como si él no fuese otra cosa que un espíritu errabundo, una sombra sufriente y sin nombre.

—¡Na! —exclamó Stein, poniéndose de pie—. Esta noche usted duerme aquí, y por la mañana haremos algo práctico... práctico...

Encendió un candelabro de dos velas y me precedió. Pasamos por habitaciones oscuras, escoltados por los resplandores de las luces que Stein llevaba. Se deslizaban por pisos encerados, barriendo aquí y allá la pulida superficie de una mesa, saltando sobre la curva fragmentaria de un mueble, o brillaban y desaparecían, perpendiculares, en espejos lejanos, en tanto que las formas de dos hombres y el chisporroteo de dos llamas podían verse por un instante, deslizándose, silenciosos, a través de las profundidades de un vacío cristalino. Él caminaba con lentitud, un paso más adelante que yo, con encorvada cortesía; había en su rostro una profunda quietud, como si escuchara; los largos rizos de lino mezclados con hebras blancas caían, ralos sobre su cuello apenas inclinado.

—Es romántico... romántico —repitió—. Y eso es muy malo... muy malo... Y también muy bueno —agregó.

—¿Pero lo es? —pregunté yo.

—Gewiss —respondió él, y permaneció inmóvil, sosteniendo el candelabro, pero sin mirarme—. ¡Evidente! ¿Qué es lo que por un dolor interior lo hace conocerse a sí mismo? ¿Qué es lo que para usted y para mí lo hace a él... existir?

En ese momento resultaba difícil creer en la existencia de Jim...

salido de una parroquia rural, borroneado por multitudes de hombres, como por nubes de polvo, silenciado por las exigencias de la vida y la muerte, en pugna entre sí, en un mundo material. ¡Pero su realidad imperecedera me llegó con una fuerza convincente, irresistible! La vi con nitidez, como si en nuestro avance a través de elevadas habitaciones silenciosas, entre fugaces vislumbres de luz y las repentinas revelaciones de figuras humanas que marchaban con llamas vacilantes, en medio de profundidades insondables y trasparentes, nos acercáramos cada vez más a la Verdad absoluta, que, como la Belleza misma, flota y lo elude a uno, oscura, semi sumergida, en las silenciosas y tranquilas aguas del misterio.

—Tal vez lo sea —admití con una leve carcajada, cuyas repercusiones, inesperadamente intensas, me hicieron bajar la voz enseguida—.

Pero estoy seguro de que usted lo es.

Con la cabeza caída sobre el pecho, y la luz levantada en alto, volvió a caminar.

—Bueno... yo también existo —dijo.

Me precedió. Mi mirada seguía sus movimientos, pero lo que veía no era la cabeza del huésped firme, bienvenido, en las recepciones del atardecer, del corresponsal de sabias sociedades, del anfitrión de naturalistas. Sólo veía la realidad de su destino, que había sabido cómo seguir, con pasos firmes, la vida iniciada en humilde ambiente, rica en generosos entusiasmos, en amistad, amor, guerra... en todos los elementos exaltados del romanticismo. Ante la puerta de mi habitación se volvió hacia mí.

—Sí —dije, como si continuara una conversación—, y entre otras cosas, usted soñó, como un tonto, con cierta mariposa. Pero cuando una buena mañana su sueño se cruzó por su camino, no dejó escapar la espléndida oportunidad. ¿No es así? En tanto que...

Stein levantó la mano.

—¿Y sabe cuántas oportunidades dejé escapar; cuántos sueños perdí, que se cruzaron por mi camino? —Meneó la cabeza, apenado.— Me parece que algunas habrían sido magníficas... si las hubiese dejado convertirse en realidad. ¿Sabe cuántas? Quizá no lo sepa ni yo mismo.

—No sé si las de él eran magníficas o no —repliqué—, conoce una que por cierto no atrapó.

—Todos conocen una o dos como esas —dijo Stein—. Y eso es lo malo... Lo pésimo...

Me estrechó la mano en el umbral, atisbó en mi habitación bajo el brazo levantado.

—Duerma bien. Y mañana tenemos que hacer algo práctico...

práctico.

Aunque su habitación estaba un poco más allá de la mía, lo vi regresar por el mismo camino. Volvía a sus mariposas.

Capítulo 21

Supongo que no han oído hablar de Patusán —continuó Marlow, después de un silencio ocupado en el cuidadoso encendido de un cigarro. No importa. Hay muchos cuerpos celestes, de entre la multitud que se apiñan sobre nosotros, sobre la noche, acerca de los cuales la humanidad nunca oyó hablar, pues se encuentran fuera de las esferas de sus actividades, y no son de importancia terrenal para nadie, salvo los astrónomos, a quienes se les paga para que hablen con sabiduría respecto de su composición, peso, trayectoria... las irregularidades de su conducta, las aberraciones de su luz... una especie de murmuraciones científicas escandalosas. Lo mismo ocurría con Patusán. Se lo mencionaba con acento de conocedores en los círculos gubernamentales internos de Batavia, con especial referencia a sus irregularidades y aberraciones, y algunos, muy pocos, en el mundo mercantil, lo conocían de nombre. Pero nadie había estado allí, y sospecho que nadie deseaba ir en persona, tal como un astrónomo, me imagino, se opondría con energía a ser transportado a un distante cuerpo celestial, en donde separado de sus instrumentos terrenales, se sentiría asombrado ante la visión de un cielo desconocido. Pero ni los cuentos celestes ni los astrónomos tienen nada que ver con Patusán. Jim fue quien se dirigió hacia allí. Sólo quería que entendieran que si Stein hubiera dispuesto enviarlo a una estrella de quinta magnitud, el cambio no habría sido mayor. Dejó tras de sí sus defectos terrenales, y la clase de reputación que se había granjeado, y surgió todo un nuevo grupo de condiciones para que trabajase en ellas su facultad imaginativa. Nuevas en todo sentido, y desde todo punto de vista notables. Y él se apoderó de ellas en forma notable.

Stein era el hombre que conocía más que nadie lo referente a Patusán. Más de lo que se sabía en los círculos gubernamentales, sospecho. No tengo duda de que estuvo allí, ya sea en su época de cazador de mariposas, o más tarde cuando trataba, a su manera incorregible, de sazonar con una pizca de romanticismo los platos que engordaban demasiado, en su cocina comercial. Existen muy pocos lugares del archipiélago que él no haya visto en la penumbra primitiva de su ser, antes que la luz (e inclusive la luz eléctrica) hubiese sido llevada a ellos con fines de mayor moralidad y... y... bien... mayor ganancia, además. Mencionó el lugar durante el desayuno, en la mañana siguiente a nuestra conversación sobre Jim, después que yo cité la frase del pobre Brierly: "Que se meta seis metros bajo tierra y se quede allí."

Me miró con interesada atención, como si hubiese sido un raro insecto.

—Eso también puede hacerse —dijo, sorbiendo el café.

—Enterrarlo de alguna manera —expliqué—. Por su—puesto, a uno no le agrada hacerlo, pero sería lo mejor, viendo quién es él.

—Sí, es joven —caviló Stein.

—El ser humano más joven que existe ahora —afirmé.

—Schön. Está Patusán —continuó en el mismo tono... —Y la mujer ya está muerta —agregó, en forma incomprensible.

Es claro que ustedes no conocen la historia; yo sólo puedo suponer que alguna vez, en tiempos lejanos, Patusán fue usada como tumba de algún pecado, trasgresión o desdicha. Es imposible sospechar de Stein. La única mujer que jamás existió para él fue la joven malaya a quien llamaba "mi esposa la princesa", o, en momentos más raros, de expansión, "la madre de mi Emma". No sé quién era la mujer que mencionó en relación con Patusán, pero por sus alusiones entendí que había sido una joven holando—malaya educada y muy bien parecida, de historia trágica, o tal vez apenas lamentable, pero no cabe duda de que la parte más penosa era su casamiento con un portugués de Malaca, empleado de alguna casa comercial de las colonias holandesas. Entendí, por lo que decía Stein, que ese hombre era una persona insatisfactoria en más de un sentido, todos ellos más o menos indefinidos y ofensivos.

Sólo por su esposa lo había nombrado Stein gerente del puesto comercial de Stein & Co, en Patusán; pero en términos comerciales el asunto no tuvo éxito, por lo menos para la firma, y ahora que la mujer había muerto Stein estaba dispuesto a probar allí con otro agente. El portugués, que se llamaba Cornelius, se consideraba una persona muy merecedora pero de quien se había abusado, y que merecía un puesto mejor, dadas sus capacidades. Jim debía relevar a ese hombre.

—Pero no creo que se vaya del lugar —señaló Stein—. Eso nada tiene que ver conmigo. Sólo por la mujer yo.. .

Pero como creo que queda una hija, lo dejaré, si así lo quiere, quedarse con la casa antigua.

Patusán es un distrito remoto en un Estado gobernado por nativos, y el caserío principal lleva el mismo nombre.

En un punto del río a sesenta y cinco kilómetros del mar, donde las primeras casas aparecen a la vista, puede verse surgir por sobre el nivel de los bosques las cúspides de dos colinas muy empinadas y juntas, separadas por lo que parece una profunda fisura, el clivaje de algún golpe poderoso. En rigor, el valle es apenas un estrecho cañadón; el aspecto, desde el caserío, es el de una colina cónica, irregular, dividida en dos, y las dos mitades apenas separadas. Al tercer día la luna llena, tal como se la veía desde el espacio abierto de adelante de la casa de Jim (tenía una casa muy bonita, de estilo nativo, cuando lo visité), se elevaba con exactitud detrás de dichas colinas, y su luz difusa dibujó al comienzo, en un relieve muy negro, las dos masas, y luego, el disco casi perfecto, de resplandor rojizo, apareció deslizándose hacia arriba, entre los bordes del abismo, hasta flotar sobre las cimas, como si escapara de una tumba abierta, en tenue triunfo.

—Magnífico efecto —dijo Jim—. Merece verse. ¿No es así?

Y esta pregunta fue dicha con una nota de orgullo personal que me hizo sonreír, como si hubiese participado en la regulación de ese espectáculo singular. ¡Había regulado tantas cosas en Patusán! Cosas que habrían parecido muy por encima de su dominio, como la luna y las estrellas.

Era inconcebible. Esa era la cualidad distintiva del aspecto en el cual Stein y yo lo habíamos hecho caer sin quererlo, sin otra idea que la de sacarlo del paso; para ponerlo en su propio camino, entiéndase.

Ese era nuestro principal objetivo, aunque, lo confieso, puede que yo tuviese otro motivo que había influido un poco sobre mí. Estaba a punto devolver a mi hogar por un tiempo; y tal vez deseara, más delo que yo creía, librarme de él —librarme de él, entienden—, antes de irme.

Volvía a casa. Él había venido hacia mí desde allí, con su desdichado problema y su sombrío pedido, como un hombre en la bruma que jadease bajo una carga. No puedo decir que jamás lo hubiese visto con claridad... Ni siquiera hoy, después de haberlo visto por última vez.

Pero me pareció que cuanto menos lo entendiese más unido estaría a él en nombre de la duda que es porción inseparable de nuestro conocimiento. No conocía tanto acerca de mí mismo. Y además, repito, volvía al hogar... a ese hogar lo bastante distante para que sus chimeneas sean como una sola y el más humilde de nosotros tenga el derecho de sentarse ante ella. Vagamos por millares en la tierra, los ilustres y los oscuros, y conquistamos, más allá de los mares, nuestra fama, nuestro dinero, o sólo una costra de pan. Pero me parece que para cada uno de nosotros que vuelve al hogar eso tiene que ser algo así como ir a rendir cuentas. Volvemos para enfrentarnos con nuestros superiores, nuestros parientes, nuestros amigos... aquellos a quienes obedecemos, y aquellos a quienes amamos. Inclusive quienes no tienen ni a unos ni a otros, los más libres, solitarios, irresponsables y carentes de vínculos... aun aquellos para quienes el hogar no contiene un rostro querido, una voz familiar, para aquellos que deben encontrarse con el espíritu que mora en la tierra, bajo su cielo, en su aire, en sus valles y en sus elevaciones, en sus cantos, en sus aguas y árboles un amigo mudo, juez e instigador.

Digan lo que quieran, para recibir su alegría, respirar su paz, hacer frente a su verdad, hay que volver con la conciencia clara. Todo esto podrá parecerles puro sentimentalismo; y en verdad, muy pocos de nosotros poseemos la voluntad o la capacidad para mirar de manera conciente por debajo de la superficie de emociones familiares. Están las mujeres que amamos, los hombres de quienes recibimos experiencia, la ternura, las amistades, las oportunidades, los placeres. Pero sigue en pie el hecho de que es preciso tocar la recompensa con las manos limpias, no sea que se convierta en hojas muertas, en espinas, en manos de uno. Creo que son los solitarios, sin un fuego de hogar o un afecto que puedan considerar propio, quienes regresan, no a una morada, sino al país mismo, a encontrar su cuerpo desencarnado, eterno e inmutable; esos son quienes mejor entienden su severidad, su poder salvador, la gracia de su derecho secular a nuestra fidelidad, a nuestra obediencia. ¡Sí, pocos de nosotros entendemos, pero todos sentimos, y digo todos sin excepción, porque quienes no sienten no cuentan! Cada brizna de hierba tiene su punto en la tierra, del cual extrae su vida, su fuerza; y así también el hombre está arraigado a la tierra de la cual extrae su fe junto con su vida. No sé cuánto entendí a Jim, pero sé que entendía, sentía, de manera confusa pero poderosa, la exigencia de esa verdad y de alguna ilusión... No me importa cómo la llamen existe muy poca diferencia, y la diferencia tiene poco sentido. El caso es que, en virtud de sus sentimientos, él importaba. Ahora jamás volvería a su patria. Él no volvería. Nunca. Si hubiese sido capaz de manifestaciones pintorescas, se habría estremecido ante el pensamiento, y los habría hecho estremecer también a ustedes. Pero no era de esa clase, aunque a su modo era bastante expresivo. Ante la idea de volver al hogar, se habría vuelto desesperadamente rígido e inmóvil, con la barbilla baja y los labios fruncidos, y con esos francos ojos azules brillantes, sombríos, bajo un ceño, como ante algo insoportable, como ante algo repugnante. Existía imaginación en ese duro cráneo de él, sobre el cual el denso apiñamiento del cabello le sentaba como una gorra. En cuanto a mí, carezco de imaginación (si la tuviera, hoy estaría más seguro respecto de él), y no quiero insinuar que me haya figurado que el espíritu de la tierra se elevara por sobre los blancos acantilados de Dover, como para preguntarme qué había hecho yo —que regresaba sin huesos rotos, por decirlo así— con mi hermano menor. No podía cometer semejante error. Sabía muy bien que él era de esos acerca de los cuales nada se investiga; he visto a hombres mejores desaparecer, alejarse, diluirse por entero, sin provocar un sonido de curiosidad o pena. El espíritu del país, como conviene al dirigente de grandes empresas, es indiferente hacia innumerables vidas. ¡Ay de los que se rezagan! Sólo existimos en la medida en que estamos juntos. Él, en cierto modo, se había extraviado; no había permanecido unido. Pero tenía conciencia de ello con una intensidad que lo volvía conmovedor, tal como la vida más intensa en un hombre hace que su muerte resulte más conmovedora que la de un árbol. Por casualidad, yo estaba a mano, y por casualidad fui rozado.

Eso era todo. Me preocupaba el camino que pudiese seguir.

Me habría dolido, si, por ejemplo, se hubiera dedicado a la bebida. La tierra es tan pequeña, que yo temía verme abordado algún día por un vagabundo de ojos legañosos, rostro hinchado, manchado, sin suelas en los zapatos de lona, y con un aleteo de harapos en los codos, quien basado en una antigua amistad, me pidiese un préstamo de cinco dólares. Pero no conocen el horrible porte airoso de esos espantapájaros que le llegan a uno desde un pasado decente, la voz descuidada y ronca, las miradas descaradas, semi desviadas, esos encuentros más difíciles, para un hombre que cree en la solidaridad de nuestras vidas, que la visión del lecho de muerte de un impenitente para un sacerdote.

Ese, para decirles la verdad, era el único peligro que podía ver para él y para mí. Pero también desconfiaba de mi falta de imaginación. Inclusive y podía llegar a algo peor, en alguna forma que para mi capacidad de fantasías resultaba imposible prever. No me permitía olvidar cuán imaginativo era, y las personas imaginativas se alejan más en cualquier dirección, como si tuviesen una mayor longitud de amarras en el inquieto ancladero de la vida.

Y es así. También se dedican a la bebida. Es posible que estuviese menospreciándolo con semejante temor. ¿Cómo podía saberlo? Ni el propio Stein pudo decir otra cosa, aparte de que era romántico. Yo sólo sabía que era uno de los nuestros. ¿Y qué necesidad tenía de ser romántico? Les digo esto, acerca de mis sentimientos instintivos y de mis reflexiones confusas, porque queda muy poco que decir de él. Existía para mí, y en definitiva, sólo por mi intermedio existe parar ustedes. Lo saqué tomado de la mano; lo exhibí ante ustedes. ¿Eran injustos mis temores vulgares? No lo diré... ni siquiera ahora. Tal vez ustedes puedan decirlo mejor, ya que el proverbio afirma que los espectadores ven mejor el juego. Sea como fuere, eran superfluos. Pero no se desvió, en manera alguna; por el contrario, siguió en forma maravillosa, llegó en línea recta, y de manera excelente, que mostraba que tenía tanta resistencia como impulso. Yo habría debido sentirme encantado, pues era una victoria en la cual participé.

Pero no estoy tan satisfecho como lo esperaba. Me pregunto si su embestida lo sacó en realidad de esa bruma en la cual se erguía, intenso, ya que no muy grande con contornos flotantes... un rezagado que ansía, inconsolable, su humilde lugar en las filas. Y, además, no está dicha la última palabra... es probable que jamás se diga. ¿No son nuestras vidas demasiado cortas para esa plena emisión que, a través de nuestros balbuceos resulta, por supuesto, nuestra única y permanente intención? He dejado de esperar esas últimas palabras, cuyo sonido, si se llegaran a pronunciar, conmoverían el cielo y la tierra. Nunca queda tiempo para decir nuestra última palabra... La última palabra de nuestro amor, de nuestro deseo, fe, remordimiento, sumisión, rebelión. El cielo y la tierra no deben ser conmovidos. Supongo... por lo menos, no por aquellos de nosotros que conocen tantas verdades acerca de uno y otro.

Mis últimas palabras sobre Jim serán pocas. Afirmo que llegó a la grandeza. Pero esto quedaría empequeñecido en el relato, o más bien en la audición. Para decirlo con franqueza, no desconfío de mis palabras, sino de los pensamientos de ustedes. Podría ser elocuente, si no tuviese miedo de que ustedes hayan hambreado la imaginación para alimentar el cuerpo. No quiero ser ofensivo; es respetable no tener ilusiones... y es seguro... y es ventajoso... y es aplastante. Pero también ustedes, en su época, deben haber conocido la intensidad de la vida, esa luz de esplendor creada en la sacudida de las insignificancias, tan sorprendentes como el brillo de una chispa arrancada de una piedra fría...

¡Y, ay, de vida igualmente breve!

Capítulo 22

La conquista del amor, del honor, de la confianza de los hombres... el orgullo de ello, el poder que eso da, son materiales idóneos para una narración heroica. Sólo que nuestra mente recibe únicamente lo exterior de ese éxito, y para el éxito de Jim no hubo cosas exteriores.

Cincuenta kilómetros de bosque lo apartaban de la visión de un mundo indiferente, y el ruido de la rompiente blanca a lo largo de la costa apagaba la voz de la fama. El torrente de la civilización, como dividido en un promontorio a ciento cincuenta kilómetros al norte de Patusán, se ramifica al este y sureste, dejando sus llanuras y valles, sus viejos árboles y su vieja humanidad, descuidada y aislada, como un insignificante y desmoronado islote entre dos ramas de un torrente poderoso y devorador. Encontrarán el nombre de la región muy a menudo en colecciones de antiguos viajes. Los traficantes del siglo XVII iban allí en busca de pimienta, pues la pasión por la pimienta parecía arder como una llama de amor en el pecho de los aventureros holandeses e ingleses de la época de Jaime I. ¡A dónde no irían a buscar pimienta! Por un bolso de ella se cortarían unos a otros la garganta sin vacilar, y abjurarían de su alma de la cual eran tan cuidadosos en otro sentido. La extravagante obstinación de ese deseo los hacía desafiar la muerte de mil maneras; el mar desconocido, las enfermedades extrañas y repugnantes; las heridas, el cautiverio el hambre, la peste y la desesperación.

¡Los hacía grandes! ¡Por el cielo!, los volvía heroicos. Y los hacía, además, patéticos en su ansia por el comercio, en tanto que la muerte inflexible cobraba su tributo en jóvenes y viejos. Parece imposible creer que la simple avidez pudiese imponer en los hombres tal firmeza de objetivos, tan ciega persistencia en los esfuerzos y sacrificios. Y por cierto que aquellos que aventuraban sus personas y sus vidas arriesgaban todo lo que tenían por una magra recompensa. Dejaban sus huesos blanqueando en costas distantes, para que la riqueza pudiese afluir a manos de los que vivían en la patria lejana. Para nosotros, sus sucesores menos probados, se nos aparecían enaltecidos, no como agentes de comercio, sino como instrumentos de un destino documentado, que se internaban en lo desconocido en obediencia a una voz interior, a un impulso que palpitaba en la sangre, a un sueño del futuro. Eran magníficos; y es preciso admitir que estaban preparados para lo magnífico.

Lo registraban con complacencia en sus sufrimientos, en el aspecto del mar, en las costumbres de naciones extrañas, en la gloria de espléndidos gobernantes.

En Patusán encontraron mucha pimienta, y les impresionó la magnificencia y sabiduría del sultán. Pero de alguna manera, después de un siglo de relaciones entrecruzadas, la región parece haberse apartado poco a poco del intercambio. Quizá se acabó la pimienta. Sea como fuere, a nadie le interesa ahora. La gloria desapareció, el sultán es un joven imbécil con dos pulgares en la mano izquierda y una renta incierta y mezquina arrancada a una miserable población, y que sus numerosos tíos le roban.

Es claro que esto lo sé por Stein. Me dio los nombres de ellos y un breve esbozo de la vida y carácter de cada uno. Estaba tan henchido de datos sobre los Estados nativos, como un informe oficial, pero resultaba muchísimo más divertido. Tenía que saber. Había traficado en tantos, y en algunos distritos —como en Patusán, por ejemplo— su firma era la única que tenía una agencia, por permiso especial de las autoridades holandesas. El gobierno confiaba en su discreción, y se daba por entendido que corría con todos los riesgos. Los hombres que empleaba también lo entendían, pero en apariencia él los recompensaba por ello.

Fue muy franco conmigo durante el desayuno, por la mañana. Hasta donde él sabía (la última noticia tenía trece años de antigüedad, explicó con exactitud), la situación normal era una absoluta inseguridad en materia de vida y propiedades. En Patusán existían fuerzas antagónicas, y una de ellas era el rajá Allang, el peor de los tíos del sultán, el gobernador del río, quien se dedicaba a extorsiones y robos, y aplastaba, hasta el punto de la extinción, a los malayos nacidos en la región, quienes, indefensos en absoluto, no contaban siquiera con el recurso de emigrar, "Pues en verdad —como señaló Stein—, ¿a dónde podían ir, y cómo podían alejarse?" No cabe duda de que ni siquiera deseaban irse.

El mundo (circunscrito por elevadas montañas infranqueables) había sido puesto en manos de los de elevada cuna, si conocían a ese rajá.

Era miembro de la casa real de ellos. Yo tuve el placer de conocer al caballero más adelante. Era un anciano sucio, pequeño, gastado, de ojos malignos y boca débil, que tragaba una píldora de opio cada dos horas, y, en desafío a la decencia común, llevaba el cabello descubierto y caído en salvajes rizos fibrosos, en torno de su arrugada y sucia cara.

Cuando daba audiencia, trepaba a una especie de estrecho escenario levantado en un salón parecido a un ruinoso granero, con podrido piso de bambú, a través de las grietas del cual se podían ver, tres o cuatro metros más abajo, los montículos de residuos y desperdicios de todo tipo que yacían debajo de la casa. Allí nos recibió cuando, acompañado por Jim, le hice una visita de ceremonia. Había unas cuarenta personas en la sala y quizá tres veces más en el patio de abajo. Se advertía un constante movimiento, idas y venidas, empellones y murmullos a nuestra espalda. Unos pocos jóvenes envueltos en alegres sedas miraban con ira desde lejos; la mayoría, esclavos y humildes dependientes, iban casi desnudos, en harapientos sarongs, sucios de ceniza y de manchas de barro. Nunca vi a Jim con aspecto tan grave, tan dueño de sí, en forma impenetrable e impresionante. En medio de esos hombres de cara morena, su cuerpo membrudo de vestimenta blanca, los brillantes mechones de su cabello rubio, parecían reflejar toda la luz del sol que se filtraba a través de las grietas de los postigos cerrados del salón, con sus paredes de esteras y techo de paja. Parecía una criatura, no sólo de otra especie, sino además de otra esencia. Si no lo hubiesen visto llegar en canoa, habrían creído que descendía entre ellos desde las nubes. Y, sin embargo, había llegado en una loca piragua, sentado (muy inmóvil y con las rodillas juntas, por temor a hacerla zozobrar), sentado en una caja de hojalata... que yo le presté... con un revólver en el regazo, del modelo de la marina —que le regalé al partir— y que, por interposición de la Providencia, o por alguna otra idea equivocada, muy de él, o bien por pura e instintiva sagacidad, había decidido llevar sin carga. Y así subió por el río Patusán. Nada habría podido ser más prosaico y menos seguro, más extravagantemente negligente, más solitario. Cosa extraña, esa fatalidad que todavía otorgaba el sentido de una huida a todos sus actos, e impulsiva deserción no meditada... de un salto hacia lo desconocido.

Precisamente, la negligencia es lo que más me llama la atención.

Ni Stein ni yo teníamos una clara idea de lo que podría ocurrir al otro lado cuando, hablando en términos metafóricos, lo izáramos y lo hiciéramos pasar por la pared, con muy poca ceremonia. En ese momento, yo sólo deseaba lograr su desaparición. Stein, cosa característica, tenia un motivo sentimental. Abrigaba la idea de pagar (en especie, supongo) la antigua deuda que jamás olvidó. Por cierto que durante toda su vida se mostró muy amistoso para todos los que provenían de las islas británicas. Es cierto que su extinto benefactor era un escocés —inclusive hasta el punto de llamarse Alexander M'Neil, y Jim provenía de muy al sur de Tweed. Pero a la distancia de diez o doce mil kilómetros, Gran Bretaña, aunque nunca disminuida, parecía lo bastante abreviada como para que sus propios hijos la despejaran de tales detalles de su importancia. Stein era perdonable, y sus intenciones insinuadas resultaban tan generosas que le rogué, con la máxima ansiedad, que las mantuviese en secreto durante un tiempo. Me parecía que no había que permitir que ninguna consideración de ventajas personales influyese sobre Jim; que ni siquiera había que correr el riesgo de semejantes influencias.

Teníamos que hacer frente a otro tipo de realidad. Él quería un refugio, y era preciso ofrecerle un refugio a costa de peligros... y nada más.

En todos los demás sentidos fui muy franco con él, e inclusive (como lo creía en ese momento) exageré el peligro de la empresa. En rigor, no le hice justicia; su primer día en Patusán casi fue el último... y habría sido el último si él no fuese tan osado, o tan duro consigo mismo y hubiese condescendido en cargar el revólver. Recuerdo, cuando desplegué nuestro precioso plan para su retiro, que su resignación empecinada pero fatigada fue reemplazada poco a poco por la sorpresa, el interés, el asombro y una juvenil ansiedad. Esa era la oportunidad con la cual soñaba. No se le ocurría cómo podía merecer que yo.. . Que lo mataran si entendía a qué debía... Y fue Stein, Stein el comerciante, quien... Pero es claro que a mí tenia que... Lo interrumpí. No era coherente, y su gratitud me provocaba un dolor inexplicable. Le dije que si debía esa oportunidad a alguien en especial, era a un viejo escocés de quien jamás había oído hablar, que murió hace muchos años, y de quien poco se recordaba, aparte de una voz rugiente y de una especie de tosca honestidad. En verdad no había nadie que pudiese recibir su agradecimiento. Stein ofrecía a un joven la ayuda que él había recibido en su juventud, y yo no hice otra cosa que mencionar su nombre. Al escuchar esto, se ruborizó, y, retorciendo entre los dedos un trozo de papel, observó, con timidez, que yo siempre había confiado en él.

Admití que así era, y agregué, luego de una pausa, que deseaba que él hubiese podido seguir mi ejemplo.

—¿Le parece que no lo hice? —preguntó, inquieto, y señaló en un murmullo que primero uno debía mostrar algo. Luego se animó un poco, y en voz alta afirmó que no me daría oportunidad de lamentar mi confianza, que... que...

—No me entienda mal —lo interrumpí—. Usted no puede hacerme lamentar nada. —No habría lamentaciones; pero si las había, correrían por mi cuenta. Por otro lado, deseaba que entendiese con claridad que ese asunto, ese... ese... experimento era cosa de él. Él era el responsable, y nadie más.

—¿Por qué? ¿Por qué? —tartamudeó—. Esto es lo que yo...

Le rogué que no fuese tonto, y pareció más intrigado que nunca.

Estaba muy a punto de volver intolerable su propia vida.

—¿Le parece? —preguntó, perturbado. Pero un momento después agregó, con tono confidencial—: y, sin embargo, progresaba, ¿no es así?

—Resultaba imposible enojarse con él. No pude evitar una sonrisa, y le dije que en otros tiempos quienes se comportaban así iban en camino de convertirse en ermitaños en un desierto.

—¡Al demonio con los ermitaños! —comentó, con agradable impulsividad. Es claro que no le molestaba un desierto...

—Me alegro —le dije. Porque iría a uno de ellos. Lo encontraría bastante animado, me aventuré a prometerle.

—Sí, sí —dijo con avidez—. Había mostrado deseos —continué, inflexible— de salir y cerrar la puerta detrás de si.

—¿Es verdad? —interrumpió, en un extraño acceso de tristeza que pareció envolverlo de la cabeza a los pies, como la sombra de una nube pasajera. En fin de cuentas, era maravillosamente expresivo. ¡Maravillosamente!— ¿Es verdad?

—repitió, con amargura—. No puede decir que haya hecho mucho ruido. Y puedo seguir así... sólo que, ¡maldita sea! Me muestra una puerta...

—Muy bien. Adelante —interrumpí. Podía hacer la solemne promesa de que quedaría cerrada detrás de él con toda solidez. Su destino, fuese cual fuere, sería olvidado, porque la región, a pesar de su situación de podredumbre, no era considerada madura para una intervención. En cuanto entrase, para el mundo exterior sería como si jamás hubiera existido. Sólo tendría las plantas de sus dos pies para plantarse sobre ellas y ante todo debería encontrar su terreno.

—Como si nunca hubiera existido... ¡Eso es, cielos! —murmuró para sí. Sus ojos, clavados en mis labios, chispearon. Si había entendido a fondo la situación, pensé, era mejor que saltase al primer gharry que pudiera encontrar y fuera a la casa de Stein, para sus últimas instrucciones. Salió de la habitación antes de que yo terminase de hablar.

Capítulo 23

No volvió hasta la mañana siguiente. Se lo retuvo para la cena y para pasar la noche. Nunca existió un hombre tan maravilloso como Mr. Stein. Tenía en el bolsillo una carta para Cornelius ("el tipo que recibiría el despido", explicó, con una momentánea interrupción en su alborozo), y exhibió, con júbilo, un anillo de plata, como el que usan los nativos, gastado, muy delgado, y que mostraba débiles rastros de la obra del cincel.

Esa era su presentación para un viejo llamado Doramin... uno de los hombres principales de allí... un personaje... quien había sido amigo de Mr. Stein en la región en que corrió todas sus aventuras. Mr. Stein lo llamaba "compañero de armas". Y compañero de armas estaba bien.

¿No es cierto? ¿Y no hablaba Mr. Stein el inglés muy bien? Le dijo que lo había aprendido en las Célebes... ¡nada menos! Era muy gracioso, ¿verdad? Hablaba con acento... con un balbuceo... ¿no lo advertía yo?

Ese tipo, Doramin, le había dado el anillo. Intercambiaron regalos cuando se separaron por última vez. Algo así como una promesa de eterna amistad. A él le parecía magnífico... ¿no era cierto? Habían huido para salvar la vida cuando Mohammed... Mohammed... ¿cómo se llama?, fue asesinado. Yo conocía la historia por supuesto. Era una verdadera pena, ¿verdad?

Y siguió así, olvidado del plato, con un cuchillo y un tenedor en la mano (me encontró a la hora de la merienda), un tanto ruborizado, y con los ojos oscurecidos en varios matices, cosa que en él era signo de excitación. El anillo era una especie de credencial ("es como algo que se lee en los libros", interpuso, apreciativo), y Doramin haría todo lo posible por él. Mr. Stein fue en alguna ocasión el salvador de la vida de ese hombre; por puro accidente, decía, pero él —Jim— tenía su propia opinión al respecto. Mr. Stein era el hombre que buscaba esos accidentes. No importa. Por accidente o adrede ello le resultaría de inmenso beneficio. Ojalá el buen viejo no hubiera enloquecido entre tanto.

Mr. Stein no podía asegurarlo. Hacía más de un año que no tenía noticias de él; allí había un alboroto de los mil demonios, y el río estaba cerrado. Eso era muy molesto, pero no importa, ya se las arreglaría para encontrar una hendidura y entrar.

Me impresionó, casi me asustó, con su jubiloso parloteo. Se mostraba voluble como un joven en vísperas de unas largas vacaciones, con una perspectiva de deliciosas pendencias, y'' esa actitud mental, en un hombre crecido, y en relación con el caso, contenía algo enorme, un tanto demencial, peligroso, inseguro. Estuve a punto de suplicarle que tomase las cosas en serio, cuando dejó caer el cuchillo y el tenedor (había comenzado a comer, o más bien a tragar alimentos, por así decirlo, en forma inconsciente), y comenzó una búsqueda en torno de su plato. ¡El anillo! ¡El anillo! ¿Dónde diablos...? ¡Ah!... Helo aquí...

Cerró la manaza sobre él, y se palpó todos los bolsillos uno tras otro.

¡Cielos!, no había que perderlo. Meditó con gravedad, mirándose el puño. ¡Se colgaría el maldito adminículo en torno del cuello! Y lo hizo en el acto, para lo cual extrajo un cordel (que se parecía mucho¡ a un cordón de zapatos, de algodón) para ese fin. ¡Eso es!

¡Era la solución! Sería una tragedia si... Pareció ver mi expresión por primera vez, y ello lo tranquilizó un tanto. Talvez no percibía, dijo con ingenua gravedad, la importancia que asignaba a ese símbolo.

Representaba a un amigo; y es bueno tener un amigo. Él sabía algo al respecto. Me señaló con la cabeza, de manera expresiva, pero ante mi ademán derechazo apoyó la cabeza en la mano, y durante un rato permaneció en silencio, jugueteando, pensativo, con las migas de pan del mantel...

—Cerrar con un portazo... Muy bien dicho —exclamó, se puso de pie de un salto, comenzó a pasearse por la habitación, recordándome, por la postura de los hombros, la inclinación de la cabeza, los pasos precipitados y desparejos, la noche en que se paseó de esa manera, confesándose, explicando —como les parezca— pero, en última instancia, viviendo, viviendo ante mí, bajo su propia nubecilla con toda la sutileza inconsciente que podía extraer consuelo de la fuente misma de la pena. Era el mismo estado de ánimo, el mismo y distinto, como un compañero voluble que hoy lo guía a uno por el camino verdadero con los mismos ojos, el mismo paso, el mismo impulso con que mañana lo llevará por una senda irremediablemente extraviada. Sus pasos eran seguros, sus ojos móviles, oscurecidos, parecían buscar algo en la habitación. En cierta forma, una de sus pisadas parecía más fuerte que la otra —defecto de sus botas, tal vez— y daba una curiosa impresión de una invisible detención en su marcha. Llevaba una de las manos hundida en el bolsillo del pantalón, y la otra se agitó de pronto sobre su cabeza.

—¡Cerrar con un portazo! —gritó—. Estaba esperándolo. Todavía le mostraré... yo... estoy dispuesto a cualquier cosa... He soñado con eso...

¡Cielos! ¡Salir de esto! ¡Cielos! Por fin un poco de buena suerte... Espere... Yo...

Sacudió la cabeza con intrepidez, y confieso que por primera y última vez en nuestras relaciones me sorprendí, de pronto, absolutamente cansado de él, ¿por qué esos humos? Taconeaba por la habitación, agitando los brazos de manera absurda, y de vez en cuando se palpaba el pecho para sentir el anillo bajo las ropas. ¿Qué sentido tenía tal exaltación en un hombre destinado a ser un empleado, en un lugar en que no había comercio... ya que estamos en eso? ¿Por qué lanzar su desafío al universo? Ese no era el estado de ánimo adecuado para encarar ninguna empresa; un estado de ánimo inadecuado, no sólo para él, dije, sino para cualquier hombre. Permaneció inmóvil ante mí. ¿Me parecía?, preguntó, pero en modo alguno apaciguado, con una sonrisa en la cual me pareció percibir de repente algo insolente. Pero por lo demás soy veinte años mayor que él. La juventud es insolente. Es su derecho... su necesidad. Tiene que afirmarse, y toda afirmación, en este mundo de dudas, es un desafío, es una insolencia. Se fue hacia el rincón lejano, y al volver, hablando en términos figurados, se dedicó a desgarrarme. Yo hablaba así porque yo... inclusive yo, que tan bondadoso había sido con él... inclusive yo recordaba... recordaba... contra él... lo que... lo que había sucedido. ¿Y los demás... el... el mundo?

¿Qué tenía de extraño que quisiera salir, que tuviese la intención de salir, que estuviera decidido a quedarse afuera...? ¡Cielos! ¡Y yo hablaba de estado de ánimo adecuado!

—No somos yo ni el mundo quienes recordamos —grité. —Sino ustedes... usted, el que recuerda.

No parpadeó, y continuó, con calor.

—Olvidarlo todo, a todos, a todos... —La voz se le debilitó.— Menos a usted —agregó.

—Sí... también a mí... si sirve de algo —dije, en voz baja. Después de ello nos quedamos en silencio, lánguidos, durante un rato, como agotados. Y luego volvió a hablar, con compostura, y me dijo que Mr.

Stein le había dado órdenes de esperar un mes, más o menos, para ver si le resultaba posible quedarse, antes de comenzar a construirse una nueva casa, a fin de evitar "gastos inútiles". Usaba expresiones extrañas... Stein usaba expresiones extrañas. "Gastos inútiles" estaba bien...

¿Quedarse? ¡Pero por supuesto! Se aferraría. Que lo dejaran entrar...

eso era todo. Él aseguraba que se quedaría... No saldría más. Era bastante fácil quedarse.

—No sea arriesgado —dije, inquieto ante su tono amenazador—. Si vive lo suficiente, querrá regresar.

—¿Regresar a qué? —preguntó, distraído, con la vista clavada en la esfera de un reloj de pared.

Guardé silencio durante un rato.

—¿Entonces nunca? —pregunté.

—Nunca —repitió, soñador, sin mirarme, y de pronto se lanzó a una repentina actividad—. ¡Cielos! Las dos, y yo debo zarpar a las cuatro.

Era cierto. Un bergantín de Stein zarpaba hacia el oeste esa tarde y se le había ordenado que viajara en él, sólo que no se habían dado órdenes de demorar la partida. Supongo que Stein se olvidó. Se precipitó a recoger sus cosas, mientras yo subía a bordo de mi barco, donde me prometió visitarme camino al puerto exterior. Se presentó, como había prometido, muy deprisa, y con un maletín de cuero en la mano.

Eso no servía, y le ofrecí un viejo baúl de hojalata, mío, supuestamente estanco, o por lo menos hermético a la humedad. Llevó a cabo el traspaso por el sencillo proceso de volcar el contenido de su valija como quien vuelca un saco de trigo. En medio del revoltillo vi tres libros; dos pequeños, de cubierta oscura, y un tercer volumen verde y oro: un Shakespeare completo, de media corona.

—¿Usted lee eso? —pregunté.

—Sí. Es lo mejor para animarlo a uno —respondió deprisa. Me llamó la atención esta apreciación, pero no había tiempo para conversaciones shakespeareanas. En la mesa del tumbadillo había un pesado revólver y dos cajitas de cartuchos.

—Por favor, llévese esto —le dije—. Puede ayudarlo a quedarse. —En cuanto salieron estas palabras de mi boca, percibí el torvo significado que podían tener.— Pueden ayudarlo a entrar —me corregí, con remordimientos.— Pero a él no le molestaban oscuros significados. Me agradeció con efusividad y salió corriendo, gritando su adiós por encima del hombro. Oí su voz al costado del barco, instando a sus boteros a que se dieran prisa, y mirando por la portañola de popa vi el bote que daba vuelta bajo la bovedilla. Él estaba sentado, inclinado hacia delante, incitando a sus hombres con la voz y los ademanes; y como se había quedado con el revólver en la mano y parecía apuntarlo a las cabezas de ellos jamás olvidaré los rostros asustados de los cuatro javaneses, y el frenético impulso de sus remadas, que arrebató esa visión de frente a mis ojos. Luego, al volverme, lo primero que vi fueron las dos cajas de cartuchos en la mesa del tumbadillo. Se había olvidado de llevárselas.

Ordené que bajasen enseguida mi canoa de tingladillo, pero los remeros de Jim, bajo la impresión de que sus vidas pendían de un hilo mientras tuviesen a ese demente en el bote, avanzaban a tal velocidad, que antes de atravesar la mitad de la distancia entre las dos embarcaciones, lo vi trepar sobre la borda, y su baúl izado. Todos los trapos del bergantín estaban sueltos, su vela mayor largada, y el cabestrante comenzaba a tintinear cuando pisé su cubierta. El capitán, un garboso mestizo de baja estatura, cuarentón, de traje de franela azul, ojos vivaces, el rostro redondo del color de la cáscara del limón, y con un bigotito delgado y negro caído a cada lado de sus gruesos labios oscuros, se adelantó, sonriente. A pesar de su exterior satisfecho y alegre, resultó ser de un temperamento nervioso. En respuesta a una frase mía (mientras Jim bajaba por un momento), dijo:

—Oh, sí. Patusán.

Llevaría al caballero hasta la boca del río, pero "no ascendería".

Su fluido inglés parecía derivar de un diccionario compilado por un lunático. Si Mr. Stein hubiera querido "ascender", él habría tomado objeto reverentemente (creo que quiso decir con todo respeto, pero sólo el diablo lo sabe) para la seguridad de las propiedades. Si no se hacía caso, habría presentado "su renuncia de abandonar". Hacía doce meses hizo su último viaje allí, y aunque Mr. Cornelius "propició muchos ofertorios" a Mr. Rajá Allang y alas "principales poblaciones", en condiciones que habrían hecho del comercio "una trampa y cenizas en la boca", se hizo fuego contra su barco desde los bosques, por "personas insensibles", a todo lo largo del río; lo cual, haciendo que su tripulación, "por desnudez de miembros permaneciese oculta en escondrijos", el bergantín casi quedó encallado en un banco de arena de la barra, donde "habría sido perecedera más allá de la acción del hombre". El colérico disgusto ante el recuerdo, el orgullo por su fluidez a la cual prestaba oído atento, lucharon por la posesión de su rostro ancho y sencillo. Me miró ceñudo, resplandeciente, y observó con satisfacción el innegable efecto de su fraseología. Oscuras ondulaciones corrían con velocidad sobre el plácido mar, y el bergantín, con la gavia de proa al mástil, con la botavara de cangreja en el centro, parecía desconcertado en medio de la ventolina. Me dijo, además, haciendo rechinar los dientes, que el rajá era una "hiena risible" (no me imagino cómo consiguió lo de las hienas), en tanto que algún otro era muchas veces más falso que las "armas de un cocodrilo". Con un ojo fijo en los movimientos de su tripulación a proa, dio rienda suelta a su volubilidad, y comparó el lugar con una "jaula de animales hambrientos por larga impenitencia". Supongo que quiso decir impunidad. No tenía intenciones, exclamó, de "exhibirse para ser unido adrede a un robo". Los prolongados gemidos, que marcaban el ritmo para la tensión de los hombres que izaban el ancla terminaron, y él bajó la voz.

—Demasiado suficiente bastante de Patusán —terminó con energía.

Después supe que había sido lo bastante indiscreto como para dejarse amarrar el cuello con una cuerda de junco, a un poste plantado en medio de un hoyo de barro, delante de la casa del rajá. Se pasó la mayor parte de un día, y toda una noche, en esa situación tan poco saludable, pero existen todos los motivos para creer que eso estaba destinado a ser una especie de broma. Caviló durante un rato en torno del horrendo recuerdo, supongo, y después se dirigió, en tono pendenciero, al hombre que iba a popa, al timón. Cuando se volvió otra vez hacia mí, fue para hablar con mesura, sin pasión. Llevaría al caballero hasta la boca del río, en Batu Kring (la ciudad de Patusán "que estaba situada internamente —señaló— unos cincuenta kilómetros"). Pero para él, continuó —y un tono de aburrida y fatigada convicción remplazó su anterior volubilidad—. el caballero ya se encontraba "en la semejanza de un cadáver".

—¿Qué? ¿Cómo dice? —pregunté. Adoptó una expresión inquietante y feroz, e imitó a la perfección el acto de apuñalar por la espalda.

Ya como el cadáver de un desaparecido —explicó, con la expresión insufriblemente engreída de los de su tipo, después de lo que imaginan ser una exhibición de inteligencia. Detrás de él vi a Jim que me sonreía en silencio, y que con una mano en alto contenía la exclamación que estaba a punto de proferir.

Luego, mientras el mestizo, que estallaba de importancia, gritaba sus órdenes, mientras las jarcias se balanceaban, crujiendo, y la pesada botavara se cernía sobre nosotros, Jim y yo, solos por decirlo así, a sotavento de la vela mayor, nos estrechamos la mano e intercambiamos las últimas palabras apresuradas. Mi corazón quedó libre de ese turbio resentimiento que había coexistido con el interés por el destino de d im. El absurdo parloteo del mestizo había otorgado a los desdichados destinos de su camino más realidad que las cuidadosas afirmaciones de Stein. En esa ocasión, el tipo de formalidad que siempre se hallaba presente en nuestras conversaciones desapareció de nuestro lenguaje.

Creo que lo llamé "querido muchacho", y que él agregó la palabra "viejo" a cierta semi expresada manifestación de gratitud, como si sus riesgos, comparados con mis años, nos hubiesen igualado más en edad y sentimientos. Hubo un momento de real y profunda intimidad, inesperado y breve como una visión de una verdad perdurable, salvadora.

Se esforzó por tranquilizarme, como si hubiese sido el más maduro de los dos.

—Está bien está bien —dijo, con rapidez y sentimiento—Prometo cuidarme. Sí; no me buscaré riesgos, ni uno solo. Es claro que no. Pienso aguantar. No se preocupe. ¡Cielos!

Siento como si nada pudiera tocarme. ¡Pero si esta es la buena suerte desde el comienzo mismo! ¡No podría arruinar una oportunidad tan magnífica!..

—¡Una magnífica oportunidad! —Bien era magnífica, pero las oportunidades son lo que los hombres hacen de ellas ¿y cómo podía saber yo nada? Como lo había dicho él, hasta yo... hasta yo recordaba...

sus... sus desdichas, en su contra. Era cierto. Y lo mejor que podía hacer era irse.

Mi canoa había quedado en la estela del bergantín, y lo vi a popa, dibujado contra la luz del sol poniente, levantando la gorra muy por encima de la cabeza. Escuché un grito indistinto:

—Ya... tendrá... noticias... mías...

Mías, o de mí, no sé bien. Creo que debe haber sido de mí. Mis ojos estaban demasiado deslumbrados por el resplandor del sol. que se elevaba bajo los pies de él, para verlo con claridad. Estoy destinado a no verlo jamás con claridad. Pero les aseguro que hombre alguno habría podido parecer menos "un cadáver de un desaparecido", como lo había dicho el vejete del mestizo. Pude ver el rostro del pequeño desdichado, del tamaño y color de una calabaza madura, que asomaba por debajo del hombro de Jim. También él levantó el brazo, como para una estocada hacia abajo. ¡Absit omen!

Capítulo 24

La costa de Patusán (la vi casi dos años después) es recta y sombría, y enfrenta un océano brumoso. Sendas rojas se ven como cataratas de óxido que chorrean por debajo del follaje verde oscuro de arbustos y trepadoras sobre los riscos bajos. Llanuras pantanosas se abren en la boca de los ríos, con una visión de picos azules, dentados, más allá de los vastos bosques. Mar afuera, una cadena de islas sombras negras, desmigajadas, se destacan en la permanente bruma soleada, como los restos de un muro desmoronado por el mar.

Hay una aldea de pescadores en la boca de la rama Batu Kring del estuario. El río, cerrado desde hacía tanto tiempo, se hallaba abierto entonces, y la pequeña goleta de Stein, en la cual yo viajaba, subió en tres mareas sin verse expuesta al fuego de fusilería de "personas irrespondibles". Ese estado de cosas ya pertenecía a la historia antigua, si podía creer al anciano jefe de la aldea de pescadores, quien subió a bordo para actuar a modo de piloto. Me habló a mí (el segundo hombre blanco que veía en toda su vida) con confianza, y la mayor parte de su conversación se refirió al primer hombre blanco que había visto hasta entonces. Lo llamaba Tuan Jim, y el tono de sus referencias se destacaba por una extraña mezcla de familiaridad y respeto. En la aldea se encontraban bajo la protección especial de este lord, lo cual mostraba que Jim no guardaba rencor. Si me había prevenido de que oiría hablar de él, estaba muy en lo cierto. Oía hablar de él. Ya corría la historia de que la marea se había retirado dos horas antes del momento habitual, para ayudarlo en su viaje río arriba. El propio anciano parlanchín piloteó la canoa y se maravilló ante el fenómeno. Más aún, toda la gloria quedaba en su familia. Su hijo y su yerno fueron los remeros; pero eran jóvenes sin experiencia, que no advirtieron la velocidad de las canoas hasta que él les señaló el sorprendente hecho.

La llegada de Jim a la aldea pesquera fue una bendición. Pero para ellos como para muchos de nosotros, la bendición llegó precedida por terrores. Habían pasado tantas generaciones desde que el último hombre blanco visitó el río, que la tradición misma se había perdido.

La aparición del ser que descendió sobre ellos y exigió, inflexible, que se lo llevara a Patusán, resultaba desconcertante; su insistencia era alarmante; su generosidad, más que sospechosa. Era un pedido inaudito; no existían precedentes. ¿Qué diría el rajá? ¿Qué les haría? Buena parte de la noche se pasó en consultas; pero el peligro inminente de la cólera de ese hombre desconocido parecía tan grande que al cabo se preparó una maltrecha piragua. Las mujeres chillaron de pena cuando partió. Una atrevida vieja arpía maldijo al desconocido.

Éste se sentó en la embarcación, como les dije, sobre su caja de hojalata, con el revólver descargado en el regazo. Se sentó con precaución —no hay cosa más fatigosa que esa—, y así entró en el territorio que estaba destinado a llenar con la fama de sus virtudes, desde los picos azules, tierra adentro, hasta la cinta blanca de la rompiente en la costa.

En el primer recodo perdió de vista el mar, con sus afanosas olas que subían eternamente, descendían y desaparecían para volver a ascender —imagen misma de los esfuerzos de la humanidad—, y se enfrentó con los inmóviles bosques profundamente hundidos en el suelo, erguidos hacia el sol, eternos en el sombrío poderío de su tradición, como la vida misma. Y su oportunidad se sentaba a su lado, velada, como una novia oriental que esperase ser descubierta por la mano del amo.

¡También él era heredero de una tradición sombría y poderosa!

Pero me dijo que nunca en su vida se sintió tan deprimido y cansado como en esa canoa. El único movimiento que se permitió fue el de tomar, como con sigilo, la cáscara del medio que flotaba entre sus zapatos, y achicar un poco de agua con acciones cuidadosas y limitadas. Descubrió cuán dura era la tapa de una caja de hojalata, cuando uno se sentaba en ella. Poseía una salud heroica, pero varias veces, durante el viaje, experimentó accesos de vértigo, y entre tanto especulaba, casi sin advertirlo, en cuanto al tamaño de la ampolla que el sol estaba provocándole en la espalda. Para divertirse, trató de decidir, mirando hacia delante, si el objeto fangoso que veía al borde del agua era un tronco o un cocodrilo. Sólo que muy pronto tuvo que abandonarlo. No resultaba divertido. Siempre era un cocodrilo.

Uno de ellos se desplomó en el río y casi hizo zozobrar la canoa.

Pero esta diversión terminó muy pronto. Luego, en un tramo largo y desierto, se sintió muy agradecido con una banda de monos que descendieron a la orilla y provocaron un insultante estrépito a su paso. Tal era la forma en que se acercaba a una grandeza tan auténtica como la que hombre alguno hubiese alcanzado jamás. Ante todo, ansiaba la puesta del sol; y entretanto, sus tres remeros se preparaban a poner en ejecución su plan de entregarlo al rajá.

—Supongo que debí estar algo atontado por la fatiga, o tal vez dormité un rato —dijo. Antes de que se diera cuenta de nada, su canoa se acercaba a la orilla. Al mismo tiempo advirtió que el bosque había quedado atrás, que las primeras casas se veían ya más arriba, que a la izquierda tenía una empalizada, que sus boteros saltaban juntos sobre una baja punta de tierra y huían. Por instinto, saltó tras ellos. Al principio se creyó abandonado por algún motivo inconcebible, pero escuchó gritos excitados, un portón que se abría y una cantidad de gente que surgía a través de él, hacia él. Al mismo tiempo, un bote repleto de hombres armados apareció en el río y se puso al lado de su canoa vacía, con lo cual le cortó la retirada.

—Me sentí demasiado sorprendido como para conservarla serenidad, ¿sabe?, y si ese revólver hubiese estado cargado, habría matado a alguien... quizás a dos, tres personas; y ahí habría terminado todo. Pero no lo estaba...

—¿Por qué no? —pregunté.

—Bueno, no podía luchar contra toda la población, y no llegaba a ellos como si temiera por mi vida —respondió, con una leve insinuación de su empecinada hosquedad en la mirada que me lanzó. Me abstuve de señalarles que ellos no podían saber que el arma no estaba cargada.

Tenía que satisfacerse a su modo—. De cualquier manera, no lo estaba repitió, de buen humor—, por lo cual me quedé inmóvil y les pregunté qué pasaba. Eso pareció dejarlos pasmados.

Vi que algunos de esos ladrones se iban con mi caja. Ese viejo pillastre de piernas largas. Kassim (mañana se lo mostraré) llegó corriendo hacia mí, alborotado, diciéndome que el rajá quería verme.

"Muy bien", le respondí. Yo también quería ver al rajá, y pasé por los portones y... y... aquí estoy. —Rió, y luego, con inesperado énfasis: —¿Y sabe qué es lo mejor de todo ello? —preguntó—. Se lo diré. Es saber que si me hubiesen derrotado, el que hubiese perdido hubiese sido este lugar.

Me habló así delante de su casa, la noche que mencioné, después que vimos a la luna alejarse flotando, por sobre el abismo de entre las colinas, como un espíritu que saliera de su tumba. Su resplandor caía, frío y pálido, como el fantasma de un sol muerto. Siempre hay algo de obsesionante en la luz de la luna; tiene todo el desapasionamiento de un alma desencarnada, y algo de su inconcebible misterio. Para la luz de nuestro sol, que —digan lo que quieran— es lo único por lo cual vivimos, es lo que el eco resulta ser del sonido: engañosa y confusa, ya sea la nota burlona o triste. Despoja a todas las formas de su materia —la cual, en definitiva, es nuestro dominio—, de su sustancia, y otorga una siniestra realidad sólo a las sombras. Y las sombras eran muy reales en nuestro derredor, pero Jim, a mi lado, parecía muy musculoso, como si nada ni siquiera el poder oculto de la luna, pudiese despojarlo de su realidad ante mi vista. Tal vez nada podía tocarlo, ya que había sobrevivido al ataque de las potencias ocultas. Todo estaba en silencio, quieto; inclusive en el río, los rayos de la luna dormían como en un estanque. Era el momento de la marea alta, un momento de inmovilidad que acentuaba el aislamiento absoluto de este rincón perdido de la tierra. Las casas que se apiñaban a lo largo de la ancha franja brillante, sin ondulaciones ni parpadeos, metiéndose en el agua en una línea de formas que se empujaban entre sí, vagas, grises, plateadas, mezcladas con masas negras de sombras, eran como un rebaño espectral de criaturas informes que se adelantaban para beber en una corriente espectral e inerte. Aquí y allá, un relumbre rojizo chisporroteaba dentro de las paredes de bambú, cálido, como una chispa viva, representativo de afectos humanos, de refugio, de reposo.

Me confesó que a menudo veía las diminutas chispas cálidas apagarse una por una, que le agradaba ver a la gente dormirse bajo su mirada, confiada en la seguridad del mañana.

—Esto es pacifico, ¿eh? —preguntó. No era elocuente, pero había un profundo significado en las palabras que siguieron—. Mire estas casas, no hay ninguna de ellas en donde no se confíe en mí. ¡Cielos! Le dije que me aferraría. Pregúntele a cualquier hombre, mujer o niño... —Hizo una pausa—. Bueno, de todas maneras me siento bien.

Observé con rapidez que eso lo había descubierto al final. Estaba seguro de ello, agregué. Él meneó la cabeza.

—¿De veras? —Me apretó el brazo apenas, por sobre el hombro.Bien entonces... tenía razón.

Había júbilo y orgullo, y casi asombro, en esa exclamación en voz baja.

—¡Cielos! —exclamó—, piense sólo en lo que significa para mí. Volvió a oprimirme el brazo.— Y usted me preguntó si pensaba en irme.

¡Buen Dios! ¡Yo! ¡Querer irme! En especial ahora, después de lo que me contó acerca de Mr. Stein... ¡Firme! ¡Pero qué! Pero si eso era lo que más temía. Habría sido más difícil que morir... No, palabra. No sería. Debo sentir —todos los días, cada vez que abro los ojos— que se confía en mí... que nadie tiene derecho... ¿entiende? ¡Irme! ¿A dónde?

¿Para qué? ¿Para conseguir qué?

Yo le había dicho —y en verdad era el principal objeto de mi visita— que Stein tenia la intención de ofrecerle enseguida la casa y el acopio de mercancías, en ciertas condiciones sencillas que harían que la transacción resultase desde todo punto de vista regular y válida. Al principio bufó y corcoveó.

—¡Maldita sea su delicadeza! —grité—. No se trata de Stein para nada. Es como darle lo que usted se ganó por sí mismo. Y de cualquier manera, reserve sus observaciones para M'Neil... cuando se encuentre con él en el otro mundo.

Espero que eso no ocurra pronto...

Tuvo que ceder ante mis argumentos, porque todas sus conquistas, la confianza, la fama, las amistades, el amor... todas esas cosas que lo habían convertido en amo también lo convertían en un cautivo.

Contempló con ojos de dueño la paz de la noche, el río, las casas, la vida eterna de los bosques, la vida de la eterna humanidad, los secretos de la tierra, el orgullo de su corazón. Pero eso era lo que lo poseía y se apoderaba de él hasta el pensamiento más íntimo, hasta la más leve agitación de la sangre, hasta su último aliento.

Era algo digno de enorgullecerse. También yo me enorgullecí...

por él, aunque no estuviese tan seguro del fabuloso precio de la transacción. Era maravilloso. No pensé tanto en su intrepidez. Es extraño lo poco que me impresionó eso; como si hubiese sido algo demasiado convencional para constituirse en la raíz del asunto. No. Me llamaron más la atención los otros dones que había exhibido. Demostraba su capacidad para abarcar la situación desconocida, su vivacidad intelectual en ese campo del pensamiento. ¡Y, además, estaba su disposición!

Sorprendente. Y todo eso había llegado a él como un olor penetrante para un sabueso bien adiestrado.

No era elocuente, pero existía cierta dignidad en su reticencia fundamental, una elevada seriedad en sus tartamudeos. Todavía tenía la vieja costumbre del empecinado rubor. Pero de vez en cuando se le escapaba una palabra, una frase, que mostraban con cuánta profundidad, con cuánta solemnidad sentía todo lo relacionado con el trabajo que le había otorgado la certidumbre de la rehabilitación. Por eso parecía amar la tierra y a la gente, con una suerte de feroz egoísmo, con una despectiva ternura.

Capítulo 25

Aquí estuve prisionero durante tres días —me murmuró (era en ocasión de nuestra visita al rajá), mientras nos abríamos paso con lentitud a través de una especie de aterrorizado motín de dependientes, en el patio de Tunku Allang. —Un lugar sucio, ¿verdad? Tampoco podía conseguir nada de comer, a menos de que armase un alboroto, y entonces me traían un platito de arroz y pescado frito, no mayor que un molusco ¡Malditos sean! ¡Cielos! Tuve hambre, merodeando dentro de este apestoso cercado, con alguno de estos vagabundos que me metían sus cuencos bajo la nariz. Ante la primera exigencia, entregué ese famoso revólver suyo. Me alegré de librarme de él. Parecía un tonto, paseándome con un revólver descargado en la mano. —En ese momento llegamos a presencia del rajá, y él adoptó con su ex captor una expresión imperturbablemente grave y cumplida. ¡Oh! ¡Magnífico! Me dan ganas de reír, cuando pienso en eso. Pero al mismo tiempo me impresionó. El viejo y despreciable Tunku Allang no pudo dejar de mostrar su temor (no era un héroe, a pesar de las narraciones de su briosa juventud, que gustaba de relatar), y al mismo tiempo había en sus modales para con su ex prisionero una especie de ansiosa confianza.

¡Fíjense! Inclusive donde más se lo podía odiar, se confiaba en él. Jim hasta donde pude entender por la conversación—perfeccionaba la ocasión por medio de la emisión de una arenga. Algunos pobres aldeanos habían sido asaltados y robados cuando se dirigían a la casa de Doramin, con unos pocos trozos de goma o cera de abeja que deseaban cambiar por arroz.

—Doramin era un ladrón —estalló el rajá. Una temblorosa furia pareció penetrar en el viejo cuerpo frágil. Se retorció fantásticamente en su estera, gesticuló con las manos y los pies, agitó los enmarañados mechones de su cabellera... importante encarnación de cólera. En todo nuestro derredor había ojos enormemente abiertos y mandíbulas caídas.

Jim comenzó a hablar. Con decisión, con frialdad, y durante un largo rato, expuso el argumento de que a hombre alguno podía impedírsele conseguir su alimento y el de sus hijos con honestidad. El otro se encontraba sentado como un sastre ante su mesa, una palma en cada rodilla la cabeza baja, y miraba a Jim por entre el cabello gris que le caía sobre los ojos. Cuando Jim terminó, se produjo un gran silencio.

Nadie parecía respirar; nadie emitió un sonido hasta que el viejo rajá lanzó un leve suspiro y, levantando la vista, con una agitación de la cabeza, dijo con rapidez:

—¡Ya lo han oído, hombres de mi pueblo! Basta de estos jueguitos.

Este decreto fue recibido en profundo silencio. Un hombre más bien pesado, sin duda alguna ocupante de un cargo de confianza, de ojos inteligentes, rostro huesudo, amplio, muy oscuro, y modales alegremente oficiosos (más tarde me enteré de que era el verdugo), nos ofreció dos tazas de café en una bandeja de bronce, que tomó de manos de un servidor inferior.

—No necesita beber —murmuró Jim con rapidez. No entendí el significado, al principio, y no hice más que mirarlo. Él dio un buen sorbo y permaneció sentado, sereno, sosteniendo la tacita en la mano izquierda. Un momento después me sentí muy disgustado.

—¿Por qué demonios —susurré, sonriéndole con afabilidad— me expone a un riesgo tan estúpido?

Bebí, por supuesto, no había peligro alguno, mientras él no viera señales de ello, y casi enseguida nos despedimos. Mientras atravesábamos el patio, hacia nuestro bote, escoltados por el inteligente y alegre verdugo, Jim dijo que lo lamentaba mucho. Era una posibilidad, por supuesto. Él, por su parte, no creía en el veneno. La posibilidad más remota. Se lo consideraba —me aseguró— mucho más útil que peligroso, y por lo tanto...

—Pero el rajá le tiene muchísimo temor. Cualquiera puede darse cuenta de eso —argumenté, lo confieso, con cierta irritación, mientras esperaba con ansiedad el primer retortijón de algún horrible cólico.

Estaba muy disgustado.

—Si quiero servir de algo aquí y mantener mi puesto —dijo, sentándose a mi lado en el bote—, debo correr el riesgo. Lo corro una vez por mes, por lo menos. Muchas personas esperan que lo haga... por ellos.

¡Temeroso de mí! De eso se trata. Lo más probable es que me tema porque a mí no me asusta su café. —Luego me mostró un lugar, en el lado norte del cercado, en que las partes superiores, aguzadas, de varias estacas, se encontraban rotas.— Allí salté al otro lado al tercer día de mi estada en Patusán. Todavía no volvieron a poner nuevas estacas. Buen salto, ¿eh? —Un momento después pasamos ante la boca de un arroyo fangoso.— Este es mi segundo salto. Llegué corriendo y lo atravesé al vuelo, pero me quedé corto. Pensé que dejaba el pellejo aquí. Perdí los zapatos mientras me esforzaba. Y en tanto pensaba cuán espantoso sería recibir una herida de una maldita lanza larga mientras estaba atascado en el fango. Recuerdo lo mal que me sentí mientras me retorcía en ese lodo. Quiero decir, enfermo de veras... como si me hubiese mordido algo podrido.

Así era... y la oportunidad corrió a su lado, saltó sobre la brecha, trastabilló en el fango... todavía velada. Lo inesperado de su llegada fue lo único, ¿entienden?, que lo salvó de ser despachado en el acto con krises y arrojado al río. Lo tenían, ¿pero cómo aferrar una aparición, un duende un portento? ¿Qué significaba eso? ¿Qué hacer con él?

¿Era demasiado tarde para conciliarlo? ¿No sería mejor matarlo sin más demoras? ¿Pero qué sucedería entonces? El viejo desdichado de Allang casi enloqueció de aprensión, y por la dificultad de adoptar alguna decisión. En varias ocasiones se interrumpió el consejo, y los asesores corrieron, atropellándose, hacia la puerta, y salieron a la galería. Uno —se dice— inclusive saltó al suelo —cuatro metros y medio, calculo —y se fracturó la pierna. El real gobernador de Patusán tenía amaneramientos extravagantes, y uno de ellos consistía en introducir jactanciosas rapsodias en cualquier discusión ardua; después se excitaba poco a poco, y terminaba volando de su percha con un kris en la mano. Pero aparte de estas interrupciones, las deliberaciones vinculadas con el destino de Jim siguieron noche y día.

Entretanto, éste vagaba por el patio. Algunos lo eludían; otros lo miraban con furia, pero todos lo observaban, y en la práctica se encontraba allí, a merced del primer pelafustán que tuviese un cuchillo. Se adueñó de un pequeño cobertizo destartalado para dormir; los efluvios de la mugre y las sustancias podridas lo incomodaban mucho; parece que no había perdido el apetito, porque —me dijo— tuvo hambre todo el tiempo. De vez en cuanto "algún asno afanoso", delegado por la sala del consejo, llegaba corriendo hasta él, y en tonos almibarados le administraba sorprendentes interrogatorios:

—¿Llegaban los holandeses a apoderarse de la región?

—¿Le gustaría al hombre blanco volver río abajo? ¿Cuál era el objeto de su llegada a tan miserable región? El rajá quería saber si el hombre blanco podía reparar un reloj.

Inclusive le llevaron un reloj de níquel fabricado en Nueva Inglaterra, y por puro insoportable aburrimiento se dedicó a tratar de hacer que funcionase el timbre del despertador. En apariencia se encontraba así ocupado en su cobertizo, cuando cayó sobre él la percepción de su verdadero y extremo peligro. Dejó caer el objeto, dice, "como una papa caliente", y salió corriendo deprisa, sin la menor idea de lo que haría, o, en verdad, de lo que podía hacer. Sólo sabía que la situación era intolerable. Se paseó sin rumbo, y llegó más allá de un maltrecho y pequeño granero encaramado sobre postes, y su mirada cayó sobre las estacas rotas de la empalizada. Luego, dice, en el acto, sin proceso mental alguno, por así decirlo, sin impulso ninguno de la emoción, se dedicó a preparar su fuga como si ejecutase un plan madurado durante un mes. Se apostó con negligencia para tener buen impulso, y cuando se volvió ya tenía junto a él a cierto dignatario, acompañado de dos lanceros, quien quería hacerle una pregunta. Corrió "bajo las mismas narices de él", pasó por encima "como un pájaro" y aterrizó al otro lado con una caída que le sacudió todos los huesos y que pareció partirle la cabeza. Se puso de pie en el acto. En ese momento no pensaba en nada; lo único que podía recordar, dijo, fue un gran grito. Las primeras casas de Patusán aparecieron ante'` él unos cuatrocientos metros más allá. Vio el arroyo, y, por así decirlo, en forma mecánica acentuó el ritmo. La tierra parecía casi volar hacia atrás bajo sus pies. Saltó desde el último punto seco, sintió que hendía el aire, sintió que, sin sacudida alguna, quedaba plantado, erguido, en una orilla fangosa muy blanda y pegajosa. Sólo cuando trató de mover las piernas y descubrió que no podía, "volvió en sí", según sus propias palabras. Comenzó a pensar en las "malditas lanzas largas". En verdad, si se considera que la gente de adentro del cercado tenía que correr a los portones, bajar al embarcadero, meterse en los botes y dar la vuelta a una punta de tierra, les llevaba más ventaja de la que imaginaba.

Además, como había marea baja, el arroyo estaba casi sin agua —no se lo podía considerar seco—, y en la práctica se encontraba a salvo, durante un tiempo, de nada que no fuese un disparo muy largo. El terreno firme, más arriba, estaba a un metro ochenta por delante de él.

—Pensé que de cualquier manera tendría que morir allí —dijo. Estiró los brazos y aferró con desesperación, con las manos, y sólo logró recoger un puñado de fango brillante, horriblemente frío, contra el pecho... hasta la barbilla. Le pareció que se enterraba vivo, y entonces se movió como enloquecido, dispersando el fango con los puños. Le cayó sobre la cabeza, la cara, los ojos, dentro de la boca. Me contó que de pronto recordó el patio, como quien recuerda un lugar en que se ha sido muy dichoso años atrás. Ansiaba —así dijo— volver allí a arreglar el reloj. Arreglar el reloj... esa era la idea. Hizo esfuerzos, tremendos esfuerzos sollozantes, jadeantes, esfuerzos que parecieron hacerle estallar los ojos en las órbitas y enceguecerlo, y que culminaron en un poderoso envión supremo, en la oscuridad, para abrir la tierra, desprenderla de sus miembros... y sintió que trepaba, débil, orilla arriba.

Cayó cuan largo era en tierra firme, y vio la luz, el cielo. Entonces, como una especie de pensamiento feliz, se le ocurrió la idea de que se dormiría. Afirma que en realidad durmió. Que durmió.. . tal vez un minuto, quizá veinte segundos, o sólo un segundo, pero recuerda con claridad el violento sobresalto convulsivo del despertar. Permaneció inmóvil, echado, durante un rato, y luego se incorporó, embarrado de la cabeza a los pies, y se quedó allí, pensando que estaba solo, separado de su especie por cientos de kilómetros solo, sin ayuda, sin simpatía sin piedad que esperar de nadie, como un animal acorralado. Las primeras casas estaban a no más de veinte metros de él. Pero el desesperado grito de una mujer asustada que trataba de llevarse a un niño volvió a sobresaltarlo. Corrió en línea recta, en calcetines, cubierto de suciedad, perdida toda apariencia de ser humano. Atravesó más de la mitad del largo del caserío. Las mujeres más ágiles huían a derecha e izquierda, los hombres más lentos dejaban caer lo que tenían entre las manos y permanecían petrificados, con la mandíbula caída. Era un terror fugaz.

Dice que vio que los chiquillos trataban de correr para salvar la vida, que caían boca abajo y pataleaban. Giró entre dos casas, subió una cuesta, trepó, desesperado, sobre una barricada de árboles derribados (en esa época no pasaba semana sin que hubiese algún combate en Patusán), e irrumpió, a través de una cerca, en un maizal, donde un chico asustado le arrojó un palo; llegó a los tropezones a una vereda, y de pronto cayó en brazos de varios hombres sobresaltados. Apenas le quedaba aliento suficiente para jadear "¡Doramin! ¡Doramin!" Recuerda que a medias lo acarrearon y a medias lo empujaron hacia la cima de la cuesta, y que en un vasto cercado, con palmeras y frutales, lo hicieron subir, corriendo, hasta llegar donde un hombre corpulento se hallaba sentado, macizo, en un sillón, en medio de la mayor conmoción y excitación posibles. Buscó entre el barro y las ropas, para encontrar el anillo, y, al hallarse de pronto de espaldas, se preguntó quién lo había derribado. Es que, sencillamente, lo soltaron, ¿saben?, pero no pudo permanecer de pie. En el arranque de la cuesta se escucharon varios disparos al azar, y por sobre los techos del caserío se elevó un apagado rugido de asombro. Pero él estaba a salvo. La gente de Doramin levantaba una barricada en los portones y le echaba agua por la garganta. La anciana esposa de Doramin, llena de vivacidad y conmiseración, emitía chillonas órdenes a sus hijas.

—La anciana —dijo, con suavidad— se ocupó de mí, afanosa, como si hubiese sido su propio hijo. Me acostaron en una cama inmensa —la cama de gala de ella—, y la mujer entraba y salía enjugándose los ojos, para palmearme la espalda. Debo haber sido un objeto digno de lástima. Estuve echado allí, como un tronco, durante no sé cuánto tiempo.

En apariencia tenía gran simpatía por la anciana esposa de Doramin. Ella por su parte, le cobró un afecto maternal.

Tenía un rostro redondo, suave, moreno como una nuez, cubierto de delicadas arrugas, grandes labios de un rojo vivo(mascaba betel con asiduidad), y ojos entrecerrados, benévolos que guiñaban a cada rato.

Se mantenía en constante movimiento, regañaba afanosa, y daba incesantes órdenes a un grupo de muchachos de rostros morenos y grandes ojos graves, sus hijas, sus criadas, sus esclavas. Ya saben cómo son esas casas: por lo general resulta imposible distinguir a unas de otras.

Era muy delgada, e inclusive sus amplias vestimentas exteriores, abrochadas por delante con hebillas enjoyadas, producían, quién sabe cómo, un efecto de sencillez.

Llevaba los desnudos pies morenos metidos en chinelas de paja amarillas de fabricación china. Yo mismo la vi correr de un lado al otro, con los muy espesos y largos cabellos grises cayéndole sobre los hombros. Emitía penetrantes dichos caseros, era de noble cuna, excéntrica y arbitraria. Por la tarde se sentaba en un amplio sillón, frente a su esposo, y miraba a través de una gran abertura de la pared, que le ofrecía un extenso panorama del caserío y el río.

Invariablemente metía los pies debajo del cuerpo, pero el anciano Doramin se sentaba erguido, imponente como una montaña en una llanura. Pertenecía a la clase makhoda de comerciantes, pero el respeto que se le mostraba y la dignidad de su porte resultaban notables. Era el jefe del segundo poder de Patusán. Los inmigrantes de las Célebes (unas sesenta familias que, con agregados y demás podían reunir unos doscientos hombres "que llevaban el kris") lo habían elegido jefe hacía unos años. Los hombres de esa raza son inteligentes, emprendedores, vengativos, pero con una valentía más franca que los otros malayos, y les molesta la opresión. Formaban el partido opuesto al rajá. Es claro que las pendencias tenían relación con el comercio. Esa era la causa principal de las luchas de facción, de los repentinos estallidos que llenaban tal o cual parte del caserío de humo, llamas, ruido de disparos y gritos. Las aldeas ardían, los hombres eran arrastrados a la empalizada del rajá, para ser asesinados o torturados por el crimen de comerciar con alguien que no fuese él. Uno o dos días antes de la llegada de Jim, varios jefes de familia de la aldea pesquera que más tarde quedó bajo su protección especial habían sido arrojados de los acantilados por un grupo de los lanceros del rajá, sospechosos de recoger nidos comestibles, de aves, para un comerciante de las Célebes. El rajá Allang pretendía ser el único comerciante de su región, y el castigo por la violación del monopolio era la muerte. Pero resultaba imposible distinguir su idea del comercio de las formas más comunes de robo. Su crueldad y rapacidad no tenían otros límites que su cobardía, y tenía el poder organizado de los hombres de las Célebes, sólo que —hasta que llegó Jim— no les temía lo suficiente como para quedarse quieto. Los atacaba por medio de sus súbditos, y, en forma patética, creía tener razón. La situación era más complicada aún debido a la existencia de un vagabundo desconocido, un mestizo árabe, quien creo, por motivos puramente religiosos, había incitado a las tribus del interior (la gente del monte, como la llamaba el propio Jim) a rebelarse, y se estableció en un campamento fortificado, en la cima de una de las colinas gemelas.

Pendía sobre la ciudad de Patusán como un halcón sobre un gallinero, pero devastaba el territorio abierto. Aldeas enteras, desiertas, se pudrían sobre sus bosques ennegrecidos, al lado de orillas de arroyos claros, y dejaban caer, de a poco, en el agua, el pasto de sus paredes, las hojas de sus techos, con un curioso efecto de decadencia natural, como si hubiesen sido una forma de vegetación atacada por un añublo en su raíz misma. Los dos partidos de Patusán no estaban seguros de a cuál de ellos tenía más deseos de saquear ese guerrillero. El rajá intrigaba débilmente con él. Algunos de los colonos bugis, cansados de esa permanente inseguridad, mostraban cierta inclinación a llamarlo. Los espíritus más jóvenes de entre ellos en broma, aconsejaron "llamar a Sherif Alí con sus hombres salvajes y expulsar al rajá Allang de la región". Doramin los contenía con dificultades. Envejecía, y aunque su influencia no había disminuido, la situación se le escapaba de entre las manos. Tal era el estado de cosas cuando Jim, en fuga del cercado del rajá, apareció ante el jefe de los bugis, presentó el anillo y fue recibido, por así decirlo, en el corazón de la comunidad.

Capítulo 26

Doramin era uno de los hombres más notables de su raza que jamás haya visto. Por ser malayo, su corpachón era inmenso, pero no parecía obeso; tenía un aspecto imponente, monumental. Este cuerpo inmóvil, envuelto en ricas telas todas coloreadas, bordadas de oro; esa cabeza gigantesca, cubierta por un pañuelo rojo y oro, la cara chata, grande redonda, arrugada, surcada con dos pesados pliegues semicirculares que comenzaban a cada lado de anchas y feroces fosas nasales, encerraba una boca de labios gruesos; la garganta como el cuello de un toro; la vasta frente arrugada sobre los ojos de mirada altiva: todo ello componía un conjunto que, una vez visto, no era posible olvidar. Su impasible reposo (pocas veces movía un músculo, una vez que se sentaba) era como una exhibición de dignidad. Nunca se supo que levantara la voz. Era un murmullo ronco y poderoso, apenas velado, como si se escuchara desde lejos. Cuando caminaba, dos jóvenes de baja estatura, robustos, desnudos hasta la cintura, de sarong blanco y casquetes negros en la coronilla de la cabeza, le sostenían los codos. Lo acomodaban y se quedaban de pie detrás de su sillón hasta que él quisiera levantarse, en cuya ocasión volvía la cabeza con lentitud, como con dificultad, a derecha e izquierda, y entonces lo tomaban de las axilas y lo ayudaban a ponerse de pie. A pesar de todo esto, nada había en él de inválido. Por el contrario, todos sus pesados movimientos eran como manifestaciones de una potente fuerza deliberada. En general se creía que consultaba a su esposa en cuanto a los asuntos públicos, pero nadie, hasta donde sé, los oyó jamás intercambiar una sola palabra.

Cuando se sentaban, con toda pompa, junto a la ancha abertura, lo hacían en silencio. Podían ver debajo de ellos en la luz declinante, la vasta extensión del territorio boscoso, un mar dormido y oscuro, de un verde sombrío, que ondulaba hasta llegar a la cadena de montañas violetas y purpúreas. El brillo sinuoso del río, como una inmensa letra S de plata batida; la cinta parda de las casas que seguían la curva de ambas orillas coronada por las colinas mellizas que se levantaban por encima de las copas de los árboles más cercanos. Ofrecían un maravilloso contraste: ella ligera, delicada, delgada, rápida, un tanto parecida a una bruja, con un toque de afanosidad maternal en su reposo; él, frente a ella inmenso y pesado, como la figura de un hombre toscamente labrado en piedra, con algo de magnánimo e implacable en su inmovilidad. El hijo de estos ancianos era un joven muy distinguido.

Lo habían tenido a una edad ya avanzada. Quizá no era tan joven como parecía. Veinticuatro años no es una edad juvenil cuando un hombre ya es padre de familia a los dieciocho. Cuando entraba en la gran habitación, forrada y alfombrada de delicadas esteras, y con alto cielo raso de telas blancas, donde la pareja se sentaba en medio de su boato, rodeada por el séquito más deferente, se dirigía enseguida hacia Doramin, para besarle la mano —que el otro le abandonaba con majestuosidad—, y luego avanzaba hacia el sillón de su madre. Supongo que puedo decir que lo idolatraban, pero nunca los vi lanzarle una mirada franca. Esas, es cierto, eran funciones públicas. Por lo común, la sala estaba atestada. La solemne formalidad de saludos y despedidas, el profundo respeto expresado en ademanes, en los rostros, en los susurros bajos, es sencillamente indescriptible.

—Vale la pena verlo —me aseguró Jim mientras cruzábamos el río, de regreso—. Son como personajes de un libro, ¿no es verdad? —dijo, triunfante—. Y Dain Waris —su hijo —es el mejor amigo (exceptuado usted) que nunca tuve. Lo que Mr. Stein llamaría un buen "camarada de armas". Tuve suerte. ¡Cielos! Tuve suerte cuando caí entre ellos con mi último aliento. —Meditó, con la cabeza baja, y luego, despertándose, agregó: —Es claro que no me di tiempo para pensarlo, pero... —Volvió a hacer una pausa.— Pareció como si se me ocurriera de repente murmuró—. De pronto vi qué debía hacer...

No cabe duda de que se le ocurrió; además, pareció llegarle gracias a la guerra, como es natural, puesto que ese poder que obtuvo era el poder de establecer la paz. Sólo en ese sentido es justo tan a menudo el poder. No piensen que vio su camino enseguida. Cuando llegó a la comunidad bugi, ésta se encontraba en una situación muy crítica.

—Todos tenían miedo —me dijo—, cada uno temía por sí; en tanto que yo vi con la mayor claridad posible que debían hacer algo enseguida, si no querían sucumbir uno tras otro, entre el rajá y ese vagabundo Sherif.

Pero ver no era nada. Cuando se le ocurrió la idea tuvo que meterla en mentes hostiles, atravesar los baluartes del miedo, del egoísmo.

Por fin la introdujo. Y eso nada fue. Tuvo que idear los medios. Los ideó.. . un plan audaz. Y su tarea estaba hecha apenas a medias. Debió convencer con su propia confianza a una cantidad de gente que tenía razones escondidas y absurdas para no colaborar. Tuvo que conciliar celos imbéciles, y destruir con argumentación todo tipo de desconfianzas insensatas. Sin el peso de la autoridad de Doramin, y sin el ígneo entusiasmo de su hijo, habría fracasado. Dain Waris, el joven distinguido, fue el primero en creer en él. La de ellos era una de esas amistades extrañas, profundas, raras entre morenos y blancos, en donde la diferencia misma de la raza parece atraer a dos seres humanos y acercarlos más debido a un elemento místico de simpatía. Sobre Dain Waris, su propia gente decía con orgullo que sabía combatir como un blanco. Eso era cierto; poseía ese tipo de valor —el valor abierto, puedo decir—, pero también tenía una mentalidad europea. A veces se los encuentra así, y uno se sorprende de descubrir, en forma inesperada, un modo de pensamiento familiar, una visión no oscurecida, una tenacidad de objetivos, un toque de altruismo. De escasa estatura, pero muy bien proporcionado, Dain Waris tenía un porte orgulloso, un talante pulido, desenvuelto, un temperamento como el de una llama clara. Su rostro oscuro, sus grandes ojos negros, eran expresivos en la acción, reflexivos en el reposo. Era de índole silenciosa; una mirada firme, una sonrisa irónica, una cortés deliberación de modales parecían insinuar grandes reservas de inteligencia y poder. Tales seres abren ante los ojos de Occidente, tan a menudo preocupados por las simples superficies, las posibilidades ocultas de razas y tierras sobre las cuales pende el misterio de siglos y siglos. No sólo confiaba en Jim, sino que, además, lo entendía, y así lo creo con firmeza. Hablo de él porque me cautivó. Su cáustica placidez —si puedo decirlo así— y, al mismo tiempo, su inteligente simpatía con las aspiraciones de Jim, me atrajeron. Me pareció presenciar el origen mismo de su amistad. Si Jim tomó la delantera, el otro cautivó a su dirigente. En rigor, Jim el jefe era el cautivo en todo sentido. El país, la gente, la amistad, el amor, eran como los celosos guardianes de su cuerpo. Todos los días agregaban un eslabón a los grilletes de esa extraña libertad. Me sentí convencido de ello, a medida que, de día en día, llegaba a conocer más el fondo del asunto.

¡El asunto! ¿No lo había escuchado? Lo escuché en la marcha, en el campamento (me hizo recorrer la región detrás de invisibles animales de caza); escuché buena parte de la historia en una de las dos cumbres gemelas después de trepar el último centenar de metros, más o menos, a gatas. Nuestra escolta (teníamos acompañantes voluntarios de aldea en aldea) había acampado, entretanto, en un trozo de terreno llano, a mitad de camino hacia la cima, y en la inmóvil noche silenciosa el olor del humo de madera llegaba a nuestras fosas nasales desde abajo con la penetrante delicadeza de algún aroma exquisito. Las voces también ascendían, maravillosas en su claridad distinta e inmaterial.

Jim se hallaba sentado en un tronco de un árbol caído; sacó la pipa y comenzó a fumar. Brotaban nuevos pastos y arbustos; había rastros de obras bajo una masa de ramas espinosas.

—Todo partió de aquí —dijo, luego de un largo silencio meditativo.

En la otra colina, a doscientos metros por encima de un sombrío precipicio, vi una línea de altas estacas ennegrecidas, que se mostraban, aquí y allí, ruinosas ... los restos del inexpugnable campamento de Sherif Alí.

Pero se apoderaron de él. Esa fue su idea. Juntó la vieja artillería de Doramin en la cima de esa colina; dos enmohecidos cañones de hierro de siete libras, una cantidad de pequeños cañones de bronce...

cañones—dinero. Pero si los cañones de bronce representan riqueza, también, cuando se los llena con osadía hasta la boca, pueden enviar sólida metralla a cierta distancia. El asunto era subirlos. Me mostró dónde amarró los cables, me explicó cómo improvisó un tosco malacate, con un tronco ahuecado que giraba sobre una estaca aguzada; indicó, con el cuenco de la pipa, los trabajos realizados en el suelo. Y sus últimos treinta metros de ascenso fueron los más difíciles. Se hizo responsable, con su propia cabeza, del éxito. Indujo al grupo de guerreros a trabajar con intensidad toda la noche. Enormes fogatas encendidas a intervalos llameaban a todo lo largo de la cuesta, "pero aquí arriba —explicó— la cuadrilla que izaba las piezas tenía que correr de un lado al otro en la oscuridad". Desde la cima veía a los hombres que se movían en la ladera, como hormigas laboriosas. Esa noche, él mismo bajó y subió corriendo como una ardilla dirigiendo, alentando, vigilando a todo lo largo de la línea. El anciano Doramin se hizo llevar colina arriba en su butaca. Lo depositaron en el lugar llano, en la cuesta, y permaneció sentado a la luz de una de las fogatas...

—Un viejo sorprendente un verdadero jefe —dijo Jim—, con sus ojitos feroces... Un par de inmensas pistolas de chispa en las rodillas.

Pistolas magníficas, de ébano, con montura de plata, con hermosos cerrojos y un calibre como el de un antiguo trabuco. Un regalo de Stein parece... a cambio de ese anillo, ¿sabe? Pertenecían al buen viejo de M'Neil. Sólo Dios sabe cómo las consiguió él. Y estaba sentado ahí, sin mover pie ni mano, con una llama de ramas secas detrás, y multitudes de personas corriendo en torno, gritando y tironeando en su derredor... el viejo más solemne e imponente que se pueda imaginar. Él no habría tenido grandes posibilidades si Sherif Alí nos hubiese lanzado su infernal tripulación y dispersado a mi gente. ¿Eh? De cualquier manera, había subido para morir allí si algo salía mal. ¡De veras!

¡Cielos! Me emocionó verlo allí... como una roca. Pero Sherif debe de habernos considerado locos, y ni siquiera se molestó en ir a ver cómo nos las arreglábamos. Nadie creía que pudiese hacerse. ¡Caramba!

Creo que los tipos que empujaban y sudaban en la faena no creyeron que pudiera hacerse. Estoy seguro de que no lo creyeron...

Estaba erguido, con la encendida pipa de brezo en la mano, una sonrisa en los labios y una chispa en los ojos juveniles. Yo, sentado en el tocón de un árbol, a sus pies, y debajo de nosotros se extendía el terreno, la gran extensión de los bosques, sombríos bajo el sol, ondulados como un mar, con atisbos de ríos serpenteantes, las manchas grises de las aldeas, y aquí y allá un claro, como un islote de luz entre las oscuras olas de las copas de árboles interrumpidos. Una melancolía cavilosa cubría todo el vasto y monótono paisaje; la luz caía sobre él como en un abismo. La tierra devoraba el sol; sólo a lo lejos, a lo largo de la costa, el océano desierto, suave y bruñido en medio de la débil bruma, parecía subir al cielo en una muralla de acero.

Y yo estaba allí con él, arriba, al sol, en la cima de su histórica colina. Y él dominaba el bosque, la penumbra secular, la vieja humanidad. Era como una figura instalada en un pedestal, para representar, en su persistente juventud, el poder y tal vez las virtudes de razas que nunca envejecen que han surgido de la oscuridad. No sé por qué siempre me pareció simbólico. Tal vez esa sea la verdadera causa de mi interés por su destino. No sé si es justo para él recordar el incidente que había dado una nueva dirección a su vida, pero en ese momento lo recordé con suma claridad. Era como una' sombra en la luz.

Capítulo 27

La leyenda ya lo había dotado de poderes sobrenaturales. Sí, se decía, hubo muchas cuerdas dispuestas con astucia, y un extraño mecanismo que giraba gracias a los esfuerzos de muchos hombres, y cada cañón subía con lentitud, por entre los arbustos, como un jabalí salvaje abriéndose paso a través de las malezas, pero... y aquí el más sabio meneo de cabeza.

Había algo oculto en todo eso, sin duda; pues, ¿qué es la fuerza de las cuerdas y de los brazos humanos? En las cosas hay un alma rebelde que es preciso dominar por medio de hechizos y encantamientos poderosos. Así decía el viejo Sura —un muy respetable dueño de casa de Patusán— con quien tuve una tranquila charla una noche. Pero Sura era también un brujo profesional, que concurría a todas las siembras y cosechas de arroz, en kilómetros a la redonda, con el objetivo de dominar el alma empecinada de las cosas. Parecía creer que esta ocupación era muy ardua, y tal vez las almas de las cosas son más tercas que las de los hombres. En cuanto a la gente sencilla de las aldeas vecinas, creían y decían (como la cosa más natural del mundo) que Jim llevó los cañones á colina arriba, a la espalda... de a dos por vez.

Esto hacía que Jim golpeara con el pie en el suelo, ofendido, y que exclamara con una risita exasperada. —¿Qué se puede hacer con estos tontos? Se quedan sentados la mitad de la noche, diciendo estupideces, y cuanto mayor la mentira, más parecen creer en ella.

En esa irritación se podía percibir la sutil influencia de su ambiente. Era parte de su cautiverio. La sinceridad de sus negativas resultaba divertida, y al cabo le dije:

—Mi querido amigo, no supondrá que yo lo creo. —Me miró, sobresaltado.

—¡Bien no! Supongo que no —dijo, y estalló en una carcajada homérica—. Bueno, de cualquier manera, los cañones estaban aquí, y dispararon juntos al salir el sol. ¡Cielos!

¡Habría tenido que ver volar las astillas! —exclamó. Junto a él, Dain Waris, que escuchaba con una sonrisa tranquila dejó caer los párpados y removió un poco los pies. Parece que el éxito obtenido al subir los cañones dio a la gente de Jim tal sentimiento de confianza, que se aventuraron a dejar la batería a cargo de dos bugis ancianos que habían combatido un poco en su época, y que fueron a unirse a Dain Waris y al grupo atacante, oculto en el barranco. Antes del alba comenzaron a trepar, y cuando se encontraban a dos tercios del camino hacia arriba, se echaron en el pasto húmedo, a la espera de la aparición del sol, que era la señal convenida. Me dijo con qué impaciente y angustiosa emoción contempló la rápida aparición de la aurora; cómo, acalorado por el trabajo y el ascenso, sintió que el rocío helado le congelaba los huesos; cómo temió comenzar a temblar y a estremecerse como una hoja, antes que llegase el momento del avance.

—Fue la media hora más lenta de mi vida —declaró. Poco a poco el silencioso cercado se destacó en el cielo, encima de él. Los hombres dispersos por toda la ladera se agazapaban entre las piedras oscuras y las malezas chorreantes. Dain Waris yacía, aplastado contra el suelo, a su lado.

—Nos miramos —dijo Jim, apoyando una mano suave en el hombro de su amigo—. Me sonrió con alegría, y yo no me atreví a mover los labios por temor de estallar en temblores. ¡Palabra, se lo juro! Cuando nos ocultamos chorreaba de transpiración... de modo que puede imaginar... —Declaró, y yo le creí, que no tenía temores en cuanto al resultado. Sólo sentía ansiedad respecto de su capacidad para reprimir esos estremecimientos. El resultado no le preocupaba. Estaba seguro de llegar a la cima de esa colina y quedarse allí, sucediera lo que sucediese. Para él no había retirada. Esas personas habían confiado en él de manera implícita. ¡Sólo en él! Nada más que en su palabra...

Recuerdo que en ese punto se interrumpió, con la vista clavada en mí. Hasta donde sabía, nunca tuvieron ocasión de lamentarlo, dijo, nunca. Esperaba que nunca llegaran a tenerla. Entretanto —¡qué mala suerte!— se habían acostumbrado a aceptar su palabra por cualquier cosa y por todas.

—¡Yo no tenía ni idea! Pero si el otro día un viejo tonto quien jamás había visto en su vida llegó desde su aldea, a varios kilómetros de distancia, para averiguar si debía divorciarse de su esposa. De veras.

Palabra de honor. Ese era el tipo de cosas... Él jamás lo habría creído.

¿Y yo? Acuchillado en la galería, mascando nuez de betel, suspirando y escupiendo por todas partes, durante más de una hora, y tan torvo como un enterrador, antes de exponer su maldito problema. Esas son las cosas que no resultan tan graciosas como parecen. ¿Qué podía decir uno?... ¿Buena esposa?... Sí. Buena esposa... aunque vieja; inició un relato muy largo sobre unos cacharros de bronce. Vivían juntos desde hacía quince años... veinte años... no estaba seguro. Mucho, mucho tiempo. Buena, buena esposa. Le pegaba un poco... no mucho... un poco, cuando era joven. Tenía que hacerlo... en defensa de su honor.

De pronto, en la vejez, ella va y le presta tres ollas de bronce a la esposa del hijo de su hermana, y comienza a insultarlo todos los días, en voz alta. Sus enemigos se burlaban de él; tenía el rostro ennegrecido por completo. Las ollas estaban perdidas. Se sentía muy enojado. Imposible descubrir el fondo de una historia como esa; le dije que volviera a su casa, y le prometí que iría yo mismo y lo solucionaría todo. Está muy bien sonreír, ¡pero era un engorro infernal! Un día de viaje a través del bosque, otro día perdido en interrogar a una cantidad de aldeanos tontos para entender los detalles del asunto. El problema tenía posibilidades de convertirse en una riña sanguinaria. Todos los malditos imbéciles tomaban partido por una u otra familia, y una mitad de la aldea estaba a punto de lanzarse sobre la otra mitad, con cualquier cosa que tuviesen a mano. ¡Por mi honor! ¡No bromeo! En lugar de ocuparse de sus malditas cosechas. Es claro que les devolví sus infernales ollas... y pacifiqué a todos. No fue muy difícil. Es claro que no. Podía solucionar la pendencia más mortífera del territorio con solo mover el meñique. El problema consistía en llegar a la verdad de las cosas. Ni siquiera entonces estaba seguro de haber sido justo para con todos. Me preocupaba. ¡Y las murmuraciones! ¡Cielos! En apariencia, no tenían pies ni cabeza. Prefería atacar una vieja empalizada de seis metros de alto. ¡Siempre era preferible! Un juego de niños, en comparación con lo otro. Y, además, no llevaba tanto tiempo. Bien sí; una situación extraña, en general... el tonto parecía lo bastante viejo como para ser su abuelo. Pero desde otro punto de vista no era broma—. Su palabra lo decidía todo desde que aplastó a Sherif Alí.

—Una enorme responsabilidad —repitió—. No, de veras... bromas aparte si hubieran sido tres vidas en lugar de tres podridas ollas de bronce, habría sido exactamente lo mismo.. .

Así ilustró el efecto moral de su victoria en la guerra. En verdad era inmensa. Lo llevó de la contienda a la paz, y, a través de la muerte, a la vida más íntima de la gente. Pero la penumbra de la región encendida bajo el sol conservaba su apariencia de inescrutable, de secular reposo. El sonido de su voz fresca y joven —es extraordinario cuán pocas señales de fatiga mostraba— flotaba con ligereza, y se alejaba sobre el rostro inmutable de los bosques, como el sonido de los grandes cañones en aquella fría mañana cubierta de rocío, en que no tenía otra preocupación en la tierra, aparte del adecuado dominio de los estremecimientos del cuerpo. Con el primer sesgo de los rayos del sol sobre esas inmóviles copas de árboles, la cima de una colina se envolvió, con pesados estampidos, en blancas nubes de humo, y la otra estalló en un sorprendente estrépito de gritos, aullidos de guerra, alaridos de cólera, de sorpresa, de congoja. Jim y Dain fueron los primeros en tocar las estacas. La historia popular afirma que Jim, con el contacto de un dedo, derribó la puerta. Es claro que él se esforzó por refutar esa hazaña.

Toda la empalizada —insistía al explicárselo a uno— era débil (Sherif Alí confiaba ante todo en su situación inaccesible). Y de cualquier manera, ya había quedado hecha pedazos, y sólo se sostenía por milagro. La empujó con el hombro, como un tonto, y cayó de cabeza. ¡Cielos! Si no hubiese sido por Dain Waris, un vagabundo tatuado y con marcas de viruela lo habría clavado con su lanza a la corteza de un tronco, como a uno de los escarabajos de Stein. El tercer hombre en entrar, parece, fue Tamb Itam, el criado de Jim. Era un malayo del norte, un desconocido que había llegado a Patusán y que fue detenido por la fuerza, por el rajá Allag para usarlo como remero de uno de sus botes de gala. Huyó en la primera oportunidad, y luego de encontrar un precario refugio (pero muy poco que comer) entre los colonos bugis, se unió a las personas de Jim. Su tez era muy oscura, su rostro chato, sus ojos salientes e inyectados de bilis. Había algo de excesivo, casi fanático en la devoción a su "señor blanco". Era inseparable de Jim, como una sombra lúgubre. En los momentos de boato, pisaba los talones de su amo, una mano en la empuñadura de su kris, y mantenía a la gente común a distancia con sus truculentas miradas concentradas. Jim lo había convertido en el jefe de su establecimiento, y todo Patusán lo respetaba y cortejaba como a una persona de gran influencia. En la toma del cercado se distinguió en gran medida por la metódica ferocidad de su manera de combatir. El grupo de ataque llegó con tanta rapidez —dijo Jim—, que a pesar del pánico de la guarnición hubo "cinco minutos calientes, mano a mano, dentro de la empalizada, hasta que algún estúpido del demonio puso fuego a los refugios de ramas y hojas secas, y todos tuvimos que correr para salvar la vida".

La derrota, parece, fue completa. Doramin esperaba inmóvil en su sillón, en la ladera, con el humo de los cañones que se extendía con lentitud sobre su cabezota; recibió la noticia con un profundo gruñido.

Cuando se le informó que su hijo estaba a salvo y dirigía la persecución, él, sin otro sonido, hizo un poderoso esfuerzo para ponerse de pie; sus criados corrieron en su ayuda, e incorporado con reverencia, arrastró los pies, con gran dignidad, hacia un lugar de sombra, donde se recostó a dormir, cubierto por completo por una sábana blanca. En Patusán, la excitación era intensa. Jim me dijo que desde la colina, de espaldas a la empalizada con sus ascuas, sus cenizas negras y cadáveres semi consumidos, podía ver, cada instante, que los espacios abiertos entre las casas, a ambos lados del arroyo, se llenaban de pronto con una hirviente embestida de personas y se vaciaban en un instante. Sus oídos captaron desde abajo, aunque le llegaba con debilidad, el tremendo estrépito de bombos y tambores; percibió los gritos salvajes de la multitud en estallidos de leves rugidos. Una cantidad de gallardetes aletearon como pajarillos blancos, rojos y amarillos en medio de los aleros pardos de los techos.

—Debe haber gozado con ello —murmuré, sintiendo la agitación de una simpatía emocionada.

—Fue... inmenso. ¡Inmenso! —gritó, abriendo los brazos. El repentino movimiento me sobresaltó, como si hubiese visto desnudar los secretos de su pecho bajo el sol, a los meditativos bosques, al mar acerado. Debajo de nosotros, la aldea reposaba en fáciles curvas, sobre las orillas de un arroyo cuya corriente parecía dormir—. ¡Inmenso! repitió por tercera vez, hablando en un susurro, sólo para sí.

¡Inmenso! No cabe duda de que fue inmerso; y el sello del éxito, el terreno conquistado para las plantas de sus pies, la ciega confianza de los hombres, la creencia en sí mismo arrebatada del fuego, la soledad de su hazaña. Todo esto, —como les previne, queda empequeñecido en la narración. No puedo trasmitirles, con simples palabras, la impresión de su aislamiento total y absoluto. Sé, por supuesto, que en todo sentido era el único de su especie allí, pero las cualidades insospechadas de su naturaleza lo habían puesto en contacto tan estrecho con su ambiente, que dicho aislamiento parecía sólo el efecto de su poderío.

Su soledad acrecentaba su estatura.

No había a la vista nada que se comparase con él, como si hubiese sido uno de los hombres excepcionales a los cuales sólo es posible medir por la grandeza de su fama. Su fama, recuérdenlo, era lo más grande que existía para muchos, en los alrededores, a lo largo de muchas jornadas de viaje. Había que remar, empujar con una pértiga o abrirse paso fatigosamente a través de la selva, antes de quedar fuera del alcance de la voz de ésta. Y su voz no era el trompeteo de la diosa deshonrosa que conocemos... no era vocinglera... no era descarada.

Recibía su tono del silencio y la penumbra de la tierra sin pasado, donde la palabra de él era la única verdad de todos los días. Participaba de la naturaleza de ese silencio a través del cual lo acompañaba a tino por profundidades inexploradas, oídas continuamente junto a uno, penetrante, prolongada... teñida de asombro y misterio en los labios de los hombres susurrantes.

Capítulo 28

El derrotado Sherif Alí huyó de la región sin intentar una nueva defensa, y cuando los desdichados y acosados aldeanos comenzaron a salir de la selva, para volver a sus casas podridas, fue Jim quien en consulta con Dain Waris, designó a los jefes. De tal manera, se convirtió en el gobernante virtual de la región. En cuanto al viejo Tunku Allang, sus temores, al principio, no tuvieron límites. Se dice que al enterarse del exitoso ataque de la colina, se dejó caer, boca abajo, en el suelo de bambú de su salón de audiencias, y permaneció inmóvil toda una noche y todo un día, emitiendo sonidos ahogados de naturaleza tan aterradora, que nadie se atrevió a acercarse a su cuerpo postrado. Ya se veía expulsado ignominiosamente de Patusán, vagando, abandonado, desnudo, sin opio, sin sus mujeres, sin seguidores, presa fácil del primero a quien se le ocurriese matarlo. Después de Sherif Alí, le tocaría el turno a él, ¿y quién podía resistir un ataque dirigido por semejante demonio? Y en verdad, debía su vida y la autoridad que todavía le quedaba en el momento de mi visita, a Jim, a su idea de lo que era justo. Los bugis se mostraron muy ansiosos por saldar antiguas cuentas, y el impasible anciano Doramin abrigaba la esperanza de poder ver todavía a su hijo como gobernante de Patusán. Durante una de nuestras entrevistas, me permitió, en forma deliberada, percibir una vislumbre de su ambición secreta. Nada podía ser más delicado, a su manera, que la digna cautela de sus tanteos. Él mismo —comenzó por declarar— había usado su fuerza en su juventud, pero ahora ya era viejo y estaba cansado... Con su imponente cuerpo y sus ojillos altaneros que se movían sagaces, en miradas interrogadoras, le recordaba a uno, de manera irresistible, a un viejo elefante astuto. El lento ascenso y descenso de su vasto pecho continuaba, poderoso y regular, como el movimiento de un mar en calma.

También él, según afirmó, tenía ilimitada confianza en la sabiduría de Tuan Jim. ¡Si sólo pudiese obtener una promesa! ¡Una palabra bastaría..! Sus silencios jadeantes, los bajos retumbos de su voz, recordaban los últimos esfuerzos de una tormenta al amainar.

Traté de dejar el tema a un lado. Era difícil, pues no cabía duda de que Jim era dueño del poder; en su nueva esfera no parecía existir nada que no fuese suyo, para retenerlo o darlo. Pero eso, repito, nada era en comparación con la idea, que se le ocurrió mientras escuchaba exhibiendo atención, de que parecía haberse acercado mucho, por fin, al dominio de su destino. Doramin se mostraba ansioso por el futuro del país, y a mí me llamó la atención el giro que le dio a la discusión. La tierra permanece donde Dios la puso; pero los blancos —dijo— vienen a nosotros, y un poco después se van. Se van. Aquellos a quienes dejan detrás no saben cuándo esperar su regreso. Vuelven a su tierra, a su gente, y también este blanco se iría... No sé qué me indujo a comprometerme, en ese punto, con un vigoroso "no, no".

La amplitud de esta indiscreción se hizo evidente cuando, Doramin, quien volvió hacia mí su rostro, cuya expresión, fija en arrugados pliegues profundos, permanecía inalterable, como una gigantesca máscara morena, dijo que esa era en verdad una buena noticia, y lo dijo con tono reflexivo; después quiso saber por qué.

Su esposa, la pequeña bruja maternal, se hallaba sentada al otro lado de mí, con la cabeza cubierta y los pies recogidos, mirando a través del gran agujero con postigos. Yo sólo veía un mechón suelto de cabellos grises, un pómulo sobresaliente, el leve movimiento de masticación de la barbilla aguda. Sin apartar la mirada de la vasta perspectiva de bosques que se extendían hasta las colinas, me preguntó, con voz quejumbrosa, por qué él, que era tan joven se había alejado de su hogar, y llegado tan lejos, a través de tantos peligros. ¿Acaso no tenía un hogar, parientes, en su propio país? ¿No tenía una madre anciana, quien siempre recordaría su rostro?

Yo no estaba preparado para eso. Sólo pude mascullar y menear la cabeza con vaguedad. Después tuve perfecta con—ciencia de que hice muy pobre figura mientras trataba de librarme de esa dificultad. Pero en ese momento el anciano makhoda quedó muy taciturno. No estaba satisfecho, me temo, y es evidente que yo le había dado materia para reflexionar. Cosa extraña, en la noche de ese mismo día (que fue el último que pasé en Patusán) me vi otra vez frente al mismo problema, al porqué sin respuesta del destino de Jim. Y esto me lleva a la historia de su amor.

Supongo que piensan que es una historia que pueden imaginar por su cuenta. Hemos escuchado muchas de ellas y la mayoría de nosotros no creemos que sean historias de amor. Las consideramos casi todas como historias de oportunidades: en el mejor de los casos, episodios de pasión, o quizá nada más que de juventud y tentación, condenados a ser olvidados al final, aunque pasen por una realidad de ternura y pena.

Casi siempre ese punto de vista es correcto, y quizá también en este caso... Pero no sé. Relatar esto no es en modo alguno tan fácil como podría ser... si el punto de vista corriente fuese adecuado. En apariencia es una historia que se parece mucho a las otras; pero para mí se advierte, en su fondo, la melancólica figura de una mujer, la sombra de una cruel sabiduría enterrada en una tumba solitaria, que mira con avidez con impotencia, con los labios sellados. La tumba misma, tal como la encontré durante un paseo por la mañana temprano, era un montículo más bien informe, pardo, con un pulcro borde incrustado de trozos blancos de coral en la base, y encerrado en una cerca circular hecha de arbolillos cortados, con la corteza intacta. Una guirnalda de hojas y flores entretejida rodeaba la cabeza de los delgados postes... y las flores eran frescas.

Así, sea la sombra producto de mi imaginación o no, por lo menos puedo señalar el hecho significativo de una tumba no olvidada.

Cuando les diga, además, que Jim, con sus propias manos, trabajó en la rústica cerca, percibirán de manera directa la diferencia, el aspecto individual de la historia. En esa adhesión a los recuerdos y afecto pertenecientes a otro ser humano hay algo característico de su seriedad.

Poseía una conciencia, y era una conciencia romántica. Durante toda su vida, la esposa del indecible Cornelius no tuvo otra compañera, confidente y amiga que su hija. Es un misterio para mí la forma en que la mujer llegó a casarse con el espantoso portugués de Malaca —después de la separación del padre de su hija—, y de cómo se produjo dicha separación, si por la muerte, que a veces puede ser piadosa, o por la implacable presión de las convenciones. Por lo poco que Stein (quien conocía tantas historias) había dejado caer al alcance de mi oído, me siento convencido de que no era una mujer común. Su propio padre había sido un blanco; un alto funcionario; uno de los hombres brillantemente dotados que no son lo bastante opacos como para cuidar un éxito, y cuyas carreras terminan tan a menudo bajo una nube. Supongo que también ella debía carecer de esa suerte de opacidad salvadora... y su carrera terminó en Patusán. Nuestro destino común... ¿pues dónde está el hombre —me refiero a un hombre verdadero, sensible— que no recuerda vagamente haber sido abandonado en la plenitud de su posesión por alguien o algo más precioso que la vida?... Nuestro destino común se aferra a las mujeres con particular crueldad. No castiga como un amo, pero inflige un tormento perdurable, como para satisfacer un resentimiento secreto, inextinguible. Cualquiera creería que, signado para gobernar en la tierra, trata de vengarse de loa seres que más cerca están de elevarse por encima de las trabas de la cautela terrenal. Pues sólo las mujeres consiguen poner en ocasiones, en su amor, un elemento lo bastante palpable como para asustarlo a uno... un instante extra terrenal. Me pregunto, perplejo... qué aspecto tiene el mundo para ellas... ¡si poseen la forma y sustancia que nosotros conocemos, el aire que nosotros respiramos! ¡A veces imagino que debe ser una región de irrazonables sublimidades! que hierven con la excitación de sus almas aventureras, iluminadas por la gloria de todos los riesgos y renunciamientos posibles. Pero sospecho que existen muy pocas mujeres en el mundo, aunque, por supuesto, tengo conciencia de las multitudes de la humanidad y de la igualdad de los sexos en materia de números. Pero estoy seguro de que la madre era tan mujer como parecía serlo la hija.

¡No puedo dejar de imaginarme a esas dos, al principio la joven y la niña, después la anciana y la joven la misma espantosa igualdad y el veloz paso del tiempo, la barrera del bosque, la soledad y el torbellino que rodeaban a esas dos vidas solitarias, y cada! palabra pronunciada entre ellas impregnada de trise significado. Es casi seguro que hubieron confidencias, no tanto relacionadas con hechos, supongo, como con sentimientos íntimos... lamentos... temores, advertencias, sin duda.

Advertencias que la más joven no entendió del todo hasta que la más anciana murió... y llegó Jim. Y entonces estoy seguro de que ella entendió mucho... no todo... en primer lugar el temor, parece. Y Jira la llamó con una palabra que significa preciosa, en el sentido de una piedra preciosa... una joya. Hermosa, ¿verdad? Pero él era capaz de cualquier cosa.

Estaba a la altura de su fortuna, como —en fin de cuentas— debe de haber estado a la altura de su infortunio. La llamó joya; y lo decía como habría podido decir "Jane", ¿saben?

Con un afecto marital, casero, pacífico. Yo escuché el nombre por primera vez, diez minutos después de llegar a su patio, cuando, luego de casi arrancarme el brazo de tanto sacudírmelo, subió corriendo los escalones y comenzó a armar un alegre, juvenil alboroto en la puerta, bajo los pesados aleros.

—¡Joya! ¡Oh, Joya! ¡Rápido! Ha venido un amigo —y de pronto, al verme en la galería en penumbras, masculló con sinceridad—: ¿Sabe?

Esto... Es muy en serio. No puedo decirle cuánto le debo a ella... Y así... entiende... yo... tal como sí...

Sus susurros apresurados, ansiosos, quedaron interrumpidos por el aleteo de una forma blanca dentro de la casa, una leve exclamación y una carita infantil pero enérgica, de facciones delicadas y mirada profunda, atenta, que atisbaba desde la oscuridad interior, como un ave desde el fondo de un nido. Me llamó la atención el nombre, pero sólo más tarde lo vinculé con un asombroso rumor que me había salido al paso en mi viaje, en un lugarcito de la costa, a unos trescientos kilómetros al sur del río Patusán. La goleta de Stein, en la cual tenía mi pasaje, ancló allí para recoger algunos productos, y al bajar a tierra encontré, para mi gran sorpresa, que la desdichada localidad podía jactarse de un residente delegado ayudante de tercera clase, un individuo corpulento, obeso, grasiento, parpadeaste, de ascendencia mixta, con labios sobresalientes y brillantes. Lo encontré extendido de espaldas, en un sillón de cañas, repugnantemente desabotonado, con una gran hoja verde de no sé qué clase sobre la cabeza humeante, y otra en la mano, que usaba con movimientos perezosos, como abanico. ¿Iba a Patusán? Oh, sí. La Compañía Comercial de Stein. Él lo sabía. Tenía permiso. No era cosa de él. Las cosas no estaban tan mal allí, ahora, afirmó, con negligencia, y continuó, arrastrando la voz. —Tengo entendido que allí hay ahora una especie de vagabundo blanco.. ¿eh? ¿Cómo dice? ¿Amigo suyo? ¡Bien!... Entonces era cierto que había uno de esos verdammante... ¿Cuál era su intención?... Había conseguido introducirse, el pillastre. ¿Eh? No estaba seguro. Patusán... allí le cortaban la garganta a uno... no era cosa de ellos.

Se interrumpió para gemir:

—¡Puf! ¡Todopoderoso! ¡El calor! ¡El calor! Bien pues era posible, entonces, que la historia fuese cierta, en fin dé cuentas, y..

Cerró uno de sus bestiales ojos vidriosos (el párpado siguió temblando), mientras me lanzaba una mirada atroz, de reojo, con el otro.

—Vea —dijo, misterioso—, si... ¿entiende? Si en verdad consiguió algo bastante bueno... nada de esos trocitos de vidrio verde... ¿entiende?

Soy un funcionario del gobierno... dígale al pillastre... ¿eh? ¿Cómo?

¿Amigo suyo? —Siguió revolcándose con serenidad en la silla... —Ya lo dijo, en efecto; y me alegro de poder sugerírselo. Supongo que también a usted le gustaría conseguir algo de eso. No interrumpa. Dígale que me enteré de eso, pero que a mi gobierno no le informé nada. Todavía no. ¿Entiende? ¿Para qué hacer un informe? ¿Eh? Dígale que venga a verme, si lo dejan salir con vida de la región. Será mejor que se cuide.

¿Eh? Prometo no hacer preguntas. Con discreción... ¿entiende? También usted... recibirá algo de mí. Una pequeña comisión por la molestia. No me interrumpa. Soy un funcionario gubernamental, y no hago informes. Esto es negocio. ¿Entiende? Conozco a algunas buenas personas que comprarán cualquier cosa que valga la pena, y puedo darle más dinero del que el pillastre jamás vio en la vida. Conozco a los que son como él. —Me miró con firmeza, con ambos ojos abiertos, mientras yo me erguía sobre él, atónito, y me preguntaba si estaba loco o ebrio.

Transpiraba, jadeaba, lanzaba débiles gemidos y se rascaba con tan horrible serenidad, que no pude soportar la visión lo suficiente como para averiguarlo. Al día siguiente, mientras hablaba por casualidad con la gente dela pequeña corte nativa del lugar, descubrí que una historia viajaba poco a poco, costa abajo acerca de un misterioso hombre blanco de Patusán que había encontrado una extraordinaria gema... a saber, una esmeralda de enormes dimensiones, y desde todo punto de vista inapreciable. La esmeralda parece atraer la imaginación oriental más que ninguna otra piedra preciosa. El blanco la obtuvo, se me dijo, en parte mediante el ejercicio de su fuerza maravillosa, y en parte por astucia, del gobernador de una región distante, de donde huyó en el acto, para llegar a Patusán en grandes aprietos, pero donde asustó al pueblo con su extrema ferocidad, que nada parecía capaz de dominar.

La mayoría de mis informantes eran de opinión de que la piedra tal vez fuese infortunada... como la famosa piedra del sultán de Succadana, que en tiempos antiguos había provocado guerras e incontables calamidades en ese país. Quizás era la misma piedra... imposible decirlo.

En verdad, la historia de una esmeralda fabulosamente grande es tan antigua como la llegada del primer hombre blanco al archipiélago. Y la creencia en ella tan persistente, que menos de cuarenta años antes hubo una investigación holandesa oficial para averiguar la verdad. La mejor manera de conservar esas joyas —me explicó el anciano de quien oí la mayor parte de ese sorprendente mito de Jim— una especie de escriba del desdichado rajá del lugar, esa joya, me dijo, clavándome sus pobres ojos cegatos (se encontraba sentado en el piso de la cabaña, por respeto), la mejor manera de conservarla es ocultarla en la persona de una mujer. Pero no sirve cualquier mujer. Tiene que ser joven —lanzó un profundo suspiro—, e insensible a las seducciones del amor. Meneó la cabeza con escepticismo. Pero en apariencia existía en esos momentos una mujer así. Se le había hablado de una muchacha alta, a quien el hombre blanco trataba con gran respeto y cuidados, y que nunca salía de la casa sin compañía. La gente decía que al blanco se lo veía con ella casi todos los días; caminaban juntos, abiertamente, él sosteniéndole el brazo debajo del propio... apretado contra su costado... así... en la forma más extraordinaria. Podía ser una mentira, admitió, pues era muy extraño que nadie hiciese eso. Por otro lado, no cabía duda de que ella usaba la joya del hombre blanco oculta en su pecho.

Capítulo 29

Esa era la teoría de las caminatas maritales nocturnas de Jim. Yo fui el tercero más de una vez, con la desagradable conciencia, en cada ocasión, de la cercanía de la figura de Cornelius, quien abrigaba el sentimiento ofendido de su paternidad legal, y se escurría por las vecindades con ese particular retorcimiento de la boca, como si estuviese perpetuamente a punto de rechinar los dientes. ¿Pero advierten ustedes cómo, quinientos kilómetros más allá del final delos cables telegráficos y de las líneas de buques—correo, macilentas mentiras utilitarias de nuestra civilización se marchitan y mueren para ser reemplazadas por puros ejercicios de imaginación, que tienen la inutilidad, a menudo el encanto y a veces la profunda veracidad oculta de las obras de arte? El romanticismo había señalado a Jim como propio... y esa erala parte verdadera de la historia, que en todos los demás sentidos era errónea.

No ocultaba su joya, en verdad estaba muy orgulloso de ella.

Se me ocurre ahora que, en general, yo la había visto muy poco.

Lo mejor que recuerdo es la palidez pareja, olivácea, de su tez, y los intensos resplandores negro—azulados de sus cabellos que se derramaban, abundantes, por debajo de casquete color carmesí que llevaba muy echado atrás en la delicada cabeza. Sus movimientos eran sueltos, seguros, y cuando se ruborizaba su rostro adquiría un color rojo oscuro.

Mientras Jim y yo conversábamos, ella iba y venía lanzándonos rápidas miradas, dejando a su paso una impresión de gracia y encanto, y una clara sugestión de vigilancia.

Sus modales ofrecían una curiosa combinación de timidez y audacia. Cada una de las hermosas sonrisas era reemplazada enseguida por una expresión de ansiedad silenciosa, reprimida, como si huyese ante el recuerdo de algún peligro permanente. En ocasiones se sentaba con nosotros y, con las suaves mejillas hundidas por los nudillos de su manita, escuchaba nuestra conversación. Sus grandes ojos claros se clavaban en nuestros labios, como si cada palabra pronunciada tuviese una forma visible. Su madre le había enseñado a leer y escribir; aprendió mucho inglés de Jim, y lo hablaba en la forma más divertida, con la entonación cortada y juvenil de él. Su ternura revoloteaba sobre Jim como un palpitar de alas. Vivía tan por entero contemplándolo, que había adquirido parte del aspecto exterior de Jim, algo que lo recordaba en sus movimientos, en la manera de estirar el brazo, de volver la cabeza, de dirigir sus miradas. Su aspecto vigilante tenía una intensidad que lo hacia casi perceptible a los sentidos; en verdad parecía existir en la materia ambiente del espacio, envolver a Jim en una fragancia particular, vivir al sol como una nota trémula apagada y apasionada. Supongo que pensarán que también yo soy un romántico, pero es un error. Les relato las sobrias impresiones de un fragmento de juventud, de un extraño e inquieto amor que se había cruzado por mi camino.

Observaba con interés la acción de la... bien... buena fortuna de él. Se lo amaba con celos pero yo no sabía de qué podía estar ella celosa, ni por qué. La tierra, la gente, los bosques, eran sus cómplices, lo protegían con vigilante acuerdo, con un aspecto de reclusión de misterio, de posesión invencible. En apariencia, no existía atractivo; él se encontraba prisionero dentro de la libertad misma de su poder, y ella aunque pronta a convertir su cabeza en un taburete para los pies de él, protegía su conquista de manera inflexible... como si él fuese difícil de retener.

El propio Tamb Itam, que en nuestros viajes pisaba los talones a su señor blanco, con la cabeza echada hacia atrás, truculento y armado como un jenízaro, con kris, cuchillo y lanza (además de llevar la escopeta de Jim); inclusive él se permitía adoptar la expresión de inflexible guardián, como un hosco y abnegado carcelero dispuesto a entregar su vida por su cautivo. En las noches en que nos quedábamos levantados hasta tarde su figura silenciosa, indistinta, pasaba y volvía a pasar debajo de la galería, con pisadas silenciosas, o yo levantaba la cabeza y de pronto lo distinguía erguido, rígido, en las sombras. Por regla general desaparecía al cabo de un rato, sin un ruido; pero cuando nos poníamos de pie él saltaba cerca de nosotros, como si saliera del suelo, preparado para cualquier orden que Jim quisiera darle. También la joven creo, jamás iba a dormirse hasta que nos separábamos para retirarnos a nuestras respectivas habitaciones. Más de una vez los vi, a ella y a Jim, a través de la ventana de mi cuarto, cuando salían juntos, silenciosos, y se apoyaban en la tosca balaustrada... dos formas blancas, muy pegadas, el brazo de él rodeándole la cintura, la cabeza de ella sobre el hombro de Jim. Sus suaves murmullos me llegaban penetrantes, tiernos, con una tranquila nota triste en el silencio de la noche, como una auto comunión de una sola persona, emitida en dos tonos.

Más tarde mientras me revolcaba en la cama, bajo el mosquitero, tuve la certeza de escuchar leves sonidos, una respiración tenue, una garganta que carraspeaba con cautela... y entonces sabía que Tamb Itam seguía merodeando. Aunque tenía (gracias al favor del señor blanco) una casa en el cercado, había "tomado esposa" y últimamente había sido bendecido por el nacimiento de un niño, creo que, por lo menos durante mi estada, dormía en la galería todas las noches. Era muy difícil hacer hablar a ese fiel y torvo criado. Al propio Jim le contestaba con frases breves, secas, por así decirlo bajo protesta. Hablar, parecía insinuar, no era cosa suya. El discurso más prolongado que le escuché ofrecer ocurrió una mañana cuando, extendiendo de pronto la mano hacia el patio, señaló a Cornelius y dijo:

—Ahí viene el nazareno.

No creo que se dirigiese a mí, aunque yo me encontraba a su lado.

Su objetivo parecía más bien despertar la atención indignada del universo. Algunas alusiones masculladas, que siguieron, referentes a perros y al olor a carne asada, me parecieron singularmente felices. El patio, un gran espacio cuadrado, era un tórrido ardor de sol, y estaba bañado por la intensa luz. Cornelius se escurría a través de él, a plena vista de todos, con un inexpresable efecto de sigilo, de acción oscura, secreta y a hurtadillas. Le recordaba a uno todo lo que es desagradable.

Su lenta marcha laboriosa se parecía al reptar de un escarabajo repulsivo, y sólo las piernas se movían con horrenda industriosidad, en tanto que el cuerpo se deslizaba sin moverse. Supongo que se orientaba en forma bastante directa hacia el lugar al cual quería ir, pero su avance con un hombro hacia delante parecía oblicuo. A menudo se lo veía circular con lentitud entre los cobertizos, como si siguiera una pista; pasaba ante la galería con furtivas miradas hacia arriba; desaparecía sin prisa en torno de la esquina de alguna choza. El hecho de que pareciera en libertad de recorrerlo todo demostraba el absurdo descuido de Jim, o bien su infinito desdén, pues Cornelius había representado un papel muy dudoso (para decir lo menos) en cierto episodio que habría podido tener un final fatal para Jim. En rigor, redundó en su gloria. Pero todo redundaba en su gloria; y la ironía de su buena suerte consistía en que él, que otrora se había mostrado tan cuidadoso respecto de ella parecía vivir una vida encantada.

Deben saber que abandonó la casa de Doramin muy poco después de su llegada... demasiado pronto, en verdad, para su seguridad, y es claro que mucho tiempo antes de la guerra. En ese aspecto lo impulsó un sentimiento del deber; debía ocuparse de los asuntos de Stein, dijo.

¿No era así? Para ello, con absoluto desprecio por su seguridad personal, cruzó el río y se alojó con Cornelius. No puedo decir cómo se las había arreglado este último para existir en tiempos de tanta perturbación. En fin de cuentas, como agente de Stein, debe de haber contado, en cierta medida, con la protección de Doramin. Y de uno u otro modo se las compuso para escurrirse a través de todas las mortíferas complicaciones; aunque no me caben dudas acerca de su conducta, fuese cual fuere el camino que se vio obligado a seguir, dicho camino estaba señalado por la abyección que parecía el sello del hombre. Esa era su característica; en lo fundamental, y en lo exterior, era abyecto, tal como otros hombres tienen de manera notable, una apariencia generosa, distinguida o venerable. Era un elemento de su naturaleza que impregnaba todos sus actos, pasiones y emociones; sus cóleras eran abyectas, abyectas sus sonrisas, abyecta su tristeza; sus cortesías e indignaciones eran abyectas por igual. Estoy seguro de que su amor habría sido el más abyecto de sus sentimientos... ¿Pero puede uno imaginar enamorado a un insecto repugnante? Y también su repugnancia era abyecta; de modo que una persona apenas desagradable habría parecido noble a su lado. No tiene lugar ni en el segundo ni en el primer plano del relato; sólo se lo ve agazapado en su periferia, enigmático e impuro, manchando la fragancia de la juventud e ingenuidad de dicha historia.

De cualquier manera, su situación sólo podía ser de gran miseria, pero es muy posible que haya encontrado algunas ventajas en ella. Jim me dijo que al principio fue recibido con una abyecta exhibición de los sentimientos más amistosos.

—En apariencia el individuo no podía contener su alegría —dijo Jim con disgusto—. Corría hacia mí todas las mañanas para estrecharme las dos manos. ¡Maldito sea! Pero yo nunca podría saber si habría desayuno. Si conseguía tres comida en dos días me consideraba muy afortunado, y todas las semanas me hacía firmar un papel por diez dólares.

Dijo que estaba seguro de que Mr. Stein no querría que me mantuviese por nada. Bien... me mantuvo casi por nada. Y con nada. Lo explicaba por el estado de inquietud de la región, y fingía mesarse el cabello, me pedía perdón diez veces por día, de modo que al final debía rogarle que no se preocupara. Me enfermaba. La mitad del techo de su casa se había hundido, y todo el lugar tenía un aspecto sarnoso, por todas partes se asomaban matas de pasto seco y las puntas de las esteras rotas aleteaban en todas las paredes. Hizo lo posible para señalar que Mr.

Stein le debía dinero de los últimos tres años de comercio, pero sus libros estaban todos rotos, y algunos faltaban. Trató de insinuar que eso era culpa de su extinta esposa. ¡Pillastre asqueroso! Al cabo tuve que prohibirle que volviese a mencionar a su difunta esposa. Hacía llorar a Joya. No pude descubrir qué había ocurrido con todas las mercancías; en el depósito no había más que ratas, que se divertían en grande en medio de un basural de papel de estraza y sacos viejos. En todas partes se me aseguró que tenía enterrada en algún lugar una cantidad de dinero, pero es claro que nada pude sacar de él. Viví en esa casa endemoniada la existencia más miserable. Traté de cumplir con mis obligaciones hacia Stein, pero también tenía otros asuntos en que pensar. Cuando escapé a la casa de Doramin, el viejo Tunku Allang se asustó y me devolvió todas las cosas.

Lo hizo en forma indirecta, y con mucho misterio, por intermedio de un chino que tiene aquí un pequeño comercio. Pero en cuanto dejé el sector de los bugis y fui a vivir con Cornelius, se comenzó a decir abiertamente que el rajá había decidido hacerme matar antes de que pasara mucho tiempo. Agradable, ¿verdad? Y yo no veía qué podía impedírselo, si en verdad lo había decidido. Lo peor de todo es que no podía dejar de sentir que nada de bueno hacía, ni para Stein, ni para mí.

¡Ah, fueron un infierno... las seis semanas!

Capítulo 30

Luego me dijo que no sabía qué lo hizo aferrarse... pero es claro que podemos adivinarlo. Simpatizaba mucho con la joven indefensa, a merced de ese "pillastre mezquino y cobarde". Parece que Cornelius le daba una mala vida, que no llegaba a maltratarla cosa para la cual le faltaba valor, supongo. Insistía en que lo llamase padre, "y, además, con respeto". "Con respeto", gritaba, blandiendo un pequeño puño amarillo ante el rostro de ella.

—Yo soy un hombre respetable, ¿y qué eres tú?, dime... ¿qué eres tú? ¿Crees que criaré una hija ajena y le permitiré que me trate sin respeto? Deberías alegrarte de que te lo permita, vamos... di, padre...

¿No?... espera un poco.

Entonces injuriaba a la mujer muerta, hasta que la joven huía, apretándose la cabeza con las manos. Él la perseguía, entrando en la casa y saliendo de ella y luego alrededor, entre los cobertizos, la acorralaba en algún rincón, donde ella caía de rodillas tapándose los oídos.

Entonces él permanecía a cierta distancia y declamaba sucias denuncias contra su espalda, a veces durante media hora seguida.

—Tu madre era un demonio, un demonio falso.. . y también tú lo eres —chillaba en un estallido final recogía un poco de tierra seca o un puñado de barro (había barro de sobra en torno de la casa), y se lo arrojaba al cabello. Pero a veces ella lo enfrentaba henchida de desprecio, en silencio, el rostro sombrío y contraído, y sólo de vez en cuando murmuraba una o dos palabras que hacían saltar al otro, retorciéndose bajo el agujazo. Jim me dijo que esas escenas eran terribles. En verdad, era extraño toparse con ellas en un lugar salvaje. Lo interminable de una situación tan sutil y cruel resultaba aterrador... si se piensa en ello.

El respetable Cornelius (Inch'Nelyus, lo llamaban los malayos, con una mueca que significaba muchas cosas) era un hombre muy desilusionado. No sé qué había esperado que se hiciese por él en consideración a su matrimonio, pero resultaba evidente que la libertad de robar, desfalcar y apropiarse, durante muchos años, y en todas las formas en que le pareció conveniente, de las mercancías de la Compañía Comercial de Stein (Stein mantuvo el abastecimiento sin interrupciones, mientras pudo hacer que sus capitanes lo llevasen hasta allí), no le parecía un equivalente justo del sacrificio de su honorable apellido.

A Jim le habría agradado mucho darle a Cornelius una paliza hasta dejarlo casi muerto; por otro lado, las escenas eran de carácter tan lastimoso, tan abominable, que su impulso era alejarse para no escucharlas a fin de no lastimar los sentimientos de la joven. La dejaban agitada, muda, apretándose el pecho de vez en cuando, con rostro pétreo, desesperado, y entonces Jim se aproximaba y decía, con tono de desdicha:

—Vamos... de veras... de qué sirve... tiene que tratar de comer un poco —u ofrecía cualquier otra señal de simpatía por el estilo. Cornelius continuaba escurriéndose por las puertas, a lo largo de la galería y volvía, mudo como un pez, y con miradas malévolas desconfiadas, huidizas.

—Puedo detener el juego de él —le dijo Jim a ella una vez—. No tiene más que pedírmelo.

¿Y saben qué respondió la joven? Respondió —Jim me lo contó impresionado— que si no hubiese estado segura deque el propio Cornelius era intensamente desdichado, habría encontrado el valor necesario para matarlo con sus propias manos.

—¡Imagínese eso! El diablillo de chica, casi una niña, empujada a hablar de esa manera —exclamó, horrorizado.

Le parecía imposible salvarla no sólo del sucio pillastre, sino inclusive de sí misma. No es que le tuviera tanta lástima, afirmó; era más que lástima; era como si tuviese algo en la conciencia, mientras continuaba esa vida. Abandonar la casa habría parecido una deserción infame. Por fin entendió que nada había que esperar de una estada más prolongada, ni cuentas, ni dinero, ni verdad de ninguna clase, pero se quedó y exasperó a Cornelius, llevándolo hasta el borde no diré de la insania, sino casi de la intrepidez. Entretanto sentía que todo tipo de peligros se agrupaban, oscuros, en su derredor. Doramin envió en dos ocasiones a un criado digno de confianza para decirle, con toda seriedad, que nada podía hacer por su seguridad, si no volvía a cruzar el río y vivía entre los bugis, como al comienzo. Gente de todas las extracciones solían visitarlo, a menudo en mitad de la noche, para revelarle conjuras orientadas a asesinarlo. Se lo envenenaría.

Se lo apuñalaría en una casa de baños. Se tomaban medidas para dispararle desde un bote, en el río. Cada uno de sus informantes afirmaba ser su buen amigo. Y era —me dijo—como para arruinarle a uno el descanso para siempre. Algo de eso resultaba posible en un extremo; más aún, probable, pero las mendaces advertencias sólo le daban una sensación de mortíferas conjuras que se desarrollaban a su alrededor, por todas partes, en la oscuridad. Nada mejor calculado para conmover el más sólido de los sistemas nerviosos. Por último, una noche, el propio Cornelius, con gran exhibición de alarma y secreto, expuso, en solemnes tonos quejumbrosos, un plan según el cual, por cien dólares o inclusive por ochenta; digamos ochenta—, él, Cornelius, conseguiría un hombre digno de confianza para llevar a Jim al río, a salvo. Ya no cabía otro remedio... si a Jim le importaba algo su vida. ¿Qué eran ochenta dólares? Una nadería. Una suma insignificante.

En tanto que él, Cornelius, que debía quedarse, cortejaba la muerte con su prueba de devoción hacia el joven amigo de Mr. Stein.

La visión de sus abyectas muecas —me dijo Jim —fue muy difícil de soportar se mesaba el cabello, se golpeaba el pecho, se balanceaba de un lado al otro, con las manos apretadas contra el estómago, y llegó a fingir que lloraba.

—Que su sangre caiga sobre su cabeza —chilló al final, y salió corriendo.

Sería curioso saber hasta qué punto Cornelius fue sin—cero en esa exhibición. Jim me confesó que después que el sujeto se hubo ido no durmió ni un segundo. Se quedó echado de espaldas, sobre una delgada estera extendida en el piso de bambú, y trató, ocioso, de distinguir las vigas desnudas, mientras escuchaba los susurros del destrozado techo de bálago.

De pronto una estrella parpadeó a través del agujero del techo.

Tenía un remolino en el cerebro, pero, no obstante, esa misma noche maduró su plan para vencer a Sherif Alí. Pensaba en eso en todos los momentos que podía dedicarle, aparte de la desesperada investigación de los negocios de Stein, pero la idea —dice— se le ocurrió entonces, de repente. Pudo ver, por decirlo así, los cañones montados en la cima de la colina.

Se sintió acalorado y tenso, mientras continuaba acostado.

Ya no se podía pensar en dormir. Se levantó de un salto y salió, descalzo, a la galería. Caminó en silencio y se encontró con la joven inmóvil contra la pared, como si vigilase. En su estado mental de ese momento, no le sorprendió verla despierta, ni escucharla preguntar, en un ansioso susurro, dónde estaría Cornelius. Él respondió con sencillez que no lo sabía. Ella gimió un tanto, y atisbó en el campong. Todo estaba en silencio. Él era presa de su nueva idea, y estaba tan henchido de ella que no pudo dejar de contárselo todo a la joven. Ésta escuchó, palmoteó apenas, susurró con suavidad su admiración, pero resultaba evidente que seguía alerta. Parece que él se había acostumbrado a convertirla en su confidente... y que ella por su parte, podía darle y le daba útiles insinuaciones en cuanto a los asuntos de Patusán; de ello no cabe duda. Él me aseguró más de una vez que los consejos de la joven nunca le resultaron inútiles. Por lo menos, en ese momento le explicaba en detalle su plan, cuando ella le oprimió el brazo una vez y desapareció de su lado. Entonces surgió Cornelius de alguna parte, y al ver a Jim se escurrió de costado, como si le hubieran lanzado un disparo, y después se quedó muy inmóvil en la penumbra. Al cabo se adelantó con prudencia, como un gato suspicaz.

—Había algunos pescadores ahí... con pescado —dijo con voz temblorosa—. Para vender pescado... ¿entiende?

Serían en ese momento las dos de la mañana... ¡hora muy oportuna para que nadie anduviese vendiendo pescado!

Pero Jim dejó pasar la afirmación, y no le dedicó el menor pensamiento. Otros asuntos ocupaban su mente, y, además, no había visto ni oído nada. Se conformó con decir "¡Ah!", distraído. Bebió de un jarro que había cerca, y dejó a Cornelius presa de una inexplicable emoción... que lo hizo tomarse con ambos brazos de la corroída balaustrada de la galería, como si se le aflojaran las piernas... Entró de nuevo y se acostó en su estera, a pensar. Pronto escuchó pisadas sigilosas. Se detuvieron. Una voz cuchicheó, trémula a través de la pared:

—¿Está dormido?

—¡No! ¿Qué sucede? —respondió con vivacidad, y afuera hubo un movimiento brusco, y luego todo quedó en silencio, como si el cuchicheante se hubiera sobresaltado. Muy disgustado con ello, Jim salió impetuosamente, y Cornelius, con un leve chillido, huyó por la galería hasta los escalones, donde se tomó de la balaustrada rota. Intrigado, Jim lo llamó desde lejos, para saber qué diablos quería.

—¿Prestó atención a lo que le dije? —preguntó Cornelius, pronunciando las palabras con dificultad, como un hombre con escalofríos de fiebre.

—¡No! —gritó Jim, apasionado—. No lo hice, ni pienso hacerlo. Voy a vivir aquí en Patusán.

—M—m—morirá a—a—aquí —respondió Cornelius, todavía estremecido con violencia, y con voz agonizante. Todo ello resultaba tan absurdo y chocante, que Jim no supo si debía sentirse divertido o furioso.

—No será hasta que lo vea enterrado, le apuesto —gritó, exasperado, pero a punto de reír. Medio en serio (excitado con sus propios pensamientos ¿saben?), continuó gritando: —¡Nada puede tocarme! Haga lo que le parezca.

De alguna manera, la sombra de Cornelius, lejana parecía ser la odiosa encarnación de todos los disgustos y dificultades que había encontrado en su camino. Se sentó... tenía los nervios destrozados desde hacía días... y lo injurió: estafador, embustero, pillastre lamentable; en rigor, se desahogó en forma extraordinaria. Admite que fue más allá de todos los límites, que estaba fuera de sí... desafió a todo Patusán a que tratara de asustarlo... declaró que todavía los haría bailar al compás de su música, etcétera, en una veta amenazadora y jactanciosa. En todo sentido pomposo y ridículo, dijo. Las orejas le ardían de sólo recordarlo. Debía estar un tanto chiflado, de alguna manera... La joven sentada con nosotros, movió la cabecita, en señal de asentimiento con rapidez frunció apenas el entrecejo, y dijo:

—Yo lo escuché —con infantil solemnidad. Él rió y se ruborizó... Lo que al final lo detuvo, dijo, fue el silencio, el silencio total y como de muerte, de la indistinta figura lejana, que parecía colgar, derrumbada, doblada sobre la balaustrada, en extraña inmovilidad. Volvió en sí, se calló de pronto, y se asombró enormemente de sí mismo. Miró durante un rato. Ni un movimiento, ni un sonido.

—Tal como si el tipo hubiera dormido mientras yo hacía todo ese ruido —dijo. Se avergonzó tanto de sí, que entró deprisa, sin otra palabra, y volvió a recostarse. Pero la pendencia parecía haberle hecho bien porque durmió el resto de la noche como un niño. Hacía semanas que no dormía así.

—Pero yo no dormí —intervino la joven con un codo en la mesa, y acariciándose la mejilla—. Yo vigilé. —Los grandes ojos le llamearon, se movieron un poco, y luego los clavó en mi rostro, con intensidad.

Capítulo 31

Ya imaginarán con qué interés escuché. Veinticuatro horas más tarde se percibió que todos esos detalles tenían alguna importancia. Por la mañana, Cornelius no hizo alusión a los sucesos de la noche.

—Supongo que volverá a mi pobre casa —murmuró, con aspereza, escurriéndose hacia Jim en el momento en que éste entraba en la canoa para dirigirse al campong de Doramin. Jim sólo asintió, sin mirarlo—.

No cabe duda de que lo encuentra divertido —masculló el otro con tono agrio. Jim se pasó el día con el viejo makhoda, predicando la necesidad de una vigorosa acción ante los principales hombres de la comunidad de los bugis, quienes habían sido convocados para una gran conversación. Recordó con placer cuán elocuente y persuasivo se había mostrado.

—Conseguí infiltrarles un poco de energía, esa vez, no cabe duda dijo. La última incursión de Sherif Alí había barrido las afueras del caserío, y algunas mujeres pertenecientes al pueblo fueron llevadas a la empalizada. Los emisarios de Sherif Alí fueron vistos en el mercado, el día anterior, pavoneándose, altaneros, envueltos en capas blancas, y jactándose de la amistad del rajá para con su amo. Uno de ellos se encontraba a la sombra de un árbol, y apoyado en el largo caño de un rifle, exhortó a la gente a la oración y el arrepentimiento, y les aconsejó que matasen a todos los extranjeros que tenían entre ellos algunos de los cuales, dijo, eran infieles, y otros algo peor... hijos de Satán disfrazados de musulmanes. Se informó que varios de los hombres del rajá, entre los oyentes, expresaron en voz alta su aprobación. El terror de los pobladores comunes era intenso. Jim, inmensamente complacido con su trabajo del día, volvió a cruzar el río antes de la puesta del sol.

Como había comprometido de manera irremisible a los bugis a actuar, y se hacía responsable del éxito con su propia cabeza, se sintió tan alborozado, que en el júbilo de su corazón hizo todos los esfuerzos posibles para ser cortés con Cornelius.

Pero éste, en respuesta, se mostró de una jovialidad demencial, y Jim dice que escuchar sus chillidos de risa falsa, verlo retorcerse y parpadear, y de pronto tomarse la barbilla y acurrucarse sobre la mesa, con mirada enloquecida, fue más de lo que le resultaba posible soportar. La joven no se mostró, y Jim se retiró temprano. Cuando se levantó para decir buenas noches, Cornelius se puso de pie de un salto, derribó lasilla y se escurrió fuera de la vista, como si tuviese que recoger algo que había dejado caer. Sus "buenas noches" se escuchó, ronco, desde abajo de la mesa. Jim se sorprendió al verlo surgir con la mandíbula caída y ojos grandes, estúpidamente asustados. Se aferró del borde de la mesa.

—¿Qué pasa? ¿Se siente mal? —preguntó Jim.

—Sí, sí, sí. Un gran cólico en mi estómago —dice el otro; y en opinión de Jim, eso era muy cierto. En ese caso, y en vista de la acción que pensaban llevar a cabo, era una señal abyecta de una dureza todavía imperfecta, cuyo mérito hay que reconocerle por entero.

Sea como fuere, el sueño de Jim fue perturbado por un ensueño de un cielo como bronce, que resonaba con una gran voz, la cual lo instaba: "¡Despierte! ¡Despierte!", con tanta energía, que, a pesar de su desesperada decisión de seguir durmiendo, despertó en realidad. Cayó sobre sus ojos el resplandor de una roja conflagración hirviente, que se extendía en mitad del aire. Espirales de denso humo muy negro se encorvaban en torno de la cabeza de una aparición, un ser extra terrenal, todo vestido de blanco, de rostro severo, tenso, ansioso. Al cabo de un par de segundos, reconoció a la joven.

Tenía en alto, con el brazo extendido, una antorcha de dammar 7 , y con voz monótona, persistente, lo instaba repetidamente:

—¡Levántese! ¡Levántese! ¡Levántese!

De pronto él se levantó de un brinco. En el acto ella le puso en la mano un revólver, el de él, que pendía de un clavo, pero esta vez cargado. Jim lo apretó en silencio, desconcertado, parpadeando en la luz.

Se preguntó qué podía hacer por ella.

Ella dijo con rapidez, y en voz muy baja:

—¿Puede hacer frente a cuatro hombres con esto? —Él rió mientras me narraba esta parte, al recordar su cortés vivacidad. Parece que lo convirtió en una gran exhibición.

—Sin duda... por supuesto... sin duda... ordéneme.

No estaba despierto del todo, y se le ocurrió que debía ser muy cortés en esa circunstancia extraordinaria, que tenía que mostrar su disposición devota e incuestionable. Ella salió de la habitación, y él la siguió. En el corredor despertaron a una vieja arpía que hacía las comidas de la casa, aunque era tan decrépita que casi no podía entender el habla humana. Se levantó y cojeó detrás de ellos mascullando con las encías. En la galería, una hamaca de lona de velas perteneciente a Cornelius, se balanceó apenas al contacto del codo de Jim. Estaba vacía.

El establecimiento de Patusán, como todos los puestos de la Compañía Comercial de Stein, estaba compuesto al comienzo de cuatro edificios. Dos de ellos se encontraban representados por dos montículos de palos bambúes rotos, bálago podrido, sobre el cual los cuatro postes de las esquinas, de madera dura, se inclinaban, tristes, en distintos ángulos. Pero el depósito principal todavía se veía frente a la casa del agente. Era una choza rectangular, hecha de barro y arcilla. En un extremo tenía una amplia puerta de gruesas tablas que hasta ese momento no se había salido de los goznes, y en una de las paredes laterales se veía una abertura cuadrada, una especie de ventana, con tres barrotes de madera. Antes de bajar los pocos escalones, la joven dio vuelta el rostro por sobre el hombro y dijo con rapidez:

—Iban a atacarlo mientras dormía.

Jim me dice que experimentó un sentimiento de desilusión. Ya estaba aburrido de esas alarmas. Me aseguró que se enfureció con la joven por engañarlo. La había seguido bajo la impresión de que ella era quien necesitaba su ayuda, y en ese momento tuvo deseos de volver sobre sus pasos y regresar, disgustado.

—¿Sabe? —comentó, profundo—, creo, más bien que en esa época me pasé semanas enteras sin ser el mismo de siempre.

—Sí. Sin embargo, lo fue —no pude dejar de contradecirlo.

Pero ella avanzó con rapidez, y él la siguió al patio. Todas sus cercas habían caído hacía tiempo; los búfalos de los vecinos se paseaban por la mañana en el espacio abierto, lanzando profundos bufidos, sin prisa. La selva misma ya lo invadía. Jim y la joven se detuvieron en el pastizal. La luz bajo la cual se hallaban componía una densa negrura en torno, y sólo sobre sus cabezas se veía un opulento resplandor de estrellas. Me dijo que era una noche hermosa... muy fresca, con una leve brisa del río. Parece que advirtió su amistosa hermosura. Recuerden que esto que les narro es una historia de amor. Una noche encantadora, que parecía envolverlos en una suave caricia. La llama de la antorcha fluía de vez en cuando con un ruido de aleteo, como una bandera, y durante un rato ese fue el único sonido.

—Están en el depósito, esperando —susurró la joven. —Esperan la señal.

—¿Quién la dará? —preguntó él. Ella agitó la antorcha, que llameó luego de una lluvia de chispas.

—Sólo que usted dormía tan inquieto —continuó, en un murmullo—.

Yo también vigilé su sueño.

—¡Usted! —exclamó él, estirando el cuello para mirar alrededor.

—¡Cree que vigilé sólo esta noche! —exclamó ella con una especie de desesperada indignación.

Él dice que fue como si hubiese recibido un golpe en el pecho.

Jadeó. Pensó que de alguna manera se había comportado como un animal, y se sintió con remordimientos, conmovido, feliz, jubiloso.

Esto, quiero recordarles de nuevo, es una historia de amor. Se advierte por la imbecilidad, no una imbecilidad repulsiva, sino la exaltada imbecilidad de todos esos movimientos, esa caminata a la luz de la antorcha, como si hubiesen ido allí adrede para una batalla edificante con los asesinos ocultos. Si los emisarios de Sherif Alí hubieran poseído como señaló Jim— un ápice de bríos, ese habría sido el momento de llevar a cabo una acometida. El corazón le palpitaba —no de miedopero le pareció oír el susurro del pasto, y salió con vivacidad de la mancha de luz. Algo oscuro, visto de manera imperfecta, se escurrió con rapidez. Llamó en voz alta:

—¡Cornelius! ¡Cornelius!

Se hizo un silencio profundo. Su voz parecía no haber llegado más allá de unos cinco o seis metros. La joven estaba otra vez a su lado.

—¡Huya! —dijo. La anciana se acercaba; el cuerpo quebrado apareció, en saltitos tullidos, al borde de la luz. La oyeron mascullar, y lanzar un suspiro leve, quejumbroso.

—¡Huya! —repitió la joven excitada—. Ahora están asustados... esta luz... las voces. Saben que está despierto... saben que es grande fuerte, intrépido...

—Si soy todo eso —comenzó a decir él, pero ella lo interrumpió.

—¡Sí... esta noche! ¿Pero y mañana a la noche? ¿O la noche siguiente? ¿Y la otra... y todas las muchas, muchas noches? ¿Puedo vigilar siempre?

Un sollozo que le cortó el aliento afectó a Jim más allá del poder de las palabras.

Me dijo que nunca se había sentido tan diminuto, tan impotente...

y en cuanto a la valentía, ¿de qué servía?, pensó. Estaba tan desamparado, que hasta la huida parecía inútil. Y aunque ella siguió susurrando "vaya a lo de Doramin, vaya a lo de Doramin", con afiebrada insistencia, él se dio cuenta de que para él no existía refugio respecto de esa soledad que centuplicaba todos sus peligros, salvo... en ella.

—Pensé —me dijo— que si me alejaba de ella eso, de alguna manera, sería el fin de todo.

Sólo porque no podían permanecer para siempre en medio del patio, decidió ir a mirar en el depósito. La dejó seguirlo sin pensar en protestar, como si ya hubiesen estado unidos de manera indisoluble.

—Soy intrépido... ¿eh? —murmuró él entre dientes.

Ella lo tomó del brazo.

—Espere hasta que oiga mi voz —le dijo, y, antorcha en mano, corrió con ligereza y dio vuelta a la esquina. Él se quedó a solas en la oscuridad, de cara a la puerta. Ni un sonido, ni una respiración le llegaban del otro lado. La vieja bruja lanzó un lúgubre sonido a sus espaldas. Oyó un llamado chillón, casi un aullido, de la joven.

—¡Ahora! ¡Empuje!

Él empujó con violencia; la puerta se abrió con un crujido y un estrépito, y reveló, para su intenso asombro, el interior bajo, parecido a una mazmorra iluminado por una luz cárdena, vacilante. Un remolino de humo descendía sobre un cajón de madera vacío en el centro del piso; un puñado de trapos y paja trataron de elevarse, pero apenas si se agitaron con debilidad en la corriente. Ella había introducido la luz por entre los barrotes de la ventana. Jim vio su brazo redondo, desnudo, extendido y rígido, sosteniendo la antorcha con la firmeza de un soporte de hierro. Un montículo cónico, deforme, de viejas esteras, se apilaba en un rincón distante, casi hasta el cielo raso, y eso era todo.

Me explicó que sintió una amarga desilusión. Su fortaleza había sido puesta a prueba con tantas advertencias, durante tantas semanas se vio rodeado por tantas sugestiones de peligro, que quería el alivio de alguna realidad, de algo tangible que pudiese enfrentar.

—Por lo menos habría saneado el aire durante un par de horas, si entiende lo que quiero decir —me dijo—. ¡Cielos! Hacía días que vivía con una piedra sobre el pecho.'Ahora, por fin, pensó que se toparía con algo, ¡y... nada!

Ni un rastro, ni una señal de alguien. Levantó el arma cuando la puerta se abrió en par en par, pero en ese momento dejó caer el brazo.

—¡Haga fuego! ¡Defiéndase! —gritó la joven afuera, con voz torturada. Como estaba en la oscuridad, y con el brazo metido hasta el hombro en el estrecho agujero, no podía verlo que ocurría, ni se atrevía a retirar la antorcha para dar la vuelta corriendo.

—¡Aquí no hay nadie! —gritó Jim, despectivo, pero su impulso de estallar en una carcajada exasperada y resentida se apagó sin un sonido. Advirtió en el acto mismo de alejarse, que intercambiaba miradas con un par de ojos que se asomaban en el montículo de esteras. Vio un brillo móvil de pupilas.

—¡Salga! —gritó, enfurecido, con cierta duda, y una cabeza de rostro moreno, una cabeza sin cuerpo, modelada entre los desperdicios, una cabeza extrañamente separada, lo miró con firme ceño. Al instante, todo el montículo se agitó, y con un gruñido bajo, un hombre surgió imprevistamente y saltó hacia Jim. Detrás de él pareció que las esteras saltaban y volaban, tenía el brazo derecho levantado, con el codo doblado, y la hoja opaca de un kris se le asoma a del puño en alto, un poco por encima de la cabeza. Una tela ceñida en torno de la cintura parecía de un blanco enceguecedor sobre su piel bronceada; el cuerpo desnudo le relucía como si estuviese mojado.

Jim advirtió todo eso. Me dijo que experimentó una sensación de indecible alivio, de vengativo júbilo. Contuvo el disparo, me dice de manera deliberada. Lo contuvo durante la décima parte de un segundo, tres zancadas del hombre... un tiempo desmesurado. Lo contuvo por el placer de decirse"¡Ese es un hombre muerto!" Tenía la absoluta certeza. Lo dejó avanzar porque no importaba. De cualquier manera, era un hombre muerto... Vio las fosas nasales dilatadas, los ojos abiertos, la intensa y ansiosa expresión del rostro, y luego disparó.

El estallido, en ese espacio cerrado, fue ensordecedor.

Retrocedió un paso. Vio que el hombre levantaba la cabeza con una sacudida, lanzaba los brazos hacia delante y dejaba caer el kris.

Después supo que la bala le había penetrado en la boca, un poco hacia arriba, para salir por la nuca. Con el ímpetu de su embestida, el hombre siguió adelante, el rostro de pronto abierto y desfigurado, las manos tanteando ante sí, como ciego, y aterrizó con espantosa violencia, golpeando con la frente, casi al lado de los pies desnudos de Jim. Éste dice que no se perdió el menor detalle de todo ello. Se sentía calmo, tranquilo, sin rencor, sin inquietud, como si la muerte del hombre hubiese sido una expiación de todo. El lugar comenzaba a llenarse del humo resinoso de la antorcha, en el cual la llama inmóvil ardía, roja como la sangre, sin parpadear. Entró con decisión, pasó por encima del cadáver y cubrió con su revólver a otra figura desnuda que se delineaba vagamente en el otro extremo. Cuando estaba a punto de oprimir el disparador, el hombre arrojó con fuerza, a un costado, una lanza corta y pesada, y se acuclilló, sumiso, sobre los muslos de espaldas a la pared, con las manos entrelazadas entre las piernas.

—¿Quieres tu vida? —El otro no emitió un sonido.—¿Cuántos más de ustedes hay? —volvió a preguntar Jim.

—Dos más, Tuan —dijo el hombre con gran suavidad, mirando, con enormes ojos fascinados, la boca del revólver. En efecto, otros dos salieron de abajo de las esteras, y presentaron, de modo ostentoso, sus manos vacías.

Capítulo 32

Jim ocupó una posición segura y los arreó hacia fuera, en grupo, a través de la puerta. Durante todo el tiempo la antorcha se había mantenido vertical, aferrada por la manita, sin un solo temblor. Los tres hombres lo obedecieron, mudos, moviéndose como autómatas. Los formó en fila.

—¡Tómense del brazo! —ordenó. Así lo hicieron—. El primero que retire el brazo o vuelva la cabeza es un hombre muerto —dijo—. ¡En marcha!

Salieron juntos, rígidos, él los siguió, y a su lado la joven de largo vestido blanco; el cabello negro le caía hasta la cintura, y llevaba la antorcha en la mano. Erguida y bamboleante, parecía deslizarse sin tocar la tierra. El único sonido era el susurro sedoso entre los altos pastos.

—¡Alto! —gritó Jim.

La orilla del río era empinada. Subía una gran frescura, la luz caía sobre el borde de lisas aguas negras que espumeaban sin una ondulación. A derecha e izquierda, las formas de las casas se unían debajo de agudos perfiles de los techos.

—Llévenle mis saludos a Sherif Alí, hasta que vaya yo mismo —dijo Jim. Ni una cabeza de las tres se movió —¡Salten! —tronó. Los tres chapoteos fueron uno solo, ascendió una ducha, y las cabezas negras se bambolearon, convulsivas, y desaparecieron. Pero se oyeron grandes resoplidos, que se hacían cada vez más débiles, pues se zambullían empeñosamente, temerosos de un último disparo. Jim se volvió hacia la joven quien hasta ese momento era una observadora, silenciosa y atenta. De pronto le pareció que el corazón era demasiado grande para su pecho y que lo ahogaba en el hueco de la garganta. Es probable que eso lo dejase sin habla durante mucho tiempo, y después de devolverle la mirada ella arrojó la antorcha encendida, con un amplio movimiento del brazo, al río. El rojizo resplandor ígneo hizo un prolongado vuelo a través de la noche, se hundió con un silbido maligno, y la serena y suave luz de las estrellas descendió sobre ellos sin obstáculos.

No me contó lo que dijo cuando recobró, por último, la voz. No supongo que haya sido muy elocuente. El mundo estaba inmóvil, la noche respiraba sobre ellos una de esas noches que parecen creadas para el abrigo de la ternura, y hay momentos en que nuestra alma, como liberada de su envoltura negra, brilla con exquisita sensibilidad que hace que ciertos silencios resulten más lúcidos que un discurso.

Respecto de la joven me dijo:

—Se derrumbó un poco. La excitación, ¿sabe? Reacción. Tiene que haber estado muy cansada... y todo eso... y... y... maldición... me tenía cariño, ¿entiende?... Yo también... no lo sabía, es claro... nunca me había entrado en la cabeza...

En ese momento se puso de pie y comenzó a pasearse, concierta agitación.

—Yo... yo la amo enormemente. Más de lo que puedo decirlo. Es claro que uno no puede decirlo. Uno tiene una visión distinta de sus acciones cuando llega a entender, cuando se lo obliga a entender todos los días que su existencia es necesaria... ¿entiende? Necesaria en absoluto... para otra persona. A mí me hacen sentir eso. Maravilloso.

¡Pero trate de pensar nada más en lo que había sido su vida! ¡Demasiado horrenda, espantosa! ¿No es verdad? Y yo que la encuentro así...

como quien sale a dar un paseo y de pronto encuentra a alguien que se ahoga en un lugar solitario y oscuro. ¡Cielos! No hay tiempo que perder. Bueno, y además es una confianza... creo que estoy a la altura de ella.

Debo decirles que la joven nos había dejado solos un tiempo antes. Él se palmeó el pecho.

—¡Sí! Siento eso, ¡pero creo que estoy a la altura de toda mi buena suerte!

Poseía el don de encontrar un significado especial en todo lo que le ocurría. Esa era la concepción que tenía de su amor. Era idílica, un tanto solemne, y, además, cierta, pues su creencia tenía toda la inconmovible seriedad de la juventud. Tiempo después, en otra ocasión me dijo:

—Hace sólo dos años que estoy aquí, y ahora, palabra, no puedo entender cómo pude vivir en ninguna otra parte. De sólo pensar en el mundo de afuera, me da miedo. Porque, ¿entiende? —continuó, con los ojos bajos, contemplando la acción de su bota ocupada en aplastar a fondo un trocito minúsculo de barro seco (nos paseábamos por la orilla del río)—, porque no olvidé por qué vine aquí. ¡Todavía no!

Me abstuve de mirarlo, pero creo que escuché un breve suspiro.

Dimos una o dos vueltas en silencio.

—Por mi alma y conciencia —continuó—, si una cosa así puede olvidarse, entonces creo que tengo derecho a borrarla de mi mente. Pregúntele a cualquiera, aquí... —La voz le cambió.— ¿Pero no es extraño prosiguió con tono suave, casi ansioso— que toda esta gente, todas estas personas que harían cualquier cosa por mí, nunca puedan llegar a entender? ¡Nunca! Créame, no podría llamarlos para hablarles de eso. No sé porqué parece difícil. Soy un estúpido, ¿verdad? ¿Qué más puedo desear? Si les pregunta quién es valiente... quién es veraz... quién es justo... a quién confían su vida, le dirán: a Tuan Jim. Y, sin embargo, jamás podrán conocer la verdad, la verdad real...

Eso fue lo que me dijo el último día que pasé con él. No dejé que se me escapara un murmullo; sentí que estaba por decir algo más, por acercarse a la raíz del asunto. El sol, cuyo fuego concentrado empequeñece la tierra hasta convertirla en una inquieta mota de polvo, se había hundido detrás del bosque, y la luz difusa de un cielo opalino parecía dejar caer, sobre un mundo sin sombras y sin brillo, la ilusión de una grandeza serena y pensativa. No sé por qué, mientras lo escuchaba, percibí con tanta claridad el gradual oscurecimiento del río, del aire; el irresistible y lento trabajo de la noche que caía en silencio sobre todas las formas visibles, que borraba los contornos, que hundía las sombras cada vez más y más profundas, como una firme caída de un impalpable polvo negro.

—¡Cielos! —dijo, de pronto—. Hay días en que uno se siente demasiado absurdo para nada. Sólo sé que puedo decirle qué me gusta. Me gusta haber terminado con eso... con el maldito asunto que tenía en el fondo del cerebro... olvidar... ¡que me cuelguen si lo sé! Puedo pensar en eso con tranquilidad. En fin de cuentas, ¿qué demostró? Nada. Supongo que usted no lo cree así...

Ofrecí un murmullo de protesta.

—No importa —continuó—. Estoy satisfecho... casi. Sólo tengo que mirar el rostro del primer hombre que pase, para recuperar la confianza. No se les puede hacer entender lo que ocurre dentro de mí. ¿Y qué?

¡Vamos! No me fue tan mal.

—No tan mal —repetí.

—Pero de todos modos, usted no me querría a bordo de su propio barco... ¿eh?

—¡Maldito sea! —exclamé—. Termine con eso.

—¡Ahá! Ya ve —exclamó, croando, por así decirlo, con placidez—.

Pero —prosiguió— intente decirle eso a cualquiera de los de aquí. Pensarán que es un tonto un embustero, o algo peor. Y entonces puedo soportarlo. Hace un par de cosas para ellos pero eso es lo que ellos hicieron por mí.

—Mi querido amigo —exclamé—, siempre será para ellos un misterio insoluble. —Guardamos silencio.

—Misterio —repitió antes de levantar la vista—. Bueno, pues entonces deje que me quede siempre aquí.

Después que el sol se puso, la oscuridad pareció caer sobre nosotros, arrastrada por cada débil soplo de la brisa.

En medio de un sendero bordeado de setos vi la silueta detenida, flaca, vigilante y en apariencia coja, de Tamb’ Itam.

Y a través del espacio en penumbra mi mirada percibió algo blanco que se movía de un lado al otro, entre los soportes del techo. En cuanto Jim, con Tamb’ Itam a sus talones, inició su ronda nocturna, yo subí a la casa solo, y en forma inesperada me vi abordado por la joven quien era evidente, esperaba esa oportunidad.

Me resulta difícil decirles qué era, con exactitud, lo que ella quería arrancarme. Es evidente que tenía que tratarse de algo muy sencillo... la más sencilla imposibilidad del mundo. Como por ejemplo, la descripción exacta de la forma de una nube. Quería una seguridad, una afirmación, una promesa, una explicación... no sé cómo llamarlo. La cosa no tiene nombre. Había oscuridad bajo el alero del techo y lo único que pude ver fueron las líneas fluidas de su vestido, el pequeño óvalo pálido de su rostro, con el fulgor blanco de sus dientes y, vueltas hacia mí, las grandes órbitas sombrías de sus ojos, donde parecía haber un débil movimiento, como el que uno percibe cuando clava la mirada en el fondo de un pozo inmensamente profundo. ¿Qué se mueve ahí?, se pregunta uno. ¿Es un monstruo ciego, o sólo una vislumbre perdida del universo? Se me ocurrió —no se rían— que como todas las cosas son disímiles, ella era más inescudriñable, en su infantil ignorancia, que la esfinge que proponía infantiles enigmas a los viajeros. Había sido llevada a Patusán antes de abrir los ojos. Creció allí. No vio nada, nada conoció, no tenía concepción alguna de nada. Me pregunto si estaba segura de que existía algo más. Me resultan inconcebibles las nociones que pueda haberse formado acerca del mundo exterior. Los únicos habitantes que conocía eran una mujer traicionada y un bufón siniestro.

Su amante también había llegado de allí, dotado de irresistibles seducciones. ¿Pero qué sería de ella si él volviese a esas regiones inconcebibles que siempre parecían reclamar a los suyos? Su madre la había prevenido al respecto con lágrimas, antes de morir...

Me tomó del brazo con firmeza, y en cuanto me detuve retiró la mano deprisa. Era audaz y medrosa. Nada temía, pero la frenaba la profunda incertidumbre y la extrema rareza... En una persona valiente que andaba a tientas en la oscuridad. Y yo pertenecía a eso. Desconocido que podía reclamar a Jim en cualquier momento. Yo participaba, digámoslo así, del secreto de su naturaleza e intenciones... era el confidente de un misterio amenazador... ¡Tal vez estaba armado de su poder! Creo que supuso que con una palabra podía sacar a Jim de entre sus brazos. Tengo la firme convicción de que pasó por tormentos de aprensión, durante mis largas conversaciones con Jim; por una verdadera e intolerable angustia que podría, sin duda, haberla empujado a tramar mi asesinato si la ferocidad de su alma hubiese estado a la altura de la tremenda situación que creaba. Esa es mi impresión, y es lo único que puedo darles. Todo ello se me ocurrió poco a poco, y a medida que se aclaraba me veía abrumado por un lento e incrédulo asombro. Me hizo creer en ella pero no existe una palabra que en mis labios pueda expresar el efecto de ese susurro precipitado y vehemente, de los tonos suaves y apasionados, de la pausa repentina y entrecortada, y el movimiento de súplica de los blancos brazos extendidos con rapidez. Cayeron; la figura fantasmal se bamboleó como un árbol esbelto al viento, el pálido óvalo del rostro se dejó caer; era imposible distinguir sus facciones, la negrura de sus ojos resultaba insondable. Dos amplias mangas subieron en la oscuridad, como alas que se desplegasen y guardó silencio, sosteniéndose la cabeza con las manos.

Capítulo 33

Me sentí muy conmovido. Su juventud, su ignorancia, su hermosa belleza, que tenía el sencillo encanto y el delicado vigor de una flor silvestre, sus ruegos patéticos, su desamparo, me atrajeron casi con la fuerza de su propio temor irrazonable y natural. Ella temía lo desconocido como todos nosotros, y su ignorancia hacía que lo desconocido fuese infinitamente vasto. Yo lo representaba, era su representante por mí, por ustedes, por todo el mundo al cual no le importaba Jim ni lo necesitaba para nada. Yo habría estado dispuesto a responder por la indiferencia de la hormigueante tierra, a no ser por la reflexión de que también él pertenecía a ese misterio desconocido de los temores de ella y de que, por mucho que yo representara, no lo representaba a él. Eso me hizo vacilar.

Un murmullo de dolor desesperado me abrió los labios. Comencé por protestar que por lo menos no había llegado con la intención de llevarme a Jim.

¿Y por qué había ido, entonces? Luego de un leve movimiento, ella quedó tan inmóvil como una estatua de mármol en la noche. Traté de explicarlo en pocas palabras: amistad, negocios; si tenía algún deseo en el asunto, era el de que se quedase...

—Siempre nos abandonan —murmuró ella. El aliento de triste sabiduría de la tumba que su piedad cubría de flores pareció pasar en un tenue suspiro Nada, dije, podía separar a Jim de ella.

Ahora esa es mi firme convicción, lo era en aquel momento; era la única conclusión posible a partir de los hechos del caso. No se hizo más segura porque ella me susurrase en el tono en que uno habla consigo mismo.

—Él me lo juró. ¿Usted se lo pidió? —pregunté.

Ella dio un paso para acercarse.

—No. ¡Nunca! —Sólo le había pedido que se fuese. Ello ocurrió esa noche, a la orilla del río, después que él mató al hombre... después que ella arrojó la antorcha al agua, porque él la miraba de esa manera.

Había demasiada luz, y el peligro ya no existía, por un momento, por un momento muy corto. Entonces él le dijo que no la abandonaría en manos de Cornelius. Ella insistió. Quería que la dejara. Él dijo que no podía, que era imposible... tembló mientras lo decía. Ella lo sintió temblar... No hace falta mucha imaginación para ver la escena, casi para escuchar sus susurros. Ella también temía por él. Creo que entonces sólo veía en él a una víctima predestinada, de peligros que entendía mejor que el propio Jim. Aunque sólo fuese con su simple presencia, él había dominado su corazón, llenado todos sus pensamientos, se había adueñado de todos sus afectos, y, sin embargo, ella subestimaba las posibilidades de éxito de Jim. Es evidente que para entonces todos se inclinaban a subestimar sus posibilidades. Hablando en términos estrictos, él no parecía tener ninguna. Sé que ese era el punto de vista de Cornelius. Me lo confesó como atenuante del papel sospechoso que había representado en la conspiración de Sherif Alí para terminar con el infiel. Inclusive el propio Sherif Alí, como ahora parece indudable, no abrigaba otra cosa que desprecio hacia el hombre blanco. Jim debía ser asesinado, principalmente por motivos religiosos, creo. Un simple acto de piedad (y en esa medida infinitamente meritorio), pero, por lo demás, sin mayor importancia. Cornelius coincidía con la última parte de esa opinión.

—Honorable señor —argumentó, abyecto, en la única ocasión en que consiguió que lo escuchase—. Honorable señor, ¿cómo podía saber yo?

¿Quién era él? ¿Qué podía hacer para que la gente creyese en él? ¿Qué quería hacer Mr. Stein, cuando envió a un joven como él, para hablar en voz alta con un antiguo servidor? Yo estaba dispuesto a salvarlo por ochenta dólares. ¿Por qué no se fue, el tonto? ¿Debía ser yo apuñalado en bien de un desconocido? —Se arrastró en espíritu ante mí, con el cuerpo doblado, insinuante, con las manos moviéndose cerca de mis rodillas como si estuviera a punto de abrazarme las piernas.— ¿Qué son ochenta dólares? Una suma insignificante para dársela a un anciano indefenso y arruinado por el resto de su vida por una diablesa muerta.

En ese momento lloró. Pero me anticipo. Esa noche no me encontré con Cornelius hasta que hablé con la joven.

Se mostraba abnegada cuando instaba a Jim a abandonarla e inclusive a salir de la región. El peligro que corría él era lo que predominaba en los pensamientos de la joven... aunque también quisiese salvarse ella... quizá sin tener conciencia de ello. Pero vean, por otra parte, la advertencia que recibió, vean la lección que podía extraerse de cada momento de la vida hacía poco terminada, en la cual se concentraban todos sus recuerdos. Cayó a los pies de él... así me lo dijo... allí, junto al río, a la discreta luz de las estrellas que nada mostraban, salvo grandes masas de sombras silenciosas, indefinidos espacios abiertos, y que temblaban apenas en el ancho río, que hacían parecer tan vasto como el mar. Él la levantó. La levantó, y entonces ella no forcejeó más.

Es claro que no. Brazos fuertes, una voz tierna, un hombro musculoso en que apoyar su pobre y desolada cabecita. La necesidad —la infinita necesidad— de todo eso para el corazón dolorido, para la mente desconcertada... las ansias de la juventud... la necesidad del momento. ¿Qué quieren? Uno entiende... a menos de que sea incapaz de entender nada bajo el sol. Y entonces ella se conformó con que la levantasen... y la retuviesen.

—¡Sabe... cielos!... Esto es serio... ¡No es una tontería! —como susurró Jim deprisa, con rostro turbado y preocupado, en el umbral de su casa. No sé gran cosa en lo que se refiere a las tonterías, pero no había nada de ligereza en su amor. Se unieron bajo la sombra del desastre de una vida, como un caballero y una doncella que se encuentran para intercambiar juramentos entre ruinas habitadas por fantasmas. La luz de las estrellas era suficiente para esa historia, una luz tan tenue y remota, que no puede resolver las sombras en formas, y mostrar la otra orilla de un río. Esa noche contemplé ese río, y desde el mismo lugar; rodaba silencioso y negro como el Estigio. Al día siguiente me fui, pero no es probable que olvide de qué quería ser salvada ella cuando le suplicó que la dejase mientras todavía Había tiempo. Me dijo de qué se trataba, serena —ahora estaba demasiado apasionadamente interesada para una simple excitación—, con una voz tan tranquila en la oscuridad, como su figura blanca, semi perdida. Me dijo:

—No quería morir llorando.

Pensé que no había oído bien.

—¿No quería morir llorando? —repetí.

—Como mi madre —agregó ella enseguida. Los contornos de su blanca sombra no se movieron para nada—. Mi madre lloró con amargura antes de morir —explicó. Una calma inconcebible parecía haberse elevado del suelo que nos rodeaba, de manera imperceptible, como el firme ascenso de una inundación por la noche, que borra los mojones familiares de las emociones. Y entonces me sobrecogió, como si hubiese sentido que perdía pie en medio de las aguas, un temor repentino, el miedo a las profundidades desconocidas. Ella siguió explicando que durante les últimos momentos, a solas con su madre, tuvo que abandonar el costado dl lecho para ir y apoyar la espalda contra la puerta, a fin de impedir que Cornelius entrara. Deseaba entrar, y golpeó en la puerta con ambos puños, y sólo de vez en cuando desistía para gritar, ronco:

—¡Déjenme entrar! ¡Déjenme entrar! ¡Déjenme entrar!

En un rincón lejano, sobre unas pocas esteras, la mujer moribunda, ya sin habla e incapaz de levantar el brazo, movió la cabeza de un lado al otro, y con un débil movimiento de la mano pareció ordenar:

"¡No! ¡No!" y la hija, obediente, la miraba, apoyando con todas sus fuerzas los hombros contra la puerta.

—Las lágrimas le caían de los ojos... y después murió —concluyó la joven con tono monótono e imperturbable, que más que ninguna otra cosa, más que la blanca inmovilidad estatuaria de su persona, más de lo que pueden hacerlo las simples palabras, me turbó los pensamientos muy en lo hondo con el horror pasivo, irremediable, de la escena. Tuvo el poder de apartarme de mi concepción de la existencia, sacarme del refugio que cada uno se construye para sí, para introducirse en él en los momentos de peligro, como una tortuga se refugia dentro de su caparazón. Durante un momento tuve la visión de un mundo que parecía exhibir un vasto y aterrador aspecto de desorden cuando en verdad, gracias a nuestros esfuerzos infatigables, es un ordenamiento tan soleado, de pequeñas conveniencias, como puede concebirlo la mente del hombre. Pero aun así... fue apenas un momento. Enseguida me introduje de vuelta en mi caparazón. Es necesario... ¿saben?... Aunque me parecía haber perdido todas mis palabras en el caos de oscuros pensamientos, miré durante uno o dos segundos más allá de la empalizada.

Y las palabras también volvieron muy pronto, pues también pertenecen a la concepción protectora de la luz y el orden que es nuestro refugio. Las tenía listas, a mi disposición, antes de que ella musitara con dulzura:

—Juró que jamás me dejaría, cuando estábamos allí, solos. ¡Me lo juró!

—¿Y es posible que usted... usted... no le crea? —inquirí, con un reproche sincero, auténticamente conmovido ¿Por qué no podía creer?

De ahí esa ansia por la incertidumbre, ese aferrarse al temor, como si la incertidumbre y el temor hubiesen sido las salvaguardias de su amor.

Era monstruoso. Habría podido construirse para sí un refugio de inexpugnable paz, con ese sincero afecto. Carecía del conocimiento... y también, tal vez, de la habilidad. La noche había llegado a toda prisa.

En el lugar en que nos encontrábamos reinaba una oscuridad total, de modo que, sin moverse, ella se desvaneció como la forma intangible de un espíritu anhelante y perverso. Y de pronto volví a escuchar su suave susurro:

—Otros hombres juraron lo mismo. —Fue como un comentario meditativo sobre ciertos pensamientos henchidos de tristeza, de temor. Y agregó, con voz más baja aún, si es posible: — Mi padre lo hizo. —Se interrumpió el tiempo necesario para hacer una inspiración inaudible.

El padre de ella también... ¡Esas eran las cosas que conocía! Enseguida dije:

—¡Ah, pero él no es así!

Me pareció que ella no tenía la intención de discutir eso. Pero al cabo de un rato el extraño susurro tenue llegó soñador, con el aire, y se introdujo en mis oídos.

—¿Por qué es él diferente? ¿Es mejor? ¿Es..?

—Palabra de honor —interrumpí—, creo que lo es.

Bajamos el tono hasta un nivel misterioso. Entre las chozas de los trabajadores de Jim (casi todos esclavos liberados del cercado de Sherif), alguien comenzó una canción aguda, gangosa. Al otro lado del río, una gran fogata (creo que en casa de Doramin) formaba una bola resplandeciente, por completo aislada en la noche.

—¿Es más veraz? —murmuró ella.

—Sí —respondí.

—Más veraz que ningún otro hombre —repitió ella con acento demorado.

—Nadie, aquí —dije—, soñaría en dudar de su palabra...

Nadie se atrevería... salvo usted.

Creo que en ese momento hizo un movimiento.

—Más valiente —continuó, con tono distinto.

—El temor nunca lo apartará de usted —repliqué, un tanto nervioso.

La canción se interrumpió en una nota chillona, y fue seguida por varias voces que hablaban a lo lejos. También la voz de Jim. Me llamó la atención el silencio de ella.

—¿Qué estuvo diciéndole? ¿Le dijo algo? —pregunté. No hubo respuesta—. ¿Qué le dijo? —insistí.

—¿Le parece que puedo decírselo? ¿Cómo puedo saberlo? ¿Cómo puedo entender? —exclamó al cabo. Hubo un movimiento. Creo que se retorcía las manos—. Hay algo que él jamás podrá olvidar.

—Tanto mejor para usted —respondí, lúgubre.

—¿De qué se trata? ¿Qué es? —puso una fuerza extraordinaria de súplica en su tono de ruego—. Dice que ha tenido miedo. ¿Cómo puedo creerlo? ¿Soy una mujer loca como para creer en eso? ¡Todos ustedes recuerdan algo! ¡Todos vuelven a ello! ¿Qué es? ¡Dígamelo! ¿Qué es esa cosa? ¿Está viva... está muerta? La odio. Es cruel. ¿Tiene rostro y voz... esa calamidad? ¿La verá él... la oirá? Tal vez en su sueño, cuando no pueda verme... y entonces se pondrá de pie y se irá. ¡Ah, jamás lo perdonaré! ¡Mi madre perdonó... pero yo, nunca! ¿Será un signo...

una señal?

Fue una experiencia maravillosa. Ella desconfiaba hasta de los momentos en que él dormía... y parecía creer que yo podía decirle por qué. De la misma manera, un pobre mortal seducido por el hechizo de una aparición habría podido tratar de arrancarle a otro fantasma el tremendo secreto del dominio que otros mundos tienen sobre un alma desencarnada y extraviada entre las pasiones de esta tierra. El suelo mismo que pisaba parecía fundirse bajo mis pies. Y, además, era muy sencillo; pero si los espíritus evocados por nuestros temores e inquietudes han tenido que respaldarse unos a otros, en lo referente a su constancia, ante los perdidos magos que somos, entonces yo —solo yo, de entre los moradores de la carne —me estremecí en el escalofrío desesperado de semejante tarea. ¡Un signo, un llamado! Cuán significativa era la ignorancia de ella en su expresión. ¡Unas pocas palabras! No me imagino cómo llegó a conocerlas cómo pudo pronunciarlas. Las mujeres encuentran su inspiración en la tensión de momentos que para nosotros apenas son tremendos, absurdos o inútiles. Descubrí que poseía voz, era suficiente para imponer temor al corazón. Si una piedra despreciada hubiese clamado de dolor, no habría parecido un milagro más grande y más lastimoso. Esos pocos sonidos que vagaban en la oscuridad hicieron que sus dos vidas deslumbradas resultasen trágicas para mis pensamientos. Fue imposible hacerle entender. Yo me encabritaba en silencio ante mi impotencia. Y también Jim... ¡pobre diablo!

¿Quién lo necesitaría? ¿Quién lo recordaría? Tenía lo que quería. Es probable que su existencia misma hubiese estado olvidada ya para entonces. Ambos habían vencido a sus destinos. Eran trágicos.

Se veía a las claras que la inmovilidad de la joven ante mí era expectante, y mi papel consistía en hablar por mi hermano, desde el reino de las sombras olvidadizas. Me conmovió muy en lo hondo mi responsabilidad y la congoja de ella. Habría dado cualquier cosa por el poder de sosegar su alma frágil, que se atormentaba en su invencible ignorancia, como un pajarillo que golpea contra los crueles alambres de una jaula. Nada más fácil que decir: "¡No temas!"; nada más difícil.

Me pregunto cómo se mata al temor. ¿Cómo se le dispara aun espectro al corazón, cómo se le corta la cabeza espectral, cómo se lo aferra de su garganta espectral? Es una empresa a la cual uno se precipita mientras sueña y se alegra de huir de ella con el cabello húmedo y todos los miembros estremecidos. La bala no se ha fabricado, la hoja no se forjó, el hombre no nació hasta las palabras aladas de la verdad caen a los pies como trozos de plomo. Hace falta, para un choque tan desesperado, un dardo encantado y envenenado, mojado en una mentira demasiado sutil como para encontrarla en la tierra. ¡Una empresa para un sueño, mis amos!

Inicié mi exorcismo con el corazón pesado, con una especie de hosca cólera en él. La voz de Jim, que de pronto se elevó con severa entonación, cruzó el patio, reprochando la negligencia de algún torpe pescador, junto al río. Nada, dije, hablando en un murmullo distinto, nada podía haber, en ese mundo desconocido que ella imaginaba tan ansioso de despojarla de su dicha, nada había, ni vivo ni muerto, ni rostro, ni voz ni poder, que pudiese arrancar a Jim de su lado. Inspiré, y ella susurró con suavidad:

—Él me lo dijo así.

—Le dijo la verdad —respondí.

—Nada... —suspiró, y de pronto se volvió hacia mí con una intensidad de tono apenas audible—: ¿Por qué vino a nosotros desde afuera? Él habla de usted demasiado a menudo. Me da miedo. ¿Usted... usted lo necesita?

Una especie de sigilosa ferocidad se había insinuado en sus apresurados murmullos.

—Nunca volverá —respondí con amargura—. Y no lo necesito. Nadie lo necesita.

—Nadie —repitió ella con tono de duda.

—Nadie —afirmé, y me sentí movido por una extraña excitación—.

Usted lo considera fuerte, sabio, valiente, grande... ¿por qué no creer también que es veraz? Me iré mañana... y eso es el fin de todo. Jamás volverá a ser molestada por una voz de afuera. Ese mundo que no conoce es demasiado grande para echarlo de menos. ¿Entiende? Demasiado grande. Usted tiene el corazón de él en la mano. Tiene que sentirlo. Debe saberlo.

—Sí, lo sé —musitó, con fuerza y serenidad, como podría musitar una estatua.

Sentí que nada había hecho. ¿Y qué quería hacer? Ahora no estoy seguro. En ese momento me encontraba animado por un ardor inexplicable, como una tarea grande y necesaria... la influencia del momento sobre mi estado mental y emocional. En nuestra vida existen tales momentos, tales influencias, que vienen del exterior, por así decirlo, irresistibles, incomprensibles... como si las provocaran las misteriosas construcciones de los planetas. Ella era dueña, como se lo dije, del corazón de Jim. Tenía eso, y todo lo demás... si quería creerlo. Lo que quería decirle era que en todo el mundo no existía nadie que necesitara el corazón de él, su mente, su mano. Era un destino común, y, sin embargo, parecía algo espantoso que decir de cualquier hombre. Ella escuchó sin una palabra, y su inmovilidad era entonces como la protesta de una incredulidad invencible. ¿Qué le importaba el mundo que existía más allá de los bosques?, le pregunté. De entre todas las multitudes que poblaban la vastedad de lo desconocido jamás llegaría, le aseguré, mientras él viviera, ni un llamado ni una señal para Jim. Nunca. Me sentí arrebatado. ¡Nunca! ¡Jamás! Recuerdo con asombro la empecinada ferocidad que exhibí. Tuve la ilusión de haber aferrado por fin al espectro por la garganta. En verdad, todo el asunto real ha dejado tras de sí la detallada y sorprendente impresión de un sueño. ¿Por qué había ella de temer? Sabía que él era fuerte, veraz, sabio, valiente. Era todo eso. Sin duda. Y era más. Era grande... invencible... y el mundo no lo necesitaba, lo había olvidado, ni siquiera lo conocería.

Me interrumpí. El silencio que reinaba sobre Patusán era profundo, y el débil sonido seco de un remo que golpeaba el costado de su canoa, en algún lugar, en el centro del río, pareció hacerlo infinito.

—¿Por qué? —murmuró ella. Experimenté el tipo de cólera que se siente durante una pelea difícil. El espectro trataba de deslizarse de entre mis manos—. ¿Por qué? —repitió en voz más alta—. ¡Dígamelo! —Y mientras yo permanecía confuso, ella golpeó con el pie como una chiquilla mimada.— ¿Por qué? Hable.

—¿Quiere saberlo? —pregunté, furioso.

—¡Sí! —exclamó.

—Porque no es lo bastante bueno —dije, brutal. Durante la pausa de un momento vi que el fuego de la otra orilla se elevaba, dilataba el círculo de su brillo, como una mirada asombrada, y se contraía de pronto hasta convertirse en una roja cabeza de alfiler. Sólo yo supe cuán cerca de mí estuvo cuando sentí el apretón de sus dedos en mi antebrazo. Sin levantar la voz, puso en ella un infinito de ardiente desprecio, amargura y desesperación.

—Eso es lo mismo que dijo él... ¡Miente!

Esta última palabra me la gritó en el dialecto nativo.

—¡Escúcheme! —le rogué. Ella contuvo el aliento, trémula y me soltó el brazo—. Nadie, nadie es lo bastante bueno —comencé a decir con la mayor seriedad. Escuché el sollozante esfuerzo de su aliento, que de pronto se apresuraba espantosamente. Dejé caer la cabeza. ¿De qué servía todo eso? Se acercaban unas pisadas. Me alejé sin otras palabras...

Capítulo 34

Marlow estiró las piernas, se puso de pie con rapidez y se tambaleó un poco, como si hubiese caído después de un vuelo a través del espacio. Se apoyó de espaldas contra la balaustrada y quedó de frente a un desordenado grupo de largas butacas de caña. Los cuerpos reclinados en ellas parecieron salir de su languidez, empujados por el movimiento de él. Uno o dos se incorporaron, como alarmados. Aquí y allá ardía todavía un cigarro. Marlow los miró a todos con los ojos de un hombre que vuelve de la excesiva lejanía de un sueño. Una garganta carraspeó; una voz tranquila lo instó con negligencia:

—Bien.

—Nada —dijo Marlow, con un leve sobresalto—. Él se lo había dicho... eso es todo. Ella no le creyó... nada más. En cuanto a mí, no sé si es justo, correcto, decente, que me alegre o me apene. Por mi parte, no puedo decir qué creí... En verdad no lo sé todavía hoy, y lo más probable es que nunca lo sepa. ¿Pero en qué creía el pobre diablo? La verdad triunfará, ¿saben? Magna est veritas et... Sí, cuando hay una ocasión.

No cabe duda de que existe una ley... y de la misma manera una ley regula la buena suerte de uno cuando arroja los dados. No es la Justicia la servidora de los hombres, sino el accidente, el azar, la Fortuna... La aliada del paciente Tiempo... que conserva un equilibrio parejo y escrupuloso. Los dos habíamos dicho lo mismo. ¿Dijimos ambos la verdad... o sólo uno de nosotros... o ninguno..?

Marlow se interrumpió, cruzó los brazos sobre el pecho, y con voz distinta... —Ella dijo que mentíamos. Pobre alma. Bien... dejémoslo librado al azar, cuyo aliado es el Tiempo, que no es posible enterrar, y cuyo enemigo es la Muerte, que no espera. Yo retrocedí... un poco amedrentado, debo confesarlo. Había intentado pelear contra el temor mismo, y fui derrotado... por supuesto. Sólo conseguí aumentar la angustia de ella con la insinuación de algún misterioso choque, de una conspiración inexplicable e incomprensible para mantenerla eternamente en la oscuridad. ¡Y surgió con facilidad, de manera natural e inevitable, por el acto de él, por el propio acto de ella! Era como si se me hubiese mostrado el funcionamiento del implacable destino del cual somos víctimas... y herramientas. Resultaba espantoso pensar en la joven a quien había dejado allí, inmóvil. Las pisadas de Jim tuvieron un sonido fatídico, cuando pasó a mi lado sin verme, con sus pesadas botas de cordones.

—¿Qué? ¡No hay luces! —dijo en voz alta, sorprendida—¿Qué están haciendo en la oscuridad... los dos? —Al instante siguiente la vio, supongo.— ¡Hola muchacha! —exclamó, alegre.

—¡Hola muchacho! —respondió ella enseguida, con sorprendente brío.

Ese era el habitual saludo de ambos, y el fragmento de jactancia que ella ponía en su voz un tanto aguda pero dulce, era cómico, hermoso e infantil. A Jim le encantaba. Esa fue la última ocasión en que los escuché intercambiar ese saludo familiar, y me heló el corazón. Estaba la voz aguda y dulce, el bello esfuerzo, la jactancia; pero todo parecía morir de muerte prematura, y el llamado juguetón sonó como un gemido. Fue demasiado condenadamente horrible.

—¿Qué hiciste con Marlow? —preguntaba Jim. Y luego—: Se fue...

¿eh? Es raro que no me encontrase con él... ¿Está ahí, Marlow?

No respondí. No pensaba entrar... por lo menos en ese momento.

En verdad, no podía. Mientras él me llamaba, yo me hallaba ocupado en huir a través de la puertecita, aunque daba a una extensión de terreno recién carpido. No, todavía no podía enfrentarlo. Caminé deprisa, con la cabeza gacha, por un sendero hollado. El terreno se elevaba poco a poco, los pocos árboles grandes habían sido derribados, la maleza cortada y el pasto quemado. Él tenía pensado intentar allí una plantación de café. La gran colina, que elevaba su doble cúspide negra como el carbón en el claro resplandor amarillo de la luna llena, parecía arrojar su sombra sobre el suelo preparado para ese experimento. Él intentaría siempre muchos experimentos; yo admiraba su energía, su espíritu de empresa y su agudeza. Nada en la tierra parecía ahora menos real que sus planes, su energía y su entusiasmo. Y al levantar la vista vi que parte de la luna se deslizaba a través de los arbustos, en el fondo del abismo. Durante un momento pareció como si el disco, caído de su lugar en el cielo, sobre la tierra, hubiese rodado hasta el fondo del precipicio. Su movimiento ascendente era como un rebote pausado.

Se desprendía de la maraña de ramas; la retorcida rama desnuda de algún árbol, que crecía en la pradera, le trazaba una grieta negra en el rostro. Lanzaba muy lejos sus rayos, como desde una caverna, y en esa lúgubre luz, como en la de un eclipse, los tocones de los árboles caídos se erguían muy oscuros, las pesadas sombras caían a mis pies por todos lados, lo mismo que mi propia sombra móvil, y a través de mi camino la sombra de la tumba solitaria, perpetuamente enguirnaldada de flores.

En la luz de luna oscurecida, las flores entrelazadas adoptaban formas ajenas a la memoria de uno, y colores indefinibles para los ojos, como si hubiesen sido flores especiales, no recogidas por hombre alguno, no crecidas en este mundo, y destinadas sólo al uso de los muertos. Su poderosa fragancia pendía del aire tibio, lo espesaba y lo volvía denso, como el humo de incienso. Los trozos de coral blanco brillaban en torno del oscuro montículo, como un rosario de cráneos blanqueados, y alrededor todo estaba tan tranquilo, que cuando me quedé inmóvil parecieron terminar todos los sonidos y movimientos del mundo.

Era una gran paz, como si la tierra hubiese sido una tumba, y durante un rato permanecí allí, pensando ante todo en los vivos que, enterrados en remotos lugares, fuera del conocimiento del género humano, todavía deben compartir sus miserias trágicas o grotescas. Y también sus nobles luchas... ¿Quién sabe? El corazón humano es lo bastante vasto como para contener el universo. Es lo bastante valiente como para soportar la carga, ¿pero dónde está la intrepidez que se la quite de encima?

Supongo que debo haber caído en un estado de ánimo sentimental. Sólo sé que permanecí allí el tiempo suficiente para que el sentimiento de la soledad absoluta se apoderara de mí de manera tan compleja, que todo lo que había visto hasta entonces, todo lo escuchado, y todas las voces humanas, parecieron desaparecer de la existencia, vivir sólo durante un rato más en mi memoria, como si yo hubiese sido el último representante de la humanidad. Era una ilusión extraña y melancólica, a medias consciente, como todas nuestras ilusiones, visiones de una verdad inalcanzable. En verdad ese era uno de los lugares perdidos, olvidados y desconocidos de la tierra había mirado por debajo de su oscura superficie, y sentido que, cuando mañana lo dejase para siempre, desaparecería de la existencia para vivir sólo en mi recuerdo hasta que yo mismo me internase en el olvido. Tengo ahora esa sensación en mí; tal vez es el sentimiento que me incitó a narrarles la historia, a tratar de entregársela a ustedes por así decirlo, hacerles llegar su propia existencia, su realidad... La verdad revelada en un momento de ilusión.

Cornelius me interrumpió. Saltó, como un bicho, de entre los altos pastos que crecían en una depresión del terreno. Creo que su casa se pudría en algún lugar cercano, aunque nunca la vi, jamás llegué bastante lejos en esa dirección. Corrió hacia mí por el sendero. Sus pies, calzados en blancos zapatos sucios, parpadearon en le tierra oscura. Se irguió y comenzó a gemir y encogerse bajo el sombrero de copa alta. Su cuerpecito reseco era tragado, quedaba perdido por completo dentro de un traje de paño negro. Esa era su vestimenta de los días de fiesta y ceremonias, y me recordaba que era el cuarto sábado que pasaba en Patusán. Durante todo el tiempo de mi estada tuve la vaga conciencia del deseo de él de hacerme confidencias, si podía llevarme a un lado. Rondaba con una ansiosa expresión de avidez en su carita agria y amarilla pero su timidez lo había alejado tanto como mi natural hostilidad, a no tener nada que ver con criatura tan desagradable. Pero habría logrado éxito, si no se hubiese mostrado tan dispuesto a escurrirse en cuanto uno lo miraba. Se escurría ante la mirada severa de Jim, ante la mía, que trataba de ser indiferente, e inclusive ante la mirada superior y hosca del Tamb’ Itam. Se escurría siempre. Cada vez que aparecía se lo veía alejándose en línea oblicua, el rostro sobre el hombro, con una mueca desconfiada, o con un aspecto lamentable, penoso, mudo. Pero ninguna expresión fingida podía ocultar esa abyección innata e irremediable de su naturaleza, tal como un ropaje no puede ocultar una deformidad monstruosa del cuerpo.

No sé si fue por la desmoralización de mi derrota total en mi encuentro con un espectro del miedo, menos de una hora antes, pero lo dejé capturarme sin siquiera exhibir un poco de resistencia. Estaba condenado a ser el destinatario de sus confidencias, y a verme enfrentado con preguntas que no tenían respuesta. Era pesado; pero el desprecio, el desprecio irrazonado que provocaba el aspecto del hombre, hizo más fácil soportarlo. Un individuo así no podía tener importancia.

Nada importaba, pues ya había decidido que Jim, el único que me interesaba, había dominado por fin a su destino. Me dijo que estaba satisfecho... casi. Esto es ir mucho más allá de lo que nos atrevemos la mayoría de nosotros. Yo —que tengo derecho a pensar bastante bien de mí— no me atrevo. ¿Supongo que tampoco ninguno de los que están aquí?

Marlow se interrumpió, cono si esperase una respuesta. Nadie habló.

—En efecto —continuó—. Que nadie lo sepa, pues la verdad sólo puede arrancárnosla alguna catástrofe cruel, minúscula espantosa. Pero es uno de los nuestros, y podía decir que estaba satisfecho... casi. ¡Imagínenlo! Casi satisfecho. Casi se le podía envidiar su catástrofe. Casi satisfecho. Después de eso, nada podía importar. No importaba quién sospechaba de él, quién confiara en él, quién lo amara, quién lo odiase... en especial, ya que era Cornelius quien lo odiaba.

Pero en fin de cuentas eso era algo así como un reconocimiento.

Se juzga a un hombre por sus enemigos, tanto como por sus amigos, y ese enemigo de Jim era tal, que ningún hombre decente se habría avergonzado de reconocerlo, pero sin darle mayor importancia. Esa era la posición que adoptaba Jim y que yo compartía, pero Jim lo despreciaba por motivos generales.

—Mi querido Marlow —me había dicho—, siento que si camino en línea recta nada puede tocarme. Se lo aseguro.

Ahora usted ya estuvo aquí el tiempo suficiente para echar una buena mirada en torno... y, con franqueza, ¿no le parece que estoy bastante a salvo? Todo depende de mí, ¡y, cielos!, tengo mucha confianza en mí. Lo peor que podría hacer él sería matarme, supongo. No creo ni por un instante que lo haga. No podría, ¿sabe?.. Ni aunque yo mismo le entregara un rifle cargado y luego le volviese la espalda. Así es ese sujeto. Y suponga que lo haga... suponga que lo haga.

Bien... ¿y qué? No vine aquí huyendo para salvar mi vida, ¿verdad? Vine para poner mi espalda contra la pared, y estoy dispuesto a quedarme...

—Hasta que esté completamente satisfecho —interrumpí.

En ese momento nos encontrábamos sentados bajo el techo, en la popa de su bote; veinte palas de remo relampagueaban como una, diez por lado, hundiéndose en el agua con un solo chapuzón, en tanto que a nuestra espalda Tamb' Itam piloteaba en silencio a derecha e izquierda, y miraba río abajo, atento, para mantener la larga canoa en la fuerza más intensa de la corriente. Jim inclinó la cabeza, y nuestra última conversación pareció extinguirse para siempre. Me despedía; llegaría conmigo hasta la boca del río. La goleta había partido el día anterior, navegando hacia abajo y moviéndose con la marea, mientras yo prolongaba mi estada durante la noche. Y ahora me despedía.

Jim se encolerizó un poco conmigo por haber mencionado a Cornelius. En verdad yo no dije gran cosa. El hombre era demasiado insignificante para ser peligroso, aunque estaba tan repleto de odio como el que podía albergar. Me llamó "honorable señor" cada dos frases, y gimió junto a mi codo mientras me seguía desde la tumba de su "extinta esposa" hasta los portones del cercado de Jim. Se declaró el más desdichado de los hombres, una víctima, aplastado como un gusano.

Me suplicó que lo mirase. Yo no quise volver la cabeza para hacerlo, pero pude ver, con el rabo del ojo, su obsequiosa sombra que se deslizaba detrás de la mía, en tanto que la luna, colgada a nuestra izquierda, parecía regocijarse, serena, con el espectáculo. Trató de explicar —como les dije— su participación en los hechos de la noche memorable. Era un asunto de conveniencia. ¿Cómo podía saber quién llegaría a triunfar?

—¡Yo lo habría salvado, honorable señor! Lo habría salvado por ochenta dólares —protestó con tono almibarado, manteniéndose a un paso detrás de mí.

—Se salvó él mismo —dije—, y lo perdonó.

Escuché una especie de risita, y me volví hacia él. En el acto pareció dispuesto a reír.

—¿De qué se ríe? —pregunté, inmóvil.

—¡No se engañe, honorable señor! —chilló, en apariencia perdido el dominio de sus sentimientos—. ¡Él salvarse por sí mismo! Él no sabe nada, honorable señor... nada. ¿Quién es? ¿Qué quiere aquí... el gran ladrón? ¿Qué quiere aquí? Arroja polvo a los ojos de todos; arroja polvo a sus ojos, honorable señor, pero no puede arrojarlos a los míos, es un gran tonto, honorable señor. —Yo reí con desprecio, giré sobre mis talones y continué caminando. Él corrió hasta mi codo y me susurró, con fuerza: —Aquí no es más que un chiquillo... un chiquillo... un chiquillo.

Es claro que no le presté la menor atención, y como veía que el tiempo apremiaba, pues nos acercábamos a la cerca de bambú que brillaba sobre el suelo ennegrecido del terreno, fue al grano. Empezó por mostrarse abyectamente lacrimoso. Sus grandes desdichas le habían afectado la cabeza. Abrigaba la esperanza de que yo tuviese la bondad de olvidar lo que nada, como no fuesen sus preocupaciones, lo empujaba a decir. No había intención en ello; sólo que el honorable señor no sabía qué significaba estar arruinado, quebrantado, pisoteado.

Después de esta introducción, llegó al asunto que más le interesaba, pero en forma tan inconexa, exclamativa y ruin que durante mucho tiempo no pude entender a qué se refería.

Quería que intercediese ante Jim a su favor. En apariencia, también había no sé qué problema de dinero. Escuché una y otra vez la frase "una provisión moderada... un adecuado presente". Parecía exigir el valor de algo, e inclusive llegó a decir, con cierto calor, que la vida no valía la pena de vivirse si a un hombre se lo despojaba de todo. Es claro que yo no pronuncié una palabra, pero tampoco me tapé los oídos.

La médula del tema que poco a poco se me aclaró, consistía en que se consideraba con derecho a algún dinero a cambio de la joven. Él la había criado. Una hija ajena. Grandes sufrimientos y dolores... Un anciano ahora... un presente adecuado. Si el honorable señor quisiera decirle una palabra... Yo me detuve para mirarlo con curiosidad, y por temor de que lo considerase extorsivo, supongo, se obligó, deprisa, a hacer una concesión. En consideración a un "regalo adecuado", entregado enseguida, estaba dispuesto, declaró, a hacerse cargo de la joven "sin ninguna otra estipulación cuando llegase el momento en que el caballero tuviese que volver a su hogar". Su rostro amarillo, arrugado como si hubiese sido estrujado, expresaba la avaricia más ansiosa y ávida. Su voz gimió, aduladora:

—No más problemas... guardián natural... una suma de dinero...

Me quedé allí, asombrado. En él ese tipo de cosas era, no cabía duda, una vocación. De pronto descubrí en su actitud amedrentada una especie de seguridad, como si toda su vida hubiese tratado con certidumbres. Debe haber creído que yo consideraba con desapasionamiento su proposición, pues se volvió tan dulce como la miel.

—Todos los caballeros entregaron algo cuando llegó el momento de volver a su hogar —comenzó a decir, insinuante.

Cerré con fuerza el portoncito.

—En este caso, Mr. Cornelius —respondí—, jamás llegará el momento.

Se tomó unos segundos para entender eso.

—¡Qué! —casi gritó.

—¿Cómo? —continué, desde mi lado del portón—. ¿No se lo oyó decir usted mismo? Nunca volverá a su casa.

—¡Oh, esto es demasiado! —gritó. Ya no me llamó "honorable señor". Permaneció un rato sin moverse, y luego, sin rastros de humildad, dijo en voz muy baja—: Nunca se irá...

¡Ah! Él... él... viene aquí, el diablo sabe de dónde viene el diablo sabe de dónde para pisotearme hasta matarme... Ah... pisotearme pisoteó con suavidad, con ambos pies—. Pisotearme así... nadie sabe por qué... hasta matarme... —La voz casi se le apagó: le molestaba una tosecita; se acercó a la verja y me dijo, con tono confidencial y lamentable, que él no se dejaría pisotear.— Paciencia... paciencia —murmuró, golpeándose el pecho. Yo había terminado de reírme de él, pero de pronto me agasajó con un loco y cascado estallido de su propia risa—. ¡Ja, ja, ja! ¡Ya lo veremos! ¡Ya veremos! ¡Qué! ¿Robarme a mí? ¿Despojarme de todo? ¡De todo! ¡De toodo! —La cabeza se le cayó sobre un hombro, las manos le colgaban por delante, apenas apretadas una a la otra.

Cualquiera hubiera creído que adoraba a la joven con un amor enorme, que su espíritu había quedado aplastado y su corazón roto por la más cruel de las expoliaciones. De repente levantó la cabeza y lanzó una palabra infame.— Como su madre... se parece a su engañosa madre.

Exactamente. Y también en el rostro. En su rostro. ¡La diablesa! Apoyó la cabeza contra la cerca, y en esa posición lanzó amenazas y horribles blasfemias en portugués, en exclamaciones muy débiles, mezcladas con desdichadas quejas y gemidos, que surgían con un movimiento de los hombros, como si lo abrumase un mortífero acceso de enfermedad. Fue un espectáculo inexplicablemente grotesco y ruin, y yo me apresuré a alejarme. Trató de gritarme algo. Algún insulto contra Jim, creo... no muy fuerte, estábamos demasiado cerca de la casa.

Sólo oí con claridad: — No más que un chiquillo... un chiquillo...

Capítulo 35

A la mañana siguiente, en el primer recodo del río que borraba las casas de Patusán, todo eso desapareció de mi vista físicamente, con su color, su dibujo y su significado, como un cuadro creado por la fantasía en un lienzo, al cual, después de larga contemplación, se le vuelve la espalda por última vez. Permanece en mi memoria inmóvil, no desconocido, con su vida detenida en una luz inmutable. Allí están las ambiciones, los temores, el odio, las esperanzas, y quedan en mi mente tal como los vi entonces... intensos y como suspendidos para siempre en su expresión. Me volví de espaldas al cuadro, y regresaba al mundo en que los acontecimientos se mueven los hombres cambian, las luces parpadean, la vida fluye en un claro torrente, no importa si sobre fango o sobre piedras. No pensaba zambullirme en él, había tenido bastante que hacer para mantener la cabeza por encima de la superficie. Pero en cuanto a lo que dejaba atrás, no podía imaginar alteración alguna. El inmenso y magnánimo Doramin y su brujita maternal, su esposa, mirando juntos la tierra y alimentando, en secreto, sus sueños de ambición paternal Tunku Allang marchito y muy perplejo; Dain Waris inteligente y valiente, con su fe en Jim, con su firme mirada y su irónica amistad; la joven absorta en su adoración asustada y perspicaz; Tamb’ Itam, hosco y fiel; Cornelius, con la frente apoyada contra la verja, bajo la luz de la luna... estoy seguro de ello. Existen como bajo una varita encantada. Pero el hombre en torno del cual se agrupan... ese vive, y no estoy seguro de él; ninguna varita mágica puede inmovilizarlo bajo mis ojos. Es uno de nosotros.

Jim, como les dije, me acompañó en la primera etapa de mi viaje de regreso al mundo al cual él había renunciado, y en ocasiones el trayecto parecía llevarnos a través del corazón mismo de una selva virgen. Los espacios desiertos se crispaban bajo el sol, alto; entre las elevadas paredes de vegetación, el calor dormitaba sobre el agua, y el bote, impulsado con vigor, se abría paso a través del aire que parecía haberse posado, denso y caliente, bajo el abrigo de elevados árboles.

La sombra de la inminente separación ya había puesto entre nosotros un espacio inmenso, y cuando hablamos fue con un esfuerzo, como para impulsar nuestra voz baja a lo largo de una distancia vasta y creciente. El bote casi volaba; nos achicharrábamos, juntos, en medio del aire estancado y sobrecalentado; el olor del fango, de la ciénaga, el olor primitivo de la tierra fecunda, parecía golpearnos en el rostro; hasta que de pronto, en un recodo, fue como si una gran mano lejana hubiese levantado una pesada cortina, abierto de par en par un inmenso portal. La luz misma pareció moverse, el cielo, sobre nosotros, se ensanchó, un lejano murmullo llegó a nuestros oídos, una frescura nos envolvió, nos llenó los pulmones, apresuró nuestros pensamientos, nuestra sangre, nuestras penas... y adelante la selva se hundió en la cordillera azul oscura del mar.

Hice una profunda inspiración, me regocijé en la vastedad del horizonte abierto en la atmósfera distinta que parecía vibrar con un remolino de vida, con la energía de un mundo impecable. Ese cielo y ese mar se encontraban abiertos ante mí. La joven tenía razón... Había en ellos una señal, un llamado... algo a lo cual yo respondía con todas las fibras de mi ser. Dejé que mi vista vagara por el espacio, como un hombre liberado de ataduras estira los miembros entumecidos, corre, salta, responde al inspirado júbilo de la libertad.

—¡Esto es glorioso! —exclamé, y luego miré al pecador que tenía a mi lado. Estaba sentado, con la cabeza caída sobre el pecho y dijo "Sí", sin levantar la vista, como si temiera ver escrito, en grandes letras, en el claro cielo, el reproche de su conciencia romántica.

Recuerdo los menores detalles de esa tarde. Encallamos en una playita blanca. Tenía a su espalda un risco bajo, boscoso en la cima, envuelto en trepadoras hasta la base. Delante de nosotros, la llanura del mar, de un azul sereno e intenso, se extendía con un leve empinamiento hacia arriba, hasta el horizonte, parecido a un hilo, trazado a la altura de nuestros ojos. Grandes olas de resplandor soplaban con ligereza sobre la oscura superficie salpicada, veloces como plumas empujadas por la brisa. Una cadena de islas se sentaban, quebradas y macizas, frente al amplio estuario, desplegadas en una lámina de pálida agua vidriosa que reflejaba con fidelidad el contorno de la costa. Arriba, en el sol descolorido, un ave solitaria, toda negra, se balanceó, dejándose caer y elevándose en el mismo lugar, con un leve movimiento de balanceo de las alas. Un grupo irregular, sucio de hollín, de frágiles chozas de esteras, se encaramaba sobre su propia imagen invertida en una torcida multitud de altos pilotes color de ébano. Una diminuta canoa negra partió de entre ellas con idos hombres minúsculos negros quienes se afanaban en exceso, golpeando el agua pálida. Y la canoa parecía deslizarse penosamente sobre un espejo. Ese racimo de miserables chozas era la aldea pesquera que se jactaba de la protección especial del señor blanco, y los dos hombres que cruzaban eran el anciano jefe y su yerno. Tocaron tierra y caminaron hacia nosotros sobre la arena blanca, esbeltos, moreno—oscuros como ahumados, con retazos cenicientos en la piel de los hombros y el pecho desnudos.

Llevaban la cabeza envuelta en pañuelos sucios, pero plegados con cuidado, y el anciano inició en el acto una queja, voluble, estirando un brazo flaco, mirando a Jim con confianza, con sus viejos ojos legañosos y entrecerrados. La gente del rajá no los dejaba en paz; había habido ciertos problemas relacionados con una cantidad de huevos de tortuga que su gente recogió en los islotes... Y apoyado en el remo, señaló hacia el mar con una mano morena y huesuda. Jim escuchó durante un rato sin levantar la mirada, y por último le dijo con suavidad que esperase. Pronto lo escucharía. Se retiraron, obedientes, a cierta distancia, y se acuclillaron, con los remos delante de ellos en la arena.

El plateado brillo de sus ojos seguía nuestros movimientos con paciencia; y la inmensidad del mar extendido, el silencio de la costa, que al norte y al sur pasaba más allá de los limites de mi visión, constituían una colosal Presencia que nos observaba, cuatro enanos aislados en un retazo de arena refulgente.

—Lo malo —señaló Jim, entristecido— es que durante generaciones estos pescadores de la aldea fueron considerados esclavos personales del rajá... y el viejo demonio no puede meterse en la cabeza la idea de que...

Se interrumpió.

—De que usted cambió todo eso —dije.

—Sí. Cambié todo eso —masculló con voz melancólica.

—Tuvo su oportunidad —continué.

—¿De veras? —preguntó—. Bueno, sí. Supongo que sí. Sí. Recuperé mi confianza en mí... un buen nombre... pero a veces deseo... ¡No!

Retendré lo que poseo. No puedo esperar nada más. —Levantó el brazo hacia el mar.— Por lo menos, no allí. —Pisoteó la arena.— Este es mi límite, porque no sirve nada menos que esto.

Seguimos paseándonos por la playa.

—Sí, modifiqué todo eso —continuó, con una mirada de reojo hacia los dos pacientes pescadores acuclillados—. Pero trate de pensar sólo en lo que ocurriría si no estuviese. ¡Cielos!, ¿se da cuenta? Un infierno.

¡No! Mañana iré y correré el riesgo de beber el café de ese viejo tonto de Tunku Allang, y armaré un gran alboroto respecto de esos podridos huevos de tortuga. No. No puedo decir... basta. Nunca. Debo seguir, seguir para siempre con mi trabajo, para sentirme seguro de que nada puede tocarme. Debo aferrarme a la creencia de ellos en mí, para sentirme seguro y... y... —buscó una palabra, pareció buscarla en el mar... Y mantenerme en contacto con... —La voz se le hundió de pronto hasta convertirse en un murmullo.—... Con aquellos a quienes, tal vez, jamás volveré a ver. Con... con... usted, por ejemplo.

Y sus palabras me humillaron mucho.

—Por Dios —dije—, no se ocupe de mí, mi querido amigo. Cuídese de usted mismo. —Sentía gratitud, afecto por ese extraviado cuya mirada me había buscado, mientras yo ocupaba mi lugar en las filas de una insignificante multitud. ¡En fin de cuentas, cuán poco merecedor de jactancia era eso! Aparté mi rostro ardiente; en el sol más bajo, llameante, oscurecido y carmesí, como un ascua arrebatada del fuego, el mar yacía en ofrenda de su inmensa quietud ante la cercanía del orbe ígneo. Dos veces estuvo a punto de hablar, pero se interrumpió. Por último, como si hubiese encontrado una fórmula:

—Seré fiel —dijo en voz baja—. Seré fiel —repitió, sin mirarme, pero por primera vez dejó que la vista nadase por las aguas, cuyo azul se había convertido en un turbio púrpura bajo los fuegos del atardecer.

¡Ah, era romántico, romántico! Recordé algunas palabras de Stein..

"¡El indestructivo elemento sumergido!... Seguir el sueño, y volver a seguirlo.. . y así... siempre... usque ad finem..." Era romántico, y, sin embargo, era veraz. ¿Quién podía decir qué formas, qué visiones, qué rostros, qué olvido veía en el brillo del oeste?... Un botecito, que salía de la goleta, avanzó con lentitud, con un golpeteo regular de dos remos, hacia el banco de arena, para llevarme.

—Y, además, está Joya —dijo, en medio del gran silencio de la tierra, el cielo y el mar, que habían dominado de tal modo mis pensamientos, que su voz me sobresaltó.— Está Joya.

—Sí —murmuré.

—No necesito decirle qué es ella para mí —continuo. —Usted lo vio.

Con el tiempo ella lo entenderá.

—Así lo espero —interrumpí.

—Ella también confía en mí —musitó, y luego cambió de tono. Me pregunto cuándo volveremos a encontrarnos —dijo.

—Nunca, a menos que usted vaya allá —respondí, evitando su mirada. No pareció sorprenderse; guardó silencio durante un rato.

—Adiós, entonces —dijo, luego de una pausa—. Quizá sea mejor así.

Nos estrechamos la mano y yo caminé hacia el bote, que esperaba con la proa en la playa. La goleta, con la vela mayor izada y el foque a barlovento, describía cabriolas en el mar purpúreo; en sus velas había un tinte rosado.

—¿Volverá pronto a su hogar? —preguntó Jim, cuando pasaba la pierna por la borda.

—Dentro de un año, más o menos, si estoy con vida —dije. El tajamar rascó la arena, el bote flotó, los remos mojados relampaguearon y se hundieron tina vez, dos. Jim, al borde del agua, levantó la voz.

—Dígales... —comenzó. Indiqué a los hombres, con una señal, que dejasen de remar, y esperé, asombrado. ¿Decirles a quién? El sol semi sumergido le daba en la cara. Podía ver su rojo resplandor en los ojos que me miraban, mudos—. No, nada —dijo, y con un leve movimiento de la mano indicó al bote que continuase su marcha. Yo no volví a mirar la costa hasta que trepé a bordo de la goleta.

Para entonces el sol se había puesto. El ocaso se extendía al este, y la costa, ennegrecida, ensanchaba infinitamente su sombría pared, que parecía el baluarte mismo de la noche. El horizonte del oeste era una gran llamarada de oro y carmesí, en el cual una gran nube solitaria flotaba, oscura y silenciosa, arrojando una sombra pizarrosa sobre el agua de abajo, y vi a Jim en la playa, quien miraba el modo en que la goleta se separaba y comenzaba a navegar. Dos pescadores semidesnudos se pusieron de pie en cuanto me fui; no cabía duda de que derramaban la queja de sus vidas insignificantes, desdichadas, oprimidas, en los oídos del señor blanco, y era indudable que él escuchaba, haciéndola suya, ¿pues acaso no formaba parte de su buena suerte —la buena suerte "desde el comienzo"—, la buena suerte respecto de la cual me había asegurado que estaba a su altura? También ellos pienso, tenían suerte, y estuve seguro de que su pertinacia se mostraría a la altura de ella. Sus cuerpos de piel morena desaparecieron en el fondo oscuro, mucho antes de que perdiese de vista a su protector. Éste era blanco de los pies a la cabeza, y siguió siendo persistentemente visible con el baluarte de la noche a su espalda, el mar a sus pies, la oportunidad junto a él... todavía velada. ¿Qué les parece? ¿Seguía velada? Yo no lo sé. Para mí esa figura blanca, en el silencio de la costa y el mar, parecía erguirse en el corazón de un vasto enigma. El ocaso se alejaba con rapidez del suelo, sobre la cabeza de él; la franja de arena ya se había hundido bajo sus pies, ya no parecía mayor que un niño... después sólo un punto un diminuto puntito blanco que en apariencia reflejaba toda la luz que quedaba en un mundo oscurecido... Y de pronto lo perdí...

Capítulo 36

Con esas palabras, Marlow terminó su narración, y su público se disolvió bajo su mirada abstracta, pensativa. Los hombres salieron de la galería, de a pares o solos sin pérdida de tiempo, sin ofrecer una observación, como si la última imagen de esa historia incompleta, el hecho mismo de su inconclusión, y el tono del que hablaba, hubiesen hecho que la discusión resultara vana, e imposible el comentario. Cada uno de ellos parecía llevarse consigo su propia impresión, llevársela como un secreto. Pero un solo hombre, de entre todos esos oyentes llegaría a escuchar la última palabra dela historia. Le llegó a su hogar, más de dos años después, y llegó contenida en un grueso paquete con la letra erguida y angulosa de Marlow.

El hombre privilegiado abrió el paquete, miró en su interior, lo dejó y fue hacia la ventana. Sus habitaciones se encontraban en el departamento más alto de un elevado edificio, y su mirada podía llegar muy lejos, más allá de los claros vidrios como si mirase a través de la torreta de un faro.

Las inclinaciones de los techos brillaban, las oscuras montañas quebradas se sucedían una a otra, sin fin, como sombrías olas sin crestas, y desde las profundidades de la ciudad, a sus pies ascendía un murmullo confuso e incesante. Las cúpulas de las iglesias, numerosas, dispersas al azar, se levantaban como balizas en un laberinto de arrecifes sin canal; la intensa lluvia se mezclaba con el anochecer de una tarde de invierno. Y el retumbar de un enorme reloj en una torre, que daba la hora, rodó en voluminosos y austeros estallidos de sonido, con un chillón grito vibrante en el fondo. Corrió los pesados cortinados.

La luz de su lámpara de lectura, con pantalla dormía como un estanque abrigado; sus pisadas no hacían ruido en la alfombra, sus días de vagabundeo habían terminado. Nomás horizontes tan ilimitados como la esperanza, no más atardeceres en bosques solemnes como templos en la calurosa búsqueda del País Nunca Descubierto del otro lado de la colina, al otro lado del río, más allá de la ola. ¡Sonaba la hora! ¡No más! ¡No más! Pero el paquete abierto, bajo la lámpara, trajo de vuelta los sonidos, las visiones, el sabor mismo del pasado... una multitud de rostros que se esfumaban, un tumulto de voces bajas que morían en las costas de mares distantes, bajo un sol apasionado y desconsolador.

Suspiró y se sentó a leer.

Al principio vio tres claros cercados. Muchas páginas ennegrecidas con letra apretada y unidas juntas; una hoja cuadrada, suelta, de papel gris, con unas pocas palabras trazadas con una letra que nunca había visto hasta entonces, y una carta de explicación de Marlow. De esta última cayó otra carta, envejecida por el tiempo y gastada en los pliegues.

La recogió y, luego de dejarla a un lado, se dedicó al mensaje de Marlow, leyó con rapidez las primeras líneas y, deteniéndose, continuó la lectura en forma deliberada, como quien se acerca con pisadas lentas y ojos despiertos a la visión de un país no descubierto.

“... Supongo que no olvidó —seguía diciendo la carta. —Usted fue el único en mostrar interés por él y que sobrevivió a la narración de su historia, aunque recuerdo muy bien que no quiso admitir que Jim hubiese dominado su destino. Le profetizó el desastre de la fatiga y del disgusto hacia el honor adquirido, hacia la tarea prefijada, hacia el amor surgido dela piedad y la juventud. Dijo que conocía muy bien ese «tipo de cosas», su satisfacción ilusoria, su decepción inevitable. También dijo —recuerdo—, que «entregar la vida por ellos (ellos se refería a toda la humanidad de piel morena, amarilla o negra) era como vender el alma a un animal» Afirmó que «ese tipo de cosas» sólo era aceptable y perdurable cuando se basaba en una firme convicción en la verdad de ideas de nuestra propia raza, en cuyo nombre se establecen el orden la moral de un progreso ético. «Queremos su fuerza a nuestra espalda —dijo—. Queremos una creencia en su necesidad y su justicia, para hacer un digno y consciente sacrificio de nuestra vida. Sin eso, el sacrificio no es más que olvido, la manera de ofrecer no es mejor que la perdición» En otras palabras, sostuvo que debíamos pelear en las filas o nuestra vida no tendría importancia. ¡Es posible! Debería saberlo —dicho sea sin malicia—, usted, que se precipitó una —o dos veces por sí solo, a un par de lugares, y salió de ellos con inteligencia, sin chamuscarse las alas. Pero el caso es que, de entre toda la humanidad, Jim sólo tuvo trato consigo mismo, y el problema consiste en decidir si al final no confesó una fe más poderosa que las leyes del orden y el progreso.

"Yo nada afirmo. Quizás usted pueda pronunciarse... después de leer. Hay mucho de verdad —en definitiva— en la expresión común «bajo una nube» Resulta imposible verlo con claridad... en especial porque le echamos la última mirada a través de ojos ajenos. No vacilo en hacerle saber lo que conozco del último episodio que, como él solía decir, «llegó a él». Uno se pregunta si esa fue tal vez la oportunidad suprema, la última y satisfactoria prueba que siempre sospeché que esperaba, antes de poder formular un mensaje al mundo impecable. Recordará que cuando lo dejé por última vez me preguntó si volvería pronto a mi casa, y de repente me gritó «¡Dígales! ... » Yo esperé —con curiosidad, lo admito, y también con esperanzas—, sólo para oírle gritar«No. Nada» Eso fue todo, entonces... y no habrá nada más.

No habrá mensajes, salvo el que cada uno de nosotros pueda interpretar para sí a partir del lenguaje de los hechos, que a menudo son más enigmáticos que el más ingenioso ordenamiento de palabras. Es cierto que hizo otro intento de liberarse, pero también ése fracasó, como puede advertirlo si mira la hoja de papel grisáceo adjunta. Trató de escribir ¿advierte la caligrafía vulgar? Lleva el encabezamiento «El Fuerte, Patusán» Supongo que llevó adelante su intención de convertir su casa en un lugar de defensa. Era un plan excelente. Una zanja profunda, una pared de piedra coronada por una empalizada, y en los ángulos cañones montados sobre plataformas para barrer cada uno de los costados de la plaza. Doramin consintió en darle los cañones; y así cada hombre de su grupo podía saber que existía un lugar de seguridad, en el cual cada uno de los partidarios fieles podía refugiarse en caso de un repentino peligro. Todo eso mostraba su juiciosa previsión, su fe en el futuro. Los que él llamaba «mi propia gente» —los cautivos liberados de Sherif— formarían un barrio separado en Patusán con sus chozas y terrenitos bajo las paredes del baluarte. Adentro estaría el propio anfitrión invencible. «El Fuerte, Patusán» No hay fecha, como observará.

¿Qué son un número y un nombre para un día entre todos los días? Es imposible decir en quién pensaba cuando tomó la pluma: en Stein, en mí en el mundo en general, ¿o tal vez fue sólo el grito sobresaltado y sin objeto de un hombre solitario frente a su destino? «Ha sucedido algo espantoso», escribió antes de dejar caer la pluma por primera vez.

Mire la mancha de tinta que parece la cabeza de una flecha, debajo de estas palabras. Al cabo de un rato volvió a intentarlo, y garabateó con fuerza, como con mano de plomo, otra línea. «Debo, enseguida...» La pluma salpicó, y esta vez abandonó el intento. No hay nada más. Había visto un ancho abismo que ni los ojos ni la voz podían franquear. No entiendo. Se veía abrumado por lo inexplicable; se sentía aplastado por su propia personalidad... el don de ese destino que hizo lo posible por dominar.

"También le envío una carta vieja... muy vieja. Se la encontró conservada con cuidado entre sus materiales de escritura. Es de su padre, y por la fecha puede ver que debió haberla recibido pocos días después de incorporarse al Patna. Tiene que ser la última carta que recibió de su hogar.

La atesoró durante todos estos años. El bueno del viejo párroco amaba a su hijo marino. Leía una y otra frase, aquí y allá. No hay en ella más que afecto. Le dice a su «querido James, que la última larga carta de él fue muy «sincera y divertida» No quiere que «juzgue a los hombres con aspereza o apresuramiento» Hay cuatro páginas, de moral fácil y noticias familiares. Tom «se había ordenado» El esposo de Carrie tenía «pérdidas de dinero» El anciano continúa, afable, confiando en la providencia, y en el orden establecido del universo, pero consciente de sus pequeños peligros y de sus pequeñas piedades. Casi se lo puede ver, canoso y sereno en el inviolable refugio de su estudio repleto de libros, descolorido y cómodo, donde durante cuarenta años repasó concienzudamente, una y otra vez, la ronda de sus pequeños pensamientos sobre la fe y la virtud, sobre la conducta de la vida y la única manera correcta de morir. Donde escribió tantos sermones, donde se encuentra sentado hablando con su hijo, allí, al otro lado de la tierra. Pero, ¿y la distancia? La virtud es una sola en todo el mundo, y no hay más que una fe, una sola conducta de vida concebible, una manera de morir.

Abriga la esperanza de que su «querido James» jamás olvide que «quien una vez cede a la tentación, en ese mismo instante se arriesga a su total degradación y a su ruina perdurable.

Por lo tanto resuelve con firmeza no hacer nunca nada, por ningún motivo posible, que creas erróneo» También hay algunas noticias sobre un perro favorito, y un caballito «que todos ustedes solían montar» había quedado ciego de viejo y debió ser ultimado. El anciano invoca la bendición del cielo; la madre y todas las hijas que entonces se encuentran encasa envían su amor... No, no hay mucho más en esa carta amarilla y gastada que cae aleteando de su mano cariñosa después de tantos años. Jamás la contestó, ¿pero quién sabe qué conversación puede haber sostenido con todas esas plácidas e incoloras formas de hombres y mujeres que poblaban ese tranquilo rincón del mundo, tan libre de peligros o pendencias como una tumba, y que emitían con afabilidad una expresión de imperturbable rectitud? Parece sorprendente que hubiese pertenecido a ese mundo, él, a quien tantas cosas «le habían ocurrido» Nunca les ocurría nada a ellos; jamás se verían sorprendidos de improviso, y nunca tendrían que hacer frente al destino.

Así están todos recordados por las tranquilas murmuraciones del padre, todos esos hermanos y hermanas, huesos de sus huesos y carne de su carne, que miran con ojos claros e inconscientes, mientras yo parezco verlo, por fin de regreso, no ya a un simple punto blanco en el corazón de un inmenso misterio, sino en su plena estatura, mirando sin ser visto, entre sus sombras serenas, con aspecto sereno y romántico pero siempre mudo, oscuro... bajo una nube.

“La historia de los últimos sucesos la encontrará en las pocas páginas que acompaño. Debe admitir que es romántica más allá de los sueños más alocados de la juventud de él, y, sin embargo, en mi opinión, tiene una especie de profunda lógica aterradora, como si sólo nuestra imaginación pudiese descargar sobre nosotros el poderío de un destino abrumador.

La imprudencia de nuestros pensamientos rebota contra nuestra cabeza; quien juega con la espada, por la espada perecerá.

Esta asombrosa aventura, de la cual lo más asombroso es que tiene la máxima veracidad, llega como una consecuencia inevitable. Algo así tenía que suceder. Uno se repite eso mientras se asombra de que tal cosa pudiese ocurrir en el penúltimo año de gracia. Pero sucedió... y no es posible discutir su lógica.

"Me lo explico como si yo hubiese sido testigo ocular. Mi información era fragmentaria, pero uní los trozos, y existen en cantidad suficiente como para componer un cuadro inteligible. Me pregunto cómo lo habría relatado él. Me hizo tantas confidencias, que en ocasiones parece como si de pronto fuese a presentarse para relatar la historia con sus propias palabras, con su voz descuidada pero sentimental, con sus modales negligentes, un poco intrigados, un poco aburridos, un poco ofendidos, pero que ofrecían de vez en cuando, en una palabra o una frase, una de esas vislumbres de su propio yo interior que nunca servían para fines de orientación. Es difícil creer que jamás llegue.

Nunca volveré a oír su voz, ni veré su rostro suave, atezado y rosado, con una línea blanca en la frente y los ojos juveniles ensombrecidos por la excitación, hasta quedar de un azul profundo e insondable.”

Capítulo 37

Todo comienza con una notable hazaña de un hombre llamado Brown, quien se apoderó, con éxito total, de una goleta española en una pequeña bahía cerca de Zamboanga.

Hasta que descubrí al individuo, mi información era incompleta, pero de modo muy inesperado, lo conocí unas horas antes que diese su arrogante y último suspiro. Por fortuna pudo y quiso hablar, entre los accesos asfixiantes del asma, y su cuerpo torturado se retorcía de malicioso alborozo de sólo pensar en Jim. Así, se alegró ante la idea de que "en fin de cuentas le había pagado al granuja engreído". Se jactaba de su acción. Tuve que soportar la mirada hundida de sus feroces ojos cubiertos de patas de gallo, si quería enterarme de algo; y la soporté, mientras pensaba cuánto se asemejan a la locura ciertas formas de maldad, derivadas de un intenso egoísmo, inflamadas por la resistencia, que desgarran el alma en pedazos y dan un vigor ficticio al cuerpo.

La historia también revela honduras insospechadas de malicia en el desdichado Cornelius, cuyo abyecto e intenso odio actúa como una sutil inspiración, señalando un camino inflexible hacia la venganza.

—En cuanto lo vi, me di cuenta del tipo de imbécil que era —jadeó el moribundo Brown—. ¡Él un hombre! ¡Infiernos! Era un fraude una cosa vacía. Como si no hubiese podido decir enseguida "¡Quiten las manos de mi botín!" ¡maldito sea! ¡Eso habría sido muy de hombre!

¡Que se pudra su enaltecida alma! Me tenía derrotado... pero no era lo bastante endemoniado como para terminar conmigo. ¡Él no!

¡Dejarme en libertad como si yo no valiese la pena de un puntapié!... —Brown luchó con desesperación, para respirar... Un fraude... me soltó... y entonces a la larga, yo terminé con él... Volvió a ahogarse. Supongo que esto me matará, pero ahora moriré tranquilo... usted...

oiga... no sé su nombre... le daría un billete de cinco esterlinas si... si lo tuviera... por la noticia... o no me llamo Brown... —Lanzó una sonrisa horrible.— El Caballero Brown.

Dijo todas estas cosas con profundos jadeos, mientras me miraba con sus ojos amarillos en un rostro largo, atormentado, cetrino; sacudió el brazo izquierdo; una barba enmarañada, entrecana, le colgaba casi hasta el regazo; una sucia manta raída le cubría las piernas. Lo encontré en Bangkok, gracias al entremetido de Schomberg, el hotelero, quien en confidencia, me dijo dónde podía buscar. Parece que una especie de vagabundo extraviado, demente —un hombre blanco que vivía entre los nativos con una mujer siamesa—, había considerado un gran privilegio ofrecer refugio a los últimos días del famoso Caballero Brown. Mientras me hablaba en la mísera choza, y, por así decirlo, luchaba por cada minuto de vida que le quedaba, la mujer siamesa, con grandes piernas desnudas y un tosco rostro estúpido, mascaba betel con estolidez, sentada en un rincón oscuro. De vez en cuando se levantaba para ahuyentar una gallina de la puerta. Toda la choza se sacudía cuando terminaba. Un niño amarillo y feo, desnudo y de vientre hinchado, como un pequeño dios pagano, se hallaba de pie junto al borde de la cama, un dedo en la boca, perdido en una profunda y serena contemplación del moribundo.

Éste habló con voz afiebrada; pero en medio de una palabra, a veces, una mano invisible lo tomaba de la garganta, y entonces me miraba, mudo, con una expresión de duda y angustia. Parecía temer que me cansara de esperar y me fuese, dejándolo con su narración inconclusa, con su júbilo inexpresado. Creo que murió durante la noche, pero para entonces ya no tenía mucho más que conocer.

Esto, en lo que se refiere a Brown, por el momento.

Ocho meses antes, al llegar a Samarang, fui, como de costumbre, a visitar a Stein. En el lado del jardín de la casa, un malayo, en la galería, me saludó con timidez, y recordé que lo había visto en Patusán, en la casa de Jim, entre otros bugis que solían llegar por la noche para hablar sin cesar sobre sus reminiscencias bélicas y para discutir asuntos de Estado. Jim me lo señaló una vez como un respetable comerciante en pequeña escala que poseía una diminuta embarcación nativa, y que resultó ser "uno de los mejores en el asalto a la empalizada". No me sorprendió mucho verlo, pues cualquier comerciante de Patusán que llegase hasta Samarang, tenía que visitar la casa de Stein. Le devolví el saludo y seguí de largo. Ante la puerta de la habitación de Stein me encontré con otro malayo en quien reconocí a Tamb’ Itam.

Enseguida le pregunté qué hacía allí; se me ocurrió que Jim tal vez estuviese de visita. Admito que el pensamiento me alegró y emocionó. Tamb’ Itam pareció no saber qué decir.

—¿Tuan Jim está adentro? —pregunté con impaciencia.

—No —murmuró, y dejó caer la cabeza un instante.

Luego, con repentina seriedad—: No quiso luchar. No quiso luchar —repitió dos veces. Como no parecía capaz de decir nada más, lo aparté y entré.

Stein, alto y encorvado, estaba solo en medio de la habitación, entre hileras de cajas de mariposas.

—¡Ach! ¿Es usted, mi amigo? —dijo, mirando con tristeza a través de las gafas. Una chaqueta de alpaca le colgaba, desabotonada hasta las rodillas. Tenía un sombrero de panamá en la cabeza, y en sus pálidas mejillas había profundos surcos.

—¿Qué ocurre ahora? —pregunté, nervioso—. Ahí está Tamb' Itam...

—Venga a ver a la joven. Venga a verla. Está aquí —dijo, con una tibia exhibición de actividad. Traté de detenerlo, pero, con tierna obstinación, no prestó atención a mis ansiosas preguntas. Está aquí, está aquí —repitió, muy perturbado—. Vino hace dos días. Un anciano como yo, un desconocido —sehen sie—, no puede hacer mucho... venga por aquí... los corazones jóvenes no perdonan...

Vi que se hallaba muy acongojado.

—La fuerza de la vida que hay en ellos la cruel fuerza de la vida... masculló, mientras me llevaba alrededor de la casa. Lo seguí, perdido en lúgubres y furiosas conjeturas. En la puerta de la sala me cerró el paso—. Él la amaba mucho —dijo interrogante, y yo sólo asentí; me sentía tan amargamente desilusionado, que no estaba seguro de poder hablar—. Espantoso —murmuró—. Ella no me entiende. No soy más que un anciano desconocido. Tal vez usted... ella lo conoce. Háblele. No podemos dejarlo así. Dígale que lo perdone. Fue espantoso.

—No cabe duda —respondí exasperado por encontrarme en la oscuridad—. ¿Pero usted lo perdonó?

Me miró con una expresión extraña.

—Ya lo sabrá —dijo; abrió la puerta y casi me empujó adentro.

Usted ya conoce la casona de Stein y las dos inmensas salas de recepción inhabitadas e inhabitables, limpias, repletas de soledad y de cosas brillantes que parece que nunca hubiesen sido vistas por el ojo del hombre. Son frescas en los días más calurosos, y uno entra en ellas como lo haría en una cueva subterránea. Pasé a través de una, y en la otra vi ala joven sentada al extremo de una gran mesa de caoba, en la cual apoyaba la cabeza, el rostro oculto entre las manos.

El piso encerado la reflejaba apenas, como si hubiese sido una lámina de agua helada. Las cortinas de bejucos estaban bajas, y a través de la extraña penumbra verdosa que creaba el follaje de los árboles de afuera, un fuerte viento entraba en ráfagas, agitando los largos cortinados de ventanas y puertas. La figura blanca de ella parecía modelada en nieve; los cristales colgantes de una gran araña tintineaban sobre su cabeza como chisporroteantes carámbanos. Levantó la mirada y me vio acercarme. Me sentí helado, como si esas vastas habitaciones fuesen una fría morada de la desesperación.

"Me reconoció enseguida, y en cuanto me detuve, mirándola:

—Me abandonó —dijo en voz baja—. Ustedes siempre nos abandonan... por sus propios objetivos. —Tenía el rostro firme. Todo el calor de la vida parecía haberse retirado a algún punto inaccesible de su pecho.Habría sido tan fácil morir con él —continuó e hizo un leve ademán de fatiga, como si desechara lo incomprensible—. ¡No quiso! Fue como una ceguera. Y, sin embargo, era yo quien le hablaba, yo quien estaba ante sus ojos; ¡a mí me miró todo el tiempo! ¡Ah, ustedes son duros, traicioneros, embusteros, carecen de compasión! ¿Qué los hace tan malvados? ¿O es que están todos locos?

La tomé de la mano; la mano no respondió, y cuando la dejé caer colgó hacia el suelo. Esa indiferencia, más espantosa que las lágrimas, los gritos y los reproches, parecía desafiar al tiempo y al consuelo. Uno siente que nada de lo que puede decir logrará llegar a la sede del dolor inmóvil y embotador.

Stein había dicho "ya lo sabrá". Lo oí. Lo oí todo. Escuché con asombro, con miedo, los tonos de la invencible fatiga de la joven. Ésta no percibía el sentido real de lo que me relataba, y su resentimiento me llenó de piedad hacia ella... y también hacia él. Me quedé clavado en el lugar, después que terminó de hablar. Apoyada en el brazo, me miró con ojos duros, y el viento pasaba en ráfagas, los cristales continuaban tintineando en la penumbra gris. Siguió cuchicheando, para sí:

—¡Y me miraba a mí! ¡Podía ver mi rostro, escuchar mi voz, oír mi pena! Cuando solía sentarme a sus pies, con mi mejilla contra sus rodillas y la mano de él en mi cabeza, la maldición de la crueldad y la locura ya estaban dentro de él, esperando el día. ¡El día llegó! ... Y antes de que se pusiera el sol ya no pudo verme más... había enceguecido. Estaba sordo y sin piedad, como todos ustedes. No recibirá lágrimas de mí. Nunca, nunca. Ni una lágrima. ¡No lloraré! Se fue de nosotros como si yo hubiese sido peor que la muerte. Huyó como impulsado por alguna cosa maldita que hubiese escuchado o visto en el sueño...

Su mirada firme comenzó a esforzarse para distinguir la a forma de un hombre arrancado de sus brazos por la fuerza de un sueño. No respondió a mi silenciosa inclinación de cabeza. Me alegré de poder irme.

Esa misma tarde volví a verla. Al dejarla fui en busca de Stein, a quien no pude encontrar adentro. Y salí, perseguido por lúgubres pensamientos, vagué por los jardines, los famosos jardines de Stein, en los cuales se pueden encontrar todas las plantas y árboles de las tierras tropicales bajas.

Seguí el curso del arroyo canalizado, y durante mucho tiempo me senté en un banco sombreado, cerca del estanque ornamental, donde algunas aves acuáticas con las alas recortadas se zambullían y chapoteaban ruidosamente. Las ramas de las casuarinas, a mis espaldas, se balanceaban con ligereza, incesantemente, y me recordaban los suspiros de los abetos de mi país.

Ese sonido quejumbroso e inquieto era un adecuado acompañamiento a mis meditaciones. Ella había dicho que un sueño lo alejó de ella... Y no se le podía responder. No parecía existir perdón alguno para semejante trasgresión. Sin embargo, ¿no es la humanidad misma, que avanza, ciega, por su camino, empujada por el sueño de su grandeza y su poderío, por los oscuros senderos de la excesiva crueldad y la excesiva devoción? Y en definitiva, ¿qué es la búsqueda dela verdad?

Cuando me puse de pie para volver a la casa, vi la chaqueta parda de Stein por entre una brecha del follaje, y muy pronto, en un recodo del sendero, lo encontré caminando con la joven. La manita de ésta se apoyaba en el brazo de él, y bajo el ala ancha y chata de su panamá, Stein se inclinaba sobre ella canoso, paternal, con deferencia compasiva y caballeresca. Yo me aparté, pero ellos se detuvieron y me enfrentaron. La mirada de él se hallaba fija en el suelo, a sus pies. La joven erguida y leve, apoyada en el brazo del hombre, miraba con expresión sombría, más allá de mis hombros, con ojos negros, claros, inmóviles.

—Schrecklich —murmuró él —. ¡Terrible! ¡Terrible! ¿Qué puede hacer uno?

Pareció recurrir a mí, pero la juventud de ella la longitud de los días suspendidos sobre su cabeza, me atraían más; y de pronto, en el momento en que me daba cuenta de que nada podía decirse, me sorprendí defendiendo la causa de él, en bien de ella.

—Tiene que perdonarlo —terminé, y mi propia voz me pareció ahogada, perdida en una inmensidad sorda e insensible—. Todos necesitamos ser perdonados —agregué al cabo de un rato.

—¿Qué hice yo? —preguntó ella con los labios solamente—Siempre desconfió de él —respondí.

—Era como los otros —pronunció con lentitud.

—No como los otros —protesté, pero ella continuó, en voz pareja, sin sentimientos:

—Era falso. —Y de pronto interrumpió Stein.

—¡No, no, no! ¡Mi pobre niña!... —Le palmeó la mano que yacía, pasiva, sobre su manga.— ¡No, no! ¡Falso no!

¡Veraz, veraz, veraz! —Trató de mirarle el rostro pétreo.—No entiende. Ach! ¿Por qué no entiende? Es terrible —me dijo—. Algún día entenderá.

—¿Usted se lo explicará? —pregunté, mirándolo con intensidad. Siguieron caminando.

Los miré. El vestido de ella se arrastraba por la senda, y el cabello negro le caía, suelto. Caminaba erguida y ligera, al lado del hombre alto, cuya larga chaqueta informe pendía en pliegues perpendiculares de los hombros encorvados, y cuyos pies se movían con lentitud. Desaparecieron detrás del bosquecillo (tal vez lo recuerde) donde crecen juntos dieciséis tipos distintos de bambú, todos perceptibles para la mirada adiestrada. Por mi parte, me fascinaba la exquisita gracia y belleza de ese bosque acanalado, coronado de hojas puntiagudas y de plumeros, la ligereza, el vigor, el encanto, tan distintos como una voz de esa vida en modo alguno perpleja y abundante. Recuerdo haberme quedado contemplándolas durante largo rato, como quien se queda al alcance de un suspiro consolador. El cielo tenía un color gris perla. Era uno de esos días nublados, tan raros en los trópicos, en los cuales los recuerdos se atropellan sobre uno, recuerdos de otras costas, de otros rostros.

Volví a la ciudad esa misma tarde y me llevé conmigo a Tamb’ Itam y al otro malayo, en cuya embarcación habían escapado en la perplejidad, el temor y la congoja del desastre.

Las sacudidas que ello provocó parecía haberles cambiado la naturaleza. Convirtió la pasión de ella en piedra, e hizo del tosco y taciturno Tamb' Itam un hombre casi locuaz. También su hosquedad se había convertido en una perpleja humildad, como si hubiese visto el fracaso de un poderoso hechizo en un momento supremo. El comerciante bugi, un hombre tímido y vacilante se mostraba muy claro en lo poco que dijo. Se veía muy bien que los dos estaban abrumados por un sentimiento de profundo e inexpresable asombro, por el toque de un misterio inescrutable.

Ahí terminaba, con la firma de Marlow, la carta propia—mente dicha El lector privilegiado levantó la luz de la lámpara, y solitario sobre los ondulados techos de la ciudad, como un torrero sobre el mar, volvió a las páginas del relato.

Capítulo 38

Todo comienza, como le dije, con un hombre llamado á Brown decía la primera frase de la narración de Marlow—. Usted, que anduvo por todo el Pacífico occidental debe haber oído hablar de él. Era el canalla más conocido de toda la costa australiana... Y no porque se lo viese muy a menudo allí, sino porque siempre surgía en los relatos de la vida ilegal con que se agasaja a un visitante de la patria; y los más suaves de los relatos que se contaban acerca de él, desde el Cabo York hasta la bahía Eden eran más que suficientes para ahorcar a un hombre si se los narraba en el lugar correspondiente. Jamás dejaban de hacerle saber a uno, además, que se suponía que era hijo de un baronet. Pero sea como fuere, lo cierto es que había desertado de un barco británico en los primeros días de la fiebre del oro, y en pocos años se lo llegó a conocer como el terror de tal o cual grupo de islas de la Polinesia.

Secuestraba a nativos, despojaba a algún solitario comerciante blanco, hasta dejarlo en piyama, y después de robar al pobre diablo, casi siempre lo invitaba a participar en un duelo con pistolas en la playa... cosa que habría sido bastante justa, hasta donde puede hablarse de justicia en ese sentido si para entonces el otro hombre no hubiese estado ya medio muerto de miedo. Brown era un bucanero contemporáneo, bastante lamentable, como sus prototipos más célebres. Pero lo distinguía de sus hermanos de vilezas, como Bully Hayes o el melifluo Pease, o el perfumado, patilludo y elegante granuja conocido con el nombre de Dick el Sucio, la arrogante intensidad de sus fechorías y un vehemente desprecio por el género humano en general, y por sus víctimas en especial. Los otros eran apenas animales vulgares y ávidos, pero él parecía impulsado por alguna intención compleja. Robaba a un hombre como si lo hiciera sólo para demostrar su baja opinión sobre la criatura, e introducía en la muerte o mutilación de algún desconocido tranquilo, nada ofensivo, una avidez salvaje y vengativa, digna de aterrorizar a los más arriesgados desesperados. En los días de su máxima gloria fue dueño de una barca armada, con una tripulación mixta de kanakas y pescadores de ballenas fugitivos, y se jactaba, no sé con qué veracidad, de ser financiado bajo cuerda por una muy respetable firma de comerciantes en copra. Más tarde huyó —se decía— con la esposa de un misionero, una muchacha muy joven de Clap—ham, quien se casó con el individuo suave y de pies planos, en un momento de entusiasmo, y de pronto se vio trasplantada a Melanesia, y perdió de alguna manera su orientación.

Era una historia oscura. Estaba enferma en el momento en que él se la llevó, y murió a bordo de su barco. Se dice —es la parte más asombrosa de la narración— que sobre su cadáver él dio rienda suelta a un estallido de pena sombría y violenta. Su suerte lo abandonó, además, muy poco después. Perdió su barco en unas rocas, frente a Malaita, y desapareció durante un tiempo, como si se hubiese hundido con la embarcación. Después se oyó hablar de él en Nuka—Hiva, donde compró una vieja goleta francesa del gobierno, ya fuera de servicio. No sé en qué empresa digna puede haber pensado cuando hizo esa compra, pero resulta evidente que con los Altos Comisionados, cónsules, buques de guerra y control internacional, los Mares del Sur se estaban poniendo demasiado calientes para albergar a caballeros de su ralea.

Resulta claro que debe haber llevado la escena de sus operaciones más hacia el oeste, porque un año más tarde desempeña un papel de increíble audacia, pero no muy provechoso, en un asunto tragicómico en la bahía de Manila en la cual una gobernador desfalcador y un tesorero fugitivo son las figuras principales. Después parece haber rondado en torno de las Filipinas, en su goleta podrida, batallando contra una fortuna adversa, hasta que al final, señalada su trayectoria, entra en la historia de Jim, ciego cómplice de los Poderes de las Sombras.

La historia continúa cuando un cúter patrullero español lo captura en momentos en que apenas trataba de contrabandear unas pocas armas para los insurgentes. Si es así, entonces no entiendo qué hacía frente a la costa sur de Mindanao.

Pero mi creencia es que extorsionaba a las aldeas nativas dela costa. Lo principal es que el cúter, que dejó a bordo una guardia, lo hizo zarpar en su compañía hacia Zamboanga.

En el camino, por no sé qué motivo, ambas embarcaciones tuvieron que tocar tierra en una de esas nuevas colonias españolas —que a la postre nunca terminaron en nada—, donde no sólo había un funcionario civil con jurisdicción sobre la costa, sino una buena y sólida goleta costera, anclada en una pequeña bahía; y este barco, en muchos sentidos mejor que el suyo propio, Brown decidió robarlo.

La suerte lo había abandonado... como él mismo me lo dijo. El mundo al cual amedrentó durante veinte años con desdén feroz y agresivo, nada le dio, en forma de ventajas materiales salvo un bolsito de dólares de plata, oculto en su camarote de modo que "ni el propio demonio pudiera encontrarlo". Y eso era todo, absolutamente todo. Estaba cansado de su vida, y no le temía a la muerte. Pero ese hombre, que habría puesto en juego su existencia por un capricho, con audacia amarga y burlona, sentía un miedo mortal al encarcelamiento. Experimentaba el tipo de horror irrazonable, de sudor frío, de nervios estremecidos, de sangre que se convierte en agua, ante la simple posibilidad de ser encerrado, la clase de temor que un hombre supersticioso experimenta ante la idea de ser abrazado por un espectro. Por lo tanto, el funcionario civil que subió a bordo para efectuar la investigación preliminar respecto de la captura, investigó arduamente todo el día, y sólo volvió a tierra después del oscurecer, envuelto en una capa, cuidando de no dejar que las posesiones de Brown tintineasen en su bolso. Después, como era un hombre r.¡de palabra, se las arregló (a la noche siguiente, creo) para enviar al cúter del gobierno a no sé qué ocupación especial y urgente. Como su comandante no contaba con otra tripulación, se conformó con llevarse, antes de partir, todas las velas de la goleta de Brown, hasta la última, y remolcar sus dos botes hasta la playa, a un par de millas de distancia.

Pero en la tripulación de Brown había un isleño de las Salomón, secuestrado en su juventud y fiel a Brown, que era el mejor hombre de todo el grupo. El individuo se alejó nadando del costero —unos quinientos metros—, con el extremo de un caladrote compuesto por todos los cabos que se pudieron encontrar. El agua estaba tranquila y la bahía oscura "como las entrañas de una vaca", según lo describió Brown. El hombre de las Salomón trepó al antepecho, con el extremo de la cuerda entre los dientes. La tripulación del costero, todos taglas se encontraban en tierra, festejando en la aldea nativa. Los dos guardias dejados a bordo despertaron de pronto y vieron al demonio. Tenía ojos llameantes y saltó, rápido como el rayo, al puente. Cayeron de rodillas paralizados de miedo, se persignaron y mascullaron oraciones. Con un largo cuchillo que encontró en el fogón, el isleño dela Salomón, sin interrumpir sus oraciones, apuñaló primero a uno, y luego al otro. Con el mismo cuchillo se dedicó a cortar, con paciencia, el cable del bonote, hasta que de pronto se partió bajo la hoja con un chapoteo. Pero luego, en el silencio de la bahía, lanzó un grito cauteloso, y la pandilla de Brown, que entre tanto atisbaba y aguzaba sus esperanzados oídos, en la oscuridad, comenzó a tironear con suavidad de su extremo del calabrote. En menos de cinco segundos las dos goletas se unieron con un leve golpe y un crujido de arboladura.

La gente de Brown se trasladó al otro barco sin perder un instante, y se llevó consigo sus armas de fuego y una gran provisión de municiones. Eran dieciséis en total dos marineros fugitivos de la Armada, un desgarbado desertor de un barco de guerra yanqui, un par de tontos y rubios escandinavos, un mulato, un suave chino que cocinaba... y el resto de los especimenes indescriptibles de los Mares del Sur. A ninguno de ellos le importaba nada; Brown los dominaba, y Brown, indiferente al patíbulo, huía del espectro de una prisión española. No les dio tiempo a trasbordar suficientes. provisiones; el tiempo estaba calmo, el aire cargado de rocío, y cuando soltaron las cuerdas y pusieron proa a una leve brisa de frente a la costa, las lonas húmedas no aletearon. La vieja goleta pareció separarse poco a poco, con suavidad, de la embarcación robada y alejarse en silencio, junto con la masa negra de la costa, para hundirse en la noche.

Se alejaron. Brown me relató en detalle su paso por el estrecho de Macassar. Es una historia torturada y desesperada. Tenían pocos alimentos y agua; abordaron varias embarcaciones nativas, y consiguieron un poco en cada una. Es claro que, con un barco robado, Brown no se atrevía a tocar ningún puerto. Carecía de dinero para comprar nada, papeles que mostrar, o una mentira lo bastante plausible como para volver a irse. Una barca árabe, de bandera holandesa, sorprendida una noche al ancla frente a Poulo Laut, entregó un poco de arroz sucio, un racimo de bananas y una barrica de agua; tres días de tiempo brumoso, y con chubascos del noreste, lanzaron la goleta a través del mar de Java. Fangosas olas amarillas empaparon a la colección de hambrientos granujas. Vieron barcos—correo que seguían sus rutas; pasaron ante barcos británicos de herrumbrados flancos de hierro, anclados en el mar somero, a la espera de un cambio de tiempo o de la marea: una cañonera inglesa, blanca y esbelta, con dos delgados mástiles, cruzó ante ellos un día, a lo lejos; y en otra ocasión, una corbeta holandesa, negra y de pesada arboladura, se irguió frente a la cuadra de ellos humeante y lenta en la neblina. Se escurrían sin ser vistos, o se hacía caso omiso de ellos de esa banda de descastados, de rostros cetrinos, de proscritos absolutos, furiosos de hambre y acosados por el miedo. La idea de Brown era poner rumbo a Madagascar, donde esperaba, basándose en razones no del todo ilusorias, vender la goleta en Tamatave, sin preguntas, o tal vez obtener para ella unos papeles más o menos falsificados. Pero artes de encarar la larga travesía por el océano índico necesitaba alimentos... y también agua.

Tal vez oyó hablar de Patusán, o quizá sólo vio por casualidad el nombre, escrito en letras pequeñas, en el mapa... probablemente el de una aldea grande río arriba en un Estado nativo, indefensa, lejos de los caminos trillados del mar y de los extremos de los cables submarinos.

Ya había hecho ese tipo de cosas antes... como negocio; y ahora se trataba de una necesidad absoluta, de un problema de vida o muerte...

más bien de libertad. ¡De libertad! Estaba seguro de obtener provisiones... bueyes... arroz... batatas. La lamentable pandilla se lamía los labios. Tal vez se pudiese arrancar un cargamento de productos para la goleta... ¿Y quién sabe?... ¡Un poco de verdadero dinero contante y sonante!

A algunos de esos jefes y a los cabecillas de aldea se los podía despojar sin problemas. Me dijo que les habría quemado los pies antes que irse sin nada. Yo le creo. Sus hombres también le creyeron. No dieron vítores en voz alta, pues; era un grupo mudo, pero se aprontaron como lobos.

La suerte los acompañó, en lo que se refiere al tiempo.

Unos pocos días de calma habrían impuesto horrores sin nombre a bordo de la goleta, pero con la ayuda de brisas de tierra y marinas, en menos de una semana, después de pasar por el estrecho de Sonda, anclaron frente a la boca de Batu Kring, a un disparo de pistola de la aldea pesquera.

Catorce de ellos se introdujeron en la chalupa de la goleta (que era grande pues se la había usado para trabajos de carga), y subieron río arriba, en tanto que dos se quedaron en la goleta, con alimentos suficientes para no morir de hambre durante diez días. La marea y el viento ayudaron, y una tarde temprano, el gran bote blanco, de vela andrajosa, se abrió paso, ante una brisa marina, hasta llegar a la parte recta de Patusán, tripulada por catorce espantajos diversos, que miraban hacia adelante, hambrientos, y manoseaban cerrojos de rifles baratos. Brown contaba con la aterradora sorpresa de su aparición. Entró con el último impulso de la marea; la empalizada del rajá no dio señales de vida; las primeras casas, a ambos lados del río, parecían desiertas. Se veían unas pocas canoas, río arriba, que huían. Brown se asombró ante las dimensiones del lugar. Reinaba un profundo silencio.

El viento amainó entre las casas. Se sacaron dos remos y el bote siguió río arriba, con la idea de efectuar un desembarco en el centro de la ciudad, antes que los habitantes pudiesen pensar en resistir.

Pero parece que el jefe de la aldea pesquera de Batu Kring se las había arreglado para enviar un aviso oportuno.

Cuando la chalupa se encontró frente a la mezquita (que había construido Doramin: una estructura con gabletes y remates de coral tallado), el espacio abierto estaba repleto de gente. Se elevó un grito, seguido por el estrépito de gongos a todo lo largo del río. Desde un punto situado más arribase escuchó la descarga de dos pequeños cañones de bronce de seis libras, las balas redondas se deslizaron por el tramo recto, desierto, levantando brillantes chorros de agua a la luz del sol. Frente a la mezquita un grupo de nativos muy excitados comenzó a disparar salvas que barrían de través la corriente del río; desde ambas orillas se abrió contra el bote un irregular fuego de fusilería, y los hombres de Brown replicaron con disparos enloquecidos y rápidos.

Habían reembarcado los remos.

El cambio de marea llega muy pronto en ese río, y el bote, en mitad de la corriente, casi oculto por el humo, comenzó a derivar hacia atrás de popa. En las dos orillas el humo también se espesó, por debajo de los techos, en una franja pareja, como puede verse una larga nube que corta la ladera de una montaña. Un tumulto de gritos de guerra, el sonido vibrante de los gongos, el profundo ronquido de los tambores, aullidos de cólera, estallidos de salvas, componían un horrible estrépito, en medio del cual Brown permanecía sentado, aturdido pero firme, ante la caña del timón, concentrando en sus entrañas una furia de odio y cólera contra esa gente que se atrevía a defenderse. Dos de sus hombres estaban heridos, y vio que su retirada quedaba cortada más abajo del pueblo, por algunos botes que habían salido del cercado de Tunku Allane. Había seis de ellos repletos de hombres. Mientras se hallaba así acosado percibió la entrada del estrecho arroyo(el mismo al cual Jim saltó con la marea baja). En ese momento estaba hasta el borde. Piloteó la chalupa hacia allí, bajaron a tierra y, para abreviar, establecieron un pequeño otero, a unos novecientos metros de la empalizada a la cual.

En rigor, dominaban desde esa posición. Las laderas de la loma estaban desnudas, pero en la cumbre había unos pocos árboles. Se dedicaron a cortarlos para construir un parapeto, y antes del oscurecer estaban ya más o menos atrincherados. Entretanto, los botes del rajá permanecían en el río, con curiosa neutralidad. Cuando el sol se puso, el resplandor de muchas hogueras de ramas iluminó la costa del río, y entre la doble hilera de casas, del lado de tierra, dibujaba en negro relieve los techos, los grupos de esbeltas palmeras, los densos bosques de frutales. Brown ordenó que se quemara el pasto que rodeaba su posición. Un bajo anillo de delgadas llamas, y encima el lento humo ascendente, viboreó con rapidez por las laderas de la loma; aquí y allá un arbusto seco se encendía con un alto rugido maligno. La conflagración despejó una zona de fuego para los rifles del grupito, y expiró, humeante, al borde de los bosques y a lo largo de la fangosa orilla del arroyo. Una franja de selva que crecía con exhuberancia en un hoyo húmedo, entre la loma y la empalizada del rajá, lo detuvo de ese lado, con gran restallido y detonaciones de cañas de bambú que estallaban. El cielo era sombrío, aterciopelado, y hormigueaba de estrellas. La tierra ennegrecida humeaba con bajos penachos reptantes, hasta que llegó una brisa y se llevó todo.

Brown esperaba un ataque en cuanto la marea hubiese avanzado lo suficiente para permitir que los botes de guerra que le habían cortado la retirada entrasen en el arroyo. De todos modos, estaba seguro de que intentarían llevarse su chalupa, que estaba debajo de la colina, oscura y alta forma en el resplandor de un fangal húmedo. Pero los botes del río no hicieron nada por el estilo. Más allá dela empalizada y de los edificios del rajá, Brown vio sus luces sobre el agua. Parecían estar anclados al otro lado del río. Otras luces flotantes se movían en el tramo recto, cruzaban y volvían a cruzar de lado a lado. También había luces que parpadeaban, inmóviles, en las largas paredes de casas de la recta, hasta el recodo, y aun más allá, y otras aisladas, tierra adentro. Las grandes fogatas revelaban edificios, techos, negros pilotes, hasta donde podía ver. Era un lugar inmenso.

Los catorce desesperados invasores, echados boca abajo detrás de los árboles derribados, levantaron la barbilla para contemplar la agitación del pueblo que parecía extenderse, río arriba, a lo largo de varios kilómetros, repleto de miles de hombres encolerizados. No se hablaron.

Pero de vez en cuando escuchaban un grito fuerte, o resonaba un solo disparo, hecho desde muy lejos. En torno de su posición todo estaba tranquilo, oscuro, silencioso. Parecían haber sido olvidados, como si la excitación que mantenía despierta a toda la población nada tuviese que ver con ellos como si ya estuvieran muertos.

Capítulo 39

Todos los sucesos de esa noche tienen gran importancia, pues provocaron una situación que permaneció invariable hasta el regreso de Jim. Éste se encontraba en el interior desde hacía más de una semana, y Dain Waris fue quien dirigió el primer contraataque. Ese joven valiente e inteligente ("quien sabía luchar como los blancos") quiso solucionar el asunto que tenía entre manos, pero su gente era indócil. No tenía el prestigio y la reputación raciales de Jim, de poderes invencibles, sobrenaturales. No era la encarnación visible, tangible, de una verdad inatacable y de una victoria segura. A pesar de que se lo amaba, se confiaba en él y se lo admiraba, seguía siendo uno de ellos en tanto que Jim era uno de los otros. Lo que es más, el hombre blanco, torre de fuerza por sí mismo, era invulnerable, en tanto que a Dain Waris se lo podía matar. Esos pensamientos inexpresados orientaban las opiniones de los principales hombres del pueblo, quienes decidieron reunirse en el fuerte de Jim para deliberar acerca de la emergencia, como si esperasen encontrar sabiduría y valor en la morada del hombre blanco ausente. Los disparos de los rufianes de Brown habían sido hasta entonces buenos, o afortunados, a tal punto, que produjeron media docena de bajas entre los defensores. Los heridos yacían en la galería, atendidos por sus mujeres. Las mujeres y los niños de la parte baja del pueblo fueron enviados al fuerte ante la primera alarma. Allí dirigía Joya, muy eficiente y animosa, obedecida por "la gente de Jim", quienes abandonaron en bloque su pequeño caserío de la empalizada y llegaron para reforzar la guarnición. Los refugiados se apiñaban en derredor de ella; y a lo largo de todo el asunto, hasta el desastroso final, la joven mostró un extraordinario ardor marcial. A ella acudió Dain Waris enseguida, al tener la primera noticia de peligro, pues tiene que saber que Jim era el único de Patusán que poseía un abastecimiento de pólvora. Stein, con quien mantenía relaciones íntimas por correspondencia, obtuvo del gobierno holandés una autorización especial para exportar quinientos barrilitos de ella a Patusán. La santabárbara era una choza pequeña, con troncos sin desbastar, cubierta por entero de tierra, y en ausencia de Jim la joven tenía la llave. En el consejo, realizado a las once de la noche en el comedor de Jim, ella respaldó la opinión de Waris, de una acción inmediata y vigorosa. Me dicen que se mantuvo de pie al lado de la silla vacía de Jim, a la cabecera de la larga mesa, y pronunció un discurso bélico y apasionado, que en ese momento arrancó murmullos de aprobación de los jefes reunidos. El anciano Doramin, quien hacía más de un año que no salía de sus portones, fue llevado con grandes dificultades. Por supuesto, era el principal de todos los hombres. El estado de ánimo del consejo era inexorable, y la palabra del anciano habría resultado decisiva; pero en mi opinión, consciente de la ardorosa valentía de su hijo, no se atrevió a pronunciarla. Predominaron los consejos más dilatorios. Cierto Haji Saman señaló, en gran detalle, que "esos hombres tiránicos y feroces se habían librado de una muerte segura, sea como fuere. Se mantendrían firmes en su colina y morirían, o tratarían de recuperar su bote, y ser objeto de disparos desde emboscadas del otro lado del arroyo, o intentarían huir al bosque, para morir allí uno tras otro". Argumentó que mediante el uso de adecuadas estratagemas, esos desconocidos de maligna mentalidad podían ser destruidos sin el riesgo de un combate, y sus palabras tuvieron gran peso, en especial entre los hombres del Patusán propiamente dicho. Lo que desconcertaba a los hombres del pueblo era el hecho de que los botes del rajá no hubiesen actuado en el momento decisivo. El diplomático Kassim representaba al rajá en el consejo. Habló muy poco, escuchó sonriente, muy amistoso e impenetrable. Durante la sesión, cada pocos minutos llegaban mensajeros, con informes de las actividades de los invasores. Volaban locos y exagerados rumores: había un gran barco en la boca del río, con grandes cañones y muchos más hombres... algunos blancos, otros de piel negra y de aspecto sanguinario. Llegaban con muchos botes más, para exterminar a todos los seres vivientes. Un sentimiento de peligro inminente, incomprensible, afectaba a los hombres más sencillos. En un momento cundió el pánico en el patio, entre las mujeres: chillidos carreras, niños que lloraban.. Haji Saman salió a tranquilizarlos. Luego un centinela del fuerte disparó contra algo que se movía en el río, y casi mató a un aldeano que traía a sus mujeres en una canoa, junto con sus mejores utensilios domésticos y una docena de aves de corral. Esto provocó más confusión. Entre tanto, la conversación en la casa de Jim continuaba en presencia de la joven.

Doramin se hallaba sentado con expresión feroz, pesado; miraba a los oradores, por turno, y respiraba con lentitud, como un buey. No habló hasta el final, después que Kassim declaró que los botes del rajá serían retirados porque los hombres hacían falta para defender la empalizada de su amo. En presencia de su padre, Dain Waris no quería ofrecer opiniones, aunque la joven le rogó, en nombre de Jim, que hablase. Le ofreció los hombres de Jim, en su ansiedad por expulsar enseguida a los intrusos. Dain Waris meneó la cabeza, después de una o dos miradas a Doramin. Por último, cuando la reunión terminó, quedó decidido que la casa más cercana al arroyo sería ocupada por una gran fuerza, para mantener el dominio sobre el bote del enemigo. No se tocaría la embarcación misma, en forma abierta, para que los asaltantes de la colina sintiesen la tentación de embarcarse, momento en que un fuego bien dirigido los mataría a todos, sin duda alguna. Para cortar la retirada de quienes pudieran sobrevivir, y para impedir que llegaran más de ellos Doramin ordenó a Dain Waris que llevase un grupo armado de bugis, río abajo, hasta cierto punto, a quince kilómetros de Patusán, para constituir allí un campamento en la orilla y bloquear el río con las canoas. No creo ni por un momento que Doramin temiese la llegada de nuevas fuerzas. Mi opinión es que su conducta se orientaba sólo por su deseo de mantener a su hijo a salvo de riesgos. Para impedir un ataque al pueblo, al alba se iniciaría la construcción de una empalizada, en el extremo de la calle de la orilla izquierda. El anciano makhoda declaró su intención de tomar el mando allí, él mismo. Enseguida se llevó a cabo una distribución de pólvora, balas y fulminantes.

Enviarían varios mensajeros, en distintas direcciones, en busca de Jim, cuyo paradero exacto se desconocía.

Esos hombres salieron al alba, pero antes de entonces Kassim había conseguido iniciar una comunicación con el asediado Brown.

Este consumado diplomático y confidente del rajá, al salir del fuerte para volver al lugar en que se encontraba su amo, se llevó en su bote a Cornelius, a quien encontró escurriéndose, mudo, entre la gente del patio. Kassim tenía un pequeño plan propio, y lo necesitaba como intérprete. Así fue que hacia la mañana Brown, quien reflexionaba acerca de la naturaleza desesperada de su situación, oyó desde el fangoso hoyo cubierto de malezas una voz amistosa, temblorosa, tensa, que pedía a gritos —en inglés— permiso para subir, bajo promesa de seguridad personal y con una misión de suma importancia. Se sintió alborozado. Si se le hablaba, ello quería decir que ya no era un animal salvaje perseguido. Esos sonidos amistosos le quitaron de encima, en el acto, la espantosa tensión de la atenta vigilancia, como la de un ciego que no sabe de dónde puede llegar el golpe mortal. Fingió una gran resistencia a recibir a nadie. La voz declaró que era "un hombre blanco.

Un anciano pobre, arruinado, que vive aquí desde hace años". Una bruma, húmeda y fría, cubría las laderas del cerro, y luego de más gritos de uno a otro, Brown dijo:

—¡Suba, entonces, pero solo!

En verdad —me dijo, retorciéndose de ira ante el recuerdo de su impotencia—, no tenía mayor importancia. No podían ver más allá de unos metros, y ninguna traición empeoraría su situación. Muy pronto Cornelius, con su atavío cotidiano de camisa y pantalones sucios y harapientos, descalzo, con un casco de corcho de ala rota en la cabeza se perfiló vagamente, escurriéndose hacia las defensas, vacilando, deteniéndose para escuchar, en postura vigilante.

—¡Suba! Está a salvo —gritó Brown, mientras sus hombres miraban con los ojos muy abiertos. Todas sus esperanzas de vida se concentraron de pronto en ese recién llegado maltrecho, mezquino, quien en profundo silencio trepaba con torpeza sobre el tronco de un árbol caído, y tembloroso, con rostro agrio y desconfiado, observaba a su alrededor el grupito de desesperados barbudos, ansiosos, insomnes.

Media hora de conversación confidencial con Cornelius le abrió a Brown los ojos en cuanto a los asuntos internos de Patusán. En el acto despertó. Había posibilidades, inmensas posibilidades; pero antes de poder discutir las proposiciones de Cornelius, pidió que se le enviasen algunos alimentos, como garantía de buena fe. Cornelius se fue, se deslizó pesadamente colina abajo, del lado del palacio del rajá, y al cabo de una breve demora subieron tinos pocos de los hombres de Tunku Allang, con una escasa provisión de arroz, pimientos y pescado seco. Eso era muchísimo mejor que nada. Más tarde Cornelius volvió acompañado por Kassim, quien se presentó con una expresión de perfecta confianza y buen humor, en sandalias, y envuelto del cuello hasta los tobillos en una tela azul oscura. Estrechó la mano de Brown con discreción, y los tres se apartaron para una conferencia. Los hombres de Brown, recuperada la confianza, se palmeaban la espalda unos a otros, y lanzaban miradas de conocedores a su capitán, en tanto que se ocupaban de los preparativos de la comida.

Kassim sentía una gran hostilidad hacia Doramin y sus bugis, pero odiaba aún más el nuevo orden de cosas. Se le ocurrió que esos blancos, junto con los partidarios del rajá, podían atacar y derrotar a los bugis antes del regreso de Jim. Luego, razonó, era inevitable que se produjese una deserción general de la gente del pueblo, y terminaría entonces el reinado del hombre blanco que protegía a los pobres. Después se podía pensar en los nuevos aliados. Éstos carecerían de amigos.

El individuo percibía muy a las claras la diferencia de carácter, y muy pronto vio a bastantes de los hombres blancos para saber que estos recién llegados eran proscritos, hombres sin patria. Brown mantuvo un comportamiento severo e inescrutable. Cuando escuchó por primera vez la voz de Cornelius que pedía que se lo recibiese, ello le trajo apenas la esperanza de una vía de escape. En menos de una hora, otros pensamientos hervían en su cabeza. Empujado por una extrema necesidad, había llegado allí para robar alimentos, unas pocas toneladas de caucho, tal vez unos pocos dólares, y se encontraba envuelto en mortíferos peligros. Ahora, a consecuencia de las proposiciones de Kassim, comenzaba a pensar en apoderarse de toda la región. En apariencia, algún maldito individuo había logrado hacer algo por el estilo... y por su propia cuenta. Pero no era posible que lo hubiese hecho muy bien.

Tal vez si trabajaban juntos... podían estrujarlo todo hasta dejarlo seco, y después irse sin alboroto. Durante sus negociaciones con Kassim advirtió que se suponía que tenía un barco grande afuera, con muchos hombres. Kassim le rogó con ansiedad que llevase ese barco grande con sus muchos cañones y hombres, al río, sin demora, para ponerlo al servicio del rajá. Brown se manifestó dispuesto, y sobre esta base se llevó adelante la negociación, con desconfianza mutua. Tres veces, a lo largo de la mañana, el cortés y activo Kassim bajó para consultar con el rajá, y subió, afanoso, con sus largas zancadas. Mientras negociaba, Brown experimentaba una especie de torvo placer al pensar en su desdichada goleta, que en la bodega no tenía más que un poco de suciedad, y que representaba un barco armado, lo mismo que el chino y el cojo ex vagabundo de playas de Levuka representaban a. bordo todos sus numerosos hombres. Por la tarde obtuvo nuevas entrega de alimentos, una promesa de algún dinero v un abastecimiento de esteras para que su gente se construyese refugios. Éstos se acostaron y roncaron, protegidos del sol ardiente. Pero Brown, sentado, expuesto, en uno de los árboles caído, agasajó su mirada con la visión del pueblo y el río. Había allí un gran botín. Cornelius, quien se puso cómodo en el campamento, hablaba junto a él, señalaba las distintas ubicaciones, daba consejos, ofreció su propia versión sobre el carácter de Jim y comentaba, a su manera, los sucesos de los últimos tres años. Brown, quien en apariencia indiferente y con la mirada dirigida hacia otro lado, escuchaba todas las palabras con atención, no entendió con claridad qué tipo de hombre podía ser Jim.

—¿Cómo se llama? ¡Jim! ¡Jim! Eso no es suficiente para el nombre de un hombre.

—Lo llaman —dijo Cornelius, con desprecio— Tuan Jim, aquí. Como quien dijera lord Jim.

—¿Qué es él? ¿De dónde viene? —inquirió Brown—.

¿Qué clase de hombre es? ¿Es inglés?

—Sí, sí, es inglés. Yo también soy inglés. De Malaca.

Él es un tonto. No tiene más que matarlo, y entonces será el rey, aquí. Todo le pertenece a él —explicó Cornelius.

—Se me ocurre que se podría hacer que lo comparta con alguien comentó Brown a media voz.

—No, no. La manera correcta consiste en matarlo en cuanto pueda, y entonces hará lo que se le dé la gana —insistió Cornelius, con ansiedad—. Hace muchos años que vivo aquí, y le doy un consejo de amigo.

En estas conversaciones, y en su regocijo ante el espectáculo de Patusán, que mentalmente había decidido convertir en su presa, Brown pasó la mayor parte de la tarde en tanto que sus hombres descansaban.

Ese día, la flota de canoas de Dain Waris salió, una tras otra, de la costa más lejana del arroyo, y bajó para cerrarle la retirada por el río.

Brown no lo sabía, y Kassim, quien subió a la loma una hora antes de la puesta del sol, se cuidó mucho de hacérselo conocer.

Quería que el barco del blanco subiese por el río, y esa noticia, se lo temía, sería desalentadora. Le insistió a Brown que enviase la "orden", y ofreció al mismo tiempo un mensajero seguro, quien para mayor secreto (como explicó) llegaría por tierra hasta la boca del río y entregaría la "orden" abordo. Luego de algunas meditaciones, Brown consideró conveniente arrancar una página de su libreta, en la cual escribió sencillamente: "Progresamos. Gran tarea. Detengan al hombre". El estólido joven elegido por Kassim para ese servicio lo ejecutó con fidelidad, y como recompensa se lo echó de cabeza, de repente, en la bodega vacía de la goleta, por mediación de un ex vagabundo de playa y el chino, quienes luego se apresuraron a cerrar las escotillas.

Brown no dijo qué fue de él después de eso.

Capítulo 40

El objetivo de Brown consistía en ganar tiempo siguiendo la corriente de la diplomacia de Kassim. Para llevar a cabo un verdadero negocio, no podía dejar de pensar que el hombre blanco era la persona con quien había que trabajar. No imaginaba que semejante individuo (quien en fin de cuentas debía ser condenadamente listo para haberse apoderado de esa manera de los nativos) rechazara una ayuda que evitaría la necesidad de un fraude lento, cauteloso, riesgoso, que se imponía como la única línea de conducta posible para un solo hombre.

Él, Brown, le ofrecería el poder. Nadie vacilaría ante eso. Todo comenzaba a aclararse. Por supuesto que se dividirían el botín. La idea de que existiese un fuerte —ya preparado, al alcance de la mano—, un verdadero fuerte, con artillería (eso lo sabía por Cornelius), lo excitó. Si conseguía entrar... Impondría modestas condiciones. Pero no muy reducidas. El hombre no era un tonto, en apariencia. Trabajarían como hermanos hasta... hasta que llegara el momento de una disputa y un disparo que saldara todas las cuentas. Con torva impaciencia de saqueo, tuvo deseos de hablar con el hombre en el mismo instante. La tierra ya parecía ser suya para hacerla pedazos, estrujarla y arrojarla.

Entretanto era preciso engañar a Kassim, primero por los alimentos... y como cuerda de repuesto para el arco. Pero lo principal consistía en conseguir algo que comer todos los días. Además, no le molestaba combatir por cuenta del rajá, y dar una lección a quienes lo habían recibido con disparos. El ardor de la batalla lo invadía.

Lamento no poder darle esta parte de la historia, que, por supuesto, conozco principalmente por Brown, en las propias palabras de éste. En el habla interrumpida, violenta, de este hombre, que me revelaba sus pensamientos con la mano de la Muerte sobre su garganta, se advertía una indisimulada inflexibilidad de objetivos, una extraña actividad vengativa hacia su propio pasado, y una ciega creencia en lo justo de su voluntad contra todo el género humano, algo así como el sentimiento que puede inducir al dirigente de una horda de asesinos vagabundos a bautizarse, con orgullo, con el título de Flagelo de Dios.

No cabe duda de que la natural ferocidad insensata que constituye la base de ese carácter resultaba exasperada por el fracaso, la mala suerte y las privaciones recientes, así como la situación desesperada en que se encontraba él. Pero lo más notable de todo era que, mientras planeaba traicioneras alianzas, ya había decidido, en sus pensamientos, el destino del hombre blanco, e intrigado en forma imperiosa, negligente, con Kassim, a la vez que se podía percibir que lo que en verdad deseaba, casi a despecho de sí, era causar estragos en esa población de la selva que lo había desafiado, verla sembrada de cadáveres y envuelta en llamas. Al escuchar su voz jadeante, implacable, me imaginé cómo debe haberla mirado desde la colina, poblándola de imágenes de asesinato y rapiña. La parte más cercana al arroyo tenía un aspecto abandonado, como si en verdad cada casa ocultase unos pocos hombres armados y alertas. De pronto, más allá de la extensión de tierra arrasada, con retazos de bajos matorrales densos, excavaciones, montículos de escombros, con veredas holladas, un hombre solitario y en apariencia muy pequeño, salió a la calle desierta, entre los edificios cerrados, oscuros e inertes del extremo. Tal vez uno de los habitantes, que había huido a la otra orilla del río y regresaba en busca de algún objeto de uso doméstico. Era evidente que se suponía muy a salvo a esa distancia de la loma, al otro lado del arroyo. Una empalizada ligera, levantada deprisa, rodeaba la esquina de la calle, llena de sus amigos. Se movía con pasos lentos. Brown lo vio, y en el acto llamó a su lado al desertor yanqui, quien actuaba como una especie de segundo jefe. Ese individuo desgarbado, desarticulado, se adelantó, con el rostro pétreo, arrastrando perezosamente el rifle. Cuando entendió lo que se le pedía, una sonrisa homicida y engreída le descubrió los dientes, imprimiéndole dos profundos pliegues en las mejillas cetrinas y correosas. Se jactaba de ser un gran tirador. Apoyó una rodilla en tierra y, tomando puntería desde un firme apoyo a través de las ramas de un árbol caído, hizo fuego, y enseguida se puso de pie para mirar. El hombre, lejos, volvió la cabeza hacia el estampido, dio otro paso hacia delante, pareció vacilar, y de pronto cayó de manos y rodillas. En el silencio que sobrevino después del seco restallido del rifle, el tirador, con la vista clavada en sui presa, conjeturó que "la salud de ese negro nunca volverá a ser una fuente de ansiedad para sus amigos". Se vio que el hombre movía los miembros con rapidez, por debajo del cuerpo, en un esfuerzo por correr a gatas. En el espacio desierto surgió un grito multitudinario de congoja y sorpresa. El hombre cayó de bruces y no se movió más.

—Eso les mostró lo que podíamos hacer —me dijo Brown—. Les metió el miedo a la muerte repentina. Eso es lo que queríamos. Eran doscientos contra uno, y eso les dio algo que pensar durante la noche.

Ninguno de ellos había pensado nunca en un disparo tan largo. El pobre diablo del rajá corrió ladera abajo con los ojos saliéndosele de la cabeza.

Mientras me lo contaba, trató, con mano temblorosa, de enjugarse la leve espuma que le cubría los labios azules.

—Doscientos a uno. Doscientos contra uno sembrar 'el terror... terror, terror, le digo...

Los ojos se le salían de las órbitas. Cayó hacia atrás, arañó el aire con dedos huesudos, se incorporó de nuevo, encorvado y velludo, me miró de costado como un hombre—bestia de las narraciones populares, con la boca abierta en su desdichada y horrenda tortura, antes de recuperar el habla después de ese acceso. Hay visiones que uno jamás olvida.

Además, para atraer el fuego del enemigo y ubicar a quienes podían estar ocultos entre los arbustos, a lo largo del arroyo, Brown ordenó que el isleño de las Salomón bajase al bote y trajera un remo, como quien manda a un perro de aguas a buscar un palo en el arroyo. Eso fracasó, y el individuo volvió sin que se le hiciera desde lugar alguno un solo disparo.

—No hay nadie —opinó uno de los hombres. —No es natural— señaló el yanqui. Para entonces, Kassim se había ido, muy impresionado, y, además, satisfecho, aparte de un tanto inquieto. En su tortuosa política, envió un mensaje a Dain Waris, advirtiéndole que debía esperar el barco de los hombres blancos, que, según se le había informado, estaba a punto de subir río arriba. Minimizó su fuerza y lo exhortó a oponerse a su paso. Esta falsedad respondía a sus objetivos, que consistían en mantener divididas las fuerzas de los bugis y debilitarlas por medio de la lucha. Por otro lado, durante el día había hecho saber a los jefes bugis reunidos en la ciudad que trataba de inducir a los invasores a retirarse; sus mensajes al fuerte pedían, con ansiedad, pólvora para los hombres del rajá. Hacía tiempo ya que Tunku Allang había distribuido municiones para los veintitantos mosquetes antiguos que se enmohecían en sus armeros, en el salón de audiencias. Las francas relaciones entre la colina y el palacio inquietaban a todos. Ya era hora de que los hombres tomasen partido, comenzó a decirse. Pronto habría derramamientos de sangre, y después, grandes problemas para muchos. La trama social de una vida ordenada y pacífica, en que cada hombre estaba seguro del mañana, el edificio levantado por las manos de Jim, pareció esa noche a punto de derrumbarse en una ruina empapada en sangre. Los más pobres ya huían al monte o río arriba. Muchos de la clase superior consideraban necesario ir a presentar sus respetos al rajá.

Los jóvenes de éste los trataban con rudeza. El viejo Tunku Allang, casi enloquecido de temor e indecisión, mantenía un silencio hosco o los insultaba con violencia por atreverse a llegar con las manos vacías.

Se iban asustados. Sólo el viejo Doramin mantenía unidos a sus hombres y seguía sus tácticas de manera inflexible. Entronizado en un gran sillón, detrás de la empalizada improvisada, emitía sus órdenes en un profundo retumbo velado, inconmovible, como un sordo, en medio de los rumores que volaban.

Cayó el ocaso, que ocultó primero el cadáver del muerto, que yacía, con los brazos extendidos, como clavado al suelo, y después la esfera giratoria de la noche rodó, suave, sobre Patusán, y se detuvo, bañando la tierra con el fulgor de incontables mundos. Una vez más, en la parte expuesta del pueblo, grandes fogatas llamearon a lo largo de la única calle, y revelaron, de distancia en distancia, con sus resplandores, las caídas líneas rectas de los techos, los fragmentos de paredes mezcladas en confusión, aquí y allá toda una choza elevada entre las llamas, sobre las franjas negras verticales de un grupo de altos pilotes; y toda esa línea de viviendas, revelada en retazos por las llamas móviles, parecía parpadear en dad, al pie de la colina; pero la otra orilla del río, a oscuras, aparte de una fogata solitaria en la orilla ante el fuerte, hacía ascender en el aire un creciente temblor que habría forma tortuosa, río arriba, en la penumbra del corazón de la región. Un gran silencio, en el cual las alturas de las hogueras sucesivas jugaban sin ruido, se extendía en la oscuridad, podido ser el del ruido de una multitud de pasos, el zumbido de muchas voces o la caída de una cascada inmensamente distante. Brown me confesó entonces que, mientras de espalda a sus hombres, lo observaba todo, a pesar de su desdén, de su implacable fe en sí mismo, se apoderó de él un sentimiento de que por último se había dado la cabeza contra la pared de piedra. Si su bote hubiese podido flotar en ese momento, le pareció que habría podido tratar de huir, correr el riesgo de una larga persecución por el río y de una muerte por hambre en el mar. Era dudoso que consiguiera irse. Pero no lo intentó.

Durante otro instante tuvo el pensamiento fugaz de atacar el pueblo, pero se dio cuenta muy bien de que a la postre se encontraría en la calle iluminada, donde serían muertos como perros desde las casas. Eran doscientos contra uno, pensó, mientras sus hombres, acurrucados en torno de dos montículos de ascuas humeantes, mascaban las últimas bananas y tostaban los últimos ñames que debían a la diplomacia de Kassim. Cornelius se hallaba sentado entre ellos y dormitaba, enfurruñado.

Entonces uno de los blancos recordó que en el bote había quedado un poco de tabaco y, estimulado por la impunidad del hombre de las Salomón, dijo que iría a buscarlo. Al oír esto, los otros se quitaron de encima su melancolía. Se consultó a Brown, quien dijo.

—Vayan, y malditos sean —con desprecio. No creía que hubiese peligro alguno en bajar al arroyo en la oscuridad. El hombre pasó una pierna sobre el tronco de árbol, y desapareció. Un momento más tarde se lo oyó trepar al bote, y luego bajar de él.

—Lo tengo —gritó. Una llamarada y un estampido al pie de la colina siguieron al grito—. Estoy herido —aulló el hombre—. Cuidado, cuidado...

estoy herido —y en el acto todos los rifles dispararon. La colina lanzó ruido y fuego a la noche, como un pequeño volcán, y cuando Brown y el yanqui, con maldiciones y golpes, detuvieron el aterrorizado fuego de fusilería, un profundo gemido fatigado subió flotando desde el arroyo, seguido por una queja cuya desgarradora tristeza era como un veneno que helaba la sangre en las venas. !

Entonces una voz fuerte pronunció varias palabras claras e incomprensibles, en algún lugar, más allá del arroyo.

—Que nadie dispare —gritó Brown—. ¿Qué quiere decir eso?

—¿Me escuchan, en la colina? ¿Me escuchan? ¿Me escuchan? repitió la voz tres veces. Cornelius tradujo, y luego sugirió la respuesta.

—Hable —gritó Brown—, oímos.

Entonces la voz, declamatoria en el sonoro tono inflado de un heraldo, y moviéndose continuamente en el borde de la vaga tierra quemada, proclamó que entre los hombres de la nación bugi que vivían en Patusán y los hombres blancos de la colina y quienes lo acompañaban no podía existir fe, ni compasión, ni diálogo, ni paz. Una maleza susurró; resonó una salva al azar.

—¡Qué tontería! —masculló el yanqui, apoyando, irritado, la culata en el suelo. Cornelius tradujo. El hombre herido, al pie de la colina, después de gritar dos veces "¡Súbanme, súbanme!", siguió quejándose, gimiente. Mientras se mantuvo en la tierra ennegrecida de la ladera, y después, agazapado en el bote, estuvo a salvo. Parece que en su alegría al encontrar el tabaco, se olvidó de lo que sucedía y saltó por el costado, por decirlo así. El bote blanco, alto y seco, lo destacó; el arroyo no tenía más de siete metros de ancho en ese lugar, y había un hombre agazapado entre las malezas de la otra orilla.

Era un bugi de Tondano, que había llegado a Patusán en los últimos días, pariente del hombre muerto por la tarde. En verdad, el famoso disparo largo había aterrorizado a los espectadores. El hombre fue derribado en medio de la más absoluta seguridad, a plena vista de sus amigos, y cayó con una broma en los labios, y la gente vio en el acto una atrocidad que provocó una enconada cólera. Ese pariente de él, de nombre Si Lapa, se hallaba entonces con Doramin en la empalizada, a unos pocos metros de distancia. Usted, que conoce a esa gente debe admitir que el individuo mostró una valentía poco común al presentarse como voluntario para llevar el mensaje, solo, en la oscuridad. Al arrastrarse a través del terreno abierto, se deslizó hacia la izquierda y se encontró frente al bote. Se sobresaltó cuando el hombre de Brown grité. Se sentó, con el arma al hombro y cuando el otro saltó, quedando al descubierto, oprimió el disparador y metió tres plomos, a boca de jarro, en el estómago del pobre diablo. Luego, boca abajo, se fingió muerto, en tanto que una tenue lluvia de plomo cortaba y sacudía los arbustos, cerca de su mano derecha. Después pronunció su discurso a gritos, doblado en dos, escurriéndose a cada instante para protegerse.

Con la última palabra, saltó de costado, permaneció inmóvil durante un rato, y después volvió a las casas, indemne, y esa noche logró un renombre que sus hijos jamás dejarían extinguir por su propia voluntad.

Y en la colina la desolada banda dejó que los dos pequeños montículos de ascuas se extinguieran bajo sus cabezas inclinadas. Permanecieron sentados, mustios, en el suelo, con los labios apretados y la mirada baja, mientras escuchaban a su camarada del pie de la colina.

Éste era un hombre fuerte, y tardó en morir, con gemidos de pronto estentóreos, de pronto descendentes, hasta llegar a una extraña nota confidencial de dolor. A veces aullaba, y al cabo, luego de un período de silencio se lo escuchaba mascullar, delirante, una queja larga e ininteligible. No calló ni por un instante.

—¿De qué sirve? —había dicho Brown, sin moverse, una vez, viendo al yanqui, que, maldiciendo entre dientes, se disponía a descender.

—En efecto —asintió el desertor, y desistió a desgana—. Acá no hay estímulo para los heridos, sólo que el ruido que hace conseguirá que los otros piensen demasiado en el más allá, capitán.

—¡Agua! —gritó el herido, con voz extraordinariamente clara y vigorosa, y luego continuó gimiendo, con débiles asombros.

—Sí, agua. El agua le hará bien —murmuró el otro para sí, resignado—. Pronto tendrá de sobra. La marea sube.

Al cabo subió la marea, que silenció las quejas y los gritos de dolor, y el alba estaba cerca cuando Brown, sentado con la barbilla en la palma de la mano, ante Patusán, como quien pudiese observar el costado in escalable de una montaña, escuchó el breve ladrido resonante de un cañón de bronce, de seis libras, lejos, en algún lugar del pueblo.

—¿Qué es eso? —preguntó a Cornelius, quien rondaba a su alrededor. Cornelius escuchó. El apagado rugido de un grito rodó río abajo, sobre el pueblo; un gran tambor palpitó, los otros respondieron, latiendo, atronadores. Minúsculas luces dispersas empezaron a parpadear en la media luz del pueblo, en tanto que la parte iluminada por los fuegos canturreaba con un murmullo profundo y prolongado.

—Llegó —dijo Cornelius.

—¿Qué? ¿Ya? ¿Está seguro? —preguntó Brown.

—¡Sí! ¡Sí! Seguro. Escuche el ruido.

—¿Por qué hacen ese alboroto? —continuó Brown.

—Por alegría —bufó Cornelius—. Es un gran hombre, pero de todos modos, no sabe más que un niño, y por lo tanto; hacen grandes ruidos para complacerlo, porque no tienen sensatez.

—Vea —dijo Brown—, ¿cómo se puede llegar hasta él?

—Él vendrá a hablar con usted —declaró Cornelius.

—¿Qué quiere decir? ¿Vendrá aquí, paseando, por así decirlo?

Cornelius asintió con vigor, en la oscuridad.

—Sí. Vendrá aquí en línea recta, y conversará con usted. Es como un tonto. Ya verá qué tonto es.

Brown se mostró incrédulo.

—Ya lo verá, lo verá —repitió Cornelius—. No tiene miedo... no le teme a nada. Vendrá y le ordenará que deje a su gente en paz. Todos deben dejar a su gente en paz. Escomo un chiquillo. Vendrá en línea recta. !

¡Ay!, conocía muy bien a Jim... ese "pequeño zorrino ruin", como me lo describió Brown.

—Sí, por cierto —continuó con ardor—, y entonces, capitán, dígale a ese hombre alto, el del rifle, que lo mate. Mátelo, y asustará tanto a todos, que podrá hacer lo que les plazca con ellos después... conseguir lo que quiera... Irse cuando se le ocurra. ¡Ja, ja, ja! Magnífico...

Casi bailoteó de impaciencia y avidez. Y Brown, que lo miraba por sobre el hombro, pudo ver, destacados por la implacable luz de la aurora, a sus hombres empapados de rocío, sentados sobre las cenizas frías y los desperdicios del campamento, macilentos, amedrentados y harapientos.

Capítulo 41

Hasta el último momento, hasta que la plena luz del día cayó sobre ellos con un salto, los fuegos de la orilla oeste llamearon vivos y claros, y luego Brown vio, entre un grupo de figuras coloreadas, inmóviles entre las casas avanzadas, a un hombre de ropas europeas, de casco, todo blanco.

—¡Ese es él; mire, mire! —dijo Cornelius, excitado. Todos los hombres de Brown se habían puesto de pie, y se apiñaban a su espalda, con ojos apagados. El grupo de vivos colores y rostros oscuros, con la figura blanca en el medio, observaba la loma. Brown pudo ver brazos desnudos levantados para sombrear los ojos, y otros brazos morenos que señalaban. ¿Qué haría? Miró en torno, y los bosques que lo rodeaban por todas partes amurallaron el reñidero de gallos de un enfrentamiento desigual. Volvió a mirar a sus hombres. Un desprecio, una fatiga, el deseo de vivir, el ansia de probar otra oportunidad otra tumba... lucharon en su pecho. En el contorno que le presentaba la figura le pareció que el hombre blanco, respaldado por todo el poder de la región examinaba su posición con binoculares. Brown se puso de pie de un salto, sobre el tronco, levantó los brazos, las palmas hacia fuera. El grupo de color se apretujó en torno del hombre blanco, y retrocedió dos veces antes que éste se librara de ellos y caminase con lentitud, solo.

Brown siguió de pie en el tronco hasta que Jim, que aparecía y desaparecía entre los retazos de maleza espinosa, llegó casi al arroyo. Entonces Brown descendió y bajó a recibirlo por su lado.

Se encontraron, se me ocurre, no muy lejos del lugar, tal vez en el mismo punto en que Jim dio el segundo salto desesperado de su vida...

el salto que lo hizo caer dentro de la vida de Patusán, en la confianza, el amor y la certeza de la gente. Se enfrentaron a través del arroyo y con ojos firmes trataron de entenderse antes de abrir los labios. Su antagonismo debe haberse expresado en sus miradas. Sé que Brown odió a Jim a primera vista. Las esperanzas que hubiese podido albergar desaparecieron enseguida. No era el tipo de hombre que había esperado ver. Lo odió por eso y con su camisa de franela a cuadros con las mangas cortadas en y los codos, la barba gris, el rostro hundido, ennegrecido por el sol... maldijo, en el corazón, la juventud y seguridad del otro, su mirada clara y su porte sereno. ¡Ese individuo había hecho un largo camino antes que él! No se parecía a un hombre que estuviese dispuesto a dar nada a cambio de ayuda.

Tenía todas las ventajas de su lado: posesión, seguridad, poder; ¡estaba del lado de una fuerza abrumadora! No tenía hambre ni desesperación, y no parecía en modo alguno asustado. Y había algo, en la pulcritud misma de la vestimenta de Jim, desde el casco blanco hasta las polainas de lona y los zapatos cubiertos de arcilla que para la mirada sombría e irritada de Brown parecía pertenecer a cosas que, en la formación misma de su vida, había condenado y despreciado.

—¿Quién es usted? —preguntó Jim al cabo, hablando con su voz habitual.

—Me llamo Brown —respondió el otro en voz alta. —Capitán Brown.

¿Cómo se llama usted? —Y Jim, luego de una pausa, continuó con voz tranquila como si no hubiese escuchado:

—¿Para qué vino aquí?

—Quiere saberlo —dijo Brown con amargura—. Es fácil saberlo. Tenemos hambre. ¿Y por qué vino usted?

El individuo se sobresaltó entonces, dijo Brown, al relatarme el comienzo de esa extraña conversación entre esos dos hombres, separados sólo por el lecho fangoso de un arroyo, pero de pie en los polos opuestos de la concepción de la vida que incluye a todo el género humano. El individuo se sobresaltó, y enrojeció. Demasiado importante para ser interrogado, supongo. Le dije que si me veía como a un hombre muerto con quien es posible tomarse libertades, él mismo no estaba mucho mejor, en verdad. Yo tenía arriba a un tipo que le apuntaba todo el tiempo, y sólo esperaba una señal de mí.

No había motivos para escandalizarse por eso. Había bajado por su propia voluntad.

—Admitamos —dije— que los dos somos hombres muertos, y hablemos sobre esa base, como iguales. Somos todos iguales ante la muerte —dije. Concedí que estaba allí como una rata en una trampa, pero habíamos sido empujados a ella e inclusive una rata atrapada puede morder. Me refutó enseguida.

—No si uno no se acerca a la trampa hasta que la rata está muerta.

Le dije que ese tipo de juego era suficiente para sus amigos nativos, pero que yo lo consideraba demasiado blanco para tratar, de ese modo, ni siquiera a una rata. Sí quería conversar con él. Pero no para suplicarle por mi vida. Mis hombres eran... bueno... lo que eran... hombres como él, de cualquier manera. Lo único que queríamos de él era que viniese, en nombre del demonio, y lo discutiera.

—Maldito sea —dije, mientras él se quedaba allí, inmóvil como un poste de madera—. No querrá venir aquí todos los días, con sus binoculares, para contar cuántos de nosotros quedamos todavía de pie. Venga.

O traiga a su gente del demonio, o déjenos salir y morir de hambre en mar abierto, ¡por Dios! Usted fue blanco una vez, a pesar de toda esta pomposa conversación de que esta es su gente, y usted es uno de ellos.

¿Lo es? ¿Y qué diablos recibe por ello, qué encontró aquí que sea tan condenadamente precioso? ¿Eh? No querrá que nosotros bajemos...

¿verdad? Ustedes son doscientos contra uno. No querrá que bajemos y quedemos al descubierto. ¡Ah! Le prometo que le daremos un poco de diversión antes de terminar. Usted dice que atacamos en forma cobarde a gente que no molestaba. ¿Qué me importa si molestan o no, cuando yo me muero de hambre casi sin motivos? Pero no soy un cobarde. No lo sea usted Tráigalos o, por todos los infiernos, todavía nos las arreglaremos para hacer que la mitad de su pueblo nada ofensivo suba al cielo, junto con nosotros, envuelto en una nube de humo.

Era terrible —cuando me relataba esto—, ese torturado esqueleto de hombre, encogido, con la cara sobre las rodillas en una desdichada cama, en esa mísera choza, y levantando la cabeza para mirarme con maligna expresión de triunfo.

Eso le dije... sabía cómo hablar —reinició el relato, con debilidad al comienzo, pero recuperando las fuerzas, con increíble velocidad, hasta llegar a una feroz expresión de su desprecio.

—No nos iremos al bosque para vagar como una fila de esqueletos vivientes, y caer uno tras otro, para que las hormigas trabajen en nosotros antes de que hayamos muerto del todo. ¡Oh, no! ...

—No merecen mejor suerte —dijo él.

—¿Y qué merece usted? —le grité—. ¿Usted, a quien encuentro encerrado aquí, con la boca repleta de su responsabilidad sobre vidas inocentes, de su maldita obligación? ¿Qué sabe de mí más de lo que yo sé de usted? Vine a buscar alimentos. ¿Me oye? Alimentos para llenarnos el vientre. ¿Y para qué vino usted? ¿Qué pidió cuando llegó? Nosotros no le pedimos más que una lucha o un camino libre para volver al lugar del cual vinimos...

—Yo lucharía con usted ahora —dice, tironeándose del bigotito.

—Y yo lo dejaría matarme, y buena suerte —respondí. —Para mí, este es un punto de partida tan bueno como cualquier otro. Estoy harto de mi suerte infernal. Pero sería demasiado fácil. Están mis hombres en el mismo bote... y por Dios, no soy de los que se libran de sus problemas y los dejan en una condenada estacada —dije. Se quedó pensando durante un rato, y luego quiso saber qué había hecho ("allá", dice, señalando con la cabeza el arroyo, hacia abajo) para estar tan furioso.

—¿Nos hemos encontrado para contarnos la historia de nuestras vidas? —le pregunto—. Supongamos que empieza usted. ¿No? Bien estoy seguro de que no quiero escucharla. Guárdesela. Sé que no es mejor que la mía. Yo he vivido... y también usted aunque habla como si fuese una de esas personas que debería tener alas para andar de un lado al otro sin tocar la tierra sucia. Y bien... es sucia. Yo no tengo alas. Estoy aquí porque una vez tuve miedo, en mi vida.

¿Quiere saber de qué? De una cárcel. Eso me asusta, y puede saberlo... si le sirve de algo. No preguntaré qué lo asustó tanto como para hacerlo meterse en este agujero infernal, donde parece haber encontrado una muy buena recompensa. Esa es su suerte, y esta es la mía... el privilegio de rogar el favor de que lo maten a uno de un disparo, o que le den un puntapié para quedar en libertad y morirse a su manera...

El cuerpo debilitado se le estremeció con un júbilo tan vehemente, tan seguro y malicioso, que pareció haber ahuyentado a la muerte que lo esperaba en esa choza. El cadáver"' de su loco egoísmo se irguió de entre los trapos y el abandono, como de entre los negros horrores de una tumba. Es imposible decir cuánto le mintió a Jim entonces, cuánto me mentía ahora y cuánto se mentía siempre a sí mismo. La vanidad juega astutas bromas a nuestra memoria, y la verdad de todas las pasiones necesita cierta ficción para hacerla vivir. De pie ante las tumbas del otro mundo, con el aspecto de un mendigo, abofeteó a ese mundo en la cara, le escupió, le lanzó una inmensidad de desprecio y rebelión que se acumulaban en el fondo de sus fechorías. Los dominó a todos...

hombres, mujeres, salvajes, comerciantes, rufianes, misioneros y a Jim... ese maldito de rostro carnoso. No le mezquiné ese triunfo in artículo mortis, esa ilusión casi póstuma de haber hallado casi toda la tierra bajo los pies.

Mientras se jactaba, en su sórdida y repulsiva agonía, no pude dejar de pensar en la conversación, en medio de risotadas, vinculada con la época de su máximo esplendor, en que, durante un año o más, el barco del Caballero Brown se veía, durante días enteros, revoloteando en torno de un islote rodeado de verde sobre azul, con el punto negro de la casa de la misión, en una playa blanca; en tanto que el Caballero Brown, en tierra, derramaba sus hechizos sobre una joven romántica para quien Melanesia había sido excesiva, y daba esperanzas de una notable conversión a su esposo. El pobre hombre, en algún momento, después, expresó la intención de conquistar "al capitán Brown para una forma de vida mejor"...

—Conquistar al Caballero Brown para la Gloria —como lo expresó un vagabundo de mirada extraviada en una ocasión—, nada más que para que viesen arriba, qué aspecto tenía un capitán de un mercante del Pacífico occidental.

Ese era el hombre que había huido con una mujer moribunda, y que derramó lágrimas sobre su cuerpo.

—Se comportó como un niño grande —jamás se cansaba de decir el que entonces era su primer oficial—, y no sé dónde apareció la broma, aunque los kanakas muertos me maten a puntapiés. ¡Pero señores! Si ella ya estaba casi al borde dela muerte cuando él la hizo subir a bordo para conocerlo; permanecía echada de espaldas, en la litera de él, mirando la viga con espantosa mirada brillante... y después murió. Un tipo de fiebre muy mala supongo...

Recordé todas estas historias mientras, alisándose la mata enredada de la barba con una mano lívida, me contaba, desde su ruidoso camastro, cómo envolvió, convenció, dominó a ese maldito inmaculado individuo del tipo de los no—me—toquen. Admitió que no pudo asustarlo, pero había una forma, "tan ancha como un camino de portazgo, para entrar y sacudirle su almita barata y dársela vuelta del revés, y de arriba abajo... ¡Por Dios!”

Capítulo 42

No creo que pudiese hacer otra cosa que mirar por ese sendero recto. Parecía intrigado por lo que vio, porque más de una vez se interrumpió en su narración para exclamar:

—Casi se me escurrió allí. No lo distinguía. ¿Quién era?

Después de lanzarme una mirada salvaje continuaba, jubiloso y burlón. Para mí la conversación de esos dos a través del arroyo aparece ahora como el tipo más letal de duelo que haya contemplando el Destino, con su conocimiento de fríos ojos, del final. No, no volvió el alma de Jim del revés, pero estoy muy equivocado si el espíritu tan absolutamente fuera de su alcance no se vio obligado a probar hasta las heces la amargura de ese choque. Esos eran los emisarios con quienes el mundo al cual había renunciado lo perseguía en su retiro.

Hombres blancos de "afuera", donde no se consideraba lo bastante bueno como para vivir. Eso fue lo único que le llegó: una amenaza, una sacudida, un peligro para su obra. Supongo que ese sentimiento triste, entre resentido y resignado, que se transparentaba en las pocas palabras que Jim decía de vez en cuando, fue lo que tanto intrigó a Brown en la lectura de su carácter. Algunos grandes hombres deben la mayor parte de su grandeza a la capacidad para percibir, en aquellos a quienes desean como herramientas, la cualidad exacta de fuerza que importa para su trabajo, y Brown, como si hubiese sido en verdad grande tenía el poder satánico de descubrir el mejor punto y el más débil en sus víctimas. Me admitió que Jim no era de los que se pueden conquistar con adulaciones, y por lo tanto cuidó de mostrarse como un hombre que enfrentara sin arredrarse la mala suerte, la censura y el desastre. El contrabando de unas pocas armas no era un gran delito, señaló. Y en cuanto a su llegada a Patusán, ¿quién tenía el derecho de decir que no había venido a suplicar? Los malditos pobladores de allí le dispararon desde ambas orillas sin detenerse a hacer preguntas. Presentó el argumento con descaro, pues en verdad la enérgica acción de Dain Waris había impedido las mayores calamidades; porque Brown me dijo con claridad que, al percibir las dimensiones del lugar, resolvió en el acto, mentalmente, que en cuanto tuviese un punto de apoyo haría fuego a izquierda y derecha, y empezaría por matar a todos los seres vivientes que tuviese a la vista, a fin de amedrentar y aterrorizar a la población. La desproporción de fuerzas resultaba tan grande que esa era la única manera de obtener la menor posibilidad de su objetivo...

afirmó, en un acceso de tos. Pero no se lo dijo a Jim. En cuanto a las penurias y el hambre por que pasaron, eran muy reales. Bastaba con echar una mirada a su grupo. Con un agudo silbido, hizo que todos sus hombres se presentaran en fila sobre los troncos, a plena vista, para que Jim pudiese verlos. En cuanto al asesinato del hombre, ello ocurrió...

bueno... ocurrió... ¿pero no era esa una guerra, una guerra sanguinaria... de gente acorralada? Y el tipo fue muerto con limpieza, con un disparo en el pecho, y no como el pobre diablo de él que ahora yacía en el arroyo. Tuvieron que oírlo agonizar durante seis horas, con las entrañas desgarradas por los plomos. Por lo menos eso era vida por vida... Y todo eso fue dicho con la fatiga, con la audacia de un hombre acicateado por la mala suerte, hasta que ya no le importa hacia dónde corre. Cuando le preguntó a Jim, con una especie de brusca y desesperada franqueza, si él mismo —ahora— no entendía que "cuando se trata de salvar la vida de uno en la oscuridad, no importa quién más pueda morir... si tres, treinta o trescientas personas", fue como si un demonio le hubiese susurrado un consejo al oído.

—Lo hice sobresaltarse —se jactó Brown ante mí—. Muy pronto dejó de hacerse el hombre recto conmigo. Se quedó allí, sin nada que decir, tan negro como el trueno, mirando... no a mí... sino al suelo.

Preguntó a Jim si no había en su vida nada sospechoso que recordar, que se mostraba tan tremendamente duro con un hombre que intentaba salir de un agujero mortal por el primer medio que tuviese a mano... etcétera. A través de la ruda conversación corría una veta de sutil referencia a su sangre común, una suposición de experiencias comunes; una enfermiza sugestión de culpas comunes, de conocimientos secretos que eran como un lazo para la mente y el corazón de ambos.

Al cabo Brown se dejó caer cuan largo era y miró a Jim con el rabo del ojo. Jim, en su lado del arroyo, pensaba y movía las piernas. Las casas que se hallaban a la vista estaban silenciosas, como si una peste las hubiese despojado del último aliento de vida; pero muchos ojos invisibles se clavaban, desde adentro, en los dos hombres separados por el arroyo, en el blanco bote encallado y en el cadáver del tercer hombre semihundido en el fango. En el río, las canoas volvían a moverse, pues Patusán recuperaba su creencia en la estabilidad de las instituciones terrenales, desde el regreso del señor blanco. En la orilla derecha, las plataformas de las casas, las balsas amarradas a las costas, hasta los techos de las chozas de baño, estaban cubiertos de personas que, lejos del alcance del oído, y casi de la vista, aguzaban la mirada hacia el otero, más allá de la empalizada del rajá. El silencio reinaba dentro del ancho anillo irregular de bosques, quebrado en dos lugares por el resplandor del río.

—¿Promete salir de la costa? —preguntó Jim. Brown levantó y dejó caer la mano, entregándolo todo, por así decirlo, aceptando lo inevitable—. ¿Y entregará las armas? —continuó Jim. Brown se sentó y miro con furia hacia el otro lado.

—¡Entregar nuestras armas! No, hasta que venga a sacárnoslas de nuestras manos rígidas. ¿Cree que estoy loco de miedo? ¡Oh, no! Eso, y los harapos que tengo encima, es lo único que poseo en el mundo, además de unas pocas armas más, de cerrojo, a bordo; y espero vender todo en Madagascar, si alguna vez llego hasta allí... mendigando de barco en barco.

Jim nada dijo. Al cabo, arrojó la ramita que tenía en la mano y, como si hablara consigo mismo, afirmó:

—No sé si tengo el poder...

—¡No lo sabe! ¡Y hace un momento quería que entregara las armas! Qué bueno —exclamó Brown—. Suponga que le dicen una cosa a usted, y que a mí me hacen otra. —Se calmó visiblemente. —Apuesto a que tiene el poder, o si no, ¿qué sentido tiene toda esta conversación? continuó—. ¿Para qué vino aquí? ¿Para saludar? —Muy bien —dijo Jim, y levantó la cabeza de pronto, luego de un largo silencio—Tendrá un camino libre, o una lucha limpia. —Giró sobre sus talones y se alejó.

Brown se levantó en el acto, pero no subió a la colina hasta que vio a Jim desaparecer entre las primeras casas No volvió a verlo. De regreso, se encontró con Cornelius acurrucado, con la cabeza entre los hombros. Se detuvo ante Brown.

—¿Por qué no lo mató? —preguntó con voz agria, desconforme.

—Porque podía hacer algo mejor —respondió Brown consonrisa divertida.

—¡Nunca, nunca! —protestó Cornelius con energía—. No es posible.

Yo viví aquí durante muchos años.

Brown lo miró con curiosidad. La vida de ese lugar en armas contra él tenía muchos aspectos, cosas que jamás descubriría. Cornelius se escurrió, melancólico, en dirección al río. Ahora abandonaba a sus nuevos amigos; aceptaba el desilusionador curso de los acontecimientos con una sombría obstinación que parecía condensar aún más su carita amarilla y vieja. Y mientras descendía miraba de reojo aquí y allá, sin abandonar su idea fija.

A partir de entonces, los acontecimientos se movieron sin tregua, fluyeron desde el corazón mismo de los hombres, como un torrente desde una fuente oscura, y vemos a Jim en medio de ellos casi siempre a través de los ojos de Tamb' Itam. La mirada de la joven también lo observaba, pero la vida de ella está demasiado entrelazada con la de él.

Existe su pasión, su asombro, su ira, y sobre todo su temor y su amor que no perdona. De su fiel sirviente, que, como los demás, no entiende lo único que entra en juego es la fidelidad.

Una fidelidad y una creencia en su señor, tan fuertes, que hasta el asombro queda sometido, reducido a una especie de entristecida aceptación de un misterioso fracaso. Sólo tiene ojos para una figura, y a través de todos los laberintos del desconcierto conserva su expresión de guardián, de obediencia, de preocupación.

Su amo volvió de su conversación con los hombres blancos, caminó con lentitud hacia la empalizada, en la calle. Todos se regocijaron al verlo regresar, pues mientras estuvoausente todos temieron, no sólo que lo mataran, sino tambiénde lo que volvería a buscar. Jim entró en una de las casas, a la cual se había retirado el anciano Doramin, y se quedó asolas por un largo rato con el jefe de los colonos bugis. No cabe duda de que discutió con él, entonces, el camino que debían seguir, pero ningún hombre estuvo presente en la conversación. Sólo Tamb' Itam, que se mantenía tan cerca dela puerta como le resultaba posible, oyó que su amo decía:

—Sí. Haré saber a la gente que tal es mi deseo; pero hablé con usted, oh Doramin, antes que con los otros, y a solas; pues usted conoce mi corazón tan bien como yo el suyo, y su mayor deseo. Y también sabe perfectamente que sólo pienso en el bien de la gente.

Luego su amo levantó la tela que cubría la puerta, salió, y él, Tamb' Itam, vio al viejo Doramin adentro, sentado en el sillón, con las manos sobre las rodillas mirando entre los pies.

Después siguió a su amo hasta el fuerte, donde los principales habitantes bugis y patusán habían sido convocados para una conversación. Tamb' Itam abrigaba la esperanza de que hubiese algún combate.

—¿Qué podíamos hacer, sino tomar otra colina? —exclamó, apenado. Pero en el pueblo muchos abrigaban la esperanza de que se pudiese inducir a los rapaces desconocidos, con la visión de tantos hombres valientes dispuestos a combatir, a que se fueran. Sería bueno que se fueran. Desde que se hizo conocer la llegada de Jim, antes del alba, por el cañón disparado desde el fuerte y el ruido del gran tambor de allí, el miedo que pendía sobre Patusán quedó roto y retrocedió, como una ola ante una roca, dejando la hirviente espuma de la excitación, la curiosidad y una interminable especulación. La mitad de la población había sido sacada de sus hogares con fines de defensa, y vivía en la calle del lado izquierdo del río, apiñada en torno del fuerte y a la espera, a cada rato, de ver estallar en llamas sus viviendas abandonadas en la orilla amenazada. Existía una ansiedad general de que el asunto se solucionase con rapidez. A los asilados se les sirvió alimentos gracias a los cuidados de Joya. Nadie sabía qué haría su hombre blanco. Algunos señalaron que era peor que en la guerra de Sherif Alí. Después, a muchas personas no les importó; ahora todos tenían algo que perder. Los movimientos de las canoas que pasaban, ida y vuelta, entre las dos partes del pueblo, eran observados con interés. Un par de botes de guerra bugis se hallaban anclados en el centro del río, para protegerlo, y un hilo de humo se elevaba en la popa de cada uno; los hombres que lo tripulaban cocían su arroz del mediodía cuando Jim, después de sus entrevistas con Brown y Doramin, cruzó el río y entró por la puerta de su fuerte que daba acceso a él. La gente de adentro se apiñó en su derredor, de modo que apenas pudo encaminarse hacia la casa. No lo habían visto antes, porque a su llegada durante la noche sólo intercambió unas pocas palabras con la joven quien bajó al amarradero con ese fin, y luego se reunió con los jefes y los combatientes de la otra orilla.

La gente le gritaba saludos. Una anciana provocó una carcajada al abrirse paso hasta la parte de adelante, frenética, y lo exhortó, convoz regañona, a que se ocupase de que sus dos hijos, quienes se encontraban con Doramin, no sufrieran daños a manos de los asaltantes. Varios de los presentes trataron de alejarla pero ella forcejeó y gritó:

—Déjenme. ¿Qué es esto, oh musulmanes? Esta risa es injustificada. ¿No son asaltantes crueles, sanguinarios, dispuestos a matar?

—Déjenla —dijo Jim y cuando de pronto se hizo un silencio, continuó con lentitud—. Todos estarán a salvo.

Entró en la casa antes de que el gran suspiro y los fuertes murmullos de satisfacción se hubiesen apagado.

No cabe duda de que había decidido que Brown debía tener un camino franco hacia el mar. Su destino, en rebelión, lo obligaba a actuar. Por primera vez tuvo que afirmar su voluntad frente a una oposición evidente.

—Hubo muchas conversaciones, y al principio mi amo guardó silencio —dijo Tamb' Itam—. Llegó la oscuridad, y entonces encendí las velas de las largas mesas. Los jefes se hallaban sentados a cada lado, y la dama se mantenía a la derecha de mi amo.

Cuando él comenzó a hablar, la desacostumbrada dificultad pareció dar más fuerza a su decisión. Los blancos esperaban ahora su respuesta en la colina. El jefe de ellos le habló en el lenguaje de su propia gente, y aclaró muchas cosas que resultaba difícil explicar en cualquier otro idioma. Eran hombres extraviados, a quienes el sufrimiento había enceguecido y no les permitía diferenciar el bien y el mal. Es cierto que ya se habían perdido vidas, ¿pero por qué perder más? Declaró a sus oyentes, los jefes reunidos del pueblo, que el bienestar de ellos era el de él, suspérdidas las de él, sus congojas las de él. Observó los graves rostros que escuchaban, y les pidió que recordaran que habían combatido y trabajado juntos. Conocían su valentía... En ese momento lo interrumpió un murmullo... Y que nunca los había engañado. Durante muchos años vieron juntos. Amaba la región y a la gente que vivía en ella con un amor muy grande. Estaba dispuesto a responder con su vida por cualquier daño que les ocurriera, si se permitía que los hombres blancos y barbudos se retirasen. Eran malos pero su destino también había sido malo. ¿Alguna vez les había dado malos consejos?

¿Sus palabras provocaron en alguna ocasión sufrimientos al pueblo?, preguntó. Creía que lo mejor sería dejar que esos blancos y sus seguidores llevasen su vida adelante. Sería un pequeño regalo.

—Yo, a quienes ustedes han puesto a prueba y encontraron siempre veraz, les pido que los dejen ir. —Se volvió hacia Doramin. El viejo makhoda no hizo movimiento alguno— Entonces —dijo Jim—, llame a Dain Waris, su hijo, mi amigo, pues en este asunto yo no seré el que dirija.

Capítulo 43

Detrás de la silla de él, Tamb' Itam quedó como herido por el rayo. La declaración produjo una inmensa conmoción.

—Déjenlos ir, porque eso es lo mejor, según mi conocimiento, que jamás los engañó —insistió Jim. Hubo un silen—cio. En la oscuridad del patio podía oírse el susurro apagado, los ruidos del remover de pies de muchas personas. Doramin levantó la pesada cabeza y dijo que era tan poco posible leer el corazón como tocar el cielo con la mano, pero...

asentía. Los otros dieron su opinión por turno.

—Es lo mejor.

—Déjenlos ir —etcétera. Pero la mayoría de ellos dije—ron sencillamente que "creían en Tuan Jim".

En esta sencilla forma de asentimiento a la voluntad de él se encuentra toda la médula de la situación; la creencia de ellos la veracidad de él, y el testimonio de esa fidelidad que lo convertía, para sí mismo, en el igual de los hombres impecables que jamás abandonan las filas.

Las palabras de Stein, "¡Romántico!... ¡Romántico!", parecen resonar a través de esas distancias, y decir que jamás lo entregarán ahora a un mundo indiferente a sus defectos y sus virtudes, a ese ardiente y firme afecto que le niega el don de las lágrimas en el desconcierto de una gran pena y de la separación eterna. Desde el momento en que la pura verdad de sus tres últimos años de vida triunfa contra la ignorancia, el miedo y la cólera de los hombres, ya no se me aparece como lo vi por última vez... un punto blanco que reflejaba toda la vaga luz que aún quedaba en una costa sombría y en el mar oscuro... sino más grande y más penoso en la soledad de su alma, e inclusive para la joven quien más lo amó, sigue siendo un misterio cruel e insoluble.

Es evidente que no desconfiaba de Brown; no había motivos para dudar de la historia, cuya veracidad parecía garantizada por la tosca franqueza, por una especie de viril sinceridad en la aceptación de la moral y las consecuencias de sus actos. Pero Jim no conocía el egoísmo casi inconcebible del hombre, que, cuando alguien se le resistía y enfrentaba su volunta, enloquecía con la indignada y vengativa furia de un autócrata contrariado. Pero si Jim no desconfiaba de Brown, era evidente que se sentía ansioso de que no ocurriese algún malentendido, que tal vez terminase en un choque y derramamiento de sangre. Por ese motivo, en cuanto los jefes malayos se fueron, le pidió a Joya que le llevara algo de comer, pues tenía que ir al fuerte para tomar el mando en el pueblo. Cuando ella se lo censuró, y le señaló su fatiga, él dijo que podía ocurrir algo de lo cual jamás se perdonaría.

—Soy responsable de todas las vidas de la región —dijo. Al principio se mostró triste; ella le sirvió con sus propias manos, tomó los platos y fuentes (del servicio de mesa que Stein le había regalado a Jim) de manos de Tamb' Itam. Al cabo de un rato Jim se animó un poco, le dijo que ella misma volvería a dirigir el fuerte una noche más.

—No podemos dormir, querida —dijo—, mientras nuestra gente corre peligro. —Después le dijo, en broma, que ella era el mejor hombre de todos.— Si tú y Dain Waris hubiesen hecho lo que querían, ni uno solo de esos pobres diablos estaría hoy con vida.

—¿Son muy malos? —preguntó ella inclinándose sobre su silla.

—A veces los hombres se comportan mal sin ser mucho peores que otros—respondió él después de cierta vacilación.

Tamb' Itam siguió a su amo al embarcadero, fuera del puerto. La noche era clara, pero sin luna y el centro del río estaba oscuro, en tanto que el agua, debajo de cada orilla reflejaba la luz de muchas fogatas, "como en la noche de Ramadán", dijo Tamb' Itam. Los botes de guerra se desplazaban por las aguas oscuras o, anclados, flotaban inmóviles, con fuertes sacudidas. Esa noche hubo mucho remar en canoas y mucho caminar siguiendo las piadas de su amo para Tamb' Itam. Caminaron calle arriba y calle abajo, donde ardían los fuegos, tierra adentro, en las afueras del pueblo, donde pequeños grupos de hombres cuidaban los campos. Tuan Jim daba sus órdenes y era obedecido. Por último subieron a la empalizada que el rajá, con un destacamento de la gente de Jim, ocupaba esa noche. El viejo rajá había huido temprano, por la mañana, con la mayoría de sus mujeres, a una casita que tenía cerca de una aldea de la selva, en un arroyo tributario. Kassim, quien quedó atrás, concurrió al consejo con su expresión de actividad diligente. para explicar la diplomacia del día anterior. Se lo recibió con considerable frialdad, pero se las arregló para mantener su actitud sonriente, despierta y tranquila y se manifestó muy encantado cuando Jim le dijo con severidad que se proponía ocupar el cercado esa noche, con sus propios hombres. Cuando terminó el consejo, se lo escuchó afuera, cuando abordaba a tal o cual jefe que se iba, y hablar en voz alta, satisfecho, de que la propiedad del rajá fuese protegida en ausencia de éste.

A eso de las diez, entraron los hombres de Jim. El cercado dominaba la boca del arroyo, y Jim tenia la intención de quedarse allí hasta que Brown hubiese pasado. Se encendió una fogata de reducidas dimensiones en el punto liso, herboso, al otro lado de la pared de estacas, y Tamb' Itam colocó un taburete plegadizo para su amo. Jim le dijo que tratase de dormir. Tamb' Itam consiguió una estera y se acostó un poco más allá; pero no podía dormir, aunque sabía que le esperaba un viaje importante antes que terminase la noche. Su amo se paseaba delante del fuego, con la cabeza gacha y las manos a la espalda. Tenía el rostro triste. Cada vez que su amo se acercaba a él, Tamb' Itam fingía dormir, pues no quería que su amo supiese que lo miraba. Al cabo, su amo se detuvo, lo miró y le dijo con suavidad:

—Ya es hora.

Tamb' Itam se levantó en el acto e hizo sus preparativos. Su irrisión consistía en ir río abajo, preceder el bote de Brown en una hora, o más, para decirle a Dain Waris, de manera definitiva y formal, que a los blancos se les permitiría pasar sin ser molestados. Jim no quería confiar ese servicio a ningún otro. Antes de partir, Tamb' Itam, más bien por formalidad (puesto que su posición respecto de Jim hacía que se lo conociera muy bien), pidió un símbolo.

—Porque, Tuan —dijo—, el mensaje es importante, y las que llevo son tus palabras.

Su amo se metió primero la mano en un bolsillo, luego en otro, y al cabo se quitó del índice el anillo de plata de Stein, que usaba por lo general, y se lo entregó. Cuando Tamb' Itam partió en su misión, el campamento de Brown, en la loma, estaba a oscuras, aparte de un pequeño resplandor que brillaba entre las ramas de uno de los árboles que los blancos habían derribado.

A primera hora de la noche Brown había recibido de Jim un papelito plegado en el cual se leía: "Tiene el camino allanado. Parta en cuanto sus botes floten cor. la marea de la mañana. Que sus hombres tengan cuidado. La maleza a ambos lados del arroyo y la empalizada de la boca están repletas de hombres bien armados. No tendría posibilidades, pero no creo que quiera derramamientos de sangre". Brown lo leyó, desgarró el papel en trocitos y, volviéndose a Cornelius, quien se lo había llevado, dijo, burlón:

—Adiós, mi excelente amigo.

Cornelius había estado en el fuerte, y rondó la casa de Jim durante la tarde. Jim lo eligió para llevar la nota, porque hablaba inglés, Brown lo conocía y no era probable que recibiese algún disparo por un error nervioso de alguno de los hombres, como tal vez habría ocurrido si un malayo se acercara al oscurecer.

Cornelius no se fue después de entregar el papel. Brown se hallaba sentado junto a un fueguito; todos los otros estaban acostados.

—Podría decirle algo que le gustaría saber —masculló Cornelius, huraño. Brown no le prestó atención—. Usted no lo mató —continuó el otro, ¿y qué recibe a cambio de eso? Habría podido obtener dinero del rajá, aparte del botínde todas las casas bugis, y ahora no recibe nada.

—Será mejor que se vaya de aquí —gruñó Brown, sin siquiera mirarlo. Pero Cornelius se dejó caer a su lado y comenzó a susurrar a toda velocidad, tocándole el codo de vez en cuando. Lo que tenía que decir hizo que Brown se irguiera primero, con una maldición. En verdad no hizo más que informarle acerca de la existencia del grupo armado de Dain Waris, río abajo. Al principio, Brown se vio traicionado por entero, pero un momento de reflexión lo convenció de que no había intenciones de tal traición. Nada dijo, y al cabo de un rato Cornelius señaló, con tono de total indiferencia, que habíaotro camino para salir al río, que él conocía muy bien.

—Y es muy bueno conocerlo —dijo Brown, aguzando el oído; y Cornelius comenzó a hablar de lo que ocurría en el pueblo, y repitió todo lo que se dijo en el consejo, y comadreó en un tono bajo y parejo, al oído de Brown, como se habla entre hombres dormidos a quienes no se desea despertar—. Cree que me ha desarmado, ¿eh? —masculló Brown en voz muy baja.

—Sí, es un tonto, un chiquillo, vino y me robó —siguiózumbando Cornelius— e hizo que toda la gente creyese en él. Pero si ocurriera algo y dejasen de creer, ¿en qué situación se encontraría? Y el bugi Dain, quien lo espera a usted río abajo, capitán, es el hombre que lo persiguió hasta arriba cuando llegó.

Brown observó con negligencia que lo mejor sería eludirlo, y con el mismo tono lejano y reflexivo, Cornelius se declaró conocedor de una corriente retirada, lo bastante grande como para permitir que el bote de Brown pasara más allá del campamento de Waris.

—Tendrá que hacerlo en silencio —dijo, como si se le ocurriera en ese momento—, pues en un lugar pasamos cerca, detrás de su campamento. Muy cerca. Están acampados en la costa, con su bote fuera del agua.

—Oh, sabemos ser tan silenciosos como los ratones; no tema —dijo Brown. Cornelius estipuló que en caso de que él tuviese que pilotear a Brown, debían remolcar su canoa.

—Tendré que volver con toda rapidez —explicó.

Faltaban dos horas para el alba cuando pasó de boca en boca, en el cercado, la noticia trasmitida por vigías, de que los salteadores blancos bajaban a su bote. En un instante, todos los hombres armados, de un extremo a otro de Patusán, estuvieron alertas, pero las orillas del río permanecieron tan silenciosas, que a no ser por los fuegos que ardían con repentinos fulgores borroneados, el pueblo habría podido estar tan dormido como en tiempos de paz. Una pesada bruma colgaba, muy baja, sobre el agua, y producía una especie de ilusoria luz gris que nada mostraba. Cuando la chalupa de Brown se deslizó del arroyo y entró en el río, Jim se encontraba en la baja punta de tierra, debajo de la empalizada del rajá... en el punto mismo en que por primera vez pisó las costas de Patusán. Una sombra se irguió, moviéndose en medio de la tonalidad gris, solitaria, corpulenta, pero que eludía constantemente la mirada. De ella surgió un murmullo de voz baja. Brown, junto al timón, oyó que Jim decía con serenidad:

—Camino allanado. Será mejor que confíe en la corriente mientras dure la bruma; pero pronto se disipará.

—Sí, pronto veremos claro —respondió Brown.

Los treinta o cuarenta hombres que se hallaban apostados con mosquetes, preparados, fuera de la empalizada, contuvieron el aliento.

El bugi dueño del prao, a quien vi en la galería de Stein, y que se encontraba entre ellos me dijo que el bote, que pasó muy cerca de la punta baja, pareció crecer durante un momento y erguirse como una montaña.

—Creo que vale la pena esperar un día afuera —gritó Jim—trataré de enviarle algo... bueyes... algunos ñames...

La sombra siguió moviéndose.

—Sí, hágalo —dijo una voz, opaca y ahogada en medio de la niebla.

Ninguno de los muchos atentos oyentes entendió lo que significaban las palabras, y luego Brown y sus hombres, con su bote, se alejaron flotando, y desaparecieron, espectrales, sin el menor sonido.

Y así, Brown, invisible en la bruma, sale de Patusán, codo a codo con Cornelius, en la vela de popa de la chalupa.

—Tal vez reciba un buey pequeño —dijo Cornelius—. Oh, sí. Buey.

Ñame. Lo recibirá si él dice que se lo den.

Siempre dice la verdad. Robó todo lo que tenía. Supongo que a usted le gustará un buey pequeño antes que el botín de muchas casas.

—Le aconsejo que frene la lengua, o alguien aquí, puede arrojarlo por la borda, en esta maldita bruma —dijo Brown. El bote parecía inmóvil; nada se veía, ni siquiera el río, sólo el polvo de agua que volaba y chorreaba, condensado, por sus barbas y rostros. Era fantasmagórico, me dijo Brown. Cada uno de los hombres sintió como si estuviese solo, a la deriva, en un bote, perseguido por una sospecha casi imperceptible de fantasmas que suspiraban y mascullaban.

—Me arrojaría, ¿eh? Pero yo sabría dónde estoy — murmuró Cornelius, enadado—. He vivido muchos años aquí.

—No los suficientes para ver a través de una neblinacomo esta replicó Brown, recostándose, con el brazo moviéndose de un lado al otro en la inútil caña del timón.

—Sí. Lo bastante para eso —bufó Cornelius.

—Eso es muy útil —comentó Brown—. ¿Debo creer quepuede encontrar esa corriente de que habló, a ciegas, de estamanera?

Cornelius gruñó.

—¿Está demasiado cansado para remar? —preguntó luego de un silencio.

—¡No, por Dios! —gritó Brown, de pronto—. Saquen los remos, ahí.

Hubo grandesgolpes en medio de la niebla que después de un rato se convirtieron en el crujido regular de remadas invisibles contra toletes invisibles. Aparte de eso, nada había cambiado, y salvo el ligero chapoteo de la pala de un remo hundido en el agua, era como remar en la barquilla de unglobo cautivo en medio de una nube, dijo Brown. A partir de ese momento Cornelius no abrió los labios, salvo para pedir a alguien con tono quejumbroso, que achicara el agua de su canoa, remolcada detrás de la chalupa. Poco a poco la bruma fue blanqueándose y se hizo luminosa, adelante. A la izquierda, Brown vio una oscuridad, como si hubiese estadomirando la espalda de la noche que se iba. De pronto una enorme rama cubierta de hojas apareció sobre su cabeza, y los extremos de ramitas, chorreantes e inmóviles, se curvaron, esbeltas, a lo largo. Cornelius, sin una palabra, le sacó de la mano la caña del timón.

Capítulo 44

No creo que volvieran a hablar. El bote entró en un estrecho canal secundario, donde fue empujado por las palas de los remos, clavadas en orillas que se desmoronaban, y había una penumbra, como si enormes alas negras se hubiesen extendido por encima de la bruma que llenaba su profundidad hasta la copa de los árboles. Las ramas, arriba, dejaban caer enormes goterones a través de la lóbrega bruma. A un murmullo de Cornelius, Brown ordenó a sus hombres que cargaran.

—Les daré una oportunidad de saldar cuentas con ellos antes de que terminemos, malditos tullidos —le dijo a su pandilla. No la desperdicien sabuesos. —Bajos gruñidos respondieron al discurso. Cornelius mostró una afanosa preocupación por la seguridad de su canoa.

Entre tanto, Tamb' Itam había llegado al final de su viaje. La bruma lo demoró un poco, pero remó sin descanso, manteniéndose en contacto con la ribera del sur. Poco a poco llegó la luz como un resplandor en un globo de vidrio esmerilado. Las costas dibujaban, a cada lado del río, una mancha oscura, en la cual se podían percibir sugestiones de formas columnares, y sombras de ramas retorcidas, arriba.

La niebla todavía era densa sobre el agua, pero se mantenía una buena guardia, pues en cuanto Tamb Itam se acercó al campamento, surgieron del vapor blanco las figuras de dos hombres, y sus voces le hablaron ruidosamente. Respondió, y pronto una canoa se puso a su lado, y él intercambió noticias con los remeros. Todo iba bien. El problema había terminado. Entonces los hombres de la canoa soltaron el costado de su tronco ahuecado y muy pronto se perdieron de vista. Él continuó su camino hasta que oyó voces que le llegaban, bajas, sobre el agua, y vio, bajo la bruma que ahora se elevaba en remolinos, el resplandor de muchas fogatas pequeñas que ardían en un tramo arenoso, respaldadas por altos árboles delgados y arbustos. Allí había otra guardia, pues se lo interpeló. Gritó su nombre ciando las dos últimas remadas llevaron la canoa a tierra. Era un campamento grande. Había hombres acuclillados, en grupitos, bajo un murmullo apagado de conversaciones matinales. Varios delgados hilos de humo se enroscaban con lentitud en la neblina blanca. Para los jefes se habían construido pequeños refugios, elevados sobre el nivel del suelo. Los mosquetes se hallaban apiñados en pequeñas pirámides, y se veían largas lanzas clavadas, de a una, en la arena, cerca de las fogatas.

Tamb' Itam, con expresión dé importancia, pidió que se lo condujese hacia donde se hallaba Dain Waris. Encontró al amigo de su señor blanco echado en una litera elevada, hecha de bambú, protegida por una especie de cobertizo de palos cubiertos de estera. Dain Waris estaba despierto, y un fuego vivo ardía ante su lecho, que parecía un tosco altar. El hijo único de Nakhoda Doramin, respondió con bondad a su saludo. Tamb' Itam empezó por entregarle el anillo que respaldaba la veracidad de las palabras del mensajero. Dain Waris, apoyado en el codo, le pidió que hablase y le contara todas las noticias. Tamb' Itam empezó con la fórmula consagrada, "las noticias son buenas", y pronunció las palabras de Jim. Los hombres blancos, que se iban con el consentimiento de todos los jefes, debían tener paso libre río abajo. En respuesta a una o dos preguntas, Tamb' Itam informól, entonces acerca de los sucesos en el último consejo. Dain Waris escuchó con atención hasta el final, jugueteando con el anillo, que ala postre se deslizó en el índice de la mano derecha. Después de escuchar todo lo que Tamb' Itam le dijo, lo despidió para que se alimentase y descansara. Enseguida se ordenó el regreso para la tarde. Después Dain Waris volvió a recostarse, con los ojos abiertos, en tanto que sus servidores personales le preparaban la comida en el fuego, junto al cual también se sentó Itam, para conversar con los hombres que holgazaneaban cerca, deseosos de escuchar las últimas noticias del pueblo. El sol devoraba la bruma. Se mantenía una buena guardia en la recta de la corriente principal, donde se esperaba que en cualquier momento apareciera el bote de los blancos.

Entonces fue cuando Brown se vengó del mundo que, después de veinte años de despectivas y osadas bravuconerías, le negaba el tributo del éxito de un asaltante común. Fue un acto de ferocidad a sangre fría, y lo consoló, en su lecho de muerte, como el recuerdo de un desafío indomable. Desembarcó con sigilo, a sus hombres, al otro lado de la isla frente al campamento de los bugis, y los dirigió hacia allí. Luego de un forcejeo breve pero muy silencioso, Cornelius, quien había tratado de escurrirse en el momento del desembarco, se resignó a mostrar el camino donde las malezas eran más raras. Brown le apretó las dos manos huesudas a la espalda, un enorme puño, y de vez en cuando lo impulsaba hacia delante con un feroz empellón. Cornelius se mantuvo tan mudo como un pez, abyecto pero fiel a sus objetivos, cuya concreción se erguía ante él con formas vagas. Al borde del retazo de bosque, los hombres de Brown se abrieron en abanico, ocultos, y esperaron. El campamento se veía con claridad, de extremo a extremo, ante ellos y nadie miraba hacia donde se hallaban agazapados. Nadie soñaba siquiera que los blancos conocieran el estrecho canal de la parte trasera de la isla. Cuando consideró llegado el momento, Brown gritó "disparen", y catorce disparos resonaron como uno solo.

Tamb' Itam me dijo que la sorpresa fue tan grande que, aparte de los que cayeron muertos o heridos, ni uno solo de ellos se movió durante un momento bastante apreciable, después de la primera descarga.

Entonces un hombre gritó, y después de ese grito un gran aullido de asombro y temor surgió de todas las gargantas. Un pánico ciego impulsó a los hombres, en atropellado y móvil apiñamiento, de un lado a otro de la costa, como un rebaño de ganado temeroso del agua. Algunos saltaron entonces al río, pero la mayoría de ellos sólo lo hicieron después de la última descarga. Tres veces hicieron fuego contra los sobrevivientes mientras Brown, el único que se mostraba a la vista, maldecía y gritaba:

—¡Apunten abajo, apunten abajo!

Tamb' Itam dice haber entendido, en el momento de la primera salva, lo que había ocurrido. Aunque indemne, cayó y se quedó inmóvil, como muerto, pero con los ojos abiertos; al sonido de los primeros disparos, Dain Waris, reclinado en la litera, se puso de pie de un salto y corrió a la costa, a tiempo para recibir una bala en la frente, con la segunda descarga. Tamb' Itam lo vio abrir los brazos antes de caer.

Luego, dice, un gran temor se apoderó de él... pero no antes. Los hombres blancos se retiraron tal como habían llegado: sin ser vistos.

De tal manera balanceó Brown su cuenta con la mala suerte. Advierta que inclusive en ese espantoso estallido hay una superioridad como la de un hombre que lleva el derecho —lo abstracto— dentro de la envoltura de sus deseos comunes. No fue una matanza vulgar y traicionera; fue una lección, una pena merecida... una demostración de algún atributo oscuro y horrendo, de nuestra naturaleza, que, muchome temo, no está tan por debajo de la superficie como gustamos creer.

Después los blancos se van, sin que los vea Tamb' Itam,y parecen desaparecer ante los ojos de los hombres; y también la goleta desaparece, como las mercancías robadas. Pero se narra la historia de una chalupa blanca recogida un mes más tarde en el océano índico por un carguero. Dos esqueletos apergaminados, amarillos de mirada vidriosa, susurrante, que iban en ella reconocían la autoridad de un tercero, quien declaró llamarse Brown. Su goleta, informó, que viajaba hacia el sur con un cargamento de azúcar de Java, tuvo unaÍ importante avería y se hundió bajo sus pies. Él y sus compañeros eran los sobrevivientes de una tripulación de seis.

Los dos murieron a bordo del vapor que los rescató. Brown vivió para ser visto por mí, y puedo atestiguar que desempeñó su papel hasta el final.

Pero parece que al huir olvidaron soltar la canoa de Cornelius. A éste Brown lo dejó irse al comienzo del tiroteo, con un puntapié, como última bendición. Después de levantarse de entre los muertos, Tamb' Itam vio al Nazareno, que corría de un lado al otro de la costa, entre los cadáveres y los fuegos que se apagaban. Emitía grititos. De pronto se precipitó hacia el agua e hizo frenéticos esfuerzos para conseguir uno de los botes bugis.

—Más tarde hasta que me vio —relató Tamb' Itam—, se quedó mirando la pesada canoa y rascándose la cabeza.

—¿Qué fue de él? —pregunté. Tamb' Itam me miró, hizo un ademán expresivo con el brazo derecho.

—Dos veces le hundí el cuchillo, Tuan —dijo—. Cuando me vio acercarme, se arrojó con violencia al suelo y armó un enorme alboroto, pataleando. Chilló como una gallina asustada hasta que sintió la punta; después se quedó quieto, mirándome, mientras la vida se le iba por los ojos.

Hecho esto, Tamb' Itam no se demoró. Entendió la importancia de ser el primero que trasmitiese las horribles noticias en el fuerte. Es claro que quedaban muchos sobrevivientes del grupo de Dain Waris; pero en el extremo del pánico, muchos cruzaron el río a nado, otros corrieron a ocultarse entre las malezas. El caso es que no sabían con certeza quién había descargado el golpe... si llegaban más atacantes blancos, si no se habían apoderado ya de toda la región. Se imaginaban víctimas de una vasta traición, condenados por entero a la destrucción.

Se dice que algunos grupos no llegaron hasta tres días después. Pero unos pocos trataron de volver a Patusán enseguida, y una de las canoas que patrullaban el río esa mañana se encontraba a la vista del campamento en el momento mismo del ataque. Es cierto que al principio; los hombres que la tripulaban saltaron por la borda y nadaron hacia la orilla opuesta, pero después volvieron a su bote y subieron, temerosos, corriente arriba. Tamb' Itam les llevaba una hora de ventaja.

Capítulo 45

Cuando Tamb' Itam, remando como un loco, llegó al tramo recto del río del pueblo, las mujeres, apiñadas en las plataformas, delante de las casas, esperaban el retorno de la flotilla de botes de Dain Waris. El pueblo tenía un aspecto festivo; aquí y allá se podía ver a los hombres, todavía con lanzas o armas de fuego en las manos, moviéndose o de pie en la costa, en grupos. Las tiendas de los chinos habían abierto temprano, pero el mercado estaba desierto, y un centinela todavía apostado en una esquina del fuerte, distinguió a Tamb' Itam y gritó a los de adentro. Se abrieron los portones. Tamb Itam saltó a tierra y corrió. La primera persona con quien se encontró fue la joven que bajaba de la casa.

Tamb' Itam, desordenado, jadeante, con labios temblorosos y mirada salvaje, permaneció durante un rato ante ella como si de pronto hubiese caído sobre él un hechizo. Luego dijo, con rapidez:

—Mataron a Dain Waris y a muchos más.

Ella golpeó las manos y sus primeras palabras fueron:

—Cierren los portones.

La mayoría de los hombres del fuerte habían vuelto a sus casas, pero Tamb' Itam instó a los pocos que quedaban a cumplir sus turnos.

La joven permaneció en el centro del patio, mientras los otros corrían en torno.

—Doramin —exclamó, con desesperación, cuando Tamb' Itam pasaba ante ella. La próxima vez que pasó, respondió al pensamiento de la joven con rapidez:

—Sí. Pero tenemos toda la pólvora en Patusán. —Ella lo tomó del brazo, y señaló la casa. —Llámalo —le susurró, temblando.

Tamb' Itam subió corriendo los escalones. Su amo dormía.

—Soy yo, Tamb' Itam —gritó ante las puertas—, con noticias que no pueden esperar. —Vio que Jim se volvía en la almohada y abría los ojos y en el acto prorrumpió: —Este, Tuan, es un día de maldad, un día maldito. —Su amo se apoyó en un codo para escuchar... tal como lo había hecho Dain Waris. Y entonces Tamb' Itam inició su narración, trató de relatar las cosas por orden llamó Panglima a Dain Waris'' y dijo: —El Panglima llamó entonces al jefe de sus boteros:

"Denle algo de comer a Tamb' Itam" —cuando su amo apoyó los pies en el suelo y lo miró con un rostro tan descompuesto, que las palabras se le quedaron en la garganta.

—Habla —dijo Jim—. ¿Está muerto?

—Que vivas mucho tiempo —exclamó Tamb' Itam—.

Fue una traición de las más crueles. Salió corriendo al resonar los primeros disparos, y cayó.

Su amo caminó hacia la ventana y golpeó el postigo conel puño.

La habitación quedó iluminada; y entonces con voz firme, pero hablando a toda prisa, comenzó a darle órdenes, en el sentido de reunir una flota de botes para una persecución inmediata. Vé a ver este hombre, el otro... envía mensajeros; y mientras hablaba se sentó en la cama, interrumpiéndose para atarse las botas con rapidez, y de prono levantó la vista.

—¿Por qué estás ahí? —preguntó, con el rostro enrojecido— No pierdas tiempo.

Tamb Itam no se movió.

—Perdóname, Tuan, pero... pero... —comenzó a tartamudear.

—¿Qué? —exclamó su amo, con una expresión terrible, inclinado hacia delante, con las manos aferradas del bordede la cama.

—No es seguro, que tu criado pase por entre la gente, —dijo Tamb' Itam, después de vacilar un instante.

Entonces Jim entendió. Se había retirado de un mundo, por una pequeña cuestión de un salto impulsivo, y ahora el otro, obra de sus manos, caía en ruinas sobre su cabeza. ¡Ni siquiera su criado podía estar seguro entre los hombres de su propio pueblo! Creo que en ese momento decidió desafiar el desastre en la única forma en que se le ocurrió que tal desastre podía ser desafiado. Pero sólo sé que, sin una palabra, salió de su habitación y se sentó ante la larga mesa, a la cabecera de la cual acostumbraba a regir los asuntos de este mundo, y a proclamar todos los días la verdad que con tanta seguridad vivía en su corazón. Los poderes oscuros no lo despojarían dos veces de su paz. Se quedó sentado como unafigura de piedra. Tamb' Itam, deferente, sugirió preparativospara la defensa. La joven a quien amaba entró y le habló, pero él hizo una señal con la mano, y ella se aterrorizó ante el mudo pedido de silencio que expresaba. Salió a la galería, y se sentó en el umbral, como para protegerlo, con su cuerpo, de los peligros exteriores.

¿Qué pensamientos pasaron por la cabeza de él... qué recuerdos?

¿Quién puede decirlo? Ya nada quedaba, y él, que una vez fue infiel a lo que se le había confiado, volvía a perder la confianza de todos los hombres. Creo que entonces trató de escribir... a alguien... y desistió.

La soledad se cernía sobre él. La gente le había confiado su vida... sólo por eso. Y, sin embargo, nunca podrían entender, como dijo, jamás podría hacerse que lo entendieran. Los de afuera no lo escucharon emitir ni un solo sonido. Más tarde hacia el anochecer, salió a la puerta y llamó a Tamb' Itam.

—¿Y bien? —preguntó.

—Hay mucho llanto. Y mucha cólera, también —respondió Tamb' Itam. Jim lo miró.

—¿Sabes? —murmuró.

—Sí, Tuan —dijo Tamb' Itam—. Tu criado sabe, y los portones están cerrados. Tendremos que combatir.

—¡Combatir! ¿Para qué? —preguntó.

—Por nuestra vida.

—No tengo vida —respondió. Tamb' Itam oyó un grito de la muchacha, en la puerta.

—¿Quién sabe? —dijo Tamb' Itam—. Con audacia y astucia, es posible que escapemos. También hay mucho miedo en el corazón de los hombres.

Salió, pensando con vaguedad en los botes y en el mar abierto, y dejó a Jim y a la joven juntos.

No tengo ánimo para describir aquí las visiones que ella me transmitió, de la hora, poco más o menos, que pasó allí, luchando con él por la posesión de su propia dicha. Es imposible decir si él abrigaba alguna esperanza... qué esperaba, aué imaginaba. Se mostró inflexible, y con la creciente soledad de su obstinación, su espíritu pareció elevarse por encima de las ruinas de su existencia. Ella le gritó al oído:

—¡Lucha!

No entendía. No había nada por qué luchar. Él demostraría su poder de otra manera, y dominaría al destino fatal. Salió al patio, y detrás de él, con el cabello al viento, con expresión enloquecida, sin aliento, ella trastabilló y se apoyó en un costado de la puerta.

—Abran los portones —ordenó él. Después se volvió hacia aquellos de sus hombres que se encontraban adentro, y les dio permiso para irse a sus hogares.

—¿Durante cuánto tiempo, Tuan? —preguntó uno de ellos con timidez.

—Para toda la vida —respondió él, con tono sombrío.

El silencio había caído sobre el pueblo, después del estallido de gemidos y lamentos que recorrieron el río como una bocanada de viento de la morada de las penas. Pero los rumores corrían en susurros, llenaban los corazones de consternación y de horribles dudas, los atacantes volvían, traíana muchos otros consigo, en un gran barco, y no habría refugio para nadie en la región. Un sentimiento de absoluta inseguridad, como durante un terremoto, impregnaba los pensamientos de los hombres, quienes cuchicheaban sus sospechas, se miraban unos a otros como en presencia de algún horrendo anuncio.

El sol se hundía hacia los bosques, cuando el cadáver de Dain Waris fue llevado al campong de Doramin. Cuatro hombres lo llevaban, cubierto decentemente con una tela blanca que su anciana madre envió a los portones para recibir a suhijo de regreso. Lo tendieron a los pies de Doramin, y eli anciano permaneció inmóvil durante largo rato, una mano en cada rodilla mirando hacia abajo. Las hojas de las palmeras se mecían con suavidad, y el follaje de los frutales se agitaba sobre su cabeza. Todos los hombres de su pueblo estaban allí, armados, cuando nakhoda levantó por último lavista. Paseó los ojos por sobre la muchedumbre, como sibuscara un rostro que faltaba. Una vez más, la barbilla se le hundió sobre el pecho. Los susurros de muchos hombres se mezclaron con el leve rumor de las hojas.

El malayo que llevó a Tamb' Itam y a la joven a Samarang también estaba allí.

—No tan furioso como tantos —me dijo—, pero presa de un gran terror y asombro ante "lo repentino del destino de los hombres, que pende sobre sus cabezas como una nube cargada de truenos".

Me dijo que cuando a una señal de Doramin se descubrió el cadáver de Dain Waris, se vio que aquel a quien a menudo se llamaba el amito del señor blanco yacía intacto, con los párpados un poco abiertas. como a punto de despertar.

Doramin se inclinó un poco más hacia delante, como quienbusca algo caído en el suelo. Sus ojos recorrieron el cuerpo, de pies a cabeza, quizás en busca de la herida. Estaba en la frente, y era muy pequeña; y no se pronunció una palabramientras uno de los nresentps. inclinándose, sacó el anillo de plata de la mano fría y rígida. En silencio, lo levantó ante Doramin. Un murmullo de congoja y horror recorrió a la multitud, a la vista del símbolo familiar. El anciano nakhoda lo miró y de pronto lanzó un gran grito feroz, desde lo más hondo del pecho, un rugido de dolor y furia, tan poderoso como el bramido de un toro herido, que llenó de miedo el corazón de los hombres, con la magnitud de su furia y su pena, que se discernían con claridad, sin palabras. Después hubo un gran silencio durante un rato, mientras el cadáver era llevado a un lado por cuatro hombres. Lo dejaron bajo un árbol, y en ese instante, con un solo y prolongado aullido, todas las mujeres de la familia comenzaron a gemir; se lamentaban con gritos agudos; el sol se ponía, y en los intervalos de las lamentaciones, las voces cantarinas de dos ancianos que entonaban el Corán cantaban solas.

Para entonces, Jim, apoyado en la cureña de un cañón, contemplaba un río, y se volvió de espaldas a la casa. La joven en la puerta, jadeando como si hubiera corrido hasta más no poder, lo miraba a través del patio. Tamb' Itam se encontraba no lejos de su amo, esperando con paciencia lo que pudiese ocurrir. De pronto Jim, quien parecía hundido en silenciosos pensamientos, se volvió hacia él y le dijo:

—Es hora de terminar con esto.

—¿Tuan? —dijo Tamb' Itam, avanzando con vivacidad. No sabía qué quería decir su amo, y en cuanto hizo un movimiento la joven también se sobresaltó y bajó al espacio abierto. Parece que ninguna otra de las personas de la casa estaba a la vista. Ella se tambaleó un poco, y a mitad de camino llamó a Jim, quien en apariencia continuaba con su pacifica contemplación del río. Se volvió, y apoyó la espalda contra el cañón.

—¿Lucharás? —gritó ella.

—No hay nada por lo cual luchar —respondió él—. Nada se ha perdido. —Al decir esto, dio un paso hacia ella.

—¿Huirás? —volvió a gritar ella.

—No hay huida —repuso él, deteniéndose, y también ella se quedó inmóvil, en silencio, devorándolo con los ojos.

—¿Te irás? —inquirió con lentitud. Él inclinó la cabeza—. ¡Ah! exclamó ella escudriñándolo—, estás loco o eres falso. ¿Recuerdas la noche en que te rogué que me dejaras, y dijiste que no podías? ¡Que era imposible! ¡Imposible! ¿Recuerdas que dijiste que nunca me abandonarías? ¿Por qué? Yo no te pedí promesas. Lo prometiste sin que te lo pidiera... recuérdalo.

—Basta, pobre niña —dijo él—. No vale la pena que nadie me busque.

Tamb' Itam dice que mientras hablaban, ella lanzaba fuertes carcajadas insensatas, como quien está colmada de la presencia divina. Su amo se llevó las manos a la cabeza.

Estaba vestido como todos los días, pero sin sombrero. Depronto ella dejó de reír.

—Por última vez —exclamó, amenazadora—, ¿quieres defenderte?

—Nada puede tocarme —replicó él, en un último chispazo de soberbio egoísmo. Tamb' Itam vio que ella se inclinaba hacia delante, en el mismo lugar en que se encontraba, abría los brazos y corría con rapidez hacia él. Se lanzó sobre su pecho y le abrazó el cuello.

—¡Ah, pero yo te retendré así! —dijo—. ¡Eres mío!

Sollozó sobre el hombro de él. El cielo, sobre Patusán, era color rojo de sangre, inmenso, chorreante como una vena abierta. Un enorme sol se anidaba, carmesí, entre las copas de los árboles, y el bosque de abajo tenía un aspecto negro ytemible. Tamb' Itam me dice que esa noche la apariencia delcielo fue feroz y aterradora. Y puedo creérselo, pues sé queese mismo día un ciclón pasó a noventa kilómetros de la costa,aunque en el lugar apenas había un lánguido movimiento deaire.

,,i De pronto Tamb' Itam vio que Jim la tomaba de losbrazos, trataba de abrirle las manos. Ella se aferró con lacabeza echada hacia atrás; el cabello tocaba el suelo.

—¡Ven aquí! —gritó su amo y Tamb' Itam lo ayudó adepositarla en el suelo. Resultó difícil separarle los dedos.

Jim, inclinado sobre ella le miraba con ansiedad el rostro, yde pronto corrió al embarcadero. Tamb' Itam lo siguió, peroal volver la cabeza vio que ella se había puesto de pie, conun gran esfuerzo. Corrió tras ellos unos pasos, y cayó de pronto, pesadamente, de rodillas.

—¡Tuan! ¡Tuan! —llamó Tamb' Itam—. Mira. —Pero Jim ya estaba en una canoa, de pie, remando. No miró haciaatrás. Tamb' Itam tuvo tiempo de correr tras él, cuando lacanoa se separaba de la costa. La joven estaba entonces der rodillas con las manos apretadas, ante la puerta que daba al río. Así permaneció un rato, en actitud suplicante, antesde levantarse de un salto.

—¡Eres falso! —gritó hacia Jim.

—Perdóname —gritó él.

—¡Nunca! ¡Nunca! —respondió ella en un alarido.

Tamb' Itam tomó el remo de manos de Jim, pues eraindecoroso que él estuviese de pie mientras su señor remaba.

Cuando llegaron a la otra costa, su amo le prohibió que siguiese adelante. Pero Tamb' Itam lo siguió a distancia, su—biendo la cuesta hacia el campong de Doramin.

Comenzaba a oscurecer. Las antorchas parpadeaban aquíy allá.

Aquellos con quienes se encontraba parecían paralizados, y se apartaban deprisa para dejar pasar a Jim. Desdearriba llegaba el gemido de las mujeres. El patio estaba repleto de bugis armados, con sus seguidores, y de gente dePatusán.

No sé qué significaba, en verdad, esa reunión. ¿Eranpreparativos para la guerra, o para la venganza, o para rechazar la amenaza de una invasión? Muchos días transcurrieron antes de que la gente dejase de esperar, temblorosa, elregreso de los hombres blancos de larga barba y cubiertos de harapos, cuya exacta relación con su propio hombre blanco jamás podrían entender. Aun para esas mentes sencillas elpobre Jim sigue estando bajo una nube.

Doramin, solo, inmenso y desolado, seguía sentado en subutaca, con un par de pistolas de chispa en las rodillas y frente a él un gentío armado. Cuando Jim apareció, ante la exclamación de alguien todas las cabezas giraron, y entonces la masa se abrió a derecha e izquierda, y él caminó por un corredor de miradas que se desviaban. Los susurros lo seguían; murmullos:

—Él provocó todo el daño.

—Tenía un hechizo.

—¡Tal vez los escuchó!

Cuando apareció bajo la luz de las antorchas, las lamentaciones de las mujeres cesaron de pronto. Doramin no levantó la cabeza, y Jim se quedó en silencio ante él, duranteun rato. Luego miró a la izquierda, y se movió en esa dirección con pasos medidos. La madre de Dain Waris se acurrucaba junto a la cabeza del cadáver, y el cabello gris, desgreñado, le ocultaba el rostro. Jim se acercó poco a poco, miró a su amigo muerto, levantó la sábana, la dejó caer sin una palabra. Regresó con pasos lentos.

—¡Vino! ¡Vino! —corría de boca en boca, produciendoun murmullo a cuyo compás él se movía—. Se comprometió con su cabeza —dijo alguien en voz alta. Él lo oyó, y se volvió hacia la gente.

—Sí. Con mi cabeza. —Unos pocos retrocedieron. Jimesperó un instante, ante Doramin, y luego dijo con voz suave: —He venido apenado. —He venido apenado. —Volvió a esperar.—He venido dispuesto e inerme —repitió.

El torpe anciano inclinó la enorme frente como un bueybajo el yugo, hizo un esfuerzo para ponerse de pie, apretó las pistolas de chispa que tenía en las rodillas. De la garganta le salieron sonidos gorgoteantes, ahogados, inhumanos, y doscriados lo ayudaron desde atrás.

La gente vio que el anillo que tenía en el regazo caía y rodaba al pie del hombre blanco, y que el pobre Jim miraba el talismán que le había abierto las puertas de la fama, el amor y el éxito dentro de las paredes de bosques bordeadas de espumas blancas, en la costa que bajo el sol poniente parece el baluarte mismo de la noche. Doramin, en un esfuerzo por ponerse de pie, formaba conI sus dos ayudantes un grupo tembloroso, indeciso; sus ojillosmiraron con expresión de dolor enloquecido, de furia, con un brillo feroz, que los presentes advirtieron; y entonces, mientras Jim permanecía rígido, y con la cabeza desnuda aI la luz de las antorchas, mirándolo a la cara, se apoyó confuerza, con el brazo izquierdo en el cuello de un joven encorvado, levantó en un movimiento deliberado la derecha y disparó al amigo de su hijo en el pecho.

El gentío, que se había separado detrás de Jim, en cuanto Doramin levantó la mano, se precipitó, tumultuoso, hacia delante, después del disparo. Dicen que el hombre blanco envió, a derecha e izquierda, hacia todos esos rostros, una mirada orgullosa e inflexible. Luego, con la mano sobre los labios, cayó hacia delante, muerto.

Y ese es el final. Se disipa bajo una nube, inescrutable en el corazón, olvidado, no perdonado y excesivamente romántico. ¡Ni en los días más alocados de sus visiones juveniles habría podido entrever la forma atrayente de un éxito tan extraordinario! Pues muy bien puede ser que en este último breve momento de su postrer mirada, orgullosa e inflexible, hubiese visto el rostro de la oportunidad que, como una novia oriental, habría llegado, velada, a su lado.

Pero podemos verlo como un oscuro conquistador de la fama, arrancándose de entre los brazos de un amor celoso. ante la señal, ante el llamado de su exaltado egoísmo. Se separa de una mujer viva para celebrar su impía boda coni un brumoso ideal de conducta. ¿Se siente satisfecho... porcompleto, ahora?, me pregunto. Nosotros deberíamos saberlo.

Es uno de los nuestros ¿y acaso no me puse yo de pie unavez, como un fantasma convocado, para responder por su eterna constancia? ¿Me equivoqué tanto, entonces, en definitiva? Ahora ya no existe, y hay días en que la realidad de su existencia me llega con una fuerza inmensa, abrumadora; y, sin embargo, por mi honor, hay también momentos en que desaparece de mí; visto como un espíritu desencarnado, extraviado entre las pasiones de esta tierra, dispuesto a entregarse con fidelidad al reclamo de su propio mundo de sombras.

¿Quién sabe? Se ha ido con el corazón inescrutable, y la pobre joven lleva una especie de existencia sin sonidos, inerte, en la casa de Stein. En los últimos tiempos, éste envejeció mucho. Él mismo lo siente, y a menudo dice que "se prepara para dejar todo esto; se prepara para irse", mientras agita la mano, con tristeza, ante sus mariposas.


Setiembre de 1899 — julio de 1900


Publicado el 20 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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