La Cita

Eduardo Zamacois


Novela corta



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Índice

LA CITA
I
II
III
RICK
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
EL COLLAR
I
II
III
IV
V
EL HIJO
I
II
III
IV
V
VI
VII

LA CITA

I

Tras un largo mirar interrogante, lleno de conmiseración maternal, la actriz añadió:

—¡Ay, Ricardo!... ¿Por qué serás así? ¿Por qué no resignarte y hallar alegría en lo que tienes? ¿Por qué lo ajeno te admira, y lo tuyo, que á más de un descontentadizo haría dichoso, sólo te inspira hastío y desdén?...

Calló, y su voz débil, en la que hubo, juntamente con un desesperado anhelo de persuasión, la seguridad íntima de no conseguir nada, fué suplicante como el gesto de una mano mendiga.

Ricardo Villarroya adoptó en la butaquita donde estaba sentado una actitud más cómoda. Lanzó un suspiro. Sus cejas fuertes se arquearon sentimentales bajo la frente descollada y alta.

—¿Qué quieres?—dijo—, uno es... como nació. En medio de nuestras inconsecuencias aparentes, todos somos perenne y fatalmente esclavos de nosotros mismos. Lo disparatado obedece á leyes precisas; la existencia más aventurera, más incongruente, más copiosa en funambulescos altibajos, es ordenada como el vivir del campesino que jamás rebasó los horizontes avaros de su lugar. Lo raro no existe; lo raro, mi pobre Fuensanta, es la palabra con que enmascaramos lo que no sabemos, la explicación frívola de las concatenaciones ocultas que no adivinamos. Todo tiene su por qué; los mismos locos son, á su modo, discretos; el Destino es un tratado de lógica...

—¿Por lo visto, renuncias al propósito de redimirte?

—Completamente; soy un incurable.

Había cruzado una pierna sobre otra y bajó la cabeza, complaciéndose distraídamente en aplastar la ceniza de su cigarro contra la suela de su bota de charol; sus ojos se apagaron, las comisuras de sus labios descaecieron sin ilusión tras las guías viriles del bigote, y una intensa expresión de melancolía nubó su frente, envejecida prematuramente por el trabajo.

Era un hombre de treinta y cinco años, membrudo y alto, cuyos cabellos rojos, cortados militarmente al rape, dibujaban francamente las líneas de una cabeza grande, de ángulo facial muy abierto, terca, cual predestinada para heroicos y duraderos combates. Una barba puntiaguda y raleante daba firmeza al rostro. El pecho, amplio, tenía un alentar poderoso y sereno; la sangre arrebolaba la piel del recio cuello y de las mejillas; un espeso vello bermejo cubría las muñecas robustas y las manos; manos atávicas, de largos y temerarios dedos. Hallábase Ricardo Villarroya en pleno apogeo artístico: sus últimos libros habían merecido éxito codiciable; sus artículos de crítica jugosa y violenta erigiéronle en campeón de la joven grey literaria; la única comedia que estrenó suscitó polémicas ardientes. Además, era un poco orador; la extrema izquierda de la opinión adoraba en él; su nombre, que servía de lábaro á las mayores osadías de la forma y del pensamiento, resonaba como un alerta bélico en la atmósfera febril de las asambleas. Todo en él era impetuosidad, inquietud, soberbia; la ambición bruñía sus ojos claros; sus labios viciosos reían mal; en el continuo vibrar de su cuerpo saludable y recio, pleno de apetitos moceros, había como una voz de la especie.

Fuensanta Godoy le observaba atentamente, con emoción triste, mientras acariciaba entre sus manos finas y blancas la mano derecha del novelista.

—Te quiero—dijo—, te quiero muchísimo... cual mi usado corazón no esperaba tornar á querer. ¿Por qué me correspondes en mala moneda? ¿Por qué no eres bueno para mí? ¿Cómo no procuras serme fiel?

Los hombros de Villarroya esbozaron un movimiento de indiferencia. Ella continuó:

—Posible es que tropieces con mujeres más hermosas que yo ó más inteligentes, más elegantes, más agradables... Pero dificilísimo te será hallar una que posea estas cualidades en aquellas modestas, pero bien concertadas proporciones, en que yo las reuno y acoplo. No soy bellísima, ni discreta en demasía, ni gallarda y cautivadora con exceso, pero de todo hay algo en mí, y esta conjunción de amables virtudes es mi orgullo.

El la escuchaba haciendo con la cabeza signos distraídos de asentimiento.

—Y si ello es así—prosiguió Fuensanta—, ¿por qué me olvidas y pospones á otras mujeres? ¿Por qué, conociendo mis celos, suspendes sobre mi cabeza la amenaza de que hoy, mañana, cuando más dichosa esté y menos lo aguarde, has de serme traidor?... Conozco bien, demasiado bien, quizá, la complexión de tu alma: tú perteneces á la raza maldita de los que sólo adoran lo lejano, lo inasequible, lo que nadie obtuvo. ¿Cómo no aplicas tu espíritu indómito al examen de sus recuerdos? ¿Por qué desprecias lo pretérito? ¿Acaso ese ayer que hoy miras desdeñosamente, no sirvió de riente mañana á otros hombres que bulleron y amaron antes que tú?... Escucha, Ricardo, y obedéceme, porque aún podemos ser felices. ¿No tienes hijos y esposa? Y cuando el hogar legítimo, el consagrado, te fastidie, ¿no me tienes á mí? ¿Qué más rebuscas? ¿Qué imposibles novedades pides á la casualidad?

Argumentaba poco á poco, blandamente, como se habla á los enfermos, y sus palabras, dichas á media voz, traían arrullos de infancia. En las contiendas implacables del arte, lo más hacedero es derrotar obstáculos, encumbrarse, llegar del éxito á los dorados fastigios, pues los viejos maestros á quienes la juventud hostiliza están agotados y se defienden mal: lo difícil es guardar las posiciones conquistadas, resistir el fiero ataque de los bisoños que van llegando á la batalla, afirmar la personalidad en medio de aquel desencerrado torbellino de enemigos brazos que rodean al dictador. Según Fuensanta Godoy, para vencer en ese descomunal torneo, donde todas las ensoberbecidas furias de la vanidad intervienen, precisa tener una gran ambición, un orgullo sin límites ó un ciego y descomedido amor; un sentimiento, en fin, hondo, fanático, que baste por sí solo á reparar cuantas brechas las estocadas de la desilusión y los consejos sigilosos de la fatiga van abriendo en el entusiasmo.

—Pero si únicamente adoras lo que no tienes—continuaba—, ¿qué podrá sostenerte, alentarte, fortificarte, cuando estés deshecho y próximo á caer?... Triste es, ciertamente, sucumbir en la obscuridad del primer asalto; pero ¿no es peor ver la miel de nuestra popularidad deshacerse en olvido? ¡Ah, Ricardo! Tú ignoras eso; tú desconoces el sufrimiento del artista que sobrevive á su prestigio y, no pudiendo ya derrotar las reputaciones que van improvisándose á su alrededor, dice: «Hace años yo era algo, tenía un nombre...» Créeme, Ricardo, eso es horrible; te lo asegura la experiencia que me dieron veinte años de teatro...

Su voz se apagó en un suspiro, y por su rostro pasó como una sombra el luto de su alma.

Contaba Fuensanta Godoy poco más de treinta años, y sus vestidos negros, lascivamente apretados al cuerpo, modelaban una escultura de líneas ondulantes y largas. Hondos surcos de melancolía cortaban su frente guarnecida de rizosos cabellos castaños; la nariz, de perfil impecable, afilada parecía por el sufrimiento; en su boca, de un raro humorismo, las risas y el llanto tegían una dolora; bajo las cejas rafaélicas, los ojos negrísimos y tristes, un poco oblicuos, tal vez, como los de las japonesas, daban al semblante blanco, de un blanco terroso, la expresión dulce que embellece, con poesía de enigma, el rostro de las mujeres de la Ciudad sin Noche.

Entre las perfecciones y cualidades que avaloraban la cumplida hermosura de Fuensanta, la mejor y más alta, la que antes sorprendía era su tristeza. El dolor, que ha inspirado al arte creaciones supremas, suele ser también origen y alimento de bellezas extrañas. Esta desviación ó capricho del sentimiento estético no tiene explicación fácil. ¿Por qué amamos lo triste y hallamos en las medias tintas inefable y malsano contentamiento? ¿Acaso el ajeno sufrir envuelve algo que de soslayo disculpa nuestra propia flaqueza, ó es que el dolor diviniza á la mujer porque de ella precisamente emana, y así quien dijo dolor dijo también arte y sexo?... A Fuensanta Godoy su expresión de inconsolable pesadumbre hacíala infinitamente interesante. Cinco años antes la Godoy fué una primera tiple cómica de gran boga. Al comenzar las temporadas teatrales, su nombre aparecía en los carteles con llamativos caracteres rojos, los periódicos publicaban su retrato, la crítica celebraba su labor, y el correo traíala diariamente rumores de amorosos caprichos. La corte de admiradores que invadían su cuarto del teatro, los aplausos del público y la humillación y ásperas envidias de otras actrices por ella vencidas en artísticas justas, parecían poner á su joven figura un nimbo diamantino. Fuensanta Godoy amó y fué adorada; la neurastenia exacerbaba sus afectos; bajo el soplo flagelante de las pasiones, la red no domada de sus nervios padecía torsiones dolorosas; la sensación llegó á ser para ella un suplicio; su desequilibrada cabecita, donde perduraba el recuerdo de libros piadosos que leyó cuando niña, experimentaba accesos frecuentes de misticismo, deseos de vivir quieta y sola. Los pueblos playeros la atraían; adoró la morfina; perdió el ritmo interior; dos veces fué procesada y obligada á pagar indemnizaciones costosas por abandonar bruscamente el teatro donde trabajaba para marcharse al campo con un amante pobre.

La carrera artística de Fuensanta Godoy duró poco; en pleno éxito y cuando su juventud interesante, un poco rara, de bibelote japonés, brillaba sobre el escenario de los grandes teatros, una laringitis torpemente curada la dejó afónica. Varios médicos aseguraron que para aquel daño no había remedio; ella, no obstante, esperaba. La noche en que, desoyendo cautos y leales consejos reapareció ante el público, sufrió una decepción horrible; su voz, al concluir cierto momento musical difícil, se nubló bruscamente; quiso repetir el temible pasaje y no pudo; algunos espectadores descorteses protestaron. Entonces la Godoy sintió á su alrededor un gran frío, una desgarradora emoción de aislamiento, cual si el teatro, repentinamente, acabara de quedarse á obscuras; vióse preterida, pobre, aherrojada en esa fosa común donde la multitud ingrata sepulta á los artistas que ya no la divierten, y aniquilada por su desgracia rompió á llorar y perdió los sentidos.

Ricardo Villarroya la conoció años después. Fuensanta vivía en una casa de huéspedes cuya dueña también había sido del teatro. Ocupaba la Godoy dos habitaciones pequeñas, sin otra luz que la de una ventana abierta sobre un patizuelo malsano y profundo; pulmón infecto, jamás visitado por el sol, por donde respiraba el vecindario sucio y haraposo de los cuartos interiores. Una cama de hierro y un lavabo ocupaban la alcoba. Componían el mobiliario del gabinete una vieja cómoda que de noche, en el silencio, tenía crujidos amedrentadores, y varias sillas que fueron elegantes y á la hora presente disimulaban su incapacidad y precaria armazón bajo usadas fundas de lienzo gris. Decoraban las paredes amarillentas, retratos descoloridos de actrices y de actores ignorados, y un antiguo espejo, sobre cuya luna los coqueteos de las juventudes, ya lejanas, que allí se reflejaron, parecían haber dejado una indecible melancolía. Varias coronas, logradas en noches de beneficio, explicaban desde sus cajas de caoba con tapa de cristal, la flaqueza y veloz desmoronamiento de las glorias humanas. Cubría el suelo una alfombra raída, de la cual, el polvo y el roce de los pies fueron borrando los colores.

En aquel gabinetito, entristecido por el invierno y la presencia de tantos objetos provectos, Ricardo Villarroya pasaba muchas tardes.

Al principio sentíase plácidamente cautivado por la soledad de la actriz, digna, altiva, irreductible, en medio de su abandono y extremada pobreza. Un momento halagó á Villarroya la idea de que la Godoy fuese su última pasión, su capricho postrero, el desenlace de su mocedad conquistadora. La quietud del medio coadyuvó no poco á enfielar sus sentimientos. Sin duda era bonito ver pasar las horas. Su imaginación errante comprendió la dulzura del reposo; su voluntad peregrina adivinó la alegría de no moverse, de serenarse en la dominación tranquila de lo ganado. Para sus ojos de novelista, los capítulos de olvido y de miseria que epilogaban la historia de Fuensanta Godoy, ofrecían pasmoso interés. Se colocaba en el lugar de la vencida; la desgracia ronda siempre; á él también una anemia ó una congestión, podían precipitarle á los horrores vergonzosos de la derrota desde las cumbres endiosadas del éxito. Por eso la compadecía y hallábase propicio á consolarla. Pero en los artistas el enternecimiento es transitorio; su egolatría se impone en ellos á lo más grave; su personalidad lo abarca todo; así, en el fondo de aquella conmiseración ostentosa, sólo había un depurado egoísmo.

No tardó Ricardo Villarroya en experimentar la primera crisis de hastío: su temperamento reaccionaba cruelmente contra la emoción pasajera; acababa de sentirse esclavo; el artista explorador, vagabundo de sensaciones, derrotaba al hombre desengañado, necesitado de descanso. Villarroya se aburría; los viejos muebles de aquella húmeda habitación pesaron sobre sus pulmones, y un repentino y vehementísimo deseo de libertad le enajenó. ¿Por qué las penas de la Godoy habían de preocuparle, ni qué altruístas sofismas pretendían inducirle á ligar su porvenir al de ella y servirla, á todo evento, de consejero y defensor?...

A partir de aquel instante, y seguro de que la piedad, magnificada por el cristianismo, es una claudicación ó cobardía del animo, sólo pensó en huir, en libertarse rompiendo los taimados lazos de amor con que le sujetaban la distinción señoril y virtuoso recogimiento de Fuensanta. Estos ingratos manejos no resbalaron inadvertidos. La joven comprendió inmediatamente que su alegría peligraba, y adivinó su derrota. Los hombres aborrecen lo conocido, sin que nada baste á convencerles de que todos los placeres son iguales: la pasión es por antonomasia inconstante; una mujer cualquiera, zafia, vulgar, fea, tendrá sobre la mujer hermosa que poseemos la inmensa ventaja, la preeminencia indiscutible, de «ser otra»...

Aquella tarde Fuensanta Godoy y Villarroya discutieron mucho; el novelista se reconocía aniquilado, deshecho ante el brío dialéctico de su interlocutora. Sin alientos ya para defenderse, abroquelóse tras una afirmación vertical inexpugnable:

—Nací así y no podré ser de otro modo. Huelga, por consiguiente, tu empeño en demostrarme que hago mal.

Ella prosiguió atacándole, unas veces con impetuosidades celosas, otras con maternales ternuras.

—¡Cuán poco me quieres, Ricardo!

—Te engañas; yo te quiero... te quiero bastante... mucho.

—Y, sin embargo, hablas de dejarme...

—Muy cierto.

—Entonces, ¿qué amor es ese? ¡Maldito el cariño que olvida y ve sin dolor que otros labios acarician y otros brazos estrechan lo que fué suyo!

¿Otra vez la misma cantinela? ¿Hasta cuándo iban á seguir así?...

Ricardo Villarroya alzóse de hombros despectivamente y encendió un cigarro. Eran las cinco; la lluvia repetía su salmodia amodorrante sobre el cinc de la ventana; obscuridades nocherniegas invadían el aposento. Fuensanta hizo girar la llave de la luz, el gabinete se iluminó y sobre la extensión turbia de las paredes reaparecieron las viejas sillas vestidas de gris; la cómoda vetusta, llena de rumores inquietantes; los retratos pálidos; el espejo, las marchitas coronas, expresivas y tristes como momias, tras sus cubiertas de cristal. En un ángulo, sobre la alfombra negra, la roja lumbre de un brasero brillaba sin intermitencias, fijamente, como una pupila redonda y sin párpados.

La joven continuó modulando sus palabras en un largo suspiro:

—¡Qué cruel eres, Ricardo!...

—Quizá...

—Muy cruel, muy egoísta; créelo: de piedra es tu corazón...

—¿Y el tuyo?

—Cuando de ti se trata, de cera y de miel.

Bajo el bigote bermejo, los labios de Villarroya sonrieron irónicos.

—Tú—dijo—, tratando de imponerme tus gustos, eres tan egoísta como yo defendiendo los míos. ¿Por qué avergonzarnos de nuestros sentimientos y no llamarlos por su nombre? ¿Por qué estimar virtud la compasión, que antepone el bienestar ajeno al propio bienestar, y maldecir del egoísmo, fundamento precioso de la personalidad? ¡Basta ya de rancios enternecimientos! Vivir y vivir bien: he aquí la única verdad positiva. Además, que siendo egoístas ejercitamos un aspecto de la filantropía: el egoísmo es la caridad aplicada á nosotros...

Discutieron, preconizando él la alegría de moverse, de explorar corazones, de ser ingrato.

—El espíritu—decía—tiene paisajes, como la Naturaleza. Esta los compone con árboles y montañas y aquél con ilusiones y recuerdos. Hay caracteres claros y fáciles, semejantes á llanuras, y otros ariscos cual despeñaderos. También conozco sentimientos que ocultan todo un panorama de alma y necesitamos vadear, igual que los viajeros buscan tras el altozano importuno un hermoso horizonte; de donde deduzco que á los paisajes y á los hombres conviene examinarles «desde cierto punto de vista». Cada espíritu, querida mía, tiene el misterio de un hogar cerrado. ¿No sentiste nunca, yendo por el campo, deseos de penetrar en una casuca solitaria, abrir sus persianas, violar el enigma de aquellas habitaciones donde otras vidas obscuras se deslizaron, y sentir tus pasos resonar bajo aquellos techos que jamás, seguramente, tornarás á ver?... Parecida curiosidad alumbran en mí las almas; hallo en mi camino una interesante y me gusta estudiarla, averiguar sus perversidades, sus excelencias, y cuando todo fué bien escrutado... dejarla para que otros la examinen.

Y agregó, con un gran borbollón cínico de risa:

—¡Oh! La vida nos abrumaría sin la ingratitud. Yo bendigo la ingratitud. ¿Qué sería, por ejemplo, de tí y de mí, si todas las pasiones ó amoríos que hemos inspirado hubiesen sido eternos?

Oyéndole, las facciones fatigadas de Fuensanta delataban una amarga laxitud, un abatimiento sin cura. A veces, sin embargo, sus gestos readquirían aquella impetuosidad libre y boyante de antaño; pero, generalmente, su actitud era circunspecta, blanda, débil, y entre sus labios cansados, las afirmaciones más rotundas vibraban con la tímida inflexión del consejo.

—Eres un histérico—exclamó—, un pobre loco que busca vanamente fuera de sí mismo lo que lleva dentro.

Permaneció indecisa, el busto inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, brillantes los apasionados ojos bajo las cejas que la reflexión fruncía.

—Eres—prosiguió—uno de los hombres más complejos y extraños que he conocido. Yo, que deseo tu felicidad, quisiera demostrarte cómo las sensaciones que husmeas no existen; que la alegría es algo fantasmagórico y liviano que proviene de tu misma alma como del cuerpo la sombra, y que quien, cual tú, ganó esposa, hijos, gloria, crédito, amigos... ¡todo!, no tiene derecho á pedir más.

Villarroya callaba, reconociendo vagamente que Fuensanta Godoy decía verdad. Ella prosiguió:

—Dejaste á tus padres por casarte; luego olvidaste á tu mujer por tus hijos, pues diríase que en tu aturdido corazón sólo cabe un afecto; más tarde descuidaste á tus hijos para seguir tu necia historia de amoríos mercenarios. Cuando me conociste renunciaste á todo; ahora el mundo te llama nuevamente y quieres dejarme. ¿Qué pretendes? ¿Qué persigues? ¿Dónde hallarás más de lo que te dió mi cariño?

Hubo otra pausa, uno de esos silencios terribles en que sentimos á nuestro alrededor algo fatal, ineluctable, caminar de puntillas. Ricardo musitó pensativo:

—Ya te lo dije; soy así... como me hicieron...

Fuensanta le interrumpió vehemente:

—Te equivocas: tu idiosincrasia carece de realidad durable; en tu carácter voltario, únicamente lo adjetivo ó accidental tiene substantividad. Un tirano te gobierna: la impresión; por eso corres ciego tras lo que, por ser nuevo, crees apetecible y huyes de cuanto juzgas malo y fastidioso por el mero hecho de serte familiar. ¡Eso te ocurre conmigo! ¿Por qué, si no, yo misma, en quien hace un año adorabas, ahora te doy sueño?... ¡Qué pena! ¡Ah!... Yo quisiera darte una lección, escarmentarte de esa vana manía que te lleva á buscar fuera de ti lo que va contigo y es obra ó reflejo de tu fantasía andariega. ¿No comprendes que ese vigor que disipas en aventuras inútiles, aplicado á tu arte te levantaría á cimas y victorias mayores aún que las ganadas?...

Varios golpecitos, dados en la puerta, interrumpieron el diálogo. Fuensanta preguntó:

—¿Quién?

Una voz humilde repuso desde fuera:

—Cuando usted guste cenar...

—¿Están todos en la mesa?

—Sí, señora.

—Voy en seguida.

Villarroya consultó su reloj. Eran las ocho.

—Me marcho—dijo.

Levantóse precipitadamente, abrochándose el gabán, recogiendo su sombrero, que, al entrar, dejó sobre una silla. Fuensanta se acercó á él lentamente: bajo su traje negro, su cuerpo, á la vez grácil y ampuloso, onduló con ritmo sensual.

—¿Volverás luego?

Ricardo no pudo disimular un guiño de disgusto; el ambiente de aquel gabinetito, lleno de viejos muebles, le oprimía.

—No sé... no sé; necesito escribir...

Ella replicó, sonriendo triste:

—Nada tienes que hacer, pero si debes trabajar, trabaja á mi lado. Ven á verme, te lo ruego; ¡Estoy tan sola!...

Como otras veces, la compasión le rindió.

—Bien—dijo—, espérame; antes de las once estaré aquí.

Fuensanta le acompañó hasta la puerta; ya allí, sus manos, ágiles y blancas, llenas de amor; sus pobres manos, que la necesidad despojó de sortijas, le arreglaron el nudo de la corbata y le alisaron los cabellos.

—Hasta muy pronto—balbuceó—, hasta muy pronto... no tardes...

Al quedar sola, la actriz tuvo un ademán desesperado.

—¡No me quiere!—sollozó—. ¡Ya no me quiere!... ¿Cómo reconquistarle?

Quedóse quieta, los ojos puestos en un retrato de Villarroya, al pie del cual el novelista había escrito: «Estas dedicatorias siempre son tristes. Todas ellas parecen decir: «Cuando ya no me veas...»

II

Pasaron varios días, durante los cuales creció en Villarroya aquella laxitud melancólica que la sociedad de Fuensanta le producía. ¿De dónde emanaba tal despego? El novelista trató de escudriñarse, de oirse, de sorprender ese trajín subconsciente con que los deseos nuevos y las pasiones que se apagan van y vienen por el espíritu.

Empero sus esfuerzos analíticos no lograron llevarle á una solución transparente y rotunda. Unas veces imaginaba que todo ello era fruto ingrato de su carácter inseguro, siempre displicente, refractario á la grandeza de la inmovilidad; otras creía que era Fuensanta Godoy quien le había engañado, prometiéndole con su franca hermosura y su discreto hablar sensaciones y alegrías que luego no le dió. Poco á poco esta última idea prevaleció. Las mujeres que no sirven para heteras, ni tienen la pasividad de ceñirse á las prietas leyes de la ética tradicional, se parecen á esos individuos fracasados del arte, que habiendo nacido para vivir vulgarmente, pretenden, sin embargo, morir en belleza. Nada consigue aquietar su obstinación suicida: el hombre normal, el hombre adocenado que siente y discurre y sujeta sus actos á la costumbre, se halla obscurecido en ellos por un sujeto desencentrado y visionario, plantío de fanfarrias, panal de ambiciones descomedidas y de acedos rencores hacia los fuertes que caminan lejos de él y muy alto.

Así esas caprichosas que ni supieron envejecer en la calma de la virtud burguesa, ni tuvieron la valentía de sus pecados; la orgía franca las avergüenza y la paz de lo legal las aburre; cuando están recluídas sufren anhelos quemantes de libertad, y si campean á su albedrío experimentan el cansancio de los caminos demasiado largos, el miedo al barro de desdenes que la sociedad tira á los que se rebelaron contra ella. Al lado de tales mujeres, los hombres suelen hallarse mal; son almas enfermas, fatalmente tristes, que bajo el techo del hogar encalmado bostezan de hastío, y momentos después, en la bacanal, ponen sobre la sinfonía brillante de sus desenfrenos un treno de arrepentimiento; espíritus abúlicos, sometidos á todas las furias del no querer y del recuerdo.

Fuensanta Godoy era así; la desdichada, después de perder cuantas batallas libró con el amor y con el arte, sintió correr por su semblante y su cuerpo la vejez sutil de la melancolía: bruscamente sus ojos se apagaron, su boca perdió la línea graciosa de la dicha, sus ademanes fueron más lentos, la negra noche de sus cabellos palideció, sobre su frente el dolor trazó las líneas de ese pentagrama siniestro donde cada desengaño deja una nota. Involuntariamente Ricardo Villarroya reconocíase separado de ella, y la fijeza de este sentimiento era indiscutible: lo que él rebuscaba lejos de Fuensanta no era la novedad únicamente, sí algo positivo, un tesoro de sana alegría, que ella, envenenada por las murrias de su hundimiento, no podía darle. Además, el recelo de parecerse á la actriz, acabó de preocuparle; la tristeza y la vejez son contagiosas como el tifus, y aunque la infección es más lenta, el remedio, en cambio, es mucho más difícil. Villarroya tuvo miedo. ¿Qué sería de él, si de pronto, en plena lucha y por obra de ese influjo sigiloso, pero seguro, de la imitación, llegara á sentirse lacio y triste?

Y entonces el novelista decidió cerrar su blando corazón á todos los musiteos de la piedad y abrir entre él y la abandonada un azarbe inmenso, un abismo de paredes verticales, ancho y profundo, que imposibilitase toda reconciliación. ¡Bueno que se sufra en las horas de trabajo! Pero era imbécil, era suicida, permitir que aquel sufrimiento emborronase también la luz radiante de las horas dichosas. Tomaría la ofensiva: las mujeres demasiado buenas anulan á los hombres, porque les esclavizan al quitarles la ocasión de reñir con ellas.

—Una querida honrada, juiciosa, metódica, que ni siquiera se tome la molestia de engañarnos—pensaba irónicamente Villarroya—, es lo único que hace imperdonable el adulterio...

Entretanto continuaba visitando á Fuensanta, preso en el hechizo de aquella mujer inteligente, inmensamente triste.

Cierta noche, después de cenar, y hallándose ya metido en su despacho, dispuesto á escribir, Ricardo Villarroya recibió una carta: la traía un mozalbete de diez y seis á diez y ocho años, vestido de negro: un lacayito, sin duda, humilde y vergonzoso, que hablaba mirando al suelo.

Ricardo rasgó pausadamente la nema del sobre, donde la penetración zahorí del novelista acababa de ventear un lance amoroso.

—¿Quién te envía?—preguntó clavando en el muchacho sus ojos firmes.

—Una señora.

Villarroya desdobló el billete, mientras una sonrisa imperceptible, de vanidad y de conquista, pasaba bajo su recio bigote de color almagre. La carta decía:

«Una casualidad me ha permitido saber quién es el hombre que casi todas las tardes pasa bajo mis balcones, y el ilustre prestigio de su apellido ha exaltado los vehementes deseos que ya tenía de conocerle. ¿Cuándo y dónde podría acercarme á usted?»

El delicioso billetito no iba firmado, y tras aquella pregunta, envolvente como un abrazo, lo anónimo prendía el hechizo excelso de la obscuridad y del silencio. Villarroya palideció; luego se puso rojo; un segundo su alborotadizo corazón cesó de latir; temblaron sus músculos. ¿Por qué lo ignorado ha de producirnos siempre una impresión de frío? ¿Será porque todos esos menudos misterios que nos tropiezan en la vida son reflejos ó partículas del supremo enigma de donde salen y adonde vuelven todas las cosas?

Ricardo meditó unos instantes, mientras consultaba su reloj; eran las nueve. En seguida, febrilmente, escribió al dorso de una tarjeta suya:

«Pasado un rato, á las once, espero á usted en la calle de Valverde, esquina á Desengaño. Beso á usted los pies.»

Mucho tiempo hacía que el mensajero se fué, y Villarroya aun estábase inmóvil, la cara entre las manos, los codos apoyados sobre su mesa de trabajo. Una emoción flageladora, absorbente como la succión de una vorágine, había limpiado de ideas su espíritu. A la luz que ardía serenamente en el comedio del despacho, los muebles arrojaban contra las paredes largas sombras inmóviles. La familia de Villarroya dormía. En el silencio de la casa, con sus puertas exornadas por severos cortinajes afelpados y sus suelos cubiertos de moqueta, se percibía vagamente el rítmico latir de un reloj; vaivén simbólico, decidor de hondos y graves misterios, elocuente como el caminar de un corazón.

Al cabo, Ricardo volvió á la realidad; eran las diez y media. Entonces se levantó, mató la luz, vistióse rápidamente el gabán, calóse el sombrero y sin despedirse de nadie salió de puntillas, con el andar, á la vez receloso y feliz, con que los hombres casados huyen del deber.

Cuando llegó á la esquina de las calles Desengaño y Valverde se detuvo inquieto, buscando ese perfil tentador, novelesco, que tienen, especialmente de noche, las mujeres que aguardan. Escaseaban los transeuntes; el claror bermejo de los faroles patinaba sobre las aceras humedecidas por la neblina; unos tras otros los balcones, los zaguanes iban apagándose, dejando en las calles vibraciones de sombra y de sueño; al fondo, bajo la lívida claridad estelar, la iglesia de San Martín levantaba sus torres achaparradas y macizas.

Habían sonado las once: poco á poco un gran silencio invadía la urbe, cuyas calles desiertas se alargaban inactivas, tortuosas y fláccidas, semejantes á brazos cansados; en la obscuridad, los minutos caminaban lentos, uniformes, pintando hacia la eternidad una línea de puntos negros.

Villarroya comenzaba á impacientarse. Aquella noche había cenado mejor que otras veces y disipada esa efervescencia, casi morbosa, que las buenas comidas producen en los temperamentos nerviosos, sus ideas iban diafanizándose. Hubo momentos en que creyó despertar: el peregrino incidente que allí le había llevado reapareció ante sus ojos con proporciones más modestas. Tuvo un ademán de cólera; luego sintió vergüenza de sí mismo. Era imperdonable en él, hombre de mundo, la precipitación con que citó á su admiradora, quien seguramente no esperaba verle hasta pasadas veinticuatro horas, cuando menos. Se había comportado como esos barbilindos fatuos, recién llegados á la vida, á quienes vuelven locos las impresiones.

—¡Soy un majadero!—exclamó.

Continuó paseándose, mientras se atusaba bruscamente su áspero bigote rojizo, mojado por la niebla. Le enfurecía la idea de aparecer ridículo ante aquella mujer para quien, indudablemente, la espera constituía lo más alquitarado de la sensación. Reconocíase vencido, aplastado, bajo la vulgaridad de su impaciencia; nada podía disculparle; puesto en su lugar un estudiantillo de primer curso de latinidad, no lo hubiese hecho peor.

Dieron las once y media en uno de esos viejos relojes de torre cuya campana preocupa de noche á los enfermos. Una pareja de enamorados pasó junto á Villarroya y desapareció por la retorcida escalerilla que sube á los comedores íntimos del antiguo café Habanero. Iban muy amartelados; ella vestía un elegante gabán de color gris. El novelista, que recordaba haberles tropezado días antes en la Moncloa, les acompañó con los ojos, y luego vió, tras las cortinillas sutiles de una ventana que acababa de iluminarse, la conjunción feliz de dos sombras. Un instante la despierta curiosidad de Villarroya avizoró un coche que se acercaba lentamente; pero aquel vehículo, cuyo caballo fatigado apenas podía andar, iba vacío, arrastrando á lo largo de la calle una tristeza penetrante de habitación desalquilada. A las doce, convencido de la inutilidad de su espera, el novelista, muy abatido y maldiciendo de sí mismo, regresó á su casa.

—¡Soy un imbécil!—repetía—¡he frustrado una aventura preciosa por una tontería!...

Caminaba despacio, el paso largo, los brazos colgantes. Su gesto tenía el cansancio del hombre que sube una cuesta tirando de algo: así iba él, vencido, desesperanzado, cual si llevase su ilusión muerta arrastras.

Para consuelo suyo, al día siguiente recibió por correo otra carta, también anónima, de su desconocida. La epístola, que era muy breve, empezaba así:

«Un quehacer repentino me impidió acudir anoche á su cita. Al pronto, si he de ser franca, diré que lo sentí; pero muy luego me consolé, y ahora me alegro de continuar siendo para usted un misterio. Es usted vehemente y curioso con exceso. Por eso temo que nos acerquemos; la experiencia me ha demostrado que los hombres así olvidan pronto.

»Más calma, amigo querido, mucha más calma; es un pequeño consejo que mi criterio modesto da al escritor eminentísimo. No olvide usted aquella ingrata ley de nuestra ambulante Naturaleza, según la cual, cuanto más tardemos ahora en unirnos, más tardaremos luego en separarnos...»

Y concluía:

«Si quiere usted responderme, hágalo á Lista de Correos, cédula antigua, número.....»

Por la tarde, según costumbre, Villarroya fué á casa de Fuensanta. La actriz se hallaba repasando junto á la ventana uno de esos viejos sotanís que suscitan en las actrices retiradas recuerdos amargos de teatro y de amores. Llovía. Invadía la habitación un claror plomizo que exaltaba la tristeza de los muebles, la raridad de la alfombra, el frío de las paredes, con sus coronas marchitas y sus retratos, donde las antiguas imágenes se descomponen como en la humedad de la tierra se borra el contorno de los cadáveres.

Durante los primeros momentos, excitado por las zozobras de su incipiente aventura, el galán mostróse locuaz y gaitero. Pronto, sin embargo, su inquietud se aplacó y el pensamiento dióse á voltigear en torno de lo que más le complacía. Fuensanta advirtió su preocupación.

—¿Qué tienes? Te hallo triste ó inquieto... ¿Quizás algún disgusto?

Las facciones de Ricardo no dejaron traslucir, ante la mirada buída de la actriz, emoción ninguna.

—Nada me sucede—repuso—; lo que notas en mí es cansancio. Anoche trabajé mucho; hoy también necesito escribir.

Suavemente, observándole de hito en hito, mientras por sus labios divagaba una sonrisa de tristura y de ironía, Fuensanta replicó:

—¿Estás cierto de haber trabajado mucho anoche?

—Segurísimo.

Ella no contestó y siguió cosiendo.

El exclamó con cínica osadía:

—¿A qué viene eso? ¿Qué recelos tapa tu pregunta? ¡Desconfías de mí!

—No.

Y añadió, suspirando con una inspiración larga y entrecortada:

—¡Pobre Ricardo!

—¿Me compadeces?

—Mucho.

Villarroya se encogió de hombros.

—Te compadezco—agregó Fuensanta—porque eres un iluso, un gran desdichado, un présbita de la vida, que, para gozar de las cosas, necesita tenerlas muy lejos.

Esta vez no se defendió; los reproches de su amiga no le mordían, al contrario; la esperanza de burlar la custodia celosa de aquella mujer á quien nunca había engañado, producíale ese alboroto agridulce, flor de pubertad, que la juventud experimenta ante la perspectiva de la primera falta. Un regocijo indefinible le poseía; su voluntad, enmohecida por el quietismo sentimental de aquellos meses, se desperezaba alegre en la esperanza de una aventura nueva; sobre su corazón, el billetito anónimo que oculto llevaba en un bolsillo secreto, parecía nimbarle con la luz radiosa de un amanecer.

Aquella noche el novelista no vió á Fuensanta, y á última hora, cuando salió del teatro, fué á refugiarse en un café solitario; uno de esos cafés excéntricos adonde los misántropos y los enamorados concurren, en la dulce seguridad de no tropezarse con ningún amigo.

Villarroya quería responder á la desconocida, interesarla, mortificar su curiosidad, precipitar el desenlace de la aventura lo más posible. El café por Ricardo elegido se hallaba á la sazón completamente vacío; la madrugada iba llegando; faltaban minutos para las dos; la luz de las lamparillas eléctricas resbalaba yerta sobre las paredes estucadas y bruñía el dorso lapidario de las mesas, que, vistas á distancia, parecían arrugas de una enorme sábana de mármol. Junto al mostrador, varios camareros, cuyos cráneos calvos también brillaban á la luz, escuchaban atentos lo que uno de ellos leía en un periódico.

Ricardo pidió recado de escribir; mas antes de poner la pluma sobre el papel creyó prudente releer aquel anónimo, ingenuo y burlón á la vez, donde simultáneamente se sentía admirado y compadecido. Por la cálida imaginación del novelista las más disparejas ideas se atropellaban. Recordaba el aspecto del mozalbete que le llevó la primera misiva, quien por su traje y respetuoso comedimiento bien podía servir de espolique en alguna casa principal; y luego atisbaba la calidad y fino perfume del papel donde aquellas dos cartas fueron escritas y el desaliño de la escritura, buscando en todo pruebas de la condición, patricia ó plebeya, de su autora. ¿Quién sería?... Acaso una hetera conquistada pasajeramente por el renombre del artista en boga, ó una virgen exploradora de sensaciones, ó alguna de esas viudas que, después de vivir muchos años en la virtud, se asustan repentinamente de llegar á viejas sin satisfacer el capricho, latente en todas las mujeres, de haber sido livianas...

Sea como fuere, juzgó que lo que con más ventaja podía oponer á las misivas malévolas y breves de su admiradora era una carta larga, quemante, apasionada; pues, al cabo, en la vida, como en el teatro, la fuerza triunfa siempre de los amaños retóricos que fraguan la discreción y la ironía.

Dominado por esta idea, comenzó á escribir:

«Señora: No la conozco y ya adoro en usted; la adoro porque es usted rara, refinadamente extraña y única, en medio de esta sociedad donde todos se parecen á todos...»

Continuó escribiendo velozmente, sin detenerse á corregir, como enajenado por una ráfaga de elocuencia, hasta llenar las cuatro carillas del pliego de nerviosos renglones dictados por el estilo más frondoso y plateresco.

Noches después escribió otra carta; pero esta vez su verbo era sentimental, ligero, meramente, descriptivo, pues recelaba mostrarse á los ojos lectores de su dulce enemiga declamador y grandilocuente en demasía.

«Me dirijo á usted—decía—desde un modestísimo cafetín de la plaza de la Cebada. Estoy solo, estoy triste, y en estas horas de quietud y de melancolía, mi pensamiento andariego hacia usted se vuelve. El aspecto del escenario que me rodea coadyuva á fortalecer esta grata evocación.

»¿No ha pensado usted nunca (usted que, como yo, conoce «el lenguaje delicado de las cosas») en lo que podríamos llamar «el alma del café»?

»Los cafés concurridos me son odiosos; su alma es vulgar; alma canallesca que ríe groseramente y discute á gritos, y se apasiona sin motivo y huele á tabaco. Al penetrar en ellos, una ráfaga de aire caliente nos golpea el rostro; ojos curiosos nos salen al encuentro, adivinan nuestra profesión, nos preguntan «qué buscamos allí». Greguería de plazuela invade su ambiente humoso; sobre el fondo bermejo de los divanes, y á la luz perlina de las lamparillas eléctricas, vibra una multitud de sombreros de copa, de hongos, de blandos y artísticos chambergos abollados por la distracción de un ademán. Y aquella atmósfera de horno sofoca, y aquel recio murmullo de conversaciones irrita los sentidos y predispone efermizamente los nervios al impulso.

»Mejores son los cafés solitarios y mudos de los arrabales. Esos establecimientos tienen un espíritu bueno; entre sus muros de colores suaves las pisadas resuenan tranquilas y las conciencias «se sienten» pulcramente; algo familiar late en ellos; su alma sencilla es de amor y de paz.

»De noche los llena una gran luz blanca; los suelos están limpios; al hilo de las paredes, y bajo los altos espejos de dorado marco, el respaldo de los divanes pinta un zócalo rojo: aquí y allá, en los rincones, hay parejas cuchicheantes de enamorados, señores graves que leen un periódico, individuos distraídos ó atormentados quizá por preocupaciones hondas, que miran al espacio. Junto á una columna surge el perfil vigilante de algún mozo, silueta amable, inmovilizada por el hábito servil de la espera; y como su delantal blanco le oculta la parte inferior del cuerpo, su cabeza y sus hombros parecen los de un busto puesto sobre un pedestal.

»Muchas veces he meditado ante el enigma de esas figuras, calladas y quietas, que encanecen en el silencio de los pequeños cafés excéntricos: son tipos que tropezamos casualmente un día en que la lluvia ó la necesidad de escribir una carta, como la presente, nos condujo allí, y que más tarde, al regresar de un viaje que acaso duró varios años, tornamos á ver en el mismo sitio. Entonces su recuerdo renace en nuestra memoria obsesionándonos. Su traje probablemente será nuevo, pero tiene idéntico color, el mismo corte que el que vestía cuando les conocimos; la expresión de su actitud resignada también es igual. Algo fuerte emana de ellos: es el poder de lo inmóvil, de cuanto envejece sin temblar, de lo que aguarda. Al mirarnos parecen decirnos: «Ya sabíamos que habías de volver...»

»¿Quiénes son?—pensamos.

»Uno de ellos se llama don Juan, el otro puede llamarse don José ó don Pedro; mas de su vida íntima nadie sabe. Una mecánica inexorable rige sus actos. Tienen «un modo» de penetrar en el café, de quitarse el gabán, de sentarse, de desdoblar su periódico; luego, siempre á la misma hora, llaman al camarero sin ruido, con una leve inclinación de cabeza, pagan y se van, lentamente, cual si midiendo fuesen el espacio que les separa de la puerta. Acaso sean solterones que no quisieron componerse una familia, ó viudos cuyos dormitorios enfrió la muerte, ó casados para quienes no existe esa voz de amor que apaga sigilosamente en los hombres el deseo de salir á la calle de noche... Y por eso van allí; porque el alma bondadosa del café, tibio y señero, tiene para sus voluntades tristes blanduras de hogar.

»Algo extraño flota en el aire de esos salones de «todo el mundo»: es la melancolía que esparcen á su alrededor los viejos solitarios, el rastro de ingratitud que dejaron tras sí aquellos amantes que vimos allí durante un invierno, y de pronto desaparecieron, separados por la misma enfermedad de olvido que arrancó de nuestra mano tantas manos blancas.

»Ah! Si los espejos de los cafés, esos buenos espejos sobre los cuales todas las mujeres, al marcharse, lanzan una mirada, pudiesen hablar, sabríamos por qué es tan triste el rostro de los viejos...

»Y ahora, dígame usted, señora: ¿Será posible que más adelante, alguna noche como ésta en que haga frío y llueva, la cabeza de usted y la mía se reflejen juntas sobre el mismo cristal?...»

Varios días transcurrieron sin que las cartas de Villarroya obtuviesen contestación. El espíritu receloso y alambicador del novelista comenzó á impacientarse. ¿Por qué aquel silencio? Repasó espaciosamente todo lo hecho y dicho por él durante aquella última semana y no halló nada que reprenderse. Examinó la posibilidad de que sus misivas se hubiesen perdido, y esto, lejos de mortificarle, dió á su amor propio dulce contentamiento: mas luego, reflexionándolo mejor, reconoció que un tal accidente, por demasiado casual, no debía admitirse ni menos erigirlo en norte ó guión de sus actos, y que, de consiguiente, en aquel mutismo torturador, como preparado por un hábil folletinista, sólo había una coquetería de mujer. A pesar de tales reflexiones, el burlado galán no podía reducir su sobresalto. Fuensanta, que le observaba implacable, lo conoció, y su rostro, siempre triste, pareció cubrirse de una melancolía nueva. Ricardo confesó su inquietud, que él achacaba hipócritamente al desequilibrio que en sus nervios dejó el excesivo trabajo de aquellos días. Este malestar forzábale á moverse, á sentirse aburrido en todas partes, á huir de sí mismo. Apenas llegaba al lado de la actriz, una murria inexplicable trastornaba sus pensamientos; su carne se quejaba de la dureza de la silla; el aire de la angosta habitación oprimía sus sienes; los muebles, los viejos retratos, la luz de pozo de la ventana, le sugerían evocaciones dolorosas; bruscamente, sin saber por qué, dejaba de hablar ó interrumpía grosero á Fuensanta Godoy con ademanes de fastidio, ó cambiaba de asiento, pareciéndole que estas mutaciones de actitud, al mismo tiempo que trocaban á sus ojos la perspectiva de los objetos, recababan para su espíritu cierta paz momentánea. Cuando salía de allí, también hallaba cierto alivio en caminar de prisa; iba al teatro, al Ateneo ó al café, buscando ávidamente personas, fuesen ó no de su intimidad, con quienes charlar. En pocos días esta neurosis creció velozmente; el aislamiento y el reposo llegaron á darle la alucinación angustiosa del ahogo; se desesperaba; su voluntad iba de un deseo á otro buscando inútilmente una posición cómoda; su tormento era el tormento de esas almas vagabundas para quienes cada hora trae un problema; el problema, jamás resuelto, de lo que han de hacer.

Una carta de la Ignorada, una divina carta que venía del misterio, calmó esta inquietud. Escrita con firme pulso, decía así:

«Aquellos párrafos que describen lo que usted llama «el alma del café», son muy bonitos; pero advierto sorprendida, que usted, como la mayor parte de los señores novelistas, en cuanto salen del mundo de sus imaginaciones cometen los errores más vulgares.

»Sí, admirado amigo: el retrato que su pluma, tan hábil cuando inventa, ha hecho de mi espíritu, es completamente falso. Yo no soy rara, lo confieso llanamente, aunque mi confesión lastime un poco la más linda esperanza de usted. Repito que lo extravagante no me saludó nunca. Soy una mujer rica y libre que procura distraerse dando satisfacción á todos sus antojos. Los artistas, los «profesores de belleza», merecieron siempre mis simpatías; hoy me interesa usted, como ayer me interesaron otros hombres, como es probable que mañana un nuevo ideal alcance en mi corazón el puesto que usted ahora, por el mérito de su talento, ocupa. En esto, como usted ve, sólo hay egoísmo. ¿Qué quiere usted? ¡Soy así! El menor de mis caprichos me infunde veneración mística. Respételos usted también; es un consejo que me permito darle: los caprichos son flores sagradas de ilusión, lujos de juventud, coronas de lirios y de rosas que deshojan los años.

»Sin embargo, como deseo complacerle y sé que adora usted lo raro, quiero que nos conozcamos «raramente». ¿Cómo? Muy sencillo:

»Cíteme usted de noche y en una habitación donde podamos estar á obscuras. Hablaremos. Del sesgo de nuestra conversación dependerá que usted dé luz y yo me quede, ó que usted no dé luz y yo me vaya; mas, antes de acceder á esto, necesito recibir la seguridad de que el caballero á quien tan notablemente me confío sabrá respetarme.»

A pesar de lo mucho que Ricardo Villarroya había vivido, la soberana novedad del lance le deslumbró. Otro hombre, en su lugar, hubiese desconfiado de aquella cita inverosímil; pero él no vaciló; y como á fuerza de perseguir lo raro, lo estrambótico era su elemento, apresuróse á estrechar aquella mano blanca que le buscaba en la sombra.

Las circunstancias, sin embargo, no le ayudaban. Unas malas horas de juego pasadas en el Casino habíanle dejado sin blanca; además, su pobre mujer estaba encamada, inmovilizada por un violento ataque de reuma. Era indispensable, de consiguiente, hallar dinero y buscar un pretexto fuerte, lógico, que justificase su ausencia del domicilio conyugal durante una noche.

Sin otras reflexiones ni más cautelosos atisbos, Villarroya llegóse al dormitorio de la paciente. Eran las seis de la tarde; una lamparilla eléctrica ardía junto á la cabecera del lecho dentro de una piña de cristal azul, y su luz esparcía por el estuco un suave verdor amarillento.

Ricardo se aproximó á la enferma, frotándose las manos con esa ufanía característica de los hombres saludables.

—Hola, «Chulita», ¿cómo estás?

Levantó ella pausadamente la cabeza y su dolor y la alegría de verle dieron á sus ojos una expresión húmeda. El día lo había pasado bastante mal; á ratos imaginaba que sus fémures se partían, y bien echaba de ver que la Naturaleza es peritísima hechicera en el arte de torturar y que nadie como ella sabe oprimir los tornillos del suplicio, y dar duración á las ansias. Agregó:

—Pasado un ratito me aplicaré una inyección de morfina; de otro modo no podría dormir.

Villarroya escuchaba haciendo gestos de disgusto y conmiseración.

—¿Por lo visto, no has experimentado mejoría ninguna?

—No.

—¡Voto á...!

Se detuvo, rascándose la barba nerviosamente.

—Y estas contrariedades ocurren—prosiguió—cuando más hay que hacer y más tranquilidad de espíritu necesito.

—¿Tienes algún asunto pendiente?

—¡Figúrate!... Venía á decirte que mañana, probablemente, no dormiré aquí... ni aquí ni en ninguna parte...

—¿Cómo?

Por el semblante de la joven pasó un gran susto; era el temor de que á su marido le amenazase algún peligro; un desafío, tal vez... Hubo en su carilla carnosa, enmarcada por un abundante desbordamiento de negros cabellos, una emoción de perplegidad.

El novelista repuso:

—Tengo ensayo general después de la función...

—¿Cómo? ¿Pero vas á estrenar?

Villarroya sintió flaquear su aplomo.

—¡Bah! Es una obrilla sin importancia, una quisicosa que he hilvanado, por compromiso, en tres ó cuatro horas...

Hubo un corto silencio. La esposa preguntó:

—¿Cómo se titula?

Su acento fué irónico. Luego, viendo que Villarroya tardaba en responder, sonrió. Ricardo lanzó una carcajada y, repentinamente, lleno de ternura y de amor hacia su compañera, la abrazó. Ella exclamó sin enfadarse, con esa grandeza maternal de espíritu que las mujeres vulgares y celosas—celosas porque son vulgares—no comprenden:

—Para decirme que deseabas pasar una noche fuera de casa no necesitabas mentir...

Cuando Villarroya salió á la calle iba incomodado consigo mismo; realmente, lo que acababa de hacer era una infamia; su pobre «Chulita», tan resignada, tan indulgente, no merecía ser tratada así. Después pensó en Fuensanta. Pero, poco á poco, estos remordimientos fueron disipándose según el porvenir tornaba á convencerle de que lo desconocido es lo mejor...

Desde su casa corrió Ricardo á la de su editor, á quien halló en uno de esos momentos de pesimismo que hacen inabordables á los mercaderes. Villarroya le pidió mil pesetas á cuenta de su último libro; su acento era de angustia. El editor lo comprendió así; por otra parte, conocía el desequilibrado vivir del novelista, y aprovechó la ocasión que se le ofrecía de realizar, á cambio de un pequeño anticipo, un buen negocio. Sus astutas negativas triunfaron; Villarroya vendió la propiedad absoluta de su obra por ochocientas pesetas.

Los dos hombres se despidieron sonrientes y alegres. Inmediatamente Villarroya penetró en un estanco, pidió recado de escribir y á vuela pluma trazó estos renglones concisos, expresivos, de letras violentas, como escritos por una mano de veinte años:

«La espero á usted mañana en la calle de..., número..., á las diez y media de la noche. Vaya usted tranquila.»

III

El refugio elegido por el novelista para la cita era una de esas casas tolerantes, misteriosas como capillas consagradas á algún rito exótico, sobre las cuales las mujeres que viven en virtud lanzan furtivas miradas de curiosidad. Algo silencioso las rodea, y su fachada dice recuerdos á la experiencia de los hombres, y promesas de fuertes y procelosas alegrías al candor de las vírgenes. Bajo su techo, los amantes, los adúlteros, todos cuantos el vicio, la miseria ó la pasión, ponen fuera de la ley, se encuentran, y el murmullo feliz de sus risas sube al espacio como una evaporación de carne rosada. De día, esos asilos, con sus ventanas entornadas, á donde nadie se asoma, parecen muertos; pero por las noches, en la obscuridad de la calle y junto á los portales virtuosos, honradamente impasibles al frío de los desheredados sin albergue, su zaguán hospitalario, siempre abierto, pinta un rectángulo blanco, ante el cual la moral ceñuda pasa sin mirar.

Ricardo Villarroya había retenido dos habitaciones, ricamente decoradas, que pondrían á su aventura marco digno. Cuando llegó, todavía faltaban minutos para las diez y media. Una mujer huesuda y alta salió á recibirle; una de esas viejas dueñas en cuyos ademanes la costumbre que tuvieron cuando jóvenes de agradar dejó un ritmo elegante. El novelista saludó:

—Buenas noches, Concha.

Ella correspondió al saludo con una sonrisa y se estrecharon las manos apretadamente, largamente, con la efusión de la complicidad.

—¿Ha venido?—dijo él.

—No.

Y añadió maquinalmente, por el hábito que tenía de serenar las impaciencias de los hombres:

—Aun es temprano.

Le condujo á las habitaciones que Villarroya había elegido. Allí se sentaron. El miraba á todas partes atentamente, fijando en su memoria la situación de los muebles y de las puertas, para luego no tropezar en la obscuridad. También buscó el botoncillo de la luz. Ella comprendió:

—Lo tienes ahí—dijo—, á la derecha de ese espejo.

Ricardo hizo un signo afirmativo. Hubo un silencio. Concha exclamó:

—Cuenta, cuenta... ¿Qué haces ahora? ¿Cuál es tu vida después de tanto tiempo?... Ya vi tu última comedia; muy hermosa...

Animada por un movimiento de sincero interés amistoso, preguntóle por sus hijos, sin advertir que estos recuerdos le producían cierto malestar. La conversación giró hacia el asunto que les había reunido.

—Ahora puedes explicármelo bien—dijo Concha—, porque esta tarde, como viniste tan de prisa, apenas me enteré.

Ricardo leyó en alta voz la última carta de su admiradora. Ella le inspeccionaba atentamente, con sus ojos astutos habituados á las emboscadas de la vida y capaces de reflejar todas las emociones menos la del asombro.

Poseído de pueril ufanía, Villarroya exclamó:

—Dí, Concha, tú que tantas cosas viste; ¿no es cierto que mi aventura es extraordinaria?

—Efectivamente.

—¿Y no crees también que tengo motivos para dar brincos de alegría?

Ella no respondió, y su silencio puso en los oídos del galán la frialdad de una negativa. Ricardo consultó su reloj; faltaban veinte minutos para las once; la repentina sospecha de que la tan Esperada no viniese extendió por sus nervios un sacudimiento de dolor. Recordó que ella no acudió á la primera cita y que esta desilusión podía repetirse.

Concha había encendido un cigarrillo y miraba al suelo pensativa. De pronto, exclamó:

—¿Tú no sospechas quién pueda ser la autora de esas cartas?

—No.

—¿Conociste durante estos últimos meses alguna mujer que, más ó menos explícitamente, se haya manifestado enamorada de ti?

—No recuerdo... De ella sólo sé que habita en una calle por donde yo paso con frecuencia, pues en su primera carta lo declara así. Mas eso poco ó nada explica; ¡recorre uno tantas calles al cabo del día!...

Se detuvo, rebuscando aún entre sus recuerdos. Concha lanzó una carcajada malévola.

—¿Y estás seguro de que todo ello no sea una broma?

—Las mejillas de Ricardo Villarroya, de coloradas que estaban, se tornaron lívidas; un momento su corazón impresionable cesó de latir; al través de la multitud de ideas que le agitaban, su espíritu realizó una cabriola funambulesca, enorme.

—¡Una broma!—repitió—; ¡imposible! ¿Quién iba á hacerse eso?...

—¡Toma, cualquiera!... Un amigo que ha querido reir á costa tuya y que á estas horas quizá esté refiriéndolo en la mesa del café.

Como Villarroya no respondiese, agregó:

—Sí, hombre, eso debe de ser, porque lo otro raya en lo novelesco, no lo dudes; ¡lo que parece imposible es que un hombre como tú, corrido, no adivine ciertas cosas!

Ricardo permaneció callado, no sabiendo qué razones oponer á las de aquella trujamán desilusionada que hacía del «mal pensar» un criterio infalible. En su interior voces proféticas le aseguraban que la desconocida existía, que se acercaba pensando en él...

Tornó á ojear su reloj; eran las once menos cinco; silencio absoluto llenaba la casa adonde nadie, por coincidencia rarísima, había llegado pidiendo alojamiento. Villarroya tembló; acababa de sentir pasar por la habitación ese gran frío magnético de las citas frustradas. Temores infantiles agitaron su conciencia; recordó que durante aquellos meses últimos su buen humor, contristado tal vez por la presencia umbrosa de la actriz, había declinado, y que la víspera Fuensanta Godoy, mística y supersticiosa, le dijo al despedirle: «Yo he rogado á Dios que nadie te quiera...» ¿Qué virtualidad podían tener aquellas palabras? ¿Sería cierta esa terrible «influencia á distancia» de que los hechiceros medioevales se decían investidos?... El novelista creyóse juguete de alguna mujer irónica ó coqueta, que le citaba para desesperarle y aumentar con aquellas fintas sus ya furiosos deseos de conocerla, y tuvo miedo; miedo de hallarse solo otra vez consigo mismo, expuesto á las torturas de una nueva carta, que ignoraba si tardaría muchos días en llegar á él, ó si no vendría nunca...

Sus ojos interrogaron automáticamente el viejo reloj de bronce que adornaba la chimenea; uno de esos relojes inútiles y vistosos que parecen presidir la vida de los dormitorios, y están siempre parados, como temerosos de separar á los que se quieren. Concha observó aquel movimiento.

—Son—dijo—más de las once.

Fuera, en el vano rumoroso de un patio, resonaba la canción de la lluvia. Concha, que sentía frío y sueño, arrebujóse mejor en su mantón y encendió otro cigarrillo. La voluntad de Ricardo experimentó una depresión: acababa de reconocerse un tanto ridículo rindiéndose así, tan prematuramente, al contento de una cita en la que no tenía motivos para confiar, y comprendió que el ruido del aguacero le consolaba, porque parecía dar á su chasco cierta disculpa. Lentamente, las ilusiones voraces que allí le arrastraron iban declinando; una modorra invasora y sutil le penetraba; sus labios, cansados, bostezaron entre el rojo bosque de la barba. Todavía, sin embargo, su esperanza impuso á su impaciencia un nuevo plazo. Esperaría otro cuarto de hora, nada más que un cuarto de hora, y después... Aguardó, sin embargo, veinticinco minutos. A las once y cuarenta se levantó, sin cuidarse de enmascarar su rabioso humor.

—Me voy—dijo.

Se dirigió hacia la puerta. Concha caminó tras él, murmurando:

—¿Por qué no aguardas un poco más?

—Lo considero inútil; esto va picando en juego de chiquillos.

Aún tuvo un momento de flaqueza.

—Si ella, por una casualidad, viniese—dijo—, convéncela de que no deje transcurrir el día de mañana sin escribirme.

Cuando llegaron al recibimiento, se detuvieron mirándose sorprendidos y alegres; acababan de llamar; al otro lado de la puerta se percibía un frufruteo liviano de faldas. Concha hizo á Villarroya un guiño expresivo para que se ocultase; rápidamente el novelista desapareció tras una cortina. Sin prisa, la vieja dueña abrió la puerta. Desde fuera una voz femenina preguntó:

—¿Don Ricardo Villarroya?

—Sí, señora; aquí es.

En la penumbra del recibimiento que Concha acababa de dejar á obscuras, perfilóse vagamente el cuerpo de una mujer, alta y garrida, vestida de negro, el rostro cubierto por un antifaz. Concha añadió, cogiéndola suavemente por una mano:

—Venga usted...

Guióla algunos pasos por entre las tinieblas del corredor; en seguida retrocedió; Ricardo Villarroya había salido de su escondite y preguntaba con gestos el sitio donde la desconocida esperaba. Concha bulbuceó:

—Ahí la tienes, en el pasillo. Yo me voy al piso de arriba.

Marchóse, cerrando la puerta. La obscuridad del recibimiento fué impenetrable. San Román avanzó mesuradamente, los brazos extendidos, hasta que sus dedos, abiertos por la ansiedad de la rebusca, tropezaron con una mano pequeña y enguantada. Allí estaba la desconocida aguardándole, inmóvil. Ricardo preguntó:

—¿Es usted, verdad?

Ella repuso suspirando, más que articulando, las palabras:

—Sí; yo soy...

—Sígame usted.

Caminaron sin soltar él aquella manecita, un poco temblorosa, que difundía por su brazo calor febril, y penetraron en una habitación cuya puerta el galán cerró cuidadoso. Un tintineo casi imperceptible de pulseras y el sérico crujir de la falda decían que la tapada temblaba bajo sus vestidos.

—No tenga usted miedo—observó Ricardo—; estamos completamente solos.

La condujo sin tropezar por entre los muebles que invadían el perímetro de la estancia, y cuya disposición veía con los ojos de la memoria, y fué á sentarla en un sillón, de espaldas al dormitorio: él colocóse á su lado, sobre un diván. Hallábase agitadísimo, tanto, que apenas sabía empezar el diálogo. Por decir algo exclamó:

—¿Está usted ya más tranquila?

Ella murmuró, con acento andaluz muy marcado:

—Hable usted bajo.

—¿Por qué?... Nadie nos oye; la casa nos pertenece, al menos, durante el espacio de esta noche.

Hubo una pausa; la desconocida parecía meditar su respuesta.

—No importa—dijo—; yo, que quiero satisfacer abundantemente su afición á lo raro, echaré sobre esta primera cita toda clase de secretos: el enigma de la obscuridad que nos aisla, y también el misterio de las conversaciones musitadas, que nublan el verdadero timbre de la voz que nos habla y parecen venir de muy lejos.

Contestación tan peregrina enardeció á Villarroya.

—Es usted admirable—exclamó—; yo sabré escribir libros y comedias, pero usted me enseña el arte supremo de embellecer y refinar la vida; es usted, por consiguiente, más artista que yo.

Emprendieron una conversación movida, heterogénea, llena de preguntas, como si en aquel seguido hablar de asuntos diversos mutuamente quisieran arrancarse algún secreto.

—Cuando usted llegó—decía Villarroya—iba yo á marcharme.

—¿Se aburría usted?

—Muchísimo; estaba desesperado; creí que usted no vendría.

—No pude llegar antes.

—Yo, en cambio, estoy aquí desde la diez.

—No le creía á usted tan libre, ¿Acaso no tiene usted, fuera de su casa, ninguna mujer que le aguarde?

La imagen pálida, enlutada, trágicamente triste, de Fuensanta Godoy, extremeció la memoria del novelista; recordó su nariz afilada por el dolor, sus labios sin sangre, sus ojos de ébano hinchados de llorar... Pero espantó bravamente aquella visión acusadora, y repuso:

—Yo no quiero á nadie, á pesar de los esfuerzos que una vez y otra hice para sentir amor. ¡Créame usted; no puedo! De los seres buenos, pero uniformes y borrosos, que me circundan, se desprende un vaho odioso, sedante y enervador de vulgaridad.

Ella tardó segundos en responder:

—Y yo, ¿cómo soy?

—A mis ojos, sublime: había usted de ser fea y perversa, y yo la adoraría. ¡Ah! Usted no se parece á las demás mujeres; usted es divina...

—¿Divina?... ¿Por qué?

—Porque es usted rara. Ser rara es tener personalidad; ¿y sabe usted lo difícil, lo imposible casi, que es en esta sociedad, donde la imbecilidad ambiente nos reduce y penetra, quedarnos en nosotros mismos, no parecernos á los demás?

Continuó hablando, siempre en voz baja para complacerla, y gradualmente su imaginación iba exaltándose y readquiriendo aquel verbo seductor y ardiente tantas veces aplaudido en las asambleas. Oleadas de sangre invadían su cabeza.

—Para arrostrar sin flaqueza los rudos combates del arte—decía—, necesitamos sentir á nuestro lado la presencia confortadora de un ideal muy alto. Lo de menos son las ganancias y los elogios, pocas veces leales, de la crítica. Lo más puro, lo exquisito, es tener un rincón, sea cual fuere, donde una mujer inteligente, enamorada de nosotros, exclame al echarnos los brazos al cuello: «¡Qué bonito es tu artículo de anoche!» Entonces una alegría indescriptible nos invade, nuestras fuerzas se duplican y sufrimos el mordiente anhelo de escribir mejor, ¡siempre mejor!, para que ella nos lea. Nuestro espíritu, que su imagen mejora, á ella vuelve: queremos distraerla, agasajarla, protegerla contra los feos recuerdos, y si de noche sonríe dormida, pensamos que sobre su frente revuela nuestra última canción.

Peroraba aupado al cenit radiante del más fogoso lirismo por una exaltación á cuyo génesis su carne y su espíritu cooperaban indistintamente. Aquel continuo hablar á media voz y la obscuridad que le envolvía, llegaron á producirle cierto malestar físico. Dos ó tres veces se detuvo, pareciéndole que soñaba y que sus palabras caían al vacío. Para dominar su turbación á cada momento preguntaba:

—¿Me oye usted?

Ella respondía brevemente:

—Sí.

Y el silencio volvía á rodearles. Hubo momentos en que Ricardo Villarroya sintió su cabeza enloquecida por la presión de las tinieblas. Además, lo impersonal de aquel diálogo, semejante á un monólogo, ya que su interlocutora apenas le respondía lo preciso para comprometerle á seguir hablando, contribuyó á aturdirle.

—¡Todavía nada sé de usted—exclamó—; ni siquiera su nombre! ¡Dígamelo usted!

Su acento fué de angustia y de súplica. Ella contestó:

—Llámeme usted como guste; por ahora estamos así mejor; mi nombre lo sabrá usted luego.

Mas por mucho cuidado que Ricardo puso en dominarse, la atolondrada exaltación de sus nervios volvía.

Siempre es molesto hablar á obscuras, pues falta la visión directa del sujeto á quien nos dirigimos; la fantasía, sin embargo, suele cumplir gallardamente su misión evocadora y ofrecérnosle pulcramente reflejado sobre los espejos misteriosos del recuerdo, de modo que su imagen rivalice en nitidez y precisión con la sensación misma. Mas ni siquiera á este postrer recurso podía encomendarse el enamorado Villarroya; él ignoraba las facciones de su interlocutora. ¿Era joven? ¿Era bonita? ¿Qué color tenían sus ojos y sus cabellos? Y lo que le parecía más alarmante: mientras él hablaba, ¿cuál era la expresión de su rostro? Le escucharía con atención recogida? ¿Se burlaría de él?... Al principio, estas preguntas deambularon por su cerebro sin concretarse; le bastaba saber que á su lado alguien le escuchaba. Después, según su magín fué inflamándose, las ideas se embrollaron hasta adquirir monstruosos perfiles; unas veces pensaba que sus palabras caían en la nada; otras imaginaba que su interlocutora era algo quimérico, una bruja, tal vez, de semblante aciago, con boca canallesca y ojos nunca vistos y horribles.

Para recobrarse de aquel naciente laberinto oprimió fuertemente un brazo de la desconocida, y su mano gozó el contacto de una carne dura y vibrante. Luego, según fue adelantando sus pesquisas, recibió la impresión bondadosa de unos hombros redondos y de un talle esbelto y mimbreante erguido sobre la ampulosidad de las caderas. Instantáneamente Villarroya hallóse serenado; el tacto suplía á la vista; el hilo de relaciones entre el sujeto y el objeto, que rompió la obscuridad, se había anudado.

—Al fin te tengo—exclamó presa de enternecimiento repentino—; ya no nos separaremos nunca, ¿verdad?... ¡Nunca!... Viviré para ti, escribiré para ti, tuyos serán mis triunfos... Tú... tú eres la mujer que perseguí en tantas mujeres; tu espíritu, aquel que yo atisbaba bajo tantos cuerpos como la casualidad ó el capricho hizo míos. Alma siniestra, alma extravagante, alma de enigma, ¿por qué tardaste tanto en venir á mí?

Acercóse á ella y aspiró el peligro de un perfume exótico y violento; sus dedos resbalaron suavemente por la cabeza de la Deseada, apreciando el contorno gracioso de la nuca, las orejas menudas y sin pendientes, el terciopelo del antifaz...

Y Ricardo volvió á estremecerse, pensando en aquellos ojos vigilantes que le buscaban por entre la doble noche de las tinieblas y de la máscara.

El seductor tuvo un arrebato de impaciencia.

—¿Quieres luz?

Iba á levantarse; ella le detuvo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque... no es preciso.

Y agregó filosófica:

—Imitemos el ejemplo que nos da la vida. Por ella nunca vamos mejor que cuando caminamos á obscuras.

Ricardo no contestó; sus dientes se apretaron; la sangre hormigueó caliente en sus dedos abiertos por el ansia de dominación; en la obscuridad, su cabeza bermeja y rapada adquirió la expresión de los antiguos conquistadores, violadores y sanguinarios, cuando entraban á saco. Rápidamente rememoró la disposición de los muebles, la situación exacta de la puerta que conducía al dormitorio...

—Te amo—murmuró—, te adoro... ¡Daría por ti la vida!...

Ella no se defendía, ni siquiera hablaba; él la besó la frente y los cabellos; sus brazos avaros rodearon su cintura; levantóla del suelo y á través de la tiniebla sus dos sombras caminaron enlazadas...

De pronto resonó la voz de Fuensanta Godoy; aquella voz imperiosa, vibrante, orquestal, con que la actriz tiranizó en otro tiempo á las muchedumbres.

—¡Eres un miserable!—decía—. ¡Me repugnas; déjame!...

Villarroya lanzó un grito; sudor frío y copioso inundó su frente. La joven repitió, poniéndole ambas manos sobre el pecho y rechazándole:

—¡Eres un miserable!...

Ella misma buscó por la pared, junto á la mesilla de noche, el botón de la luz eléctrica; la habitación se iluminó. Los amantes aparecieron de pie, el uno enfrente del otro; su actitud era hostil; los dos estaban lívidos.

Fuensanta habló primero; sus palabras, más que de violento reproche, fueron de inacabable tristeza y abatimiento.

—Me has roto el alma—dijo—; ya no puedo quererte; vamos á dejarnos. ¡Es horrible, horrible!... Después de lo ocurrido, todo entre nosotros debe concluir.

El callaba; se había dejado caer sobre una silla; tenía deseos de llorar y recatábase el rostro entre las manos. Ella continuó:

—Nunca me hablaste con la elocuencia ardiente que te inspiraba esa mujer á quien creías rendir esta noche por primera vez. ¡Ah, Ricardo! ¿Qué clase de hombre eres? ¿Qué misterio inexplicable hay en ti y cómo pudiste dedicar tanta ilusión á lo que no conocías?

Suspiró y hubo en su lamento un latido secreto de mujer humillada y celosa. Villarroya, reconociéndose completamente derrotado y ridículo, no contestó.

—He querido descender al fondo de tu carácter—prosiguió Fuensanta—, y vi que en tu alma, componedora de comedias y de libros, sólo hay traición, antojo y superchería. No eres un hombre, Ricardo, eres un artista... ¡nada más que un artista!... y quien dijo artista dijo absurdo, egoísmo y quimera. Paso á paso, durante estos diez ó doce días últimos, fui observándote y ninguno de tus sentimientos quedó para mí inadvertido. Como te conozco muy bien, quise exacerbar tu ilusión para traerte á esta cita completamente ciego, de modo que imposible te fuera adivinarme. Por eso no acudí á tu primer llamamiento, por eso tardé tanto en responder á tus cartas... y las angustias de la espera fueron para ti como polvo que la impaciencia te echaba á los ojos. Te he visto caer. Hoy mismo tuve miedo de oir lo que habías de decir aquí, y me fingí enferma y llorando te rogué que pasases esta noche á mi lado. ¡Imposible! El impulso que mis anónimos levantaron en ti era demasiado grande; nada podría contenerte, ¡nada! Segura estoy de que la vida de tus propios hijos la habrías arriesgado por acudir á esta cita maldita.

Maltratado en su amor propio, no sabiendo cómo defenderse y quebrantado por tantas contradictorias emociones, Ricardo Villaroya rompió á llorar.

La actriz continuó:

—¿Por qué una carta sin firma ejerce sobre tu voluntad esa fascinación inexorable, y en virtud de qué miraje has de imaginar joven y discreta, y no vieja y ridícula, á la mujer que te propone una cita extravagante? ¡Ah! Tú no sabes qué quieres... ni lo que tienes... Tú eres un pobre hombre vano, inconsciente, desposeído de criterio, que todo cuanto rechaza ó apetece lo lleva dentro de sí mismo.

Él permanecía callado; no obstante, las lágrimas, fatigándole, habíanle producido alivio bienhechor; laxitud suave iba poseyéndole.

Fuensanta Godoy concluyó de abrocharse su abrigo.

—Adiós—dijo—. Ya sé que siempre cualquiera mujer desconocida ha de inspirarte más cariño que yo. ¡Pobre Ricardo! Andar... andar... tu maldición es esa.

Contemplóle breves instantes y salió de la alcoba; transcurrió un momento; una puerta se cerró con estrépito. Luego, en el silencio, vibraron las pisadas de la actriz, que bajaba la escalera; y el eco aquel, cada vez más mortecino, tenía el ritmo solemne y conciso de lo que se va...

Ricardo Villaroya no se movió; estaba fatigadísimo; á las inquietudes febriles de la víspera había sucedido una gran calma. Dentro de su espíritu, perdido en ese enorme silencio que sigue á las grandes catástrofes, una voz herida musitaba: «No quieras, no busques, porque todo es igual á todo, y lo pasado, como lo futuro, son aspectos del mismo Desengaño...» Y la conciencia desolada comprendía que aquella voz cobarde tenía razón. ¿Para qué desear? La ilusión es una mala hembra indócil que, bajo el techo de los artistas, sólo duerme una noche...

Madrid.—Noviembre, 1906.

RICK

«Si te cuentan que han visto
volar un caballo y que era
alazán, créelo.»—(Proverbio
árabe.)

I

Todo el mundo aristocrático que frecuenta las tribunas de los grandes hipódromos europeos, conocía la pasión idolátrica que el jockey Juan Thom profesaba á su caballo Rick. Durante cuatro años consecutivos, Rick fué invencible: su agilidad y su vigor derrotaron las reputaciones más sólidas; los laureles tan codiciados que se adjudican en los turf de París y de Londres, fueron para él; ningún corredor igualó su ímpetu; era infatigable y enorme como Eclipse, y ardiente en la primera acometida como Vermouth. Muchos veterinarios curiosos le examinaron creyendo que sus clavículas ofrecerían una disposición especial.

El pasado de Juan Francisco era obscuro y sencillo. No conoció á sus padres, y salió del Hospicio á los doce años para colocarse en el picadero de un viejo, antiguo desbravador de las caballerizas reales, que tenía coches y caballos de alquiler.

En el amplio picadero que poseía cerca del Hipódromo aquel hombre grueso y bajito, á quien Juan Francisco recordaba haber visto en el Hospicio muchas tardes, fué donde el niño cobró inclinación hacia el arte que luego había de ocupar su vida; pues el medio es algo que modifica y se pega al carácter, como se agarran á los vestidos los perfumes. Así, lentamente, el aspecto de las cuadras, grandes, claras, con su olor á estiércol, sus suelos asfaltados, sus arrendaderos brillando al sol y sus frisos de blancos azulejos, iban conquistando la voluntad del futuro jockey y produciéndole íntimo y fresco contentamiento. Todas las mañanas, al despertar, el pequeño boy tenía un pensamiento que se resolvía en una sonrisa.

—Seré jockey...—decía.

Y esta ambición era confortadora, porque daba á su vida, á su pobre vida naciente, un impulso, un rumbo y un fin.

Desde muy temprano Juan trabajaba activamente barriendo lo sucio, abrillantando los arneses, quitando el barro á los coches, transportando cubos de agua de un lado á otro. Era menudito de cuerpo, descolorido y flacucho de rostro, con ojos pequeñines y azules, rodeados de pestañas bermejas. Caminaba lentamente y abriendo mucho las piernas, como jinete que acaba de recorrer una jornada larga y está muy fatigado. El ruido de sus zuecos, rellenos de paja, inquietaba á los caballos, que volvían la cabeza para mirarle, amusgaban las orejas y fijaban en él sus ojos brillantes. Unos resoplaban impacientes, otros atabaleaban el suelo, y el estrépito metálico de sus herraduras llenaba la soleada quietud de la cuadra. Al principio aquella curiosidad un poco hostil asustaba al boy; pero luego, con la costumbre, sus temores se disiparon: los caballos, á su vez, reconociéndole ya como á bienhechor, relinchaban de gozo al verle, y él concluyó por abordarles sin miedo, dándoles terroncitos de azúcar y bulliciosas palmadas sobre las ancas, lucias, brillantes y redondas.

Todas las mañanas, alrededor de las diez, el amo del picadero aparecía. Se llamaba don Pedro del Real, y los que le conocieron mozo le atribuían una historia amorosa larga y pintoresca. Pero si don Pedro fué, como decían, caballista infatigable, derribador temerario de toros y conquistador dichoso de voluntades femeninas, de aquel pasado galante ya nada, ó casi nada, quedaba en él. El tiempo artero habíale mudado la condición, sin duda, quitándole la alegría según fué robándole la guapeza. Don Pedro hablaba poco; era un espíritu reconcentrado, hermético, sobre cuyo entrecejo la vida había dejado un pliegue vertical de dolor. A pesar de esto, Juan Francisco le amaba; nunca le tuvo miedo; apenas le columbraba acudía á recibirle, y el regocijo del saludo le arrebolaba las mejillas; era como un grito de su sangre. Fué aquella una emoción en la que Juan Francisco, ya hombre, meditó muchas veces y que siempre, sin saber por qué, le dejaba triste...

Cierta mañana don Pedro, contra su costumbre, mostróse comunicativo y de buen humor. Aquel día nada tuvo que decir de la siempre discutida calidad de los piensos, ni de la limpieza bruñida de las pesebreras; todo, según lo examinaba, iba hallándolo bien: los arreos espejeaban al sol, como debe ser; los coches, recién lavados, trozos enormes parecían de pulido azabache; el rojo barniz de las ruedas ardía gayamente en la vastísima amplitud blanca de la cuadra.

Juan Francisco, en mangas de camisa y con un chaleco colorado de hombre que le llegaba á la altura de las rodillas, seguía á don Pedro, sorprendido de verle tan contento. El amo, de pronto, pareció reparar en él; miróle de hito en hito, y como las mejillas escuálidas del muchacho enrojeciesen de alegría, don Pedro del Real sonrió paternal; después le trabó por los sobacos, levantóle en alto, bajándole y subiéndole varias veces y con rapidez, como para apreciar bien su peso, y luego le soltó. Juan Francisco cayó de pie, y sus zuecos chocaron contra el suelo crepitando en el vacío sonante del salón. Varios cocheros y mozos de cuadra contemplaban la escena sonriendo. Don Pedro examinaba al boy; sus piernecillas flacuchas y estevadas, su tórax angosto, la delgadez esquelética, pero vigorosa, de sus brazos, el prognatismo de su mandíbula, la nerviosidad de su pestorejo acanalado... y toda aquella fealdad simiesca, parecían encantarle.

—¿Te gustan los caballos?—preguntó.

—Sí, señor, mucho—contestó Juan Francisco.

—¿Y ya no te dan miedo?

—No, señor.

—Bueno, pues entonces...

Y el antiguo caballista, que sin duda amaba apasionadamente su oficio, se interrumpía para observar al muchacho, que acaso realizaba el tipo soñado por él del perfecto jockey, ingrave y fibroso. Continuó:

—¿Tú quieres ser jockey?

Por la bocaza faunesca de Juan Francisco resbaló una sonrisa blanca, idiota, con esa idiotez del estupor que produce en los hombres la felicidad. Tardó en responder:

—Sí, señor... ¡Ya lo creo que quiero!

—Conformes; pues yo te enseñaré á montar.

Aquella misma mañana recibió Juan Francisco la primera lección de equitación, y á partir de tal momento, todos los domingos y días disantos, maestro y discípulo salían á galopar por la carretera de El Pardo. Eran excursiones terribles, de las que Juan Francisco, encogido y raquítico sobre el lomo sudoroso de su cabalgadura, regresaba lívido como un muerto.

Rápidamente el muchacho iba agilizándose, robusteciéndose, dentro de su delgadez caricaturesca, y adquiriendo esa complexión, á la vez ligera y hercúlea, de los buenos jinetes. Poseía además, y esto echólo de ver en seguida don Pedro, lo que no se aprende, lo que puede llamarse «el instinto» del oficio: un tic especial, inexplicable, personalísimo, que convierte la profesión, vulgar al parecer, de caballista, en un verdadero arte. Reglas hay para lo que, en la jerga de los picaderos, se dice «apurar al caballo»: para afirmarle la cabeza, para asegurarle la boca, para abrirle y darle vistosidad y gallardía, para tenerse bien sobre la silla... Todo ello constituye lo adjetivo, lo que puede imitarse de un buen maestro. Pero ninguna de estas habilidades adquiridas bastó á hacer verdaderamente famoso el nombre de un jockey. Los grandes jockeys de prestigio mundial tuvieron, además de esa sangre fría que les permitió aprovecharse de todos los descuidos de sus rivales, la «intuición» del caballo, una especie de adivinación ó de doble vista que les indicaba cómo necesitaban llevar las riendas y cuanto, en un determinado momento, debían hacer. Apropósito de esta parte esencial ó substantiva de su oficio, nada puede reglamentarse, como nada, en cuestiones de amor, debe prescribirse acerca del modo de interesar el corazón de una mujer. ¿Quién sabría decir cuál será la mirada, el gesto, la inflexión de voz, que en el «cuarto de hora» nupcial de la conquista han de darle á «Don Juan» la victoria? Así el jockey, para quien un espolazo oportuno ó un simple temblor de rodillas pueden constituir su triunfo ó su derrota en el último desesperado arranque de la carrera. Como «Tenorio», Fordham no se forma: nace.

Juan Francisco poseía este don maravilloso en grado tal, que sorprendió al mismo don Pedro. Sin saber por qué, pues su experiencia en asuntos hípicos era nula, bastábale un simple ojeo para conocer la condición del caballo que iba á montar. Pocas veces se equivocó. Diríase que desde el primer momento surgía entre él y su cabalgadura una corriente magnética que les apretaba y unía en el milagro de una sola voluntad.

Al mismo tiempo que Juan Francisco aprendía á tenerse bien sobre la silla y á ser un sagacísimo, cabal y esforzado jinete, capaz de gobernar á los potros de más torcida y alborotada condición con sólo el imperio de las rodillas, don Pedro iba enseñándole á corroborar y seleccionar sus preexcelentes disposiciones físicas de jockey.

—Un buen jockey—afirmaba el viejo caballista—debe reunir, á una gran fuerza muscular, el menor peso y el menor volumen posibles. Quiero decir: que necesita ser una especie de hércules enano.

Para conseguir lo primero, Juan iba dos ó tres horas diarias al gimnasio; para lo segundo, su maestro le trazó un plan alimenticio, le impuso masajes especiales y le obligó á dar largos paseos á pie y á tomar baños de sudor. Estos tratamientos durísimos, que ni aun los mismos jockeys ingleses pueden soportar, Juan Francisco los resistía perfectamente y sin mengua de su vigor muscular. De mes en mes el diminuto boy iba quedándose más descolorido y enjuto, y hasta diríase que su estatura había menguado: no obstante, ni su agilidad ni su fuerza decrecían. Pronto su peso disminuyó á cincuenta kilogramos. Don Pedro del Real le examinaba, le pulsaba, y un guiño admirativo iluminaba su grueso rostro, habitualmente impasible.

—Has nacido para jockey, muchacho—decía—, y te aseguro que harás carrera; yo entiendo mucho de eso; yo no me engaño.

No se equivocó, en efecto. Cuatro años después Juan Francisco se presentaba por primera vez como jockey ante el público de Madrid y obtenía un segundo premio.

II

Cuando don Pedro del Real murió, Juan Francisco entró al servicio del conde Narciso, que tenía caballerizas en París y era dueño de la yegua Turia, que el año anterior ganó los cien mil francos del «Jockey-Club».

El conde Narciso gozaba fama de ser uno de los más inteligentes y expertos caballistas de Europa. En sus cuadras poseía yeguas magníficas del Irak y sementales soberbios procedentes de las antiguas y gloriosas caballerizas del conde de Lagrange, el primer francés que arrancó á los ingleses el codiciado premio Derby. De estos cruces, sabiamente calculados, había nacido una raza de caballos admirables por su tamaño, su acabada traza y su ardimiento, con los cuales su dueño había ganado en los turf de Londres y de París muchos millares de francos. Sobre los caballos del conde, que pagaba las montas con extraordinaria largueza, habían pasado los mejores jockeys de Europa, pero muy pocos lograron merecer su simpatía y menos su confianza.

Era el conde Narciso un hombre como de cincuenta años, elegante y correcto, un poco frío, que siempre vestía trajes de color gris hechos en Londres, y estrenaba diariamente un par de guantes blancos. A los jockeys les recibía de pie, les examinaba rápidamente y luego les despedía con un gesto desdeñoso, inapelable, de rey.

—Por ahora—decía—no me conviene usted...

Y les volvía la espalda. Así, el favor del conde Narciso fue considerado en la profesión de jockey como un doctorado.

Juan Francisco fue á visitarle provisto de buenas cartas de recomendación; no obstante, iba medroso y balbuciente, como estudiante que va á examinarse de una asignatura mal aprendida. Acababa de cumplir veinte años: era un hombrecillo minúsculo, cenceño, flexible y vibrante, cual si su carne acerada careciese de armazón ósea. Con el tiempo, aquel raquitismo caricaturesco que tanto entusiasmaba al veterano don Pedro del Real, habíase exagerado hasta lo inverosímil. Un copioso plantel de cabellos rojos cortados á rape cubría su cráneo dolicocéfalo, chato y largo; tenía la frente breve y deprimida, cortada transversalmente por dos hondas arrugas paralelas; los ojos pequeños, redondos y azules; la corva nariz avanzaba, atrevida y tajante, como una arista; el prognatismo enfermizo de su mandíbula inferior hundía las mejillas y afilaba el semblante exangüe y pecoso: era una verdadera mandíbula de jockey, que salía al tropiezo del horizonte y parecía hecha para cortar el aire.

Un criado condujo á Juan Francisco al despacho del conde.

—Tenga usted la bondad de esperar—le dijo—; el señor conde está bañándose.

El joven jockey permaneció de pie, inmóvil sobre sus piernecillas abiertas, lleno de zozobra dentro de su amplio gabán color café. La habitación donde se hallaba tenía dos ventanas á un jardín, y era espaciosa y clara. Cubrían las paredes largos armarios repletos de libros lindamente encuadernados, sobre cuyos tejuelos de diversos colores la luz se reflejaba alegre. Aquí y allá, en estudiado desorden, aparecían escenas hípicas y retratos de jockeys y de caballos famosos. Sobre la chimenea, y como en lugar preferente, estaba la fotografía de Grimshaw, que ganó montando al caballo francés Gladiateur el premio Derby; y á su lado la del jockey Fordham, campeón invencible de las carreras largas. En artísticos marcos forrados de felpa, cuyo lozano color verde traía el recuerdo de los hipódromos, aparecían varias cabezas de corredores célebres: la de Monarque, padre de Gladiateur y de toda una generación de terribles corredores; la de Liouba, su yegua favorita; la de Vermouth; la de Eclipse, el mejor caballo del siglo XVIII, vencedor de Bucéfalo, y uno de cuyos cascos, metido en un hermoso objeto de arte, fue regalado como premio en una carrera de la «Copa de Ascot». En la entreventana, ocupando también lugar ostentoso y preferente, había un retrato del famoso Baucher...

Contemplando aquella exposición de celebridades hípicas, Juan Francisco pensaba:

—¡Si yo mereciese algún día el honor de figurar aquí!...

La puerta del despacho acababa de ser abierta lentamente, y bajo los pesados cortinajes de color musgo que la cubrían apareció la figura correcta y simpática del conde Narciso. Su calva noble y tranquila de hombre mundano brillaba á la luz; cubría sus mejillas, bronceadas ligeramente por el aire libre y el sol, una bien cuidada barba, corta y blanca. Vestía, según costumbre, un traje gris claro; el ancho pantalón caía aplomo, conforme á los severos cánones de la elegancia inglesa, sobre las botas de charol reluciente.

Juan Francisco se inclinó respetuoso, los pies juntos, los brazos rígidos á lo largo del busto. Ante aquel hombrecillo grotesco que volvía á la memoria el recuerdo de las teorías darwinianas, el conde pareció satisfecho. El jockey esperaba que su interlocutor le dirigiese algunas preguntas, pero se equivocó: el conde Narciso limitóse á observarle, desnudándole y sospesándole cuidadosamente con la mirada: vió su frente estrecha, su barbilla tajante, llena de voluntad, su tórax angosto que apenas opondría resistencia al aire; y al mismo tiempo sus ojos inteligentes apreciaron la terrible fuerza nerviosa de aquel cuerpecillo enano.

—¿Cuánto pesa usted?—preguntó.

—Cuarenta y ocho kilogramos.

—Está bien.

—Pero aún espero llegar á los cuarenta y cinco.

Por las cejas, poco inclinadas á la sorpresa, del conde Narciso, pasó un ligero temblor admirativo. Parecía encantado. Juan Francisco acababa de conquistarle, más que con su aspecto, por aquellas contestaciones breves y seguras donde latía, como un fanatismo, ese «amor al caballo» que llena el alma de los jockeys de raza.

—¿Cuánto deseaba usted ganar?—preguntó el conde.

—¡Oh!... de eso, si al señor le parece, hablaremos más adelante, cuando el señor vea de cerca lo que yo valgo.

—Perfectamente. Entonces, á partir de este momento, queda usted á mi servicio, y mañana mismo saldrá usted para París.

—Como el señor disponga.

—Pero necesito, y esto es indispensable, que antes cambie usted de nombre: procúrese usted un apellido exótico y monosilábico, que impresione fácilmente el oído.

Juan se inclinó ceremoniosamente y salió. Desde aquel día, el obscuro hospiciano que siempre había firmado Juan Francisco, comenzó á llamarse «Juan Thom».

El triunfo que el joven jockey lograba poco después sobre la pista de Longchamps, le valía un puesto de honor entre los corredores más famosos de allende el Estrecho.

Juan montaba aquella tarde el caballo Abril, un alazán de cinco años, nuevo en los hipódromos, y del cual, no obstante, los inteligentes hablaban mucho; lo que los ingleses llaman un dark-horse.

La víspera, el conde Narciso había cambiado algunas palabras con Juan Thom; él no quería decirle nada acerca de cómo debía llevar á Abril; prefería dejarle todas las iniciativas y con ello adjudicarle todas las responsabilidades. Como si hablase de un viejo amigo, el jockey repuso tranquilo:

—No pase zozobra el señor conde; Abril y yo nos llevamos muy bien.

Iba á empezar la carrera; el juez de salida dió la señal y los caballos partieron. Durante los primeros momentos todos los concurrentes avanzaron en grupo; pero muy pronto Abril dirigió la carrera y alcanzaba una ventaja de varios metros. Junto á él corría Prometeo II, vencedor del premio Oaks y campeón de los hipódromos británicos, con quien los ingleses esperaban llevarse aquel año los cien mil francos del «Gran Premio». Un instante las manos de Abril flaquearon, y Prometeo II, brincando elástico bajo la fusta de su jinete, ocupó el primer puesto. Fué aquel un momento de indescriptible emoción. El actual rey de Inglaterra, entonces príncipe de Gales, que estaba en las tribunas, tremoló sobre su cabeza un pañuelo en señal de victoria, y un ¡hurra! gutural y áspero, lanzado por millares de gargantas sajonas, cruzó el espacio.

Pero Juan Thom no aceptaba aún la derrota. Su alma latina, invencible en el impulso temerario de la primera impresión, tuvo una resolución heroica, y desviando con lentitud hábil á su caballo de la línea recta, lo echó disimuladamente sobre el competidor que le arrancaba el triunfo. Las rodillas de Thom y del otro jockey chocaron, permaneciendo algunos segundos estrechamente cosidas y superpuestas; crujieron los huesos; de pronto Juan Thom, que no perdía la serenidad, sintió en su corva la presión de la rodilla enemiga; aquella ventaja de tres ó cuatro pulgadas que acababa de obtener, decidió la lucha en su favor. Prometeo II, desconcertado por la maniobra artera de su rival, que le cortaba el camino, perdió terreno, y Abril llegaba el primero ante las tribunas, bajo una lluvia crepitante de aplausos.

Sin familia, sin amigos y dotado de un carácter callado y juicioso, Juan Thom no tenía, fuera de su oficio, nada que le sobresaltase ni distrajese. Pasaba las tardes en las cuadras del conde Narciso, examinando los arreos, modificando la forma de las sillas para aligerarlas, estudiando la calidad de los piensos, preocupado siempre por el temor de que los caballos engordasen. Y él mismo andaba sometido á masajes crueles y á ejercicios gimnásticos que daban á su enjuta musculatura la sequedad y la dureza del hierro. Refinando mucho sus alimentos, llegó á comer muy poco: uno de sus grandes empeños estaba cifrado en tener la cintura de un niño; según Juan Thom, el jockey ideal debe carecer de estómago.

Así, la confianza que el conde Narciso tenía en la pericia de su primer jockey era ilimitada. Thom ordenaba los cruces que debían mejorar la raza de los corredores, y maravillaba la penetración suprema con que buscaba en los padres las condiciones de agilidad, de voluntad y de fortaleza, que más tarde habían de resplandecer en el hijo.

Del cruce de la yegua Rocío con un garañón inglés, por el que dió el conde Narciso ochocientos mil francos, nació Rick; aquel terrible Rick, jamás vencido bajo las rodillas de Thom, que varios veterinarios reconocieron buscando en la anatomía de sus clavículas una complexión especial.

III

Juan Thom, que ya llegaba á los cuarenta años, adoró en Rick, en quien su asotilado instinto de viejo jockey adivinaba cualidades extraordinarias de agilidad, vigor y coraje.

En cierto modo, esta pasión fué la resultante del ambiente que le circundaba. El buen Thom, raquítico y feo hasta lo bufo, con sus piernecillas estevadas, sus brazos largos y nudosos y su cabeza de simio, no había sabido formarse una familia. Además, le asustaba vivir siempre bajo los cielos, un poco tristes, de París ó de Londres. Realmente, Juan Thom, que guardaba algunos ahorros y empezaba á saberse viejo, sentía recónditos y callados deseos de volver á España. Aquella desilusión de su vida actual era en él como un atavismo; la necesidad melancólica que todos los hombres que habitaron constantemente en grandes urbes experimentan de regresar al campo, cual si repentinamente vibrase en sus entrañas el amor á la Naturaleza, á los arroyos murmurantes, á las selvas umbrosas, á la tierra madre, bienhechora y munífica, que adoraron con culto panteísta sus progenitores, los remotos aborígenes, salvajes y desnudos. Juan Thom soñaba con su vieja Castilla, seca y llana: se establecería en un pueblo, compraría una casita, cuidaría una huerta y luego, cuando la casualidad le deparase una mujer buena y guardadora de su hacienda, se casaría y tendría hijos, y moriría olvidado y tranquilo, lejos del estruendo fragoroso de los hipódromos.

La aparición de Rick vino á quebrar momentáneamente estos cristianos propósitos de serenidad y alejamiento. Juan Thom lo vió nacer, él presidió su vida, él, á fuerza de tesón, quitóle toda mala estirpe de resabios y defensas, ejercitó su inteligencia, infundió á su condición voluntariosa arrestos temerarios, nutrió sus músculos, dió á sus miembros, con ayuda de sabios ejercicios, aquellas proporciones agigantadas que ningún otro caballo había de igualar después, y puso en su instinto ese ramalazo de fiero orgullo que decide de la victoria en todos los combates.

A los cinco años Rick tenía nueve dedos sobre la marca. Era alazán, de un alazán tostado y brillante. El sangriento color del ollar y la mirada ardiente de los ojos negrísimos, daban á la cabeza expresión poderosa y temible. Era muy abierto de pecho, redondo de grupa y acopado de cascos; el dorso ondulante, la boca asegurada y fresca. Sus remos, flacos y largos, ignoraban el cansancio y abarcaban un tranco enorme; al caminar, todo su cuerpo vibrante temblaba, siguiendo al cuello erguido y robusto, que parecía arrastrarlo tras sí, hacia el horizonte. Era gigantesco como Eclipse, ágil como Vermouth, voluntarioso y arrebatado como Monarque. Celoso de su poder, no consentía la vecindad de ninguna sombra; el menor ruido le sobresaltaba; sus orejas levantadas, más que pasmo, revelaban cólera; siempre parecía fugitivo, y sin cesar sus ojos iban de una parte á otra, mirándose las ancas, como asustado de sí mismo. Su figura imponente amedrentaba á sus competidores; en las cuadras del conde Narciso había un caballo que cuando se hallaba en algún canter con Rick se abocinaba y cubría de sudor.

Los días de carrera, por la mañana, Juan Thom entraba en la caballeriza á saludar á Rick.

—Hoy hay lucha, Rick—decía—; es preciso portarse bien.

El noble animal miraba al jockey, luego resoplaba, y su belfo descubría los dientes descarnados y amarillentos, ensayando una sonrisa ufana. Thom, entonces, le daba nalgadas sonoras, le acariciaba la crín, le besaba el ollar y le decía al oído palabras de amor. El bruto, agradecido, amorraba la cabeza y entornaba los ojos...

Sobre la pista del hipódromo, Juan Thom y Rick, al formar un cuerpo gobernado por una sola y omnipotente voluntad, resucitaban la fábula del centauro. Impetuoso en la acometida, é infatigable y tenacísimo en la carrera, Rick tenía algo del poder de los elementos cósmicos. Su arranque era terrible siempre, casi decisivo; pero en la lucha, su voluntad ardiente y dura, como hecha de fuego y de diamante, no encontraba rival. Su impulso, además, era consciente: Thom podía dejarle las riendas sobre el cuello, seguro de que Rick no desaprovecharía ninguna ocasión para vencer.

No satisfecho con esta perfecta alianza, Juan Thom había enseñado á su caballo un grito gutural que, á modo de conjuro, poseía la virtud de enajenarle y desbocarle.

—¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...

Era un alarido ronco, breve, de una modulación suigéneris, clarineante y salvaje, que el astuto jockey sólo lanzaba en los trances de peligro extremado; una voz cabalística que acaso hería los centros cerebrales del animal y le trastornaba. Este recurso nadie, ni aun el mismo conde Narciso, lo conocía; pero, aunque alguien lo hubiese sabido, no hubiera podido utilizarlo. La virtud de esas palabras que penetran hasta el fondo de ciertas almas, depende, más que de su significación escueta, del modo como son pronunciadas y de la simpatía que medie entre quien habla y quien escucha. Una mujer oye decir: «te amo», á un hombre que la es indiferente, y permanece fría; pero se lo dice el galán que ella quiere, y se vuelve loca.

Juan Thom sabía esto, y la fuerza de fascinación que tenía sobre su caballo dábale la seguridad de ser invencible. Varias veces probó la capacidad empujadora del grito aquel.

—¡Gruiiii!...

Y siempre llegó el primero á la meta. Al oirlo, Rick poníase fuera de sí: instantáneamente bebíase la brida, estiraba el cuello, sus cuatro remos formaban con su vientre una línea horizontal, y botaba, cual si algo eléctrico estallase en su interior. Piedra disparada por honda parecía; su velocidad era la velocidad silbante de la flecha. Volaba. Las multitudes, atónitas, saludaban con un rumor de pasmo aquel correr inaudito.

Montado sobre el lomo temblequeante y enorme de Rick, el diminuto Juan Thom, cuyas espuelas apenas alcanzaban al vientre de su cabalgadura, parecía un mono con dolor de estómago. Y, no obstante, para Thom, el vencedor de todas las carreras, eran los aplausos y los apretones de manos y las sonrisas, á veces voluptuosamente prometedoras, de las mujeres elegantes que llenaban las tribunas. Con su gorrilla de visera, su chaquetilla de seda roja, su ceñido pantalón blanco y sus chambergas de charol, Juan Thom era, sobre el verde tapete de los hipódromos, grande como un rey. Su busto exiguo permanecía rígido, insensible al incienso; su boca fina, desdeñosa, casi imperceptible como la herida de un bisturí, no sonreía; sus ojos pequeños y buídos miraban al espacio inquietos, devorando la distancia. A lomos de Rick, Thom era la encarnación del dios Exito: las victorias del célebre caballo, haciendo oscilar millones de francos, tenían la importancia de una gran jugada de Bolsa. Un crítico, refiriendo el último triunfo de Juan Thom, dijo que con los billetes de Banco que Rick había ganado podría alfombrarse el Campo de Marte.

Los cuidados idolátricos de que Thom rodeaba á su caballo, el ahinco suicida que ponía en afilarse y disminuir para pesar sobre Rick lo menos posible, las zozobras de vanidad y de interés que nublaban su ánimo, la semana de inquietudes febriles que precedía á los grandes torneos hípicos, los peligros de la lucha, y, más tarde, los aplausos cobrados en aquella incesante y apretada colaboración, habían robustecido los vínculos del amor casi paternal que el jockey profesaba á su caballo.

Repasando sus recuerdos volvía con frecuencia á la memoria de Juan la impresión del despacho donde, muchos años antes, vió por primera vez al conde Narciso. El aspecto de aquella habitación persistía en su espíritu con detalles minuciosos: los muebles de gutapercha, los armarios abarrotados de volúmenes, sobre cuyos tejuelos rielaba la luz mañanera, los retratos de jockeys y de caballos célebres diseminados por la uniformidad gris de los muros. Y también revivía el anhelo ambicioso que la severidad del despacho aquel suscitó en su ánimo: «¡Si yo llegase á ser un jockey de prestigio mundial! Si yo alcanzase la fortuna de tener un caballo que pasase á la posteridad como Eclipse y Monarque!...» Ahora reconocía que la vida no fué mala para él: había triunfado, todos sus deseos estaban cumplidos, y ello le producía una ecuanimidad dulce y honda.

Al revés de lo que suele ocurrir en el teatro, donde no es raro que el primer galán, aunque esté enamorado de la primera actriz, se muestre mortificado y celoso de los aplausos tributados á su compañera, la celebridad cosmopolita de Rick no era mas que la corroboración ó complemento de la celebridad de Juan Thom. La popularidad les acariciaba igualmente: el color de las blusas sedeñas del pequeño Thom dirigía la moda en las temporadas de primavera y de otoño; un zapatero parisino puso á la venta unas botas chambergas idénticas á las usadas por él y que llevaban su nombre; las cabezas del jockey invencible y de Rick aparecieron juntas muchas veces sobre la primera página de las revistas ilustradas.

Juan iba hacia la inmortalidad, y le llevaba Rick, que era su obra maestra, casi su hijo. Así, jamás con mayor razón que entonces pudo decirse de ningún artista que caminaba hacia el triunfo montado sobre su historia.

IV

Todas las tardes en que había carreras, al salir de Longchamps, Juan Thom vaciaba una botella de vino en la taberna de un bordelés que había viajado mucho por España, y cuya conversación pintoresca era para el jockey desterrado como un rayo del alegre sol de la patria.

Cuando el señor Gustavo trajinaba en el comedor sirviendo á los parroquianos que llegaban boquisecos y con ganas de cerveza y de broma, el pequeño Thom iba á sentarse en la terrasse del establecimiento, ante el cual el bosque de Bolonia dilataba su inmensidad verde. Los crepúsculos de aquellas tibias tardes primaverales eran muy dulces: el cielo azul, donde la luz solar iba amortiguándose en una gama de palideces incontables, se cubría lentamente de nubecillas blancas y de cirrus rosáceos de una delicadísima transparencia ambarina; la muchedumbre que regresaba á París dejaba tras sí un silencio, un gran silencio hierático, que se oía; á lo largo de las Avenidas, el ruido de los coches y el alarido crepitante de las bocinas de los automóviles disminuía, se emborronaba, en la distancia; la nube de polvo, semejante á un halo de muchos kilómetros, que levantó la multitud al pasar, descendía de nuevo á la tierra y la atmósfera recobraba su limpidez, y en la diafanidad luminosa del espacio, las frondas del bosque recortaban una línea ondulante y cerúlea. Y según el estrépito efímero de los hombres cesaba, la Naturaleza reaparecía solemne, avasallante, en su doble gesto magnífico de silencio absoluto y de eternal quietud.

De la lejanía llegaban piar de pajarillos adormilados y murmurios de arroyos, que hasta entonces parecieron callados, y que traían deseos de paz al alma de Juan Thom. Horas antes, los pulmones del pequeño jockey se habían congestionado en la angustia de la carrera, y cuando, como siempre, llegó el primero á la meta, sus mejillas tenían la palidez de la carne muerta. Ahora descansaba; sus labios exangües se abrían con deleite á las brisas, y en el círculo bermejo de las pestañas, los ojillos azules que hundió la fatiga recobraban su vivacidad. Su alma sencilla se desperezaba en este bienestar físico.

—¿Hasta cuándo viviré así?—pensaba—; esto no puede durar siempre; es preciso concluir...

Y sin ser filósofo ni entender un ápice de problemas trascendentes, el diminuto Thom, que era un hombrecillo perfectamente vulgar, se interrogaba con desaliento:

—¿Para qué defiendo tanto una vida en la que no he conseguido ser dichoso?...

El hilo de estas meditaciones melancólicas solía romperlo el señor Gustavo, siempre con delantal y en mangas de camisa, rojo, hercúleo, lleno de salud y de risas sobre sus zapatones claveteados y sonantes.

—¡Hola, señor Thom!—gritaba el bordelés—; ¿en qué se piensa?

El jockey se estremecía, aturdido por la pregunta inesperada, y tardaba un poco en contestar. Luego decía:

—¡Qué sé yo!... estaba aburrido...

—¿Cuándo volvemos por España?

—No sé; pero crea usted que cualquier día me voy.

—Es natural. ¡Qué diablos! Yo también tengo ganas de marcharme á Burdeos. ¡Aquel cielo... no hay otro!... Además, yo creo que los hombres, después de correr el mundo, deben irse á morir al sitio en donde nacieron.

Se sentaba y, familiarmente, con liberalidad meridional, de la botella que había pedido el jockey, se servía un generoso vaso de vino.

—¡A su salud!—exclamaba.

Y, levantándolo en alto, lo vaciaba de un trago, Juan Thom le contemplaba sonriendo, y se reconocía más insignificante y desmedrado que nunca, ante la mole atlética del tabernero carcajeante y sanguíneo que olvidaba su viudez abrazando estrechamente á las criadas de la vecindad, y que al hablar descargaba puñetazos terribles sobre las mesas.

El señor Gustavo tenía una hija, Marta, con quien Juan Thom echaba largos párrafos. Era una muchacha morena, un poco triste, de ojos juiciosos y honrados, que sugerían dulcemente la idea de formarse un hogar. El jockey solía hablarla de España, y aunque sus relatos eran verídicos y nada extraordinario ponía en ellos, la joven le escuchaba atentamente, atraída por esa leyenda de amores y de sangre que rodea á los países favoritos del sol. Un día en que su conversación fué más íntima, Marta le interrogó:

—¿Tiene usted padre?

—No.

—¿Y madre?

—Tampoco.

—¿Y hermanos?

—Tampoco tengo hermanos. Soy solo en el mundo. En España nadie me espera. No conservo allí ni siquiera un amigo...

—¡Es raro!

—Sí... ¡muy raro!... Es decir...

Y ella, sin saber por qué, quedóse triste, y por primera vez advirtió que Juan Thom era muy feo y que tenía los cabellos grises. Sorprendido de verla tan callada, el jockey preguntó:

—¿En qué piensa usted?

—En nada; en eso...

Thom cerró los ojos y su memoria buceó inútilmente en las tinieblas del Hospicio. Allí estaba su niñez, sus recuerdos arrancaban de allí... Pero, ¿y antes?... Y de pronto tuvo deseos de llorar, porque sintió que la vida no había tenido besos para él.

A la tarde siguiente, Juan Thom no pudo hablar con Marta. Era domingo y la taberna estaba llena de parroquianos sedientos, que reían y charlaban á gritos; las luces palidecían en el humo de las pipas. Thom, desde la terrasse, miraba al interior del establecimiento. El señor Gustavo, en pie, detrás del mostrador, al aire los antebrazos, peludos como los de un fauno, parecía presidir la reunión. Marta iba de una mesa á otra, solícita y grave á la vez, y al inclinarse hacia adelante para servir un bock de cerveza ó recoger unos vasos, sus pechos vibrantes y eréctiles se dibujaban audaces bajo la fina tela del corpiño.

Thom observaba á la joven, y una melancolía, que era casi una angustia, iba apoderándose de él; también advirtió que varios bebedores, que ya empezaban á mostrarse borrachos, la miraban con avidez.

¿Por qué de todas las perfecciones femeninas el seno es lo que más despierta y alborota la lascivia del hombre; y por qué á las mujeres, especialmente á las muy predispuestas á la maternidad, es allí, justamente, donde más gustan de ser acariciadas? ¿No hay en todo ese poderío lujuriante de los senos, que alimentan la vida del recién nacido, como «una voz de la especie»...?

En esto pensaba Juan Thom, y al mismo tiempo sentía un desasosiego extraño y doloroso, que era como una amenaza, como el presentimiento de un peligro que iba acercándose. Empezó á monologuear:

«Si Marta fuese novia mía y cualquiera de estos barbarotes la faltase al respeto de obra ó de palabra, ¿qué iba á hacer yo?...»

Y al sentirse obligado á responder á esta pregunta, la idea de que era pequeñuco, raquítico y débil, le hirió en su dignidad de hombre y de amante como un cuchillo.

El jockey acababa de vaciar su botella, cuando el peligro esperado llegó. Un parroquiano, que había pedido un bock de cerveza, trabó conversación con Marta: era un individuo barbirrubio, vestido con traje de pana, que reía groseramente. La joven quiso marcharse, pero su interlocutor la retenía por el delantal, y los ojos de los amigachos que trasegaban con él ardían en deseos. De pronto, aprovechando un momento en que el señor Gustavo se hallaba vuelto de espaldas al salón, el individuo del traje de pana extendió un brazo y su mano torpe, hambrienta cual una garra, se crispó gozosa sobre el seno de Marta. La moza dió un grito, y Juan Thom, fuera de sí, penetró en la taberna. Con la agilidad de un gato se lanzó sobre el insolente.

—¡Canalla!—gritó.

Al sentirse agredido, el borracho se puso de pie, esperó á que el jockey repitiese su acometida y luego, de un solo puñetazo, le tiró al suelo, hecho un ovillo, á los pies de Marta. Afortunadamente para Thom, el señor Gustavo acudía á su defensa: adivinaba lo ocurrido.

—¡Trueno de Dios!...

Las sílabas del juramento favorito del buen pueblo francés pasaron silbando por entre sus dientes, que crispaba la cólera. El borracho trató de defenderse, pero su resistencia fué vana: el tabernero le cogió por las solapas con una mano, para asegurar bien el golpe que iba á darle con la otra, y en seguida, de un puñetazo recto y seguro le lanzó hasta la terrasse con la cara rota y bañada en sangre.

Aquella noche Juan Thom cenó con el señor Gustavo; Marta comía con ellos, pero á cada momento se levantaba para servirles. Los dos hombres comentaron el lance, machacando pesadamente sobre los mismos detalles: Juan Thom acababa de vaciar su botella y se hallaba en la terrasse, de cara á la taberna y mirando á Marta; el señor Gustavo estaba detrás del mostrador y dando la espalda al salón; en aquel momento...

—Pues si no acude usted tan á tiempo—declaró el jockey con llaneza simpática—, ese tagarote da fin de mí.

—¡Vaya!... Pero conmigo la criada le salió respondona. ¿Eh?... ¡Tengo los puños muy sólidos! Al que yo le trabe por el cuello, ya puede despedirse de su familia...

Hablando así, el tabernero reía á carcajadas, con una violencia tonante que hacía vibrar la cristalería de los armarios. Bruscamente, reconociendo al jockey humillado, se interrumpió para decir:

—¡Caramba! ¡Pero usted es valiente!

Juan Thom, modestamente, bajó los ojos. El señor Gustavo repitió:

—¡Ya lo creo! Es usted un bravo... Porque hay que considerar que usted no tiene fuerza... que á usted, de un estornudo, se le tira al suelo...

Y como el jockey no contestase, Marta repuso:

—Sí; el pobre no ha podido hacer más... ¡Pero, como es tan pequeño!...

Thom miró á la joven y su mirada fué una lágrima. Marta, que era más alta que él, le compadecía. Nunca se sintió el infeliz más insignificante que entonces.

Después entraron dos parroquianos, y el señor Gustavo, que ya había cenado, fué á servirles. Juan Thom bebió solo su café. De cuando en cuando suspiraba y miraba al espacio fumando su pipa. De pronto experimentó cierto dulce alivio. Acababa de sorprender á Marta observándole desde detrás del mostrador, por encima del periódico que aparentaba leer atentamente.

V

Una mañana, al despertar, Juan Thom se preguntó:

—¿Por qué estoy tan triste?

Era, efectivamente, la suya una melancolía antigua y de honda raigambre que le había mordido reiteradas veces, pero sin que él supiese que aquello tan profundo, tan frío, que le robaba todo voluntario impulso y le explicaba la voluptuosidad de morir, se llamaba así: tristeza.

Mientras se vestía, el pequeño Thom volvió á interrogar á su conciencia á propósito de aquel malestar que iba invadiéndole poco á poco como una ola amarga; y al hacerlo fué en alta voz, cual si alguien que no fuera él mismo hubiese de responder á su pregunta:

—¿Por qué estoy tan triste?

No era la nostalgia de hallarse expatriado, ni la de ser feo, ni la de vivir pobremente, á pesar de lo mucho que llevaba trabajado: era algo más, otra cosa... ¿Qué podría ser?... Hasta que su desasosiego innominado tuvo un semblante y un nombre. Aquella revelación fue inesperada y deslumbrante, como obra de embaucamiento ó de hechizo.

—Estoy enamorado de Marta...—pensó con estupor Juan Thom.

Y era así: en las almas los movimientos se generan y hállanse sometidos á las leyes mecánicas que gobiernan el dinamismo de las máquinas. En éstas, por ejemplo, el impulso que hace resbalar unos sobre otros los engranajes de tres ó cuatro ruedas pequeñas, se comunica á lo largo de las correas de transmisión á otros engranajes más grandes, y de éstos á otros mayores aún, y al cabo á un volante gigantesco y de tremendo vigor que, al alimentar con su trabajo la vida de la fábrica, reasume y expresa las energías que todas las ruedas, árboles, émbolos, engranajes, distributores y correas, desarrollaron antes que él. Lo mismo ocurre en las almas, donde no es raro que todo cuanto en ellas dejó la herencia, el temperamento, la educación, el ejemplo y demás factores que cooperan á la formación de los caracteres, bruscamente se aúne, y los sentimientos que antes parecían antagónicos, luego se fundan para correr por el mismo cauce y componer una solitaria y todopoderosa corriente.

Esta transformación sorprendente y maravillosa como mutación de comedia de magia fué la que, en el curso rapidísimo de una noche, varió el alma sencilla de Juan Thom. El, poco acostumbrado á la meditación, había vivido ignorante de sí mismo y alejado de su propia conciencia: él, que nació inclusero, experimentaba, por atavismo sin duda y sin saberlo, la nostalgia de la madre y del padre que no conoció; él, inadvertidamente, acaso padecía también la melancolía de envejecer lejos de su patria, la ausencia total de afectos entrañables, la inanidad desesperante de la gloria, el aterido cansancio de una existencia que ya declinaba y aún no tenía rumbo, el espanto de tumba de las almas que caminan solas. Y repentinamente, estas desilusiones secretas, que correspondían á otros tantos deseos, se fundieron en un brusco anhelo; impulso único, despótico, rectilíneo.

Según las arterias recogen toda la sangre de los vasos capilares, ó como un río cosecha las aguas todas de la cuenca hidrográfica donde nace, así las ilusiones, las desesperanzas, los arrebatos, los recuerdos, cuanto el espíritu de Juan Thom había vivido y esperaba vivir aún, se sintetizó y mezcló en un gesto que tenía un nombre de mujer: Marta. Y ya no pensó mas que en aquello: era indispensable acercarse á ella, conquistarla: allí estaba el norte seguro de sus alegrías, el remedio inefable de todos sus despechos.

Y Juan Thom, mientras terminaba de anudarse la corbata delante del espejo, afirmó decidido:

—Sí, por eso estoy triste; porque estoy enamorado de Marta y yo no lo sabía...

La tarde en que el jockey se resolvió á declarar su cariño á la joven, ésta le oyó sin inmutarse, con esa frialdad que inspiran las confesiones poco deseadas y que se han visto llegar lentamente.

—Por mí—dijo—no hay inconveniente; usted me parece un hombre bueno... eso es lo principal. Pero necesito saber la opinión de mi padre: yo no hago nada sin su consentimiento.

—En tal caso—repuso Juan—, hablaré con él...

—Como usted guste.

La conversación de Juan Thom con el señor Gustavo se redujo á una cuestión de números: la dote de Marta no llegaba á quince mil francos. Juan, por lo visto, no tenía mucho más, y con treinta mil francos nadie se establece decorosamente. Tímidamente Juan insinuó sus deseos, cada día más notorios, de retirarse al campo. El tabernero le interrumpió: Marta, acostumbrada al bullicio alegre de París, no querría vivir en un pueblo, y menos separada de su padre.

—Yo no la he interrogado acerca de esto—terminó—; pero la conozco y creo que no accederá...

Ante el señor Gustavo, saludable, hercúleo, casi rico, con el crédito que le daba un negocio boyante y la obediencia de la mujer amada, el pequeño Thom se sentía anonadado y minúsculo, ¡Y si él hubiera podido oponer á las exigencias, un tanto impertinentes, de su presunto suegro, la afirmación de que Marta le quería!... Pero la joven se lo había dicho bien claramente: «Yo no hago nada sin consentimiento de mi padre». No tenía, por tanto, armas con qué luchar y debía someterse á lo que la parte enemiga decidiera.

—Y, más tarde—prosiguió el tabernero triunfante—, cuando vengan los hijos, ¿qué harían ustedes?

El jockey, sin levantar los ojos del suelo, movía la cabeza reconociendo con aquel signo afirmativo que el señor Gustavo tenía razón.

—Trabaje usted algunos años más—concluyó el tabernero—, y ya veremos. Mi hija todavía no necesita casarse. ¿Sabe usted qué edad tiene?...

—Tendrá... ¿veinte años?

—Diez y nueve nada más. Es demasiado joven.

—Sí, ella es joven—repuso Thom suspirando—; ella puede esperar... ¡ya lo creo!... Pero yo, no; yo voy siendo viejo...

A pesar del resultado negativo de aquella primera gestión, Juan Thom continuó yendo á la taberna casi todas las tardes. Una veces cenaba allí y luego, mientras bebía su café y fumaba dos ó tres pipas, se abismaba en la lectura de un periódico; otras, en que tenía prisa, tomaba un bock y se iba. Marta, en pie delante de él, las manos metidas en los bolsillos de su delantalito blanco festoneado de encajes, le despedía con una sonrisita amable.

—Buenas noches, señorita Marta.

—Buenas noches, señor Thom; hasta mañana.

Esta despedida trivial en que había como un deseo de volver á verle, consolaba al jockey.

—Si no volviese—se decía—creerían que me consideraba ofendido y hablarían mal de mí.

Los lunes, que eran días de poco trabajo, el señor Gustavo y su hija cenaban con él. El tabernero era muy aficionado á las carreras de caballos, en las que todos los domingos arriesgaba tres ó cuatro luises. La amistad del pequeño Thom le había sido muy útil; gracias á él llevaba ganados en aquellos dos últimos meses más de seiscientos francos, y esto le inspiraba un fuerte agradecimiento hacia el jockey.

—¿Cómo se las arregla usted—decía—para conocer tan perfectamente la condición de cada caballo? Si yo poseyese tal habilidad, le aseguro á usted que, antes de llegar á viejo, era millonario.

Inmóvil y pálido como una figura de cera, Juan Thom replicaba guiñando los ojillos.

—Ese es un don que no se adquiere en ninguna parte. Yo no «estudio» al caballo que voy á montar: yo lo «adivino»...

Hablaba de Rick, que era su pasión, su orgullo: describía su complexión, su color, la expresión de su mirar, su aliento soberano.

Para distraer á sus interlocutores y convencerles de que los mejores caballos son los alazanes obscuros ó tostados, refirió una historia que oyó contar, siendo niño, á su amo y maestro don Pedro del Real.

Decía la leyenda que cierto cheik ciego iba guiado por su hijo, huyendo de un tropel de furiosos enemigos. «—Hijo—preguntó el cheik—, ¿qué caballos montan nuestros perseguidores?—Caballos blancos, padre.—Entonces, llevémosles por donde haya sol, porque bajo el sol se derretirán como si fuesen de nieve...» Transcurrieron así varias horas, pasadas las cuales tornó á preguntar el cheik: «—Hijo, ¿cómo son los caballos que oigo galopar detrás de nosotros?—Son negros, padre.—Pues procura llevarlos por terreno áspero, porque á fuer de casquiblandos se romperán los cascos en el suelo...» Pero luego, como sintiese el anciano jefe que el estrépito de sus acosadores resonaba más cerca, volvió á informarse con inquietud del color de los caballos que montaban, y al saber que eran alazanes exclamó: «En tal caso, lo mejor es ocultarnos y dejarles pasar. De lo contrario, somos muertos».

—Y así es Rick—concluyó Juan Thom—como esos caballos árabes que corren sin sudar, durante todo un día, bajo el sol del desierto.

Proseguían charlando hasta las nueve y media ó las diez de la noche, hora en que el jockey, que necesitaba madrugar, se retiraba. Al marcharse, el tabernero, más afectuoso que antes, le acompañaba hasta la puerta, mirándole con ojos de enternecimiento y simpatía que parecían decirle: «No crea usted que he olvidado la conversación que tuvimos una tarde: mi hija y yo pensamos en usted».

Una noche el señor Gustavo y Marta invitaron á Juan Thom á cenar; los dos parecían preocupados y hablaron poco. A los postres el bordelés preguntó:

—Diga usted, amigo Juan: ¿usted tiene mucha confianza en Rick?

—Tengo más confianza en él—repuso gravemente el jockey—que en mí mismo.

Hubo un largo silencio que desconcertó á Thom. Aquella pregunta inesperada acababa de precipitarle en un abismo de dudas. Los dos hombres se miraban, fumando sus pipas: Marta leía un periódico. El señor Gustavo fue quien habló primero:

—¿Rick no ha sido vencido nunca?

—Jamás—repuso Thom, cuyos ojuelos llamearon de soberbia.

—Es que el mejor caballo, en un momento cualquiera puede flaquear... despistarse...

—¡Pero éste no!—interrumpió Thom orgulloso y magnífico—: yo respondo de él. ¡Rick, bajo mis rodillas, es invencible!

En aquel instante el pequeño jockey aparecía transfigurado y mejorado: su perfil simiesco temblaba de emoción colérica. Marta había dejado de leer y fijaba en él una mirada rectilínea de curiosidad y de sorpresa.

El señor Gustavo descargó un formidable puñetazo sobre la mesa, y levantando mucho la voz, en una sincera explosión de generosidad:

—Pues, si es así—dijo—, Marta juega los quince mil francos de su dote á Rick... ¡Y se casan ustedes!

Un livor cadavérico cubrió las mejillas pecosas y enjutas del jockey, y mortal temblor sacudió su pobre cuerpo enano.

—¿Es verdad, Marta?—balbuceó—¿es verdad lo que dice el señor Gustavo?

Y la joven, sonriendo apenas, repuso:

—Sí, señor Thom: mi padre lo ha dicho... Juan Thom sintió que la emoción le ahogaba: el agradecimiento y la alegría arrasaron sus ojos en lágrimas y rompió á llorar.

—Gracias—tartamudeaba—, muchas gracias... Ya soy feliz... ya no dudo... ¡Marta será mía!...

Calló y, sin saber qué hacía, se puso de pie; pero en seguida tuvo que sentarse. Estaba deslumbrado: ante sus ojos acababa de pasar una gran luz.

VI

Las carreras del «Gran Premio», que se disputa sobre el turf de Longchamps, despertaban aquel año extraordinario interés. Se hablaba de una apuesta de quinientos mil francos pendiente entre el conde Narciso y un sportsman inglés dueño del Cromwell, que había ganado el premio «Diana» y era tenido por el corredor más fuerte de los hipódromos británicos. Los periódicos de sports aseguraban que la lucha entre Cromwell y Rick sería emocionante: era la primera vez que aquellos dos corredores, hasta entonces invencibles, iban á medir sus fuerzas. Muchos inteligentes votaban por Rick; otros, en cambio, decían que las facultades del llamado, por antonomasia, «el primer caballo de Francia», iban declinando, mientras Cromwell, más joven que su glorioso enemigo, alcanzaba la plenitud de su vigor.

Juan Thom, por su parte, no dudaba de la victoria, y á solas en la caballeriza con Rick le abrazaba y besuqueaba hablándole de su próximo combate, donde era necesario vencer, porque de ello dependía su boda con Marta.

—¡Si supieses cuánto la quiero!... Esa mujer puede hacerme dichoso, Rick; ayúdame á lograrla. ¿No te gustaría á ti verme contento?

Enternecido por sus propias palabras, el jockey sentía que su amor hacia Rick desbordaba, trocándose en gratitud honda y jugosa; Rick le escuchaba derribando las orejas hacia atrás, bajando la cabeza para que su jinete le rascase la frente; y luego alzaba el cuello poderoso, con un resoplido de ufanía.

De repente y como por ensalmo, la adversidad vino á destruir los planes de Juan Thom. A principios de Abril, mes y medio antes de verificarse las carreras del «Gran Premio», falleció el conde Narciso, y su hijo y heredero, con quien meses atrás el pequeño Thom había tenido un disgusto, despidió al jockey.

Aquella noche, Juan refirió llorando al señor Gustavo la desgracia que le abrumaba. Estaba fuera de sí. La pérdida de Rick le enloquecía, no porque el pan fuese á faltarle, pues el amo de Cromwell, apenas supo lo ocurrido, le mandó llamar, sino porque él amaba á Rick y parecíale que con éste le quitaban la historia de todos sus triunfos. En aquellos primeros momentos de pesadumbre desgarradora, el jockey no hablaba de su porvenir ni de su amor hacia Marta: sólo hablaba de Rick, que era su pasado; pasado magnífico, glorioso como una selva de laureles.

—Yo lo he visto nacer—decía llorando—, yo lo he amaestrado como ningún otro caballo lo fué... ¡es el fruto de todos mis estudios!... Sin él mi fama se derrumbará, porque ya he perdido las ganas de trabajar, y seré uno de tantos...

Era ya tarde, y el señor Gustavo, apenas se marcharon los últimos parroquianos, cerró la taberna. Después puso sobre la mesa del jockey tres «dobles» de cerveza, encendió con aire preocupado su pipa, y sentado á horcajadas en una silla, esperó. Marta observaba á Thom sin comprenderle, hallando un poco ridícula aquella pasión de artista. Pero las lágrimas del jockey habían emocionado el corazón meridional del tabernero.

—No hay que desesperarse—dijo—. ¡Trueno de Dios!... Usted, por lo visto, es de los hombres que naufragan en un buche de agua.

—¿Yo? ¿Porqué?... ¿Acaso no tengo motivos para desesperarme? ¿No comprende usted que este accidente destruye todos mis planes?...

—A eso voy. Yo le prometí á usted jugar á Rick los quince mil francos de la dote de Marta...

—Sí, señor.

—Pues yo no me arrepiento jamás de lo que ofrezco; de modo que si no los juego á Rick, los jugaré á Cromwell... Vaya... ¿está usted contento?...

Juan miraba al suelo sin contestar. Las palabras generosas del tabernero no parecían haberle alegrado. El señor Gustavo continuó:

—Yo tengo en usted confianza inmensa y me parece que no perderemos la apuesta, ¿eh?... Diga usted, creo que no la perderemos...

Hubo un silencio, durante el cual Marta miró ahincadamente al jockey, como subrayando con los ojos lo que acababa de decir su padre. Juan Thom permanecía inmóvil y callado; estaba muy colorado, su respiración era un jadeo, sus ojuelos azules se dilataban en el círculo de sus pestañas rojizas. Temblaban sus mejillas pecosas. Aquel silencio, que parecía disimular una duda, alarmó al tabernero.

—¿Usted ha visto á Cromwell?

Maquinalmente el jockey replicó:

—Lo he visto.

—¿Qué edad tiene?

—Siete años.

—¿Y es realmente un animal magnífico?

—Soberbio.

—¿Lo montará usted á gusto? ¿Se siente usted capaz de vencer con él?

Hubo otra pausa. El pequeño Thom se oprimía las manos una contra otra, haciendo crujir los dedos.

El tabernero se impacientó. Una nube de desconfianza sombreó su frente.

—Porque, debemos hablar clarito—exclamó—; si usted no está seguro de ganar... ¡qué diablos!... ¡no hay nada de lo dicho!

Y Marta, que sin duda pensaba con zozobra en que los quince mil francos de su dote podían perderse, agregó suavemente:

—Yo también soy partidaria de esperar; ¿no le parece á usted, señor Thom? Tendremos paciencia.

Estas palabras cautelosas de prudencia y desamor sacudieron el cuerpecillo del jockey, que miró á Marta fieramente. La joven parecía resignada, y la serenidad de su actitud ratificaba la decisión de su padre. Juan Thom sintió que aquel último baluarte de su felicidad se le escapaba también, y su orgullo de jinete y su cariño hacia Marta le devolvieron su vigor derrotado.

—Pueden ustedes apostar por mí—exclamó—; y no hablemos más de esto. ¡Cromwell vencerá!

Vacilante, el tabernero se atrevió á objetar:

—¿Y si se equivoca usted?

—No, señor.

—Sería horrible que usted, llevado de su buen deseo...

El jockey le interrumpió con un gesto vertical y magnífico de emperador.

—Repito que no me equivoco—dijo—; yo sé lo que prometo. Cromwell vencerá.

Durante los cuarenta días que faltaban aún para la celebración del famoso concurso hípico que marca la dispersión de la aristocracia parisina hacia las estaciones balnearias, Juan Thom dedicó todos sus afanes á la educación física y moral de Cromwell. Era un caballo negrísimo y de alzada gigantesca, fino de extremidades y de cuello; su cabeza, fea y grande, tenía un extraordinario poder; al andar había en todo su cuerpo un vaivén de agilidad suprema. El pequeño Thom pasaba los días junto á él, estudiando su condición, acostumbrándole á sus mañas, adiestrándole en aquellos esforzados ejercicios que mayor elasticidad y entereza podían dar á sus músculos, corrigiendo cuidadosamente la calidad de sus piensos. De noche, antes de acostarse, también iba á verle, mimándole, hablándole, procurando voluntariamente dedicarle aquel gran cariño paternal que sintió por Rick. Y había en este esfuerzo algo del empeño inútil que ponen las madres en consolarse, con el hijo que les queda, del hijo que se fué.

También trató de enseñarle aquel grito de guerra que hizo á Rick invencible:

—¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...

Pero este avatar misterioso no despertaba en Cromwell ninguna emoción. El jockey que desbravó á Cromwell, y pasaba por ser uno de los mejores caballistas de Inglaterra, ¿poseería también algún golpe ó palabra que tuviese la capacidad de desbocarle?... Esto era imposible averiguarlo, pues tales secretos los jockeys no se los dicen nunca, y Juan Thom se alivió considerando que el grito que trastornaba á Rick nadie lo sabía tampoco.

No satisfecho con perfeccionar las excelencias físicas y morales de su nuevo caballo, el veterano jockey, aprovechando cuantos detalles pudiesen cooperar al buen éxito de su empresa, construyó una fusta especial, á la vez ingrave y durísima, y mandó fabricar una silla que apenas pesaba dos libras y cuyas acciones de lana y seda tejió él mismo: y, finalmente, sometióse á nuevos masajes y á severísimos ayunos. Bien pronto apareció más pequeño, más flaco; su busto se encorvó; acentuóse la canal de su nuca; sus mejillas terrosas, maculadas de pecas, tenían la palidez de los cadáveres; su cabeza chata y puntiaguda de simio llegó á ser repugnante. Una tarde Juan Thom comprobó alegremente que pesaba menos de cuarenta y cinco kilos.

En la taberna del señor Gustavo no se hablaba mas que del «Gran Premio». La misma Marta parecía emocionada, como si aquello fuese más que un asunto de interés, una cuestión de amor propio. Todas las noches, después de cenar Thom, los novios hablaban un ratito. El señor Gustavo, para no estorbarles, cogía un periódico y se sentaba al otro extremo del establecimiento.

—¡Trueno de Dios!—pensaba—, bueno es que los muchachos vayan acostumbrándose el uno al otro.

Pocos días antes de las carreras, Marta se mostró más efusiva, «más mujer» que nunca.

—Mi padre—dijo—ha visto á Cromwell y está entusiasmado; le gusta más que Rick.

Y añadió confidencial, bajando la voz:

—Creo que, en lugar de quince mil francos, va á jugar veinte mil; todo lo que tiene. Si él llegase á decirle á usted algo, yo ruego á usted que no se dé por enterado.

El jockey hizo un ademán de asentimiento; estaba embelesado; aquella súplica inocente le había parecido dulce como una caricia. El, por su parte, vació en Marta su corazón.

—Yo también apostaré á Cromwell todas mis economías: treinta mil francos. No es mucho... pero... ¡no tengo más!...

Ella, cariñosamente, le llamó «ambicioso». Con cincuenta mil francos y un poco de orden podían abrir una taberna, ó una tiendecita de sombreros para señoras, y vivir tranquilos.

—Yo—concluyó—aprendí cuando niña el oficio de sombrerera y me gusta mucho.

Oyéndola Juan Thom entornaba los párpados, sintiendo que á la felicidad se la ve mejor con los ojos cerrados.

Luego, tímidamente:

—¿Por qué no nos vamos á España, á un pueblo...? ¡Oh! Tengo tantos deseos de vivir en el campo...

Marta le interrumpió, y hubo en la seca displicencia de su gesto una gran crueldad.

—No, eso, no. A mí no me gusta el campo, no piense usted en el campo. Yo no quiero salir de París.

Cuando Juan Thom se fué, la joven le acompañó hasta la puerta.

—Adiós, Marta; mañana vendré temprano.

—Adiós, señor Thom.

El se alejaba, volviendo á cada dos ó tres pasos la cabeza, y ella le saludaba con la mano. Al fondo de la calle había un farol, traspuesto el cual ya se perdía de vista la taberna. El jockey lo sabía y allí se detuvo. La luz caía aplomo sobre él, poniendo un nimbo lechoso á su figurilla mezquina y ridícula. Marta sonreía. Nunca el pequeño Thom la había parecido tan feo.

VII

Juan Thom consultó su reloj; las ocho; hora de cenar. Sin perder momento cerró cuidadosamente el armario de luna y miró á su alrededor, cerciorándose de que todo, dentro de su pulcro gabinete de soltero, quedaba limpio y ordenado. En el recibimiento recogió su sombrero, que acostumbraba á encajárselo bien sobre el occipital, como hacía en los hipódromos con su liviana gorrilla de jockey, y salió. Comenzó á bajar la escalera; sus pies calzados con botas de charol, pies enjutos, pequeños como los de un niño, rozaban delicadamente los peldaños alfombrados.

Al llegar al portal le entregaron una tarjeta roja con filetes dorados, que olía á heliotropo. En el fondo bermejo y satinado del cartoncillo aparecía en caracteres blancos, de la más fina escritura inglesa, un nombre de mujer: Ana María.

—Esta tarjeta—dijo la portera—debe de haberla traído la misma interesada. ¿La conoce usted?

El jockey alzóse de hombros, ingenuo y desdeñoso.

—No recuerdo.

—Vamos, señor Thom, no sea usted hipócrita...

A la insinuación maliciosa de la portera, sonriente, el diminuto Thom opuso un gesto escéptico y triste.

—Demasiado sabe usted que las mujercitas no me preocupan.

—Ya lo sé, señor Thom...

Y al reconocerlo así, la buena mujer, que había tenido varios hijos, suspiró y miró á su inquilino con esa sincera piedad que inspiran á las madres de familia los hombres que llegaron á viejos sin haber sido amados. Agregó:

—Si quiere usted esperar á esa señora... dijo que volvía en seguida, que tuviese usted la bondad de aguardar un poco...

Juan Thom examinaba la tarjeta perplejo, con ese aire idiota que adquiere el semblante del hombre á quien le dan á leer un libro escrito en un idioma que no comprende.

—No sé...—murmuró suspirando—no sé... ¿Y si tarda?

En aquel momento penetró en el portal, llenándolo con el frufruteo perfumado y alegre de sus faldas, una mujer alta y rubia, hermosa, con hermosura imponente y llamativa, bajo las alas ondulantes, artísticamente complicadas, de un enorme sombrero blanco. Una blusa color salmón, con mangas transparentes de encaje, ceñía apretadamente su busto magnífico, á la vez flexible y pomposo. Tenía los ojos azules y grandes, la nariz corta; en el óvalo del rostro carnoso, «maquillado» como el de una actriz, los labios retocados exageradamente de carmín, pintaban un clavel sangriento. Avanzó resuelta, segura de agradar.

—¿El señor Thom?...

—Servidor de usted.

—Esta tarde tuve el honor de dejarle mi tarjeta... deseaba hablar con usted.

—Estoy á sus órdenes, señora; si quiere usted molestarse en subir á mi cuarto...

Ella le examinaba curiosamente, sorprendida de que aquel hombrecillo, que en los hipódromos parecía llevar á la Fortuna bajo las rodillas, fuera, visto de cerca, tan mezquino y tan feo.

—No—dijo—, podemos dar un paseo: mi automóvil nos llevará adonde usted guste.

Salieron. En la esquina más próxima esperaba el automóvil de Ana María; un soberbio «Renault» pintado de amarillo, trepidante, amenazador en el nimbo rojizo de sus focos encendidos. La joven subió la primera, y al apoyar su pie sobre el estribo, todo su cuerpo espléndido tuvo una larga oscilación voluptuosa. Cerca de ella se acomodó Juan Thom; sus pies apenas tocaban al suelo; en la amplitud del vehículo, el pequeño jockey, con su rostro anémico y flaco y su sombrero metido hasta el cogote, daba la impresión de un niño enfermo.

El «Renault» de Ana María rodaba silencioso y pausado sobre los densos pneumáticos de sus ruedas.

—¿Hacia dónde quiere usted ir?—preguntó la joven.

—Me es igual—repuso Thom cortésmente—; dirija usted.

—No... porque no querría turbar el plan que se hubiese usted trazado para esta noche. ¿Usted no ha cenado todavía?

—No, señora.

—¿Quiere usted cenar conmigo?

El jockey iba á responder afirmativamente, pero la imagen de Marta, con sus ojos grandes y honrados, revivió de súbito en su memoria y aquel recuerdo le intimidó y turbó como una acusación. Empezó á balbucear:

—Con mucho gusto... sí... pero... me había comprometido... una familia, con la que no tengo confianza, me espera, y...

La aventurera comprendió; lo único que puede separar á un hombre de una mujer, es otra mujer... y sonrió, hallando muy cómico que el pequeño Thom estuviese enamorado.

—Es igual—dijo—; otra noche será. ¿Dónde le aguardan á usted?

—En la calle de... Es muy lejos; más allá de Neuilly...

—No importa; para los automóviles no hay distancias.

Sus dedos finos y blancos, ricamente enjoyados, repicaron frívolos sobre los cristales delanteros del vehículo. El chauffeur volvió la cabeza, y sus ojos negros, llenos de vehemencia moza, miraron á la joven osadamente, cual si en ellos persistiese aún la impresión de haberla visto desnuda alguna vez... en una noche de aburrimiento quizás...

Ana María gritó:

—¡Hacia la puerta Maillot!

Después, volviéndose confidencial hacia el jockey, agregó:

—Lo que necesito comunicarle se dice pronto; yo creo que llegaremos á entendernos...

Rápidamente demostró conocer la historia artística de su interlocutor durante aquellos dos últimos años. Juan Thom sonreía, asombrado y contento. Ella le citó nombres de caballos célebres, le habló de Rick y de sus éxitos más notables; su conversación fácil, en la que barajaba familiarmente nombres de jockeys y de sportsmans célebres, probaba que Ana María conocía perfectamente la vida íntima de los hipódromos. Las carreras de caballos la exasperaban, y en ellas había disipado y rehecho su fortuna varias veces. Aquella pasión insensata la arrebató sus amantes más generosos, que la dejaron, cansados de malgastar dinero. El año anterior había perdido cerca de medio millón de francos. También habló de Cromwell.

—El objeto principal de mi visita—añadió—es saber, pero con fijeza absoluta, si usted está seguro de triunfar con Cromwell en las próximas carreras del «Gran Premio».

El rostro de Juan Thom adquirió bruscamente una expresión cerrada, impenetrable.

—No puedo—dijo—dar á su pregunta ninguna contestación concreta. Todos los jockeys peleamos sobre el turf con absoluta buena fe; usted lo sabe... Hacemos cuanto podemos, cuanto sabemos... pero no es lo mismo tener «la esperanza» de vencer, que «la seguridad» de vencer...

Ana María le interrumpió con una sonrisa callada, suave, acariciadora como el roce de un terciopelo.

—Todas esas son «palabras...», señor Thom, y yo no me doy por satisfecha con tan poco. Necesito y merezco saber más. Sea usted franco; no tema usted. Yo soy la querida del marqués de Laverie... el propietario de Cromwell.

La sorpresa agudísima que crispó las facciones del jockey dibujó sobre los labios acarminados, lascivamente prometedores, de Ana María, una nueva sonrisa.

—Ya ve usted—concluyó—que no está usted tratando con una persona extraña.

Prosiguió hablando con aquella voz persuasiva y blanda—voz de alcoba—rica en desmayos y cadencias de amor, que tan alto y penetrante merecimiento daba á sus palabras. Ella estaba resuelta á jugarse en las próximas carreras todas sus economías: ciento cincuenta mil francos. ¿Pero, á cuál de los dos principales corredores? ¿A Cromwell... á Rick?...

Había cogido entre sus manecitas hadadas la diestra flaca y dura del jockey.

—Prescinda usted por un momento—murmuró—de su orgullo de jinete. Ya sé que pido mucho... Los artistas, y usted lo es, antes que hombres son artistas... Pero no olvide usted que, si es usted bueno para mí, yo sabré ser muy indulgente y muy generosa con usted...

Calló para mirarle de frente, y en sus largas pupilas azules había un infinito de amor. El pequeño Thom tembló y sus mejillas pecosas se colorearon ligeramente, Balbuceó:

—Siga usted...

—Yo necesito saber—continuó Ana María—si Rick ha sido invencible porque usted lo montaba, ó si, por el contrario, usted ha sido invencible porque montaba á Rick. Si lo primero, yo apuesto por Cromwell; si lo segundo, apuesto por Rick.

Había rodeado con uno de sus brazos semidesnudos el cuello delgado de Thom, y le atraía hacia sí, ofreciéndole apoyo y generoso descanso en la ampulosidad de su seno odorante y magnífico. Transtornado Juan Thom, iba á condenar á Rick, pero se contuvo.

Rick—dijo—vale mucho.

—¿Y vencerá?

—No, señorita. Vencerá Cromwell.

—¿Por qué?

—¿Y para qué quiere usted saber la razón?... Conténtese usted con estar segura de que la victoria será mía... nuestra...

Y repentinamente, como si tuviese prisa en quebrar aquel hechizo sensual en que la joven iba envolviéndole, añadió:

—Yo tengo novia, señorita... y mi novia, con quien pienso casarme este verano, juega toda su dote á Cromwell.

Esta confesión varió el rumbo del diálogo, cual si á partir de aquel instante la imagen de Marta se hubiese instalado entre ambos interlocutores separándoles. Fué la conversación leal, íntima, sin asomos sensuales, de dos amigos que se unen para realizar un buen negocio.

—¿Ganaremos, señor Thom?

—Ganaremos, señorita; no lo dude usted. El automóvil se detuvo. Ella preguntó:

—¿Hemos llegado?

El jockey miró al través de los cristales y reconoció aquel farol desde donde se perdía de vista la taberna de Marta.

—Sí—repuso—, hemos llegado.

Apeóse del vehículo, y sus manos esqueléticas estrecharon cordialmente las manecitas cariñosas de Ana María.

La joven exclamó:

—Después del «Gran Premio» búsqueme usted. Quiero que su mejor regalo de boda sea el mío.

VIII

Llegó la tarde en que los mejores caballos de Europa iban á disputarse los cien mil francos del «Gran Premio». Una muchedumbre cosmopolita y aristocrática llenaba el perímetro enorme de Longchamps: las avenidas que conducen al hipódromo retemblaban bajo las ruedas fugitivas de millares de coches; los automóviles y los vehículos á la Dumont atronaban el Bosque con el agrio clamoreo de sus trompetas; los trajes claros de las mujeres endomingadas pintaban alegres manchas rojas y blancas sobre el fondo verde de los árboles; un murmurio inmenso de voces invadía el espacio; la luz cegaba; en el cielo azul las banderas tricolores flameaban brillando jubilosas bajo la caricia fulgurante del sol.

La prensa de aquella mañana había soliviantado el ánimo de la multitud que frecuenta los hipódromos. Varios periódicos, entre ellos Le Journal, apostaban por Rick y recordaban su historia; aquella historia sin derrotas por la que mereció ser llamado «el primer caballo de Francia». En cambio, el diario Les Sports votaba por Cromwell y publicaba su retrato. Esto enardecía al público, y sobre el turf de Longchamps las apuestas se multiplicaban, equilibrándose.

Ante el palco del presidente de la República, y bajo el ávido mirar del mundo elegante de las tribunas, los caballos iban y venían inquietos, mirándose con ojos recelosos y ardientes, esperando entre azorados y coléricos el momento del combate.

A lo largo de la cuerda la multitud se apiñaba impaciente, codeándose, levantándose curiosa sobre las puntas de los pies. En lo alto de los coches que ocupaban el centro del turf oscilaba una muchedumbre de sombrillas blancas y bermejas; la brisa, al ceñir al cuerpo de las mujeres los finos trajes vernales, dibujaba indiscreta ampulosidades llamativas.

La aparición de Cromwell fué saludada con nutridos aplausos por un grupo de ingleses. Juan Thom, impávido bajo su gorrilla roja, paseó sobre aquellos millares de cabezas una mirada de indiferencia y desdén, y apenas correspondió á la sonrisa confortante que Marta y su padre le dirigieron desde una tribuna. Sus piernecillas, metidas en prietos calzones blancos de punto, oprimían como en un crispamiento el lomo soberbio del caballo; el busto blandengue se encorvaba dentro del prestigio de la blusa sangrienta, cuyo arrebatado color exageraba la demacración amarillenta del rostro.

Juan Thom estaba triste. En aquellos últimos días, y bien á despecho suyo, había pensado mucho en Rick: él recordaba que su querido caballo, la víspera de las grandes carreras, se mostraba impaciente, sobresaltado, como si le mordiese un presentimiento. Entonces era cuando él le acariciaba, le decía palabras amistosas, le explicaba que estaba enamorado de Marta y que necesitaba á todo trance casarse con ella. Pero aquella unión rara y dulce pasó, y los que fueron como hermanos, ahora, por un vaivén clownesco de la suerte, eran enemigos.

Un problema terrible atenaceaba en tales momentos el alma del jockey.

—Si gano la carrera—pensaba—me caso con Marta y aseguro mi porvenir, mi felicidad. Pero si Cromwell vence, Rick, que es mi pasado, mi historia y también mi presente, pues lo que soy no es más que el reflejo de lo que fuí, queda deshonrado... y ya no será tenido por «el mejor caballo del mundo...»

Y, por primera vez, dentro del alma genial de Juan Thom, el artista y el hombre se encontraron frente á frente.

Los franceses, á quienes disgustaba tener á su jockey favorito combatiendo á Francia sobre un caballo inglés, le dirigieron algunos denuestos; y el pequeño Thom, impasible y pálido como un muñeco de cera, consideraba que quienes le inculpaban tenían razón y que la lucha que iba á emprender bajo los auspicios del pabellón británico era una falta de patriotismo. Desde la tribuna primera, Ana María, espléndida, vistosísima entre la nieve de su sombrero y de sus encajes, le saludaba recordándole lo prometido.

Un grupo de corredores se acercaba. Tras ellos iba Rick, solitario, inquieto, aislado de todos por su poderosa personalidad. Al ver á su antiguo jinete, el noble caballo relinchó, y su relincho extraño parecía decir que aquella tarde la historia gloriosa de uno de los dos quedaría rota. Los ojos de Juan Thom se llenaron de lágrimas.

Ya los jockeys habían sido pesados. La carrera iba á empezar. El juez de salida, el de campo y el de llegada, ocupaban sus puestos. Los espectadores se estrechaban á lo largo de la pista, poniéndose sobre las puntas de los pies, estirando el cuello, no queriendo perder ningún detalle de aquel instante, breve y magnífico, del «arranque». En la amplitud verde del hipódromo la muchedumbre osciló como una ola inmensa.

El momento había llegado. Los jockeys, vestidos unos de amarillo, otros de azul, ó de verde ó de rojo, procuraban domeñar la impaciencia fugitiva de sus cabalgaduras para colocarlas en la misma línea. Pero la operación era difícil, porque los ardientes animales no sabían estarse quietos. Poco á poco, sin embargo, iban reduciéndolos á la obediencia. Hubo, al fin, un momento en que el juez de salida creyó que estaban bien formados. Entonces vibró una campana: los caballos partieron...

Al principio, todos avanzaron juntos, formando una masa palpitante y terrible. Corrían con el vientre cerca del suelo, los ollares hinchados por la cólera, los cuerpos alargados y como dislocados en una contorsión tetánica de todos sus músculos. Los jockeys, en pie sobre los estribos para pesar menos, les estimulaban atacándoles sañudamente con las espuelas y golpeándoles con sus fustas rellenas de plomo.

Pero en seguida comenzaron á distanciarse: uno de ellos, al arrancar, se amorró demasiado y rodó por el césped; otro, cuyo jinete trató de «hacerle el juego» á un compañero, se despistó y quedó fuera de combate. Los demás continuaron.

Bien pronto Rick, que había tomado la cuerda, ocupó la delantera, huyendo con aquel correr suyo poderoso y tranquilo, como el vuelo de las águilas. Junto á él iba Cromwell, menos corpulento que su enemigo, pero corajoso y ardiente como Al-Borak, la yegua hadada que llevó á Mahoma, en el espacio de una noche, desde la Meca á Medina...

La lucha entre ambos animales, verdaderos modelos de energía y de voluntad, era asombrosa. En el segundo tercio de la carrera, Juan Thom, que se había limitado á impedir que Rick se le adelantase, alzóse sobre los estribos y comenzó á fustigar furiosamente las ancas de su cabalgadura; sus espuelas cruzaron los hijares palpitantes del animal de líneas rojas. Cromwell, enardecido por la cólera del dolor, aventajándose á sí mismo, adelantó más... más...

Durante algunos segundos, Cromwell y Rick pelearon sin sacarse ventaja, y sus jockeys sentían el calor magnético de los millares de miradas que les perseguían acosadoras. Momento magnífico. Iban pálidos, sudorosos, jadeantes, medio ahogados en la velocidad asfixiante de la carrera. Al fin, y bajo la fusta incansable de Thom, Cromwell avanzó... avanzó lentamente... semejante á un águila que volase á ras de tierra...

Un grito formidable atronó el espacio.

—¡Pierde Rick!—exclamaron millares de voces—¡Rick pierde!...

Francia iba á quedar vencida; los ingleses aplaudían. Juan Thom miró de reojo y vió junto á su rodilla la querida cabeza de su caballo, que parecía llorar despidiéndose de él para siempre, en la vergüenza irremediable de la derrota. Aquella mirada inteligente y desesperada traspasó el alma del jockey; Juan Thom pensó lo que hacía estaba mal hecho, porque iba á destrozar la larga historia triunfal de Rick, y Rick no era responsable de que Ana María quisiera rehacer su fortuna, ni de que él se hubiese enamorado de Marta, ni de que la dote de Marta fuese tan pequeña...

Una vez más el artista vencía al hombre, y entonces Juan se olvidó de sí mismo, de su amor, de sus treinta mil francos... y echando el cuerpo fuera de la silla lanzó aquel alarido extraño, gutural que hacía á Rick invencible.

Los dos corredores enfilaban el jalón de distancia plantado cien metros antes de llegar á la meta.

—¡Gruiiii!—gritó el jockey—¡gruiiii!...

Y Rick, fuera de sí, bebióse la brida y brincó, dejando atrás á Cromwell, arrastrando así sañudamente por el suelo, como si fuese un cuerpo muerto, todo el porvenir de Juan Thom.

No obstante, aquella tarde, al volver de Longchamps entre la curiosidad de la muchedumbre que le miraba con un poco de lástima, la frente triste del pequeño Thom era noble y altiva como la de un rey.

Madrid.—Mayo, 1909.

EL COLLAR

I

Había terminado el primer acto, y Enrique Darlés, llevado de su curiosidad provinciana, descendió al foyer. Quería asimilarse pronto el alma grande y abigarrada de la urbe, ver muchas cosas, afirmar su personalidad ante la renovación de tantas emociones nuevas, sentir cómo todo Madrid iba pasando bajo la suela de sus zapatos andariegos.

Momentos antes, desde su vulgar asiento de «paraíso», el teatro Real, con su amplio patio de butacas y sus palcos anegados en la llovizna fulgurante de centenares de lámparas eléctricas, habíasele ofrecido cual un raro jardín; especie de ramillete enorme donde los cintillos diamantinos que adornaban las femeniles gargantas, gotas de rocío parecían detenidas sobre pétalos monstruosos de sedas, de terciopelos joyantes y de epidermis desnudas. La intensidad de este espectáculo fué tan cautivadora, que apenas si logró percatarse de lo que la orquesta y los artistas iban diciendo. Las impresiones visuales derrotaban en su ánimo toda otra emoción, y miraba sin saciarse nunca. Aquel pensil humano exhalaba una fragancia extraña, un vaho adormecedor y sensual á esencias de heno, de jazmines, de musgo y de violetas parmesanas, á carnes bien lavadas, á finas ropas interiores. Y en el fondo del cuadro luminoso, resplandeciente como una apoteosis de opereta, las mujeres, con sus talles mimbreantes, sus hombros impúdicos expuestos á la voracidad analítica de los gemelos, sus semblantes risueños, embellecidos por esa placidez de expresiones que da la riqueza, sus cabecitas cuidadosamente peinadas, sus manos enjoyadas, que movían abanicos de plumas ante las gasas de los escotes...

Ganoso de examinar de cerca este mundo, Enrique Darlés descendió al foyer. Allí se detuvo, un poco avergonzado de sí mismo. Por primera vez hallaba ridículos su sombrero hongo pasado de moda, su trajecillo negro que le daba aspectos de seminarista, sus brodequines viejos y mal lustrados. Su corbata flotante, anudada con negligencia estudiantil, también era fea. A su alrededor pasaban hombres correctamente vestidos, con elegantes fracs de floridas solapas y levitas de impecable severidad, y damas que arrastraban majestuosamente la albura de sus faldas de moaré y de gro por la alfombra mullida y bermeja. Era aquella una sinfonía magistral de sedas, de brocados, de pieles fastuosas, de finos tarsos vislumbrados tras el misterio perverso de las medias caladas, de aderezos esplendorosos y de pulseras tintineantes, cuyos dijes repetían la canción de su oro sobre la morbidez armiñada de los antebrazos.

Aturdido, sin saber justificar su presencia allí, Darlés adelantóse á examinar un busto de Gayarre; busto broncíneo, de cabellos cortos y revueltos y enérgica actitud, que recuerda la figura de Otello. Una mano se apoyó familiarmente en su hombro. El joven volvió la cara.

—¡Don Manuel! ¡Qué sorpresa!

Era un caballero de mediana estatura, recio y un poco calvo. Representaba cincuenta años. Una crespa y abundante barba rubia cubría sus mejillas abultadas y felices, llenas de sangre. Vestía de levita. Sobre su nariz epicúrea, ancha y corta, temblaban unas gafas de oro.

—¡Muchacho!—exclamó—; ¿tú por aquí?

Muy colorado, sin saber por qué, Enrique repuso:

—He venido á ver esto...

Inconscientemente, con ese respeto que cuando niños aprendimos á tener á los amigos de nuestros padres, se había quitado el sombrero, que sujetaba con ambas manos á la altura del pecho. Además, don Manuel era diputado. Pero el prohombre le obligó á cubrirse.

—¿Y qué haces en Madrid?

—Estudiar.

—¿Derecho?

—No, señor: Medicina.

—¡Buena carrera! ¿Qué año cursas?

—El preparatorio.

Sonrió avergonzado. Comprendía que sus respuestas eran demasiado lacónicas y que no sabía hablar; y experimentó con más fuerza que antes la vejatoria sensación de hallarse mal vestido. Don Manuel miraba á su alrededor y había en su gesto impertinencia y desenfado. A cada momento murmuraba: «Estoy esperando á uno...» Luego reanudó su vaneo con el estudiante, interrogándole por su padre y por el cacique del pueblo. Invariablemente, á cada nueva interrogación, Enrique Darlés contestaba: «Todo está igual, todos siguen bien...» Y el diálogo volvía á interrumpirse.

Don Manuel preguntó:

—¿Vives en casa de huéspedes, verdad?

—No, señor.

—¿Cómo?

—He alquilado, en la calle de la Ballesta, un pisito tercero interior, que me renta trece pesetas mensuales, y como en una taberna de la misma calle.

—Veo que sabes vivir; así te ahorras el lidiar con patronas. Cuando conozcas bien Madrid, no habrá quien te haga volver al pueblo. Madrid es muy hermoso. Aquí, teniendo dinero, un hombre listo se divierte mucho.

Con ese tono confidencial que los necios y soplados adoptan para admirar á los individuos que estiman inferiores, don Manuel añadió:

—Mira: tú no eres un niño; yo, ¡qué diablos!... tampoco he llegado á viejo; por tanto, y ya que ese amigo á quien esperaba no viene, podemos hablar libremente. Yo... ¿comprendes?... tengo... un quebradero de cabeza...

Enrique hizo un signo afirmativo.

—Alicia Pardo, ¿la conoces?

—No, señor.

—Es muy popular entre la aristocracia de buen humor. Una hermosura espléndida. En el Casino la llamamos «Tacita de oro».

Repentinamente la expresión de sus facciones cambió: los ojos brillaron glotones y alegres; acentuóse el color congestivo de las mejillas y dió media vuelta sobre sí mismo, acariciándose la barba y ajustándose bien sobre la frente el sombrero de copa, con la petulancia del fatuo que se supone admirado.

El agudo y sostenido repiqueteo de unos timbres anunciaron que el segundo acto iba á empezar. Los espectadores refluían hacia el salón, y en la soledad del foyer, bajo la claridad blanca de los focos eléctricos, el busto de Gayarre parecía más alto. Don Manuel exclamó:

—Sígueme; te presentaré á mi amiga.

Y, refiriéndose á una mirada despavorida del estudiante, agregó:

—No importa que tu traje no sea de etiqueta. Te quedas en el antepalco.

Echó á andar con paso firme, preocupado en dar á sus movimientos soltura y flexibilidad juveniles. Sin responder palabra, Enrique Darlés le siguió, á un mismo tiempo gozoso y turbado.

Penetraron en una platea. Don Manuel murmuró:

—Bien, ¿eh?, hasta luego; desde aquí puedes oirlo todo.

Enrique no contestó; la representación había comenzado, y en el silencio hierático de la sala triunfaba el coro de una de esas dulces óperas italianas, cargadas, para todos nosotros, de recuerdos de infancia. Darlés levantó ligeramente uno de los pesados cortinajes que defendían el antepalco. De espaldas á él, y acodada sobre la barandilla de la platea, había una mujer joven, vestida de blanco. Las firmes caderas ondulaban lascivas bajo la brevedad pueril de la cintura; los hombros eran redondos y de armoniosa anatomía; sobre la nieve de la nuca desnuda, los cabellos rubios, casi rojos, fingían tonalidades leoninas; dos esmeraldas enormes temblaban, como gotas de ajenjo, en el rosado lóbulo de las orejas diminutas. Enrique Darlés advirtió que don Manuel y Alicia cambiaban algunas palabras. Seguidamente, ella volvió la cabeza con un movimiento curioso, lleno de gracia, y el estudiante recibió en los ojos el choque de dos pupilas grandes, verdes y luminosas, como animadas esmeraldas. Fué una mirada breve, pero inquisitiva y penetrante, que se resolvió en una expresión de desdén.

Tembloroso y con las mejillas abrasadas en rubor, Darlés dejó caer la cortina y fué á refugiarse al fondo del antepalco. Al principio quiso huir de allí, mas luego cambió de opinión, pareciéndole que marcharse sin despedirse era poco correcto. El creía que se fastidiaba, pero, en realidad, lo que tenía era miedo. No obstante, esperó. Lentamente el hechizo musical de la ópera fué invadiéndole, librándole de su propia conciencia. Desarrollábase uno de esos poemas románticos, completamente líricos, donde las figuras lo son todo: el ambiente, el marco que rodea á los personajes, lo objetivo, no existían allí. Temblaban sobre el suave y acordado plañir de los violoncelos gemidos de quebranto; apuntaban los violines agudos gritos de rebelión y arpegios de ufanía, y sobre el poema orquestal, rico, proteico, multiforme, como una alma, alzábase la voz del tenor, persuasiva y caliente, desgarrándose en un lamento inconsolable.

Enrique tornó á levantarse y á separar tímidamente los cortinones del antepalco. Su movimiento quedó inadvertido. Alicia estaba de espaldas á él, suspensa en el hechizo hadado de la representación, y su emoción fingía deslizar por entre sus omoplatos un estremecimiento de carne rosa. Alrededor de los cabellos, la intensa reverberación blanca de la sala prendía un nimbo tornasol. Repentinamente Enrique Darlés tembló; antes los ojos de la joven habíanle parecido dos esmeraldas, y ahora las esmeraldas que brillaban bajo la hoguera de sus cabellos creyó que le miraban como dos pupilas. Pero esta idea absurda duró poco; la orquesta languidecía en un «ritornelo» doloroso, y á lo largo del «motivo» capital las frases musicales se desgranaban abundantes, resbalando en escalas cromáticas, desde los tonos tiples á los más graves, alcanzándose, flagelándose, confundiéndose luego todas en un acorde de angustia inmensa. Y en aquel treno grandioso había abatimientos de desilusión y zozobras de esperanza, cansancios y anhelos, muecas y risas; la vida, en fin, trágica y filante, que se retorcía en la amargura de todo cuanto fué y ha de ser.

Enrique volvió á sentarse; una pena sin nombre oprimíale la garganta y sintió deseos punzantes de llorar. Su pasado y su presente desfilaron por su espíritu en velocísima visión cinematográfica. Su padre era viejo y tenía una botica que apenas le redituaba para mal vivir; y él, terminada su carrera de médico, debería regresar al pueblo, monótono y odioso. Allí, trabajando para devolver á sus progenitores cuanto de ellos recibió, marchitaría sus años mozos; ilusiones de amor, curiosidades de artista, lo más excelente de su alma allí quedaría enterrado. Luego se casaría y tendría hijos; después... su existencia trazaba un larguísimo camino recto, sin ondulaciones ni altibajos, perdido en la monotonía de un desierto. Saber lo que será de nosotros dentro de diez, de veinte, de treinta años, ¿hay algo más horrible?

El pobre estudiante se mesó los cabellos, y sus ojos se arrasaron en lágrimas. El hubiera querido ser rico, no tener familia y hallarse expuesto á los zarpazos, generosos en poesía, de lo imprevisto. Sin duda por sus venas corría sangre de conquistadores, de aventureros esforzados que realizaron hazañas preclaras y murieron en lejanos climas, y aquella estirpe belicosa dejó en él, con la afición al peligro, la melancolía infinita de acercarse á la vejez sin haber hecho nada diferente de lo que todos los hombres hacen todos los días. Terminar una carrera costosa, aburrida y difícil, para más tarde ganar un jornal, una mujer y un rincón: una casa pobre donde hay tantos palacios, un amor donde laten tantas pasiones, un jornal miserable al lado de tantas fortunas...

Y, excitado por la música, la pena absurda de Enrique Darlés estalló en sollozos.

Acabó el segundo acto y don Manuel y Alicia Pardo entraron en el antepalco. Al ver á Darlés, los habladores ojazos verdes de la joven llenáronse de sorpresa.

—¿Cómo? ¿Estaba usted llorando?

Antes de que el estudiante pudiera contestar, repitió, dirigiéndose á su amigo:

—¿No te parece? ¡Estaba llorando!

Enrique, avergonzadísimo, dijo:

—No sé... me hallaba distraído. Pero, sí... es posible...

Ella repuso sonriendo:

—Tiene usted novia, ¿verdad?

—No... no, señorita.

—¿Y entonces?

—Es que siempre... ¡tonterías!... sin saber por qué, como á las mujeres histéricas, la música, aunque sea mala, me pone triste.

—¡Es raro!... A mí, no.

Don Manuel, sanguíneo y macizo, significó con un alzamiento de sus hombros cuadrados que aquello carecía de importancia, y les presentó; y Enrique sintió en su diestra ardorosa la mano fría y suave—nieve y terciopelo—de «Tacita de oro». Después los tres se instalaron sobre el mismo diván. Alicia quedó colocada entre los dos hombres. Don Manuel sacó su petaca.

—¿Quieres?—dijo.

—Muchas gracias.

—¡Buen chico!—exclamó el diputado—; no tiene vicios.

Alicia interrogó:

—¿Qué, no fuma usted?

—No, señorita...

—¡Sí que es usted raro!... Pues yo, fumo.

Enrique Darlés bajó los ojos, ruborizándose de nuevo. Comprendió que aquel detalle agravaba la ridiculez de su traje; las mujeres, generalmente, gustan de los hombres que fuman; para ellas el tabaco suele ser el perfume mejor. Tuvo hacia sí mismo un movimiento de rabia; de buena gana, para recobrarse ante Alicia, hubiese apurado, uno tras otro, cuantos cigarrillos, egipcios ó turcos, llevaba don Manuel en la petaca; pero ya era tarde; la oportunidad, esa gran hechicera que da mérito y gracia á todas las cosas, había pasado.

La joven, con desenfado perfectamente inglés, había cruzado una pierna sobre otra y fumaba tranquilamente, apoyada contra el respaldo obscuro del diván. Esta vez, alrededor de sus cabellos diabólicos, el humo del cigarrillo, subiendo parsimonioso en la quietud del ambiente, tejía un halo azulino. Darlés la observaba, aunque de reojo. Tenía aguileño el semblante, la nariz respingueña, la boquirrita sangrienta y cruel; bajo la frente pequeña, dura, llena de instintos egoístas, los largos ojos verdes miraban con imperio y fastidio: era una expresión fría, taladrante, sondeadora, que no revelaba piedad. Un hilo de menudas perlas ceñía su garganta mórbida y rosada; ardían sus dedos, de uñas puntiagudas, bajo el incendio de las sortijas. En la euritmia de su escultura, en el acordado ritmo de sus actitudes, en todos los pormenores y perfiles de aquella adorable muñeca, Enrique Darlés, á pesar de su inocencia provinciana, adivinó un alma ególatra, una de esas voluntades sin emoción, reconcentradas en sí mismas, que jamás sintieron la melancolía.

Don Manuel, con ese buen humor petulante de los hombres sanos y ricos, poseedores de una mujer bonita, exclamó:

—Conque, dí, Enrique: ¿qué te parece mi «Tacita de oro»? ¿A que no viste en nuestro pueblo cara igual?

Y agregó triunfante:

—Además, no me cuesta mucho. Cuando nos conocimos, la pregunté:—«¿Qué quieres de mí?» Y me contestó:—«Que me abones á una platea del Real» ¡Casi nada! Mil trescientas y pico de pesetas por catorce funciones. Y aquí nos tienes. La pobrecilla no es exigente.

A las palabras del diputado, Darles no contestó; se lo impedían la emoción, la novedad de aquel mundo, que ni aun de referencias conocía; mundo descarrilado y amoral en que, como en arte, sólo la belleza tiene precio, y donde hay mujeres calculadoras que se dan por un palco.

Alicia Pardo, entretanto, observaba á Enrique, y la franqueza rectilínea de su mirada tenía desenfado azorante. Habíanla interesado su mucha juventud, la ingenuidad de sus respuestas, la corrección apolina de sus facciones, las tonalidades obsidiánicas de su rizosa cabellera meridional, la bravura negra de los ojos ardientes y curiosos en la tersura efeba del rostro, fácil al rubor; y más que todo esto, la emotividad de aquel espíritu artista á quien la música arrancaba lágrimas. Alicia, que sólo vió á los hombres llorar por celos, ó por motivos aún más bajos y ruines, encontraba en el llanto de Enrique Darles algo exquisito y estupendo. Y por su cabecita, llena de curiosidades, pasó la idea de que sería muy raro y muy dulce dejarse amar por un muchacho así.

De repente exclamó:

—Y usted, ¿qué hace en Madrid?

—Estudiar...

—¡Ah, ya!... Estudiante... El protagonista de una novela que leí ha tiempo, y que me gustó mucho, era estudiante también. ¿Qué coincidencia, verdad?

Darlés, vencido por la sencillez pueril de la observación, hizo un ademán afirmativo. «Tacita de oro» continuó:

—¿Qué edad tiene usted?

—Veinte años.

—¿Sin mentir?

—Sin mentir. ¿Por qué?... ¿Acaso represento más?

—Al contrario. Representa usted menos. Yo voy á cumplir diez y nueve y parezco más vieja.

Don Manuel había desdoblado un periódico y leía la sección de Bolsa. Alicia Pardo quiso saber cómo se llamaba Darlés.

—¡Enrique!—repitió—; ¡es muy bonito nombre!...

Quedóse absorta, recordando que todos los Enriques que había conocido, y eran muchos, la fueron simpáticos. Y así, retrocediendo en su historia, llegó á los años de su infancia; años serenos, pasados en la quietud virgiliana de un pueblo, y creyó ver en Darlés, sano, inocente y tostado por el sol de la provincia, algo de lo que ella misma había sido. Fuera de sí, arrobado y boquiabierto, el estudiante la contemplaba también, como quien examina una muy excelente obra de arte.

En los pasillos resonaba un estrépito insólito de pisadas; vibraban varios timbres; una ola de espectadores invadía el patio de butacas. El tercer acto iba á empezar. Alicia y don Manuel se levantaron.

—¿Te quedas?—preguntó el diputado á Darlés.

—No; muchas gracias.

—¿Por qué?

—Porque... necesito acostarme temprano. Mañana he de madrugar.

Estaba tan cierto de que Alicia podía amarle, y era tal el empacho de ventura que esta certidumbre le producía, que necesitaba hallarse solo para disfrutarla mejor. Don Manuel añadió:

—Como gustes. Cuando quieras verme, mejor que á mi casa, donde no estoy nunca, ve á la de Alicia. Allí me encontrarás por las tardes, de seis á ocho.

Se despidieron. Al salir del palco Enrique Darlés volvió la cabeza, y sus ojos y los de Alicia Pardo se tropezaron, acariciándose mutuamente, como dándose un beso y una cita. Fué una de esas miradas terribles, trastornadoras de existencias, que los hombres suelen recibir en su juventud y luego les acompañan toda la vida.

II

Alicia pasó la tarde en su casa leyendo un libro ante el fuego de la chimenea. Don Manuel había ido á verla; disputaron y ella le despidió. Estaba nerviosísima; tenía ganas de llorar, de bostezar, de mesarse los cabellos y emprenderla á puntapiés con los jugueteros, desde cuyos frágiles entrepaños de cristal las muñecas, las figulinas de porcelana y los «bibelotes», de formas extravagantes, mostrábanle sus rostros picarescos.

Es indispensable haberse aburrido alguna vez para comprender toda la negrura, todo el silencio, todo el horror de abismo sin fondo ó de túnel sin salida, que guarda el hastío. Y, sin embargo, como la muerte es origen de vida, así el fastidio suele ser principio de acción. A veces un gran fastidio tiene el vigor de una gran voluntad. Por aburrimiento, muchos hombres de juventud libertina fueron en sus años maduros espejo de esposos, y aplicándose luego á los negocios murieron millonarios. El fastidio produce también obras de arte; Byron y Heine, de no aburrirse enormemente, no hubiesen llegado jamás á las excelsitudes de la poesía.

Aunque muy joven, Alicia Pardo sufría ya ese mal; mal de quietud que borra los linderos y apaga los contrastes. Nunca estuvo enamorada, y el egoísmo de sus amantes acabó de dar á su alma, poco inclinada á la ternura, durezas diamantinas. «Yo ya no puedo querer á nadie—decía—; me hice hombre...» Entonces, como el espíritu no sabe estar ocioso, amó el lujo; no era codiciosa ni ahorrativa, pero sí gustaba de los vestidos costosos, de los sombreros llamativos, de las piedras finas donde los rayos solares se hicieron cristal. Vivir, á su juicio, era comprar buenos muebles, estrenar trajes, exhibirse, gastar sin tasa; entre sus lindas manos, alternativamente pedigüeñas y dispendiosas, el dinero se deshacía. Tenía mucho y necesitaba más, y como pronto se aburría de lo adquirido, su caudal no aumentaba.

Aquella tarde la joven hallábase furiosa; no sabía qué hacer; tenía poco dinero y por la mañana había visto en un bazar muchas frivolidades bonitas. Había cogido un libro para distraerse, y no lo consiguió; su desasosiego persistía. ¿Por qué no ser infinitamente rica? Y hallaba clownesca esta pobre vida, donde los hombres se creen dichosos con poseer la diezmillonésima parte de lo que quieren.

Cuando Enrique Darlés llegó iban á dar las siete. Al ver al estudiante, Alicia lanzó un suspiro de satisfacción y tiró el volumen al fuego.

—¿Qué hace usted?—gritó Darlés, para quien cualquier libro era algo sagrado.

Ella repuso:

—Casi nada. Es una novela estúpida; con todo lo que nos aburre debíamos hacer otro tanto.

Enrique tomó asiento.

—¿Y don Manuel?

—Estuvo aquí un rato y se fué. O, mejor dicho, le despedí. Le aseguro á usted que estoy insoportable; quisiera reñir con todo el mundo; daría no sé qué por experimentar una emoción fuerte. Me desespero. Son los nervios, los nervios malditos, que revuelven cuanto de malo y de canallesco duerme en nosotros. Hoy es uno de esos días negros en que el bienestar de nuestros amigos nos hace desgraciados.

Interrumpióse para examinar á Darlés, quien, con su semblante barbilindo, sus ojos meridionales y sus rizados cabellos negros, mostrábase interesante y dulce como un paje.

—Soy rara—continuó—, voluble, ingrata, incapaz de poner pasión duradera en nada. Por eso, desde el primer momento llamó usted mi atención: por apasionado. Buenos ó malos, me gustan los caracteres radicales, las voluntades de hierro. En cuanto á esos temperamentos tibios y equilibrados que á todo saben amoldarse, comparados les tengo á los trajes de entretiempo, con los cuales siempre estamos mal, pues si en verano nos abrigan más de lo justo, en invierno nos resguardan bastante menos de lo necesario.

Tímidamente, Enrique Darlés se atrevió á decir:

—¿Y de dónde proviene su disgusto?

—No lo sé.

—¿Cómo?

—Lo que usted oye. A menos que...

Se detuvo, escudriñándose, y prosiguió:

—Mis palabras le sorprenden, porque es usted muy joven. Cuando tenga usted más años y con ellos más mundo, comprenderá que el origen de cualquiera de estas minúsculas contrariedades que amargan nuestra existencia no puede referirse á hechos concretos, sino que debemos reconocerlas como suma ó corolario de nuestra historia, de todo cuanto hemos vivido. Ahora, por ejemplo, nos sentimos tristes, porque antes estuvimos tristes ó estuvimos alegres. Hay, pues, en nuestras lágrimas presentes acíbares de lágrimas antiguas y también cansancio de risas pasadas. ¿Comprende usted?... No le extrañe, pues, que yo no sepa concretamente por qué me hallo hoy de tan pésimo humor.

Calló, abismándose en una reflexión que abrió sobre su gracioso entrecejo un pliegue vertical. Luego dijo:

—¿Suele usted pasar por la calle Mayor?

—Muchas veces.

—¿Recuerda usted una joyería que hay á la derecha, en la acera de los números pares, cerca de la Puerta del Sol?

El estudiante hizo un signo afirmativo.

—Pues si le gustan á usted las joyas—continuó Alicia—, fíjese en el collar de esmeraldas que ocupa el centro del escaparate. Hoy, casualmente, lo vi, y tan gran impresión me ha causado, que no puedo olvidarlo. Es magnífico, no sólo por el tamaño y clarísimo oriente de las piedras, sino por su engarce.

—Valdrá mucho...

—Quince mil pesetas.

Darlés no contestó, y sus cejas se arquearon con expresión admirativa. En su sencillez provinciana, esas cifras, enormes para la ruin poquedad de su bolsa, le inspiraban aturdimiento y pánico. «Tacita de oro» continuó:

—Se lo he dicho á Manolo...; pero Manolo es un zorro astuto, un miserablón, á quien no hay modo de comprometer en gastos extraordinarios. Ello contribuyó también á que riñésemos... Crea usted que los hombres tienen la culpa de que nosotras no seamos más fieles.

Aunque inocente en cuestiones de psicología femenina, Enrique comprendió que el torcido humor de Alicia debía de referirse á aquel tan admirado y querido collar de esmeraldas. Un deseo no satisfecho es como un alimento no digerido: al principio nos produce un vago malestar, que luego va en aumento, hasta que la indigestión estalla. Con arreglo á este símil, podría decirse que una pena es «la mala digestión» de un capricho. Ingenuamente, sin calcular que no es discreto prometer nada ni á las mujeres ni á los niños, Enrique exclamó:

—¡Si yo fuese rico!...

Hubo una pausa novelesca, uno de esos silencios durante los cuales las mujeres se deciden á todo. Bruscamente, con aquel mismo gesto de aburrimiento con que momentos antes arrojó el libro que leía á la lumbre, Alicia abandonó una de sus manecitas entre las manos huesudas, trémulas de emoción, del estudiante.

—¿Le gustan á usted mis manos?—preguntó.

—Extraordinariamente.

—Dicen que las tengo grandes.

—Al contrario, son pequeñísimas.

Examinó con arrobo la mórbida finura del carpo; las líneas caprichosas que las venas azules trazaban bajo la blancura de la piel; los hoyuelos que embellecían la primera falange de los dedos; dedos de bailarina, alhajados ostentosamente, y que concluían en uñas triangulares y rosadas. Alicia se miraba sus sortijas; en las lanzaderas los zafiros, los rubíes sanguinarios, los topacios, los diamantes hechos de luz, componían ramilletes de minúsculas florecillas inmarcesibles.

—Cuando pase usted por la calle Mayor—insistió la joven—examine bien el collar de que le he hablado. Dos collares hay en el escaparate: uno de perlas negras, y otro de esmeraldas. Me refiero al segundo; lo verá usted un poco á la izquierda, sobre un medio busto de terciopelo blanco.

La visión de las preciosas piedras verdes revivía en su memoria con tenacidad obsesionante y, al llenar su espíritu, ejercitaba sobre todas sus ideas una peligrosa tiranía centrípeta.

Eran las ocho, y Enrique Darlés se levantó.

—¿Se marcha usted?—preguntó Alicia.

—Sí; me voy á cenar.

Ella le miró de pies á cabeza y le halló esbelto, con hermosura casi infantil, dentro de su modesto trajecillo negro. Después pensó que aquella noche, en que no tenía nada que hacer, iba á fastidiarse horrorosamente.

—¿Por qué no cena usted conmigo?—dijo.

—¿Para qué?

—¡Vaya una pregunta! Para no separarnos tan pronto.

—Yo..., en fin, como usted quiera...; pero sentiría molestar...

—¡Qué tonto! Al contrario. Su conversación me distraerá. Verá usted qué pronto recobro el buen humor.

Levantóse con un movimiento rápido y elástico que hizo crujir sus faldas y extendió á su alrededor intenso olor á violetas. Apoyó un timbre. Una camarera se presentó.

—Díle á Leonor—exclamó Alicia—que tengo un convidado. El señorito Enrique cena conmigo.

Acercóse á un espejo para arreglarse los cabellos. Parecía contenta, transfigurada.

—¿Ha visto usted—dijo—el drama que estrenaron anoche en la Princesa?

—No.

—Me han asegurado que es muy hermoso. ¿Quiere usted que vayamos á verlo? Aún hay tiempo; cenaremos en seguida...

Un poco desconcertado, Enrique Darlés palpóse disimuladamente los bolsillos de su chaleco cerciorándose del dinero que llevaba, y contó mentalmente: «cinco pesetas, diez, quince...» Había lo necesario para comprar dos butacas y, á la salida del teatro, tomar un coche.

—Como usted guste—repuso, ya más tranquilo.

—Entonces, voy á mudarme de traje. Salgo al momento.

Desapareció tras el cortinaje carmesí que cubría la puerta de su dormitorio, y luego el estudiante oyó un alegre murmullo de ropas interiores que caían al suelo, de ballenas de corsé que crujían sobre un busto mimbreante, de lazos sedeños zafados apresuradamente, de armarios abiertos y cerrados con ímpetu.

Enrique Darlés hallábase sobresaltado y contento. Hacía más de un mes que conocía á Alicia. Durante este tiempo, y so pretexto siempre de ver á don Manuel, visitó á la joven varias veces y nunca, á despecho de la intimidad de estas entrevistas, se atrevió á dejar traslucir su amor; en su inocencia no acertaba á planear tan difícil conversión; y cuando Alicia, que adivinaba su inquietud, quería ayudarle dando al diálogo un rumbo confidencial, él esquivaba toda declaración, receloso de formularla torpemente y de parecer ridículo. Pero ahora sentíase más tranquilo, más dueño de sí. Sin saber por qué, sospechaba que el mal humor de Alicia le beneficiaba. Ella le retenía á su lado porque se fastidiaba, porque temía pasar la noche á solas con la imagen mordedora de aquel collar de esmeraldas que, probablemente, nunca sería suyo; y Enrique pensó que aquel collar, hecho para ceñir gargantas, podía ser el símbolo de un yugo de amor que empezaba. Después halló algo íntimo y dulce en la confianza con que Alicia se vestía á pocos pasos de él, y en la complacencia que la camarera demostró al saber que «el señorito Enrique» cenaba allí. Eran detalles nimios que alentaban su decaído ánimo y dábanle á comprender que todo aquello, si su torpeza no era mucha, podía trocarse para él en algo más recatado y exquisito que una casta y cordial amistad.

Perdido en estas amables imaginaciones, Enrique Darlés recordaba que la mayor parte de los jarifos y elocuentes protagonistas de las novelas que había leído, conocieron situaciones análogas á la que él, mísero provinciano, afrontaba en tales momentos. La luna biselada de un armario le devolvía la imágen de su cuerpo, alto y esbelto, vestido de negro, y su rostro de romántico perfil, pálido y lampiño. ¿Qué sorpresas tendría reservadas el Destino á su gran juventud?... Para distraerse comenzó á examinar los muñequillos de porcelana ó de bronce de que los jugueteros estaban abarrotados: gnomos encapuchados, perros, gatos que se miraban con una mueca de asombro en un espejo diminuto; y luego inspeccionó el reloj de mármol y los jarrones que decoraban la chimenea, y los retratos y los cuadritos de bazar, de escaso mérito pero de vistosos marcos, que cubrían hasta cerca del techo el papel verde claro de las paredes. Y Enrique pensó juiciosamente que aquellos retratos, aquellas tablitas al óleo, aquellos muebles bonitos y frívolos, eran la estela de todos los amores mercenarios que habían pasado por allí.

Llamó también su atención una rica colección de postales prendidas en un biombo japonés: representaban bailarinas, paisajes, escenas galantes; en casi todas ellas había una firma de hombre y una dedicatoria expresiva. Muchas estaban fechadas en París, la Ciudad-Sol, querida de los aventureros, otras en América, ó en El Cairo. Aquellas targetas eran como un incienso ofrecido á la belleza de la misma mujer; entre las añoranzas del destierro y bajo todos los climas, hubo para ella un recuerdo; diríase que el calor de su carne había dejado en aquellos hombres vagabundos una huella inmortal.

Alicia Pardo reapareció envuelta en una bocanada de esencia de violetas.

—¿Le he hecho esperar á usted mucho?... Creo que no. ¡Ea, pues; vamos al comedor!... Si queremos llegar al teatro á buena hora, no perdamos minuto.

La cena fué agradable y ligera: una sopa á las hierbas, dos perdices á la inglesa, unos langostinos; y de postre, tocino de cielo, mermelada de naranja y dorados plátanos.

En el teatro, Alicia y su acompañante ocuparon dos butacas de la segunda fila. Cuando llegaron, la función ya había comenzado. No obstante, la presencia de «Tacita de oro» excitó curiosidad entre el elemento masculino de los palcos. Varios gemelos convergieron hacia ella; desde el escenario, un actor aprovechó un mutis para dirigirla una sonrisa, casi imperceptible, á la que ella respondió con una inclinación de cabeza.

Estas muestras de simpatía, que suelen ser para los hombres mundanos motivo de satisfacción y vanidad, desasosiegan á los galanes jóvenes, produciéndoles, según su temperamento, emociones de vergüenza ó de celos. Por su parte, Enrique Darlés se sintió cohibido y desencentrado, y una gran ola de sangre caliente invadió sus mejillas. Ni un momento pensó en que aquellos graves caballeros, ricos y viejos, que jamás llegan á la intimidad de las cortesanas por el florido camino de la simpatía, pudiesen envidiarle viéndole bello y joven.

En el silencio del estudiante adivinó Alicia el empacho que le dominaba.

—¿Qué le sucede? ¿Tiene usted vergüenza de que le vean conmigo?

Enrique fingióse sorprendido.

—¿Vergüenza?—repitió—; ¿y de qué? Al contrario...

Y sus dedos oprimieron los de ella con ardor inefable.

Al terminar el acto el público comenzó á aplaudir; muchas voces entusiastas llamaban al autor. Alicia Pardo palmoteaba también.

—Quiero conocerle—decía.

Enrique, por complacerla, aplaudía ruidosamente. En medio de aquella crepitante tempestad de apoteosis volvió á levantarse el telón y apareció el autor. Era un hombre de aguileño perfil, á quien sus éxitos teatrales y sueltas costumbres ponían un nimbo prestigioso de talento y de escándalo. Representaba poco más de cuarenta años; pero su cuerpo flexible conservaba toda la movilidad traviesa de la juventud. Las luces de la batería le iluminaban muy bien; sonreía; tenía el gesto petulante de los vencedores. Sin dejar de aplaudir, Alicia Pardo exclamó dirigiéndose á Enrique:

—Es muy simpático, ¿verdad?... He de hacer que me le presenten. Mi amiga Candelas le conoce mucho...

Y sus largos ojos verdes se dilataban de emoción, y sobre su frente caprichosa sus cabello crespos y rojos temblequearon como una melena leonina. En aquel momento Enrique Darlés tornó á sentirse pequeño y obscuro. Nada significaba su amor en la vida voluble de Alicia. Minutos antes, mientras acariciaba sus dedos mimosos, la creyó rendida, enamorada de él; y de sopetón la veía transfigurada, fuera de sí, la loca cabeza echada hacia atrás en un gesto de donación que ofrecía al dramaturgo triunfador su garganta de nieve. Por razones étnicas, las mujeres adoran todo lo fuerte, lo que brilla, lo que arrastra...

«Si yo no estuviese aquí—pensó Darlés melancólico—, seguramente ella iría á buscarle...»

En el transcurso del acto segundo el estudiante recobró su alegría. Alicia se estrechaba contra él, soboncita y nerviosa, y sus alborotados rizos producíanle en las sienes cosquilleos eléctricos.

A la conclusión de la obra repitióse la ovación, y el autor reapareció. Enrique aplaudía tibiamente; hubo un instante en que creyó que las miradas del dramaturgo se detenían sobre Alicia con avidez. Bajo esta impresión penosa, el estudiante salió á la calle. La joven iba cogida de su brazo y temblaba de frío dentro de su elegante capa gris. La noche era desapacible; había llovido. Alicia preguntó:

—¿Dónde vamos?

Sorprendido, él repuso:

—A tu casa; tomaremos un coche...

—No, á mi casa no.

—¿Cómo?

—Vámonos por ahí. Te regalo esta noche.

Le miró sonriente, con una sonrisa prometedora y fascinante, que valía un paraíso. El recordó angustiado que apenas le quedaban diez pesetas. Para evitar los tropezones y miradas de los transeuntes, Alicia refugióse en el quicio de una puerta; tenía yertos los pies; la humedad del piso traspasaba la suela sutil de sus zapatos.

—Resuelve pronto—balbuceó—; me muero de frío.

Enrique, con una resolución que creyó muy de hombre de mundo, exclamó de pronto:

—Si quieres cenar, vámonos á Fornos.

Ella hizo una mueca de espanto.

—¡Qué horror! En Fornos me conoce todo el mundo.

—Entonces, vamos á casa de Morán.

—Menos; allí también puede haber algún amigo mío.

—A la Viña P.

—Tampoco; no me atrevo...

Y agregó, con ingenuidad cruel:

—No me atrevo porque... ¿sabes?... las mujeres nos desprestigiamos. Si mis amigos, que son hombres serios, me viesen contigo por ahí, dirían que tengo caprichos, me llamarían loca...

Enrique Darlés apenas comprendía, pero sospechaba vagamente que todo aquello envolvía una humillación para él. De repente, como quien se agarra á una idea salvadora, Alicia exclamó:

—¿Qué hora es?

—La una y cuarto.

—Pues, mira: vámonos á las Ventas ó á la Bombilla. El mismo coche que nos lleve puede traernos.

—Es... es que...

Vacilaba; no sabía cómo decir su ridiculez, la enorme, la imperdonable ridiculez, de ser pobre. Al fin decidióse á hablar, hostigado por las preguntas de Alicia, que no comprendía sus incertidumbres.

—Es que... perdóname... no traigo dinero bastante.

Ella repuso:

—¡Qué niño!... Pero si no hace falta casi nada... ¿No llevas siquiera... doscientas pesetas?

—¡Doscientas pesetas!—balbuceó Enrique Darlés aterrado—; no... no...

—¿Y cien?

—Tampoco.

—Bueno, acabemos: ¿cuánto tienes?

Enrique hubiese querido morir. Desesperado, mordiéndose los labios, replicó:

—Si apenas me quedan dos duros...

Ella lanzó una carcajada; una de aquellas grandes risas, leales y rudas, que quizá no había vuelto á tener desde que un hombre rico, al encumbrarla en el camino del pecado, la quitó la suave alegría de ser pobre.

—¿Y con diez pesetas—dijo—me proponías ir á Fornos?

Avergonzado, Enrique contestó:

—No te merezco, no soy digno de ti. Te llevaré á tu casa.

Alicia repuso, seducida por la novedad bohemia de la aventura:

—No importa; quiero que cenemos juntos; llévame á una taberna, á un cafetín económico. Me es igual...

El vacilaba; ella insistió. El temor de quedar mal contenía á Enrique.

—¿Y si la cena te disgusta?

—¡Tonto! Ahora yo no trato de «conocer», trato de «recordar». ¿Crees que siempre fuí rica?

—En tal caso...

—Sí, llévame... méteme en tu vida...

Cogidos del brazo siguieron calle abajo; sus pies caminaban al compás. El repetía febril:

—Alicia, mi Alicia...

Y al hundir sus labios blancos y trémulos entre los cabellos de la muy Deseada, parecíale que todo Madrid olía á violetas.

III

Después de aquella noche memorable transcurrieron varios días sin que Enrique Darlés hallase ocasión de ver á Alicia. Fué á su casa muchas tardes, de dos y media á tres, hora en que don Manuel nunca estaba allí. Pero Teodora no le permitía pasar del recibimiento. Unas veces «la señorita» había salido, otras estaba durmiendo ó enferma de jaqueca y no podía recibirle. El acento de la camarera era seco, desconcertante; porque si en algo conocemos el concepto malo ó bueno que una persona tiene de nosotros, es en el modo con que nos reciben sus criados. El estudiante tartamudeaba:

—¿No le ha dejado á usted ningún encargo para mí?

—No, señor; ninguno.

Y ante el semblante picaresco y reidero de la joven, Enrique sentía que su rostro se alargaba de melancolía y que sus ojos se anegaban en dolor y humildad, como los de un criado despedido. Después, como no quisiese renunciar completamente á la ilusión que allí le había llevado, murmuraba:

—Bueno; ¡cómo ha de ser! Dígale usted que he estado aquí y que vendré mañana.

Cuando bajaba las escaleras iba muy triste; aquella noción de su inferioridad que le hirió la noche en que fué presentado á Alicia Pardo, volvía á acometerle. Sí, era un vencido, un inepto, que no aportaba allí nada positivo: ni dinero, puesto que no era rico; ni gloria, pues que no era artista aplaudido; ni tampoco alegría, ya que la poca que hubo en su corazón reflexivo y sentimental se la robaban los desvíos de Alicia.

Muchos días, á la hora del crepúsculo, acudía á estacionarse en la calle Mayor delante de la vidriera donde centelleaba aquel soberbio collar de esmeraldas de que Alicia le había hablado; y unas veces iba y venía por la acera, embozado en su capa con cierto aplomo mundano, y otras parábase á contemplar la joyería, cuyos focos eléctricos envolvían á los transeuntes bajo un derramamiento gigante de luz. Allí permanecía largo rato, preso en el sortilegio de los rubíes sanguinarios, de los topacios ardientes como heridas, de las turquesas color de cielo, de las cadenas y de las sortijas, que trazaban vibraciones de oro sobre el terciopelo negro, artísticamente arrugado, que á modo de alcatifa cubría el amplio perímetro del escaparate; y en esta atracción vagarosa que las joyas le causaban, había como un presentimiento.

Entre tanto, su alma infantil pensaba:

—Si Alicia pasase, se holgaría de verme aquí.

Durante aquellos primeros días, el recuerdo de la adorada persistió en la memoria del estudiante bajo la rara sensación de un perfume á violetas. De los anchos ojos verdes de Alicia, de su boquirrita epigramática y cruel, de su cuerpo blanco y carnoso, ó no recordaba, ó creía no acordarse bien. En cambio, aquel olor á violetas invadía su espíritu, y de él parecían hallarse impregnados sus vestidos, sus manos, sus libros de texto, su lecho mezquino. Esta dulce ilusión, sin embargo, fué decayendo; el tiempo se la llevaba, borrándola, como había borrado su recuerdo en Alicia. Darlés lloró mucho. Aquella noche escribió á la joven una postal desesperada, un poco enigmática.

«Mañana iré á verte—decía—; si no me recibes, me muero. Sé compasiva. Mi cuartito ya no huele á ti.»

La misiva del estudiante enojó á Alicia. ¿A qué venían estos hiperbólicos alardes de pasión? ¿Acaso lo acaecido entre ambos no era algo baladí y perfectamente vulgar?... Y tan segura estaba de ello, que su emoción, más que de disgusto, fué de asombro. Al principio, su sorpresa la inspiró cierto regocijo.

—Sería interesante—pensaba—que ese muchacho se prendase de mí como un héroe de drama.

Pero la alegría de tal curiosidad duró un momento apenas. Inmediatamente la voluntad fría, el espíritu rectilíneo y ególatra, que no toleraban ser molestados, reaccionaron contra aquella posibilidad novelesca. Ella no quería amar ni ser amada; que por referencias de amigas íntimas sabía que el amor, con sus zozobras y sus celos, tan funesto y agrio es para el que lo siente como para quien lo inspira.

El capricho que la llevó á los brazos de Enrique carecía á sus ojos de importancia. La tarde que antecedió á su primera y única noche de intimidad, Darlés acertó á sorprenderla en una de esas horas de fastidio, de laxitud y de eclecticismo, que en la voluble moral femenina divagan equidistantes del bien y del mal. Fué liviana como pudo ser casta, arbitrariamente, sin razón ni motivo precisos. Quizá, á tener el estudiante los ojos más hermosos, le hubiera dicho que «sí»; acaso también, si aquel collar de esmeraldas, por el que momentos antes ella y Manolo riñeron, la hubiese gustado algo menos, le habría dicho que «no»... Lo único cierto es que aceptó la compañía de Darlés porque supuso, bondadosamente, que la conversación de un hombre, aunque éste sea muy pobre, vale y entretiene más que el recuerdo de un collar. Y cuando, á la mañana siguiente, regresó á su casa, hallóse un poquito sorprendida de su conducta. Aquello fué una genialidad, una humorada semejante á la que hubiese podido llevar á un crítico como Sarcey, después de cuarenta años de teatro serio, á una barraca de fantoches. El lance, por tanto, no volvería á repetirse; era absurdo.

Al otro día, Alicia supo por Teodora que Darlés había ido á visitarla hallándose ella ausente. En tardes sucesivas ocurrió lo mismo. La joven acabó por sentirse molestada ante la imagen deplorable y testaruda de aquel muchacho, mendigo de amor, que inopinadamente venía á turbar el fácil curso de su despreocupado vivir. Cada vez que Teodora la informaba de que el estudiante había vuelto, Alicia Pardo se revolvía colérica.

—Pero ¿qué quiere?—exclamaba—; porque yo no lo sé...

Y era sincera, no lo sabía; en la frivolidad egoísta de su carácter, no comprendía cómo un hombre que lo obtuvo todo de una mujer no se canse de ella. Su disgusto arreció con la postal, donde el estudiante dolíase de su abandono. Era indispensable desenlazar aquel enredo de una vez, y para conseguirlo nada mejor que recibir al importuno y hablarle impasible, cual si no mediase entre ellos nada secreto.

Al día siguiente, y á la hora de costumbre, Enrique Darlés llegó á casa de Alicia. Teodora le dejó pasar al comedor.

—Voy á informar á la señorita de que está usted aquí.

El estudiante quedóse de pie, en actitud meditabunda, un codo apoyado sobre el alféizar de la ventana. Antes, cuando no era allí mas que «el amigo de don Manuel», le recibían sin etiqueta, nadie le anunciaba. Ahora se hallaba aislado, oprimido por esa amabilidad hostil con que acogemos á los visitantes que nos son molestos.

Teodora reapareció.

—Dice la señorita que puede usted pasar.

Alicia Pardo se hallaba en su gabinete acompañada de una joven alta y pelinegra, vestida de gris. Completaban la elegante expresión masculina de su traje inglés el lacito de una corbata roja y la albura de su cuello y de sus puños almidonados. Al ver á Enrique, Alicia, sin moverse de su asiento ni alargarle la mano, exclamó:

—¡Hola! ¿Es usted?...

Y hubo en la cordialidad, un poco desdeñosa, de su saludo algo que humillaba infinitamente. El estudiante palideció. Hacia su corazón toda su sangre había refluído, hecha hielo. Siempre displicente, Alicia le presentó.

—El señor Darlés; mi amiga Candelas...

Esta fijó en el recién llegado sus ojos fulgurantes y astutos, y luego miró á Alicia, como preguntándola si aquella visita no ocultaba un secreto de amor. La joven comprendió, y para la ladina interrogación de su amiga tuvo una respuesta vertical:

—No—dijo—, te equivocas. Enrique viene aquí porque es amigo de Manolo.

El estudiante hizo un ademán de asentimiento, y por los labios de Candelas resbaló una sonrisa fría. Después las dos jóvenes reanudaron el diálogo que interrumpió la llegada del estudiante, con lo que Darlés se sintió repentinamente aislado y despedido. Transcurrieron cinco, diez, quince minutos... sin que aquel animado charloteo declinase; en la conversación citábanse nombres de amigos, y Candelas reía mucho al describir los pormenores de una cena, á la que ella y Alicia Pardo concurrieron. Quizás lo hacía con propósito dañino, para persuadirse de que Enrique no era allí, en efecto, mas que «un amigo de don Manuel».

Después llegó una visita. Era una jamona que comerciaba en ropas y alhajas. Traía un pesado envoltorio, que depositó en el suelo. Alicia preguntó:

—¿Qué novedades hay, Clotilde?

La interpelada pareció esponjarse de gozo dentro de su mantón alfombrado.

—Llevo—dijo—las mejores faldas de barro y las mejores medias del mundo.

—¿Muy caras?

—Y muy baratas. No sé por qué me figuro que hoy tiene usted ganas de gastar dinero.

En un momento los muebles del gabinete desaparecieron bajo una oleada multicolor de sedas joyantes, verdes, moradas y azules, que, al ser extendidas, esparcían un agradable olor á limpieza. Como por ensalmo, Alicia y Candelas mostráronse devoradas por ese prurito adquisitivo que atormenta á las mujeres ante el mostrador de las tiendas de modas. A porfía las dos se informaban del valor de cada prenda.

—¿Cuánto cuesta esta falda?

—Por ser para usted, cien pesetas.

—¿Y ésa, la heliotropo?

—Setenta y cinco. Fíjese usted bien. ¡Es magnífica!

Enrique observaba con asombro aquella evaporación de elegancia y de lujo. Jamás había soñado que la civilización rodease al amor de tantos refinamientos, y al hundir sus miradas candorosas en las faldas llenas de suaves murmurios y en los lazos y opulentos encajes de aquellas camisas de dormir, amplias y majestuosas como togas senatorias, recordaba tristemente las pobres camisitas blancas y los refajos groseros, sin voluptuosidad, que las mujeres de su pueblo ponían á secar sobre el alféizar de sus azoteas.

Un nuevo detalle acrecentó su angustia. La vendedora y Alicia discutían empeñadamente el precio de la falda heliotropo. Clotilde pedía setenta y cinco pesetas y la joven aseguraba que no podía dar más de diez duros. La vendedora insistía:

—Anímese usted, porque no hallará en ninguna parte otra más barata. La vendo en ese precio por complacerla á usted; pero no gano en el trato medio maravedí.

Y agregó, dirigiéndose á Enrique:

—Vamos, este caballero se la regalará á usted.

Darlés enrojeció y no supo contestar. Los hombres sin dinero son despreciables, y como Alicia ni siquiera levantase la cabeza para mirarle, el estudiante comprendió que la había perdido. ¡Oh! Si hubiera una banca diabólica donde los amantes pudiesen cambiar por dinero los años que han de vivir, su existencia, toda su existencia, la habría dado á cambio de aquellos quince duros malditos...

Cansada de discutir, la vendedora rehizo su paquete; la conversación cambió de rumbo; se habló de alhajas. Candelas enseñó una lanzadera que la habían regalado. Clotilde ofreció á las jóvenes un collar.

—Si quieren ustedes verlo, lo traeré; lo tengo en casa.

Alicia suspiró y aquel suspirón largo, entrecortado como los de los niños, fué de inmensa pena.

—Estoy enamorada de un collar que venden en la calle Mayor y no quiero ningún otro. Sueño con él. No he visto maravilla igual. Os aseguro que el hombre que me lo regale me conquista.

—¿Cuánto vale?

—Quince mil pesetas.

Y agregó, clavando en Darlés una mirada indefinible:

—Creo que aquí, este señor, piensa comprármelo... ¿Verdad, Enrique?...

Candelas iba á reir, pero se detuvo; en el rostro congestionado del estudiante, sus ojos zahorís acababan de sorprender un drama espantoso. Sin poder contenerse, Darlés se había levantado para marcharse, y sus ojos revelaban una vergüenza y una desesperación tales, que Alicia tuvo piedad de él.

—Le despediré á usted—dijo.

Salieron del gabinete. Al llegar al recibimiento, el estudiante, fuera de sí, empezó á cubrir de besos las manos de la joven; sus lágrimas se desataron.

—¡Alicia, Alicia!—balbuceaba—, ¿por qué eres tan cruel? Me muero por ti... Alicia... ¡oh!... ¿por qué no me quieres?...

Ella, ya repuesta de su pasajera emoción, procuró desasirse.

—Vaya, vaya... ¡qué tonto eres!...

—Te adoro... Alicia... ¡alma de mi alma!...

—Ea, sé juicioso... adiós. Esto me compromete.

—Necesito verte... verte... ¡verte!...

—Bueno... calla, y adiós... calla... Candela podría sospechar y no quiero que se ría de nosotros.

Hablaba en voz baja, al mismo tiempo que, suavemente, empujaba á Darlés hacia la puerta. Él murmuró:

—¿Me despides?

—No.

—¡Sí; me despides!

—No, no... anda...

—Sí; me echas... me echas porque soy pobre, porque no he sabido conquistarte... pero ¿cómo conquistarte, si no he tenido tiempo?...

Ella se impacientaba; su entrecejo se endurecía. Él prosiguió juntando las manos:

—Y haces mal en despedirme...

—Bueno.

—Haces mal, porque el hombre que ama mucho puede mucho, y yo, que soy pobre, sería rico; y yo, que soy obscuro, sería artista famoso si tú quisieses. Por ti yo mataría, yo robaría...

—Calla, calla... y vete...

—Sí, lo que tú me ordenases; eso,., héroe ó ladrón,., todo; pero á tu lado, contigo, para ti... Alicia, mi Alicia... lo que tú quieras... ¡Si tengo veinte años!...

Sin sospecharlo, el inocente había dicho una frase, una gran frase, al poner á los pies de la ingrata el tesoro de esa edad, por la que Fausto se condenó.

Alicia había abierto la puerta.

—Adiós—susurró—, márchate; Manolo puede venir...

—¿Cuándo nos veremos?

—Otro día.

—¿Cuándo?

—No sé... déjame...

—¿Mañana?...

—No.

—Díme, señálame una fecha... yo tendré paciencia... aguardaré... ¿Cuándo?

Ella vaciló. Él insistía, calenturiento.

—¿Cuándo?

—Me mareas.

—¡Oh! ¡Acaba de una vez!... ¿Cuándo?

Por los ojos verdes, verdes como esmeraldas, de la pecadora, pasó una mirada de perdición, de locura, que luego pareció resbalar por sus mejillas hasta trocarse en sonrisa sobre la línea tiránica de sus labios.

—¿Cuándo?—repitió.

Inconscientemente el estudiante tuvo miedo, pero se rehizo pronto.

—Sí, habla; ¿cuándo?

—No sé.

—Dílo, dílo.

—Es un disparate.

—No importa; dí, ¿cuándo?

Suavemente, ella repuso:

—Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido.

Él la miró aterrado, pareciéndole que Alicia hablaba en serio. Ella repitió:

—Entonces...

Y cerró la puerta. Enrique Darlés bajó las escaleras llorando.

IV

A la mañana siguiente Darles salió á la calle muy temprano; estaba rendido; había pasado una noche de insomnio y de espanto, y al clarear el día y hallarse en su habitación pobrísima, sin otro mobiliario que una cómoda cargada de periódicos y de libros, una mala mesita de pino y algunas sillas de enea, todo mezquino y viejo, recibió con la violencia de un golpe la emoción de su soledad y experimentó esa inquietud que los psicólogos denominan claustrofobia ó «terror á los espacios cerrados».

Largo rato caminó absorto en vacilaciones sin nombre ni dibujo. No se reconocía. En pocas horas de dolor su conciencia habíase retorcido cruelmente, y de esta convulsión fiera emergían ahora desdoblamientos insólitos, panoramas morales enormes constelados de perplejidades aterradoras. Contra el baluarte de los principios éticos que le inculcaron cuando niño, su desesperación desencadenaba una recia avalancha de preguntas. Y cada interrogación constituía un enigma terrible. ¿Dónde termina el bien? ¿Dónde comienza el mal? ¿Por qué, si todos nuestros esfuerzos deben ir enderezados á procurar nuestra felicidad, hay deseos que la moral instituída juzga depravados y deshonestos? ¿Por qué no será lícito todo lo agradable?...

Al llegar á la calle de Atocha, Darlés tropezóse con un amigo suyo, estudiante de medicina también, llamado Pascual Cañamares. Los dos jóvenes se saludaron. Cañamares iba á San Carlos.

—¿Quieres venir?—dijo—. Te enseñaré la sala de disección.

Darlés siguió á su condiscípulo. A éste le impresionó la palidez de Enrique.

—Tienes muy mala cara.

—Es que no he dormido.

—¿Habrás pasado la noche de fiesta?

—Al contrario. La he pasado llorando.

Y hubo en su respuesta un dolor tan varonil, que su interlocutor no se atrevió á indagar.

La sala de disección, fría y blanca, emocionó á Darlés vivamente. Desde los altos ventanales el sol caía á raudales, pintando una ancha franja de oro sobre los zócalos de azulejos. En las mesas de mármol, y cubiertos por sábanas manchadas de sangre, había varios cadáveres, con las cabezas afeitadas y los labios abiertos. Sus pies desnudos y juntos daban una macabra sensación de quietud. Flotaba en el aire un olorcillo indefinible, nauseabundo, á carne muerta. Darlés experimentó un ligero vahido que le obligó á cerrar los ojos, y huyó de la sala. Más de una hora anduvo por los claustros espaciosos, siniestramente sonoros, de San Carlos. Una rara tristeza gravitaba sobre el edificio, caserón viejo y húmedo que antes de ser escuela fué convento, y donde á la honda melancolía de una religión que sólo piensa en la muerte, parece añadirse el gran desengaño de una ciencia que no sabe librar del dolor á la vida.

Cuando Pascual Cañamares salió de clase, quiso que Darlés le acompañase á almorzar. Enrique accedió. Eran las doce. Cañamares almorzaba en una taberna de la plaza de Antón Martín: era un establecimiento alegre, con altos zócalos de madera pintados de rojo. Los dos estudiantes se instalaron ante un velador, sobre el cual la tabernera había extendido un pequeño mantel. Cañamares exclamó:

—¿Qué quieres comer?

—Me es indiferente. Lo que tú comas.

—¿Sopa y cocido?

—Bueno...

Cañamares ordenó, campechano:

—¡Patrona! ¡Un cocido!

Era un muchachón de veinte años, sanguíneo y rollizo, lleno de esa jovialidad sana y turbulenta que se desprende, á modo de perfume, de las grandes energías vitales. Hablaba mucho, y había en su conversación pintoresca y frívola un buen humor contagioso. Enrique Darlés le respondía distraídamente y con monosílabos, atento sólo á lo que varios cocheros, instalados en una mesa próxima, referían de cierto crimen cometido aquella mañana. Dos hombres, enamorados de la misma mujer, habían reñido á navajazos y uno de ellos mató al otro. El vencedor estaba preso. Era un lance vulgar, pero intenso, de una belleza bárbara y, á su modo, caballeresca, ya que en la lucha no hubo traición. Y el estudiante admiró y aun envidió á aquellos dos bravos que, por amor, afrontaron la solemnidad de ese momento donde coinciden la herida que produce la muerte y la puñalada que lleva á presidio.

Al salir de la taberna, Pascual se despidió bruscamente.

—Me marcho, porque no me divierto contigo. No sé qué te sucede. ¡Ni siquiera escuchas!...

Y se fué. Enrique Darlés le vió alejarse impasible, y luego experimentó una dolorosa sensación de vacío. Estaba solo porque había tenido la franqueza de no disimular su negro humor, porque dejó que toda la melancolía de su alma se asomara libremente á sus ojos; y entonces comprendió que ser muy sincero equivale á ser muy generoso, ya que cualquiera sinceridad, aun la más inocente, siempre cuesta mucho.

Por la noche cenó frugalmente y se acostó temprano. Largo rato estuvo despierto, atormentado por una marea de recuerdos inconexos. Su padre, que era su pasado, y Alicia Pardo, que simbolizaba su presente, le solicitaban. Al cabo, la imagen de la joven prevaleció.

Poco á poco dióse á examinar el alma tornadiza y burlona de aquella mujer que, al despertarse de una noche de amor, le había mirado encogiéndose de hombros. ¿Qué había sucedido? ¿En cuál de los dos estuvo la falta? ¿Acaso ella era una ingrata incapaz de sentimientos levantados y duraderos, ó es que él, encogido y pacato, no había sabido corresponder á la ilusión de Alicia?...

Bajo la tiranía torturante de su voluntad, la memoria evocó momentos, recompuso frases, dió actualidad nueva á los pormenores de aquella noche hadada en que creyó que todo Madrid olía á violetas... Y como siempre tendemos al perdón del ser amado, tras mucho discurrir, Enrique Darlés llegó á convencerse de que Alicia Pardo era inocente. Ella, desde el primer momento, había sido buena; ella le animó á emprender su conquista, y después, llanamente, sin otro propósito que el de verle feliz, le abrió sus brazos; brazos venusinos que pusieron alrededor de su cuello un lazo de dulzura y misericordia. Y él, á cambio de tan subida ventura, ¿qué había dado?...

En la conciencia del estudiante alzábase acusadora una voz implacable.

Alicia, habituada al roce del gran mundo, era una mujer de gustos exigentes y refinados, que adoraba el lujo y entendía á Beethoven. Varios aristócratas la amaron, poniendo su belleza en boga, y más de un tenor de ópera cantó para ella sola y en la intimidad de su dormitorio, su racconto favorito.

Y la voz inexorable continuaba:

«¿Qué hiciste tú, pobre Darlés, para merecer ese tesoro? ¿Qué méritos son los tuyos? Las mujeres que son todo belleza quieren lo que brilla, la fuerza, belleza suprema del hombre: la fuerza, que es gloria en el artista, dinero en el millonario, elegancia y aplomo en el hombre de mundo, desesperación en el suicida, valor y rebeldía en el ladrón que, audazmente, se pone enfrente de la ley. Pero tú, que no eres nada, ¿de qué te dueles ni á qué aspiras?...»

El estudiante lanzó un gran suspiro y sus párpados se llenaron de lágrimas. Era un necio, un zagalón menguado y cobarde. De una mujer puede quejarse el hombre que se arruinó por ella, ó quien, por conservarla, mató y fué á presidio. El, en cambio...

De pronto Darlés se estremeció tan violentamente, que la descarga eléctrica de sus nervios le arrancó un grito. Incorporóse en el lecho; estaba lívido. Si no podía ofrecer á Alicia ni una gloria de artista, ni una fortuna, debía brindarla su honor: debía robar... Fué una revelación terrible que sonaba á infierno. Entonces comprendió aquella expresión enigmática que inflamó los ojos y resbaló luego por los labios de Alicia la última vez que hablaron. El la había dicho: «¿Cuándo te veré?» Y ella contestó: «Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido». Ahora estas palabras cabalísticas resonaban en su espíritu claramente: ahora las entendía. Alicia estaba enamorada de una joya que no podía comprar, y más de una vez, pensando en ella, se puso triste; su dolor era sincero; él lo había visto. Acaso la joven, al despedirle y recordarle aquel collar, habló en broma; quizás habló en serio. ¡Quién sabe!... De todos modos, al afirmar que «nunca» se verían, expresó veladamente su convicción de que él era un cobarde que jamás llegaría á perderse por ella. Los ojos febriles de Enrique Darlés brillaban como carbunclos. ¿Y por qué no robar? ¿Por qué no mostrarse valiente y capaz de todo? Hay en el fondo de los grandes sacrificios algo superhumano que ofusca y arrastra. Si él fuese ladrón; si pagase con su audacia lo que no le era dable adquirir por dinero; si, por complacerla, perdiese su carrera, arrostrase la maldición de su padre y el rigor de las leyes, Alicia le amaría ciegamente, con aquel frenesí que Vautrin, el héroe balzaciano, inspiraba á las mujeres.

La voz que antes tronó acusadora en la borrascosa conciencia del estudiante, ahora musitaba lagotera y suave:

«Alicia, tu Alicia, sería feliz con las esmeraldas de ese collar. Si no tienes medios de comprarlo, róbalo. Eres un miserable si no robas para ella. ¿Qué te importa la opinión del vulgo? ¡Egoista! El hombre que no es capaz de ser ladrón por una mujer, puede quererla mucho, pero no la quiere ciegamente. Lo que tu Alicia desee, tú debes dárselo. No dudes, y roba; roba para ella ese collar y cíñeselo después á su cuello, cuya nieve tantas veces, en el espacio de una noche, dió frescura á tus labios...»

Estas ideas acudieron á corroborar sus impresiones más recientes: la de su visita á la sala de disección, donde vió otra vez que todo es nada, y la de aquel crimen por celos que oyó referir en la taberna. Y, repentinamente, Enrique Darlés se sintió calmado. Su porvenir acababa de decidirse: robaría. La Fatalidad, hecha carne en el cuerpo de Alicia Pardo, acababa de decretarle un camino.

Todas las tardes, al tramontar del sol, en esa hora de misterio en que los faroles comienzan á encenderse y las mujeres parecen más lindas, el estudiante salía de su casa y, por las calles de Mesonero Romanos y Carmen, dirigíase hacia la Puerta del Sol, siempre llena de una multitud desocupada y abúlica que no sabe andar. En la calle Mayor se detenía, hundiendo una mirada ávida y medrosa en la joyería, cuyo escaparate refulgente parecía una brasa.

La contemplación diaria y reposada de aquellos tesoros producía en Enrique Darlés un trastorno moral, cuya gravedad él no sospechaba. La idea de robar iba incubándose en su ánimo, obsesionándole, trocándose en resolución irreductible y desapoderada.

Para tormento suyo, aquel collar de esmeraldas que servía de reclamo á la tienda no hallaba comprador. Era demasiado caro.

Con la nariz aplastada sobre el cristal del escaparate, Enrique sufría largos minutos de angustia sin poder disuadir sus ojos de aquel abismo, precipicio de oro y terciopelo en cuyo fondo los brillantes, los topacios, las esmeraldas, las perlas, los rubíes, las amatistas, parecían las pupilas de una extraña multitud. Su imaginación, entretanto, devanaba una historia de locura. El, con su presa oculta en su bolsillo más secreto, iría á ver á Alicia, y la diría: «Toma, aquí tienes tu collar; el collar que ni don Manuel, ni esos aristócratas millonarios que conoces, han querido comprarte, te lo he ganado yo jugándome la vida. ¿Qué dices ahora?...» Y discurriendo así cerraba los ojos, creyendo que á su alrededor el aire olía á violetas. Después, cuando abría los párpados, las esmeraldas del collar, verdes y duras como las pupilas de Alicia, parecían decirle: «Todo eso, tan bonito, sucederá cuando tú quieras». Era la voz sigilosa de la tentación: voz hecha luz...

Una tarde, al recobrarse de uno de estos duraderos y profundos ensimismamientos, vió que Alicia Pardo y su amiga Candelas se acercaban. Ellas también le habían visto. Turbado, casi sin voz, el estudiante las saludó. Alicia le estrechó la mano afectuosamente, y él aspiró esta vez con más fuerza, aquel perfume á violetas que aromaba sus sueños de ladrón. La joven preguntó:

—¿Qué hace usted aquí?

—Nada... pasar el rato...

Alicia inspeccionó el escaparate.

—¡Ah, sí! ¿Miraba usted mi collar?

—Sí, precisamente...

Y al decir esto enrojeció, porque equivalía á confesar que estaba acordándose de ella. Candelas examinó al estudiante risueña. Alicia Pardo agregó cruel:

—Ya sabe usted que se lo he pedido.

—Lo sé, me acuerdo.

Habló tristemente y ella se echó á reir.

—Y bien, qué, ¿piensa usted regalármelo?

—¡Quién sabe!...

Una cólera repentina había dado á sus facciones tirantez viril y agresiva. Palidecieron su frente y sus labios. Candelas, que era bondadosa, trató de aliviar su tormento.

—Déjese usted de mujeres—exclamó—; somos muy malas. Créame usted á mí: la mejor, la más santa de nosotras, no vale un sacrificio.

Alicia interrumpió á su amiga.

—¡Qué bobita eres! Estamos hablando en broma. ¿Tú piensas que Enrique puede hacer una locura por mí?... ¡Qué disparate!

Fieramente el estudiante repitió:

—¡Quién sabe!

Y luego, tras una pausa:

—Ignoro por qué habla usted así. Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo.

Dos meses antes, las frases un poco burlescas y las sonrisas de las dos jóvenes le hubiesen desconcertado. Pero ahora hallábase transfigurado y poseído de un nuevo y vigoroso ardimiento. Ya no dudaba; invadíale un extraordinario y avasallador concepto de sí mismo, y esta convicción de su juventud y de su audacia, de su fuerza, en fin le enajenaba como una ola de alcohol. Un instante había bastado para que el niño creciera y fuese hombre.

Alicia le observó de hito en hito; sus labios tornáronse graves; bajo la doble crencha de sus cabellos rojos, partidos simétricamente sobre la frente, los ojos tuvieron una expresión pensativa. Ella ignoraba cómo los hombres primitivos cazaban el reno, pero sabía de conocer caracteres y de atizar pasiones, y si ojeó pocos libros, leyó de corrido en muchas conciencias, lo que es mejor. Su instinto agudo, que no solía equivocarse, adivinó en el gesto y la voz del estudiante algo dominador y desesperado. Prefirió cortar la conversación.

—Adiós, Enrique. ¡Ah! Manolo ha preguntado por usted varias veces.

—Muchas gracias. Dele usted mis recuerdos.

—¿Cuándo irá usted por casa?

Siempre sombrío, Darlés repuso:

—No lo sé, Alicia; pero esté usted cierta de que iré tan pronto como deba ir.

Y hubo en esta alusión á lo que él llamaba «su deber» un trémolo indefinible de soberbia y de amargura.

Al quedarse solo el estudiante tuvo una explosión de cólera que, á falta de palabras, se deshizo en lágrimas. Tenía la convicción de que sus respuestas, un poco misteriosas, impresionaron á Alicia; habían sido bellas. Ahora, y para no perder lo ganado, necesitaba que su conducta corroborase lo dicho. Embozadamente habíase comprometido á algo muy grave. De no cumplir lo ofrecido, quedaría en ridículo. Era, pues, indispensable llegar al fin.

—Seré ladrón—pensó.

Después dirigióse á su taberna, donde cenó tranquilamente y se acostó temprano. Durmió bien, con esa paz profunda que dejan en los espíritus largo tiempo agitados las resoluciones irrevocables. Era mediodía cuando despertó. Inmediatamente se levantó, vistióse de limpio y escribió á su padre una carta tranquila, en la que sólo hablaba de sus estudios. Luego metió en un pañuelo todos sus libros de texto y salió á la calle. Iba á venderlos. «Si me prenden—reflexionaba—ese dinero puede hacerme falta; y si logro huir y todo queda en el misterio, tiempo tengo de recobrarlos.»

Realizada la venta se dirigió á un restaurant de lujo, donde almorzó con ciertos refinamientos. En todos estos detalles menudos, tan contrarios al orden y sencillez de su vida habitual, un observador hubiese descubierto cierta melancolía de despedida. Luego estuvo bebiendo café en la terrasse del Lyon d'Or, y reconoció que muchas de las mujeres que pasaban eran bonitas. Acerca de lo que iba á realizar no había pensado nada concreto. Prefería abandonarse á lo imprevisto. Los grandes conflictos se resuelven mejor sobre la marcha, de sopetón, ante la inminencia del peligro.

A las seis en punto se levantó, y cruzando la calle de Sevilla dirigióse por la carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol. Todavía las luces del alumbrado público y de los comercios estaban apagadas. Era una tarde de Abril; barría las calles un remusgo fresco y húmedo; en el espacio límpido, teñido de rosa, Venus vertía la serenidad de su luz milenaria. Darlés avanzaba tranquilamente, con un sosiego de movimientos que parecía responder á una ecuanimidad perfecta. Al llegar á la acera del Ministerio de la Gobernación detúvose á observar los tranvías, los coches, el gentío que pululaba á su alrededor. La idea de que pronto le prenderían, renació en su espíritu.

—Mañana—pensó—no veré nada de esto.

Y sus ojos tuvieron una melancolía de «adiós». Sin embargo, ya no podía torcer su resolución de robar.

El fondo de esta locura lo constituía, más que un anhelo carnal, un prurito romántico, casi coquetón, de «quedar bien». La concupiscencia de los primeros momentos había evolucionado hasta convertirse en el sentimiento elegante, puramente artístico, de un «bello gesto». En último término, adueñarse de Alicia era lo de menos: lo importante, por no decir lo único, era tener ante ella la hermosura de un heroísmo; que para los grandes criminales, como para los artistas ilustres, como para los multimillonarios que se arruinan en una noche, como para todos los que rompen los moldes vulgares, guarda el alma aventurera de la mujer una admiración. Y el estudiante, considerando que Alicia Pardo se acordaría siempre de que hubo un hombre honrado que fué á presidio por ella, se juzgaba pagado y feliz.

Absorto en estas quimeras, llegó Enrique Darlés á la joyería de la calle Mayor, cuyas luces, recién encendidas, volcaban sobre la acera un generoso resplandor. Detúvose el mozo ante el escaparate, lleno de refulgencias cegadoras. En el centro de la vidriera y ciñendo el cuello de un medio busto de terciopelo blanco, estaba el collar, el terrible collar de esmeraldas. Darlés lo contempló largamente, y al principio experimentó esa sensación de miedo y de frío que inspiran las armas de fuego. Después esta emoción desapareció; la luz verde de las esmeraldas le enajenaba; era una especie de atracción telúrica, invencible como el principio de gravedad. No obstante, todavía vacilaba, todavía comprendía que en aquel medio metro que le separaba del escaparate flotaba un abismo. De pronto, pensó:

—¿Y si Alicia me viese ahora aquí?...

Esta idea derrotó sus últimos temores y abrió la puerta del establecimiento con mano segura. En seguida avanzó hacia el mostrador; su paso era firme y suelto. Un dependiente alto y elegante, con largos bigotes rubios, salió á recibirle.

—¿Qué deseaba usted?

Con un aplomo del que segundos antes no se hubiese creído capaz, Enrique contestó:

—Quisiera ver ese collar de esmeraldas que hay en la vidriera.

—Sí, señor.

Darlés miró á su alrededor y notó que, al fondo de la tienda, un caballero barbiblanco, el dueño sin duda, le observaba atento. El tenía ya un plan: se apoderaría de la joya y huiría hacia la puerta que, para este fin, dejó entornada.

El dependiente volvía con el collar, que depositó sobre el pañete verde musgo del mostrador. Enrique Darlés apenas se atrevía á tocarlo.

—¿Cuánto vale?

—Quince mil pesetas.

El estudiante chasqueó la lengua, como hacen los bebedores para celebrar el buen gusto y calidad de un vino. Su interlocutor agregó:

—Tengo la seguridad de que habrá usted visto pocas esmeraldas como éstas.

El caballero peliblanco se había acercado sin hablar, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y su continente era grave y perplejo. Diríase que su espíritu desconfiado de comerciante venteaba un peligro. Darlés le miró de reojo: aún era honrado, aún podía arrepentirse...

El dependiente había traído varios estuches, de los que fué sacando collares diferentes. En el modo de cogerlos, de acariciarlos entre sus dedos de uñas cuidadas y de extenderlos sobre el pañete del mostrador, ponía aquel hombre un cariño. Los había de brillantes, de turquesas, de zafiros, de topacios...

El estudiante vacilaba; latía en aquella proximidad del crimen una voluptuosidad mareante y terrible, á la vez dulce y acre. Siguió preguntando:

—¿Qué vale este collar?

—Muy poco: dos mil doscientas pesetas.

—¿Y éste de rubíes?

—Cuatro mil quinientas.

Darlés los cogía, los miraba detenidamente, volvía á dejarlos. De pronto experimentó la sensación de que por sus mejillas acababa de extenderse una gran palidez. Para reponerse dijo:

—Este de perlas negras es muy hermoso.

—También es más caro: diez mil pesetas.

Bruscamente el señor barbiblanco, que hasta entonces no había desplegado los labios, exclamó con acritud:

—Bien; creo que ya han hablado ustedes bastante.

Y, dirigiéndose al dependiente:

—Guarde usted esos estuches.

Enrique Darlés levantó la cabeza y le miró á los ojos fieramente, con la altivez del hombre que todavía no ha delinquido.

—¿A qué viene eso?—gritó.

—No me gusta perder el tiempo—repuso el joyero—; á usted no debe sobrarle el dinero; yo no me equivoco.

Y volviéndose á su empleado, que presenciaba la escena atónito, repitió secamente:

—Le he dicho que recoja esos estuches.

Tal vez el estudiante no estaba aún totalmente decidido á robar; todavía, quizás, quedaba en su conciencia algo bueno, sano, que, en el momento supremo, se hubiese impuesto á la fatal tentación. Pero las palabras destempladas del comerciante, exasperándole, le obligaron á delinquir; buscó un desquite y pecó. El caso no es nuevo; muchas, muchísimas veces, un crimen sólo es la represalia lógica de una injusticia.

Fuera de sí, Enrique alargó rápidamente un brazo hacia el sitio donde estaba el collar de esmeraldas; sus dedos se crisparon, convulsos; giró sobre sí mismo y, de un salto, ganó la puerta.

En aquel momento, uno tras otro, sonaron dos tiros.

Darlés emprendió una carrera vertiginosa, delirante, hacia el Viaducto. Al principio oyó una voz que gritaba á su espalda:

—¡A ése, á ése! ¡Al ladrón!...

Una voz terrible, de pesadilla, y luego percibió el estrépito, semejante á un trueno, de la gente que le perseguía. Ante él los transeuntes se apartaban, y había en sus rostros miedo y asombro. Al llegar á la calle de Bordadores, un hombre que esgrimía un bastón, trató de cerrarle el paso y, entonces, Darlés torció á la izquierda, venciendo con velocidad de liebre la cuesta de la calle Siete de Julio. De un portal le tiraron una silla, que apenas le rozó, y donde acaso tropezaron los que de más cerca le acosaban. Cuando la humana jauría, jadeante y furiosa, pasaba bajo los arcos de la Plaza Mayor, su griterío amenazador retumbó con más fuerza:

—¡A ése!... ¡A ése!...

El estudiante, alocado, corriendo siempre en línea recta, llegó á la barandilla que cierra el jardín y la franqueó de un salto. Esto le salvó. La poca luz que allí había y las sombras de los árboles desdibujaron su figura. El, sin embargo, continuó corriendo y, al encontrarse de nuevo con la barandilla, volvió á saltar. Al caer, sus rodillas, fatigadas, se doblaron y á poco da de bruces contra el suelo. Pero en el acto se levantó y siguió corriendo. Ahora las voces de sus acosadores retumbaban lejos, bajo las bóvedas sonantes de la plaza.

Darlés continuó huyendo por la calle de Toledo, y advirtió que muchos transeuntes le miraban con inquietud. Una mujer exclamó:

—¡Va herido!...

Al llegar á Puerta Cerrada, el estudiante se acercó á la famosa cruz que da nombre á la plaza. No podía más; las piernas se le rompían de cansancio; su corazón estallaba; la lengua se le escapaba de la boca. Varias mujeres le rodearon asustadas.

—¡Está usted herido!—decían—. ¿Qué es eso?... ¡Le han herido á usted!

Pero en sus exclamaciones no había rencor, sino piedad ingénua. El estudiante se sintió más tranquilo. Una de aquellas mujeres llevaba un cántaro.

—¡Un buche de agua!—balbuceó Enrique—. Agua... ¡Me muero de sed!...

Acercó sus labios á la boca de la vasija y bebió á largos sorbos.

Ellas repetían:

—Está usted herido... ¡Pobre hombre!... ¡Vaya usted en seguida á la Casa de Socorro!...

Para no suscitar sospechas, Darlés repuso:

—Sí, ahora voy...

Después trasegó algunas buchadas más, y siguió huyendo hacia la calle de Segovia. Corrió mucho, mucho, hasta que sus fuerzas se agotaron totalmente. Detúvose y se reconoció; sus ropas mojadas se adherían á su carne, produciéndole una desagradable sensación de frío; tenía las manos rojas: lo que él creyó sudor, era sangre.

—¡Estoy herido!—murmuró.

Y entonces comprendió lo que las mujeres de Puerta Cerrada le habían dicho. En aquel momento acometióle un ligero mareo y necesitó apoyarse contra la pared. Después abrió los ojos y examinó el sitio donde se hallaba. Era un callejón pendiente y solitario, abierto entre casas modestas. Muy cerca, sobre la inmensidad negra del cielo, aparecía la mole imponente del Viaducto, esa atalaya siniestra y magnífica desde la cual tantos tristes se despidieron de la vida en una reverencia mortal.

Enrique Darlés volvió á pensar:

—Estoy herido...

Sus ideas iban coordinándose: Alicia, su cuartito de la calle de la Ballesta... Palpóse los bolsillos, y sus dedos hallaron el collar, «¡su collar!...»

El estudiante sonrió; una alegría inefable esponjaba su cuitado corazón. Suspiró; se enjugó dos lágrimas. Alicia sería suya. La novela de su vida acababa de ser escrita.

V

Candelas y Alicia Pardo regresaban en landó de las carreras. La tarde había pecado de frescachona, pero el sol no se ocultó ni un momento, y los jockeys lucharon bien. Alicia sonreía; estaba contenta; había ganado ochocientas pesetas, y en sus ojos persistía aún la visión de los jinetes huyendo con rapidez fantasmagórica sobre el fondo del paisaje abrileño. Y, de pronto, en el segundo tercio de la carrera, de aquel grupo multicolor, compuesto de blusas rojas, azules y amarillas, y de calzones blancos, un caballo se destacó para tomar la cuerda, y ella había ganado...

En esta victoria hallaba algo personal, que mimaba su orgullo.

—Ese jockey que ahora tiene tu conde—exclamó—monta como un centauro. ¿Es inglés?

Candelas contestó:

—No, belga.

A Alicia, que no recordaba con exactitud hacia dónde quedaban los Países Bajos, no le satisfizo la respuesta. Pero era igual; bastábala con saber que el jockey triunfador venía de uno de esos pueblos septentrionales donde todos los hombres son correctos y rubios.

Candelas comenzó á explicar la ciega confianza que el conde, su amigo, tenía en aquel caballista extraordinario. En pocas palabras trazó un brillante programa de diversiones y de viajes. A primeros de Mayo irían á Londres, y en Junio, á París, donde el conde pensaba llevarse el «Gran Premio», de Longchamps. La otoñada la pasarían en Niza.

Alicia Pardo repuso:

—En Septiembre el marquesito y yo vamos á Monte-Carlo. Es preciso que nos veamos; con los hombres, ¿verdad?..., nos divertimos poco. No saben hacernos reir.

Cuando el landó llegaba á la plaza de Castelar, Alicia preguntó á su amiga:

—¿Tienes algo que hacer esta noche?

—No.

—Pues vente al Real conmigo. La noche pertenece á Bizet, el divino. Representan Carmen, y trabajan la Nasí y Pacteschi. ¡Sin comentarios!

Candelas accedió.

—Ahora—dijo Alicia—quiero ir á mi casa, por si he recibido algún recado urgente. Luego te llevo á la tuya, cambias de traje y buscamos á Manolo para que nos invite á comer.

El coche se detuvo ante el portal de Alicia, y Teodora, que estaba en el balcón, bajó á la calle en seguida. Traía una carta.

—Esto ha venido para usted.

—¿De parte de quién?

—De parte del señorito Enrique.

Alicia repitió, sorprendida:

—¡De Enrique!

Rasgó el sobre con gesto febril, y leyó:

«Ven á mi casa, te lo ruego. Necesito verte hoy mismo.»

Y firmaba: «E. D.»

Alicia pareció reflexionar. Luego miró á su amiga.

—¿Tú entiendes esto?... Es de Enrique Darlés... ¿Te acuerdas?... Un muchacho, amigo de Manolo...

Y, dirigiéndose á Teodora:

—¿Quién trajo esta carta?

—Una vieja.

—¿Qué facha tenía?

—No sé... así..., parecía portera...

Alicia permanecía indecisa; la concisión autoritaria de aquellos renglones impresionaba. Era una carta de hombre; los niños no saben hablar así. En el sobre una mano impaciente, acaso desesperada, había escrito, con letras de trazos vigorosos, la palabra «urgente».

—¿Qué hacemos?—preguntó.

—Creo—repuso Candelas—que debemos ir á verle.

—¿Para qué?

—Cuando él te llama, algo muy grave debe ocurrirle. Ve...

Alicia consultó su reloj: eran las seis; aun podía, sin turbar el programa de aquella noche, otorgarse el lujo de una condescendencia. Y ordenó al cochero:

—¡Ballesta, número...! ¡A escape!...

Un momento las dos jóvenes estuvieron calladas. Candelas, de repente, exclamó:

—¿Has leído lo que dicen los periódicos del robo que hubo anoche en la calle Mayor?

—No... ¿Qué dicen?

—Que han robado una joyería.

—¡Una joyería!—repitió Alicia.

Su rostro tuvo una expresión inenarrable de ansiedad y de espanto. Se acordó de aquel collar de esmeraldas, en el que tantas veces había pensado, y de la tarde en que ella y Candelas sorprendieron á Enrique Darlés inmóvil ante el escaparate de la tienda. Inopinadamente, la dolorida figura del estudiante parecía ponerse de pie en su memoria. Escuchaba sus últimas palabras: «Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo». Y estas frases, á las que nunca concedió valor, ahora repercutían en sus oídos con un «tic» profético.

—¿Qué han robado?—preguntó.

—No puedo decírtelo, porque leí el periódico muy á la ligera.

—¿Y quién es el ladrón?

—No se sabe.

—¿No le prendieron?

—No. Fué más listo que los que le perseguían...

—¿Y escapó?

—Sí.

El misterio que envolvía al delincuente aumentó la inquietud de Alicia. Era una emoción bonita, novelesca, que la producía cierto engreimiento. «¡Si hubiese robado por mí!», pensaba. Emoción orgullosa y malsana, semejante á la que experimenta ante sus amigos el hombre por quien una mujer se ha suicidado.

Candelas, que seguía los pensamientos de Alicia, exclamó:

—¡Sería notable que el autor del atentado fuese Enrique Darlés!

—No lo creo.

—Pues mira, yo dudo...

—Hubiera hecho muy mal.

—Evidentemente.

—Y si lo hizo, me tiene sin cuidado. Que se fastidie, por imbécil. Yo, nada le he pedido; y, en último término, ¡qué diablos!, más delito tiene el que otorga que el que pide...

El coche se detuvo, y Alicia y Candelas echaron pie á tierra y penetraron en un portal de apariencia mezquina. Candelas llamó.

—¡Portera, portera!

A sus voces nadie contestó.

—Sígueme—dijo Alicia—, conozco el camino.

Echó á andar, recogiéndose pulcramente su falda color perla é imprimiendo á la larga amazona roja de su sombrero un gracioso vaivén. Atravesaron un patio sórdido y húmedo, luego otro, y comenzaron á subir una empinada escalera. El fru-frú sedeño de sus enaguas y el tintineo de sus pulseras llenaba el silencio. Llegaron al tercer piso y detuviéronse ante una puerta entornada. Alicia llamó con los nudillos. Nadie contestó. Volvió á llamar. Desde dentro, una voz, la voz de Enrique, repuso débilmente:

—Adelante...

La joven y Candelas se hallaron en una habitación obscura que apestaba á sangre. Alicia Pardo no pudo reprimir una exclamación grosera de disgusto:

—¡Qué asco! ¡Puf!... ¿A qué huele aquí?

Desde el fondo de la estancia, donde se insinuaba la silueta de un lecho, Enrique Darlés balbuceó:

—Ahí, sobre esa mesita, hay fósforos... Enciende el quinqué...

Candelas se mantuvo inmóvil, junto á la puerta, temerosa de tropezar. Cuando hubo luz, las dos amigas lanzaron á su alrededor una mirada rápida. Componían el moblaje una mesa de escribir, una cómoda sobre la que había un espejo, y á la hila de las paredes encaladas media docena de sillas de enea. El estudiante estaba acostado y vestido en su lecho; sobre la albura de la almohada, su cabeza, de crespos y negrísimos cabellos, yacía inerte. Un momento abrió los ojos, y luego, pausadamente, tornó á cerrarlos. Por su rostro lampiño, que la lividez de los labios entristecía, divagaba la blancura etérea y luminosa del último dolor.

Las dos jóvenes se aproximaron al estudiante. Alicia exclamó:

—¡Enrique!... ¡Enrique!...

El entreabrió los párpados, y sus pupilas turbias fijaron en «Tacita de oro» una mirada de gratitud. Ella repitió:

—Enrique... ¿Me oyes?

—Sí.

—Te han herido, ¿verdad?

—Sí.

—¿Tú fuiste quien cometió anoche el robo de la calle Mayor?

—Sí...

Alicia Pardo miró ufanamente á Candelas, como invitándola á fijarse bien en su hazaña y poniendo en su ademán aquella petulancia con que se exhibe una obra de arte. Acababa de obtener un gran triunfo, porque únicamente por las mujeres capaces de inspirar pasiones locas se atreven los hombres á tanto. Después adelantó la cabeza para ver de más cerca las ropas del estudiante, y al encontrarlas tintas en sangre, experimentó un nuevo acceso de asco. El contraste del aire cálido y nauseabundo de aquella habitación, largo tiempo cerrada, con el ambiente saludable de la calle, era demasiado brusco.

—¿Abro la ventana?—dijo.

—No... no—murmuró Enrique—; estoy muy débil; el frío me mataría.

Alicia, sentada sobre el lecho, aquel pobre lecho que su cuerpo una noche perfumó á violetas, le observaba en silencio. Un ancho sombrero carmesí, adornado por una magnífica amazona blanca, cubría su semblante pálido, donde los ojos verdes brillaban lascivos en el gran nimbo cárdeno de las ojeras; y la gracia libertina de los ademanes, la brevedad pueril del talle, el entono robusto de las caderas y del seno, y aquel desasosiego con que los piececitos impacientes y bailarines herían el suelo cual si deseasen escapar, contrastaban fuertemente con la fealdad del aposento desamueblado, oliendo á agonía.

Candelas parecía conmovida. Pero Alicia se ahogaba; una sensación terrible de asco iba dominándola. Repetidas veces llevóse á su nariz gozadora, bañada aquella tarde en la brisa suelta y oxigenada del Hipódromo, su pañuelo de encajes. El invasor malestar se sobreponía á su aflicción. No podía llorar. Además, ¿para qué?... Y con tal de escapar pronto de allí, no la hubiese importado que Enrique viviese algunas horas menos. En su ingratitud, Alicia Pardo llegó á maravillarse de que hubiese mujeres amantes capaces de besar un cadáver...

De súbito, deseosa de concluir, preguntó:

—Pero... ¿cómo te hirieron?

Nuevamente Enrique abrió los ojos, luego los labios.

—Vas á saberlo.

A pesar de la enorme hemorragia que había sufrido, aún le restaban algunas fuerzas, las últimas, y pudo hablar.

—He robado por ti, porque la tarde en que me echaste de tu casa me dijiste: Nos veremos... «cuando me traigas el collar que te he pedido».

Alicia exclamó:

—No me acuerdo.

—Yo, sí; me lo dijiste. Yo me acuerdo de todo.

La joven encogióse de hombros y sus ojos sádicos, de color de ajenjo, permanecieron secos. Candelas, en cambio, más humana, más mujer que su amiga, tenía anegados en llanto los suyos. Enrique siguió hablando. Su gesto era grave. Repentinamente, el niño se había hecho hombre.

—Decidido a recobrarte, quise ofrecerte lo que tanto deseabas. Anoche, cuando penetré en la joyería, aún no estaba seguro de lo que iba á hacer. Me acerqué, sin embargo, al mostrador, y dije que deseaba examinar el collar de esmeraldas que había en el escaparate. Cuando me lo trajeron, juntamente con otros, apoderóse de mí un vértigo que echó sobre mis ojos una tiniebla inmensa y terrible. Rápidamente extendí una mano, cogí uno de los collares, no sé cuál, porque todos me parecían verdes... y escapé. Pero el dueño, que sin duda había ido espiando todos mis movimientos, sacó un revólver y disparó. Su puntería fué certera. Yo, en aquel minuto trágico, nada sentí y continué corriendo. A mi espalda, voces acusadoras repetían: «¡Á ése, á ése!...» Y me parecía ver manos vengativas que, con el ansia de cogerme, se abrían y cerraban como garras detrás de mí. Cuando volví de mi terror me hallé en un callejón solitario; mis perseguidores no habían podido alcanzarme. Entonces advertí que mis ropas estaban empapadas en sangre y que mis piernas flaqueaban. ¿Qué hacer? Poco á poco, amparado por las sombras de la noche, regresé aquí... y te mandé llamar...

Los deditos ensortijados de Alicia se cruzaron con un doble gesto de interés y de horror.

—¿Y no te has curado?—gritó—, ¿no llamaste á ningún médico?

—No; no quise... porque si alguien me hubiese visto así hubiera sospechado... Y he preferido morir á que me quitasen el collar que robé para ti...

Y como sintiese que sus energías se agotaban, añadió con un gesto:

—Ahí está, sobre la cómoda. Levanta esos libros.

Era una escena tristísima, de un romanticismo punzante y melodramático. Al fin, los párpados de la pecadora se humedecieron.

—¡Niño, niño!...—sollozó—, ¿qué has hecho?

Darlés repitió:

—Búscalo... sobre la cómoda...

No quería morir sin ver su regalo entre las manos, nácar y nieve, de la Deseada.

Ella hizo lo que el estudiante ordenaba, y bajo unos periódicos, sus dedos hallaron un collar de perlas negras.

—¡Qué hermoso!—exclamó absorta.

Sin abrir los ojos, como quien habla en sueños, Darlés repuso:

—No es el que tú querías... ya lo sé... Luego lo he visto... Pero en aquel momento, todas las piedras me parecían verdes...

Era éste un episodio más, un capricho más de la amarga y eternal ironía de las cosas. ¡Dar la vida por un collar de esmeraldas, y equivocarse de collar!... El estudiante balbuceó:

—Adiós...

Por sus miembros corrió un largo estremecimiento, y bruscamente la agonía dió á sus facciones varonil severidad. Torcióse la línea de sus labios. Candelas, puesta de hinojos, lloraba y rezaba. Alicia Pardo, más violenta, cogió al estudiante por los hombros.

—¡Enrique... Enrique!...

Y le miraba con una de esas expresiones trágicas, todo pasión, que explican el sacrificio de una vida.

El estudiante aún pudo murmurar:

—Acuérdate...

No dijo más. Cerró los párpados. Moría tranquilamente, sin sangre. Por su rostro deslizóse una sombra blanca. Alicia exclamó:

—Enrique... ¿me oyes?... ¡Enrique!

Le palpó la frente y las manos. Estaba frío.

—Ha muerto—dijo.

Aquello, á su modo, era bonito. Hubo una pausa. Candelas se había levantado y las dos amigas se consultaron con los ojos. Acababa de herirlas la misma idea, el mismo temor. La muerte de Enrique las comprometía; la justicia realizaría pesquisas y no era difícil que las llamasen á declarar. El instinto de conservación alejaba de ellas el recuerdo del muerto.

—Estamos perdidas—dijo Alicia—; tú tienes la culpa, yo no quería venir.

Candelas repuso colérica:

—La culpa es tuya.

—¿Mía?

—¡Claro es! ¿Quién, sino tú, le obligó á robar?

—¡Yo... yo!...

—Tú, sí, estúpida...

Y en su voz ardía ese rencor envidioso que sienten todas las mujeres hacia la manceba por quien un hombre se ha perdido. Luego, para tranquilizarse, agregó:

—Afortunadamente, la portera no nos ha visto subir.

Alicia Pardo examinaba el collar; su alma ególatra prendada del lujo, su almita «de presa», tornó á olvidarse del estudiante para sólo pensar en la belleza de la joya. De pie, ante el espejo, se ciñó el collar y comenzó á mover la cabeza á uno y otro lado, complaciéndose en el contraste que formaba la negrura de las perlas sobre el armiño de la garganta. Y un momento sus ojos ardieron con el vigor insolente de la dicha. Lo sucedido no la inspiraba remordimientos. ¿Por qué? ¿Tenía ella la culpa de que Enrique hubiese tomado en serio lo que ella pidió en broma? Y pensó filosóficamente que en la historia de todas las grandes cortesanas siempre hay, por lo menos, un capítulo trágico. Después su espíritu experimentó un matiz de ironía. ¡Pobre Enrique! El infeliz fué uno de esos desdichados que, ni aun cuando se sacrifican, aciertan del todo... Al fin, obedeciendo más que á un sentimiento de ternura á una delicadeza de artista, se acercó al cadáver para despedirse de él en una mirada. Desde la puerta, Candelas la llamó.

—Vámonos...

Alicia Pardo dió media vuelta: nada, en efecto, tenía que hacer allí. El ambiente de aquel cuarto, con su aire denso y su suelo de ladrillo salpicado de manchas bermejas, tornó á sofocarla. En la calle respiraría bien, y recordó que aquella noche, en la platea del Real, las perlas de su collar llamarían la atención. No estaba triste. Al pasar por delante del espejo se miró de reojo.

—Es bonito—pensó.

Y luego, con cierta melancolía:

—Sin embargo, el collar de esmeraldas me gustaba más...

Madrid.—Enero, 1908.

EL HIJO

I

A los treinta años, aburrido de vivir solo y sin afectos, Amadeo Zureda se casó. Era un hombre de mediana estatura y robustas espaldas, que tenía la color cetrina, el mirar reflexivo, el ademán lento y seguro. Toda el alma de su rostro, cortado por un bigote negro y bronco, más que en la reciedumbre de sus pómulos y de sus mandíbulas cuadradas ó en la dureza de su nariz, radicaba en la energía taciturna del entrecejo hirsuto, sombrío como un mal recuerdo. Borráranse uno tras otro los rasgos todos de aquel semblante, y mientras la línea peluda de las cejas subsistiera intacta, la expresión de Amadeo Zureda no habría cambiado; que entero su espíritu, reservado y ardiente, estaba allí.

A Rafaela, su mujer, el matrimonio la redimió de la esclavitud del obrador. Acababa de cumplir diez y ocho años, y era una morenucha de ojos negros, apicarados y muy grandes, y de labios fragantes y rojos; el talle flexible, las traviesas caderas turgentes y movedizas, el seno bien soplado, el caminar vivo, desembarazado y aventurero. A su donaire bravío, un poco canallesco, de hija del pueblo, iba unida cierta distinción de gestos y de aficiones que aderezaba su belleza y la mejoraba; tenía las manos menudas y pulidas, y gustaba de ir finamente calzada y con enaguas bien limpias y crujientes. Y como su cuerpo era su espíritu, ágil, inquieto, incapaz de guardar durante mucho tiempo la misma actitud; mientras hablaba, sus ojos pícaros rebrillaban de contento, y en su boca grande, de dientes blanquísimos, ardía perenne, como lámpara santa, la luz de una risa. Amadeo adoraba en ella; cuando por las tardes, al volver del trabajo, Rafaela acudía á recibirle con jubilosas alharacas y luego se instalaba zalamera sobre sus rodillas, Zureda, poseído de inefable contento, quedábase boquiabierto y como en éxtasis, y hasta aquella cicatriz pensativa de su entrecejo parecía dulzurarse en la grave serenidad de la frente cobriza.

El matrimonio se había instalado en el piso quinto de una casa vecina de la Estación del Norte. La finca era nueva, y el cuarto de los Zureda, muy alegre y soleado, con habitaciones espaciosas, claras, y dos balcones, que las manos hacendosas y artistas de Rafaela habían colmado de flores.

Amadeo era maquinista del ferrocarril; sus jefes estaban contentísimos de él; dos años hacía que trabajaba en la línea de Madrid á Bilbao, y nunca cometió faltas merecedoras de castigo; era inteligente, activo, duro en la faena; después de una jornada de quince horas, sus ojos negros dotados de extraordinario poder visual, miraban sin cansancio; dentro de su traje de pana, aquel hombre musculoso, impasible y cetrino, parecía de bronce.

Zureda amaba su oficio; lo aprendió en los Estados Unidos, el país donde corren más los trenes, y habiéndose quedado huérfano en edad temprana, á su profesión dedicó íntegra la abundante savia afectiva de sus años solteros. El camino de Madrid á Bilbao lo conocía en sus menores detalles, palmo á palmo, y hubiera sido capaz de andar por él á ciegas, y tan seguro como por su propia casa. Había grupos de árboles, barrancos, ríos, cerros y alquerías que tenían para él la elocuencia terminante de un plano topográfico ó de un reloj. «Al llegar á tal sitio—pensaba—hay que dar freno, porque inmediatamente después viene una cuesta abajo.» O bien: «Ahí está el puente; debe ser tal hora...» Y la apreciación de estas nociones de espacio y de tiempo era siempre precisa, infalible. Zureda sabía que aquellos objetos inanimados, escalonados á lo largo de la vía, eran á modo de amigos fieles, que no habían de engañarle.

Este amor fetichista al paisaje lo compartía el que le inspiraban sus máquinas. Generalmente trabajaba con las mismas: la número 187 y la número 1.082. A la primera Amadeo la llamaba «la Negra»; á la segunda, «la Dulce». Aquélla era indócil, violenta y se gobernaba mal; cuando iba venciendo alguna cuesta parecía trepidar de dolor, y en su panza de hierro había ululeos extraños de amenaza; en las pendientes patinaba, y era difícil contenerla; diríase que en su interior agitábase un espíritu díscolo, eternamente rebelde á todo mandato; estaba quieta y no quería andar; si andaba, costaba trabajo detenerla; al penetrar bajo el arco tenebroso de los túneles, su silbido de alarma vibraba desgarrador, semejante á un grito humano. «La Dulce», por el contrario, era mansa, obediente, recia y voluntariosa en los momentos de subida, prudente y reservona en las cuestas abajo, cuando convenía reprimir el descenso temerario del convoy.

Siempre que Amadeo iba de viaje, lo que ocurría dos veces por semana, su mujer le preguntaba:

—¿Qué máquina llevas hoy?

Y si era «la Dulce» se quedaba tranquila.

—Con ésa—decía—no hay cuidado. La otra, en cambio, me da miedo: tiene «mala sombra...»

A Zureda, sin embargo, le gustaba bregar con las dos, y hasta sentía inclinación por una ó por otra, según el estado de sus nervios. Cuando se hallaba de buen humor, prefería «la Dulce», que no le daba trabajo. Esto sucedía durante los días apacibles, bajo el enorme beso ardiente del sol. Pedro, el fogonero que acompañaba á Zureda, era andaluz y sabía canciones picantes y sabrosos cuentos. Amadeo le escuchaba complacido, mientras sus ojos vigilantes se abismaban en el horizonte, riente y azul; los rieles que iban devanándose ante los topes de la locomotora, brillaban á la luz y parecían de plata; el aire era tibio y cargado venía de fragancias campestres; bajo sus pies el maquinista sentía retemblar la máquina, diligente, sumisa, sin bruscos sacudimientos ni lamentos insólitos, y murmuraba, ufano y cariñoso, como animándola:

—Anda, cordera...

Pero otras veces su cuerpo sanguíneo padecía cóleras recónditas, irritaciones caprichosas, desequilibrios insanos de humor, que le quitaban las ganas de hablar y ahondaban la cicatriz torva de su entrecejo. Y entonces prefería llevar consigo á «la Negra», siempre amenazadora y arisca, que contradecía todas sus órdenes; y esta lucha, en la que palpitaba constantemente un peligro, servía de sedante á sus nervios y le pacificaba. Entonces Pedro, el andaluz de los cuentos atrevidos y de las canciones pícaras, enmudecía cohibido por el agrio humor del maquinista. A lo largo del camino, y como rimado por las ráfagas musicales del viento y el fragor trepidante de la locomotora, un largo diálogo de rencores se entablaba entre el hombre y la máquina. Apretando los dientes, Zureda murmuraba:

—Anda, perra... la pendiente es dura, pero has de subirla. ¡Anda con ella!...

Y abría la boca del horno, ardiente y roja como pozo infernal, y por su propia mano, sañudamente, arrojaba dentro del hogar ocho ó diez paletadas de carbón. Como respondiendo al castigo, la máquina se estremecía; bramidos iracundos restallaban en su interior, y por sus lomos humeantes parecía correr una ondulación de odio.

De estos viajes Amadeo Zureda siempre volvía trayendo para su mujer algún regalo: un corsé, un cuello de piel, una caja de medias... Rafaela, que sabía exactamente la hora de llegada del expreso, atisbaba su paso desde un balcón. Zureda, además, desde muy lejos la avisaba con un largo silbido.

Ella, si aún estaba acostada, saltaba del lecho, vestíase precipitadamente y corría al balcón; y sobre el verde alféizar de las macetas, su rostro cobrizo sonreía al paisaje. Un momento después, por entre las arboledas frondosas de la Moncloa, el tren aparecía crepitante, fragoroso, devanando su cuerpo negro y ondulante á lo largo de los rieles, bruñidos. Desde el tándem, el maquinista, alborozado, saludaba á la joven con un pañuelo; y solamente entonces su entrecejo, hasta donde jamás subía el regocijo de una risa, se desarrugaba y parecía contento.

Amadeo Zureda no deseaba nada. Su oficio era ingrato, pero aquellas dos noches que, entre viaje y viaje, pasaba en Madrid, bastaban á darle la felicidad. Toda su alma honrada y brusca se remozaba allí, bajo el techo del hogar tranquilo, en medio de los muebles modestos, comprados uno á uno. Aquel era su premio. Entre los brazos amantes de la compañera, el frío que recogieron sus huesos á la intemperie, en la extensión de los caminos, disipábase poco á poco, y su alma adormecíase en el calor de un dulce bienestar sensual.

II

Dos años de matrimonio bastan para envejecer á un hombre dócil; ó lo que es igual: para infundirle esas ideas trascendentes de previsión, quietud y economía, que siembra en las voluntades pacíficas el miedo al mañana.

Cierta noche, hallándose convaleciente todavía de un enfriamiento que le tuvo encamado varias semanas, Amadeo Zureda habló seriamente á Rafaela del porvenir. Sobre la limpieza de las almohadas reposaba su cabeza bronceña, de pómulos angulosos y enérgico perfil, y en la grave serenidad de la frente, el surco vertical de la reflexión parecía más hondo. Su mujer, sentada al borde del lecho, le escuchaba atenta, una pierna sobre otra, y sujetando la rodilla cabalgadora entre sus manos cruzadas. El discurso del maquinista iba devanándose lentamente: la vida vale muy poco, pues la desgracia nos cerca y sabe herirnos de infinitos modos; hoy es una ráfaga de aire frío, mañana una congestión, ó una angina, ó un cáncer, los que la muerte utiliza como vehículos para llegar á nosotros; la tierra en donde todos, tarde ó temprano, iremos á dar, se abre á nuestro alrededor como una enorme fauce, y en esta fiera y rapidísima hecatombe universal nadie puede asegurar que asistirá al orto y al ocaso del mismo día...

—A mí no me asusta el trabajo, ya lo sabes—prosiguió Zureda—; pero las máquinas son de hierro y al cabo se usan y fatigan de andar; así los hombres... y cuando eso me suceda á mí, que ha de sucederme, ¿qué será de nosotros?...

Rafaela movía la cabeza con sosiego; ella no participaba de los temores de su marido; á Amadeo, su enfermedad le volvía pesimista y medroso.

—Creo que exageras—dijo—; la vejez está muy lejos; además, lo probable es que no tengamos hijos.

Zureda hizo un gesto negativo.

—No importa—replicó—; los hijos podrán no venir, pero ¿y si viniesen?... En cuanto á que la vejez tarde en llegar, te equivocas; hoy mismo, ¿crees que yo tengo la agilidad, el vigor y aquella misma alegría con que á los veinticinco años iba al trabajo?... ¡Quia! La vejez se acerca, y aprisa. Por eso repito que es necesario ahorrar. Así, transcurrido algún tiempo, cuando yo no pueda gobernar las máquinas, abriré un taller de mecánica; y si muriese de pronto, pero dejándote quince ó veinte mil pesetillas, fácil te será establecer en sitio céntrico un buen obrador de lavado y planchado, que es de lo que entiendes.

Aún añadió Zureda á lo expuesto otras varias razones, todas bien aplomadas y discretas, con las cuales la joven se dió por convencida. Al hablar así el maquinista, ya tenía trazado un plan. Entre las personas que durante su enfermedad fueron á visitarle estaba Manolo Berlanga, unido á él por lazos de amistad fraternal. Berlanga trabajaba en una platería del Paseo de San Vicente; no tenía parientes y ganaba bastante. Reiteradas veces el platero había manifestado á Zureda sus deseos de hallar una casa honrada donde vivir recogidamente y en familia mediante un pupilaje de cuatro ó cinco pesetas.

—Supongamos—continuó Amadeo—que Manolo nos diese cinco pesetas; son treinta duros mensuales; es así que la casa cuesta ocho, pues nos quedan veintidós duros, con los cuales, y algunos más que yo ponga, podemos comer todos perfectamente.

Rafaela asintió, interesada por las emociones que aparejaría aquel nuevo vivir. El platero era un boquiverde joven y simpático, que charlaba mucho y tocaba la guitarra muy bien.

—Como haber sitio para él, sí que lo hay—repuso—; ¿qué habitación le daríamos?

—La alcobita del comedor.

—En ella pensaba yo ahora mismo; pero es muy pequeña y no tiene luz...

Zureda se encogió de hombros.

—¡Para dormir—exclamó—buena es!... Si se tratase de una mujer, el asunto varía, pero los hombres en cualquiera parte nos acomodamos.

Al día siguiente, y por encargo del maquinista, Rafaela escribió á Berlanga rogándole fuera á verle. El platero acudió á la cita puntual. Representaba veintiocho años: vestía limpio pantalón de pana muy ceñido de caderas y bien abotinado, y pelliza de color obscuro con cuello y bocamangas de astracán. Era de mediana estatura y sobrio de carnes; tenía el semblante pálido, el ademán inquieto, la conversación jacaresca y abundante. Rafaela buscó un pretexto para marcharse de la habitación, y los dos hombres pudieron charlar libremente y ponerse de acuerdo.

—Tratándose de vosotros—dijo Berlanga—, yo doy cinco pesetas muy á gusto por mi hospedaje, y más, si es preciso.

—Gracias—repuso Zureda—; no se trata de comerciar contigo; sí de que todos nos ayudemos mutuamente como buenos hermanos.

Aquella noche, después de cenar, Rafaela sacó de la alcobita del comedor los muebles inútiles que allí había, y la barrió y fregó cuidadosamente. Al día siguiente madrugó para comprar en una prendería vecina una cama de hierro con su somier y un colchón de lana, que luego armó y equipó esmeradamente, hasta dejarla muy mullida y pomposa. Completaron el mobiliario de la habitación dos sillas, un lavamanos de hierro y una mesita enmajada por un tapetillo de bayeta verde. Seguidamente la joven se vistió y peinó para recibir al huésped, quien llegó á media tarde con su equipaje: consistía éste en un maletín donde el platero guardaba las herramientas de su oficio, un baúl y un barrilito lleno de cierto vinillo añejo que, según declaró Berlanga después de cenar, entre el regocijo expansivo del café y del cigarro puro con que Zureda le obsequió, se lo había regalado una tabernera amiga suya...

Transcurrieron varios días, que fueron para el maquinista y su mujer de desusado regocijo, pues el platero era hombre de alegres iniciativas y muy aficionado á levantar su vaso, con lo cual su conversación, habitualmente fértil, adquiría colorido hiperbólico y andaluzas exuberancias. De sobremesa, todos los donaires chulescos de Berlanga suscitaban en Amadeo sonoras explosiones de hilaridad; al reir, Zureda apoyaba su dorso macizo contra el respaldo de su silla, y á intervalos, como para subrayar los borbollones de su risa, descargaba sobre la mesa recios puñetazos. Después emitía su opinión lentamente, y si necesitaba aconsejar á Berlanga lo hacía por estilo paternal, bonachón y paciente.

Ya completamente restablecido, Amadeo volvió al trabajo. Aquella mañana, al despedirse de su mujer, ésta le preguntó:

—¿Que máquina llevas?

—«La Negra».

—¡Qué casualidad!... Veremos si te sucede algo malo.

—¡Bah! ¿Por qué? La conozco bien.

Abrazó á Rafaela, oprimiéndola cariñosamente contra su pechazo bravo y noble. De pronto una ocurrencia insana, cruelmente grotesca, azotó su espíritu: aquella noche él la pasaría despierto y á la intemperie, sobre el tándem del tren, mientras allá en Madrid, bajo el mismo techo que su mujer, iba á dormir otro hombre. Pero esta desconfianza bastarda duró un segundo apenas; el maquinista pensó que Berlanga, aunque bullanguero y disipado, era, en el fondo, un amigo fraternal incapaz de acometer tan fea traición. Rafaela acompañó á su marido hasta la escalera y allí tornaron á enfervorizarse recíprocamente con los calientes besuqueos y apretujones de la despedida. Al recomendarle que se abrigara bien y se acordase de ella mucho, los ojos negros de la muchacha arrasáronse en lágrimas.

—¡Qué buena es!—murmuró Zureda.

Y en su ingenua nobleza, acordándose del venenoso pensamiento que momentos antes le acometiera, tuvo vergüenza de sí mismo.

La vida de Manuel Berlanga era harto desigual; le gustaban las mujeres y el vino, y muchas noches, allá de madrugada, volvía á su casa en estado de completa embriaguez. Esto ocurrió siempre durante las ausencias de Zureda. A la mañana siguiente el platero se despertaba despejado y acudía contrito á la cocina, donde Rafaela preparaba el desayuno.

—¿Está usted enfadada conmigo?

Ella le reconvenía maternalmente y le aconsejaba formalidad; él tomaba el lance á risa.

—¡Déjeme usted en paz!—decía—; no me gusta la formalidad; es una de tantas antipatías que echa sobre nosotros el matrimonio. ¿No tiene usted bastante seriedad con la de Amadeo?

En los hombres, el amor no es muchas veces más que la obsesión carnal que les produce la visión reiterada y constante de una misma mujer. En cada risa, en cada actitud de la mujer que anda á su alrededor, hay una gracia que al principio resbala inadvertida, y luego, en virtud de un fenómeno que pudiera denominarse de «acumulación», se acentúa y afirma hasta surgir inopinadamente envolvente y conquistadora.

Una mañana Manolo Berlanga se hallaba en el comedor desayunándose para marcharse á su taller; Rafaela, de espaldas á él, fregaba el suelo del pasillo.

—¡Cómo se trabaja, comadre!—exclamó el platero festivamente.

Ella respondió á la observación con una carcajada argentina y prosiguió su faena; unas veces recogida sobre sí misma, casi sentada sobre los talones, otras con el busto extendido hacia adelante, en una actitud violenta que deprimía la fragilidad anillada de la cintura y soplaba la turgencia de las posaderas movedizas. En aquella escena, muchas veces repetida, el platero no había reparado hasta entonces; pero apenas experimentó su poder sensual cuando alumbró en él la llama de un deseo.

—¡Es guapa!—pensó.

Y continuó mirándola, repasando en su viciosa imaginación las perfecciones de aquella flor de carne, vibrante y mollar. Su ensimismamiento se prolongaba. De pronto, con la brusquedad de un mal humor, se levantó.

—Hasta luego—dijo.

En la escalera saludó á un vecino y encendió un cigarro. Al llegar al portal ya no se acordaba de Rafaela. Pero su deseo reapareció más tarde, á la hora de almorzar, mientras observaba disimuladamente los antebrazos desnudos de la joven. Eran éstos robustos y bien torneados, y la carne se apelotonaba exuberante bajo la tela de las mangas recogidas sobre el codo.

—Hoy no se ha peinado usted—dijo Berlanga.

Ella repuso riendo con esa franqueza voluptuosa de las mujeres que poseen una dentadura bonita:

—Tiene usted razón; en todo ha de reparar usted; es que no he tenido tiempo.

—No la importe—contestó el platero galante—; así, despeinadas y al aire los brazos, es como las mujeres guapas están mejor.

—¿Habla usted con franqueza?

—Con absoluta franqueza.

—Entonces tiene usted temperamento ó madera de hombre casado.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Por qué?

Volvió á reir, gozosa y coqueta.

—Porque ya sabe usted que, generalmente, y para descrédito del matrimonio, las mujeres casadas, tratándose de sus maridos, se preocupan poco de mostrarse bonitas.

Continuaron charlando, y á través de la conversación intencionada y picaresca asomaba la recíproca simpatía que sigilosamente iba arrobándoles la voluntad. Ella detuvo los ojos en el reloj, colocado sobre el aparador.

—Las ocho; ¿qué hará ahora Amadeo?

—Según—repuso Berlanga—; ¿cuándo llegó á Bilbao?

—Hoy, por la mañana.

—Entonces habrá pasado el día durmiendo, y ahora estará metido en algún café jugando al dominó. Nosotros, entretanto, aquí...

—¿Está usted mal?

—¿Yo?...

Y agregó lentamente y mirando á Rafaela con fijeza expresiva:

—¡Bastante mejor que él!

Después, mientras bebía su taza de café, el platero vació sobre la mesa su jornal de aquella semana.

Empezó á contar:

—Dos y dos, cuatro... nueve, once... ¡treinta y ocho pesetas! ¡Mala semana! Puedo decir que no he ganado ni para vino.

Reunió siete duros, que, apilados, formando una columna minúscula de plata, entregó á Rafaela.

—Tome usted.

Ella replicó ruborizándose, como ofendida por aquella distancia siempre un tantico hostil, como de deudor á acreedor, que parecía fijar entre ambos el dinero.

—¿Qué me da usted aquí?

—¡Anda!... ¿Qué ha de ser? ¿No pago por semanas? Pues, eso; mi semana:¡ siete días, á cinco pesetas, treinta y cinco pesetas cabales; ¡como éstas!...

Entre sus dedos ágiles, acostumbrados á manejar los naipes, las monedas resbalaban tintineantes. Agregó:

—Hoy es sábado, con que... la cuenta se arregla en seguida; me quedan tres pesetas para gastos extraordinarios: tabaco, tranvías... ¡Voy á divertirme!

Con gesto señoril, protector y amable, Rafaela devolvió á Berlanga su dinero.

—La semana próxima—dijo—me pagará usted. Yo, afortunadamente, si no me sobran ahora cinco duros tampoco me faltan.

El platero reiteró su ofrecimiento, aunque flojamente y sólo en aquella comedida proporción que juzgó necesaria para quedar bien. Levantóse después de la mesa, y mientras se pasaba las manos á lo largo de las piernas, para suavizar la fea convexidad de las rodilleras, y ante el espejo se estiraba el chaleco y ponía en su sitio el lazo de la corbata, exclamó jaquetón:

—¿Sabe usted lo que estoy pensando?

—Usted dirá.

—No me atrevo.

—¿Cómo?

—¿Y si se enfada usted?

—O no...

—¿Me lo promete usted?

—Palabra de honor; usted, diga lo que quiera, no puede molestarme.

—¿Y eso?

—Yo me entiendo.

—¡Ah, vamos!... Porque no me hace usted caso; ¿eh?... Me tiene usted en poco...

—Al contrario; le tengo á usted en mucho...

Mirábale provocativa y ufana, removida hasta en sus entrañas más hondas por un capricho tan porfiado, tan envolvente, que casi parecía un amor.

El platero repuso, orondo:

—Entonces, pues tenemos dinero y estamos solos, ¿por qué no nos vamos al baile esta noche?

Todo el cuerpo goyesco, genuinamente madrileño, de la joven, vibró de júbilo. Hacía mucho tiempo que no se divertía así; desde que se casó, Zureda, formalote y poco inclinado á fiestas, no había querido llevarla á ningún baile, ni aun á los de máscaras. Un recio tropel de visiones alegres invadió su memoria. ¡Ah, sus buenos domingos de soltera!... Los sábados por la noche, á la salida del taller, ella y sus compañeras de obrador se citaban para el día siguiente: unas veces, en los merenderos de la Bombilla; otras, en los de Cuatro Caminos, ó en las clásicas Ventas del Espíritu Santo... Y, una vez allí, qué risas, qué alegría, qué extraña emoción de curiosidad y de miedo sentían junto al deseo del hombre que se acercaba á bailarlas...

Agil, flexible, transfigurada, Rafaela se irguió.

—No sería usted tan capaz de llevarme como yo de ir.

—¿Que no?—replicó el platero—; ¡ahora mismo!... Vamos á la Bombilla y no salimos de allí hasta no gastarnos la última peseta.

De un brinco la joven huyó del comedor, se puso á la cabeza un pañuelo de seda, se echó garbosamente sobre los hombros un mantón alfombrado. Reapareció en seguida. Al andar, sobre sus botas de charol, levantadas de tacón y de agudísima punta, sus enaguas, reciamente almidonadas y muy blancas, revolaban crujientes. Se acercó á Berlanga y, cogiéndole familiarmente por un brazo, dijo:

—Le advierto á usted que la mitad del gasto lo pago yo.

El platero titubeó la cabeza de izquierda á derecha, negando. Ella agregó categórica:

—Con esa condición salgo de casa. ¿No vamos á divertirnos los dos? Pues justo es que la fiesta la paguemos los dos por igual.

Aceptó Berlanga aquel trato amistoso y, ya en la calle, subieron á un coche. En la Bombilla, donde cenaron abundantemente y bailaron mucho, estuvieron hasta la madrugada. El regreso lo emprendieron á pie, lentamente y cogidos del brazo. Con frecuencia, Rafaela, que había bebido más de lo justo, necesitaba detenerse y, aturdida, apoyaba su cabeza sobre el pecho del platero. Manuel Berlanga, fuera de sí y un poco borracho, se la comía con los ojos.

—¡Qué bonita es usted!—murmuraba.

—¿De veras?...

—Que me quede ciego si digo mentira. Bonita, no, que es poco; bonitísima, sí; preciosa... más preciosa que todas las mujeres juntas.

Y ella, astutamente, para demostrarle que no le había oído, balbuceaba:

—¡Qué mareada estoy!...

De súbito, Berlanga exclamó:

—Si no fuera porque Zureda y yo somos amigos...

Hubo un silencio. Animándose el platero, añadió:

—Rafaela... sea usted franca: ¿no es verdad que Amadeo nos estorba?

Ella le miró de hito en hito, y luego, por toda respuesta, se llevó su pañuelo á los ojos. No sucedió más.

Poco á poco, en el transcurso uniforme de varios días, fué cerciorándose Manuel Berlanga de que Rafaela tenía los ojos grandes y expresivos, y los pies menudos y de fino tarso, y el andar muy gracioso, y los senos bien sembrados y crecidos; y hasta creyó adivinar en ella el deseo, tentador con exceso, de parecerle bonita. El platero acabó por leer claro en su conciencia, lo que á un mismo tiempo hubo de producirle alegría y miedo.

—¡Me he lucido!—pensó—¡me he lucido! ¿Pues no estoy enamorado de esa mujer como una bestia?...

Al cabo, la pasión mal encadenada desbocóse arrolladora. Aquella noche llegaba Zureda. Apenas salió del taller Manolo Berlanga se dirigió presuroso á su casa. Desde el recibimiento, el platero, que no podía con la carga de sus malos pensamientos, preguntó:

—¿Y Amadeo, ha venido?

Rafaela repuso:

—No tardará ni quince minutos; son las nueve. El tren llegó ya; lo he oído silbar...

Berlanga entró en el comedor y vió que la joven estaba arreglándole su cama. Se acercó ella:

—¿Quiere usted ayuda?

—Muchas gracias...

Súbitamente, sin saber lo que hacía, la cogió por el talle. Ella trató de defenderse volviéndose de espaldas y empujándole con las caderas. El murmuró, besándola ansioso:

—Anda, pronto... anda... antes de que llegue..

Y luego, tras un breve momento de lucha silenciosa:

—Mi alma... ¿te convences?... ¡Si ello había de ser!...

Verdaderamente, la esposa de Zureda resistió muy poco.

Un año después Rafaela dió á luz un niño, á quien Manolo Berlanga apadrinó, y que por voluntad unánime de sus progenitores había de llamarse Manuel Amadeo Zureda. El bautizo fué espléndido; más de dos mil reales se gastaron en él. ¡Qué alegre, qué sonrosado, qué bonito estaba Manolín!... El maquinista, al que todos felicitaban, lloraba de gozo.

III

Manolín iba á cumplir tres años; era monísimo, charlador, simpático. En su carita carnosilla y blanca, más blanca por su contraste con el negro entero de los cabellos, fraternizaban rasgos fisonómicos de distintas personas: la traviesa nariz y la línea pícara de los labios pertenecían á su madre; de su padre, sin duda, heredó el frontal pensativo y la recia anatomía de los maxilares; y también recordaba á su padrino en la complexión ágil del cuerpo y en el modo que, al andar, tenía de echar los pies. Como si el astuto chiquillo, para granjearse en seguida el cariño de todos, hubiera puesto voluntad en parecerse á cuantas personas estuvieron más cerca de él en la pila bautismal.

Zureda adoraba en Manolín, reía todas sus gracias, pasaba horas echado sobre las losas del pasillo, jugando con él; Manolín le tiraba de la corbata y del bigote, le aporreaba, le rompía el cristal del reloj; el maquinista no se enfadada, al contrario, le quería más, cual si toda su alma ruda y noble se deshiciese en amor. Una tarde Rafaela fué á despedir á Amadeo, que salía en el expreso de las siete y cinco; llevaba al niño en brazos. Desde el tándem, Pedro, el fogonero, hacía reir á la madre y al niño con estrafalarios visajes.

—¡La cara del dolor de muelas!... ¡La cara del dolor de estómago!...—decía.

Vibraron una campana y el silbato tremolante del jefe de estación.

—¡Dame á Manolo!—gritó Zureda.

Quería besarle. El chiquillo extendió hacia su padre los bracitos.

—¡Llévame, llévame!...—tartamudeaba su lengüecilla débil, llena de mimo y de gracia.

¡Pobre Zureda! En aquel momento la idea de separarse del niño le partía el corazón; no podía dejarle, no podía... Inconscientemente, mientras con una mano apretujaba contra su pecho á Manolín, con la otra oprimió la manivela de marcha y partió el tren. Rafaela, asustada, corría por el andén, gritando:

—¡Dámele, dámele!...

Pero ya, aunque Zureda hubiese querido devolvérselo, no hubiera podido. Rafaela corrió hasta el límite del andén; allí se detuvo. Desde la negrura del coche-carbonera, Pedro reía y gesticulaba diciéndola adiós.

La joven volvió á su casa llorando. Manolo Berlanga acababa de llegar; había bebido y estaba de mal humor.

—¿Qué sucede?—dijo.

Hipando, sin consuelo, Rafaela refirió lo ocurrido.

—¿Y eso es todo?—interrumpió el platero—; ¡pareces idiota!... Si se han ido, tanto mejor; así nos dejarán en paz un poco; ¡mira si no volviesen!...

Pidió la cena imperativo.

—Bueno—dijo—, haz el favor de no moquear más y de darme de comer, que tengo prisa.

Rafaela se puso á encender el fuego; entretanto, no cesaba de llorar ni de hablar; su pena y su rabia se derretían en un monólogo interminable.

—Hijo de mi alma, ¿á usted le parece?... ¿Llevárle por ahí, para que el angelito coja una pulmonía?... ¡Pero qué hombre tan estúpido, pero qué estúpido, qué estúpido!... Luego dicen: si cuando las mujeres somos como somos no es sin motivo. ¡Hijo de mi alma! Si no quiero acordarme del frío que el pobrecito va á pasar esta noche... ¡Hijo mío, sangre mía, corazón de su madre, corazón chiquito de su madre!...

Sus manos coléricas tropezaron la botella del aceite, que cayó del fogón al suelo, saltando en pedazos; con lo cual la furia de Rafaela llegó al paroxismo.

—¡Maldita sea mi alma, que no sé lo que hago!... Ese tío, ese lechón de marido... el demonio quiera que no vuelva á verle... ¿Y ahora cómo voy á guisar?... Tendré que ir á la tienda. Mira si mi madre no me hubiese parido, qué bien estaríamos todos... ¡pero qué bien!...

Cansado de oirla, el platero entró en la cocina, el paso lento, los puños apretados dentro de los bolsillos de la pelliza, la cara fosca:

—¿Es que piensas pasarte la noche hablando?—dijo.

—La pasaré como me dé la gana; ¿qué te ha parecido?

—Que ya estás callando—gritó Berlanga—ó te rompo la boca.

No pudo reprimir su cólera, y uniendo la villana acción á la torpe amenaza, descargó varios puñetazos sobre la cabeza de su querida. Rafaela dejó de llorar y por entre sus dientes apretados los insultos más groseros pasaron sibilantes.

—¡Chulo... cabrón... con mujeres te atreverás tú!... ¡Cobarde... marica... si no tienes de hombre mas que la figura!

Y él barbotaba:

—Toma... toma, cochina...

La repugnante escena duró largo rato; Rafaela, acobardada y con la nariz y los labios bañados en sangre, cesó de hablar; en el silencio de la cocina resonaban confusamente los puntapiés desatentados con que el platero magullaba á su víctima contra un rincón. Realizada su triste hazaña, Manuel Berlanga se marchó y no volvió hasta la madrugada. Entró en su cuarto y se acostó á obscuras, pesaroso de su mala acción. Trató de consolarse: al cabo, la culpa de lo ocurrido no era completamente suya; las intemperancias de Rafaela y el vino hicieron más de la mitad; los hombres, cuando beben, se convierten en brutos...

La joven se había retirado á su dormitorio; á intervalos Berlanga la oía suspirar, con esos suspiros largos y entrecortados que tiene el sueño de los niños que se durmieron llorando.

El platero gritó:

—Rafaela...

A su voz respondió el silencio; transcurrieron algunos minutos. El platero repitió su llamamiento, y aquel nombre, entre sus labios, parecía un mandato:

—¡Rafaela!

Aún hubo de llamarla otras dos veces. Al fin, como en un gruñido, la joven respondió:

—¿Qué quieres?...

El platero sonrió ufano; aquella pregunta equivalía á un perdón; el momento dulce de la reconciliación estaba cerca.

—Ven—dijo.

Hubo otra pausa, durante la cual las voluntades de los dos amantes debieron de tropezarse y batallar, con extraños magnetismos, en la quietud de la casa obscura.

—¡Ven, niña!—repitió el platero suavizando la voz.

Y pasado un momento:

—¿No quieres venir?...

Transcurrió otro minuto; que todas las mujeres, aun las más indoctas y sencillas, poseen á la perfección el secreto hechicero de saber hacerse esperar. Después Berlanga oyó los pies desnudos de Rafaela deslizarse á lo largo del tránsito. La joven llegó á la alcoba del platero, y en las tinieblas sus manos exploradoras tropezaron con las que Manuel extendía para recibirla.

—¿Qué necesitas?—preguntó rencorosa y humilde.

—Acuéstate.

Ella obedeció. Sonaron muchos besos, dados por él, y luego la voz de Berlanga que preguntaba dominador y mimoso:

—¿Vas á ser buena?...

Amadeo Zureda regresó dos días después; venía satisfechísimo; Manolín, durante el viaje, habíase portado como un hombrecito; no lloró, comió cuanto le dieron y durmió con sueño de marmota sobre los carbones del tándem. Al besar á su mujer, el maquinista advirtió que ésta tenía en la frente una mancha violácea.

—Esto es un golpe—dijo—; ¿has reñido con alguien?

Ella vaciló.

—No, hombre; ¿con quién iba á reñir... y menos á pegarme?... Es que la misma noche en que te fuiste, la botella del aceite, que estaba en un vasar, se cayó al ir yo á cogerla y me dió aquí.

—¿Y este arañazo?

—¿Cuál?... ¡Ah, sí, el del labio!... Me lo hice con un alfiler.

—¡Qué atrocidad! ¡Chiquilla, ten cuidado!...

El maquinista no vió cómo Manolo Berlanga, allí presente, se mordía el bigote para disimular una risa infame; el pobre hombre no sospechó nada, estaba ciego; aunque no hubiese querido á Rafaela, su amor á Manolín bastaba á taparle los ojos.

IV

Pero la verdad tiene mucha fuerza. Amadeo Zureda llegó á notar que algo extraño ocurría en torno suyo; lentamente y sin saber por qué, hallábase un poco distanciado de sus compañeros, que le miraban y trataban como nunca lo hicieron; diríase que exigiesen de su rostro la confesión de un secreto cómico que él sin duda llevaba muy oculto y tapado, pero que todos conocían; era una compleja emoción de silencio y de curiosidad que le aislaba de ellos y parecía nimbarle de una inexplicable ridiculez. Concluyó por preocuparse de aquel fenómeno.

—¿Habré cambiado? ¿Estaré enfermo de gravedad... ó estaré muy feo y nadie se atreve á decírmelo?...

En las inmediaciones de la estación, y cerca del Manzanares, había un merendero donde acostumbraban á reunirse los mozos del andén y algunos maquinistas y fogoneros. El ventorro pertenecía al señor Tomás, que fué torero en sus mocedades y conservaba de aquel oficio de valor y gallardía el carácter aplomado y rudo y la nobleza de corazón. El señor Tomás hablaba poco, y para los que le conocían íntimamente, sus palabras tenían la autoridad de lo escrito. Era un viejo alto, de espaldas y manos atléticas, que vestía calzones de pana y chaquetillas andaluzas de paño negro, y llevaba sobre la faja, con que se abrigaba el crecido vientre, un ancho cinturón de cuero con hebilla de plata.

Aquella tarde el señor Tomás disfrutaba del sol á la puerta del ventorro, cuando pasó Zureda.

El tabernero llamó al maquinista con un gesto, y cuando éste se hubo acercado, exclamó mirándole fijamente á los ojos:

—Tenemos que hablar.

Zureda se inmutó; por sus entrañas, semejante á un viento frío, acababa de pasar la vibración helada, sigilosa, de un mal presentimiento. Recobrándose, contestó:

—Cuando usted quiera.

Subintraron en la taberna, donde á la sazón no había parroquianos. Un alto zócalo de madera pintado de rojo y coronado de botellas, rodeaba la sala; de la pared pendía la cabeza disecada del toro de quien el señor Tomás recibió la tremenda cornada que, desgarrándole una pierna, le obligó á desceñirse para siempre el traje de luces; al fondo, tras el mostrador bruñido, sobre el que cantaba perpetuamente un chorrillo de agua, el medidor se había dormido.

Los dos hombres se sentaron ante un velador: el tabernero batió palmas.

—¡Eh, tú, chico!—exclamó.

Acudió el medidor.

—¿Mandaban ustedes?

—Trae unas aceitunas y dos copas de vino.

Hubo una larga pausa. El señor Tomás atizó con voraces chupadas el fuego del cigarro puro que humeaba entre sus labios; una torva preocupación endurecía su rostro afeitado, cetrino y carnoso, bajo los cabellos blancos, peinados y rizados majamente sobre la frente.

—A mí—empezó diciendo el tabernero—no me gusta que dos hombres riñan, porque entre gentes de corazón no hay riña que no sea grave; pero tampoco puedo consentir que un hombre honrado y que lleva el valor en su sitio sirva á nadie de hazmerreir. ¿Tú me comprendes?...

Amadeo Zureda se puso lívido, rojo después. Sí, comprendía; habíanle llamado para comunicarle un misterio terrible; sintió que aquella emoción de vacío que desde algún tiempo atrás le acompañaba, iba á ser explicada y tembló; sobre su cabeza se cernía algo negro y enorme; una de esas verdades trágicas capaces de partir en dos una vida.

—Yo, ni sé hablar, ni me gusta hablar—prosiguió su interlocutor—; por eso no me meto en divagaciones, sino que llamo á las cosas por su nombre; porque todo en este mundo, Amadeo, fíjate bien, tiene su nombre.

—Así es, señor Tomás...

—Bueno; y yo soy de los que se van á la verdad como antes se iba al toro: por lo más derecho, que es lo mejor porque es lo más corto.

—Eso es...

—Bueno; yo te quiero bien; sé que eres trabajador, sé que eres de los buenos que para ganarse su pan no son capaces de echarse por ningún camino feo; sé también, porque eso se lleva escrito en la frente, cómo eres un hombre que sabe cerrar el puño para reñir y ponerse el alma á la bandolera cuando hace falta. Todo eso me consta. Por lo mismo, no permito que nadie se burle de ti.

—Gracias, señor Tomás...

—Bueno; aquí, en mi casa, óyelo bien, aquí en mi casa se ha dicho que tu mujer tiene relaciones con Manuel Berlanga.

Las miradas del tabernero y del maquinista se encontraron, y clavadas la una en la otra estuvieron un instante; después los ojos de Zureda se dilataron, desorbitándose. De repente se levantó y las uñas cuadradas de sus dedos se hincaron en la madera de la mesa. Sus labios blancos, cubiertos de saliva espumosa, murmuraron entrecortadamente, como en un espasmo de rencor:

—Eso es mentira, señor Tomás, mentira... y á usted... y á la madre de Dios que baje á decírmelo, le parto el corazón. ¡Eso es mentira!

Muy dueño de sí, sin una mueca en el rostro, el tabernero repuso:

—Bueno; tú entérate de lo que haya de cierto ó de falso en este asunto, pues ya sabes que tan importante es la verdad como la mentira que se cuenta. Y si te conviene decir que todo ello lo supiste por mí, dílo, que yo aquí y en todos terrenos sostengo mis palabras.

Calló el tabernero, y Amadeo Zureda, de codos sobre la mesa, permanecía inmóvil, idiotizado, la boca entreabierta.

Transcurridos algunos momentos sus ideas comenzaron á serenarse, y según se aquietaban y coordinaban, una irresistible curiosidad malsana de saber, de atormentarse inquiriendo detalles, le invadía.

—¿Y de eso—preguntó—se ha hablado aquí?

—Aquí mismo.

—¿Cuándo?

—Más de una vez y más de veinte; y han dicho algo peor: han dicho que Berlanga le pegaba á tu mujer, que tú lo sabías, que estabas enterado de todo desde el primer momento, y que si lo aguantabas era por conveniencia, porque ese Berlanga te ayudaba á pagar la casa.

La llegada de dos mozos de andén, interrumpió la conversación. El señor Tomás concluyó:

—Conque... ¡ya lo sabes todo!

El primer impulso de Zureda al salir del ventorro fué dirigirse á su casa, interrogar á Rafaela, y por buenas ó á golpes arrancarla la verdad de sus relaciones con Berlanga. Pero se arrepintió; asuntos como aquel no debían atropellarse; mejor era proceder cautamente, esperar, informarse despacio y por sí mismo. Cuando llegó á la estación eran las seis; en el andén encontró á Pedro.

—¿Qué máquina tenemos hoy?—preguntó Amadeo.

—«La Negra»—repuso el fogonero.

—¡Maldita!... ¡«La Negra» había de ser!

Fué aquel, efectivamente, un viaje terrible, erizado de combates interiores y de luchas con la locomotora rebelde; viaje diabólico del que Amadeo Zureda había de acordarse toda su vida.

Con arreglo al plan de prudencia que se había trazado, el maquinista aplicóse á observar el modo que Rafaela y Manolo Berlanga tenían de hablarse, y tras mucho torturarse la atención no halló en la franca cordialidad de sus relaciones nada que rebasara los límites de una buena amistad. Desde que Berlanga apadrinó á Manolín, el platero y Rafaela, cediendo á requerimientos del mismo Amadeo, habían acordado tutearse; pero aquel tuteo fraternal, justificado por los tres años que llevaban unidos, no parecía envolver ningún secreto pecaminoso. No obstante, los celos de Zureda iban en aumento, agarrándose á todos los pretextos, sirviéndose hasta de lo más nimio para medrar y embeber vampirescos todos los pensamientos del maquinista. Era un sentimiento que crecía en Zureda por la obsesión que le causaba la visión constante de la afrenta sospechada, como por obsesión nació en Manolo Berlanga su amor á Rafaela.

Convencióse al cabo Amadeo de que sus facultades de espía eran muy cortas; faltábanle la astucia, el disimulo, y ese instinto de adivinación, especie de doble vista, que permite llegar rápida y derechamente al fondo de las cosas. Dado su caracter rudo, refractario á toda suerte de taimerías diplomáticas, mejor era abordar la cuestión cara á cara. Una vez adoptada esta resolución, sintió encalmarse sus inquietudes y derramarse por su interior una emoción sedante de paz. El maquinista pasó el día leyendo tranquilamente, aguardando á que la noche llegase. Rafaela cosía en el comedor, con Manolín dormido sobre el regazo. Media hora antes de cenar, Zureda llegóse de puntillas á la alcoba, y de la mesita de noche sacó el recio cuchillo de monte, con mango de asta, que llevaba consigo en todos sus viajes. Después calóse una boina, enlazóse al cuello una bufanda porque hacía frío, y en la oquedad del corredor, sus recias pisadas, que en aquel momento parecían llevar consigo algo fatal, resonaron seguras.

Un poco sorprendida, Rafaela preguntó:

—¿No cenas aquí?...

—Sí—repuso él—; voy á estirar un poco las piernas; vuelvo enseguida.

Besó á su mujer, besó á Manolín, despidiéndose de ellos mentalmente, y salió.

En la taberna del señor Tomás halló á Manolo Berlanga jugando al tute con varios amigos. El platero estaba borracho, y su voz, de timbre impertinente y desafiador, se imponía á las demás. Lentamente, con aire descuidado y taciturno, el maquinista se acercó al grupo.

—Señores, salud.

Al pronto nadie le contestó, que todos pendientes andaban del travieso ir y venir de los naipes. Acabada la partida, uno de los jugadores exclamó:

—¡Hola, Amadeo... no te había visto!... A los que vi ayer fueron á tu mujer y á tu chico; el muchacho muy hermoso está, y su madre muy guapa, ¡vaya!... No lo digo porque estés delante. ¡Bien se echa de ver que ganas mucho y que en tu mujer lo gastas!

—Y si no lo hiciera así—interrumpió Berlanga, ofreciendo á su compadre un vaso de vino—no faltaría quien lo hiciese; ¿verdad, tú, Amadeo...?

Zureda, impasible, apuró el vaso de un trago. Después pidió, para los allí reunidos, un frasco de vino.

—Te desafío—exclamó dirigiéndose á Berlanga—á una partida de mus. Antolín será mi compañero.

El platero aceptó.

—Vamos allá.

Los cuatro hombres se instalaron alrededor de la mesa, y la partida empezó.

—Envido.

—Paso...

—Tengo.

—No.

—Yo, sí.

—Envido también.

—No quiero...

De cuando en cuando los jugadores interrumpían su faena para beber, y algunas jugadas atrevidas eran festejadas con grandes risas.

—¿Quien da?...

—Yo.

De repente Amadeo Zureda, que buscaba un pretexto para reñir con su compadre, hizo una trampa que le permitía ganar un envite. Manolo Berlanga sorprendió la operación, y muy excitado tiró los naipes al suelo.

—¡Eso no se hace!—gritó—, y por muy parientes que seamos no te lo consiento.

Todos los jugadores apoyaron airados la actitud del platero.

—¡No, señor, no... eso no se hace!—repetían.

Tranquilamente, Amadeo Zureda repuso:

—¿Qué he hecho yo?

—Tirar esta carta, el cinco de bastos—repuso Berlanga—, y coger un rey, que necesitabas. Ni más ni menos... ¡Y eso es robar!...

Al furioso insulto del platero apresurose el maquinista á replicar con una bofetada; engarfiñáronse como gatos los dos hombres, y la mesa y las sillas rodaron por el suelo. Acudió diligente el señor Tomás, y entre él y los otros jugadores lograron separarles. Al salir á la calle, y aprovechando el tumulto de los curiosos que el fragor de la lucha había reunido como por ensalmo, delante de la taberna, Amadeo murmuró al oído de su compadre:

—Te espero frente á San Antonio de la Florida.

—Está bien.

Momentos después, y en el sitio indicado, volvieron á reunirse.

—Vámonos adonde nadie nos vea—dijo el maquinista.

—Vamos adonde gustes—repuso Berlanga—; tú guías.

Cruzaron el río y llegaron á los campillos de la Fuente de la Teja. Allí, bajo los árboles, las sombras del crepúsculo eran más densas. En un lugar que juzgaron propicio, los dos hombres se detuvieron. Zureda miró á su alrededor, y sus ojos, acostumbrados á registrar el horizonte de los caminos, parecieron tranquilizarse. Estaban solos.

—Te he traído tan lejos—empezó diciendo el maquinista—para matarte ó para que me mates tú.

Berlanga, que había bebido mucho y tenía el vino bravo, miraba á su interlocutor de hito en hito, las manos metidas en los bolsillos de su pelliza, fruncido el ceño, el mento levantado y retador. Acababa de adivinar lo que iban á preguntarle, y la idea de ser sometido á un interrogatorio sublevó su orgullo.

—Me parece—exclamó jaquetón—que vamos á tener que hablar poco.

Y seguidamente, cual si leyese en la frente de Zureda, agregó:

—A ti te han dicho que yo tengo relaciones con Rafaela... y quieres saber la verdad.

—Sí—repuso Amadeo.

—Pues no te han engañado; ¿á qué andar con mentiras?... Es verdad.

Calló y observó á Zureda, cuyos ojos en aquel momento, de grandes y negros que eran, habíanse tornado, por milagro de la ira, en pequeños y rojos. Ninguno de los dos hombres habló más, ni hacía falta, pues que las palabras que iban á precipitar al uno contra el otro estaban dichas. Zureda retrocedió algunos pasos y desnudó su cuchillo; el platero desdobló una navaja. Se acometieron; fué una lucha ancestral, un cuerpo á cuerpo bárbaro, silencioso, en el que Manuel Berlanga quedó muerto. Cayó de espaldas, lívido el rostro, la boca torcida por una mueca inolvidable de odio y de dolor.

El maquinista se alejó á buen paso, y ya repasaba el puente, cuando una mujer que iba siguiéndole á corta distancia empezó á gritar.

—¡Prender á ése, prender á ése, que ha matado á un hombre!

Una pareja de guardias civiles estacionada allí, á la puerta de un ventorro, detuvo á Zureda, que se dejó coger y atar sin resistencia.

Rafaela fué á verle á la cárcel, y el maquinista, por amor á ella y á su hijo, la recibió cariñosamente, asegurándola que había reñido con Berlanga por una cuestión de juego. Catorce ó quince meses después, ante el tribunal, declaró lo mismo: estaban jugando al mus y él, por embromar á sus amigos, tiró una de las cartas que tenía en la mano y cogió otra; reprochóle Berlanga la suciedad de su acción, trabáronse de palabras y quedaron desafiados para después...

Así habló Amadeo Zureda, en su caballeresco empeño de no echar sobre la reputación de la mujer que adoraba ni aún la más leve sombra. ¿Quién hubiera podido comportarse más noblemente que él lo hizo?... El fiscal pronunció un informe abrumador, implacable. El Jurado condenó á Amadeo Zureda á veinte años de presidio.

V

Empujada por la miseria, que llegó pronto, Rafaela hubo de trasladarse á un pueblecito de Castilla, donde tenía parientes. Eran gentes pobres, que laboraban la tierra y defendían la vida trabajosamente. La joven, para justificar su llegada, inventó una historia: dijo que Amadeo, á consecuencia de un disgusto que tuvo con sus jefes, fué despedido de la estación y había emigrado á la Argentina, porque le aseguraron que allí los maquinistas ganaban buenos sueldos. Ella, entonces, determinó salir de Madrid, donde las casas y los alimentos eran muy costosos. Concluyó juiciosamente:

—Cuando Amadeo me escriba diciéndome que está colocado, iré á reunirme con él.

Sus deudos la creyeron y apiadados la buscaron trabajo. Diariamente, con las primeras claridades mañaneras, Rafaela iba á lavar al río, distante medio kilómetro del pueblecito. Así, lavando y planchando, unas veces, y otras recogiendo en el campo leña que luego vendía, á fuerza de tesón llegó Rafaela á obtener un jornal de cuatro á cinco reales.

Transcurrieron dos años. Los vecinos del lugar habían sabido por el peatón, encargado de repartir la correspondencia, que los sobres de todas las cartas que Rafaela recibía iban escritos por la misma mano y llevaban el sello de la administración de Correos de Ceuta. Esta noticia alarmó al vecindario y suscitó habladurías, que la joven cortó discretamente confesando la verdad: Amadeo Zureda estaba en presidio, le había llevado allí una cuestión de juego. Y al hablar así adoptaba la actitud resignada, humilde, de la mujer modelo que, no obstante haber sufrido mucho, perdona al hombre adorado cuanto daño la hizo. Era una desventurada; el pueblo, chismoso y compasivo, la perdonó.

Combatida por el tiempo y los disgustos, la antigua belleza, picante y menuda, de Rafaela fué marchitándose rápidamente: el sol quemó su piel; el polvo de los caminos ensució sus cabellos, antes tan limpios y undosos; el trabajo deformó y endureció sus manos, en otro tiempo mejor ociosas y pulidas. Había perdido la costumbre de llevar corsé, y esto aceleró la ruina de su cuerpo. Lentamente los senos se desmayaban, el vientre crecía, el talle adquiría redondeces pesadas. También sus trajes, uno á uno, fueron rompiéndose; las enaguas, las medias, los majos zapatitos de charol, comprados en días de bonanza, desaparecieron en triste desfile; Rafaela, que había perdido el prurito de coquetear, se abandonaba á la miseria y llegó á ir por las calles del villorrio con los pies desnudos.

Esta desorientación de la voluntad coincidía con una grave flaqueza ó emborronamiento de memoria. La pobre mujer iba olvidándose de todo, y los recuerdos que aún guardaba hallábanse tan deshilvanados y sin relieve, que no bastaban á sugerirla ninguna emoción punzadora. Ella no había querido nunca á Berlanga; tuvo por él, al conocerle, un capricho, una pasioncilla irrazonada; pero esta divagación amorosa declinó en seguida, y si continuó en ella fué debido á ociosidad espiritual y por miedo al platero, que era celoso y la golpeaba mucho. Así, su trágica muerte, lejos de causarla dolor, la produjo una sorpresa agradable, sedante, de liberación y descanso. El calvario de Zureda y su reclusión entre paredes de presidio, si la hirió hondamente, no fué en su distraído amor al maquinista, sino en el ritmo confortable y orondo de su vida; porque el destierro de Amadeo representó para ella la miseria, el derrumbamiento irreparable del porvenir. Al otro lado de aquella crisis que deshizo su hogar, Rafaela, sin advertirlo, estaba vieja, desmemoriada, abúlica; los intensos sacudimientos dramáticos que sufrió en poco tiempo habían aniquilado su espíritu vulgar; no sufría remordimientos, no tenía noción exacta de si su conducta pretérita fué mala ó buena, cual si su conciencia se hubiese desleído en un estupor imbécil. Unicamente persistía en ella el instinto maternal de vivir y trabajar para que Manolín viviese también.

Algunos días, sin embargo, la infeliz experimentaba un hondo y aheleado revertimiento de recuerdos, una epifanía ponzoñosa de negras memorias, que trepaban sofocadoras á su garganta. Ello ocurría generalmente á orillas del río, mientras lavaba, en el recogimiento espiritual de un trabajo monótono, puramente mecánico. Sus ojos entonces llenábanse de lágrimas, que rodaban lentas por sus mejillas, y caían sobre sus manos, enrojecidas por el duro trajín de la faena y la caricia fría del agua. A su alrededor, otras lavanderas, que observaban su pena, cuchicheaban.

—¿Ves cómo llora?

—¡Pobre mujer!

—¿Pobre?... Sí, sí... Ella lo quiso... Y el destino, que es justo siempre, le da á cada cual lo que merece. ¿Por qué no miró mejor con quién se casaba?

De cuando en cuando, al fondo del valle, que cerraba por aquella parte una línea ondulante de montañas azules, pasaba un tren y su silbido estridente, agrandado y repetido aquí y allá por los ecos, rompía el silencio de la llanura. Algunas lavanderas, las más jóvenes, se incorporaban y sentadas sobre sus talones seguían con los ojos la marcha rauda del convoy, y en sus pupilas había una melancolía de ensueño, una visión de ciudades lejanas no vistas. Pero Rafaela nunca levantó la cabeza para mirar aquellos trenes, cuyo grito desgarraba sus oídos con el timbre de una voz familiar, y proseguía lavando, mientras sus ojos, bañados en lágrimas, devoraban el misterio de olvido de las aguas filantes.

A pesar de la gran postración física y moral de la pobre mujer, no faltó quien pusiera en ella su pensamiento. Se atrevió á tanto un individuo, de oficio zapatero, llamado Benjamín. Pasaba ya de los cincuenta años, era viudo y tenía dos hijos al servicio del rey.

Los negocios del señor Benjamín marchaban medianamente; que ni todos los vecinos del pueblo iban calzados, ni los que usaban zapatos sentían mucha necesidad de llevarlos nuevos y bonitos. Rafaela le lavaba y repasaba la ropa, y le planchaba una camisa para los días disantos. De estos pequeños servicios, modestamente, pero también puntualmente pagados, nació la amistad de entrambos. Y este afecto, apacible y desinteresado al principio, fué creciendo hasta quemar el corazón del zapatero con fuego de amor.

—Si usted quisiera—solía decir á Rafaela el señor Benjamín—podíamos llegar á un acuerdo. Usted está sola, yo también... ¿por qué no unirnos?

Ella sonreía, con ese desencanto de las almas que la vida, poco á poco, desnudó de ilusiones.

—Usted está loco, señor Benjamín.

—¿Por qué?

—Porque sí...

—A ver, explíquese usted: ¿por qué estoy yo loco?...

Rafaela, que no quería enojarle, porque de hacerlo era un parroquiano que perdía, contestaba evasivamente:

—Yo estoy ya muy vieja.

—Para mí, no.

—Soy fea.

—Eso es cuestión de gustos. A mí, por ejemplo, me agrada usted mucho.

—Gracias. Además, ¿qué diría el pueblo cuando lo supiese? ¿Y nuestros hijos, señor Benjamín, qué pensarían de nosotros?...

—Es que hay mil medios de cubrir las apariencias; usted quiérame, que yo me ocupo de lo demás.

Rafaela prometió meditar el asunto, y todas las tardes, cuando volvía del trabajo, el señor Benjamín la preguntaba chancero, desde su portal.

—¿Y eso, vecina?

—Con ello estoy—contestaba riendo.

—Parece que la cuestión es dificililla...

—¡Y tanto!

—Pero ¿se arregla?

—¡Qué sé yo, señor Benjamín! Unas veces parece que sí... otras parece que no... ¡Al tiempo!...

Pero el alma de Rafaela estaba muerta; nada reverdecería sus ilusiones. El zapatero, tras muchos esfuerzos, hubo de renunciar á ella, y cuando la veía pasar suspiraba, grotesco y romántico.

Todos los días primeros de mes, Rafaela escribía á Zureda una carta de cuatro carillas, donde le refería los pequeños incidentes de su vivir manso y aburrido. Por estas cartas, escritas en hojas de papel comercial, conocía el presidiario los rápidos progresos físicos de Manolín, que á la sazón contaba doce años: era pendenciero, rebelde, desaplicado, hasta el extremo de andar todavía en palotes. De su afición á las pedreas no había que hablar; un día, por haber descalabrado gravemente á otro muchacho de su edad, la guardia civil puso mano en él, y á faltar la diligente y paternal intervención del cura, duerme en la cárcel. La madre terminaba siempre los párrafos en que describía las ariscas bisoñadas de Manolín con esta frase: «Te aseguro que no puedo domarle...» Era una afirmación de cansancio que parecía embozar una amenaza y una profecía.

En una carta decía el presidiario:

«El último indulto, del que no sé si tendrás noticia por los periódicos, ha liberado á muchos compañeros. Yo no he tenido tanta suerte. De todos modos, me han perdonado cinco años. Así, pues, ya no son más que seis los años que nos separan.»

Periódicamente las cartas de Rafaela y las del prisionero en Ceuta iban y venían. Finaron otros dos años.

Pero la fatalidad aún no se había cansado de patear sobre los hombros honrados de Amadeo Zureda.

«Perdona, Rafaela querida—escribía el recluso—, el nuevo disgusto que voy á causarte; mas por la vida de nuestro hijo te juro que no he podido evitar la desgracia que, inopinadamente, y nadie sabe por cuánto tiempo, va á prolongar nuestra separación.

»Como supondrás, entre la gentuza que, procedente de todas las cárceles de España, llega aquí, vienen pocos santos. Yo, aunque obligado á vivir entre ellos, comprendo que no son mis iguales, y por lo mismo procuro mantenerme aislado y no intervenir ni en sus chacotas ni en sus pendencias. Es el caso que, á fines de la pasada semana, vino aquí un guapo de oficio, andaluz, condenado á doce años de trena por haber matado á un hombre y herido malamente á otro. El tal, apenas me vió, pensó que yo era un manso con quien podía lucirse, y no perdía ocasión de embromarme. Yo callaba y, para no chocar con él, le volvía la espalda.

»Ayer, á la hora del rancho, empezó á buscarme camorra; otros reclusos, le animaban con sus risas.

—»Oye, Amadeo—me dijo—, ¿por qué te han traído aquí?

»Yo repuse, mirándole bien á los ojos:

—»Por haber matado á un hombre.

—»¿Y por qué le mataste?—insistió.

»No le contesté, y él entonces agregó algo muy feo, muy grosero, que no quiero repetir. Bástete saber que en lo que dijo iba envuelto tu nombre. Y, por ser así, fué lo último que sus labios dijeron. Saqué mi cuchillo—ya sabes que, á pesar de lo mucho que nos vigilan y registran, todos vamos armados—y le grité:

—»Defiéndete, porque voy á matarte.

»Reñimos, en efecto, y reñimos bien, porque el mozo era bravo; pero de nada le sirvió su bravura, y allí dejó la vida.

»Perdóname, Rafaela de mi alma, y haz que nuestro hijo me perdone también. Esto empeora mi situación, pues ahora volverán á juzgarme é ignoro el castigo que me impondrán. Reconozco que matando á ese hombre hice mal, pero de no hacerlo me hubiese matado él á mí, lo que habría sido para todos nosotros mucho peor.»

Meses después escribía Zureda:

«En estos días se ha visto mi causa. Afortunadamente, todos los testigos declararon en favor mío, lo que, unido al buen concepto que mis jefes tienen de mí, ha mejorado mucho mi situación. El informe fiscal fué terrible, pero de eso no hay que hacer caso. Mañana conoceré la sentencia.»

Todas las cartas de Amadeo Zureda eran así: nobles, tranquilas, como dictadas por la más estoica resignación. Nunca deslizó en ellas nada que recordase á Rafaela su delito; en aquellas páginas, repletas de una escritura igual y vigorosa, no había reproches, ni abatimientos, ni impaciencias desesperadas. Eran el reflejo admirable de una voluntad férrea á quien la desgracia, madre excelentísima de todo saber, enseñó el difícil secreto de esperar.

VI

El mismo día en que Amadeo Zureda salió del penal, el correo le trajo una carta de Rafaela, que empezaba así:

«Ayer Manolín cumplió veinte años...»

El antiguo maquinista desembarcó en Valencia, pasó la noche en una posada inmediata á la estación del ferrocarril, y al otro día temprano subió al tren que había de llevarle á Equis. Tras tantos años de reclusión, el viejo presidiario sentía el desasosiego nervioso, la desconfianza en sí mismo, el miedo cruel á la suerte, que suelen experimentar los inadaptados siempre que la vida les ofrece una fase nueva. La derrota les acobarda y vuelve pesimistas. Rememoran lo que sufrieron y la inutilidad de sus luchas, y piensan: «Esto, que ahora empieza, será malo también para mí...»

Amadeo Zureda había cambiado mucho; sobre el rostro, curtido por el sol de Africa, el bigote blanco resaltaba tristemente; agrandaba el sereno mirar de sus ojos negros la expresión de un inmenso dolor; el pliegue vertical de su entrecejo se había ahondado tanto, que parecía una cicatriz; su cuerpo cenceño, antes engallado y carnoso, se encorvaba un poco al andar.

El traqueteo sonante del vagón y la sucesión de panoramas trajeron á la memoria de Zureda las alegrías, harto emborronadas en la distancia de los años pretéritos, de sus buenos tiempos de maquinista. Se acordó de Pedro, el fogonero andaluz, y de aquellas dos locomotoras, «la Dulce» y «la Negra», sobre las cuales tanto había trabajado. Y una voz interior le preguntaba: «¿Que habrá sido de todo eso?»

También pensó en su casa, y al recomponer la fachada y ver los balcones, evocó el aspecto de cada habitación. Jamás su memoria, enturbiada por la vida torva y embrutecedora del penal, había buceado tan hondo en el pasado, ni desempolvado y reconstituído tan limpiamente los viejos recuerdos. Pensó en su hijo, en Rafaela y en Manolo Berlanga, viéndoles con sus caras y sus trajes de entonces, y se sorprendió de que la figura del platero no le produjese ningún dolor: en aquellos momentos, y á despecho del daño irreparable que le hizo, no sentía animosidad contra él: todos los rencores que hasta allí le agitaron se apaciguaban en una desconocida é inefable emoción de olvido y misericordia. El pobre presidiario tornó á registrarse la conciencia y volvió á maravillarse de no descubrir en ella ningún odio. Y es que, sin duda, la libertad moraliza á los hombres.

En Játiva subió al vagón un individuo, ya viejo, en cuya fisonomía el exmaquinista creyó hallar rasgos de un semblante amigo. Por su parte, el recién llegado también miraba á Zureda, como recordando. De este modo los dos, poco á poco iban acercándose en silencio. Concluyeron por examinarse afectuosamente, seguros ya de conocerse. Amadeo Zureda fué quien primero habló:

—Yo creo—dijo—que nos hemos visto en alguna parte... hace años...

—En eso—repuso el interpelado—vengo yo cavilando.

—El caso es—prosiguió el maquinista—que yo estoy cierto de que hemos hablado muchas veces.

—Sí, sí...

—De que hemos sido amigos.

—Probablemente...

Continuaron mirándose, atados al mismo pensamiento.

—¿Usted ha vivido en Madrid?

—Sí; diez ó doce años.

—¿Dónde?

—Cerca de la Estación del Norte, donde estaba empleado.

—Pues no diga usted más—exclamó Zureda—, porque yo he pertenecido también á esa Compañía. Era maquinista...

—¿En qué línea?

—Últimamente, en la de Bilbao.

Pausados, silenciosos, los recuerdos iban surgiendo y asociándose en la enorme negrura de olvido de aquellos veinte años. Amadeo Zureda sacó su petaca y brindó tabaco á su interlocutor; y lo que hasta entonces no lograron ni el aspecto ni la voz del desconocido, lo realizó instantáneamente y como por ensalmo su modo de coger la picadura, de preparar el cigarrillo, de encenderlo y colocárselo después en la comisura izquierda de los labios. La memoria del ex presidiario se llenó de luz.

—¡Acabáramos!—exclamó—,¡usted es don Adolfo Moreno!...

—Yo mismo; eso es...

—Usted era ambulante de la línea de Asturias cuando yo trabajaba en la de Bilbao. ¿No se acuerda usted? Zureda... Amadeo Zureda,..

—¡Ah, sí!...

Los dos hombres se abrazaron.

—¡Si yo te tuteaba!—gritó don Adolfo.

—Sí, señor; y puede usted seguir haciéndolo. ¡No faltaba más!... Que por algo el tiempo ha corrido igualmente para ambos.

Apagado el regocijo de los primeros instantes, el antiguo ambulante y el anciano maquinista se entristecieron recordando las muchas amarguras que les trajo la vida.

—Ya supe tu desgracia—dijo don Adolfo—y la sentí. Son locuras de juventud que duran un instante y cuestan luego todo el porvenir. ¿Por qué fué?...

Aplomadamente, Zureda repuso:

—Una cuestión de juego.

—¡Es verdad!... Me lo dijeron.

Amadeo respiró; el ambulante no sabía nada y era verosímil que todos estuviesen tan ignorantes como él acerca del verdadero motivo que ocasionó la muerte de Manuel Berlanga. Don Adolfo preguntó:

—¿Dónde has estado?

—En Ceuta.

—¿Mucho tiempo?

—Veinte años y meses.

—¡Caramba!... ¿Vienes ahora de allí?

—Sí, señor.

—Tú, evidentemente—continuó don Adolfo—, has sufrido más que yo; pero no creas que yo he sido muy afortunado. La vida es una fiera que para cuantos se acercan á ella... ¡y cuidado si nace gente!... tiene un zarpazo. Soy viudo; pronto hará quince años que mi pobrecita mujer pudre tierra; de mis tres hijas, la mayor se casó, las otras dos murieron. Ahora estoy jubilado, y vivo en Equis, con una cuñada, viuda de mi hermano Juan, de quien no sé si recordarás...

Poco á poco, y á vuelta de muchos circunloquios, porque la confianza es una virtud tímida que emigra pronto de las almas muy castigadas por la desgracia, Amadeo Zureda expuso sus proyectos. El pensaba establecerse en Equis, con su mujer; del presidio traía ahorradas cerca de dos mil pesetas, con las cuales esperaba poder comprar una casita y media fanega de buena tierra.

—Yo, de agricultura no entiendo palote—agregó—; pero eso es como todo; en queriendo aprender, se aprende. Además, mi hijo, que es mozo y se ha criado en el pueblo, puede ayudarme mucho.

Don Adolfo había arrugado el entrecejo con un gesto reflexivo y grave, de hombre que recuerda.

—Por lo que dices—exclamó—caigo en quien sea tu mujer.

Un poco avergonzado, porque la imagen siempre ensangrentada de su desgracia no se borraba un punto de su memoria, el antiguo maquinista repuso:

—Sin duda; el pueblo será pequeño...

—Muy pequeño. ¿Cómo se llama tu mujer?

—Rafaela.

—¡Sí, hombre!...—replicó don Adolfo—; Rafaela, la lavandera...

—Eso es.

—La conozco mucho; y á Manolo, su hijo, también le conozco. ¡Valiente mocito!...

Amadeo Zureda se estremeció; tuvo miedo, frío; unos instantes permaneció callado, sin saber qué decir. Don Adolfo prosiguió, con ruda franqueza:

—Mala cabeza tiene el tal Manolo, y buenos disgustos le da á su pobre madre, que es una santa. ¡Yo creo que hasta la pega!... ¡No te digo más!...

Lívido, tembloroso, reprimiendo unos grandes deseos de llorar que acababan de asaltarle, Amadeo preguntó:

—¿Es posible?... ¿Tan malo es?

—De oro es el mozo—repuso don Adolfo—; había de morirse, y el Diablo, para cargar con él, necesitaría pensarlo mucho: borracho, jugador, mujeriego, camorrista... ¡de todo es el indino!

Y afirmó:

—No parece hijo tuyo.

Amadeo Zureda no respondió, y acercando la cabeza á la ventanilla fingió distraerse con el paisaje. Las declaraciones del antiguo ambulante le aterraron; él se hallaba ignorante de todo; Rafaela, en sus cartas, nada le había dicho; y se admiró de ver cómo la fatalidad le asediaba y negaba ese descanso á que todos los hombres trabajadores, aún los más miserables, tienen derecho. Retrocediendo por el odioso camino de sus recuerdos, llegó al origen de su desgracia. Veinte años antes, el señor Tomás, al notificarle las relaciones de Rafaela con Manuel Berlanga, había declarado:

«Dicen que la pega.»

Y ahora, don Adolfo, refiriéndose á Manolín, repetía las mismas palabras:

«Yo creo que la pega.»

¿Qué misteriosa conexión habría entre estas afirmaciones que parecían poner un nexo de oprobio entre el hijo y el amante muerto?... Y las palabras del viejo ambulante volvieron á sonar en los oídos de Zureda y se agarraron fatídicas á su alma:

«Manolo no parece hijo tuyo.»

Sin haber leído á Darwin, Amadeo Zureda, instintivamente, buscaba en las leyes de la herencia una explicación y un consuelo al tósigo que le mordía. El nunca, ni aun de mozo, fué aficionado á beber, ni á los naipes, ni faldero, ni menos entrometido y bravucón. ¿Quién, por tanto, pudo deslizar en la sangre de su hijo tantas depravaciones?...

Don Adolfo y Zureda descendieron en la estación de Equis. Declinaba la tarde; en el andén sólo había seis ó siete personas. El anciano ambulante exclamó, designando con la mano á una mujer y á un mozalbete que se acercaban:

—Ahí tienes á tu gente.

Esta vez, al ver á Rafaela, Amadeo no vaciló: era ella, á pesar de su vientre abultado, de su semblante carnoso y triste, de sus cabellos blancos... ¡era ella!...

—¡Rafaela!

La hubiese reconocido entre mil mujeres más. Se abrazaron estrechamente, llorando, con la inmensa emoción de alegría y dolor que experimentan los que se separaron jóvenes y vuelven á reunirse en la vejez, al otro lado de la vida. Después el maquinista abrazó á Manolo.

—¡Qué guapo estás!—balbuceó, cuando las palpitaciones de su corazón, encalmándose un poco, le permitieron hablar.

Don Adolfo se despidió.

—Yo llevo prisa—dijo—; ya nos veremos mañana.

Saludó y se fué.

Amadeo Zureda, llevando á Rafaela á la derecha y á su izquierda á Manolo, salió de la estación.

—¿Está muy distante el pueblo?—preguntó.

—Dos kilómetros apenas—repuso ella.

—Entonces, vámonos á pie.

Avanzaron lentamente por el camino que se alejaba, serpeando, entre dos vastas extensiones de terreno laborado y rojizo. Al fondo, iluminado por el sol muriente, aparecía el pueblecito; aquel villorrio miserable en el que Zureda había pensado tantas veces, como en un bello refugio de paz, olvido y redención.

VII

Desde que Amadeo Zureda llegó á Equis, Rafaela no volvió al río. El anciano maquinista no quería que su mujer trabajase; con lo que él ganó como herrero allá en presidio, tenían bastante los dos para vivir. Del pasado no hablaron; creeríase que no se acordaban de él; ni ¿para qué acordarse?... Zureda lo había perdonado todo; su Rafaela, además, ya no era la misma: apagáronse la alegría pajarera de sus ojos, la negrura ondulante de sus cabellos, la agilidad moza de su cuerpo; ogaño, en el semblante fofo y triste, en lo humildoso del mirar, en la flacidez de los senos, en las torpes redondeces adiposas del talle, había un abandono doloroso, apesgador de remordimiento.

Siguiendo los consejos de don Adolfo, el ex presidiario renunció á su idea de dedicarse á la agricultura, y en la calle mejor del pueblo, cerca de la iglesia, puso un taller mixto, de carpintería y cerrajería, donde así herraba una mula como recomponía un carro ó echaba á un arado reja nueva. A poco de establecerse Zureda, su modesto negocio comenzó á encarrilarse por caminos de bonanza; muy pronto el número de sus relaciones creció; su historia inquietante de presidiario parecía olvidada; todos le querían; era un hombre bueno, afable, de una melancolía simpática, que pagaba sus pequeñas cuentas exactamente y trabajaba bien.

Amadeo Zureda sentía pacificarse su vida, y que lentamente su porvenir, hasta entonces borrascoso, comenzaba á ofrecérsele como un país hospitalario, claro y fácil. El mañana amenazador, que desvela á los hombres, dejaba de ser un problema para él; su futuro ya estaba cimentado, reglamentado, previsto; los quince ó veinte años que aun le restasen de vida los pasaría redondeando amorosamente la fortunita que deseaba legar á su Rafaela.

Animado por este propósito, levantábase con el sol y trabajaba reciamente todo el día. Por las tardes, acompañado de un perro, regalo de don Adolfo, salía á vagar por los alrededores del pueblo. Uno de sus paseos favoritos era el cementerio. Zureda empujaba el viejo portón, siempre abierto, del camposanto, se instalaba sobre una piedra rota de molino que allí había, y encendía un cigarro. Entre la crecida hierba que tapizaba el suelo negreaban muchas cruces; el anciano evocaba sus recuerdos de antiguo maquinista y de recluso, y su voluntad fatigada se estremecía. Miraba á su alrededor complacido; allí estaba su cama; ¡qué paz, qué silencio!... Y suspiraba largamente, poseído de la rara y sedante alegría de morir. Entre los viejos tapiales, dorados por el sol poniente, que rodeaban aquel huerto de olvido, se debía de dormir muy bien...

Lo único que amargaba el ocaso pacífico de Amadeo Zureda, era su hijo: aquel Manolo, á quien por un exceso, imprudente quizá, de amor paternal, había redimido el año antes del servicio militar, y cuyo carácter vicioso y díscolo era fanáticamente refractario á toda disciplina. Inútilmente procuró Zureda enseñarle un oficio; súplicas, amenazas, reflexiones discretas, se estrellaron ante la voluntad irreductible y vagabunda del mozo.

—Si no quiere usted mantenerme—decía Manuel—, despídame; yo sabré buscármelas.

Con frecuencia Manolo desaparecía del pueblo y, ausente y metido en misteriosas aventuras, pasaba los días. Individuos llegados de otros pueblos comarcanos decían que se dedicaba al juego. Cierta noche reapareció herido de gravedad en una ingle; la puñalada era profunda.

—¿Quién te ha herido?—preguntó Zureda.

El mozo repuso:

—Eso á nadie le importa; á quien sea, yo me encargo, tarde ó temprano, de darle lo suyo.

Para ahorrarse complicaciones judiciales, Amadeo Zureda calló lo ocurrido. Semanas después Manolo estaba bueno. Una madrugada, á orillas del río, la pareja de la guardia civil encontró el cadáver de un hombre; el cuerpo ofrecía varias heridas de arma blanca. Cuantas pesquisas se practicaron para descubrir al matador fueron baldías; el crimen quedó impune. Únicamente Amadeo Zureda, que, á raíz del suceso, había sorprendido á Manuel lavando en una jofaina un pañuelo manchado de sangre, estaba cierto de que el autor de aquella muerte era su hijo.

Y las palabras siniestras de don Adolfo volvían á su espíritu, machacantes, enloquecedoras, oradándole el cráneo:

—«No parece hijo mío...»—meditaba.

No paró en esto el desaforado vivir del mozo. Abusando del cariño de su madre y de la mansedumbre de Amadeo, raros eran los días en que no manifestaba hallarse necesitadísimo de dinero.

—Me hacen falta cien pesetas—decía—, pero mucha falta. Si vosotros no me las dais... bueno, en paz; yo las buscaré. Pero acaso os arrepintáis entonces de no habérmelas dado.

Dominábale un furor de placeres. Cuando su madre le aconsejaba:

—¿Por qué no trabajas, maldito? ¿No ves á tu padre?

El mozo replicaba:

—Vivir no es trabajar; para vivir como padre vive, más vale ahorcarse.

A Rafaela tratábala despectivamente y como á esclava; apenas si, al interpelarla, se dignaba poner en ella los ojos; á su padre también le hablaba poco y desabridamente. El peor de los hijos no hubiese procedido con más despego. Diríase que su alma arisca, sedienta de goces, alimentaba contra sus progenitores la llama de un rencor instintivo.

Una noche, al volver del Casino en donde don Adolfo, el boticario y otros vecinos de cierto viso, solían reunirse todos los sábados, Amadeo Zureda encontró la puerta de su taller entornada. Aquello le sorprendió, y levantando la voz empezó á llamar:

—¡Manolo!... ¡Manolo!...

Rafaela le contestó desde muy adentro:

—No está.

—¿Sabes si volverá pronto?... Lo digo para no cerrar—exclamó Zureda.

Hubo un breve silencio. Al cabo, Rafaela repuso:

—Más vale que cierres.

En la voz de la pobre mujer había como un hipo de dolor. Alarmado por el presentimiento de algo terrible, el viejo maquinista atravesó el taller y llegó á la trastienda. En la cocina, sentada delante del fogón, estaba Rafaela, las manos cruzadas humildemente sobre el regazo, los ojos llenos de lágrimas, los blancos cabellos en desorden, cual si una mano parricida se hubiese crispado sañudamente en ellos. Zureda arremetió á su mujer y cogiéndola por los hombros, la obligó á levantarse.

—¿Qué ha sucedido?—masculló.

Rafaela tenía la nariz ensangrentada, magullada la frente, las manos cubiertas de arañazos.

—¿Qué tienes?—repitió el maquinista.

Sus ojos, aunque viejos y mortecinos, ardieron otra vez con aquella luz roja, relámpago de muerte, que veinte años antes le llevó á Ceuta. Rafaela, asustada, trató de disimular.

—No es nada, Amadeo—balbuceó—, no es nada... yo te lo explicaré. Es... verás... es que me he caído...

Pero Zureda la arrancó amenazándola, casi á viva fuerza, la verdad.

—Es que Manolo te ha pegado, ¿eh?...

Ella sollozaba, defendiéndose aún, no queriendo acusar al hijo de su alma. Vibrante de ira, el maquinista repitió:

—¿Te ha pegado?

Tardó Rafaela en responder; tenía miedo de hablar; al fin confesó:

—Sí... me ha pegado... ¡oh, qué horrible!

—¿Y por qué?

—Porque necesitaba dinero.

—¡Ah, el canalla!...

Y la cólera y el dolor del viejo expresidiario estallaron en un rugido de león, que llenó la cocina.

—¿Y se lo diste?—agregó.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Veinticinco pesetas. Me resistí cuanto pude, pero... ¿qué iba á hacer?... ¡Oh, si llegas á verle, no le conoces!... Daba miedo; yo creí que me mataba...

Hablando así se tapó los ojos con las manos, como apartando de ellos, con la sucia visión de lo que acababa de ocurrir, la imagen de algo semejante, antiguo y terrible.

Zureda no contestó, temeroso de descubrir la agitación avendavalada de su alma. Los recuerdos más ominosos se atropellaban en su memoria. Mucho tiempo atrás, antes de que él fuese á presidio, el señor Tomás le había dicho en el curso de una conversación inolvidable, que Manuel Berlanga maltrataba á Rafaela. Y años después, al salir del penal, don Adolfo Moreno le expuso algo igual, refiriendose á su hijo. Recordando esta extraña conjunción de opiniones, Amadeo Zureda experimentaba un rencor acerbo, inextinguible, contra la raza del platero; raza maldita, nacida, al parecer, para ofenderle y herirle en lo que más amaba.

A la mañana siguiente Zureda, que apenas había conseguido dormir una ó dos horas, despertó temprano.

—¿Qué hora es?—dijo.

Rafaela, que ya se había levantado, repuso:

—Van á dar las seis.

—¿Ha vuelto Manolo?

—No.

El maquinista saltó del lecho, vistióse como de costumbre, y bajó al taller. Rafaela le espiaba; la aparente tranquilidad del anciano era sospechosa. Llegó la tarde y Manuel no fué á almorzar. Pasó la noche y el mozo no fué á dormir. El matrimonio se acostó temprano. Transcurrieron varios días.

Un domingo se hallaba Zureda sentado á la puerta de su taller; iban á dar las doce y las mujeres, unas enmantilladas, otras con pañuelo á la cabeza, acudían á misa. En lo alto de la torre gótica, las campanas voltijeaban ensordecedoras y alegres. Un vecino, al pasar, dijo al maquinista.

—Ya apareció Manolo.

Flemáticamente, Zureda repuso:

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Dónde le vió usted?

—En la posada de Honorio.

—¡Vaya con el niño! Buen pez está hecho; por aquí no ha venido...

El día declinó sin incidentes. El maquinista, cautamente, se abstuvo de decir á Rafaela que su hijo había vuelto. Poco antes de cenar, y so pretexto de ver á don Adolfo que le esperaba en el Casino, Amadeo Zureda salió de su casa y se encaminó á la taberna donde Manolo acostumbraba á reunirse con sus amigachos. Allí, en efecto, le halló, jugando á las cartas.

—Tengo que hablarte—dijo.

El interpelado tiró los naipes sobre la mesa y se levantó. Era alto, esbelto, simpático, y en la línea delgada de sus labios y en el mirar taladrante de sus ojos verdes había algo impertinente y retador.

Los dos hombres salieron á la calle y, sin hablar, caminaron hacia las afueras del pueblo. Cuando lo juzgó oportuno Amadeo Zureda se detuvo y mirando á Manuel cara á cara:

—Te he buscado—dijo—para decirte que no vuelvas á mi casa, ¿entiendes?...

Manuel afirmó con la cabeza.

—Soy yo quien te echa de allí, ¿comprendes?... Soy yo; porque no me gusta tratar con miserables, y tú eres un miserable. Y esto no te lo digo de padre á hijo, sino de hombre á hombre... ¿sabes?... por si mis palabras te ofendiesen y quisieras vengarte. Por eso, nada más, te he traído hasta aquí.

Lentamente, según hablaba, su fiera voluntad iba enardeciéndose, palidecían sus mejillas, y dentro de los bolsillos de su pelliza los puños se crispaban. A su vez, la sangre levantisca de Manuel, iba alborotándose.

—No me haga usted hablar—dijo.

Hizo ademán de marcharse. Su voz, su gesto, el desdeñoso encogimiento de hombros con que subrayó sus palabras, fueron los de un perdonavidas. Diríase que en él resucitaba el platero matasiete y procaz. Conteniendo su ira, Zureda repuso:

—Si tienes ganas de reñir, tonto serás si las aplazas para luego. Yo, á eso he venido.

—¿Está usted loco?

—No.

—Lo parece.

—Te equivocas. Es que he sabido que acostumbras á pegarle á tu madre... y eso, el pegar á tu madre, no lo pagas con toda la sangre, con toda la cochina sangre, que tienes en el cuerpo...

Amadeo Zureda tuvo miedo de sí mismo. Temblaba. Todos los celos que años antes le precipitaron contra Berlanga, retoñaban ahora frescos, pujantes, trastornadores. Su corazón, una caldera de odios infernales parecía. Bruscamente Manuel se acercó á su padre, y agarrándole por las solapas:

—¿Va usted á callarse?—murmuró corajoso—¿ó quiere usted perderme?

La respuesta de Zureda fué una bofetada. Entonces los dos hombres se acometieron, primero á golpes, luego á cuchilladas. En tal momento el anciano vió aparecer sobre el rostro del que creía su hijo la misma expresión de odio que veinte años atrás contrajo la cara de Manuel Berlanga. Aquellos ojos, aquella boca desfigurada por una mueca de ferocidad, aquel cuerpo delgado y felino vibrante de cólera, eran los del platero; el gesto del padre lo repetía exactamente la cara del hijo, cual si ambos semblantes hubiesen sido vaciados en el mismo troquel. Y por primera vez, después de tanto tiempo, el antiguo maquinista vió claro...

Anonadado por la certidumbre de aquel nuevo infortunio, sin ánimos ya para defenderse, el infeliz dejó caer los brazos, á la vez que Manolo, fuera de sí, le asestaba en el pecho una puñalada mortal.

Cumplida su venganza, el parricida huyó.

Amadeo Zureda fué conducido, moribundo, al hospital. Allí, aquella misma noche, don Adolfo acudió á verle.

Su pena era enorme; tan gran era, que inspiraba risa.

—¿Es verdad lo que me han dicho?—repetía llorando—, ¿es verdad?...

El herido apenas tuvo fuerzas para apretarle un poco la mano.

—Adiós, don Adolfo—balbuceó—, ya he sabido lo que necesitaba saber; usted me lo dijo y yo no quise creerle; pero ahora reconozco que usted tenía razón: Manuel no era hijo mío...

 

Madrid,—Enero, 1910.


Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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