La Hermana de la Caridad

Emilio Castelar


Novela



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Índice

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Epílogo

Capítulo 1

A Mamiani, ilustre poeta y filósofo italiano, dedica esta débil muestra de admiración y cariño,
El autor.

Amanecía, en hermoso campo meridional, bellísimo y poético día de Abril. Una ligera niebla, que doraban los rayos de la naciente aurora, se desvanecía en la cima de las montañas, semejándose a blanca nube de incienso perdida en el templo de la Naturaleza. El cielo, que a través de esta ligera gasa se descubría, estaba azul, sereno, transparente, ocultando entre sus arreboles las estrellas, que parecen volar, al nacer el día, a Dios, para beber nueva luz. Los campos, cubiertos de flores que ostentaban ufanas las gotas de rocío, sembrados de varios árboles, que parecían exhalar savia de sus tiernas recién nacidas hojas; las aves, abriendo a los rayos de la primera luz sus alas, y dando sus tiernos gorjeos a las auras, que suenan blandamente, al deslizarse en la enramada, acompañando en sus murmullos a los arroyos, que por mil pintados cauces reparten en desorden los caudales de las fuentes; la vida latiendo en todos los seres, como la sangre en el corazón apasionado de un joven, dan a la creación en primavera semejanzas con la mariposa que se despierta de un sueño, y al romper su larva despliega las blancas alas, matizadas de mil cambiantes colores. Y si esa tímida luz; ese aroma embriagador que despiden el azahar, la rosa, el jazmín; esas camas de flores que forman en sus ramas los árboles; esa música que conciertan todos los seres; esa vida que palpita en el naciente capullo, en la hoja al brotar; esa alma ignorada que como cautiva se esconde en todos los círculos de la escala de la vida, alma sin conciencia de sí misma, que gime en el ruido que hace la lluvia al caer en el celeste lago, en el rumor de las ondas al estrellarse en la arena; esa alma, que parece aspirar a la libertad, al amor, y pedir redención al hombre, es nuestra compañera en la soledad de los campos. Y cuando un corazón que ama, que sueña con la felicidad, que alimenta ilusiones, que desea, no lo pasajero y fugaz, sino un amor inmenso, infinito, divino, en una de esas mañanas se entrega a convertir en pensamientos las varias sensaciones que Naturaleza le ofrece, liba en ella la miel de su pasión.

En esta mañana de que venimos hablando, en el hermoso campo no se veía más ser humano que una joven. Vestía el traje de las aldeanas de Sorrento, traje que parece haber tomado su color a las gayas flores, sus bellos matices al Mediterráneo. La joven era morena, de ojos rasgados y negros, que tenían indefinible dulzura, de ovalado rostro, cuyas gracias aumentaban dos trenzas que, negras y lustrosas como el azabache, bajaban en desorden de su cabeza, parecida a esas griegas cabezas de las vírgenes de Rafael, sobre los lánguidos hombros, caídos como sus brazos, sin duda por uno de esos arrobamientos que suspenden hasta los latidos del corazón.

La joven, en una colina, bajo un tilo que se inclinaba sobre su cabeza al lado de una fuente, hollando con sus breves pies la menuda hierba, donde se escondían algunas violetas, embebecíase en mirar, ora las palomas que comenzaban a cortar los aires, ora los lirios que en torno crecían, ora la trémula luz que penetraba entre el follaje deshaciendo los blanquecinos vapores, ora el mar, que entre los árboles se columbraba mansamente agitado, reflejando en sus ligeras y argentadas olas el dulce alborear de la mañana.

¿Podríamos penetrar nosotros en el seno de sus pensamientos? ¿Qué se puede pensar cuando el corazón rebosa vida, ilusiones, fantasía? ¿Qué se puede imaginar en presencia de la Naturaleza florida, en una hermosa y tibia mañana de Abril? El canto de los pajarillos parece un cántico de amor. El arrullo de la paloma o de la tórtola derrama dulce melancolía en el corazón, esa grata melancolía que es más hermosa y placentera que la exaltada alegría. La leve niebla se asemeja al blanco velo de la virgen Naturaleza, que se engalana para recibir los primeros besos del amante sol. Las blancas flores de los limoneros, de los mirtos, son como las coronas de la desposada. Las gotas de rocío que tiemblan suspendidas de las hojas, parecen lágrimas de amor, y las embalsamadas auras, el aliento que exhalan unos labios queridos, pronunciando palabras de fe, de entusiasmo; esas palabras que nos llevan en sus alas a un mundo mejor y nos embriagan de felicidad. ¡Oh Naturaleza! El espíritu, que se derrama por todos los espacios, es un espíritu de amor que produce tus místicas y divinas armonías, y que tiñe con su luz misteriosa tus deslumbradores cuadros.

Estos pensamientos de amor, que cruzaban por la mente de Ángela (tal era el nombre de la joven), huyeron al sonar la campana de una próxima ermita, como huyen los jilgueros al oír una voz humana. La campana anunciaba que los pescadores volvían a las playas desde las próximas pequeñas islas. Inmensa muchedumbre de niños y mujeres salían de las cabañas, de las casas esparcidas en el campo. Todas rebosaban alegría. Era la hora en que veían reunidos los frutos de sus trabajos de la semana. Así es que el natural contento iluminaba aquel cuadro. ¡Qué encantos tiene el mar! Cuando la vista se sumerge en sus horizontes infinitos, parece que nuestro espíritu, desceñido del cuerpo, mora en las ondas, y se corona de algas, y riza con su mismo soplo la celeste superficie, y se rejuvenece y hermosea, como recordando que el agua, desde los primeros días de la creación, es uno de los principios de la vida, y lo era más cuando la tierra recién nacida recibía el Océano sobre su candente y solitario seno, como un gigantesco bautismo. ¡Oh mar delicioso para todos, y más aún para los que han nacido jugueteando en tus orillas, y tienen algo de tu acento en su voz, y de tus matices en su fantasía, y de tu inmensidad en su pensamiento! El cielo que se mira en tus aguas, lo infinito que reproduces en tus espacios, la luz que devuelves hermoseada en tus cristales al sol, la armonía que formas con el monótono ruido de tus vientos y el coro alterado de tus ondas, la blanquecina y plateada estela que dibujas en tu seno como una ilusión de amor, los astros que retratas, los bosques obscuros que guardas en tus profundidades, el sonoro eco de tus cavernas azotadas por tus continuas palpitaciones, el húmedo beso que tus regaladas brisas depositan en la frente, son en la vida de la Naturaleza lo que más se acerca a la vida del espíritu, a los matices del sentimiento, a los sueños de la imaginación, a la profundidad de las ideas, a nuestro infinito amor y a nuestras infinitas esperanzas. No es posible acercarse a tus orillas, contemplar tu continuo oleaje, oír la voz que se levanta como unísono acento de tus varios y diversísimos rumores, sin que se estremezca todo nuestro ser, abismado en lo infinito. Cuando la lona cruje, cuando las olas azotan los costados del barco, cuando la brisa murmura y cubre de espumas el mar, cuando la estela brilla, cuando el fósforo encerrado en las aguas finge el nacimiento de pálidos astros, en la callada noche, suspendido el hombre sobre los abismos de que tan sólo débil leño le aparta, no puede menos de creerse un sacerdote en el templo más grande y más digno de Dios que existe en todo el planeta. Pero si es hermoso siempre, lo es mucho más cuando la alborada lo tiñe, y el disco del sol se levanta sobre las ondas, suspendido entre dos abismos infinitos. Esta es la hora en que pasa la primera escena de nuestra historia.

El sol comenzaba a inflamar con su color de carmín y con su rojo fuego los infinitos horizontes. Ángela bajaba a la playa también contenta, y uno de los más gentiles jóvenes, vestido con el limpio traje de los marineros del Mediterráneo, se acercó y le dijo:

—¿Cómo tú aquí, tú que rara vez bajas a las playas?

—He venido porque gusto de oír el ruido de las olas, y la algazara de la gente, y los gritos de alegría.

—Es verdad. Sólo por eso puedes tú venir aquí; todos saben que nadie, absolutamente nadie, puede llamar tu atención ni mover tus sentimientos.

Ángela contestó a estas palabras con una dulce sonrisa.

—Yo he recogido muchas veces las flores más bellas del campo, las más pintadas conchas del mar que en mis redes se prenden, para ofrecértelas, y no te han complacido estos recuerdos… Así todos dicen que tienes pensamientos más altos, que eres ambiciosa.

—¡Ay, querido Jenaro! ¡Qué mal me juzgas! No es culpa mía no poder mandar en mi corazón. A veces envidio la cabaña de donde sale bendecida por sus hijos la madre de familia a esperar la barca del pescador, su inquietud por vislumbrarla en el horizonte, sus gritos de alegría cuando la ve, sus transportes cuando salta su esperado compañero a tierra, su gozo en mirar los pescados de mil colores, vivos aún, en la arena, el afán con que recoge las conchas que trae el padre para sus hijuelos, la santa alegría que reina en la cabaña, aderezada para recibir al dueño, y… yo no puedo gozar de esos placeres.

—Mira, Ángela; mejor dijeras no quiero.

—Es verdad, es verdad; no quiero: tienes razón; no quiero.

Y dos lágrimas muy gruesas rodaron por las mejillas de la joven.

Esas lágrimas que, a despecho de la voluntad, rodaban por las mejillas de Ángela, eran un mar de dolores tal vez, cuya profundidad no es dado sondear al pensamiento. Jenaro lo comprendió así, y calló. Después de algunos instantes levantó Ángela su cabeza, sacudióla con orgullo, y desahogó con un prolongado suspiro su pecho; derramó en torno de sí una mirada, como si quisiera recoger todo cuanto de grato y hermoso la cercaba, y llamando con ademán de benevolencia a las jóvenes que por aquellas orillas vagaban, se dio a correr con ellas, jugando descuidada, a ver cómo desafiaban con su celeridad el manso movimiento de las ondas, que parecían querer besar sus blancos pies. En estos instantes, nadie hubiera dicho que aquel corazón encerraba ni asomo de tristeza. Ver correr a la joven, buscar el instante en que las olas se retiraban, pisar con ligero pie las mojadas arenas, y huir al mirarlas volver coronadas de blanca espuma a la dorada orilla, era un gozoso espectáculo; pues en las riberas del Mediterráneo la hermosura de los campos, la plácida tranquilidad de los cielos y la sin par belleza de sus divinas moradoras, hace que no hayan muerto aún los recuerdos del antiguo paganismo, de esa fiesta continua, y que el corazón crea ver revivir las náyades y las nereidas vestidas de ligeras gasas, ornadas de perlas recién cuajadas en sus sedosos cabellos. Las jóvenes, cansadas pronto del juego, que es el alma, como la mariposa, varias sentáronse en la mullida alfombra de un verde prado; y como el silencio de la mañana, la cual comenzaba a tornarse calurosa, pidiera uno de esos cánticos meridionales de indefinible melancolía que parecen consagrados a arrullar el sueño de la Naturaleza.

—Canta, canta, Ángela —dijo una voz; y todas las jóvenes la repitieron.

Ángela se levantó como inspirada; pasóse las manos por la frente, cual si quisiera alejar negra nube de tristeza, y dio su voz al viento. La canción era melancólica, como el ruido de las ondas al quebrarse en la arena, pero llena de amor, como los arpados gorjeos del ruiseñor en el follaje. Su voz trémula, pero límpida y clara, despedía notas que caían en los corazones como lágrimas. Aquel canto tan tierno, aquella voz tan argentina, pero tan triste, el dolor infinito que la acentuaba, las lágrimas que volvían a querer asomarse a los ojos de Ángela, todo indicaba que aquel canto era el quejido de un corazón enamorado y enfermo, de un corazón que no conocía el arte, pero poseía el sentimiento, esa fuente infinita de inspiración y de vida. Mas un observador inteligente hubiera descubierto algo más en aquellos cantares; sí, hubiera descubierto en sus notas vagas la chispa del alma de una gran artista.

Ángela cantaba como las aves del cielo, sin conciencia; pero Dios había puesto en su corazón esa arpa celeste que se llama inspiración, y que comenzaba a dar sus primeros sonidos. Oírla acompañada del murmullo de las ondas, del susurro de las hojas, era como oír la voz de la soledad. Sus cantares tenían secretos encantos, inexplicables armonías; eran dulces gorjeos, acentos llenos de tristeza, emanaciones de un alma encendida de amor. Ángela era, en efecto, artista. Bajo las nacaradas alas de su alma se ocultaba el genio. Cantaba sin conocer que tenía en sí una fuente misteriosa de inspiración y de vida. El genio suele no tener conciencia de su fuerza. Por eso los griegos, que sabían revestir tan admirablemente de formas humanas a las ideas, pintaron a Homero, el genio de su patria, desvalido y ciego.

* * *

Aún resonaban los acentos de aquella apasionada voz en los aires, cuando la corta reunión de jóvenes se fue poco a poco dispersando, y al irse, todas repetían el cantar dulcísimo de Ángela. Ésta se volvió a la fuente, y bajo los frondosos árboles que la cercaban se asentó, resguardándose a su grata sombra de los calores del día. Conforme el silencio de la Naturaleza se aumentaba; conforme los rayos del sol hacían callar las ondas de los mares y el rumor de las brisas, Ángela sentía deseos de cantar, y entonaba una melancólica endecha. Bien pronto extraño ruido interrumpió sus cánticos. Eran los pasos de un hombre, que corría como sin aliento.

—¡Ah! ¡Eduardo!!! —gritó Ángela.

—Yo, yo soy, que vengo a verte —contestó el joven, cuyo traje y modales acusaban alta alcurnia.

—¡Oh! No te esperaba.

—¿Dudabas de mí?

—¡Yo, yo dudar de ti! ¡Ves que vivo, y me lo preguntas!

—¡Ángela!…

—Calla, calla; me matarías. Yo me contento con que te acuerdes de mí, con que vengas de ocho en ocho días a verme. Soy feliz cuando te veo, porque el inmenso dolor que siento me dice cuánto te amo.

—Ángela, te adoro.

—Mira, Eduardo. Por ti vivo, por ti canto. Tu recuerdo me alumbra más que el sol. Cuando viene la noche hay luz en mis ojos, luz en mi alma, porque habita en ella tu recuerdo; y si me faltaras, tornaríase noche el día.

—¡Amor mío!…

—Mira. De este rosal he hecho una gruta. He enseñado a las palomas a que bajen a coger en su pico estos granos de trigo. Me contento con rociar, llevando el agua de la fuente en el hueco de la mano, estas albahacas. Y eso que dicen que la albahaca significa odio. ¡Oh! No, no. Aquí todo está bendecido por el amor.

—¡Ángela!

—Sí, por el amor, por esa pasión infinita, inmensa, que me posee. Yo creo firmemente que es mi alma. Yo veo el mundo a través de esa pasión, llena de ilusiones, como esas flores en cuyo aroma se bañan las mariposas.

—Sí, sí —decía Eduardo.

—Sí, Eduardo mío. ¿No es verdad que te ha llamado mi voz? ¿No es cierto que has oído mis cánticos?

—Lo he oído cuando venía.

—Era mi alma, que exhalaba sus quejidos de amor; era yo misma, que, no cabiendo dentro de mí, necesito salir, volar por los espacios infinitos, cantar como la alondra, subir por la inspiración al cielo.

—¡Amor mío!…

—Tu amor. Repítelo, repítelo. Ya sé que soy tu amor; pero necesito volver a oírlo de tus labios. A veces, cuando me acerco a la fuente y oigo cómo sus gotas producen una grata armonía, me parece que repiten esa dulce y celestial palabra. Ámame, ámame mucho.

—Siempre, siempre…

—Si no me amaras… , me moriría. No me lo digas. Engáñame… Perdona, perdona; no me engañes.

—Por Dios, Ángela —dijo conmovido Eduardo.

—Tienes razón. ¡Desaprovechar así la felicidad! No me lo perdono a mí misma. ¿Qué duda puede hoy atormentarme? ¿Qué razón hay para que yo padezca? Soy feliz, completamente feliz. Eduardo, no veo una nube en el horizonte.

Eduardo suspiró, e hizo un ademán como de partirse.

—¡Te vas… , te vas… tan pronto!… Conozco mis exigencias. Las siento; pero ¡te amo tanto!…

Y la joven cayó de rodillas, anegada en llanto, a los pies de su amante. Ángela amaba con todo su corazón. Sentía en su alma esa pasión que parece como el amanecer de la vida. Cuando amamos y volvemos los ojos al tiempo que fue, nos parece imposible que hayamos podido vivir sin amar. Padecemos mucho en estas tormentosas pasiones, y preferimos el padecimiento al hielo de la indiferencia. Así, el amor llena, como la atmósfera, el espíritu, y sonríe como el sol en la inteligencia. Al través de sus rayos, el alma ve el mundo y adivina el cielo. Es el amor puro origen de grandes virtudes. La vida corre como una fuente murmuradora, límpida, que hace brotar flores y retrata en sus cristales el azul del cielo. ¿Cómo es posible enturbiar ni empañar el claro espejo donde se mira el ser que amamos? El alma enamorada se hermosea para recibir en su seno, como en un templo, el ser misterioso que ama, ese idolatrado ser en quien ponemos todas las perfecciones.

Hasta por egoísmo, el alma enamorada ama la virtud; tiene en sí la virtud fuerza santificante. No sólo hermosea el espíritu, sino también se transparenta en el cuerpo. Es como una luz que anima los ojos, que tiñe de eterna serenidad la frente. Y el alma enamorada ama la virtud como la vida. Después, el amor infinito imprime una tristeza inmensa en el alma. Parece imposible que sea dado encerrar tanto amor en la tierra, y el espíritu abre sus alas y vuela, surcando los espacios infinitos, al cielo. Desgraciados son, en verdad, los que no han amado nunca. Ellos no pueden comprender ni sentir la dulce poesía del dolor. Ellos no han nacido para ser felices. Lágrimas ardientes, suspiros ahogados, horas de tristeza, infinitas dudas, temores, todo cuanto de triste y lastimoso da de sí el amor, todo es santo y todo es bueno; porque el sentimiento, como la idea, nos testifican que vivimos. ¿Puede haber nada más doloroso que vivir en la insensibilidad? ¡Oh! Es el más grande y más temible de todos los castigos.

* * *

Ángela pasaba sus días entregada a sus pensamientos de amor. Mirar el sereno Mediterráneo, el cielo, las estrellas, ir de día a la fuente y la gruta, cantar en hermosas endechas sus sentimientos: he aquí su vida. Cuando Eduardo iba a verla, todo para ella era contento. Entre el recuerdo de la pasada visita y el presentimiento de la próxima, compartía dulcemente el tiempo. Ningún dolor embargaba entonces su alma. Le veía en todas partes, su voz le acompañaba, y su mirar le parecía como estrella de su vida. Pero aquella única dicha se desvaneció bien pronto. Eduardo, después de una tarde en que había mostrado por Ángela más interés que nunca, dejó de volver a las citas. La pobre joven no hacía más que mirar el horizonte. Todas las mañanas, al levantarse, abría la ventana para ver si asomaba por el mar la esperada barca de su amado. Pasaba todas las noches en perpetuo insomnio. El rumor de las hojas, el ruido de las olas, el paso del campesino o del marinero, el chirrido del insecto o el grito del ave nocturna, todos los rumores de la creación parecíanle funestos nuncios de tristes nuevas de su amado. Iba al amanecer a la fuente. Sus ojos secos interrogaban a todos los objetos la causa de la ausencia de su amor. Creía que aquellos seres inanimados, que habían visto a Eduardo a su lado, tomaban entonces parte en sus penas. Para Ángela, el arroyo no cantaba como antes, no; gemía. Las gotas de rocío parecíanle lágrimas de amargura. Y en toda la Naturaleza encontraba almas compañeras de su dolor. Pero a medida que discurría el tiempo, su pena era más profunda y estaba más solitaria. En todos nuestros primeros padecimientos creemos que nos acompañan el hombre y la creación. Mas cuando pasa un día y otro día, cuando se suceden tantas penas, y vemos al hombre pasar indiferente a nuestro lado, a la Naturaleza continuar en su renovación perpetua, en su continua alegría, el dolor se ahonda, se amarga, y cae en la triste soledad de la desesperación. Ángela vagaba por las orillas del mar como loca. Las campesinas contaban mil consejas sobre el origen de su dolor. Su frente y sus mejillas se marchitaban. Sin embargo, por extraña y singular virtud, la desgracia había dado más encantos a su voz. Cuando en uno de esos instantes en que el corazón se deshace en lágrimas y el dolor toma cierto tinte melancólico, Ángela cantaba, su voz tenía una dulzura infinita, como su tristeza parecía la tristeza de un ángel desterrado del cielo. Los padres de Ángela quisieron averiguar la causa de su dolor, que les traía desasosegados, inquietos y profundamente amargados. La madre, sí, la madre, que es siempre más idónea para llegar hasta el corazón de los hijos, la sorprendió un día en la ventana llorando, y exclamó:

—Ángela, ¿crees que no te quiere tu madre?

—¡Oh! No, madre mía, no. ¡Creer que no me queréis sería horrible!

—Pues, mira, yo creo que tú no me quieres. ¿Eso no es horrible? Yo creo que no me quieres; sí, yo, que soy tu madre.

—¡Este nuevo tormento me preparaba el cielo, madre!

—¿Este nuevo tormento has dicho? Luego lo que siempre me has negado lo confiesas ahora. Padeces tormentos… ¡Y no se los confías a tu madre!

—Soy muy culpada; castigadme, pero no me preguntéis por mis culpas.

—¡Ángela! ¡Ángela! ¿Qué has dicho?

—No, madre; no penséis mal de mí. He seguido siempre vuestro consejo y vuestro ejemplo. Pero soy muy desgraciada.

—Cuéntame tus desgracias, hija mía; cuéntame tus desgracias. Las madres son amigas siempre de sus hijas.

—No puedo. Me faltan palabras.

—Te falta amor a tu madre.

—Por Dios, comprended cuánto padezco —dijo la joven, dejándose caer en brazos de su madre.

Ésta cubría de besos la pálida frente de Ángela.

—Mira, yo sé lo que es el corazón, Ángela. Sé todo lo que a cierta edad se puede padecer. Pero no puedo sufrir tu falta de confianza. ¿No soy buena para ti? ¿No soy tu madre?

—Es verdad: oídme.

Y Ángela comenzó la siguiente narración:

—Sabéis, madre mía, las causas que nos trajeron de nuestra antigua opulencia al triste abatimiento en que hoy vivimos. Porque apenas recuerdo alguno de esos días venturosos, he pasado aquí mis días en dulce paz y santa calma. Pero ¡ay! un día vi a un joven; sí, a un joven que venía de Nápoles. Me miró, le miré y no volví a verle. Pero su mirada me penetró en el corazón. Poco a poco le fui olvidando, pero su imagen flotaba siempre a mis ojos como una esperanza. Poco tiempo después volví a ver a este hombre.

Desde entonces sentí… ¡oh madre! sentí esa pasión sin la cual la vida es como un estéril desierto. Me habló; me dijo que me amaba. Yo desde entonces le he amado. Mi pasión ha sido pura, pero inmensa. Mas el último día que le vi me pareció muy triste: me habló con entrecortado acento algunas palabras. Yo quise penetrar la causa de su tristeza; pero callaba, nada me decía. Le pregunté si acaso ya no me amaba, y me miró enternecido y miró al cielo. Mi vista se perdió en la inmensidad, donde se perdía también su vista. «Mira, me dijo: el cielo está azul, y brilla el sol; sin embargo, muchas veces el cielo se obscurece, negras nubes lo empañan, y el sol brilla también tan puro, tan luciente como cuando no hay nubes en el horizonte.» Y se levantó para partirse. «¿Volverás?», le dije. «Volveré», me contestó. Pero al decirme «adiós», un agudo sollozo, profundamente triste y amargo, ahogó la voz en su garganta.

Yo, desde aquel instante, quedé como fuera de mí, entregada a dolorosos pensamientos. Pasó algún tiempo, y no venía. El corazón me saltaba en pedazos del pecho. Pasó algún tiempo más, y siempre lo mismo, siempre la ausencia. ¡Oh! Yo interrogo a todos los seres que han presenciado mi dicha, por la causa que ocasiona su ausencia. Yo no tengo ojos sino para llorar y para mirar al horizonte. Paso mis noches en horribles insomnios. Todo cuanto me rodea me entristece. La fuente, que era mi delicia, me parece que está seca. Las flores no tienen para mí aromas, ni colores el cielo, ni frescura el aire. Un dolor inmenso, infinito, desesperante, se anida en mi alma, donde antes no había espacio sino para la felicidad y el alegre contento. Hay momentos en que deseo morir. Ayer bajé al valle, y entré en el cementerio. Vi el suelo removido aún en el lugar donde habían enterrado a mi amiga María. Estaba la tierra mojada de rocío, y algunas violetas crecían sobre ella, y los jilguerillos bajaban de los cipreses y los sauces a libar la gota de agua que trémula pendía de las hojas de las flores. «¡Oh! dije para mí: esas cenizas son más fecundas que mi vida. Producen una flor, reciben una lágrima del cielo, y mi corazón está seco, y mi imaginación árida y fría.»

—Ángela, me matas —decía la pobre madre, amargamente llorando.

—Soy muy cruel —añadía Ángela—, soy muy cruel. Lo conozco; pero en mis sentimientos no mando yo.

—Te habrá olvidado. Créelo así, y resígnate.

—¡Olvidarme! ¡No me ha olvidado, no! Si me hubiera olvidado, yo no viviría.

—¡Pobre niña! No conoces la fuerza de la vida ni la impotencia del dolor. Crees que el primer sorbo del cáliz de la amargura va a concluir con tu existencia. ¡Oh! Habrás apurado hasta las heces, y aún vivirás.

—¿Es posible, madre mía? ¿Es posible? Con este dolor cruel, inmenso, infinito, ¿se puede vivir?

—El dolor fortifica la naturaleza, o, mejor dicho, mientras la alegría, el placer, son idóneos para enflaquecernos, el dolor, la pena, nos alientan en la vida. Pero mira, Ángela: yo he seguido tus pasos, he conocido tus sentimientos. Yo he velado por tu virtud y por tu pureza. La madre es como la Providencia, y vela siempre por las prendas de su corazón. Quizás ese hombre a quien amas te haya olvidado. Quizás creyendo…

—¡No me asesinéis, madre, madre mía! ¡Por piedad, por piedad! Sois muy cruel. Antes le quisiera muerto. Pero ¡oh! no, que viva, que viva. Si me ha olvidado; si ha huido de mí voluntariamente; si ha arrojado la cruz que le di, las flores que le guardaba; si le dice a otra mujer lo que antes me decía a mí, sólo le deseo el castigo de que sea feliz, muy feliz. ¡Oh! Pero no, no; pensarlo, no más pensarlo, me parte el alma, me quiebra el corazón. Soy muy desgraciada, sí, muy desgraciada. Pero más desgraciado sería él si me hubiese olvidado. Y más aún si, olvidándome, fuera feliz. No; Eduardo ha muerto. ¡Y yo le decía que le amaba! ¡Y yo le juraba eterno amor! Soy perjura, soy infiel: Eduardo ha muerto, ¡y yo vivo! ¡Qué horror!

Y la pobre Ángela se deshacía en lágrimas.

—Dime, Ángela: ¿y si fuera ese hombre indigno de tu cariño? ¿Y si no hubiese muerto? ¿Y si en vez de ser el conjunto de perfecciones que tú admirabas fuese un miserable?

—Le amaría lo mismo. ¿Qué me importa? ¿Aparta Dios su aliento del hombre que a Dios falta? Y el amor, ¿había de ser interesado? Haría por darle la dignidad, por volverle a la virtud, por levantarle de su postración; pero le amaría, sí, le amaría eternamente. Acaso en el fondo de mi corazón guardara mi amor; pero dejar de sentirlo, nunca. Vivo o muerto, digno o indigno, amante o de su amor olvidado, a mis ojos aparecería siempre como el único ser que me ha dado a conocer las penas y las alegrías de la vida.

—¡Ay, Ángela! Amar de esa suerte es desvarío, es locura. Hija mía, ningún dolor de los que asaltan el corazón merece ese tributo de lágrimas que tú le ofreces. Todos son igualmente despreciables. Cuando el cielo te haya hecho saber el origen de los males que padeces, acaso te avergonzarás a tus mismos ojos. Resígnate. Ese aviso te da la Providencia para que no pongas los ojos en seres que están a mayor altura que tú.

—¡A mayor altura que yo, decís, madre! ¿Por ventura no es hombre? ¿Y se degrada el hombre amando a una mujer? ¿Por ventura el amor puede conocer ni otra causa que la inspiración del sentimiento, ni otro fin que la felicidad de ser amado?

—Ignoras lo que es mundo, Ángela. El velo de tu inocencia te oculta sus males. Yo debo revelártelos; yo, que he gustado todas las grandezas y todas las desgracias de la tierra. En el mundo, el amor admite categorías. No se ama por inspiración; se ama por conveniencia social. Esos grandes señores a que tu amado pertenece, creen que una pobre campesina se debe tener por muy honrada en ser, no su esposa, su querida. Creen que aun después de haberles robado la virtud y el honor, deben estimarles que hayan descendido hasta confundirse en sus brazos.

—¡Callad, por Dios, madre mía!

—Tu madre conoce los peligros que te rodean. Sabe que es muy triste rasgar ciertos velos de oro que ocultan los dolores del mundo. Pero un deber me obliga a ello, un deber sagrado. Dios ha puesto la vejez al lado de la juventud como el libro de la experiencia abierto siempre a sus ojos.

—Y ¿es posible que el mundo sea así?

—¡Ah, hija mía! Por haber querido reformarlo vives en esta choza; por eso hoy somos pobres.

—Pero tenemos, madre mía, buenos sentimientos en el corazón, que valen más que la riqueza.

—Es cierto. Cuando oigo al amanecer el canto de los pajarillos que se une a mi primer oración, me regocijo de ofrecer a Dios mi alma pura como las armonías de la Naturaleza. Cuando comienzo mi pobre trabajo, me regocijo también de haberme resignado a la virtud y a las privaciones, porque, ¡cuántos peligros no nos han cercado, y cuán dulce es llegar a la edad madura habiendo vencido todas sus asechanzas! El brillo del cielo, los astros, las luciérnagas, las ondas quebrándose en la arena, la fuente que murmura, el aroma que embalsama las auras, todos estos varios espectáculos que ofrece la Naturaleza, dejan en el alma luz bastante para no recordar ningún placer.

—Pero, madre, vos comprenderéis que a mi edad es muy triste ver el mundo solo, la Naturaleza sin voz y sin alma. Yo le veía en la primer estrella de la tarde. Yo le escuchaba en el rumor de las hojas mecidas por las auras. Yo respiraba su aliento en las brisas del mar. Yo, en todos los ecos de la Naturaleza escuchaba su voz. Y hoy, solitaria, abandonada a mi dolor, no tengo ni más deseo, ni más esperanza, ni otra aspiración, que la muerte.

Capítulo 2

En efecto: el dolor de la joven crecía de punto, a medida que se prolongaba la ausencia de Eduardo. Su tez morena palidecía; sus brillantes y negros ojos se tornaban mustios y opacos. Aquella imaginación tan brillante, que parecía tener más luz y más colores que la Naturaleza, se deshojaba como flor roída por los gusanos. Con un ramo de violetas secas en la mano, los ojos puestos en el horizonte, sentada bajo un árbol, y sobre una roca que daba al mar, se la veía todas las tardes mustia, llorosa, como agonizante, aterida por el frío dolor que producía la ausencia del ser que amaba. De todas sus brillantes facultades sólo le había quedado la voz, donde aún resonaban los acentos de su alma virginal y purisíma. Su voz tenía dulces encantos aún. El dolor le daba una vibración sublime. Parecían sus acentos los últimos ecos de una lira que se rompe y exhala un gemido triste y dolorosísimo. Así, cuando en una de estas tardes de estío, en que las ondas apenas producen un pequeño rumor, levantaba su melancólico acento, el ruido de la Naturaleza era el cadencioso acompañamiento de su dolor. Pero poco a poco su salud se iba quebrantando; poco a poco su antes poderosa vida se iba extinguiendo como una lámpara moribunda.

Un día, por fin, comprendieron sus padres que Ángela podría malograrse por el exceso de su dolor, y decidieron ocurrir a este mal. Sabían que deseaba ardientemente ir a Nápoles, donde ciertamente debía tener noticias de Eduardo. No había más remedio que emprender el viaje. Para subsistir en aquella capital no poseían otros recursos que las limosnas de las buenas almas y la voz de Ángela; esa voz que parecía descendida del cielo. Decidiéronse por fin al sacrificio, aunque con grave dolor de la pobre madre, que presentía grandes males para su hija.

Era una mañana de Septiembre. El crepúsculo doraba la cima de las montañas, las orlas lejanas del horizonte y las últimas líneas del mar. Los pescadores bajaban a la playa rezando el Avemaría, que tocaba la campana de la iglesia. La puerta de la pequeña casa de Ángela se abría, y aparecía un interesante grupo. Ángela, vestida con un traje de color de tierra, recogidos sus sedosos cabellos en una especie de blanca cofia, con un pequeño bastón en una mano, y un lío de ropa en la otra, estaba de rodillas, recibiendo la bendición de su madre, que, llenos los ojos de lágrimas y rebosando el corazón dolores, la bendecía, mientras un anciano de noble apostura, gentil continente y venerable cabeza, cogía todos los enseres del viaje y abrazaba también con gran dolor a su esposa. Ángela bajó por las rocas a la orilla del mar. Allí les aguardaba una barca con un solo marinero. Era Jenaro, el pobre pescador que amaba más que a sus ojos a la joven. Arrodillóse ésta, y juntas las manos rezó la Salve, repitiéndola hasta que perdió de vista a su madre. Al llegar a este trance, dio un grito y se quedó sin sentido.

* * *

¡Nápoles! ¿Quién no conoce las riberas del mar Tirreno? Ese mar, en cuyas brisas Grecia arrojaba sus ideas para que cayeran sobre el suelo de Italia; ese mar, en cuyas ondas se bañaban los antiguos dioses italianos; ese mar, que traía a las rientes playas los ecos de la voz de los maestros y de los poetas de Alejandría; ese mar tan hermoso conserva aún su inalterable serenidad, su perpetua alegría; y aún sus costas, sembradas de laureles y de sepulcros de grandes poetas, como Virgilio, el Tasso, Petrarca, celebran las fiestas continuas del antiguo paganismo.

Abierto el golfo de Nápoles en anfiteatro, parece un templo antiguo, un gran coliseo, donde el arte y la Naturaleza celebran a porfía sus fiestas. El mar azul, sereno, meciéndose ligero entre los cabos, que parecen extenderse para formarle blando lecho, refleja en sus mansas tranquilas olas el riente cielo, inundado de perpetua alegría. Extiéndense, descendiendo de la falda del Vesubio, a coronar las playas, todos los más hermosos esfuerzos del reino vegetal: las viñas cargadas de sus dorados racimos, los naranjos y limoneros perfumando de balsámicos aromas las ligeras blandas auras, como orientales pebeteros; el sauce, el ciprés, el mirto, el olivo, todos esos árboles que recuerdan en su poética tristeza el cielo, los dolores del genio; y en medio de todas estas maravillas, rodeado de estos tesoros de la vida, como un sultán en su serrallo, el napolitano, muelle, débil, con la huella del placer en la frente y la indiferencia en los ojos, especie de inalterable dios, que, sintiéndose con fuerza creadora, se goza en su perdurable indolencia y en desperdiciar la fuente de vida que corre limpia y abundosa a sus plantas. Y en esta hermosa ciudad, en esos campos cubiertos de lavas y ruinas, regados con la sangre de tantas generaciones, campos que han oído los cánticos de los Tibulos y Propercios, que han dado flores para que todos los poetas coronasen a sus amadas; en esos felices bienaventurados campos, a la sombra de un ciprés o de un mirto, oír una canción de amor, es una dicha pura, indefinible; es como gustar la copa de la vida en que bebe su ser naturaleza. Y si esta voz es dulce como la voz de un ángel, enamorada, tierna; si sale de los labios de una mujer sobrehumana; si se levanta al cielo rociada de lágrimas, con el eco de una profunda, de una inmensa tristeza, esa voz parecerá el quejido del alma de aquella naturaleza, o el recuerdo de los tiempos en que las diosas descendían del Olimpo al mundo, enamoradas de algún dichoso mortal, como Diana besaba con sus arroyos la hermosa fuente de Endimión dormido, y anhelante, al través de los bosques, le seguía para gozarse en ver sus huellas y en protegerle en su carrera.

Pues bien: a las orillas del mar, bajo frondosos árboles, Ángela entonaba, llevando de la mano a su padre medio ciego, una canción. Los lazzaroni se agrupaban para oírla, y extasiados dejaban, al concluir la canción, caer algunas monedas en la mano del pobre ciego.

Después de haber recogido unas cuantas monedas, cayó la joven en profundísimo silencio.

—Hija mía —le dijo su anciano padre—, debemos volvernos. Nada hemos sabido. Debe haber muerto.

—No, no debemos volver. Un presentimiento ciego me dice que debe estar en Nápoles.

—¡Tan pronto olvidas nuestro pequeño y dichoso campo!

—Oídme, padre mío. Trabajáis allí mucho, y es hora de que ceséis en vuestros penosos trabajos. Así como mi madre y vos habéis buscado todos los medios de sustentar a vuestra hija, así yo debo ahora retribuiros con largueza. Mi corazón me dice que me quede en Nápoles.

—¿Crees que le vamos a encontrar aquí? Si estuviera, ¿no hubiésemos ya dado con él? Nosotros hemos estado a la puerta de todos los teatros, en todos los paseos; hemos dado sus señas a todos los lazzaroni conocidos: nadie, absolutamente nadie ha sabido darnos de él noticia. Volvamos. ¿A qué exponernos a mayores sufrimientos?

—Es verdad, es verdad. No sabemos su apellido. Es imposible saber de él nueva cierta. Si al menos perteneciese a nuestra clase, le buscaríamos en las cabañas, en las barcas de los pescadores, en la playa, y le encontraríamos; pero siendo de alta alcurnia, encerrado tal vez por algún padecimiento en un palacio, ¿cómo es posible que de él sepamos? ¡Dios mío! ¡Dios mío!

—Mira, hija mía, olvida todas esas penas; convéncete de que no vale un hombre las muchas lágrimas que derramas. Acaso es un ingrato…

—Yo no puedo pensar así. Le ofendería, y ofendiéndole me faltaría a mí misma. Yo he levantado a ese hombre un templo en mi corazón. ¿Queréis que me persuada a creer tan fácilmente que es indigno de mi amor? ¡Oh! Eso no, nunca, nunca.

Apenas había pronunciado Ángela estas palabras, que aún repetía el viento, cuando cruzó ante sus ojos como una exhalación un coche guiado por un apuesto joven, que indudablemente era Eduardo.

Ángela dio un grito; lanzóse a la carretela con los brazos abiertos; pero el joven no la echó de ver, y como si fuera conducido en las alas del viento, perdióse en una nube de polvo y desapareció.

—Era él —dijo Ángela para sí—. Y ¿me ha olvidado? ¿Cómo no va a verme? ¡Santo cielo, santo cielo! ¿Qué es de mí? Iba solo; creo que iba solo. No, iba con una mujer. No; solo, solo. ¿Por qué le habré visto? Era él. No me ha engañado el deseo. Era él; ha desaparecido. Y vive, y vive contento. No se acuerda de mí: ¡oh! no, no; me ama aún. Sí, me ama. Si no me amara, yo no viviría. Pero ¿por qué no ha ido a verme? ¡Ah! Soy egoísta, muy egoísta. Vive, vive… ¡Qué gozo! Vive. ¡Gracias, Dios mío, gracias!

Y Ángela, prorrumpiendo en un amarguísimo sollozo, dejó caer la cabeza sobre el pecho de su padre, el cual, anegado en llanto, la estrechaba fuertemente contra su pecho.

¡Alma para el amor nacida, pura como el soplo creador, esplendente como la luz increada; alma que recuerda el cielo, su patria, y viene a vivir a la tierra con su prístina pureza y con sus divinos afectos; a la tierra, a la sociedad, en cuyo lodo se apagaría la más pura estrella! Amar idealmente, sin el delirio del sentido; amar con toda la intensidad de que es capaz un alma donde se alberga lo infinito; consagrar al amor todo el fuego de una vida joven, todas las ideas, todos los sentimientos que forman el ser; tomar el corazón amado por el único nido donde puede reposar el alma en este su solitario destierro; no ver la Naturaleza sino iluminada por un pensamiento; no concebir que la pasión se apague sino al soplo de la muerte; no imaginar felicidad posible fuera del amor, es sin duda una gran dicha, porque demuestra que el alma que así sabe sentir es elegida de Dios. Pero llevar esta pasión tan grande por la tierra tan pequeña; encerrar en este frío mundo ese fuego más ardiente que el rayo del sol; sujetar bajo la cadena del tiempo, afecto que es eterno, desgracia es inmensa, y esa desgracia padecía Ángela. En su corazón había algo del cielo. Sólo un alma superior podía sentir una pasión tan pura, tan tierna, tan hermosa.

Mas ¡ay! arrastraba esa gran pasión por la tierra. Su misma grandeza debía ser su martirio. Su misma idealidad la hacía imposible. No de otra suerte el poeta sueña, finge sus ideas, y al darles vida y cuerpo, las ve descoloridas, pálidas, perder el alma que les había infundido. Somos desterrados, y el recuerdo de nuestra patria es el mayor de nuestros martirios. Pero perfeccionemos la vida, hermoseemos el alma, y así nos será fácil volver a encontrar las hermosas riberas de lo infinito, que lloramos perdidas y alejadas.

* * *

¡Eduardo! Sigámosle, para ver qué era de él. Perdióse el coche en largo laberinto de árboles, torció hacia Nápoles, volvió a entrar en las calles de la ciudad, y después de breve espacio de tiempo, detúvose a la puerta de un extraviado pero hermosísimo palacio. Eduardo bajó, entre confuso y triste, del coche, atravesó el jardín, y era de ver que todas las puertas se abrían a su paso, ofreciéndole franca entrada, no de otra suerte que si admitieran a un antiguo dueño.

Por fin detúvose en una hermosa estancia, que respiraba lujo oriental. Sus paredes cubiertas de riquísimas telas, su marmóreo suelo, sus afiligranados techos, las varias lunas que vistosa e indefinidamente la prolongaban, las mil gayas flores contenidas en riquísimos vasos de porcelana, dan claros indicios de ser aquella mansión de opulenta dama. Y, en efecto, abrióse la puerta, y apareció una mujer rubia, lánguida, envuelta en un riquísimo peinador blanco, que tendió la mano con desdeñosa elegancia al joven, clavando al mismo tiempo penetrante y altiva mirada en sus ojos. A esta escena muda se siguió un largo y prolongado y tempestuoso silencio. Y decimos tempestuoso, porque en la actitud de Eduardo, en la respiración de la joven, se echaba de ver que aquella entrevista tenía algo de grave, de solemne, de grande; pero al mismo tiempo algo de dolorosa. La joven, después de este silencio, se dejó caer en un diván, e hizo seña a Eduardo para que se sentara a su lado. El joven fingió no observar la seña, y, volviéndose, acercó un sillón, y se sentó a una respetuosa distancia.

—Vos lo habéis dicho, Eduardo —dijo la joven.

Éste inclinó la cabeza en señal de asentimiento, como si una gran idea le privase del habla.

—Vos lo habéis dicho —volvió a repetir la joven.

—Lo he dicho, sí. La mujer es más buena que el hombre cuando es buena; la mujer es más perversa cuando es perversa. Cuando cayó el hombre, cayó en males reparables; cuando cayó el ángel, cayó en males irreparables; si Dios pudiera caer, sería el mal supremo.

—Me placen vuestros argumentos teológicos. Me gusta a mí, no puedo remediarlo, toda esa jerga escolástica.

—Siento mucho, Margarita, que no me hayáis comprendido, a pesar de que han pasado quince días desde la vez postrera que pronuncié esta amarga frase.

—Si no decíais eso… , ¿por qué…

—Os lo decía porque me habéis hecho muy desgraciado.

—Acaso a la única persona a quien yo… No quiero pronunciar la palabra.

—Es verdad… ; la única persona que habéis despreciado —dijo Eduardo acentuando la palabra con profunda amargura.

—¡Caballero! —exclamó Margarita levantándose—. Caballero, conozco toda la trascendencia de esa frase. Yo sé lo que encierra. Sois un malvado; sí, un malvado. Idos… , idos… ¡Oh! ¡Si yo no fuese mujer…

Y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Margarita! —exclamó Eduardo lanzando un ay desgarrador y profundo—. ¿Me creéis tan vil? ¡Oh! Si esa idea que me atribuís hubiera cruzado por mi mente, ahora mismo me rasgaría con mis propias manos las entrañas, y sacaría el corazón, y os lo arrojaría para que lo pisoteaseis.

Margarita, después de haber recobrado la calma, exclamó:

—Tenéis razón. Yo tomaba vuestras palabras por mis remordimientos.

—¡Oh! Sí, Margarita; permitid que me queje, que me duela; dejad al menos a mi dolor ese único desahogo.

—¿A vuestro dolor? En verdad que no os comprendo.

—¿No comprendéis que os amo?

—Sí, sí. Estoy… En fin, Eduardo, adiós, adiós; sí, adiós.

Y Margarita se levantó, abrió la puerta con rapidez, la volvió a cerrar con estrépito, mientras Eduardo se levantaba vacilante y caía de rodillas ante la puerta cerrada.

Capítulo 3

Eduardo padecía el delirio de los sentidos. Andaba ciego y perdido su corazón por un despeñadero, que pronto había de dar con él en obscuro y profundo abismo. Era enemigo de las empresas fáciles, y se empeñaba por lo mismo en atraerse los favores de aquella mujer, que, pronunciando la palabra amor, buscaba, sin embargo, cuantas ocasiones podía de humillarle a sus propios ojos. Margarita, dama de corte, muy dada a todo linaje de devaneos, sentía por Eduardo una especie de afecto que no había podido nunca satisfactoriamente explicarse. Ella, que gustaba ver pasar como sombras fugaces sus amantes, tan fugaces como los rápidos placeres del sentido, había posado su pensamiento en aquella frente pura y joven. Ella, que, anhelante siempre de goces, no sentía nada que fuera grande, imperecedero, ninguna de esas pasiones que se alimentan de las ideas, del espíritu, de la vida interior; ella, que se reía de cuantos pronunciaban la palabra amor, llegó a querer a Eduardo con pureza; como si la palabra del joven le hubiera abierto un mundo desconocido y maravilloso.

Sin embargo, alma corrompida, Margarita quería poner hasta las buenas pasiones al servicio de sus caprichos o de sus cábalas. Había caído en la abyección más profunda, y no podía levantarse de aquel cenagal sino impulsada por algún aura celeste, que no corría en aquella ocasión a su lado; por algún ejemplo de virtud, que en aquella ocasión no se presentaba a sus ojos. Además, la desgraciada Margarita se había visto menospreciada de un hombre; dolor que no podía cicatrizarse en su pecho, y gustaba de tomar venganza en ajeno corazón de la herida recibida en su pecho.

Así es que devoraba en silencio su amarguísima amargura, y preparaba el camino para tomar, del hombre que así la había burlado, honda y profundísima venganza.

Entretanto le acontecía al joven Eduardo que se iban borrando poco a poco de su mente y de su corazón los destellos luminosos del primer amor. El primer amor es como la inocencia, estado feliz del alma, que, perdido, no se recobra, y que lo lloramos y aun queremos volver a él; pero si viéramos abierto el camino, retrocederíamos espantados. Eduardo sentía el dolor de haber perdido su primera pasión por Ángela, más que por el mismo amor, por la desgracia que veía caer sobre la joven, objeto antes de sus aspiraciones y ensueños. Mas como padecía de enfermedad semejante; como no encontraba correspondencia en la mujer nuevamente amada; como al pasar el lodazal del vicio no había visto oculta ni una flor, antes muchas espinas, su propia desventura no le dejaba espacio para sentir y llorar las desventuras de Ángela.

¡Qué lucha tan larga, tan animada, sostenía consigo mismo! Así, al caer a la puerta de la habitación en que se encerró Margarita, de tal suerte se había transportado a otras regiones y tan profundamente dormido estaba, digámoslo así, en el seno de su pensamiento, que no echó de ver que había transcurrido largo espacio de tiempo, ni mucho menos que Margarita acababa de entrar por otra puerta, y le miraba entre compasiva y burlona. Mas era tal la admiración de aquella trágica actitud, que Margarita no pudo contener la risa, y soltó una prolongada y ruidosa carcajada.

El joven se sobrecogió, y levantándose precipitadamente, la dijo:

—¿Estáis ahí gozándoos en mi humillación?

—¡Sois buen actor!

—¡Es verdad; me habéis acostumbrado a fingir tanto!

—¿No habéis amado nunca?

—No me lo recordéis. Soy un infame. Amaba a un ángel, a una mujer divina, hermosísima, pura como el cielo, mujer que vivía retirada en el campo, sin más pensamiento que yo; sí, yo, que la he olvidado, y la he olvidado por vos.

—Nada me gusta en vos tanto como ese éxtasis bucólico, esa exaltación febril, ese recuerdo de un amor que, más que cierto, parece soñado.

—Sueño era, sí, de felicidad, que vos me habéis arrebatado; sueño deliciosísimo, del cual nunca debí haber despertado; sueño que me hubiera hecho pasar la vida entre flores y me hubiera conducido a despertar en el cielo.

—Per omnia saecula saeculorum —añadió Margarita—. Me agrada veros tan místico.

—Margarita —dijo Eduardo, cogiéndola con frenética fuerza del brazo—, estáis torpemente abusando de la primacía de mujer. Os gozáis en bañaros en la sangre que destila mi corazón. No me aborrezcáis, no me despreciéis, Margarita. Yo no puedo vivir sino en vuestro cariño; yo no puedo respirar sino a vuestro lado; yo no estoy en mí, estoy en vos. Me habéis robado el alma; doquier vuelvo los ojos, allí os encuentro; rodeáis todo mi ser como de una atmósfera. ¡Amadme, amadme por piedad, Margarita!

—Hay momentos en que, no podré negarlo, os creo.

—Me creéis, ¡oh! ¡me creéis!… Entonces adivináis cuánto padezco. ¿No es cierto que lo adivináis? ¿No es verdad que sentís palpitar mi corazón? ¿No se revela en esta mirada todo el fuego en que arde mi alma? ¡Oh! Margarita, si supierais cuánto os amo, no seríais tan cruel.

—¡Me amáis! Sentaos a mi lado; venid.

Eduardo se sentó, dejando caer la cabeza sobre el pecho, como cansado de luchar. El aliento de la joven, que subía hasta su frente, le volvía el ánimo y las fuerzas.

—Me amáis: yo quiero creerlo; necesito creerlo.

—¡Ah! ¿No os bastan mis palabras?

—No. ¡Palabras! ¡Cuántas y cuán hermosas he visto nacer, brillar; las he creído fijas, invariables, y al tocarlas se han convertido en humo, en nada!

—¿Obras queréis?

—Eso, eso.

—Pedidme los mayores sacrificios: que me desposea de mi fortuna para repartirla entre los necesitados; que me enganche en los ejércitos de África para conquistar nuevos países al nombre cristiano; que me vaya a vivir a un retiro; que renuncie al mundo, con tal de que me prometáis un día abrirme vuestros brazos y merecer…

Margarita, a medida que Eduardo se entusiasmaba de esta suerte, reía a todo reír de sus palabras.

—Ya lo veis —le decía—, ya lo veis. Ingenuamente os digo que os engañáis. Tratad, tratad de ahuyentar y desvanecer vuestras preocupaciones. Habéis leído muchas novelas, muchísimas, y os enamoráis de un imposible, y habláis de una manera tan ridícula…

—No puedo soportar el peso de vuestro sarcasmo, Margarita.

—¡Y decía que me amaba! —exclamó la joven con acento dulce y tierno.

—No os amo, es verdad; no os amo cuando ya no he muerto —contestó Eduardo acentuando estas palabras con un sollozo profundo y muy amargo.

—Convenceos, Eduardo, de que, si me queréis como decís, me queréis de una manera sobrado vulgar.

—No es vulgar sentir lo que yo siento; no puede serlo.

—Pero es vulgar, muy vulgar, decir lo que decís.

—No sé lo que digo; pero sé lo que siento.

—Para probarme que me amáis, me habéis prometido el ejercicio de no sé cuántas virtudes: la caridad, el patriotismo, la abnegación, el sacrificio; palabras todas de novela. Yo quiero otras pruebas.

—Si las queréis, hablad.

—¿Qué es en vos seguir la virtud? Es un instinto. Seréis bueno, muy bueno. Ser mejor, nada prueba. Es necesario que el amor verdadero trastorne todas las condiciones de nuestro ser, que nos levante a otra esfera que no habíamos imaginado tocar. El sacrificio de todos los placeres de la tierra nada importa. ¿Qué valen los placeres para el que sólo tiene uno, el de abismarse en el amor de la mujer que adora? El ejercicio de la virtud nada dice. La virtud, cuando se posee un alma pura y hermosa, es una ley de la vida, una condición de ser. Lo que se debe hacer para mostrar ánimo, es más, muchísimo más, Eduardo. Es romper todas las condiciones, todas las leyes de la vida, y así, sólo así se puede manifestar que el amor ha echado raíces profundas en nuestras entrañas.

—No os comprendo, Margarita.

—Ciertamente no me comprendéis; por eso no me amáis. Lo conocido, solamente lo conocido, puede ser amado. Y he ahí cómo venís a confirmar mis dudas, a probar la verdad de mis palabras. Vos amáis en mí acaso esta vestidura mortal, esta belleza mayor o menor, que en bien poco estimo; pero no amáis en mí lo que hay en mí de verdadero, de inmutable, el espíritu; y no amáis en mi espíritu, no ya sus virtudes, que ésas siempre son amables, sino lo que yo más deseo que sea amado, mis faltas y mis vicios.

—¡Vuestras faltas, señora, vuestros vicios! Yo no he visto sombra alguna en vuestra frente.

—¿No os lo digo? Os habéis propuesto hacerme reír a cada paso, y lo conseguís a las mil maravillas. Os estaba dando una prueba inapreciable de mi afecto, y la desestimáis torpemente. Yo no confieso mis faltas nunca sino a personas que comprendo que me han de querer a pesar de mis faltas; pero yo aspiro, no ya a que me queráis a pesar de mis faltas, sino con ellas y hasta por ellas; he aquí mi anhelo.

—Os querré como queráis.

—Os decía antes que debíais darme una prueba de ese amor que diariamente andáis encomiando, no siguiendo los buenos instintos del corazón, sino violentándolos.

—Pero ¿qué prueba es ésa?

—Un crimen.

Eduardo, espantado, se cubrió el rostro con las manos. La pasión era infinita, violenta, tempestuosa; pero aquella palabra le heló por un instante, como si le faltara sangre en el corazón. Margarita le miró por algunos instantes con su mirar burlón, sardónico, y comenzó a decirle:

—Ya veo, Eduardo, que amáis esas hermosuras pacíficas, tranquilas, dulces, buenas esposas, buenas madres de familia, que son la delicia de amor de un bourgeois o de un jornalero. Ya veo que no habéis nacido para el amor grande, tempestuoso, que debe reinar aquí en la atmósfera superior de la vida. ¿Lo veis? No podemos comprendernos: idos.

Y levantándose del diván, le señaló con ademán imperioso la puerta.

—¡Que me vaya, que me vaya! ¡Oh, no! Soy vuestro esclavo; mandad. Me he enajenado. Yo no soy yo. Soy vos, soy vos, por quien deliro.

La amenaza de aquella súbita separación había vuelto a derramar en el corazón del joven Eduardo todo el calor de su pasión. Margarita le tomó una mano, y un sacudimiento como eléctrico se dejó ver en todo su cuerpo. ¡Oh! Había huido del camino de la virtud, de la cual sólo conservaba algún pequeño destello, y a cada paso se hundía más y más en el hondo pantano del vicio.

—La hermosura resplandece más cuando las pasiones, los combates, las dudas, la iluminan con los resplandores rojizos del infierno. Creedme, Eduardo: sólo cuando hayáis adquirido un temple de alma bastante para consumar los mayores sacrificios por el ser que amáis, sólo entonces mis labios se confundirán con vuestros labios y nos perderemos en un amor infinito.

Eduardo temblaba como fascinado, seguía las miradas de Margarita, escuchaba los latidos de su corazón y se perdía en la luz de sus ojos.

—Ya sabéis ¡deshonroso es decirlo! que no me pertenezco; sabéis que soy vuestro, sí, vuestro. Imponedme condiciones, mandad, mandad, que yo obedeceré; mandad, sí, que yo soy un autómata; mandad… , pero no me mandéis un crimen.

—Sois un niño. Yo sé que por mí perderíais con gran contento la vida…

—¿Lo sabéis, y no os apiadáis de mí?…

—Sé que seríais capaz de las más grandes empresas.

—¿Y me atormentáis aún?

—Pero ignoro si sois capaz de un crimen. Ignoro si un día en que viera yo a un hombre que me ha despreciado, que me ha herido, que me ha maltratado, podré deciros: «Mirad ese hombre: debe morir; clavadle este puñal en el pecho.»

Y Margarita, volviéndose a un velador, abrió un estuche y mostró un puñal, cuyo mango, de varias piedras adornado, brillaba como las escamas de la serpiente heridas por los rayos del sol.

—Mirad, Margarita. A ese hombre de que me habláis le escupiría en la frente, y después me batiría con él a muerte, importándome poco el desenlace; porque si vencedor, os vengaba, y si vencido, moría por vos, dichas ambas muy gratas a mi alma.

—He ahí lo que yo no puedo, lo que yo no debo, lo que no quiero consentir. En primer lugar, os doy por razón suprema mi capricho. En segundo lugar, no me agradaría que ese hombre se gozase en la muerte de un caballero. En último lugar, ¿y si os mataba? Me quedaría sola, Eduardo.

Dijo estas palabras con un acento tal, clavó sus ojos con tan profunda intención en los ojos de Eduardo, que el joven creyó que Margarita le amaba de veras, y un placer inmenso, indefinible, le transportó a otras regiones, como si una demencia inexplicable poseyese su espíritu.

—Margarita, por vos soy yo capaz de todo. Para mí no hay más bien que vuestro amor, ni más mal que vuestro desdén. Amadme, sí, sí, amadme.

—Os amaré si hacéis lo siguiente: mañana doy un baile, y baile suntuosísimo. Aquí debe venir un hombre vestido de negro, y que a la una debe entrar en este gabinete. Cuando yo cante el aria de la Lucrecia al piano, entráis y le traspasáis con este puñal el corazón.

—¡Margarita! ¡Oh, no, eso no puede ser!

Margarita le miró con desdén, volvió la cabeza con ademán altivo, y le dijo:

—He dado mis órdenes. Las habéis oído. Ahí tenéis ese puñal. O hacéis lo que os digo, o al día siguiente, cuando vengáis a mi casa, os echarán como a un perro los lacayos.

Y se fue sin añadir palabra.

* * *

En la noche que había señalado Margarita, presentaba mágico aspecto su hermosa casa. El baile anunciado se celebraba en los espaciosísimos jardines de aquella magnífica vivienda. Estaba el cielo puro, la luna derramaba su argentina y melancólica luz en los celajes. Los árboles, cargados de lozanas flores, ostentaban luces de mil colores, en su vario follaje escondidas, luces que derramaban reflejos misteriosos e indefinibles. Las fuentes se levantaban a los cielos en argentadas columnas, descomponiendo al caer los varios rayos de luz que herían sus líquidas perlas. Hermosas macetas, conteniendo las más variadas flores; aves presas en doradas redes, que tomaban por día la hermosura y claridad de aquella noche, y despedían dulces notas acompañando a la música, que derramaba ondas de armonía en los aires, eran nuevos encantos de aquel edén.

Entre tantas flores y fuentes, alrededor de aquellas luces, faltaban las mariposas, y bien pronto se pobló de beldades el jardín, de beldades que en esa tierra pagana recordarán siempre con sus encantos la hermosura de las olímpicas diosas.

Apenas se comenzó a poblar el salón, vióse aparecer a Margarita. Estaba hermosísima. Vestía un rico traje blanco; prendía su cabeza con algunas rosas naturales entrelazadas con pequeños diamantes, que parecían gotas de rocío cuajadas en sus sedosos cabellos; mostraba desnudos sus brazos y su torneada garganta, y reunía con admirable gusto el lujo a la severa elegancia. Apenas había saludado a todos, cuando se acercó a ella un joven rubio, de ojos azules, de buen continente, y tomándola una mano, le dijo:

—Siempre injusta.

Margarita se quedó pálida, mortal; apretó las manos del joven con gran efusión, y dijo:

—Siempre cruel. ¿Venís a recordarme mis debilidades y vuestro triunfo? ¡Oh! Me avergonzáis.

—Margarita, os he querido hacer buena. Pretendí enseñaros el verdadero amor. Veo que ya es tarde.

Margarita se estremeció al oír estas palabras, y dijo con acento muy tierno, entrecortado por la profunda emoción que sentía:

—Sí, ya es muy tarde. Acaso la eternidad levante pronto un abismo entre ambos.

—¿Pensáis moriros pronto?

Un grupo de convidados vino a cortar muy pronto el hilo de esta conversación. Entre ellos se encontraba Eduardo. Pocas veces había sentido nuestro joven un dolor más verdadero y más profundo. Margarita, su amor, su ensueño, su vida, andaba de círculo en círculo, recogiendo larga cosecha de adulaciones, escuchando palabras de afecto más o menos apasionadas, reinando sobre todos los corazones; y en aquel vértigo de placer, en aquel desvanecimiento, no se acordaba de su amado, de Eduardo, que la seguía con el corazón lleno de pena y con los ojos arrasados de amarguísimas lágrimas.

Después de largo espacio de tiempo, después que ya se encontraba el baile en ese período en que nadie se acuerda de nadie, en que todos consagran su atención, o bien a la fiesta, o bien a un ser que ocupa el pensamiento, o bien a la pareja con quien hablan o danzan, Eduardo, en extremo dolorido, se asentó en un rincón del jardín, bajo una especie de dosel que formaban varias acacias entrelazadas, cuyas flores de vez en cuando caían sobre su frente arrancadas por el soplo de la brisa del mar, que se veía a lo lejos iluminado por los rayos de la luna. Eduardo pensaba con tristeza en la felicidad de los seres inanimados. «¡Cuánto más feliz que yo, decía, es la vida que se mueve a impulso de una ley que no conoce, y esa flor que, al caer del ramo en que estaba, nada siente, y esa luciérnaga que vive sin conocimiento de sí bajo una hoja, y todo cuanto en el mundo carece de libertad y se ignora a sí mismo; cuánto más feliz es que el hombre, cuya conciencia le sirve sólo para mostrarle su pequeñez, cuya libertad es un perpetuo y horrible combate!»

Apenas acababa de hacer estas reflexiones, cuando sintió una mano que caía ligeramente sobre su hombro. Volvióse de repente, y se quedó extático y embebido ante Margarita. El aroma de las flores, la brisa, los suspiros que por doquier resonaban, las palabras que llenaban la atmósfera, el vapor del baile, las armonías de la música, la pasión que henchía todos los corazones, las infinitas ilusiones que cual nube de mariposas volaban en su mente, todo, todo cuanto veía y pensaba, convidaba al amor.

—Eduardo, ¿me habéis ya olvidado? —dijo Margarita con acento dulce y de una delicada ternura.

—¿Vos me lo preguntáis? He estado aquí, siguiéndoos por todas partes, mirando cuánto os divertíais, contando los brazos que os recibían y estrechaban en el calor del baile, y sintiendo las palabras que os decían y contestabais, palabras horribles, que caían como gotas de plomo derretido sobre mi corazón.

—Es necesario decirlo todo. Eduardo, conozco que padecéis.

—Decidme, Margarita: ¿os habéis empeñado en que os aborrezca?

—No, me he empeñado en que seáis feliz, completamente feliz conmigo, que os amaré con todo el fuego de mi alma, lejos del bullicio del mundo, en el retiro, en la soledad, allí donde podamos formarnos un espacio para nosotros solos, en que todo sea placer y amor y contento, en que veamos, unido uno en brazos de otro, huir el tiempo mansamente, sin acordarnos ni de ayer ni de mañana, sino de aquel instante de felicidad, que se puede prolongar por toda la eternidad.

Y al decir estas palabras, sus ojos lanzaban como rayos de amoroso fuego sobre Eduardo, y sus pequeñas manos, trémulas, se perdían entre las manos del joven, y su aliento, como el perfume embriagador de hermosísima y fresca rosa, ascendía hasta los labios del cuitado, que, fuera de sí, anhelante, se pasaba la mano por la frente para convencerse de que no era presa de un sueño, pues nunca había oído palabras semejantes de Margarita, de aquella mujer por cuyas miradas hubiera dado su vida.

—¿No me decís nada? —exclamó después de algunos instantes Margarita, dejando caer la mano del joven como muestra de dolor y duda.

—¡Que no os digo nada! ¿No os dice nada este corazón que quiere saltar de mi pecho a impulso de mi trastornadora alegría?

Y Eduardo, cogiendo con efusión la mano de la joven, se llevaba al corazón como fuera de sí, y delirante por la felicidad en que le había sumergido, felicidad tan nueva que le parecía mentira o soñada.

—Pero, como muchas veces, Eduardo, os he dicho, no puedo creer en vuestro amor, en esa pasión que me pintáis tan exaltada y tierna, si una prueba de amor decisiva, inmensa, no viene en abono de mi fe.

—¿Qué prueba queréis?

—Mirad: ¿veis aquella puerta que se abre? ¿Veis aquel joven apuesto que entra en aquel gabinete y que se dirige al mismo? Pues bien: ¡ese hombre ha de morir esta noche asesinado a vuestras manos!

—¡Margarita! —dijo Eduardo con acento desgarrador—. ¿Queréis introducir el demonio del crimen y de la deshonra en el cielo de nuestro amor?

—Os he conocido —contestó Margarita con despecho—. Dejadme. No quiero saber nada de vos; dejadme; idos. Ese hombre me ha deshonrado. Ese hombre ha arrancado indignamente de mí la virtud y la pureza. Ese hombre, después, me ha despreciado. Ese hombre ha libado a la fuerza el amor que yo sólo guardaba para vos. Ese hombre me ha escupido a la cara. Y ahora, cuando os pido venganza, sí, venganza; cuando deseo que este puñal, sí, este puñal, regalo suyo, se lo clavéis en el corazón… , huís de mí y me dejáis sin venganza!

—Margarita, ¡por piedad! —exclamó Eduardo.

—¡Y yo que lo tenía preparado todo para la fuga; yo que no me he ido con vos lejos, muy lejos de Nápoles, porque esperaba ver lucir esta noche la rojiza luz de venganza; yo, que después, en el golfo, a la luz de la luna, sólo en nuestro amor pensaba, mientras las brisas me encaminaran a las playas de Sicilia, para de allí huir a más lejanos países; yo, que pensaba deciros todo lo que por mí pasaba, entregaros mi corazón, juraros un amor eterno, inmenso, fuente de nunca gustados deleites!…

Eduardo se acercó a Margarita, la estrechó contra su corazón, imprimió un ardoroso beso en sus labios, tomó el puñal que brillaba en su mano, y a todo correr se dirigió a la escalera de mármol que abría paso del jardín a las habitaciones superiores del palacio. La joven pronunció, lanzando una prolongadísima y amarga carcajada, estas palabras:

—¡Ah! Ya estoy vengada.

Y con paso lento y con singular frialdad fue a buscar a sus convidados, hablando a todos con tal indiferencia y calma como si nada sintiera.

Después de haber conversado con varios de sus convidados, se dirigió a un asiento donde había dos jóvenes solas, y comenzó a hablarles de esta suerte:

—No puedo guardar un secreto. Me pesa en el corazón, y aunque destruya el efecto que yo apetecía, voy a deciros lo que os preparo, con la condición de no imitarme, de no decir a nadie, absolutamente a nadie, lo que yo os voy a confiar. ¿No habéis oído hablar de una joven cuya voz es prodigiosa y cuyo canto tiene una melodía celestial?

—Sí —dijo una de las jóvenes—; me han dicho que es un portento, y excita el entusiasmo de cuantos la escuchan; que anda por las calles con un pobre anciano, y que sólo canta una vez al día para adquirirse el sustento necesario. ¡Oh! Tendremos mucho gusto en oírla.

—Es ésa —dijo Margarita—; esas son las señas, esas son. Es hermosísima. Pero me ha exigido que la deje sola en uno de los kioscos, en compañía de su padre, y que desde allí cantará, porque no quiere presentarse ante la sociedad; y como todo esto aumenta los encantos de la sorpresa, no he dudado un punto en acceder a su deseo.

—Has hecho muy bien —dijeron a una ambas jóvenes.

—Después que yo haya concluido el aria de Lucrecia Borgia debe dejarse oír su voz, según tenemos precisamente convenido.

Mientras esto acontecía en el jardín, veamos lo que pasaba a Eduardo. El amor, cuando sin pararse en lo justo llega a enardecer la sangre, suele embriagar como el vino. Eduardo había sentido en su vida dos pasiones por dos objetos distintos. Al salir de la inocencia, cuando el alma se abre a las auras del cielo, había sentido un amor puro, infinito, por Ángela. Este amor era el amor del alma, sin mezcla alguna de mal; era hermoso e inocente como la mariposa, como la flor, como la gota de rocío, pues la inocencia es la primavera de la vida, y como la primavera, presenta la vida en flor, con toda la prístina pureza que le infundió el Creador. Esta pasión era el ángel de la guarda, que bajo sus nacaradas alas protegía sus ensueños y sus virtudes y sus ilusiones, y todo cuanto hay de divino en el espíritu. Así, mientras esta pasión habitó en el pecho de Eduardo, su vida corrió entre flores, retratando el cielo.

Pero un día el sentido se despertó, y perdiendo la vida su natural equilibrio, el sentido se llevó tras sí el alma. Eduardo vio a Margarita, y la amó; pero con un amor tormentoso, desasosegado, febril, con el amor de los sentidos. Encontró resistencia, y resistencia porfiada y tenaz; encontró también dudas, temores en el corazón de Margarita, donde todos sólo habían encontrado un instante de placer, y el delirio de su deseo le enajenó, haciéndole olvidar hasta la existencia de su alma y el recuerdo de su amor.

En esta pasión, su corazón ardía como el fuego, pero próximo siempre, por lo mismo, a convertirse en cenizas, a evaporarse en humo. La pasión que había tenido por Ángela, a pesar de aquel prolongado olvido, lucía como luce siempre el sol aun cuando venga la noche.

Pero aquella luz purísima le había retirado sus rayos. Así, en su alma no había más que negra noche y tristísima tempestad. El amor frenético, delirante, le llevaba como de la mano a la perdición. Las buenas pasiones impelen blandamente al hombre en su carrera por la vida. Un alma sin pasiones sería como una estrella sin luz. Pero las perversas pasiones desquician la vida, burlan y encenagan sus claros y puros manantiales.

Eduardo, oyendo sonar las febriles palabras de Margarita; entusiasmado con sus pinturas de un porvenir delicioso, que él anhelaba con esa fiebre delirante de los sentidos; enardecido por el beso que acababa de recibir, tras el cual había por tanto tiempo desaladamente corrido; aguijoneado y espoleado por el deseo, en aquellos instantes oía sólo el zumbido del viento de sus pasiones, y sólo sentía el ardiente hervir de su encendida sangre.

Así se lanzó al salón donde estaba el joven que le había señalado Margarita. Éste se dejó caer sobre un diván, diciendo: «Me flaquean las piernas. Estoy cansado.» Y a los pocos instantes, aunque luchaba tenaz y porfiadamente con el sueño, procurando levantarse y frotarse los ojos, se quedó profundamente dormido. Entonces entró Eduardo, y se quedó contemplando silenciosamente, en actitud de meditar, las consecuencias de la escena infame a que le arrastraban sus desbordadas y tormentosas pasiones.

—Voy a matar, decía, a un hombre. Voy a matarle a sangre fría. ¿Qué habrá en estas pasiones que así me ciegan? ¿Qué habrá en mi corazón que así se conturba y estremece? Horas dulcísimas del amor dulce y tranquilo, ¿qué os habéis hecho? Pero esa mujer, esa mujer me ha trastornado el alma. Mi sangre no se renueva sino al contacto de su aliento; mi corazón no late sino en su presencia; mis ojos no tienen luz si no la toman de sus ojos. Por un beso daría cuanto soy; ¿por qué al recibirlo no he de dar mi alma? Y voy a cometer un crimen, sí, ¡un crimen! ¿Se habrán borrado de mi conciencia las nociones de lo justo y de lo honesto? ¡Ay! En mi alma no hay más que un pensamiento, no hay más que un anhelo: triunfar de esa mujer. Verla en mis brazos amante, esa es mi aspiración única, el deseo encerrado en el fondo de mi alma. Parece que esta pasión me arranca el corazón, y me muerde en mis entrañas, abrasándolas como las tenazas del infierno. Todas estas angustias, todos estos dolores podrán aplacarse el día en que esa mujer me pertenezca, el día en que esa mujer me siga y me pida una mirada, como yo ahora la sigo anhelante, y padezca todo el martirio inmenso que yo padezco. Y ¿no es dable, para conseguir este fin, pasar por encima de las entrañas de un hombre? El menor de nuestros deseos cuesta la vida a infinitos seres. Nos alimentamos de la muerte. Cubrimos nuestras carnes con los despojos de todos los seres. En la gota de agua que bebemos para aplacar la sed, destruimos el mundo de infinitos insectos. Y si por todas partes dejamos grabadas huellas de destrucción, de ruinas, de muerte, ¿no ha de sernos posible acabar con un hombre que se levanta en nuestro camino? ¡Ay! Pero no conozco a ese hombre. No me ha hecho ningún mal.

Y cuando estas reflexiones cruzaban por la mente de Eduardo, se oyeron las apasionadas notas de la Lucrecia, que lanzaba al aire la voz de Margarita.

—¡La señal! Sí, la señal del crimen. Ese hombre ha devorado el amor de esa mujer que me trastorna el sentido; ha alcanzado una felicidad indecible, inexplicable, y acaso en sus ensueños se esté burlando de mí. Muera, sí, muera, ya que es necesario para que yo sea feliz.

Y al pronunciar estas palabras, levantando el puñal, se dirigió al diván donde estaba durmiendo la víctima.

Pero en aquel mismo instante se oyó una voz dulce, ternísima, un canto celestial, que parecía descendido de las esferas celestes, una armonía desconocida de oídos mortales, que embargaba los corazones y se llevaba tras sí el pensamiento: era una voz que caía sobre el corazón como el rocío sobre la flor; que derramaba una melancolía dulcísima, esa melancolía que sólo es dado sentir a la virtud, y que un poeta, en su divina habla, ha llamado la nostalgia del cielo.

Eduardo se detuvo un instante a la primer nota, y retrocedió apenas el canto se levantaba al cielo. Arrojó el puñal en seguida, y abriendo una ventana maquinalmente, se avanzó con delirio a respirar auras que venían bendecidas por tan divina voz. Su vida, turbada momentos antes, como el mar tempestuoso y agitado, se fue calmando, y poco a poco parecía como el mar sereno, que retrataba las estrellas del cielo. No se atrevía a respirar: tan extasiado y fuera de sí estaba. Y, en efecto, el alma tiene alas, y las tiene para volar a Dios. Cuando el lodo del mundo cae sobre las alas, pesan tanto que no pueden levantarse ni cernerse en los aires. Pero cuando un soplo celeste las impulsa, vuelven a tomar su rumbo, y nos llevan a lo infinito, que es nuestra patria, que es el centro de nuestras almas. Así, en aquel supremo instante, el alma de Eduardo se levantaba, sacudía el polvo del mundo y volaba en pos del eterno e inmoble norte de la vida. ¿Quién no ha sentido alguna vez ese misterioso y extraño éxtasis? Así es que ya se había apagado aquella melodiosa voz, y aún estaba Eduardo en la ventana embebido en sus pensamientos. Pero de pronto se le ocurrió una idea: «Yo he oído esa voz, sí; yo la he oído alguna vez.» Y entonces vino a su imaginación el recuerdo de los días felices de su puro amor y la imagen de Ángela. Entonces vio el mar tranquilo, el cielo sereno, las orillas sembradas de flores, y las flores de mariposas; la aguja del campanario de la aldea dibujándose en el firmamento; las blancas velas henchidas por las brisas, como su corazón de alegría; los amorosos sauces, que, movidos dulcemente, gemían como si aprisionaran un alma; la fuente misteriosa, y al lado de la fuente y bajo los sauces, alimentando en el hueco de la mano con dorados granos de trigo a las blancas palomas, el puro ángel de su primer amor.

Entonces ardió en ansia, en anhelo de ver a Ángela, de preguntar de dónde salía aquella voz y postrarse de hinojos ante el ser que le había apartado del crimen, que le había vuelto a mostrar el cielo de la inocencia. Y al bajar, vio que todos los convidados iban ya desapareciendo, que se apagaban las luces del jardín, y que Margarita, cogiéndole de la mano, decía:

—¡Huyamos, huyamos!

—¿Adónde hemos de huir? —contestó Eduardo.

—A ser felices —dijo con entusiasmo Margarita.

—¡Oh! Yo no puedo ser feliz sino viendo el ser bendito que ha derramado esos cánticos en el aire, esos cánticos que me acaban de apartar del crimen, pues son el santo recuerdo de mi primer amor.

Apenas pronunciaba estas palabras Eduardo, aparecía el joven convidado en la escalera, y traía en la mano el puñal; y dirigiéndose a Margarita, exclamaba:

—Os entrego este puñal. Guardadlo. Lo he encontrado al despertar, a mis plantas, y os lo entregué un día como símbolo perfecto de lo que es vuestro brillante amor.

Y saludando después a Eduardo, salió del jardín, que estaba ya solitario, alumbrado por los opacos rayos de la luna, que se iban apagando en la primera luz del naciente crespúsculo.

—Eduardo, ¿me habéis despreciado? ¿Habéis preferido vuestra virtud a mi amor? ¡Qué desgraciada soy!

—Esa mujer que ha cantado, o, mejor dicho, ese ángel, ¿dónde está, dónde? —preguntó el joven.

—Se ha ido.

—¿Dónde, dónde?

—No sé.

—Es mi primer amor.

—Vos soñáis.

—Ella me inspiró mis primeros sentimientos.

—¡Eduardo!

—¿Qué habéis hecho de ella?

—Ya os lo he dicho; se ha ido.

—¿Hace pocos instantes?

—Muy pocos.

—¿Hacia dónde va?

—Hacia la playa.

El joven, sin despedirse de Margarita, afectado por aquella revelación, combatido por mil distintos pensamientos, salió a la calle, y se dio a correr por las encrucijadas de Nápoles, sin curarse de lo vago de las señales dadas por Margarita, ni de la imposibilidad en que estaba de encontrar a la joven a tales horas y en tan intempestiva sazón.

Capítulo 4

El ver la impresión producida por la palabra de la joven cantora en el alma de Eduardo, fue una de las revelaciones que Margarita sintió de lo que pasaba en su corazón. Caprichosa, sin educación de ningún linaje, con gran talento, acostumbrada a la lucha de las pasiones, corroída por una profunda inmoralidad, sagaz, vengativa, acostumbrada a triunfar de todos sus enemigos, quería vengarse, por mano del más rendido de sus esclavos, de los desdenes que a su amor hiciera el más altivo de sus adoradores.

Pero al ver que no había tenido poder bastante sobre aquel corazón para inclinarlo al crimen; al ver que en un instante, desvanecido por el eco de una voz, aquel amor tan ardiente, pertinaz y rendido se había eclipsado, Margarita sintió que la víbora de una gran pasión le mordía las entrañas; sintió que amaba a Eduardo. No le cabía duda: tenía allí el primer amor del joven. Dirigióse al kiosco, que estaba en lo más apartado del jardín, e hizo salir a la joven.

—Permitidme, anciano —dijo al padre de Ángela—, que hable algunos instantes en secreto con vuestra hija.

Y la llevó a un lado del jardín. La luna, hiriendo la pálida faz de Ángela, aumentaba su palidez y su hermosura. Margarita, al mirarla, ardió en horribles celos; celos, sí; en celos por un hombre a quien momentos antes despreciaba, y de cuyo amor se reía.

Bajo una especie de dosel que formaban algunas hermosas enredaderas, al lado de una bullidora fuente, en la cual lucían algunos faroles a medio apagar, se asentaron las dos jóvenes, y Margarita comenzó a hablar de esta suerte:

—Cantas muy bien, hija mía, muy bien. ¿Por qué no piensas en ir a un teatro?

—Porque mi madre me ha enseñado el camino de la virtud, diciéndome que está muy sembrado de escollos. Y si en esta desconocida senda por donde yo ando encuentro a cada paso espinas, ¿qué no me sucedería si hollase más anchurosos espacios?

—No me parecen mal las máximas de tu madre; pero voy a hacerte alguna reflexión. Si a los escollos naturales de tu pobreza añades con esos escrúpulos otros escollos, ¿de qué te servirán los dones recibidos del cielo? Pasarás tu vida ignorada y pobre.

—No me importa gran cosa, señora. Yo en el campo canto para mí, para Dios. En al teatro cantaría para los hombres. Preguntadle al jilguero si prefiere la jaula de oro al pobre arbusto, y que su canto regale los oídos del príncipe, o se pierda en la inmensidad del espacio.

—Tienes mucho talento, joven. Y ¿puedo saber de dónde has venido y por qué has venido a Nápoles?

—Os lo diré, señora. No lo oculto. Creo que no debo ni pensar ni hacer cosa que no pueda decirla delante de todo el mundo. Yo he amado mucho. Mas el joven a quien amaba ha desaparecido a mis ojos. Y he venido a Nápoles a saber si es vivo o muerto. Y nada he podido saber aún. Y por eso entro en los palacios, y por eso canto, y mi voz es el reclamo de mi amor.

—Y ¿quién te ha dicho que ese joven te es fiel?

—Me dice el corazón que no ha podido olvidarme.

—Y ¿cómo se llama?

—Sólo sé su nombre. Se llama Eduardo.

Margarita, al oír pronunciar el nombre de Eduardo, sintió tal emoción y tan profunda, que se levantó instantáneamente del asiento; pero reflexionando también de una manera súbita, en unos de esos instantes en que la reflexión se confunde con el instinto, se volvió a sentar pálida, demudada, y cogió con fingida efusión las manos de Ángela.

—Eres muy desgraciada.

—Sin duda, muy desgraciada. Pero lo soy porque tengo el íntimo convencimiento de que es desgraciado Eduardo.

Margarita lanzó una de esas carcajadas amargas y sardónicas.

—¡Desgraciado! Sí, tienes razón, mucho.

—¿Le conocéis, señora, le conocéis? ¡Oh! Sois muy buena. Sois mi salvación. Seréis mi guía. ¿Vive, vive?

—Vive.

Un alborozo infinito se pintó en el rostro de Ángela. Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, y un suspiro profundo mostró que había desahogado de inmensa pesadumbre su corazón oprimido.

—Veo que le amáis mucho.

—¡Oh! No sé decirlo.

—Pero él ama.

—¿A quién, a quién ama?

—A mí —dijo Margarita dándose un fuerte golpe en el pecho, y mirando con altivez a Ángela, que contemplaba estupefacta a su rival—. Sí. Me ama a mí, a mí sola —decía Margarita—. Pero no con ese amor que se contenta con un suspiro, con una mirada, con un recuerdo; que habla del cielo, de los ángeles, de Dios; sino con el gran amor, con el amor de los sentidos, que exhala fuego y ardiente lava; con ese placer inmenso que goza hasta en el crimen, hasta en la deshonra, y que se burla de esa falsa moneda que ha dado el mundo en llamar virtud, que no es sino insensibilidad, frío, nada.

Al oír estas palabras que ciego despecho dictaba a Margarita, lejos de perturbarse, levantó Ángela con serenidad la frente, miróla de hito en hito, y dijo:

—Señora, no os entusiasméis así. No encarezcáis el mal de esa manera. Os compadezco. Estáis enferma. La úlcera de un mal horrible os lacera el corazón. Curaos pronto, señora; curaos muy pronto, porque corréis grave peligro de perder en flor un alma que acaso Dios haya formado para el cielo.

—No te entiendo, joven. Amas al mismo hombre que yo amo; dudabas de su felicidad, de su amor; acabas de saber que te ha olvidado, y, lejos de mostrar dolor o pena, vienes predicándome, a guisa de misionero. Y ¿a eso llamas tú amor, a eso pasión? ¡Ja, ja! —añadió dándose a todo reír con la risa convulsiva que le era tan peculiar—. Eso es fría insensibilidad.

—Señora, veo que afortunadamente no alcanzáis los misterios del dolor. En este mundo tan hermoso a los sentidos, todo es violento y todo fugaz. El placer es intenso, pero breve; el dolor es grande, pero rápido. Las pasiones crecen hasta parecer una gran tormenta moral; pero, como la tormenta, son breves, y pasan como las ráfagas del huracán por el alma. He aquí por qué mi dolor, sereno, tranquilo, vivirá mientras yo viva, al paso que ese vuestro engañoso amor pasará como una exhalación, como una tromba, sin dejar nada en pos de sí más que tristes ruinas.

—¡Qué lenguaje! Me mueve a maravilla. Confieso que me atrae por lo nuevo, y por lo desusado me cautiva. Dime: ¿y tú no envidias el lujo de estos jardines y de estos salones? ¿No desearías los aplausos de las gentes? ¿No vivirías contenta en este mundo?

Como se ve, el alma de Margarita era muy impresionable también. Al ver aquel dolor tranquilo que no lloraba, que no se retorcía, que se ocultaba cuidadosamente en el fondo del alma, sentía una especie de admiración, como si estuviera en presencia de algún grandioso espectáculo de la Naturaleza.

—Siento tener que decir todo lo que de este mundo se me alcanza —dijo Ángela—. Yo he visto en las playas de mi patria, bajo la cabaña del pescador, a la madre, rodeada de sus hijos, contenta y feliz al repartirles un pedazo de pan moreno y una taza de leche, gozosa en verles levantar sus bracitos, como los pajarillos pían y aletean en su nido cuando les manda la Providencia el pequeño grano de dorado trigo. Pero he entrado en estos salones, en estos palacios, y he visto el esposo casi separado, por el respeto y la etiqueta, de su esposa; los hijos separados de la madre, y puestos a disposición o de un aya o de un frío preceptor, capaz sólo de endurecer los corazones; la naturaleza que humedece y refrigera el espíritu, alejada de aquí, o, cuando menos, violentada y contrahecha en estos jardines, cuyos árboles me parecen de trapos; y en vez del santo amor, he visto desconsoladora desconfianza.

—Y, sin embargo, al fondo de tu cabaña ha ido la desgracia, y te ha maltratado y te ha herido.

—Pero oídme, oídme. Al fin no soy tan desgraciada como vos. Yo, en el fondo de mi cabaña, he conservado la pureza del alma, que vos habéis desgraciadamente perdido en el fuego de estas bujías, en el esplendor de estos salones. Yo no he hecho mal a nadie, y vos habéis penetrado como una sombra maldita en el cielo de mi amor. Yo sabré padecer, sabré llorar, y vos no os veréis habitada ni por el dolor. Y puedo aún levantar el corazón a Dios, y pedirle para vos felicidad; y vos sólo podéis pedir al infierno venganza.

—¡Ángela! —gritó Margarita, horrorizada de la verdad de aquella pintura, y de la crueldad de aquel paralelo.

—Mi recuerdo será siempre en vos un remordimiento; vuestra memoria, en mí una fuente de compasión. Yo, en la soledad del campo, tendré a Dios presente siempre en mi espíritu; vos, en el ruido de las orgías, tendréis presentes siempre vuestras acciones y vuestras obras. Yo puedo amar no correspondida; puedo, a despecho de la ingratitud y del olvido, guardar en el corazón y en la memoria el nombre del que una vez amé; vos, en sus brazos, no seréis nunca feliz, ni podréis darle la felicidad, que sólo consiste en la virtud de vivir vida tranquila y en la esperanza de aguardar serena muerte.

—¡Ah! ¿No se habían de amar? —exclamó Margarita, levantándose del banco donde estaba sentada, y dando paseos de un lado a otro, como si quisiera desasirse de una pesadilla—. ¿No se habían de amar con delirio? Eran dos almas puras que se encontraban en el mundo, eran dos corazones que vibraban como las cuerdas de una lira. Ese amor debía ser un canto, la luz de la luna, el rocío, como todo lo que hay puro y divino en la Naturaleza. Amaban por la vez primera; amor dulce, tierno, que no se ha propasado a desflorar la virginidad de los labios ni con un beso.

—¡Y vos, como la serpiente, habéis entrado en ese paraíso, y habéis desvanecido ese dulce sueño de la inocencia! —exclamó Ángela.

Al oír estas palabras, se rehízo Margarita. Toda la sensibilidad que empezaba a posesionarse de su corazón se desvaneció, se deshizo como un ataque de nervios pasajero. Asió por el brazo fuertemente a Ángela, y dejándolo después caer con violencia, la dijo:

—¿No os bastaba mi confesión? ¿Venís a gozaros en verme humillada? ¿Creéis, por ventura, que yo he cedido el amor de Eduardo? Cederé, sí, cederé, sólo por tomar de vuestro orgullo venganza.

—¡Ah! Señora, tenéis razón. Un instante de vértigo y de dolor me ha hecho orgullosa. Perdonadme, perdonadme. A veces en la amarga espina está la salud, y en la rosa el veneno de la víbora. Todos, todos somos iguales. Todas las mariposas, aun las de más bellas y cambiantes alas, son míseros gusanos. Pero confesad que es muy triste verme así abandonada y solitaria, cuando él, sí, él llenaba con su amor el mundo; verme abandonada cuando yo más le amaba; verme abandonada cuando sólo pedía a su pasión algún recuerdo o algún suspiro, o que alguna vez, de tarde en tarde, viniese a escuchar una canción de amor, que acompañaba el rumor de aquella fuente, único testigo de nuestra felicidad y de nuestra pasión.

—¡Pobre Ángela! —exclamó Margarita—, pero no, no; yo no debo compadecerte. No, no te quedes aquí. Vete, vete. Tienes razón. Eres mi tormento. Lloras, amas. Así que conoces en ti alguna falta, la confiesas. Vete; aborrezco tu virtud por no aborrecerme a mí misma.

—No me iré. Pienso quedarme.

Al oír estas palabras, ardió en celos, en horribles celos, Margarita. Todos sus instintos perversos, dormidos antes, se despertaron en tropel de repente. Un temblor convulsivo se apoderó en todo su cuerpo. Sus ojos parecían próximos a salirse de sus órbitas. Miraba a Ángela con fascinadora mirada, como la serpiente al pajarillo.

Ángela, que nunca había conocido tales luchas, que jamás había pasado por aquellas tristes circunstancias, sentíase como bajo la fuerza de un gran influjo magnético y padecía horriblemente.

—¿Te quieres quedar? —dijo Margarita con acento entrecortado por la rabia—. ¿No quieres abandonarme tu amante? Yo lo he arrancado ya de tu corazón. Verás, si te quedas, nuestros abrazos; oirás nuestros besos de amor. Yo me gozaré en verte pálida, trémula, eclipsada esa hermosura por el dolor y por los celos. Me gozaré también en ver mi triunfo sobre ti, la fecundidad de mis placeres y la fría infecundidad de tu virtud. Me gozaré, sobre todo, en verle a él, avergonzado, humillado, triste, dolorido, delante de ti, con los restos de su amor en la memoria y la marca del vicio en la frente, padeciendo los más horribles dolores. Yo…

—¡Callad, callad, por Dios! —dijo Ángela, cayendo de rodillas a los pies de Margarita—. ¡Callad! No debo volver a verle. No le haré apurar el cáliz de la amargura hasta las heces. No quiero que al verme fiel, con las palabras de amor en los labios, se muera de vergüenza. Decidle que yo le he sido infiel también; que me he casado por vengarme, para que no padezca. Yo, muerta de amor, abandonando por él a mi madre, cantando por esas calles de Nápoles sólo por recoger un rayo de su mirada, yo debía ser un espectáculo triste a sus ojos. Yo debía derramar un dolor muy vivo en su corazón.

Y Ángela lloraba amarguísimamente; lloraba como si se le partiese el corazón, y añadía las siguientes sublimes palabras:

—Me iré, sí; me iré. No quiero causarle nuevo daño; haré este sacrificio por mi amor. ¡Ah! Señora: cuando vos le veáis; cuando se unan vuestras miradas en un éxtasis infinito; cuando dulces palabras caigan en vuestros oídos; cuando, confundidos en un suspiro vuestros corazones, os juréis con voz entrecortada por el delirio de la pasión, eterno amor, ¡ah, Dios mío! que en aquellos momentos de felicidad la sombra de esta desgraciada no se aparezca nunca a los ojos de Eduardo.

Y diciendo estas palabras, se levantó, se enjugó las lágrimas, y se fue donde estaba esperándola su padre; le dio un beso en la frente, y salieron ambos del jardín. La aurora lucía ya con todo su esplendor en el horizonte.

* * *

Margarita se quedó extática. No comprendía lo que por ella pasaba; acostumbrada a ver siempre el vicio, la mentira, las pasiones engañosas, aquella virtud, aquella palabra inspirada, aquella abnegación sublime, que para ella era completamente desconocida, le robaron la luz de los ojos con sus desconocidos y maravillosos resplandores.

Cuando más agitada estaba, vino una de sus doncellas.

—Señora, ¿no os acostáis?

—Déjame, María.

—¿Qué tenéis?

—Un dolor profundo.

—¿Os ponéis mala?

—¡Oh! Sí, sí. Me siento muy mal.

—¿Queréis que llamemos a un médico?

—No, ya se pasó esta especie de desvarío.

—El cansancio de trasnochar…

—No; las profundas emociones… , di.

—¿Qué os ha sucedido?

—Tú fuiste la que me hablaste de esa hermosa cantora.

—Es verdad, yo fui.

—Pero ¡en qué mal hora, María!

—¿Por qué?

—Me ha robado la paz del corazón.

—¿Con su canto? Pues no parece sino que sea un galán.

—No, con su canto no.

—Pues entonces, no adivino…

—Con sus palabras.

—¿Por qué la habéis escuchado?

—¡Tiene un espíritu tan superior!…

—Y es una pobre.

—¡Conoce tan bien el corazón humano!

—Parece una fábula.

—¡Ah! Es, por desgracia, verdad.

—¿Si será una bruja?

—Tiene el sortilegio de la virtud.

—En poco tiempo la habéis conocido.

—En muy poco, y en ése, bien a mi despecho.

—Pues no os curéis tanto de ella.

—No puedo apartarla de mi memoria.

—¿De esa memoria, por donde todo pasa fugazmente?

—Eso mismo te hará ver cuán extraña magia ha usado conmigo esa joven.

—Pero ¿qué os ha dicho?

—Me ha mostrado cuán superior es a mí.

—¿A vos, que sois tan noble y rica?

—Ella ostenta en su frente una corona que yo no podría comprar con todos mis diamantes.

—No os preocupéis tanto.

—Es verdad; pero no puedo desasirme de esa fascinación.

—Estáis por extremo pálida. Vámonos, sí; vámonos y os acostaré.

—Sí, vámonos.

Y Margarita se iba, murmurando estas palabras:

—La virtud… , la virtud… , el amor… ¡Ah! El amor…

En vano pretendió Margarita conciliar el sueño. En su acalorada fantasía se dibujaba con todos sus colores la imagen de Ángela, su amor, su ternura, su desgracia. Y, sin embargo, estos recuerdos encendían en su ánimo una gran pasión por Eduardo. Desde el instante en que le vio amado por un ser superior, inclinóse a estimar en mucho la posesión de su cariño. Así es que, viendo que era punto menos que imposible atraer el sueño a sus párpados, levantóse, y su primer cuidado fue consultar con el espejo las gracias de su rostro. A pesar de que el amor propio suele teñir con resplandores de hermosura el espejo, y que la enfermedad mitológica de Narciso acostumbra a ser muy frecuente y vulgar en el mundo, Margarita, al verse pálida, circundados los ojos de una aureola morada, secos y descoloridos los labios, desencajado el rostro, sintió una amargura indefinible y lanzó un prolongado suspiro de sorda desconfianza.

Había olvidado que Eduardo no satisfizo su deseo de venganza; había olvidado también su antes rendido y por lo mismo despreciado amor; desde el punto en que vio cruzar pequeña nube por el horizonte, la llama de una pasión, antes calculadora, había prendido con intensidad en su alma. Atavióse cuidadosamente, ensayó todos los modales, todos los gestos de su rostro, pues no parecía sino que toda la dura fiereza de su alma se había tornado vulgar coquetería.

Eduardo tardaba de una manera desusada. Margarita no hacía más que levantarse, ir y venir a la ventana, pasearse impacientemente por sus magníficas estancias, golpear con fuerza las puertas, arrugar con rabia el pañuelo que llevaba en la mano, y a veces hasta arrojar algún adorno de china contra el suelo, con el fin de que el ruido y los fragmentos por el suelo diseminados la distrajesen un tanto de las agudas punzadas que recibía del aguijón de su deseo.

Por fin se sintió a lo lejos el ruido de un coche. Margarita abrió de par en par las ventanas para ver si era el coche de su amado, aunque se ocultó detrás de una cortina para que Eduardo no conociera su ciega impaciencia. Era, en efecto, su coche. El joven se apeo, atravesó con tardo paso el peristilo del palacio, subió la escalera, y entrando en la habitación donde comúnmente se encontraba Margarita, le tendió la mano, pero no con aquella su antigua efusión, sino con señalada indiferencia.

—¿Qué tenéis? —le preguntó Margarita—. ¿Estáis enfermo?

—No tengo nada.

—Me engañáis seguramente.

—¡Margarita!…

—Nunca os he visto tan triste.

—Es verdad.

—Y ¿no me es dado preguntaros el motivo?

—Es un sueño.

—Honda impresión ha causado en vos ese sueño.

—¡Hondísima! He visto levantarse mi vida pasada…

—Debe seros muy grato su recuerdo, según lo encarecéis y lloráis.

—Muy grato.

—Y, sin embargo, en esa vida yo no represento ningún papel; yo, a quien tantas veces habéis jurado amor.

—No pronunciéis esa palabra.

—¿Por qué?

—Porque me desgarra el corazón.

—¿Esa palabra que en vuestro lenguaje poético habéis llamado muchas veces el néctar de la vida?

—Es verdad, néctar; no, mejor dijera veneno corrosivo que se come las entrañas.

—¿Tan mal os va con vuestro amor?

—Por Dios, no abráis mi corazón más de lo que está a tristes y pavorosos remordimientos.

—Sí, debéis temerlo, porque la primer súplica de la mujer que amáis la habéis desatendido.

—Sí, infamemente.

—La primer prueba de amor que os exigía…

—La he olvidado.

—Y debéis padecer.

—En justo castigo del cielo.

—Yo, que anoche…

—No pude… —decía temblando Eduardo.

—¿Sacrificar la víctima que os había pedido?

—No; sacrificar a su amor todos mis devaneos, todos mis placeres, y seguir el eco amoroso de su voz.

—¡Qué revelación! —exclamó Margarita—. ¡Qué revelación! ¿Conque no soy yo, no es Margarita la mujer que amáis?

—¡Oh! Hay instantes en que ignoro lo que digo. Ya sabéis que os amo —dijo Eduardo con frialdad.

—Sí, no es posible que me asalte la menor duda.

—Si lo supierais…

—¿Qué voz es esa de que habláis? ¿Por qué huisteis anoche de mi presencia? Hablad, hablad. Os lo exijo.

—No puedo ser nunca franco con vos.

—¿Por qué?

—Porque no me hacéis caso.

Margarita comprendió que, si mostraba demasiado interés por Eduardo, acaso se enfriaría su pasión. Y, mujer calculadora, aun en sus más ardientes deseos, comenzó a encubrir bajo un velo de indiferencia su interés.

—Pues si no os curáis gran cosa de que yo sepa vuestros secretos, poco me importa. Ya sabéis que nada de cuanto ocultáis puede hacer gran mella en mi ánimo.

—Lo sé —dijo Eduardo animándose—. Lo sé por dolorosa experiencia.

Margarita vio los buenos efectos de sus cábalas, y continuó, fingiendo bostezar:

—Ya veis: vuestras historias me fastidian mucho antes de saberlas. Hablemos de otra cualquier cosa. Mirad: aquí tengo un ramo del baile de ayer. Ya está casi seco.

Y dirigiéndose a un velador, donde había un riquísimo jarro de porcelana, tomó un ramo, y volvió a su confidente.

—Mirad. Esta rosa es regalo del príncipe de Mantua, que al ponerla en mi mano dijo: «A vos, la rosa de mi amor.» Este jazmín es del joven poeta alemán Ludof, que al ponerlo en mis cabellos exclamó: «Así os embriague su aroma, como a mí me ha embriagado vuestro aliento.» Esta rama de albahaca es del ya machucho consejero del rey, que a vos tanto os importuna. «Ya que no me queréis amar, os regalo todo mi odio; disponed de él como queráis.» Esta violeta es de un pintor distinguido que se ha enamorado de mí platónicamente. En cambio, este clavel es la prenda de un beso.

—¡Margarita! —exclamó Eduardo, cuyo semblante se había animado al compás de aquellas malintencionadas palabras—. ¡Margarita, me estáis clavando un puñal en el pecho!

—Sois muy aficionado a huecas, vanas y pomposas frases. Me habíais prometido contar vuestra vida, y os escuchaba. Yo, como no puedo guardar memoria de tiempos muy lejanos, compenso vuestra falta contándoos la vida de esta última noche, de la cual es cada flor un símbolo.

—Es verdad. Y cada una de esas flores tiene millones de espinas que se clavan agudas en mi corazón y lo taladran.

Tal era el carácter de Eduardo. Movible y cambiante por costumbre, su alma se dejaba arrastrar del bien y del mal, como la paja del viento. La voz de Ángela le arrobó el alma. Las palabras de Margarita volvían a despertar fibras de su corazón antes dormidas. Indeciso siempre, incierto en ideas y pasiones, no merecía el gran amor que inspiraba. Un beso de Margarita le arrastró al crimen; un eco de la voz de Ángela le apartó del crimen. Un recuerdo de Ángela le extasiaba, y algunas palabras de Margarita le sacaban de su éxtasis. En el fondo de aquel corazón no había más que una pasión verdadera, de la cual le veremos más adelante dar claras muestras: la ambición, el deseo de popularidad, el afán de cosechar aplausos. Y el despreciar a Ángela se explica por la obscuridad en que yacía la joven; y el amar a Margarita se explica también por el gran nombre que la hermosa dama tenía en la alta sociedad de Nápoles.

Esto no obstaba para que la índole de estas pasiones fuera distinta, y en ellas hubiera algo de verdad, algo de entusiasmo.

—Ya os he contado mi historia. Contadme ahora la vuestra, os lo ruego.

—Ya sabéis que es imposible que a mi edad hayáis sido vos mi único amor.

—Lo sé, lo comprendo.

—Yo he amado.

—¿Ya no amáis?

—Ahora os amo a vos.

Margarita contestó a estas palabras con una sonora carcajada; pero si Eduardo la hubiera atendido, habría notado en ella una amarguísima amargura.

—Volvía yo de mis viajes a Francia; volvía deseoso de pisar el suelo de la madre

Italia. Para mí no había descanso posible. Mi alma volaba por las costas como la gaviota. Llegué, besé el suelo sagrado de la patria, y me creí feliz. Sin embargo, perdí mis aficiones marinas. Vivía en una barca en el mar, contento con verme en sus ondas dulcemente mecido. Andaba tras esas hermosas campesinas, inocentes, lindas, que resucitaban a mis ojos las pastoras de Sannázaro. En una de mis continuas excursiones encontré a una joven. ¡Oh! ¡Nunca la viera, nunca! Quedó mi alma prendida a su alma. Aquel amor era puro, dulce, tierno. Era el primer amor de dos corazones que se abrían dulcemente a la vida. Pero yo no podía persistir en aquella pasión sin grave riesgo de mi porvenir y sin grave daño de mi amada. ¿Podría yo unirme a ella? No. Ni lo consentía mi alcurnia, ni mis intereses. ¿Debía yo seducirla? Confieso que jamás tan negra idea cruzó por mi mente. Yo deseaba conservar siempre puro y transparente aquel vaso de bendición que había encerrado las primeras ilusiones de mi alma. ¿Debía continuar engañándola? De ninguna suerte. Eso era indigno de mi carácter, impropio de mi naturaleza. En tal estado, ¿qué hacer? ¿Abandonarla? Lo pensé mil veces. Pero no podía, no podía. He aquí que una tarde os aparecisteis vos a mis ojos. Entonces comprendí que había en el mundo pasiones superiores a la que yo había sentido por Ángela. Comprendí que había pasiones que enardecían la sangre, que trastornaban el seso, que enloquecían, que mataban. Desde aquel punto, el sacrificio, antes tan costoso, fue fácil, fue hacedero. Yo no volví a verla. Alguna vez el recuerdo de su amor viene a mi memoria. Pero huye, sí, huye rápidamente, dejando en mi alma ligera y vana huella. Y, sobre todo, cuando os oigo, cuando os veo, curada la herida, aquel amor se borra de mi corazón y de mi memoria.

—Pues bien, Eduardo; debo hablaros con entera confianza: no creo en vuestro amor hacia mí.

—¿El olvido de Ángela no es bastante?

—¿Quién me asegura que mañana no me olvidaréis así?

—¡Justo castigo de mi crimen!

—Y sin embargo, Eduardo… , yo no… no…

—¿Qué vais a decir?

—Tenéis razón. Lo ocultaré dentro del pecho.

—Margarita, hacedme feliz —dijo con acento febril Eduardo.

—Mi felicidad consiste…

—¿En qué? ¡Hablad, hablad! ¿En qué?

—Mi felicidad está en amarte, Eduardo.

El joven abrió los brazos, y estrechó delirante contra su corazón a Margarita. Ésta, como si un súbito arrepentimiento la sobrecogiera, se apartó de los brazos de Eduardo, y con ademán imperioso le dijo:

—No me sigáis, no me sigáis.

El joven se quedó como petrificado ante aquel imperioso ademán y aquel decidido mandato.

Y Margarita, levantando los brazos al cielo, exclamó con acento desesperante y acongojado:

—¿Por qué se lo habré dicho?

Y se perdió en las habitaciones interiores del palacio.

Capítulo 5

Mientras pasaban estos sentimientos por el corazón y estas ideas por la mente de Eduardo y Margarita, Ángela rogaba a su padre que se apercibiese a partir de Nápoles, porque ya era imposible que por más tiempo permaneciesen allí.

—Has llorado mucho —la dijo el padre—. Veo en tus mejillas las huellas de las lágrimas.

—¿Por qué negarlo? He llorado mucho.

—Hija mía, deposita tus penas en el corazón de tu padre.

—¡Ay! Son tan grandes…

—Habla, habla. ¿Dudas de mí?

—Vámonos, vámonos de Nápoles. Yo no puedo respirar aquí.

—Ángela, sí, nos iremos.

—Vámonos a nuestro campo, a nuestra casita; a ver a mi madre.

—¿No te decía yo que no debíamos haber salido de allí? No queréis nunca creer a vuestros padres…

—Tenéis razón. He faltado mucho a vuestro amor, el único que hay permanente en la tierra; por eso Dios me castiga.

—Hija mía, nosotros miramos la vida de una manera limitada. No podemos abarcarla toda. Creemos que la satisfacción de un deseo justo es nuestra felicidad, nuestra ventura. Dios, que abarca la vida en su conjunto; Dios, que conoce el fin último de todas nuestras acciones, el resultado de todas nuestras obras, saca del mal de hoy la felicidad de mañana.

—¡Feliz yo sin él! ¿Lo creéis posible? Esa pasión es la sangre de mi corazón. Yo no tengo la culpa de haberla sentido tan extraordinaria, tan profunda; conozco que se lleva tras sí mi vida.

—Haz frente a tu corazón. La vida es una perpetua lucha. Tú sabes que he caído desde la más alta grandeza a este mi hoy triste abatimiento. Y, sin embargo, cuando recuerdo que a veces ha sonreído en mi humilde cabaña de hoy una ventura no conocida en mi gran palacio de ayer, me postro y bendigo la bondad de Dios.

—Yo no puedo ser feliz. Este gran amor que brotaba como pura fuente de mi alma, va a perderse en el estéril olvido. Este corazón que latía con tanta fuerza, se esteriliza y queda como seco. Vivir así es vivir de la muerte.

—Te comprendo, hija mía. Crees que tu vida no podía tener más objeto que hermosear la vida de un hombre. Crees que tu hermosura, tu voz, tu imaginación, tus virtudes, son un depósito que Dios te confía para que las entregues mañana a un hombre.

—Sí, sí. ¿De qué sirve la vida si no va dar savia a otra vida? ¿De qué sirve el corazón si no tiene objeto?¿Qué son todas las virtudes en la soledad, sino flores nacidas en desierto?

—Y ¿crees que la flor del desierto no es más provechosa a la gran obra de Dios, que la flor nacida en el jardín? Ésta suele servir para secarse en un baile, para regalar con sus aromas la vanidad o el lujo. Aquélla, desconocida, ignorada, purifica con sus aromas el aire y da tranquila a la tierra su semilla, de que después brotan nuevos frutos que alimentan al peregrino extraviado, a las aves del cielo.

—Por más que vuelvo la vista a todas partes, nada veo, nada más que el abandono. Yo, en su pensamiento, volaba al cielo. Su alma era como el ángel que en sus alas lleva la oración a Dios.

—Ángela, cúrate de esa debilidad. Algún día te avergonzarás de ti misma. No busques nunca la felicidad fuera de ti.

—¡Oh, padre mío! Yo creía que Eduardo había sido creado para mí. Cuando le vi por vez primera, me quedé suspensa. Habló, y el eco de su voz resonó siempre en mis oídos; eco más dulce que el gorjeo de las aves. Volví a verle, y alcancé a comprender que había nacido para amar. Nunca la Naturaleza me pareció más bella. Nunca he respirado con más desahogo. Nunca he plegado mis manos ni me he dirigido a Dios con más fe. Me parecía que mi vista traspasaba el cielo y traslucía ya la gloria. Me parecía que mi ser se transformaba, que a mi alma se prendían nuevas alas. Por la noche, ¡con qué placer recibía en mi frente el amoroso rayo de la luna! Por la mañana, ¡con qué alborozo saludaba el naciente sol! Y ahora, ¿de qué me sirven las galas de la Naturaleza? No quiero ya ni el pensamiento, ni la memoria, ni el corazón, ni la vida; no la quiero sin él. ¡Oh! ¡La muerte, la muerte!

—Ángela, no insultes a Dios; no te presentes a sus ojos como no eres, como no puedes ser. Sal de ese estrecho círculo que te oprime. Vuela, vuela por más altas esferas. Recuerda que existe, no sólo el hombre, sino también la humanidad, y que todos a la humanidad nos debemos.

—Padre, no saquéis al insecto de la pequeña hoja a que vive apegado para lanzarlo en un mar de verdura, porque allí se morirá de hambre. No saquéis a la alondra de su nido para arrojarla a las nubes, porque en tan alto espacio se morirá de frío. No me digáis nada de humanidad a mí, porque creo que me faltaba amor para un solo hombre.

—¡Infeliz! ¡Y ese hombre te ha faltado!

Ángela se cubrió el rostro con las manos.

—¡Te ha faltado, hija mía! Le amabas demasiado; su amor absorbió tu alma. Da gracias a Dios porque ahora vuelves a recobrarla, porque ahora ya te perteneces, porque perteneces a tus padres; da gracias a Dios, Ángela.

—Y ¿no puedo libertarle del mal en que va a caer? Y ¿nada puedo hacer por él? ¡Oh! ¡Nada, nada!

—Volvámonos, hija mía, a nuestra cabaña. Allí recobrarás la salud del alma.

—Es verdad, es verdad. Veré la fuente, y le contaré que ya no me ama. Diréle su ingratitud a las palomas que bajaban a comer el trigo en mis manos. ¡Oh! ¡Y por todas partes he de encontrar huellas de mi amor! Imaginad que el mundo se desplomara bajo de nuestras plantas. Eso, eso me ha sucedido. El mundo se ha desplomado bajo mis pies. Yo no encuentro en él espacio.

Por más reflexiones que el pobre anciano hacía, le era imposible mitigar el dolor inmenso de Ángela. Por fin, se partieron de Nápoles. Yendo siempre a la orilla del mar, emprendieron, sin más compañía que sus lágrimas, el camino de la aldea. Ángela iba cantando siempre, a veces entre dientes, una canción a Eduardo. Cuando llegaban a algún caserío, a algún pequeño pueblo, se detenían, y Ángela cantaba, con gran admiración de todos cuantos la oían. La pequeña retribución de este divino canto les servía para comprar un poco de pan. Así iba aquel interesante grupo. Si un poeta les hubiera encontrado a la orilla del mar, bajo uno de esos antiguos árboles que levantan su copa sobre la inundación de los siglos, y hubiera visto el dolor del pobre anciano, la tristeza que se pintaba en la frente y en los ojos de la hermosa joven, hubiera creído ver a Antígona cuando iba por los caminos y los campos conduciendo a su padre, el desgraciado Edipo, y hubiera adorado en aquellos dos seres la resurrección del ensueño de Sófocles.

El dolor de Ángela iba tomando un tinte de resignación y de melancolía indefinible, que, sin quitarle su intensidad, le daban más reposo y más calma. Su primer impulso fue arrebatado. Después, el deber formó en su alma como una segunda naturaleza y entró en las leyes normales de su existencia. Pero todos estos cambios, todas estas grandes transformaciones, aumentaban la dulzura, la pureza, el encanto de su voz.

En la aldea fue celebrada con gran regocijo su venida. Su anciana madre salió a recibirla, no lejos del sitio donde se habían despedido anteriormente. Ángela se arrodilló al verla para recibir su bendición; después, acercándose trémula, cayó en sus brazos deshecha en lágrimas. Las jóvenes saltaban regocijadas en su alrededor, y Ángela, secando sus lágrimas, las recibía a todas en sus brazos con efusión. Los jóvenes dieron al vuelo las campanas de la iglesia en celebridad de su venida, y cubrieron de flores las calles por donde había de pasar. Aquella noche, cuando Ángela dormía, se oían en la calle las panderetas, y a la luz de la luna bailaban en celebridad de su venida la tarantela todas las más apuestas y hermosas jóvenes del pueblo. Rayó el alba en el horizonte, y con el alba el recuerdo de su amor en el alma de Ángela. Estaba hermosa y serena la mañana. Parecía que la Naturaleza se asociaba a la alegría del pueblo. Ángela abrió la ventana, y al primer rayo de luz vio la campiña más hermosa, aun cuando, iluminada por el crepúsculo, presenta la indecisión misteriosa de un templo. Las barcas del pescador comenzaban a mecerse en las ondas. Las puertas de todas las pequeñas casas se abrían. Las campanas saludaban a la Virgen, que parecían sonreír en las sonrosadas nubes que se descubrían en los límites del horizonte.

Era una mañana serena, como aquella en que abandonó su aldea. Entonces batallaba en la duda: la fría realidad dominaba ahora en su alma. «¿Será posible el olvido de Eduardo? pensaba Ángela. Y ¿cómo vivo yo? decía. ¡Oh! Yo no debo amarle, no, cuando vivo, o el dolor no mata.» Y pensando así bajó a la playa, y miró al sitio donde atracaba su barca. Las ondas dormidas reflejaban el cielo como el alma inocente del niño en su cuna. «¡Por qué venías, exclamaba Ángela, si habías de abandonarme!»

Subió a la pequeña colina donde aguardaba siempre la aparición de su barca. Al ver el mar tan sereno, olvidó por un instante Ángela su infortunio. Estaba tan alegre el mar, tan tranquilas sus aguas, las brisas apenas las rizaban, y el sol, pronto a subir centellante de gloria, les daba tan encantadores y vistosos reflejos, que Ángela creyó un instante que el mar se alegraba así por la presencia de Eduardo. Bien pronto huyó aquella ilusión, y prosiguió su camino. Acercóse a un árbol como atraída por un ciego instinto. ¡Oh dolor! En su tronco estaban los nombres de Eduardo y Ángela enlazados, y a su pie una cruz donde el joven había jurado eterno amor. Ángela se quedó un instante contemplando aquel juramento. «Más han vivido, decía, las flores de ese árbol que mi felicidad.» Y continuaba en aquella dolorosa peregrinación, visitando los lugares testigos de sus inocentes amores. ¡Ah! El hombre, como el árbol, suele ligarse al suelo, y cree que ciertas pasiones resucitan cuando pisa el lugar donde brotaron.

Ángela llegó a la fuente. Sus aguas corrían puras, deslizándose en grata y cadenciosa armonía. «Aún corren, decía, esas aguas en que tantas veces, cuando yo dudaba de sus palabras, me decía que mirara, para que notase que la paz de mi rostro hacía traición al recelo de mis labios.» La fuente corría, y su amor se había secado. ¡Quién podía creer que una peña había de ser más blanda que el corazón humano!

Cruzaban por todas partes y en todas direcciones las palomas, blancas como las ilusiones. ¡Oh! En la Naturaleza todo sobrevive, permanece. En el espíritu del hombre todo muere, todo cambia. Los árboles levantaban sus copas al cielo; el mar no había retrocedido ni una línea; el cielo conservaba sus arreboles, sus varios giros el aire, su grato murmullo la fuente, su canto los jilgueros, su vuelo las palomas, y el alma de Ángela había perdido su amor. Al hacer estas y otras reflexiones, la pobre joven se dio a llorar. Sintió un ligero ruido, volvió la cabeza, y vio al pescador a quien llamaban en el pueblo Jenaro.

—¿Lloras?

—Sí, sí —dijo Ángela.

—Yo también he llorado.

—Lo siento.

—Y he llorado por ti.

—¡No me lo digas! —exclamó Ángela juntando en actitud suplicante las manos.

—Yo seguía las huellas de tus pasos, besando donde recordaba que tú habías puesto el pie.

—No me martirices.

—Yo iba a la ermita sólo para ver el ramo que habías puesto al pie de la peana de la Virgen.

—¡Oh!

—Y eso que sabía que no habías puesto tal ofrenda por mí.

—¡Jenaro!…

—Yo también bajaba a la playa a mirar el sitio de donde tú mirabas el mar mientras yo miraba tus ojos. Y eso que sabía que no me mirabas a mí.

—¡Infeliz!

—Yo he suspirado al pie de esa fuente, donde tú suspirabas por tu amor. Y ahora, mientras tú lloras por él, yo estoy llorando por ti…

Y los sollozos ahogaron la voz del pobre pescador.

Ángela, demudada, pálida, delante de aquel hombre que tan sublimemente expresaba su pasión, levantó los brazos al cielo, exclamando:

—¡Señor, Señor! ¿Por qué hemos de ser todos tan desgraciados?

A los pocos momentos descendió silenciosamente de la colina con los ojos llenos de lágrimas y el corazón desgarrado por horribles e intensísimos dolores. Pero el dolor iba siendo ya en su alma como una segunda naturaleza. Así, aquella desesperación se fue transformando hasta convertirse en una melancolía, dulce sí, pero dolorosa. Poco a poco se fue connaturalizando con todo cuanto la rodeaba; poco a poco también el dolor fue siendo como el alma de su alma, como la ley y norma de su vida.

* * *

Una grande, una inmensa e indefinible desgracia vino a colmar el dolor de Ángela. Murió su padre. La edad, más bien que el dolor, cortó el hilo de los días del anciano. ¡Terrible desgracia que vino a oprimir con amarga opresión a la desgraciada Ángela! Sus lágrimas, que parecían manar de fuentes inagotables, se secaron. El dolor tomó esa tristísima aridez que lo hace más horrible, más desastroso, más triste aún de lo que es por naturaleza.

La pobre madre de Ángela se moría de pena en aquel campo donde estaban las cenizas de su esposo, en aquella vivienda testigo de sus desgracias. Ángela no quería, sin embargo, abandonar aquel pueblo. Era el cuadro de su antigua dicha, el espacio donde lució un día su felicidad. En aquel recinto le era más grata la vida. Muchas veces había pensado que acaso la Naturaleza le destinara morir, y había deseado ser enterrada bajo el sauce que oyó su primer juramento de amor. Pero ¿le era dable el estar allí? No. El destino la empujaba a Nápoles. Su pobre madre no podía ya trabajar. Su padre había muerto. Era necesario, indispensable, que fuese ella el sostén de la autora de sus días. Cuando estuvo en Nápoles, su voz y su canto se llevaban tras sí todas las gentes. Las puertas de todos los teatros de Nápoles se hubieran abierto para ella. Ángela se acordó de esto.

Su corazón temblaba. Consideraba una gran desgracia aquella necesidad de dar en un teatro su voz al viento; pero se decidió a ello por la más santa de las causas, por el más noble de los propósitos: por el bien de su madre. Así, un día, cuando la vio más apurada y entristecida, dobló ante ella la rodilla, y acariciándola con indefinible ternura, la dijo:

—¿Qué tenéis, madre mía?

—El dolor de males presentes, y el triste presentimiento de mayores males.

—¡Oh, madre mía!

—Lo que más siento es tu miseria.

—De poco os apuráis.

—Es muy triste ver venir el día sin tener un pedazo de pan que llevar a la boca.

—Eso no puede sucedernos.

—Acaso, hija mía, nos suceda mañana.

—Mañana salimos para Nápoles.

—¿Y en Nápoles?

—Se mejorará nuestra suerte; nadaréis, madre mía, en la abundancia. Yo pienso entrar en un teatro.

—¡Oh! No, no, Ángela: ¡antes la muerte!

—¡Madre!

—¡Hay tantos abismos en esa vida!…

—No para vuestra hija, que por desgracia conoce ya esa misma sociedad en que apenas ha vivido.

—Pero, hija mía, para ti es un inmenso sacrificio.

—Y ¿qué no debo yo hacer por mi madre? Sí, sí, nos iremos.

Ángela cautivaba el corazón de su madre; así es que no se atrevía a replicar a su demanda.

A los pocos días abandonaba Ángela su pequeña aldea. La tarde anterior recorrió uno por uno todos los sitios donde había pasado alguna hora de felicidad, algún instante de dulce y puro amor. Le parecía aquella una segunda separación de Eduardo; le parecía que iba a dejarse en aquellos sitios el alma: tan grande era su dolor.

Jenaro acompañó a Ángela de nuevo en su regreso a Nápoles. El día era hermosísimo. El cielo resplandecía iluminado por los ardorosos rayos del sol. El mar se rizaba muelle y blandamente bajo el soplo vivificador de las dulces y suaves brisas. Todo era allí hermoso. Sentada Ángela, miraba las riberas que huían, y a sus pies, tendido Jenaro, miraba embebecido a Ángela. Ni una esperanza nacía en el corazón de aquellos jóvenes; ni una ilusión surcaba ya por sus almas. Los dos padecían; los dos lloraban sumidos en la desesperación. Por fin llegaron a Nápoles. Ángela, al despedirse de Jenaro, sintió un dolor vivísimo, hijo de la profunda compasión que le inspiraba su irremediable desgracia. Jenaro se volvió a su solitaria aldea. Ángela y su madre se perdieron en los laberintos inmensos que forman las calles de Nápoles.

Capítulo 6

Volvamos al otro grupo de esta nuestra narración, a Margarita y Eduardo. Pasados ya algunos meses después de la llegada de Ángela a Nápoles, conversaban al anochecer de esta suerte Eduardo y Margarita:

—No vi jamás pretensión más ridícula —decía Eduardo.

—He ahí, Eduardo, lo que es tu amor…

—¡Que me case!

—Sí, que te cases.

—¿Contigo?

—Ya que conmigo no quieras… cásate con otra.

—¿Te es indiferente?

—Casi, casi.

—¡Margarita!

—¡Eduardo!

—¿Indiferente?

—Pues yo he decidido casarme.

—¡Tú!… ¿Con quién, Margarita, con quién? ¡Oh!

—No te asustes, Eduardo. Contigo.

—¡Conmigo! ¡Conmigo! ¡Oh! Lo que es conmigo… Ya, lo que es…

Eduardo no sabía qué decir: tanto le aterró aquella amenaza.

—Veo que te has demudado.

—No lo creas.

—No me lo ocultes. Sé leer en tus ojos.

—Eres muy malintencionada.

—Mira. Se me ha ocurrido de pronto esa idea; pero guárdate de que la acaricie mucho.

—Sería el complemento de mi felicidad… —dijo más que forzado Eduardo.

—Gracias, caballero. Dad más apariencia de verdad a vuestros cumplimientos.

—Pero vamos a cuentas. No atino con la razón de esa extraña manía.

—Vamos a cuentas. Ya atino la razón de tu miedo.

—¡Yo miedo!… Pero como tantas veces has declamado, leyendo a Jorge Sand, contra el matrimonio…

—Pues ¿no puedo yo cambiar de opinión? Me disgusta ya el melodrama de la vida, y me voy acostumbrando a la prosa.

—En otro tiempo hubieras dicho a la tragedia.

—Es igual. Me gusta variar, variar mucho.

—Ya sabes que sólo en una cosa te pido la constancia: en la pasión que me profesas.

—En ésa quedará el fondo; no variará nada, absolutamente nada más que la forma.

—Pero ¿lo vas pensando, Margarita, seriamente?

—Muy seriamente.

Eduardo se dio a reír con estrépito.

—No me provoques con tu risa.

—Casi, casi te desafío…

—Haces mal, Eduardo, muy mal. Sabes que siempre he triunfado.

—¿Cuándo? Al fin la victoria ha sido siempre mía.

—Acuérdate de tus paseos por el mar.

—Sí, me acuerdo.

—Acuérdate de tus amores románticos.

Una nube de sombría tristeza pasó por la frente de Eduardo.

—Pues bien: dos grandes batallas eran de tu vida, dos grandes fines de tus deseos, y yo te arranqué a uno y otro.

Eduardo se cubrió el rostro con las manos, exclamando:

—¡Es verdad, verdad!

—¿Te avergüenzas de ti mismo?

—A veces sí.

—Pues más te avergonzarás cuando veas cumplido este último capricho mío.

—¿Y lo dices con esa sangre fría?

—Y, sin embargo de avergonzarte, lo harás.

—No lo haré.

—Ya sabes que recurro siempre a un fácil expediente.

—¿A cuál?

—Al de arrojarte de mi casa como se arroja a un perro.

—¡Es un recurso tan gastado!

—¡Ah! Te conozco mucho, muchísimo. Y esos y otros recursos producen siempre en ti sus resultados.

—Mudemos de conversación.

—Es verdad. Esta se va agotando. ¡Ah! Voy a hablarte de lo que acaso ignoras.

—¿De qué?

—De la gran novedad que nos prepara nuestro teatro.

—¿Sí?

—Una joven, Eduardo, que dicen es la maravilla del mundo, se presenta en la escena.

—¿Conque tenemos, decías, gran función en el teatro de la Ópera?

—Dicen que es verdaderamente extraordinaria.

—No he oído hablar de tal cosa.

—Se trata, querido Eduardo, de una joven que canta como un ángel.

—Y ¿cómo se llama?

—Se llama Ángela.

Y Margarita clavó con profunda intención los ojos en el rostro de Eduardo, que manifestaba una impresión profundísima.

—¡Ángela! Sí, ¡Ángela! —decía Margarita—. Parece que te impresiona mucho ese nombre. ¡Eduardo, Eduardo, tú me ocultas algo!

—No, nada, nada.

—¿Iremos a la Ópera?

—Iremos.

Y Eduardo se levantó en ademán de despedirse. Margarita le saludó ceremoniosamente, y acabóse así aquella entrevista. Sin embargo, la idea del casamiento no se apartaba ni un instante de la mente de Margarita, al paso que la idea de Ángela atormentaba la mente de Eduardo. La joven quería a toda costa dominar hasta ese punto el corazón de Eduardo, por lo mismo que se había mostrado indeciso, incierto, al oír esta idea. Además, después de los grandes devaneos de su vida, de los cuales no sentía arrepentimiento, miraba el matrimonio como la realización de un capricho. Primero apuntó sin ninguna intención esta idea, y así que la vio rechazada por Eduardo, se enamoró de ella como de un gran imposible. Y pensó gravemente en realizarla. Para esto contaba con la siempre creciente debilidad de Eduardo.

La ley de contradicción, natural en el hombre, era, digámoslo así, la ley constitutiva de Eduardo. Puede decirse que a un tiempo mismo amaba a Margarita y a la desgraciada Ángela. Cuando su alma se despertaba y sentía deseo del amor casto, puro, de ese amor cuya tristeza es más dulce que todas las epilépticas alegrías de la sociedad y del mundo, presentábase a su imaginación, como un ángel descendido del cielo, la imagen purísima de su primer amor. Cuando anhelaba apurar el placer, sentía ese amor que consiste en la embriaguez de los sentidos; aparecíase a sus enardecidos ojos con todos sus encantos la imagen de Margarita. Pero desde el punto en que principió la lucha, el placer había vencido a la felicidad; el beso ardiente, a la mirada casta; el instinto pasajero del sentido, al eterno amor del alma. Eduardo, en quien el amor puro estaba como dormido, a manera de un genio tutelar, que cerraba los ojos por no ver las impurezas de su alma; Eduardo, decía, tornábase a contemplar esta inexplicable felicidad, cuando el tiempo o la casualidad le llevaban algún suspiro, algún recuerdo, algún eco de ese hermosísimo y divino mundo, iluminado por la nacarada luz de lo misterioso y lo infinito.

—¡Ángela en Nápoles! —pensaba—. ¡La primera ilusión de su alma, el primer amor de su corazón, iba a presentarse en el teatro, y a entusiasmar con aquella divina voz, que Eduardo escuchaba extático bajo el sauce, a millares de seres, que irían a tributarle fríos aplausos, pero no el fuego de aquel amor santo que purificaba su alma y la desligaba de todos los lazos de la tierra! ¡Y él, para quien aquella voz se había creado, la había dejado; él, para quien era aquella alma de artista, la había olvidado!

En algunos momentos pensaba buscarla, caer de hinojos a sus plantas, pedirla perdón, declararse su esclavo, unir ante Dios eternamente su corazón al corazón de aquella divina mujer, huir con ella a la soledad, al campo, y pasar una vida tranquila, dichosa, serena, ocupado en el trabajo, en la felicidad de su amada y en la educación de los hijos que le concediera el cielo.

Pero en el mismo instante en que hacía todos estos propósitos, se rebelaba contra ellos el instinto, veía por doquier engañosos fantasmas de placer; se acaloraba su mente en el vapor de los festines, de las orgías, y abandonándole aquel su primer amor, caía en la degradación y el vicio, falto de fuerzas para contrastar su deletéreo influjo. Así es que el nombre de Ángela, más bien que una realidad, era en su alma el recuerdo y la esperanza de otro mundo mejor, el ideal de la virtud, la aspiración a un perfeccionamiento con que soñaba su alma, bien que sin el poder bastante para seguir los avisos y enseñanzas de ese sueño celeste.

* * *

Por fin llegó el día en que daba Ángela principio a su carrera artística. Y ¡cosa singular! a los pocos días se celebraba el casamiento de Eduardo con Margarita. Ésta había puesto en juego todos los medios de que se puede valer el femenil ingenio para inclinar primero y arrastrar después a tal determinación a su amado Eduardo, que en sus lloras de hastío apenas se acordaba de Margarita, y en sus horas de exaltación obedecía a cuanto Margarita mandaba, pues la primer consecuencia del vicio es arrebatar la libertad al espíritu; la libertad, ese soplo divino, que sólo a la virtud le es dado conservar en toda su prístina pureza. Así, Eduardo, que comenzó por resistir, concluyó por ceder: a tal punto había llegado, que bien podía decirse que el sentido moral estaba muerto en su conciencia. En la alta sociedad de Nápoles no se hablaba de otra cosa, y el objeto de todas las burlas y hablillas era la longanimidad y decisión de Eduardo.

Lo singular del caso está en que el amor de Margarita y Eduardo había llegado al período del cansancio y del hastío. El joven había logrado de Margarita cuantos favores podía imaginar el deseo. Pero ésta, que conocía cuán fácil le hubiera sido en los tiempos en que Eduardo estaba a sus plantas alcanzar el matrimonio, no se le ocurrió esta idea sino cuando, calmada por el triunfo aquella primera excitación, podía conseguir el logro de este deseo con sus arterías, y por lo mismo con más gloria para su voluntad, nunca indecisa cuando se trataba de grandes y trascendentales empeños. La vida es una gran batalla, y el mundo un campamento.

Pero volvamos los ojos al gran teatro de Nápoles. Pocas veces se habría visto un espectáculo más grande y más magnífico. Iluminado esplendorosamente, rebosando en gente, adornado por infinidad de hermosuras, en cuyos semblantes se pintaba el anhelo, la curiosidad; cargado de dulces armonías y de embriagadores aromas el aire, el teatro representaba admirablemente la grandeza del acontecimiento artístico que había anunciado la pública fama.

Se ponía en escena la Lucía, esa divina ópera de Donizetti, que ha unido el profundo espíritu del Norte con el brillante espíritu del Mediodía; ese canto de amor que sumerge en sublime tristeza nuestras almas; ese quejido de un corazón desgarrado por el dolor, que vuela con el pensamiento y el deseo al cielo; notas dulcísimas, que parecen lágrimas caídas en el lago de la vida; suspiros de esperanza y dolor, que se difunden por los aires y ascienden a Dios, como la pasión que los inspira, y que no cabe en los estrechos límites de la creación. Cuando oímos esa música divina, y su plañidera tristeza se apodera del corazón, y sus armonías borran toda otra idea de la mente, y nos perdemos en el pensamiento que exhalan todos aquellos cánticos, parécenos oír el lloro de un ángel que, desterrado del cielo, siente la nostalgia, el deseo de volver a su patria. Nunca se comprende mejor que el artista es un ángel desterrado, como cuando se oyen esos sublimes cánticos.

Mas, a pesar de la hermosura de los cánticos, el público asistió frío, indiferente, al primer cuadro de la ópera. Todos esperaban el momento feliz de ver a Lucía; todos anhelaban por oír el primer acento de su voz. Así es que al llegar este instante supremo, se redobló la atención; no se oía respirar siquiera, y el anhelo llegaba a su colmo.

En efecto: comenzaron los hermosos preludios de arpa, que abren y preparan aquel divino cántico de amor. En este instante entraron en el único palco que estaba vacío, Margarita y Eduardo. Al mismo tiempo salía por el bastidor de enfrente la pobre Ángela. El primer rostro que vio en el teatro, fue el rostro de Eduardo. En tan supremo trance, creyó perder la vida; huyó de sus ojos la luz, de su cabeza el sentido, y hubiera dado con su cuerpo en las tablas si no hubiera tenido un apoyo en el mismo bastidor, y si aquel vahído no hubiera cruzado con la celeridad del relámpago.

El público notó la palidez de su rostro, su emoción, el temblor que la agitaba y conmovía; pero atribuyó instintivamente la solemnidad del momento aquellas angustias, y un aplauso unánime, entusiasta, salió de todos los ámbitos del salón, como si la electricidad de un mismo pensamiento se hubiera derramado en los aires. Aquella muestra de afecto, dada en tan supremo instante, alentó a Ángela; dos gruesas lágrimas desahogaron su corazón, y se adelantó al proscenio, dando con sin igual dulzura los primeros compases de su canto.

Eduardo, trémulo, agitado, fuera de sí, inundada de dolor su alma, atenaceado de remordimientos agudísimos el corazón, herido en lo más profundo y más íntimo de su ser por la aparición de aquel ángel que tantas flores había derramado en el camino de su vida, no oía nada, no sentía, fuera de la presencia de Ángela, nada; estaba como perdido en aquella mirada, en aquella voz, en aquellos cantares; como confundido en el alma de su primera amada, confusión semejante a la que sufre la gota de lluvia en el inmenso seno de los mares.

Margarita miraba con espanto, con horror, a Eduardo. Por vez primera leía en sus ojos que había en su corazón algo más que el amor pasajero y fugaz, algo más grande que el afecto liviano y débil que sentía por ella; mas al leer esta verdad, su amor al combate la hizo entrever una nueva victoria sobre la quebradiza voluntad de Eduardo.

Mientras esto acontecía en el alma de aquellos dos jóvenes que iban a ser esposos, Ángela comenzaba el aria. Su voz, un poco velada por el dolor, tenía un timbre mágico, una elocuencia poderosa, irresistible, una dulzura que penetraba en todos los corazones e involuntariamente les deshacía en grandes sentimientos, en placenteras y consoladoras lágrimas. ¡Oh! Esas dulces lágrimas que arranca el orador, el artista, el poeta, vienen a caer en nuestra alma, para darla nueva vida y purificar su fragante esencia. Ángela lloraba también. Las lágrimas con que rociaba sus divinas notas, eran el bautismo de su genio. Así, el público, primero conmovido, entusiasmado después, y por último arrebatado por aquella voz casi divina, la colmó de aplausos entusiastas. La joven Ángela, sin embargo, no cantaba para el público. Sus acentos, su voz, su entusiasmo, se dirigían a Eduardo. Así, nada podía darse más bello, nada más sentido que sus palabras de amor en el dúo del primer acto, cuando oía y prestaba aquel eterno juramento de amor. Parecía reconvenir a Eduardo, diciéndole: «Al pie de una fuente, en una hermosa tarde, cuando el crepúsculo teñía de dulces arreboles los cielos, cuando perdidas en la inmensidad asomaban algunas estrellas, cuando se oían morir en las playas los últimos cantos del marinero, y resonar en los montes los últimos ecos de la campana de la oración, te juré amor eterno, invariable, santo; amor que aún vive con toda su pureza en el seno de mi alma.» Este pensamiento se levantaba del fondo de aquellas armonías, cantadas con toda la inspiración del pensamiento. Aquella voz parecía salir del fondo mismo del alma, sin necesitar para nada de la intermisión de los sonidos materiales; aquellas palabras flotaban en los aires como si fueran, más que el cantar de una mujer, la voz inspirada de un genio. Así, nadie en el teatro se daba cuenta de lo que sentía; aplaudían todos a la conclusión de aquellos cantos, pero nadie los analizaba, nadie entendía el sentido oculto de aquella gran pasión que expresaban los ojos, la voz, la palabra de Ángela. Semejábase en aquel instante a un ser superior, venido de otro mundo más perfecto; ser cuya grandeza más se adivina que se comprende, más se alcanza por presentimiento que por reflexión.

Concluyó el primer acto. En el primer instante, el público se quedó como extático. Callaba como si quisiera recoger hasta los últimos ecos de aquella voz que acababa de oír. Después, el entusiasmo apeló necesariamente a sus medios de manifestación. Todo fue allí grande. El público no tenía más que una voz para aclamar a la joven artista. Todos deseaban volver a verla. Levantóse el telón: salió Ángela; no veía a nadie, a nadie más que a Eduardo. Éste, arrebatando el ramo que tenía en las manos Margarita, lo besó con efusión y lo arrojó a las plantas de Ángela. Entonces ésta dio un grito, y cayó desplomada y como herida de un rayo, sobre las tablas.

En aquel momento, cuantos había entre bastidores salieron a favorecerla. Su pobre anciana madre, que nunca la abandonaba, corrió en su auxilio anegada en llanto. Fue trasladada a su habitación. El entusiasmo del público fue tal, que, a pesar de haber sido el ramo de Eduardo el primero en llegar a sus plantas, de todas partes a un tiempo mismo volaban flores que cubrieron su cuerpo, pues hasta las que adornaban las cabezas de las bellas habían caído en el escenario.

Pocos momentos después se anunció que la inspirada artista estaba mejor y continuaría la función.

Margarita, mientras tanto, miraba con aire de triunfo a Eduardo, y en el transcurso del entreacto le decía:

—¿Qué sientes? ¡Estás pálido! ¿Te ha conmovido mucho esa música?

—¡Mucho, mucho! —contestó Eduardo.

—Ya he adivinado todos tus pensamientos.

—¡Es imposible!

—¿No sabes, Eduardo, que yo tengo un arte mágico para comprenderte?

—No lo dudo.

—Esa mujer es tu primer amor.

—¿Cómo lo sabes, Margarita?

Y Eduardo se quedó helado, como si fuera de piedra.

—Lo adiviné. Ya ves como tengo derecho a llamarme verdaderamente maga.

—No, no hablemos de eso. Ya ha pasado; ya ha muerto ese amor.

—No ha pasado, no ha muerto. Hoy vive más que nunca en tu corazón.

—Aprensiones de tus celos.

—No: profunda convicción del conocimiento que de tu carácter tengo.

—¿Y qué? —la preguntó balbuceando Eduardo.

—¡Y qué! ¿Me temes? ¡Pobre joven! Nada, nada. ¿Crees que eso embaraza en algo a mis proyectos? Nada.

—Eres muy buena, Margarita. Perdóname, perdóname; pero es verdad. Siento, siento ahora mucho.

—Ya se pasará. Tengo en ti mucha confianza; tanta, Eduardo, que yo he de valer poco, o mañana has de presenciar un caso extraordinario.

—¿Qué piensas?

—No quiero decírtelo.

Eduardo, que hablaba maquinalmente, se encogió de hombros.

—Dime, Eduardo: ¿tú no irías a ver a esa mujer?

—¡Oh! Nunca, nunca. Padecería yo mucho.

—Poco valor tienes.

—¿Cómo había de presentarme ante ella? ¡Imposible, imposible! Estoy aquí, y me quema el rayo de sus ojos y me anonada de vergüenza y de temor su inspirada palabra.

—Así sois los hombres. Vuestro valor es la más hermosa de las fábulas.

—¡Valor! Y ¿no lo he necesitado muy grande para no volver a verla? ¿No he atormentado mi corazón?

—¡Cómo te engañas a ti mismo, infeliz! ¡Cómo te engañas! Créelo, Eduardo: si hubieras sentido el más leve dolor, hubieras ido. ¡Buenos sois vosotros los jóvenes de esta sociedad corrompida para arrostrar grandes dolores! Te analizaré, si quieres, lo que has sentido. Primero un leve, levísimo dolor, pero compensado con un gran placer; después alguno que otro recuerdo triste, mas leve como el aura; más tarde un completo olvido.

—¿Nada más que eso he sentido?

—Sí, algo más, algo más. Cuando has leído alguna novela; cuando por casualidad has entrado en algún templo; cuando has oído alguna canción melancólica; cuando, solo, has paseado en alguna noche de estío a orillas del mar plateado por la luna, y han llevado a tu alma dulce melancolía los trinos del ruiseñor, o el ruido del manso oleaje, en esos instantes sublimes has invocado su memoria, y has visto pasar ante tus ojos su imagen.

—¡Es verdad, es verdad!

—Pero desengáñate, Eduardo. Esa mujer no tenía realidad alguna. Era lo que la musa para el poeta. No la buscabas tú. Se aparecía como un sueño. Si para buscarla te hubiera sido necesario dar un paso, hollar una espina, no la hubieras buscado. La acariciabas como se acaricia una ilusión. Era una pasión que formaba en ti, más que tu voluntad, la poesía del arte o de la Naturaleza.

—Y ¿cómo en un tiempo iba yo siempre a buscarla?

—También explico yo eso muy satisfactoriamente. Hay una edad en que la imaginación predomina en nuestro espíritu, la generosidad en nuestro corazón. En esa edad proscribes el cálculo y te dejas guiar por la inspiración. ¿Crees que no? Esa pasión no es hija tanto del sentimiento como de un éxtasis, de un arrobamiento pasajero, transitorio, fugaz. Esa pasión es la ilusión, la esperanza, el delirio, en una palabra, todo lo que hay de vago, de ideal, de engañoso en tu espíritu. La crees real y verdadera, Eduardo, y, sin embargo, es mentira.

—¡Mentira dices! Y ¿por qué en este instante me atormenta y martiriza?

—Te lo diré. Porque la crees eterna, y es resultado de la fascinación, de la música, de los recuerdos de la infancia…

En este instante se levantó el telón, y comenzó el segundo acto. Sucedió lo que había sucedido en el primero. Hasta que apareció Ángela, a pesar de la excelencia de todos los artistas, el público estuvo frío e indiferente. Por fin llegó la escena en que debía salir Ángela. Vestía un traje blanco, que le daba formas aéreas. Parecía, más bien que una artista, un ángel que cruzaba por la escena con un cántico de paz en los labios y una corona de luz en la frente. Su semblante representaba una tristeza dulce, serena, pero profundamente verdadera e intensa. Sus ojos despedían involuntariamente algunas lágrimas. Vacilaba un poco al andar, como si un fuerte sacudimiento nervioso le atormentara. Todo revelaba las señales de su dolor.

La escena de la ópera era también altamente significativa, y se prestaba a su numen y a su estado. Era la escena en que su hermano fuerza a Lucía a enlazarse contra su voluntad con el amigo de su familia, diciéndole que Eduardo había faltado a sus juramentos. En el allegro de este dúo, Donizetti ha derramado con gran inspiración el dolor que rebosaba su alma. Así, no puede darse ni una desesperación más sentida, ni un llamamiento al cielo más tierno y elocuente. Y si a esto se agrega la voz de Ángela, el dolor que partía de su corazón, las lágrimas que rodaban por sus mejillas, los sollozos que, sin quitar ni su pureza ni su armonía al canto, le daban una elocuencia inexplicable, se comprenderá lo que debía ser la magia de aquella escena.

Eduardo no podía sufrir aquel canto; le ahogaba. Las notas tan dulces rociadas de lágrimas, que caían como una lluvia del cielo sobre todas las almas sedientas de lo bello y de lo bueno, dejando en ellas inextinguibles impresiones, al caer en el alma de Eduardo eran como una lluvia de fuego que abrasaba y reducía a ceniza su corazón y su conciencia. Fue tanto el poder de aquella voz, de aquel ademán, de aquella mirada, de la acentuación de sus palabras, que Eduardo se levantó maquinalmente, bañado en un sudor frío, como de muerte, asustado de los remordimientos de su conciencia, y se apercibió a salir del palco, fuera de sí, cuando una carcajada epiléptica, burlona, de Margarita, le detuvo, e hizo en su corazón el efecto de un rayo.

Mientras pasaba la segunda parte del segundo acto, la escena del casamiento de Lucía, entreteníase Margarita en atormentar a su amado. Unas veces le hacía observar que aquella situación era completamente diversa de la situación en que respecto a Ángela se encontraba Eduardo. Otras veces, cuando la joven artista daba alguna de esas notas agudas que taladran el corazón de los oyentes, sublime expresión de sublime dolor, Margarita, mirando burlonamente a Eduardo, le decía:

—Se queja, sí, se queja por ti. Y debe agradecerte tu desamor, porque, sin él, acaso no hubiera sido nunca tan gran artista.

—Me horroriza, Margarita, tu sangre fría; me horroriza.

—¡Ah! Sois muy particulares los jóvenes. Si te horroriza así el retrato de lo que eres, ¿por qué no has roto ya el original?

—¡Porque soy un cobarde! —exclamó Eduardo.

—No lo creas. Porque esa pasión que tú crees verdadera es una pasión puramente artística.

En esto se concluyó el segundo acto. Faltaba la parte más difícil y más hermosa del papel que desempeñaba Ángela. Eduardo no podía tolerar por más tiempo aquella ternura. Había instantes en que anhelaba bajar al escenario, pero le contenía un temor inmenso. Era reo si volvía a presentarse delante del juez. Aun en los instantes en que más alarde hacía de su valor, no podía resistir la mirada de la joven, y huía de ella como si le abrasara la frente y le secara el cerebro. Por su voluntad, hubiera ya huido del teatro; pero aún ejercía Margarita una especie de fascinación sobrenatural en su alma. Eduardo no era osado a contrariarla, tanto más cuanto que mostraba Margarita un tenaz empeño en ver los efectos que en el ánimo de Eduardo hacían los cantos de Ángela, y lejos de sentirlos, su penetración los aplaudía y celebraba.

Por fin llegó la escena del delirio, de la locura; escena terrible, que hace sentir, con toda la divina elocuencia de la música, de qué manera el corazón herido por el desengaño llega a partirse; escena en que Donizetti agotó la inspiración de su particular gusto y hasta la savia de su vida.

Aquel canto parece como que decía a Eduardo: «Mira, mira tu obra. Yo era una flor nacida en el campo, destinada acaso a purificar los aires, y tu aliento abrasador me ha arrancado de mi tallo, arrojándome en alas de los huracanes del mundo. Yo por ti sentí el amor, adoré la vida, y tú me abandonaste a la desesperación y al triste y pesaroso olvido. Yo era feliz; te abrí mi corazón; entraste en mi cielo porque te creí un ángel, y has enturbiado para siempre los claros horizontes de mi vida.

»Yo no he pensado en nada, sino en ti, en tu amor, y tú no has pensado sino en deshacerte de mi importuno recuerdo. Mientras yo pedía al aire, al mar, a las estrellas, desalada y llorosa, que me hablasen de ti, olvidado de todo, en brazos de otra mujer, reías y te burlabas acaso de mi dolor o de mi angustia. Y mira tu obra. El dolor de tu desamor me ha trastornado, me ha perdido hoy, y me aniquilará mañana.»

Eduardo creía oír todas estas reconvenciones en las palabras y en los cánticos de Ángela. Parecíale real el delirio. Los recuerdos del primer amor, las dulces palabras de consolación y de ternura, el acento del dolor más vivo, el delirio, la locura, la desesperación, todo, todo desgarraba el corazón de Eduardo; todo le hacía agitarse y retorcerse como en el potro del tormento.

El público, a su vez, que oía aquellos acentos expresados inimitablemente, ardía en indescriptible entusiasmo. Cuando concluyó, todos los espectadores a una se levantaron de sus asientos, extendieron sus brazos al escenario, y aclamaron reina del arte a la joven que, desconocida ayer o escuchada sólo por los aldeanos y las aves, pasaba a ser desde aquel momento una de las glorias de la hermosa Italia.

Capítulo 7

Eduardo, concluida la función, hubiera deseado caer de hinojos a las plantas de Ángela, pedirle perdón, jurarle amor, eterno amor, aquel amor purísimo que había sido su vida y las delicias de su vida; huir así de aquel mundo estrecho, mezquino, y recibir en su frente el bautismo de la pura virtud que Ángela guardaba bajo las nacaradas alas de su alma.

Pero ¿cómo presentarse? ¿Cómo no caería de espanto ante aquella purísima mirada? ¡Oh! Si al menos Eduardo hubiera tenido seguridad de que Ángela le hablase airada, no hubiera dudado un punto en verla; pero su olvido de lo pasado, su benevolencia, el pensar que pudiera presentarse serena, le partía el corazón. Así es que acompañó a Margarita a su palacio, y se volvió a su casa absorbido en su pensamiento, desgarrado por el dolor de sus sentimientos y de sus recuerdos.

Pero en esto oyó un gran ruido de voces e instrumentos. Mandó detener su coche, y se bajó atraído por aquellas voces. Era, en efecto, un gentío innumerable que saludaba a la nueva artista, acompañándola a su casa. Los vivas, los acentos de la música, los ramos de flores, los infinitos medios de expresar su entusiasmo que tienen los pueblos meridionales, todos se habían agotado en aquella noche.

Ángela, sin embargo, estaba triste; sentía más que nunca su soledad. ¿De qué le servían aquellos loores, si eran vanos y no llegaban a endulzar un tanto su dolor? Al contrario: Ángela deseaba la soledad. Había visto a Eduardo, había absorbido su mirar, y anhelaba pensar a solas en aquellos instantes, que en su mismo dolor le parecían sublimes.

Así es que en el mismo instante en que llegó a su casa se puso a meditar en su desgracia.

—¿De qué me sirve la gloria? —decía—. Esta corona de flores y de laureles que adorna mi frente, es una corona de espinas. ¡Oh! Cuando allá en mi valle el viento de la tarde me traía el eco de su voz, de sus cantares, que salían como del centro del mar, ¡cómo se deleitaban estos oídos, cerrados ahora a esos entusiastas aplausos! Pero ¿de qué me quejo? Yo no he podido hacerle feliz. La culpa no es suya, no; es mía. ¡Y le he visto! Y he podido contemplarle, y me ha parecido que lloraba. ¡Oh, Dios mío! Dadme una lágrima suya, dádmela; esa sería la perla más hermosa de mi corona de artista. ¿Comprenderá mi desgracia? ¿Sabrá que le amo? ¡Quién sabe si recordará mi nombre! ¡Quién sabe si la felicidad habrá borrado mi imagen de su memoria! La vida es un mar que refleja mil rostros, y que, después de algún tiempo, de ninguno guarda imagen. Los recuerdos suelen ser en la mente movibles, como las arenas en el desierto. Viene un nuevo viento y se los lleva, y no deja de ellos ni siquiera leve rastro. ¡Y yo, aquí en mi corazón, rendida siempre, sí, siempre adorándote! A veces me alegraría de que fuera desgraciado, muy desgraciado, de que le persiguieran mil males, sólo por tener una razón para decirle: «Mira, Eduardo, voy a hablarte, voy a decirte… » Pero no: ¿qué piensas, qué piensas, Ángela? —decía para sí la joven—. ¿No es mayor sacrificio pensar en su felicidad, no es más grande martirio para mí su dicha? Pues bien: no le quiero, no le amo; no. ¿Qué amor es el que se funda en la felicidad propia? No; el verdadero amor debe nacer del deseo de la felicidad por el objeto amado. ¡Sea feliz con Margarita, Dios mío! —exclamó Ángela, plegando las manos—: ¡que sea feliz! Y cayó de rodillas.

Estaba vestida de blanco; algunas flores pendían de sus cabellos, que se destrenzaban sobre sus espaldas; llorosos los ojos, plegadas las manos, murmurando los labios una religiosa plegaria, inundada por la luz de la blanca luna que entraba por una ventana, poseída de un éxtasis, parecía un ángel desterrado pidiendo a Dios volver al cielo.

Y, en efecto, esos seres superiores, que pasan por la vida con un ideal en la mente, con un sentimiento purísimo que todo lo sacrifica en aras de ese ideal, capaces de amar hasta el delirio, de llevar su felicidad hasta el sacrificio; esos seres que cruzan por la tierra un momento para derramar bien en los corazones, luz en las inteligencias; que adornan con sus ideas, con sus sentimientos esta tierra, ara de sacrificios empapada con tantos torrentes de sangre; esos seres superiores son angeles purísimos que, juguete favorito de la tempestad, cuyas ráfagas se empeñan en sepultarlos en el lodo, se levantan, sin embargo, transfigurados, al cielo, como en alas de blanca y hermosa nube, que no les deja hollar, ni aun con sus plantas, el polvo de este mundo.

¿Qué sería la tierra si no creyésemos en la existencia de estos seres? ¡Ah! Hay espíritus malavenidos con el mundo, espíritus atrabiliarios y enfermos, que, creyéndolo todo sujeto al fatalismo de eterna desgracia, se empeñan en no ver sino corazones corroídos por el vicio, inteligencias sumidas en el error; pero el que no ha perdido la esperanza, siempre ve brotar alguna flor en el árido desierto de la vida.

Ángela era una de esas flores. Para ella no había más que un pensamiento: su amor. Sin embargo, no se encerraba en el estéril y vacío desierto de su desgracia, no; salía de él; iba a consolar al pobre, al desvalido, a llevar el óbolo del arte a las profundas simas por donde se despeña en esta sociedad la pobreza. Sus manos apenas habían tocado los frutos de su arte, y ya los repartía, como la Naturaleza reparte próvida el sustento entre los hombres. Y en la profunda obscuridad ocultaba los bienes que hacía, encubriéndolos con el santo velo que encubre la caridad y la hace más santa y más hermosa con el misterio.

En aquella noche, después de haber por mucho tiempo combatido con su corazón, acercándose a su lecho, pensó que aún le quedaba un camino abierto: sacrificarse por su antiguo amante, velar por su felicidad, ofrecerle en holocausto su vida.

Y acariciando este pensamiento, se quedó profundamente dormida. Soñó que un ángel bajaba del cielo una corona de oro, y que le infundía con su soplo la inspiración, y un canto celestial, divino, a sus labios. Vio descender después un ángel que traía en sus manos una copa de hiel y una corona de espinas. Éste no le ofrecía inspiración, ni cánticos, pero dejaba caer en su alma el rocío de la virtud. En aquel trance, una voz que resonaba en los espacios, le decía: «Elige, sí, elige.» Ángela cayó de rodillas, derramó un mar de lágrimas, y abrazándose a los pies del ángel del dolor y de la tristeza, le pidió un sorbo de aquella amarga hiel, y apuró el cáliz, y presentándoselo vacío, dijo: «He aquí mi cáliz apurado. Lo beberé, sí, lo beberé. Será mi vida esa hiel, será mi vida.» Y se despertó bañada en lágrimas.

En aquel instante entró una de sus doncellas.

—Señorita, dormís mucho.

—Se conoce que los laureles son un narcótico —dijo Ángela en tono semifestivo.

—Y los ha recogido mi señorita grandemente.

—Pues no me satisfacen, ni me alegran.

—Señorita, venía a deciros que os espera una señora.

—Pues que entre, que entre en seguida que me vista.

En efecto, se vistió. Púsose un traje blanco, ceñido con descuido, pero con elegancia. Estaba tan débil, que apenas podía sostenerse. Dejóse caer en un sillón. Apenas se acordaba de que había mandado entrar a una señora, cuando vio aparecer a Margarita, que llevaba una corona de flores en la mano. Verla y levantarse como herida, fue obra de un momento.

—Tenéis razón para asustaros, Ángela.

—La razón que vos tenéis para venirme a ver desearía saber.

—Si me permitís, me sentaré.

—Sí, sentaos, sentaos. Yo os lo ruego.

—¡Ay, Ángela, qué feliz sois!

—¿Lo decís seriamente?

—Sí, sí. Tenéis a vuestras plantas rendido un público inmenso, y en vuestra frente esplendorosas coronas.

—Os compadezco si creéis que eso es la felicidad.

—No, no. Pero como la felicidad completa no es posible, cabe escoger entre los diferentes géneros de felicidad, y yo escogería ése.

—No lo creáis, Margarita; esa felicidad no llega nunca, nunca, al corazón. Toda esa felicidad no arranca una lágrima, una de esas lágrimas dulcísimas que serenan todos los dolores, no; esa felicidad es infecunda y estéril.

—¡Ángela! ¡Cuántos corazones la anhelarían! Yo vengo también a poner una corona de flores en vuestra frente.

—Gracias. La conservaré, sí; la conservaré como recuerdo de una de las noches más tristes de mi vida.

—Me avergonzáis.

—No creáis, Margarita, que yo aborrezco a todos los que me han hecho llorar en este mundo.

—No. Ya sé que la persona que más amáis en este mundo es la que más os ha hecho llorar.

—Es verdad. Lo confieso. No me avergüenzo. Le amo mucho. Y le deseo que sea feliz. Sí, sí, Margarita —dijo Ángela, tomando la mano de su rival con efusión—; hacedle feliz.

Dijo estas palabras con tanta ternura, que Margarita, a pesar de su insensibilidad, se conmovió profundamente, y las lágrimas asomaron a sus ojos.

Hubo un instante en que aquellas dos mujeres unieron sus almas en un mismo pensamiento, y un silencio sepulcral cayó sobre ellas. Después de algunos instantes, exclamó Ángela:

—Os ama mucho, ¿no es verdad?

El temor a la respuesta que iba a darle Margarita se pintó en su rostro, iluminado por una curiosidad indescriptible.

—Os ama a vos, Ángela —dijo Margarita con acento amarguísimo.

—¡A mí! ¿A mí, decís?… ¡Oh! No, no es verdad —dijo Ángela.

Y una alegría infinita hacía temblar su voz, y en un instante olvidaba los amargos recuerdos de muy amargos días, y a sus ojos se levantaba su primer amor, puro, purísimo, como cuando lo sentía sin dolor, animando toda su vida.

—Y he aquí —dijo Margarita— el secreto de nuestro próximo casamiento.

Un sudor frío cubrió la frente de Ángela. ¡Es tan difícil renunciar a la esperanza!

—Sí —añadió Margarita—; yo no le amaba; pero desde el punto que me persuadí que amaba a otro ser, ya creo que le amo.

—¡Desgraciada! —exclamó Ángela.

—¿Desgraciada me llamáis? Es verdad; lo soy, lo soy mucho. Pero aunque de mí depende el remedio, no tengo fuerza bastante a libertarme de la desgracia.

—¡Oh! Pensad en Dios.

—¡En Dios! Ya sabéis que el ruido del mundo, el aire de los salones, las fiestas, suelen borrar el recuerdo de Dios en la mente. Ahora, ahora que voy a ser compañera inseparable de un hombre a quien debo hacer feliz, quizá piense de otra suerte.

Y fijó Margarita sus ojos con malignidad en Ángela, como para adivinar la impresión que le habían producido sus palabras.

—Perdonadme que os ruegue no le hagáis infeliz.

—Ángela —dijo Margarita—, no sois mujer. Y acentuó con rabia esta palabra.

—¿Por qué lo decís?

—Porque si fueseis Margarita, y yo Ángela, ¡oh! ¡oh! ¡me vengaría!

—Y ¿qué conseguiríais con vengaros?

—El que padecierais.

—Y ¿qué conseguiríais viéndome padecer? Los corazones pervertidos solamente se pueden gozar en la desgracia y en el mal ajeno.

—Pero el amor, ¿no trastorna la mente cuando es verdadero?

—No. Vivirá siempre en el fondo del corazón como la vida misma. Cuando es desgraciado, padece, pero no se venga; llora, pero no se desespera. Yo amo a Eduardo con toda mi alma; y porque le amo, le quiero feliz con vos más bien que desgraciado conmigo.

—¡No le amáis! —exclamó Margarita.

—¡Que no le amo! Mirad. ¿No veis estos ojos secos y áridos rodeados de una aureola morada? Pues ¡ay! están tristes y faltos de luz porque no le ven. ¿No veis esta faz triste y desencajada? ¡Ah! No puede, no, alegrarse, sino al rayo de su mirada. Aplicad, aplicad el oído a este corazón. Oíd, oíd sus latidos; cada uno de ellos es una puñalada mortal que me asesina. Mirad: esta vida tan joven, se apaga; este corazón tan fuerte, se quiebra; estos ojos se cierran, porque yo le idolatro, y el despiadado me olvida y me abandona.

Y un gran sollozo, un sollozo profundo, desgarrador, partió aquel corazón, que a pedazos se salía del pecho por la fuerza inmensa del dolor.

Era tal la expresión de aquel rostro, tan viva y encendida la luz de aquellos ojos, tan amargo aquel acento, que Margarita exclamó:

—Tenéis razón; le amáis.

—Y ¿habéis venido a gozaros en mi desgracia? —le preguntó Ángela.

—No: como sois amiga de Eduardo… , he querido… convidaros… a mi boda.

Ángela miró a Margarita estupefacta, y después le dijo:

—Que seáis feliz.

—Decidme, Ángela: si él os amara, si os volviera a ver…

—Estad tranquila. Yo no le vería nunca.

—¡Oh! ¿Tendréis fuerza bastante, si os volviera a pedir perdón, para perdonarle, para volverle a amar?

—¡Nunca, nunca; de ninguna suerte!

—¡Y decíais que le amabais!

—El Eduardo a quien yo amaba ha muerto.

—Esas son distinciones metafísicas.

—Sí, le he llorado muerto, y arrastro por él toda la amargura de mi corazón; y para mayor tormento, sé que padece en un infierno de males y dolores.

Margarita lanzó una carcajada epiléptica.

—Ya veo que tenéis celos —dijo mirando burlonamente a Ángela.

—¡Celos! ¡Oh! No, no. ¡Celos de vos! ¡Nunca! Ya os he dicho que el Eduardo que yo amaba ha muerto.

—Pero podría resucitar.

—Es verdad; podría volver a la virtud.

—¿Y entonces?

—¡Oh! Entonces le diría que os amara, Margarita.

Había tal convicción en la palabra de la joven, que Margarita no pudo menos de prorrumpir en estas palabras:

—Sois sublime.

—No; cumplo con mi deber. Va a ser vuestro esposo, Margarita. Eduardo debe ser buen esposo. No puede tener mi amor, pero puede ganar mi estimación.

—Vos quizá améis a otro.

—¡Eso nunca, nunca! —dijo Ángela indignada—. Sólo se ama una vez en la vida, sólo una vez. Yo, yo he nacido para el sacrificio; yo oigo una voz celeste que me llama al combate, sí, la oigo.

Y Ángela se levantó como transfigurada.

Una idea infinita se pintó en su rostro. Miraba, como si hubiera sacudido un sueño, la visión que se le había aparecido la noche anterior, y la veía realmente.

—¿Qué tenéis, Ángela? —dijo Margarita conmovida por aquel extraño arrobamiento.

—No tengo nada. Me he decidido a abrazar mi cruz, sí, mi cruz.

Y volviéndose de repente a Margarita, le dijo:

—¿Cuándo os casáis?

—Mañana.

—Iré, iré a vuestra boda y cantaré.

—¡Oh! ¿De veras?

—Sí, de veras. ¿En qué podré yo emplear mejor mi voz?

Margarita, que no había ido con otro fin, se salió, después de un corto rato, de casa de Ángela sumamente satisfecha.

* * *

Pocos días después de esta conversación debía celebrarse el casamiento de Margarita y Eduardo. La lucha de éste con su corazón no tenía tregua. Había instantes en que se entregaba a merced de la suerte; pero otras veces, despertando su inteligencia a ideas más altas, protestaba contra aquella esclavitud en que le tenían sus alteradas pasiones. Por una de esas desgracias frecuentes en la juventud, el hombre interior, el alma, había en él muerto. Corriendo de pasión en pasión, se había ido dejando por todas partes pedazos de su ser, relámpagos de su conciencia. Así, poco a poco, había caído en el más grave mal que imaginarse pueda: en la pérdida absoluta de la voluntad. ¡Ah! La juventud, que es la edad de las grandes pasiones, la edad en que el corazón protesta contra toda tiranía, la edad en que el espíritu toma cierto aspecto caballeresco que lo engrandece, la edad del sacrificio; la juventud, cuando se revuelca en el lodo, cuando pierde su fuerza, sus aspiraciones a otro mundo mejor, a otra vida más hermosa que la triste vida real, es una vejez prematura, más triste, más desoladora, más criminal cien veces que el suicidio, porque es, en verdad, el suicidio del alma.

Así, Eduardo, que se había perdido, que sólo por un milagro, por la intervención de algún genio sobrenatural, podía prometerse salir triunfante del mal que dentro de sí llevaba, después de haber luchado por cortos instantes, falto de una voluntad acerada que le llevara de buen o mal grado a una suprema resolución, inclinó la frente, y cedió al destino, y lo aceptó contento, abrazándolo con indiferencia, como quien ya nada espera de lo por venir.

Margarita, al contrario; Margarita, para quien la vida era un drama, y gustaba de las grandes peripecias trágicas, se gozó anticipadamente en llamar la atención con su nuevo estado. ¡Ella, que tanto se había reído del matrimonio! Mujer ligera, vana, coqueta, dejándose llevar más bien de cambiantes impresiones que de la perversidad de su corazón, si extraviado, no aún corrompido; Margarita arreglaba todos sus preparativos para su nuevo estado, ni más ni menos que si fuera una fiesta. Rica, muy rica, no sabiendo qué hacer de su dinero; caprichosa, muy caprichosa, disgustándose de todo, su imaginación se posaba en aquella idea del casamiento, que un día se le ocurrió, y que al instante pensó en realizar, y no meditaba ninguna de sus consecuencias. No calculaba ella que su antes rendido amante podía, ya su esposo, tiranizarla; fiaba mucho en el poder de su genio, y aun en la debilidad de Eduardo.

Para Margarita, aquella boda era una fiesta que iba a deslumbrar la corte de Nápoles. El Rey debía asistir a su misma casa; las damas de más alta alcurnia iban a envidiarla; todo cuanto de aristocrático encerraba aquella corte, iba a postrarse ante su hermosura; nada faltaba a hermosear aquel espectáculo. Faroles de mil colores debían posarse en los árboles de su jardín, que allá en su orgullo Margarita creería estrellas destinadas a saludar su boda. Todos los artistas de Nápoles se reunirían en torno de aquella tirana de la moda. Las damas de Nápoles habían agotado su imaginación para regalarla; los jóvenes habían despoblado de flores los jardines; hasta el pueblo, sí, el pueblo mismo, que suele seguir y engrosar el torrente de las voluntariedades tornadizas de la moda, se agrupaba alrededor de aquella mujer afortunada, que era el objeto de todas las conversaciones, y objeto de que se aprovechaba, y no poco, la natural maledicencia cortesana.

Y, sin embargo, de aquella noche debía brotar el mal de toda su vida, toda su desgracia. La idea que sobre todo la preocupaba era la presencia de Ángela en aquella noche para ella tan feliz, no por el amor, sino por el aparato de que iba a rodearse, y porque iba a ser objeto de la atención de aquella corte. En verdad, a primera vista no se comprende qué atención, que no fuera liviana y pasajerísima, podía prestar la corte a la boda de Margarita. Nosotros hoy no lo comprendemos. Pero imagínese una corte puramente monárquica, donde el rey es todo, donde no puede ser controvertido ningún acto público, donde la actividad no puede consagrarse a ningún objeto elevado, corte ocupada en matar el tiempo en murmuraciones y espectáculos; imagínese una corte de esta naturaleza, aunque cueste mucho esfuerzo, y se verá que el casamiento de una joven que había sido en riqueza, en amores, en elegancia, la fábula de aquel tiempo, la maravilla de aquella sociedad, debía ser objeto preferente de la conversación de todas aquellas descansadas imaginaciones, que no podían, faltas de instrucción y sobradas de tiempo, volar por otros más dilatados y espaciosos horizontes.

Margarita, con el aturdimiento propio de su carácter, se había distraído y separado de toda atención que no fuera las fiestas de su matrimonio. Parece imposible que un paso tan delicado y decisivo de la vida pudiera tomarse de una manera tan liviana. Todo cuanto a este fin supremo atañía, era ceremonia, fiesta, nada. Hasta la presencia reclamada de Ángela en su boda probaba esto: Margarita había dicho que Ángela era su rival desairada, su rival olvidada. Quería dar así a su triunfo más apariencia dramática, a su boda más poesía. Pero la presencia de Ángela en su boda, en realidad, probaba todo lo contrario. Así lo comprendió la pobre artista, y por probar también hasta qué punto su corazón estaba templado para el sufrimiento, se decidió a presentarse en casa de Margarita en aquella terrible noche.

El casamiento se celebraba públicamente en la iglesia. Margarita quería que todo el mundo tomase parte en aquella fiesta. La manera mejor de conseguirlo, consistía en darle toda la publicidad posible. Sus mejores trenes, sus mejores coches, sus lacayos lujosamente vestidos, todo lucía en aquella mañana, atrayéndose la mirada de ese pueblo indolente napolitano, recostado en sus campos y en sus calles como un sultán en el mullido lecho de su perfumado harén.

Pero en un rincón del templo, en un rincón obscuro de aquel lugar sagrado donde iba a celebrarse aquella ceremonia, donde dos seres iban a prometerse ante Dios amor eterno, por capricho uno, y por pura indolencia el otro; en una capilla de aquel templo, envuelta en un largo velo negro, cubierto el rostro, plegadas las manos, de rodillas ante una Virgen, oraba una mujer, y oraba sollozando, y aquella mujer era Ángela, sí, Ángela, que para probar su corazón, sin que nadie lo supiera, iba a oír aquel juramento de eterno amor que ella tantas veces había escuchado de los labios de Eduardo.

El templo, la pureza del alma de Ángela, las oraciones que vagaban perdidas en los aires, el aroma del incienso, el eco del órgano que se apagaba en las bóvedas, el canto que repetían los sacerdotes, lejos de amortiguar el corazón de Ángela, lo elevaban, dándole el sello de lo infinito. La pobre Ángela se veía sola, abandonada de aquel amor que había sido el ángel que la cobijara en su vida. Desde el fondo de la capilla oyó el juramento de aquellos dos seres, y lo recogió bañada en lágrimas. Aquellas palabras se clavaron como espinas en su corazón. Hubo un instante en que la luz huyó de sus ojos y la tierra de sus plantas. Cuando instantáneamente salió de aquel letargo, notó que se había, para no caerse, abrazado a una cruz.

—¡Oh! —exclamó mirándola—. Tú eres el único refugio del corazón afligido; tú eres el único bien de la vida. ¡La cruz, la cruz! ¡Oh! Yo la llevaré con la frente erguida.

Y se secó los ojos, y clavó una mirada serena en la cruz y salió del templo.

Oyó a lo lejos el ruido, la algazara, por todas partes hablar del lujo de los arreos, del esplendor de las damas; oyó hacer votos por la felicidad de aquellos dos seres, y todas aquellas palabras taladraban su corazón desgarrado por la fuerza de tantos y tan agudos y tan penetrantes dolores, que no tenían ya número ni medida.

Capítulo 8

En aquella noche ofrecía la casa de Margarita deslumbrador espectáculo. La escalera principal, profusamente iluminada, cubierta de mil gayas flores, que parecían reunir en sus corolas y en sus esencias la naturaleza de mil varios climas, abría a salones mágicos, que más parecían soñados que reales, salones cuyas estatuas, cuyos tapices, parecía como que se animaban al compás de una alegre música, descendida de un lugar invisible, como una mansa cascada, música que arrojaba en los ánimos también cierta alegría, predisponiendo a las emociones que debía guardar aquella hermosa noche.

Las darnas de la corte, riquísimamente ataviadas, descomponiendo y quebrando en sus diamantes los mil rayos de luz que bajaban de las bujías, conversaban en varios corros sobre el suceso favorito de la conversación cortesana, no sin alguna malicia, a pesar de los agasajos que en aquella casa recibían, y se preparaban para el baile, criticando a media voz a todos los individuos de aquella concurrencia. Por los jardines, que parecían los jardines de Armida, iluminados con tibia luz, semejante al dulce crepúsculo de la mañana, animado por el susurrar de las fuentes; por los jardines discurrían también muchos convidados, gozando en respirar las auras húmedas y agradables de la noche. Era objeto de la conversación de dos elegantes jóvenes, que uno parecía francés y el otro hablaba castizamente italiano, la función de aquella noche. Oigámosles un instante:

—Y ¿dices que no vendrá? —preguntaba el francés.

—No vendrá.

—Me extraña.

—No debe extrañarte.

—Sí, porque uno de los grandes timbres de Margarita era que el Rey debía honrar esta noche su casa.

—No la honrará.

—Que me place.

—¿Por qué? —dijo el francés bajando mucho la voz—. Ella ideará alguna venganza.

—¡Calla, calla! —exclamó el italiano, cogiendo fuertemente del brazo a su compañero.

—¿Por qué?

—No olvides que aquí hasta los árboles son espías del Rey; no olvides que mañana puedes, si te oyen algún eco de esas palabras, salir para siempre de Nápoles.

—Dios me socorra… —dijo el francés en tono burlón—. Pero, a decir verdad, no alcanzo el sentido oculto de tamaña resolución.

—Pues tiene un gran sentido.

—¿Cuál es?

—Un buen rey debe moralizar su corte.

—¡Ah! Ya, ya.

—Y como debe moralizar la corte, presentarse aquí era desmoralizarla.

—Entiendo, entiendo.

—Y es darle una lección a esa joven.

—Sí, sí.

—Y es decir que S. M. no aprueba su conducta.

—Pues.

—Y es todo ello digno de un gran rey.

—Ciertamente.

—Y así añadirá una hoja más a su corona de gloria.

—No lo dudo. Mas ¿por qué dijo que iba a venir si estaba resuelto a no hacerlo? ¿Por qué alimentó las esperanzas de Margarita?

—El Rey no contestó decisivamente si vendría o no; lo dejó entrever.

—Mas para Margarita debe ser cuestión, después de todo, de no mucha importancia.

—Al contrario. Es una cuestión capital.

—No alcanzo…

—Poco alcanzáis de cortés…

—¿Por qué Margarita puede tener tanto empeño en la venida del Rey?

—No venir, equivale a un desaire.

—Y un desaire…

—Un desaire equivale a la pérdida de toda su influencia.

—¿De veras?

—No lo dudéis. Margarita es el ídolo de la corte, porque todos creen que goza de gran predicamento en Palacio. El día que se persuadieran de lo contrario, estaba perdida.

—¡Oh!

—¿Veis todas esas frentes que se inclinan hoy ante Margarita? Se erguirían despreciativas en el momento mismo en que la abandonara el favor Real.

—Eso alcanza el que todo lo fía a la triste importancia que se consigue en la corte.

—Entonces, mil corazones que la odian, mil labios que a hurtadillas la maldicen, rasgarían las sombras en que se envuelven y la escupirían hiel a la cara.

—Mas ¿una sola noche puede producir todo ese gran cambio en su posición?…

—Puede producirle, y la razón es obvia. Se trata de una noche importantísima de la vida.

—Es cierto; pero a veces los grandes deberes que trae consigo el regir los Estados no pueden posponerse a las exigencias de la amistad.

—Es indudable. Mas se susurra hace mucho tiempo que Margarita ha perdido su influencia. Muchas estrellas de las que lucían en su horizonte se han apagado. Muchos la han abandonado por eso. Y aun se dice que el casamiento es una decisión suprema que toma al ver las tempestades que ruedan y rugen sobre su cabeza.

—Mas ¿a qué se reducía su influencia en Palacio?

—La maledicencia ha querido darle cierto tinte; mas es el tinte amarillo que los ojos de los que padecen ictericia ponen constantemente en todos los objetos. Margarita gozaba o goza influencia en Palacio por su genio, por su facundia, por su inagotable y rica vena, y hasta por sus grandes relaciones con la aristocracia.

—Y si pierde esa influencia…

—¡Oh! Se vengará.

—Eso mismo creo yo.

—Poco le importa a ella que sea un rey: como la víbora, muerde a todo el que la pisa.

—Mas aunque en lo de la venganza convengo, no advierto los medios.

—Miradla, miradla. ¿No veis en esa frente algo de magia? Habla a todos a un tiempo. Dirige sonrisas y miradas a todas partes. Sigue mil conversaciones a la vez. A cada uno le habla en su lenguaje. Fascina. Es al mismo tiempo la envidia de las jóvenes y el encanto de los caballeros. Es un alma inmensa, donde caben muchos pensamientos, y donde hay mucho, muchísimo veneno.

—Y esa mujer, ¿dejará perder toda su importancia?

—No lo creo. Luchará. Si es vencida, será vencida después de una pasmosa batalla.

—Me encanta esa decisión.

—¿No veis que en esos salones se van formando corrillos?

—Sí, sí.

—¿No veis que todos hablan en voz baja?

—Sí, sí.

—Pues bien; echan ya de ver que el Rey tarda…

—Y ¿qué?

—Venid. Presenciaremos una gran escena.

—¡Pobre Margarita! —decía el francés.

Y ambos jóvenes se internaron por los salones.

Y, en efecto, para Margarita era una desgracia inmensa que el Rey faltase a su boda. Toda la consideración que en Nápoles merecía, era debida a su grande influencia en Palacio. Perdida esa influencia, las mil personas que la rodeaban la abandonarían a su soledad. En esas cortes donde el rey es todo, la moda obedece ciegamente la voluntad del rey. En los gobiernos absolutos llevan los reyes en los pliegues de su manto la suerte, no sólo de las personas, sino también de las ideas. Ana de Austria llevó a París el genio español, inoculó en el árbol de la literatura francesa la exuberante savia de nuestros poetas, y Felipe V trajo consigo a Madrid el genio de la literatura francesa, que por espacio de un siglo dominó en nuestra escena.

Pues si los reyes absolutos, aun en las grandes esferas del pensamiento, pueden tanto, ¿qué no podrán en más pequeñas y más limitadas esferas? El disfavor del Rey era para Margarita lo que para Caín aquella mancha horrible que llevaba en la frente; era una señal de perdición. La reina de los salones, de las grandes tertulias, la depositaria de tantos secretos, la tirana de la moda, iba a ser el ludibrio de todos los que, envidiándola en secreto, rendían la cerviz a su poder.

Las pasiones, cuando no tienen una gran esfera en que agitarse y moverse, descienden a revolcarse en el lodo. Lo que sucede en los individuos, sucede con los pueblos. Los individuos, cuando no tienen pasiones que se alimentan en la vívida llama de una idea, caen siempre en la abyección. Los pueblos, cuando no pueden agitarse en la atmósfera de la libertad, se degradan, se envilecen. La esclavitud es un gran mal social, es verdad, porque es también un mal moral. Así esos pueblos, envenenados por una atmósfera voluptuosa que de nada pueden curarse porque entre ellos de todo se cura el gobierno; pueblos sin iniciativa, sin poder, sin libertad, que tienen, sin embargo, actividad, que necesitan moverse, vivir; pueblos dados a la indolencia y a la esterilidad, evaporan tristemente su vida en el vacío. Y así, aquellos cortesanos amaban ídolos de barro, aborrecían mezquinamente. Y todos los días miraban el ceño de su señor, y seguían las oscilaciones de su voluntad. No hay peor condición que la de autómata; no hay nada más vil bajo el sol.

Pero volvamos los ojos a los personajes que venimos historiando. Margarita se mostraba impaciente; pero, a decir verdad, no por la tardanza del Rey, sino por la tardanza de Ángela. Juzgaba que el Rey debía ir tarde, y no presagiaba que faltara en su casa en aquella solemnísima noche. En las cortes sucede, cuando se realiza una gran caída, que el último que lo sabe es el que va a caer, y que el que va a caer es también el último que oye el gran estrépito de su gran catástrofe. Por consiguiente, Margarita no se había podido libertar de esta que bien podríamos llamar ley general de la vida cortesana.

Mas pronto se oyó un rumor, y todos los ojos se fijaron en la puerta. En efecto: era Ángela. Iba acompañada de su madre. Un sencillo traje celeste hacía resaltar la palidez mate de su cutis; algunas flores naturales ornaban su lustrosa cabellera. En medio de aquella lluvia de brillantes, de aquellas señoras llenas de oro, resaltaba por su naturalidad, por su sencillez, por su gracia. Parecía la Naturaleza animada, personificando, mostrando su prístina gracia y hermosura, y reconviniendo así a todas las que tan impíamente la abandonan por los torpes afeites del arte.

Todos los concurrentes volvieron los ojos a aquella figura casta y hermosa que se dibujaba en la puerta. Ángela estaba turbada: sus ojos, involuntariamente querían buscar a Eduardo, y, sin embargo, se espantaba de pensar no más que estaba en su presencia. Temblaba Ángela y flaqueaban sus rodillas. Tuvo por precisión que coger el brazo de su madre, porque temía caerse. Los dos jóvenes que tenían empeñado el diálogo anterior, comenzaron también a hablar de esta suerte en uno de los ángulos del salón:

—Mirad, mirad —dijo el italiano.

—¿Qué? —preguntó el francés.

—Mirad a la puerta.

—¡Ah! Ya veo, ya veo. ¡Es ella! —dijo el francés en un rapto de alegría.

—Sí; esa mujer, cuya voz encanta a todo el mundo, cuya virtud es la admiración de todas las gentes.

—¡El arte y la virtud! ¡La bondad y la hermosura!

—Sí; tú no sabes todo lo que en ese corazón se encierra.

—Háblame, háblame de esa mujer divina.

—Su corona de artista la deposita a las plantas de los pobres.

—¿Será cierto?

—Su vida es la caridad.

—¡Hija predilecta del cielo!

—Cuando ha recogido el oro que le proporcionan sus triunfos, desciende a la choza del pobre.

—Y ¿se oculta?

—Se oculta de todo el mundo.

—La virtud debe ser modesta, y sólo a ese precio es divina.

—Ayer descendía la joven a una choza.

—¡Oh!

—Iba a llevar la paz y el contento.

—Lo mismo hace con todo el mundo.

—Entró, y se encontró con que no llevaba dinero bastante. Había derramado el oro manos llenas. Vio un nuevo desgraciado. Entonces, arrancándose un diamante que llevaba al pecho, se lo entregó.

—¡Profunda caridad!

—Profundísima. Pero no esa caridad que derrama el oro y huye, no; la caridad que, como un ángel, se cierne sobre el desgraciado; la caridad que alivia los dolores de su cuerpo y consuela su alma.

—Y ¿no ama a nadie?

—Ha amado a Eduardo.

—¡A Eduardo!

—Sí.

—No se concibe.

—Es un secreto.

—¿Y él?

—Él la abandonó por Margarita.

—¡Infame!

—El amor criminal se llevó tras sí el amor puro.

—¡Parece imposible!

—Y Eduardo, ¿no se muere de vergüenza?

—Eduardo vacila; pero esa mujer le fascina.

—Miradla. ¡Qué hermosa!

—Lo es en verdad.

—En medio de todas parece un ángel.

—Sí, sí.

—Y su voz es, como su canto, dulcísima; y su alma es un destello del cielo; ¡y sin embargo, esa mujer es desgraciada!

Pero volvamos los ojos a Ángela. Toda aquella gran sociedad aristocrática bajó la frente ante el poder de su virtud y de su genio. Mucho se habla en el mundo de la nobleza, de las grandes alcurnias heredadas; pero, fuerza es decirlo, ante el genio que luce como las estrellas en la noche, ante la corona de laurel ganada honrosa y gloriosamente en una lucha, todos los timbres humanos se eclipsan y obscurecen. Ángela, con su sencillo traje y sus flores prendidas con descuido en su hermosa cabeza, era la verdadera reina de aquella sociedad, el punto donde se encontraban todas las miradas.

En un ángulo del gran salón, medio oculto entre cortinas, confundido como bajo la inmensa pesadumbre de un pavoroso remordimiento, pálido, demudado, retorciéndose las manos, fijos los ojos en Ángela, se encontraba Eduardo; pero tan profundamente dolorido y apenado, que le parecía que la mirada de Ángela le iba a abrasar el cerebro, iba a caer sobre él como un fuego del cielo para devorarle por su criminal olvido, por su despiadada ingratitud.

Ángela había apurado hasta las heces la copa de la amargura, del martirio. Ya nada le quedaba que sufrir en el mundo. Había perdido el ser en quien puso todas sus ilusiones, toda su fe, toda su esperanza: su dolor tomaba esa calma profunda que sucede a una gran tempestad. Ya no podía ahondar más en sus entrañas; ya no podía desgarrar más de lo que estaba su triste corazón, y en su uniformidad, en su intensidad infinita, el dolor se había convertido en una segunda naturaleza, y había tomado esa calma grave, solemne, que sólo las grandes pasiones pueden inspirar.

Como dice admirablemente el Dante, el gran pintor de todos los dolores humanos, las lágrimas que en aquel instante se asomaban a sus ojos, no pudiendo bañar su rostro y evaporarse en el aire, granizaban sobre su corazón. Entraba, ¡ella, que tanto había amado a aquel ser —¿por qué engañarse?— que tan delirantemente le amaba! entraba en su casa en la noche de su boda, en medio de los aromas de una corte voluptuosa, e iba, sólo por verle acaso, a embellecer con su canto aquella solemnidad, que era su tormento, su martirio. En medio de aquella calurosa atmósfera se acordaba de las tibias tardes de primavera; las mil bujías esparcidas le recordaban la suave luz de las estrellas, cuando aparecían amorosas entre los arreboles de la tarde; el olor embriagador y voluptuoso de aquellas mil esencias, el suave aroma de sus flores; el ruido de aquella música, el gorjeo lejano del ruiseñor, acompañado por el susurro de las hojas y el eco del mar, que se apagaba dulcemente en las sonoras playas. Y la imagen de su felicidad, de su amor, renacía a sus ojos, y el dolor brotaba a torrentes de su corazón herido y desgarrado. ¡Tremenda noche! Dolor insufrible padece en momentos dados el alma; el dolor moral es a veces tan profundo, tan amargo, tan intenso, que no hay dolores físicos que puedan ni remotamente comparársele.

El dolor hervía inmenso en su corazón, y se asomaba en sus mejillas tiñéndolas de un sonrosado indefinible, y relucía en sus ojos, prestándoles mística hermosura. Aquella mujer era en sí hermosa; era hermosa por sus cánticos, era hermosa por su genio de artista, era hermosa por la pureza de su alma, era hermosa también porque llevaba en su frente, luciendo con ideales resplandores, la santa corona del martirio. Mujer ideal, parecía un ángel que pasaba por la tierra sin hollarla con sus plantas.

En cuanto a Margarita, varios afectos trabajaban su corazón. Su ansiedad, su anhelo por la presencia del Rey en su casa, no tenían tregua. Y el Rey tardaba mucho. Su ambición temblaba al pensar sólo si el Rey podía faltar. Sin embargo, estaba tan segura de su triunfo, tan segura de que el Rey no la faltaría, que todos estos temores cruzaban ligeramente por su pensamiento, y se desvanecían como el humo. Así que vio entrar a Ángela, el recuerdo de sus sentimientos, su amor propio, su deseo de martirizar a Eduardo, su triunfo al presentar a sus convidados la mujer que era fábula de la corte, la reina del teatro, todos estos mil afectos despertaron en su ánimo nuevas ideas. Dirigióse donde se encontraba Ángela, y la abrazó con ternura. Al mirar sus ojos, comprendió que Ángela quería llorar, y se conmovió un instante, y una lágrima se asomó también a sus ojos. La mujer, aun la más perversa, cuando ve o presencia algo que toca al corazón, siente más que el hombre, es decir, conserva un recuerdo más vivo y profundo de su primitiva naturaleza, y se acerca más a su Creador. Pero aquella ligera conmoción pasó pronto, y Margarita, en su natural orgullo, quiso ofrecerle y presentarle aquel gran trofeo de su victoria a Eduardo.

Así es que, volviéndose a buscar a Eduardo, le trajo como a remolque delante de Ángela. Ésta se armó de su resignación maravillosa, y con los ojos fijos en el suelo esperó a Eduardo. El joven tampoco se atrevió a mirarla; de suerte que estaban frente a frente, y puede asegurarse que no se habían visto.

—Señora, mi esposo —dijo Margarita, acentuando esta palabra y dirigiéndose a Ángela.

Ángela alzó entonces la frente como quien toma una resolución suprema, y clavó sus ojos en el rostro de Eduardo. Un gemido, que no pudo contener, se escapó de sus labios, entreabiertos por una sonrisa, no de placer, sino de amargura.

Margarita, volviéndose después a Eduardo, exclamó:

—Nuestra gran cantora, nuestra sublime artista.

Eduardo balbuceó algunas palabras, y se quedó pálido y frío como la muerte.

—Sí. Este caballero me conoce —dijo fríamente Ángela.

—Sí —contestó Margarita en tono muy significativo—; os ha visto en el teatro.

—No solamente en el teatro; sin duda se acordará de haberme visto en sus paseos por el mar, en una playa no muy lejana…

—Señorita —dijo Eduardo con amargo acento—, no lo he olvidado.

—Pues no sabía yo eso —dijo Margarita en tono muy irónico—. Y puedo asegurarte, Eduardo, que en verdad, en verdad, yo, aunque mujer, nunca he olvidado a Ángela desde el primer instante en que tuve, aquí mismo, en nuestro jardín, la dicha de verla. Es una fisonomía que no se borra fácilmente de la memoria.

Eduardo comprendió todas las reconvenciones que encerraban las palabras de Ángela, toda la amarga ironía que encerraban las palabras de Margarita. Ángela, como era mujer, y, a pesar de su bondad, altiva, pronunció sus palabras, no ya con desdén, no ya con amargura, sino con una indiferencia tan glacial, tan completa y tan extrema, por mejor decir, que allá en el fondo de su corazón, por una reacción propia del orgullo, y del orgullo noble, parecía que en aquellos instantes supremos se había apagado el fuego devorador de su exaltada pasión. Esta indiferencia alentó a hablar a Eduardo.

—Sí; yo recuerdo la primera vez que os vi —dijo con serenidad—. Recuerdo que estabais en un montecillo, bajo un sauce, en un montecillo que caía al mar. Al pie de una fuente dabais de beber a unas palomas. Recuerdo que una de ellas fue a recoger un grano de trigo en vuestros mismos labios. Recuerdo que cantabais una barcarola, y que al oíros cantar detuve involuntariamente mi barca. Vuestra hermosa voz resonaba…

Ángela se iba poniendo pálida; sus labios perdían el color, se cerraban sus ojos.

—¿Qué tenéis, que tenéis? —dijo Margarita sosteniéndola en sus brazos.

—Nada… , nada… , un vahído. El recuerdo de mi padre, de aquellos campos, todo, todo…

Ángela y Margarita volvieron la cabeza; pero se encontraron sin Eduardo. Con el pretexto de ir a buscar un vaso de agua, había huido. Los concurrentes apenas notaron aquel ligero episodio, que pasó con la rapidez de un relámpago. Ángela, en aquella gran lucha comprendió su debilidad, y por una reacción suprema se posesionó de sí misma, y tomando el brazo de Margarita afectuosamente, exclamó:

—Bajemos, bajemos al jardín.

Y ambas jóvenes, pasando por en medio de los grupos de cortesanos, que las saludaban respetuosamente, bajaron al jardín.

* * *

Eduardo no había podido sufrir fríamente la reconvención de Ángela. Huyó de su presencia porque el sol de su mirada le abrasaba. Creía ver en aquellas palabras la condenación explícita de toda su vida. Y, en efecto, lo era. Dejar un amor puro y sereno por un amor tempestuoso y viciosísimo; abandonar aquel cielo por caer en el infierno donde hervían tantas pasiones, era un crimen que nunca, nunca el soplo constante del tiempo podría borrar de su alma. Así es que, huyendo a todo huir de la presencia de Ángela, refugiándose en un apartado gabinete, dejándose caer como herido de un rayo en el sillón, y dándose a llorar amargamente, mostraba que toda su vida pasada renacía a sus ojos.

El gabinete estaba solo y obscuro; una de sus ventanas se mostraba abierta; ligeros reflejos de las luminarias de los jardines daban, con un resplandor crepuscular, un tinte melancólico y misterioso a todos los objetos allí diseminados y esparcidos. Eduardo temblaba como la hoja en el árbol. Le rechinaban los dientes; sacudimientos eléctricos se esparcían como grandes centellas por su cuerpo; su respiración era fatigosa, y los sollozos que partían de su despedazado pecho le ahogaban.

—He sido muy criminal —decía— muy criminal. He abandonado el amor puro del alma por el amor pasajero del sentido. Dios me había mandado un ángel para que derramara las armonías de su alma en mi alma; yo le he apartado de mí como si me trajera acíbar, cuando me traía el néctar de la vida en su copa. Horas deliciosas en que yo, mirándola, de rodillas a sus pies, me sentía mejor, y como asistido de Dios, ¿qué os habéis hecho? El aire de estos salones me sofoca. Yo me ahogo. ¿Por qué no había de vagar ahora por aquellas antiguas y hermosísimas playas? A la luz de la luna, en medio del campo, bajo un árbol que dejara caer sobre mi frente sus hojas, como caricias de los seres inanimados, reposaría tranquilo mi corazón, sosegada mi conciencia. Viéndola, vería resplandecer en sus ojos la luz purísima de la virtud, que es la luz santa y misteriosa. ¡Desgraciado de mí! La ambición me cegó un instante. Creí que en el mundo sólo existía la pasión rastrera, vil, mezquina, del poder, del interés, de la riqueza. Creí que en aquella fuente hermosa y rústica, donde bajaban a beber las palomas del valle, no había agua bastante a extinguir mi sed. Y ahora me encuentro aquí solitario, en medio de la sociedad, muerto de hambre y de sed de espiritualismo, de vida, avergonzándome de mí mismo. ¡Oh! No puedo estar solo. Cuando estoy solo me persigue como una sombra el remordimiento. Y mi remordimiento es mi gran torcedor, mi pesada cadena, mi castigo. Quiero romperlo, olvidarlo. Y Dios no me oye… ; ¡oh! sí, no me oye. ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué no me privas de memoria? ¿Por qué no me quitas de los ojos su imagen? Al verla tan pura, tan hermosa, tan riente, siento un torcedor inmenso. Me parece que el remordimiento me muerde las entrañas. ¡Apártame, Dios mío, apártame esa mujer de los ojos! ¡Te lo ruego por piedad! ¡Ángela, Ángela! ¡Tú, tú que has sido mi delicia, eres hoy mi tormento, eres el espectro que aparece a mi razón, turbando mi vida! Pero no puedo, no puedo. La veo siempre, siempre, sí, presente a mis ojos, a mi conciencia. ¡Me mata, me mata! ¡Ángela, imagen de Ángela, huye de mí!… ¡Oh!… ¡Yo deliro!…

En esto se abrió una puerta, y en su dintel apareció Margarita. Llevaba una luz en la mano. Sus mejillas estaban teñidas de una palidez semejante a la palidez de la muerte. Dos gruesas lágrimas rodaban por su rostro. Los diamantes, las flores que ceñían su cabeza, los ricos adornos que la hermoseaban, parecían, sin embargo, en aquellos instantes los lujosos atavíos con que el orgullo humano quiere muchas veces cubrir a los muertos. La luz, que la iluminaba todo el rostro, no había llegado a dar en el ángulo donde se encontraba Eduardo, y así Margarita no pudo verle. Entró, volvióse a cerrar la puerta, y dejando caer la luz que llevaba sobre un velador, exclamó con acento desesperado:

—¡Ay! ¡Estoy perdida!

—¡Margarita! —dijo entonces Eduardo con voz apagada.

Margarita, al oír aquella voz, dio un grito espantoso, y se levantó para huir; pero el terror no la dejó dar un paso, y cayó en el pavimento como herida de un rayo.

—¡Margarita, Margarita; soy yo, yo, Eduardo!

—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Eres tú?…

Y cogiendo su brazo, se incorporó.

—Me había asustado mucho, mucho…

—¿Qué te sucede, Margarita? ¿Por qué tan conturbada?

—¡Estamos perdidos!

—Pero ¿por qué, Margarita, por qué?

—El Rey, Eduardo, el Rey tarda mucho.

—Y ¿eso te aflige?

—He oído…

—Sosiégate, Margarita, sosiégate.

—He oído decir que el Rey no venía esta noche.

—¿Cómo has podido imaginarte eso?

—Tarda mucho.

—Y aunque no viniera…

—Si no viene, estamos perdidos.

—¿Por qué?

—Porque tenemos muchos enemigos.

—Los despreciaremos.

—Y esos enemigos pueden dañarnos.

—Nos defenderemos.

—No hay defensa posible.

—Nunca se cierran todos los caminos.

—Eduardo, se cierran.

—Los abriremos nuevos con nuestros brazos. La lucha es la vida.

—Te forjas muchas ilusiones.

—Me basta corazón.

—Si esa desgracia nos sucediera…

—La ausencia del Rey en esta noche…

—Es nuestra sentencia de muerte.

—Margarita, no te comprendo.

—Escúchame, escúchame, Eduardo.

—Pero sosiégate, por Dios, Margarita.

—Óyeme, y pásmate, Eduardo. Yo he visto aquí un ministro poderoso, dueño de la voluntad del Rey, caer en desgracia. La gente lo sabía y él lo ignoraba. Un baile fue la señal de su desgracia. La Reina acostumbraba a bailar todas las noches de sarao el primer rigodón con él; la noche destinada a herirle no lo bailó. Apartáronse de él los cortesanos como si estuviera apestado; riéronse de su catadura los mismos que le prestaban homenaje; encontróse en aquellos salones, donde todas las frentes, hasta las frentes coronadas, le acataban, solo, aislado, sin un amigo. Su desgracia creció, y un día se vio preso, y otro próximo al cadalso, y hoy anda acaso en tierra extraña, pidiendo una miserable limosna para mantener a sus hijos.

—Y ¿nosotros podemos temer eso mismo?

—Podemos, debemos temer más, no lo dudes.

—Nos iremos a un país extraño.

—No te dejarán.

—Pero —dijo Eduardo mirando el reloj— aún no es hora, no, ni con mucho, de que venga.

—¡Oh! ¡Si no viniera, Dios mío; si no viniera, como he oído susurrar a mis enemigos por los jardines!…

Y Margarita se pasaba la mano con delirio por la frente, como para alejar una sombra.

Tanta era su preocupación, que se había olvidado de Ángela. Su ambición eclipsaba su amor. Sin embargo, muy grande era el peligro cuando ella, que tanto se acordaba siempre de sus rivales, y que tanto se complacía en martirizar a Eduardo, no le echaba en cara irónicamente, como de costumbre, la dramática escena de Ángela. Margarita vivía en la tempestad por el ruido de las grandes pasiones, por la adoración de las gentes, por la grandeza de su casa, por su poder, por todas esas cualidades prestadas que eran el secreto maravilloso de su fortuna y de sus placeres. Todo aquel dorado castillo podía caer en una hora, en un momento podía destruirse con un solo soplo.

Y para el ser que está acostumbrado a respirar el aliento de la tempestad; para el que vive en medio de las encrespadas pasiones; para el que no tiene más luz que la luz que despiden todos los sentimientos exaltados; para ese ser, ciertamente, separarse de tal atmósfera, vivir, agitarse en otros horizontes más solitarios o más tranquilos, equivale a la muerte. Esos seres que buscan el ruido, el estrépito, la tempestad, la lucha, y quieren vivir siempre luchando y combatiendo, no tienen idea alguna de la felicidad. El hombre, para vivir tranquilo, debe buscar el seno del hogar doméstico; allí erigir altares a la virtud, a la paz; teñir siempre de un color sonrosado y hermoso este último asilo del corazón, y siendo buen padre, buen hermano, buen amigo, buen esposo, buen hijo, debe mostrar que no hay virtudes públicas posibles cuando no se radican en la santa virtud privada, que es, digámoslo así, el verdadero pie del árbol de la vida. Pero todo esto, si para el hombre es una ley social, una ley religiosa, para la mujer, además de todo esto, es algo más, es una ley de su naturaleza. La mujer donde más luce, donde más brilla, donde se ve su verdadero esplendor, es en el seno del hogar doméstico. Aquel es, sin duda, el teatro de sus triunfos. En el hogar doméstico tiene sus altares, su ara, y allí se muestra diosa. Pocas mujeres he visto más bellas, ni en la naturaleza ni en la sociedad, que la madre de familia, sentada entre sus hijos, que la miran arrobados como a su cielo, dispensándoles sus caricias, infundiéndoles con un beso de amor su alma, mostrando a éste la virtud, enseñando al otro a balbucear las primeras palabras de su lengua, al de más allá a postrarse ante Dios, a todos a quererse, a amar a los demás hombres, a consagrar todas sus obras, todos sus pensamientos, al cielo, siendo así como un artista que hermosea con indecible cuidado el alma que Dios creó, preparándola a vivir en la tierra vida dichosa, y a esperar otra vida mejor en el cielo.

Mas no había nacido para esto Margarita; no era ese el fin a que la destinaba toda su vida. ¿Cómo era posible para ella vivir sin que se inclinaran mil frentes en su presencia? ¿Cómo podría vivir sin llevar en su mano la trama de mil tragedias? ¿Cómo podría respirar si, al convertir los ojos a todas partes, sólo alcanzaba un desolado desierto? El hogar doméstico, para Margarita, era lo que la jaula para el ave que ansía ser reina del espacio y cernerse sobre las nubes más allá de la región de las tormentas. En el hogar doméstico languidecía, desmayaba, se moría en una palabra, aquella mujer acostumbrada a la vida de la corte. Así es que mientras había tenido cierta privanza, cierto favor en la corte, privanza y favor alcanzados por su talento y por su astucia, había vivido feliz y contenta. Mas cuando ese favor la faltara, cuando esa sociedad la abandonara, quizá Margarita no podría sobrevivir a tan rudo golpe. Así, el desprecio del Rey era para Margarita cuestión vitalísima. Acaso se encontraba en aquel supremo instante en uno de los trances más amargos, pero más grandes y más decisivos de toda su agitada vida.

Eduardo y Margarita salieron a los salones. La joven estaba muy agitada; Eduardo muy tranquilo. Al salir vieron a Ángela al lado de su madre: deshojaba maquinalmente unas rosas, oyendo y contestando casi maquinalmente infinitas palabras lisonjeras de un gran número de cortesanos. No podía decirse que sus contestaciones eran altivas, ni mucho menos ásperas; pero había tal majestad en su acento, tal severidad en su palabra, que todas las lisonjas de aquellos jóvenes, salidas de corazones gastados, tomaban, sin embargo, cierta severidad respetuosa al penetrar aquella atmósfera, como si las purificase Ángela con su aliento.

Margarita miraba a sus convidados, y los veía ansiosos, como esperando algún acontecimiento. Entonces conoció que sólo la voz divina de Ángela podía influir mágicamente en todos aquellos seres; que sólo sus acentos encantadores podían distraer aquellas almas de la idea que a todos preocupaba. Acercóse a Ángela y la dijo:

—¿Cantaréis, amiga mía?

—Me será muy difícil, Margarita.

—¡Difícil! ¿A vos, que sólo con hablar suspendéis los corazones?

—Os agradezco vuestra lisonja; pero permitidme que insista.

—¿Por qué?

—Voy a ser muy franca. Hay momentos en que ciertos recuerdos de mi infancia, de mis campos, me poseen absolutamente.

—Y eso, lejos de dañar, dará más suave melancolía a vuestros cánticos.

—Acabaré mi pensamiento. En esos instantes, sólo puedo entonar aquellas mismas canciones que yo cantaba a las orillas del mar.

—Pues casualmente deseo yo oír esas, e iba a pediros que las cantaseis.

—¡Mas son tan sencillas!

—Sé, sin embargo, que son muy interesantes.

—Os engañáis, Margarita. Mal puede interesar una cadencia monótona, semejante al ruido eternamente acompasado de las ondas.

—¡Ah! Sabed que aquí son muy gratos esos recuerdos de la Naturaleza.

—¡Aquí muy gratos! Son incomprensibles.

—No para todos los corazones, Ángela —dijo Margarita recalcando sus palabras.

—¡Para todos! —contestó con horror Ángela.

—Pues os puedo asegurar que no lo son.

—Y yo os puedo decir que deben serlo.

—No se manda en el corazón.

—Pero se manda en la conciencia.

—¿No es verdad, Eduardo? —dijo Margarita, aprovechándose de un momento en que Eduardo pasaba a su lado con un grupo de jóvenes.

—No sé qué me preguntabas —dijo Eduardo, confundido y balbuciente como siempre delante de Ángela.

—Te preguntaba si sería grato oír los cantares que Ángela entonaba allá en sus playas.

—¡Oh! Son muy hermosos cantares.

—¿Los has oído? —dijo Margarita con gran intención.

—No, no es muy extraño —dijo Ángela—. Con sólo acercarse a las playas se oyen fácilmente. Y ¿qué joven no habrá tenido algunos de esos amores noveleros, de esos amores de pura imaginación y fantasía por esas playas?

Eduardo se ponía pálido. Margarita, como siempre, se gozaba en su humillación y en su vergüenza, y como era muy perspicaz, exclamó:

—Pues entonces, Ángela, habéis hecho vuestro proceso. Debéis cantar. Hay aquí muchos jóvenes quienes interesarán esas canciones.

—No es bien, Margarita, nublar con remordimientos estos festejos.

—No, no importa. Sentirán. ¿Creéis que es tan fácil en este siglo y en esta sociedad sentir?

Ángela cedió a las palabras de Margarita, y se calló. Ésta, contenta con su victoria, y olvidada de la tempestad que iba a caer sobre su frente, dijo volviéndose a Eduardo:

—Acompañad a Ángela al piano.

Eduardo extendió su mano con temor y sin atreverse a fijar los ojos en su amada. Ángela, sin mirarle también, le dio la mano. Al tocarse aquellas dos manos, que tantas veces se habían juntado con efusión, los dos jóvenes sintieron, olvidado Eduardo de su vergüenza, olvidada Ángela de sus agravios, el fuego del amor. Pero bien pronto la fría realidad cayó como un témpano de hielo sobre su corazón, que comenzaba a arder. Sin embargo, Eduardo no temía tanto la ardorosa mirada de Ángela como la mirada burlona de Margarita. La mirada de Ángela le recordaba que había sido infiel, criminal. La mirada burlona de Margarita le decía que era vil, que era despreciable. Así es que desde la puerta del jardín, donde estaban, al salón del piano, pudo decirle:

—Ángela… , mil veces he pedido a Dios la muerte.

—Habéis hecho mal, Eduardo, porque debéis vivir, hoy para vuestra mujer, y para vuestros hijos mañana.

Eduardo lanzó un gemido profundísimo. Aquellas palabras se le clavaron en lo más hondo del corazón. Margarita, mientras tanto, los miraba y se reía. Al volver Eduardo, le dijo:

—¡Ah! Ya le habrás dicho que no la habías olvidado.

—Margarita, no me asesines.

—¿La amas todavía? ¿La amas?

—¡Calla, por piedad!

—Ella te ama, sí; te ama.

—No, no es verdad, no la injuries.

—¡Oh Eduardo! Yo necesito creerlo para amarte. Quizás Dios me ha hecho mala, muy mala. Lo cierto es que yo no podría amarte si no supiera que hay en el mundo un ser que padece por ti.

—¡Triste felicidad!

—Muy triste, pero muy en armonía con mi naturaleza.

—Y ¿no se te desgarra el corazón al pensar en si son ciertas tus sospechas?

—No, Eduardo. Ella goza también; goza con su virtud, goza con su inspiración artística. ¡Que padezca!

—¡Oh! Tienes un alma tan negra como un abismo.

—Y sin embargo, en el fondo de ese abismo estás tú.

—Es verdad, es verdad. Por eso no me conozco.

—Y después de todo, me amas mucho más que a esa mujer.

—No hablemos de eso, Margarita.

—No puede ser.

—¡Ah!

—No puede ser, porque yo no puedo dejar de gozarme en mis victorias. No puede ser, pues yo te amo porque otra mujer te ama. No puede ser, porque yo no puedo cambiar mi naturaleza.

—Te odiaría si pudiera.

—Ya sé que no puedes.

—No abuses de tu creencia.

—Te conozco mucho, Eduardo.

—¡El amor!

—Tú que no eres capaz de amar, tú que no has nacido para amante, has nacido, sin embargo, para esclavo.

—Es verdad.

—Mira, soy tu conciencia. Y al mismo tiempo soy tu remordimiento, tu castigo.

—Sí, mi castigo.

—Y sin embargo, soy tu cielo.

—¡Margarita… , por piedad!

—Tú no hubieras podido vivir en ese cielo estrellado, sin nubes, sin tempestades, que Ángela te ofrecía. Tú has nacido para vivir entre la tempestad.

—No, no lo creo.

—Te dejas alucinar por la impresión de un instante. Consulta, consulta tu corazón y tu conciencia; consúltalo, y te dirá quién tiene razón.

En esto se oyó el canto de Ángela. Era una de esas canciones melancólicas impregnadas de amor, que sólo saben los pueblos meridionales, y sólo se oyen y se comprenden a las orillas del Mediterráneo. Era la misma canción que Eduardo entonaba por las tardes cuando las primeras estrellas aparecían en el cielo y los últimos resplandores se borraban en el horizonte, al separarse de Ángela; canción que parecía un quejido, un suspiro, un profundo ¡ay! del corazón.

Eduardo palideció. Un sudor frío bañaba su frente. Mirándole maliciosamente Margarita, le dijo:

—Te comprendo, te comprendo.

—¡Calla, calla! No me hagas perder una nota de este cántico.

—¿Es un recuerdo?

—Sí; mejor dijeras un remordimiento.

—¡Tardío!

—Es verdad.

—Oye, Eduardo. Esas fermatas parecen el eco melancólico y arpado del ruiseñor cuando, suspendido de la rama, contempla su nido. Esos compases tan largos, tan cadenciosos, parecen las anchas olas cuando un ligero soplo de las brisas las mueve, y van mansamente a romperse en la arena. Esas notas altas, agudas, aisladas, solitarias, parecen quejidos, ayes, el sonido de una lágrima que cae en un lago. Y todo eso que te extasía, que te enajena; todo eso que te parece la realidad de la vida, es poesía, es mentira, es nada. Eso no es realidad, eso no es verdad.

En este momento concluían los últimos acentos de aquella voz divina, y una inmensa salva de aplausos, ruidosa, estrepitosísima, cubría los últimos acentos de aquel suave cantar.

—¡Ah, Eduardo! El mismo efecto que hace en esas almas el canto, hace en la tuya. Todo eso es mentira.

—Pues si es mentira, ¡maldita sea la verdad!

Margarita lanzó una prolongadísima carcajada, una carcajada aguda, epiléptica.

—¡Maldita sea la verdad! ¿Conque me maldices a mí? ¡Infeliz! ¿Crees que hubieras hallado alimento para tu corazón con ese amor? Te engañas. Esa bienaventuranza te hubiera sonreído un día, y te hubiera hastiado al día siguiente. El corazón humano jamás comprende lo infinito. Mira la variedad de los acontecimientos, y se complace en ella. Y al lado del bien, gusta del mal. El azul del cielo cansaría nuestra vista si no le cubriera el velo de la tempestad.

La canción de Ángela, nacida de lo más íntimo del corazón, electrizaba a los oyentes. Era el eco de un alma poseída de grandes sentimientos. Para ser artista no hay como sentir y saber expresar lo que se siente. Es muy difícil encerrar la idea en la forma, y el poseer esa divina facultad es poseer el gran secreto del genio. Y Ángela, aunque pobre mujer, aunque desvalida, criada en el fondo de un campo, apartada del mundo, por esas revelaciones misteriosas de Dios, por esa intuición suprema del alma predestinada para el cielo, había nacido con la fuerza creadora del genio. Después de cantar, después de dar al aire aquellos quejidos de su corazón, se dejó caer, como si le faltaran las fuerzas para sentir y padecer, en un sillón.

Capítulo 9

Mientras tanto pasaba el tiempo, y el Rey no venía. Los cortesanos comenzaban a impacientarse; Margarita a sentir profundísimo dolor en el corazón. Los mismos que poco antes la adulaban, iban poco a poco apartándose de ella y dejándola en el vacío. Por todo el salón se hablaba de la caída de aquel grande y colosal poder. Unos atribuían tamaña desgracia a haberse hecho ya demasiado públicas algunas de las faltas de Margarita; otros, a haber visto de mal ojo el Rey algunas ideas no muy sanas vertidas por la joven, sin gran madurez, en la corte. Mas ¿quién es capaz de averiguar los secretos del corazón de un rey absoluto? ¿Por qué Felipe II aborreció a Antonio Pérez? ¿Por qué cayó de su gracia la Princesa de Éboli? ¿Por qué fue arrojada ignominiosamente de la corte de Felipe V la omnipotente Princesa de los Ursinos? La historia da a estas peripecias razones más o menos inverosímiles, más o menos fundadas; pero el secreto, lo que pasa en el corazón de esos reyes, sólo puede saberlo Dios. No hay que decir que ésta es o aquélla la causa; la verdadera, la única, la indispensable causa, está, sin duda, en el corazón de los reyes; allí, y sólo allí, tienen su raíz todos estos acontecimientos. Margarita se sintió ya herida; echó mano al corazón, y el corazón destilaba sangre, y en sus ojos resplandecía ya el fulgor de la venganza. Desde que se convenció que su desgracia era cierta, hizo callar la gran lucha empeñada en su corazón y en su conciencia, y se decidió a romper con sus brazos las olas de los adversos sucesos.

Cuando todas estas ideas y todos estos sentimientos la agitaban como caña combatida por los huracanes y por la tempestad; cuando su ansiedad crecía; cuando un gran rumor, semejante a los preludios de esa terrible sinfonía que se llama tempestad corría por todo el salón, anunció a un gentilhombre de S. M. uno de los criados de Margarita, y ésta le salió al encuentro apoyada en Eduardo, cuando el cortesano, levantando la voz, con acento irónico y mirar altanero, dijo:

—Los grandes negocios de Estado han impedido a SS. MM. honrar vuestra casa.

Palabras tremendas, que fueron a caer como un rayo a las plantas de Margarita.

A esto siguió un profundo silencio; al silencio, un rumor terrible; al rumor, un movimiento general: todos se iban, pues parecía que aquella mansión de la hermosura, del placer, donde se anidaba todo lo más galante y aristocrático de Nápoles, aquel centro de todo lo más granado de la nobleza, se había, por un sobrenatural milagro, convertido en una casa apestada; no parecía sino que se había prendido fuego, o que estaba amenazada de un terremoto, según huían a todo huir de aquella casa los alegres convidados.

Margarita se quedó pasmada y extática. Un sacudimiento nervioso recorrió su cuerpo como si fuera un gran latigazo; sus ojos perdieron la luz, la respiración su pecho, y parecía que iba a expirar bajo el peso de su dolor y de su vergüenza. Mas este dolor y esta vergüenza pasaron fugaces por su alma, como una exhalación; se rehízo pronto, y mirando a todos aquellos seres mezquinos y despreciables que huían sin saludarla siquiera, como si su contacto quemara, tomó un continente majestuosísimo, imponentísimo, se revistió de todo su orgullo, y miró con soberano desprecio cómo se condensaba y se apiñaba aquella grande y pavorosa tormenta.

Los salones lucían esplendorosamente iluminados; la música hacía rodar sus ondas armoniosas en aquella atmósfera; los pebeteros despedían sus aromas, las flores de los jarrones su esencia; las estatuas se sonreían y mostraban su olímpica serenidad; brillaban los cuadros, y, sin embargo, en aquellos salones, antes cuajados de gentes, no había un alma; parecía un castillo cuyos dueños han muerto; un jardín hermosísimo en medio del desierto. Decimos mal: había algunos personajes. Estaba Margarita, poseída de una rabia inmensa, arrojada en un diván, con su corona de desposada a los pies, y un mar de lágrimas en los ojos; Eduardo, meditabundo, indiferente, sosteniendo con una mano la agitada cabeza de Margarita, y descomponiendo con la otra su cabello como para alejar una idea; y al pie de este grupo, consolándoles como un ángel, recogiendo las lágrimas y los suspiros de Margarita, alentándola, desvaneciendo sus temores, llevando la esperanza a su corazón, la pobre cantora, que desde el instante mismo en que vio aquella desgracia se olvidó de todo, y sólo se curó de los doloridos, mientras su madre, en un rincón de la estancia, preparaba cuidadosamente algunos líquidos preciosos para calmar la penosa ansiedad y el terrible anhelar de Margarita.

—¡Oh! Mira, Eduardo, lo que es la corte. Todos, todos nos abandonan. Desde hoy seremos blanco del odio universal. ¡Infames! ¡Infames! Creen que pueden pisar impunemente la cabeza de la víbora. Creen que yo estoy desarmada. No lo estoy, no lo estoy. En mis manos hay aún grandes corrosivos para arrojar sobre todos mis enemigos, sobre todos. No importa que levanten muy alta su frente; no importa que reúnan mucho poder; lucharemos, lucharemos a brazo partido, y triunfaré, o sabré morir en la demanda. ¡Oh! Luchar tanto, necesitar para vivir la lucha, es muy triste, sí, muy triste. Pero todos mis enemigos caerán abrasados por mi mirada de odio, por la maldición que sobre ellos arrojarán mis labios.

—Apartad de vuestra imaginación esos tristes pensamientos —la decía Ángela—. No aborrezcáis a nadie. Vale más olvidar, perdonar, que vivir siempre quemándose en el odio. No merece ningún crimen la venganza. El que falta a su deber, el que desprecia la voz de la conciencia, sólo merece compasión.

—¡Compasión, compasión! No entiendo ese lenguaje; no puedo comprenderlo. Compasión del que goza, caridad hacia el criminal… ¡Oh! No; la mala hierba se arranca, se extirpa.

—Margarita —dijo Eduardo—, con esos excesos de furor sólo alcanzarás quebrantar tu naturaleza.

—¡Oh! No, no. El odio me reanima, me da nueva vida; siento que la sangre circula por mis venas. Cortaré el crimen con el crimen, ahogaré el mal con el mal.

—No, no digáis eso, Margarita. El espectáculo que ofrece el crimen es repugnante. Nunca debéis recordar tan oportunamente como hoy, ese gran precepto evangélico: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie —dijo Ángela.

—¡Haber perdido yo mi poder, que parecía eterno, incontrastable! ¡Verme abandonada, burlada, por esa nobleza napolitana, que antes me adoraba rendida, idolátricamente! Ya no me temen, ya no me respetan. Yo les mostraré que no he perdido mi poder, ese poder que era un hermoso talismán que los seducía…

Margarita no oía razón alguna; sólo escuchaba el acento de su venganza y de su ira. Es decir, ¡pensamiento que parecía incomprensible! Margarita había pensado en vengarse; sí, en vengarse de un rey absoluto y poderoso. Era una empresa titánica impropia de una mujer; pero era digna de un alma fuerte, vigorosa y tenaz. Cuando todos los horizontes se cerraban, Margarita los veía colorear, tiñéndolos de color de sangre, con su pensamiento, con su idea. Era la leona herida, acorralada, que siente hervir su sangre, y cuyos ojos centellean de rabia a medida que se aumentan sus dolores. Así, se levantó, paseó una mirada de desprecio por aquel salón abandonado, solitario y frío, y riéndose después convulsivamente, como si llegara su ánimo al fin de una gran crisis, dijo:

—¡Oh! Sí, sí, la venganza…

—Soñáis, Margarita, soñáis —dijo Ángela— y os podéis perder.

—¡Perderme! No. Yo perderé a mis enemigos.

—Vuestro enemigo es el Rey.

—Pues bien, perderé al Rey.

—Es omnipotente.

—No hay omnipotencia que resista a la tenacidad de un gran sentimiento de venganza.

—¡Infeliz!

—¡Yo infeliz, Ángela! ¡Yo infeliz! Eso creen los miserables que me abandonan. Y no saben que yo gozo en estos momentos supremos de la vida, que yo acaricio esas grandes peripecias de la fortuna.

Ángela lloraba; se aparecían a sus ojos todas las desgracias que iban a rodar sobre la frente de Eduardo.

—¿Lloráis? —le decía Margarita—. ¿Lloráis por nosotros?

—¡Oh Ángela! —exclamó Eduardo cogiéndola las manos en un arrebato de entusiasmo.

Ángela se desasió de Eduardo, y fue a desahogar su dolor abrazándose a su madre.

—Eduardo —decía Margarita— tú no has nacido para los grandes combates.

—¡Mírala, mirala! —decía Eduardo, olvidado de todo, y señalando a Ángela—. Mira, llora por nosotros.

—No es hora de suspiros y de lágrimas. Es la hora de la venganza.

—¡Por piedad! —exclamó Ángela juntando las manos en actitud suplicante—. ¡Por piedad! Vais a ser víctimas de vuestras pasiones. Esa venganza que Margarita acaricia, puede ser el cuchillo de vuestra garganta. Huid a ser felices. Yo protegeré vuestra fuga. Huid juntos. En una isla, en otro país más venturoso, allí, amándoos mucho, podéis gustar una felicidad que aquí puede trocarse en una gran desgracia. Os lo pido por vuestro amor. ¡Huid, huid lejos de aquí! Imaginad lo que en este instante se tramará contra vosotros. Imaginad la gran desgracia que atraéis sobre vuestras jóvenes frentes. ¡Oh! ¡Sólo mirarla me horroriza!

Y Ángela se cubrió el rostro con las manos, llorando amargamente.

—Y ¿no la merecemos? —dijo Eduardo fuera de sí, arrojándose a los pies de Ángela—. ¿No la merecemos? Los que hemos faltado a todos los juramentos, los que hemos olvidado todo cuanto había de santo, de sagrado en la vida, los que hemos vertido en el lodo el sagrado licor de la felicidad que Dios nos enviaba, ofreciéndolo a los secos labios por la mano de un ángel, los malvados, los perversos que hemos hecho eso, merecemos, sí, el castigo. ¡Que vengan! ¡Que vengan! No me quejo. Aquí está pronta mi vida, mi corazón a recibirlos.

—¿Qué oigo? —dijo Margarita cogiendo del brazo fuertemente a Eduardo—. ¿Qué oigo? ¿Olvidas que soy tu esposa? ¿Olvidas que me has jurado amor eterno? ¿Qué significan esas palabras? ¡Oh! En este instante supremo todos me abandonan.

—Tenéis razón, Margarita —dijo Ángela—. Esas palabras sólo han podido ser inspiradas a Eduardo por la demencia que inspiran estos amargos y supremos trances. Eduardo no es merecedor de ese gran castigo, y Eduardo seguirá vuestra misma suerte, sí, la suerte de la mujer que ha escogido por inclinación y por amor, por libre voluntad, sin que ninguna otra idea empañase su corazón y su conciencia.

—Sí, yo acepto el castigo —dijo Eduardo mirando frente a frente a Margarita— pero yo conozco lo que conoce mi mujer; yo conozco que es merecido mi castigo.

—No digáis eso, Eduardo. ¿En qué habéis faltado? —preguntó Ángela.

—¿Y vos me lo preguntáis?

—Yo os lo pregunto porque yo nada sé ya, nada, de vuestra vida. Vámonos, madre; vámonos —dijo Ángela, volviéndose a su madre con gran anhelo.

—Sí, sí, idos, Ángela; idos —dijo Margarita, que comenzaba a sentir el torcedor de los remordimientos y de los celos.

—Me voy, sí, pero no para abandonaros. En la hora de la desgracia yo no os abandono, yo no puedo abandonaros sin saber qué va a ser de vosotros; yo no puedo consentir que os perdáis miserablemente.

—¡Mujer celestial —exclamó Eduardo—, la tierra no te merece!

—Deja que nos perdamos, Ángela. Deja a la piedra que caiga al abismo. No te precipites a detenerla, porque caerás rodando con ella —dijo Margarita.

—Prefiero correr vuestra misma triste suerte a compadeceros con estéril compasión.

—Nuestra suerte, después de todo —dijo Margarita— será la victoria.

—Entonces os abandonaré —añadió Ángela—; pero velaré por vosotros en la hora del combate.

—¡Pues bien: esa hora ha sonado ya! ¿No es verdad, Eduardo?

—Ligado con fuertes lazos que no puedo romper, te seguiré adonde me lleves, te acompañaré, si necesario fuese, hasta el infierno.

Ángela no pudo dejar de lanzar un agudo grito, un grito desgarrador, que partía desde el fondo de aquel corazón comprimido y atenaceado, de aquel corazón que daba rienda suelta a todos sus dolores.

—Habéis decidido vuestra suerte. ¡Que os proteja Dios! Pero yo velaré por vosotros. Quiero ser vuestra providencia. Sed felices, sí, felices. Yo en mis oraciones lo pediré al cielo; yo misma os seguiré cuando vea que la desgracia os amenaza. Y no descansaré, no, hasta veros tranquilos, virtuosos, felices, en el seno de vuestro hogar, rodeados de todo lo que pueda halagar la vida en la tierra.

Cada una de aquellas palabras caía como una centella sobre el alma de Eduardo, consumiéndola, abrasándola. Margarita, fría como una estatua, indiferente, sin embargo, al calor de aquella alma, al brillo de aquellos ojos, se había entusiasmado, y admiraba tan heroica abnegación, tan extraordinaria virtud. Ángela había padecido mucho; su corazón había necesitado hacer supremos esfuerzos; aquellas palabras no habían salido naturalmente de sus labios, no; había pasado por una grande, por una tremenda lucha. Así, después de esto se apercibió para dejarlos y volverse a su vivienda, llevando su pecho desgarrado por la desventura y por los celos.

En el momento de irse, Ángela se despidió de Margarita, la cual se quedó como poseída de un pensamiento que la abrumaba, sentada y distraída. Eduardo acompañó a Ángela, pudiéndola decir estas palabras:

—Aún te amo.

—Eso no debe ser.

—¡Ángela!

—¡Caballero, no os conozco!

—Ángela, ¿te has olvidado de mí?

—Sí, sí.

—¡No me has amado nunca!

—De todo cuanto ha pasado en mi vida, de todo estoy ya completamente olvidada. Todo se lo ha llevado el tiempo. Ese Eduardo de que me habláis, le he enterrado ya en mi memoria.

—¡Maldición sobre mí! —dijo Eduardo al dejarla—. Me aborrece.

—¡Dios mío! —exclamó Ángela bajando la escalera—. Tú sabes que he mentido. Tú conoces mi corazón, mi alma. Perdóname, perdóname. A los agudos golpes de estos crueles dolores perderé la vida. Pero no borres nunca esta pasión, que es el alma de mi vida.

* * *

Retirada en su estancia, Ángela padecía dolores horribles. Una gran lucha se había empeñado en su corazón. Tenía necesidad de sacrificarse, de ser víctima de alguna gran idea, de alguna gran pasión. Su alma era juguete de la tempestad; su imaginación presa del delirio. Pero sola en el mundo, sin más apoyo que su madre, necesitaba de algún ser a quien confiar sus penas. Entonces se acordó de un hombre que gozaba fama universal en Nápoles.

A las orillas del mar, en la hermosa playa, en medio de un bosque de cipreses, alzaba su pequeña torre una ermita. Algunos sauces plantados alrededor de aquel retiro, le daban cierta melancolía indefinible. Aves, como los ruiseñores, las palomas, los jilgueros, no perseguidos allí, anidaban en la copa de sus árboles, y pagaban con armoniosos cantares, como agradecidos, tan dulce hospitalidad. De vez en cuando las gaviotas, las aves marinas, cansadas de cernerse sobre las ondas, o no teniendo un mástil donde apoyarse, o arrojadas por la tempestad, iban allí a descansar de sus fatigas y a plegar sus blancas alas. Toda aquella naturaleza sonreía con una paz semejante a la de un alma que, no conociendo remordimientos, resplandece siempre iluminada por la virtud, que por inmortal no conoce ni eclipse ni ocaso. Era aquélla una ermita donde se adoraba una Madona en un retablo, representando a la Divina Pastora que alimentaba con rosas a sus corderos. Al pie del retablo se veían flores cogidas en aquellos campos, perlas sacadas de todos aquellos mares, signos infalibles de la unión amorosa del espíritu con la Naturaleza. Bajo las bóvedas de aquella ermita, por las noches, ardía constantemente, sin apagarse nunca, una lámpara, cuyos resplandores, merced a una pequeña reja, se veían desde fuera; lámpara que parecía una estrella errante, perdida, que se había posado delante de la Virgen. Así, el campesino, cuando en la callada noche iba a rezar o a cuidar en el establo de la comida de sus bueyes, volvía los ojos a la reja, y al ver los resplandores de la luz, creía que por él velaba la Virgen. Y el marinero, en las playas o en el mar, al ir o al volver de sus expediciones, cuando en la callada noche veía relucir aquella lámpara, se acordaba de que Dios es el punto luminoso y fijo en el rumbo de la vida, como la estrella Norte en el rumbo por los mares. En aquel recinto respiraba todo amor y paz. Allí la Naturaleza se había hermoseado, y el hombre podía encontrar esa tranquilidad uniforme, pero serena y mística, que se parece a la idea de la bienaventuranza. Las húmedas brisas del mar; el aroma de las flores; las puras emanaciones de los árboles; el arrullo de la paloma; el dulce gorjeo del ruiseñor en la umbría enramada; la cruz santificándolo todo; el ciprés que asciende al cielo: todo ofrecía ese cuadro deslumbrador y hermoso, por el cual vaga el alma como la mariposa entre los aromas del campo.

Y allí había buscado asilo un filósofo que, después de recorrer todas las esferas de la ciencia, había caído en la duda, y después de gustar todos los placeres de la vida, había caído en la desesperación. Su alma seca, esterilizada, buscaba una gota de rocío que la humedeciera, un rayo de luz que sacara algún color a su pálida y desmayada corola. Este hombre, que había caído por su desgracia en la negación, en el hastío, después de buscar inútilmente Dios en la ciencia, había huido al retiro solitario de un campo. Allí, poco a poco, su alma, roída antes por los gusanos de todos los vicios, fue abriendo sus hojas a las auras benditas descendidas del cielo.

Aquel hombre, encerrado en aquel retiro, solo con su conciencia y con la Naturaleza, se había despertado a la vida, había conocido y adoraba a Dios. Inmediatamente que esta idea religiosa penetró en su conciencia, la caridad, el amor, la fe, penetraron en su corazón. Y así que la caridad le poseyó y el amor de sus semejantes inundó su alma, fue todo bien para los que le rodeaban; la providencia del pobre, la salud del enfermo, el consuelo del afligido. No acudía nadie en la comarca a verle, a visitarle, que no saliera con el corazón descansado y la inteligencia más clara. Así como con su cuidado había hermoseado un desierto, había convertido un terreno árido, seco, en hermosísimo jardín, con sus virtudes, con su exaltada caridad, había convertido su alma en una fuente de aguas vivas que manaba el bien y el consuelo. Desprendiéndose de los lazos de la tierra, levantándose de este bajo mundo, olvidado de sí, hecho todo amor, todo fe, todo esperanza, su alma vigorosa descomponía la luz del cielo. Su vida estaba repartida entre la oración y el trabajo, entre Dios y el hombre. Se levantaba muy temprano, veía amanecer, adoraba a Dios, bendiciéndole por los primeros reflejos de la dulce alborada; llamaba a los campesinos con los acentos de la campana, y preparaba después con sus propias manos el desayuno para los trabajadores. Después trabajaba él también. Se encorvaba sobre la tierra, y la regaba con el sudor de su rostro, y la repartía, como cada hombre, parte de su vida. Encerrábase más tarde en su aposento, y allí, oyendo a lo lejos los murmullos de la Naturaleza, recibiendo la luz al través de las verdes hojas de los árboles en verano y de las desnudas ramas en invierno, leía o meditaba la ciencia. Después comía, acompañado de su pequeña grey de trabajadores. Acabada la comida, oraba en señal de gracias, manteniendo perpetuamente su alma en comunicación con Dios. Tomaba después el camino de las chozas, de las casas del pobre; entraba allí, llevando en unas alforjas el fruto de sus campos, y repartía el pan entre los necesitados. Pero como no sólo de pan vive el hombre, sino también del espíritu divino, necesario a su existencia; de la verdad, de la idea, de ese pan espiritual, más sabroso, reunía a los pequeñuelos, les hablaba de Dios, de la virtud; les hacía comprender las maravillas de la Naturaleza, y leyéndoles algunos versos de los grandes poetas, algunos párrafos del Evangelio, abría sus tiernas almas a las grandes impresiones, como el rocío de la mañana abre los hermosos pétalos de las flores.

Cuando los niños le veían ir, salían corriendo a recibirle, como los polluelos aletean en el nido cuando ven volar a su madre; y cuando se despedía, lloraban lágrimas, que eran el premio de sus afanes y la ventura de su vida. Así, no había en la comarca ser alguno que no le acatase, que no le bendijera. Él, después que había pasado de esta suerte toda la tarde, cuando el sol se ocultaba y venía la noche, iba a la ermita, volvía a tocar la campana para congregar a sus trabajadores y para saludar a la Virgen, y rezaba el Ave María. En las noches de estío se paseaba solo por las orillas del mar; algunas veces se detenía en un peñasco, y entonces, inspirado por la Naturaleza y por su propia alma, bendecía en hermosos versos a Dios o al hombre. En las noches de invierno se encerraba en su casa, en su ermita, y allí escribía. Sus libros no se perdían en el seno de un estéril misticismo: amando sinceramente al hombre; creyendo que su verdadera atmósfera es la sociedad; deseando, como toda alma generosa y recta, el bien, y creyendo que el bien no puede encontrarse sino por la libertad, y que cada siglo va resolviendo o anunciando alguna de las grandes contradicciones sociales, se curaba de la reforma de la sociedad, de propagar, de extender entre las gentes la grande, la santa idea del derecho y del deber.

Al fin, ¿de qué sirve la vida, si la vida se esteriliza y se evapora? ¿De qué sirve la virtud si se encierra dentro del duro egoísmo? Nuestra vida, como la lluvia del cielo, refrigera la vida de nuestros semejantes. Nuestra virtud como el rayo del sol, debe hacer brotar virtudes en el corazón de todos los hombres. Nuestro pensamiento no se ha de perder pasando rápidamente por nuestra conciencia; duradero o fugaz, lo debemos a nuestros hermanos. ¡Maldito sea el que sólo nace para sí! Es como la lluvia que absorben las arenas del desierto; como el negro aerolito que se desprende muerto y frío, de la atmósfera; como el fugaz relámpago que cruza un instante el horizonte. La verdadera virtud es fecunda expansiva. Desciende como el maná sobre todas las gentes. No pasa al lado del pobre sin socorrerlo, o sin tomar cuando menos, por la compasión, parte en sus aflicciones. Bendice todos los instantes que de hacer bien le depara la Providencia, y cuenta sus días por las lágrimas que ha enjugado, por los pobres que ha socorrido, por las almas que hacia el bien ha alentado, por las conciencias obscurecidas que ha esclarecido; y así, más duradera que todo cuanto la rodea, sabe que ha de vivir más que la tierra, y el sol, y las estrellas, y el universo entero.

A interrogar a este hombre extraordinario se dirigió Ángela. Su cabeza ardía; el corazón le saltaba del pecho. Conocía que necesitaba algún calmante a su acerbo dolor, ver alguna esperanza en su desolada vida. Cuando el ser que ama el alma huye para siempre, parece que el alma cae en espesa noche. Y como si viera, y respirara, y sintiera para el amor tan solo, apenas acierta a desear nada que no sea la muerte. Parécele que el mundo está vacío; que los astros toman su luz en los ojos del ser amado; que los campos no tienen flores; que todo muere; que todo languidece, como el corazón herido. Si el alma continuara de esta suerte por largo espacio de tiempo, iría, por último, la intensidad de su ardor consumiendo, devorando el cuerpo. Y la palidez de Ángela, su vaga mirada, su respiración fatigosísima, las punzadas que sentía en el corazón, el desdén que le inspiraba todo lo que no fuese su pensamiento, la indiferencia con que oía los aplausos del público y miraba las coronas caídas a sus plantas, la fiebre que consumía sus sentidos, el eterno delirio de amor que se apoderaba de todo su ser, decían muy claramente que aquella organización tierna, delicada, iba a descomponerse, a aniquilarse bajo el inmenso peso de su grande e inmerecida desgracia. En aquella tarde que iba en pos del solitario, sus plantas pisaban las orillas del mar. A cada paso que daba se volvía con una ternura indefinible a mirar las ondas. Recordaba allá, en el silencio de su pensamiento, cómo le sonreían cuando impulsaban la barca de Eduardo. Y le parecía imposible que aquellas ondas murmuraran aún; que no estuvieran apagadas como su corazón, inmóviles como su pensamiento; que sonrieran, iluminadas por el sol, como sonreían en las dichosas tardes, ya pasadas, de su felicidad. Se acercaba con temor a la ermita, y con respeto al ermitaño. Sin embargo, joven, educada en el campo, amante como toda artista de lo maravilloso, volviendo siempre sobre los pasos y las huellas de la pasada vida, y recordando los tiempos en que le confiaba todas sus dudas al único sacerdote que había en su pueblo, deseaba descargar su conciencia y su corazón en un alma alejada del mundo; porque, conocida ya en toda Italia, temía mucho que sus pesares fueran pasto de la general conversación, y pasaran acaso después a las columnas de algún periódico. Así, el sentirse débil para sobrellevar sola el peso de su dolor y de sus pensamientos, la obligó a recurrir a este retiro. Los sauces que a la puerta de la ermita se alzaban, le recordaban los sauces plantados en torno de la fuente donde aguardaba a su amado. Todo estaba en silencio. Sólo se oía el rumor del viento en la enramada y el canto de las aves. El sol se ocultaba en el mar. La tarde estaba hermosísima. Parecía que todos los seres, inundados por mares de luz, se movían y pronunciaban una religiosa plegaria. El alma de Ángela oró, y la oración calmó un poco su dolor. Pero no aparecía nadie. Después de algunos instantes apareció a la puerta de la ermita un rubio y hermosísimo niño, como de ocho años.

—Dime, niño, ¿y el ermitaño? —preguntó Ángela.

—No está.

—¡Ay! Y ¿no volverá?

—Volverá pronto.

—Ha ido adonde va todas las tardes.

—Y ¿adónde va?

—Dice que va a buscar a Dios.

—¿A buscar a Dios? ¡Oh, Dios mío —añadió Ángela a media voz—, yo también te necesito! Y ¿no sabes dónde va a buscar a Dios?

—Va a las casas de los pobrecitos como iba a mi casa…

—¿No es tu casa ésta?

—No.

—Pues ¿dónde vives?

—No tengo casa.

—¡Pobrecito!

—Se me ha muerto ayer mi madre.

Y el niño, que llevaba un jilguerillo en la mano, y que estaba empolvadillo como en señal de haber jugado mucho, comenzó a hacer pucheros, y concluyó por prorrumpir en amargo llanto.

—¡Pobre niño! No te aflijas, no te aflijas, hijo mío.

—Y el señor ermitaño me ha traído aquí.

—Y ¿le quieres?

—Mucho. Y le querría más si no me hiciera aprender la doctrina.

Ángela se echó a reír involuntariamente al oír la ingenuidad del niño.

—Y ¿te has quedado solito?

—Tengo un hermanillo.

—¿Mayor que tú?

—No; aún mama.

—Y ¿también está aquí?

—También. Le ha comprado nuestro señor una cabra.

Ángela comprendió que aquel niño era el testigo más verídico de la virtud del solitario.

—Mirad, señora —dijo el niño—; mirad, por allí baja.

Bajaba, en efecto, por una colina. Un hábito blanco le envolvía. Una barba tan blanca como su hábito le bajaba hasta la mitad del pecho. Apoyábase en un báculo; traía en sus brazos un niño, y llevaba tras sí una cabra, que iba saltando por todos los despeñaderos y montecillos. De sus hombros colgaban unas alforjas vacías. Sus ojos relumbraban en el fondo de la capucha, como esos fragmentos de cielo azul y sereno que algunas veces aparecen límpidos y claros entre las nubes. Su frente arrugada dejaba ver de una manera indudable los profundos surcos de una grande y profundísima idea. Su continente era severo, majestuoso, e indicaban su apostura y sus maneras, a pesar del disfraz, todas las trazas de un hombre de muy distinguida educación.

—Ya viene, ya viene —decía el niño saltando y palmoteando alegre con sus tiernas manecitas.

— Peppinno, Peppinno… —decía alegremente el ermitaño.

—¿Traes a mi hermanito?

—Sí le traigo.

—¿Llora?

—No. Está dormido.

—¿Y mi madre? —dijo el niño, olvidado de que su madre había muerto.

—Ya sabes que está en el cielo y que alguna vez bajará.

—No, no bajará —dijo el niño moviendo incrédulamente la cabeza y casi llorando.

—Toma —dijo el anciano. Y le arrojó en una pequeña pradera una hermosa naranja.

—¡Qué hermosa, qué hermosa! —exclamó el niño. Y echó a correr alegre y contento tras ella, dejando en libertad al jilguerillo, que comenzó a cantar al extender sus ligeras alas en el cielo.

—Mira, ha venido una señora —dijo el niño.

—¡Ah! Ya la veo.

—Se parece a la Virgen.

—¡Picaruelo!

Y el ermitaño, después de besar al niño, se dirigió a Ángela.

—Dios os guarde, señorita.

—Venía a buscaros.

—Estoy a vuestras órdenes. Esperad un instante. Se ha muerto la madre de estos niños; se han quedado en el mundo pobres y desamparados; pero Dios, que no abandona al pajarillo, no abandona tampoco al pequeñuelo. Mirad.

Y como el niño llorase, gritó el anciano:

—¡Flor! ¡Flor!

No bien hubo gritado, cuando se apareció brincando la cabra. Se había entrado en un bosque, y traía entre su blanco pelo algunas hojas de rosa, y entrelazada entre sus cuernos una verde y brillante rama de hiedra. Aquel animal tan móvil, saltón y ligero, que al pasar de un lado a otro, de un montecillo a otro montecillo, de un precipicio a otro precipicio, parecía que volaba, tal era su agilidad, así que le mostró el ermitaño el pobre niño, se quedó plantada, sin moverse, balando dulcemente, como si quisiera acariciarlo, y el niño, a su vez, cogió instintivamente las cargadas tetas del pobre animal, y poco a poco se quedó tranquilo y dormido, con ese sueño dulce y hermoso que sólo conocen la niñez y la inocencia. Luego que se quedó tranquilo y dormido, dijo el ermitaño:

—Vete.

Y la cabra volvió a saltar y a retozar por el campo.

—Dispensadme, señorita. Voy a dejar en su cuna al niño.

—Sí, sí. No os incomodéis por mí.

—Señora, los pobrecitos no tienen madre.

—Pero la han vuelto a encontrar en vuestro amor.

—¡Peppinno!

—¿Qué? —dijo el niño, que apenas podía contestar, pues se estaba comiendo a dos carrillos su naranja.

—Ven, ven conmigo.

Y el ermitaño y los dos niños entraron en la ermita.

Después de cortos instantes salió el buen ermitaño, e inclinando profundamente la cabeza, le dijo:

—Señorita, ¿qué tenéis que mandarme?

—Dispensad a una desgraciada que acuda a vos; el dolor tiene eco en vuestro corazón, y el dolor os busca, y sobre todo el dolor moral, que es el más triste de todos los dolores.

—Señorita, he consagrado mi vida al hombre. Convencido de que no debemos vivir para nosotros mismos, sino para nuestros hermanos, he abandonado cuanto pudiera halagarme, y he seguido esta senda, que empecé con repugnancia y concluiré con amor porque está sembrada de flores.

—Por eso yo he venido a veros, señor; a veros. El mundo no quiere presenciar el dolor: le da asco. Quiere que se oculten los males del alma como se ocultan las llagas del leproso.

—Y, sin embargo, hija mía, el dolor es la fuente más pura de la ciencia, del arte, de todo lo que engrandece la humanidad. Todas las notas de esos cánticos divinos que han suspendido a los hombres, que repiten las generaciones, son lágrimas, suspiros, quejidos del corazón.

—Mi dolor es tan grande, que temo llegue algún día a secar mi vida.

—No lo temáis. Acordaos de que el dolor suele ser el signo de la elección que Dios hace de un alma. Los espíritus superficiales o pequeños, que han nacido para vivir apegados a la tierra, se contentan con el espectáculo que a sus ojos ofrece la Naturaleza, la sociedad, el hombre; pero las almas grandes, las que sueñan con ideas superiores a la realidad, las que anhelan por otro mundo mejor que este mundo, por otra humanidad más elevada, más hermosa; las almas que tienen sed y hambre de justicia, de verdad, padecen mucho en el mundo, y viven esta pasajera vida entre dolores, aguardando la santa hora de otra vida más en armonía con su pensamiento, vida que llene el abismo de sus purísimos deseos.

—Y, sin embargo, no es ese mi dolor. Yo, padre mío, yo era feliz cuando un lazo me ataba al mundo, cuando… perdonadme —dijo Ángela balbuciente y sonrojándose—; cuando el amor de un hombre lucía en mi vida; y desde que ese amor me falta, ¡ay, señor! soy muy desgraciada.

—Os oponíais a mi pensamiento, y lo estáis, sin embargo, confirmando. Erais feliz cuando un objeto pequeño llenaba todo vuestro corazón, y desde que ese objeto pequeño os falta sois desdichada, y a pesar de eso, no os conozco y lo digo, sois más grande, sois más virtuosa.

—Señor, señor. Es verdad, pienso más en Dios, pienso más en mis hermanos.

—¿No os lo decía yo? ¿Creéis vos que sólo se puede amar a un ser? No. El que limita su vida a sí mismo, el que se contenta sólo con la felicidad propia, el que no sale de su concha como el pólipo, como los seres inferiores de la creación, ése no vive, pasa sus días pegado a la materia; es inútil en la vida, y muere sin dejar en el mundo ni una huella de su alma.

—Pues he ahí, señor, el deseo que ha sobrecogido mi alma. Sola, aislada, me ahogo en esta vida triste. Pasa un día, pasa otro día, y me pregunto: ¿De qué sirvo en el mundo?¿Qué ser me necesita? La vida inútil se corta. Yo respiro un aire que pertenece a otro ser; yo ocupo un lugar en el espacio que otro ser debe ocupar.

—¡Desgraciada! Esas ideas son hijas de la enfermedad de vuestra alma. El grano de arena perdido en el desierto sirve a toda la creación; y ¿no ha de servir el hombre libre que quiere emplear su vida en provecho de sus semejantes, no ha de servir a toda la humanidad? Esas ideas son delirios que pasan, como la tempestad pasa rápida por la atmósfera. Algún día, sola con vuestra conciencia, os avergonzaréis de haber tenido esas ideas.

—¡Vivir sin amar! —exclamó con acento desgarrador Ángela, cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Vivir sin amar! Y ¿quién os ha dicho que vais a vivir sin amar? Pues qué, ¿no hay ya humanidad? ¿No hay ya mundo? El alma exaltada finge un ser, y ama a ese ser; y cuando le falta, cree que todo falta, y se engaña.

—¡Amar otra vez ¡Oh! No, padre mío, no.

—Seguramente no me habéis comprendido. He querido decir: aún hay desgraciados a quienes consolar, enfermos que curar, seres que proteger, almas desgraciadas que salvar, inteligencias obscurecidas que esclarecer; aún puede vivir en vuestro corazón un amor más grande, más intenso, más divino que el amor que habéis perdido.

Ángela movió la cabeza como con incredulidad y con dolor.

—Mirad este espectáculo maravilloso que os rodea. Esa onda que palpita y se estrella mansamente, con su ruido alaba al Creador. Esa estrella que aparece entre los arreboles del cielo, alaba a Dios. Esa flor que abre sus pétalos al húmedo beso de la noche, aguardando una gota de rocío, tiene en sus hojas, en su tallo, algo de amor a Dios. Ese ruiseñor que a la luz de la luna, cuando reina el misterioso silencio en la creación, lo interrumpe con arpados cánticos de amor, que suben como una oración a los aires, alaba sin conciencia a Dios, como el sol cuando se levanta por el Oriente, como la mariposa cuando rompe su larva, como toda la creación, que entona siempre en sus ecos, en sus rumores, un cántico al Eterno.

—Sí, sí —decía Ángela, entusiasmada con aquella mística elocuencia.

—Y el alma del hombre, Ángela; el alma del hombre, más intensa que el universo, más luminosa que el sol, más llena de ideas, de pensamientos, que la naturaleza de seres; el alma del hombre, más duradera que todos esos mundos, los cuales morirán, se apagarán como las luciérnagas, mientras nuestra alma vivirá siempre eternamente; ¡ah! el alma del hombre, creación en que Dios extremó su poder, ¿no unirá su voz al concierto de tantas alabanzas?

—Sí, sí —decía Ángela transfigurada; Ángela, que no se atrevía a respirar por no perder una de las palabras del ermitaño.

—Y entonces, ¿cómo decís que os falta amor? ¡Amor! ¡Cuántas veces el sentido lo profana! ¡Cuántas veces el beso impuro de los impuros labios lo mancha! Pero ese amor divino, que se convierte en una fuente de bien para los hombres, es la única verdad de su vida. Todos los demás amores son fantasmas, sombras, nada.

—Tenéis razón, padre mío; yo he faltado a Dios; yo me he faltado a mí misma. El hombre que yo amé con amor puro, intensísimo, no merecía, no, ese amor. Y mi grave falta, la falta de que yo no me puedo, no, absolver, es haberle amado; ¿qué digo haberle amado? amarle aún con toda mi alma. Algunas veces, atenaceado el corazón por el dolor, y la conciencia por el remordimiento, me he dicho a mi misma: «Ángela, si te amara, ¿le amarías así?» Y he creído que este amor tan grande, tan profundo, era un castigo tal vez de mi orgullo, sí, de mi orgullo; porque yo, allá, cuando tenía menos edad, en mis ensueños, en mis delirios, me había imaginado tan perfecta y superior a los hombres, que creía que estaba destinada acaso a amar a un ángel. ¡Horrible orgullo, que Dios ha herido despeñándome en un infierno!

—No lloréis tanto, hija mía. Conviene tener la fuente del bien. Importa poco que hayáis despreciado grandes tesoros. El arroyo que nace en una peña, corre largo espacio entre piedras, purifica su linfa, y cuando llega al llano es más cristalino y más puro, y templa la sed del hombre y de las aves del cielo. El amor que vuestro corazón posee ha podido ser hasta aquí estéril, desgraciado; pero desde hoy, convirtiéndolo en bien de vuestros semejantes, derramándolo como un bautismo sobre la frente de los que lloran y padecen, podéis prometeros que será eterno manantial de puros goces para vuestra alma, que sin duda Dios destina a que alumbre su gloria allá en el cielo.

—Vuestra voz me anima para el combate. Me parece que cobro aliento, que puedo ya batallar contra el mal, que voy a desvanecer todos estos velos que encubren mi destino, y voy a ser feliz.

—Siempre al fin de la vida el alma grande alaba a Dios, porque Dios ha comprendido mejor que ella misma su destino. Suele la Providencia abrir grandes heridas a esas almas, privarlas de goces sin los cuales no se concibe la vida; aislarlas en la soledad, sin amor, sin esperanza; y entonces esas liras divinas producen sus más admirables sonidos, sus más hermosos cantares. No os dejéis llevar en la corriente que arrastra a los demás hombres. La onda del río, que llega hasta el mar, confunde sus dulces caudales con las amargas aguas del Océano; al paso que la gota que se prende a los juncos y a las espadañas de la orilla, y que parece perdida, se evapora en el cielo.

—Habladme más, padre mío, habladme. No podéis imaginar el bien que derraman vuestras palabras en mi alma, el aliento que dan al corazón.

—No os conozco, y en vuestros ojos he visto pasar vuestra alma. No os conozco, y en vuestra palabra he oído latir el corazón. Os sobra alma, os sobra vida. Y cuando sobra alma, no debe guardarse en el cerebro, donde rebosa y estalla; y cuando sobra vida, no debe encerrarse en el corazón, donde rebosa y se pierde; esa alma, esa vida, pertenece al mundo, pertenece al que está falto de ella; que Dios, por la comunicación de las almas grandes con las pequeñas, ha establecido el equilibrio de su justicia.

Ángela, en un rapto de entusiasmo, exclamó:

—Yo lucharé: yo me venceré. Esta idea que turba mi cerebro, huirá; este dolor que esteriliza mi corazón, me alentará en la lucha; será el aguijón de mi conciencia y de mi vida. Yo pensaré que hay muchos seres que me necesitan. Yo creeré que cada día de mi vida es necesario para algo, para alguien. Este amor es el egoísmo del sentido; yo necesito el amor del alma, el amor ideal, que encienda mi alma como una llama pura, donde se pierdan todas las debilidades, donde huyan y desaparezcan todas mis manchas. ¡Oh! ¡Dios mío, piedad! ¡Dios mío, piedad!

—Sí, levantad a Dios el alma, que Dios no desoye jamás a su criatura. Al ave le da alas para que corte los aires; al pez le da escamas para que viva en las aguas; y ¿no le ha de dar también al espíritu, al corazón, lo necesario a su vida?

—Yo necesito paz.

—La tendréis. Cuando vuestro pensamiento se haya levantado de la esfera en que hoy se agita a otra más luminosa, veréis cómo cesa esa gran batalla en que os halláis empeñada: la vida, lejos de ser una lucha, será una divina armonía.

—Yo creí que el arte podría calmar mi angustia.

—¿Sois artista? —preguntó el ermitaño.

—Lo soy.

—Lo había adivinado.

—No sé si hasta aquí habrán llegado los ecos de mi nombre.

—Ángela os habéis llamado antes…

—Sí.

—Ya os conozco.

—¿Me conocéis?

—Ya hasta aquí ha venido el eco de vuestra voz.

—¡Hasta aquí!

—O, mejor dicho, os he oído, sí, os he oído con arrobamiento.

—¡Padre! —dijo Ángela ruborizada.

—Recordad una tarde que cantasteis en una iglesia.

—Es cierto.

—Yo estaba allí.

—Es verdad.

—Yo os vi.

—Por cierto, padre, que allí tuve noticias de vos.

—Dejemos eso, que importa poco.

—¡Ah!

—Yo os oí, y dije: «¡Ese es un ángel destinado para el cielo!»

—¡Si os oyera Dios!

—No se da nunca ese poder inútilmente en la tierra. Cuando Dios elige a uno de esos seres, y le da esa voz divina, esa inspiración, es, sin duda, para que derrame mucho bien, mucho, en las almas.

—Me alentáis, me alentáis mucho.

—¿No habéis meditado lo que es el arte?

—No.

—Pues meditadlo bien.

—Habladme del arte, padre mío.

—Tú, hija mía, posees en tu corazón un tesoro inmenso de bienes. Dios, comprendiendo cuán larga y escabrosa es la vida del hombre, ha hecho levantar en el espacio algunos seres que hermoseen su camino, que le alienten, para que no caiga en el abatimiento y en la desesperación. La llama que Dios quiere conservar en el fondo de nuestra vida, la pura llama que todo lo purifica, es la esperanza, sin la cual nos sería imposible atravesar este desierto. ¿Cómo habíamos de sufrir esta sed de amor, este anhelo inmenso, infinito, de verdad, de bien, que un día y otro día nos aqueja, nos posee, si allá, al fin de nuestra peligrosa senda, no alcanzáramos a ver la fuente de agua viva?

—Nunca he perdido la esperanza en Dios.

—Pues bien, hija mía; ese es el destino del arte. Para que el hombre no desfallezca, para que no se cierre su corazón a todo gran sentimiento, Dios ha puesto en el fondo de todos los hechos, en el seno de la sociedad, una armonía divina que se llama arte. Esta armonía es un reclamo del cielo; es como el aura bendecida de la patria, que el navegante respira y recoge antes de volver a su ribera; es como ese albor de luz que centellea en los astros, y que nos hace entrever todos los resplandores de la mansión divina.

—Así lo he comprendido yo siempre.

—Pues bien; mira, hija mía: el artista, que debe ejercer en el mundo un gran sacerdocio; que debe abrir a la esperanza las almas cerradas a todo sentimiento; que debe alentar al bien los corazones indecisos; el artista debe ser puro, debe ser inmaculado, debe ser virtuoso. Yo he conocido muchos artistas aquí en esta tierra del arte; he conocido a muchos. Dios les había dado alas para que volaran por el horizonte, y ellos se empeñaban en pasar esas alas por el lodo; Dios les había hecho para estrellas de su cielo, y ellos querían ser piedras del abismo; y Dios los castigó; y aquella fuente, que sólo brota pura cuando la mágica vara de la virtud la hiere, esa fuente se agotó en sus corazones, y dejó de regar sus ideas y su vida.

—Es cierto, es cierto. Yo por eso, porque hay mil asechanzas, he pensado en dejar mi vida de artista.

—No hagáis tal, hija mía; no hagáis tal. Puede parecer a veces que esa vida está rodeada de abismos. Pero nada hay tan bello como salvar los peligros. Además, no cerréis vuestros labios, no apaguéis vuestra voz. Dios os ha dado una voz para el hombre. ¿Os parecería bien que el ruiseñor se meciera tranquilo en la rama del árbol, mirara impasible su nido, y no regalara el viento con las dulces armonías de sus cánticos?

—No.

—Pues lo mismo que Dios ha dado el canto al ruiseñor para hermosear la Naturaleza, os ha dado la voz para hermosear el espíritu. No os creáis, pues, desgraciada. ¡Desgraciada una joven que posee ese tesoro de consuelos! ¡Oh, no lo creo, porque no puedo creerlo! Cuando el mal os persiga sañudo; cuando la duda se deslice en vuestra conciencia; cuando sintáis que se suspenden los latidos de vuestro corazón, volved a Dios los ojos, pedidle que os consienta realizar el bien, el amor verdadero, la virtud en la tierra, y salid a la calle en pos de alguna desgracia, consoladla, y os quedaréis tan serena y tranquila como si ningún dolor os atenaceare el alma.

—Lo haré, padre mío.

En esto la campana de la ermita llamó al anciano. Ángela se despidió de él con tristeza, pero con el corazón más aliviado. El ermitaño la bendijo con toda la efusión de su alma, y entró en la ermita. Ángela se acercó a la rejilla en que lucía la pequeña lámpara, y de rodillas rezó un Avemaría. La luna comenzó a levantarse en el horizonte; su hermoso disco inundó de luz la campiña, y reflejándose en las claras y celestes aguas del Mediterráneo, les daba un color tan suave y tan hermoso, que no parecía sino que el cielo mismo se había reclinado en el seno de la tierra.

Capítulo 10

Eran las altas horas de la noche. Todas las ventanas de Nápoles estaban cerradas. Nápoles dormía. Por aquellas calles no pasaba un alma viviente. Sólo de vez en cuando se oía rodar algún coche de algún gran señor que volvía de sus bailes, de sus fiestas, de sus tertulias. El único bulto que pasaba por las calles era el celoso y receloso centinela del poder del Rey; el agente de la policía napolitana, que cuidaba del sueño de la ciudad. En el palacio de Margarita, sin embargo, había una ventana abierta. Detrás de la ventana dos seres atisbaban la calle, como esperando a alguien con gran anhelo y cuidado. Eran Eduardo y Margarita.

—¿No viene? —preguntaba con anhelo Margarita.

—No viene —decía con indiferencia Eduardo.

—¡Qué anhelar!

—Tú lo has querido.

—Y no me arrepiento.

—Lo creo sin que lo jures.

—¡Cuánto tarda!

—Lo habrán cogido en alguna encrucijada.

—Tienes razón. Mala noche hemos escogido.

—La noche que tú designaste.

—¡Ay, Eduardo; no puedo sufrirte!

—Lo creo también.

—No puedo sufrirte.

—Tú me has querido.

—¡Oh, qué hombre!

Eduardo se encogió de hombros.

—A nada te opones.

—Pues casualmente ese debía ser el ideal de tu felicidad.

—Nada de eso.

—Pues no te entiendo.

—Yo necesito de oposición, de lucha.

—¿Aún te parecen pocas las luchas que te rodean?

—Necesito más: necesito que te opongas a lo que yo deseo.

—Pues no lo verás.

—¡Dios mío, qué hombre!

—El mejor, el más a propósito de los nacidos.

—Eduardo, me indignas.

—Yo también me indigno.

—No te conozco.

—Yo no me conozco tampoco.

—No debes ser así.

—¿Qué quieres?

—Despierta ese alma.

—Cuando se empiezan a bajar los escalones de la degradación, lo que cuesta es bajar los primeros; después se arroja ya uno de cabeza al fondo del abismo.

—¡Eduardo!

—¡Margarita!

—Me horrorizas.

—Tarde te horrorizas.

—Es verdad. Pero ¿no sientes nada?

—No, no siento nada.

—¡Imbécil!

—Sí; el que no tiene corazón es un imbécil.

—Mira: ¡no viene!

—¿Qué quieres que yo le remedie?

—¿Le habrán preso?

—Será lo más probable.

—¡Estamos perdidos!

—Me alegraré.

—No digas eso.

—Me alegraré.

—¿Por qué, Eduardo?

—Porque así se interrumpirá la monotonía de esta vida.

—En verdad te digo, Eduardo, que también a mí me va cansando. ¡Qué soledad!

—Pero ¡qué merecida soledad!

—¡Oh! No digas eso.

—Es lo que siento.

—¡Todos nos han abandonado!

—Todos.

—Me cansa tu salmodia.

—¿Qué quieres que diga?

—¿Te he de decir yo hasta lo que has de decir?

—Hija, tengo una pereza… hasta de hablar… me voy olvidando. ¡Qué vida!

¡Qué vida! Tienes razón.

—Pero no echemos de ello a nadie la culpa.

—¡Oh! Alguien la tiene.

—Nosotros.

—Y otro.

—Nadie, nadie; nosotros.

—¡Cuánto tarda! —decía Margarita volviendo al tema favorito de su manía.

—¡Te has empeñado; no hay más remedio que hacer tu voluntad!

—¿Querías tú que yo me quedara sin venganza?

Eduardo volvió a encogerse de hombros con señalada indiferencia.

—Yo no puedo vivir sin vengarme. Cada hora, cada instante que pasa y veo a mi gran enemigo sonreírse, vivir, ¡oh! es un puñal que me atraviesa el pecho.

—Muy alto está el objeto de tu venganza.

—No importa. Escalaré el cielo; pondré un monte sobre otro monte.

—Para que te suceda lo que a los gigantes de la fábula.

—¿Y tú eres hombre, y tienes corazón en el pecho?…

Eduardo lanzó una carcajada agudísima.

—¡Oh! Cuando te ves despreciado y abandonado de toda la sociedad de Nápoles, herida tu reputación, amenazados tus días, espiada tu conducta, próxima a desaparecer tal vez en la confiscación tu hacienda, expuesto a ir de puerta en puerta por extrañas tierras a pedir una limosna; cuando acaso cualquier día te cruce la cara el látigo de uno de esos hombres que nos celan, ¿te atreves a reír?

—Y ¿qué quieres que haga?

—Que me imites.

—¿En qué? Parece imposible que digas eso cuando soy tu autómata. ¿En qué he de imitarte?

—En este odio que arde en mi corazón; en estas desencadenadas pasiones que llevan mi alma de un punto a otro como las ráfagas de una tempestad; en esta sed de venganza.

—¿Qué quieres? Yo no puedo tener tu alma.

—Y al menos la patria; la patria…

—Calla, Margarita, calla. Todo me es indiferente.

—¡Indiferente la patria! ¡Gran Dios!

—¿Te maravillas?

—Pues ¿no he de maravillarme de ese duro corazón?

—Desconoces tu obra.

—¡Mi obra!

—Sí; porque el corazón no se seca sólo en una parte, no se corrompe sólo por un lado; se seca o se corrompe todo entero.

Margarita dejó escapar de su pecho un hondo suspiro.

—Tú me has dicho un día y otro día, una hora y otra hora, un minuto y otro minuto, que todas esas pasiones poéticas eran pura mentira.

—Es verdad.

—Yo lo he creído; yo, alma flexible y débil, que como la cera me presto a todas las formas. Yo lo he creído.

—Y ¿qué?

—Y he tomado por pura ficción la justicia, la verdad, todas las grandes pasiones, todas las grandes ideas.

—¡Calla, calla!

—Y cuando quiero a este corazón seco pedirle amor para la patria, amor para la libertad, amor para algo grande y sublime, este corazón se ríe de mí, y sólo me da por respuesta el torcedor de mi remordimiento.

—¡Eduardo!

—Vosotras las mujeres amáis o aborrecéis siempre. Por grande que sea vuestra degradación, en el fondo de la vida, en sus heces, hay siempre algunas pasiones.

—Es verdad.

—Pero nosotros, miserables; nosotros, que no poseemos tanto corazón; nosotros, pobres de espíritu, cuando nos degradamos, lo primero que perdemos es el sentimiento.

—Y ¿se puede vivir sin sentimiento?

—Se puede vivir vida horrible, fría, como la vida de la piedra.

—Yo podría vivir sin amar; pero no puedo vivir sin aborrecer —dijo Margarita entusiasmada.

—Eres feliz; aborreces y sientes.

—¡Oh! Si pudiera vengarme…

Y rechinaba los dientes de rabia.

—Mira. Aún me queda, allá en lo más recóndito, en lo más obscuro, en lo más hondo de mi ser, aún me queda algo, sí, algo de conciencia; y cuando a veces el remordimiento me oprime, bendigo el remordimiento.

—¿Por qué?

—Porque al fin padezco.

—¿Deseas padecer?

—Sí, lo deseo, lo deseo.

—Pues si deseas padecer, sígueme.

—Te sigo.

—Pero sígueme, no con esa indiferencia glacial, que es la muerte, sino con fe, con ardor.

—¡Ah, con ardor!… Tanto valdría pedir agua a las piedras.

—Yo necesito que aborrezcas como yo aborrezco.

—Estoy, como Satanás, imposibilitado de amar.

—Pero no de aborrecer.

—Y como el cuerpo frío y muerto, imposibilitado también de aborrecer.

—¡Qué hombre, qué hombre!

—¿Qué quieres, Margarita? En la edad en que la vida brota flores, he secado la vida. En la edad en que todos los sentimientos manan del corazón, he secado el corazón. Ahora, aunque quisiera amar, no podría, porque no reverdece, no, el sentimiento marchito. Necesitaría que cayera sobre mí un diluvio de lágrimas para que se borrara este cáncer que ya se ha comido toda mi vida.

—Mas al menos tendrás fuerza, nervio bastante para arrostrar los peligros.

—Creo tenerlo. Te sigo como sigue un satélite a su planeta. Te sigo sin conciencia.

—¿Tú sabes lo que intento?

—Lo sé.

—Tengo sangre corsa en mis venas.

—No lo ocultas.

—Soy muy vengativa.

—Yo no soy vengativo.

—Ver a mi enemigo, herido por mis propias manos, caer a mis plantas, revolcándose en el dolor y en la sangre, exhalando quejidos de rabia, exánime, mirándome al expirar con su mirada torva y fría; ver al enemigo, tendido a mis pies, respirar el vapor de sangre que sube hasta mis narices y calienta mis sienes, y patear sus entrañas, ¡oh! es un gozo supremo.

—¡Calla! Me haces temblar.

—¡Oh! Y este gozo supremo se retardará… ¡No viene!

—Mira, te pareces a la leona.

—Respiro odio y venganza.

—Estás hermosa así, tan torva y tan airada.

—Es porque se transparenta en mis ojos el alma.

—¡Alma perdida!

—No, alma de fuego.

—Pero de ese fuego que consume y esteriliza la vida.

—Y tú, alma de hielo.

—Pero este hielo, por petrificado que parezca, puede, al rayo del sol, derretirse y fecundar algún campo; mientras tu fuego…

—Mi fuego puede abrasar a muchos malvados; puede acrisolar también un alma.

—Tarde es.

—Más se puede esperar de mi ardor que de tu indiferencia.

—No trato yo de lo contrario. Me he convencido de que para mí no hay salvación posible.

—Mira, dejemos esto; siempre reconviniéndonos.

—Nos hemos unido, Margarita, y el alma de los dos es una negra sombra, un cruel remordimiento.

—Nunca me punza a mí el corazón ni la conciencia.

—Serás de piedra.

—Ahora, lo único que me preocupa es la tardanza de ese hombre.

—Calla: se desliza una sombra.

—¿Estará Pedro aguardando?

—Una sombra que entra sigilosamente en casa.

—¡Es él!

—Sí, es él.

—¡Respiro!

En esto se abrió la puerta de la sala, y entró un hombre vestido de marinero.

—¿Sois vos, Rafael? —dijo Eduardo.

—Yo soy.

—¡Cuánto habéis tardado! —exclamó Margarita.

—¿La sesión ha sido larga? —preguntó Eduardo.

—Muy larga.

—Y ¿qué?

—Estáis admitidos.

—¡La venganza! ¡La venganza! —exclamó Margarita levantando los brazos al cielo.

Rafael, volviéndose a Eduardo, le dijo:

—El ángel caído fue diablo. La mujer que cae, es mucho más perversa que el hombre.

—¡Calla! —dijo Eduardo, temblando como si tuviera frío.

—¿Seré admitida? —preguntó la joven Margarita.

—Seréis admitida.

—¿Cómo habéis vencido la dificultad?

—He dicho que sois hombre.

Margarita lanzó una carcajada.

—Te vestiremos de hombre —dijo Eduardo.

—¿Los dos en una noche? —preguntó Eduardo.

—Sí, y no.

—Pues ¿cómo?

—Uno entrará antes, y otro más tarde.

—Bien —dijo Margarita.

—Pero ¡por Dios… , Margarita! —dijo Rafael.

—No tengáis cuidado.

—Va en ello la vida.

—Lo sabemos.

—Y ¿tiene grandes ramificaciones? —preguntó.

—Las tiene muy grandes.

—Yo, con tal de vengarme, llevo al acervo común todo mi oro —dijo Margarita.

—Bien, muy bien.

—¿Gente grande?

—Toda.

—¿Despreciados por el Rey?

—Despreciados.

—¡Oh!

—Me voy.

—Sal por la puerta falsa.

—No tengo inconveniente en salir por la puerta falsa.

—Con mucho sigilo —dijo Eduardo.

—¡Oh! ¡Si nos cogieran… —exclamó Margarita.

—Seríamos perdidos —añadió Eduardo.

—No lo sentiría por mí —dijo Margarita.

—¡Quizá lo sentiría por ti! —exclamó Rafael mirando socarronamente a Eduardo.

—No, lo sentiría por mi venganza.

—Tienes una verdadera manía —dijo Eduardo.

—Sólo Dios sabe el odio que guardo en el pecho.

—Guíame, Eduardo.

—Te guiaré, Rafael.

—Adiós —dijo el joven saludando con indiferencia a Margarita.

—Me voy a vengar. Caerán mis enemigos abrasados por mi odio, por mi ira. ¡Infames! Creyeron que podían arrancarme el poder y la fuerza. Aún me queda vida. Mientras yo respire seré su torcedor, su tormento, su martirio. Sí, yo gozo; sí, yo vivo en esta atmósfera venenosa. Me parece que late más mi corazón, que corre con más libertad mi sangre por las venas desde que soy despreciada y perseguida. He nacido para luchar: lucharé, y venceré; lucharé, y mis enemigos caerán a mis plantas. ¡Infames!

En esto volvía Eduardo de acompañar a Rafael.

—A prepararlo todo, Eduardo.

—Espera, mujer, espera.

—No puedo.

—¿Te falta tiempo?

—Sí; tardo en vengarme.

—Si fuese para hacer bien.

—¡Bien! Tiene mi alma demasiada ponzoña para pretender hacer bien.

—¡Margarita, Margarita!

—¿Qué?

—Estás al borde del abismo.

—Lo sé.

—Estás al borde del abismo.

—Y ¿qué?

—Sálvate; aún es hora.

—¿Tienes miedo? —dijo Margarita a Eduardo con desprecio.

—Tengo miedo por ti.

—¡Mentira!

—¡Margarita!

—Déjame.

—Nos perderemos.

—Y ¿por qué no hemos de triunfar?

—Siempre estamos perdidos.

—¿Por qué?

—Porque si triunfas, haces un mal a otro; y si pierdes, te haces un gran mal a ti misma.

—Bien.

—Y de todos modos, vas al mal.

—¡Qué sermonear! ¿Tienes miedo?

—Ya no te digo una palabra.

—Iré yo sola.

—Nunca. Soy tu esposo.

—Me abandonas.

—Nos perderemos juntos.

Eduardo tomó una luz, se fue, y dejó a Margarita. Después que Eduardo abandonó a Margarita, se encaminó a su gabinete, entró en su cuarto y se puso a reflexionar sobre su triste suerte. Cuando más sumergido en sus reflexiones se encontraba, oyó que llamaban a su puerta.

—¿Quién es? —preguntó.

—Soy yo —le contestó una voz muy parecida a la de Rafael.

Eduardo abrió instantáneamente la puerta. Rafael entró azoradísimo.

—¿Qué te sucede?

—Me he escapado de manos de unos esbirros.

—¡Dios mío! Y ¿te habrán visto entrar?

—No, no me han visto.

—Descansa, descansa.

—No he dormido en dos noches.

—Ya lo alcanzo.

—¡Qué vida ésta!

—Muy triste.

—Y dime, Eduardo, ¿te has decidido por fin?

—Me he decidido.

—¿Vas a entrar en esa sociedad secreta?

—No tiene remedio.

—¿Tú sabes los peligros que cercan esas sociedades?

—Los sé, y los acepto.

—Y todo, ¿por qué?

—Porque se ha empeñado en ello Margarita.

—¡Oh mujeres, mujeres!

—No creas que yo entro con gran entusiasmo. Si al fin se tratara de la libertad de la patria… Ya sabes que he arrostrado muchos peligros allá, cuando yo no era autómata, por esa causa.

—No hay un alma que ame aquí verdaderamente la libertad.

—¿Qué quieres, Rafael? La esclavitud envilece y degrada, y sólo puede dar de sí, en último fin, el embrutecimiento.

—Estas sociedades secretas son de la peor índole posible. Se reúne la camarilla vencida para destronar a la camarilla vencedora.

—Justamente: los que han sido despreciados por el Rey; los que han salido mal en sus intentos; los que no han alcanzado los destinos que anhelaban; los que han querido, como mi Margarita, un poder omnímodo; todos esos se reúnen tranquilamente en una sociedad para perseguir a sus contrarios. ¡Qué alteza de sentimientos!

—Y ¿qué quieres, Eduardo? Eso trae consigo el despreciar las leyes fundamentales de nuestra naturaleza, los principios eternos de la razón y de la ciencia. En estas sociedades, donde manda un hombre a su sabor, no se quiere la libertad y se tiene la guerra sorda. No quieren que las ideas luchen noblemente a la clara luz del día, y luchan las pasiones de una manera cruel en las tinieblas. No se consiente la asociación pública, que reúne las inteligencias dispersas y disciplina las voluntades, y se tienen las sociedades secretas. No quieren que el espíritu se desahogue, y el espíritu, encerrándose en el seno de la sociedad, hierve y estalla en grandes terremotos, como estalla ese volcán en ardiente lava y en terribles sacudimientos.

—Es verdad: embrutecen al pueblo, y después le piden virtudes; le hacen confundir la autoridad con la violencia, y luego no quieren que él confunda la libertad con la revolución; le encierran en una jaula, e intentan detenerle la primera vez que va a tomar carrera. Le niegan todos los manantiales donde pudiera templar su sed de justicia, y luego extrañan que no sea justo.

—¡Oh, Eduardo! ¡Cuánto absurdo vemos en el mundo!

—Pero el absurdo mayor, Rafael, es mi vida. Yo amaba a una mujer pura y divina, y me he casado con una mujer a quien nunca amé. Yo fui un día amante de la libertad, y hoy debo ser cortesano, y cortesano despreciado y caído. Yo deseo siempre combatir a la luz del día, y voy a entrar, por sed de venganza, en una sociedad secreta, donde se trata de echar abajo, no un sistema, no un gobierno, sino una pandilla cortesana. Yo soy el más desgraciado, sí, de los hombres.

—Y en verdad, no se eligen las posiciones; se aceptan.

—No lo creas. En el camino del mal, todo es empezar. Yo creo que el hombre es libre. Pero creo también que, cuando baja por una pendiente por su propio impulso, se despeña en el mal. La lógica de los hechos es rigurosa, como la lógica de las ideas. Cada premisa que sentamos, encierra una larga cadena, larguísima, de consecuencias fatales e inevitables. Yo no he aceptado el mal; yo lo he elegido. Por eso creo que merezco un gran castigo.

—Pero tu puedes desandar lo andado.

—Ya no puedo; ya no tengo más remedio que aceptar mi papel y representarlo bien. Esto de la degradación tiene algo de la pereza. Cuesta mucho trabajo sacudirla. Sigue uno su camino por falta de actividad, por sobra de indolencia. No hay remedio.

—¡Oh! ¡Qué infelicidad, qué infelicidad!

Y Rafael, que se había sentado en un sillón, se quedó dormido, mientras que Eduardo reflexionaba en sus males.

* * *

Era una noche obscurísima, lóbrega. El cielo estaba cargado de tempestades. Rozaban las nubes con sus orlas obscuras y sombrías la tierra. El relámpago rasgaba las nubes y hacía ver un cielo triste y obscuro como un abismo. El mar, azotado por la tempestad, rugía y encrespaba sus olas, como si quisiera desbordarse, audaz, espumoso y soberbio, sobre los campos. El viento, al estrellarse en los árboles, producía un sonido fúnebre, semejante a las quejas de un corazón desgarrado por el dolor. Levantaba con tanto ímpetu y con tan fuerte empuje les piedras y las arenas, que herían los rostros de los infelices que en aquellos instantes cruzaban por los campos y las calles. Hervía el volcán, y su lava, como nube encendida y ardiente, se dibujaba en los horizontes, dándoles colores sangrientos y rojizos. De vez en cuando el viento repetía los ecos de voces humanas, voces doloridas, pero fuertes; angustiadas, pero firmes. Eran los gritos de los marinos, que hacían esfuerzos sobrehumanos para conjurar la espantosa tormenta. De vez en cuando se veía cruzar por el horizonte, seguido de un tremendo choque y de redoblados estallidos, una culebra de fuego, un rayo, que traspasaba algún árbol o encendía alguna pobre cabaña. Las campanas de las iglesias acompañaban con su estruendo el estruendo atronador de la tempestad. Las aves nocturnas, lanzando agudos quejidos, heridas en sus pupilas por el reflejo del relámpago, iban a bandadas a buscar sus madrigueras, a librarse del azote de la tempestad. Todo era espanto. El bramar del viento, el estruendoso y retumbante trueno, el ronco rugir de las encrespadas ondas, el hervidero del volcán, semejante a aullido ronco de gigante fiera; las ramas de los árboles tronchándose, las voces angustiadas de los marineros, que herían las nubes; el lúgubre sonar de las campanas, las estridentes quejas de las nocturnas aves; todo este horrible temblar y retemblar de la Naturaleza, derramaba horror en la inteligencia y miedo en el corazón. ¡Oh Naturaleza! Aún no ha averiguado el hombre, ni acaso averiguará nunca, las relaciones misteriosas que con el alma te unen; pero lo cierto es que tu dolor es nuestro dolor; que tu alegría es nuestra alegría; que no podemos oír tus alterados vientos y el bramar de tus mares, sin sentir también la horrible tempestad desencadenarse en el alma. Y en medio de aquel gigante estruendo de la Naturaleza, entre las ráfagas del huracán, en lo más solitario de la playa, se encontraban dos seres perdidos. Eran dos mancebos por su traje. Andaban, y el viento los detenía; se detenían, y el viento los arrastraba. Sordos gemidos salían de sus enloquecidas gargantas. Las piedras azotaban sus rostros, las arenas cegaban sus ojos, y uno de ellos callaba, y el otro, con voz desmayada, voz femenil, se quejaba en son doliente y tristísimo. Cuando algún relámpago corría de extremo a extremo del horizonte, aquellos dos seres se abrazaban y se confundían, como esperando que juntos los abrasase el amenazante rayo. Alguna vez, cansado, especialmente el más bajo, de luchar y reluchar contra las ráfagas asoladoras y tempestuosas, se detenía y se arrojaba contra el suelo. Otras veces se paraba; un gran lamento salía de su pecho, cruzaba las manos, ponía las rodillas en tierra, los ojos en el cielo, temblaba como la caña, e invocando el nombre de Dios, entrecortado por hondos y amarguísimos suspiros, mostraba, a la luz del relámpago, el rostro bañado en lágrimas. El compañero, con indiferencia, con frialdad, levantaba al pobre cuitado que así temía los furores de la tempestad, que así temblaba al ronco sonar del trueno; le sostenía en sus brazos, le ceñía el cuello cuando el infeliz le abrazaba, y le sostenía con amistoso cuidado.

Creemos que nuestros lectores habrán adivinado quiénes eran aquellos dos jóvenes perdidos en tan deshecha borrasca. Eran Eduardo y Margarita, aquellas dos almas, presa de tempestades todavía más terribles que la grande y pavorosa que azotaba sus doloridos cuerpos. Habían salido de Nápoles merced a las sombras de la noche y a otros mil recursos de su industria, y se encaminaban al campo para no despertar sospechas ni recelos, e iban en pos del sitio donde debían celebrarse sus tenebrosas conjuraciones. La noche de antemano designada, la noche que ellos no podían ya mudar, se había mostrado inclemente y espantosa. La tempestad, siempre terrible en las regiones meridionales, donde el calor parece que enciende más su furia; sobre el mar, que la acompaña en sus aullidos, y en sus sacudimientos, y en su estruendo, deslizándose al lado de un hirviente volcán, que muestra dos grandes tormentas, una en el horizonte, otra en las entrañas de la tierra, no menos pavorosa, la tempestad, sacudiendo con sus gigantes alas innumerables objetos, los bosques, las arenas de la orilla, las barcas y los buques diseminados en las aguas; quemando con sus exhalaciones las cabañas; repetida de monte en monte y de hueco en hueco; exaltada cada vez por el resonar de sus terribles ecos; la tempestad de esta suerte toma un aspecto tan terrible y tan solemne, que no parece sino que va a desquiciarse todo el universo.

Eduardo y su esposa no habían podido esquivar las inclemencias de aquella noche. Cuando salieron de su palacio, ya muy espesas las sombras y muy entrada la noche, disfrazados, por una puerta falsa, la misma espesura de aquellas tinieblas palpables protegía su misteriosa excursión. Llegados a uno de los barrios más solitarios de Nápoles, un agente del Gobierno los detuvo. Aquella fue su primer desventura. Por fin Eduardo, que iba muy bien disfrazado, apeló a un conciso expediente para salir de aquel apuro.

—Se trata de un amor desgraciado —dijo.

El agente no pudo menos de reírse y contestar:

—Sí, amor entre dos mancebos; ¡vaya una excusa!

—Es una mujer —contestó Eduardo.

Así que el buen agente se cercioró de que, en efecto, era una mujer el compañero de Eduardo, les dejó partirse en buen hora, diciendo: «Dios proteja vuestros amores.» En efecto, a un policía de Nápoles, con tal que no se conspire contra el Rey, le importan poco el amor y la naturaleza del amor. Sin embargo, aquel maldito incidente había detenido más de lo necesario a los dos jóvenes en su carrera. Tomaron un paso más acelerado; Margarita se cansaba. No podían ir en coche, porque en coche, fuera propio, fuera prestado, fuera de alquiler, iban vendidos, materialmente vendidos. Por fin, después de mil angustias, salieron fuera de la ciudad. Al salir, dijo Eduardo:

—Hemos empedrado de oro nuestro camino.

—¿Por aquí ya debe esperarnos un coche? —preguntó Margarita.

—No: se dudó si traerlo o no; pero luego convinimos en que era un gran peligro.

—Muy cansada estoy; pero no importa, prosigamos nuestro camino.

—Calla, que voy a tomar dirección,

En esto, un lívido relámpago, seguido de un pavoroso trueno, interrumpió la conversación de los dos jóvenes.

—¡Dios mío! —exclamó Margarita cogiendo el brazo de Eduardo—. ¡Dios mío! ¡Un trueno, un trueno; un relámpago! ¡Oh! ¡Estamos perdidos!

Y la joven temblaba como azogada.

—Y ¿qué vamos a hacer, di, Margarita, qué vamos a hacer?

—¡Santo cielo! Yo tengo un miedo horrible a la tempestad.

—¡Parece imposible! Contrasta mucho ese miedo con tu fuerte naturaleza.

—Yo no he podido remediarlo nunca. Yo me muero. El rayo va a herirnos. ¡Dios mío, Dios mío! ¡Somos muy criminales!

—¿Ahora te acuerdas? —dijo Eduardo lanzando una horrible carcajada.

—¿No sientes a Dios? Volvamos, volvamos.

La nube se acercaba, rugiendo como una fiera hambrienta. El relámpago crecía con un fulgor parecido al que despide una lámpara próxima a extinguirse. Margarita cerraba los ojos, se tapaba los oídos, y exclamaba:

—¡Volvámonos!

—Ya no es posible, no es posible volver; tú lo has querido.

—Sí, tienes razón. Andemos. Vamos por donde tú quieras.

—Por aquí, por aquí —dijo Eduardo, sosteniendo a Margarita, que se había abrazado a su cuello.

—¿Tú has estudiado física, Eduardo?

—Sí, la he estudiado —dijo Eduardo con indiferencia.

—Y ¿no es verdad que aquí estamos muy expuestos?

—No sé dónde nos hallamos. Si hay objetos muy altos, no estamos expuestos; pero si no los hay, no tiene remedio: el rayo viene a nuestras cabezas.

En esto un relámpago iluminó la escena.

—¡Dios mío! —dijo Margarita con un acento de desesperación terrible—. Estamos en una llanura solos. No hay nada que abrase el rayo más que nuestras cabezas. Estamos perdidos. ¡Si al menos hubiera un confesor!

—Y ¿eres tú la mujer fuerte?

—¡Ay, Eduardo! No lo puedo remediar. Desde niña he tenido este miedo, impropio de mi naturaleza y de mi carácter. No puedo. Mira; toca mi frente. Está helada con el hielo de la muerte Tiemblo, tiemblo. ¡Señor, Señor, perdón, perdón! ¡Soy muy criminal!

Y Margarita se arrodilló, plegando convulsivamente las manos.

Eduardo cogió a Margarita entre sus brazos, y como si fuera una pluma la llevó corriendo algún tiempo; pero pronto se rindió al peso y se sentó fatigado. El viento, que levantaba las piedras, hería los ojos de Margarita. Al sentarse en un montón de ramas, salió de entre ellas una lechuza dando un grito horrible. Margarita dio un aullido de triste desesperación también. El horror de la noche, el acento de la tempestad, le habían devuelto por un instante su naturaleza de mujer. Ella, que no temblaba nunca, parecía que iba a morir de angustia y de dolor. Lo peor del caso era que andando o corriendo, desorientados, sin brújula, porque Nápoles yacía en tinieblas, se habían perdido; Margarita no había echado de ver esta última desgracia; sólo se preocupaba de rezar a todas las advocaciones de la Virgen, a todos los santos del cielo, y muy especialmente al Patrón de Nápoles, cuya sangre se liquida todos los años. Margarita, que no aceptaba la religión de la virtud y del amor, tenía que aceptar la religión del terror. Horrible castigo, en verdad, el de esas almas que sólo ven a Dios cuando Dios está airado. Como todas las graves faltas, la falta de Margarita llevaba en sí misma su expiación. No lo olvides nunca, lector: el castigo es una consecuencia indeclinable del crimen.

—Pero… ¿no llegamos? Al menos bajo techado —decía Margarita— yo no vería estas nubes. Cierro los ojos, y, sin embargo, al través de los párpados cerrados veo el relámpago. ¡Qué ruido tan terrible! ¡Qué nubes! Parecen monstruos. ¡Piedad, Madre de Dios, piedad!… ¡Eduardo, Eduardo! ¡Dios, Virgen santa, qué ruido! ¡Se enciende el cielo!… ¡Yo me voy a volver loca!… ¡Mira como tiemblo!… ¡Huyamos!

—¿Dónde vamos? —decía Eduardo, desesperado ya, no por la tempestad, sino por la desesperación de Margarita.

—Pero dime: ¿no sabes dónde estamos?

—No lo sé. Todo se conjura para desorientarme.

La angustia de Margarita crecía a medida que la tempestad crecía también. Eduardo estaba más indiferente. Dios los perseguía como a Caín. Iban a una logia, no por ningún fin político ni social, sino por satisfacer una ruin pasión. No hay nada más grande que amar mucho una gran causa; no hay nada más torpe y miserable que tomar la política o la religión por medio de medro o de venganza. Cuando lo que deben ser fines, y grandes fines de la vida, se convierte sólo en medios, el hombre se prostituye y degrada hasta el envilecimiento. En la vida debemos buscar la virtud sin ninguna preocupación; debemos buscar la verdad con toda nuestra alma. Y después de buscar la verdad, debemos hacer el bien, pero no por recompensa o por interés, sino por amor puro, ideal, divino, al bien; porque así descansa la conciencia, y reposa el corazón, y realizamos la ley de la vida y cumplimos nuestro deber. ¡Maldito sea el que toma la política por instrumento de su engrandecimiento o de su vanidad! ¡Maldito sea el que toma la religión por instrumento de su política!

Invocar una causa política para conseguir medro, celebridad, es un horrible sacrilegio.

Y este sacrilegio cometían, por cálculo Margarita, por indiferencia Eduardo. Y Dios, que se manifiesta siempre justo, que castiga todas las grandes iniquidades, que hace que la expiación siga al delito, Dios parecía que les acusaba de su crimen por la voz de sus torrentes, de sus ondas, de sus volcanes, de sus encendidas nubes, de su tempestad; lenguaje sublime, que resonaba en el corazón y en la conciencia de Margarita como el estruendo pavoroso de todos sus remordimientos, conjurados en su daño y en su castigo.

Pero volvamos a ver el estado de los dos infelices jóvenes. A la luz de un relámpago vio Margarita una cabaña, y exclamó:

—¡Vamos, vamos allí, Eduardo!

—Y ¿qué quieres que allí hagamos?

—¡Refugiarnos, refugiarnos, por Dios!

—Margarita, yo creo que hay algo que tú temes mucho más que la tempestad.

—Nada hay en el mundo, nada, ni la muerte.

—No. Tú temes, más que el ruido de la tempestad, el grito atronador de tu conciencia.

—¿También, también ahora me martirizas?

—Es verdad. Soy, lo confieso, implacable.

—¡Mira, mira; me muero de miedo!

Los dos jóvenes se fueron acercando poco a poco a la cabaña. Algunas veces, en lugar de seguir el camino derecho y recto, tomaban mil tortuosas sendas. Chocaban contra un árbol, se herían el rostro y las manos; sobre todo las de Margarita chorreaban sangre. La tempestuosa nube pesaba ya sobre su cabeza. Parecía un cuervo inmenso graznando, acometiendo a un inocente pajarillo, que trémulo aguarda ser despedazado, y no puede volar, pues no le deja la horrible fascinación que sobre él pesa; parecía que aquella nube gigantesca y negra iba a devorar a aquellos dos seres.

—¡Ah! Ya hemos llegado.

—Entremos.

Margarita se apresuró a correr para tomar la puerta de la cabaña; pero en aquel instante un relámpago más vivo, aunque más amarillento que la luz de la luna, cruzó los horizontes, cegó a Margarita, la arrojó contra el suelo; una detonación espantosa, semejante a una descarga de artillería, atronó el sentido, y al punto comenzó a arder la cabaña, por todos cuatro costados, como un inmenso hachón. Había caído un rayo. Eduardo fue también derribado. Margarita había perdido el conocimiento y el sentido. Eduardo se levantó. No sabía dónde estaba. No tenía a su lado a Margarita.

—¡Margarita, Margarita!… —comenzó a gritar.

Sólo le contestaba el ruido del trueno y el estruendo de las olas.

—¿Dónde estás, Margarita?

El mismo ruido respondía a sus afligidas palabras.

—¡Oh! ¡La he perdido, la he perdido!

Por fin, andando por allí como desesperado, tropezó con un cuerpo, y cayó en el suelo. Era el cuerpo de Margarita.

—¡Dios mío! ¿Estará muerta? ¡Respira! —y aplicaba el oído a su pecho—. ¡Palpita su corazón! —y ponía la mano sobre su pecho. La luz del relámpago le mostraba un rostro lívido como el rostro de la muerte.

Por fin, aquellas nubes se desataron en grandes torrentes. Parecía que se iba a anegar la tierra. Esto fue todavía mayor aflicción para el infeliz Eduardo. Teniendo entre sus brazos el cuerpo inanimado de Margarita, sin fuerzas para moverlo de allí, azotado por una lluvia impetuosa que amenazaba anegar todos aquellos campos, le faltaba hasta la respiración, como si hubiese caído en el fondo del mar. Pero la humedad, refrescando las sienes de Margarita, la devolvió el sentido y el conocimiento.

—¿Dónde estoy?

—Conmigo, conmigo, hija mía.

—¡Qué angustia! ¡Me muero, me muero!

—Llora.

—No puedo. ¡Ay! Nos ahogamos.

—Levántate, Margarita, o esta es la última hora de nuestra vida.

El cielo parecía que se desplomaba sobre la tierra. Tal era el estruendo del trueno y el furor de la lluvia.

—¡Oh, compasión, Dios mío! —exclamaba Margarita.

—Corramos, corramos.

Por fin, Margarita pudo incorporarse.

Anduvieron mucho tiempo azotados por el huracán y por la lluvia, hasta que, al fin, llegaron a encontrar una cabaña, donde pudieron guarecerse.

—¿Y aquí vamos a pasar la noche?

—Aquí; no tiene remedio.

—¡Qué de angustias!

—¿Y nuestro regreso a Nápoles?

—Es imposible.

—¡Dios mío! ¡Y nos van a prender! —decía Margarita.

—No iremos a Nápoles.

—Amanecerá.

—Y ¿qué?

—Y nos verán en este traje.

—Tienes razón. Es necesario salvarnos de esta nueva tempestad.

—Pero, mira, el agua entra por todas partes. ¡Ay, Eduardo, qué horror! Nos vamos a ahogar.

En efecto, el agua entraba por el pequeño agujero que servía de entrada a aquella abandonada cabaña de pescadores. El campo estaba anegado. Los dos jóvenes no podían quedarse allí, porque, rebasando mucho el agua, temían ahogarse. No podían salir, porque ignoraban todo camino. Habían sido conducidos por el huracán y la tempestad como leves plumas. Después, el día, a pesar de la obscuridad, estaba próximo, y quizá sin las nubes la luz de la aurora inundaría ya los horizontes. Si el día les alcanzaba, estaban aún más perdidos. Y la razón es muy obvia. Podían ser descubiertos. ¿Qué iba a ser de ellos? En la corte sólo se esperaba un momento propicio para perderlos. Querían encontrar una ocasión, y sólo una ocasión, para cebarse en ellos y castigarlos. ¿Qué ocasión mejor que encontrarlos en medio del campo disfrazados? No había remedio. La prisión, la confiscación de sus bienes, tal vez la muerte. Tal era el estado de aquellos dos seres, que sólo adoraron en el mundo el placer. A tal extremo les habían conducido sus pasiones y su ardor de venganza.

No es para contar todo lo que aquella triste noche padecieron los dos jóvenes. Remordimientos agudos, temores, dudas, peligros inminentes de muerte, todo lo que puede afligir a una criatura humana, todo cayó sobre aquellas dos almas, anegándolas en dolores morales, más terribles cien veces que la tempestad de que eran triste juguete.

Pero la noche tan tremenda no era nada en comparación del día, del terrible día que les aguardaba. Ya se sabe en qué consiste el gobierno de Nápoles. Ya se sabe que hoy la autoridad absoluta de los reyes no se funda en aquella mutua confianza que era la felicidad de nuestros padres, y es hoy el desideratum de nuestros políticos rancios. Ya se sabe que el Rey de Nápoles, aunque, según el común decir de las gentes, muy amado de sus pueblos, tiene un inmenso ejército, muy buenos y muy avizores polizontes, que suelen muchas veces propinar a los vasalluelos que se propasan algunos cuantos garrotazos, para recordarles sin duda el refrán de sus antiguos señores los españoles: «Quien bien te quiera, te hará llorar.»

Por consiguiente, la angustia de Margarita era grande, si bien desde que cesó el trueno y la tempestad se deshizo, como avergonzada de su miedo y de sí misma, comenzó a cobrar su antigua fiereza.

—¿Qué haremos —preguntó— cuando venga el nuevo día, que ya asoma?

—Debemos intentar un medio de huir de las redes de la policía.

—La desafío yo.

—Pues yo la temo tanto como tú los truenos, que es mucho, muchísimo encarecer.

—Nuestro vigía, ganado a toda costa, ya no estará en su puesto.

—Es verdad. Y tú, Margarita, con ese traje precisamente has de llamar la atención.

—¡Qué noche hemos pasado, qué noche tan horrible!

—Y todo nuestro proyecto ha caído por tierra. Ya ves cómo Dios se interpone muchas veces en nuestro camino, acaso para avisarnos del peligro que corremos.

Margarita lanzó una carcajada epiléptica.

—¡Ay, Margarita! Bien quisiera que ahora asomara una nube tronando, para que te trajese en su seno, con su electricidad, alguna emanación del sentimiento religioso.

—Te vas haciendo muy sarcástico.

—Es lo único ya que me resta.

—Eduardo, pensemos en salvarnos.

—¡Qué estado el nuestro! Empapados en agua, molidos, los ojos secos saltándose de las órbitas por el insomnio, el corazón desgarrado, el alma herida, encenagados en este lodo, imagen fiel del lodazal en que vivimos…

—Y ¿a estas horas y con estos apuros te pones a moralizar? ¡Parece imposible!

—Ahora tienes razón.

—Te vas haciendo viejo.

—¿Por qué?

—Porque te has dado mucho a predicar moral.

Eduardo se sonrió ligeramente, y salió al campo a buscar alguna traza de salvación. El alba relucía al través de las opacas nubes. El campo presentaba un cuadro terrible de tristeza y desolación.

Por todas partes se veían árboles tronchados, cabañas incendiadas, restos horribles de una gran tempestad. Habían seguido una dirección contraria de la que debían seguir. En vez de tomar el camino designado, habían tomado el camino que les acercaba al mar.

Eduardo no sabía qué medio de salvación escoger, ni cómo huir del inminente, gravísimo peligro. Pero allí, a la orilla, vio una de esas grandes barcas que con la vela ligerísima latina recorren, a manera de grandes aves marinas, las orillas del Mediterráneo. Eduardo pensó que llevaran a él y a Margarita a algún punto lejano de la playa, donde pudiera conseguir un vestido de mujer para su esposa y otro para él, y volver así a Nápoles. Acercóse a la barca, y vio en ella a un joven tendido.

—¡Eh, marinero!

El joven se despertó frotándose los ojos.

—¿Quieres llevarnos a cualquier punto?

—¡Oh! He estado a pique de ahogarme.

—No, no te digo eso. ¿Quieres llevarnos a cualquier punto?

—Donde queráis.

—No, donde tú quieras.

—¡Qué extraña demanda!

Y el joven levantó los ojos.

—¡Oh! ¡Sois vos, vos!… —dijo espantado.

—¡Jenaro, Jenaro! —exclamó Eduardo—. Y ¿habrá quien dude ¡oh Dios mío! de la Providencia? Llévanos allá.

—¡Margarita, Margarita! —comenzó a gritar Eduardo entre alegre y pesaroso, yendo a la pequeña gruta—. Margarita, sígueme.

La joven salió: estaba entumecida; apenas podía andar.

—Vámonos a tu aldea, a tu aldea —le dijo Eduardo al muchacho.

Margarita le siguió maquinalmente, y entró maquinalmente en el pequeño barco.

—Extiende tu vela. Vamos.

Capítulo 11

El barquichuelo comenzó a cortar las ondas. Eduardo manifestaba una alegría extraordinaria. El cielo comenzaba a despejarse. Su azul tomaba una claridad más hermosa después de la tempestad. Las nubes huían como manadas de blancas águilas. El sol inflamaba ya con su color sonrosado, con sus matices de ópalo y grana, los bordes del horizonte. Las aves, como alabando a Dios por haberlas salvado, gorjeaban, y sus acentos eran repetidos por las brisas que henchían la blanca vela. El campo, a pesar de la tempestad y en medio de la gran inundación, mostraba sus árboles más verdes, más hermosos. El mar se apaciguaba, gemía un poco a manera de un niño que se duerme y lucha con el sueño, y reflejaba el cielo, que es también el amor de los mares. Estaba tan claro, tan hermoso, tan transparente el fondo, que, al mirarlo, se veían las algas, las conchas marinas, los helechos y los peces de mil colores que en sus líquidos cristales jugueteaban; todos esos millares de seres que muestran cuán fecunda, cuán grande, cuán hermosa es la vida; la vida, cuya eterna fuente es Dios.

Cuando la vista se abisma en estos grandiosos espectáculos; cuando el sentido recoge esos átomos de luz; cuando se respira esa humedad que parece un beso de la Naturaleza; cuando se ve latir la vida en las hojas de los árboles, en las palpitaciones de las ondas, en las aves, en los peces, en tantas y tantas miríadas de miríadas de seres; sí, cuando se ve latir la vida como late la sangre en el corazón, el alma se pierde en la creación, y parece que quiere gustar la esencia de aquella vida, perderse en su seno, como el águila se pierde en el éter de los cielos.

Suspensa un momento Margarita por aquel espectáculo, y mucho más después del tremendo que acababa de presenciar, se olvidó de preguntar adónde iban. Mas, después de algunos instantes, salió de este estado de arrobamiento y preguntó:

—¿Dónde vamos?

—Vamos a un punto que tú no puedes imaginar.

—¿Dónde es ese punto?

—No lo quiero decir hasta que te encuentres en él.

—Haces muy mal.

—No lo creas.

—Haces muy mal, porque ahora me empeño yo en saber dónde vamos.

—Vamos a los campos donde aprendió a cantar nuestro hermoso ruiseñor.

—¿Qué ruiseñor?

—Ángela.

—¡Oh! ¿Qué oigo?

—¿Te duele?

—Sí.

—No te entiendo.

—Me duele, porque eso te falta solamente para acabar de hacerte moralista.

—¿Sólo por eso?

—Sólo por eso.

—Creí que no.

—¿Te habías imaginado que iba a tener celos? No mereces tanto.

—Mas ya no hay remedio.

—¡Cómo ha de ser! Lo contaré por uno de esos días nefastos de mi vida.

Eduardo estaba muy conmovido. Todos los espectáculos que a sus ojos ofrecía naturaleza, le recordaban los tranquilos días de su juventud. Entonces el amor perfumaba todo su corazón; entonces volaban mil ilusiones por su mente; entonces tenía fe en la humanidad, fe en la libertad, fe en la Providencia, fe en Dios. Entonces su alma conservaba toda su blancura; su alma, ya ennegrecida, viciada y enferma. Entonces no era autómata, conservaba toda su libertad.

Eduardo refrescaba su imaginación en las hermosas playas donde había sido feliz. Allí recordaba que el deseo burlado anda en pos de la felicidad tras engañosos fantasmas, y después desanda toda la vida para volver a la edad primera, a la felicidad que había, por ilusoria, menospreciado. Allí, bajo el sauce, a orillas de la fuente que aún corría mansa y argentina, respiraba, ensanchándose sus pulmones con aquel purísimo aire, y veía vagar el recuerdo de su amor, la imagen purísima de su alma joven y exaltada. Y allí recogió nuevo aliento para continuar su carrera; pero también veía recuerdos, dolores, horas pasadas en el amor, que habían sido su felicidad, y eran ya su triste desventura. Por fin, Margarita y Eduardo se separaron de aquella casa y volvieron a Nápoles sanos y salvos.

* * *

Creía Eduardo que Margarita había ya abandonado sus ideas de venganza. Mas nada estaba más lejos del pensamiento de aquella infeliz y porfiada mujer, nada. Su casa, centro antes de todo Nápoles, era un desierto. Sólo se oían los pasos de sus criados. Ni un alma llamaba nunca a la puerta. Cuando Margarita iba a un teatro, nadie la saludaba. Celebrábanse mil fiestas en la ciudad, y a ninguna era convidada. Su frente llevaba una marca de ignominia; sus bienes, la señal de una próxima confiscación; toda su persona, la sombra fatídica de la desgracia. Vivir así era imposible; sí, imposible para su alma, acostumbrada al placer, a respirar el aliento de la adulación, a ver el brillo de la lisonja.

Y este estado tan triste, tan aflictivo; esta soledad tan espantosa, podría trocarse mágicamente en una fuente de felicidad si Margarita reconquistaba su perdida influencia, su desvanecido poder. Por eso, por venganza primero, por utilidad y provecho después, acaso, y sin acaso, por ambas cosas, Margarita pasaba maquinando conspiraciones. Había en la corte un Conde que era la pesadilla de Margarita. No sabemos si el lector recordará cierta escena que referimos al principio de esta nuestra narración. Recordará, sin duda, el lector aquel hombre a quien Margarita quería asesinar, y que Eduardo hubiera asesinado, sin duda, a no ser por la mágica voz de Ángela.

Pues bien: aquel hombre era la pesadilla de Margarita. Y la joven tenía razón. Ella había amado a ese hombre, y ese hombre, después de haberla perdido, la había abandonado. Ella se consoló de la desgracia de su amor con la fortuna de su poder, y aquel hombre, interponiéndose en su camino, la había también robado el poder. Era necesario aniquilar a aquel hombre.

Pero su enemigo era todo un poder. Había recibido grandes honores, grandes distinciones en Palacio, y gozaba de la omnímoda confianza del Rey. Poco a poco había desalojado de su alrededor casi toda la parte de la aristocracia que le podía hacer sombra. Por sus manos pasaban casi todos los negocios; su consejo era decisivo, su influencia poderosa. Era preciso derrocar a aquel hombre. Los nobles, a quienes sin duda alguna no repugnaba el sistema de Nápoles, repugnaban la privanza de aquel hombre, y le aborrecían, no por odio a la tiranía, sino porque ellos eran tiranizados y no tiranos. Todo el mundo sabe la gran tendencia de Italia a las sociedades secretas; tendencia nacida, sin duda, de sus grandes y dolorosas desgracias. Los enemigos del Conde, los caídos por su causa de la Real privanza, se reunían en una inmensa sociedad secreta. Todos los medios de burlar su poder se habían inventado allí. Aquella sociedad se llamaba «de los enemigos del tirano». Soledad, obscuridad, sigilo, fórmulas sibilinas, misterios solemnes, juramentos terribles, pruebas tremendas; todo lo que puede constituir una sociedad secreta, todo se celebraba allí. Margarita y Eduardo no habían podido entrar en aquella sociedad hasta que les sirvió de intercesor su amigo Rafael. El Rey odia y persigue estas sociedades de muerte, y, sin embargo, las sociedades más extravagantes, más populares, existen en el fondo de esta Italia, llena de terribles dolores, como sus volcanes de lava.

No necesitamos decir que tenemos por grave daño las sociedades secretas. Partidarios acérrimos de la libérrima asociación, creemos que esas sociedades secretas que se esconden profundamente en la obscuridad son un mal. Pero ese mal nace muy principalmente de la naturaleza de ciertos gobiernos, de la organización de ciertas sociedades. Los pueblos donde no hay libertad, ese bien descendido del cielo, sufren desgraciadamente todas las consecuencias de las sociedades secretas. No hay nada que sea tan armónico, tan grande y tan pacífico como la libertad.

Los más enemigos de las sociedades secretas no podrán negar nunca que esas sociedades pueden tener grandes objetos. Las catacumbas de los primeros cristianos, donde se inició nuestra divina Religión, eran una gran sociedad secreta. Las reuniones de los pitagóricos, de los neoplatónicos en la antigüedad, eran también una gran sociedad secreta. La misma Italia las tiene, y las ha tenido, para libertar a su país del extranjero yugo. Estas sociedades tienen un fin, y se concibe que en ellas el hombre arriesgue su libertad y su vida.

Pero una sociedad secreta para derribar un favorito, para contrastar el transitorio poder de un hombre, para deshacer las tramas de una intriga de corte; una sociedad secreta de esta naturaleza, con este objeto, es, sin duda, uno de los frutos más raquíticos, más amargos que puede dar de sí el absolutismo. Y esta era la sociedad secreta en que iban a entrar Eduardo y Margarita. Este era el centro donde se reunían todos los descontentos; esta era la única esperanza de aquellos dos jóvenes, perdidos en el intrincado laberinto del mundo.

Para Eduardo y Margarita había sido un gran contratiempo la tempestad de aquella noche. Era mal principio entrar en una sociedad y faltar la primera noche. Además, su ausencia había excitado sospechas en sus domésticos. Y en estos pueblos, fundados sobre la desconfianza, en que el poder tiene cien ojos y cien manos y cien pies; en estos pueblos infelices, el recelo, la sospecha, se introduce hasta el sagrado e inviolable seno del hogar doméstico.

El joven, pues, objeto de la saña aristocrática era individuo de la más alta aristocracia. Era el conde Asthur, que gozaba gran privanza en Palacio. Enamorado un tiempo de Margarita, gustó en realidad todas las amarguras de su infeliz amor. Un día la pasión llegó a su colmo, rebosó su pecho y tomó de Margarita una venganza. Desde aquel punto la guerra entre los dos jóvenes fue sin reposo, sin tregua: Margarita pensó en asesinar a aquel hombre, y aquel hombre, que era muy astuto, asesinó con más certero golpe a Margarita; es decir, la robó toda su privanza, toda su influencia, toda su fuerza, todo su poder en Palacio.

El conde Asthur se había ganado la privanza del Rey. Su padre había sido sacrificado en las calles de Milán por una de las sangrientas revoluciones de Italia. Aunque educado en ideas muy liberales, desde aquel instante juró el joven odio a la Revolución, y prometió tomar de ella toda la posible venganza. Así, al lado del Rey de Nápoles, aconsejándole, hacía que recelara de todo cuanto le rodeaba, y sobre todo de las familias nobles. Estas familias, que no se atrevían en su esclavitud a odiar al Rey, odiaban a su privado. Todo se volvía hacer votos al cielo por su muerte, cuando no andaba mezclado a tales votos el puñal y el veneno, que tanto aplican y manejan los italianos. El conde Asthur poseía el corazón del Rey, y se burlaba de sus enemigos. Conocía todos sus pasos, y estaba seguro de cogerlos a todos en sus redes. Enemigo irreconciliable de Margarita, él fue apartando al Rey y a la Reina de la inclinación que tenían por el talento juguetón de la joven. Y es fuerza decirlo: para dar la señal de guerra, como buen italiano, había escogido el Conde, sin duda, el instante más ruidoso y más propicio.

Aunque muchas familias habían caído en la misma desgracia, ninguna había sido tan inesperada, tan ruidosa como la de Margarita. La joven la esperó durante mucho tiempo, desde que vio el ascendiente que tomaba el Conde sobre el Rey. Mas como habían pasado tantos días y tantos acontecimientos, llegó a persuadirse a sí misma que sus temores eran infundados, y se ahuyentó su miedo. Recelaba del peligro, pero nada más. Al fin, su desgracia, la no temida desgracia, se cumplió.

El conde Asthur eligió el momento supremo de herirla en el corazón. El golpe había sido, en verdad, doble, por su intensidad y por el instante escogido para asestarlo Desde aquel punto se organizó contra el tirano, contra el favorito, contra el hechicero, una vasta conspiración, una sociedad secreta. No había remedio: era necesario cazarlo. Pero el conde Asthur, con esa perspicacia italiana, con esa habilidad en intrigas que todos le reconocían, había cogido en sus manos los hilos de aquella gran conspiración. Para aplastarlos a todos sólo esperaba un instante, el instante en que Margarita y Eduardo entraran a formar parte de aquella conjuración.

Pero el conde Asthur era muy desgraciado. El amor, pero un amor extraordinario, le había traspasado el pecho. Esta pasión, grande, exaltada, le había sumido en una profunda tristeza. Desesperaba, y en nada tenía la vida. La pasión del conde Asthur era pura y profunda. Había sido inspirada, ¿por quién? ¡oh! había sido inspirada por Ángela. Una noche en que la joven cantaba la Sonámbula, Asthur se sintió más cautivado por aquella voz; se sintió profundamente dolorido. La música de Bellini será siempre el cántico más sublime del amor. Nunca, en ningún tiempo se podrá expresar el sentimiento, la tristeza, el amor, de una manera tan viva, tan profunda, tan grande; nunca. Aquellas notas son lágrimas, aquellas armonías latidos del corazón, aquel canto el eco de la tristeza profundísima que produce una profundísima pasión. El conde Asthur conoció toda la profundidad de aquel sentimiento, y desde tal punto la imagen de Ángela, sí, de Ángela, llorosa y enamorada, se grabó en su corazón y en su conciencia. Ya no tuvo tranquilidad su vida; ya no tuvo paz su corazón.

Un día se encontró a la joven cantora en una reunión de confianza. El Conde se acercó a hablar con timidez. Ángela le contestó con su natural amabilidad. El Conde la dirigió algunas palabras, que Ángela tomó por meras galanterías. Pero bien pronto la conversación tomó otro giro. El Conde fue poco a poco descubriendo su corazón. Ángela se ocultaba como para no verlo. El Conde quiso leer el corazón de Ángela, y la joven le manifestó, de una manera delicadísima, que ella de ninguna suerte podía amar ya en el mundo. Aquellas palabras alimentaron el amor del Conde. Cuando volvió a encontrarse solo, la imagen de aquella mujer le perseguía, le atormentaba. En sueños se aparecía a sus ojos; despierto, involuntariamente pronunciaba su nombre. Mil veces, en los salones, se acercaba maquinalmente al piano, y lo hería preludiando el rondó final de la Sonámbula. En las noches en que cantaba Ángela, se sumía solo en lo más hondo de su palco, y allí lloraba al oír su voz. Su amor había tomado de esta manera una intensidad infinita, y de tal suerte que le distraía de todo otro pensamiento.

Un día, no pudiendo ya ocultar su pasión, tomó la pluma y escribió estas líneas:

«Yo os amo, Ángela, os amo. Mi corazón, que yo creí superaría a esta pasión, está herido, está enfermo. El mundo entero me parece un infierno sin vos. No me castiguéis, Ángela. Si no me amáis, callaos. Dejadme al menos por largo tiempo en esta incertidumbre. Es muy triste, mas la prefiero a la desesperación.»

Ángela rasgó la carta. Nada contestó. Una tarde, al anochecer, paseaba por las orillas del mar, y se le acercó el Conde respetuosamente.

—Ángela…

—Señor Conde…

—Debo hablaros.

—Hablad.

—¿Habéis recibido una carta?

—Sí, señor Conde. Y no os he contestado por motivos que fácilmente alcanzaréis.

—Contestadme ahora.

—Señor Conde, si yo pudiera amar… os amaría; pero no quiero engañaros; no os amaré, ni ahora ni nunca.

—Ángela, me habéis asesinado.

—Señor Conde, he creído sinceras vuestras palabras, y os doy esta contestación.

—¿Vos amáis a otro ser?

—¡Oh! No, no, no; ya os he dicho que yo no puedo, que yo no debo amar.

—¡No debo! ¡Un ser como vos condenado a no amar!

Ángela movió la cabeza afirmativamente.

—Eso no puede ser.

—No podéis penetrar los secretos de mi corazón.

—Me condenáis a un eterno martirio.

—Si lo meditarais mejor, os hago un gran favor.

—¿Creéis, por ventura, Ángela, que no digo lo que siento?

—Ved si soy orgullosa. Creo sinceras vuestras palabras.

—¿Y me despreciáis?

—No; pero en el corazón la voluntad no manda.

Desde aquel instante los esfuerzos del Conde se redoblaron. Era la sombra de Ángela. Doquier iba la joven, allí se aparecía el Conde.

Ángela llegó a mostrarse adusta; su rendido amador llevó su amor al extremo. Una especie de delirio le había sobrecogido. La pobre joven contaba entre sus grandes desgracias haber inspirado esa pasión insensata, y lloraba amargamente esa desgracia. La crueldad del Conde se había acrecentado en esta triste situación.


* * *

El conde Asthur estaba en su gabinete agrupando números, cuando entró un ser pequeñuelo y grotesco.

—¡Hola, mi buen amigo; adelante!

—Grandes noticias —dijo aquella figura saltando y frotándose las manos.

—¿De veras? Mucho me complace.

—Están perdidos.

—¿Sí?

—Están perdidos, señor.

—Vamos, habla.

—Ya van al abismo.

—¡Oh! Ese era mi deseo, mi gran deseo.

—Pues lo tenéis cumplido.

—Casi casi no lo creo.

—Se han concertado con vuestros enemigos.

—Mejor.

—Van a una sociedad secreta a que yo pertenezco.

—¿La célebre sociedad?

—La célebre.

—¿De suerte que allí los cogeremos?

—Sí; caerán en nuestras manos.

—Ya veo que en realidad traes buenas noticias.

—No hubiera yo venido aquí sin ellas.

—Dejémoslos antes que se ceben bien, que traguen el anzuelo.

—Y cuando ya lo hayan tragado…

—Entonces morirán con bien poco esfuerzo.

—¿Morirán?

—Tal es mi pensamiento.

—Pues vos pertenecéis al número de los que cumplen lo que a sí mismos se prometen, saltando por todo.

—¡Oh! Y, sin embargo, no he podido saltar por cima del poder de una mujer.

—¿Del poder de Margarita?

El Conde lanzó una carcajada.

—No, no —dijo—; no seas tan malintencionado. Compadécelos al verlos cómo se dirigen por sus propios pasos a las fauces del lobo.

—Tengo curiosidad, verdadera curiosidad de saber qué muro es ese que habéis encontrado a vuestro deseo.

—Ya te lo he dicho: el corazón de una mujer.

—¿De una mujer? ¡Parece imposible!

—Mira: amo.

—¿Vos?

—Yo amo, sí.

—¡Oh! Se va a concluir el mundo.

—¿Qué quieres?

—Ese corazón… tan duro…

—Está, sin embargo, traspasado.

—Y ¿se puede saber?

—No tengo inconveniente en decírtelo.

—¿Alguna gran señora?

—No por cierto.

—No adivino.

—Es Ángela.

—¡Ah! La cantora.

—Sí, la cantora.

—¡Santo cielo!

—¿Te maravillas?

—Me maravillo.

—¿Qué quieres? El corazón está sujeto a influencias de que no puede libertarse.

—Y ¿habéis pensado seriamente?…

—Muy seriamente. Y no quiero que me hables más de esto.

—Os hablaré de vuestra venganza.

—Justo.

—Pues van a la sociedad secreta.

—Tanto mejor.

—¿Estáis apercibido?

—Los aplastaré bajo mis plantas.

—Pues mañana a la noche van.

—Está bien: vete.

Capítulo 12

Es de noche; una lámpara ilumina una estancia subterránea. La luz de la pequeña lámpara no llega al suelo; sirve sólo para aumentar la obscura lobreguez de aquel abismo. La estancia parece una cárcel. Son sus paredes gruesas. Los sillares que la componen, unidos por el tiempo y despojados de la cal, parecen sobrepuestos sin trabazón alguna unos sobre otros, y entrelazados sólo y sostenidos por la acción inevitable del tiempo. La bóveda es bizantina, pesada. Parece que aquellas inmensas piedras que la componen van a caer sobre el pavimento, que está húmedo. No se oye en esta pequeña estancia nada que indique habitarla un ser humano. Sólo la triste lámpara da indicios de que por allí ha pasado la huella del hombre. De vez en cuando algún mochuelo, proyectando con sus negras alas una triste sombra, cruza alrededor de la luz; otras veces una siniestra lechuza aletea fuertemente para apagar aquellos moribundos resplandores. El silencio, la obscuridad, el cruzar ligero y rápido de algunas aves nocturnas, el frío húmedo que allí se siente, todo, todo es horrible, todo es espantoso. En aquella mansión la noche debe ser eterna; parece más bien un inmenso sepulcro que humana vivienda. Y, sin embargo, se oyen algunos golpes; parece un martillo. Una de las piedras del techo se abre. Aparece una tabla que va muy despacio bajando del techo. En la tabla hay un ser humano envuelto en un largo capuchón negro, con un negro y horroroso antifaz. La tabla baja hasta tocar el mismo suelo. El ser que venía tendido se levanta. Es bajo. Sus dientes rechinan de frío, tiembla y da un grito espantoso. Algunos ratones gordísimos han corrido bajo sus pies; algunos mochuelos han tocado con las finas membranas de sus alas su frente. No se atreve a andar. A poco que le miremos, conoceremos que es una mujer. Es Margarita. Allí se queda de pie la infeliz, sin atreverse a andar ni un paso. Tiembla como azogada; pero el fuego de su pasión y de su venganza la anima y la sostiene. El frío de la atmósfera la hace temblar. De pronto se apaga la lámpara, lo único que esclarecía la estancia. El miedo de Margarita se acrecienta. No puede sostenerse, y entonces se sienta en el frío suelo. En aquel mismo instante, en las negras piedras de la techumbre, resaltando en medio de la negra y espesa obscuridad, se ven unas fosfóricas letras que dicen: «¡Muera, muera, muera el tirano!» Aquellas letras, que parecen escritas en el aire por la mano invisible de algún genio, sorprenden a Margarita. Sin embargo, un quejido ronco sale de su pecho, y exclama con voz entera y firme y robusta: «¡Morirá!»

La obscuridad vuelve a caer sobre la terrible estancia. Parece que la noche es allí más tremenda y más espesa. De pronto se siente retemblar el suelo: Margarita quiere acogerse a la pared, pero no llega a tocarla. Un sudor frío baña su frente. Cuando las fuerzas le faltan, se acuerda de su venganza. Este recuerdo la sostiene, la anima. El temblor crece; de pronto se abre una gran sima. Por aquella sima sale un fuego rojizo, color de sangre, que tiñe de este color todos los ámbitos de aquel subterráneo. Margarita ve cruzar murciélagos, aves nocturnas, al reflejo de aquel resplandor, parecido al fuego con que Miguel Ángel pintó el infierno. De pronto se apagó el fuego; se quedó otra vez la estancia obscura; pero la sima quedó abierta, y un opaco resplandor iluminaba su terrible boca, que parecía las fauces de un monstruo mitológico. Un ruido inmenso de cascabeles, de campanillas, de fuertes detonaciones, se oyó entonces, y una voz que decía: «Pasa, pasa, pasa contra el tirano.» Margarita se dirigió a la sima, púsose con planta firme al borde, y desapareció como si la hubiera tragado la tierra.

Entonces se encontró en una estancia mejor. Estaba iluminada por dos velas que había sobre una mesa. Las paredes se hallaban cubiertas de negro. El suelo alfombrado de negro y muy mullido. Margarita cerró los ojos al acercarse a la sima; vio que caía de alto, pero muy tardamente, y se encontró en aquella negra estancia. Algunas notas de un Miserere cantado a lo lejos se oían. Las paredes estaban cubiertas de negro, el techo también, el pavimento, la mesa, todo, hasta una silla que junto a la mesa había. Margarita se acercó a la mesa y vio un papel, donde se encontraban escritas estas palabras: «Escribe del sacrificio.» La joven cogió la pluma, y escribió estas palabras: «El hombre debe sacrificarse por el hombre. Hay sacrificios tristes y cruentos, pero necesarios. Lo primero que debemos sacrificar en pro de una buena causa, es nuestro instinto de virtud. Éste, sí, éste y no otro es el grande, el verdadero, el honroso sacrificio. Yo vengo aquí superando todos los instintos de mi naturaleza. Vengo por el sacrificio. Pero creo que debo hacerlo por acabar con el tirano que tiene hechizado al Rey, oprimido al pueblo. Decid que sacrifique todo cuanto hay de honrado y virtuoso en el corazón: lo sacrificaré. Dadme el puñal. Lo afilaré, prepararé el golpe y se lo asestaré, golpe certero, en mitad del corazón.»

—¡Basta, basta! —dijo en este instante una voz obscura y misteriosa.

Margarita se levantó. Una de aquellas paredes se abrió, como si fuera una inmensa puerta. La joven no vio nada al través de las anchas, inmensas puertas. Las dos luces no penetraban en aquella pavorosa obscuridad. La joven, aunque con gran repugnancia, entró en las tinieblas. La pared se cerró a su espalda, y quedó sumida en un profundo silencio, sin ver nada, sin acertar a distinguir dónde se encontraba. Sintió un ruido como de unas gigantescas alas que se desplegaron. Mas abriendo los ojos con intensidad, nada, nada veía. El aire estaba agitado; temblaba; tenía frío. La joven no pensaba si aquel frío era hijo del terror o hijo de la atmósfera. Una luz fosfórica cruzó entonces por el suelo. Margarita se cubrió el rostro con las manos. Había visto en el suelo huesos amontonados, calaveras, cadáveres, sepulcros entreabiertos, de donde salían sombras gigantescas, cenizas, copas rotas manchados de sangre, largas cabelleras, esqueletos, mortajas rotas, mil puñales. Por el aire cruzaban también esos fuegos en varias direcciones, fuegos de mil colores, y por el techo arañas gigantescas, murciélagos, lechuzas, esqueletos montados en cañas de escobas, brujas, horrores sin cuento. Aquel mundo tenía una inmensa realidad. Parecía que era la Naturaleza en el día del Juicio, abrasada por el fuego del cielo, descompuesta, sacada de quicio, pulverizada y destruida; la Naturaleza convertida en un inmenso cadáver, sumida, devorada por todas las fuerzas de muerte, de exterminio, de triste y horrorosa descomposición que hay en su seno. Y así como la vida es tan grata, como el espíritu se recrea en ver las frutas, las flores, el verdor del campo, el espíritu padece y se anonada delante de la descomposición, de las ruinas del mundo orgánico, de la triste y pavorosa muerte. Así es que Margarita no osaba andar. «Pisa, pisa, decía una voz; pisa, pisa el polvo, los huesos, las entrañas de las víctimas.» La joven andaba, los huesos humanos se rompían bajo sus plantas, como los huesos de las aves entre los dientes del sabueso. Aquel ruido era horrible. Al mismo tiempo, largos ayes, profundos quejidos poblaban los aires. Del fondo de los sepulcros salía una llama pálida, amarillenta, y caían las piedras de los sepulcros, formando un ruido espantoso, que era a los oídos de Margarita como un triste y pavoroso eco de la triste y pavorosa eternidad.

Margarita temblaba como si una epilepsia sacudiera sus nervios y desgarrase su corazón y sus carnes.

—¿Quién eres? —decía una voz.

—Soy uno de vosotros; soy también víctima de la injusticia.

—¿Tienes valor?

—Tengo valor.

—¿Te asusta la muerte?

—No, cuando la muerte viene por la causa de la justicia.

—Mírala, mírala bien.

Y una luz amarillenta se extiende sobre todos aquellos tristísimos y aglomerados objetos, sobre todos, y les daba una palidez horrible, muy horrible. Parecía la palidez de la muerte.

—La veo, la veo —dijo Margarita.

—Entra.

Y se abrió un sepulcro.

La joven penetró en el sepulcro. No podía estar de pie. Se tendió, y la losa cayó sobre ella y se quedó encerrada Margarita allí, dentro del sepulcro, falta de respiración, pues creía que iba a ser el último instante de su vida. Dentro de aquel triste y reducido espacio le asaltaban mil terribles pensamientos. Parecíale que probaba de antemano todos los horrores de la muerte. Allí, sin luz, casi sin aire, tendida como un cadáver, sola, sin saber nada de sí, y sin oír nada, Margarita sintió un terror inmensamente más intenso que todos los terrores que la acompañaban en aquella terrible y espantosísima noche.

Después que estuvo por largo espacio de tiempo encerrada en aquel gran sepulcro, sintió Margarita como que el fondo bajaba muy pausadamente a un abismo. Abrió los ojos, y se encontró en un largo pasadizo, donde se movían, como las lengüetas de una rueda de molino, infinitas espadas. Una voz cavernosa le dijo: «¡Adelante!» Y Margarita, con un valor heroico, fue separando las espadas y siguiendo los pálidos resplandores de una pálida y moribunda luz, que relucía en el último término del húmedo pasadizo. Por fin llegó, y vio una puerta gótica. La transpuso y entró en un salón. Era inmenso y estaba tapizado de negro. Tres filas de bancos subían unas sobre otras del pavimento. Los asientos estaban ocupados por fantasmas vestidos de blanco, que parecían horrorosas sombras. Llevaban los seres allí sentados una larga túnica blanca, un cucurucho inmenso, que agrandaba de una manera extraordinaria su estatura. En el fondo del salón, al lado de una mesa cubierta de negro, se levantaban unos altos sillones coronados por unos búhos de talla gigantesca. En aquellos sillones se veían tres enmascarados vestidos con largos ropajes de color de sangre. Cuando Margarita entraba, el que parecía jefe de aquella misteriosa diabólica reunión tenía estrechado contra su pecho a un ser vestido, como ella, de negro. Margarita reconoció en aquel ser a Eduardo.

Apenas había entrado, cuando, mientras el conjurado en quien Margarita reconoció a Eduardo se retiraba a uno de los rincones de la estancia, el presidente decía:

—Acercaos, joven.

Margarita se acercó.

—Poned la mano sobre ese negro bulto que veis a vuestras plantas.

Margarita se inclinó para ver el bulto designado, y reconoció un cadáver. Un horror insuperable la retenía; pero su voluntad, superior en ella al instinto, se dominó pronto, e hincándose, puso la mano sobre el pecho del cadáver.

—¿Veis ese hombre?

—Sí.

—Pues fue un traidor.

—Entonces…

—Debéis jurar que deseáis estar como él si alguna vez faltáis a vuestras promesas.

—Lo juro.

—Levantaos.

Margarita se incorporó, irguiendo la cabeza con altivez y con gracia.

—¿A qué venís aquí?

—A perseguir a los tiranos.

—¿Quién es el tirano?

—El conde Asthur.

—¿Qué creéis que debe hacerse con él?

Margarita vio relucir sobre la mesa un puñal; le cogió y le blandió en el aire en ademán de dar puñaladas a un objeto. Un sordo rumor de aprobación corrió por toda aquella inmóvil asamblea.

—Habéis adivinado —dijo el presidente— el pensamiento de todos. ¿No es verdad, nobles conjurados, no es verdad?

En este instante, infinidad de voces de los conjurados, unas obscuras, otras atipladas; unas serenas, otras turbadas; unas fuertes, otras débiles, comenzaron a decir, pero una tras otra: «Sí, sí, sí»; y aquellos horribles síes se perdían como otras tantas maldiciones en la bóveda del salón.

—Pues bien —dijo el presidente—: todo el tiempo que demoréis vuestra decisión es tiempo perdido; tiempo de que os pedirá estrechísima cuenta el severo juicio del Eterno.

—¡Ahora mismo, ahora mismo, en este instante! —dijeron las voces a una.

—Proponed —exclamó el presidente—, proponed vos, conjurado nuevo, los medios.

—Yo creo —dijo Margarita con voz serena y entera—, creo que deben caer todos nuestros nombres en una urna. Que después debe ponerse, junto con esos nombres, uno que diga: «Vengador», y aquel detrás de cuyo nombre salga éste, aquél será el encargado de hundir ese agudísimo puñal en el infame pecho del tirano.

Las mismas voces y las mismas exclamaciones acogieron las palabras de Margarita.

Después dos conjurados trajeron una urna, todos fueron uno a uno arrojando su nombre en la urna. El presidente removió aquellos nombres, y le rogó a Margarita que se acercara. A la pálida luz de los hachones se comenzó a celebrar aquella horrible, espantosa lotería del crimen. Margarita, después de haber prestado infinitos juramentos, que no son para contarlos, comenzó a sacar los nombres.

Entre nombre y nombre había un silencio profundo, horrible. Todos esperaban que les tocase la triste suerte, o, mejor dicho, todos lo temían. Por fin salió el nombre de Eduardo. Margarita introdujo con una especie de locura la mano en la urna, y el presidente dijo después con voz grave y pausada: «¡Vengador, vengador, vengador! Basta.»

Un murmullo sordo de satisfacción en unos, de temor en otros, sacudió la asamblea. Eduardo se adelantó en medio del salón con paso lento, pero seguro, mostrando su fría serenidad. El presidente bendecía el puñal, y se lo entregaba, diciendo estas palabras:

—Antes que se cumplan cuarenta días, este puñal se ha de hundir en el corazón del privado. ¿Lo juráis?

—Lo juro.

—Pues bien: si no lo hicierais, mirad lo que pende sobre vuestra cabeza.

Y el presidente hizo una señal, y los conjurados hicieron relucir a la luz de los hachones mil puñales.

—¿Ves, ves los puñales?

—Sí.

—Pues todos se cebarán en tu corazón si llegas a faltar.

—No faltaré. Mi mano le asestará el golpe mortal.

Entonces, de en medio de aquellas apiñadas sombras se destacó una, se paró en medio del salón, se detuvo un instante con general asombro, se desciñó la blanca túnica, y mostrándose una distinguida figura, dijo:

—Asesta tu puñal en mi pecho; soy el Conde, soy el Conde.

En efecto, era el conde Asthur. Su cara estaba pálida, como cubierta por la lividez del odio. Sus ojos centelleaban extraña luz. Su labio inferior, ceñido con desprecio y trémulo, no podía ocultar la rabia que sacudía sus nervios. Su pecho altivo respiraba con fuerza, como indicando y señalando con la respiración el blanco donde la mano armada de Eduardo debía asestar su agudo, su acerado puñal. Sus brazos estaban caídos como en la actitud de quien espera el golpe.

Al ver aquella figura, los conjurados abandonaron corriendo sus asientos, dando aullidos feroces como los de las fieras perseguidas, y el presidente se hundió como los actores en un teatro, y todo se quedó solo, completamente solo; y a la luz de aquellos hachones no se veía sino al conde Asthur, impasible y fiero, mirando con un desdén soberano a sus dos asesinos: a Eduardo y Margarita.

Margarita, como fuera de sí, daba vueltas por el salón, buscando sin duda una puerta, queriendo saber por dónde se habían huido sus compañeros, llamando a las paredes, pisando con fuerza el pavimento, sobre las tablas, sobre los bancos, sobre todo, para ver si podía huir; no de otra suerte que el ave que en su jaula picotea todos los hierros y agita con sus alas el aire para recobrar la perdida, la gozosa libertad, la libertad, que es la gran necesidad de nuestra existencia.

Pero todo era en vano. Ni las paredes ni el suelo ofrecían una salida. El instinto de la conservación, ese instinto tan superior a todos los movimientos, a todos los impulsos, a todos los afectos de nuestra vida; el instinto de conservación hablaba con su poderosa e incontestable elocuencia en el ánimo agitado y dolorido de la desgraciada Margarita. Pero allí no había salvación, no había posibilidad de fuga. Todo, todo estaba cerrado, y todo estaba en silencio. Nada se oía, absolutamente nada. Ni aun los pasos de seres humanos se oían; nada más que la respiración fatigosa del conde Asthur, parecida a la respiración de una fiera encerrada, acorralada por sus perseguidores. Por lo mismo, Margarita, en aquellos instantes supremos, sentíase como herida por una fuerza superior, por ese espanto, por ese temor a la muerte, que tanto puede en los corazones.

¿Por dónde habían desaparecido aquellos seres? ¿Qué se habían hecho aquellos conjurados, reunidos, congregados en un salón? ¿Qué había sido de todos aquellos hombres? Nada, nada se veía. Todo era silencio. Todo era obscuridad. La muerte, la muerte se pintaba a los ojos de Margarita, secos, áridos; a su corazón, rebosando en aquellos instantes pasiones ardorosas; la muerte se dibujaba sobre su frente.

Eduardo, al revés de Margarita, estaba inmóvil. No sabía qué pensar de aquella súbita aparición, de aquel fantasma. Su brazo no tenía valor bastante para asestar el golpe, como su pecho no había tenido fuerza para arrostrar el crimen. Dejábase impulsar del genio de Margarita, y le seguía. Era el alma de Eduardo una de esas almas en que no hay voluntad, la voluntad, que es la fuerza y la potencia verdadera del alma. Así es que, cuando se dejaba llevar de la corriente de sus deseos, caía en ese abatimiento, en esa negación de sí mismo, en esa dolorosa atonía, que eran verdaderas leyes de su carácter moral.

Margarita, cuando vio que todo estaba perdido, se acercó con el ademán irritado de la leona adonde estaba Eduardo, y con aire de fiera le dijo:

—¿Aún no le has herido?

—Aún no, señora —dijo el Conde.

—¡Ah! ¡Nos han vendido! —exclamó Margarita llevándose la mano a la frente, como si todo aquello le pareciera un sueño.

—Vuestra venganza os ha vendido.

—¡Eduardo! —dijo Margarita gritando y cogiendo el brazo a su marido—. ¡Eduardo, hiérele!

—Señora —añadió el Conde—, más vale que pensarais en lo que os va a suceder dentro de pocos instantes.

—¿Qué me va a suceder? ¿Qué? Decidlo.

—Oídme —exclamó el Conde, cogiendo fuertemente del brazo a Margarita—. Los asesinos, ¿qué merecen? Los que han premeditado un crimen horrible con frialdad inaudita, ¿qué castigo deben tener por las leyes divinas y humanas?

—La muerte —dijo Eduardo entonces, saliendo de su profundo abatimiento—; sólo la muerte.

—Vos lo habéis dicho, caballero; vos lo habéis dicho —exclamó el Conde.

—Pues si merecen la muerte —exclamó Margarita desasiéndose con fuerza del brazo del Conde—, si merecen la muerte, ¿qué haces, Eduardo, que no matas a ese asesino?

—¡Ah, señora! —dijo el Conde—. Aún no he logrado acallar mi conciencia; aún, felizmente, en las horas más solemnes de la vida, cuanto de malo he podido hacer, suena y resuena en lo más profundo de mi alma. Yo os puedo asegurar que ningún asesinato, ninguno, me remuerde la conciencia. Sobre mi frente no ha caído ni una gota de sangre. ¿Podéis vos, Margarita, decir lo mismo?

—Ya sé yo que existen hombres en el mundo predestinados al mal, y que se creen buenos porque no han robado a nadie, porque no han cometido ningún asesinato —dijo en solemne tono Margarita—; ya lo sé. Mas robar a un alma el objeto legítimo de sus ambiciones, arrancarle parte de la vida, pisotear las entrañas de un desgraciado, interponerse en su camino, es un crimen, sí, es un crimen nefando, cien mil veces más triste que el asesinato; y ese crimen, vos, señor Conde, vos, omnipotente, le habéis cometido en mí; sí miradme bien; yo os diré lo que os callan vuestros remordimientos: yo soy vuestra víctima.

—¡Mi víctima! Bien tratabais, Margarita, de volveros contra el sacrificador. Bien espiabais al pie del ara el instante propicio para clavarle vuestro aguijón de víbora.

—Señor Conde, es mi esposa —dijo Eduardo, levantando la voz con rabia.

—No tengo yo la culpa de que vos hayáis elegido a una víbora por esposa.

—¡Qué decís! —exclamó Eduardo montando en cólera.

—¿Qué os puedo yo decir, cuitado, que no os diga el lugar donde estáis, el puñal asesino en vuestra mano, y el cadalso, levantándose ya en la plaza de Nápoles para recibir vuestra cabeza? —dijo el Conde en ademán terrible y severo.

—¡Ay, Eduardo, Eduardo! —exclamó Margarita arrojándose en los brazos del joven.

—¡El cadalso decís! —gritó Eduardo.

—No lo digo yo, lo dice vuestra conciencia.

En esto el Conde dio algunos pasos hacia la mesa donde ardían los hachones.

—¿Lo oyes, Eduardo, lo oyes? ¡Somos perdidos! —decía Margarita en voz muy baja—. ¿Lo oyes? ¡Estamos perdidos, completamente perdidos! ¡Qué desdichados! Mátale, Eduardo, mátale, y nos salvamos; y si no, nos vengamos. Sí, Eduardo, nos vengamos. Vente, vente conmigo, y le clavaremos el puñal en el pecho. Mira, va a mandar quizá que nos asesinen.

—No, no lo hará —decía Eduardo.

—¡Oh! No le conoces, no le conoces. ¡Por Dios, Eduardo, por Dios, mátale! Salva tu vida.

—Me es indiferente.

—Mira, está escribiendo otra vez nuestra sentencia de muerte.

—Déjalo.

—Salva tu vida.

—Ya te he dicho que me es indiferente.

—Salva la vida de tu esposa.

A estas palabras, Eduardo, embriagado por el aliento, por la palabra de Margarita, como siempre, se dirigió al Conde acariciando el puñal, y cuando lo tuvo cerca le alzó con rabia y le quiso clavar en su pecho. Entonces el Conde produjo un fuerte sonido con un instrumento particular que había sobre la mesa, muy parecido a una campana china. Y aún no se había comunicado el sonido al aire, cuando Margarita dio un grito espantoso, y Eduardo clavó el puñal en el pecho del Conde, que le cogió el brazo con fuerza, si bien palideciendo, sin duda porque el puñal le había herido.

Pero en aquel instante se abrieron unas grandes puertas en el fondo, y aparecieron un gran número de guardias, soldados, y jueces, y escribanos, y otros mil personajes, con gran orden. Algunas hachas iluminaban esta por más de un concepto espantosa, y trágica, y terrible escena.

El Conde con una mano detenía la sangre que le salía de la herida, y con la otra señalaba trémulo a las dos figuras que estaban envueltas en sus capuchones negros en el fondo de la estancia.

—Mirad, mirad —decía—, ésos son mis asesinos, ésos.

—¡Muerto, muerto! —exclamaron varias voces—. ¡Muerto el Conde!

—No, no —dijo éste—; muerto no, pero sí herido.

Una de las infinitas personas agrupadas a la puerta se destacó del grupo, y se dirigió con solicitud a la silla donde se encontraba medio desmayado el Conde. Era, sin duda, un médico.

—Aquí, aquí debe haber vendas —dijo. Y tiró de un cajón de la mesa, y se puso en el mismo instante a curar la herida.

Mientras tanto, uno de los que por su traje parecían jueces, pronunciando con voz solemne los nombres de Eduardo y Margarita, exclamó:

—En nombre del Rey, sí, ¿lo oís? en nombre del Rey daos presos.

Margarita lanzó un gemido agudísimo, y se abrazó a Eduardo. Eduardo dejó caer la cabeza sobre el pecho.

—¡Presos! —dijo Margarita, retorciéndose las manos con dolor—: ¡presos!

—¡Resignación, Margarita! Esta es nuestra suerte. Dios lo quiere.

—¡Mi libertad, mi libertad perdida!

Eduardo, acercándose al oído de Margarita, le dijo:

—Lo merecemos.

—Eduardo —dijo Margarita—, tus pronósticos, tu incertidumbre, tu duda, nos han traído todas estas desgracias.

Eran tantas las emociones que habían agitado el pecho de Margarita, que la infeliz se sentó, diciendo:

—No puedo ya sufrir más.

—Pues ahora comenzamos —exclamó Eduardo.

—¡Una cárcel!

—Un cadalso, dijeras mejor.

—¡Dios mío! ¡Un cadalso; eso no, eso no puede ser, eso no será!

—Calla, Margarita, calla.

La joven, que llevaba aún su antifaz, se lo arrancó de la cara, se quitó el negro capuchón, y dejó ver su faz hermosa, sus rubios cabellos, que le caían en desorden sobre la espalda.

—Señores, señores —dijo dirigiéndose a los jueces, a los guardias—; señores, dejadme, dejadme que me vaya. Por caridad; necesito luz, necesito aire; me ahogo. No martiricéis a una infeliz mujer; no queráis quitarme la libertad. ¡Oh, la libertad, que es el mayor bien del mundo! ¡Apiadaos de mí; apiadaos de mis lágrimas; apiadaos de mi corazón, herido y enfermo! ¡Por Dios, dejadme, dejadme salir!

Aquellos hombres estaban impasibles. Sólo se oía el ruido de la pluma de uno de los magistrados, que corría sobre el papel, y las preguntas del médico al Conde, que iba recobrando las perdidas fuerzas.

—¡Por Dios, señores, por Dios! —continuaba Margarita—. Una mujer no puede hacer daño a nadie; no lo ha hecho nunca. Yo os lo pido; yo os lo juro. Salvadme, salvadme: sacadme de aquí, sí, sacadme. Caballeros, lo pide una dama.

Y cayó de rodillas.

Entonces Eduardo se levantó, cogió dulcemente a Margarita del brazo, y se la llevó a su lado con gran fuerza y con gran valor, por más que Margarita procuraba desasirse y ver de cautivar el ánimo de sus carceleros, de sus guardias y de sus jueces.

Mientras esto pasaba, el Conde se había restablecido un poco merced a los cuidados del médico, y salía, apoyado en su brazo, de la estancia, diciendo a los dos jóvenes:

—Mirad, es mi sangre. Así correrá la vuestra en un cadalso.

Se apagaron las velas, salieron todos los que habían aparecido antes; cerráronse las puertas, y Margarita, en aquel instante, dio un grito, cayendo desmayada en el pavimento.

* * *

El conde Asthur está tendido en su lecho, postrado por el dolor y por la fiebre. Sus ojos centellean fuego; su frente arde; sus labios, secos, áridos, modulan esta palabra: ¡Ángela, Ángela, Ángela! constantemente. Un servidor fiel le cuida, vela por él, quiere arrancarle aquel nombre de los labios, aquel recuerdo de la mente, aquella imagen de los ojos. Le habla, le distrae, pero todo en vano. El Conde no atiende a nadie; no atiende más que a la pasión en que se abrasa; a la idea de que está poseída su mente. El fuego de su pasión es toda su vida. Sueña que está en un bosque delicioso. Los árboles, entrelazándose, dejan entrever pliegues del cielo, y dejan penetrar rayos del sol, que se quiebran en sus ramas, y forman con las sombras mil caprichosos juegos en la menuda y dorada arena. Un arroyo, desatándose en mil corrientes, serpenteaba entre el césped, arrastrando en sus ondas hojas caídas de las rosas y azucenas que en sus cristales se miran. El monótono chirrido de la cigarra se mezcla con el canto de mil parleras aves entre la verde enramada escondidas, aves que huyen de vez en cuando a beber y a lavarse sus plumas en el transparente arroyo. El Conde, de rodillas, está cogiendo rosas, jazmines, lirios, azucenas, y tejiendo una hermosísima corona. Es para Ángela, que juega en el césped, teniendo en una mano un manojo de rosas que da a un corderillo, y en el hueco de la otra mano un sorbo de agua que bebe una paloma; sus labios sonríen, y sus ojos se pierden, como arrobados por un éxtasis, en el cielo, que se descubre, más claro, más azul y más hermoso, entre las ramas de los árboles. El Conde, tendido en la hierba, no mira ni el cielo, ni el arroyo, ni los árboles; mira a Ángela. Sus ojos le parecen más hermosos que el cielo; sus labios más fragantes y puros que la rosa; sus cabellos, esparcidos y dulcemente mecidos por las auras, le parece que exhalan un aroma mucho más suave que el nardo. Cuadro hermosísimo, que finge a sus ojos secos la horrible calentura.

—¡Ángela, Ángela! —murmuró—. Ángela, tengo sed; pero es de verte, sí; de verte más.

—¡Señor, por Dios! —dice el criado al Conde.

—¡Ángela, te estoy mirando!

—Volved en vos, señor Conde.

—Tus cabellos, tu aliento, tus labios…

—¡Señor Conde!…

—¡Qué feliz soy! Sólo quiero estar contigo; ya no me duele la herida. ¡Ah! Te amo. Cada vez que te veo, se renueva mi sangre. Sin tu aliento, no puedo respirar. No hay en el mundo para mí más aire que tu aliento. Cuando cierras los ojos, me quedo a obscuras. Son tus ojos mi luz, toda mi luz. El cielo no es cielo; el cielo es tu alma; por eso es tan azul. Baja la paloma a beber en tu mano, porque en tu mano sólo quiere beber. Eres la vida, toda la vida. ¡Qué frescura! ¡Ah! Ya, ya. Has suspirado, y has embalsamado todo el aire. ¡Bien mío, bien mío! ¿Te vas? No me importa; aunque te vayas de ahí, de aquí, del corazón, no te has de ir. Aquí estás, aquí, en mi alma, conmigo, sí, conmigo ya.

Y el Conde quedó dormido en un tranquilo sueño. Una sonrisa placentera se dibujaba en sus labios. En esto entró un nuevo criado de la casa.

—¿Cómo está, Frank? —preguntó.

—Se ha dormido.

—¿Ha dejado su manía?

—Pronunciando el mismo nombre se ha dormido.

—¡Qué constancia!

—Salgamos a la pieza inmediata ahora que duerme.

Y, en efecto, los dos mozos salieron.

—Pero ¿qué te parece, Frank, de nuestro amo?

—Dicen los médicos que está mejor.

—Pero ¡esa manía!

—Es un amor desesperante por esa artista.

—¿No podría casarse? Ya que es una joven de tan puras costumbres…

—Eso le han aconsejado; mas ella no quiere.

—¡Qué desgracia!

—El Rey, que tanto quiere al Conde, se lo ha rogado a Ángela.

—¿Qué?

—Que se casara con el Conde.

—¿Y ella?…

—No ha querido.

—¡Qué aberración! ¡Un favorito de un rey, un joven de tan altas prendas, el caballero más poderoso del reino!

—Pues ahí verás. ¡Caprichos de las mujeres! Una noche, la noche que dio la señora Condesa, la madre del señor Conde, un baile, fue convidada, y asistió al baile. Sus numerosos amigos la pidieron que cantara. Cantó un aria de la Sonámbula. Esa música le produjo al Conde una enajenación tal, que parecía que se iba a volver loco. Bien es verdad que canta como un serafín. ¡Qué voz, qué expresión, qué dulzura! Vamos, cuando te digo que yo estaba loco… Esa música, que oyes en todos los pianos de Nápoles, que tocan las arpas de los saboyanos y los mil organillos que llenan nuestras calles; esa música, que nuestros lazzaroni tararean, parecía en sus labios el canto de un serafín bajado del cielo. Nadie respiraba; nadie se movía. Todos escuchaban, como si les faltara oídos para oír, alma para atender. ¡Qué delicia! Cuando se concluyeron aquellas dulces armonías, el Conde se acercó y la cogió del brazo. Apoyáronse en una ventana cerca de donde yo estaba. El Conde le habló con toda el alma. ¡Cuántas ternezas le dijo! ¡Qué manera de retratarle su pasión, su amor! No se puede ya decir más. Ángela lloraba. El Conde, cuando la vio llorar, le dijo: «¡Oh! ¿Me amáis?» «No: os creo; y siento que los dos seamos tan desgraciados. Yo no puedo, yo no debo amar; yo nunca os amaré; pero no creáis que es por vos, no; es porque yo no puedo amar. Si pudiera amar, os lo diría; yo os amaría sólo a vos, sólo a vos, Conde.» Y el Conde, al oír esto, se echó a llorar, sí, a sollozar como un niño. Y Ángela se apartó de allí con los ojos llorosos, y se confundió en el salón, pues también lloraba.

Después, según me han contado, el Rey llamó a la joven y le prometió ser su padrino de boda. He oído contar esa entrevista a una de las personas que la presenciaron, y conservo todas las palabras que en ella se dijeron.

—Ángela —le dijo el Rey—, de vos pende la vida de un hombre.

—No lo creo, no lo puedo creer, señor —dijo Ángela.

—Pues yo os lo digo.

—Es la primera noticia que tengo.

—No os ruboricéis, ni en medio del rubor queráis engañaros a vos misma. Todo lo sabéis.

—Pues bien, señor —dijo Ángela cubriéndose el rostro con las manos—; lo sé todo.

—Y ¿no podéis volver la vida a ese hombre?

—Señor, no puede dar la vida quien sólo anida la muerte.

—¡Ángela, tendréis una corona de condesa!

—No podría sobrellevarla mi frente.

—¡Ricas herencias!

—Me sobra para vivir holgadamente mi canto.

—Tendréis poder.

—¿Para qué lo quiero yo?

—Reinaréis en mi corte por el talento y la hermosura.

—No lo ambiciono.

—Ángela, despreciáis el ruego de un rey.

—Mandad, señor, lo que yo pueda cumplir; pero no mandéis, por piedad, en el alma, porque el alma no es de la tierra.

—¿No queréis amar al Conde?

—No puedo.

—Pues sacrificaos. Os ruego que os caséis sin amor.

—¡Nunca, qué horror, nunca! ¡Lejos de mí tal pensamiento! ¡Yo proferir con los labios un juramento que rechaza el corazón! ¡Yo engañar a un hombre leal, y a un hombre que, según dice, me ama! ¡Yo profanar con aleve mentira mi labio, y el altar, y la presencia de Dios! ¡Oh! ¡Nunca! Antes mil veces preferiré la muerte; antes mil veces todos los tormentos. Fingir amor, vivir al lado de un ser que nos es indiferente, engañarle mintiéndole pasión, entusiasmo; rodear su vida de ilusiones que no son más que ponzoñosas víboras; ¡eso nunca, nunca; antes, ya lo he dicho, antes la muerte!

—¡Ángela!

—¡Perdón, señor, perdón! —exclamó Ángela, arrojándose a las plantas del Rey—. Perdonadme. Yo quisiera poder amarle; pero aquí, en el corazón, no hay más que aspiraciones al cielo. ¡Si vierais cómo ahora, cuando la vida parece más gozosa, es triste e indiferente la vida! ¡Si vierais cómo deseo dejar de oír esos aplausos, esos gritos de la muchedumbre! ¡Si lo vierais! Perdonad; pero ni ahora ni nunca amaré al Conde. ¡Nunca, nunca!

Y Ángela lloraba de tal manera, que conmovió profundamente al Rey.

Cuando el criado llegó a este momento de su pintoresca y verídica relación, entró un personaje en el salón, diciendo:

—¡Frank, Frank!

—Señor médico…

—Llévame a tu amo. ¿Cómo ha pasado la noche?

—Siempre lo mismo.

—¡Extrañísimo sueño!

—Siempre lo mismo, señor.

Entraron. El Conde se había despertado y estaba tranquilo, aunque mirando un retrato de Ángela que se veía en uno de los dos ángulos de su gabinete.

—¿Cómo estáis? —le preguntó el médico.

—Estoy bien.

—En efecto, ha calmado la calentura.

—Mi dolor no es físico.

—La herida está ya completamente curada.

—Mi herida está más honda, doctor.

—Es verdad, y a esas heridas no alcanza la ciencia médica.

—¡Ah! Ninguna ciencia.

—Mas puede mucho la voluntad.

—No lo creáis, no puede nada.

—Porque vos no os habéis empeñado…

—¡Ah, doctor! Vos veis que la materia os obedece; veis que las llagas se curan con vuestros cáusticos; veis que los males huyen con vuestros conjuros, y creéis que en el alma es lo mismo; el alma, cuyos tormentos son infinitos y tan perdurables como su misma esencia. He querido rendirme ante otras hermosuras, y todas me han parecido pálidas e inanimadas; he querido buscar todos los placeres, y todos me han hastiado. Me he distraído hasta en odiar y perseguir a mis enemigos, y el odio no ha podido consumir este amor. He ofrecido el pecho a los puñales de mis enemigos, y los puñales de mis enemigos, como no han podido arrancarme su imagen del corazón, no han podido arrancarme la vida. Y vedme aquí con este delirio siempre igual, siempre creciente; con esta sed abrasadora del alma, que nada puede saciar; con este combate de amor, que no satisfaría ni todo el universo.

Y el Conde, que se había incorporado sobre la cama por la fuerza de su palabra, se dejó caer sin fuerzas sobre la almohada.

—¡Infeliz, infeliz! —dijo el médico.

—¡Infeliz! No lo creáis; no lo soy. Me moriré pronto, muy pronto… Pero no creáis… que sufro, no sufro… Quiero este sufrimiento; más lo quiero que mi antigua alegría… Aquello era falta de vida; esto es sobra de vida. Quiero que la vida me sobre… La amo, sí, la amo.

—Pero… señor Conde, hablemos de otra cosa, de vuestros enemigos, de vuestra venganza.

—¡Ah! Tenéis razón —dijo el Conde más tranquilo—. Cayeron en el lazo; están presos. Los tribunales los sentenciarán. Ese es mi único placer, la venganza. Eduardo y Margarita serán sacrificados a mi venganza. Creían los estúpidos que en Nápoles había lugares donde no alcanzaba mi poder; creían que podían sustraerse a mi influjo; creían que iban a deslizarse entre mis manos, que iban a concluir conmigo, y se engañaron. Me hirieron porque me dejé herir, pues me era completamente indiferente, de todo punto indiferente, el alma, y la vida, y la existencia, y el poder, aunque no me era indiferente la venganza.

Capítulo 13

Dejemos al Conde y convirtamos los ojos a sus víctimas, a Eduardo y Margarita. Sacáronlos a viva fuerza de la estancia, y en un coche cerrado los condujeron por el campo y por largas calles, y callejuelas, y encrucijadas, hasta dejarlos por fin en un torreón, donde les tenían preparada una honda cárcel. Los primeros días los pasaron juntos. La fiereza de Margarita se había apagado. Como todas las pasiones violentas, había perdido mucho de su fuerza. En cambio, la impasibilidad de Eduardo continuaba en su mismo ser y estado. ¡Qué cambio tan repentino en la suerte de aquellos dos desgraciados seres! Margarita, desde la altura de su posición, reina y señora de los grandes salones, modelo de la moda de Nápoles, envidia de todas las hermosas, delicia de la Corte, había caído en su prisión. Pero ¡qué prisión! El suelo era húmedo, las paredes salitrosas; el techo, abovedado, estaba cubierto de telarañas; un pequeño tragaluz dejaba pasar un resplandor mortecino, que parecía hacer más palpables y más terribles las frías y espesas sombras. Un montón de paja era todo su lecho. La monotonía del tiempo, el dolor de sus corazones, profundamente heridos, lo asqueroso del lugar, la incertidumbre de su suerte, la ignorancia misma de los medios por que habían sido aprehendidos y conducidos a tan estrecho y angustioso lugar, todo desesperaba, afligía imponderablemente sus corazones. Allí recordaba Margarita aquellos días de triunfo, en que a las orillas del mar paseaba rodeada de innumerable cortejo de aduladores, amantes más o menos fingidos; allí recordaba aquellas noches de estío, en que sus jardines se tornaban en un paraíso, y mil luminarias lucían entrelazadas en las ramas, y todo era contento y alegría. Allí recordaba sus paseos por el mar, a la luz de la luna, en una góndola iluminada, oyendo el cántico del gondolero, que repetía en son cadencioso y armoniosísimo algunos versos del Dante, algunas amorosas endechas de Petrarca; allí, en fin, se retrataba a sus ojos toda su vida pasada, toda su extinguida felicidad. ¿Quién la había de decir que tan pronto la abandonaría la fortuna? ¿Quién podía creer que sus días de felicidad se habían de deshojar como una rosa que se lleva el viento? ¿Quién que desde sus palacios encantados había de caer ella, tan envidiada, en el fondo de un calabozo obscuro y sin aire? ¡Tremenda desgracia, acaso la más cruel de las desgracias que puede imaginar el genio humano, tan fecundo en idear tormentos! Las primeras horas de los dos esposos fueron de asombro. Las emociones por que habían pasado no les dejaban tiempo para pensar en el cambio de su suerte. Aquellas mil fantasmagorías, aquellas ceremonias, aquellos no imaginables peligros, aquella aparición fantástica del Conde, aquella desaparición no menos fantástica de los conjurados, los insultos que mediaron, la sangre vertida, los jueces, las amenazas, los malos tratamientos, su soledad por algunos instantes, los esbirros que los ataron, el negro y triste coche en que fueron encerrados y en que temieron ahogarse; la prisión, aquella prisión sin aire para respirar, sin luz para ver; todo aquello, tan inexplicable, era como una pesadilla a sus ojos, como un sueño que pretendían sacudir, que pretendían desvanecer inútilmente.

Pero después vino la experiencia; vieron que no se abría su calabozo, que por una trampa les bajaban comida y bebida, pero que no entraba ser humano a verlos, y así, por una experiencia dolorosísima, tremenda, angustiosa, se convencieron de la certeza de su desgracia; que nada hay tan difícil de creer para el espíritu como el angustioso, y triste, y desolador, y horrible infortunio: el infortunio, que suele ser el protagonista en la tragedia de nuestra por tantos conceptos trabajosa existencia. Así pasaban los días, aquellos pálidos días sin luz; así las noches, aquellas eternas noches, en que un triste farolillo alumbraba la estancia, sin que hiciera otra cosa más que ennegrecer y acrecentar las negras sombras. Eduardo alguna vez se sonreía, hablaba indiferentemente por consolar, por distraer a Margarita. Pero bien pronto caía en un silencio en que nada hacía, nada pensaba, especie de frío letargo del alma. Así pasaba sus noches y sus días. Había momentos de hastío infinito, momentos de una desesperación, en que mil veces se hubiera dado con la cabeza contra las paredes, si Dios no hubiera antes venido, como en los grandes lances de la vida sucede casi siempre, con su inagotable justicia, con su inagotable y divina misericordia.

—¿Qué será de nosotros? —preguntaban.

—¿Cuándo un corazón se apiadará de nuestra suerte? ¿Cuándo oiremos una voz humana que nos consuele, un corazón que nos aliente? ¿Va a ser esto eterno?

Algunas veces la idea de una próxima muerte se aparecía a sus ojos; idea horrible que hacía lanzar a Margarita un grito desgarrador y agudísimo, grito de horrible miedo. Nadie, nadie teme a la muerte como el que tiene empañada la conciencia. Suelen reírse muchos de eso que llaman preocupaciones de la muerte; y, sin embargo, cuando la muerte se acerca, el más despreocupado es el más temeroso. Para el hombre que tiene fe en la inmortalidad del alma, y que posee una conciencia serena y tranquila, esa muerte tan temida no es más que una transformación gloriosa de la existencia, en que el espíritu irradia de su seno nueva luz, nueva y más gloriosa vida.

Así Margarita, en este supremo instante, se sentía más temerosa, más débil de lo que hubiera estado otra alma, si menos fuerte, más limpia. Un delirio de miedo la poseía. Temblaba, temía hasta que se abriera la puerta, no fuera que al abrirse le anunciara la fatal nueva. El temor a la muerte era hasta cierto punto una compensación a sus penas, porque le hacía amable hasta el mismo calabozo. Al revés Eduardo: su deseo era morir. Su vida le parecía insufrible. Para mayor tormento, su vida, por una reacción espantosa sobre sí misma, se había refugiado en el recuerdo de aquellos primeros días en que iba a la cabaña de Ángela. Y había instantes en que un remordimiento agudísimo taladraba sus sienes, como si fuera una triste y martirizadora corona de espinas.

En uno de esos días angustiosos y largos, conversaban Eduardo y Margarita.

—¿Quién me había de decir lo que está por mí pasando?

—Ya lo ves, Margarita. ¡Cuántas veces lo he profetizado!

—¡No saber nada de cuanto pasa a nuestro alrededor! ¡No tener noticia del mundo! Parece que la tierra se ha arruinado sobre nosotros, y que ningún ser ha sobrevivido en esta catástrofe más que nosotros dos en la universal ruina.

—Es mucho padecer éste.

—No comprendo martirio mayor. Me he puesto a pensar sobre todos los horrores del infierno de Dante. Allí debe padecer mucho, muchísimo, el cuerpo, y, sin embargo, sus horrores no son como este horror. El frío glacial, la humedad, la carencia de luz, las arañas, todo, todo me atormenta.

—Pero ¿por qué te quejas tanto?

—Y ¿qué quieres que haga?

—Resignarte.

—No he comprendido nunca la resignación.

—¡Ay, Margarita! Cuando tanto sufres, la resignación sólo es un gran escudo.

—¡Ya se ve! No hay otro remedio. Resígneme o no, lo mismo he de padecer.

—Lo peor es la incertidumbre.

—No, no hay, no puede haber incertidumbre. Si alguna vez se abre esa puerta, será como si se levantara la piedra del sepulcro.

—Y ¿qué?

—Todo te es indiferente; pero no a mí, Eduardo, no a mí. Yo siento latir demasiado la vida para resignarme a morir. Yo no quiero dar ese espectáculo a la Naturaleza y al pueblo de Nápoles.

—¡Oh! Y ¿en qué se diferencia esta vida de la vida del sepulcro? Quizá, cuando muertos, descansemos; pero ahora…

—Tienes razón. ¡Esta vida es insufrible!

—¡Insufrible!

—Yo muchas veces, Eduardo, he aplicado el oído a las paredes. Ni un paso, ni el ruido de las llaves, que horroriza a otros prisioneros, y que podría ser, ¡tan amarga es nuestra suerte! podría ser algún consuelo en esta tremenda eterna noche.

—Y ¿nada has oído?

—Nada. No se oye de ser humano ni un eco. Se abre esa alta ventana como por encantamiento, y desciende ese pedazo de pan que amasamos con nuestras lágrimas.

—Te oí en sueños llamar.

—Sí. Quise saber si había alguien que se apiadara de nosotros, y dije al que abría la puerta: «¡Apiadaos, señor, de nosotros!»

—Y ¿no te contestó?

—Sólo me pareció que dejaba caer la horrible puerta con más impulso, con más fuerza que nunca. Y ¿lo querrás creer? me alegré.

—¿Por qué?

—Porque detrás de aquel golpe dado con más fuerza veía yo un afecto; porque en aquel horrible ruido había algo, aunque triste, que interrumpía el triste y monótono transcurrir de esta nuestra horrorosa vida.

—¡Quién lo había de creer, Margarita!

—¡Oh, Eduardo! Muchas veces he pensado, ¡ahora que piso arañas! en aquellos días en que pisaba rosas. Muchas veces, en esta soledad, me he acordado de nuestros bailes, en que no cabía la gente. Muchas veces, en esta negra obscuridad, me ha asaltado la idea, la triste idea de aquellas noches iluminadas por mil bujías, o de aquellas tardes en que mirábamos al sol hundirse majestuoso en las azules ondas del golfo.

—Cuadros son que, mirados desde aquí, tienen una hermosura desesperante.

—Y cuando he oído rechinar la puerta, o los tristes ruidos que aquí se sienten, ¿a que no sabes de qué me he acordado?

—¿De qué?

—De la ópera, Eduardo; de aquellas noches en que Ángela cantaba sus endechas amorosas, que inundaban de plácida melancolía los aires.

—¡Ay, Margarita!

—¿Te quejas? Recuerdas que tú hubieras podido ser feliz con Ángela.

—No quieras aumentar mis tormentos.

—Es verdad, tienes razón. Ella hubiera llenado de encantos tu vida; yo la he llenado de dolores: ella hubiera sido tu alegría; yo soy tu tormento.

—¡Calla, por piedad, calla!

—Tú hubieras podido elegir entre el bien el mal, entre el cielo y la tierra; tú podías haber subido en brazos de Ángela al cielo, y has querido venir conmigo al infierno. Ya estás, Eduardo, en el infierno. Lo siento; me aborreces.

—¡Calla, Margarita, por Dios! Yo seguí la fatal lógica de mis acciones. La olvidé; te seguí. He venido hasta aquí, y he venido por mi libre voluntad. En este abismo he caído como la piedra en su centro de gravedad.

—¡Oh! Si alguna vez pudiéramos salir de aquí, yo te dejaría libertad, sí, la libertad que necesitas.

—Ya sabes que soy tu esclavo.

—Y en medio de todo, a decir verdad, el que nuestros verdugos no nos hayan separado es una felicidad.

—¡Oh! La soledad aquí sería espantosísima.

—No quiero pensarlo. ¡Separarnos! ¡Oh! Creo que me moriría.

—No temas eso.

—¡Ay! ¡Me ahogo! ¡Este aire se respira tan mal! Parece que está emponzoñado. Esto de no ver la luz es insufrible. El frío me hace temblar siempre, siempre. ¡Temblor eterno! Los mil animaluchos que veo rodar por el suelo, las arañas, los escarabajos, ¡oh Dios! todo esto es atroz. ¡Dios mío! ¿Cuándo saldré de aquí? ¿Cuándo podré yo respirar más libremente, cuándo?

—¡Oh! Muy tarde será.

—Si al menos pudiera andar… Tengo entumecidos todos mis miembros. Me pesa todo el cuerpo. Apenas puedo moverme. ¡Qué pena!

—No te quejes, Margarita, que me partes el pecho.

—¡Chis! Calla, calla.

—¿Qué, qué?

—Calla.

—Pero ¿qué te pasa?

—No te muevas.

—¿Qué te pasa?

—Oigo ruido.

—¿Ruido?

—Sí.

—Atiende.

—Me parece que oigo sonar unas llaves.

—¿Unas llaves?

—Y pasos.

—Se acercan.

—Ya no los oigo.

—Callemos.

—Ya vuelvo a oír.

—¡Hablan, hablan!

—Se acercan.

—¿De veras?

—Tiemblo.

—¿Por qué?

—Porque me parece que van a ser el nuncio de una mala ventura.

—Déjate de aprensiones.

—¡Ay, Eduardo!

—Calla.

—Oye. Suena una llave en la puerta.

—Levantémonos.

Los dos jóvenes se levantaron; apoyáronse fuertemente uno en otro y esperaron aquel instante. La puerta se abrió, y aparecieron tres enmascarados con tres largos chuzos y tres faroles. Inclináronse solemnemente, y uno de ellos les dijo en tono solemne también:

—Queremos hablaros.

—Pues hablad.

—Ya sabéis que pesa sobre vosotros la justicia humana con todo su peso.

—Lo sabemos.

—Vosotros tramasteis, y esto no lo podéis negar, la muerte del conde Asthur.

—Yo sólo —dijo Eduardo.

—Y vuestra mujer también.

—Yo solo; yo le herí.

Margarita temblaba, cogía las manos de Eduardo, como queriendo libertarse en tan tremendo lance de contestar al interrogatorio.

—Y ¿no sabéis toda la trascendencia de vuestro crimen?

—No habléis en plural de mi crimen, caballero —decía Eduardo.

—El peso de la justicia alcanza también a vuestra mujer.

Margarita exhaló un agudísimo quejido, un largo y agudísimo sollozo.

—Pero, después de todo, ¿qué sois aquí vosotros?

—No quieras saberlo.

—¿Quiénes sois?

—Tenemos derecho sobre ti.

—¿En nombre de que ley?

—En nombre de Dios.

—¡Malvados!

—No oímos, Eduardo, vuestros dicterios.

—¡Malvados!

—Siento mucho —decía el mayor de los enmascarados— daros una noticia.

—¿Cuál? ¿La muerte? Venga, venga la muerte.

—No, no es la muerte.

—¿Qué es?

—Me causa pena el decirlo.

Nunca se vio a un verdugo más plácido —contestó Eduardo riendo.

—Pues bien: será necesario decirlo.

—Pues acabad, acabad.

—Sabed…

—Adelante —dijo Eduardo impaciente.

—Sabed que la justicia manda que os separéis; que vuestra esposa vaya a un calabozo inmediato.

Apenas oyó esta terrible palabra de separación, Margarita levantó los ojos y los brazos al cielo, dando un grito horrible, un grito de dolor, que traspasaba todos los corazones.

—¡Separarnos! Señores, ¿hasta ese punto lleváis vuestra crueldad? —dijo Eduardo—. ¿No os basta nuestro martirio? ¿Queréis acibararlo todavía más? Dejadnos, dejadnos aquí con nuestro martirio.

—Señores —decía Margarita—, ¡por Dios! Me voy a morir de miedo. En la soledad de un calabozo me moriré. ¡Ay! Este me parece ahora el paraíso, me parece la gloria.

—Nosotros no mandamos; obedecemos. Os damos las únicas órdenes que hemos recibido. Acatadlas.

—¡Santo cielo! —dijo Margarita con un acento indescriptible—. ¡Separarme de él! ¡Oh! Recibiría con menos horror la noticia de mi muerte.

—Si algún crimen hemos cometido —dijo Eduardo—, lo hemos cometido juntos. La responsabilidad debe ser igual. Por consiguiente, tenednos en un mismo calabozo; sí, dejadnos aquí.

—Eso es, señores. ¡Oh! Yo conozco —decía Margarita— que mi alma se ha enaltecido con el infortunio; por lo mismo, ni para gozar de libertad saldría de aquí del lado de mi esposo.

Estas sublimes palabras de Margarita conmovieron profundamente a Eduardo. El dolor había sido un bautismo para aquella alma enferma y obscurecida. Nunca la naturaleza humana es tan perversa que no encuentre algún sentimiento sublime, alguna reminiscencia del cielo.

—Señores —dijo el enmascarado—, acabad.

—¿Conque no hay remedio? —preguntó Margarita.

—No hay remedio —dijo el enmascarado.

—Yo no os obedezco —exclamó Margarita.

—¡No, no! —gritaba Eduardo.

—Obedeceréis a viva fuerza.

—¡Oh! Venid a arrancarme de sus brazos —dijo la joven, estrechando con fuerza a Eduardo contra su corazón.

—¡No os empeñéis en ello! —exclamó el esbirro.

—No, no me arrancaréis. ¡Oh! ¿Tenéis mujer, tenéis hijos? Por vuestra esposa, por vuestros hijos, dejadnos aquí, dejadnos solos. No nos hagáis pasar este trance tan tremendo, tan cruel, tan amargo. ¡Por Dios, por Dios que nos oye! ¡Ah! ¿Quién sabe si alguna vez pediréis a Dios justicia y misericordia, y no encontraréis en el mundo ni misericordia ni justicia? Atendednos a nosotros, que la pedimos en este instante, y os la pedimos con el corazón desgarrado y los ojos llenos de lágrimas. ¡Por Dios, por Dios, señores! No nos matéis, no nos matéis.

Y Margarita lloraba como una Magdalena.

—Señores, mucho lo sentimos, pero es imposible.

—¡Imposible! El hacer bien nunca es imposible —dijo Eduardo.

—¡Esta separación es peor que la muerte! —dijo Margarita.

—Sí, matadnos —añadió Eduardo—, matadnos, pero no nos separéis. Exhalaremos juntos nuestro último suspiro, y seremos felices. Pero no nos separéis, por piedad. ¿No os ablandan tantos ruegos?

—Ya os he dicho que yo no mando, que obedezco.

—¡Oh! De aquí no habéis de sacarnos —dijo Margarita, sentándose en el suelo.

—Sacadla a viva fuerza —exclamó el esbirro.

—No a mis ojos —dijo Eduardo, apercibiéndose a defenderla.

Entonces Margarita comprendió que no había remedio, que aquella su insistencia sólo sería parte a producir un gran conflicto, y tal vez a que fuera maltratado Eduardo. Así lo entendió con ese pensamiento, con esa adivinación que es instintiva de la mujer, y se decidió a salir.

—Eduardo —dijo—, ya no hay remedio; me decido a salir. Retiraos un instante; respetad las últimas palabras, tal vez las últimas, que una esposa dirige a su esposo.

Había tal solemnidad en las palabras de Margarita, que los esbirros se retiraron al instante, dejando la puerta entornada.

—¡Perdón, Eduardo, perdón! —dijo Margarita arrojándose a los pies de su marido y abrazando sus rodillas.

—¿Por qué me pides perdón, Margarita?

—Yo te he perdido.

—No tú, sino mi mala suerte.

—No, te he perdido yo.

—¡Margarita!

—Tú no estarías aquí si no fuera por mí.

—Calla, Margarita.

—Yo soy la culpable, yo debo llevar todo el castigo.

—No, soy yo.

—Eduardo, eres demasiado generoso.

—Margarita, no me aflijas así.

—¡Que no te aflija!

—No.

—Eres demasiado bueno para mí.

—He cumplido con mi deber.

—No; has hecho más de lo que debías.

—No me lo recuerdes.

—Yo te he precipitado en el abismo.

—¡Por Dios, hija mía!

—Te he hecho infeliz.

—¡Oh!

—Te arrastraré a un cadalso, sí, a un cadalso. ¡Ay, Eduardo! —añadió Margarita—. Cuando la tristeza te abrume, no me maldigas; cuando en esos instantes de soledad terrible de la prisión se anide en tu alma el duelo y la amargura, no me maldigas; cuando subas al cadalso que te preparan nuestros enemigos, al cadalso que yo he levantado con mis propias manos, por Dios, no te lleves a la eternidad un mal recuerdo de mí. A tus plantas, anegada en amargo llanto, con el corazón desgarrado y el alma llena de dolor; cuando la eternidad se abre como un abismo; cuando Dios se inclina para recoger mi alma y para juzgarme, en este último instante de nuestra vida acaso, te ruego que me perdones; pero no con ese perdón nacido del cariño, que no quiere ver el crimen, sino con el perdón justiciero, que considera cuán merecido es el castigo. Te pido esta gracia por nuestra unión, Eduardo, por el juramento que sellamos al pie de los altares.

—Margarita, te perdono. Yo también te he hecho mucho daño. Si en ti ha habido ambición, yo he contribuido no poco a fomentar esa ambición; si ha habido desvaríos, yo he desvariado también. Te he seguido, es verdad, casi sin conciencia; pero te he seguido con voluntad. Por consiguiente, ni tú me debes pedir perdón, ni yo a ti: ambos a dos debemos pedirlo a Dios.

En este instante asomó por la puerta la cabeza del enmascarado, y dijo:

—Daos prisa.

—¡Oh! ¡Cielo santo!

—¡Adiós, Margarita!

—¡No me olvides, Eduardo! Aplica el oído a la pared a ver si escuchas algún suspiro. Ten por cierto que todos los días lloraré por ti, rogaré por ti. Me voy a morir, ¡oh! me voy a morir. Acuérdate mucho, mucho, de mí.

—¡Adiós, Margarita! —dijo Eduardo.

—¡Adiós! —exclamó Margarita, lanzando un grito agudísimo de desesperación y de dolor.

Y salió del calabozo.

Eduardo se quedó sumido en la más profunda desesperación, en la más triste soledad. Un dolor inmenso cayó sobre su alma. Era tal y tanta su intensidad, que no pudo menos de lanzar un sollozo amarguísimo, que salía de lo más profundo de su alma.

* * *

Dejemos a estos desgraciados personajes de nuestra narración para volver los ojos a Ángela, que no hemos olvidado. Nada sabía de estos tristes acontecimientos. La soledad de su pensamiento había exaltado su amor. El recuerdo de Eduardo no se borraba ni un instante de su memoria. Esta pasión infinita, a medida que pasaba el tiempo, a medida que se moría la esperanza, cobraba más exaltación, más fuerza. ¡Constancia inaudita de aquella alma!

Había sido abandonada, infamemente olvidada; había visto a su amante postrado ante otra mujer indigna de ser su rival; había visto al escogido de su corazón perdido en el lodo, borrada la idealidad del amor puro, de la pura virtud; había, en fin, apurado toda suerte de desengaños, y, sin embargo, el fuego de su amor no desmayaba, viviendo con la misma intensidad, con la misma pureza, en el fondo de su alma.

Aquel amor era el sol de su vida, que inundaba de luz, de calor, toda su alma. Las lágrimas con que había rociado sus recuerdos, los habían hecho crecer en vez de ahogarlos. Vivía sólo por esos recuerdos; vivía con el pensamiento en aquellos instantes de felicidad ya pasados, y, sin embargo, presentes siempre, eternamente, en su conciencia, en su conciencia, fija en un punto, fija en una idea.

El amor del conde Asthur era considerado por Ángela como una de sus grandes, de sus tremendas desgracias. Inspirar una pasión y no poder corresponderla, era para la joven un gran tormento. Sabía cuánto debía padecer el Conde, y su alma lloraba amargamente el ser causa de tamaños males. Así es que se había aislado de la sociedad de Nápoles, de todos los sitios donde pudiera concurrir el Conde.

Pero, a pesar de su aislamiento, bien pronto llegó a su noticia todo lo ocurrido, la catástrofe del Conde y la desgracia de Margarita y Eduardo. Desde este punto ya no tuvo paz, ya no se acordó de sí misma. Todo su pensamiento fue salvar a los dos infelices. Averiguó la prisión donde estaban. Era un torreón aislado, solitario, en uno de los barrios más tristes y más lejanos de Nápoles.

En el silencio de la noche, cuando la Naturaleza y el hombre dormían, cuando más se exponía por aquellas tortuosas calles de Nápoles, Ángela iba, llamaba a aquellas puertas, y nadie la respondía; y en vano indagaba noticias, en vano quería penetrar en aquella prisión; todo estaba cerrado a sus indagaciones, todo, y su alma se anegaba, se confundía en un mar de tristeza.

No había más que un remedio para Ángela: arrojarse a los pies del Conde y rogarle que diera libertad a aquellos dos seres, cuya triste suerte amargaba su existencia. Al saber que era Eduardo desgraciado, la pasión de Ángela se exaltó, creció; ya no tenía diques ni valladares que la contuvieran; ya creía que podía amarle porque el infeliz era desgraciado, y que debía amarle con su amor casto, puro, infinito.

Se consideró feliz al poder convertir todo su pensamiento a Eduardo, toda su vida a procurar su felicidad. No pensaba más que en los medios de salvarle; en todo menos en hablar al Conde. Así su alma se encontraba en una lucha tremenda. Con dirigirse al Conde, podía salvarle; pero ¿y qué exigiría en cambio el Conde? ¿No podría exigirle piedad por su pasión y correspondencia para su amor? Ángela se asustaba de esta idea.

Había agotado todos sus recursos, y no había podido llegar hasta Eduardo. Aquella prisión era impenetrable; parecía una tumba. Ángela se había dirigido al Rey; el Rey contestó que Eduardo y Margarita eran una presa que él había arrojado al conde Asthur, y no podía hacer nada por salvarlos. Ángela se desesperaba.

Había alquilado una pequeña casita frente por frente del torreón donde le constaba que vivían en triste vida Eduardo y Margarita. Allí se pasaba el día, mirando si se abría la puerta, si asomaba algún ser humano. Nada podía alcanzar, nada conseguía. La puerta no se abría nunca; ningún guardia, ningún carcelero, nada que indicase humano ser se veía en aquel solitario torreón.

Y, sin embargo, a la joven le parecía que de las entrañas de aquel torreón salían gemidos, gritos ahogados, ayes amarguísimos, y se deshacía en lágrimas, contemplando sus impías piedras, que nada le decían de su amado, e imaginando, allá en su mente, sus tristes dolores, sus profundas y amargas angustias.

Allí, en aquella casa, Ángela espiaba en vano todo cuanto podía ocurrir en el torreón. Interrogaba a los vecinos para indagar si algo sabían, si algo habían columbrado. Los vecinos le contaban sólo terribles leyendas. Decían que en aquel torreón había estado presa una gran señora, una hija de un príncipe italiano. Esta pobre joven había sido allí encerrada por su padre, que la quería sustraer al amor de un galán pobre y de baja estirpe. Mas el galán una noche rondaba por allí, y fue asesinado; crimen horrendo, cometido por el cruel padre de su infeliz amada. Una noche de relámpagos y truenos, de gran tempestad, se abrió una hendedura en el suelo, surgió una sombra, penetró las paredes espesísimas del torreón, llegó al calabozo donde estaba la joven y se la llevó consigo; y desde entonces dos grandes murciélagos, al anochecer, ruedan por aquellas cercanías, y son las almas de los dos amantes. Desde aquel tiempo no ha vuelto nadie a ser encerrado en el torreón de las brujerías, y sólo por un castigo tremendo e inaudito podía imaginarse el triste encarcelamiento allí de Eduardo y Margarita.

La infeliz joven, la infeliz Ángela, daba rienda suelta a su dolor al ver que no le quedaba ninguna esperanza de salvación. Cuando Eduardo era feliz, o ella imaginaba que era feliz, no se atrevía a padecer Ángela por él; se reprimía, se ocultaba a sus propios ojos el padecimiento; pero desde el punto en que le creyó infeliz, en que le vio padecer, su dolor podía rebosar en su alma con entera libertad.

Mientras esto sucedía en el ánimo de Ángela, Margarita estaba anegada en un mar de dolores. El calabozo que le habían destinado era más hondo, más triste, más obscuro aún que el calabozo de Eduardo. Allí apenas se veía nada; allí se palpaban las espesas y horribles tinieblas. El miedo que la devoraba, la soledad en que yacía, la falta de luz, la falta de aire, sus ideas, sus remordimientos, sus dolores, todo era horrible en aquella su triste y aflictiva situación.

Pasaron unos días tras otros, unos momentos tras otros, parecidos a una larga sucesión de eternidades, al infierno; y allí sola, allí, aquella mujer que había llegado al colmo del poder y de la fortuna. Un pobre traje cubría sus carnes; una palidez vívida, como la palidez de la flor que se descolora, cubría su rostro; sus ojos se habían hundido, y sus cabellos estaban lacios, y se la caían como muertos a impulsos de las ideas que secaban su cerebro. Ni siquiera el consuelo tenía en aquel aflictivo estado de quejarse, de dolerse de su triste suerte con un ser que compartiera sus penas. Allí no tenía ni un libro que leer, ni una labor con que distraerse, ni nada, absolutamente nada que le apartara de su solitario pensamiento, de la negra obscuridad, de sus tristes, de sus crueles remordimientos.

Parecía que Dios la había destinado a padecer el más negro, y más tremendo, y más pavoroso de los martirios posibles. Aquella mujer, que se aturdía en las fiestas, que pasaba sus días entregada al torbellino de tantos y tantos placeres; aquella mujer sufría el martirio, el terror de su soledad, que era el más triste de los castigos imaginables.

Y cuando se ponía a pensar que si aquella puerta se abría, que si abandonaba aquel calabozo, sería tal vez para subir a un cadalso, un sudor frío bañaba su cuerpo, una angustia mortal acongojaba su dolorida alma; su alma, entregada a los embates de una negra, y pavorosa, y tremenda tempestad, en aquel negro y frío calabozo.

Un día, cuando más entregada estaba a su solitaria meditación, se abrió su calabozo. Unos hachones lo inundaron de luz. Margarita estaba tan poco acostumbrada a ver la luz, a recibirla en su retina, que se quedó deslumbrada y como ciega. Cubrióse el rostro con las manos, y a los pocos instantes levantó la cabeza, y vio los mismos jueces que se le aparecieron en la tremenda noche de su prisión.

—Levantaos, señora —dijeron con voz lúgubre.

Después de algunos instantes añadieron:

—Ya sabéis vuestro delito.

—¡Mi delito! No lo sé.

—Pues el tribunal lo sabe. La justicia humana lo sabe también, y también la justicia divina.

—¡Misericordia, misericordia! —dijo Margarita.

—¿La tuvisteis vos del ser a quien hirió vuestro puñal, víbora?

Esta palabra hirió profundamente a Margarita.

Su dignidad de mujer ofendida se levantó en aquel momento sobre su debilidad, sobre su pavor.

—Matadme, pero no me insultéis, pero no me ofendáis. ¿Es esa la justicia humana, que insulta a la víctima? ¿Es esa la justicia divina que invocáis? Me perseguís cuando soy débil; me perseguís, me perseguís sin forma de juicio; me condenáis sin más ley que vuestro capricho; venís a asesinarme; no sois jueces, no; sois asesinos.

—Reportaos, señora, reportaos.

¿Qué más queréis decirme? Decidlo pronto, e idos. No vengáis a insultar con vuestra sardónica risa, no vengáis.

—¿Queréis un confesor?

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! —exclamó Margarita, cayendo de rodillas, como desplomada, en el suelo, como herida de un rayo.

—¡Sabes matar, y no sabes morir! —dijo el que parecía juez.

Margarita se levantó instantáneamente, contestando:

—No quiero, no quiero confesar.

—Pues precisa que preparéis vuestra alma.

—Dejadme en paz, dejadme en paz. Idos. Yo hablaré a Dios en la voz de mi dolor y de mi angustia. Idos, por piedad, por piedad. Conceded esto al menos a la última súplica, a la última de un moribundo; todos, por Dios, idos, señores: dejadme que mi pensamiento y mi corazón se reconcilien con Dios.

Los jueces salieron, y se quedó Margarita sola. Así que oyó que caía la puerta, se dio a correr como una loca por aquel negro y horrible calabozo.

—¡Dios mío, morir; morir tan joven; morir en la flor de la edad; morir cuando la vida es más grata! ¡Qué dolor tan profundo, qué dolor tan negro y tan intenso! Y correrá mi sangre, y se apagarán mis ojos; y caerá como un negro sudario sobre mí la eternidad; y Dios me pedirá cuenta de esta vida infeliz; me pedirá cuenta de estos días disipados. ¿Qué le diré, qué le contaré? Se abrirán los abismos donde arde el eterno fuego, y caeré en esos negros abismos. ¡Y para siempre, para siempre atormentada; para siempre herida, martirizada! ¡Infeliz, infeliz! ¡Qué suerte, qué suerte tan triste; y suerte eterna! Sentencia que no se levantará nunca. El plomo derretido del infierno caerá eternamente sobre mi cabeza, y la quemará como el remordimiento que ahora abrasa mi alma. ¡Oh! ¡Y Eduardo! He perdido a Eduardo, lo he perdido, lo he perdido para siempre. Yo, yo lo he perdido, yo sola. ¡Maldición, maldición eterna, maldición sobre mi alma!

Y Margarita, jadeante de dolor y de desesperación, cayó sin sentido en el duro suelo.

Eduardo recibió la nueva de su muerte con más serenidad de espíritu. Para Eduardo la muerte era un descanso, un descanso eterno. Después de haber malogrado su vida, nada le parecía tan natural, nada tan puesto en razón, como que se acabase pronto aquella vida estéril, aquella vida entregada al mal. Sólo un pesar le atormentaba con indecible tormento: el recuerdo de Margarita, de la infeliz Margarita, condenada a padecer, a sufrir, a morir con él. Eduardo, por un resto de generosidad, no quería recordar que en su vida había habido dos genios; que el genio del bien, que era Ángela, le señalaba el camino del cielo, y el genio del mal, que había sido Margarita, le señalaba el camino del abismo. Sólo se acordaba que la elección entre estos dos genios había sido obra, si no de su voluntad, al menos de su débil naturaleza, y que, por lo mismo, a nadie debía culpar de sus males sino a sí mismo, puesto que esos males habían sobre él caído por libre conocimiento de su inteligencia, por libre elección también de su voluntad.

Allá en el interior de su conciencia se le aparecía el genio del bien, como él lo vio por vez primera, rodeado de flores de la Naturaleza, alumbrado por el sol, produciendo cantares dulcísimos, que él había desoído, que él había menospreciado, enseñándole, con los ojos fijos en el cielo y en la luz, los derroteros eternos por donde puede caminar el hombre a su patria inmortal, al origen divino de su espíritu. Y él había despreciado en Ángela su propia salvación.

De otro lado se acordaba de la primera vez que vio el genio del mal. Margarita, ricamente vestida, adornada de flores contrahechas, de diamantes, de perlas, en un perfumado salón, muellemente reclinada, iluminada por mil bujías, riéndose de todo cuanto hay de grande, de divino en el hombre, y exaltando, con la copa vacía en las manos, el recuerdo del mal, el triunfo del vicio. Y al adorar a Margarita, el infeliz Eduardo había adorado su propia perdición.

En algunos instantes la incertidumbre reinó en su corazón, la duda en su alma. Pero bien pronto se avergonzó de aquella incertidumbre, se arrepintió de aquella duda, y abrazó con fuertes y apretados abrazos el mal, todo el mal que le había traído a tan triste y aflictivo estado. Y, en efecto, en la lógica de los hechos, el mal engendra siempre el mal, y el castigo es una consecuencia del mal. No hay acción mala que no sea castigada; no hay vicio que sea por Dios consentido largo tiempo.

Todos los vicios se despeñan, todos se arrastran a su centro verdadero de gravedad, que es el abismo. Sólo el alma inmortal, el alma divina de la vida y del hombre, es la virtud. Pero con las tempestades de la vida pasan aniquilados los vicios, y la virtud, la virtud vuelve al cielo, vuelve a Dios. ¡Oh! Cuando la virtud nos abandona, somos peores que la piedra, los más infelices, los más desgraciados, los más enfermos de cuantos seres se mueven bajo el cielo.

Capítulo 14

La noticia de la sentencia de Eduardo y Margarita y de su triste suerte, se esparció bien pronto por todo Nápoles. Por una de esas reacciones tan frecuentes en el espíritu público, todos lamentaron su desgracia, todos compadecieron á aquellos dos jóvenes próximos á hundirse, con sobra de vida, en los abismos de la eternidad. La pena de muerte concluye siempre por rodear de cierta aureola á sus víctimas. El hombre conoce que desde el punto en que el criminal ha pasado los dinteles de la eternidad, su juicio pertenece á Dios, y parece como que quiere dulcificar la tremenda pena, lavando con torrentes de lágrimas y de compasión la sangre vertida en el cadalso. Y, en efecto, la sociedad se olvida del crimen para compadecer al criminal, hasta que, cuando ha caído la fatal cuchilla, cuando la sangre se ha borrado, cuando los restos del infeliz han sido depositados en la tierra, la conciencia pública se olvida del criminal y del crimen. Yo lo creo firmemente: un criminal ajusticiado parece una víctima digna de compasión, mientras un criminal sufriendo su digno castigo será siempre un remordimiento que avise á la conciencia pública de lo horrible y triste que es el crimen.

Pues bien: Nápoles se encontraba, respecto á los dos jóvenes, en esos instantes de general simpatía y compasión. La noticia se espació como un rayo; la noticia llegó por fin á oídos de Angela. Ya no había remedio: era necesario salvarlos á toda costa. Si precisaba ir á ver al Conde, iría Angela á ver al Conde. Le asustó por un instante esta decisión; pero… ¿qué no haría por Eduardo? Se decidió á conceder al Conde todo cuanto le rogara, en cambio de la vida de los dos jóvenes víctimas, con tal que fuese justo y honesto. Si era necesario un sacrificio, Angela no dudaba en sacrificarse, en vivir desgraciada y morir también, si era necesario, por salvar al que fué su amante, y cuya felicidad la preocupaba como en los días felices de su primer amor. Su deseo por la felicidad de Eduardo fué siempre el alma de su amor, porque aquel amor nada tenía en Angela de egoísmo.

Mientras la suerte de Eduardo y Margarita no estaba decidida, Angela pudo dudar, pudo sentir en dar este paso decisivo; pero ya publicada su sentencia fatal, le parecía un crimen toda incertidumbre, toda duda. Conocía que ella había sido implacable con el Conde, y que el Conde tenía derecho á ser con ella implacable. Conocía que ir á demandar la vida de un enemigo á un corazón a quien ella habla dado muerte, y muerte moral, era muy triste. Pero, en fin, se decidió con ese arrojo que para los grandes trances de la vida sólo conoce la mujer, y que será siempre el ideal misterioso de todas las sublimes pasiones. Angela se vistió como un día en que el Conde habló, con ella; coquetería muy propia del carácter siempre artístico de la mujer. Llevaba un traje negro y una mantilla española. Este traje, tan propio de la mujer, realzaba su hermosura: al través del espeso velo que cuidadosamente le ocultaba el rostro, lucían, como dos luceros entre sombras, sus hermosísimos ojos. Angela ya no lloraba. Sabía que iba á consumar un gran sacrificio, y lo consumaba con resignación heroica.

Era de noche.

Atravesó las calles de Nápoles á pie, con una celeridad increíble.

El Conde se encontraba con gran numero de amigos que departían con él, especie de turba de cortesanos que rodean siempre el poder, la gloria y la fortuna, y que suelen ser el más tremendo escollo de la vida. Cuando más embebidos estaban en su conversación, entro un criado á decir que á la puerta se encontraba una dama cubierta que quería hablar inmediatamente con el Conde. Los amigos celebraron mucho la ocurrencia; el Conde les mandó salir, y levantándose, salió con natural impaciencia á ver quién era la dama. En efecto: Angela no se había levantado el velo cuando entró en el salón. Miró á todas partes con interés y curiosidad, y el Conde dijo, después de haberla saludado profundamente:

—No hay nadie, señora; ¿qué me queréis? Angela, levantándose el velo, preguntó:

—¿Me conocéis, Conde?

El Conde dió un grito de sorpresa y de entusiasmo al ver aquel rostro. Sus ojos chispearon y se encendieron en súbita alegría; un relámpago de vida cruzó por su pálido rostro, y acercándose á Angela, la cogió una mano, la estrechó contra su corazón y dijo:

—¿Si os conozco me preguntáis, Angela, si os conozco? No sé decir si sois la mujer que yo tengo aquí, dentro del pecho, ó si sois Angela realmente. No puedo creer que seáis vos. Me parece que Dios, condolido de mi desgracia, ha dado cuerpo, y alma, y vida á este tormento que yo tengo aquí dentro del pecho, á esta idea que llena toda mi conciencia, á este amor tan grande, tan intenso, tan profundo; tanto más grande, tanto más intenso, tanto más profundo, cuanto que no tiene ni descubre vislumbre de esperanza.

—Conde —dijo Angela—, no hablemos más de eso.

—¿Que no hablemos? Yo no sé hablar de otra cosa. A mis amigos, á mi familia, al Rey, á mi madre, á todo el mundo, le hablo siempre de lo mismo. Si la palabra es la forma de la idea, mi única palabra debe ser vuestro nombre, porque mi única idea es siempre vuestra imagen. Si pudiera abrir el pecho, sacar el corazón y ponerlo ante vuestros ojos, veríais cómo estabais allí, presente siempre en mis sentimientos y en mi vida; pasión que me enloquece, pasión que me atormenta, pasión que es mi angustia; pero pasión que no quiero perder porque es preferible el tormento al triste olvido.

—Conde, os repetiré lo que muchas veces os he dicho. Yo no puedo, yo no debo amar. Mi conciencia me dice que sois muy digno de ser amado, pero mi corazón no puede amaros.

—¡Ah! Esa palabra me taladra el alma. ¿Vos no habéis amado nunca? Vos, tan hermosa, ¿no habéis sentido nunca que tenéis un alma? Vos, que con el canto despertáis una nueva vida en los corazones y les abrís el cielo, ¿vos seréis insensible, como la lira, que produce el sonido sin conciencia? ¿Os habrá dado Dios todas las virtudes, os habrá concedido todos sus dones, os habrá hecho hermosa, os habrá dado una voz celeste, una inspiración divina, y después, para que no fuerais un ángel en la tierra, os habrá negado el amor?

—¡Ah señor Conde! No queráis acercaros al abismo del corazón; no pretendáis saber todo lo que pasa aquí dentro del pecho. Las pasiones humanas tienen aspectos tan varios, caen sobre ellas desgracias tan enormes y tan grandes, que pretender medirlas por un rasero es imposible. Yo no creo que pueda vivir nadie en el mundo sin amar ó sin haber amado.

—¿Luego vos habéis amado; luego vos amáis á algún ser afortunado? ¡Oh, Angela! Yo quiero ver, quiero mirar á ese hombre, quiero saber quién ha sido el mortal capaz de levantarse hasta el cielo.

—Conde… , ¡empeño vano! Os he dicho que no se puede vivir sin amar ó sin haber amado.

—¿Habéis amado, y os abandonó, y murió? ¿Habéis amado y no podéis volver otra vez á amar?

—¡Nunca, nunca, nunca!

—¡Desgraciado de mí —exclamó el Conde, cubriéndose el rostro con las manos.

—Señor Conde, otros más importantes motivo! me traen aquí.

—¡Más importantes! Nada me importa sin vuestro amor.

—¿Ni la vida de vuestros semejantes?

—No me importa mi vida…

—Mas… una desgracia ajena debe importaros, señor Conde.

—No sé de qué habláis, Angela.

—Hablo de un proceso…

—¿De Eduardo y Margarita?

—Son dos infelices que van á morir, dos almas que se van á apagar en la tierra. En la flor de su vida, cuando se aman tiernamente (Angela, al decir estas palabras, se ahogaba), señor Conde, la muerte de esos infelices, de esos dos desgraciados seres, ¡ay! es horrible. Vos, tan bueno; vos, tan magnánimo; vos, con tan grandes pasiones, no la debéis, no la podéis consentir. No, no, señor Conde, no, ¡por el cielo!

—Angela, vos no comprendéis bien lo que me pedís; no lo comprendéis. Sobre esos dos seres ha caído mi sangre, y, por consiguiente, debe caer el peso, todo el peso de la justicia humana. Arrebatándoles la vida, arrebato á la sociedad, al inundo, á la tierra, dos grandes criminales que pueden emponzoñar la vida á muchos seres, que pueden dejar en la tierra muchos rastros de sangre. Por lo mismo no me pidáis su vida.

—Señor Conde, no trato de excusar su crimen; pero tampoco excuso vuestra venganza. No trato de enaltecerlos; pero vos aparecéis rebajado a mis ojos. Triste es ser el blanco de un crimen, pero es más triste aun ser el generador de una gran venganza. Vos señor Conde, podéis estar más satisfecho en vuestro amor propio castigándolos; pero Dios estará más satisfecho de vos si los perdonáis. ¡Perdonadlos, perdonadlos!

—No puede ser, no puede ser. Han puesto asechanzas horribles á mi existencia; me han perseguido, me han acosado, han ido á meditar un asesinato horrible, horrible; me han herido en el pecho, y serán siempre, hoy como ayer, y mañana como hoy, los eternos enemigos de mi poder.

—Nunca creí que la venganza pudiera cegar de esa suerte á los hombres. Había creído ver en vuestro corazón más grandeza; había creído que erais superior á los que os rodean. Me he engañado, y siento haberme engañado. Vos persistís en vuestros odios, en vuestras venganzas, cuando yo os pido de rodillas, deshecha en lágrimas, la vida, sí, la vida de dos seres: la vida de Margarita y Eduardo.

—Y ¿quién me da á mí la vida? Vos pedís para ellos la vida material, la vida del cuerpo; ¿quién me da, quien puede darme la vida espiritual, la vida del corazón? Ellos expirarán en un cadalso en un instante, en un instante que pasa como un relámpago, y yo viviré en un potro eternamente, viéndome morir, y no muriendo, mirando cómo se evapora y se pierde mi alma, sí, mi alma, para la cual pido vida, luz, aire, amor.

—Nunca he dudado, señor Conde, nunca, de que sois desgraciado. He visto vuestras desgracias y las he compadecido. Mas permitidme que dude que seáis desgraciado cuando os veo así, de esa suerte, cebaros en el infortunio, en la desgracia. Nadie tiene menos derecho á hacer desgraciados que el desgraciado; nadie debe producir menos infortunios que el infeliz. Creedlo así, y puesto que sois desgraciado, curad la desgracia ajena.

—De suerte que yo soy la concentración de todos los deberes. Yo debo perdonar, yo debo resignarme, yo debo ser desgraciado, yo debo olvidaros, yo debo reprimir mis pasiones, yo debo no quejarme. Yo lo debo todo. ¡Oh! Me pesa demasiado la cadena de tantos y tan graves deberes.

—Y, sin embargo, nada hay que exalte al hombre como la ley del deber; nada hay tan hermoso como tener muchos lazos espirituales que nos liguen, que nos unan á la tierra.

—¡Ah! Pues casualmente de eso me quejo yo, Angela. De que no hay un lazo, de que no existe un lazo que me una á la tierra. Cuando mi pobre madre se muera, ¿qué va a ser de mí? No tendré adónde convertir los ojos más que á esa inmensa turba de aduladores que rodean é importunan siempre; siempre, al poderoso. Esa es mi vida. ¿Os parece una vida grata?

—Hablamos demasiado de nosotros mismos, Conde, y nos hemos olvidado de esos dos infelices. ¡Eduardo!…

—Callad, callad; dejadme que recapacite. Ya, ya, ya, Eduardo; entiendo.

—¿Qué? —dijo Angela, mirando con anhelo, con ansiedad, al Conde.

—Entiendo, señora, vuestras súplicas. Vos, vos habéis amado, tal vez amáis á Eduardo —dijo el Conde.

Angela se llevó las manos á la frente horrorizada, y se dejó caer en un sillón porque le faltaban las fuerzas.

—Recuerdo que Margarita se jactaba de que os había disputado y os había arrancado ese corazón; lo recuerdo.

—Conde, ya sabéis que mí vida es pura como el cielo,

—Sí, Angela, sí: nadie puede dudarlo. Pero vos habéis amado á ese hombre: ¡decidlo!

—No hay para qué ocultarlo; le he amado, lo confieso; le amé un tiempo; fué mi primer amor. Ya no le amo; pero aquel amor será el último.

—¡Maldición, maldición! —exclamó el Conde—. Un hombre que conoce el cielo y lo desprecia; un hombre que merece ser amado de vos; un hombre que ha tenido esa felicidad, esa felicidad que yo anhelo, debe morir, debe ser precipitado en los infiernos. Ni ahora ni nunca habrá compasión para él en mi alma; ni ahora ni nunca, entendedlo bien; pensadlo bien; no puede ser.

—¡Oh, piedad, piedad para él! —exclamó Angela, cayendo desolada á las plantas del Conde.

—Pedís piedad con el acento de la pasión, del amor. Le amáis, y ¿queréis que yo perdone a un hombre que vos amáis, que vos habéis amado? Nunca, nunca; debe morir. Pero va á morir en este mismo instante. Antes que salgáis de este gabinete sabréis la noticia de su muerte.

—¡Oh! No, no. Yo no lo creo, yo no lo puedo creer. No sois una fiera.

—Es verdad, no lo soy. No he visto gemir á ningún corazón sin compadecerlo; no he visto obscurecerse ningún alma sin amarla; no he visto llorar nunca sin apresurarme á consolar al que lloraba.

Y el Conde sollozaba triste y amarguísimamente.

—Bien, bien, Conde —dijo Angela levantándose—. Demostrad ahora eso; seguid los instintos de vuestro corazón.

—Ahora no.

—¿Por qué?

—Porque la virtud tiene también su línea, tiene también su límite. Yo no lo puedo pasar; yo no lo debo pasar; yo no lo pasaré. Yo no perdono, ni ahora ni nunca, al hombre que vos habéis amado. No le perdono, tenedlo entendido. No le mata su crimen ni la sociedad secreta; no le mata nada de eso, no; le mata vuestro amor. Vos sois, Angela, vos, su verdugo.

Angela, al oír estas palabras, creyó volverse loca. Daba vueltas por la sala como herida de un vértigo, como si le faltase tierra donde fijar las plantas. Su pecho lanzaba gemidos agudísimos. Su corazón latía con tal fuerza, que amenazaba salírsele del pecho. Todo su cuerpo temblaba como si una gran corriente eléctrica lo sacudiera. Era su padecimiento inexplicable, horrible, espantoso, tremendo.

El Conde la seguía con la vista. Sus muestras de dolor, lejos de compadecerle, herían más profundamente su alma. Apoyada una mano en un sillón, puesta la otra sobre su herida, que se resentía, mirando con ojos encendidos por la pasión á la joven, y riéndose con una risa epiléptica, el Conde parecía también demente. Eran aquellas dos almas ¡ay! dos almas encendidas por grandes pasiones; eran dos almas agitadas por terribles tempestades.

—¡Por mí! —decía Angela como fuera de sí—. ¡Por mí morir! Yo, que pretendía salvarle, yo le he asesinado. ¡Oh! ¡Oh! ¡Santo cielo, santo cielo! ¡No lo consintáis, Dios mío, no lo consintáis! ¡Va á morir tan joven! ¡Qué desgraciado! ¡Y yo, yo le mato, yo soy su verdugo! ¡Ay! ¡Me ahogo, me muero! ¡Sí, yo no sobreviviré á este golpe! ¡El remordimiento, el remordimiento helará la sangre en mis venas y se apagará mi vida!

—Mirad cómo le ama —decía el Conde.

—¡Oh! Yo por un recuerdo así, por excitar un pensamiento como ese, por verla por mi causa fuera de sí, por hacerla derramar una lágrima, me encerraría en el calabozo de Eduardo, y ese calabozo sería á mis ojos un palacio, recibiría la cuchilla del verdugo, y esa cuchilla me parecería tan grata como un beso de amorosos labios.

—¡Oh! Y ¿podréis decretar su muerte con esa frialdad? —decía Angela.

—Su muerte está decretada por vos.

—¡No, no! Yo no me voy de aquí hasta conseguir su perdón.

—Entonces —dijo el Conde sonriéndose y calmándose un poco—, no le decretaré para que estéis aquí siempre.

—Parece imposible que aun juguéis con la muerte, y que en este instante supremo os acordéis de esas muestras de estudiada galantería.

—¡Galantería decís! ¡Galantería!

—Sí.

—Palabra bien frívola es para expresar una pasión en que se abrasa mi alma, una pasión que me trastorna el pensamiento, una pasión que ha sido mi gran infortunio. ¡Oh, Angela! Sólo desearía que por un instante sufrierais mi suerte.

—¿Creéis que no la comprendo? Yo he amado como vos, y como vos he amado sin ser amada.

—¡Infeliz! Y ¿no me compadecéis?

—Os compadezco.

—Y ¿no me amáis?

—No puedo amaros.

—Y, sin embargo, amáis á ese hombre…

—Ese hombre está unido á otra mujer. Ese hombre es el esposo de Margarita. Por consiguiente, entre ese hombre y yo hay un abismo, un abismo eterno, que no se puede salvar. No me preguntéis, Conde, lo que yo no puedo, lo que yo no quiero deciros; lo que vos sabéis, si me estimáis en mi verdadero valor.

—Angela, de mí no podréis conseguir nunca el perdón de Eduardo.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¡Infeliz!

—Morirá, si, morirá, y yo me gozaré en verle morir, ya que os ha inspirado esa frenética pasión.

—¡Santo cielo! ¡Dios santo!

—Morirá, porque no debe estar conmigo en la tierra un hombre que ha alcanzado una felicidad por mí ideada como la felicidad suprema.

—¡Oh! ¡Yo le mato, yo!… —decía Angela.

—Morirá, para que ese recuerdo vivo de vuestro amor muera y pueda nacer en vuestro pecho otro amor.

—¡Oh! ¡Eso es horrible!

—Sí, morirá.

—Señor Conde —exclamó Angela como inspirada—, había creído en la grandeza de vuestra pasión; había creído que ese amor que me pintabais podía acrisolar vuestras acciones é inspiraros grandes sentimientos; había creído que seria en vuestra alma una voz del cielo, un presentimiento de otra vida mejor; había creído que en las sombras de vuestra inteligencia, ese amor sería como una estrella, como un aura dulce y suave, bastante á calmar todas vuestras alteradas pasiones; lo había creído, y me he engañado.

—¿Cómo? ¿Qué decís?

—Digo que es una pasión vulgar, que es el delirio del sentido, que es un fuego voraz en que arden y se arrastran bajos, muy bajos sentimientos: el odio, la venganza; que es, en una palabra, una pasión despreciable.

—¡Angela! Me estáis atenaceando el corazón.

—¿Queréis que os vea encendido por el odio, gozándoos en la desgracia de seres infelices, y que os estime? No puede ser, Conde.

—Luego vos queréis que aquí en la tierra nuestra naturaleza humana se transfigure; exigís sea el alma una luz del cielo.

—Eso, eso exijo. La vida es un instante transitorio, y debemos apercibirnos, prepararnos para la eternidad. Y si esto no fuera así, hermosear nuestra vida es un deber, y un deber inquebrantable y sublime.

—¡Perdonad, perdonad!

Angela comprendió que el camino que había escogido de la súplica, de la amenaza, era embarazoso y difícil, y si bien con harta repugnancia, se decidió á escoger, aunque fuera mintiendo sentimientos no probados, el camino de dar alguna esperanza al Conde. Éste meditaba silencioso. Angela se acercó á un piano que había abierto, se sentó y comenzó á cantar á media voz el aria de la Sonámbula.

—¡Qué recuerdo! —dijo el Conde—. Me volvéis la vida; respiro mejor; circula por mis venas con mayor libertad la sangre. ¡Que dulce recuerdo!

—Sí, recuerdo feliz, que prueba que en el mundo lo último que debe, que puede perderse, lo ultimo es la esperanza.

—¿Qué decís? —exclamó el Conde acercándose a donde estaba Angela—. Repetidlo, repetidlo.

—Os decía que en el mundo, mientras la vida lata en el corazón, no debe nunca, nunca, perderse la dulce, la celestial, la consoladora esperanza.

—Y yo, yo, miserable reptil escondido en el polvo, en el lodo, ¿yo puedo transformarme por el amor en un ser digno de habitar el cielo?

Angela, haciendo un esfuerzo sobre sí misma, exclamo:

—Podéis, podéis hacerlo; podéis, señor Conde.

—¡Oh! ¿Qué he oído? ¡Una esperanza en esta negra noche; un aura tranquila en este mar alborotado, una esperanza! Me volvéis la vida, me dais el alma, el ser.

—Todo se puede alcanzar de un corazón, todo.

—Sí, sí; yo no debo desesperarme.

—Pero hay dos clases de amores, Conde: el amor liviano y transitorio del sentido, amor que pasa como un relámpago, y el amor puro, divino, del espíritu; amor que siempre queda en el corazón, como la luz del sol en el mundo.

—Con ese, amor he soñado yo.

—Pues bien, Conde: ese amor, más alto que todas las cosas terrenales; ese amor, tan puro, tan inmortal como nuestra misma alma; ese amor sólo puede inspirarlo un corazón donde puedan caber las grandes pasiones.

—Sí, sí.

—Porque el amor del alma no muere, como la hermosura de las formas, que se acaba; como el placer, que pasa; como la riqueza, como el poder, como la gloria, como todo eso que tanto halaga á la mayoría de las gentes; el amor del alma es mucho más duradero que el tiempo y que todos los seres que mueren; mira con preferencia el interior, la satisfacción del espíritu, la tranquilidad del corazón, la vida pura y transparente que refleja el cielo, y, sobre todo, esas grandes pasiones, puras pasiones, que son como el Tabor, donde se transfigura y engrandece nuestra existencia.

—Es verdad, es cierto.

—Mas la grandeza del alma no puede conocerse, Conde, por ese estado solitario y triste en que se aísla el alma en sí misma y desprecia el mundo. La grandeza del alma se conoce por grandes hechos, por grandes lecciones de moralidad, por grandes y sobrehumanos sacrificios; porque, al fin, seguir la corriente de los hechos vulgares, de los pensamientos vulgares, de las ideas, de las acciones vulgares, seguir esa corriente es muy fácil. Lo difícil es levantarse al cielo, cincelar el espíritu con la virtud, y esa dificultad podéis vos superarla y vencerla.

—Y ¿cómo? Decidme cómo; estoy dispuesto á todo.

—Oidme: ¿cómo queréis que se vea el alma?

—El alma sólo se puede ver en sus acciones.

—Es verdad, eso es. Luego si el alma sólo se ve en sus acciones, ¿cómo queréis amor para vuestra alma, si la presentáis a mis ojos negra, vengativa, manchada de sangre?

—¡Oh! Angela, Angela: me abrís los ojos á la luz del cielo.

—Si cuando yo trate de mirar ese alma veo al par de ella dos cadáveres sacrificados á una de sus más bajas pasiones, ¿cómo queréis, Conde, que yo la ame?

—Es verdad, es verdad.

—Levantaos, pues, sobre vos mismo; perdonad.

—Mas ¿no puedo entrever ninguna esperanza?

—Sí sí.

—¡Oh! ¿Qué esperanza?

—Mi amistad.

—No la quiero, la rechazo. Prefiero vuestro odio; y como prefiero vuestro odio, voy á mandarlos ahora mismo, sí, ahora mismo á la muerte; ahora mismo, señora, si para que me aborrezcáis, Angela; para que me aborrezcáis, porque yo necesito inspiraros una pasión tan violenta como la que me habéis inspirado á mí.

Y el Conde se dirigió a una mesa, sentóse y se puso á escribir una orden.

—Conde, Conde —dijo Angela, cayendo de rodillas á su lado.

—Ya os oigo.

—Conde, oidme, oidme un instante.

—Yo no perdono á mi rival.

—Conde —dijo Angela levantándose—, parece imposible que os cieguen vuestras bastardas pasiones hasta el punto de insultar á una mujer. De Eduardo me separa un abismo que no me separa de vos —dijo Angela, dulcificando con arte estas últimas palabras.

—¿Qué decís? —dijo el Conde, soltando la pluma y levantándose.

—Digo que de Eduardo me separa un abismo que no me puede separar de vos. Entre Eduardo Y yo hay un abismo, sí, un abismo hondísimo é insuperable, pero no así entre nosotros dos.

—¡Oh! Me enseñáis el cielo para precipitarme en el infierno.

—El amor no puede nacer de súbito.

—Sí, sí, de pronto nació en mi alma.

—Es verdad; puede inspirarlo una pasión generosa.

—¿Nacida del fondo del alma?

—Puede inspirarlo un rasgo heroico.

—¿Hijo de la voluntad?

—Un gran sacrificio.

—¿Superior á nuestra naturaleza

—Eso es, Conde, eso es; la naturaleza que se vence, se salva.

—Pues salvémonos.

—Sí. Os salváis á los ojos de Dios.

—¿Sólo á los ojos de Dios?

—Y á los míos también.

—¿Puedo llegar á inspiraros una pasión?

—Que será más grande según sea vuestro heroísmo.

—¿Una pasión decís? Angela, repetidlo.

—Sí. Yo, que creía imposible para mí el amor, veo que puede inspirármelo un alma tan grande como la vuestra, un alma que olvida sus heridas, un alma que se sobrepone á su sed de venganza, un alma que se purifica y transfigura, y que purifica y transfigura la mía; un alma, en fin, que olvida perdona á sus enemigos.

—El alma que perdona, ama.

—Vos lo habéis dicho.

—Pero el alma que ama, ¿no es digna de ser amada?

—Y ¿lo podéis dudar?

—Luego yo…

—Sois digno de mi amor —dijo Angela cubriendose el rostro con ambas manos.

—Y ¿lo obtendré, lo obtendré algún día?

—Conde, os voy á abrir mi corazón. Yo no puedo ser ya sino de Dios del cielo, ó de vos en la tierra; yo os pido, en cambio de esta confesión de mi alma, os pido que perdonéis.

—¡Oh! ¡Aun puede ser mía, aún! ¡Cielo santo! ¿qué he oído?

—Aun; porque el hombre, por su misericordia, se aproxima á Dios, y el hombre que se aproxima á Dios puede obrar muchos, muchísimos milagros.

—¿Hasta el milagro de inspiraros amor?

—Hasta ese milagro.

—¡Oh! Verse amado por vos es verse en el cielo, es adivinar otra vida, y por tan gran premio bien puede hacerse un gran sacrificio.

—¡Un sacrificio perdonar! Mejor dijerais que el verdadero sacrificio estaba en castigarlos. Os quiero más digno de vos.

—¡Oh! Yo nada puedo negaros; mi voluntad os sigue.

—Perdonadlos.

—Pero ¿me prometéis amor, amor?

—Si, amor intenso, amor eterno; pero perdonadlos.

—¡Oh! ¿Qué he oído, qué he oído? Si, sí; perdón, perdón; le perdono; esa palabra sólo, haber oído esa palabra es un gozo tal, que bien merece ser celebrado con el perdón de un criminal.

Y el Conde se dirigió a la mesa, y sin sentarse escribió una orden.

Angela, dirigiéndose á un Crucifijo que había en la pared colgado, y plegando las manos, murmuró entre dientes con gran emoción estas palabras:

—Señor, yo solamente puedo ser tuya en la tierra, solamente tuya, Señor.

El Conde concluyó de escribir la orden, y dirigiéndose á Angela, dijo:

—Tomad, corred. Es la salvación de Eduardo. Corred; le quedan pocos momentos de vida.

—¿Y la de Margarita?

—Esa victima no me la robéis.

—Entonces, tomad; no quiero el perdón de Eduardo. Los dos deben salvarse, ó deben morir los dos.

—Tomad, tomad la salvación de Margarita; tomad mujer ideal, mujer sublime; tomad la salvación y el perdón también de Margarita.

—El cielo os premiará —dijo Angela saliendo.

—El cielo sólo puede premiarme concediéndome vuestro divino amor.

* * *

La última hora se acercaba para los dos infelices reos. Eduardo, en el fondo de su calabozo, se había reconciliado con Dios y se había preparado para morir. La última hora era inevitable, fatal, y estaba ya designada. A las doce de la noche debía morir; pero sin ruido, sin estrepito, en el silencio de aquel torreón. Por más que Eduardo había pedido ver á Margarita, no le habían otorgado este último consuelo; por más que había en varias ocasiones, con repetidísimas instancias, demandado hablar, ver á algunos amigos, todo, todo le había sido negado. Esto, naturalmente, había sublevado su ánimo en la hora fatal en que necesitaba más recogimiento.

Por mera fórmula, á las doce de la noche anterior le habían comunicado que debía morir á las doce de la noche siguiente, y le habían concedido los auxilios espirituales necesarios para este tan tremendo y amargo trance. Desde este punto quedó Eduardo solo para meditar en la eternidad y en el paso horrible y negro de la vida á la. muerte. Preguntó qué había sido de Margarita, y le contestaron que debía correr la misma triste suerte y sufrir la misma horrible sentencia.

Eduardo se enterneció y lloró mucho. Lloró la desgracia de la mujer á quien se había unido, á quien había amado. Después, desde el dintel de la eternidad, convirtió los ojos á toda su vida pasada, absolutamente a toda. Cruzaron como á través de un negro vidrio los días de su niñez, los salones del castillo de sus padres, la amorosa sonrisa de su madre, el recuerdo tranquilo y feliz de su perdida inocencia, de ese estado del espíritu, que es el verdadero cielo, el verdadero paraíso en la tierra.

Pasaron las risueñas campiñas de Nápoles, su cielo siempre alegre, sus horizontes inundados de luz, sus recuerdos clásicos, la tumba de Virgilio, el laurel de Petrarca, las ruinas de Pompeya, el Vesubio, las azules y hermosas grutas de aquel mar azul y hermoso, que, á través de sus diáfanas ondas, parece mostrar aún el blanco seno de las ninfas y nereidas coronadas de algas y de perlas.

Pero en este instante su, recuerdo se detuvo en un punto, en las orillas del mar, en la campiña feracísima y hermosa donde había conocido á la hermosa Angela. Allí se le apareció el campo sembrado de flores, la fuente que corría abundosa por la pradera, los melancólicos sauces mecidos blandamente por las brisas del mar, y Angela, Ángela, mirando el horizonte para descubrir la barca en que iba su amado.

Al llegar á este instante de su vida, comprendió Eduardo que había llegado á la estrella de oro que le señalaba el rumbo de su existencia; comprendió que había llegado á la edad feliz de su alma; comprendió que habla llegado á la hora de su existencia que debía haber durado para su felicidad eternidades. «¿Quien me la arrebató? ¡Yo, yo!», exclamaba. Y caía en un dolor tan profundo é intenso, que le desgarraba el alma y le partía el corazón.

Angela le hubiera enseñado el camino del cielo. La vida á su lado hubiera sido como un sueño feliz, como un hermoso instante que pasa entre recuerdos dulcísimos y dulcísimas esperanzas. Pero él, con aleve mano, había destruido, había borrado aquella fuente de su dicha, fuente de que podía haber corrido su vida como un claro arroyo que retrata en su linfa todos los matices del cielo.

Eduardo, después, volvió los ojos á los bailes, á los salones, á la vida de la corte. Desde este momento su alma, su vida, revueltas con el cieno del mundo, se perdieron para siempre, para no volver á recobrar aquella inocencia de la niñez, aquella prístina pureza de la juventud que se consagra á un amor espiritual y santo, á un amor celeste, á un amor eterno, que lleva en sí el sello de la bondad y de la verdad divinas.

Después de haber corrido todo este penoso camino, el instante de su muerte se apareció a sus ojos. Había derramado sangre. Sólo a través de un velo de sangre podía vislumbrar la eternidad. Así es que se acongojó y padeció muchísimo, y fueron estos instantes de su vida el verdadero castigo de sus faltas, la verdadera redención de su entristecido, amargado y turbadísimo espíritu, presa de negros colores.

Su juventud, las fuerzas que aun le quedaban, la vida que había en su seno, las esperanzas, su misma imaginación ardorosa, su deseo de vivir, ese deseo tan natural en todos los seres; el horror que aun á las más valerosas almas causa la muerte, tan terrible y tan temida, todo esto llevaba al infeliz Eduardo á un mar de negros pensamientos, en que se perdía y se anegaba su espíritu.

Morir en la flor de su juventud; morir cuando todo sonríe, cuando están las pasiones en su apogeo, cuando en el espacio que separa, la cuna del sepulcro se ven brotar tantas flores; morir en esta edad dichosísima, y morir bajo el hacha de un verdugo, apagada violentamente la existencia, es una de las desgracias más grandes, más tristes, más crueles que puede imaginar el espíritu.

Eduardo contaba por instantes su vida; cada vez que se inclinaba hacia el abismo de la eternidad para sondear sus inmensas profundidades, le sobrecogía un vértigo. Parecíale que veía á Dios inclinado sobre el abismo, señalándole el eterno castigo, y su alma cayendo como una gota de plomo derretido en la eternidad, para formar y componer aquel mar inmenso de dolores, de penas y de angustias eternas.

No sentía esa aspiración á lo eterno, á lo infinito, ese amor á Dios, que es el gran descanso y la gran felicidad del alma próxima á salir de la tierra.

Sentía, por el contrario, un temor indecible, una incertidumbre inmensa, una angustia, la angustia del que ignora, ó cuando menos vacila, en el conocimiento de su destino. ¡Feliz aquel que al volver los ojos á la eternidad, al abismarse en sus profundidades, sabe y conoce cuál ha de ser el centro verdadero de su alma! Conforme se acercaba su última hora, crecía la angustia, el dolor de Eduardo.

Cada hora que pasaba se llevaba consigo una lágrima, un suspiro, un dolor; pero la intensidad del dolor, no.

A pesar de ser un desvarío, no osaba desesperar de su destino ni de su suerte. Parecíale que en algunos momentos la Providencia había de extender su poderosísima y protectora mano sobre la frente de aquel hijo desgraciado, de aquel hijo que recurría á su amparo en los últimos instantes de su vida. Mas el tiempo transcurría, y conforme transcurría, un sudor frío, una extrema languidez desmayaba al desgraciado Eduardo.

Por fin sonaron las once de la noche. Ya no había remedio; iba á morir. Eduardo se paseaba como un loco por su cárcel. Sus ojos, inyectados en sangre, le saltaban de sus órbitas; una respiración fatigosísima, como el ronquido de un moribundo, le partía en mil pedazos el pecho; todo era angustia y dolor en aquella hora triste de su larga, de su triste, de su zozobrosa agonía. Volvía los ojos por todas partes, y no descubría, no vislumbraba ni un rayo, ni un reflejo de esperanza.

Dieron las once y media. Eduardo se hincó de rodillas y comenzó á orar. Dios, y sólo Dios, era y podía ser su refugio, su amparo, su esperanza. Había pasado ya tanto, que ni fuerzas tenía para sentir más, ni pensamiento para imaginar, levantado y en aquella línea imperceptible que lo separaba de la eternidad, para imaginar cuál había de ser su porvenir y suerte, cuál la transformación inevitable de su vida. «Yo no muero, decía Eduardo; yo siento que no muero. Mi vida se va á exaltar, no se va á destruir. Va á salir, á desbordarse de este vaso que la contiene. Recíbela tu, Señor.»

En este instante se abrió la puerta de la prisión.

Dos hombres vestidos de negro traían un gran tajo. Otro, que era el verdugo, una gran cuchilla. Detrás venia un sacerdote. Eduardo extendió sus brazos al sacerdote, que lo estrechó contra su corazón. Se reconcilió con Dios en un lado del calabozo. Sus piernas flaqueaban; pero sus ojos parecían penetrar en el denso velo de la eternidad y descubrir los arreboles de la gloria. En esto se oyó un ruido sordo. Era el ruido del reloj, que señalaba la última, la postrera hora de Eduardo. El tiempo, el tiempo iba á pronunciar la sentencia de muerte. El ruido de aquel reloj hizo temblar á Eduardo. Le parecía las puertas de la eternidad que giraban sobre sus goznes. La hora fatal hirió los vientos. Eduardo cayó de rodillas y cerró los ojos. Cada una de aquellas terribles campanadas le parecían un martillazo dado en su cerebro. Una antorcha lució en el calabozo, extendiendo lívidos resplandores. El joven entreabrió los ojos. Dos de los esbirros le cortaron el cabello. El frío de las tijeras le hacía temblar. Otro levantaba la losa que cubría el sumidero para que corriera la sangre. El verdugo manejaba el hacha fatal que iba á cortar su cabeza. Aquel hacha, herida por la antorcha, destellaba reflejos horribles y siniestros. El sacerdote murmuraba las oraciones de los agonizantes, y su palabra era el consuelo que sobre aquel mar de dolores flotaba. Por fin, se acercó de rodillas al tajo. Le ataron las manos, y cuando había dejado caer la cabeza sobre el tajo esperando el golpe, se sintió un grito horrible; una mujer penetró en el calabozo, y dijo con una expresión sublime de horror: «¡El perdón, el perdón!» El sacerdote abrazó al reo con efusión, el verdugo dejó el hacha, y Eduardo cayó sin sentido en el seno del sacerdote, mientras Angela, de rodillas, daba gracias al cielo por haber llegado en aquel supremo instante.

Capítulo 15

Momentos después, y cuando Eduardo hubo recobrado los sentidos, saliéronse del calabozo el sacerdote y los esbirros, y los dos jóvenes se quedaron solos. El sacerdote iba á dar á Margarita, que debía ser ajusticiada dos horas después, la feliz nueva de su salvación. Angela, así que vió que se había quedado sola con Eduardo, se dirigió a la puerta para dejarle solo; pero Eduardo, interponiéndose y cortándole el paso, exclamó:

—¡Ah! Angela, Angela; una palabra.

—¿Qué me queréis?

—¡Angela, perdón, perdón!

—No os entiendo.

—Angela, me habéis devuelto la vida cuando yo os había dado la muerte, Angela.

—He hecho por vos lo que era de mi deber.

—Nada me debíais, sino el olvido.

—Os debía la protección y el consuelo que debemos á todos nuestros semejantes.

—Y ¿no ha habido otro móvil en ese corazón?

—No puedo deciros nada de lo que siento.

—¡Oh! Ni aun recuerdo de aquellos días.

—He venido á salvaros; lo he cumplido, y me voy.

—Angela, por piedad, detente: escucha un instante, un instante no más, á Eduardo.

—¡Caballero! ¿Quien os ha autorizado para usar conmigo ese lenguaje?

—El recuerdo de aquellos días de bendición en que tu alma y mi alma se penetraban, y se confundían, y se perdían como el aroma de dos flores.

—Parece imposible, Eduardo, que aun te goces en mi bárbaro martirio; parece imposible que aun recuerdes tú esos días. Demasiado presentes se hallan en mi memoria. Yo miraba al mar, y no venías; aplicaba el oído á las brisas, y no oía tu canto; y todo era en mí dolor y angustia. Llegué á creer que te había tragado el mar. A veces les preguntaba, en mi desvarío, noticias de ti á las. ondas. Creí que te habían tragado. ¡Ah! No podía yo nunca imaginarme que existiera un mar más hondo, el triste mar del olvido.

—Es verdad, Angela; falte á todos mis juramentos.

—El amor que me habías jurado se extinguió en tu alma. Mi imagen se borró de tu memoria; mientras yo lloraba, tu reías; mientras yo corría en pos de tus brazos por las calles de Nápoles, afligida y llorosa, tú, tú, en brazos del placer, olvidabas á esta infeliz, á quien hiciste eternamente desgraciada.

—Yo, yo, Angela, yo te he amado siempre.

—¡Oh! ¡Qué desvarío, qué desvarío! Vos —dijo Angela—, vos pertenecéis a otra mujer. Esos recuerdos han sido el delirio de un instante. No, no; yo no recuerdo nada, absolutamente nada. Todo ha huído de mi mente, y todo se ha borrado de mi corazón. La infancia, el recuerdo, la excitación en que estaba, las emociones, todo eso me ha trastornado un instante; yo no recuerdo ya nada; me sois indiferente; os he olvidado, aunque nunca, nunca pueda aborreceros.

—Yo reconozco, yo confieso mi crimen; crimen horrible, crimen negro, que me persigue y me acosa, y es el gran tormento de mi vida. Si yo he buscado el placer, lo he buscado por huir del recuerdo de mi crimen; si yo he cometido un crimen, lo he cometido por ahogar ese recuerdo en sangre. Y ahora mismo, á la hora de morir, pasaba ante mis ojos como una sombra, y era lo único, lo puedo jurar, lo único que yo veía y ennegrecía y atormentaba los últimos instantes de mi vida.

—Siento que seáis tan desgraciado y con mi propia sangre lavarla esa desgracia.

—¡Oh, Angela! ¡Pensar que el ángel de mi inocencia padecía por mí, pensar que lloraba!

—Eso, Eduardo, eso no lo habéis pensado nunca.

—Cuán severamente me tratáis.

—No tanto, en verdad, como debiera.

—Me dais la vida y me robáis la calma.

—Eduardo, me voy; mas antes, oidme.

—Hablad, hablad.

—Sed virtuoso.

—¡Ah! No puedo serlo, Angela, porque el genio del bien no está á mi lado.

—Callad, Eduardo. Tenéis una esposa, y es preciso que la améis. Mas para amarla no olvidéis que sois hombre, que no debéis dejaros arrastrar por sus pasiones. Yo, que no debía volver a veros, que os he dado pruebas de que no me sois indiferente, os ruego rendidamente que busquéis el recto camino de la vida, y no esas tortuosísimas sendas que sólo conducen á un abismo. Adiós.

—¡Angela, Angela, por piedad, un instante; deteneos!

—No puede ser. Estos instantes son fatales; traen recuerdos muy tristes á mi memoria.

—¿Os acordáis aún de aquella tarde en que yo me ahogaba?

—Sí, sí —dijo Angela, olvidada de todo lo presente—. Y tu esquife se perdía, y te gritaban que te volvieras á Nápoles, y tú no querías. Y cuando te viste perdido, abandonaste tu barquichuelo, que se estrello y se perdió, y á nado arribaste á la orilla, y traías en una mano un ramo de violetas que habías cogido para mí, y las salvaste y me las diste como si hubieras venido tranquilamente. Y llevamos aquellas violetas, salvadas por tu arrojo, después de haberlas regado con nuestras lágrimas, al pequeño altar de aquella Virgen milagrosa que invocan todos los marineros de la comarca. Y… pero ¿qué digo, qué digo? ¡Ah! Me había olvidado. Caballero, caballero, yo he olvidado todo eso; no, no me creáis.

—No, no te arrepientas, Angela, de dar rienda suelta á tu corazón. Yo te amo, te amo aún. No importa que un negro vapor se haya levantado de los abismos para encubrirme la verdad de lo que pasaba en mi pecho; no importa que el perfume de los placeres materiales me haya embriagado hasta el punto de borrar de mí tu imagen; no: Dios, Dios, al verme indigno de ti, me separó de ti; pero ahora que me he acercado al abismo de la eternidad; ahora que con un pie puesto en el dintel de la tumba he podido ver, mirar, examinar mi alma, ahora te digo que he conocido que tu amor fué siempre el aroma de esta vida, amor empañado sólo por mi corrosivo aliento.

—¡Eduardo! Calla, calla; estamos ofendiendo á Dios. Cada una de esas palabras es una acusación tremenda contra nosotros mismos. Dios, que nos oye, debe maldecirnos. Si me amas, si es verdad que me amas, si es cierto que has conocido cuán grande fué tu error al abandonarme, ocúltalo en lo más profundo de tu corazón y guárdate esa idea en lo más hondo de tu conciencia. Entre nosotros dos hay un abismo más hondo que la misma eternidad.

—¡Un abismo! ¿Quién puede impedir nuestra ventura?

—Tu esposa; Margarita.

—¡Santo cielo! Me había olvidado de ella. ¡Justo cielo!

—Ya lo sabes, Eduardo. Nada hay en el mundo que pueda unirnos, nada. La muerte misma nos separa. Tú debes dormir el sueno de la muerte en el mismo sepulcro que tu esposa; debes vivir la vida de la eternidad á su lado.

—¡Es verdad, es verdad!

—De mí no te acuerdes, no te acuerdes. Encierra mi nombre, mi imagen, mi recuerdo, en lo más profundo de tu memoria.

—¡Santo cielo! Y ¿no podemos ya amarnos?

—No. Esta misma conversación, nacida de lo extraordinario de las circunstancias, es una ofensa al cielo.

—¡Ofender al cielo por amarte! ¡Ofender al cielo por decirte todo cuanto pasa en mi corazón! ¡Ofender al cielo con este amor tan puro como el alma de un niño, por este fuego, en que se acrisola y se purifica mi alma! ¿Se puede ofender así al cielo?

—Sí, porque todos estos sentimientos, todas estas ideas, debes guardarlas para tu mujer, para Margarita.

—¡Oh! Siempre martirizándome con ese recuerdo. Déjame un instante la gloria del olvido; déjame volver, con el corazón inundado de alegría y el pecho rebosando felicidad, á los tiempos tranquilos en que el campo, lleno de flores y mariposas, no estaba tan hermoso ni tan tranquilo como mi corazón, lleno de las ilusiones de tu amor. Déjame que me pierda en aquellos recuerdos, que me desvanezca en aquel mar de inefables delicias, que me embriague con este tu aliento, que derrama una fragancia deliciosa en los aires.

—¡Ah, Eduardo! También mi alma vuelve siempre hacia aquellos tiempos los ojos. Todo cuanto en mi arte ha habido de grande, de inspirado, todo ha salido del seno de aquellos tiempos tranquilos y dichosos. El recuerdo de las ilusiones que entonces agitaban con sus alas mis sienes, la vista de aquel mar tan risueño como mi conciencia, todo cuanto pasó entonces á nuestros ojos, todo guardaba tesoros de inspiración. Mas ¡cuánto he padecido! No puedo decirtelo.

—¡Has padecido!

—Mis ojos se secaron de llorar; mi memoria, siempre fija en un punto, fué siempre para ti, siempre para ti. Fue el santuario de tu nombre. Mas ¡ay! me atormentaba mucho recordarte y no verte. Mi corazón no podía abrirse a ningún sentimiento. Tu eras todo su amor. Mas ¡ay! sentía mucho, y cuanto más sentía, más me atormentaba el sentimiento. Creí volverme loca: daba mi voz al viento á todas horas llamándote; palideció mi rostro y se nublaron mis ojos. Creí volverme loca.

—¡Maldición sobre mí, que he podido saber lo que era amor y lo he despreciado; maldición sobre mí!

—Pero que, ¿te he dicho que te amaba? No lo creas, no lo creas. No te amo, no te amo. Me olvidé al instante de ti; supe que amabas á otra mujer y te olvide. Porque al fin, ¡oh! al fin, al fin… No se lo que digo. Adiós, Eduardo; adiós para siempre. Salvarte me cuesta un sacrificio, pero lo haré.

—¡Sacrificarte por mí, que te he sacrificado también á mis caprichos!

—He prometido solemnemente al conde Asthur mi corazón en cambio de tu vida.

—¿Qué oigo, Angela, qué me has dicho?

—El cielo ha oído mi juramento.

—¿Tu juramento?

—Sí. Sólo á este precio he podido salvarte.

—¡Oh! ¡Y creía que me salvaba!

—¿No te he salvado?

—De la muerte, si; pero no de un tormento más terrible que la muerte.

—¿De qué tormento?

—De los celos.

—¡Eduardo!

—¡Tú en brazos de otro hombre, y de otro hombre mi enemigo! ¡Angela, Angela! Valiera más que hubieras consentido que el verdugo hubiera cortado mi cabeza; valiera más que me hubieses pateado mil veces las entrañas, y hubieras reducido á polvo mi corazón, que no, Angela, venir á salvarme rindiendote á mi enemigo, entregándole ese alma que era mía.

—Mi alma, después de tu casamiento es libre.

—Libre delante del mundo.

—Sí.

—Pero no libre delante de Dios.

—¿Por qué?

—Porque tú me amas.

—¡Yo!

—Y el amor es un lazo que une a dos seres en presencia de Dios; el amor es la confusión de las almas; el amor es la verdadera esencia del juramento que en el altar se presta.

—Según eso, tú amabas á Margarita.

—Angela, no miremos ahora eso. Yo he faltado, mas mi falta no autoriza la tuya.

—Tienes razón, Eduardo. Dios me ha destinado siempre á ser víctima. Amada por ti, y amándote, y de ti separada; amada por el Conde, y no pudiendo apagar ese amor, me he decidido á un gran sacrificio, á separarme del mundo, á refugiarme en el seno de Dios. Para mí ya no puede haber ni dicha ni alegría.

—Yo, yo, Angela, he faltado á todo cuanto te debía; yo he arrojado esa gran desgracia en tu vida; yo te he hecho infeliz, sí infelicísima; yo soy tu sombra, tu eterno tormento; yo debo ser castigado por el cielo; pero te amo. Sea cualquiera mi suerte hoy, Angela, aquí en mi corazón vives como el primer día. Mi alma te ama, mi alma se recrea en contemplarte, mi alma se extasía en presencia de tu bendita imagen, que guardo fielmente dentro de mi pecho.

—¡Oh, Eduardo! Yo debo partirme de aquí. Siento dejarte. Esta despedida es tan triste como el último día que nos vimos. Voy á meditar en mi destino. Un instante ha podido cegarnos. Tú me has revelado y yo te he revelado lo que pasaba en el corazón. Mas estas palabras no deben volver a salir de nuestros labios. ¡Que caigan sobre el alma y que la abrasen! ¡Que devoren, si es posible, nuestra vida! Pero que no salgan nunca, nunca, á los labios. Te lo ruego por todo cuanto puede haber de sagrado en la tierra. Adiós, ¡oh, Eduardo! Yo no puedo oír vuestras palabras. Me voy para siempre. Yo rogaré á Dios que os haga feliz, que haga feliz á Margarita. Ya que os habéis unido al pie de los altares, que el cielo bendiga vuestra unión. Yo sólo quiero vuestra felicidad; ese es todo mi deseo; ese es todo mi anhelo; esa es toda mi dulce aspiración aquí en la tierra. Adiós, Eduardo, adiós. No puedo, no debo estar un instante, ni un solo instante mas aquí. Adiós, Eduardo.

Y Angela salió del calabozo llorando á todo llorar. Eduardo se quedó en él como herido por un rayo. No hacía más que pasarse la mano por la frente á ver si era ilusión, si era sueño, si era engendro falaz de su fantasía aquella terrible noche. La eternidad abierta, á sus plantas; el ángel de su amor saliendo de ese negro abismo; su dicha desvanecida; su vida recobrada; todo le parecía ilusión; todo, todo le parecía mentira, falaz engaño de su mente.

Cuando más embebido estaba su pensamiento, se abrió la puerta del calabozo y aparecióse Margarita llevando una linterna en la mano. Estaba pálida, como de haber sufrido largo martirio; mas una alegría inexplicable centelleaba en sus ojos.

—Ya somos libres; vámonos, vámonos.

—Acaso esa libertad sea un dón fatal dijo Eduardo con indiferencia.

—¿No te complace verme, Eduardo, cuando habías acaso desesperado de volver á verme? ¿No te complace respirar el aura purísima de la vida? El verdugo ha huido, han huido los esbirros; estamos solos en este frío calabozo. Vámonos, vámonos.

—Y ¿sabes, Margarita, á quien debemos la vida, lo sabes?

—No.

—Se la debemos á Angela.

¡Ah!

—Sí, á Angela.

—Eduardo, conozco que de tu corazón no ha salido nunca el amor á esa mujer.

—A ese ángel, dijeras, y dirías mejor; a ese ángel, cuyo nombre no se caerá de mis labios, cuyo recuerdo no se caerá jamás de mi memoria.

—¡Eduardo! ¿De que sirve la vida que nos han dado si la emponzoñas con esas palabras?

—Por lo mismo te decía, Margarita, que la vida, esa vida que nos han concedido, acaso sea un dón funesto.

—¡Oh! No. Debámosla á quien la debamos, es siempre un dón precioso.

—¡Ay! Acaso si ahora durmiera yo en la eternidad, todo recuerdo de la vida se hubiera en mí extinguido, ó en leve polvo convertido, en ese leve polvo que arrastra el viento; acaso no tendría este inmenso torcedor en mi conciencia.

—Eduardo, ¡que así envenenes tu felicidad!

—¿Crees que en la vida se falta alguna vez a la ley moral sin sentirse todas las consecuencias de esa falta? ¿Crees que es posible vivir cuando una sombra, un remordimiento acompaña, sigue y persigue siempre nuestra vida? ¡Oh! El hacha del verdugo hubiera destrozado en un instante mi cabeza; pero este recuerdo, este hachazo continuo de hoy, de ayer, de mañana de siempre, es más cruel, sí, mucho más cruel que la terrible hacha del verdugo.

—¡Ah! ¿Te has vuelto loco?

—Lo estoy, lo estoy, Margarita. La he visto aquí en la obscuridad como un ángel; la he visto cegando el abismo de la eternidad, devolviéndome la vida; la he visto llorar y recordarme mi crimen; la he visto arriesgarlo todo para hacer feliz al mismo que la ha hecho desgraciada. Se necesita tener corazón de hierro, corazón de hiena, para no sentirse dolorido de haber causado la infelicidad de un ángel, infelicidad tristísima, cruel, irreparable.

—¡Ay! ¿Y mi felicidad?

—¿Tu felicidad? No la invoques aquí. Tu felicidad ha sido su desgracia.

—¿Me aborreces?

—Te debo aborrecer.

—Soy tu esposa.

—Unión nefanda, que empezó por el vicio, se cimentó en un perjurio y ha concluído con un crimen.

—Me insultas, Eduardo; insultas á tu esposa.

—¡Calla, calla; no me lo recuerdes; no me lo digas!

—¡Cielo santo! Me aborrece.

—Sí te aborrezco. Yo solo á ella puedo amar, sólo á ella.

—Ámala en buen hora. Eduardo, adiós; adiós para siempre, adiós. Me has herido en lo más profundo del alma.

Y Margarita salió del calabozo y del torreón, cuya puerta estaba entornada, y se dió a vagar por las calles, sin saber dónde ir. El alba comenzaba, á despejarse por los horizontes. Margarita se olvidó un instante de sus penas al ver el alba y al respirar libremente el aire. Por fin llegó á la Puerta de su casa, llamó y fue recibida por sus criados con transportes de verdadera alegría.

* * *

Al día siguiente de estas escenas que acabamos de referir, el Conde escribió la carta siguiente á Angela:

«Angela: Os acabo de dar una de las mayores pruebas de lo que es para vos mi corazón. Yo, vengativo, he abandonado mi venganza á un solo mandato de vuestros labios. ¿Persistiréis en ser ingrata? Angela: cuando la palabra de una mujer tiene este mágico influjo en el alma, es porque en esa palabra va envuelta para el alma la vida. Os lo digo como lo siento. La vida para mí, sin vuestro amor, es imposible. Este amor ha creado una segunda alma en mi alma, un nuevo pensamiento en mi pensamiento. Yo, como no me olvido de mí, no me olvido nunca de vos. No, me he engañado. En sueños me olvido de mí, pero nunca de vuestra imagen. Sería ofender á Dios creer que me había inspirado esta pasión para mi mal, para mi tormento. Dios no manda ángeles al mundo sino para dar consuelos, para derramar á manos llenas sus tesoros. Por eso yo os pido un rayo de vuestra mirada, un suspiro de vuestro pecho. ¡Ay, Angela, Angela! El cielo se cerraría á mi esperanza si vos me abandonarais. Dios, permitidme esta arrogancia, al crearos debió tener presente mi alma. Sólo así puedo explicarme esta pasión infinita, este amor celeste, divino. Es el alma que sube, como el fuego al cielo; es la vida que me rodea como una atmósfera; es la divina luz de todas mis obras, el norte de todas mis acciones; todo esto y mucho más, ¡ay! es la pasión infinita que, siento por vos. Aun recuerdo el primer día que os vi transfigurada por vuestro canto, por vuestro arte, como si alzarais el vuelo á otras regiones más limpias y serenas. Mi alma comenzó por dejarse, llevar de aquella armonía a la manera que la hoja del árbol que cae en la corriente de un arroyo. Cuando concluisteis, mi alma se había perdido en vuestra alma, como la gota de lluvia en el mar.

»Yo, desde entonces, no me hallo en mí. Busco mi pensamiento, y mi pensamiento es vuestra imagen. Busco mi corazón, y mi corazón es vuestro recuerdo. Me busco á mi, y no me encuentro, no estoy, en mí. Sin duda mi alma ha volado á ese alma; se ha perdido mi sér en vuestro sér. Dios me ha robado la vida, porque no es mía, no; es vuestra. Amor es, Angela, este que siento, exaltado. Hay muchos instantes en que desearía olvidaros. Me lo propongo como un fin; pero al querer olvidar, os recuerdo con más intensidad. Por eso deseo olvidaros, por teneros más presente. Vivís aquí. Yo no tengo sentimiento sino para amaros, ni fantasía sino para imaginaros amante, ni voluntad sino para seguiros, ni idea ni memoria sino para pensar en vos y recordar mi pensamiento. Sí, Angela; si vierais mi alma, os compadeceríais de ella. Me acerco á vos fatigado y anhelante. Mis ojos están secos de llorar vuestros rigores. Mi corazón está sin sentimiento de puro sentir, sin vida de puro vivir. Yo no puedo ser consolado. La Naturaleza me parece inerte y fría. Sólo me gusta ver el cielo que se refleja en vuestros ojos, y recibir la luz que proviene de vuestra lánguida mirada. ¡Oh! Creedme, creedme. Cuando una pasión ha echado tan profundas raíces en el corazón, esa pasión no se acaba sino con la vida. ¿Qué digo la vida? Más allá de este mundo pasará con mi alma esta idea, este sentimiento. Cuando pienso en que no puedo concebir esperanza, caigo en una tristeza infinita. Todo me sobra, todo. Mi vida me es pesada, el corazón inútil é inútil el pensamiento. En estos días, la muerte podría venir hasta mí, segarme impunemente la garganta con su guadaña. No la sentaría; en tan horrible estupidez ha caído mi alma. ¡Oh, Angela! Mi vida esta en vuestras manos, en vuestra voluntad. Yo no soy dueño de mí. No puedo dejar de escribiros. En cuanto hago no soy libre. Una fuerza me domina, me arrastra; una fuerza de que no puedo libertarme, de que no puedo desasirme. Es vuestra voluntad, vuestra alma, vuestro sér, toda mi vida. Si pudiera abrirse el pecho, sacar el corazón y mostraroslo, veríais acaso el fuego de esta pasión en que me abraso. Quizá compadecieran vuestros ojos lo que no compadece vuestra alma. Cada una de estas palabras es como el pedazo de lava que arroja un volcán. El hervidero de mi pasión queda siempre en el fondo del alma, de este alma dolorida, desgarrada, enferma. No me matéis, Angela; no matéis al CONDE ASTHUR».

Capítulo 16

Es necesario para saber las consecuencias de esta carta volver los ojos a Margarita. A pesar de los varios afectos del día y de la noche, Margarita se durmió profundamente, muy profundamente. Después despertó, y llamo a su doncella favorita.

—¿No ha venido el señor?

—No, señora.

—¡Me ha abandonado! —dijo Margarita, retorciéndose los brazos de dolor.

—Señora, pensad en que habéis sido salvada de la muerte.

—Es verdad, es verdad. No sé lo que ha pasado por mí.

—Ya estáis entre nosotros.

—Pero se lo debo á Angela.

—Ciertamente. Dicen que se va á, casar con el conde Asthur.

—¡Que oigo! ¿Con el Conde?

—Sí, con el Conde, que está por ella casi loco.

—¡Oh! Eso es terrible, y debe evitarse toda costa.

—Y ¿cómo lo vais á evitar?

—Se me ha ocurrido un pensamiento.

—¿Cuál?

—Voy á vengarme de los dos.

¿A vengaros?

—Si, á vengarme.

—Señora, pensad en vuestra libertad.

¡Oh! No, yo no abandono mi venganza, mi terrible venganza.

—¡Señora, por Dios!

—He pasado días terribles en la prisión.

—Me vengaré de mi verdugo. Me ha abandonado mi marido: me vengaré de mi marido. Se ha interpuesto Angela en mi camino: me vengaré de Angela.

—Desechad esos pensamientos.

—No puedo, no debo. Cuando el corazón chorrea sangre, la sangre sólo se estanca, sólo, con la venganza.

—¡Ay, señora; presiento nuevos males!

—¡Ah! le diré al Conde que Angela ama á Eduardo; le diré que Eduardo me ha abandonado por Angela. Esto taladrará su corazón, y ya me he vengado de él con más certera puñalada. Haré que ese matrimonio se acabe, y me he vengado de Angela; desataré las iras del Conde sobre mi esposo, y me vengaré de mi esposo.

—Por Dios, meditad en las consecuencias de ese paso fatal.

—Lo he meditado. Llevo en mi frente la señal de mis insultos. Yo lavaré esos insultos, yo, con mi propia mano. Me han pisado.

—Acordaos de que os han salvado.

—Sí, para herirme en el corazón. ¡Malvados!

—Señora, pensad en vos.

—Ó vencida, ó vengada.

Margarita temblaba fuertemente. Su acción era vil hasta lo sumo. Su decisión era consecuente con toda su exaltada vida, de exaltadas y terribles pasiones. Se sentó delante de una mesa como azogada. Sus ojos despedían horrible rabia. Cogió la pluma como si cogiera un puñal. La fijó en el papel con alegría feroz, y riendose con una carcajada epiléptica, escribió aquellos infernales renglones. Después, como un asesino que, perpetrado el crimen, arroja el puñal, dejó la pluma, y sonando su timbre, dijo al criado que entró al instante:

—Esto á casa del conde Asthur. ¡Ah! Estoy ya vengada; no sabía yo que era tan fácil mi venganza.

* * *

Mientras Margarita escribía esta carta asesina y traidora, que debía ir a parar á manos del Conde, Angela le escribía también la siguiente carta:

«Señor Conde: He recibido vuestra carta. No dudo de ese amor que tanto me encarecéis. Lo siento, y lo compadezco. Bien sé que una promesa formal me une a vos; bien sé que el perdón generoso otorgado á Margarita y Eduardo es una prenda y una satisfacción que os realza mucho, muchísimo, á mis ojos. Mas ya sabéis cuán rebelde es á la voluntad el corazón humano. Yo estoy cansada de esta vida que á nadie aprovecha, de esta vida que se pierde y se evapora. Por eso, señor Conde, en mi ánimo vuela una idea que voy á consultar con vos, una idea que me atormenta hace tiempo. No servir para nada, para nadie en el mundo, es el mayor de los males. Volvemos los ojos atrás, y nos encontramos con que hemos cruzado por un desierto, sin que de nosotros quede ni rastro, ni huella, ni memoria. De nosotros en la tierra sólo sobrevive el bien, y el bien debe ser un gran mensajero en la vida inmortal que tras el sepulcro nos aguarda. En la imposibilidad de hacer el bien, todo el bien que anhelo, he decidido consagrarme á Dios. Mas para consagrarme á Dios no quiero pasar una vida estéril, entregada á la meditación y á las oraciones. Tal género de vida, en cuya eficacia y santidad no entro ahora, ha sido siempre contrario á mi voluntad, a mi carácter y á la idea que yo tengo de la posible perfección en la tierra. Para ser perfecto es necesario luchar, y luchar con fe y con gran constancia, y derramar el bien á manos llenas aun sobre la tierra dura e ingrata.

»Conozco que todo esto será para vos muy largo y muy pesado. Mas perdonadme, Conde. Os quiero como á un amigo, y os confío mis secretos. Vais á saber todo lo que pasa en mi corazón, vais á juzgar, vais á aconsejarme. Continúo, pues, con vuestra venia. Una idea cruza por mi mente, quiero ser á toda costa Hermana de la Caridad. No hay vida, en mi sentir, tan exaltada, tan virtuosa, tan digna de Dios y del cielo.

»No vivir para sí, y vivir para los demás; llorar con todos los que lloran; sufrir con todos los que sufren; inclinarse sobre la cabeza del enfermo y aliviarle en sus males; orar al lado del moribundo y recoger su último suspiro; ir á los campos de batalla, donde todo es odio, á verter el amor, la caridad, la vida; enseñar al huérfano sus deberes; aparecer en todas partes como un mensaje de la Providencia, como un iris de paz y de consuelo, es un destino que me parece más hermoso, más grande que todas las coronas del arte, que lucen un instante y se apagan luego, sin dejar tras sí nada más que el fosfórico fuego fatuo, el recuerdo del placer.

»Yo lo confieso, Conde: he amado mucho, he amado con todo mi corazón, y ahora me persuado de que no he amado un objeto sino por la exaltación de mi amor hacia toda la humanidad. Mi amor, y os hablo con entera franqueza, mi amor es demasiado grande, demasiado intenso, para fijarse en un solo hombre. Es el amor que me posee, señor Conde, como el alma de mi alma, que ya no cabe en mi cerebro, y estalla y lo rompe; que ya no cabe en mi corazón, y lo desgarra. Siento un anhelo vivo, vivísimo, de sacrificarme; sí, de sacrificarme por mis hermanos. Yo no quiero, ni mis triunfos fáciles en el teatro, ni mis amistades del mundo. Quiero dejar de mi alma una huella inextinguible; la única huella que el alma deja en la tierra, es la virtud. Considerad vos mismo que va á ser de mí sin esta decisión suprema. Tal vez mañana Dios aparte de mi lado á mi madre. Mi corazón se ha cerrado completamente al amor. Cuando yo no amo á un sér como vos, tan digno de ser amado, es porque Dios no ha querido concederme el dón divino del amor. Sola, sin familia, destinada á distraer el fácil oído de gentes frívolas, de elegantes insensibles, de cortesanos corrompidos mi porvenir es tristísimo, mi vida es inútil. Recurriendo ahora a esta decisión suprema, recurro al único puente que me resta para pasar tranquilamente de esta vida á la eternidad. Me despido de mis coronas artísticas como de un peso abrumador. Abandono la gloria, los aplausos, como si abandonara la candente atmósfera de una gran tempestad. Huyo del mundo como el prisionero de una cárcel.

»Cierro mis labios, y apago mi voz como si apagara un gran lamento. Me parece que voy á entrar en la eternidad. Hasta ahora mi alma ha revoloteado por la vida como el ave entre las ráfagas de las grandes tempestades y de los horribles huracanes. Desde hoy me parece que he encontrado el árbol donde puedo respirar, aguardando tranquilamente la muerte. Creedlo: os lo digo con toda la ingenuidad de mi carácter, con toda la sincera espontaneidad de mi alma. Levantada en el dintel de otra vida; volviendo anhelante los ojos al tiempo que dejo tras de mí; resuelta ya y decidida a subir el ultimo escalón de mi destino, sólo un recuerdo me enternece; vuestro recuerdo: sólo un sér me arranca una lágrima; vos, vos, señor Conde, porque yo os hubiera amado si no fuera tan infeliz, tan desgraciada. Me ahogo de dolor. Adiós. —ANGELA.»

El Conde recibió esta carta, la leyó, y se sintió poseído de una desesperación inexplicable. Perder á Angela era una sentencia de muerte para el Conde. Su dolor, en tan supremo instante, fué tanto mayor, cuanto que alguna vez quiso vislumbrar, entrever un destello, un relámpago de esperanza, de esas esperanzas fugaces que nunca abandonan al desgraciado.

Su dolor en este trance fué intensísimo. Lejos de tomar ese aspecto de horrible desesperación, tremendo más pasajero, tomó el aspecto de una tristeza infinita, de una de esas tristezas que no asoman al rostro y apagan poco á poco la luz de la vida con un soplo. Volvió el Conde los ojos á todos lados, y no encontró ningún consuelo, ninguno. Dejó caer la cabeza sobre el pecho y empezó a murmurar estas palabras:

—¡Oh! Ha llorado por mi. Sí yo pudiera beberme esas lágrimas… Me abandona á mi dolor, á mi desesperación; ángel puro, ángel divino. Creo que me moriré. He llegado á concebir esa esperanza. Sí, si; me moriré, me moriré. ¡Qué felicidad! Ya estoy tranquilo; respiro mal, toso mucho, siento una calentura lenta; Dios se ha compadecido de mí, y me envía la muerte. En este fuego acrisolaré todas las manchas de mi vida. Yo me muero de amor, y el que se muere de amor debe encontrar misericordia en Dios. ¡Ah! Yo imagino á Angela pisando estrellas en el cielo, resplandeciente de hermosura, entre los coros de los ángeles, entonando el cántico de la bienaventuranza. Yo, si no puedo conseguir su amor en la tierra lo conseguiré sin duda alguna en el cielo. Sí, sí, porque me muero.

Cuando el Conde estaba embebido en estas reflexiones, apareció su criado Frank.

—Señor Conde,

—¿Qué quieres?

—Una carta.

—¿Por qué has entrado á interrumpirme?

—¡Ah! Me han dicho que era urgentísima.

—Bien: déjala ahí.

Frank la dejó y salió.

El Conde cogió distraído la carta, y fijó la atención en el sobre.

—Es letra de Margarita —dijo—. Será dar gracias por el perdón. Bien está —dijo—, y la dejó caer sobre la mesa.

Después dió dos ó tres paseos por el gabinete embebido en su idea, que nunca le abandonaba. Maquinalmente cogió la carta, la abrió y comenzó á leerla. Conforme leía se contraían sus facciones, se saltaban de las órbitas sus ojos, temblaba todo su cuerpo. Veamos qué decía esta carta fatal:

«Señor Conde: Sé que os debo la vida. Mas por lo mismo, creo de mi deber revelaros un secreto que pesa gravísimamente sobre mi conciencia. Angela os ha engañado. Angela ha querido salvar á mi esposo, al que era su amante, al que lo es hoy, pues me ha robado su amor. Allí, en el obscuro fondo de aquel mismo calabozo, he oído yo, yo, sus ósculos de amor, que han sido una grave, gravísima injuria contra mí. Ya veis que os engañáis en el juicio que sin duda habéis formado de Angela. Desde el momento en que descendió al calabozo Angela, yo no he vuelto á ver á Eduardo. Andan, sin duda, entregados á ese amor, si, á ese amor criminal que vos habéis protegido, que vos habéis alentado con vuestro generosísimo perdón. Creo de mi deber en este instante pagaros vuestro perdón con esta carta, y para que conozcáis todos los abismos, todos los corazones que os rodean. Si deseáis saber cuál ha sido el móvil de mis acciones, de todas mis acciones en este supremo instante, recordad, recordad que os debo la vida, y que esta gratitud me lleva á revelaros secretos que pesan con inmensa pesadumbre sobre mi conciencia. Adiós. —MARGARITA.»

El Conde, en el primer instante, después de haber leído la carta, la estrujó como para arrojarla en el suelo. La rabia, la pasión, le cegaron. Los celos se despertaron atropelladamente en su corazón. Recordó que Angela le había hablado de sus amores con Eduardo. Aquel recuerdo, como una puñalada, le taladró el corazón; le hirió profunda y amarguísimamente.

Mas bien pronto la reflexión dominó al sentimiento. El recuerdo purísimo de Angela se deslizó como una estrella sobre las alteradas ondas de sus pasiones, sobre el rumor horrible de sus celos. Era imposible que Angela, aquella mujer tan virtuosa, tan buena, tan ideal, manchara en el lodo las blancas, las hermosas alas de su alma, la pureza de su corazón y de sus sentimientos.

El amor que el Conde profesaba á Angela, era un amor puro, un amor verdadero. Más que la pasión tempestuosa y pasajera del sentido, era la pasión intensa, profunda, del alma. Así, sus celos pronto cobraron serenidad, sus dudas se desvanecieron, y el amor á Angela, vivo en su corazón, ardiente, exaltado, pero ingenuo y puro, ese amor le convenció de que Angela era pura como el pensamiento que inspiraba á su mente y el casto afecto que inspiraba á su corazón. Después, el Conde conocía de antiguo á Margarita, sus rencorosas pasiones, sus venganzas, su innoble corazón, sus perversísimos sentimientos, y sabia hasta qué punto se dejaba llevar, arrastrar de sus pasiones, y cómo sus pasiones la cegaban hasta no ver nunca, nunca, cuando se encontraba en este periodo de delirio, ni la verdad, ni la virtud, ni la justicia.

Así, tomó el Conde una decisión que nosotros no calificaremos, pero que sirvió mucho para acelerar de una manera triste el desenlace de esta triste historia. Inmediatamente que recibió esta carta, que pensó en la maldad de Margarita, que se persuadió de que no era, no podía ser cierta la infame acusación de Angela, aquella acusación que el genio del mal había querido escupir á la frente de la mujer que él amaba, se decidió á mandar esta carta de Margarita á Eduardo, con estas terribles palabras:

«Ahí tenéis, Eduardo; ahí tenéis una imagen fiel de la maldad de vuestra esposa.»

* * *

Casualmente, Eduardo en todos aquellos días no había intentado más que ver á Angela. Deseaba postrarse ante el ángel que se le había aparecido en el calabozo, al dintel mismo de la eternidad, y lo había apartado del borde horrible del sepulcro.

Mas Angela, con esa virtud severa, verdadero distintivo de su vida y de su genio, se había negado á toda suerte de entrevista. Una tarde, al anochecer, salía Angela á, sus visitas cotidianas, a la casa del pobre, del desvalido, á repartir el pedazo de pan que le sobraba, y ese otro pan más sabroso aun, el consuelo del espíritu. Eduardo se le acercó.

—Angela —dijo.

—Caballero, no os conozco.

—Por Dios, Angela, óyeme.

—Ya sabéis, caballero, que no puedo escuchar vuestras palabras.

—Tengo que pediros un consejo —dijo Eduardo ya ofendido.

—Pedídmelo por escrito, pero no me habléis. Idos, idos, por Dios.

Eduardo se fué, entristecido de ver la actitud de Angela.

Al día siguiente la escribió esta carta:

«Angela: Me he separado de Margarita. Desde que se reveló toda mi vida pasada á mis ojos atónitos, he decidido volver á acercarme á los tiempos en que mi alma era inocente. Para volver á esos tiempos necesito olvidar á mi mujer, que me ha precipitado en hondos abismos. He tomado este partido después de muy meditado. Mas como á mis ojos se ocultan muchas veces manchas que vos veis; como necesito una inspiración, un consejo en este instante supremo, recurro á vos para que me digáis en conciencia qué debo hacer. Yo no puedo absolutamente vivir unido a Margarita. Esa unión me volvería á perder. También conozco que separarme es dar pábulo á la maledicencia de las gentes y estar mal mirado en la sociedad. Pero no hay remedio, no puedo vivir con Margarita. Su alma es más honda y más obscura que la prisión de que me habéis libertado. Sus palabras son una cuchilla más afilada y más fría que la horrible cuchilla que preparaba el verdugo para segar mi garganta. Por lo mismo, poco importa haberme libertado de la muerte del cuerpo si he de ir á dar en la muerte moral, en la muerte del alma. Vos habéis querido, Angela, que no recuerde aquellos tiempos, que son hoy mi delicia y mi tormento; no los recordaré. No queréis que recuerde lo que vos erais para mi, lo que era yo para vos; no lo recordaré tampoco. Pero, Angela, dadme, por Dios, un consejo.»

Angela contestó á Eduardo de esta suerte:

«Hacéis bien, Eduardo, en tratarme como si nunca nos hubiéramos conocido. La pasión, que era la fuente de todas nuestras acciones, se ha emponzoñado y puede ser causa de nuestra perdición. Guardémosla, pues, en el fondo del alma: que no salga nunca á los labios, que no se asome á los ojos, que no aparezca ni aun allá en la región misteriosa y sagrada del pensamiento. Es necesario que este fuego nos consuma, nos devore, antes mil veces que dejarlo escapar de nuestro sér, de nuestra alma. No hablemos ya más de esto. Olvidémoslo completamente. Me pedís un consejo: no tengo inconveniente ninguno en deciros mi sentir. Creo que hacéis mal, muy mal, en separaros de Margarita. Creo que faltáis completamente á vuestro deber. Tengo por inmoral, por indigno de un hombre, por reprobable á todas luces, eso de estar desunido, separado de la mujer á quien libremente habéis entregado vuestra honra, vuestra alma; de la mujer á quien os ha unido la Providencia.

»Por lo mismo, os ruego que no os separéis de Margarita. Sé que muchas veces sus consejos, sus palabras os han arrastrado al mal; pero esto, lejos de disculparos, agrava más y más vuestra falta. Margarita es mujer, y mujer apasionada; los afectos de amor y odio toman en ella cierta disculpable violencia. Mas vos, su esposo; vos, hombre, más reflexivo y más frío, debisteis, ya que erais su compañero, refrenar con avidez esas pasiones instintivas, y ser en la vida como la fría razón de Margarita. El hombre debe estar siempre deferente y obligado á la mujer que elige por compañera; mas cuando encuentre en ella instintos contrarios á la razón ó a la justicia, debe combatirlos á toda costa, mucho más si se considera que las faltas de la mujer son siempre, siempre, de mucha más grave trascendencia en la sociedad y en la familia, que las faltas del hombre.

»Por eso la sociedad, en cuyos menores actos hay siempre un gran instinto de justicia, ha querido que la mujer sea fiel, fidelísimo guardián de la vida moral de la familia, y ha hecho su honor mucho más quebradizo que el honor del hombre, para que lo guarde con más celo, con más religiosidad, con más cuidado.

»Queréis de mí un consejo, y os le voy á dar en estas palabras. Debéis vencer todos los malos instintos de Margarita; debéis corregir y refrenar sus pasiones. Mas nunca, en ningún tiempo, ni por ninguna causa, ni por ningún motivo, nunca debéis, Eduardo, nunca, separaros de ella. Es una parte de vuestro ser y la mitad de vuestra alma. A su lado debéis esperar la muerte; a su lado debéis reposar en el sepulcro; á su lado debéis vivir en la eternidad. Adiós.»

Capítulo 17

Eduardo recibió esta carta de Angela al mismo tiempo que recibía la carta feroz que Margarita había mandado al Conde. Al ver tanta perfidia de parte de Margarita, tanto odio, un corazón tan pervertido, una inteligencia tan depravada, una intención tan manifiestamente criminal, Eduardo se indignó de tal suerte, que concibió el proyecto de hacer pagar para su mujer aquella ofensa. Encaminóse á su casa. Desde el día terrible en que fué puesto en libertad no había vuelto á ver á Margarita. Entró en su palacio, siendo muy acatado por los criados. Preguntó por su mujer, y le guiaron á un gabinete apartado. Entró en él con paso tardo y ademán amenazador y sombrío. Margarita estaba hojeando un libro con interés. Era una de esas novelas inmorales y obscenísimas escritas en italiano.

—¡Margarita! —dijo el joven.

—¡Eduardo, Eduardo! ¿Tu aquí?

—Yo aquí, Margarita; yo, que vengo aquí como la Providencia.

—Creí que estarías con Angela.

—¡Calla, infame; sella ese torpe labio!

—¿Qué mucho, si desde que la viste en la prisión has abandonado tu casa, tus deberes?

—Es verdad: he abandonado esta casa, que ha sido mi perdición; he abandonado estos deberes, que han sido mi cadena.

—Y ¿ahora lo sabes?

—Ahora. La proximidad á la muerte, á ese instante sublime en que la vida se aclara y se presenta á nuestros ojos en toda su realidad, me ha revelado todas mis faltas, todos mis crímenes; y mis faltas y mis crímenes han nacido aquí, en este recinto, y han sido inspirados por tu venenoso aliento.

—Me agrada, en verdad, Eduardo, la apología que haces de ti mismo; confieso que me agrada.

—¡Ah! ¡Ah!

Y Eduardo temblaba como epiléptico.

—Me agrada, sí, porque veo, veo tu dignidad de hombre.

—Margarita, la he perdido por ti.

—Eduardo, esa es tu mayor acusación; esa es tu sentencia inapelable.

—Sí, por ti.

—¿Y eres hombre, y no tenías la libertad a bastante á sobreponerte á mi capricho; y eres hombre, y no tenías voluntad bastante á contrastar mi voluntad; y detestabas el crimen, y te avenías con dejarte llevar al crimen? ¡Ah!

—Sí, sí, eso me sucedía.

—Pues si te sucedía eso, eres más que criminal, eres despreciable.

—¡Margarita!

—Criminal, serías grande; al menos tendrías la responsabilidad de tus actos. Juguete de otra voluntad, eres despreciable, eres como el asesino pagado…

Eduardo hizo un gesto de horror.

—O, si te parece muy duro —añadió Margarita—, como el veneno, como el puñal, que sin conciencia mata.

—¡Y tú, tú me echas en cara mis crímenes; tú, el único sér acaso que en la tierra pudiera disculparlos; tú, que sabes de qué medios tan rateros, tan víles, tan infames, te valiste para inspirarme una pasión criminal, la pasión loca y reprobable del sentido!

—¿Dices que yo debiera disculpar tus crímenes? Nadie mejor que yo conoce su causa; nadie, por lo mismo, puede más profundamente despreciar tu carácter. Hombre de impresiones, te dejas llevar de un instante, de un amor, de una sensación, como la débil hoja de la planta caída en la corriente.

—Sí, temo mi carácter, y quiero aprovecharme de este instante supremo, en que mi voluntad reina sobre mí, para castigarte cual mereces.

Margarita se levantó despavorida para huir. Eduardo había cerrado la puerta; Margarita conoció que era imposible huir, y exclamó:

—¿Qué pretendes?

—Que te sientes.

—¡Eduardo! ¡Eduardo!

—Margarita, estás en mi poder.

—¡Ah! Conozco que son terribles los caracteres como el tuyo. Hoy las impresiones del momento hablan contra mi en tu corazón. ¿Quién sabe si te arrepentirás mañana?

—¡Me conoces bastante! No sabes aun de lo que soy capaz. Este instante, en que el corazón me habla contra ti, lo aprovecharé, Margarita, y pagarás todas tus culpas.

—¡Santo cielo! ¿Qué vas á hacer?

—A emplear contra ti todos los medios que tú me has enseñado, toda la vileza que te debo. La serpiente que has abrigado te morderá el seno.

—¿Qué oigo?

—Sí, sí, Margarita: soy la Providencia.

—¡La Providencial ¡Orgullo terrible!

—Orgullo fundado.

—¿En qué?

—En la idea de justicia.

—¡Justicia injusta!

—Justicia del cielo.

—¡Tú, tu!

—Yo, yo soy el instrumento de la justicia del cielo…

—Eduardo, vuelve en ti.

—En mí estoy.

—Acuérdate de que soy yo…

—La serpiente que se ha enroscado á mi cuello.

—Acuérdate de que me has amado.

—¡Amor nefando, que maldice el cielo!

—Acuérdate que estás unido á mí por un juramento.

—¿Tú, tú invocas los juramentos?… ¡Tú, perjura!

—Eduardo, ¿qué piensas?

—Pienso castigarte.

—¡Perdón, perdón! —dijo Margarita cayendo de rodillas.

—No hay perdón.

—¡Perdóname, por Dios!

—No puedo, no debo.

—¿Qué te he hecho?

—Levántate del suelo.

—Eduardo, ¡por nuestro amor! Cálmate.

—Levántate y lee.

Eduardo sacó la carta que Margarita había escrito al Conde.

—Lee, lee.

Margarita cogió horrorizada la carta, y leyó en efecto.

—La he escrito yo —dijo lanzando un sordo gemido.

—¿La has escrito?

—Sí, la he escrito yo.

—¿La has escrito?

—No te lo niego.

—Y ¿qué merece esta carta?

—Merece tu amor.

—¡Mi amor! Mejor dijeras mi eterna maldición, mi eterno odio.

—¿No sabes lo que son celos?

—Lo sé.

—¡Pues bien! Celos tan sólo han dictado esta carta.

—¡Celos!

—Sí, celos, te lo juro.

—No: la ha dictado un sentimiento de maldad innato en tu alma.

—¡Ay!

—Está escrita con el veneno que guardas en ti.

—No, con mi amor.

—Y el amor, que hace á todos los seres virtuosos, ¡te hace á ti más perversa, más inicua, más malvada!

—¡Qué palabras á una débil mujer!

—¡Débil mujer la que maneja esas armas!

—Débil mujer, en quien está depositada tu honra.

—¿Y me lo recuerdas?

—¿Por qué no?

—Pues ¿no sabes que ese recuerdo puede darte la muerte?

—¡La muerte!

—Sí, sí, lo que mereces.

—¡Intentas matar á tu esposa!

—Mi esposa no, mi deshonra.

—Eduardo, sólo el cielo puede desatar el lazo que nos une.

—Y la muerte.

—¿Quieres matarme para unirte con Angela?

—¡Calla, calla, infame!

—Aleja, Eduardo, ese pensamiento de ti,

—¿Quieres que lo aleje cuando te veo y oigo?

—¡Dios mio, estoy perdida!

—Sí, perdida para siempre.

—Llamaré.

—Nadie te escuchará.

—Me defenderé contra ti.

—Prueba.

—Tú no puedes matarme.

—Debo.

—¿Vas á manchar tus manos con mi sangre?

—Sí.

—¿Lo has meditado bien?

—Lo he meditado.

—Y ¿lo dices así impasible?

—Impasible.

—¡Cielos!

—Nadie te puede socorrer aquí. Lee las palabras que me escribía Angela; leelas, y avergüénzate de ti misma.

—¿Qué? ¿De qué me hablas?

—De una carta de Angela.

—Dámela.

—Toma, toma y lee.

Margarita cogió con mano convulsiva la carta, la leyó y la dejó caer con menosprecio.

—Compara —dijo Eduardo recogiendo la carta—, compara tu lenguaje con ese lenguaje.

—Gazmoñería…

—Eso dice siempre el vicio de la virtud.

—La virtud; no creo en las virtudes que así desean lucir á los ojos del mundo.

—En la virtud que te ha salvado de la muerte.

—No debo agradecer esa salvación.

—¿También ingrata?

—No debo agradecerla, digo.

—¿Por qué?

—Porque no me salvo por mí, sino por salvarte á ti, por salvar á su amante.

—Margarita —dijo Eduardo con tono solemne—, sólo tú en el mundo has insultado á Angela.

—Porque yo sola conozco el corazón humano.

—Y lo juzgas por el tuyo.

—Lo juzgo por sus flaquezas.

—¡También escéptica!

—He notado, Eduardo, que echas mucho de ver mis faltas.

—Tú las muestras.

—Más las mostraba en otro tiempo, y no las velas tanto.

—¡La embriaguez de la pasión!

—Que ha pasado, ¿no es verdad? por otra embriaguez. Estás provocando mi justicia.

—¡Tu justicia!

—Sí.

—Y ¿que derecho tiene sobre mí tu justicia?

—El que me ha delegado la Providencia.

—Y ¿quién te castigará a ti?

—Dios.

—Y ¿á mí tú?

—Sí, yo

—De suerte que para que nuestros deberes sean recíprocos y nuestros derechos también, yo tengo el derecho de castigarte —dijo Margarita en són de burla.

—Y ¿te parece poco castigada mi falta por ti? El tenerte por esposa es una de las grandes desgracias de mi vida, es mi torcedor, es mi tormento.

—Desgracia, torcedor, tormento que no has sentido hasta que no bajó Angela á tu calabozo.

—¡Infame!

—Esto es histórico.

—Y ¿de ahí deduces lo que has dicho en la carta al Conde?

—Sí, sí, lo repito, y lo repetirla delante de la muerte.

—¡Margarita! Has pronunciado tu sentencia.

—La verdad me sentencia.

—No, esa lengua infernal, ese corazón depravado.

—No tan miserable como el tuyo.

—Dios se ha cansado ya de sufrirte.

—Siempre invocando á Dios, cobarde.

—Lo soy cuando todavía no he realizado mi intento; lo soy cuando vives.

—¿Quieres escudarte también con que Dios te ha inspirado el nuevo crimen que intentas?

—Las pruebas de ese crimen están aquí.

Y Eduardo señalaba las cartas.

—Es verdad: el crimen de haberte amado es terrible, es imperdonable.

—Yo te lo perdono, yo que soy la víctima.

—¡Generosidad excusada!

—Mas lo que no te perdono nunca, lo que no te perdonare jamás, es…

—¿Que?

—Esa carta.

—Como que ha herido á la mujer que adoras, á tu amante.

—¡Infame! ¿Así insultas á la virtud acrisolada, la pureza inmaculada y divina?

—¡Virtud, pureza, nombres vanos!

—Para ti lo serán siempre.

—Yo creo en la virtud que se manifiesta en la vida.

—Y ¿no crees en la virtud de Angela?

—No.

—¿Por qué?

—Porque yo he oído vuestro beso de amor en el calabozo.

—¡Oh! Esa calumnia vil, esa infamia, sólo puede pagarse con la vida.,

—¿Que oigo?

—Sí, vas á morir.

—¡Cielos!

—A morir; prepárate á morir.

—¡Oh, no! A tu esposa

—No es mi esposa, no puede serlo, mujer que así piensa, mujer que así procede.

—¡Eduardo, piedad!

—No te escucho.

—¡Perdón!

—No hay remedio.

—Y ¿no puedo llamar?

—No; estás condenada.

—¡Qué horror!

—Condenada á morir.

—Y ¿para eso me has libertado del verdugo?

—No conocía todo lo horrible, todo lo negro de tu alma.

—Eduardo, ¡piedad, piedad!

—Yo sólo oigo la voz de mi conciencia.

—¿Tendrás valor?

—Sí.

—¿Para asesinar á tu mujer?

—No eres mi mujer.

—Acuérdate de tu juramento.

—Sólo me acuerdo de esta carta.

—¡Ah! Te ha embriagado el amor, el amor hacia Angela.

—¡Ah!

—Maldita sea.

—¿Qué oigo?

Y Eduardo sacó un puñal. Al verse amenazada, se horrorizó la joven. Un sudor frío bañó su frente; una angustia mortal la poseía. Cubrióse el rostro con las manos, y comenzó á gritar:

—¡Dios mío, amparadme!

—Dios no te oye.

—¡Salvadme de este monstruo!

—Sólo te acuerdas de Dios en los grandes trances de la vida.

—¡Oh! No me matarás.

—¿Crees que aun soy débil?

—No me matarás.

—Lo he dicho.

—Me defenderé.

Y dirigiéndose á un estuche saco un puñal que empuñó con furia, blandiéndolo de manera que parecía el aguijón de una serpiente herida.

—Margarita, antes que en matar, piensa en reconciliarte con Dios.

—Yo, yo…

—Arrepiéntete de lo que has dicho.

—Nunca.

—Arrepiéntete.

—Y ¿me perdonas?

—No.

—¡Ah! Pues bien: yo creo que eres un malvado.

—En verdad, soy tu esposo.

—Creo que tu gazmoña amante quiere que vuestro amor, vuestra falta cometida en el obscuro calabozo, sea velada por un respeto aparente á la moral; y quiere unirse á ti, y para eso yo soy un obstáculo; y por eso la infame, la fementida, me mata por tu mano, víbora que yo aplastaré.

Eduardo no pudo sufrir más; cogió con rabia á Margarita del brazo, la sacudió fuertemente, y levantando el puñal, sin misericordia ninguna, ciego de ira, de rabia, se lo clavó en el pecho. Margarita dió un grito agudísimo, espantoso; un grito horrible. La sangre brotó de la herida, y cayó exánime en el suelo. Eduardo salió de aquel gabinete, despavorido, horrorizado: bajó, tomó la puerta de la calle, y huyó á, todo huir de su casa como un loco.

Capítulo 18

Después de estas escenas que acabamos de describir, suceden grandes acontecimientos para los personajes que forman el alma de nuestra narración. Eduardo se ha partido, huyendo de la justicia, al Africa, á sentar plaza en el ejercito francés. Margarita no muere de la puñalada que le asestó su marido en la última noche en que se vieron; pero perdidos todos sus bienes, confiscadas todas sus propiedades, separada del mundo, reducida a la miseria que puede imaginarse, en una casa solitaria, sin amigos, sin nadie, enferma, completamente enferma, pasa la vida más triste y angustiosa que puede imaginarse. ¡Tremendo castigo el que la Providencia prepara y hace sufrir á tan desgraciada, á tan infeliz mujer! Había educado un hombre para el crimen, y aquel hombre hiere sus entrañas. Lo había sacrificado todo al poder, y cae despeñada en gran envilecimiento. Había sólo estimado la riqueza, y se encuentra reducida á la ultima miseria. Había corrido tras las adulaciones de los cortesanos, y se ve sola y sin amigos. Había amado el placer, y se encuentra en la flor de su edad, cuando la vida debía serle más grata, cuando la felicidad debía desplegar sus alas sobre su frente, se encuentra enferma, sin poder respirar, sin poder apenas vivir. Sólo una infeliz mujer del pueblo se atrevió á recogerla. Sus amigos habían huido todos de su presencia como de la peste. Aquella mujer infeliz padecía todos los tormentos y todos los castigos que más podían humillarla, que más podían hacerla sufrir, que más la martirizaban. La Providencia, siempre justa; la Providencia, que da á cada uno su merecido; la Providencia había mostrado una vez más su poder en la tierra, su incontrastable poder.

Las confiscaciones; las deudas, nacidas de lo mucho que había prodigado sus rentas; el abandono de sus propiedades y de su riqueza, todo esto fué la causa de la perdición total de Margarita. Un día se vió arrojada de sus palacios, de sus jardines; vió vender públicamente sus joyas, sus dorados muebles, todo el ajuar de su casa; vió sus grandes propiedades vendidas para pagar sus deudas. Las pocas joyas que había sacado de su casa las fué vendiendo para comer en una casa de huéspedes. Mas como su herida la había dejado muy malparada, necesitaba gastar mucho en medicamentos, mucho, todo lo que reclama una larga enfermedad. Después la echaron de la casa de huéspedes ignominiosamente, porque no tenía con qué pagar su hospedaje. Una noche se encontró sola en las calles de Nápoles. Un pobre traje la cubría las carnes. Hacía muchísimo frío. Su herida la atormentaba; sus pies pisaban casi el barro, pues apenas bastaban á cubrírselos sus rotos zapatos; sus cabellos estaban como muertos, y por una inclemencia del cielo, desusada en estos hermosos climas del Mediodía, copos de nieve se deprendían de la atmósfera, y todo era horror en aquella espesísima y atroz noche.

Margarita, herida, pálida, enferma, recordaba con horror las noches en que ella paseaba aquellas largas calles reclinada muellemente en su carretela, acompañada de sus adoradores. Entonces, á su solo nombre se abrían todas las puertas; ahora todo estaba para ella cerrado: entonces su casa era el gran festín de Nápoles, y ahora no tenía siquiera un pedazo de pan que llevar á la boca. Y el frío de la noche arreciaba, y arreciaba el horror de Margarita; y la nieve caía sobre ella, y sus miembros estaban yertos, tan yertos como su alma; y todo era angustia, tristeza, horror. No había una ventana abierta, no había un recurso, no había una esperanza. Iba á morir sin remedio. Margarita, altiva como siempre, como siempre llena de grandes pasiones, pero con un temor invencible á la muerte, se sentó sobre un montón de mojadas piedras. Estaba allí meditando qué haría, a qué recurso apelaría. No contaba un amigo; no tenía adónde volver los ojos en tal trance.

Ni una persona siquiera le quedaba fiel, le quedaba amiga en la adversidad. Todos los horizontes se habían cerrado á sus ojos. Entonces comenzó a llorar, sí, á llorar amargamente su terrible suerte.

Cuando estaba así perdida, abandonada, una sombra se apareció á Margarita. Esta gemía.

—¿Quién llora?—preguntó la sombra con voz femenil.

—Una desgraciada.

—¿Quién sois?

—Una infeliz enferma sin amparo en el mundo.

La sombra se acercó, y á la luz del farol miró el rostro de Margarita, y lanzando un grito, dijo:

—¡¡¡Margarita!!!

—¡Angela! —gritó á su vez Margarita.

—¡Vos aquí en esta obscuridad, en este abandono!

—Yo, yo, sí. Y ¿vos me lo preguntáis?

—Venid conmigo.

—¡Nunca, nunca!

—¿Por qué?

—Porque estas heridas que llevo en el pecho, y que me atormentan, son vuestra obra.

—Margarita, ¿y lo creéis vos?

—¡Que si lo creo! Si las fuerzas no me faltaran, si no estuviese moribunda y aterida de frío, ¿creéis que viviríais?

—Por Dios, no os entreguéis á esas violentas pasiones.

—No tan violentas, en verdad, cual mi desgracia.

—Calmaos.

—Idos.

—Sin salvaros no me voy.

—Señora, idos de aquí.

—Margarita, seguidme. Os alojaré en mi casa, os cuidaré mucho; todo lo que merece vuestro estado.

—Después que vos me habéis herido…

—¡Yo! Ese es desvarío de vuestra mente.

—Hace más de seis meses que padezco esta herida en el pecho.

—¡Infeliz!

—Más de seis meses que me hirió mi marido, y no le he vuelto a ver; y no tengo hogar, ni amigos, ni familia, ni nadie en el mundo.

—¡Triste suerte!

—Tristísima. Pero ¿quien la ha causado, quién?

—¡Oh!

—No seáis gazmoña, Angela. Vos habéis sido la causa principal de todos mis dolores.

—¡Yo! Infeliz de mí.

—Vos, vos.

—Pues bien: si he sido, perdonadme.

—Nunca.

—Perdonadme, y venid conmigo, y seguidme.

—No puede ser, no debe ser.

—¿Por que?

—Porque la víctima rechaza á su verdugo.

—Os cuidaré.

—No quiero ni la salud de vos.

—Por Dios, Margarita…

—¿Qué habéis hecho de Eduardo, Angela, qué habéis hecho?

—Lo menos hace seis meses que nada he sabido de él.

—¡Mentira!

—Os lo aseguro.

—Vos me lo arrebatasteis.

—No es verdad, Margarita. Vuestro enojo, os trastorna el seso.

—¡Aun me insultáis!…

—Os digo que hace mucho tiempo que no he visto a Eduardo.

—Y ¿por qué se ha ido?

—No se ha ido por mi consejo.

—Y ¿por qué me ha abandonado?

—No os ha abandonado tampoco por mi consejo.

—No me digáis eso.

—Os digo la verdad, toda la verdad.

—Y yo, sola; y yo, pobre; y yo, muriéndome por esas calles de Nápoles, sin abrigo, sin casa.

—Tomad, tomad mi abrigo —dijo Angela, desciñéndose el que llevaba.

—Ya os he dicho que nada quiero de vos.

—¿Por qué?

—Porque de vos sólo quiero y sólo debo tomar una cruel venganza.

—¡En estos instantes pensáis en vengaros!

—Me faltan fuerzas, pero no voluntad.

—Pensad en Dios.

—Dejadme de gazmoñerías.

—Dios, que es el único, el eterno consuelo del infeliz.

—Yo no tengo consuelo en nada ni en nadie.

—Os rebeláis contra Dios.

—¡Ja, ja, ja!

Y Margarita lanzó una carcajada.

—Sí, contra Dios, porque os envía el consuelo por mi mano, y no queréis aceptarlo.

—No, no, nunca.

—Porque os socorre, os envía el pan, y vos envenenáis sus presentes.

—Dejadme: estáis atormentándome.

—No me puedo resignar á dejaros aquí sola.

—Pues me estáis matando.

—Margarita, por Dios, seguidme.

—No, mil veces no.

Y Margarita se levantó como herida, y miró á todas partes como delirando, y exclamó:

—¿Cómo me libertaré de esta mujer? Adiós.

Y como sacando fuerzas de flaqueza, se perdió en una obscura encrucijada.

* * *

Angela se fué con el corazón oprimido y los ojos llenos de lágrimas. Había salido de su casa á repartir con mano generosa en las sombras de la noche el consuelo al desgraciado, el pan al hambriento. Ella, ardiendo siempre en caridad, en amor por todos los infelices, había querido consolar á Margarita, y Margarita había rechazado sus consuelos. Así, se fué á su casa toda congojosa, y angustiada, y triste.

Margarita se dejó llevar de su instinto. Huir de Angela, huir de aquella mujer á quien atribuía todos sus males, era su principal instinto. Margarita, apasionada como siempre, no podía ver en su presencia aquella beldad, que le recordaba á Eduardo; aquella, mujer, que había ejercido una decisiva influencia en su vida. Mas la noche se espesaba, crecía el frío, la nieve caía en abundancia, las calles eran como un desierto, y Margarita imaginaba que debía ser aquella la última noche de su vida.

¿Dónde ir? ¿Qué hacer? Todo se obscurecía á, sus ojos, todo. En aquel mundo inmenso no encontraba un asilo. Era más desgraciada que el último reptil de la Naturaleza; más desgraciada que los seres que se movían bajo sus plantas, que los mil insectos desparramados por el campo. Volvió á sentarse sobre una piedra, y la nieve materialmente la llenaba, y parecía que iba á enterrarla bajo sus copos, y el frío sacudía todo su cuerpo.

Cuando ya se creía próxima á morir, Dios le reveló un pensamiento; llevó á su memoria un recuerdo. Se acordó que allí, cerca del sitio donde estaba, vivía una pobre mujer que había estado en otro tiempo á su servicio. Aquella mujer había recibido de ella algunos beneficios, y podía acordarse de esos beneficios. Una duda le asaltaba en aquel instante. ¡Cuántas y cuántas personas habían asistido á sus bailes, á sus fiestas, y ninguna, absolutamente ninguna, se acordaba de Margarita! ¡Ah! Si la desgraciada hubiera creído más en Dios y en su Providencia, hubiera visto que ese mal, ese placer, ó muere instantáneamente, ó da, tarde ó temprano, de sí el dolor, al paso que el bien y la virtud producen siempre, siempre, grandes bienes, divinas é inextinguibles virtudes.

Margarita, por fin, se encaminó á la casa donde había pensado ir, á la casa de la pobreza, donde tal vez encontraría el asilo que le negaba la casa del poderoso. Dió con ella, y llamó repetidas veces. Dormían, y la pobre mujer se levantó, como quien se ve interrumpido en el primer sueño, maldiciendo y renegando. Abrió una ventana, y al pronto no conoció á Margarita. Mas así que se cercioró de que era su antigua señorita, salió á abrir la puerta, la abrazó, encendió lumbre para que se calentara, la coció unas sopas, la rebujó bien con un ropón suyo, la acarició mucho, casi llorando, al ver aquella grande y enorme desgracia, y por fin le cedió su lecho. ¡Merecida lección de la Providencia, tremenda, como todas las que da la Providencia!

Aquella mujer orgullosa iba á bajar su altiva frente en la choza de un pobre; aquella mujer, que despreciaba los palacios, tenía que recurrir á las cabañas; aquella mujer, que llevaba en pos de sí una corte de aduladores, se veía sola y abandonada; aquella mujer, que había tantas veces dudado de la Providencia, sólo fue salvada por la Providencia en aquella tremenda y horrible noche. ¡Lecciones merecidas que da la Providencia! No me cansaré nunca de inculcar en el ánimo de mis lectores algunas máximas que creo salvadoras. Debemos amar el bien, por ser bien; debemos apartarnos del mal, por ser mal. Ningún interés debe llevarnos á las buenas acciones, ni debemos separarnos de las malas por temor al castigo. Desde el instante en que un principio, un sentimiento de utilidad se mezcla á una buena acción, pierde todo su esplendor, toda su grandeza, todo su brillo. Desde el momento en que sólo el temor de un castigo cierto nos retrae de cometer una mala acción, moralmente es como si la hubiéramos cometido. Pero, á pesar de todo esto, no debemos olvidar que así como una verdad encierra una larga serie de verdades, el bien, la buena acción, contiene muchas buenas acciones, y el mal, las malas acciones, contienen muchas acciones de su mismo género; y que al fin el bien, como consecuencia de nuestra naturaleza, nos enaltece, y el mal, como contrario á nuestro espíritu, nos degrada, nos rebaja y engendra el mal.

* * *

Angela había ya decidido de su suerte; se había abrazado á su vocación; á ser, con todo el entusiasmo propio de su gran alma, Hermana de la Caridad. El teatro, que había sido para ella tan glorioso; el arte, que había circundado de tantas y tan espléndidas coronas su frente, le repugnaban; parecíale que la virtud, y solamente la virtud, era hermosa, y grande, y perdurable. Todo lo demás del mundo era á sus ojos como si no fuese. El consuelo del afligido, la salud del enfermo, el amparo del huérfano, todo eso ser, todo eso debía ser Angela. En la noche en que encontró á la infeliz Margarita, después de haber largo tiempo combatido con su corazón, que le inclinaba á ir en pos de Margarita, se retiró á su casa. Estaba en vísperas de abrazar su nueva carrera, de consagrarse á Dios. Algunas veces había luchado contra esta tendencia de su corazón. No se crea que Angela había llegado á esta decisión suprema de su alma sin luchas y sin combates; no se crea esto.

Muchas veces la hermosura del mundo la hubiera distraído de su pensamiento; muchas veces, al verse en los grandes bailes, en los magníficos salones al calor de aquella atmósfera, se había despertado en su alma el deseo de anegarse, de perderse en aquel mar de sensuales delicias; pero la voz poderosísima de su virtud, la pureza de su alma, su mismo desgraciado amor, habían sido bastante á salvarla en el obscuro borde de los abismos.

Otras veces, cuando oía los aplausos que la acompañaban en el teatro; cuando el entusiasmo enardecía los corazones; cuando mil flores calan á sus pies y una corona de laurel ceñíase á su frente, aquella tempestad de entusiasmo, tan propio para despertar en el ánimo grandes ambiciones, la llevaba á creerse feliz; felicidad engañosa, que caía deshojada como una flor, y que se derramaba por los aires como un suspiro.

Pronto volvía en sí de su entusiasmo, y pronto echaba de ver la nada de aquellos triunfos. En esta noche llegó á su casa. Estaba profundamente conmovida, y abrió la ventana de su habitación. Se veía el mar y el Vesubio, que exhalaba una especie de sonrosado vapor, parecido á los primeros albores de la mañana. La blanca nieve cubría el suelo y los tejados; y la luna, habiendo podido herir con su tenue rayo las nubes rielaba, aun que fugazmente, en las aguas y en la nieve.

Cuando á través de un nublado de obscuridad densa llega el alma á ver un pedazo de cielo, se regocija, como cuando en la desgracia y en el abandono ve un amigo. Angela sentía cierto placer en este instante; parecíale que aquel espectáculo de la Naturaleza convidaba al amor. Una especie de sensación voluptuosa la hacía aspirar las emanaciones de la Naturaleza, el soplo de las brisas, como si fueran los besos de un amante. El deseo de vivir, y hasta el deseo de gozar, se despertaban en su alma, ó mejor dicho, en sus sentidos. Hay en la naturaleza meridional cierta voluptuosidad que embriaga. El mar en calma; el cielo que se aparece á través de gasas que huyen; el rayo de la luna, que ora brilla, ora se esconde; los copos de la nieve, apenas prendidos á los árboles, prontos á deshacerse á un beso de fuego; el Vesubio hirviendo: todo esto debía despertar el deseo en el ánimo de Angela.

En esto se oyó una música voluptuosísima también. Parecía la voz de la Naturaleza, que convidaba al amor. Era una serenata, una serenata á Angela, una serenata que le daba el Conde. No parecía sino que el mundo había querido escuchar la aspiración de Angela, y que la luna, las brisas, los campos y las ondas entonaban un cántico para ofrecerle la dorada copa del placer.

Una canción de amor, una dulce canción de Bellini, hirió los aires. No ha habido en el mundo poeta que haya expresado el amor como Bellini en sus cánticos. Y en el silencio de la noche, bajo el cielo de Italia, á la luz pálida de la luna, en presencia del azulado Mediterráneo, al pie de la ventana de una hermosura que palpita con el pecho rebosando amor, una canción de Bellini entonada por la voz de un amante, y de un amante que delira, y de un amante que es desgraciado; una canción de Bellini debe ser como el canto del amor en su esencia, como el acento inimitable de todos los grandes dolores y exaltadas pasiones del alma.

Angela sintió toda la triste melancolía de aquel canto. El corazón latió con fuerza en el pecho. Todo el amor de su corazón, todas sus grandes pasiones se despertaron en su alma. El deseo de vivir, de amar, se apoderó completamente de su ánimo. Sintió en un instante todo lo que se oculta de hermoso, de grande, en la Naturaleza, en la creación, en la sociedad, en el arte. Su sangre joven hervía con el calor de la juventud al abrasado soplo de las ardientes pasiones. Sacó la cabeza para respirar las auras, las brisas húmedas de la noche; los rizos de su cabellera le cubrieron el rostro, y un rayo de luna que atravesó las nubes, rodeó de una hermosísima aureola aquella artística y hermosísima cabeza. Renunciar á todos los placeres de la vida, á los aplausos de un público entusiasmado, á los goces de la familia, á la esperanza de un nuevo amor, á todos esos afectos y pasiones que encantan la vida, es un tristísimo, un cruento sacrificio. Y cuando la vida late con todo el entusiasmo de los primeros amores; cuando la sangre corre por el cuerpo como exuberante savia; cuando la imaginación abre sus pintadas alas llenas de mil ilusiones, matizadas de mil colores; cuando el espíritu aspira á lo infinito y se pierde en sueños, delicias, imágenes, sentimientos; cuando sucede todo esto en ciertas edades felices de la vida, separarse del mundo, separarse de la sociedad, es superior propósito á la débil naturaleza; y así, Angela, embriagado su corazón por todo lo que presenciaba, por todo lo que veía y oía, se olvidó por algunos instantes de su juramento, y pensó vivir, y vivir en la sociedad, en el mundo.

Hubo un instante en que creyó que iba á amar; un instante en que creyó que el Conde había tocado en su corazón: el espectáculo de la Naturaleza, el olor de la violetas que en un jarro tenía en su ventana, a luz de la luna, las brisas del mar, el eco de aquella voz enamorada, el acento de aquella música voluptuosa, todo, todo esto habló en su ánimo con su irresistible elocuencia y enardeció la sangre de su corazón.

Pero entonces el rayo de la luz de la luna iluminó una alta cruz que se levantaba sobre un campanario. El signo de la redención humana, destacándose del obscuro fondo de las negras nubes, relució como un lábaro santo á sus ojos, como la divinización del dolor y de la tristeza. Entonces las alas de las pasiones terrenas, que se habían apoderado de su espíritu, quedaron quemadas en aquel fuego de amor divino, y un mar de lágrimas inundó su rostro. «El sacrificio, el sacrificio y decía Angela, es necesario; el sacrificio á toda costa. Vivir para el arte, para el teatro, es vivir para el placer de los felices; vivir para el hospital, para el campo de batalla, es vivir para el consuelo de los desgraciados. Hermosa, muy hermosa es la corona de diamantes que el poderoso arroja como un dón á las plantas del artista; pero es más hermosa esa otra corona ideal que las lágrimas de los infelices, cuajadas en invisibles perlas, ciñen á la frente de la Hermana de la Caridad. Triunfar con el canto, con el arte, en un hermoso teatro, inundado de luz, resplandeciente de hermosura, lleno de beldades que laten de amor, de placer, á los ecos divinos de aquellos cantares, puede ser muy hermoso, muy bello; pero es sublime, verdaderamente sublime, bajar á los tristes hospitales, á los campos de batalla, á las negras chozas, á las casas miserables, al lecho infeliz del moribundo, á sostener en su combate la virtud, á exaltarla al cielo, á recoger el último soplo del moribundo, á guiar su alma á la bienaventuranza, á orar sobre su cadáver inanimado y frío, á seguir el vuelo de su alma, purificada por el martirio y el dolor, hacia Dios. En esta sociedad de egoísmo frío; en esta sociedad que aísla á cada sér en sí, en su casa, en su propia vida; en esta sociedad positiva, un sér que se sacrifica por sus hermanos, que busca el dolor, las lágrimas, los quejidos; que se goza en derramar por doquier consuelos; que vive para dar vida á todos los que sufren; un sér consagrado á la heroicidad más alta, á la heroicidad moral, es indudablemente un ideal de virtud que brilla como el astro, como la estrella, entre las espesas tinieblas de la noche.»

Capítulo 19

Un día antes de que Angela abrazara su nuevo estado, el conde Asthur fué á verla á su casa. Estaba más hermosa que nunca. La tranquilidad de su alma se reflejaba en su mirar y en su frente. Estaba vestida de blanco; sus cabellos lo caían en dos gruesas trenzas, descuidadamente, sobre sus espaldas. Su hermosura, decíamos, resplandecía como nunca. Era como el ultimo rayo del sol cuando se balancea sobre el ocaso, que parece á nuestros ojos más puro, más limpio y más hermoso.

El Conde le dirigió al entrar estas palabras:

—¿No hay remedio?

—No le hay.

—¿Mañana?

—Mañana.

—¡Terrible día!

—El día más hermoso de mi vida.

—¡Angela! Sois muy cruel.

—¿Por qué?

—Porque vais á abandonar por la religión de la caridad, la dulce religión del arte.

—No lo siento.

—Porque vais á abandonar á vuestros amigos, y estáis alegre.

—Señor Conde, sólo por algunos amigos siento abandonar la sociedad.

—¿Por mí? ¿Acaso por mí?

—Acaso por vos.

—Soy feliz.

—¡Ah!

—Soy feliz, porque he logrado inspiraros algún sentimiento.

—Siempre me habéis inspirado una acendrada, una verdadera amistad.

—¿Nunca amor?

—Nunca.

—¡Y vamos á separarnos!

—Para siempre.

—Angela, en mi vida no puede haber ya tranquilidad.

—Rogaré á Dios por vos.

—¡Una oración!

—También una oración.

—¿Ningún otro recuerdo?

—Ninguno.

—Yo no puedo vivir en el mundo.

—No creo tal.

—No me resigno á vivir en un mundo de que vos habéis huído.

—Nada más fácil que encontrar consuelo.

—¡Ah! No, no lo hay para mi herido corazón.

—No parece, Conde, sino que soy yo sola en el mundo.

—Para mi, sola.

—Otras mujeres…

—No, no.

—¡Conde!

—No puede ser.

—Consolaos.

—No puedo consolarme.

—¡La vida es tan espinosa!

—Pero esta muerte anticipada es tan triste…

—No puede ser muerte la consagración á la caridad

—Para mi corazón es la muerte de la esperanza.

—Y ¿por vuestro corazón medís el mundo?

—Sí.

—Y ¿por vuestro corazón medís el cielo?

—Sí.

—Os engaña ese vuestro duro egoísmo.

—¿Egoísmo á un amor que me abrasa el alma?

—Será egoísmo de dos, pero al fin es egoísmo.

—Y ¿no podré veros?

—No: mi vivienda será el campo de batalla, el hospital y la choza del pobre moribundo.

—¿Vos, que habíais nacido para el arte…

—Sí, es verdad, para el arte; pero no para ese arte que vos encarecéis.

—¿Queréis negar á Dios hasta la grandeza del dón del canto que os ha concedido?

—No, en verdad.

—Pues ¿cómo renegáis del arte?

—Hay un arte más grande y más difícil que el arte que encarecéis á mis ojos.

—¿Cuál es?

—El arte de la vida.

—Y ¿no podíais vivir bien aquí en el mundo? ¿No podíais ser feliz, vos, la primera artista de Italia?

—Más feliz me creo siendo su última Hermana de la Caridad.

—Me partís el pecho.

—Creedme, creedme.

—Me desgarráis el alma.

—Conde, hermosear el. alma es nuestro destino.

—Y el alma, ¿no es hermosa cuando lleva su lira, cuando entona un dulcísimo canto?

—No es tan hermosa como en los instantes supremos en que se acerca á un desgraciado y consuela á un afligido.

—Mas para eso, ¿era por ventura necesario que fueseis Hermana de la Caridad?

—Lo era.

—Pues no advierto la causa.

—Lo era.

—¿Por qué?

—Porque yo no me contentaba con dedicar un instante á mis hermanos, instante que les regateaba el arte y el mundo.

—Angela, ¿y para hacer felices á tantos se res me hacéis á mí infeliz?

—Vuestra infelicidad no podía yo consolarla.

—Es cierto. Hermana de la Caridad, vais á consagraros á curar enfermedades, á socorrer infelices, á serenar tempestades y desgracias: y ¿no podéis curar esta gran enfermedad de mi alma? ¿De qué sirve, pues, vuestra ardiente caridad?

—¿Y la enfermedad de mi alma?

—Esa enfermedad la puede curar vuestra razón.

—No, ni la misma muerte. Atravesaré el tiempo que me separa de la eternidad, y al entrar en la eternidad llevare conmigo este dolor inmenso, infinito, esta incurable desesperación, que es, que ha sido, que será mi eterna desgracia.

—Aun así os podéis consolar.

—¿Cómo, cuándo, de que manera?

—Mucho desconfiáis de Dios.

—¡Ah! ¿No veis impresa en mi frente la indeleble huella de su justicia?

—¿Por qué, por qué os quejáis así?

—¡Y me lo preguntáis vos, Angela!

—El mundo, nuevos amores, ofrecen consuelo.

—El mundo para mí está vacío, el amor me es imposible sin vos.

—¡Conde! Ya os he dicho que Dios me ha negado el amor.

—¡El amor para mí!

—El amor mío sólo puede ser ya el fuego de la caridad.

—¿Conque al fin me abandonáis?

—Sí, Conde. Esta debe ser nuestra última entrevista; éstas nuestras últimas palabras.

—¡Ah! Se me oprime el alma.

—También sobre mis ojos cae como una niebla.

—Sentís…

—Siento este instante.

—¡Oh! ¡No volvernos á ver!

—No.

—¿Nunca?

—Nunca. La virgen consagrada al Señor, en su ardiente caridad, debe desceñirse de todos los lazos materiales, quebrar todas las cadenas, el amor, la amistad; ser solamente para sus hermanos.

—Yo no puedo ya ver el mundo; me parece un mundo sin sol. Separado de vos, de mi amor, yo no puedo vivir.

—Conde, cerrad vuestro labio á esas palabras.

—¡Oh! La verdad pura como el cielo, como la inmaculada luz, no puede ser nunca, nunca, un crimen. Dios no puede castigar la verdad.

—Señor conde…

—Dios no puede castigar esta pasión que, en medio de su gran desgracia, me ha enseñado el camino de la virtud, el camino del cielo.

—Pues bien, seguidlo hasta el fin; seguidlo, y me daréis una prueba de que no olvidáis mi nombre.

—En este mismo instante abandono el poder.

—Tenéis razón; hay un poder más alto, que es el poder de hacer bien.

—Abandono la corte.

—¡Conde!

—Y en un retiro, en el campo, pasaré mi vida, para que el mundo no me distraiga de mi pensamiento.

—Pero una vida abandonada á la soledad es una vida estéril.

—Vos lo habéis dicho; no pienso esterilizar mi vida.

—Empleadla en aliviar á vuestros hermanos en sus males.

—Voy á reunir á mi alrededor una pequeña colonia de trabajadores.

—Justo, justo.

—Les enseñaré sus derechos y sus deberes; les hablaré de Dios; haré que sea su vida feliz en el trabajo.

—Eso debéis hacer.

—¿Quién sabe si de aquellos pobres infelices nacerán buenos hijos de Italia?

—¡Oh! En el mundo moral, como en el mundo físico, cada cosa produce sus semejantes. La semilla de la virtud dará de sí grandes virtudes.

—Y entonces no habrá sido estéril mi vida. Yo recordaré en el silencio de mi retiro que vos habéis sido la estrella de mi vida, que vuestro nombre y vuestra alma me han guiado á la virtud.

—Comprenderéis un amor más sublime que este amor.

—Todos los días, al salir el sol, os bendeciré, porque vos habéis sido el sol de mi vida y de mi alma.

—Me enternecéis.

—Recordaré que yo estaba sumido en el polvo de las bajas pasiones, en la venganza, en la sed hidrópica de riqueza y de poder.

—Justo, justo.

—Y recordaré también que vuestra voz, esa dulce celestial reclamo, despertándome a mi vida, ha abierto en mi ánimo los horizontes infinitos de la virtud.

—¡Oh, señor Conde! Me reconciliáis con la vida.

—Mi primera oración será para vos; mi última palabra para vos. Dios me admitirá en la eternidad porque llevaré vuestro recuerdo.

—No, porque llevaréis la virtud.

—Mi virtud, mi virtud, la fuerza misteriosa de mi alma, es vuestro amor. Conde, debemos separarnos. Suena la hora…

—Separémonos, pues.

—No me, olvidéis.

—¡Yo, yo!…

Y el Conde se ahogaba de dolor.

—Pensad en Dios.

—Pensaré en vos.

—Orad por mí.

—¿Y vos?

—Yo rogaré al cielo que seáis feliz.

—Mi felicidad sería…

—¿Qué?

—Un recuerdo vuestro.

—Le tendréis.

—¡Oh!

—Sí, le tendréis.

—Dadme vuestra bendición —dijo el Conde hincando la rodilla en tierra. Angela puso sus dos manos sobre la cabeza del Conde y murmuró una religiosa plegaria. El Conde se levantó y dijo estas palabras:

—Ya estoy más animado para este tremendo trance. Adiós.

Dos grandes sollozos se mezclaron en los aires, al mismo tiempo que aquellos dos seres se separaban.

* * *

Era una hermosa mañana. A la puerta de la iglesia de Nápoles se reunía gran multitud, que aguardaba un extraordinario acontecimiento. Muchos coches, ricamente engalanados, llenaban las avenidas, mostrando con su lujo y sus preseas que todas las clases igualmente se interesaban en aquella religiosa ceremonia. La curiosidad se pintaba en todos los semblantes, afecto que se trasluce y transparenta de una manera admirable. Y en verdad, el acontecimiento no era para menos. La mujer cuya voz había sido la delicia de la corte, el ángel del arte, la reina de la moda en Nápoles, había menospreciado sus triunfos, había desoído sus aplausos, había roto sus refulgentes coronas, y se abrazaba á la Cruz, y hacia el gran sacrificio de condenarse á arrastrar su gloriosa vida por los hospitales, por los campos de batalla, por las chozas de los enfermos, por todos los tristes hogares donde llora y sufre la triste humanidad.

Era ésta una gran lección dada al mundo, un gran ejemplo dado á la sociedad. Las que andan tras los adoradores, las mujeres que sólo viven oyendo el engañoso rumor de la lisonja, veían una mujer, de tantos idolatrada, abrazarse á su única tabla en el gran naufragio de la vida, á la virtud, al sacrificio. Los seres que sólo gustan de los aplausos, que viven respirando ese aroma que pasa y se desvanece y se disipa como el humo, velan á la mujer aplaudida, a la mujer coronada, hollar sus coronas, y en vez del grito de entusiasmo escapado del pecho herido por el arte, buscar el ¡ay! desgarrador del moribundo y del enfermo. Los que no creen en la virtud, seres desgraciados que imaginan la sociedad un centro de vicios y el corazón humano sepulcro lleno de miserias, en aquella mujer ideal veían un ángel que llevaba en sus sienes la aureola más preciada que puede alcanzarse en la tierra, la rica aureola de la perfección moral. Así, nunca el triunfo de Angela había sido más grande, más esplendoroso; nunca su voz le había granjeado tantos aplausos; nunca en el teatro, vestida deslumbradoramente, llena de perlas y diamantes, se había mostrado tan hermosa como en aquel supremo día de su vida, cuando iba á vestir el tosco sayal y la humilde toca.

Sin duda reconoce el mundo, ese mundo tan injustamente tratado por muchos moralistas, que la belleza más bella, y la sublimidad más sublime, es la virtud; reconoce el mundo que la perfección moral se refleja con un tinte sonrosado en el rostro, y hermosea todo nuestro ser, y lo engrandece, y lo exalta, y lo transfigura, pues siempre el mundo tiene para la virtud gloria y respeto.

Así es que toda aquella muchedumbre que se agolpaba á la puerta, que iba allí á ver á la mujer extraordinaria, en realidad, de aquel espectáculo aprendía una enseñanza moral mucho más alta y provechosa que las pláticas de muchos libros y de muchos sermones de muy severos y graves moralistas. No hay ideal de virtud tan bello como el que ven los ojos; no hay enseñanza tan grande como la enseñanza práctica. Así, el ser virtuoso es á un tiempo mismo la idea Y el hecho, la lección y el ejemplo, la teoría y la práctica, la enseñanza y el modelo, la voz que excita la virtud y la fuerza que separa los grandes obstáculos de que el camino de la virtud se halla sembrado, mostrando en la hermosura de su vida y en la grandeza de su alma nortes á do convertir la mirada en las grandes tempestades y en los amargos trances á que esta sujeta nuestra dolorosa existencia. Por eso Angela se presentaba en esta ocasión tan grande, y ninguno de sus triunfos igualaba á este triunfo, y ninguna de sus glorias igualaba á esta gloria. Después de todo, el arte más difícil es el arte que consiste en hermosear nuestra vida; el objeto más bello á que podemos consagrarnos, es á iluminar con la virtud nuestra alma. La virtud es un deber; pero es un deber muy hermoso, muy grato. El camino de la virtud está sembrado de flores. La tranquilidad del ánimo, la luz en la conciencia, la esperanza en el corazón, son dones riquísimos del cielo, dones que no apreciamos en todo su valor sino cuando no los tenemos, cuando nos aflige el agudo y penoso remordimiento.

La iglesia se presentaba como para una fiesta. El altar mayor está cuajado de flores y de luces. La Virgen, Madre de Dios, se levanta en el ara, cubierta de rosas. Los ángeles la rodean, y la miran como arrebatados de amor. El incienso sube en espirales al cielo; el canto sagrado resuena solemne y acompasadamente bajo las sagradas bóvedas. La gran cantora, el ornamento del teatro, va á ceñir el tosco sayal de Hermana de la Caridad. A un lado del altar se ven las damas de la corte, cargadas de pedrería: el mundo que va á dejar Angela. A otro lado del altar se ven las Hermanas de la Caridad con sus toscos sayales: el mundo que va á elegir Angela. Allí se ve bien manifiestamente lo que es la vida, lo que es la virtud. Aunque unas aparecen más lujosas, las otras llevan sobre su frente una aureola más preciada, más luminosa. Todos los concurrentes, sin embargo, se entregan á profundas meditaciones. ¡Qué enseñanzas tan sublimes no dan los grandes hechos que pasan á nuestra vista!

Aquella pobre muchacha que anduvo un día cantando Por las calles de Nápoles, fué realzada á reina de los salones y de la moda por la corte. Aquella mujer, desde el alto asiento á que la alzara la Providencia, va á ser, por su propia elección, Hermana de la Caridad. Muchas, la mayor parte de aquellas, damas, no pueden comprender, ni explicar. el sacrificio de Angela. Una mujer que abandona ricos brocados por un sayal, los salones por los hospitales, á la mayor parte de aquella frívola gente de corte le parecía asunto más para una novela que para la vida real.

Angela es el único sér que no se maravilla. Su acción le parece tan natural, que ni siquiera la extraña, ni siquiera considera el trance en que se encuentra. Va á abrazarse á la Cruz, a seguirla en el mundo. Desde lo alto de aquella Cruz sabe que puede, transformada, bendecida, regenerada, levantarse como un hermoso ángel á los cielos.

Así, Angela no miraba, ni aquellas cabezas que se apiñaban para contemplarla, ni aquellos preparativos, ni el mundo que tras de sí iba a dejar. Sólo miraba con verdadero entusiasmo aquellas sus hermanas, sencillamente religiosas, con las señales de su martirio, de sus luchas, de sus sacrificios, en la frente, como estrellas que guían á la eternidad.

Sus amigas la abrazaban, y en algunos instantes sentía abandonarlas. Mas cuando algún asomo de duda ó de incertidumbre pasaba por su animo, volvía los ojos á sus hermanas, á sus compañeras en el sacrificio, y sentía un nuevo aliento en su pecho, una nueva y más esplendida inspiración en su conciencia.

Llegó el instante de separarse de su anciana madre. En tan supremo instante se le partía el corazón en mil pedazos. Su valor era sombrío, triste, como esas tempestades que nunca pueden resolverse en lluvia. Un gemido sordo se escapó de su pecho; sus rodillas temblaban y cayó de hinojos, y su madre la dió su bendición, que la animó para proseguir en su calvario.

Angela dejaba á su madre muy bien, con grandes rentas para vivir en compañía de unos parientes á quienes ella amaba mucho. Mas la separación era dolorosa y triste; y como se prolongase mucho aquella escena de angustia y de dolor, se levantó, y fué despidiendose una á una de todas sus amigas, de todas las que le habían acompañado en la corte de Nápoles. Por fin, parecía que era aquel ya el último tránsito de una vida á otra vida, el adiós de un mundo á otro mundo, el abandono completo de la sociedad, y la exaltación a otra sociedad, donde el dolor es el mayor timbre, la mejor prenda del alma, donde se mide la vida por sus buenas acciones, por sus buenas obras.

En un momento, el recuerdo del mundo que dejaba se apareció á los ojos de Angela. Cuando llegaba en su despedida al grupo donde estaban sus amigos, salió de entre ellos el Conde.

—¡Angela!

—Adiós.

—Mi última plegaria.

—No es oída.

—¡Por Dios!

—Dios me llama al cielo.

—El amor.

—Sólo el amor de Dios me llama.

—Oidme.

—No puede ser.

—La ingratitud

—Conde… adiós.

—Angela, me matáis.

—Fío en Dios que os ha de consolar.

—Hoy mismo salgo para mi retiro.

—Que seáis feliz.

—¡Angela!

—No puedo oiros.

En esto volvió á presencia de su madre.

Todos los espectadores respetaban aquella escena y aquel dolor sublime.

—¡Hija mía!

—¡Madre!

Un prolongado sollozo volvió á interrumpir sus palabras.

—Me parece cada momento más triste nuestra separación.

—¡Madre mía!

—Piensa bien, Angela, lo que vas á hacer.

—Lo he pensado.

—Los dolores que te aguardan.

—Hemos nacido para padecer.

—Las tristezas que han de rodearte.

—Esas tristezas no serán tan grandes como la que yo llevo dentro del pecho.

—Las fuerzas que necesitas.

—Hasta la muerte puedo llevar mis fuerzas.

—Los grandes males y las grandes miserias…

—¡Oh! Males y miserias que me abrirán el camino á otra vida mejor.

—Tu madre, tu anciana madre…

Angela no pudo sufrir esta elocuente palabra, y cayó á los pies de su madre anegada en lágrimas.

—No me necesitáis…

—Una madre necesita siempre de sus hijos.

Y la pobre mujer se ahogaba de angustia, de pesar.

Angela conoció que necesitaba consolarla.

—¿Nos veremos todos los días?…

—Sí, sí, madre.

—¿Nos veremos?

—Todos los días, madre mía.

Y Angela, no pudiendo sufrir más, se levantó y siguió por aquella larga calle de amargura. En un lado encontró el ermitaño á quien fué á ver en cierta ocasión para comunicarle sus grandes angustias y dolores.

—¿Me conocéis? —le dijo.

—Sí.

—¿Os acordáis de mí?

—Me acuerdo.

—¿Os habéis decidido á este gran sacrificio?

—Con todo mi corazón.

—¡Infeliz!

—¿Me compadecéis?

—Sí.

—Me creí digna de envidia.

—Os compadezco, porque quizá nadie de los que os rodean os comprende.

—¿Y vos?

—Yo comprendo que vos habéis nacido para la sociedad.

—Es cierto.

—Que vos amabais la gloria.

—Es verdad.

—Que vos habéis deseado mil veces los goces tranquilos de la familia.

—Sí, sí.

—Que vos habéis amado mucho.

—Mucho.

—Y que, sin embargo, os decidís á este cruento sacrificio.

—Sacrificio que es mi única salvación.

—Pero sacrificio en cuya ara habéis derramado todas vuestras lagrimas, toda la sangre de vuestro corazón.

—Sí, sí.

—Mártir del Señor, entrad por las puertas eternales de su gloria.

Angela se levantó transfigurada y se acercó al hermoso altar.

Angela oyó una breve plática de labios del sacerdote. Éste le pintó lo escabroso de la senda que iba á recorrer, y lo grande é inmenso de las fuerzas que necesitaba para recorrerla; el aliento que un pecho femenil había menester para lanzarse en ese mar de dolores. «El enfermo, le decía, huele mal; en sus delirios suele olvidar hasta las leyes de la decencia; en sus males suele renegar hasta de lo más santo; vuestra caridad ha de ser tan pura, tan desinteresada, que sabiendo todo esto, y aun mucho más, que de triste ofrece la negra y fría realidad, ha de seguir al enfermo hasta el pie mismo de su sepulcro si muere, y hasta su completa convalecencia si sana.

»No han de repugnaros, ni las llagas, ni la lepra, ni las mil asquerosas enfermedades á que la humanidad está sujeta, decía el sacerdote. Cuando la muerte extienda sus negras alas sobre un campo de batalla, entonces debéis aparecer allí vos, interponiéndoos entre enemigo y enemigo curando á todos los heridos, aun á los que hayan caído por causa contraria á la de vuestra patria ó á la de vuestra fe. Ni el clima ardiente ni el clima frío debe impresionaros, ni detener vuestro paso las olas del mar, ni impedir vuestra obligación sagrada los lazos de la familia, de la amistad ó del sentimiento. Vuestro hogar, desde hoy, va á ser el pobre tugurio donde habita el pobre enfermo, la choza, el hospital; vuestra familia, todos los que sufren, todos los que lloran, todos los que padecen. Muchas veces encontrareis la ingratitud; el mismo corazón que habéis socorrido, la misma sangre que habéis restañado, se sublevará contra vos, olvidará vuestros sacrificios, vuestros desvelos y vuestras angustias. No debe importaros. Vos debéis hacer el bien por ser bien. Dios, que vive en medio del dolor y de la desgracia, agradecerá siempre vuestro sacrificio. La sangre que restañéis, es como su sangre; la herida que cerréis, como si fuera su herida. Lo dijo en su Evangelio, en esa palabra divina que permanecerá siempre aun cuando se apague el sol y se caiga el cielo, y lo que en su Evangelio dijo se cumplirá.

»Ya veis cuántos caracteres divinos tiene una religión que comienza por haceros ver en un enfermo, á pesar de su palidez, de su dolor y de su miseria, al mismo Dios, que resplandece con gloria inmortal sobre miríadas y miríadas de mundos y soles. Meditadle, bien, hija mía: si el mundo que abandonáis, los aplausos que oís, las mil adulaciones que en la vida os han tributado, han de aparecer á vuestros ojos después turbando vuestro reposo, abierto tenéis el camino; aun está abierto; podéis volveros; podéis elegir en tan supremo instante entre las obras del arte y las obras de caridad; entre el enfermo y el desvalido y la corte; entre el hospital y el teatro.

»Pensad lo que allí dejáis y lo que aquí venís á recoger. Allí dejáis un público que oye frenético vuestra voz; triunfos, aplausos, coronas, todo el falso ruido de que está acompañada la gloria del mundo; aquí venís á recoger lágrimas, suspiros; aquí no oiréis más aplausos que el quejido del moribundo; aquí no aguardéis más recompensa que la tranquilidad de vuestra conciencia y la esperanza en Dios. Este es el mundo que venís á abrazar, y ese el mundo que vais á dejar. Miradlos surgir á los dos; miradlos con los ojos del alma; elegid aquel á que más se inclina vuestra voluntad, la voluntad, que siempre se inclina, por su desgracia, al placer. Meditad, meditad. Que Dios ilumine vuestra conciencia.»

Un silencio augusto y solemne siguió á estas palabras. Todo el mundo detenía el aliento para escuchar. La voz del orador, resonando augusta en el seno del templo, había mostrado á los ojos de Angela todos los halagos y encantos de la vida que dejaba, todas las penalidades y tristezas de la nueva vida en que iba á entrar. Angela no quiso contestar en el mismo instante en que fué de aquella manera invocada la rectitud de su corazón y de su conciencia. Si hubiera contestado confusamente, hubiéramos dicho que, irreflexiva y apasionada, se arrojaba en aquel estado y vida, como el infeliz desesperado que cierra los ojos y en un vértigo se arroja y se despeña en una sima. Así, el silencio de la joven parecía una tregua; su prolongación, una retirada. Todos se miraban, todos. A todos les parecía que iba á dar de mano á todas las ideas que la habían llevado al pie del ara, á levantarse y á volver á dotar al mundo con los acentos de su divina voz. Los mil apasionados que tenía, apasionados de su genio, apasionados de su voz, apasionados de aquella estrella del arte, que relucía en la memoria de las gentes sobre todos los genios que habían hasta entonces brillado en la escena, recobraban alguna esperanza. Mas bien pronto se disiparon estas dudas, cesó esta incertidumbre. Angela, con voz firme, inteligible y clara, dijo:

—Quiero ser para siempre Hermana de la Caridad.

Y prestó su juramento e hizo su voto.

Un inmenso agudo grito de dolor salió de todos los pechos, de todos los corazones. Unos veían irse, desaparecer, la gran cantora; otros la inolvidable amiga; todos sentían y admiraban á un tiempo aquel desenlace de una vida tan grande, tan virtuosa, tan sublime, tan heroica; vida que había sido un continuo sacrificio, que se remataba por un grandioso sacrificio también. El conde Asthur, apoyado en una columna, pálido, fuera de sí, miraba con ojos desencajados aquella blanca y hermosa figura que se destacaba al pie del altar como un ángel enviado por Dios desde las alturas del cielo, como el hermoso ideal de la virtud y del heroico sufrimiento.

Toda su esperanza huía, toda. Es tan loco el deseo humano, que no se da por vencido ni aun delante de la fría invencible realidad. El Conde, hasta aquel instante, como si las palabras de Angela hubieran sido inventadas, sentía algún consuelo, algún alivio á su imponderable dolor, á su aflicción sin límites; pero desde que la oyó jurar, cayó como negra espesísima noche sobre su triste conturbado espíritu. Sus ojos se nublaron de lágrimas; el corazón se le quería salir del pecho; le faltaba la respiración, y hasta la tierra huía bajo sus plantas: que no hay enfermedad tan aguda y tan triste como la honda, la profunda enfermedad moral del corazón.

Angela se retiró. Fué á desceñirse los vestidos que llevaba y á vestir el saco de Hermana de la Caridad. Los pliegues de su traje, muy ceñido, dibujaban, como las vestiduras de las estatuas griegas, sus esbeltas formas; su blanca pura toca parecía como una alba nube del cielo, que circundaba de inmaculada pureza sus sienes.

Un día antes de que Angela abrazara su nuevo estado, el conde Asthur fué á verla á su casa. Estaba más hermosa que nunca. La tranquilidad de su alma se reflejaba en su mirar y en su frente. Estaba vestida de blanco; sus cabellos lo caían en dos gruesas trenzas, descuidadamente, sobre sus espaldas. Su hermosura, decíamos, resplandecía como nunca. Era como el ultimo rayo del sol cuando se balancea sobre el ocaso, que parece á nuestros ojos más puro, más limpio y más hermoso.

El Conde le dirigió al entrar estas palabras:

—¿No hay remedio?

—No le hay.

—¿Mañana?

—Mañana.

—¡Terrible día!

—El día más hermoso de mi vida.

—¡Angela! Sois muy cruel.

—¿Por qué?

—Porque vais á abandonar por la religión de la caridad, la dulce religión del arte.

—No lo siento.

—Porque vais á abandonar á vuestros amigos, y estáis alegre.

—Señor Conde, sólo por algunos amigos siento abandonar la sociedad.

—¿Por mí? ¿Acaso por mí?

—Acaso por vos.

—Soy feliz.

—¡Ah!

—Soy feliz, porque he logrado inspiraros algún sentimiento.

—Siempre me habéis inspirado una acendrada, una verdadera amistad.

—¿Nunca amor?

—Nunca.

—¡Y vamos á separarnos!

—Para siempre.

—Angela, en mi vida no puede haber ya tranquilidad.

—Rogaré á Dios por vos.

—¡Una oración!

—También una oración.

—¿Ningún otro recuerdo?

—Ninguno.

—Yo no puedo vivir en el mundo.

—No creo tal.

—No me resigno á vivir en un mundo de que vos habéis huído.

—Nada más fácil que encontrar consuelo.

—¡Ah! No, no lo hay para mi herido corazón.

—No parece, Conde, sino que soy yo sola en el mundo.

—Para mi, sola.

—Otras mujeres…

—No, no.

—¡Conde!

—No puede ser.

—Consolaos.

—No puedo consolarme.

—¡La vida es tan espinosa!

—Pero esta muerte anticipada es tan triste…

—No puede ser muerte la consagración á la caridad

—Para mi corazón es la muerte de la esperanza.

—Y ¿por vuestro corazón medís el mundo?

—Sí.

—Y ¿por vuestro corazón medís el cielo?

—Sí.

—Os engaña ese vuestro duro egoísmo.

—¿Egoísmo á un amor que me abrasa el alma?

—Será egoísmo de dos, pero al fin es egoísmo.

—Y ¿no podré veros?

—No: mi vivienda será el campo de batalla, el hospital y la choza del pobre moribundo.

—¿Vos, que habíais nacido para el arte…

—Sí, es verdad, para el arte; pero no para ese arte que vos encarecéis.

—¿Queréis negar á Dios hasta la grandeza del dón del canto que os ha concedido?

—No, en verdad.

—Pues ¿cómo renegáis del arte?

—Hay un arte más grande y más difícil que el arte que encarecéis á mis ojos.

—¿Cuál es?

—El arte de la vida.

—Y ¿no podíais vivir bien aquí en el mundo? ¿No podíais ser feliz, vos, la primera artista de Italia?

—Más feliz me creo siendo su última Hermana de la Caridad.

—Me partís el pecho.

—Creedme, creedme.

—Me desgarráis el alma.

—Conde, hermosear el. alma es nuestro destino.

—Y el alma, ¿no es hermosa cuando lleva su lira, cuando entona un dulcísimo canto?

—No es tan hermosa como en los instantes supremos en que se acerca á un desgraciado y consuela á un afligido.

—Mas para eso, ¿era por ventura necesario que fueseis Hermana de la Caridad?

—Lo era.

—Pues no advierto la causa.

—Lo era.

—¿Por qué?

—Porque yo no me contentaba con dedicar un instante á mis hermanos, instante que les regateaba el arte y el mundo.

—Angela, ¿y para hacer felices á tantos se res me hacéis á mí infeliz?

—Vuestra infelicidad no podía yo consolarla.

—Es cierto. Hermana de la Caridad, vais á consagraros á curar enfermedades, á socorrer infelices, á serenar tempestades y desgracias: y ¿no podéis curar esta gran enfermedad de mi alma? ¿De qué sirve, pues, vuestra ardiente caridad?

—¿Y la enfermedad de mi alma?

—Esa enfermedad la puede curar vuestra razón.

—No, ni la misma muerte. Atravesaré el tiempo que me separa de la eternidad, y al entrar en la eternidad llevare conmigo este dolor inmenso, infinito, esta incurable desesperación, que es, que ha sido, que será mi eterna desgracia.

—Aun así os podéis consolar.

—¿Cómo, cuándo, de que manera?

—Mucho desconfiáis de Dios.

—¡Ah! ¿No veis impresa en mi frente la indeleble huella de su justicia?

—¿Por qué, por qué os quejáis así?

—¡Y me lo preguntáis vos, Angela!

—El mundo, nuevos amores, ofrecen consuelo.

—El mundo para mí está vacío, el amor me es imposible sin vos.

—¡Conde! Ya os he dicho que Dios me ha negado el amor.

—¡El amor para mí!

—El amor mío sólo puede ser ya el fuego de la caridad.

—¿Conque al fin me abandonáis?

—Sí, Conde. Esta debe ser nuestra última entrevista; éstas nuestras últimas palabras.

—¡Ah! Se me oprime el alma.

—También sobre mis ojos cae como una niebla.

—Sentís…

—Siento este instante.

—¡Oh! ¡No volvernos á ver!

—No.

—¿Nunca?

—Nunca. La virgen consagrada al Señor, en su ardiente caridad, debe desceñirse de todos los lazos materiales, quebrar todas las cadenas, el amor, la amistad; ser solamente para sus hermanos.

—Yo no puedo ya ver el mundo; me parece un mundo sin sol. Separado de vos, de mi amor, yo no puedo vivir.

—Conde, cerrad vuestro labio á esas palabras.

—¡Oh! La verdad pura como el cielo, como la inmaculada luz, no puede ser nunca, nunca, un crimen. Dios no puede castigar la verdad.

—Señor conde…

—Dios no puede castigar esta pasión que, en medio de su gran desgracia, me ha enseñado el camino de la virtud, el camino del cielo.

—Pues bien, seguidlo hasta el fin; seguidlo, y me daréis una prueba de que no olvidáis mi nombre.

—En este mismo instante abandono el poder.

—Tenéis razón; hay un poder más alto, que es el poder de hacer bien.

—Abandono la corte.

—¡Conde!

—Y en un retiro, en el campo, pasaré mi vida, para que el mundo no me distraiga de mi pensamiento.

—Pero una vida abandonada á la soledad es una vida estéril.

—Vos lo habéis dicho; no pienso esterilizar mi vida.

—Empleadla en aliviar á vuestros hermanos en sus males.

—Voy á reunir á mi alrededor una pequeña colonia de trabajadores.

—Justo, justo.

—Les enseñaré sus derechos y sus deberes; les hablaré de Dios; haré que sea su vida feliz en el trabajo.

—Eso debéis hacer.

—¿Quién sabe si de aquellos pobres infelices nacerán buenos hijos de Italia?

—¡Oh! En el mundo moral, como en el mundo físico, cada cosa produce sus semejantes. La semilla de la virtud dará de sí grandes virtudes.

—Y entonces no habrá sido estéril mi vida. Yo recordaré en el silencio de mi retiro que vos habéis sido la estrella de mi vida, que vuestro nombre y vuestra alma me han guiado á la virtud.

—Comprenderéis un amor más sublime que este amor.

—Todos los días, al salir el sol, os bendeciré, porque vos habéis sido el sol de mi vida y de mi alma.

—Me enternecéis.

—Recordaré que yo estaba sumido en el polvo de las bajas pasiones, en la venganza, en la sed hidrópica de riqueza y de poder.

—Justo, justo.

—Y recordaré también que vuestra voz, esa dulce celestial reclamo, despertándome a mi vida, ha abierto en mi ánimo los horizontes infinitos de la virtud.

—¡Oh, señor Conde! Me reconciliáis con la vida.

—Mi primera oración será para vos; mi última palabra para vos. Dios me admitirá en la eternidad porque llevaré vuestro recuerdo.

—No, porque llevaréis la virtud.

—Mi virtud, mi virtud, la fuerza misteriosa de mi alma, es vuestro amor. Conde, debemos separarnos. Suena la hora…

—Separémonos, pues.

—No me, olvidéis.

—¡Yo, yo!…

Y el Conde se ahogaba de dolor.

—Pensad en Dios.

—Pensaré en vos.

—Orad por mí.

—¿Y vos?

—Yo rogaré al cielo que seáis feliz.

—Mi felicidad sería…

—¿Qué?

—Un recuerdo vuestro.

—Le tendréis.

—¡Oh!

—Sí, le tendréis.

—Dadme vuestra bendición —dijo el Conde hincando la rodilla en tierra. Angela puso sus dos manos sobre la cabeza del Conde y murmuró una religiosa plegaria. El Conde se levantó y dijo estas palabras:

—Ya estoy más animado para este tremendo trance. Adiós.

Dos grandes sollozos se mezclaron en los aires, al mismo tiempo que aquellos dos seres se separaban.

* * *

Era una hermosa mañana. A la puerta de la iglesia de Nápoles se reunía gran multitud, que aguardaba un extraordinario acontecimiento. Muchos coches, ricamente engalanados, llenaban las avenidas, mostrando con su lujo y sus preseas que todas las clases igualmente se interesaban en aquella religiosa ceremonia. La curiosidad se pintaba en todos los semblantes, afecto que se trasluce y transparenta de una manera admirable. Y en verdad, el acontecimiento no era para menos. La mujer cuya voz había sido la delicia de la corte, el ángel del arte, la reina de la moda en Nápoles, había menospreciado sus triunfos, había desoído sus aplausos, había roto sus refulgentes coronas, y se abrazaba á la Cruz, y hacia el gran sacrificio de condenarse á arrastrar su gloriosa vida por los hospitales, por los campos de batalla, por las chozas de los enfermos, por todos los tristes hogares donde llora y sufre la triste humanidad.

Era ésta una gran lección dada al mundo, un gran ejemplo dado á la sociedad. Las que andan tras los adoradores, las mujeres que sólo viven oyendo el engañoso rumor de la lisonja, veían una mujer, de tantos idolatrada, abrazarse á su única tabla en el gran naufragio de la vida, á la virtud, al sacrificio. Los seres que sólo gustan de los aplausos, que viven respirando ese aroma que pasa y se desvanece y se disipa como el humo, velan á la mujer aplaudida, a la mujer coronada, hollar sus coronas, y en vez del grito de entusiasmo escapado del pecho herido por el arte, buscar el ¡ay! desgarrador del moribundo y del enfermo. Los que no creen en la virtud, seres desgraciados que imaginan la sociedad un centro de vicios y el corazón humano sepulcro lleno de miserias, en aquella mujer ideal veían un ángel que llevaba en sus sienes la aureola más preciada que puede alcanzarse en la tierra, la rica aureola de la perfección moral. Así, nunca el triunfo de Angela había sido más grande, más esplendoroso; nunca su voz le había granjeado tantos aplausos; nunca en el teatro, vestida deslumbradoramente, llena de perlas y diamantes, se había mostrado tan hermosa como en aquel supremo día de su vida, cuando iba á vestir el tosco sayal y la humilde toca.

Sin duda reconoce el mundo, ese mundo tan injustamente tratado por muchos moralistas, que la belleza más bella, y la sublimidad más sublime, es la virtud; reconoce el mundo que la perfección moral se refleja con un tinte sonrosado en el rostro, y hermosea todo nuestro ser, y lo engrandece, y lo exalta, y lo transfigura, pues siempre el mundo tiene para la virtud gloria y respeto.

Así es que toda aquella muchedumbre que se agolpaba á la puerta, que iba allí á ver á la mujer extraordinaria, en realidad, de aquel espectáculo aprendía una enseñanza moral mucho más alta y provechosa que las pláticas de muchos libros y de muchos sermones de muy severos y graves moralistas. No hay ideal de virtud tan bello como el que ven los ojos; no hay enseñanza tan grande como la enseñanza práctica. Así, el ser virtuoso es á un tiempo mismo la idea Y el hecho, la lección y el ejemplo, la teoría y la práctica, la enseñanza y el modelo, la voz que excita la virtud y la fuerza que separa los grandes obstáculos de que el camino de la virtud se halla sembrado, mostrando en la hermosura de su vida y en la grandeza de su alma nortes á do convertir la mirada en las grandes tempestades y en los amargos trances á que esta sujeta nuestra dolorosa existencia. Por eso Angela se presentaba en esta ocasión tan grande, y ninguno de sus triunfos igualaba á este triunfo, y ninguna de sus glorias igualaba á esta gloria. Después de todo, el arte más difícil es el arte que consiste en hermosear nuestra vida; el objeto más bello á que podemos consagrarnos, es á iluminar con la virtud nuestra alma. La virtud es un deber; pero es un deber muy hermoso, muy grato. El camino de la virtud está sembrado de flores. La tranquilidad del ánimo, la luz en la conciencia, la esperanza en el corazón, son dones riquísimos del cielo, dones que no apreciamos en todo su valor sino cuando no los tenemos, cuando nos aflige el agudo y penoso remordimiento.

La iglesia se presentaba como para una fiesta. El altar mayor está cuajado de flores y de luces. La Virgen, Madre de Dios, se levanta en el ara, cubierta de rosas. Los ángeles la rodean, y la miran como arrebatados de amor. El incienso sube en espirales al cielo; el canto sagrado resuena solemne y acompasadamente bajo las sagradas bóvedas. La gran cantora, el ornamento del teatro, va á ceñir el tosco sayal de Hermana de la Caridad. A un lado del altar se ven las damas de la corte, cargadas de pedrería: el mundo que va á dejar Angela. A otro lado del altar se ven las Hermanas de la Caridad con sus toscos sayales: el mundo que va á elegir Angela. Allí se ve bien manifiestamente lo que es la vida, lo que es la virtud. Aunque unas aparecen más lujosas, las otras llevan sobre su frente una aureola más preciada, más luminosa. Todos los concurrentes, sin embargo, se entregan á profundas meditaciones. ¡Qué enseñanzas tan sublimes no dan los grandes hechos que pasan á nuestra vista!

Aquella pobre muchacha que anduvo un día cantando Por las calles de Nápoles, fué realzada á reina de los salones y de la moda por la corte. Aquella mujer, desde el alto asiento á que la alzara la Providencia, va á ser, por su propia elección, Hermana de la Caridad. Muchas, la mayor parte de aquellas, damas, no pueden comprender, ni explicar. el sacrificio de Angela. Una mujer que abandona ricos brocados por un sayal, los salones por los hospitales, á la mayor parte de aquella frívola gente de corte le parecía asunto más para una novela que para la vida real.

Angela es el único sér que no se maravilla. Su acción le parece tan natural, que ni siquiera la extraña, ni siquiera considera el trance en que se encuentra. Va á abrazarse á la Cruz, a seguirla en el mundo. Desde lo alto de aquella Cruz sabe que puede, transformada, bendecida, regenerada, levantarse como un hermoso ángel á los cielos.

Así, Angela no miraba, ni aquellas cabezas que se apiñaban para contemplarla, ni aquellos preparativos, ni el mundo que tras de sí iba a dejar. Sólo miraba con verdadero entusiasmo aquellas sus hermanas, sencillamente religiosas, con las señales de su martirio, de sus luchas, de sus sacrificios, en la frente, como estrellas que guían á la eternidad.

Sus amigas la abrazaban, y en algunos instantes sentía abandonarlas. Mas cuando algún asomo de duda ó de incertidumbre pasaba por su animo, volvía los ojos á sus hermanas, á sus compañeras en el sacrificio, y sentía un nuevo aliento en su pecho, una nueva y más esplendida inspiración en su conciencia.

Llegó el instante de separarse de su anciana madre. En tan supremo instante se le partía el corazón en mil pedazos. Su valor era sombrío, triste, como esas tempestades que nunca pueden resolverse en lluvia. Un gemido sordo se escapó de su pecho; sus rodillas temblaban y cayó de hinojos, y su madre la dió su bendición, que la animó para proseguir en su calvario.

Angela dejaba á su madre muy bien, con grandes rentas para vivir en compañía de unos parientes á quienes ella amaba mucho. Mas la separación era dolorosa y triste; y como se prolongase mucho aquella escena de angustia y de dolor, se levantó, y fué despidiendose una á una de todas sus amigas, de todas las que le habían acompañado en la corte de Nápoles. Por fin, parecía que era aquel ya el último tránsito de una vida á otra vida, el adiós de un mundo á otro mundo, el abandono completo de la sociedad, y la exaltación a otra sociedad, donde el dolor es el mayor timbre, la mejor prenda del alma, donde se mide la vida por sus buenas acciones, por sus buenas obras.

En un momento, el recuerdo del mundo que dejaba se apareció á los ojos de Angela. Cuando llegaba en su despedida al grupo donde estaban sus amigos, salió de entre ellos el Conde.

—¡Angela!

—Adiós.

—Mi última plegaria.

—No es oída.

—¡Por Dios!

—Dios me llama al cielo.

—El amor.

—Sólo el amor de Dios me llama.

—Oidme.

—No puede ser.

—La ingratitud

—Conde… adiós.

—Angela, me matáis.

—Fío en Dios que os ha de consolar.

—Hoy mismo salgo para mi retiro.

—Que seáis feliz.

—¡Angela!

—No puedo oiros.

En esto volvió á presencia de su madre.

Todos los espectadores respetaban aquella escena y aquel dolor sublime.

—¡Hija mía!

—¡Madre!

Un prolongado sollozo volvió á interrumpir sus palabras.

—Me parece cada momento más triste nuestra separación.

—¡Madre mía!

—Piensa bien, Angela, lo que vas á hacer.

—Lo he pensado.

—Los dolores que te aguardan.

—Hemos nacido para padecer.

—Las tristezas que han de rodearte.

—Esas tristezas no serán tan grandes como la que yo llevo dentro del pecho.

—Las fuerzas que necesitas.

—Hasta la muerte puedo llevar mis fuerzas.

—Los grandes males y las grandes miserias…

—¡Oh! Males y miserias que me abrirán el camino á otra vida mejor.

—Tu madre, tu anciana madre…

Angela no pudo sufrir esta elocuente palabra, y cayó á los pies de su madre anegada en lágrimas.

—No me necesitáis…

—Una madre necesita siempre de sus hijos.

Y la pobre mujer se ahogaba de angustia, de pesar.

Angela conoció que necesitaba consolarla.

—¿Nos veremos todos los días?…

—Sí, sí, madre.

—¿Nos veremos?

—Todos los días, madre mía.

Y Angela, no pudiendo sufrir más, se levantó y siguió por aquella larga calle de amargura. En un lado encontró el ermitaño á quien fué á ver en cierta ocasión para comunicarle sus grandes angustias y dolores.

—¿Me conocéis? —le dijo.

—Sí.

—¿Os acordáis de mí?

—Me acuerdo.

—¿Os habéis decidido á este gran sacrificio?

—Con todo mi corazón.

—¡Infeliz!

—¿Me compadecéis?

—Sí.

—Me creí digna de envidia.

—Os compadezco, porque quizá nadie de los que os rodean os comprende.

—¿Y vos?

—Yo comprendo que vos habéis nacido para la sociedad.

—Es cierto.

—Que vos amabais la gloria.

—Es verdad.

—Que vos habéis deseado mil veces los goces tranquilos de la familia.

—Sí, sí.

—Que vos habéis amado mucho.

—Mucho.

—Y que, sin embargo, os decidís á este cruento sacrificio.

—Sacrificio que es mi única salvación.

—Pero sacrificio en cuya ara habéis derramado todas vuestras lagrimas, toda la sangre de vuestro corazón.

—Sí, sí.

—Mártir del Señor, entrad por las puertas eternales de su gloria.

Angela se levantó transfigurada y se acercó al hermoso altar.

Angela oyó una breve plática de labios del sacerdote. Éste le pintó lo escabroso de la senda que iba á recorrer, y lo grande é inmenso de las fuerzas que necesitaba para recorrerla; el aliento que un pecho femenil había menester para lanzarse en ese mar de dolores. «El enfermo, le decía, huele mal; en sus delirios suele olvidar hasta las leyes de la decencia; en sus males suele renegar hasta de lo más santo; vuestra caridad ha de ser tan pura, tan desinteresada, que sabiendo todo esto, y aun mucho más, que de triste ofrece la negra y fría realidad, ha de seguir al enfermo hasta el pie mismo de su sepulcro si muere, y hasta su completa convalecencia si sana.

»No han de repugnaros, ni las llagas, ni la lepra, ni las mil asquerosas enfermedades á que la humanidad está sujeta, decía el sacerdote. Cuando la muerte extienda sus negras alas sobre un campo de batalla, entonces debéis aparecer allí vos, interponiéndoos entre enemigo y enemigo curando á todos los heridos, aun á los que hayan caído por causa contraria á la de vuestra patria ó á la de vuestra fe. Ni el clima ardiente ni el clima frío debe impresionaros, ni detener vuestro paso las olas del mar, ni impedir vuestra obligación sagrada los lazos de la familia, de la amistad ó del sentimiento. Vuestro hogar, desde hoy, va á ser el pobre tugurio donde habita el pobre enfermo, la choza, el hospital; vuestra familia, todos los que sufren, todos los que lloran, todos los que padecen. Muchas veces encontrareis la ingratitud; el mismo corazón que habéis socorrido, la misma sangre que habéis restañado, se sublevará contra vos, olvidará vuestros sacrificios, vuestros desvelos y vuestras angustias. No debe importaros. Vos debéis hacer el bien por ser bien. Dios, que vive en medio del dolor y de la desgracia, agradecerá siempre vuestro sacrificio. La sangre que restañéis, es como su sangre; la herida que cerréis, como si fuera su herida. Lo dijo en su Evangelio, en esa palabra divina que permanecerá siempre aun cuando se apague el sol y se caiga el cielo, y lo que en su Evangelio dijo se cumplirá.

»Ya veis cuántos caracteres divinos tiene una religión que comienza por haceros ver en un enfermo, á pesar de su palidez, de su dolor y de su miseria, al mismo Dios, que resplandece con gloria inmortal sobre miríadas y miríadas de mundos y soles. Meditadle, bien, hija mía: si el mundo que abandonáis, los aplausos que oís, las mil adulaciones que en la vida os han tributado, han de aparecer á vuestros ojos después turbando vuestro reposo, abierto tenéis el camino; aun está abierto; podéis volveros; podéis elegir en tan supremo instante entre las obras del arte y las obras de caridad; entre el enfermo y el desvalido y la corte; entre el hospital y el teatro.

»Pensad lo que allí dejáis y lo que aquí venís á recoger. Allí dejáis un público que oye frenético vuestra voz; triunfos, aplausos, coronas, todo el falso ruido de que está acompañada la gloria del mundo; aquí venís á recoger lágrimas, suspiros; aquí no oiréis más aplausos que el quejido del moribundo; aquí no aguardéis más recompensa que la tranquilidad de vuestra conciencia y la esperanza en Dios. Este es el mundo que venís á abrazar, y ese el mundo que vais á dejar. Miradlos surgir á los dos; miradlos con los ojos del alma; elegid aquel á que más se inclina vuestra voluntad, la voluntad, que siempre se inclina, por su desgracia, al placer. Meditad, meditad. Que Dios ilumine vuestra conciencia.»

Un silencio augusto y solemne siguió á estas palabras. Todo el mundo detenía el aliento para escuchar. La voz del orador, resonando augusta en el seno del templo, había mostrado á los ojos de Angela todos los halagos y encantos de la vida que dejaba, todas las penalidades y tristezas de la nueva vida en que iba á entrar. Angela no quiso contestar en el mismo instante en que fué de aquella manera invocada la rectitud de su corazón y de su conciencia. Si hubiera contestado confusamente, hubiéramos dicho que, irreflexiva y apasionada, se arrojaba en aquel estado y vida, como el infeliz desesperado que cierra los ojos y en un vértigo se arroja y se despeña en una sima. Así, el silencio de la joven parecía una tregua; su prolongación, una retirada. Todos se miraban, todos. A todos les parecía que iba á dar de mano á todas las ideas que la habían llevado al pie del ara, á levantarse y á volver á dotar al mundo con los acentos de su divina voz. Los mil apasionados que tenía, apasionados de su genio, apasionados de su voz, apasionados de aquella estrella del arte, que relucía en la memoria de las gentes sobre todos los genios que habían hasta entonces brillado en la escena, recobraban alguna esperanza. Mas bien pronto se disiparon estas dudas, cesó esta incertidumbre. Angela, con voz firme, inteligible y clara, dijo:

—Quiero ser para siempre Hermana de la Caridad.

Y prestó su juramento e hizo su voto.

Un inmenso agudo grito de dolor salió de todos los pechos, de todos los corazones. Unos veían irse, desaparecer, la gran cantora; otros la inolvidable amiga; todos sentían y admiraban á un tiempo aquel desenlace de una vida tan grande, tan virtuosa, tan sublime, tan heroica; vida que había sido un continuo sacrificio, que se remataba por un grandioso sacrificio también. El conde Asthur, apoyado en una columna, pálido, fuera de sí, miraba con ojos desencajados aquella blanca y hermosa figura que se destacaba al pie del altar como un ángel enviado por Dios desde las alturas del cielo, como el hermoso ideal de la virtud y del heroico sufrimiento.

Toda su esperanza huía, toda. Es tan loco el deseo humano, que no se da por vencido ni aun delante de la fría invencible realidad. El Conde, hasta aquel instante, como si las palabras de Angela hubieran sido inventadas, sentía algún consuelo, algún alivio á su imponderable dolor, á su aflicción sin límites; pero desde que la oyó jurar, cayó como negra espesísima noche sobre su triste conturbado espíritu. Sus ojos se nublaron de lágrimas; el corazón se le quería salir del pecho; le faltaba la respiración, y hasta la tierra huía bajo sus plantas: que no hay enfermedad tan aguda y tan triste como la honda, la profunda enfermedad moral del corazón.

Angela se retiró. Fué á desceñirse los vestidos que llevaba y á vestir el saco de Hermana de la Caridad. Los pliegues de su traje, muy ceñido, dibujaban, como las vestiduras de las estatuas griegas, sus esbeltas formas; su blanca pura toca parecía como una alba nube del cielo, que circundaba de inmaculada pureza sus sienes.

Capítulo 20

Por fin Angela abrazó su cruz. La separación de sus amigas y de su familia fue para ella dolorosa; pero la paz de aquella mansión le pareció santa. Inmediatamente que entró, consagróse con todas sus fuerzas al trabajo. No había labor que no comprendiera y no acabara con sin igual constancia; no había trabajo que la hiciera flaquear; no había desgracia que no socorriese, ni enfermedad que no aliviase con ese heroísmo, con esa constancia propia de su carácter, dulce y fuerte al mismo tiempo. Desde que entró en el convento, parcela que su vida se había serenado, que su salud había vuelto á recobrar las perdidas fuerzas. En su rostro, en su frente, se reflejaba la serenidad interior del espíritu, la dulce y serena paz del corazón. Era así su vida como un suspiro, como una placida alegría, como un instante feliz, que no se concluía nunca. Es verdad que había hecho grandes sacrificios; pero todo cuanto había perdido lo olvidaba para recordar tan sólo aquello que había deseado. Sus hermanas la querían mucho; los niños cuya educación tenía á su cargo, la idolatraban; los enfermos decían que aquella mujer era su providencia. No solamente curaba las enfermedades del cuerpo con esa solicitud que era, y no podía menos de ser, timbre de su carácter: curaba también las enfermedades del alma con sus consejos, con su dulce palabra, con su buen ejemplo. Cuando se inclinaba sobre el lecho de algún enfermo para darle la medicina, le devolvía la tranquilidad con su sonrisa, con su gracia, con su dulce alegría. Nunca acongojaba ni se acongojaba; nunca se mostraba inquieta; nunca hacía desesperar el ánimo del enfermo. Al mismo tiempo parecía su actividad infinita. Se encontraba en todas partes, asistía á todas sus obligaciones, y aun le sobraba tiempo para ejercer por sí la espontánea caridad de su alma. Su vida, su alma, eran como un fuego purísimo, como una llama en que se purificaban muchas vidas y muchas almas. Hablando siempre de Dios, de su infinita misericordia y bondad, sosteniendo á los débiles, aliviando á los afligidos, siendo la providencia de los menesterosos, llena de energía, de actividad, soñando con un ideal divino, que se traducía en todas sus obras, en todas sus acciones, Angela era como una artista de la caridad; pues la caridad, como si fuera su creación, resplandecía sobre su frente. Su alma hermosa, hermosísima; su virtud, semejante á una estrella sin ocaso, aunque cuidadosamente oculta, resplandecía á los ojos de todo el mundo. No había mujer del pueblo que no la tuviera por santa; no había alma elevada que no la viera, desprendida ya de la tierra, vagar en el dorado éter del firmamento, en los arreboles de la bienaventuranza. Esos seres virtuosos y buenos son un gran consuelo para el alma, y un gran ejemplo y una gran enseñanza moral. Cuando se ve en la vida uno de esos seres, no hay duda de la realidad de la virtud. El corazón más turbado y más empedernido cede á la evidencia, y cree y confiesa que la virtud, con todos sus hermosos resplandores, existe viva y pura en la tierra. Por eso el hombre debe ser virtuoso. Cuando una existencia se corrompe, no se corrompe nunca sola. El ponzoñoso hálito que exhala trasciende á todos los seres, corrompe y envenena toda la atmósfera. El mal ejemplo es como nube que empaña el cielo, al paso que el buen ejemplo es como una estrella perenne y fija siempre en la bóveda celeste. Los que se extravían, cuando ven la hermosura que la virtud presta, dejándose el mal camino, vuelven fiel y tranquilamente á la virtud con el corazón rebosando alegría. No hay nada más bello, nada más grande, nada más hermoso que el cumplimiento del deber, el ejercicio de la libertad, y hasta el sacrificio, para conseguir aquello que creemos un bien.

Así, Angela era en la vida un ideal que hería los ojos de todos los descreídos, una enseñanza que aleccionaba á todos los desesperados, un norte a que dirigían sus pasos muchas almas que, sin ese gran ejemplo de alta moralidad y virtud, acaso, acaso se hubieran perdido para siempre en los intrincados laberintos del mundo. La vida de Angela era un continuo trabajo para el bien. A las cinco de la mañana, cuando apenas en ciertas estaciones del año comenzaban á disiparse las sombras, abandonaba su lecho y pasaba algunos instantes en su tocado. Su traje era un sayal negro. Una blanca toca adornaba sus sienes. Un ligero velo negro caía sobre su espalda. Con este traje parecía más hermosa. En seguida, si no había pasado la noche en vela, se dirigía á prestar sus atenciones á sus enfermos. Después bajaba al templo á cumplir sus deberes religiosos. Subía á su celda y hablaba algunos instantes con su madre, á quien vela sin falta alguna todos los días. En seguida reunía á cinco niñas pobres que tenía á su cuidado, y les enseñaba la moral y la religión cristiana con esa elocuencia maternal, clara y sencilla, que sólo posee el corazón de la mujer. Volvía después á sus enfermos, y á la cabecera del lecho del dolor pasaba sus días y sus noches, hasta que el cansancio la rendía y la obligaba á conciliar el sueño para recobrar las perdidas fuerzas.

Había días, extraordinarios, en que iba á visitar las cárceles de mujeres, á llevar limosna á la choza del pobre. Tenía tal acierto para repartir la limosna, tal conocimiento de las necesidades y faltas de las familias pobres, que se puede asegurar que la llamaban la limosnera general de Nápoles. En efecto: las almas caritativas que necesitaban hacer alguna limosna, acudían á Angela y depositaban los donativos en sus manos, y dejaban á su discreción el repartirlos. Así iba siempre haciendo bien, siempre derramando consuelos. Al hambriento le daba pan, al enfermo la salud, al descarriado el ejemplo, al niño la luz de la educación, y entre todos repartía la esencia purísima de su alma.

Su modestia, su virtud tranquila y pura, el cuidado con que guardaba sus buenas acciones, su palabra dulcísima, su voz encantadora, su carácter blando y sencillo, su exaltada caridad, todas sus prendas hacían de esta mujer extraordinaria un ángel purísimo, un mensajero de Dios enviado del cielo para hermosear la tierra.

Y, sin embargo, esta joven tan buena padecía mucho, muchísimo. La llaga de su amor no se había curado. El recuerdo de Eduardo no se había extinguido en su memoria. Aun se aparecía á sus ojos con toda su belleza el sauce, la fuente, el mar, la barca en que Eduardo cortaba las olas; aun resonaba en sus oídos la dulce voz de su amado.

Ninguna de las grandes transformaciones de su existencia había sido bastante poderosa para aliviarla del grave peso de este recuerdo, ninguna. Huyó de los patrios campos, y fué á Nápoles. Allí se le aparecía Eduardo. Volvió otra vez á su antigua vivienda. Allí veía en todas partes la imagen de Eduardo. Llegó á la gloria: allí, en medio de los aplausos que oía, entre el entusiasmo del público, en la cumbre de la fama, sus ojos sólo acertaban á ver la imagen de Eduardo. Ni el olvido ni la ingratitud pudieron ser parte á borrar en su corazón este recuerdo que la atormentaba, y que era al mismo tiempo el secreto de su vida, la esencia misteriosa de su alma.

Entró en el convento, y en la soledad del claustro veía siempre la misma imagen, y hasta al pie del altar se le aparecía Eduardo. Su dolor era inmenso, inexplicable. Era el dolor infinito de un alma que huía del mundo y que ha perdido el mayor bien del mundo: la esperanza.

Así, en vano había recurrido a los mil medios de que podía disponer para borrar aquella pasión de su exaltado pecho. Todos habían sido inútiles, completamente inútiles todos. Puro su amor, pero vivo como el primer día, llenaba toda su alma. El recuerdo de Eduardo era la principal idea de su mente. En vano se había herido, se había martirizado en vano; de los dolores de su alma, de las maceraciones de su cuerpo, salía más refulgente aún la gran pasión de su alma, la verdadera lumbre de su vida, el espíritu que animaba todo su sér y embellecía toda su existencia.

Así es que aquella pasión, después de todo, era lo que más vivo había en su corazón. Sólo su voluntad de hierro podía contrastar aquella tendencia de su corazón; sólo ese amor á la virtud, más grande aún que su amor á Eduardo, pudo sacarle á salvo en aquella deshecha tempestad de su vida. Por eso necesitaba vivir en medio de una atmósfera candente, respirar el aliento de grandes huracanes, sentir vivas pasiones, inspirarse en el seno de una vida sobresaltada; por eso buscaba el sacrificio, la penitencia, el dolor; por eso iba en pos de los desvalidos, de los enfermos, sí, porque de esa suerte el espectáculo de grandes miserias, el dolor, las pasiones que rodaban como un torbellino á su alrededor, el costoso sacrificio que hacía de todas sus glorias, la sustentaban en tan tremenda como peligrosa lucha, y hasta calmaban un poco el dolor de su corazón. ¡Pobre mártir! Había hecho de la tierra un ara, y en ese ara se entregaba de grado al sacrificio. Su alma subía al cielo como el torbellino de humo que subía del ara de los altares antiguos. Víctima inocente, padecía, lloraba mucho, porque la infeliz había también amado mucho. Y su vida, tan pura y tan hermosa, era como una flor arrebatada por la corriente de una inmensa pasión.

**

*

Un día estaba Angela entregada a sus labores, cuando se oyó una voz de una mujer del pueblo, que decía:

—Necesito de una Hermana de la Caridad.

—¿Para qué? —le preguntaba la portera del convento.

—Para favorecer á una infeliz señora que se está muriendo.

—Creo que hoy sólo Angela estará libre.

—Pues bien: que venga Angela, que venga por piedad.

Angela apareció á la puerta.

—Iré, iré después de pedir permiso á mi Superiora, por si dispone de mí para otra cosa.

Salieron Angela y la pobre mujer, que iba amargamente llorando; cruzaron callejones y encrucijadas, corrieron calles muy estrechas, esas calles que en las hermosas ciudades aun parecen y son más tristes y más feas, y dieron por fin con la casa donde iban, de pobre y mezquino aspecto, verdadero templo del dolor y de la miseria.

Abrese la puertecilla merced al empuje de la mujer; aparece una escalera estrecha de caracol, se lanza por ella Angela con rapidez, como un ángel que sube al cielo y entra en una estancia ennegrecida, sala y cocina de aquella vivienda, donde sólo se velan algunas sillas rotas, dos ó tres pucheros en un rincón, y en otro un colchón de paja tendido en el suelo, y en el colchón una mujer pálida como la muerte.

Angela se lanzó con prontitud al colchón á, ver la enferma, y le cogió la mano con efusión. Mas apenas la había estrechado contra su pecho, cuando por un movimiento involuntario la retiró horrorizada, dando un grito.

—¿Qué tenéis? —dijo la mujer.

La enferma abrió los ojos; Angela se volvió de espaldas, como quien se oculta.

—¿Qué tenéis, sor…

—¡Chis! —dijo Angela.

—Os habéis puesto muy pálida.

—Es verdad.

—¿Qué os ha sucedido?

—Callad.

—Y se llevó á la mujer á la ventana,

—Es necesario sacarla de aquí.

—¿De veras?

—El aire que aquí se respira es malo.

—Ciertamente.

—La cama es incómoda.

—¡Ah!

—El ruido que se siente es mucho.

—Sí, sí.

—Vos no podéis cuidarla.

—No.

—Y vuestros hijos tienen que estar aquí.

—Sí.

—¿Según esta?

—Sí.

—Por lo mismo, no hay medio de que se quede donde está.

—Lo conozco.

—¿Lo sentís?

—Mucho.

—¡Pobre mujer! Fiad en Dios, que os recompensará.

—Y ¿decís que será necesario sacarla?

—Inmediatamente.

—Como vos queráis.

—¿No habéis adivinado lo que padece?

—Padece de una herida

—No, padece de una enfermedad más profunda.

—¿De qué?

—Se muere de verse aquí.

—¿Lo creéis?

—Sí, lo creo.

—Esa señora es una gran señora.

—Lo habéis adivinado.

—Ha sido de lo más opulento de Nápoles.

—Justamente.

—Y hoy se ve reducida á esta miseria.

—Es verdad.

—No tenía ni una casa donde albergarse.

—Es cierto. Y vos la habéis recogido.

—Yo, yo.

—Y a pesar de eso se muere.

—Delira de una manera…

—Y ¿cómo la sacamos de aquí? Expira, creedlo.

—¡Ah! Tienen razón en llamaros santa. Lo sabéis todo.

—¡Calla, infeliz! No hay aquí nada de sobrenatural ni extraordinario.

—Algo debe haber cuando todo lo sabéis. ¿La conocéis?

—La conozco.

—¿Sabéis su desgracia?

—La sé.

—¿Que su marido la abandonó?

—Vamos, callad; lo sé,

—¿Ignoráis que le dió una puñalada?

—No lo ignoro; callad.

—¿Por qué?

—Porque esa historia la sé, y es inútil que la contéis.

—Si vierais desde entonces cuánto ha sufrido…

—¡Infeliz!

—Abandonada en una casa de huéspedes primero…

—¡Oh!

—Arrojada por la noche de esa casa…

—Lo se.

—Sin tener donde ir, ella que había tenido palacios.

—¡Desgraciada!

—Próxima…

—A helarse en la única noche que, después de mucho tiempo, ha nevado en Nápoles.

—¿También sabéis eso?

—También lo sé; pero ignoro lo que sigue.

—Vino aquí…

—¡Y se ahogaría en esta vivienda!

—Se moría.

—Lo concibo y lo veo.

—Materialmente se moría.

—Y ¿qué hicisteis?

—Nuestros cuidados la volvieron la vida.

—Mas la tristeza…

—La tristeza la tiene así, como la veis, sin sentido, expirante.

—No soy médico, pero conozco esa enfermedad y me prometo curarla.

—Bien es verdad que aquí nada podíamos hacer por ella. Ha tenido frío, y no podíamos abrigarla; ha tenido hambre, y no podíamos darle pan. Yo me quitaba de la boca hasta el que debía dar á mis hijos. Ha tenido una sola camisa, y ésa hecha pedazos, y no he podido darle otra. He salido muchas noches á la calle á pedir limosna para ella.

—¡Pobre Margarita! —dijo Angela llorando amargamente.

—¿También sabéis su nombre?

—También lo sé.

—Sí, es verdad. Se llama realmente Margarita.

—Pues bien: es necesario ocurrir á su curación.

—Como queráis.

—Es necesario á toda costa.

—Bien, bien.

—Pero hay que usar medios extraordinarios.

—Y para ello…

—Trataré yo de todo, de todo. Mirad, dentro de poco vendrán por ella en una litera, en una rica silla de manos.

—Bien, bien.

—Acompañadla. La llevarán á un hermoso palacio.

—¡A un palacio!

—Sí, á un palacio. La entrarán en una alcoba forrada de seda.

—¡Qué cambio!

—Aquella alcoba dará á un jardín.

—¡También jardín! Por eso estaba suspirando siempre.

—En aquella alcoba tendrá un hermoso peinador blanco y todas las ropas necesarias para vestir.

—¡Oh!

—Habrá un piano.

—¡Un piano!

—Sí, y todo lo necesario para su convalecencia.

—¿Sois una maga… ó un ángel?

—Callad; que no nos oiga.

—¡Santo cielo!

—A vuestros hijos…

—Es verdad, no me puedo ir; mis pequeñuelos…

—Mandadlos á mi convento.

—¿De veras?

—Sí; allí cuidaré yo de ellos.

—¡Cielos!

—Cuidaré, sí.

—Como queráis.

—Nada les faltará.

—Sois un ángel.

—Nada absolutamente.

—¡Oh! Sois un ángel.

—Es necesario salvarla.

— ¡Salvarla, sí!

—A toda costa.

—Como queráis.

—A toda costa.

—¡Cuánto ha padecido, cuánto!

—Mas una sola cosa os ruego.

—¿Qué?

—Que ocultéis mi nombre.

—¿Por qué?

—Porque no debe saber mi nombre.

— ¡Qué pena!

—No, no debe saberlo.

—Señorita Angela…

—Nada.

—Y ¿va á gozar de todo esto sin saber…

—Quien se lo ha proporcionado.

—Eso es una crueldad.

—Es necesario.

—Mas lo sentirá.

—No lo sentirá.

—¡Cielos!

—Lo ruego.

—No, no puede ser.

—Lo exijo.

—No, no.

—Lo exijo.

—Yo le he de decir algo.

—Lo mando.

—Si lo mandáis…

—Mucho sigilo.

—Bien.

—Mucho silencio.

—Por supuesto.

—Mucho cuidado.

—Bien, bien.

—Nada de emociones.

—Así lo haré.

—Que se encuentre allí como si estuviera otra vez en su casa.

—¡Ah! Pero la ausencia de su marido…

—Su marido volverá.

—¿Volverá?…

—Volverá.

—No puedo creerlo. ¿Sabéis vos dónde está?

—Yo lo sé.

—¡Ay, señorita!

—Yo lo sé.

—¡Qué ilusiones se forja vuestra caridad!

—Ya os he dicho tengáis mucho cuidado.

—Lo tendré.

—Es necesario irla despertando de ese letargo.

—Justo.

—De esa estupidez en que está sumida.

—Cierto.

—De esa, especie de paralización del sentido y de la vida.

—Tenéis razón.

—Y para esto se necesitan los medios que os he propuesto.

—¡Angela!

—Callad, que no oiga mi nombre.

—Sois un ángel.

—Adiós.

—¿Vendrán pronto?

—Antes de dos horas. Pronto, sí, la habré salvado.

Angela dirigió una mirada al mismo lecho donde yacía Margarita; lloró, y se partió con gran prisa á su convento.

Angela cogió la pluma al llegar á su convento, y escribió á la madre del conde Asthur la siguiente carta:

«Señora: Os distinguís en el mundo por vuestra ardiente caridad. Mil veces me habéis dicho que teníais por el mayor placer del mundo hacer bien á los infelices, a los desgraciados; y cuanto mayor es la desgracia, mayor debe ser la compasión. Yo os pido, por lo mismo, que no desatendáis una súplica mía, que no dejéis de vuestra mano á una infeliz. Necesito el pabellón de vuestro jardín para alojar allí una persona desgraciada; necesito allí todo un hermoso y elegante ajuar de prendas para una joven distinguida y hermosa. Sólo á este precio puedo salvarla de la muerte, y me he acordado de vos. Es necesario, muy necesario, ocurrir a esta necesidad con toda la solicitud de corazones encendidos en amor y entusiasmo por sus hermanos. Os ruego que no me preguntéis el nombre de la infeliz, y que, si estáis dispuesta á, la buena obra que os pido, al anochecer me enviéis á la puerta del convento un coche con librea. Es necesario guardar una esposa para su esposo, y hacer tal vez por medio del agradecimiento una buena madre de familia. —ANGELA.»

Capítulo 21

En efecto: á la hora prefijada, el coche estaba á la puerta del convento. Angela había dado todas las instrucciones, había ocurrido á todas las necesidades de aquella portentosa obra de caridad. Comenzó por arreglar una bata riquísima, blanca, y adornarla con lazos azules, y la envió en el coche para que vistieran á Margarita. En efecto: la pobre mujer á cuyo cuidado estaba la altiva Margarita, la vistió, sin que ella echase de ver apenas aquel súbito cambio: tan enferma estaba. Bajáronla con sumo cuidado, y la colocaron en el coche. El coche comenzó á rodar por calles y calles, hasta que llegó á la puerta de un jardín. Abríeronse las puertas y entró el coche en un hermoso paraíso. Bosques, de naranjos, palmeras, cipreses; arroyuelos destrenzándose por la verde grama, surtidores subiendo graciosamente á los aires; mil pajarillos de cien colores, ya por la tarde escondidos en la enramada, pero piando al ver entrar alguna persona en el jardín; grutas cubiertas de yedra, y en medio un pequeño pero hermosísimo pabellón de mármol blanco, rematado por una preciosísima estatua.

Así que llegó el carruaje á la puerta del pabellón, dos hermosas jóvenes aparecieron y ayudaron á subir el casi inanimado cuerpo de Margarita á su estancia. Su habitación era un hermoso gabinete. Las paredes estaban forradas de raso azul celeste con estrellas de plata. Mesas de mármol blanco lucían hermosos jarrones de porcelana, y en los jarrones rarísimas y hermosas flores. Cortinas blancas de raso encubrían las puertas, y en una pequeña pero hermosa alcoba había una cama dorada.

Desnudaron a la pobre Margarita, y con mucho cuidado la pusieron en la mullida cama. Un médico preparado de antemano la pulsó, la recetó algunas bebidas, y rogó á la pobre mujer que nunca la abandonaba, á, María, pues así se llamaba, que velara muy especialmente en aquella noche el sueño de Margarita, para darle noticias al día siguiente. María, maravillada y confusa, de todo cuanto á su alrededor sucedía, se quedó sentada á, la cabecera del lecho de Margarita. Nada faltaba en aquella casa. A la hora en que pudiera creerse que acostumbraba á cenar, apareció una de las jóvenes que las habían recibido á la puerta, y encaminó á María al comedor, mientras ella se quedaba velando á Margarita. María, pobre mujer, acostumbrada á larga miseria, se quedó extática ante aquella mesa profusamente adornada. María satisfizo cumplidamente su hambre sin mostrar glotonería, y volvióse á velar á Margarita.

Esta, que todas las noches anteriores, casi acostada en el suelo, respirando el humo de paja que salía de aquella negra chimenea y llenaba la estancia, atormentada por los juegos y los lloros de quejidos y risas de los niños, no había conciliado ni un instante el sueño, presa de horribles delirios, azotada por sacudimientos nerviosos, así que estuvo depositada en aquella estancia, sin haber echado de ver el tránsito y el cambio, pues padecía como de un prolongado y penoso letargo, durmió dulce y blandamente; sueño reparador que volvía sin duda á equilibrar su vida. Este sueño pudo también, en un magnifico y cómodo sillón, reconciliarlo María, y las dos durmieron largamente en aquella feliz noche.

A la mañana siguiente abrió temprano el médico la puerta. Preguntó si había dormido la enferma; Y como le dijesen que sí, aseguró que aquel día se desarrollaría en ella una fuerte calentura, signo evidente de una salvadora crisis. Al poco tiempo, en efecto, la calentura comenzó á desarrollarse con gran fuerza.

Poco á poco se fué mejorando Margarita. Su salud, herida y quebrantada, se fué recobrando á medida que el cuidado y el aumento le devolvían las fuerzas. Parecíale un extraño encantamiento lo que á su alrededor sucedía y pasaba. Aun no levantaba la cabeza de la almohada, y ya tenía allí ricos y elegantes vestidos. A un lado de la estancia, un piano; á otro, libros; la puerta abierta para bajar al jardín; criados que se inclinaban en su presencia; todo cuanto podía halagar el orgullo de una mujer de suyo orgullosa y altiva. Mas Margarita, lo que en realidad quería era escudriñar el motivo de su dicha, la causa de su felicidad. En vano interrogaba á los criados que la asistían ninguno le contestaba; en vano se dirigía á su misma pobre bienhechora, á María; María callaba. Allí, entre las flores, entre los alegres pajarillos, al manso rumor del agua de las fuentes y mirando el cielo azul y el mar, alojada regiamente, pasaba el tiempo de una manera dulce y rápida, recobrando las perdidas fuerzas. Su felicidad presente, borrando muchos dolores de su pecho, muchos tristes recuerdos de la memoria, iba endulzando su corazón y su carácter. Mujer de alteradas pasiones, una larga calma podía acostumbrarla á la paz, y aun abrir en su alma el dormido sentimiento religioso, que nunca se extingue por completo en el corazón de una mujer, aunque esa mujer sea Margarita. Casi, casi había visto prácticamente la Providencia, de cuyo amparo dudaba toda su vida; casi, casi en el fondo de su desgracia había encontrado el néctar delicioso de la felicidad, no bien creída ni imaginada la próspera fortuna; había encontrado seres que se desvelaban por aliviar su triste suerte.

Su vida corría tranquila. Se levantaba temprano, se vestía su blanco traje con lazos celestes, que había sido su traje favorito de casa en los días de prosperidad, y bajaba al jardín después de un corto pero sabroso y bien servido desayuno. Allí con esa poesía que nunca abandona el corazón de la mujer,entrelazaba una corona de flores, acariciaba á los pajarillos, corría, saltaba, se divertía, bien jugando con el agua de los arroyuelos, bien haciendo saltar las fuentes y los surtidores; y así pasaba las primeras horas de la mañana, hasta que el sol la obligaba con su calor á volverse á su pabellón, donde se daba á labores propias de su sexo, ó bien a tocar el piano, ó á leer, ó coser, y aquello, en fin, que mas ocupaba su atención y la distraía.

Por las tardes volvía á bajar, paseaba por un gran parque, se metía en un obscuro bosque, allí se sentaba, y vivía tranquila y contenta. Por las noches, el piano era toda su vida, y toda su delicia el piano y el canto. Allí recordaba los primeros días felices y los alborotados días de su opulencia. Después leía hasta la hora en que le entraba sueno. Esta vida tranquila, desnuda de cuidados, vestida de encantos, le había vuelto la salud. Sus ojos cobraban su prístina luz, sus mejillas carmín, su frente aquel fuego que en ella reflejaba siempre una centellante y ardorosa idea. Mas lo que no cobraba, lo que no podía cobrar, era la salud y la paz del alma. ¿Qué casa era aquélla? No la conocía. ¿Qué genio tutelar la salvaba de la miseria? No lo sabía. ¿Quién estaba así velando por su tranquilidad? No lo adivinaba. Y lo peor era que había adivinado que la pobre María estaba de todo al cabo, y así, ni á sol ni á sombra la dejaba para que la dijese el secreto de aquel enigma. Una joven inteligente y ansiosa de saber un secreto, y una mujer, aunque no lerda, ganosa de revelarlo, no habían de luchar, en verdad, por mucho tiempo. Así es que cuando aparecía un traje nuevo, flores raras, cuadros, libros hermosos y otras sorpresas, ora en la casa, ora en el jardín, María se esforzaba muchísimo, hasta la violencia, para no revelarle á Margarita el genio misterioso que así trataba de divertir y endulzar las ajenas desgracias.

Una tarde, al pasear Margarita por el jardín, se encontró con una infinidad de pajareras, en que había parleras aves de mil colores; con blancas domesticadas palomas, que la seguían como corderillos; con varios juegos de agua no esperados y vistosos. En presencia de esta solicitud, lágrimas de gratitud vinieron á sus ojos, y comenzó á hablar de esta suerte con María:

—¿No sabes quién se desvela por mí?

—Ya lo sabréis algún día…

—Pero todo este agradecimiento del corazón, que estéril se está perdiendo…

—Guardadlo, que os ha de faltar si, cual merece, pagáis á vuestra protectora su amor.

—¡Protectora has dicho! Luego ¿es mujer?

—Sí.

—Luego ¿tú sabes quién es?

—Lo sé, acabemos; lo sé.

—Y ¿no me lo dices?

—Me han encargado el secreto.

—Rómpelo por mí.

—No puedo.

—Por mi salud.

—No debo.

—Eres asaz ingrata.

—Señora…

—Me ves padecer…

—Señora…

—Y te empeñas en atormentarme.

—Pero, señora…

—Yo me pondré otra vez mala.

—¿Cómo?

—Me moriré.

—¡Por Dios!

—Sí, de curiosidad.

—¡Santo cielo!

—Sí, me moriré.

—¡Por Dios!

—Yo no puedo estar aquí.

—¿Por qué?

—Porque yo no puedo estar en una casa cuyo dueño ignoro.

—Y ¿qué falta os hace?

—Mucha, muchísima.

—Pero si es una promesa…

—Mira: ó me dices quién es el dueño de esta casa, o me voy; elige.

—¿Qué hacer?

—Lo que te digo.

—Preguntadlo á los criados.

—Nada me han dicho.

—Yo no puedo.

—¿Lo dices?

—No, señorita.

—Pues me iré.

—¡Ay!

—Vámonos.

—¿Dónde?

—Vámonos.

—Esperad.

—¿Que?

—¿Me prometéis el secreto?

—Sí.

—¿No decir nada?

—Nada.

—¿No cambiar en nada?

—En nada.

—¿Seguir como hasta aquí?

—Como hasta aquí.

—¿Olvidarlo si es preciso?

—Olvidarlo.

—Hacer…

—¡Oh! Me desesperas con tantos preámbulos.

—Pues bien: vuestra protectora…

Y María se quedó con la palabra suspensa.

—Acaba.

—Es…

—Acaba, digo.

—Es Angela.

Margarita dió un grito terrible. Se cubrió el rostro con ambas manos y cayó sin fuerzas en un banco del jardín.

—¡Oh, cuán desgraciada soy!

—¿Por qué, señorita?

—Vámonos.

—¿Adónde hemos de ir?

—Lejos, muy lejos de aquí; vámonos pronto, muy pronto, ahora mismo.

—Señora, por Dios.

—El aire de estos jardines me sofoca; la luz que aquí veo hiere y ofende mi vista; todo me envenena.

—¿Queréis decirme de todo esto la causa?

—Antes vámonos á nuestro humilde retiro, á, otro más oculto; pero huyamos de aquí.

—¿Por qué, señora, esa tenacísima porfía?

—Porque esta casa es de mi infame rival.

—¿De vuestra rival?

—¿Quién nos ha traído aquí, quién?

—Angela.

—Tú misma lo dices.

—¡Angela vuestra rival!

—Sí.

—¿La Hermana de la Caridad.?

—La Hermana de la Caridad…

—¿La mujer mas virtuosa de Nápoles?

—Esa mujer…

—No lo creo.

—Ella dirigió contra mi pecho el puñal que en mi pecho se ha clavado; ella embriagó con su loco amor á mi esposo.

—Callad, señora, callad.

—No callo. ¡Huyamos de este sombrío y obscuro recinto; huyamos pronto!

—¡Obscuro, sombrío este jardín tan hermoso!

—Es la prisión de mi alma.

—Pero pensad en lo que va á sucederos.

—Ya lo he pensado.

—En el hambre, en la miseria, en la aflicción.

—Todo lo arrostro.

—En esa enfermedad de melancolía que os mata.

—Prefiero la muerte a estar aquí.

—En mí misma.

—Quedate aquí.

—En el hambre que van á pasar mis hijuelos.

—Nada atiendo.

—¡Señora, por piedad!

—No puedo tener piedad; vámonos.

—Y ¿rehusáis todo el bien?

—Todo.

—Sabed que á este jardín debéis la vida.

—¡Vida ponzoñosa y desgraciada!

—Y ¿rehusáis la vida?

—Todo, todo.

—No seáis tan cruel.

—Sí, quieren conservar mi vida, mi existencia, con un mal fin.

—¡Con un mal fin! Si la hubierais visto llorar…

—Sí, sería el lloro del cocodrilo.

—Puras lágrimas, que han hecho brotar flores á vuestras plantas.

—Flores que tienen veneno en su cáliz.

—¡Desdichada!

—Sí, lo soy. Quieren conservar mi vida porque mi vida la necesitan.

—¿Para qué?

—Para atormentarme.

—¿Para atormentaros?

—Sí.

—No lo creáis.

—Ama á Eduardo; es de Eduardo amada.

—Es una virgen del Señor, pura como un ángel.

—Quiere que yo viva porque, muerta yo, su amor no tendría ya el gran placer de mi tormento.

—Horrible pensamiento.

—Aun he concebido otro más atroz.

—¡Señora!

—Esta es la verdad de lo que pasa entre ellos.

—Vuestro esposo esta en Africa.

—Mentira.

—Todo Nápoles lo sabe;

—Mi esposo esta aquí, sí, aquí, amando en secreto á Angela.

—¡Qué horrible y espantosa blasfemia!

—Y yo tengo un pensamiento, sí, un pensamiento que he acariciado en la soledad.

—¿Cuál? ¿Que pensamiento?

—El de matar a Angela.

—¡Cielos!…

—Esa virtud usurpada…

—Virtud que brilla como el sol.

—Lo he dicho y lo haré.

—¿Estáis loca?

—No sé; pero vámonos.

—Señora…

—Ahora mismo.

—Por Dios.

—Quédate. Yo me iré.

—No en mis días.

—Quédate.

—¡Cielos!

—Yo me voy.

—¿Cuándo, ahora mismo?

—Yo, así que venga la noche.

* * *

Y, en efecto, cuando la noche extendió sus velos, Margarita y María salieron de aquella casa y se internaron por las calles de Nápoles para volver á su humildísimo tugurio. Con el hervir de la sangre, con la salud, con la vida, Margarita había recobrado todas sus exaltadas y tempestuosas pasiones.

Aquellas dos mujeres salieron, después de algunos momentos de haber anochecido, precipitadamente para su antigua casa. Margarita se salió de su albergue sin más que la bata blanca con lazos azules y un abrigo. La infeliz María se despidió casi llorando de aquellos objetos donde había encontrado algunos instantes de pasajera felicidad. Por fin llegaron á su casa. ¡Que diferencia! Los árboles, fuentes, flores, el cielo puro, azul, sereno, el lujo de aquella naturaleza, se había trocado en una casa negra, ahumada, llena de polvo, de telarañas, obscura, en un cuarto donde apenas entraba ni el sol ni el aire, en un verdadero calabozo desmantelado, sucio, frío y pavorosamente triste. Así que llegaron, Margarita se dejó caer en el colchón de paja donde había pasado su larga enfermedad.

No lloraba. Su dolor había tomado una faz más triste y más solemne. Era un dolor seco, tempestuoso, sombrío. Algunos gemidos hondos y amargos salían de su pecho; algunos relámpagos de odio iluminaban sus ojos y su rostro. Fuertes convulsiones, convulsiones horribles, sacudían todo su cuerpo, presa de crueles dolores. Su idea de matar á Angela, de hacer correr su sangre, se le aparecía como una esperanza deleitosa. En su delirio, se veía á sí misma con los ojos desencajados, el cabello suelto, sardónica risa en los labios, negra furia en los ojos, un puñal en la diestra, y arrastrando á la infeliz Angela hasta sus plantas, y clavándole el puñal hasta el mismo corazón, y viendo salir con gozo, con alegría salvaje, de la entreabierta herida, un arroyo de sangre. En su sobrexcitación, estas continuas visiones, estos terribles sacudimientos, su exaltación, su fuego, el dolor que había en su alma, todo esto, por necesidad, sobrexcitó á Margarita, y la hizo caer en una calentura terrible, que fué toda la noche un puro delirio; pero un delirio que se bailaba gozoso en mares de sangre.

Así pasó toda la noche aquella mujer desventurada. Muy temprano se levantó María, y Margarita se levantó también.

—¿No ha muerto aún? —decía.

—¿Quién?

—Angela.

—Desechad esos pensamientos.

—La he asesinado.

—Volved en vos.

—Mirad, mirad cómo corre la sangre.

—No deliréis.

—Ya estoy satisfecha; ya ha pagado todas sus culpas; ya su sangre empapa la tierra; ya su alma se precipita en los infiernos.

—¡Pobre señora! Todo cuanto hemos hecho por su salvación ha sido inútil.

—Ahí, ahí arderás como la resina; ahí, en el infierno. Como los hipócritas, llevarás en el infierno, sobre tus espaldas, un manto de plomo derretido, que te abrasará sin quemarte; manto de plomo tan pesado como mis maldiciones.

—¡Señora, señora!

—Déjame gozarme en contemplarla con su corona de llamas en la cabeza. Las flores que ceñía en el teatro se han tornado serpientes, sí, serpientes que le chupan la sangre; y cuanta más beben, más hay en sus alteradas sienes.

—¡Qué horror!

—Yo, yo la he precipitado al infierno; yo, con. este puñal. Me robó mis riquezas y mi esposo, el alma, y la tierra, y el cielo, y todo me lo robó, todo; ¡infame! paga tu culpa. Sí, págala mira qué cara pone:¡ay, qué cara! ¿Padeces? Pues mas he padecido yo por tu causa. Mucho más. No, no te rías; no te rías, que me haces reir. ¡Ja, ja, ja!…

Y la infeliz lanzó una terrible, epiléptica carcajada, que parecía que se iba á quebrar su pecho y su garganta. Por fin, merced á mil medios á que apeló María, pudo aquietarse y se durmió un poco; sueño fatigoso, hijo más bien de su horrible calentura que de su naturaleza. ¡Espantoso cuadro!

Decir todo lo que sufrió Margarita después de haber salido de aquel hermoso jardín, después de haberse encontrado en aquella tristísima vivienda, es punto menos que imposible. Pasaba sus días en una calentura lenta, que la iba consumiendo; sus noches, en un eterno delirio. Aquella estancia terrible, ahumada, negra, la ahogaba, y allí se perdía, se descoloraba su vida. No tenía ni ropa para abrigarse, ni muchas veces pan para satisfacer su hambre.

El trabajo de María no alcanzaba nunca á cubrir sus necesidades. Una mañana se levantó más tranquila y hasta más contenta.

—¿Estáis mejor, señorita? —le preguntó María.

—Sí, me parece que estoy mejor.

María lloraba, aunque iba devorando sus lágrimas.

—Parece que tengo gana —dijo Margarita.

María lanzó un profundo suspiro.

—¡Oh! Suspiras…

—No, no.

—¿Qué te sucede?

— Señora, habladme de vuestra mejoría.

—Sí, tengo gana.

María lanzó otro sollozo.

—¿Que sucede, qué pasa?

—Hoy no tenemos ni un pedazo de pan.

—¡Santo cielo!

—¡Qué desgraciadas somos!

—Lo somos en verdad. Yo no puedo estar aquí más tiempo.

—¿Por que?

—No, no puedo, porque te arrebato el pan de tus hijos.

—¡Por Dios, señora!

—Sí, el pan de tus hijos.

—¡Por Dios!

—Y no tenemos nada que empeñar.

—Nada.

—Mi bata.

—Se empeñó ayer.

—Pues bien: nos moriremos aquí de hambre.

—¡Oh! Por vos lo siento.

—Y tengo hambre.

—¡Dios mío!

—Sí, mucha hambre.

—Calmaos un poco; saldré a pedir una limosna.

—¿Y por mí vas á hacer eso?

—Sí, lo haré por vos.

—No, no, me moriré.

—Me voy, señora.

—No lo consiento.

—La Providencia me guiará.

—¡La Providencia! ¡Ja, ja, ja!

Y Margarita lanzó una carcajada sardonica.

—Dios no abandona á los suyos.

—Nosotros no somos de Dios según nos abandona.

—Toda mi vida he sido pobre, pero aun no me he muerto de hambre.

—¡Vaya un consuelo!

—Estáis desencajada.

—Sí.

—Se conoce que tenéis hambre.

—Es verdad.

—Habéis dormido mal.

—He dormido un poco.

—¡Oh! No acostumbrabais á dormir en estas pajas.

—Es verdad.

—¡Tan duras!

—Es cierto.

—Pues adiós, señorita.

—No te vayas.

—Vuelvo.

—¡Oh!

—Sí, al instante.

—¡Por mí vas a pasar esa vergüenza!

—No temáis; más pasó por todos Nuestro Señor Jesucristo.

—¡María!

—Señora.

—¿Cómo te he de pagar esto?

—Con vuestro cariño.

—Poco es.

—Es demasiado. Adiós, hasta ahora mismo.

—¡Oh! No vayas, no vayas.

—Por todos los santos, dejadme.

—Me acongoja pensar…

—¿Qué?

—Tu humillación.

—¡Ca! Peor es robar.

—¡Qué vida!

—Consolaos.

—No puedo.

—Adiós. Vuelvo.

Y María se fué llorando.

Capítulo 22

Un delirio horrible sobrecogió á Margarita. Su frente ardía, su corazón latía con fuerza, sus ojos le saltaban de las órbitas, su respiración era fatigosísima y cansada. No podía sostenerse de pie; no podía estar en su lecho. Su idea de venganza, su idea de inmolar á Angela, aun la sostenía. Esta idea y la del suicidio vagaban juntas en su alma. No quería irse a la otra vida sin llevarse en pos de sí una víctima. Sabía que una Hermana de la Caridad puede renunciar á sus votos y se imaginaba que, muerta ella, Angela y Eduardo podían ser felices. Así es que mil veces había pensado en la muerte, porque su vida no le parecía llevadera, y nunca se había decidido. En el instante en que nos encontramos pareció animada de una resolución suprema; se levantó de su lecho y se puso sus rasgadas vestiduras.

El delirio de la infeliz Margarita fué siempre creciendo. En vano trajo algunos alimentos para saciar su hambre la próvida María, en vano. Margarita ya no acariciaba más que dos ideas: su muerte, la muerte de Angela. De nada le había servido la gran enseñanza del infortunio, ese maestro de la vida. De nada el verse pobre, aterida de frío, abandonada en aquella obscurísima y triste madriguera. Todo había sido en vano. Ni el hambre, ni la pobreza, ni la desgracia habían podido mudar aquel carácter vengativo y tenaz, aquella inclinación al crimen. Y, sin embargo, ¡qué lecciones le había dado tan terribles la Providencia, qué lecciones! Ella, ansiosa de poder, se veía en la miseria. Todo esto necesariamente exaltaba su carácter, de suyo exaltado y entusiasta. Así es que la idea de dos crímenes, como dos hierros candentes, abrasaba su alma, y la tenían en una febril exaltación, en un continuado y atroz y negro delirio; terrible delirio, sin calmante, sin consuelo.

Aquella noche pudo tener alguna esperanza de realizar sus intentos. La imagen de Angela se le aparecía á los ojos como desafiándola á perpetrar el horrible crimen. Todo yacía en calma. Dormía su buena María con ese sueño profundo que inspira la tranquilidad del ánimo y el cansancio del trabajo. Margarita se levantó, cogió su puñal, se envolvió en sus pobres vestiduras, y como una sombra, como una aparición fantástica, se deslizó de su vivienda y salió a la calle. Era una noche clara y serena. El cielo sonreía, la luna derramaba su melancólica luz por los infinitos espacios. El silencio de la noche sólo era interrumpido por el paso de algún que otro transeúnte, muy pocos, que pasaban por las calles. Margarita, despeinada, con los cabellos sobre la espalda, envuelta en sus desgarradas vestiduras, destellando pálido odio de sus ojos, desencajada, convulsa, andando como si se arrastrara, Margarita parecía la imagen de alguna evocación infernal.

Dirigióse la infeliz, llevada por su delirio, al convento de las Hermanas de la Caridad. La calentura nerviosa que la agitaba le hizo ver lo que no sucedía; le hizo palpar lo mismo que imaginaba. Vió, merced a su delirio, salir a Angela de su convento: tiembla, se acerca á ella, le clava el puñal en el pecho, la sangre mancha su frente, y exhalando un grito, después de verla caer exánime, arroja lejos de si el puñal, dándose á correr desolada por las calles. Nada de esto había en realidad sucedido. Era un sueño de su fantasía, un cuadro que trazaba su pasión, una imagen grabada en el espacio por la electricidad tempestuosa que agitaba todo su cuerpo. ¡Infeliz mujer, que hasta en sus delirios, lejos de imaginar algo que, aunque fingido, la consolara, imaginaba muertes, víctimas, sangre, todo lo horrible y espantoso que puede haber en la voluntad humana!

Decíamos que, llevada de su delirio, se dió correr, á huir por las calles de Nápoles, horrorizada de sí misma. Ya la vida no le podía ser llevadera. En medio de su delirio, de su calentura, decía: «Voy á morir. ¿Qué más me da morir de hambre, ó cortar yo misma, por mi propia mano, el hilo de mis días?» Pasaba á sus ojos su porvenir, el hambre la miseria, una muerte lenta, horrorosa, tristísima. En esto llegó a las orillas del mar, ya iba comenzando a amanecer. Margarita se sentó en un peñasco. Los primeros albores de la mañana borraban el resplandor de la luna en los cielos. Las estrellas se escondían como un ángel que pliega sus alas y se duerme en el seno del Señor. El mar estaba en calina, y se sonreía como si se apercibiera para recibir con amor la naciente aurora. Toda la Naturaleza se reía y se regocijaba en este supremo instante, y, sin embargo, la tristeza caía mas espesa sobre el corazón de Margarita. A medida que el día avanzaba, su dolor avanzaba también; á medida que se iba descorriendo, un pliegue del velo de sombras que ocultaba el horizonte, iba cayendo una sombra más espesa en su conciencia. Parecía que la noche se refugiaba en su seno. Aquella claridad, aquella hermosa claridad, aquella luz, la ofendía, la martirizaba. El sonrosado color de la aurora teñía de negro su espíritu. La alegría de la Naturaleza, su sonrisa, su dulce encanto, el amanecer, el mar, el beso de las auras, el espectáculo de los cielos inundados de luz, todo esto es dulce y encantador para el alma riente y feliz; pero es triste y sombrío para el alma anegada en la desgracia, como el alma de Margarita.

Esta alegría de la tierra era la tristeza de Margarita. No podía esperar de ninguna manera al nuevo día. Cuando el sol alumbrara los cielos, alumbraría, su venganza. ¿Qué dirían en Nápoles al ver á la reina de los salones andrajosa, llena de miseria? ¿Qué dirían? Este relámpago de orgullo cruzó sobre su alma, abismada en el dolor, y la iluminó tristemente. No, no le era posible vivir; no le era posible. Se decidió, pues, á la muerte. En esto oyó á sus espaldas voces humanas, seres que venían adonde ella se encontraba. Esto, lejos de contenerla en su terrible propósito, la empujó á la perdición. La voz humana, cuando la desgracia se muestra tan empedernida, parece una burla un afrentoso sarcasmo. Margarita, que estaba sentada en un peñasco viendo cómo las olas se estrellaban en él, alzó los brazos al cielo y se precipitó en lo profundo del mar. En este instante todo fue horrible. Al caer en el agua, ora la impresión del frío de las aguas, ora la proximidad de la muerte, la devolvió el sentido ofuscado en su alma. Abrió los ojos del espíritu, y se vió suspendida sobre la eternidad, próxima á hundirse en su ignorada vida. Su alma sufrió un tormento mayor aun que el que sufría su cuerpo; tormento pasajero, pero horrible, que compendiaba en un solo instante las penas del infierno. En esto, la falta de aire, el agua, todo contribuyó á, que perdiera el sentido, aunque el instinto de la vida, superior al conocimiento, la hacía luchar horriblemente en el húmedo elemento, pero luchar con fuerza desesperante y terrible. Parecía que aquella agonía, aquel estertor, aquella lucha desesperada, conmovía todo el mar. A su alrededor las,aguas se agitaban como si las moviera el viento. Alguna vez lograba sacar por un instante la cabeza fuera del agua; un relámpago, un destello de vida la iluminaba, y bien pronto volvía á caer en su terrible frenesí. Era tanto el dolor, que se clavaba las uñas en las carnes, y se las rasgaba y hendía, sacándolas sangre. Cuando ya le faltaba casi la vida, cuando iba á llegar el último instante de esta agonía, las voces que había oído Margarita, voces humanas, resonaron sobre lo alto del peñasco. Eran tres marineros. Llegaron, extendieron su vista por el mar, e inmediatamente echaron de ver la terrible lucha de la infeliz Margarita. Con ese instinto misericordioso del marinero, que, en sus luchas con el húmedo elemento, se halla siempre dispuesto á robarle sus presas, los jóvenes vieron un sér humano que batallaba con las olas, se echaron tal como iban, sin despojarse ni de una prenda, y se apoderaron del cuerpo de Margarita, sacándola á la orilla, y depositándola en la arena.

—¡Hermosa mujer! —dijo uno.

—¿Está muerta? —exclamó otro. Y aplicaron el oído al corazón.

—No está muerta.

—No, no lo está.

—¡Oh! ¡Santo cielo!

—Aun respira.

—La hemos salvado.

—¡Albricias!

—¡La hemos salvado! Alabado y bendecido sea Dios.

—Alabado sea.

—¡La hemos salvado!

Y todos los marineros exhalaban estos y otros gritos de alegría al ver que habían salvado á la joven. Margarita al poco tiempo abrió los ojos, dió un grito agudísimo, y se volvió á quedar como muerta.

—Es necesario darle consuelo.

—¿Adónde la llevaremos?

—¿Adónde?

—La cosa es clara: al convento de las Hermanas de la Caridad.

—Se la encargaremos a sor Angela.

—¡Qué mejor Providencia podría ampararla!

Y los marineros, cogiendo el cuerpo de Margarita, se encaminaron al convento de las Hermanas de la Caridad. Llamaron, y Angela estaba de guardia. Salió al instante. Los marineros se descubrieron respetuosamente, porque es propio de la virtud inspirar religioso respeto.

—Sor Angela, os traemos una desgraciada.

—Sea en buen hora venida.

—Es una infeliz que se estaba ahogando.

—¡Santo cielo!

—Se conoce que la infeliz se había arrojado al mar por desesperación.

—Bien venida sea; aquí la cuidaremos.

—¿Quién como vos?

—Veremos si nos es dable curarle también el alma. Entradla, entradla. Margarita continuaba en su estupor, sin movimiento, sin vida.

—A la sala general de enfermos.

Y los marineros se dirigieron adonde les señalaba Angela; pero de pronto dió ésta un grito.

—¿Que tenéis, señora?

—¡Oh! Providencia del cielo, justicia de Dios.

—¿Qué? ¿Qué?

Y los marineros se miraban sin saberse dar explicación de lo que les pasaba y de la turbación de Angela.

—No, á la sala general no la lleveis. Traedla aquí.

Y llevándola por un largo pasadizo, llegaron á una especie de celda. Eran sus paredes blancas como el alabastro. Algunas sillas de pino eran su único adorno. Una cama muy limpia, muy blanca, y colgada sin lujo, pero con gracia, se veía en uno de los rincones. La ventana era una reja rasgada hasta el suelo, cubierta de enredaderas, al través de las cuales se veía un jardín, una fuente murmuradora y revolotear mil pajarillos.

Angela mandó que depositaran allí el cuerpo de Margarita. Inmediatamente se despidió de los marineros, que ofrecieron volver á ver á la mujer que habían salvado. Angela sólo se ocupó en socorrer á la desgraciada enferma. La vistió de nuevo, la depositó en la cama, llamó á los médicos y proveyó á todo lo necesario para que la infeliz pudiese encontrar consuelo. Toda su solicitud fué esmeradísima.

Había en su deseo algo más que salvar la vida de Margarita; quería salvar su alma. Era ya un empeño de su voluntad. Redimir aquel alma de sus pasiones, salvarla de la tristísima tempestad en que se agitaba, era una empresa digna de su virtud, de su inspirado genio. «Conservarla para la tierra, decía Angela, es conservarla para el cielo. Salvar á Margarita de tan amargo trance, es lo mismo que salvarla de una eterna perdición.» Cuanto los médicos proponían, otro tanto hacía con la velocidad del pensamiento Angela. Toda su caridad se había concentrado en salvar aquel alma, aquella vida. Sólo vivía para Margarita, para su antigua rival, para su enemiga. No quería que nadie, ninguna de sus Hermanas, cuidase á la pobre mujer que había tomado bajo su amparo. No dormía, no; toda la noche la pasaba en un sillón a la cabecera del lecho de la enferma. Cuando Margarita descansaba, descansaba ella también un poco; cuando Margarita no dormía, estaba atenta á su respiración, á sus suspiros, á sus congojas ó á su tranquilidad; á todo cuanto en ella sucedía, para atender mejor á su pronta salvación.

Margarita había comenzado por un letargo horroroso y había concluido por un delirio horrible. En este delirio de su alma centelleaban todas sus pasiones. Angela oía insultos, blasfemias, maldiciones; oía que ella era el blanco de toda la ira de aquel corazón, que rebosaba saña; oía que en su odio le negaba la infeliz mujer hasta la honra. Nada, sin embargo, la retraía de su empeño. Habiéndose propuesto sacar á salvo la vida y el alma de Margarita, devoraba en silencio aquellos insultos de un alma siempre extraviada, y más extraviada en aquella sazón por el delirio. Al través de sus palabras inconexas se descubría un drama terrible se descubría que ella imaginaba haber traspasado con un agudo puñal, el corazón de la misma que á la cabecera de su lecho, sin darse punto de reposo, estaba inclinada como un ángel mensajero de la Providencia, enviado del cielo.

Angela no se indignaba, no; comprendía á aquella mujer.

Por fin, poco á poco se fué despejando Margarita. Su alma sacudió las tinieblas que la circundaban.

El delirio se apacigua, el vértigo se concluye, y comienza una especie de fiebre lenta, signo de una gran crisis. Angela, cuando ve que empieza Margarita á conocer, procura esquivarse á su vista. Quiere ser como la Providencia, sagrada e invisible; quiere derramar el bien sobre la cabeza de su rival sin que ella lo sepa.

Así es que casi siempre se echaba el velo sobre la cara, y se ocultaba á los ojos de Margarita, y fingía la voz para no ser conocida. Margarita, ora por la fiebre, ora por el traje nuevo que lleva la que le asiste, no conoce á Angela. Sin embargo, su solicitud, su amor, su cariño maternal, impresionan profundamente el corazón de la joven enferma, que quiere á todo trance conocer á la que la asiste, y le pregunta mil veces su nombre, y cómo ha llegado hasta allí, y cómo ha llegado hasta allí, y cómo pasó por todos aquellos trances. La tranquilidad que se respira en aquella celda, el aire perfumado de aromas, el cielo centelleante de alegría, el sol que lleva sus rayos hasta el pie del lecho, todo esto la alegra, la tranquiliza, la devuelve las fuerzas. Y, sin embargo, Margarita no conoce á Angela.

* * *

Un día estaba Margarita dormida. Angela oraba al pie de un Crucifijo. El sol, penetrando en la estancia, la inundaba de luz. Parecía que era como una aureola de santidad y de pureza. Los ojos de Angela, perdidos en la oración, se teñían con un tinte de lo infinito, con un resplandor de cielo. Parecía que la eternidad se dibujaba en su mirada, como el cielo se dibuja y refleja en el mar. La actitud de Angela, su rostro inundado de celeste felicidad, sus ojos perdidos en el cielo, sus labios perfumados por una religiosa plegaria, sus manos plegadas el resplandor del sol que la envolvía en un éter luminoso, todo esto la exaltaba como si, perdiendo su naturaleza humana, tomara una naturaleza más esplendorosa y más alta. Margarita abrió los ojos y exclamó:

—¡Ah! Os conozco.

Angela se cubrió el rostro con las manos.

—¿Me conocéis?

—Sí, sí.

—Perdonad —dijo Angela con dulce voz— que me haya ocultado á vos.

Margarita levantó los ojos al cielo, inundados de lágrimas.

—¡Oh! No sé lo que pasa por mí.

—Yo os lo contaré.

—Contádmelo, Angela; que en verdad habéis…

Un gran silencio siguió á estas palabras de las dos jóvenes. Angela bajó la cabeza; Margarita se cubrió el rostro con las manos. Por fin ésta interrumpió el silencio, y como arrepentida de su primer impulso generoso de gratitud, de reconocimiento, dijo con aspereza:

—¿Quién me ha traído aquí?

—Os trajeron unos marineros.

—¡Unos marineros!

—Sí; os habíais caído al mar.

—Me había caído, no; me había precipitado.

—Tenéis razón, os habíais precipitado.

—No, no he hablado con propiedad; me habíais precipitado vos, Angela.

—¡Yo! Una pobre mujer como yo.

—Sí, sí. Todo lo debéis oír, todo, absolutamente todo.

—Hablad, Margarita: os escucho.

—¿Tendréis paciencia para oirme?

—Ya os atiendo: hablad.

—¿Qué es de Eduardo?

—Eduardo está en Africa.

—No lo creo.

—Si no me habéis de creer excusáis preguntarme.

—Y ¿cómo sabéis que esta en Africa?

—Como lo sabe todo Nápoles.

—Pues bien: Eduardo se moría de amor un tiempo, y esto no lo negaréis, por vos.

—¡Un tiempo! Es verdad, es verdad; no lo niego.

—Y este amor, mal apagado, renació de sus cenizas.

—Creo poder aseguraros que fué agradecimiento, no amor, lo que sintió.

—¡Agradecimiento! ¿De qué?

—¿Ya no lo recordáis?

—No.

—Pues yo tampoco.

—¿Qué debía agradeceros?

—Hablaré para justificarle. ¿Vos recordáis una obscura prisión… ?

—¡Oh! Sí.

—Recordáis que allí no respirabais apenas?

—Es verdad.

—¿Recordáis que el verdugo…

—Sí, sí. Justamente.

—¿Recordáis que en la hora suprema entré yo y quebrante vuestras cadenas?

—Sí, lo recuerdo. ¡Qué frío hacía en aquellos calabozos! Asquerosos insectos corrían por el suelo, negros murciélagos se anidaban en, en el techo.

—Pues bien: perdóneme Dios el recordar esto; Eduardo sintió agradecimiento.

—¡Sólo agradecimiento!

—Pudo sentir también amor…

—¡Y lo confesáis!

—Pudo sentirlo; pero en mi pecho no halló nunca, nunca correspondencia.

—No lo creo, no puedo creerlo.

—Margarita, Dios es mi testigo; Dios y mi conciencia.

Había tal solemnidad en las palabras de Angela, y tal eco de verdad en su acento, que Margarita no se atrevió a contradecirla. Sin embargo, después de algunos instantes dijo:

—Y ¿vos entonces no le amabais?

—¡Ay, Margarita! ¡Qué pregunta!

—¿No le amábais?

—Y ¿para qué, para qué anheláis saber eso?

—Quiero conocer vuestra ingenuidad.

—¡Mi ingenuidad! ¿No os acordáis de la pobre cantora que en vuestro jardín os dijo á vos la verdad?

—Me acuerdo.

—¿No os acordáis de la actriz, de la aplaudida actriz que nunca os quiso negar la verdad?

—Me acuerdo.

—Pues la pobre cantora, la actriz, no se desmiente bajo el manto de la Hermana de la Caridad.

—Decid la, verdad, decidla. ¿Le amabais?

—Vos lo sabéis.

—Yo no lo sé.

—¡Oh!

—¿Me queréis decir que no le amabais?

—No. De ninguna suerte.

—¿Por qué?

—Porque no podía deciros eso.

—Y ¿cómo no podíais decirme eso?

—No podía, porque le amaba entonces y le amo todavía con todo mi corazón.

—¡Angela!

—¡Margarita!

—Yo le amo también.

—Es vuestro esposo.

—Yo le amo aún.

—¡Amor santo!

—¿Y vos?

—Yo, no volváis á preguntarme nada.

—¿Vos le habíais amado, Angela?

—Sí. Fué el único sér á quien yo pude consagrar mi corazón.

—¡El único!

—Educado en la soledad mi corazón, en presencia de Eduardo se abrió el amor, ¡ay! amor infinito, que ha sido mi desgracia.

—Y ¿ahora no le amáis ya?

—¡Margarita! Toda aquella grande y exaltada pasión que fué mi vida, se ha tornado en amor por la humanidad.

—Y ¿qué placer os reporta este amor hacia la humanidad?

—Os empeñáis en parecer peor de lo que sois.

—No tal.

—Si no fuera así, no me haríais esa pregunta.

—Os lo pregunto porque, en mi humilde sentir, este amor es muy estéril…

—¡Estéril! No, no; amor fecundo en grandes bienes para el alma.

—¿Qué bienes?

—La tranquilidad de la conciencia, la esperanza en Dios.

Margarita se encogió de hombros.

—Y aunque eso no fuera, siempre la grandeza del deber…

—¡Deber! No veo que tengáis ese deber.

—Todo el que se siente con fuerzas para socorrer á sus hermanos, para asistirlos, para salvarlos, debe consagrarse á su bien, á su dicha.

—Y ¿vos gozáis mucho?

—Gozo, sí, viendo que puedo calmar el hambre del pobre, el dolor del enfermo, el triste desamparo del desvalido.

Margarita meditó un instante.

—Yo estaba agonizante, hundida en el mar, y me han traído aquí, y me habéis cuidado luego.

—Sacad vos misma la consecuencia.

—¡Oh! No, no.

Y Margarita se echó á reir fuertemente.

—No quiero que un ataque de nervios, una carcajada epiléptica, un instante de mal humor os arranque de ese estado en que os encontrabais, ni que hielen esa convulsión vuestros labios.

—¿Qué anheláis, pues?

Las dos jóvenes suspendieron por algunos instantes su conversación, hasta que Margarita exclamó:

—Y vos, Angela, ¿por qué habéis tomado por mí este gran interés?

—Porque mi corazón me dice que debo á todos mis hermanos protección y auxilio.

—¿Yo vuestra hermana?

—Vos.

—¡Yo, que debía ser vuestra rival!

—Ya sabéis que hace tiempo que para mí no podéis ser rival.

—¿Por qué?

—Porque desde el punto en que os vi esposa del hombre que yo había amado, ahogué en mi alma toda aspiración á ese amor y creí que solamente vos teníais derecho a su corazón en el mundo.

—¡Oh! Sois demasiado buena para ser creída.

—No me creáis.

—No puedo yo creer en tanta virtud.

—Esta no es virtud, o al menos no es virtud heroica.

—Pues ¿tan extraordinaria creéis la virtud que no apellidáis así á vuestra abnegación, á esa abnegación que me prestáis? dijo Margarita con cierta sonrisa escéptica y burlona.

—Padecéis de un grave mal, Margarita.

—¿De qué mal?

—De que la sociedad donde habéis vivido os ha infiltrado en las venas toda su ponzoña.

—¡Ja, ja, ja!…

Y Margarita se echó á reir.

—Sí, toda su ponzoña.

—Dura estáis al juzgar esa sociedad.

—No, sino muy blanda.

—Proseguid.

—Esa sociedad os ha dicho que la virtud es difícil.

—No me lo ha dicho; me lo ha manifestado con hechos evidentes.

—Más en mi favor. Os lo ha manifestado; convenidos.

—Y ¿qué?

—Que vuestra alma ha caído en el escepticismo.

—Piensa mal, y acertarás.

—Terrible palabra, que no es cierta.

—Es más fácil ver la luz que las manchas.

—No se ve más fácilmente la luz; se reparan más las manchas. La luz es natural, y las manchas son más raras. Por eso la virtud no nos maravilla, y sí el vicio.

—¿Aun queréis sacar de esto una doctrina en pro de vuestro ascetismo?

—Sea de ello lo que quiera, ¿no es verdad que de todo el mundo dudabais?

—Es cierto.

—¿No es verdad que la más leve acción la echabais á mala parte?

—Es verdad.

—Como el que tiene ictericia, que todo lo ve pálido.

—¡Angela!

—Y no hay nada más triste que esa creencia.

—Ya lo veo.

—Es el desencanto de la vida.

—Pero es buen sistema contra las ilusiones.

—¿Qué sería de nosotros sin la ilusión?

— ¿También defendéis la ilusión?

—Como la flor de la vida.

—Todo lo extraordinario y engañoso defendéis.

—No tal; todo lo que es cierto.

—¡Cierto eso!

—¿Os burláis?

—Tentada estaba de ello.

—Pues, sin embargo, no os estudiáis á vos misma.

—No hay en mí ni una ilusión.

—No puede ser.

—¿Por qué?

—Porque es imposible así la vida.

—¿Imposible la vida sin ilusiones?

—Sí.

—No atino con la razón.

—Pues sin duda es muy sencilla.

—Decidla.

—Porque vivimos más en el espíritu que en la naturaleza.

—Sobrado metafísica estáis.

—Me explicaré. El tosco sentimiento no puede engendrar el amor, que es hijo del espíritu.

Margarita se encogió de hombros.

—¡Oh! Margarita, creed en la virtud —dijo Angela.

—Es muy difícil tal creencia para un alma como la mía.

—Y ¿no podéis comprender que el bien es más hermoso que el mal?

—Es cierto.

—¿No esperáis que si alguna vez, de buena fe, seguís el camino de la virtud y la amáis, acaso podéis encontrar la más grande y grata de las dichas humanas, la paz del hogar doméstico?

—Esa paz tan monótona…

—Esa paz, que yo no puedo gozar.

—¡Oh! ¡Yo, yo, sin mi esposo!

—¿Quién sabe si la Providencia os lo deparará?

—A mí, no. Me aborrece.

—Acaso os ame mañana.

Margarita se sonrió tristemente.

—No puede ser —dijo.

—Esperad.

—Me cree muy mala.

—Pues hay un medio de combatir su creencia.

—¿Cuál?

—Ser muy buena.

—Ya no es posible. Mi corazón sólo vive para la venganza, para el odio.

—Os engañáis.

—Ahora mismo estoy maravillada de la calma de mis pasiones.

—¿Lo veis?

—¿Qué?

—Que la virtud se aprende también con la enseñanza práctica, positiva; con el ejemplo.

—No creo tal.

—En esta santa casa de caridad os encontráis más tranquila y más serena.

—Es verdad.

—No de otra suerte que se respira mejor en un jardín, en una selva, que en un lugar fétido y pantanoso.

—Mas creo que esta serenidad proviene de que el dolor y la enfermedad han embotado mi alma.

—No, no; proviene de que habéis visto que hay en el mundo seres que se interesan por sus hermanos, seres que os aman.

Margarita lanzó una carcajada epiléptica.

—Sí —prosiguió Angela—: habéis visto que la caridad existe, que existe la abnegación y el sacrificio; habéis visto que hay en la tierra aún muchos seres buenos; habéis visto que la Providencia reside en el cielo y dirige toda la vida. Eso lo habéis visto prácticamente, de una manera positiva, cierta, indudable, como veis ahora el rayo de luz que penetra por esa ventana. Dios, sí, os ha iluminado; Dios, que nunca abandona á sus criaturas; Dios, que vive y reside en la conciencia pura, en la conciencia límpida y serena que refleja el cielo.

—¿Venís á predicarme á mí? ¡Cómo os engañáis! ¡A predicar á quien tiene ya pasadas en cuenta todas esas cosas, y sube su valor; a quien alcanza lo que son esas gazmoñerías; á quien no se deja engañar de frases huecas ni de apariencias mentidas, que engañan ciertamente, no á mí, no, al vulgo que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye!

—Margarita, os comprendo. Queréis rebelaros contra el influjo de lo mismo que sentís en vos; queréis ahogar el germen de la virtud, próximo á brotar en vuestro corazón; queréis sumir vuestra alma en un mar espesísimo de tinieblas; queréis precipitar vuestra vida en su antigua cárcel, y ya es imposible, porque habéis visto el bien, y ha herido vuestros ojos, y ha cautivado vuestro corazón.

—¡Insensata arrogancia! ¿Creéis que cuatro palabras, cuatro mimos, las flores con que envolvéis el áspid, el brillo del puñal, pueden ocultarme la mordedura, pueden dorar la puñalada? No, no; destila sangre, ¡ay! sangre de mi corazón, sangre que salpica vuestra frente.

—Nunca lo hubiera creído, nunca, si no os escuchara.

—Creíais haberme ganado para el cielo, para ese cielo en que vos creéis albergaros; pues os engañáis.

—No me albergo en ningún cielo. Mísera mortal, vivo también aquí en la tierra sujeta á todas las debilidades de los mortales.

—Justo —exclamó Margarita con sardónica sonrisa—: hasta estáis sujeta á la debilidad de amar á mi marido.

Angela alzó al cielo las manos y los ojos. Una lágrima surcó su mejilla. Una nube de tristeza pasó por su frente; y después de mirar con gran compasión á Margarita, salió de la estancia, exclamando con un acento profundamente conmovido:

—La dejo abandonada á sus remordimientos. Ya debe tener remordimientos.

Capítulo 23

Margarita se quedó, en efecto, como había dicho Angela, abandonada á sus remordimientos. Sentir remordimientos, podía ser una prueba de que la razón y la virtud habían triunfado en aquella ciega y empedernida alma. El dolor puede ser el mensajero de una gran revolución en el espíritu. Si las palabras y el ejemplo de Angela no la movían á un pronto arrepentimiento, Margarita estaba perdida sin remedio. ¿Será más contagioso el mal que purificadora la virtud? ¿Una joven pura no podrá estar en un lupanar sin mancharse de barro, y una joven impura podrá estar en medio de la virtud sin sentirse inspirada de un anhelo á la perfección, ó al menos de un dolor punzante por su pasada vida? Yo no creo, no puedo creer eso. Creo que el ejemplo de la virtud puede mucho en las almas; creo que estamos obligados á ser buenos, á cumplir con todos nuestros deberes, no sólo por ser ley de Dios, ley de la conciencia, deber riguroso y no bien tan amable en sí y tan dulce, sino también por no dar ni malos ejemplos ni malas enseñanzas á los que nos rodean y viven de nuestra misma vida.

Por esto creo con firmeza que aquella atmósfera de virtud, aquella luz que hería la frente de Margarita, aquella voz, el alma de Angela, que purificaba el aire, debían purificar también el alma, el pensamiento, el corazón de Margarita, no de otra suerte que los gases por el día desprendidos de los árboles oxigenan la atmósfera.

En efecto: al irse Angela, Margarita sintió deslizarse como una culebra en su pecho el frío remordimiento, que, clavándose en sus entrañas, se las partía, las devoraba, como suele suceder, mal de su grado, á todos los que alguna vez han sacrificado en aras del crimen aunque no haya sido más que un día de su vida.

Margarita comenzó á recapacitar allá en lo interior de su mente, y pensó que era muy cruel con Angela. ¿Quién la había dos veces libertado de la muerte? ¿Quién la había asistido como un ángel á la cabecera de su cama? ¿Quién había derramado el rocío de las lágrimas en aquella vida seca y gastada? ¿Quién la había seguido y había velado por ella cuando, sola, pobre, abandonada, no tenía á su alrededor ni una persona que velara por su tranquilidad y por su paz? Todas estas ideas se levantaban en su alma obscurecida, como esas estrellas que aparecen á través de las ráfagas de la tempestad, ó de las nubes que manchan y obscurecen un cielo azul, brillante y puro. Mas en el alma de Margarita las nubes eran tantas, la obscuridad tan espesa y tan horrible, que bien puede decirse que no había esperanza de que el alba pura de la luz amaneciese en sus horizontes.

El remordimiento, sólo el remordimiento podía ser parte á salvarla. Si no sentía dolor, estaba perdida, completamente perdida. Y, en efecto, Margarita se dolía de haber insultado á la pobre Angela. ¡Insultarla! Angela era á todos los ojos el numen misterioso y divino del bien; Angela era la personificación del bien; Angela era la imagen purísima del sacrificio; Angela era un ideal de virtud.

Margarita, en fin, dejó caer la cabeza sobre el pecho, y lloró amargamente, amarguísimamente. Aquel lloro podía ser como la lluvia del cielo, que descendía sobre sus alteradas pasiones; aquellas ideas, como el iris que se dibuja entre las negras y pavorosas nubes.

El remordimiento es un aviso del cielo, un anuncio de que en el alma del criminal hay conciencia. Un remordimiento era el primer despertar de la razón en el espíritu de Margarita; el primer albor de espíritu en aquella organización. Así, cuando Margarita sintió este dolor del corazón, esta aguda espina que le taladraba el alma, sintió también que se había transformado su vida. Ella, que había vivido en medio de los placeres; ella, que había ideado las más grandes emociones; ella, que había seguido una senda de perdición, sin sentir ni el asomo de un remordimiento, verse dolorida y afligidísima, era, en verdad, un milagro, una maravilla. El primer impulso de Margarita fué de rabia, de ira, al sentir aquella extraña impresión en su alma; el segundo movimiento fué de exaltadísimo dolor. Inclinó la cabeza sobre el pecho, y se dió á llorar amargamente. Este lloro, que salía de lo más profundo de su alma, era como la ráfaga de la tempestad que purifica el cielo. Su conciencia, más clara, más luminosa, más transparente, se levantó al cielo y absorbió su luz. Después de este lloro, una tranquilidad verdadera fué el estado de Margarita. Sin embargo, las pasiones no abandonan de una vez su presa. La ira volvió á rugir en aquel corazón despedazado. Se avergonzó de haber llorado, se acordó de quién era, paseó su mirada por aquella estancia; el fiero orgullo se posesionó de su alma, y sacudió como un sueño aquella leve sombra de arrepentimiento. Pero en este mismo instante se abrió la puerta y apareció, Angela. Traía un cordial en la mano derecha, un ramo de flores en la izquierda, una sonrisa plácida en los labios, una alegría infinita en los ojos.

—Os he oído llorar y vengo á veros.

—¡Angela! ¡Me habéis oído llorar!

—Sí, sí. Os he oído llorar, y me alegro.

—¡Os alegráis de mis lágrimas!¡Ese es vuestro sentimiento!

—¿No sabéis que las lágrimas son un rocío del cielo?

—Amargo rocío.

—No; que desahogan el alma.

—Eso es cierto.

—Si yo no hubiera llorado muchas veces, acaso ahora no sería…

Margarita suspiró. Toda la rabia que en su alma ardía se apagó al dulce soplo de la palabra de Angela.

—Margarita, Margarita mía —dijo Angela acariciándola,

Margarita dejó caer la cabeza en el seno de Angela, y comenzó á llorar amarguísimamente.

—Sí, sí. Llorad, llorad, Margarita.

—¡Oh! Soy muy mala, muy mala.

Angela, cuando oyó estas palabras, se postró en el suelo, plegó sus manos, y una oración se levantó de su alma.

—Ya sois buena, Margarita, ya.

—¡Oh! No, no.

—Sí, Dios ha tocado en vuestro corazón.

Margarita volvió la cabeza con indolencia, y dijo:

—Para mí no hay esperanza.

—Sí; Dios nunca abandona á los suyos.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Y ¿yo soy de Dios?

—Como, la última de las criaturas.

—Y ¿yo voy á perder mi naturaleza?

—No; esas pasiones agitadas se tornarán en tranquila felicidad.

—¡Ah! Abandonada de todos…

—No, no. De mí no.

—¡Abandonada de Eduardo! Este nombre hirió el corazón de Angela. El amor volvió á recordarle todo lo que Eduardo significaba para ella. Sin embargo, haciéndose superior á si misma, exclamó entusiasmada:

—¡Eduardo volverá á vuestros brazos!

—¡Oh! ¿A mis brazos?

—Sí, sí.

—¿Quién me lo asegura?

—Yo.

—Luego ¿sabéis dónde está Eduardo?

—No lo sé.

—¡Oh!

—No lo sé.

—¡Y entonces!

—A una Hermana de la Caridad está abierto el mundo.

—¡Angela, Angela!

—Sí, el mundo entero recorreré yo para haceros feliz.

—¡Dios mío! Y ¿por qué?

—¡Oh! Por hacer bien.

—¿Sólo por hacer bien?

—Por redimir un alma, un corazón.

—Angela, admiro vuestro heroísmo.

—No es heroísmo el cumplimiento de un gran deber.

—¡Un deber! No atino cómo puede ser un deber.

—Lo es, porque yo he influido tristemente en vuestra vida.

—¡Tristemente!

—¿No me habéis libertado de la muerte? ¿No me habéis recogido aquí?

—Es verdad; pero he inspirado siempre celos y recelos á vuestro corazón.

—Eso es verdad.

—Celos que os habrán hecho padecer.

Entonces un remordimiento se levantó en el ánimo de Margarita.

—Yo también os he hecho padecer mucho.

—Sí. Pero erais inocente.

—¡Inocente!

—La causa del dolor de mi vida es Eduardo.

—Es verdad.

—Me amaba.

—Y ¿le amabais?

—Mucho.

Margarita se sonrojó de celos.

—Y ¿os abandonó? —dijo Margarita.

—Me abandonó a mi soledad.

—¿Padeceríais mucho?

—Pasaba mis días llorando, mis noches en cruel insomnio.

—Tenéis razón: ¡cruel!

—Cuando amanecía, me inclinaba en mi ventana y ponía los ojos en el horizonte.

—Y allí…

—Allí no apartaba la vista del mar.

—¡Qué ansiedad!

—Cada vela que descubría, imaginaba que era él; cada bote que se presentaba á mis ojos, creía que era el bote en que solía venir Eduardo.

—¡Qué crueles padecimientos!

—Para mí no había luz en el cielo, ni aire en la tierra. Yo me ahogaba.

—¡Y habéis resistido!

—Sin duda Dios hizo la naturaleza humana para el dolor, y por eso el dolor la vivifica.

—Y ¿continuáis queriendo á Eduardo?

—¿Queréis remover las cenizas de mi corazón?

—Os lo pregunto con fe, con deseo vivísimo de que me contestéis.

—¡Por Dios, Margarita!

—Sí, os ruego que me contestéis.

—Ya os he dicho que soy causa de vuestros pesares.

—No; son aprensiones que se van calmando y desvaneciendo.

—Pues bien: oid lo que siento.

—Sí, sí. Decidlo.

—Aun le amo.

—¡Santo cielo!

—Aun en mis ensueños veo su imagen; aun en mis delirios invoco su nombre. No he podido de ninguna manera domeñar estos sentimientos de mi corazón.

—¡Oh!

—Mi pasión vive hoy tan pura como el primer día que la sentí; yace tan inmaculada en el fondo de mi alma.

—¡Y decíais que no le amabais! —exclamó irritada Margarita.

—Nunca he dicho eso.

—Y decíais que deseabais mi felicidad, mi unión con Eduardo!

—Sí, la deseo vivamente.

—¡Es imposible!

—La deseo con todo mi corazón.

—¡Mentira!

—¡Margarita!

—¡Mentira! repito.

—¡Oh! Hemos vuelto á nuestro antiguo estado.

—Si le amáis, ¿cómo deseáis que yo vuelva á verlo?

—Porque en mí domina la razón al sentimiento.

—Entonces no le amáis.

—Ojalá fuera cierto lo que decís.

—No le amáis, porque si le amarais diríais: Antes que todo en el mundo, primero que todo, sobre todo, su amor.

—No puede sucederme eso que decís.

—¡Ah! Si le amarais, sentiríais un vacío inmenso, una paralización en la vida, un tormento, un horror al mundo, cuando él no estuviera á vuestro lado; renunciaríais á todo menos á su amor, sí, á su amor, sin el cual ni siquiera os sería posible concebir la realidad de la existencia.

—Pues, ¿por qué llevo este sayal? ¿Por qué en mi primera juventud me he encerrado en un convento? ¿Creéis, por ventura, que todo es virtud? No, os engañáis. Es mi desesperación la que me ha traído aquí; mi desesperación la que me ha separado del mundo; mi desesperación la que ha obrado en mí todos estos milagros; sí, la desesperación.

—No os comprendo, no os puedo comprender. ¿Por qué, si tanto le amabais, no le habéis seguido?

—Porque hay una cosa superior al amor.

—No hay nada.

—Os engañáis; hay el deber.

—Sí. Pero es tan fácil dejarse arrebatar por los impulsos del corazón…

—No cuando la conciencia grita y avisa dónde están los escollos y los peligros.

—¿Hay peligro en amar bien?

—En amar bien no le hay. En amar mal, en amar ilegítimamente, hay más que peligro, hay perdición.

—¡Qué leyes de moral tan estrechas!

—No lo creáis; son amplias, como el espíritu que se agita en lo infinito.

—Son una cadena.

—Ese es otro error.

—No veo ahí ni sombra de libertad.

—Hay que combatir en el mundo muchas preocupaciones. Se cree generalmente que la libertad consiste en dejarse arrebatar de las pasiones; no el que tal hace se doblega á la esclavitud más vil, á la torpe esclavitud de los sentidos.

—Pero el esclavo del deber…

—El esclavo del deber os libre. La libertad consiste en sujetarnos á nuestra propia razón.

—Admito esa explicación.

—Cuando nos sujetamos á nuestra razón no dependemos de nadie.

—Cierto.

Cuando no dependemos de nadie somos libres.

—Es verdad.

—La razón es nuestra misma vida, nuestra misma alma, nuestro espíritu, lo que hay más íntimo en nuestra naturaleza.

—Justamente.

—Pues bien: nuestra razón nos dice que cumplamos con nuestros deberes religiosos, morales y sociales. ¿No os dice eso vuestra razón?

—Sí, sí.

—¿Puede deciros otra cosa?

—No.

—Luego cuando os dejáis llevar de extraños sentimientos; cuando os dejáis llevar de las pasiones, caéis en la esclavitud.

—¡Es verdad!

—Y cuando seguís los consejos de vuestra razón, la voz de vuestra conciencia, sois libre, completamente libre.

—¡Triste libertad!

—No lo creáis. Prescindiendo de que sólo debemos amar la virtud por ser virtud; prescindiendo de que el amor desinteresado al bien es el verdadero amor; prescindiendo de todo esto, os digo que cuando el alma ha cumplido un deber, se queda plácida, serena.

—¡Oh! Acaso por no haber cumplido yo con mis deberes he padecido mucho.

—Sí.

—Acaso por haber emponzoñado mi vida se ha obscurecido en mí la noción de la justicia.

—Mirad, Margarita, el arroyo cuando corre límpido por la grama. Su clara linfa refleja el cielo.

—¡Ay!

—Mirad cuando la tempestad ó la mano del hombre lo enturbian. Entonces sólo se ve en sus aguas el polvo obscuro de la tierra.

—Eso es, eso es. Y ¿no podré aspirar al bien, no podré aspirar á salir de esta estrecha cárcel?

—¡Oh! —dijo Angela—: desde el momento en que deseéis ser libre, sois ya libre.

—Luego sólo basta desearlo.

—Desearlo con esa fe, con esa constancia que habéis puesto en las cosas del mundo; con ese mismo ardor que os llevaba á la intriga, á la corte.

—¡Deseos! Hace tiempo que no deseo nada.

—¿Ni volver á ver á Eduardo?

—¡Oh! Eso sí.

—¿Y si os dijera que sólo vuestra decisión por abrazar la virtud puede hacer que Eduardo os ame?

—Luego mis sospechas son verdad.

—¡Pobre Margarita!

—Luego son ciertas.

—Desprendeos de esas preocupaciones.

—Luego vos tenéis en vuestras manos el corazón de Eduardo.

—De ninguna suerte.

—Pues ¿cómo, si no, os atrevéis á decir lo que me habéis dicho?

—Me atrevo porque conozco el corazón de los hombres.

—¿Vos podéis volverme a Eduardo, y no lo hacéis, y aun aspiráis á que no os tenga por criminal?

—Margarita, no es posible hablar con vos.

—¿Queréis que oiga fríamente lo que estáis diciendo?

—No es posible hablar con vos. En seguida dais cuerpo á todas vuestras ideas, realidad á todas vuestras aprensiones.

—Pues ¿en qué os fundáis para decir que Eduardo volverá á mí?

—Me fundo en el conocimiento que tengo del corazón humano.

—¿En eso no más?

—En eso. Una de las faltas graves que cometemos, Margarita, es juzgar de todos las cosas, no por las leyes generales de la vida, sino por las impresiones del momento; fortuitamente, al caso.

—Y ¿sólo el acaso puede volverme á mi esposo?

—No.

—¡Ah! ¡Qué ilusiones!

—El corazón necesita de la paz.

—Es cierto.

—Pasado cierto tiempo en que la vida se agita y hierve, el hombre ama el descanso de la familia.

—Pero ¿cuándo le sucederá esto á Eduardo? —dijo Margarita.

—Cuando se haya convencido de que puede alcanzar esa paz en el seno del hogar doméstico.

—¡Oh! Mi corazón sólo desea ya esa tranquilidad.

—Pues vuestro corazón la tendrá.

—Angela, no me atrevo a creerlo.

—Creedlo, Margarita.

—Me lo aseguráis de una manera…

—Yo me he propuesto haceros feliz.

—¿Sí, Ángela?

—Sí. Quiero haceros feliz.

—Ya no es posible la dicha para mí.

—¡Ah! La dicha es cambiante, relativa; es según el estado del alma.

—Es verdad.

—Vos creísteis que la dicha estaba en el poder, en el oro, en la intriga.

—También es cierto.

—Os habíais engañado.

Margarita cayó en profunda meditación.

—Sí, os habíais engañado.

—Al volver de vuestro baile, ¿qué encontrabais en el corazón?

—Un vacío tan grande…

—Al penetrar en las intrigas, ¿qué os sucedía?

—Al pronto me aturdía; después lloraba.

—¿Y al encontraros tanta mentira, tanto engaño?

—Me desesperaba.

—De modo que nunca había verdadera tranquilidad en vuestro ánimo.

—Nunca.

—He ahí las consecuencias fatales de errar el verdadero camino de la vida.

—Es cierto. Habladme, habladme de la verdadera vida.

Después de una corta interrupción, dijo Angela:

—¿No habéis pensado alguna vez en la Providencia?

—Nunca.

—Y ¿cómo no os ha ocurrido esa idea en presencia de la Naturaleza?

—Me ha parecido que buscar la Providencia detrás de los hechos y de los fenómenos del mundo, equivale á la acción del mono, que cuando ve su imagen reflejarse en el espejo, la busca ansioso detrás de este mueble.

—¡Pobre y mil veces repetido argumento!

—Pobre será; pero á mí, una gracia de esa naturaleza me ha convencido siempre más que un libro largo y sesudo de alta moral.

—¡Parece imposible! Y este mal ha provenido en vos, no tanto de perversidad en el alma, como de ligereza en la educación.

—Lo que queráis, Angela. Mas todas esas cuestiones me rompían, el cerebro, y no tenía espacio de tiempo para tratar de ellas.

—¿Nunca habéis meditado cómo se sostiene esta máquina? De la muerte de unos seres proviene la vida de otros. La noche tiene sus misterios y sus seres predilectos, como el día. La onda salada del mar oculta millares de millares de seres, como la hoja del árbol, como el grano de tierra que pisáis indiferente. En una gota de agua nadan mil animalillos como en el inmenso cielo nadan mil luminosos astros.

—Y de todo eso, ¿qué deducís?

—Todos esos seres viven sostenidos por la Providencia. Cada uno tiene su ley, tiene su propio destino. El ruiseñor da voz al bosque; la cigüeña es sagrada porque devora los dañosos reptiles; la misma víbora, que parece asestar su aguijón contra el hombre, le cura mil enfermedades, y hasta en los accidentes más livianos de la Naturaleza se ve siempre brotar la vida y porque todos, los seres tienen un fin, y tienen instintos y medios á ese gran fin proporcionados.

—Y de todo eso, ¿qué deducís?

—Deduzco que la Naturaleza entera tiene sus modelos, sus tipos, en un principio muy superior á la materia bruta. La materia por sí sola no podría nunca producir esos seres; no, podría haber enlazado en suaves armonías y en leyes todos los diferentes objetos esparcidos en los espacios.

—Pues si no produce seres la materia, ¿qué es el grano de semilla que cae en la tierra?

—Tenéis razón; pero esa unidad maravillosa que en la creación se encuentra, debe ser obra de una razón superior á la materia, de una razón divina. La materia puede reproducirse ciegamente; pero no puede producir la ley, no puede producir la armonía, no puede producir la unidad de tantos principios discordes y tantos elementos contradictorios; la materia para ese fin es de todo punto impotente.

—Tenéis razón.

—¡Ah! Sí, vos convenís conmigo. ¿No es verdad que es muy hermoso ver que Dios en los países cálidos ha puesto frutos frescos, regalados, árboles frondosos, y al revés en los países fríos? ¿No es verdad que es muy hermoso considerar que esos mundos giran por millones de millones en los espacios, y no, entrechocan nunca? ¿No es verdad que es hermoso levantar la hoja de un árbol, y encontrar allí seres que nadan en el océano de la vida, como en las arenas, como en las gotas de rocío, seres que contribuyen todos al plan inmenso de la creación, de la Naturaleza?

—Es verdad, es verdad.

—Y cuando se ve todo, esto, el alma que piensa, el alma que ama, como el ave que desde su nido se levanta al cielo, abre sus alas y se pierde amorosa en el éter de lo infinito y de lo eterno, y se rinde en presencia de Dios, y arrobada lo adora.

—¡Dios mío! No puedo sufrir este vértigo; no puedo sacudir el efecto de la palabra de esta mujer; la sigo, me arrastra en pos de sí. ¡Dios mío, Dios mío!

—Sí, sí, Margarita: creedme. Yo he visto la Providencia en todos los actos de mi vida; yo he visto su mano en todas las páginas de mi historia.

—¡Oh! ¡Vos tan desgraciada!

—¡Yo tan desgraciada!

—¿De vuestras mismas desgracias concluís la verdad de la Providencia?

—Sí, de mis propias desgracias.

—Hablad.

—Yo amé demasiado á un hombre. Para mí no había ni mundo, ni cielo, más que su amor; egoísmo punible y egoísmo castigado.

—¿También el amor puro es falta?

—Sí.

—No lo comprendo.

—Me explicaré, Margarita, me explicaré.

—Hablad, hablad. Os lo ruego.

—Dios no quiere que nos encerremos dentro de la mezquina corteza de nuestra personalidad. Así como de tantos seres dispersos en las escalas de la creación, Dios saca la vida y la armonía de tantos corazones como ha puesto en el mundo, quiere Dios también que salga la felicidad para todos los hombres.

—Y ¿vos habéis faltado con amar á eso?

—Sí; había faltado. Creía que Dios me había dado mi voz para regalar el oído á Eduardo; mi imaginación, para bordar de flores su vida; mi pensamiento, para iluminar su existencia; mi corazón, sólo para él con todos sus sentimientos.

—Y ¿en eso faltabais?

—Faltaba gravemente, porque no recordaba que había en la tierra otros seres; porque había llegado á encerrarme en la concha dura y egoísta de mi amor; porque había guardado todos mis sentimientos para un solo sér en el mundo.

—Y vuestra Providencia…

—Y mi Providencia, arrancándome al amor de Eduardo, me castigó dura pero merecidamente.

Margarita levantó los ojos al cielo, como maravillada de lo que oía.

Me castigó, sí porque me hizo ver que mi vida era para más altos fines; que mis sentimientos debían caer como la lluvia del cielo sobre muchos seres; que encerrar en estrecho circulo la vida profunda, inmensa como el Océano, es un delirio; que amor egoístamente como yo amaba, es un crimen. He sentido en mis penas la mano de la Providencia, que me apretaba el corazón; he padecido, he llorado y acato sus decretos.

—Nunca se me habían ocurrido á mí esas ideas.

—¿No habéis visto la mano de la Providencia en nuestra vida?

—No. Sólo he visto casualidades.

—¡Quién lo creyera! Pues ¿queréis que yo os la muestre?

—Mostrádmela.

—Os casasteis por capricho con Eduardo.

—Es verdad.

—La Providencia os castigó á amarle.

—También es cierto.

—Amabais sobre todo el poder, el valimiento en la corte.

—Sobre todo. Mandar era toda mi gloria.

—En el día en que más podíais ufanaros con esa gloria, os la arrebató la Providencia de las manos.

—¡Justo cielo!

—Invocad, invocad su justicia.

—Proseguid, proseguid, Angela.

—La intriga había sido la trama de vuestra vida.

—Es cierto, aunque me cueste rubor el decirlo.

—La intriga era el hilo con que caminabais por la sociedad, por el mundo.

—¡Oh!

Y Margarita mostraba cierto disgusto.

—Veo que os disgustáis. Suspenderé mis observaciones.

—No, por Dios, no. Proseguid, proseguid en ellas. Os lo, ruego.

—Prosigo. La intriga era toda vuestra vida.

—Es verdad.

—Pues la intriga os llevó á un profundo calabozo, á los pies del verdugo.

—No me lo recordéis.

—La mujer á quien habíais herido en el alma robándole su amor, yo misma, os salvé.

—Sí, sí.

—Aquella salvación, que podía haber sido fuente de goces inexplicables, emponzoñó vuestra existencia.

—Aun siento la ponzoña en mis entrañas.

—Os abandonó el esposo que amabais. Perdisteis el poder, que había sido toda vuestra ambición; el hilo de la intriga os arrastró por despeñaderos y abismos; vuestras riquezas se disiparon. Vos fuisteis á agonizar en un miserable jergón, y de precipicio en precipicio fuisteis á dar en el suicidio. ¡Tremendos castigos, lógicos, señora, en vuestra tremenda vida!

Margarita lanzó un grito de horror, y dejó caer la cabeza sobre el pecho bajo el peso de un pensamiento que no podía soportar.

Angela guardó por largo tiempo silencio. Margarita, después de breve pausa, levantó la cabeza, fijó los ojos en Angela y dijo:

—Me habéis revelado un mundo y un cielo.

—Sí, Margarita, sí.

—Me habéis mostrado que esta vida, que yo había creído una sombra que la fortuna dibujaba sobre el abismo de los tiempos, tiene también su Providencia.

—Sí, Margarita; tiene Providencia el vil gusano, y ¿no había de tenerla y de sentirla el hombre, el sér por excelencia en la escala de la creación?

—¡Oh, Dios mío! Y en el camino del bien, ¿no me auxiliará la Providencia?

—Sí, os auxiliará Margarita. Del borde obscuro del suicidio habéis venido aquí.

—Os he encontrado para mi bien, Angela.

—Es necesario que los muchos dolores que habéis sufrido hayan despertado vuestra alma.

—Sí, la han despertado para contemplar á Dios.

—¡Margarita!

—Y para reconocer que sólo en la virtud está el, bien.

—Esa, esa es la verdad.

—Y para esperar confiada en que Dios abrirá sobre mi la mano de la misericordia

—Sí, si.

—Y para amar, Angela.

Margarita se arrojó en brazos de Angela, y ambas permanecieron largo espacio llorando, como dos amigas, como dos hermanas que se encuentran y se hablan después de larga ausencia.

—Seremos felices.

—Sí, no lo dudéis.

—Yo, Angela, desde este instante sacudo todas mis preocupaciones.

—Sí, sacudidlas como un sueño.

—Buscaré en el bien la vida, la felicidad.

—Únicamente ahí se encuentra.

—Os imitaré á, vos.

—A mí, no. Imitad á, Dios.

—¿Cómo?

—Siendo buena, justa, benéfica cuanto podáis; poniendo siempre los ojos en ese ideal de virtud escrito en vuestra conciencia.

—¡Oh! Lo seré.

—Descansad un poco de las emociones que os ha producido este largo coloquio.

Y, en efecto, Margarita se durmió como un niño, con el sueño tranquilo de un ángel.

Capítulo 24

Desde este día, el sér de Margarita se transfiguró. Aquella dama veleidosa, fué constante; aquella dama ambiciosísima, fué humilde; aquella dama intrigante, fué circunspecta; aquella dama, entregada á todo el revuelto y rudo torbellino de sus pasiones, fué severa, serena, justa; aquella dama que odiaba á la humanidad, fué caritativa; aquella dama, escándalo un tiempo de la corte, fué un modelo de virtud.

Sus penas, sus aflicciones, la lección que la Providencia le daba en toda su vida, la voz amorosa de Angela, sus ejemplos prácticos de virtud, movieron de tal suerte el corazón de la joven á la dulce esperanza, á la bondad, que aquella tumultuosa conciencia de Margarita, entregada al combate de tantas pasiones, se tornó serena, reflejando en su anchuroso seno todos los matices de pura virtud.

Inmediatamente que se sintió buena abandonó el convento y la compañía de Angela, y se fué á vivir modesta y humilde á su casa. Allí comenzó á trabajar, á coser, para ganarse el sustento. Las gentes que la habían visto en el seno de la opulencia, llena de vicios, y que la veían después en el seno de la miseria, resplandeciente de virtudes, la auxiliaban, y puede asegurarse que gozaba de una pacífica y tranquila pobreza. Se levantaba temprano; por su propia mano aseaba su persona y su cuarto; se desayunaba con una taza de leche; trabajaba hasta mediodía, á cuya hora iba siempre á comer con Angela, con su hermana, como ella la llamaba, al convento; por la tarde volvía á trabajar hasta muy entrada la noche, y después se dormía, para volver á la misma tarea.

Los domingos y días de fiesta auxiliaba á Angela en sus mil faenas, y por la tarde paseaban juntas en el jardín del convento, entregadas á sus pensamientos, á sus recuerdos, á sus esperanzas. Margarita, por lo mismo que había sido exaltada en sus vicios, era exaltada en sus virtudes. La misma perspicacia, la misma pasión, el mismo talento, quedaban en ella, pero encaminados á otros fines, no al vicio, sino a la virtud; no á la venganza, sino á la misericordia; no á perderse en el lodo, sino á levantarse en alas de su virtud al cielo. Así, todas las cualidades que para el mal tenía tan aguzadas se habían dormido, despertándose en ella la alta energía moral, que tan bella puede hacer la vida.

El ejemplo de Angela había sido un modelo de virtud práctica para Margarita; un ideal que había derramado en su corazón el amor al bien. Ya lo hemos dicho muchas, muchísimas veces. Debemos ser virtuosos, no sólo por nosotros, sino también por los que nos rodean. La virtud, como el sol, ilumina y fecundiza nuestra vida y la vida de nuestros semejantes. Cuando vemos seres que cumplen con sus obligaciones morales, que realizan su deber, que aman la virtud, prontos siempre al sacrificio, dispuestos á todo por sus hermanos; héroes que no se dan punto de reposo en llevar el pan del alma á los pervertidos, el pan del cuerpo á los desgraciados, involuntariamente sentimos que esa virtud, tan exaltada y tan grande, alumbra con sus rayos nuestros ojos, nuestra vida, y penetra con su dulce calor nuestro corazón y nuestra voluntad. Así, el alma de Margarita, entregada sin norte y sin rumbo fijo á todos los embates de sus pasiones, bajo el influjo del alma de Angela, á su dulce amor, había florecido como la tierra en primavera florece al ardiente beso de fuego que le imprime el sol.

Angela se había propuesto hacer la felicidad de Margarita. Por lo mismo que había sido su rival, deseaba su bien, su ventura; por lo mismo que la había redimido de la esclavitud del vicio, la amaba con entusiasmo. Veía Angela en Margarita una obra suya, y se gozaba en contemplarla, como el artista contempla la hermosa escultura que se levanta en el mármol á los golpes de su cincel.

Sí, era el alma de Margarita, hasta cierto punto, la creación de Angela. El soplo de la Hermana de la Caridad había penetrado en aquel corazón, tornándolo pacífico y sereno; su vida había sido el modelo de la vida de Margarita; sus acciones, la norma de aquella mujer, que, encenagada como el insecto en el lodo de la sociedad, tomaba alas como de mariposa para volar y cernerse en los infinitos espacios, merced al dulce aliento de Angela.

Así, ésta lo que deseaba era dar á Margarita todo el bien posible, devolverle la felicidad perdida, lograr que Eduardo tornase á caer en sus brazos, aunque los celos partieran en mil pedazos su amante corazón; que el sacrificio era como la gran necesidad del alma de Angela, centellante siempre de amor y de entusiasmo.

* * *

Mas ¿qué había sido de Eduardo? Huyendo de la sombra de Margarita, se había refugiado en un buque francés. Una vez disfrazado, y seguro de no ser conocido, había pretextado que causas políticas le movían á separarse de su patria. El buque francés le acogió bajo su pabellón, llevándoselo á Francia. Ya en París, Eduardo conoció que allí su vida había de ser muy precaria, muy triste. Además, la vida para él era una pesada carga; necesitaba olvidarse de sí mismo. En esta sazón ardía la guerra en Africa. Los franceses enviaban una de sus numerosas expediciones contra los bárbaros de aquella ardiente región, hermana nuestra en otro tiempo, hoy abandonada de nosotros.

Además, la guerra, el ruido de los combates, la vida en aquellos ardientes climas, los espectáculos á que no estaba acostumbrado, el hambre, la sed, la muerte misma, eran para Eduardo como una esperanza, porque necesitaba desasirse del recuerdo de borrar las dos imágenes que en su pensamiento le seguían, le acompañaban á todas, partes, sin dejarle nunca, Angela y Margarita, como dos palabras que resumían toda su vida, como los dos límites de su horizonte, como las dos pasiones de su corazón, como la luz y la sombra de su conciencia, como la lucha del bien y del mal, que extiende su dominio sobre todo el espíritu y sobre toda la naturaleza.

Eduardo logró su objeto: entró en el ejército de Africa á combatir, á, pelear, á olvidar.

Era una hermosa mañana de Mayo. El sol se levantaba por los límites del horizonte, resplandeciente de hermosura. El cielo estaba riente, azul, sereno, sin nubes. Las costas del Mediterráneo desplegaban un mar de verdura sembrado de flores; las aguas tranquilas reflejaban la luz límpida y grata del cielo. Varias naves francesas se dirigían á las costas de Africa, y levantaban sus anclas, y recogían en sus velas, blancas como la espuma, las amorosas brisas. Las naves llevaban nuevos refuerzos de gente para la guerra de Africa. Se componían estos refuerzos de gente joven, alegre, intrépida, que iba á la guerra como los caballeros de la Edad Media á, sus torneos.

Los labios todos elevaban una canción de despedida á la Francia, á la amada patria, á la nación que se perdía como una ilusión querida entre los velos del celeste horizonte y las aguas de los mares. El deseo de la gloria, el amor á la patria, la ambición, el anhelo de guerrear, todas esas pasiones que tanto engrandecen el corazón humano, pasiones madres de las portentosas hazañas, vibraban en aquel cántico sublime de tierna y dulce despedida á la patria. Con ese arte propio de los franceses, los cuales rara vez olvidan que el mundo es un gran escenario y el hombre un gran actor, los brazos de todos aquellos jóvenes se abalanzaban á la ribera con entusiasmo semejante al de un corazón joven que deja sus prendas, sus primeros amores. Entre esta explosión de entusiasmo, sólo había un joven que nada decía, que no hablaba, que no lloraba, que no cantaba, que se sonreía amargamente en medio de tan general entusiasmo.

Estaba sentado sobre cubierta, con la cabeza apoyada en la mano, viendo indiferente el espectáculo de tantas y tan entusiastas pasiones. Cuando la tierra se perdió entre los pliegues del horizonte; cuando sólo se veía el mar y el cielo, un silencio solemne siguió á la tempestuosa y exaltada alegría. La presencia de lo infinito que el hombre ve en el mar y en el cielo, le obliga á recogerse en sí mismo, á meditar como bajo las bóvedas elevadas. y sublimes de un majestuoso templo. Uno de los jóvenes que más entusiasmo habían mostrado se sentó junto al joven meditabundo, que era Eduardo, y le dijo:

—Vos no habéis cantado ni llorado.

—No dejaba nada ni nadie en Francia.

—¡Triste suerte!

—Muy triste.

—Pero al menos recordaréis alguna persona.

—Nada, nada me queda en el mundo.

—¡Parece imposible!

—Si como me separaba de las riberas me separara de la vida; si como me entrego á este mar tranquilo y azul me entregara al océano de la eternidad, sentiría la misma calma, la misma tranquilidad.

—¡Oh! Pues entonces…

—Sí, vais á preguntarme: Tu, que has muerto, ¿por qué usurpas el aire, el alimento, el espacio que pertenece á un vivo?

—No, ciertamente no.

—Lo confieso, no he tenido valor para morir.

—No desesperéis.

—Lo tendré para que me maten.

—Y ¿ni siquiera acariciáis una esperanza? —dijo su interlocutor á Eduardo.

—¡Una esperanza! —contestó éste—. Si hubiera una esperanza, ¿á qué me quejaría?

—Pues ¡qué! ¿tan solo creéis el mundo que no podáis encontrar en él ni un sér que os ame?

—No, nunca. No puede ser.

—¿Estáis loco?

—Tenéis demasiadas ilusiones, joven.

—¿Por qué?

—Porque os parece locura la desgracia.

—Sí, ciertamente. Me parece locura el haber renunciado hasta á la dulce esperanza de ser querido.

—Esa sería mi mayor desgracia.

—Explicaos.

—Lo sería inmensa.

—¿Tal vez vuestro amor mata?

—Lo habéis dicho en són de burla, y habéis dicho la verdad.

—¡Qué horror! Tenéis la imaginación poblada de espectros.

—Sí, mi amor mata.

—Quitaos esas aprensiones.

—He hecho infeliz á la mujer que ame, infeliz para siempre.

—¡Oh!

—He asesinado á mi esposa.

—¡Cielos!

—Queréis mayores desgracias? He arrancado la felicidad á un ángel, he arrancado la vida á una mujer.

—No me lo contéis.

—Es verdad. No deben saberse todos estos crímenes.

—Y ¿qué buscáis?

—Busco la muerte.

—La muerte, que tan fácilmente se encuentra.

—Ya os he dicho que no he tenido nunca valor para acabar mi vida.

—¡Desgraciado!

—¿Me compadecéis?

—Mucho, mucho.

—Soy, en verdad digno de compasión.

—Mas confiad en lo por venir.

—Para mí se han cerrado todos los horizontes.

—¿Quién sabe?

—No hay, no puede haber vida para mí.

—Sí, sí; Dios tiene en sus manos la misericordia.

—Pero Dios sólo puede descargar sobre mí su venganza.

El dolor que manifestaba Eduardo era tan grande, que el joven conoció que toda conversación le era importuna. Levantóse después de saludarle, y le dejó solo, abandonado á su silencio. Eduardo volvió á caer en sus profundas meditaciones.

* * *

Esta guerra de Africa tenía mucho de cruel. Dios ha querido que la civilización se riegue con mares de sangre y se fecunde con la vida del hombre. Como de la putrefacción de los cuerpos nacen nuevos átomos que llevan á otros cuerpos la vida, de estas continuas guerras y revoluciones nace indudablemente la sangre de toda nueva civilización. El hombre no ha dado un paso en la carrera del progreso sin estampar una huella de sangre, sin sentir un dolor, sin lanzar un quejido. Todo su camino triunfal por la tierra está sembrado de cadáveres, de ruinas, de espanto y desolación. Es su estrella, es su destino. No es posible creer, sin embargo, que la guerra sea eterna. Día llegará en que cese esta edad infeliz de la guerra. Entonces el hombre, lejos de convertir sus fuerzas contra el hombre, las convertirá a domeñar, y vencer, y sojuzgar más y más la Naturaleza. Mas hoy, para tratar con los pueblos que no quieren la civilización con los pueblos sumergidos en la abyección, en la esclavitud, en la barbarie, la Providencia no ha puesto en las manos del hombre más instrumento que la guerra, como un hierro candente con que se imprime en la conciencia y en la carne humana, sumida en las sombras de la esclavitud, la idea de su libre personalidad.

Pero estas guerras con pueblos bárbaros, con pueblos sumidos en odiosa esclavitud, son guerras bárbaras, son guerras crueles, son guerras sangrientas, de atroces venganzas. El infeliz que ve una raza superior ir, penetrar en sus chozas y arrancarlas de cuajo, penetrar en sus templos y herir sus dioses, cree que el enemigo sólo merece el exterminio. La carnicería que los bárbaros africanos hacían en aquellas gentes era terrible, era espantosa, era sangrienta. A su vez, el ejército europeo no daba un paso, no conseguía una victoria, no lograba una pequeña conquista, sin dejar por todas partes, en aquellos áridos arenales, sembrada la desolación y la muerte.

En tan tristes circunstancias, se pensó en llevar al Africa Hermanas de la Caridad, esos seres privilegiados que se ciernen, como los ángeles, sobre la desgracia y el dolor. Sólo sus almas de fuego podían sufrir los rigores de aquellos climas; solo su entereza podía andar entre aquellos campos sembrados de cadáveres; sólo su ardiente caridad podía servir para tantos y tan tristes hospitales. La Hermana de la Caridad corre al campo de batalla; recoge en sus brazos al herido; le detiene el alma cuando parece que se va á escapar del cuerpo; protege y salva muchas veces al infeliz soldado, y si acaso le ve morir, le auxilia en tan amargo trance, y derrama sus oraciones y sus lágrimas sobre los restos inanimados.

La necesidad que el ejercito sentía de estos ángeles de paz, era inmensa; necesidad siempre creciente. Así, las Hermanas de la Caridad, no sólo de Francia, sino de otros paires, llegaban al Africa á sostener aquel ejército, diezmado por la peste, el hambre y la guerra. Nada más tierno que ver, donde sólo se respira odio, el amor; donde sólo se ejerce la venganza, el espectáculo de la caridad y del amor.

Mas para ir al Africa se necesitaba una caridad inmensa. Un día se supo en Nápoles la aflicción en que estaba el ejército francés. Con tan tristes nuevas llegó una excitación para que las Hermanas de la Caridad que lo solicitaran fueran á esta guerra; pero sin que se las forzase a ello, dejándolo á su libre albedrío, á su voluntad, pues eran horribles las privaciones y los dolores que debían sufrir.

Angela se acercó á la Hermana mayor y la dijo:

—Yo quiero ir á Africa.

—¿Vos, Angela?

—Sí.

—¿Habéis meditado los peligros á que os exponéis?

—Los he meditado.

—¿Sabéis que allí es fácil que os sobrevenga la muerte?

—Lo sé.

—Y ¿sin embargo…

—Quiero ir, sí; quiero ir.

—¡Angela! Meditadlo bien.

—Me he decidido.

—¡Oh! Es demasiado vuestro celo.

—No lo creáis.

—Sí, demasiado.

—¿A qué he venido yo aquí?

—A socorrer á los necesitados, a los enfermos.

—Pues si he venido á eso, ¿cómo cumplo mejor mi destino?

—Socorriendolos.

—Y si cumplo mi destino socorriéndolos, ¿por qué no he de ir al Africa?

—¡Oh!

—Allí hay más desgraciados, pues allí es necesario mi auxilio.

—¡Abandonarnos!

—No hay remedio.

—¡Abandonar á tantos desgraciados!

—Por otros más desgraciados.

—¡A tantos pobres!

—Por otros más pobres.

—Pero vuestra naturaleza no puede sufrir esos rudos combates.

—Se quebrará y moriré.

—Eso es un suicidio.

—No, es cumplir mi deber hasta el fin.

—¡Vuestras Hermanas de Nápoles…

—Cuando yo dejé mi gloria por este trabajo, mi madre por este convento, no lo dejé para ceñirme con nuevos lazos, con nuevas ligaduras. Las rompí todas para ser el consuelo de los pobres y de los desgraciados,

—Angela, no nos abandonéis.

—¡Ah! Morir seres á millares y no poder yo socorrerlos, me parece imposible.

—Moderad ese ardor.

—Señora, deseo ir al Africa.

No hubo remedio. La Hermana mayor salió de la habitación donde Angela le pedía imperiosamente partir, y se encaminó á la enfermería del hospital. Pocos instantes después traía en pos de sí una gran turba de convalecientes, de enfermos de todas edades y sexos. Al entrar aquella muchedumbre y ver á Angela, comenzaron todos á llorar fuertemente y á decir estas palabras:

—¡No nos abandonéis —decía uno abrazando las rodillas de Angela.

—¡Por Dios!… —exclamaban otros.

—¿Qué va á ser de esta infeliz? —decían los más.

—¡Nuestro consuelo! —exclamaban varias voces en coro.

—¡Nuestro auxilio! —decían otros.

—¡Nuestro ángel! —exclamaban muchos.

—No, no os vayáis.

—Y ¿podréis dejarnos?

—Os seguiremos.

—Sí, sí, la seguiremos.

—¡Por Dios, Angela!

—¿No nos veis llorar?

Y todos la oprimían con sus ruegos, con sus gemidos, con su llorar.

—Ya lo veis —decía la Hermana mayor á Angela.

Ésta, de pie en medio de aquel grupo de desgraciados, con los ojos puestos en el cielo, trémulas las rodillas, sin poder apenas respirar, no fué dueña de sus emociones, y comenzó á llorar amargamente, lloro que fué acompañado por los sollozos y los gemidos de todos.

—Ya llora —decían unos.

—¡Ya no se irá! —exclamaban otros.

—¡Es imposible que nos deje!

—¿No es verdad que no te irás? —la decían los niños.

Angela movió la cabeza para hablar.

—No se irá, no se irá —decían todos gozosos, y los niños saltaban y se reían de contento.

—No, no os iréis. ¿No es verdad que no? —dijo la Hermana mayor.

—Esperad, esperad un instante. La emoción que siento no me deja hablar.

Y Angela continuó llorando amargamente,

—Os desafío á que os vayáis —la decía una pobre enferma que debía á los cuidados de Angela su existencia—. Sí, os desafío; mis hijitos se colgarán de vuestro cuello, y yo de vuestras rodillas, y no habéis de dar ni un paso.

—Dejadme hablar. La emoción que siento me ahoga. Si algún sacrificio hubiera hecho al abrazar esta vocación mía, el placer que siento en este instante lo hubiera ya compensado. No hay alegría comparable á, esta alegría; no hay placer como este placer. Yo, que he recibido helada las ovaciones de un público inmenso, no puedo ver vuestro cariño sin sentirme como transportada al cielo. Pero, hijos míos, el cumplimiento del deber es sagrado. Yo he hecho voto solemne de ir donde arrecie el mal, donde amenace el mayor peligro. ¿No son hermanos vuestros los soldados de Africa? ¿No son también infelices?

—Sí, sí.

—Y en este instante, en los desiertos de Africa, á los golpes de enemigas espadas, bajo los rayos de un sol abrasador, sin auxilio ninguno perecen; y ¿no he de poder yo ir á llevarles mis cuidados?

Todos callaron.

—Ya os veo vacilar. Ya veo pintada la compasión en vuestro rostro. Ya veo que vuestra misma conciencia os dice que debo ir á, proteger á vuestros hermanos. En los corazones de los infelices no cabe el egoísmo. Han sentido el dolor, y saben lo que es el dolor. ¿Consentiréis que en los arenales de Africa, sin recursos, perezcan muchos jóvenes que necesitarán sus madres, muchos padres que necesitarán sus hijos, muchos hombres que necesitará la humanidad?

—No, no —dijeron todos á una.

—¿Quién sabe las vendas que yo podré poner, la sangre que yo podré estancar, las heridas que yo podré cerrar?

—Muchas, muchas —dijeron todos.

—Además, hay otra razón, hijos míos, otra razón.

—Decidla.

—Se trata de civilizar pueblos bárbaros, enemigos de nuestra fe. Esos pueblos nos conocen tan sólo por la guerra, por la desolación que les llevamos, y nos aborrecerán. Es necesario que nos conozcan por el bien que hacemos, por los consuelos que derramamos en las almas. Así, viendo una Religión que inspira á las débiles mujeres valor bastante para atravesar el desierto y buscar la muerte sólo por socorrer á los infelices, á los desgraciados, sin mirar ni su religión, ni su patria, ni su culto, sino sólo que son sus hermanos, acaso sigan nuestras creencias y adoren nuestro Dios.

—Es verdad, es verdad.

—Y cuando yo, pobre de mí, trato de ir á salvar infelices, ¿vosotros, los infelices, os habéis de oponer? Cuando yo trato de socorrer la desgracia, ¿vosotros, desgraciados, vais á cerrarme el paso? No, no lo haréis; que en vuestros corazones hay amor á la humanidad, y en vuestra alma, hermanos míos, hay grandeza.

—¡No, no! —dijeron todos á una.

Angela les hizo una señal, y abandonaron la estancia.

—¿Lo veis, señora?

—Mucho siento que los hayáis persuadido.

—¡Por Dios! Dadme también vuestro consentimiento.

—Angela, mi razón os lo da, pero no mi corazón.

—¡Por Dios, señora!

—¡Abandonarnos!

—Mi alma no os abandona.

—¡Dejar á Nápoles!

—Aquí se queda mi corazón.

—¡Buscar una muerte segura!

—Habré cumplido mi destino.

—¡Angela!

—¡Hermana mía!

—Sois demasiado grande para la tierra.

—No hago más que cumplir con un gran deber.

—Deber penoso.

—Pero que es mi deber.

—¿Habéis pensado bien que el clima es mortal?

—Sí.

—¿Que las noches son frías y los días ardientes?

—Sí.

—¿Que el desierto puede ser vuestro sepulcro?

—Sí.

—¿Que un campo de batalla es terrible?

—Vos habéis estado en ellos muchas veces.

—Pero ¡cuánto he padecido!

—Egoísta.

—¿Me llamáis egoísta?

—Sí, pues queréis quitarme el lauro de esos padecimientos.

—No, nunca. Tomad mi bendición: que os proteja el cielo.

Capítulo 25

Era el anochecer. El mar Mediterráneo rugía, como nunca, embravecido. Las olas, alteradas por el viento, se encrespaban y rugían, abriendo profundos abismos, pavorosos, tristes. El cielo cargado de nubes, aquel cielo tan hermoso, sólo inspiraba triste desconsuelo. Los marineros de un navío que se encontraba surto en el puerto de Nápoles se apercibían, sin embargo, á darse á la vela. En la orilla se ofrecía un espectáculo aún más triste. Una gran muchedumbre de gente, á juzgar por sus trajes pobre y desvalida, gritaba, llenaba con tristes lamentos el aire. En medio de aquella muchedumbre se veían varias Hermanas de la Caridad llorosas y tristes, y en el centro del semicírculo que estas Hermanas de la Caridad formaban, se veía á Angela, teniendo en sus brazos, medio desmayada, á una mujer vestida de negro, que era Margarita. Ésta había transformado completamente su vida, y hasta su naturaleza. A su antigua pasión había sucedido la calma; á sus vicios, la virtud. Su soberbia se había convertido en humildad, sus dudas en fe; sus celos y recelos por Angela, en una confianza completa. El bálsamo de compasión y caridad que Angela derramara en su corazón curó todas sus heridas, restañó su sangre.

Margarita, confiando en Dios, se entregó á una vida de privaciones, si triste, serena y tranquila. Recordó antiguas habilidades femeniles, ya casi olvidadas, y este recuerdo le valió para ganarse, aunque miserablemente, el sustento. Y en la práctica de la virtud y en el trabajo pasaba aquélla su pobre vida, antes entregada al vicio. Angela amaba en Margarita lo que el artista ama en su obra. Ella había sacado aquella alma obscurecida del seno de las tinieblas, y la había remontado al cielo. Ella había vertido el aroma de la virtud allí donde sólo existiera antes la ponzoña del vicio. Ella, en fin, había transfigurado con el rayo de luz de su conciencia el espíritu entristecido y obscuro de aquella infeliz mujer. Margarita sentía la partida de Angela como si se ocultara la única luz de su vida. Temía zozobrar abandonada á su corazón. Angela no la ocultaba que á su ardiente caridad unía el deseo de encontrar á Eduardo en los arenales de Africa, y de recordarle sus deberes domésticos.

—El cielo —decía Angela— me inspira este pensamiento; yo debo hacer tu felicidad. Sin embargo, Margarita lloraba, como lloraban todos cuantos rodeaban á aquel ángel de bendición. Lloraban por su próxima partida; lloraban por el aspecto que ofrecía el mar el día de esta partida. Todo era zozobra, todo espanto, todo terror. Los mugidos del viento, las embravecidas olas, el rugido de los elementos, parecían rechazar el sacrificio de Angela; parecían querer arrojarla lejos de su seno, para que no cumpliera este gran deseo de su corazón. Mas no arredraba nada á Angela. Tenía una idea tan grande, tan sublime, de la voluntad humana, que estaba convencida de que no puede ser ni obscurecida ni domada por la furia de los elementos. Aquel mar rugiendo, aquel cielo obscurecido, no la detenían, no la impresionaban. Sobre las ráfagas de aquella tempestad veía levantarse á Dios en toda su grandeza: Dios protegiendo á sus criaturas. Y bajo su amparo se entregaba á los furores del mar, como á los brazos de un amigo. Grande era el furor del mar; pero no era menos el eco de, los lamentos de tanta gente congregada para despedir á la pobre Angela.

Mas en esto se oyó una voz que dominaba todas las voces, un gemido que ahogaba todos los gemidos. Era la voz, era el gemido agudísimo de la madre de Angela. Esta pobre mujer, desolada, loca de dolor, de rodillas á los pies de su hija, quería detenerla para que no partiese en tan funesto día. Angela no podía contener su dolor, sus acerbas lágrimas, que le velaban los ojos. El corazón, herido, quería salirse del pecho. Sin embargo, dando un adiós profundamente dolorido, abrió los brazos, se dejó caer en la barquilla que le aguardaba y se entregó á la furia de los elementos.

Un clamor universal contestó á este arrojo de la heroica joven. Todos los labios prorrumpieron en oraciones, en gemidos. Angela llegó al navío que la aguardaba, tendió los brazos á la tierra querida, donde dejaba pedazos de su corazón, reflejos de su alma, y se perdió después en las brumas del horizonte. ¡Dios la bendiga! Va en pos de los desgraciados; va á derramar la fe en almas doloridas, oloroso bálsamo en cancerosas llagas morales, el bien y la salud en los pobres y en los enfermos. ¡Dios la protegerá!

El buque en que iba Angela se dió á toda vela al mar. Al principio, el viento que reinaba lo arrojó, con ímpetu y fuerza en su carrera; pero de tal suerte, que bien pronto se borró á, la vista de todos; la tierra se perdió entre las brumas del horizonte. El combatido leño prosiguió audaz su camino, desafiando el furor de los elementos, el embravecimiento de las ondas, el empuje del huracán. Al capitán habíale parecido una temeridad indisculpable lanzarse al mar, pero estimaba en más la honra que la vida; y por la honra, por su palabra, solemnemente empeñada, se había ido á luchar con las fuerzas ciegas de la Naturaleza. Nada más triste que luchar con un ser sin libertad, con un elemento que no conoce las consecuencias que pueden traer sus fuerzas. La lucha con el hombre es horrible, sangrienta, pavorosa; pero, al fin, un gemido del débil, una súplica, una lágrima, pueden mover á, lastima y caridad al corazón humano, que aun en sus más terribles raptos de odio siente y conoce, y puede arrepentirse; pero la lucha con un elemento implacable, que responde á un gemido con nuevos combates, á una lágrima con una ola, á un ruego con su silencio y la continuación incesante de su furia terrible y pavorosa; la lucha con un elemento furioso y ciego, es negra como la desesperación.

El capitán quería volverse á Nápoles cuando vió la temeridad cometida y la furia del mar; pero el empuje de los vientos había arrastrado muy lejos su barco, y no había ni posibilidad de volver, ni esperanza de encontrar un puerto. Acercarse á las riberas era terrible y difícil: terrible, porque aquellas ráfagas de viento podían estrellar el buque contra los peñascos, ó encallarlo en la arena; difícil, porque el viento en una sola dirección empujaba al buque, y ni los más grandes prácticos podían calcular en qué punto se podría hallar un buen seguro.

Aquella noche se pasó entre angustias. La esperanza del nuevo día se anidaba en todos los corazones. La esperanza es, en la vida moral como en la Naturaleza, el opaco reflejo del sol, que atraviesa y hiende las negras nubes. Pero el siguiente día vino, y más que día, asemejábase á la prolongación de la noche. El cielo, de color de pizarra, parecía la piedra inmensa de un gran sepulcro, que pesaba sobre la frente; el mar, alterado, embravecido, rabioso; las olas abriendo abismos y encrespándose en montañas; el viento desatando sus ráfagas en confusión horrible, y moviendo unas contra otras las ondas; restos de un naufragio flotando sobre las obscuras aguas, que parecían un líquido bituminoso; la blanca gaviota huyendo medrosa, y dando, al volar, espantosos graznidos, que parecían lamentos de moribundos recogidos por el aire; los marineros sin esperanza, los viajeros sin consuelo, la muerte dibujándose como un espectro en las aguas y en los vientos, pronta á lanzarse sobre su presa, á manera de los voraces tiburones que rodeaban el combatido barco; todo, sí, todo, en una palabra, era espantoso, tremendo, horrible. Parecía que Dios iba á, bajar á juzgar á sus criaturas, y que al tocar con el borde de su manto los mares y la tierra, los había desconcertado, precipitándolos en su total descomposición y ruina. Parecía que se habían apagado el sol y las estrellas, y que sólo sus pavesas alumbraban el mundo. Parecía que el mar, saliéndose de su centro, se despeñaba en la inmensidad de la tierra, como la catarata de caudaloso río. Parecía, en fin, que para todos los que en aquel barco iban se abrían de par en par las puertas de la eternidad.

El mismo horror que como negra sombra se extendía por los mares, se extendía también sobre el lívido rostro de los infelices destinados al largo suplicio de sufrir aquella tremenda tempestad. Unos temblaban de pavor, de miedo, delante de la muerte, y rechinaban de rabia los dientes, como disputándose á brazo partido su presa, á la eternidad. Otros lanzaban lamentos, súplicas á los aires, como si creyeran que el mar iba á oir sus quejas. Algunos, que acaso no habían orado nunca, de rodillas, con las manos plegadas y los ojos arrasados de lágrimas, pedían misericordia. Todos estaban igualmente doloridos e igualmente temerosos. Las madres cogían á sus hijos y se rodeaban de todos ellos para morir abrazados, de un solo golpe, y lograr ir todos juntos a la eternidad. Algún corazón amante se acordaba en aquel tremendo trance de su amor, y se indignaba contra la muerte, porque iba á robarle, tan sin razón, el logro de su deseo. Iba una joven desposada, que el ansia de ver á su esposo la había decidido á lanzarse al mar; una mujer que iba á encontrar á su marido, que había llorado muerto; unos pobres jóvenes que se amaban tiernamente, y parecían mas tranquilos que los demás porque el naufragio los había sorprendido juntos, y esperaban darse un beso de amor, aunque fuera bajo el sudario de las frías ondas; una madre, con un pequeñuelo al pecho y tres niñas á su alrededor, lanzaba miradas horribles al mar y á los vientos, como el águila que ve que le van á robar sus polluelos, y todo en el navío era consternación infinita, lamentos, dolores; lucha terrible del hombre con la Naturaleza, de la vida con la muerte; lucha, en que sólo se ven los encantos de la existencia y el negro terror de la negra muerte; lucha indescriptible, más atroz que la misma tempestad.

En medio de una universal desolación, sólo una persona se mostraba serena y resignada: Angela. El embate de las olas, como el embate de las pasiones, se estrellaba á sus pies. El temor á la muerte no se dibujaba en su rostro. De rodillas sobre cubierta, con los ojos puestos en el cielo y el pensamiento en Dios, veía serena acercarse el instante fatal de la muerte. Para ella, la muerte no era más que una transformación gloriosa de la vida. No se forjaba ilusiones, ni trataba de ocultar el mal á sus ojos. Convencida de que iba á caer la negra noche del sepulcro sobre su frente, doblaba resignada la cabeza. Volvía los ojos al mundo, á su vida asada, y encontraba que había hecho todo el bien posible, y, por consiguiente, se preparaba á sumergirse en el mar con la misma tranquilidad que el niño en el sueño.

La muerte puede ser terrible para el que no ha cumplido su destino en la tierra; para el que ha mirado con indiferencia la suerte, de sus hermanos; para el que no ha hecho bien, alguno, y encerrado en su duro egoísmo ha visto pasar, como fantasmas de una linterna mágica, los dolores humanos, sin consagrarles ni lágrimas ni consuelos.

Pero el que ha vivido, con la vida de todos, el que ha repartido su corazón y su inteligencia entre las gentes, el que nada, se ha reservado para sí, contribuyendo con su vida á la vida de todos, al morir sabe muy bien que los tesoros de su vida que ha derramado en la tierra no se evaporarán, sino que de la misma suerte que el resplandor del sol desde el frío ocaso tiñe los horizontes con sus resplandores, y dora con sus rayos la luna y las estrellas, esa vida prodigiosa, repartida en obras de caridad, en la predicación de grandes ideas, en el culto á las artes, dorará con sus rayos y vivificará con su esencia muchas generaciones, tal vez más numerosas que las estrellas del cielo.

La muerte no debe ofrecerse á nuestros ojos, ni como un amigo que acaba con toda nuestra existencia, ni como terrible enigma que devora nuestra vida. Ambas concepciones son falsas. El deseo de la muerte no puede existir en el corazón que se goza en vivir; pero el amor á la vida no debe llevarnos hasta desear la inmortalidad y la perpetuidad de nuestro sér en la tierra. Debemos mirar la muerte como una solución necesaria en el gran problema, de la vida, como un término forzoso del tiempo, como un tránsito necesario á otra vida, como un punto entre el tiempo y la eternidad, que separa dos mundos, y que á un tiempo vierte su luz en esta nuestra existencia y en las sombras espesas del sepulcro; porque al fin la muerte es tan natural como el mismo nacimiento.

Angela en estas circunstancias supremas, como en todas las de su vida, se olvidó de sí para acordarse de los seres que le rodeaban. A todos se dirigía y á todos hablaba. Su imaginación, sin curarse del estrépito de los elementos ni de los abismos que se abrían á sus plantas, pintaba con arrebolados colores la muerte. En aquellos instantes, el ruido de los elementos era como una gran sinfonía que acompañaba la voz de Angela, dulce, y consoladora como un cántico. «¡Morir! ¿Qué quiere decir morir? No moriremos, no, decía. Puede romperse en mil pedazos este barco, sepultarnos el oleaje que se embravece, devorar nuestro cuerpo esos monstruos que nos cercan; pero ni el mar con su inmenso furor, ni las tempestades, ni los terribles huracanes, pueden darnos la muerte.

»En este instante en que parece que se acerca el término de la vida, acordémonos de que la vida es inmortal; en este instante en que el dolor de la muerte se acerca, acordémonos de que ese dolor es transitorio; en este instante en que todo está sumergido en tinieblas, recordemos que Dios brilla, como el eterno sol del mundo moral, sobre las ráfagas de las tempestades. ¡Venga, venga la muerte! ¿Qué importa? Hemos hecho cuanto hemos podido por el hombre. Unos, con el trabajo y la industria os habéis perpetuado en la Naturaleza; otros, con el amor y la familia vivís presentes siempre entre los hombres; otros, por las grandes obras de caridad os perpetuáis en el bien que habéis hecho; todos, con la esperanza, podemos tocar el, cielo. No, desconfiemos, no desconfiemos. La muerte asusta más cuanto menos la miramos. Acostumbrados desde niños á ahuyentarla de nosotros como un fantasma, nos coge siempre de improviso. Debíamos, para ser perfectos y dignos, acordarnos que esta tempestad que ahora se desencadena la llevamos siempre en nosotros; que esta pálida muerte que ahora se dibuja ante nuestros ojos es como la dulce, aromosa esencia del cáliz de la vida.

»Preparémonos. La muerte es tan natural como la vida. Y todo lo que es natural no daña. En verdad, de esta muerte violenta podemos levantarnos al cielo. El insecto rompe el capullo el ave rompe el huevo, y sólo, así pueden tomar alas y, volar, y bañarse en el éter de la vida. Nosotros también somos esclavos; también nosotros estamos encerrados en una cárcel. Se acerca la hora de la libertad, el instante sublime de la emancipación. La cárcel se arruina, la cadena se quiebra, el prisionero alcanza la santa libertad. ¿No habéis querido alguna vez lanzaros en ese, inmenso, cielo? ¿No habéis, pensado en bañaros en la mustia luz de la luna, de los astros? ¿No habéis, en esos instantes de tristeza y de recogimiento del alma en sí misma, no habéis visto, al través de la Naturaleza, el resplandor de la esencia de Dios, el reflejo de la verdad divina? Y ¿no deseáis ver á Dios? Pues bien: la muerte tan temida, la muerte tan triste, la muerte tan terrible, puede verter en nuestra cabeza, como un bautismo, el consolador rocío de la eterna vida.»

Estas palabras de Angela calmaron el terrible anhelo de muchos infelices. Levantar el alma á Dios en el trance de una próxima muerte, es lo mismo que levantarla á la esperanza y borrar en ella la sombra del miedo. Todos los náufragos seguían el pensamiento de aquella mujer inspirada, que se cernía sobre la tempestad como la alondra en el cielo puro y sin nubes. Mas la tempestad no calmaba. El ruido de los vientos y el coraje de las olas eran cada vez mayores. Los esfuerzos de los marineros, las sabias disposiciones del capitán, la tremenda lucha que sostenía el timonero, iban tornándose inútiles. La desesperación, con todo su horror, comenzaba á pintarse en los rostros de los marineros, y sordas imprecaciones, como un eco maldito, acompañaban el gran estrépito de la Naturaleza.

En los viajeros, la palabra de esa palabra dulce, tierna, inspirada, había impreso un sello tal de grandeza, que la mayor parte miraban con resignación las asechanzas de la próxima muerte. Mas la tempestad crecía y crecía, y se perdía el rumbo y se agotaban las fuerzas, y grandes remolinos jugaban con el débil leño como con una leve paja. El cielo era de acero á los lamentos y á las súplicas de tantos infelices. La tempestad había envuelto en un sudario de sombras todo el mar, toda la tierra. La noche que vino encima de aquella noche, noche fría y terrible, aumentó sus angustias, sus dolores; ni un astro amigo se veía para consuelo entre las brumas del horizonte. El buque, perdió los palos, el timón fué inútil, los esfuerzos de los marineros impotentes, todos los recursos del arte ineficaces; no hubo más remedio que dejar abandonado el barco á merced de las olas y de los vientos. ¡Triste hora, espantoso instante! El capitán se cruzó de brazos, dejando caer la cabeza sobre el pecho, como quien ya ha agotado todo sufrimiento y aguarda tranquilamente, la muerte; los marineros se tendieron sobre cubierta agotadas sus fuerzas, perdidas sus esperanzas; el buque, sin palos, sin arboladura, sin timón, sin velas, parecía una inmensa mortaja que flotaba sobre las aguas; sordos lamentos, quejidos ahogados, llantos, imprecaciones, súplicas, plegarias religiosas, nombres invocados en el extremo de la agonía; todo, todo cuanto pasaba en la naturaleza y en el espíritu de las gentes que luchaban con la Naturaleza, todo era triste, sombrío, espantoso, negro, como uno de los círculos del infierno del Dante.

La calma que la palabra de Angela derramara en aquellos turbados espíritus se perdió por completo cuando vieron los infelices la victoria del mar sobre las fuerzas del hombre. Mientras el hombre lucha, la esperanza anida en su alma; pero cuando se agotan sus fuerzas, cuando cae rendido, cuando le falta espacio para mover su actividad, cuando se gastan todos los resortes de su genio, entonces el desconsuelo llega á su colmo. Cuando los pasajeros vieron que el marinero no luchaba, que, rendido y sin fuerzas, se entregaba á la muerte, comenzaron á lamentarse, á llorar, á herir el cielo con sus quejas. Todo fué confusión, todo fué espanto. Los padres llamaban á sus hijos, los hermanos á sus hermanos, los amigos á sus amigos, para morir todos reunidos, todos abrazados, como si tuvieran un solo cuerpo, una sola alma. El recuerdo de las personas queridas que dejaban en el mundo, la despedida de esta existencia que nos es tan cara, la lucha de la vida con la muerte; todo, sí, todo era triste, era aflictivo, era lastimoso. Los ojos de muchos de aquellos infelices se hablan cansado de llorar; secos, relucían con el fuego de la desesperación; desfallecidas las fuerzas, algunos pechos lanzaban ronquidos sordos, como el estertor de la agonía.

En estos instantes supremos, el capitán llegó á concebir alguna esperanza. El viento le traía el eco de voces humanas al oído, gritos confusos, que no podían distinguirse en el gran estruendo de la Naturaleza. Bien pronto se apagó aquella mustia esperanza, y tornóse en desesperación más honda y más terrible. Los gritos eran lamentos; las voces humanas, voces de agonía; el socorro, un naufragio: otro barco había sido devorado por la furia del mar, y muchos infelices perecían entre las olas. Cuando echaron de ver esto los infelices compañeros de Angela, se prepararon para morir.

Unos pedían con grandes gritos: «Confesión, confesión.» Otros oraban sobrecubierta, entregando á los elementos el nombre de Dios para aplacar los elementos. Muchos se retorcían en la desesperación, secos los ojos, cubiertos de hirviente espuma los labios. Angela, de pie sobre cubierta, acariciando á las Hermanas de la Caridad que la acompañaban, serena, silenciosa, triste, parecía, en medio de aquella universal desesperación, Un sér superior, en cuya frente centelleaba la virtud, aguardando serena el instante supremo en que la terrible ola vendría á devorarla y sumergirla en el océano de la eternidad.

La tempestad fué creciendo desoladamente. Ya no había ninguna esperanza. Sólo les restaba la protección del cielo, el auxilio de Dios. El buque hacía agua, como dicen los marineros, por todas partes. Contra el furioso elemento no había fuerzas posibles, no había luchas. El postrer fuego de la vida, la esperanza, se habla apagado en este último terrible trance. Todos sufrían ya una muerte anticipada y los tormentos de una eternidad. Los pobres náufragos se disputaban á la muerte con terror, pero con una fuerza indescriptible. Poco á, poco veían que el buque se llenaba de agua. Ya no les era posible estar en los camarotes. Salieron todos á cubierta. Aquellas tablas eran su único asidero á, la vida, su única esperanza en el mundo; tablas frágiles, que se sumergían en el profundo océano. Ya el delirio de los infelices náufragos rayaba en extremo. Casi todos se olvidaron del mundo para acordarse de Dios. Muchos de ellos, sinceramente católicos, se confesaban mutuamente sus faltas y pedían á Dios perdón de ellas con lastimero acento. Otros, que no creían en el catolicismo, se cruzaban de brazos, y esperaban con la fría impasibilidad de los estoicos la muerte. La confusión, los gritos, el delirio, se calmaron; ni siquiera se oía ni un quejido, ni un lamento, ni un ¡ay!; todo, todo estaba en calma dentro de aquel barco de tristísimos espectros.

Tal estado de calma, de tristeza, de fría impasibilidad, de silencio, se asemejaba á los instantes pavorosos y terribles que preceden á la última agonía, al postrer suspiro. La respiración de tantos pechos agitados por un mismo y continuo dolor, era como el estertor terrible del moribundo.

En aquella hora suprema sólo le asaltó un pensamiento á Angela. Toda una reconvención le hacía su conciencia. «¿Por qué vas, infeliz, al Africa, decía, por qué? ¿Vas por amor á la humanidad tan sólo?» Al dirigirse á sí misma esta pregunta, la joven palideció, y un remordimiento terrible se dibujó como un espectro en su conciencia. «¡Oh! se decía Angela á si misma: ¡oh! yo no voy á esta expedición terrible sólo por amor á los desgraciados. Necesito no ocultarme mis flaquezas, no ocultarlas á Dios, que me ve; á, Dios, que lee en el silencio de mi conciencia y cuenta los latidos de mi corazón. La verdad es, la verdad que yo no puedo ni debo ocultarme, es que yo sabía que Eduardo está en Africa, que sabía que allí buscaba la muerte, que sabía que acaso fuera necesaria á su vida, tal vez á, su felicidad, mi presencia, mi aparición á, su lado, y que esto, y solamente esto, me ha hecho abandonar mi hospital, mis Hermanas, mis enfermos, mi madre, mis amigas, para desafiar las borrascas del mar, las inclemencias del desierto. Mas ¿por qué he de amar yo tanto? ¿Por qué he de sentir siempre aquí, en el fondo de mi corazón, estos continuos lamentos, que me dicen que mi corazón no puede vivir sin amar? Amor, sí, amor delirante, amor eterno, fuego de mi vida, alma de mi alma, aliento de mi pecho; cuanto más te combato, más creces; cuanto más quiero ahogarte en el frío claustro, en la soledad, más poderoso te levantas; cuanto más fuertemente intento aprisionarte, más fuertemente me aprisionas, me vences, me dominas; porque al fin tuya soy, amor; tuya con toda mi alma; aunque desde que te sentí, sólo me has pagado este culto infinito con amarguísimos dolores, que aun hoy corroen mi corazón.

»Y soy infame, y soy perjura, y soy malvada, decía. Sí, mi corazón debía acallar estos sentimientos, debía encerrar dentro del pecho estas tristes aspiraciones. La pureza del cuerpo no importa cuando no está pura la voluntad, pura el alma. ¿Qué vale que mi frágil cuerpo brille con la transparencia del cristal, si la hermosa y suave luz de mi alma está moribunda bajo el peso de estos profanos pensamientos, que extinguen toda su hermosa y divina esencia? ¿Será cierto, ¡ay! será cierto que hayamos nacido sólo para amar? En este instante, cuando todos tiemblan y gimen, cuando todos se desesperan delante de la muerte, cuando todos se inclinan al abismo de la eternidad para sondearlo, yo, aquí, al mirar ese cielo despiadado, este mar turbadísimo, al oir el estrépito de las olas, al sentirme ya próxima á la muerte, y fría como un cadáver, solo me acuerdo ¡infeliz! de este amor, más presente siempre en mi memoria que mi propio espíritu, única idea de mi pensamiento, único latido de mi corazón. Este amor, que habla eternamente, que no se da punto de reposo, que no muere por más que intente ahogarle; este amor, ¿será mi corona de martirio ó mi cadena de condenación; el fuego del cielo que vivifica y exalta el espíritu, ó el fuego del infierno que consume mi carne y tuesta mis huesos?»

Estos pensamientos, por esas relaciones misteriosísimas que hay entre la naturaleza y el espíritu; estos pensamientos, que agitaban el alma de Angela, parecían recrudecer y exaltar la furia de los elementos. Por fin, un torbellino inmenso, inexplicable, desatándose furiosamente, recogió entre sus giros la nave como una arista, la arrastró largo tiempo, hasta que por fin la encalló en las arenas de la próxima ribera. Los pasajeros creían que era aquella la hora de su muerte, la señal de su perdición. Mas el capitán, viendo que la nave no se movía á pesar de la furia del viento y del gran oleaje, exclamó: «¡Nos hemos salvado; perdida la nave, pero ganada la vida!» Esta voz del capitán fué acogida con un grito inmenso de júbilo, con un llanto universal.

«Mas si queremos salvarnos, decía el capitán, es necesario abandonar el buque, saltar á la orilla; vengan, vengan botes.» Oir esto y querer todos saltar á tierra, fue lo mismo. Los más audaces se apoderaron del bote y se arrojaron en él. Mas eran tantos los que anhelaban acompañarlos, que el bote no podía resistir tanta gente, y se sumergía bajo la inmensa pesadumbre. El deseo inmoderado de vivir los había perdido. Las olas que á la orilla llegaban mas amansadas, se apoderaron de la pequeña embarcación, y la arrastraron consigo á alta mar. Muchos de los marineros, que vieron aquella terrible escena, se lanzaron al mar para detener la barca; pero fué imposible, y perecieron ahogados por su arrojo. Los desgraciados que se entregaron á las olas furiosas del mar, se perdieron. La pequeña llave no pudo resistir al mar y al peso de la muchedumbre que llevaba, y se sumergió en lo profundo. Los gritos, los lamentos, la desesperación de aquellos seres que morían cuando el cielo les había mostrado un rayo de su luz y les había infundido un aliento de esperanza; los gritos, la desesperación de los que habían permanecido en la encallada nave, y veían desaparecer entre las ondas prendas queridas del corazón sin poder salvarlas, ni aun socorrerlas; la inclemencia del cielo, que crecía, y el furor del encrespado mar, todo era horrible. La desesperación de algunos llegaba á tal punto, que se disponían para arrojarse al mar, y encontrar en sus amargas ondas muerte más dulce que sus dolores.

Angela, en esta ocasión, en este amargo trance, como en todos los trances de su vida, mostró los inagotables tesoros de su inagotable caridad. Sosteniendo á los débiles, predicando á los descreídos, fortaleciendo á los indecisos, multiplicándose para socorrer á los enfermos, para apartar del borde del suicidio á los desesperados, más que mujer parecía el ángel de la caridad y del amor. ¡A cuántos de aquellos infelices apartó de la muerte! ¡A cuántos descreídos inspiró la idea de Dios y el sentimiento religioso!¡A cuántos enfermos volvió la salud! ¡Oh! La caridad no conocía límites; cerraba las heridas del cuerpo, y cerraba también las heridas del alma. Aquella mujer era como el ideal de la virtud en la tierra.

Por fin pudieron, los que habían quedado de este naufragio, saltar en tierra. Angela y las Hermanas de la Caridad, algunos pasajeros débiles y enfermizos, se salvaron. Todos los que, llevados de un amor exaltadísimo á la vida, quisieron á toda costa conservarla, se ahogaron de una manera terrible cuando ya tocaban con sus manos la tierra, cuando habían visto lucir la dulce consoladora esperanza.

Cuando saltaron en tierra supieron que apenas se habían alejado de Nápoles y que habían encallado en las costas de Sicilia. Después de tres días de este horrible temporal, que tuvo incomunicada la isla con el continente, Angela tornóse á Nápoles.

Capítulo 26

Una tarde estaba Margarita con las Hermanas de la Caridad en el convento de Nápoles, hablando de lo terrible y nunca visto del temporal que había azotado las costas del Mediterráneo, y de la seguridad que tenían de que el buque en que iba Angela había naufragado, y se había perdido el santo modelo de la inefable caridad, la hermosa Angela. Al hacer estas reflexiones, al recordar la posibilidad de este naufragio, las infelices mujeres lloraban amargamente. La pérdida de aquel ángel de paz y caridad era, en verdad, digna de todo el dolor que le consagraban aquellas infelices mujeres. Mientras el temporal duro, el hospital se había convertido en una casa de oración, en un templo. Los niños que aun no sabían balbucear el nombre de Dios, los ancianos encorvados ya hacia el sepulcro, el enfermo más azotado por el dolor, el moribundo que no podía retener el último suspiro que se le escapaba del pecho, todos, olvidados de sí y de sus dolores, se dieron á rogar á Dios por la salvación de todos los que navegaban en aquellos terribles momentos, y muy especialmente por la salvación de Angela.

Cuando la tempestad se calmó y fueron vomitados por el mar tantos despojos, tantos cadáveres, quillas rotas, despedazadas tablas, restos del gran naufragio, todos, absolutamente todos los que el hospital y el convento habitaban, y la mayor parte de los pobres de Nápoles, lloraron muerta á Angela, como se llora á una persona amada; y en verdad, aquella mujer era individuo de una gran familia, hermana de todos los pobres, de todos los desgraciados, de todos los que lloraban en la tierra.

Cuando más lloraban la para todos indudable muerte de Angela, viéronla aparecer á la puerta de la sala principal del convento. La joven estaba pálida y trémula; sus ojos apagados, su respiración era tardía y dificultosa. La huella de sus grandes dolores se veía profundamente grabada en su rostro; el acento de la pena que la afligía resonaba en su voz. Al verla entrar, las personas congregadas en aquella sala, que eran varias Hermanas de la Caridad, algunas enfermas convalecientes, unas pobres pequeñuelas niñas y Margarita, lanzaron un grito, primero de entusiasmo, de alegría, después de un general sollozo.

—¿Conque sois nuestra? —decían unos.

—¡Ya os vemos! —exclamaban otros.

—Sí, me veis, me encontráis por la misericordia de Dios.

—¡Gracias, gracias, Dios Señor nuestro! —dijeron todos.

—¡Margarita, hermana mía, hermana! —dijo Angela estrechando contra el pecho á su antigua rival.

—¡Angela! —exclamó Margarita; y no pudo continuar porque el llanto la ahogaba.

—Y ¿no nos abandonaréis? —dijo la priora.

—Sí, os abandonaré.

—¿No habéis desistido?

—No.

—¿Acaso no veis en estos dolores un aviso del cielo?

—Sí; el dolor no me arredra.

—Y ¿volveréis á embarcaros?

—Volveré.

—¡Cielos!

—¿Creéis que acaso los elementos pueden detenerme?

—Meditadlo bien.

—Lo he meditado.

—Aquí hacéis falta.

—Mas falta hago en Africa.

—No lo creáis.

—Mi corazón lo dice.

—Os engaña vuestro corazón.

—Aquí estáis vos… que podéis socorrer á los infelices.

—Pero, mirad, os echan todos, Angela, de menos.

—¿Quién sabe cuántos infelices cristianos perecerán a estas horas en los desiertos de Africa?

—En todas partes hay dolores.

—Pero hay ciertos dolores que reclaman toda nuestra caridad.

—¡Por Dios, Angela, quedaos!

—No puedo, no debo quedarme.

—¡Qué persistencia!

—Es un deber.

—Creo que os engaña vuestra generosidad.

—No, mi fe no puede engañarse.

—Es orgullo ya esa insistencia.

—No: es confianza en Dios.

—¡Angela mía, por Dios!

—Ya lo he dicho, señora: el primer buque, el primero que vaya á la Argelia, me recibirá en su seno.

Angela, tomando el brazo á Margarita y separándose de todos, le dijo estas palabras:

—¡Ah! Padezco, pero soy feliz.

—El cielo te premia.

—Sé dónde está Eduardo.

Margarita lanzó un grito de alegría.

—Voy á salvarle.

—¡Cielos!

—¿Qué, qué te pasa?

—Nada, nada.

—¿Tienes celos?

—Lo has adivinado.

—Y ¿dudas aun de mí?

—No.

—Yo le amo.

—Angela, me atormentas.

—Pero ese amor permanecerá aquí, siempre aquí encerrado.

—Tanta heroicidad…

—¿No la crees posible?

—Sólo en ti.

—Margarita, aun tienes resabios de tu mala educación —dijo Angela reconviniendo tiernamente á la joven.

—¿Por qué me dices eso?

—Porque aun crees al deber heroísmo.

—Es tan difícil vencer el amor…

—No, no lo creas.

—No te comprendo.

—Hay otra cosa más difícil, Margarita.

—¿Qué?

—Degradarse.

—¡Oh!

—La mujer tiene una repugnancia invencible al vicio.

—Es verdad.

—Le cuesta mucho perder su pudor.

—Sí.

—Mas cuando lo ha perdido, cae hasta el último de los abismos.

—Por eso…

—Por eso es necesario guardar siempre la pureza del alma.

—Angela, cuando te oigo me fortifico para luchar y me engrandezco para vencer.

—No hay más remedio que salir pronto, muy pronto, de Nápoles.

—¡Tan pronto!

—¡Quién sabe si mañana será tarde!

—¿Ni un día te detienes?

—Ni un solo día.

—Acuérdate de mí.

—Voy á hacer tu felicidad.

—¡Angela mía!

—Voy á devolverte tu esposo.

—No puedo creer tanta felicidad.

—El dolor ha regenerado á los dos.

—¡Dolor triste y amargo!

—Pero dolor que encontrará en el cielo y en la tierra un consuelo. Voy, pues, á partir.

En efecto: al día siguiente salía Angela de nuevo del puerto de Nápoles. Vé en paz, genio del bien; cada una de tus palabras será un consuelo, cada una de tus acciones un bien, cada uno de tus pasos dejará en pos de sí una larga huella resplandeciente y hermosa.

* * *

Era una tarde calurosísima de Julio. El sol encendía con su ardor la tierra, y un silencio horrible pesaba sobre la abrasada Naturaleza. Sus seres animados buscaban en vano algún consuelo, pues la tierra parecía inmenso, encendido horno. Todo era horrible, todo era triste; pero mucho más horrible, mucho más triste en el desierto. En efecto: el desierto de Africa, donde guerreaban las tropas francesas, ofrecía un aspecto horrible y desolador. Ni un árbol se veía en lontananza, ni una vivienda, ni un ave cruzaba los aires, ni un cuadrúpedo, ni un reptil, la tierra. La Naturaleza, árida, triste, uniforme, monótona, parecía un inmenso y terrible cementerio. El cielo, encendido por un sol sin reflejos, parecía negro enrojecido; la tristeza que derramaba en el alma, como una sombra, era inmensa, infinita; la muerte se dibujaba en la Naturaleza. Ni un árbol, ni una fuente, ni un arroyo, ni un pozo, nada que anime la Naturaleza. Tierra por todas partes, tierra sin fin, cenicienta, tierra árida, cuyo color era triste como el color del cielo; tierra que nada produce, sino algunos espinos despojados de hojas, como ramos secos que parecían próximos á encenderse por los rayos del sol.

Y en este inmenso arenal, a lo lejos, se veían grandes bandadas de. hombres que se asemejaban á aves del desierto. Eran los hijos de aquellas abrasadas arenas, que habiendo visto á los defensores de la Cruz penetrar en sus hogares, destruir sus templos, se apercibían á una desesperada defensa. Y ya se sabe que los hijos del desierto, con su sangre semítica y africana, cuando pelean, cuando defienden sus hogares, cuando pugnan por salvar sus dioses, tienen la fiera constancia del león y la sed de sangre del tigre.

El clima ardiente, el sol, la aridez del desierto, la inclemencia del cielo, el fuego que centellean las arenas, el aislamiento y la soledad de aquellas razas, su fiero fanatismo, su amor al suelo patrio, amor que Dios inspira á todos los pueblos, y muy especialmente á los pueblos nacidos en climas inclementes y en terrenos áridos; estas y otras mil particularidades, propias de la índole de estos pueblos, les obligaban á entrar con ferocidad en la guerra.

Estas feroces tribus, vencidas en sus correrías por el mar, desalojadas de las riberas, de los puertos, forzadas á guarecerse en lo interior de los desiertos, sin más propiedad que la movediza arena arrojada bajo sus plantas, sin más vivienda que sus cabañas, sin más alimento que los dátiles con que les brindan sus oasis, aman, sin embargo, su tierra de maldición, árida, arenosa, impía, como una madre tierna y hermosa; cariño muy propio, muy natural en el misterioso corazón del hombre.

Así, aquellos hombres rugían de rabia, de desesperación, como el león herido, como la pantera hambrienta. Aguzaban sus lanzas, sus espadas, como el ave de rapiña aguza sus cortantes uñas. Preparaban sus largos y pesados arcabuces, sus imperfectos cañones.

Pero más que en sus armas, su rabia, su furor, se veía en sus semblantes. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de furor. Sus ojos derramaban fuego, sus labios repetidas y continuadas imprecaciones. Unos iban á pie, otros en sus caballos en pelo, en esos caballos en pelo, ligeros, rápidos como la ráfaga del abrasado viento del desierto. La tez de aquellos hombres, tostada por el sol, revelaba nobleza; sus modales, ardor generoso; sus ojos, rabia; su frente relucía, no por el brillo de una idea, sino por el fuego de una gran pasión, de una pasión ardiente como los rayos del sol de sus desiertos. A ciertas horas, cuando sonaba el esperado instante de las oraciones, todos ponían la rodilla en tierra y elevaban á su Dios plegarias; pero no plegarias impregnadas de amor, de fe, de entusiasmo, sino de ardor guerrero, sañudo, de deseos de venganza; no invocaban al Dios de la justicia, sino al Dios cruel de la desolación y de la muerte.

En aquel inmenso desierto, por el lado opuesto al que ocupaban los africanos, se vio venir pronto un gran ejército cristiano. El orden que reinaba en estas huestes contrastaba con el desorden de sus contrarias; sus armas, con las armas de los moros; su traje obscuro, con aquellos largos albornoces blancos que cubrían á los adoradores del Profeta.

Inmediatamente que los africanos vieron destacarse en el horizonte aquellas sus enemigas huestes, comenzaron á hacer evoluciones rapidísimas, á reunirse en bandas y grupos, á montar sus largos arcabuces, á dar aullidos feroces, como suelen las aves de rapiña cuando un rayo de luz hiere sus ojos ó un peligro las amenaza.

El ejército europeo avanzaba en columna cerrada disciplinadamente, con actitud serena y mirando el inmenso territorio, descubriendo sus posiciones, estudiando la manera más plausible de envolver aquellas inmensas huestes que se movían á lo lejos como la humareda de un cañoneo ó como una grande y espesa nube de polvo. Se trataba de vencer con la inteligencia la fuerza, con la táctica el número, con la habilidad á la misma naturaleza. Por fin, las tropas europeas acamparon en aquel desierto frente á frente de sus enemigos, alzaron sus tiendas, se apercibieron para un combate sangriento y tremendo, porque la rabia de los africanos no conocía límites.

Por fin, la tarde vino; el sol se sumergió en su ocaso, las tinieblas se extendieron por todo el campamento, y un frío intenso sucedió al calor terrible del día, por uno de esos cambios tan bruscos y tan frecuentes en estos tristes abrasados climas.

A la puerta de una de aquellas tiendas se encontraba Eduardo. Su imaginación, exaltada por el desierto y la proximidad del combate, creía, transportándose á otros tiempos, hallarse en una de aquellas guerras tan frecuentes y tan gloriosas en los siglos medios.

Sin embargo, su corazón oprimido se espaciaba en estos recuerdos históricos, huyendo de esos otros recuerdos de su vida que habían hecho su desgracia. En los rayos de la luna, que extendía su plateada luz por el desierto, su imaginación fingía la imagen de Angela, que le martirizaba con horrible martirio, Cuando más embebido se encontraba en estos pensamientos, se acercó un compañero de armas y le dijo:

—¡Terrible va á ser la lucha!

—No importa.

—Todo, Eduardo, te es indiferente.

—Todo, todo, hasta la muerte.

—¿Y la gloria?

—Hasta la mentida gloria, que es un sueño que el hombre acaricia, como el niño en el campo la fugitiva pintada mariposa.

—¡Qué ideas!

—Sí, sí. La vida es como el espejismo que el desierto finge.

—¿Nada te encanta?

—Nada.

—¿Nada esperas?

—Nada.

—Parece imposible.

—Arrastro una triste vida.

—No desconfíes.

—¡Ah!

—No, no desconfíes.

—Dios me ha condenado á padecer.

—Dios te salvará.

—No es posible.

—Todo lo ves negro.

—Hay en mi alma una eterna espesa noche.

—El corazón puede disipar esas sombras.

—Te engaña tu generoso deseo.

—Te lo repito, ten confianza.

—¡Oh! Cuando veo á nuestros enemigos en lontananza, les pido la muerte. Cuando oigo silbar las balas á nuestro alrededor, presento el pecho para que me partan el corazón.

—¡Infeliz!

—¿Tú habrás visto cuán celebrado es mi valor?

—Pareces un león.

—Pues no hay en mi valor.

—¡Modestia!

—No, convicción.

—No te entiendo.

—Guerreo como ves porque yo anhelo la muerte y no tengo valor para suicidarme.

—¡Diantre!

—Sí. Fríamente no puedo matarme.

—Lo creo.

—Pero morir matando, morir venciendo, morir entre el fragor de los combates, morir con una herida gloriosa en el pecho; por la libertad, por la patria, por la humanidad, es una muerte dulce, una honrosa muerte.

—Sí, es verdad.

—Y he ahí lo que yo busco, porque yo soy desgraciadísimo.

—Algún día caerán esos velos de tus ojos.

—Nunca.

—Algún día serás feliz.

—No puede ser.

—Sí, sí.

—Es verdad, tienes razón; seré feliz el día en que reciba en mi frente el beso de la fría muerte.

—Hablemos de otra cosa.

—De lo que quieras.

—Sábete que va á ser horrible el combate.

—Lo celebro. Y ¿en qué te fundas para decir eso?

—En miles de conjeturas que fácilmente podrás alcanzar.

—Habla.

—Lo fundo en el espectáculo que presentan esos bárbaros.

—El mismo que han presentado siempre.

—Nunca los he visto más feroces.

—Mejor. Así será más gloriosa la victoria.

—Todo esta preparado.

—Lo se.

—Nada falta á nuestro ejercito.

—De otra manera sería imposible la guerra.

—Ciertamente.

—Mas nos faltaban Hermanas de la Caridad.

—¿Qué, qué?

—Hermanas de la Caridad.

—¡Ah!

—¿Por qué suspiras?

—No, no suspiraba.

—Te engañas y me engañas. Has suspirado.

—Pues bien, sí.

—¿Por qué?

—Me parten el corazón ciertos nombres.

—¿El de Hermana de la Caridad?

—Más que ninguno.

—¿El ángel de los hospitales y de los campos de batalla?

—Son misterios.

—Tu corazón es un inmenso misterio.

—Mejor dijeras un infinito dolor.

—Padeces demasiado.

—Muchísimo.

—Y ¿las Hermanas de la Caridad te traen a las mientes recuerdos tristes?

—Sí; porque mi amor, mi amor…

Y Eduardo se afectaba de pena.

—Confíame tus penas.

—Deseo desahogar mi corazón.

—Aquí tienes el pecho de un amigo.

—Yo amaba…

—¡Quién no ama en la tierra!

—¿He dicho que amaba?

—Sí.

—Pues he dicho mal.

—Cálmate.

—Yo estoy imposibilitado de amar.

—¿Por qué?

—Porque he abandonado el ángel de mi amor.

—¡Infeliz!

—Malvado, debías decir.

—Compadécete á ti mismo.

—No. Caiga sobre mi frente el castigo del cielo; caiga.

—¡Eduardo!…

—Sí, que me abrase el fuego celeste.

—No te desesperes.

—He sido muy criminal.

—Ella te habrá perdonado.

—Pero yo la he arrancado á la paz, á la vida, al amor.

—Y ¿no es fácil curar las heridas?

—Son eternas, son sangrientas.

—Calma ese ardor.

—Y ¿aun dudas de cuán justa es mi aspiración a la muerte?

—Nunca el hombre debe aspirar á la muerte.

—¿Por qué?

—Porque la vida es siempre necesaria, es siempre fructífera.

—Pero una vida que es ponzoñosa, corrosiva…

—¿Sabes lo que te destina la Providencia?

—Lo adivino.

—Arrogancia, y sólo arrogancia. Ese tu dolor puede ser un manantial fecundo de bienes, si no para ti, para tus hermanos. El hombre no debe considerar su vida como un bien privativo suyo, no; debe considerarla como savia que á otros vivifica, como espíritu que á otros anima.

—¡Delirio! Mi vida maldita, mi vida, que no me es dado sobrellevar, mi vida no puede ser alimento de otros seres.

—Sí, sí.

—Te engañas ó aparentas engañarte.

—Un ejemplo te moverá á creerme. Esa misma pasión que te anima y que es causa de tu dolor, puede engrandecerte. La desesperación se apodera de tu pecho, devora tus entrañas, consume tu existencia. Pues bien: esa desesperación te inspira un valor desmedido, un nunca visto arrojo, y te lanzas á la pelea y combates como un héroe, y ganas un reducto, y te llevas en pos de ti una compañía, en pos de esa compañía un ejercito, y ganas el campo enemigo, y plantas allí la bandera de la civilización, el lábaro de la libertad; dime, con todo esto, ¿no has hecho la felicidad de muchos? ¿No has servido á la justicia? Y, sin embargo, esa acción heroica te la ha inspirado tu desesperación, tu dolor, tu amargura; te la ha inspirado esa misma vida que maldices, y que bendecirán millares de generaciones.

—¡Millares de generaciones! Tal vez esa felicidad que millares de generaciones bendicen sea hija de la desgracia de otros millares de generaciones, que dejarán tal vez grabada en la historia una maldición más solemne y más duradera que todas las bendiciones que pueda ofrecer el interesado agradecimiento.

—¡Ay, Eduardo! El mal que sufres radica mucho más hondo de lo que tu mismo puedes imaginar.

—Mis males emanan de los tristes sucesos que te he contado.

—No, no. Tú has respirado por mucho tiempo una atmósfera saturada de veneno.

Eduardo se estremeció al oir la profunda verdad que decía su compañero.

—Tú has creído que sólo el vicio podía reinar en la tierra.

—¡Ah!

—Tú has visto burlados todos los días los principios más santos de justicia.

—¿Por qué, por qué me dices eso?

—Te lo digo, porque de otra suerte era imposible que se hubieran borrado en ti tan hondamente las nociones de la justicia.

Eduardo se cubrió el rostro con las manos.

—Ignorar lo que es justo, no sentir lo que es verdadero, no experimentar esa necesidad divina de conocer lo hermoso, lo verdadero, lo bueno, es imposible, imposible, á no ser que el alma se haya eclipsado en el hombre.

—¡Oh! Me insultas.

—¿Insulta el médico al enfermo cuando dice: «Ahí hay gangrena»?

—Tienes razón. Yo he perdido las nociones de lo justo y he caído en sus abismos.

—Mas de ese abismo puedes ahora, ahora levantarte.

—Me faltan fuerzas.

—Mentira. Tú no conoces lo que es la voluntad; tú no conoces que la voluntad humana puede obrar milagros maravillosos.

—Mi voluntad no tiene estímulo.

—Cuando tu conciencia se aclare, obrará la voluntad. La conciencia es como el piloto, la voluntad es la fuerza; con la conciencia limpia y la voluntad libre, el hombre va donde quiere ir: si á la felicidad, á la felicidad; si á la desgracia, á la desgracia.

—¡Oh! Señor —dijo Eduardo levantando los ojos al cielo—, dadme voluntad.

—La tendrás.

Capítulo 27

Ya comenzaba dulcemente el alborear del nuevo día. El cielo sonreía como teñido por los primeros resplandores del lejano sol. Algunas estrellas se iban ocultando entre los celajes, á la manera que cae en su cuna un niño que se duerme. El ave nocturna, sacudiendo sus sedosas alas lanzando un agudo gemido, se perdía en su madriguera. Los primeros preludios del día eran los rumores de la Naturaleza. Poco á poco los bordes del horizonte se coloraban fuertemente, presagiando los ardores de un día estival. Sin embargo, el aura, dormida toda la noche, se desataba y gemía cual si fuera á recibir un beso del sol. Todo era paz en la Naturaleza, todo alegría en el cielo. El sol subía majestuosamente; el cielo se iluminaba como para una fiesta; las estrellas se perdían entre los arreboles del Oriente; las aves daban al viento sus primeros gorjeos, y el aura se convertía en la prolongación infinita de un suspiro de amor; y toda la Naturaleza se sonreía plácidamente, mientras el corazón del hombre, turbado por sus odios, ardía en sed de sangre, y la mano del hombre, trémula de rabia, aguzaba las homicidas armas y se aprestaba a una sangrienta y mortal pelea. En efecto: entre la amarilla tierra y las cenicientas matas del desierto se vejan brillar frente á frente dos ejércitos: el uno, como hemos dicho, de africanos; el otro de europeos. El africano rechinaba los dientes de rabia, gemía impaciente, se desesperaba al ver enfrente á su enemigo como si anhelase devorarlo. Los ojos de aquellos fieros hijos del desierto, como los ojos de sus tigres y leones, difundían reflejos sangrientos. Los caballos árabes, ligeros como el viento del desierto, del color pardo de la tierra o del negro color de la noche, saltaban caracoleando como si se impacientasen por la tardanza del combate. Una música destemplada, inarmónica, pero muy semejante á los misteriosos ruidos del desierto, difundía el ardor guerrero en el ánimo de aquellos hijos del sol. Con sus rostros atezados, sus blancos turbantes, sus jaiques de colores, la cimitarra en la mano, el arcabuz á la espalda, caballeros en rápidos alazanes, parecían la resurrección de aquellos antiguos profetas africanos que con su palabra de fuego habían formado numerosos ejércitos, y con aquellos ejércitos habían amedrentado á las naciones, y habían hecho temblar de espanto á la tierra. Pobres jirones de aquellas banderas ya olvidadas, pobres rebaños de aquella inmensa grey de pueblos bárbaros, pobres restos de aquellos gigantes ejércitos, corrompidos por el fatalismo, por la esclavitud, que es la más grande y dañina de todas las enfermedades de los pueblos; aquellas hordas, al pelear con un ejército de cristianos, con un ejército civilizado, se abrían su honda huesa y se sepultaban á sí mismas en las entrañas áridas y estériles del desierto.

Frente á frente la hueste civilizada del ejército cristiano se preparaba al combate. No se oía ni un grito, no se escuchaba ni una imprecación. Aquellos hombres iban al combate llevados, no por el instinto, sino por la reflexión; no por la idea ciega del cumplimiento de un mandato, sino por la idea sublime del cumplimiento de un deber. En la serenidad de sus rostros, en la altivez de sus frentes, en el arte de sus combinaciones militares, en la apostura, en todo, se veía que estos hombres eran hombres, porque eran libres. En efecto: la libertad es el hombre; la libertad es toda su naturaleza; la libertad es su vida. Quitadle al hombre la libertad, y lo reducís á la condición miserable de una bestia. Sus acciones no serán suyas, ni sus ideas, y, por consiguiente, ni de sus acciones ni de sus ideas será responsable. Como una paja arrastrada por el viento, como una piedra que cae á su centro, como un árbol que crece agarrado á la tierra, el hombre no sería ese poeta sublime que lee en el cielo, ese artista generoso que levanta sus obras al lado de las obras de Dios, ese filósofo que comenta la Naturaleza y la vivifica, no; sería un sér más arrojado en el inmenso torbellino de los seres; pero no ese gran sér, superior á todos, ministro de Dios en la Naturaleza, cuya idea no cabe en el espacio, cuyas obras se dilatan más allá de los tiempos.

La libertad es el gran atributo moral del hombre; la libertad es el alma de su alma, la vida de su vida. Hijo de la Naturaleza, por la libertad se emancipa de la Naturaleza; destinado á ser todo de Dios, por la libertad llegará hasta Dios. Por eso los pueblos esclavos son rémoras á la obra de la Providencia, y los pueblos libres son los obreros de la Providencia.

Los obreros de la Providencia iban a cumplir su destino, iban á grabar con un hierro, candente la idea de la civilización en pueblos bárbaros. Querían el bien de los mismos que les iban á sacrificar. Los soldados europeos, bien al revés de los soldados africanos, fiaban más á la inteligencia que á la fuerza, más á la táctica que al número. Cuando amaneció, se encontraron inferiores en número, muy inferiores, mas no por eso escasos en valor. Sus enemigos tenían tierras de donde sacar nuevos soldados; ellos, ó tenían la victoria á su frente ó la muerte á sus espaldas. Los mismos pueblos que habían sometido, alentados por una derrota, se levantarían contra sus señores, exterminándolos Y satisfaciendo su hidropica sed de venganza. Pero, á pesar de estos peligros inmensos, de estas luchas, de esta incertidumbre, serenos los ánimos de aquellos soldados, esperaban la serial convenida del combate. El sol fué levantándose en el horizonte. Parecía un inmenso disco de fuego. Desde el punto en que se alzó, comenzó á encender la tierra como un horno y á apagar toda vida. Callaron algunas que otras aves por allí escondidas, que antes piaban; callaron las frescas auras de la mañana; callaron los rumores de la Naturaleza sólo se oía el respirar de los dos enemigos ejércitos, que parecía el hervidero de dos inmensos volcanes. La Naturaleza peleaba por sus esclavos, por los africanos; la inteligencia peleaba por sus hijos, por los europeos.

El sol, el ardiente sol lanzaba flechas contra el ejército cristiano, al paso que con su fuego alimentaba el fuego del enemigo. Aquella tierra árida y abrasada, aquel cielo metálico, más duro que el acero; aquella Naturaleza muda, postrada; aquellas lejanas refracciones del sol, que parecían un mar que avanzaba contra los dos ejércitos; aquel calor sofocante, pavoroso, eran bastante á llevar el decaimiento á los ánimos, la incertidumbre al corazón, la duda á la inteligencia. Mas la voluntad, que todo lo domina; el alma, que sobrepuja á la misma Naturaleza, podían en aquellos soldados más que el sol con sus rayos y el clima con sus rigores. En su interior tenían aquellos hombres un sol que templaba los ardores de aquel sol: la conciencia; un aura que templaba los rigores de aquel clima: la libertad. Sabían que iban á morir voluntariamente, y sabían que su causa era santa. Nada les faltaba.

Sin embargo, ¡cuán horribles eran los rigores del clima! El suelo ardía como un horno, el cielo como una inmensa devoradora hoguera. El aire parecía como que se evaporaba. Los pulmones no podían respirar aquella atmósfera enrarecida por el sol. Ni una gota de agua, ni el eco del canto de un ave, ni la hoja de un árbol. Todo era cruel. Parecía aquel desierto un inmenso cementerio, sí, un cementerio terrible, donde iban á enterrarse enormes y poderosos ejércitos.

Amaneció por fin el día tremendo del combate. El sol se levantó en el horizonte enrojecido, anunciando con sus rayos un calor sofocante y horrible. Por los límites del horizonte se descubría una caravana. Pero aquella caravana no llevaba la guerra, sino la paz; no el dolor, sino la esperanza y el consuelo. Eran las Hermanas de la Caridad, que se habían quedado rezagadas y que iban contentas al campamento á verter á manos llenas los dones y los tesoros del cielo. A su cabeza figuraba, como el ángel de paz de todas ellas Angela, alentándolas con su palabra e instruyéndolas con su ejemplo. Muchos días de terrible calor habían pasado; las arenas del desierto, levantadas por el viento, habían herido sus rostros; la tempestad había desgarrado sus vestiduras; el ardiente sol había quemado sus carnes, y aquellas mujeres nada sentían más que su caridad, desdeñando contentas todas las inclemencias de la Naturaleza.

Cuando consideramos de que suerte el dolor engrandece nuestra alma, no podemos dejar de bendecir el dolor. Por un misterio de nuestra naturaleza, aquello que más á primera vista nos rebaja, más en realidad nos engrandece. El dolor que huimos es en la ley misteriosa de nuestra existencia como un bálsamo que conserva puras todas nuestras virtudes. Desconfiemos mucho de los que se sienten felices y tranquilos en la tierra; esos infelices no han sentido la aspiración divina á otra vida mejor; no han soñado con lo celeste y lo infinito; no guardan un ideal en su conciencia, y no ven cómo de ese ideal se aparta la fría y tosca realidad. En la contradicción, en la lucha constante entre este mundo real y el mundo que fingimos; entre esta vida transitoria y esa otra vida cuyas riberas son la eternidad; entre la idea pura de la conciencia y el hecho impuro grabado fugazmente en el espacio; entre la imperfección que vemos y la perfección con que soñamos, en esa contradicción, en esa lucha constante está encerrado el enigma de nuestra grandeza, el genio de nuestras artes, el numen divino de la ciencia. Anda, hombre; anda, pobre peregrino: la Naturaleza no se somete á tu voz sino protestando contra tu dominio en sus mil embravecidos elementos; la ciencia no desciende á tu frente sino después de haberse ocultado en impenetrable nube; la misma virtud no te sonríe si no combates por ella; cada hoja de tu corona cuesta un sacrificio; cada resplandor de ciencia que ves, días muy amargos de tu vida; cada suspiro de la libertad que alcanzas, millares y millares de generaciones; y, sin embargo, ese dolor que te precede y te sigue, y que agita sus alas sobre tu cuna y tu sepultura, que está mezclado como aligación necesaria á todas tus grandes obras; ese dolor que gime en tus arpas, en tus cinceles, en tus plumas, en todos los instrumentos de tu grandeza; ese dolor que se exhala de tus cánticos, de tus poemas, de tus estatuas; ese dolor infinito es el ángel de Dios que siembra de flores el camino de tu vida y que te muestra sonriendo la mansión divina de los cielos.

¿Quién podrá saber, pues, de los dolores que amenazaban en el día funesto que vamos á describir, el bien que podía resultar á la humanidad? Nada, más horrible que la guerra, nada que más desconsuele y acongoje. Sin embargo, la guerra ha sido el camino de la humanidad; su desierto, sí, pero el desierto por donde ha llegado á la tierra prometida. Dejando sumergidas aquí civilizaciones orgullosas, enterradas allá millares de millares de criaturas, dispersos en otro punto pueblos constituidos á grande costa, levantando mañana lo que ayer destruía, la humanidad ha caminado siempre vertiendo lágrimas, siempre destilando sangre, á su libertad y á su perfeccionamiento. ¡Terrible día, en verdad, día horroroso! Los árabes del desierto apercibían sus aceradas lanzas al combate; montados en sus caballos, ligeros como el viento, recorrían toda la línea de sus informes pelotones exhalando gritos de muerte y produciendo rugidos de espantosa, rabia; sus ojos relucían animados por la venganza; sus pechos respiraban odio; sus narices se abrían como para recoger bien el olor de sangre que pronto había de inundar los aires. Hijos del desierto, ardorosos como el desierto, inclementes como aquel cielo, áridos de compasión como aquel suelo, sedientos de sangre como el tigre que oyen maullar desde la sierra, esos pueblos han nacido para la guerra. Pero su guerra con los pueblos europeos es la guerra de la fuerza con la inteligencia, del brazo con la idea, del instinto ciego con la razón iluminada y libre; guerra sangrienta y tremenda, pero en que el triunfo pertenece, como siempre, de derecho, al espíritu, que todo lo domina con su fuerza invisible y maravillosa.

Mas en el día que venimos historiando era indeciso el triunfo, era inseguro el éxito. Los ejércitos europeos tenían más disciplina, pero los ejércitos africanos más número. Los ejércitos europeos más inteligencia, y los ejércitos africanos más fuerza. Los ejércitos europeos tenían un enemigo en el suelo que pisaban, en el impío cielo que los cubría, en el ardoroso y encendido sol que los asaeteaba; el ejército africano tenía un amigo, un defensor, en la Naturaleza, en la tierra, en el cielo, en el sol. Los elementos debilitaban á los europeos y encendían á los africanos. La vista del desierto era para los unos como un inmenso cementerio, y era para los otros como la cuna, como el hogar sagrado, como el templo de su dios. Por eso la batalla debía ser más tremenda, más porfiada, más sangrienta, porque la materia luchaba con todas sus fuerzas, con todos sus recursos, con todos sus elementos, con todo su poder, contra el espíritu. Por fin las avanzadas del ejército cristiano se encontraron frente á frente con los pelotones de los infieles. Los primeros tiros de los soldados cristianos produjeron horror en el ánimo de sus enemigos, que se desbandaron como los cuervos al oir la primera descarga del cazador. Sin embargo, pronto se repusieron y cargaron con ímpetu extraño á nuestras tropas. Los soldados europeos resistieron aquel empuje retrocediendo para tantear la táctica de sus enemigos. Esta táctica es sencilla y conocida. Consiste en cerrar los ojos y lanzarse á la muerte sin conciencia, como á un hondo abismo, y herir con todas sus fuerzas, sin curarse del punto donde va á dar el golpe. Esta manera singular de pelear es muy horrible. El hombre combate con todo su cuerpo al enemigo, con las manos, con los pies, con los dientes. Agudos gritos, imprecaciones horribles, insultos groseros, maldiciones, evocación continua del genio y del auxilio de Dios, todo esto acompaña al árabe en la guerra; todo esto alienta como otros tantos genios enviados á su alrededor por el Dios de los combates para sostenerlo en el tremendo trance de la atroz y sangrienta pelea. Es de ver el hijo del desierto, envuelto en su albornoz blanco cual una nube; caballero en su corcel, negro como la noche, blandiendo su aguda temblorosa lanza, que vibra herida por los rayos del sol como una serpiente de fuego; encendidos los ojos, transfigurado el semblante por el odio, espumosa la boca, imprecando y maldiciendo; más valiente cuanto más acosado, más cruel cuanto más herido, respirando el hedor de la sangre como un aroma celeste, oyendo los quejidos de los moribundos como un concierto, rodeado de cadáveres y buscando nuevas víctimas, como si fuera la encarnación del horrible genio de la guerra. Pues apenas comenzado el combate entre las primeras avanzadas, una nube de estos hombres horribles, de estos rayos de la guerra, de estos hijos de la destrucción, de la muerte; una nube, decíamos, inmensa cual una nube de langosta, profiriendo voces de muerte, haciendo gestos espantosos y horribles, clamando al cielo como energúmenos, se lanzaron á desorientar y arrollar el ejército de los cristianos con el mismo feroz empuje con que un río, salido de madre, inunda el campo, y arrancando los árboles, los lleva en pos de sí, los arrastra en sus tumultuosas y negras ondas, á cuyo impulso nada puede resistir, cuya fuerza nada puede contrastar ni vencer. El ruido que producían tantas voces iracundas, tantas lanzas agitadas, tantos arcabuces vomitando fuego los cascos de los caballos y las descargas de artillería, era tremendo y horrible; parecía que se desquiciaba la tierra. Las tropas europeas no acometían, resistían; no empujaban, cortaban con el filo de sus espadas y con el fuego de su artillería aquella inundación de barbaros, y los dejaban que ellos mismos se cansaran de su misma rabia, de su mismo furor, y que, en agitaciones febriles, pero inútiles, devoraran, consumieran sus fuerzas, fáciles de mover, pero más fáciles aun para decaer y morir á su propio impulso.

El numero de enemigos era tal, que ya no podían resignarse á resistir, y tuvieron que acometer con aran fuerza é ímpetu. En este momento el sol ascendía á su cenit, derramando ríos de fuego, de calor, de lumbre; el aire quemaba como el aire encendido de un horno. Las armas de fuego ardían casi á los rayos del sol. La tierra parecía como lava ó como cenizas ardientes. El calor que encendía la sangre daba más rabia y más furor al feroz combate. Todo era horrible en aquel horrible día.

No; todo no. Nunca deja Dios de hacer flotar su misericordia sobre el gran océano de nuestros dolores y nuestras desgracias. En una tienda, con los ojos puestos en el cielo y las rodillas en tierra, las Hermanas de la Caridad oraban por el triunfo de la justicia y de la verdad; la salvación de todos. Habían preparado ya sus hilas, sus aromas para embalsamar las heridas, sus cendales y sudarios para envolver los muertos. Mientras todos apercibían instrumentos de muerte, ellas medios de vida; mientras todos pensaban en la destrucción, ellas en la salud; mientras todos maldecían y odiaban, ellas oraban amorosas á Dios: contraste que es la ley de toda nuestra existencia. Angela, concluida la oración, salió á, la puerta de la tienda á mirar la disposición del combate. En una colina que insensiblemente formaba el terreno, estaba colocada la tienda. Desde allí se divisaba, se veía todo el campo. Las maniobras del ejército, la lucha, hasta los semblantes de los soldados cristianos, se veían clara y distintamente. Un sacerdote acompañaba á Angela y la consolaba, haciéndola ver y notar las ventajas de los cristianos.

—¡Dios mío! —decía Angela—: mirad, mirad, padre; aquel pelotón de árabes ha destrozado toda una compañía de los nuestros.

—En cambio, notad en el ala izquierda la ventaja que llevan los nuestros.

—¡Ay! Parecen leones.

—No temáis. Su empuje violento se estrella en la inteligencia de nuestros soldados, como las olas del mar en la arena.

—Pero ¿no veis que aquel desierto de enfrente vomita tropas sin cesar?

—Todas ellas vendrán á, morir á, nuestras plantas, como la víctima á los pies del sacrificador.

—Mucho confiáis, muchísimo. No tengo, yo vuestra confianza. ¡Infelices! Cómo mueren, cómo exhalan sus almas! ¡Cuántas personas queridas dejaréis en el mundo! ¡Cuántos corazones se partirán al mismo tiempo, que los vuestros!

—Morir en este instante, morir por la causa de Dios, por la causa de la civilización, es volver á nacer en el cielo.

—Mirad, padre, mirad aquellos infelices de la derecha. Todos yacen tendidos; oid sus lamentos, escuchad las carcajadas de los bárbaros. ¡Oh! Yo no tengo corazón para sufrir este horrible espectáculo.

El padre murmuraba algunas oraciones en voz baja.

—El centro acomete —decía Angela.

—El empuje es inmenso, y ahora mismo veréis desbandados los bárbaros.

—No, no; nuevas nubes de ellos se levantan y vienen. Son innumerables.

—Mirad qué bravos nuestros soldados. Mirad cómo se baten. Parece que no hagan nada: tal es su valor. Avanzan como si no tuvieran delante tina muralla de espadas.

—No veo nada; el cañoneo me quita el oído, el humo la vista; sólo veo una confusión inmensa.

—¡Oh! ¡Que gritos se oyen!

—¡Qué algazara!

—Son carcajadas.

—Son aullidos.

—Habrán triunfado del centro; habrán triunfado —decía Angela.

—¡No han triunfado! —exclamó una voz ronca de un soldado; pero nos han arrancado una bandera.

—Eso prueba que llevan ventaja —dijo Angela.

—Dios les proteja —dijo el sacerdote.

—Mirad, mirad —dijo el centinela, que tenía un anteojo.

—¿Qué sucede, qué sucede?

—Es el valiente italiano Eduardo.

Angela dió un grito y se cubrió el rostro con las manos; y como temiese caer, apoyóse en la puerta de la tienda.

—¿Qué hace, qué hace? —preguntó Angela con indescriptible ansiedad.

—Se sale de las filas.

—¡Dios mío! —dijo el sacerdote.

—Corre tras el soldado que se ha llevado la bandera.

—¡Dios mío, protégele! —dijo Angela levantando los brazos al cielo.

—¿Conocéis á ese joven?

—Sí.

—¿Le habéis visto aquí en el ejército? dijo el sacerdote á Angela.

—No, señor.

—Parece una fiera.

—Eso es temerario —dijo Angela con zozobra.

—No, eso es heroico —exclamó el militar con entusiasmo.

—Ya llega, ya llega.

—¡Dios mío, Dios mío! —exclamaba Angela fuera de sí.

—¡Doce, doce contra él; cobardes, cobardes! —decía el centinela.

Angela se retorcía de dolor los brazos.

—Pero pelea, pelea contra todos como un héroe.

—Va á morir —dijo Angela con una expresión de dolor inexplicable.

—Ya se abalanza al que tiene la bandera; ya lo ha muerto; ya ha recogido la bandera; ya la agita en sus manos.

—¡Gloria á nuestra bandera! ¡Gloria al valiente italiano!

El sacerdote murmuraba un Tedéum.

—¡Oh! Le han herido el caballo.

—¡Santo cielo! —dijo Angela.

—Se desatan contra él más de trescientos.

—¡Ay! —exclamó Angela exhalando un agudísimo suspiro.

—Sin embargo, corre, corre, dejando el caballo un reguero de sangre en la arena.

—¡Sálvalo, Señor, sálvalo! —decía fuera de si Angela.

—Ya le cercan.

—¡Ah! A morir, á morir —decía Angela.

—Se defiende como un león.

—¡Inútilmente! ¡Oh! ¡Eduardo, Eduardo!

—Rompe el cerco.

—¡Cielos! decía Angela.

—Huye, huye salvo.

—¡Oh Dios, protégelo!

—Pero dos moros le cercan de nuevo, le alcanzan.

—¡Ah! Le han herido.

Angela lanzó un grito desesperante, horrible, agudísimo.

—Se defiende el valiente.

—Valor heroico que le arranca la vida —dijo Angela.

—Un chorro de sangre inunda su rostro.

Angela ya no podía sostenerse, y se agarraba al lienzo de la tienda.

—Pero lleva la bandera en sus manos. Salen á defenderle. Entrega la bandera.

—¡Ah! —dijo Angela, como si estuviese también herida.

—Vacila, y cae desmayado en brazos de sus compañeros de armas.

Al oir esto, Angela cayó también sin sentido en la abrasada arena.

—¡Buena la hemos hecho! —dijo el centinela, arrojando el fusil y corriendo á todo correr en socorro de Angela.

—Señora, señora, ¿qué tenéis? —preguntó con ansiedad viva el sacerdote, inclinándose sobre el cuerpo inanimado de Angela.

—¡Nuestra hermana, nuestra hermana querida! —dijeron varias de las mujeres que estaban en la tienda, saliendo presurosas en auxilio de la infeliz enferma.

—Miren —dijo el soldado— qué valor para los combates; miren qué Hermana de la Caridad, que se marea al olor de la pólvora. ¡Medrados andamos! Cuando esperábamos sus socorros, tenemos que socorrerlas.

—Soldado —dijo el sacerdote—, la debilidad humana tiene sus límites, que no puede traspasar.

—¿Por qué habrá venido, si de esta suerte nos ha de acongojar?

Angela abrió sus grandes ojos en este instante, mirando con estupor á todos lados.

—¿Qué me pasa, Dios mío, qué me pasa? —dijo después de algunos minutos de silencio.

—Nada: volved en vos —dijo el sacerdote—; las grandes impresiones del combate, el calor sofocante de este día tan terrible, las mil ideas que se agolpan á la intranquila mente, todo eso es superior á la frágil naturaleza nuestra.

—¡Oh! —dijo Angela con amargura—. Y yo habla venido á socorrer á estos pobres soldados, yo tan débil, yo tan miserable!

—Alentaos, señora —dijo el militar—, que ya cobraréis fuerzas.

—Harto las necesito si he de estar al nivel de mi deber.

—Ya os vuelve el color al rostro —dijo el sacerdote.

—Y ¡cuidado que es hermosa! —decía para sus adentros el militar.

Angela se levantó, y dió dos ó tres paseos por la tienda. Después, sentándose en el suelo, comenzó á llorar amargamente.

—Hermana, hermana —decían las Hermanas de la Caridad—. Nos, quitáis ánimo.

—Tenéis razón, hermanas mías.

—¡Vos tan fuerte en nuestra larga peregrinación, que nos dabais aliento en el naufragio, que nos refrigerabais con vuestras palabras, en el desierto, vos tan abatida y llorosa!

—Me estoy faltando á mi misma; estoy faltando, á Dios. Vamos —dijo—, vamos á cumplir nuestro destino. Cubierto está de heridos el campo; vamos á recogerlos, á estancar su sangre, á curar sus heridas.

—No —dijo el sacerdote—; no es hora todavía. Están en lo más recio del combate, y no debéis salir de aquí.

—En lo más recio del combate se necesita, nuestro auxilio.

Y Angela recogió bálsamos, palios, hilas, y fuera de sí, con arrojo sobrehumano, seguidas de las Hermanas de la Caridad que la acompañaban, se lanzó al campo de batalla.

Aquellas débiles mujeres, en medio del horror del combate, parecían como ángeles de salvación, como la palabra divina deslizándose majestuosa y serena sobre el caos. El rumor de la guerra y los gritos de los moribundos, el humo de la pólvora, el hedor de la sangre vertida, no eran parte á detenerlas en su audaz carrera, en su gigante empresa. Parecía que, confiadas en lo divino del ministerio de paz y amor que ejercían, allí donde sólo reinaban el odio y la guerra, tenían conciencia de que Dios las amparaba á todas bajo su manto protector, y las libertaba del odio de los hombres, como las había libertado del odio de los elementos. Doquier hallaban un herido, ora fuese moro, ora cristiano sin preguntarle por su religión ni por su bandera, se detenían, derramaban bálsamo en aquella herida, y ofrecían consuelos á su alma, alivios á su cuerpo. ¡Cuántos infelices, al ver en medio del combate aproximarse aquellas mujeres desafiando la muerte, al verlas inclinarse sobre su pecho, estancar la sangre cerrar la herida, refrescarla, y después bendecirlos, como si fueran hermanos, sus ojos, en sus dulces labios, la primera luz de la fe cristiana, que nunca hubieran visto sin el fuego asolador de las guerras!

—El bien, la virtud, se reproducen con gran fuerza como llenos siempre de generosa vida. El bien que se derrama en la tierra es á un tiempo mismo un bálsamo, un ejemplo, una semilla, que, como el grano arrojado en la tierra, da ciento por uno. La misma fecundidad que tiene la naturaleza física, tiene la naturaleza moral. De una semilla nace un árbol que da millares de flores, millares de sabrosos frutos, pureza al aire, grata sombra al cansado. viajero, y que, levantando su copa á, las alturas, resiste y vence al torbellino de los siglos, viviendo largo tiempo fuertemente arraigado en la tierra. Y de una virtud sencilla, pobre, que se deposita en el corazón humano, y por la cual se logra que el hombre ame al hombre y confíe en Dios; de una virtud nacen millares de virtudes que hermosean y fortifican nuestra naturaleza.

En el instante (volviendo á nuestra interrumpida narración), en el instante en que las Hermanas de la Caridad entraban en el campo de batalla, el combate se había recrudecido de una manera horrible. Era ya el mediodía; el sol con toda su fuerza: caía sobre los combatientes. Ocho horas de continuo batallar hablan sido inútiles. Ciertamente habían perecido en ellas muchos infieles, pero no habían perecido pocos, cristianos. Además, los cristianos ni siquiera habían adelantado un paso, contentándose con romper, destrozar y desbandar, no siempre con buena fortuna, al enemigo.

En este instante, viendo que se dilataba más de lo que se creía el resultado del combate; viendo perecer inútilmente tanto bravo soldado viendo que era necesario escarmentar ejemplarmente al enemigo, se dió orden de acometer á toda prisa; pero de acometer terriblemente, sin dar cuartel, hasta exterminar á los hijos del desierto. Los soldados se apercibieron á esta nueva lucha, y á pesar del terrible calor que hacía, avanzaron con gran rapidez, contentos con cambiar de posición, y acometer en vez de resistir. Todo el ejército cristiano, exceptuando la retaguardia, se movía como un solo hombre. Sus tres alas caían como un torrente devastador, sobre los árabes. Parecía aquel ejército tan disciplinado, moviéndose á un mismo compás, como un muro andando en virtud de su propio movimiento.

Aquel primer impulso de la gente cristiana espantó á la gente mora, que creía á sus enemigos sin fuerza y sin valor para acometer en el combate.

Su primer impulso, vista la actitud terrible del enemigo, fué correr presurosamente, sí, correr á la desbandada; pero pronto, avergonzados de si mismos, se rehicieron, decidiéndose á morir antes que dejar ó ceder el campo.

Entonces se vió lo más terrible que guardaba en sus entrañas aquel terrible día: lanzas rotas, cascos abollados, un fuego horrible, muertos innumerables, heridos lamentándose aquí y allá; los dos ejércitos peleando casi cuerpo á cuerpo; la artillería de uno y otro lado barriendo á los hombres; el furor aumentando á medida que aumentaba el combate; la muerte cebándose en millares de seres humanos; la desesperación haciendo esos prodigios de valor que ya traspasan las fuerzas humanas; y á pesar de todo, la victoria indecisa, insegura, y el empuje igual por ambas partes, como si aquellos ejércitos no agotaran nunca sus hercúleas fuerzas.

Pero conforme declinaba el sol, declinaba también el valor de los africanos y crecía el valor de los europeos. Entonces, al acercarse el fin de la tarde, las dos alas, derecha e izquierda, del ejército cristiano, que dos veces habían sido arrolladas y dos veces habían vuelto á reconquistar el terreno perdido y rehacerse, volviendo sobre sí mismas con extraordinario esfuerzo, cercaron casi á los africanos, los acuchillaron, los vencieron, y cuando el sol llegaba á su ocaso, viendo correr desbandados y presurosos los últimos restos de sus enemigos, entonaron á una, el cántico de victoria. La inteligencia había vencido á la fuerza; la razón al instinto.

Cuando vino la noche, la luna alumbró un cuadro desolador; la luna, que con su luz amarillenta como el reflejo de una antorcha, da á los objetos un tinte pálido, melancólico, fantástico, tristísimo. El cielo estaba sereno, sin una nube; la luna era la envidia del día; su luz vivísima había borrado las estrellas, y sus rayos dulcísimos, esos rayos que parecen destinados á iluminar con su luz suave y melancólica sólo escenas de amor sus rayos se reflejan en las lanzas despedazadas, en los pálidos ojos de millares de moribundos, esparcidos por aquella tierra de maldición, cubierta de horrores, empapada en sangre. Por los últimos límites del horizonte, ó por donde alcanzaba humanamente la vista, aparecían grandes sombras, que, ora se agrandaban, ora se desvanecían, como las ilusiones de un sueño. Eran los hijos del desierto, que huían de sus chozas, de sus aduares queridos, como perseguidos por una maldición, poblando de lamentos los solitarios desiertos. Al verlos desaparecer semejaban ora fantasmas de una imaginación calenturienta, ora sombras evocadas en un gran osario, ora pájaros enormes del desierto, que se quejaban en són doliente, ora el genio de aquellas comarcas, que huía despavorido de aquellos lugares, donde entraba el genio de la civilización y del cristianismo.

Capítulo 28

El gran triunfo había costado un gran sacrificio. Millares de soldados yacían en el campo heridos. La desolación se había extendido por el mismo campo de los vencedores. Por todas partes se oían lamentos, gemidos, ayes que se escapaban al dolor. Doquier se volvían los ojos, encontraban heridos, marcando la pura sangre de sus venas, ó muertos que estaban aun calientes, como si conservaran un resto de vida. Había concluido por aquel instante el oficio del guerrero, y comenzaba en verdad el oficio de la Hermana de la Caridad. Angela, que tan afligida y angustiada se mostrara durante el rudo combate, desde el punto en que sólo se trata de reparar males cerrar heridas, enjugar lágrimas, irradia de su semblante y de sus ojos dulcísima aunque triste serenidad: que la mujer, si no tiene valor para combatir, lo tiene muy grande para consolar: fin más en armonía con los grandes y preclaros destinos á que la llamara el Eterno. Así es que á la luz de la luna, que baña con su dulce resplandor todo el campo, va curando los heridos, recogiendo á los muertos, rehaciendo la fuerza de los débiles, como un ángel enviado del cielo para verter la vida allí donde se había cebado con tanto horror la muerte.

Angela, secundada por sus Hermanas, obraba maravillas. Mas era tal el número de heridos, que no bastaban sus fuerzas á remediar tantos males, ni á correr el espacio por donde se encontraban diseminados los restos de este ejército de heridos. Angela recorría con una ansiedad infinita él campo. Nada sabía de Eduardo; no sabía si era vivo, muerto ó herido. Según noticias llegadas á sus oídos, el bravo oficial que había arrancado la bandera al africano enemigo, el valiente Eduardo, desmayado algunos instantes, más por la fuerza de sus emociones, que por el dolor de sus heridas, había vuelto al combate, haciendo inauditos prodigios de valor. Después había vuelto á preguntar por él, mas nadie le daba razón. Cuando más preocupada estaba con tal idea, vió un montón de cadáveres y oyó como un gemido. Aproximóse Angela al sitio de donde había procedido aquel clamor, y se quedó como embebida en contemplar aquellos troncos, al parecer inanimados. Mas pronto un nuevo gemido, más profundo y más amargo que el anterior, hirió sus oídos. Entonces dió un grito Angela, y volviéndose á un hombre que estaba tendido á algunos pasos de distancia, y que ella habla dejado creyendole muerto, exclamó:

—¡Ah! Este aun vive, aun vive, aun…

Inclinóse prontamente sobre el cuerpo que había exhalado aquel gemido, y puso la mano sobre su corazón, exclamando:

—¡Este aun vive aun vive sí sí!

De pronto sus ojos se fijaron en el rostro del moribundo, que un rayo de luna iluminaba el rostro y retroceder horrorizada, fué en Angela instantáneo. En efecto: era Eduardo, sí, Eduardo, herido, abandonado en aquella soledad, casi exánime, sin vida; Eduardo, el amor, sí, el eterno amor de Angela. En aquel instante triunfó de la Hermana de la Caridad la mujer, de la compasión el amor. Angela, al ver aquel rostro pálido, aquel cuerpo casi helado, aquellos ojos extraviados, sintió otra vez en su pecho el amor infinito que nunca la abandonó, como si hubiera sido el alma de su alma, aquel amor que de campesina la hizo artista, y de artista Hermana de la Caridad.

Angela, en los instantes en que veía feliz á Eduardo, casi se olvidaba de su amor. Aquella pasión, que era infinita, caía sobre la frente de sus hermanos. Mas cuando veía desgraciado á Eduardo, se acordaba de que él había inspirado la primer pasión á su alma, el primer amor á su corazón. Entonces aquel su pensamiento que se dilataba por los inmensos espacios, se detenía en un punto, el recuerdo de su amor, y aquel corazón que tanto amaba, se convertía en un solo objeto, á Eduardo. En su estado, en sus votos, en su santo ministerio, podía sentir aquel amor inmenso, infinito, porque no había en él nada que no fuese espiritual, que no fuese divino.

El fuego del dolor había purificado su alma. Todas las manchas de la materia se habían perdido en el crisol de sus desgracias. El cuerpo era en aquel sér, casi divino como la ligera gasa que cubría su alma para hacerla visible á los ojos de los mortales. Parecía la encarnación maravillosa de ese ideal con que todos soñamos y que nunca vemos realizado en la tierra, de ese ideal de amor y de ventura que seguimos anhelantes, como el niño la mariposa del campo, hasta el fondo mismo del sepulcro. Y su amor, ¡oh! su amor era como la atracción que sostiene á la estrella en los cielos, como el canto en el ave, como la inocencia en, el niño, como la oración en el alma; era el mensajero entre Dios y ella, entre su corazón y lo infinito. ¡Oh! Los que, postrados en el seno de la materia, sin más Dios que el oro, sin más pasión que el brutal instinto del sentido, hombres miserables, no creéis que hay aquí, en el cerebro, un cielo más inmenso que ese cielo que rueda sobre nuestras cabezas, y apagáis el espíritu, el soplo de Dios, la luz de la vida, sois, en verdad, dignos de compasión porque hay muchos más goces en el dolor que se siente en las pasiones puras, divinas, del alma, que en todos, los brutales placeres del sentido, pasajeros, fugaces, que sólo dejan nubes en la inteligencia y hastío en el corazón.

Mas prosigamos en nuestra narración. Angela se detuvo un instante turbada, como si la hubiera abandonado el sentido. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su corazón latió fuertemente. Dudó algunos instantes si sería Eduardo; porque hay verdades, ó tan tristes ó tan plácidas, que no puede acostumbrarse á ellas ni la inteligencia ni el corazón. Mas por fin salió de su estupor, y con la celeridad del rayo se lanzó á prestar auxilios á Eduardo. Estaba herido en el pecho gravemente, herido en el brazo. Sus dos heridas chorreaban sangre, sí, sangre preciosa que Angela quería contener á toda costa. Este fué su primer pensamiento. Conforme Angela iba curando á Eduardo, sentíase renacer en éste la vida. Su respiración era menos fatigosa, su corazón latía con más libertad. El infeliz debía la vida á Angela. Contado ya entre los cadáveres, porque no había dado señal ninguna de existencia, si aquella noche la hubiera pasado en el campo, á la intemperie, acaso hubiera muerto. Como en el calabozo, en el campo de batalla le salvaba Angela, sí, la mujer que había desdeñado, el ideal que había desvanecido de su conciencia, el puro amor que había tan impíamente desterrado de su corazón.

¡Qué imagen tan verdadera de nuestra vida! Abandonamos la virtud, solemos desdeñarla, parécenos ingrata, y cuando en un amargo trance de la vida nos vemos, la virtud desdeñada nos salva, la virtud herida, nos consuela, y sólo la virtud nos hace venturosos. Porque, al fin, el mal engendra el mal, y el bien engendra el bien; que en él

Espíritu, en la Naturaleza, cada cosa engendra su semejante; y el mal nos parece hermoso cuando no es sino extremo de fealdad, y el bien feo cuando compendia toda hermosura. Por el amor de un instante solemos perder el eterno amor; por nuestro individuo de hoy, la eterna individualidad del alma, su eterna virtud. ¡Oh! Esto le había sucedido á Eduardo. Desdeñó en Angela toda la virtud, toda la hermosura, toda la gloria de su vida; y aquella virtud, aquella hermosura, aquella gloria que había desdeñado, en la hora suprema de morir, cuando no le quedaba ninguna esperanza, cuando la eternidad se abría como un abismo á sus plantas, aquella virtud le sonreía amorosa, derramaba su puro bálsamo en las heridas, su esencia divina en el sér ingrato que la había desconocido, que la había menospreciado.

Y, en efecto, los esfuerzos heroicos de Angela no fueron perdidos.

Al poco tiempo Eduardo abría los ojos y exclamaba:

—¿Dónde estoy?

—Salvo —contestaba Angela.

—¿Qué voz celeste hiere mis oídos?

Angela lloraba.

—¡Ah! Es una ilusión de mi agonía. Celeste ilusión, yo te saludo.

—Soy yo, yo, Eduardo.

—Sí, tú, tú; mi idea, mi idea perpetua, que ha tomado cuerpo para consolarme.

—¿No me conoces?

—¡Oh! Sí, sí; primero me olvidaría de mí mismo.

—Soy Angela.

—Eres el sentimiento que está aquí, en mi corazón, y en mi locura me pareces un sér real, verdadero.

—Y lo soy.

—No, no; tú no eres. Tú eres una ilusión bendita de mi alma.

—No soy sino realidad.

—La realidad es el combate, la sangre, las heridas.

—Todo ha pasado ya.

—Sí, como un sueño.

—Ahora ya estás mejor.

—No… ; me muero… Quiero estarme muriendo.

—¿Por qué?

—Porque mi debilidad, mi dolor, mi agonía, finge en los espacios la imagen idolatrada de Angela, imagen de mi corazón, sueño de mi alma, idea que acaricio, pero idea bendita, salvadora, divina; que es mentira, porque no es, porque ya no existe,pero que me parece verdad y la estoy viendo.

—¡Ay! Delira.

—Delirio sublime, delirio divino; tú eres la vida, tú eres el amor. ¡Agonía, agonía, prolóngate hasta la eternidad!

—Mira, vamos á curarte.

—¡Curarme! No, no.

—¿Por qué?

—Porque si me curan no veré á Angela, no la veré. Si me curan se acabará esta fiebre que me hace soñar con ella, esta fiebre que le da cuerpo, que le da realidad; dura, dulce agonía, dura mucho tiempo.

Y Eduardo no apartaba los ojos de Angela.

—¿Tanto la amabas? —dijo Angela con dolor.

—¡Oh!

—¿Tanto la amabas?

—Mira, por ella amo esta agonía, por ella he buscado la muerte.

—¡La muerte!

—Sí, porque la he asesinado. ¿No es verdad, dulce ilusión mía, que la he asesinado? ¡Ah! El aire que baja de tus labios me vuelve la respiración. La luz de la luna que se refleja en tus lágrimas, te hace más hermosa, más divina. ¡Dura, mi agonía, dura por mi bien! ¡Que no se vaya esta ilusión, esta mentida, engañosa imagen!

—¡Eduardo!

—¿Me llamas?

—Sí.

—¡Cuántas veces ¡oh ilusión querida! el sér que representas, la verdadera Angela, me habrá llamado doliente por las riberas del mar, cuántas veces!

—Muchas.

—Y yo, en mi insensatez, la he asesinado.

—No, aun vive.

—Pero vive sin felicidad.

—No, es feliz porque puede salvarte de la muerte.

—Es verdad, ahora me acuerdo.

—¿De qué?

—De una noche.

—Habla.

—¡Noche terrible!

—¡Cielos!

—¡Noche angustiosa!

—¡Delira!

—El calabozo estaba frío como una tumba.

—¡Eduardo!

—El aire impregnado de miasmas…

—¡Calla!

—El verdugo se aparecía entre las tinieblas.

—¡Qué horror!

—Yo iba á morir.

—¡Eduardo!

—Porque yo, yo había matado á un hombre.

—No, no le mataste.

—Le quise matar. El delito está en la intención; yo debí morir. Y, en efecto, el verdugo estaba á la puerta.

—¿Por qué esos recuerdos?

—Ya caía sobre mi la noche de la eternidad.

—¡Eduardo!

—Ya iba á morir, cuando se apareció ella, tan hermosa como la luz del alba; ella, mi ilusión de hoy, mi amada de ayer, mi providencia de siempre.

—¡Abandona esos pensamientos, infeliz!

—Estos pensamientos, á la hora de morir, son toda mi vida. Dios me va á pedir cuenta de ellos. Me dirá: «Te mandé un ángel de mi cielo; ¿qué has hecho, infeliz, de ese ángel? ¿Dónde está, dónde?»

—Calma tus pasiones. Dios, en su misericordia, comprende y excusa las debilidades humanas.

—¡Oh! Mi debilidad fue tan grande que no puede tener excusa.

—Dios perdona hasta los crímenes.

—Pero no el nefando crimen de arrancar á un ángel su corona, cortarle las alas, ofrecerle acíbar y hiel, sepultarlo en una eterna desgracia, en cambio de la felicidad recibida.

—Pero en el corazón no manda la voluntad.

—Mi crimen fue mayor. Yo la amaba con todo mi corazón. En mi vida había sido como una estrella.

—¿La amabas, Eduardo, y la olvidaste?

—Sí. Un vértigo me arrastró, y fuí esclavo del vértigo. El sentido mató á la razón, el cuerpo encubrió completamente el espíritu. Yo fuí esclavo del sentido.

—¡Eduardo! Es necesario curarte.

—Déjame, dejame morir. Yo he buscado la muerte, y ya la tengo. Ven, muerte, ven á mis brazos. En medio del combate he invocado tu auxilio. Cuando he sentido mi primer herida, me he transportado de gozo, como el amante al recibir el primer beso de su amada.

—¡Qué horror!

—Porque yo no puedo, porque yo no debo vivir. Mi alma, como una planta maldita, ha dado muerte á cuantos han ido á guarecerse á su sombra. Muera yo ahora.

—¡No, vive, vive!

—¿Para quién?

—Vive para ti.

—El sér que sólo es necesario para sí mismo, es un sér inútil.

—Vive para Dios.

—Para Dios se vive mejor en la muerte, allí, desligados de esta cárcel, de estos hierros.

—Vive para tu esposa, para Margarita.

—¿Qué has dicho? ¿Qué palabra has pronunciado? ¿Quieres matarme? ¿Te complaces, sombra querida, en evocar el genio de mi mal? Mi esposa herida… La deshonra… La muerte… Infame… Por ti, por ti…

Y Eduardo, que en medio de su delirio conservaba una intuición y una claridad de inteligencia admirables, perdió completamente la razón.

—Veo un monte erizado de espinas. Un ángel que baja del cielo, me trae una flor celeste y una estrella en la mano. Sus labios entreabiertos se sonríen con la felicidad de la bienaventuranza. Ven, sigueme; te llevaré á la gloria, á Dios. Y yo le abandono, y por un beso, por un instante de placer que me ofrece un asqueroso esqueleto cubierto de carne, me hundo en una cueva negra, espantosa, terrible, que me hiela de espanto, que me mata: ¡infeliz, infeliz! Más me valiera no haber nacido. Adiós, vida. Adiós, mundo. ¡Oh! ¡Me llenáis de horror! ¡El universo hiede como cadáver descompuesto y podrido!

—¡Infeliz Eduardo!

—Yo allí, en la honda cueva, voy á buscar el esqueleto que me ha seducido, que me ha alejado del cielo, creyéndolo encontrar hermoso. ¡Infeliz! ¿Qué hice? Era un montón de negros y carcomidos huesos. ¡Ja, ja, ja!

Y una risa horrible, sardónica, sacudía todo su cuerpo.

—Quise pedir, sacar vida de aquellos huesos. ¡Ay! Sólo me daban una descomposición fosfórica, fantástica, pálida, terrible, que me ensuciaba las manos, que teñía de un resplandor lívido mis ojos; y cuando ponía las manos en las paredes para libertarme de aquella luz, sólo escribía horrorizado esta palabra: ¡Maldición, maldición!

Angela se cubría el rostro con las manos y lloraba amargamente.

—Los huesos del esqueleto, cuando yo quería huir, corrían en pos de mí como los buitres sobre un cadáver. Yo huía y huía; pero el ruido de aquellos huesos en la tierra me helaba de frío, de terror, de espanto. Era como una cadena, como un fantasma, como la imagen viva de mis remordimientos.

—Vuelve, vuelve en ti.

—El remordimiento. Tu no sabes, ¡oh imagen de mi adorada! no sabes lo que es un remordimiento. Quiera el cielo que no lo sepas nunca. Es una víbora que se a garra á las entrañas, y da picaduras terribles y no mata.

—¡Desecha esas ideas!

—Si el remordimiento matara, yo no hubiera necesitado ir á un campo de batalla á buscar la muerte.

—No, la muerte no; aun eres muy joven.

—Pues un día vi al esqueleto envuelto en una gasa celeste, coronado de flores, teñido de color el rostro, vivos los ojos, cubierto de carnes, y me dijo: «Has de ser mi esposo.»

—Y yo le obedecí, porque yo era su esclavo, y le seguí á todas partes, y le rendí mi alma, y el esqueleto quiso devorarme, y me robó el cielo, la luz, el aire, la vida, haciéndome de su misma naturaleza, un cadaver ambulante, una hoja seca, una sombra ponzoñosa, nada, sí y nada; la muerte con todos sus horrores, el vicio en toda su fealdad.

—¡Suerte infeliz! —exclamó Angela.

—Sí, infeliz. El viento me arrebató la corona de mis ilusiones, apagó el fuego de mi corazón, ahogó el cántico del cielo en mi garganta, la esperanza de otra vida mejor; me arrastró como una rama seca por el suelo, me llevó á un abismo, y en el abismo estoy suspendido como una fría y asquerosa telaraña, ensuciando la tierra de donde Dios debe sacarme, para limpiar al menos de inmundicia su preciosa obra.

—¡Y el arrepentimiento, y el dolor!…

—¡Ah! Yo no creía en nada, en nada, después de esta vida tan triste; ¡yo, que antes había sido tan creyente! Mi amor á Dios se apagó como un carbón encendido que cae en el agua. Mi amor al hombre se desvaneció como una ligera sombra. Mi deseo por la libertad de los pueblos, por la santa causa de las nacionalidades, se desvaneció también por completo. Yo no amé ni á la humanidad, ni á la patria. Yo fuí como una máquina. Yo, yo, por todo esto, seré ahora, ahora, maldito. ¡Maldecidme, Dios mío, y que pague con una pena eterna, infinita, la enormidad de mi negro crimen; sí, Dios justiciero, sí!

El gran esfuerzo hecho por Eduardo para decir, en medio de su debilidad, todo lo que decía, tan sin conciencia, le postró de suerte, que después de estas palabras quedó como aletargado, ó, mejor dicho, como muerto. Angela, con la resignación heroica, principal mérito entre todos sus méritos, volvió á ver de volverle las desmayadas fuerzas. Angela no quería que en semejante estado de atroz delirio fuese transportado á su tienda, temerosa de que revelara que él había sido su amante, y la malicia pública interpretara mal su abnegación y su heroísmo. Mas al verse sola con un herido tan en peligro como Eduardo, dió de mano á todas estas aprensiones y se decidió á pedir socorro.

En efecto: vió á lo lejos una como procesión iluminada por antorchas. Más de cincuenta de estas luminarias arrojaban una luz tal, que competían, aun desde lejos, con la luz brillante de la luna llena. Entre las gentes que componían aquella procesión, no había quien no estuviese triste. No parecía sino que la victoria había sido de los enemigos. Aquella procesión, en que se veía todo lo más granado del ejército cristiano, iba en pos del cuerpo de Eduardo, el valiente oficial que había rescatado del enemigo la bandera cristiana rescatando al mismo tiempo la honra de aquel sin par ejército. El bravo oficial era muerto, según voz que corría muy acreditada en el campamento; era muerto, buscando la gloria y el triunfo de sus tropas. En todos había producido triste impresión aquella temprana muerte, é iban á buscar los restos del valiente para darle la debida sepultura y rendirle los honores correspondientes á su decidido heroísmo. Sus hermanos de armas sentían doblemente esta muerte, que arrebataba un tierno amigo á su corazón, un gran soldado á su ejército. Cuando andaban casi á la ventura, oyeron los lamentos de Angela que los llamaba, y encaminándose hacía allí, encontraron á Eduardo exánime, y á Angela de rodillas, con una mano puesta sobre el pecho de aquel que parecía cadáver, y los ojos en el cielo, como si buscaran el vuelo de aquella alma.

—Caballeros, caballeros —dijo Angela cuando los vió acercarse—, auxiliadme á llevar este herido á una tienda.

—Buscamos —dijeron algunos— el cadáver de Eduardo, el capitán que arrebató nuestra bandera al enemigo.

—Aquí le tenéis, aunque no es cadáver aún.

—¿No? —preguntaron todos maravillados.

—No. Yo he curado sus heridas, y, aunque son profundas y peligrosas, no renuncio á la esperanza de volverle la vida.

—¡Oh! ¡Gracias á Dios! —gritaron todos á una—: acaso podamos aún salvarle.

—Yo —dijo Angela— lloro su desgracia, pero no la creo irremediable.

Un médico que había entre los que iban á recoger el cuerpo de Eduardo, tomó el pulso del joven y dijo:

—Aun vive; tenéis razón, hermana, aun vive.

—Y acaso vivirá, acaso se salvará.

—No conozco las heridas.

—Por lo que yo alcanzo, sólo una muy profunda, que tiene en el pecho, puede ofrecer algún cuidado.

—¡Cielos! Si fuera posible salvarle, ¡cuánto nos alegraríamos —dijo un militar amigo de Eduardo.

—Ha militado como un valiente bajo nuestras banderas —dijeron otros.

El médico se inclinó á registrar la herida abierta en el pecho; pero Angela le detuvo, diciendo:

—Notad, doctor, que es muy tarde. La noche comienza á tornarse fría, á pesar del gran calor que hemos sufrido. Y esto puede dañar mucho á sus heridas.

—En efecto: recojámosle.

Y varios soldados le recogieron y colocaron en una camilla.

—Puesto que vos habéis sido la que felizmente habéis encontrado á Eduardo, y necesitando de un particular esmero su curación, quedaréis exclusivamente á su cuidado.

—Como queráis —dijo Angela—. Pero el cuidarle á él no me priva de cuidar á todos los que como él me necesiten; que la vida de todos los hombres nos debe ser igualmente preciosa.

—Como queráis —dijo el médico.

—Pues bien: llevémosle ahora á la tienda, y hacedle prontamente la primera cura.

—¿Qué habéis notado en él?

—Un lamento me avisó dónde estaba.

—¿Se encontraba en su cabal juicio?

—No.

—¡Malo!

—Se conoce que le poseía una idea, y todo cuanto decía estaba rigurosamente acorde con aquella idea —dijo Angela—. Mas en su mirada errante y en su indecisa palabra se veía que deliraba.

—Y ¿qué idea fija tenía en su memoria?

—Una gran pasión.

—¿La gloria?

—No.

—¿La ambición?

—No.

—¿El amor?

—Sí.

—¡Malo! —dijo el médico.

—¿Hasta eso puede influir en su curación?

—¡Hasta eso, y mucho!

—Mas su naturaleza robusta

—Sin embargo, se conocía que estaba muy triste, muy debilitado.

—Sí, yo fío en Dios que habéis de salvarle.

—Yo también.

—Siquiera por su pobre mujer —dijo Angela con amargura.

—¿Tiene mujer?

—Sí.

—¿Hijos?

—No.

—¿Vos le conocéis?

—Es, como yo, de Italia.

—Es verdad.

—En efecto: debemos salvarle, y muy especialmente por ser un tan buen soldado.

—La herida del pecho…

—¿Es profunda?

—Mucho.

—¿Es de bala?

—Lo ignoro.

—¿Arrojaba mucha sangre?

—Poca.

—¿Qué tal respiraba?

—Bien. Su delirio tenía algo de elocuente.

—Y ¿hablaba con voz entera?

—Mucho.

—Hay esperanza.

—¡Quiéralo el cielo!.

—Sí, Dios lo querrá por nuestro bien

—Tal creo.

Y en esto llegaron á la puerta de la tienda donde Eduardo debía quedar para ser curado.

Capítulo 29

Procedióse á la inmediata y pronta curación de Eduardo. Sus heridas eran profundas, y los médicos daban pocas esperanzas de conservar la vida del enfermo. Una respiración fatigosa y anhelante, una fiebre exaltada y nerviosa, vaguedad en el mirar, pulsaciones violentas en el corazón, delirio continuo, incesante, este era el estado de aquel guerrero, que buscaba en los campos de batalla, no la victoria, sino la muerte. Decidieron los médicos que Angela no se apartase un momento de la cabecera de su lecho, que le acorriese en aquel trance amarguísimo de la vida de Eduardo. La pobre joven sentía infinito el estado del único hombre que había amado en la tierra; pero disimulaba cuanto podía su sentimiento. Trataba, y casi lo conseguía, de ocultar que allí, en aquel lecho, padecía, no solamente un hermano, sino el amor de su corazón. El amor de Angela, que se había eclipsado cuando Eduardo era feliz, crecía ahora con desmedida violencia. Verle herido, postrado en un lecho próximo á la muerte, y desgraciado, y no amarle, era imposible para aquel corazón nacido con todas las virtudes celestes.

Mas por lo mismo que aquel amor no podía tener esperanza alguna en la tierra, se refugiaba Como en su natural vivienda en el cielo. Lejos de ser una de esas pasiones que turban el sentido y emponzoñan el corazón, era una pasión purísima, divina; era como el alma del alma, como la esencia misteriosa de su vida. Cuando Angela se vió sola en la tienda de campaña con el enfermo, cogió una luz y se acercó á su lecho. Estaba como dormido. La horrible calentura coloreaba ligeramente sus mejillas. Su frente mostraba una gran serenidad, como si descansara su pensamiento tranquilo, después de haber trabajado por largo espacio de tiempo. Respiraba mal, muy mal. pero sentíase que aquella respiración, si era un gran dolor físico, no afectaba en nada su corazón, que parecía tranquilo, ó, cuando más, agitado por el padecer material, que no llega nunca hasta el espíritu. Angela, al acercarse al lecho de Eduardo comprendió lo que significaba aquella contradicción entre el dolor del cuerpo y la serenidad del alma de Eduardo, y dijo para sí con amargura:

—Has encontrado lo que buscabas: la muerte. No podías sufrir el combate de tu corazón, y has ido en pos del otro combate más terrible y más grande. ¡Infeliz! Las heridas del alma las has recrudecido con las heridas del cuerpo. Pero este bautismo de dolor te regenera, te salva. El remordimiento te ha hecho mártir. Faltaste á lo que te debías á ti mismo; faltaste á lo que me debías; la pasión te ha despeñado; pero tú pedías áDios un gran dolor y un gran castigo, y lo has conseguido. Me parece que de esas terribles, entreabiertas heridas, veo levantarse como un aroma inmortal, tu alma, digna ya, sí, digna de todo mi amor. ¡Amor! ¿Qué idea ha venido á mi acalorada mente? Yo no puedo amar á un hombre, yo debo amar á la humanidad. El sentimiento no ha nacido para mi corazón, el sentimiento regalado y dulce que une á un sér toda una vida. Ese sentimiento debe morir aquí, en este alma lacerada y triste. No, no os levantéis á mis ojos, días tranquilos en que mi mundo se concluía donde se concluía mi horizonte; en que mi idea y mis recuerdos volaban siempre en pos de mi Eduardo. Esos días deben desaparecer, como una maldición, de mi memoria. Sí; huid, huid, recuerdos placenteros; callad, callad, sentimientos del corazón. Ahora sólo debo pensar en salvarle, en arrancar esta presa á la muerte. Pero al salvarle, no debe acordarse de mí, no; debe acordarse de que tiene una esposa en la tierra, debo salvarle para su familia, para su patria. ¡Una esposa! Los celos me matan, me despedazan el corazón. Conozco que no tengo virtud bastante para tan ruda prueba. Yo, yo que le amaba tanto; yo que no sabía vivir sin él; yo que no tenía más pensamiento que Eduardo, ni quería sin Eduardo la vida; ¡yo debo entregarlo á otra mujer! No, no. Me voy á morir. Pero ¿quién soy yo? ¿Me he olvidado, por ventura, de quién soy? Yo soy Hermana de la Caridad, desposada con Dios. Yo no me pertenezco á mi misma; yo pertenezco á los desgraciados, á los enfermos. Mas, por muy grande que, sea mi corazón, ¿puedo mandar á este amor que se levanta de su fondo como una gran tempestad? Señor, necesito de tu auxilio. Dios mío, necesito de tu poder. Voy á, abandonarle. Lo mejor es huir, sí, huir de aquí. Yo no tengo confianza bastante en mí misma. Yo no podré ocultarle que le amo; que vive aun aquí, en mi corazón, como el día primero de nuestro amor; que en este corazón vivirá siempre, y que conmigo irá á la eternidad. Pues ¡qué! ¿ha de ser el amor un crimen? Esa pasión que Dios ha inspirado á todos los seres de la Naturaleza; esa pasión que anima desde la flor hasta el astro, ¿sólo en mi corazón, sólo en este corazón ha de tornarse ponzoña y mal? ¿Por qué cuando venía á orillas de la fuente este amor era una virtud, y hoy, ¡ah! hoy es un crimen? ¡Cielos! Sí, es un crimen; es una pasión que debe ser ahogada allá en el fondo del pensamiento; es una serpiente que se esconde en el cáliz de mi alma; es un veneno que destila gota á gota de la sangre de mi corazón. Entre ese hombre y yo media un juramento de amor que él ha prestado á otra mujer, y un juramento de amor que he prestado yo á Dios y á la humanidad. Ese hombre debe seguir á su esposa en la tierra, á su esposa en el cielo. El lazo que los une ya no puede ser cortado ni aun por la muerte. Deben ser el uno para el otro. Yo, levantándome en su camino; yo, amándole insensatamente, soy como la sombra en el cielo, como el genio del mal entre un coro de ángeles. No, no; yo venceré a mi corazón en esta nueva prueba; sí y lo venceré. ¡Desgraciada mujer! Amaste como no se ama en el mundo; tus ilusiones, tus esperanzas, tus sentimientos, los consagraste á un solo sér en la tierra; vivías de su vida; sentías con su corazón; pensabas con su pensamiento, y cuando parecía que ibas á tocar la felicidad; cuando más amada te creías, aquel sér huyó, desapareció de tus ojos, dejándote un amor horrible, un amor desgraciado, un amor infeliz, sin esperanza. Este amor, este amor debe ser ahogado, debe ser vencido, aunque me cueste la vida. Tú, tú, Eduardo, vivirás con tu esposa. Yo te arrancaré del lecho de la muerte para volverte al hogar de tu familia. Yo te arrancaré del sepulcro para entregarte á los brazos de tu esposa, de la única mujer que debes amar en el mundo. ¡Calla, calla, corazón mío! Hable sólo el deber. Y si para cumplir el deber es necesario morir, muera en buena hora; que Dios, que juzga las conciencias, verá la pureza inmaculada de mi alma.

Angela, después de esta gran lucha, como hubiera llorado muchísimo, se enjugó las lágrimas. Un rayo de serena luz cruzó por su frente, una dulce sonrisa por sus labios. En aquella alma tan pura, esta lucha había producido como una tremenda y obscura noche. Angela, que conservaba toda la tristeza propia de una pasión sin esperanza, no podía imaginar que aquella pasión, en momentos dados, había de tener una intensidad tan grande, tan extrema. Era un obstáculo que encontraba en su camino; pero un obstáculo, que se proponía vencer con el santo auxilio, del cielo.

Lo primero que hizo fué arreglar todos los medicamentos, disponer las tisanas, apercibir todo cuanto había menester el enfermo. En seguida se sentó á la cabecera del lecho del moribundo. Con los ojos puestos en su frente pasó gran parte de la noche. Parecíale que sus labios, contraídos por el dolor, pronunciaban con frecuencia un nombre, y que ese nombre era «Angela, Angela». Esto aumentaba su pasión por el desgraciado joven, y la excitaba á proseguir con más empeño la lucha tremenda entre su amor y su deber.

Conforme iba viniendo el día, iba aumentando la fiebre de Eduardo. Sus ojos errantes parecían querer romper sus órbitas. Sus labios temblaban agitados, y su frente ardía como si ocultara en el cerebro un incendio. El delirio, que no le abandonaba un punto, crecía de suerte, que mil palabras incoherentes caían á borbotones de sus labios. A pesar de que nada decía en concierto; a pesar de que no se podían concertar y concordar dos ideas, veíase que el pensamiento fijo en su mente, el sentimiento de su corazón, la idea que le atormentaba, idea única, era Angela.

Cuando más deliraba, entró uno de los médicos y preguntó á Angela:

—¿Cómo sigue el enfermo?

—Lo mismo.

—¿La calentura no disminuye?

—Antes parece que aumenta.

—Este joven —dijo el médico— tiene una enfermedad que nosotros no alcanzamos á curar.

—¿Sí? —dijo Angela, con aparente indiferencia, pero temblando en realidad.

—Las heridas del cuerpo no le matan, no; le matan las hondas heridas que tiene en el alma.

—¿Tal creéis?

—Sí lo creo; lo creo firmemente.

—Y ¿de dónde habéis podido deducir eso?

—Lo he deducido de todas sus acciones.

—¡Ah!

—Le he observado mucho. Antes de ser herido, sus palabras tenían algo de delirio, y el valor que ayer mostró, era el valor que inspira la locura.

—¡Cielos!

—Sí, ese joven debe sentir una pasión inmensa, un amor sin esperanza.

—¡Ah!

—Y si no, oid, oid.

En efecto: Eduardo decía: «Yo te amaba. Me acuerdo que me parecías una flor. Eres un ángel. ¡Ay! Y te abandoné por otra mujer, sí; por otra mujer, sí: ¡infeliz de mí!»

—¿Oís, oís?

Angela lloraba.

—¿Lloráis? —dijo el médico.

—Sí; compadezco tanta desgracia.

—En verdad, es digno de compasión.

—Y ¿no hay esperanza de salvar esa vida?

—La hay, la hay.

—La juventud…

—Todo puede esperarse de la juventud.

—¡Dios lo haga!

El médico observó largamente á Eduardo, examinó el grado de calor que tenía, la violencia de su pulso, la dificultad de su respiración, la contracción de su rostro, y después de algunos instantes de meditar, dijo:

—¡Ah! Es muy fácil que muera, muy fácil.

Al oir estas palabras se estremeció Angela, como si hubiera un rayo caído á, sus plantas.

—¡Ese delirio le va á perder! —exclamó el médico, acentuando con desesperación estas palabras.

A pesar de este continuo delirio, la calentura cedía, y la enfermedad de Eduardo se aliviaba visiblemente. No contribuía poco a tan feliz resultado aquella incomparable caridad de Angela, siempre dispuesta al sacrificio. Su corazón no se contentaba con sacar á, Eduardo de las garras de la muerte; quería devolverle todas las condiciones de una verdadera vida, salvarlo para la virtud, para el cielo. Así que el delirio fue disipándose, Angela se apartó de la cabecera del enfermo para no ser de el conocida, y se resignó con tranquilidad a este gran dolor que hería su alma. Temía mucho que su presencia levantara en el corazón de Eduardo el oleaje de sus antiguas pasiones y de sus recuerdos. Pero, no obstante esto, su único pensamiento era la felicidad del hombre que había amado con el amor puro, divino, de un ángel. Para contribuir á esta felicidad pensó en Margarita, ya regenerada por el arrepentimiento y el dolor. La vida sin la virtud es como una continua muerte. Por eso Angela buscaba en el corazón de Margarita una nueva fuente de vida para Eduardo, nueva felicidad para su corazón. Con esa perspicacia propia de su sexo, Angela lo arregló todo de suerte que para el tiempo en que las grandes emociones no, podían hacer ya mella en el corazón de Eduardo, se presentara Margarita en su tienda. En efecto: la joven, merced al celo de Angela, había llegado desde Nápoles, ocultamente, al sitio donde se encontraba herido su esposo. El corazón de Margarita, vacío ya de aquellas grandes y ponzoñosas pasiones que lo habían viciado y corrompido, se purificaba con el dolor, se purificaba también con la esperanza. Al ver que Dios no la había abandonado; que del seno de inmundo lodazal había querido remontarla al cielo; que le había enviado la mujer que ella misma odiara para iniciarla en los secretos de la virtud, Margarita, reconociendo en todo esto la Providencia, amando la hermosa virtud, había dejado la tosca larva de su antigua vida, de su antiguo existir, y ascendia purificada á otra vida más alta, luciendo en su frente los resplandores de la virtud.

Mas para unir a Margarita con su esposo era necesario preparar aquel corazón de Eduardo, tan impresionable como la cera, y dirigir á un fin aquellos sus sentimientos, tan ligeros como las auras, como las brisas. Un día, convaleciente ya Eduardo, entró Angela de súbito en su tienda. El joven, al verla, se quedó como extasiado, como arrobado de alegría. Lejos de extrañar aquella aparición, la miraba como la realidad de un ensueño por largo tiempo acariciado. Angela se mostró, como siempre, severa; Eduardo, como siempre, idólatra de aquella mujer que había abandonado; ansioso de aquella misma felicidad que había rehusado. Quiso Eduardo pronunciar algunas balbucientes palabras de amor; pero la actitud severa y el continente majestuoso de Angela, y la virtud que centelleaba en su frente, le impusieron silencio. Angela le dijo que ya no se trataba de la vida pasada, sino de su vida futura, y le recordó que existía una mujer á la cual estaba unido por un juramento ante Dios y ante los hombres. Eduardo se indignó al oir tal recuerdo, y dijo que aquella mujer no era digna de su corazón, como sentido de que Angela pronunciase sin celos el nombre de su rival. Cuando oyó Angela que aquella mujer, que su amiga, era así calificada por su mismo esposo, le preguntó si creía él ser el mismo Eduardo de siempre, aquel joven olvidadizo y frívolo de los salones de Nápoles. Eduardo protestó que no; que sus dolores, su ardor en los combates, la sangre vertida, decían que se había transformado su antes débil naturaleza; que se había convertido al bien su viciado corazón. «Pues bien, le dijo Angela: Margarita ha sostenido otra lucha más cruel, si menos estruendosa: la lucha con su corazón, con sus pasiones, con sus ideas, con los hábitos de su vida pasada, y heroicamente ha logrado vencer y domeñar á, tantos enemigos congregados en su daño.» Eduardo se resistía; pero Angela, con su calurosa elocuencia, le mostró su deber; la necesidad en que estaba de perdonar para que Dios le perdonara; los bienes que podía prometerse de una vida pacífica cuando tantos laureles rodeaban su frente, y, sobre todo, el culto que debía prestar á la virtud, culto digno del hombre, y digno al mismo tiempo de Dios. Eduardo se dejó arrastrar por aquella elocuencia, por aquella palabra fácil, pura, ingenua, y cuando más arrebatado estaba, Angela levantó la cortina que cubría la puerta de la tienda y apareció Margarita. La joven dio algunos pasos hacia adelante; pero flaquearon sus rodillas, y cayó, como herida de un rayo, en medio de la tienda. Entonces Eduardo se conmovió profundamente, y dulces lágrimas asomaron á sus antes áridos ojos. El joven se levantó, se inclinó al suelo, donde estaba de hinojos su mujer, y la estrechó contra su corazón. Un sollozo agudo, indefinible, vino á interrumpir esta escena. Era la voz de Angela, que decia: «Sed felices, como lo anhela mi corazón.» Y la joven, que veía en brazos de otra mujer al hombre que amaba, al hombre que había amado siempre, partido de dolor e1 pecho, lleno de angustia el corazón, salía de la tienda, y exclamaba: «Pronto, pronto un camello que me lleve á orillas del mar, y en el mar ya encontraré un barco que me lleve al Asia á difundir allí la caridad y este amor que no cabe en mi alma.»

* * *

Epílogo

Margarita y Eduardo fueron virtuosos y felices merced al ejemplo de Angela. Su nombre era, después del nombre de Dios, el más venerado por los dos esposos. Lector: la virtud debe amarse, no sólo porque es virtud, sino porque, como el sol, con su ejemplo ilumina las conciencias, con su calor vivifica los corazones. El sér virtuoso consigue llevar á la virtud á los seres que le rodean, aunque hayan caído en lo más profundo del vicio. Ejemplo: Angela, Margarita y Eduardo.


Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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