La Línea de Sombra

Joseph Conrad


Novela corta



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Índice

La Línea de Sombra
Nota del autor
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Dignos para siempre de mi respeto...

Nota del autor

En esta narración, que, lo reconozco, es, no obstante su brevedad, una obra bastante compleja, no he tenido la menor intención de traer a cuento lo sobrenatural. A pesar de ello, no ha faltado algún crítico que la considerase desde este punto de vista y advirtiera en ella mi propósito de dar rienda suelta a mi imaginación, dejándola trasponer los límites del mundo de la humanidad viva y doliente. Pero, a decir verdad, mi imaginación no está hecha de una materia a tal punto elástica, y tengo para mí que, si intentase someterla a la prueba de lo sobrenatural, el fracaso sería tan lamentable como enojoso y vacuo. Por otra parte, jamás me habría arriesgado a seme1ante tentativa, abrigando, como abrigo, moral e intelectualmente, la invencible convicción de que todo lo que cae bajo el dominio de nuestros sentidos, por excepcional que sea, no podría diferir en su esencia de todos los demás efectos de este mundo visible y tangible cuya parte consciente venimos a formar. El mundo de los vivos encierra ya por sí solo bastantes maravillas y misterios; maravillas y misterios que obran por modo tan inexplicable sobre nuestras emociones y nuestra inteligencia, que ello bastaría casi para justificar que pueda concebirse la vida como un sortilegio. No; mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que, en resumidas cuentas, no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.

Fuese cual fuese mi modestia innata, jamás condescenderá a subvenir a mi imaginación recurriendo a vanas invenciones comunes a todas las épocas y capaces de henchir de indecible tristeza a todos aquellos que, poco o mucho, sienten el amor de la humanidad. En cuanto al efecto de un choque mental o moral sobre un espíritu sencillo, nadie podrá negar que constituye un tema de estudio y de descripción perfectamente legítimo. El ser íntimo de Mr. Burns ha recibido un choque violento en el curso de sus relaciones con su antiguo capitán, y de ahí, dado su estado de salud, que se manifieste en él una manía supersticiosa, mezcla de temor y de animosidad.

Ello constituye uno de los elementos de esta narración, pero ni encierra nada de sobrenatural, ni, realmente, contiene nada que provenga del más allá de los confines de este mundo en que vivimos y que, seguramente, encierra ya por sí solo bastante misterio y terror.

Es probable que si hubiese publicado esta narración, cuyo proyecto me viene ocupando desde hace largo tiempo, bajo el título de El Primer Mando, ningún lector imparcial, dotado o no de espíritu crítico, habría visto en él el menor asomo de sobrenatural. No insistiré aquí sobre los orígenes del sentimiento que ha hecho nacer en mi espíritu el título definitivo de este libro: La Línea de Sombra. La primera intención de esta obra era el presentar ciertos hechos referentes a ese instante en que la juventud despreocupada y ardida alcanza la época más consciente y conmovedora de la madurez. Huelga decir que, en presencia de la prueba suprema de toda una generación, he tenido la conciencia cabal del carácter restringido e insignificante de mi humilde experiencia. No se trata aquí de paralelismo alguno, ni jamás se me ha ocurrido semejante idea. Pero sí experimentaba el sentimiento de algo semejante, aunque con una enorme diferencia de proporciones, entre lo que puede ser una simple gota de agua comparada con —la amarga y tumultuosa inmensidad de un océano. Cosa, al fin y al cabo, perfectamente natural, pues siempre que nos ponemos a meditar sobre el sentido de nuestro propio pasado, éste parece llenar el mundo entero con su profundidad y extensión. Este libro fue escrito durante los tres últimos meses del año 1916.

De todos los temas a disposición de un escritor, éste era el único que estaba en condiciones de tentar por aquella época. La profundidad y la naturaleza del sentimiento en que me dispuse a abordarlo quizás encontraron su más cabal expresión en la dedicatoria que va al frente, aunque hoy ésta me parezca singularmente desproporcionada:

nuevo ejemplo de la abrumadora grandeza de nuestras propias emociones.

Dicho esto, séame permitido hacer unas cuantas observaciones sobre la materia misma de esta narración. Su marco pertenece a esa parte de los mares del Extremo Oriente de que he extraído, durante mi vida de escritor, la mayor parte de mis asuntos. El solo hecho de confesar que pensé durante largo tiempo en este relato bajo el título de El Primer Mando, indicará ya al lector que se refiere a una experiencia personal. Y, efectivamente, de una experiencia personal se trata, vista con la perspectiva del recuerdo y coloreada con ese amor que no podemos por menos de experimentar con respecto a acontecimientos de nuestra propia vida que no nos ofrecen motivo alguno de rubor. Y este amor es tan intenso —y aquí apelo a la experiencia universal— como la vergüenza y casi la angustia con que se recuerdan ciertas circunstancias lamentables, incluso simples equivocaciones cometidas en el pasado. Uno de los efectos de perspectiva del recuerdo es el mostrarnos las cosas mayores de lo que son, debido a que los puntos esenciales se encuentran en él aislados de su contorno de minucias cotidianas, automáticamente borradas del espíritu. Recuerdo con placer esta época de mi vida marítima, porque tras un comienzo enojoso vino al fin a resolverse en un éxito personal, del que conservo una prueba tangible en los términos de la carta que mis armadores me escribieron dos años más tarde, al dimitir mi mando para volver a Europa. Esta dimisión señaló el comienzo de otra fase de mi vida marítima, su fase final, por así decirlo, que no dejó de colorear, a su vez, otra parte de mis obras. Yo no tenía entonces la menor idea de que mi vida de marino tocaba a su fin, así que no experimenté otra tristeza que la de separarme de mi barco. Deploré también tener que romper mis relaciones con los armadores de éste, que me acogieran con gran cordialidad, depositando su confianza en un hombre entrado, al fin y al cabo, por modo accidental a su servicio y en circunstancias realmente poco lucidas. Sin tratar por ello de depreciar un ápice el celo por mí desplegado, no puedo por menos de sospechar ahora el importante papel que desempeñó el azar en el feliz término de la confianza que en mí depositaran, y seguramente que no es posible recordar sin cierta satisfacción un tiempo en que el azar venía a secundar el propio esfuerzo. Las palabras «dignos para siempre de mi respeto, que he escogido como epígrafe, están sacadas del texto mismo de este libro, y aunque uno de mis críticos haya expuesto que debían aplicarse al barco, es evidente, a juzgar por el lugar en que se encuentran, que se refieren a los hombres que formaban su tripulación y que, aunque totalmente extraños a su nuevo capitán, le aportaron un concurso fiel durante aquellos veinte días en que constantemente pareció estarse a dos dedos de una lenta y mortal destrucción. Y he aquí, sin duda, el máximo recuerdo entre todos, pues seguramente es cosa grande el haberse encontrado a la cabeza de un puñado de hombres dignos para siempre de nuestro respeto.

J. C.

1

... D'autres fois, calme plat, gran miroir. De mon désespoir.
Baudelaire

Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.

Cierra uno tras de sí la puertecita de la infancia y penetra en un jardín encantado. Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa. Cada recodo del sendero posee su seducción. Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.

Llenos de ardor y de alegría, caminamos, reconociendo las lindes de nuestros predecesores, aceptando tales como se presentan la buena suerte y la mala —los puntapiés y las perras chicas, como reza el adagio—, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado. Sí; caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar atrás la región de nuestra primera juventud. Éste es el período de la vida en que suelen sobrevenir aquellos momentos de que hablaba. ¿Cuáles? ¡Cuáles van a ser!:

esos momentos del hastío, de cansancio, de descontento; momentos de irreflexión. Es decir, esos momentos en que los aún mozos propenden a cometer actos irreflexivos, tales como el matrimonio improvisado o el abandono de un empleo, sin razón alguna para ello.

Desde luego, no es ésta una historia conyugal. No; el destino no me fue tan adverso. Mi acto, por inconsiderado que fuese, tuvo más bien el carácter de un divorcio, casi de una deserción. Sin la menor razón que poder aducir sensatamente, tiré mi empleo por la borda, abandoné el barco donde venía prestando mis servicios, barco del que lo peor que podía decirse es que era de vapor y, quizá, por lo tanto, sin derecho a esa ciega fidelidad que...

Pero, después de todo, ¿a qué tratar de paliar un acto que yo mismo sospeché, ya en aquel momento, obedecía sólo a un simple capricho?

Fue en un puerto de Oriente. Era un barco oriental, puesto que a la matrícula de aquel puerto pertenecía. Traficaba entre islas sombrías, por un mar azul sembrado de arrecifes, el rojo pabellón* ondeando a popa y, en el palo mayor, la enseña de la empresa naviera, roja también, pero con una cenefa verde y una media luna blanca en el centro, pues el navío pertenecía a un árabe, a un Sayed, por más señas, y de ahí la cenefa verde del pabellón. Este Sayed era el cabeza de una gran familia árabe de los Estrechos, pero difícilmente se habría encontrado al Este del canal de Suez un súbdito más fiel del complejo Imperio Británico. La política mundial no le interesaba para nada, pero ello no le impedía ejercer un gran poder oculto sobre los de su raza.

A nosotros poco nos importaba quién pudiera ser el propietario del barco. Fuera el que fuese, se veía obligado a emplear hombres de raza blanca en su tripulación, y la mayoría de los así empleados jamás tuvieron ocasión de verle con sus propios ojos. Yo mismo, sólo una vez le vi, y por mera casualidad, en un muelle. Era un vejete menudo, de tez bronceada, tuerto, vestido con una túnica inmaculada y calzado con babuchas amarillas. Una turba de peregrinos malayos, a los que sin duda había regalado con vituallas y dinero, le besaba las manos gravemente. Sus limosnas, oí decir, eran frecuentes y alcanzaban a casi todo el Archipiélago. Pues ¿no está dicho, acaso, que «el hombre caritativo es el amigo de Alá»?

Hombre excelente (y pintoresco) este armador árabe, del que nadie se preocupaba lo más mínimo, y excelentísimo este barco escocés, de quilla a perilla, fácil de conservar limpio, dócil al timón como el que más y, a no ser por su propulsión interna, digno del cariño de todos. Todavía hoy conservo su recuerdo con profundo respeto. Por lo que se refiere al género de tráfico y al carácter de mis compañeros de a bordo, realmente no habría podido sentirme más satisfecho si un benévolo encantador hubiese creado a mi gusto la vida y los hombres.

Y, súbitamente, abandoné todo aquello: Lo hice a la manera, para nosotros irrazonada, del pájaro que abandona una rama segura. Hubiérase dicho que, sin que ningún otro se percatase, había oído yo un murmullo o percibido algo. Tal vez fuese así, ¡qué demonio! Un día todo iba bien, al día siguiente todo había desaparecido: encanto, sabor, interés, contento, todo.

Como veis, fue un momento de aquéllos. El malestar nuevo de la juventud que llega a su término se había apoderado de mí y me había arrastrado, arrastrado fuera del barco, quiero decir.

Sólo éramos cuatro blancos a bordo, con una numerosa tripulación de kalashes y dos malayos de baja graduación. Al saber mi decisión, el capitán me miró fijamente, como si se preguntara qué mosca me había picado. Pero era un marino y él también, en su tiempo, había sido joven. Así pues, disimuló una sonrisa bajo su espeso bigote gris y declaró que, evidentemente, no podía retenerme por la fuerza si yo creía que debía marcharme. Y todo quedó dispuesto para que a la mañana siguiente me pagasen. Cuando salíamos del cuarto de los mapas, agregó de repente, con singular tono pensativo, esperaba que encontrase lo que con tanta impaciencia buscaba.

Frase amable y enigmática, que sentí penetraba en mí más profundamente que lo habría hecho un instrumento diamantino. Me parece que había comprendido mi caso.

Las maneras del segundo maquinista fueron muy distintas. Era un escocés, joven y vigoroso, de rostro y ojos claros. Su honrada faz rojiza emergió por la carroza de la cámara de máquinas, seguida por todo su cuerpo de hombre robusto; arremangado, se limpiaba lentamente los macizos antebrazos con un puñado de estopa. Sus ojos claros tenían una amarga expresión de disgusto, como si nuestra amistad hubiese quedado reducida a cenizas. Enérgicamente, declaró: “ ¡Ah!, sí; ya había pensado yo que era ya tiempo de que volvieses a tu casa para casarte con cualquier chica estúpida”.

Todo el mundo sabía en el puerto que John Nieven era un misógino feroz; lo absurdo de esta salida me probó que había querido molestarme, diciéndome la frase más hiriente que pudo ocurrírsele. La risa con que respondí a sus palabras parecía pedirle excusas. Después de todo, sólo un amigo podía enfadarse así. Pero, en el fondo, me sentí un tanto apabullado.

Nuestro primer maquinista juzgó de manera igualmente característica, aunque más amable, mi manera de obrar. También él era joven, pero muy delgado, y su rostro macilento aparecía enmarcado por una barba castaña y sedosa. De la mañana a la noche, en el mar o en el puerto, podía vérsele midiendo a grandes pasos la cubierta de popa, con una expresión de intenso éxtasis producido por la continua atención que dispensaba a los molestos desórdenes de su organismo. Nuestro primer maquinista era un dispéptico inveterado. Su manera de juzgar mi caso fue muy sencilla: declaró que la causa radicaba en el mal funcionamiento de mi hígado. ¡Evidentemente! Me aconsejó que hiciese un nuevo viaje antes de retirarme y que durante ese tiempo me tratase con cierto específico en el que tenía una fe absoluta.

—Le diré a usted lo que voy a hacer. Voy a comprarle de mi bolsillo dos frascos. Eso es. No puedo decirle nada mejor, ¿no es cierto?

Creo que, al menor signo de debilidad por mi parte habría perpetrado esta atrocidad —o generosidad—. No obstante, en aquel momento me sentía más descontento, disgustado y obstinado que nunca. Aquellos últimos dieciocho meses, llenos, sin embargo, de tantas experiencias nuevas y diversas, no me parecían ya sino una lúgubre y prosaica pérdida de tiempo.

Me parecía —¿cómo expresarlo?—, me parecía como si no contuviesen la menor verdad.

¿Qué verdad? Yo mismo me habría visto en aprietos para decirlo. Y si hubiesen insistido en preguntármelo, sin duda habría acabado, simplemente, por echarme a llorar. Todavía era lo bastante joven para ello.

Al día siguiente, el capitán y yo arreglamos mis asuntos en la Oficina del Puerto. Era una habitación grande y de techo elevado, fresca y blanca, en la cual la luz tamizada brillaba serenamente. Todo el mundo, empleados y gentes de fuera, estaba allí vestido de blanco. Sólo los pesados y bruñidos escritorios formaban en el centro una fila oscura y reluciente. Algunos de los papeles que los cubrían eran azules. Enormes punkahs enviaban desde lo alto una agradable corriente de aire a través de aquel inmaculado interior y sobre nuestras frentes sudorosas.

El empleado a quien nos dirigimos hizo una amable mueca, que conservó hasta que, en respuesta a la maquinal pregunta: «¿Desembarca usted para reembarcar?», respondió mi capitán: «No; desembarca definitivamente.» Su mueca se trocó entonces, bruscamente, en expresión solemne. No levantó los ojos hacia mí hasta el momento en que me tendió mis papeles, con una expresión de tristeza, como si aquello fuese mi pasaporte para los infiernos.

Mientras me guardaba los papeles en el bolsillo, murmuró no sé qué pregunta al capitán, y oí que este último respondía alegremente:

—No. Nos deja para regresar a su casa.

—¡Ah! —exclamó el otro, meneando melancólicamente la cabeza ante la idea de mi triste destino.

A pesar de que nunca le había visto fuera de aquel edificio oficial, se inclinó por encima de su escritorio para estrecharme compasivamente la mano, como se la estrecharía a un pobre diablo que se hallase a punto de ser ahorcado. En cuanto a mí, temo haber hecho mi papel sin la menor gracia, con el aire empedernido de un criminal impenitente.

No había ningún barco que partiese para Europa antes de cuatro o cinco días. Siendo ya, desde aquel instante, un hombre sin barco, habiendo roto momentáneamente mis lazos con el mar, siendo, en suma, sólo un pasajero eventual, tal vez hubiese sido más conveniente por mi parte alojarme en un hotel. Precisamente allí cerca, a dos pasos de la Oficina del Puerto, se encontraba uno: un edificio bajo, que, con sus blancos pabellones y columnatas, en medio de sus céspedes bien cuidados, tenía todo el aire de un palacio. Allí habría tenido, realmente, la impresión de ser un pasajero; pero, lanzándole una mirada hostil, me encaminé hacia el Hogar del Marino.

Caminaba tan pronto al sol como a la sombra de los grandes árboles de la explanada, sin darme cuenta del uno ni gozar de la otra. El calor de aquel Oriente tropical penetraba a través de la fronda, envolvía mi cuerpo, ligeramente vestido, se abrazaba a mi rebelde descontento como para privarlo de su libertad.

El Hogar de los Oficiales era un gran bungaló, con una amplia galería exterior y un jardincito, separado de la calle por unos cuantos árboles y extrañamente parecido a un jardín de arrabal. Esta institución tenía más bien carácter de club, pero con un no sé qué de oficial que le daba el hecho de estar administrada por la Oficina del Puerto. Su gerente ostentaba oficialmente el título de primer administrador. Era un desventurado hombrecillo, todo arrugado, que, vestido con una casaca de yóquey, habría desempeñado su papel a la perfección. Evidentemente, en algún momento de su vida, había tenido algo que ver con el mar; aunque es muy posible que la relación no pasara de una malhadada tentativa.

Yo habría creído que sus funciones eran de las más fáciles, si él no hubiese tenido la costumbre de afirmar a cada instante que aquel empleo no tardaría en ser causa de su muerte. Afirmación un tanto misteriosa. Tal vez fuese que todo le costaba demasiado trabajo. En cualquier caso, parecía molestarle en extremo el que hubiese alguien alojado en la casa.

Al penetrar en ella, no pude por menos de pensar que el administrador debía de alegrarse de mi ingreso. El edificio estaba más silencioso que una tumba. No vi a nadie en el salón ni en la galería, aparte de un hombre en el extremo opuesto, adormecido sobre una chaise longue.

Al ruido de mis pasos, entreabrió un ojo, que recordaba abominablemente el. ojo de un pescado. No conocía a aquel hombre. Volví sobre mis pasos y, cruzando el comedor —una habitación desnuda, con un punkah inmóvil suspendido encima de la mesa del centro—, fui a llamar a la puerta en que se leían estas palabras, escritas en letras negras: «Primer administrador.» No habiendo oído en respuesta más que una doliente queja: «¡Dios mío, Dios mío, qué se les ocurrirá ahora! », me colé sin más.

Era aquélla una habitación muy singular para los trópicos. Se hallaba casi a oscuras y tenía ese olor propio de las habitaciones que permanecen largo tiempo cerradas. Aquel hombre había guarnecido de horribles cortinas de encaje, extraordinariamente amplias y polvorientas, sus ventanas, a la sazón herméticamente cerradas. En los rincones se apilaban cajas de cartón semejantes a las que emplean en Europa las costureras y modistas; y, no se sabe cómo, el primer administrador se había procurado un mobiliario que muy bien habría podido venir directamente de cualquier respetable salón del East End londinense: un sofá y sillones rellenos de crin. Alcancé a distinguir algunas sucísimas cubiertas de respaldo a punto de crochet, arrojadas sobre aquel horrible mobiliario, que inspiraba tanto más espanto cuanto más difícil era adivinar qué accidente misterioso, qué necesidad o qué fantasía lo había reunido allí. Su propietario se había despojado de la chaqueta y, en pantalón y chaleco de franela, asomaba tras de aquellos respaldos, acariciándose los codos puntiagudos.

Cuando supo que tenía la intención de alojarme allí, dejó escapar una exclamación de angustia, pero no pudo negar que la mayor parte de las habitaciones estaban libres.

—Muy bien. ¿Puede darme usted la habitación que ocupé la última vez?

Lanzó un débil gemido tras de la pila de cajas de cartón amontonadas sobre la mesa y que podían haber contenido guantes, pañuelos o corbatas.

Todavía me pregunto qué guardaría en ellas aquel hombre. De su madriguera `se desprendía un olor de coral en putrefacción, de polvo oriental, de muestras zoológicas. Sólo conseguía ver la parte superior de su cabeza y sus ojos afligidos levantados hacia mí por encima de aquella barrera.

—No estaré más de dos o tres días —le dije, esperando reanimarlo.

—¿Querrá usted pagar por anticipado? —sugirió de inmediato.

—Por supuesto que no —exclamé indignado apenas hubo pasado el primer momento de asombro—. ¡Jamás he oído cosa semejante! Se necesita cara dura...

El hombre, desesperado, se llevó las manos a la cabeza, y este gesto acabó con mi indignación.

—¡Dios mío, Dios mío! No se ponga usted así. A todo el mundo le pregunto lo mismo. —Lo dudo —dije ásperamente.

—Pues bien, si no lo he hecho, voy a hacerlo, pues si ustedes, caballeros, consintieran en pagar por anticipado, yo podría hacer pagar igualmente a Hamilton. Siempre desembarca sin un céntimo, y aunque tenga dinero jamás quiere saldar su cuenta. No sé cómo arreglármelas con él. Siempre se pone a blasfemar, asegurando que en modo alguno puedo arrojar a la calle a un blanco. Si usted quisiera...

Yo estaba estupefacto. E incrédulo. Sospechaba una impertinencia gratuita de su parte. Con tono enfático declaré que preferiría verlos ahorcados a él y a Hamilton, y le rogué que me condujese a mi habitación sin más historias. Sacó entonces una llave de no sé dónde y salió de su escondrijo, lanzándome al pasar una mirada oblicua y solapada.

—¿Hay aquí algún conocido mío? —le pregunté, antes de que se hubiese marchado de mi habitación.

Había recobrado ya su tono habitual, impaciente y llorón, y me contestó que allí estaba el capitán Giles, de regreso de un viaje al mar de Sulú, y otros dos huéspedes. Al cabo de un momento de silencio, agregó:

—Y, naturalmente, Hamilton...

—¡Ah!, sí, Hamilton... —contesté.

Y el lamentable personaje se retiró con un gruñido postrero.

Aún me exasperaba su desvergüenza cuando entré en el comedor para almorzar. Ya se hallaba en su puesto vigilando a los criados chinos. El almuerzo estaba servido en un extremo de la larga mesa y el punkah, que se balanceaba perezosamente, sólo abanicaba un desierto de madera bruñida.

Éramos cuatro en torno del mantel. Uno de ellos, el desconocido durmiente de la galería. Tenía ahora los ojos medio abiertos, pero parecía no ver. El dignísimo personaje que se sentaba a su lado, un rostro adornado con cortas patillas y mentón cuidadosamente rasurado, era, naturalmente, Hamilton. Jamás he visto a nadie desempeñar con tanta dignidad el papel que la Providencia tuvo a bien asignarle en la vida. Me habían dicho que me consideraba como un simple aficionado. Al ruido que hice al apartar mi silla, levantó, no sólo los ojos, sino también las cejas.

El capitán Giles ocupaba el extremo de la mesa. Cambiamos algunas palabras de cortesía y me senté a su izquierda. Gordo y pálido, con una frente calva semejante a un gran domo reluciente, se le habría tomado por cualquier cosa menos por un marino. Nadie, por ejemplo, se hubiera sorprendido de que fuese arquitecto. En cuanto a mí, y por absurdo que esto pueda parecer, me hizo el efecto de un sacristán. Tenía el aspecto de un hombre del que pueden esperarse prudentes consejos y sentimientos morales, entremezclados oportunamente a una o dos vaciedades, inspiradas no por el deseo de deslumbrar, sino por una honrada convicción.

A pesar de ser muy conocido y apreciado en el mundo marítimo, no tenía empleo fijo. Ni lo deseaba. Tenía una posición propia y peculiar: era un perito. Un perito —¿cómo lo diría yo?—en navegación complicada. Se le suponía conocedor como nadie de los lugares del Archipiélago más lejanos y peor señalados en los mapas. Su cerebro debía de ser un almacén completo de arrecifes, posiciones, bajos fondos, siluetas de promontorios, formas de oscuras costas, perfiles innumerables de islas desiertas o habitadas. Un navío con destino a Palawan o cualquier otro paraje por el estilo, contaría siempre con los servicios del capitán Giles, ya para un mando temporal, ya «para ayudar al capitán». Se decía que, en la perspectiva de semejantes servicios, recibía un sueldo fijo de un poderoso armador chino. Por otra parte, siempre estaba dispuesto a relevar a un capitán que desease pasar un tiempo en tierra, sin que jamás naviero alguno se hubiese opuesto a estas combinaciones, pues era opinión corriente en el puerto que no podía encontrarse capitán mejor que Giles. Sin embargo, a los ojos de Hamilton no era más que un «aficionado». Yo creo que para Hamilton «aficionado» era un término genérico que nos englobaba a todos; aunque interiormente hiciese, creo yo, algunas distinciones.

No traté de entablar conversación con el capitán Giles, a quien no había visto más de dos veces en mi vida. Pero, naturalmente, él sabía quién era yo. Al cabo de un momento, inclinando hacia mí su voluminosa y reluciente cabeza, me dirigió la palabra con el tono amable que le era habitual. Me dijo que, viéndome allí, era de presumir que pasaba algunos días de licencia en tierra.

Su voz era naturalmente baja. Elevando un poco el tono de la mía, respondí:

—No; he dejado el barco definitivamente.

—Eso quiere decir que ya es usted un hombre libre por algún tiempo comentó.

—Sí, desde las once lo soy —dije.

Al ruido de nuestras voces, interrumpió Hamilton su comida. Con la mayor suavidad, dejó su cuchillo y su tenedor y, quejándose a media voz de «este infernal calor, que quita el apetito», abandonó la estancia. Casi de inmediato, le oímos salir del edificio y bajar por la escalinata de la galería.

Entonces, el capitán Giles declaró tranquilamente que sin duda Hamilton había ido a procurar conseguir mi antiguo empleo. El primer administrador, que había permanecido junto al muro, acercó a la mesa su rostro de cabra desventurada y se dirigió a nosotros con tono plañidero.

Quería exponernos sus eternas quejas contra Hamilton. Aquel hombre le creaba constantemente dificultades con la Oficina del Puerto, por el estado de su cuenta. Pluguiera al cielo que consiguiese mi puesto, aunque, después de todo, eso no le produciría sino un alivio momentáneo.

—No se preocupe usted —dije yo—. Hamilton no conseguirá mi puesto. Mi sucesor ya está a bordo.

Pareció sorprendido, y al oír la noticia su rostro se descompuso un poco. El capitán Giles no pudo por menos de reír quedamente. Nos levantamos de la mesa y salimos a la galería, dejando al indolente desconocido al cuidado de los chinos. Al salir, alcancé a ver que habían puesto ante él un plato con una tajada de piña y que esperaban, a sus espaldas, para ver lo que sucedería. Pero el experimento fue inútil. El hombre continuó impasible.

El capitán Giles me confió en voz baja que era un oficial del balandro de un rajá, venido a nuestro puerto para entrar en el dique seco. Sin duda se había estado «divirtiendo» la noche anterior, agregó, frunciendo la nariz, con un aire confidencial que me agradó en extremo, pues el capitán Giles no carecía de prestigio. Se le atribuían maravillosas aventuras y hasta una misteriosa tragedia, y nadie tenía nada que decir contra él.

—Recuerdo —prosiguió— la primera vez que desembarcó aquí, hace ya algunos años. Me parece como si fuera ayer. Era un chico encantador. ¡Ah, estos chicos encantadores!

No pude contener la risa. El capitán pareció estupefacto, pero luego comenzó a reír conmigo.

—¡No, no! No es eso lo que quería decir —exclamó—. Lo que quiero decir es que hay muchos de ellos que se reblandecen aquí enseguida.

En broma, sugerí que aquel calor embrutecedor era la principal causa de ello. Pero el capitán Giles dio muestras de una filosofía más profunda.

Ciertamente, la vida era fácil en Oriente para los blancos, pero lo difícil era continuar siendo blanco, y algunos de aquellos chicos encantadores no lo sabían. Me lanzó una mirada penetrante y, con un tono de viejo tío bonachón, me preguntó a quemarropa:

—¿Por qué dejó su empleo?

Me sentí irritado, pues ya comprenderéis lo que semejante pregunta tenía de exasperante para quien tampoco sabía una palabra de algo que atañía de manera tan esencial a sí mismo. Diciéndome en mi fuero interno que era preciso cerrar el pico a aquel moralista, le pregunté, con un tono a la vez provocador y amable:

—¿Cómo...? ¿Me desaprueba usted? Quedó tan desconcertado, que no pudo sino mascullar confusamente:

—¿Yo?... En términos generales...

—Y no pudo salir adelante. Pero se replegó en buen orden, al amparo de una chuscada sobre su propia persona, haciéndome observar que también él se reblandecía y que aquél era el momento en que solía echar su siestecilla cuando se hallaba en tierra—. Muy mala costumbre. Muy mala costumbre —concluyó.

La sencillez de aquel hombre habría desarmado una susceptibilidad aún más juvenil que la mía. Así, cuando, en el almuerzo del día siguiente me hizo un saludo con la cabeza y me dijo que la tarde anterior se había encontrado con mi capitán, agregando en voz más baja: «Lamenta mucho su partida. Jamás había tenido un segundo con quien se entendiese mejor», le respondí seriamente y sin la menor afectación que, realmente, nunca me había encontrado tan bien en un barco ni relacionado mejor con ningún otro capitán en todo el tiempo que llevaba en el mar.

—En ese caso... —murmuró.

—¿No le han dicho, capitán Giles, que tengo intención de regresar a casa?

—Sí —respondió benévolamente—, ¡pero he oído decir esto con tanta frecuencia!

—¿Y qué? —exclamé.

No pude por menos de pensar que era el hombre más limitado y menos imaginativo que había conocido. No sé ya lo que iba a agregar, cuando Hamilton, muy retrasado, entró en el comedor y fue a ocupar su lugar de costumbre. Así pues, me contenté con murmurar:

—En todo caso, esta vez lo verá usted confirmado.

Hamilton, recién afeitado, saludó secamente al capitán Giles, pero no condescendió a poner siquiera los ojos en mí, y sólo abrió la boca para decir al primer administrador que la comida que le servían no era digna de un caballero. El interpelado pareció tan abrumado por su aflicción que ni le quedaron fuerzas para gemir. Se contentó con levantar los ojos hacia el punkah, y eso fue todo.

El capitán Giles y yo nos levantamos de la mesa, y el extranjero sentado al lado de Hamilton imitó nuestro ejemplo, poniéndose de pie penosamente. El pobre diablo había procurado hacer penetrar en su boca un poco de aquella indigna comida, no porque tuviese hambre, sino porque esperaba, creo yo, recobrar así en cierto modo el respeto de sí mismo; pero, después de haber dejado caer por dos veces su tenedor, pareció considerarse definitivamente vencido, y permaneció sentado, inmóvil, con aire de extremada mortificación y una horrible mirada vidriosa. Mientras estuvimos en la mesa, el capitán Giles y yo habíamos evitado mirar hacia su lado.

Una vez en la galería, el extranjero se detuvo bruscamente para hacernos, con expresión de ansiedad, una larga observación, cuyo sentido no logré interpretar del todo. Hubiérase dicho que hablaba un horrible lenguaje desconocido. Pero cuando el capitán Giles, tras un momento de reflexión, le contestó: «Sí, seguramente; tiene usted razón», el individuo pareció encantado y se fue, andando casi sin tambalearse, a buscar un poco más lejos una chaise longue.

—¿Qué quería decir? —pregunté con cierta repugnancia.

—No lo sé. No debemos ser demasiado duros con un camarada. Puede usted estar seguro de que sufre. Y, mañana, todavía será peor.

A juzgar por su apariencia, eso parecía imposible. No pude por menos de preguntarme qué clase de complicado libertinaje lo había conducido a semejante estado. Pero la benevolencia del capitán Giles iba acompañada de un cierto aire de satisfacción de sí mismo que me disgustaba. Riendo ligeramente, le dije:

—En todo caso, aquí está usted para mirar por él.

Hizo un gesto de negación, se sentó y cogió un periódico. Yo hice otro tanto. Los periódicos eran antiguos y carecían de interés, llenos casi en su totalidad de descripciones estereotipadas de las ceremonias con que se había celebrado el jubileo de la reina Victoria. Sin duda habríamos cedido rápidamente a la somnolencia de aquel mediodía tropical si la voz de Hamilton no se hubiese dejado oír en el comedor. Hamilton acababa su comida. La puerta, muy ancha, tenía abiertos de par en par sus dos batientes y él no sospechaba que nos hallásemos sentados tan cerca. Le oímos, pues, contestar en altavoz y con tono arrogante a una observación que el primer administrador se había aventurado a hacer.

—Puede usted estar seguro de que no aceptaré un empleo cualquiera.

No se encuentra todos los días un caballero. No hay para qué apresurarse.

Se oyó al administrador murmurar algo, y luego, nuevamente, a Hamilton, que respondía con un tono todavía más acentuado de desprecio:

—¿Cómo? ¿Ese joven mentecato que se cree un personaje por haber sido durante tanto tiempo segundo de Kent...? ¡Absurdo!

Giles y yo nos miramos. Kent era mi antiguo capitán. Las palabras:

«Habla de usted», que murmuró el capitán Giles, me parecieron completamente ociosas. Sin duda el administrador insistió en su opinión, pues de nuevo se oyó a Hamilton, todavía más desdeñoso si era posible, declarar enfáticamente:

—Eso no tiene pies ni cabeza. No se compite con un aficionado semejante. Tenemos todo el tiempo para nosotros.

Enseguida oímos un ruido de sillas que se movían, de pasos, y las plañideras exhortaciones del administrador persiguiendo a Hamilton hasta la puerta de entrada.

—Cierto, es un individuo demasiado insolente —observó, de manera inútil, a mi parecer, el capitán Giles—. Muy insolente. Sin embargo, usted no le ha hecho nada, que yo sepa, ¿no es cierto?

—En mi vida le he hablado —respondí con aspereza—. No comprendo qué quiere decir con eso de «competir». Ha procurado obtener mi puesto después de que yo lo abandoné, y no lo ha logrado. No es eso, precisamente, lo que podría llamarse competir.

El capitán Giles meneó, pensativo, su voluminosa y benévola cabeza.

—No lo ha logrado —repitió con lentitud—. No, con Kent no era probable obtenerlo. Kent no se consuela de que usted lo haya abandonado y dice que es usted un buen marino.

Arrojé el periódico que aún tenía en la mano, me levanté y con la palma de la mano abierta golpeé la mesa. ¿Por qué demonios había de volver siempre a aquel asunto, que a mí solo importaba? Aquello era, realmente, exasperante.

La perfecta tranquilidad con que me miraba el capitán Giles me redujo al silencio.

—No hay nada en ello que pueda molestarle —murmuró tranquilamente, con un deseo visible de apaciguar la infantil irritación que había producido con sus palabras.

Y, en realidad, tenía un aspecto tan inofensivo que procuré explicarme de la mejor manera. Le dije que no deseaba oír una sola palabra más sobre lo que ya era cosa pasada. Durante todo el tiempo que duró, aquello había sido muy agradable, pero ahora que había terminado prefería no hablar, y ni siquiera pensar en ello. Estaba absolutamente decidido a regresar a Europa.

Giles escuchó toda mi tirada con expresión particularmente atenta, como si hubiese querido sorprender en ella una nota falsa; luego, se enderezó y pareció meditar con ahínco sobre el asunto.

—Sí, ya me había dicho usted que deseaba regresar. ¿Tiene ya algo en perspectiva allí?

En lugar de contestar que eso no le importaba, respondí malhumorado:

—Nada que yo sepa.

Ciertamente, yo ya había enfocado ese aspecto un tanto oscuro de la situación que yo mismo me había creado al abandonar un empleo satisfactorio, y la verdad es que no las tenía todas conmigo. Estuve a punto de agregar que el sentido común no tenía nada que ver con mi manera de obrar y que ésta no merecía, Por lo tanto, el interés que parecía inspirarle.

Pero Giles se había dedicado a exhalar bocanadas de humo de su corta pipa de madera, y tenía un aspecto tan plácido, tan limitado, tan vulgar, que realmente no valía la pena crearle un rompecabezas con un exceso de sinceridad o de ironía.

Envuelto en una nube de humo, me preguntó bruscamente, a quemarropa:

—¿Ha tomado ya su pasaje Vencido por la descarada obstinación de un hombre con el cual era verdaderamente difícil mostrarse grosero, contesté con extremada delicadeza que todavía no había hecho ninguna diligencia al respecto. Pensaba que al día siguiente tendría tiempo de sobra para hacerlo.

Y estaba a punto de alejarme, sustrayendo así mis asuntos privados a los esfuerzos ridículamente inútiles que hacía Giles para probar su consistencia, cuando el capitán colocó su pipa ante sí de manera significativa, como si quisiese indicar que había llegado el momento crítico y se inclinó de lado sobre la mesa que nos separaba.

—¡Ah! ¿Conque todavía no lo ha tomado? —Y agregó, bajando la voz misteriosamente—: Pues bien, en ese caso me parece conveniente que sepa que aquí sucede algo.

Yo nunca me había sentido más desligado de las cosas de este mundo.

Aunque liberado por algún tiempo del mar, había conservado ese estado de ánimo de los marinos, que se sienten completamente ajenos a todo lo que pasa en tierra. ¿En qué podía concernirme aquello? La agitación del capitán Giles me producía más compasión que curiosidad.

A manera de preámbulo, me preguntó si el administrador me había hablado por la mañana, a lo que respondí que no, agregando que si lo hubiese intentado no habría encontrado por mi parte mayor estímulo. No tenía las menores ganas de conversar con aquel individuo.

Sin desalentarse por mi petulancia, el capitán Giles, con una expresión de profunda sagacidad, comenzó a hablarme con toda clase de detalles de un ordenanza de la Oficina del Puerto. Pero ¿qué interés podía tener eso para mí? Aquella mañana habían visto pasar por la galería a un ordenanza que llevaba en la mano una carta, un sobre oficial. Según la costumbre de aquellas gentes, se la había mostrado al primer blanco que encontró, que no resultó ser otro que nuestro amigo de la chaise longue.

Como sabemos, éste no se hallaba en estado de interesarse por las cosas sublunares, y se contentó con alejar al ordenanza con un gesto. El ordenanza recorrió entonces la galería y cayó sobre el capitán Giles, que, por azar extraordinario, se encontraba allí.

Habiendo llegado a esta parte de su discurso, se detuvo para mirarme fijamente.

La carta, prosiguió, estaba dirigida al primer administrador. ¿Qué podía el capitán Ellis, jefe del puerto, escribir al administrador? Éste iba todas las mañanas, puntualmente, a la Oficina del Puerto a dar su informe, pedir órdenes, etcétera. Apenas hacía una hora que había regresado de allí, cuando se presentaba un ordenanza oficial persiguiéndolo con una carta.

¿Qué significaba aquello?

Y comenzó a meditar. Evidentemente, no era por esto... y tampoco podía ser por aquello. En cuanto a esa otra razón, era igualmente inadmisible... La inanidad de todo ese discurso me dejó verdaderamente perplejo.

Si aquel hombre no hubiese sido tan simpático, casi me habría dado por ofendido. Pero, en realidad, sólo me sentía apenado por él. La expresión singularmente seria de su mirada me impidió reírme en sus narices.

Tampoco bostecé en sus barbas. Me contenté con mirarlo.

Y, aquí, su tono se hizo más misterioso todavía. Apenas el hombre (esto es: el administrador) hubo leído la carta, se precipitó sobre su sombrero y se lanzó fuera de la casa; pero no porque aquel mensaje lo llamase a la Oficina del Puerto. No era allí adonde había ido. No había estado ausente bastante tiempo para ello. Al cabo de un instante regresó repentinamente y, arrojando lejos de sí su sombrero, comenzó a correr por el comedor, gimiendo y golpeándose la frente. El capitán Giles observó tan singulares sucesos y no dejó de meditar desde entonces sobre el asunto.

Realmente, comenzaba a compadecerme de él. Con un tono que me esforcé en hacer lo menos sarcástico posible, le dije que me alegraba de que hubiese encontrado en qué ocupar la mañana.

Con su desarmante sencillez me hizo observar —como si el hecho hubiese tenido alguna importancia— cuán singular era que justamente hubiese pasado él allí la mañana. Casi siempre. salía antes del almuerzo y visitaba las diferentes oficinas o iba a ver a sus compañeros del puerto. Pero aquel día no se había sentido muy bien al levantarse; nada grave, apenas lo suficiente para sentirse perezoso.

Me decía todo eso con la mirada fija, concentrada, cuya expresión, que contrastaba con la inanidad absoluta de sus palabras, daba la impresión de una triste y dulce demencia. Y cuando, bajando la voz misteriosamente, acercó un poco su silla, comprendí de pronto que una excelente reputación profesional no era siempre una garantía de sentido común.

Yo no creía ignorar entonces en qué consiste exactamente el sentido común y no sabía hasta qué punto es delicada esta cuestión y relativa, en suma. Como no quería herir la sensibilidad del capitán, simulé un vivísimo interés. Pero cuando me preguntó misteriosamente si recordaba lo que acababa de suceder entre nuestro administrador y «ese Hamilton», no pude sino asentir con un gruñido, volviendo al mismo tiempo la cabeza.

—Sí. Pero ¿recuerda usted cada una de las palabras? —insistió con amabilidad.

—No sé. Eso no es asunto mío —dije, estallando, y en voz alta mandé al administrador y a Hamilton a hacer compañía a los demonios.

De ese modo esperaba dar fin a todo aquello, pero el capitán Giles continuaba mirándome con expresión pensativa. Nada podía detenerlo. Me hizo observar entonces que mi persona había salido a relucir en aquella conversación. Como yo procurase conservar un aire de indiferencia, el capitán se tornó implacable. ¿Había oído yo lo que había dicho aquel hombre? ¿Sí? Y, entonces, ¿qué pensaba yo de ello? Necesitaba saberlo.

La apariencia misma del capitán Giles excluía toda sospecha de malignidad.

Así pues, llegué a la conclusión de que era, simplemente, el imbécil más desprovisto de tacto que hubiese soportado nunca la tierra. Casi me reproché mi debilidad y el haber intentado iluminar su pobre inteligencia.

Acabé por declararle que no pensaba nada de ello y que Hamilton no merecía siquiera el honor de un pensamiento. Lo que un repugnante holgazán —« Sí, eso es lo que es», me interrumpió el capitán Giles...— piense o diga, no debe preocupar a las personas decentes, y yo estaba absolutamente decidido a no prestar la menor atención a semejante cosa.

Esta actitud me parecía tan sencilla y natural que me sorprendí al ver que el capitán Giles no daba ninguna señal de asentimiento. Una estupidez tan perfecta casi resultaba interesante.

—¿Qué quería, pues, que hiciese? —le pregunté, riendo—. No seré yo quien vaya a buscarle querella por la opinión que de mí tenga. He oído muy bien la manera desdeñosa con que se refiere a mí. Pero nunca me ha manifestado su desprecio abiertamente; jamás lo ha expresado ante mí.

Hace un momento no sospechaba que podíamos oírlo. Lo único que lograría con otra actitud sería ponerme en ridículo.

El obstinado capitán Giles continuaba fumando tristemente su pipa.

De pronto, se le iluminó el rostro y exclamó:

—No me ha comprendido usted.

—¿De veras? Me alegra saberlo —dije.

Con mayor animación aún, me repitió que no le había comprendido.

Ni tanto así. Y con tono de creciente complacencia en sí mismo me aseguró que a él no se le escapaba nada, o casi nada, que reflexionaba mucho y que su experiencia de la vida y de los hombres lo conducía, en general, a una apreciación exacta de las cosas.

Esa manera de hacer su propio panegírico cuadraba perfectamente con la laboriosa inanidad de la conversación, todo lo cual fortalecía en mí aquella vaga sensación de que la vida no era más que una sucesión de días malgastados, sensación que, casi inconscientemente, me había hecho abandonar un buen puesto y camaradas a los que apreciaba para escapar de la amenaza de semejante vacío... y, todo, para caer, al primer paso, en aquella inanidad. Tenía ante mí un hombre cuyo carácter y capacidades elogiaban todos, y descubría en él un absurdo y triste charlatán. Y, sin duda, lo mismo acontecía en todas partes, del este al oeste, de arriba abajo de la escala social...

Me sentía presa de un gran desaliento, de una especie de embotamiento moral. La voz de Giles seguía sonando complaciente, como la voz de la hueca y universal vanidad, y ello sin que me produjera ya la menor irritación. No había nada nuevo, original, revelador que esperar de este mundo, ninguna sabiduría que adquirir, ningún placer que gustar. Todo era estúpido y artificial, como el mismo capitán Giles. Y eso era todo.

El nombre de Hamilton hirió de pronto mi oído, sacándome de mis abstracciones.

—Creía que ya habíamos terminado con él —dije con marcado disgusto.

—Sí, pero dado lo que acabamos de oír, creo que debería usted hacerlo.

—¿Qué es lo que debería hacer? —pregunté, enderezándome, estupefacto—.

¿Hacer el qué?

El capitán Giles me contempló muy sorprendido.

—Pues... que debe usted hacer lo que le aconsejé que intentase: ir a preguntar al administrador lo que contenía esa carta de la Oficina del Puerto. Pregúnteselo sin darle tiempo a meditar. Por un instante quedé desconcertado. Verdaderamente, aquello era lo bastante inesperado y original para resultar perfectamente incomprensible. Idiotizado, murmuré:

—Pero si yo pensaba que era Hamilton a quien usted...

—Exactamente. No le deje usted hacer. Haga lo que le digo. Acometa al administrador. Apuesto que lo hará saltar —insistió el capitán Giles, agitando su pipa hacia mí. Enseguida aspiró rápidamente tres bocanadas.

Su expresión de triunfante perspicacia era indescriptible. Sin embargo, aquel hombre continuaba siendo una criatura extrañamente simpática. Todo él irradiaba benevolencia, de una forma ridícula, plácida, impresionante. De todos modos, era exasperante. Pero yo declaré con frialdad, como quien se enfrenta con lo incomprensible, que no veía ninguna razón para exponerme a un sofocón por parte de aquel individuo. Era un administrador poco satisfactorio, y un pobre diablo además, al que, llegada la ocasión, daría con mucho gusto un tirón de orejas.

—¡Tirarle de las orejas! —exclamó el capitán Giles, escandalizado—.

¡Como si eso le fuera a servir de algo a usted!

Esa observación estaba tan desprovista de oportunidad que era imposible tratar de tomarla en cuenta. Pero el sentimiento de lo absurdo acababa por ejercer en mí su conocida fascinación. Comprendí que no debía dejar que me hablase por más tiempo. En consecuencia, me levanté, declarando bruscamente que era un contrincante demasiado fuerte para mí y que no alcanzaba a comprenderlo.

Sin dejarme tiempo para alejarme, prosiguió, con tono diferente, que revelaba su obstinación, y sin dejar de chupar su pipa:

—Sí... es un... individuo sin importancia.... no hay duda. Pero pregúntele sencillamente... Eso es todo.

Esa nueva actitud me impresionó o, al menos, me detuvo. Pero la razón no tardó en prevalecer de nuevo, y abandoné la galería tras dirigirle una sonrisa desprovista de alegría. En unos cuantos pasos llegué al comedor; habían levantado la mesa y la habitación estaba vacía. Durante ese corto lapso diversos pensamientos pasaron por mi mente: que el capitán Giles había querido burlarse, divertirse a costa mía; que sin duda debía parecerle yo muy tonto y crédulo; que yo conocía muy poco la vida...

De repente, para gran sorpresa de mi parte, se abrió ante mí, al otro extremo del comedor, la puerta en que se hallaba inscrito el nombre de «Administrador», y el individuo en persona se precipitó fuera de su horrible madriguera y se dirigió hacia la puerta del jardín, con su aire absurdo de bestia acorralada.

Todavía hoy no sé lo que me obligó a gritarle:

—Oiga. Espérese un momento.

Tal vez fue la mirada de soslayo que me dirigió o bien el hallarme todavía bajo la influencia de la misteriosa gravedad del capitán Giles. En todo caso, fue un impulso interior, un efecto de esa fuerza que habita nuestras vidas y las modela a su antojo. Pues si no se me hubiesen escapado aquellas palabras y mi voluntad no tuvo en ello parte algunaseguramente mi existencia sería aún la de un marino, aunque en una dirección que hoy me es imposible concebir.

No; mi voluntad no tuvo en ello parte alguna. A decir verdad, apenas había emitido aquellas palabras fatales cuando ya lo lamentaba profundamente. Si el hombre se hubiese detenido y me hubiese mirado de frente, yo habría emprendido la retirada. No tenía el menor deseo de continuar a expensas mías ni a las del administrador la estúpida broma del capitán Giles.

Pero el viejo instinto humano de la persecución entró entonces en juego. El administrador se hizo el sordo, y yo, sin reflexionar siquiera por un instante, me lancé a lo largo de la mesa y le corté la retirada en la misma puerta.

—¿No puede usted contestar cuando se le habla? —pregunté brutalmente.

El administrador se apoyaba en el quicio de la puerta. Su expresión denotaba un desconcierto total. Mucho me temo que la naturaleza humana no abrigue solamente sentimientos generosos. Hay en ella aspectos bastante desagradables. Sentí que la cólera me dominaba, y ello únicamente, según creo, a causa del aspecto miserable de mi presa. ¡Pobre diablo!

Sin más ceremonias, lo ataqué:

—He sabido que esta mañana llegó una comunicación oficial de la Oficina del Puerto para el Hogar. ¿Es verdad?

En lugar de contestarme, como habría podido hacerlo, que me ocupase de mis asuntos, empezó a gemir, con un tono en que se traslucía su imprudencia. No había conseguido encontrarme en ninguna parte aquella mañana. Después de todo, él no podía correr tras de mí por toda la ciudad.

—¿Quién le pedía que lo hiciera? —grité, al tiempo que mis ojos descubrían las interioridades de cosas y palabras cuya insignificancia me pareciera tan desconcertante y fastidiosa.

Declaré que deseaba saber lo que decía aquella carta. La firmeza del tono qué empleé y la de mi actitud eran fingidas sólo a medias. Algunas veces la curiosidad puede ser feroz.

El administrador se refugió en un farfullar descosido y malhumorado.

Aquello no me concernía, murmuró. Yo. le había dicho que regresaba a Europa, y desde el momento que regresaba a Europa, no veía por qué había él de...

Ése era el sentido general de su argumentación, a tal punto incongruente, que casi resultaba insultante. Insultante para mi inteligencia, por lo menos.

En esa región crepuscular que separa la juventud de la madurez en que yo me encontraba entonces, se es particularmente sensible a este género de insulto. En realidad, temo haberme mostrado demasiado violento para con el administrador, pero éste no era hombre capaz de afrontar cosas ni gentes. Tal vez el uso de los estupefacientes, tal vez la embriaguez solitaria...,. y, cuando perdí los estribos hasta el punto de injuriarlo, se turbó y comenzó a gritar.

No quiero decir con esto que lanzase un gran grito. Fue una confesión cínica, hecha a voz en cuello, y, sin embargo, tímida, lastimosamente tímida. Sus palabras no eran muy coherentes, pero sí lo suficiente para quedarse, en un principio, con la boca abierta. La indignación me hizo apartar la mirada de él, y entonces vi en la entrada de la galería al capitán Giles, que contemplaba tranquilamente la escena: su propia obra, por así decirlo. Su pipa, negra y humeante, cogida en su grueso puño paternal, atraía la mirada, lo mismo que el brillo de la gruesa cadena de oro que cruzaba su chaqueta blanca. Toda su persona exhalaba un aire de tan virtuosa sagacidad que cualquier inocente habría recurrido a él con toda confianza. Y yo recurrí.

—¡Quién se lo habría podido figurar! —le grité—. Era un aviso pidiendo un capitán para un navío. Según parece hay un mando vacante, y a este individuo no se le ocurre otra cosa que guardárselo en el bolsillo.

El intendente lanzaba gemidos desesperados:

—¡Usted será la causa de mi muerte!

La vigorosa palmada que aplicó al mismo tiempo a su mísera frente no fue menos ruidosa. Pero, cuando me volví para verle, había desaparecido. Se había eclipsado no sé por dónde. Esa súbita desaparición me hizo reír.

A mi entender, aquella fuga ponía fin al incidente. El capitán Giles, en cambio, sin dejar de mirar fijamente hacia el lugar por donde había desaparecido el administrador, comenzó a tirar de su imponente cadena de oro, hasta que al fin salió el reloj de un profundo bolsillo, como sale una palpable verdad del fondo de un pozo. Con ademán solemne, volvió a meter el reloj en su bolsillo, contentándose con decir —Las tres en punto. Si se apresura usted, llegará a tiempo.

—¿A tiempo de qué? —pregunté.

—Pues, hombre, a la Oficina del Puerto. Es necesario saber de qué se trata.

Hablando en puridad, el capitán tenía razón. Pero jamás me han gustado mucho las investigaciones para desenmascarar a las gentes, y otras cosas de ese estilo, moralmente muy meritorias, sin duda. Ese episodio sólo se me presentaba desde un punto de vista puramente moral. Si alguien había de causar la muerte del administrador, no veía yo por qué no había de ser el propio capitán Giles, hombre de edad y de importancia y pensionista habitual del Hogar. En tanto que yo, en comparación, me hacía el efecto de ser en aquel puerto una simple ave de paso. Y, en efecto, ya en aquel instante habría podido decirse que había roto los lazos que me ligaban a él.

Murmuré, pues, que no pensaba..., que aquello no me concernía en nada...

—¡En nada! —repitió el capitán Giles, dando muestras de una indignación tranquila y resuelta—. Ya Kent me había advertido de que era usted un muchacho singular. Y ahora me dice usted que no le interesa la capitanía de un barco... ¡Eso, después de todo el trabajo que me he tomado!

—¡El trabajo! —murmuré, sin comprender—. ¿Qué trabajo?

Todo lo que yo recordaba era el haber sido mixtificado y penosamente importunado por su conversación durante una hora larga. ¡Y a eso llamaba tomarse mucho trabajo!

Giles me miraba con un aire de satisfacción que habría resultado insoportable en cualquier otro. Repentinamente, como si al volver la página de un libro descubriese la palabra que explicara todo lo anterior, comprendí que aquel asunto tenía también otro aspecto aparte del simplemente moral.

Entretanto, yo continuaba inmóvil. El capitán Giles comenzaba a perder la paciencia. Aspirando rabiosamente una bocanada de humo, volvió la espalda a mis vacilaciones.

Y, sin embargo, no había vacilación por mi parte. Me sentía, si así puedo decirlo, mentalmente desazonado. Pero, tan pronto como comprendí que en aquel viejo y estéril universo, objeto de mi descontento, existía algo así como un mando que tomar, recobré mis facultades locomotivas.

Del Hogar de los Oficiales a la Oficina del Puerto había un buen trecho de camino, pero, con aquella mágica palabra de «mando en la cabeza, en un abrir y cerrar de ojos me encontré en el muelle, ante un gran portal de piedra, en lo alto de una blanca escalinata de cortes peldaños.

Todo aquello me hizo el efecto de haber salido rápidamente a mi encuentro. A mi derecha, la gran rada no era sino un espejear de resplandeciente azul, y el vestíbulo oscuro y fresco me tragó bruscamente al salir de aquel calor y aquella claridad, de las que no tuve conciencia sino en el momento mismo en que salía de ellas.

En cierto modo, la gran escalera interior se insinuó por sí misma bajo mis pasos. Un mando es un poderoso sortilegio. Los primeros seres humanos que distinguí claramente desde el momento en que me aparté de la indignada espalda del capitán Giles fueron los hombres de la chalupa de vapor del puerto, que esperaban en el amplio rellano de la escalera, frente al pasillo cerrado con cortinas que llevaba a la oficina de navegación. Una vez allí me abandonó el entusiasmo. La atmósfera administrativa es de tal naturaleza que mata todo lo que vive y respira energía humana, y es capaz de apagar la esperanza, como el temor, bajo la supremacía de la tinta y el papel. Abrumado, pasé por debajo de la cortina que el patrón malayo de la chalupa recogió ante mí. En la oficina, no había nadie fuera de los empleados que escribían, colocados en dos filas laboriosas. Pero el jefe de servicio se precipitó desde su estrado y vino a detenerse ante mí, sobre las gruesas esterillas que señalaban el paso a través de la habitación.

Aquel empleado ostentaba un nombre escocés, pero su tez tenía un hermoso color oliváceo; su corta barba era negra como el azabache y sus ojos, negros también, tenían una expresión lánguida. Con tono confidencial, me preguntó:

—¿Desea usted verlo?

Yo había perdido toda vivacidad de espíritu y de cuerpo, al simple contacto de aquella administración. Lánguidamente, contemplé al escriba y le pregunté con tono cansado:

—¿Qué cree usted? ¿Sería de alguna utilidad?

—¡Pero, hombre...! Si ha preguntado hoy dos veces por usted.

Como es natural, se refería a la autoridad suprema, al superintendente de la Marina, al jefe del puerto: un altísimo personaje a los ojos de todos aquellos plumíferos de la oficina. Pero esa opinión no era nada comparada con la que el mismo superintendente tenía de su grandeza.

El capitán Ellis se consideraba una especie de emanación divina (en el sentido pagano de la palabra): el vice—Neptuno, por así decirlo, de los mares circunvecinos. Si en realidad no mandaba las olas, pretendía al menos regir el destino de los mortales cuya existencia transcurría sobre las aguas.

Tan exaltadora ilusión le confería un carácter inquisidor y perentorio.

Y como era naturalmente colérico, había quienes no se presentaban ante él sin temblar. Era temible, no en virtud de sus funciones, sino a causa de sus injustificables pretensiones. Hasta entonces nunca había tenido yo nada que ver con él.

—¿Es cierto? —exclamé—. ¿Ha preguntado dos veces por mí? Entonces, tal vez haga bien en entrar.

—Seguramente, seguramente.

El jefe del despacho me precedió con cierta afectación a través del dédalo de despachos, hasta llegar ante una alta e imponente puerta, que abrió con gesto deferente.

Sin soltar el tirador, se detuvo en el umbral y, luego de lanzar una mirada respetuosa a la habitación, me hizo con la cabeza un ademán silencioso, Enseguida salió dulcemente, cerrando la puerta tras de sí con la mayor delicadeza posible.

Tres grandes ventanas se abrían sobre el puerto. Sólo dejaban ver el espejo azul profundo del mar y el azul luminoso y más pálido del cielo. A lo lejos, vi, sobre la extensión de aquellos dos tonos de azul, la manchita blanca de un gran navío que acababa de llegar y se disponía a anclar en la rada exterior. Debía de tratarse de un navío que llegaba de Inglaterra después de noventa días de travesía. Un navío que llega del mar y cierra sus blancas alas para tomar reposo es siempre un espectáculo emocionante.

La primera cosa que vi a continuación, fue el plateado mechón que coronaba el rostro rojizo, liso y —si no hubiese sido por su aspecto de lozanía— casi apoplético del capitán Ellis.

Nuestro vice—Neptuno no era barbado ni se veía ningún tridente en un rincón de la estancia, a la manera de un paraguas, pero su mano sostenía una pluma, la pluma oficial, mucho más poderosa que la espada para hacer o deshacer la fortuna de los simples trabajadores. Por encima del hombro, contemplaba mi entrada.

Cuando estuve a una distancia conveniente de él, me dirigió una interpelación a modo de saludo: —¿Dónde ha estado metido todo este tiempo?

Como aquello no le interesaba en modo alguno, no presté la menor atención a su salida y me contenté con decirle que, tras enterarme de que necesitaban un capitán para un velero, creía que podría hacer una petición...

—¡Cómo! ¡Qué diablos! Si es usted, precisamente, el hombre que necesitamos, y al que escogeríamos aunque hubiese otros veinte en pos del puesto. ¡Pero no hay peligro! Todos tienen demasiado miedo para aprovechar esta oportunidad. Ésa es la cuestión.

Parecía muy irritado. Inocentemente, dije:

—¿De veras! ¿Y por qué, si puede saberse?

—¿Por qué? —exclamó con vehemencia—. Los veleros les causan miedo.

Temen una tripulación de blancos. ¡Demasiadas preocupaciones!

¡Demasiado trabajo! ¡Demasiado tiempo lejos de tierra! La vida fácil y las chaise longues les van mejor. Aquí me tenía usted con el telegrama del cónsul general ante mí y sin esperanzas de encontrar al único hombre capaz de aceptar y llevar a cabo semejante misión. Ya empezaba a creer que también usted tenía miedo...

—No he tardado mucho en venir a la Oficina —observé calmosamente.

—Y, sin embargo, usted goza aquí de una buena reputación—gruñó, con expresión de furia y sin mirarme.

—Encantado de oírselo decir—repuse.

—Sí; sólo que no se le encuentra cuando se tiene necesidad de usted.

Usted sabe muy bien que no estaba allí. No es posible que el tal administrador se atreviese a olvidar un mensaje proveniente de este despacho.

¿Dónde diablos se metió usted durante toda la mañana?

Me contenté con sonreír amablemente; el capitán pareció recobrar el dominio de sí mismo y me ofreció asiento. Luego me explicó que, habiendo muerto en Bangkok el capitán de un barco inglés, el cónsul general le había cablegrafiado pidiéndole que enviase un hombre competente para encargarle del mando.

Según parece, Ellis había pensado de inmediato en mí, aunque la notificación transmitida al Hogar de los Oficiales estuviese, por principio, dirigida a todo el mundo. Ya estaba preparado el contrato. Me lo dio a leer, y cuando se lo devolví diciéndole que aceptaba sus condiciones, el viceNeptuno lo firmó, lo selló con su mano todopoderosa, lo dobló en cuatro (era un pliego azul de tamaño comercial) y me lo entregó de nuevo: regalo de extraordinaria eficacia, pues al guardarlo en mi bolsillo sentí que la cabeza me daba vueltas ligeramente.

—Es su nombramiento —me dijo con cierta gravedad—, en el que constan las condiciones aceptadas por la compañía. Ahora bien, ¿cuándo cree usted que podrá tomar posesión?

Respondí que, si era necesario, partiría ese mismo día. Al punto, me cogió la palabra. Aquella misma noche, a eso de las siete, zarparía para Bangkok el vapor Melita. Oficialmente, requeriría al capitán de aquel barco para que me llevase a bordo, esperándome hasta las diez de la noche.

A continuación se levantó de su sillón, y yo hice otro tanto. Ya no era posible dudar: la cabeza me daba vueltas y sentía todos mis miembros singularmente pesados, como si hubiesen crecido durante el tiempo que había permanecido sentado allí. Lo saludé con una inclinación de la cabeza.

Un cambio sutil se operó en las maneras del capitán Ellis, como si hubiese dejado a un lado su tridente de vice—Neptuno. En realidad, sólo había dejado, al levantarse, su pluma oficial.

2

Me estrechó la mano.

—Y bien —me dijo—, ya es usted dueño de sí mismo; ya está usted nombrado oficialmente, bajo mi responsabilidad.

Llevó su amabilidad hasta conducirme a la puerta. ¡Qué lejana me parecía ésta! Andaba como un hombre encadenado. No obstante, por fin llegamos a ella. La abrí como si obrase en sueños. En el último momento, la camaradería de la profesión lo dominó todo, más fuerte que cualquier diferencia de edad y rango. Lo dominó todo en la voz del capitán Ellis.

—Adiós... y buena suerte —me dijo, tan cordialmente que sólo pude contestarle con una mirada de gratitud.

Di entonces media vuelta y salí, para no volver a verlo nunca más en mi vida. No había dado tres pasos por la oficina de los empleados cuando oí a mis espaldas una voz ruda, fuerte e imperiosa, la voz de nuestro viceNeptuno dirigiéndose al jefe de servicio, quien, después de introducirme, había permanecido evidentemente en las cercanías.

—Señor R. —dijo—, ordene que tengan preparada la chalupa para conducir al capitán a bordo del Melita, esta noche, a las nueve y media.

—Bien, capitán —respondió R., y el acento estupefacto de su voz me asombró. Luego me condujo apresuradamente hasta el rellano de la escalera. Todavía llevaba yo mi nueva dignidad tan ligeramente que no sospeché que era yo, el capitán, el objeto de esta última amabilidad.

Hubiérase dicho que, de repente, me había brotado un par de alas en la espalda. Apenas si rozaba el encerado suelo.

Pero R. estaba impresionado.

—¡Diantre! —exclamó una vez que llegamos al descanso. La tripulación malaya de la chalupa miraba, petrificada, al hombre por quien tenían que estar tanto tiempo de servicio, lejos de sus juegos, de sus amiguitas o de sus simples alegrías domésticas—. ¡Diantre! ¡Su propia chalupa! ¿Qué le ha hecho usted, si puede saberse?

Su mirada estaba llena de respetuosa curiosidad. Yo, por mi parte, me sentí muy confuso.

—¿Era para mí? Ni siquiera lo sospechaba —balbucí.

R. meneó la cabeza largo rato.

—Sí, y la última persona por quien se ha hecho tanto como por usted era un duque. Sí, señor. Probablemente esperaba verme caer desmayado, pero yo tenía demasiada prisa para entregarme a excesos emocionales. Mis sentimientos se hallaban arrastrados por un torbellino tal, que esa estupefaciente revelación no pareció introducir en ellos cambio alguno, limitándose a caer en mi cerebro en ebullición y yendo conmigo a la deriva, después de que me hube despedido de R., breve pero efusivamente.

El favor de los poderosos pone una aureola en torno del afortunado objeto de su elección. Aquel excelente hombre me preguntó si podía serme útil. Sólo me conocía de vista y sabía muy bien que nunca volvería a verme.

Como todos los marinos del puerto, yo sólo era un pretexto para escrituras oficiales, para fórmulas llenadas con toda la artificial superioridad que un hombre de pluma y tinta conserva sobre aquellos que tienen que luchar con realidades, fuera de los muros sacrosantos de un edificio oficial.

¡Qué fantasmas debíamos de ser nosotros para él! Simples símbolos, con los cuales se jugaba en los libros y en los pesados registros: entidades sin cerebro, sin músculos, sin inquietudes, casi sin utilidad, y, desde luego, de una clase muy inferior.

Y he aquí que ese hombre, después de sus horas de oficina, me preguntaba si podía serme útil en algo.

A decir verdad, habría debido sentirme conmovido hasta las lágrimas, pero ni siquiera se me ocurrió pensarlo. Aquello no era sino un milagro más en tan milagrosa jornada. Me separé de él como si también él hubiese sido un simple símbolo. Floté hasta el pie de la escalera. Salí flotando por la imponente puerta oficial. Y flotando seguí mi camino.

Empleo esta palabra, prefiriéndola al término «volar», porque tengo la clarísima impresión de que, por muy exaltado que me hallase por los transportes de mi juventud, no por ello mis movimientos eran menos deliberados. A toda aquella abigarrada humanidad, blanca, negra y amarilla, que se ocupaba de sus asuntos, debí hacerle el efecto de un hombre que anda con relativo sosiego. Ninguna abstracción habría podido igualar mi total desapego de las formas y colores de este mundo. En cierto modo, era absoluto.

Y, sin embargo, de repente, reconocí a Hamilton. Lo reconocí sin esfuerzo, sin sobresalto, sin sorpresa. Sí, era él, dirigiéndose tranquilamente hacia la Oficina del Puerto, con toda su rígida y arrogante dignidad. Su rostro rubicundo lo delataba de lejos. Parecía llamear desde la otra acera, desde la parte en sombra de la calle.

También él me había visto. No sé qué impulso inconsciente exuberancia, sin duda—, me hizo agitar la mano en un saludo claramente dirigido a él. Esa falta de tacto se me escapó aun antes de haberme creído capaz de cometerla. La enormidad de mi descaro lo hizo detenerse en seco, como herido por una bala. A decir verdad, hasta creo que tropezó, aunque sin caer por ello; al menos, no me di cuenta de lo contrario. En un momento, lo dejé atrás, y ya no volví la cabeza. Había olvidado su existencia.

Los diez minutos que siguieron, lo mismo habrían podido ser diez segundos que diez siglos, a juzgar por la falta de conciencia que tuve de ellos. Los transeúntes podrían haber caído muertos en torno a mí, desplomarse las casas, tronar los cañones, sin que me percatase de nada.

Iba pensando: «¡Caramba! ¡Ya lo tengo!» Es decir, el mando. Y logrado de una manera que nunca, en mis modestos ensueños, había previsto.

Comprendí que mi imaginación sólo había seguido hasta entonces rumbos convencionales y que mis esperanzas siempre habían estado demasiado apegadas a la tierra. Yo había considerado el mando de capitán como el resultado de una lenta promoción al servicio de una compañía respetable, la recompensa de largos y leales servicios. Aunque, en realidad, no hay por qué hablar de servicios leales, pues éstos se hacen por amor propio, por amor a un barco, por amor a la vida que se ha elegido, y no pensando en una recompensa.

En la noción de recompensa hay siempre algo desagradable.

Pero, en fin, el caso es que ya tenía aquel mando, allí mismo, en mi bolsillo, de manera innegable, aunque completamente inesperada; eso rebasaba mi imaginación y mis previsiones más razonables; y ello, por si fuera poco, a pesar de no sé qué oscura intriga urdida para privarme de él.

Verdad es que la intriga había sido bastante mezquina, pero, no obstante, contribuía a esa impresión de maravilla, como si diese a entender que yo había sido destinado especialmente para aquel barco desconocido por un poder superior a todos los prosaicos agentes del mundo comercial.

Un extraño sentimiento de alegría comenzó a apoderarse de mí. Si hubiese trabajado diez años para obtener aquel mando, sin duda no habría experimentado, al lograrlo, nada semejante. Sentía hasta un leve temor.

—Calma, calma —me dije en voz alta a mí mismo.

El infortunado administrador parecía esperarme ante la puerta del Hogar de los Oficiales. Había allí una ancha escalinata de pocos peldaños, en lo alto de la cual el administrador se paseaba de un lado a otro, como si estuviese sujeto por una cadena. Parecía un perro abandonado. Hubiérase dicho que tenía la garganta demasiado seca para ladrar.

Debo confesar que me detuve antes de entrar. En mi carácter acababa de operarse una revolución. El administrador esperaba, boquiabierto, conteniendo la respiración, mientras yo lo miraba fijamente durante medio minuto. —¿Conque se figuraba usted que me lo iba a birlar sin más ni más? le pregunté, al fin, con tono sardónico.

—Usted había dicho que regresaba a Europa—dijo, con un chillido lastimero—. Usted lo dijo. ¡Usted lo dijo...!

—Veremos lo que dirá el capitán Ellis de semejante excusa—repuse lentamente, con aire siniestro.

Su mandíbula inferior no había dejado de temblar y su voz se asemejaba al balido de una cabra enferma.

—¿Me ha denunciado usted...? ¡Usted me ha perdido!...

Ni su angustia ni el absurdo aspecto que presentaba lograron desarmarme. Era aquélla la primera vez que trataban de perjudicarme voluntariamente o, al menos, la primera que me daba cuenta de ello. Y todavía era yo muy joven, todavía me hallaba de este lado de la línea de sombra para no sorprenderme e indignarme.

Lo miré con expresión inflexible. Era preciso dejar a aquel bribón temblando de miedo. Se golpeó la frente, mientras yo entraba en el edificio, perseguido hasta el comedor por sus lamentaciones:

—Bien decía yo que usted sería la causa de mi muerte...

No solamente me alcanzaron esos lamentos, sino que resonaron hasta en la galería, haciendo salir de ella al capitán Giles.

Le vi ante mí, sobre el umbral de la puerta, en toda la vulgar solidez de su cordura. La cadena de oro brillaba sobre su pecho. Su mano blandía la pipa encendida.

Le tendí la mano calurosamente, y, no sin cierta sorpresa, terminó por contestar a mi gesto con bastante cordialidad, y con la leve sonrisa de una sapiencia superior, que, como un cuchillo, cortó mis demostraciones de gratitud. Creo que ya no logré articular una palabra más. Además, a juzgar por el calor de mi rostro, me había ruborizado como si acabara de cometer una mala acción. Adoptando un aire de indiferencia, le pregunté entonces cómo demonios había hecho para descubrir el pequeño complot que tan secretamente se había tramado.

Con tono de complacencia murmuró que apenas sucedía nada en la ciudad de cuyas interioridades no estuviese él enterado. Y en cuanto al Hogar, desde hacía diez años se alojaba en él de vez en cuando. Nada de lo que pasaba en él podía escapara su gran experiencia. Aquello no le había costado ningún trabajo. Absolutamente ninguno.

Luego, con su gruesa y plácida voz, expresó su deseo de saber si me había quejado oficialmente de la actitud del administrador.

Le contesté que no, a pesar de que no me había faltado ocasión para hacerlo, ya que el capitán Ellis había comenzado por echarme una reprimenda de la manera más ridícula por no haberme encontrado en el Hogar cuando tenía necesidad de mí.

—Es un viejo divertido —me interrumpió el capitán Giles—. ¿Y qué le respondió usted?

—Le dije, sencillamente, que en cuanto me enteré de su mensaje me había presentado en la Oficina. Nada más. No tenía intención de perjudicar al administrador. No vale la pena hacer daño a un individuo semejante. No, no me quejé, pero creo que él está persuadido de lo contrario. Dejémosle que lo crea. Saldrá ganando un susto, que no olvidará tan pronto, pues de un puntapié el capitán Ellis sería capaz de enviarlo al centro de Asia...

—Espéreme un momento —dijo el capitán Giles, alejándose bruscamente.

Tomé asiento. Me sentía extenuado, con la cabeza pesada. Apenas había tenido tiempo para reunir mis ideas, cuando ya regresaba el capitán Giles, excusándose por la ausencia y murmurando que había querido ir a tranquilizar a aquel individuo.

Le miré, sorprendido. Aunque, en el fondo, aquello me daba igual.—Me explicó que había encontrado al administrador tendido boca abajo sobre el canapé. Ahora, ya estaba tranquilo.

—No se hubiera muerto de miedo —dije con desprecio.

—No, pero habría podido tomarse una dosis demasiado alta de uno de esos frasquitos que guarda en su habitación —respondió el capitán gravemente—. Ya una vez, hace dos años, ese imbécil trató de envenenarse.

—¿De veras? —pregunté con frialdad—. En todo caso, su existencia no creo que sea muy preciosa.

—Lo mismo podría decirse de muchas otras.

—¡No exagere! —protesté, riendo con nerviosismo—. Pero ahora me pregunto sinceramente qué sería de esta parte del mundo, capitán Giles, si usted le retirase su protección. En sólo una tarde me ha procurado usted un mando y ha salvado la vida del administrador. Lo que no acabo de comprender es que haya podido usted manifestar tanto interés por uno y otro al mismo tiempo.

El capitán Giles permaneció un momento silencioso. Luego, repuso gravemente:

—En el fondo, no es un mal administrador. En todo caso, sabe encontrar un buen cocinero. Y, lo que vale más, es capaz de conservarlo. Recuerdo los cocineros que teníamos aquí antes de su llegada...

Debí de hacer un movimiento de impaciencia, pues Giles se detuvo, excusándose de entretenerme con su charla cuando lo más probable era que careciese de tiempo suficiente para hacer mis preparativos.

Lo que en realidad necesitaba yo era estar a solas un momento. Así pues, me apresuré a aprovechar la ocasión. Mi alcoba, situada en un ala aparentemente inhabitada de la casa, era un refugio tranquilo. No teniendo nada que hacer, ya que no había desembalado mis cosas al llegar, me senté sobre el lecho y me abandoné a las influencias del momento. A las influencias inesperadas...

Ante todo, me sorprendió mi estado de ánimo ¿Por qué no estaba más sorprendido? ¿Por qué? En un abrir y cerrar de ojos me veía investido de un mando, y no de acuerdo con el curso habitual de las cosas, sino como por arte de magia. Realmente, debería estar mudo de asombro. Pues no. Me asemejaba a esos personajes de los cuentos de hadas, a los que nada sorprende nunca. Cuando de una calabaza brota una carroza de gala perfectamente equipada para conducirla al baile, Cenicienta no se maravilla, sino que sube muy tranquila a la carroza y parte hacia su magnífico destino.

El capitán Ellis —especie de hada feroz— había sacado del cajón de su escritorio un nombramiento de capitán casi tan milagrosamente como en un cuento de hadas. Pero un mando es una idea abstracta, y sólo me pareció una maravilla de segundo orden, hasta que hube entrevisto como en un relámpago que implicaba la existencia concreta de un barco.

¡Un barco! ¡Mi barco! Aquel barco era mío; la posesión y custodia de él me pertenecía más absolutamente que ninguna otra cosa en el mundo; él iba a ser el objeto de mi responsabilidad y devoción; me esperaba allá lejos, encadenado por un sortilegio, incapaz de moverse, de vivir, de recorrer el mundo hasta que yo no hubiese llegado —semejante a una princesa encantada—. Su llamamiento me había venido del cielo, en cierto modo. Yo jamás había sospechado su existencia; ignoraba su aspecto; apenas había oído su nombre y, sin embargo, he aquí que estábamos ya indisolublemente unidos para una cierta porción de nuestro futuro, destinados a hundirnos o a navegar juntos.

Una pasión súbita, hecha de ávida impaciencia, corrió de repente por mis venas y despertó en mí una sensación de vida intensa que hasta entonces había ignorado y que no he vuelto a experimentar después.

Entonces descubrí hasta qué punto era yo marino de corazón, de pensamiento y, por así decirlo, físicamente; un hombre que sólo se interesaba por el mar y los barcos: el mar, el único mundo que contaba, y los barcos, piedra de toque de la virilidad, del temperamento, del valor y la fidelidad... y del amor.

Fue un momento delicioso; un momento único. Me puse de pie en un salto y durante un largo rato caminé arriba y abajo por la habitación. No obstante, cuando pasé al comedor, ya había recobrado el dominio de mí mismo. Una 'completa inapetencia era la única huella que quedaba de mi agitación.

Tras declarar mi intención de trasladarme a pie al muelle, en vez de hacerlo en coche, el desgraciado administrador —preciso es reconocerlo— dio pruebas de gran actividad, buscando a los culis que debían transportar mi equipaje. Partieron al fin, llevando todo lo que me pertenecía —a excepción de un poco de dinero que llevaba en el bolsillo— colgado de una larga pértiga. El capitán Giles se ofreció a acompañarme.

Seguimos el umbroso paseo de árboles que atravesaba la explanada.

Bajo los árboles, reinaba una frescura relativa. El capitán Giles se echó a reír y declaró:

—Conozco a alguien que se alegrará de no volver a verlo.

Adiviné que se refería al administrador. Hasta el último momento, el divertido hombrecillo me había mostrado un rostro malhumorado y temeroso. Expresé a mi compañero la sorpresa que me causaba el que aquel individuo hubiese querido jugarme una tan mala pasada sin razón alguna.

—¿Acaso no comprende usted que lo que él deseaba era desembarazarse de nuestro amigo Hamilton, haciéndole obtener el puesto en su lugar? De ese modo se habría desembarazado de él para siempre, ¿comprende usted?

—¡Cielos! —exclamé, sintiéndome ligeramente humillado—. ¿Es posible?

¡Se necesita estar loco! ¡Ese holgazán arrogante y descarado! En la vida habría conseguido... Y, no obstante, sí, casi lo había logrado, pues, al fin y al cabo, la Oficina del Puerto tenía que enviar a alguien.

—Cierto. Hasta un imbécil como nuestro administrador puede tornarse peligroso a veces —declaró sentencioso el capitán Giles—. Y precisamente porque es un imbécil —agregó, desarrollando complaciente su pensamiento en voz baja. Luego, a manera de demostración, continuó—: Pues nadie que tenga sentido común quiere arriesgarse a perder el único empleo que puede salvarlo de la miseria, por el simple placer de evitar una contrariedad, una pequeña molestia. ¿No es cierto?

—Sin duda —respondí, conteniendo la risa que me producía la manera misteriosa y a la vez vaga con que me revelaba las conclusiones de su sabiduría, como si éstas fuesen el fruto de operaciones ilícitas—. Pero ese individuo me parece realmente un poco chiflado. A la fuerza tiene que serlo.

—¡Desde luego! Y yo creo que todos lo somos un poco aquí abajo declaró con tranquilidad.

—¿No hace usted excepciones? —pregunté, deseoso de conocer su opinión.

Permaneció en silencio un buen rato y luego, volviendo bruscamente en sí, declaró:

—¿Por qué había de hacerlas? Lo mismo dice Kent de usted.

—¿De veras? —exclamé, y de pronto me sentí lleno de amargura contra mi antiguo capitán—. Pues no dice eso en el certificado de su puño y letra que llevo en el bolsillo. ¿Le ha dado a usted algún ejemplo de mi extravagancia? Con tono conciliador, el capitán Giles me explicó que aquello no pasaba de ser una observación amistosa, a propósito de la manera brusca con que había abandonado yo, sin razón aparente, su barco.

Al oírlo, no pude por menos de gruñir.

—¡Ah!..., abandonado su barco... —Y apreté el paso.

El capitán Giles se mantuvo a mi lado, en medio de la profunda oscuridad de la avenida, como si su conciencia le impusiese el deber de desembarazar a la colonia de un personaje indeseable. Jadeaba levemente, lo que le daba cierto patetismo. Pero yo no me sentía conmovido. Por el contrario, encontraba en ello una especie de placer malévolo.

No obstante, aminoré la marcha, casi hasta detenerme, y exclamé:

—Lo que yo deseaba ante todo era encontrar algo nuevo. Sentía que ya era tiempo. ¿Es ésta una prueba de extravagancia?

Giles no contestó. Salimos de la avenida. Sobre el puente que atravesaba el canal, una forma oscura iba y venía como si esperase algo o a alguien.

Era un policía malayo, descalzo y con uniforme azul. La luz de un reverbero hacía brillar tenuemente el galón de plata de su gorra. Tímidamente, miró hacia nosotros.

Antes de que hubiésemos llegado a su altura, dio media vuelta y nos precedió en dirección al muelle, del que apenas nos separaba un centenar de metros. Cuando llegamos allí, encontré a mis culis en cuclillas. Habían conservado la pértiga sobre los hombros, y todo lo que me pertenecía, colgado aún de la pértiga, yacía por tierra, entre ellos. En el muelle no había absolutamente nadie, a excepción del agente de policía, que nos saludó.

Según parece, había detenido a los culis por parecerle sospechosos y les había prohibido el acceso al muelle; pero, a una señal mía se apresuró a levantar el veto. Los dos impasibles individuos, después de levantarse al mismo tiempo y lanzando un débil gemido, comenzaron a trotar sobre las planchas, mientras yo me preparaba para despedirme del capitán Giles, que permanecía inmóvil, como un hombre cuya misión toca a su fin. Preciso era confesar que la había cumplido bien. Y mientras yo buscaba una frase de circunstancias, he aquí que se me adelantó, diciéndome:

—Me temo que no van a faltarle los embrollos y las preocupaciones...

Le pregunté qué le hacía pensar eso, y contestó que su experiencia del mundo en general: un barco alejado durante tanto tiempo de su puerto, la imposibilidad de comunicar por telégrafo con la compañía, y muerto y enterrado el único hombre que podía explicar las cosas...

—Y además, usted, novato en estos asuntos —declaró, con tono que no admitía réplica y a manera de conclusión.

—No insista—le dije—. Lo sé de sobra. Antes de mi marcha habría deseado recibir de usted siquiera una pequeña dosis de su experiencia. Pero como esto no puede hacerse en diez minutos, no vale la pena pedírselo.

Además, la chalupa está esperándome. Pero la verdad es que no me sentiré realmente tranquilo hasta encontrarme con mi barco en pleno océano índico.

Evasivamente, observó el capitán Giles que de Bangkok al océano índico había una buena distancia, y al murmullo de su voz, como a la débil luz de una linterna sorda, entreví por un instante un largo cinturón de islas y arrecifes extendiéndose entre aquel barco desconocido que era mío y la libertad de las grandes aguas del globo.

No obstante, no experimentaba la menor aprensión. En aquel tiempo estaba yo bastante familiarizado con el Archipiélago. Un extremo cuidado y una paciencia extrema me guiarían a través de aquella región de tierras anfractuosas, de brisas débiles, de aguas muertas, hasta el momento en que sentiría por fin balancearse mi barco en alta mar e inclinarse bajo el soplo poderoso de los vientos, que le darían el sentimiento de una vida más vasta y más intensa. La ruta sería larga. Todas las rutas que conducen al objeto de nuestro deseo lo son; pero yo podía seguir esta ruta con el pensamiento, sobre el mapa, profesionalmente, con todas sus dificultades y complicaciones. De todos modos, era una cosa bastante sencilla. Se es marino o no se es. Y yo estaba seguro de serlo.

El golfo de Siam era la única parte del trayecto desconocida para mí.

Así se lo declaré al capitán Giles, pero no porque me inquietase gran cosa.

El golfo pertenecía a aquella misma región cuya naturaleza conocía yo, cuya alma me parecía haber penetrado durante los últimos tiempos de aquella existencia con la que rompía ahora de manera tan súbita.

—El golfo... ¡Ah!, sí, un rincón de mar muy divertido —declaró el capitán Giles. Divertido, en aquel caso, era una palabra vaga. La frase parecía expresar la opinión de una persona que tuviese sus razones para maldecir aquella región.

No pude profundizar la naturaleza de su comentario. Además, no tenía tiempo para ello. Aun así, en el último momento y por iniciativa propia, el capitán Giles me dio este consejo:

—Pase lo que pase, manténgase siempre al Este del golfo. Los parajes del Oeste son peligrosos en esta época del año. No se deje usted sorprender allí. Podría costarle un disgusto.

Aunque me fuera difícil imaginar qué demonio podría impulsarme a conducir mi barco al centro de las corrientes y los arrecifes de la costa malaya, le di las gracias por su consejo.

Calurosamente, estrechó la mano que yo le tendía, y nuestras relaciones terminaron bruscamente con estas palabras:

—Buenas noches.

Esto fue todo lo que supo decir: «Buenas noches.» Nada más. No sé lo que yo mismo tenía intención de decirle, pero en todo caso la sorpresa me obligó a tragarme mis propias palabras. Atragantándome ligeramente con una especie de premura nerviosa, exclamé:

—¡Buenas noches, capitán Giles, buenas noches!

Sus movimientos siempre eran lentos, pero ya se iba esfumando su silueta a lo lejos antes de que yo consiguiese dominarme lo bastante para imitar su ejemplo y dar media vuelta en dirección al muelle.

Mis movimientos, en cambio, nada tuvieron de lentos. Precipitándome por los peldaños de la escalinata, salté a la chalupa. Aún no había llegado a la cabina cuando la ligera embarcación se apartó del muelle con el repentino girar de su hélice y el resoplido duro y entrecortado del tubo de escape, cuyo embudo de cobre brillaba débilmente.

El único ruido que podía oírse era el sordo rumor del remolino que se formaba a la popa de la embarcación. La ribera se hallaba sumida en el silencio del más profundo reposo. Yo miraba desaparecer la ciudad, tranquila y silenciosa, en medio de la noche cálida, hasta que una brusca llamada:

«¡Eh, la chalupa!», me hizo volver la cabeza hacia proa. Estábamos junto a un blanco vapor fantasmal. En el puente, y a través de las redondas portillas, brillaban luces. Y la misma voz gritó: —¿Es nuestro pasajero?

—Sí —respondí a voz en cuello. Evidentemente, la tripulación estaba alerta. Yo oía a los hombres correr en todos sentidos. El moderno espíritu de precipitación se manifestó en las órdenes:

—¡Virad sobre la cadena! ¡Arriad la escala! Y también en la urgente petición que se me hacía:

—Pronto, capitán. A causa de usted tenemos un retraso de tres horas...

Debíamos zarpar a las siete, ¿lo sabía?

—No, no sabía nada —contesté.

El espíritu de la precipitación moderna se hallaba encarnado en un hombre flaco, de brazos y piernas largos y barba gris recortada con cuidado.

Su mano delgada estaba caliente y seca. Con tono febril, declaró:

—Aunque me ahorcasen, no habría esperado cinco minutos más, así se tratara del jefe del puerto...

—Allá usted —le dije—; no fui yo quien le pidió que me esperase.

—Espero que no contará usted con cenar aquí —declaró bruscamente—.

Esto no es un hotel flotante. Es usted el primer pasajero que tengo en mi vida, y espero que también sea el último.

Dejé sin respuesta tan hospitalaria comunicación y, de seguro, tampoco él esperaba que le contestase, pues se precipitó hacia el puente para aparejar.

Durante los cuatro días que me tuvo a bordo no cejó en esta actitud hostil. Puesto que su barco se había retrasado tres horas por mi causa, no me perdonaba que no fuese un personaje más importante. No lo confesaba abiertamente, pero este sentimiento de malhumorado asombro se traslucía constantemente en sus palabras.

También era éste un hombre de mucha experiencia, y le gustaba hacer ostentación de ella, pero no podría imaginarse contraste más grande que el que ofrecía con el capitán Giles. Esto me habría divertido, si hubiera necesitado divertirme. Pero no tenía la menor necesidad de diversiones. Me sentía como el enamorado que espera la hora de una cita. La hostilidad humana me era indiferente. Pensaba en mi barco desconocido, y en este pensamiento había de sobra para divertirme, atormentarme y absorberme.

Mi anfitrión era lo bastante perspicaz para comprender mi estado de ánimo. Comenzó, pues, a burlarse de mis preocupaciones, empleando esa manera que ciertos viejos cínicos y malhumorados adoptan con respecto a los sueños e ilusiones de los jóvenes. Aunque sabía que casi todos los meses arribaba a Bangkok y que, por lo tanto, debía conocerlo de vista, me guardé muy bien de interrogarle sobre el aspecto de mi barco. No quería exponer el barco, mi barco, a una descripción desdeñosa.

Aquel capitán era el primer hombre verdaderamente antipático que había encontrado en mi vida. Sin siquiera sospecharlo ¡no!, no lo sospechaba— mi educación distaba de haber terminado.

Sólo sabía que no le era agradable y que sentía cierto desprecio por mi persona. ¿Por qué? Al parecer porque su barco se había retrasado tres horas por mi causa. ¿Quién era yo, al fin y al cabo, para que se me hiciese semejante merced? Jamás habían hecho cosa parecida por él. Era una especie de celosa indignación lo que sentía.

Mi expectación, mezclada de ansiedad, se exasperaba por momentos.

¡Qué largos me parecieron los días de aquella travesía y, no obstante, cuán pronto pasaron! Una mañana, muy temprano, franqueamos la barra y, mientras el sol se levantaba magnífico sobre las llanuras ribereñas, remontamos las innumerables curvas del río y, después de pasar bajo la sombra de la gran pagoda dorada, alcanzamos los arrabales de la ciudad.

Ante mí se extendía, sobre las dos riberas, aquella capital oriental que aún no había sufrido la conquista de los blancos; una sucesión de casas oscuras, hechas de bambú, de esterillas, de hojas, toda una arquitectura vegetal brotaba de la tierra oscura, sobre las orillas del río cenagoso. Asombraba el pensar que en aquellos millares de habitaciones humanas no había entrado sin duda más de media docena de libras de clavos. Algunas de aquellas casas, hechas de ramas y de hierbas, como los nidos de una especie acuática, se adherían a las riberas bajas. Otras, parecían haber surgido del agua misma, y las había también que flotaban en largas filas, ancladas en medio del mismo río. Aquí y allá, dominando la masa tupida de techos oscuros y bajos, se levantaban grandes edificios de cal y canto, el palacio del rey, templos suntuosos y deteriorados, que se desmoronaban poco a poco bajo la abrumadora, palpable casi, luz vertical del sol, que parecía penetrar en nuestros pechos cada vez que aspirábamos e infiltrase en nuestros miembros por cada poro de nuestra piel.

Justamente en aquel momento, la ridícula víctima de los celos, no sé por qué razón, mandó parar las máquinas. El vapor derivó lentamente con la corriente. Sin cuidarme de la novedad del paisaje, me paseaba de un lado a otro del puente, presa de una vaga inquietud, mezclando románticas ensoñaciones con una lúcida apreciación de mis propias capacidades. Se acercaba el instante de asumir el mando y de dar mi medida en aquella prueba suprema de mi profesión.

De pronto, me oí llamar por aquel imbécil. Me hacía señas de que subiese a su puente.

Poco me importaban sus llamadas, pero, como parecía tener algo especial que decirme, trepé por la escala.

Una vez junto a él, me puso la mano en el hombro y me hizo girar ligeramente, en tanto que con la otra mano me mostraba algo.

—Allí tiene usted su barco, capitán.

Sentí un golpe en el pecho; uno solo, como si mi corazón hubiese cesado de latir. A lo largo de la ribera estaban amarradas diez o más naves; la que me señalaba mi anfitrión se hallaba medio oculta por su vecina.

—Dentro de un momento estaremos frente a él —añadió.

¿Qué acento tenían sus palabras? ¿Burlón? ¿Amenazador? ¿O, simplemente, indiferente? No podría decirlo. Pero sospechaba alguna malevolencia en aquella súbita manifestación de interés.

Se alejó de mí y, entonces, apoyándome en la baranda del puente, miré por encima de la borda.

No me atrevía a levantar los ojos, pero era preciso hacerlo; sin embargo, por más esfuerzos que hacía, no lograba decidirme. Hasta creo que temblaba.

No obstante, tan pronto como mis ojos se posaron sobre mi barco, todo temor se disipó rápidamente como un mal sueño, con la diferencia de que los sueños no dejan tras de sí ninguna vergüenza y que por un instante me sentí enrojecer, recordando mis injustificadas sospechas.

Sí, él era. La vista de un casco y su aparejo me llenaron de una gran alegría. Aquel sentimiento del vacío de la vida que tanto me había inquietado los meses anteriores, perdió de pronto su amarga razón, su poder nefasto, ahogándose en la corriente de una emoción dichosa.

A la primera ojeada, comprobé que se trataba de un barco de primera clase, una criatura armoniosa por las líneas de su esbelto cuerpo y la altura bien proporcionada de sus mástiles. Cualesquiera que fuesen su edad y su historia, había conservado la marca de su origen. Era uno de aquellos barcos a los que la virtud de su línea y de su construcción preservan de toda vejez. En medio de sus compañeros amarrados a la orilla y todos mayores que él, parecía el producto de una raza superior: como un corcel árabe en medio de una fila de caballos de tiro.

Una voz dijo a mis espaldas, con tono desagradablemente equívoco:

—Espero que esté usted contento, capitán. No me volví siquiera. Era el capitán del vapor. Yo sabía que, a pesar de cuanto tratara de insinuar, a pesar de todo lo que pudiera pensar de él, mi barco, semejante en esto a algunas mujeres excepcionales, era uno de ésos seres cuya simple existencia es un deleite objetivo: uno siente la satisfacción de vivir en un mundo en que semejante criatura existe.

Aquella ilusión de vida y de personalidad que nos encanta en las más bellas obras humanas, emanaba de sus formas. Una enorme carga de madera de teca oscilaba por encima de su escotilla: materia inanimada al parecer más pesada y voluminosa que cuanto había a bordo. Cuando comenzaron a bajarla, el choque de la garrucha contra una jarcia hizo correr un leve estremecimiento por toda la fábrica, desde la línea de flotación hasta los más sutiles nerviecillos del aparejo. Realmente, parecía una crueldad cargarlo de ese modo...

Una media hora después, al poner por primera vez el pie sobre su puente, experimenté una profunda satisfacción física. Nada habría podido igualar la plenitud de aquel momento, la ideal perfección de aquella emocionante experiencia que se me concedía sin la labor preliminar ni las desilusiones de una carrera oscura.

De una mirada, recorrí, envolví, me apropié la forma que daba cuerpo al sentimiento abstracto de mi mando. De inmediato una multitud de detalles, perceptibles sólo para un marino, llamaron con fuerza mi atención.

Por lo demás, su existencia se me antojaba como ajena a toda condición material. La ribera a la que estaba amarrado me parecía inexistente. ¡Qué me importaba ningún país del mundo! En todas las tierras bañadas por aguas navegables, seguirían siendo idénticas nuestras relaciones —y más íntimas que cuanto pudiera expresarse con palabras—. Aparte de esto, cada episodio y cada decoración sólo sería un espectáculo efímero. La misma tripulación de culis amarillos, atareada en torno de la escotilla principal, era menos consistente que la sustancia de que están hechos nuestros sueños.

Pues, ¿quién en el mundo querría soñar con chinos... ?

Me dirigí hacia la popa y subí al alcázar donde, bajo el toldo, brillaban los cobres, tan bruñidos como los de un balandro, los relucientes pasamanos de las barandillas y los cristales de las lumbreras. En el extremo de la popa, dos marineros, cuyas encorvadas espaldas se aureolaban con un suave centelleo, bruñían el timón. Sin parecer percatarse de mi presencia ni de la afectuosa mirada que les lancé al dirigirme hacia la escala de la cámara de oficiales, continuaron su tarea.

Las puertas estaban abiertas de par en par y la corredera echada hacia atrás. La espiral de la escalera interceptaba la vista del corredor. Un débil rumor venía de abajo, pero cesó bruscamente, al ruido de mis pasos sobre los peldaños.

3

La primera cosa que vi al llegar abajo fue la parte alta del cuerpo de un hombre proyectada hacia atrás, por así decirlo, desde una de las puertas que se hallaban al pie de la escalera. El hombre me miraba con los ojos muy abiertos. Tenía un plato en una mano y una servilleta en la otra.

—Soy el nuevo capitán —le dije tranquilamente.

En un abrir y cerrar de ojos soltó el plato y la servilleta y abrió con precipitación la puerta de la cámara. Apenas hube entrado en ella, cuando desapareció el individuo, pero sólo para reaparecer de inmediato abotonándose una chaqueta, que se puso con la rapidez de un transformista.

—¿Dónde está el segundo? —pregunté.

—Creo que está en la cala, capitán. Hace diez minutos lo vi bajar por la escotilla de popa. —Dile que estoy a bordo.

La mesa de caoba, colocada bajo la lumbrera, brillaba en la penumbra como una oscura superficie acuática. El aparador, rematado por un gran espejo de marco dorado tenía una hermosa plancha de mármol adornada con dos lámparas de metal plateado y otros objetos que, evidentemente, sólo se sacaban al llegar al puerto. Los paneles de la cámara eran de dos clases diferentes de madera y de ese gusto sencillo y excelente que prevalecía en la época en que había sido construido el navío.

Me senté en el sillón colocado a la cabecera de la mesa, el sillón del capitán. Un pequeño compás suspendido sobre él recordaba mudamente el deber de una vigilancia incesante.

Una serie de hombres se habían sentado sucesivamente en aquel sillón. De repente pasó por mi espíritu esta idea, como si cada uno de ellos hubiese dejado un poco de sí entre los cuatro muros de aquellos decorados mamparos, como si una especie de alma compuesta, el alma del mando, viniese de pronto, en un murmullo, a hablarme de largas jornadas en el mar y de momentos de angustia.

«Tú también —parecía decir—, tú también gustarás de esta paz y esta inquietud, en una penetrante intimidad contigo mismo, tan oscuro como lo fuimos nosotros y tan soberano en presencia de todos los vientos y todos los mares, en el seno de una inmensidad que no admite huella alguna, que no guarda ningún recuerdo ni lleva cuenta alguna de las vidas humanas.» En el fondo del marco dorado, de un oro ya deslustrado, a favor de la media luz caliente que se filtraba a través del toldo, vi mi rostro apoyado sobre mis manos. Y me contemplé fijamente, con la perfecta imparcialidad de la distancia, más bien con curiosidad que con cualquier otro sentimiento, como no fuese cierta simpatía que experimentaba por aquel último representante de lo que, en suma, formaba una dinastía, perpetuada, no por la sangre, ciertamente, sino por la experiencia, por la educación, por el concepto del deber y la bienaventurada sencillez de su tradicional concepto de la vida.

De pronto, tuve la impresión de que el hombre que me miraba inmutable y al que yo miraba como si fuese yo mismo y, a la vez, un individuo distinto, no era exactamente un ser aislado. Él tenía su lugar en un linaje de hombres que no había conocido y de los que nunca había oído hablar, pero a los que unas mismas influencias habían formado y cuyas almas, en lo que a la obra de sus humildes vidas concernía, no tenían secretos para él.

De repente caí en la cuenta de que había alguien más en la cámara, alguien de pie en un rincón y que me miraba atentamente. Era el segundo.

Su largo bigote rojo determinaba el carácter de su fisonomía, que me pareció combativo, y —por absurdo que parezca— de bastante mal agüero.

¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí observándome, mientras yo permanecía sumido en mi divagar? Muy confuso me habría quedado si, al lanzar una rápida mirada al reloj incrustado en lo alto del espejo, no hubiese observado que el minutero apenas se había movido.

Sin duda no debía de hacer más de dos minutos que yo me hallaba allí, pongamos tres..; por lo tanto, y afortunadamente, el segundo no había podido observarme sino durante una fracción de minuto. Pero no por eso deploré menos lo sucedido.

Sin embargo, no dejé traslucir nada, me levanté negligentemente —con una negligencia de circunstancias— y lo acogí con perfecta cordialidad.

Su actitud tenía algo de forzada y de atenta a la vez. Se llamaba Burns. Salimos de la cámara y recorrimos juntos el barco. Su rostro, visto a plena luz, me pareció cansado, flaco, ceñudo. Por delicadeza, evitaba el mirarlo con demasiada frecuencia; sus ojos, en cambio, permanecían obstinadamente fijos en mí; eran verdes, y había en ellos una expresión expectante.

Contestó a todas mis preguntas, pero yo creía descubrir en su entonación no sé qué repugnancia. El oficial segundo, con tres o cuatro hombres, se hallaba ocupado en la proa. Burns me dijo su nombre y yo lo saludé al pasar. Era extremadamente joven, al punto de que casi me hizo el efecto de un niño.

Cuando regresamos a la cámara, me senté en la extremidad de un canapé de terciopelo rojo semicircular, o más bien semiovalado, que ocupaba toda la parte posterior de la cámara. Mr. Burns, al que ofrecí asiento, se dejó caer en una de las sillas giratorias que había en torno a la mesa y continuó mirándome con la misma insistencia y una expresión extraña, como si todo aquello fuese una pura ficción y esperase a cada momento verme levantar riendo a carcajadas, y, dándole una palmadita en la espalda, desaparecer de la cámara, como por ensalmo.

Esa situación tenía algo raro que comenzaba a inquietarme. Me esforcé, sin embargo, por reaccionar contra tan confuso sentimiento.

«Es mi inexperiencia, y nada más», pensé. En presencia de aquel hombre algunos años mayor que yo, según me pareció, tuve conciencia de lo que había dejado detrás de mí —conciencia de mi juventud—. Pero esto apenas si podía servirme de consuelo. La juventud es una gran cosa, una fuerza poderosa, mientras no se piensa en ella. Me sentía confuso. Casi a pesar mío, afecté una gravedad malhumorada.

—Veo que ha mantenido usted el barco en buen orden, Mr. Burns —le dije.

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando ya me preguntaba coléricamente por qué lo había hecho. A manera de respuesta, Mr.

Burns se contentó con guiñarme un ojo. ¿Qué quería decir con aquello?

Me escudé entonces en una pregunta que desde hacía largo tiempo venía haciéndome interiormente; la pregunta más natural que pueda salir de labios de un marino que se embarca en un barco nuevo para él. ¡La hice al demonio aquella turbación!— con un tono dégagé y jovial:

—Supongo que podrá andar, ¿eh? Normalmente, la respuesta a una pregunta de este género debería haber tenido un acento bien de excusa apesadumbrada, bien de orgullo visiblemente contenido; algo así como: «No quiero jactarme, ¡pero ya verá usted!» Hay marinos que habrían declarado con brusquedad: «Es una mala bestia perezosa», o que habrían mostrado su satisfacción diciendo: «No anda, vuela.» Dos alternativas y varias maneras.

Pero Mr. Burns encontró otra, muy suya y que tenía, en todo caso, a falta de otro mérito, el de economizarle aliento.

Sin despegar los labios, contentóse con fruncir las cejas, y ello con una marcada expresión de descontento. Aún esperé unos instantes. Pero eso fue todo.

—¿Qué pasa...? ¿Lo ignora usted después de haber pasado dos años a bordo? —pregunté ásperamente.

Me miró por un momento, con tal expresión de sorpresa que cualquiera hubiese dicho que hasta aquel momento no había descubierto mi presencia. Pero esta expresión se borró de inmediato. Con la misma subitaneidad, recobró su aire de indiferencia. Supongo que, después de pensarlo bien, consideró que más valdría decir algo. Me declaró, pues, que un barco, como un hombre, necesita una ocasión para mostrar de lo que es capaz, y que, desde que él se hallaba a bordo, nuestro barco no habla tenido ninguna. Ni la más mínima, a su juicio. El último capitán... Se interrumpió.

—¿Realmente, tuvo tan poca suerte? —le pregunté, con visible incredulidad.

Mr. Burns apartó la mirada. No, el anterior capitán no era hombre de mala suerte. No se podía decir tal cosa. Pero era un hombre que no parecía querer utilizar su suerte.

El enigmático Mr. Burns hizo esta declaración con rostro impávido y los ojos obstinadamente fijos en la funda del gobernalle. La declaración en sí era bastante sugestiva.

—¿Dónde murió? pregunté con tono de indiferencia.

—En esta cámara. Precisamente en el lugar en que está usted sentado respondió Mr. Burns. Reprimí un absurdo impulso de levantarme. Después de todo, me agradaba el saber que no había muerto en el lecho que de ahora en adelante iba a ser mío. Expliqué al segundo lo que deseaba saber en realidad, es decir, dónde había sido enterrado su difunto capitán.

Mr. Burns me contestó que a la entrada del puerto. Tumba espaciosa, respuesta suficiente. Pero el segundo, dominando visiblemente algo que en él pasaba —algo como una singular repugnancia a creer en mi llegada (al menos como hecho irrevocable)—, no se detuvo allí, a pesar, tal vez, de su deseo de hacerlo.

Como en una especie de transacción con sus sentimientos, supongo yo, se dirigía con insistencia a la funda del gobernalle, de tal modo, que me hacía el efecto de un hombre que hablara a solas, y esto sin darse cuenta cabal de ello.

Me declaró, pues, que a las siete campanadas del cuarto de guardia matinal había hecho subir a todos los hombres a la cubierta de popa y les había dicho que era conveniente que bajasen a decir adiós al capitán.

Esas palabras, pronunciadas a disgusto, como a un intruso, bastaron para evocar ante mí la extraña ceremonia. Aquellos marinos, con los pies y la cabeza desnudos, reuniéndose tímidamente en la cámara, en un grupo compacto, más confuso que conmovido; las camisas abiertas sobre los bronceados pechos, los rostros curtidos e inclinados hacia el moribundo con el mismo aire grave de expectación.

—¿Conservaba el conocimiento? pregunté.

—No habló, pero levantó los ojos para mirarlos —me respondió el segundo.

Al cabo de un instante, Mr. Burns hizo a la tripulación una señal de que saliese de la cámara, pero detuvo a los dos marineros más viejos para que permaneciesen con el capitán mientras él subía al puente con su sextante para tomar la altura. Era cerca del mediodía y Mr. Burns deseaba determinar la latitud exacta. Cuando volvió a bajar para guardar el instrumento, comprobó que los dos hombres habían salido al pasillo. A través de la puerta abierta, vio al capitán reposando dulcemente sobre sus almohadas. Había expirado mientras Mr. Burns hacía sus observaciones.

Casi exactamente a mediodía. Apenas si había cambiado de postura.

Mr. Burns suspiró y me miró inquisitivo, como para decirme:

«¿Todavía no se marcha usted?», y trasladó su pensamiento de su nuevo a su antiguo capitán, que, una vez muerto, no ejercía ya ninguna autoridad, ni molestaba a nadie, y con el cual era más fácil entenderse.

Todavía habló Mr. Burras largamente del capitán. Era éste un hombre singular, de unos sesenta y cinco años, cabellos grises, rostro duro, obstinado y taciturno. Por impenetrables razones, dejaba al barco errar a la deriva. A veces, subía de noche al puente para mandar recoger alguna vela, sabe Dios por qué, y luego descendía a encerrarse de nuevo en su camarote y a tocar el violín durante horas, a veces hasta el amanecer. En realidad, pasaba la mayor parte del tiempo, tanto de día como de noche, tocando el violín. Y muy ruidosamente por cierto.

Hasta el punto que un día, Mr. Burns, haciendo acopio de valor, le hizo muy serias objeciones. Ni él ni el oficial segundo podían cerrar los ojos, durante su cuarto de descanso, a causa del ruido... ¿Y cómo podrían, en semejantes condiciones, permanecer despiertos durante su cuarto de guardia?, le había preguntado Mr. Burns. La respuesta de aquel hombre resuelto fue que si ni a él ni al segundo oficial les gustaba el ruido, podían hacer sus maletas y largarse. Cuando se les propuso esta alternativa, el barco se encontraba a seiscientas millas de la orilla más próxima.

En aquel momento, Mr. Burns me miró con aire de curiosidad, mientras yo empezaba a pensar que mi predecesor había sido un hombre bastante singular.

Sin embargo, todavía me quedaban por oír cosas más extrañas. Así, supe que aquel marino de sesenta y cinco años, colérico, huraño, tosco, curtido, por el mar, no sólo era un artista, sino también un enamorado. En Haiphong, adonde habían llegado después de una serie de infructuosas peregrinaciones —durante las cuales el barco había estado a punto de irse a pique—, el capitán, según la expresión de Mr. Burns, se había «enredado» con una mujer. Mr. Burns no había tenido conocimiento personal de este asunto, pero existía una prueba evidente bajo la forma de una fotografía tomada en Haiphong, y descubierta por Mr. Burns en uno de los cajones del camarote del capitán.

Como es natural, también yo vi aquel sorprendente documento humano (que más tarde arrojé por la borda). Aparecía en él el capitán, sentado, con las manos sobre las rodillas, calvo, encogido, canoso, erizado, bastante semejante, en realidad, a un jabalí. De pie junto a él, se veía a una horrible mujer blanca, de edad madura, nariz ávida y mirada vulgar y de mal agüero. Iba disfrazada con un traje vagamente oriental, fantástico y de mal gusto. Tenía toda la apariencia de una médium de baja categoría o una echadora de cartas a media corona. Y, sin embargo, había algo en ella que sorprendía. Hubiérase dicho una bruja profesional salida de cualquier barrio bajo. Era incomprensible. La idea de que aquella mujer había sido el último reflejo del mundo pasional para el alma huraña que parecía mirarle a uno a través del rostro salvaje y sardónico de aquel viejo marino, tenía algo de horrible. Observé, sin embargo, que la mujer llevaba en la mano un instrumento musical, guitarra o mandolina. Tal vez fuera éste el secreto de su sortilegio.

Para Mr. Burns, esta fotografía era la explicación de por qué el barco, sin más carga que el lastre, había permanecido anclado durante tres semanas en un puerto pestilente, caluroso y sin aire, en el que no hicieron otra cosa que ahogarse. El capitán, que de vez en cuando hacía una corta visita a bordo, farfullaba al oído de Mr. Burns los más inverosímiles cuentos sobre ciertas cartas que esperaba.

Repentinamente, después de haber desaparecido durante toda una semana, subió a bordo, a medianoche, y apenas amanecía cuando ya había dado orden de aparejar. A la luz del día habían descubierto en él una expresión extraviada y enfermiza. No menos de dos días necesitaron para salir a alta mar y, no se sabe cómo, chocaron ligeramente contra un arrecife.

Sin embargo, como no se descubrió ninguna vía de agua, el capitán, después de gruñir: «No es nada», dijo a Mr. Burns que no había más remedio que dirigirse a Hong Kong, para reparar las averías en el dique seco.

Al oír esto, la desesperación se apoderó de Mr. Burns. Realmente, subir hacia Hong Kong, luchando con un violento monzón, en un barco insuficientemente lastrado y con una provisión de agua incompleta, era un proyecto insensato. Pero el capitán gruñó con tono perentorio: «Mantenga el barco en esa ruta», y Mr. Burns, abatido y colérico, tuvo que conducirlo y mantenerlo en ella, perdiendo velas, cansando la arboladura, abrumando de fatiga a la tripulación, casi enloquecido él mismo por la convicción absoluta de que la tentativa era imposible y sólo podía terminar con una catástrofe.

Entretanto, el capitán, encerrado en su camarote, calándose en un rincón de su canapé como defensa contra los saltos del barco, tocaba el violín o, por lo menos, no dejaba de sacar sonidos de él.

Cuando aparecía en el puente, no abría la boca y ni siquiera respondía cuando se le hablaba. Era evidente que se hallaba dominado por una enfermedad misteriosa y comenzaba a derrumbarse.

A medida que pasaban los días, se hacía más débil el ruido de su violín, hasta que el oído de Mr. Burns acabó por no percibir sino un débil raer de cuerdas cuando, desde la cámara, ponía el oído a la puerta del camarote del capitán.

Una tarde, absolutamente desesperado, había irrumpido allí y armado tal escena, arrancándose los cabellos y lanzando tan horribles exclamaciones, que había logrado sobreponerse al humor desdeñoso del enfermo.

Los depósitos de agua estaban casi vacíos, en quince días apenas se habían adelantado cincuenta millas, el barco no llegaría nunca a Hong Kong.

Hubiérase dicho que el capitán se esforzaba con desesperación por conducir el barco y sus hombres a su fin. Esto era absolutamente evidente.

Mr. Burras, abandonando toda reserva, había aproximado su rostro al del capitán y comenzado a aullar:

—Usted, capitán, se marcha de este mundo. Pero yo no puedo esperar su muerte para hacer virar el timón. Es preciso que usted mismo lo haga.

Es preciso hacerlo ahora mismo.

El hombre tendido sobre la litera había musitado despectivamente:

—De modo que voy a abandonar este mundo,¿eh?

—Sí, mi capitán, sólo le quedan pocos días de vida —había dicho Mr.

Burns, ablandándose—. Se le ve en la cara.

—Conque en la cara, ¿eh? ¡Pues bien; cambiad de rumbo e idos al diablo!

Burns se precipitó al puente, hizo virar el barco hasta ponerlo a favor del viento, y descendió luego, tranquilo, pero resuelto.

—He puesto proa hacia Pulo—Condor, capitán —le dijo—. Si todavía está usted con nosotros cuando lo tengamos a la vista, ya me dirá usted a qué puerto desea que conduzca el barco, y así lo haré.

El viejo capitán le había lanzado una mirada de salvaje despecho, y con voz lenta y moribunda, había pronunciado estas atroces palabras:

—¡Ojalá que ni el barco ni ninguno de vosotros llegue nunca a ningún puerto! Y así espero que sea.

Mr. Burns se había sentido profundamente impresionado. Hasta creo que, en el primer momento, se sintió positivamente aterrado. No obstante, según parece, logró lanzar tal carcajada, que, a su vez, le tocó al viejo espantarse. Sin embargo, logró rehacerse y le volvió la espalda.

Éstas fueron, en realidad, las últimas palabras del difunto capitán.

Ninguna otra frase salió ya de sus labios. Aquella noche empleó sus últimas fuerzas en arrojar su violín por la borda. Nadie lo vio hacerlo, pero, después de su muerte, Mr. Burns no logró encontrar el instrumento en ninguna parte. La caja vacía estaba allí, bien a la vista, pero el violín no se hallaba ya dentro de ella. ¿Y por dónde habría podido desaparecer, sino por la borda?

—¡Arrojó su violín por la borda! —exclamé yo.

—Sí —declaró Mr. Burns, muy agitado—. Y tengo la convicción de que habría procurado echar a pique el barco igualmente, si ello hubiese estado en su mano. Quería impedir que regresase a su puerto. jamás escribía a sus armadores ni a su mujer. Nunca tuvo la menor intención de hacerlo. Había decidido romper todo lazo con el resto del mundo. Así era este hombre. No se ocupaba de negocios ni de fletes ni de travesías ni de nada. Habría querido errar con su barco a través del mundo, hasta que cuerpos y bienes se perdiesen.

Mr. Burns tenía el aspecto de un hombre que ha escapado de un gran peligro. Un poco más, y habría exclamado: «¡Si no hubiese estado yo allí! » Y la transparente inocencia de sus indignados ojos se encontraba curiosamente subrayada por sus arrogantes mostachos, que comenzó a retorcer y a estirar horizontalmente.

Yo habría sonreído de buena gana, pero estaba demasiado preocupado por mis propias impresiones, que no eran, precisamente, las mismas de Mr. Burns. Yo era el hombre cargado con la responsabilidad del mando. Mis sensaciones no podían parecerse a las de ningún otro de los que se hallaban a bordo. En medio de aquel grupo de hombres, yo constituía una clase aparte, tal un rey en su país. Me refiero a un rey hereditario, no a un simple jefe de Estado elegido. Yo había sido llamado para gobernar por un agente tan alejado del pueblo y casi tan inescrutable para él como la gracia de Dios.

Y como miembro de una dinastía, penetrado del sentimiento de una relación casi mística con los muertos, me sentía profundamente disgustado con mi predecesor.

Dejando aparte su edad, aquel hombre había sido, en sus rasgos esenciales, semejante a mí. Y, sin embargo, el fin de su vida era un acto de traición completa, la ruptura de una tradición que se me antojaba tan imperativa como pueda serlo cualquier otra regla de conducta en la tierra.

Así pues, aun en el mar, podía un hombre llegara ser víctima de los malos espíritus. Sentí pasar por un instante sobre mi rostro el soplo de esas fuerzas desconocidas que modelan nuestros destinos.

Para no dejar que el silencio se prolongase demasiado, pregunté a Mr.

Burns si había escrito a la esposa del capitán. Negó con la cabeza. No había escrito a nadie.

De pronto, su rostro se ensombreció. Ni por un instante se le había ocurrido escribir. Había empleado todo su tiempo en vigilar incesantemente el cargamento del barco, hecho por un granuja de estibador chino. Al oír esto, tuve la primera revelación del alma de verdadero segundo que habitaba, no sin cierto malestar, en el cuerpo de Mr. Burns.

Meditó un momento y prosiguió con cierta sombría violencia:

—Sí, el capitán murió casi exactamente al mediodía. Por la tarde, examiné sus papeles. Al crepúsculo, leí el oficio de difuntos, y luego puse la proa al norte y traje el barco aquí... Yo... lo he... traído aquí —concluyó, golpeando la mesa con el puño.

—Difícilmente hubiera venido solo —observé—. Pero ¿por qué no se dirigió usted más bien a Singapur?

Sus ojos parpadearon.

—Éste era el puerto más cercano —murmuró, con mal humor.

Yo había hecho la pregunta inocentemente, pero aquella respuesta—la diferencia de distancia era insignificante— y su actitud me pusieron sobre la pista de la simple verdad. Burns había conducido el barco a un puerto en el que suponía no encontrarían un capitán titulado, razón por la cual tendrían que confirmarle en su mando provisional. En Singapur, por el contrario, no se habría tenido más dificultad que el elegir entre los capitanes vacantes.

Pero, en su ingenuo razonamiento, no había contado con el cable telegráfico que corría bajo aquel mismo golfo hacia el que dirigiera el barco que él imaginaba había salvado de la ruina. Tal era la causa del amargo tono de nuestra conversación. De ello tuve cada vez una sensación más clara, y cada vez lo encontraba menos de mi gusto.

—Escuche, Mr. Burns —comencé, con tono firme—, es preciso que usted sepa que yo no he corrido tras este mando. Lo han colocado en mi camino, y lo he aceptado. Estoy aquí para llevar el barco, ante todo, a su puerto de origen, y puede usted estar seguro de que me ocuparé de cada uno de ustedes, los que se hallan a bordo, haga lo que hay que hacer para ello. Esto es todo lo que, por el momento, tengo que decirle.

Burns se había levantado entretanto, pero en lugar de retirarse permanecía allí, con los labios trémulos de indignación, mirándome fijamente, como si, en verdad, después de aquello no me quedase otro recurso que desaparecer de su vista ultrajada. Como todas las emociones sencillas, la suya era conmovedora. Sentí pena por él, casi simpatía, hasta que, viendo que yo no desaparecía, comenzó a hablar, con un tono de forzada reserva.

—Si no tuviese en casa una mujer y un niño, podría usted estar seguro, capitán, de que, en el mismo momento en que subió usted a bordo, le habría pedido que me dejase partir.

Tranquilamente y con un tono tan natural como si se tratase de una tercera persona que no estuviese presente, respondí:

—Y yo, Mr. Burns, no lo habría dejado partir. Usted ha firmado como segundo, y hasta que las cláusulas caduquen en el puerto de descarga, cuento con que hará usted su servicio y me prestará, lo mejor que pueda, el beneficio de su experiencia.

Una pétrea incredulidad se reflejó en sus ojos, pero ante mi actitud amistosa pareció borrarse, y después de levantar ligeramente los brazos con un ademán que más tarde llegó a serme familiar, salió de la cámara.

Realmente, habríamos podido ahorrarnos ese momento de inofensiva discusión. Apenas habían transcurrido algunos días, cuando ya Mr.

Burns me suplicaba que no le dejase en ruta, en tanto que por mi parte sólo podía darle vagas respuestas. Las cosas, en el intervalo, habían tomado un cariz bastante trágico.

Y hasta ese mismo desagradable problema no era más que un episodio aparte, una simple complicación en el problema más general que consistía en saber cómo se podría conducir aquel barco —que era mío, con todos sus aparejos y sus hombres, con su cuerpo y su espíritu a la sazón adormecidos sobre aquel río pestilente—, cómo se le podría hacer salir al mar.

Cuando todavía actuaba Mr. Burns de capitán, se había apresurado a firmar un contrato de flete que, en un mundo ideal y desprovisto de malicia, habría sido un excelente documento. Pero, apenas hube puesto mis ojos en él, preví que me ocasionaría disgustos, a menos que la parte contraria fuese excepcionalmente honrada y accesible a la discusión.

Mr. Burns, al que comuniqué mis temores, prefirió adoptar enseguida una actitud recelosa. Mirándome con la expresión incrédula que le era habitual, me dijo agriamente:

—Supongo, capitán, que quiere usted dar a entender que he obrado como un imbécil.

Con esta sistemática benevolencia que parecía aumentar siempre su sorpresa, le respondí que no quería dar a entender nada. Dejaba eso en manos del futuro.

Y, en efecto, el futuro trajo consigo un cúmulo de dificultades. Hubo días en que no podía pensar en el capitán Giles sin una extremada aversión.

Su maldita perspicacia me había metido en aquel asunto, y el tono profético con que me había dicho: «Me temo que no le van a faltar los embrollos y las preocupaciones», al verse confirmado de esta suerte, daba a todo aquel asunto la impresión de una mala pasada que se hacía a mi juvenil inocencia.

Sí, ciertamente que no eran embrollos lo que me faltaba, aunque sin duda tenían su valor «como experiencia». La gente tiene una gran opinión sobre las ventajas de la experiencia. Pero por regla general, experiencia significa siempre algo desagradable y contrapuesto al encanto y la inocencia de las ilusiones.

Debo confesar que iba perdiendo las mías rápidamente. Pero, en lo concerniente a aquellas instructivas complicaciones, me limitaré a decir que podía resumírselas en una sola palabra: demora.

Una humanidad que ha inventado el proverbio «el tiempo es oro, comprenderá mi despecho. La palabra «demora penetró en un rincón secreto de mi cerebro y resonó allí corno una campana agitada que enloquece el oído, afectando todos mis sentidos, tomando un color sombrío, un gusto amargo, un sentido funesto.

—Sinceramente, lamento verlo tan preocupado con todos estos asuntos...

Ésas fueron las únicas palabras de consuelo que escuché en aquella época y, como es natural, fueron pronunciadas por un médico.

Un médico es compasivo por definición, Pero aquel hombre lo era realmente. No me hablaba como médico, pues yo no estaba enfermo. Sin embargo, lo estaban los demás, y ésa era la razón de su presencia a bordo.

Era el médico de nuestra legación y, como es lógico, también de nuestro consulado. Velaba por el estado sanitario de—la tripulación, que no era muy bueno en conjunto, y que vacilaba, por así decirlo, a dos dedos de una postración total.

Sí, los hombres sufrían. Por lo tanto, el tiempo no sólo era oro, sino también vida.

Jamás había visto yo una tripulación tan sólida. Así me lo hizo observar el médico: «Parece que tiene usted una excelente tripulación. No solamente eran formales en extremo, sino que ni siquiera parecían desear ir a tierra. Se habían tomado precauciones para exponerlos al sol lo menos posible. Sólo se les empleaba en trabajos fáciles y siempre bajo toldos. Y el excelente doctor me aprobaba.

—Sus precauciones me parecen muy juiciosas, mi querido capitán.

Es difícil expresar hasta qué punto me reconfortó aquella declaración.

El doctor, con su rostro redondo y bondadoso, enmarcado por unas patillas claras, era la personificación de la afabilidad más digna. Era el único ser humano en el mundo que parecía sentir algún interés por mí. Después de cada una de sus visitas, permanecía generalmente sentado en mi cabina durante una media hora.

Un día le dije:

—Supongo que lo único que nos queda por hacer es continuar cuidándolos como lo hace usted, hasta tanto podamos hacernos a la mar.

Inclinó la cabeza, cerrando los ojos bajo sus gruesos lentes y murmuró:

—El mar... Sí, sí, seguramente.

El primer miembro de la tripulación que cayó enfermo fue el mayordomo, el primero a quien hablara yo a bordo. Se le desembarcó, con síntomas de cólera, y al cabo de la semana murió en tierra. Luego, mientras todavía me hallaba bajo la terrible impresión de ese primer ataque del clima, Mr. Burns cayó a su vez y, a pesar de una fiebre terrible, se metió en cama sin decir nada a nadie.

Creo que, en parte, se había enfermado a fuerza de agitación; el clima hizo el resto, con la rapidez de un monstruo invisible, emboscado en el aire, en el agua, en el cieno de las riberas. Mr. Burns era una víctima predestinada.

Lo encontré tendido boca arriba, turbia la mirada y despidiendo calor como una hornilla. Apenas contestó a mis preguntas, contentándose con gruñir:

—¿Acaso no puede relevarse del servicio a un hombre cuando, por una vez, tiene un fuerte dolor de cabeza?

Aquella noche me quedé en la cámara después de la comida, y le oí hablar entre dientes sin cesar, en su camarote. Ransome, que levantaba la mesa, me dijo:

—Me temo, capitán, que no voy a poder prestar al segundo toda la atención que necesita. Tengo que pasarme la mayor parte del tiempo a proa, en la cocina.

Ransome era el cocinero. El segundo me lo había señalado el primer día, en pie sobre cubierta, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho, mirando el río.

Aun a distancia, su bien proporcionada figura y algo de esencialmente marino que había en su aspecto, llamaban la atención. De más cerca, sus ojos expresivos y serenos, su rostro distinguido, la disciplinada independencia de sus modales, revelaban una personalidad simpática.

Cuando, por otra parte, me dijo Mr. Burns que era el mejor marino del barco, le manifesté mi sorpresa de ver a un hombre tan joven y de tal apariencia embarcarse como cocinero.

—Culpa del corazón —me respondió Mr. Burns—. Hay algo en él que no marcha bien.

' No puede trabajar mucho, pues correría el riesgo de caerse muerto de repente.

Sin embargo, aquel hombre era el único al que había respetado el clima, tal vez porque, llevando en sí aquel enemigo mortal, se había visto obligado a regular sistemáticamente sus sentimientos y movimientos. Para quien estaba en el secreto, eso se traslucía a través de todos sus modales.

Después de la muerte del pobre mayordomo, y como en aquel puerto oriental no era posible reemplazarlo por un blanco, Ransome se había ofrecido a asumir aquella doble función. —Puedo hacerlo perfectamente, mi capitán, con tal de que no se me exijan precipitaciones —me había asegurado.

Pero era evidente que no se le podía pedir que desempeñase, además, el empleo de enfermero. Por otra parte, el doctor ordenó más tarde que se enviase a tierra a Mr. Burns.

Sostenido por los sobacos por dos marineros, el segundo franqueó la escala, más malhumorado que nunca. Rodeado de cojines, lo colocamos en el coche. Antes de partir, hizo un esfuerzo para decirme con voz entrecortada: —Ahora, ya ha conseguido usted lo que quería..., hacerme salir del barco.

—Nunca en su vida ha estado usted más equivocado que ahora, Mr.

Burns —repliqué tranquilamente, con una sonrisa. Y el vehículo lo condujo a una especie de sanatorio instalado en un pabellón de ladrillo que poseía el doctor en el jardín de su casa.

Visité a Mr. Burns con regularidad. Una vez pasados los primeros días, durante los cuales no reconocía a nadie, me recibió como si yo fue se para gozarme en el espectáculo de un enemigo abatido o para granjearme la benevolencia de una persona profundamente ofendida. Tan pronto creía lo uno como lo otro, según las fantasías de su humor morboso. En todo caso, se las arregló para hacérmelo sentir así, incluso aquellos días en que parecía demasiado débil para hablar. Yo, por mi parte, continué tratándolo con mi sistemática benevolencia.

Un día, súbitamente, una ola de pánico brotó en medio de aquella extravagancia.

Si yo lo dejaba en aquel horrible lugar, no tardaría en morirse. Lo sentía, estaba seguro de ello. Pero yo no tendría corazón para dejarlo en tierra. Una mujer— y un hijo lo esperaban en Sidney. Sacó los brazos enflaquecidos de debajo de la manta que lo cubría, agitando los puños en el aire. ¡Se moriría! ¡Se moriría allí...!

Logró sentarse, aunque sólo por un momento, y cuando volvió a caer hacia atrás, creí verdaderamente que iba a morir en aquel mismo instante.

Llamando al enfermero bengalí, me apresuré a salir de la habitación.

Al día siguiente, me abrumó de nuevo con sus súplicas. Le contesté de manera evasiva y dejé a mis espaldas la imagen viviente de una horrible desesperación. Tuve que hacer un esfuerzo para volver al otro día; de inmediato comenzó a perseguirme con una voz más fuerte v una abundancia de argumentos impresionantes de verdad. Expuso su caso con una energía desesperada, y me preguntó al fin si no temía cargar sobre mi conciencia la muerte de un hombre. Quería que le prometiese solemnemente que no aparejaría sin él.

Le contesté que, ante todo, tenía que consultar al doctor. Al oír estas palabras, se rebeló. ¿Al doctor? ¡Nunca! Eso sería sentenciarlo a muerte. El esfuerzo lo había agotado. Cerró los ojos, pero continuó divagando en voz baja. Decía que yo no había cesado de odiarlo desde el primer momento.

También el antiguo capitán lo odiaba. Había deseado su muerte. Había deseado la muerte de toda la tripulación...

—¿Por qué se empeña, capitán, en navegar hacia ese cadáver maléfico?

También se apoderará de usted —concluyó, guiñando los ojos vidriosos.

—¿Qué demonios está usted diciendo, Mr. Burns? —exclamé, completamente desconcertado.

Pareció volver en sí, aunque ya demasiado débil para reanudar su discurso.

—No lo sé —respondió con languidez—. Pero no se lo consulte al doctor, capitán. Usted y yo somos marinos. No se lo consulte, capitán.

Tal vez también tenga usted algún día una mujer y un hijo.

Y nuevamente me suplicó que le prometiese no dejarlo en tierra. Tuve la suficiente firmeza para no prometerle nada, aunque más tarde me pareció criminal esa firmeza, pues ya había tomado una resolución. Aquel hombre postrado, al que le quedaba apenas la fuerza suficiente para respirar y al que un terror frenético desgarraba, era irresistible. Además, había tocado el punto sensible. Él y yo éramos marinos. Ello constituía un título suficiente para exigir mi ayuda, pues yo no tenía más familia que mis camaradas. En cuanto al argumento de una esposa y un hijo futuros, debo confesar que carecía de todo valor para mí. A lo sumo, me parecía extravagante.

Yo no podía imaginar exigencia más fuerte que la de aquel barco y aquellos hombres inmovilizados en el río, como en una trampa envenenada, por absurdas complicaciones comerciales. No obstante, casi había logrado asegurar mi partida. ¡Fuera, hacia el mar! El mar, que era puro, seguro y amigo. Tres días más, y luego...

Ese pensamiento me sostenía y confortaba mientras volvía a bordo. La voz del doctor me acogió en la cámara y su larga silueta, siguiendo a su voz, salió de la cabina de pasajeros situada a estribor, vacía entonces y destinada a guardar, bien amarrado sobre la litera, el botiquín del barco.

Me dijo que, no habiéndome encontrado a bordo, había entrado allí para revisar la provisión de drogas, vendajes, etc.; todo estaba completo y en orden.

Le di las gracias; justamente había pensado pedirle que me hiciese ese favor, pues, como él sabía, al cabo de uno o dos días nos haríamos a la mar, donde todas nuestras molestias tendrían término.

Me escuchó con gesto grave, sin pronunciar palabra, pero cuando le dije lo que pensaba hacer con Mr. Burns, se sentó a mi lado y, poniendo amistosamente su mano sobre mi rodilla, me rogó que pensase a qué me exponía.

Burns tenía apenas las fuerzas necesarias para poder transportarlo a bordo, pero no resistiría un nuevo acceso de fiebre. Tenía ante mí un viaje de sesenta días tal vez, que comenzaría por una navegación complicada y que, muy probablemente, se terminaría con mal tiempo. ¿Iba yo a correr el riesgo de afrontarlo todo solo, sin un segundo y con un teniente que era todavía un chiquillo...?

Habría podido agregar, además, que era aquél mi primer viaje en funciones de capitán. Quizá lo pensó, pero se abstuvo de decirlo. En todo caso, esta consideración se hallaba bien presente en mi espíritu.

Seriamente, me aconsejó que cablegrafiase a Singapur pidiendo un segundo, aunque tuviese que retardar mi partida una semana.

—Ni un día—contesté. El mero pensamiento de una nueva demora me hacía estremecer. La tripulación entera parecía en buen estado y no había tiempo que perder. Una vez en el mar ya nada me asustaba. El mar era ahora el único remedio para todos mis males.

Las gafas del doctor continuaban proyecta das hacia mí como dos lámparas, escrutando la sinceridad de mi resolución. Entreabrió la boca, como para discutir otra vez, pero la cerró sin decir nada.

Como en un relámpago, tuve la visión del pobre Burns, tan vivo en su agotamiento, en su impotencia y en su angustia, y ello me convenció más que la realidad que había dejado tras de mí hacía apenas una hora. Mi visión se hallaba libre de todos los inconvenientes de su personalidad, y no pude resistir a ella.

—Escúcheme —le dije—. A menos que usted me afirme oficialmente que ese hombre no puede ser transportado, tomaré las disposiciones necesarias para hacerlo traer a bordo mañana, y pasado mañana saldré del río a primera hora, aunque tenga que permanecer anclado fuera de la barra uno o dos días para acabar mis preparativos.

—¡Oh!, yo mismo haré lo necesario —me respondió inmediatamente el doctor—. Si antes me permití advertirle que fue en su propio interés, como un amigo...

Se levantó, digno y sencillo, y me dio un cordial apretón, no desprovisto de cierta solemnidad. Pero el doctor valía tanto como su palabra.

Cuando Mr. Burns apareció en la escala tendido sobre una camilla, el doctor en persona se hallaba a su lado. El programa sólo había sufrido una alteración: el transporte de Burras no se hizo hasta el último momento, la mañana misma de nuestra partida.

Hacía apenas una hora que había salido el sol. El doctor agitó en el aire su robusto brazo, en señal de adiós, y se dirigió de inmediato hacia su cochecillo, que lo había seguido hasta la orilla misma del río. Mr. Burras, llevado a través de la cubierta de popa, parecía completamente inanimado.

Ransome bajó a instalarlo en su camarote. Yo tenía que permanecer en el puente ocupándome del barco, pues el remolcador ya había asido nuestro calabrote de espía.

El chasquido de las amarras al caer en el agua transformó por completo mis sentimientos. Era algo similar al alivio imperfecto de un hombre que sale de una pesadilla. Pero, cuando la proa del barco enfiló el río y comenzó a descender la corriente, alejándose de aquella ciudad oriental y miserable, no experimenté el alivio que esperaba de aquel momento tan deseado. Lo que sin duda experimenté fue una relajación de la tensión precedente, que se tradujo en una sensación de extremada laxitud después de un combate sin gloria.

Alrededor del mediodía anclamos a una milla más allá de la barra. La tripulación tuvo mucho que hacer durante la tarde. Vigilando los trabajos desde lo alto del alcázar de popa, donde permanecí todo aquel tiempo, observé en mis hombres cierto desmayo, sin duda debido a las seis semanas pasadas en el calor asfixiante del río. La primera brisa barrería todo aquello.

Por el momento, la calma era completa. Me di cuenta de que el oficial segundo —un mozalbete inexperto, de rostro un tanto obtuso— no era, para decirlo con cierto eufemismo, de esa inestimable madera con que se hace el brazo derecho de un capitán. Pero tuve el placer de ver sobre el puente los rostros de aquellos marinos, rostros que apenas había tenido tiempo de ver realmente, iluminados por una sonrisa. Libre ya del peso mortal de los asuntos de tierra, los sentía a la vez familiares y un tanto extraños, como un viajero que regresa después de largo tiempo al seno de su familia.

Ransome iba y venía sin cesar de la cocina a la cámara. Era un placer verlo. Aquel hombre realmente tenía gracia. Era el único de la tripulación que no había estado enfermo ni un día en el puerto. Pero advertido, como lo estaba yo, del mal estado del corazón que guardaba aquel pecho, no me era difícil descubrir el límite que imponía a la natural agilidad marina de sus movimientos. Hubiérase dicho que llevaba consigo un objeto muy frágil o explosivo, en el que no cesaba de pensar.

Tuve ocasión de hablarle una o dos veces. Me respondió con tono amablemente tranquilo y una ligera sonrisa, no desprovista de gravedad.

Mr. Burns reposaba. Parecía haberse iniciado la mejoría.

Después de la puesta del sol, volví a subir al puente. Sólo encontré en él vacío y silencio. La delgada y uniforme corteza de la costa permanecía invisible. Las tinieblas se habían levantado en torno del barco, como surgidas misteriosamente de aquellas aguas mudas y solitarias. Me apoyé sobre la barandilla y presté oído a las sombras de la noche. Ni un sonido.

Hubiérase podido creer que mi barco era un planeta lanzado con vertiginosidad por su senda prefijada, a través de un espacio infinitamente silencioso.` Como si me abandonase el sentido del equilibrio, me agarré a la batayola. ¡Qué absurdo! Sin poder disimular mi nerviosismo, pregunté:

—¿Hay alguien en el puente?

La respuesta inmediata —«Sí, señor»—, rompió el sortilegio. El hombre que hacía el cuarto de guardia trepó rápidamente por la escalerilla de popa.

Le dije que me advirtiese al menor soplo de brisa.

Al descender, fui a visitar a Mr. Burns. En realidad, no hubiera podido dejar de verlo, pues su puerta había quedado abierta. La enfermedad lo había agotado a tal punto, que, en aquel cuarto blanco, bajo las blancas sábanas, con su cabeza descarnada hundida en la almohada blanca, sólo sus bigotes rojizo retenían las miradas, como si fuesen algo artificial, un par de mostachos postizos, expuestos allí bajo la cruda luz de la lámpara de mamparo.

Mientras yo lo contemplaba con cierta sorpresa, manifestó su existencia abriendo los ojos y volviéndolos hacia mí con un movimiento casi imperceptible.

—Calma chicha, Mr. Burns —le dije, con tono resignado.

Con una voz inesperadamente clara, comenzó un discurso incoherente. Su voz sonaba extraña; no como alterada por la enfermedad, sino de una naturaleza distinta. Parecía una voz de ultratumba. En cuanto al objeto de su discurso, creí comprender que Mr. Burns pretendía que de todo aquello tenía la culpa el «viejo», el difunto capitán, emboscado allí, bajo las aguas, con alguna diabólica intención. ¡Una historia fantástica!

Lo escuché hasta el final; luego, penetrando en el camarote, puse la mano sobre la frente de mi segundo. No tenía fiebre. Era tan sólo su extrema debilidad lo que le hacía divagar. De pronto, pareció advertir mi presencia, y con su voz habitual, aunque claro está que extremadamente débil, me preguntó, con tono pesaroso:

—¿No hay ninguna probabilidad de aparejar, capitán?

—¿De qué nos serviría alejarnos de tierra para ir a la deriva, Mr.

Burns? —le pregunté. Suspiró y lo abandoné a su inmovilidad. Tenía tan poco dominio sobre la vida como sobre la razón. Sentí todo el peso de mi responsabilidad solitaria. Entré en mi camarote en busca de un poco de descanso, algunas horas de sueño; pero en el momento en que iba a cerrar los ojos, el hombre de guardia llegó para advertirme que se levantaba un poco de brisa. «Lo suficiente para aparejar», puntualizó.

En efecto, apenas soplaba lo necesario. Ordené que se pusieran unos hombres al cabrestante, largasen las velas y fijaran las gavias. Pero apenas hube puesto el barco en situación de hacerse a la vela, cuando dejó de sentirse el menor soplo de viento. No obstante, hice bracear las vergas y soltar todo el trapo. No iba a renunciar tan fácilmente a la empresa.

4

Con el ancla en la serviola y cubierto de lona hasta la perilla de tope, mi barco parecía tan inmóvil como un modelo en miniatura sobre el claroscuro de un mármol bruñido. En aquella misteriosa calma de las fuerzas inmensas del mundo, era imposible distinguir la tierra del agua. Una súbita impaciencia se apoderó de mí.

—¿Acaso no obedece bien al timón? —pregunté, irritado, al hombre cuyas morenas manos, crispadas sobre la rueda, se destacaban luminosas sobre un fondo de tinieblas, como un símbolo de los esfuerzos del ser humano para dirigir su propio destino.

—Sí, capitán —respondió—. Obedece, aunque un poco lentamente.

—Ponga la proa al sur.—Bien, capitán.

Me puse a pasear por la cubierta de popa. No se oía otro ruido que el de mis pasos. Al cabo de unos instantes, el hombre volvió a hablar.

—Ya vamos en dirección sur, capitán.

Sentí que la garganta se me cerraba ligeramente antes de confiar la primera ruta de mi primer mando a la noche silenciosa; ruta toda henchida de rocío y resplandeciente de estrellas. Aquel acto implicaba una decisión, que, desde ese mismo momento, me obligaba a la vigilancia incesante de mi solitaria tarea.

—Mantenga esta posición —dije por fin—. Rumbo al sur.

—Rumbo al sur, capitán —repitió el hombre.

Hice descender al segundo oficial y a los hombres de guardia y comencé yo mismo mi cuarto, recorriendo el puente de arriba abajo durante esas horas glaciales y soñolientas que preceden al alba.

Leves ráfagas soplaban a veces, y cuando eran lo bastante intensas para sacar de su sueño a aquella agua negra, su murmullo a lo largo del navío atravesaba mi corazón con un dulce estremecimiento de placer, que se desvanecía tan rápidamente como había nacido. Una horrible laxitud se apoderó de mí. Las mismas estrellas parecían cansadas de esperar el alba, que vino por fin, tiñendo el horizonte con una luz nacarada como nunca viera hasta entonces en los trópicos: opaca, casi gris, con una extraña reminiscencia de latitudes más altas.

La voz del vigía gritó desde la proa:

—¡Tierra a babor, capitán! —Bien.

Apoyado en la borda, ni siquiera levanté los ojos. El movimiento del barco era imperceptible. En aquel momento, Ransome me trajo el café matinal. Cuando lo hube bebido, miré hacia delante y, sobre la quieta faja de luz anaranjada y relumbrante, vi perfilarse la costa baja con la nitidez de un recorte de papel negro; parecía flotar sobre el agua con la levedad de un corcho. Pero, bajo el sol de levante, pronto no fue ya sino un vapor opaco, una sombra maciza e incierta, trémula en el cálido resplandor.

Los hombres de guardia acababan de lavar la cubierta. Al bajar, me detuve ante la puerta de Mr. Burns, que no podía soportar que la cerrasen, pero dudé si dirigirle la palabra antes de que abriese los ojos. Cuando lo hubo hecho, le informé de lo que sucedía.

—Ha sido señalado al amanecer el cabo Liant. A quince millas, poco más o menos.

El enfermo movió los labios, pero para oírle tuve que aproximar el oído y sólo pude entender este malhumorado comentario:

—Nos arrastramos... No tenemos suerte.

—De todos modos, más vale esto que permanecer inmóviles —repuse con tono resignado; y lo abandoné a los pensamientos e imaginaciones que obsesionaban su desesperante postración.

Aquella misma mañana, cuando me hubo relevado un poco más tarde el segundo, me arrojé sobre mi litera y durante unas tres horas logré encontrar un poco de olvido. Un olvido tan completo que al despertar me pregunté dónde me hallaba. Al pensar que me hallaba a bordo de mi barco, una inmensa sensación de alivio descendió sobre mí. ¡En el mar! ¡En el mar!

A través del portillo vi un horizonte tranquilo, inundado de sol. El horizonte de un día sin brisa. Pero su mera extensión bastó para que sintiese una evasión dichosa y la pasajera alegría de la libertad.

Con el corazón más ligero de lo que estuviera desde hacía unos cuantos días, entré en la cámara. Ransome se hallaba junto al aparador, preparando la mesa para la primera comida de alta mar en el curso de aquel viaje. Al oírme entrar, volvió la cabeza y alcancé a advertir en sus ojos una expresión que me hizo reprimir mi modestísimo entusiasmo. .

Guiado por el instinto, le pregunté: —¿Qué hay de particular?

Ciertamente no esperaba la respuesta que me dio, con esa especie de contenida serenidad tan característica en él.

—Temo que no hayamos dejado la enfermedad tras de nosotros, capitán.

—¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?

Me comunicó entonces que dos de nuestros hombres habían sufrido durante la noche un violento acceso de fiebre. Uno de ellos ardía, y el otro era presa de escalofríos, pero Ransome pensaba que la causa debía de ser la misma. También era ésta mi opinión. La noticia me dejó abrumado.

—¿Dice usted que el uno arde y el otro tirita? No. No hemos dejado atrás la enfermedad ¿Parecen, realmente, muy enfermos?

—Regular.

Ransome me miraba a los ojos. Cambiamos una sonrisa. La de Ransome, como de costumbre, un tanto grave, y la mía bastante lúgubre, sin duda, de acuerdo con mi secreta exasperación.

—¿Sopla algo de viento? —le pregunté.

—Sería aventurado afirmarlo, capitán, pero, no obstante, hemos avanzado todo el tiempo. La tierra que tenemos enfrente parece más cercana. Aquello era un hecho. Algo más cercana. Cuando, si hubiésemos tenido apenas un poco más de brisa, sólo un poquito más, habríamos podido, y aun debido, encontrarnos ya frente al cabo Liant, alejándonos así un poco más de aquella costa contaminada. Pero no se trataba sólo de alejarse. Se me antojaba que una brisa fuerte habría barrido la infección que se adhería al navío. Porque era evidente que se adhería a él. ¡Dos hombres!

Ardiendo el uno y tiritando el otro. Me repugnaba la sola idea de ir a verlos.

¿Con qué objeto? El veneno es el veneno. La fiebre tropical es la fiebre tropical. Pero que aquella infección hubiese abatido sus garras sobre nosotros por encima del mar, era algo que, a mi juicio, rebasaba demasiado los límites de la deslealtad. Me costaba creer que fuese otra cosa que el último desesperado esfuerzo de un mal, al que escapábamos gracias al soplo purificador del mar. ¡Si siquiera ese soplo hubiese sido un poco más fuerte!

Es verdad que teníamos quinina para combatir la fiebre. Entré, pues, en el camarote de reserva en que se hallaban los medicamentos para preparar dos dosis. Lo abrí con la confianza de un hombre que abriese un milagroso relicario. La parte superior se hallaba ocupada por una colección de frascos cuadrados, todos idénticos. Debajo de esta ordenada fila se encontraban dos cajones colmados de todo lo imaginable: paquetes, vendas, cajas de cartón oficialmente rotuladas. El cajón de abajo contenía, en uno de sus compartimentos, nuestra provisión de quinina.

Se hallaba encerrada en cinco frascos, redondos todos y del mismo tamaño. Uno de ellos estaba vacío en sus dos terceras partes. Los otros cuatro, todavía envueltos y sellados. Pero lo que no esperaba encontrar allí fue un sobre colocado encima de los frascos. Un sobre cuadrado, procedente de la papelería del navío.

Se hallaba colocado de forma tal que inmediatamente advertí que no estaba cerrado. Al cogerlo y volverlo entre mis manos comprobé que estaba dirigido a mí. Contenía medio pliego de papel, que desdoblé con la extraña sensación de encontrarme en presencia de un hecho singular, pero sin experimentar más asombro que el que producen las cosas extraordinarias en un sueño.

La carta comenzaba con las palabras «Mi querido capitán», pero antes de leerla mis ojos buscaron la firma. Era la firma del doctor. La fecha, la del día en que, regresando de visitar a Mr. Burns en el hospital, encontré al excelente médico esperándome en aquella misma habitación, para decirme que había pasado revista al botiquín. Curioso. Mientras esperaba mi regreso de un momento a otro, se había divertido escribiéndome una carta que, al oírme llegar, se había apresurado a meter en aquel cajón. Procedimiento verdaderamente increíble. Leí con asombro la carta.

Con letra grande, rápida, pero legible, aquel hombre excelente, por una razón cualquiera, ya por amistad, ya —más verosímilmente— empujado por el irresistible deseo de expresar una opinión con la que no había querido abrumar antes mi esperanza, me aconsejaba que no contase demasiado con los efectos benéficos de un cambio, una vez en el mar.

«No he querido aumentar sus preocupaciones desanimándole, me decía. «Hablando como médico, temo que sus dificultades no hayan llegado a su término.» En resumen, según su parecer debía preverse un probable retorno de la fiebre tropical. Por fortuna tenía una buena provisión de quinina. En ella debía poner toda mi confianza, administrándola con perseverancia; y de seguro el estado sanitario del barco no dejaría de mejorar.

Doblé la carta y la guardé en mi bolsillo. Ransome llevó dos fuertes dosis de quinina a los hombres que se hallaban a proa. En cuanto a mí, todavía no subí al puente. Fui a la puerta del camarote de Mr. Burns y le comuniqué las noticias. Es imposible decir el efecto que le produjeron. En un principio creí que había perdido el uso de la palabra. Su cabeza estaba hundida en la almohada. No obstante, movió los labios lo suficiente para asegurarme que recuperaba sus fuerzas, cosa increíble a poco que se mirase su rostro. Por la tarde hice mi cuarto de guardia como de costumbre. Una calma chicha envolvía el barco y parecía mantenerlo inmóvil en una llameante atmósfera compuesta de dos tonos de azul.

Ráfagas breves y calientes caían sin fuerza de lo alto de las velas. A pesar de todo, estaba claro que el barco avanzaba, pues en el momento de la puesta del sol pasamos frente al cabo Liant y al poco tiempo lo dejábamos atrás: siniestra forma fugitiva bajo las últimas luces del crepúsculo.

A la noche, bajo la luz de su lámpara, Mr. Burns parecía haber salido a la superficie de su lecho. Una mano opresora parecía haberlo soltado por fin. A mis pocas palabras, contestó con un discurso relativamente largo y coherente. Se sentía más fuerte. Si pudiese librarse de la asfixia de aquel calor estancado, me decía, tenía la certeza de que estaría en condiciones de subir al puente y ayudarme dentro de dos o tres días.

Mientras me hablaba, yo lo contemplaba temiendo que aquel enérgico esfuerzo lo hiciese caer inanimado ante mis ojos. No puedo negar, sin embargo, que su buena voluntad poseía algo de consolador. Le di una respuesta apropiada, pero declarándole que la única cosa que podía ayudarnos era el viento, un buen viento.

Sacudió con impaciencia la cabeza, y lo que agregó no fue ya demasiado consolador. Nuevamente le oía murmurar cosas absurdas referentes al difunto capitán, aquel viejo ahogado a los 8° 20' de latitud, precisamente en nuestra ruta... emboscado a la entrada del golfo.

—Todavía piensa usted en su antiguo capitán, Mr. Burns? —le preguntéYo creo que los muertos no sienten la menor animosidad contra los vivos, ni se preocupan gran cosa de nosotros.

—No conoce usted a éste—dijo, y dejó escapar un débil suspiro.

—No, no lo conocí, ni tampoco él a mí. Así pues, en modo alguno puede tener queja de mí.

—Sí, pero estamos los demás, todos los que vamos a bordo —insistió.

Sentí la inexpugnable fuerza del sentido común insidiosamente amenazada por aquella idea siniestra y disparatada. Traté, pues, de hacerlo callar.

—No debe hablar tanto —dije—. Va usted a fatigarse.

—Eso, sin contar el barco mismo —profirió, en un murmullo.

—Vamos, ni una palabra más —insistí, avanzando, y poniéndole la mano en la frente, que tenía casi fresca.

Así tuve la prueba de que aquel atroz absurdo se hallaba arraigado en el hombre mismo y no en la enfermedad que aparentemente le había arrebatado toda fuerza moral y física, con excepción de aquella idea fija.

Durante los días siguientes, evité el proporcionar a Mr. Burns toda ocasión de plática. Me contentaba con dirigirle una palabra apresurada y cordial, al pasar por delante de su puerta. Creo que si hubiese tenido fuerzas para ello me habría llamado más de una vez. Pero no las tenía. Una tarde, sin embargo, Ransome me declaró que el segundo parecía restablecerse «con asombrosa rapidez».

—¿No ha divagado estos días? —le pregunté, como al azar.

—No, señor —contestó Ransome asustado, según observé, por aquella pregunta directa; pero al cabo de un momento agregó tranquilamente—: Esta mañana me dijo que lamentaba el haber echado el cuerpo de nuestro difunto capitán, por así decirlo, justamente en el camino que debemos seguir para salir del golfo.

—¿Y acaso eso no le parece a usted más que absurdo? —le pregunté, mirando confiadamente su rostro inteligente y sereno, ensombrecido por el transparente velo de una preocupación, la secreta inquietud que en sí llevaba.

Ransome no sabía nada, no había reflexionado en ello, y con una débil sonrisa se alejó para ir a cumplir sus deberes con la misma precavida actividad de siempre.

Pasaron otros dos días. Habíamos avanzado un poco, muy poco, hasta entrar en la parte más ancha del golfo de Siam. Sin perder por completo la alegría de aquel primer mando que me había caído del cielo por intercesión del capitán Giles, conservaba, sin embargo, la penosa impresión de que semejante buena suerte tenía probablemente que pagarse de algún modo.

Desde el punto de vista profesional, había pasado revista a todas las probabilidades. Mi competencia era suficiente para arrostrarlas todas, o, al menos, así lo creía yo. Tenía ese sentimiento general de mis capacidades que sólo conoce el hombre que ama su carrera, y me parecía la cosa más natural del mundo. Tan natural como el respirar. Me imaginaba que sin él no podría vivir. No sé lo que esperaba. Tal vez, solamente esa particular intensidad de vida que es la esencia misma de las aspiraciones juveniles. En todo caso, no esperaba verme asaltado por un ciclón. Sabía a qué atenerme: en el golfo de Siam no hay ciclones. Pero tampoco esperaba encontrarme atado de pies y manos hasta el punto que fui descubriendo con desesperación a medida que pasaban los días.

No quiero decir que el diabólico maleficio nos mantuviese siempre inmóviles. Misteriosas corrientes nos hacían derivar de un lado a otro, con una fuerza furtiva que ponían de manifiesto los cambiantes aspectos de las islas que bordean la costa oriental del golfo. De vez en cuando se levantaba una brisa variable y engañosa, que sólo despertaba nuestras esperanzas para hundirlas acto seguido en el más amargo desengaño; promesas de un avance que sólo se resolvía en pérdida de terreno, que expiraban en un suspiro y morían en aquella inmovilidad muda, bajo la cual las corrientes proseguían su marcha hostil.

La isla de Koh Ring, cuya enorme y oscura cima se levantaba en medio de una serie de islotes, se alargaba sobre la quieta superficie del agua como un tritón entre bajeles, y semejaba el centro del círculo fatal. Parecía imposible alejarse de ella. Día tras día aparecía a nuestra vista. Más de una vez, aprovechando una brisa favorable, tomé su posición bajo el rápido declinar del crepúsculo, pensando que lo hacía por última vez. ¡Vana esperanza! Una noche de brisas caprichosas malograba las ventajas de un favor pasajero y el sol de levante nos mostraba de nuevo la oscura masa de Koh Ring, más árida, más inhospitalaria y más huraña que nunca.

—A fe que se creería uno embrujado —dije un día a Mr. Burns, hablándole, como de costumbre, desde el umbral de su puerta.

El enfermo estaba sentado en su litera. Poco a poco volvía al mundo de los vivos, pero aún no podía decirse que hubiera entrado definitivamente en él. Al oír mis palabras, meneó la cabeza demacrada y huesosa, con el gesto de asentimiento de una misteriosa sapiencia.

—¡Ah!, sí, ya sé lo que quiere usted decir —proseguí—. Pero no se figurará que voy a creer que un muerto tenga el poder de perturbar la meteorología de esta parte del mundo, ¿verdad? Aunque debo admitir que parece completamente perturbada. Las brisas de mar y tierra se anulan entre sí. No puede uno fiarse de ellas cinco minutos seguidos.

—Creo que antes de poco tiempo podré subir al puente —murmuró Mr.

Burns—, y entonces veremos.

No sabría decir si con aquellas palabras trataba de formular una promesa de combatir los maleficios sobrenaturales. En todo caso, no era éste el género de ayuda que yo necesitaba. Por otra parte, casi había vivido noche y día sobre el puente a fin de aprovechar la primera ocasión que se me presentase de llevar mi barco un poco más al sur. Me daba perfecta cuenta de que el segundo se hallaba todavía extremadamente débil y que aún no se había liberado por completo de aquella idea fija que se me antojaba un síntoma de su enfermedad. De todas maneras, la confianza de un convaleciente no era para desalentar a nadie.

—Será usted muy bien recibido en él, Mr. Burns, estoy seguro —le dije—.

Si continúa usted a este paso, muy pronto será el hombre más fuerte del barco.

La perspectiva le alegró, pero su extrema delgadez hizo de su sonrisa una horrible exhibición de dientes largos bajo unos mostachos rojizos.

—¿Van mejor los hombres, capitán? —me preguntó lacónicamente, con visible expresión de inquietud.

Contesté apenas con un vago ademán, y me alejé de la puerta. La verdad era que la fiebre se burlaba de nosotros tan caprichosamente como el viento. Iba y venía de un hombre a otro, con más o menos fuerza, pero dejando siempre huellas de su paso, debilitando a unos, abatiendo por un tiempo a. otros, abandonando a éste para volver a aquél, de tal modo que todos presentaban un aspecto enfermizo y una expresión inquieta y perturbada en los ojos. Entretanto, Ransome y yo, los únicos completamente indemnes, distribuíamos con asiduidad la quinina entre ellos. Era una doble lucha. Los vientos contrarios nos atacaban por el frente y la enfermedad nos perseguía por detrás. Debo decir que la tripulación era excelente. De buen grado realizaban el incesante trabajo de bracear las vergas, pero sus miembros habían perdido toda elasticidad, y al mirarlos desde el puente no podía apartar de mi espíritu la horrible impresión de que se movían en medio de una atmósfera envenenada.

Mr. Burns había logrado no sólo sentarse, sino hasta levantar las piernas y, rodeándolas con sus descarnados brazos, semejante a un esqueleto viviente, lanzaba profundos e impacientes suspiros.

—Lo más importante para nosotros, capitán —me decía cada vez que yo le daba ocasión—, es que el navío pase los 8° 20' de latitud. Una vez superado ese punto, todo irá bien.

En un principio me contenté con sonreír, a pesar de que no estaba de humor. Pero, al cabo, perdí la paciencia.

—¡Ah!, sí, 8° 20' de latitud. Allí enterró usted a su capitán, ¿no es eso?

—Y agregué, con tono severo—: ¿No cree usted, Mr. Burns, que ya es tiempo de acabar con todas esas tonterías? Volvió hacia mí sus ojos hundidos con una mirada de invencible obstinación, pero se contentó con murmurar, apenas lo bastante alto para que pudiese oírlo:

—Nada de particular tendría... Ya veremos..., todavía nos jugará una mala partida... Escenas como ésa no eran precisamente las más adecuadas para fortificar mis energías. El peso de la adversidad comenzaba a dejarse sentir en mi ánimo. Al mismo tiempo, experimentaba un sentimiento de desprecio por esa oscura debilidad interior. Desdeñosamente, me decía a mí mismo que serían precisas mayores calamidades para mellar mi valor.

Ignoraba entonces lo pronto que sería puesto a prueba y en qué circunstancias tan inesperadas.

Ocurrió al día siguiente mismo. El sol había aparecido al sur de Koh Ring, que continuaba a babor, como un compañero diabólico. Su vista me resultaba verdaderamente odiosa. Nos habíamos pasado la noche navegando en todas las direcciones del compás, braceando incesantemente las vergas en espera de una brisa que no llegaba. Al levantarse el sol, tuvimos, durante una hora, una brisa bastante fuerte e inexplicable, que nos cogió de cara. Aquello era absurdo. Aquello no estaba de acuerdo ni con la estación ni con la secular experiencia de los marinos, tal como aparece consignada en los libros, ni con el aspecto del cielo. Sólo una determinada malevolencia podía explicarlo. La brisa nos hizo recorrer a buena marcha un gran trecho fuera de nuestra ruta; y si hubiésemos navegado por gusto, nos habría parecido deliciosa, con el espejo matutino del mar, la sensación del movimiento y el regalo de una frescura a la que no estábamos acostumbrados. Luego, repentinamente, como si se negase a llevar más lejos su siniestra broma, cayó por completo, en menos de cinco minutos. La proa del barco se volvió hacia el lado a que escoraba; el mar, inmóvil, adquirió el bruñido de una lámina de acero.

Bajé del puente, pero no para descansar, sino sencillamente porque ya no podía soportar aquel espectáculo. El infatigable Ransome trabajaba en la cámara. Había adquirido la costumbre de presentarme todas las mañanas un informe sobre el estado sanitario de la tripulación. Al verme, se apartó del aparador y me miró con sus ojos amables y tranquilos. Ni una sombra empañaba su frente inteligente.

Algunos hombres no se encuentran muy bien esta mañana, capitán me dijo con tono tranquilo.

—¿Qué? ¿Todos ellos fuera de servicio?

—En realidad, sólo hay dos que han tenido que quedarse en sus hamacas, capitán, pero... —Esta última noche ha sido fatal para ellos. Nos hemos tenido que pasar todo el tiempo soltando y recogiendo cabos.

—Ya lo oí, capitán. Me entraron ganas de subir a ayudarlo, pero ya sabe usted...

—De ningún modo. No debe usted... Los hombres duermen de noche sobre cubierta y eso no les conviene.

Ransome asintió. Pero no se puede vigilar a los hombres como a niños. Además, no era posible reprocharles el que buscasen un poco de aire fresco en cubierta. Pero ya él sabía mejor que nadie a qué atenerse...

Nuestro cocinero era verdaderamente razonable. Esto no quiere decir que los otros no lo fuesen. Los días precedentes habían sido para nosotros como una prueba de fuego. Realmente, no podía rebelarse uno contra aquel instinto simplista e imprudente que los impulsaba a aprovechar los momentos de tregua, cuando la noche les daba una ilusión de frescor y las estrellas centelleaban a través de un aire denso y cargado de rocío. Además, casi todos estaban debilitados por la maniobra, que reclamaba incesantemente los brazos de quienes aún podían arrastrarse. ¡Con qué objeto hacerles reproches! Pero yo creía con firmeza que la quinina era de una utilidad extraordinaria, y poco menos que milagrosa.

Estaba convencido de ello. Había puesto toda mi fe en ella. Su virtud medicinal salvaría a los hombres, salvaría el barco, rompería el sortilegio, desafiaría al tiempo, haría del estado del mar una preocupación pasajera y, operando como un polvo mágico contra el misterioso maleficio, aseguraría el primer viaje de mi primer mando contra el poder diabólico de los vientos y la epidemia. Para mí, era más preciosa que el oro, y al contrario que el oro, del que nunca parece haber bastante en ninguna parte, el barco tenía de ella una provisión suficiente. Fui a la cabina para medir algunas dosis. Tendí la mano con la sensación de un hombre que se apodera de una panacea infalible, tomé un nuevo frasco, quité el papel que lo cubría, observando que no estaba precintado, ni arriba ni abajo...

Pero ¡para qué describir las rápidas etapas de aquel espantoso descubrimiento! Ya, sin duda, habéis adivinado la verdad. Allí estaba el papel que lo cubría, allí el frasco y el polvo blanco en su interior, un polvo blanco cualquiera, que nada tenía que ver con la quinina. Una sola mirada bastaba para darse cuenta de ello. Recordé que, al coger el frasco, ya antes de desenvolverlo, el peso del objeto que tenía en la mano me había hecho presentir la verdad. La quinina es ligera como una pluma, y mis nervios exasperados debían de tener una sensibilidad desacostumbrada. Dejé que el frasco se hiciese añicos contra el suelo. La droga, cualquiera que fuese, chirrió bajo la suela de mi zapato como si de arenilla se tratara. Cogí el frasco siguiente, y luego otro. El peso era por sí solo lo bastante elocuente.

Lino tras otro, cayeron, rompiéndose a mis pies, no porque yo los arrojase, colérico, sino porque se deslizaron de entre mis dedos como si realmente aquel descubrimiento superase mis fuerzas.

Es un hecho que la violencia misma de una prueba moral nos ayuda a soportarla, haciéndonos momentáneamente insensibles. Salí de la habitación aturdido, como si hubiese recibido un golpe en la cabeza. Desde el otro extremo de la cámara, al otro lado de la mesa, Ransome, con un trapo en la mano, me miraba boquiabierto. No creo que tuviese yo el aspecto de un loco, pero es muy posible que mostrase cierta agitación mientras, instintivamente, me apresuraba hacia el puente. Ejemplo de la educación hecha instinto. Las dificultades, los peligros, los problemas de un barco en el mar, se resuelven en el puente. Ante aquel acontecimiento, como si se tratase de un fenómeno de la naturaleza, reaccioné instintivamente, lo que tal vez fuese la prueba de que en cierto momento no debí ser dueño de toda mi razón.

Desde luego, no me encontraba plenamente en mis cabales, pues hallándome ya al pie de la escalera, di media vuelta y me precipité hacia el camarote de Mr. Burns. La extraña apariencia de mi segundo me hizo volver en mí. Se hallaba sentado en su litera; su cuerpo parecía inmensamente largo y su cabeza se inclinaba sobre el hombro con una afectada complacencia. Su mano, trémula, al final de un antebrazo apenas más grueso que una gruesa caña, blandía un brillante par de tijeras, que, ante mis ojos, procuraba clavarse en la garganta.

Hasta cierto punto me quedé aterrado, pero sólo fue una especie de efecto secundario lo que me permitió gritarle algo así como:

—¡Deténgase...! ¡Santo Dios...! ¿Qué va a hacer usted?

En realidad, lo que el enfermo, contando con exceso con las fuerzas recuperadas, intentaba, era sencillamente cortarse la espesa barba rojiza.

Tenía extendida sobre sus rodillas una gran toalla, en la cual caía, a cada tijeretazo, una lluvia de pelos rígidos como alambres de cobre.

Burns volvió hacia mí su rostro, más grotesco que las fantasías de un sueño* grotesco. Una de sus mejillas se hallaba aún cubierta por una barba semejante a una llama; la otra, estaba ya limpia y sumida, con el largo bigote erguido de aquel lado, solitario y huraño. Y mientras me miraba petrificado, conservando entre sus dedos las entreabiertas tijeras, le anuncié, furioso, mi descubrimiento en sólo seis palabras y sin el menor comentario.

5

Oí el ruido de las tijeras que se le escapaban de las manos, observé el peligroso esfuerzo que hacía todo su cuerpo al borde de la cama para recogerlas, y luego, volviendo a mi primer impulso, subí apresuradamente hacia el puente. El centelleo del mar me llenó los ojos. Estaba magnífico y desierto, monótono y desesperante, bajo la curva vacía del cielo. Las velas pendían, inmóviles y flojas; los pliegues de sus abatidas superficies no tenían más movimiento que si estuviesen tallados en granito. La impetuosidad de mi aparición sobresaltó ligeramente al hombre que iba al timón. En lo alto de un mástil chirriaba una polea de modo incomprensible.

¿Cómo diablos podía chirriar así? Semejaba el silbido de un pájaro. Durante un largo rato contemplé aquel universo desierto, hundido en un silencio infinito, inundado de sol por una razón misteriosa. De pronto, oí junto a mí la voz de Ransome:

—He hecho que Mr. Burns se vuelva a acostar, capitán.

—¡Cómo!

—Sí, capitán; se levantó, pero apenas soltó el borde de la litera se cayó al suelo. Sin embargo, me parece que no delira.

—No —contesté sordamente y sin mirar a Ransome. Éste aguardó un momento, y luego, con precaución, como para no disgustarme, agregó:

—No creo que debamos dejar que se pierda ese medicamento, capitán.

Puedo recogerlo, todo, o casi todo, y después se le quitarán los trozos de vidrio. Voy a ocuparme de ello enseguida. Esto sólo demorará diez minutos el desayuno.

—Bien —dije amargamente—. El desayuno puede esperar. Recoja toda esa droga y tírela por la borda.

Sólo me contestó un profundo silencio; mirando por encima del hombro, comprobé que Ransome, el inteligente y reposado Ransome, había desaparecido. La soledad absoluta del mar obraba sobre mi cerebro como un tósigo. Cuando mis miradas se dirigían al barco, una visión morbosa me lo hacía ver como urja tumba flotante. ¿Quién no ha oído hablar de esos navíos que van flotando a la deriva, con toda su tripulación muerta? Miré al hombre del timón y sentí un deseo súbito de hablarle; como si hubiese adivinado mi intención, su rostro adquirió una expresión atenta. Pero, al fin, opté por bajar, pensando que no estaría de más permaneciese a solas un momento ante la inmensidad de mis preocupaciones. Por desgracia, Mr.

Burns me vio, al pasar por delante de su puerta, y no pudo por menos de decirme con tono gruñón:

—¿Y bien, capitán?

—No van muy bien las cosas —contesté, después de entrar.

Mr. Burns, instalado nuevamente en su lecho, disimulaba con la palma de la mano su hirsuta mejilla.

—Ese endiablado mozo me ha quitado las tijeras —agregó.

La tensión de espíritu que sufría yo era tan intensa que tal vez fue conveniente que Mr. Burns iniciase la conversación con aquella queja. Irritado, al parecer, profundamente, volvió a gruñir:

—¿Acaso cree que estoy loco, o qué?

—No lo creo, Mr. Burns.

En aquel momento me pareció un modelo de dominio de sí mismo.

Desde este punto de vista, hasta sentía algo semejante a la admiración por aquel hombre, que —aparte de la respetable materialidad de lo que de barba le quedaba— se aproximaba a un espíritu desencarnado todo lo que es posible a un ser vivo. La extraordinaria delgadez de su nariz y las profundas cavidades de sus sienes me sorprendieron, y no pude menos de envidiarle.

Estaba tan flaco y desencajado que, probablemente, no tardaría en morir. ¡Hombre envidiable! Tan próximo a extinguirse, en tanto que yo tenía que soportar en el fondo de mí mismo el tumulto de una dolorosa vitalidad, de la duda, de la confusión del remordimiento y una vaga repugnancia a enfrentarme con la horrible lógica de la situación.

—Me parece que yo también me vuelvo loco —murmuré sin poder evitarlo.

Mr. Burns fijó en mí sus ojos de espectro, pero no pareció alterarse en absoluto. —Siempre pensé que él nos haría una mala jugada —dijo, subrayando especialmente la palabra «él».

Recibí un golpe interior, pero ni mi cabeza ni mi corazón se hallaban dispuestos a discutir con él. Mi enfermedad tenía la forma de la indiferencia.

Era la creciente parálisis que puede producir una perspectiva desesperada. Me contenté, pues, con mirar a Mr. Burns, que se lanzó a un nuevo discurso.

—¿Qué? ¿No lo cree usted? ¿Entonces, cómo se explica todo esto?

¿Cómo cree que pueda suceder semejante cosa?

—¿Suceder? —repetí—. ¿Por qué... sí, cómo diablos ha podido suceder?

Y realmente, pensando en ello parecía incomprensible que fuera así:

los frascos terminados, llenados de nuevo, envueltos en sus papeles y colocados en su sitio... Una especie de complot, un siniestro engaño, una a modo de secreta venganza... pero ¿con qué fin? O bien una burla diabólica.

Mr. Burns tenía su propia idea al respecto. Muy sencilla por otra parte. Con una voz cavernosa, declaró solemnemente:

—Supongo que le darían unas quince libras en Haiphong por la provisión.

—¡Mr. Burns! —exclamé.

El segundo meneó grotescamente la cabeza, por encima de sus piernas, levantadas como dos mangos de escoba cubiertos por su pijama y rematadas por dos enormes pies desnudos.

—¿Por qué no? La quinina es una droga bastante cara en esta parte del mundo, y en Tonkín carecían de ella. ¿Y qué podía importarle eso a él?

Usted no lo conoció. Pero yo sí, y le hice frente. No temía a Dios ni al diablo ni a los hombres ni a los vientos ni a las mareas ni siquiera a su propia conciencia. Y tengo para mí que odiaba a todo bicho viviente. No obstante, me parece que temía a la muerte. Creo que fui yo el único hombre que se atrevió a hacerle frente. Cuando cayó enfermo, en la cabina que ahora ocupa usted, le hice frente y lo vencí. Me parece que hasta temió que le retorciera el cuello. Si hubiese hecho lo que él quería, habríamos tenido que luchar contra el monzón del nordeste por los siglos de los siglos.

Representar el Buque Fantasma en los mares de la China, ¡ja, ja!

—Pero ¿por qué volvió a llenar así los frascos? —pregunté.

—¿Y por qué no había de hacerlo? ¿Por qué había de tirar los frascos?

Después de todo, hacen bulto en el cajón, forman parte del botiquín.

—¡Pero si estaban envueltos de nuevo en sus papeles!

—¿Y qué? Para eso estaban allí los papeles. Supongo que lo haría por costumbre, y en cuanto a llenarlos de nuevo, siempre hay en el botiquín gran cantidad de drogas, que llegan con sus envolturas de papel, que al cabo de cierto tiempo se rompen. Además, ¿quién puede saberlo? Supongo, capitán, que no probaría usted la droga. Pero, naturalmente, está usted seguro...

—No —lo interrumpí—. No la probé. Ahora, la han arrojado toda por la borda.

A mi espalda oí una voz dulce y tranquila, que decía:

—Yo la he probado. Sabía como una mezcla de toda clase de cosas dulzonas, saladas y amargas... ¡un horror!

Ransome, que salía de la despensa, nos escuchaba desde hacía un momento, cosa muy excusable por otra parte.

—¡Una mala jugada! —exclamó Mr. Burns—. Siempre dije que nos la jugaría.

Mi indignación no tenía límites. Y también aquel simpático y buen doctor... El único hombre simpático que había conocido yo... en vez de escribirme aquella carta de advertencia, por un refinamiento de simpatía, ¿no habría hecho mejor revisando cuidadosamente el botiquín? Pero, después de todo, era injusto reprocharle nada al doctor. Todo parecía estar en perfecto orden y el botiquín era una cosa oficial. No había nada en él que pudiese despertar fundadamente la más ligera sospecha. La única persona que no tenía excusa era yo mismo. Jamás debería uno estar seguro de nada.

El germen de un remordimiento eterno echaba raíces en mí.

—Comprendo que toda la culpa es mía —exclamé—, mía y sólo mía. Lo comprendo perfectamente, y no me lo perdonaré nunca.

—Eso es absurdo, capitán—dijo impetuosamente Mr. Burns.

Y, una vez hecho este esfuerzo, volvió a caer sobre su lecho, agotado.

Cerró los ojos. Jadeaba. También a él lo había abrumado aquel descubrimiento. Al salir del camarote, vi a Ransome, que me miraba con aire indeciso. Comprendía lo que aquello significaba, pero no por eso dejó de dirigirme una de sus habituales sonrisas, llenas de gravedad. Luego, volvió a entrar en su despensa, y yo subí apresuradamente al puente, para ver si soplaba algo de brisa. Fue inútil: ni el menor soplo bajo el cielo ni el menor movimiento en el aire ni el menor signo de esperanza. Una inmovilidad de muerte me acogió de nuevo. Nada había cambiado, como no fuese que otro hombre se hallaba ahora en el timón. Parecía enfermo. Tenía una expresión de agotamiento, y más parecía agarrarse a los radios de la rueda que sostenerla con mano firme.

—No está usted en estado de continuar aquí. —Puedo gobernar, capitán...

En realidad, no tenía nada que hacer. El barco ni siquiera dejaba estela. Permanecía inmóvil, con la proa dirigida hacia el oeste, visible siempre a popa la eterna Koh Ring, con algunos islotes en torno, manchas negras entre aquel gran resplandor, titilando ante mis ojos turbios. Aparte de aquellos trozos de tierra, no había la menor mancha en el cielo ni sobre el agua; ni la sombra de un vapor ni un rastro de humo ni una vela ni un barco ni el menor asomo de animación humana ni el menor signo de vida, ¡nada!

La primera cuestión que se presentaba era determinar lo que debía hacerse. ¿Qué podía hacerse? Evidentemente, ante todo era preciso advertir a los hombres. Aquel mismo día lo hice, pues no quería que la noticia se esparciese por sí sola. Yo afrontaría la situación. Con ese propósito hice reunir a la tripulación en la cubierta de popa. En el mismo momento en que me adelantaba para hablarles, descubrí que la vida podía reservarnos terribles momentos. Jamás criminal alguno se sintió tan oprimido por el sentimiento de su responsabilidad. Tal vez fue ésa la causa de que mi rostro tomara una expresión dura y mi voz se volviera áspera al declararles que ya no podía atender a sus enfermedades proporcionándoles medicamentos. En cuanto a los cuidados que pudieran prestárseles, ellos sabían que nunca les habían faltado.

Les habría reconocido de buena gana el derecho a hacerme pedazos.

El silencio que siguió a mis palabras fue tal vez todavía más difícil de soportar que las más furiosas vociferaciones. Me sentí abrumado por la infinita profundidad de su reproche. Pero, en realidad, me equivocaba. Con una voz que sólo a costa de grandes esfuerzos podía mantener firme, proseguí:

—Supongo, amigos míos, que habréis comprendido lo que he dicho y que sabéis lo que eso significa...

Una o dos voces se levantaron:

—Sí, capitán... Comprendemos.

Habían guardado silencio simplemente porque pensaban que no se les exigía contestación alguna; pero cuando les hube dicho que tenía la intención de dirigirme hacia Singapur y que la suerte del navío y de su tripulación residía en los esfuerzos de todos nosotros, enfermos y sanos, para sacar de allí el barco, recibí el estímulo de un murmullo de asentimiento y de una voz que gritó:

—¡Desde luego que lo sacaremos de este cochino agujero!

Transcribo aquí algunas de las notas que tomé en aquella época:

Por fin habíamos perdido de vista Koh Ring. Creo ahora que durante muchos días sólo pasé abajo dos horas seguidas. Estoy en el puente, como es natural, día y noche, y las noches y los días se suceden sin interrupción, sin que pueda decirse si son cortos o largos, pues toda noción de tiempo se pierde en la monotonía de la espera, de la esperanza y del deseo, del deseo único de hacer ruta hacia el sur. ¡Hacer ruta hacia el sur! El efecto es curiosamente mecánico; el sol se levanta y desciende, la noche se balancea sobre nuestras cabezas como si alguien, más allá del horizonte, diese vuelta a una manivela. Todo esto es mezquino y sin objeto... Y mientras dura este lamentable espectáculo, no hago otra cosa que medir el puente con mis pasos.

¡Cuántas millas no habré andado por la cubierta de este navío!

Peregrinación hija de la terquedad y del enervamiento, a la que dan alguna variedad las cortas visitas que hago a Mr. Burns. No sé si es una ilusión, pero mi segundo parece más fuerte a medida que pasan los días. Habla poco. Pero la verdad es que la situación no se presta a observaciones ociosas. Otro tanto he advertido en los tripulantes cuando los veo trabajar o descansar sobre el puente. No hablan entre ellos. Si existe un oído invisible que recoge los murmullos de la tierra, creo que no podría descubrir en ella lugar más silencioso que este barco...

No, Mr. Burns no tiene mucho que decirme. Permanece sentado sobre su litera, afeitadas las mejillas, llameante el bigote y con una expresión de firmeza silenciosa en su rostro blanco como el yeso. Ransome me dice que devora hasta la última migaja de la comida que le sirve, pero que, aparentemente, duerme muy poco. Hasta por la noche, cuando bajo para cargar mi pipa, observo que, aun adormecido, tendido sobre la espalda, conserva siempre su expresión resuelta. A juzgar por la rápida mirada que me lanza de soslayo cuando está despierto, se le creería molesto de ver interrumpida una meditación particularmente ardua. Cuando vuelvo a subir al puente, encuentro de nuevo el orden perfecto de las estrellas, sin la más pequeña nube, lo que es infinitamente desalentador. Todo está allí: las estrellas, el sol, el mar, la luz, las tinieblas, el espacio, las aguas, toda la obra formidable de los siete días, en la cual parece haber sido precipitada la humanidad a pesar suyo. O atraída con añagazas. Como fui atraído yo mismo a la aventura de este mando siniestro, y poco menos que mortal.

La única mancha de luz que había de noche sobre el barco era la de las lámparas de la brújula, que iluminaban el rostro de los hombres que se iban sucediendo en el timón; fuera de ella, permanecíamos sumidos en la oscuridad, yo, paseando por el puente, y los hombres tendidos sobre cubierta. Tan debilitados se hallaban todos por la enfermedad, que ya no se podía formar el cuarto de guardia. Los que podían andar, estaban de servicio durante todo el tiempo, tendidos en algún rincón umbroso de cubierta, hasta que mi voz, dándoles una orden, los hacía ponerse penosamente de pie, en un pequeño grupo tambaleante que iba y venía pacientemente a lo largo del navío sin cambiar un murmullo ni un suspiro.

Y cada vez que necesitaba elevar así la voz, experimentaba una angustia hecha de remordimiento y compasión.

A eso de las cuatro de la mañana, brillaba una luz en la proa, en la cocina. Inmune, sereno, activo, el infalible Ransome, pese a su corazón enfermo, preparaba el café para la tripulación. No tardaba en llevarme una taza al puente, y sólo entonces me dejaba caer sobre mi chaise longue de cubierta, para gustar un par de horas de verdadero sueño. Indudablemente, ya había debido de adormecerme durante cortos momentos, cuando, abrumado por la fatiga, me apoyaba sobre la batayola. A decir verdad, no me daba cuenta de ello, salvo cuando un sobresalto nervioso, que a veces se producía aun en mitad de mi paseo, me advertía con brusquedad. Pero desde las cinco, más o menos, hasta pasadas las siete, dormía bajo la luz palideciente de las estrellas.

Después de ordenar al hombre que llevaba el timón que me despertase en caso de necesidad, me dejaba caer en el sillón y cerraba los ojos con la impresión de que ya no habría más sueño para mí en este mundo. Sin embargo, no tardaba en perder la conciencia de todo, hasta que, entre las siete y las ocho sentía que me tocaban en el hombro y mi mirada encontraba el rostro de Ransome, con su leve sonrisa pensativa, sus ojos grises y amistosos, como si mi sueño fuese para él motivo de satisfacción.

En ocasiones subía el segundo oficial a relevarme a la hora del café. Pero esto no tenía importancia. Generalmente, nos manteníamos en medio de una calma chicha o, a lo sumo, bajo una débil brisa, tan cambiante y fugitiva que no valía la pena mover una verga. Si alguna vez llegaba a levantarse el viento, podía contar con que el hombre del timón me gritaría: K ¡Velas en facha, capitán!», palabras que, como un toque de trompeta, me harían saltar sobre el puente, y que, sin duda, me habrían sacado de un sueño eterno.

Pero eso no sucedía con frecuencia. Desde entonces, nunca he vuelto a ver auroras tan desprovistas de brisa. Y si por azar se hallaba allí el segundo oficial —generalmente la fiebre le dejaba un día de cada tres— lo encontraba sentado sobre la lumbrera, casi insensible, con una mirada estúpida clavada en cualquier objeto próximo: un cabo, una cuña, una bita, una argolla.

Aquel muchacho era más bien una molestia. Sus sufrimientos conservaban un aspecto infantil. Parecía haberse vuelto completamente imbécil, y cuando un nuevo acceso de fiebre lo recluía en su camarote, se daba a menudo el caso de no encontrarlo en él. La primera vez que sucedió esto, Ransome y yo nos inquietamos mucho. Después de buscarlo minuciosamente, Ransome lo descubrió por fin, acurrucado en el pañol de velas, que tenía una puerta corrediza sobre el pasillo. En respuesta a mis observaciones, sólo murmuró, malhumorado: «Aquí hace fresco», lo cual, por otra parte, era mentira, ya que allí sólo hacía sombra.

La lividez de su rostro no atenuaba sus defectos fundamentales, al revés de lo que sucedía con la mayoría de mis otros hombres. Los estragos de la enfermedad parecían idealizar el carácter general de sus rasgos, haciendo resaltar una insospechada nobleza en unos, en otros una profunda energía, y revelando en uno de ellos un aspecto esencialmente cómico. Era éste un hombrecillo pelirrojo, con una nariz y una barbilla de polichinela, al que sus camaradas, no sé por qué, llamaban Frenchy. Sin duda, nada se habría opuesto a que fuese francés, pero lo cierto es que nunca le oí pronunciar una palabra en esta lengua.

Con sólo verle venir desde la popa para tomar el timón, ya se sentía uno consolado. Con su pantalón azul arremangado hasta las rodillas, un poco más alto sobre una pierna que sobre la otra, con su limpísima camisa de cuadros y su gorro de tela blanca, evidentemente confeccionado por él mismo, el conjunto de su persona era singularmente pintoresco, y la persistente jovialidad de su actitud, aun cuando el pobre diablo no podía dejar de tambalearse, denotaba una invencible energía. También había allí uno a quien llamaban Gambril. Era el único de la tripulación que tenía el pelo entrecano. Su rostro era austero. Pero si recuerdo los rostros de todos, enflaqueciendo de modo trágico ante mis ojos, la mayor parte de sus nombres se han borrado de mi memoria.

Las palabras que cambiábamos eran escasas y pueriles, si se considera la situación. Yo tenía que hacer un esfuerzo para mirarlos a la cara. Esperaba siempre encontrar miradas cargadas de reproches. Sin embargo, no era así. La expresión de sufrimiento de sus ojos era, en verdad, bastante difícil de resistir. Pero ellos no podían hacer nada para evitarla. Por lo demás, me pregunto si era el temple de sus almas o la cordialidad de su imaginación lo que los hacía tan admirables, tan dignos de mi eterno respeto.

En cuanto a mí, ni mi alma estaba templada ni lo bastante sofrenada mi imaginación. Había momentos en que no sólo me figuraba que iba a volverme loco, sino que me parecía que ya lo estaba, hasta el punto de no atreverme a entreabrir los labios por temor a que un grito insensato me traicionase. Por fortuna, sólo tenía que dar órdenes, y una orden ejerce sobre el que la da una influencia reconfortante. Además, el marino, el oficial de cuarto, continuaba en mí suficientemente indemne. Era como un carpintero loco que confeccionara una caja. Ni aun creyéndose rey de Jerusalén dejaría de hacer una caja razonable. Lo que yo temía era que se me escapase, a mi pesar, un grito agudo que fuese a romper mi equilibrio.

Felizmente, no era necesario alzar la voz. La calma asfixiante que nos rodeaba parecía tan sensible al menor ruido como un resonador. Una palabra pronunciada en el tono normal de la conversación casi hubiera podido oírse de un lado a otro del navío. Lo más terrible es que la única voz que oía era la mía, especialmente de noche, repercutía, extrañamente solitaria, contra la superficie plana de las velas inmóviles.

Mr. Burns, que continuaba en el lecho con la misma expresión de misteriosa firmeza, se quejaba de un sinfín de cosas. Nuestras entrevistas no duraban más de cinco minutos, pero eran bastante frecuentes. A menudo descendía yo en busca de fuego, a pesar de que apenas fumaba en aquella época. Mi pipa se apagaba de continuo; no era lo bastante dueño de mis pensamientos para poder fumar tranquilamente. Por otra parte, nada me habría impedido, la mayor parte del tiempo, encender una cerilla en cubierta, y aun tenerla encendida hasta que la llama me quemase los dedos; pero había adquirido la costumbre de bajar; era un cambio, la única tregua, en medio de aquel apremio constante, y, como es natural, Mr. Burns me veía pasar por delante de su puerta, siempre abierta.

Con las rodillas bajo la barbilla y fija la mirada de sus ojos verdosos, ofrecía un aspecto extraño, y bien poco atractivo para mí, que conocía la absurda idea que lo obsesionaba. No obstante, me era preciso dirigirle la palabra, habiéndole oído quejarse un día del silencio que reinaba a bordo.

Decía que permanecía tendido durante horas sin oír el menor ruido, hasta no saber qué hacer consigo mismo.

—Cuando Ransome está en la proa, en su cocina, todo está tan tranquilo que se creería que no queda nadie vivo a bordo —gruñó—. La única voz que oigo a veces es la suya, capitán, y esto no basta para distraerme.

¿Qué les pasa a los hombres? ¿No hay uno solo que pueda cantar mientras hace la maniobra?

—Ni uno solo, Mr. Burns —repuse—. Nadie a bordo puede desperdiciar su aliento en cantar. ¿Se ha dado usted cuenta de que a veces no puedo reunir más de tres hombres para la maniobra?

—¿No se ha muerto nadie todavía, capitán? —me preguntó apresuradamente, con tono medroso.

—No.

—Es preciso que no suceda —declaró enérgicamente Mr. Burns—. No hay que dejarle que se salga con la suya. Si llega a vencer a uno, todos los demás están perdidos.

Aquellas palabras me irritaron. Hasta creo que, en mi turbación, llegué a blasfemar, pues atacaban lo que aún me quedaba de sangre fría.

Durante la interminable vigilia sostenida frente al enemigo, imágenes horribles me habían obsesionado. Había entrevisto un navío flotando a la deriva sobre aguas tranquilas, balanceado por una ligera brisa, con toda su tripulación agonizando lentamente sobre cubierta. Cosas semejantes, y aun peores, han sucedido.

Mr. Burns acogió mi explosión de cólera con un misterioso silencio.

—Vamos a ver —apunté yo—; usted mismo no cree en lo que dice. Es imposible. No es eso lo que tengo derecho a esperar de usted. Mi situación ya es lo bastante difícil, para que encima venga usted a abrumarme con sus ideas absurdas.

El segundo permanecía inmóvil, y su rostro se hallaba iluminado de tal modo que tuve vagamente la impresión de que había sonreído.

—Escuche —proseguí, cambiando de tono—. Nuestra situación se hace tan desesperada, que desde hace un momento estoy pensando si, ya que no podemos dirigirnos al sur, no convendría tratar de volver la proa hacia el oeste y alcanzar la ruta del vapor correo. En todo caso, encontraríamos quinina en él. ¿Qué le parece a usted?

—¡No, no, no! —exclamó—. ¡No haga usted eso, capitán! Es preciso no dejar de hacer frente ni un solo minuto a ese viejo bandido. Si hace usted lo que dice, estamos perdidos.

Lo dejé. Era verdaderamente intolerable. Parecía un poseído. De todos modos, su protesta era perfectamente razonable. En realidad, mi idea de dirigirnos hacia el oeste para correr el albur de encontrar un vapor problemático, no resistía el examen. Allí donde estábamos, aún teníamos bastante viento, al menos de vez en cuando, para tratar de avanzar hacia el sur, o cuando menos bastante para mantener nuestra esperanza. Pero ¿y si, aprovechando esos saltos caprichosos del viento para navegar hacia el oeste fuéramos a parar a una región en la que, durante días enteros, no soplara la menor gota de brisa? ¿Qué sucedería? Mi espantosa visión de un navío a la deriva con una tripulación de cadáveres se convertiría, tal vez, en una realidad, que semanas más tarde descubriría, empavorecida, la tripulación de otro barco.

Aquella tarde me llevó Ransome una taza de té y, mientras esperaba, con la bandeja en la mano, me dijo, con tono de simpatía:

—Resiste usted bien, capitán.

—Sí —le dije—. Me parece que usted y yo hemos sido olvidados.

—¿Olvidados?

—Sí, olvidados por esa fiebre diabólica que se ha instalado a bordo.

Ransome me dirigió una de sus cordiales e inteligentes miradas, y se alejó con su bandeja. Entonces advertí que me había expresado a la manera de Mr. Burns, y eso me disgustó. Sin embargo, muchas veces, en los momentos más sombríos, me inclinaba a adoptar frente a aquellas dificultades la misma actitud que habría tomado de tener que enfrentarme con un enemigo vivo.

Sí. Aquella fiebre del demonio no había puesto aún su garra sobre Ransome ni sobre mí. Pero ello podía suceder de un momento a otro, y ése era uno de esos pensamientos que era preciso combatir, alejar de uno a toda costa. La idea de que Ransome, el mayordomo del barco, fuese abatido por la enfermedad, resultaba intolerable. ¿Y qué sería del barco si yo mismo lo fuese, hallándose aún Mr. Burns demasiado débil para ponerse de pie sin apoyarse en su litera y encontrándose el segundo oficial reducido a un estado de permanente imbecilidad? Imposible de imaginar; o, por mejor decir, demasiado fácil de adivinar.

Me hallaba solo en el puente. Como no había ruta que vigilar, había mandado al hombre del timón que se sentase o tendiese en cualquier sitio a la sombra. La resistencia de los hombres era tan escasa que se hacía preciso ahorrarles la menor tarea inútil. El hombre que estaba al timón era el austero Gambril, el de la barba canosa. Se había alejado sin discutir, pero los accesos de fiebre habían debilitado de tal modo al pobre diablo que para bajar por la escalera tuvo que volverse y agarrarse a la barandilla. Partía el corazón ver aquello. Y Gambril no estaba mejor ni peor que la media docena de infortunados que había logrado reunir en cubierta.

Era una tarde terriblemente quieta. Hacía varios días que venían apareciendo a lo lejos unas nubes bajas, masas blancas de bordes sombríos que se hubiesen dicho colocadas sobre el agua inmóvil, casi sólidas en apariencia, y no obstante cambiando sin cesar de forma. En general, desaparecían hacia el anochecer, pero aquel día esperaron la puesta del sol, que se inflamó y rutiló en medio de ellas antes de hundirse en el horizonte.

Puntuales y fastidiosas, reaparecieron las estrellas encima de nuestros mástiles, si bien la atmósfera continuaba estancada y abrumadora.

El infalible Ransome encendió las lámparas de la bitácora y se inclinó hacia mí como una sombra.

—¿Quiere usted bajar y tratar de comer alguna cosa, capitán? —me sugirió.

Su voz queda me sobresaltó. Había permanecido de pie, mirando por encima de la batayola, sin sentir nada, ni siquiera el cansancio de mis miembros, agobiado por aquel maldito encantamiento.

—Ransome —le pregunté bruscamente—, ¿cuánto tiempo he permanecido sobre el puente? Pierdo la noción del tiempo.

—Catorce días, capitán. El lunes último hizo quince días que salimos del fondeadero. —Su voz parecía velada por cierta tristeza. Se interrumpió por un instante, y luego agregó—: Se diría que por primera vez vamos a tener lluvia. Observé entonces la gran sombra que ocultaba en el horizonte las estrellas más bajas, en tanto que, al levantar la cabeza, me pareció verlas brillar sobre nosotros a través de un velo de humo.

Cómo había llegado aquel velo y cómo se había extendido a tal altura, no habría podido decirlo. Tenía un aspecto amenazador. No había ni un soplo de aire. A una nueva invitación de Ransome, bajé a la cámara para «tratar de comer alguna cosa», como él decía. No creo que el ensayo tuviese mucho éxito. Supongo que durante ese período de mi vida me alimenté como de costumbre, pero el recuerdo que guardo es de que, durante aquellos días, mi vida sólo se sostuvo gracias a una invencible angustia, infernal, estimulante, que me excitaba y consumía al mismo tiempo.

Es ése el único período de mi vida durante el cual intenté llevar un diario. Es decir, no el único. Algunos años más tarde, hallándome en especiales condiciones de aislamiento moral, anoté sobre el papel los pensamientos y acontecimientos de una veintena de días. Pero esa vez fue la primera. No recuerdo cómo sucedió aquello ni cómo me cayeron el cuaderno y el lápiz bajo la mano, pues se me antoja inconcebible la posibilidad de que los buscara expresamente. Supongo, de todos modos, que me ahorraron el absurdo de hablar a solas en voz alta.

Cosa bastante extraña: las dos veces lo hice en circunstancias de las que «no pensaba salir adelante», como suele decirse. Por otra parte, no podía esperar que este testimonio mío me sobreviviese, lo que prueba que era una simple necesidad de desahogarme, y que no obedecía a las solicitaciones del egotismo.

Transcribiré aquí algunas líneas de este cuaderno, que hoy me parecen casi irreales y que extraigo de las páginas que emborroné aquella misma tarde.

Diríase que se produce en el cielo una especie de descomposición, de corrupción del aire, que continúa tan inmóvil como de costumbre. Después de todo, son simples nubes, que pueden traer o no lluvia o viento. Es extraño que esto me desasosiegue tanto. Me siento como si hubiesen descubierto todos mis pecados; pero supongo que esta desazón se debe a que el barco continúa inmóvil, sin mando, y a que no tengo nada que impida a mi imaginación el extraviarse entre las imágenes desastrosas de las peores eventualidades que pueden caer sobre nosotros. ¿Qué sucederá?

Probablemente, nada. Aunque también puede suceder algo. Quizás una furiosa borrasca, para hacer frente a la cual sólo tengo cinco hombres, que en punto a vitalidad y fuerza apenas si valen ya por dos. Es muy posible que perdamos todas nuestras velas, que hemos mantenido desplegadas desde que salimos de la desembocadura del Meinam, hace quince días... o quince siglos. Me parece como si toda mi vida anterior a este día memorable estuviese ya infinitamente lejana de una juventud despreocupada, como si ésta quedase al otro lado de una sombra. Sí, es muy posible que perdamos las velas; lo que vendría a equivaler a una sentencia de muerte para la tripulación, pues no hay suficiente fuerza a bordo para reemplazarlas. Sí, por increíble que esto pueda parecer, hasta es muy posible que seamos desarbolados. Esto ocurre muchas veces por no poder maniobrar con la rapidez necesaria, y la verdad es que ya no nos quedan fuerzas para bracear las vergas como es debido. Es como verse atado de pies y manos antes de que le corten a uno el cuello.

Y lo que más me espanta es la sola idea de subir al puente para ordenar la maniobra. Es mi deber con respecto al barco, con respecto a los hombres que quedan sobre cubierta, algunos de ellos dispuestos a dar lo que les resta de fuerzas a una palabra mía. Y he aquí que la sola idea de ello me hace temblar. Y todo por una simple visión. ¡Mi primer mando! Ahora comprendo ese extraño sentimiento de inseguridad que sentía antaño.

Siempre sospeché que, llegado el caso, podría no estar a la altura de las circunstancias. Y he aquí la prueba positiva. Estoy a la altura de las circunstancias.

En ese instante o, tal vez, un instante después, me di cuenta de que Ransome había entrado en la cámara. Algo que vi en su expresión, y cuyo sentido no lograba adivinar, me sorprendió.

—¿Ha muerto alguien? —exclamé. Ransome pareció sorprenderse.

—¿Muerto? No, que yo sepa, capitán. Hace diez minutos estuve en el castillo de popa y no había allí ningún muerto.

Su voz era extraordinariamente dulce. Me explicó que había bajado para cerrar el ventanillo del camarote de Mr. Burns, en previsión de que lloviese, y agregó que ignoraba que estuviese yo en la cámara.

—¿Qué tiempo hace fuera? —pregunté.

—Está muy cerrado, capitán; seguramente se prepara algo.

—¿Hacia qué lado?

—Por todos lados, capitán.

Con los codos puestos sobre la mesa, repetí:

—Por todos lados. Sí, seguramente. Ransome se demoraba en la cámara, como si tuviese algo que hacer en ella y vacilase.

—¿Cree usted que yo debería estar en el puente? —inquirí de pronto.

De inmediato me contestó, aunque sin modificar en absoluto su tono habitual:

—Sí, capitán.

Me levanté de un salto, y Ransome se hizo a un lado para dejarme pasar. Al cruzar el pasillo, oí la voz de Mr. Burns, que decía: «Mayordomo, ¿quiere cerrar la puerta de mi cuarto?», y a Ransome que le respondía con cierta sorpresa: «Desde luego, Mr. Burns. Pensé que una completa indiferencia había embotado todos mis sentimientos; pero, al encontrarme de nuevo sobre el puente, me sentí más hastiado que nunca. Las impenetrables tinieblas bloqueaban el navío de tan cerca, que parecía que con sólo tender la mano por encima de la borda se tocaría una sustancia sobrenatural. Había en ellas un no sé qué de terror inconcebible y de indecible misterio. Las pocas estrellas que brillaban sobre nuestras cabezas sólo arrojaban sobre el navío una luz oscura, sin dejar sobre el agua ningún reflejo, como rayos aislados que atravesaran una atmósfera convertida en hollín. Era algo que yo no había visto nunca hasta entonces, y que no permitía la menor conjetura respecto a la dirección en que podría producirse un cambio. Algo semejante a una amenaza que se cerrase en torno a nosotros.

El timón continuaba solo; una inmovilidad absoluta reinaba en todas partes. Si el aire se había ennegrecido, el mar parecía haberse vuelto sólido.

Era inútil mirar a uno u otro lado, esperar una señal, tratar de prever la proximidad del momento. Cuando éste llegara, las tinieblas absorberían silenciosamente la débil claridad que caía de las estrellas sobre el navío, y sobrevendría el fin de todo, sin un suspiro, sin un movimiento, sin un murmullo, y nuestro corazón se detendría como un reloj al que se le termina la cuerda.

Era inútil el tratar de combatir esa sensación de algo definitivo. La calma que había caído sobre mí tenía como un anticipado sabor de destrucción, y hasta en cierto modo me reconfortaba, como si, súbitamente, mi alma se hubiese reconciliado con la idea de una eterna y ciega inmovilidad.

Sólo el instinto del marino sobrevivía íntegro en medio de mi disolución moral. Bajé por la escala y me dirigí hacia el castillo de popa. Antes de llegar allí, me pareció que las estrellas se apagaban, pero cuando pregunté con tono tranquilo: «¿Estáis ahí?», vi surgir en torno a mí unas sombras oscuras, muy confusas, y una voz me contestó:

—Aquí estamos todos, capitán. Y otro agregó ansiosamente:

—Todos los que servimos para algo, capitán. Aquellas dos voces eran tranquilas y apagadas; a decir verdad, no había en ellas ni exaltación ni desaliento. Eran voces perfectamente naturales.

—Es necesario que probemos a ceñir la vela mayor —señalé.

Las sombras se alejaron de mí en silencio. Aquellos hombres no eran ya sino los fantasmas de sí mismos y su peso sobre una driza tal vez no fuese mayor que el de un grupo de fantasmas. En verdad, si jamás fue ceñida vela alguna por efecto de una simple fuerza espiritual, ésta lo fue, pues, hablando con propiedad, no había bastantes músculos para ello en toda la tripulación, y menos aún en el mísero grupo que formábamos sobre cubierta. Naturalmente, yo mismo me encargué de dirigir el trabajo. Los hombres se arrastraban tras de mí de jarcia en jarcia, tambaleándose y jadeando. Hacían esfuerzos titánicos. Pasamos allí por lo menos una hora, y durante todo ese tiempo no nos llegó un solo ruido de aquel universo tenebroso que nos rodeaba. Cuando hubimos amarrado el último apagapenol, mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, distinguieron formas de hombres extenuados apoyándose en la batayola o derrumbándose sobre los cuarteles de las escotillas. Uno de ellos, caído sobre el cabrestante de popa, jadeaba para recobrar el aliento. Y yo, de pie entre ellos, era como una torre poderosa, inaccesible al mal y sintiendo tan sólo el mal de mi propia alma. Esperé un momento, luchando contra el peso de mis culpas, contra el sentimiento de mi propia dignidad, y les dije:

—Ahora, amigos míos, vamos a popa para escuadrear con la mayor rapidez posible la verga mayor. Esto es casi lo único que podemos hacer por el barco; y allá él por lo demás.

6

Mientras subíamos, pensé que era preciso que un hombre permaneciese en el timón. Apenas si había murmurado esta orden cuando, sin hacer el menor ruido, apareció bajo la luz de popa un espíritu resignado en un cuerpo devastado por la fiebre: un rostro de ojos hundidos resaltando sobre las tinieblas en que nuestro mundo y el universo todo estaban sumergidos. El antebrazo que se extendía sobre los radios superiores de la rueda parecía brillar con una luz emanada de su interior. En un murmullo, dije a aquella luminosa aparición:

—Mantenga el timón derecho.

Con un acento de resignación dolorosa, respondió:

—Derecho está, capitán.

Enseguida, descendí al castillo de popa. Era imposible decir de dónde vendría el golpe. Mirar en torno del navío era mirar en un abismo negro y sin fondo. Los ojos se perdían en abismos inconcebibles.

Quise cerciorarme de que habían reunido todos los cabos en cubierta.

La única manera de averiguarlo era tanteando con el pie. Al avanzar prudentemente, tropecé con alguien, en quien reconocí de inmediato a Ransome. Aún tenía una solidez física, que se me reveló al contacto. Estaba apoyado en el cabrestante de popa, y permaneció silencioso. Fue como una revelación. Era él aquella silueta caída y jadeante que había distinguido antes mientras dirigía la maniobra.

—¡Pero ha ayudado usted a ceñir la vela mayor! —exclamé en voz baja.

—Sí, capitán —respondió con tranquilidad.

—¡Pero Ransome! ¿En qué estaba usted pensando? No debe hacer esas cosas.

Después de una pausa, asintió.

—En efecto, supongo que no debería.

—Después de una nueva pausa, agregó rápidamente, con su jadear revelador—: Ahora me siento perfectamente.

Yo no oía ni veía a nadie más que a él; pero, cuando alcé la voz, tristes murmullos se levantaron para contestarme desde popa, y me pareció como si unas sombras oscilasen de un lado a otro. Ordené soltar todas las drizas y tenerlas a punto para la maniobra.

—Yo me ocuparé de ello, capitán —propuso Ransome con su dulce voz habitual, voz que consolaba a la vez que despertaba la compasión.

Aquel hombre habría debido hallarse en su lecho, descansando, y mi verdadero deber debería haber sido enviarlo a él. Pero tal vez no me hubiese obedecido. Como no tenía la firmeza de ánimo necesaria para obligarlo, me contenté con decirle: —Muy bien, Ransome, pero no se agite demasiado.

Al volver a popa, me encontré con Gambril. Bajo la luz, su rostro, surcado de sombras, tenía un aspecto siniestro, al fin reducido al silencio.

Le pregunté cómo se sentía, esperando apenas una respuesta, de modo que su relativa locuacidad me sorprendió:

—Estos ataques de fiebre me dejan hecho una piltrafa, capitán —me dijo, sin dejar esa expresión de indiferencia general hacia todo lo que no fuera su trabajo que debe tener siempre un timonel—. Y antes de que haya podido recuperar mis fuerzas, llega otro acceso, que me aniquila de nuevo.

Suspiró. En su acento no había la menor queja, pero sólo las palabras bastaban ya para hacerme sentir un remordimiento horrible. Por un momento, quedé mudo. Al fin, cuando se disipó esa horrible sensación, le pregunté:

—¿Se siente usted con fuerzas para mantener el timón si el navío empieza a ir para atrás? Pero hay que tener cuidado de que no ocurra alguna avería en el timón. Ya, sin eso, es bastante difícil la situación.

Con tono que denotaba cansancio, me respondió que aún le quedaban bastantes fuerzas para agarrarse a la rueda. Podía asegurarme que el gobernalle no se le escaparía de las manos. Eso era cuanto tenía que decir.

En ese momento apareció Ransome a mi lado, surgiendo súbitamente de las tinieblas a la luz, con su rostro serio y su voz amable.

Me aseguró que, al menos a juzgar por el tacto, todos los cabos se hallaban sobre cubierta, listos para ser largados. Reinaba tal oscuridad que no se veía a dos pasos de distancia. Frenchy se había colocado a proa y aseguraba sentirse un tanto remozado.

Al decir esas palabras, una débil sonrisa alteró por un instante el puro y firme dibujo de los labios de Ransome. Con sus claros ojos grises, siempre graves, y su reposado temperamento, Ransome era realmente un hombre inestimable, con un alma tan firme como los músculos de su cuerpo.

Era el único hombre a bordo —exceptuándome a mí; pero yo necesitaba conservar la libertad de mis movimientos— con cuyo vigor físico se podía contar. Por un instante, me pregunté si no haría bien confiándole el timón, pero el terrible conocimiento del enemigo que llevaba en su cuerpo me hizo vacilar. Mi ignorancia de toda fisiología me hacía pensar que podría morirse súbitamente de emoción, en un momento crítico.

Mientras esa horrible aprensión refrenaba las palabras que ya tenía en la punta de la lengua, Ransome retrocedió dos pasos y desapareció de mi vista.

De inmediato, sentí cierta desazón, como si me hubiesen retirado un apoyo. Avancé y, saliendo del círculo de luz, entré en aquellas tinieblas que se erguían ante mí como un muro. Me bastó un paso para penetrar en ellas.

Tales debieron de ser las tinieblas anteriores a la creación. Tras cerrarse tras de mí, me supe invisible para el timonel. Tampoco yo veía nada. Él estaba solo, yo también, cada uno solo en su puesto. Toda forma se había borrado: arboladura, velas, aparejo, batayola, todo se había desvanecido en la horrible densidad de aquella noche absoluta.

La luz de un relámpago habría sido un alivio físico. Lo habría llamado con todas mis fuerzas de no haber sido por la aprensión terrible del trueno.

Era tan fuerte esta opresión del silencio, que se me antojaba que el primer trueno bastaría para reducirme a polvo.

Y el trueno era, probablemente, lo primero que llegaría. Entumecido de pies a cabeza, respirando apenas, esperaba con una inquietud horrible. No sucedía nada. Era para volverse loco. Pero un dolor sordo, que invadió la parte inferior de mi rostro, me hizo comprender que, sabe Dios desde hacía cuánto tiempo, estaban rechinando los dientes.

Es extraordinario que no hubiese oído el ruido, pero lo cierto es que los dientes me rechinaban. Haciendo un esfuerzo que absorbió todas mis facultades, logré inmovilizar la mandíbula. Aquello no exigía mayor atención, y mientras lo hacía me sorprendió un ruido extraño, unos golpes irregulares, que resonaban débilmente sobre el puente. Se— los oía tan pronto separadamente, como dobles, como en grupos. Mientras me asombraba de esa misteriosa diablura, algo cayó ligeramente bajo mi ojo izquierdo y sentí una gruesa lágrima rodar por mi mejilla. Gotas de lluvia.

Enormes gotas de lluvia. Signos anunciadores de algo que se avecinaba. Tap, tap, tap...

Me volví hacia Gambril y le supliqué encarecidamente que se «agarrase al timón, pero la emoción me impedía casi hablar. El momento fatal había llegado. Contuve la respiración. El gotear había cesado tan repentinamente como empezara, renovando así la intolerable espera; era como una nueva vuelta de tornillo en el suplicio de la rueda. No creo que hubiera podido perder el dominio de mí mismo hasta gritar, pero recuerdo con toda claridad haber tenido la convicción de que, realmente, ya no me quedaba otro recurso.

De repente —¿cómo expresarlo?— sí, de repente, las tinieblas se transformaron en agua. Ésta es la única imagen adecuada. Una lluvia densa, un aguacero torrencial, comenzó a caer estrepitosamente. Se lo oía aproximarse caminando sobre el mar, sobre el aire mismo, me parecía. Sin el menor murmullo ni crujido preliminar, sin la menor salpicadura, sin siquiera la sombra de un contacto, me sentí instantáneamente calado hasta los huesos. Cierto que eso no era muy difícil, pues sólo llevaba un pijama.

En un instante, el agua empapó mis cabellos, resbaló sobre mi piel, me llenó nariz, ojos y orejas. En menos de un segundo, tragué una buena cantidad.

En cuanto a Gambril, estaba casi sofocado. Tosía lamentablemente, con la tos quebrada de un enfermo, y sólo lo divisaba como se ve a un pez en un acuario, a la luz de una bombilla eléctrica: una silueta confusa y fosforescente. Con la diferencia de que Gambril no se movía. Pero aún pasó otra cosa: las dos lámparas de la bitácora se apagaron a la vez. Supongo que el agua lograría penetrar en el interior, aunque ello me parecía imposible, encajando como encajaban perfectamente en sus fanales.

El último rayo de luz del universo había desaparecido, seguido por una sorda exclamación de Gambril. A tientas me dirigí hacia él y lo cogí del brazo, un brazo espantosamente flaco.

—No se preocupe—le dije—. No necesita usted luz. Todo lo que se precisa es mantener el viento a popa cuando se levante. ¿Me comprende?

—Sí, sí, capitán... Pero preferiría tener alguna luz —agregó nerviosamente.

Durante todo ese tiempo él barco había permanecido inmóvil como una roca. El ruido del agua que goteaba de las velas y el aparejo, y fluía sobre la toldilla, había cesado bruscamente. Los imbornales de la toldilla continuaron todavía por un momento su gotear, y luego un silencio absoluto, unido a una completa inmovilidad, nos anunció que todavía no habíamos triunfado sobre el maleficio, que todavía estábamos al borde de una catástrofe que nos acechaba en las tinieblas.

Sin poder contenerme, avancé con paso febril. No necesitaba ver para recorrer con una seguridad absoluta la toldilla de mi primer mando, de mi nefasto primer mando. Cada pulgada de sus cubiertas se había grabado indeleblemente en mi cerebro, con el veteado y los nudos de cada una de sus tablas. Y, sin embargo, de pronto tropecé violentamente con algo que me hizo caer de bruces.

Se trataba de algo grueso y vivo. No era un perro, no; más bien parecía un cordero; pero a bordo no había animales. ¿Cómo había podido un animal...? Aquello aumentó el horror sobrenatural hasta un punto que ya no podía resistir. Sentí que mis cabellos se erizaban sobre mi cabeza, mientras me ponía de pie, terriblemente espantado; no como puede estarlo un hombre cuando su juicio y su razón procuran resistir todavía, sino completa, absolutamente espantado; espantado de un modo inocente, por así decirlo; espantado como un niño.

¡Por fin, pude distinguir aquella cosa! Las tinieblas, que acababan de convertirse, en gran parte, en agua, habían menguado un tanto. ¡Allí estaba!

Pero hasta el momento en que aquello hizo un esfuerzo para levantarse, no se me ocurrió que pudiera ser Mr. Burns saliendo, a gatas, de la toldilla, y aun entonces la primera imagen que se me ocurrió fue la de un oso.

Y como un oso gruñó cuando le eché los brazos en torno al cuerpo. Se había envuelto en un enorme abrigo de lana, cuyo peso abrumaba su debilidad. Apenas pude sentir a través de aquella gruesa tela su cuerpo increíblemente flaco, pero su gruñido tenía profundidad y sustancia.

«¡Maldito barco silencioso, con su tripulación de gallinas, que andan en puntillas! ¿Es que no podían pisar fuerte, como hacen los hombres? ¿No había entre todos un pícaro, uno solo, que fuese capaz de cantar durante la maniobra?» —¿A qué esconderse, capitán? —agregó luego, tomándola conmigo—. Es inútil pensar que nos vamos a librar de ese viejo bandido, y, en todo caso, no sería ése el modo de lograrlo. Hágale usted frente, como lo he hecho yo.

Lo que se necesita es audacia;. demuéstrele usted que se burla de todas sus endemoniadas jugarretas. Atáquelo francamente.

—¡Demonio, Mr. Burns! —exclamé, colérico—. ¿Por qué diablos ha salido usted de su litera? ¿Qué pretende usted subiendo a cubierta en ese estado?

—¡No hay otro remedio! ¡Audacia! Es la única manera de atemorizar a ese viejo canalla. Lo empujé, sin que dejase de gruñir, contra el parapeto.

—¡Agárrese ahí! —le grité con rudeza. Realmente, no sabía qué hacer. A toda prisa, me alejé de él, para correr hacia Gambril, que, con voz débil, me avisaba que creía sentir un poco de brisa. En efecto, percibí un débil crujir de tela mojada, muy por encima de mi cabeza, y el tintinear de una cadena suelta...

Eran unos ruidos extraños, alarmantes, turbadores, en el mortal silencio del aire que me rodeaba. Por mi espíritu pasaron todos los casos que había oído contar de palos mayores arrancados, cuando no soplaba ni el viento necesario para apagar una cerilla.

—No puedo ver las velas altas, capitán —declaró Gambril, estremeciéndose.

—Mantenga firme el timón, y todo irá bien —le dije, con tono de confianza.

El pobre diablo tenía los nervios agotados, y yo no me hallaba en mucho mejor estado. Fue un momento de tensión suprema, que se resolvió en la brusca sensación de que el barco avanzaba como por impulso propio bajo mis pies. Oí claramente el soplar del viento sobre mi cabeza y los sordos crujidos de la arboladura, mucho antes de sentir el menor soplo sobre mi rostro, vuelto hacia el cielo, ansioso y privado de toda vista, como los ojos de un ciego.

De pronto, el sonido de una nota más fuerte llegó a nuestros oídos y las tinieblas se deshicieron en lluvia sobre nuestros cuerpos, helándonos.

Gambril y yo empezamos a temblar violentamente bajo nuestros delgados vestidos de algodón, que se nos pegaban al cuerpo.

—Todo va bien ahora, Gambril —señalé—. Lo único que tiene usted que hacer es conservar el viento en popa. Seguramente podrá usted hacerlo. Un niño lograría gobernar el barco con un mar tan tranquilo.

El hombre murmuró: —Sí, un niño sano.

No pude por menos de avergonzarme de no haber padecido también la fiebre que había destrozado el vigor de todos, salvo el mío, sin duda a fin de que mi remordimiento pudiera ser más amargo, más agudo el sentimiento de mi incapacidad y más pesada la responsabilidad que sobre mí gravitaba.

Sobre aquel mar tranquilo, el barco, casi inmediatamente, había adquirido buena marcha. Se lo sentía deslizarse, sin otro ruido que un misterioso rechinar a lo largo de la borda. Ninguna otra cosa —ni el más leve balanceo, ni el menor cabeceo—, revelaba el movimiento. Era una estabilidad desconsoladora que venía durando dieciocho días, pues ni un solo instante, durante aquel tiempo, tuvimos viento suficiente para ver ondular el mar. La brisa refrescó de repente, haciéndome pensar que ya era tiempo de hacer bajar a Mr. Burns, quien no podía servir de otra cosa que de estorbo. Sin contar que era lo bastante insensato para echar a andar de un lado a otro del barco, expuesto a romperse un miembro o a caer por la borda.

Me consoló el ver que había tenido la sensatez de permanecer en el lugar en que lo había dejado. Sin embargo, continuaba farfullando a solas, de forma poco tranquilizadora.

Era desconsolador. Con el tono más natural, hice esta observación:

—Desde que salimos de la rada no habíamos tenido una brisa como ésta.

—Y es un viento que muy bien puede durar —gruñó juicioso. Esta observación era la de un marino perfectamente sano de espíritu. Pero, inmediatamente, agregó—: Ya era tiempo de que subiese a cubierta. He tratado de recuperar mis fuerzas con este objeto..., sólo con este objeto, ¿sabe usted, capitán?

Respondí que sí y le sugerí que lo mejor que podía hacer ahora era bajar a descansar.

—¿Bajar? Ciertamente que no, capitán —replicó, con aire indignado.

Aquel hombre me estorbaba horriblemente. Sin contar que enseguida comenzó a discutir. Yo sentía, en la oscuridad, su agitación insensata.

—Usted no sabe cómo arreglar este asunto, capitán. ¡Y cómo habría de saberlo! ¿A qué todo este hablar en voz baja y este andar de puntillas? No irá usted a creerse que se puede librar de una bestia tan solapada y astuta como era aquel bandido. Usted nunca lo oyó hablar. Había para ponerle a uno los pelos de punta. ¡No, no!, no estaba loco. No estaba más loco que yo.

Era, francamente, malo; ésta es la verdad. Lo bastante perverso para atemorizar a casi todo el mundo. Le diré lo que era: en el fondo, era nada menos que un ladrón y un asesino. ¿Y cree usted que habrá cambiado ahora por estar muerto? ¡De ningún modo! Su cuerpo está ahora a cien brazas bajo el agua, pero él sigue siendo el mismo... A los 8° 20' de latitud norte.

Gruñó, con expresión de reto. Yo observaba con resignada laxitud que la brisa había disminuido ligeramente mientras él divagaba.

—Yo habría debido arrojar a aquel miserable por encima de la borda, como si fuese un perro —prosiguió Mr. Burns—. Solamente por consideración a los hombres... Cuando se piensa que fue preciso leer el oficio de difuntos para una bestia semejante... «Nuestro difunto hermano...» Movía a risa, y eso era, precisamente, lo que él no podía soportar. Creo que yo fui el único que nunca se atrevió a reírse de él en sus barbas. Cuando cayó enfermo, le entró un canguelo al tal... hermano... ¡Hermano! Tanto valdría llamar hermano a un tiburón.

La brisa había cesado tan repentinamente que las velas húmedas, a causa de la misma velocidad del barco, fueron a golpear pesadamente el mástil. De nuevo éramos víctimas de los maleficios de aquella inmovilidad mortal. Parecía como si no pudiera haber salvación posible.

—¿Qué? —exclamó Mr. Burns, con tono de alarma—. ¿Calma otra vez?

Me dirigí a él como si estuviese en plena posesión de su juicio.

—Ésta es la clase de tiempo que hemos tenido constantemente desde hace diecisiete días, Mr. Burns —le dije, con profunda amargura—. Un soplo insignificante de brisa, y enseguida una calma chicha; dentro de un momento verá usted girar el barco sobre su quilla y poner la proa hacia el diablo sabe dónde.

Al vuelo cogió Mr. Burns la palabra.

—¡Ese maldito viejo del diablo! —exclamó con voz aguda, y se echó a reír, con la risa más estruendosa que me fuera dado oír nunca. Era una risa provocativa, burlona, con una nota aguda de reto; una risa que ponía los pelos de punta. Al oírla, retrocedí estupefacto.

De inmediato oí murmullos de espanto en la cubierta, a popa.

Encima de nosotros, desde las tinieblas, una voz alarmada gritó:

—¿Quién se ha vuelto loco ahora?

¡Tal vez pensaban que era su capitán! Decir que se precipitaron no es lo más indicado para expresar el máximo apresuramiento de que eran capaces aquellos pobres diablos; pero, en un lapso de tiempo sorprendentemente corto, todos los de la tripulación que podían tenerse en pie se encontraron reunidos a popa.

—Es el segundo... —les grité—. Que dos de vosotros lo sujeten...

Yo esperaba que aquello terminaría con un simulacro de lucha, pero la risa burlona de Mr. Burns cesó bruscamente. Volviéndose hacia ellos furioso, les gritó:

—¡Ah, sois vosotros, perros! Habéis encontrado vuestras lenguas, ¿eh?

Yo creía que os habíais vuelto mudos. Pues bien, reíd, en ese caso, reíd, os digo. Vamos, todos juntos, a la vez... ¡Una, dos, tres: a reír!

Se hizo el silencio, un silencio tan profundo que se habría oído el ruido de un alfiler al caer sobre cubierta.

Luego, la voz imperturbable de Ransome murmuró con tono amable estas palabras: —Me parece, capitán, que ha perdido el conocimiento.

El grupo inmóvil que formaban los hombres se dispersó, con un sordo murmullo de alivio. —Yo lo he cogido por los brazos; que lo coja alguien por los pies.

Sí, era un alivio. Ya no se lo oiría más por un tiempo —por algún tiempo—. Realmente, no habría podido soportar un nuevo estallido de risa insensata. Sin embargo, ése fue el momento que escogió Gambril, el austero Gambril, para obsequiarnos con otra ejecución vocal. De pronto, comenzó a pedir ayuda. Se lo oía gemir lastimeramente en la oscuridad.

—¡Que venga alguien a popa! No tengo fuerzas. Va a echar a andar y no puedo...

Me precipité hacia él, azotado en el camino por una ráfaga de brisa, que el oído de Gambril había oído acercarse de lejos y que vino a hinchar las grandes velas con una sucesión de ruidos apagados, a los que se mezclaba la sorda quejumbre de las perchas. Llegué en el momento preciso para agarrar el timón, mientras Frenchy, que me había seguido, recibía en sus brazos a Gambril, desplomado. Arrastrándolo a un lado, fuera del paso, le aconsejó que permaneciese allí un buen rato, tranquilamente tendido; luego, adelantándose para sustituirme en el timón, me preguntó con calma:

—¿Qué ruta, capitán?

—Por ahora, derecho y viento en popa. Dentro de un instante le traeré una luz.

Pero, cuando me dirigía hacia proa, me encontré con Ransome, que traía la lámpara de recambio de la bitácora. Este hombre lo observaba todo, lo vigilaba todo y cada uno de sus movimientos llevaba un remedio en torno a él. Al pasar cerca de mí, observó, con tono consolador, que las estrellas reaparecían. Era verdad. La brisa barría aquel cielo color de hollín y rompía el silencio indolente del mar.

La barrera de horrible inmovilidad que venía aprisionándonos desde hacía tantos días, estaba rota al fin. Comprendiéndolo así, me dejé caer sobre el borde de la lumbrera. Una delgada y blanca línea de espuma, tenue, muy tenue, se quebró a lo largo de la borda. La primera desde hacía una eternidad, ¡una eternidad!, y de no haber sido por mi sentimiento de culpa, que se mezclaba secretamente a todos mis pensamientos, habría gritado de alegría.

Vi a Ransome de pie ante mí.

—¿Cómo va el segundo? —le pregunté con tono de ansiedad—. ¿Continúa sin sentido?

—Realmente, capitán, es curioso lo que le pasa—me dijo Ransome, que evidentemente estaba desconcertado—. No ha abierto la boca y tiene los ojos cerrados. Pero a mí me hace el efecto de un sueño profundo, y nada más.

Acepté esta manera de ver como la menos mala o, en todo caso, la menos molesta. Desvanecimiento profundo o profundo sueño, por el momento era preciso dejar a Mr. Burns abandonado a sí mismo. Ransome declaró de pronto: —Me parece que necesita usted un abrigo, capitán.

—Creo lo mismo —convine con un suspiro. Pero no me moví. Realmente, lo que necesitaba eran miembros nuevos. Mis brazos y mis piernas me parecían completamente inútiles, completamente inutilizables. Ya no me hacían daño. Me levanté, no obstante, para cubrirme con el abrigo que me trajo Ransome. Y cuando me propuso llevar a Gambril a proa, contesté: Bien. Voy a ayudarle a bajarlo al puente.

Me di cuenta de que estaba en perfecto estado de hacerlo. Entre ambos, levantamos a Gambril, que trató de comportarse valientemente, pero no por ello dejó de suplicarnos, una y "otra vez, con tono lastimero:

—¡No me dejéis caer al llegar a la escala! ¡No me dejéis caer al llegar a la escala!

La brisa —una verdadera brisa—, esta vez continuó soplando. Al levantarse el sol, logramos por medio de una cuidadosa maniobra del timón, y aprovechando el mar tranquilo, que las vergas de trinquete se escuadreasen por sí mismas; y ya sólo tuvimos que tirar de los cabos. De los cuatro hombres que había tenido conmigo durante la noche, sólo vi a dos. Al preguntar por los otros, me enteré de que habían cedido a la enfermedad.

Aunque sólo pasajeramente, me atreví a esperar.

Los diversos trabajos que debíamos efectuar a proa nos ocuparon durante varias horas; los hombres que me quedaban sólo podían moverse lentamente, deteniéndose con frecuencia para tomar aliento. Uno de ellos observó:

—Todo parece pesar a bordo cien veces más de su peso.

Ésa fue la única queja que oí. No sé lo que hubiéramos hecho sin Ransome. Compartió nuestro trabajo, silencioso también, con una sonrisa glacial en los labios.

De vez en cuando, le murmuraba yo: «Poco a poco, Ransome, no se apresure», y por toda respuesta me lanzaba una mirada rápida.

Cuando se hubo hecho cuanto se podía hacer para la seguridad del barco, desapareció en su cocina. Algún tiempo después, yendo a echar una mirada a proa y estando abierta la puerta de la cocina, lo vi sentado sobre el cofre, ante la hornilla, con la cabeza echada hacia atrás y apoyada contra el tabique. Tenía los ojos cerrados; sus manos —tan hábiles y solícitasmantenían abierta su delgada camisa de algodón, dejando patéticamente al desnudo su robusto torso, agitado por un jadear doloroso y difícil. No me oyó. Me retiré en silencio y regresé a la toldilla para relevar a Frenchy, que en aquel momento comenzaba a tener bastante mal aspecto. Me dio la ruta con mucha exactitud y se esforzó por alejarse con paso ligero, pero, antes de que desapareciera de mi vista, lo vi tambalearse por dos veces.

Me quedé, pues, solo en la popa, sosteniendo el timón de mi barco, que huía bajo el viento, cabeceando de vez en cuando con violencia, y hasta dando algún que otro bandazo. Casi de inmediato reapareció Ransome ante mí, trayendo una bandeja en la mano. La sola vista del alimento despertó mi voracidad. Ransome se hizo cargo del timón, mientras yo me sentaba sobre el cuartel de la escotilla para tomar mi desayuno.

—Esta brisa parece haber cambiado a nuestros hombres —dijo Ransome—. Los ha abatido a todos.

—Sí —repuse—. Me parece que usted y yo todavía somos los únicos que servimos para algo en el barco.

—Frenchy pretende estar todavía lleno de ánimo. No sé, pero lo dudo prosiguió Ransome, con su sonrisa pensativa—. Es un excelente muchacho.

Pero suponga usted, capitán, que este viento empieza a soplar en redondo cuando estemos cerca de tierra, ¿qué haríamos entonces?

—Si la brisa cambiase bruscamente al hallarnos cerca de tierra, o encallaremos o seremos desarbolados, o ambas cosas a la vez. No habría modo de evitarlo. Actualmente, el barco es el que nos lleva a nosotros, no nosotros a él, y todo lo que podemos hacer es mantener derecho el timón. Es un barco sin tripulación.

—Sí, todos han caído —convino Ransome tranquilamente—. De vez en cuando voy a proa a echarles un vistazo, pero nada más puedo hacer por ellos.

—Yo, el barco y todos los que van a bordo le debemos mucho a usted, Ransome —le dije calurosamente.

Hizo como si no hubiese oído nada y continuó gobernando en silencio hasta que estuve en situación de reemplazarlo. Me cedió el timón, recogió la bandeja y, como última noticia, me informó de que Mr. Burns había despertado y parecía querer subir a cubierta.

—No sé cómo impedírselo, capitán. En realidad, no puedo permanecer abajo todo el tiempo. Eso era realmente imposible, pero, justamente en aquel momento apareció Mr. Burns sobre cubierta, arrastrándose con pena hacia la popa, envuelto siempre en su enorme abrigo. No pude verlo sin sentir un terror muy comprensible. Oírle divagar sobre las astucias de un muerto cuando me era preciso llevar el timón de un barco arrastrado por un furioso impulso y tripulado por unos cuantos hombres agonizantes, era una perspectiva terrorífica.

Pero las primeras observaciones que hizo eran, tanto por su tono como por su contenido, perfectamente razonables. En apariencia, no conservaba el menor recuerdo de la escena de la noche anterior; y, si lo tenía, no dejó traslucir nada. Ni siquiera habló demasiado. Se sentó sobre la lumbrera, con aspecto de sentirse muy deprimido, pero aquella fuerte brisa que había abatido los últimos restos de mi tripulación, parecía insuflar en su cuerpo un vigor nuevo con cada soplo. Casi se podía seguir la mejoría con la mi rada. Para probar su estado, hice intencionadamente una alusión al difunto capitán, y me sorprendió comprobar que Mr. Burns no manifestaba mayor interés al respecto. Brevemente, con cierta verbosidad vindicativa, habló de las iniquidades de aquel viejo bandido, concluyendo, de modo inesperado:

—Me parece, capitán, que un año antes de su muerte había empezado ya a perder la cabeza. ¡Maravillosa curación! Difícilmente pude concederle toda la admiración que merecía, pues me era preciso gobernar, sin distraer mi atención ni por un instante. Comparada con la lentitud desesperante de los días precedentes, nuestra marcha era vertiginosa. Dos surcos de espuma brotaban bajo nuestra roda; el viento cantaba con un acento vibrante que en otras circunstancias habría sido para mí la expresión de toda la alegría de vivir. Cada vez que la vela mayor crujía como si fuese a desgarrarse sobre las jarcias, Mr. Burns me dirigía una mirada aprensiva. —¿Qué quiere usted que haga, Mr. Burns? No se puede arriarla. Casi deseo que el viento se la lleve. El horrible estruendo que hace me exaspera.

Mr. Burns se retorció las manos y gritó con brusquedad:

—¿Y cómo hará usted, capitán, para entrar en el puerto sin tripulación para la maniobra?

Me era imposible decírselo.

Pues bien, cuarenta horas después, poco más o menos, entramos, sin embargo, en el puerto. La virtud exorcizadora de la insensata risa de Mr.

Burns había vencido al maléfico espectro, roto el diabólico hechizo y apartado la maldición. Por lo pronto, ya nos encontrábamos entre las manos de una providencia benévola y enérgica que nos impulsaba hacia delante...

Nunca olvidaré la última noche, oscura, ventosa y estrellada. Yo llevaba el timón. Mr. Burns, después de haberme hecho prometer que lo despertaría si sucedía algo, se había dormido rápidamente sobre cubierta, cerca de la bitácora. Los convalecientes necesitan el sueño. Ransome, apoyado contra el mástil de mesana, con una manta sobre las piernas, permanecía inmóvil, pero creo que no cerró los ojos ni por un instante.

Frenchy, aquella encarnación de la jovialidad, dominado todavía por la ilusión de sentirse remozado, había insistido en acompañarnos, pero, respetuoso de la disciplina, se había tendido al extremo de la toldilla, lo más lejos posible, junto al armero para los baldes.

Mientras tanto, yo llevaba el timón, demasiado cansado para sentirme inquieto, demasiado cansado para ordenar mis ideas. Tenía momentos de huraña exaltación, y un momento después me desfallecía el corazón al pensar que el dormitorio de la tripulación, al otro extremo de aquella cubierta sumergida en la oscuridad, estaba lleno de hombres agarrotados por la fiebre, agonizantes algunos de ellos. ¡Por culpa mía! Pero ¿para qué pensar en ello? El remordimiento podía esperar. Por el momento tenía que llevar el timón.

En las primeras horas del día disminuyó la brisa, y poco más tarde cesó por completo. A eso de las cinco, sin embargo, volvió a levantarse, con la suficiente energía para poder entrar en rada. La aurora encontró a Mr.

Burns sentado en el cuartel de la escotilla de popa, metido entre roscas de cabos y aferrando el timón con sus manos lívidas y descarnadas, que surgían de las profundidades de su abrigo. Entretanto, Ransome y yo corríamos a lo largo de la cubierta, largando al pasar todas las escotas y drizas. Al instante nos precipitamos hacia el castillo de proa. Nuestros esfuerzos y el enervamiento que sentíamos al esforzarnos para echar las anclas hacían que el sudor bañase nuestras frentes. Yo no me atrevía a mirar a Ransome mientras penábamos el uno junto al otro. Sólo cambiábamos palabras entrecortadas; oyéndolo jadear a mi lado, evitaba volver los ojos en su dirección, por temor a verlo caer y expirar en su supremo esfuerzo... ¿Por qué? Seguramente por un ideal consciente.

El consumado marino que había en él se había despertado. No necesitaba instrucciones; de sobra sabía lo que era preciso hacer. Cada uno de sus esfuerzos, cada uno de sus movimientos, era un acto de verdadero heroísmo. No era yo quien debía mirar a un hombre así inspirado. Al fin, cuando todo estuvo listo, le oí decirme:

—¿No le parece que haría bien bajando ahora a abrir las candalizas, capitán?

—Perfectamente —dije. Y ni aun entonces miré en su dirección. Al cabo de un momento, subió su voz desde la cubierta.

—Cuando usted quiera, capitán; el cabrestante está listo.

Hice una señal a Mr. Burns de que inmovilizase el timón y dejé caer las dos anclas, una tras otra, dando al barco toda la cadena que se le antojó. Fue preciso soltar casi toda la cadena de ambas, mientras las velas desplegadas colgaban, súbitamente fláccidas, dejando de hacer aquel ruido que tanto me atormentara. Un silencio absoluto reinó en el barco, y mientras yo permanecía de pie a proa, ligeramente aturdido en medio de aquella súbita calma, llegaron a mis oídos una o dos débiles quejumbres y los murmullos incoherentes de los enfermos reunidos en el castillo de proa.

Como habíamos izado en el palo de mesana una bandera para indicar que necesitábamos asistencia sanitaria, antes de que el barco hubiese quedado completamente inmóvil fuimos abordados por tres chalupas de vapor, de los varios navíos de guerra surtas en la rada, y nada menos que cinco cirujanos de la marina subieron a bordo. Los vi formar un grupo y recorrer con la mirada la cubierta, absolutamente desierta, y luego mirar hacia lo alto, sin descubrir a ningún tripulante.

Solo, sin que nadie me acompañara, avancé hacia ellos, vestido con un pijama de rayas azules y grises, y cubierto con un salacote. Su contrariedad fue grande. Esperaban encontrar allí empleo para sus conocimientos quirúrgicos y todos habían traído su estuche de cirugía, pero no tardaron en dominar su ligera decepción. En menos de cinco minutos una de las canoas se dirigió a tierra para pedir una chalupa grande y enfermeros para el transporte de mi tripulación. Una gran pinaza de vapor los llevó de nuevo a bordo de su navío y regresó trayendo marinos ingleses para arriar mis velas.

Uno de los cirujanos había permanecido a bordo. Después de visitar el castillo de proa, volvió de nuevo hacia mí, con aire impenetrable.

Observando mi mirada interrogadora, me dijo bruscamente:

—No hay allí ningún muerto, si es eso lo que desea usted saber. Luego, con acento de asombro, agregó—: ¡Toda la tripulación...!

—¿Están muy enfermos?

—Muy enfermos —repitió mientras sus ojos recorrían todo el navío—.

¡Cielos! ¿Qué es aquello?

—Eso —le dije yo, mirando hacia atrás—, es Mr. Burns, mi segundo.

Mr. Burns, con su rostro de moribundo inclinado sobre su largo cuello, era en verdad un espectáculo bastante sorprendente. El cirujano preguntó:

—¿También él va al hospital?

—¡Oh!, no —respondí con una sonrisa—. Mr. Burns no puede ir a tierra sin llevarse consigo el palo mayor. Estoy muy orgulloso de él; es mi único convaleciente.

—Tiene usted un aspecto... —comentó el doctor, mirándome fijamente; pero, antes de que pudiera terminar su frase, lo interrumpí, colérico.

—Yo no estoy enfermo.

—No... Pues tiene un aspecto extraño.

—¡Claro! ¿Sabe usted que he permanecido diecisiete días sobre cubierta?

—¡Diecisiete días! Pero habrá usted dormido.

—Supongo que sí, pero no lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que hace cuarenta horas, que no duermo.

—¡Caramba! Supongo que ahora irá usted a tierra.

—Tan pronto como pueda. Tengo que hacer allí infinidad de cosas.

El cirujano soltó mi muñeca, que había tomado mientras hablábamos, sacó un cuadernillo, escribió en él algo muy deprisa, arrancó la hoja y me la tendió.

—Seriamente le aconsejo que mande preparar en tierra esta fórmula.

Es para usted. Si no me equivoco, esta misma noche la necesitará.

—¿Qué es? —pregunté con desconfianza. —Un narcótico —respondió ásperamente el cirujano, y dirigiéndose con interés hacia Mr. Burns, entabló conversación con él.

Cuando descendí, a fin de vestirme para ir a tierra, me siguió Ransome. Comenzó por excusarse: también él deseaba ir a tierra, y me pidió que le arreglase su cuenta. Lo miré, sorprendido. Ransome esperaba ansiosamente mi respuesta.

—Pero ¿es que tiene usted la intención de dejar el barco? —exclamé.

—A decir verdad, sí, capitán. Quiero quedarme en tierra y vivir tranquilo en cualquier parte. No importa dónde. En el hospital, si es necesario.

—Pero, Ransome —le dije yo—, para mí es muy penosa la idea de separarme de usted. —No tengo más remedio que irme—exclamó. Jadeaba, y su rostro tomó una expresión huraña y resuelta. Por un instante se convirtió en otro hombre. A través de todos sus méritos y de su afabilidad, entreví la realidad de las cosas. La vida, aquella vida ruda y precaria, le parecía un don precioso y se hallaba terriblemente alarmado por su salud.

—Si usted lo desea, le daré su cuenta, como es natural —me apresuré a decirle—. Lo único que le ruego es que se quede a bordo hasta esta tarde. No puedo dejar a Mr. Burns durante tantas horas completamente solo en el barco. Ransome se ablandó enseguida y me aseguró, con su sonrisa y su afable entonación de costumbre, que comprendía perfectamente mi deseo.

Cuando volví a subir al puente, todo estaba ya listo para el transporte de la tripulación. Ésa fue la última prueba de aquel episodio, que había madurado y templado mi carácter, aunque yo no me diera cuenta de ello por aquel entonces. Fue horrible. Los vi pasar uno tras otro, y cada uno de ellos parecía encarnar el más amargo reproche, hasta que sentí despertar en mí un vago sentimiento de rebelión. El pobre Frenchy se había dejado dominar de pronto por el mal. Lo pasaron ante mí, insensible, con el rostro horriblemente rojo y como hinchado, en el estertor de la agonía. Cada vez se asemejaba más a un polichinela, a un polichinela espantosamente borracho.

En cambio, el austero Gambril se hallaba un poco mejor, al menos por el momento.

Insistió en que lo dejasen marchar por su pie hasta la borda, sostenido de cada lado, claro está. Pero en el momento de bajar a la chalupa un pánico súbito se apoderó de él, y comenzó a gemir lastimeramente:

—¡Capitán, impídales que me dejen caer! ¡Impídales usted que me dejen caer!

Con el tono más tranquilizador que pude encontrar, le grité:

—No tema nada, Gambril; no lo dejarán caer, se lo aseguro.

Aquello, sin duda, era ridículo. Los marinos de la Armada que se hallaban sobre cubierta no disimulaban la risa, en tanto que el mismo Ransome, que ayudaba en primera línea al desembarco, acentuaba su pensativa sonrisa.

Me embarqué en la pinaza de vapor para ir a tierra y, al volverme para mirar el barco, vi a Mr. Burns, de pie junto al cairel de coronamiento, envuelto todavía en su enorme abrigo de lana. La resplandeciente luz del sol subrayaba su aspecto fantástico. Parecía un magnífico y terrible espantajo que alguien hubiese colocado en la popa de un barco apestado, para ahuyentar de los cadáveres a las aves marinas.

Nuestra historia había dado ya la vuelta a la ciudad y todo el mundo se mostró amabilísimo en tierra. La Oficina del Puerto me dispensó del pago de derechos, y como precisamente se encontraba en el Hogar del Marino la tripulación de un barco naufragado, no encontré la menor dificultad para embarcar a los hombres que necesitaba. Pero cuando pregunté si podía ver por un momento al capitán Ellis, me contestaron, no sin cierta compasión por mi ignorancia, que nuestro vice—Neptuno había pedido el retiro y regresado a Europa unas tres semanas después de salir yo del puerto. Creo, pues, que mi nombramiento fue, dejando a un lado la rutina diaria, el último acto de su vida oficial.

Una vez en tierra, me sorprendí de los ademanes elásticos, de las miradas animadas, de la robusta vitalidad de las gentes que encontraba a mi paso. Todo ello me impresionó profundamente. Entre aquellas personas, como es natural, encontré al capitán Giles. En realidad, habría sido muy extraño que no lo hubiese encontrado. Un prolongado paseo por la parte comercial de la ciudad era el empleo regular que daba a cada una de sus mañanas cuando se hallaba en tierra.

Desde muy lejos, distinguí el brillo de la gruesa cadena de oro que le cruzaba el pecho. Todo él irradiaba benevolencia.

—¿Qué es lo que he oído decir? —preguntó, con una amplia sonrisa después de estrecharnos las manos—. ¿Veintiún días desde Bangkok?

—¿Eso es todo lo que le han contado? —pregunté a mi vez—. Véngase usted a almorzar conmigo; quiero que sepa exactamente el atolladero en que me metió usted.

Vaciló por un segundo.

—Está bien, vamos —dijo por fin, condescendiente.

Entramos en el hotel. Con gran sorpresa, descubrí que podía comer con excelente apetito. Luego, cuando hubieron levantado la mesa, relaté toda la historia al capitán Giles, desde mi posesión del mando y bajo todos sus aspectos profesionales y sentimentales. Él me escuchaba, fumando pacientemente el puro que yo le había ofrecido.

—Debe de sentirse usted terriblemente fatigado —declaró.

—No —contesté—. No estoy fatigado. Voy a decirle lo que siento, capitán Giles. Me siento viejo. Y debo de estarlo. Todos ustedes, los que se hallan en tierra, me hacen el efecto de una partida de jóvenes calaveras que nunca han tenido la menor preocupación en el mundo.

El capitán Giles no sonrió. Su aspecto era insoportablemente ejemplar.

—Eso pasará —declaró—, pero es verdad que parece haber envejecido.

—Sí, ¿eh? —exclamé.

—Es decir... La verdad es que de nada, bueno ni malo, se debe hacer demasiado caso en esta vida. —La vida a media máquina —murmuré perversamente— no está al alcance de todo el mundo. —Todavía deberá considerarse usted feliz si se puede mantener a esa velocidad moderada replicó, con su aire virtuoso—. Y todavía hay más: es preciso que un hombre luche contra la mala suerte, contra sus errores, su conciencia y otras zarandajas por el estilo. Si no, ¿contra qué lucharía uno?

No respondí. No sé qué vio en mi rostro, pero, bruscamente, me preguntó:

—Y qué, ¿no se siente usted desanimado?

—Sólo Dios lo sabe, capitán Giles —contesté con la mayor sinceridad.

—En ese caso todo está bien—afirmó con tono sosegado—. Pronto aprenderá usted a no desanimarse. Un hombre tiene que aprenderlo todo, y esto es lo que tantos jóvenes no comprenden. —¡Oh!, yo ya no soy un joven.

—En efecto —concedió—. ¿Partirá usted pronto?

—Ahora mismo regresaré a bordo. Voy a levar una de las anclas y a virar la otra tan pronto como tenga mi nueva tripulación a bordo; y mañana por la mañana, a la salida del sol, habré aparejado.

—¿De veras? —gruñó el capitán Giles con tono de aprobación—. Eso es precisamente lo que debe hacer. Va usted por buen camino.

—¿Qué pensaba que iba a hacer? —le dije, irritado por su entonación—.

¿Tomarme una semana de descanso en tierra? No descansaré hasta que haya llevado mi barco al océano Índico, y aun entonces...

Con aire aburrido, aspiró algunas bocanadas de humo de su cigarro, y luego, como transformado súbitamente, dijo, con entonación soñadora:

—Sí, a eso se reduce todo. —Hubiérase dicho que un espeso velo se acababa de levantar, revelando a un inesperado capitán Giles. Pero eso sólo duró un instante, apenas el tiempo justo para que pudiese agregar—: No hay mucho descanso aquí abajo para nadie. Más vale no pensar en ello.

Nos levantamos, salimos del hotel y después de un caluroso apretón de manos nos separamos en la calle en el momento justo en que, por primera vez en nuestras relaciones, comenzaba a interesarme.

Lo primero que vi al regresar a bordo fue a Ransome, en la toldilla, tranquilamente sentado sobre su cofre, ya cuidadosamente atado.

Le hice señal de que me siguiese hasta la cámara, donde me senté para escribir una carta en la cual recomendaba a Ransome a uno de mis amigos de tierra.

Cuando la terminé, le tendí la carta y dije: —Podrá servirle, cuando salga del hospital.

Ransome cogió la carta y s e la guardó en el bolsillo. Sus ojos, sin mirar a ninguna parte, evitaban encontrarse con los míos.

—¿Cómo se siente ahora? —le pregunté. —No me siento demasiado mal en este momento, capitán —contestó algo envarado—. Pero temo lo que pueda venir...

Por un instante, vi reaparecer en su rostro aquella sonrisa pensativa.

—Le he tenido... le he tenido siempre un miedo horrible a mi corazón, capitán —añadió. Me aproximé a él con la mano extendida. Sus ojos, que no me miraban, tenían una expresión forzada: el aspecto de un hombre que acecha una señal de alarma.

—¿No quiere usted darme la mano, Ransome? —le pregunté amablemente.

Lanzando una exclamación y enrojeciendo hasta las orejas, me estrechó la mano con todas sus fuerzas. Un momento después, solo ya en la cámara, le oí subir uno a uno los peldaños de la toldilla, cautamente, con un temor mortal a provocar la ira súbita de nuestra común enemiga, que su destino adverso le había obligado a llevar conscientemente en su leal corazón.


Publicado el 18 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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