La Cabaña del Tío Tom

Harriet Beecher Stowe


Novela



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Índice

CAPÍTULO PRIMERO. EN EL QUE SE PRESENTA AL LECTOR A UN HOMBRE HUMANITARIO
CAPÍTULO II. LA MADRE
CAPÍTULO III. MARIDO Y PADRE
CAPÍTULO IV. UNA TARDE EN LA CABAÑA DEL TÍO TOM
CAPÍTULO V. DONDE SE EXPLICAN LOS SENTIMIENTOS DE LAS MERCANCÍAS HUMANAS AL CAMBIAR DE DUEÑO
CAPÍTULO VI. EL DESCUBRIMIENTO
CAPÍTULO VII. LA LUCHA DE LA MADRE
CAPÍTULO VIII. LA HUIDA DE ELIZA
CAPÍTULO IX. EN EL QUE PARECE QUE EL SENADOR ES SOLO HUMANO
CAPÍTULO X. SE LLEVAN LA MERCANCÍA
CAPÍTULO XI. EN EL QUE LA MERCANCÍA HUMANA ADOPTA UN ESTADO DE ÁNIMO POCO RECOMENDABLE
CAPÍTULO XII. UN INCIDENTE PROPIO DEL COMERCIO LEGÍTIMO
CAPITULO XIII. LA COLONIA CUÁQUERA
CAPÍTULO XIV. EVANGELINE
CAPÍTULO XV. SOBRE EL NUEVO AMO DE TOM Y VARIOS OTROS ASUNTOS
CAPÍTULO XVI. EL AMA DE TOM Y SUS OPINIONES
CAPÍTULO XVII. LA DEFENSA DEL HOMBRE LIBRE
CAPÍTULO XVIII. LAS EXPERIENCIAS Y OPINIONES DE LA SEÑORITA OPHELIA
CAPÍTULO XIX. MÁS EXPERIENCIAS Y OPINIONES DE LA SEÑORITA OPHELIA
CAPÍTULO XX. TOPSY
CAPÍTULO XXI. KENTUCKY
CAPÍTULO XXII. «LA HIERBA SE SECA, LA FLOR SE MARCHITA»
CAPÍTULO XXIII. HENRIQUE
CAPÍTULO XXIV. PRESAGIOS
CAPÍTULO XXV. LA PEQUEÑA EVANGELISTA
CAPÍTULO XXVI. LA MUERTE
CAPÍTULO XXVII. «ESTO ES LO ÚLTIMO DE LA TIERRA»
CAPÍTULO XXVIII. REENCUENTRO
CAPÍTULO XXIX. LOS DESAMPARADOS
CAPÍTULO XXX. EL ALMACÉN DE ESCLAVOS
CAPÍTULO XXXI. LA TRAVESÍA
CAPÍTULO XXXII. LUGARES OSCUROS
CAPÍTULO XXXIII. CASSY
CAPÍTULO XXXIV. LA HISTORIA DE LA CUARTERONA
CAPÍTULO XXXV. SEÑALES
CAPÍTULO XLVI. EMMELINE Y CASSY
CAPÍTULO XXXVII. LA LIBERTAD
CAPÍTULO XXXVIII. LA VICTORIA
CAPÍTULO XXXIX. LA ESTRATAGEMA
CAPÍTULO XL. EL MÁRTIR
CAPÍTULO XLI. EL JOVEN AMO
CAPÍTULO XLII. UNA AUTÉNTICA HISTORIA DE FANTASMAS
CAPÍTULO XLIII. RESULTADOS
CAPÍTULO XLIV. EL LIBERTADOR
CAPÍTULO XLV. COMENTARIOS FINALES

CAPÍTULO PRIMERO. EN EL QUE SE PRESENTA AL LECTOR A UN HOMBRE HUMANITARIO

A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caba­lleros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfa­rrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pa­ñuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; lleva­ba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con paten­te satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba to­talmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Mu­rray, y salpicada regularmente con diversas expresiones pro­fanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.

Su compañero, el señor Shelby, sí parecía un caballero; y la organización y el aparente gobierno de la casa indicaban una posición cómoda si no opulenta. Como hemos apunta­do, estaban los dos inmersos en una seria conversación.

—Así dispondría yo el asunto —dijo el señor Shelby.

—No puedo hacer negocios de esa forma, de verdad que no, señor Shelby —dijo el otro, alzando su copa entre él y la luz.

—Pues el caso es, Haley, que Tom es un muchacho poco común; desde luego que vale ese precio en cualquier parte, pues es formal, honrado, eficiente y me lleva la granja como la seda.

—Quiere usted decir honrado para ser negro —dijo Ha­ley, sirviéndose una copa de coñac.

—No, quiero decir que Tom es un hombre bueno, formal, sensato y piadoso. Se convirtió a la religión hace cuatro años en una reunión, y creo que se convirtió de verdad. Desde entonces, le confío todo lo que tengo: dinero, casa, caballos, y lo dejo ir y venir por los alrededores; y siempre lo he en­contrado honrado y cabal en todas las cosas.

Algunas personas no creen que haya negros piadosos, Shelby —dijo Haley, con un movimiento candoroso de la mano—, pero yo sí. Había un tipo en este último lote que llevé a Orleáns: era como un mitin religioso oír rezar a ese in­dividuo; y era bastante tranquilo y callado. Me dieron un buen precio por él también, pues lo compré barato a un hombre que tuvo que venderlo todo; así pues gané seiscientos con él. Sí, creo que la religión es una cosa valiosa en un negro, cuando es de verdad, he de decirlo.

—Bien, Tom tiene religión de verdad, sin duda —respon­dió el otro—. El otoño pasado, le dejé ir solo a Cincinnati a hacer negocios en mi lugar y me trajo a casa quinientos dó­lares. «Tom», le dije, «me fio de ti porque creo que eres buen cristiano y se que no me engañarías». Tom volvió, desde lue­go, como ya lo sabía yo. Cuentan que algunos tipos rastreros le dijeron: «Tom, ¿por qué no te largas al Canadá?» y él res­pondió: «El amo conga en mí y no podría hacerlo», eso me contaron. Me da pena desprenderme de Tom, he de confe­sarlo. Debería usted cogerle por toda la deuda, Haley; y si tu­viera usted conciencia, lo haría.

—Pues tengo tanta conciencia como se puede permitir cualquier hombre de negocios, sólo un poco para ir tirando, como si dijéramos —dijo chistoso el comerciante—; y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa razonable para contentar a mis amigos, pero lo que pide usted es un poco excesivo —el comerciante suspiró pensativo y se sirvió más coñac.

—¿Cómo quedamos, entonces, Haley? —preguntó el se­ñor Shelby, después de una pausa incómoda.

—¿No tiene usted un niño o una niña que pueda meter en el lote con Tom?

—Bien, ninguno que me sobre; a decir verdad, si no fuera absolutamente necesario, no vendería a ninguno. La verdad es que no me hace gracia desprenderme de ninguno de mis muchachos.

En este momento, se abrió la puerta y entró en la habita­ción un pequeño cuarterón de entre cuatro y cinco años. Ha­bía algo hermoso y atractivo en su aspecto. El cabello negro, suave como la seda y de color azabache, caía en rizos brillan­tes alrededor de su rostro redondo con hoyuelos en las meji­llas, mientras que unos grandes ojos negros, llenos de fuego y dulzura, se asomaban bajo unas pestañas largas y pobladas y miraban con curiosidad por el aposento. Un alegre traje de cuadros rojos y amarillos, cuidadosamente cortado y entalla­do, resaltaba su belleza exótica; y un curioso aire de seguri­dad mezclado con timidez demostraba que estaba acostum­brado a que su amo se fijara en él y le hiciera mimos.

—Hola, Jim Crow —dijo el señor Shelby, silbando y lanzando un racimo de pasas en dirección al niño—, recoge esto, vamos.

El muchacho salió corriendo en pos de su premio mien­tras se reía su amo.

—Ven aquí, Jim Crow —dijo. Se acercó el muchacho y el amo le dio golpecitos en la cabeza y le acarició la barbilla.

—Vamos, Jim, demuestra a este caballero lo bien que sa­bes bailar y cantar.

El muchacho comenzó a cantar con voz clara y rica una de esas canciones salvajes y grotescas de los negros, acompa­ñando su canción con muchos movimientos cómicos de las manos, los pies y el cuerpo entero, todo al compás de la música.

—¡Bravo! —gritó Haley, echándole un cuarto de naranja. Vamos, Jim, anda como el viejo tío Cudjoe cuando le da el reuma —dijo su amo.

En el acto las flexibles extremidades del muchacho adop­taron la apariencia de la deformidad y la distorsión mientras, con la espalda encorvada y el bastón de su amo en la mano, andaba a trompicones por la habitación con su rostro de niño dibujando una mueca de dolor, escupiendo a diestro y siniestro como un viejo.

Los dos caballeros se rieron estrepitosamente.

—Ahora, Jim, muéstranos cómo el viejo Robbins canta el salmo —el muchacho rechoncho alargó la cara de manera sorprendente, con gravedad imperturbable, y comenzó a en­tonar nasalmente un salmo

—¡Hurra, bravo! ¡Qué chico! —dijo Haley—; que me as­pen si ese muchacho no es todo un caso. ¿Sabe lo que le digo? —dijo de repente, golpeando al señor Shelby en el hombro—, incluya usted a este muchacho y cerraremos el tra­to, se lo prometo. Venga ya, no diga usted que no es un buen trato.

En ese momento se abrió suavemente la puerta y entró en la habitación una joven cuarterona de unos veinticinco años. Sólo hacía falta una mirada al muchacho para identificar­la como su madre. Tenían los mismos ojos oscuros y expresi­vos con largas pestañas, los mismos rizos de cabello sedoso y negro. Su cutis moreno mostraba un rubor perceptible en las mejillas que se oscureció cuando se percató de la mirada osa­da de franca admiración del desconocido fija en ella. Su ves­tido se ceñía perfectamente a su cuerpo resaltando sus for­mas armoniosas; la mano de delicada factura y el pie y el to­billo pequeños no escapaban a la mirada perspicaz del comerciante, acostumbrado a evaluar con una mirada las ventajas de un buen ejemplar femenino.

—¿Y bien, Eliza? —preguntó su amo cuando ella se detu­vo para mirarlo vacilante.

—Buscaba a Harry, señor, si no le importa y el mucha­cho se le acercó de un salto mostrándole su botín, que había recogido en la falda de su vestido.

—Pues llévatelo, entonces —dijo el señor Shelby; y ella se retiró deprisa con su hijo en brazos.

—Por Júpiter —dijo el comerciante, mirándolo con admi­ración— ¡ése sí que es un buen artículo! Podría usted hacer­se rico cuando quisiera con esa muchacha en Nueva Orleáns. He visto a más de cien hombres pagar al contado por mucha­chas menos guapas.

—No quiero hacerme rico con ella —dijo secamente el se­ñor Shelby; y, para cambiar de tema, descorchó otra botella de vino y pidió la opinión de su compañero al respecto.

—¡Excelente, señor, de primera! —dijo el tratante; y vol­viéndose y dando palmaditas en el hombro de Shelby, aña­dió—: Vamos, ¿qué me dice de la muchacha? ¿Qué le doy? ¿Cuánto quiere?

—Señor Haley, ella no está en venta —dijo Shelby—. Mi esposa no se desprendería de ella ni por su peso en oro.

—¡Bah! Las mujeres siempre dicen esas cosas, porque no entienden de números. Usted demuéstrele cuántos relojes, plumas y chucherías pueden comprar con su peso en oro, y cambiará de idea, me figuro.

—Ya le digo, Haley, que no se hable más del asunto; he di­cho que no, y es que no —dijo Shelby con decisión.

—Bueno, pero me dará al muchacho, ¿verdad? —dijo el comerciante—. Tiene que reconocer que me porto bien al conformarme con él.

—¿Para qué demonios quiere usted al niño? elijo Shelby.

—Bueno, pues, un amigo mío se va a dedicar a este nego­cio y quiere comprar muchachos guapos y criarlos para el mercado. Sólo de primera calidad, para venderlos como ca­mareros y cosas así a los ricos, a los que pueden pagar por los guapos. Realza la calidad de una de estas casas solariegas te­ner a un muchacho realmente guapo para abrir la puerta y servir. Se pagan bien; y este diablillo es un niño tan gracioso y dotado para la música, que sería perfecto.

—Prefiero no venderlo —dijo el señor Shelby pensati­vo—. El caso es que soy un hombre humanitario y no me gustaría quitarle el hijo a su madre, señor.

—No me diga; vaya, algo parecido, ya, lo comprendo per­fectamente. Es muy desagradable tener tratos con las mujeres a veces, a mí no me gusta nada que se pongan a gritar y a chi­llar. Son muy desagradables; pero yo, como soy hombre de negocios, evito tales escenas. Bien, aleje usted a la muchacha un día, o una semana o así; se hace la operación discretamen­te y todo habrá acabado antes de que vuelva. Su esposa po­dría comprarle pendientes, o un vestido nuevo, o algo así, para compensarle.

—Me temo que no.

—¡Dios me ampare, le digo que sí! Estas criaturas no son como la gente blanca, desde luego; superan las cosas, sólo hay que saberlos llevar. Pues dicen —dijo Haley con un aire franco y confidencial— que este tipo de negocios endurece los sentimientos; pero a mí no me lo parece. A decir verdad, nunca he podido hacer las cosas como algunos tipos las ha­cen en este negocio. He visto a quien arrancaba al hijo de brazos de su madre para ponerlo a la venta, con ella chillan­do como loca todo el rato; es muy mala política, pues daña el género y a veces los estropea para el servicio. Conocí a una muchacha muy guapa una vez en Nueva Orleans que se echó a perder del todo por un trato así. El tipo que la vendía no quería a su hijo, y ella era altiva cuando se enfadaba. Le digo que estranguló a su hijo con sus manos y siguió hablando de manera terrible. Me hiela la sangre recordarlo; y cuando se llevaron al hijo y a ella la encerraron, se volvió loca de atar y al cabo de una semana estaba muerta. Un desperdicio, señor, de mil dólares, sólo por no saber hacer negocios, esa es la ver­dad. Siempre es mejor hacer lo humanitario, señor, en mi ex­periencia y el comerciante se repantigó en la silla y cruzó los brazos, con un aire decidido y virtuoso, considerándose como un segundo Wilberforce.

El tema parecía interesar mucho al caballero; mientras que el señor Shelby pelaba pensativo una naranja, empezó a ha­blar de nuevo, con decoroso apocamiento, como si la fuerza de la verdad le empujara a decir unas palabras más.

—No está bien visto que uno se elogie a sí mismo, pero lo digo porque es la verdad. Se dice que importo los mejores re­baños de negros de todos, por lo menos eso se dice; me lo han dicho más de cien veces, en cualquier caso, gordos y pro­metedores, y pierdo menos que cualquier otro comerciante. Y yo lo achaco todo a la organización, señor; y la humani­dad, señor, si me permite, es el pilar de la organización.

El señor Shelby, al no saber qué decir, dijo simplemente: —¡Vaya!

—Mis ideas han sido motivo de escarnio, señor, y de críti­cas. No son bien vistas, ni son corrientes; pero yo sigo en mis trece; yo sigo en mis trece y así me va; sí, puedo decir que he amortizado su pasaje —y el comerciante se rió de su broma.

Había algo tan provocativo y original en estas dilucidacio­nes de humanidad, que el señor Shelby no pudo menos que reír también. Quizás te rías tú, también, querido lector; pero sabes que la humanidad se presenta hoy día de muchas ma­neras peculiares, y no hay límite a las cosas extrañas que dice y hace la gente humanitaria.

La carcajada del señor Shelby animó al comerciante a se­guir.

—Es raro pero nunca he podido meterlo en la cabeza de la gente. Veamos el caso de mi viejo socio, Tom Loker, de Natchez; era un tipo muy listo, aunque era el mismísimo dia­blo con los negros, pero sólo por principio, porque jamás ha existido hombre con mejor corazón; era su sistema, señor. Yo lo comentaba con Tom. «Bueno, Tom», le decía, «cuando se ponen a llorar tus muchachas, ¿de qué sirve darles en la cabe­za o pegarles una paliza? Es ridículo», decía yo, «y no sirve para nada. A mí no me parece mal que lloren», decía yo, «es la naturaleza», decía, «y si la naturaleza no se desahoga de una forma, lo hará de otra. Además, Tom», decía yo, «estro­pea a tus muchachas; enferman y se ponen tristes; y a veces se ponen feas, sobre todo las amarillas se ponen feas, y cues­ta mucho trabajo que se domestiquen. Ahora bien», decía yo, «¿por qué no las engatusas y les hablas con amabilidad? Puedes creerme, Tom, una pequeña dosis de humanidad re­media más que tus regaños y golpes; y es más rentable, pue­des creerme». Pero Tom no alcanzaba a comprenderlo; y me echó a perder a tantas que tuve que romper con él, aunque tenía buen corazón y era un hombre de negocios honrado.

—¿Y cree usted que su manera de hacer negocios es mejor que la de Tom? —preguntó el señor Shelby.

—Ya lo creo. Verá usted, cuando puedo, cuido de la parte desagradable, como la venta de los niños; alejo a las madres, pues ojos que no ven, corazón que no siente, ya sabe, y cuan­do la cosa está hecha y no tiene remedio, se resignan. No es como si fuera gente blanca, educada para quedarse con sus hijos y sus esposas y todo eso. Los negros bien criados no tie­nen expectativas de ninguna clase, así que aceptan más fácil­mente todas estas cosas.

—Me temo que los míos no están bien criados entonces —dijo el señor Shelby.

—Supongo que no; ustedes los de Kentucky miman mu­cho a sus negros. Tienen ustedes buena intención, pero no es bueno para ellos. Verá, a un negro que tiene que ir de aquí para allá en el mundo y soportar que lo vendan a Mengano y a Zutano y a Dios sabe quién más, no es bueno llenarle la cabeza de ideas y expectativas y educarle demasiado, porque la dureza de la vida es mucho más difícil de soportar des­pués. Estoy seguro de que los negros de usted estarían muy tristes en un lugar donde algunos negros de plantación can­tarían y vitorearían como posesos. Es natural, señor Shelby, que cada hombre crea que sus propias maneras de hacer las cosas son las mejores; y yo creo que trato a los negros tan bien como merecen.

—Es una felicidad estar satisfecho —dijo el señor Shelby, encogiéndose ligeramente de hombros y dando muestras de incomodidad.

—Entonces —dijo Haley, después de que ambos hombres pasaran un rato comiendo frutos secos en silencio—, ¿qué me dice?

—Me lo pensaré y lo hablaré con mi esposa —dijo el se­ñor Shelby—. Mientras tanto, Haley, si usted quiere que se maneje el asunto con la discreción que ha mencionado, más vale que lo mantenga en secreto en este vecindario. Correrá la voz entre mis muchachos, y no será un asunto nada dis­creto llevarse a alguno de mis muchachos si se enteran, se lo aseguro.

—¡Desde luego, naturalmente, ni una palabra! Pero mire usted, tengo muchísima prisa y quiero saber cuanto antes qué decide usted —dijo él, levantándose y poniéndose el abrigo.

—Pues venga esta tarde entre las seis y las siete y le contes­taré —dijo el señor Shelby, mientras el tratante salía de la ha­bitación con una reverencia.

«Me hubiera gustado echarlo de una patada», se dijo cuan­do vio que se había cerrado la puerta, «con ese aplomo des­carado; pero sabe que me tiene a su merced. Si alguien me hubiera dicho que iba a vender a Tom a uno de estos bribo­nes tratantes del sur, yo habría dicho: “¿Es un perro tu sir­viente para que hagas eso?” Y ahora parece ser que tendrá que ser así. ¡Y el hijo de Eliza, también! Sé que tendré un problema con mi esposa por eso, y, de hecho, por el asunto de Tom también. Mala cosa tener deudas, ¡vaya! El tipo ve la ocasión y se aprovecha».

Quizás la forma más suave del sistema de la esclavitud es la del estado de Kentucky. El predominio general de los que­haceres agrícolas tranquilos y paulatinos, que no necesitan de esas prisas y presiones periódicas que tienen lugar en los asuntos de los estados de más al sur, hace que la tarea del ne­gro sea más sana y razonable; mientras que el amo, satisfe­cho de seguir un estilo más gradual de adquisición, no siente la tentación de la crueldad que siempre vence a las naturale­zas débiles cuando lo que está en la balanza es la posibilidad de una ganancia repentina y rápida, sin más contrapeso que los intereses de los indefensos y desvalidos.

Quien visita alguna finca de allí y observa la complacencia de algunos amos y amas y la lealtad cariñosa de algunos es­clavos, podría caer en la tentación de pensar en la popular le­yenda poética de la institución patriarcal; pero por encima de esta escena pende una sombra ominosa —la sombra de la ley—. Mientras que la ley considere a todos estos seres huma­nos, con sus corazones que laten y sus sentimientos vivos, como una serie de objétos que pertenecen a un amo, mientras que el fracaso, la desgracia, la imprudencia o la muerte del amo más amable pueda hacer que cambien una vida protegi­da e indulgente por otra desesperada de miseria y trabajos, es imposible hacer nada bello ni deseable dentro de la adminis­tración mejor regida de la esclavitud.

El señor Shelby era un hombre bastante común, amable y de buen corazón y bien dispuesto hacia los que lo rodeaban, y nunca había faltado nada que pudiera contribuir al bienestar fisico de los negros de su finca. Sin embargo, se había dedica­do a la especulación, se había endeudado mucho y sus pagarés por una gran suma habían caído en manos de Haley; esta pe­queña información es la clave de la conversación precedente.

Bien, dio la casualidad de que, al acercarse a la puerta, Eli­za había escuchado bastante de la conversación para saber que el comerciante quería que su amo le vendiera a alguien.

De buena gana se habría quedado escuchando detrás de la puerta al salir, pero tuvo que marcharse deprisa porque la lla­mó su ama en ese momento.

Sin embargo, le parecía haber oído al comerciante hacer una puja por su hijo; ¿podía equivocarse? Se le encogió el co­razón y comenzó a latir de prisa, y sin querer apretaba tanto al niño que éste le miró atónito a la cara.

—Eliza, muchacha, ¿qué te pasa hoy? —preguntó su ama, después de que ésta le volcara la jarra del lavabo, derribara el bastidor y le ofreciera distraída un camisón largo en lugar del vestido de seda que le había pedido que le trajera del ar­mario.

Eliza dio un respingo.

—¡Oh, señora! —dijo, alzando los ojos y, rompiendo a llorar, se sentó en una silla y se puso a sollozar.

—Eliza, hija, ¿qué te ocurre? —preguntó su ama.

—¡Oh, señora, señora! —dijo Eliza—. ¡Había un tratante hablando con el amo en el salón! Lo he oído.

—Bueno, tonta, ¿y qué?

—Oh, señora, ¿usted cree que el amo vendería a mi Harry? y la pobre criatura se lanzó a una silla y se puso a sollozar convulsivamente.

—¿Venderlo? ¡Qué va, tontita! Sabes que el amo no hace negocios con esos tratantes sureños y que nunca querrá ven­der a ninguno de sus criados, siempre que se porten bien. Va­mos, tonta, ¿quién crees que querrá comprar a tu Harry? ¿Crees que todo el mundo lo quiere como tú, gansita? Ven­ga, anímate y abróchame el vestido. Vamos, arréglame el pelo con esa trenza bonita que aprendiste el otro día, y deja de escuchar detrás de las puertas.

—Señora, usted nunca permitiría...

—¡Tonterías, niña! Por supuesto que no. ¿Cómo puedes hablar así? Antes dejaría vender a uno de mis propios hijos. Pero, Eliza, te estás enorgulleciendo demasiado de ese niño. No puede asomar la nariz un hombre por la puerta sin que creas que ha venido a comprarlo.

Reconfortada por el tono seguro de su ama, Eliza siguió ágil y mañosa con el tocado, riéndose de sus propios temores.

La señora Shelby era una dama de clase alta, hablando tan­to intelectual como moralmente. Además de la magnanimi­dad y generosidad mentales que a menudo tipifican el carác­ter de las mujeres de Kentucky, tenía grandes sensibilidades y principios morales y religiosos, que se plasmaban en resulta­dos prácticos realizados con gran energía y habilidad. Su ma­rido, que no profesaba ninguna religión en particular, reve­renciaba y veneraba la consistencia de la religiosidad de su es­posa y su opinión le imponía respeto. Era verdad que le daba carta blanca en todos sus esfuerzos benévolos para el con­fort, instrucción y mejora de sus criados, aunque él personal­mente no intervenía en ello. De hecho, si no creía exacta­mente en la doctrina de la eficiencia del excedente de las bue­nas obras realizadas por los santos, sí parecía pensar que su esposa tenía suficiente piedad y benevolencia para los dos y albergaba una vaga esperanza de entrar en el cielo gracias a la sobreabundancia de cualidades de ella que él mismo no pre­tendía poseer.

Lo que más le pesaba a él, después de su conversación con el tratante, era tener que informar a su esposa del negocio propuesto, y enfrentarse a las objeciones y oposición que sa­bía que le esperaban.

La señora Shelby, totalmente ignorante de las deudas de su marido y conociendo sólo la bondad habitual de su tem­peramento, era sincera al reaccionar ante las sospechas de Eli­za con absoluta incredulidad. De hecho, había descartado la idea sin pensarlo dos veces; y, ocupada como estaba con los preparativos de una visita por la tarde, se le fue totalmente de la mente.

CAPÍTULO II. LA MADRE

Eliza había sido criada desde pequeña como favorita de su ama.

El viajero del sur debió de notar ese peculiar aire de refinamiento, la dulzura de voz y de modales, que parecen ser un don especial de las cuarteronas y mulatas. Estas gracias naturales de la cuarterona a menudo van parejas con la belleza más deslumbrante y casi siempre con un aspecto atractivo y agradable. Eliza, como la hemos descrito, no es un bosquejo imaginario sino el dibujo de memoria de una mujer que vimos hace años en Kentucky. Segura bajo los cuidados protectores de su ama, Eliza había llegado a la madurez sin las tentaciones que convierten la belleza en una herencia fatal para una esclava. La habían casado con un inteligente mulato de talento que era es­clavo en una finca colindante y se llamaba George Harris.

El amo había alquilado a este joven para que trabajara en una fábrica de bolsas, donde era considerado el mejor traba­jador por su destreza e ingenuidad. Había inventado una má­quina para limpiar el cáñamo que, teniendo en cuenta la educación y las circunstancias del inventor, mostraba un ge­nio mecánico parecido al de la despepitadora de algodón de Whitney.

Era guapo y tenía modales agradables, y era muy querido en la fábrica. Sin embargo, como a los ojos de la ley este jo­ven no era un hombre sino una cosa, todas sus cualidades superiores estaban sujetas al control de un amo tiránico, in­tolerante y vulgar. Al oír hablar de la fama del invento de George, este caballero se acercó a la fábrica para ver la obra de este esclavo inteligente. Lo recibió con gran entusiasmo el empresario, que lo felicitó por poseer un esclavo tan va­lioso.

Le acompañó a ver la fábrica, donde, al mostrarle la má­quina, George, animado, hablaba tan fluidamente y tenía un aspecto tan bello y viril, allí erguido, que su amo comenzó a tener una desagradable sensación de inferioridad. ¿Cómo se atrevía su esclavo a andar por el país inventando máquinas e irguiendo la cabeza entre caballeros? No pensaba tolerarlo. Lo llevaría de vuelta, lo pondría a trabajar con la azada y la pala y «a ver si se iba a pavonear tanto entonces». En conse­cuencia, el patrón y los trabajadores se quedaron de piedra cuando reclamó de repente el salario de George y anuncio su intención de llevárselo a casa.

—Pero, señor Harris —objetó el patrón—, ¿no es un poco repentino?

—¿Y qué, si es así? ¿No es mío el hombre?

—Estaríamos dispuestos a aumentar el pago de compensa­ción.

—No sirve de nada, señor. No tengo necesidad de alquilar a mis trabajadores si no quiero.

—Pero, señor, parece estar muy bien adaptado a este nego­cio.

—Puede que sí; no se adaptaba muy bien nunca a nada de lo que yo le mandaba, sin embargo.

—Pero dése cuenta de que ha inventado esta máquina —interrumpió uno de los obreros, algo inoportuno.

—¡Oh, sí! Una máquina para ahorrar trabado, ¿verdad? No me extraña que inventara eso; un negro es especialista en eso. Todos ellos son máquinas para el ahorro del trabajo. No, ¡se marchará!

George se quedó como paralizado al oír a una potencia que sabía irresistible pronunciar su condena. Se cruzó de bra­zos, comprimió los labios, pero un volcán de sentimientos amargos ardió en su pecho, enviando ríos de fuego por sus venas. Jadeaba y sus grandes ojos negros llameaban como brasas ardientes, y hubiera podido estallar en algún tipo de ebullición peligrosa si el bondadoso patrón no le hubiera to­cado el brazo, diciendo en voz queda:

—Déjate llevar, George; ve con él de momento. Intentare­mos ayudarte más adelante.

El tirano vio este susurro y adivinó su significado aunque no oyó lo que se dijo; y le fortaleció aún más en su empeño interno de mantener el poder que ejercía sobre su víctima.

George fue llevado a casa y puesto a trabajar en las tareas más humildes y fatigosas de la granja. Había conseguido re­primir cada palabra irrespetuosa; pero los ojos llameantes y la frente triste y preocupada formaban parte de un lenguaje natural que no podía reprimir: señales inequívocas de que un hombre no se podía convertir en una cosa.

Fue durante la época feliz de su trabajo en la fábrica cuan­do George conoció y se casó con su esposa. En ese período, como su patrón confiaba en él y lo trataba bien, tenía liber­tad para ir y venir a su antojo. La señora Shelby aprobó total­mente la boda y, con algo de la satisfacción de casamentera típica de una mujer, se alegró de unir a su guapa favorita con uno de su misma clase que parecía digno de ella; de modo que se casaron en el salón del ama, que adornó personalmen­te con azahar el hermoso cabello de la novia y le echó por encima el velo nupcial, que no hubiera podido posarse en una cabeza más bella; y no faltaban guantes blancos, ni tar­ta, ni vino, ni invitados que admiraron la belleza de la novia y la indulgencia y generosidad de su ama. Durante un año o dos, Eliza vio a menudo a su marido y nada interrumpió su felicidad salvo la pérdida de dos niños, que ella amaba apa­sionadamente y que lloró con una pena tan intensa que su ama le riñó dulcemente, procurando, con solicitud matemal, mantener sus sentimientos, tan apasionados por naturaleza, dentro de los límites de la razón y la religión.

Después del nacimiento del pequeño Harry, sin embargo, se tranquilizo y sosegó; y cada lazo sangrante y cada nervio palpitante, entretejidos de nuevo con la nueva vida, parecieron restablecerse y sanar, y hasta el momento en que su ma­rido fue alejado tan bruscamente de su bondadoso patrón y puesto bajo el dominio de hierro de su propietario legal, Eli­za era una mujer feliz.

El fabricante cumplió su palabra y fue a visitar al señor Harris una semana o dos después de la partida de George con la esperanza de que se le hubiera pasado el enfado a aquél, y probó todos los argumentos para persuadirle de que volviera a colocar a éste en su puesto anterior.

—No se moleste en hablar más —dijo tercamente—, co­nozco bien mis propios asuntos, señor.

—No pretendía inmiscuirme en sus asuntos, señor. Sólo pensaba que podía considerar de su interés alquilarnos a su hombre bajo las condiciones propuestas.

—Entiendo perfectamente lo que ocurre. Ya le vi guiñar el ojo y susurrarle al oído el día en que lo saqué de la fábrica, así que no me engaña en absoluto. Es un país libre, señor; el hombre es mío, y haré con él lo que me plazca, eso es todo.

Así se esfumaron las últimas esperanzas de George; ya no le quedaba nada más que una vida de trabajo y monotonía, amargamente intensificada por cada gesto vejatorio y humi­llante que era capaz de idear el ingenio tiránico de su amo.

Una vez dijo un jurista muy humanitario: «Lo peor que se puede hacer con un hombre es ahorcarlo.» Pues, no; ¡hay otro destino que es aun peor!

CAPÍTULO III. MARIDO Y PADRE

La señora Shelby se había marchado de visita y Eliza se hallaba en el porche mirando acongojada el carruaje que se alejaba, cuando sintió una mano en el hombro. Se giró y una alegre sonrisa iluminó sus bellos ojos.

—George, ¿eres tú? ¡Qué susto me has dado! Pero me alegro de que hayas venido. La señora se ha ido a pasar la tarde fuera, así que ven a mi cuarto y podemos pasar un rato a solas.

Al decir esto, tiró de él hacia la puerta de un pequeño cuarto que daba al porche, donde solía dedicarse a la costura al alcance de la voz de su ama.

—¡Qué contenta estoy! ¿Por qué no sonríes? Mira a Harry, qué grande se está haciendo —el niño miró vergonzo­so a su padre a través de los rizos, cogido de la falda de su madre.

—¿No es hermoso? —preguntó Eliza, levantando sus lar­gos rizos para besarlo.

—¡Ojalá no hubiera nacido él! —dijo George con amargu­ra—. ¡Ojalá no hubiera nacido yo!

Sorprendida y asustada, Eliza se sentó, apoyó la cabeza en el hombro de su marido y rompió a llorar.

—Anda, anda, Eliza, no tenía derecho a hacerte sentir así, pobrecita—dijo cariñosamente él—; no tenía derecho. ¡Oja­lá no me hubieras echado la vista encima nunca! Así hubie­ras podido ser feliz.

—George, George, ¿cómo puedes hablar así? ¿Qué cosa terrible ha ocurrido o va a ocurrir? Yo creo que hemos sido muy felices, hasta hace poco.

—Así es, cariño —dijo George. Luego sentó a su hijo en su regazo, miró fijamente sus hermosos ojos negros y pasó la mano por sus largos rizos.

—Es igual que tú, Eliza, y tú eres la mujer más guapa que he visto jamás y la más buena que espero ver nunca; pero ¡ojalá no te hubiera visto nunca, ni tú a mí!

—¡Oh, George! ¿Cómo puedes decir eso?

—Si, Eliza, todo es miseria, miseria y más miseria. Mi vida es tan amarga como el ajenjo; se me está consumiendo la vida. Soy un esclavo pobre, miserable y desesperado; sólo puedo arrastrarte conmigo y nada más. ¿Para qué sirve que intentemos hacer algo, saber algo o ser algo en la vida? ¿Para qué sirve vivir? ¡Ojalá estuviera muerto!

Vamos, George, eso es malo de verdad. Sé cómo te sien­tes por haber perdido tu puesto en la fábrica y es verdad que tienes un amo duro; pero ten paciencia, por favor, y quizás algo...

—¡Paciencia! —dijo él, interrumpiéndola—. ¿Acaso no he tenido paciencia? ¿Dije algo cuando fue a arrancarme del lugar donde todos me trataban con amabilidad? Le había dado cada centavo de mis ganancias, y todos decían que tra­bajaba bien.

—¡Es terrible, lo reconozco! —dijo Eliza—; pero después de todo, es tu amo, lo sabes.

—¡Mi amo! ¿Y quién lo convirtió en mi amo? Eso es lo que me atormenta: ¿qué derecho tiene a poseerme? Yo soy tan hombre como él. Sé más de los negocios que él; soy me­jor administrador que él; leo mejor que él; mi caligrafía es mejor que la suya, y todo esto lo he aprendido por mí mis­mo y no gracias a él; he aprendido a pesar de él, así que ¿con qué derecho me convierte en caballo de tiro? ¿Para apartar­me de las cosas que sé hacer y hago mejor que él y ponerme a hacer lo que puede hacer cualquier caballo? Lo hace adre­de; dice que me abatirá y humillará y ¡me pone a hacer las ta­reas más duras, desagradecidas y sucias adrede!

—¡Oh, George, George, me asustas! Nunca te he oído ha­blar así; tengo miedo de que hagas algo terrible. No me ex­traña que te sientas como te sientes, pero, por favor, ten cui­dado, por mí y por Harry.

—He tenido cuidado y he sido paciente, pero las cosas se están poniendo peor; ya no lo aguanta mi cuerpo; él aprove­cha cada oportunidad para insultarme y atormentarme. Creía que podría hacer bien mi trabajo y seguir tranquila­mente y tener algún tiempo libre para leer y aprender fuera de las horas de trabajo; pero cuanto más ve que puedo hacer, más me carga de trabajo. Dice que aunque no digo nada, ve que tengo el diablo dentro y que él va a sacármelo; pues un día de éstos saldrá de una forma que no le va a gustar nada, te lo aseguro.

—¡Vaya por Dios! ¿Qué vamos a hacer? —dijo Eliza con tristeza.

—Ayer mismo —dijo George—, cuando estaba ocupado cargando piedras en un carro, el joven señorito Tom estaba allí, chasqueando su látigo tan cerca del caballo que se asus­tó la pobre bestia. Le pedí que lo dejara, tan gentilmente como pude, pero siguió. Se lo pedí de nuevo, y se volvió contra mí y empezó a pegarme. Le sujeté la mano, y gritó y pataleó y corrió hacia su padre y le dijo que yo me peleaba con él. Este vino furioso y dijo que ya me enseñaría quién era mi amo; y me ató a un árbol y cortó varillas para el señorito, y le dijo que podía azotarme hasta cansarse, y así lo hizo. ¡Ya se lo recordaré, alguna vez! —se oscureció la frente del joven, cuyos ojos ardían con una expresión que hizo temblar a su joven esposa—. ¿Quién convirtió a este hombre en mi amo? ¡Eso es lo que quisiera saber! —dijo.

—Pues yo siempre he creído que debía obedecer a mi amo y a mi ama o que no sería buena cristiana —dijo Eli­za, afligida.

—Eso tiene algo de sentido, en tu caso; te han criado como a una hija, te han dado de comer y te han vestido, te han mimado y te han enseñado paró que estuvieras bien ins­truida; esos son motivos por los que pueden pretender po­seerte. Pero a mí me han pateado y golpeado e insultado y lo mejor que me han hecho ha sido dejarme en paz; ¿qué les debo yo? He pagado cien veces por todo lo que me han enseñado. ¡No pienso tolerarlo y no lo toleraré! —dijo apretan­do los puños y frunciendo el ceño con fiereza.

Eliza tembló y calló. Nunca antes había visto a su marido de un talante parecido, y su suave sentido de la ética pareció doblarse como un junco ante la fuerza de su pasión.

—¿Sabes? El pequeño Carlo que tú me regalaste —añadió George—, esa criatura ha sido el único consuelo que he teni­do. Ha dormido conmigo por la noche y me ha seguido du­rante el día, mirándome como si entendiera cómo me sien­to. Bueno, pues el otro día le daba de comer algunas sobras que recogí en la puerta de la cocina, cuando apareció el amo y dijo que lo alimentaba a su costa, que él no podía permitir­se el lujo de que todos los negros tuviéramos nuestro propio perro, y me mandó atarle una piedra al cuello y echarlo al es­tanque.

—¡Ay, George, no lo harías!

—Yo no, pero él sí. El amo y Tom tiraron piedras a la po­bre criatura mientras se ahogaba. ¡Pobrecito! Me miraba tan triste como si no pudiera comprender por qué no lo salvaba. Tuve que aguantar que me azotaran por no hacerlo yo mis­mo. No me importa. El amo se enterará de que a mí los azo­tes no me amaestran. Ya llegará mi momento, si no se anda con cuidado.

—Pero ¿qué vas a hacer? Oh, George, no hagas nada malo. Si congas en Dios e intentas hacer lo correcto, Él te amparará.

—Yo no soy cristiano como tú, Eliza. Tengo el corazón lle­no de amargura; no puedo confiar en Dios. ¿Por qué permi­te que las cosas sean como son?

—Oh, George, debemos tener fe. La señora dice que cuan­do todas las cosas nos van mal, debemos creer que Dios está haciendo lo que más nos conviene.

—Es fácil que los que se sientan en sofás y viajan en ca­rruajes digan eso; pero si estuvieran donde estoy yo, les sen­taría algo peor, me imagino. Quisiera poder ser bueno; pero mi corazón está encendido y no consigo reconciliarme de ninguna forma. Tampoco tú podrías. No podrías ahora, si te dijera todo lo que tengo que decir. Aún no lo sabes todo.

—¿Qué puede pasar ahora?

—Últimamente, el amo anda diciendo que fue tonto al dejar que me casara con una de fuera; que odia al señor Shelby y a toda su tribu, porque son orgullosos y se creen mejores que él, y que tú me has dado ideas altivas; y dice que no me va a dejar venir más aquí, y que me casará con otra y me tendré que quedar en su finca. Al principio sólo despotri­caba y refunfuñaba estas cosas; pero ayer me dijo que debía casarme con Mina y vivir en una cabaña con ella, o que me vendería río abajo.

—Pero estás casado conmigo; nos casó el sacerdote, ¡como si fueras blanco! —dijo simplemente Eliza.

—¿No sabes que un esclavo no puede casarse? No hay le­yes al respecto en este país; no puedo reclamarte como espo­sa, si a él se le antoja separamos. Por eso quisiera no haberte visto nunca, por eso quisiera no haber nacido; más nos hubie­ra valido a los dos, más le hubiera valido a este pobre niño no haber nacido. ¡Todo esto también puede pasarle a él!

—¡Pero mi amo es tan amable!

—Sí, pero ¿quién sabe? El amo puede morir, y pueden venderlo a Dios sabe quién. ¿De qué sirve que sea guapo, in­teligente y alegre? Te digo, Eliza, que por cada cosa buena o agradable que tenga o sea tu hijo, una daga atravesará tu co­razón; lo hará demasiado valioso para que tú te lo quedes.

Estas palabras calaron hondas en el corazón de Eliza; apa­reció ante sus ojos la imagen del tratante y se puso pálida y comenzó a jadear como si le hubiesen asestado un golpe mortal. Miró nerviosa hacia el porche, donde se había retira­do el niño, aburrido con la conversación seria, y donde iba de un lado a otro montado en el bastón del señor Shelby. Es­taba a punto de comunicar sus temores a su marido, pero se contuvo.

«No, no, bastante tiene que aguantar el pobre», pensó. «No se lo contaré. Además, no es verdad. El amo no nos en­gaña jamás.»

—Así pues, Eliza, hija —dijo abatido el marido——, no te amilanes. Y adiós, porque me marcho.

—¿Marcharte, George? ¿Marcharte adónde?

—Al Canadá —dijo él, irguiéndose—; y cuando llegue allí, te compraré: es la única esperanza que nos queda. Tienes un amo bondadoso, que no se negará a venderte. Os com­praré a ti y al niño, ¡con la ayuda de Dios, lo haré!

—Pero será terrible si te cogen.

—No me cogerán, Eliza; antes moriré. Seré libre o moriré.

—¡No te matarás!

—No hará falta. Ellos no vacilarán en matarme; no me co­gerán vivo río abajo.

—Oh, George, ¡ten cuidado, hazlo por mí! No hagas nada malo; no te hagas daño ni a ti mismo ni a otro. Las tentacio­nes son fuertes, muy fuertes; pero no..., debes irte..., pero ve con cuidado y prudencia; reza a Dios para que te ayude.

—Escucha mi plan, entonces, Eliza. Al amo se le ha ocu­rrido mandarme pasar por aquí con una nota para el señor Symms, que vive una milla más adelante. Creo que sabía que vendría aquí a contarte las noticias. Eso le gustaría, si cre­yera que iba a molestar a «la gente de Shelby», como los lla­ma. Me iré a casa resignado del todo, ¿sabes? como si todo hubiera acabado. He hecho algunos preparativos, y tengo a algunas personas que me ayudarán. Un día u otro, de aquí a una semana o así, estaré entre los desaparecidos. Reza por mí, Eliza; quizás el Señor te escuche a ti.

—Reza tú también, George, y confía en Dios; así no harás nada malo.

—Entonces, adiós —dijo George, cogiéndole las manos a Eliza y mirándole, inmóvil, los ojos. Se quedaron callados; luego hubo palabras de última hora, y sollozos, y amargo llanto, pues las esperanzas de un reencuentro tras la partida eran tan frágiles como una telaraña, y se separaron marido y mujer.

CAPÍTULO IV. UNA TARDE EN LA CABAÑA DEL TÍO TOM

La cabaña del tío Tom era un edificio pequeño de made­ra, cerca de «la casa», como ese negro par excellence lla­maba la vivienda de su amo. Tenía una huerta pulcra delante donde en verano medraban, con esmerados cuida­dos, fresas, frambuesas y abundantes frutas y verduras. Toda la parte delantera estaba cubierta por una gran bignonia es­carlata y una rosa de pitiminí que, enroscándose y entrela­zándose, apenas dejaban vislumbrar los ásperos troncos de la fachada. También en verano multitud de vistosas plantas anuales, como caléndulas, petunias y dondiegos de noche, encontraban un rincón donde desplegar su esplendor y eran el deleite y el orgullo de la tía Chloe.

Entremos en la vivienda. Ya ha acabado la cena en la casa y la tía Chloe, que presidía su preparación como cocinera principal, ha delegado en los oficiales subalternos de la coci­na los quehaceres de la recogida y el fregado de la vajilla, y ha salido a su propio territorio acogedor para «hacerle la cena a su viejo»; por lo tanto, no dudéis que es ella la que veis jun­to al fuego, vigilando con solícito esmero los alimentos que están friéndose en una sartén y levantando después con gra­ve deliberación la tapadera de una marmita de asar, de don­de se elevan vapores sugerentes de «algo bueno». Tiene la cara redonda, negra y reluciente, tan brillante que hace pen­sar que la han untado con clara de huevo, tal como hace ella con sus galletas de té. Todo su rostro regordete muestra una sonrisa de satisfacción y contento bajo el almidonado tur­bante a cuadros, aunque, si hemos de ser sinceros, delata ese vestigio de cohibición que corresponde a la primera cocine­ra del vecindario, puesto universalmente concedido a la tía Chloe.

Cocinera era, desde luego, hasta los huesos y el mismo centro de su alma. No había pollo ni pavo ni pato en el co­rral que no se pusiese serio cuando la veía aproximarse con aspecto de estar reflexionando sobre su próximo fin; y era cierto que siempre pensaba en embroquetar, rellenar o asar, hasta tal punto que era inevitable que inspirase terror en cualquier ave que se preciara. Sus tortas de maíz, con todas sus variedades de bollos, bizcochos, homazos y otras clases demasiado numerosas para mencionarlas todas, eran un mis­terio sublime para todas las pasteleras inferiores; y solía mo­ver su grueso cuerpo con honrado orgullo y júbilo al relatar los infructuosos esfuerzos de alguna de sus comadres por ele­varse a las mismas alturas que ella.

La llegada de compañía a la casa, con la preparación de co­midas y cenas «con estilo» despertaba todo el afán de su alma; y no había visión que le gustase más que un montón de baúles apilados en el porche, porque le hacía prever nue­vos esfuerzos y nuevos triunfos.

En este momento, sin embargo, la tía Chloe se asoma a la marmita de hornear, y la dejaremos ocupada en esta encanta­dora operación mientras acabamos nuestra descripción de la caseta.

En un rincón había una cama, cubierta por una colcha blanca como la nieve, y al lado un pedazo de moqueta de gran tamaño. La tía Chloe consideraba esta moqueta una muestra inequívoca de pertenecer a la clase superior, por lo que ésta, la cama y, de hecho, todo el rincón eran tratados con una consideración distinguida y eran denominados sa­grados y protegidos, en lo posible, de las incursiones y profa­naciones de la gente menuda. En realidad, ese rincón era el salón del domicilio. En el otro rincón había una cama con pretensiones más humildes, claramente designada al uso. De­coraban la pared de encima de la chimenea unas pintorescas láminas bíblicas y un retrato del General Washington, dibu­jado y coloreado de una forma que hubiese dejado atónito a aquel héroe si por casualidad se lo topara.

En un tosco banco del rincón, un par de niños de cabeza lanuda, centelleantes ojos negros y mejillas rellenas y relu­cientes vigilaban los primeros intentos de andar del bebé, que consistían, como suele suceder, en ponerse de pie, man­tenerse un momento en equilibrio y desplomarse de nuevo, y cada fracaso recibía un entusiasta aplauso como si de una gran hazaña se tratara.

Una mesa de patas algo endebles colocada delante de la chimenea y cubierta con un mantel mostraba tazas de diseño marcadamente alegre con sus platillos correspondientes jun­to con otros síntomas de una colación inminente. En esta mesa se hallaba sentado el tío Tom, el mejor trabajador del señor Shelby, a quien debemos daguerrotipar para nuestros lectores, pues es el protagonista de nuestra historia. Era un hombre grande y fornido, de complexión fuerte, de un negro negrísimo y brillante y un rostro cuyas facciones genuina­mente africanas se caracterizaban por una expresión de sen­satez seria y constante, junto con una gran cantidad de bon­dad y benevolencia. Tenía un aire de pundonor y dignidad en su porte, unido a una sencillez confiada y humilde.

En este momento estaba muy ocupado con una pizarra que tenía delante, donde procuraba copiar unas letras len­ta y cuidadosamente bajo la vigilancia del señorito George, un chico listo de trece años de edad, con todo el aspecto de darse cuenta de la dignidad que le confería su puesto de pro­fesor.

Así no, tío Tom, así no —dijo enérgicamente, cuando el tío Tom levantó con grandes esfuerzos el rabo de la q en sen­tido contrario—; así es una q, ¿no lo ves?

—Dios me ampare, ¿será posible? —dijo el tío Tom, mi­rando con aire de respeto y admiración cómo su joven pro­fesor garabateaba vigorosamente innumerables cus y ges para su beneficio; luego, cogiendo el lápiz entre sus grandes dedos torpes, se puso a comenzar de nuevo.

—¡Con qué facilidad los blancos hacen siempre las cosas! —dijo la tía Chloe, parando un momento de engrasar una sartén con un pedazo de tocino pinchado en un tenedor y mirando orgullosa al joven señorito George—. ¡Qué manera de escribir y de leer! Y luego viene aquí por las tardes y nos lee la lección, ¡qué interesante!

—Pero, tía Chloe, tengo muchísima hambre —dijo Geor­ge—. ¿No está casi hecho el pastel del caldero?

—Casi hecho, señorito George —dijo la tía Chloe, levan­tando la tapadera para mirar adentro—, dorándose que da gusto, poniéndose precioso. ¡Bah! Nadie los hace como yo. El otro día la señora dejó a Sally hacer un pastel, sólo para que aprendiera, dijo. «Calle, calle, señora», le dije, «ime due­le en el alma ver que se echen a perder de esa forma los bue­nos alimentos! El pastel ha subido sólo por un lado, no tie­ne más forma que mi zapato, ¡vaya, vaya!».

Y con estas últimas palabras de desprecio por la ineptitud de Sally, la tía Chloe quitó la tapadera del caldero para mos­trar un precioso pastel de una libra del que hubiera estado or­gulloso cualquier pastelero de la ciudad. Al hacerse patente cuál era el punto central de la diversión, la tía Chloe se puso a trajinar en serio en los preparativos de la cena.

—¡Eh, vosotros, Mose y Pete! ¡Quitaos de en medio, ne­gritos! Mericky, cariño, vete de ahí. La mamá le dará algo lue­go a su nena. Señorito George, coja usted esos libros y sién­tese con mi viejo, y yo cogeré las salchichas y tendré la prime­ra tanda de bollos en sus platos en menos que canta un gallo.

—Querían que fuera a cenar a la casa —dijo George—, pero sabía demasiado bien lo que me convenía, tía Chloe. —De veras que sí, cariño —dijo la tía Chloe, llenándole el plato con una pila de bollos humeantes—; sabía que su vie­ja tía Chloe guardaría lo mejor para usted. ¡Si sabe lo que le conviene! ¡Anda ya! —y la tía Chloe tocó con el dedo a George de una manera que pretendía fuera de lo más cómi­co, y se volvió hacia su sartén con gran energía.

—Y ahora, el pastel —dijo el señorito George cuando hubo amainado un poco la actividad de la zona de la sartén; y al mismo tiempo, el joven blandía un gran cuchillo por en­cima de dicho objeto.

—¡Que Dios le bendiga, señorito George! elijo la tía Chloe, muy seria, cogiéndole del brazo—. ¡No irá a cortarlo con ese enorme cuchillo pesado! ¡Lo destrozará, estropeará la forma tan bonita que tiene! Tome, aquí tengo un cuchillo fino que mantengo afilado aposta. ¡Mírelo, pues, se corta como si fuera mantequilla! Coma, coma, no encontrará nada mejor que eso.

—Dice Tom Lincoln —dijo George con la boca llena­ que su Jinny es mejor cocinera que tú.

—¡Esos Lincoln no son nadie, desde luego! —dijo con desprecio la tía Chloe—; quiero decir, comparados con nues­tra gente. Son bastante respetables, a su manera sencilla, pero no tienen idea de lo que es la elegancia. Pongamos al señor Lincoln al lado del señor Shelby, pues. ¡Dios mío! Y la seño­ra Lincoln, ¿puede entrar en una habitación como mi seño­ra, tan majestuosa? ¡Calle, calle! ¡No me hable de esos Lin­coln! —y la tía Chloe sacudió la cabeza como una entendi­da del mundo.

—Pues yo te he oído decir —dijo George— que Jinny era buena cocinera.

—Sí que lo he dicho —dijo la tía Chloe— y lo mantengo. Comida buena y sencilla, eso es lo que prepara Jinny. Hace buen pan de maíz, hierve bien sus patatas, sus tortas de ave­na no son extraordinarias, pero están bien; pero si hablamos de cosas más elevadas, ¿qué sabe hacer? Pues hace empana­das, ya lo creo, pero ¿con qué clase de corteza? ¿Sabe hacer un milhojas ligero como una pluma que se deshace en la boca? Bien, pues, yo fui allí cuando se iba a casar la señorita Mary, y Jinny me mostró las empanadas de la boda. Jinny y yo somos buenas amigas, ¿sabe? No dije palabra, pero, ¡vaya, señorito George! Yo no hubiera podido dormir en una sema­na si hubiera hecho unas empanadas así. No valían nada en absoluto.

—Supongo que Jinny pensó que estaban estupendas —dijo George.

—¡Pues ya lo creo que lo pensó! ¿No las mostraba a todo el mundo, la muy inocente? Ahí está la cuestión: Jinny no sabe. Dios, si la familia no son nadie, ¿cómo se puede esperar que ella sepa? ¡No es culpa suya! Señorito George, no sabe usted cuántos privilegios tiene por su familia y su educación —suspiró la tía Chloe, haciendo girar los ojos con la emo­ción.

—Desde luego, tía Chloe, conozco todos mis privilegios en cuanto a pasteles y empanadas —dijo George—. Pregún­tale a Tom Lincoln si no presumo de ellos cada vez que nos vemos.

La tía Chloe se recostó en su sillón y se permitió soltar una espontánea carcajada ante la gracia del señorito, y siguió ven­do hasta que empezaron a correr las lágrimas por sus negras mejillas relucientes, alternando este ejercicio con golpecitos y codazos dirigidos al señorito Georgey, diciéndole que callara y que era un caso, que seguro que la iba a matar, un día de aquellos; y entre una predicción sanguinaria y otra, soltaba otra carcajada más fuerte y de más duración que la anterior, hasta que George empezó a creer que era verdad que era un in­dividuo muy peligroso por lo ocurrente, y que le convendría tener cuidado con su manera de expresarse «con tanta gracia».

—Conque se lo dijo usted a Tom, ¿eh? ¡Dios de mi vida! ¡Las cosas que hacen los jóvenes! ¿Presumió ante Tom? ¡Dios de mi alma! Señorito George, haría usted reír a una sabandija.

—Sí —dijo George—, le dije: «Tom, tendrías que ver las empanadas de la tía Chloe, ésas sí que son buenas», le dije.

—Es una pena que no las pueda ver Tom —dijo la tía Chloe, cuyo buen corazón parecía sufrir mucho con la idea de tamaña ignorancia por parte de Tom—. Debería usted in­vitarle a cenar un día de éstos, señorito George —añadió—; sería un bonito gesto. ¿Sabe, señorito George? No debería sentirse por encima de nadie por los privilegios que tiene, pues los privilegios nos son dados; debemos recordar siem­pre eso —dijo la tía Chloe, con aspecto bastante serio.

—Bueno, tengo la intención de invitar a Tom un día de la semana que viene —dijo George—; y tú, esmérate mucho, tía Chloe, y lo dejaremos de piedra. Le haremos comer tanto que no se recuperará en quince días, ¿verdad?

—Sí, sí, desde luego —dijo, encantada, la tía Chloe—; ya lo verá. ¡Señor, señor, cuando pienso en algunas de nuestras cenas! ¿Se acuerda de la empanada de pollo que hice cuando dimos la cena para el General Knox? Yo y la señora por poco nos peleamos por culpa de la costra. No sé qué les pasa a las señoras, pero a veces, cuando una tiene muchísima responsa­bilidad, podríamos decir, y está muy seria y ocupada, ¡a las señoras les da por dar vueltas por ahí metiendo las narices! Y la señora quería que lo hiciera así y que lo hiciera asá, has­ta que al final me puse un poco impertinente y le dije: «Se­ñora, mire esas manos suyas tan blancas con sus dedos lar­gos, relucientes de sortijas, como azucenas salpicadas de ro­cío; y ahora mire mis grandes manos negras y gordotas. ¿No le parece que el Señor me creó a mí para hacer las empana­das y a usted para quedarse en el salón?» Vaya, así de desca­rada me puse, señorito George.

—¿Y qué dijo mamá? —preguntó George.

—¿Decir? Bueno, se rió con los ojos, esos grandes y her­mosos ojos suyos, y dijo: «Bien, tía Chloe, creo que tienes ra­zón», dijo; y se marchó al salón. Tenía que haberme dado en la cabeza por ser tan descarada, pero así están las cosas. ¡No puedo hacer nada con una dama en la cocina!

—De todas formas, te luciste con aquella cena, recuerdo que lo dijo todo el mundo —dijo George.

—¿Verdad que sí? Como que me quedé detrás de la puer­ta del comedor ese mismo día y vi cómo el general pasó el plato tres veces para que le pusieran más de esa misma empa­nada, y dijo: «Señora Shelby, usted debe de tener una cocine­ra fuera de lo común.» ¡Señor! ¡No cabía en mí de gozo! Y el general sabe lo que es cocinar —dijo la tía Chloe, irguiéndo­se ufana—. Un hombre muy agradable, el general. Es de una de las primerísimas familias de Virginia. El general sí que en­tiende, tanto como yo. Verá, cada empanada tiene sus secre­tos, señorito George; pero no todo el mundo sabe cuáles son o cómo deben ser. Pero, él sí, el general sí; lo sé por los co­mentarios que hizo. Sí, él conoce los secretos.

El señorito George había llegado ya a aquella situación a la que puede llegar incluso un muchacho (en circunstancias excepcionales, cuando no se puede comer ni un bocado más) y, por lo tanto, tenía tiempo de fijarse en el montón de cabezas lanudas y ojos brillantes que los observaban, ham­brientos, desde el rincón contrario.

—¡Eh, vosotros, Mose y Pete! —dijo, rompiendo genero­sos trozos de comida y tirándoselos— queréis un poco, ¿ver­dad? Vamos, tía Chloe, hazles algunos bollos.

Se retiraron George y Tom a un banco cómodo junto a la chimenea mientras la tía Chloe, después de hacer una buena cantidad de bollos, colocó la nena en su regazo y comenzó a llenar de bollos la boca de ésta y la suya propia y distribuir otros a Mose y a Pete, que parecían preferir tomárselos mien­tras rodaban por el suelo debajo de la mesa, haciéndose cos­quillas y tirándole de los pies al bebé de vez en cuando.

—Dejadlo ya, ¿queréis? —dijo la madre, dando patadas bajo la mesa de cuando en cuando, cada vez que el revuelo se hacía excesivo—. ¿No sabéis portaros cuando vienen los blancos a veros? Callad ahora, ¿queréis? ¡Más vale que an­déis con cuidado u os bajaré un ojal cuando se marche el se­ñorito George!

Es difícil saber qué significado escondía esta terrible ame­naza; lo cierto es que su horrible ambigüedad no parecía im­presionar en absoluto a los jóvenes pecadores a los que iba dirigida.

—¡Bueno, bueno! —dijo el tío Tom—, están tan llenos de vida que no se pueden estar quietos.

En este momento salieron los muchachos de debajo de la mesa y, con las caras y las manos embadurnadas de melaza, empezaron a besar enérgicamente al bebé.

—¡Idos ya! —dijo la madre, apartando las cabezas lanu­das—. ¡Quedaréis pegados y no habrá manera de separaros, si seguís así! ¡Id a la fuente a lavaros! —dijo, secundando sus amonestaciones con un bofetón, que resonó de manera formi­dable aunque sólo consiguió arrancar más carcajadas a los mu­chachos, que salieron atropelladamente, chillando de alegría.

—¿Habéis visto alguna vez unos muchachos más moles­tos? —dijo la tía Chloe, bastante complacida, mientras saca­ba una vieja toalla, que guardaba para tales emergencias, la mojaba con agua de una tetera agrietada y empezaba a lim­piar de melaza la cara y las manos de la pequeña; después, habiéndole sacado tanto brillo que relucía, la depositó en el regazo de Tom y se dispuso a recoger la cena. El bebé llenó el intervalo tirándole a Tom de la nariz, rascándole la cara y hundiendo las manos regordetas en su cabello lanoso; esta última ocupación parecía brindarle una satisfacción especial.

—¿No es una criatura perfecta? —dijo Tom, apartándola de sí para verla de cuerpo entero. Después se levantó, la co­locó en su amplio hombro y se puso a brincar y bailar con ella, mientras el señorito George le chasqueaba el pañuelo, y Mose y Pete, ya de vuelta, rugían como osos hasta que la tía Chloe declaró que «le reventaban la cabeza» con su ruido. Como, según decía ella misma, esta operación quirúrgica era un acontecimiento cotidiano en la cabaña, su declaración no mitigó en absoluto la diversión hasta que todos no hubieron rugido, revoloteado y bailado hasta quedarse tranquilos por lo extenuados.

—Bueno, pues, espero que hayáis acabado —dijo la tía Chloe, ocupada en sacar una carriola rudimentaria—; voso­tros, Mose y Pete, meteos ahí, porque nosotros tenemos una reunión.

—Oh, mamá, no queremos. Queremos ver la reunión, las reuniones son tan curiosas. A nosotros nos gustan.

—Venga, tía Chloe, métela de nuevo y déjalos que se que­den levantados —dijo el señorito George terminantemente, dando un empujón a la burda máquina.

La tía Chloe, una vez salvadas las apariencias, parecía en­cantadísima de guardar la cama, diciendo al mismo tiempo: —Bueno, quizás les sirva para algo.

En esto, los presentes se convirtieron en un comité para deliberar sobre los arreglos y preparativos de la reunión.

—Lo que no sé es dónde se va a sentar todo el mundo —dijo la tía Chloe. Ya que la reunión se celebraba todas las semanas en casa del tío Tom desde hacía muchísimo tiempo, sin más sillas que ahora, parecía haber esperanzas de encon­trar una solución en esta ocasión.

—El viejo tío Peter rompió las patas de la silla más vieja la semana pasada con sus cantares —intervino Mose.

—¡Anda ya! No me sorprendería que las hubieras arranca­do tú, que fuera una travesura tuya —dijo la tía Chloe.

—Bueno, se sostendrá si se apoya en la pared —dijo Mose.

—Entonces, no debe sentarse ahí el tío Peter, porque siem­pre se mueve cuando se pone a cantar. Casi cruza la habita­ción de un salto la semana pasada —dijo Pete.

—¡Señor, señor! Haz que se siente en ella, entonces —dijo Mose—, y cuando empiece «Venid, santos y pecadores, oíd lo que cuento», se irá al suelo —y Mose imitó a la perfección el timbre nasal del viejo, desplomándose en el suelo para ilustrar la supuesta catástrofe.

—Vamos ya, pórtate bien —dijo la tía Chloe—; ¿no te da vergüenza?

Sin embargo, el señorito George se unió a las carcajadas del transgresor y dijo convencido que Mose era «todo un tipo», por lo que la reprimenda materna pareció perder fuerza.

—Bueno, viejo —dijo la tía Chloe—, tendrás que traer esos barriles.

—Los barriles de mamá son como los de la viuda sobre los que leía el señorito George en el buen libro: nunca fallan —dijo Mose al oído de Pete.

—Pues uno de ellos se vino abajo la semana pasada, desde luego —dijo Pete—, y los tiró a todos en mitad de los can­tos; eso sí era fallar, ¿no?

Durante este aparte entre Mose y Pete, los demás habían metido dos toneles vacíos en la cabaña, los habían asegurado con piedras a cada lado para evitar que rodaran y habían co­locado tablas encima; esta operación, junto con la coloca­ción de algunos cubos y palanganas y la distribución de unas sillas desvencijadas, dio fin a los preparativos.

—El señorito George lee tan bien que estoy segura de que se quedará a leer para nosotros —dijo la tía Chloe—; así será mucho más interesante.

George consintió de buena gana, pues siempre estaba dis­puesto a hacer lo que ponía de relieve su importancia. Pronto se llenó la habitación de un grupo abigarrado de gente, desde el patriarca canoso de ochenta años a la mucha­cha y el muchacho de quince. Chismorrearon sobre varios te­mas sin importancia, como dónde la tía Sally había conse­guido su nuevo pañuelo rojo y que «la señora iba a regalarle a Lizzie el vestido moteado de muselina en cuanto le prepa­rasen su nuevo traje», y que el señor Shelby pensaba comprar un nuevo potro alazán, que sería otra contribución a la glo­ria del lugar. Unos cuantos de los devotos que pertenecían a familias del vecindario tenían permiso para asistir y traían un interesante surtido de noticias sobre lo que se decía y hacía en tal o cual casa, que circulaba con la misma libertad que el mismo tipo de información circula en ambientes más elevados. Después de un rato, comenzaron las canciones, para el evi­dente deleite de todos los reunidos. Ni siquiera la entona­ción nasal era capaz de estropear el efecto de unas voces bue­nas por naturaleza cantando unas melodías salvajes y briosas a la vez. Algunas de las letras eran de los himnos comunes y conocidos que se cantaban en las iglesias de los alrededores, y a veces de tipo más primitivo e indefinido, aprendido en los campamentos.

El estribillo de una de ellas, que cantaron con gran energía y devoción, decía así:

Morir en el campo de batalla,

morir en el campo de batalla,

gloria para mi alma.

Otra favorita repetía muchas veces las palabras:

Oh, voy a la gloria. ¿No quieres venir conmigo?

¿No ves cómo los ángeles me llaman?

¿No ves la ciudad de oro y el día interminable?

Hubo otras que mencionaban sin cesar «las orillas del Jor­dán», «los campos de Canaán» y «la nueva Jerusalén», pues la mente de los negros, apasionada e imaginativa, es siempre atraída por himnos y expresiones de naturaleza vívida y pinto­resca; y, mientras cantaban, algunos se reían, algunos lloraban y algunos batían palmas o se estrechaban las manos con alegría, como si realmente hubieran alcanzado el otro lado del río.

Siguieron varias exhortaciones o relaciones de experien­cias y se entremezclaron con las canciones. Una anciana de pelo cano, que hacía tiempo no trabajaba pero era muy ve­nerada como una especie de crónica del pasado, se levantó y dijo, apoyada en un bastón:

—Bien, hijos míos, bien, me alegro de oíros y veros a to­dos de nuevo, pues no sé cuándo me iré a la gloria; pero es­toy preparada, hijos; tengo mi atado todo preparado y mi sombrero puesto, sólo espero que venga la diligencia para lle­varme a casa; a veces, durante la noche, creo que oigo el tra­queteo de las ruedas y siempre estoy ojo avizor; vosotros, preparaos también, porque os digo a todos, hijos —dijo, gol­peando el suelo fuertemente con el bastón—, ¡que la gloria es una cosa tremenda! Es una cosa tremenda, hijos, no sabéis nada de ella, es maravillosa —y se sentó la vieja, rendida del todo, con lágrimas cayéndole a chorro, mientras todo el gru­po empezó a cantar:

Oh, Canaán, luminoso Canaán,

me voy a la tierra de Canaán.

El señorito George, a petición, leyó los últimos capítulos del Apocalipsis, interrumpido constantemente por frases como: «Oh, Señor», «Escuchad eso», «Imaginadlo» o «¿De veras vendrá todo eso?».

George, que era un muchacho espabilado y bien instruido por su madre en cuestiones religiosas, al verse objeto de la admiración general, contribuyó, con loable seriedad, con co­mentarios propios de vez en cuando, por lo que lo respeta­ron los jóvenes y lo bendijeron los viejos; y todos estuvieron de acuerdo en que «un sacerdote no lo haría mejor que él» y que «era realmente asombroso».

El tío Tom era una especie de patriarca de asuntos religio­sos en el vecindario. Dotado de un temperamento en el que predominaba la ética, junto con una mayor amplitud de mi­ras y una educación superior a la de la mayoría de sus compa­ñeros, era tratado con gran respeto por ellos, como una espe­cie de sacerdote; y el estilo sencillo, espontáneo y sincero de sus exhortaciones hubiera podido edificar a personas más ins­truidas. No había nada que pudiera superar la sencillez con­movedora y la sinceridad candorosa de sus oraciones, enrique­cidas con el lenguaje de las Sagradas Escrituras, que parecía ha­ber absorbido de tal manera que ya formaba parte de su ser y salía de sus labios de manera inconsciente; en términos de un viejo negro pío, «rezaba que daba gusto». Y tal efecto tenían sus oraciones sobre la devoción de su público que a menudo parecía existir peligro de que se perdieran del todo entre las abundantes respuestas que suscitaban a su alrededor.

Mientras se desarrollaba esta escena en la cabaña de un hombre, otra muy diferente ocurría en las salas del amo.

El comerciante y el señor Shelby estaban sentados juntos en el comedor antes mencionado, en una mesa cubierta de papeles y utensilios de escritorio.

El señor Shelby estaba ocupado con unos fajos de billetes que, una vez contados, empujaba en dirección al comercian­te, que los contaba también.

—Está bien —dijo el comerciante—; ahora hay que fir­mar.

El señor Shelby cogió apresuradamente los contratos de compra y venta y los firmó, con el aire de un hombre que realiza deprisa un asunto desagradable, y luego los empujó junto con el dinero. Haley sacó un pergamino de una gasta­da valija y, después de mirarlo un instante, lo pasó al señor Shelby, quien lo cogió con un gesto de ansia reprimida.

—¡Ya está hecho! —dijo el señor Shelby con tono medita­bundo; y con un gran suspiro, repitió—: ¡Ya está hecho! —No parece usted muy satisfecho, me da la impresión —dijo el comerciante.

—Haley—dijo el señor Shelby—, espero que recuerde us­ted que prometió, por su honor, que no vendería a Tom sin saber qué clase de gente lo compra.

—Pues usted lo acaba de hacer, señor —dijo el comer­ciante.

—Obligado por las circunstancias, como bien sabe usted —dijo, arrogante, Shelby.

—Bueno, a lo mejor me obligan a mí, también —dijo el comerciante—. Sin embargo, haré lo posible por conseguir un buen puesto para Tom; en cuanto a tratarlo yo mal, des­cuide usted. Si hay alguna cosa por la que doy gracias al Se­ñor, es por no ser una persona cruel.

Después de las descripciones que había hecho anterior­mente de sus principios humanitarios, al señor Shelby le tranquilizaron poco estas manifestaciones; pero como era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias, permitió que se marchase el comerciante en silencio, y se puso a fumar a solas un cigarro.

CAPÍTULO V. DONDE SE EXPLICAN LOS SENTIMIENTOS DE LAS MERCANCÍAS HUMANAS AL CAMBIAR DE DUEÑO

Los señores Shelby se habían retirado a sus aposentos a pasar la noche. El se encontraba repantigado en una gran poltrona, revisando algunas cartas que habían lle­gado en el correo de la tarde, y ella estaba de pie ante el espe­jo, deshaciendo ella misma los complicados rizos y trenzas con los que la había peinado Eliza, porque había mandado a ésta a la cama al ver su aspecto ojeroso y su rostro pálido. Esta tarea naturalmente trajo a su mente la conversación que había sostenido con la muchacha por la mañana; volviéndo­se hacia su marido, dijo con indiferencia:

—Por cierto, Arthur, ¿quién era ese tipo vulgar que has plantado en nuestra mesa hoy?

—Se llama Haley —dijo Shelby, moviéndose inquieto en el sillón y sin levantar los ojos de la carta.

—Haley. ¿Quién es, y qué quería aquí, si puedo pregun­tártelo?

—Pues es un hombre con el que hice algunos negocios la última vez que estuve en Natchez —dijo el señor Shelby.

—¿Y por eso se sintió libre de venir aquí a cenar, como Pe­dro por su casa?

—No; lo invité yo. Tenía algunas cuentas pendientes con él —dijo Shelby.

—¿Es tratante de negros? —preguntó la señora Shelby, al notar cierta turbación en la actitud de su marido.

—¿Qué te ha hecho pensar eso, querida? —preguntó Shelby, levantando la vista.

—Nada; sólo que vino Eliza después de cenar, muy agi­tada, llorando y gimiendo, y dijo que hablabas con un co­merciante y que lo oyó hacer una oferta por su hijo. ¡Qué tonta es!

—Conque eso dijo, ¿eh? —dijo el señor Shelby, volvien­do a ocuparse de su papel, lo que pareció absorber del todo su atención durante algunos momentos, sin darse cuenta de que lo llevaba boca abajo.

«Tendrá que saberse», se dijo mentalmente, «¿qué más da ahora que después?».

—Le dije a Eliza —dijo la señora Shelby, cepillándose aún el cabello— que era más tonta que tonta, y que tú no tenías tratos con ese tipo de personas. Claro que yo sabía que tú no pensabas vender a ninguno de nuestra gente, y menos a un tipo así.

—Bien, Emily —dijo su marido—, eso es lo que siempre he pensado y hecho, pero el caso es que ahora no tengo más remedio por el estado de mis negocios. Tendré que vender a algunos de mis braceros.

—¿A ese individuo? ¡Imposible! Señor Shelby, no habla­rás en serio.

—Siento decirte que sí —dijo el señor Shelby—. He acce­dido a vender a Tom.

—¿Qué? ¿A nuestro Tom, esa criatura buena y fiel, tu leal criado desde niño? ¡Oh, señor Shelby! Y además le has pro­metido la libertad, tú y yo le hemos hablado de ello cien ve­ces. Puedo creer cualquier cosa ahora, hasta puedo creer que serías capaz de vender al pequeño Harry, el único hijo de la pobre Eliza —dijo la señora Shelby, en un tono entre la tris­teza y la indignación.

—Pues, ya que quieres saberlo, así es. He acordado vender tanto a Tom como a Harry; y no sé por qué me tienen que recriminar, como si fuese un monstruo, por algo que hace todo el mundo todos los días.

—Pero, ¿por qué a éstos, entre todos los que hay? —dijo la señora Shelby—. Si tienes que vender a alguno, ¿por qué a éstos?

—Porque se venderán más caros que ninguno, por eso. Pero podría elegir a otro, si tú quieres. El tipo hizo una ofer­ta por Eliza, si eso te viene mejor —dijo el señor Shelby.

—¡Qué canalla! —dijo la señora Shelby fogosamente.

—No quise oír hablar de ello, ni por un momento; por respeto a tus sentimientos, sería incapaz, así que no me juz­gues tan mal.

—Querido —dijo la señora Shelby, dominándose—, per­dóname. Me he precipitado. Me ha sorprendido la noticia, no estaba preparada, pero me dejarás interceder por estas po­bres criaturas. Tom es un hombre noble y fiel, aunque sea ne­gro. Creo, señor Shelby, que llegado el caso, incluso daría su vida por ti.

—Lo sé, estoy seguro. ¿Pero de qué sirve todo esto? No puedo remediarlo.

—¿Por qué no hacer un sacrificio monetario? Yo estoy dis­puesta a sobrellevar las desventajas que me correspondan. Ay, señor Shelby, he intentado, de todo corazón, he intenta­do cumplir con mi deber de mujer cristiana con estas pobres criaturas dependientes y sencillas. Los he cuidado, los he ins­truido, los he vigilado, y hace años que conozco todas sus pequeñas alegrías y desgracias; ¿cómo voy a ir con la cabeza alta entre ellos si, por unas miserables ganancias, vendemos a un ser tan buenísimo, fiel y confiado como el pobre Tom, arrancándole en un momento todo lo que le hemos enseña­do a amar y apreciar? Les he inculcado los deberes familiares, de padres e hijos, de maridos y mujeres; ¿cómo puedo dejar que se sepa que no nos importa ningún vínculo, ningún de­ber, ninguna relación, por sagrado que sea, comparado con el dinero? He hablado con Eliza de su hijo, de sus deberes para con él como madre cristiana, para cuidarlo, rezar por él y educarlo según el cristianismo; ¿qué puedo decir ahora, si tú lo arrancas de aquí y lo vendes a un hombre profano y sin prin­cipios sólo por ahorrar un poco de dinero? Le he dicho que un alma vale más que todo el dinero del mundo; ¿cómo va a creerme cuando ve que nosotros vendemos a su hijo? Y su ven­ta quizás lleve a la destrucción de su cuerpo y de su alma.

—Lamento que lo veas así, de verdad que lo lamento —dijo el señor Shelby—, y respeto tus sentimientos, también, aunque no pretendo compartirlos del todo; pero te digo ahora, solemnemente, que es inútil, no tiene remedio. No quería decirte esto, Emily pero, hablando claro, es una cuestión de vender a estos dos o venderlo todo. O se van ellos, o se va todo. Haley se ha hecho con una hipoteca que, si no la saldo inmediatamente, se llevará todo por delante. He rascado y arañado y pedido prestado y he hecho de todo menos mendigar, y aún hacía falta el precio de estos dos para cubrir la deuda, por lo que tuve que cederlos. A Haley le ha­cía gracia el niño; quiso arreglar el asunto de esta forma y ninguna otra. Yo me hallaba en su poder y tuve que ceder. Si te sientes así por la venta de ellos dos, ¿te sentirías mejor si se vendiera todo?

La señora Shelby se quedó de pie como si la hubieran gol­peado. Finalmente, volviéndose al tocador, apoyó la cara en las manos y soltó una especie de gemido.

—¡Es la maldición de Dios sobre la esclavitud! ¡Una cosa cruel, cruel y maldita, una maldición para el amo y una mal­dición para el esclavo! Estaba loca al pensar que podía sacar algo bueno de un mal tan devastador. Es pecado tener un es­clavo bajo leyes como las nuestras, siempre me ha parecido que era así, de niña siempre lo pensaba, y aun más después de abrazar la religión; pero pensaba que podía dorar la píldo­ra; pensaba que con la bondad y los cuidados y la instruc­ción, podría hacer que la condición de los míos fuese mejor que la libertad, ¡que loca estaba!

—Eh, esposa, ¡te estás volviendo abolicionista!

—¡Abolicionista! Si supieran ellos lo que sé yo sobre la es­clavitud, ¡podrían hablar! No nos hace falta que nos digan nada ellos; tú sabes que yo nunca he pensado que estuviera bien la esclavitud, que nunca he querido poseer esclavos.

—Pues en eso te diferencias de muchos hombres sabios y píos —dijo el señor Shelby—. ¿Te acuerdas del sermón del señor B. del domingo pasado?

—No quiero oír tales sermones; nunca quiero volver a oír al señor B. en la iglesia. Quizás los sacerdotes no puedan re­mediar el mal, no puedan curarlo, pero ¡defenderlo!, no me parece de sentido común. Y creo que a ti tampoco te pareció gran cosa ese sermón.

—Bien —dijo Shelby—, tengo que decir que estos cléri­gos a veces llevan las cosas más allá de lo que nos atrevería­mos los pobres pecadores. Los hombres del mundo debe­mos cerrar los ojos ante una serie de cosas y tragar con cosas que no nos convencen del todo. Pero no nos hace ninguna gracia cuando las mujeres y los clérigos nos quieren llevar la delantera en cuestiones de humildad o moral, esa es la ver­dad. Pero ahora, querida, espero que comprendas que es ne­cesario y te des cuenta de que he hecho el mejor trato que permitían las circunstancias.

—Sí, sí —dijo la señora Shelby impaciente, tocando dis­traída su reloj de oro—. No tengo muchas joyas buenas —añadió pensativa—, pero ¿este reloj no sirve para nada? Fue caro en su día. Si por lo menos pudiera salvar al hijo de Eliza, daría todo lo que tengo.

—Lo siento mucho, muchísimo, Emily —dijo el señor Shelby—, siento que te lo tomes así, pero no sirve de nada. El caso es, Emily, que ya está hecho; ya se han firmado los papeles de la venta y los tiene Haley en su poder; y debes dar gracias de que las cosas no estén peor. Ese hombre ha tenido la posibilidad de arruinamos a todos, y ahora está bastante bien de dinero. Si lo conocieras como lo conozco yo, cree­rías que nos habíamos librado por los pelos.

—¿Tan duro es, entonces?

—No exactamente un hombre cruel, pero un hombre in­flexible: un hombre que vive sólo para el comercio y las ga­nancias, frío, decidido y tan inexorable como la muerte y la tumba. Vendería a su propia madre por un buen precio, y eso sin desearle ningún mal.

—¡Y este desgraciado es el dueño del bueno de Tom y del hijo de Eliza!

—Bien, querida, el caso es que me resulta bastante duro; odio pensarlo. Y Haley quiere apresurar las cosas y tomar po­sesión mañana mismo. Voy a sacar el caballo a primera hora y marcharme. No puedo ver a Tom, de verdad que no; y tú harías bien si prepararas un paseo a algún sitio y te llevaras a Eliza contigo. Que ocurra mientras ella no esté.

—¡No, no! —dijo la señora Shelby—; ¡me niego a ser cómplice o ayudante en esta empresa cruel! ¡Iré a ver al pobre Tom, que Dios lo ampare, en su desgracia! Verán, por lo menos, que al ama le importan y que sufre por ellos. En cuanto a Eliza, no quiero pensarlo. ¡Que el Señor nos perdo­ne! ¿Qué hemos hecho, para tener que pasar por esta necesi­dad cruel?

Ni por un momento sospecharon los señores Shelby que había alguien escuchando esta conversación

Había un gran armario en su dormitorio, con una peque­ña puerta que daba al corredor exterior. Cuando la señora Shelby despachó a Eliza, le vino a la mente febril y nerviosa de ésta la idea de este armario y ahí se había escondido y, con el oído pegado a la abertura de la puerta, no perdió ni una palabra de la conversación.

Cuando se apagaron las voces, se levantó y se alejó furtiva­mente. Pálida, tiritando, con las facciones rígidas y los labios comprimidos, parecía un ser diferente de la mujer suave y apocada que había sido hasta entonces. Se deslizó cuidado­samente por el pasillo, se detuvo un instante en la puerta de su ama, donde elevó las manos en una plegaria silenciosa, y después se volvió y se escabulló a su cuarto. Era una habita­ción discreta y ordenada en la misma planta que la de su ama. Había una ventana agradable por la que entraba el sol, donde solía sentarse a coser; había una pequeña librería, y va­rios adornos alineados junto a los libros, regalos de Navidad; su ropa sencilla estaba en el armario y la cómoda: resumien­do, éste era su hogar, y, en conjunto, había sido un hogar fe­liz. Pero allí en la cama yacía su hijo dormido, los largos ri­zos envolviendo su rostro inconsciente, la boca rosada semi­abierta, las manos gordezuelas extendidas por encima de la colcha y una sonrisa de oreja a oreja iluminándole la cara.

«¡Pobre hijo, pobre mío!» se dijo Eliza, «¡te han vendido! ¡Pero tu madre te salvará!».

No cayó ni una lágrima sobre la almohada; en circunstan­cias como éstas, el corazón carece de lágrimas: sólo gotea sangre, y va perdiéndola poco a poco en silencio. Cogió un papel y un lápiz y escribió deprisa:

«Ay, señora, querida señora, no me considere ingrata, no piense mal de mí, pero he oído todo lo que han dicho us­ted y el señor esta noche. Voy a intentar salvar a mi hijo, ¡no me culpará usted! ¡Dios la bendiga y le pague toda su bondad!»

Después de doblar esta nota y escribir el nombre, se acer­có al cajón y preparó un paquete de ropa para su hijo y se lo ató firmemente a la cintura con un pañuelo; y la memoria de una madre es tal que, incluso con los terrores de la ocasión, no se le olvidó incluir en el paquete uno o dos de sus jugue­tes preferidos, dejando fuera un loro de vivos colores para distraerlo cuando tuviera necesidad de despertarlo. Le costó trabajo despertar al pequeño dormilón; pero, tras algún es­fuerzo, éste se incorporó y se puso a jugar con el pájaro, mientras su madre se ponía el sombrero y el chal.

—¿Adónde vas, madre? —preguntó, al acercarse ella a la cama con su abriguito y su gorro.

Su madre se acercó y le miró tan seria a los ojos que adivi­nó enseguida que ocurría algo extraño.

—Calla, Harry—dijo ella—. No debes hablar fuerte o nos oirán. Iba a venir un hombre malo a robarle a su madre al pe­queño Harry y llevárselo en la oscuridad, pero su madre no le dejará. Va a ponerle el abrigo y el gorro a su hijito y van a salir corriendo para que el hombre feo no lo coja.

Diciendo estas palabras, había abrochado el abrigo del niño y, cogiéndolo en brazos, le susurró que se estuviera muy callado. Abriendo la puerta de su cuarto que daba al porche exterior, salió silenciosamente.

Hacía una noche brillante y fría, cuajada de estrellas, y la madre envolvió bien con el chal a su hijo, que se colgó de su cuello paralizado por un miedo impreciso.

El viejo Bruno, un gran perro de Terranova que dormía al fondo del porche, se levantó gruñendo al acercarse Eliza. Ésta pronunció su nombre con voz queda y el animal, gran favorito suyo y compañero de juegos, movió la cola y se dis­puso a seguirla inmediatamente, aunque se veía que daba muchas vueltas, dentro de su rudimentaria cabeza de perro, al posible significado de una expedición tan indiscreta a me­dianoche. Parecía estorbarlo mucho alguna vaga idea de im­prudencia o impropiedad, pues se paraba a menudo y mira­ba pensativo primero a ella y después a la casa, y, después, como si la reflexión lo hubiera tranquilizado, emprendía nuevamente el camino en pos de ella. Unos minutos más tar­de llegaron a la ventana de la casita del tío Tom y Eliza se de­tuvo y golpeó suavemente en el cristal de la ventana.

La reunión religiosa de casa del tío Tom se había prolon­gado hasta muy tarde con el canto de los himnos y, como el tío Tom se había permitido entonar unos cuantos largos so­los después, el resultado era que, aunque era entre las doce y la una, él y su respetable esposa no estaban aún dormidos.

—¡Señor, señor! ¿Qué es eso? —dijo la tía Chloe, levan­tándose de un salto para correr la cortina—. ¡Que me aspen si no es Lizy! Ponte la ropa rápido, hombre. Está el viejo Bru­no, también, husmeando por ahí. ¿Qué demonios pasará? Voy a abrir la puerta.

Y, fiel a su palabra, abrió de golpe la puerta y la luz de la vela de sebo que había encendido Tom apresuradamente ilu­minó el rostro desencajado y los oscuros ojos extraviados de la fugitiva.

—¡El Señor te bendiga! ¡Da miedo verte, Lizy! ¿Te has puesto enferma o qué te ha pasado?

—Me escapo, tío Tom y tía Chloe... me llevo a mi hijo... el amo lo ha vendido.

—¿Vendido? —preguntaron ambos al unísono, levantan­do las manos desconcertados.

—¡Sí, lo han vendido! —dijo firmemente Eliza—. Me he escondido en el armario del cuarto del ama esta noche y he oído cómo el amo le decía que había vendido a mi Hany y a ti, tío Tom, a un tratante; y que él se marchaba esta maña­na a cabalgar y que el hombre venía a tomar posesión hoy.

Tom se quedó durante este discurso con las manos levan­tadas y los ojos dilatados como soñando. Lenta y paulatina­mente, al comprender su significado, más que sentarse se dejó caer en su vieja silla y apoyó la cabeza sobre las rodillas.

—¡Que el buen Señor tenga piedad de nosotros! —dijo la tía Chloe—. ¡Parece mentira que haya ocurrido esto! ¿Qué ha hecho, para que lo venda el amo?

—No ha hecho nada, no es por eso. El amo no quiere ven­der, y el ama... siempre es buena. La he oído rogar y suplicar por nosotros. Pero él le ha dicho que era inútil; que tenía deudas con este hombre, y que lo tenía en su poder. Y que, si no saldaba la deuda, acabaría teniendo que vender la casa y a toda la gente y marcharse. Sí, le he oído decir que no te­nía elección entre vender a estos dos o venderlo todo, que el hombre lo había puesto entre la espada y la pared. El amo ha dicho que lo siente, pero tendríais que haber oído al ama. ¡Si ella no es cristiana y un ángel, nunca ha habido ninguno! Soy mala por dejarla de esta manera, pero no tengo más re­medio. Ella misma ha dicho que una sola alma valía más que todo el mundo; y este muchacho tiene alma y, si dejo que se lo lleven, ¿quién sabe que será de ella? Debe de ser lo correc­to, pero si no lo es, ¡que Dios me perdone, porque no tengo más remedio que hacerlo!

—Bien, viejo —dijo la tía Chloe—, ¿por qué no te vas también? ¿Vas a esperar a que te embarquen río abajo, adon­de matan a los negros de trabajo y hambre? ¡Antes me mori­ría que ir allí! Tienes tiempo... márchate con Lizy... tienes sal­voconducto para ir y venir cuando quieras. ¡Venga, date pri­sa! Yo juntaré tus cosas.

Tom levantó despacio la cabeza, miró triste pero serena­mente alrededor y dijo:

—¡No, no! Yo no me voy. Que se vaya Eliza, está en su de­recho. Yo no le diría que no se fuera, no está en su naturale­za quedarse; pero has oído lo que ha dicho. Si hay que ven­derme a mí o a toda la gente de la casa, y todo se tiene que ir al traste, pues ¡que me vendan a mí! Supongo que puedo soportarlo como cualquiera —añadió, el pecho sacudido convulsivamente por una especie de suspiro o sollozo—. El amo siempre me ha encontrado dispuesto, y siempre me en­contrará. Nunca he traicionado su confianza, ni he usado el salvoconducto para nada que no fuera honorable, y nunca lo haré. Es mejor que me vaya yo solo que disolverlo y vender­lo todo. No es culpa del amo, Chloe; él te cuidará a ti y a los pobres...

En esto se volvió hacia la burda carriola repleta de cabeci­tas lanudas y se desmoronó. Se apoyó en el respaldo de la si­lla y se cubrió el rostro con las grandes manos. Unos sollozos roncos, fuertes y desgarrados sacudieron la silla y grandes lá­grimas cayeron al suelo a través de sus dedos; lágrimas como las tuyas, lector, que regaron el ataúd de tu primogénito; lágrimas como las tuyas, lectora, cuando oíste el llanto de tu hijo moribundo. Porque él era un hombre, lector, y tú eres otro. Y tú, lectora, aunque lleves seda y joyas, no eres mas que una mujer y, en las grandes desgracias y adversidades, to­dos sentimos la misma pesadumbre.

—Y ahora —dijo Eliza de pie en la puerta—, he visto a mi marido esta misma tarde y no me imaginaba lo que iba a su­ceder. Lo han empujado al límite de sus fuerzas y hoy me ha dicho que se va a escapar. Intentad comunicaros con él, si podéis. Decidle cómo me voy y por qué, y decidle que voy a intentar llegar a Canadá. Decidle que lo quiero y si no lo veo nunca más —se volvió y se quedó con la espalda vuelta ha­cia ellos durante un momento, y después añadió, con voz cascada—, decidle que sea tan bueno como pueda y que pro­cure reunirse conmigo en el reino de los cielos. Llamad a Bruno —añadió—. Cerrad la puerta detrás. El pobre animal no debe ir conmigo.

Con unas cuantas últimas palabras y lágrimas, con unos cuantos adioses y buenos deseos, aferrando a su pecho a su hijo sobresaltado y asustado, se alejó silenciosamente.

CAPÍTULO VI. EL DESCUBRIMIENTO

Los señores Shelby no se durmieron enseguida después de su dilatada conversación de la noche anterior y, en consecuencia, se levantaron algo más tarde de lo nor­mal por la mañana.

—Me pregunto qué estará haciendo Eliza —dijo la señora Shelby, después de tocar el timbre repetidas veces sin obte­ner respuesta.

El señor Shelby estaba de pie ante el espejo del tocador afi­lando su navaja cuando se abrió la puerta y entró un mucha­cho de color con el agua para que se afeitara.

—Andy —dijo su ama—, acércate a la puerta de Eliza y dile que la he llamado tres veces. ¡Pobrecita! —añadió suspi­rando para sus adentros.

Andy regresó inmediatamente con los ojos muy abiertos por el asombro.

—¡Cielos, señora! Los cajones de Lizy están todos abiertos y sus cosas todas tiradas por ahí. ¡Creo que se ha largado!

El señor Shelby y su esposa se dieron cuenta de la verdad en el mismo instante. Él exclamó:

—Entonces es que sospechaba algo y se ha marchado.

—¡Gracias a Dios! —dijo la señora Shelby—. Espero que así sea.

—¡Hablas como una loca, esposa! Estaré en un buen apu­ro si se ha marchado. Haley se dio cuenta de que vacilaba al venderle a este niño, y creerá que lo he planeado yo para quitarlo de en medio. ¡Empañará mi honor! —y el señor Shelby salió apresuradamente de la habitación.

Durante un cuarto de hora, hubo carreras de aquí para allá, exclamaciones, puertas que se abrían y cerraban y ros­tros de todos los colores asomándose por todas partes. Sólo una persona, que hubiera podido esclarecer los hechos, se quedó callada: la cocinera jefe, tía Chloe. En silencio y con una turbia nube ensombreciendo sus facciones generalmen­te alegres, seguía con la preparación de las galletas del desa­yuno como si no oyera ni viera nada del bullicio de su alre­dedor.

Poco después, una docena de diablillos se posaron como cuervos en la barandilla del porche, cada uno empe­ñado en ser el primero en dar parte de su desgracia al nue­vo amo.

—Estará furioso, apuesto lo que sea —dijo Andy.

—¡Lo que va a renegar! dijo el pequeño y negro Jake.

—Sí, porque ya lo creo que le gusta renegar —dijo Mandy, la de los rizos—. Lo oí ayer en la cena. Lo oí todo entonces, pues me metí en el armario donde guarda el ama las jarras grandes y oí cada palabra —y Mandy, que en su vida había pensado en lo que significaba cada palabra que oía más que si fuera un gato negro, adoptó un aire de sabi­duría superior y se pavoneaba por ahí, olvidando añadir que, aunque se encontraba realmente enroscada entre las ja­rras a la hora mencionada, estuvo profundamente dormida todo el tiempo.

Cuando por fin apareció Haley con sus botas y sus espue­las, le llovieron las malas noticias de todas partes. No decep­cionó a los bribonzuelos del porche, que esperaban oírlo «re­negar», al hacerlo con una fluidez y un calor que deleitaron a todos sobremanera, mientras saltaban de un lado a otro fuera del alcance de su fusta; y, todos gritando, se desploma­ron en un revoltijo de risotadas sobre el marchito césped de debajo del porche, donde patalearon y dieron voces hasta hartarse.

—¡Si pudiera coger a esos pequeños diablos! —murmuró Haley entre dientes.

—¡Pero no nos puede coger! —dijo Andy con un aspa­viento de triunfo, dirigiendo una sarta de muecas indescrip­tibles a la espalda del desgraciado tratante, fuera ya del alcan­ce de sus oídos.

—¡Vaya, Shelby, es un asunto extraordinario! —dijo Ha­ley, entrando bruscamente en el salón—. Parece ser que se ha escapado esa muchacha con su hijo.

—Señor Haley, se halla presente la señora Shelby—dijo el señor Shelby.

—Le ruego me perdone, señora —dijo Haley, con una pequeña reverencia, el ceño aún fruncido—; pero digo, como ya he dicho, que es un asunto extraño. ¿No es ver­dad, señor?

—Señor, si quiere usted comunicarse conmigo, debe guar­dar las formas de un caballero. Andy, llévate el sombrero y la fusta del señor Haley. Tome asiento, señor. Sí, señor; lamen­to decir que la joven, alterada al enterarse directa o indirecta­mente de este asunto, ha cogido a su hijo durante la noche y se ha marchado.

—Tengo que decirle que esperaba recibir un trato justo en este caso —dijo Haley.

—Bien, señor —dijo el señor Shelby, volviéndose brusca­mente hacia él—, ¿cómo debo interpretar ese comentario? Si cualquier hombre cuestiona mi honor, sólo le puedo dar una respuesta.

Esto azoró un poco al comerciante, que dijo con un tono de voz algo más bajo que «era condenadamente injusto em­baucar a un hombre que ha hecho un trato correcto».

—Señor Haley —dijo el señor Shelby—, si no creyera que tiene motivos para sentirse decepcionado, no habría tolerado la manera descortés en que ha entrado en mi sa­lón esta mañana. Sin embargo, le diré lo siguiente, puesto que lo requieren las apariencias: no permitiré que haga nin­guna insinuación sobre mí, como si fuera cómplice de cualquier injusticia en este asunto. Además, me siento obli­gado a proporcionarle toda la ayuda que pueda en cuanto al uso de caballos, sirvientes, etc., para que recupere su pro­piedad. Así que, en resumidas cuentas, Haley —dijo, cam­biando de pronto su tono de frialdad mesurada por el ha­bitual de cordial franqueza—, lo mejor que puede hacer es mantener el buen humor y desayunar, y ya veremos lo que podemos hacer.

En esto se levantó la señora Shelby y dijo que sus compro­misos impedían que pudiera estar presente en la mesa del de­sayuno aquella mañana; delegó en una mulata muy respeta­ble para que le sirviera el café al caballero desde el aparador, y salió de la habitación.

—A su vieja no le cae muy bien este su humilde servidor —dijo Haley, en un torpe intento de mostrarse campechano.

—No estoy acostumbrado a que hablen de mi esposa con semejante libertad —dijo secamente el señor Shelby.

—Perdón, perdón, sólo bromeaba —dijo Haley, con una risa forzada.

—Algunas bromas son menos agradables que otras —re­plicó Shelby.

«Se siente condenadamente libre, ahora que he firmado aquellos papeles, ¡maldita sea su estampa!», murmuró Haley para sí, «se ha crecido mucho desde ayer».

La caída de un primer ministro en la corte nunca provocó ondas de reacción más grandes que la noticia de la suerte de Tom entre sus iguales de la finca. Era el tema de conversa­ción que estaba en boca de todos, y no se hacía nada en la casa o en el campo sino discutir el probable resultado. La huida de Eliza —un hecho sin precedentes en el lugar ­también contribuía a estimular la excitación general.

El negro Sam, como se le solía llamar por ser unos tres to­nos más negro que ningún otro hijo de ébano del lugar, daba vueltas al asunto en todas sus fases y desde todos los puntos de vista, con un alcance de visión y un esmero por cuidar de su propio bienestar dignos del mejor patriota blan­co de Washington.

«No hay mal que por bien no venga, ésa es la verdad», sen­tenció Sam, subiéndose más los pantalones y colocando há­bilmente un largo clavo en lugar del botón que faltaba en sus tirantes, operación de genialidad mecánica que pareció en­cantarle. «Sí, sí, no hay mal que por bien no venga», repitió. «Bien, si Tom ha caído, queda sitio para que suba otro negro, y ¿por qué no este negro? Esa es la idea. Tom va cabalgando por el país con las botas limpias y un pase en el bolsillo, tan elegante como Cuffee, pero ¿quién es? Ahora, ¿por qué no puede hacerlo Sam? Eso es lo que yo quisiera saber.»

—¡Sam, eh, Sam! El amo quiere que prepares a Bill y Jerry —dijo Andy, interrumpiendo el soliloquio de Sam.

—¿Eh? ¿Qué pasa ahora, hijo?

—Pues supongo que no estás enterado de que Lizy se ha largado con su hijo.

—¡Cuéntaselo a tu abuela! —dijo Sam con un desprecio infinito—; si lo sabía yo bastante antes que tú; este negro no se chupa el dedo, ¿qué te crees?

—De todas formas, el amo quiere que aparejes a Bill y Jerry, y que tú y yo vayamos con el señor Haley a buscarla.

—¡Bien, así se hacen las cosas! —dijo Sam—. Hay que acudir a Sam para estos menesteres. Él es el negro apropiado. A que la cojo yo; ¡ya verá el amo de lo que es capaz Sam!

—Pero, Sam, más vale que te lo vuelvas a pensar, porque el ama no quiere que la cojan, y te despellejará.

—¡Caramba! —dijo Sam, abriendo mucho los ojos—. ¿Cómo lo sabes?

—Se lo he oído decir esta bendita mañana al llevarle al amo el agua para afeitarse. Me ha mandado ir a ver por qué no había ido Lizy a vestirla, y cuando le he dicho que se ha­bía marchado, se ha levantado y ha dicho simplemente: «Dios sea alabado»; y el amo parecía estar furioso de verdad y le ha dicho: «Esposa, hablas como una loca.» ¡Pero, señor, señor, ella le convencerá! Sé bien lo que pasará. Siempre es mejor estar de parte de la señora, te lo digo con conoci­miento.

Al oír esto, el negro Sam se rascó el cuero cabelludo que, si no contenía gran sabiduría, sí contenía gran cantidad de una cualidad muy apreciada por los políticos de todas las in­clinaciones, llamada vulgarmente «saber lo que a uno le con­viene», por lo que se detuvo a pensar muy serio y volvió a ti­rar de sus pantalones, que era el método habitualmente adoptado por él para aclarar sus dudas mentales.

—Nunca se puede saber nada seguro sobre ninguna cosa de este mundo —dijo por fin.

Sam habló como un filósofo, enfatizando este como si hu­biera tenido gran experiencia en diferentes tipos de mundos, por lo que sacaba sus conclusiones con conocimiento de causa.

—Yo habría estado seguro de que el ama hubiera movido cielo y tierra para encontrar a Lizy—añadió, pensativo, Sam.

—Así es dijo Andy—; pero, ¿es que no ves tres en un burro, negro negrísimo? El ama no quiere que el señor Haley se lleve al hijo de Lizy, eso es lo que pasa.

—¡Vaya! —dijo Sam, con una entonación inenarrable, co­nocida sólo por los que la han oído utilizar entre los negros.

—Y te diré más —dijo Andy—; creo que debes darte pri­sa en aparejar esos caballos, pero mucha prisa, porque he oído al ama preguntar por ti, así que ya has perdido bastante tiempo.

Al oír esto, Sam empezó a moverse con gran ahínco, y apareció al poco rato, dirigiéndose gloriosamente hacia la casa como un tomado, con Bill y Jerry al galope; luego, sal­tando hábilmente a tierra antes de que ellos tuvieran inten­ción de detenerse, los hizo parar en el apeadero. El caballo de Haley, que era un potro espantadizo, reculaba y brincaba y tiraba fuertemente del cabestro.

—¡So, so! dijo Sam—, conque asustado, ¿eh? —y se ilu­minó su negro rostro con un extraño brillo travieso—. ¡Ya te arreglaré yo! —dijo.

Había un gran haya dando sombra al lugar y muchos pe­queños hayucos afilados y triangulares yacían dispersos por el suelo. Con uno de ellos entre los dedos, se acercó Sam al potro y le dio palmadas y golpecitos, aparentemente empe­ñado en calmar su excitación. Fingiendo ajustar la silla, des­lizó debajo hábilmente el hayuco puntiagudo, de tal manera que el menor peso sobre ella molestaría la sensibilidad ner­viosa del animal sin dejar ningún roce ni herida perceptible.

—¡Ya está! —dijo, girando los ojos con una sonrisa de aprobación—; ¡ya lo he arreglado!

En este momento, apareció la señora Shelby en el balcón, haciéndole un gesto de que se acercara. Sam se aproximó, tan empeñado en medrar como cualquier aspirante a un puesto vacante en Washington.

—¿Por qué holgazaneas de esa manera, Sam? He manda­do a Andy a decirte que te dieras prisa.

—¡El Señor la bendiga, señora! —dijo Sam—, los caballos no se dejan coger en un minuto; ¡se habían alejado hasta la dehesa sur y Dios sabe adónde!

—Sam, ¿cuántas veces te he de decir que no digas «El Se­ñor la bendiga» y «Dios sabe» y esas cosas? Es perverso.

—¡Ay, el Señor tenga piedad de mi alma, se me ha olvida­do! No diré nada parecido en adelante.

—Pero, Sam, si acabas de hacerlo de nuevo.

—¿Sí? ¡Ay, Señor! Quiero decir... no he querido decirlo.

—Debes tener cuidado, Sam.

—Espere usted que recupere el aliento, señora, y lo haré bien. Tendré mucho cuidado.

—Bien, Sam, has de ir con el señor Haley, para mostrarle el camino y ayudarle. Cuida de los caballos, Sam; sabes que Jerry cojeaba un poquito la semana pasada; no dejes que vayan demasiado deprisa.

La señora Shelby dijo las últimas palabras con voz queda y gran énfasis.

—¡Puede confiar en este chico! —dijo Sam, girando los ojos con un gesto cargado de intención—. ¡El Señor lo sabe! ¡Vaya! ¡No he dicho eso! —dijo boqueando de repente con un ridículo ademán de aprensión que hizo reír a su ama a su pesar—. Sí, señora, cuidaré de los caballos.

—Ahora, Andy —dijo Sam, volviendo a su puesto bajo los hayas—, no me sorprendería nada que el animal de este caballero se encabrite luego, cuando lo monte. Sabes, Andy, los animales hacen estas cosas y Sam dio un codazo a Andy en un costado con un gesto lleno de intención.

—¡Vaya! —dijo Andy, con aspecto de haberle comprendi­do en el acto.

—Sí, verás, Andy, el ama quiere ganar tiempo —eso está claro para cualquier observador. Yo sólo gano un poco por ella. Ahora, pues, suelta a todos aquellos caballos y déjalos corretear a sus anchas alrededor de éstos y hasta el bosque, y creo que el señor no se marchará demasiado deprisa.

Andy sonrió de oreja a oreja.

—Verás —dijo Sam—, verás, Andy, si algo ocurriera como que el caballo del señor Haley empezase a actuar de forma extraña y dar guerra, tú y yo simplemente soltamos los nues­tros para ayudarle, ¡y le ayudaremos, ya lo creo que sí! —y Sam y Andy echaron hacia atrás las cabezas y soltaron una carcajada grave y descomedida, chasqueando los dedos y dando saltitos encantadísimos.

En este momento, apareció Haley en el porche. Algo apa­ciguado por unas tazas de excelente café, salió sonriendo y charlando, con el humor bastante recuperado. Sam y Andy, levantando unas maltrechas hojas de palmera que solían lle­var a guisa de sombreros, se fueron corriendo al apeadero para estar a punto para «ayudar al señor».

La hoja de palmera de Sam se había desembarazado de cualquier intento de parecer entretejida en la zona del ala; y las mechas, separadas y tiesas, le conferían una flamante apa­riencia de libertad y rebeldía, digna de la de cualquier jefe fi­yiano; mientras que, al haberse desprendido el ala entera de la de Andy, éste se encasquetó la copa con un golpe experto y un aire de satisfacción como diciendo: «¿Quién dice que yo no tengo sombrero?»

—Bien, muchachos —dijo Haley—, espabilaos, que no hay tiempo que perder.

—Claro que no, señor —dijo Sam, acercándole a Haley las riendas mientras le sujetaba el estribo, a la vez que Andy desataba los otros dos caballos.

En el mismo instante en que. Haley tocó la silla, el brioso animal dejó el suelo con un brinco repentino que dejó tendi­do al amo, a unos pies de distancia, sobre el césped blando y seco. Sam, exclamando frenéticamente, se lanzó a cogerle las riendas, pero sólo consiguió que el susodicho sombrero fla­mante rozara los ojos del caballo, cosa que no ayudó a apla­carle los nervios. Así que derribó a Sam con gran vehemen­cia y, soltando un par de resoplidos, movió los pies en el aire y se alejó haciendo cabriolas al otro extremo del césped, se­guido por Bill y Jerry, que Andy no había olvidado soltar, se­gún lo acordado, sino que los espantaba con varias exclama­ciones tremendas. Siguió una escena de confusión miscelá­nea. Sam y Andy corrían y voceaban, los perros ladraban aquí y allá, y Mike, Mose, Mandy, Fanny y todos los especí­menes menores del lugar, tanto masculinos como femeni­nos, correteaban, batían palmas, vitoreaban y chillaban con terrible oficiosidad e inagotable energía.

El caballo de Haley, que era blanco y muy rápido y ani­moso, pareció adoptar el espíritu de la ocasión con gran en­tusiasmo, y, disponiendo para la cacería de un césped de casi media milla de extensión, rodeado por todas partes de tupi­do bosque, parecía deleitarse sobremanera permitiendo que sus perseguidores se acercasen y, cuando estaban a punto de cogerlo, se alejaba con un salto y un relincho para adentrar­se en algún recoveco del bosque. Nada había más lejos de la intención de Sam que dejar prender a alguno de la recua has­ta que a él le pareciese el momento idóneo, y los esfuerzos que hacía eran, sin duda, heroicos. Como la espada de Ricar­do Corazón de León, que siempre resplandecía en la línea de combate más reñida, la hoja de palmera de Sam se veía en to­dos los sitios donde menos posibilidad había de coger un ca­ballo; allí se lanzaba a toda velocidad gritando: «Ahora sí; ¡lo he cogido, lo he cogido!», de tal manera que producía un al­boroto indiscriminado en el acto.

Haley corría arriba y abajo, porfiando y blasfemando y pa­teando a la vez. El señor Shelby intentaba en vano gritar ins­trucciones desde el porche, y la señora Shelby se reía y se ad­miraba alternativamente desde su balcón, con alguna sospe­cha en tomo a la causa de tanta confusión.

Por fin, alrededor de las doce, apareció triunfante Sam montando a Jeny, con el caballo de Haley a su lado, bañado en sudor pero con los ojos llameantes y los belfos dilatados, en señal de que no se había aplacado del todo su espíritu de libertad.

—¡Está cogido! —exclamó triunfante—. De no ser por mí, todos hubieran reventado; ¡pero yo lo he cogido!

—¡Tú! —rezongó Haley, de un humor de perros—. De no ser por ti, esto no hubiera ocurrido.

—¡Que el Señor nos ampare, señor! —dijo Sam, con voz de gran preocupación—, ¡si no he parado de corretear y aco­sar hasta que estoy hecho un mar de sudor!

—¡Vaya, vaya! —dijo Haley—, me has hecho perder casi tres horas con tus tonterías. Vámonos ya, sin más pérdida de tiempo.

—Pero, señor—dijo Sam con tono suplicante—, creo que pretende matarnos a todos, caballos incluidos. Aquí estamos a punto de desfallecer, y todos los animales bañados en su­dor. No pensará el señor salir hasta después de comer. El ca­ballo del señor necesita un cepillado, mire cómo se ha man­chado, y Jerry está cojo; no creo que la señora permita que salgamos de esta manera, de ningún modo. ¡Que el Señor le bendiga, señor! Podremos alcanzarla aunque paremos. Lizy nunca ha sido gran cosa caminando.

La señora Shelby, que había oído esta conversación desde el porche con gran diversión, decidió aportar su grano de are­na. Se aproximó y, expresando cortésmente su preocupación por el accidente de Haley, le instó a que se quedara a comer, diciendo que la cocinera serviría la comida inmediatamente.

Así, después de sopesarlo todo y un poco a regañadientes, Haley se dirigió al salón, mientras Sam, girando los ojos con un significado inefable, se dirigió gravemente a los establos con los caballos.

—¿Lo has visto, Andy? ¿Lo has visto? —preguntó Sam, una vez que estuvieron más allá de la protección del granero y hubo atado el caballo a un poste—. Oh, Señor, si era tan bueno como una reunión verlo bailando y pateando e insul­tándonos. ¡Cómo lo he oído! Tú porfía, viejo (decía yo para mí); ¿quieres tener tu caballo ahora, o esperarás hasta coger­lo? (decía yo). Dios, Andy, creo verlo todavía —y Sam y Andy se apoyaron en el granero y se rieron hasta hartarse.

—Tendrías que haberle visto la cara furiosa, cuando le he traído el caballo. Oh, Señor, me hubiera matado, si se hubie­ra atrevido; y ahí estaba yo, tan inocente y humilde.

—Señor, si te he visto —dijo Andy— eres todo un caso, ¿verdad, Sam?

—Creo que lo soy —dijo Sam—. ¿Has visto al ama arriba en la ventana? La he visto reírse.

—Pues yo corría tanto que no he visto nada —dijo Andy.

—Bueno, verás —dijo Sam, empezando a lavar el caballo de Haley con gran seriedad—, yo he adquirido lo que se po­dría llamar el hábito de la oservación, Andy. Es un hábito muy importante; y te recomiendo que lo cultives, ahora que eres joven. Levántame esa pata trasera, Andy. Verás, Andy, la oservación es importantísima para los negros. ¿No me he dado cuenta de lo que pasaba esta mañana? ¿No me he dado cuenta de lo que quería el ama, aunque ella no lo dejó entre­ver? Eso es oservación, Andy. Creo que se puede llamar un don. Los dones son diferentes en las diferentes personas, pero cultivarlos ayuda mucho.

—Creo que si yo no te hubiese ayudado en tu oservación esta mañana, no lo hubieras visto tan claro —dijo Andy.

—Andy —dijo Sam—, eres un muchacho prometedor, no hay duda. Tengo una gran opinión de ti, Andy; y no me da ninguna vergüenza cogerte las ideas. No debemos menospre­ciar a nadie, Andy, porque hasta el más listo tropieza a veces. Así que vamos a la casa ahora, Andy. Estoy seguro de que el ama nos dará algo especialmente bueno de comer esta vez.

CAPÍTULO VII. LA LUCHA DE LA MADRE

Es imposible concebir a un ser humano más desconsola­do y triste que Eliza mientras se alejaba de la cabaña del tío Tom.

Los sufrimientos y apuros de su marido y el peligro de su hijo se mezclaron en su mente con un sentido confuso y aturdido del riesgo que corría ella al dejar el único hogar que había conocido y separarse de la protección de una amiga a quien quería y reverenciaba. Además, se separaba de todos los objetos conocidos, del lugar donde había crecido, los ár­boles bajo los cuales había jugado, las arboledas donde había paseado muchas tardes en tiempos más felices, al lado de su joven marido; todo lo que yacía allí bajo la escarchada luz de las estrellas parecía reprocharle y preguntarle adónde iba a huir de un hogar como aquél.

Pero más fuerte que todo lo demás era el amor maternal, elevado a un paroxismo de frenesí por la proximidad de un peligro terrible. Su hijo tenía bastante edad para caminar a su lado, y, en otras circunstancias, lo hubiera llevado de la mano; pero ahora sólo pensar en soltarlo de sus brazos le ha­cía estremecer y lo apretaba convulsivamente contra su pe­cho al avanzar rápidamente.

El suelo escarchado crujía bajo sus pies y el sonido le ha­cía temblar; el revoloteo de cada hoja y la agitación de cada sombra entorpecía el flujo de su sangre y le hacía apretar el paso. Le sorprendía la fortaleza que parecía emanar de den­tro de ella, pues sentía el peso del muchacho como si fuera una pluma, y cada aleteo de miedo parecía aumentar su fuer­za sobrenatural, a la vez que se escapaban de sus labios fre­cuentes oraciones dirigidas al Amigo del Cielo: «¡Señor, ayú­dame! ¡Señor, sálvame!»

Si fuera tu Harry, lector, o tu Willie, que un tratante bru­tal iba a arrancar de tus brazos mañana por la mañana; si tú hubieses visto al hombre y te hubiesen dicho que los papeles estaban firmados, y que tenías sólo desde las doce de la no­che hasta la mañana para escaparte, ¿a qué velocidad serías capaz de caminar? ¿Cuántas millas podrías andar en esas po­cas horas, con tu hijito junto al pecho, su cabecita somno­lienta apoyada en tu hombro, los bracitos confiados rodeán­dote el cuello?

Porque el niño dormía. Al principio, la novedad y el susto lo mantuvieron despierto; pero su madre reprimía enseguida cada susurro y cada sonido, asegurándole que sólo si no se movía podría salvarlo, de modo que se quedó callado cogi­do de su cuello; sólo le preguntó, al notar que le vencía el sueño:

—Mamá, no hace falta que esté despierto, ¿verdad?

—No, cariño; duerme si quieres.

—Pero, mamá, si me duermo, ¿no dejarás que me cojan?

—¡No, que Dios me ayude! dijo su madre, con el rostro más pálido y un brillo más fuerte en sus grandes ojos negros.

—Estás segura, ¿verdad, mamá?

—¡Sí, segura! —dijo la madre, con una voz que la asustó a ella misma, pues parecía proceder de un espíritu interior; y el niño dejó caer la cabecita cansada sobre su hombro y pron­to se quedó dormido. ¡Qué fuego y qué ánimo infundieron a sus movimientos el tacto de aquellos cálidos brazos y el suave aliento contra su cuello! Tenía la impresión de que la fuerza le llegaba en chorros eléctricos desde cada movimien­to del niño dormido y confiado. El dominio de la mente so­bre el cuerpo es sublime, capaz de hacer inexpugnables la carne y los nervios y de templar con acero los tendones para convertir en poderosos a los débiles.

Pasó vertiginosamente los confines de la granja, del huer­to y del bosque; y siguió adelante, dejando un objeto familiar tras otro, sin aflojar el paso, sin detenerse, hasta que el rojo amanecer la encontró en carretera abierta, a muchas mi­llas de cualquier huella de estos objetos conocidos.

Había ido con su ama a visitar a algunos parientes de ésta a la pequeña aldea de T., cerca del río Ohio, por lo que co­nocía bien la carretera. La primera parte precipitada de su plan de huida era ir allí, cruzando el río Ohio; después, sólo le restaba confiar en el Señor.

Cuando empezaron a circular por la carretera caballos y vehículos, se dio cuenta, con esa percepción aguda propia de un estado de excitación y que parece ser una especie de ins­piración, de que su paso acelerado y su aspecto perturbado podían despertar sospechas y suscitar comentarios. Por lo tanto, dejó al muchacho en el suelo y, ajustándose el vestido y el sombrero, siguió caminando a una velocidad que le pa­reció correcta para salvar las apariencias. Había puesto en el pequeño atado pasteles y manzanas, que utilizó como recur­sos para acelerar el paso del niño, haciendo rodar las manza­nas unas yardas delante de ellos para que el muchacho fuera corriendo con todas sus fuerzas para alcanzarlas; esta treta, repetida muchas veces, les hizo adelantar muchas millas.

Después de algún tiempo, llegaron a un espeso bosque atra­vesado por el murmullo de un límpido arroyo. Ya que el niño se quejaba de tener hambre y sed, cruzó con él la valla y, sen­tándose tras una gran roca que les ocultaba de la carretera, le sacó el desayuno de su pequeño paquete. El niño se sorpren­dió y lamentó de que no comiera ella; pero cuando, abrazán­dola, intentó introducir en su boca un trozo de su pastel, ella creyó que la garganta se le cerraba y que la iba a asfixiar.

—¡No, no, Harry, mi amor; la mamá no podrá comer has­ta que tú estés a salvo! Debemos caminar más y más hasta lle­gar al río —y se apresuró a salir a la carretera y una vez más se reprimió para caminar a un paso regular y sosegado.

Estaba a muchas millas de cualquier lugar donde la cono­cieran personalmente. Si por casualidad se encontrase con al­gún conocido, pensaba que la bondad de la familia conoci­da por todos acallaría cualquier sospecha, puesto que nadie supondría que ella era una fugitiva. Como además era lo bas­tante blanca como para que no se supiera, sin examinarla de­tenidamente, que era negra, y su hijo también era claro, era más fácil que pasaran desapercibidos.

Con este presupuesto, se paró al mediodía en una bonita granja para descansar y comprar algo de comida para el niño y ella, porque, al disminuir el peligro, se aminoró la tremen­da tensión de su sistema nervioso y se dio cuenta de que es­taba cansada y hambrienta.

La buena mujer de la casa, amable y charlatana, estaba más bien contenta de tener a alguien con quien hablar, y aceptó sin cuestionar la declaración de Eliza de que «iba un poco más allá, para pasar una semana con unos amigos», cosa que, en el fondo de su corazón, esperaba que resultara ser la pura verdad.

Una hora antes de la puesta del sol, entró en la aldea de T., junto al río Ohio, cansada y con dolor de pies pero aún animada. Primero miró el río, que, como el río Jordán, se in­terponía entre ella y el Canaán de libertad del otro lado.

Era el principio de la primavera y el río estaba crecido y turbulento; grandes moles de hielo flotaban de un lado a otro en las aguas turbias. A causa de la forma peculiar de la orilla de la parte de Kentucky, donde la tierra forma un gran recodo, había grandes cantidades de hielo acumuladas, y el estrecho canal que rodeaba este recodo se hallaba lleno de placas de hielo amontonadas unas encima de otras, haciendo de barrera temporal para el hielo que flotaba río abajo, que se apilaba creando una gran masa flotante que llenaba todo el río y llegaba casi a la orilla de Kentucky.

Eliza se quedó quieta un momento mirando este aspecto poco favorable de las cosas. Se dio cuenta enseguida de que esa situación debía de impedir que cruzara el transbordador habitual, y se dirigió a una pequeña posada que había en la orilla para hacer averiguaciones.

La posadera, ocupada en diferentes operaciones de freír y estofar encima del fuego, en preparación de la cena, se que­dó tenedor en mano cuando la dulce voz lastimera de Eliza la detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—¿No hay un transbordador o una barca que lleve a la gente a B.? —preguntó.

—Pues, no —dijo la mujer—; las barcas han dejado de funcionar.

La cara de decepción y consternación de Eliza le llamó la atención y preguntó, solícita:

—¿Es que quiere usted pasar? ¿Hay alguien enfermo? Pa­rece usted preocupada.

—Tengo un hilo gravemente enfermo —dijo Eliza——. No me enteré hasta anoche y he andado mucho hoy, con la es­peranza de coger el transbordador.

—¡Vaya, qué mala suerte! —dijo la mujer, cuya compa­sión maternal se había despertado—; la compadezco de ve­ras. ¡Solomon! —gritó desde la ventana en dirección a un pe­queño cobertizo en la parte de atrás. En la puerta apareció un hombre con delantal de cuero y las manos muy sucias.

—Oye, Sol —dijo— ¿aquel hombre va a cruzar los barri­les esta noche?

—Dijo que lo intentaría, si la prudencia lo permitía —dijo el hombre.

—Hay un hombre que vive cerca de aquí que va a cruzar esta noche con un carretón, si se atreve; vendrá a cenar esta noche, así que siéntese a esperar. Qué niño más mono —aña­dió la mujer, ofreciéndole un pastel a éste.

Pero el niño, agotado del todo, lloraba de cansancio.

—¡Pobre criatura! No está acostumbrado a caminar, y le he metido mucha prisa —dijo Eliza.

—Llévelo a este cuarto —dijo la mujer, abriendo un pe­queño dormitorio donde se veía una cómoda cama. Eliza tendió al muchacho cansado en ella y le cogió la mano has­ta que se quedó dormido del todo. Ella no había de descan­sar. Como fuego en los huesos, la idea de su perseguidor le infundía prisas por seguir adelante, y miró con ojos anhe­lantes las aguas turbulentas que se extendían entre ella y la libertad.

En este punto debemos despedimos de ella de momento para seguir los pasos de sus perseguidores.

Aunque la señora Shelby había prometido que la comida iría enseguida a la mesa, pronto se vio, como muchas veces se ha visto, que el hombre propone y Dios dispone. Así que, aunque la orden fue dada en presencia de Haley y transmiti­da a la tía Chloe por lo menos por media docena de mensa­jeros juveniles, esta dignataria sólo respondió con algunos re­soplidos muy serios y una sacudida de cabeza y se puso a rea­lizar cada operación de una forma inusitadamente pausada y minuciosa.

Por algún motivo extraño, los sirvientes parecían compar­tir la impresión general de que al ama no le molestaría mu­cho alguna tardanza; y fue asombroso el número de acciden­tes que ocurría uno tras otro para retrasar la marcha de las co­sas. Una criatura desgraciada logró derramar la salsa, por lo que hubo de prepararla de novo, con todo esmero y cuidado, con la tía Chloe vigilándola y removiéndola con tenaz preci­sión, respondiendo, cada vez que le metían prisa, que «ella no iba a servir una salsa a medio ligar en la mesa a instancias de nadie». Alguien se cayó al llevar el agua, y tuvo que volver a la fuente a por más; otro, en medio del caos, dejó caer la mantequilla; y de vez en cuando llegaban a la cocina, entre risitas, noticias de que «el señor Haley estaba muy inquieto; que no sabía estarse sentado en la silla, sino que paseaba a zancadas hasta las ventanas y por el porche».

—¡Se lo tiene merecido! —dijo, indignada, la tía Chloe—. Estará peor que inquieto un día de éstos, si no se enmienda. Lo mandará llamar su Amo, y veremos cómo queda.

—¡Irá al infierno, seguro! —dijo el pequeño Jake.

—¡Se lo merece! —dijo la tía Chloe, ceñuda—; ha destro­zado muchísimos corazones, os lo aseguro —dijo, detenién­dose con un cuchillo en la mano—; es como lo que leyó el señorito George en el Libro de la Revelaciones: las almas lla­mando y llamando desde debajo del altar, pidiendo vengan­za al Señor para semejante gente, y tarde o temprano el Se­ñor va a oírlas, ¡ya lo creo!

A la tía Chloe la admiraban mucho en la cocina y la escucha­ron con la boca abierta; ahora que la cena estaba servida, todos estaban libres para charlar con ella y oír sus comentarios.

—Esa gente arderá para siempre, seguro, ¿verdad? —dijo Andy.

—Y yo me alegraré de verlo, ya lo creo —dijo el pequeño Jake.

—¡Niños! —dijo una voz que les sobresaltó. Era el tío Tom, que había entrado y se había quedado en la puerta es­cuchando la conversación.

—¡Niños! —dijo—, me temo que no sabéis lo que decís. Para siempre son palabras terribles, niños; es tremendo pen­sar en ello. No deberíais desearlo a ningún ser humano.

—No se lo desearíamos a nadie más que a los tratantes de almas —dijo Andy—; nadie puede menos que deseárselo a ellos, son tan malvados.

—¿No los denuncia la misma naturaleza? —dijo la tía Chloe—. ¿No arrancan a los bebés del pecho de sus madres para venderlos? Y a los pequeños que lloran y se agarran a la ropa de sus madres, ¿no los apartan de ellas para venderlos? ¿No separan a maridos y mujeres —dijo la tía Chloe, echán­dose a llorar— cuando significa quitarles la vida? Y mientras tanto, ellos beben y fuman y no se exaltan por nada. Señor, si no se los lleva el diablo, ¿para qué sirve éste? —y la tía Chloe se tapó la cara con el delantal de cuadros y se puso a sollozar en serio.

—Reza por aquellos que te tratan mal, dice el buen libro —dijo Tom.

—¡Rezar por ellos! —dijo la tía Chloe—; ¡Señor, es dema­siado dificil! Yo no puedo rezar por ellos.

—Es la naturaleza, Chloe, y la naturaleza es fuerte —dijo Tom—, pero la gracia del Señor es más fuerte; además, debe­rías pensar en el estado del alma de una pobre criatura capaz de hacer esas cosas, deberías dar gracias al Señor porque tú no eres como él, Chloe. Yo sé que preferiría que me vendie­ran diez mil veces a tener que rendir cuentas por lo mismo que esa pobre criatura.

—Yo también lo preferiría —dijo Jake—. Señor, ¿no lo preferimos, Andy?

Andy se encogió de hombros y silbó en conformidad.

—Me alegro de que no se haya marchado el amo esta ma­ñana, como tenía pensado —dijo Tom—; eso me dolió más que el venderme, ya lo creo. Puede que fuera lo natural para él, pero a mí me hubiera resultado durísimo, que lo conozco desde que era un niño; pero he visto al amo y empiezo a re­conciliarme con la voluntad de Dios. El amo no pudo reme­diarlo; hizo bien, pero tengo miedo de que las cosas se echen a perder cuando yo no esté. No se puede esperar que el amo ande husmeando por todas partes, como yo hago, para tener­lo todo bajo control. Los muchachos tienen muy buenas in­tenciones, pero son muy descuidados. Eso me preocupa.

En esto sonó la campana llamando a Tom al salón.

—Tom —dijo amablemente el amo—, quiero que sepas que a este señor le doy un pagaré por mil libras por si no es­tás cuando te reclame; hoy va a ocuparse de otros asuntos, así que puedes cogerte el día libre. Ve a donde quieras, mu­chacho.

—Gracias, amo —dijo Tom.

—Y cuidado —dijo el comerciante— que no engañes a tu amo con ninguno de tus trucos de negro, pues yo le co­braré cada centavo, si no estás allí. Si él me hiciera caso, no se fiaría de ninguno de vosotros; sois escurridizos como an­guilas.

Amo —dijo Tom, muy erguido—, yo tenía apenas ocho años cuando la vieja ama lo puso a usted en mis brazos, y us­ted no tenía ni uno. «Toma, Tom» me dijo, «éste va a ser tu joven amo; cuídalo bien», dijo. Y ahora yo le pregunto, amo, ¿he faltado a mi palabra o le he llevado la contraria alguna vez, sobre todo desde que soy cristiano?

El señor Shelby se emocionó y se le llenaron los ojos de lá­grimas.

—Mi buen muchacho —dijo—, bien sabe el Señor que dices la pura verdad; y si yo pudiera remediarlo, nadie en el mundo te compraría.

—Y tan seguro como que soy cristiana —dijo la señora Shelby—, te recuperaremos en cuanto consiga reunir el dine­ro. Señor—dijo a Haley—, fíjese bien a quién lo vende, y co­muníquemelo.

—Sí, señor; a lo mejor —dijo el tratante—, de aquí a un año puede que lo traiga de vuelta, no muy estropeado, y se lo vuelva a vender.

—Yo se lo compraré, entonces, y se lo pagaré bien —dijo la señora Shelby.

—Por supuesto —dijo el comerciante—, a mí me da igual, no me importa a quién los venda, siempre que haga un buen negocio. Lo único que quiero es ganarme la vida, ¿sabe, se­ñora? Supongo que eso es lo que queremos todos.

Tanto el señor como la señora Shelby se sintieron moles­tos por la familiaridad impertinente del comerciante, y, sin embargo, ambos veían la necesidad de frenar sus sentimien­tos. Cuanto más mezquino e insensible parecía, más miedo tenía la señora Shelby de que consiguiera atrapar a Eliza y su hijo y, por supuesto, más motivos encontraba para detenerle con todas las tretas femeninas. Por lo tanto, sonrió, asintió, charló amistosamente e hizo todo lo que pudo por hacer co­rrer imperceptiblemente el tiempo.

A las dos, Andy y Sam acercaron los caballos al apeadero, aparentemente muy reanimados y fortalecidos por los corre­teos de la mañana.

A Sam le había reavivado la comida, y estaba lleno de fer­vorosa oficiosidad. Al acercarse Haley, presumía ante Andy, con un estilo floreciente, del éxito evidente y notable de la operación, ahora que él «se empeñaba de verdad».

—¿Supongo que vuestro amo no tendrá perros? —pre­guntó pensativo Haley al ir a montar.

—Montones —dijo Sam, triunfante—; está Bruno: ¡es es­tupendo! Y, además, casi todos los negros tenemos un cacho­rro de alguna clase.

—¡Bah! —dijo Haley, y dijo algo más también, refiriéndo­se a los perros, que hizo murmurar a Sam:

—No veo el sentido de maldecirlos, de cualquier forma.

—¿Pero vuestro amo no tiene perros (ya me supongo que no) para cazar a los negros?

Sam sabía perfectamente a lo que se refería, pero mantuvo desesperadamente una apariencia de simpleza grave.

—Nuestros perros tienen todos muy buen olfato. Creo que son buenos, aunque no hayan tenido práctica. Sin embargo, son buenos perros para casi todo, una vez que los pones. Ven, Bruno —llamó en un susurro al pesado perro de Terranova, que se abalanzó tumultuosamente en dirección a ellos.

—¡Que te ahorquen! —dijo Haley, levantándose—. Va­mos, ponte en marcha.

Sam se puso en marcha en el acto, ingeniándoselas para hacerle cosquillas a Andy al mismo tiempo, lo que provocó que Andy rompiese a reír, con gran indignación de Haley, que le golpeó con la fusta.

—Me asombras, Andy —dijo Sam, con formidable grave­dad—. Éste es un asunto serio, Andy. No debes tomarlo a broma. Así no ayudarás al amo.

—Tomaré el camino del río —dijo Haley con decisión, cuando llegaron a los confines de la hacienda—. Conozco las costumbres de éstos: siguen las pistas de la ruta clandes­tina.

—Desde luego —dijo Sam—, así es. El señor Haley ha dado en el clavo. Bien, hay dos caminos para ir al río, la ca­rretera de tierra y la cañada, ¿cuál va a tomar el señor?

Andy miró inocente a Sam, sorprendido por este nuevo dato geográfico, pero confirmó inmediatamente lo que dijo, repitiéndolo con vehemencia.

—Porque —dijo Sam—, yo me inclino a creer que Lizy iría por el camino de tierra, ya que va menos gente por él.

Haley, aunque era un pájaro viejo y desconfiaba por natu­raleza de la broza, estaba bastante impresionado con esta vi­sión del asunto.

—Si no fuerais tan embusteros los dos... —dijo, al delibe­rar contemplativo durante un momento.

El tono pensativo y reflexivo con el que pronunció estas palabras le hizo tanta gracia a Andy que se rezagó un poqui­to y temblaba de tal manera que parecía correr un gran ries­go de caerse del caballo, mientras que el rostro de Sam había adoptado una expresión de lastimosa gravedad de lo más in­conmovible.

—Por supuesto —dijo Sam—, el amo puede hacer lo que prefiera; puede tomar el camino recto, si le parece mejor; a nosotros nos da lo mismo. La verdad es que, si lo pienso, creo que el camino recto es el mejor, sin duda.

—Es lógico que cogiera un camino poco transitado —dijo Haley, pensando en voz alta y haciendo caso omiso del co­mentarlo de Sam.

—No hay forma de saberlo —dijo Sam—; las chicas son raras; nunca hacen lo que se espera que hagan, sino general­mente todo lo contrario. Las chicas son contradictorias por naturaleza, de modo que si uno piensa que han ido por un camino, hay que ir por el otro y seguro que las encuentras. Ahora, personalmente creo que Lizy habrá ido por la carrete­ra, así que deberemos ir por el camino recto.

Esta profunda visión genérica del sexo femenino no pare­ció predisponer a Haley a optar por el camino recto; y decla­ró tajantemente que tomaría el otro, preguntándole a Sam cuándo llegarían allí.

—Está un poco más adelante —dijo Sam, guiñando el ojo que estaba en el lado de su cabeza donde se hallaba Andy; y añadió muy serio——, pero he estudiado el asunto y estoy se­guro de que no deberíamos ir por ahí. Nunca lo he recorri­do. Es muy solitario y podríamos perdemos; Dios sabe dón­de acabaríamos.

—No obstante —dijo Haley—, iré por ahí.

Ahora que lo pienso, creo que he oído decir que ese ca­mino está todo vallado a la altura del arroyo, ¿no es así, Andy?

Andy no estaba seguro; sólo «había oído hablan» de ese ca­mino, pero nunca lo había pisado. En resumen, su respuesta fue estrictamente evasiva.

Haley, acostumbrado a sopesar las probabilidades entre mentiras de mayor o menor magnitud, creyó que el balance caía a favor de la carretera de tierra ya nombrada. Le pareció percibir que Sam lo había mencionado involuntariamente en primer lugar, y achacó los intentos desesperados de éste de disuadirle de usarla a que había recapacitado posterior­mente por no querer comprometer a Liza.

Entonces, cuando Sam señaló el camino, Haley se precipi­tó por él, seguido de Sam y Andy.

De hecho, era una vieja carretera, antiguamente el camino principal al río, aunque abandonada hacía muchos años tras el trazado de la nueva carretera. Quedaba abierta durante una hora de cabalgadura, más o menos, y después quedaba cortada por varias granjas y vallas. Sam conocía perfectamen­te este hecho, a decir verdad, llevaba tanto tiempo cerrada la carretera que Andy ni siquiera había oído hablar de ella. Por lo tanto iba montando con un aire de sumisión concienzu­da, simplemente murmurando y quejándose de vez en cuan­do de que «era muy accidentado, y hacía daño a la pata de Jerry».

—Os advierto —dijo Haley—, que os conozco; no me ha­réis desviarme de este camino con ninguna de vuestras tretas, ¡así que callaos!

—El amo va por donde quiere —dijo Sam, con pesarosa sumisión, guiñándole prodigiosamente el ojo al mismo tiem­po a Andy, cuyo goce estaba ya a punto de estallar.

Sam estaba de excelente humor; fingía buscar con gran di­ligencia, y tan pronto exclamaba que veía «un sombrero de mujer» en lo alto de alguna loma lejana, como gritaba a Andy «allí abajo está Lizy en la hondonada», cuidando de hacer estas exclamaciones siempre cuando se encontraban en un trecho muy rugoso o dificil del camino, donde apresurar­se suponía una inconveniencia especial para todos y de esta forma manteniendo a Haley en un estado de conmoción permanente.

Después de cabalgar alrededor de una hora de esta mane­ra, toda la cuadrilla desembocó precipitada y tumultuosa­mente en el corral de un gran rancho. No se veía ni un alma, pues todos los braceros estaban trabajando en el campo; pero era evidente que habían llegado al final del camino, puesto que el granero se extendía de manera notoria de par­te a parte de la carretera.

—¿No se lo decía yo al amo? —dijo Sam, con aire de ino­cencia ultrajada—. ¿Cómo va a saber más un caballero foras­tero del país que un nativo?

—¡Sinvergüenza! —dijo Haley—; sabías esto todo el tiempo.

—¿No le he dicho que lo sabía, y no ha querido creerme? Le he dicho al amo que estaba todo vallado y todo cerrado y que no creía que pudiésemos pasar; me ha oído Andy.

Era todo demasiado cierto para disputarlo, y el desgracia­do comerciante no tuvo más remedio que aguantarse la ira con el mejor talante posible, y los tres hombres dieron la vuelta y se encaminaron a la carretera principal.

Gracias a las diferentes demoras, hacía unos tres cuartos de hora que Eliza había acostado a su hijo en la taberna de la al­dea cuando llegó el grupo al lugar. Eliza se hallaba de pie mi­rando por la ventana en otra dirección, cuando el ojo rápido de Sam la captó. Haley y Andy estaban unas tres yardas atrás. Ante la crisis, Sam consiguió que el viento se le llevara el sombrero, por lo que soltó en voz alta una interjección carac­terística que la alertó en el acto; se retiró rápidamente; la cua­drilla pasó delante de la ventana y se acercó a la puerta prin­cipal.

A Eliza le dio la impresión de que se concentraron mil vi­das en ese instante. El cuarto que ocupaba tenía una puerta que daba al río. Cogió a su hijo y se lanzó escaleras abajo ha­cia la corriente. El comerciante la vio plenamente en el mo­mento en que desaparecía por el barranco; y, saltando del ca­ballo y gritando a Sam y a Andy, se abalanzó tras ella como un perro tras un ciervo. En ese momento vertiginoso, los pies de Eliza apenas parecían tocar el suelo, y en un momen­to se halló junto al agua. Ellos la seguían de cerca; ella, arma­da de esa fortaleza que Dios dispensa sólo a los desesperados, con un grito salvaje y un salto descomunal, pasó por encima de la corriente turbulenta para alcanzar la placa de hielo. Fue un salto desesperado, imposible sin padecer locura o deses­peranza; Haley, Sam y Andy gritaron instintivamente, alzan­do las manos, al verlo.

La enorme mole verde de hielo sobre la que cayó arfó y crujió al recibir su peso, pero ella no se detuvo ni un momen­to. Gritando alocada, con una energía desesperada, saltó a otra placa y a otra; ¡tropezando, brincando, resbalando, le­vantándose de nuevo! Sus zapatos han desaparecido, las me­dias ya no están, huellas de sangre marcan cada paso; pero no vio ni sintió nada hasta que, borrosamente, como en un sueño, vio la orilla de Ohio y a un hombre que la ayudaba a subir por el barranco.

—¡Eres una muchacha valiente, seas quien seas! —dijo el hombre, con un juramento.

Eliza reconoció la voz y el rostro de un granjero que vivía cerca de su antiguo hogar.

—¡Oh, señor Symmes, sálveme, por favor, sálveme, escón­dame! —dijo Eliza.

—¿Qué ocurre? —dijo el hombre— ¡pero si es la mucha­cha de Shelby!

—¡Mi hijo, este niño... lo ha vendido! Ahí está su amo —dijo, señalando la otra orilla—. Oh, señor Symmes, usted tiene un hijito.

—Lo tengo —dijo el hombre, al subirla, ruda aunque amablemente, por el empinado barranco—. Además, eres una muchacha muy valiente. Me gusta el coraje, venga de donde venga.

Cuando llegaron a lo alto del barranco, se detuvo el hombre.

—Estaría encantado de hacer algo para ayudarte —dijo—, pero no tengo a donde llevarte. Lo mejor que puedo hacer es decirte que te dirijas allí —dijo, señalando una gran casa blanca que se alzaba sola, junto a la calle principal de la al­dea—. Vete allí; son personas amables. Te ayudarán en cual­quier tipo de peligro, son de esa clase de gente.

—¡Que el Señor le bendiga! —dijo Eliza de corazón.­

—¡No hay de qué, no hay de qué! —dijo el hombre—. Lo que he hecho no tiene importancia.

—Y, señor, ¿no se lo contará a nadie?

—¡Demonios, muchacha! ¿Quién te crees que soy? Por su­puesto que no —dijo el hombre—. Venga ya, márchate como muchacha sensata que eres. Te has ganado la libertad y, por lo que a mí atañe, la tendrás.

La mujer apretó a su hijo contra el pecho y se alejó firme y velozmente. El hombre se quedó mirándola.

«Puede que a Shelby esto no le parezca de buenos vecinos pero, ¿qué iba uno a hacer? Si él coge a alguna de mis mu­chachas en la misma situación, puede pagarme con la misma moneda. Nunca he podido ver a ninguna criatura esforzán­dose y jadeando para escapar, con los perros detrás persi­guiéndola. Además, no veo motivo por el que deba hacer de cazador de los demás.»

Así habló este pobre kentuckiano medio pagano, al que el no haber recibido instrucción en relaciones constitucionales llevó a actuar de manera casi cristiana, que, si hubiera sido de clase más elevada y mejor enseñado, no se le hubiera permi­tido.

Haley se quedó viendo asombrado la escena hasta que de­sapareció Eliza tras el barranco; entonces se volvió hacia Sam y Andy con una mirada interrogativa.

—Esa ha sido una hazaña considerable —dijo Sam.

—¡Creo que esa muchacha lleva los demonios dentro! —dijo Haley—. ¡Ha saltado como un gato salvaje! —Bueno, pues —dijo Sam, rascándose la cabeza—, espe­ro que el amo nos permita no coger ese camino. Desde lue­go, yo no me siento lo bastante ágil como para hacer eso, ¡ni hablar! —y Sam soltó una áspera risotada.

—¡Te ríes tú! —dijo el comerciante gruñendo.

—¡Que el Señor le bendiga, amo, no podía remediarlo! —dijo Sam, entregándose a la alegría de su alma, largo tiem­po reprimida—. Tenía un aspecto tan curioso... saltando y brincando... el hielo rajándose... ¡bum, paf, plas! ¡Qué saltos! ¡Señor, cómo salta! y Sam y Andy se rieron hasta que ca­yeron las lágrimas por sus mejillas.

—¡Ya os haré reír yo! —dijo el comerciante, dándoles en la cabeza con la fusta.

Los dos se escabulleron, subieron gritando el barranco y montaron antes de que él pudiera alcanzarlos.

—¡Buenas noches, amo! —dijo Sam, muy serio—. Estoy seguro de que la señora estará preocupada por Jerry. Al señor Haley ya no le haremos falta. ¡La señora no toleraría que cru­záramos el puente de Lizy esta noche! y dándole jocosa­mente a Andy en las costillas, emprendió la marcha a toda velocidad, seguido por Andy, oyéndose durante un rato sus carcajadas transportadas por el viento.

CAPÍTULO VIII. LA HUIDA DE ELIZA

Era la hora del crepúsculo cuando Eliza cruzó tan de­sesperadamente el río. La niebla gris del anochecer, que ascendía lentamente del río, la envolvió en cuan­to subió la ribera, haciéndola invisible, y la fuerte corriente y las masas basculantes de hielo formaban una barrera infran­queable entre ella y su perseguidor. Por lo tanto, Haley, dis­gustado, regresó lentamente a la pequeña taberna para pen­sar qué tendría que hacer a continuación. La mujer le abrió la puerta de una pequeña sala, adornada con una alfombra de trapos y con una mesa cubierta con un hule negro brillan­tísimo, diversas sillas de madera de respaldo alto y unas figu­ras de escayola de colores chillones en la repisa de la chime­nea, encima de un débil fuego humeante; aquí se sentó Ha­ley para meditar sobre la inestabilidad de las esperanzas y la felicidad humanas.

«¿Qué he hecho yo», se dijo a sí mismo, «para que me to­men el pelo como si fuera un patán, como lo han hecho?», y Haley se desahogó repitiendo varias veces para sí una letanía de maldiciones que, aunque todo parece dar fe de su veraci­dad, preferimos, por cuestiones de buen gusto, omitir.

Le sobresaltó la voz fuerte y disonante de un hombre que pa­recía desmontar en la puerta. Acudió apresurado a la ventana.

«¡Dios mío! Si esto no es ciertamente lo que le da a la gen­te por llamar Providencia», dijo Haley. «Creo que ése de ahí es Tom Loker.»

Haley salió deprisa. De pie en la barra, en un rincón de la habitación, se encontraba un hombre musculoso y fornido, de seis pies de altura y complexión corpulenta. Vestía un abrigo de piel de búfalo con la lana hacia fuera, lo que le daba una apariencia tosca y fiera, muy en armonía con el aire de su fisonomía. En la cabeza y el rostro, todos los órganos y líneas, que delataban una violencia brutal y tenaz, estaban en un estado de desarrollo muy avanzado. De hecho, si nues­tros lectores fueran capaces de imaginar un buldog hecho hombre paseándose con sombrero y abrigo de hombre, no estarían lejos de visualizar el estilo y la estampa general de su fisico. Tenía un compañero de viaje que era, en muchos as­pectos, todo lo contrario de él. Era bajo y delgado, ágil y fe­lino de movimientos, con una expresión inquisitiva y fisgo­na en sus inquietos ojos negros, con los que cada rasgo de su cara parecía afilarse por simpatía; la nariz fina y larga parecía prolongarse como si quisiera penetrar en la naturaleza de to­das las cosas; el cabello negro, fino y lacio estaba peinado ha­cia adelante y todos sus movimientos y gestos expresaban una agudeza seca y precavida. El hombre grande llenó hasta la mitad un gran vaso de licor y se lo tragó sin pronunciar una palabra. El hombre pequeño se puso de puntillas y, la­deando la cabeza primero en una dirección y luego en la otra, tras olisquear pensativo las diferentes botellas, pidió por fin, con voz fina y temblorosa y un aire de gran pru­dencia, un whisky con hierbabuena. Una vez servido, lo co­gió y lo examinó con expresión aguda y complaciente, como un hombre que considera que ha hecho lo correcto y ha dado en el clavo, y se puso a beberlo con sorbos cor­tos y medidos.

—Bueno, bueno, ¿quién hubiera pensado que yo iba a te­ner esta suerte? Loker, ¿cómo está usted? —dilo Haley, acer­cándose con la mano extendida hacia el hombre grande.

—¡Demonios! —fue la educada respuesta—. ¿Qué le ha traído a estas partes, Haley?

El hombre inquisitivo, que se llamaba Marks, dejó de sor­ber en el acto y, adelantando la cabeza, examinó sagazmente al recién llegado, como un gato mira una hoja seca en movi­miento o cualquier otro objeto digno de perseguir.

—Vaya, Tom, éste es el mejor golpe de suerte del mundo. Es­toy en un condenado apuro, y debe usted echarme una mano.

—¿Eh? ¡Pues seguro! —gruñó su conocido complacien­te—. Uno puede estar seguro, si usted se alegra de verlo, de que algo tiene que ganar con ello. ¿Cuál es el asunto esta vez?

—Éste es amigo suyo? —preguntó Haley, mirando a Marks dudoso—, ¿un socio, quizás?

—Sí, lo es. Oye, Marks, éste es el tipo con el que estuve en Natchez.

—Encantado de conocerle —dijo Marks, alargando una mano larga y delgada, semejante a la garra de un cuervo—. El señor Haley, creo.

—El mismo —dijo Haley—. Ahora, caballeros, ya que nos hemos encontrado con tan buena fortuna, creo que me corresponde convidarles en este establecimiento. Entonces, viejo mapache —dijo al hombre de la barra—, tráiganos agua caliente, azúcar y cigarros y gran cantidad del espíritu de la vida, y nos divertiremos.

Observen, entonces, a nuestros tres próceres, a la luz de las velas y con un buen fuego ardiendo en la chimenea, senta­dos alrededor de una mesa repleta con todos los ingredientes ya enumerados de la buena camaradería.

Haley inició una relación patética de sus cuitas peculiares. Loker calló y le escuchó con atención, ceñudo y desabrido. Marks, que mezclaba, ansiosa y nerviosamente, un vaso de ponche según su peculiar gusto, levantaba de vez en cuando la mirada de su ocupación y escuchaba con gran interés la historia, metiendo la afilada nariz casi en el rostro de Haley. El final de la historia pareció hacerle muchísima gracia, pues se sacudieron en silencio sus hombros y sus costados y sus fi­nos labios se distendieron en señal de enorme diversión.

Así que le han fastidiado de veras, ¿eh? —dijo—, ¡Ji, ji, ji! Y, además, lo han hecho con gracia.

—El asunto de los niños causa muchos problemas en este negocio —dijo Haley con tristeza.

—Si pudiéramos conseguir una raza de muchachas a las que no les importase su prole —dijo Marks—, les digo que creo que sería la mejora más grande de los tiempos moder­nos y Marks celebró su broma con una risita discreta a modo de introducción.

—Es verdad —dijo Haley—. Nunca lo he entendido; los niños les suponen un montón de problemas; sería lógico que se alegraran de deshacerse de ellos, pero no es así. Es más, cuánto más problemático es un hijo y cuánto más inútil, más se aferran a él.

—Bien, señor Haley —dijo Marks—, páseme el agua ca­liente. Sí, señor, lo que usted dice es lo que siento yo y todos nosotros. Una vez compré a una muchacha cuando era tra­tante, una muchacha guapa y era bastante lista además, y te­nía un hijo muy enfermizo, con la columna torcida o algo así; y se lo di a un hombre que decidió arriesgarse a criarlo, ya que no le costaba dinero; nunca se me ocurrió que la mu­chacha fuera a protestar, pero, ¡Dios mío! Hay que ver cómo se puso. A decir verdad, parecía valorar más al niño por ser enfermizo y quejoso y engorroso; y no fingía, no: lloró y se lamentó como si hubiera perdido a todos sus amigos. Era muy gracioso verlo. ¡Señor, no hay quién entienda las ocu­rrencias de las mujeres!

A mí me ocurre lo mismo —dijo Haley—. El verano pasado, allá en el río Rojo, me vendieron a una muchacha con un hijo de bastante buen aspecto, con unos ojos tan bri­llantes como los de usted; pero, cuando lo miré de cerca, vi que era ciego. Es la verdad, ciego como un topo. Entonces, verán ustedes, pensé que no había nada de malo en darlo sin decir nada, y lo cambié provechosamente por un barril de whisky; pero, llegado el momento de separarlo de la mucha­cha, ésta se puso como una tigresa. Era antes de ponernos en camino, y no los tenía encadenados todavía; pues ella se sube encima de una bala de algodón, como un gato, y coge un cuchillo de la mano de uno de los braceros y durante un momento sembró el pánico a su alrededor, hasta que vio que no había nada que hacer; entonces se vuelve y, se tira de ca­beza al río, con el hijo en brazos; cayó ¡plas! y nunca salió.

—¡Bah! —dijo Tom Loker, que escuchó estas historias con una aversión apenas reprimida—, ¡son unos inútiles los dos! Mis muchachas no organizan semejantes espectáculos, se lo aseguro.

—¿De veras? ¿Cómo lo consigues? —preguntó vivamente Marks.

—¿Conseguirlo? Pues compro a una muchacha y, si tiene un hijo para vender, me acerco a ella y le planto el puño en la cara y le digo: «Oye, tú, si me dices una sola palabra, te romperé la cara. No quiero oír ni una palabra, ni una síla­ba.» Les digo: «Este niño es mío y no tuyo; no tiene nada que ver contigo. Voy a venderlo a la primera oportunidad; y ¡no me vengas con ningún escándalo al respecto o te haré desear que no hubieras nacido!» Les aseguro que se dan cuenta de que no hay nada que hacer conmigo. Las tengo tan calladas como los peces; y si a una de ellas se le ocurre soltar un grito, pues... —y el señor Loker dio un golpe con el puño que explicaba perfectamente la interrupción.

—Eso se puede llamar énfasis—dijo Marks, dándole a Ha­ley en el costado y soltando otra risita—. Tom es único, ¿eh? ¡ji, ji! Creo, Tom, que tú consigues que entiendan que todas las cabezas negras son lanudas. Nunca dudan de tus intencio­nes, Tom. Si no eres el diablo, Tom, eres su hermano geme­lo, ¡ya lo creo!

Tom tomó el cumplido con la debida modestia y adoptó un aspecto tan afable como era consistente, en palabras de John Bunyan, «con su naturaleza perruna».

Haley, que consumía liberalmente la materia prima de la noche, empezó a sentir un aumento y una elevación de sus facultades morales, fenómeno no poco frecuente en caballe­ros de condición seria y reflexiva en circunstancias similares.

—Bueno, bueno, Tom —dijo—, es usted terrible, como siempre le he dicho; ¿se acuerda, Tom? Usted y yo solíamos hablar de estas cuestiones en Natchez, y yo solía demostrarle que ganábamos lo mismo, y nos hacíamos igual de ricos, tra­tándoles bien, además de tener más posibilidades, cuando llegue lo inevitable y no quede nada más, de ir al reino de los cielos.

—¡Bah! —dijo Tom—. ¡Si lo sabré yo! No me ponga en­fermo con sus tonterías, que ya tengo el estómago revuelto y Tom se tragó medio vaso de coñac puro.

—Bueno dijo Haley, echándose atrás en el sillón y ges­ticulando de forma impresionante—, yo digo que siempre he querido llevar el negocio para ganar dinero, en primer lu­gar, como cualquiera; pero el negocio no lo es todo, pues to­dos tenemos alma. No me importa quién me oiga decirlo; pienso mucho en ello, así que lo voy a decir sin más. Creo en la religión y, un día de éstos, cuando tenga todos los asuntos bien atados, pienso atender a mi alma y esas cuestiones; así que, ¿para qué hacer más maldades de las necesarias? A mí no me parece nada prudente.

—¿Atender a su alma? —repitió, desdeñoso, Tom—, ha­bría que tener buenos ojos para encontrarle alma a usted, ahórrese las molestias de buscarla. Si el diablo le pasara por una criba fina, no encontraría un alma.

—Vaya, Tom, se ha enfadado —dijo Haley—; ¿por qué no lo toma usted de buen grado, si hablo por su bien?

—Detenga esa mandíbula suya, pues dijo Tom, aris­co—. Puedo aguantar toda su charla menos la religiosa, ésa me da asco. Después de todo, ¿qué diferencia hay entre us­ted y yo? No es que usted se preocupe ni un átomo más, ni que tenga más sentimientos; es mezquindad pura y simple; quiere engañar al diablo para salvarse el pellejo; yo le veo el plumero. Y esta religión, como usted la llama, es demasiado para cualquier criatura creérselo. ¡Toda la vida acumulando una deuda con el diablo, para escabullirse a la hora de pagar! ¡Bah!

—Calma, caballeros, por favor; esto no son negocios —dijo Marks—. Saben ustedes que hay diferentes maneras de ver todas las cosas. El señor Haley es un hombre muy agradable, sin duda, y tiene su propia conciencia; y tú, Tom, también tienes tu propia manera de hacer, y muy bue­na, Tom; pero reñir, saben, no conduce a ninguna parte. Hablemos de negocios. Bien, señor Haley, ¿qué es lo que pretende? ¿Quiere que nos comprometamos a coger a esta muchacha?

—La muchacha no es asunto mío, ella es de Shelby; sólo el niño. ¡Qué tonto fui al comprar al diablillo!

—Suele ser tonto —dijo Tom, hosco.

Vamos, vamos, Loker —dijo Marks, mojándose los la­bios—. Mira, el señor Haley está a punto de ofrecemos un buen negocio, creo; espera un momento —estos preparati­vos son mi especialidad—. Esta muchacha, señor Haley, ¿cómo es?

—Está muy bien: blanca y guapa y bien educada. Yo le hu­biese dado a Shelby ochocientos o mil, y me hubiera sacado un buen pico.

—¡Blanca, guapa y bien educada! —dijo Marks con los agudos ojos, la nariz y la boca llenos de resolución—. Ya lo ves, Loker, empezamos bien. Haremos negocio por nuestra cuenta: nosotros los atraparemos; el niño, por supuesto, será para el señor Haley, y llevaremos a la muchacha a Nueva Or­leáns para venderla. ¿No es maravilloso?

Tom, que había estado con la boca abierta durante esta co­municación, la cerró de golpe, como un perro cierra la boca con un pedazo de carne dentro, y pareció digerir la idea des­pacio.

—Verá usted —dijo Marks a Haley, removiendo el pon­che al mismo tiempo—, verá usted, tenemos jueces en mu­chos puntos de la ribera, que hacen trabajitos de los que nos convienen a nosotros sin demasiados problemas. Tom se encarga de regatear y todo eso; después yo llego todo arreglado, las botas relucientes y todo de primera, a la hora del juramento. Tendría que ver —dijo Marks, enardecido de orgullo profesional— cómo doy el pego. Un día, soy el señor Twickenham de Nueva Orleáns; otro día, acabo de llegar de una plantación en el río Pearl, donde tengo sete­cientos negros trabajando para mí; otra vez, soy pariente le­jano de Henry Clay, o cualquier viejo importante de Ken­tucky. Las personas tenemos diferentes talentos. Por ejem­plo, Tom es estupendo cuando hay que golpear o pelear; pero, en cambio, no sirve para mentir; no lo hace con na­turalidad; pero, si hay un hombre en el país capaz de jurar cualquier cosa del mundo, añadiendo detalles y toques rea­listas con cara muy seria, que sea más convincente que yo, me gustaría verlo, ya lo creo. Estoy convencido de que con­seguiría mi propósito aunque los jueces fueran más cuida­dosos de lo que son. A veces hasta quisiera que fuesen más cuidadosos, pues sería más satisfactorio mi trabajo, más di­vertido, sabe usted.

Tom Loker, que, como hemos dado a entender, era un hombre lento de pensamientos y de movimientos, interrum­pió a Marks en este punto dejando caer pesadamente el puño sobre la mesa, haciendo tintinear las copas. —¡Ya bas­ta! —dijo.

—¡Dios te proteja, Tom! ¡No hace falta que rompas todos los vasos! —dijo Marks—. Guarda los puños para un mo­mento de necesidad.

—Pero, caballeros, ¿no me va a corresponder una parte de las ganancias? —preguntó Haley.

—¿No le basta que le cojamos al niño? —dijo Loker—. ¿Qué más quiere?

—Pero —dijo Haley— si les proporciono el trabajo, debe valer algo, quizás un diez por ciento de los beneficios, una vez pagados los gastos.

—Vaya —dijo Loker, con un grandísimo juramento, gol­peando la mesa con su pesado puño—, si no le conozco bien a usted, Dan Haley. ¡A mí no me va a engañar! ¿Se cree que Marks y yo nos dedicamos al negocio de atrapar negros sólo para hacer favores a señores como usted, sin sacar nada para nosotros? ¡Por nada del mundo! Nos quedaremos con la muchacha sin discusión, y usted se callará o nos quedare­mos con los dos... ¿qué nos lo impide? ¿No nos ha mostra­do usted el camino? Nosotros somos tan libres como usted para hacer lo que nos dé la gana. Si usted o Shelby nos quie­ren perseguir, busque donde estaban las perdices el año pasa­do; si las encuentra, ¡mejor para usted!

—Bueno, bueno, olvidémoslo —dijo Haley, alarmado—. Ustedes cojan al niño a cambio del trabajo; siempre me ha tratado con justicia, Tom, y ha cumplido su palabra.

—Ya lo sabe —dijo Tom—; no asumo ninguna de sus mo­jigaterías, pero llevo honradamente mis cuentas hasta con el mismísimo diablo. Lo que digo que haré, lo hago, y usted lo sabe, Dan Haley.

—Así es, así es, ya lo he dicho, Tom —dijo Haley—; y si promete tener al niño dentro de una semana en cualquier lu­gar que usted diga, eso es lo único que quiero.

—Pero no es todo lo que yo quiero, ni muchísimo menos —dijo Tom—. No por nada tuve tratos con usted en Nat­chez, Haley; he aprendido a aguantar a una anguila cuando la cojo. Tiene que soltar cincuenta dólares al contado, o pue­de olvidarse de ese niño. Yo lo conozco a usted.

—Pero, cuando tiene un trabajo que le puede proporcio­nar un beneficio limpio de mil o mil seiscientos dólares, Tom, eso es poco razonable —dijo Haley.

—Sí, pero tenemos trabajo contratado para las próximas seis semanas, más de lo que podemos hacer. Si lo dejamos todo para ir tras los muchachos suyos y no cogemos a la muchacha al final — y siempre es dificilísimo coger a las muchachas —, ¿en­tonces, qué? ¿Nos iba a pagar un centavo usted? Creo que lo imagino pagando, sí. No, no; al contado los cincuenta. Si con­seguimos el trabajo y es rentable, se los devolveré; si no, esto es por las molestias. Eso es justo, ¿verdad, Marks?

—Desde luego, desde luego —dijo Marks con tono conci­liatorio—; sólo es una provisión de fondos, ¿verdad? ¡ji, ji, ji! pues somos abogados, ¿eh? Bueno, tenemos que mantener el buen humor, estar tranquilos, ya sabe. Tom le tendrá al niño donde usted diga, ¿verdad, Tom?

—Si encontramos al pequeño, se lo llevaré a Cincinnati y lo dejaré en casa de la abuela Belcher, cerca del desembarca­dero —dijo Loker.

Marks había extraído del bolsillo una libreta grasienta y, sacando un papel alargado, se sentó y, fijando la vista en él, empezó a murmurar sobre su contenido: —Barnes... Conda­do de Shelby.. muchacho, Jim, trescientos dólares, vivo o muerto. Edwards, Dick y Lucy, marido y mujer... seiscientos dólares; Polly con dos hijos, seiscientos dólares por ella o su cabeza. Sólo repaso nuestros asuntos, para ver si podemos hacer este encargo sin problemas. Loker —dijo, tras una pau­sa—, debemos poner a Adams y Springer sobre la pista de és­tos; hace tiempo que nos contrataron.

—Cobrarán demasiado —dijo Tom.

—Yo me encargaré de eso; son nuevos en el negocio, y de­ben esperar cobrar poco —dijo Marks, mientras continuó le­yendo—. Estos tres son casos fáciles, pues lo único que hay que hacer es matarlos de un tiro o jurar que los has matado; claro que no pueden cobrar mucho por eso. Los otros casos —dijo, doblando el papel— pueden retrasarse un tiempo. Así que ahora vayamos con los detalles. Bien, señor Haley, ¿usted vio a esta muchacha cuando llegó a la orilla?

—Desde luego, tan claro como lo veo a usted.

—¿Y a un hombre que la ayudó a subir por el barranco? —preguntó Loker.

—Desde luego que sí.

—Lo más probable —dijo Marks— es que la hayan acogi­do en algún lugar; pero la cuestión es ¿dónde? ¿Qué opinas, Tom?

—Debemos cruzar el río esta noche, sin duda —dijo Tom.

—Pero no hay ninguna barca —dijo Marks—. El hielo se mueve mucho, Tom, ¿no es peligroso?

—No sé nada de eso, sólo que hay que hacerlo —dijo Tom con decisión.

—Vaya por Dios —dijo Marks, inquieto—, pues, yo creo —dijo, acercándose a la ventana— que está tan oscuro como boca de lobo y, Tom...

—Resumiendo, que tienes miedo, Marks, pero no puedo remediar eso; tienes que ir. Supongo que quieres esperar un día o dos antes de emprender el camino, hasta que a la mu­chacha la hayan llevado clandestinamente a Sandusky.

—Yo no tengo nada de miedo —dijo Marks—, es sólo...

—¿Sólo qué? —preguntó Tom.

—Pues la cuestión de la barca. Ya ves que no hay ninguna barca.

—He oído decir a la mujer que venía una esta noche y que iba a cruzar un hombre en ella. Por peligroso que sea, debe­mos ir con él.

—Supongo que tienen buenos perros —dijo Haley.

—De primera —dijo Marks—. ¿Pero de qué sirven? No tiene usted nada de ella para darles a oler.

—Sí, tengo —dijo Haley, ufano——. Aquí está el chal que dejó en la cama por las prisas; también dejó el sombrero. —¡Qué suerte! —dijo Loker—; tráigalos aquí.

—Pero los perros podrían dañar a la muchacha, si la en­cuentran de sopetón —dijo Haley.

—Es una posibilidad —dijo Marks—. Nuestros perros medio destrozaron a un tipo una vez, allá en Mobile, antes de que pudiéramos apartarlos.

—Pues en el caso de éstos que se venden por su aspecto, no es solución, ¿no creen? —dijo Haley.

—Sí, creo —dijo Marks—. Además, si la han acogido, tampoco es solución. Los perros no sirven en los estados donde protegen a esas criaturas, porque no puedes encontrar la pista. Sólo sirven en las plantaciones, donde los negros, cuando corren, corren por sí solos, sin que nadie les ayude.

—Bien —dijo Loker, que había salido al bar para hacer in­dagaciones—, dicen que ha venido el hombre con la barca; así, pues, Marks...

Este gran personaje echó una mirada desconsolada al confor­table aposento que tenía que abandonar, pero se levantó despa­cio para obedecer. Después de intercambiar unas palabras más sobre los planes, Haley, de muy mala gana, dio a Tom los cin­cuenta dólares y se despidieron los tres prohombres.

Si alguno de nuestros lectores refinados y cristianos se mo­lestan por la sociedad en la que esta escena les introduce, les rogamos que hagan un esfuerzo por vencer sus prejuicios. El negocio de cazar negros, nos atrevemos a recordarles, está en vías de convertirse en una profesión legal y patriótica. Si toda la tierra que va de Misisipí al Pacífico deviene un gran mer­cado de cuerpos y almas y la propiedad humana refrena las tendencias progresistas del siglo xix, puede que el tratante y el cazador aún se conviertan en parte de nuestra aristocracia.

Mientras transcurría esta escena en la taberna, Sam y Andy iban camino de su casa en un estado de felicidad extrema.

Sam estaba de muy buen humor y expresaba su júbilo me­diante toda suerte de aullidos y exclamaciones sobrenatura­les, y varios extraños movimientos y contorsiones del cuerpo entero. A veces se sentaba al revés, con la cara vuelta hacia la cola del caballo y, con un hurra y una voltereta, se volvía a colocar del derecho y, poniendo una cara muy seria, se ponía a sermonear a Andy con un tono altisonante por reírse y ha­cer el tonto. Luego, golpeándose los costados con los brazos, rompía a reír con unas carcajadas que resonaban en los bos­ques a su paso. Con todas estas maniobras, consiguió mante­ner los caballos a la máxima velocidad hasta que, entre las diez y las once, chacolotearon sus pasos en la gravilla del ex­tremo del balcón. La señora Shelby acudió veloz a la baran­dilla.

—¿Eres tú, Sam? ¿Dónde están?

—El señor Haley está descansando en la taberna; está muy fatigado, ama.

—¿Y Eliza, Sam?

—Ella está al otro lado del Jordán. Como si dijéramos, en la tierra de Canaán.

—Oh, Sam, ¿qué quieres decir? —preguntó la señora Shelby, sin aliento y casi desmayada al darse cuenta del posi­ble significado de estas palabras.

—Bueno, ama, el Señor cuida de los suyos. Lizy ha cruza­do el río hasta Ohio, de manera tan espectacular como si el Señor la hubiese transportado en un carro de fuego con dos caballos.

La vena beata de Sam siempre se agudizaba sobremanera en presencia de su ama, y se servía liberalmente de figuras e imágenes de las Sagradas Escrituras.

—Sube aquí, Sam —dijo el señor Shelby, que había segui­do a su esposa al porche—, y cuéntale a tu ama lo que desea saber. Anda, anda, Emily —dijo, rodeándola con el brazo—, tienes frío y estás temblando; te dejas impresionar demasiado.

—¡Impresionar demasiado! ¿Acaso no soy mujer y madre? ¿No somos responsables los dos ante Dios de esta pobre mu­chacha? ¡Dios mío! No nos adjudiques este pecado.

—¿Qué pecado, Emily? Tú misma debes ver que sólo he­mos hecho lo que nos hemos visto obligados a hacer.

—Tengo una terrible sensación de culpa, que, sin embar­go —dijo la señora Shelby—, la razón no logra desvanecer.

—¡Vamos, Andy, negro, espabílate! —gritó Sam desde de­bajo del porche—, lleva los caballos al establo; ¿no oyes cómo llama el amo? y enseguida se presentó Sam con la hoja de palmera en la mano en la puerta del salón.

—Ahora, Sam, cuéntanos exactamente lo que ha pasado —dijo el señor Shelby—. ¿Dónde se encuentra Eliza, si es que lo sabes?

—Bien, señor, la vi con mis propios ojos cruzar sobre el hielo flotante. Cruzó de forma extraordinaria; fue nada me­nos que un milagro; y vi cómo la ayudó un hombre a subir­se por el barranco de la parte de Ohio, y se perdió en la os­curidad.

—Sam, creo que es algo imaginado este milagro. No es tan fácil cruzar sobre el hielo flotante —dijo el señor Shelby.

—¡Fácil! Nadie lo hubiera podido hacer sin la ayuda del Señor. Pero —dijo Sam— fue así exactamente. Haley y yo y Andy nos acercamos a una pequeña taberna junto al río, y yo iba un poco adelantado (estaba tan ansioso por coger a Lizy que no me podía refrenar por nada) y cuando llego a la ven­tana de la taberna, allí estaba ella a la vista de todo el mundo y ellos estaban justo detrás de mí. Entonces, pierdo el som­brero y armo bastante escándalo como para despertar a los muertos. Claro que me oye Lizy y se echa hacia atrás cuando pasa el señor Haley por la puerta; y después, le digo, salió por la puerta lateral; se fue a la orilla del río; el señor Haley la vio y gritó y él y yo y Andy fuimos detrás de ella. Se acer­có al río y la corriente se extendía hasta diez pies de la orilla y al otro lado el hielo se sacudía y zarandeaba, como si fuera un gran islote. Nosotros nos acercamos y yo creía que ya la tenía, cuando soltó un alarido como nunca he oído antes y allí estaba, al otro lado del agua, sobre el hielo, y entonces si­guió chillando y saltando, ¡el hielo crepitaba y crujía y rechi­naba y ella saltaba como un gamo! Señor, los saltos que es capaz de dar esa muchacha no son una cosa normal, me pa­rece a mí.

La señora Shelby se quedó sentada inmóvil y pálida de emoción mientras Sam contaba su historia.

—¡Bendito sea Dios, no está muerta! elijo—, pero ¿dón­de está la pobre criatura ahora?

—El Señor proveerá —dijo Sam, haciendo girar los ojos de manera pía—. Como iba diciendo, esto ha sido la provi­dencia, ya lo creo, tal como siempre nos lo ha explicado el ama. Siempre hay instrumentos que se ponen a cumplir la voluntad de Dios. Pues hoy, si no llega a ser por mí, la hu­bieran apresado una docena de veces. Porque ¿no he sido yo quien ha vuelto locos a los caballos esta mañana, y quien los ha tenido correteando hasta la hora de comer? ¿Y no he llevado al señor Haley a cinco millas de la carre­tera buena esta tarde? que, si no, hubiese cogido a Lizy tan rápido como un perro coge un mapache. Todas estas cosas son providencias.

—Tendrás que usar poco este tipo de providencias, señori­to Sam. No permitiré que se utilicen estas estratagemas con ningún caballero en mi casa —dijo el señor Shelby, todo lo serio que pudo ponerse, dadas las circunstancias.

Es tan inútil hacer creer a un negro que uno está enfadado como a un niño; ambos ven instintivamente la verdad del caso, a pesar de todos los esfuerzos por mostrarles lo contra­rio; por lo tanto, a Sam no le descorazonó en absoluto esta reprimenda, aunque adoptó un aire de lastimosa gravedad y se quedó con una expresión compungida de penitencia.

—El amo tiene razón, ya lo creo; ha sido feo por mi par­te, no hay duda: y, por supuesto, el amo y el ama no alenta­rían tales prácticas. Soy consciente de eso; pero un pobre ne­gro como yo se siente muy tentado a comportarse de forma fea a veces, cuando la gente arma tanto escándalo como aquel señor Haley; él no es un caballero, de todas formas: una persona que ha sido criada como yo lo he sido no pue­de menos que ver eso.

—Bien, Sam —dijo la señora Shelby—, ya que pareces te­ner una idea adecuada de tus propios errores, puedes ir a de­cirle a la tía Chloe que te prepare un poco del jamón frío que ha sobrado de la comida de hoy. Tú y Andy debéis de tener hambre.

—La señora es demasiado buena con nosotros —dijo Sam, y, haciendo una rápida reverencia, se marchó.

Se podrá percibir, como antes hemos dado a entender, que el señorito Sam tenía un talento natural que, indudable­mente, le hubiera podido elevar a una posición de eminen­cia en la vida política: un talento para capitalizar todo lo que ocurre e invertirlo en acciones que redundaran en su propio beneficio y gloria; así que, después de hacer alarde de piedad y humildad ante los del salón, se plantó la hoja de palmera en lo alto de la cabeza con aire gallardo y despreocupado y se encaminó a los dominios de la tía Chloe, con la intención de vanagloriarse abundantemente en la cocina.

«Pronunciaré un discurso para estos negros», dijo Sam para sí, «ahora que tengo la oportunidad. ¡Señor, les arenga­ré hasta que se queden patidifusos!».

Debe observarse que uno de los mayores placeres de Sam había sido acompañar a su amo en todo tipo de reuniones políticas, donde, sentado en alguna valla o encaramado a al­gún árbol, solía quedarse viendo a los oradores con el mayor regocijo para reunirse después con los hermanos de su pro­pio color, congregados por el mismo motivo que él, y delei­tarles con las parodias e imitaciones más ridículas, realizadas con la solemnidad y pompa más imperturbables; y, aunque los oyentes más cercanos a él solían ser de su mismo color, no era raro que hubiese un gran número de personas más cla­ras de tez que escuchaban, se reían y disfrutaban, por lo que Sam se felicitaba sobremanera. De hecho, Sam consideraba que la oratoria era su vocación y nunca dejaba pasar una oportunidad para mejorar su ejecución.

Pues bien, entre Sam y la tía Chloe había habido, desde antiguo, una especie de lucha encarnizada o más bien una frialdad acusada; pero como ahora Sam estaba interesado en cuestiones de aprovisionamiento como base necesaria y pa­tente de sus operaciones, decidió que en esta ocasión se com­portaría de forma especialmente conciliatoria; pues sabía que, aunque sin duda se cumplirían al pie de la letra las «ins­trucciones del ama», ganaría mucho si además se hacía con la simpatía de todos. Por lo tanto, apareció ante la tía Chloe con una expresión conmovedoramente alicaída y resignada, como alguien que ha padecido fatigas inconmensurables en nombre de un semejante perseguido, se dilató explicando que el ama le había mandado acudir a la tía Chloe para que le repusiera lo que fuera menester para compensar la pérdida de sólidos y líquidos de su organismo, y así reconocía inequí­vocamente su derecho y su supremacía en la cocina y todo lo referente a ella.

Funcionó a la perfección. Ningún ser pobre, sencillo y vir­tuoso fue engatusado nunca por las atenciones de un políti­co en plena campaña electoral más fácilmente que la tía Chloe fue embaucada por la afabilidad del señorito Sam; y si hubiera sido el mismísimo hijo pródigo, no lo hubiesen col­mado de más munificencia maternal; y pronto se encontra­ba sentado, feliz y glorioso, delante de una gran cazuela que contenía una especie de olla podrida con todo lo que se ha­bía servido en la mesa durante los últimos dos o tres días. Sa­brosos bocados de jamón, dados dorados de torta, fragmen­tos de pastel de cada forma geométrica imaginable, alones, mollejas y muslos de pollo: todo aparecía en una mezcla pin­toresca; y Sam, monarca de todo lo que veía, con la hoja de palmera alegremente ladeada, mirando condescendiente a Andy, sentado a su derecha.

La cocina estaba repleta de compadres suyos que habían llegado corriendo de las diferentes cabañas y se habían apre­tujado para enterarse del final de las proezas del día. Había llegado la hora de gloria para Sam. Se ensayó la historia del día con toda suerte de adornos y barnices que pudieran real­zar su envergadura; pues Sam, como algunos de nuestros di­letantes de moda, jamás permitía que una historia perdiese brillo al pasar por sus manos. La narración arrancaba grandes carcajadas, que eran retomadas y prolongadas por los más menudos, que yacían, en gran número, en el suelo y se posa­ban en cada rincón. En el apogeo del alboroto y las risas, sin embargo, Sam se mantuvo inmutable y serio y sólo hacía gi­rar los ojos de cuando en cuando y echaba diversas miradas burlonas a su público, sin abandonar la altura ampulosa de su discurso.

—¿Veis, compatriotas —dijo Sam, alzando enérgicamente un muslo de pavo—, veis lo que hace este negro para defen­deros a todos, sí, a todos vosotros? Porque el que intenta co­ger a uno de nosotros es como si intentara cogernos a todos, es el mismo principio, eso está claro. Y cualquiera de estos negreros que vienen olisqueando por aquí, se las tendrá que ver conmigo, yo soy con el que tiene que tratar; es a mí a quien tenéis que acudir, hermanos; yo defenderé vuestros de­rechos, ¡los defenderé con mi último aliento!

—Pero, Sam, me has dicho esta misma mañana que ibas a ayudar a este señor Haley a coger a Lizy; me parece a mí que lo que dices no cuadra —dijo Andy.

—Te digo ahora, Andy—dijo Sam, con tremenda superio­ridad—, que no hables de lo que no entiendes; los chicos como tú, Andy, tenéis buenas intenciones, pero no se puede esperar que colusitéis los grandes principios de acción.

Andy puso cara de increpado, especialmente por la difici­lísima palabra «colusitar», que, para la mayoría de los miem­bros juveniles de la compañía, pareció dar punto final al ar­gumento, mientras que Sam prosiguió.

—Eso era conciencia, Andy; cuando pensé en ir tras Lizy, creía realmente que lo quería el amo. Cuando me di cuenta de que el ama quería lo contrario, era más conciencia toda­vía, pues siempre se saca más quedándose de parte de las se­ñoras, así que ya ves que soy persistente de cualquier forma y sigo la conciencia y me adhiero a los principios. Sí, princi­pios —dijo Sam, agitando entusiasta un cuello de pollo—, ¿para qué sirven los principios si no somos persistentes? Quiero saberlo. Toma, Andy, puedes tomarte este hueso; queda algo de carne.

Ya que el público de Sam estaba pendiente de sus pala­bras, no tuvo más remedio que seguir.

—Este asunto de la persistencia, compañeros negros —dijo Sam, con aspecto de tocar un tema incomprensible—, la per­sistencia es una cosa que casi nadie ve clara. Pues, veréis, cuando un tipo defiende algo un día y lo contrario al día si­guiente, la gente dice (y con razón) que no es persistente —acércame ese pedazo de torta, Andy—. Pero examinémos­lo de cerca. Espero que los caballeros y el sexo bello me per­donen por utilizar una comparación algo vulgar. ¡Bien! Pues quiero subir a lo alto de un pajar. Bien, pongo mi escalera en un lado, pero no funciona; entonces, porque ya no lo intento más ahí, sino que apoyo la escalera en el lado contrario, ¿no soy persistente? Sí que soy persistente al querer subir al pajar por el lado donde esté mi escalera; ¿no lo entendéis todos?

—Es para lo único que has sido persistente, bien lo sabe el Señor —murmuró la tía Chloe, que empezaba a estar algo nerviosa; pues la diversión de la noche le parecía algo así como lo que llaman las sagradas escrituras: «vinagre después de sal».

—Desde luego que sí —dijo Sam, levantándose repleto de cena y gloria, para la perorata final—. Sí, camaradas y damas del sexo contrario en general, tengo principios, y estoy orgu­lloso de tenerlos; pues son necesarios en esta época y en to­das las épocas. Tengo principios y me adhiero a ellos muy fuerte, sigo cualquier cosa que me parece un principio; no me importaría que me quemaran vivo; me acercaría a la ho­guera y diría: «aquí estoy para derramar mi sangre por mis principios, por mi patria, por los intereses de la sociedad en general».

—Bueno —dijo la tía Chloe—, uno de tus principios ten­drá que ser acostarte a alguna hora de la noche y no tener a todo el mundo levantado hasta el amanecer; vamos, todos los pequeños que no queráis cobrar, más vale que os esfu­méis deprisa.

—Negros todos —dijo Sam, moviendo la hoja de palme­ra con benignidad—, os doy mi bendición; idos a la cama, ahora, como buenos muchachos.

Y, con esta patética bendición, se dispersó la reunión.

CAPÍTULO IX. EN EL QUE PARECE QUE EL SENADOR ES SOLO HUMANO

La luz de un fuego alegre iluminaba la alfombra de una sala acogedora y refulgía en las tazas de té y la tetera bruñida mientras el senador Bird se quitaba las botas para introducir los pies en un hermoso par de zapatillas nue­vas, que le había hecho su esposa cuando él se encontraba ausente en circuito senatorial. La señora Bird, que tenía as­pecto de estar encantadísima, supervisaba los preparativos de la mesa y dirigía comentarios exhortativos de vez en cuando a unos cuantos jovencitos juguetones que se entregaban a to­das aquellas modalidades de inenarrables cabriolas y travesuras que han consternado a las madres desde el diluvio universal.

—¡Tom, sé bueno y deja en paz el picaporte! ¡Mary, Mary, no tires de la cola del gato, pobre minino! ¡Jim, no debes su­birte a esa mesa, no, no! No sabes, querido, qué sorpresa nos has dado presentándote aquí esta noche —dijo por fin, cuan­do encontró un hueco para dirigirse a su marido.

—Sí, sí, se me ocurrió hacer una escapadita para pasar la noche y disfrutar de la comodidad del hogar. ¡Estoy muerto de cansancio y me duele la cabeza!

La señora Bird miró una botella de alcanfor que se veía tras la puerta entornada del armario y parecía meditar la posibilidad de acercarse a ella, pero se interpuso su buen esposo.

—¡No, no, Mary, nada de medicinas! Una taza de tu buen té casero y un poco de vida familiar es lo único que quiero. ¡Legislar es una ocupación cansada!

Y sonrió el senador como si le hiciera gracia la idea de sa­crificarse en bien de su país.

—Bien —dijo su esposa, una vez hubo amainado un poco la actividad de la mesa—, ¿qué habéis estado haciendo en el Senado?

Era una cosa bien rara que la bondadosa señora Bird se ca­lentase la cabeza sobre qué ocurría en la casa del estado, ya que consideraba, muy sensatamente, que tenía bastante con los asuntos de la suya propia. Por lo tanto, el señor Bird, sor­prendido, abrió mucho los ojos y dijo:

—Nada de gran importancia.

—Bien; pero ¿es verdad que han aprobado una ley prohi­biendo a la gente dar de comer y beber a las pobres personas de color? He oído decir que pensaban hacer una ley así, ¡pero no creí que ninguna legislatura cristiana fuera a apro­barla!

—¡Vaya, Mary, te estás convirtiendo en político de re­pente!

—¡Tonterías! Me importa un comino toda tu política en general, pero esto me parece una cosa muy cruel y poco cris­tiana. Espero, querido, que no se haya aprobado semejante ley.

—Sí, se ha aprobado una ley prohibiendo ayudar a los es­clavos que vienen aquí desde Kentucky, querida; esos aboli­cionistas han armado tanto escándalo que han puesto muy nerviosos a nuestros amigos de Kentucky, y parece necesario, además de benévolo y cristiano, que nuestro estado haga algo para aplacar su nerviosismo.

—¿Y cómo es la ley? ¿No nos prohibirá cobijar por una noche a aquellas pobres criaturas o darles algo bueno de co­mer y un poco de ropa vieja antes de ponerlos tranquilamen­te en camino?

—Pues, sí, querida; eso sería ayudar y encubrir a un crimi­nal.

La señora Bird era una mujercita tímida y vergonzosa de unos cuatro pies de altura, con mansos ojos azules, un cutis de melocotón y la voz más dulce y suave del mundo; en cuanto a valor, era bien sabido que un pavo la podía asustar al primer graznido y que un simple perro casero la subyugaba nada más enseñarle los dientes. Su marido y sus hijos eran todo su mundo, y reinaba sobre ellos más con súplicas y persuasión que mandando o riñendo. Sólo una cosa era capaz de excitarla y era una provocación contra su naturale­za inusitadamente dócil y compasiva: cualquier cosa que se aproximaba a la crueldad le despertaba un apasionamiento aún más alarmante e inexplicable por la suavidad habitual de su carácter. Aunque generalmente era la madre más com­placiente y fácil de convencer del mundo, sus hijos recorda­ban con respeto un castigo ejemplar que les había impuesto una vez porque los encontró conchabados con varios niños desvergonzados del vecindario tirando piedras a un gatito indefenso.

—¿Sabes qué? —solía contar el señorito Bill—, estaba asustado en esa ocasión. Madre vino hacia mí de tal forma que la creí loca, y me zurró y mandó a la cama sin cenar an­tes de que pudiera saber qué había pasado; y después la oí llorar en mi puerta, lo que me hizo sentir peor que lo demás. ¿Sabes qué? —decía— ¡nosotros no volvimos a tirar piedras a un gato jamás!

En esta ocasión, se levantó rápidamente la señora Bird con las mejillas encendidas, cosa que mejoró considerablemente su aspecto general, se acercó a su marido con aire resuelto y le dijo con tono decidido:

—Bien, John, quiero saber si tú crees que semejante ley es correcta y cristiana.

—No me matarás si digo que sí, ¿verdad?

—Nunca lo hubiera creído de ti, John; ¿no lo habrás vota­do tú?

Así es, mi bello político.

—¡Vergüenza debería darte, John! ¡Pobres criaturas sin ho­gar! Es una ley malvada, ultrajante y abominable y yo, por mi parte, la quebrantaré a la primera oportunidad que tenga; y ¡espero tener oportunidad, de veras que lo espero! ¿Adón­de irán a parar las cosas si una mujer no puede ofrecer una cena caliente y una cama a unas pobres criaturas hambrien­tas por el mero hecho de ser esclavos, y que hayan abusado de ellos y los hayan oprimido toda su vida? ¡Pobres!

—Pero, Mary, escúchame. Tus sentimientos son buenos, querida, e interesantes, y yo te quiero por tenerlos; pero, que­rida, no debemos dejar que nuestros sentimientos dominen nuestro juicio; debes considerar que son sentimientos priva­dos y aquí se trata de intereses públicos; existe tal estado de agitación pública, que debemos relegar nuestros sentimien­tos privados.

—Bien, John, no sé nada de política pero sé leer la Biblia, y en ella leo que debo dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y consolar al desesperado; y ¡pienso seguir la Biblia!

—Pero en los casos en los que obrar así puede suponer un mal público...

—Obedecer a Dios jamás acarrea un mal público. Sé que no es posible. Siempre es lo más seguro, en conjunto, hacer lo que El nos manda.

—Escúchame ahora, Mary, y te expondré un razonamien­to muy claro para demostrarte...

—¡Tonterías, John! Puedes hablar toda la noche y no po­drás demostrarlo. Yo te pregunto, John, ¿tú echarías de tu puerta a una pobre criatura temblorosa y hambrienta por ser un fugitivo? ¿Lo harías?

Si hemos de decir la verdad, nuestro senador tenía la des­gracia de ser un hombre con una naturaleza especialmente humanitaria y accesible y nunca había sido su fuerte echar a alguien que tuviese problemas; y lo peor para él en este mo­mento de la discusión era que su mujer lo sabía y por supues­to dirigía su asalto a un punto indefendible. Por lo tanto él recurrió al medio habitual y común de ganar tiempo en tales casos: dijo «ejem» y tosió varias veces, sacó el pañuelo y se puso a limpiar las gafas. A la señora Bird, cuando vio la con­dición indefensa del territorio del enemigo, su conciencia no le impidió aprovecharse de su ventaja.

—¡Me gustaría verte hacerlo, John, de verdad que sí! Echar a una mujer de casa durante una nevasca, por ejem­plo; o quizás preferirías meterla en la cárcel, ¿no? ¡Sí que servirías para eso!

—Desde luego, sería una obligación muy penosa —co­menzó a decir el señor Bird con tono moderado. —¡Obligación, John, no utilices esa palabra! ¡Sabes que no es una obligación, que no puede serlo! Si la gente no quiere que se escapen los esclavos, que los traten bien: esa es mi doctrina. Si yo tuviera esclavos (y espero no tenerlos nun­ca), correría el riesgo de que quisieran escaparse de mí o de ti, John. Te digo que las personas no se escapan cuando son felices; y cuando se fugan, pobres criaturas, ya padecen bas­tante con el frío y el hambre y el miedo, sin que todo el mundo se vuelva contra ellos; así que, con ley o sin ley, yo no lo haré nunca, ¡lo juro por Dios!

—Mary, Mary, deja que razone contigo.

—Odio el razonamiento, John — especialmente en temas de este estilo —. Vosotros los políticos tenéis una forma de darle la vuelta a una cosa sencilla; y no lo creéis ni vosotros mismos a la hora de ponerlo en práctica; tú no serías más ca­paz que yo de hacerlo.

En este punto crítico, el viejo Cudjoe, el factótum negro, se asomó a la puerta y pidió que la señora se acercase a la co­cina; nuestro senador, bastante aliviado, miró a su mujer con una mezcla caprichosa de diversión y fastidio y se sentó en el sillón y empezó a leer los periódicos.

Un momento más tarde se oyó la voz de su mujer en la puerta, diciendo con un tono vivo y urgente: John, John, quiero que vengas aquí un momento.

Este dejó el periódico y se dirigió a la cocina, donde lo so­bresaltó lo que apareció ante sus ojos: una mujer joven y es­belta, aterida de frío, con la ropa rota y un zapato de menos, dejando ver un pie sin media herido y sangrante, yacía in­consciente entre dos sillas. Su rostro tenía la estampa de la odiada raza, pero nadie quedaría indiferente ante su belleza triste y patética, y su pétrea delgadez, su aspecto frío, inmó­vil y cadavérico hicieron estremecer al senador. Aguantó la respiración y se quedó quieto. Su esposa y su única criada ne­gra, la vieja tía Dinah, estaban ocupadas en hacerla volver en sí, mientras que el viejo Cudjoe tenía al muchacho sobre el regazo y le estaba quitando los zapatos y los calcetines y fro­tándole los piececitos helados.

—¡No me digan que no es digna de ver! —dijo, compasi­va, la vieja Dinah—; parece ser que el calor ha hecho que se desmayara. Tenía un aspecto razonable cuando ha entrado a preguntar si podía calentarse un rato aquí; y mientras yo le preguntaba de dónde venía, se ha desplomado. Creo que nunca ha hecho trabajos duros, a juzgar por el aspecto de sus manos.

—¡Pobrecita! —dijo la señora Bird compasivamente, y en ese momento la mujer abrió lentamente los ojos oscuros y grandes y la miró sin verla. De repente cruzó su rostro una expresión de sufrimiento y se levantó de un salto, preguntan­do—: ¡Oh! ¿Han cogido a mi Harry?

Al oír esto, el niño se levantó y corrió hacia ella con los brazos levantados. —¡Oh, está aquí, está aquí! —exclamó ella—. ¡Oh, señora! —dijo enloquecida a la señora Bird ­¡protéjanos, no permita usted que lo atrapen!

—Nadie les hará daño en esta casa, pobre mujer —dijo alentadora la señora Bird—. Está usted a salvo, no tema. —¡Que Dios la bendiga! —dijo la mujer, tapándose la cara entre sollozos; el pequeño, al verla llorar, intentó encaramar­se en su regazo.

Con los muchos y bondadosos cuidados femeninos que na­die dispensaba mejor que la señora Bird, la pobre mujer se cal­mó por fin. Le prepararon el sofá a modo de cama, cerca del fuego, y poco después quedó profundamente dormida, con el niño, que parecía estar igualmente agotado, durmiendo en sus brazos, porque la madre resistió los intentos bien intenciona­dos de apartárselo e, incluso dormida, lo tenía cogido con un férreo abrazo como para evitar que le burlasen la vigilancia.

El señor y la señora Bird habían vuelto al salón, donde, por extraño que parezca, no se hizo ninguna referencia por parte de ninguno de los dos a la conversación anterior, sino que la señora Bird se entregó a su labor de calceta y el señor Bird fingió leer el periódico.

—Me pregunto quién será —dijo el señor Bird por fin, sol­tando el periódico.

—Cuando se despierte después de descansar un poco, nos lo dirá —dijo la señora Bird.

—¡Oye, esposa! —dijo el señor Bird después de contem­plar en silencio el periódico.

—¿Sí, querido?

—Supongo que no le vendría alguno de tus vestidos, ni sa­cando la orilla, ¿verdad? Parece bastante más grande que tú.

Se dibujó una sonrisa apenas perceptible en los labios de la señora Bird al contestar: «Ya veremos.»

Otra pausa, y el señor Bird empezó de nuevo: —¡Oye, es­posa!

—¿Qué quieres?

—¿Sabes? Esa vieja capa de fustán que sólo usas para ta­parme cuando duermo la siesta después de comer, podrías dársela, pues necesita ropa.

En ese momento se asomó Dinah para decir que la mujer estaba despierta y quería ver a la señora.

Los señores Bird se fueron a la cocina, seguidos por los dos hijos mayores, porque a esa hora la más pequeña ya ha­bía sido depositada sana y salva en la cama.

La mujer estaba incorporada en el sofá junto a la chimenea. Miraba fijamente las llamas con una expresión sosegada y des­corazonada, muy diferente de la agitación enloquecida de antes.

—¿Me ha llamado? —preguntó la señora Bird con tono suave—. Espero que se encuentre usted mejor ahora, pobre mujer.

La única respuesta fue un suspiro largo y tembloroso; pero alzó los oscuros ojos y los fijó en ella con una expresión tan desvalida y suplicante que a la pequeña dama le saltaron las lágrimas.

—No debe usted temer nada; aquí somos sus amigos, po­bre mujer. Dígame de dónde viene y qué quiere —dijo. —He venido de Kentucky —dijo la mujer.

—¿Cuándo? preguntó el señor Bird, haciéndose cargo del interrogatorio.

—Esta noche.

—¿Cómo ha venido?

—Cruzando sobre el hielo.

—¡Cruzando sobre el hielo! —dijeron todos los presentes.

—Sí —dijo la mujer lentamente—. Lo he hecho. Con la ayuda de Dios, he cruzado por el hielo, porque me perse­guían, me pisaban los talones, y no había otro remedio.

—¡Diablos, señorita! —dijo Cudjoe— el hielo está todo roto y se balancea y tambalea en el agua.

—¡Lo sé, lo sé! —dijo ella frenética—, ¡pero lo he hecho! Nunca me hubiera creído capaz; no pensaba poder conse­guirlo, pero no me importaba. Sólo hubiera muerto si no lo conseguía. El Señor me ayudó; nadie sabe lo que puede ayu­dar el Señor hasta que lo intenta —dijo la mujer con los ojos llameantes.

—¿Era usted esclava? —preguntó el señor Bird.

—Sí, señor; pertenecía a un hombre de Kentucky.

—¿La trataba mal?

—No, señor; era buen amo.

—¿Y su ama la trataba mal?

—No, señor; mi ama siempre ha sido buena conmigo.

—¿Qué la ha impulsado a dejar una buena casa, entonces, y fugarse, para pasar todos estos peligros?

La mujer dirigió a la señora Bird una mirada aguda y escru­tadora, y no se le escapó que vestía de luto.

—Señora —le dijo de repente— ¿ha perdido usted a un hijo?

La pregunta era inesperada, y cayó sobre una herida abier­ta, pues hacía sólo un mes que habían enterrado a un hijo queridísimo de la casa.

El señor Bird se volvió y se acercó a la ventana, y la seño­ra Bird rompió a llorar; luego, recobrando el habla, dijo:

—¿Por qué lo pregunta? He perdido a un pequeño.

—Entonces puede comprenderme. Yo he perdido a dos, uno tras otro, y los he dejado allí enterrados al marcharme; sólo me quedaba éste. Nunca me dormía sin tenerlo cerca; era todo lo que tenía. Era mi consuelo y mi orgullo, día y no­che; y, señora, me lo iban a quitar, lo iban a vender, allá en el sur, señora. Iba a estar solo, un niño que nunca en la vida se ha separado de su madre. No podía soportarlo, señora. Sabía que yo no iba a servir para nada si lo vendían; así que, cuan­do me enteré de que habían firmado los papeles y que ya es­taba vendido, lo cogí y salí por la noche; y me dieron caza, el hombre que lo compró y algunos hombres de mi amo, y estaban justo detrás de mí, y los oí. Salté sobre el hielo; y cómo crucé no lo sé, pero cuando me di cuenta, había un hombre ayudándome a subir por el barranco.

La mujer no sollozó ni lloró. Estaba en un estado donde se secan las lágrimas; pero todos los que la acompañaban, cada uno a su estilo, daban muestras de sincera compasión.

Los dos chiquillos, después de hurgar desesperadamente en los bolsillos en busca de los pañuelos que las madres sa­ben que nunca se encuentran allí, se habían lanzado descon­solados a las faldas del vestido de su madre, donde solloza­ban y se limpiaban los ojos y narices a sus anchas. La señora Bird tenía la cara oculta tras el pañuelo. La vieja Dinah, el honrado rostro negro surcado por las lágrimas, exclamaba «¡Que el Señor tenga piedad de nosotros!» con el fervor de una reunión religiosa, mientras que el viejo Cudjoe, frotán­dose los ojos enérgicamente con los puños y haciendo una cantidad descomunal de muecas variopintas, le respondía en la misma clave, con gran fervor. Nuestro senador era un hombre de estado y por supuesto no se podía esperar que él llorase, como los demás mortales, por lo que dio la espalda a los reunidos y miró por la ventana y parecía estar muy ocu­pado en carraspear y limpiarse las gafas, sonándose la nariz de vez en cuando de una forma altamente sospechosa si hu­biera habido alguien en condiciones de observarlo de forma crítica.

—¿Por qué me ha dicho que tenía un amo bondadoso? —exclamó de repente, ahogando una especie de sollozo y volviéndose rápido a mirar a la mujer.

—Porque era un amo bondadoso, tengo que decirlo, y mi ama era bondadosa también, pero no pudieron remediarlo. Debían dinero, y de alguna forma los tenía en su poder un hombre al que se vieron obligados a complacer. Yo los escu­ché y oí al amo decírselo al ama, mientras ella rogaba y supli­caba en mi nombre, y él le dijo que no podía evitarlo y que los papeles ya estaban firmados, y entonces cogí al niño y me fui de casa y vine aquí. Sabía que era inútil intentar vivir si seguían adelante, porque este hijo es lo único que tengo.

—¿No tiene usted marido?

—Sí, pero pertenece a otro hombre. Su amo lo trata muy mal y casi nunca le deja ir a verme; se porta cada vez peor con él y ahora amenaza con venderlo en el sur; parece que no lo voy a ver más.

El tono sosegado con el que la mujer pronunció estas pa­labras podía hacer creer a un observador indiferente que era apática del todo; pero sus grandes ojos negros delataban una angustia profunda y arraigada que desmentía esta impresión.

—¿Y adónde piensa dirigirse, pobre mujer? —preguntó la señora Bud.

—Al Canadá, si por lo menos supiera dónde está. ¿Está muy lejos el Canadá? —preguntó, mirando la cara de la se­ñora Bird con un aire confiado y sencillo.

—¡Pobrecita! —dijo involuntaria la señora Bird.

—Está lejísimos, ¿no? —dijo la mujer con intensidad.

—Mucho más lejos de lo que usted cree, ¡pobre hija! —dijo la señora Bird—; pero intentaremos pensar qué po­demos hacer por usted. Bien, Dinah, prepárale una cama en tu propio cuarto junto a la cocina y yo pensaré en lo que podremos hacer por ella mañana. Mientras tanto, no tema, pobre mujer; confíe en Dios; Él la protegerá.

La señora Bird y su marido regresaron al salón. Ella se sen­tó en su pequeña mecedora ante el fuego, donde se balancea­ba. El señor Bird paseaba arriba y abajo por la habitación, mur­murando para sus adentros: «¡Vaya! ¡Caramba! ¡Mal asunto! ¡Difícil asunto!» Finalmente se acercó a su mujer y le dijo:

—Oye, esposa, tendrá que marcharse de aquí esta misma noche. Ese hombre le seguirá la pista mañana por la mañana a primera hora. Si se tratara sólo de la mujer, podría escon­derse aquí hasta que se acabe todo; pero al pequeño estoy se­guro de que ni un regimiento podría mantenerlo quieto. El los delatará asomando la cabeza por una puerta o ventana. ¡En buen apuro me encontraría yo si los cogieran aquí ahora precisamente! No, no; se tienen que marchar esta noche.

—¿Esta noche? ¿Cómo es posible? ¿Adónde?

—Bien, ya sé yo adónde —dijo el senador, poniéndose las botas con aire reflexivo; se detuvo con la pierna a medio cal­zar, se cogió la rodilla entre ambas manos y pareció sumirse en una profunda meditación.

—Es un asunto condenadamente difícil y feo —dijo, por fin, tirando de nuevo de las correas de la bota—, y ésa es la pura verdad. —Después de ponerse una bota, el senador se quedó sentado con la otra en la mano, escudriñando con atención el dibujo de la alfombra—. Pero hay que hacerlo, no veo otra solución, ¡maldita sea! —y se puso ansiosamen­te la otra bota y miró por la ventana.

Ahora bien, la señora Bird era una mujer discreta que en la vida había dicho: «¡Ya te lo dije!» y, en esta ocasión, aun­que era perfectamente consciente del derrotero que seguían los pensamientos de su marido, se abstuvo prudentemente de entrometerse, y se quedó sentada en silencio en su mece­dora con aspecto de querer enterarse de las intenciones de su señor y amo cuando éste tuviese a bien comunicárselas.

—Verás —dijo él—, mi antiguo cliente, Van Trompe, ha venido de Kentucky, ha liberado a todos sus esclavos y ha comprado una propiedad a siete millas río arriba en un lugar apartado donde no va nadie si no lo conoce, pues es un sitio difícil de encontrar. Allí estaría a salvo, pero lo peor del caso es que no hay nadie que pueda conducir un coche hasta allí excepto yo mismo.

—¿Por qué? Cudjoe es un excelente conductor.

—Sí, pero así es. Hay que cruzar dos veces el río, y la se­gunda vez es muy peligrosa si no se conoce el camino tan bien como yo lo conozco. Lo he cruzado cien veces a caba­llo y sé exactamente dónde pisar. Así que, ya ves, no hay otro remedio. Cudjoe debe preparar los caballos tan silenciosa­mente como pueda alrededor de las doce, y yo la llevaré; y después, para dar verosimilitud al asunto, él debe llevarme a mí a la siguiente taberna para que coja la diligencia a Colum­bus, que pasa a las tres o las cuatro, para que parezca que ése era el motivo de sacar el coche. Me pondré a trabajar a pri­mera hora de la mañana. Pero se me ocurre que me sentiré bastante mal allí, después de todo lo que ha ocurrido; pero, ¡maldita sea! no puedo evitarlo.

—Tu corazón funciona mejor que tu cabeza en este caso, John —dijo su mujer, posando su blanca mano sobre la suya—. ¿Hubiera podido amarte si no te conociera mejor que tú mismo? —y la pequeña dama tenía un aspecto tan bello, con los ojos brillantes de lágrimas, que el senador pensó que debía ser un tipo de lo más inteligente para con­seguir que lo admirase tan frenéticamente un ser tan boni­to; así que no le quedó más remedio que marcharse muy se­rio para dar instrucciones sobre el coche. Sin embargo, se detuvo un momento en la puerta y, volviendo a entrar, dijo vacilante:

—Mary, no sé qué opinas tú al respecto, pero hay un ca­jón lleno de cosas... del pequeño Henry... —y, con estas pa­labras, se volvió rápidamente, cerrando la puerta a sus es­paldas.

Su esposa abrió el pequeño dormitorio que estaba junto al suyo y colocó una vela encima de un escritorio que había allí; luego sacó una llave de un escondrijo y la insertó, pensativa, en la cerradura de un cajón y se quedó parada de repente, mientras que los dos muchachos que la habían seguido de cer­ca, como suelen hacerlo los niños, se quedaron contemplando a su madre con unas miradas silenciosas y significativas. Y tú, madre que lees esto, ¿nunca ha habido en tu casa un cajón o un armario que, al abrirlo, es cómo si abrieras de nuevo una pequeña tumba? Madre feliz eres, si no es así.

La señora Bird abrió lentamente el cajón. Había chaquetas de muchas formas y hechuras, pilas de delantales, hileras de medias; incluso un par de zapatitos, algo gastados en la pun­ta, se asomaban entre pliegues de papel. Había un caballo y un carro de juguete, una peonza, una pelota... recuerdos jun­tados entre muchas lágrimas y dolor de corazón. Se sentó al lado del cajón y, apoyando la cabeza en las manos, lloró has­ta que las lágrimas resbalaron desde sus dedos al cajón; en­tonces, levantando súbitamente la cabeza, comenzó con una prisa nerviosa a juntar las cosas más sencillas y más prácticas y colocarlas en un atado.

—Mamá —dijo uno de los niños, tocándole suavemente el brazo—, ¿vas a regalar esas cosas?

—Queridos niños —dijo ella seriamente en voz queda—, si nuestro querido Henry mira desde el cielo, estará encanta­do de que lo hagamos. No sería capaz de regalarlas a una per­sona cualquiera... a una persona feliz, pero las regalo a una madre más triste y desconsolada que yo, y espero que Dios la bendiga también.

Existen en este mundo algunas almas benditas, cuyas pe­nas se convierten en alegrías para los demás y cuyas esperan­zas terrenales, colocadas en la tumba con abundantes lágri­mas, son una semilla de la que brotan flores y bálsamos cu­rativos para los desolados y los afligidos. Se contaba entre ellas esta mujer delicada que está ahí sentada junto a la lámpara, derramando lágrimas mientras prepara los recuerdos de su hijo perdido para la nómada desterrada.

Después de un rato, la señora Bird abrió un armario y, sa­cando un par de vestidos sencillos y prácticos, se sentó a la mesa de labores armada con una aguja, unas tijeras y un de­dal e inició el proceso de «sacar»» que había recomendado su marido, y siguió ocupada en estos menesteres hasta que el viejo reloj del rincón dio las doce y oyó el traqueteo de las ruedas en la puerta.

—Mary —dijo su marido, entrando con el abrigo en la mano—, debes despertarla ahora; tenemos que marchamos.

La señora Bird se apresuró a poner los diversos objetos que había juntado en un pequeño y sencillo baúl, que cerró con llave y pidió a su marido que lo llevase al coche, después de lo cual fue a despertar a la mujer. Esta apareció poco des­pués en la puerta, vestida con una capa, un sombrero y un chal que habían pertenecido a su benefactora, y con su hijo en brazos. El señor Bird la acompañó apresuradamente al co­che y la señora Bird la siguió hasta los peldaños del mismo. Eliza se asomó y alargó la mano, una mano tan bella y deli­cada como la que la estrechó. Fijó sus grandes ojos negros lle­nos de gratitud en el rostro de la señora Bird y parecía a pun­to de decir algo. Se movieron sus labios, lo intentó una o dos veces, pero no salió ningún sonido; señaló hacia lo alto con una mirada inolvidable, se echó hacia atrás en el asiento y se cubrió la cara. Se cerró la puerta y se alejó el coche.

¡Qué situación para un senador patriota que había pasado toda la semana anterior espoleando la legislatura de su esta­do natal para que aprobara unas leyes más estrictas contra los esclavos fugados y los que les ayudaban a escapar!

¡A nuestro buen senador no le había hecho sombra en su estado natal ninguno de sus homólogos de Washington en el ejercicio de la clase de elocuencia que les ha granjeado el re­nombre inmortal! ¡Con qué majestuosidad se quedó sentado con las manos en los bolsillos burlándose de la debilidad sen­timental de los que anteponían el bienestar de unos cuantos fugitivos miserables a los importantes intereses del estado!

Estuvo tan fiero como un león y consiguió convencer no sólo a sí mismo, sino a todos los que le oyeron hablar; pero en ese momento su idea de lo que era un fugitivo no iba más allá de las letras de las que se componía la palabra; o, como mucho, la imagen vista en un periódico de un hombre por­tando un bastón y un atado con las palabras «Fugado de casa del subscriptor» al pie. La magia de presenciar la verdadera aflicción, el suplicante ojo humano, la débil y temblorosa mano humana, la desesperada petición de ayuda: todo eso no lo había experimentado jamás. Nunca se le había ocurri­do pensar que el fugitivo podía ser una madre desafortuna­da, un niño indefenso, como el que ahora llevaba puesta la gorra d e su hijo muerto, tan familiar para él. Así, ya que el pobre senador no estaba hecho de acero ni de piedra sino que era un hombre y, además, un hombre bastante noble de corazón, como todo el mundo puede ver, se sintió bastante incómodo con su patriotismo. Y no hace falta que os burléis de él, hermanos de los estados sureños, pues tenemos la idea de que muchos de vosotros, en un caso similar, no lo hubie­rais hecho mucho mejor. Tenemos razones para creer que, tanto en Kentucky como en Misisipí, viven personas de cora­zón noble y generoso, que nunca han oído en vano una his­toria de sufrimientos. Buen hermano, ¿es justo que esperes de nosotros servicios que tu mismo corazón noble y valien­te no te permitiría prestar si estuvieras en nuestro lugar?

Sea como fuere, si nuestro buen senador pecó en lo políti­co, estaba haciendo méritos para expiar su pecado con su pe­nitencia nocturna. Había habido una larga temporada de llu­vias y la tierra fértil y blanda de Ohio, como todo el mundo sabe, se presta fácilmente a la manufactura del fango, y el ca­mino había sido una antigua vía férrea de ese estado.

—Díganme, ¿qué tipo de carretera es esa? —preguntan los viajeros del este, acostumbrados a asociar las vías férreas sola­mente con la suavidad o la velocidad.

Quiero que sepas, entonces, inocente amigo del este, que en las regiones salvajes del oeste, donde el barro alcanza pro­fundidades sublimes e incalculables, las carreteras se fabrican con troncos redondos y bastos, colocados transversalmente uno al lado de otro, y cubiertos en el primer momento con tierra, turba y todo lo que se encuentra a mano, y a eso los nativos embelesados le llaman carretera y se disponen en el acto a circular por encima. Con el paso del tiempo, las llu­vias se llevan toda la turba y la tierra y zarandean los troncos hasta dejarlos colocados de forma pintoresca, con toda clase de huecos y surcos de barro negro entremedias.

Así era la carretera por la que iba tambaleándose el sena­dor, haciendo reflexiones morales tan constantemente como lo permitían las circunstancias. El coche iba más o menos ¡tran, tran, tran, tran! por el barro, haciendo que el senador, la mujer y el niño cambiasen de posición para dar, sin orden ni concierto, contra las ventanillas del lado opuesto. Se atas­ca el coche y se oye a Cudjoe pasar revista a los caballos en la parte de fuera. Después de varios infructuosos meneos y ti­rones, cuando el senador está a punto de perder la paciencia, el coche se endereza de pronto; las dos ruedas delanteras caen en otro surco y el senador, la mujer y el niño se precipi­tan promiscuamente hacia el asiento delantero; el sombrero del senador se le encasqueta de mala manera sobre los ojos y la nariz y cree que ha llegado su hora; el niño llora y Cudjoe, desde fuera, infunde ánimos a los caballos, que patalean y forcejean y se esfuerzan bajo repetidos chasquidos del látigo. El coche se rectifica con un salto y caen las ruedas de atrás; el senador, la mujer y el niño son proyectados al asiento de atrás, con los codos de él contra el sombrero de ella y los dos pies de ella golpeando el sombrero de él, que sale volando por la patada. Después de unos momentos, se pasa el «loda­zal» y se detienen, jadeantes, los caballos; el senador recupe­ra el sombrero, la mujer se arregla el suyo y tranquiliza al niño y se preparan para lo que aún tienen que pasar.

Durante un rato el continuo ¡clan, clan! sólo se mezclaba, para variar, con unos botes laterales y unas sacudidas tremen­das; empezaron a congratularse de que las cosas no iban tan mal, después de todo. Por fin, con un zarandeo que los pone a todos primero de pie y después sentados con increíble rapi­dez, se detiene el coche, y después de mucha conmoción en el exterior, aparece Cudjoe en la puerta.

—Por favor, señor, es un lugar terrible, éste. No sé cómo vamos a salir. Creo que vamos a necesitar barrotes.

Se apea desesperado el senador, buscando tierra firme para apoyar los pies; se le hunde un pie hasta una profun­didad tremenda, intenta sacarlo, pierde el equilibrio y se cae en el fango, de donde lo pesca Cudjoe en un estado la­mentable.

Pero desistimos aquí, por compasión hacia los huesos de nuestros lectores. Los viajeros del oeste que hayan pasado las horas de la noche ocupados en la interesantísima tarea de ti­rar verjas con el fin de conseguir barrotes para sacar sus ca­rruajes de agujeros de barro respetarán y compadecerán a nuestro héroe desventurado. Les rogamos que derramen una lágrima silenciosa y seguimos.

Era una hora muy avanzada de la noche cuando el coche salió, sucio y maltrecho, del barranco del río y se paró en la puerta de una larga casa.

Hizo falta muchísima perseverancia para despertar a los ocupantes, pero apareció por fin el respetable propietario, que abrió la puerta. Era un tipo grande, alto e hirsuto, de más de seis pies de alto sin zapatos, y vestía una camisa de caza de franela roja. Una abundantísima mata de cabello de color arena bastante enmarañada y una barba de varios días le con­ferían al noble hombre un aspecto muy poco atractivo. Se quedó unos minutos con la vela levantada, pestañeando a nuestros viajeros con una expresión lúgubre y desconcertada extremadamente cómica. Le costó bastante trabajo a nuestro senador hacer que comprendiese del todo la situación, y mientras que él se halla ocupado en esta tarea, a nuestros lec­tores les haremos la presentación del hombre.

El honrado John van Trompe había sido un importante te­rrateniente y propietario de esclavos del estado de Kentucky. Como «de oso no tenía más que el pellejo» y la naturaleza le había dotado de un gran corazón honrado y justo, en armo­nía con su complexión, estuvo años viendo con una inquie­tud reprimida el funcionamiento de un sistema tan pernicio­so para el opresor como para el oprimido. Por fin, un día el corazón de John se hinchó demasiado para soportar sus liga­duras; entonces sacó la cartera y se fue a Ohio, donde com­pró un campo de buena tierra fértil, preparó los papeles de li­bertad para toda su gente —hombres, mujeres y niños—, los metió a todos en carretas y los llevó allí a vivir. Después el honrado John se fue otra vez río arriba y se instaló en una cómoda granja retirada para disfrutar de su conciencia y sus re­flexiones.

—¿Es usted el hombre que acogerá a una pobre mujer y a su hijo que huyen de cazadores de esclavos? —preguntó ex­plícitamente el senador.

—Creo que soy yo —dijo el honrado John, con bastante énfasis.

—Ya me parecía —dijo el senador.

—Si viene alguien —dijo el buen hombre, irguiendo su cuerpo musculoso—, estoy preparado para recibirlo; y tengo siete hijos, cada uno de seis pies de altura, y ellos también es­tarán preparados. Presénteles nuestros respetos —dijo John—; dígales que no importa cuándo vienen, a nosotros nos da lo mismo —dijo John, pasando los dedos por la melena que le coronaba la cabeza y rompiendo a reír a carcajadas.

Fatigada, rendida y sin vigor, Eliza se arrastró hasta la puer­ta con su hijo profundamente dormido en brazos. El hom­bretón acercó la vela a su rostro y, soltando una especie de gruñido de compasión, le abrió la puerta de un pequeño dor­mitorio que daba a la gran cocina donde se encontraban y le hizo un gesto de que pasara. Cogió otra vela, la encendió y la coloco en la mesa y luego se dirigió a Eliza.

—Bien, muchacha, no debe tener miedo, venga quien venga. Estoy acostumbrado a ese tipo de cosas —dijo, señalando dos o tres buenos rifles que colgaban sobre la chime­nea—; y la mayoría de las personas que me conocen saben que no es saludable intentar sacar a alguien de mi casa si yo me opongo. Así que usted duérmase sin más, tan tranquila como si la estuviera meciendo su madre —dijo, cerrando la puerta—. Vaya, ésta es muy guapa —dijo al senador—. Pues las guapas a veces tienen más motivos para fugarse, si tienen sentimientos dignos de mujeres decentes. Lo sé bien.

El senador le contó con pocas palabras la historia de Eliza.

—¡Oh, oh! ¿Cree que quiero saberlo? —dijo compasivo el buen hombre—; calle, calle. ¡Es la naturaleza, pobre criatura, cazada como un ciervo! Cazada por tener sentimientos natu­rales y hacer lo que cualquier madre no podría evitar. ¿Sabe lo que le digo? Pues que estas cosas me hacen querer blasfe­mar más que ninguna otra cosa —dijo el honrado John, fro­tándose los ojos con el dorso de una gran mano pecosa y amarillenta—. ¿Sabe lo que le digo, forastero? Tardé años en hacerme de la iglesia, porque los sacerdotes de estas partes predicaban que la Biblia estaba a favor de estas cosas, y yo no me fiaba de su griego y su latín y me puse en contra, de ellos y de la Biblia. No me hice de la iglesia hasta que conocí a un cura que podía con ellos hasta en griego, que decía todo lo contrario; entonces me hice de la iglesia, y esa es la verdad —dijo John, que llevaba todo este tiempo descorchando una botella de sidra peleona, que ofreció a su huésped.

—Más vale que se quede hasta el amanecer —dijo enérgi­camente—; yo despertaré a mi vieja y le preparará una cama en un periquete.

—Gracias, amigo —dijo el senador—, pero debo marchar­me para coger la diligencia nocturna a Columbus.

—Bien, si debe marcharse, le acompañaré un trecho, para enseñarle una carretera alternativa que le llevará mejor que la que ha cogido para venir aquí. Esa carretera es muy mala.

John se preparó y, linterna en mano, pronto se le pudo ver guiando el carruaje del senador hacia una carretera que iba por una hondonada detrás de su vivienda. Cuando se despi­dieron, el senador le tendió un billete de diez dólares.

—Es para ella —dijo escuetamente.

—Ya, ya —dijo John, con la misma parsimonia.

Se estrecharon la mano y se separaron.

CAPÍTULO X. SE LLEVAN LA MERCANCÍA

A través de la ventana de la cabaña del tío Tom se veía la mañana gris y lluviosa de febrero. Los rostros abati­dos reflejaban unos corazones pesarosos. La pequeña mesa estaba colocada delante de la chimenea, cubierta con un trapo de planchar; una o dos camisas, bastas aunque lim­pias, colgaban del respaldo de una silla cerca del fuego, y la tía Chloe tenía otra extendida ante ella en la mesa. Frotaba y planchaba cuidadosamente cada pliegue y cada dobladillo con la más meticulosa exactitud, y alzaba la mano de vez en cuan­do para apartar las lágrimas que caían a chorro por sus mejillas. Tom estaba sentado cerca, con la Biblia en las rodillas y la cabeza en la mano; ninguno de los dos hablaba. Era tempra­no aún y los niños dormían todos juntos en la rudimentaria carriola.

Tom, plenamente dotado del corazón tierno y doméstico que ¡para su desgracia! es característico de su malhadada raza, se levantó y se aproximó silenciosamente a mirar a sus hijos.

—Es la última vez —dijo.

La tía Chloe no respondió, sólo planchaba y planchaba una y otra vez la burda camisa, ya tan lisa como las manos podían lograr; y, finalmente, dejando caer la plancha con un golpe de desesperación, se sentó en la mesa y «alzó la voz y lloró».

—Supongo que debemos resignarnos pero ¡ay, Señor!, ¿cómo vamos a conseguirlo? ¡Si por lo menos supiera adón­de vas o qué van a hacer contigo! El ama dice que intentará recuperarte en un año o dos; ¡pero, Señor!, no vuelve ningu­no de los que van allá abajo. ¡Los matan! He oído hablar de la manera en que los tratan en esas plantaciones.

—Tendrán el mismo Dios allí que tenemos aquí, Chloe.

—Bueno —dijo la tía Chloe—, supongo que sí, pero el Señor permite que ocurran cosas terribles a veces, así que eso no me consuela.

—Estoy en manos del Señor —dijo Tom—; las cosas no pueden ir más lejos de lo que permite, y de eso puedo dar gracias. Soy yo el que ha sido vendido y se va al sur, y no tú o los niños. Estáis a salvo aquí. Lo que vaya a ocurrir me ocu­rrirá sólo a mí, y el Señor me ayudará, lo sé.

¡Ay, hombre valiente, que ahogas tu propia pena para con­solar a tus seres queridos! Tom habló con voz apagada y un nudo en la garganta, pero habló fuerte y gallardamente.

—Pensemos en nuestras bendiciones —añadió tembloro­so, como si supiera muy bien que le convenía pensar en ellas.

—¡Bendiciones! erijo la tía Chloe—. ¡Yo no veo ningu­na bendición! ¡Está mal que las cosas ocurran de este modo! El amo nunca hubiera debido permitir que las cosas llegaran al extremo donde tú tuvieras que saldar su deuda. Ya le has hecho ganar el doble de lo que le pagarán por ti. Te debía la libertad, hace años que tenía que habértela concedido. Qui­zás ahora no tiene otro remedio, pero creo que no está bien. Nada me hará pensar otra cosa. ¡Una criatura tan fiel como tú lo has sido, siempre poniendo sus intereses antes que los tuyos, y que lo apreciabas más que a tu propia mujer y a tus propios hijos! Los que venden el afecto o la sangre de un co­razón, ¡no se librarán de la ira del Señor!

—¡Chloe, si me amas, no hables así! ¡A lo mejor es la últi­ma vez que estamos juntos! Y te digo, Chloe, me duele oír siquiera una palabra en contra del amo. ¿No lo pusieron en mis brazos cuando era un bebé? Es natural que tenga buena opinión de él. No se puede esperar que él tenga para el po­bre Tom la misma estima. Los amos están acostumbrados a que se lo den todo hecho, y es natural que no lo aprecien. No se puede esperar que lo hagan. Ponlo al lado de otros amos y dime, ¿a quién han tratado como a mí y quién ha vivido mejor que yo? Y no habría dejado que me sucediese esto si lo hubiera sabido de antemano, estoy convencido.

—De todas formas, algo de malo tiene el asunto —dijo la tía Chloe, de quien una característica predominante era un sentido obstinado de la justicia—. No sabría decir exacta­mente lo que es, pero tiene algo de malo, lo tengo claro.

—Debes mirar al Señor que está en el cielo, por encima de todos; ni un gorrión cae sin que Él lo sepa.

—No me consuela, aunque supongo que debería—dijo la tía Chloe—. Pero no sirve de nada hablar; mojaré la torta de maíz y te prepararé un buen desayuno, porque ¿quién sabe cuándo te darán otro?

Para comprender los sufrimientos de los negros vendidos para el mercado del sur, hay que tener en cuenta que los afec­tos instintivos de esta raza son especialmente fuertes. Su que­rencia por el lugar de nacimiento es muy duradera. No son atrevidos ni emprendedores por naturaleza, sino hogareños y cariñosos. Añadamos a esto los terrores que la ignorancia confiere a lo desconocido, y luego sumemos el hecho de que venderse en el sur es el castigó más severo con el que se ate­moriza a los negros desde su infancia. La amenaza que les asusta más que los latigazos o las torturas de cualquier tipo es la de mandarlos río abajo. Nosotros personalmente les he­mos oído expresar estos sentimientos y hemos visto el horror genuino con el que se reúnen en sus horas de ocio para con­tar historias de «río abajo» que es, para ellos:

Ese país desconocido, de cuyos linderos

no vuelve ningún viajero.

Un misionero que se ocupa de los fugitivos del Canadá nos contó que muchos de éstos confesaron haberse escapado de amos relativamente bondadosos, y que lo que les había instigado a afrontar los peligros de la fuga, en casi todos los casos, era el horror de ser vendidos en el sur, destino que pen­día sobre sus cabezas, o las de sus maridos o de sus mujeres o de sus hijos. Esto infunde al africano, paciente, tímido y ca­rente de iniciativa por naturaleza, un valor heroico y le indu­ce a pasar hambre, frío, dolor, los peligros de la naturaleza sal­vaje y las penalidades más temidas al ser capturado de nuevo.

La sencilla colación matutina humeaba sobre la mesa, pues la señora Shelby había dispensado a la tía Chloe de tra­bajar en la casa grande aquella mañana. Esta pobre alma ha­bía gastado sus escasas energías en este banquete de despedi­da: había matado y aderezado su mejor pollo y preparado una torta de maíz con esmerado cuidado, según el gusto de su marido, y había colocado varios tarros misteriosos sobre la repisa de la chimenea, que contenían confituras que no se sa­caban nada más que en las ocasiones más excepcionales.

—¡Señor, Pete —dijo Mose triunfante—, qué desayuno nos espera! —a la vez que cogía un pedazo de pollo.

La tía Chloe le dio un cachete. —¡Toma! ¡Mira que apro­vecharte de la última comida que va a hacer tu padre en casa!

—¡Vamos, Chloe! —dijo Tom con ternura.

—Pues no puedo evitarlo dijo la tía Chloe, escondien­do la cara en el delantal—; estoy tan disgustada que me hace portarme mal.

Los niños se quedaron totalmente quietos, mirando pri­mero a su padre y después a su madre, mientras la niña, tre­pando por sus faldas, empezó a soltar un aullido urgente e imperioso.

—¡Ya está! —dijo la tía Chloe, secándose los ojos y co­giendo a la nena—, ya se me ha pasado, espero. Ahora co­med algo. Éste es mi mejor pollo. Tomada, niños, comed un poco, pobrecitos. Vuestra madre os ha regañado.

Los niños no necesitaron una segunda invitación y se lan­zaron con gran energía sobre la comida; y más valía que fue­ra así, porque si no es por ellos, poco provecho se habría sa­cado de la ocasión.

—Ahora —dijo la tía Chloe, trajinando alrededor después del desayuno—, debo prepararte la ropa. Lo más probable es que él se la quede toda. Los conozco bien: ¡mezquinos y ta­caños todos! Bien, la camisa de franela para el reuma está en este rincón; así que cuídala, porque nadie te va a hacer otra. Y ahí están tus camisas viejas y aquí las nuevas. Te arreglé los calcetines anoche y te pongo el huevo de zurcir, aunque, Señor, ¿quién te los va a zurcir en el futuro? y la tía Chloe, su­cumbiendo una vez más, apoyó la cabeza en la caja y lloró—. ¡Cuando pienso que nadie te va a cuidar, sano o enfermo! ¡Creo que no es necesario que me porte bien, después de todo!

Los niños, después de comerse todo lo que había encima de la mesa del desayuno, comenzaron a pensar en la situa­ción y, viendo llorar a su madre y a su padre poner cara de tristeza, se pusieron a lloriquear y se llevaron las manos a los ojos. El tío Tom tenía a la niña en el regazo, donde se divertía de lo lindo, rascándole la cara y tirándole del pelo, de vez en cuando estallando en ruidosas manifestaciones de gozo, que evidentemente surgían de sus reflexiones más íntimas.

—¡Ay, ríe, ríe, pobrecita! —dijo la tía Chloe— ¡a ti tam­bién te llegará la hora! ¡Vivirás para ver cómo te venden al marido, o quizás a ti misma; y estos niños también serán vendidos, supongo, en cuanto valgan para algo; no sé para qué nosotros los negros tengamos nada!

En esto uno de los niños gritó: —¡Que viene el ama!

—Ella no puede hacer nada; ¿para qué viene? —dijo la tía Chloe.

Entró la señora Shelby. La tía Chloe le puso una silla con unos modales claramente rudos y ásperos. Aquélla no pare­ció darse cuenta ni de la acción ni de los modales. Estaba pá­lida y ansiosa.

Tom —dijo—, he venido para... —y deteniéndose de pronto y mirando al grupo silencioso, se sentó en la silla y, tapándose la cara con un pañuelo, rompió a llorar.

—¡Señor, señor, no llore usted, ama! —dijo la tía Chloe, rompiendo a llorar también; durante unos momentos todos lloraron al unísono. Y en esas lágrimas derramadas en com­pañía, los importantes y los humildes juntos, se disolvieron todas las penas y la ira de los oprimidos. Ay, vosotros que vi­sitáis a los afligidos, sabed que todo lo que puede comprar vuestro dinero, donado con la mirada fría y distante, no vale lo que una sola lágrima derramada sinceramente.

—Mi buen amigo —dijo la señora Shelby—, no te puedo dar nada que te sirva. Si te doy dinero, te lo quitarán. Pero te digo solemnemente, ante Dios, que seguiré tu rastro y te trae­ré de vuelta en cuanto reúna el dinero. Hasta entonces, ¡con­fía en el Señor!

En este momento los niños avisaron que venía el señor Haley, y enseguida la puerta se abrió de una patada descor­tés. Ahí estaba Haley de muy mal humor después de haber pasado la noche anterior a caballo y nada contento del fraca­so de sus esfuerzos por capturar a su presa.

—Ven, negro —dijo— ¿estás listo? Su servidor, señora —dijo, quitándose el sombrero al ver a la señora Shelby. La tía Chloe cerró y ató la caja y, al levantarse, miró ceñu­da al tratante, y sus lágrimas parecieron convertirse en chis­pas de fuego.

Tom se levantó manso para seguir a su nuevo amo y se puso la pesada caja al hombro. Su mujer cogió a la niña en brazos para acompañarlo al carro, y los niños, llorando aún, fueron a la zaga.

La señora Shelby se acercó al tratante y lo entretuvo unos momentos hablándole de forma intensa, y mientras ella ha­blaba, toda la familia llegó hasta un carro que se encontraba enjaezado en la puerta. Había una multitud de braceros jóvenes y viejos reunidos alrededor para despedirse de su an­tiguo compañero. A Tom lo apreciaban todos tanto en cali­dad de sirviente jefe como de instructor cristiano, y sentían una sincera pena y tristeza por su partida, especialmente las mujeres.

—¡Vaya, Chloe, lo soportas mejor que nosotras! —dijo una de las mujeres, que había estado llorando desenfrenada­mente, al observar el triste sosiego de que daba muestras la tía Chloe ahí de pie junto al carro.

—¡Ya no me quedan más lágrimas! —dijo, mirando ceñu­da al traficante, que se aproximaba—. No tengo ganas de llo­rar delante de ese individuo, de ninguna manera.

—¡Sube! —dijo Haley a Tom, cruzando a zancadas por entre la multitud de sirvientes, que lo miraban con el ceño fruncido.

Tom subió y Haley sacó de debajo del asiento del carro un par de grilletes y le colocó uno en cada tobillo.

Un ahogado murmullo de indignación recorrió todo el círculo, y la señora Shelby, desde el porche, dijo:

—Señor Haley, le aseguro que esa precaución es totalmen­te innecesaria.

—No lo sé, señora; ya he perdido quinientos dólares en este lugar y no puedo permitirme correr más riesgos.

—¿Qué otra cosa se podía esperar de él? —dijo, indigna­da, la tía Chloe, mientras que los dos niños que parecieron comprender, por fin, el destino de su padre, se le agarraron al vestido, sollozando y lamentándose enérgicamente.

—Siento —dijo el tío Tom— que se halle ausente el seño­rito George.

George se había marchado a pasar dos o tres días con un compañero de una hacienda vecina y, como se había ido por la mañana temprano, antes de que se hubiera hecho pública la desgracia de Tom, no se había enterado de ella.

—Despedidme cariñosamente del señorito George —dijo muy serio.

Haley fustigó el caballo y se llevó rápidamente a Tom, que dedicó una mirada serena y triste a su viejo hogar hasta el úl­timo momento.

A esta hora, el señor Shelby no estaba en casa. Había ven­dido a Tom por una necesidad acuciante, para librarse del po­der de un hombre a quien temía, y su primera sensación des­pués de finalizar la negociación había sido de alivio. Pero las recriminaciones de su esposa habían despertado sus remordi­mientos latentes y la generosidad varonil de Tom había au­mentado su sentimiento de malestar. En vano se decía a sí mismo que estaba en su derecho al actuar así, que todo el mundo lo hacía, y algunos sin verse siquiera obligados a ello. Pero no lograba acallar sus sentimientos y, para no presenciar las desagradables escenas de la consumación, había empren­dido un pequeño viaje de negocios, con la esperanza de que todo hubiera acabado antes de su regreso.

Tom y Haley se fueron traqueteando por el camino polvo­riento, pasando velozmente por todos los lugares familiares, hasta traspasar los límites de la finca y encontrarse en la ca­rretera abierta. Después de avanzar aproximadamente una milla, Haley paró de pronto a la puerta de un herrero, y, sa­cando unas esposas, entró en la forja para que les hicieran una pequeña modificación.

—Son demasiado pequeñas para él —dijo Haley, mos­trando las esposas y señalando a Tom.

—¡Señor, si es el Tom de Shelby! ¿No lo habrá vendido? —preguntó el herrero.

—Sí —dijo Haley.

—¡Vaya, vaya! —dijo el herrero—. ¿Quién iba a decirlo? Pero no hace falta que lo encadene de esta manera. Es el hombre más leal y bueno...

—Sí, sí —dijo Haley—, pero los leales y buenos son pre­cisamente los que quieren escaparse. Los tontos, a los que no les importa adónde vayan, y los vagos y los borrachos, a los que no les importa nada, ellos se quedan e incluso les hace gracia que los lleven de aquí para allá. Pero estos hombres de calidad nos odian a muerte. No hay más remedio que enca­denarlos; si tienen piernas, las usarán, sin duda.

—Bueno —dijo el herrero, hurgando entre sus utensi­lios— esas plantaciones del sur no son exactamente el sitio adonde quiere ir un negro de Kentucky. Se mueren muy rá­pido, ¿verdad?

—Pues, sí, se mueren bastante rápido; mientras que se acli­matan y entre una cosa y otra, se mueren lo bastante rápido para mantener ágil el mercado —dijo Haley.

—Pues, no puede uno más que pensar que es una lástima que un tipo agradable y tranquilo como Tom vaya a que lo machaquen a una de aquellas plantaciones de azúcar.

—Pues tendrá una oportunidad. He prometido tratarlo bien. Lo colocaré como sirviente con alguna buena familia y entonces, si aguanta el clima y las fiebres, tendrá un puesto tan bueno como puede desear un negro.

—Su mujer y sus hijos se quedan aquí, supongo.

—Sí, pero le darán otra allí. Señor, si hay mujeres de sobra en todas partes —dijo Haley.

Tom estaba sentado en la puerta de la forja durante esta conversación. De repente oyó los pasos rápidos de un caba­llo detrás de él, y, antes de poder reaccionar de la sorpresa, el señorito George saltó al carro, le rodeó el cuello con los bra­zos y se puso a sollozar y renegar enérgicamente.

—¡Es imperdonable, no me importa lo que digan! ¡Es una verdadera vergüenza! Si yo fuera hombre, no lo harían, desde luego que no —dijo George con una especie de aullido re­primido.

—¡Ay, señorito George, cómo me alegro! —dijo Tom—. No podía soportar irme sin verlo. ¡No puede imaginarse cuánto me alegro! —al decir esto, Tom hizo algún movi­miento con los pies, y George vio los grilletes.

—¡Qué vergüenza! —exclamó, alzando las manos—. ¡Voy a darle su merecido a ese tipo, ya lo creo!

—¡Ni hablar!, señorito George, y no hable usted tan alto. A mí no me hará ningún bien que se enfade.

—Pues, no lo haré, entonces, por tu bien. Pero sólo pen­sarlo... ¿no es una vergüenza? A mi no me llamaron ni me di­jeron una palabra y, si no hubiera sido por Tom Lincoln, no me habría enterado. Te digo ¡menuda bronca les he metido a todos en casa!

—Eso no estaba bien, me temo, señorito George.

—No pude remediarlo. ¡Digo que es una vergüenza! Mira, tío Tom —dijo, volviendo la espalda a la forja y hablando con un tono misterioso— ¡te he traído mi dólar!

—¡Ay, no se me ocurriría cogérselo, señorito George, de ninguna manera! —dijo el tío Tom, bastante emocionado.

—¡Pero lo tienes que coger! —dijo George—. Mira, le dije a la tía Chloe que iba a hacerlo, y ella me aconsejó que hicie­ra un agujero en medio y pasara un cordel para que te lo pue­das colgar al cuello y mantenerlo oculto; si no, este sinver­güenza te lo quitaría. Oye, Tom, quiero darle una paliza, ¡me vendría bien!

—¡No lo haga, señorito George, porque a mí no me ven­dría bien!

—Pues entonces no lo hago, por ti —dijo George, ocupa­do en atar su dólar alrededor del cuello de Tom—. Pero abró­chate la chaqueta para taparlo, y guárdalo y acuérdate, cada vez que lo mires, de que yo iré a buscarte para traerte de vuel­ta. La tía Chloe y yo hemos hablado de ello. Le he dicho que no tema, que yo me ocuparé y no dejaré en paz a mi padre hasta que acceda.

—Ay, señorito George, no debe hablar así de su padre.

—Por Dios, Tom, no lo hago con mala intención.

—Y ahora, señorito George, debe portarse bien; acuérdese de cuánta gente confía en usted. Quédese siempre cerca de su madre. No se le ocurra adoptar esas costumbres tontas de los muchachos de hacerse demasiado mayores para cuidar de sus madres. ¿Sabe qué, señorito George? El Señor da muchas cosas buenas dos veces, pero sólo nos da la madre una vez. Nunca verá usted otra mujer igual, señorito George, aunque viva cien años. Así que aférrese a ella y crezca para ser su con­suelo, como un buen chico. Lo hará, ¿verdad?

—Sí, lo haré, tío Tom —dijo George, muy serio.

—Y cuidado con su forma de hablar, señorito George. A su edad, la naturaleza vuelve testarudos a los jóvenes algu­nas veces. Pero los verdaderos caballeros, como espero que usted vaya a ser, nunca utilizan palabras que no sean respe­tuosas con sus padres. ¿No se ofenderá, señorito George?

—Desde luego que no, Tom. Siempre me has dado bue­nos consejos.

—Soy mayor que usted, ¿sabe? —dijo Tom, pasando su mano grande y fuerte por los finos rizos, hablando con una voz tan tierna como la de una mujer— y veo todas las cosas que tiene usted dentro. Ay, señorito George, lo tiene usted todo: educación, privilegios, sabe leer y escribir, y será un hombre instruido y bueno y estarán orgullosos de usted su madre y su padre y toda la gente de la finca. Sea usted buen amo, como su padre; y cristiano, como su madre. Acuérdese del Creador en sus años mozos, señorito George.

—Seré bueno de verdad, tío Tom, te lo prometo —dijo George—. Voy a ser de primera, no te preocupes. Y haré que vuelvas a casa. Como he dicho a la tía Chloe esta mañana, vol­veré a hacer nuestra casa con un salón con su alfombra para ti, cuando sea mayor. ¡Aún tienes que pasar buenos ratos!

Haley salió a la puerta con las esposas en la mano.

—Oiga usted, señor —dijo George, apeándose con un aire muy superior—, haré saber a mi padre y mi madre cómo tra­ta usted al tío Tom.

—Hazlo —dijo el tratante.

—¿No le da vergüenza pasar la vida comprando a hom­bres y mujeres y encadenándoles, como si fueran ganado? Supongo que se sentirá mezquino —dijo George.

—Siempre que la gente importante como vosotros queráis comprarlos, soy tan bueno como vosotros —dijo Haley—; no es más mezquino comprarlos que venderlos.

—No haré ninguna de las dos cosas, cuando sea hombre —dijo George—. Me siento avergonzado hoy de ser de Ken­tucky. Antes siempre me sentía orgulloso de ello y George se sentó muy erguido en su caballo y miró a su alrededor como si esperase que el estado quedara impresionado por su opinión.

—Bien, adiós, tío Tom; aguanta el tipo —dijo George.

—Adiós, señorito George —dijo Tom, mirándolo con afecto y admiración—. ¡Que Dios Todopoderoso le bendiga! ¡Ay, no hay muchos como usted en Kentucky! —dijo con el corazón rebosante, mientras iba perdiendo de vista la cara ju­venil e ingenua. Desapareció bajo la mirada de Tom y se des­vaneció también el chacoloteo del caballo, el último sonido y la última visión de su hogar. Pero le parecía tener un lugar cálido encima del corazón, allí donde las manos juveniles ha­bían puesto ese precioso dólar. Tom levantó la mano y lo apretó contra su pecho.

—Pues, te diré, Tom —dijo Haley, acercándose al carro y tirando dentro las esposas— voy a ser franco contigo, como lo soy con todos mis negros, y te diré, para empezar, tú me tratas bien y yo te trataré bien a ti; nunca soy duro con mis negros. Hago por ellos lo mejor que puedo. Así que más vale que te pongas cómodo y no intentes ninguno de tus trucos, porque conozco todos los trucos de los negros y no tienes nada que hacer. Si los negros se quedan quietos y no quieren escapar, lo pasan bien conmigo. Si no, entonces es culpa suya y no mía.

Tom le aseguró a Haley que no tenía ninguna intención de escaparse en ese momento. De hecho, parecía una adver­tencia algo superflua para un hombre que llevaba un gran par de grilletes de hierro en los pies. Pero el señor Haley acos­tumbraba a iniciar sus relaciones con su mercancía con peque­ñas recomendaciones de este estilo, calculadas, creía, a inspirar confianza y buen humor y a evitar la necesidad de escenas desagradables.

Y aquí nos despedimos, de momento, de Tom, para seguir la fortuna de otros personajes de nuestra historia.

CAPÍTULO XI. EN EL QUE LA MERCANCÍA HUMANA ADOPTA UN ESTADO DE ÁNIMO POCO RECOMENDABLE

A finales de una tarde lluviosa, un viajero se apeó en la puerta de un pequeño hotel rural de la aldea de N­en Kentucky. Un grupo variopinto se hallaba reunido en el bar, llevado por las inclemencias del tiempo a buscar re­fugio, y el lugar presentaba el aspecto habitual de tales reu­niones. Lo más característico del cuadro eran los ciudadanos de Kentucky grandotes y huesudos, vestidos con camisas de caza, que arrastraban sus extremidades desgarbadas por la mayor parte de la sala con los andares perezosos típicos de la zona; sus rifles, junto con las bolsas de perdigones, los zu­rrones, los perros de caza y los pequeños negros, estaban api­lados en los rincones. A cada extremo de la chimenea, estaba sentado un caballero de largas piernas, la silla inclinada hacia atrás, el sombrero en la cabeza y los tacones de las botas em­barradas apoyadas en la repisa, postura, queremos informar a nuestros lectores, que favorecía mucho la inclinación a la re­flexión inherente a las tabernas del oeste, donde los viajeros dan muestras de una clara preferencia por esta forma particu­lar de elevar sus pensamientos.

El posadero, que estaba detrás de la barra, como la ma­yoría de sus paisanos, era alto de estatura, bondadoso de corazón y desgarbado de articulaciones, con una tremenda mata de pelo en la cabeza y un sombrero de copa en lo alto.

De hecho, todos los presentes llevaban en la cabeza este emblema característico de la soberanía del hombre: ya fuera sombrero de fieltro, jipijapa, grasienta piel de castor o ele­gante chistera, allí estaba con verdadera independencia re­publicana. Realmente parecía ser la marca distintiva de cada individuo. Algunos los llevaban inclinados gallardamente: éstos eran los humoristas, unos tipos campechanos y tran­quilos; otros los llevaban encasquetados hasta la nariz: éstos eran los tipos duros, los hombres de verdad, que, cuando lle­vaban sombrero, era porque querían; había quienes los lleva­ban echados hacia atrás: eran hombres despiertos, que que­rían tener un buen panorama; mientras que los descuida­dos, que no sabían cómo llevaban el sombrero ni les importaba, los llevaban puestos de cualquier forma. A decir verdad, los diferentes sombreros eran todo un estudio sha­kespeariano.

Algunos negros, con pantalones poco formales y camisas algo escasas, correteaban de un lado a otro sin ningún resul­tado aparente aparte de la expresión de un deseo genérico de mover cielo y tierra en bien del amo y sus huéspedes. Si su­mamos a este cuadro un alegre fuego chisporroteante que ar­día en una amplia chimenea, las puertas y las ventanas abier­tas de par en par, las cortinas de percal ondulando y chas­queando con la brisa de aire húmedo y frío, tenemos una idea de lo que son las alegrías de una taberna de Kentucky.

El hombre de Kentucky de hoy es una buena ilustración de la doctrina de la transmisión de instintos y rasgos. Sus an­tepasados eran grandes cazadores, hombres que vivían en el bosque y dormían bajo el cielo abierto, iluminados por la luz de las estrellas; y el descendiente de hoy actúa siempre como si las casas fueran un campamento: a todas horas tiene el sombrero puesto, se mueve dando tumbos y apoya los talo­nes en las mesas y las repisas igual que su padre se volcaba por el verde césped y ponía los pies sobre los árboles y los troncos; mantiene ventanas y puertas abiertas en invierno y en verano, para poder llenarse de aire los grandes pulmones, llama a todo el mundo «forastero» con imperturbable afabi­lidad y en general es el ser más franco, tranquilo y jovial de todos los vivientes.

En una tranquila concurrencia de este tipo vino a caer nuestro viajero. Era un hombre bajo y fornido, cuidadosa­mente vestido, con un rostro redondo y bonachón y algo ti­quis miquis en su aspecto. Prestaba una atención especial a su valija y su paraguas, que llevaba en la mano, resistiéndose a los ofrecimientos de los sirvientes de cogérselos. Miró alrede­dor del bar con un aire algo ansioso, se retiró al rincón más cálido con sus tesoros, que depositó bajo su silla, se sentó y dirigió la vista con bastante aprensión al dignatario cuyos ta­lones marcaban un extremo de la repisa de la chimenea y que escupía a diestro y siniestro con un ahínco y una energía un poco alarmantes para un caballero de nervios delicados y costumbres urbanas.

—¡Hola, forastero! ¿Cómo le va? —dijo dicho caballero, lanzando un chorro de jugo de tabaco en dirección al recién llegado a modo de saludo.

—Bien, supongo —fue la respuesta del otro, a la vez que esquivaba, algo alarmado, la amenaza del saludo.

—¿Qué hay de nuevo? —preguntó su interlocutor, sacan­do del bolsillo una tira de tabaco y un gran cuchillo de caza.

—Nada, que yo sepa —dijo el hombre.

—¿Quiere mascar? —dijo el primero, ofreciéndole un pe­dazo de tabaco al anciano con aire fraternal.

—No, gracias, no me sienta bien —dijo el hombrecillo, alejándose.

—¿No, eh? —dijo el otro tranquilamente, introduciendo el trozo en su propia boca para mantener las existencias de jugo de tabaco en beneficio de la sociedad en general.

El caballero mayor daba un pequeño salto cada vez que su hermano zanquilargo disparaba en su dirección; como su compañero se dio cuenta de esto, dirigió amablemente su ar­tillería hacia otro lado, poniéndose a bombardear los utensi­lios para el hogar con suficiente talento militar como para asediar una ciudad.

—¿Qué es eso? —pregunto el caballero anciano señalan­do un grupo de la compañía que formaba un grupo alrede­dor de un gran cartel.

—¡El anuncio de un negro! —contestó escuetamente uno del grupo.

El señor Wilson, pues así se llamaba el anciano caballero, se levantó y, ajustando cuidadosamente la valija y el para­guas, procedió a sacar las gafas y colocárselas en la nariz; des­pués de realizada esta operación, leyó lo siguiente:

Escapado del que suscribe, el mulato George. Este George, seis pies de altura, mulato muy claro, cabello castaño rizado: es muy inteligente, habla bien, sabe leer y escribir; probable­mente se haga pasar por blanco; tiene grandes cicatrices en la espalda y los hombros; está marcado con la letra H en la mano derecha.

Daré cuatrocientos dólares por el vivo y la misma canti­dad por una prueba fehaciente de su muerte.

El anciano caballero leyó este anuncio de cabo a rabo en voz queda, como si lo estuviera memorizando.

El veterano zanquilargo, que había estado bombardeando los útiles del fuego como ya hemos relatado, bajó las piernas desgarbadas e, irguiendo su cuerpo larguirucho, se aproximó al anuncio y escupió con mucha deliberación una gran des­carga de jugo de tabaco hacia él.

—Eso es lo que yo opino de esto —dijo escuetamente y volvió a sentarse.

—¡Vaya, forastero! ¿Por qué ha hecho eso? preguntó el posadero.

—Haría lo mismo al que escribió ese papel, si estuviese aquí —dijo el hombre alto, ocupándose nuevamente en cor­tar tabaco—. Cualquier hombre que es dueño de un mucha­cho así y no sabe tratarlo mejor, merece perderlo. Estos anun­cios son una vergüenza para Kentucky; esa es mi opinión sin tapujos, si alguien quiere saberlo.

—Bueno, pues, tiene usted razón —dijo el posadero, apuntando algo en su libro.

—Yo tengo una cuadrilla de muchachos, señor —dijo el hombre largo, volviendo a su ataque contra los útiles del fue­go— y sólo les digo: «Muchachos», digo, «¡corred!, ¡largaos cuando queráis! ¡Yo no iré a buscaros!» Así mantengo a los míos. Si saben que son libres de irse cuando quieran, pierden las ganas. Además, tengo registrados los papeles de libertad de todos ellos por si me caigo muerto cualquier día, y ellos lo saben, y le digo, forastero, que no hay un hombre en es­tas partes que saque más a sus negros que yo. Pues mis mu­chachos han ido a Cincinnati con potros por valor de qui­nientos dólares, y han vuelto, honrados, a traerme el dinero, una y otra vez. Es lógico que sea así. Si los tratas como pe­rros, conseguirás que trabajen y se comporten como perros. Trátalos como hombres, y conseguirás que trabajen como hombres y el honrado ganadero rubricó calurosamente este sentimiento piadoso disparando un feu de joie perfecto al hogar.

—Creo que tiene usted toda la razón, amigo —dijo el se­ñor Wilson—; y el hombre descrito aquí es un buen ejem­plar, de eso no hay duda. Trabajó para mi una docena de años en mi fábrica de bolsas, y era mi mejor trabajador, se­ñor. Es un hombre ingenioso, también: inventó una máqui­na para limpiar el cáñamo, un ingenio de gran valor, que ya utilizan en varias fábricas. Su amo posee la patente.

—Ya lo creo —dijo el ganadero—, la posee y le saca dine­ro, y, como pago, va y le marca al muchacho en la mano de­recha. Si yo tuviera ocasión, lo marcaría a él, de manera que llevara una temporada la marca.

—Estos sabihondos siempre dan guerra—dijo un hombre de aspecto basto al otro lado de la habitación—, por eso los zurran y los marcan con hierro. Si se comportasen, no les pa­saría nada.

—Es decir, que el Señor les hizo hombres y es una tarea difícil convertirlos en bestias —dijo con ironía el ganadero.

—Los negros inteligentes no son una ventaja para sus amos —prosiguió el otro, atrincherándose en su burda estu­pidez inconsciente para defenderse del desprecio de su con­trincante—; ¿para qué sirven los talentos y todas esas cosas, si no las puedes usar tú mismo? Porque ellos sólo los usan para engañarte. Yo he tenido a uno o dos tipos así y los ven­dí río abajo. Sabía que los iba a perder tarde o temprano, si no lo hacía.

—Debería encargarle al Señor que le fabrique unos cuan­tos sin alma —dijo el ganadero.

En este punto, la llegada de un coche ligero de un solo caballo a la posada interrumpió la conversación. Tenía un aspecto refinado y un hombre caballeroso y bien vestido es­taba sentado en el pescante con un sirviente negro que con­ducía.

Todos los reunidos contemplaron al recién llegado con el interés con el que cualquier grupo de holgazanes contempla a todo recién llegado en un día de lluvia. Era muy alto, con la tez cetrina como de un español, unos bonitos ojos expre­sivos y un cabellos muy rizado, negro también. Su nariz aguileña bien dibujada, sus finos labios y el bien formado contorno de su cuerpo impresionaron enseguida a todos los presentes con una sensación de algo fuera de lo común. Se introdujo tranquilamente entre los reunidos, con un movi­miento de cabeza, indicó al mozo dónde colocar su baúl, hizo una reverencia a la compañía y se acercó despacio, som­brero en mano, al mostrador, donde dijo llamarse Henry Buder, de Oakands, del condado de Shelby. Se volvió indi­ferente hacia el anuncio y, acercándose pausadamente, lo leyó de arriba a abajo.

Jim —dijo a su hombre— me parece que vimos a un hombre parecido cerca de la casa de Beman, ¿verdad?

—Sí, amo —dijo Jim—, aunque no estoy seguro de lo de la mano.

—Claro, pero por supuesto no miré —dijo el forastero, bostezando despreocupado. Después se aproximó al posade­ro y le pidió que le proporcionase una habitación privada, pues tenía que atender a unos papeles inmediatamente.

El posadero se deshacía en atenciones y pronto un equi­po de unos siete negros, jóvenes y viejos, hombres y muje­res, grandes y pequeños, se revoloteaba como una nidada de perdices, corriendo, trajinando y pisándose los talones en su afán de preparar el cuarto del amo, mientras él se sentó en el centro de la habitación e inició una conversación con el hombre que se encontraba a su lado.

El fabricante, señor Wilson, miraba al forastero desde que entró con un aire de curiosidad inquieta. Tenía la impresión de que lo había visto antes en algún sitio, pero no alcanzaba a recordar dónde. Cada vez que el hombre hablaba, se mo­vía o sonreía, le clavaba la mirada para apartarla enseguida cuando se fijaban en él los brillantes ojos oscuros con una ex­presión de frialdad displicente. Finalmente, pareció caer re­pentinamente en la cuenta de quién era, pues lo contempló con tal expresión de asombro e incomprensión que el hom­bre se le acercó.

—El señor Wilson, creo —dijo, extendiendo la mano con tono de haberlo reconocido—. Le ruego me disculpe, pero no le había reconocido. Ya veo que usted me ha reconocido a mí: el señor Butler, de Oaklands en el condado de Shelby.

—Sí... sí, señor —dijo el señor Wilson como alguien que habla en sueños.

En ese momento entró un muchacho negro y anunció que estaba preparada la habitación del señor.

—Ocúpate de los baúles, Jim —dijo el caballero con indi­ferencia; después, dirigiéndose al señor Wilson, añadió—: Me gustaría hablar unos minutos de negocios con usted, en mi cuarto, si no le importa.

El señor Wilson le siguió como un sonámbulo; se dirigie­ron a un aposento grande del piso superior, donde crepitaba un fuego recién encendido y correteaban varios sirvientes al­rededor, dando los últimos toques a los preparativos.

Cuando todo estuvo listo y los sirvientes se hubieron mar­chado, el hombre joven giró la llave intencionadamente en la puerta y, guardándose la llave en el bolsillo, se dio la vuel­ta y, con los brazos cruzados, miró al señor Wilson directa­mente a la cara.

—¡George! —dijo el señor Wilson.

—Sí, George —dijo el hombre joven.

—¡Nunca lo hubiera creído!

—Voy bien disfrazado, me figuro —dijo el hombre joven con una sonrisa—. Un poco de corteza de nogal ha conver­tido mi piel amarillenta en morena y me he teñido el pelo de negro, por lo que no correspondo en absoluto a la descrip­ción.

—¡Ay, George, pero éste es un juego peligroso! Nunca te hubiera aconsejado que lo jugaras.

—Lo hago bajo mi propia responsabilidad —dijo George, con la misma sonrisa orgullosa.

Queremos comentar, de pasada, que George era blanco por parte de padre. Su madre fue una de las desgraciadas de su raza, destinada por su belleza personal a ser esclava de las pasiones de su dueño y madre de hijos que nunca tendrían padre. De una de las mejores familias de Kentucky había he­redado unas bellas facciones europeas y un espíritu vivo e in­domable. De su madre sólo heredó un ligero tinte mulato, compensado de sobra por los ojos oscuros que le hacían jue­go. Un pequeño cambio en el color de piel y del cabello lo habían metamorfoseado en el individuo de aspecto español que parecía; y como siempre había tenido elegancia de mo­vimientos y unos modales caballerosos, no le costaba ningún trabajo representar el atrevido papel que había adoptado: el de un caballero que viaja con su criado.

El señor Wilson, un caballero de buen corazón pero extre­madamente nervioso y precavido, paseaba arriba y abajo por la habitación con apariencia, en palabras de John Bunyan, «de tener la mente zarandeada» y dividido entre el deseo de ayudar a George y una idea algo confusa de mantener la ley y el orden. Así que, mientras paseaba, se expresó de la si­guiente manera:

—Bien, George, supongo que te fugas... que dejas a tu le­gítimo dueño, George... (no me sorprende)... pero al mismo tiempo, lo siento, George... sí, desde luego... creo que he de decirlo, George... es mi deber decírtelo.

—¿Qué es lo que siente usted, señor? —preguntó tranqui­lamente George.

—Pues verte, como si dijéramos, oponiéndote a las leyes de tu país.

—¡Mi país! —dijo George, con fuerte énfasis amargo ­¿qué país tengo yo, sino la tumba?, ¡y juro por Dios que qui­siera estar en ella!

—Ay, George, eso no está bien; esa forma de hablar es malvada, va contra las Sagradas Escrituras. George, tienes un amo duro, de hecho se comporta de manera reprobable y no pretendo defenderlo. Pero sabes cómo el ángel ordenó a Agar que volviese con su ama y se humillara bajo su mano; y el apóstol mandó a Onésimo que volviese con su amo.

—No me cite usted la Biblia de esta manera, señor W son —dijo George con los ojos llameantes—, ¡no lo haga!, pues mi esposa es cristiana y yo lo seré si salgo de ésta; pero citar la Biblia a alguien en mis circunstancias es bastante para ha­cer que deje la religión del todo. Apelo á Dios Todopodero­so; estoy dispuesto a llevar el caso ante El para preguntarle si hago mal en buscar la libertad.

—Estos sentimientos son muy naturales, George —dijo el bondadoso anciano, sonándose la nariz—. Son naturales, pero es mi obligación no alentarte a seguirlos. Sí, hijo, te compadezco; es un mal asunto, muy malo, pero dice el após­tol: «Que cada uno asuma la condición que le ha correspon­dido.» Todos debemos sometemos a las indicaciones de la Providencia, George, ¿te das cuenta?

George se quedó con la cabeza echado hacia atrás, los bra­zos fuertemente cruzados contra su ancho pecho y una son­risa amarga dibujada en los labios.

—Señor Wilson, si vinieran los indios y le hicieran prisio­nero, alejándole de su esposa e hijos y le quisieran tener toda la vida trabajando el maíz para ellos, me pregunto si usted creería que era su obligación asumir la condición que le ha­bía correspondido. Yo creo que usted consideraría una indi­cación de la Providencia el primer caballo sin jinete que pu­diera encontrar, ¿no es verdad?

El anciano consideró seriamente esta ilustración del caso; pero, aunque no era muy buen razonador, tenía el buen sen­tido del que carecían muchos dialécticos del tema: el de no decir nada cuando no había nada que decir. De modo que, mientras se quedó acariciando suavemente el paraguas y qui­tándole todas las arrugas y pliegues, continuó con sus reco­mendaciones generales.

—Verás, George, tú sabes que siempre he sido tu amigo, y todo lo que he dicho, lo he dicho por tu bien. Ahora bien, en este caso me parece a mí que corres un gran riesgo. No puedes tener esperanzas de éxito. Si te cogen, las cosas te irán peor que nunca; te maltratarán y dejarán medio muerto y luego te venderán río abajo.

—Señor Wilson, sé todo esto —dijo George—. Sí que co­rro un riesgo, pero... —abrió de repente el abrigo para mos­trar dos pistolas y un cuchillo de caza—. ¡Ahí está! —dijo—, estoy preparado para ellos. jamás me iré al sur. ¡No! Llegado el caso, me ganaré por lo menos seis pies de tierra gratis, ¡la primera y la última tierra que posea jamás en Kentucky!

—Ay, George, ése es un estado de ánimo muy malo; se aproxima a la desesperación, George. Me preocupas, que­brantando las leyes de tu país.

—¡Mi país de nuevo! Señor Wilson, usted tiene país, pero ¿qué país tengo yo o los que, como yo, han nacido de ma­dres esclavas? ¿Qué leyes hay para nosotros? Nosotros no las hacemos ni damos nuestro consentimiento; no tenemos nada que ver con ellas; todo lo que hacen por nosotros es aplastarnos y mantenemos aplastados. ¿No he oído sus dis­cursos del 4 de julio? ¿No nos dicen a todos, una vez al año, que los gobiernos reciben su legítimo poder del consentimien­to de los gobernados? Los que oyen estas cosas, ¿es que no sa­ben pensar? ¿No saben atar cabos, para ver lo que significa?

La mente del señor Wilson era de aquellas que se podrían asemejar con bastante propiedad a una bala de algodón: ater­ciopelado, suave, benévolamente velloso y confuso. Real­mente compadecía a George con todo su corazón y tenía una percepción borrosa y turbia del tipo de sentimientos que lo torturaban, pero creyó que era su deber seguir con tenaci­dad infinita hablándole del bien.

—George, esto está mal. Debo decirte, ya sabes, como amigo, que no deberías albergar semejantes ideas; son malas, George, muy malas, para los muchachos de tus circunstan­cias, muy malas —y el señor Wilson se sentó en una mesa y se puso a roer nerviosamente el mango de su paraguas.

—Oiga usted, señor Wilson —dijo George, acercándose y sentándose en frente de él—, míreme un momento. Sentado aquí delante de usted, ¿no soy un hombre exactamente igual que usted? Míreme la cara, míreme las manos, míreme el cuerpo —y el joven se estiró con orgullo—; ¿por qué no soy yo tan hombre como cualquiera? Bien, señor Wilson, escu­che usted lo que voy a decirle. Yo tuve un padre, uno de sus caballeros de Kentucky, que no me apreciaba lo suficiente para evitar que me vendieran junto a sus perros y sus caballos para saldar las deudas cuando se murió. Vi a mi madre en una subasta del sheriff, junto con sus siete hijos. Nos vendie­ron ante sus ojos, uno por uno, todos a amos diferentes, y yo era el más joven. Ella se puso de rodillas ante mi antiguo amo y le suplicó que la comprase conmigo, para tener por lo menos uno de sus hijos con ella, y la apartó de una patada de su pesada bota. Lo vi hacerlo y lo último que oí fueron sus gemidos y gritos cuando me ataron al cuello de su caballo para llevarme a su finca.

——¿Y después?

—Mi amo negoció con uno de los hombres y compró a mi hermana mayor. Era una chica buena y religiosa, miem­bro de la iglesia Baptista, y tan guapa como lo había sido mi madre. Estaba bien instruida y tenía buenos modales. Al principio, me alegré de que la hubiera comprado, pues así tendría a una amiga cerca. Pero pronto me lamenté. Señor, he estado en la puerta escuchando cómo la azotaban, sintien­do como si cada golpe cayera sobre mi corazón desnudo, y no podía hacer nada para ayudarla; y la azotaban, señor, por querer llevar una vida decente y cristiana, tal como sus leyes no permiten que viva una esclava; y finalmente la vi encade­nada con la cuadrilla de un tratante destinada a ser vendida en el mercado de Nueva Orleáns, y todo por aquel motivo, y no he vuelto a tener noticias de ella. Bien, pues me hice mayor, pasaron años y años, sin padre, sin madre, sin herma­na, sin un alma que me quisiera más que a un perro; sin nada más que azotes, broncas y hambre. Señor, he pasado tanta hambre que he comido a gusto los huesos que tiraban a sus perros; sin embargo, cuando era un crío y me quedaba no­ches enteras despierto llorando, no lloraba por el hambre; no lloraba por los azotes. No, señor, lloraba por mi madre y por mis hermanar, lloraba porque no tenía a nadie que me quisie­ra sobre la tierra. jamás conocí el significado de la paz o el consuelo. jamás me dirigieron una palabra amable hasta que fui a trabajar en su fábrica. Señor Wilson, usted me trataba bien; me animaba a mejorarme, a aprender a leer y a escribir e intentar ser algo en la vida, y Dios sabe cuánto se lo agra­dezco. Luego, señor, conocí a mi esposa; usted la ha visto y sabe lo hermosa que es. Cuando supe que me quería, cuan­do me casé con ella, apenas creía que estaba vivo por lo feliz que me sentía; y, señor, es tan virtuosa como bella. Y enton­ces, ¿qué? Entonces va mi amo y me aparta del trabajo y de mis amigos y de todo lo que me gusta y me reduce a nada. ¿Y por qué? Porque, dice, he olvidado quién soy, dice, para enseñarme que sólo soy un negro. Al final, lo último de todo, viene y se interpone entre mi mujer y yo y dice que tendré que renunciar a ella para ir a vivir con otra mujer. Y las leyes de ustedes le permiten hacer todo esto, a pesar de Dios y del hombre. ¡Dése cuenta, señor Wilson! No hay ni una sola de estas cosas que han roto el corazón a mi madre, a mi hermana, a mi esposa y a mí que no sancionen sus le­yes y permitan hacer a todos los hombres de Kentucky sin que nadie les pueda decir que no. ¿Y las llama usted las leyes de mi país? Señor, no tengo país como tampoco tengo padre. Pero voy a tener uno. No quiero nada del país de usted ex­cepto que me deje en paz, que pueda abandonarlo pacífica­mente; y cuando llegue al Canadá, donde las leyes me reco­nocerán y me protegerán, ése será mi país, y acataré sus leyes. Pero si algún hombre intenta detenerme, que tenga cuidado, pues estoy desesperado. Lucharé por la libertad hasta el últi­mo aliento. Dice usted que lo hicieron sus antepasados; si fue lo correcto para ellos, ¡es lo correcto para mí!

Este discurso, pronunciado parcialmente cuando estaba sentado en la mesa y parcialmente mientras paseaba de un lado para otro de la habitación —pronunciado con lágrimas, y los ojos llameantes y gestos de desesperación—, fue dema­siado para el bondadoso anciano a quien iba dirigido, que se había sacado un gran pañuelo de seda amarilla y se secaba la cara con gran ahínco.

—¡Malditos sean todos! —soltó de repente—. ¿No lo he dicho siempre?, ¡canallas del infierno! Espero no blasfemar, pues. ¡Adelante, George! Pero ten cuidado, hijo mío; no dis­pares a nadie, George a no ser... ¡no, mejor no dispares!, por lo menos, no para dar, ¿me entiendes? ¿Dónde está tu mujer, George? —añadió, levantándose nervioso para pasear por la habitación.

—Se ha marchado, señor, con su hijo en brazos, Dios sabe adónde; se ha ido detrás de la estrella del norte, y ¡cuándo nos reuniremos o si nos reuniremos alguna vez, nadie puede saberlo!

—¿Es posible?, es asombroso que huya de una familia tan bondadosa.

—Las familias bondadosas se endeudan y las leyes de nues­tro país permiten que arranquen a un crío de los brazos de su madre y lo vendan para pagar las deudas de su amo —dijo George con amargura.

—¡Vaya, vaya! —dijo el honrado anciano, rebuscando en el bolsillo— supongo... quizás... no estoy siendo juicioso... ¡maldita sea, no quiero ser juicioso! —añadió de repente—— así que toma, George —y sacando un fajo de billetes de una cartera, los ofreció a George.

—No, amable y buen señor —dijo George—, usted ha hecho mucho por mí y esto podría acarrearle problemas. Tengo bastante dinero, espero, para llevarme tan lejos como necesito.

—No, George, debes cogerlo. El dinero es de gran ayuda en todas partes; no puedes tener demasiado, si lo consigues de forma honrada. Cógelo, cógelo ahora, por favor, hijo.

—Con la condición, señor, de que se lo pueda devolver en el futuro, lo cogeré —dijo George, cogiendo el dinero.

—Ahora, George, ¿cuánto tiempo vas a viajar de esta gui­sa? No mucho, espero. Está bien representado, pero demasia­do atrevido. Y este negro, ¿quién es?

—Un tipo estupendo, que se fue al Canadá hace más de un año. Después de llegar allí, se enteró de que su amo esta­ba tan enfadado con él por haberse escapado que había azo­tado a su anciana madre; y ha vuelto para consolarla e inten­tar llevársela.

—¿Ya la tiene?

—Aún no; ha estado merodeando por el lugar pero toda­vía no ha tenido oportunidad. Mientras tanto, va a ir conmi­go hasta Ohio, para dejarme con unos amigos que lo ayuda­ron a él y luego volverá a por ella.

—¡Peligroso, muy peligroso! —dijo el anciano.

George se irguió y sonrió con desdén.

El anciano caballero lo miró de arriba a abajo con una es­pecie de asombro inocente.

—George, algo te ha cambiado de forma extraordinaria. Tienes la cabeza alta y hablas y te mueves como otro hom­bre —dijo el señor Wilson.

—¡Porque soy un hombre libre! —dijo, orgulloso, Geor­ge—. Sí, señor, no volveré a llamar amo a ningún hombre. ¡Estoy libre!

—¡Ten cuidado! No estás a salvo, pueden atraparte.

—Todos los hombres somos libres e iguales en la tumba, dado el caso, señor Wilson —dijo George.

—¡Estoy pasmado por tu valor! —dijo el señor Wilson ­¡métete en la taberna más próxima!

—Señor Wilson, no soy tan valiente, y esta taberna está tan cerca que no se les ocurrirá buscar aquí; me buscarán más adelante y ni usted me conocía. El amo de Jim no vive en este condado; a él no lo conocen por aquí. Además, ya es tarde, ya nadie lo busca y nadie me reconocerá por el anun­cio, creo.

—¿Y la marca de la mano?

George se quitó el guante y mostró una cicatriz reciente en la mano.

—Es la última muestra del aprecio del señor Harris —dijo desdeñoso—. Hace quince días se le ocurrió hacér­melo, porque dijo que creía que intentaría escaparme un día de estos. Interesante, ¿verdad? —dijo, volviendo a colo­carse el guante.

—Confieso que se me hiela la sangre cuando pienso en tu condición y tus riesgos —dijo el señor Wilson.

—Yo la he tenido helada durante muchos años, señor Wil­son; ahora está a punto de ebullición —dijo George—. Bien, estimado señor —dijo George tras unos minutos de silen­cio—, me he dado cuenta de que me reconocía y he pensa­do hablar con usted por si su cara de sorpresa me fuera a de­latar. Partiré mañana por la mañana temprano, antes del amanecer; mañana por la noche espero dormir en Ohio. Via­jaré con la luz del día, pararé en los mejores hoteles y comeré en las mismas mesas que los señores de la tierra. Adiós, pues, señor; si se entera de que me han cogido, sepa que he muerto.

George parecía una roca cuando extendió la mano como un príncipe. El amable anciano la estrechó con vigor y, des­pués de reiterar sus consejos, cogió el paraguas y salió torpe­mente de la habitación.

George permaneció pensativo mirando cómo el anciano cerraba la puerta. Pareció ocurrírsele algo. Corrió hacia la puerta y dijo, al abrirla:

—Señor Wilson, ha demostrado ser un cristiano por su for­ma de tratarme; quiero pedirle una última prueba de su bon­dad cristiana.

—¿Sí, George?

—Bien, señor, lo que ha dicho es verdad. Sí corro un gran riesgo. No hay sobre la tierra un alma a quien le importe que yo muera —añadió, respirando fuertemente y hablando con gran dificultad— me echarán a patadas y me enterrarán como un perro y nadie se acordará al día siguiente, ¡salvo mi pobre esposa! ¡Pobrecita!, llorará y penará. Si usted pudiera ha­cerle llegar este pequeño alfiler, señor Wilson, se lo agradece­ré. Me lo regaló ella unas Navidades, ¡pobrecita! Déselo y dí­gale que la amaba hasta el final. ¿Quiere usted hacerlo? —añadió muy serio.

—¡Por supuesto, pobre hombre! —dijo el anciano caballe­ro, cogiendo el alfiler con los ojos acuosos y la voz temblo­rosa y melancólica.

—Dígale una cosa —dijo George—; es mi último deseo, si puede llegar al Canadá, que vaya allí. No importa lo ama­ble que sea su ama, no importa cuánto ama su hogar, suplí­quele que no vuelva, porque la esclavitud siempre acaba en tragedia. Dígale que eduque a nuestro hijo como hombre li­bre para que no sufra como he sufrido yo. Dígale esto, señor Wilson, ¿quiere?

—Sí, George, se lo diré; pero confío en que no mueras; anímate, eres un tipo valiente. Confía en el Señor, George. Quisiera con toda mi alma que estuvieras a salvo.

—¿Existe un Dios en quien confiar? —preguntó George, con semejante tono de amarga desesperación que detuvo las palabras del anciano caballero—. Ay, he visto cosas en mi vida que me han hecho sentir que no puede haber un Dios. Uste­des los cristianos no saben cómo vemos nosotros estas cosas. Existe Dios para ustedes, pero ¿existe Dios para nosotros?

—Ay, no digas eso, muchacho —dijo el anciano, casi so­llozando mientras hablaba—; ¡no sientas esas cosas! Existe, existe; está oculto por nubes y tinieblas, pero la rectitud y el juicio señalan su morada. Existe un Dios, George, créelo; confía en Él y estoy seguro de que Él te ayudará. Se hará jus­ticia, si no en esta vida, en la próxima.

La auténtica piedad y la bondad del sencillo anciano le confirieron a sus palabras dignidad y autoridad. George dejó de caminar de un lado de la habitación al otro y se quedó pa­rado un momento y después dijo:

—Gracias por decir eso, mi buen amigo. Pensaré en eso.

CAPÍTULO XII. UN INCIDENTE PROPIO DEL COMERCIO LEGÍTIMO

En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse.

El señor Haley y Tom avanzaban lentamente en su ca­rro, cada uno absorto en sus propias reflexiones. Aho­ra bien, son una cosa curiosa las reflexiones de dos hombres que se hallan uno al lado del otro, sentados en el mismo asiento, con los mismos ojos, oídos, manos y órga­nos diversos, viendo pasar ante ellos los mismos objetos: es asombrosa la variedad que podemos encontrar en estas refle­xiones.

En el caso del señor Haley, por ejemplo: pensó primero en el tamaño de Tom, su corpulencia y su altura y el dinero que sacaría de su venta si lo mantenía gordo y en buen estado hasta llevarlo al mercado. Pensó en cuánto ganaría con toda su cuadrilla de esclavos; pensó en el valor respectivo en el mercado de los supuestos hombres, mujeres y niños que la constituirían y otros temas relacionados; luego pensó en sí mismo, en lo humanitario que era, ya que, mientras que otros hombres encadenaban a sus negros de manos y de pies, él sólo les ponía grilletes en los pies y dejaba a Tom libre para usar las manos, siempre que se portara bien; y suspiró al pen­sar en lo ingrata que era la naturaleza humana, pues cabía du­dar que Tom apreciase su clemencia. Lo habían engañado tantos negros a los que había favorecido, que aún le asom­braba más darse cuenta de lo bondadoso que seguía siendo.

En cuanto a Tom, pensaba en las palabras de un viejo li­bro poco leído, que pasaban por su mente una y otra vez: «Aquí no tenemos una ciudad duradera pero buscamos una en lo futuro; por lo que a Dios no le avergüenza que lo lla­memos Dios, porque Él nos ha preparado una ciudad.» Estas palabras de un antiguo volumen, compuesto principalmente por «hombres ignorantes e iletrados», a lo largo de los años han ejercido una especie de fascinación en las mentes de hombres sencillos y llanos como Tom. Despiertan lo más profundo del alma e infunden valor, energía y entusiasmo donde antaño sólo existía la más negra desesperación.

El señor Haley sacó del bolsillo varios periódicos y se puso a examinar los pasquines con un interés embelesado. No era un lector muy ducho y acostumbraba a leer medio re­citando, como si pidiese a sus oídos que verificaran las de­ducciones de sus ojos. Con este tono recitó lentamente el si­guiente párrafo:

SE VENDEN NEGROS: VENTA DE ALBACEAS. De acuerdo con el mandamiento judicial se venderán, el martes 20 de febrero, a la puerta del tribunal de la ciudad de Wa­shington, Kentucky, los siguientes negros: Hagar, de 60 años, John, de 30, Ben, de 21, Saul, de 25, Albert, de 14. Las ga­nancias serán para los acreedores y herederos del caudal de Jesse Blutchford.

SAMUEL MORRIS,

THOMAS FLINT

Albaceas

Debo ver esto —dijo a Tom, a falta de otra persona a quien dirigirse—. Verás, voy a juntar una cuadrilla de prime­ra para llevarla al sur contigo, Tom; así será agradable y socia­ble, ya sabes, la buena compañía. Lo primero de todo, debemos ir directamente a Washington y te meteré en la cárcel mientras me ocupo de estos negocios.

Tom acogió con mansedumbre esta noticia encantadora, preguntándose solamente cuántos de estos hombres conde­nados tendrían mujeres e hijos, y si se sentirían tan mal como él por separarse de ellos. Hay que confesar, además, que la información inocente y espontánea de que lo iban a meter en la cárcel de ninguna manera produjo una impre­sión agradable en un hombre que siempre había hecho gala de un modo de vida estrictamente honrado y correcto. Sí, debemos reconocerlo, Tom estaba bastante orgulloso de su honradez, el pobre, al no tener muchas más cosas de que enorgullecerse; si hubiese pertenecido a una clase social más alta, quizás nunca se hubiera visto reducido a semejante tesi­tura. Sin embargo, el día se fue pasando y por la tarde Tom y el señor Haley estaban cómodamente instalados en Washing­ton, uno en una taberna y el otro en la cárcel.

A las once del día siguiente, se había reunido alrededor de la escalera de los tribunales un gentío abigarrado, fumando, mascando, escupiendo, maldiciendo y conversando, cada uno según sus gustos e inclinaciones, esperando que diera comienzo la subasta. Los hombres y mujeres que se iban a vender estaban sentados aparte y se hablaban con voz queda. La mujer anunciada bajo el nombre de Hagar era una verda­dera africana de tipo y facciones. Debía de tener unos sesen­ta años, pero aparentaba más por culpa del trabajo y la enfer­medad, estaba casi ciega y algo incapacitada por el reumatis­mo. A su lado se encontraba Albert, el único hijo que le quedaba, un muchachote de aspecto despierto de unos cator­ce años. Era el único superviviente de una gran familia que se había ido vendiendo poco a poco en el mercado del sur. La madre se agarraba a él con las dos manos temblorosas y miraba con gran perturbación a todos los que se acercaban a examinarlo.

—No temas, tía Hagar —dijo el mayor de los hombres—, hablé con el señor Thomas y me dijo que a lo mejor conse­guiría venderos en el mismo lote a los dos.

—Que no digan que yo estoy acabada —dijo ella, alzando las manos temblorosas—. Puedo guisar todavía y frotar y fre­gar; vale la pena comprarme, si me venden barata, tú díselo, díselo —añadió con convicción.

En ese momento, Haley se abrió paso entre el— grupo, se aproximó al viejo y le abrió bruscamente la boca para mirar­la por dentro, le tocó los dientes, le hizo erguirse y doblarse y contorsionarse para mostrar los músculos; luego pasó al si­guiente y le hizo pasar las mismas pruebas. Acercándose fi­nalmente al muchacho, le tocó los brazos, le enderezó las manos, le escudriñó los dedos y le hizo saltar para mostrar su agilidad.

—No lo van a vender sin mí —dijo la anciana con apasio­nado énfasis—; él y yo vamos en el mismo lote; yo estoy muy fuerte todavía, amo, y puedo hacer mucho trabajo, mu­chísimo, amo.

—¿En una plantación? —preguntó Haley con una mirada de desprecio—. ¡Sí, sí! —y con aspecto de estar satisfecho de su examen, se alejó y se quedó mirando con las manos en los bolsillos, el cigarro en la boca y el sombrero ladeado en la ca­beza, preparado para actuar.

—¿Qué opina usted de ellos? —preguntó un hombre que había observado el examen de Haley como si quisiera saber su opinión para decidir él mismo.

—Bien —dijo Haley, escupiendo—, creo que pujaré por los más jóvenes y el muchacho.

—Quieren vender al muchacho y a la mujer juntos —dijo el hombre.

—Les va a ser difícil; ella no es más que un saco de hue­sos. No vale ni la sal que come.

—¿No la quiere, entonces? —preguntó el hombre.

—Sería tonto quien la quisiera. Está medio ciega y tullida de reuma, y tonta, además.

—Algunos compran a estos viejos y dicen que sirven para más de lo que se creería uno —dijo reflexivamente el hom­bre.

—Pues, yo no —dijo Haley—; no me la quedaría aunque me la regalasen, esa es la verdad, ¡la he visto!

—Pues es una lástima no comprarla con el hijo. Parece que ella se ha empeñado en eso, así que supongo que la dan barata.

—Los que tengan dinero para gastar así, mejor para ellos. Yo pujaré por el muchacho como bracero de plantación. Ella no me interesa; no me la quedaría ni regalada —dijo Haley.

—¡La que va a armar! —dijo el hombre.

—Supongo que es inevitable —dijo el tratante con frial­dad.

Aquí un repentino murmullo entre el público interrum­pió la conversación y el subastador, un tipo bajo, enérgico y ufano se abrió paso a codazos entre la multitud. La vieja con­tuvo la respiración y se agarró instintivamente a su hijo.

—Quédate cerca de tu mamá, Albert, cerca, para que nos pongan juntos —dijo.

—¡Ay, mamá, me temo que no! —dijo el muchacho.

—Deben hacerlo, hijo; no podré vivir si no —dijo la an­ciana con vehemencia.

Los tonos estentóreos del subastador pidiendo que despe­jasen el camino anunciaron que iba a comenzar la venta. Se dejó libre un sitio y empezaron las pujas. Los diferentes hom­bres de la lista se vendieron enseguida por precios que indi­caban la buena demanda del mercado; a Haley le correspon­dieron dos de ellos.

—Vamos, jovencito —dijo el subastador, tocando al muchacho con el mazo—, levántate para que veamos tu agi­lidad.

—Véndanos juntos, juntos, por favor, señor —suplicó la anciana, agarrándose fuertemente a su hijo.

—¡Largo! —dijo rudamente el hombre, apartándole las manos—; tú eres la última. Ahora, negrito, ¡salta! y,. di­ciendo esto, empujó al muchacho hacia la plataforma mien­tras se oyó detrás de él un quejido profundo y penetrante. El muchacho dudó y miró hacia atrás, pero no había tiempo que perder, por lo que se subió a la plataforma rápidamente, apartándose las lágrimas de los grandes ojos relucientes.

Su espléndido cuerpo, sus ágiles extremidades y su rostro despierto provocaron una competencia instantánea y media docena de pujas llegaron simultáneamente a oídos del subas­tador. Ansioso y un poco asustado, el muchacho miró de un lado a otro escuchando el alboroto de las pujas rivales, hasta que cayó el mazo. Lo había conseguido Haley. Lo empuja­ron desde la plataforma hacia su nuevo amo pero se detu­vo un momento y miró atrás, donde su pobre madre, tem­blando de la cabeza a los pies, tenía los brazos extendidos hacia él.

—¡Cómpreme a mí también, amo, por el amor de Dios! ¡Cómpreme, o moriré!

—¡Morirás si te compro, ahí está el problema! —dijo Ha­ley—. ¡No! —y se marchó.

Las pujas para la pobre anciana fueron breves. El hombre que se había dirigido a Haley y que no parecía carecer del todo del don de la compasión, la compró por una bagatela, y empezaron a dispersarse los espectadores.

Las pobres víctimas de esta venta, criadas juntas en el mis­mo lugar durante años, se reunieron en torno a la madre de­sesperada, cuyo sufrimiento era angustioso presenciar.

—¿No podían dejarme ni a uno? El amo siempre decía que me quedaría con uno —repetía una y otra vez en tono lastimero.

—¡Confía en el Señor, tía Hagar! —dijo el mayor de los hombres tristemente.

—¿Para qué sirve? —preguntó, sollozando apasionada­mente.

—¡Madre, madre, no llores! —dijo el muchacho—. Dicen que tienes un buen amo.

—No me importa, no me importa. ¡Ay, Albert, hijo, eres mi último hijo! Señor, ¿cómo voy a soportarlo?

—Vamos, lleváosla, algunos de vosotros —dijo Haley se­camente—. No le hace ningún bien lamentarse de esta manera.

Los mayores del grupo, en parte por gusto y en parte a la fuerza, soltaron las manos de la anciana e intentaron conso­larla mientras la acompañaban al carro de su nuevo amo.

—¡Vamos! —dijo Haley, juntando a empujones a los tres esclavos que había comprado y sacando un manojo de espo­sas, que procedió a colocarles en las muñecas. Después suje­tó las esposas a una larga cadena y los condujo a la cárcel.

Unos días después, Haley se encontraba instalado a salvo con sus pertenencias en uno de los barcos del río Ohio. Te­nía los principios de su cuadrilla, que se iría aumentando, según iba avanzando el barco, con otras mercancías de la mis­ma especie, almacenadas por él o su agente en varios puntos a lo largo de la orilla.

La Belle Riviére, un barco de vapor tan gallardo y hermoso como cualquiera que jamás surcara las aguas del río que le inspiraba el nombre, navegaba alegremente bajo un cielo despejado, con las barras y estrellas de la América libre on­deando en lo alto. La cubierta estaba repleta de elegantes da­mas y caballeros que se paseaban disfrutando del tiempo es­pléndido. Todos estaban llenos de vida animada y festiva, to­dos menos los miembros de la cuadrilla de Haley, que se encontraban hacinados con otras mercancías en la cubierta inferior y que, por algún motivo, no parecían apreciar sus muchos privilegios, ahí sentados en caterva, hablándose en voz baja.

—Muchachos ——dijo Haley, acercándose rápidamente—, espero que estéis animados y contentos. Nada de morros, pues; a mal tiempo, buena cara, muchachos; portaos bien conmigo y yo me portaré bien con vosotros.

Los muchachos contestaron con el inevitable «sí, amo», la consigna de la pobre África desde hacía años; pero hay que reconocer que no tenían un aspecto muy animoso; tenían pequeñas querencias hacia las esposas, madres, hermanas e hijos, vistos por última vez y, aunque «los que los maltrata­ban les exigían alegría», no eran capaces de mostrarla.

Tengo esposa ——dijo la mercancía designada como «John, 30 años», poniendo la mano esposada en la rodilla de Tom— que no sabe una palabra de esto, pobrecita.

—¿Dónde vive? —preguntó Tom.

—En una taberna un poco más abajo —dijo John—. ¡Oja­lá pudiera verla una vez más en este mundo! —añadió.

¡Pobre John! Su pena era natural, y las lágrimas que caían mientras hablaba acudían con tanta naturalidad como si fue­se blanco. Tom soltó un profundo suspiro desde el fondo de su corazón e intentó consolarlo a su torpe manera.

Y encima de sus cabezas, en la cubierta superior, estaban sentados padres y madres con sus hijos alegres revoloteando a su alrededor como mariposas; todo sucedía con naturali­dad y llaneza.

—Eh, mamá —dijo un niño que acababa de subir desde el piso inferior—, hay un tratante de negros a bordo que tie­ne tres o cuatro esclavos allí abajo.

—¡Pobres criaturas! —dijo la madre en un tono entre ape­nado e indignado.

—¿Qué ocurre? —preguntó otra dama.

—Hay algunos pobres esclavos abajo —dijo la madre.

—Y llevan cadenas —dijo el niño.

—¡Es una vergüenza para nuestro país que se vean seme­jantes espectáculos! —dijo otra señora.

—Pues hay mucho que decir a favor y en contra del tema ——dijo una mujer refinada, que estaba sentada cosiendo a la puerta de su camarote mientras sus hijos jugaban cerca—. Yo he estado en el Sur, y he de decir que creo que los negros es­tán mejor que si estuvieran libres.

—En algunos aspectos algunos de ellos están bien, se lo concedo —dijo la señora a quien había contestado la ante­rior—. Lo más terrible de la esclavitud, a mi modo de ver, son los ultrajes cometidos contra los sentimientos y los afec­tos, como separar a las familias, por ejemplo.

—Ése es un mal asunto, desde luego —dijo la otra señora, levantando un vestido de bebé que acababa de terminar y examinando con atención los perifollos—, pero me imagino que no ocurre con frecuencia.

—Ya lo creo que sí —dijo la primera con impaciencia—; he vivido muchos años en Kentucky y Virginia y he visto lo bastante para asquear a cualquiera. ¿Qué sentiría, señora, si se llevaran a sus dos hijos para venderlos?

—No podemos comparar nuestros sentimientos con los de esa clase de personas —dijo la otra señora, ordenando en su regazo unas prendas de estambre.

—Desde luego, señora, no puede saber usted nada de ellos si habla de esa forma —contestó la primera con indigna­ción—. Yo nací y me crié entre ellos. Sé que sienten igual de profundamente, o quizás incluso más, que nosotros.

La dama respondió: —¿De veras? —bostezó, miró por la ventana del camarote y finalmente repitió, como broche de oro, el comentario con el que había empezado—: Después de todo, creo que están mejor que si estuvieran libres.

—No hay duda de que la Providencia dispone que los de la raza africana sean sirvientes, que se mantengan en baja condición —dijo un caballero de aspecto serio vestido de ne­gro, un clérigo, sentado junto a la puerta del camarote— «¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para tus herma­nos!», dicen las Sagradas Escrituras.

—Vaya, forastero, ¿es eso lo que significa ese texto? —pre­guntó un hombre alto, que se encontraba de pie cerca.

—Sin duda. La Providencia quiso, por algún motivo ines­crutable, condenar a esa raza a la esclavitud hace muchísimo tiempo; nosotros no debemos oponernos.

—Pues entonces todos compraremos negros —dijo el hombre— si es lo que quiere la Providencia, ¿verdad, caba­llero? —dijo, volviéndose hacia Haley, que estaba de pie jun­to a la estufa con las manos en los bolsillos, escuchando la conversación con interés.

—Sí —prosiguió el hombre alto—, todos debemos resig­namos a los mandatos de la Providencia. Hay que vender a los negros, llevarlos de un lado para otro y someterlos; para eso los han hecho. Parece ser que esta opinión le conviene, ¿verdad, forastero? —dijo a Haley.

—Nunca lo había pensado —dijo Haley—. Yo no lo hu­biese dicho, pues no soy instruido. Me metí en el negocio sólo para ganarme la vida; si no está bien, pensaba arrepen­tirme con el tiempo, ¿comprende usted?

—Y ahora no tiene por qué molestarse, ¿eh? —dijo el hombre alto—. Ya ve usted lo útil que es conocer las Sagra­das Escrituras. Si hubiera estudiado la Biblia, como este buen hombre, lo habría sabido antes y se habría ahorrado muchas molestias. Podría decir simplemente: «Maldito... ¿cómo se llama?», y todo hubiera estado bien y el forastero, que no era otro que el honrado ganadero que presentamos a nues­tros lectores en la taberna de Kentucky, se sentó y se puso a fumar con una extraña sonrisa en su rostro largo y enjuto.

En este punto intervino un joven alto y esbelto con una expresión de sensibilidad e inteligencia, repitiendo las pala­bras: «Todo lo que quisierais que os hicieran los hombres a vosotros, eso es lo que deberíais hacer vosotros a ellos.» Creo —añadió— que esto es de las Sagradas Escrituras igual que «Maldito Canaán».

—Bien, parece ser un texto igual de sencillo —dijo el ga­nadero John— para unos pobres tipos como nosotros —y si­guió echando humo como un volcán.

El joven se detuvo como si fuera a decir algo más, pero de repente se paró el barco y los presentes se precipitaron, al es­tilo habitual de los barcos de vapor, para ver dónde tocaban tierra.

—¿Esos dos son clérigos? —preguntó John a uno de los hombres mientras salían.

El hombre asintió con la cabeza.

Al detenerse el barco, una mujer negra subió corriendo alocada por la plancha, se abalanzó entre la multitud, y se precipitó al lugar donde se hallaba la cuadrilla de esclavos, rodeando con los brazos a la desgraciada mercancía nombra­da anteriormente: «John, 30 años», llamándola marido, entre sollozos, gemidos y lágrimas.

Pero no hace falta contar la historia demasiadas veces con­tada, incluso a diario, de corazones rotos y destrozados, ¡de seres débiles rotos y destrozados para beneficio y provecho de los fuertes! No hace falta contarla; se cuenta a diario, y se cuenta al oído de Uno que no es sordo, aunque hace mucho tiempo que está callado.

El joven que antes había defendido la causa de la humani­dad y de Dios se quedó con los brazos cruzados mirando esta escena. Se volvió a Haley, que se encontraba a su lado.

—Amigo —dijo con voz gruesa— ¿cómo puede, cómo se atreve a llevar semejante negocio? ¡Mire a estas pobres criatu­ras! Aquí estoy yo, alegrándome el corazón de que voy a casa con mi esposa y mi hijo; y la misma campana que es la señal que hará que me lleven más cerca de ellos, separará a este po­bre hombre de su esposa para siempre. No lo dude usted, Dios le hará responder de esto.

El tratante volvió la cabeza en silencio.

—Vaya, vaya —dijo el ganadero, tocándole el codo—, hay diferencias entre los clérigos, ¿verdad? Maldito Canaán no parece ser el lema de éste, ¿eh?

Haley gruñó inquieto.

—Y eso no es lo peor—dijo John—; quizás no sea el lema del Señor tampoco, a la hora de rendirle cuentas, un día de éstos, como todos hemos de hacer, me parece.

Haley se aproximó reflexivamente al otro extremo del barco.

«Si gano un buen pico con el próximo par de cuadrillas», pensó, «creo que acabaré con esto; se está haciendo peligro­so». Y sacó la libreta y empezó a hacer cuentas, procedimiento que para muchos caballeros además del señor Haley ha resulta­do ser un buen remedio para una conciencia intranquila.

El barco se alejó majestuosamente de la orilla y todas las cosas continuaron alegremente, igual que antes. Los hom­bres charlaban, holgazaneaban, leían y fumaban. Las mujeres cosían, los niños jugaban y el barco seguía su camino.

Un día, cuando el barco estaba atracado un rato en un pe­queño pueblo de Kentucky, Haley se acercó a éste por un asunto de negocios.

Tom, cuyos grilletes no impedían que diera un modesto paseo, se había aproximado a la borda del barco y estaba mi­rando apático por encima de la barandilla. Un rato después, vio volver al tratante a paso ligero, acompañado de una mu­jer negra con un niño pequeño en brazos. Vestía de forma respetable y la iba siguiendo un hombre negro, portando un pequeño baúl. La mujer avanzaba alegremente, hablando con el hombre que llevaba su baúl, y de esta manera subió la plancha hasta el barco. Sonó la campana, la rueda zumbó, la máquina gruñó y tosió y el barco se fue río abajo.

La mujer se adelantó entre las cajas y las balas de la cubier­ta inferior y, sentándose, se puso a hacerle carantoñas al niño.

Haley dio un par de vueltas al barco y después se acercó a ella, se sentó y empezó a decirle algo con voz baja e indi­ferente.

Tom vio cómo una pesada nube se posó pronto en la fren­te de la mujer y cómo contestó deprisa y con gran vehemen­cia.

—¡No me lo creo, no quiero creerlo! —la oyó decir—. ¡Me está tomando el pelo!

—Si no te lo crees, mira aquí —dijo el hombre, sacando un papel—; éste es el contrato de venta y aquí está el nom­bre de tu amo; y yo he pagado un buen dinero en efectivo, te lo aseguro, así que, ¡ya está!

—¡No puedo creer que el amo me engañara de esa ma­nera, no puede ser verdad! —dijo la mujer, cada vez más agitada.

—Puedes preguntárselo a cualquiera de los hombres que están aquí que sepan leer. ¡Oiga! —dijo a un hombre que pa­saba— lea usted esto, ¿quiere? Esta muchacha no me cree cuando le digo lo que es.

—Pues es un contrato de venta, firmado por John Fosdick —dijo el hombre—, cediéndole a usted la propiedad de la muchacha Lucy y su hijo. Está todo bastante claro, por lo que puedo ver.

Las exclamaciones apasionadas de la mujer atrajeron a una multitud de personas, que se reunieron a su alrededor y el tratante les explicó brevemente el motivo del altercado.

—Me dijo que me mandaba a Louisville para trabajar de cocinera en la misma taberna donde trabaja mi marido, eso es lo que me dijo mi amo en persona, y no me puedo creer que me mintiera —dijo la mujer.

—Pero te ha vendido, pobre mujer, de eso no hay duda —dijo un hombre con aspecto de bondadoso tras examinar los papeles—; lo ha hecho, desde luego.

—Entonces no sirve de nada hablar —dijo la mujer, tran­quilizándose de repente; y, cogiendo más fuerte a su hijo en los brazos, se sentó en su baúl, les volvió la espalda y se puso a mirar el río con apatía.

—Se lo va a tomar con calma, después de todo —dijo el tratante—. ¡La muchacha tiene coraje!

La mujer tenía un aspecto tranquilo mientras avanzaba el barco; una brisa estival dulce y suave pasaba por encima de su cabeza como un espíritu compasivo, la brisa benigna que nunca pregunta si es clara u oscura la frente que acaricia. Y vio la luz del sol reflejada en rizos dorados en el agua y oyó voces alegres, contentas de ocio y placer, hablando a su alre­dedor; pero el corazón le pesaba como si le hubiese caído en­cima una gran losa. Su hijito se alzó en sus brazos y le acarició la mejilla con sus manitas; daba saltitos, gorjeaba, cantu­rreaba y parecía empeñado en animarla. Ella lo abrazó muy fuerte de repente y una lágrima tras otra empezaron a caer so­bre la carita inconsciente y sorprendida; después, pareció so­segarse poco a poco y se ocupó en atender al niño y darle de mamar.

El bebé, un niño de diez meses, era más grande y fuerte de lo normal para su edad y de extremidades muy vigorosas. No se paraba ni un momento y mantenía a su madre ocupada sujetándolo y frenando sus constantes saltos.

—¡Qué muchacho tan guapo! —dijo un hombre, parando frente al niño con las manos en los bolsillos—. ¿Qué edad tiene?

—Diez meses y medio —dijo la madre.

El hombre silbó al niño y le ofreció un trozo de caramelo, que éste agarró con entusiasmo y colocó enseguida en el al­macén general de todos los niños, es decir, la boca.

—¡Qué listo! —dijo el hombre—. ¡Sabe lo que se hace! —silbó y se marchó. Cuando llegó al otro lado del barco, se encontró con Haley, que fumaba encima de un montón de ajas.

El forastero sacó una cerilla y encendió un puro, diciendo al mismo tiempo:

—Guapa muchacha la que tiene usted ahí, forastero.

—Pues, supongo que es bastante guapa —dijo Haley, ex­peliendo el humo por la boca.

—¿La lleva usted al sur? —preguntó el hombre.

Haley asintió y siguió fumando.

—¿Para trabajar en una plantación? —preguntó el hom­bre.

—Bien —dijo Haley—, estoy reuniendo el pedido de una plantación y creo que la incluiré. Me han dicho que es bue­na cocinera, así que pueden usarla para eso o para recoger al­godón. Tiene los dedos adecuados para eso: los he mirado. La venderé bien, en cualquier caso y Haley volvió a fumar.

—No querrán al niño en la plantación —dijo el hombre.

—Lo venderé a la primera oportunidad —dijo Haley, en­cendiendo otro cigarro.

—Supongo que lo venderá bastante barato —dijo el foras­tero, encaramándose en la pila de cajas y sentándose cómo­damente.

—Pues no lo sé —dijo Haley—; es un chiquillo muy listo, bien formado, gordo y fuerte; tiene la carne prieta como un ladrillo.

—Es verdad, pero están la molestia y el gasto de criarlo.

—¡Tonterías! —dijo Haley—. Éstos se crían tan fácilmen­te como cualquier otra criatura; no dan más guerra que los cachorros. Este pequeñito estará correteando por ahí dentro de un mes.

—Yo tengo un buen sitio para criarlos y estaba pensando en coger más género —dijo el hombre—. Una cocinera per­dió a un hijo la semana pasada, se ahogó en la palangana de la colada mientras ella tendía la ropa, y creo que sería buena idea ponerla a criar a éste.

Haley y el forastero fumaron un rato en silencio, ya que ninguno de los dos aparentaba querer tocar el tema principal de la conversación. Finalmente el hombre prosiguió:

—No se le ocurrirá pedir más de diez dólares por ese niño, ya que tiene usted que deshacerse de él, ¿verdad?

Haley negó con la cabeza y escupió de forma impresio­nante.

—No es suficiente, en absoluto —dijo, y comenzó a fu­mar de nuevo.

—Bien, forastero, ¿cuánto quiere?

—Bien —dijo Haley—, yo mismo podría criar a ese pe­queño o mandarlo criar; es muy fuerte y sano y le sacaré cien dólares de aquí a seis meses; y en un año o dos, doscientos, si lo coloco en el lugar adecuado; así que no aceptaré un cen­tavo menos de cincuenta por él ahora.

—Vaya, forastero, ¡es totalmente ridículo! —dijo el hombre.

—Pero es así! —dijo Haley, moviendo la cabeza con de­cisión.

—Le daré treinta por él —dijo el forastero—, pero ni un centavo más.

—Ahora, le diré lo que voy a hacer —dijo Haley, escu­piendo otra vez con renovada decisión—. Partiremos la dife­rencia y diremos cuarenta y cinco; es lo mejor que puedo ofrecerle.

—De acuerdo —dijo el hombre después de una pausa.

—¡Hecho! —dijo Haley—. ¿Dónde va a desembarcar?

—En Louisville —dijo el hombre.

—¿Louisville? —dijo Haley—. Muy bien, llegaremos al anochecer. Estará durmiendo el chiquillo... bien, bien... lo ba­jaremos tranquilamente, sin escándalos... viene muy bien... me gusta hacer las cosas tranquilamente... odio la agitación y los alborotos —así, después de la transferencia de algunos bi­lletes de la cartera del hombre a la del tratante, volvió a su ci­garro.

Era una tarde luminosa y tranquila cuando atracó el barco en el muelle de Louisville. La mujer estaba sentada con el niño durmiendo profundamente en sus brazos. Cuando oyó anunciar el nombre del lugar, dejó rápidamente al niño en un hueco con forma de cuna entre unas cajas, después de ex­tender allí su capa; luego corrió a la borda del barco con la esperanza de ver a su marido entre los muchos camareros de hotel que llenaban el muelle. Con esta esperanza, se apretó contra la barandilla y, estirándose sobre ella, forzó la vista es­cudriñando las cabezas que se movían en la orilla, y la mu­chedumbre se interpuso entre ella y su hijo.

—Ésta es su oportunidad —dijo Haley, cogiendo el niño dormido y ofreciéndoselo al forastero—. No lo despierte us­ted, que se pondrá a llorar, y la muchacha armaría un gran es­cándalo —el hombre cogió cuidadosamente el fardo y se perdió entre la multitud que se alejaba por el muelle.

Cuando el barco se despegó crujiendo, gruñendo y reso­plando del muelle y empezó a alejarse lentamente, la mujer regresó a su asiento. El tratante estaba sentado allí y ¡el niño no estaba!

—¿Qué... cómo... dónde...? —preguntó aturdida.

—Lucy —dijo el tratante—, tu niño se ha ido; lo tendrás que saber tarde o temprano. Verás, yo sabía que no te lo po­días llevar al sur, y he tenido la ocasión de venderlo a una fa­milia de primera, que lo criará mejor de lo que tú podrías.

El tratante había llegado en los últimos tiempos al estado de perfeccionamiento cristiano, recomendado por algunos predicadores y políticos del norte, en el que se superan total­mente todas las debilidades y prejuicios humanos. Su cora­zón estaba en el lugar exacto donde podrían estar el tuyo, lector, y el mío, con el esfuerzo y la diligencia debidos. La mirada enloquecida de angustia y absoluta desesperación que le dirigió la mujer podría haber perturbado a una perso­na menos experimentada; pero él estaba acostumbrado. Ha­bía visto esa misma mirada cientos de veces. Tú también te podrías acostumbrar, amigo mío, y los últimos esfuerzos re­cientes tienen el gran objetivo de acostumbrar a ello a toda la comunidad del norte, por la gloria de la Unión. Así que el tratante sólo vio la angustia mortal de las oscuras facciones, los puños apretados y el aliento entrecortado como conco­mitantes de su oficio y sólo se preguntaba si iba a gritar y ar­mar un escándalo en el barco, ya que, como otros defensores de nuestra peculiar institución, le gustaban muy poco las conmociones.

Pero la mujer no gritó. El disparo le había alcanzado dema­siado de lleno el corazón para dejar lugar a lágrimas o gritos. Mareada, se sentó. Las manos yacían sin vida a los lados del cuerpo. Los ojos miraban directamente al frente, pero no veían nada. En los oídos consternados se entremezclaban to­dos los ruidos: el ronroneo del barco y los gruñidos de las máquinas; su pobre corazón destrozado no tenía ni gritos ni lágrimas para mostrar su total desesperación. Estaba muy tranquila.

El tratante que, teniendo en cuenta sus ventajas, era casi tan humanitario como algunos de nuestros políticos, parecía sentirse en la obligación de brindarle el consuelo adecuado a la ocasión.

—Sé que es bastante difícil al principio, Lucy —dijo—, pero no va a dejarse llevar una muchacha tan lista y sensata como tú. Verás, es necesario; no se puede evitar.

—¡Ay, no, señor, no! —dijo la mujer, con la voz de una persona que se está ahogando.

—Eres una moza lista, Lucy —insistió—; yo te trataré bien y te conseguiré un buen puesto río abajo; y pronto ten­drás otro marido, una chica tan guapa como tú...

—¡Ay, señor, no me hable usted ahora! —dijo la mujer con una voz tan llena de angustia vital que el tratante tuvo la impresión de que había algo en la situación que iba más allá de su estilo de actuar. Él se levantó y la mujer se volvió y hundió la cara en su capa.

El tratante paseó de un lado para otro durante un rato, de­teniéndose de vez en cuando para mirarla.

«Lo está tomando bastante mal», monologó, «aunque está tranquila. Que sude un poco; lo superará dentro de un rato». Tom había observado toda la transacción de principio a fin y comprendía perfectamente los resultados. Le pareció una cosa indeciblemente terrible y cruel porque, pobre negro ignorante que era, no había aprendido a generalizar y tener visiones globales de las cosas. Si lo hubieran instruido ciertos ministros del cristianismo, quizás lo hubiera visto de otra manera, como un incidente cotidiano del comercio legítimo, un comercio que es el pilar vital de una institución que, nos dice un clérigo norteamericano, «no tiene más maldad que la in­herente a cualquier relación humana de la vida social y doméstica». Pero siendo Tom, como vemos, un pobre tipo ignorante cu­yas lecturas se limitaban al Nuevo Testamento, no sabía con­solarse y resignarse con ese tipo de opiniones. Su alma san­graba por lo que le parecían las injusticias hacia la pobre cria­tura doliente que yacía como un junco aplastado sobre las cajas: ese objeto vivo, sangrante, sensible e inmortal que per­tenece, según las leyes de los Estados Unidos, a la misma ca­tegoría que los fardos, los baúles y las cajas entre los que es­taba echada.

Tom se acercó e intentó decir algo; pero ella sólo gimió. Con las lágrimas cayéndole por las mejillas, le habló sincera­mente de un corazón amante en el cielo, de Jesús misericor­dioso y del hogar eterno, pero el oído de ella estaba sordo y su corazón paralizado por la angustia.

Cayó la noche, una noche tranquila, impasible y gloriosa, que brillaba con innumerables ojitos solemnes de ángel, que parpadeaban, bellos, en silencio. No llegaban discursos ni palabras, ninguna voz compasiva, ninguna mano amiga, des­de ese cielo remoto. Una tras otra se fueron apagando las vo­ces de los negocios y del placer; todos dormían en el barco, y se oían claramente las olas contra la proa. Tom se extendió sobre una caja y, tumbado allí, oyó una y otra vez, un sollo­zo o un lamento de la criatura doliente: «¡Ay de mí! ¿Qué voy a hacer? ¡Ay, Señor, buen Señor, ayúdame!», y así sucesi­vamente, una y otra vez hasta que se apagó el murmullo y se hizo el silencio.

En mitad de la noche se despertó Tom sobresaltado. Algo negro pasó rápidamente por su lado hasta la borda del barco y oyó caer algo al agua. Nadie más oyó ni vio nada. Levantó la cabeza... ¡el lugar de la mujer estaba vacío! Se levantó y buscó alrededor sin éxito. El pobre corazón sangrante des­cansaba por fin y el río ondulaba y helaba inocentemente como si no se hubiese tragado nada.

¡Paciencia, paciencia!, todos vosotros que tenéis el corazón hinchado de indignación por injusticias como ésta. El Hom­bre de los Dolores, el Señor de la Gloria no olvidará ni un la­tido de angustia ni una lágrima de los oprimidos. Lleva en su corazón paciente y generoso toda la angustia del mundo. Aguanta en silencio, como él, y esfuérzate con amor, porque tan seguro como que es Dios, «llegará el día de sus redimidos».

El tratante se despertó bien temprano y salió a inspeccio­nar su ganado. Ahora le tocaba a él mirar alrededor perplejo. —¿Dónde diablos está esa muchacha? —preguntó a Tom. Tom, que había aprendido la sabiduría de guardar silencio, no se sintió obligado a expresar sus observaciones y sospe­chas, por lo que dijo no saberlo.

—No es posible que desembarcase en ningún sitio duran­te la noche, porque yo estaba despierto y ojo avizor cada vez que atracaba el barco. Nunca confió estos menesteres a los demás.

Dirigió este discurso confidencialmente a Tom, como si su contenido fuese de especial importancia para él. Tom no res­pondió.

El tratante registró el barco de proa a popa, entre cajas, ba­las y toneles, entre las máquinas, junto a la chimenea, pero en vano.

—Vamos, Tom, sé justo, pues —dijo cuando, tras una bús­queda infructuosa, se acercó a donde se encontraba Tom—. Tú sabes algo, vamos. No me digas que no; yo sé que sí. Yo vi a la muchacha tendida aquí a las diez, y otra vez a las doce, y entre la una y las dos; y luego a las cuatro no estaba, y tú dormías ahí todo el tiempo. Sabes algo, pues, es imposible que no.

—Bien, amo —dijo Tom—, antes del amanecer me rozó algo y medio desperté; después oí una gran zambullida y me desperté del todo y ya no estaba la muchacha. Eso es todo lo que sé.

El tratante no estaba escandalizado ni asombrado porque, como hemos dicho antes, estaba acostumbrado a muchas co­sas a las que usted no lo está. Incluso la terrible presencia de la Muerte no le infundía un frío solemne. Había visto la Muerte muchas veces —la conoció por su oficio y llegó a tra­tarla bastante— y sólo le pareció un cliente muy duro de roer que le estropeaba muy injustamente los negocios; por lo que sólo juró que la muchacha era un fastidio, que él tenía muy mala suerte y que, si las cosas seguían igual, no sacaría ni un centavo del viaje. En resumen, parecía considerarse un hom­bre decididamente maltratado; pero la cosa no tenía reme­dio, puesto que la mujer se había escapado a un estado que nunca repatría a ningún fugitivo, aunque toda la gloriosa Unión lo exija. El tratante, por lo tanto, se sentó desconsola­damente con su pequeña libreta de cuentas y apuntó bajo el apartado de pérdidas el cuerpo y alma de la muerta.

—Es un ser repugnante este tratante ¿verdad? ¡Tan insen­sible! ¡Es realmente terrible!

—Oh, pero nadie tiene buena opinión de estos tratantes. Son despreciados por todo el mundo; no son recibidos por la buena sociedad.

Pero, señor, ¿quién hace al tratante? ¿Quién tiene la ma­yor parte de culpa? ¿El hombre ilustrado, culto e inteligen­te que apoya el sistema del que el tratante es el resultado inevitable o el mismo tratante? Usted hace la regulación pública que permite su oficio y a él lo corrompe y pervier­te hasta que ya no se avergüenza de ello; ¿en qué es mejor usted que él?

¿Usted es educado y él ignorante, usted enaltecido y él ras­trero, usted refinado y él basto, usted tiene talento y él no? En el día de un juicio futuro, estas mismas consideracio­nes pueden inclinar el balance a favor de él y no de usted. Al concluir estos pequeños incidentes de comercio legíti­mo, debemos rogar al mundo que no piense que los legisla­dores estadounidenses carecen totalmente de humanidad como se podría inferir injustamente de los grandes esfuerzos realizados en el senado nacional por proteger y perpetuar este tipo de tráfico.

Porque ¿quién no está enterado de cómo se superan nues­tros grandes hombres en arengar contra el tráfico de esclavos en el extranjero? Es edificante ver y oír la verdadera multitud de Clarkson y Wilberforce que han surgido entre nosotros para defender ese tema. ¡Es feísimo traficar con negros de África, querido lector! ¡No se puede tolerar! ¡Pero traficar con negros de Kentucky es una cosa muy diferente!

CAPITULO XIII. LA COLONIA CUÁQUERA

Una escena tranquila se alza ante nuestros ojos. Una cocina grande, espaciosa y bien pintada con el suelo liso y reluciente, sin una partícula de polvo, y un fo­gón limpio y bien ennegrecido; hileras de cacerolas de esta­ño, sugerentes de multitud de cosas buenas para el apetito; brillantes sillas verdes de madera, viejas y sólidas; una peque­ña mecedora de asiento abatible, con un cojín de retazos en­cima, cuidadosamente realizado con retales de lana de dife­rentes colores, y una más grande, vieja y maternal, cuyos bra­zos extendidos invitaban hospitalariamente a sentarse, y unos mullidos almohadones de plumas secundaban la invi­tación: una mecedora realmente confortable y acogedora que valía más, por la comodidad sencilla y hogareña de la que alardeaba, que una docena de los elegantes sillones de salón de terciopelo o brocado; y en esta mecedora, balan­ceándose suavemente hacia adelante y hacia atrás, con los ojos fijos en una fina labor de costura, se encontraba nuestra buena amiga Eliza. Sí, ahí está, más pálida y delgada que cuando estaba en su casa de Kentucky, y con un mundo de penas reprimido bajo la sombra de sus largas pestañas y esbo­zando el contorno de su tierna boca. Se veía claramente que la disciplina del pesado dolor había envejecido y endurecido el corazón juvenil; y cuando al rato levantó los oscuros ojos para seguir los retozos del pequeño Harry, que correteaba de aquí para allá por todo el suelo como una mariposa tropical, se veían una firmeza y una resolución profundas que no es­taban allí en los días más felices de antaño.

Junto a ella se encontraba sentada una mujer con una re­luciente palangana de hojalata en el regazo, en la que iba cla­sificando melocotones secos. Podía tener unos cincuenta y cinco o sesenta años, pero tenía uno de aquellos rostros que el tiempo parece tocar sólo para adornarlos y embellecerlos. El níveo gorro de crespón, cortado según el severo patrón cuáquero, el sencillo pañuelo de muselina dispuesto en so­brios pliegues sobre el pecho, el chal y el vestido poco atrac­tivos: todo delataba a qué comunidad pertenecía. Su cara era redonda y rosada, con saludable piel suave que hacía pensar en un melocotón maduro. Su cabello, plateado parcialmen­te por los años, estaba peinado hacia atrás desde la frente alta y serena donde el tiempo no había impreso otro mensaje que paz sobre la tierra y buena voluntad para con los hom­bres; debajo brillaban un par de grandes ojos claros, hones­tos y amables de color castaño; sólo había que mirar en ellos para tener la sensación de ver hasta el fondo de un corazón tan bueno y leal como jamás latiera en un pecho de mujer. Se ha alabado y cantado tanto la hermosura de las mucha­chas jóvenes, ¿por qué no ensalza alguien la belleza de las mujeres mayores? Si alguien quiere inspiración para este menester, le remitimos a nuestra buena amiga Rachel Halli­day, que está ahí sentada en su pequeña mecedora. Tenía tendencia a crujir y chirriar esa mecedora o bien por haber cogido frío en sus años mozos o por padecer asma o, qui­zás, por alguna dolencia de los nervios; pero al balancearse hacia adelante y hacia atrás con suavidad, la mecedora emi­tía una especie de sonsonete que hubiera sido insoportable si lo hubiese producido cualquier otra silla. Pero el viejo Si­meon Halliday a menudo declaraba que le gustaba tanto como cualquier música y los hijos juraban todos que no quisieran dejar de oír la mecedora de su madre por nada del mundo. ¿Por qué? Durante unos veinte años, no había emanado de esa mecedora nada que no fueran palabras afectuosas, tiernas regañinas y atenciones maternales; se ha­bían curado allí innumerables dolores de cabeza y de cora­zón; se habían resuelto problemas espirituales y temporales y todo era obra de una buena mujer cariñosa, ¡que Dios la bendiga!

—¿Aún piensas ir al Canadá, Eliza? —preguntó mientras repasaba los melocotones.

—Sí, señora —dijo Eliza con resolución—. Debo seguir adelante. No me atrevo a detenerme.

—¿Y qué harás cuando llegues allí? Debes pensar en eso, hija mía.

«Hija mía» salía con naturalidad de la boca de Rachel Halliday, pues tenía un rostro y un tipo que hacían pensar que «madre» era la palabra más natural del mundo.

Temblaron las manos de Eliza y cayeron algunas lágrimas sobre su labor; pero respondió firmemente:

—Haré... lo que encuentre. Espero encontrar algo.

—Sabes que puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras —dijo Rachel.

—Oh, gracias —dijo Eliza—, pero —señaló a Harry— no duermo por las noches, no consigo descansar. Anoche soñé que vi a un hombre entrar al corral —dijo con un escalofrío.

—¡Pobre niña! —dijo Rachel, secándose los ojos—; pero no debes sentirte así. El Señor lo ha dispuesto de manera que nunca hayan cogido a un fugitivo en nuestra aldea. Confío en que tu hijo no vaya a ser el primero.

Se abrió la puerta en ese momento y se asomó a la puerta una mujer baja y redonda con aspecto de acerico y una cara alegre y reluciente como una manzana madura. Iba vestida, como Rachel, de sobrio gris, con el trozo de muselina plega­do sobre su pecho redondo y llenito.

—Ruth Stedman —dijo Rachel, acercándose con ale­gría—; ¿cómo estás, Ruth? —preguntó, cogiéndole las ma­nos con afecto.

—Bien —dijo Ruth, quitándose el gorrito pardo y lim­piándolo con el pañuelo, mostrando una cabecita redonda sobre la que el gorro cuáquero se posaba con un aire garbo­so, a pesar de todos los esfuerzos de las manitas gordezuelas que alisaban y daban múltiples golpecitos para ordenarlo. Al­gunos mechones de cabello rizado se habían escapado tam­bién aquí y allá y tuvo que hacer tremendos esfuerzos para ponerlos en su sitio; después la recién llegada, que tendría unos veinticinco años, se apartó del pequeño espejo delante del cual había realizado todas estas operaciones con un as­pecto de gran satisfacción que no podrían menos que com­partir todos los que la contemplaran, pues sin duda era una mujercita tan sana, cordial y risueña como jamás alegrase el corazón de un hombre.

—Ruth, esta amiga es Eliza Harris, y éste es el niño del que te he hablado.

—Encantada de conocerte, Eliza —dijo Ruth, estrechán­dole la mano como si Eliza fuera una vieja amiga a la que es­peraba desde hacía tiempo—; y éste es tu querido mucha­cho: le he traído un pastel —dijo ofreciendo un pequeño pastel en forma de corazón al niño, que se aproximó miran­do a través de sus rizos y lo aceptó tímidamente.

—¿Dónde está tu bebé, Ruth? —preguntó Rachel.

—Oh, ya viene; lo cogió Mary cuando veníamos hacia aquí y se lo llevó corriendo al granero para mostrarlo a los chicos.

En este momento se abrió la puerta y entró Mary, una mu­chacha honesta y rosada con grandes ojos castaño como los de su madre, llevando el bebé.

—¡Ajá! —dijo Rachel, acercándose para coger en brazos al niño blanco y relleno—. ¡Qué buen aspecto tiene y cómo crece!

—Ya lo creo —dijo la hacendosa Ruth, y cogiendo al niño comenzó a quitarle una caperuza de seda azul y varias capas de envoltorios externos; tras darle un tirón aquí y un toque allá, ajustarle y ordenarle por todas partes y darle un sonoro beso, lo colocó en el suelo para que se recompusiera. El bebé parecía estar muy acostumbrado a esta forma de proceder, pues se metió el pulgar en la boca (como si fuese una cere­monia de importancia, por supuesto) y pronto pareció que­darse absorto en sus propias reflexiones, mientras su madre se sentaba, sacaba una media larga de rayas azules y blancas y se ponía a hacer calceta enérgicamente.

—Mary, deberías llenar la tetera, ¿verdad? —sugirió suave­mente la madre.

Mary llevó la tetera al pozo y regresó enseguida y la puso en la estufa, donde poco después canturreaba y echaba vapor, como un incensario de hospitalidad y buen humor. Además, los melocotones, obedeciendo unos discretos susu­rros de Rachel, fueron depositados por las mismas manos en una cacerola en el fuego.

Rachel bajó una pulcra tabla de amasar y, atándose un de­lantal, se dispuso a preparar unas galletas, tras decir a Mary:

—Mary, deberás decirle a John que prepare un pollo, ¿ver­dad? —Mary desapareció para cumplir la orden.

—¿Y cómo está Abigail Peters? —preguntó Rachel mien­tras preparaba las galletas.

—Oh, está mejor—dijo Ruth—; he ido a verla esta maña­na; le he hecho la cama y le he ordenado la casa. Leah Hills ha ido esta tarde para prepararle pan y bollos para algunos días, y yo me he comprometido a volver esta tarde para le­vantarla.

—Iré yo mañana para hacerle la limpieza y repasarle la costura —dijo Rachel.

—Eso está bien —dijo Ruth—. Me he enterado —aña­dió— de que está enferma Hannah Stanwood. John estuvo allí anoche y yo debo ir mañana.

—John puede venir aquí a comer si quieres quedarte todo el día —sugirió Rachel.

—Gracias, Rachel; ya veremos mañana. Aquí viene Si­meon.

Entró Simeon Halliday, un hombre alto y musculoso, con chaqueta y pantalón grises y un sombrero de ala ancha.

—¿Cómo estás, Ruth? —preguntó cálidamente, exten­diendo la mano ancha para recibir su manita regordeta—; ¿y cómo está John?

—John está bien, y toda la familia también —dijo Ruth alegremente.

—¿Alguna noticia, padre? —preguntó Rachel mientras ponía las galletas en el horno.

—Me dijo Peter Stebbins que vendría esta noche con ami­gos—dijo Simeon intencionadamente, mientras se lavaba las manos en el limpio fregadero del porche trasero.

—Bien —dijo Rachel, mirando pensativa a Eliza.

—¿Dijiste que te llamabas Harris? —preguntó Simeon a Eliza cuando regresó.

Rachel miró rápidamente a su marido a la vez que Eliza contestó temblorosa que sí; sus temores, siempre a flor de piel, le sugerían que podrían haber publicado anuncios por ella.

—¡Madre! —dijo Simeon desde el porche, llamando a Rachel.

—¿Qué quieres, padre? —preguntó Rachel, frotándose las manos enharinadas al salir al porche.

—El marido de esta joven está en la colonia y vendrá aquí esta noche —dijo Simeon.

—¡No me digas, padre! —dijo Rachel con la cara ilumina­da de alegría.

—Es la verdad. Peter fue con el carro ayer al otro puesto y encontró allí a una anciana y dos hombres; uno dijo llamar­se George Harris y por lo que contó de su historia, estoy se­guro de quién es. Además es un tipo inteligente y agradable. ¿Se lo decimos a ella ahora? —preguntó Simeon.

—Contémoslo a Ruth —dijo Rachel—. Oye, Ruth, ven aquí.

Ruth dejó su labor de calceta y se dirigió rápidamente al porche trasero.

—Ruth, ¿qué opinas tú? —dijo Rachel—. Padre dice que el marido de Eliza está con la última compañía y que estará aquí esta noche.

Un estallido de alegría de la pequeña cuáquera vino a in­terrumpir el discurso. Dio tal salto desde el suelo al batir las pequeñas palmas que se soltaron dos rizos por debajo de su gorro cuáquero y se posaron alegremente sobre su blanco pa­ñuelo de cuello.

—¡Chitón, querida! —dijo Rachel suavemente— ¡calla, Ruth! Dinos, ¿se lo contamos ahora?

—Ahora, desde luego, ahora mismo. Imaginaos que fuera mi John, ¿cómo me sentiría? Contádselo enseguida.

—Te utilizas sólo para saber cómo amar a tu prójimo, Ruth —dijo Simeon, mirando a Ruth con una sonrisa am­plia.

—Por supuesto. ¿No nos han hecho para eso? Si yo no quisiera a John y al bebé, no sabría qué sentiría ella. Vamos, ¡contádselo ya! y puso la mano persuasivamente sobre el brazo de Rachel—. Llévatela al dormitorio y deja que yo fría el pollo mientras se lo cuentas.

Rachel entró a la cocina, donde se hallaba Eliza cosiendo, y, abriendo la puerta de un pequeño dormitorio, dijo dulce­mente:

—Pasa aquí conmigo, hija mía; tengo noticias que darte.

Se le subió la sangre al pálido rostro de Eliza; se levantó, temblando con ansiedad nerviosa, y miró a su hijo.

—No, no —dijo la pequeña Ruth, corriendo a cogerle las manos—, no temas: son buenas noticias, Eliza. ¡Pasa, pasa! —y la empujó suavemente hacia la puerta abierta, que se ce­rró a sus espaldas; ella se volvió entonces y cogió al pequeño Harry en brazos y se puso a besarlo.

—Vas a ver a tu padre, pequeñín. ¿Lo sabes? Viene tu padre —dijo una y otra vez, mientras el niño la miraba extrañado.

Mientras tanto, tras la puerta cerrada, se desarrollaba otra escena. Rachel Halliday abrazó a Eliza y le dijo:

—El Señor ha tenido piedad de ti, hija; tu marido se ha es­capado de la esclavitud.

La sangre subió a las mejillas de Eliza con un brillo súbito y luego volvió al corazón con la misma rapidez. Se sentó pá­lida y desmayada.

—Ten valor, hija —dijo Rachel, poniéndole la mano so­bre la cabeza—. Está entre amigos, que lo traerán aquí esta noche.

—¡Esta noche! —repitió Eliza—, ¡esta noche! Las palabras perdieron su significado para ella. Se le puso la cabeza som­nolienta y confusa; durante un momento, todo fue borroso.

Cuando despertó, se encontraba cómodamente instalada en la cama, cubierta con una manta, con la pequeña Ruth frotándole las manos con alcanfor. Abrió los ojos en un esta­do de languidez somnolienta y deliciosa como el de una per­sona que ha llevado mucho tiempo una carga pesada y aho­ra siente que ya no la lleva y puede descansar. La tensión de los nervios, que no había cesado ni un momento desde la primera hora de su huida, se había desvanecido y le sobrevi­no una extraña sensación de seguridad y descanso; y ahí tumbada con los grandes ojos negros abiertos seguía, como en un tranquilo sueño, los movimientos de los que la rodea­ban. Vio la puerta abierta a la otra habitación; vio la mesa de la cena, con su níveo mantel; oyó el vago murmullo de la te­tera; vio a Ruth correteando de acá para allá con platos de pasteles y platillos de conservas, parando de vez en cuando para ponerle un pastel en la mano a Harry o acariciarle la ca­beza o enredar sus largos rizos con sus blancos dedos. Vio la amplia figura maternal de Rachel, que se acercaba una y otra vez a la cama para alisar o arreglar la ropa de cama y remeter las sábanas aquí y allí, como forma de expresar sus buenos deseos; y era consciente de una especie de luz de sol que emanaba desde los grandes ojos castaño. Vio entrar al mari­do de Ruth; la vio correr hacia él y ponerse a susurrarle algo con gran seriedad y gestos expresivos, señalando la habita­ción con su pequeño dedo. La vio sentarse a cenar con el bebé en brazos; los vio a todos alrededor de la mesa y al pe­queño Harry en una silla alta bajo la sombra del amplia ala de Rachel; había tenues murmullos de conversación, suaves tintineos de cucharillas de té y el resonar musical de tazas contra platillos, todo mezclado con un delicioso sueño repa­rador, y Eliza durmió como no había dormido desde la es­pantosa noche cuando cogió a su hijo para huir a la luz escar­chada de las estrellas.

Soñó con un hermoso país, una tierra, le pareció a ella, de descanso, de verdes orillas, bonitas islas y hermosas aguas centelleantes; y allí, en una casa que amables voces le decían era un hogar, vio a su hijo jugando como un niño libre y fe­liz. Oyó los pasos de su marido; lo sintió aproximarse; la ro­deaban sus brazos, sus lágrimas regaban su rostro y ¡se des­pertó! No era un sueño. Hacía rato que había desaparecido la luz del día; su hijo yacía plácidamente dormido a su lado; una vela ardía débilmente en la mesilla y su marido solloza­ba sobre su almohada.

La mañana siguiente fue una mañana alegre en casa de los cuáqueros. La «madre» se había levantado temprano y estaba rodeada de hacendosos muchachos y muchachas a los que no tuvimos tiempo de presentar a los lectores ayer, y que se movían todos obedientes a los dulces «haz» o, mejor dicho, «¿quieres hacer?» de Rachel, ocupados en preparar el desayu­no; pues el desayuno, en los frondosos valles de Indiana, es una cosa complicada y multiforme y, como la recogida de los pétalos de rosa y el podado de los arbustos del Paraíso, necesita de otras manos que no sean las de la madre original. Por lo tanto, mientras John iba al manantial a por agua fres­ca y Simeon hijo tamizaba la harina de maíz para las tortas y Mary molía café, Rachel se movía suave y silenciosamente por todas partes haciendo galletas, cortando pollo e irradian­do una especie de luz de sol sobre todos los preparativos. Si existía peligro de fricción o choque por el celo mal controla­do de tantos jóvenes trabajadores, sus tiernos «vamos» o «yo no lo haría» eran suficientes para mitigar la dificultad. Los bardos han escrito sobre el cesto de Venus, que volvió loco a todo el mundo durante varias generaciones. Aquí teníamos, en su lugar, el cesto de Rachel Halliday, que evitaba que la gente se volviese loca y hacía que las cosas transcurriesen con armonía. Creemos que éste va mejor para los tiempos mo­dernos, desde luego.

Mientras seguían los demás preparativos, Simeon padre es­taba de pie en un rincón en mangas de camisa ante un pe­queño espejo, ocupado en la tarea antipatriarcal de afeitarse. Todo se desarrollaba con tanta sociabilidad, tranquilidad y armonía en la gran cocina, parecía que todo el mundo esta­ba tan encantado de hacer exactamente lo que hacía y había tal ambiente de confianza mutua y camaradería por todas partes (incluso los cuchillos y los tenedores contribuían a la charla social al colocarse en la mesa, mientras que el pollo y el jamón emitían un chisporroteo alegre y contento en la sar­tén, como si les gustase ser fritos) que, cuando salieron Geor­ge y Eliza con el pequeño Harry, ante semejante recibimien­to de sincera bienvenida, no es de extrañar que les pareciese un sueño.

Por fin estaban todos sentados alrededor de la mesa del de­sayuno, mientras Mary estaba de pie en la estufa preparando hojuelas que, según adquirían el exacto tinte dorado de la perfección, eran trasladadas con destreza a la mesa.

Rachel nunca parecía más benignamente feliz que cuando se hallaba presidiendo la mesa. Había tanto de maternal y de generoso incluso en su forma de pasar un plato de pasteles o servir una taza de café, que parecía infundir de espíritu la co­mida y la bebida que ofrecía.

Era la primera vez que se sentaba George a la mesa de un blanco en igualdad de condiciones, y se sentó, al principio, con algo de embarazo e incomodidad; pero éstos se esfuma­ron como la niebla bajo los amables rayos matutinos de la amabilidad sencilla y desbordante.

Éste sí era un hogar, un hogar, palabra que nunca antes había significado nada para George; y empezaron a circular en su corazón la fe en Dios y la confianza en su providen­cia mientras, con una nube dorada de protección y confian­za, se derritieron sus oscuras y misántropas dudas ateas y su fiera desesperación bajo la luz de las Escrituras vivas, respi­rada por rostros vivos y predicada por mil actos inconscien­tes de amor y buena voluntad que, como la taza de agua fría dada en nombre de un discípulo, nunca carecerá de re­compensa.

—Padre, ¿qué pasará si te descubren otra vez? —preguntó Simeon hijo al untar de mantequilla su bollo.

—Pagaré la multa —dijo Simeon en voz queda.

—¿Y si te metieran en la cárcel?

—¿No sabríais llevar la granja tú y madre? —preguntó Si­meon, sonriendo.

—Madre sabe hacer casi cualquier cosa —dijo el mucha­cho—. ¿Pero no es una vergüenza que hagan semejantes le­yes?

—No debes hablar mal de tus gobernantes, Simeon —dijo gravemente su padre—. El Señor sólo nos da los bienes terre­nales para que hagamos justicia y caridad; si nuestros gober­nantes nos piden un precio por ello, debemos pagarlo.

—¡Pues yo odio a los negreros! —dijo el muchacho, que se sentía tan poco cristiano como correspondía a cualquier reformador moderno.

—Me sorprendes, hijo —dijo Simeon—; tu madre no te ha enseñado esas cosas. Yo haría lo mismo por el amo que por su esclavo, si el Señor lo llevase afligido a mi puerta.

Simeon hijo se puso de color escarlata; pero su madre sólo se sonrió y dijo:

—Simeon es un buen muchacho; ya crecerá y será igual que su padre.

—Espero, buen señor, que no se halle usted expuesto a pe­ligros por nosotros —dijo George, ansioso.

—No temas, George, que para eso venimos al mundo. Si no quisiéramos enfrentarnos a los peligros por una buena causa, no seríamos dignos de nuestro nombre.

—Pero, por mi causa —dijo George—, no lo soportaría.

—No temas, entonces, amigo George; no es por ti, sino por Dios y por el hombre que lo hacemos —dijo Simeon—. Y ahora, hoy debes mantenerte oculto y esta noche a las diez Phineas Fletcher te llevará al puesto siguiente, a ti y a todo tu grupo. Los perseguidores os pisan los talones; no hay tiempo que perder.

—Si es así, ¿por qué esperar a la noche? preguntó George.

—Estás a salvo aquí a la luz del día, porque todos los de la colonia son amigos y todos vigilamos. Hemos comprobado que es más seguro viajar de noche.

CAPÍTULO XIV. EVANGELINE

¡Una nueva estrella que iluminaba la vida, demasiado dulce para semejante espejo! Un ser hermoso, apenas formado o moldeado, una rosa con los pétalos aún por abrir.

¡El Misisipí! Cuánto han cambiado sus paisajes, como tocados por una varilla mágica, desde que Chateau­briand escribiera sobre él en prosa poética como un río de inmensas soledades, extendiéndose sin interrupción entre las maravillas inimaginables de la existencia vegetal y animal.

Pero en una hora este río de ensueño y de fábulas salvajes ha despertado a una realidad no menos visionaria y espléndi­da. ¿Qué otro río del mundo lleva a cuestas hasta el océano las riquezas y las empresas de un país semejante, un país cu­yos productos incluyen todas las cosas entre los trópicos y los polos? Aquellas aguas turbulentas que se lanzan espumo­sas hacia adelante son un digno reflejo del precipitado flujo de negocios que navegan sobre sus olas dirigidos por la raza más vehemente y enérgica que el viejo mundo haya conoci­do jamás. ¡Ojalá no llevaran también una carga tan terrible: las lágrimas de los oprimidos, los suspiros de los desvalidos, las amargas oraciones elevadas por pobres corazones igno­rantes a un Dios desconocido; desconocido, invisible y calla­do, pero que aún «¡saldrá de su lugar para salvar a todos los pobres de la tierra!».

La luz oblicua del sol poniente tiembla sobre la extensión oceánica del río; las vibrantes cañas y los altos cipreses par­dos, engalanados con coronas de oscuro musgo fúnebre, res­plandecen bajo los rayos dorados, mientras el cargado barco de vapor sigue avanzando.

Bajo balas de algodón procedentes de muchas plantacio­nes apiladas en la cubierta hasta la borda, que lo hacen pare­cer desde lejos una enorme mole gris, se va acercando al mer­cado cada vez más próximo. Debemos buscar un rato entre las cubiertas atiborradas hasta encontrar a nuestro humilde amigo Tom. En lo alto de la cubierta superior, en un recove­co formado entre las omnipresentes balas de algodón, lo en­contramos por fin.

En parte debido a la confianza que le habían infundido las manifestaciones del señor Shelby y en parte gracias a su pro­pio carácter tranquilo e inofensivo, Tom había conseguido ganar la confianza incluso de un hombre como Haley.

Al principio, éste lo había vigilado estrechamente durante el día y no lo había dejado dormir sin grilletes por la noche; pero la paciencia impasible y la aparente conformidad de la forma de ser de Tom lo llevaron poco a poco a desistir de es­tas medidas represivas y Tom llevaba ya un tiempo disfrutan­do de una especie de libertad bajo palabra, que le permitía ir y venir a su antojo por el barco.

Siempre discreto, servicial y dispuesto a echar una mano en cualquier emergencia que ocurriese entre los trabajadores de abajo, se había granjeado la buena opinión de todos ellos y pasaba muchas horas ayudándoles con la misma buena vo­luntad con la que trabajara antes en la granja de Kentucky.

Cuando no parecía quedar nada para hacer, se encarama­ba a un nicho entre las balas de algodón de la cubierta supe­rior y se ocupaba en estudiar la Biblia; y allí es donde lo en­contramos ahora.

Durante unas cien millas al norte de Nueva Orleáns, el río está más alto que la tierra de alrededor y su inmenso volu­men discurre entre enormes diques de veinte pies de altura. El pasajero que se halla en la cubierta del barco de vapor do­mina todo el paisaje en muchas millas a la redonda como si fuese desde lo alto de un castillo flotante. Por lo tanto Tom tenía extendido ante él, plantación tras plantación, un mapa de la vida que le esperaba.

Vio a los esclavos trabajando a lo lejos; vio en lontananza sus aldeas de casuchas que relucían en largas hileras en mu­chas plantaciones, alejadas de las casas solariegas y las zonas de recreo de los amos; y al desenrollarse el cuadro móvil, su pobre corazón simple miraba atrás a la granja de Kentucky con sus viejas hayas frondosas, a la casa del amo, con sus amplios salones frescos y, cerca de ella, la pequeña cabaña cubierta con la rosa de pitiminí y la bignonia. Le pareció ver los rostros familiares de compañeros que habían creci­do junto a él; vio a su atareada esposa, trajinando entre los preparativos de las cenas; oyó las risas alegres de sus hijos mientras jugaban y los gorjeos del bebé en su regazo; y des­pués, de golpe, se desvaneció todo y volvió a ver deslizarse los cañaverales y los cipreses y las plantaciones y volvió a oír los crujidos y los gemidos de las máquinas, y todo le de­cía con demasiada claridad que esa fase de su vida había desaparecido para siempre.

En semejantes circunstancias, usted escribiría a su esposa y mandaría mensajes a sus hijos; pero Tom no podía escribir, el correo no existía para él y no había ni una palabra ni un ges­to amigo para llenar el abismo de la separación.

¿Es de extrañar, entonces, que caigan algunas lágrimas so­bre las páginas de su Biblia cuando la apoya en una bala de algodón y traza sus promesas siguiendo con un dedo vacilan­te, una a una, las palabras? Como aprendió de mayor, Tom leía despacio y pasaba trabajosamente de un versículo al si­guiente. Tenía la suerte de que el libro que leía no podía es­tropearse por una lectura pausada, sino que sus palabras, como lingotes de oro, parecían necesitar pesarse por separa­do para que la mente aprehendiese su incalculable valor. Ob­servémoslo un momento mientras lee, señalando cada pala­bra y pronunciándola con voz baja:

«Que... no... se... agite... tu... corazón. En... la... casa... de... mi ... Padre... hay... muchas... mansiones. Voy... a... preparar... un ... sitio... para... ti.»

Cuando Cicerón enterró a su queridísima hija única, su corazón estaba tan repleto de sincera pena como el de Tom, no más, pues ambos no eran sino hombres; pero Cicerón no podía detenerse con palabras de esperanza tan sublimes, ni po­día esperar tal reunión futura; y si las hubiera podido leer, lo más probable es que no las habría creído; primero habría te­nido que llenarse la cabeza con mil preguntas sobre la auten­ticidad del manuscrito y la exactitud de la traducción. Pero, para el pobre Tom, allí estaba, exactamente lo que le hacía falta, tan claramente cierto y divino que no le pasó por la ca­beza la posibilidad siquiera de cuestionarlo. Debía de ser cierto porque, si no era cierto, ¿cómo iba a vivir?

En cuanto a la Biblia de Tom, aunque no contenía anota­ciones ni apuntes de lectores doctos en los márgenes, sí esta­ba adornada con ciertos hitos y directrices de la propia cose­cha de Tom que le ayudaban más de lo que lo hubieran po­dido hacer las explicaciones más eruditas. Había sido su costumbre hacer que le leyeran los hijos de su amo, especial­mente el señorito George; y, mientras leían, él marcaba con rayas y líneas bien delineadas a pluma los pasajes que más gratificaban su oído o conmovían su corazón. Así toda su Bi­blia estaba marcada, de principio a fin, con una variedad de estilos y designaciones; de esta forma, en un momento po­día localizar sus pasajes preferidos sin tener que ir dele­treando lo que había entre ellos; así, allí ante sus ojos, con cada pasaje recordando alguna escena de casa y rememo­rando alguna diversión pasada, su Biblia parecía representar todo lo que le quedaba de su vida, además de la promesa de una vida futura.

Entre los pasajeros del barco había un joven caballero de gran fortuna y buena familia, residente en Nueva Orleáns, que se llamaba St. Clare. Tenía con él a una hija de entre cin­co y seis años de edad, además de una dama que parecía ser pariente de ambos, y estar especialmente encargada del cui­dado de la pequeña.

Tom había vislumbrado a menudo a esta niña, pues era una de esas criaturas inquietas y bulliciosas que son tan difíciles de atrapar en un solo lugar como un rayo de sol o una brisa de verano, pero era de aquellas personas imposibles de olvidar una vez se las ha visto.

Su cuerpo poseía la perfección de la belleza infantil, sin la gordura y solidez habituales. Tenía la gracia liviana y etérea que se podría atribuir a un ser mítico y alegórico. Su rostro llamaba la atención menos por su hermosa perfección de fac­ciones que por la sinceridad singular y soñadora de su expre­sión, que sorprendía a los idealistas cuando la contemplaban y que impresionaba incluso a los más lerdos sin que supieran muy bien por qué. La forma de la cabeza y el contorno del cuello y del busto eran especialmente nobles y la larga mele­na dorada que flotaba como una nube alrededor, la seriedad profundamente espiritual de sus ojos azul violeta, sombrea­dos por tupidas pestañas de color castaño claro: todo ello la distinguía de los demás niños y hacía que todo el mundo volviera la cabeza para verla cuando se deslizaba de un lado del barco al otro. Sin embargo, la pequeña no era lo que po­dría llamarse una niña seria o triste. Al contrario, un aire ino­cente y juguetón parecía revolotear alrededor de su rostro in­fantil y su cuerpo ágil como la sombra de las hojas en vera­no. Siempre estaba moviéndose, con una sonrisa dibujada a medias en su boca rosada, correteando de aquí para allá con unos pasos ligeros y ondulantes, canturreando para sí como si estuviese soñando. Su padre y su cuidadora estaban ince­santemente ocupados persiguiéndola; pero cuando la co­gían, se esfumaba de nuevo como una nube veraniega; y como, hiciera lo que hiciese, no recibía una palabra de repro­che, hacía lo que le placía por todo el barco. Siempre vestida de blanco, parecía deslizarse como una sombra por todo tipo de lugares sin mancharse lo más mínimo; y no había rincón donde no hubiesen pisado sus pies de hada ni recoveco que no hubiese sido visitado por la cabecita dorada con sus ojos de azul profundo.

Cuando levantaba los ojos de su ardua tarea, el fogonero a veces veía esos ojos dirigidos con fascinación hacia las pro­fundidades rugientes de la caldera y después, con horror y lástima, hacia él, como si creyera que estaba en terrible peli­gro. Después el timonel se paraba y sonreía al ver asomarse la bella cabeza en la ventana de la sala de máquinas, para de­saparecer un momento más tarde. Mil veces al día la bende­cían rudas voces, y sonrisas de una dulzura inusitada cruza­ban ásperos rostros a su paso; y cuando pasaba sin miedo por lugares peligrosos, manos rugosas y sucias se extendían involuntariamente para allanarle el camino.

Tom, que tenía la naturaleza dulce y impresionable de su bondadosa raza que se inclina siempre hacia lo puro y lo sen­cillo, observaba a la pequeña con un interés que crecía día a día. Le parecía una cosa casi divina; y cuando se asomaban la cabeza dorada y los ojos azules desde detrás de alguna os­cura bala de algodón o lo miraba por encima de una colina de paquetes, casi creía que veía a un ángel surgido de su Nue­vo Testamento.

Muchas veces se paseaba ella con tristeza por los lugares donde estaban encadenados los hombres y mujeres de la cua­drilla de Haley. Se deslizaba entre ellos, mirándolos con un aire de perplejidad y pena; a veces levantaba las cadenas con sus finas manos y suspiraba melancólicamente mientras se alejaba. Varias veces apareció de repente ante ellos con las manos llenas de caramelos, frutos secos y naranjas, que repar­tía alegremente entre ellos antes de desaparecer de nuevo.

Tom había observado mucho a la pequeña dama antes de cualquier intento de hacer amistad. Conocía infinidad de pe­queños actos que propiciaban e invitaban a la gente menuda a acercarse, y decidió desempeñar con mucha habilidad su papel. Sabía tallar cestitas con huesos de cereza, sabía dibujar caras grotescas sobre las nueces de pacana y fabricar extrañas figuras móviles con pulpa de saúco y era un verdadero Pan a la hora de modelar silbatos de todos los tamaños y formas. Llevaba los bolsillos llenos de toda suerte de objetos atracti­vos, que había juntado en tiempos pasados para los hijos de su amo y que sacó ahora, uno por uno, con loable parsimo­nia y lentitud, como invitaciones a la amistad.

La pequeña era tímida, a pesar de su vivo interés por todo lo que ocurría a su alrededor, y no era fácil de domar. Duran­te algún tiempo, solía posarse como un canario sobre alguna caja o algún paquete cerca de donde Tom se entretenía con las artimañas antes descritas, y, con una especie de vergüen­za y seriedad, coger los artículos que le ofrecía. Pero final­mente se hicieron bastante amigos.

—¿Cómo se llama la señorita? —preguntó Tom por fin, cuando creyó que era el momento de hacer tales indagacio­nes.

—Evangeline St. Clare —dijo la pequeña— aunque papá y mamá y todo el mundo me llaman Eva. ¿Y cómo te llamas tú?

—Me llamo Tom; los niños me llamaban tío Tom, allá en Kentucky.

—Entonces yo también pienso llamarte tío Tom porque, verás, me caes bien —dijo Eva—. Así, pues, tío Tom, ¿adón­de te diriges?

—No lo sé, señorita Eva.

—¿Que no lo sabes? —preguntó Eva.

—No; me van a vender a alguien. No sé a quién.

—Mi padre puede comprarte —dijo Eva enseguida—; y si él te compra, lo pasaremos muy bien. Se lo voy a decir hoy mismo.

—Gracias, mi pequeña dama —dijo Tom.

En ese momento atracó el barco en un pequeño embarca­dero para cargar leña y Eva, oyendo la voz de su padre, se fue corriendo ágilmente. Tom se levantó y se acercó para ofrecer sus servicios para cargar la leña y pronto estaba ocupado en­tre los braceros.

Eva y su padre se encontraban de pie juntos cerca de la ba­randilla para ver cómo salía el barco del embarcadero; la rue­da había girado una o dos veces en el agua cuando, por un movimiento repentino, la pequeña perdió el equilibrio, se cayó por la borda e iba directamente al agua. Su padre, sin sa­ber apenas lo que hacía, estaba a punto de lanzarse tras ella, pero alguien detrás de él lo retuvo, viendo que había llegado una ayuda más eficiente.

Tom estaba exactamente debajo de la niña cuando ésta se cayó. La vio dar en el agua y hundirse y se tiró tras ella al ins­tante. No le costó nada a un hombre de amplio pecho y fuer­tes brazos como él mantenerse a flote en el agua hasta que, un momento o dos después, salió la niña a la superficie y la cogió en sus brazos y se fue nadando a la borda del barco y la alzó, goteando, para que la cogieran cientos de manos que estaban extendidas ansiosamente para recibirla como si per­tenecieran a un solo hombre. Unos momentos más y la lle­vó su padre, chorreando e inconsciente, al camarote de las se­ñoras donde, como suele ocurrir en casos de este tipo, hubo una bienintencionada y bondadosa contienda entre las ocu­pantes femeninas para ver quién hacía más para armar albo­roto y evitar en lo posible su recuperación.

Hacía un tiempo sofocante y bochornoso el día siguiente mientras el barco se aproximaba a Nueva Orleáns. Se exten­dió un bullicio de expectación por toda la nave; en los cama­rotes unos y otros recogían sus pertenencias y las preparaban para bajar a tierra. El contramaestre, la camarera y los demás estaban ocupados limpiando, puliendo y arreglando el gran barco para hacer la gran entrada.

En la cubierta inferior estaba sentado nuestro amigo Tom con los brazos cruzados, dirigiendo de vez en cuando unas miradas ansiosas a un grupo de personas que se hallaba al otro lado del barco.

Allí estaba la bella Evangeline, algo más pálida que el día anterior pero por lo demás sin mostrar ninguna huella del ac­cidente que había sufrido. A su lado había un joven elegan­te y de proporciones armoniosas, con el codo apoyado de forma displicente en una bala de algodón y una gran libreta abierta delante de él. Era evidente, sólo con mirarlo, que se trataba del padre de Evangeline. Tenía la misma forma noble de cabeza, los mismos ojos grandes y azules; sin embargo, la expresión era totalmente diferente. En los grandes ojos lím­pidos y azules de él, aunque tenían exactamente la misma forma y el mismo color, faltaba la profundidad de expresión soñadora y romántica; todo era claro, gallardo y luminoso, pero con una luz totalmente de este mundo; la boca de be­llas proporciones tenía una expresión orgullosa y un poco sarcástica, mientras que cada uno de los elegantes movimien­tos de su bello cuerpo delataba, no sin gracia, un aire de des­preocupada superioridad. Estaba escuchando con un aire fes­tivo e indiferente, mitad cómico, mitad desdeñoso, a Haley, que se explayaba volublemente sobre las cualidades de la mercancía por la que regateaban.

—¡Todas las virtudes morales y cristianas encuadernadas en tafilete negro! —dijo cuando terminó Haley—. Entonces, mi buen hombre, ¿cuánto he de soltar, como dicen en Ken­tucky? En otras palabras, ¿cuánto hay que pagar por este asunto? ¿Cuánto dinero me va a timar usted? Dígamelo.

—Bien —dijo Haley—, si dijera mil trescientos por este tipo, sólo cubro las pérdidas, y ésa es la pura verdad.

—¡Pobre! —dijo el joven, mirándolo con ojos burlones—; pero supongo que me lo dará por esa cantidad por el aprecio que me tiene, ¿eh?

—Pues, la damita parece estar empeñada en ello, y es na­tural.

—Oh, desde luego, ése es el motivo de su benevolencia, amigo mío. Ahora bien, como cuestión de caridad cristiana, ¿cuál es el precio más barato por el que está dispuesto a darlo, para hacerle un favor a una jovencita que está prendada de él?

—Bueno, piénselo simplemente —dijo el tratante—; mire esas extremidades solamente, y es ancho de pecho y fuerte como un toro. Mire su cabeza: esas frentes despejadas son tí­picas de los negros pensadores, que sirven para todo tipo de cosas. Ya me he dado cuenta. Ahora, pues, un negro de esta corpulencia y este peso vale mucho, podríamos decir, sólo por el cuerpo, si no es inteligente; pero si tenemos en cuen­ta sus facultades intelectuales, que puedo demostrar que es­tán fuera de lo común, pues, entonces, vale más. Si este tipo llevaba toda la granja de su amo. Tiene un talento excepcio­nal para los negocios.

—¡Malo, malo: sabe demasiado! —dijo el joven, con la misma sonrisa burlona en los labios—. No puede ser. Los ti­pos listos siempre se largan, roban caballos y dan guerra de mil maneras. Creo que tendrá que descontar un par de cien­tos por su inteligencia.

Pues podría tener algo de razón si no fuera por su carác­ter; pero le puedo enseñar referencias de su amo y de otras personas para demostrar que es un verdadero santo, la criatu­ra más humilde, pía y beata que haya visto usted nunca. Si lo llamaban predicador en esas partes de donde procede.

—Y podría utilizarlo como capellán de la familia, supon­go —dijo secamente el joven—. ¡Qué buena idea! La reli­gión es un artículo que escasea en nuestra casa.

—Bromea usted.

—¿Cómo lo sabe? ¿No acaba usted de afirmar que él es predicador? ¿Ha pasado el examen del sínodo o del concilio, acaso? Vamos, muéstreme los papeles.

Si el tratante no hubiera estado convencido, gracias a un guiño de buen humor en los grandes ojos, de que todas estas chanzas resultarían ser, a la larga, cuestión de dinero, puede que se hubiese impacientado un poco. Pero dadas las cir­cunstancias, apoyó una cartera grasienta sobre las balas de al­godón y se puso a estudiar ansiosamente algunos papeles que sacó de ella, mientras el joven se quedó de pie junto a él, mirándolo con un aire de suelta y desenfadada jocosidad.

—¡Cómpralo, papá, no importa cuánto pagues! —susurró Eva dulcemente, encaramándose en una caja y rodeando el cuello de su padre con los brazos—. Sé que tienes bastante dinero, y lo quiero.

—¿Para qué, gatita? ¿Vas a usarlo como cascabel o como caballo de balancín o qué?

—Quiero hacerle feliz.

—Desde luego es un motivo original.

En este punto el tratante le tendió un certificado, firmado por el señor Shelby, que cogió el joven con la punta de sus largos dedos y miró despreocupado por encima.

—Una letra señorial —dijo— y buena ortografia tam­bién. Bueno, pues, no estoy muy seguro, después de todo, por este asunto de la religión —dijo, con una expresión ma­liciosa de nuevo en los ojos—; el país está al borde de la ruina por culpa de los beatos blancos: los políticos tan bea­tos que tenemos antes de las elecciones, los tejemanejes beatos que tienen lugar en todos los departamentos de la iglesia y del estado, que uno no sabe quién va a ser el pró­ximo en engañarle. Tampoco estoy muy seguro de que la religión esté en alza en este momento en el mercado. No he mirado su cotización en bolsa últimamente en el periódico. ¿Cuántos cientos de dólares me ha sumado por el asunto de la religión?

—Me parece que está usted bromeando —dijo el tratan­te—; pero tiene sentido lo que dice. Sé que hay diferencias en la religión. Algunos tipos son mezquinos; algunos cele­bran reuniones pías; otros cantan a voz en grito; en aquellos casos no hay diferencias entre blancos y negros pero en és­tos, ya lo creo que las hay; lo he visto muchas veces en los negros, que se vuelven poco a poco tan tranquilos, honra­dos y píos que nada en el mundo podría tentarles a hacer nada que consideren que está mal; y ya ve usted en esta car­ta lo que dice de Tom su antiguo amo.

—Ahora —dijo el joven, inclinándose muy serio para mi­rar su libreta de facturas— si usted me asegura que puedo comprar esta clase de piedad, y que me lo apuntarán a mi cuenta en el libro de allá arriba como algo de mi propiedad, no me importa si pago un poco más por ella. ¿Qué me dice?

—Pues no puedo hacer eso —dijo el tratante—. Creo que cada uno tendrá que velar por sus propios intereses en ese lugar.

—Eso es un poco injusto para quien paga más por la reli­gión, si no puede canjearlo en el lugar que más le interesa, ¿no es verdad? —dijo el joven, que había estado contando un fajo de billetes mientras hablaba—. ¡Ahí tiene, cuente su dinero, amigo! —añadió, ofreciendo el fajo al tratante.

—De acuerdo —dijo Haley, con una gran sonrisa de satis­facción; y sacando un viejo tintero de cuerno, se puso a ha­cer un contrato de venta que ofreció al joven caballero unos instantes después.

—Me pregunto yo, si me parcelaran e me hicieran inven­tario, cuánto darían por mí —dijo éste mientras leía el docu­mento—. Digamos tanto por la forma de la cabeza, tanto por la frente despejada, tanto por los brazos y las manos y las piernas y después tanto por la educación, la cultura, el talen­to, la honradez y la religión. ¡Dios me ampare, poco cobra­rían por lo último, me parece! Pero vamos, Eva,—dijo; y co­giendo de la mano a su hija, cruzó el barco, puso de forma desenfadada la punta del dedo bajo la barbilla de Tom y le dijo—: ¡Ánimo, Tom! Veremos si te gusta tu nuevo amo.

Tom levantó la mirada. No estaba en su naturaleza con­templar aquella cara alegre, joven y guapa sin experimentar placer; y Tom sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas cuando dijo de corazón:

—¡Que Dios le bendiga, amo!

—Bien, espero que sí. ¿Cómo te llamas? ¿Tom? Es más probable que lo haga si lo pides tú que si lo pido yo. ¿Sabes conducir caballos, Tom?

—Estoy acostumbrado a los caballos desde siempre —dijo Tom—. El señor Shelby los criaba a montones.

—Bien, entonces creo que te pondré de cochero, con la condición de que no te emborraches más de una vez por se­mana, excepto en caso de emergencia, Tom.

Tom puso cara de sorprendido y algo ofendido y respondió:

—Nunca bebo, amo.

—He oído esa historia antes, Tom; pero ya veremos. Pres­tarás un gran servicio a todos nosotros, si es así. No te preo­cupes, muchacho —añadió de buen humor, al ver que Tom seguía serio—; no dudo que tengas buenas intenciones.

—Ya lo creo que las tengo —dijo Tom.

—Y lo pasarás bien —dijo Eva—; papá trata muy bien a todo el mundo; sólo se ríe de ellos.

—Papá te agradece tus recomendaciones —dijo St. Clare, riéndose al darse la vuelta para marcharse.

CAPÍTULO XV. SOBRE EL NUEVO AMO DE TOM Y VARIOS OTROS ASUNTOS

Ya que el hilo de la vida de nuestro modesto héroe se ha entretejido con el de personas más importantes, hay que hacer una breve presentación de éstas. Augustine St. Clare era hijo del rico dueño de una planta­ción de Luisiana. La familia era originariamente del Canadá. De los dos hermanos, muy parecidos en temperamento y en carácter, uno se había instalado en una próspera granja en Vermont y el otro se convirtió en un opulento plantador de Luisiana. La madre de Augustine era una dama hugonota francesa, cuya familia emigró a Luisiana en los primeros tiempos de su colonización. Augustine y su hermano eran los únicos hijos de sus padres. Como aquél heredó de su ma­dre una constitución delicadísima, lo enviaron durante mu­chos años de la infancia, a instancias de los médicos, a casa de su tío en Vermont, con el fin de que el clima frío y tonifi­cante le fortaleciera la constitución.

Durante la infancia, lo caracterizaba una marcada y exage­rada sensibilidad de carácter, más propia de la ternura de una mujer que de la dureza habitual en su mismo sexo. El tiem­po, sin embargo, cubrió esta ternura con la dura corteza de la hombría, y sólo unos pocos sabían que aún yacía latente y viva en su interior. Sus talentos eran de primera clase, aun­que su mente se inclinara siempre hacia lo ideal y lo estético y tenía esa repugnancia por las crudas realidades de la vida que es el resultado habitual de esta tendencia de las faculta­des. Poco después de completar sus estudios universitarios, toda su naturaleza se concentró en la efervescencia intensa y ardorosa de una pasión romántica. Llegó su hora, esa hora que llega sólo una vez; salió su estrella, esa estrella que sale muchas veces en vano, para que se recuerde sólo como algo quimérico; y para él salió en vano. Para dejar a un lado las metáforas, conoció y se enamoró de una mujer noble y bella, de uno de los estados del norte, y se prometieron. Regresó al sur para hacer los preparativos de la boda y, de repente, le de­volvieron por correo sus cartas, con una breve nota del tutor de la dama, informándole de que, antes de recibirla, ella ya se habría casado con otro. Incitado a la locura, esperó en vano, como otros muchos han esperado, desterrarla de su co­razón con un esfuerzo sobrehumano. Demasiado orgulloso para suplicar o pedir explicaciones, se lanzó a la vorágine de la sociedad de moda y, quince días después de que recibiese la carta fatal, ya era el pretendiente formal de la belleza ofi­cial de la temporada; y en cuanto se pudieron completar los trámites, se convirtió en el marido de un bello cuerpo, un par de brillantes ojos negros y cien mil dólares; y, natural­mente, todo el mundo lo consideró un tipo afortunado.

El matrimonio disfrutaba de su luna de miel y se hallaba celebrando una recepción para un brillante círculo de ami­gos en su magnífica villa junto al lago Pontchartram, cuando un día le llevaron una carta escrita con esa letra tan bien re­cordada. Se la entregaron en medio del torbellino alegre y ocurrente de la conversación, en una sala repleta de perso­nas. Se puso mortalmente pálido cuando vio la letra pero mantuvo la compostura y completó el asalto lúdico de chan­zas que llevaba a cabo en ese momento con la dama que te­nía enfrente; poco después, lo echaron de menos en el círcu­lo. Solo en su habitación, abrió y leyó la carta, que ahora no servía para nada leer. Era de ella, y le contaba con detalle la persecución que había sufrido a manos de la familia de su tu­tor, para conseguir casarla con el hijo de éste; y narraba cómo, durante mucho tiempo, las cartas de él habían dejado de llegar; cómo ella había escrito una y otra vez, hasta que empezó a cansarse y a dudar; cómo se había resentido su salud por la ansiedad padecida y cómo, por fin, había descu­bierto todo el fraude a que los habían sometido tanto a él como a ella. La carta acababa con una nota de esperanza y gratitud y profesiones de amor eterno, más amargas para el desgraciado joven que la muerte. Le escribió inmediata­mente:

«He recibido la tuya... demasiado tarde. Creí todo lo que me dijeron. Estaba desesperado. Estoy casado, y todo ha ter­minado. Sólo te queda olvidar, es lo único que nos queda a los dos.»

Así terminó el romance y el ideal de vida para Augustine St. Clare. Pero quedaba lo real, como el barro desnudo, liso y húmedo que queda cuando se retira la ola azul y cente­lleante, con toda la compañía de barcos deslizantes con sus velas blancas como alas y la música de los remos y las aguas cantarinas: ahí se queda el barro, liso, yermo y viscoso, de­masiado real.

Por supuesto en una novela las personas se rompen los co­razones y mueren y ahí acaba todo; en un cuento, así es como debe ser. Pero en la vida real no morimos cuando se muere lo único que nos ilumina la vida. Aún tenemos que soportar unas sesiones muy ajetreadas de comer y beber, ves­timos, caminar, comprar, vender, hablar, leer y todo lo que configura lo que se suele llamar vivir; a Augustine le queda­ba esto aún. Si su esposa hubiera sido una mujer completa, aún podría haber hecho algo —como lo saben hacer las mu­jeres— para recomponer los hilos rotos de su vida y tejerlos en una tela luminosa. Pero Marie St. Clare ni siquiera se dio cuenta de que se hubiesen roto. Como hemos apuntado an­tes, era un bello cuerpo, un par de magníficos ojos y cien mil dólares; y ninguno de estos artículos era apto para auxiliar una mente enferma.

Cuando encontraron a Augustine tumbado en el sofá, pá­lido como la muerte, y dijo que la causa de su aflicción era un dolor de cabeza, ella le recomendó que oliese amoníaco; y cuando la palidez y el dolor de cabeza persistieron sema­na tras semana, sólo dijo que no había creído que el señor St. Clare fuera delicado; pero parece ser que era muy pro­penso a las jaquecas, y que era muy mala suerte para ella, porque a él no le apetecía salir con ella y parecía raro que sa­liese ella sola cuando hacía tan poco que se habían casado. En el fondo se alegraba Augustine de haberse casado con una mujer tan poco perspicaz; pero cuando desaparecieron el lustre y las cortesías de la luna de miel, descubrió que una bella joven que ha vivido toda su vida para que la mimaran y sirvieran los demás podría resultar ser un ama de casa difícil. Marie nunca había poseído gran capacidad de cariño ni mucha sensibilidad y lo poco que poseía se había trocado en un egoísmo muy fuerte e inconsciente, un egoísmo absolu­tamente irremediable por su estupidez y su ignorancia de cualquier necesidad que no fuera la propia. Desde la infan­cia había vivido rodeada de criados cuya única misión era hacer realidad sus caprichos; nunca se le había ocurrido, ni remotamente, que ellos pudieran tener derechos o senti­mientos. Su padre, de quien era hija única, jamás le había negado nada que fuera humanamente posible concederle; y cuando llegó a la vida adulta, una heredera bella e instruida, tenía a todos los buenos partidos y a los menos buenos ren­didos a sus pies, y no dudaba que Augustine era un hombre afortunado por haberla conseguido. Es un gran error supo­ner que una mujer sin corazón sea fácil de contentar en los asuntos amorosos. No existe sobre la tierra un ser más des­piadado a la hora de exigir el cariño de los demás que una mujer totalmente egoísta; y cuanto menos bella se va ha­ciendo, con más celos e intransigencia demanda el amor, hasta la última gota. Por lo tanto, cuando St. Clare empezó a descuidar las galanterías y las pequeñas atenciones que abundaban al principio por la costumbre de la conquista, descubrió que su sultana no estaba nada dispuesta a perder a su esclavo; hubo gran cantidad de lágrimas, pucheros y pe­queñas tormentas además de disgustos, suspiros y reproches. St. Clare era generoso y poco dispuesto a sufrir, e intentaba aplacarla con regalos y halagos; y cuando Marie dio a luz una bella hija, sintió realmente despertar dentro de él, du­rante algún tiempo, algo parecido a la ternura.

La madre de St. Clare había sido una mujer de ideales y una pureza de carácter poco comunes, y Augustine puso su nombre a su hija, con la esperanza de que fuese una réplica de aquella imagen. Este hecho fue motivo de celos quisqui­llosos de parte de su esposa, que veía con suspicacia y disgus­to la devoción absorbente de su marido por la niña; todo lo que le daba a la niña parecía escatimárselo a ella. Desde el momento del nacimiento de esta hija, su salud empeoró pau­latinamente. Una vida de constante inactividad, del cuerpo y de la mente, la fricción del continuo aburrimiento y descon­tento, unidos a la debilidad normal que solía acompañar el período de maternidad, en pocos años convirtieron a la bella joven en una mujer marchita, amarillenta y enfermiza, cuyo tiempo se distribuía entre una variedad de achaques imagina­rios y que se consideraba, en todos los sentidos, la persona más maltratada y doliente del mundo.

Sus diferentes males no tenían fin, pero su fuerte parecía ser la jaqueca, que a veces la confinaba en su habitación tres días de cada seis. Como, naturalmente, todas las disposicio­nes familiares estaban en manos de los criados, St. Clare en­contraba su hogar muy poco confortable. Su única hija era extremadamente delicada y temía que, sin nadie que la cui­dase, su salud e incluso su vida pudieran sacrificarse por culpa de la incompetencia de la madre. La había llevado con él en un viaje a Vermont y había persuadido a su pri­ma, la señorita Ophelia St. Clare, que volviera con él a su residencia sureña; y en este momento se encuentran de vuelta a bordo de este barco, donde los hemos presentado a nuestros lectores.

Y ahora, mientras las lejanas cúpulas y torres de Nueva Orleáns se alzan ante nuestros ojos, nos queda tiempo para pre­sentarles a la señorita Ophelia.

Quien haya viajado por los estados de Nueva Inglaterra re­cordará en alguna aldea fresca la amplia granja con su corral de césped bien barrido bajo la sombra del tupido follaje de los arces sacarinos; y recordará el aire de orden y quietud, de perpetuidad y reposo inalterables que parece respirar todo el lugar. No falta nada, y nada está estropeado; no hay ni un poste suelto en la valla ni una partícula de papel en el verde jardín, con sus macizos de lila que crecen bajo las ventanas. Dentro recordará habitaciones grandes y limpias, donde pa­rece que nunca se hace ni se va a hacer nada, donde cada ob­jeto está colocado en un lugar definitivo e inmutable y don­de todos los acontecimientos domésticos transcurren con la precisión puntual del viejo reloj del rincón. En la «sala de guardar» familiar, como se le llama, recordará la librería for­mal y respetable con sus puertas de cristal, donde conviven decorosamente la Historia de Rollin, El paraíso perdido de Mil­ton, El progreso del peregrino de Bunyan y la Biblia familiar de Scott con multitud de libros igualmente solemnes y decen­tes. No hay criados en la casa, sólo la dama con níveo gorro y lentes que se sienta a coser todas las tardes entre sus hijas como si no hubiera hecho ni fuera a hacer nada más; ella y sus hijas, a alguna hora temprana y olvidada del día «hicieron la casa» y durante el resto del tiempo, a todas las horas a las que se las puede ver a ellas, está «hecha». En el viejo suelo de la cocina jamás se ve una mancha de suciedad; las mesas, las sillas y los utensilios de cocinar jamás se ven desordenados o revueltos, aunque se preparan tres o cuatro comidas al día, se realizan la colada y el planchado de la familia, y se producen de alguna forma misteriosa libras y libras de mantequilla y queso.

En una granja parecida la señorita Ophelia había pasado una existencia tranquila durante unos cuarenta y cinco años, hasta que su primo la invitó a visitar su mansión sureña. La mayor de una familia numerosa, sus padres aún la considera­ban una de «los chicos» y la invitación a Orleáns era un acon­tecimiento trascendental dentro del círculo familiar. El ancia­no padre de cabeza cana sacó el atlas de Morse de la librería para buscar la latitud y longitud exactas, y leyó Viajes en el Sur y el Oeste de Flint para formar su propia opinión sobre la na­turaleza de la región.

La buena madre preguntó ansiosa «si Orleáns no era un lu­gar terriblemente malvado» y dijo que le parecía «casi lo mis­mo que visitar las islas de Pascua o cualquier lugar pagano».

Supieron en casa del clérigo y en la del médico y en la sombrerería de la señorita Peabody que Ophelia St. Clare «hablaba» de marcharse a Orleáns con su primo; y por su­puesto la aldea entera no podía menos que contribuir al pro­ceso importantísimo de hablar del asunto. El clérigo, que te­nía opiniones decididamente abolicionistas, tenía sus dudas sobre si tal paso no tendería a animar a los sureños a quedar­se con sus esclavos, mientras que el médico, que era un colo­nizacionalista convencido, se inclinaba hacia la opinión de que era el deber de la señorita Ophelia ir, para demostrar a los de Nueva Orleáns que no tenía mala opinión de ellos después de todo. De hecho, era de la opinión de que la gen­te del sur necesitaba que le infundieran ánimos. Sin embar­go, cuando ya era del dominio público que se había decidi­do a marcharse, durante quince días todos sus amigos y veci­nos la invitaron a tomar el té, para enterarse debidamente de sus planes y perspectivas. La señorita Moseley, que iba a la casa para ayudar con la costura, iba averiguando datos im­portantes por los cambios que tenía que efectuar en el ves­tuario de la señorita Ophelia. Se pudo saber a ciencia cierta que el señor Sinclare, como solían abreviar su apellido en los alrededores, había apartado cincuenta dólares y los había en­tregado a la señorita Ophelia, diciéndole que comprara cuan­ta ropa quisiera, y que le habían enviado dos vestidos nuevos y un sombrero de Boston. En cuanto a la corrección de este dispendio extraordinario, había división de opiniones: algu­nos afirmaban que estaba muy bien, por una vez en la vida, teniéndolo todo en cuenta, mientras que otros aseveraban que hubiesen hecho mejor mandando el dinero a las misio­nes; pero todos estuvieron de acuerdo en que jamás se había visto en aquellas partes un parasol semejante al que se le ha­bía enviado desde Nueva York y que tenía un vestido de seda que valía por sí mismo, fuese lo que fuese lo que se pensara de su dueña. También hubo unos tremendos rumores sobre un pañuelo cosido a mano; incluso circulaba una versión se­gún la cual la señorita Ophelia poseía un pañuelo totalmente bordeado de encaje y se añadió que hasta las esquinas estaban bordadas; no obstante, este último detalle nunca pudo consta­tarse satisfactoriamente y sigue siendo un misterio hoy.

La señorita Ophelia, como la vemos ahora, está de pie ante nosotros, alta, cuadrada y angulosa, con un reluciente vestido de viaje de lino marrón. Su rostro era delgado, con un perfil un poco afilado; los labios estaban apretados como los de una persona acostumbrada a tener opiniones tajantes sobre todas las materias, mientras que los oscuros ojos agu­dos tenían un peculiar movimiento escrutador, y examina­ban todo como si buscaran algo de que hacerse cargo.

Todos sus movimientos eran bruscos, decididos y enérgi­cos, y, aunque nunca había sido muy habladora, cuando ha­blaba, sus palabras eran notablemente directas y pertinentes.

En sus costumbres, era el epítome del orden, el método y la exactitud. En la puntualidad, era inevitable como un reloj e inexorable como una locomotora; execraba y desdeñaba a cualquiera que no lo fuese.

El mayor de los pecados, a sus ojos, el súmmum de todos los males, lo expresaba con una palabra muy utilizada e im­portante en su vocabulario: «ineptitud». Su máxima expre­sión de desdén se plasmaba en la pronunciación enfática de la palabra «inepto», con la que daba a entender todas las for­mas de proceder que no tenían la finalidad directa e inevita­ble de cumplir algún propósito claramente definido en la mente. Las personas que no hacían nada o que no sabían exactamente lo que iban a hacer o que no emprendían el ca­mino más directo hacia la consecución de lo que acometían, merecían su absoluto desprecio, que mostraba menos con lo que decía que con una especie de pétrea severidad, como si desdeñase hablar del asunto.

En cuanto al cultivo de la mente, ella poseía una mente clara, enérgica y activa, estaba bien versada en historia y los primitivos clásicos ingleses y tenía opiniones muy fuertes dentro de unos límites muy estrechos. Sus principios teológi­cos eran juntados, clasificados en categorías muy claras y dis­tintas, y guardados como los paquetes de su baúl; existían en un número exacto, y nunca habría ni uno más. Lo mismo ocurría con sus ideas sobre la mayoría de los asuntos de la vida práctica, tales como todos los aspectos de la economía doméstica y las diferentes relaciones políticas de su aldea na­tal. Y por debajo de todo, más profundo, más alto y más an­cho que todo lo demás, yacía el principio más fuerte de su ser: la rectitud. En ningún sitio la rectitud domina y absorbe tanto como en el caso de las mujeres de Nueva Inglaterra. Es una formación granítica que yace más hondo y se alza más alto que las mayores montañas.

La señorita Ophelia era esclava absoluta del «debería»». Una vez estaba convencida de que «el camino del deber»», como lo solía llamar ella, iba en una dirección determinada, ni el fuego ni el agua podrían apartarla de él. Iría directa­mente al fondo de un pozo o a la boca de un cañón carga­do si estaba segura de que ése era el camino correcto. Su ba­remo de rectitud era tan alto, tan completo, tan minucioso y hacía tan pocas concesiones a la debilidad humana que, aunque luchaba con heroico ahínco por alcanzarlo, nunca lo conseguía y por supuesto esto hacía que le pesara un sen­tido constante y a menudo molesto de insuficiencia; daba a su carácter religioso un tinte severo y algo tétrico.

Pero ¿cómo es posible que la señorita Ophelia se lleve bien con Augustine St. Clare: alegre, despreocupado, impun­tual, poco práctico y escéptico, quien, en resumen, pisoteaba con una libertad impudente cada una de las costumbres y opiniones más queridas de ella?

El caso es que la señorita Ophelia lo quería. Cuando niño, ella era la encargada de enseñarle el catecismo, remendarle la ropa, peinarle y señalarle en general el camino a seguir; y, como su corazón tenía una zona cálida, Augustine procedió como lo hacía con la mayoría de las personas, acaparando una buena porción para sí, y de esta forma no tuvo dificul­tad en persuadirle de que el «camino del deber» conducía a Nueva Orleáns, y que debía acompañarle para cuidar de Eva y evitar que todo se echase a perder durante los frecuentes achaques de su esposa. La idea de una casa sin nadie que la gobernara le llegó al alma; además, quería a la preciosa niña, como casi todos los que la conocían; y aunque consideraba a Augustine como un terrible pagano, lo quería, se reía de sus chistes y toleraba sus defectos hasta tal punto que resultaba totalmente increíble a los que la conocían. Pero nuestro lec­tor debe ir descubriendo por conocimiento personal el resto de las cosas que se refieren a la señorita Ophelia.

Allí está, sentada en su camarote, rodeada por una multi­tud variopinta de bolsas grandes y pequeñas, cajas y cestas, en cada una de las cuales hay un artículo que está ocupada en atar, envolver, empaquetar o cerrar con una expresión muy seria.

—Bien, Eva, ¿llevas la cuenta de tus cosas? Por supuesto que no: los niños nunca os fijáis; ahí está la bolsa de lunares y la sombrerera con tu mejor sombrero: son dos; con la bol­sa de caucho, son tres; y mi caja de costura, cuatro; mi som­brerera, cinco; mi caja de cuellos, seis; y ese baúl pequeño, siete. ¿Qué has hecho de tu sombrilla? Dámelo para que lo envuelva y lo ataré con mi paraguas y mi sombrilla; ya está.

—Pero, tiíta, sólo vamos a casa; ¿para qué sirve todo eso?

—Para mantener el orden, hija; las personas debemos cui­dar de nuestras cosas, si queremos que nos duren; bien, Eva, ¿has guardado el dedal?

—La verdad, tía, no lo sé.

—No importa; yo te revisaré el costurero: dedal, cera, dos bobinas, tijeras, cuchillo, pasacintas; muy bien, ponlo ahí. ¿Cómo te las arreglabas, hija, cuando viajabas sola con tu papá? Me sorprende que no hayas perdido todo lo que traías.

—Pues sí, tía, perdía muchas cosas; pero cuando atracába­mos en algún lugar, papá me compraba más de lo que fuera.

—¡Córcholis, niña! ¡Qué manera de actuar!

—Era una manera muy fácil, tiíta —dijo Eva.

—Es una manera muy inepta —dijo la tiíta.

—¿Y ahora qué vas a hacer, tía? Ese baúl está demasiado lleno para cerrarlo.

—Hay que cerrarlo —dijo la tía, con un aire de general, apretujando las cosas y sentándose sobre la tapa; pero aún no se juntaba la boca del baúl.

—¡Ponte aquí, Eva! —dijo la señorita Ophelia con va­lor—; lo que se ha hecho una vez se puede volver a hacer. Este baúl tiene que cerrarse con llave: no hay más remedio.

Y el baúl, intimidado, sin duda, por esta frase decidida, se rindió. El cierre se encajó firmemente en su sitio y la se­ñorita Ophelia giró la llave y la guardó, triunfante, en el bolsillo.

—Ya estamos preparadas. ¿Dónde está tu papá? Creo que " va siendo hora de que saquen este equipaje. Echa un vistazo, Eva, a ver si ves a tu papá.

—Oh, sí, está al otro extremo del salón de caballeros co­miéndose una naranja.

—No puede saber lo cerca que estamos —dijo la tía—; ¿no deberías ir a hablarle?

—Papá nunca se da prisa por nada —dijo Eva—, y aún no hemos llegado al desembarcadero. Sal a cubierta, tía. ¡Mira, aquélla es nuestra casa, en esa calle!

El barco empezó, entre pesados gruñidos, como algún enorme monstruo fatigado, a abrirse camino entre los mu­chos barcos de vapor del malecón. Eva señalaba encantada las diferentes agujas, cúpulas y demás monumentos que dis­tinguían su ciudad natal.

—Sí, sí, querida, muy bonito —decía la señorita Ophe­lia—. Pero, ¡córcholis, se ha detenido el barco! ¿Dónde está tu padre?

Y comenzó el alboroto típico del desembarco: camareros corriendo en veinte direcciones a la vez, bolsas, cajas, muje­res llamando ansiosas a sus hijos, todos apretujándose en una densa masa hacia la plancha de desembarco.

La señorita Ophelia se sentó resueltamente en el recién conquistado baúl y, formando todos sus muebles y enseres con gran disciplina castrense, parecía dispuesta a defenderlos hasta el último aliento.

«¿Le llevo el baúl, señora?», «Le llevo el equipaje?», «Déje­me cuidar de sus maletas, señora», «¿No quiere usted que se lo lleve?»; le llovieron las ofertas sin que hiciera caso. Se que­dó sentada impertérrita, tiesa como una aguja de zurcir pin­chada en una tabla, agarrada a su manojo de paraguas y para­soles, respondiendo con bastante determinación para desani­mar incluso a los cocheros de alquiler y preguntando a Eva repetidamente: «¿En qué estará pensando el papá? No se ha­brá caído por la borda, pero algo tiene que haberle ocurri­do»; y justo cuando empezaba a angustiarse de verdad, apa­reció él y, desenfadado como siempre, ofreciendo a Eva un cuarto de la naranja que él se estaba comiendo, dijo:

—Bien, prima Vermont, supongo que estás preparada.

—Hace casi una hora que estoy preparada y esperando —dijo la señorita Ophelia—; empezaba a preocuparme por ti.

—Eres una chica lista —dijo él—. Bien, nos espera el co­che, y se ha dispersado la multitud, de manera que ya pode­mos salir como cristianos decentes, sin que nos empujen y zarandeen. Toma —dijo a un cochero que estaba detrás de él—, llévate estas cosas.

—Iré a ver cómo las carga —dijo la señorita Ophelia.

—¡Bah, prima! ¿Para qué? —dijo St. Clare.

—En todo caso, me llevaré esto y esto y esto —dijo la se­ñorita Ophelia, apartando tres cajas y una maleta.

—Querida señorita Vermont, debes olvidarte un poco de tus costumbres norteñas ahora. Debes adoptar aunque sea un poquito de los principios sureños y no caminar con todo ese peso. Te tomarán por una camarera; dáselos a este indivi­duo; él los cogerá como si fueran huevos.

La señorita Ophelia miró desesperada mientras su primo la desembarazaba de todos sus tesoros y se alegró cuando se reunió de nuevo con ellos, en perfecto estado, en el carruaje.

—¿Dónde está Tom? —preguntó Eva.

—Está en la parte de fuera, gatita. Voy a dárselo a mamá como ofrenda de paz, para compensarle por aquel tipo que volcó el coche.

—Oh, Tom será un cochero magnífico, lo sé —dijo Eva—. El no se emborrachará nunca.

El coche se detuvo delante de una mansión antigua, cons­truida con esa extraña mezcla de estilos francés y español de la que hay algunas muestras en algunas zonas de Nueva Orleáns. Estaba construida al estilo árabe: un edificio cuadrado rodeaba un patio, donde penetró el coche a través de una puerta en forma de arco. El patio interior evidentemente se había edificado según un modelo pintoresco y voluptuoso. Amplios pórticos bordeaban los cuatro costados, y sus arcos moros, sus finas columnas y sus motivos arabescos transpor­taban la mente, como en sueños, al romántico reino oriental de España. En el centro del patio, una fuente lanzaba al cie­lo sus aguas plateadas, que caían en un rocío incesante a la pila de mármol, rodeada de una ancha franja de aromáticas violetas. El agua de la fuente, diáfana como el cristal, estaba repleta de miríadas de peces dorados y plateados, que se re­voloteaban chispeantes como joyas vivientes. Alrededor de la fuente había un sendero pavimentado con un mosaico de piedrecillas formando diversos dibujos fantásticos; y el sendero estaba rodeado de un césped suave como terciope­lo verde, que estaba rodeado, a su vez, por el camino de en­trada de coches. Dos grandes naranjos, fragantes de azahar, hacían una sombra deliciosa, y, colocadas en círculo en el césped, había macetas de mármol de diseño arabesco que contenían las plantas más exquisitas de los trópicos. Enor­mes granados, con sus hojas brillantes y sus flores llamean­tes, jazmines árabes de hojas oscuras con sus estrellas pla­teadas, geranios, frondosos rosales inclinados bajo el peso de sus abundantes flores, jazmines dorados, verbena con olor a limón, todos juntaban sus flores y sus aromas, mien­tras que se veían aquí y allá unos viejos áloes místicos, con sus extrañas hojas gigantescas, como ancianos magos senta­dos con peculiar pompa entre flores más delicadas y olores más fugaces.

Los pórticos que bordeaban el patio estaban adornados con cortinas de alguna especie de tejido árabe que se podían correr para tapar los rayos de sol. En conjunto, el lugar tenía un aspecto lujoso y romántico.

Al aproximarse el coche, Eva parecía un pájaro a punto de escaparse de su jaula, por la fuerza salvaje de su gozo.

—¿No es precioso, magnífico, este queridísimo hogar mío? —dijo a la señorita Ophelia—. ¿No es precioso?

—Es un lugar muy bonito —dijo la señorita Ophelia al apearse—; aunque me parece a mí que tiene un aspecto algo pagano.

Tom se bajó del carruaje y miró alrededor con un aire de tranquilo y sereno placer. Los negros, no hay que olvidarlo, son originarios de algunos de los países más maravillosos y exóticos del mundo y tienen, en el fondo de su corazón, una pasión por todo lo que es magnífico, rico y espléndido; pa­sión que, cuando la ostentan sin refinamiento de gustos, les hace parecer ridículos ante el gusto más frío y rígido de la raza blanca.

St. Clare, que era en el fondo un sibarita poético, sonrió cuando la señorita Ophelia hizo el comentario sobre su ha­cienda y, volviéndose hacia Tom, que miraba alrededor con su rostro sonriente radiante de admiración, dijo:

—Tom, muchacho, esto parece ser de tu gusto.

—Si, amo, me parece perfecto —dijo Tom.

Todo esto ocurrió en un segundo, mientras se bajaban las maletas, se pagaba al cochero, y una multitud de todas las edades y todos los tamaños, hombres, mujeres y niños­ salía corriendo de los pórticos inferiores y superiores para ver llegar al amo. En primer lugar había un joven mulato bien atildado, evidentemente un personaje distinguido, vestido a la última moda y blandiendo en la mano un pañuelo de ba­tista perfumado.

Este personaje se estaba esforzando por conducir, con gran rapidez, a todo el rebaño de criados al otro extremo del porche.

—¡Atrás, todos! Me avergonzáis —dijo con un tono auto­ritario—. ¿Queréis meter las narices, nada más llegar el amo, en sus relaciones familiares?

Todos pusieron cara de vergüenza al oír este elegante dis­curso, pronunciado con gran solemnidad, y se quedaron apiñados a una distancia respetuosa, con la excepción de dos gordos mozos de cuerda que se acercaron y comenzaron a llevarse el equipaje.

Gracias a la organización sistemática del señor Adolph, cuando St. Clare se volvió tras pagar al cochero no quedaba nadie más a la vista que el mismo señor Adolph, muy visto­so con su chaleco de raso, su cadena de oro y sus pantalones blancos, que hacía reverencias con una gracia inenarrable.

—Ah, Adolph, ¿eres tú? dijo su amo, ofreciéndole la mano—. ¿Cómo estás, muchacho? —mientras Adolph pro­nunciaba con gran fluidez un discurso improvisado que lle­vaba quince días preparando con gran esmero.

—Vaya, vaya —dijo St. Clare, marchándose con su aire ha­bitual de desenfadado humorismo—, eso está muy bien ex­presado, Adolph. Cuida de que se distribuya correctamente el equipaje. Iré a ver a la gente dentro de un momento —y, diciendo esto, condujo a la señorita Ophelia a un gran salón que daba al porche.

Una mujer alta y cetrina de ojos negros hizo ademán de le­vantarse de un sofá donde estaba tumbada.

—¡Mamá! —dijo Eva con una especie de embeleso, echándose a su cuello y abrazándola una y otra vez.

—Ya está bien... ten cuidado, niña... deténte, que me das dolor de cabeza —dijo la madre, tras besarla lánguidamente. Entró St. Clare, abrazó a su esposa de manera ortodoxa y marital y le presentó a su prima. Marie levantó los ojos a su prima con cierto aire de curiosidad y le dio la bienvenida con cortesía apática. Una multitud de criados se agolpaba en tor­no a la puerta, y entre ellos una mulata de mediana edad y apariencia muy respetable se adelantó trepidante de expecta­ción y alegría.

—¡Oh, ahí está Mammy! —dijo Eva, cruzando la habita­ción de un salto; se echó en sus brazos, besándola una y otra vez.

Esta mujer no le dijo que le daba dolor de cabeza sino, al contrario, la abrazó y se rió y lloró hasta el punto de hacer dudar de su cordura; cuando soltó a Eva, ésta se lanzó de uno a otro dándoles la mano y besándolos de tal forma que la señorita Ophelia dijo luego que le revolvió el estómago.

—Bien —dijo la señorita Ophelia—, los niños sureños ha­cen algo que yo no sería capaz de hacer.

—¿Y qué es? —preguntó St. Clare.

—Bien, quiero ser amable con todo el mundo y no quisie­ra hacer daño a nadie, pero en cuanto a besar...

—A los negros —dijo St. Clare—; es demasiado para ti, ¿eh?

—Pues, sí, eso es. ¿Cómo puede hacerlo ella?

St. Clare se rió al salir al corredor. —¡Hola, hola! ¿Qué pasa aquí fuera? Eh, vosotros, Mammy, Jimmy, Polly, Sukey, ¿estáis contentos de ver al amo? —dijo, al pasar de uno a otro dándoles la mano—. Cuidado con los bebés —añadió, al tropezar con un niño del color del hollín que andaba a ga­tas—. Si piso a alguien, que me lo diga.

Hubo muchas risas y bendiciones para el amo, mientras St. Clare distribuía entre ellos algunas monedas.

—Bien, marchaos ya, como buenos muchachos dijo; y toda la compañía oscura y clara, desapareció por una puerta que daba a un gran porche, seguidos de Eva, que llevaba una gran bolsa que había llenado con manzanas, frutos secos, ca­ramelos, cintas, encajes y juguetes de todo tipo durante su viaje de vuelta a casa.

Cuando St. Clare se giró para regresar, posó su mirada en Tom, que estaba de pie inquieto, descansando el peso prime­ro en un pie y luego en el otro, mientras Adolph se apoyaba indiferente en la barandilla, escudriñando a Tom a través de unos gemelos de teatro, con un aire digno del dandi más im­portante del mundo.

—¡Mira al pisaverde! —dijo su amo, quitándole los geme­los de un manotazo—. ¿Es ésa forma de tratar a un compa­ñero? Me parece a mí, Dolph —dijo, tocando el elegante chaleco de raso que llevaba Adolph—, me parece a mí que este chaleco es mío.

—¿Qué, amo, este chaleco todo manchado de vino? Por supuesto que un caballero como el amo nunca se pondría un chaleco así. Tenía entendido que me lo había de quedar yo. Está bien para un pobre negro como yo.

Y Adolph movió la cabeza y pasó los dedos por el cabello perfumado con gran elegancia.

—Conque así están las cosas, ¿eh? —dijo displicente St. Clare—. Bien, pues yo voy a llevar a este Tom ante el ama para enseñárselo y después te lo llevas tú a la cocina y cui­dado con darte aires ante él. El vale por dos pisaverdes como tú.

—El amo siempre está bromeando —dijo Adolph, rien­do—. Me alegro de verlo de tan buen humor.

—Por aquí, Tom —dijo St. Clare, haciéndole un gesto de que se acercase.

Tom entró en la habitación. Miró pensativo las alfombras de terciopelo y los esplendores indescriptibles de los espejos, cuadros, estatuas y cortinas y, como la reina de Saba ante Sa­lomón, se quedó sin ánimos. Parecía temeroso incluso de po­sar los pies en el suelo.

—Mira, Marie —dijo St. Clare a su esposa—, por fin te he traído a un cochero en regla. Te digo que es como un enterra­dor por su negrura y sobriedad y te llevará como si fueras a un funeral, si así lo deseas. Abre los ojos, pues, y míralo. Y no digas que no pienso en ti cuando estoy fuera.

Marie abrió los ojos y los fijó, sin levantarse, sobre Tom.

—Sé que se emborrachará —dijo.

—No, me han garantizado que es un hombre pío y abste­mio.

—Pues espero que dé buen resultado —dijo la dama—, aunque no lo creo.

—Dolph —dijo St. Clare—, acompaña a Tom abajo; y ¡cuidado! —añadió—. Acuérdate de lo que te he dicho. Adolph se adelantó con elegancia y Tom lo siguió con an­dares toscos.

—¡Es un perfecto monstruo! —dijo Marie.

—Vamos, vamos, Marie —dijo St. Clare, sentándose en un escabel a sus pies junto al sofá—, sé amable y dime algo agradable.

—Has tardado quince días más de lo previsto —dijo la dama, haciendo pucheros.

—Pero te escribí explicándote el motivo.

—Una carta tan corta y fría —dijo la dama.

—¡Vaya por Dios! Se iba el correo y tenía que ser esa car­ta o ninguna.

—Siempre es igual —dijo la señora—; siempre hay alguna excusa para hacer más largos tus viajes y más cortas tus cartas.

—Vamos, vamos —añadió él, sacando del bolsillo un ele­gante estuche de terciopelo y abriéndolo—, aquí tienes un regalo que te compré en Nueva York.

Era un daguerrotipo, claro y suave como un grabado, de Eva y su padre sentados cogidos de la mano.

Marie lo contempló con aire insatisfecho.

—¿.Por qué estás sentado en una postura tan incómoda? —preguntó.

—Bien, la postura puede ser cuestión de opinión, pero, ¿qué opinas del parecido?

—Si no te importa mi opinión sobre una cosa, supongo que tampoco te importará sobre la otra —dijo la dama, ce­rrando el daguerrotipo.

«¡Maldita mujer!» dijo mentalmente St. Clare; pero en voz alta añadió: —Vamos, Marie, ¿qué me dices del parecido? No seas tonta, vamos.

—Eres muy desconsiderado, St. Clare —dijo la dama— al insistir en que hable y mire cosas. Sabes que estoy con jaque­ca todo el día, y ha habido tal escándalo desde que habéis lle­gado que estoy medio muerta.

—¿Eres propensa a las jaquecas, prima? —preguntó la se­ñorita Ophelia, emergiendo de pronto desde el fondo de un gran sillón donde estaba sentada en silencio, haciendo inven­tario de los muebles y calculando su precio.

—Sí, soy una verdadera mártir de las jaquecas —dijo la dama.

—El té de enebrina es bueno para los dolores de cabeza —dijo la señorita Ophelia—; por lo menos, así lo decía Au­guste, la esposa del diácono Abraham Perry, y ella era una gran enfermera.

—Haré que recojan del jardín junto al lago las primeras enebrinas que maduren para ese propósito —dijo St. Clare, tocando la campanilla al mismo tiempo—; mientras tanto, prima, debes de tener ganas de retirarte a tus aposentos para refrescarte un poco, después del viaje. Dolph —añadió—, dile a Mammy que venga —entró un minuto después la res­petable mulata a la que Eva había abrazado con tanto embeleso a su llegada, vestida con un turbante alto rojo y amari­llo, reciente regalo de Eva, que ésta acababa de colocarle en la cabeza.

—Mammy —dijo St. Clare—, pongo a esta señora bajo tus cuidados; está cansada y necesita reposar; llévala a su ha­bitación y asegúrate de que está cómodamente instalada —y la señorita Ophelia desapareció tras los pasos de Mammy.

CAPÍTULO XVI. EL AMA DE TOM Y SUS OPINIONES

Y ahora, Marie —dijo St. Clare—, llega una época dorada para ti. Aquí está nuestra prima práctica y eficiente de Nueva Inglaterra, que te quitará todo el peso de la economía doméstica de los hombros para que tengas tiempo de reponer fuerzas y ponerte más joven y gua­pa. La ceremonia de entrega de llaves debe llevarse a cabo en­seguida.

Este comentario se hizo en la mesa del desayuno, unos días después de la llegada de la señorita Ophelia.

—Se las entrego encantada —dijo Marie, apoyando la ca­beza lánguidamente en la mano—. Creo que se enterará de una cosa, y es que las amas somos las esclavas en estas partes.

—Oh, seguro que se enterará de eso, y una multitud más de verdades suculentas, sin duda —dijo St. Clare.

—Y luego hablan de que tenemos esclavos, como si lo hi­ciéramos por nuestra comodidad —dijo Marie—. Si lo hicié­ramos por eso, los soltaríamos a todos en el acto.

Evangeline fijó sus grandes ojos serios en el rostro de su madre con una expresión seria y perpleja y le preguntó sim­plemente: —¿Y para qué los tienes, mamá?

—La verdad es que no lo sé, excepto para fastidiarme. Son una plaga en mi vida. Creo que tienen más culpa de mi mala salud que ninguna otra cosa; y sé que los nuestros son la peor plaga que nadie haya tenido jamás.

—Oh, vamos, Marie, estás alicaída esta mañana —dijo St. Clare—. Sabes que eso no es verdad. Si Mammy es la me­jor persona del mundo. ¿Qué sería de ti sin ella?

—Mammy es la mejor de todos los que conozco —dijo Marie—, pero incluso Mammy es egoísta, terriblemente egoísta: ése es el defecto de toda su raza.

—El egoísmo es un defecto horrible —dijo St. Clare, muy serio.

—Pues mira a Mammy —dijo Marie—; creo que es muy egoísta por su parte dormir bien por las noches; sabe que ne­cesito cuidados casi cada hora, cuando me llegan los peores ataques, y, sin embargo, ¡cuesta tanto despertarla! Estoy mu­cho peor esta mañana por los esfuerzos que tuve que hacer anoche para despertarla.

——¿No ha pasado muchas noches levantada contigo últi­mamente, mamá? —dijo Eva.

—¿Cómo lo sabes tú? —preguntó Marie ásperamente—. Se habrá quejado, supongo.

—No se quejó. Sólo me contó que habías pasado muy mala noche, varias noches seguidas.

—¿Por qué no dejas que Jane o Rosa la reemplacen durante una noche o dos —dijo St. Clare— para que ella descanse?

—¿Cómo puedes proponer tal cosa? —dijo Marie—. St. Clare, eres de lo más desconsiderado. Estoy tan nerviosa que cualquier susurro me molesta, y una mano extraña me volvería loca del todo. Si Mammy tuviera el interés por mí que debiera, se despertaría más fácilmente, ya lo creo. He oído hablar de personas que han tenido a criados así, pero yo no tengo tanta suerte y Marie suspiró.

La señorita Ophelia había escuchado la conversación con un aire de gravedad astuta y observadora; y permane­ció con los labios fuertemente apretados como si estuviera empeñada en averiguar exactamente qué terreno pisaba an­tes de comprometerse.

—Ahora bien, Mammy posee una especie de bondad —dijo Marie—; es dócil y respetuosa, pero en el fondo es egoísta. Nunca para de inquietarse y de preocuparse por ese marido suyo. Veréis, cuando me casé y vine a vivir aquí, la tuve que traer conmigo, pero mi padre no podía prescindir de su marido. Era herrero y, naturalmente, le hacía mucha falta; y yo pensé en ese momento, y así lo dije, que lo me­jor era que él y Mammy se olvidaran el uno del otro pues­to que era poco probable que nos viniera bien que volvie­sen a vivir juntos. Ojalá hubiese insistido más y hubiese ca­sado a Mammy con otro; pero fui tonta e indulgente y no quise insistir. Le dije a Mammy entonces que no debía es­perar verlo sino una o dos veces más en su vida, porque el aire de la casa de mi padre no me sienta bien, y no puedo ir allí; y le aconsejé que se juntara con otro, pero no quiso. Mammy es un poco obstinada a veces, pero nadie más que yo se da cuenta de ello.

—¿Tiene hijos? —preguntó la señorita Ophelia.

—Sí; tiene dos.

—Supongo que le duele estar separada de ellos.

—Bien, naturalmente no me los pude traer. Eran unos críos muy sucios, y no podía tenerlos por aquí; además, la entretenían demasiado; y creo que Mammy siempre lo ha to­mado a mal. No se quiere casar con ningún otro y estoy con­vencida de que, aunque sabe la falta que me hace y lo mala que es mi salud, volvería con su marido mañana si tuviera oportunidad. Ya lo creo que sí —dijo Marie—. Así de egoís­tas son, incluso los mejores.

—Es triste pensarlo —dijo St. Clare secamente.

La señorita Ophelia lo miró intensamente y vio su rubor de mortificación y desazón y sus labios sarcásticamente tor­cidos cuando habló.

—Ahora bien, Mammy siempre ha sido mi favorita —dijo Marie—. Quisiera que algunas criadas del Norte echaran un vistazo a su guardarropa: tiene colgados vesti­dos de seda y muselina y hasta uno de auténtica batista de lino. He trabajado tardes enteras a veces bordándole gorros y preparándola para ir a una fiesta. En cuanto a malos tra­tos, no sabe lo que son. No la han azotado más de una o dos veces en su vida. Toma café fuerte o té todos los días con azúcar blanco. Desde luego es una aberración; pero St. Clare se empeña en que se lo pasen en grande ahí abajo y cada uno de ellos hace lo que le da la gana. El caso es que nuestros criados están demasiado consentidos. Supongo que es en parte culpa nuestra que sean egoístas y se comporten como niños malcriados, pero me he cansado de ha­blar de ello con St. Clare.

—Y yo también —dijo St. Clare, cogiendo el periódico de la mañana.

La bella Eva había escuchado a su madre con esa expre­sión de seriedad profunda y mística que le era peculiar. Se acercó suavemente a la silla de su madre y le rodeó el cuello con sus brazos.

—Bien, Eva, ¿qué quieres ahora? —preguntó Marie.

—Mamá, ¿puedo cuidarte yo una noche, sólo una? Sé que no te pondría nerviosa y no me dormiría. A menudo me quedo despierta por las noches pensando...

—¡Tonterías, hija, tonterías! —dijo Marie—. ¡Eres una niña tan extraña!

—Pero, ¿me dejas, mamá? Creo —dijo tímidamente­ que Mammy no está bien. Hace poco me ha dicho que le duele la cabeza todo el tiempo.

—¡Ésa es una de las manías de Mammy! Mammy es igual que los demás, arma escándalo por cada dolorcito de cabeza o de dedo. ¡No podemos consentirlo! Tengo principios sobre este asunto —dijo, volviéndose hacia la señorita Ophelia—; te darás cuenta de que es necesario. Si alientas a los criados a que se dejen llevar por cada sensación desagradable y se que­jen de cada achaque, no te darán tregua. Yo nunca me quejo; nadie sabe lo que sufro. Considero que es mi deber aguantar­lo en silencio y eso es lo que hago.

Los ojos redondos de la señorita Ophelia delataron un franco asombro ante esta perorata, que a St. Clare le pareció tan ridícula que estalló a reír a carcajadas.

—Siempre se ríe St. Clare cuando hago la más mínima alusión a mi mala salud —dijo Marie con voz de mártir ator­mentado—. ¡Espero que no llegue el día en que se acuerde de ello! y Marie acercó el pañuelo a sus ojos.

Siguió un silencio algo absurdo. Finalmente se levantó St. Clare, miró el reloj y dijo que tenía un compromiso calle abajo. Eva se marchó detrás de él y la señorita Ophelia y Ma­rie se quedaron solas en la mesa.

—Esto es típico de St. Clare —dijo ésta, guardándose el pañuelo con un gesto algo fogoso ahora que no estaba delan­te el criminal al que pretendía afectar—. Nunca se da cuen­ta, no quiere, no le da la gana darse cuenta de lo que sufro y llevo años sufriendo. Si yo fuera de las que se quejan, o si die­ra importancia a mis males, estaría justificado. Los hombres se cansan, naturalmente, de las esposas quejumbrosas. Pero yo me guardo las cosas para mí y me aguanto hasta tal extre­mo que he hecho creer a St. Clare que puedo aguantar cual­quier cosa.

La señorita Ophelia no sabía exactamente lo que debía responder a esto.

Mientras pensaba en algo que decir, Marie se enjugó las lá­grimas y se compuso poco a poco como si fuese una paloma alisándose el plumaje tras un chaparrón; inició una conversa­ción doméstica con la señorita Ophelia, sobre armarios, ro­peros, planchas, almacenes y otros asuntos de los que iba a hacerse cargo esta última de común acuerdo; y le dio tal can­tidad de instrucciones y recomendaciones precavidas que hubieran mareado y confundido totalmente una cabeza me­nos sistemática y práctica que la de la señorita Ophelia.

—Y ahora —dijo Marie—, creo que te lo he dicho todo; así que, cuando me llegue el próximo ataque, podrás hacerte cargo perfectamente, sin consultarme, excepto en el caso de Eva, que necesita vigilancia.

A mí me parece que es una niña muy, muy buena —dijo la señorita Ophelia—; nunca he conocido a otra mejor.

—Eva es rara —dijo su madre—; muy rara. Tiene unas co­sas tan extrañas; no se parece nada a mí y Marie suspiró, como si esta consideración fuera realmente melancólica.

La señorita Ophelia dijo para sí: «Espero que no», pero tuvo la prudencia de no decirlo en voz alta.

—A Eva siempre le ha gustado estar con los negros, y yo creo que eso está muy bien para algunos niños. Yo jugaba siempre con los pequeños negros de mi padre y nunca me hizo ningún daño. Pero Eva siempre se pone al mismo nivel que todas las criaturas que se acercan a ella. Es una cosa ex­traña de la niña. Nunca he podido quitarle la costumbre. Y creo que St. Clare le anima a ello. El caso es que St. Clare mima a todas las criaturas bajo este techo menos a su esposa.

De nuevo la señorita Ophelia se quedó sentada en silencio.

—No hay más remedio —dijo Marie— que someter a los criados y mantenerlos en su sitio. Para mí ha sido algo natu­ral desde la niñez. Eva es capaz de malcriar a una casa ente­ra. No sé qué será de ella cuando le llegue el turno de llevar una casa personalmente. Estoy de acuerdo con ser amables con los criados, siempre lo soy; pero hay que ponerlos en su sitio. Eva no lo hace nunca; ¡no hay manera de meterle en la cabeza cuál es el sitio de un criado! ¡Ya la has oído ofrecerse a cuidarme por las noches, para que duerma Mammy! Es sólo una muestra de lo que haría ella todo el tiempo si se la dejara sola.

—Pero —dijo la señorita Ophelia francamente— supongo que consideras que tus criados son seres humanos y merecen descansar cuando se fatigan.

—Por supuesto; naturalmente. Soy muy meticulosa en de­jarles tener todo lo que viene bien, cualquier cosa que no me incomode a mí, desde luego. Mammy puede recuperar el sueño a cualquier hora; no es ningún problema. Es lo más dormilón que he conocido nunca; cosiendo, de pie o senta­da, esa criatura se queda dormida en todas partes. No hay pe­ligro de que Mammy se quede sin dormir. Pero tratar a los criados como si fuesen flores exóticas o jarrones de porcela­na, eso es ridículo —dijo Marie, sumergiéndose lánguida­mente en las profundidades de un voluminoso sofá mullido y acercándose un elegante frasco de sales de cristal tallado.

—Verás —continuó con una vocecilla tenue y delicada, como el último suspiro de un jazmín árabe o algo igualmen­te etéreo—, verás, prima Ophelia, no hablo muy a menudo de mí misma. No es mi costumbre, ni me agrada. De hecho, no tengo fuerza para hacerlo. Pero hay cuestiones en las que discrepamos St. Clare y yo. St. Clare nunca me ha compren­dido, nunca me ha apreciado. Creo que eso es la raíz de mi mala salud. St. Clare tiene buenas intenciones, quiero creer, pero los hombres son, por naturaleza, egoístas y desconside­rados con las mujeres. O, por lo menos, ésa es la impresión que tengo.

La señorita Ophelia, que poseía una considerable porción de la auténtica cautela de Nueva Inglaterra y un horror muy concreto a verse involucrada en las disputas familiares, empe­zó a prever que amenazaba una cosa de ese tipo; por lo tan­to, compuso sus facciones en una expresión de férrea neutra­lidad y, sacando del bolsillo una labor de calceta que ya me­día una yarda y media de longitud y que guardaba como remedio contra lo que el doctor Watts asevera es una costum­bre personal de Satanás para con las personas de manos ocio­sas, se puso a tejer con gran energía, con los labios sellados de una forma que decía tan claramente como pudieran decir­lo las palabras: «No me hagas hablar. No quiero saber nada de tus asuntos.» De hecho, tenía aspecto de tener tanta com­pasión como un león de piedra. Pero a Marie eso no le im­portó. Había conseguido tener a alguien con quien hablar y sentía que hablar era su deber y eso era suficiente; por lo que, oliendo su frasco de sales nuevamente para refortalecerse, continuó:

—Verás, aporté mi propio dinero y criados cuando me casé con St. Clare y tengo derecho legal a disponer de ellos como me plazca. St. Clare tenía su propia fortuna y sus pro­pios criados y me parece bien que los lleve a su manera; pero siempre se empeña en interferir. Tiene unas ideas curiosas y extravagantes sobre las cosas, especialmente sobre cómo tra­tar a los criados. Se comporta realmente como si antepusiera a los criados a mí y a sí mismo también; les deja hacer toda clase de travesuras y no levanta un dedo contra ellos. Ahora bien, en algunas cosas, St. Clare es tremendo de verdad, y me asusta, a pesar del aspecto de buen humor que suele tener. Ahora se ha empeñado en que, pase lo que pase, nadie im­ponga un castigo en esta casa excepto él y yo; y lo dice de tal manera que no me atrevo a llevarle la contraria. Puedes ver adónde conduce eso; St. Clare no levanta la mano aunque lo pisoteen todos ellos y yo... ya ves lo cruel que sería pedirme que me esforzara. Tú sabes que estos criados sólo son niños grandes.

—No sé absolutamente nada del asunto y doy gracias al Señor de que' así sea —dijo escuetamente la señorita Ophelia.

—Bien, pero tendrás que saber algo, y saberlo a tu costa, si te quedas aquí. No sabes con qué hatajo de ingratos, tontos, descuidados, infantiles, poco razonables y provocativos tendrás que vértelas.

Marie se animaba extraordinariamente siempre que habla­ba de este tema; en esta ocasión abrió los ojos y pareció olvi­darse de su postración.

—No sabes, no puedes imaginarte las pruebas constantes a las que someten a un ama de casa, a todas horas y en todas partes. Pero no sirve de nada quejarse a St. Clare. El dice las cosas más extrañas. Dice que nosotros los hemos hecho como son y tenemos que aguantamos. Dice que sus defectos son culpa nuestra, y que sería cruel crear un defecto y luego castigarlo. Dice que nosotros no lo haríamos mejor, en su lu­gar; como si pudiéramos ponemos en la misma categoría.

—¿No crees que el Señor los hizo de la misma sangre que nosotros? —preguntó rudamente la señorita Ophelia. —¡Por supuesto que no! ¡Dónde íbamos a ir a parar! Son una raza degenerada.

—¿No crees que tengan almas inmortales? —preguntó la señorita Ophelia, con una indignación cada vez mayor.

—Bien, eso —dijo Marie con un bostezo—, nadie lo pone en duda. Pero de ahí a ponerlos al mismo nivel que no­sotros, como si se nos pudiera comparar, ¡es imposible! Aho­ra bien, St. Clare ha intentado hacerme creer que tener a Mammy separada de su marido es lo mismo que separarme a mí del mío. No se puede comparar. Mammy no podría te­ner los mismos sentimientos que yo. Es una cosa diferente, desde luego, y sin embargo, St. Clare finge que no lo ve. ¡Como si Mammy pudiese querer a sus sucios rorros como quiero yo a Eva! No obstante, una vez St. Clare intentó real­mente persuadirme de que era mi deber, con mi mala salud y todo lo que sufro, dejar a Mammy que volviera a casa y co­ger a otra en su lugar. Eso era demasiado, incluso para mí. No suelo mostrar mis sentimientos, sino que soporto las co­sas en silencio por principio; es la penosa suerte de una espo­sa, y me aguanto. Pero aquella vez estallé, de modo que no ha vuelto a mencionar el asunto desde entonces. Pero sé por su expresión y las cosas que dice que aún piensa lo mismo ¡y es muy molesto y exasperante!

La señorita Ophelia tenía todo el aspecto de tener miedo de decir algo; pero siguió traqueteando con las agujas de una forma preñada de significado, si Marie hubiera sabido inter­pretarlo.

—Así que ya ves —continuó— con lo que tienes que en­frentarte. Una casa sin gobierno, donde los criados van a la suya, hacen lo que les place y tienen todo lo que quieren, ex­cepto en los aspectos en los que yo, con mi débil salud, he mantenido el control. Tengo a mano el látigo de cuero y a veces los zurro; pero el esfuerzo es siempre demasiado para mí. Si St. Clare consintiera que se hiciera como lo hacen los demás...

—¿Cómo?

—Pues mandándolos a la cárcel u otro sitio a que los azo­ten. Es la única manera. Si no fuera una mujer tan débil y en­fermiza, creo que llevaría la casa con el doble de energía que St. Clare.

—¿Y cómo se las arregla St. Clare? —preguntó la señorita Ophelia—. ¿Dices que nunca les pega?

—Bien, los hombres tienen unos modales más enérgicos, ya sabes; les es más fácil; además, si lo miras directamente a los ojos —unos ojos peculiares— cuando habla con deci­sión, hay una especie de destello en ellos. A mí me da mie­do, y los criados saben que tienen que andar con pies de plo­mo. Yo no consigo tanto con mis tormentas y regañinas como St. Clare con una mirada de esos ojos, cuando se pone serio. Oh, St. Clare no tiene problema; por eso no me tiene más compasión. Pero ya descubrirás cuando te pongas a go­bernar que la severidad no sirve para nada, son tan malos, tan falsos y tan perezosos.

—La vieja cantinela —dijo St. Clare tranquilamente al en­trar—. ¡Por cuántas cosas tendrán que responder estas criatu­ras malvadas, sobre todo por la pereza! Verás, prima —dijo, tendiéndose cuan largo era en el sofá enfrente del de Ma­rie—, es totalmente imperdonable en ellos, esta pereza, a la vista del ejemplo que les damos Marie y yo.

—Vamos, vamos, St. Clare, ¡qué malo eres! —dijo Marie.

—¿Lo soy? Pues yo creía que estaba siendo bueno, por raro que parezca. Intento secundar tus palabras, Marie, siempre.

—Sabes bien que no querías decir eso, St. Clare —dijo Marie.

—Oh, pues entonces, debía de estar equivocado. Gracias por encauzarme, querida.

—Haces todo lo que puedes por provocarme —dijo Marie.

—Oh, vamos, Marie, el día se pone cálido y acabo de dis­cutir largamente con Dolph, lo cual me ha fatigado muchísi­mo; así que sé agradable y déjame descansar a la luz de tu sonrisa.

—¿Qué pasa con Dolph? —preguntó Marie—. La imper­tinencia de ese individuo está llegando a un punto intolera­ble para mí. ¡Ojalá estuviera bajo mis órdenes solamente du­rante una temporada! ¡Ya lo pondría yo en su sitio!

—Lo que dices, querida, está teñido de tu agudeza y sen­satez habituales —dijo St. Clare—. En cuanto a Dolph, éste es el caso: lleva tanto tiempo imitando mis gracias y perfec­ciones que ha llegado finalmente a creerse su propio amo, y me he visto obligado a hacerle ver su error.

—¿.Cómo? —preguntó Marie.

—Pues me he visto obligado a darle a entender explícita­mente que prefería quedarme con algunas prendas de mi propio vestuario para ponérmelas yo; después, le he raciona­do la colonia a su excelencia y he tenido la crueldad de li­mitarle a utilizar una docena de mis pañuelos de batista. A Dolph le ha sentado bastante mal y he tenido que hablar­le como un padre para que se le pasara.

—¡Ay, St. Clare! ¿Cuándo aprenderás a tratar a los cria­dos? ¡Es abominable cómo les consientes! —dijo Marie.

—Pero después de todo, ¿qué tiene de malo que el pobre quiera parecerse a su amo? Y si lo he educado para que crea que los mayores bienes son el agua de colonia y los pañuelos de batista, ¿por qué no dárselos?

—¿Y por qué no lo has educado mejor? —preguntó la se­ñorita Ophelia muy directamente.

—Demasiado trabajo, prima; por pereza, que echa a per­der más almas de lo que te puedes imaginar. Si no fuera por la pereza, yo mismo sería un perfecto ángel. Me inclino a pensar que la pereza es lo que el viejo doctor Botherem de Vermont solía llamar «la esencia de la perversidad moral». Es terrible pensarlo, desde luego.

—Creo que los dueños de esclavos tenéis una terrible res­ponsabilidad —dijo la señorita Ophelia—. A mí no me gus­taría tenerla por nada del mundo. Deberíais educar y tratar a los esclavos como seres razonables, como criaturas inmorta­les con las que tenéis que sentaros en el banquillo de Dios. Eso es lo que pienso —dijo la buena señora, dejándose llevar de repente por una marea de fervor que había ido cogiendo fuerza en su mente toda la mañana.

—Oh, vamos, vamos —dijo St. Clare, levantándose rápi­damente— ¿qué sabes tú de nosotros? —y se sentó en el pia­no y empezó a tocar una pieza vigorosa. Tocaba firme y bri­llantemente y sus dedos se movían por el teclado con un mo­vimiento ligero de pájaro, etéreo pero decidido. Tocó una pieza tras otra, como alguien que quiere ponerse de buen hu­mor. Después apartó las partituras, se levantó y dijo alegre­mente—: Bien, prima, nos has dado un sermón y has cum­plido con tu deber; en conjunto, te aprecio más por ello. No tengo ninguna duda de que me hayas lanzado un diamante de verdad pero, como me ha dado de lleno en la cara, al prin­cipio no he sabido apreciarlo.

—Por mi parte, no veo que sirva para nada ese tipo de conversación —dijo Marie—. Si hay alguien que haga más que nosotros por sus esclavos, me gustaría saber quién; y, además, a ellos no les sirve de nada en absoluto: se ponen cada vez peor. En cuanto a hablar con ellos y cosas así, pues yo he hablado con ellos hasta cansarme y quedarme sin voz, explicándoles sus deberes y todo eso; y desde luego que pue­den ir a la iglesia cuando quieren, aunque no entienden ni una palabra más del sermón que si fueran cerdos, por lo que no les sirve de gran cosa ir, a mi modo de ver; sin embargo, van, y tienen todas las oportunidades, pero, como he dicho antes, son una raza degenerada y siempre lo serán y no tie­nen remedio; no puedes sacar provecho de ellos, por mucho que lo intentes. Verás, prima Ophelia, yo lo he intentado y tú no; yo nací y me crié entre ellos y lo sé.

La señorita Ophelia pensaba que había dicho suficiente y se quedó callada. St. Clare silbó una melodía.

—St. Clare, me gustaría que dejaras de silbar —dijo Marie—; me pone peor la cabeza.

—No silbaré más —dijo St. Clare—. ¿Hay alguna otra cosa que no quieres que haga?

—Quisiera que tuvieras un poco de compasión por mis males; nunca tienes ningún sentimiento por mí.

—¡Querido ángel acusador! —dijo St. Clare.

—Es provocativo que me hables de esta forma.

—Entonces, ¿cómo quieres que te hable? Hablaré como mandes, de la forma que me digas, para darte gusto.

Una risa alegre se oyó desde el patio a través de las corti­nas de seda del porche. St. Clare salió, apartando la cortina, y se rió también.

—¿Qué ocurre? —preguntó la señorita Ophelia, acercán­dose a la barandilla.

Allí estaba Tom, en un musgoso banco del patio, con to­dos y cada uno de los ojales repletos de jazmines y Eva, rien­do alegremente, le colgaba del cuello un collar de rosas; des­pués se sentó en su regazo, aún riendo como un gorrión.

—¡Ay, Tom, qué gracioso estás!

Tom tenía una sonrisa benévola y serena y parecía disfru­tar de la diversión a su manera tanto como su pequeña ama. Levantó la vista cuando vio a su amo con un aire algo moles­to de disculpa.

—¿Cómo puedes permitírselo? —preguntó la señorita Ophelia.

—¿Por qué no? —preguntó St. Clare. —Pues, no sé, me parece terrible.

—No te parecería mal que un niño acariciara a un gran pe­rro, aunque fuese negro; pero te estremeces ante la idea de acariciar una criatura que piensa y siente y razona y es inmor­tal; reconócelo, prima. Sé muy bien lo que sentís vosotros los norteños. Y no quiero decir que sea una virtud que noso­tros no lo compartamos, sólo que aquí la costumbre hace lo que debería hacer el cristianismo: eliminar el sentimiento de prejuicio personal. A menudo he observado en mis viajes al Norte que este sentimiento es mucho más fuerte en vosotros. 'Os repugnan como si fueran serpientes o sapos, y sin embar­go os indignáis por las injusticias que sufren. No queréis que abusen de ellos, pero no queréis tener nada que ver con ellos personalmente. Los mandaríais a África, donde no los po­dríais ver ni oler, y luego enviaríais un misionero o dos para que se sacrificaran elevándoles el espíritu rápidamente a to­dos. ¿No es cierto?

—Bien, primo —dijo pensativa la señorita Ophelia—, puede que haya algo de verdad en lo que dices.

—¿Qué sería de los pobres y los humildes sin los niños? —dijo St. Clare, apoyándose en la barandilla para observar a Eva, que se alejaba corriendo, llevando a Tom consigo—. Los niños son los únicos verdaderos demócratas. En este mo­mento, Tom es un héroe para Eva; sus historias le parecen maravillosas, sus canciones e himnos metodistas son mejores que la ópera para ella, los objetos que lleva en los bolsillos son una mina de diamantes y él es el Tom más magnífico que jamás haya existido con la piel negra. Ésta es una de las rosas del Edén que el Señor ha dejado caer para que las recojan los pobres y humildes, que reciben pocas rosas de otro tipo.

—Es curioso, primo —dijo la señorita Ophelia—, pareces un teórico cuando hablas de esa manera.

—¿Un teórico? —preguntó St. Clare.

—Sí, un teórico de la religión.

—En absoluto; no soy teórico, tal como decís los de la ciudad, y, lo que es peor, tampoco soy practicante, me temo.

—¿Por qué hablas así, entonces?

—No hay nada más fácil que hablar —dijo St. Clare—. Creo que Shakespeare hace decir a un personaje «Mejor en­señaría yo a una veintena lo que hay que hacer, que seguir, una entre veinte, mis propias enseñanzas». No hay nada como la distribución del trabajo. Hablar es mi fuerte y el tuyo, prima, es hacer.

En la situación externa de Tom en estos momentos, no ha­bía nada de que quejarse, a los ojos del mundo. El afecto que le profesaba la pequeña Eva, la gratitud y cariño instintivos de una naturaleza noble, la habían llevado a pedir a su padre que fuera su asistente especial siempre que necesitara la com­pañía de un sirviente en sus paseos; y Tom tenía órdenes de dejar todo lo que estuviera haciendo y atender a la señorita Eva siempre que ella lo deseara, órdenes que no le eran nada desagradables, como pueden imaginarse nuestros lectores. Iba bien vestido, pues St. Clare era muy exigente en ese as­pecto. Sus servicios en los establos no eran más que una sine­cura, y consistían en una inspección cotidiana y en dar ins­trucciones a un sirviente subalterno; y es que Marie St. Cla­re había dicho que no toleraría que oliese a caballo cuando se le acercara y que no debía hacer ningún trabajo que pudie­ra hacerlo desagradable para ella, ya que su sistema nervioso no podía someterse a ninguna prueba de esa naturaleza; se­gún decía ella, un tufo desagradable era suficiente para aca­bar con ella y poner fin a todas sus tribulaciones terrenales de una vez. Por lo tanto, Tom, con su traje bien cepillado de paño, su suave sombrero de castor, sus botas lustrosas, sus impecables puños y cuello y su bondadosa cara seria parecía lo bastante respetable como para ser un obispo de Cartago, como lo habían sido sus antepasados en otra época.

Además, estaba en un lugar hermoso, algo que nunca era indiferente a los de su sensible raza; y disfrutaba con un gozo sereno de los pájaros, las flores, las fuentes, las aromas, la luz y la belleza del patio; las cortinas de seda, los cuadros, las ara­ñas, las figurillas y los dorados, que convertían los salones de dentro en una especie de cueva de Aladino a sus ojos.

Si alguna vez África muestra una raza elevada y culta —y tarde o temprano le llegará el turno de participar en el dra­ma de la perfección humana—, la vida despertará allí con una suntuosidad y magnificencia que no podían imaginarse nuestras frías tribus occidentales. En aquel país místico y le­jano de oro y gemas y especias, de palmeras ondulantes y flores soberbias y fertilidad milagrosa, nacerán nuevas for­mas de arte, nuevos estilos de esplendor; y la raza negra, ya no despreciada y pisoteada, quizás aporte algunas de las re­velaciones más novedosas y magníficas de la vida humana. Seguro que lo hará, con su delicadeza y docilidad de cora­zón, su humildad, su capacidad de confiar en una mente su­perior y un poder más alto, con la sencillez de sus afectos y su facilidad para el perdón. En todas estas cosas manifesta­rán la forma más elevada de la vida cristiana y, quizás, como Dios castiga a los que ama, ha elegido a la pobre África para meterla en la fragua de las aflicciones, para convertirla en la mejor y la más noble del reino que establecerá después de juzgar y condenar a los demás reinos, porque los primeros serán los últimos y los últimos, los primeros.

¿Eran éstos los pensamientos de Marie St. Clare, mientras estaba de pie en el porche un domingo por la mañana, es­pléndidamente vestida, abrochando una pulsera de brillantes en su fina muñeca? Posiblemente lo fueran. O si no, pensa­ba en otra cosa; porque a Marie le gustaba usar cosas buenas, y en este momento iba a ir a una iglesia de moda, ataviada con todas sus galas: brillantes, sedas, encajes y diversas joyas, para ejercer de religiosa. Marie siempre hacía alarde de ser muy beata los domingos. Allí estaba, tan esbelta, tan elegan­te, tan etérea y ondulante en todos sus movimientos, su echarpe de encaje envolviéndola como la niebla. La señorita Ophelia estaba junto a ella, un gran contraste. No porque no tuviese un vestido y un chal igualmente buenos o un pa­ñuelo igualmente fino, sino que su rigidez, su corpulencia y su total rectitud la envolvían con un halo, aunque indefi­nido, tan apreciable como la elegancia de su compañera; sin embargo, no era la gracia divina... ¡ésa es una cosa muy diferente!

—¿Dónde está Eva? —preguntó Marie.

—La niña se ha detenido en la escalera para decirle algo a Mammy.

¿Y qué es lo que le decía Eva a Mammy en la escalera? Es­cucha, lector, y te enterarás tú, aunque Marie no se entere.

—Querida Mammy, sé que te duele muchísimo la cabeza.

—¡Dios la bendiga, señorita Eva! Últimamente me duele siempre la cabeza. No se preocupe usted.

—Bien, pues me alegro de que vayas a salir —y la niña la rodeó con sus brazos—, toma, Mammy, llévate mi frasco de sales.

—¿Qué, su frasco precioso con los diamantes? Dios mío, señorita, no estaría nada bien.

—¿Por qué no? A ti te hace falta y a mí, no. Mamá lo usa siempre para el dolor de cabeza; hará que te sientas mejor. No, no, te lo llevarás, vamos, para complacerme.

—¡Cómo habla el angelito! —dijo Mammy, cuando Eva se lo puso encima del pecho y, besándola, se fue corriendo escaleras abajo para reunirse con su madre.

—¿Por qué te has detenido?

—Sólo me he parado para darle mi frasco de sales a Mammy, para que se lo lleve a la iglesia.

—¡Eva! —dijo Marie, dando una patada de exasperación en el suelo—. ¡Tu frasco de oro a Mammy! ¿Cuándo vas a aprender lo que es correcto? Ve a recuperarlo ahora mismo.

Eva adoptó una expresión afligida y se giró despacio.

—Oye, Marie, deja a la niña en paz; hará lo que crea con­veniente —dijo St. Clare.

—St. Clare, ¿cómo va a defenderse en la vida? —pregun­tó Marie.

—Sólo Dios lo sabe —dijo St. Clare—, pero en el cielo se defenderá mejor que tú o yo.

—Oh, papá, no seas así —dijo Eva suavemente, tocándo­le el codo—; molestas a mamá.

—Bien, primo, ¿estás listo para ir a la iglesia? —pregun­tó la señorita Ophelia, volviéndose para mirar de frente a St. Clare.

—Yo no voy, muchas gracias.

—¡Ojalá St. Clare fuese a la iglesia! —dijo Marie—, pero no tiene ni un ápice de religioso. No es nada respetable.

—Lo sé —dijo St. Clare—. Vosotras las señoras vais a la iglesia para aprender a salir adelante en el mundo, supongo, y vuestra piedad nos tiñe a nosotros de respetabilidad. Si yo fuera, iría a donde va Mammy; por lo menos allí ocurren co­sas para mantenerlo despierto a uno.

—¿Qué? ¿Con aquellos metodistas gritones? ¡Qué horror! —dijo Marie.

—Cualquier cosa antes que el mar muerto de vuestras igle­sias respetables, Marie. Decididamente, es demasiado pedirle a un hombre. Eva, ¿a ti te gusta ir? Vamos, quédate en casa a lugar conmigo.

—Gracias, papá, pero prefiero ir a la iglesia.

—¿Pero no es muy aburrido? —preguntó St. Clare.

—Creo que es un poco aburrido —dijo Eva— y me entra sueño a mí también, pero intento mantenerme despierta.

—¿Por qué vas, entonces?

Ya sabes, papá —dijo ella en un susurro—, la prima me ha dicho que Dios quiere que vayamos; y Él nos lo da todo, ¿sabes? Y no es mucho, si Él lo quiere. No es tan aburrido, después de todo.

—¡Eres un ángel dulce y complaciente! —dijo St. Clare besándola—; vete, buena chica, y reza por mí.

—Por supuesto. Siempre lo hago —dijo la niña, saltando al carruaje tras su madre.

St. Clare se quedó en la escalinata enviándole besos mien­tras se alejaba el coche; tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¡Ay, Evangeline, bien llamada! —dijo—; ¿no ha hecho Dios que seas un evangelio para mí?

El sentimiento le duró un momento; después fumó un ci­garro, leyó el Picayune y se olvidó de su pequeño evangelio. ¿Era muy diferente de las demás personas?

Verás, Evangeline —decía su madre—, siempre es bue­no y correcto ser amable con los criados, pero no es correcto tratarlos exactamente como si fueran de la familia o de nues­tra propia clase. Piensa, si Mammy estuviera enferma, no te gustaría acostarla en tu propia cama, ¿verdad?

—Me encantaría, mamá —dijo Eva—, porque así sería más fácil cuidarla y porque, ¿sabes?, mi cama es mejor que la suya.

Marie se quedó absolutamente desesperada ante la total ausencia de discernimiento moral que delataba esta res­puesta.

—¿Qué puedo hacer para que me entienda esta niña? —preguntó.

—Nada —dijo significativamente la señorita Ophelia. Eva pareció contrita y perpleja durante un momento; pero, afortunadamente, a los niños no les duran las impresio­nes mucho tiempo y un rato después se reía alegremente de diversas cosas que veía desde la ventana del coche, mientras traqueteaba por el camino.

—Bien, señoras —dijo St. Clare, cuando se encontraban cómodamente sentados alrededor de la mesa para comer ­¿cuál ha sido el menú de la iglesia hoy?

—Oh, el doctor G_ pronunció un sermón magnífico —dijo Marie—. Era exactamente el tipo de sermón que te convendría oír a ti; expresaba mis mismas opiniones.

—Ha debido de ser muy edificante —dijo St. Clare—. El tema ha debido de ser muy extenso.

—Quiero decir mis opiniones sobre la sociedad y cosas parecidas —dijo Marie—. El texto era «Él ha hecho bellas to­das las cosas en su sazón» y demostraba cómo todos los ór­denes y distinciones de la sociedad provienen de Dios; y de­cía que era muy conveniente y hermoso que algunos estén arriba y otros abajo, y que algunos han nacido para mandar y otros para obedecer y todas esas cosas, ya sabes; y lo ha apli­cado tan bien a todas las ridículas alharacas que se hacen por la cuestión de la esclavitud, y ha demostrado claramente que la Biblia está de nuestra parte y ha apoyado de manera convin­cente todas nuestras instituciones. ¡Ojalá lo hubieras oído!

—Pues no me hacía falta —dijo St. Clare—. Puedo apren­der cosas que me hacen el mismo bien en el Picayune cual­quier día, y fumando un cigarro además; ya sabes que en la iglesia no me dejan.

—¿Por qué? —preguntó la señorita Ophelia—. ¿Es que no compartes esas opiniones?

—¿Quién, yo? Sabes que soy un individuo tan impío que los aspectos religiosos de estos asuntos no me edifican mu­cho. Si tuviera que pronunciarme sobre el asunto de la escla­vitud, diría, sin pelos en la lengua, «Estamos a favor. Noso­tros los tenemos y es nuestra intención seguir teniéndolos, pues nos interesa y nos conviene»; porque ésa es la esencia de la cuestión; después de todo, todas estas beaterías no significan otra cosa y creo que sería comprensible para cual­quiera en cualquier parte.

—¡Desde luego, Augustine, eres tan irreverente! —dijo Marie—. Es escandaloso oírte hablar.

—Escandaloso? Es la verdad. Estas charlas religiosas so­bre tales temas, ¿por qué no van más allá y demuestran la be­lleza, en su sazón, de que un tipo se beba una copa de más y trasnoche jugando a las cartas, y realice varias otras activida­des del mismo estilo que son frecuentes entre los hombres jóvenes?; nos gustaría enteramos de que también son correc­tas y pías.

—Bien —dijo la señorita Ophelia— ¿crees que la esclavi­tud es buena .o mala?

—No pienso hacer gala de la horrible franqueza típica de Nueva Inglaterra, prima—dijo St. Clare alegremente—. Si te contesto a esta pregunta, sé que me vendrás con una docena más, cada una más difícil que la anterior; y yo no pienso de­finir mi postura. Yo soy de los que viven tirando piedras al te­jado ajeno, pero no tengo intención de dejar que ellos hagan lo mismo conmigo.

—Así habla él siempre —dijo Marie—; no conseguirás que diga nada satisfactorio. Creo que es sólo porque no le gusta la religión por lo que habla siempre de esta manera.

—¡La religión! —dijo St. Clare, con un tono que hizo que ambas señoras lo miraran—. ¡La religión! ¿Eso es lo que oís en las iglesias: religión? ¿Eso que moldea y dobla las cosas y las sube y baja para ajustarlas a todas las corruptas fases de la sociedad egoísta y mundana es religión? ¿Eso que es menos escrupuloso, generoso, justo y considerado con el hombre que mi propia naturaleza ciega, mundana y atea? ¡No! Cuan­do yo busque la religión, debo buscar algo por encima de mí y no por debajo.

—Entonces no crees que la Biblia justifica la esclavitud —dijo la señorita Ophelia.

—La Biblia era el libro de mi madre —dijo St. Clare—. Vi­vió y murió siguiéndola, y me dolería mucho creer que sea así. Preferiría que demostrara que mi madre podía beber co­ñac, mascar tabaco y jurar para convencerme de que yo obra­ba bien haciendo lo mismo. No me reconciliaría más con es­tas costumbres mías y me quitaría el consuelo de respetarla; y realmente es un consuelo, en este mundo, tener algo que se pueda respetar. En resumen, verás —dijo, recuperando de pronto el tono alegre—, todo lo que quiero es que las cosas diferentes se guarden en cajas diferentes. Todo el armazón de la sociedad, tanto en Europa como en América, se compone de varias cosas que no soportan el escrutinio de ningún ideal moral. Se acepta generalmente que los hombres no aspire­mos a lograr el bien absoluto, sino que sólo queramos ser como el resto del mundo. Así, cuando alguien dice clara­mente, como un hombre, que la esclavitud nos hace falta, que no podemos arreglárnoslas sin ella y que nos arruinaría­mos si la abandonásemos, y, por supuesto, no tenemos in­tención de abandonarla, esto es un lenguaje fuerte, claro y bien definido; tiene la respetabilidad de la verdad, y, si he­mos de juzgar por sus actos, el resto del mundo está de acuer­do con nosotros. Pero cuando empiezan a poner cara larga y lloriquear y citar las Sagradas Escrituras, empiezo a pensar que no son tan buenos como deberían ser.

—Eres muy poco caritativo —dijo Marie.

—Bien —dijo St. Clare—, supón que algo hace que baje el precio del algodón de una vez por todas y que todos los esclavos se conviertan en género invendible, ¿no crees que pronto tendríamos otra versión de la doctrina de las Escritu­ras? ¡Qué haz de luz iluminaría de repente la iglesia y qué rá­pidamente se descubriría que todo lo que dictan la Biblia y la razón es lo contrario!

—Pues, en cualquier caso —dijo Marie, tumbándose en el sofá—, me alegro de haber nacido donde hay esclavitud; y yo creo que está bien; es más, siento que debe de estar bien y, además, no sabría arreglármelas sin ella.

—Bien, ¿y qué dices tú, gatita? —preguntó su padre a Eva, que entraba en ese momento con una flor en la mano.

—¿Sobre qué, papá?

—Sobre lo que te gusta más: si vivir en casa de tu tío de Vermont o tener una casa llena de criados, como nosotros. —Oh, por supuesto que nuestro sistema es el más agrada­ble —dijo Eva.

—¿Y por qué? —preguntó St. Clare, acariciándole la cabeza.

—Porque hace que tengamos a más personas alrededor a quienes querer, ya sabes —dijo Eva, mirándolo muy seria.

—¡Qué típico de Eva! —dijo Marie—: uno de sus extra­ños discursos.

—¿Es un discurso extraño, papá? —preguntó Eva en un susurro, al encaramarse a su regazo.

—Pues sí, tal como está el mundo, gatita —dijo St. Cla­re—. Pero, ¿dónde ha estado mi pequeña Eva durante la co­mida?

—Oh, he estado arriba en el cuarto de Tom, oyéndole can­tar, y la tía Dinah me ha dado de comer.

—Conque oyendo cantar a Tom, ¿eh?

—¡Oh, sí! Canta unas cosas tan hermosas sobre la nueva Jerusalén y brillantes ángeles y la tierra de Canaán.

—Ya lo creo; mejor que la ópera, ¿eh?

—Sí; y me las va a enseñar a mí.

—Conque clases de cante, ¿eh? ¡Cómo progresas!

—Sí; él me las canta, y yo le leo mi Biblia; y él me explica lo que significa, ¿sabes?

—Vaya por Dios —dijo Marie, riendo—. Ése es el mejor chiste de la temporada.

—A Tom no se le da mal explicar las Escrituras, me atrevo a afirmar —dijo St. Clare—. Tom tiene un talento natural para la religión. Yo quería que me sacara los caballos tempra­no esta mañana y me acerqué silencioso al cuartucho de Tom encima de los establos y lo oí celebrar una reunión él solo, y la verdad es que hace algún tiempo que no oigo nada tan sa­broso como las oraciones de Tom. Rezó por mí con un fer­vor que era apostólico del todo.

—Quizás se dio cuenta de que lo escuchabas. Ya he oído hablar de ese truco.

—Si era así, no era muy cortés, porque le dijo al Señor su opinión de mí con mucha libertad. Tom parecía creer que ha­bía muchas cosas que mejorar en mí y parecía muy empeña­do en que me convirtiese.

—Espero que lo tomes en serio —dijo la señorita Ophelia. —Supongo que tú compartes su opinión —dijo St. Cla­re—. Bueno, ya veremos, ¿verdad, Eva?

CAPÍTULO XVII. LA DEFENSA DEL HOMBRE LIBRE

Al acabar la tarde había un suave bullicio en casa de los cuáqueros. Rachel Halliday iba tranquilamente de un sitio a otro, cogiendo de sus reservas caseras suminis­tros que abultaran lo menos posible para proveer a los viaje­ros que habían de partir aquella noche. Las sombras vesperti­nas se extendían hacia el este y el rojo y redondo sol estaba posado amablemente sobre el horizonte iluminando con sus haces dorados y sosegados el dormitorio donde se encontra­ban sentados George y su esposa. Él tenía a su hijo sobre las rodillas y a su mujer cogida de la mano. Ambos tenían una ex­presión pensativa y seria y huellas de lágrimas en las mejillas. —Sí, Eliza —dijo George—, sé que es verdad todo lo que dices. Eres una buena persona, mucho mejor que yo, e inten­taré hacer lo que dices. Intentaré portarme como debe hacer­lo un hombre libre. Intentaré sentirme cristiano. Dios Todo­poderoso sabe que he intentado hacer bien las cosas, que lo he intentado mucho, cuando lo tenía todo en contra: ahora olvidaré el pasado, desecharé todos los malos sentimientos, leeré la Biblia y aprenderé a ser un hombre bueno.

—Y cuando lleguemos a Canadá —dijo Eliza—, podré ayudarte. Puedo hacerme modista; y sé mucho de lavar y Planchar las prendas finas; entre los dos sabremos salir ade­lante.

—Sí, Eliza, siempre que nos tengamos el uno al otro y a nuestro hijo. ¡Ay, Eliza, si supiera esta gente la bendición que supone que un hombre sienta que su esposa y su hijo le per­tenecen a el! A menudo me ha sorprendido observar cómo se preocupaban de otras cosas hombres que podían decir que sus esposas e hijos eran suyos. La verdad es que me siento rico y fuerte aunque no poseamos más que las manos desnu­das. Me siento incapaz de pedirle más a Dios. Sí, aunque he trabajado mucho todos los días hasta los veinticinco años y no tengo ni un centavo, ni techo sobre la cabeza, ni un terru­ño propio, si ahora me dejan en paz, me sentiré satisfecho, agradecido incluso; trabajaré y te mandaré dinero para ti y para mi hijo. En cuanto a mi antiguo amo, ha cobrado más de cinco veces lo que haya podido pagar por mí. No le debo nada.

—Pero aún no estamos fuera de peligro del todo —dijo Eliza—; aún no estamos en Canadá.

—Es verdad —dijo George—, pero me parece que huelo el aire libre y me hace sentir fuerte.

En este momento se oyeron voces conversando enérgica­mente en la habitación contigua y poco después se oyó una llamada a la puerta. Eliza se levantó para abrirla.

Simeon Halliday estaba allí y le acompañaba un hermano cuáquero, que presentó como Phineas Fletcher. Phineas era alto, delgado y pelirrojo, con una expresión de perspicacia y astucia. No compartía el aire plácido, sosegado y espiritual de Simeon Halliday; al contrario, tenía un aspecto muy des­pierto y au fait, como un hombre que se enorgullece de sa­ber lo que se hace y se mantiene siempre a la expectativa, idiosincrasias que casaban mal con su sombrero de ala ancha y su lenguaje formal.

—Nuestro amigo Phineas ha descubierto una cosa de inte­rés para ti y los tuyos, George —dijo Simeon—; te conviene escucharlo.

—Es verdad —dijo Phineas— y demuestra lo útil que es dormir con un oído siempre abierto en ciertos sitios, como he dicho siempre. Anoche me detuve en una pequeña taber­na solitaria en la carretera. ¿Te acuerdas tú del lugar, Simeon, donde vendimos manzanas el año pasado a una mujer gorda con grandes pendientes? Bien, pues estaba cansado de tanto caminar, así que, después de cenar, me tumbé sobre un mon­tón de bolsas en un rincón y me tapé con una piel de búfa­lo, esperando a que me preparasen la cama; y dio la casuali­dad que me quedé dormido.

—¿Con un oído abierto, Phineas? —preguntó tranquila­mente Simeon.

—No; me dormí, oídos y todo, como un tronco durante un par de horas, porque estaba muy cansado; pero cuando me desperté un momento, vi que había algunos hombres en la habitación, sentados alrededor de una mesa, bebiendo y hablando; y decidí, antes de presentarme a ellos, ver lo que tramaban, ya que les oí decir algo sobre los cuáqueros. «De modo que», dijo uno de ellos, «están en la colonia cuáquera, sin duda», dijo. Entonces escuché con los dos oídos, y me di cuenta de que hablaban de vosotros. Así que me quedé tum­bado y les escuché hacer todos sus planes. A este joven, de­cían, lo iban a enviar de vuelta a Kentucky a su amo, que iba a infligirle un castigo ejemplar para evitar que se escaparan otros negros; y dos de ellos iban a llevar a su esposa a Nueva Orleáns para venderla por cuenta propia, y calculaban que sacarían unos mil seiscientos o mil ochocientos dólares por ella; y el niño, según dijeron, era para un tratante que lo ha­bía comprado; y luego estaban Jim y su madre, que serían de­vueltos a sus amos de Kentucky. Dijeron que había dos al­guaciles en un pueblo un poco más adelante que iban a ir con ellos a arrestarlos y que la mujer tendría que comparecer ante un juez; y uno de los individuos, que es pequeño y bien hablado, iba a jurar que era de su propiedad para que se la entregaran para llevarla al sur. Tienen una idea bastante clara de la ruta que vamos a seguir esta noche, y seis u ocho de ellos nos perseguirán. Así, pues, ¿qué vamos a hacer?

Después de esta comunicación, los miembros del grupo, que habían adoptado diferentes posturas, merecían que les retrataran. Rachel Halliday, que había apartado las manos de una hornada de galletas al oír las noticias, las mantenía levan­tadas y manchadas de harina, con una expresión de grave preocupación en el rostro. Simeon tenía un aspecto profun­damente pensativo. Eliza había rodeado a su marido con los brazos y lo contemplaba. George tenía los puños apretados y los ojos llameantes, y tenía el aspecto que tendría cualquier hombre al que fueran a vender a la esposa en una subasta y al hijo a un tratante, todo bajo el amparo de las leyes de una nación cristiana.

—¿Qué hacemos, George? —preguntó Eliza desmayada.

—Sé lo que voy a hacer yo —dijo George, entrando en la pequeña habitación, donde se puso a examinar unas pistolas.

—¡Ay, ay! —dijo Phineas a Simeon con un movimiento de cabeza—. ¿Ves, Simeon, lo que va a pasar?

—Ya veo —dijo Simeon con un suspiro—. Espero que no llegue a tanto.

—No quiero que se involucre nadie conmigo o por mi culpa —dijo George—. Si puede prestarme su vehículo y darme direcciones, iré solo al próximo puesto. Jim es fuerte como un gigante y valiente como la muerte y la desespera­ción, y yo también.

—Bien, amigo —dijo Phineas—, pero aun así, vas a nece­sitar a un conductor. Ya sabes que te dejaremos, encantados, que pelees tú sólo, pero hay un par de cosas que sé yo de la carretera que no sabes tú.

—Pero no quiero implicarle —dijo George.

—¡Implicarme! —dijo Phineas, con una curiosa expresión aguda en la cara—. Cuando llegues a implicarme, házmelo saber.

—Phineas es un hombre sabio y hábil —dijo Simeon—. Harás bien, George, si te dejas guiar por su juicio y —añadió, poniendo la mano amablemente en el hombro de George y señalando las pistolas— no te precipites con éstas; la sangre joven es caliente.

—No atacaré a ningún hombre elijo George—. Todo lo que le pido a este país es que me deje en paz, y yo me iré pací­ficamente; pero —hizo una pausa y se oscureció su ceño y se torció su rostro— han vendido a una hermana mía en el merca­do de Nueva Orleans. Sé para qué las venden, y ¿me voy a que­dar quieto para ver cómo se llevan a mi esposa para venderla, si Dios me ha dado un par de fuertes brazos para defenderla? ¡No, que Dios me ayude! Lucharé hasta el último aliento, antes de dejar que se lleven a mi esposa y a mi hijo. ¿Me culpan ustedes?

—Ningún hombre puede culparte, George. La carne y la sangre humanas no pueden actuar de otra forma —dijo Si­meon—. Desdichado es el mundo por culpa de las ofensas, pero desdichados sean los que las causan.

—¿Incluso tú harías lo mismo, en mi lugar?

—Ruego a Dios que no me ponga a prueba —dijo Si­meon—; la carne es débil.

—Creo que mi carne sería lo bastante fuerte, en semejan­tes circunstancias —dijo Phineas, extendiendo los brazos como si fueran las aspas de un molino de viento—. No estoy seguro, amigo George, de que no te sujetaría a un tipo si tú tuvieses alguna cuenta pendiente con él.

—Si el hombre está justificado alguna vez a resistirse al mal —dijo Simeon—, entonces George debería sentirse libre para hacerlo ahora; pero los maestros de nuestro pueblo en­señaban un camino mejor; pues la ira del hombre no logra la justicia de Dios, sino que hace mucho daño a la voluntad co­rrupta del hombre y nadie puede recibirla salvo aquél a quien Él se la da. ¡Roguemos al Señor que no nos sintamos tentados!

—Ya ruego yo —dijo Phineas—, pero si nos sentimos ten­tados, ¡pues que anden con ojo, eso es todo!

—Está claro que no naciste entre nosotros —dijo Simeon con una sonrisa—. Tu antigua naturaleza sigue bastante fuer­te dentro de ti.

A decir verdad, Phineas había sido un rústico espontá­neo y viril y un entusiasta cazador de gamos con muy bue­na puntería; pero después de hacerle la corte a una guapa cuáquera, la fuerza de los encantos de ésta le instó a apun­tarse en la sociedad más cercana a su casa; y aunque era un miembro honrado, sobrio y cumplidor y nadie tenía nada que decir en su contra, los más místicos de entre ellos no podían menos que observar una gran falta de celo en su de­senvolvimiento.

—El amigo Phineas siempre será muy suyo —dijo son­riente Rachel Halliday—; pero todos estamos convencidos de que es un hombre cabal.

—Bien —dijo George—, ¿no deberíamos apresurarnos a huir?

—Yo me he levantado a las cuatro y me he venido a toda prisa, llevándoles dos o tres horas de ventaja por lo menos, si salen a la hora que tenían prevista. No será seguro salir antes del anochecer, en todo caso; pues hay personas malvadas en los pueblos del camino que podrían meterse con nosotros si ven nuestro carro y eso nos atrasaría más que la espera. Sin embargo, en un par de horas creo que podremos partir. Iré a hablar con Michael Cross para pedir que nos siga montado en su rápido penco para vigilar la carretera y avisamos si se acerca un grupo de hombres. El caballo de Michael es más veloz que la mayoría y si hay peligro, podrá adelantarse rápi­damente para advertimos. Ahora voy a decir a Jim y a la an­ciana que se preparen ellos y el caballo. Les sacamos una buena ventaja y tenemos muchas posibilidades de llegar al puesto antes de que nos alcancen. Así que ánimo, amigo George, que éste no es el primer roce feo que tengo con tu gente —dijo Phineas cerrando la puerta.

—Phineas es bastante astuto —dijo Simeon—. Él te cuida­rá lo mejor posible, George.

—Lo único que siento —dijo George— es el riesgo que corren ustedes.

—Nos harás el favor, amigo George, de no decir ni una pa­labra más sobre eso. Lo que hacemos es lo que nos manda hacer la conciencia; no podemos hacer otra cosa. Ahora, ma­dre —dijo, volviéndose hacia Rachel—, apresúrate en los preparativos para estos amigos, pues no debemos dejar que se marchen hambrientos.

Y mientras Rachel y sus hijos se pusieron a hornear tortas de maíz y asar jamón y pollo y se precipitaron a preparar los demás ingredientes de la cena, George y su esposa se queda­ron sentados en su pequeño cuarto uno en brazos del otro, absortos en el tipo de conversación que pueden compartir un marido y una mujer cuando saben que al cabo de unas horas pueden separarse para siempre.

—Eliza —dijo George—, las personas que tienen amigos y casas y tierras y dinero y todas esas cosas no pueden que­rerse como nosotros, que no nos tenemos más que el uno al otro. Hasta que te conocí, Eliza, ningún ser me había queri­do, con la excepción de mi pobre madre y mi desafortunada hermana. Vi a la pobre Emily la mañana que se la llevó el tra­tante. Se aproximó al rincón donde yo dormía y me dijo: «Pobre George, se marcha tu última amiga. ¿Qué será de ti, pobre muchacho?» Y me levanté y le eché los brazos al cue­llo y lloré y sollocé, y ella también lloró; y ésas fueron las úl­timas palabras amables que oí en diez largos años; tenía el corazón marchito y seco como la ceniza cuando te conocí a ti. El que tú me quisieras ¡era casi como hacerme volver de la muerte! Desde entonces soy un hombre diferente. Y ahora, Eliza, daré la última gota de mi sangre pero no permitiré que te separen de mi lado. El que se te lleve será por encima de mi cadáver.

—¡Ay, que Dios se apiade de nosotros! —dijo Eliza, sollo­zando—. Si Él nos deja salir juntos del país, es lo único que queremos.

—¿Está Dios de parte de ellos? —preguntó George, me­nos a su esposa que como desahogo de tan amargos pensa­mientos—. ¿El ve todo lo que hacen ellos? ¿Por qué permite que ocurran semejantes cosas? Y nos dicen que la Biblia está de su parte; desde luego todo el poder lo está. Son ricos y sa­nos y felices; pertenecen a las iglesias y tienen esperanzas de ir al cielo; lo tienen todo tan fácil en este mundo, salen siem­pre con la suya; y los cristianos buenos, honrados y fieles, tan buenos o mejores cristianos que ellos, yacen en el polvo bajo sus pies. Los compran y los venden y comercian con su sangre y su llanto y sus lágrimas y Dios se lo permite.

—Amigo George —dijo Simeon desde la cocina—, escu­cha este salmo, que te puede animar.

George aproximó su silla a la puerta y Eliza se enjugó las lágrimas y se acercó también a escuchar a Simeon, que leyó lo siguiente:

Por poco mis pies se me extravían, nada faltó para que mis —« pasos resbalaran, celoso como estaba de los arrogantes, al ver la paz de los impíos. No, no hay congojas para ellos, sano y rollizo está su cuerpo, no comparten la pena de los hombres, con los humanos no son atribulados como los otros hombres. Por eso el orgullo es su collar, la violencia el vesti­do que los cubre; la malicia les cunde de la grasa, de artima­ñas su corazón desborda. Se sonríen, pregonan la maldad, hablan altivamente de violencia; ponen en el cielo su boca, y su lengua se pasea por la tierra. Por eso mi pueblo va hacia ellos: aguas de abundancia les llegan. Dicen: "¿Cómo va a sa­ber Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo?"» ¿No te sien­tes así, George?

—Desde luego que sí —dijo George—, yo mismo no lo hubiese expresado mejor.

—Entonces escucha —dijo Simeon—: «Me puse, pues, a pensar para entenderlo, ¡ardua tarea ante mis ojos! Hasta el día en que entré en los divinos santuarios donde su destino comprendí: oh sí, tú en precipicios los colocas, a la ruina los empujas. ¡Ah qué pronto quedan hechos un horror, cómo desaparecen sumidos en pavores! Como en un sueño al des­pertar, Señor, así, cuando te alzas, desprecias tú su imagen. Pero a mí, que estoy siempre contigo, de la mano derecha me has tomado; me guiarás en tu consejo, y tras la gloria me lle­varás. Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor».

Las palabras sobre la confianza en Dios, pronunciadas por el afectuoso anciano, cayeron como música celestial sobre el espíritu doliente y atormentado de George, cuyas bellas fac­ciones tenían una expresión apacible y sosegada cuando ter­minó.

—Si este mundo fuese lo único que hay, George —dijo Si­meon—, bien podrías preguntarte dónde está el Señor. Pero a menudo los que menos tienen en esta vida son los que eli­ge Él para su reino. Confía en Él y ocurra lo que ocurra en este mundo, lo subsanará Él en el más allá.

Si estas palabras hubieran sido dichas por algún predica­dor pagado de sí mismo, cuya boca las hubiera pronunciado como una retahíla pía y retórica, apropiada para emplearse con las personas angustiadas, quizás no hubieran tenido mu­cho éxito; pero al proceder de uno que se arriesgaba diaria­mente a que lo multasen o encarcelasen por servir a Dios y al hombre, tenían un peso que no se podía menos que sen­tir, y a los dos pobres fugitivos afligidos les infundió tranqui­lidad y fuerza.

Rachel cogió cariñosamente a Eliza de la mano para llevar­la a la mesa a cenar. Al sentarse, se oyó una suave llamada a la puerta y entró Ruth.

—He venido sólo con estos calcetines para el muchacho —dijo—, tres pares de buenos calcetines calentitos de lana. Hará tanto frío en Canadá, ¿sabes? ¿Sigues con buen ánimo, Eliza? —añadió, corriendo al otro lado de la mesa para co­gerle cálidamente la mano y deslizarle una torta de semillas a Harry en la mano—. Le he traído un paquetito de éstas —dijo, tirando de su faltriquera para sacarlo—. Ya sabéis que los niños siempre están comiendo.

—Muchas gracias, es usted muy amable —dijo Eliza.

—Vamos, Ruth, siéntate a cenar —dijo Rachel.

—No puedo. He dejado a John con el niño y algunas ga­lletas en el homo; no puedo quedarme más que un momen­to o John me quemará las galletas y le dará al niño todo el azúcar del azucarero. Así lo hace siempre —dijo, riéndose, la pequeña cuáquera—. Así que adiós, Eliza, adiós, George; que el Señor os proteja en vuestro viaje —y salió Ruth de la casa con pasitos rápidos.

Un rato después de la cena, se detuvo en la puerta un gran carretón cubierto; las estrellas iluminaban la noche. Phineas bajó del pescante de un brinco para acomodar a los pasajeros. Salió George por la puerta con su esposa de un brazo y su hijo del otro. Sus pasos eran firmes, su rostro de­cidido y resuelto. Rachel y Simeon salieron tras ellos.

—Apeaos un momento —dijo Phineas a los que estaban dentro— para que arregle la parte de atrás del carro para las mujeres y el niño.

—Aquí tenéis dos pieles de búfalo —dijo Rachel— para que los asientos sean lo más cómodos posible; es duro viajar toda la noche.

Primero salió Jim y ayudó a apearse a su anciana madre, que le agarraba del brazo y miraba alrededor ansiosa como si esperase ver a sus perseguidores en cualquier momento.

—Jim, ¿tienes las pistolas a punto? —preguntó George con una voz baja y firme.

—Por supuesto —dijo Jim.

—¿Y no dudarás en actuar si vienen?

—Creo que no —dijo Jim, descubriendo su amplio pecho al respirar hondo—. ¿Crees que voy a permitir que vuelvan a coger a mi madre?

Durante este breve coloquio, Eliza se despidió de su bon­dadosa amiga Rachel. Simeon la ayudó a subirse al carro y se deslizó hacia la parte de atrás con su hijo, sentándose entre las pieles de búfalo. Después ayudaron a subirse y a sentarse a la anciana, se colocaron George y Jim en un burdo asiento de madera delante de ellos y Phineas se subió al pescante.

—Adiós, amigos dijo Simeon desde fuera.

—¡Que Dios os bendiga! —contestaron todos desde dentro.

Y partió el carretón, traqueteando y sacudiéndose por la carretera helada.

No había oportunidad de conversar por culpa de la esca­brosidad de la carretera y el ruido de las ruedas. Por lo tanto el vehículo siguió su camino a través de largas extensiones de bosque oscuro, amplias y monótonas llanuras, subiendo co­linas, bajando valles, milla tras milla, hora tras hora. El niño se durmió enseguida y se quedó echado en el regazo de su madre. La pobre anciana asustada olvidó por fin sus temores, y, al avanzar la noche, incluso a Eliza se le cerraron los ojos a pesar de todas sus ansiedades. Phineas parecía ser el más es­pabilado del grupo y aliviaba el largo camino silbando unas melodías muy poco típicas de un cuáquero.

Pero alrededor de las tres el oído de George captó el cha­coloteo apresurado y decidido de los cascos de un caballo a cierta distancia de ellos y dio un codazo a Phineas. Phineas detuvo los caballos para escuchar.

—Debe de ser Michael —dijo—; creo reconocer el sonido de su galope y se levantó para mirar ansiosamente atrás. Vislumbraron en lontananza a un hombre cabalgando ve­lozmente en lo alto de una colina.

—¡Allí está, ya lo creo! —dijo Phineas. Antes de darse cuenta de lo que hacían, George y Jim habían saltado del ca­rro. Todos se quedaron muy callados, las caras vueltas hacia el mensajero que esperaban. Este se acercaba. Bajó a un va­lle, donde no lo podían ver; pero oían cada vez más cerca el traqueteo rápido y estridente; por fin lo vieron aparecer por una loma, al alcance de la voz.

—¡Sí, es Michael! —dijo Phineas; luego elevó la voz y gri­tó—: ¡Hola, Michael!

—Phineas, ¿eres tú?

—Sí; ¿qué noticias hay? ¿Vienen?

—Pisándonos los talones, ocho o diez hombres, atiborra­dos de coñac, maldiciendo y echando espuma como lobos salvajes.

Y, mientras hablaba, el viento les llevó el tenue sonido de caballos que se les acercaban al galope.

—Subid, subid rápido, muchachos —dijo Phineas—. Si tenéis que pelear, esperad a que os lleve un poquito más adelante —al oírlo, subieron ambos hombres. Phineas azo­tó a los caballos para meterles prisa y Michael cabalgó junto a ellos. El carretón traqueteaba, saltaba, casi volaba por el camino helado; pero les llegaba cada vez más nítido el soni­do de los jinetes que los perseguían. Lo oyeron las mujeres y, cuando miraron ansiosamente, vieron a lo lejos, en la cima de una colina, a un grupo de hombres que se destaca­ba contra el cielo veteado de rojo por la aurora. Después, otra colina, y era evidente que sus perseguidores habían vis­to su carro, cuyo toldo blanco resaltaba a gran distancia, y el viento les transportó un alarido de feroz triunfo. Eliza desfa­lleció y abrazó a su hijo más fuertemente contra su pecho; la anciana rezaba y gimoteaba y George y Jim agarraban sus pistolas con desesperación. Los perseguidores los alcanza­ron rápidamente; el carro giró de pronto y se detuvo junto a una escarpada roca que se erguía sobre un cerro aislado que se alzaba con otras rocas en medio de un amplio claro despejado y plano. Esta pila o cordillera de rocas aisladas se recortaba negra y pesada contra el luminoso cielo del ama­necer y parecía ofrecer asilo y protección. Era un lugar que Phineas conocía bien desde sus días de cazador; de hecho, había forzado a los caballos para que alcanzaran este para­dero.

—¡Vamos a ello! —dijo, deteniendo los caballos y saltan­do desde el pescante a tierra—. Salid todos como un rayo, y subamos a estas rocas. Michael, ata el caballo al carro, condú­celo a casa de Amariah y pídele que venga con sus mucha­chos a hablar con estos tipos.

Salieron como un rayo del carro.

Vamos —dijo Phineas cogiendo a Harry— atended a las mujeres entre todos; y corred como jamás hayáis corrido.

No necesitaron más estímulo. En un santiamén habían traspasado la valla todos y se dirigían a toda velocidad hacia las rocas, mientras Michael se lanzó desde su caballo, ató la brida al carro y se lo llevó rápidamente.

Vamos más adelante —dijo Phineas cuando alcanzaron las rocas; se veían a la luz entremezclada de las estrellas y el amanecer las huellas de un burdo pero bien delineado sende­ro que se abría paso entre las rocas—; es uno de nuestros an­tiguos chozos de caza. ¡Vámonos!

Phineas iba delante, saltando como una cabra por los ris­cos con el niño en brazos. Le seguía Jim, llevando a su tem­blorosa madre al hombro, y George y Eliza iban los últimos. El grupo de jinetes llegó a la valla y, entre gritos y juramen­tos, empezaron a desmontar y se dispusieron a seguirlos. Después de unos minutos de escalada, alcanzaron el saliente, donde el sendero se metió por un desfiladero, por el que tu­vieron que pasar de uno en uno, hasta que llegaron a una hendidura o grieta de más de una yarda de anchura, al otro lado de la cual yacía un montón de rocas, separadas del res­to del saliente y alcanzando treinta pies de altura, con muros altos y perpendiculares como los de un castillo. Phineas sal­tó la grieta sin dificultad y sentó al niño sobre un suave lecho de crujiente musgo blanco que cubría la superficie de la roca.

—¡Cruzad! —gritó—. ¡Saltad de una vez, que vuestra vida depende de ello! decía, mientras fueron pasando uno tras otro. Varios fragmentos de piedra formaban una especie de parapeto que les ocultaba a la vista de los de más abajo.

—Bien, aquí estamos todos —dijo Phineas, asomándose al parapeto para ver a los asaltantes, que trepaban alborota­dos por las rocas—. ¡Que nos cojan si pueden! Los que ven­gan aquí tendrán que pasar en fila india entre aquellas dos rocas, bien al alcance de vuestras pistolas, muchachos, ¿lo veis?

—Sí, lo veo —dijo George—, y ahora, como es asunto nuestro, déjenos que nos arriesguemos y que peleemos noso­tros.

—Estaré encantado de permitiros pelear solos, George —dijo Phineas, masticando unas hojas de gaultería mientras hablaba—, pero puedo divertirme mirando, supongo. Pero mirad, estos tipos están discutiendo y mirando como galli­nas a punto de posarse en la percha. ¿No deberíais advertir­les, antes de que suban, para que sepan lo fácil que os será dispararles si lo hacen?

El grupo de abajo, más visible ahora a la luz del amanecer, consistía en nuestros viejos conocidos Tom Loker y Marks, junto con dos alguaciles y un posse comítatus, constituido por todos los camorristas de la última taberna a los que podía tentar un poco de coñac para que participaran en la diver­sión de ir a atrapar a unos cuantos negros.

—Bien, Tom, ya tenemos prácticamente atrapados a tus mapaches.

—Sí, los he visto subir por ahí —dijo Tom— y aquí está el sendero. Estoy por subir directamente. No les será fácil bajar y podremos sacarlos en un periquete.

—Pero, Tom, podrían dispararnos desde detrás de las rocas —dijo Marks—. La cosa podría ponerse fea.

—¡Bah! —dijo Tom con escarnio—. Siempre quieres sal­var el pellejo, Marks. No hay peligro. Los negros están siem­pre demasiado asustados.

—No sé por que no voy a querer salvar el pellejo —dijo Marks—. Es el único que tengo; y a veces los negros pelean como demonios.

En este momento apareció George en lo alto de una roca por encima de ellos y, hablando con voz tranquila y clara, dijo:

—Caballeros, ¿quiénes son ustedes y qué desean?

—Queremos a una cuadrilla de negros fugados —dijo Tom Loker—. Un tal George Harris y Eliza Harris y su hijo, y Jim Selden y una anciana. Traemos a los alguaciles y una orden de arresto; y nos los vamos a llevar, ¿me oyes? ¿No eres tú George Harris, propiedad del señor Harris del conda­do de Shelby en Kentucky?

—Soy George Harris. Un tal señor Harris de Kentucky so­lía llamarme propiedad suya. Pero ahora soy un hombre libre sobre la tierra libre de Dios, y reclamo a mi esposa y a mi hijo como míos. Jim y su madre también están aquí. Tenemos ar­mas para defendemos y pensamos usarlas. Podéis subir, si queréis; pero el primero que se ponga al alcance de nuestras balas es un hombre muerto, y el siguiente, y el siguiente y to­dos hasta que no quede ninguno.

—¡Vamos, vamos! —dijo un hombre bajito y rechoncho, adelantándose y sonándose la nariz al mismo tiempo—. Jo­ven, no deberías hablar de esa forma. Verás, nosotros somos oficiales de la justicia. Tenemos la ley y el poder y todo lo de­más de nuestra parte, así que será mejor que os rindáis pací­ficamente, porque al final no tendréis más remedio que en­tregaros.

—Sé muy bien que tenéis la ley y el poder de vuestra par­te —dijo amargamente George—. Pensáis coger a mi esposa para venderla en Nueva Orleáns, colocar a mi hijo en el co­rral de un tratante como si fuese un ternero y devolver a la madre de Jim al bruto que la azotó y maltrató antes cuando no pudo maltratar a su hijo. Queréis mandar a Jim y a mí de vuelta para que nos azoten y torturen y nos pisoteen bajo sus botas los que vosotros llamáis amos; y vuestras leyes os apo­yan, lo que es una vergüenza para ellas y para vosotros. Pero no nos tenéis. Nosotros no reconocemos vuestras leyes; no reconocemos vuestro país; estamos aquí de pie, tan libres bajo el cielo del Señor como lo sois vosotros; y juro por el gran Dios que nos creó que lucharemos por nuestra libertad hasta la muerte.

George estaba a la vista de todos encima de la roca mien­tras hacía su declaración de independencia; el resplandor de la aurora teñía con un rubor sus mejillas oscuras y la amarga indignación y la ira prendían fuego a sus ojos negros; tenía la mano alzada hacia el cielo mientras hablaba como si apelara a la justicia de Dios para el hombre.

Si hubiera sido un joven húngaro defendiendo valiente­mente en alguna plaza fuerte de las montañas la salida de fu­gitivos que se escapaban de Austria para huir a América, hu­biese sido de un heroísmo sublime; pero como se trataba de un joven de ascendencia africana defendiendo la salida de fu­gitivos de América a Canadá, es natural que nos mostremos demasiado instruidos y patrióticos para apreciar el heroísmo de la situación; y si lo hace alguno de nuestros lectores, debe hacerlo bajo su propia responsabilidad. Cuando los desespe­rados fugitivos húngaros consiguen llegar a Áménca, a pesar de las autoridades y todas las órdenes de arresto de su legíti­mo gobierno, la prensa y los representantes políticos les aplauden y les dan la bienvenida. Cuando los desesperados fugitivos africanos hacen lo propio, es... ¿pero qué es?

Sea como sea, lo cierto es que la actitud, la mirada, la voz y la manera de ser del orador dejaron sin habla a los miem­bros del grupo durante un momento. Hay algo en la valentía y la resolución que hace callar hasta a la naturaleza más bru­ta durante un rato. Marks era el único al que no le hizo nin­gún efecto. Amartilló pausadamente su pistola y, en el si­lencio momentáneo que siguió al discurso de George, le disparó.

—Es que dan lo mismo por él muerto que vivo en Ken­tucky—dijo fríamente, mientras se limpiaba la pistola con la manga de la chaqueta.

George saltó hacia atrás... Eliza gritó... la bala había pasa­do rozándole el cabello a él, casi surcando la mejilla de su es­posa y había ido a parar en un árbol que estaba arriba.

—No es nada, Eliza —dijo George enseguida.

—Más te vale mantenerte oculto en vez de soltar discursos —dijo Phineas—; pues son unos granujas ruines.

—Bueno, Jim —dijo George—, comprueba que están bien tus pistolas y vigila el desfiladero conmigo. Yo dispararé al pri­mer hombre que se asome; tú, al segundo y así sucesivamen­te. No debemos desperdiciar dos balas en uno.

—Pero si no le das, ¿qué?

—Le daré —dijo fríamente George.

—Bien, este tipo tiene agallas —murmuró Phineas entre dientes.

La cuadrilla de abajo se quedó algo indecisa un momento tras el disparo de Marks.

—Creo que has debido darle a alguno de ellos —dijo uno de los hombres—. He oído un chillido.

—Voy a subir a por uno —dijo Tom—. Nunca he tenido miedo a los negros y no voy a empezar ahora. ¿Quién me si­gue? —preguntó, subiendo a las rocas de un brinco.

George oyó claramente las palabras. Levantó la pistola, la examinó y la apuntó al lugar del desfiladero donde iba a apa­recer el primer hombre.

Uno de los más valientes del grupo siguió a Tom y, una vez abierto el camino, el resto comenzó a trepar por las ro­cas, los últimos empujando a los primeros de modo que fue­sen más de prisa de lo que hubieran querido. Siguieron ade­lante y un momento después, la fornida figura de Tom apa­reció a la vista, casi al borde del precipicio.

George disparó... el disparo le alcanzó en un costado... pero, aunque herido, no quiso retroceder sino, gritando como un toro salvaje, saltó la grieta hacia el grupo de los fu­gitivos.

—Amigo —dijo Phineas, adelantándose de pronto, y dán­dole un empujón con sus largos brazos—, no te queremos aquí.

Cayó abajo al abismo, haciendo chascar a su paso árboles, matorrales, troncos y piedras hasta quedar magullado y gi­miendo a treinta pies de profundidad. La caída hubiera podi­do matarlo si no la hubiese mitigado su ropa al engancharse en las ramas de un gran árbol; pero cayó con mucha fuerza, no obstante, más de la que le era agradable o conveniente.

—¡Que Dios nos proteja, son unos demonios! —dijo Marks, a la cabeza del grupo, bajando las rocas con más ahín­co del que había puesto en subirlas, con toda la cuadrilla dando tumbos para seguirle, sobre todo el alguacil gordezue­lo, que bufaba y resoplaba de manera muy enérgica.

—Bien, muchachos —dijo Marks—, id vosotros a recoger a Tom mientras yo me monto al caballo y voy por ayuda, eso es —y, haciendo caso omiso de las mofas y las befas de sus compañeros, Marks cumplió lo dicho y un instante después se le vio desaparecer al galope.

—¿Habéis visto alguna vez a un canalla tan ladino? —dijo uno de los hombres—. ¡Viene aquí a cumplir con su deber y se larga de esta manera!

—Bueno, debemos recoger a ese tipo, pero —dijo otro ­que me condenen si me importa que esté vivo o muerto. Los hombres, guiados por los gemidos de Tom, se abrie­ron paso dificultosamente entre tocones, troncos y matorra­les hasta donde yacía el héroe quejándose y jurando alterna­tivamente con gran energía.

—Te quejas bastante, Tom —dijo uno—. ¿Estás malheri­do?

—No lo sé. Levantadme, vamos. ¡Maldigo a ese dichoso cuáquero! De no ser por él, yo hubiese lanzado a unos cuan­tos de ellos aquí abajo, a ver si les gustaba.

Con mucho trabajo y grandes lamentos, ayudaron al hé­roe caído a levantarse; con un hombre sujetándole a cada lado, consiguieron llevarlo hasta los caballos.

—A ver si podéis llevarme a aquella taberna que está a una milla de aquí. Dadme un pañuelo o algo para ponerlo aquí a ver si deja de sangrar tanto.

George se asomó por encima de las rocas y los vio inten­tar subir al grandullón de Tom a la silla. Después de dos o tres intentos inútiles, se tambaleó y cayó pesadamente al suelo.

—¡Ay, espero que no esté muerto! —dijo Eliza, que ob­servaba lo sucedido junto a los demás miembros de su grupo.

—¿Por qué? —dijo Phineas—. Se lo tiene merecido.

—Porque después de la muerte viene el juicio —dijo Eliza.

—Sí —dijo la anciana, que había estado lamentándose y rezando a su estilo metodista durante toda la refriega—, mal asunto para el alma de la pobre criatura.

—¡Válgame Dios! Creo que lo van a dejar allí —dijo Phi­neas.

Era cierto, después de unos alardes de indecisión y consul­ta, todo el grupo se montó a los caballos y se marcharon. Cuando hubieron desaparecido de vista, Phineas empezó a moverse.

—Debemos bajar y caminar un trecho —dijo—. He dicho a Michael que se adelante a traer ayuda y que vuelva aquí con el carro, pero tendremos que andar un poco por la carre­tera para encontrarnos con ellos, supongo. ¡Dios quiera que venga pronto! Es temprano y habrá poco tráfico de momen­to; no estamos a más de dos millas de nuestro apeadero. Si la carretera no hubiese sido tan accidentada, los hubiéramos eludido del todo.

Al aproximarse el grupo a la valla, vieron volver su propio carretón a lo lejos en la carretera, acompañado de unos hom­bres a caballo.

—Bien, ahí está Michael con Stephen y Amariah —excla­mó Phineas con alegría—. Ya está claro, estamos tan a salvo como si hubiéramos llegado.

—Pues entonces —dilo Eliza—, detengámonos para hacer algo por ese pobre hombre; se queja muchísimo.

—Lo cristiano dijo George— sería recogerlo y llevarlo a algún sitio.

—Y curarlo entre los cuáqueros —dijo Phineas—. ¡Eso estaría bien! Pues a mí me da igual. Veámoslo —y Phineas que, durante sus días de cazador y hombre del bosque había aprendido algunos conocimientos rudimentarios de cirugía, se arrodilló junto al herido e inició un cuidadoso reconoci­miento de su estado.

—Marks —dijo Tom débilmente—, ¿eres tú, Marks?

—No, me temo que no, amigo —dijo Phineas—. Mucho le importas tú a Marks, siempre que su propio pellejo esté a salvo. Hace rato que se ha ido.

—Creo que ha llegado mi hora —dijo Tom—. ¡Maldita rata, dejar que me muera yo solo! Mi pobre madre siempre me dijo que ocurriría así.

—¡Vaya por Dios! ¿Oís al pobre tipo? Ahora resulta que tiene madre —dijo la negra anciana—. No puedo evitar te­nerle un poco de pena.

—Tranquilo, tranquilo; no reniegues ni rezongues, amigo —dijo Phineas, cuando Tom dio un respingo de dolor y le apartó la mano—. No tienes nada que hacer si no puedo de­tener la hemorragia y Phineas se puso a improvisar unos remedios quirúrgicos utilizando su propio pañuelo y los que pudo recoger entre los demás.

—Tú me empujaste —dijo Tom débilmente.

—Pues, verás, si no te hubiera empujado yo, tú nos hubie­ras empujado a nosotros —dijo Phineas, al agacharse a colo­car la venda—. Vamos, vamos, deja que te ponga esta venda. No te deseamos ningún mal; no te guardamos rencor. Te lle­varemos a una casa donde te tratarán de primera, tan bien como pudiera hacerlo tu propia madre.

Tom gimió y cerró los ojos. En hombres de este tipo, el vi­gor y la decisión son simplemente una cuestión fisica, y de­saparecen con la pérdida de sangre; y el desamparo del hom­bre gigantesco realmente era algo digno de lástima.

Se aproximaron los del otro grupo. Quitaron los asientos del carro. Extendieron las pieles de búfalo, dobladas en cua­tro, a lo largo de un costado y levantaron y colocaron enci­ma el pesado cuerpo de Tom entre cuatro hombres. Antes de que lo pusieran dentro, perdió el conocimiento. La anciana negra, en un rapto de compasión, se sentó a su lado y le co­gió la cabeza en su regazo. Eliza, George y Jim se colocaron como mejor pudieron en el espacio restante y se pusieron en camino.

—¿Qué opina usted de su estado? —preguntó George, que estaba sentado delante junto a Phineas.

—Bien, sólo es una herida superficial bastante extensa; pero dar tumbos por el barranco no le ha ayudado mucho. Ha sangrado bastante, suficiente para agotarlo y dejarlo sin valor, pero lo superará y puede que aprenda alguna cosa de ello.

—Me alegro de que lo diga —dijo George—. Siempre me pesaría pensar que había sido responsable de su muerte, aun­que la causa era justa.

—Sí —dijo Phineas—, matar es un asunto feo, se mire como se mire, a hombre o a bestia. He visto un ciervo que moría de un tiro mirar de tal manera que casi te hacía sentir­te malvado por matarlo; y las criaturas humanas son un asunto más serio aun, ya que, como ha dicho tu mujer, les es­pera el juicio después de la muerte. Así que no creo que sean muy estrictas las ideas de los nuestros sobre estas cuestiones; yo, desde luego, gracias a mi educación, las acepté sin pen­sarlo.

—¿Qué hará con este pobre hombre? —preguntó George.

—Pues llevarlo a casa de Amanah. Allí vive la abuela Stephens, de nombre de pila Dorcas, que es una enfermera extraordinaria. Lo suyo es la enfermería y nunca está tan contenta como cuando tiene a un enfermo a quien cuidar. Podemos dejarlo en sus manos durante unos quince días.

Tras una hora de camino llegó el grupo a una cuidada granja, donde invitaron a los fatigados viajeros a un desayu­no abundante. Poco después, Tom Loker fue cuidadosamen­te depositado en una cama mucho más limpia y blanda de lo que estaba acostumbrado. Le limpiaron y curaron la herida y yacía abriendo y cerrando lánguidamente los ojos como un niño cansado ante las cortinas blancas y las figuras que se deslizaban suavemente por su habitación. Y aquí de momen­to nos despediremos de este grupo.

CAPÍTULO XVIII. LAS EXPERIENCIAS Y OPINIONES DE LA SEÑORITA OPHELIA

En sus sencillas cavilaciones, nuestro amigo Tom a me­nudo comparaba su destino más favorecido, dentro de la esclavitud, con el de José de Egipto; de hecho, cuanto más tiempo pasaba y más conocía a su amo, más le parecía que crecía la fuerza del paralelismo.

St. Clare era perezoso y descuidado con el dinero. Hasta la fecha, las compras y las ventas habían sido realizadas por Adolph, que era exactamente igual de descuidado y derro­chador que su amo; entre los dos, el proceso de dilapidación avanzaba a gran velocidad. Tom, acostumbrado durante años a ver la propiedad de su amo como responsabilidad suya, veía con una inquietud que apenas conseguía reprimir los despilfarros de la hacienda y, a veces, con las formas dis­cretas e indirectas a menudo adquiridas por los de su condi­ción, se atrevía a hacer alguna sugerencia.

Al principio, St. Clare le consultaba de vez en cuando, pero, impresionado por la solidez de sus ideas y su buena ca­pacidad para los negocios, iba confiando en él cada vez más, hasta que finalmente era el encargado de realizar toda la ad­ministración de la familia.

—No, no, Adolph —dijo un día que Adolph protestaba por la pérdida de poder—, deja en paz a Tom. Tú sólo com­prendes lo que te conviene; Tom comprende el debe y el ha­ber, y puede que el dinero se nos acabe algún día si no deja­mos que alguien lo administre.

Gozando de la confianza sin límites de un amo descuida­do, que le daba una factura sin mirarla antes y se embolsaba el cambio sin contarlo, Tom estaba expuesto a todas las ten­taciones para ser deshonesto; y sólo la sencillez impugnable de su naturaleza fortalecida por su fe cristiana le salvaba de ellas. Pero para semejante naturaleza, la ilimitada confianza depositada en él era suficiente en sí misma para garantizar una honradez escrupulosa.

Con Adolph, el caso había sido diferente. Desconsiderado y egoísta, y sin la vigilancia de su amo, a quien le era más fá­cil consentir que controlar, había caído en la confusión más absoluta en cuanto al meum tuum entre él mismo y su amo, que a veces preocupaba incluso a St. Clare. El sentido co­mún de éste le indicaba que era injusto y peligroso enseñar a sus criados de esta forma. Llevaba consigo a todas partes una especie de remordimiento crónico, que no era lo suficiente­mente fuerte, sin embargo, para hacerle cambiar su compor­tamiento; y este mismo remordimiento a su vez se convertía en indulgencia. Tomaba a la ligera las faltas más graves por­que se decía que, si él hubiera cumplido, sus criados no hu­biesen sucumbido a ellas.

Tom trataba a su amo joven, alegre y guapo con una extra­ña mezcla de lealtad, reverencia y afecto paternal. Que no le­yera la Biblia jamás, que no fuera a la iglesia, que se riera y burlara de todo lo que se encontraba por delante, que pasara las tardes del domingo en la ópera o el teatro, que asistiera a fiestas y clubes y cenas más a menudo de lo que convenía, todo esto lo veía Tom tan claramente como cualquier otro, y era la base de su convencimiento de que «el amo no era cris­tiano», convencimiento que se guardaba mucho de compar­tir con nadie pero que servía de fundamento para muchas de las oraciones sencillas que rezaba cuando se hallaba a solas en su pequeño dormitorio. Y no es que Tom no dijese de vez en cuando lo que pensaba, con un tacto que se observaba frecuentemente entre los de su clase. Por ejemplo, al día si­guiente del domingo que hemos descrito, a St. Clare lo invi­taron a una fiesta jovial con buenos licores, y lo llevaron a casa entre la una y las dos de la madrugada en una condición en la que lo fisico dominaba claramente a lo intelectual. Tom y Adolph le ayudaron a arreglarse para dormir, el último de muy buen humor, aparentemente tomando la situación como una broma y riéndose a carcajadas por la rusticidad de la desaprobación de Tom, que era lo bastante sencillo como para pasarse el resto de la noche en blanco rezando por su jo­ven amo.

—Bien, Tom, ¿a qué esperas? —preguntó St. Clare al día siguiente, sentado en la biblioteca vestido con bata y zapati­llas. St. Clare acababa de confiarle algún dinero y varios en­cargos a Tom—. ¿Está todo bien, Tom? —añadió, al ver que Tom se quedó esperando.

—Me temo que no, amo —dijo Tom con cara seria.

St. Clare dejó el periódico y la taza de café y miró a Tom. —Bien, Tom, ¿qué ocurre? Estás más serio que un ataúd. —Me siento muy mal, amo. Siempre pensé que el amo se portaría bien con todo el mundo.

—¿Y no lo he hecho, Tom? Vamos, vamos, ¿qué es lo que quieres? Te hace falta alguna cosa, supongo, y éste es el pre­facio para conseguirla.

—El amo siempre se ha portado bien conmigo. No tengo quejas en ese sentido. Pero hay una persona con la que no se porta bien.

—Vamos, Tom, ¿qué te ocurre? Habla claro: ¿qué quieres decir?

—Anoche, entre la una y las dos, se me ocurrió. Estudié el asunto entonces. El amo no se porta bien consigo mismo.

Tom dijo esto con la espalda vuelta a su amo y la mano en el pomo de la puerta. St. Clare notó cómo se ruborizaba, pero se rió.

—Así que eso es todo, ¿eh? —preguntó alegremente.

—¡Todo! —dijo Tom, volviéndose de pronto y cayéndose de rodillas—. ¡Ay, mi querido y joven amo, me temo que vaya a ser la pérdida de todo, de cuerpo y alma! ¡El buen li­bro dice: «muerde como una serpiente y pica como una ví­bora», querido amo!

A Tom se le ahogó la voz y las lágrimas surcaron sus me­jillas.

—¡Pobre tonto! —dijo St. Clare, con los ojos llenos de lá­grimas—. Levántate, Tom. No vale la pena llorar por mí.

Pero Tom no quiso levantarse y lo miraba con expresión suplicante.

—Bien, no volveré a ir a ninguna de sus malditas fiestas, Tom —dijo St. Clare—; te doy mi palabra. No sé por qué no las he dejado hace tiempo. Siempre las he despreciado, y a mí mismo por asistir; así que enjúgate las lágrimas, Tom, y ve a hacer tu trabajo. Vamos, vamos —añadió—, no me bendi­gas. No soy tan maravilloso —dijo, empujando suavemente a Tom hacia la puerta—. Te doy mi palabra de honor, Tom, que no me volverás a ver así —dijo; y Tom se marchó, secán­dose los ojos, con gran satisfacción.

«Y cumpliré la palabra que le he dado, además», se dijo St. Clare, cuando hubo cerrado la puerta.

Y así lo hizo St. Clare, pues el burdo sensualismo, bajo cualquiera de sus manifestaciones, no iba con su naturaleza.

Pero, ¿quién va a contamos los problemas variopintos que atormentaban durante todo este tiempo a nuestra amiga, la señorita Ophelia, que había comenzado a desempeñar las la­bores de un ama de casa sureña?

Hay muchísimas diferencias entre los criados de las dife­rentes casas del Sur, según el carácter y la capacidad del ama que les educa.

Tanto en el Sur como en el Norte, hay mujeres que tienen un extraordinario don de mando y talento para la educación. Estas mujeres tienen la capacidad de someter a su voluntad y organizar sistemática y armoniosamente, aparentemente sin dificultad ni severidad, a los diversos miembros de su hacien­da, regulando sus idiosincrasias, y equilibrando las deficien­cias de uno con los excesos de otro para crear un régimen ar­monioso y ordenado.

De esta clase de amas de casa era la señora Shelby, a la que ya hemos descrito, y a quien nuestros lectores quizás recuer­den haber conocido. Si no hay muchas en el Sur, es porque no hay muchas en el mundo. Se encuentran en el Sur como en cualquier otra parte y, cuando existen, tienen en ese esta­do peculiar una ocasión muy brillante para exhibir su talen­to doméstico.

De esta clase de amas de casa no era Marie St. Clare, ni lo había sido su madre. Era indolente e infantil, desorganizada e imprevisora, y era de esperar que los criados instruidos bajo su mandato pecaran de lo mismo; había descrito a la señori­ta Ophelia con gran exactitud la confusión que iba a encon­trar en la casa, aunque no la había atribuido a su verdadera causa.

En la primera mañana de su mandato, la señorita Ophelia se levantó a las cuatro; después de ocuparse de todos los arre­glos de su propio cuarto, tal como venía haciendo desde su llegada a la casa, con gran asombro de la camarera, se dispu­so a iniciar el asalto de los armarios y despensas de la casa, cuyas llaves obraban en su poder.

La despensa, el armario de la ropa blanca, la alacena de la porcelana, la cocina y la bodega se sometieron todos a una formidable revista aquel día. Tantas cosas ocultas en la oscu­ridad vieron la luz que se alarmaron todos los principales y dignatarios de la cocina y el cuerpo de casa y provocaron muchos comentarios y murmullos entre los dirigentes do­mésticos sobre «estas damas del Norte».

La vieja Dinah, cocinera jefe y mandataria principal del departamento de la cocina, montó en cólera por lo que con­sideraba una invasión de sus privilegios. Ningún barón feu­dal de los tiempos de la Magna Carta hubiera podido sentir­se más ofendido por las incursiones de la corona.

Dinah era un personaje por derecho propio, y sería injus­to para con el lector no hacerle un pequeño retrato de ella. Era una cocinera nata, tanto como la tía Chloe, ya que la co­cina es un don indígena de la raza africana; pero Chloe era una cocinera formada y metódica, que se regía por un orden bastante estricto, mientras que Dinah era un genio autodi­dacta y, como todos los genios, era absolutamente testaruda, tajante y caprichosa.

Como cierta clase de filósofo moderno, Dinah desprecia­ba la lógica y la razón bajo todas sus formas y se refugiaba siempre en una seguridad intuitiva, en la que se encontraba totalmente inexpugnable. Ningún talento, autoridad o expli­cación podía hacerle creer que otra manera de hacer era me­jor que la suya, o que su forma de proceder en cualquier asunto podía modificarse lo más mínimo. Esto era algo que había consentido su antigua ama, la madre de Marie; y a «la señorita Marie», como Dinah llamaba siempre a su joven ama, incluso después de casada, le resultaba más fácil ceder que luchar, por lo que Dinah era la reina absoluta. Esto era más fácil puesto que era maestra en el arte diplomático que une el servilismo más exagerado con la inflexibilidad más ex­trema.

Dinah era experta en el arte y la cábala de hacer excusas en todas sus ramas. De hecho, para ella era un axioma que la co­cinera nunca se equivoca, y una cocinera en una cocina del Sur encuentra muchas cabezas y hombros sobre los que echar todas las culpas y pecados con el fin de mantenerse in­maculada ella misma. Si alguna parte de la comida era un fra­caso, había cincuenta motivos indisputables y era la culpa de cincuenta personas, a las que Dinah regañaba con un celo in­misericorde.

Pero pocas veces había algún fallo en los resultados finales de Dinah. Aunque su forma de hacer las cosas era indirecta y tortuosa, sin cálculos temporales o espaciales, y aunque la cocina siempre tenía aspecto de que había pasado un hura­cán y tenía tantos lugares para guardar sus utensilios de coci­na como días había en el año, sin embargo, si se tenía la pa­ciencia de dejarla tomar su tiempo, servía una comida perfec­tamente organizada y tan bien preparada que ni un epicúreo le pondría pegas.

Era casi la hora de preparar el almuerzo. Dinah, que reque­ría largos intervalos de reflexión y descanso y procuraba sen­tirse a sus anchas en todo momento, estaba sentada en el sue­lo de la cocina fumando una pipa corta y gorda a la que era muy aficionada y que siempre encendía, a modo de incensa­rio, cuando sentía la necesidad de inspiración en sus queha­ceres. Era su forma de invocar las musas domésticas.

Sentados a su alrededor se hallaban varios miembros de la raza ascendente que abunda en una casa sureña, ocupados en desgranar guisantes, pelar patatas, desplumar aves y otros menesteres preparativos. De vez en cuando Dinah interrum­pía sus meditaciones para dar un codazo o un golpe en la ca­beza con una cuchara de palo que tenía junto a ella a algunos de los trabajadores jóvenes. De hecho, Dinah dirigía las cabezas lanudas de los miembros más jóvenes con mano fé­rrea y parecía creer que la única razón de la existencia de éstos era «ahorrarle pasos» a ella, según decía. Era el espíritu del sistema bajo el que se había criado ella, y lo cultivaba has­ta sus últimas consecuencias.

La señorita Ophelia, tras ejecutar su recorrido reformativo a las demás dependencias del establecimiento, entró final­mente en la cocina. Dinah se había enterado por diferentes fuentes de lo que ocurría y estaba decidida a mantenerse en terreno defensivo y conservador y mentalmente preparada a oponerse o hacer caso omiso de cada nueva norma sin que mediara ninguna disputa visible entre ellas.

La cocina era una habitación grande con suelo de ladrillo y un gran hogar anticuado que se extendía por toda una pa­red, aparato que St. Clare había intentado en vano persuadir a Dinah que sustituyera por una cocina moderna. Ella no quiso ni hablar del asunto. Ningún conservador, seguidor de Pusey o de cualquier otro, estaba más apegado a las incomo­didades del pasado que Dinah.

Cuando St. Clare regresó del Norte la primera vez, aún impresionado por la eficiencia y orden de la cocina de su tío, dotó generosamente la suya de una serie de armarios, cajones y diferentes aparatos que indujeran a la organización sistemá­tica, bajo la ilusión optimista de que podría facilitarle el tra­bajo a Dinah. Más le hubiera valido instalarlos para una ardi­lla o una urraca. Cuantos más armarios y cajones había, más escondrijos buscaba Dinah para ocultar trapos, peines, zapa­tos viejos, cintas de pelo, ajadas flores artificiales y otros ar­tículos de vertu que le deleitaban.

Cuando la señorita Ophelia penetró en la cocina, Dinah no se levantó sino que continuó fumando tranquilamente, si­guiendo los movimientos de aquélla de reojo mientras aparen­temente vigilaba los trabajos que realizaban a su alrededor.

La señorita Ophelia empezó abriendo unos cajones.

—¿.Para qué sirve este cajón, Dinah? —preguntó.

—Sirve para casi todo, señora —dijo Dinah. Y así lo pare­cía. De entre la variedad de objetos que contenía, la señorita Ophelia sacó primero un bello mantel de damasco, mancha­do de sangre por haber sido utilizado aparentemente para en­volver carne cruda.

—¿Qué es esto, Dinah? ¿No envolverás la carne con los mejores manteles de tu ama?

—¡Caramba, no, señora! Es que no había toallas, por eso lo usé. Pensaba lavarlo y por eso lo puse allí.

«¡Inepta!», dijo la señorita Ophelia para sí, mientras volca­ba el cajón, donde encontró un rallador junto con dos o tres nueces moscadas, un himnario metodista, un par de pañue­los de madrás sucios, lana y una labor de calceta, un paque­te de tabaco y una pipa, unos cuantos triquitraques, un par de platillos dorados con restos de pomada, un viejo zapato gastado, un retal de franela cuidadosamente doblado, que contenía unas cebollas pequeñas y blancas, varias servilletas de damasco, algunas burdas toallas de cutí, cuerda, agujas de zurcir y varios papeles rotos, de los que habían caído al cajón diferentes hierbas aromáticas.

—¿Dónde guardas la nuez moscada, Dinah? —preguntó la señorita Ophelia, con el aire de alguien que hace acopio de paciencia.

—En casi cualquier lado, señora; hay un poco en esa taza agrietada de ahí, y hay más en aquel armario.

—Y aquí hay más con el rallador dijo la señorita Ophe­lia, alzándolas.

—Caramba, es verdad. Las he puesto allí esta misma ma­ñana... me gusta tener las cosas a mano —dijo Dinah—. ¡Eh, tú, Jake! ¿Por qué te paras? ¡Ya te daré yo! ¡Estáte quieto! —añadió, dando al criminal un golpe con su cuchara.

——¿Qué es esto? —preguntó la señorita Ophelia, levantan­do el platillo con la pomada.

—¡Vaya por Dios! Es mi brillantina. La guardo ahí para te­nerla a mano.

—¿Y para eso utilizas los mejores platillos de tu ama? —¡Señor, lo hice porque tenía tanta prisa!... ¡Iba a cam­biarla hoy mismo!

—Y aquí hay dos servilletas de damasco.

—Puse las servilletas allí para que las lavaran un día de éstos.

—¿No tenéis un lugar para poner las cosas de la colada? —Bueno, el señor St. Clare compró aquel arcón para eso, dijo; pero a mí me gusta hacer galletas y guardar allí mis co­sas algunos días y es muy fácil: sólo hay que levantar la tapa. —¿Por qué no preparas tus galletas en la mesa de reposte­ría que hay allí?

—¡Caramba, señora, se llena tanto de platos y otras cosas que nunca hay sitio!

—Pero los platos deben fregarse y guardarse.

—¡Fregar los platos! —dijo Dinah, subiendo el tono de voz, ya que empezaba a asomar la ira tras su respeto habi­tual—. ¿Qué saben las señoras del trabajo, quisiera yo saber? ¿Cuándo iba a comer el amo si yo pasase todo el tiempo fre­gando y guardando platos? La señorita Marie nunca me dijo que hiciera eso.

—¿Y qué me dices de estas cebollas?

—¡Caramba, es verdad! —dijo Dinah—, conque es allí donde están. No me acordaba. Guardaba esas mismas cebo­llas para este mismo guisado. Se me había olvidado que esta­ban dentro de ese viejo trozo de franela.

La señorita Ophelia sacó los papeles con las hierbas aro­máticas.

—Preferiría que la señora no me tocara esas cosas. Me gus­ta guardar las cosas donde yo sé que puedo cogerlas —dijo Dinah con bastante decisión.

—Pero no querrás estos papeles llenos de agujeros. —Son útiles para esparcir las hierbas —dijo Dinah.

—Pero ya ves cómo se salen por todo el cajón.

—¡Caramba, es verdad! Si la señora se empeña en revolverme las cosas, claro que se saldrán. La señora ya me ha de­rramado un montón de esa forma —dijo Dinah, acercándo­se inquieta a los cajones—. Si la señora se va arriba hasta que sea mi hora de recoger, ya lo pondré todo bien; pero parece que no puedo hacer nada cuando hay señoras alrededor, mo­lestando. ¡Eh, tú, Sam, no le des el azucarero al bebé! ¡Ya te daré yo, si no te andas con cuidado!

—Voy a repasar la cocina y voy a ordenarlo todo una vez, Dinah, y después espero que la mantengas así.

—¡Caramba, señorita Ophelia, ésas no son cosas propias de señoras! Nunca he visto a ninguna señora hacer nada se­mejante; ni mi antigua ama ni la señorita Marie lo han hecho jamás, y no veo la necesidad de que se haga ahora —y Dinah daba vueltas majestuosamente mientras la señorita Ophelia apilaba y clasificaba fuentes, vaciaba docenas de azucareros en un sólo recipiente, separaba servilletas, manteles y toallas para la colada, lavaba, frotaba y ordenaba todo con sus pro­pias manos, con una velocidad y pericia que dejaron pasma­da a Dinah.

—¡Caramba! Si eso es lo que hacen las damas del Norte, pues no son damas —dijo a algunos de sus satélites, cuando estaba fuera del alcance del oído de la señorita Ophelia——. Yo tengo las cosas tan organizadas como cualquiera, cuando me toca la hora de ordenar; pero no quiero tener a señoras aquí molestando y poniéndome las cosas donde no puedo encon­trarlas.

Para hacerle justicia a Dinah, tenía paroxismos, aunque in­frecuentes, de reforma y orden, que ella llamaba «horas de ordenar», cuando se ponía con gran energía a volver del re­vés todos los cajones y armarios, poniéndolo todo en el sue­lo y en las mesas y multiplicando por siete el caos habitual. Entonces encendía su pipa, y revisaba lentamente las cosas, repasándolas y discurriendo sobre ellas; hacía que todos los jóvenes frotasen vigorosamente los objetos de hojalata y mantenía durante varias horas un elevadísimo estado de con­fusión, que explicaba, para satisfacción de todos los que lo preguntaban, que era la «hora de ordenar». «No podía dejar que las cosas siguieran cómo estaban, e iba a hacer que los jó­venes mantuvieran mejor el orden», porque la misma Dinah tenía la convicción de que ella misma era el colmo del orden y que sólo eran los jóvenes y todos los demás miembros de la casa los que provocaban que tal orden no alcanzara la per­fección absoluta. Cuando todas las latas estaban fregadas y todas las mesas blancas como la nieve y todas las cosas que podían molestar estaban escondidas en rincones y escondri­jos, Dinah se engalanaba con un vestido elegante, un delantal limpio y un turbante alto y brillante de madrás y decía a todos los jóvenes revoltosos que se mantuvieran fuera de la cocina, ya que quería que todo siguiese ordenado. De hecho, estas ocasiones infrecuentes suponían una molestia para to­das los habitantes de la casa, puesto que Dinah cogía tal ca­riño por su lata reluciente que insistía que no se volviera a utilizar por ningún motivo, por lo menos hasta que se le pa­sara la fiebre de la «hora de ordenan».

En pocos días la señorita Ophelia reformó concienzuda­mente cada parte de la casa según un modelo sistemático; pero sus esfuerzos en todos los departamentos que depen­dían de la colaboración de los sirvientes eran como los tra­bajos de Sísifo o las Danaides. Un día, acudió desesperada a St. Clare.

—¡No hay manera de imponer nada parecido a un méto­do en esta familia!

—Pues claro que no —contestó St. Clare.

—¡Nunca he visto una administración tan inepta, tanto derroche ni tanta confusión!

—Me imagino que no.

—No te lo tomarías con tanta tranquilidad si fueras ama de casa.

—Querida prima, más vale que te enteres, de una vez por todas, de que los amos nos dividimos en dos clases: los opre­sores y los oprimidos. Los que somos bondadosos y odiamos la severidad nos resignamos a padecer una gran cantidad de incomodidades. Si nos empeñamos en mantener una casa descuidada, revuelta y desorganizada, por dejadez, debemos atenemos a las consecuencias. He visto algún caso excepcio­nal de personas que, gracias a un tacto peculiar, consiguen producir orden y sistema sin severidad; pero no soy una de ellas, por lo que me decidí hace tiempo a dejar que las cosas salgan como salgan. No permitiré que se azote o maltrate a los pobres diablos, y ellos lo saben y, por supuesto, saben que son ellos los que mandan.

—Pero que no tengan horario, ni lugar para todo, ni or­den..., ¡todo transcurre de forma tan desordenada!

—Mi querida Vermont, vosotros que sois del Polo Norte exageráis la importancia del tiempo. ¿Para qué diablos le sir­ve el tiempo a un tipo que tiene el doble del que sabe llenar? En cuanto al orden y el sistema, cuando no hay nada que ha­cer más que tumbarse en el sofá a leer, importa poco que el desayuno o el almuerzo llegue una hora antes o después. Veamos, tienes a Dinah que te prepara una comida excelen­te: sopa, ragú, pollo asado, postre, helado y todo, y ella lo crea en el caos y la oscuridad de aquella cocina. Creo que es sublime que se las arregle tan bien. Pero ¡que el Cielo nos proteja! Si bajamos allí y vemos cómo fuma y se sienta en el suelo y corretea por ahí durante el proceso de preparación, nunca comeremos más. Mi querida prima, ahórrate eso. Es peor que la penitencia de los católicos y no sirve para más. Sólo perderás tú los nervios y a Dinah la confundirás total­mente. Deja que haga lo que quiera.

—Pero, Auguste, no tienes ni idea de cómo estaban las cosas.

—¿Que no? ¿No sé que el rodillo está debajo de su cama, y el rallador de nuez moscada en su bolsillo con el tabaco, y que hay sesenta y cinco azucareros diferentes, uno en cada escondrijo de la casa, que un día friega la vajilla con una ser­villeta y al siguiente con un trozo de enagua? Pero el resulta­do es que prepara unas comidas magníficas y hace un café extraordinario, así que debes juzgarla tal como se juzgan a los guerreros y a los estadistas: por el éxito.

—¡Pero el desperdicio y el gasto!

—¡Mala suerte! Cierra con llave todo lo que puedes y qué­date tú con la llave. Reparte poco a poco y nunca preguntes por nimiedades, pues no te conviene.

—Lo que me preocupa, Augustine, es que no puedo evi­tar la sensación de que estos criados no son del todo honra­dos. ¿Estás seguro de que son de fiar?

Augustine se rió de corazón por la cara seria y ansiosa con la que hizo la pregunta la señorita Ophelia.

—¡Ay, prima, es demasiado! ¡Honrados! Como si se pu­diera esperar tal cosa. ¿Honrados? Pues claro que no lo son. ¿Por qué habían de serlo? ¿Qué podría hacer que sean hon­rados?

—¿Por qué no les enseñas?

—¿Enseñar? ¡Tonterías! ¿Cómo crees que les iba a enseñar yo? ¡Buen enseñante estoy yo hecho! En cuanto a Marie, ella tiene bastante espíritu, desde luego, para matar a toda la plantación si la dejase administrarla, pero tampoco consegui­ría hacerles honrados.

—¿No hay ninguno honrado?

—Pues de vez en cuando hay uno que la Naturaleza hace tan ridículamente sencillo, sincero y leal que ni la peor in­fluencia puede destruirlo. Pero, verás, desde el pecho mater­no el niño negro siente y cree que no tiene otro camino que el engaño. No tiene otra forma de llevarse con sus padres, su ama y sus señoritos y señoritas compañeros de juegos. El en­gaño y el disimulo se convierten en hábitos necesarios e ¡e­vitables. No es justo exigirles nada más. No hay que castigar­les por ello. En cuanto a la honradez, se mantiene al esclavo en tal estado de dependencia casi infantil que no hay forma de que comprenda los derechos de la propiedad o que sienta que los bienes del amo no son los suyos propios, si es que puede hacerse con ellos. Yo, por mi parte, considero que es imposible que sean honrados. ¡Un tipo como nuestro Tom es un milagro de la moral!

—¿Y qué será de sus almas? —preguntó la señorita Ophe­lia.

—Que yo sepa, eso no es asunto mío —dijo St. Clare—; sólo me ocupo de los asuntos de esta vida. El caso es que la opinión general es que toda su raza ha sido entregada al dia­blo para beneficio nuestro en este mundo, pase lo que pase en el otro.

—¡Pero eso es terrible! —dijo la señorita Ophelia— ¡debe­ría daros vergüenza!

—No sé si me da vergüenza. A pesar de todo, estamos bien acompañados —dijo St. Clare—, como suele sucederle a cualquiera que tira por el camino de en medio. Mira a los de arriba y los de abajo en el mundo entero y verás que es la misma historia: la clase inferior explotada cuerpo y alma en beneficio de la superior. Ocurre así en Inglaterra; ocurre en todas partes; y sin embargo, toda la cristiandad se horroriza, con indignación virtuosa, porque hacemos las cosas de for­ma algo diferente que ellos.

—No ocurre así en Vermont.

—Bien, bien, en Nueva Inglaterra y en los estados nuevos nos lleváis ventaja, te lo concedo. Pero ha sonado la campa­na; así que, prima, dejemos nuestros prejuicios regionales a un lado y vayamos a almorzar.

Cuando la señorita Ophelia se encontraba en la cocina por la tarde, algunos de los niños negros gritaron: —¡Caram­ba, ahí viene Prue, refunfuñando como siempre!

En ese momento entró en la cocina una mujer negra alta y huesuda, llevando una cesta de bizcochos y panecillos ca­lientes en la cabeza.

—¡Hola, Prue, has venido! —dijo Dinah.

Prue tenía una extraña expresión ceñuda en el rostro y una voz quejumbrosa y malhumorada. Dejó la cesta, se puso en cuclillas y, apoyando los codos en las rodillas, dijo:

—¡Ay, Señor, ojalá estuviera muerta!

—¿Por qué quieres estar muerta? —preguntó la señorita Ophelia.

—Porque así dejaría de sufrir —dijo la mujer hoscamente, sin levantar los ojos del suelo.

—¿Qué necesidad tienes de emborracharte y hacer que te azoten, Prue? —preguntó una pulcra camarera cuartero­na, cuyos pendientes de coral se balanceaban mientras ha­blaba.

La mujer la contempló con una mirada agria y desabrida.

—Quizás lo hagas tú, un día de éstos. Me encantaría ver­te, desde luego; entonces te vendría bien una copita, como a mí, para olvidar tus penas.

—Vamos, Prue —dijo Dinah—, echemos un vistazo a tus bizcochos. La señora te los pagará.

La señorita Ophelia cogió un par de docenas.

—Hay algunos boletos en aquella jarra agrietada del estan­te de arriba —dijo Dinah—. Tú, Jake, súbete allí a cogerla.

—¿Boletos? ¿Para qué? —preguntó la señorita Ophelia.

—Nosotros le compramos boletos a su amo y ella nos da pan a cambio.

—Y cuentan el dinero y los boletos cuando llego a casa, para ver si tengo la cantidad exacta; y si no es así, casi me ma­tan de una paliza.

—Y es lo que te mereces —dijo Jane, la camarera vivaz— si te empeñas en coger su dinero para emborracharte. Eso es lo que hace, señora.

—Y es lo que seguiré haciendo; no sé vivir de otra mane­ra: beber para olvidar mis penas.

—Eres muy mala y muy tonta —dijo la señorita Ophe­lia— por robar el dinero de tu amo para embrutecerte.

—Es probable, señora; pero es lo que hago y seguiré ha­ciendo. ¡Ay, Señor, ojalá estuviera muerta para no sufrir más! —y se levantó la pobre vieja lenta y dolorosamente y volvió a colocarse la cesta en la cabeza; pero antes de salir, miró a la cuarterona, que jugueteaba con los pendientes.

—Tú te crees estupenda con aquellos pendientes, bailo­teando por ahí y moviendo la cabeza y despreciando a todo el mundo. Pues no te preocupes, que puedes vivir para con­vertirte en una pobre vieja azotada como yo. Espero que así sea, lo espero de veras; entonces veremos si no haces lo mis­mo: beber, beber, beber hasta la saciedad; no te mereces otra cosa, ¡puaj! y con un aullido malvado, salió la mujer de la habitación.

—¡Bestia repugnante! —dijo Adolph, que preparaba el agua de afeitarse de su amo—. Si yo fuese su amo, la azota­ría más aún.

—No te sería posible —dijo Dinah—. Su espalda es todo un espectáculo; nunca consigue cubrirla del todo con un vestido.

—Creo que no debían dejar que unas personas tan rastre­ras rondaran las familias decentes —dijo la señorita Jane—. ¿Qué opina usted, señor St. Clare? preguntó, moviendo coqueta la cabeza en dirección a Adolph.

Debe saberse que, entre otras apropiaciones de bienes de su amo, Adolph acostumbraba a adoptar su nombre y trata­miento; y que se hacía llamar, entre los círculos negros de Nueva Orleáns, señor St. Clare.

—Comparto su opinión, desde luego, señorita Benoir —dijo Adolph.

Benoir era el apellido de la familia de Marie St. Clare y Jane era una de sus criadas.

—Perdón, señorita Benoir, ¿se me permite preguntarle si esos pendientes son para el baile de mañana por la noche? ¡Son encantadores, por cierto!

—¡Me sorprende, señor St. Clare, la desfachatez que se permiten mostrar los hombres a veces! —dijo Jane, agitando la cabeza para hacer centellear los pendientes de nuevo—. No bailaré con usted en toda la tarde si sigue haciéndome es­tas preguntas.

—¡No puede usted ser tan cruel! Me moría de ganas de sa­ber si iba a aparecer con su traje de tarlatana rosa —dijo Adolph.

—¿.Qué pasa? —preguntó Rosa, una alegre cuarterona se­ductora que bajaba brincando las escaleras en ese momento.

—Pues que el señor St. Clare es muy descarado.

—Por mi honor —dijo Adolph—, que decida por sí mis­ma la señorita Rosa.

—Sé que es un hombre muy atrevido—dijo Rosa, hacien­do equilibrios sobre uno de sus diminutos pies y mirando maliciosa a Adolph—. A mí siempre consigue enojarme.

—¡Ay, señoras, señoras, me van a romper el corazón! —dijo Adolph—. Me encontrarán muerto en la cama alguna mañana y ustedes serán las responsables.

—¡Escuchad cómo habla el tipo repugnante! —dijeron ambas damas, riéndose sin moderación.

—¡Vamos, fuera de ahí, vosotras! No aguanto que estéis ahí llenándome la cocina —dijo Dinah—, metiéndoos bajo mis pies, y haciendo el tonto.

—La tía Dinah está triste porque no puede ir al baile —dijo Rosa.

—No quiero tener nada que ver con los bailes de los ne­gros blancos —dijo Dinah—, presumiendo y fingiendo que sois blancos. Después de todo, sois negros, exactamente igual que yo.

—La tía Dinah se llena la lana de brillantina todos los días para quitarle los rizos —dijo Jane.

Y sigue siendo lana, a pesar de todo —dijo Rosa, agitan­do maliciosamente su larga melena de rizos sedosos.

—Bueno, a los ojos de Dios, la lana vale tanto como el cabello, ¿no es verdad? —dijo Dinah—. Me gustaría que la señora nos dijese quién vale más, si un par como vosotras o una como yo. ¡Fuera de aquí, impostoras; no os quiero aquí!

En este punto se interrumpió la conversación por dos cau­sas. Se oyó la voz de St. Clare en lo alto de la escalera pregun­tando a Adolph si iba a tardar hasta la noche en llevarle el agua para el afeitado; y la señorita Ophelia dijo, al salir del comedor:

Jane y Rosa, ¿por qué perdéis el tiempo? Id a ocuparos de vuestra costura.

Nuestro amigo Tom, que se encontraba en la cocina du­rante la conversación con la mujer de los bizcochos, la había seguido cuando salió a la calle. La vio avanzar, soltando de vez en cuando un gemido reprimido. Por fin dejó su cesta en un portal para arreglarse el viejo y descolorido chal que le cu­bría los hombros.

Yo te llevo la cesta un trecho —dijo Tom compasiva­mente.

—¿Por qué motivo? —preguntó la mujer—. No necesito ayuda.

—Pareces estar enferma o preocupada o algo —dijo Tom.

—No estoy enferma —contestó la mujer escuetamente.

—Quisiera —dijo Tom, mirándola muy serio—, quisiera poder persuadirte de que dejaras de beber. ¿No sabes que va a ser tu perdición, del cuerpo y del alma?

—Sé que iré al infierno —Mijo la mujer ásperamente—. No hace falta que me lo digas. Soy fea, soy mala y me iré di­rectamente al infierno. ¡Ay, Señor, ojalá ya estuviera allí!

Tom tembló ante las terribles palabras, dichas con una se­riedad hosca y apasionada.

—¡Que Dios tenga piedad de ti, pobre criatura! ¿No has oído hablar de Jesucristo?

—¿Jesucristo? ¿Quién es?

—¡Pues es el Señor!—dijo Tom.

—Creo que he oído hablar del Señor, y del juicio y del in­fierno. He oído hablar de todo eso.

—¿Pero nadie te ha hablado del Señor Jesús, que amaba a los pobres pecadores y murió por nosotros?

—No sé nada de eso —dijo la mujer—; nadie me ha ama­do a mí, desde que se murió mi viejo.

—¿Dónde te criaste? —preguntó Tom.

Allá en Kentucky. Un hombre me dedicó a criar niños para el mercado y los vendía en cuanto tenían el tamaño su­ficiente; al final me vendió a mí a un especulador, y mi amo me compró a éste.

—¿Cómo empezaste a beber de esta forma?

—Para acabar con mis desgracias. Tuve un hijo después de venir aquí, y creía que iba a poder quedarme con uno para criarlo, pues el amo no era especulador. ¡Era una cosita lindí­sima! Y parecía que le gustaba al ama al principio; no llora­ba nunca, era guapo y gordo. Pero el ama enfermó y yo la cuidaba; y luego yo cogí las fiebres, y perdí la leche y mi niño se quedó en los huesos pero el ama no quiso comprarle le­che. No me escuchaba cuando le decía que no tenía leche. Dijo que sabía que yo podía criarlo con lo que comen los de­más; y el niño se consumió y lloraba y lloraba y lloraba, día y noche, y no era más que un montón de huesos, y el ama le tomó ojeriza y decía que era por mal humor. Quisiera verlo muerto, decía, y no dejaba que me lo quedara por las noches porque decía que no me dejaba dormir y que luego yo no servía para nada. Me hacía dormir en su habitación y tuve que poner al niño en una especie de buhardilla y allí murió llorando, una noche. Así fue; y yo empecé a beber para no oírlo llorar. ¡Bebía y beberé! ¡Beberé aunque vaya al infierno por ello! ¡El amo dice que iré al infierno y yo le digo que ya estoy allí!

—¡Ay, pobrecita! —dijo Tom—. ¿Y nadie te ha dicho que el Señor jesús te ama y que murió por ti? ¿No te han dicho que Él te ayudará y que puedes ir al Cielo y descansar por

—¡Ya lo creo que iré al Cielo! —dijo la mujer—. ¿No es allí donde van los blancos? ¿Crees tú que ellos me querrán tener allí? Prefiero ir al infierno y escaparme de los amos. Ya lo creo —dijo, y con su gemido habitual, cargó la cesta en la cabeza y se alejó hoscamente.

Tom se volvió y caminó de vuelta hacia la casa. En el pa­tio se encontró con la pequeña Eva, con una corona de nar­dos en la cabeza y los ojos radiantes de alegría.

—¡Oh, Tom, estás ahí! Me alegro de encontrarte. Papá dice que puedes sacar los caballos para llevarme de paseo en mi nuevo carruaje —dijo, cogiéndole de la mano—. ¿Pero qué te pasa, Tom? Pareces muy serio.

—Me siento mal, señorita Eva —dijo Tom con tristeza—. Pero le sacaré los caballitos.

—Pero dime qué ocurre, Tom. Te he visto hablar con la vieja y arisca Prue.

Tom le contó a Eva la historia de la mujer con palabras sencillas y serias. Ésta no lloró ni hizo comentarios ni pre­guntas, como hacen los demás niños. Se le empalideció el rostro y una oscura sombra cruzó por sus ojos. Puso las dos manos sobre el pecho y suspiró profundamente.

CAPÍTULO XIX. MÁS EXPERIENCIAS Y OPINIONES DE LA SEÑORITA OPHELIA

—Tom, no hace falta que me prepares los caballos. No quiero salir —dijo ella.

—¿Por qué no, señorita Eva?

—Estas cosas me traspasan el corazón, Tom —dijo Eva—; me traspasan el corazón —repitió muy seria—. No quiero sa­lir y le dio la espalda a Tom y entró en la casa.

Unos días más tarde, fue otra mujer para llevar los bizco­chos en lugar de la vieja Prue; la señorita Ophelia se encon­traba en la cocina.

—¡Señor! —dijo Dmah—. ¿Qué le pasa a Prue?

—Prue no vendrá más —dijo la mujer misteriosamente.

—¿.Por qué no? —preguntó Dinah—. No estará muerta, ¿verdad?

—No lo sabemos exactamente. Está abajo en la bodega —dijo la mujer, mirando a la señorita Ophelia.

Después de que la señorita Ophelia hubo cogido los biz­cochos, Dinah siguió a la mujer hasta la puerta.

—Dime, ¿qué le pasa a Prue?

La mujer parecía deseosa de hablar y reacia al mismo tiem­po, y le contestó con un tono bajo y misterioso.

—Bueno, no se lo digas a nadie pero Prue se emborrachó de nuevo y la llevaron abajo a la bodega; la dejaron todo el día allí, y les oí decir que se habían apoderado de ella las mos­cas... y que está muerta.

Dinah alzó las manos y, al girarse, vio la forma espectral de Evangeline junto a ella, los grandes ojos místicos dilata­dos por el espanto y sin una gota de sangre en los labios o las mejillas.

—¡El Señor nos ampare, la señorita Eva va a desmayarse! ¿Qué estaríamos pensando para dejar que nos oyese hablar de tales cosas? Su padre se pondrá furioso.

—No me desmayaré, Dinah —dijo la niña con firmeza—, y ¿por qué no había de oíros? No es tan malo para mí oírlo como para la pobre Prue sufrirlo.

—¡Señor, señor, estas historias no son para damitas dulces y delicadas como usted! ¡Podrían matarlas!

Eva volvió a suspirar y subió las escaleras con paso lento y melancólico.

La señorita Ophelia preguntó ansiosamente por la historia de la mujer. Dinah le dio una versión prolija, a la que Tom aportó los pormenores que había conseguido sonsacarle a Prue aquella mañana.

—¡Una historia abominable, totalmente abominable! —exclamó, al entrar en la habitación donde St. Clare yacía leyendo el periódico.

—Dime, ¿qué perversidad se ha cometido ahora? —pre­guntó él.

—Pues que aquellas personas han matado a Prue de una azotaina —dijo la señorita Ophelia, quien se puso a contarle la historia con abundancia de detalles, explayándose en los pormenores más escabrosos.

—Ya me pareció que acabaría la cosa así, tarde o tempra­no dijo St. Clare, poniéndose a leer de nuevo el periódico.

—¡Que ya te parecía! ¿Es que no vas a hacer nada al res­pecto? preguntó la señorita Ophelia—. ¿No tenéis alguaci­les, o algo parecido, que se hagan cargo de tales asuntos?

—La opinión general es que las leyes de la propiedad son una defensa suficiente en estos casos. Si a la gente le da por es­tropear sus propias posesiones, no se qué se puede hacer. Pare­ce ser que la pobre criatura era una ladrona y una borracha; así habrá poca posibilidad de que se le tenga compasión.

—¡Es un ultraje, es horroroso, Augustine! ¡Serás castigado por esto!

—Querida prima, yo no lo he hecho, y no puedo reme­diarlo; lo haría si pudiera. Si las personas ruines y brutales se comportan como lo que son, ¿qué he de hacer yo? Tienen el control absoluto; son déspotas irresponsables. No serviría para nada interferir; no existe ninguna ley que tenga un valor práctico en estos casos. Lo mejor que podemos hacer es ce­rrar los ojos y los oídos y dejarlo estar. Es el único recurso que nos queda.

—¿Cómo puedes cerrar los ojos y los oídos? ¿Cómo pue­des dejarlo estar?

—Mi querida amiga, ¿qué esperas? Aquí tenemos a toda una clase de personas — envilecida, iletrada, indolente y pro­vocativa — que está puesta, sin ningún tipo de términos o condiciones, en manos de otra que, como la mayoría de las personas de nuestro mundo, son personas que carecen de con­sideración y autodominio, que no tienen siquiera una idea cla­ra de sus propios intereses, pues tal es el caso de la mayor par­te de los seres humanos. Naturalmente, en una sociedad orga­nizada de tal forma, lo único que puede hacer un hombre de sentimientos honorables y humanitarios es cerrar los ojos lo más fuerte que puede y endurecer el corazón. No puedo com­prar a todos los pobres desgraciados que veo. No puedo con­vertirme en un caballero andante y comprometerme a desha­cer todos los entuertos que se cometen en una ciudad como ésta. Lo más que puedo hacer es evitarlos en lo posible.

El bello rostro de St. Clare se nubló durante un instante. Dijo:

Vamos, prima, no te quedes ahí de pie como una Parca; sólo te has asomado a la cortina y has visto una muestra de lo que ocurre en todo el mundo, bajo una forma u otra. Si fuéramos a andar husmeando y entrometiéndonos en todas las miserias de la vida, no tendríamos ganas de nada. Es igual que mirar demasiado de cerca todos los detalles de la cocina de Dinah y St. Clare se tumbó de nuevo en el sofá y se puso a leer su periódico.

La señorita Ophelia se sentó, sacó su labor de calceta y se quedó sentada, ceñuda por la indignación. Tejió y tejió, pero mientras reflexionaba, el fuego seguía ardiendo dentro de ella; por fin estalló:

—Te digo, Augustine, que yo no puedo superar tales co­sas, como tú. ¡Es una abominación que defiendas semejante sistema, eso es lo que pienso!

—¿Ahora qué? —dijo St. Clare, levantando la vista—. Conque vuelves a la carga, ¿eh?

—¡Digo que es totalmente abominable que defiendas tal sistema! —dijo la señorita Ophelia, cada vez más enardecida.

—¿Que yo lo defiendo, mi querida amiga? ¿Quién te ha dicho que yo lo defienda? —dijo St. Clare.

—Claro que lo defiendes, todos lo defendéis, todos los su­reños. Si no es así, ¿para qué tenéis esclavos?

—¿Eres tan inocente que crees que nadie de este mundo hace jamás lo que no le parece correcto? ¿Tú no haces, o nunca has hecho, ninguna cosa que no te pareciera absoluta­mente correcta?

—Si lo hago, me arrepiento de ello, espero ——dijo la seño­rita Ophelia, haciendo sonar las agujas enérgicamente.

—Yo también —dijo St. Clare, pelando una naranja—. Me paso la vida arrepintiéndome.

—¿Por qué lo sigues haciendo?

—¿Tú nunca has seguido haciendo lo que estaba mal, in­cluso después de arrepentirte, querida prima?

—Pero sólo cuando la tentación era muy fuerte —dijo la señorita Ophelia.

—Pues yo siento una tentación muy fuerte —dijo St. Cla­re—, ahí está la dificultad.

—Pero yo siempre resuelvo no hacerlo más e intento dete­nerme.

—Pues yo llevo diez años resolviendo no hacerlo, esporá­dicamente —dijo St. Clare—, pero por alguna razón no lo he conseguido. ¿Tú has conseguido vencer todos tus peca­dos, prima?

—Primo Augustine —dijo la señorita Ophelia muy seria, dejando a un lado la calceta—, supongo que me merezco que me censures mis defectos. Sé que tienes razón en todo lo que dices; nadie los siente más que yo; pero así y todo, me parece que hay alguna diferencia entre tú y yo. Yo creo que me cortaría la mano derecha antes de seguir día tras día ha­ciendo algo que me pareciera mal. Pero mi conducta con­cuerda tan poco con lo que predico, que no me extraña que me lo censures.

Vamos, vamos, prima —dijo Augustine, sentándose en el suelo y apoyando la cabeza en el regazo de ella— ¡no re­niegues tanto! Sabes lo inútil y desvergonzado que he sido siempre. Me gusta provocarte, eso es todo, para ver cómo te pones tan seria. Creo realmente que eres desesperante y em­barazosamente buena; me agota mortalmente pensarlo.

—Pero éste es un tema muy serio, Auguste, hijo —dijo la señorita Ophelia, tocándole la frente con la mano.

—Tristemente serio —dijo él—; y yo nunca quiero hablar seriamente cuando hace calor. Con los mosquitos y todo, a uno le cuesta mucho alcanzar sublimes cimas morales; y creo —dijo St. Clare, excitándose de pronto— ¡qué teoría! Ya en­tiendo por qué las naciones del Norte son siempre más vir­tuosas que las del Sur; ya entiendo todo el asunto.

—¡Ay, Augustine, triste cabeza de chorlito!

—¿Lo soy? Bueno, lo soy, supongo; pero quiero ser serio por una vez pásame aquella cesta de naranjas; ya ves, ten­drás que «detenerme con bebidas y consolarme con manza­nas», si he de hacer este esfuerzo. Bien —dijo Augustine, acercándose la cesta—, empezaré: Cuando, en el curso de los acontecimientos humanos, es necesario que un individuo mantenga cautivos a dos o tres docenas de sus homólogos gusanos, la consideración por las opiniones de la sociedad re­quiere...

—A mí no me parece que estés siendo más serio —dijo la señorita Ophelia.

—Espera, que ya voy, ya te enterarás. El caso es, prima, en resumen —dijo y su semblante adquirió de repente una ex­presión seria e intensa—, sobre esta cuestión abstracta de la esclavitud puede haber, a mi modo de ver, una sola opinión. Los dueños de plantaciones, que ganan dinero con ella, los clérigos, que quieren complacer a éstos, los políticos, que quieren el poder, pueden retorcer y distorsionar el lenguaje y ética hasta tal punto que el mundo se asombre por su in­genuidad; pueden retorcer la naturaleza y la Biblia y sabe Dios qué más para sus fines; pero, después de todo, ni el mundo ni ellos mismos creen en ello un átomo más. Es cosa del diablo, ésa es la pura verdad y, en mi opinión, es una muestra bastante buena de lo que éste es capaz de conseguir.

La señorita Ophelia dejó de tejer y puso cara de sorpresa y St. Clare, que aparentemente disfrutaba de su asombro, pro­siguió:

—Pareces sorprenderte; pero si quieres que me explaye sobre el tema, te lo confesaré todo. Este maldito asunto, maldito por Dios y por el hombre, ¿qué es? Quítale los oro­peles, desnúdalo hasta llegar a la raíz y el núcleo y ¿qué es? Pues porque mi hermano Quashy es ignorante y débil y yo soy inteligente y fuerte, porque sé y puedo hacerlo, por eso puedo robar todo lo que posee y quedármelo y darle a él sólo lo que me da la gana. Todo lo que sea demasiado duro, sucio o desagradable para mí, pongo a Quashy a hacerlo. Porque no me gusta a mí trabajar, que trabaje Quashy. Por­que me quema el sol, que se ponga Quashy al sol. Quashy ganará el dinero y yo lo gastaré. Quashy se tumbará en to­dos los charcos para que yo pueda pasar sin mojarme los pies. Quashy cumplirá mi voluntad y no la suya propia to­dos los días de su vida mortal, y tendrá tantas posibilidades de ir al Cielo al final como a mí me parezca conveniente. Esto es lo que es la esclavitud. Desafío a cualquier mortal que lea nuestro código de esclavitud, tal como está redacta­do en nuestros libros de leyes, y la interprete de otra mane­ra. ¡Hablar de los abusos de la esclavitud! ¡Hipocresía! ¡La es­clavitud misma es la esencia de todo abuso! Y la única razón por la que no se hunde la tierra debajo de ella, como Sodo­ma y Gomorra, es porque se utiliza mejor de lo que se po­dría. Por misericordia, por vergüenza, porque somos hom­bres nacidos de mujeres y no bestias salvajes, muchos de no­sotros no queremos, no nos atrevemos o nos negamos a utilizar todo el poder que nuestras salvajes leyes ponen en nuestras manos. Y el que va más allá y hace lo peor posible, no hace sino actuar dentro de los límites del poder que le confieren las leyes.

St. Clare se había levantado y, tal como solía hacer cuan­do se excitaba, caminaba con pasos precipitados de un lado a otro. Su hermoso rostro, con facciones clásicas como las de una estatua griega, parecía arder con el fervor de sus senti­mientos. Sus grandes ojos azules centelleaban, y gesticulaba con una energía inconsciente. La señorita Ophelia nunca an­tes lo había visto de este talante y se quedó sentada en total silencio.

—Yo te digo —dijo él, deteniéndose de pronto delante de su prima— (no sirve para nada hablar o tener sentimientos sobre este tema), pero yo te digo a ti que ha habido veces que he pensado que si se hundía todo el país para ocultar toda esta injusticia y miseria a la vista, que yo me hundiría de bue­na gana con él. Cuando he viajado arriba y abajo en nuestros barcos o en mis recorridos para recoger fondos y he pensado que cada tipo brutal, repugnante, cruel y rastrero que me en­contraba estaba autorizado por nuestras leyes a convertirse en déspota absoluto de cuantos hombres, mujeres y niños pueda comprar con dinero robado o ganado con timos o en el juego, cuando he visto a tales hombres dueños de niños, niñas y mujeres jóvenes indefensas, ¡he tenido ganas de mal­decir mi país, de maldecir a la raza humana!

—¡Augustine, Augustine! —dijo la señorita Ophelia– ­creo que has dicho bastante. ¡Nunca en mi vida he oído nada semejante, ni en el Norte!

—¡En el Norte! —dijo St., Clare, cambiando repentina­mente de expresión y volviendo a usar su habitual tono des­preocupado— ¡bah, los del Norte sois gente de sangre fría! No podéis competir con los del Sur cuando nos ponemos a despotricar sin mesura.

—Sí, pero la cuestión es... —dijo la señorita Ophelia.

—Oh, sí, desde luego, la cuestión es... ¡menuda cuestión! ¿Cómo has llegado tú a este estado de pecado y miseria? Pues yo te contestaré con las buenas palabras que tú me enseñabas los domingos. Yo he llegado a este estado por herencia. Mis sirvientes eran de mi padre y, es más, de mi madre; y ahora son míos, ellos y su progenie, que es una cosa muy conside­rable. Mi padre, ¿sabes?, era originario de Nueva Inglaterra; era un hombre muy parecido al tuyo, un verdadero romano, recto, enérgico, de nobles ideas y con una voluntad de hie­rro. Tu padre se asentó en Nueva Inglaterra, para reinar sobre rocas y piedras y ganarse la vida exprimiendo la naturaleza; el mío se estableció en Luisiana, para reinar sobre hombres y mujeres y ganarse la vida exprimiéndolos a ellos. Mi madre —dijo St. Clare, levantándose y acercándose a un cuadro que había en un extremo de la habitación, que miró con un rostro ferviente de adoración— ¡era divina! No me mires así, ya sabes lo que quiero decir. Probablemente surgió de un na­cimiento humano; pero por lo que yo pude observar no ha­bía ninguna huella de debilidades o flaquezas humanas en ella; y todos los que la recuerdan, esclavos o libres, sirvientes, conocidos, parientes, todos dicen lo mismo. La verdad es, prima, que lo único que ha habido desde hace años entre yo y el escepticismo total ha sido esa madre. Era la verdadera en­carnación y personificación del Nuevo Testamento, un he­cho viviente que había que explicar, y que sólo se explicaba con su verdad. ¡Oh, madre, madre! —dijo St. Clare, juntan­do las manos, en una especie de trance; después, controlán­dose, regresó y, sentándose en la otomana, continuó:

—Mi hermano y yo éramos gemelos, y ya sabes que dicen que los gemelos deben parecerse; pero nosotros éramos un contraste en todas las cosas. Él tenía los ojos negros y fieros, el cabello negro como el azabache, un bello y fuerte perfil ro­mano y una bella tez morena. Yo tenía los ojos azules, el ca­bello rubio, un perfil griego y la tez blanca. El era activo y observador, yo soñador e inactivo. El era generoso con sus amigos y sus semejantes, pero orgulloso, dominante y altane­ro con los inferiores y absolutamente implacable con cual­quiera que se le opusiera. Los dos éramos sinceros; él, por or­gullo y valor; yo, por una especie de idealismo abstracto. Nos queríamos como suelen hacerlo los muchachos: a ratos y de una manera general; él era el favorito de mi padre y yo de mi madre.

Yo tenía una sensibilidad malsana y una agudeza de senti­mientos hacia todos los temas posibles que ni él ni mi padre comprendían y a los que ninguno de los dos tenía ninguna simpatía. Pero mi madre sí; por eso, cuando reñía con Alfred y mi padre me dirigía una mirada severa, solía acudir al cuar­to de mi madre y sentarme a su lado. Recuerdo exactamente el aspecto que tenía, con sus pálidas mejillas, sus ojos profun­dos y graves, su vestido blanco —siempre vestía de blanco—; y solía pensar en ella cuando leía en el Apocalipsis sobre los santos que iban ataviados de lino puro, limpio y blanco. Tenía muchos talentos para diferentes cosas, especialmente para la música; y solía sentarse ante el órgano tocando la hermosa música antigua de la iglesia católica y cantando con una voz más propia de un ángel que de una mujer mortal; y yo solía apoyar la cabeza en su regazo y llorar y soñar y sentir, de for­ma desmedida, cosas que no tenía lenguaje para describir.

En aquellos tiempos, el tema de la esclavitud no se cues­tionaba como hoy; nadie soñaba que tuviera nada de malo. Mi padre era un aristócrata nato. Creo que en una vida an­terior estaría en uno de los círculos superiores de espíritus y que trajo a este mundo todo el orgullo de su corte anterior; porque le era algo natural, hondamente arraigado, aunque él provenía de una familia pobre y nada noble. Mi hermano sa­lió idéntico a él.

Ahora bien, tú sabes que un aristócrata no se granjea la simpatía de la gente en ningún lugar del mundo, fuera de cierto nivel social. En Inglaterra el nivel está en un sitio, en Birmania en otro y en América en otro; pero el aristócrata de todos estos países nunca se sale de él. Lo que sería penu­ria, escasez o injusticia para su propia clase es lo normal para otra. La línea divisoria de mi padre era el color. Entre sus semejantes, nunca ha habido un hombre más justo o generoso; pero él consideraba al negro, con todas sus grada­ciones de color, un eslabón intermedio entre los hombres y los animales, y basaba todas sus ideas de justicia y generosi­dad en esa hipótesis. A decir verdad, supongo que si al­guien le hubiera preguntado directamente si tenían alma in­mortal, hubiese tartaleado antes de responder que sí. Pero mi padre no era un hombre al que le preocupase mucho lo espiritual; no tenía más sentimiento religioso que una vene­ración por Dios, como evidente cabeza de las clases pu­dientes.

Bien, mi padre tenía unos quinientos negros; era un hom­bre de negocios inflexible, exigente y minucioso; todo tenía que hacerse sistemáticamente y regirse con infalible exacti­tud y precisión. Ahora bien, si tienes en cuenta que todo esto lo tenía que poner en práctica un hatajo de campesinos pere­zosos, charlatanes e inútiles que se habían criado toda la vida carentes de motivos para hacer cualquier cosa que no fuera «vaguean», como decís los de Vermont, verás que puede haber en su plantación una gran cantidad de cosas que parecen ho­rribles y deprimentes a los ojos de un niño sensible como yo.

Además, tenía un capataz, grandullón, alto y fornido, re­negado y peleón, un verdadero hijo de Vermont, con per­dón, que había pasado un auténtico aprendizaje en la dure­za y la brutalidad antes de sacarse el título para ejercer su pro­fesión. Mi madre nunca pudo soportarlo, y yo tampoco; pero adquirió un dominio absoluto sobre mi padre; este hombre era el déspota absoluto de la hacienda.

Yo era un niño entonces pero tenía el mismo cariño que tengo ahora por todo lo humano, una especie de pasión por el estudio de la humanidad, bajo cualquiera de sus formas. Se me veía mucho en las cabañas y entre los trabajadores del campo y, naturalmente, era un gran favorito entre ellos; me contaban todo tipo de quejas y agravios, y yo se los contaba a mi madre y entre los dos formamos una especie de comité para remediar los agravios. Obstaculizamos e impedimos una gran cantidad de crueldades y nos congratulábamos por hacer una gran cantidad de bien hasta que, como ocurre a menudo, me excedí en el celo. Stubbs se quejó a mi padre de que no podía manejar a los braceros y que debía dimitir. Mi padre era un marido cariñoso e indulgente, pero un hombre que no vacilaba en hacer lo que considerase preciso, por lo que se interpuso, firme como una roca, entre los braceros y nosotros. Le dijo a mi madre, con un lenguaje perfectamen­te considerado y respetuoso, pero muy explícito, que ella se­ría el ama absoluta de los sirvientes de la casa, pero que no consentía que interfiriese con los trabajadores del campo. Él la adoraba y reverenciaba más que ninguna otra cosa en el mundo, pero hubiese dicho lo mismo a la Virgen María si ella se hubiera interpuesto en su sistema.

A veces oía a mi madre razonar con él sobre algunos ca­sos; intentaba despertar su compasión. Él escuchaba los rue­gos más patéticos con la educación y ecuanimidad más desa­lentadoras. «Todo se reduce a lo siguiente», decía, «¿debo des­hacerme de Stubbs o quedarme con él? Stubbs es el colmo de la puntualidad, la honradez y la eficiencia, un genio para los negocios y tan humanitario como la mayoría. No pode­mos optar a la perfección; si me quedo con él, debo apoyar toda su administración, aunque haya, de vez en cuando, in­cidentes reprochables. Todo gobierno encierra algo de dure­za inevitable. Las reglas generales serán duras en casos con­cretos.» Mi padre parecía considerar definitiva esta máxima en la mayoría de los supuestos casos de crueldad. Después de decir eso, solía recoger los pies en el sofá, como un hombre que ha ultimado un negocio, y ponerse a dormir la siesta o leer el periódico, según la ocasión.

El caso es que mi padre poseía el talento idóneo para ser estadista. Hubiera podido dividir Polonia tan fácilmente como si fuera una naranja, o pisotear Irlanda tan tranquila­mente como cualquier hombre. Al final, mi madre, desespe­rada, se rindió. Nunca se sabrá, hasta el juicio final, lo que sienten las naturalezas nobles y sensibles como la suya, al verse arrojadas indefensas a lo que debe parecerles —ellas pero no a los que las rodean— un abismo de injusticia y crueldad. Ha sido una larga época de sufrimientos para tales naturalezas en un mundo tan dejado de la mano de Dios como el nuestro. ¿Qué le quedaba a ella sino inculcarles sus propias opiniones y sentimientos a sus hijos? Bien, pero a pe­sar de todo lo que dices sobre la educación, los niños crece­rán sustancialmente como la naturaleza los ha hecho, y nada más. Desde la cuna, Alfred fue un aristócrata; y, al hacerse mayor, todas sus simpatías y todos sus razonamientos se di­rigieron por ese camino, y todas las exhortaciones de mi ma­dre se las llevó el viento. En cuanto a mí, me calaron hondo. Ella nunca contradecía, de hecho, nada de lo que decía mi padre, ni parecía diferir mucho de él; pero imprimió, estam­pó con hierro en mi alma, con toda la fuerza de su naturale­za profunda y sincera, una idea de la dignidad y la valía de la más humilde alma humana. Le miraba a la cara con solemne admiración cuando me señalaba las estrellas por las noches y me decía: «Mira allí, Auguste. La más miserable y humilde alma de nuestra casa aún arderá cuando estas estrellas hayan desaparecido para siempre; ¡vivirán tanto tiempo como Dios!»

Tenía algunos bellos cuadros antiguos, especialmente uno que mostraba a Jesús curando a un ciego. Eran muy buenos y me impresionaban mucho. «Mira allí, Auguste», decía, «el ciego era un mendigo, pobre y despreciable; pero no lo curó a distancia. Lo llamó y le puso las manos encima. Recuerda esto, hijo mío». Si hubiera vivido bajo sus cuidados hasta ha­cerme mayor, puede que me hubiese infundido un no—sé—qué de entusiasmo. Puede que hubiese sido un santo, un refor­mador, un mártir... pero, por desgracia, me alejé de ella cuan­do tenía trece años y nunca la volví a ver.

St. Clare descansó la cabeza en las manos y estuvo unos mi­nutos sin hablar. Después de un rato, levantó la vista y siguió:

—¡Qué pobre y mezquina bagatela es todo aquello de la virtud humana! Una simple cuestión, en la mayoría de los casos, de latitud y longitud y posición geográfica, actuando junto con el temperamento natural. ¡La mayoría no es más que un accidente! Tu padre, por ejemplo, se instala en Ver­mont, en un pueblo donde todos son, de hecho, libres e iguales; se convierte en miembro practicante y diácono de la iglesia, y, en su momento, se hizo de una sociedad de aboli­cionistas, y a nosotros nos considera poco más que paganos. Sin embargo, bajo todos los conceptos, es una réplica de mi padre por su constitución y sus costumbres. Lo veo translu­cirse en cincuenta detalles diferentes: el mismísimo espíritu arrogante, fuerte y dominante. Sabes muy bien que es impo­sible convencer a algunas de las personas de tu pueblo de que el señor Sinclair no se siente superior a ellas. El caso es que, aunque le ha correspondido una época democrática y ha adoptado una teoría democrática, en el fondo es un aris­tócrata, tanto como mi padre, que reinaba sobre quinientos o seiscientos esclavos.

La señorita Ophelia tenía intención de poner reparos a esta opinión y dejaba su calceta para comenzar, pero la detu­vo St. Clare.

—Vamos, conozco cada palabra de lo que vas a decir. No digo que se parecieran de hecho. Uno acabó en un medio donde todo iba contra su tendencia natural y el otro, donde todo iba a su favor; por lo tanto, uno se convirtió en un vie­jo demócrata bastante voluntarioso, obstinado y dominante y el otro en un déspota voluntarioso, obstinado y dominan­te. Si hubiesen sido dueños de sendas plantaciones en Luisia­na, se habrían parecido tanto como dos balas hechas en el mismo molde.

—¡Qué muchacho más irreverente eres! —dijo la señorita Ophelia.

—No pretendo faltarles al respeto —dijo St. Clare—. Sa­bes que la reverencia no es mi fuerte. Pero, para volver con mi historia:

Cuando murió mi padre, dejó toda su propiedad a sus hi­jos gemelos para que nos la repartiéramos como acordáse­mos. No existe sobre la tierra del Señor un tipo más genero­so o noble de espíritu que Alfred, en todo lo que atañe a sus semejantes; y llevamos estupendamente toda la cuestión de las propiedades sin una palabra o un sentimiento poco frater­nal. Nos comprometimos a dirigir juntos la plantación; y Al­fred, cuya vida y cualidades externas eran el doble de las mías, se convirtió en un plantador entusiasta con un éxito enorme.

Pero dos años de prueba me demostraron que yo no servía como socio de ese negocio. Tener una brigada de setecientos, a los que no podía conocer personalmente ni interesarme por ellos individualmente, que se compraban, dirigían, aloja­ban y alimentaban como si fueran reses de ganado bovino, con una precisión militar (un problema recurrente era cuál era el mínimo número de placeres de la vida que hacía falta para hacerles rendir lo máximo), la necesidad de tener capa­taces y supervisores (el látigo omnipresente era el primero, el último y el único argumento), todo me resultaba insoporta­blemente repugnante y odioso; y cuando recordaba lo que pensaba mi madre de una pobre alma humana, ¡llegaba a ser espantoso!

Es una tontería hablar de que los esclavos disfrutan de esto. No puedo aguantar las tonterías indecibles que se han inventado algunos de estos norteños condescendientes en su afán de disculpar nuestros pecados. Todos sabemos que son mentira. ¡Dime que un hombre quiere trabajar todos los días de su vida, de la mañana hasta la noche, bajo el ojo vigilante de un amo, sin posibilidad de realizar ni una sola acción vo­luntaria, en las mismas tareas aburridas, monótonas e invaria­bles, y todo por dos pantalones y un par de zapatos al año y suficiente comida y cobijo para que pueda seguir en condi­ciones de trabajar! Cualquier hombre que cree que los seres humanos pueden, como regla general, estar tan cómodos así como de otra manera, ¡me gustaría que lo probase él mismo! ¡Yo lo compraría y lo pondría a trabajar con la conciencia tranquila!

—Siempre he dado por sentado —dijo la señorita Ophe­lia— que todos vosotros aprobabais estas cosas y las conside­rabais correctas, según las Sagradas Escrituras.

—¡Hipocresías! Aún no nos vemos reducidos a eso. Al­fred, que es un déspota tan convencido como cualquiera que haya existido, no se escuda en ese tipo de defensa; no, él se apoya, altivo y altanero, en aquel viejo fundamento respeta­ble: el derecho del más fuerte; y dice, y creo que con bastante sensatez, que el plantador americano «sólo hace, de alguna manera, lo que hacen la aristocracia y los capitalistas ingleses hacen con las clases inferiores»; es decir, deduzco, apropiarse de ellos, cuerpo y alma, para su propio uso y conveniencia personal. Él defiende los dos y creo que es consistente, por lo menos. Dice que no puede haber una elevada civilización sin la esclavitud, nominal o real, de las masas, nominales o reales. Dice que debe haber una clase inferior, que se entre­gue al trabajo fisico y se limite a vivir como animales; y así la superior adquiere ocio y riquezas para expandir su inteligen­cia y su educación y convertirse en el alma directora de la in­ferior. Así razona él, porque, como ya he dicho, es un aristó­crata; yo no creo en ello, porque nací demócrata.

—¡Pero de ninguna manera pueden compararse las dos cosas! —dijo la señorita Ophelia—. No venden, explotan, se­paran de su familia ni azotan al trabajador inglés.

—Pero su patrón dispone de él como si lo hubiera com­prado. El dueño de esclavos puede azotar al esclavo recalci­trante hasta matarlo, y el capitalista puede matarlo de ham­bre. En cuanto a la seguridad de la familia, es difícil saber cuál es peor, que te vendan a los hijos o ver cómo se mueren de hambre en casa.

—Pero no es disculpa para la esclavitud demostrar que no es peor que otra cosa.

—No lo he dicho como disculpa; no, además diré que la nuestra es una violación más descarada y palpable de los de­rechos humanos: comprar de hecho a un hombre como si fuera un caballo, mirándole los dientes, moviéndole las ar­ticulaciones y haciéndole pruebas para después pagar por él con dinero en efectivo, el que tengamos especuladores, cria­dores, tratantes y corredores de cuerpos y almas humanos, todo eso pone el asunto a los ojos del mundo civilizado en una forma más tangible, aunque sea por su naturaleza igual; es decir adueñarse un grupo de seres humanos de otro para su uso y disfrute sin tener en cuenta sus propios intereses.

—Nunca he pensado en el tema desde ese punto de vista dijo la señorita Ophelia.

—Pues yo he viajado un poco por Inglaterra y he leído muchos documentos que trataban de la condición de sus cla­ses inferiores; y creo que no se puede refutar a Alfred cuan­do dice que sus esclavos están mejor que gran parte de la po­blación de Inglaterra. Verás, no debes inferir por lo que te he dicho que Alfred es un amo duro, pues no lo es. Es un déspota y no tiene piedad con la insubordinación; mataría a un hombre de un tiro con tan poco remordimiento como mataría un ciervo, si se opusiera a él. Pero en general se enor­gullece de mantener a sus esclavos bien alimentados y cómo­damente alojados.

Cuando yo trabajaba con él, insistí en que se ocupara de su educación; y, para complacerme, contrató a un capellán para que impartiera clases de catequesis los domingos aun­que creo que él pensaba, en el fondo, que serviría para lo mismo catequizar sus caballos y sus perros. Y el caso es que poco se puede hacer en unas horas los domingos, con unas mentes debilitadas y embrutecidas por todas las malas in­fluencias desde su nacimiento, que pasan cada día laborable entero entregadas a las faenas más duras sin necesidad de re­flexionar jamás. Quizás los profesores de las escuelas domini­cales de los trabajadores de las fábricas de Inglaterra y los de los braceros de las plantaciones de nuestro país podrían dar fe de que consiguen los mismos resultados, allí y aquí. Sin embargo, hay algunas excepciones llamativas entre nosotros, debidas a que el negro es más impresionable que el blanco al sentimiento religioso.

—Bien —dijo la señorita Ophelia—, ¿cómo llegaste a de­jar la vida de la plantación?

—Bueno, seguimos a trompicones durante algún tiempo, hasta que Alfred vio claramente que yo no servía como plan­tador. A él le parecía absurdo, después de reformar, modifi­car y mejorarlo todo para complacer mis caprichos, que aún no estuviera satisfecho. El problema era, al fin y al cabo, que lo que yo odiaba era el SISTEMA: utilizar a estos hombres y mujeres, perpetrar toda esta ignorancia, brutalidad y vicio ¡sólo para que yo ganase dinero!

Además, siempre interfería con los detalles. Como yo mis­mo era un mortal de lo más perezoso, tenía demasiada sim­patía por los perezosos; y cuando los pobres tipejos inútiles ponían piedras en el fondo de sus cestas de algodón para que pesaran más o llenaban de tierra sus sacos, con algodón sólo arriba, se parecía tanto a lo que yo hubiera hecho en su lugar que no consentía en hacerles azotar por ello. Pero por su­puesto, esto acabó con la disciplina de la plantación, y Alfred y yo llegamos al mismo punto donde hubiéramos llegado mi respetado padre y yo años atrás. Así que me dijo que yo era sentimental como una mujer y que no serviría nunca para los negocios, y me aconsejó que me quedara con dinero y accio­nes y la mansión familiar de Nueva Orleáns y que me dedi­cara a escribir poesía, y le dejara a él dirigir la plantación. De modo que nos separamos y yo me vine aquí.

—¿Pero por qué no liberaste a tus esclavos?

—No podía llegar a tanto. Tenerlos como herramientas para ganar dinero para mí, eso no podía hacerlo, pero tener­los para ayudarme a gastar el dinero no me parecía igual de feo. Algunos, a los que tenía mucho cariño, habían sido sir­vientes; y los más jóvenes eran hijos de los mayores. Todos estaban satisfechos de seguir como estaban —hizo una pau­sa y se puso a caminar reflexivamente de un extremo de la habitación al otro.

—Hubo una época en mi vida —dijo St. Clare— cuando tenía planes y esperanzas de hacer algo más en este mundo que ir a la deriva. Tenía unas vagas y confusas aspiraciones de ser una especie de libertador, de limpiar mi tierra nativa de esta mancha y este estigma. Todos los jóvenes tienen es­tos accesos de fiebre, supongo, en algún momento, pero después...

—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó la señorita Ophe­lia—. No deberías echarte al surco, sino ponerte a trabajar.

—Bueno, pues las cosas no fueron como esperaba y me entró la misma desesperación vital que a Salomón. Supongo que fue un incidente necesario para infundir sabiduría a am­bos, pero, de algún modo, en vez de ser activo en regenerar la sociedad, me convertí en un trozo de madera en el agua, que flota y va a la deriva desde entonces. Alfred me riñe cada vez que nos vemos; y me saca ventaja, he de confesar, por­que él sí hace algo: su vida es el resultado lógico de sus opi­niones y la mía es un non sequitur despreciable.

—Mi querido primo, ¿puedes sentirte satisfecho de tu for­ma de pasar la vida?

—¿Satisfecho? ¿No te estoy diciendo que la desprecio? Pero entonces, para volver a donde estábamos, hablábamos de la liberación. No creo que mis sentimientos sobre la escla­vitud sean infrecuentes. Me encuentro con muchos hombres que, en el fondo, piensan exactamente igual que yo. La tierra se lamenta por ella; y aunque es malísimo para el esclavo, es aún peor, si cabe, para el amo. No hace falta ponerse lentes para ver que tener entre nosotros un numeroso grupo de per­sonas viciosas, descuidadas y degradadas es un mal para no­sotros y no sólo para ellas. Los capitalistas y los aristócratas ingleses no pueden sentir esto tanto como nosotros porque ellos no se mezclan con su clase degradada como lo hacemos nosotros. Están en nuestros hogares, son los compañeros de nuestros hijos y forman las mentes de éstos antes que noso­tros, pues son una raza que los niños frecuentan y con la que se encariñan. Si Eva, por ejemplo, no fuese más angelical de lo normal, se habría echado a perder. Lo mismo nos valdría dejar circular la viruela entre ellos y creer que no se contagiarían nuestros hijos que dejar que vayan viciosos y sin educación y creer que esto no afectará a nuestros hijos. Sin embargo, nues­tras leyes prohíben absoluta y tajantemente que se instaure un sistema educativo general eficaz y lo hacen con conocimiento de causa; porque educar concienzudamente a una generación sería poner una bomba en el sistema. Si nosotros no les conce­diéramos la libertad, se la tomarían por su cuenta.

—¿Y cómo crees que acabará todo esto? —preguntó la se­ñorita Ophelia.

—No lo sé. Una cosa es segura: empieza a haber una gran unidad entre las masas de todo el mundo y, tarde o tempra­no, llegará un dies irae. Lo mismo ocurre en Europa, en In­glaterra y en este país. Mi madre solía hablarme de un mile­nio que venía en el que reinaría jesucristo y todos los hom­bres serían libres y felices. Y me enseñó a rezar, cuando era niño, «venga a nosotros tu reino». A veces pienso que todos estos suspiros y lamentos y agitación entre los huesos secos son una premonición de lo que me decía ella había de venir. Pero ¿quién puede esperar el día que aparezca?

Augustine, a veces creo que no estás lejos de ese reino —dijo la señorita Ophelia, dejando su calceta y mirando an­siosa a su primo.

—Gracias por tu buena opinión, pero soy todo altibajos: subo a las puertas del cielo en teoría y bajo al polvo de la tie­rra en la práctica. Pero ha sonado la campana del té; vámo­nos; y no me vayas a decir que no he sostenido una conver­sación de lo más serio por una vez en mi vida.

En la mesa, Marie hizo alusión al incidente de Prue:

—Supongo que pensarás, prima —dijo—, que somos to­dos unos bárbaros.

—Creo que es una cosa bárbara —dijo la señorita Ophe­lia—, pero no creo que vosotros seáis todos bárbaros.

—De todas formas —dijo Marie—, se que es imposible llevarse bien con algunas de estas criaturas. Son tan malas que no deberían vivir. No siento ni una pizca de compasión en algunos casos. Si se comportaran, esto no ocurriría.

—Pero, mamá —dijo Eva—, la pobre criatura era muy desgraciada y eso la llevó a la bebida.

—¡Tonterías, eso no es excusa! Yo soy muy desgraciada a menudo. Creo —dijo pensativamente— que he sufrido peo­res pruebas que ella. Es porque son muy malos. Hay algunos que no se pueden domar con ningún tipo de severidad. Re­cuerdo que mi padre tenía a un hombre que era tan perezo­so que se fugaba sólo para eludir el trabajo y se quedaba aga­zapado en los pantanos, robando y haciendo fechorías de todo tipo. A ese hombre lo cogieron y azotaron infinidad de veces y nunca sirvió para nada; y la última vez se fue arras­trando, aunque apenas podía moverse, y murió en el panta­no. No tenía ningún motivo, porque los braceros de mi pa­dre siempre fueron muy bien tratados.

—Yo domé a un tipo, una vez —dijo St. Clare— que habían intentado domar en vano todos los capataces y supervisores.

—¡Tú! —dijo Marie—. ¡Ya me gustaría saber cuándo tú hiciste algo parecido!

—Bien, era un hombre gigantesco y fuerte, nacido en Áfri­ca, y parecía tener una cantidad descomunal del burdo ins­tinto de libertad. Era un verdadero león africano. Se llamaba Scipio. Nadie conseguía hacer nada con él; fue vendido mu­chas veces y pasó de supervisor en supervisor hasta que por fin lo compró Alfred, porque creía que podría con él. Bien, un día derribó al capataz y se largó a los pantanos. Yo estaba de visita en la plantación de Alfred, pues ya habíamos disuelto la sociedad. Alfred estaba muy enfurecido, pero le dije que era culpa suya y le hice una apuesta que yo domaría al hom­bre; finalmente se acordó que, si yo lo cogía, podría quedár­melo para experimentar con él. Así que juntaron un grupo de seis o siete hombres, con armas de fuego y perros para la caza. La gente, ¿sabéis? puede cazar a un hombre con el mis­mo entusiasmo con el que caza un ciervo, si es la costumbre; de hecho, yo mismo me puse nervioso, aunque sólo iba a ha­cer de mediador si lo atrapaban.

Pues los perros ladraban y aullaban y nosotros cabalgamos y corrimos y al final lo localizamos. Corría y saltaba como un gamo y nos mantuvo a raya durante mucho rato, pero fi­nalmente se vio atrapado en un espeso cañaveral; se volvió para defenderse y os aseguro que luchó con gran valor con­tra los perros. Los lanzaba de un lado a otro y llegó incluso a matar a tres de ellos con sus manos desnudas, pero entonces fue derribado de un tiro y cayó herido y sangrando casi a mis pies. El pobre hombre me miró con valentía y desesperación a la vez. Refrené a los perros y a los hombres cuando se lan­zaron sobre él y lo reclamé como prisionero mío. Hizo falta toda mi habilidad para evitar que lo mataran de un tiro con la exaltación del éxito; pero saqué a relucir nuestro acuerdo y Alfred me lo dio. Pues, bien, me hice cargo de él y quince días después lo había domado y era tan dócil y manejable como se pudiera desear.

—¿Qué demonios le hiciste? —preguntó Marie.

—Bien, fue un procedimiento bastante sencillo. Lo llevé a mi propio cuarto, mandé preparar una buena cama, curé sus heridas y lo atendí yo mismo hasta que se pudo poner de pie. Y, con el tiempo, le conseguí el documento de emanci­pación y le dije que podía ir adónde quisiera.

—¿Y se fue? —preguntó la señorita Ophelia.

—No. El muy tonto rompió el documento por la mitad y se negó a dejarme. Nunca he tenido a un hombre más valien­te o mejor, tan honrado y fidedigno. Se convirtió al cristia­nismo después y se hizo manso como un niño. Dirigía mi propiedad del lago y lo hacía estupendamente. Lo perdí en la primera epidemia de cólera. De hecho, dio su vida por mí. Porque yo estaba enfermo, casi moribundo; y cuando todos los demás huyeron, presas del pánico, Scipio me cuidó como un gigante y realmente me devolvió a la vida. Pero, ¡pobre hombre! Cayó enfermo enseguida y no se le pudo sal­var. Nunca me ha apenado más la muerte de alguien.

Eva se había ido acercando más y más a su padre mientras contaba esta historia; tenía los pequeños labios separados y los ojos muy abiertos con un interés serio y absorbente.

Cuando terminó él, le echó los brazos al cuello, rompió a llorar y sollozó convulsivamente.

—Eva, querida, ¿qué pasa? —preguntó St. Clare, viendo como temblaba y se agitaba el pequeño cuerpo de la niña con la violencia de sus sentimientos—. Esta niña —aña­dió— no debería enterarse de este tipo de cosas, es demasia­do nerviosa.

—No, papá, no soy nerviosa —dijo Eva, controlándose de repente con una fuerza de resolución extraordinaria para una persona tan joven—. No soy nerviosa, pero estas cosas me traspasan al corazón.

—¿Qué quieres decir, Eva?

—No te lo puedo decir, papá. Pienso en muchas cosas. Quizás algún día te lo diga.

—Bien, piensa todo lo que quieras, querida, pero no llo­res para no preocupar a tu papá —dijo St. Clare—. Mira qué precioso melocotón tengo para ti.

Eva lo cogió sonriendo, aunque todavía se veían unos es­pasmos nerviosos en las comisuras de su boca.

—Ven y mira los peces de colores —dijo St. Clare, cogién­dole de la mano para llevarla al porche. Unos minutos des­pués, se oían alegres carcajadas a través de las cortinas de seda, mientras Eva y St. Clare se tiraban rosas y se perseguían por los senderos del patio.

Existe peligro de que se olvide a nuestro humilde amigo Tom entre las aventuras de los de cuna más elevada; pero si nuestros lectores nos acompañan a un pequeño desván que hay encima del establo, puede que averigüen algo de su vida. Era un cuartito decente y contenía una cama, una silla y una pequeña y burda mesa, donde estaban la Biblia y el himna­rio de Tom; y en este momento, él está sentado delante con su pizarra en la mano, concentrado en alguna cosa que pare­ce exigirle una gran cantidad de reflexión ansiosa.

El caso era que la añoranza de Tom por su casa se había hecho tan fuerte que le había pedido a Eva una hoja de pa­pel de cartas y, haciendo acopio de sus escasos talentos litera­rios, adquiridos bajo la tutela del señorito George, se le ocu­rrió escribir una carta; y ahora estaba ocupado en redactar un primer borrador. Tom tenía grandes problemas, pues había olvidado por completo la forma de algunas letras y, de las que se acordaba, no sabía cuáles usar. Mientras trabajaba, re­soplando con sus esfuerzos, Eva se posó como un pajarillo en el respaldo de su silla y miró por encima de su hombro.

—¡Oh, tío Tom, qué garabatos más graciosos estás ha­ciendo!

—Estoy intentando escribir a mi pobre esposa, señorita Eva, y a mis hijitos —dijo Tom, pasándose el dorso de la mano por los ojos—; pero mucho me temo que no lo voy a conseguir.

—¡Ojalá pudiera ayudarte, Tom! Sé escribir un poco. El año pasado sabía hacer todas las letras, pero se me ha olvi­dado.

Conque Eva juntó su cabecita dorada con la de él y ambos iniciaron una discusión seria y afanosa, los dos igual de serios y casi igual de ignorantes; y, con gran cantidad de consultas y discusiones sobre cada palabra, sus esfuerzos empezaron, gracias al optimismo de la pareja, a tomar visos de redacción.

—Sí, tío Tom, realmente empieza a tener un aspecto pre­cioso —dijo Eva, mirándola encantada—. ¡Qué contentos se van a poner tu esposá y tus pobres hijitos! ¡Ay, es una pena que te hayas tenido que separar de ellos! Pienso pedirle a papá que te deje volver alguna vez.

—El ama dijo que enviaría dinero para comprarme en cuanto lo pudiera juntar —dijo Tom—. Yo creo que lo hará. El joven señorito George dijo que vendría a buscarme; y me dio este dólar como prenda y Tom sacó de debajo de la ropa el preciado dólar.

—¡Pues entonces seguro que vendrá! —dijo Eva—. ¡Me alegro!

—Y quería mandar una carta, ¿sabe? Para que sepan dón­de estoy y para decirle a la pobre Chloe que estoy bien, por­que se sintió muy mal, la pobre.

—Oye, Tom —dijo la voz de St. Clare, que se acercaba a la puerta en ese momento.

Tanto Tom como Eva se sobresaltaron.

—¿Qué hacéis? —preguntó St. Clare, acercándose para ver la pizarra.

—Es la carta de Tom. Yo le ayudo a escribirla —dijo Eva—. ¿No es bonita?

—No quiero desanimaros a ninguno de los dos —dijo St. Clare—, pero creo, Tom, que será mejor que te escriba yo la carta. Lo haré en cuanto vuelva de cabalgar.

—Es muy importante que escriba —dijo Eva— porque su ama va a mandar el dinero para recuperarlo, ¿sabes, papá?; me ha dicho que es lo que ellos le dijeron.

St. Clare pensó, de corazón, que probablemente fuera una de esas cosas que dicen los amos bondadosos a sus sirvien­tes para aliviar su horror al verse vendidos, sin ninguna in­tención de cumplir con lo dicho. Pero no lo comentó en voz alta; sólo mandó a Tom que preparase los caballos para montar.

La carta de Tom fue debidamente escrita esa misma tarde y debidamente depositada en la estafeta de correos.

La señorita Ophelia perseveraba aún con sus esfuerzos por gobernar la casa. Se pusieron de acuerdo todos los miembros de la casa, desde Dinah hasta el pilluelo más pequeño, en que la señorita Ophelia desde luego era una cosa muy «espe­cial», un término con el que un criado sureño da a entender que sus superiores no son exactamente lo que quisiera que fueran.

El círculo más elevado de entre ellos —es decir, Adolph, Jane y Rosa— coincidieron en decir que no era ninguna dama, pues las damas no trajinaban como lo hacía ella; que no tenía ningún aire, y que les sorprendía que fuera pariente de los St. Clare. Incluso Marie declaró que era de lo más fa­tigoso ver a la prima Ophelia siempre tan atareada. Y, de he­cho, la laboriosidad de la señorita Ophelia era tan incesante que de alguna forma merecía tal queja. Cosía y zurcía, de la mañana hasta la noche, con la energía de alguien que se ve obligado por alguna urgencia apremiante; y luego, cuando caía la noche y guardaba la labor, con un gesto sacaba la con­sabida calceta y allí estaba de nuevo, teje que te teje. Verla era realmente agotador.

CAPÍTULO XX. TOPSY

Una mañana, mientras la señorita Ophelia se ocupa­ba de sus quehaceres domésticos, se oyó la voz de St. Clare llamándola desde el pie de la escalera.

—Baja, prima, que tengo una cosa que enseñarte.

—¿Qué es? —preguntó la señorita Ophelia, bajando con una labor de costura en la mano.

—He hecho una compra para tu jurisdicción, mira —dijo St. Clare mostrándole, mientras hablaba, una niña negra de unos ocho o nueve años.

Era una de las más negras de su raza; y los brillantes ojos redondos, que parecían dos cuentas de cristal, se movían rá­pida y nerviosamente por todo lo que contenía la habita­ción. La boca, entreabierta por el asombro que sentía ante las maravillas del salón de su nuevo amo, dejaba ver una denta­dura blanca y reluciente. El lanudo cabello estaba peinado con una serie de pequeñas colas, que se erizaban en todas di­recciones. La expresión del rostro era una extraña mezcla de astucia e ingenio sobre la que había superpuesto, como si fuera un velo, un gesto de la máxima gravedad y tristeza. Iba vestida con una sola prenda de arpillera, andrajosa y sucísi­ma, y estaba de pie con las manos recatadamente juntadas delante de ella. En conjunto, había algo de extraño en su apa­riencia de duende, algo, como dijo después la señorita Ophe­lia, «tan pagano», que llenó de consternación a la buena se­ñora, por lo que se volvió hacia St. Clare y le preguntó:

—Augustine, ¿me puedes explicar por qué has traído a esta criatura aquí?

—Pues para que tú la eduques, claro, y la lleves por el buen camino. Me ha parecido que era un espécimen bastan­te raro de su raza. Vamos, Topsy —añadió, con un silbido, como para llamar la atención de un perro—, cántanos algo y déjanos ver uno de tus bailes.

Los negros ojos vidriosos centellearon con una especie de humor malicioso y la criatura arrancó a cantar, con una voz aguda y clara, una extraña melodía negra, marcando el ritmo con las manos y los pies, girando en círculo, batiendo las pal­mas, juntando las rodillas y lanzando desde la garganta todos aquellos raros sonidos guturales que distinguen la música na­tiva de su raza; finalmente, con un par de volteretas, soltó una prolongada nota final, tan peculiar y sobrenatural como el pitido de una máquina de vapor, y se quedó de pie en la alfombra con las manos juntas y una expresión de santurro­na dócil y solemne en la cara que sólo desvirtuaban las mira­das astutas que lanzaba solapadamente desde el rabillo del ojo.

La señorita Ophelia se quedó sin habla, absolutamente pa­ralizada por el asombro.

St. Clare, con una picardía que le era habitual, aparentaba disfrutar de su estupor; dirigiéndose nuevamente a la niña, le dijo:

—Topsy, ésta es tu nueva ama. Voy a encomendarte a sus cuidados, así que a ver si te comportas como es debido.

—Sí, amo —dijo Topsy, con una gravedad gazmoña, pero sus maliciosos ojos centelleaban mientras hablaba.

—Vas a ser buena, Topsy, ¿comprendes? —dijo St. Clare.

—Oh, sí, señor—dijo Topsy con otro pícaro destello, mien­tras mantenía las manos piadosamente juntas.

—Bien, Augustine, ¿por qué haces todo esto? —preguntó la señorita Ophelia—. Tienes la casa tan llena ya de estos bri­bonzuelos que una no puede apoyar el pie en el suelo sin pi­sar a alguno. Me levanto por la mañana y me encuentro con uno durmiendo detrás de la puerta, veo la cabecita negra de otro asomándose por debajo de la mesa, otro tumbado en el felpudo, y están todos amontonados haciendo muecas junto a la barandilla y revolcándose en el suelo de la cocina. ¿Para qué has traído a ésta?

—Para que la eduques, ¿no te lo he dicho? Siempre estás sermoneando sobre la educación. Se me ha ocurrido regalar­te un espécimen recién atrapado para que pruebes la mano con ella y la eduques como te parezca que debe ser.

—Yo no la quiero, desde luego; ya tengo más tratos con ellos de lo que quisiera.

—¡Eso es típico de vosotros los cristianos! Organizáis una sociedad y enviáis a algún pobre misionero para que se pase todos los días de su vida entre estos paganos. Pero me gusta­ría ver a alguno de vosotros dispuesto a acoger en vuestra casa a uno de ellos y ocuparos personalmente de su conver­sión. No, a la hora de la verdad, os parecen sucios y desagra­dables y es demasiado trabajo y demás.

—Augustine, sabes que no lo veía bajo ese punto de vista —dijo la señorita Ophelia ablandándose a ojos vistas—. Bien, puede que sea trabajo de misionero realmente —dijo, dirigiendo a la niña una mirada más positiva.

St. Clare había tocado la fibra adecuada. La conciencia de la señorita Ophelia estaba siempre alerta.

—Pero —añadió— realmente no me parecía necesario comprar a ésta; ya hay bastantes en tu casa para ocupar todo mi tiempo y mi habilidad.

—Entonces, prima —dijo St. Clare apartándola a un lado—, debo pedirte perdón por mis discursos inútiles. La verdad es que eres tan buena que no hacen falta para nada. Este artículo, de hecho, era propiedad de un par de borrachos que dirigen un restaurante vulgar por donde paso a diario, y me cansé de oírla chillar a ella y a ellos golpearla y maldecirle. Tenía un aspecto de ser inteligente y divertida, también, de que se podía hacer algo con ella; así que la he comprado y te la entrego a ti. Tú in­tenta darle una buena educación ortodoxa de Nueva Inglaterra y veremos lo que resulta. Sabes que yo no tengo talento para ello, pero me gustaría que lo intentaras tú.

—Bien, haré lo que pueda —dijo la señorita Ophelia; y se acercó a su pupila como una persona se podría acercar a una viuda negra, siempre que sus intenciones hacia ella sean be­névolas.

—Está terriblemente sucia y medio desnuda —dijo.

—Pues llévatela abajo y haz que la limpien y vistan.

La señorita Ophelia la condujo a la zona de la cocina.

—¡No veo para qué el señorito St. Clare quiere otra negra!

—dijo Dinah, mirando a la recién llegada con cara de pocos amigos—. ¡Yo no quiero tenerla bajo los pies, desde luego!

—¡Puaj! —dijeron Jane y Rosa con extremado asco— ¡que no se acerque a nosotras! No puedo comprender para qué quiere el amo otra negra de éstas inferiores.

—¡Anda ya! Tan negra como tú, señorita Rosa —dijo Di­nah, que tomó el último comentario como una alusión per­sonal—. Parecéis creer que sois blancas. No sois ni blancas ni negras y yo prefiero ser o una cosa o la otra.

La señorita Ophelia vio que no había nadie entre la tropa que quisiera hacerse cargo de supervisar el lavado y vestido de la recién llegada, por lo que se vio obligada a hacerlo ella misma, con un poco de ayuda reacia y desabrida de Jane.

No son para oídos finos los pormenores del primer aseo de una niña maltratada y descuidada. De hecho, en este mundo las masas deben vivir y morir en un estado cuya mera descripción sería una sacudida excesiva para los nervios de sus semejantes. La señorita Ophelia tenía una gran canti­dad de firmeza y resolución práctica y se dedicó a llevar a cabo todos los repugnantes detalles con una minuciosidad heroica, aunque, hay que reconocerlo, con poco agrado, por­que sus principios no daban para otra cosa que la resigna­ción. Cuando vio, en la espalda y los hombros de la niña, grandes cardenales y callosidades, las marcas imborrables del sistema bajo el que había crecido hasta la fecha, se le enterne­ció el corazón.

—¡Mire eso! —dijo Jane, señalando las cicatrices—. ¡Eso nos demuestra que es un trasto! Tendremos problemas con ella, ya lo creo. Odio a estos pequeños negros, tan sucios. Me sorprende que la haya comprado el amo.

La «pequeña» en cuestión escuchó todas estas alusiones a su persona con un aire triste y sumiso que parecía habitual en ella, pero escudriñaba, con una mirada aguda aunque fur­tiva de sus ojos inquietos, los adornos que llevaba jane en las orejas. Cuando por fin estuvo ataviada con un vestido ente­ro y decente, con el cabello corto rodeándole la cara, la seño­rita Ophelia dijo con cierta satisfacción que parecía más cris­tiana que antes y empezó a urdir planes para su formación.

Sentándose ante ella, comenzó a interrogarla.

—¿Cuántos años tienes, Topsy?

—No lo sé, amita —dijo la criatura, con una sonrisa que dejaba al descubierto toda su dentadura.

—¿Que no sabes cuántos años tienes? ¿Nadie te lo ha di­cho nunca? ¿Quién era tu madre?

—Nunca la he tenido —dijo la niña con otra sonrisa.

—¿Que nunca has tenido madre? ¿Qué quieres decir? ¿Dónde naciste?

—¡Nunca nací! —insistió Topsy, con otra mueca, que la hacía parecerse tanto a un duende que, si la señorita Ophelia hubiera sido nerviosa, habría podido creer que tenía entre manos un gnomo de la tierra de la Diablura; pero la señorita Ophelia no era nerviosa, sino práctica y sensata, por lo que dijo, algo severa:

—No debes contestarme de esta forma, niña; no estoy ju­gando contigo. Dime dónde naciste y quiénes eran tu padre y tu madre.

—¡No nací! —repitió la criatura, con más énfasis—; nun­ca he tenido padre ni madre ni nada. Me crió un especulador con otros muchos. La vieja tía Sue nos cuidaba.

Era evidente que la niña decía la verdad; con una breve ri­sotada, Jane dijo:

—Caramba, señora, hay montones como ella. Los especu­ladores los compran baratos cuando son pequeños y los crían para el mercado.

——¿Cuánto tiempo has vivido con tus amos?

—No lo sé, amita.

—¿Un año, más o menos?

—No lo sé, amita.

—Caramba, señora, estos negros inferiores no saben, no entienden nada del tiempo —dijo Jane—; no saben lo que es un año; no saben su propia edad.

—¿Has oído hablar de Dios, Topsy?

La niña parecía perpleja, pero seguía sonriendo.

—¿Sabes quién te ha hecho?

—Nadie, que yo sepa ——dijo la niña, riéndose. La idea pa­recía hacerle mucha gracia; sus ojos centellearon y dijo:

—Supongo que crecí sola. No creo que nadie me haya hecho.

—Sabes coser? —preguntó la señorita Ophelia, decidida a llevar sus indagaciones a un terreno más tangible.

—No, amita.

—¿Y qué sabes hacer? ¿Qué hacías para tus amos?

—Iba a por agua, fregaba los platos, limpiaba los cubiertos y servía a la gente.

—¿Te trataban bien?

—Supongo que sí —dijo la niña, mirando con astucia a la señorita Ophelia.

La señorita Ophelia se levantó tras este coloquio alenta­dor; St. Clare estaba apoyado en el respaldo de su silla.

Ahí tienes tierra virgen, prima; planta en ella tus propias ideas; no encontrarás muchas que tengas que arrancar.

Las ideas de la señorita Ophelia sobre la educación eran muy definidas y rígidas, como sus ideas sobre todo lo demás, y eran típicas de las que prevalecían en Nueva Inglaterra hace un siglo y que aún subsisten en zonas muy retiradas y senci­llas, adonde no llega el ferrocarril. Para hacer una aproxima­ción a su naturaleza, pocas palabras nos bastarán: enseñarles a prestar atención cuando se les hablaba; enseñarles el cate­cismo, a coser y a leer; y azotarles si mentían. Y aunque, por supuesto, en vista de lo que ahora se sabe sobre la educación, estas ideas se han quedado muy atrasadas, sin embargo es un hecho indisputable que nuestras abuelas educaron a unos cuantos estupendos hombres y mujeres bajo este régimen, como muchos de nosotros podemos recordar y atestiguar. En cualquier caso, la señorita Ophelia no sabía hacerlo de otra forma, por lo que puso manos a la obra para ocuparse de su pagana con toda la diligencia de la que era capaz.

Se anunció a la familia que la niña era incumbencia de la señorita Ophelia y todos la aceptaron como tal; y, como en la cocina no la miraban con mucha indulgencia, la señorita Ophelia decidió confinar su esfera de acción e instrucción principalmente a su propio dormitorio. Con un sacrificio que sabrán apreciar algunas de nuestras lectoras, en lugar de realizar a sus anchas las tareas de hacerse la cama, barrer y quitar el polvo a su cuarto, como había hecho hasta la fecha, rechazando absolutamente todos los ofrecimientos de ayuda de parte de las camareras de la casa, resolvió someterse al mar­tirio de instruir a Topsy para que llevase a cabo dichas opera­ciones. ¡Ay, pobre de ella! Si alguna de nuestras lectoras ha he­cho alguna vez lo propio, sabrá apreciar tamaño sacrificio.

La señorita Ophelia comenzó la educación de Topsy la primer mañana llevándola a su habitación, donde inició so­lemnemente un cursillo sobre el arte y el misterio de hacer una cama.

Observen a Topsy, entonces, lavada y privada de todas las pequeñas colas que le habían alegrado la vida, ataviada con un vestido limpio y un delantal bien almidonado, de pie en actitud reverente ante la señorita Ophelia, con una expresión de solemnidad propia para un funeral.

—Ahora, Topsy, voy a enseñarte exactamente cómo ha de hacerse mi cama.

—Sí, amita ——dijo Topsy, con un hondo suspiro y una cara de lastimosa seriedad.

—Ahora, Topsy, mira esto: este es el dobladillo de la sába­na; éste es el derecho y éste es el revés; ¿te acordarás?

—Sí, amita ——dijo Topsy, con otro suspiro.

—Bien, pues la sábana de abajo ha de colocarse encima de la almohada, de esta forma, y se remete muy suave y lisa bajo el colchón, así, ¿lo ves?

—Sí, amita ——dijo Topsy, prestando gran atención.

—Pero la sábana de arriba —dijo la señorita Ophelia­ debe ponerse de esta manera y remeterse estirada y suave al pie, así: entonces, el dobladillo estrecho al pie.

—Sí, amita ——dijo Topsy, igual que antes; pero añadire­mos algo que no vio la señorita Ophelia: mientras ésta esta­ba de espaldas ocupada con el celo de su instrucción, la jo­ven discípula había conseguido hacerse con unos guantes y una cinta, que había deslizado hábilmente en la manga, y ahora permanecía con las manos respetuosamente cruza­das como antes.

—Ahora, Topsy, veamos cómo lo haces tú ——dijo la seño­rita Ophelia, deshaciendo la cama y sentándose.

Topsy llevó a cabo el ejercicio con gran seriedad y destreza para plena satisfacción de la señorita Ophelia; alisando las sába­nas, estirando cada arruga, y haciendo gala, durante todo el pro­ceso, de una seriedad y una gravedad que edificaron enorme­mente a su profesora. Por un desliz desafortunado, sin embargo, precisamente cuando acababa, un fragmento de la cinta se aso­mó ondulante de una de sus mangas, atrayendo la atención de la señorita Ophelia. Ésta se abalanzó sobre ella en el acto.

—¡Qué es esto? ¡Que niña más mala y traviesa! ¡Ibas a ro­bar esto!

Sacó la cinta de la manga de Topsy sin que ésta se inmuta­ra lo más mínimo; simplemente la miró con un aire de sor­presa y de inocencia inconsciente.

—¡Caramba, si es la cinta de la señorita Feely! ¿Cómo se me habrá enredado en la manga?

—¡Topsy, niña traviesa, no me mientas! ¡Has robado esa cinta!

—Amita, le juro que no. Nunca la he visto hasta ahora mismo.

—Topsy —dijo la señorita Ophelia—, ¿no sabes que es malo decir mentiras?

—Yo nunca digo mentiras, señorita Ophelia —dijo Topsy con virtuosa gravedad—, lo que digo es la pura verdad y nada más.

—Topsy, tendré que azotarte si mientes de esta manera. —Caramba, amita, aunque se pase el día azotándome, no se lo puedo decir de otra forma —dijo Topsy, empezan­do a llorar ruidosamente—. Nunca he visto eso antes; ha debido de enredárseme en la manga. La señorita Ophelia ha debido de dejarla en la cama y se habrá enredado con las sábanas y con mi manga.

La señorita Ophelia estaba tan indignada ante la mentira descarada que cogió a la niña y la sacudió.

—¡No me vuelvas a decir eso!

Al sacudirla, cayó el guante al suelo desde la otra manga. —¿Lo ves? dijo la señorita Ophelia—. ¿Aún dices que no has robado la cinta?

En esto Topsy confesó haber cogido los guantes pero per­sistió en su negativa a reconocer haber robado la cinta.

—Bien, Topsy—dijo la señorita Ophelia—, si lo confiesas todo, no te azotaré esta vez.

Ante esta posibilidad, Topsy confesó el robo de la cinta y de los guantes, haciendo lastimosas protestas de arrepenti­miento.

Ahora cuéntame. Sé que has debido de coger otras co­sas desde que estás en la casa, pues ayer te dejé corretear li­bremente por ahí. Así pues, dime si cogiste algo y no te azo­taré.

—¡Caramba, amita, cogí esa cosa roja que lleva la señorita Eva al cuello!

—¡Vaya, qué niña más malvada! Bien, ¿qué más?

—Cogí los pendientes de Rosa, aquellos rojos.

—Tráeme ambas cosas inmediatamente.

—Caramba, amita, no puedo. Están todas quemadas.

—¿Quemadas? ¡Qué mentira! Ve a traerlas o te azotaré.

Topsy declaró, entre ruidosas protestas y lágrimas, que era imposible.

—¡Las he quemado!

—¿Y por qué las has quemado? preguntó la señorita Ophelia.

—Porque soy mala, por eso. Soy muy, muy mala. No pue­do evitarlo.

En ese momento, entró Eva inocentemente en la habita­ción, llevando al cuello el susodicho collar rojo.

—Vaya, Eva, ¿de dónde has sacado el collar? —preguntó la señorita Ophelia.

—¿Sacarlo? Pues no me lo he quitado en todo el día.

—¿Lo llevabas ayer?

—Sí, y fíjate qué cosa más rara, tía, lo tuve puesto toda la noche. Se me olvidó quitármelo al acostarme.

La señorita Ophelia se quedó absolutamente perpleja; aun más porque en ese momento entró Rosa en la habitación con una cesta de ropa blanca recién planchada sobre la cabe­za ¡y los pendientes de coral tintineaban en sus orejas!

—¡Desde luego no sé qué se puede hacer con una niña así! ——dijo desesperada—. ¿Quieres explicarme por qué me has dicho que has cogido esas cosas, Topsy?

—Pues el amita ha dicho que tenía que confesar y no se me ha ocurrido otra cosa que confesar —dijo Topsy, frotán­dose los ojos.

—Pero yo no quería que confesaras cosas que no habías hecho, desde luego —dijo la señorita Ophelia—; eso es men­tir, exactamente igual que lo contrario.

—Caramba, ¿lo es? —preguntó Topsy con aire de inocen­te asombro.

—Señor, no hay ni una pizca de verdad en esta criatura —dijo Rosa, mirando a Topsy indignada—. Si yo fuera el se­ñorito St. Clare, la azotaría hasta hacerle saltar la sangre. Ya lo creo, ¡se llevaría su merecido!

—¡No, no, Rosa —dijo Eva, con el aire autoritario que era capaz de adoptar a veces—, no debes hablar así! No soporto oírte.

—Caramba, señorita Eva, es usted tan buena que no tiene ni idea de cómo tratar a los negros. No hay otra forma más que zurrarlos bien, ya lo creo.

—¡Calla, Rosa! —dijo Eva—. No digas ni una palabra más —y centellearon los ojos de la niña y se tiñeron de rojo sus mejillas.

Rosa se aplacó enseguida.

—La señorita Eva tiene sangre St. Clare en las venas, eso está claro. Tengo que decir que habla exactamente igual que su padre —dijo al salir de la habitación.

Eva se quedó mirando a Topsy.

Allí estaban las dos niñas, representantes de los dos extre­mos de la sociedad. La rubia de buena cuna, con su cabecita dorada, su frente noble y espiritual y sus movimientos prin­cipescos; y su homóloga negra, ágil, sutil, aduladora y, sin embargo, inteligente. Eran las representantes de sus razas. La sajona, nacida de siglos de cultura, mando, educación, supe­rioridad fisica y moral; la africana, nacida de siglos de opre­sión, sumisión, ignorancia, trabajo pesado y vicio.

Quizás por la mente de Eva se abriesen paso pensamien­tos como éstos. Pero los pensamientos de los niños son unos instintos poco definidos y algo borrosos; y dentro de la no­ble naturaleza de Eva se formaban y circulaban muchos ins­tintos de este tipo, que ella no sabía expresar con palabras. Cuando la señorita Ophelia se extendió hablando de la mala conducta de Topsy, puso cara de tristeza y perplejidad, pero dijo con dulzura:

—Pobre Topsy, ¿por qué has de robar? Ahora vamos a cui­darte bien. Yo, por mi parte, preferiría darte una cosa mía a que me la robes.

Eran las primeras palabras amables que hubiera oído la niña en su vida; la dulzura del tono y el talante tocaron una fibra nueva de su corazón indomado y salvaje, y algo seme­jante a una lágrima relució en sus perspicaces ojos redondos y brillantes, pero fue seguida por una breve carcajada y la mueca acostumbrada. ¡No! Un oído que nunca ha captado más que insultos es extrañamente incrédulo ante una cosa tan celestial como la amabilidad, por lo que a Topsy sólo le pareció curioso e inexplicable el discurso de Eva; no se lo creyó.

¿Pero qué iban a hacer con Topsy? A la señorita Ophelia el caso le planteaba un dilema: sus normas educativas no pa­recían ser aplicables. Decidió que se tomaría algún tiempo para pensárselo; así que, para ganar tiempo y con la esperan­za de que adquiriese algunas de las virtudes morales que se suponen inherentes a los armarios oscuros, la señorita Ophe­lia encerró a Topsy en uno hasta haber aclarado algo más sus ideas sobre el tema.

—No sé —dijo la señorita Ophelia a St. Clare— cómo voy a entenderme con esa niña sin azotarla.

—Pues entonces azótala todo lo que quieras; te autorizo a que hagas lo que te plazca.

—Siempre hay que pegar a los niños —dijo la señorita Ophelia—; nunca he oído decir que se les pueda educar sin pegarles.

—Desde luego —dijo St. Clare—; haz lo que parezca me­jor. Sólo te hago una sugerencia: he visto cómo pegaban a esta niña con el atizador y la derribaban con la pala o las pin­zas del fuego, lo que hubiera más a mano, y cosas por el es­tilo; y puesto que está acostumbrada a ese tipo de trato, creo que tus azotainas tendrán que ser bastante enérgicas para causarle alguna impresión.

—¿Qué hago con ella entonces? —preguntó la señorita Ophelia.

—Has planteado una pregunta muy seria —dijo St. Cla­re—; me gustaría que la contestaras tú. ¿Qué hacer con un ser humano que sólo obedece al látigo cuando falla éste? ¡Es algo que ocurre aquí con frecuencia!

—No lo sé; nunca he visto a una niña como ésta.

—Este tipo de niños es muy frecuente entre nosotros, y este tipo de hombres y mujeres también. ¿Cómo deben ser gobernados? —preguntó St. Clare.

—Es más de lo que yo pueda saber, desde luego —dijo la señorita Ophelia.

—Es demasiado para mí también —dijo St. Clare—. Las ho­rribles crueldades y ultrajes que de vez en cuando consiguen publicar en la prensa (un caso como el de Prue, por ejem­plo) ¿cómo se producen? En muchos casos, es por un endu­recimiento paulatino de ambas partes, donde el amo se hace cada vez más cruel y el sirviente cada vez más insensible. Los azotes y el maltrato son como el láudano: hay que duplicar la dosis cuando se pierde sensibilidad. Me di cuenta de esto al principio de convertirme en amo; y decidí no empezar nunca porque no sabría cuándo terminar, y opté por proteger mi pro­pia naturaleza moral por lo menos. La consecuencia es que mis sirvientes se comportan como niños mimados; pero creo que eso es preferible a que nos hubiéramos embrutecido todos jun­tos. Has hablado mucho de nuestras responsabilidades a la hora de educarlos, prima. Sólo quería que lo intentaras con una niña, un espécimen de los miles que hay entre nosotros.

—Es vuestro sistema lo que crea tales niños —dijo la seño­rita Ophelia.

—Lo sé; pero son creados y existen; ¿qué hemos de hacer con ellos?

—Pues no puedo decir que te agradezca el experimento. Pero, ya que parece ser una obligación, seguiré adelante y lo haré lo mejor que pueda —dijo la señorita Ophelia; y des­pués de esto, la señorita Ophelia realmente trabajó con su nueva alumna con un grado meritorio de celo y energía. Le impuso un horario regular de actividades y se comprometió a enseñarle a leer y a coser.

Para la primera de estas habilidades, la niña era bastante despierta. Aprendió las letras como por arte de magia y pron­to era capaz de leer textos sencillos; pero la costura era un asunto más difícil. La criatura era ágil como un gato y activa como un mono y la limitación de la costura le era insoporta­ble, por lo que rompía las agujas, las tiraba disimuladamente por la ventana o las introducía en las grietas de las paredes; enredaba, rompía o ensuciaba el hilo o, con un movimiento solapado, se deshacía de una bobina completa. Sus movi­mientos eran casi tan rápidos como los de un prestidigitador experto y el control de sus facciones era igual de habilidoso; y aunque la señorita Ophelia no podía menos que sospechar que era imposible que ocurrieran tantos accidentes uno tras otro, sin una vigilancia que no la hubiese dejado dedicarse a otra cosa no conseguía sorprenderla.

Topsy se convirtió enseguida en un personaje famoso en la casa. Sus talentos para toda clase de bufonería, muecas y mímica, para bailar, dar volteretas, trepar, cantar, silbar e imitar cada sonido que le viniera en gana parecían inagota­bles. En sus horas de juego, invariablemente tenía a todos los niños de la casa pisándole los talones boquiabiertos de admiración y embeleso, sin exceptuar a la señorita Eva, que parecía sentirse tan fascinada por su salvaje hechicería como a veces se siente fascinada una paloma por una rutilante ser­piente. A la señorita Ophelia le inquietaba que a Eva le atra­jera tanto la compañía de Topsy, y le rogó a St. Clare que se lo prohibiese.

—¡Bah!, deja a la niña en paz —dijo St. Clare—. Topsy le hará bien.

—Pero una niña tan depravada, ¿no tienes miedo de que le enseñe alguna maldad?

—No puede enseñarle maldades; puede que a algunos ni­ños, pero la maldad resbala de la mente de Eva como el ro­cío de una hoja de col: no cala ni una gota.

—No estés tan seguro —dijo la señorita Ophelia—. Yo nunca dejaría a un hijo mío jugar con Topsy, desde luego.

—Pues no dejes a tus hijos jugar con ella —dijo St. Cla­re—, pero yo a la mía sí la dejo. Si algo hubiera podido echar a perder a Eva, hace años que habría sucedido.

Al principio los demás sirvientes despreciaban y desapro­baban a Topsy. Pero pronto tuvieron motivos para modificar su opinión. Muy pronto descubrieron que cualquiera que agraviase a Topsy sufría poco después algún accidente molesto; o bien desaparecía de repente un par de pendien­tes o alguna baratija preferida o aparecía totalmente estro­peada alguna prenda de vestir, o la persona tropezaba acci­dentalmente con un cubo de agua hirviendo o una porción de agua sucia le caía inexplicablemente desde lo alto cuan­do se encontraba ataviada con sus mejores galas; y en todas estas ocasiones, cuando se investigaba lo ocurrido, no se en­contraba a ningún responsable del ultraje. Topsy fue citada a comparecer ante todas las judicaturas domésticas una y otra vez; pero siempre soportaba sus interrogatorios con una inocencia de lo más edificante y una enorme gravedad de apariencia. Nadie tenía dudas sobre quién hacía las mal­dades; pero no se pudo encontrar ni la más mínima prueba para apoyar las sospechas y la señorita Ophelia era demasia­do justa para tomar medidas sin ellas.

El momento de las travesuras cometidas era siempre tan bien escogido como para encubrir aun más a la agresora. Así los momentos de venganza contra Rosa y Jane, las dos cama­reras, siempre coincidían con temporadas en las que (como ocurría con no poca frecuencia) habían caído en desgracia con su ama, cuando naturalmente sus quejas eran recibidas con poca compasión. En resumen, Topsy tardó poco en ha­cer ver a los miembros de la casa que les convenía no meter­se con ella, por lo que la dejaban en paz.

Topsy era lista y enérgica en los trabajos manuales y apren­día todo lo que se le enseñaba con sorprendente rapidez. Después de unas cuantas lecciones, aprendió a cumplimen­tar las convenciones del dormitorio de la señorita Ophefa de tal forma que esta dama no podía poner ningún reparo. No había manos mortales capaces de alisar las sábanas más per­fectamente o colocar las almohadas con más exactitud o ba­rrer, ordenar y quitar el polvo más irreprochablemente que las de Topsy, cuando quería —¡pero no quería muy a menu­do! Si la señorita Ophelia, tras tres o cuatro días de cuidado­sa supervisión, era tan confiada que suponía que Topsy había adoptado por fin sus maneras de hacer las cosas y que no ne­cesitaba vigilancia y se marchaba para ocuparse de otro asunto, Topsy se entregaba a un verdadero carnaval de confusión durante una o dos horas. En vez de hacer la cama, se diver­tía quitando las fundas de las almohadas y lanzándose con­tra éstas hasta que su lanuda cabeza quedaba grotescamen­te adornada con plumas que se empinaban en todas direc­ciones; trepaba por los pilares de la cama para colgar boca abajo desde lo alto; esparcía las sábanas y las colchas por toda la habitación; vestía la almohada con el camisón de la señorita Ophelia y representaba varias escenas con ella, can­tando y silbando y haciéndose muecas ante el espejo; en re­sumen, en palabras de la señorita Ophelia, «armaba las de Caín».

En una ocasión, la señorita Ophelia encontró a Topsy con su mejor chal de crespón rojo de la India envuelto en la ca­beza a modo de turbante, ensayando ante el espejo con gran estilo; pues la señorita Ophelia, con un descuido poco habi­tual en ella, había dejado puesta la llave de su cajón.

—¡Topsy! —decía, cuando se quedaba totalmente sin pa­ciencia— ¿qué te hace actuar así?

—No sé, amita: Supongo que es por lo mala que soy.

—¡No sé qué puedo hacer contigo, Topsy!

—Caramba, amita, debe usted azotarme; mi antigua ama me azotaba siempre. No estoy acostumbrada a trabajar si no me azotan.

—Pero, Topsy, no quiero azotarte. Puedes hacer las cosas bien si quieres; ¿por qué no quieres?

—Caramba, amita, estoy acostumbrada a las azotainas; su­pongo que me convienen.

La señorita Ophelia probó a aplicar la receta y Topsy armaba invariablemente una gran conmoción, chillando, gimiendo y suplicando, aunque media hora más tarde, apostada en algún saliente del balcón y rodeada por un rebaño de jóvenes admi­radores, expresaba un desprecio absoluto de todo el asunto.

—¡Caramba, cómo azota la señorita Feely! ¡Sus azotainas no matarían a un mosquito! Deberíais ver cómo mi antiguo amo me hacía volar la piel; ¡ése sí que sabía azotar!

Topsy siempre capitalizaba sus propios pecados y críme­nes, ya que evidentemente los consideraba una señal de dis­tinción.

—Caramba, negros —solía decir a su público—, ¿sabéis que sois todos unos pecadores? Pues lo sois, todo el mundo lo es. Los blancos también son pecadores, lo dice la señorita Feely; pero supongo que los negros somos peores, ¡pero nin­guno de vosotros me llega a la suela de los zapatos! Soy tan mala que no hay nada que hacer conmigo. Tenía a mi anti­gua ama maldiciéndome casi todo el tiempo. Creo que soy la criatura más malvada del mundo y Topsy daba una vol­tereta y venía a caer sobre un nivel superior de la escalera, pa­voneándose.

La señorita Ophelia trabajaba muy en serio los domingos para enseñarle catequesis a Topsy. Esta tenía una memoria verbal poco común y aprendía con una facilidad que anima­ba muchísimo a su profesora.

—¿Qué provecho crees tú que va a sacarle? —preguntó St. Clare.

—Pues siempre ha sido provechoso para los niños. Es lo que deben aprender los niños, ya sabes —dijo la señorita Ophelia.

—Aunque no lo entiendan —dijo St. Clare.

—Bien, los niños nunca lo entienden al principio; pero cuando se hacen mayores, sí lo entienden.

—Yo no lo entiendo todavía —dijo St. Clare— aunque puedo dar fe de que me lo hiciste aprender a base de bien cuando era pequeño.

—Siempre has sido bueno para aprender, Augustine. Yo tenía grandes esperanzas puestas en ti —dijo la señorita Ophelia.

—¿Y ya no las tienes? —preguntó St. Clare.

—Quisiera que fueras tan bueno como cuando eras un niño, Augustine.

—Yo también y es la pura verdad, prima —dijo St. Cla­re—. Bien, ve a catequizar a Topsy; quizás sirva para algo.

Topsy, que se había quedado quieta como una estatua ne­gra durante esta conversación, con las manos cruzadas beatí­ficamente, a una señal de la señorita Ophelia prosiguió:

—«Nuestros primeros padres, dejados a su libre albedrío, cayeron del estado en el que los habían creado» —centellea­ron los ojos de Topsy, que puso expresión inquisitiva.

—¿Qué pasa, Topsy? —preguntó la señorita Ophelia.

—Por favor, amita, ¿ése era el estado de Kentucky?

—¿Qué estado, Topsy?

—El estado del que cayeron. Solía oírle decir al amo que procedíamos de Kentucky.

St. Clare se rió.

—Tendrás que darle una explicación o se la inventará —dijo—. Parece que aquí se sugiere la teoría de la emigra­ción.

—¡Ay, Augustine, cállate! —dijo la señorita Ophelia—; ¿Cómo voy a conseguir nada, si tú te burlas?

—Bien, no volveré a interrumpir tus lecciones, te lo pro­meto y St. Clare se llevó su periódico al salón, donde se sentó hasta que Topsy hubo acabado sus recitaciones. Esta­ban todas muy bien, pero de vez en cuando cambiaba de for­ma curiosa alguna palabra importante y persistía en su error, a pesar de todos los esfuerzos; y St. Clare, con todas sus pro­mesas de portarse bien, se deleitaba maliciosamente con es­tos errores y llamaba a Topsy a su lado cuando tenía ganas de divertirse y la hacía repetir los pasajes ofensivos, haciendo caso omiso de las reconvenciones de la señorita Ophelia.

—¿Cómo voy a hacer nada con la niña, si tú te comportas así, Augustine? —decía.

—Tienes razón; no lo volveré a hacer; ¡pero me encanta oír a la pequeña payasa dar traspiés con esas palabras largas!

—Pero la confirmas en el error.

—¿Qué más da? Una palabra es tan buena como otra para ella.

—Tú querías que la educara bien; y debes recordar que es una criatura que razona y tener cuidado de cómo la influyes.

—¡Ay, diantre! Es verdad; pero, como dice la misma Topsy, «¡soy tan malo!».

Más o menos de esta forma continuó la instrucción de Topsy durante un año o dos: la señorita Ophelia se preocu­paba de ella a diario, como en una especie de enfermedad cró­nica, a cuyos achaques, con el tiempo, se acostumbró como se acostumbran las personas a la neuralgia o las jaquecas.

St. Clare se divertía de la misma manera con la niña que un hombre se divierte con los trucos de un loro o un perro perdiguero. Cada vez que sus pecados la hacían caer en des­gracia con los demás, Topsy se refugiaba detrás de su sillón, y St. Clare, de una forma u otra, aplacaba los ánimos. Él le daba muchas monedas sueltas, y ella las gastaba en frutos se­cos y caramelos, que distribuía con despreocupada generosi­dad entre todos los niños de la casa; porque Topsy, en honor a la verdad, era bondadosa y desprendida y sólo era malicio­sa en defensa propia. Ya está bien insertada en nuestro corps de ballet y actuará, de vez en vez, cuando le toque el turno, con otros artistas.

CAPÍTULO XXI. KENTUCKY

Puede que no les importe a nuestros lectores mirar atrás, durante un breve intervalo, a la cabaña del tío Tom, en la granja de Kentucky, para ver qué ha ocurrido entre los que se han quedado allí.

Era la última hora de una tarde de verano y todas las puer­tas y ventanas del salón estaban abiertas para invitar a pasar cualquier brisa que estuviera de buen humor. El señor Shelby estaba sentado en una gran galería que daba al salón y que se extendía a lo largo de toda la casa y se remataba con un balcón en cada extremo. Con la silla inclinada hacia atrás y los pies apoyados sobre otra, disfrutaba ociosamente del cigarro de después de cenar. La señora Shelby estaba sen­tada en el hueco de la puerta, ocupada con una labor de cos­tura; tenía aspecto de estar preocupada por alguna cosa que buscaba la oportunidad de sacar a colación.

—¿Sabes —dijo— que Chloe ha tenido carta de Tom?

—¿De veras? Pues debe de tener algún amigo allí. ¿Cómo se encuentra el bueno de Tom?

—Lo ha comprado una familia muy buena, me parece —dijo la señora Shelby—; lo tratan bien y no tiene que tra­bajar mucho.

—Pues me alegro mucho, muchísimo —dijo el señor Shelby de corazón—. Me imagino que Tom se acostumbra­rá a una residencia sureña y no querrá volver aquí.

—Al contrario, pregunta con mucha ansiedad —dijo la señora Shelby— cuándo vamos a reunir el dinero para re­dimirlo.

—Yo no lo sé, desde luego —dijo el señor Shelby—. Cuan­do los negocios empiezan a andar mal, parece que no acaba nunca la mala suerte. Es como saltar de una ciénaga a otra sin salir del pantano; tienes que pedir prestado a uno para pagar a otro, y luego pedir a otro para pagar a éste, y estos malditos pagarés vencen antes de que te dé tiempo de fumarte un ciga­rro y darte la vuelta; cartas y recados reclamando las deudas, todo precipitado y corriendo.

A mí me parece, querido, que se podría hacer algo para enderezar las cosas. ¿Y si vendiéramos todos los caballos y una de las granjas y pagáramos todas las deudas?

—¡No seas ridícula, Emily! Eres la mujer más estupenda de Kentucky, pero aun así no tienes suficiente sentido co­mún para darte cuenta de que no entiendes de negocios; las mujeres no entendéis nunca, sois incapaces de ello.

—Pero —dijo la señora Shelby—, ¿no podrías por lo me­nos explicarme algo de los tuyos: darme una lista de todas tus deudas, por ejemplo, y de todo lo que te deben a ti para que pueda intentar ayudarte a economizar?

—¡Maldita sea, no me agobies, Emily! No puedo decírte­lo exactamente. Sé más o menos por donde andan las cuen­tas, pero no se puede recortar y arreglar mis asuntos como Chloe recorta la corteza de sus pasteles. Tú no sabes nada de los negocios, insisto.

Y el señor Shelby, que no conocía otra forma de imponer sus ideas, elevó la voz, un método de argumentar muy útil y convincente cuando un caballero habla de negocios con su esposa.

La señora Shelby dejó de hablar con un pequeño suspiro. El caso era que, aunque su marido había dicho que era sólo una mujer, tenía la mente clara, enérgica y práctica y una fuerza de carácter superior en todos los sentidos al de su ma­rido, por lo que no hubiera sido tan absurdo considerarla ca­paz de llevar los negocios, tal como había dicho el señor Shelby. Ella estaba empeñada en cumplir su promesa a Tom y la tía Chloe, y suspiró por los desengaños que se multipli­caban a su alrededor.

—¿No crees que podemos ingeniárnoslas para juntar ese dinero? ¡La pobre tía Chloe lo desea tanto!

—Siento que sea así. Creo que me precipité al prometer­lo. No estoy seguro de que lo mejor no sea decírselo a Chloe y que se vaya resignando. Tom tendrá otra esposa en un año o dos, y ella haría bien juntándose con otro.

—Señor Shelby, he enseñado a mi gente que sus matri­monios son tan sagrados como los nuestros. Nunca se me ocurriría darle semejantes consejos a Chloe.

—Es una lástima, esposa, que les hayas cargado con una moralidad por encima de su condición y expectativas. Siem­pre he sido de esa opinión.

—Es la moralidad de la Biblia, señor Shelby.

Bien, bien, Emily, no quiero meterme con tus ideas reli­giosas; es sólo que parecen poco apropiadas para gente de esa condición.

—Lo son, de hecho —dijo la señora Shelby—, y por eso odio toda la cuestión desde el fondo de mi alma. Te digo, querido, que yo no puedo exonerarme de las promesas que hago a estas criaturas indefensas. Si no puedo conseguir el di­nero de otra manera, daré clases de música; sé que consegui­ría bastantes y así podría ganar el dinero yo personalmente.

—No te degradarías de esa forma, ¿verdad, Emily? No po­dría consentirlo.

—¡Degradarme! ¿Me degradaría tanto como romper una promesa hecha a los desamparados? ¡Desde luego que no!

—¡Siempre eres tan heroica y transcendental! —dijo el se­ñor Shelby—, pero creo que deberías pensártelo antes de em­prender una obra tan quijotesca.

Aquí la aparición de la tía Chloe en el extremo del porche interrumpió la conversación.

—Por favor, ama —dijo.

—Bien, Chloe, ¿qué ocurre? —preguntó su ama, levan­tándose y caminando hacia el extremo del porche.

—¿Quiere venir el ama a echar un vistazo a estos pollinos?

Chloe tenía la manía de llamar pollinos a los pollos, una aplicación del lenguaje que se empeñaba en usar a pesar de las frecuentes correcciones y consejos de los miembros más jóvenes de la familia.

—¡Diablos! —decía ella—. ¿Qué más da? Una palabra es tan buena como otra; los pollinos están buenos, de todas for­mas y seguía llamándoles pollinos.

La señora Shelby sonrió al contemplar una partida de po­llos y patos que yacían bajo la mirada seria y pensativa de Chloe.

—Me pregunto si el ama preferiría una empanada de galli­na o de pato.

—La verdad, tía Chloe, me da igual; sirve lo que quieras.

Chloe se quedó de pie tocándolos con aire distraído; era del todo evidente que no era en los pollos en lo que estaba pensando. Por fin, con la breve risa con la que los de su raza a menudo introducen una proposición dudosa, dijo:

—Diablos, ama ¿cómo pueden preocuparse los amos por el dinero si no utilizan lo que tienen en las manos? y Chloe se rió de nuevo.

—No te entiendo, Chloe —dijo la señora Shelby, conven­cida, por lo que conocía de la manera de ser de Chloe, de que ésta había oído cada palabra de la conversación que tuvo lugar entre su marido y ella.

—Diablos, ama —dijo Chloe, riéndose otra vez—, algu­nos alquilan a sus negros a otros para ganar dinero con ellos. No mantienen a toda la tribu en casa a mesa y mantel.

—Y bien, Chloe, ¿a quién propones que alquilemos?

—¡Diablos, yo no propongo nada! Sólo que dijo Sam que había un pastero de Louisville que decía que buscaba a al­guien que tuviera buena mano para los pasteles y los hojal­dres; y dijo que pagaría cuatro dólares a la semana.

—¿Sí, Chloe?

—Bueno, pues yo estaba pensando, ama, que ya iba sien­do hora de poner a Sally a hacer algo. Sally lleva ya algún tiempo a mi cuidado y cocina casi tan bien como yo, dadas las circunstancias; y si el ama me dejase ir a mí, yo podría ayudar a ganar el dinero. No tengo miedo de competir con un pastero con mis pasteles o con mis hojaldres.

—Pastelero, Chloe.

—Diablos, ama, ¿qué más da? Las palabras son tan raras que nunca consigo aclararme.

—Pero, Chloe, ¿quieres dejar a tus hijos?

—Diablos, ama, los chicos son bastante grandes para cum­plir una jornada de trabajo; ellos se manejan bien; Sally se hará cargo de la nena, que es un rorro tan espabilado que no necesita muchos cuidados.

—Louisville está bastante lejos.

—Diablos, ¿a quién le asusta eso? Es río abajo, ¿quizás más cerca de mi viejo? —dijo Chloe, pronunciando lo último con tono interrogativo mientras miraba a la señora Shelby.

—No, Chloe, está a cientos de millas —dijo la señora Shelby.

El semblante de Chloe reflejó su decepción.

—No importa; si vas allí, estarás más cerca, Chloe. Sí, pue­des ir, y cada centavo de tu salario irá para pagar la redención de tu marido.

La cara de Chloe se animó en el acto, y resplandecía como un rayo de sol, que convierte en plata un nubarrón oscuro.

—¡Diablos, qué buena es el ama! Pensaba lo mismo; por­que no necesito ropa, ni zapatos, ni nada; puedo ahorrar cada centavo. ¿Cuántas semanas hay en un año, ama?

—Cincuenta y dos —dijo la señora Shelby.

—¡Diablos! ¿De veras? Y cuatro dólares cada semana. ¿Cuánto suma eso?

—Doscientos ocho dólares —dijo la señora Shelby.

—¡Diablos! —dijo Chloe, con acento de sorpresa y ale­gría—; ¿Y cuánto tiempo tardaré en sacar bastante, ama?

—Unos cuatro o cinco años, Chloe; pero tú no tienes que juntarlo todo; yo añadiré algo.

—No consiento que el ama se ponga a dar clases o algo así. El amo tiene razón en eso. No estaría nada bien. Espero que nadie de nuestra familia tenga que hacer eso, mientras a mí me queden manos.

—No te preocupes, Chloe; yo cuidaré del honor de la fa­milia —dijo la señora Shelby con una sonrisa—. ¿Pero cuán­do piensas marcharte?

—Bien, pues, no pensaba nada; sólo que Sam va a ir río abajo con algunos potros y dijo que yo podía ir con él; así que he juntado unas cuantas cosas. Si al ama le parece bien, iré con Sam mañana por la mañana, si el ama me prepara un salvoconducto y me escribe una recomendación.

—Bien, Chloe, lo haré, si el señor Shelby no pone pegas. Debo hablar con él.

La señora Shelby subió la escalera y la tía Chloe se fue en­cantada a su cabaña para hacer los preparativos.

—¡Diablos, señorito George! ¿A que no sabía usted que me iba a Louisville mañana? —le dijo a George, cuando en­tró éste en la cabaña y la vio ordenando la ropa de su bebé—. Sólo repaso estas cosas y las ordeno. Pero me voy, se­ñorito George; me van a dar cuatro dólares a la semana; ¡y el ama lo va a ahorrar todo para comprar de nuevo a mi viejo!

—¡Vaya! elijo George— ¡qué buen asunto! ¿Cómo te vas?

—Me voy mañana con Sam. Y ahora, señorito George, sé que usted se sentará para escribirle a mi viejo y contárselo, ¿verdad?

—Por supuesto —dijo George—; el tío Tom se alegrará de tener noticias nuestras. Voy a la casa ahora mismo a por pa­pel y tinta; y luego, como sabes, tía Chloe, le puedo contar lo de los potros nuevos y todo.

—Por supuesto, señorito George; usted márchese y yo le prepararé un poco de pollino o algo así; no comerá muchas más cenas con su pobre tía.

CAPÍTULO XXII. «LA HIERBA SE SECA, LA FLOR SE MARCHITA»

La vida va pasando, para todos nosotros, día tras día; así fue pasando para nuestro amigo Tom por espacio de dos años. Aunque estaba separado de todos los que quería y añoraba a menudo lo que había perdido, sin embar­go, nunca estaba total y conscientemente desdichado; por­que el arpa de los sentimientos humanos está tan bien tem­plada que sólo puede estropear su armonía un golpe que rompa todas las cuerdas a la vez; y, mirando atrás a tempora­das que en retrospección nos parezcan de privaciones y tri­bulaciones, recordamos que cada hora trajo consigo distrac­ciones y alivios, de modo que, si no estábamos enteramente felices, tampoco estábamos enteramente desgraciados.

En la única obra de su biblioteca, Tom leía sobre uno que había «aprendido a estar contento, fuera cuál fuese su esta­do». Le parecía una doctrina buena y razonable y estaba de acuerdo con el hábito consolidado que él había adquirido le­yendo ese mismo libro.

Su carta a casa, tal como lo contamos en el último CAPÍTULO, fue respondida a su debido tiempo por el señorito Geor­ge, con su buena letra redonda de escolar que Tom había di­cho que se podía leer «casi desde el otro lado de la habita­ción». Contenía varios puntos de interés sobre los asuntos de su casa: cómo a la tía Chloe la habían alquilado a un paste­lero de Louisville, donde su talento como repostera le hacía ganar cantidades fabulosas de dinero, todo el cual, le infor­maban a Tom, iba a ahorrarse para juntar la cantidad necesa­ria para su redención; Mose y Pete estaban estupendamente y el bebé se paseaba por toda la casa bajo los cuidados de Sally y de toda la familia en general.

La cabaña de Tom estaba cerrada de momento; pero Geor­ge se explayó sobre los adornos y mejoras que le harían cuan­do Tom volviese.

El resto de la carta daba una lista de las asignaturas de George en el colegio, cada una adornada con una floreciente mayúscula; y también relataba los nombres de cuatro potros nuevos que habían aparecido en la hacienda desde la partida de Tom; y decía, en el mismo apartado, que su padre y su madre estaban bien. El estilo de la carta era decididamente conciso y sucinto, pero a Tom le pareció la mejor muestra de redacción que se hubiera escrito en la época moderna. No se cansaba nunca de mirarla e incluso celebró un consejo con Eva sobre la conveniencia de mandarla enmarcar, para col­garla en su habitación. El único obstáculo que se interpuso en esta empresa era la dificultad de ponerla de forma que se pudieran ver las dos caras de la página a la vez.

La amistad entre Tom y Eva había ido creciendo según iba creciendo la niña. Sería difícil decir qué lugar ocupaba ella en el corazón tierno e impresionable de su fiel servidor. La ama­ba como una cosa frágil y terrenal y sin embargo casi la adora­ba como algo divino y sobrenatural. La miraba como el mari­nero italiano contempla la imagen del niño Jesús, con una mezcla de reverencia y ternura; y el mayor placer de Tom estri­baba en hacer realidad sus caprichos y cumplir los miles de sencillos deseos que iluminan la infancia como un arco iris multicolor. En el mercado por la mañana, sus ojos se posaban siempre en los puestos de flores buscando ramos exóticos para ella, y el más hermoso melocotón o naranja se deslizaba den­tro de su bolsillo para dárselo a su regreso; y lo que más le gus­taba a él era la visión de su cabecita dorada asomada a la puer­ta esperando que él se aproximara a lo lejos y sus preguntas in­fantiles: «Y bien, tío Tom, ¿qué me has traído hoy?»

Y Eva tampoco se quedaba corta a la hora de devolverle sus amables atenciones. Aunque era una niña, leía maravillo­samente; un magnífico oído musical, una imaginación poé­tica y una simpatía instintiva hacia lo grandioso y noble ha­cían de ella la mejor lectora de la Biblia que Tom hubiera oído jamás. Al principio, leía para complacer a su humilde amigo; pero su propia naturaleza seria pronto empezó a ex­tender sus zarcillos para enredarse en el magnífico libro; y a Eva le encantaba porque despertaba dentro de ella extrañas añoranzas y fuertes emociones incipientes que los niños apa­sionados e imaginativos gustan de experimentar.

Las partes que más le gustaban eran el Apocalipsis y las Profecías, partes cuyas imágenes turbias y fantásticas y cuyo ferviente lenguaje la impresionaban más por no comprender del todo su significado; y tanto ella como su sencillo amigo, la niña pequeña y el niño adulto, sentían lo mismo. Todo lo que sabían era que hablaba de una gloria que había de reve­larse, una cosa maravillosa aún por venir, que hacía regocijar­se su alma sin que supieran por qué; y aunque no es cierto de lo físico, en lo moral es verdad que lo que no se com­prende no siempre carece de valor. Porque el alma despier­ta como tembloroso forastero entre dos eternidades impreci­sas: el pasado eterno y el futuro eterno. La luz ilumina tan sólo un pequeño espacio a su alrededor; por lo tanto, se in­clina hacia lo desconocido; y las voces y los hechos opacos que le llegan desde el pilar borroso de la inspiración encuen­tran ecos y respuestas en su propia naturaleza expectante. Sus imágenes místicas son talismanes y gemas que llevan graba­dos jeroglíficos desconocidos; los acoge a su seno y espera leerlos cuando pase al otro lado del velo.

En este punto de nuestra historia, toda la familia St. Clare se ha trasladado temporalmente a la villa junto al lago Pont­chartrain. Los calores del verano habían obligado a todos los que podían hacerlo a abandonar la ciudad sofocante y malsa­na para buscar las frescas brisas marinas de la orilla del lago.

La villa de St. Clare era una casa antillana rodeada de lu­minosos porches de bambú, que daban por todos los lados a jardines y zonas de recreo. El salón comunitario daba a un gran jardín fragante con todas las plantas y flores pintorescas de los trópicos, con sinuosos senderos que conducían a las mismas orillas del lago, cuya lámina plateada de agua subía y bajaba bajo los rayos del sol, un cuadro siempre cambian­te y, a cada hora que pasaba, más bello.

Ahora estamos ante una de esas puestas de sol intensa­mente doradas que tiñen todo el horizonte con un rubor de gloria y convierten el agua en otro cielo. El lago se extendía en vetas de rosa y de oro, salvo donde las barcas con sus ve­las blancas se deslizaban hacia delante y hacia atrás como es­píritus, y unas estrellas doradas centelleaban en el resplandor, contemplándose temblorosas en el agua.

Tom y Eva estaban sentados sobre un musgoso banco en una glorieta al pie del jardín. Era el domingo por la tarde, y la Biblia de Eva yacía abierta en su regazo. Leyó:

—«Y vi un mar de cristal, mezclado con fuego.» Tom —dijo Eva, deteniéndose de pronto y señalando el lago—, allí está.

—¿El qué, señorita Eva?

—¿No lo ves, allí? —dijo la niña, señalando el agua crista­lina que, al subir y bajar, reflejaba el fulgor dorado del cie­lo—. Allí está el «mar de cristal, mezclado con fuego».

—Es verdad, señorita Eva —dijo Tom, y cantó—:

Oh, si tuviera las alas de la mañana,

me iría volando a la orilla del Canaán;

ángeles brillantes me llevarían a casa,

a la nueva Jerusalén.

—¿Dónde crees que estará el nuevo Jerusalén, tío Tom? preguntó Eva.

—Pues, allí arriba en las nubes, señorita Eva.

—Entonces creo que lo veo —dijo Eva—. ¡Mira entre aquellas nubes! ¡Parecen grandes puertas de nácar; y se pue­de ver más allá, muy, muy lejos: todo es de oro! Tom, canta sobre los «luminosos espíritus».

Veo una banda de luminosos espíritus,

que prueban las glorias allí;

visten de blanco inmaculado,

y portan palmas victoriosas.

—¡Tío Tom, los he visto! —dijo Eva.

Tom no lo dudó ni por un momento; no le sorprendió lo más mínimo. Si Eva le dijera que había ido al cielo, le hubie­ra parecido muy probable.

A veces acuden a mí cuando duermo, aquellos espíritus —y los ojos de Eva se tornaron soñolientos y canturreó con voz baja:

Visten de blanco inmaculado,

y portan palmas victoriosas.

—Tío Tom —dijo Eva—, yo me voy allá.

—¿Adónde, señorita Eva?

La niña se levantó y señaló el cielo con su pequeña mano; el resplandor de la tarde iluminaba su cabello dorado y su mejilla encendida con una especie de brillo sobrenatural y sus ojos se dirigían con intensidad al cielo.

—¡Me voy allá —dijo— con los luminosos espíritus, Tom; me voy allá, pronto!

El viejo y leal corazón sintió un repentino vuelco; y Tom pensó en las veces que había notado, en los últimos seis me­ses, que las pequeñas manos de Eva habían adelgazado, y su piel se había vuelto más transparente y su aliento más entre­cortado; y cómo, cuando jugaba en el jardín, como antaño hacía durante horas, se cansaba y languidecía enseguida. Ha­bía oído hablar muchas veces a la señorita Ophelia de la tos que todos sus medicamentos no eran capaces de curar; y ahora la ferviente mejilla y la pequeña mano ardían de fie­bre; sin embargo, el pensamiento que sugerían las palabras de Eva no se le había ocurrido hasta ahora.

¿Había habido alguna vez una niña como Eva? Sí, las ha habido; pero siempre se ve sus nombres en las lápidas fune­rarias y sus dulces sonrisas, sus celestiales ojos, sus singulares palabras y costumbres se hallan siempre entre los tesoros ocultos de los corazones anhelantes. ¡En cuántas familias se oye la leyenda de que la bondad y las dotes de los vivos no son nada al lado de las de uno que ya no está entre ellos! Es como si el cielo tuviese una banda especial de ángeles cuya misión es vivir aquí una temporada para granjearse el cariño del díscolo corazón humano para llevárselo con ellos en su vuelo de regreso. Cuando se ve esa profunda luz espiritual en los ojos, cuando el alma se expresa con palabras más dulces y sabias que las palabras comunes de los niños, no intentéis retener a ese niño; pues lleva impreso el sello del cielo y la luz de la inmortalidad se asoma por sus ojos.

¡Aun así, querida Eva, estrella de tu hogar, te marchas! Pero no lo saben los que más te aman.

Una llamada impaciente de la señorita Ophelia interrum­pió el coloquio entre Tom y Eva.

—¡Eva, Eva! Niña, cae el rocío; no debías estar ahí fuera.

Eva y Tom entraron apresuradamente.

La señorita Ophelia había vivido muchos años y era muy hábil en el cuidado de los enfermos. Era de Nueva Inglaterra y conocía bien los primeros pasos engañosos de aquella en­fermedad suave e insidiosa que barre a tantos seres bellos y delicados y, antes de que parezca que se ha roto una sola fi­bra de la vida, los señala irremediablemente para la muerte.

Se había fijado en esa ligera tos seca y la mejilla cada día más encendida; no podían engañarle el brillo de los ojos ni la vivacidad etérea de la fiebre.

Intentó comunicar sus temores a St. Clare; pero éste recha­zaba sus insinuaciones con desasosegado malhumor, muy di­ferente de su habitual humor alegre y despreocupado.

—¡Déjate de malos augurios, prima, lo odio! —decía—; ¿no ves que sólo es el crecimiento? Los niños siempre se de­bilitan cuando crecen deprisa.

—Pero, ¿y esa tos?

—¿Y qué? Esa tos no es nada. A lo mejor se ha resfriado un poco.

—¡Pero así empezaron Eliza jane y Ellen y Maria Sanders!

—¡Oh, déjate de estas historias de duendes y enfermerías! Las que tenéis un poco de experiencia en esto veis ruina y de­solación en cuanto tose o estornuda un niño. Simplemente cuida de la niña, protégela del aire de la noche. No dejes que juegue demasiado y estará perfectamente.

Así habló St. Clare; pero se puso nervioso e inquieto. Vi­gilaba febrilmente a Eva día tras día, como podía notarse por la frecuencia con la que repetía una y otra vez «la niña está bien»; que aquella tos no era nada, que sólo era un pequeño mal del estómago, que les daba muchas veces a los niños. Pero pasaba más tiempo con ella que antes, la llevaba de pa­seo más a menudo y llevaba cada pocos días a casa alguna re­ceta o tónico reconstituyente, «no», decía, «porque lo necesi­tara la niña, sino porque no le sentaría mal».

Si hay que decir la verdad, lo que le llegó más hondo en el corazón que lo demás era la madurez de la mente y los senti­mientos de la niña, que aumentaban con cada día que pasaba. Aunque todavía tenía algunas ideas caprichosas propias de una niña, a veces dejaba caer, sin darse cuenta, palabras que mostra­ban tal amplitud de pensamientos y tanta sabiduría espiritual que parecían ser inspiradas. En tales momentos, St. Clare sen­tía un repentino escalofrío y la estrechaba en sus brazos, como si su abrazo pudiera salvarla; y su corazón se irguió con el loco empeño de quedársela para siempre y nunca dejarla marchar.

La niña parecía entregar todo el corazón y toda el alma a hacer obras de amor y bondad. Siempre había sido impulsi­vamente generosa, pero ahora tenía una conmovedora consi­deración de mujer que llamaba la atención a todo el mundo. Todavía le encantaba jugar con Topsy y los otros niños ne­gros; pero ahora más parecía espectadora que participante de sus juegos y se quedaba sentada durante períodos de media hora riéndose de las originales gracias de Topsy, hasta que una sombra parecía pasar por su cara, los ojos se le humede­cían y sus pensamientos se alejaban.

—Mamá —dijo de repente a su madre un día—, ¿por qué no enseñamos a leer a nuestros criados?

—¡Ni hablar, niña! ¡Eso no se hace!

—¿Por qué no? —preguntó Eva.

—Porque no les sirve de nada leer. No les ayuda a trabajar mejor, y no están hechos para otra cosa.

—Pero deberían leer la Biblia, mamá, para aprender la vo­luntad de Dios.

—¡Oh, pueden hacer que otros les lean todo lo que quie­ran de la Biblia!

—Me parece a mí, mamá, que la Biblia es algo para que lo leamos cada uno de nosotros por sí mismo. La necesitan mu­chas veces cuando no tienen a nadie que se la lea.

—Eva, eres una niña muy rara —dijo su madre.

—La señorita Ophelia ha enseñado a leer a Topsy —con­tinuó Eva.

—Sí, y ya ves para lo que sirve. Topsy es la criatura más en­diablada que he visto en mi vida.

—¡Aquí viene la pobre Mammy! —dijo Eva—. A ella le en­canta la Biblia y le gustaría muchísimo poder leerla. ¿Y qué va a hacer cuando no esté yo para leérsela?

Marie estaba ocupada repasando el contenido de un cajón y respondió:

—Por supuesto, Eva, más adelante tendrás otras cosas en qué pensar además de leer la Biblia a los criados. No es que no esté muy bien hacerlo. Yo misma lo he hecho cuando te­nía salud. Pero cuando empieces a arreglarte para entrar en sociedad, no tendrás tiempo. ¡Mira! —añadió—, te voy a dar estas joyas cuando te presentes en sociedad. Yo me las puse en mi primer baile. Te digo, Eva, que causé sensación.

Eva cogió el joyero y sacó un collar de brillantes. Posó sus grandes ojos pensativos en él, pero estaba claro que su men­te estaba en otra parte.

—¡Qué seria estás, niña! —dijo Marie.

—¿Esto vale mucho dinero, mamá?

—Claro que sí. Mi padre me lo mandó traer de Francia. Vale una pequeña fortuna.

—¡Ojalá fuera mío —dijo Eva—, y pudiera hacer con él lo que quisiera!

—¿Y qué harías?

—Lo vendería y compraría un lugar en los estados libres y llevaría allí a toda nuestra gente y contrataría a profesores para enseñarles a leer y a escribir.

La carcajada de su madre interrumpió a Eva.

—¡Montarías un internado! %Y no les enseñarías a tocar el piano y pintar sobre terciopelo?

—Les enseñaría a leer la Biblia por sí mismos y a escribir sus propias cartas y a leer las cartas que les escriban a ellos —dijo Eva serenamente—. Sé que sufren mucho, mamá, por no saber hacer estas cosas. Tom sufre, y Mammy y muchos más. Creo que está mal.

Vamos, vamos, Eva; sólo eres una niña. No sabes nada de estas cosas —dijo Marie—; además, tu charla me da dolor de cabeza.

Marie siempre tenía una jaqueca para cualquier conversa­ción que no era del todo de su gusto.

Eva se alejó silenciosamente; pero después de esta oca­sión, le daba clases de lectura a Mammy asiduamente.

CAPÍTULO XXIII. HENRIQUE

Por estas fechas, el hermano de St. Clare, Alfred, fue con su hijo mayor, un muchacho de doce años, a pasar un día o dos en el lago con la familia.

No había visión más hermosa y singular que la de estos dos hermanos gemelos. La naturaleza, en vez de establecer semejanzas entre ellos, los había creado opuestos en todos los aspectos; sin embargo, un lazo misterioso parecía unirlos en una amistad más estrecha de lo habitual.

Solían pasear cogidos del brazo por todos los caminos y veredas del jardín. Augustine, con sus ojos azules y su cabe­llo dorado, su cuerpo etéreo y flexible y sus facciones viva­ces, y Alfred, de ojos oscuros, con su arrogante perfil roma­no, unas extremidades bien moldeadas y un porte decidido. Cada uno se burlaba siempre de las opiniones y las costum­bres del otro y sin embargo cada uno disfrutaba muchísimo de la compañía del otro; de hecho, parecía que el desacuer­do mismo los unía más, como la atracción que existe entre los dos polos opuestos del imán.

Henrique, el hijo mayor de Alfred, era un muchacho no­ble y principesco de ojos oscuros, lleno de viveza y ánimo; y desde el momento en que los presentaron, demostró una fas­cinación absoluta por el donaire espiritual de su prima Evan­geline.

Eva tenía un potro favorito de una blancura nívea. Era suave como la seda y tan apacible como su pequeña ama; Tom llevó este potrillo al porche trasero y un muchacho mu­lato de unos trece años llevó un pequeño árabe negro, que acababan de importar, por un precio muy alto, para Hen­rique.

—¿Qué pasa, Dodo, perro perezoso? No has cepillado mi caballo esta mañana.

—Sí, señorito —dijo Dodo dócilmente—. Se ha ensucia­do después.

—¡Bribón, cállate la boca! —dijo Henrique, alzando con violencia su fusta—. ¿Cómo te atreves a contestarme?

El muchacho era un guapo mulato del mismo tamaño que Henrique, y su cabello se rizaba en torno a una frente alta y arrogante. Tenía sangre blanca en las venas, como podía de­ducirse del rubor de sus mejillas y el centelleo de sus ojos, cuando empezó a hablar con énfasis:

—Señorito Henrique... —comenzó.

Henrique le golpeó en pleno rostro con la fusta y, cogién­dolo por uno de los brazos, le obligó a ponerse de rodillas y le pegó hasta quedarse sin aliento.

—¡Toma, perro desobediente! ¡A ver si así aprendes a no contestar cuando te hablo! ¡Llévate el caballo de vuelta y lím­pialo bien! ¡Ya te enseñaré yo cuál es tu puesto!

Joven amo —dijo Tom— me imagino que lo que iba a decir es que el caballo ha rodado por el suelo cuando lo traía aquí desde el establo, pues es muy brioso; así se ha ensucia­do; yo he visto cómo lo ha cepillado.

—¡Tú, cállate hasta que te pidan que hables! —dijo Hen­rique, dándole la espalda y subiendo las escaleras para hablar con Eva, que estaba vestida con su ropa de montar.

—Querida prima, siento que este tonto te haya hecho es­perar —dijo—. Sentémonos aquí sobre este banco hasta que vuelvan. ¿Qué ocurre, prima? Estás muy seria.

—¿Cómo has podido ser tan cruel y malvado con el po­bre Dodo? —preguntó Eva.

—¡Cruel y malvado! —dijo el muchacho, con una sorpre­sa no fingida—. ¿A qué te refieres, querida Eva?

—No quiero que me llames querida Eva si te portas así —dijo Eva.

—Querida prima, tú no conoces a Dodo; es la única forma de tratarlo, está tan lleno de mentiras y excusas. La única forma es bajarle los humos enseguida, no dejarle que abra la boca; así se las arregla papá.

—Pero el tío Tom ha dicho que era un accidente y nunca dice nada que no sea verdad.

—¡Pues entonces es un negro muy raro! —dijo Henri­que—. Dodo miente tanto como habla.

—Le asustas tanto que te engañará si lo tratas así.

—Vaya Eva, le has cogido tanto cariño a Dodo que voy a tener celos.

—Pero le has pegado, y él no se lo merecía.

—Pues que sirva para alguna vez que sí lo merezca y se es­cabulle. Unos cuantos azotes siempre le vienen bien a Dodo, que es un verdadero demonio, te digo; pero no volveré a pe­garle delante de ti si te molesta.

Eva no se dio por satisfecha, pero era inútil intentar que su guapo primo comprendiera sus sentimientos.

Dodo apareció poco después con los caballos.

—Bien, Dodo, lo has hecho mejor esta vez —dijo su jo­ven amo con aire más indulgente—. Ven a coger el caballo de la señorita Eva mientras la monto en la silla.

Dodo fue a ponerse al lado del potro de Eva. Tenía el sem­blante agitado y los ojos como si hubiese llorado. Henrique que se enorgullecía de su destreza caballerosa en todos los aspectos de la galantería, colocó enseguida a su be­lla prima en la silla y, cogiendo las riendas, se las dio en la mano.

Pero Eva se inclinó por el otro lado del caballo, donde se encontraba Dodo, y dijo, al soltar éste las riendas:

—Buen muchacho, Dodo; gracias.

Dodo miró la dulce carita con asombro; la sangre se agol­pó en sus mejillas y las lágrimas en sus ojos.

—Ven, Dodo —gritó imperioso su amo.

Dodo corrió a sujetarle el caballo a su amo para que mon­tara.

Aquí tienes una moneda para comprar caramelos, Dodo —dijo Henrique—. Ve a comprarte.

Y Henrique se fue a paso largo por el camino tras Eva. Dodo se quedó mirando a los dos chicos. Uno le había dado dinero; y la otra le había dado algo que apreciaba mucho más: una palabra amable, pronunciada con bondad. Dodo sólo llevaba unos meses apartado de su madre. Su amo lo ha­bía comprado en un almacén de esclavos por su bello rostro, para que hiciera juego con su hermoso potro; y ahora lo es­taba domando su joven amo.

Los dos hermanos St. Clare presenciaron la escena de la azotaina desde otro lugar del jardín.

El rostro de Augustine se ruborizó, aunque sólo dijo, con su despreocupación sarcástica habitual:

—Supongo que eso es lo que podríamos llamar una edu­cación republicana, ¿eh, Alfred?

—Henrique es un verdadero demonio cuando se enfada —dijo Alfred, displicente.

—Supongo que consideras que estas prácticas son instruc­tivas para él —dijo Augustine secamente.

—No podría evitarlo aunque no fuera así. Henrique es una verdadera tempestad; hace tiempo que su madre y yo lo hemos dejado estar. Pero, por otra parte, Dodo es un trasgo terrible; los azotes no pueden hacerle más que bien.

Y así enseñas a Henrique el primer versículo del catecis­mo republicano: «Todos los hombres nacen libres e iguales.»

—¡Bah! —dijo Alfred— una muestra del sentimentalismo y la hipocresía afrancesada de Thomas Jefferson. Es absoluta­mente ridículo que esas palabras circulen entre nosotros hoy día.

—Creo que sí —dijo St. Clare intencionadamente.

—Porque —dijo Alfred— podemos ver con toda claridad que todos los hombres no nacen libres, ni iguales; nacen de cualquier otra forma. Por mi parte, considero mera patraña toda esta palabrería republicana. Los que deberíamos tener los mismos derechos somos los cultos, los inteligentes, los ri­cos y los refinados y no la chusma.

—Si puedes conseguir que la chusma comparta esa opi­nión —dijo Augustine—. Ellos se sublevaron una vez, en Francia.

—Por supuesto hay que mantenerlos abajo, firme y consis­tentemente, tal como lo haría yo —dijo Alfred, poniendo el pie enérgicamente en el suelo como si pisoteara a alguien.

—Y supone un resbalón tremendo cuando se alzan —dijo Augustine— como en Santo Domingo, por ejemplo.

—¡Bah! —dijo Alfred— sabremos evitar eso en este país. Debemos oponernos a toda esta charla sobre la educación que se ha puesto de moda; no hay que educar a las clases in­feriores.

—Es tarde para oponerse —dijo Augustine—; se les va a educar, y nosotros sólo podemos decidir de qué forma. Nuestro sistema los educa en barbarie y brutalidad. Rompe­mos todos sus lazos humanos para convertirlos en anima­les; y, si llegan a obtener el dominio, lo sabremos a nuestra costa.

—Nunca llegarán a obtener el dominio —dijo Alfred.

—Eso es —dijo St. Clare— empieza a acumular vapor, cierra la válvula de escape y siéntate encima, y ¡a ver dónde acabas!

—Bien —dijo Alfred— lo veremos. No tengo miedo de sentarme sobre la válvula, siempre que las calderas sean fuer­tes y la maquinaria funcione correctamente.

—Así pensaban los nobles de la época de Luis XVI; y así piensan ahora Austria y Pío IX; y una mañana de éstas pue­de que os encontréis todos en el aire, cuando estallen las cal­deras.

—Dies declarabit—dijo Alfred, riendo.

—Te aseguro dijo Augustine— si hay algo que se vaya a revelar con la fuerza de una ley divina en nuestros días, es que se van a sublevar las masas y las clases inferiores se con­vertirán en las superiores.

—¡Ésa es una patraña de los republicanos rojos, Augusti­ne! ¿Por qué no te ha dado por la agitación política? Serías un orador estupendo. Desde luego, y espero estar muerto cuando llegue el milenio de tus masas grasientas.

—Grasientas o no, te gobernarán a ti, cuando les llegue el momento —dijo Augustine—, y serán la clase de gobernan­tes que hagáis de ellos. La nobleza francesa quiso tener al pueblo sans culotts y tuvieron todos los gobernantes sans cu­lottes que pudieran desear. El pueblo de Haití...

—¡Oh, vamos, Augustine! ¡Como si no hubiéramos oído suficiente sobre el odioso Haití! Los haitianos no eran anglo­sajones; si lo hubieran sido, otro gallo hubiera cantado. La anglosajona es la raza dominante en el mundo, y así es como debe ser.

—Pues ya hay una buena cantidad de sangre anglosajona entre nuestros esclavos —dijo Augustine—. Hay muchos en­tre ellos que sólo tienen bastante de África como para dar un poco de calor y fervor tropicales a nuestra firmeza y pruden­cia calculadora. Si nos llega la hora como en Santo Domin­go, la sangre anglosajona estará en el candelero. Los hijos de padres blancos, con todos nuestros sentimientos altaneros ar­diéndoles en las venas, no siempre serán comprados y vendi­dos y canjeados. Se alzarán y la raza de sus madres se alzará con ellos.

—¡Bobadas, tonterías!

—Bien —dijo Augustine—, hay un viejo dicho que es así: «Como fue en tiempos de Noé, así será; comieron, bebieron, plantaron, construyeron y no supieron nada hasta que llegó el diluvio y se los llevó.»

—En conjunto, Augustine, creo que tienes talento para ser un predicador itinerante —dijo Alfred, riéndose—. No te­mas por nosotros: la posesión es nuestro fuerte. Tenemos el poder. ¡La raza sometida está abajo —dijo, dando un fuerte pisotón en el suelo— y se va a quedar abajo! Tenemos sufi­ciente energía para manipular nuestra propia pólvora.

—Los hijos que tengan una educación como la de tu Hen­rique serán estupendos guardianes de vuestros polvorines —dijo Augustine—. ¡Tan serenos, tan dueños de sí mismos! Ya lo dice el proverbio: «Los que no saben gobernarse a sí mismos no sabrán gobernar a los demás.»

—Pero hay un inconveniente ahí —dijo Alfred, pensati­vo—; no hay duda de que nuestro sistema hace difícil edu­car a los niños. Da rienda suelta a las pasiones, que, en nues­tro clima, ya son demasiado encendidas. Tengo problemas con Henrique. El muchacho es generoso y bondadoso, pero es una verdadera bomba cuando se le provoca. Creo que lo enviaré para que lo eduquen al norte, donde la obediencia está más de moda, y donde se codeará más con sus iguales y menos con criados.

—Ya que educar a los niños es el cometido principal de la raza humana —dijo Augustine—, a mí me parece significati­vo que nuestro sistema no funcione en ese respecto.

—No funciona en algunos aspectos —dijo Alfred—, pero en otros, sí funciona. A los muchachos los hace varoniles y valientes, y los vicios de la raza degradada tienden a fortale­cer en ellos las virtudes contrarias. Por eso, creo que Henri­que tiene un mejor sentido del mérito de la veracidad des­pués de ver que las mentiras y los engaños son la insignia universal de la esclavitud.

—¡Ésa es una visión muy cristiana del tema, desde luego! —dijo Augustine.

—Pues es verdad, sea cristiana o no; y no es menos cristia­no que la mayoría de las cosas de este mundo —dijo Alfred.

—Puede ser —dijo Augustine.

—Pero no sirve de nada hablar, Augustine. Creo que he­mos dado vueltas a lo mismo unas quinientas veces. ¿Te ape­tece una partida de backgammon?

Los dos hermanos subieron corriendo los escalones del porche y se sentaron ante una ligera mesa de bambú con el tablero del backgammon entre ellos. Mientras colocaban las fichas, Alfred dijo:

—Te digo, Augustine, que si yo pensara como tú, haría algo.

—Seguro que sí, eres un tipo emprendedor, pero ¿qué?

—Pues educar a tus propios esclavos, como experimento —dijo Alfred con una sonrisa medio despreciativa.

—Sería tan fácil colocar el Etna encima de ellos y decir­les que se mantengan de pie bajo su peso como decirme a mí que eduque a mis sirvientes con toda la masa de la so­ciedad que pesa sobre ellos. Un hombre no puede hacer nada contra la acción de toda una comunidad. La educa­ción, para conseguir algo, debe ser estatal; o, por lo menos, debe haber bastante gente de acuerdo para formar una co­rriente.

—Tiras tú primero —dijo Alfred, y los hermanos pronto quedaron absortos en el juego y no se oyó nada más hasta que llegó el chacoloteo de los cascos de los caballos bajo el porche.

—Aquí vienen los niños —dijo Augustine, levantándo­se—. ¡Mira, Alf! ¿Has visto alguna vez algo tan hermoso? y verdaderamente era una hermosa visión: Henrique, con su frente arrogante, sus relucientes rizos oscuros y sus meji­llas encendidas, se reía alegremente y se inclinaba hacia su bella prima al acercarse. Ella vestía una amazona azul y un sombrero del mismo color. El ejercicio había teñido sus me­jillas de un rojo fuerte y acentuado el efecto de su cutis ex­traordinariamente transparente y su cabello dorado.

—¡Dios mío, qué deslumbrante belleza! —dijo Alfred—. Desde luego, Auguste, ¡ella romperá unos cuantos corazones el día menos pensado!

—Ya lo creo, ¡por Dios, me temo que sí! —dijo St. Clare, con un repentino tono amargo, apresurándose para ayudarla a desmontar.

—¡Eva, cariño! ¿No estarás demasiado cansada? —pre­guntó al estrecharla entre sus brazos.

—No, papá —dijo la niña; pero su respiración laboriosa y entrecortada alarmó a su padre.

—¿Cómo has podido montar tan deprisa, querida? Sabes que no te sienta bien.

—Me sentía tan bien, papá, y disfrutaba tanto que se me ha olvidado.

St. Clare la llevó en brazos al salón, donde la depositó en el sofá.

—Henrique, debes cuidar de Eva —dijo—; no debes mon­tar deprisa con ella.

—Yo me encargaré de ella —dijo Henrique, sentándose junto al sofá y cogiéndole la mano a Eva.

Eva enseguida se puso mejor. Su padre y su tío volvieron a su partida, dejando a los niños juntos.

—¿Sabes, Eva? Siento que papá sólo se vaya a quedar dos días aquí, pues luego no te veré hasta dentro de muchísimo tiempo. Si me quedo contigo, intentaré ser bueno y no enfa­darme con Dodo y todo eso. No pretendo tratar mal a Dodo, pero, ¿sabes?, tengo muy mal genio. No me porto mal con él realmente, sin embargo. Le doy una moneda de vez en cuan­do, y puedes ver que viste bien. Creo que Dodo es muy afor­tunado en general.

—¿Tú te considerarías muy afortunado si no tuvieras cer­ca ni una sola persona que te amara?

—¿Yo? Pues claro que no.

—Pues tú has apartado a Dodo de todos los amigos que tenía y ahora no tiene ni una sola alma que lo quiera; así na­die puede ser bueno.

—Bien, pues no puedo remediarlo, que yo sepa. No pue­do traer a su madre y ni yo ni nadie que conozca puede amarlo personalmente.

—¿Por qué no? —preguntó Eva.

—¡Amar a Dodo! ¡Eva, no pretenderás que lo ame! Puede que me caiga bien, ¡pero no se puede amar a los criados!

—Pues yo los amo.

—¡Qué curioso!

—¿No dice la Biblia que hemos de amar a todo el mundo?

—¡Oh, la Biblia! Desde luego, dice muchas cosas parecidas, pero nadie pretende ponerlas en práctica, Eva, ¿sabes? Nadie.

Eva no habló; mantuvo los ojos fijos y pensativos durante unos momentos.

—En cualquier caso —dijo——, querido primo, ama a Dodo y sé bueno con él. ¡Hazlo por mí!

—Amaría a cualquiera por ti, querida prima, ¡pues creo que eras la criatura más hermosa que haya visto jamás! —dijo Henrique con una gravedad que hizo ruborizar su be­llo rostro. Eva lo escuchó con absoluta naturalidad, sin cam­biar el gesto, y dijo simplemente:

—¡Me alegro de que sientas eso, querido Henrique! ¡Espe­ro que te acuerdes!

La campana anunciando la comida dio fin a su entrevista.

CAPÍTULO XXIV. PRESAGIOS

Dos días después, se despidieron Alfred St. Clare y Au­gustine; y Eva, a quien la compañía de su joven pri­mo había animado a fatigarse más allá de lo que per­mitían sus fuerzas, empezó a debilitarse rápidamente. Por fin St. Clare se sintió dispuesto a pedir consejo médico, algo que había rechazado siempre por considerarlo como el reconoci­miento de una verdad insoportable.

Pero durante un día o dos, Eva se encontraba tan mal que se quedó confinada a la casa y llamaron al médico.

Marie St. Clare no se había fijado en la salud y las fuer­zas paulatinamente menguadas de su hija por estar total­mente absorta en el estudio de dos o tres síntomas nuevos de la enfermedad de la que se creía víctima ella misma. Era el primer principio de la creencia de Marie, según el cual nadie sufría ni había sufrido nunca tanto como ella, por lo que siempre rechazaba indignada la idea de que alguien de su entorno pudiera enfermar. Siempre estaba convencida, en tales casos, de que no era más que pereza o falta de energía; y que si hubieran padecido lo que ella, sabrían lo que es bueno.

La señorita Ophelia había intentado varias veces despertar su preocupación materna por Eva, pero en vano.

—A mí no me parece que le pase nada a la niña —de­cía—; corretea por ahí y juega.

—Pero tiene tos.

—¡Tos! ¡No hace falta que me digas a mí lo que es la tos! Yo siempre he sido propensa a la tos, toda mi vida. Cuando yo tenía la edad de Eva, creían que era tísica. Mi madre vela­ba conmigo noche tras noche. ¡Oh, la tos de Eva no tiene im­portancia!

—Pero se fatiga y se queda sin aliento.

—¡Caramba, eso me pasa a mí desde hace años! ¡Sólo son los nervios!

—Y suda tanto por las noches.

—Y yo también, desde hace diez años. Muchas veces se me empapa la ropa, noche tras noche. ¡No queda ni un hilo seco en mi camisón y las sábanas están tan mojadas que Mammy tiene que tenderlas para que se sequen! ¡Eva no suda de esa manera!

La señorita Ophelia cerró la boca durante una temporada. Pero ahora que Eva estaba postrada y visiblemente enferma y habían llamado al médico, Marie cambió de actitud de re­pente.

—Lo sé —decía—, siempre he sabido que era mi destino ser la más infeliz de las madres. Aquí estoy, con mi malísima salud, y mi única hija adorada se va a la tumba ante mis ojos y Marie sacaba a Mammy de la cama por la noche y des­potricaba y alborotaba con más ahínco que nunca durante el día en virtud de esta nueva desgracia.

—¡Querida Marie, no hables así! —dijo St. Clare—. ¡No debes rendirte tan fácilmente!

—¡Tú no tienes los sentimientos de una madre, St. Clare! ¡Nunca has podido comprenderme, y ahora tampoco!

—¡Pero no hables así, como si fuera un caso perdido!

—Yo no puedo aceptarlo con tanta indiferencia como tú, St. Clare. Si tú no padeces cuando tu única hija se encuentra en este estado alarmante, pues yo sí. Es un golpe demasiado fuerte para mí, encima de todo lo que sufría antes.

—Es verdad —dijo St. Clare— que Eva es muy delicada, siempre lo he sabido; y que ha crecido tan deprisa que se ha resentido su salud; y que la situación es crítica. Pero ahora mismo está postrada por el calor y por la emoción de la visi­ta de su primo y los excesos que ha cometido. El médico dice que podemos tener esperanzas.

—Desde luego, sé optimista, si eres capaz; las personas que no sois sensibles tenéis mucha suerte en esta vida. Yo quisiera no sentirme como me siento, ya lo creo. ¡Me hace sentir fatal! ¡Ojalá pudiera sentirme tan tranquila como to­dos los demás!

Y «todos los demás» tenían buenos motivos para compar­tir su deseo, ya que Marie utilizaba esta nueva desgracia como razón y excusa para todo tipo de martirio que infligía a todos los que la rodeaban. Cada palabra que pronunciaba alguien y cada acto que se hacía o no se hacía en cualquier si­tio no era sino una nueva prueba de que estaba rodeada de seres insensibles y despiadados que eran indiferentes a sus desdichas particulares. La pobre Eva oyó algunos de estos discursos, y lloró prolongada y amargamente de pena por su mamá, disgustada por causarle tanta aflicción.

Después de una semana o dos, mejoraron mucho los sín­tomas —una de esas treguas ilusorias con las que su enfer­medad inexorable ilusiona a un corazón anhelante, aun al borde de la tumba. Se oían de nuevo las pisadas de Eva en el jardín y en los balcones; volvía a reír y jugar; y su padre, en un arranque de esperanza, declaró que pronto estaría tan fuerte como cualquiera. Sólo la señorita Ophelia y el médico no se dejaron ilusionar por esta calma engañosa. También había otro corazón que tenía la misma certeza: el pequeño corazón de Eva. ¿Qué es lo que indica a veces tan tranquila y claramente al alma que le queda poco tiempo sobre la tie­rra? ¿Es el instinto secreto de la naturaleza al debilitarse o el latido impulsivo del alma al aproximarse a la inmortalidad? Sea lo que sea, una certeza serena, dulce y premonitoria de que el Cielo estaba cerca yacía en el corazón de Eva; serena como la luminosidad de la puesta del sol, dulce como el so­siego brillante del otoño, allí reposaba en su pequeño cora­zón, inquieto sólo por la pena que sentía por los que la que­rían tanto.

Porque la niña, aunque la atendían con tanta ternura y la vida se desplegaba ante ella con todo el resplandor que po­dían conferirle el amor y la riqueza, no sentía ninguna pesa­dumbre por su muerte.

En aquel libro donde ella y su sencillo amigo habían leído tantas veces juntos, había visto y asimilado la imagen de uno que ama a los niños pequeños; y mientras miraba y pensaba, El había dejado de ser una imagen o un dibujo del pasado le­jano para convertirse en una realidad viva y omnipresente. Su amor envolvía su corazón infantil con una ternura supe­rior a la mortal; y ella decía que era hacia Él y su hogar don­de se dirigía.

Pero su corazón anhelaba con triste ternura todo lo que había de dejar atrás. Su padre más que nada, porque Eva, aunque nunca lo había pensado de esa forma, tenía la per­cepción instintiva de que ella ocupaba un lugar más impor­tante en el corazón de él que ningún otro. Quería a su madre porque era una niña muy cariñosa y todo el egoísmo de aquélla sólo la apenaba y consternaba, porque tenía la con­fianza típica de los niños de que una madre no podía hacer nada mal. Había algo en ella que Eva nunca pudo compren­der, pero siempre lo pasaba por alto y pensaba que, después de todo, era su mamá y la quería muchísimo.

También sentía pena por los afectuosos y. fieles criados para los que ella era como la luz del sol. Los niños no suelen generalizar, pero Eva era una niña más madura que la mayo­ría, y los males que había presenciado del sistema bajo el que vivían habían llegado, uno por uno, al fondo de su corazón preocupado. Tenía unas vagas ansias de hacer algo por ellos, de bendecirlos y salvarlos no sólo a ellos sino a todos los de su misma condición, ansias que contrastaban tristemente con la debilidad de su pequeño cuerpo.

Tío Tom —dijo un día, mientras le leía a su amigo—, comprendo por qué Jesús quiso morir por nosotros.

—¿Por qué, señorita Eva?

—Porque yo también lo he sentido.

—¿Y qué es, señorita Eva? No comprendo.

—No te lo sé decir; pero cuando vi a aquellas pobres criaturas en el barco, ya sabes, cuando tú y yo ...; algunas ha­bían perdido a sus madres y otras a sus maridos y algunas madres lloraban a sus hijos... y cuando me enteré de lo de la pobre Prue, ¿no fue terrible?, y muchísimas veces más, he sentido que me gustaría morir si mi muerte pudiera poner fin a todo ese sufrimiento. Moriría por ellos, Tom, si pudiera —dijo la niña con seriedad, posando su pequeña mano sobre la de él.

Tom miró a la niña con reverencia; cuando ella, oyendo la voz de su padre, se alejó suavemente, pasó la mano muchas veces por los ojos al contemplarla.

—Es inútil intentar retener a la señorita Eva aquí —le dijo a Mammy cuando se encontró con ella un momento más tarde—. Tiene la señal del Señor en la frente.

—¡Ay, sí, sí! dijo Mammy alzando las manos—, siempre lo he dicho. Nunca ha tenido aspecto de ser una niña destina­da a vivir; siempre ha habido algo en el fondo de sus ojos. Se lo he dicho al ama muchas veces y ahora se hace realidad, to­dos lo vemos, ¡querida corderita del Señor!

Eva subió brincando los escalones del porche hacia su pa­dre. Era el final de la tarde y los rayos del sol formaban una especie de halo detrás de ella cuando se adelantó con su ves­tido blanco, su cabello dorado y sus mejillas encendidas, los ojos brillando con la luz de la fiebre que ardía en sus venas.

St. Clare la había llamado para enseñarle una figurilla que le acababa de comprar; pero su aspecto, al acercarse, lo im­presionó súbitamente de manera dolorosa. Existe una clase de belleza tan intensa y a la vez tan frágil que no soportamos contemplarla. Su padre la estrechó de repente en sus brazos y casi se le olvidó lo que iba a decirle.

—Eva, querida, te encuentras mejor estos días, ¿verdad?

—Papá —dijo Eva con una firmeza inesperada—, hace tiempo que hay unas cosas que te quería decir, hace mucho tiempo. Te las voy a decir ahora, antes de debilitarme.

St. Clare tembló y Eva se sentó en su regazo. Ésta apoyó la cabeza en su pecho y dijo:

—Es inútil, papá, que lo guarde más tiempo para mí. Se acerca la hora en la que tendré que dejarte. ¡Me voy y no vol­veré nunca! y Eva sollozó.

—¡Vamos, vamos, querida Eva! —dijo St. Clare, temblan­do pero animoso—, estás nerviosa y desalentada; no debes albergar unas ideas tan funestas. Mira, te he comprado una estatuilla.

—No, papá —dijo Eva, apartándola con suavidad—, no te engañes. No estoy mejor, lo sé perfectamente, y me iré dentro de poco. No estoy nerviosa, no estoy desalentada. Si no fuera por ti, papá, y todos mis amigos, sería muy feliz. Quiero irme, ¡estoy deseando irme!

—¿Por qué, querida hija? ¿Qué es lo que ha entristecido tu pobre corazoncito? Has tenido todo lo que se te podía dar para hacerte feliz.

—Preferiría estar en el Cielo. Sólo por mis amigos estaría dispuesta a vivir. Hay muchas cosas aquí que me entristecen y me parecen terribles; prefiero estar allí, pero no quiero dej­arte, ¡me rompe el corazón!

—¿Qué es lo que te entristece y te parece terrible, Eva?

—Oh, las cosas que se hacen una y otra vez, todo el tiem­po. Me siento entristecida por nuestra pobre gente; me quie­ren mucho y todos son buenos y amables conmigo. ¡Quisie­ra, papá, que todos estuvieran libres!

—Vaya, Eva, ¿no crees que están bastante bien ahora?

—Ay, papá, si te pasara algo a ti, ¿qué sería de ellos? Hay pocos hombres como tú, papá. El tío Alfred no es como tú y tampoco mamá; y ¡piensa en los amos de la pobre Prue! ¡Qué cosas más horribles hacen, y pueden hacer estas perso­nas! —y Eva se estremeció.

—¡Mi querida niña, eres demasiado sensible! Siento haber permitido que oyeras esas historias.

—Eso es lo que me preocupa, papá. Tú quieres que viva feliz y que no tenga nunca dolores, que no sufra, que ni si­quiera oiga una historia triste, cuando hay otras pobres cria­turas que no tienen más que dolores y penas toda su vida; pa­rece egoísta. ¡Debo saber esas cosas, y debo sentirlas! Siem­pre me han llegado al alma esas cosas, siempre han calado hondo en mí; he pensado mucho en ellas. Papá, ¿no hay ma­nera de que todos los esclavos sean libres?

—Es una cuestión difícil, querida. No hay duda de que este sistema es muy malo; muchas personas tienen esa opi­nión, y yo me cuento entre ellas. Quisiera que no hubiera ni un esclavo en todo el país; ¡pero no sé qué hacer para conse­guir eso!

—Papá, eres un hombre tan bueno, tan noble y amable y siempre tienes una forma tan agradable de decir las cosas, ¿no podrías ir por ahí y persuadir a la gente de que actúe correctamente en este asunto? Cuando yo haya muerto, papá, pensarás en mí y lo harás por mí. Yo lo haría si pudiera.

—¡Cuando hayas muerto, Eva! —dijo apasionadamente St. Clare—. ¡Ay, hija, no me hables de esas cosas! Eres lo úni­co que tengo en este mundo.

—El hijo de la pobre Prue era lo único que tenía ella, ¡y sin embargo tuvo que oírlo llorar y no podía remediarlo! Papá, estas pobres criaturas quieren a sus hijos tanto como tú me quieres a mí. ¡Haz algo por ellos! La pobre Mammy ama a sus hijos; la he visto llorar cuando hablaba de ellos. Y Tom ama a sus hijos; ¡y es terrible, papá, que ocurran estas cosas todo el tiempo!

—Vamos, vamos, cariño —dijo St. Clare, tranquilizándo­la—, no te aflijas; no hables de morirte, y haré cualquier cosa que me pidas.

—Y prométeme, querido papá, que Tom será libre en cuanto... —se detuvo, y luego dijo vacilante— yo me haya ido.

—Sí, querida, haré cualquier cosa, lo que tú me pidas.

—Querido papá —dijo la niña, juntando su mejilla ar­diente con la de él—, ¡ojalá pudiéramos ir juntos!

—¿Adónde, cariño? —preguntó St. Clare.

—A casa de nuestro Salvador; es tan tranquilo y pacífico allí, ¡todo es amor! —la niña hablaba sin darse cuenta, como si se tratara de un lugar donde había estado muchas veces—. ¿No quieres ir, papá?

St. Clare la estrechó más pero no dijo nada.

—Vendrás a buscarme —dijo la niña, hablando con un tono de sosegada certeza que a menudo utilizaba inconscien­temente.

—Yo te seguiré. Nunca te olvidaré.

Las sombras de la tarde solemne se cernían cada vez más oscuras a su alrededor, y St. Clare se quedó en silencio suje­tando el pequeño cuerpo junto a su pecho. Ya no volvió a ver sus ojos profundos pero oyó su voz como una voz del es­píritu y, en una especie de visión del juicio, toda su vida an­terior pasó en un momento ante sus ojos: las oraciones y los himnos de su madre; sus propias ansias y aspiraciones juve­niles de bondad; y, entre ellas y la hora presente, los años de mundanalidad y escepticismo, y lo que los hombres llaman vida respetable. Podemos pensar mucho, muchísimo, en un instante. St. Clare vio y sintió muchas cosas, pero no dijo nada; y, cuando cayó la noche, llevó a su hija a su cuarto; y, cuando estaba preparada para descansar, echó a sus cuidado­res y la meció entre sus brazos y le cantó hasta que se quedó dormida.

CAPÍTULO XXV. LA PEQUEÑA EVANGELISTA

Era el domingo por la tarde. St. Clare se encontraba echado en una tumbona de bambú en el porche, sola­zándose con un cigarro. Marie estaba reclinada en un sofá frente a la ventana que daba al porche, bien protegida, bajo un toldo de gasa transparente, de los ultrajes de los mos­quitos, con un devocionario elegantemente encuadernado en su lánguida mano. Lo sujetaba porque era domingo, y ha­cía ver que lo leía, aunque realmente echaba una serie de ca­bezadas con el libro abierto sobre el regazo.

La señorita Ophelia que, tras mucho buscar, había locali­zado una pequeña comunidad metodista a una distancia que podía cubrir con el coche, había salido para asistir al servicio con Tom de cochero; y Eva había ido con ellos.

—Oye, Augustine —dijo Marie después de dormitar un rato—, debo hacer venir al viejo doctor Posey de la ciudad; estoy segura de que tengo mal el corazón.

—Pero, ¿por qué lo llamas a él? El médico que atiende a Eva parece muy hábil.

—No me fiaría de él para un caso crítico —dijo Marie—; y creo que el mío empieza a serlo. Hace dos o tres noches que lo pienso; ¡tengo unos dolores tan angustiosos y unas sensaciones tan raras!

—¡Ay, Marie, qué melancólica estás! No creo que le pase nada a tu corazón.

—Seguro que tú no lo crees —dijo Marie—; ya me espera­ba eso. Tú te alarmas mucho si Eva tose o le pasa cualquier cosita, pero nunca piensas en mí.

—Si te resulta muy agradable tener una enfermedad del corazón, pues entonces intentaré creer que la tienes —dijo St. Clare—; no lo sabía.

—Bueno, ¡espero que no te arrepientas de esto cuando sea demasiado tarde! —dijo Marie—, pero, aunque no te lo creas, mi preocupación por Eva y los excesos que he come­tido con la querida niña han hecho desarrollarse lo que sos­pecho hace mucho tiempo.

Hubiera sido difícil saber cuáles eran los excesos de los que hablaba Marie. St. Clare se hizo este comentario a sí mismo en silencio y siguió fumando, como despiadado y duro de corazón que era, hasta que se detuvo un coche junto al por­che y se apearon Eva y la señorita Ophelia.

La señorita Ophelia se dirigió a su propia habitación ense­guida para guardar su sombrero y su chal, como era su cos­tumbre, antes de pronunciar una palabra sobre cualquier tema; mientras que Eva acudió a la llamada de St. Clare y se sentó en su regazo para contarle los detalles de la ceremonia a la que habían asistido.

Pronto oyeron unas ruidosas exclamaciones y violentos re­proches dirigidos a alguien, procedentes del cuarto de la se­ñorita Ophelia, que daba al porche, como el cuarto donde se hallaban sentados.

—¿Qué nuevas brujerías se habrá inventado Tops? —pre­guntó St. Clare—. Ella es la causante de este escándalo, estoy seguro.

Y un momento después apareció la señorita Ophelia, alta­mente indignada, arrastrando a la culpable con ella.

—¡Ven aquí fuera ahora mismo! —dijo—. ¡Se lo voy a contar a tu amo!

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó St. Clare.

—¡Ocurre que no voy a dejarme atormentar más por esta niña! ¡Es insoportable; no hay quien la aguante! La he ence­rrado y le he dado un himno para memorizar; ¡y lo que ha hecho ha sido fisgar dónde he puesto la llave y ha ido a mi escritorio y ha sacado el adorno de un sombrero y lo ha cortado para hacer unas chaquetas de muñeca! ¡Nunca he visto nada igual en toda mi vida!

—Ya te dije, prima —dijo Marie—, que descubrirías que no se puede educar a estas criaturas sin severidad. Si de mí dependiera —dijo, mirando con reproche a St. Clare—, la mandaría fuera y la haría azotar bien azotada. ¡La haría azo­tar hasta que no pudiera tenerse en pie!

—No lo dudo —dijo St. Clare—. ¿Qué me vas a contar a mí del maravilloso gobierno de la mujer? ¡No conozco más de una docena de mujeres que no sean capaces de medio ma­tar un caballo o a un criado si de ellas dependiera, sin hablar de los hombres!

—¡No sirve para nada tu pusilanimidad, St. Clare! —dijo Marie—. La prima es una mujer sensata y ella lo ve claro ahora, igual que yo.

La señorita Ophelia simplemente tenía la capacidad de in­dignación del ama de casa experimentada, que la estratagema y el estropicio de la niña habían despertado fácilmente; de hecho, muchas de nuestras lectoras femeninas tendrán que reconocer que ellas sentirían lo mismo en parecidas circuns­tancias; pero las palabras de Marie iban más allá e hicieron que se le pasara el enfado.

—No permitiría, por nada del mundo, que se tratara así a la niña —dijo— pero desde luego, Augustine, no sé qué ha­cer. La he enseñado e instruido y hablado hasta cansarme; la he pegado y castigado de todas las formas que se me han ocurrido, y está exactamente igual que estaba al principio.

—¡Ven aquí, Tops, sinvergüenza! —dijo St. Clare, hacien­do un gesto para que se acercara.

Topsy se acercó, con los duros ojos redondos centelleando y parpadeando con su habitual mezcla de recelo y burla.

—¿Qué te hace portarte así? —preguntó St. Clare, que no podía menos que sentirse divertido ante la expresión de la niña.

—Supongo que es mi corazón malvado —dijo Topsy con gazmoñería—; es lo que dice la señorita Feely.

—¿No te das cuenta de lo mucho que ha hecho por ti la señorita Ophelia? Dice que ha hecho todo lo que se le ha ocurrido.

—Sí, señor, amito. Mi antigua ama lo decía también. Ella me pegaba mucho más fuerte y me tiraba del pelo y me gol­peaba la cabeza contra la puerta, pero no servía de nada. Su­pongo que si me arrancaran cada cabello de la cabeza, tam­poco serviría de nada, porque soy muy mala. ¡Caramba, sólo soy una negra!

—Pues yo tendré que dejarla estar—dijo la señorita Ophe­lia—; ya no puedo preocuparme más.

—Bien, sólo quisiera hacerte una pregunta —dijo St. Clare. —¿Cuál?

—Bien, si tu evangelio no es lo bastante fuerte para salvar a una niña pagana que tienes aquí en casa para ti sola, ¿para qué sirve mandar a uno o dos pobres misioneros con él en­tre miles de ellos? Supongo que esta niña es un buen ejem­plo de cómo son los miles de paganos.

La señorita Ophelia no contestó enseguida; y Eva, que ha­bía presenciado la escena en silencio hasta ahora, hizo una seña a Topsy en silencio para que la siguiera. Había una pe­queña sala instalada en un extremo del porche, que solía utilizar St. Clare como una especie de sala de lectura; Eva y Topsy desaparecieron dentro.

—¿Qué estará haciendo Eva ahora? —preguntó St. Cla­re—; quiero verlo.

Y acercándose de puntillas, levantó una cortina que cubría la puerta de cristal para mirar dentro. Un momento después, poniendo un dedo ante los labios, hizo un gesto silencioso a la señorita Ophelia para que fuese a mirar también. Ahí esta­ban las dos niñas sentadas en el suelo con el perfil vuelto ha­cia ellos: Topsy, con su habitual actitud de burla desenfada­da, y, frente a ella, Eva, con el semblante ferviente de senti­miento y los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué te hacer ser tan mala, Topsy? ¿Por qué no intentas ser buena? ¿No amas a nadie, Topsy?

—No sé nada del amor; amo los caramelos y las chuche­rías, nada más —dijo Topsy.

—¿Pero amarás a tu padre y a tu madre?

—Nunca los he tenido, ya lo sabe. Ya se lo dije, señorita Eva.

—Ya lo sé —dijo Eva, triste—, pero ¿no has tenido un her­mano o una hermana o una tía o...?

—No, nada de eso; nunca he tenido nada ni a nadie.

—Pero Topsy, si intentaras ser buena, podrías...

—Nunca puedo ser nada más que una negra, por buena que sea —dilo Topsy—. Si pudieran despellejarme y conver­tirme en blanca, entonces lo intentaría.

—Pero la gente puede quererte, aunque seas negra, Topsy. La señorita Ophelia te querría si fueras buena.

Topsy soltó la carcajada breve y directa con la que tenía la costumbre de expresar incredulidad.

—¿No te lo crees? —preguntó Eva.

—No; ella no puede soportarme ¡porque soy negra! ¡Pre­feriría que la tocase un sapo! ¡No hay nadie que pueda amar a los negros y los negros no podemos hacer nada! ¡A mí no me importa! —dijo Topsy, poniéndose a silbar.

—¡Ay, Topsy, pobrecita, yo te quiero! —dijo Eva con un súbito estallido de emoción, poniendo su delgada manita en el hombro de Topsy—; yo te quiero porque no has teni­do padre, madre ni amigos, ¡porque has sido una niña pobre y maltratada! Yo te quiero y quiero que seas buena. Estoy muy enferma, Topsy, y no creo que vaya a vivir mucho tiem­po; y me apena muchísimo que seas tan traviesa. Quisiera que intentaras ser buena por mí; me quedaré poco tiempo contigo.

Los agudos ojos negros de la niña negra se llenaron de lá­grimas; grandes gotas brillantes fueron cayendo, una tras otra, para ir a parar sobre la pequeña mano blanca. ¡Sí, en ese momento, un rayo de verdadera fe, un rayo de amor divino había penetrado la oscuridad de su alma pagana! Bajó la ca­beza entre las rodillas y lloró y sollozó, mientras la hermosa niña, agachada sobre ella, parecía el cuadro de un ángel relu­ciente que se inclinaba para salvar a un pecador.

—¡Pobre Topsy! —dijo Eva—. ¿No sabes que Jesús nos ama a todos por igual? Tiene tantas ganas de quererte a ti como a mí. Te quiere igual que yo, sólo que más, porque Él es mejor que yo. Él te ayudará a ser buena, y podrás ir al cie­lo al final, y ser un ángel para siempre, exactamente igual que si fueras blanca. ¡Piensa en ello, Topsy: puedes ser uno de aquellos espíritus brillantes que salen en los cantos del tío Tom!

—¡Oh, querida señorita Eva, querida señorita Eva! —dijo la niña—, lo intentaré, lo intentaré; nunca me ha importado nada antes.

En este momento, St. Clare dejó caer la cortina.

—Me hace pensar en mi madre —dijo a la señorita Ophe­lia—. Lo que me decía ella es verdad: si queremos hacer que vean los ciegos, debemos estar dispuestos a hacer lo que hizo Jesucristo: llamarlos a nuestro lado y ponerla mano sobre ellos. —Siempre he tenido prejuicios contra los negros —dijo la señorita Ophelia— y es un hecho que nunca he podido so­portar que la niña me tocara; pero no creía que ella lo hubie­se notado.

—Puedes estar segura de que cualquier niño lo sabe —dijo St. Clare—; no se les puede ocultar eso. Pero yo creo que to­dos los esfuerzos del mundo por beneficiar a un niño y todos los bienes materiales que puedas darle nunca suscitarán un sentimiento de gratitud mientras persista esa sensación de re­pugnancia en el corazón; es una cosa curiosa, pero es así.

—No sé cómo voy a remediarlo —dijo la señorita Ophe­lia—; me resultan desagradables, sobre todo esta niña; ¿cómo puedo evitar sentirme así?

—Parece que Eva lo hace.

—¡Pero ella es tan cariñosa! Aunque, después de todo, sólo se parece a Jesucristo —dijo la señorita Ophelia—. Qui­siera parecerme a ella. Puede enseñarme una lección.

—Si fuera así, no sería la primera vez que un niño enseña­ra a un discípulo mayor —dijo St. Clare.

CAPÍTULO XXVI. LA MUERTE

No llores por aquellos que el velo del sepulcro ha tapado a nuestros ojos en la mañana de la vida.

El dormitorio de Eva era una habitación espaciosa que, como todas las demás habitaciones de la casa, daba al amplio porche. La habitación se comunicaba, por un lado, con la de sus padres y, por el otro, con la ocupada por la señorita Ophelia. St. Clare había seguido sus propios gus­tos a la hora de amueblar este cuarto en un estilo que guar­daba una peculiar armonía con la personalidad de su destina­taria. En las ventanas colgaban cortinas de muselina blanca y rosa, el suelo estaba cubierto por una moqueta que había mandado hacer en París, según un dibujo diseñado por él mismo con una cenefa de capullos y hojas de rosa en las ori­llas y rosas abiertas en el centro. La cama, las sillas y los sofás eran de bambú, trabajado en unas formas bellas y fantásticas. Sobre la cabecera de la cama había una peana de alabastro donde se alzaba la escultura de un hermoso ángel con las alas recogidas, que sostenía una corona de laurel. Aquí se sujeta­ban unas ligeras cortinas de gasa rosada a rayas, que servían de protección contra los mosquitos, un accesorio indispensa­ble en todos los dormitorios en ese clima. Los elegantes so­fás de bambú estaban repletos de almohadones de damasco de color rosa y por encima de ellos, prendidas de las manos de figuras esculpidas, colgaban cortinas de gasa parecidas a las de la cama. Había una mesa ligera de formas caprichosas en el centro de la habitación, sobre la que se erguía un jarrón de mármol de Paros que estaba tallado en forma de azucena blanca rodeada de capullos, que se mantenía siempre lleno de flores. Sobre esta mesa yacían los libros y los pequeños te­soros de Eva, junto con una magnífica escribanía de alabas­tro, que le había comprado su padre una vez que la vio em­peñada en mejorar su caligrafía. Había una chimenea en el dormitorio y sobre su repisa se alzaba una preciosa figura de Jesús rodeado de niños, con dos jarrones de mármol a cada lado, que Tom se enorgullecía y deleitaba en llenar de flores cada mañana. Las paredes estaban adornadas con dos o tres exquisitos cuadros de niños en diferentes actitudes. En resu­men, no se podían posar los ojos en ningún sitio sin encon­trarse con imágenes de infancia, de belleza y de paz. Los pe­queños ojos de su dueña nunca se abrían a la luz de la maña­na sin tropezar con algo que le llenaba el corazón de pensamientos hermosos y sosegadores.

Las fuerzas engañosas que habían animado a Eva durante algunos breves días se escapaban rápidamente; se oían cada vez menos sus ligeras pisadas en el porche y se la encontraba cada vez más a menudo reclinada en un pequeño canapé jun­to a la ventana abierta, con los grandes ojos profundos fijos en las olas de las aguas del lago.

Era a mediados de la tarde y se encontraba reclinada en este lugar, su Biblia medio abierta y sus dedos transparentes inertes entre las páginas, cuando de pronto oyó la voz de su madre hablando con tono agudo en el porche.

—¿Qué haces ahora, desvergonzada? ¿Qué nueva travesu­ra? Conque cogiendo flores, ¿eh? —y Eva oyó el sonido de un fuerte bofetón.

—¡Caramba, ama! Son para la señorita Eva —oyó decir a una voz que reconoció como la de Topsy.

—¡Para la señorita Eva! ¡Bonita excusa! ¿Crees que ella quiere tus flores, negra inútil? ¡Lárgate de aquí!

Eva se levantó inmediatamente del canapé y salió al porche.

—¡No, mamá! Quiero las flores; dámelas, por favor. ¡Las quiero!

—Pero, Eva, tu cuarto ya está lleno.

—No puedo tener demasiadas —dijo Eva—. Topsy, tráe­las aquí, ¿quieres?

Topsy, que estaba de pie de mal humor con la cabeza ga­cha, se acercó a ella y le ofreció las flores. Hizo esto con un aire de vacilación y timidez, muy diferente del descaro y la audacia que antes le fueran habituales.

—¡Es un ramo precioso! —dijo Eva al verlo.

Era un ramo bastante singular: un geranio de brillante co­lor escarlata y una sola camelia blanca, con sus hojas satina­das. Estaba preparado con claro gusto en cuanto al contraste de colores, y la posición de cada hoja había sido cuidadosa­mente estudiada.

Topsy parecía contenta cuando Eva dijo:

—Topsy, arreglas muy bien las flores. Toma —dijo— este jarrón que no tiene flores. Me gustaría que me preparases un ramo para él todos los días.

—¡Qué raro! —dijo Marie—. ¡Ya me dirás para qué quie­res algo así!

—No importa, mamá; a ti te da igual que lo haga Topsy, ¿verdad?

—Por supuesto, lo que tú quieras, querida. Topsy, ya has oído a tu joven ama; a ver si le haces caso.

Topsy hizo una pequeña reverencia y bajó la mirada; y al darse la vuelta, Eva vio deslizarse una lágrima por su negra mejilla.

—Verás, mamá, yo sabía que Topsy quería hacer algo por mí —dijo Eva a su madre.

—¡Tonterías! Sólo es porque le gusta hacer travesuras. Sabe que no debe coger flores, y por eso lo hace; no hay más. Pero si a ti te gusta que las coja, así sea.

—Mamá, creo que Topsy es diferente de cómo solía ser, intenta ser buena chica.

—Tendrá que intentarlo durante mucho tiempo si quiere ser buena ella —dijo Marie con una risa displicente.

—Bueno, pero ya sabes, mamá, la pobre Topsy siempre lo ha tenido todo en contra.

—No desde que está aquí, desde luego. Se le ha hablado y predicado y se ha hecho todo lo que se podía hacer por ella; y está igual de desagradable, y siempre lo estará. ¡Nunca con­seguirás hacer nada bueno de esa criatura!

—Pero, mamá, es tan diferente que te eduquen como a mí, con tantos amigos y tantas cosas para que seas buena y feliz; y ¡ser educada como ella lo ha sido toda su vida hasta que llegó aquí!

—Es muy probable —dijo Marie con un bostezo—. ¡Vaya, vaya, qué calor hace!

—Mamá, ¿verdad que tú crees que Topsy podría convertir­se en ángel, igual que cualquiera de nosotros, si fuera cristiana?

—¡Topsy! ¡Qué idea más ridícula! No se le podía ocurrir a nadie más que a ti. Pero supongo que es verdad.

—Pero, mamá, ¿no es Dios padre de ella tanto como nues­tro? ¿No es Jesús su salvador?

—Puede ser. Supongo que Dios creó a todo el mundo —dijo Marie—. ¿Dónde están mis sales?

—¡Ay, qué lástima, qué lástima! —dijo Eva, mirando el le­jano lago y hablando a medias para sí.

—¿Qué es una lástima? —preguntó Marie.

—Pues que alguien, cualquiera, que podría convertirse en ángel reluciente y vivir entre los ángeles, ¡pueda caer y caer sin que nadie le ayude! ¡Vaya por Dios!

—Bien, nosotros no podemos remediarlo; no vale la pena preocuparse, Eva. No sé qué se puede hacer; deberíamos es­tar agradecidas por las ventajas que tenemos.

—Yo no puedo —dijo Eva—. Me da tanta pena pensar en los pobres que no tienen ninguna.

—Eso es muy raro —dijo Marie—. A mí la religión me hace estar agradecida por mis ventajas.

—Mamá —dijo Eva—, quiero cortarme un poco de pelo, bastante.

—¿Para qué?

—Mamá, quiero dar un poco a mis amigos mientras aún pueda dárselo personalmente. ¿Quieres llamar a la tía para que venga a cortármelo?

Marie elevó la voz y llamó a la señorita Ophelia, que esta­ba en la habitación de al lado.

La niña se apartó a medias de las almohadas cuando entró y, sacudiendo sus largos rizos dorados, dijo juguetona:

—¡Vamos, tía, esquila la oveja!

—¿Qué pasa? —preguntó St. Clare, que entraba en ese momento con alguna fruta que había ido a cogerle.

—Papá, sólo quiero que la tía me corte un poco el pelo; tengo demasiado y me da calor en la cabeza. Además, quie­ro regalarlo.

La señorita Ophelia se acercó con las tijeras.

—Ten cuidado que no le estropees el aspecto —dijo su pa­dre—; corta por abajo, de donde no se note. Los rizos de Eva son mi orgullo.

—¡Ay, papá! —dijo Eva con tristeza.

—Sí, y quiero que se mantengan espléndidos hasta que te lleve a la plantación de tu tío para ver al primo Henrique —dijo St. Clare con tono alegre.

—Nunca iré allí, papá; voy a un país mejor. ¡Tienes que creerme! ¿No ves, papá, que cada día estoy más débil?

—¿Por qué te empeñas en que crea una cosa tan cruel, Eva? —preguntó su padre.

—Sólo porque es verdad, papá; si te lo crees ahora, puede que llegues a sentir sobre ello lo mismo que yo.

St. Clare apretó los labios y se quedó contemplando tris­temente los largos y hermosos rizos que, según se iban cor­tando, eran depositados uno tras otro en su regazo. Ella los cogía, los miraba muy seria y los enroscaba en sus delgados dedos, mirando ansiosamente a su padre de cuando en cuando.

—¡Es exactamente lo que presentía! —dijo Marie— es exactamente lo que me está minando la salud, día a día, y lle­vándome a la tumba, aunque nadie hace caso. Hace mucho que me he dado cuenta. St. Clare, verás dentro de poco que tengo razón.

—¡Lo que te proporciona un gran consuelo, sin duda! —dijo St. Clare con un tono seco y amargo.

Marie se recostó en el canapé y se cubrió la cara con un pa­ñuelo de batista.

Los claros ojos de Eva pasaron intensamente de uno al otro. Era la mirada serena y comprensiva de un alma libera­da a medias de sus ligaduras terrenales; era evidente que veía, sentía y apreciaba la diferencia que había entre ambos.

Hizo un gesto para llamar a su padre. Éste se acercó y se sentó junto a ella.

—Papá, mis fuerzas flaquean día a día y sé que me tengo que marchar. Hay algunas cosas que quiero decir y hacer... que debo hacer; y tú te opones a que diga una palabra sobre el tema. Pero ha de suceder y no se puede aplazar. Por favor, ¡deja que hable ahora!

—¡Hija mía, claro que te dejo! —dijo St. Clare, cubrién­dose los ojos con una mano y cogiendo la mano de Eva con la otra.

—Pues, entonces, quiero ver a toda nuestra gente reunida. Hay algunas cosas que debo decirles.

—Bien —dijo St. Clare, con un tono de seco sufrimiento. La señorita Ophelia mandó a un mensajero y poco des­pués se hallaban reunidos todos los criados en la habitación. Eva se recostó sobre las almohadas; el cabello le caía alre­dedor de la cara y las mejillas sonrosadas contrastaban dolo­rosamente con la blancura intensa de su cutis y las finas lí­neas de su cuerpo y sus facciones; fijó los grandes ojos espi­rituales con intensidad en cada uno de ellos.

A los sirvientes les embargó de pronto la emoción. El ros­tro espiritual, los largos mechones de cabello que yacían jun­to a ella sobre la cama, la cara oculta de su padre y los sollo­zos de Marie tocaron inmediatamente una fibra de la raza sensible e impresionable; y, al entrar, se miraban entre ellos y meneaban la cabeza. Había un profundo silencio, como en un funeral.

Eva se incorporó y miró larga e intensamente a cada uno. Todos estaban tristes y compungidos. Muchas de las mujeres tenían la cara hundida en el delantal.

—Os he hecho llamar, queridos amigos —dijo Eva— por­que os quiero. Os quiero a todos, y tengo algo que deciros, que quiero que recordéis siempre... Voy a dejaros. Dentro de unas semanas, ya no me veréis...

Aquí un estallido de gemidos, sollozos y lamentos pro­cedentes de todos los presentes interrumpió a la niña, aho­gando completamente su débil voz. Esperó un momento y luego, hablando con un tono que frenó el llanto de todos, dijo:

—Si me queréis, no debéis interrumpirme así. Escuchad lo que digo. Quiero hablaros de vuestras almas... Me temo que muchos de vosotros sois muy descuidados. Sólo pensáis en este mundo. Quiero que recordéis que existe un mundo be­llo donde está jesús. Voy allí y vosotros podéis ir allí tam­bién. Es tanto para vosotros como para mí. Pero si queréis ir allí, no debéis vivir una vida ociosa, despreocupada y vacía. Debéis ser cristianos. Debéis recordar que cada uno de voso­tros puede convertirse en ángel y podéis ser ángeles para siempre... Si queréis ser cristianos, Jesús os ayudará. Debéis rezarle a El, debéis leer...

La niña se detuvo, los miró con tristeza y dijo pesarosa:

—¡Pero, ay, si no sabéis leer, pobres criaturas! —y hundió el rostro en la almohada y lloró, y su llanto era acompañado por los sollozos reprimidos de sus oyentes, que estaban arro­dillados en el suelo.

—No importa —dijo, levantando la cara y sonriendo ani­mosa a través de las lágrimas—. He rezado por vosotros y sé que Jesús os ayudará aunque no sepáis leer. Hacedlo todo lo mejor que sepáis; rezad todos los días; rogad a Él para que os ayude, haced que os lean la Biblia siempre que podáis, y creo que os veré a todos en el cielo.

—Amén —respondieron Tom y Mammy y algunos de los mayores, que pertenecían a la iglesia metodista. Los jóvenes, más inconscientes y totalmente embargados por la emoción, sollozaban con la cabeza inclinada.

—Yo sé —dijo Eva— que todos me queréis.

—¡Sí, ay, sí, claro que la queremos, que Dios la bendiga! —contestaron involuntariamente todos.

—Sí, ya lo sé. No hay ni uno entre vosotros que no se haya portado siempre bien conmigo, y quiero daros algo que os haga pensar en mí cuando lo miréis: os voy a dar un rizo de mi cabello. Cuando lo miréis, recordad que os quería y que me he ido al cielo y que quiero veros a todos allí.

Es imposible describir la escena que tuvo lugar mientras rodearon a la niña entre lágrimas y sollozos y cogieron de su mano lo que les parecía una última muestra de su amor. Se hincaron de rodillas; sollozaron, rezaron, besaron la orilla de su vestido; y los mayores pronunciaban palabras de cariño, entremezcladas con oraciones y bendiciones, según la cos­tumbre de su raza sensible.

Al coger cada uno su regalo, la señorita Ophelia, inquieta por el efecto de tanta emoción sobre su pequeña paciente, indicaba a cada uno que saliera de la habitación.

Finalmente, todos se habían marchado menos Tom y Mammy.

—Toma, tío Tom dijo Eva—, uno precioso para ti. Ay, estoy muy contenta, tío Tom, de pensar que te veré en el cie­lo, pues estoy segura de que así será; ¡y a Mammy, mi queri­dísima Mammy! —dijo, rodeando amorosamente a su anti­gua niñera con los brazos—; sé que tú también estarás allí.

—¡Ay, señorita Eva, no podré vivir sin usted! —dijo la fiel criatura—. ¡Es como si se fuera todo de aquí a la vez! —y Mammy se abandonó a un arrebato de pena.

La señorita Ophelia empujó a Mammy y a Tom con sua­vidad hacia la salida, creyendo que se habían marchado ya todos; pero, al volverse, Topsy aún se encontraba allí.

—¿De dónde has salido tú? —preguntó bruscamente.

—Ya estaba aquí —dijo Topsy, apartando las lágrimas de sus ojos—. Ay, señorita Eva, he sido una mala chica, pero ¿no me dará uno a mí también?

—Sí, pobre Topsy, por supuesto que sí. Toma... cada vez que mires eso, recuerda que te quiero y que quería que fue­ras una buena chica.

—¡Ay, señorita Eva, ya lo intento! —dijo Topsy muy se­ria—, pero ¡Señor, es tan difícil ser buena! ¡Desde luego yo no estoy acostumbrada a serlo!

—Jesús lo sabe, Topsy; Él se apiada de ti y te ayudará.

Topsy, con los ojos ocultos por el delantal, fue conducida en silencio fuera de la habitación; al salir, guardó el aprecia­do rizo en su seno.

Después de marcharse todos, cerró la puerta la señorita Ophelia. Esta estimable señora también se había enjugado muchas lágrimas durante la escena; pero su preocupación por las consecuencias de tanta emoción en su joven protegi­da era su sentimiento predominante.

St. Clare había estado sentado todo el rato en la misma postura, con la mano ocultando los ojos. Después de mar­charse todos, se quedó igual.

—¡Papá! —dijo Eva, colocando su mano suavemente so­bre la de él.

Él se sobresaltó y se estremeció; pero no respondió. —¡Querido papá! —dijo Eva.

—¡No puedo! —dijo St. Clare levantándose—. ¡No puedo soportarlo!¡El Todopoderoso me ha tratado con mucha cruel­dad! y St. Clare pronunció estas palabras con cruel énfasis.

—Augustine, ¿Dios no tiene derecho a hacer lo que quie­ra con los suyos? —preguntó la señorita Ophelia.

—Quizás, pero no por eso es más fácil de soportar —dijo él con un acento seco, duro e implacable.

—¡Papá, me rompes el corazón! —dijo Eva, incorporándo­se para lanzarse a sus brazos—; ¡no debes sentirte así! y la niña lloró y sollozó con una violencia que alarmó a todos, con­siguiendo cambiar el rumbo de los pensamientos de su padre.

—¡Vamos, Eva, querida, calla, calla! Me he equivocado; he sido malo. Sentiré lo que tú quieras, haré lo que tú quie­ras, pero no te angusties así, no llores así. Me resignaré; he hecho mal hablando como lo he hecho.

Pronto Eva se quedó como una paloma fatigada en brazos de su padre y él se inclinaba hacia ella y la tranquilizaba con todas las palabras afectuosas que se le ocurrían.

Marie se levantó y se precipitó fuera de la habitación en dirección a la suya propia, donde se abandonó a un violento ataque de histeria.

—No me has dado un rizo, Eva —dijo su padre con una sonrisa triste.

—Son todos tuyos, papá —dijo ella sonriente—, tuyos y de mamá; y debes dar a la tía todos los que quiera. Sólo se los he dado a nuestros pobres criados yo misma porque pue­de que nadie se acuerde de hacerlo cuando me haya ido y porque espero que les ayude a recordar... Tú eres cristiano, ¿verdad, papá? —preguntó Eva titubeante.

—¿Por qué me lo preguntas?

—No lo sé. Eres tan bueno que no creo que tengas más re­medio que serlo.

—¿Qué significa ser cristiano, Eva?

—Querer a Cristo sobre todas las cosas —dijo Eva.

—¿Y tú lo haces, Eva?

—Desde luego que sí.

—Nunca lo has visto —dijo St. Clare.

—Eso no importa —dijo Eva—. Creo en Él y dentro de unos días lo veré y su joven rostro se iluminó con fervien­te euforia.

St. Clare no dijo nada más. Era un sentimiento que ya ha­bía visto en su madre; pero no hacía vibrar ninguna cuerda dentro de él.

Después de esto, Eva empeoró muy deprisa; yo no había duda sobre el desenlace; la esperanza más sublime no podía negarlo. Su hermoso cuarto se convirtió en una enfermería manifiesta y la señorita Ophelia cumplía las obligaciones de una enfermera día y noche; sus amigos nunca habían apre­ciado tanto su valía como en esta faceta. Con una mano y un ojo tan bien entrenados, con tan perfecta eficiencia y prácti­ca en todos los artes que pudieran aumentar el orden y el confort y mantener oculto todo signo desagradable de la en­fermedad, con un sentido perfecto de la oportunidad, una cabeza tan despejada y clara, una exactitud total para recor­dar cada receta e indicación del médico, ella lo era todo. Los que se encogían de hombros por sus pequeñas idiosincrasias y manías, tan diferentes de la laxitud despreocupada de los sureños, reconocieron ahora que era la persona idónea para ese momento.

El tío Tom pasaba mucho tiempo en el cuarto de Eva. La niña padecía una inquietud nerviosa y le aliviaba mucho que la llevaran en brazos; para Tom, su mayor placer era llevar su frágil cuerpecillo sobre una almohada en sus brazos, a veces paseando por su habitación y a veces por el porche; y cuan­do soplaban las frescas brisas del lago y ella se sentía con más fuerzas por la mañana, a veces paseaba con ella entre los na­ranjos de la huerta o se sentaba con ella en alguno de sus an­tiguos bancos para cantarle sus viejos himnos preferidos.

Muchas veces su padre hacía lo mismo; pero era de cons­titución más delicada y, cuando se cansaba, Eva solía decirle: —¡Oh, papá, deja que me lleve Tom! ¡El pobre! A él le gusta y sabes que es lo único que puede hacer ahora y quie­re hacer algo.

—¡Yo también, Eva! —dijo su padre.

—Pero papá, tú lo puedes hacer todo y lo eres todo para mí. Me lees, te quedas levantado conmigo por las noches; y Tom sólo tiene esto y sus cantos; y también sé que es más fá­cil para él que para ti. ¡Me lleva con tanta fuerza!

Tom no era el único que sentía el deseo de hacer algo. Cada sirviente de la casa compartía el mismo sentimiento y, a su manera, hacía lo que podía.

El corazón de la pobre Mammy suspiraba por estar con su adorada niña, pero no encontraba ocasión para ello, noche o día, porque Marie declaró que su estado mental era tal que le era imposible descansar y, por supuesto, iba contra sus prin­cipios dejar descansar a los demás. Despertaba a Mammy veinte veces durante la noche para que le frotara los pies, re­frescara la cabeza, buscara su pañuelo, fuera a ver qué era el ruido del cuarto de Eva, a bajar una cortina porque había de­masiada luz o a levantarla porque había poca; y, durante el día, cuando hubiera querido ayudar a cuidar a su favorita, Marie demostraba un ingenio fuera de lo común para man­tenerla ocupada en otros lugares de la casa o cerca de ella misma, por lo que lo único que conseguía eran entrevistas clandestinas y visitas fugaces.

—Considero que es mi deber cuidar especialmente de mí misma en estos momentos —decía Marie—, pues estoy muy débil y recaen sobre mí todos los cuidados de la queri­da niña.

—Vaya, querida —decía St. Clare—, creía que nuestra pri­ma te relevaba de ese deber.

—Hablas como un hombre, St. Clare, como si fuera posi­ble relevarle a una madre de cuidar de un hijo en semejante estado; pero siempre es igual, ¡nadie sabe nunca lo que pa­dezco! ¡Yo no puedo olvidarme de las cosas, como tú!

St. Clare sonrió. Tenéis que perdonarle, porque no pudo evitarlo; St. Clare aún tenía la capacidad de sonreír. El viaje de despedida de la pequeña era tan luminoso y apacible, unas brisas tan dulces y fragantes impulsaban la barca a la orilla celestial, que era imposible darse cuenta de que se apro­ximaba la muerte. La niña no sufría dolores, sólo una debili­dad tranquila y suave, que aumentaba diariamente casi sin que se dieran cuenta; y ella estaba tan bella, tan cariñosa, tan confiada y tan feliz que nadie podía resistirse a la influencia apaciguadora del aire de inocencia y paz que parecía envol­verla. St. Clare notó cómo lo envolvía un extraño sosiego. No era esperanza: eso era imposible; no era resignación; sólo era un tranquilo descanso en el presente, que le parecía tan bello que no quería pensar en el futuro. Era como el silencio espiritual que experimentamos en los luminosos y benignos bosques en el otoño, cuando los árboles se tiñen de un rubor brillante y febril y se ven las últimas flores rezagadas junto al arroyo; y lo disfrutamos todo mucho más sabiendo que pronto desaparecerá.

El amigo que más sabía de los pensamientos y presagios de Eva era su fiel portador, Tom. A él le decía cosas que no quería que preocuparan a su padre. Con él compartía las in­timaciones misteriosas que experimenta el alma cuando las cuerdas empiezan a aflojarse antes de abandonar la tierra para siempre.

Al final, Tom no dormía en su propio cuarto sino que pa­saba toda la noche en el porche exterior, preparado para le­vantarse en cuanto lo llamaran.

—Tío Tom, ¿por qué demonios te ha dado por dormir en cualquier lado como un perro? —preguntaba la señorita Ophelia—. Yo creía que eras una persona disciplinada, y que te gustaba dormir en la cama como un buen cristiano.

—Sí me gusta, señorita Feely —decía Tom con tono mis­terioso—, sí me gusta, pero ahora...

—Ahora, ¿qué?

—No debemos hablar fuerte para que no nos oiga el seño­rito St. Clare; pero, señorita Feely, usted sabe que alguien tie­ne que esperar la llegada del novio.

—¿Qué quieres decir, Tom?

—Sabe usted lo que pone en las Sagradas Escrituras: «A medianoche hubo un gran alboroto. Mirad, se acerca el no­vio.» Eso es lo que yo espero ahora, noche tras noche, seño­rita Feely; y no puedo dormir donde no lo pueda oírlo.

—¿Qué te hace creerlo, tío Tom?

—Es por lo que me cuenta la señorita Eva. El Señor envía su mensajero al alma. Debo estar allí, señorita Feely, porque cuando esa niña bendita entre al reino, abrirán tanto la puer­ta que podremos asomarnos a ver la gloria, señorita Feely.

—Tío Tom, ¿ha dicho la señorita Eva que se sentía peor que de costumbre esta noche?

—No, pero me dijo esta mañana que se acercaba; ellos se lo dicen a la niña, señorita Feely. Son los ángeles; «es el soni­do de la trompeta antes del alba» —dijo Tom, citando uno de sus himnos preferidos.

Este diálogo tuvo lugar entre la señorita Ophelia y Tom una noche entre las diez y las once, cuando, después de dis­poner todas las cosas para la noche, ella iba a echar el cerro­jo de la puerta y se encontró con Tom, que yacía junto a la puerta en el porche exterior.

No era nerviosa ni impresionable, pero los modales solem­nes y sinceros de Tom le llamaron la atención. Eva había es­tado más contenta y alegre de lo normal aquella tarde cuan­do, incorporada en su cama, repasaba todas sus queridas ba­ratijas y tesoros y designaba a qué amigos quería que se entregasen; estaba más animada y su voz más natural de lo que habían presenciado durante semanas. Después de visitar­la por la noche, su padre dijo que parecía más la de antes que desde el inicio de su enfermedad; y cuando le dio el beso de buenas noches, le dijo a la señorita Ophelia:

—Prima, puede que se quede con nosotros después de todo; está mucho mejor.

Y se retiró a dormir con el corazón más ligero que en mu­chas semanas.

Pero a medianoche, hora extraña y mística, cuando se acla­ra el velo entre el frágil presente y el eterno futuro, ¡llegó el mensajero!

Se oyó en el dormitorio primero el sonido de las pisadas de alguien caminando deprisa. Era la señorita Ophelia, que había decidido velar a su pequeña paciente toda la noche y, al filo de la medianoche, observó lo que las enfermeras expe­rimentadas suelen llamar intencionadamente «un cambio». La puerta exterior se abrió enseguida y en un momento esta­ba alerta Tom, que vigilaba fuera.

—¡Ve a por el médico, Tom, sin perder un momento! —dijo la señorita Ophelia, y cruzó la habitación para llamar a la puerta de St. Clare.

—Primo —dijo—, quiero que vengas.

Estas palabras cayeron sobre su corazón como paladas de tierra sobre un ataúd. ¿Por qué? En un instante se levantó, acudió al dormitorio y se inclinó sobre Eva, que aún dormía.

¿Qué fue lo que vio que le paralizó el corazón? ¿Por qué no medió palabra entre ellos? Tú lo sabrás, que has visto la misma expresión en una cara querida, esa mirada indescripti­ble, desesperanzada e inconfundible que te dice que tu ser querido ya no es tuyo.

Sin embargo, en el semblante de la niña no había ninguna marca espantosa; sólo una expresión noble y casi sublime, la presencia dominante de naturalezas espirituales, los albores de la vida inmortal en el alma infantil.

Se quedaron tan inmóviles mirándola que incluso el tictac del reloj parecía demasiado fuerte. Unos momentos más tar­de, regresó Tom con el médico. Éste entro, le dirigió una mi­rada y se quedó tan callado como los demás.

—¿Cuándo tuvo lugar este cambio? —preguntó a la seño­rita Ophelia en un leve susurro.

—Al filo de la medianoche —fue la respuesta.

Marie, despertada por la llegada del médico, apareció de repente desde la habitación de al lado.

—¡Augustine!, ¡prima! ¿Qué ocurre? —empezó brusca­mente a decir.

—¡Calla! —dijo St. Clare con voz ronca—. ¡Se muere!

Mammy oyó sus palabras y corrió a despertar a los cria­dos. Pronto toda la casa estaba levantada; se encendieron lu­ces, se oyeron pisadas, el porche se llenó de caras ansiosas, que miraban entre lágrimas a través de las ventanas; pero St. Clare no oía ni veía nada. Sólo veía aquella mirada en el sem­blante de la pequeña durmiente.

—¡Ojalá se despierte y hable una vez más! —dijo; e incli­nándose sobre ella, le dijo al oído:

—¡Eva, cariño!

Se abrieron los grandes ojos azules; una sonrisa iluminó su rostro; intentó incorporarse para hablar.

—¿Me conoces, Eva?

—Querido papá —dijo la niña con un último esfuerzo, rodeándole el cuello con los brazos. Un momento después, se aflojaron y cayeron, cuando St. Clare levantó la mirada, vio un espasmo de agonía mortal cruzar su rostro; ella jadeó y alzó las pequeñas manos.

—¡Ay, Dios, esto es terrible! —dijo él, volviéndole la es­palda y retorciéndole la mano a Tom, casi sin darse cuenta de lo que hacía—. ¡Ay, Tom, muchacho, esto me está matando!

Tom tenía cogida la mano de su amo entre las suyas, y, con las lágrimas cayéndole a chorro por las mejillas negras, buscó ayuda allá arriba donde solía buscarla.

—¡Reza porque sea lo más corto posible! —dijo St. Cla­re—. ¡Me destroza el corazón!

—¡Ay, Dios santo, ya ha acabado; ha acabado, querido amo! —dijo Tom—. ¡Mírela!

La niña yacía jadeante y como agotada en la cama, con los grandes ojos claros mirando fijamente hacia arriba. ¡Ay, lo que expresaban aquellos ojos, que decían tanto del cielo! La tierra y los dolores terrenales ya se habían quedado atrás, pero el misterio y el triunfante resplandor de su semblante eran tales que sofocaban incluso los sollozos de dolor. Todos se congregaron en tomo a ella conteniendo el aliento.

—Eva —dijo St. Clare con ternura.

Ella no lo oyó.

—¡Ay, Eva, dinos qué ves! ¿Qué es? —preguntó su padre. Una sonrisa gloriosa iluminó su rostro y dijo, con voz quebrada:

—¡Oh, amor... felicidad... paz! —y con un suspiro pasó de la muerte a la vida.

«¡Adiós, querida niña! Las brillantes puertas eternas se han cerrado a tus espaldas; no veremos más tu dulce rostro. ¡Ay de los que hemos visto tu entrada en el cielo, cuando desper­temos para encontramos a solas con las nubes grises de la vida cotidiana, pues tú te has marchado para siempre!»

CAPÍTULO XXVII. «ESTO ES LO ÚLTIMO DE LA TIERRA»

En el cuarto de Eva se envolvieron con paños blancos las estatuillas y los cuadros, no se oía nada más que respi­ración contenida y pisadas apagadas y la luz se filtraba con solemnidad a través de las ventanas parcialmente cega­das por las persianas.

La cama fue tapizada de blanco y allí, bajo la figura incli­nada del ángel, yacía un pequeño cuerpo, dormido para no despertarse más.

Ahí yacía, vestida con uno de los sencillos vestidos blan­cos que solía llevar en vida; la luz rosácea que se irradiaba a través de las cortinas daba un tinte cálido al frío glacial de la muerte. Las pesadas pestañas se apoyaban suavemente sobre las inocentes mejillas; la cabeza estaba vuelta, como en un sueño natural, pero cada línea de su cara estaba marcada por esa elevada expresión sobrenatural, mezcla de éxtasis y sere­nidad, que demostraba que no era un sueño terrenal pasaje­ro sino el largo reposo celestial que «Él da a sus amados».

¡No existe la muerte para alguien como tú, Eva! Ni las ti­nieblas ni la sombra de la muerte; sólo un desvanecimiento luminoso como el del lucero del alba ante la luz dorada del amanecer. Tuya es la victoria sin batalla, la corona sin lucha.

Eso pensaba St. Clare mientras la miraba de pie con los brazos cruzados. ¡Ay! ¿Quién puede decir lo que pensaba? Porque desde el momento en que dijeron las voces en el cuarto de la moribunda «se ha ido», todo era una neblina melancólica, una pesada «angustia oscura». Oía voces a su al­rededor; le hacían preguntas que él contestaba; le pregunta­ban dónde quería que se celebrase el funeral y dónde debían enterrarla; y él contestaba, impaciente, que no le importaba.

Adolph y Rosa habían arreglado la habitación; aunque velei­dosos, frívolos e infantiles, eran también sentimentales y com­pasivos; mientras que la señorita Ophelia presidía los detalles generales del orden y del aseo, fueron las manos de ellos las que aportaron los toques tiernos y poéticos que erradicaron del cuarto mortuorio ese aire melancólico y sombrío que caracteri­za con demasiada frecuencia los funerales de Nueva Inglaterra.

Aún quedaban flores sobre las repisas, todas blancas, deli­cadas y fragantes, con elegantes y lánguidas hojas. En la me­sita de Eva, cubierta por un tapete blanco, estaba su jarrón fa­vorito con una sola rosa musgosa de color blanco. Rosa y Adolph habían ordenado una y otra vez la caída de las tapi­cerías y los pliegues de las cortinas con el refinamiento de de­talle que caracteriza a su raza. Incluso en este momento, mientras St. Clare estaba de pie pensando, la pequeña Rosa se deslizó suavemente dentro de la habitación con una cesta de flores blancas. Se apartó un poco cuando vio a St. Clare, deteniéndose respetuosamente; pero, al darse cuenta de que él no la veía, se adelantó para disponer las flores en tomo a la difunta. St. Clare, como entre sueños, la vio poner en las pequeñas manos un hermoso jazmín y dispersar otras flores, con un gusto exquisito, alrededor de la cama.

La puerta se abrió de nuevo y apareció Topsy con los ojos hinchados del llanto y sujetando alguna cosa bajo el delantal. Rosa le hizo un gesto rápido de prohibición, pero ella se adentró en la habitación.

—¡Debes irte —dijo Rosa, con un susurro penetrante y de­sabrido—, no tienes nada que hacer aquí!

—¡Oh, déjame, por favor! Le he traído una flor tan boni­ta —dijo Topsy, levantando una rosa de té a medio abrir—. ¡Por favor, déjame poner sólo ésta!

—¡Vete! —dijo Rosa con mayor decisión.

—¡Deja que se quede! —dijo St. Clare dando un fuerte pi­sotón en el suelo—. ¡Que se quede!

Rosa retrocedió bruscamente y Topsy se adelantó para co­locar su ofrenda a los pies del cadáver; después, con un grito salvaje y amargo, se dejó caer en el suelo junto a la cama y lloró y gimió ruidosamente.

La señorita Ophelia acudió apresurada al cuarto e intentó levantarla y hacerle callar, pero sin éxito.

—¡Ay, señorita Eva, señorita Eva! ¡Ojalá estuviera muerta yo también!

La fiereza de su lamento traspasaba el corazón; la sangre tiñó el semblante blanco y marmóreo de St. Clare y las pri­meras lágrimas derramadas desde la muerte de Eva le llena­ron los ojos.

—¡Levántate, niña —dijo la señorita Ophelia con voz más tierna—, no llores así! La señorita Eva se ha ido al cielo: ¡es un ángel!

—¡Pero yo no la veo! —dijo Topsy—. ¡No la veré nunca más! —y sollozó nuevamente.

Todos se quedaron callados durante un momento.

—¡Ella dijo que me quería —dijo Topsy—, lo dijo! ¡Oh, Dios mío, ahora ya no queda nadie, nadie!

—Es verdad —dijo St. Clare, y, dirigiéndose a la señorita Ophelia, dijo— a ver si puedes consolar a la pobre criatura.

—¡Quisiera no haber nacido! —dijo Topsy—. Yo no que­ría nacer de ninguna manera, y no sé para qué nací.

La señorita Ophelia la levantó suavemente aunque con fir­meza y la acompañó fuera del cuarto; pero mientras lo hacía, le cayeron algunas lágrimas de los ojos.

—¡Topsy, pobrecita —dijo al conducirla a su habitación—, no te rindas! ¡Yo puedo quererte, aunque no sea como aque­lla querida niña! Espero que ella me haya enseñado algo so­bre el amor de Jesucristo. Yo puedo quererte; te quiero y pro­curaré ayudarte a crecer como buena cristiana.

La voz de la señorita Ophelia expresaba más que sus pala­bras y más aun las sinceras lágrimas que resbalaban por su ros­tro. A partir de ese momento, adquirió una influencia sobre la mente de la niña desconsolada que ya no perdería nunca.

«¡Ay, la breve hora de mi querida Eva sobre la tierra ha he­cho tanto bien!», pensaba St. Clare, «¿qué he aportado yo en mis largos años?».

Durante un rato se sucedieron leves susurros y pisadas en el dormitorio mientras entraban uno tras otro para contem­plar a la muerta; luego llegó el pequeño ataúd; luego hubo un funeral, durante el que acudieron carruajes a la puerta y entraron extraños y se sentaron; y hubo pañuelos y cintas blancas y personas vestidas de luto y con franjas de crespón negro en los brazos; y hubo palabras leídas en la Biblia y oraciones rezadas; y St. Clare vivía y caminaba y se movía como alguien que ha derramado todas sus lágrimas; hasta el último momento, sólo veía una cosa: la cabecita dorada del ataúd; pero luego vio cómo la cubrieron con un paño y ce­rraron la tapa del ataúd; y caminó, cuando lo colocaron jun­to a los demás, hasta un lugar al fondo del jardín, donde, junto a un banco musgoso donde tantas veces conversaron, cantaron y leyeron ella y Tom, se encontraba la pequeña se­pultura. St. Clare se puso junto a ella y miró hacia abajo sin ver; después vio cómo bajaban el pequeño ataúd; oyó indis­tintamente las palabras solemnes: «Yo soy la resurrección y la vida; el que crea en mí, aunque muera, vivirá»; y mientras echaron dentro la tierra para llenar la pequeña tumba, no era capaz de darse cuenta de que era su Eva la que escon­dían a su vista.

¡Y no lo era: no era Eva sino la frágil semilla del cuerpo brillante e inmortal con el que se presentará en el día del Se­ñor Jesús!

Y después todos se marcharon y volvieron los dolientes al lugar que no habría de verla más; la habitación de Marie es­taba a oscuras y ella yacía en la cama, sollozando y lamentán­dose con una pena incontrolable, llamando a cada momen­to a todos los criados. Por supuesto ellos no tuvieron tiempo de llorar, ¿por qué habrían de tenerlo? La pena era de ella y estaba totalmente convencida de que no había nadie en el mundo que la sintiera o pudiera sentirla tanto como ella.

—St. Clare no derramó ni una lágrima —dijo—; no sintió su muerte; es increíble pensar lo duro e insensible que es, ya que debe de saber lo que sufro yo.

Las personas somos esclavos de nuestros ojos y oídos has­ta tal punto que muchos criados creyeron realmente que el ama era la más afectada, sobre todo cuando Marie empezó a padecer ataques de histeria y mandó llamar al médico y final­mente declaró que se moría; y las carreras y correteos, las idas y venidas con bolsas de agua y paños calientes, las riñas y las disputas que siguieron les proporcionaron una tremenda dis­tracción.

Tom, sin embargo, tenía un sentimiento dentro de su pro­pio corazón que lo atraía hacia su amo. Lo seguía allá donde fuera, triste y nostálgico; y cuando lo veía sentado, tan páli­do e inmóvil, en la habitación de Eva, con la pequeña Biblia de ésta abierta ante sus ojos sin ver ni una palabra de su conte­nido, los ojos secos y estáticos de él le daban mucho más pena a Tom que todos los gemidos y lamentaciones de Marie.

En unos pocos días, la familia St. Clare volvió a la ciudad; Augustine, por el desasosiego del dolor, añoraba otras esce­nas que cambiasen el curso de sus pensamientos. Así aban­donaron la villa y el jardín, con su pequeña tumba, y regresa­ron a Nueva Orleáns. St. Clare caminaba apresuradamente por las calles y procuraba llenar el vacío de su corazón con prisas y bullicio y el cambio de lugar; y los que lo veían por la calle o coincidían con él en el café sólo se enteraban de su pérdida por la cinta de crespón de su sombrero. Porque allí estaba, sonriendo y charlando, leyendo el periódico, especu­lando sobre la política y atendiendo a los negocios; y ¿quién podía ver que este exterior sonriente no era más que una hue­ca cáscara para ocultar un corazón como un sepulcro oscuro y silencioso?

—St. Clare es un hombre singular —se quejó Marie a la señorita Ophelia—. Solía pensar que si había alguna cosa que amaba sobre la tierra, era a la pequeña Eva; pero parece que la está olvidando con gran facilidad. No consigo hacerle hablar de ella nunca. ¡Realmente creía que tendría más senti­mientos!

—La procesión va por dentro, como suelen decir —dijo la señorita Ophelia, hablando como un oráculo.

—Pues yo no me creo esas cosas; sólo son patrañas. Si las personas tienen sentimientos, lo demuestran, no pueden evitarlo; pero es una gran desgracia tener sentimientos. Preferi­ría ser como St. Clare. ¡Cómo me agobian mis sentimientos!

—Pero, ama, el señorito St. Clare se está quedando en los huesos. Dicen que no prueba bocado dijo Mammy—. Yo sé que no se olvida de la señorita Eva. ¡Nadie podría olvidar a la queridísima y bendita niña! —añadió, secándose los ojos.

—Pues, en todo caso, no me tiene ninguna consideración a mí —dijo Marie—; no me ha dicho ni una palabra de con­miseración y debe de saber que una madre siente muchísimo más que un hombre.

—El corazón conoce su propia amargura —dijo la señori­ta Ophelia muy seria.

—Es exactamente lo que yo pienso. Yo sé lo que siento y nadie más parece saberlo. Eva lo sabía, pero ¡se ha ido! —y Marie se recostó en el diván y comenzó a llorar des­consoladamente.

Marie era uno de esos desafortunados mortales a cuyos ojos lo que se ha perdido adquiere un valor que nunca tuvo mientras lo poseía. Sólo observaba lo que poseía para encon­trarle fallos, pero una vez lo perdía, no había límite al apre­cio que le merecía.

Mientras tenía lugar esta conversación en el salón, se cele­braba otra en la biblioteca de St. Clare.

Tom, que siempre seguía inquieto a su amo a todas partes, lo había visto entrar en la biblioteca unas horas antes y, tras esperar en vano que volviera a salir, decidió entrar con un pretexto. Entró silenciosamente. St. Clare estaba tumbado en el sofá en el otro extremo de la habitación. Yacía boca abajo con la Biblia de Eva abierta ante él a poca distancia. Tom se acercó y se quedó junto al sofá. Mientras vacilaba, St. Clare se incorporó de pronto. El honrado semblante, tan lleno de dolor y con una expresión tan suplicante de cariño y compasión calaron hondo en su amo. Puso la mano sobre la de Tom y apoyó en ella la cabeza.

—¡Ay, Tom, muchacho, el mundo entero está tan vacío como una cáscara de huevo!

—Lo sé, amo, lo sé —dijo Tom—; pero, ¡ay, si el amo pu­diera ver allá arriba, donde está la señorita Eva, donde está el Señor Jesús!

—Ay, Tom, yo miro, pero el problema es que no veo nada. ¡Ojalá pudiera!

Tom suspiró pesadamente.

—Parece ser un don de los niños y de los tipos pobres y honrados como tú ver lo que no vemos los demás —dijo St. Clare—. ¿Por qué es así?

—Te has ocultado a los sabios y a los prudentes y te has mostrado a los infantes —murmuró Tom—, es así, Padre, porque a tus ojos parecía bueno.

—Tom, no creo, no consigo creer... tengo la costumbre de dudar —dijo St. Clare—. Quiero creer en esta Biblia y no puedo.

—Querido amo, rece al buen Señor. «Señor, yo creo; re­media mi descreimiento.»

—¿Quién sabe nada sobre nada? —dijo St. Clare para sí con los ojos vagando soñadores—. Todo ese amor y esa fe hermosa ¿eran sólo una de las fases siempre cambiantes del sentimiento humano, sin ninguna base real, que desaparecen al menor soplido? ¿No hay más Eva...? ¿No hay cielo...? ¿No hay Cristo...? ¿No hay nada?

—¡Ay, querido amo, sí hay, lo sé! —dijo Tom, arrodillán­dose—. ¡Por favor, por favor, amo, créaselo!

—¿Cómo sabes que existe Jesucristo, Tom? Tú nunca has visto al Señor.

—Lo he sentido en el alma, amo, cuando me separaron de mi vieja y mis hijos. Estaba casi destrozado del todo. Sentía que no quedaba nada. Y entonces, el buen Señor se puso a mi lado y me dijo: «No tengas miedo, Tom» y trajo luz y ale­gría a mi alma, y paz; y me siento tan feliz y amo a todo el mundo y estoy dispuesto a pertenecer solamente al Señor y hacer su voluntad y ponerme donde Él quiera. Sé que eso no nace de mí, pues soy un pobre hombre quejumbroso; sale del Señor, y sé que Él está dispuesto a hacer lo mismo por el amo.

Tom habló con una voz ahogada por las lágrimas, que caían a chorro. St. Clare apoyó la cabeza en su hombro y le retorció la negra mano callosa y fiel.

—Tom, tú me quieres —dijo.

—Estaría dispuesto a dar mi vida hoy mismo con tal que el amo se hiciese cristiano.

—¡Pobre tonto! —dijo St. Clare, incorporándose a me­dias—. No merezco el amor de un corazón bondadoso y honrado como el tuyo.

Ay, amo, no soy el único que le quiere; el santísimo Se­ñor Jesús le quiere también.

—¿Cómo sabes eso, Tom? preguntó St. Clare.

—Lo siento dentro del alma. ¡Oh, amo!, «el amor de Cris­to que supera el conocimiento».

—Es curioso —dijo St. Clare, dándose la vuelta— que la historia de un hombre que vivió y murió hace mil ochocien­tos años pueda aún afectar a la gente de esta manera. Pero no era un hombre —añadió de pronto—. ¡Ningún hombre ha tenido tanto poder viviente durante tanto tiempo! ¡Ojalá pu­diera creer lo que me enseñaba mi madre, y rezar como cuando era niño!

—Si el amo quiere —dijo Tom—, la señorita Eva leía esto tan maravillosamente, me gustaría que me hiciera el favor de leerlo. No leo casi nada ahora que se ha ido la señorita Eva.

Era el capítulo once de Juan, la historia conmovedora de la resurrección de Lázaro. St. Clare lo leyó en voz alta, dete­niéndose a menudo para luchar con los sentimientos que despertaba el patetismo del relato. Tom estaba arrodillado de­lante de él con las manos unidas y una expresión absorta de cariño, confianza y adoración en su pacífico rostro.

—¡Tom —dijo su amo—, todo esto es real para ti!

—Casi puedo verlo, amo —dijo Tom.

—Quisiera tener tus ojos, Tom.

—¡Ojalá los tuviera el amo!

—Pero, Tom, tú sabes que sé mucho más que tú; ¿y si te digo que no creo en esta Biblia?

—¡Ay, amo! —dijo Tom, alzando las manos en un gesto disculpador.

—¿No haría tambalear tu fe, Tom?

—Ni un ápice —dijo Tom.

—¡Pero, Tom, tú sabes que yo sé más que tú!

—Oh, amo, ¿no acaba usted de leer cómo El se oculta a los sabios y los prudentes mientras que se revela a los infan­tes? Pero el amo no hablaba en seno, ¿verdad? preguntó Tom ansiosamente.

—No, Tom. No es que no crea. Pienso que hay motivos para creer, pero no lo consigo. Es una costumbre molesta que he adquirido, Tom.

—Pero si el amo quisiera rezar...

—¡.Cómo sabes que no lo hago, Tom?

—¿Lo hace?

—Lo haría, Tom, si hubiera alguien allí cuando rezo; pero es como hablar con la nada. Pero reza tú, Tom, y enséñame cómo.

El corazón de Tom estaba repleto; lo vació rezando, como si fuera agua que se ha retenido durante mucho tiempo. Una cosa estaba bastante clara: Tom sí creía que había alguien es­cuchando, fuera verdad o no. De hecho, St. Clare se sintió transportado por la marea de su fe y sus sentimientos casi a las puertas del cielo que parecía ver con tanta claridad. Pare­cía acercarle más a Eva.

—Gracias, muchacho —dijo St. Clare, cuando Tom se le­vantó—. Me gusta escucharte, Tom, pero márchate ahora y déjame solo; en otra ocasión te hablaré más.

Tom salió de la habitación en silencio.

CAPÍTULO XXVIII. REENCUENTRO

Fueron pasando las semanas en la mansión de los St. Clare y las olas de la vida volvieron a su ritmo acos­tumbrado tras el hundimiento de la pequeña nave. Porque el curso duro, frío y aburrido de las realidades coti­dianas sigue imperiosamente adelante haciendo caso omiso de nuestros sentimientos. Aún debemos comer, beber, dor­mir y despertar; aún debemos regatear, comprar, vender, pre­guntar y responder, en otras palabras, perseguir mil sombras aunque haya desaparecido todo nuestro interés por ellas; el frío y mecánico hábito de vivir permanece aunque hayamos perdido el incentivo vital.

Todos los incentivos y esperanzas de la vida de St. Clare se habían concentrado de manera inconsciente en torno a su hija. Por Eva dirigía su hacienda; por Eva organizaba su ho­rario; y llevaba tanto tiempo haciendo esto y aquello por Eva —comprando, mejorando, modificando, preparando o dis­poniendo alguna cosa por ella—, que ahora que se había ido, parecía no tener nada que pensar y nada que hacer.

Era verdad que había otra vida, una vida que, una vez que creemos en ella, representa una figura solemne y significativa entre las cifras del tiempo que sin ella no tienen sentido, ele­vándolas a sistemas de valores misteriosos y desconocidos. St. Clare sabía bien esto; y, con frecuencia, en momentos de fatiga, oía la tenue voz infantil que lo llamaba desde el cielo y veía la pequeña mano que le señalaba el camino de la vida; pero pesaba sobre él un letargo doloroso que no le permitía levantarse. Tenía una de las naturalezas que conciben mejor las cuestiones religiosas desde sus propias percepciones e ins­tintos que muchos cristianos prácticos y practicantes. El don para apreciar los matices más sutiles de las cuestiones mora­les y la sensibilidad para sentirlos a menudo son el atributo de aquellas personas cuya vida entera muestra una despreo­cupada negligencia hacia ellos. De ahí que Moore, Byron y Goethe a menudo utilicen palabras que describen con más sabiduría el verdadero sentimiento religioso que otro cuya vida es regida por él. Para tales mentalidades, la negligencia hacia la religión es una traición más terrible, un pecado más mortal.

St. Clare nunca había fingido someterse a ninguna obliga­ción religiosa; y cierta nobleza de espíritu le hacía ver de for­ma instintiva el alcance tan tremendo de las exigencias del cristianismo que rehuía de antemano lo que consideraba se­rían los imperativos de su propia conciencia si se decidía a adoptarlas. Porque la naturaleza humana es tan inconsisten­te que considera que es mejor no emprender una cosa que emprenderla y fracasar.

Sin embargo, en muchos aspectos St. Clare era un hom­bre diferente. Leía la Biblia de su pequeña Eva seria y since­ramente; pensaba más serena y prácticamente en sus relacio­nes con los criados, de modo que se sintió extremadamente insatisfecho con su comportamiento pasado y actual; e hizo una cosa, poco después de su regreso a Nueva Orleáns, que fue emprender los pasos legales necesarios para la emancipa­ción de Tom, que se completaría en cuanto se cumplieran las formalidades exigidas. Mientras tanto, se iba encariñan­do cada día más con Tom. No había otra cosa en el mundo entero que le recordase tanto a Eva; y se empeñaba en tener­lo siempre cerca y, a pesar de lo quisquilloso y esquivo que era en cuanto a sus sentimientos íntimos, con Tom casi pen­saba en voz alta. Y esto no podría sorprender a nadie que hu­biera visto la expresión de cariño y devoción con la que Tom seguía a su joven amo.

—Bien, Tom —dijo St. Clare el día después de iniciar las gestiones legales para su manumisión—, voy a convertirte en un hombre libre, así que haz tu baúl y prepárate para salir ha­cia Kentucky.

El súbito brillo de alegría del semblante de Tom al alzar las manos hacia el cielo y sus enfáticas palabras: «¡Bendito sea el Señor!» más bien perturbaron a St. Clare; no le gustaba que Tom estuviese tan dispuesto a dejarlo.

—No lo has pasado tan mal aquí para que des semejantes muestras de éxtasis, Tom —dijo secamente.

—¡No, no, amo, no es eso! ¡Es ser un hombre libre! Por eso me alegro.

—Pero, Tom, ¿no crees que, en lo que a ti concierne, has estado mejor que si hubieras estado libre?

—¡Desde luego que no, señorito St. Clare! —dijo Tom con un arranque de energía—. ¡Desde luego que no!

—Pero, Tom, no hubieras podido ganar, con tu trabajo, la ropa y la vida que yo te he proporcionado.

—Sé todo eso, señorito St. Clare; el amo ha sido demasia­do bueno; pero, amo, prefiero tener ropas pobres, una casa pobre y todo pobre pero mío, que tener lo mejor y que sea de otro hombre. Lo prefiero, amo, y creo que es natural.

—Supongo que sí, Tom, y vas a dejarme como si nada den­tro de un mes —añadió, algo descontento—, aunque ningún mortal podría decir nada en contra —dijo con un tono más alegre; después se levantó y se puso a pasear de un lado a otro.

—No me iré mientras el amo tenga problemas —dijo Tom—. Me quedaré con el amo todo el tiempo que quiera, si puedo serle útil.

—¿No mientras tenga problemas, Tom? —dijo St. Cla­re—. ¿Y cuándo se acabarán mis problemas?

—Cuando el señorito St. Clare se haga cristiano —dijo Tom.

—¿Y tú de verdad te vas a quedar hasta ese día? —pregun­tó St. Clare con media sonrisa, volviéndose desde la ventana y apoyando la mano en el hombro de Tom—. ¡Ay, Tom, mu­chacho tonto y sentimental! No te retendré hasta ese día. Vete a casa con tu esposa y tus hijos y dales recuerdos de mi parte.

Tengo fe en que ese día vendrá —dijo Tom, serio y con lágrimas en los ojos—; el Señor tiene una misión para el amo.

—Conque una misión, ¿eh? —dijo St. Clare—, vamos, Tom, dame tu opinión sobre qué clase de misión es, cuénta­melo.

—Pues, incluso un pobre hombre como yo tiene una mi­sión del Señor, y el señorito St. Clare, que tiene educación y riqueza y amigos, ¡cuántas cosas podría hacer por el Señor!

—Tom, pareces pensar que el Señor necesita que le hagan muchísimas cosas —dijo St. Clare con una sonrisa.

—Hacemos por el Señor lo que hacemos por sus criaturas —dijo Tom.

—Buena teología, Tom, mejor de lo que predica el Reve­rendo B., me atrevo a afirmar —dijo St. Clare.

El anuncio de una visita interrumpió su conversación en este punto.

Marie St. Clare sentía la pérdida de Eva tanto como era ca­paz de sentir cualquier cosa; y, como era una mujer que te­nía la facultad de contagiar su infelicidad a todos los demás, sus asistentes más directos tenían aun más motivos para la­mentar la muerte de su joven ama, cuyas maneras cautivado­ras y amables intercesiones habían servido tantas veces de es­cudo entre ellos y las exigencias tiránicas y egoístas de su ma­dre. La pobre Mammy, sobre todo, cuyo corazón, apartado de todos sus lazos domésticos naturales, había encontrado consuelo en ese hermoso ser, estaba desconsolada. Lloraba día y noche y el exceso de pena la hacía menos diestra y alerta que de costumbre en sus cuidados de su ama, lo que atraía un tor­mento constante de insultos sobre su cabeza indefensa.

La señorita Ophelia sentía su falta, pero su pena dio fru­tos en su corazón bondadoso y honrado preparándola para la vida eterna. Estaba más suave, más afectuosa y, aunque era igual de perseverante en sus obligaciones, las realizaba con un aire purificado y sereno, como alguien que saca buen provecho de lo que le dicta el corazón. Ponía más es­mero en la instrucción de Topsy, enseñándole principalmen­te con la Biblia. Ya no rehuía el contacto con ella ni manifes­taba una repugnancia mal reprimida, puesto que no la sentía. La miraba ahora a través del filtro suavizante que la mano de Eva puso ante sus ojos por primera vez, y ahora sólo la veía como una criatura inmortal que Dios le había enviado para que la guiara hasta la gloria y la virtud. Topsy no se convirtió en santa inmediatamente; pero la vida y la muerte de Eva obraron un profundo cambio en ella. Había desapareci­do su tenaz indiferencia, dando lugar a la sensibilidad, la es­peranza, el deseo y la búsqueda del bien, una búsqueda irre­gular, interrumpida y a menuda suspendida, pero luego re­novada.

Un día, cuando la señorita Ophelia mandó llamar a Topsy, acudió guardando algo apresuradamente en su seno.

—¿Qué haces, sinvergüenza? Has robado algo, estoy segu­ra —dijo la imperiosa Rosa, que había ido a buscarla, cogién­dole rudamente del brazo.

—¡Márchate, señorita Rosa! —dijo Topsy, librándose—; no es asunto tuyo.

—¡No me contestes! —dijo Rosa—. Te he visto ocultar algo; conozco tus tretas —y Rosa le agarró del brazo e inten­tó meter la mano en su corpiño, mientras Topsy, enfurecida, pataleaba y luchaba valientemente por lo que consideraba eran sus derechos. El estruendo y la confusión de la batalla atrajeron a la señorita Ophelia y a St. Clare al lugar.

—¡Ha robado! —dijo Rosa.

—¡No es cierto! —vociferó Topsy, sollozando con pasión.

—¡Dame eso, sea lo que sea! —dijo la señorita Ophelia con decisión.

Topsy vaciló; pero, a la segunda orden, sacó del corpiño un pequeño paquete envuelto en el pie de una vieja media. La señorita Ophelia lo abrió. Era un libro pequeño que Eva había regalado a Topsy, que contenía un solo versículo de las Sagradas Escrituras para cada día del año, y, envuelto en un papel, el rizo que le había entregado el día inolvidable en el que se había despedido para siempre.

A St. Clare le afectó mucho verlo; el libro estaba envuelto en una larga tira de crespón negro, arrancada del crespón de luto del funeral.

—¿Por qué has envuelto el libro con esto? —preguntó St. Clare, levantando el crespón.

—Porque... porque... porque era de la señorita Eva. ¡Ay, no me los quiten, por favor! dijo y, cayéndose sentada en el suelo, se cubrió la cabeza con el delantal y rompió a llorar con vehemencia.

Era una extraña mezcla de patetismo y ridículo: la media vieja, el crespón negro, el libro de texto, el rubio y suave rizo y la absoluta congoja de Topsy.

St. Clare sonrió; pero tenía lágrimas en los ojos cuando dijo:

—Vamos, vamos, no llores; te los puedes quedar—y, jun­tando las cosas, las echó en su regazo y llevó a la señorita al salón con él.

—Realmente creo que podrás conseguir algo en esta em­presa dijo, señalando con el pulgar por encima del hom­bro—. Cualquier persona capaz de sentir verdadera pena es capaz de hacer el bien. Debes intentar hacer algo con ella.

—La niña ha mejorado mucho —dijo la señorita Ophe­lia—. Tengo grandes esperanzas para ella; pero, Augustine —dijo, apoyando la mano en su brazo—, quiero preguntar­te una cosa: ¿de quién será esta niña, tuya o mía?

—Pero si yo te la di a ti —dijo Augustine.

—Pero no legalmente; quiero que sea mía según la ley —dijo la señorita Ophelia.

—¡Vaya, prima! —dijo Augustine—. ¿Qué pensará la So­ciedad Abolicionista? ¡Tendrán que pasar un día de ayuno por este resbalón, si tú te conviertes en dueña de una esclava!

—¡Tonterías! Quiero que sea mía, para poder tener el de­recho de llevarla a los estados libres y concederle la libertad, para que no se pierda todo lo que intento hacer por ella.

—¡Ay, prima, ¡qué forma de «hacer el mal para conseguir el bien»! No puedo consentirlo.

—No quiero que bromees, sino que razones —dijo la se­ñorita Ophelia—. Es inútil intentar convertir a esta niña en cristiana si no la salvo de todos los riesgos y escollos de la es­clavitud; y si estás realmente dispuesto a que me la quede, quiero que me hagas una escritura de donación u otro docu­mento legal.

—Bueno —dijo St. Clare—, lo haré —y se sentó y desdo­bló un periódico para leerlo.

—Pero quiero que lo hagas ahora —dijo la señorita Ophe­lia.

—¿Qué prisa tienes?

—Porque no hay ningún momento como el presente para hacer las cosas —dijo la señorita Ophelia—. Vamos. Aquí tienes papel, pluma y tinta; escribe el documento.

St. Clare, como la mayoría de los hombres de su clase y mentalidad, odiaba cordialmente el tiempo presente de las acciones, por regla general; por lo tanto, se sintió bastante molesto por la franqueza de la señorita Ophelia.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó—. ¿No crees en mi palabra? ¡Se diría que te han dado lecciones los judíos por tu forma de atacar a un hombre!

—Quiero asegurarme de ello —dijo la señorita Ophelia—. Tú puedes morirte, o arruinarte, y a Topsy la llevarían a subas­ta a pesar de todos mis esfuerzos.

—Eres realmente bastante prudente. Bien, ya que estoy en las manos de una yanqui, no tengo otra opción que consen­tir y St. Clare redactó rápidamente una escritura de dona­ción, que, puesto que era muy ducho en cuestiones jurídicas, pudo hacer sin dificultad, y la firmó con irregulares mayúscu­las, rematándola con una enorme rúbrica.

—Ahí lo tienes por escrito, señorita Vermont —dijo al en­tregársela.

—Buen chico —dijo la señorita Ophelia sonriendo—. ¿Pero no hace falta un testigo?

—¡Maldita sea, es verdad! Ven —dijo, abriendo la puerta del cuarto de Marie—. Marie, la prima quiere un autógrafo tuyo; escribe tu nombre aquí.

—¿Qué es esto? —preguntó Marie, escudriñando el docu­mento—. ¡Ridículo! Creía que la prima era demasiado beata para unas cosas tan horrendas —añadió al escribir displicen­te su nombre—; pero si se ha encaprichado de este artículo, se lo concedo encantada.

—Ahí tienes, ya es tuya, en cuerpo y alma dijo St. Cla­re, dándole el papel.

—No es más mía ahora que antes —dijo la señorita Ophe­lia—. Sólo Dios tiene derecho a dármela; pero ahora puedo protegerla.

—Pues entonces es tuya por una ficción de la ley —dijo St. Clare, volviendo al salón, donde se sentó con su perió­dico.

La señorita Ophelia, que pocas veces se sentaba en compa­ñía de Marie, lo siguió al salón, después de guardar cuidado­samente el documento.

—Augustine —dijo de pronto, mientras hacía calceta—, ¿has tomado alguna medida para asegurar el porvenir de tus criados en caso de que murieses?

—No —dijo St. Clare, y siguió leyendo.

—Entonces toda tu indulgencia con ellos puede resultar de una gran crueldad en el futuro.

St. Clare había pensado lo mismo muchas veces, pero dijo con apatía:

—Pienso tomar medidas más adelante.

—¿Cuándo? —preguntó la señorita Ophelia.

—Oh, pues, un día de éstos.

—¿Y si te mueres antes?

—¿Qué pasa, prima? —dijo St. Clare, dejando el periódi­co y mirándola—. ¿Es que crees que tengo síntomas de fie­bre amarilla o cólera, que pones tanto empeño en hacer las disposiciones post mortem?

—«En medio de la vida tenemos la muerte» —dijo la se­ñorita Ophelia.

St. Clare se levantó, soltó descuidadamente el periódico y se acercó a la puerta abierta que daba al porche para dar fin a una conversación que no era de su agrado. Repitió mecáni­camente la última palabra: «¡muerte!» y, mientras se apoyaba en la barandilla y contemplaba subir y bajar el agua relucien­te de la fuente, repitió de nuevo esa palabra: «¡MUERTE!».

—Es raro que exista tal palabra —dijo— y tal realidad, y que la podamos olvidar; que se pueda estar vivo, caliente y hermoso, lleno de esperanzas, deseos y apetencias un día y haber desaparecido totalmente al día siguiente, ¡y para siempre!

Era una tarde cálida y dorada y, al caminar hacia el otro ex­tremo del porche, vio a Tom muy atareado con su Biblia, se­ñalando con el dedo cada palabra y susurrándolas para sí con un aire muy serio.

—¿Quieres que te lea, Tom? —ofreció St. Clare, sentándo­se con desenfado junto a él.

—Si el amo quiere —dijo Tom, agradecido—. El amo lo hace parecer mucho más claro.

St. Clare cogió el libro, miró el lugar y comenzó a leer uno de los pasajes que Tom había señalado con unas pesadas marcas a su alrededor. Decía así:

—«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acom­pañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos» —St. Clare continuó leyendo con voz animada hasta que llegó al último versículo—: «Y el Rey dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno: porque tuve hambre y no me disteis de comer: tuve sed y no me disteis de beber; era forastero y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces dirán también esto: Señor, ¿cuán­do te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te asistimos? Y Él entonces les responderá diciendo: En verdad os digo que cuando dejas­teis de hacer eso con uno de estos más pequeños de mis her­manos, también conmigo dejasteis de hacerlo».

A St. Clare pareció impresionarle este último pasaje, por­que lo leyó dos veces, la segunda vez despacio, como si estu­viera dando vueltas a las palabras en su mente.

—Tom —dijo—, estas personas a las que castiga tan dura­mente parecen haber hecho exactamente lo mismo que yo: vivir unas buenas vidas fáciles y respetables, no preocupán­dose de enterarse de cuántos hermanos pequeños tienen hambre o sed o están enfermos o en la cárcel.

Tom no contestó.

St. Clare se levantó y paseó pensativo de un extremo del porche al otro, con apariencia de haberse olvidado de todo, absorto por sus propios pensamientos; estaba tan absorto que Tom le tuvo que avisar dos veces que había sonado la campana para el té antes de captar su atención.

St. Clare estuvo ausente y pensativo durante toda la hora del té. Después del té, él, Marie y la señorita Ophelia toma­ron posesión del salón casi en silencio.

Marie se colocó en un sofá bajo un sedoso mosquitero y pronto estuvo profundamente dormida. La señorita Ophelia se ocupó en silencio de su calceta. St. Clare se sentó al piano y comenzó a tocar un movimiento dulce y melancólico con el acompañamiento del viento. Parecía hallarse en profunda meditación y estar monologando consigo mismo a través de la música. Después de un rato, abrió uno de los cajones, sacó un viejo libro de música cuyas páginas estaban amarillentas por el tiempo y empezó a pasar las hojas.

—Ahí tienes —dilo a la señorita Ophelia—, éste era uno de los libros de mi madre, y ésta es su letra, ven a mirarla. Co­pió y arregló esto del Réquiem de Mozart.

La señorita Ophelia le obedeció.

—Era algo que cantaba ella con frecuencia —dijo St. Cla­re—. Es como si la estuviera oyendo ahora.

Tocó unos acordes majestuosos y empezó a cantar la mag­nífica pieza en latín, el Dies Irae.

A Tom, que escuchaba desde el porche exterior, la música le hizo acercarse a la misma puerta, donde permaneció muy serio. No comprendía la letra, por supuesto; pero la música y la forma de cantar parecían afectarle muchísimo, sobre todo cuando St. Clare cantaba las partes más tristes. A Tom le habría emocionado más si hubiera comprendido el signifi­cado de las hermosas palabras:

Recordare Jesus pie

Quod sum causa tuae viae

No me perdas, illa die

Querens me sedisti lassus

Redimisti crucem passus

Tantus labor non sit cassus.

St. Clare dio a las palabras una expresión profunda y tris­te; parecía que se hubiera retirado el tupido velo de los años y pudiera oír la voz de su madre acompañando la suya. Tan­to la voz como el instrumento parecían estar vivos y emitían con vívida compasión la melodía que el etéreo Mozart con­cibiera inicialmente como su propio réquiem fúnebre.

Cuando St. Clare dejó de tocar, permaneció unos momen­tos con la cabeza apoyada en las manos y después empezó a caminar arriba y abajo.

—¡Qué sublime concepción la del juicio final —dijo—: subsanar los males de los siglos, solucionar todos los proble­mas morales con una sabiduría irrefutable! Desde luego es una imagen maravillosa.

—A nosotros nos da miedo —dijo la señorita Ophelia. A mí también debería dármelo, supongo —dijo St. Clare, deteniéndose pensativo—. Esta tarde le he leído a Tom el CAPÍTULO de san Mateo que lo describe, y me ha impresionado mucho. Habría esperado unas acusaciones de tremendos crí­menes como motivo para excluir del Cielo a las personas; pero no; se les condena por no hacer el bien activamente, como si ese hecho incluyera todos los males posibles.

—Quizás —dijo la señorita Ophelia— sea imposible que una persona que no haga el bien evite hacer el mal.

—¿Y qué —dijo St. Clare, abstraído pero con sentimien­to—, qué se puede decir de aquél cuya educación y las ne­cesidades de cuya sociedad han llamado en vano para que cumpla algún noble propósito, que ha ido a la deriva como espectador neutral de las luchas, sufrimientos y crí­menes de la humanidad, cuando hubiera debido ser un tra­bajador?

—Yo creo —dijo la señorita Ophelia— que debe arrepen­tirse y empezar ahora.

—¡Siempre tan práctica y directa al grano! —dijo St. Cla­re, con una sonrisa iluminándole la cara—. Nunca me dejas tiempo para hacer reflexiones generales, prima; siempre me presentas de frente el momento actual; tienes una especie de ahora eterno siempre en la mente.

—Ahora es el único momento que me interesa —dijo la señorita Ophelia.

—¡Querida Eva, pobre niña! —dijo St. Clare— su sencilla alma se ha propuesto que yo realice una buena obra.

Era la primera vez desde la muerte de Eva que le dedicaba tantas palabras, y era evidente que reprimía fuertes senti­mientos al hablar.

—Mi visión del cristianismo es tal —añadió— que no creo que ningún hombre pueda profesarlo consistentemente sin lanzar todo el peso de su ser contra este monstruoso sis­tema de injusticia que constituye los cimientos de toda nues­tra sociedad, sacrificándose a sí mismo en la batalla, si es me­nester. Quiero decir que yo no podría ser cristiano de otra manera, aunque desde luego he tratado a muchas personas instruidas y cristianas que no han hecho nada por el estilo; y reconozco que la apatía de personas religiosas en este respec­to, su falta de percepción de las injusticias, me han llenado de horror y han engendrado dentro de mí más escepticismo que otra cosa.

—Si sabías todo eso —dijo la señorita Ophelia— ¡por qué no lo has hecho?

—Oh, porque sólo he tenido el tipo de benevolencia que consiste en tumbarse en un sofá y maldecir a la iglesia y a los clérigos por no ser mártires y confesores. Es muy fácil ver que los demás deben ser mártires, ¿sabes?

—Pero ¿vas a actuar de forma diferente ahora? —pregun­tó la señorita Ophelia.

—Sólo Dios conoce el futuro —dijo St. Clare—. Soy más valiente que antes, porque lo he perdido todo, y el que no tiene nada que perder puede permitirse correr cual­quier riesgo.

—¿Y qué vas a hacer?

—Cumplir con mi deber, espero, para con los pobres y humildes, en cuanto me entere de cuál es —dijo St. Cla­re—, empezando por mis propios criados, por los que aún no he hecho nada; y quizás, en algún momento futuro, pue­de que sea capaz de hacer algo por toda una raza; algo que salve a mi país de la vergüenza de la engañosa posición que ocupa a los ojos de todas las naciones civilizadas.

—¿Crees que es posible que una nación los emancipe vo­luntariamente? —preguntó la señorita Ophelia.

—No lo sé —dijo St. Clare—. Ésta es la época de las gran­des hazañas. El heroísmo y la magnanimidad brotan aquí y allá por toda la Tierra. Los aristócratas húngaros están libe­rando a millones de siervos, con una pérdida económica tre­menda y quizás se encuentren entre nosotros unos espíritus generosos que no calculan el honor y la justicia en dólares y centavos.

—Lo dudo —dijo la señorita Ophelia.

—Pero supón que mañana nos ponemos a emancipar, ¿quién educaría a estos millones y les enseñaría a utilizar su libertad? Nunca harán nada importante entre nosotros. El caso es que nosotros mismos somos demasiado perezosos e inútiles para poder darles una idea de la diligencia y la ener­gía que necesitan para ser hombres. Tendrán que irse al nor­te, donde el trabajo está a la orden del día, la costumbre uni­versal; y dime también, ¿hay suficiente filantropía cristiana en vuestros estados norteños para hacerse cargo del proceso de su educación y formación? Mandáis miles de dólares a las misiones en el extranjero; pero ¿podríais soportar que envia­ran a los paganos a vuestros pueblos y aldeas para dedicar vuestro tiempo y esfuerzo y dinero a educarlos según el ideal cristiano? Eso es lo que yo quisiera saber. Si los emancipa­mos nosotros, ¿vosotros estaréis dispuestos a educarlos? ¿Cuántas familias de tu pueblo querrían acoger a un hombre y a una mujer negros para educarlos, mantenerlos y procurar convertirlos en cristianos? ¿Cuántos comerciantes estarían dispuestos a acoger a Adolph si yo quisiera que se hiciera ofi­cinista, o cuántos mecánicos, si yo quisiera que aprendiera un oficio? Si quisiera enviar a Rosa y a jane al colegio, ¿cuán­tos colegios hay en los estados del norte que las aceptarían? ¿Cuántas familias las alojarían? Y sin embargo son tan blan­cas de piel como muchas mujeres del norte o del sur. ¿Ves, prima? Quiero que se nos haga justicia. Estamos en una po­sición difícil. Somos los opresores más obvios de los negros; pero los prejuicios poco cristianos del norte son opresores casi igualmente severos.

—Bien, primo, sé que es así —dijo la señorita Ophelia——; sé que ése era mi caso hasta que vi que era mi deber superar­lo, pero estoy segura de haberlo superado; y sé que hay mu­chísimas buenas personas en el norte a las que sólo hay que enseñar cuál es su deber para que lo cumplan. Desde luego sería un sacrificio mayor aceptar a los paganos entre nosotros que enviarles misioneros, pero creo que lo haríamos.

—Sé que tú lo harías —dilo St. Clare—. ¡Me gustaría sa­ber qué es lo que no harías si creyeras que es tu deber!

—Bien, no soy especialmente buena —dijo la señorita Ophelia—. Otros harían lo mismo si vieran las cosas como yo las veo. Tengo la intención de llevarme a Topsy a casa cuando me vaya. Supongo que sorprenderá a nuestra gente al principio, pero creo que se les puede enseñar a pensar como yo. Además, sé que hay muchas personas en el norte que hacen exactamente lo que tú has dicho.

—Sí, pero son una minoría; y si nosotros empezáramos a emancipar en grandes números, no tardarían en protestar.

La señorita Ophelia no respondió. Hubo una pausa de va­rios minutos, durante la cual una expresión triste y soñadora oscureció el semblante de St. Clare.

—No sé qué es lo que me hace pensar tanto en mi madre esta noche —dijo—. Tengo una sensación extraña, como si estuviera cerca de mí. Pienso todo el rato en las cosas que so­lía decir. ¡Es raro que estas cosas del pasado se nos presenten con tanta nitidez a veces!

St. Clare paseó de un lado de la habitación al otro duran­te unos minutos más y después dijo:

—Creo que iré a pasear por la calle unos momentos, para enterarme de las novedades de esta noche.

Cogió el sombrero y salió.

Tom lo siguió por el corredor hasta el patio y le preguntó si quería que lo acompañara.

—No, muchacho —dijo St. Clare—. Estaré de vuelta den­tro de una hora.

Tom se sentó en el porche. Era una hermosa noche ilumi­nada por la luna y permaneció contemplando las subidas y bajadas del agua de la fuente y escuchando su murmullo. Tom pensaba en su casa y en que pronto sería un hombre libre y que podría volver allí cuando quisiera. Pensaba que trabajaría para comprar a su mujer y sus hijos. Sentía los músculos de sus fuertes brazos con una especie de júbilo, ya que pronto le pertenecerían a él y podría trabajar mucho para conseguir la libertad de su familia. Luego pensó en su joven amo tan noble y a continuación, como siempre que pensaba en él, rezó la oración acostumbrada que siempre le dedicaba; después, sus pensamientos pasaron a la bella Eva, a quien imaginaba rodeada de ángeles, y siguió pensando hasta que casi le pareció que su cara radiante y su cabello dorado asomaban entre las aguas de la fuente. Y con estas meditaciones se quedó dormido y soñó que la veía corre­tear hacia él tal como solía hacerlo, con una corona de jaz­mines en el pelo, las mejillas sonrosadas y los ojos relucien­tes de gozo; pero mientras la miraba, pareció levantarse del suelo, sus mejillas adoptaron un tinte más pálido, los ojos un brillo profundo y divino, un halo dorado se ciñó en tor­no a su cabeza y desapareció de su vista; y a Tom le desper­taron unos fuertes golpes a la puerta y el sonido de muchas voces.

Se acercó apresurado a abrirla; con voces ahogadas y pisa­das lentas llegaban varios hombres portando un cuerpo en­vuelto en una capa, tumbado sobre una contraventana. La luz de la farola caía de lleno sobre el rostro, y Tom soltó un grito desolado de asombro y desesperación que resonó por todas las habitaciones mientras avanzaban los hombres con su carga hacia la puerta abierta del salón, donde aún se en­contraba tejiendo la señorita Ophelia.

St. Clare había entrado en una cafetería para echar una ojeada a un periódico de la tarde. Mientras lo leía, se inició una riña entre dos caballeros presentes que estaban algo be­bidos. St. Clare y uno o dos hombres más hicieron un inten­to de separarlos, y St. Clare recibió una puñalada mortal en el costado con el cuchillo de caza que estaba intentando arre­batarle a uno de ellos.

La casa se llenó de llanto, lamentaciones, quejidos y gritos, de sirvientes mesándose los pelos, tirándose al suelo o co­rriendo alocados de un sitio a otro, llorando. Sólo Tom y la señorita Ophelia parecían tener algo de serenidad, ya que a Marie le había dado un fuerte ataque de histeria. Bajo las ins­trucciones de la señorita Ophelia, se preparó rápidamente uno de los sofás del salón y colocaron allí la figura sangran­te. St. Clare se había desmayado por culpa del dolor y la pér­dida de sangre; pero mientras la señorita Ophelia le atendía, volvió en sí, abrió los ojos, los miró fijamente, miró intensa­mente el resto de la habitación, los ojos descansando nostál­gicos en cada objeto, hasta detenerse por fin en el retrato de su madre.

Llegó el médico y lo reconoció. Era evidente por la expre­sión de su cara que no había esperanzas, pero se puso a cu­rarle la herida y, con la señorita Ophelia y Tom, prosiguió con entereza en esta tarea entre los lamentos, sollozos y ge­midos de los afligidos criados, que se habían congregado al­rededor de las puertas y las ventanas del porche.

Ahora —dijo el médico— debemos echar a todas estas criaturas; todo depende de que se mantenga en silencio.

St. Clare abrió los ojos y miró fijamente a los pobres seres apenados a los que la señorita Ophelia y el médico procura­ban echar de la habitación.

—¡Pobres criaturas! —dijo, y una expresión de amarga au­tocensura cruzó su semblante. Adolph se negaba absoluta­mente a marcharse. El terror le había privado de toda su pre­sencia de ánimo; se lanzó al suelo y nadie podía persuadirle de que se levantara. Los demás cedieron antes las amonesta­ciones urgentes de la señorita Ophelia de que la salud de su amo dependía de su silencio y obediencia.

St. Clare pudo hablar poco; yacía con los ojos cerrados, pero era evidente que luchaba con amargos pensamientos. Después de un rato, puso su mano sobre la de Tom, que es­taba arrodillado a su lado, y dijo:

—¡Tom, pobre hombre!

—¿Qué, amo? preguntó Tom vivamente.

—¡Me muero! —dijo St. Clare, apretándole la mano—. ¡Reza!

—Si quiere que venga un clérigo... —dijo el médico.

St. Clare negó enseguida con la cabeza y volvió a decir a Tom con mayor insistencia:

—¡Reza!

Y Tom rezó con toda su mente y todas sus fuerzas por el alma que se iba, el alma que parecía mirar tan fija y triste­mente desde aquellos grandes ojos melancólicos y azules. Las oraciones se rezaron entre fuertes lamentos y lágrimas.

Cuando Tom dejó de hablar, St. Clare buscó y cogió su mano y lo miró muy serio, pero sin decir nada. Cerró los ojos, pero aún sujetaba la mano, ya que, a las puertas de la eternidad, la mano negra y la blanca se estrechan en igual­dad. Murmuró para sí en voz queda a intervalos irregulares:

Recordare jesu pie...

En me perdas... illa die

Querens me... sedisti lassus

Era evidente que las palabras que hubiera cantado aquella tarde acudían a su mente, palabras de súplica dirigidas a la Misericordia Infinita. Sus labios se movían a ratos y fragmen­tos del himno salían chapurreados.

—La mente le empieza a divagar —dijo el médico.

—¡No, vuelvo a CASA, por fin! —dijo St. Clare con ener­gía—. ¡Por fin, por fin!

El esfuerzo de hablar lo agotó. Cayó sobre él la palidez de la muerte, pero con ella, como si se escapara de las alas de al­gún espíritu misericordioso, cayó una bella expresión de paz, como la de un niño cansado cuando duerme.

Así se quedó durante algunos momentos. Vieron que lo tocaba la mano de Dios. justo antes de que partiera el espíri­tu, abrió los ojos y con un repentino destello como de alegría y reconocimiento dijo: «!Madre!» y expiró.

CAPÍTULO XXIX. LOS DESAMPARADOS

Nos enteramos a menudo de la aflicción de los sirvien­tes negros a la muerte de un amo bondadoso; y con razón, porque no hay criatura sobre la Tierra del Se­ñor más absolutamente desvalida que un esclavo en estas cir­cunstancias.

Un niño que pierde a su padre aún puede contar con la protección de los amigos y de la ley; es alguien y puede ha­cer algo, tiene derechos reconocidos y una posición; el escla­vo no tiene nada. La ley lo considera en todos los aspectos tan privado de derechos como un paquete de mercancía. El único reconocimiento posible de los anhelos y necesidades de un ser humano e inmortal que se le concede es a través de la voluntad soberana e irresponsable de su amo; y cuando desaparece ese amo, no le queda nada.

Pocos son los hombres que sepan utilizar humanitaria y generosamente un poder totalmente irresponsable. Todo el mundo sabe esto, y el esclavo mejor que nadie, por lo que éste sabe que tiene diez posibilidades de que le toque un amo abusivo y tirano y una de que le toque uno considera­do y bueno. Por eso el duelo por la pérdida de un amo bon­dadoso es, con razón, largo e intenso.

Cuando St. Clare expiró, todos los de su casa fueron presa del terror y la consternación. Cayó en un instante, en la flor y el vigor de la juventud. Cada habitación y cada pasillo de la casa resonaron con sollozos y gemidos de desesperación.

Marie, cuyo sistema nervioso se había debilitado por cul­pa de años de constante autoindulgencia, no tenía fuerzas para soportar el terror del golpe y, en el momento en que su marido exhalaba el último suspiro, ella pasó de un desmayo a otro, y el que había estado unido a ella por los misteriosos lazos del matrimonio desapareció de su vida para siempre sin la posibilidad siquiera de una palabra de despedida.

La señorita Ophelia, con una fuerza y un autocontrol ca­racterísticos, había permanecido junto a su pariente hasta el final, toda ojos, toda oídos, toda atención; hizo lo poco que se podía hacer y se unió con toda su alma a las oraciones tier­nas y apasionadas que pronunciaba el pobre esclavo por la salvación espiritual de su amo moribundo.

Cuando lo preparaban para el descanso eterno, descubrie­ron sobre su pecho un sencillo relicario, que se abría median­te un resorte. Contenía la miniatura de un noble y hermoso rostro femenino y, en la parte de atrás, guardado bajo un cris­tal, un mechón de pelo moreno. Volvieron a colocarlo sobre su pecho sin vida —¡polvo al polvo!—, un pobre recuerdo melancólico de sueños juveniles, que una vez hicieran latir tan deprisa aquel frío corazón.

El alma de Tom estaba repleta de la idea de la eternidad y, mientras atendía el cuerpo inanimado, ni una vez pensó que el golpe repentino lo había dejado esclavo sin esperanzas. Se sentía en paz respecto a su amo, pues en aquella hora en la que elevaba sus oraciones al seno de su Padre, sintió nacer dentro de él una respuesta de sosiego y promesa. En las pro­fundidades de su propia naturaleza afectuosa, sintió la capa­cidad de percibir algo de la plenitud del amor divino, porque un antiguo profeta escribió: «el que reside en el amor reside en Dios y Dios en él». Tom tenía esperanza y confiaba, y es­taba en paz.

Pero pasó el funeral, con todo su boato y su crespón ne­gro, y sus oraciones y sus caras solemnes; y volvieron las oleadas frías y sórdidas de la vida cotidiana y surgió la eterna pregunta dolorosa: «¿Qué se ha de hacer ahora?»

Surgió en la mente de Marie mientras, vestida con sus sueltos vestidos matutinos y rodeada de ansiosos criados, permaneció sentada en un gran sillón inspeccionando muestras de crespón y fustán. Surgió en la de la señorita Ophelia, que comenzaba a dirigir sus pensamientos hacia su casa en el norte. Surgió, con terrores silenciosos, en las mentes de los sirvientes, que conocían bien el carácter insensible y tiránico del ama, en cuyas manos habían quedado. Todos sabían muy bien que las indulgencias que habían recibido no proce­dían del ama sino del amo y que, ahora que él se había ido, no habría ningún escudo entre ellos y cada tiránico castigo que podía idear un temperamento agriado por el sufrimiento.

Unos quince días después del funeral, mientras estaba ocupada en su cuarto, la señorita Ophelia oyó una débil lla­mada a su puerta. La abrió y allí estaba Rosa, la guapa cuar­terona de la que a menudo hemos hablado, con el cabello desordenado y los ojos hinchados de llorar.

—¡Ay, señorita Ophelia —dijo, hincándose de rodillas y cogiendo la falda del vestido de ésta— por favor, ¡vaya a ha­blar con la señorita Marie para interceder por mí! Me va a en­viar a que me azoten, ¡mire! y le entregó un papel a la se­ñorita Ophelia.

Era una orden, escrita con la delicada letra itálica de Marie, dirigida el jefe de una casa de castigo para que le infligie­ra a la portadora quince latigazos.

—¿Qué has hecho? —preguntó la señorita Ophelia.

—Usted sabe, señorita Ophelia, que tengo muy mal ge­nio; no debería ser así. Me estaba probando el vestido de la señorita Marie y me dio un bofetón en la cara; y antes de pensar, le contesté con insolencia; y dijo que me pondría en mi sitio y que me enteraría, de una vez por todas, que ya no iba a ser un personaje tan importante como hasta ahora; y es­cribió esto y dice que debo llevarlo allí. Preferiría que me ma­tase directamente.

La señorita Ophelia se quedó pensando con el papel en la mano.

—Verá usted, señorita Ophelia, no me importaría tanto que me azotaran si lo hiciera usted o la señorita Marie; pero ser enviada a un hombre y a un hombre tan desagradable! ¡Qué vergüenza, señorita Ophelia!

La señorita Ophelia sabía que era la costumbre universal enviar a las mujeres y a las muchachas jóvenes a casas de cas­tigo, a manos de los hombres más despreciables —lo sufi­cientemente viles como para dedicarse a esta profesión—, para que las desnudaran y pegaran de forma vergonzosa. An­tes lo sabía, pero hasta ahora, que veía la pequeña figura de Rosa crispada por la angustia, no se había dado cuenta de lo que significaba. Toda la honrada sangre de la feminidad, la fuerte sangre libre de Nueva Inglaterra, se le subió a las meji­llas y latía con amargura e indignación dentro de su corazón; pero con su autocontrol y su prudencia habituales, se domi­nó y, arrugando en papel con la mano, simplemente dijo a Rosa:

—Siéntate, muchacha, mientras hablo con tu ama. «¡Vergonzoso, monstruoso, un ultraje!», se decía a sí mis­ma al cruzar el salón.

Encontró a Marie sentada en su poltrona con Mammy de pie a su lado, peinándola; Jane estaba sentada en el suelo de­lante de ella, frotándole enérgicamente los pies.

—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó la señorita Ophelia.

Como única respuesta, Marie primero dio un profundo suspiro y cerró los ojos un momento; después contestó:

—No lo sé, prima; ¡supongo que estoy todo lo bien que vaya a estar nunca! y Marie pasó por los ojos un pañuelo de batista con una gran extensión de bordado negro en la orilla.

—He venido —dijo la señorita Ophelia, con una de las to­ses breves y secas con las que se suele introducir un tema difícil—, he venido para hablarte de la pobre Rosa.

Marie abrió mucho los ojos y sus pálidas mejillas se tiñe­ron de rojo cuando contestó rudamente:

—¿Qué le pasa?

—Siente mucho lo que ha hecho.

—Conque lo siente, ¿eh? ¡Más lo va a sentir, antes de que yo acabe con ella! He aguantado la impertinencia de esa mu­chacha bastante tiempo, y ahora le voy a bajar los humos. ¡La haré arrastrarse por el suelo!

—Pero, ¿no podrías castigarla de otra manera, de una ma­nera menos vergonzosa?

—Quiero avergonzarla; eso es exactamente lo que preten­do. Toda la vida ha presumido de su delicadeza y su belleza y sus aires de gran señora, hasta olvidarse de quién es. ¡Yo le daré una lección que la pondrá en su sitio, ya lo creo!

—Pero, prima, piensa que si destruyes la delicadeza y el sentido de la vergüenza de una muchacha joven, se echará a perder muy deprisa.

—¡Delicadeza! —dijo Marie, con una risa de desprecio—. ¡Bonita palabra para una como ella! Yo le enseñare que, con todos sus aires, no es mejor que la moza negra más andrajo­sa que hace la calle. ¡No se dará más aires conmigo!

—¡Responderás ante el Señor por semejante crueldad! —dijo la señorita Ophelia con energía.

—¡Crueldad! ¡Me gustaría saber dónde está la crueldad! ¡Sólo he dado orden de que le den quince latigazos; y le he dicho que se los dé con ligereza! ¡No veo la crueldad de eso!

—¡Que no hay crueldad! —dijo la señorita Ophelia—. Es­toy segura de que cualquier muchacha preferiría que la mata­ran directamente.

—Podría parecer así a alguien con tus sentimientos; pero todas estas criaturas se acostumbran a ello, es la única forma de mantener la disciplina. Una vez sientan que pueden adop­tar aires de delicadeza y esas cosas, hacen su santa voluntad, tal como han hecho siempre todos mis criados. Yo he empe­zado a someterlos, ¡y quiero que sepan que mandaré a cual­quiera de ellos a que lo azoten si no se andan con cuidado! —dijo Marie, mirando alrededor con decisión.

Jane agachó la cabeza y se encogió al oír esto, pues le pa­recía que iba dirigido especialmente a ella. La señorita Ophe­lia se quedó sentada quieta un momento, como si acabara de tragar una poción explosiva y estuviera a punto de reventar. Después, dándose cuenta de lo inútil de discutir con una na­turaleza semejante, cerró los labios con resolución, se puso en pie y salió de la habitación.

Fue duro volver para decirle a Rosa que no podía hacer nada por ella; poco después, acudió uno de los criados mas­culinos a decir que el ama le había mandado llevar a Rosa a la casa de castigo, adonde la transportó a pesar de sus lágri­mas y sus súplicas.

Unos días más tarde, Tom estaba pensando junto a los bal­cones cuando se le acercó Adolph, que estaba totalmente abatido y desconsolado desde la muerte de su amo. Adolph sabía que Marie nunca le había tenido simpatía, pero en vida de su amo no le había dado importancia. Ahora que éste se había marchado, andaba tembloroso y con un temor cons­tante, sin saber qué iba a ser de él. Marie había celebrado va­rias sesiones con su abogado; después de consultar al herma­no de St. Clare, decidió vender la hacienda y a todos los cria­dos salvo los que eran propiedad personal suya, que pensaba llevarse consigo.

—¿Sabes, Tom, que van a vendemos a todos, salvo a unos cuantos que el ama va a llevar consigo a su regreso a la plan­tación de su padre? —preguntó Adolph.

—¿Cómo te has enterado? —preguntó Tom.

—Me escondí detrás de las cortinas cuando habló el ama con el abogado. Dentro de unos cuantos días, nos enviarán a la subasta, Tom.

—¡Que se haga la voluntad del Señor! —dijo Tom, cru­zando los brazos y soltando un profundo suspiro.

—Nunca tendremos a un amo igual —dijo Adolph con aprensión—, pero prefiero que me vendan a arriesgarme a quedarme con el ama.

Tom se volvió, emocionado. La esperanza de la libertad y la imagen de su esposa y sus hijos tan lejanos aparecieron ante su alma paciente, como al marinero que naufraga a pun­to de arribar al puerto se le presenta la visión de la torre de la iglesia y los acogedores tejados de su pueblo vislumbrada' por encima de una negra ola para que se despida de ellos por úl­tima vez. Juntó fuertemente los brazos sobre el pecho, repri­mió las amargas lágrimas e intentó rezar. El pobre hombre había tenido tantísimas ganas de conseguir la libertad que era un duro golpe para él; y, cuanto más repetía «¡Que se haga su voluntad!», peor se sentía.

Fue en busca de la señorita Ophelia que, desde la muerte de Eva, lo trataba con una gran amabilidad respetuosa.

—Señorita Ophelia —dijo—, el señor St. Clare me pro­metió la libertad. Me dijo que había empezado a preparar mi manumisión, y quizás, si la señorita tuviera la bondad de ha­blar de ello con el ama, ella estaría dispuesta a seguir adelan­te con ello, ya que era el deseo del señorito St. Clare.

—Hablaré en tu favor, Tom, y haré lo que pueda —dijo la señorita Ophelia—, pero si depende de la señora St. Clare, no tengo muchas esperanzas de conseguirlo; sin embargo, lo intentaré.

Este incidente ocurrió unos días después del de Rosa, mientras la señorita Ophelia estaba ocupada con los prepa­rativos para su regreso al norte.

Al reflexionar seriamente sobre ello, pensó que quizás hu­biera utilizado un lenguaje algo brusco y acalorado en su an­terior entrevista con Marie, por lo que resolvió intentar mo­derar su celo y ser lo más conciliadora posible. Por lo tanto, la buena mujer hizo acopio de fuerzas y, cogiendo su calce­ta, decidió encaminarse a la habitación de Marie y ser todo lo agradable que pudiera para negociar el asunto de Tom con toda la habilidad diplomática de que disponía.

Encontró a Marie tumbada cuan larga era en un canapé, apoyada sobre un codo con la ayuda de almohadas, mientras Jane le mostraba algunas muestras de finas telas negras que había ido a comprar.

—Ésta sirve dijo Marie, eligiendo una—; pero no estoy muy segura de que sea de luto propiamente dicho.

—Caramba, señorita —dijo Jane muy parlanchina—, la viuda del general Derbennon llevaba esta misma tela cuando se murió el general el verano pasado y queda estupenda.

—¿Qué opinas tú? —preguntó Marie a la señorita Ophe­lia.

—Supongo que es cuestión de costumbres —dijo la seño­rita Ophelia—. Tú sabrás juzgarla mejor que yo.

—El caso es —dijo Marie— que no tengo un solo vestido que ponerme, y como voy a liquidar la casa y marcharme la próxima semana, debo decidirme por algo.

—¿Tan pronto te vas?

—Sí. Ha escrito el hermano de St. Clare, y el abogado y él creen que hay que vender a los sirvientes y los muebles en su­basta y dejar la casa en manos del abogado.

—Hay una cosa de la que quiero hablarte dijo la seño­rita Ophelia—. Augustine le prometió a Tom la libertad y ha­bía iniciado los trámites legales necesarios. Espero que utili­ces tus influencias para que los completen.

—¡Desde luego no haré nada de eso! —dijo Marie con acritud—. Tom es uno de los criados más caros del lugar y no puedo permitírmelo de ninguna manera. Además, ¿para qué quiere la libertad? Está mucho mejor tal como está ahora.

—Pero sí la quiere, y mucho, y su amo se la prometió —dijo la señorita Ophelia.

—Supongo que la quiere —dijo Marie—, pues todos la quieren, pero sólo porque son un hatajo de insatisfechos que siempre quieren lo que no tienen. Bien, en cualquier caso yo tengo mis principios en contra de la emancipación. Mantén a los negros bajo los cuidados de un amo, y serán respetables y no se portarán mal, pero déjalos libres y se pondrán pere­zosos y no trabajarán sino que acabarán todos siendo unos tipos ruines e inútiles. Lo he visto suceder cientos de veces. Dejarlos libres no es hacerles ningún favor.

—¡Pero Tom es tan juicioso, trabajador y piadoso!

—¡Bah, no tienes que decírmelo! He visto a cientos como él. A él le irá muy bien siempre que se le cuide, y nada más.

—Pero, piensa —dijo la señorita Ophelia— en las posibi­lidades de que le toque un mal amo cuando lo pongas a la venta.

—¡Bah, eso son tonterías! —dijo Marie—. Ni siquiera una vez en cien un buen hombre cae en manos de un mal amo; la mayoría de los amos son buenos, por mucho que se diga. Yo he crecido y vivido aquí, en el sur, y nunca hasta ahora he conocido a un amo que no tratara bien a sus criados, por lo menos tan bien como se merecen. No tengo temores en ese sentido.

—Bien, pero —dijo enérgicamente la señorita Ophelia—, se que era uno de los últimos deseos de tu marido que Tom tuviera la libertad; fue una de las promesas que le hizo a la pequeña Eva en su lecho de muerte y no creo que debas sen­tirte libre para desatenderlo.

Ante esta súplica, Marie se cubrió el rostro con el pañuelo y comenzó a llorar y a usar su frasco de sales con gran vehe­mencia.

—¡Todos se ponen contra mí! —dijo—. ¡Todo el mundo es tan poco considerado! Nunca hubiera imaginado que tú fueras a recordarme mis penas de esta manera. ¡Es tan poco considerado! ¡Pero nadie me tiene en cuenta, tengo unas pe­nas tan singulares! ¡Es tan duro que, teniendo sólo una hija, me haya sido arrebatada! ¡Y que haya perdido a mi marido, que se acomodaba tan bien a mí, con lo difícil que es que a mí me vaya bien alguien! Y tú pareces estar tan poco afecta­da por mis desgracias que no haces más que recordármelas, cuando sabes que estoy totalmente destrozada. Supongo que no tienes mala intención, pero, ¡es muy desconsidera­do, mucho! y Marie sollozó y luchaba por poder respirar y llamó a Mammy para que le abriera la ventana, le acerca­ra la botella de alcanfor, le bañara las sienes y le soltara los corchetes. Y, durante la confusión general que se creó, la se­ñorita Ophelia se escapó a su habitación.

Se dio cuenta enseguida de que no serviría de nada decir más, porque Marie tenía una capacidad inagotable para los ataques de histeria; y, a partir de este momento, cada vez que se aludiera a los deseos de su marido respecto de los criados, sería oportuno que padeciera uno. Por lo tanto, la señorita Ophelia hizo lo mejor que aún podía hacer por Tom: escri­bir una carta en su nombre a la señora Shelby, contándole sus problemas y urgiéndole a mandar una solución.

Al día siguiente, Tom y Adolph y media docena más de los criados fueron llevados a un almacén de esclavos en espe­ra de que el tratante tuviera un número suficiente para orga­nizar una subasta.

CAPÍTULO XXX. EL ALMACÉN DE ESCLAVOS

¡Un almacén de esclavos! Quizás algunos de mis lec­tores evoquen una visión espantosa de un lugar así. Imaginan un cuchitril hediondo y oscuro, al­gún horrible Tártaro informis, ingens, cui lumen adeptum. Pero no, mi inocente amigo; en estos días, los hombres han aprendido el arte de pecar con pericia y elegancia, con tal de no escandalizar los ojos y los sentidos de la sociedad respeta­ble. Las reses humanas tienen un buen lugar en el mercado; por lo tanto, son bien alimentadas, lavadas, atendidas y cui­dadas para que puedan llegar boyantes, fuertes y relucientes a la venta. Un almacén de esclavos de Nueva Orleáns es una casa que, por fuera, se parece a cualquier otra, bien esmera­da, donde todos los días se pueden ver, en una especie de co­bertizo a lo largo de una de las paredes, hileras de hombres y mujeres, que están allí como muestra del género que se ven­de en el interior.

Entonces te llamarán cortésmente para que te acerques y los examines, y encontrarás una gran cantidad de maridos, mujeres, hermanos, hermanas, padres, madres e hijos peque­ños, que se han de «vender por separado o en lotes, según las necesidades del comprador»; y el alma inmortal, comprada con sangre y angustia por el Hijo de Dios en una ocasión en la que tembló la tierra, se partieron las rocas y se abrieron las sepulturas puede ser vendida, arrendada, hipotecada, trocada por víveres o tejidos, según las exigencias del mercado o el capricho del comprador.

Habían pasado un día o dos desde la conversación entre Marie y la señorita Ophelia cuando Tom, Adolph y una me­dia docena de los criados de la finca de los St. Clare fueron entregados bajo los amantes cuidados del señor Skeggs, en­cargado de un almacén en la calle..., en espera de la subasta al día siguiente.

Tom llevaba consigo un baúl bastante grande de ropa, como la mayoría de ellos. Fueron acomodados para pasar la noche en una habitación alargada, donde otros muchos hombres de todas las edades, tamaños y colores estaban reu­nidos y de donde procedían carcajadas y sonidos de despreo­cupada diversión.

—¡Ajá, eso es, seguid así, muchachos! —dijo el señor Skeggs, el encargado—. ¡Mi gente está siempre tan alegre! ¡Vaya, Sambo! —dijo animoso a un fornido negro que rea­lizaba las bromas y vulgares payasadas que ocasionaban las risotadas que Tom había oído.

Como se puede imaginar, Tom no estaba de humor para unirse a las diversiones; por lo tanto, colocando su baúl lo más apartado posible del ruidoso grupo, se sentó encima y apoyó la cara contra la pared.

Los mercaderes de artículos humanos hacen esfuerzos es­crupulosos y sistemáticos por fomentar ruidosa hilaridad en­tre ellos como medio de ahogar la reflexión y hacerles insen­sibles a su condición. El principal objetivo de las enseñanzas impartidas al negro desde que lo venden en el mercado del norte hasta que llega al sur es hacerle insensible, irreflexivo y brutal. El tratante de esclavos recoge su cuadrilla en Virginia o Kentucky y la conduce a algún lugar conveniente y sano, a menudo un aguadero, para su engorde. Aquí se les alimenta bien todos los días, y, como algunos tienen tendencia a pe­nar, suele haber alguien tocando siempre el violín y se les obliga a bailar; y el que se niegue a estar alegre, cuyos recuer­dos de su esposa o hijos u hogar son demasiado fuertes para que esté alegre, se le señala como insociable y peligroso y se le somete a todos los sufrimientos que la inquina de un hom­bre totalmente irresponsable y endurecido es capaz de infli­gir. El vigor, la viveza y una apariencia alegre, especialmente delante de terceros, les son impuestos constantemente, tanto por la esperanza de conseguir un buen amo como por el mie­do de lo que puede sucederles a manos del tratante si no son vendidos.

—¿Qué hace ese negro allí? —preguntó Sambo, acercán­dose a Tom después de que el señor Skeggs hubo salido de la habitación. Sambo era muy negro y muy grande, vivaz, par­lanchín y siempre gastando bromas y haciendo muecas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Sambo, acercándose y dándole codazos jocosos en un costado—. Meditando, ¿eh?

—Me van a vender en la subasta mañana —dijo Tom con voz queda.

—¿Vender en la subasta? ¡Ja, ja, muchachos! ¿No es diver­tido? ¡Ojalá me fueran a subastar a mí, yo les haría reír, ya lo. creo! Pero, dime, ¿todo este lote se venderá mañana? —pre­guntó Sambo, tomándose la libertad de apoyar la mano en el hombro de Adolph.

—¡Déjame solo, por favor! —dijo Adolph con furia, ir­guiéndose con gran repugnancia.

—¡Caramba, chicos! Este es uno de esos negros blancos, de color crema, ya sabéis, ¡y perfumado! —dijo, olfateando alrededor de Adolph—. ¡Ay, Señor, serviría para una tienda de tabaco: podrían utilizarlo para perfumar el rapé! ¡Señor, él solo mantendría a flote la tienda, ya lo creo!

—Oye, déjame ya, ¿quieres? —dijo Adolph, muy airado.

—¡Ay, Señor, pero qué sensibles somos los negros blan­cos! ¡Miradnos! —y Sambo hizo una imitación burlona de los modales de Adolph—. ¿Habéis visto qué aires? Supongo que hemos estado con una buena familia.

—Sí —dijo Adolph—; yo tenía un amo que hubiera podi­do compraros a todos sin pensárselo.

—¡Señor, Señor, daos cuenta —dijo Sambo— de lo finos que somos!

—Pertenecía a la familia St. Clare —dijo Adolph con or­gullo.

—¡Vaya, vaya! Han tenido suerte de librarse de ti. Supon­go que te van a vender junto a un lote de teteras agrietadas y cosas por el estilo —dijo Sambo, con una sonrisa provoca­tiva.

Adolph, enfurecido por esta burla, se lanzó apasionada­mente contra su adversario, jurando y golpeándole por todas partes. Los demás se reían y gritaban y el alboroto atrajo al encargado hasta la puerta.

—¿Qué ocurre, muchachos? ¡Orden, orden! —dijo, en­trando y blandiendo un gran látigo.

Todos salieron despedidos en diferentes direcciones, me­nos Sambo, que, contando con sus privilegios a los ojos del encargado como bromista oficial, se mantuvo en su lugar, esquivando las embestidas del amo con una sonrisa humo­rística.

—¡Caramba, amo, no somos nosotros... nosotros somos de fiar... son estos recién llegados; son muy molestos... se me­ten con nosotros todo el tiempo!

Al oírlo, el encargado se volvió hacia Tom y Adolph y, sin indagar más, les asestó unas patadas y manotadas y, ordenán­doles que fueran todos unos buenos chicos y se durmieran, salió de la habitación.

Mientras tenía lugar esta escena en el dormitorio de los hombres, puede que el lector tenga curiosidad por asomarse al dormitorio de las mujeres. Puede ver, tendidas en varias posturas en el suelo, innumerables figuras de todos los colo­res y tamaños, desde el ébano más puro hasta el blanco, y de todas las edades, desde la infancia hasta la vejez, durmiendo todas. Aquí hay una niña guapa y lista, de diez años, cuya madre fue vendida ayer y que, cuando no la miraba nadie, ha llorado hasta quedarse dormida esta noche. Ahí, una vieja negra ajada, cuyos delgados brazos y callosos dedos atesti­guan el duro trabajo, que espera a que la vendan mañana, como un artículo de desecho, por lo que quieran dar por ella; y alrededor de ellas yacen unas cuarenta o cincuenta más, con las cabezas envueltas en mantas o prendas de vestir. Pero en un rincón, sentadas apartadas de las demás, hay dos hembras con una apariencia más interesante de lo común. Una de éstas es una mulata respetablemente vestida de entre cuarenta y cincuenta años, con ojos dulces y una fisonomía refinada y agradable. Lleva un turbante alto en la cabeza, he­cho de un alegre pañuelo rojo de madrás de primera calidad y un vestido bien ajustado, hecho de un buen tejido, lo que muestra que la han cuidado con esmero. A su lado y acurru­cada junto a ella, hay una muchacha de quince años: su hija. Es cuarterona, como puede deducirse de su tez más clara, aunque el parecido con su madre es bien patente. Tiene los mismos ojos oscuros y dulces, con pestañas más largas, y su cabello rizado es de un castaño rojizo. También va vestida con gran esmero y sus manos blancas y delicadas delatan poco conocimiento de los trabajos manuales. Estas dos van a ser vendidas mañana, en el mismo lote que los criados de la hacienda de los St. Clare; y el caballero al que pertenecen, a quien hay que remitir el dinero de su venta, es un miembro de la iglesia cristiana de Nueva York, que recibirá el dinero y seguirá yendo a celebrar la misa del Señor de él y de ellas sin pensárselo dos veces.

Estas dos, a quienes llamaremos Susan y Emmeline, ha­bían sido las doncellas personales de una dama amable y pía de Nueva Orleáns, que les había educado e instruido esmera­da y virtuosamente. Les habían enseñado a leer y a escribir, les habían instruido diligentemente en las verdades de la religión y habían vivido tan felices como les es posible a personas de su condición. Pero el hijo único de su protectora administraba sus bienes; los descuidos y el despilfarro le habían hecho en­deudar mucho y finalmente quebrar. Uno de los acreedores más importantes era la respetable empresa B. & Co., de Nue­va York. B. & Co. escribieron a su abogado de Nueva Orleáns, que embargó los bienes (estos dos artículos y una cuadrilla de braceros eran la parte más valiosa de ellos), y escribió a Nueva York para informarles. El Hermano B., que, como hemos di­cho, era un hombre cristiano y residente de un estado libre, se sintió algo inquieto por el tema. No le gustaba comerciar con esclavos y las almas de las personas, claro que no; pero, por otra parte, había treinta mil dólares en juego, y eso era dema­siado dinero para perderlo por un escrúpulo; así que, después de mucho meditar y pedir consejo a los que sabía que le dirían lo que quería oír, el Hermano B. escribió a su abogado dando instrucciones de que liquidara el negocio de la forma que le pareciera más adecuada y le enviase el producto.

Al día siguiente de la llegada de la carta a Nueva Orleáns, incautaron a Susan y Emmelme y las enviaron al depósito en espera de la subasta general a la mañana siguiente; y mientras las ilumina débilmente la luz de la luna a través de la rejilla de la ventana, podemos escuchar su conversación. Lloran las dos, pero cada una lo hace con el menor ruido posible para evitar que su compañera la oiga.

—Madre, descansa la cabeza en mi regazo a ver si puedes dormir un poco —dijo la muchacha, haciendo un esfuerzo por parecer tranquila.

—No tengo ánimos para dormir, Em, ¡puede ser nuestra última noche juntas!

—¡Ay, madre, no digas eso! Quizás nos vendan juntas, ¿quién sabe?

—Si se tratara de otras personas, me imagino que me lo creería también, Em —dijo la mujer—; pero tengo tanto miedo de perderte que no veo nada más que los peligros.

—Pero, madre, el hombre dijo que éramos fáciles de ven­der las dos, y que pagarían bien por nosotras.

Susan recordaba el aspecto y las palabras del hombre. Con unas nauseas mortales, recordaba cómo había mirado las ma­nos de Emmeline y cómo había sopesado su cabello rizado y la había calificado como un artículo de primera. Susan ha­bía sido educada en la fe cristiana e instruida para leer la Bi­blia a diario, y tenía el mismo horror ante la idea de que ven­dieran a su hija para llevar una vida vergonzosa como cual­quier otra madre cristiana; pero no tenía esperanzas; no tenía protección.

—Madre, creo que nos irá estupendamente si tú puedes encontrar un puesto como cocinera y yo como doncella o costurera con alguna familia. Seguro que sí. Pongámonos tan alegres y vivaces como podamos, y digámosles todo lo que sabemos hacer y a lo mejor tenemos suerte —dijo Emme­line.

—Quiero que te recojas el cabello mañana —dijo Susan.

—¿Para qué, madre? No tengo ni la mitad de buen aspec­to así.

—Bien, pero te venderán mejor.

—No veo por qué —dijo la muchacha.

—Sería más fácil que te comprase una familia respetable si te viera sencilla y decente, como si no quisieras parecer gua­pa. Conozco su forma de pensar mejor que tú —dijo Susan. —Entonces lo haré, madre.

—Y Emmeline, si no volviéramos a vernos más después de mañana, si a mí me venden en una plantación y a ti en otro lugar diferente, siempre acuérdate de cómo nos han educado y todo lo que te ha dicho el ama; llévate tu Biblia y tu libro de himnos; y si tú eres fiel al Señor, Él será bueno contigo.

Así habla la pobre mujer, muy desalentada; porque sabe que mañana cualquier hombre, por rastrero y brutal que sea, por impío y cruel, si tiene el dinero para pagarla, podrá ser el dueño de su hija en cuerpo y alma; y entonces, ¿cómo la mu­chacha va a ser fiel a Dios? Piensa en todo esto mientras es­trecha a su hija entre sus brazos y quisiera que no fuera gua­pa y atractiva. Casi le parece un agravio recordar con qué cas­tidad y pureza, muy por encima de lo habitual, la han educado. Pero no tiene más recurso que rezar; y muchas ple­garias similares han salido de esas aseadas, limpias y ordena­das cárceles de esclavos, plegarias que Dios no ha olvidado, como se sabrá en un día venidero; porque está escrito: «El que escandalizare a uno de estos pequeños, más le valiera que le colgasen del cuello una piedra de molino y le hundie­ran en el fondo del mar».

Los suaves rayos de luna se asomaban fijamente, señalan­do las figuras dormidas con los barrotes de la rejilla de la ven­tana. La madre y la hija cantan juntas una endecha bárbara y melancólica, tan frecuente entre los esclavos como un canto fúnebre:

Oh, ¿dónde está María llorona?

Oh, ¿dónde está María llorona?

Ha llegado a la tierra prometida.

Está muerta y en el Cielo;

está muerta y en el Cielo;

ha llegado a la tierra prometida..

Estas palabras, cantadas con voces de una extraña dulzura melancólica, con una melodía que parecía un suspiro de de­sesperación terrenal tras perder la esperanza divina, flotaron a través de las oscuras celdas de la prisión con una cadencia patética, estrofa tras estrofa:

Oh, ¿dónde están Pauly Silas?

Oh, ¿dónde están Pauly Silas?

Se han ido a la tierra prometida.

Están muertos y en el Cielo;

están muertos y en el Cielo,

se han ido a las tierra prometida.

¡Seguid cantando, pobrecitas! La noche es corta y mañana seréis separadas para siempre.

Pero ya es de día y todos están despiertos; y el buen señor Skeggs está afanoso y alegre, pues hay muchos artículos que preparar para la subasta. Atienden rápidamente a su aseo y les instan a que pongan su mejor cara y se espabilen; y todos se colocan en círculo para una última inspección antes de que los conduzcan a la Lonja.

El señor Skeggs, con su sombrero de paja y su cigarro en la boca, camina entre su mercancía dando el toque final.

—¿Esto qué es? —pregunta, delante de Susan y Emmeli­ne—. ¿Dónde están tus rizos, muchacha?

La muchacha miró tímidamente a su madre, que contestó con la discreta habilidad típica de su clase:

—Yo le dije anoche que se recogiera el pelo todo liso y aseado y no lo tuviera todo revuelto y rizado; parece más res­petable de esta manera.

—¡Maldición! —dijo el hombre, volviéndose autoritario hacia la muchacha —¡vete ahora mismo y enseña tus rizos de nuevo! —añadió, chasqueando una caña que tenía en la mano—. ¡Y vuelve enseguida!

—Ve tú a ayudarla—añadió a la madre—. ¡Esos rizos pue­den suponer cien dólares más en la venta!

Bajo una magnífica cúpula, se encontraban hombres de todas las naciones, paseándose de un lado a otro sobre el pavimento de mármol. Alrededor de toda la zona circular había pequeñas tribunas o púlpitos para que las utilizaran los asistentes y subastadores. Dos de estas tribunas estaban ocupadas ahora mismo por unos brillantes y hábiles caba­lleros que animaban con entusiasmo, en una mezcla de in­glés y francés, las pujas de los expertos en sus diferentes mercancías. Una tercera, en el otro lado y aún sin ocupar, estaba rodeada de un grupo que esperaba que llegara el mo­mento de iniciar la venta. Y aquí podemos reconocer a los criados de los St. Clare: Tom, Adolph y otros; allí también están Susan y Emmeline, esperando su turno con caras an­siosas y desanimadas. Varios espectadores, con o sin inten­ción de comprar, examinan y comentan sus diferentes cua­lidades y sus rostros con la misma libertad con que los jine­tes comentan los méritos de un caballo.

—Hola, Alf, ¿qué te trae por aquí? —preguntó un joven petimetre, dándole golpecitos en el hombro a otro joven bien vestido, que examinaba a Adolph a través de un monóculo.

—Bien, buscaba un camarero personal y me enteré de que vendían el lote de St. Clare: pensé echar un vistazo a éstos...

—¡A buena hora iba yo a comprar alguno de los de St. Clare! ¡Son todos unos negros mimados, muy descarados! —dijo el otro.

—Eso no tiene importancia —dijo el primero—. Si yo los compro, no tardaré en bajarles los humos. Pronto verán que se las tienen que ver con un amo muy diferente a Monsieur St. Clare. Creo que compraré éste. Me gusta su aspecto.

—Ya verás cuánto te cuesta mantenerlo. ¡Es terriblemente manirroto!

—Ya verá el señorito que conmigo no podrá ser tan mani­rroto. ¡Espera que lo mande unas cuantas veces a la casa de castigo para que lo pongan en su lugar! ¡Ya verás si lo hago entrar en razón! ¡Oh, yo lo reformaré, cueste lo que cueste, ya lo verás! ¡Lo voy a comprar, estoy decidido!

Tom había estado examinando con añoranza la multitud de caras que lo rodeaba por si veía una que le gustaría fuera de su amo. Y si tú te ves alguna vez en la necesidad de elegir entre doscientos hombres a uno que fuera a ser tu amo y se­ñor absoluto, quizás te dieras cuenta, tal como se daba cuenta Tom, de los pocos que hay a los que no te incomodaría pertenecer en cuerpo y alma. Tom veía gran cantidad de hombres: grandes, fornidos y hoscos; pequeños, vivaces y se­cos; altos, flacos y curtidos; y cada variedad de hombres gor­dezuelos y corrientes, que recogen a sus semejantes como se recogen astillas, para echarlas al fuego o guardarlas en un ces­to con la misma despreocupación, según conviniera; pero no vio a ningún St. Clare.

Un poco antes de que empezara la subasta, un hombre bajo, ancho y musculoso, vestido con una camisa a cuadros abierta sobre el pecho y pantalones muy gastados y sucios, se abrió paso a codazos a través de la multitud como una per­sona que va a iniciar activamente alguna gestión; y, acercán­dose al grupo, comenzó a examinar sistemáticamente a sus miembros. Desde el momento en que Tom lo vio aproximar­se, sintió un rechazo inmediato y nauseabundo, que aumen­tó al acercarse más. Era evidente que, aunque bajo, tenía una fuerza de gigante. Hay que reconocer que carecían totalmen­te de atractivo su cabeza redonda como una bala, sus ojos grandes y grisáceos con sus cejas hirsutas de color arena y su cabello crespo, tieso y quemado por el sol; su boca grande y ordinaria estaba inflada con tabaco y de vez en cuando escu­pía el jugo con gran energía y una fuerza explosiva; sus ma­nos eran enormes, velludas, curtidas por el sol, pecosas, muy sucias y rematadas con unas uñas largas en una condición la­mentable. Este hombre se puso a hacer un examen muy libre y personal de todo el lote. Agarró a Tom de la mandíbula y le abrió a la fuerza la boca para inspeccionarle los dientes; le hizo arremangarse para mirarle los músculos; le hizo darse la vuelta, saltar y botar para ver su agilidad.

—¿Dónde te han criado a ti? —fue la pregunta escueta que añadió a estas indagaciones.

—En Kentucky, amo —dijo Tom, mirando alrededor como en busca de salvación.

—¿Qué has hecho?

—Cuidar de la granja del amo —dijo Tom.

—¡Bonita historia! —dijo el otro bruscamente al seguir adelante. Se detuvo un momento delante de Adolph; des­pués, lanzando un escupitajo de jugo de tabaco sobre sus re­lucientes botas, siguió su camino con una tosecilla despecti­va. Se paró nuevamente ante Susan y Emmeline. Alargó la sucia y pesada mano y acercó la muchacha a él: la pasó por su cuello y su busto, palpó sus brazos, examinó sus dientes y después la empujó contra su madre, cuyo semblante pacien­te revelaba todo lo que sufría con cada movimiento del re­pugnante forastero.

La muchacha se asustó y se echó a llorar.

—¡Cállate, descarada! —dijo el vendedor—; nada de llori­queos, que va a empezar la subasta—. Y cuando llegó el mo­mento, la subasta empezó.

Adolph fue vendido a buen precio al joven caballero que antes había dicho que pensaba comprarlo y los otros criados del lote de los St. Clare fueron vendidos a diferentes compra­dores.

—Ahora te toca a ti, muchacho, ¿me oyes? —dijo el subas­tador a Tom.

Tom se subió a la plataforma y echó unas cuantas miradas alrededor; todo parecía mezclarse en un alboroto confuso e indistinto: el parloteo del vendedor gritando sus precios en francés e inglés, el griterío de las pujas en francés y en inglés; y un momento después, el baquetazo final del mazo y el tim­bre claro de la última sílaba de la palabra dólares, cuando anunció el subastador su precio, y Tom ya estaba vendido. ¡Tenía amo!

Lo empujaron de la tarima; el hombre bajo con cabeza de bala lo agarró rudamente del hombro y lo impelió hacia un lado, diciendo con voz áspera:

—¡Quédate ahí, tú!

Apenas Tom se daba cuenta de nada; aún seguían las pu­jas, gritos y vocerío, primero en francés, después en inglés. Otra vez el golpe del mazo: ¡han vendido a Susan! Baja de la tarima, se detiene, mira atrás con tristeza... su hija alarga la mano hacia ella. Mira angustiada el rostro del hombre que la ha comprado, un hombre respetable de mediana edad, con una expresión benévola.

—¡Ay, amo, por favor compre a mi hija!

—Ya me gustaría, pero me temo que no puedo permitír­melo —dijo el caballero, que miraba, con un interés dolorido, mientras la muchacha se subió a la tarima y miró a su al­rededor con ojos asustados y tímidos.

La sangre se agolpa en las mejillas de su rostro exangüe, sus ojos muestran un fuego febril, y su madre se lamenta al ver que está más hermosa que jamás la haya visto antes. El subastador ve su ventaja y se extiende en su descripción en una mezcla de francés e inglés; las pujas se suceden rápida­mente.

—Haré todo lo que pueda —dijo el caballero de aspecto benévolo, acercándose y uniéndose a las pujas. En unos mi­nutos, han pasado del límite de sus posibilidades. Se queda callado; el subastador se entusiasma, pero poco a poco se pa­ran las pujas. El resultado está entre un ciudadano mayor y aristocrático y nuestro conocido de la cabeza de bala. El ciu­dadano aguanta unas vueltas más, para tantear despectiva­mente a su rival; pero la cabeza de bala le saca ventaja, tanto en terquedad como en fondos ocultos, y el duelo dura sólo un momento; cae el mazo... ¡tiene a la muchacha, cuerpo y alma, a no ser que Dios la ampare!

Su amo es el señor Legree, que posee una plantación de al­godón en el río Rojo. La empujan al mismo lote donde se en­cuentra Tom y dos hombres más y se marcha llorando.

El caballero benévolo lo siente; pero, ¡ocurre todos los días! Siempre se ve llorar a las chicas y a sus madres en estas subastas; no hay remedio; y se aleja con su compra en otra dirección.

Dos días más tarde, el abogado de la firma cristiana B. & Co., de Nueva York, les envía su dinero. En el dorso del do­cumento que han conseguido de esta forma, que escriban las palabras del gran Tesorero al que tendrán que rendir cuentas en el futuro: Cuando — como vengador de sangre — se acuerde de ellos, no se olvida de los clamores de los oprimidos.

CAPÍTULO XXXI. LA TRAVESÍA

Muy limpio eres tú de ojos para mirar el mal, ver la opresión no pue­des. ¿Por qué ves a los traidores y ca­llas cuando el impío traga al que es más justo que él?

Habaduc 1, 13

En la parte inferior de un barco pequeño y humilde que navegaba por el río Rojo estaba sentado Tom con ca­denas en las muñecas, cadenas en los tobillos y un peso mayor que el de las cadenas en el corazón. Se habían desvanecido todas las cosas en su cielo: luna y estrellas; todo había pasado por su lado, tal como pasaban ahora los árbo­les y la orilla, para no volver más. Su hogar en Kentucky, con su esposa y sus hijos y sus amos indulgentes; su hogar con los St. Clare, con todos sus refinamientos y esplendores; la cabeza dorada de Eva, con sus ojos de santa; St. Clare, orgu­lloso, alegre, guapo, aparentemente despreocupado y siem­pre bondadoso; las horas de asueto y de complaciente ocio. ¡Todo se ha ido! Y, ¿qué queda en su lugar?

Una de las cargas más amargas de la suerte del esclavo es que el negro, sensible y moldeable, después de adquirir los gustos y sentimientos característicos del ambiente de una fa­milia refinada, no tiene ninguna garantía de que no vaya a pasar a ser propiedad del hombre más soez y brutal, de la misma manera en que una silla o una mesa, que una vez adornó un espléndido salón, va a caer finalmente, rota y mal­trecha, a alguna inmunda taberna o a algún vil antro de vul­gar libertinaje. La gran diferencia es que la silla y la mesa no tienen sentimientos y el hombre sí; porque ni siquiera un es­tatuto legal que dicta que puede ser «tomado, considerado y decretado por ley como bien mueble» es capaz de borrar su alma con su propio mundo particular de recuerdos, esperan­zas, amores, miedos y aspiraciones.

El señor Simon Legree, el amo de Tom, había comprado esclavos en diferentes lugares de Nueva Orleáns hasta un to­tal de ocho, y los había conducido, esposados y de dos en dos, al barco de vapor Pirate, que se hallaba atracado en el malecón, preparado para subir el río Rojo.

Una vez los hubo embarcado satisfactoriamente y con el barco ya en camino, se aproximó, con el aire de eficiencia que le era habitual, a pasarles revista. Deteniéndose delante de Tom, que iba vestido para la subasta con su mejor traje de velarte, con una camisa bien almidonada y botas relucientes, le habló de la siguiente manera:

—Ponte de pie.

Tom se puso de pie.

—¡Quítate ese corbatín!

Y mientras Tom empezó a hacerlo, impedido por sus gri­lletes, le ayudó, arrancándolo con rudeza de su cuello y me­tiéndoselo en el bolsillo.

Después Legree se volvió hacia el baúl de Tom, que acaba­ba de registrar, y sacando unos pantalones viejos y una chaqueta gastada que Tom solía ponerse para trabajar en los es­tablos, quitó las esposas de las manos de Tom y, señalando un hueco entre las cajas, le dijo:

—Métete ahí y ponte esto.

Tom obedeció y volvió después de unos momentos.

—¡Quítate las botas! —dijo el señor Legree.

Así lo hizo Tom.

—Toma —dijo aquél, lanzándole un par de los zapatos re­cios y bastos que solían llevar los esclavos—, ponte éstos. En su apresurado cambio de ropa, Tom no había olvidado transferir de bolsillo su querida Biblia. Hizo bien porque, tras volver a colocarle los grilletes a Tom, el señor Legree se puso a investigar deliberadamente el contenido de sus bolsi­llos. Sacó un pañuelo de seda y lo guardó en su propio bol­sillo. Examinó varias chucherías, que Tom guardaba sobre todo porque le habían hecho gracia a Eva y, con un gruñido de desprecio, las tiró al río por encima del hombro.

Levantó y escudriñó el himnario metodista de Tom, que éste había olvidado con las prisas.

—¡Bah, beato, desde luego! Así que, como-te-llames, per­teneces a la iglesia, ¿eh?

—Sí, amo —dijo Tom con firmeza.

—Pues no tardaré en quitarte esas ideas. No toleraré a nin­gún negro gritón, rezador o cantarín en mi casa, ¡acuérdate! Así que ten cuidado —dijo con un golpe del pie y una mira­da feroz dirigida a Tom con sus ojos grises—. ¡Yo soy tu igle­sia ahora! ¿Comprendes? Tienes que comportarte como yo te diga.

Alguna cosa dentro del hombre negro contestó: !No! y, como si las recitara una voz invisible oyó las palabras de un pergamino profético que a menudo le leyera Eva: «¡No te­mas! porque yo te he redimido. Te he llamado por el nom­bre. ¡Eres Mío!»

Pero Simon Legree no oyó ninguna voz. Él nunca oirá esa voz. Simplemente miró un instante con ira el rostro abatido de Tom y se alejó. Se llevó el baúl de Tom, que contenía un vestuario muy aseado y abundante, al castillo de proa, don­de lo rodearon enseguida varios braceros del barco. Entre muchas risas a costa de los negros que pretendían ser caballe­ros, vendió los artículos a uno y otro, y finalmente subastó el baúl vacío. Era una buena broma, pensaron todos, especial­mente ver cómo miraba Tom sus cosas al ir de un lado a otro; y después, la subasta del baúl fue lo más divertido de todo y provocó infinidad de chistes.

Después de este pequeño incidente, Simon se aproximó de nuevo a su propiedad.

—Ahora, Tom, como ves, te he desembarazado del exceso de equipaje. Cuida mucho esa ropa, pues tardarás mucho en conseguir más. Estoy a favor de que los negros seáis cuidado­sos; un traje ha de durar un año en mi plantación.

Después Simon se acercó al lugar donde estaba sentada Emmeline, encadenada a otra mujer.

—Bien, querida —dijo, cogiéndole la barbilla—, mantén­te de buen humor.

No le pasó desapercibida la mirada involuntaria de horror, espanto y aversión que le dedicó la muchacha. Frunció el ceño con fiereza.

—¡Nada de jugarretas, muchacha! Tienes que poner bue­na cara cuando yo te hablo, ¿te enteras? Y tú, vieja borracha amarillenta —dijo, dando un empujón a la mulata con la que Emmeline estaba encadenada—, ¡no pongas esa cara! ¡Tienes que estar contenta, te digo!

—Oídme todos —dijo, retrocediendo un paso o dos—. ¡Miradme... miradme... directamente a la cara... ahora! —dijo golpeando con el pie en el suelo en cada pausa.

Todos los ojos se dirigieron, como fascinados, a los furio­sos ojos gris verdosos de Simon.

—Ahora —dijo, cerrando su enorme puño pesado hasta hacerlo parecer el martillo de un herrero—, ¿veis este puño? ¡Pruébalo! —dijo, haciéndolo caer sobre la mano de Tom—. ¡Mirad estos huesos! Bien, pues sabed que este puño se ha puesto así de duro derribando a negros. Hasta ahora no he co­nocido a un negro que no fuera capaz de derribar de un pu­ñetazo —dijo, bajando el puño tan cerca de la cara de Tom que éste parpadeó y se echó atrás—. Yo no mantengo a nin­gún maldito supervisor; yo mismo superviso; y os digo que las cosas se hacen, y bien. Todos tenéis que observar las re­glas, os lo advierto; rápidos y directos... en cuanto yo abra la boca. Así estaréis a bien conmigo. No me vais a encontrar ningún punto débil. Así que andad con ojo, ¡porque no ten­go piedad!

Las mujeres contuvieron el aliento involuntariamente y toda la cuadrilla se quedó con caras abatidas y tristes. Mien­tras tanto, Simon se dio la vuelta y se marchó al bar del bar­co a tomar una copa.

—Así empiezo yo con mis negros —dijo a un hombre con aspecto de caballero que había estado cerca de él duran­te su discurso.

—¡De veras? —dijo el forastero, mirándolo con la curiosi­dad de un naturalista que estudia algún espécimen fuera de lo común.

—Ya lo creo. ¡No soy un caballero plantador con los de­dos inmaculados, para que me ablande y me tome el pelo al­gún maldito capataz! ¡Toque usted mis nudillos y mire mi puño! Ya le digo, señor, que la carne de mi puño se ha puesto como una piedra de tanto ejercicio con los negros, ¡tóquelo!

El forastero puso sus dedos sobre la herramienta en cues­tión y dijo simplemente:

—Es bastante duro; y supongo —añadió— que el ejerci­cio le ha endurecido el corazón de igual manera.

—Pues, podría decirse que sí —dijo Simon con una senti­da carcajada—. Creo que soy tan poco blando como cual­quiera. ¡Le digo que no hay quien me ablande a mí! Los ne­gros nunca me ablandan, ni alborotando ni dándome jabón, y ésa es la verdad.

Tiene usted un buen lote ahí.

—Es verdad —dijo Simon—. Ese Tom, me han dicho que es algo fuera de lo común. He pagado un precio un poco alto por él, con la idea de utilizarlo como conductor y admi­nistrador; en cuanto le haga olvidar las nociones que le han enseñado tratándolo como no se debe tratar a los negros, es­tará perfecto. Me han engañado en el caso de la mujer ama­rillenta. Creo que está enferma, pero le sacaré todo lo que vale; puede durar un año o dos. No estoy a favor de guardar a los negros. Usarlos y comprar más, ése es mi método; da menos dolores de cabeza y estoy seguro de que sale más ba­rato a la larga —y Simon bebió un sorbo de su copa.

—¿Y cuánto suelen durar? —preguntó el forastero.

—Pues no lo sé; depende de su constitución. Los tipos fuertes duran seis o siete años; los débiles se desgastan en dos o tres. Cuando empecé, solía tomarme bastantes molestias preocupándome por ellos e intentando hacerles durar, lla­mando al médico cuando enfermaban y dándoles ropa y mantas, y cosas así, para mantenerlos cómodos y bien. Pero, Señor, no servía para nada; perdía dinero con ellos y me da­ban mucho trabajo. Ahora, ¿sabe usted?, los utilizo de un ti­rón, enfermos o sanos. Cuando se muere un negro, compro otro; sale más barato y fácil, en todos los sentidos.

El forastero se alejó y fue a sentarse junto a un caballero que había escuchado la conversación con desasosiego conte­nido.

—No debe usted considerar a ese tipo como típico de los plantadores del sur —dijo.

—Espero que no —dijo el caballero joven enfáticamente.

—¡Es un tipo vil, rastrero y brutal! —dijo el otro.

—Y sin embargo, sus leyes le permiten tener a todos los seres humanos que quiera sometidos a su voluntad absoluta, sin una sombra de protección siquiera; y, por rastrero que sea, usted no puede decir que no haya muchos iguales.

—Bien —dijo el otro—, también hay muchos hombres humanitarios y considerados entre los plantadores.

—De acuerdo —dijo el joven—, pero, en mi opinión, us­tedes los humanitarios y considerados son los responsables de toda la brutalidad y ultrajes que infligen estos desgracia­dos; porque, si no fuera por su aprobación e influencia, el sis­tema entero no se mantendría en pie ni una hora. Si no hu­biera otros plantadores que del tipo de aquél —dijo, señalan­do con el dedo a Legree, que estaba con la espalda vuelta hacia ellos—, se hundiría todo el asunto como una piedra de molino. Son la respetabilidad y el humanitarismo de ustedes lo que permite y protege su brutalidad.

—Desde luego que tiene usted una alta opinión de mi bondad —dijo el plantador con una sonrisa—, pero le acon­sejo que no hable usted tan fuerte, ya que hay personas a bordo del barco que pueden ser bastante menos tolerantes con sus opiniones que yo. Más vale que se espere hasta que lleguemos a mi plantación y allí nos puede insultar a todos a sus anchas.

El joven se ruborizó y sonrió, y pronto estuvieron absortos con una partida de backgammon. Mientras tanto, otra con­versación tenía lugar en la parte inferior del barco, entre Em­meline y la mujer mulata con la que estaba atada. Como era natural, intercambiaban detalles de sus respectivas historias.

—¿A quién pertenecías tú? —preguntó Emmeline.

—Bien, mi amo era el señor Ellis, que vivía en la calle Le­vee. Quizás hayas visto la casa.

—¿Te trataba bien? —preguntó Emmeline.

—Casi siempre, hasta que cayó enfermo. Lleva más de seis meses enfermo a rachas, y ha estado muy inquieto. Era como si no quisiera que descansara nadie, día o noche; y se puso tan exigente que nada lo satisfacía. Era como si se enfadara más con cada día que pasaba; a mí me tuvo levantada por las no­ches hasta que no podía más, y cuando me dormí una noche, ¡Dios mío! me habló de forma horrible y me dijo que me ven­dería al peor amo que pudiera encontrar; y eso que me había prometido la libertad cuando él muriese.

—Tenías amigos? preguntó Emmeline.

—Sí, mi marido, que es herrero. El amo solía tenerlo arrendado. Se me llevaron de allí tan deprisa que ni siquiera he tenido tiempo de verlo; y tengo cuatro hijos. ¡Ay de mí! —dijo la mujer, cubriendo el rostro con las manos.

Es un impulso natural en todos nosotros, cuando oímos una historia triste, pensar en algo que decir a modo de con­suelo. Emmeline quería decir algo, pero no se le ocurría nada que decir. ¿Qué se podía decir? Como de mutuo acuerdo, las dos evitaron, con temor y espanto, mencionar al hombre re­pugnante que era su amo ahora.

Es verdad que existe la fe religiosa hasta en la hora más os­cura. La mujer mulata era miembro de la iglesia metodista y tenía un espíritu de piedad muy sincero, aunque no muy ins­truido. A Emmeline la habían educado con mucha más inte­ligencia: le habían enseñado a leer y a escribir y le habían ins­truido diligentemente en el conocimiento de la Biblia, a tra­vés de los cuidados de un ama fiel y piadosa; sin embargo, ¿no sería una prueba para el cristiano más firme encontrarse aparentemente abandonado por Dios y en manos de una violencia despiadada? ¡Cuánto más debe de sacudir la fe de los pobres desvalidos de Cristo, con escasos conocimientos y pocos años!

El barco siguió adelante, con su cargamento de penas, su­biendo las aguas rojas, turbias y fangosas, a través de los abruptos meandros tortuosos del río Rojo; y los tristes ojos contemplaban cansados las empinadas orillas de arcilla roja, que se deslizaban siempre igual. Por fin se detuvo el barco en un pequeño pueblo y Legree desembarcó con su grupo.

CAPÍTULO XXXII. LUGARES OSCUROS

Los lugares oscuros de la tierra se han convertido en guaridas de vio­lencia.

Arrastrándose agotados tras un rústico carro sobre un camino más rústico aún, Tom y sus compañeros seguían su marcha. En el carro estaba sentado Simon Legree y las dos mujeres, todavía encadenadas juntas, esta­ban almacenadas con el equipaje en la parte de atrás. Todo el grupo se dirigía a la plantación de Legree, que estaba bastan­te lejos.

Era una carretera agreste y descuidada que se retorcía pri­mero entre monótonas pinadas, donde silbaba melancólica­mente el viento, y luego entre calzadas de troncos, a través de largas ciénagas con lúgubres cipreses que se alzaban desde el suelo blando y viscoso y de los que colgaban largas coro­nas de musgo fúnebre, mientras se deslizaba de vez en cuan­do la forma odiosa de una serpiente de agua entre los toco­nes rotos y las ramas destrozadas que yacían aquí y allá, pu­driéndose en el agua.

Este camino le parece bastante desconsolado al forastero que, con el bolsillo repleto y un caballo bien dotado, lo hue­lla en solitario para realizar algún recado, pero más triste y melancólico le parece a un hombre cautivo, a quien cada paso aleja más de todo lo que puede querer y anhelar un hombre.

Esto es lo que hubiera pensado quien viese la expresión hundida y desalentada de aquellos rostros oscuros, el cansan­cio nostálgico y paciente con el que aquellos tristes ojos se posaban sobre los objetos que iban pasando uno tras otro a lo largo de su aciago viaje.

Simon siguió adelante, sin embargo, con aparente satisfac­ción, bebiendo de vez en cuando de un frasco de alcohol que guardaba en el bolsillo.

—¡Eh, vosotros! —dijo, girándose y dándose cuenta de un vistazo de los rostros desalentados de los que iban detrás—. ¡Cantad alguna canción, muchachos, vamos!

Los hombres se miraron; se repitió el «Vamos», acompaña­do de un chasquido del látigo que tenía el amo en las manos. Tom empezó a cantar un himno metodista.

Jerusalén, mi feliz hogar,

el nombre que adoro.

¿Cuándo acabarán mis penas?

¿Cuándo vendrán tus...

—¡Cállate, negro maldito! —berreó Legree—. ¿Es que te creías que quería oír algo de vuestro maldito metodismo? ¡Vamos, cantad algo vivo y alegre!

Otro de los hombres empezó a cantar una de esas cancio­nes sin sentido, muy comunes entre los esclavos.

El amo me vio coger un mapache,

¡Arriba, muchachos, arriba!

Rió hasta reventar, ¿veis la luna?

¡Jo, jo, jo, chicos, jo!

Jo, ju, jo, eh, oh!

El cantante parecía inventar la canción a su propio gus­to, según iba cantando, sin esforzarse mucho porque tuvie­ra sentido; y el resto del grupo se unía para cantar el estri­billo:

Jo, jo, jo, chicos, jo!

Jo, ju, jo, eh, oh!

Cantaron con gran estrépito y esforzándose mucho para estar alegres; pero ningún lamento desesperado, ninguna ple­garia apasionada hubiera podido contener una pena más profunda que las salvajes notas del estribillo. ¡Como si el po­bre corazón mudo, bajo amenaza y encarcelado, se refugiase en el santuario inarticulado de la música, encontrando en ella un lenguaje con el que susurrar su plegaria a Dios! Su canción encerraba una plegaria que Simon no podía escu­char. Él sólo oía a unos muchachos cantando estrepitosa­mente, y eso lo satisfizo, pues conseguía «mantenerlos con­tentos».

—Bien, querida mía —dijo, volviéndose hacia Emmeline y poniendo la mano sobre su hombro—. ¡Casi estamos en casa!

Cuando Legree gritaba y bramaba, Emmeline se aterrori­zaba; pero cuando le ponía la mano encima y le hablaba como en esta ocasión, sentía que preferiría que la golpease. La expresión de sus ojos la llenaba de repugnancia y le ponía los pelos de punta. Involuntariamente se acercó más a la mu­lata como si fuese su madre.

—Nunca has llevado pendientes —dijo él, cogiendo su pequeña oreja entre sus rudos dedos.

—No, amo —dijo Emmeline, temblando y mirando hacia abajo.

—Bien, pues yo te daré un par cuando lleguemos a casa, si te portas bien. No te asustes así; no pienso hacerte trabajar mucho. Te lo pasarás en grande conmigo, vivirás como una señora... sólo tienes que portarte bien.

Legree había bebido tanto que le daba por ser muy mag­nánimo; y en estos momentos, más o menos, la valla de su plantación se alzó ante sus ojos. La hacienda había pertene­cido anteriormente a un caballero rico y de buen gusto, que había puesto mucho cuidado en la disposición de su propie­dad. Al morir insolvente, Legree la compró a muy buen pre­cio y la utilizaba, como todo lo demás, sólo como un instru­mento para ganar dinero. El lugar tenía esa apariencia ajada y abandonada que siempre produce la evidencia de que los cui­dados del antiguo amo han dado paso a la decadencia total.

Lo que había sido un césped bien cuidado delante de la casa, salpicado aquí y allí de arbustos ornamentales, ahora es­taba cubierto de una hierba desaliñada y enmarañada, con postes para atar los caballos clavados por doquier, rodeados de zonas pisoteadas y sin hierba, con cubos rotos, mazorcas de maíz y otros desechos esparcidos alrededor. En algunos puntos, algún jazmín o madreselva enmohecido colgaba de­sordenado de un tiesto ornamental, que había sido apartado para utilizarlo como poste de caballos. Lo que antaño había sido un huerto estaba ahora cubierto de malas hierbas, a tra­vés de las cuales asomaba la cabeza, de vez en cuando, algu­na flor exótica. El antiguo invernadero estaba sin cortinas y en los desvencijados estantes quedaban algunas macetas se­cas y abandonadas con cañas clavadas en ellas, y unas hojas marchitas que atestiguaban que habían sido plantas alguna vez.

El carro subió por un camino de gravilla y maleza, bajo una avenida de nobles árboles del paraíso, cuyas gráciles for­mas y frondosas hojas parecían ser las únicas cosas que el abandono no podía arredrar ni alterar, como espíritus no­bles, tan profundamente arraigados en la bondad que pros­peran y se fortalecen entre el desaliento y la decadencia.

La casa había sido grande y hermosa. Estaba construida a la manera típica del sur, con un ancho porche de dos alturas rodeando toda la casa, al que daban todas las puertas que co­municaban con el exterior, soportado en la parte inferior por unos pilares de ladrillo.

Pero ahora parecía desolada e incómoda; algunas ventanas estaban tapadas con tablas, otras tenían lunas rotas y contra­ventanas que colgaban de una sola bisagra: todo testimonia­ba un absoluto abandono y despreocupación.

Trozos de tabla, paja, viejos barriles y cajas podridas ador­naban el suelo en todas direcciones; y tres o cuatro perros de aspecto feroz, advertidos por el sonido de las ruedas del ca­rro, salieron a la carrera y sólo con grandes esfuerzos los sir­vientes andrajosos que salieron tras ellos consiguieron que no atacaran a Tom y sus compañeros.

—¿Veis lo que os espera? —dijo Legree, acariciando a los perros con torva satisfacción, volviéndose hacia Tom y sus compañeros—. ¿Veis lo que os espera si intentáis esca­paros? Estos perros han sido entrenados para cazar a los negros, y lo mismo les daría zamparse a uno de vosotros que su comida habitual. Así que, a ver si andáis con cuida­do. ¿Qué tal, Sambo? —dijo a un tipo harapiento, con un sombrero sin ala, que le prestaba serviles atenciones—. ¿Cómo van las cosas?

—De primera, amo.

—Quimbo —dijo Legree a otro, que hacía grandes aspa­vientos para atraer su atención—, ¿has hecho lo que te dije?

—Ya lo creo que sí.

Estos dos hombres negros eran los braceros más importan­tes de la plantación. Legree les había instruido tan sistemáti­camente en barbarie y brutalidad como sus dogos; y tras lar­go tiempo dedicados a la práctica de la dureza y la crueldad, había conseguido que sus naturalezas alcanzaran más o me­nos la misma gama de capacidades que ellos. Se suele consi­derar, y es un hecho que se utiliza para vilipendiar el carácter de su raza, que los capataces negros siempre son más tiráni­cos y crueles que los blancos. Sólo significa que la mente de los negros ha sido más degradada que la de los blancos. No es más cierto de esta raza que de cualquier raza oprimida del mundo. El esclavo siempre es un tirano si se le brinda la oca­sión.

Legree, como alguno de los potentados de los que leemos en los libros de historia, gobernaba su plantación con una es­pecie de división de fuerzas. Sambo y Quimbo se odiaban cordialmente el uno al otro, y todos y cada uno de los brace­ros de la plantación los odiaban cordialmente a ambos, por lo que, jugando a enfrentar a estas fuerzas entre sí, era casi se­guro que una de las tres le informaría de todo lo que ocurría en el lugar.

Nadie puede vivir sin ninguna relación humana, por lo que Legree animaba a sus dos satélites negros a que lo trata­ran con una especie de vulgar campechanería, la cual, sin em­bargo, podía causarle problemas a alguno de ellos en cual­quier momento, ya que cada uno estaba siempre dispuesto, a la mínima provocación y a la más leve señal del amo, a ven­garse de su rival.

Al verlos ahí de pie junto a Legree, parecían una buena ilustración del hecho de que los hombres brutales son inclu­so más rastreros que los animales. Sus burdas y pesadas fac­ciones oscuras, sus grandes ojos mirándose el uno al otro con envidia, su entonación bárbara, gutural y medio salvaje, sus prendas harapientas ondulando al viento: todo estaba en per­fecta armonía con la naturaleza malsana y vil de todo lo que había en aquel lugar.

—¡Eh, tú, Sambo! —dijo Legree—. Lleva a estos mucha­chos a los barracones; y aquí tienes a una muchacha que te he traído a ti —dijo, separando la mulata de Emmeline y empujándola hacia él—. Ya sabes que prometí traerte a una.

La mujer se sobresaltó y, retrocediendo, dijo de pronto:

—¡Ay, amo, he dejado a mi viejo en Nueva Orleans!

—¿Y qué? ¿No te hará falta otro aquí? ¡No me contestes ahora, vete! —dijo Legree alzando el látigo.

—Ven, damita —dijo a Emmeline—. Entra tú aquí con­migo.

Durante un instante se vio un rostro oscuro y desencajado mirar por una ventana de la casa y, al abrir Legree la puerta, una voz femenina dijo algo con un tono acelerado e imperio­so. Tom, que miraba con ansioso interés a Emmelme mien­tras entraba, se dio cuenta y oyó cómo contestaba Legree ai­rado:

—¡Cállate! ¡Haré lo que me plazca, digas tú lo que digas! Tom no oyó más, porque tuvo que seguir a Sambo a los barracones. Era una especie de calle de burdas chabolas pues­tas en fila, en una parte de la plantación alejada de la casa. Te­nían un aspecto abandonado, brutal y desolado. A Tom se le cayó el alma cuando los vio. Se había estado consolando con la idea de una casita, que, aunque rudimentaria, pudiera de­jar aseada y tranquila, y donde pudiera tener una repisa en la que poner su Biblia y un lugar donde estar solo después de las horas del trabajo. Se asomó a varios: eran simples cásca­ras desnudas, sin muebles de ninguna clase, sólo un montón de paja sucísima, extendida de cualquier manera sobre el suelo, que no era más que la tierra endurecida por las pisadas de innumerables pies.

—¿Cuál de éstos es para mí? —preguntó dócilmente a Sambo.

—No lo sé; te puedes meter aquí, supongo —dijo Sam­bo—; supongo que cabe otro; ya hay un buen montón de ne­gros en cada uno; desde luego no sé dónde voy a meter a más.

A última hora de la tarde, los cansados ocupantes de los barracones regresaron en tropel, hombres y mujeres, con ro­pas sucias y andrajosas, malhumorados e incómodos, y nada dispuestos a dar la bienvenida a los recién llegados. La pe­queña aldea resonaba con ruidos poco acogedores: voces roncas y guturales discutiendo ante los molinillos manuales donde tenían que convertir en harina el trozo de duro maíz para hacer la torta que sería su única cena. Desde la primera luz de la aurora, habían estado en los campos, obligados a trabajar por los implacables látigos de los capataces; porque era el punto álgido de la temporada y no ahorraban medios para sacarle a cada uno todo lo que era capaz de dar. «Lo cier­to es», dice el despreocupado holgazán, «que recoger algo­dón no es un trabajo duro». ¿No lo es? Y tampoco pasa nada si te cae una gota de agua sobre la cabeza; sin embargo la peor tortura de la Inquisición consiste en dejar caer gota tras gota, con invariable sucesión, sobre el mismo punto; y el tra­bajo, aunque no sea difícil en sí, se hace duro cuando te obli­gan a realizarlo hora tras hora, con una monotonía sin tre­gua, sin siquiera la conciencia del libre albedrío para aliviar el tedio. Tom buscó en vano entre la cuadrilla que llegaba unas caras amigables. Sólo vio a hombres hoscos, ceñudos y em­brutecidos y a mujeres endebles y decaídas, o mujeres que no eran mujeres, pues las fuertes apartaban a las débiles. Vio el salvaje egoísmo ilimitado de seres humanos de los que no se esperaba ni exigía ningún bien; y quienes, al ser tratados en todos los aspectos como animales, habían caído tan cerca del nivel de los animales como es posible en un ser humano. El sonido de los molinillos se oyó hasta muy avanzada la no­che, porque eran pocos para el número de usuarios, y los más agotados y débiles eran apartados por los más fuertes y eran los últimos en cenar.

—¡Eh, tú! —dijo Sambo, acercándose a la mujer mulata y tirando una bolsa de maíz en el suelo delante de ella—. ¿Cómo demonios te llamas?

—Lucy —dijo la mujer.

—Bien, Lucy, eres mi mujer ahora. Ve a moler este maíz y hazme la cena, ¿me oyes?

—¡Yo no soy tu mujer y no pienso serlo! —dijo la mujer con un súbito arranque de valor, producto de su desespera­ción—. ¡Márchate!

—¡Te pegaré una paliza si no! —dijo Sambo, levantando el pie amenazador.

—Me puedes matar si quieres. ¡cuanto antes, mejor! ¡Oja­lá estuviera muerta! —dijo ella.

—Oye, Sambo, si les consientes a los braceros, se lo con­taré al amo —dijo Quimbo, que estaba ocupado en el moli­nillo, de donde había echado a dos o tres mujeres fatigadas que esperaban para moler el maíz.

—¡Y yo le diré que tú no dejas que las mujeres se acerquen al molinillo, asqueroso negrazo! —dijo Sambo—. ¡Ocúpate de tu propia fila!

Tom estaba hambriento después del día viajando y casi desmayado por falta de comida.

—¡Eh, tú! —dijo Quimbo, tirando al suelo una cruda bol­sa que contenía una pizca de maíz—. ¡Toma, negro, coge eso; no te va a tocar más esta semana!

Tom esperó hasta tarde para coger un sitio en los moli­nillos; entonces, conmovido por el avanzado agotamiento de dos mujeres, que vio intentar moler su maíz allí, lo mo­lió por ellas, juntó los rescoldos agonizantes del fuego, donde muchos ya habían cocinado sus tortas, y se puso a preparar su propia cena. Era algo nuevo en el lugar: una obra de caridad, y, aunque era muy poca cosa, despertó una respuesta en el corazón de las mueres; una expresión de bondad femenina les transformó los rostros endureci­dos; le mezclaron la torta ellas y se la asaron; y Tom se sen­tó junto a la luz de la lumbre y sacó su Biblia, pues necesi­taba consuelo.

—¿Qué es eso? —preguntó una de las mujeres.

—Una Biblia —dijo Tom.

—¡Santo Dios! ¡No he visto una desde que estuve en Ken­tucky!

—¿Te criaste en Kentucky? —preguntó Tom.

—Sí, y me educaron bien; nunca pensé que acabaría así —dijo la mujer con un suspiro.

—¿Pero qué es ese libro, de todas formas? —preguntó la otra mujer.

—Pues es una Biblia.

—¡Vaya por Dios! ¿Y qué es? —preguntó la mujer.

—No me digas que nunca has oído hablar de ella la otra mujer—. Yo oía a mi ama leerla a veces en Kentucky, pero, ¡Señor! aquí no oímos más que gritos y palabrotas.

—Lee un poco, de todas formas —dijo la primera mujer, con curiosidad al ver cómo la estudiaba Tom.

Tom leyó: «Venid a Mí, todos vosotros que trabajáis y lle­váis una pesada carga, y Yo os daré descanso.»

—Ésas sí son buenas palabras —dijo la mujer—. ¿Quién las dice?

—El Señor —dijo Tom.

—¡Ojalá supiera dónde encontrarlo! —dijo la mujer—, pues iría allí; tengo la sensación de que nunca más descansa­ré. Me duelen las carnes y tiemblo todo el día, y Sambo no para de gritarme por no recoger más deprisa; y luego es casi la medianoche antes de que pueda cenar; y luego parece que acabo de darme la vuelta y cerrar los ojos cuando oigo sonar la corneta para levantarme y otra vez es por la mañana. Si su­piera dónde está el Señor, se lo contaría.

—Está aquí; está en todas partes —dijo Tom.

—¡Cielos, no me vas a hacer creer eso! Sé que el Señor no está aquí —dijo la mujer—; no sirve para nada hablar, sin embargo; me voy a tumbar y dormir mientras puedo.

Las mujeres se fueron a sus barracones y Tom se quedó solo, junto al fuego agonizante, que le teñía el rostro con lla­mitas rojas.

La bella luna plateada se alzó en el cielo púrpura y mira­ba, tranquila y silenciosa, tal como Dios mira los escena­rios de miseria y opresión; miró tranquila al hombre negro sentado allí con los brazos cruzados y la Biblia apoyada en sus rodillas.

«¿Está Dios AQUÍ?» Ay, ¿cómo es posible que un corazón ignorante mantenga su fe inamovible ante el desorden más absoluto y la injusticia descarada y sin repulsa? Una fiera ba­talla se libró dentro de ese sencillo corazón; el sentido abru­mador de injusticia, la premonición de toda una vida de fu­turas desgracias, el naufragio de todas las esperanzas pasadas, flotando a la vista del alma, como los cadáveres de mujer, hi­jos y amigos se presentan, a la deriva sobre las oscuras olas, ante la cara del marinero medio ahogado. ¡Ay! ¿Era fácil creer aquí y mantener firme aquella gran consigna de la fe cristiana: «Dios EXISTE,, y RECOMPENSA a los que lo buscan con diligencia»?

Tom se levantó desconsolado y se metió a trompicones en el barracón que le habían asignado. Muchos cuerpos dormidos yacían ya esparcidos por el suelo y el aire fétido casi lo ahuyentó; pero el rocío nocturno refrescaba y esta­ba cansado, por lo que se envolvió en una manta raída, su única ropa de cama, se tumbó sobre la paja y se quedó dor­mido.

En sueños, una suave voz sonó en sus oídos; se hallaba sentado en el musgoso banco del jardín junto al lago Pont­chartrain y Eva, con sus serios ojos dirigidos a la Biblia, le leía las siguientes palabras:

«Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y los ríos no te desbordarán; cuando andes por el fuego, no te quema­rás, ni las llamas prenderán en ti; porque soy el Señor tu Dios, el Sagrado Dios de Israel, tu Salvador.»

Poco a poco las palabras se deshicieron y se desvanecie­ron, como una música divina; la niña levantó los ojos pro­fundos y los dirigió amorosamente a él, y parecieron emanar de ellos rayos de luz y consuelo que le llegaron hasta el cora­zón; y, como flotando en la música, ella pareció elevarse con relucientes alas, de las que caía una lluvia de estrellas dora­das, y desapareció.

Tom despertó. ¿Había sido un sueño? Digamos que sí. Pero ¿quién puede decir que Dios no permitiría a ese joven espíritu del bien, que luchó en vida por consolar y reconfortar a los oprimidos, cumplir este cometido después de la muerte?

Es un pensamiento hermoso

que sobre nuestras cabezas

vuelan, con alas de ángel,

los espíritus de los muertos.

CAPÍTULO XXXIII. CASSY

Vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violen­cia de sus verdugos, sin tener quien los vengue.

Eclesiastés 4,1

Tom tardó poco en familiarizarse con todo lo que podía esperar o temer de su nuevo estilo de vida. Era un tra­bajador experto y eficiente en todo lo que emprendía, y, tanto por costumbre como por principio, era puntual y cumplidor. Era tranquilo y pacífico por naturaleza, y espera­ba evitar, con incesante diligencia, por lo menos parte de los males de su condición. Vio bastantes abusos y miserias para ponerse enfermo, pero decidió seguir adelante con paciencia religiosa, encomendándose a Aquél que juzga con probidad, sin perder del todo la esperanza de encontrar aún alguna vía de escape.

Legree observó en silencio los méritos de Tom. Lo consi­deraba un bracero de primera; sin embargo, sentía cierta an­1tipatía secreta hacia él, la antipatía del malo por el bueno. Vio claramente que cuando dirigía su violencia y brutalidad, como ocurría a menudo, contra los desvalidos, Tom se per­cataba de ello, porque la opinión tiene una aureola tan sutil que se hace sentir sin necesidad de palabras; e incluso la opi­nión de un esclavo puede irritar a un amo. De muchas ma­neras Tom manifestaba una sensibilidad y una compasión hacia sus compañeros de fatigas que a éstos les resultaban ex­trañas y nuevas y que Legree vigilaba con recelo. Había com­prado a Tom con la idea de convertirlo a la larga en una es­pecie de supervisor a quien podría confiar sus negocios du­rante cortas ausencias, y, en su opinión, el primero, segundo y tercero de los requisitos para ese cargo eran la dureza. Le­gree decidió que, como Tom no era lo bastante duro, tendría que endurecerlo inmediatamente; así que cuando Tom lleva­ba unas semanas en el lugar, decidió iniciar dicho proceso.

Una mañana, cuando los braceros estaban reunidos para salir al campo, Tom observó con sorpresa a una persona re­cién llegada entre ellos, cuya apariencia despertó su atención. Era una mujer, alta y esbelta de formas, con unas manos y unos pies excepcionalmente delicados, y vestida con una ropa decente y respetable. Por su cara, debía tener entre trein­ta y cinco y cuarenta años; era una cara imposible de olvidar una vez vista, pues era uno de esos rostros que parecen trans­mitimos a primera vista la idea de una historia romántica, dolorosa y extraña. Tenía una frente alta y unas cejas muy bien delineadas. La nariz recta y bien formada, la boca de be­llas proporciones y el grácil contorno de la cabeza y el cuello demostraban que debió de ser muy bella una vez; pero el ros­tro estaba profundamente surcado con arrugas de dolor y de orgulloso y amargo sufrimiento. El cutis era amarillento y en­fermizo, las mejillas delgadas, las facciones afiladas y todo el cuerpo enjuto. Pero su rasgo más notable eran los ojos: tan grandes, tan profundamente negros, sombreados con unas largas pestañas igualmente oscuras y tan alocada y tristemen­te desesperados. Había fiero orgullo y desafio en cada línea del semblante, en cada curva de los labios flexibles y en cada movimiento del cuerpo; pero en los ojos se veía una honda y arraigada noche de angustia, una expresión tan desampara­da y desvalida que contrastaba terriblemente con el despre­cio y la altivez del resto de su porte.

Quién era o de dónde venía, Tom no lo sabía. Lo primero que supo fue que estaba allí caminando a su lado, erguida y orgullosa, a la luz grisácea del amanecer. Los de la cuadrilla sí la conocían, sin embargo; pues hubo muchas miradas y ca­bezas vueltas y un alborozo apreciable aunque reprimido en­tre las miserables criaturas andrajosas y hambrientas que la rodeaban.

—¡Le ha tocado por fin... me alegro! —dijo uno.

—¡Ji, ji, ji! —dijo otro—. ¡Ahora te vas a enterar, señorita!

—¡Vamos a verla trabajar!

—Me pregunto si la azotarán por la noche, como a los de­más.

—¡A mí me gustaría que la zurrasen, ya lo creo! —dijo otro.

La mujer no hizo caso de estas provocaciones sino que si­guió caminando con la misma expresión de airado desdén, como si no oyera nada. Tom siempre había vivido entre per­sonas refinadas y cultivadas y se dio cuenta intuitivamente, por su porte y su presencia, de que ella pertenecía a esta cla­se; pero cómo o por qué había caído en unas circunstancias tan degradantes, no podía imaginar. La mujer ni lo miró ni le habló, aunque se mantuvo junto a él todo el camino hasta el campo.

Tom estaba pronto absorto con su trabajo, pero, como la mujer no estaba muy lejos de él, le echaba un vistazo de vez en cuando para ver cómo trabajaba. Vio enseguida que una destreza y una habilidad innatas le hacían más fácil la tarea a ella que a otros muchos. Recogía rápida y limpiamente y con un aire de displicencia, como si despreciara tanto el trabajo como la vergüenza y humillación de las circunstancias en las que se encontraba.

En el curso del día, Tom trabajaba cerca de la mujer mula­ta que había sido comprada en el mismo lote que él. Era evi­dente que sufría mucho, y Tom la oyó rezar muchas veces y la vio tambalearse y temblar, como si se fuera a desmoronar. Al aproximarse a ella, Tom trasladó discretamente varios pu­ñados de algodón de su saco al de ella.

—¡No lo hagas! —dijo la mujer, sorprendida—. ¡Te mete­rás en un lío!

En ese momento se acercó Sambo. Parecía tener una in­quina especial contra esta mujer. Blandiendo el látigo, dijo con un tono brutal y gutural: —¿Qué pasa, Lucy? Perdiendo el tiempo, ¿eh? y al decirlo, le asestó una patada con su pe­sado zapato de cuero y golpeó a Tom en la cara con el látigo.

Tom volvió a su tarea en silencio; pero la mujer, ya antes a punto de caer rendida, se desmayó.

—¡Yo la haré volver en sí! —dijo el capataz con una son­risa brutal—. ¡Yo le daré algo mejor que el alcanfor! —y sa­cando un alfiler de la manga de su chaqueta, lo hundió has­ta la cabeza en su carne. La mujer gimió e hizo ademán de le­vantarse.

—¡Levántate, pedazo de animal, y trabaja, o te enseñaré al­gún otro truco!

La mujer pareció estar infundida durante unos instantes de una fuerza sobrenatural, y trabajó con una energía deses­perada.

A ver si sigues así —dijo el hombre—, o esta noche que­rrás estar muerta, seguro.

—¡Ya quisiera! —Tom la oyó decir; y luego—: ¡Señor, cuánto tiempo! ¿Ay, Señor, por qué no nos ayudas?

A riesgo de lo que pudiera ocurrirle, Tom se adelantó de nuevo y trasladó todo el algodón de su saco al de la mujer.

—¡No debes hacerlo! ¡No sabes lo que van a hacerte! —dijo la mujer.

—Lo puedo soportar —dijo Tom— mejor que tú y vol­vió a su puesto. Todo sucedió en un instante.

De repente la mujer desconocida que hemos descrito y que estaba trabajando lo bastante cerca como para oír las úl­timas palabras de Tom, alzó sus profundos ojos negros y los fijó en él durante un segundo; después cogió una porción de algodón de su cesta y la colocó en la de él.

—No sabes nada de este lugar —dijo— o no hubieras he­cho eso. Cuando lleves un mes aquí, ya no ayudarás a nadie, pues te será bastante difícil cuidar de tu propio pellejo.

—¡El Señor no lo quiera, señora! —dijo Tom, utilizando instintivamente con su compañera de trabajo el tratamiento respetuoso propio de las personas de alto rango con las que había vivido.

—El Señor no visita estas partes dijo amargamente la mujer, siguiendo con destreza su tarea; y una vez más la son­risa desdeñosa se dibujó en su boca.

Pero el capataz había visto la acción de la mujer desde el otro lado del campo; se acercó a ella, chasqueando el látigo.

—Cómo, cómo? —dijo a la mujer con un aire de triun­fo—. ¡TÚ, haciendo el tonto! Vamos, ya estás bajo mis órde­nes. ¡Pórtate bien o te la vas a cargar!

Una mirada como un rayo salió despedida de aquellos ojos negros; dándose la vuelta, con los labios temblorosos y las aletas de la nariz dilatadas, se irguió y fijó los ojos, lla­meantes de furia y desprecio, en el capataz.

—¡Perro! —dilo—. ¡Tócame a mí, si te atreves! ¡Todavía tengo el poder de hacer que te destrocen los perros, que te quemen vivo, que te azoten hasta casi matarte! ¡Sólo he de decir la palabra!

—Entonces, ¡.qué diablos haces aquí? —preguntó el hom­bre, evidentemente acobardado y retrocediendo hoscamente un paso o dos—. ¡No pretendía molestarla, señorita Cassy!

—¡Manténte a distancia, entonces! —dijo la mujer. Y ver­daderamente el hombre parecía tener muchas ganas de aten­der alguna cosa al otro extremo del campo, pues se dirigió allí deprisa.

La mujer volvió de pronto a su tarea y trabajó con una pe­ricia que asombraba totalmente a Tom. Parecía moverse por arte de magia. Antes de acabar el día, tenía la cesta llena a re­bosar y varias veces había puesto generosos puñados en la de Tom. Mucho después del crepúsculo, todo el cansado grupo, con las cestas en las cabezas, se enfilaron hacia el edificio des­tinado a almacenar y pesar el algodón. Legree estaba allí, conversando con los dos capataces.

—Ese Tom va a crear muchos problemas. Estuvo metien­do algodón en la cesta de Lucy todo el tiempo. Un día de és­tos hará que los negros se sientan maltratados, si el amo no lo vigila —dijo Sambo.

—¡Ajá! ¡Maldito negrazo! —dijo Legree—. Necesita que lo domemos, ¿eh, muchachos?

Los dos negros esbozaron una feísima mueca ante la insi­nuación.

—¡Ay, ay, el amo Legree es único para la doma! ¡Ni el mis­mo diablo le ganaría al amo en esa tarea! —dijo Quimbo.

—Bien, muchachos, lo mejor es ponerle a él a dar las azo­tainas hasta que olvide esas nociones que tiene. ¡Ya lo doma­ré yo!

—¡Caramba, al amo le costará trabajo cambiarle las ideas! —¡Pero las tendrá que cambiar! —dijo Legree, mascando el tabaco que tenía en la boca.

—Y esa Lucy, ¡es la zorra más irritante y fea de todo el lu­gar! —siguió Sambo.

—¡Ten cuidado, Sambo o empezaré a preguntarme por qué le tienes tanto rencor a Lucy!

—Bien, usted sabe, amo, que se enfrentó a usted y no qui­so juntarse conmigo cuando se lo ordenó.

—La hubiera obligado a latigazos —dijo Legree, escupien­do—, pero hay tanto trabajo que no parece buena idea tras­tornarla ahora. Es poca cosa, ¡pero estas chicas delgadas casi se dejan matar con tal de salirse con la suya!

—Pues Lucy estaba incordiando, haciendo el vago y enfu­rruñada, y no quería dar golpe, y Tom recogió algodón por ella.

—Conque sí, ¿eh? Pues entonces, Tom tendrá el placer de azotarla. Será buena práctica para él y no se excederá con la muchacha como vosotros, ¡demonios que sois!

—¡Jo, jo, ja, ja! —se rieron los dos desgraciados renegridos y los sonidos diabólicos realmente parecían una expresión bastante apropiada de la naturaleza malévola que les adjudi­caba Legree.

—Bien, pero, amo, entre Tom y la señorita Cassy llenaron la cesta de Lucy. Supongo que lo notaremos en el peso, amo.

—Yo soy el que pesa —dijo Legree con énfasis.

Los dos capataces volvieron a soltar sus diabólicas carcajadas.

—Así que —añadió— la señorita Cassy cumplió con su jornada de trabajo.

—¡Recoge como el diablo y todos sus ángeles!

—¡Yo creo que los lleva a todos dentro! —dijo Legree, y, soltando un brutal juramento, entró en la sala de pesar.

Las criaturas agotadas y decaídas fueron entrando despa­cio a la sala y fueron presentando sus cestas de mala gana para que las pesaran.

Legree apuntaba las cantidades en una pizarra que llevaba pegada una lista de nombres.

La cesta de Tom fue pesada y aprobada, y él esperaba an­sioso el éxito de la mujer a la que había ayudado. Tambaleándose por el cansancio, ella se adelantó y entre­gó la cesta. Cumplía bien el peso, como Legree vio claramen­te, pero fingió estar enfadado y dijo:

—¿Qué pasa, bestia perezosa? Te falta peso de nuevo. Pon­te a un lado, que te la vas a cargar enseguida.

La mujer soltó un gemido de total desesperación y se sen­tó sobre una tabla.

La persona a la que llamaban señorita Cassy se adelantó y entregó su cesta con un gesto arrogante y displicente. Al de­jarla, Legree le miró a los ojos con una mirada burlona e in­quisitiva.

Ella le dirigió fijamente sus negros ojos, movió ligeramente los labios y dijo alguna cosa en francés. Nadie sabía lo que sig­nificaba; pero el rostro de Legree adquirió una expresión abso­lutamente demoníaca al oír sus palabras; hizo ademán de le­vantar la mano para golpearla, gesto que ella contemplaba con un desdén furioso, antes de darse la vuelta para marcharse.

—Y ahora —dijo Legree— ven aquí, tú, Tom. Sabes que ya te dije que no te había comprado sólo para hacer el traba­jo normal; pienso ascenderte a capataz, y esta noche es buen momento para que empieces a practicar. Así que llévate a esta muchacha y dale una paliza; ya lo has visto bastantes ve­ces como para saber hacerlo.

—Le ruego al amo —dijo Tom— que no me obligue a ha­cer eso. No estoy acostumbrado... nunca lo he hecho... ¡No puedo, es imposible!

—Vas a aprender a hacer muchas cosas que no sabías an­tes de que yo acabe contigo —dijo Legree, cogiendo un láti­go de cuero y golpeando fuertemente a Tom en la mejilla, si­guiendo después con una tunda de golpes.

—¡Ya está! —dijo, deteniéndose para descansar—. ¿ahora me seguirás diciendo que no puedes hacerlo?

—Si, amo —dijo Tom, levantando la mano para apartar la sangre que resbalaba por su cara—. Estoy dispuesto a traba­jar noche y día mientras me quede vida y aliento, pero no me parece bien hacer eso, amo, y nunca lo haré, nunca.

Tom tenía una voz extraordinariamente suave y dulce y unos modales siempre respetuosos, lo que había hecho creer a Legree que sería cobarde y fácil de someter. Cuando dijo es­tas últimas palabras, un estremecimiento de asombro los sa­cudió a todos; la pobre mujer juntó las manos y dijo: «¡Oh, Señor!» y todos se miraban unos a otros y contuvieron el aliento como preparándose para la tormenta que había de es­tallar.

Legree se quedó estupefacto y confuso, pero finalmente espetó:

—¡Maldita bestia negra! ¡Me dices a mí que no te parece bien hacer lo que yo te ordeno! ¿Qué derecho tenéis cual­quiera de mi ganado a pensar lo que está bien? ¡No pienso tolerarlo! ¿Pero qué os creéis que sois? ¡A lo mejor te crees que eres un caballero, Tom, que puedes decir a tu amo lo que está bien y lo que no! ¡Así que a ti te parece que está mal azo­tar a la muchacha!

—Yo creo que sí, amo —dijo Tom—; la pobre criatura está enferma y débil; sería una crueldad y yo no lo haré nun­ca. Amo, si piensa usted matarme, máteme; pero nunca le­vantaré la mano contra ninguno de los presentes; ¡antes mo­riré!

Tom hablaba con voz tranquila, pero con una decisión in­confundible. Legree temblaba de ira; sus ojos verdosos fulgu­raban con furia y hasta su bigote parecía rizarse de rabia; pero, como una bestia feroz que juega con su presa antes de devorarla, reprimió el fuerte impulso de infligir violencia in­mediata y dijo con amarga burla:

—¡Vaya, vaya, aquí tenemos un perro beato de verdad, ve­nido entre nosotros pecadores! ¡Un santo, nada menos que un caballero, para hablarnos a los pecadores de nuestros pe­cados! ¡Debe de ser un hombre muy piadoso! ¡Eh, sinver­güenza!, que te haces el beato, ¿no has leído en la Biblia: «Sirvientes, obedeced a vuestros amos»? ¿Y no soy yo tu amo? ¿No he pagado mil doscientos dólares en efectivo por todo lo que hay dentro de esa maldita cáscara negra? ¿No eres mío ahora, cuerpo y alma? —dijo asestándole a Tom una patada violenta con su bota—. ¡Contéstame!

En la profundidad misma del sufrimiento fisico, encorva­do como estaba por la brutal opresión, a Tom esta pregunta le llenó el alma con un destello de júbilo y triunfo. Se irguió de pronto y miró gravemente al cielo, mientras se entremez­claban las lágrimas y la sangre que chorreaban por su rostro, y exclamó:

—¡No, no, no! ¡Mi alma no le pertenece, amo! ¡No la ha comprado, ni puede comprarla! Ya la ha comprado y se la guarda Uno que puede quedársela. ¡No importa, no impor­ta, a mí no me puede usted hacer daño!

—¡Que no puedo! —dijo Legree con escarnio—. ¡Ya lo veremos, ya lo veremos! ¡Vosotros, Sambo, Quimbo, pegad­le a este perro una paliza de la que no se recupere en un mes!

Los dos negros gigantescos que agarraron a Tom en ese momento con una expresión de diabólico alborozo en sus semblantes podían encarnar con bastante rigor las fuerzas de las tinieblas. La pobre mujer chillaba de aprensión y todos se levantaron, como de común acuerdo, mientras lo arrastra­ban fuera sin que opusiera resistencia.

CAPÍTULO XXXIV. LA HISTORIA DE LA CUARTERONA

Vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violen­cia de sus verdugos, sin quien los vengue. Felicité a los muertos que perecieron, más que a los vivos que aún viven.

Eclesiastés 4,1

Era muy tarde por la noche y Tom yacía gimiendo y san­grando a solas, en un cuartucho abandonado en la nave de los desmotadores, entre pedazos de maquina­ria rota, pilas de algodón inservible y otras basuras acumula­das allí.

Era una noche húmeda y bochornosa y el aire estaba pla­gado de nubes de mosquitos, que aumentaban el constante tormento de sus heridas, mientras que una sed abrasadora, más tortura que todo lo demás, acrecentaba su malestar fisi­co al máximo.

—¡Oh, buen Señor, mira hacia abajo, concédeme la victo­ria sobre todo! —rezaba el pobre Tom con angustia.

Se oyó una pisada en la habitación detrás de él y la luz de una linterna le deslumbró.

—¿Quién anda ahí? ¡Ay, por piedad del Señor, por favor dadme un poco de agua!

La mujer Cassy, pues ella era, dejó su linterna y, vertiendo agua de una botella, le levantó la cabeza y le dio de beber. Va­ció una taza detrás de otra con ansia febril.

—Bebe todo lo que quieras —dijo ella—. Sabía lo que iba a suceder. No es la primera vez que salgo por la noche para llevar agua a personas en tu estado.

—Gracias, señora —dijo Tom cuando terminó de beber.

—¡No me llames señora! ¡Soy una esclava miserable como tú, más baja de lo que tú puedas serlo nunca! —dijo con amargura—. Pero ahora —dijo, acercándose a la puerta y arrastrando un pequeño jergón, sobre el que había extendido lienzos humedecidos con agua fría—, intenta arrastrarte has­ta aquí, pobre hombre.

Entumecido por sus heridas y sus magulladuras, Tom tar­dó mucho en llevar a cabo esta acción; pero, una vez la hubo realizado, sintió un gran alivio gracias al efecto refrescante so­bre sus lesiones.

La mujer, conocedora de muchas artes curativas gracias a su larga práctica con las víctimas de la brutalidad, continuó aplicando remedios a las heridas de Tom, lo que le propor­cionó bastante alivio.

—Ahora —dijo la mujer, después de apoyar la cabeza de Tom sobre un rollo de algodón de desecho que hacía las ve­ces de almohada—, eso es lo mejor que puedo hacer por ti.

Tom le dio las gracias; y la mujer, sentándose en el suelo, encogió las rodillas, las rodeó con los brazos y se quedó mi­rando fijamente delante de ella, con una expresión amarga y dolorida en la cara. Su sombrero se cayó hacia atrás y largas ondas de cabello negro ciñeron su rostro singular y melancó­lico.

—¡Es inútil, pobre hombre! —dijo por fin—. Lo que has estado intentando hacer no sirve de nada. Has sido valiente y tenías razón; pero es imposible que luches y no sirve de nada. ¡Estás en manos del diablo; él es el más fuerte y debes rendirte!

¡Rendirse! ¿No le habían sugerido lo mismo la debilidad humana y el dolor fisico? Tom se sobresaltó, porque la mu­jer amargada con sus ojos extraviados y su voz melancólica le parecía la personificación de la tentación contra la que había luchado.

—¡Ay, Señor, ay, Señor! —gimió—. ¿Cómo puedo ren­dirme?

—No sirve de nada invocar al Señor: Él nunca escucha —dijo la mujer con firmeza—. Yo creo que no existe Dios, o, si existe, se ha puesto en contra de nosotros. Todo está con­tra nosotros, el Cielo y la Tierra. Todo nos empuja hacia el infierno. ¿Por qué no íbamos a ir?

Tom cerró los ojos y se estremeció al oír las palabras tene­brosas y ateas.

—El caso es —dijo la mujer— que tú no sabes nada al res­pecto y yo sí. Llevo cinco años en este lugar, sometida cuer­po y alma bajo el pie de este hombre, ¡y lo odio por ello tan­to como odio al diablo! Aquí estás, en una solitaria planta­ción, a diez millas de la más próxima, en mitad de los pantanos; no hay una persona blanca que pueda dar testimo­nio si te queman vivo, si te escaldan, te cortan en pedacitos, dejan que te coman los perros o te cuelgan y te azotan hasta matarte. Aquí no hay ley, ni de Dios ni del hombre, que te pueda ayudar a ti o a cualquiera de nosotros; y ¡este hombre! No hay nada en el mundo que no sea capaz de hacer. Podría ponerle los pelos de punta a cualquiera si contara simple­mente lo que he visto y conocido aquí... ¡y no sirve de nada resistirse! ¿Quería yo convivir con él? ¿No he sido una mujer bien educada?, y él, ¡Dios mío!, ¿qué era y qué es? Y sin em­bargo, he convivido con él durante cinco años y he maldeci­do cada minuto de mi vida, noche y día. Y ahora tiene a una nueva, una jovencita de quince años y educada, según dice, piadosamente. Su buena ama le enseñó a leer la Biblia; y ha traído su Biblia... ¡que se vaya al infierno! y la mujer soltó una carcajada alocada y lastimosa, que resonó con un eco ex­traño y sobrenatural por todo el viejo cobertizo ruinoso.

Tom juntó las manos; todo era oscuridad y horror.

—¡Oh, Jesús, Señor Jesús!, ¿te has olvidado de nosotros los pobres? —estalló por fin—. ¡Ayúdame, Señor, que pe­rezco!

La mujer prosiguió con firmeza:

—¿Y quiénes son esos miserables perros con los que traba­jas, para que tú sufras por ellos? Cada uno de ellos se pondría en tu contra a la primera oportunidad. Son todos tan crueles y despiadados unos con otros que no sirve de nada que tú su­fras para no hacerles daño.

—¡Pobres criaturas! —dijo Tom—. ¿Qué es lo que los ha hecho crueles? Y si yo me rindo, me acostumbraré a ello y poco a poco me haré exactamente igual que ellos. ¡No, no, señora! Lo he perdido todo: mujer e hijos, hogar y un amo bondadoso; él me habría dejado libre si hubiera vivido sólo una semana más; lo he perdido todo en este mundo, todo se ha ido para siempre y no puedo permitirme perder también el Cielo. ¡No, no puedo volverme malvado, además de todo!

—Pero no puede ser que el Señor nos haga responsables de estos pecados —dijo la mujer—, no puede hacemos pagar por lo que nos vemos obligados a hacer, sino que lo cargará en la cuenta de quienes nos obligan a hacerlo.

—Sí —dijo Tom—; pero eso no evitará que nos volvamos malvados. Si yo me hago tan despiadado y tan malvado como ese Sambo, no importa mucho cómo; lo que importa es ser así, eso es lo que me da horror.

La mujer dirigió a Tom una mirada sobresaltada como si acabara de ocurrírsele un nuevo pensamiento; después, con un fuerte gemido, dijo:

—¡Dios tenga piedad de nosotros! Lo que dices es verdad. ¡Ay, ay, ay! y cayó al suelo gimiendo, como una persona retorciéndose bajo el peso aplastante de la angustia mental.

Siguió un rato de silencio, durante el que se oía la respira­ción de ambas personas, y después dijo Tom con voz débil:

—¡Ay, por favor, señora!

La mujer se levantó de repente con su habitual expresión decidida y melancólica en el rostro.

—Por favor, señora, los vi arrojar mi chaqueta en ese rin­cón, y mi Biblia está en el bolsillo; si la señora me hace el fa­vor de traérmela.

Cassy fue a por ella. Tom la abrió inmediatamente en un pa­saje fuertemente señalado y muy gastado, sobre las últimas es­cenas de la vida de Aquél cuyas heridas nos salvan a nosotros.

—Si la señora tiene la bondad de leer esto, es mejor que el agua.

Cassy cogió el libro con un aire seco y altivo y miró el pa­saje por encima. Después leyó con voz queda y una hermosa entonación extraña la historia conmovedora de angustia y gloria. A menudo, mientras leía, le temblaba la voz y a veces le fallaba del todo; entonces, se detenía con un aire de fría compostura hasta dominarse. Cuando llegó a las emocionan­tes palabras «Padre, perdónalos porque no saben lo que ha­cen», dejó caer el libro y, escondiendo el rostro entre las po­bladas masas de su cabello, empezó a sollozar con una fuer­za convulsiva.

Tom lloraba también y a veces murmuraba una jaculatoria ahogada.

—¡Si fuéramos capaces de estar a la altura de eso! —dijo Tom—; a Él le viene de naturaleza y nosotros tenemos que luchar tanto para conseguirlo. ¡Ayúdanos, Señor! ¡Ay, bendi­to Señor Jesús, ayúdanos!

—Señora —dijo Tom un rato más tarde—, veo que está usted por encima de mí en todas las cosas pero hay una cosa que podría aprender del pobre Tom. Ha dicho usted que el Señor estaba en contra de nosotros porque permite que abu­sen de nosotros y nos maltraten; pero ya ve lo que ocurrió a su propio Hijo, el Señor de la Gloria; ¿no fue siempre pobre? ¿Y alguno de nosotros ha caído tan bajo como Él? El Señor no nos ha olvidado, de eso estoy seguro. Si sufrimos con Él, también reinaremos, dicen las Escrituras, pero si le negamos, Él también nos negará. ¿No sufrieron todos: el Señor y todos los suyos? Cuenta cómo los lapidaron y los cortaron en pe­dazos y deambulaban vestidos con pieles de oveja y de car­nero y estaban desamparados, afligidos y atormentados. El sufrimiento no es razón para creer que Dios se haya puesto en contra de nosotros, sino al revés, si nos adherimos a Él y no nos entregamos al pecado.

—Pero ¿por qué nos pone donde no podemos evitar pe­car? —preguntó la mujer.

—Creo que sí podemos evitarlo —dijo Tom.

—Ya lo verás —dijo Cassy—. ¿Qué vas a hacer? Mañana se meterán contigo nuevamente. Los conozco; he visto lo que son capaces de hacer; no soporto pensar a lo que te van a reducir; y te someterán al final.

—¡Señor Jesús! —dijo Tom—, cuidará usted de mi alma, ¿verdad? ¡Hágalo por el Señor, no deje que me rinda!

—¡Dios mío! —dijo Cassy— he oído antes todas estas ple­garias y llanto; y, sin embargo, los han domado y sometido. Ahí tienes a Emmeline, que intenta aguantar, y tú lo inten­tas, pero ¿de qué sirve? Debes rendirte o te matarán.

—¡Pues moriré! —dijo Tom—. Lo pueden alargar todo lo que quieran pero no pueden evitar que muera tarde o tem­prano, y después ya no pueden hacer nada más. ¡Lo veo cla­ro y estoy preparado! Sé que el Señor me ayudará y me hará aguantar.

La mujer no respondió; se quedó sentada con los ojos ne­gros mirando fijamente el suelo.

«Quizás sea ése el camino», murmuró para sí, «pero los que se han rendido, ¡ya no tienen remedio! ¡Ninguno! ¡Vivi­mos en la inmundicia y nos hacemos odiosos hasta llegar a odiamos a nosotros mismos! ¡No hay esperanza, no hay es­peranza! ¿No hay esperanza? Esta muchacha de ahora... ¡tie­ne la misma edad que yo tenía!»

—¿Me ves a mí ahora? —dijo a Tom, hablando muy rápi­do—. ¿Ves cómo soy? Pues a mí me criaron con mucho lujo; lo primero que recuerdo es haber jugado, de niña, en magníficos salones; me vestían como una muñeca y los que iban de visita me halagaban. Un jardín daba a los salones y allí solía jugar al escondite bajo los naranjos con mis herma­nos. Fui a un convento, donde aprendí música y francés y a bordar y muchas cosas más; y cuando tenía catorce años, salí para ir al funeral de mi padre. Murió muy de repente y, cuando fueron a poner sus asuntos en orden, descubrieron que apenas había suficiente dinero para pagar las deudas; y cuando los acreedores hicieron inventario de los bienes, me incluyeron a mí entre ellos. Mi madre era esclava, y mi pa­dre siempre había tenido la intención de dejarme en liber­tad; pero no lo había hecho, por lo que iba incluida en la lis­ta. Yo siempre había sabido quién era, pero no le había dado mucha importancia. Nadie espera que un hombre fuerte y sano se vaya a morir. Mi padre era un hombre sano hasta cuatro horas antes de morir; fue uno de los primeros casos de cólera de Nueva Orleáns. Al día siguiente del funeral, la esposa de mi padre se llevó a sus hijos a la plantación de su padre. Me pareció que me trataban de forma extraña, pero no sabía por qué. Dejaron a un joven abogado encargado de arreglar los negocios; él venía todos los días y estaba en la casa y me trataba con mucha cortesía. Un día trajo consigo a un hombre joven, que me pareció el hombre más guapo que había visto jamás. Nunca olvidaré aquella tarde. Paseé con él por el jardín. Yo estaba sola y triste y él era muy ama­ble y tierno conmigo; y me dijo que me había visto antes de que me mandaran al convento y que hacía mucho tiempo que me amaba y que sería mi amigo y protector; en resu­men, aunque no me lo dijo, había pagado dos mil dólares por mí y yo era de su propiedad. Yo me hice suya de buena gana, porque lo amaba. ¡Amar! —dijo la mujer, interrum­piéndose—. ¡Ay, cómo amaba a ese hombre! ¡Cómo lo amo aún, y siempre lo amaré mientras viva! ¡Era tan bello, tan su­perior, tan noble! Me instaló en una hermosa casa con sir­vientes, caballos, carruajes, muebles y vestidos. Me dio todo lo que se podía comprar con dinero, pero yo no le daba im­portancia a eso; sólo me importaba él. Lo amaba más que a Dios y más que mi propia alma y, aunque lo hubiera inten­tado, no podía hacer otra cosa que su voluntad.

Sólo quería una cosa: que se casara conmigo. Pensaba que, si me quería como decía que me quería, y si yo era lo que parecía pensar que era, debía de estar dispuesto a casarse conmigo y dejarme libre. Pero me convenció de que sería im­posible; y me dijo que si nos fuéramos fieles el uno al otro, sería un matrimonio a los ojos de Dios. Si eso es verdad, ¿por qué no fui la esposa de aquel hombre? ¿No fui fiel? Durante siete años, estudié cada mirada y cada movimiento y sólo vi­vía y respiraba para complacerle. Contrajo las fiebres amari­llas y durante veinte días y noches lo cuidé. Yo sola le daba todas sus medicinas y lo hacía todo por él; entonces me lla­maba su buen ángel y decía que le había salvado la vida. Tu­vimos dos hermosos hijos. El primero fue niño y le pusimos Henry. Era la viva imagen de su padre: tenía unos ojos muy bellos y su cabello caía en rizos alrededor de su frente despe­jada; tenía el espíritu y el talento de su padre también. Él de­cía que la pequeña Elise se parecía a mí. Solía decirme que yo era la mujer más bella de Luisiana y estaba muy orgulloso de mí y de los niños. Le encantaba que los arreglase y nos pa­seaba a ellos y a mí en un carruaje abierto y escuchaba los co­mentarios que hacía la gente sobre nosotros; y me llenaba los oídos de las cosas hermosas que decían de mí y de los niños. ¡Ay, qué días más felices! Creía ser tan feliz como pudiera serlo una persona; pero entonces llegaron los malos tiempos. Un primo suyo fue a visitarlo desde Nueva Orleáns; eran muy amigos y tenía muy buena opinión de él, pero, desde el primer momento en que lo vi, nunca pude comprender por qué. Yo le tenía horror, pues estaba segura de que iba a ser la causa de nuestra ruina. Conseguía que Henry saliera con él y a menudo no regresaban hasta las dos o las tres de la madru­gada. No me atrevía a decir ni una palabra; tenía miedo por lo fogoso que era Henry. Llevaba a éste a las casas de juego, y era de los que, una vez empiezan, no hay manera de dete­nerlos. Y luego le presentó a otra dama y pronto me di cuen­ta de que yo había perdido su corazón. Nunca me lo dijo, pero lo vi, lo supe, día tras día, ¡sentí cómo se me rompía el corazón, pero no pude decir ni una palabra! En esto, el des­graciado se ofreció a comprarnos a mí y a los niños para pa­gar las deudas de juego de Henry, que impedían que hiciera la boda que él quería; ¡y nos vendió! Me dijo un día que tenía negocios en el campo y que se marchaba durante dos o tres semanas. Hablaba con más amabilidad que de costumbre y dijo que volvería, pero a mí no me engañó. Sabía que había llegado el momento; era como si me hubieran convertido en piedra; no pude hablar ni derramar una lágrima. Él me besó y besó a los niños, muchas veces, y se marchó. Lo vi montar en su caballo y lo miré hasta que se perdió de vista; luego caí desmayada.

Entonces vino el, ¡maldito desgraciado! venía a tomar po­sesión. Me dijo que acababa de compramos a mí y a mis hi­jos, me mostró los papeles. Lo maldije ante Dios y le dije que antes moriría que vivir con él.

«Como quieras», me dijo, «pero si no te comportas de for­ma razonable, venderé a los dos niños y no los volverás a ven». Me dijo que se había propuesto conseguirme la prime­ra vez que me vio; que había enredado a Henry a propósito hasta que contrajera deudas para que estuviese dispuesto a venderme. Que había conseguido que se enamorara de otra mujer y que me diera cuenta de que, después de todo eso, no me iba a dejar por unas lágrimas y unos aires y cosas de ese tipo.

Me rendí, pues tenía las manos atadas. Él tenía a mis hijos; cada vez que me enfrentaba a él, hablaba de venderlos y con­seguía tenerme todo lo sumisa que podía desear. ¡Qué vida aquélla! Vivía con el corazón roto, ¡día tras día, seguir aman­do y amando, cuando no servía de nada, y estar ligada en cuerpo y alma a uno al que odiaba! Me solía encantar leer para Henry, tocar para él, bailar con él y cantar para él; pero todo lo que hacía para éste era un absoluto engorro, pero te­nía miedo de negarle nada. Era muy dominante y brusco con los niños. Elise era tímida y poca cosa, pero Henry era arrojado y fogoso como su padre y nadie lo había sometido lo más mínimo. Siempre lo censuraba y le reñía, y yo pasaba los días asustada y aterrorizada. Intentaba hacer que el mu­chacho le mostrara respeto; intentaba mantenerlos separa­dos, porque me aferraba a aquellos niños con todas mis fuer­zas, pero no sirvió de nada. Vendió a los dos niños. Me llevó de paseo un día y, cuando regresé a casa, ¡ellos no estaban! Me dijo que los había vendido; me enseñó el dinero, el precio de su sangre. Entonces fue como si me abandonase la razón. Maldecía y bramaba, maldije a Dios y al hombre y, durante algún tiempo, creo que me tenía miedo. Pero no se rindió así como así. Me dijo que había vendido a los niños pero el que yo volviera o no a ver sus caras dependía de él; y que, si no me callaba, ellos pagarían. Bien, puedes hacer cualquier cosa con una mujer si tienes a sus hijos. Me hizo someterme; me hizo pacífica; me ilusionaba con esperanzas de que quizás los volviese a comprar; y así fueron pasando los días durante. una semana o dos. Un día había salido de paseo y pasé de­lante del calabozo; vi una muchedumbre reunida en tomo a la puerta y oí la voz de un niño; de repente mi Henry se es­capó de las garras de dos o tres hombres que lo sujetaban y vino corriendo y chillando a cogerse de mis faldas. Ellos se acercaron, maldiciendo de forma terrible; y un hombre, cuya cara nunca olvidaré, le dijo que así no se iba a escapar, que lo iba a acompañar dentro del calabozo donde aprendería una lección que jamás iba a olvidar. Intenté rogarle y suplicarle; ellos se rieron; el pobre niño chillaba, me miraba a la cara y se agarraba a mí hasta que, al apartarlo de allí, me arrancaron la mitad de la falda y se lo llevaron dentro gritando «¡Madre, madre, madre!». Un hombre de los que había allí parecía te­nerme lástima. Le ofrecí todo el dinero que tenía si interve­nía. Negó con la cabeza, diciendo que el niño había sido im­pertinente y desobediente desde que lo compró; y que lo iba a domesticar de una vez por todas. Me di la vuelta y salí co­rriendo, y me pareció oírlo gritar a cada paso del camino. Lle­gué a la casa sin aliento y corrí al salón, donde se encontraba Buder. Se lo conté y le rogué que fuera a intervenir. Sólo se rió y me dijo que el niño se llevaba su merecido. Tenían que domarlo, tarde o temprano y «¿qué me esperaba yo?».

Me parece que en ese momento algo se rompió en mi ca­beza. Me sentí mareada y furiosa. Recuerdo que vi un afila­do cuchillo de caza sobre la mesa; recuerdo vagamente ha­berlo cogido y haberme lanzado contra él; y después todo es oscuridad y no recuerdo más, durante muchos días.

Cuando volví en mí, estaba en una bonita habitación, pero no era la mía. Una vieja mujer negra me atendía y vino un médico a verme y me cuidaban mucho. Después me en­teré de que él se había marchado y me había dejado en esta casa para que me vendieran, y por eso se esmeraron tanto en cuidarme.

No quería curarme y esperaba no sanar más pero, a pesar mío, se me pasó la fiebre y me puse sana y finalmente me le­vanté. Entonces me obligaron a vestirme todos los días; y ve­nían caballeros y se quedaban de pie, fumaban cigarros y me miraban y hacían preguntas y debatían mi precio. Estaba tan lúgubre y callada que no me quería ninguno de ellos. Ame­nazaron con azotarme si no me ponía más alegre y me esfor­zaba por ser más amable. Por fin, un día acudió un caballero de apellido Stuart. Pareció tenerme simpatía; se dio cuenta de que había algo terrible en mi corazón y vino a verme a so­las muchas veces y finalmente me persuadió para que se lo contara. Al final me compró y prometió hacer todo lo posi­ble por localizar a mis hijos y comprarlos. Fue al hotel don­de había estado mi Henry; le dijeron que lo habían vendido a un plantador del río Pearl; eso fue lo último que supe de él. Luego averiguó dónde estaba mi hija; la cuidaba una mujer vieja. Ofreció una cantidad inmensa por ella pero no quisie­ron venderla. Butler se enteró de que la quería comprar para mí y me mandó recado de que nunca la conseguiría. El capi­tán Stuart fue muy amable conmigo; tenía una magnífica plantación y me llevó allí. Al cabo de un año, di a luz a un hijo. ¡Ay, ese niño, cuánto lo quería! ¡Se parecía muchísimo a mi pobre Henry! ¡Pero había decidido que nunca más de­jaría que un hijo mío viviera para hacerse adulto! Cogí al pe­queño en brazos cuando tenía dos semanas y lo besé y lloré; y después le di láudano y lo estreché contra mi pecho hasta que murió en sueños. ¡Cómo lo eché de menos! Cualquiera hubiera pensado que administrarle el láudano fue un error, pero es una de las pocas cosas de las que me alegro ahora. No me arrepiento tampoco hoy; por lo menos ha dejado de su­frir. ¿Qué le podía dar mejor que la muerte, a la pobre criatu­ra? Poco después, hubo una epidemia de cólera y se murió el capitán Stuart; morían todos los que querían vivir y yo, aun­que me acercaba a la puerta de la muerte, ¡seguía viva! Des­pués me vendieron y pasé de mano en mano hasta que me marchité y me llené de arrugas y tuve unas fiebres; luego me compró este desgraciado y me trajo aquí y ¡aquí estoy!

La mujer se calló. Había contado su historia apresurada­mente con un acento bravo y apasionado; a veces parecía di­rigirse a Tom y a veces hablaba para sí misma. La fuerza con la que hablaba era tan vehemente y sobrecogedora que, du­rante un rato, Tom olvidó incluso el dolor de sus heridas y, apoyándose en un codo, la miraba pasear inquieta de un lado a otro, con su larga melena ondulando alrededor de ella con cada movimiento.

—Tú me dices —dijo tras una pausa— que hay un Dios, un Dios que mira hacia abajo y ve todas estas cosas. Quizás sea así. Las hermanas del convento me hablaban del día del juicio, cuando todo saldrá a la luz; ¡sí que habrá venganza entonces!

Creen que lo que sufrimos no es nada; que lo que sufren nuestros hijos no es nada. Todo es poca cosa; sin embargo, me ha parecido andar por las calles con bastante dolor en mi corazón como para hundir la ciudad entera. He deseado que las casas cayeran sobre mí o que se desmoronaran las piedras bajo mis pies. Sí, y en el día del juicio ¡prestaré declaración ante Dios contra los que me han echado a perder a mí y a mis hijos!

Cuando era niña, creía ser religiosa; amaba a Dios y ama­ba las oraciones. Ahora soy un alma perdida, perseguida por demonios que me atormentan día y noche; me empujan siempre hacia adelante, y... ¡lo haré un día de éstos! —dijo apretando el puño, mientras se prendía una luz de locura en sus ojos oscuros—. ¡Lo enviaré al lugar donde pertenece, es poca distancia, una de estas noches, aunque me quemen viva por ello! —resonó una prolongada carcajada salvaje a través del cobertizo desierto, y terminó con un sollozo histérico; se tiró al suelo entre convulsiones de llanto y sufrimiento.

Unos instantes después, pareció haberse agotado su frene­sí; se levantó despacio y se serenó.

—¿Puedo hacer algo más por ti, pobre hombre? —pregun­tó, acercándose a donde yacía Tom—. ¿Te doy más agua?

Había una dulzura tierna y compasiva en su voz y sus mo­dales cuando dijo esto que contrastaba de manera extraña con su locura anterior.

Tom bebió el agua y miró intensa y compasivamente su rostro.

—¡Ay, señora, ojalá acudiera usted a Él, que le puede dar el agua de la vida!

—¡Acudir a Él! ¿Quién es? ¿Dónde está? —preguntó Cassy.

—Aquél del que me ha leído usted: el Señor.

—Solía ver un cuadro de Él sobre el altar cuando era una niña —dijo Cassy, cuyos ojos adoptaron una expresión de ensueño nostálgico—; pero Él no está aquí. ¡No hay nada más aquí que el pecado y una larga, larguísima desesperación! ¡Ay! y se puso la mano sobre el pecho y suspiró, como para quitarse un peso muy grande.

Parecía que Tom iba a decir algo más, pero ella le inte­rrumpió con un gesto cortante.

—No hables, pobre amigo. Intenta dormir, si puedes y, tras dejar agua a su alcance y disponer todas las pequeñas co­modidades que se le ocurrieron, Cassy salió del cobertizo.

CAPÍTULO XXXV. SEÑALES

Con todo, pueden ser pequeñas las cosas que devuelvan al corazón el peso que pretende quitarse para siempre; puede ser un sonido, una flor, el viento, el océano lo que herirá la oscura cadena eléctrica que nos ata.

Peregrinaje de Childe Harold, Canto 4

El salón de la casa de Legree era una habitación larga y ancha con una gran chimenea. Una vez había estado decorado con un papel caro y vistoso, que ahora caía en jirones mohosos de las húmedas paredes. El lugar tenía ese peculiar olor insalubre y nauseabundo causado por una mezcla de humedad, mugre y podredumbre, que a menudo se nota en las viejas casas abandonadas. El papel de la pared también estaba manchado de salpicaduras de cerveza y vino o engalanado con apuntes y largas sumas escritos con tiza, como si alguien se hubiera dedicado a hacer ejercicios de arit­mética. En el hogar había un brasero lleno de carbón can­dente, porque, aunque no hacía frío, las tardes eran siempre húmedas y frescas en aquel gran aposento y además Legree lo quería para poder encenderse los cigarros y calentar el agua para el ponche. El fulgor rojizo de las brasas iluminaba el aspecto confuso y desordenado de la habitación: sillas de montar, bridas, varias clases de arnés, fustas de montar, abri­gos y diferentes prendas de vestir yacían caóticamente disper­sos por todo el salón; y los perros, de los que hemos habla­do anteriormente, se habían instalado a sus anchas donde mejor les había parecido entre ellos.

Legree se está preparando un vaso de ponche en este mo­mento, vertiendo el agua caliente de una jarra agrietada y sin pitorro y refunfuñando al mismo tiempo:

—¡Maldito sea ese Sambo por meter cizaña entre yo y los nuevos braceros! ¡Ese tipo no estará en condiciones de traba­jar durante una semana, y eso que estamos en el momento de más trabajo de la temporada!

—Sí, es típico de ti —dijo una voz que provenía de detrás de su sillón. Era Cassy, que le había sorprendido en pleno so­liloquio.

—¡Ajá, bruja! Conque has vuelto, ¿eh?

—Sí —dijo ella con aplomo—, y he venido para hacer lo que me dé la gana, además.

—¡No es verdad, zorra! Yo cumpliré mi palabra. O te com­portas debidamente o te quedas en los barracones y vives y trabajas como los demás.

—¡Prefiero diez mil veces —dijo la mujer— vivir en el agu­jero más inmundo de los barracones que estar bajo tu pezuña! —Pero, te guste o no, estás bajo mi pezuña —dijo él, diri­giéndole una mueca bestial— y eso es un consuelo. Así que siéntate aquí en mi regazo, querida, y escucha la voz de la ra­zón —dijo él, cogiéndola por la muñeca.

—¡Simon Legree, ten cuidado! —dijo la mujer, con un rá­pido destello de los ojos, una mirada tan salvaje y alocada que daba miedo——. Me tienes miedo, Simon —dijo delibera­damente—, ¡y con razón! ¡Ten cuidado, porque tengo el dia­blo dentro de mí!

Susurró las últimas palabras con un acento sibilante junto a su oído.

—¡Vete! ¡Verdaderamente creo que es cierto! —dijo Le­gree, apartándola y mirándola con inquietud—. Después de todo, Cassy —dijo—, ¿por qué no puedes ser mi amiga como antes?

—¡Como antes! —dijo ella amargamente. Se detuvo, por­que le impidió hablar una oleada de sentimientos ahogados que acudió a su corazón.

Cassy siempre había ejercido sobre Legree ese tipo de in­fluencia que una mujer fuerte y apasionada puede ejercer sobre el hombre más brutal; pero últimamente se había ido ponien­do cada vez más irritable y desasosegada bajo el odioso yugo de su servidumbre y su irritabilidad se convertía a veces en locura desenfrenada; y este hecho la convertía en objeto de espanto a los ojos de Legree, que tenía el horror supersticioso a los locos que se ve frecuentemente entre las mentes burdas y sin instruc­ción. Cuando Legree llevó a Emmeline a la casa, todos los res­coldos agonizantes de solidaridad femenina se reavivaron en el cansado corazón de Cassy, que se puso de parte de la mucha­cha, y, en consecuencia, hubo una feroz riña entre ella y Legree. Este, furioso, juró que la pondría a trabajar en el campo si no se tranquilizaba. Cassy, con altivo desprecio, declaró que quería ir al campo. Y fue a trabajar un día allí, como ya hemos visto, para demostrar la poca mella que le hacía la amenaza.

En secreto, Legree se sintió inquieto todo el día, puesto que Cassy tenía una influencia sobre él de la que era incapaz de librarse. Cuando presentó su cesta para que la pesaran, él esperaba alguna concesión, por lo que se dirigió a ella con un tono medio conciliatorio, medio despectivo; ella le había res­pondido con total desprecio.

El ultrajante tratamiento al fue sometido el tío Tom la in­dignó aun más, así que siguió a Legree hasta la casa sin otro propósito que echarle en cara su brutalidad.

—¡Ojalá te comportaras de forma decente, Cassy! —dijo Legree.

—¡Y tú hablas de comportarse con decencia, tú, que ni si­quiera tienes bastante sensatez como para no echar a perder a uno de tus mejores trabajadores en temporada alta, sólo por tu mal genio!

—He sido idiota, ésa es la verdad, para permitir que surgie­ra semejante disputa —dijo Legree—, pero una vez que se puso terco el muchacho, había que domesticarlo.

—No creo que consigas domesticarlo.

—¿Que no? —preguntó Legree, levantándose apasiona­do—. ¡Ya veremos si lo domestico! ¡Sería el primer negro que me pudiera a mí! ¡Le romperé cada hueso del cuerpo, pero se someterá!

En ese momento, se abrió la puerta y entró Sambo. Se acer­có, hizo una reverencia y le tendió un envoltorio de papel.

—¿Qué es eso, perro? —preguntó Legree.

—¡Es una cosa de brujas, amo!

—¿Una qué?

—Una cosa que los negros sacan a las brujas. Evita que su­fran cuando los azotan. El lo llevaba atado al cuello con una cuerda negra.

Legree, como la mayoría de los hombres crueles y descreí­dos, era supersticioso. Cogió el papel y lo desdobló con cau­tela.

Salieron a la luz un dólar de plata y un largo y lustroso rizo de cabello rubio, que se enredó entre los dedos de Le­gree como si tuviera vida propia.

—¡Maldita sea! —gritó, con saña repentina, pataleando y tirando furiosamente del cabello como si le quemase—. ¿De dónde ha salido esto? ¡Quítamelo! ¡Quémalo, quémalo! —aullaba, arrancándoselo y tirándolo sobre las ascuas—. ¡.Por qué me has traído eso?

Sambo se quedó con la pesada boca abierta de par en par, estupefacto de asombro; y Cassy, que estaba disponiéndose a salir de la habitación, se detuvo y lo miró con total incre­dulidad.

—¡No me traigas más de esas cosas vuestras endemonia­das! —dijo, amenazando con el puño a Sambo, que se retiró apresuradamente hasta la puerta; y, cogiendo el dólar de pla­ta, lo lanzó a través del cristal de la ventana a la oscuridad de fuera.

Sambo se alegró de marcharse de allí. Cuando se hubo ido, Legree parecía estar un poco avergonzado de su sobre­salto. Se sentó con terquedad en su sillón y se puso a sorber taciturno su vaso de ponche.

Cassy consiguió salir sin que la observara y se escabulló afuera para atender al pobre Tom, tal como ya hemos con­tado.

¿Y qué le ocurriría a Legree? ¿Qué había en un simple rizo de cabello para horrorizar a ese hombre brutal, conoce­dor de toda clase de crueldades? Para contestar a esto, debe­mos transportar al lector hacia atrás en su historia. Por duro y vicioso que pareciera ahora el hombre impío, hubo un momento en el que su madre lo mecía contra su seno, al rit­mo de himnos y plegarias, mientras su frente ahora surcada era rociada con las aguas del santo bautismo. En su tierna infancia, al sonar la campana, lo llevaba una mujer rubia a la iglesia a rezar. Allá lejos en Nueva Inglaterra, aquella ma­dre había educado a su único hijo con un cariño constante e imperecedero y pacientes oraciones. Nacido de un padre hosco, en el que esa tierna mujer había derrochado una infi­nidad de amor desdeñado, Legree había seguido los pasos de su padre. Violento, ingobernable y tiránico, desoía los consejos de ella y despreciaba sus reprimendas; aún joven, se alejó de ella para buscar fortuna en la mar. Sólo volvió a casa una vez después. En esa ocasión, su madre, con el an­helo de un corazón que tiene que amar a alguien y no tiene a nadie más a quien amar, se aferró a él e intentó, con apa­sionados ruegos y súplicas, apartarlo de una vida depravada para la salvación eterna de su alma.

Fue el día de gracia de Legree; lo llamaban los ángeles bue­nos; casi lo convencieron y la piedad le cogió de la mano. Su corazón se arrepintió... hubo un conflicto... pero el pecado ganó la victoria y él enfrentó toda la fuerza de su hosca natu­raleza contra las creencias de su conciencia. Bebía y juraba... se volvió más alocado y brutal que antes. Y una noche, cuan­do su madre, en un último intento desesperado, estaba arro­dillada a sus pies, la rechazó, la dejó sin sentido en el suelo y, con fieras palabrotas, huyó a su barco. La siguiente noticia que Legree tuvo de su madre fue una noche, mientras corría una juerga con unos compañeros borrachos, cuando le pu­sieron una nota en la mano. La abrió, y salió un mechón lar­go y rizado de cabello, que se le enroscó entre los dedos. La carta le informaba que su madre había muerto y que, en su lecho de muerte, lo perdonó y bendijo.

Existe una profana y aterradora necromancia del mal que convierte las cosas más dulces y sagradas en fantasmas de ho­rror y espanto. Aquella pálida y amante madre con sus últi­mas plegarias y su amor misericordioso sólo estimuló una sentencia condenatoria en ese corazón pecaminoso, junto con una terrible búsqueda de juicio y una fiera indignación. Legree quemó el mechón de cabello y quemó la carta, y, cuando los vio chisporrotear y sisear en el fuego, se estreme­ció pensando en el fuego eterno. Intentó borrar el recuerdo con la bebida, la juerga y la blasfemia; pero a menudo, en la profundidad de la noche, cuando la quietud solemne incita al alma en pena a comunicarse consigo misma, había visto a su pálida madre alzarse junto a su cama y había sentido en­roscarse el suave cabello en sus dedos hasta que el sudor frío caía a chorro por su rostro y saltaba espantado de la cama. Los que os habéis maravillado al leer, en el evangelio mismo, que Dios es amor y que Dios es un fuego que consume, ¿no veis que, para un alma resuelta a hacer el mal, el amor perfec­to es el peor tormento, el sello y la sentencia de la más abso­luta desesperación?

«¡Maldita sea!» dijo Legree para sí al beber su licor. «¿De dónde habrá sacado eso? Si no se pareciera tanto a... ¡vaya! creía haber olvidado aquello. ¡Que me condenen si creo que es posible olvidar alguna cosa, maldita sea! ¡Me siento solo! Voy a llamar a Em. Me odia, ¡la muy díscola! No me impor­ta, ¡la obligaré a venir!»

Legree salió a un gran recibidor que daba a una escalera, antaño magnífica, que describía una amplia curva; pero el corredor estaba sucio y melancólico, lleno de cajas y desper­dicios. La escalera, sin alfombra, parecía conducir a oscuras a no se sabía dónde. La pálida luz de la luna entraba a través del montante roto de encima de la puerta; el aire era insalu­bre y gélido, como el de una cripta.

Legree paró al pie de la escalera y escuchó una voz que cantaba. Le pareció extraña y fantasmal en aquella vieja casa lúgubre, quizás por el estado alterado de sus nervios. ¡Escu­chad! ¿Qué es?

Una voz patética y salvaje entonaba un himno popular en­tre los esclavos:

«Oh, habrá llanto, llanto, llanto,

oh, habrá llanto en el trono deljuicio de Cristo.»

—¡Maldita sea la muchacha! —dijo Legree—. La voy a es­trangular. ¡Em, Em! —gritó con fiereza; pero sólo le respondió el eco burlón desde los muros. La dulce voz siguió can­tando:

«¡Los padres y los hijos se separarán allí!

¡Los padres y los hijos se separarán allí,

y no se verán jamás!»

Y el estribillo resonó claro y fuerte en las habitaciones va­cías:

«¡Oh, habrá llanto, llanto, llanto,

Oh habrá llanto en el trono del juicio de Cristo!»

Legree se detuvo. Le habría dado vergüenza reconocerlo, pero grandes gotas de sudor le resbalaban por la frente y el corazón le latía pesada y temerosamente; incluso creyó ver algo blanco elevarse y helar en la oscuridad delante de sus ojos y le horrorizaba pensar qué haría si la figura de su difun­ta madre fuera a aparecer de pronto ante él.

«Una cosa está clara», se dijo al volver dando traspiés para sentarse en el salón; «¡dejaré en paz a ese hombre des­pués de esto! ¿Por qué he tenido que fisgar en su maldito papel? ¡Desde luego, creo que estoy embrujado! ¡No hago más que temblar y sudar desde entonces! ¿De dónde saca­ría ese pelo? ¡No podía serlo... yo quemé aquello, estoy se­guro! ¡Sería una buena broma si el cabello pudiera volver del más allá!».

¡Ay, Legree, ese mechón de oro estaba embrujado verdade­ramente; cada cabello tenía un hechizo de terror y remordi­miento para ti, y los utilizó un poder más fuerte para atarte las manos crueles y evitar que infligieras la maldad más terri­ble a los desvalidos!

—¡Eh! —dijo Legree, pataleando y silbando a los perros—. ¡Despertaos vosotros y hacedme compañía! —pero los pe­rros sólo abrieron un ojo somnoliento para mirarlo y lo vol­vieron a cerrar.

«Traeré a Sambo y a Quimbo aquí para que canten y. bai­len uno de sus bailes del infierno y espanten estas horribles ideas», dijo Legree; y, poniéndose el sombrero, salió al por­che e hizo sonar el cuerno con el que solía llamar a sus dos capataces negros.

Cuando se hallaba de humor festivo, Legree acostumbra­ba a convocar a estos dos caballeros a su salón y, después de calentarlos con whisky, se divertía haciéndoles cantar, bailar o pelear, según su talante.

Era entre la una y las dos de la madrugada cuando regresa­ba Cassy de socorrer al pobre Tom y oyó el sonido de aloca­dos gritos, alaridos y cantos provenientes del salón, mezcla­dos con los ladridos de los perros y otros síntomas de albo­roto general.

Subió los escalones del porche y miró adentro. Legree y los dos supervisores, muy borrachos, cantaban, voceaban, derribaban sillas e intercambiaban toda clase de horrendas y ridículas muecas.

Apoyó la pequeña mano en la persiana de la ventana y los observó fijamente; había infinidad de angustia, desprecio y feroz amargura en sus ojos negros mientras miraba. «¿.Sería pecado librar al mundo de semejante desgraciado?» se pre­guntaba.

Se apartó deprisa y se encaminó a una puerta trasera, su­bió una escalera y llamó a la puerta de Emmeline.

CAPÍTULO XLVI. EMMELINE Y CASSY

Cassy entró en la habitación y encontró a Emmeline sentada, pálida de miedo, en el rincón más apartado. Cuando entró, la muchacha se sobresalto con ner­viosismo; pero, al ver quién era, se abalanzó sobre ella y la cogió del brazo, diciendo:

—Oh, Cassy, eres tú. ¡Me alegro tanto de que hayas veni­do! Tenía miedo de que fuese... ¡Ay, no sabes qué ruidos más horribles ha habido toda la noche allí abajo!

—Ya puedo saberlo —dijo Cassy secamente—. Lo he oído bastantes veces.

—Oh, Cassy, dime, ¿no podremos escaparnos de este lu­gar? ¡No me importa adónde... a los pantanos entre serpien­tes, a cualquier sitio! ¿No podemos escapamos a algún sitio lejos de aquí?

—A ninguno excepto a nuestras tumbas —dijo Cassy.

—¿Lo has intentado alguna vez?

—He visto intentarlo bastantes veces, y he visto cómo aca­ba —dijo Cassy.

Yo estaría dispuesta a vivir en los pantanos y roer la cor­teza de los árboles. ¡No me dan miedo las serpientes! ¡Prefie­ro tener a una serpiente cerca que a él! —dijo Emmeline con vehemencia.

—Aquí ha habido muchas personas de la misma opinión que tú —dijo Cassy—; pero no podrías quedarte en los pan­tanos: te perseguirían los perros y te traerían de vuelta, y en­tonces... entonces...

—¿Qué haría? —preguntó la muchacha, mirándole la cara y conteniendo el aliento.

—¡Qué es lo que no haría, deberías preguntar! —dijo Cassy—. Aprendió bien su oficio entre los piratas de las Antillas. No dormirías mucho si yo te contara las cosas que he visto, las cosas que cuenta a veces, como broma. He oído gritos aquí que no he podido quitarme de la cabeza durante semanas y semanas. Hay un sitio allá abajo, cerca de los barracones, donde se ve un árbol negro y destrozado y todo el suelo cubierto de cenizas negras. Pregunta a cual­quiera qué ocurrió allí, a ver si se atreven a contártelo.

—¡Oh! ¿Qué quieres decir?

—No te lo diré. No soporto pensarlo. Y ya te digo, sólo el Señor sabe lo que veremos mañana, si ese pobre sigue como ha empezado.

—¡Es horrible! —dijo Emmeline, cuyo rostro se quedó exangüe al oírlo—. ¡Oh Cassy, dime lo que he de hacer!

—Lo que he hecho yo. Lo mejor que puedas... haz lo que debas, y compénsalo odiando y maldiciéndolo.

—Pretendía que bebiera un poco de su asqueroso brandy dijo Emmeline— y lo odio tanto...

—Más te valdría beberlo —dijo Cassy—. Yo también lo odiaba, y ahora no sé vivir sin él. Una debe tener algo; las co­sas no parecen tan terribles cuando tomas eso.

—Mi madre me decía que no tomara nada parecido —dijo Emmeline.

—¡Te lo decía tu madre!—dijo Cassy, poniendo amargo y conmovedor énfasis en la palabra «madre»—. ¿De qué sirve que las madres nos digan nada? A todos nos venden y pa­gan por nosotros con dinero, y nuestras almas pertenecen al que nos compra. Así son las cosas. Conque yo te digo que bebas brandy; bebe todo lo que puedas, y te hará más fáciles las cosas.

—¡Ay, Cassy, compadécete de mí!

—¡Compadecerme de ti! ¿Acaso no te compadezco? ¿No tengo una hija... Dios sabe dónde está y de quién es ahora... que irá por el mismo camino que fue su madre antes que ella, supongo, y por el que irán sus hijas después? ¡No acaba­rá la maldición, jamás!

—¡Ojalá no hubiera nacido! —dijo Emmeline, retorcién­dose las manos.

—Ése es un viejo deseo mío —dijo Cassy—. Ya me he acostumbrado a desear eso. Me moriría si me atreviese —dijo, mirando afuera a la oscuridad con la expresión de tranquila desesperación que era la habitual de su cara en reposo.

—Sería malvado matarse —dijo Emmeline.

—No sé por qué; no más malvado que las cosas que ve­mos y hacemos día tras día. Pero las hermanas me contaban cosas, cuando estuve en el convento, que me hacen temer la muerte. Si fuera el final de todo, pues entonces...

Emmeline se dio la vuelta y escondió el rostro entre las manos.

Mientras tenía lugar esta conversación en el dormitorio, Legree, vencido por la parranda, se había quedado dormido abajo en el salón. Legree no era un borracho habitual. Su burda y fuerte naturaleza ansiaba y aguantaba un estímulo constante, que habría destrozado y enloquecido completa­mente una naturaleza más delicada. Pero un espíritu profun­damente arraigado de prudencia impedía que sucumbiese a menudo a sus ansias de beber tanto como para perder el con­trol de sí mismo.

Esta noche, sin embargo, en los esfuerzos febriles por des­terrar de su mente aquellos temidos elementos de pena y re­mordimiento que se habían despertado en su interior, se ha­bía abandonado más de lo habitual, de manera que, cuando despidió a sus negros asistentes, cayó pesadamente sobre un sofá del salón y se quedó profundamente dormido.

¡Ay! ¿.Cómo se atreve el alma malvada a entrar en el tene­broso mundo de los sueños? ¿En esa tierra cuyos oscuros confines están tan temiblemente cerca de la mística escena de la retribución? Legree soñaba. En su sueño pesado y fe­bril, una figura envuelta en velos se erguía a su lado y le puso la fría y suave mano encima. Le pareció saber quién era y se estremeció con un horror creciente, aunque la cara estaba oculta. Entonces le pareció sentir aquel mechón enroscarse en sus dedos, y después deslizarse alrededor de su cuello y ten­sarse cada vez más hasta no permitirle respirar; y después cre­yó que unas voces le susurraban palabras que le helaban de espanto. Luego le pareció que estaba en el borde de un abis­mo terrible, sujetándose y luchando con un terror mortal, mientras oscuras manos se extendían para llevarlo abajo; y Cassy se le acercó por detrás, riéndose, y lo empujó. Y des­pués se irguió la solemne figura tapada y levantó el velo. Era su madre; y le volvió la espalda y él se cayó abajo, abajo, en­tre un confuso ruido de chillidos y gemidos y carcajadas de­moníacas... y Legree despertó.

La luz rosácea de la aurora se filtraba dentro de la habita­ción. La estrella matutina miraba al hombre pecador con su solemne ojo sagrado desde el cielo del amanecer. ¡Ay, con qué frescura, con qué solemnidad y belleza, nace cada nue­vo día!, como si dijera al hombre insensato «¡Mira, tienes otra oportunidad! ¡Lucha por conseguir la gloria inmortal!». No hay palabras ni lenguaje donde no se oiga esta voz, pero el hombre vil y malvado no la oyó. Se despertó con un jura­mento y una blasfemia. ¿Qué le importaba a él el oro y la púrpura, el milagro cotidiano del amanecer? ¿Qué le impor­taba a él la santidad de la estrella elegida por el Hijo de Dios como su propio emblema? Como una bestia, veía sin perci­bir; adelantándose a trompicones, se sirvió un vaso de brandy y se bebió la mitad de un trago.

—¡He pasado una noche del infierno! —le dijo a Cassy, que entraba en ese momento por una puerta que estaba en­frente.

—¡Pasarás muchas noches de ésas, dentro de poco! —dijo ella secamente.

—¿Qué quieres decir, zorra?

—Ya te enterarás un día de éstos —replicó Cassy con el mismo tono—. Bien, Simon, tengo un consejo que darte.

—¡No me digas!

—Mi consejo es —dijo Cassy serenamente, mientras arre­glaba unas cosas de la habitación— que dejes en paz a Tom.

—¿Y por qué te importa a ti?

— ¿Que por qué me importa? Desde luego, no se me ocu­rre el porqué. Si tú quieres pagar mil doscientos por un tipo y dejarlo inservible en plena temporada, sólo por despecho, no es asunto mío; yo he hecho lo que he podido por él.

—¿Ah, sí? ¿Y con qué derecho te entrometes en mis asuntos?

—Con ninguno, desde luego. Te he ahorrado varios miles de dólares en diferentes momentos, cuidando de tus brace­ros, y así me lo agradeces. Si tu cosecha da menos que la de alguno de tus compinches, ¿no perderás tu apuesta, acaso? Supongo que Tompkins no se relamerá, y que tú pagarás tu deuda como una dama, ¿eh? ¡Ya te imagino yo!

Como otros muchos plantadores, Legree tenía sólo una ambición: conseguir la mejor cosecha de la temporada; y te­nía varias apuestas pendientes en el pueblo cercano sobre ese mismo año. Por eso Cassy, con su tacto femenino, tocaba la única fibra que sabía hacer vibrar en él.

—Bien, lo dejaré estar con lo que se ha llevado —dijo Le­gree—, pero tendrá que pedirme perdón y prometer portarse mejor.

—No lo hará —dijo Cassy.

—¿Que no?

—No lo hará —dijo Cassy.

—Quisiera saber por qué, señorita preguntó Legree con absoluto desdén.

—Porque se ha portado correctamente y él lo sabe y no va a decir que se ha portado mal.

—¿Y a quién diablos le importa lo que él sepa? Ese negro dirá lo que yo quiero o...

—O perderás tu apuesta sobre la cosecha de algodón, manteniéndolo alejado del campo en el momento de más trabajo.

—Pero tendrá que someterse, ya lo creo; ¿no sé yo cómo son los negros? Suplicará como un perro esta mañana.

—No lo hará, Simon. No conoces a este tipo de negro. Puedes dejarlo casi muerto, pero no le sacarás n una palabra de confesión.

—Ya lo veremos. ¿Dónde está? —preguntó Legree, sa­liendo.

—En el trastero de la sala de máquinas —dijo Cassy.

A pesar de haber hablado con Cassy con tanto coraje, Le­gree salió de la casa con un punto de recelo poco habitual en él. Los sueños de la noche pasada mezclados con los conse­jos prudenciales de Cassy habían hecho mella en su ánimo. Decidió que no habría testigos de su entrevista con Tom y que, si no podía someterlo a la fuerza, dejaría pendiente su venganza para un momento más propicio.

La sublime luz del amanecer, la gloria angelical de la estre­lla matutina, se asomaba a la burda ventana del cobertizo donde yacía Tom, y, como si bajasen sobre ese haz de luz, lle­garon las solemnes palabras: «Soy la raíz y la progenie de Da­vid, la brillante estrella de la mañana.» Las misteriosas adver­tencias e insinuaciones de Cassy, lejos de desanimarle, ha­bían despertado su alma como una llamada del cielo. No sabía si nacía con el alba el día de su muerte; su corazón la­tía en una angustia de regocijo y anhelo mientras pensaba en el maravilloso todo que había imaginado tantas veces: el gran trono blanco con su arco iris siempre resplandeciente, la multitud vestida de blanco, con voces sonoras como el agua, las coronas, las palmas, las arpas; todo podría presentarse ante sus ojos antes de que el sol volviera a ponerse. Por lo tanto, oyó sin estremecerse ni temblar la voz de su persegui­dor, que se le acercaba.

—Bien, muchacho —dijo Legree con una patada de des­precio—, ¿cómo te encuentras? ¿No te dije yo que ibas a aprender un par de cosas? ¿Te gusta, eh? ¿Cómo te ha senta­do la paliza, Tom? No estás tan ufano como anoche. Ahora no estás para sermonear a un pobre pecador, ¿eh?

Tom no respondió.

—¡Levántate, bestia! —dijo Legree, asestándole otra pa­tada.

Ésta era una operación difícil para alguien tan magullado y débil, y Legree se rió brutalmente al ver los esfuerzos de Tom por hacerlo.

—¿Qué es lo que te hace tan ágil esta mañana, Tom? ¿Te enfiaste anoche, acaso?

Ahora Tom se había puesto de pie y se enfrentaba a su amo con un semblante firme e impasible.

—¡Aún puedes erguirte, maldita sea! —dijo Legree, mirán­dolo de arriba a abajo—. Creo que todavía no has tenido bastante. Ahora, Tom, ponte de rodillas y pídeme perdón por tus jugarretas de anoche.

Tom no se movió.

—¡Abajo, perro! —dijo Legree, golpeándolo con su fusta.

—Amo Legree —dijo Tom—, no puedo hacerlo. Sólo hice lo que me parecía correcto. Haré lo mismo si se presen­ta la ocasión. Nunca cometeré un acto de crueldad, pase lo que pase.

—Sí, pero no sabes qué es lo que puede pasar, señorito Tom. Crees que tienes algo. Yo te digo que no es nada, abso­lutamente nada. ¿Cómo te gustaría que te ataran a un árbol y encendieran un fuego lento a tu alrededor? Sería agradable, ¿eh, Tom?

—Amo —dijo Tom—, sé que puede usted hacer cosas te­rribles; pero... —se irguió y juntó las manos—, pero, después de que me haya matado el cuerpo, no hay nada más que pue­da hacer. Y, ¡ay!, después de eso, ¡viene toda la ETERNIDAD!

«ETERNIDAD»: la palabra resonó en el alma del hombre negro con luz y fuerza mientras hablaba; también resonó en el alma del pecador, como la mordedura de un escorpión.

Legree rechinó los dientes pero la furia le impedía ha­blar; y Tom habló con voz clara y alegre, como un hombre liberado:

—Amo Legree, como usted me ha comprado, seré un sir­viente bueno y leal para usted. Le daré todo el trabajo de mis manos, todo mi tiempo, toda mi fuerza; pero no daré el alma a ningún hombre mortal. Me aferraré al Señor y ante­pondré sus mandamiento a todo lo demás, viva o muera, puede usted creérselo. Amo Legree, no tengo ni pizca de miedo a morir. Puede usted azotarme, matarme de ham­bre, quemarme; sólo conseguirá que llegue antes adonde quiero ir.

—¡Yo haré que te rindas, antes de acabar contigo! —dijo Legree furioso.

—Tendré ayuda —dijo Tom—; no podrá hacerlo.

—¿Quién demonios te va a ayudar a ti? preguntó Le­gree con desprecio.

—El Señor Todopoderoso —dijo Tom.

—¡Maldito seas! —dijo Legree y derribó a Tom con un golpe de su puño.

Una mano fría y suave se posó sobre la de Legree en ese momento. Éste se volvió; era la de Cassy; pero el tacto frío y suave le recordó el sueño de la noche pasada y todas las imágenes de sus vigilias acudieron a los recovecos de su cerebro con una porción del horror que solía acompañarlas. ——Quieres ser tonto? —preguntó Cassy en francés—. ¡Deja que se vaya! Deja que yo lo ponga en condiciones de nuevo para trabajar en el campo. ¿No tenía razón en lo que te decía?

Dicen que el caimán y el rinoceronte, a pesar de estar cu­biertos de una armadura a prueba de balas, tienen un punto vulnerable, y que los depravados fieros y descreídos tienen en común con ellos este punto de terror supersticioso.

Legree se giró, decidido a dejar pasar el asunto de momento.

—Bien, haremos lo que tú quieres —dijo tercamente a Cassy—. ¡Escúchame, tú! —le dijo a Tom—; no te ajustaré las cuentas ahora porque los negocios apremian y necesito a todos mis braceros; pero yo nunca olvido. ¡Lo apuntaré en tu cuenta y en algún momento te lo haré pagar en tu negro pe­llejo, no lo olvides!

Legree se volvió y se marchó.

—¡Vete de aquí! —dijo Cassy siguiéndolo con mirada tor­va—. ¡Ya te llegará el momento de rendir cuentas!... Pobre amigo, ¿cómo te encuentras?

—El Señor Dios ha mandado a un ángel y ha cerrado la boca del león de momento —dijo Tom.

—De momento, desde luego —dijo Cassy—, pero ahora te odia y su malquerencia te seguirá día y noche, como un perro colgado de tu cuello y chupándote la sangre, quitándo­te la vida gota a gota. Lo conozco.

CAPÍTULO XXXVII. LA LIBERTAD

No importa con qué formalidades lo hayan consagrado en el altar de la esclavitud, en el mis­mo momento en que pone pie en el sagrado sue­lo de Gran Bretaña, el altar y el Dios se hunden en el polvo y queda redimido, regenerado y libe­rado, por el genio irresistible de la emancipación universal.

Curran

Debemos dejar a Tom un rato en manos de sus tortu­radores mientras nos volvemos para seguir las aventuras de George y su esposa, a los que dejamos en manos amigables en una granja al borde del camino.

Dejamos a Tom Loker revolviéndose y gruñendo en una inmaculada cama cuáquera, bajo la supervisión maternal de la tía Dorcas, quien le encontraba un paciente tan dócil como si fuera un bisonte enfermo.

Imaginaos a una mujer alta, decorosa y espiritual con un limpio gorro de muselina posado encima de las ondas de su cabello plateado, partidas en medio de una frente despejada debajo de la cual asoman unos ojos grises y pensativos. Un níveo pañuelo de gasa está pulcramente plegado sobre su pe­cho; su vestido de lustrosa seda marrón susurra pacíficamen­te mientras se desliza de un lado a otro en el dormitorio.

—¡Diablos! —dijo Tom, apartando la ropa de cama con brusquedad.

—Debo pedirte, Thomas, que no utilices semejante len­guaje —dijo la tía Dorcas, arreglando tranquilamente la cama.

—Pues no lo utilizaré, abuela, si puedo evitarlo —dijo Tom—; pero hace tanto maldito calor que es difícil no re­negar.

Dorcas quitó una colcha y volvió a ordenar la ropa de cama, que remetió hasta conseguir que Tom pareciera una es­pecie de crisálida, comentando al mismo tiempo:

—Me gustaría, amigo, que dejaras de jurar y blasfemar y enmendaras tus modales.

—¿Por qué demonios —preguntó Tom— iba a pensar en mis modales? Es lo último en lo que quisiera pensar, ¡maldi­ta sea!

Y Tom se sacudió, revolviendo y desordenando la cama, dejándola toda de una forma espantosa de contemplar.

—Ese tipo y esa muchacha están aquí, supongo —dijo él hoscamente tras una pausa.

—Así es —dijo Dorcas.

—Más vale que se larguen al lago —dijo Tom—; cuanto antes, mejor.

—Probablemente lo hagan —dijo la tía Dorcas, tejiendo serenamente.

—Y óyeme —dijo Tom—, tenemos asociados en San­dusky que vigilan los barcos por nosotros. Ahora no me im­porta contarlo. Espero que se escapen, aunque sólo sea para fastidiar a Marks, ¡condenado perro, maldita sea su estampa!

—¡Thomas! —dijo Dorcas.

—Te digo, abuela, que si me atas demasiado corto, reven­taré —dijo Tom—. Pero en cuanto a la muchacha: diles que la vistan de otra forma para cambiarle de aspecto. Han publi­cado su descripción en Sandusky.

—Nos encargaremos de ese asunto —dijo Dorcas con su habitual compostura.

Como nos vamos a despedir aquí de Tom Loker, diremos que, después de pasar tres semanas en casa de los cuáqueros, postrado con fiebres reumáticas además de sus otros males, Tom se levantó de la cama algo más triste y más sabio; y, en lugar de atrapar a esclavos, se instaló en una de las nuevas co­lonias, donde dedicó sus talentos con mejor fortuna a la caza de osos, lobos y otros habitantes del bosque, actividad que le valió una gran reputación en toda la zona. Tom siempre ha­bló de los cuáqueros con respeto.

—Buena gente —solía decir—; quisieron convertirme, pero no lo consiguieron. Pero te diré, forastero, cuidan de maravilla a los enfermos, y ésa es la pura verdad. Hacen los mejores caldos y chucherías del mundo.

Como Tom les había advertido que estarían buscando al grupo en Sandusky, pensaron que sería prudente dividirse. Jim se adelantó solo con su anciana madre, y una noche o dos después llevaron a George y Eliza con su hijo a Sandusky, y los alojaron en un hospital antes de embarcarlos en el lago para el último tramo del viaje.

La noche estaba muy adelantada y la estrella matutina de la libertad se alzaba ante sus ojos —¡palabra eléctrica! ¿Qué tendrá? ¿Es más que un nombre o un recurso retóri­co? ¿Por qué, hombres y mujeres de Estados Unidos, se os estremece la sangre en el corazón al oír esta palabra, por la que dieron vuestros padres su sangre y vuestras madres es­tuvieron dispuestas a perder a los más nobles y mejores de los suyos?

¿Tiene algo de glorioso y querido para una nación que no lo sea también para el hombre? ¿Qué es la libertad de una na­ción sino la libertad de los individuos que viven en ella? ¿Qué es la libertad para aquél joven allí sentado, con los bra­zos cruzados sobre el ancho pecho, el tinte de sangre africa­na en su rostro y sus oscuros fuegos en sus ojos? ¿Qué es la libertad para George Harris? Para vuestros padres, la libertad era el derecho de una nación a ser nación. Para él, es el dere­cho de un hombre a ser hombre, y no bestia; el derecho a lla­mar esposa a su esposa y protegerla de la violencia sin ley; el derecho a proteger y educar a su hijo; el derecho a tener casa propia, religión propia, personalidad propia y no supeditada a la voluntad de otro. Todos estos pensamientos se revolvían y bullían en el pecho de George mientras apoyaba la cabeza en la mano y miraba a su esposa ajustar a su bonito cuerpo esbelto las prendas de hombre que consideraron que debía vestir para tener mayor seguridad al escapar.

Vamos allá —dijo, colocándose ante el espejo y soltan­do los abundantes rizos de su cabello negro—. Oye, George, es casi una lástima, ¿verdad? —dijo, levantando juguetona un mechón—, es una lástima que lo tenga que perder, ¿eh?

George sonrió tristemente pero no contestó.

Eliza se volvió hacia el espejo y las tijeras centellearon mientras separaba mechón tras mechón de su cabeza.

—Bueno, ya está bien —dijo, cogiendo un cepillo—; aho­ra le daré unos toques de fantasía. Bien, ¿no soy un chico muy guapo? —preguntó, volviéndose hacia su marido, ven­do y ruborizándose a la vez.

—Siempre serás guapa, hagas lo que hagas —dijo George.

—¿Por qué estás tan serio? —preguntó Eliza, apoyándose sobre una rodilla y poniendo su mano sobre la de él—. Di­cen que estamos a sólo veinticuatro horas del Canadá. ¡Sólo un día y una noche en el lago, y después... ah, después!

—¡Oh, Eliza! —dijo George, estrechándola en sus bra­zos—; ¡eso es! Mi destino se ha reducido a un punto fino. ¡Estar tan cerca, casi verlo, y luego perderlo todo! Nunca lo superaría, Eliza.

—No temas —dijo su esposa, esperanzada—. El buen Se­ñor no nos habría dejado llegar tan cerca si no pensara llevar­nos hasta el final. Me parece sentir que Él está con nosotros, George.

—¡Eres una mujer bendita, Eliza! —dijo George, abrazán­dola con fuerza—. Pero, dime, ¿puede ser para nosotros tan gran misericordia? ¿Pueden acabar tantos años de sufrimien­to? ¿Seremos libres?

—Estoy segura, George —dijo Eliza, mirando hacia arriba con lágrimas de esperanza y entusiasmo brillando entre sus largas pestañas negras—. Siento dentro de mí que el Señor nos va a liberar de la esclavitud este mismo día.

Te creo, Eliza —dijo George, levantándose de repente—. Quiero creer; venga, vámonos. Pues, desde luego —dijo, apar­tándola un poco para mirarla con admiración—, eres un tipo guapo. Esa mata de rizos cortos te favorece bastante. Ponte la gorra, así, un poco ladeada. Nunca te he visto tan guapa. Pero ya casi es la hora del carruaje; me pregunto si la señora Smyth tiene a Harry preparado.

Se abrió la puerta y entró una mujer respetable de media­na edad llevando de la mano al pequeño Harry, vestido con ropas de niña.

—¡Qué niña más guapa es! —dijo Eliza, haciéndole darse la vuelta—. Le llamaremos Hamet, ¿eh? ¿No le va muy bien el nombre?

El muchacho se quedó muy serio mirando a su madre con su atuendo nuevo y extraño, manteniendo un silencio pro­fundo y suspirando hondamente de vez en cuando al mirar­la a hurtadillas a través de sus oscuros rizos.

—¿No conoces a mamá, Harry? —dijo Eliza, extendiendo los brazos hacia él.

El niño se agarraba tímidamente a la mujer.

—Vamos, Eliza, ¿por qué intentas hacerle mimos si sabes que hay que mantenerlo alejado de ti?

—Sé que es tonto —dijo Eliza—, pero no soporto ver que me rechace. Pero, vamos, ¿dónde está mi capa? Aquí está. ¿Cómo os ponéis la capa los hombres, George?

—Debes llevarla así —dijo su marido, echándosela por en­cima de los hombros.

—Así, entonces —dijo Eliza, imitando su movimiento—; y debo pisar fuerte y dar zancadas y poner cara de insolente.

—No te esfuerces —dijo George—. De vez en cuando existe un joven recatado y creo que te sería más fácil hacer ese papel.

—¡Y estos guantes, que Dios se apiade de nosotros! dijo Eliza—. Se me pierden las manos dentro de ellos.

—Te aconsejo que los mantengas puestos todo el tiempo —dijo George—. Tu manita fina podría delatarnos a todos. Ahora, señora Smyth, usted viene a nuestro cargo y será nuestra tía, acuérdese.

—Me he enterado —dijo la señora Smyth— de que han venido hombres a alertar a los capitanes de los paquebotes sobre un hombre y una mujer con un niño pequeño.

—¿Ah, sí? —preguntó George—. Bien, si vemos personas así, se lo diremos.

En ese momento un coche de alquiler se detuvo en la puerta y la familia amable que había acogido a los fugitivos se agrupó en tomo a ellos para despedirlos.

Los disfraces que había adoptado el grupo iban de acuer­do con las sugerencias de Tom Loker. Afortunadamente, la señora Smyth, una mujer respetable de la colonia del Cana­dá adonde se dirigían, que estaba a punto de cruzar el lago para regresar allá, había consentido en hacer de tía del peque­ño Harry; y para que le cogiera cariño, éste había pasado los dos últimos días bajo sus cuidados exclusivos; una cantidad enorme de mimos, junto con una ración ingente de tortas y caramelos, había cimentado un cariño muy firme por parte del joven caballero.

El coche los llevó al muelle. Los dos jóvenes caballeros, como parecían, subieron al barco por la plancha, Eliza galan­temente ofreciendo el brazo a la señora Smyth y George ha­ciéndose cargo del equipaje.

George estaba en la oficina del capitán para pagar el pasa­je de su grupo cuando oyó hablar a dos hombres cerca de él.

—He mirado a todos los que han subido a bordo —dijo uno— y sé que no están en este barco.

La voz era del administrador del barco. El interlocutor a quien se dirigía era nuestro antiguo amigo Marks que, con esa perseverancia tan valiosa que le caracterizaba, se había presentado en Sandusky para ver a quien podía aniquilar.

Apenas se puede distinguir a la mujer de una blanca —dijo Marks—. El hombre es un mulato muy claro, y tiene la marca de un hierro en una mano.

La mano con la que George cogía los billetes y su vuel­ta tembló levemente; pero se volvió tranquilamente, fijó una mirada indiferente en el rostro del que hablaba y se encaminó lentamente a otra zona del barco, donde lo es­peraba Eliza.

La señora Smyth se fue con Harry en busca de la intimi­dad del camarote de las señoras, donde la belleza cetrina de la niña atraía muchos comentarios halagadores de las pasajeras.

George tuvo la satisfacción, cuando sonó la campana de despedida, de ver a Marks bajar a tierra por la plancha, y dio un hondo suspiro de alivio cuando el barco había puesto en­tre ellos una distancia infranqueable.

Era un día magnífico. Las olas azules del lago Ene baila­ban, se rizaban y rutilaban a la luz del sol. Soplaba un aire fresco desde la orilla y el barco señorial avanzaba lenta y ma­jestuosamente.

¡Qué mundo inenarrable encierra el corazón humano! ¿Quién imaginaría, al ver a George caminar arriba y abajo por la cubierta del barco de vapor con su tímido compañero a su lado, todo lo que ardía dentro de su pecho? El maravi­lloso bien que se aproximaba parecía demasiado bueno, de­masiado hermoso para ser real, y sentía a cada momento del día un recelo horroroso de que algo pudiera arrebatárselo.

Pero el buque siguió avanzando. Pasaron veloces las horas y, por fin, se alzaron claras y plenas las benditas orillas ingle­sas; orillas hechizadas por una poderosa varita, un toque de la cual disolvía cada sortilegio de esclavitud, fuese cual fuese el idioma en el que se pronunciase o el poder nacional que lo sancionase.

George permaneció cogido del brazo de su esposa mien­tras el barco se acercaba al pequeño pueblo de Amhertsberg, en Canadá. Su respiración se hizo rápida y entrecortada; se le nublaron los ojos; apretó en silencio la pequeña mano que temblaba sobre su brazo. Sonó la campana; el barco se de­tuvo. Sin ver apenas lo que hacía, buscó su equipaje y reu­nió a su pequeño grupo. La compañía bajó a tierra. Se que­daron quietos hasta que el barco se hubiese apartado; en­tonces, entre lágrimas y abrazos, se arrodillaron marido y mujer, con su hijo perplejo en los brazos, y elevaron sus co­razones al Señor.

«Era algo así como volver de la muerte a la vida;

de las mortajas de la tumba a los mantos del cielo;

del dominio del pecado y de las luchas de la pasión,

a la libertad pura de un alma llena de gracia;

donde se rasgan las ligaduras de la muerte y el infierno,

y el mortal se inviste de inmortalidad,

cuando la mano de la Misericordia gira la llave,

y su voz dice: “Regocíjate, que tu alma está libre.”»

La señora Smyth llevó al pequeño grupo a la casa hospita­laria de un buen misionero, que la caridad cristiana ha colo­cado aquí como pastor para guiar a los desterrados y a los errantes, que vienen constantemente a encontrar asilo en esta orilla.

¿Quién puede hablar de la felicidad de ese primer día de li­bertad? ¿No es el sentido de la libertad más hermoso y más elevado que los otros cinco? ¡Moverse, hablar, respirar... en­trar y salir sin vigilancia, libres de peligro! ¿Quién puede ha­blar de la felicidad del descanso que emana de la almohada del hombre libre, que duerme bajo leyes que le garantizan los derechos que Dios ha dispensado a los hombres? ¡Qué bello y precioso para aquella madre el rostro de su hijo dor­mido, más apreciado aún por el recuerdo de los mil peligros pasados! ¡Qué imposible dormir, con la posesión exuberante de semejante felicidad! Y sin embargo, estos dos seres no te­nían ni un acre de tierra, ni un techo para cubrirse; lo habían gastado todo, hasta el último dólar. No poseían más que los pájaros del aire o las flores del campo; sin embargo, la felici­dad no les permitía dormir. «Oh, vosotros que quitáis la li­bertad a los hombres, ¿con qué palabras respondéis por ello ante Dios?»

CAPÍTULO XXXVIII. LA VICTORIA

Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria.

En el fatigoso camino de la vida, ¿no hemos pensado muchos de nosotros en algún momento que era mu­cho más fácil morir que vivir?

El mártir, incluso cuando se enfrenta a una muerte de an­gustia y horror corporales, encuentra en el mismo terror de su destino un fuerte estimulante y tónico. Hay una gran emoción, una excitación y un fervor que le ayudan a sopor­tar cualquier crisis de sufrimiento que significa el inicio de la gloria y el descanso eternos.

Pero vivir, seguir adelante, día tras día, en amarga servi­dumbre vejatoria y vil, con cada nervio abatido y deprimido, cada sentimiento paulatinamente ahogado, este largo y ago­tador martirio del corazón, esta lenta sangría diaria de la vida interior, gota a gota, hora tras hora: ésta es la verdadera orda­lía de lo que es un hombre o una mujer.

Cuando Tom estuvo cara a cara ante su atormentador y oyó sus amenazas y creyó en el alma que había llegado su hora, el corazón se le llenó de valor y pensó que podría aguantar tortura y fuego, cualquier cosa, con la visión de Je­sús y el cielo sólo un paso más allá; pero cuando se marchó, y la excitación del momento hubo pasado, volvió el dolor de su cuerpo magullado y cansado, volvió la conciencia de su estado totalmente degradado, humillado y desamparado, y los días fueron pasando con muchas fatigas.

Mucho antes de que se le hubieran curado las heridas, Le­gree insistió en que se le destinara al trabajo regular en el campo; así siguieron días y días de dolor y cansancio, agrava­dos por todas las clases de injusticias y humillaciones que era capaz de inventar la malquerencia de una mente rastrera y maliciosa. Cualquiera que, en nuestras circunstancias, haya experimentado el dolor, incluso con todos los paliativos que, para nosotros, suelen acompañarlo, debe conocer la exaspe­ración que conlleva. A Tom ya no le sorprendía la hosque­dad habitual de sus compañeros; al contrario, descubrió que el temperamento plácido y optimista que había tenido toda la vida era violentado y sufría incursiones del mismo talante. Se había complacido leyendo la Biblia en sus momentos de ocio, pero aquí no existía el ocio. En plena temporada, Le­gree no dudaba en explotar a todos sus braceros, tanto el do­mingo como los días laborables. ¿Por qué no iba a hacerlo? Así sacaba más algodón y podía ganar su apuesta; y si se echaban a perder unos cuantos trabajadores, podía comprar otros mejores. Al principio, Tom solía leer un versículo o dos de la Biblia, a la luz del fuego, después de regresar del tráfa­go cotidiano; pero después del cruel castigo que le aplicaron, volvía a casa tan agotado que la cabeza le daba vueltas y los ojos le fallaban cuando intentaba leer, por lo que se conten­taba tumbándose con los demás, totalmente extenuado.

¿Es raro que el sosiego y la confianza religiosos que le ha­bían sustentado hasta ahora dieran paso a conmociones del alma y tinieblas desesperanzadas? Los problemas más tene­brosos de esta vida misteriosa estaban constantemente ante sus ojos: almas aplastadas y envilecidas, el mal triunfante y Dios callado. Durante semanas y meses Tom luchó, a oscuras y con tristeza, dentro de su propia alma. Pensaba en la carta de la señorita Ophelia a sus amigos de Kentucky y rezaba fer­vientemente para que Dios le enviara la liberación. Miraba, día tras día, con la tenue esperanza de ver llegar a alguien para redimirlo, y cuando no llegaba, se agolpaban en su alma amargos pensamientos: que era inútil servir a Dios y que Dios se había olvidado de él. A veces veía a Cassy; a veces, cuando lo llamaban a la casa, vislumbraba la figura abatida de Emmeline, pero no mantenía mucha comunicación con ninguna de las dos; de hecho, no tenía tiempo de comunicar­se con nadie.

Una tarde estaba sentado, totalmente postrado y abatido, junto a unas brasas agonizantes sobre las que asaba su cena. Puso unas cuantas ramas secas en el fuego e intentó avivarlo, y después sacó del bolsillo su gastada Biblia. Allí estaban to­dos los pasajes marcados que le habían emocionado el alma tantas veces, palabras de patriarcas y visionarios, de poetas y sabios, que desde tiempos remotos habían infundido valor al hombre, voces de entre la gran masa de testigos que nos ro­dean en la carrera de la vida. ¿La palabra había perdido su poder o el ojo nublado y los sentidos agotados ya no podían responder al estímulo de esa poderosa inspiración? Con un hondo suspiro, lo guardó de nuevo en el bolsillo. Una vulgar risotada lo sorprendió; levantó la vista: Legree estaba de pie frente a él.

—Bien, viejo —dijo—, ¡parece que tu religión ya no te sir­ve! ¡Ya me parecía que te haría entrar eso en tu dura cabeza!

La cruel burla era peor que el hambre y el frío y la desnu­dez. Tom permaneció en silencio.

—Has sido idiota —dijo Legree— porque yo pensaba tra­tarte bien cuando te compré. Podías haber estado mejor que Sambo o Quimbo y haber vivido tranquilo; y, sin que te azo­taran y pegaran cada dos por tres, podías haber tenido la li­bertad de mandar en los demás y azotar a los demás negros; y de vez en cuando podías haber tomado un buen vaso ca­liente de ponche de whisky. Vamos, Tom, ¿no crees que te conviene ser razonable? ¡Tira ese montón de basura al fuego y únete a mi iglesia!

—¡El Señor no lo quiera! —dijo Tom con fervor.

—¿No ves que el Señor no va a ayudarte? Si lo hubiera he­cho, ¡no habría permitido que yo te echara mano! Esta reli­gión es un montón de oropeles engañosos, Tom. Yo lo sé todo. Harás mejor aferrándote a mí. ¡Yo soy alguien y puedo hacer algo!

—No, amo —dijo Tom—, seguiré adelante. El Señor pue­de ayudarme o no, pero me aferraré a Él y creeré en Él hasta el final.

—¡Peor para ti! —dijo Legree, escupiéndole con despre­cio y dándole un puntapié—. No importa. Yo te perseguiré y te someteré, ¡ya lo verás! —y Legree se dio la vuelta y se marchó.

Cuando un gran peso reduce el alma al límite de sus fuer­zas, inmediatamente todas las fibras físicas y morales ejercen un esfuerzo desesperado por librarse de él; por lo tanto, la angustia más amarga va seguida a menudo de una oleada de alegría y valor. Así le ocurrió a Tom. Las provocaciones ateas de su despiadado amo hundieron su alma ya abatida en su punto más bajo; y aunque la mano de la fe se aferraba toda­vía a la roca eterna, era con desesperación y escasa energía ya. Tom permaneció como aturdido junto al fuego. De repente todo lo que había a su alrededor pareció desvanecerse y se alzó ante sus ojos una visión de un ser, abofeteado y sangran­do, que llevaba una corona de espinos. Tom miraba, con pa­vor y admiración, la paciencia majestuosa del semblante: los profundos y patéticos ojos le conmovieron hasta el corazón; su alma despertó cuando, entre oleadas de emoción, exten­dió las mano y cayó de rodillas; entonces, poco a poco fue cambiando la visión: los afilados espinos se convirtieron en haces de gloria y vio el mismo semblante, con una belleza in­descriptible, inclinarse compasivamente hacia él mientras una voz decía: «El que venza se sentará conmigo en mi tro­no, de la misma manera que yo vencí y me siento con mi Pa­dre en su trono.»

Tom no sabía cuánto tiempo llevaba allí. Cuando volvió en sí, se había apagado el fuego y sus ropas estaban empapa­das por el gélido rocío, pero había pasado la espantosa crisis del alma y, gracias al júbilo que lo llenaba, ya no sentía ham­bre, frío, humillación, desaliento ni pesadumbre. Desde el mismo fondo de su alma, se despidió en ese momento de to­das las esperanzas de la vida terrenal y se ofreció voluntaria­mente en sacrificio incondicional al Infinito. Tom miró arri­ba a las silenciosas y eternas estrellas, emblemas de las hues­tes de ángeles que siempre velan por el hombre; y en la soledad de la noche resonó la letra triunfal de un himno, que había cantado a menudo en días más felices, aunque nunca con tanto sentimiento como ahora:

La tierra se disolverá como la nieve,

el sol dejara de brillar;

pero Dios, que me ha llamado,

será por siempre mío.

Y cuando acabe esta vida mortal

y terminen la carne y los sentidos,

dentro del velo aún poseeré

una vida de júbilo y paz.

Cuando llevemos cien mil años allí,

resplandecientes como el sol,

tendremos tantos días para cantar la gloria de Dios

como cuando comenzamos.

Los que están enterados de las historias religiosas de la po­blación de esclavos saben que los relatos como el que hemos contado son muy frecuentes entre ellos. Hemos conocido al­gunas de sus propios labios, de tipo muy conmovedor y dra­mático. Los psicólogos nos hablan de un estado en el que los afectos y las visiones de la mente se hacen tan dominantes y opresivos que someten la imaginación a su poder. ¿Quién puede medir lo que es capaz de hacer un Espíritu omnipre­sente con estas habilidades de nuestra mortalidad o de qué manera puede alentar las almas abatidas de los desampara­dos? Si un pobre esclavo abandonado cree que Jesús se le ha aparecido y ha hablado con él, ¿quién va a contradecirle? ¿No ha dicho que su misión en todas las épocas es socorrer a los afligidos y liberar a los apaleados?

Cuando la débil luz del amanecer despertó a los dormidos para que salieran al campo, había uno entre los desgraciados andrajosos y trémulos que caminaba con pasos exultantes, pues su fe en el amor todopoderoso y eterno era más firme que el suelo que pisaba. ¡Ay, Legree, utiliza tus fuerzas aho­ra! ¡La aflicción más terrible, la mortificación, la humilla­ción, la necesidad y la pérdida de todas las cosas sólo servi­rán para precipitar el proceso que lo convertirá en un rey y un sacerdote de Dios!

A partir de este momento, una esfera inviolable de paz ro­deo el humilde corazón del oprimido, que el omnipresente Salvador consagró como templo. Ya había pasado la sangría de las penas mundanales; ya habían pasado las oscilaciones de esperanza, miedo y deseo; la voluntad humana, que du­rante largos años se había doblegado, sangrado y luchado, se fundía ahora con la voluntad divina. El viaje restante de la vida le parecía ya tan corto, la bendición eterna le parecía tan cercana y tan vívida que las peores pesadumbres de la vida caían sobre él sin herirle.

Todos se dieron cuenta del cambio en su aspecto. Pareció recuperar el buen humor y la agudeza e infundirse de una se­renidad que ni los insultos ni los agravios eran capaces de turbar.

—¿Qué diablos le ha pasado a Tom? —preguntó Legree a Sambo—. Hace poco estaba todo abatido y ahora está tan animoso como un grillo.

—No lo sé, amo; a lo mejor va a escaparse.

—Nos gustaría ver cómo lo intenta —dijo Legree, con una mueca brutal— ¿verdad, Sambo?

—¡Ya lo creo! ¡Ja, ja, ja! —dijo el gnomo negruzco con una risotada servil—. ¡Señor, qué divertido! ¡Verlo atrapado en el barro... corriendo y saltando por la maleza con los pe­rros destrozándolo! ¡Señor, creí reventar de risa aquella vez que cogimos a Molly! Pensé que la iban a despellejar viva an­tes de que pudiera quitárselos de encima. Todavía lleva las huellas de aquella aventura.

—Y las llevará hasta la tumba —dijo Legree—. Pero tú, Sambo, espabílate. Si el negro está pensando en algo así, échale la zancadilla.

Amo, puedes confiar en mí dijo Sambo—. Ataré el mapache al árbol. ¡Jo, jo, jo!

Esta conversación tuvo lugar cuando Legree montaba en su caballo para irse al pueblo cercano. Aquella noche, al re­gresar, decidió dar una vuelta por los barracones a caballo para ver si todo estaba en orden.

Era una magnífica noche iluminada por la luna; las som­bras de los elegantes árboles del paraíso se dibujaban minu­ciosamente en el césped y el aire tenía tal serenidad transpa­rente que parecía un pecado conturbarla. Legree estaba a algu­na distancia de los barracones cuando oyó la voz de alguien que cantaba:

Cuando pueda leer la escritura

de mis mansiones en el cielo,

me despediré de mis temores

y me enjugaré los ojos.

Si la tierra lucha contra mi alma,

y me lanza dardos infernales,

me reiré de la cólera de Satanás,

y me enfrentaré al enojo del mundo.

Que caiga el diluvio de los problemas

y se libren tormentas de pena,

pero que yo alcance sano y salvo

mi hogar, mi Cielo, mi Dios, mi Todo.

«¡Ajá!», dijo Legree para sí, «conque eso es lo que cree, ¿eh? ¡Cómo odio estos himnos metodistas!» —¡Eh, negro! —dijo, acercándose a Tom de pronto y levantando la fus­ta—, ¿cómo te atreves a armar semejante escándalo cuando deberías estar en la cama? ¡Cierra tu maldita raja negra y lár­gate!

—Sí, amo —dijo Tom, y se levantó para marcharse con se­reno buen humor.

La evidente felicidad de Tom sacó de quicio a Legree, que se aproximó a él y empezó a pegarle en la cabeza y los hombros. —¡Toma, perro! —dijo—. ¡A ver si te encuentras tan có­modo después de esto!

Pero sus golpes sólo cayeron sobre el exterior del hombre y no, como antes sucedía, sobre el corazón. Tom se quedó totalmente sumiso; sin embargo, Legree no podía ocultarse que su poder sobre su esclavo y propiedad se había esfuma­do de alguna manera. Y, al ver a Tom desaparecer en el inte­rior de su barracón y mientras hacía girar su caballo, le llegó a la mente una de esas visiones con las que un relámpago de conciencia a veces ilumina un alma oscura y ruin. Compren­dió perfectamente que era Dios quien se interponía entre él y su víctima, y blasfemó. Aquel hombre sumiso y callado, al que ni las provocaciones, m las amenazas, ni los latigazos, ni las crueldades eran capaces de perturbar, despertó una voz en su interior, como la que su Amo despertara antaño en un alma posesa, que dijo: «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?»

El alma entera de Tom se desbordaba de compasión y lás­tima por los pobres desgraciados que lo rodeaban. Le parecía que sus sufrimientos en este mundo ya habían acabado y te­nía ganas de compartir algo del extraño tesoro de paz y jubi­lo que le había llegado desde lo alto, para aliviar los sufri­mientos de ellos. Era verdad que había pocas ocasiones; pero en el camino de ida a los campos y en el de vuelta y durante las horas de trabajo tuvo oportunidades de echar una mano a los cansados, descorazonados y abatidos. Al principio, a las pobres criaturas agotadas y embrutecidas les costaba com­prender esto; pero como continuó, semana tras semana y mes tras mes, empezó a estimular dentro de sus corazones adormecidos cuerdas largo tiempo calladas. Poco a poco e imperceptiblemente, el extraño hombre paciente y tranqui­lo, que estaba dispuesto a llevar la carga de todos y nunca pe­día ayuda a nadie, que cedía el paso a todo el mundo y se po­nía el último, que cogía menos que nadie y sin embargo era el primero en compartir lo poco que tenía con cualquiera que lo necesitara, el hombre que, en las noches de frío, daba su ajada manta para hacer más cómoda alguna mujer que ti­ritaba por la fiebre, y que llenaba las cestas de los más débi­les en el campo, con el terrible riesgo de quedarse corto él en su propio peso, y que, aunque lo perseguía con una crueldad sin tregua su tirano común, nunca se unía a ellos para pro­nunciar una palabra de oprobio o blasfemia; este hombre, al fin, empezó a ejercer un extraño poder sobre ellos; y cuando pasó la temporada alta y se les permitía de nuevo emplear los domingos como quisieran, muchos se reunían para que él les hablara sobre Jesús. Les hubiera gustado reunirse en algún lugar para oírlo y rezar y cantar; pero Legree no lo permitía y en más de una ocasión dispersó tales intentos con juramen­tos y terribles maldiciones, de modo que las crónicas divinas tenían que pasar de boca en boca. Sin embargo, ¿quién pue­de expresar con qué sencilla alegría algunos de estos pobres desterrados, para los que la vida era un viaje sin placeres a una oscuridad desconocida, recibían noticias sobre un Re­dentor compasivo y un hogar celestial? Los misioneros han declarado que, de todos los pueblos de la tierra, ninguno ha recibido el Evangelio con tanta docilidad y tanto anhelo como el africano. El principio de confianza y fe incondicio­nal, que es su base, es un elemento más innato en esta raza que en ninguna otra; y a menudo ha ocurrido entre ellos que una semilla de verdad dispersa, llevada accidentalmente por una brisa hasta los corazones más ignorantes, ha dado tantos frutos que su abundancia ha avergonzado a los de cultura más elevada y hábil.

La pobre mulata cuya sencilla fe fue casi aplastada y destrui­da por el alud de crueldades y agravios que le había caído enci­ma sintió cómo su alma era elevada con los himnos y pasajes de la Sagrada Escritura que este humilde misionero le susurra­ba al oído a ratos mientras iban o volvían del trabajo; e incluso la mente medio enloquecida y extraviada de Cassy se serenaba y tranquilizaba bajo su influencia discreta y espontánea.

Espoleada a la locura y la desesperación por los sufrimien­tos abrumadores de la vida, Cassy se había prometido mu­chas veces en su alma que llegaría su hora de retribución, en la que su mano se vengaría en su opresor por todas las injus­ticias y crueldades que había presenciado o padecido en su propia carne.

Una noche, cuando todos los de la barraca de Tom esta­ban sumidos en el sueño, de repente le despertó la visión del rostro de ella por el agujero entre los troncos que hacía las ve­ces de ventana. Le hizo un gesto silencioso para que saliera.

Tom se acercó a la puerta. Era entre la una y las dos de la madrugada, una noche serena iluminada por la luz de la luna. Tom observó, cuando la luz de la luna cayó sobre los grandes ojos negros de Cassy, que tenían una mirada extraviada y pe­culiar, diferente de su habitual desesperación permanente.

—Ven aquí, padre Tom —dijo, poniendo su pequeñas mano sobre su muñeca y tirando de él con tal fuerza como si la mano fuera de acero—, ven aquí; tengo una noticia que darte.

—¿Qué quiere, señorita Cassy? —preguntó Tom, ansioso.

—Tom, ¿no te gustaría tener tu libertad?

—La tendré, señorita, cuando Dios quiera —dijo Tom.

—Sí, pero puedes tenerla esta noche —dijo Cassy, con un arrebato de energía—. ¡Vamos!

Tom dudó.

—¡Vamos! —dijo en un susurro, fijando sus negros ojos en él—. ¡Vamos! Está dormido, como un tronco. He puesto bastante en su brandy para que siga así. Si hubiera tenido más, no me habrías hecho falta tú. Pero vamos; la puerta de atrás está abierta; hay un hacha... la he puesto yo allí... la puerta de su cuarto está abierta... yo te enseñaré el camino. Lo habría hecho yo misma, pero tengo los brazos débiles. ¡Vamos!

—¡Ni por todo el oro del mundo, señorita! —dijo Tom con firmeza, deteniéndose y reteniéndola a ella, que quería avanzar.

—¡Pero piensa en todas esas pobres criaturas! —dijo Cassy—. Podríamos liberarlos a todos, irnos a los panta­nos, encontrar una isla y vivir solos. He oído decir que se ha hecho antes. Cualquier vida es mejor que ésta.

—¡No! —dijo Tom con firmeza—. ¡No! Nunca sale nada bueno del mal. ¡Preferiría cortarme la mano derecha!

—Entonces lo haré yo —dijo Cassy, volviéndose.

—¡Ay, señorita Cassy! —dijo Tom, cerrándole el paso—. Por el amor del querido Señor que murió por usted, ¡no ven­da su preciosa alma al diablo de esa manera! No puede resul­tar nada bueno de ello. El Señor no nos predica la ira. Debe­mos sufrir y esperar hasta que le llegue la hora.

—¡Esperar! —dijo Cassy—. ¿No he esperado, acaso, hasta que me da vueltas la cabeza y me duele el corazón? ¡Lo que me ha hecho sufrir! ¡Lo que ha hecho sufrir a cientos de po­bres criaturas! ¿No te está sangrando a ti gota a gota? ¡Ellos me han llamado y me llaman! ¡Ha llegado su hora y quiero la sangre de su corazón!

—¡No, no, no! —dijo Tom, cogiendo sus pequeñas ma­nos, apretadas en un espasmo de violencia—. No, pobre alma perdida, no debe hacerlo. El amado Señor bendito nunca derramó una gota de sangre que no fuera la suya, y la derramó por nosotros cuando éramos sus enemigos. Señor, ayúdanos a seguir sus pasos y amar a nuestros enemigos.

—¡Amar —dijo Cassy—, amar a semejantes enemigos! No está en la naturaleza humana.

—No, señorita, no lo está —dijo Tom, mirando hacia lo alto—; pero Él nos lo da, y ahí está la victoria. Cuando po­demos amar y rezar por todo y a través de todo, entonces ha pasado la batalla y ha llegado la victoria, ¡bendito sea el Se­ñor! —y con ojos llenos de lágrimas y voz ahogada, el hom­bre negro elevó los ojos al cielo.

Y ésta ¡oh, África!, la última nación en ser llamada para la corona de espinos, el azote, el sudor de sangre, la cruz de la agonía, ésta va a ser tu victoria; gracias a esto reinarás con Jesucristo cuando su reino venga a esta tierra.

El profundo fervor de los sentimientos de Tom, el sosiego de su voz, sus lágrimas, todo cayó como el rocío sobre el enlo­quecido e inquieto espíritu de la pobre mujer. Una dulzura sua­vizó el fuego atroz de sus ojos; miró hacia abajo, y Tom notó cómo se relajaban los músculos de sus manos cuando dijo:

—¿No te he dicho que me persiguen malos espíritus? ¡Ay, padre Tom! No puedo rezar; ¡ojalá pudiera! No he vuelto a rezar desde que vendieron a mis hijos. Lo que dices debe ser cierto, lo sé; pero cuando intento rezar, sólo puedo odiar y maldecir. ¡No puedo rezar!

—¡Pobre alma! —dijo Tom, compasivo—. Satanás quiere tenerte y pasarte por el tamiz como si fueras trigo. Rezo a Dios por usted. ¡Ay, señorita Cassy, recurra usted al buen Se­ñor Jesús! Él vino para socorrer a todos los desolados y con­solar a los que lloran.

Cassy permaneció en silencio y grandes lágrimas pesadas empezaron a caer de sus ojos cerrados.

—Señorita Cassy —dijo Tom con tono vacilante, después de observarla en silencio— si pudiera escaparse de aquí, si fuera posible, le aconsejaría a usted y a Emmeline que huye­ran; es decir, si pueden irse sin delito de sangre y no de otra forma.

—¿Tú intentarías venir con nosotras, padre Tom?

—No —dijo Tom—. Ha habido un momento en que sí me hubiera ido; pero el Señor me ha encomendado un tra­bajo entre estas pobres almas, así que me quedaré con ellos y llevaré mi cruz con ellos hasta el fin. Su caso es diferente; para usted es una trampa, y más de lo que puede soportar; más vale que se marche, si puede.

—No conozco ningún camino más que a través de la tum­ba —dijo Cassy—. No existe bestia ni ave que no pueda en­contrar un hogar en algún sitio; incluso las serpientes y los caimanes tienen sus lugares para tumbarse a descansar; pero no hay lugar para nosotros. Allá abajo en los oscuros panta­nos, nos darán caza sus perros y nos encontrarán. Todo y to­dos están contra nosotros; hasta las bestias se unen contra nosotros. ¿Adónde podemos ir?

Tom se quedó callado; después de un rato dijo:

—El que salvó a Daniel en una guarida de leones, El que salva a los niños en la ardiente caldera; El que anduvo sobre las aguas y mandó detenerse los vientos, aún vive; y yo ten­go fe en que le salvará a usted. Inténtelo y yo rezaré con to­das mis fuerzas por usted.

¿Por qué extraña ley de la mente una idea mucho tiempo olvidada, pisoteada como si fuera una piedra inútil, brilla de repente con una luz nueva, como si fuera un diamante re­cién descubierto?

Muchas veces Cassy había dado vueltas, durante horas, a todos los posibles planes de fuga y los había desechado todos como impracticables e inservibles; pero en ese momento le vino a la mente un plan tan sencillo y factible en todos los detalles que despertó una esperanza instantánea.

—¡Padre Tom, lo intentaré! —dijo de pronto.

—¡Amén! —dijo Tom—. ¡Que el Señor te ayude!

CAPÍTULO XXXIX. LA ESTRATAGEMA

El camino de los malos es como tinieblas, no saben dónde han trope­zado.

A buhardilla de la casa donde vivía Legree, como la ma­yoría de las buhardillas, era un gran espacio desolado, polvoriento, lleno de telarañas y trastos inútiles. La opulenta familia que había residido en la casa en los días de su esplendor había importando una gran cantidad de mue­bles magníficos, algunos de los cuales se habían llevado con­sigo mientras que otros quedaron olvidados en habitaciones desocupadas y decadentes o almacenados en este lugar. Una o dos enormes cajas de embalaje, que habían servido para transportar estos muebles, se encontraban junto a las paredes de esta buhardilla. Tenía una pequeña ventana que dejaba pasar una luz débil y escasa a través de sus lunas manchadas y sucias que iluminaba las grandes sillas de alto respaldo y mesas polvorientas que habían conocido mejores tiempos. En conjunto era un lugar siniestro y fantasmal, pero así y todo no faltaban leyendas entre los negros supersticiosos que aumentaran sus terrores. Unos cuantos años antes, habían encerrado allí a una mujer negra que había disgustado a Le­gree. Lo que ocurrió dentro, no lo sabemos; los negros inter­cambiaban tenebrosos rumores sobre ello; lo único que se sabe es que un día bajaron el cadáver de la desgraciada cria­tura y que lo enterraron y desde entonces se dice que solían resonar en la vieja buhardilla juramentos y blasfemias y el so­nido de golpes violentos, entremezclados con lamentos y ge­midos de desesperación. Una vez, cuando Legree oyó por ca­sualidad estas murmuraciones, montó en cólera y juró que la siguiente persona que contara historias sobre la buhardilla tendría la oportunidad de enterarse de lo que había allí por sí misma, pues la tendría encadenada allí dentro durante una semana. Esta amenaza fue suficiente para que cesaran los ru­mores aunque, naturalmente, no restó nada de credibilidad a la historia.

Gradualmente todos los miembros de la casa empezaron a evitar la escalera que conducía a la buhardilla e incluso el corredor que conducía a la escalera por miedo a hablar de ello, y poco a poco la leyenda se iba olvidando. De repente se le había ocurrido a Cassy aprovecharse del nerviosismo su­persticioso que tanto afectaba a Legree para conseguir su pro­pia liberación y la de su compañera de fatigas.

El dormitorio de Cassy estaba justo debajo de la buhardi­lla. Un día, sin consultar a Legree, comenzó de forma osten­tosa a cambiar todos los muebles y enseres de su habitación a otra bastante alejada. Los criados subalternos, a los que lla­mó para llevar a cabo la mudanza, estaban correteando y tra­jinando con gran celo y confusión cuando Legree volvió de cabalgar.

—¡Eh, Cass! —dijo Legree—. ¿Qué bicho te ha picado ahora?

—Nada; sólo quiero tener otra habitación —dijo Cassy con terquedad.

—¿Y por qué, si puede saberse? —preguntó Legree.

—Porque quiero —dijo Cassy.

—Pues vaya, y ¿para qué?

—Me gustaría poder dormir de vez en cuando.

—¡Dormir! ¿Y qué te lo impide?

—Supongo que te lo podría contar si quisieras saberlo —dijo Cassy secamente.

—¡Habla claro, zorra! —dijo Legree.

—¡Oh, nada! A ti no te quitaría el sueño, supongo. ¡Sólo gemidos y gente forcejeando y rodando por el suelo de la buhardilla la mitad de la noche, desde las doce hasta el amanecer!

—¡Gente arriba en la buhardilla! —dijo Legree, soltando una risotada forzada, a pesar de su nerviosismo—. ¿Y quie­nes son, Cassy?

Cassy levantó sus agudos ojos negros y miró a Legree a la cara, con una expresión que le llegó hasta la médula, mien­tras dijo:

—Realmente, Simon, ¿quiénes son? Me gustaría que me lo dijeras tú a mí. ¡Tú no lo sabes, supongo!

Con un juramento, Legree hizo ademán de golpearla con su fusta, pero ella se deslizó hacia un lado y salió por la puer­ta, donde, volviéndose, dijo:

—Si quieres dormir en esa habitación, te enterarás. ¡A lo mejor deberías probarlo! —y cerró inmediatamente la puer­ta y giró la llave.

Legree despotricó y juró y amenazó con tirar la puerta aba­jo; pero parece que se lo pensó mejor y se marchó inquieto al salón. Cassy se dio cuenta de que su dardo había dado en el blanco y, a partir de ese momento, con una habilidad ex­quisita, no dejó de atormentarle con la serie de insinuaciones que había dejado caer.

En el agujero que había en una madera de la buhardilla, introdujo el cuello de una vieja botella de forma que, cuan­do soplaba el viento más ligero, producía unos gemidos lo más lúgubres y tristes imaginables, que, con un viento más fuerte, aumentaban hasta convertirse en unos perfectos aulli­dos, que, para un oído crédulo y supersticioso, bien podrían parecer chillidos de horror y desesperación.

Estos sonidos llegaban de vez en cuando a oídos de los criados y sirvieron para reavivar con toda su fuerza el recuer­do de la vieja leyenda del fantasma. La casa pareció llenarse de un espanto tétrico y supersticioso; y aunque nadie se atre­vió a decírselo a Legree, él se vio envuelto en su atmósfera.

No hay nadie más supersticioso que un hombre ateo. El cristiano se consuela con su creencia en un Padre sabio y to­dopoderoso, cuya presencia llena de luz y orden el vacío de lo desconocido; pero para el hombre que ha destronado a Dios, los dominios de los espíritus son realmente, en pala­bras del poeta hebreo, «unas tierras de tinieblas y la sombra de la muerte», sin orden, donde la luz es oscuridad. La vida y la muerte son para él zonas fantasmales, frecuentadas por figuras espectrales de tenebroso espanto.

Los dormidos elementos morales de Legree despertaron durante sus enfrentamientos con Tom; despertaron, pero fueron combatidos por la fuerza definitiva del mal; sin em­bargo, cada palabra, plegaria o himno producía aún un esca­lofrío y una conmoción en el oscuro mundo interior, que reaccionaba con un pavor supersticioso.

La influencia que ejercía Cassy sobre él era de un tipo ex­traño y singular. Él era su dueño, su tirano y su torturador. Ella estaba, como él bien sabía, absolutamente y sin remedio o ayuda posible, en sus manos; sin embargo, ocurre que el hombre más brutal no puede vivir en estrecho contacto con una fuerte personalidad femenina sin que lo influya en gran medida. Al principio de haberla comprado, ella era, como ha relatado, una mujer refinada; después, él la aplastó sin escrú­pulos bajo la bota de su brutalidad. Pero a medida que el tiempo, las influencias degradantes y la desesperación iban endureciendo dentro de ella su feminidad y despertando los fuegos de pasiones más salvajes, se había convertido, de algu­na manera, en dueña de él, por lo que pasaba de tiranizarla a temerla alternativamente.

Esta influencia era más persistente y vejatoria desde que la locura incipiente prestaba un matiz extraño, siniestro e in­quietante a sus palabras y su lenguaje.

Una noche o dos después de esta escena, Legree estaba sentado en el viejo salón junto a un fuego débil que llenaba la habitación de imágenes vacilantes. Era una noche tormen­tosa y de mucho viento, una noche de las que arrancan mul­titudes de ruidos indescriptibles en viejas casas destartaladas. Las ventanas matraqueaban, las persianas golpeaban, el vien­to silbaba, retumbaba y rugía por la chimenea, levantando una nube de humo y cenizas de vez en cuando, como si lo siguieran legiones de espíritus. Legree llevaba varias horas ha­ciendo las cuentas y leyendo los periódicos mientras Cassy estaba sentada en un rincón, mirando malhumorada el fuego. Legree dejó el periódico y, viendo un viejo libro en la mesa, que Cassy había estado leyendo a primera hora de la tarde, lo cogió y comenzó a hojearlo. Era una colección burdamente editada e ilustrada de relatos de sangrientos asesinatos, leyen­das fantasmales y apariciones sobrenaturales, de las que ejer­cen una extraña fascinación sobre el que comienza a leerlas.

Legree hizo algunos comentarios despreciativos pero em­pezó a leer, pasando una hoja tras otra, hasta que finalmen­te, después de haber leído un rato, tiró el libro con un jura­mento.

—Tú no creerás en los fantasmas, ¿verdad, Cass? —dijo, cogiendo las tenazas para ajustar el fuego—. Creía que eras demasiado sensata para dejar que te inquietaran los ruidos.

—No importa lo que yo crea —dijo Cassy hoscamente.

—Los compañeros intentaban asustarme con sus historias cuando estaba embarcado —dijo Legree—. Nunca han podi­do conmigo en ese sentido. Soy demasiado duro para esas tonterías, puedes creértelo.

Cassy siguió mirándolo intensamente desde las sombras del rincón. Tenía esa extraña luz en los ojos que siempre lle­naba a Legree de nerviosismo.

—Esos ruidos no eran más que ratas y el viento —dijo Le­gree—. Las ratas pueden armar un tremendo escándalo. A ve­ces las oía en la bodega del barco; y el viento... ¡por el amor de Dios!, puedes imaginar cualquier cosa con el viento.

Cassy sabía que Legree estaba inquieto bajo su mirada, por lo tanto, no le contestó, sino que siguió fijándola en él con esa expresión extraña y sobrenatural en su rostro.

—Vamos, habla, mujer, ¿no estás de acuerdo? —preguntó Legree.

—¿Las ratas son capaces de bajar la escalera y pasar por la entrada y abrir una puerta cerrada con llave y con una silla apoyada contra ella —preguntó Cassy— y acercarse andan­do, andando hasta la cama y extender la mano, así?

Cassy tenía los ojos relucientes fijos en Legree mientras ha­blaba y él la miraba como un hombre que sufre una pesadi­lla hasta que, al acabar, apoyó ella su gélida mano sobre la de él y él pegó un salto hacia atrás y lanzó un juramento.

—¡Mujer! ¿Qué quieres decir? Nadie habrá hecho eso.

—Oh, no, desde luego que no. ¿He dicho yo que sí? —dijo Cassy con una sonrisa de absoluto escarnio.

—Pero... ¿has visto realmente?... Vamos, Cass, ¿qué ocu­rre? ¡Habla claro!

—Puedes dormir allí tú mismo —dijo Cassy—, si quieres saberlo.

—¿Llegó desde la buhardilla, Cassy? —¿Llegó, el qué? —preguntó Cassy.

—Pues, lo que estabas contando...

—Yo no te he contado nada —dijo Cassy con terca hos­quedad.

Legree caminaba de un lado al otro de la habitación, in­quieto.

—Voy a hacer que se investigue esto. Iré a ver esta misma noche. Me llevaré las pistolas...

—Hazlo —dijo Cassy—; duerme en esa habitación. Me gustaría verlo. ¡Dispara tus pistolas, anda!

Legree dio una patada contra el suelo y juró con violencia.

—¡No jures! —dijo Cassy—; a saber quién te escucha. ¡Oye! ¿Qué ha sido eso?

—¿Qué? —preguntó Legree, sobresaltado.

Un viejo y pesado reloj holandés, que estaba en una esqui­na de la habitación, empezó a dar las doce.

Por algún motivo, Legree no habló ni se movió; fue presa de un vago terror; Cassy, con un brillo agudo y burlón en los ojos, se quedó mirándolo, contando las campanadas.

—¡Las doce! Ahora veremos —dijo ella, y, volviéndose, abrió la puerta que daba al pasillo y se quedó como escu­chando.

—¡Escucha! ¿Qué es eso? preguntó, levantando un dedo.

—Sólo es el viento —dijo Legree—. ¿No oyes lo fuerte que sopla el condenado?

—Simon, ven aquí —dijo Cassy en un susurro, poniéndo­le la mano sobre la suya y llevándolo al pie de la escalera—; ¿sabes qué es eso? ¡Escucha!

Un chillido salvaje resonó en la escalera. Procedía de la bu­hardilla. A Legree le temblaban las piernas; su cara se volvió pálida de miedo.

—¿No deberías ir a por tus pistolas? —dijo Cassy, con un escarnio que heló la sangre a Legree—. Es hora de investigar este asunto, ¿sabes? Me gustaría que subieras ahora; están ha­ciéndolo.

—¡No voy! —dijo Legree con un juramento.

—¿Por qué no? No existen los fantasmas, ¿sabes? ¡Vamos! —y Cassy subió rápidamente por la escalera curva, riéndose y mirándolo a él—. ¡Vamos!

—¡Creo que eres el mismo diablo! —dijo Legree—. ¡Vuel­ve aquí, bruja! ¡Cass! ¡No vayas!

Pero Cassy rió enloquecida y siguió adelante. Él la oyó abrir las puertas de la buhardilla. Bajó una fuerte ráfaga de viento, apagando la vela que sostenía él en la mano y trans­portando los terribles aullidos sobrenaturales, que parecían sonar en su mismo oído.

Legree corrió frenético al salón, adonde, unos momentos más tarde, lo siguió Cassy, pálida, tranquila, fría como un es­píritu vengador y con la misma luz temible en los ojos.

—Espero que estés satisfecho —dijo ella.

—¡Maldita seas, Cassy! —dijo Legree.

—¿Por qué? —preguntó Cassy—. Sólo he subido a cerrar las puertas. ¿Qué crees que le pasa a esa buhardilla, Simon? —preguntó.

—No es de tu incumbencia —dijo Legree.

—¿Ah, no? Bien —dijo Cassy—, en cualquier caso, me alegro de no dormir debajo.

Sabiendo que se iba a levantar viento, esa misma tarde Cassy había subido a abrir la ventana de la buhardilla. Por su­puesto, en cuanto abrió las puertas, la corriente bajó en una ráfaga y apagó la vela.

Esto nos puede servir de muestra del juego que Cassy jugó con Legree, hasta que éste hubiera preferido poner la cabeza en­tre las fauces de un león que explorar la buhardilla. Mientras tanto, por las noches cuando dormían todos los demás, Cassy lenta y cuidadosamente fue guardando allí un surtido de provi­siones suficiente para que pudieran subsistir durante algún tiem­po; llevó, prenda tras prenda, la mayor parte de la guardarropa de Emmeline y la suya propia. Cuando todo estuvo dispuesto, sólo esperaban la oportunidad de poner en práctica su plan.

Mediante lisonjas y aprovechando una racha de buen hu­mor de Legree, Cassy había conseguido que éste la llevara con él a un pueblo cercano, situado a orillas del río Rojo. Con la memoria afinada por una agudeza casi sobrenatural, se fijó en cada vuelta del camino y calculó mentalmente el tiempo que haría falta para recorrerlo.

En el momento que está todo preparado para la acción, quizás les guste a nuestros lectores echar un vistazo entre bambalinas para ver el coup d’état final.

Era casi de noche y Legree se hallaba ausente visitando una granja vecina. Durante muchos días, Cassy había esta­do más simpática que de costumbre y de mejor humor; por lo que se veía, ella y Legree se llevaban estupendamente. En este momento, podemos verla a ella con Emmeline en el cuarto de ésta, ocupadas ambas clasificando y ordenando dos pequeños fardos.

—Ya está, son lo bastante grandes —dijo Cassy—. Ahora ponte el sombrero y empecemos; es la hora idónea. —Pero aún pueden vernos —dijo Emmeline.

—Quiero que nos vean —dijo Cassy serenamente—. ¿No te das cuenta de que tienen que perseguirnos, pase lo que pase? La manera de hacerlo es la siguiente. Saldremos si­gilosamente por la puerta de atrás e iremos corriendo hasta los barracones. Seguro que Sambo y Quimbo nos verán. Nos perseguirán y nos meteremos en el pantano; entonces no pueden seguirnos más sin ir a avisar y sacar los perros y todo eso; y, mientras ellos dan tumbos y tropiezan uno con el otro, como hacen siempre, tú y yo nos deslizaremos hacia el riachuelo que hay detrás de la casa y lo vadearemos hasta llegar a la puerta de atrás. Eso confundirá a los perros, pues el rastro se perderá en el agua. Todos saldrán corriendo de la casa a buscarnos y nosotras nos meteremos por la puerta de atrás y subiremos a la buhardilla, donde he preparado una buena cama en una de las cajas grandes. Tendremos que quedarnos bastante tiempo en la buhardilla porque te asegu­ro que va a remover el cielo y la tierra para buscarnos. Jun­tará algunos capataces de las otras plantaciones y organizará una gran caza; cubrirán cada pulgada de terreno en ese pan­tano. Alardea de que nunca se le ha escapado nadie. Así que dejemos que cace todo el tiempo que quiera.

—¡Cassy, qué bien lo has planeado! –dijo Emmeline–. ¿Quién sino tú lo hubiera podido planear?

No había ni placer ni exultación en los ojos de Cassy; sólo una desesperada firmeza.

—Vamos —dijo, extendiéndole la mano a Emmeline. Las dos fugitivas se escurrieron fuera de la casa en silencio y corrieron a través de las espesas sombras de la tarde hasta los barracones. La luna creciente, que relucía como un anillo de plata en el cielo de occidente, frenaba la llegada de la no­che. Como Cassy esperaba, cuando se acercaban al borde del pantano que rodeaba la plantación, oyeron una voz que les ordenaba que se detuviesen. No era Sambo, sin embargo, sino Legree quien las perseguía con terribles maldiciones. Al sonido de su voz, el espíritu más débil de Emmeline se vino abajo y, poniendo la mano en el brazo de Cassy, dijo:

—¡Ay, Cassy, me voy a desmayar!

—¡Si lo haces, te mataré! ——dijo Cassy, sacando un puñal pequeño y reluciente y haciéndolo destellar ante los ojos de la muchacha.

La artimaña surtió efecto. Emmeline no se desmayó sino que consiguió adentrarse con Cassy en una parte tan profun­da y oscura del laberinto del pantano que era totalmente im­posible que Legree pensara en seguirlas sin ayuda.

«Bien», se dijo, riéndose brutalmente entre dientes, «en cualquier caso, ¡se han metido en una trampa ahora, las muy zorras! ¡De allí no se irán! ¡Les haremos pasarlo mal!».

—¡Eh, vosotros, Sambo, Quimbo! ¡Venid todos los brace­ros! —gritó Legree, regresando a los barracones, adonde lle­gaban los hombres y mujeres de vuelta del trabajo—. Hay dos fugitivas en el pantano. Daré cinco dólares al negro que las coja. ¡Sacad los perros! ¡Sacad a Tiger y Fury y los demás!

Esta noticia produjo una sensación inmediata. Muchos de los hombres se adelantaron solícitos de un salto, para ofrecer sus servicios, o bien con la esperanza de conseguir la recom­pensa o por el servilismo adulador que es uno de los efectos más funestos de la esclavitud. Algunos corrieron en una di­rección y otros en otra. Algunos fueron a coger antorchas de pino. Otros fueron a soltar a los perros, cuyos aullidos ron­cos y salvajes contribuían en gran medida a la animación de la escena.

—¿Amo, debemos dispararles si no podemos cogerlas? —preguntó Sambo, cuyo señor le entregó un rifle.

—Puedes dispararle a Cass, si quieres; ya va siendo hora de que se vaya al infierno, que es donde debe estar; pero no a la muchacha —dijo Legree—. Y ahora, muchachos, ¡poned manos a la obra! Cinco dólares para quien las coja, y un vaso de whisky para todos, pase lo que pase.

Toda la banda, con las llamaradas de las antorchas y los gri­tos y alaridos y chillidos salvajes de hombres y bestias, se marchó al pantano, seguida, a lo lejos, por todos los sirvien­tes de la casa. Este establecimiento, en consecuencia, se halla­ba totalmente desierto cuando Cassy y Emmeline se desliza­ron por la puerta de atrás. Los alaridos y gritos de sus perse­guidores aún llenaban el aire; y, mirando por las ventanas del salón, Cassy y Emmeline vieron a la tropa con sus antorchas, dispersándose a lo largo del borde del pantano.

—¡Mira allá! —dijo Emmeline, señalándoselos a Cassy—. ¡Ha empezado la caza! ¡Mira cómo bailan las luces! ¡Escucha a los perros! ¿No los oyes? Si estuviéramos allí, nuestras vidas no valdrían un centavo. ¡Oh, por el amor del cielo, escondá­monos, Cassy!

—No hay que apresurarse —dijo Cassy con serenidad—; están todos fuera viendo la caza: es la diversión de la noche. Subiremos dentro de un rato. Mientras tanto ——dijo delibe­radamente, sacando una llave del bolsillo de la chaqueta que Legree había tirado con las prisas—, mientras tanto, cogeré algo para pagar nuestros pasajes.

Giró la lleve en el escritorio y sacó un fajo de billetes, que contó rápidamente.

—¡Ay, no hagamos eso! —dijo Emmeline.

—¿No? —dijo Cassy—. ¿Por qué no? ¿.Prefieres que nos muramos de hambre en los pantanos o que podamos pagar nuestro viaje a los estados libres? El dinero todo lo puede, muchacha —y, mientras hablaba, se guardaba el dinero en el corpiño.

—Sería robar—dijo Emmeline, en un susurro angustiado.

—¡Robar! —dijo Cassy, con una carcajada desdeñosa—. Los que roban cuerpos y almas, que no nos digan nada. Cada uno de estos billetes es robado; robado de pobres cria­turas hambrientas y sudorosas que deben irse a la ruina en beneficio de él. ¡Que hable el de robar! Pero, vamos; más vale que subamos a la buhardilla; tengo unas reservas de velas allí y algunos libros para pasar el tiempo. Puedes estar segura de que no subirán allí a buscarnos. Si lo hacen, yo haré de fan­tasma para ellos.

Cuando Emmeline llegó a la buhardilla, encontró una caja enorme, que había servido para transportar grandes muebles, volcada hacia un lado, de modo que la apertura daba a la pared, o más bien, al faldón. Cassy prendió una pe­queña lámpara y, andando a gatas por debajo del faldón, se instalaron dentro de la caja. Tenía un par de colchones pe­queños y algunas almohadas; una caja cercana estaba repleta de velas, provisiones y toda la ropa necesaria para su viaje, que Cassy había empaquetado en fardos de tamaño extraor­dinariamente reducido.

—Ya está —dijo Cassy, al fijar la lámpara a un pequeño gancho, que había colocado en un costado de la caja para ese fin—; éste va a ser nuestro hogar de momento. ¿Qué te parece?

—¿Estás segura de que no vendrán a registrar la buhar­dilla?

—Me gustaría ver a Simon Legree hacerlo —dijo Cassy—. Desde luego que no; se cuidará mucho de acercarse. En cuanto a los criados, preferirían que les pegaran un tiro antes de dejarse ver por aquí.

Algo tranquilizada, Emmeline se recostó en la almohada. —¿Qué pretendías, Cassy, diciendo que me ibas a matar? —preguntó con sencillez.

—Pretendía evitar que te desmayaras —dijo Cassy— y lo conseguí. Y te digo ahora, Emmeline, que debes hacerte a la idea de que no te desmayarás, pase lo que pase; no hace nin­guna falta. Si yo no lo hubiera evitado, ese desgraciado po­dría tenerte en las manos ahora.

Emmeline se estremeció.

Las dos mujeres permanecieron algún tiempo en silencio. Cassy se entretenía con un libro en francés; Emmeline, ven­cida por el sueño, se quedó dormitando durante un rato. La despertaron fuertes gritos y chillidos, el chacoloteo de los ca­ballos y los aullidos de los perros. Se levantó sobresaltada, con un ligero chillido.

—Sólo es la vuelta de los cazadores —dijo Cassy serena­mente—; no temas. Mira por este agujero. ¿No los ves a to­dos allá abajo? Simon tiene que darse por vencido, por esta noche. Mira cuánto barro tiene su caballo, por las vueltas que ha dado en el pantano; los perros también vienen con las orejas gachas. Ah, buen señor, tendrá usted que repetir la correría una y otra vez. ¡La presa no está allí!

—¡Ay, no digas ni una palabra! —dijo Emmeline—, ¿y si te oyen?

—Si oyen algo, tendrán mucho cuidado de mantenerse alejados —dijo Cassy—. No hay peligro; podemos hacer todo el ruido que queramos, que sólo aumentará el efecto.

Por fin el silencio de la medianoche cayó sobre la casa. Le­gree, maldiciendo su mala suerte y jurando vengarse de for­ma terrible al día siguiente, se fue a la cama.

CAPÍTULO XL. EL MÁRTIR

¡No creáis que el Cielo se olvide del justo! Aunque la vida le niegue sus dones comunes, que, con el corazón roto y sangrante, y despreciado por el hombre, vaya a la muerte. Pero Dios ha anotado cada día de tristeza, y enumerado cada lágrima amarga y los largos años de gloria en el Cielo recompensarán a sus hijos por su sufrimiento.

William Cullen Bryant

El camino más largo tiene su fin; la noche más lúgubre acaba con la llegada de la mañana. El paso eterno e inexorable del tiempo siempre acerca el día de los mal­vados hacia la noche eterna y la noche de los justos hacia el día eterno. Hemos caminado hasta aquí con nuestro humil­de amigo por el valle de la esclavitud; primero a través de campos floridos del bienestar y la indulgencia, después a tra­vés de las separaciones desgarradoras de todas las cosas que aprecia el hombre. Luego hemos esperado con él en una isla soleada, donde manos generosas ocultaban sus cadenas con flores; y finalmente le hemos seguido hasta que se perdió en la oscuridad el último rayo de esperanza terrenal, y hemos visto cómo, en la negrura de las tinieblas terrenales, el firma­mento de lo desconocido se ha iluminado con estrellas de nuevo fulgor y significado.

La estrella matutina brilla ahora sobre las cimas de las montañas, y vientos y brisas, que no vienen de la tierra, seña­lan que se abren las puertas del amanecer.

La fuga de Cassy y Emmeline agudizó el ya hosco humor de Legree hasta un punto insoportable, y su furia, como era de esperar, cayó sobre la cabeza indefensa de Tom. Cuando Legree anunció apresuradamente la noticia entre los braceros, no se le escapó la repentina luz que se encendió en los ojos de Tom ni el involuntario movimiento de sus manos. Se dio cuenta de que no se unía a las filas de los perseguidores. Pensó obligarle a hacerlo, pero en vista de la pasada experiencia de su inflexibilidad al ordenarle participar en un acto inhumano, no quiso perder el tiempo en un enfrentamiento con él.

Por lo tanto, Tom se quedó en casa con unos pocos a quie­nes había enseñado a rezar, y ofrecieron plegarias por el éxi­to de la huida.

Cuando Legree regresó, perplejo y decepcionado, todo el odio acumulado durante mucho tiempo en su alma empezó a cobrar una forma desesperada y mortífera. ¿Este hombre no lo estaba desafiando, firme, constante e irresistiblemente, desde el día en que lo compró? ¿No tenía dentro de él un es­píritu que, aunque en silencio, lo iba quemando como los fuegos de la perdición?

«¡Lo odio!», se dijo Legree aquella noche, incorporado en la cama. «¡Lo odio! ¿Y no es mío? ¿No puedo hacer con él lo que quiera? Me pregunto quién va a impedirlo.» Y Legree apretó el puño y lo sacudió como si tuviera algo en las ma­nos que podía romper en pedazos.

Pero, por otra parte, Tom era un sirviente fiel y valioso; y, aunque este hecho hacía que Legree lo odiase aun más, sin embargo, lo refrenaba un poco.

A la mañana siguiente, resolvió no decir nada de momen­to, sino formar un grupo con hombres de las plantaciones vecinas, con perros y armas de fuego, rodear el pantano y empezar la caza de manera sistemática. Si tenían éxito, tanto mejor; si no, llamaría a Tom a su presencia y —tenía apreta­dos los dientes y le hervía la sangre— entonces rompería la resistencia del hombre o... hubo un horrendo susurro inte­rior, al que consintió su alma.

Decís que el interés del amo es garantía suficiente de la se­guridad del esclavo. Con la furia de la loca voluntad del hombre, éste es capaz, voluntariamente y con los ojos abier­tos, de vender su alma al diablo para conseguir sus fines. ¿Va a salvaguardar mejor el cuerpo de su prójimo?

—Bien —dijo Cassy, al día siguiente en la buhardilla, ha­ciendo un reconocimiento a través del agujero—, ¡va a em­pezar la caza de nuevo hoy!

Había tres o cuatro hombres cuyos caballos brincaban en el espacio abierto delante de la casa; y una traílla o dos de pe­rros extraños forcejeaban con los negros que los sujetaban, aullando y ladrando unos a otros.

Dos de los hombres son capataces de plantaciones de los alrededores; otros, compañeros de Legree de una taberna de una ciudad cercana, que habían acudido por afición a la caza. Sería difícil imaginar a un grupo más implacable. Le­gree repartía generosamente brandy entre ellos, y también entre los negros, que habían sido destacados desde diferentes plantaciones para la operación, pues hacían lo posible por convertir todos los acontecimientos de este tipo en una fies­ta para los negros.

Cassy acercó el oído al agujero y, como la brisa matutina soplaba en dirección a la casa, pudo oír gran parte de la con­versación. Una mueca despectiva ensombreció aun más la gravedad de su rostro mientras escuchaba y se enteraba de cómo dividían el terreno, debatían los méritos rivales de los perros, daban órdenes de disparar y de cómo habían de tra­tar a cada una en caso de captura.

Cassy se retiró, y, juntando las manos, miró hacia lo alto y dijo:

—¡Ay, gran Dios Todopoderoso! Todos somos pecadores. ¿Qué hemos hecho nosotros peor que el resto del mundo para que nos traten de esta manera?

Había una terrible intensidad en su cara y su voz mientras hablaba.

—Si no fuera por ti, niña —dijo, mirando a Emmeline—, saldría y le daría las gracias al que me hiciera el favor de ma­tarme de un tiro; porque, ¿para qué quiero yo la libertad? ¿Me puede devolver a mis hijos o hacerme lo que fui?

Con su sencillez de niña, Emmeline casi tenía miedo de los tenebrosos arrebatos de Cassy. Parecía estar perpleja, pero no respondió. Sólo le cogió de la mano con una sua­ve caricia.

—¡No! —dijo Cassy, intentando apartar la mano—. Ha­rás que te quiera, ¡y no pienso querer a nadie nunca más!

—¡Pobre Cassy! —dijo Emmeline—. No seas así. Si el Se­ñor nos da la libertad, quizás te devuelva a tu hija; en cual­quier caso, yo seré una hija para ti. Sé que no volveré a ver a mi pobre madre. ¡Yo te querré, Cassy, aunque tú no me quieras!

Ganó el espíritu tierno e inocente. Cassy se sentó junto a ella, le rodeó el cuello con su brazo y le acarició el suave ca­bello castaño; y Emmeline admiró la belleza de aquellos es­pléndidos ojos, dulcificados por las lágrimas.

—¡Ay, Em —dijo Cassy—, he tenido hambre y sed de mis hijos y me fallan los ojos de añorarlos! ¡Aquí, aquí! —dijo, golpeándose el pecho—. ¡Todo es desolación y va­cío! Si Dios me devolviese a mis hijos, podría rezar.

—Debes tener fe en Él, Cassy —dijo Emmeline—. ¡Es nuestro Padre!

—Está enfadado con nosotros —dijo Cassy—; nos ha vuelto la espalda.

—¡No, Cassy! Será bueno con nosotros. ¡Tengamos fe en Él! —dijo Emmeline—. Yo siempre he tenido esperanza.

La caza fue larga, animada y concienzuda, pero sin éxito; Cassy miraba con exultación grave e irónica a Legree mien­tras desmontaba, cansado y desalentado.

—Bien, Quimbo —dijo Legree, acomodándose en el sa­lón— ve a traerme a Tom ahora mismo. ¡Ese maldito está de­trás de todo este asunto, y le daré en su negro pellejo hasta que lo confiese, lo juro!

Tanto Sambo como Quimbo, aunque se odiaban entre sí, estaban unidos en su odio también cordial hacia Tom. Al principio Legree les contó que lo había comprado para hacer de supervisor general en su ausencia, lo cual había dado pie a una inquina por parte de ellos, que había aumentado, de­bido a sus naturalezas degradadas y serviles, al ver cómo se granjeaba Tom el desagrado de su amo. Por lo tanto, Quim­bo se marchó muy a gusto a cumplir la orden.

Tom escuchó el recado con una premonición en el cora­zón, pues conocía los planes de huida de las fugitivas y dón­de se ocultaban actualmente; conocía el carácter mortífero y el poder despótico del hombre al que tenía que enfrentarse. Pero se sintió fuerte en el Señor para ir a la muerte antes que traicionar a los desvalidos.

Dejó su cesta junto al surco y, mirando hacia arriba, dijo: —En Tus manos encomiendo mi espíritu. ¡Tú me has re­dimido, oh Señor Dios de la verdad! —y se entregó tranqui­lamente a las rudas y brutales manos con las que lo agarró Quimbo.

—¡Ay, ay! —dijo el gigante, arrastrándolo—. ¡Te vas a en­terar! ¡Seguro que el amo está furioso de verdad! ¡No te vas a escabullir ahora! ¡Te digo que te vas a enterar, ya lo verás! ¡A ver qué efecto hace ayudar a escapar a los negros del amo! ¡Ya verás la que te va a caer!

Ninguna de estas palabras salvajes llegó a sus oídos; una voz más elevada decía: «No temas a los que matan el cuerpo, pues después no hay nada más que puedan hacer.» Los ner­vios y los huesos del cuerpo del pobre hombre vibraron ante esas palabras, como si los hubiera tocado la mano de Dios; y sintió la fuerza de mil almas en la suya. A su paso, los árbo­les y los arbustos, los barracones de su servidumbre, todo el escenario de su degradación parecía desenvolverse ante sus ojos como el paisaje desde un coche veloz. Su alma se estre­meció... su hogar estaba a la vista... la hora de su liberación parecía aproximarse.

—Bien, Tom —dijo Legree, acercándose a él, cogiéndole furioso por el cuello de la chaqueta y hablando entre dientes en un paroxismo de cólera—, ¿sabes que estoy decidido a MATARTE?

—Es muy probable, amo —dijo Tom con serenidad.

—Estoy —dijo Legree, con un sosiego tétrico y horrible­decidido... a... eso... mismo, Tom, si no me cuentas lo que sa­bes de estas muchachas.

Tom permaneció en silencio.

—¿Me oyes? —dijo Legree, dando una patada al suelo y rugiendo como un león exasperado—. ¡Habla!

—No tengo nada que decirle al amo —dijo Tom, con un acento lento, firme y deliberado.

—¿Te atreves a decirme, viejo cristiano negro, que no lo sabes? —preguntó Legree.

Tom no habló.

—¡Habla! —dijo Legree, pegándole con furia—. ¿Qué no sabes nada?

—Lo sé, amo, pero no puedo contar nada. ¡Estoy dispues­to a morir!

Legree aspiró largamente y, casi juntando su rostro con la de él, dijo con voz terrible:

—¡Escucha, Tom! Tú crees que porque te he dejado esca­bullirte antes, no hablo en serio; pero esta vez estoy decidi­do, he calculado el precio. Siempre te has enfrentado a mí; ahora, una de dos, o te someto o te mato. Contaré cada gota de sangre que tienes en las venas y te las sacaré una a una, hasta que te rindas.

Tom miró a su amo y respondió:

—Amo, si usted estuviera enfermo, o en un apuro, o mu­riéndose, y yo pudiera salvarle, le daría voluntariamente la sangre de mi corazón; y si sacar cada gota de sangre de este pobre cuerpo viejo fuera a salvarle el alma, se la daría de buena gana, tal como el Señor dio la suya por mí. ¡Ay, amo, no cargue su alma con este gran pecado! ¡Le hará más daño a usted que a mí! Haga lo peor que haga, mis penas acaba­rán pronto; pero, si usted no se arrepiente, ¡las suyas no aca­barán jamás!

Como un extraño fragmento de música celestial escucha­do durante una calma de la tempestad, este arrebato de sen­timientos produjo una pausa momentánea. Legree se quedó mirando a Tom estupefacto; y hubo tal silencio que se podía oír el tictac del viejo reloj marcando, con un toque silencioso, la última oportunidad de misericordia y prueba para ese corazón endurecido.

Sólo fue un momento. Hubo una pausa vacilante, un es­tremecimiento de duda y compunción, y volvió el espíritu del mal, siete veces más fuerte; y Legree, espumajeando, tiró a su víctima al suelo.

Las escenas de sangre y violencia son repugnantes para el oído y para el corazón. Lo que el hombre tiene agallas para hacer, no tiene agallas para escuchar. Lo que debe sufrir el prójimo hombre y el prójimo cristiano no se puede contar, ni en un lugar secreto, por lo mucho que perturba el alma. Y sin embargo, ¡patria mía! Estas cosas se hacen al amparo de tus leyes. ¡Oh, Cristo! ¡Tu iglesia las contempla casi en si­lencio!

Pero en tiempos antiguos hubo Uno cuyo sufrimiento convirtió un instrumento de tortura, degradación y vergüen­za en un símbolo de gloria, honor y vida inmortal; y don­de se halle su espíritu, ni los azotes degradantes, ni la san­gre, ni los insultos pueden restarle gloria a la lucha final del cristiano.

¿Estaba Tom solo, en la larga noche, mientras su espíritu valiente y generoso soportó crueles golpes y brutales azotes en aquel viejo cobertizo?

¡No! A su lado había uno a quien sólo él veía, «parecido al Hijo de Dios».

También estaba a su lado su tentador, cegado por una voluntad furiosa y despótica, urgiéndole a cada instante a evitar el sufrimiento traicionando a los inocentes. Pero el corazón valiente y leal estaba firmemente asentado sobre la Roca Eterna. Sabía que, como su Amo, para salvar a los demás, no podía salvarse a sí mismo; y los sufrimientos ex­tremos no le arrancaron más que palabras de plegaria y confianza divina.

—Está casi acabado, amo —dijo Sambo, conmovido a pe­sar suyo por la persistencia de su víctima.

—¡Sigue dándole hasta que se rinda! ¡Dale, dale! —grita­ba Legree—. ¡Le sacaré cada gota de sangre si no confiesa!

Tom abrió los ojos y miró a su amo.

—¡Pobre criatura miserable! —dijo—, ya no puede hacer nada más. ¡Le perdono, desde el fondo de mi alma! y cayó desmayado.

—Creo que está acabado de verdad, por fin ——dijo Legree, adelantándose para mirarlo—. Sí, lo está. Bien, por lo menos tiene la boca cerrada, por fin: ¡es un alivio!

Sí, Legree, pero ¿quién hará callar esa voz dentro de tu alma? ¡Ese alma que está más allá de la contrición, más allá de la oración, más allá de la esperanza, donde ya arde el fue­go que jamás se puede apagar!

Sin embargo, Tom no estaba acabado del todo. Sus mara­villosas palabras y rezos devotos habían ablandado los cora­zones de los negros embrutecidos que habían sido el instru­mento de su tortura; en cuanto se retiró Legree, lo bajaron y, en su ignorancia, intentaron devolverle la vida, ¡como si eso fuera hacerle un favor!

—La verdad es que hemos hecho algo muy malo —dijo Sambo—. Espero que tenga que rendir cuentas por ello el amo y no nosotros.

Le lavaron las heridas, le prepararon una burda cama, he­cha con algodón de desecho, para que se tumbara en ella; y uno de ellos se fue a la casa y pidió un vaso de brandy a Le­gree, fingiendo que estaba cansado y que era para él mismo. Volvió con él y lo vertió por la garganta de Tom.

—¡Ay, Tom! —dijo Quimbo—. ¡Nos hemos portado muy mal contigo!

—Os perdono, de corazón —dijo Tom débilmente. —¡Oh, Tom! ¡Cuéntanos quién es Jesús! —preguntó Sambo—. Ese Jesús que ha estado a tu lado toda la noche, ¿quién es?

Las palabras estimularon al espíritu débil y decaído. Salie­ron a borbotones unas cuantas frases enérgicas sobre aquel Ser Maravilloso: sobre su vida, su muerte, su omnipresencia y su poder de salvación.

Lloraron los dos hombres salvajes.

—¿Por qué no he oído esto antes? —preguntó Sambo—. ¡Pero lo creo! ¡No puedo remediarlo! ¡Señor Jesús, ten pie­dad de nosotros!

—¡Pobres criaturas! —dijo Tom—. Estaría dispuesto a so­portarlo todo de nuevo si sirviera para llevaros a Cristo. ¡Oh, Señor, dame estas dos almas, te lo ruego!

Esa plegaria fue escuchada.

CAPÍTULO XLI. EL JOVEN AMO

Dos días más tarde, un joven condujo una vagoneta hasta el final de la avenida de árboles del paraíso, donde dejó las riendas apresuradamente sobre el cuello del caballo y preguntó por el dueño de la propiedad. Era George Shelby y para saber cómo ha llegado hasta aquí, debemos retroceder en nuestra historia.

La carta de la señorita Ophelia a la señora Shelby se había quedado retenida, por un desafortunado accidente, durante un mes o do