La mar de jaleo

Joan Carlos Vinent


cuento



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Pseudónimo: Tiresias

Hace años que tengo ganas de ver el jaleo en Ciutadella el día de San Juan, pero he encontrado demasiadas dificultades para ello, demasiada gente estaba dispuesta a apresarme. Por otro lado, he de dar gracias por no encontrarme en Asia, porque allí me habrían utilizado como medicina o de adorno, con lo cual estaría disecado. Ya sé que es una utopía eso de querer vivir en directo las fiestas de los caballos, pero si tenemos en cuenta las nuevas tecnologías, todo es posible. Desde mi lugar de residencia, uno de los últimos refugios del Mediterráneo, hago una llamada a la comunidad de submarinistas para que hagan caso a mi petición. Ver el jaleo, aunque sea por la tele, creo que no es mucho pedir en compensación a tantas sesiones fotográficas de las que he sido objeto. Tantos flashes y estallidos de luz no han sido buenos para mi salud y mi vida, antes tranquila. He de reconocer que conozco cada rincón de la isla de Menorca y, por supuesto, prefiero unas zonas a otras, porque encontrarme, me he encontrado de todo, desde aguas cristalinas y puras a la peor contaminación. Hoy día procuro mantenerme alejado de la gente, pero cuando llega el verano resulta difícil la intimidad y el sosiego al que suelo estar acostumbrado. En fin, me gusta saberme querido y admirado, pero no acosado, y es que ya quedamos pocos de mi especie. He tenido muchos hijos a lo largo de mi ajetreada vida, pero pocos han sobrevivido. Escribo esto con la tinta de un calamar que me encontré hace poco muerto en S’Arenal d’en Castell, el resto lo haré con tinta de pulpo; para ello tendré que enfrentarme a ese peligroso compañero de fatigas. Por otra parte, me gustaría deciros dónde resido actualmente, en qué rincón de mi isla, pero sería peligroso para mi seguridad. En cuanto a la tele, quisiera se siguieran una serie de pautas que aseguren mi supervivencia por lo menos para el poco tiempo que me queda. Aquí en el mar, de momento no sufrimos las consecuencias del mal de las vacas locas, aunque sí episodios bastante tristes. No es que sea miembro del GOB, pero sí me gustaría mandar un mensaje de alerta a los que surcáis estas aguas y a los que las admiráis desde el viento y la tierra seca; yo también soy menorquín y no me gusta que tiren basura en mi hogar. ¡Guarros! Cambiando de tema, en mis mejores momentos de ocio y sosiego me gusta escribir poesía y de vez en cuando he podido leer alguna novela y algún que otro libro, por lo que ya soy capaz de entender el italiano, el francés, el alemán, el portugués y por supuesto el inglés, además del castellano y el catalán, aunque prefiero el dialecto que se habla en mi isla, es más melódico y menos empalagoso, más suave y seseante. Y también he podido escuchar la radio y he sido testigo de crímenes y de romances. Parece que el hombre es ignorante de mis facultades y cree que nadie presencia sus fechorías ni entiende sus palabras. Entre mis hazañas he de relatar el hecho de haberle salvado la vida a más de un pescador que en días de temporal estuvieron a punto de ahogarse. Sin embargo, el número de turistas crece y uno no puede dedicarse a ser vigilante de la playa. La verdad es que ya no sé qué hacer para camuflarme; por mucho que cambie de color, uno nunca está del todo a salvo, por lo que paso largo tiempo escondido en esta gruta por la que el agua dulce lucha por salir a la superficie. De ahí la fuente de La Vall. No sé, creo que me estoy auto-delatando, pero ya que me quedan pocos meses de vida, no me importa desvelar mis secretos. Soy tataranieto de griegos, aunque generación tras generación mi especie se ha empequeñecido (y eso que en Oriente me utilizan contra la impotencia). Recuerdo las historias de mi tatarabuelo cuando hablaba del primero de la especie: llevaba en su lomo a sirenas, incluso Escila y Caribdis lo montaron. Lejos queda esa época que hoy se narra como mito o leyenda. Yo doy fe de la existencia de mi gran antepasado. Como prueba de ello, guardo este mechón de pelo de una de las sirenas, regalo de mi abuela, en paz descanse. Mi tatara-tatarabuelo era enorme, con una cola que llegaba a medir cuatro metros, era el más veloz entre los que vivimos en el mar y más inteligente que las imitaciones que tenemos en tierra firme. Y gozaban de larga vida. Este antepasado mío llegó a los 120 años; a mí apenas me quedan siete meses de vida y sólo existo desde hace cuatro cortos años y soy mucho más lento. Tardo 72 horas en recorrer una milla, por lo que para dar la vuelta a la isla he necesitado (porque he tenido que descansar por el camino y observar el entorno) casi dos años. Lo bueno es que tengo memoria fotográfica diacrónica. Tengo entendido, por otro lado, que los de mi especie hemos tenido diversas evoluciones; una vez vi un pariente mío de Australia. ¡Impresionante! Y me preguntaréis, ¿qué te parece el mar? El mar es bueno y maravilloso, pero también malo, traicionero, es el paraíso y el infierno acuático, la selva submarina llena de peligros e imprevistos. Yo sólo he podido conocer Menorca, aunque me hubiera gustado viajar un poco más. Lo triste es que el hombre se cree el centro del universo y se cree con el derecho de estropear nuestro ecosistema. ¿Qué harían ellos si tuvieran que moverse todo el día entre aguas llenas de alquitrán, plásticos y basura? Porque no tienen branquias, se creen que el mundo es suyo; cuando nosotros, el mundo marítimo, somos mayores que la superficie terrestre; aquí la vida es dura y no hay normas preestablecidas, pero no por ello nos merecemos vivir en la porquería, suficiente tenemos con el día a día y los peligros de nuestros enemigos marinos. Como para tener que aguantar la depredación humana, poco inteligente. Me gustaría hablar mejor de la situación del mar, pero aunque soy un privilegiado por ser menorquín, no creo que la situación haya mejorado, por muchos títulos de Reserva de la Biosfera que tengamos. Como caballo de mar que soy (no me gusta que me llamen caballito, a mis años), lo único que venero de tierra firme es el Jaleo, aunque no sé a qué viene tanto sudor y espumarajos por parte de los caballos montados por caixers; siempre pueden bañarse en mi casa, aunque a veces esté un poco sucia.

Un abrazo de un menorquín marino,
                                                      Hipocampo del Mar                                                   La Vall, marzo del 2001

P.D.: Dejando a parte la crítica ecologista con que os he ido aburriendo, me he dejado lo que yo llamo el plato fuerte para el final. Es creo lo más interesante de mi condición de caballo de mar. Soy y he sido, al igual que mis antepasados de los que he heredado su memoria (ya dije que tengo memoria fotográfica diacrónica -tengo almacenados acontecimientos e imágenes que yo no he podido vivir-) soy o mejor dicho guardo este gran tesoro, el de este mundo submarino de antiguos barcos naufragados o derribados a veces, y lo mejor de todo es que convivo con las almas de los ahogados bajo el Mediterráneo y por supuesto guardo en mi interior los mensajes de las botellas arrojadas al mar que llegan al fondo marino. Tras diversas generaciones hemos aprendido los de mi especie a descifrar esos mensajes, lo que hace de mí el más sabio de entre los hipocampos existentes hoy día por estas aguas. Puedo afirmar, sin pretender ser vanidoso, que todo este saber y esa convivencia con estos miles de almas cifran la cultura completa de los hombres, los sueños de las civilizaciones humanas arrojados al mar. Los miedos, las frustraciones, los anhelos, las desilusiones, todo está recogido en mi ser, formo de algún modo parte de todo ello, por lo que considero triste el que pueda acabar como objeto decorativo y sin recibir un estudio exhaustivo previo. El problema está en cómo puedo transmitir todo este saber y vivencias al hombre, un mero escrito resulta insuficiente, si es que algún día se publican mis últimas palabras en algún periódico o similar. Me gustaría que el ingenio humano fuese capaz de idear algún artilugio capaz de descifrar todo lo que llevo dentro, porque, no es por fardar, soy la simbiosis, el punto de unión más directo entre el pasado y el presente, por lo menos en lo que respecta a este mar lleno de vida de aquí y del más allá. Si algún día recibís este mensaje, espero que me pidáis que os haga un relato de pequeñas hazañas y anécdotas que he vivido y vivieron mis antepasados y los vuestros. Un tesoro de verdad, aunque no sé si estáis más interesados por los que se esconden en cofres, abundantes por aquí. Sé que ya he hablado demasiado, pero también espero que la ceguera que produce el oro no os impida ver mi propio tesoro, os aseguro que no os arrepentiréis. Sé que alguien me escuchará, lo siento, lo palpo. Dadme esa oportunidad, daos esa oportunidad única de  comunicación con las almas de vuestros antepasados. Ya dije lo que tenía que decir. Ahora es vuestro el momento de mover pieza, mi partida de ajedrez ha empezado. ¿Quién quiere jugar conmigo? Por supuesto, he movido el caballo.

© jcvinent

Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
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