Un Socio

Joseph Conrad


Cuento


¡Y qué cosa más idiota! Años y años pasan los marineros de aquí, Westport, relatando la misma mentira a los turistas, esa gente que se hace pasear en barca por un schelling con barba y preguntan puras tonterías. ¡Para pasar el rato hay que contarles algo!

¿Conoce usted algo más imbécil que hacerse pasear en una embarcación a lo largo de la playa? Es como tomar un refresco sin tener sed. No me explico qué gusto encuentran en ello. Ni siquiera se marean.

Un vaso de cerveza, olvidado, estaba sobre la mesa, junto al codo del bebedor. Esto ocurría en la pequeña sala de fumar de un pequeño y respetable hotel. Mi dedicación a las amistades improvisadas explicaba el motivo de mi estancia en aquel lugar y tal compañía a aquellas horas. El hombre que hablaba poseía unas enormes, aplastadas y arrugadas mejillas, afeitadas con suma prolijidad y un mechón espeso de pelos blancos cortados en cuadro colgaba de su barbilla; su balanceo acentuaba su voz opaca. El desprecio profundo que sentía por la especie humana, por sus actividades y moralidades, era expresado por la colocación caballeresca de su sombrero blando de fieltro negro y anchas alas, que no se quitaba nunca. Su aspecto era el de un viejo aventurero, dedicado a su vida privada, luego de protagonizar innumerables aventuras en los más oscuros rincones del planeta, y no precisamente en olor de santidad. Sin embargo, yo tenía mis deducciones para pensar que nunca había salido de Inglaterra. Por una observación fortuita, hecha por alguien, pude adivinar que en otro tiempo tuvo relación con algo referente a los barcos; pero con los barcos en los muelles. Gozaba de una personalidad contundente. Fue lo primero que me llamó la atención en él. Pero no era empresa fácil juzgarlo y, antes de que transcurriera una semana de nuestro conocimiento, renuncié a su clasificación y me conformé con esta definición poco clara: "un rufián imponente y viejo".

Una tarde lluviosa, en que yo estaba atravesado por un aburrimiento terrible, entré en la sala de fumar. Él estaba sentado en una absoluta e impactante inmovilidad, en posición de faquir. Pensaba, entonces, cuáles podían ser las relaciones entre un hombre tal y el ambiente, sus opiniones, sus concepciones morales y hasta quién podía ser su mujer, cuando con gran sorpresa mía, casi de repente entabló ,conversación conmigo, hablando entre dientes, con voz apagada.

Debo aclarar que desde que le dije que me dedicaba a escribir cuentos y novelas, toda la mañana la ocupó en lanzar delante de mí, a modo de gesto de bienvenida, un vago y constante gruñido.

Él era, obviamente, un taciturno. Sus sentencias fragmentarias producían un efecto de rudeza. Hubo de pasar algún tiempo para que yo descubriera que lo que quería saber él era cómo me las arreglaba yo o qué estrategias seguía para publicar cuentos y novelas en los periódicos.

¿Qué podía decirle a un hombre así? Yo me aburría mortalmente; el tiempo continuaba imposible y, aunque fuera sólo por cortesía, resolví ser amable.

—¿Fabrica usted mismo esas historias? ¿Cómo demonios se le ocurren? —rugió.

Yo le expliqué que generalmente se sigue una idea o sugestión, cuando se escribe un cuento.

—¿Y eso qué es?

—Bueno, por ejemplo —dije yo—, el otro día me hice pasear en barca hasta más allá de las rocas. El marinero me habló de un naufragio de hace más de veinte años, en esas mismas rocas. Esto puede inspirar o sugerir un cuento, una descripción sobre todo, con el título de "En la Mancha", por ejemplo.

En aquel momento comenzó a burlarse de los marineros y de los turistas que escuchaban sus relatos.

Sin que se moviera un músculo de su rostro, lanzó con violencia la palabra "idiotas", que salió de sus profundidades. Y retomando su murmuración ronca y entrecortada: "Mirando esas imbéciles rocas, moviendo las estúpidas cabezas (los turistas, según presumo).

¿Qué creen que es un hombre, una bolsa de papel llena de aire, que revienta cuando le pegan? ¡Hermosa inspiración! Estúpido cuento del demonio. ¡Una mentira!".

Hay que imaginarse a aquel imponente rufián con el fieltro negro de su sombrero como adorno, expresando aquellas palabras como un perro viejo que ladra de vez en cuando, con la cabeza erguida y los ojos fijos.

—Después de todo —exclamé yo—, si es falso no deja de ser una inspiración que me permite ver las rocas, la tempestad, la cadencia de las olas de que nos hablan, etc., etc., en sus relaciones. El efecto de la lucha contra las fuerzas naturales —dije, exaltado.

Me interrumpió y, aún más agresivo, preguntó:

—¿La verdad es algo para usted?

—No me atrevería a afirmarlo —repuse con cierta prudencia—. Lo que sé es que la verdad resulta más extraña que la ficción.

—¿Quién dice eso? —vociferó enfático.

—¡Oh, nadie en particular!

Me volví hacia la ventana, pues el sujeto en cuestión, con su brazo inmóvil sobre la mesa, comenzaba a molestarme. Yo creo que fue mi actitud poco cortés la que lo impulsó a pronunciar un discurso relativamente largo.

—¿Ha visto usted alguna vez rocas tan tontas como ésas? Parecen pasas en una porción de pudding frío.

Yo miraba las rocas, un acre o más de puntos negros esparcidos entre las sombras gris acero de un mar compacto, bajo la niebla de un vaporoso gris. A un lado, la mancha clara y homogénea: la blancura velada de la bahía, desprendiéndose como un reflejo difuso y misterioso. Era un cuadro bello y a la vez singular, algo expresivo, impresionante y solitario a la vez, una sinfonía en gris y negro, un verdadero Whistler. Lo que ocurrió después, generado por aquella voz a mi espalda, me obligó a volverme. La voz rezongaba su desprecio contra toda relación posible entre las olas rugientes. Después, en tono enérgico y conciso, añadió:

—¡Yo no soy tan bobo! Cuando contemplo esas rocas... me recuerdan más bien una oficina de Londres... en una de las calles perdidas que abundan detrás de la estación de Cannon Street...

El hombre se expresaba deliberadamente de un modo a veces vibrante y fragmentario y otras blasfémico.

—Se trata más bien de una relación lejana —aclaré.

—¡Una relación! ¡Vayan al diablo sus relaciones! Eso es puro azar.

—Sin embargo —dije yo aún con ganas—, una casualidad tiene relaciones con sucesos anteriores y posteriores, que de poder desarrollarse...

Parecía escuchar atentamente, inmóvil.

—¡Ah, sí, desarrollarse! Quizá es eso lo que usted hace, ¿no es cierto? Eso nada tiene que ver con el mar. Puede quitárselo de la cabeza, si usted desea.

—Si es necesario, desde luego. A veces hay que sacarse un montón de cosas de la cabeza. Aunque debo aclararle que la historia o el cuento es lo de menos, depende de muchas cosas.

Me divertía hablarle en esos términos. Él manifestaba claramente que, a su juicio, los novelistas estaban detrás del dinero, lo mismo que las demás personas que viven de su esfuerzo, y le parecía extraordinario hasta dónde llegaban los supuestos novelistas corriendo tras del dinero... o algunos de ellos.

En este punto, hizo una crítica contra la vida marítima. Estúpida existencia, según él.

Lejana de ocasiones, carente de experiencias y de variedad, ¡nada! Aunque admitía que la navegación había dado hombres valiosos. Hombres que están hechos para triunfar en el mundo como para volar en el aire. ¡Niños! El capitán Harry Dunbar, por ejemplo. Buen marino. Gran reputación como capitán. Gran hombre. Patillas cortas grisáceas, bello rostro y voz fuerte. Un buen muchacho, pero con la maldad de un niño de pecho para luchar contra la infamia humana.

—¿Habla usted del capitán del "Sagamore"? —dije yo, enardecido.

Después de un despectivo "Sí, señor", miró fijamente la pared, como si delante estuviera la oficina de Cannon Street Station. Mientras, gruñendo, me echaba otra de sus descripciones fragmentarias, levantando de vez en cuando la barbilla, como si dominara su cólera.

A juzgar por su descripción, se trataba de un modesto despacho, nada sombrío, algo apartado en una pequeña calle reconstruida casi por completo. La tercera puerta, después del café del Cheshire Cat, bajo el puente del ferrocarril. "Yo tenía la costumbre de almorzar allí cuando mis negocios se concentraban en la City. Cloete iba a tomar un bocado y a bromear con la camarera. Bromear era lo de menos para él. Sólo la forma en que se colocaba sus anteojos, cómo parpadeaba o el movimiento de su enorme boca bastaba para hacer reír antes de comenzar el relato de sus bromas. ¡Gracioso hombre!

Cloete, C-l-o-e-t-e, Cloete".

—¿Qué era? ¿Holandés? —pregunté. No veía por ningún lado la relación entre aquello y los marinos de Westport, y menos los turistas de Westport, ni por qué el viejo e irritable infame los tildaba de locos y embusteros.

—¡Sólo el diablo lo sabe! —gruñó con los ojos fijos en la pared, como si esta vez estuviera viendo una cinta cinematográfica de la cual no quería perderse detalle alguno—.

Hablaba sólo inglés. La primera vez que lo vi fue en el muelle, al salir de un barco que acababa de llegar de los Estados Unidos. Era un barco de pasajeros. Me preguntó si conocía un hotel pequeño por aquí cerca. Necesitaba un sitio tranquilo, ya que tenía trabajo para quince días. Lo llevé a un hotel de unos amigos míos... Retorné a la City.

"¡Oh!, es usted muy amable —dijo—, lo convido a una copa". Se me puso a hablar efusivamente de sí mismo y de los años que había pasado en los Estados Unidos. De toda clase de asuntos repartidos aquí y allá. Con comerciantes en determinadas especialidades y en productos farmacéuticos. ¡Viajes! Redactó anuncios y todos sus derivados. Me contó cosas muy divertidas. Un tipo bien posicionado, distinguido. Cabellos negros erizados como la cerda de un cepillo, una cara larga, largos brazos, largas piernas, con una manera estúpida de hablar en voz baja... ¿Ve usted esto?

Yo asentí, pero él casi no lo advirtió.

—Nunca he reído tanto en mi vida. Aquel rufián le hubiera hecho reír aun contando cómo había despedazado a su propio padre. Por otra parte, era capaz de hacerlo. Un hombre entendido en especialidades farmacéuticas es capaz de todo; desde arriesgarlo todo a cara o cruz hasta el crimen con premeditación. Aquí tiene usted una verdad que debe aprovechar. Ellos se burlaban de todo, creían que podían apoderarse de lo que les diera la gana y encontrar así una justificación para lo más repudiable. El mundo era su presa. En el fondo, Cloete era un hombre de negocios. De pronto, juntó unos cientos de libras. Buscó trabajo tranquilo. "Nada hay más valioso o que valga tanto, al fin de cuentas, como la vieja patria", me decía un día. Y se fue, dejándome rodeado de las mismas copas que de costumbre. Al cabo de un tiempo, unos seis meses creo, me tropecé con él en la oficina de George Dunbar. Sí, en aquella oficina. Era raro que yo... Sin embargo, en un barco había una partida a su cargo en el muelle, y por ese asunto necesitaba hablar con mister George. De pronto, veo a Cloete que salía de una habitación del fondo, con papeles en la mano... Asociado. ¿Comprende usted?

—¡Ah, sí! —dije yo—. Los centenares de libras.

—Y también su lengua —gruñó—. No olvide usted su lengua. Algunas de sus charlas debieron aclarar en la mente de George Dunbar su concepto de los negocios.

—Era un muchacho persuasivo —sugerí yo.

—¡Hum! Usted lo soluciona a su modo. ¡Bueno! Socio. George Dunbar se caló su alto sombrero y me pidió que esperase un poco... George tenía el aspecto del hombre que gana miles al año. Él y el capitán Harry salieron juntos. Tenían un asunto que resolver con un abogado de allí cerca. El capitán Harry, cuando estaba en Inglaterra, acostumbraba ir con frecuencia al despacho de su hermano, alrededor de las dos. Se sentaba en un rincón como un buen muchacho y se ponía a leer los periódicos, fumando su pipa. Dos hermanos modelos. ¡Dos pichones! "Yo me ocupaba de las partidas de frutos en conserva", me confesó Cloete. Conmigo entabló una conversación acerca de esa especialidad. Después, a continuación: "¿Qué suerte de vejestorio es el tal 'Sagamore'? El barco más hermoso que ha existido, ¿eh? Naturalmente, todos los barcos son buenos para usted. ¡Vive usted de ellos! En cuanto a mí, preferiría esconder mi dinero en un calcetín viejo".

El hombre tomó aliento y en un momento observé que su mano, que había permanecido hasta entonces reclinada sobre la mesa, se cerró despacio. Esto, en un hombre inmutable como aquél, era de mal agüero: algo así como el gesto del Comendador.

—Así, pues, observe usted que ya en esta época... —rezongó.

—Pero, dígame —interrumpí—, el "Sagamore" pertenecía a Mundy y Rogers, según me han dicho.

Resopló con desaire:

—¡Vayan al diablo; los marinos no saben nada! Llevaba la bandera de la casa. Es diferente. Es un favor. Esto es todo. Al morir el viejo Dunbar, el capitán Harry capitaneaba ya un vapor de la casa; George dejó el Banco donde trabajaba para seguir su vida con lo que le había dejado el viejo. George era un hombre lúcido e ingenioso.

Comenzó primero por dedicarse al almacenaje; comerció con dos o tres cosas al mismo tiempo: pulpa de madera, frutas en conserva y otros productos parecidos. Y el capitán le confió su parte para que el negocio marchase...

"Con mi barco tengo todo lo necesario —dijo él—. Pero justamente Mundy y Rogers vendieron todos sus navíos a los extranjeros y se dedicaron a la navegación de vapor". El capitán Harry se molestó bastante con esto: perder su mando, abandonar un barco que quería con toda su alma. Se descorazonó. He aquí que ante esa ocasión, los dos hermanos recolectaron un poco de dinero, que les dejó una vieja que murió, o cosa por el estilo.

Una pequeña hucha. Y así fue como el pequeño George propuso:

—Ahora los dos tenemos con qué comprar el "Sagamore".

—Pero vas a necesitar más dinero para tu negocio —gritó el capitán Harry. El otro lanzó una carcajada y dijo:

—Mi asunto marcha muy bien. Puedo salir y juntar un puñado de monedas de oro de a veinte chelines en el tiempo que tú tardas en fumar una pipa, querido...

En esta oportunidad, Mundy y Rogers se mostraron muy amables:

Desde luego, mi capitán, y si usted desea, nosotros trabajaremos por su cuenta como si el barco fuera nuestro.

En esas condiciones, puede usted deducir que comprar el barco era un buen negocio.

¡Ya lo creo que lo era en aquel tiempo!

El modo que tenía aquel viejo de volver la cabeza hacia mí, en otro hombre hubiera significado un gesto iracundo.

—Todo eso, como usted puede deducir, ocurrió antes de que apareciera Cloete murmuró.

—Sí, ya comprendo —contesté—. Nosotros decimos generalmente: "Pasaron algunos años..."

—El tiempo pasa pronto.

Me contempló en silencio como inmerso en el recuerdo de aquellos años de excelentes negocios. Se trataba de sus años y de los años (no muy numerosos), en que Cloete entró en escena. Al retomar la conversación advertí claramente su intención de demostrarme, en la forma oscura y enfática que le era característico, la influencia que había ejercido sobre George Dunbar. El mismo Dunbar, más tarde, había constituido una dilatada sociedad con la moral fácil y poco convincente de Cloete, hombre de talento, persuasivo, sin vergüenzas, y de tendencias desordenadas y aventureras. Él deseaba que yo insistiese acerca de aquel asunto y le aseguré que ello dependía de mí. También deseaba que yo entendiera que el negocio de George tenía sus altibajos y sus quiebras; durante ese tiempo, el otro hermano viajaba de un lado para otro como si nada, al extremo que a veces faltaba el dinero, lo cual le preocupaba mucho, pues se había casado con una mujer aficionada al despilfarro. En términos generales, Cloete vivía con cierta ansiedad respecto de este asunto. Y justamente iba a la City en busca de un hombre que trabajaba en específicos (el antiguo tráfico de aquel rufián), con éxito. Con un capital de varias veintenas de miles, capaz de gastarlas a manos llenas en anuncios, su negocio podía haberse convertido en una mina de oro. Cloete se deslumbró ante las ganancias de aquel negocio en el que era un técnico. Me explicó que el socio de George se entusiasmaría ante la idea y sería, sin dudas, una ocasión única.

Todos los días, alrededor de las once, aparecía en la oficina de George, abrumándolo con el mismo asunto, hasta que a George le rechinaban los dientes de rabia.

—¡Basta! ¿De qué nos sirve eso? ¡No hay dinero! ¡Si casi no hay ni con qué continuar!

No se deben gastar millares en publicidad.

En verdad, no se atrevía a proponer a su hermano que vendiera el barco. Su hermano no quería ni pensar en ello. Esta idea lo obsesionaba. Pensar en tal cosa significaba el fin del mundo. ¡Y para un negocio de ese género...!

—¿Cree usted que eso sería una estafa? —preguntó Cloete retorciendo la boca. George contestaba que no. Un burro podrá creerlo sólo después de la experiencia que tenía en los negocios.

Cloete lo miraba con dureza. Jamás pensó en vender el navío. Con los años, la vieja cáscara de nuez que tenía no valdría en venta la mitad del valor del seguro. A George esto lo ponía fuera de sí. ¿Qué significaban, pues, aquellas bromas idiotas desde hacía tres semanas con respecto al cargamento del buque? ¡Estaba ya harto! Y se enfadaba hasta arrojar baba por la boca. Cloete no se conmovía por ello.

—Yo tampoco soy ningún burro —dijo lentamente—. No hay necesidad de vender nuestro viejo "Sagamore". Este viejo cacharro sólo necesita el tomahawak (al parecer, el nombre "Sagamore" quiere decir jefe indio o algo parecido. La figura de proa era un salvaje medio desnudo, con plumas en las orejas y un hacha en el cinto). Un golpe de tomahawak —dijo.

—¿Qué quiere decir usted? —preguntó George.

—Hacerlo naufragar; esto puede arreglarse sin riesgos —continuó Cloete—. Su hermano tendrá su porcentaje en el seguro. No hay necesidad de decirle nada. Él cree que usted es el hombre de negocios más listo que existió jamás. En esta ocasión, usted labra la fortuna suya gracias a sus recursos de hombre lúcido en negocios...

George, con rabia, puso sus manos crispadas sobre la mesa.

—¿Cree usted que mi hermano es hombre capaz de hacer naufragar su barco adrede?

No me atrevería a decir semejante cosa en el mismo lugar en que él se encontrase: es el hombre más bueno del mundo...

—No haga usted tanto escándalo —dijo Cloete—. Lo van a oír desde fuera.

Y yo le dije que su hermano era el reflejo de todas las virtudes, pero que hiciera que se quedase en tierra un viaje.

—Un permiso, un descanso, ¿por qué no? En fin, ya tengo elegido a un especialista en estos asuntos —reclamó Cloete.

George casi se sofocó de indignación.

—¿Así, pues, usted cree que yo pertenezco a esa clase de hombres capaces de tales asuntos? ¡Me cree capaz de tal acción! ¿Por quién me ha tomado usted...?

Casi perdió la cordura. Sin embargo, Cloete no se inmutaba. Sólo palideció un poco en la parte del rostro que rodeaba sus narices.

—Yo le he tomado por un hombre que, en la miseria, dentro de poco, no tendrá ni un cuarto. ¿Por qué se indigna usted? ¿Es que yo le propongo que robemos a la viuda y al huérfano? ¡Ah, amigo mío! El Lloyd es una corporación, y esto no matará a nadie de hambre. Son cuarenta, al menos, los que han asegurado el estúpido barco. Nadie sentirá frío ni calor. Ellos tienen en cuenta todos los riesgos. Todos, fíjese bien, todos... Una conversación acerca de esto. ¡Esto!

George, totalmente desconcertado, ante cada contestación agitaba los brazos. Pero de pronto, ¿comprende usted?, el otro, con la espalda vuelta hacia la chimenea para recibir calor, continuó hablando:

—El negocio de la pulpa de madera estaba a dos dedos de quebrar. El negocio de las frutas en conserva a punto de terminar en desgracia...

—Usted tiene miedo. La ley se ha hecho sólo para los imbéciles...

Y le explicó cómo el barco podría hundirse lejos y con toda seguridad, y cómo sería pagado el seguro. No habría ni la menor sospecha. Luego, asunto terminado. El barco tenía que acabar alguna vez.

—No tengo miedo, sino que estoy indignado —contestó George Dunbar.

En el fondo, Cloete hervía de rabia. Se trataba de la ocasión que había esperado toda la vida, de su única ocasión.

Después continuó:

—Su mujer se indignará mucho más cuando usted le informe que tiene que abandonar su bonita casa para adaptarse en unas habitaciones que dan a un patio. Tal vez los hijos también...

George no tenía hijos. Casado hacía unos dos años, deseaba con ansias tener un hijo o dos. Se desconcertó más aún. Argumentó la necesidad de conservar un nombre honrado para ellos cuando vinieran al mundo, y de otras cosas parecidas. Cloete respondió entre dientes:

—Dese usted prisa antes de que lleguen y así tendrán un padre rico, y nadie podrá decir nada en su contra. Esto es lo interesante del caso.

George casi se largó a llorar. Tengo para mí que lloraba a ratos perdidos. Pasaron varias semanas. Imposible enfadarse con Cloete. No pudo reembolsarles aquel puñado de dinero y, además, estaba acostumbrado a llevar un buen puñado de monedas encima.

George era un débil y Cloete generoso...

—No se preocupe usted de mi pequeña cantidad. Naturalmente se perderá. En cuanto se vea usted obligado a cerrar la tienda, peor que peor —dijo. Después habló de la joven esposa de George.

Cuando Cloete comía en su casa, el animal vestía de etiqueta, porque así le gustaba a la mujercita.

—El señor Cloete, el socio de mi marido: un hombre inteligente, un hombre de mundo, hombre divertido...

Cuando la mujercita se encontraba a solas con Cloete:

—¡Oh, señor Cloete, me gustaría que George asegurase nuestro futuro! ¡Nuestra posición es muy insegura...!

Y Cloete sonreía, sin asombrarse. Era él mismo quien había inculcado esas ideas en aquella cabecita sin seso.

—Es su marido el que tiene necesidad de un poco más de iniciativa y audacia. Señora Dunbar, debiera usted animarlo.

Era una pequeña persona extravagante y tonta. Había obligado a George a tomar una casa en Noorwood. Gastaban mucho más que otras personas que gozaban de una posición superior a la suya. Yo la vi una vez vestida de seda, preciosos zapatos, plumas, perfumes, cara rosácea, todo ello más adecuado para pasear por la Alhambra que para un hogar honrado, a mi modo de ver. Pero hay mujeres que tienen el arte diabólico de dominar a los hombres.

—Cierto, aun cuando ese hombre sea el marido —respondí yo.

—Mi mujer— me declaró entonces en tono solemne y extraordinariamente gravehubiera podido enrollarme alrededor de su dedo meñique. Cuando murió, me di cuenta de ello. ¡Ay! Pero era una mujer de buen sentido, mientras que esa pícara hubiera servido para hacer la carrera. Es cuanto puedo decir. Puede imaginársela, pues usted conoce bien el paño.

—Descuídese, que ya me la imagino —le dije.

—¡Hum! —gruñó él, con dudas, volviendo a tomar su tono desdeñoso—. Un mes más tarde, aproximadamente, el "Sagamore" entró en campaña. Al principio todo marchaba de maravilla.

—¡Bueno, querido George!

—¡Ah, querido Harry...! —Pero, de repente el capitán Harry advirtió que su desenvuelto hermano estaba preocupado. Cada vez iba de mal en peor. No podía desechar la propuesta de Cloete. Y no podía quitárselo de la cabeza.

—¿Nada de enojoso? ¿Todo va bien?

El capitán Harry, siempre mostrando preocupación y ansiedad:

—Los negocios van bien. Todo marcha bien. Muchos y excelentes negocios.

Desde luego, el capitán Harry le creía de pies a cabeza. Y se disponía a bromear a su hermano, como siempre, diciéndole que nadaban en oro. A George no le llegaba la camisa al cuerpo y sentía, contra el capitán, la cólera que ardía en su pecho.

—¡Imbécil! ¿Nadar en oro? ¡Ya lo creo! (La propuesta de Cloete le lastimaba el espíritu).

Días después, hablando, le dijo a Cloete:

—Quizá sería mejor que vendiéramos. ¿No podríamos decirle algo a mi hermano?

Y Cloete le explicó por centésima vez que, en aquel caso, vender no serviría de nada.

No. El "Sagamore" necesitaba un buen golpe de tomahawak, como él decía, para no lastimar los sentimientos de George, y cada vez que pronunciaba la palabra, George se estremecía.

—Conozco a un hombre que hará la tarea sin fallar, de maravillas, muy competente en el asunto y que por quinientas libras lo llevará a buen fin, ¡y tan conforme de encontrar una ocasión como ésta! —añadió Cloete. Al decir esto, Cloete cerró los ojos, al mismo tiempo que reflexionaba. ¡Qué engaño! ¡No existía hombre capaz de eso! Y aun en el caso de que existiera, ¿podría confiarse en él?

Y Cloete seguía bromeando acerca de ello. Hablara de lo que hablase, daba la sensación de que lo hacía en broma.

—Ahora sé que usted es un ciudadano moral. La moralidad es producto, la mayoría de las veces, del miedo, y usted, George, es el hombre más miedoso que he conocido en mis viajes. ¿Por qué tiene miedo de hablar con su hermano? Vamos a ver. ¿Le da a usted miedo abrir la boca teniendo delante una fortuna enorme?

Y al llegar a esto, George dio un salto. No, él no tenía miedo; iba a hablar. Dio varios puñetazos sobre la mesa. Cloete le daba golpecitos de confianza en la espalda, diciendo:

"Pronto seremos ricos".

Pero la primera vez que George intentó hablar con el capitán Harry, su coraje se desvaneció. Ante la idea de quedarse en tierra, el capitán se echó a reír. No, de ningún modo quería tomarse unas vacaciones. Sólo que Jane tenía ganas de quedarse en Inglaterra en este viaje; quería dar una vuelta y visitar a las personas de su familia. Jane era la mujer del capitán: una mujer amable y de cara redonda. Por esa vez, George renunció a hablarle. Por su parte, Cloete no le daba tregua. Probó otra vez y el capitán frunció el entrecejo. Aunque lo frunció de asombro. No comprendía. Nunca se le había ocurrido la idea de vivir lejos del "Sagamore".

—¡Ah! —dije yo—, ahora comprendo.

—¡Qué va usted a comprender! —gruñó el hombre, lanzándome una mirada sombría y desdeñosa.

—Perdóneme —murmuré yo.

—¡Hum! Muy bien, muy bien. El capitán Harry tomó un aire severo y George pareció desfallecer.

"Lee dentro de mí", se dijo. Naturalmente, no había nada de eso. George le tenía miedo hasta a su sombra. Intentó librarse de Cloete. Dio a entender a su socio que a su hermano le andaba dando vueltas la idea de pasar una temporada en tierra, y asuntos por el estilo. Y Cloete esperaba, comiéndose las uñas de impaciencia. Cloete había encontrado verdaderamente un hombre para dar a luz su proyecto. Fuera cierto o no, lo había encontrado en la misma pensión donde él se alojaba, en los alrededores de Tottenham Court Road. Había observado, en el piso bajo de la casa, a un sujeto medio pensionista, pasando el tiempo casi siempre en un rincón oscuro del pasillo, una suerte de señor de la casa, un personaje furtivo. Ojos negros, cara blanca. La dueña de la pensión una viuda, según ella se presentaba—, siempre hablaba del señor Stafford, señor Stafford por aquí, señor Stafford por allá... Un día, Cloete invitó al hombre a tomar una copa.

Cloete pasaba la mayor parte de las noches en un bar. Nada de emborracharse, sólo necesidad de compañía. Por pura costumbre le gustaba hablar con toda clase de gente.

Moda americana.

Cloete invitó repetidas veces a aquel sujeto. Sin embargo, no se crea que se trataba de un compañero muy divertido. Poca conversación. Se sentaba tranquilamente, bebía lo que le ponían delante, los ojos entornados, hablaba con cierta pesadumbre.

—He tenido desgracias —decía. La verdad es que lo habían echado de una gran casa armadora por su mala conducta: lo dejaron irse tranquilamente sin que afeara su certificado de servicios. Esto no le disgustaba, a mi modo de ver, ya que vivía sin trabajar, a expensas de la viuda de la pensión.

—Es casi increíble —me arriesgué a decir—. ¿Habla usted de un capitán con título, al parecer?

—Sí. He conocido a algunos que terminaron como conductores de tranvías —murmuró con desprecio—. Sí, moviéndose en la plataforma y gritando: ¡dos peniques hasta el final del trayecto!

¡La bebida! Pero este Stafford era de otra clase. El infierno está lleno de Staffords de este tipo. Cloete se burlaba un poco de él y entonces los ojos medio entornados de aquel hombre brillaban con cierta rareza. Cloete se comportaba, generalmente, de un modo amable con el individuo. Cloete era, por lo demás, un hombre capaz de ser amable hasta con un perro sarnoso. Fuera de ello, el marino sospechoso se acostumbró a tomar una copa de vez en cuando con Cloete, a que éste le cediera alguna que otra moneda, pues la viuda no era muy generosa en cuanto a ofrecer a Stafford dinero para los gastos diarios.

Casi todos los días, en el sótano se desarrollaban escenas sobre este asunto.

La ocasión de que aquel vago fuera marino, hizo pensar a Cloete en deshacerse del "Sagamore". Se puso a analizarlo. Creía que él guardaba suficiente maldad como para dejarse tentar. Y así una noche le habló:

—Supongo que no querrá usted volver al mar por una temporada.

El otro ni siquiera levantó los ojos y contestó que por el miserable salario que ofrecían, no valía la pena.

—Está bien; pero ¿qué diría usted si le ofrecieran el sueldo de capitán por una vez y sede agregaran doscientas libras más? Pudiera ocurrir un accidente —dijo Cloete.

—¡Oh, sin duda! —asintió Stafford; y continuó apurando su vaso y hablando de barcos, restándole importancia a la cuestión.

Cloete lo instigó un poco más. El otro observó en tono impúdico y entristecido:

—¿Lo ve usted? No hay porvenir en un asunto como éste.

—¡Oh, no! —dijo Cloete—. Seguramente, no. Es una transacción de una vez para siempre. Ahora bien, ¿en cuánto tasa su porvenir? —preguntó.

El hombre disimuló mayor indiferencia y se hizo el dormido. Yo creo que el hombre se sentía demasiado indiferente para no fingir. Jugar más o menos a las cartas, obtener medios de vida de una mujer o de otra persona, por las buenas o por las malas, era su fuerte. Cloete, en voz baja, lo maltrató otra vez. Todo esto acontecía en el bar del Horse Shoe, en Tottenham Court Road. Al fin, al apurar el segundo whisky caliente, se pusieron de acuerdo en quinientas libras para dar el golpe de tomahawak que necesitaba el "Sagamore".

Pasaron una semana o dos. El sujeto vagabundeaba por los pasillos de la casa, como si nada, y Cloete dudaba de que se acordase del asunto. Un día paró a Cloete en la puerta y, siempre con la vista baja, dijo:

—¿Hay novedades acerca del empleo que piensa darme?—preguntó. Seguro que la viuda le habría jugado alguna pasada peor que todas las anteriores y temía terminar en la calle. Y Cloete, frente a esto, satisfecho. George había hablado de tal forma delante de él que Cloete consideraba cosa cerrada el asunto. Le dijo al hombre:

—Sí, es el momento de que le presente a mi amigo. Póngase el sombrero y vámonos.

Se fueron al despacho los dos. George, que estaba sentado ante la mesa, los miró, dominado por el pánico. Delante de él vio a un individuo de cara sucia, de rasgos hermosos y ojos saltones medio cerrados, que llevaba un gabán pequeño de color avellana y un sombrero raído. Los movimientos del hombre eran cautelosos. George se preguntó:

—¿Éste es el hombre y con tal aspecto? La cosa así es imposible.

Cloete hizo la presentación y el tipo se volvió para observar la silla antes de sentarse.

—Un hombre muy competente —prosiguió Cloete. El hombre optó por el silencio y permaneció sentado tranquilamente. George, que tenía la boca seca, no podía articular palabra pero hizo un esfuerzo:

—¡Ejem! ¡Ejem! ¡Oh, sí! Estoy desolado porque han hecho ustedes la visita en vano.

Mi hermano ha contraído otros compromisos, y él mismo irá.

El hombre se levantó, siempre con los ojos cabizbajos, como una señorita pudorosa, y sin pronunciar palabra, salió del despacho. Cloete se acarició la barbilla y se mordió todos los dedos de su mano. George sintió que el corazón le fallaba. Le dijo a Cloete:

—No es posible eso. ¿Cómo puede hacerse? En cuanto el barco se perdiera, Harry se daría cuenta de lo que había pasado. Es hombre capaz de involucrar con sus sospechas a los propios aseguradores del buque y se le destrozaría el corazón al pensar en mí, en su hermano. ¿Y cómo voy a hacerle ese daño?

Estamos solos en el mundo y nos queremos como nadie.

Cloete se despachó un horrible juramento, dio un salto y se lanzó dentro de la oficina. George le oyó arrojar al suelo todos los objetos que encontraba a mano. Al cabo de un rato, se dirigió a la puerta y con voz temblorosa, dijo:

—Me pide usted una cosa imposible.

Cloete estaba dispuesto a abalanzarse sobre él y despedazarlo como un tigre, pero abrió un poco más la puerta y le dijo:

—Permítame que le diga que será cuestión de corazón, pero el corazón de usted es del tamaño de un ratón.

Pero George se burló de estas palabras, respondiendo que en todo caso sería cuestión de tamaño. Y en ese preciso momento entró Harry.

—Me he retrasado un poco, querido George. ¿Qué te parece si comemos ahora una chuleta en el Cheshire?

—Me gusta la idea, querido.

Y salieron para ir a almorzar juntos. Ese día, Cloete no pudo comer.

George se sintió otro hombre, por un momento; en ese instante, Stafford apareció rondando la calle y pasó por delante de la puerta. La primera vez que George lo vio, creyó confundirse. Pero no. La segunda vez salió y lo vio ir y venir de un lado a otro.

Esto puso muy nervioso a George. No tenía más remedio que salir y dirigirse a su trabajo.

Cuando se encontró en la calle con ese hombre, lo evitó una y otra vez, tres veces en total. Al fin lo halló en su propia puerta.

—¿Qué quiere usted? —le dijo, simulando indignación.

Sin duda hubo un altercado en el sótano de la pensión, y la viuda, desbordada de celos, se había desatado contra él hasta amenazarlo con denunciarlo a la policía. El señor Stafford no quería ni oír hablar de la mujer. Salió, pues, de repente tal como una liebre, y ahora ——para decirlo en pocas palabras— se "encontraba en el arroyo". En cuanto a Cloete, tenía un aspecto tan poco amable cuando caminaba por la calle que no se había animado a acercarse a él. Le parecía más bondadoso George. Se conformaría con un poco de tabaco para masticar, y de paso, alguna cosilla.

—Soy un desgraciado —dijo en un tono de discreción que logró conmover a George más que una escena violenta.

—Considere usted el grado de mi desdicha —dijo.

George, en lugar de mandarlo al diablo, perdió la cabeza.

—Yo no lo conozco. ¿Qué quiere usted? —gritó e ingresó de inmediato en la oficina al encuentro de Cloete.

—¿Ve usted lo que ocurre? —dijo casi sin aliento—. Ahora estamos a merced de ese ganapán.

Cloete intentó persuadirlo de que el hombre no podía hacer nada contra ellos. Y George creía que aquel asunto podría generar un escándalo. Dijo que no podía soportar mucho más la terrible obsesión. Cloete iba a reírse. Como si no le hubiera dado las espaldas a todo aquello y mucho más. Pero de pronto, cambió de pensamiento y de tono.

—Sí. Quizá. Para comenzar voy a bajar y lo despediré.

Volvió y dijo:

—Se ha ido. Tal vez usted tenga razón. Ese pobre diablo carece de trabajo y eso lleva a veces a la desesperación. Lo mejor sería alejarlo por algún tiempo. El infeliz está realmente necesitado. No pienso pedirle a usted gran cosa esta vez. Sólo que no se le escape la lengua. Voy a tratar de convencer a su hermano para que lo tome de segundo de a bordo. Al oír esto, puso los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos. De esa manera, hasta el mismo Cloete se compadeció. Al mismo tiempo, estaba más contento porque había sentido un poco de piedad al ayudar a Stafford. Aquel mediodía mismo le compró un traje azul y le dijo que era necesario volver al trabajo para ganarse la vida. Embarcarse como segundo del "Sagamore". El rufián no se mostró muy satisfecho, pero al no tener qué comer ni dónde dormir —ya que la viuda le había generado miedo con sus amenazas de denunciarlo a la policía— no podía elegir otra solución, hablando propiamente. Cloete lo contuvo dos días más...

—Nuestro arreglo subsiste —dijo—. El barco debe ir ahora a Port—Elizabeth, donde no es nada fácil echar el ancla. Si por casualidad al barco se le rompe el ancla, por un golpe de mar y se pierde en la costa, como ha ocurrido con otros barcos, las quinientas libras son para usted y a volver enseguida a Inglaterra. ¿Está usted conforme?

Nuestro señor Stafford escuchó esto con la mirada baja.

—Soy un buen marino —dijo, astuto y modesto—. El segundo de a bordo tiene mejores ocasiones para manipular las cadenas de las anclas...

Al oír esto, Cloete le dio un golpecito en el hombro.

—Y usted lo hará así, noble marino. Está conforme, ¿no es así? Y regrese pronto...

Poco después, George se enteró por su hermano que había tenido ocasión de conceder el favor solicitado por su asociado. Estaba muy satisfecho de ello. ¡Quería tanto a su consocio! Había aceptado a un amigo suyo como segundo de a bordo. El hombre se encontraba en tierra, mal de recursos, hacía casi un año al parecer, para cuidar a una mujer enferma. En estado grave ahora... George declaró vivamente que no conocía referencia del hombre. Lo había visto una vez. Por su perfil no le era muy simpático... Y el capitán Harry contestó benévolamente:

—¡Bah, hay que ofrecerle la posibilidad de ganarse la vida a ese pobre diablo...!

El señor Stafford se trasladó al muelle. Parece que maniobró como un mono sobre uno de los cables, obsesionado con Port—Elizabeth. Los aparejadores habían dejado el cable en el puente, para limpiar los pozos. El segundo de a bordo se aseguró, previamente, que los aparejadores estuvieran en tierra. Era la hora de la comida y mandó al hombre que se hallaba de guardia, a comprar una cerveza. Al quedarse solo, puso manos a la obra: descalzó la chaveta de cuarenta y cinco brazas, dando dos golpecitos de martillo, los necesarios para descerrajarla; de esa forma, el cable perdió toda seguridad.

Los aparejadores volvieron —y usted ya sabe cómo son— luego de un día viene otro y otro va, hasta que Dios envía el domingo. Se baja la cadena a los pozos sin que el contramaestre se disponga a examinar ni siquiera las anillas. ¿De qué serviría eso? Él irá en el barco. Y dos días después, el barco se hace a la mar...

En aquel momento, yo cometí la imprudencia de exclamar: "¡Ah, sí, ya veo!", lo que molestó de nuevo a mi hombre y me dirigió un grosero: "¡No, nada de eso!". En esta pausa, él se acordó del vaso de cerveza que tenía al lado del codo. Lo dejó por la mitad, se limpió el bigote y en tono desabrido, me hizo observar:

—No quiera usted encontrar escena marítima alguna en este cuento, pues no la hay. Si quiere usted inventarla, estamos a tiempo. Creo que debe conocer lo que es un día de borrasca en el Canal de la Mancha. Yo no lo sé. De todos modos, transcurrieron diez días.

Un lunes, Cloete llegó un poco tarde a la oficina de George, y oyó una voz de mujer dentro del despacho. Miró...

—Vea usted —dijo George muy agitado, mostrándole un periódico.

A Cloete le latía con fuerza el corazón:

—¡Ah! ¡Un naufragio en la bahía de Wesport! El "Sagamore", el domingo por la mañana. Los periodistas tuvieron tiempo de trabajar. Había gran número de ellos. El bote salvavidas salió dos veces. El capitán y la tripulación seguían a bordo. Varios remolcadores fueron llamados para el socorro. Si el tiempo mejoraba un poco, aún se podría salvar el barco... Usted ya sabe cómo los periodistas lo arreglan todo...

Precisamente, la señora de Harry pasaba por allí cuando iba a tomar el tren en la estación de Cannon Street. Tenía aún una hora de tiempo y por ese motivo entró en el despacho.

Cloete apartó a George y le dijo algo al oído.

—El barco está salvado ahora. ¡Ah, demonio, precisamente eso era lo que no hacía falta!

George lo miró aterrado, mientras que la señora de Harry interrumpió en sollozos ahogados...

—¡Debería haber ido con él... marcho en su búsqueda!

—Vayamos todos —interrumpió Cloete.

Y salió. Mandó a buscar una taza de caldo caliente para la señora, a la tienda de al lado.

También pidió una manta, acompañó a la señora al tren, la abrigó, subió con ella, le dio charla durante todo el trayecto para consolarla, pero la verdad es que no cabía en sí de placer. La cosa ya estaba hecha, de un golpe y sin tener que pagar nada. Estaba todo hecho y muy bien hecho. Su mente se dispersaba cuando pensaba en ello. ¡Qué suerte!

¡Casi se horrorizaba! Hubiera querido gritar y saltar de alegría. Sin embargo, George Dunbar permanecía en un rincón, tan triste que, finalmente, hasta la pobre señora de Harry intentó animarlo al propio tiempo que se consolaba a sí misma, destacando que Harry era siempre prudente. No era hombre que arriesgara a su tripulación, ni siquiera se arriesgaba a sí mismo sin motivo. La pobre recurría a otras consideraciones de ese estilo.

Lo primero que escucharon al llegar a la estación fue que el bote de salvamento había regresado con el segundo de a bordo, que estaba herido, y con algunos marineros. El capitán y el resto de la tripulación, aproximadamente quince personas, permanecían aún en el barco. De un momento a otro, arribarían los remolcadores.

A la señora de Harry la llevaron a la posada, situada precisamente frente a las rocas.

Lo primero que la señora de Harry hizo fue observar por la ventana. Cuando vio el barco naufragado, lanzó un grito desgarrador. No paraba de decir que quería ir a bordo en busca de Harry. Cloete la calmó como pudo...

—Le ruego que tome algo e inmediatamente iremos, saldremos por noticias —prometía.

Llamó a George fuera de la habitación y le dijo:

—La mujer de Harry no puede ir a bordo, pero yo sí. Yo voy a ir para que Harry esté el menor tiempo posible en el barco. Vamos a buscar al patrón del bote de salvamento...

George lo siguió, temblando cada vez. Las olas saltaban por la vieja escollera. Poco viento, el cielo estaba sombrío, violentamente sombrío fuera de la bahía. En el horizonte se veía sólo un remolcador, con la proa contra el oleaje, luchando con el mar, desapareciendo y volviendo a aparecer con la regularidad de un reloj.

Encontraron al patrón del bote salvavidas, quien les dijo:

—Sí, ahora volveremos. En el barco no están en peligro; todavía no. Por lo que se refiere al buque, hay pocas esperanzas. Si la marea no sube y el viento se calma, podrá ocurrir el salvamento.

Después de cambiar algunas palabras, aceptó que Cloete fuera a bordo con el pretexto de que llevaba al capitán un mensaje urgente de los armadores.

Cloete miraba el cielo en todas direcciones y se sentía satisfecho. Se presentaba amenazador. George Dunbar lo seguía, pálido y sin poder articular palabra. Cloete lo invitó a beber una copa o dos y, de a poco, comenzó a reanimarse...

—Esto marcha mejor —dijo Cloete—. ¡El diablo me lleve si no parece que me estoy paseando con un muerto! Debiera usted lanzar su gorra en alto, querido. A mí me dan ganas de festejar en medio de la calle. Su hermano volverá sano y salvo, el vapor se perderá y seremos ricos.

—¿Está usted seguro de que se ha perdido? —preguntó George—. Sería un golpe terrible que después de todo lo que me ha dicho, de los percances que yo he pasado desde que me habló por primera vez, el barco pudiera ir tirando todavía, y... y... si la tentación ha de comenzar de nuevo... Porque, a mi modo de ver, no hemos hecho eso para pasar el rato.

—Claro que no —dijo Cloete—. ¿No era su hermano quien mandaba el barco? Ha sido providencial...

—¡Ah! —exclamó George rebelándose—. Bueno, usted échele la culpa al diablo; me da igual. Usted tiene participación en el asunto tanto como un niño de pecho. Usted es un tonto delirante...

Cloete había llegado a querer a George. A fe mía. Así era. No quiero decir que le tuviera respeto, pero sentía cierta debilidad por su compañero.

Volvieron al hogar dando saltos, por decirlo así, y allí encontraron a la mujer de¡ capitán, asomada a la ventana, con la vista puesta en el barco, como si quisiera volar por sobre la bahía...

—¡Bueno, señora de Dunbar! —gritó Cloete—. ¡Usted no puede ir allá, pero iré yo!

¿Tiene algún mensaje para su esposo? Si quiere usted darme un beso para él también se lo transmitiré. ¡Que me muera si no se lo llevo!

Sus palabras causaban risa a la señora de Dunbar.

—Ah, señor Cloete, es usted un hombre muy tranquilo y razonable. Haga usted que se conduzca con prudencia. Es un poco terco, usted sabe. ¡Está tan encariñado con su barco!

Dígale que aquí estoy y que lo veo...

—Descuide usted, señora Dunbar. Sólo que cierre esa puerta, y sea también juiciosa.

Usted va a agarrarse un catarro si continúa allí. Al capitán no le hará mucha gracia, cuando regrese sano y salvo del naufragio, encontrarla a usted estornudando y tosiendo, sin poderle decir su inmensa felicidad. Si puede, deme una cinta para atar mis lentes a las orejas y parto enseguida...

Cómo llegó a bordo yo no lo sé. Llegó al barco, mojado, excitado y sin aliento. El navío estaba escorado sobre una banda, bordeado por la espuma y se movía poco. Apenas lo necesario para ponerle a uno los nervios de punta... Cloete encontró a los tripulantes que quedaban a bordo, agrupados en la cubierta de proa sobre un suelo reluciente. Tenían cara de enfermos. El capitán Harry no podía creer lo que veía.

—Pero Cloete... ¡Por Dios! ¿Qué hace usted aquí...?

—Su mujer está en la costa y lo observa —dijo Cloete, apresurado.

Después de cambiar unas palabras, el capitán Harry juzgó que era una hermosa actitud, digna de elogio la de su compañero, al llegar al barco en aquellas circunstancias.

Se sentía feliz de tener con quien hablar...

—¡Mal asunto, señor Cloete! —dijo.

Y Cloete se alegró al oír eso. El capitán creía haber hecho cuanto estuvo a su alcance. La cadena se rompió al anclar. Es una dura prueba el hecho de perder un barco.

Trataría de sobreponerse a eso. Suspiraba de vez en cuando. Cloete se había arrepentido casi de haber ido a bordo; sentía el pecho oprimido.

Se separaron un poco de los marineros y se colocaron en un sitio que estaba a cubierto del viento que venía de babor. El bote de salvamento había partido después de traer a Cloete, tenía que regresar con la marea siguiente a buscar al resto de la tripulación, en el caso de que se lograra poner el vapor a flote. La noche se acercaba. Era un día de invierno. El cielo estaba oscuro, el viento volvía con más furia. El capitán Harry estaba melancólico.

—Hágase la voluntad de Dios. Si hay que abandonarlo en las rocas, que así sea. Un hombre debe aceptar, con valentía, la voluntad de Dios.

De pronto su voz desfalleció y abrazó a Cloete.

—Me parece que no podré abandonar el barco —murmuró, mirando a los marineros que se agrupaban en torno de él como un rebaño de corderos desbarrancados. Y pensando en sí mismo en silencio: "Éstos no querrán quedarse". El barco se elevó un poco y bajó de nuevo, dando una pequeña sacudida. La marea subía. Todos empezaron a buscar con la mirada la lancha de salvamento. Algunos la vieron allá a lo lejos, junto a dos remolcadores. La tempestad retornó y todos sabían que ningún remolcador se arriesgaría a llegar hasta el barco.

—Esto ha terminado —dijo el capitán Harry en voz baja. Cloete pensó también en su vida y sintió un escalofrío...

—Me parece que ahora me da lo mismo vivir —murmuró el capitán Harry.

—Su mujer está allí en la costa y lo espera —dijo Cloete.

—¡Ah, debe ser horrible para ella ver a nuestro viejo buque de perfil y a punto de hundirse! Ya ve usted, es nuestro hogar.

Cloete pensaba que, por lo que se refería al "Sagamore", le daba lo mismo. Lo que deseaba era encontrarse lejos de allí, en cualquier lugar. El más ligero movimiento del buque le cortaba la respiración. El peligro lo deprimía. El capitán lo llevó a otro rincón...

—El bote de salvamento no vendrá por nosotros antes de una hora. Escúcheme Cloete:

ya que está usted aquí y es tan valiente, haga algo por mí.

Y le advirtió que abajo, en su cabina de popa, en un cajón, había un paquete de papeles importantes, y dentro de una pequeña cajita unas sesenta libras en oro. Le pedía a Cloete que fuera a buscarlo. Desde el inicio del naufragio no había bajado al interior del navío, y le parecía que si él volvía la vista, la nave se haría añicos. En cuanto a los hombres, asustados como estaban, creía que en cuanto los abandonara, intentarían arrojar un bote a la mar ante el pánico provocado por una violenta sacudida del barco, y hasta alguno correría el riesgo de ahogarse...

—Hay dos o tres cajas de cerillas en mis estantes de la cabina, si usted necesita luz —dijo el capitán Harry—. Séquese las manos antes de buscarlas.

A Cloete le disgustó el asunto, aunque no quiso demostrar miedo. Y fue. En el puente había bastante agua; chapoteó a tientas; empezaba a oscurecer. De pronto, cuando estaba cerca del palo mayor, alguien lo tomó del brazo. ¡Stafford! La última persona en la que pensó era en Stafford. El capitán Harry le había dicho algo poco satisfactorio con respecto a su segundo de a bordo, pero ello ¡era tan impreciso! Al principio, Cloete no lo reconoció. Vio una cara pálida y unos ojos grandes, mirándolo.

—¿Está usted contento, señor Cloete...?

Cloete sintió ganas de reír al escuchar su voz lastimosa y extraviada. Allí estaban los dos, sin atreverse a mirarse a la cara.

—Supongo que no tendrá usted la idea de hacerme creer que ha sido usted quien ha realizado esto... —dijo Cloete.

Ambos se estremecieron, fuera de sí, al sentirse a bordo del barco. El barco se tumbaba y torcía. Y Cloete y Stafford se balanceaban. Desfallecían. Cloete volvió a reír con fuerza ante la idea de que aquel miserable Stafford pretendiera tener una parte importante en el abismal asunto...

—¿Cree usted que ahora me puede tratar así? —protestó el otro...

El mar sacudió con fuerza la quilla, y el barco tembló, estremeciéndose todo alrededor. El ruido de las olas se oía por encima de sus cabezas y en torno a ellos. Cloete, confuso, oyó al otro gritar, creyéndose perdido:

—¡Ah!, ¿no me cree usted? Dele un vistazo al cable de babor. ¿Roto? ¿Eh? Vaya a ver si está roto. Vaya usted mismo a ver la manga rota. Le encargo eso. Si no está la manga rota, yo pierdo mil libras. Ni una menos. Lo hice al día siguiente de nuestro embarque. Iré inmediatamente, no quiero que el barco esté totalmente hundido para ir, iré inmediatamente a ver a los aseguradores, aunque luego tenga que andar con los pies descalzos por las calles de Londres. El cable de babor. Mírelo, pues he de decirlo: lo he torcido por encargo de los armadores, instigado por un crápula llamado Cloete.

Cloete no comprendía con precisión lo que aquello significaba. Lo que sí tenía claro es que el hombre buscaba en todo momento perjudicarlo. Presintió algo desagradable...

—¿Cree usted causarme miedo —le preguntó— gritando así, miserable...?

Y Stafford lo miró con firmeza. Los dos se sostenían de la mesa de la cabina.

—¡Ah, diablos, no, usted no es más que un vil vagabundo; puedo asustar al otro, al tipo del abrigo negro...!

Así lo llamaba a George Dunbar. Al oír eso, Cloete sintió que la cabeza le daba vueltas y no porque creyera a aquel hombre capaz de hacerle daño, sino porque conocía a George; lo echaría todo por la borda. ¡Y el negocio que había preparado con tanto cariño se esfumaría! No dijo nada; escuchaba al otro que, inmovilizado por el pánico, de terror, de decaimiento, jadeaba como un perro...

—Entrégueme mil libras a las veinticuatro horas luego del desembarco, pasado mañana. Es mi última palabra, señor Cloete.

—Mil libras pasado mañana —dijo Cloete—. Sí, hoy mismo. Tome usted eso, mala bestia.

Y con rabia, le dio un golpe directo en la cara. En cuanto Stafford dio vuelta su cuerpo alrededor del tabique, Cloete le descargó otro puñetazo en la mandíbula. El hombre vaciló sobre sus talones y cayó hacia atrás, justo en la cabina del capitán, que estaba abierta. Cloete esperó a que se tumbara pesadamente y rodara por el suelo.

Entonces cerró la puerta y dio vueltas a la llave...

—Así no nos molestará —dijo.

—¡Diablos! —murmuré yo.

El viejo salió un momento de su impactante inmovilidad para girar su cabeza, tocada con gran desorden, y mirarme con sus ojos negros y húmedos.

—Lo dejó allí —dijo, y se puso a observar la pared—. Cloete no tenía intención de que nadie, y menos el infeliz de Stafford, se interpusiera en su proyecto de hacer ricos a George, a él y al capitán Harry, sin medir las consecuencias. Esos individuos que se obsesionan con algún objetivo, se preocupan poco de lo que hacen o dicen. Se figuran que el mundo está hecho para creer todo lo que ellos quieran contar... Se quedó allí a escuchar un momento. El corazón le dio un vuelco al oír que Stafford golpeaba la puerta con el puño, seguido por un grito de rabia contenida que venía del interior de la cabina.

Entre el endemoniado ruido creyó oír también su nombre, mientras que el "Sagamore" se levantaba y caía con fuertes impulsos ante los embates del mar. El ruido y la desagradable impresión le hicieron largarse de la cabina. Una vez sobre la toldilla, recobró el aliento. Pero su corazón se acobardó en la oscuridad sombría de la noche. Pensó que dentro de poco correría el riesgo de ahogarse. Se colgó de la escalera. Entre el ruido del viento y de las olas al romperse, oía el escándalo producido por Stafford, que trataba de derribar la puerta e insultaba. Escuchó y se dijo: "No. Ahora no se puede tener confianza en él".

Cuando volvió bajo el palo mayor, el capitán Harry le preguntó si había encontrado las cosas que le envió a buscar. Él le contestó que lo lamentaba mucho, pero que la puerta estaba destruida, que no pudo abrirla. Y dijo además que, hablando con franqueza, tenía miedo de no salir de aquella cabina. Por los ruidos que se oían, era como si la embarcación se fuera a partir en pedazos... El capitán pensó: "Está nervioso, es imposible que la puerta esté rota". Pero le contestó: "Gracias, esto marcha bien, marcha bien..."

Ahora todas las manos apuntaban al bote de salvamento. Cada uno pensaba en sí mismo.

Cloete se preguntaba: "¿Irán a olvidarlo?". Stafford había causado una impresión muy pobre durante el naufragio y nadie pensaba en él. Ninguno se ocupó de lo que hacía ni de dónde estaba. Además, en la oscuridad de la noche no era posible ocuparse de cada uno de los tripulantes. Se divisaba el fuego del remolcador, con el bote salvavidas a remolque y la proa hacia el barco. El capitán Harry preguntaba: "¿Estamos todos...?". Alguien respondió: "Sí, todos, mi capitán..." "Dispónganse a abandonar el barco —ordenó el capitán— y que dos de ustedes ayuden al señor a descender primero..." "Sí, sí, mi capitán..."

Cloete iba a pedir al capitán Harry que fuese el último en abandonar el barco, pero la lancha salvavidas ya había lanzado los garfios sobre los obenques delanteros. Dos marineros se habían apoderado de él, esperando el momento oportuno para arrojarlo al bote, sano y salvo.

Cloete abrió los ojos. Stafford estaba sentado muy cerca de él, en la lancha repleta de tripulantes. El patrón se incorporó y le dijo:

—¿Ha oído usted lo que dice el segundo de a bordo, señor?

La cara de Cloete se deformó por completo, incluso hasta los labios.

—Sí, he oído —respondió, con sumo esfuerzo.

El patrón hizo una pausa y dijo—: No me gusta eso...

Y se volvió hacia el segundo de a bordo, para decirle que era una pena que no se hubiera arriesgado, a lo largo del puente, para aconsejarle al capitán que se diera prisa.

Stafford contestó de inmediato que había pensado hacerlo, sólo que por la oscuridad intuía que no encontraría el puente.

—El capitán —añadió— hubiese podido salir enseguida en tanto yo sujetaba el bote salvavidas, mientras ustedes se hubieran largado, dejándome solo...

—También es verdad —respondió el patrón. Pasó un minuto.

—Hay que acabar—dijo el patrón.

De pronto, Stafford, con voz tenebrosa, dijo:

—Yo estaba cerca de él, le oí decir que no sabía si tendría valor para abandonar el viejo navío, ¿no es verdad, eh...? —Y Cloete sintió, en la oscuridad, que lo tomaban suavemente por el brazo—... ¿No es cierto? Estábamos juntos hasta que surgió usted, señor Cloete.

El patrón gritó:

—¡Voy a ver lo que ha pasado a bordo...! Cloete sacudió con fuerza su brazo y dijo: Lo acompaño.

Cuando estuvieron a bordo, el patrón le dijo a Cloete que continuara a lo largo, por un costado del navío, mientras él marcharía por el otro para encontrar así al capitán...

—Y vaya usted a tientas, no sea que el capitán se halle desvanecido en el suelo o bajo el puente...

Cloete aún no había llegado a la escalera de la toldilla, y ya el patrón se le había adelantado, quejándose:

—Huele a quemado. —Y gritó—: ¿Está usted ahí, señor...?

—No es necesario que gritemos —añadió Cloete, sintiendo helada la sangre en las venas...

Bajaron. Noche oscura. El barco se inclinaba tanto que el patrón, que andaba a tientas por la cabina, resbaló y rodó por el suelo. Cloete le oyó lanzar un grito como si se hubiera hecho daño y le preguntó también a los gritos si se había lastimado. El patrón le contestó, en tono amable, que había tropezado con el cuerpo del capitán, quien estaba en tierra, sin sentido. Cloete no respondió, y comenzó a tantear en la oscuridad, buscando una caja de cerillas. Al rato, encontró una y la encendió. Lo primero que vio fue al patrón, con su cinturón salvavidas, arrodillado al lado del capitán Harry...

—Sangre... —dijo el patrón, levantando la vista. Se apagó la cerilla.

—Espere usted un poco dijo Cloete—, voy a hacer una antorcha de papel. —Reconoció al tacto, en medio de la oscuridad, el lomo de varios libros y arrancando hojas de papel hizo varias antorchas que fue encendiendo sucesivamente, mientras el patrón cambiaba la posición del cuerpo del desgraciado Harry.

—Está muerto —dijo—. Una bala en el corazón. Mire el revólver... —Y se lo mostró a Cloete, que observó el arma antes de guardarla en el bolsillo, confirmando, cuidadosamente, que llevaba la marca de H. Dunbar en la culata...

—El suyo —murmuró...

—¿Usted quién piensa que pudiera ser? —dijo el patrón—. Y fíjese usted, antes de entrar ha levantado el hule de la cabina, ¿y qué significa ese montón de papeles quemados?

¿Qué necesidad tenía de quemar los papeles de a bordo?

Cloete vio que todos los pequeños cajones estaban abiertos y pidió al patrón que le hiciera el favor de revisarlos.

—No hay nada —dijo el hombre—. Están vacíos. Parece como si hubiera querido quemar documentos adrede. Loco. Se ha vuelto loco. Esto es lo que ocurrió. Y ha muerto. Usted se encargará de informárselo a su mujer.

—Me parece que yo también me vuelvo loco —dijo Cloete.

El patrón le suplicó por el amor de Dios que tuviera control de sí mismo, y lo sacó de la cabina. Fue necesario abandonar el cadáver y aun así, llegaron justo a tiempo para que no los sorprendiera un viento peligroso.

—¡Suelten los garfios; podemos irnos, el capitán se ha suicidado...!

Cloete estaba casi muerto. No prestaba atención a nada. Si Stafford le hubiera pellizcado mil veces el brazo, él no hubiese dado señales de vida. Casi toda la población de Wetsport aguardaba en el puerto para ver llegar el bote salvavidas, y cuando el bote estuvo junto al muelle, la muchedumbre disparó confusas exclamaciones; después de unas palabras del patrón, dichas a los gritos, las exclamaciones cesaron y todo el mundo se puso serio. En cuanto a Cloete, al llegar a tierra, se sintió revivir. El patrón le estrechó la mano.

—¡Pobre mujer, pobre mujer! Prefiero que sea usted y no yo...

—¿Dónde está el segundo de a bordo? —preguntó Cloete—. Es el último que habló con el capitán...

La tripulación fue albergada en la Misión Holl, donde ya estaban preparados el fuego y las camas. Alguien fue a buscar a Stafford y le dijo:

—¡Eh!, lo busca el agente de los armadores...

Cloete tomó del brazo al hombre y lo condujo hacia la izquierda, al lado del puerto donde fondeaban las barcas de pesca.

—Supongo que me ha entendido bien. Desea que me ocupe un poco de usted —le dijo.

El otro se dejó llevar, pero tenía a flor de labios una sonrisa maligna.

—Mejor hubiese sido que se comportara de otro modo. Reflexione y pocas bromas, señor Cloete, pocas bromas. Estamos ahora en tierra —murmuró.

—Hay una delegación de policía a unos cincuenta metros de aquí —dijo Cloete. Y entró en un bar, empujando a Stafford dentro del pasillo. El dueño del establecimiento dejó de inmediato el mostrador.

—Es el segundo de a bordo del barco que se ha hundido junto a las rocas —explicó Cloete—. Quiero que se haga cargo de él por esta noche...

—¿Qué ocurre? —preguntó el hombre.

Stafford, por su lado, se apoyó en la pared del pasillo, pálido como un muerto. Y Cloete contestó que no pasaba nada, sólo que el hombre, naturalmente, ya no podía con su alma, de cansancio...

—Yo pagaré todos los gastos, pues soy agente del armador. Volveré a verlo dentro de una hora o dos.

Y Cloete regresó al hotel. La noticia de lo sucedido ya se había divulgado. Cuando llegó allí se encontró a George esperándolo en la puerta. George estaba pálido. Cloete le hizo una seña y entraron. La señora de Harry estaba en lo alto de la escalera y cuando vio subir sólo a los dos, levantó los brazos al cielo y corrió hacia su habitación. Nadie se había atrevido a informarle lo que pasaba, pero al no ver a su marido pudo adivinar lo ocurrido. Cloete oyó un grito horroroso.

—Vaya a buscarla usted —le ordenó a George.

Una vez a solas, Cloete se sirvió una copa de coñac y se puso a reflexionar acerca del asunto. George volvió al rato diciendo:

—La patrona está con ella. —Y comenzó a pasear dando grandes zancadas a lo largo de la pieza, moviendo los brazos y hablando en forma incoherente, con una expresión dura en su rostro como Cloete no le había visto jamás...

—Lo que debía ocurrir ha ocurrido. Mi único hermano ha muerto. Muerto, sí; terminaron así sus desvelos y preocupaciones.

—Pero vivimos nosotros —dijo Cloete, lanzándole una mirada fugaz e imperiosa—.

Supongo que usted no olvidará telegrafiar a su amigo diciéndole que haremos el negocio seguramente...

—¿Se refiere usted al hombre de las especialidades farmacéuticas?

—La muerte es la muerte y los negocios son los negocios —continuó George—; y míreme: tengo las manos limpias —añadió mostrándoselas. Cloete pensó: "Se volvió loco".

Lo tomó del hombro y lo sacudió con todas sus fuerzas.

—Diablos, si usted le hubiera hablado en lugar de demostrar moralidad, a estas horas viviría aún —gritó.

George lo miró fijamente y rompió en sollozos. Después se tendió sobre un canapé, ocultó su cara debajo de un almohadón y continuó llorando como un niño. "Más vale así", se dijo Cloete y se marchó, explicando al hostelero que se retiraba porque necesitaba realizar unas cuantas cosas aquella misma noche. La mujer del hostelero, llorando, lo siguió hasta la escalera para decirle: "¡Oh, pobre señora, se vuelve loca...!"

Cloete la apartó, mientras respondía: "No, seguramente, no. Ya se le pasará. No es el dolor lo que enloquece a la gente, es el tormento".

En esto Cloete se equivocaba. La desolación de la señora de Harry se debía a que su esposo se había suicidado ante ella. No se le pasó y, de tal modo, luego de un año hubo necesidad de internarla en un manicomio. No estaba agitada; su estilo de locura era dulce, tranquilo. Vivió todavía largo tiempo.

Y Cloete ya estaba desafiando el viento y la lluvia. Nadie en las calles. Había vuelto la tranquilidad. El patrón del café salió a buscarlo al pasillo, y le dijo: "Por aquí, no. No está en la habitación. No hemos conseguido que se acostara por más que lo intentamos.

Está allí, en la sala pequeña. Le hemos encendido fuego..." "Le has dado de beber también —dijo Cloete—. Nunca habló de pagar su bebida. ¿Cuánto ha bebido?" "Dos", dijo el otro. "Bueno. Bien puedo hacer esto por un marino rescatado del naufragio." Cloete se puso a reír con una risa demoníaca: "¿Qué, ha pagado?". El cafetero guiñó el ojo... "Le ha pagado a usted en oro, ¿verdad? Vamos, hombre, hable..." "¿Pero qué? —gritó el hombre—.

¿Qué quiere decir usted? Yo le he devuelto religiosamente el cambio de su moneda de oro". "Está bien", repuso Cloete. Y se dirigió a la sala pequeña donde estaba Stafford con el cabello desordenado, vestido con una camisa, en zapatillas y con un pantalón del dueño del establecimiento, sentado junto al fuego. Al ver a Cloete bajó la mirada.

—Usted no creyó que volveríamos a encontrarnos, señor Cloete —dijo Stafford lentamente, pues aquel individuo, cuando no estaba bajo los efectos de la bebida, adoptaba una actitud huraña y humilde—. Después que el capitán se suicidó, me quedé allí, sentado y repasando en mi mente todo lo sucedido —dijo—. Todo llega. Han pasado muchas cosas: complot para hundir el barco, tentativa de asesinato y el suicido este. Señor Cloete, sé que he sido víctima de una cruel y premeditada tentativa de asesinato, como término de mil muertes previas. Y esto vale las mil libras esterlinas de las que hablamos. Una cantidad insignificante, como usted ve. El suicido ha llegado oportunamente...

Y levantó los ojos hacia Cloete, que sonrió y se acercó a la mesa.

—Usted ha matado a Dunbar —murmuro. Lo miró con firmeza y le mostró los dientes:

—Cierto que lo he matado. Yo estuve encerrado en la cabina como un ratón en la ratonera... Encerrado y condenado a ahogarme al hundirse el barco. Claro, yo lo he matado.

La sangre y la carne serán los jueces de esta acción. Yo creí que era usted, miserable asesino, que venía a terminar conmigo... Él abrió la puerta con violencia y cayó sobre mí; tenía un revólver en la mano y lo maté. Estaba loco. Mucha gente enloquece por mucho menos.

Cloete lo contempló sin pestañar.

—¡Ah, ah! ¿Éste es su cuento? —Y al propio tiempo que hablaba, con ansias movió un poco la mesa—. Ahora, escuche el mío. ¿Dónde está el complot? ¿Quién puede probarlo?

Usted se encontraba allí robando. Usted se disponía a desvalijar la cabina. El capitán lo sorprendió en el momento en que revolvía el cajón y con su propio revólver, usted lo mató. Usted lo mató para robar, sólo para robar. Su hermano y los empleados de la oficina saben que usted se llevó a bordo sesenta libras. Sesenta libras oro en un maletín.

Me dijo a mí dónde estaban guardadas. El patrón de la lancha salvavidas puede ser testigo de que todos los cajones se encontraban vacíos, sin excepción. Y usted ha sido lo suficientemente estúpido como para pagar unas copas media hora después de desembarcar, cambiando una de las monedas de oro. Escúcheme. Si no va usted pasado mañana a casa de los abogados de George Dunbar, a prestar una justa declaración sobre las causas del hundimiento del navío, lo denunciaré a la policía. Pasado mañana...

¿Y usted qué cree que pasó? Que Stafford comenzó a tirarse de los cabellos.

Exactamente. Se los arrancó a manos llenas, sin decir palabra. Cloete dio un golpe a la mesa y el hombre rodó por el suelo, al ser derribada la silla donde se sentaba. Con su cuerpo dio en el guardafuego de la chimenea, al que tuvo que sujetarse...

—¡Ya me conoce usted! —le dijo Cloete enojado—. Me importa un bledo lo que pueda ocurrir. Lo mataría a usted tan sólo por dos monedas.

Al oír esto, el sujeto se escabulló debajo de la mesa. Cloete salió y al volver a la calle —usted debe conocer esas pequeñas casas de pescador—, en la oscuridad, lloviendo a raudales, el otro abrió la ventana y con voz llorosa le dijo:

—Usted es un cochino yanqui y uno de estos días me las pagará todas juntas —Cloete se alejó riendo con crueldad y dijo, para su capote, que aquel hombre se había llevado lo suyo y ya estaba bien pagado, si es que sólo él lo sabía.

Mi extraordinario rufián terminó la cerveza que le quedaba mientras me miraba por encima del vaso, con sus ojos negros y hundidos.

—No comprendo bien. ¿Cómo es eso? —le dije. Demoró un poco y me explicó, sin demasiado empeño, que luego de la muerte del capitán Harry, la mitad del dinero del seguro del barco fue a manos de la viuda, y que sus tutores emplearon este dinero, naturalmente, en comprar fondos del Estado para asegurar así el futuro. La parte de George Dunbar, tal como Cloete lo había pensado, no bastó para lanzar el medicamento con éxito. En el negocio entraron otros capitalistas y nuestros dos hombres debieron retirarse casi arruinados.

—Tengo curiosidad ——lije yo— por saber cuál es el principal motivo de esta historia trágica, es decir, la especialidad farmacéutica. ¿Qué es eso? ¿Usted lo sabe?

Me dio el nombre y yo silbé con respeto. Nada menos que los Parker's Lively Lumbago Pilis.

—¡Gran negocio! Usted lo conoce, todo el mundo lo conoce. Un hombre por cada dos lo ha ensayado en el mundo entero.

—¡Cómo! —grité yo—. Dilapidaron una inmensa fortuna.

—Sí, por un tiro de revólver —rezongó él.

Me dijo más. Después de lo sucedido, Cloete regresó a los Estados Unidos como pasajero en un barco de Albert Dock. La víspera de la salida lo encontró paseándose por los muelles y lo invitó a su casa a tomar una copa. ¡Era un sujeto extraño ese Cloete!

Estuvieron toda la noche bebiendo ponche hasta la hora de embarcar.

Fue entonces cuando sin amargura, pero cansino y cansado, le contó la historia, con una franqueza inconsciente y propia de aquellos traficantes específicos, lejos de las reglas morales al uso. Cloete terminó confesándole que estaba harto del viejo continente. En cuanto a George Dunbar, lo había soltado al fin, separándose de él. Cloete estaba evidentemente desilusionado.

En lo que se refiere a Stafford, había muerto en un hospital del East End como un vagabundo profesional. Al llegar su última hora reclamó la presencia de un sacerdote para confesar que su conciencia estaba perturbada por haber matado a un inocente.

—Tenía necesidad de que alguien le dijera que aquello estaba muy bien —gruñó mi viejo bandido con evidente desprecio—. Le dijo al sacerdote que yo conocía a Cloete, quien había querido matarlo, y por eso el sacerdote, que trabajaba entre los cargadores del muelle, me habló un día de esto. Cuando el bergante estuvo en la cabina del barco, cerca de la trampa, se golpeó la cabeza contra las paredes y comenzó a gritar pidiendo socorro... Prometió ser honrado y todo lo demás... Después se volvió loco... gritó, se tiró al suelo, se dio con la cabeza contra las paredes... ¿Usted ve ésa de aquí, eh...? Así estuvo hasta que no lo soportó más. Se calmó. Volvió a tirarse al suelo, cerró los ojos, quería orar. Por lo menos esto es lo que él dijo. Quiso pensar en alguna oración, ante una próxima muerte. Su terror llegaba a gran extremo. Se imaginó que de haber tenido un cuchillo u otra arma similar, se hubiera cortado el cuello; y todo hubiese terminado así.

Lo pensó mejor. Trató de levantar la madera alrededor de la cerradura... No llevaba cuchillo... Se echó a llorar y suplicó a Dios que le pusiera al alcance una herramienta cualquiera, cuando súbitamente recordó: el hacha. Casi todos los barcos llevan un hacha de reserva, para un caso de emergencia, en el camarote del capitán, en una caja o en otra parte. Se puso de pie. Noche oscura. Empujó un cajón para buscar cerillas y mientras tanteaba con las manos, la primera cosa con que se tropezó fue el revólver del capitán Harry. Estaba cargado. Ya tenemos al hombre animoso. Puede tirar contra la cerradura y hacerla pedazos. Salvado. Es la Providencia. También encontró cajas de cerillas. "Puedo ver lo que pasa por aquí", pensó. Encendió una cerilla y en el fondo del cajón descubrió el saquito de tela. Comprendió inmediatamente lo que era y se lo escondió en el bolsillo.

"¡Ah! —se dijo—, aquí hace falta más luz." Formó un montón de papel en el suelo y le prendió fuego. Comenzó a revisar, por si encontraba algo de valor. ¿Usted sabe qué le dijo al sacerdote de Eats End? Que el demonio lo había tentado... Primero la misericordia de Dios, después la obra del demonio. Por turno, cada uno. Todo pícaro que simula cambiar dice otro tanto. Estaba de tal modo ensimismado, buscando en los cajones, que lo primero que oyó fue este grito: "¡Dios mío!". Levantó la cabeza y encontró la puerta abierta. Cloete había dejado la llave en la cerradura, y el capitán estaba de pie delante de él, encima de los papeles que ardían en el suelo. Los ojos se le salían de las órbitas.

"¡Robando! —gritó el capitán—. Un marino. Un oficial. ¡No! Un miserable como usted merece quedarse aquí y hundirse con el barco".

Stafford dijo al sacerdote que al oír esas palabras de nuevo se puso como loco. Tomó del cajón el revólver y disparó sin apuntar. El capitán cayó rígido, provocando un ruido como el de una piedra sobre el montón de papeles en llamas, apagándolos con su propio cuerpo. Completa oscuridad y ningún ruido. Escuchó un momento, arrojó el revólver y, pesadamente, como un loco, saltó a cubierta.

El viejo golpeó la mesa con su puño.

—Me dolía oír a esos idiotas marineros contar que el capitán se había suicidado.

¡Puach! El capitán era hombre capaz de mirar a la cara al Supremo Hacedor, por alto que estuviera y por muy bajo que fuera el lugar desde el cual lo contemplara. No era de esos que se quitan la vida. No, justamente. Era todo un hombre, de pies a cabeza. Él fue quien me facilitó mi primer negocio como arrumbador, tres días después de mi boda.

Como su objetivo principal parecía ser el de justificar al capitán Harry de la acusación de suicidio, yo no le agradecí con mucho énfasis por el asunto que me había ofrecido. Además, tampoco eso merecía mucho agradecimiento.

Resulta escandaloso pensar que tales cosas puedan pasar en nuestro respetable Canal de la Mancha, en pleno tráfico de lujo con vistas a Suiza y Montecarlo. Habría precisado, tal vez, para hacer creíble esta historia, trasladarla a otro sitio cualquiera, a los mares del Sur, aunque hubiera costado mucho trabajo prepararla para el uso de los lectores de magazín. La he dejado en su crudeza, por así decirlo, tal como me fue contada, pero por desgracia, desprovista del encanto sorprendente del narrador, viejo rufián, el más imponente que nunca haya habido en el oficio, ¡oh, qué poco romántico!, de arrumbador en el puerto de Londres.


Publicado el 20 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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