La Piedra Lunar

Wilkie Collins


Novela



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Índice

PREFACIO
INTRODUCCIÓN
I
II
III
IV
LA HISTORIA
PRIMERA ÉPOCA
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
SEGUNDA ÉPOCA
PRIMERA NARRACIÓN
SEGUNDA NARRACIÓN
TERCERA NARRACIÓN
CUARTA NARRACIÓN
QUINTA NARRACIÓN
SEXTA NARRACIÓN
SEPTIMA NARRACIÓN
OCTAVA NARRACIÓN
EPÍLOGO
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III

PREFACIO

En alguna de mis novelas anteriores me propuse establecer la influencia ejercida por las circunstancias sobre el carácter. En la presente historia he invertido el proceso. Mi meta ha sido señalar aquí la influencia ejercida por el carácter sobre las circunstancias. La conducta seguida por una muchacha ante una emergencia insospechada constituye el cimiento sobre el que he levantado esta obra.

Idéntico propósito es el que me ha guiado en el manejo de los otros personajes que aparecen en estas páginas. El curso seguido por su pensamiento y su acción en medio de las circunstancias que los rodean resulta, tal como habría ocurrido muy probablemente en la vida real, unas veces correcto, otras equivocado.

Acertada o falsa su conducta, no dejan en ningún instante de regir la acción de aquellas partes del relato que les incumben a cada uno, frente a cualquier evento.

En lo que atañe al experimento psicológico que ocupa un lugar destacado en las últimas escenas de La Piedra Lunar he puesto allí, una vez más, en juego tales principios. Previa documentación efectuada no sólo en los libros, sino también recogida de labios de vivientes autoridades en la materia respecto al probable desenlace que dicho experimento hubiera tenido en la realidad, he declinado echar mano del privilegio que todo novelista posee de imaginar lo que podría ocurrir, estructurando mi relato de manera de hacerlo surgir como una consecuencia de lo que en verdad hubiese ocurrido…, cosa que, me permito declarar ante el lector, acaece realmente en estas páginas.

En lo que concierne a la historia del Diamante, narrada aquí, debo reconocer que se halla basada, en sus detalles primordiales, en la historia de dos diamantes reales europeos. La magnífica piedra que adorna en su extremo el cetro imperial ruso fue anteriormente el ojo de un ídolo hindú. Del famoso Ko-i-Nur se sospecha que ha sido también una de las gemas sagradas de la India y, aun más, el origen de una predicción que amenazaba con segura desgracia a las personas que la desviaran de su uso ancestral.

Gloucester Place, Portman Square

Junio 30, 1868.

INTRODUCCIÓN

La toma de Seringapatam (1799)

(Extracto de una carta familiar)

I

Dirijo estas líneas —escritas en la India— a mis parientes de Inglaterra.

Es mi propósito darles a conocer aquí las causas que me han inducido a rehusarle la mano fiel de mi amistad a mi primo John Herncastle. La reserva que hasta ahora he mantenido en torno a este asunto ha sido mal interpretada por algunos miembros de mi familia, cuya buena opinión respecto a mi persona no puedo consentir que se pierda. Ruégoles a los mismos que posterguen su decisión hasta después de haber leído mi relato. Y, bajo palabra de honor, declaro que lo que estoy a punto de trasladar al papel es estricta y literalmente la verdad.

La diferencia privada surgida entre mi primo y yo se originó durante un gran hecho público en el que ambos nos vimos implicados: el asalto a Seringapatam, bajo las órdenes del General Baird, hecho que tuvo lugar el día 4 de mayo de 1799.

A fin de tornar más comprensibles los sucesos, véome precisado a dirigir por un momento mi atención hacia el período inmediatamente anterior al ataque y hacia las historias que circulaban en nuestro campamento, relativas al oro y las joyas atesoradas en el palacio de Seringapatam.

II

Una de las más disparatadas era la que giraba en torno de un Diamante Amarillo, gema famosa en los anales nativos de la India.

La más antigua de las tradiciones conocidas afirmaba que había estado engastada en la frente de la deidad india de cuatro manos que simboliza la Luna. Debido en parte a su peculiar coloración y en parte a una superstición que la hacía partícipe de las cualidades del ídolo al cual servía de ornamento y a la circunstancia de que su brillo aumentaba o disminuía en potencia, según aumentara o disminuyera en intensidad el de la luna, recibió primitivamente el nombre con el cual aún hoy se la conoce en la India: la Piedra Lunar. Una superstición parecida predominó en la Grecia antigua y en Roma, aunque no vinculada como aquella de la India a un diamante consagrado al servicio de un dios, sino a una piedra semitransparente y perteneciente a una variedad inferior de gemas, que se suponía era sensible a las influencias de la Luna; la Luna, también en este caso, dio su nombre a la piedra, que sigue siendo llamada así por los coleccionistas de nuestro tiempo.

Las aventuras del Diamante Amarillo comienzan en el undécimo siglo de la Era Cristiana. Por ese entonces atravesó la India el conquistador mahometano Mahmoud de Ghizni; luego de apoderarse de la ciudad sagrada de Somnauth, despojó de sus tesoros al famoso templo que durante muchos siglos fuera el santuario de los peregrinos indostánicos y la maravilla del mundo oriental.

De todos los ídolos adorados en el templo, sólo el dios lunar escapó a la rapacidad de los conquistadores mahometanos. Protegida por tres brahmanes, la deidad inviolada que lucía en su frente el Diamante Amarillo fue quitada de allí durante la noche y transportada a la segunda de las ciudades sagradas de la India: Benares.

Allí, en un nuevo templo —y en un recinto incrustado de piedras preciosas y bajo un techo sostenido por pilares de oro—, fue colocado y adorado el dios lunar. Allí también, y en la noche del día en que se dio término a la elección del santuario, aparecióse a los tres brahmanes, en sueño, Vichnú el Preservador.

Impregnó el dios con su aliento divino el diamante ubicado en la frente del ídolo. Y los tres brahmanes cayeron de hinojos ocultando sus rostros en sus túnicas.

Vichnú ordenó luego que la Piedra Lunar habría de ser vigilada desde entonces por tres sacerdotes que deberían turnarse día y noche, hasta la última generación de los hombres. Y los tres brahmanes escucharon su voz y acataron su voluntad con una reverencia. La deidad predijo una especie de desastre al presuntuoso mortal que posase sus manos en la gema sagrada y también a todos los de su casa y su sangre que la heredaran después de él. Y los brahmanes decidieron estampar la sentencia en letras de oro sobre las puertas del santuario.

Transcurrieron los siglos y, generación tras generación, los sucesores de los tres brahmanes mantuvieron su vigilancia sobre la inapreciable Piedra Lunar, durante el día y la noche. Las centurias fueron pasando hasta arribar a los primeros años del siglo XVIII de la Era Cristiana, que vio reinar a Aurengzeib, Emperador de los mogoles. Bajo su mando el estrago y la rapiña desatáronse nuevamente en los templos donde se adoraba a Brahma. El santuario del dios de las cuatro manos fue profanado, luego de haber sido muertos los animales sagrados; las imágenes de los dioses fueron despedazadas y la Piedra Lunar cayó en manos de un oficial de alta graduación del ejército de Aurengzeib.

No pudiendo recuperar su tesoro perdido mediante la lucha franca, los tres sacerdotes guardianes lo siguieron y continuaron vigilándolo a escondidas. Una tras otra fueron pasando las generaciones; el guerrero responsable del sacrilegio pereció de manera miserable; la Piedra Lunar fue deslizándose (con la maldición encima) de las manos de un infiel musulmán a las de otro; y siempre en medio de todas las vicisitudes, siguieron vigilándola, a la espera del día en que la voluntad de Vichnú el Preservador decidiera reintegrarles la gema sagrada. Pasaron los años, hasta llegar a las postrimerías del siglo decimoctavo de la Era Cristiana. El diamante cayó en poder de Tippo, Sultán de Seringapatam, quien ordenó que se lo colocara a manera de adorno en la empuñadura de su daga, disponiendo que la misma fuese depositada entre los más valiosos tesoros de su armería. Y aun allí, en el propio palacio del sultán, los tres sacerdotes guardianes prosiguieron velando en secreto. Había en la casa de Tippo tres oficiales extranjeros que se ganaron la confianza de su amo acatando o simulando acatar la fe musulmana, y los rumores decían que se trataba de los tres sacerdotes, disfrazados.

III

Esta es la fantástica historia que en torno a la Piedra Lunar circulaba en nuestro campamento. La misma no causó impresión alguna en ninguno de nosotros, excepto en mi primo, cuyo amor hacia lo maravilloso lo indujo a creerla. La noche anterior a la toma de Seringapatam irritóse absurdamente conmigo y otras personas, porque tildamos a la cosa de mera fábula. Una estúpida reyerta originóse en seguida, que sirvió para que el infortunado carácter de Herncastle pusiérase plenamente de manifiesto. Jactanciosamente afirmó que habríamos de verlo lucir el diamante en el dedo, si es que el ejército inglés tomaba Seringapatam. Esta salida fue saludada con grandes risas y así, según todos creímos esa noche, la cosa había ya terminado.

Permitidme ahora que os hable del día del ataque.

Mi primo y yo nos separamos al comienzo de la acción. No lo vi en ningún momento mientras vadeábamos el río, como tampoco cuando plantamos la bandera inglesa en la primera brecha abierta, ni cuando cruzamos posteriormente la zanja o luchamos pulgada tras pulgada hasta arribar finalmente a la ciudad. Fue recién hacia el crepúsculo, cuando el sitio ya era nuestro y el propio general Baird acababa de descubrir el cuerpo inerte de Tippo bajo un montón de cadáveres, que nos encontramos Herncastle y yo.

Integrábamos los dos una partida destacada por el general para evitar que el saqueo y la confusión siguieran a la conquista. Los hombres del campamento cometieron los más deplorables excesos; y lo que es peor todavía, hallaron los soldados la manera de introducirse, a través de una entrada desguarnecida, en el tesoro del palacio, del cual salían cargados de oro y joyas. Fue en el patio exterior, frente al tesoro, donde nos encontramos mi primo y yo, mientras tratábamos de imponer por la fuerza a nuestros soldados las leyes de la disciplina.

El fogoso temperamento de Herncastle, según pude claramente comprobarlo, se había ido exasperando poco a poco hasta llegar a una especie de frenesí, en medio de la terrible carnicería a través de la cual nos abriéramos camino. Se adaptaba muy mal, en mi opinión, para llevar a cabo la labor que se le encomendara.

En el tesoro advertí tumulto y confusión, aunque no violencia. Los hombres (si es que cabe hacer uso de tal expresión) se deshonraban alegremente. Toda suerte de bromas eran lanzadas de aquí para allá y devueltas de inmediato por quien las recibía; la historia del diamante surgió de pronto bajo una forma jocosa y traviesa. «¿Quién tiene la Piedra Lunar?», era el grito zumbón que, cada vez que el pillaje cesaba en un sitio, daba lugar a que se lo reanudara en otro. Mientras me hallaba yo infructuosamente empeñado en restablecer el orden, llegó a mis oídos un espantoso alarido proveniente del otro extremo del patio y hacia allí me dirigí a la carrera, temiendo que un nuevo saqueo se hubiera iniciado en aquella dirección.

Al llegar ante una puerta abierta, descubrí los cuerpos de dos hindúes (oficiales de palacio, conjeturé al mirarles las ropas) que yacían sin vida junto a la entrada.

Un grito proveniente del interior me hizo penetrar con premura en ese cuarto que, al parecer, era la armería. Un tercer hindú caía mortalmente herido en ese instante, a los pies de un hombre que me daba la espalda. Volvióse éste en cuanto entré y pude comprobar que se trataba de John Herncastle, quien sostenía una antorcha en una mano y una daga de la que se desprendían gotas de sangre en la otra. Una piedra que se hallaba engastada a la manera de un pomo en el extremo de la empuñadura resplandeció a la luz de la antorcha cuando aquél volvió como un lampo de fuego hacia mí. El hindú moribundo, hundiéndose a sus pies, señaló hacia la daga esgrimida por Herncastle y dijo en su lengua nativa:

—¡La Piedra Lunar habrá de tomar, sin embargo, su venganza sobre ti y los de tu sangre!

Dicho lo cual, quedó exánime sobre el piso.

Antes de que pudiera yo dilucidar esta cuestión, los hombres que me habían seguido a través del patio amontonáronse allí dentro. Mi primo se precipitó sobre ellos como un demente. «¡Despejad el cuarto —les gritó—, y pon tú guardia a la puerta!» Los hombres retrocedieron, al verlo arrojarse sobre ellos con su antorcha y su daga. Yo aposté dos centinelas de mi propia compañía, en quienes podía confiar, para guardar la entrada. Durante el resto de la noche no volví a ver a mi primo.

Ya en las primeras horas de la mañana y como el saqueo no cesara, el General Baird anunció públicamente, luego de un redoble de tambor, que cualquier ladrón descubierto en flagrante delito habría de ser colgado, fuera él quien fuese. El Capitán preboste se hizo cargo del asunto, para demostrar el celo con que encaraba al mismo General; y en medio de la multitud que asistió a escuchar esa proclama, nos volvimos a encontrar Herncastle y yo.

Alargándome su mano como de costumbre, me dijo:

—Buenos días.

Yo aguardé un momento, antes de alargarle la mía en retribución.

—Dime, antes —le dije—, cómo fue que murió el hindú de la armería y qué significado tienen esas últimas palabras que pronunció mientras indicaba la daga que tú tenías en la mano.

—Supongo que habrá muerto a causa de una herida mortal —dijo Herncastle—. En cuanto a lo que puedan significar sus últimas palabras, sé tanto a ese respecto como puedas saber tú.

Yo lo miré atentamente. Todo su frenesí de la víspera habíase desvanecido. Resolví ofrecerle otra oportunidad.

—¿Es eso todo lo que tienes que decirme? —le pregunté.

Y me respondió:

—Eso es todo.

Le volví entonces la espalda y no nos hemos vuelto a ver desde aquel día.

IV

Me permito aclarar que lo que narro aquí acerca de mi primo (a menos que una necesidad imprevista me obligue a hacerlo público) tiene sólo por objeto informar a mis familiares. Nada me ha dicho Herncastle que pueda impulsarme a hablar del asunto con el comandante en jefe. Más de una vez ha sido vilipendiado a causa del diamante, por quienes recuerdan su colérico estallido de la víspera del ataque. Pero, como es fácil imaginar, el mero recuerdo de las circunstancias en las cuales lo sorprendí en la armería ha bastado para silenciarlo. Dícese ahora que anhela un traslado a otro regimiento, con el propósito, confesado por él, de hallarse lejos de mí.

Sea ello cierto o no, no consigo persuadirme de que tenga yo que trocarme en su acusador… Y creo que por muy buenas razones. De hacerse público el asunto, no me hallo en condiciones de exhibir otras pruebas que no sean las morales. No solamente carezco de pruebas en cuanto a la muerte de los dos hombres de la entrada, sino que tampoco podría afirmar que es él quien mató al tercer hombre que se hallaba en el interior… ya que no podría afirmar que he visto con mis propios ojos cometer tales crímenes. Cierto es que escuché las palabras pronunciadas por el hindú moribundo, pero si se demostraba que éstas no habían sido más que dislates proferidos en pleno delirio, ¿cómo lograría yo rebatir tal aserción con lo que sabía? Dejemos que nuestros parientes de cada rama se formen su propia opinión sobre lo que acabo de narrar y decidan por sí mismos si la aversión que me inspira este hombre se halla o no justificada.

A pesar de no darle crédito alguno a la fantástica leyenda hindú que se refiere a la gema, debo reconocer, antes de terminar, que me hallo influido por cierta superstición, respecto a este asunto. Tengo la convicción, o la ilusión, lo mismo da, de que el crimen encierra en sí mismo su propia fatalidad. No sólo estoy persuadido de la culpabilidad de Herncastle, sino que soy tan audaz como para creer que vivirá lo suficiente para lamentar su delito, si es que insiste en conservar el diamante, y que habrá quienes también lamenten haberlo recibido de sus manos, si es que alguna vez decide desprenderse de él.

LA HISTORIA

PRIMERA ÉPOCA

Pérdida del diamante (1848).

Los hechos, según Gabriel Betteredge, mayordomo al servicio de Lady Julia Verinder.

CAPÍTULO I

En la primera parte de Robinsón Crusoe, página ciento veintisiete, pueden leerse las siguientes palabras:

«Ahora comprendo, aunque demasiado tarde, lo necio que es dar principio a una operación cualquiera, antes de calcular su costo y de pesar exactamente las fuerzas con que contamos para llevarla a cabo.»

Sólo fue ayer que abrí mi Robinsón Crusoe en esa página. Y sólo esta mañana (veintiuno de mayo de mil ochocientos cincuenta) que llegó el sobrino de mi ama, Mr. Franklin Blake, quien sostuvo conmigo la siguiente conversación:

—Betteredge —dijo Mr. Franklin—, he ido a ver a mi abogado para tratar algunos asuntos de familia y, entre otras cosas, hablamos acerca de la pérdida del Diamante Hindú, acaecida hace dos años en la casa de mi tía de Yorkshire. El abogado opina, de acuerdo conmigo, que, en favor de la verdad, toda la historia debiera quedar registrada para siempre en el papel…, y cuanto más pronto mejor.

No percibiendo aún su intención y considerando que es siempre deseable, por amor a la paz y la tranquilidad, ponerse de parte del abogado, le manifesté que yo pensaba lo mismo. Mr. Franklin prosiguió:

—Este asunto del diamante —me dijo— ha dado ya lugar, como tú sabes, a que se sospechara de personas inocentes. Y la memoria de esos mismos inocentes habrá de verse perjudicada de aquí en adelante, debido a la falta de un registro de los hechos, al que puedan acudir quienes vengan después de nosotros. Me parece, Betteredge, que el abogado y yo hemos descubierto la mejor de las formas por utilizarse para narrar lo ocurrido.

Muy satisfactorio para ambos, sin duda. Pero no logré percibir hasta qué punto tenía yo algo que ver en el asunto.

—Hay varios hechos que deberán ser relatados —prosiguió Mr. Franklin—, y contamos con algunas personas que, implicadas en los mismos, se hallan en condiciones de referirlos. Partiendo de esta simple verdad, el abogado opina que cada uno de nosotros debiera intervenir por turno en la tarea de llevar al papel la historia de la Piedra Lunar… llegando cada cual hasta el límite que le marque su propia experiencia, pero no más allá. Habremos de dar comienzo a la tarea, estableciendo la forma en que el diamante vino a caer primeramente en las manos de mi tío Herncastle, mientras se hallaba sirviendo en la India, hace cincuenta años. Este relato preliminar se encuentra en mi poder bajo la forma de una carta de familia, donde aparecen los detalles requeridos, narrados con la autoridad de un testigo ocular. Luego habrá que explicar cómo fue que el diamante vino a dar en la casa de mi tía en Yorkshire, hace dos años, y cómo fue que se perdió poco más de doce horas más tarde. Ninguna persona se halla tan informada como tú, Betteredge, respecto a lo ocurrido por ese entonces en la casa. De modo, pues, que habrás de tomar la pluma para dar comienzo a la historia.

En estos términos fui informado respecto a la labor que me incumbía en la cuestión del diamante. Si desean ustedes conocer la conducta que seguí en tal emergencia, me permitiré hacerles saber que fue idéntica a la que ustedes hubieran probablemente seguido, de encontrarse en mi lugar. Declaré con modestia que me consideraba enteramente incapaz de llevar a cabo la tarea que se me imponía, aunque considerándome todo él tiempo lo suficientemente diestro para ejecutarla, siempre que les brindara una justa oportunidad de obrar a mis facultades. Creo que Mr. Franklin adivinó mis más íntimos deseos a través de mi rostro, pues, renunciando a creer en mi modestia, insistió en que les brindara esa justa oportunidad a mis facultades.

Dos horas han transcurrido desde la partida de Mr. Franklin. Tan pronto como me volvió la espalda, me dirigí hacia mi escritorio para dar comienzo a la historia. Ante él sigo sentado, impotente, desde entonces, pese a la destreza de mis facultades, percibiendo lo que Robinsón Crusoe percibió, según he dicho anteriormente, sobre lo necio que es empezar una operación cualquiera, antes de calcular su costo y de pesar exactamente las fuerzas que contamos para llevarla a cabo. Les ruego que recuerden que abrí ese libro, y en esa página por azar, sólo el día anterior a aquél en que tan osadamente me comprometí a efectuar el trabajo que tengo ahora entre manos; y me permitiré aquí preguntarme si no es esto una profecía, ¿qué es entonces?

No soy supersticioso; he leído, en mis tiempos, muchos libros y soy un erudito a mi manera. Pese a haber llegado ya a los setenta años, poseo una memoria activa y unas piernas que armonizan con ella. No deben ustedes considerar mis palabras como si provinieran de una persona ignorante, cuando les diga que, en mi opinión, otro libro como ése que se denomina Robinsón Crusoe no ha sido ni podrá ser escrito jamás. He recurrido a él año tras año —generalmente en compañía de mi pipa llena de tabaco— y he encontrado siempre en él al amigo que necesitaba en todos los momentos críticos de mi vida. Cuando me hallo de mal humor, Robinsón Crusoe. Cuando necesito algún consejo, Robinsón Crusoe. En el pasado, cuando mi mujer me importunaba, y en el presente, cuando he bebido algún trago de más, Robinsón Crusoe. He desgastado seis recios Robinsones, luego de haberlos obligado a trabajar duramente a mi servicio. En ocasión de su último cumpleaños, recibí de manos del ama el séptimo. A causa de ello bebí un sorbo de más, y Robinsón Crusoe me devolvió el equilibrio. Su precio, cuatro chelines y seis peniques, encuadernado en azul, con un retrato, por añadidura.

No obstante, no creo que sea ésta la mejor manera de dar comienzo a la historia del diamante, ¿no les parece? Siento como si estuviera errando extraviado y fuera en busca de Dios sabe qué y Dios sabe dónde. Con permiso de ustedes, tomaremos una nueva hoja de papel, y, luego de saludarlos con el mayor respeto, daremos comienzo de nuevo a esta labor.

CAPÍTULO II

Una o dos líneas antes he hablado acerca de mi ama. Ahora bien, jamás hubiera podido hallarse el diamante en la casa, que fue donde se perdió, si no hubiera llegado a ella en calidad de presente dirigido a la hija del ama; y la hija del ama, por su parte, no hubiese podido recibir jamás dicho presente, si no hubiera sido porque, con pena y trabajo, mi ama la hizo entrar en el mundo. En consecuencia, si comenzamos nuestra historia a partir del ama, tendremos que remontarnos bastante lejos en el pasado. Lo cual, permítanme que lo diga, es verdaderamente un cómodo comienzo, cuando tiene uno entre manos una labor como la mía.

Si saben ustedes algo respecto al mundo elegante, habrán oído hablar, sin duda, de las tres bellas Misses Herncastle: Miss Adelaida, Miss Carolina y Miss Julia, esta última, la más joven y bella de las tres hermanas, según mi opinión. Yo me hallaba en condiciones, como podrán comprobarlo ustedes más adelante, de actuar como juez en tal materia. Había entrado al servicio del viejo Lord, su padre (a Dios gracias nada tenemos que ver con él en este asunto del diamante; poseía la lengua más larga y el carácter más brusco que haya advertido yo jamás en hombre alguno de alta o baja condición, durante mi existencia); como les iba diciendo, había entrado yo al servicio del viejo Lord en calidad de paje de las tres honorables jóvenes, a la edad de quince años. Allí viví hasta el momento en que Miss Julia se desposó con el difunto Sir John Verinder. Hombre excelente, sólo se hallaba necesitado de alguien que lo gobernase, y, aquí entre nosotros, les diré que dio con la persona que se encargó de tal cosa, y que, lo que es más curioso, prosperó a causa de ello, engordó, llevó una feliz existencia y murió sin contratiempo, todo esto desde el instante en que mi ama lo llevó a la iglesia para casarlo, hasta el momento en que, luego de recoger su último suspiro, le cerró para siempre los ojos.

He omitido dejar constancia aquí de que yo seguí a la novia para establecerme junto con ella en la casa y las tierras del novio.

—Sir John —dijo ella—, no puedo prescindir de Gabriel Betteredge.

—Señora mía —respondió Sir John—, yo tampoco podría prescindir de él.

Esta es la forma en que se conducía con ella…, y así fue como entré yo a su servicio. En lo que a mi respecta, érame indiferente ir a una u otra parte, con tal de hacerlo en compañía de mi ama.

Viendo que mi señora se interesaba por las faenas rurales, por las granjas y otras cosas por el estilo, me interesé yo también por ellas, tanto más cuanto que yo mismo era el séptimo hijo varón de un pequeño granjero. Mi ama me colocó bajo las órdenes del baile y yo cumplí al máximo; la dejé satisfecha, y logré ser ascendido en consecuencia. Algunos años más tarde, un día lunes, creo, mi ama dijo:

—Sir John, vuestro baile es un viejo estúpido. Otórgale una pensión liberal y designa a Gabriel Betteredge para que le reemplace.

El martes, por así decirlo, Sir John dijo:

—Señora mía, el baile ha sido pensionado generosamente y Gabriel Betteredge habrá de reemplazarlo.

Sin duda habrán ustedes oído hablar, hasta el cansancio, de matrimonios que llevan una vida miserable. He aquí un ejemplo opuesto. Que le sirva ello de advertencia a unos y de estimulante a otros. Mientras tanto, habré de proseguir con mi relato.

Y bien: allí, dirán ustedes, gozaría yo de todas las comodidades. Ocupando un puesto honorable y de confianza, con una pequeña choza para vivir en ella, empleando la mañana en las rondas por la heredad, la tarde para efectuar las cuentas y la noche con mi pipa y mi Robinsón Crusoe… ¿qué otra cosa me faltaba para ser enteramente feliz? Recuerden lo que Adán echó de menos en el Jardín del Edén, cuando se hallaba solo en él, y si después de hacerlo no encuentran reprobable su conducta, no me condenen tampoco a mí.

La mujer sobre la que se posaron mis ojos se hallaba a cargo de las labores domésticas de mi cabaña. Llamábase Celina Goby. En lo que se refiere a la elección de la esposa, soy de la misma opinión que el difunto William Cobbett: «Trata de dar con una que mastique bien su alimento y que plante firmemente sus pies en el suelo al caminar y todo irá bien.» Celina Goby llenaba esas dos condiciones, lo cual fue un motivo para que me casara con ella. Hubo también otro que pesó por igual en mi decisión, pero éste, es de mi propia cosecha. Siendo Celina soltera, tenía yo que pagarle cada semana por la comida y los servicios que me prestaba. Siendo mi esposa no podría cobrarme la pensión y tendría que servirme por nada. Esa fue la manera como encaré yo el asunto. Economía…, con una pizca de amor. Como impulsado por el deber, puse tal cosa en conocimiento del ama, utilizando las mismas palabras que había empleado conmigo mismo.

—He estado pensando una y otra vez en Celina Goby —le dije—, y he llegado a la conclusión, señora, de que me resultará más económico casarme con ella que tenerla de criada.

Mi ama soltó una carcajada y me dijo que no sabía de qué asombrarse más, si de mis palabras o de mis ideas. Algo jocoso debió advertir en lo que le dije, algo que sólo las personas de calidad son, sin duda, capaces de advertir. Sin comprender por mi parte otra cosa, sino que me hallaba en entera libertad para exponerle el caso a Celina, hacia ella me dirigí y así lo hice. ¿Qué es lo que dijo Celina? ¡Dios mío!, ¡cuán poco deben ustedes conocer a las mujeres por hacer tal pregunta! Naturalmente, me respondió que sí.

A medida que se aproximaba la fecha establecida y hubo de hablarse de mi nueva levita para la ceremonia, entré en dudas. He comparado mis sensaciones de ese instante con lo experimentado por otros hombres que vivieron un momento tan interesante como el mío, y todos ellos han convenido en señalar que una semana antes de la ceremonia anhelaron íntimamente poder librarse de ella. En lo que a mí respecta, declaro que he ido un tanto más allá que cualquiera de ellos; me erguí, por así decirlo, realmente dispuesto a desembarazarme del asunto. ¡Pero no sin pensar en una compensación! Demasiado justo era yo en confiar que habría ella de dejarme ir por nada. Una ley inglesa establece que el hombre deberá indemnizar a la mujer toda vez que eluda el cumplimiento de la palabra empeñada.

Respetuoso de las leyes y después de darle vueltas al asunto minuciosamente en mi cabeza, le ofrecí a Celina Goby un colchón de plumas y cincuenta chelines, para librarme del compromiso. Indudablemente no querrán ustedes creerlo, pero se trata, sin embargo, de la verdad: ella fue tan tonta como para rehusarse.

Después de esto, naturalmente, di el asunto por terminado. Me procuré una nueva levita, tan barata como pude conseguirla, y afronté los otros gastos de la manera más módica posible. Formamos una pareja que no llegó a ser ni feliz, ni infortunada. Nos hallábamos constituidos, cada cual, por seis porciones de nosotros mismos y media docena de porciones del otro ser. A qué se debía ello no puedo explicármelo, pero lo cierto es que ambos parecíamos estar siempre, por algún motivo, cruzándonos en nuestros caminos. Cuando yo sentía necesidad de dirigirme escaleras arriba, he aquí que mi esposa descendía por ellas, o bien, cuando ella sentía necesidad de bajar, he aquí que yo ascendía. En eso consiste la vida matrimonial, según mi experiencia.

Luego de cinco años de malentendidos en torno a la escalera, le ruego a la Providencia, toda sabiduría, venir en nuestro auxilio para llevarse a mi esposa.

Me dejó como único hijo a mi pequeña Penélope, nada más que ella. Poco tiempo después falleció Sir John y no le quedó al ama otro hijo que la pequeña Miss Raquel, nada más que ésta. Muy poco será lo que diga en favor de mi ama, si me obligan ustedes a decirles que la pequeña Penélope fue puesta bajo la cuidadosa vigilancia de sus buenos ojos, enviada a la escuela, instruida, convertida en una muchacha despierta, y promovida, cuando se halló en edad de desempeñarlo, al cargo de doncella de la propia Miss Raquel.

En cuanto a mí, proseguí cumpliendo mis funciones de baile, año tras año, hasta llegar a la Navidad de 1847, fecha en que se produjo un cambio en el curso de mi vida. En tal ocasión el ama se invitó sola a beber en privado conmigo un té en mi cabaña. Luego de hacerme notar que, comenzando la cuenta a partir del año en que me inicié como paje al servicio del viejo Lord, llevaba ya más de medio siglo a sus órdenes, colocó en mis manos un hermoso justillo, que había confeccionado ella misma, el cual tenía por objeto preservarme del frío durante las crudas jornadas del invierno.

Acogí el presente sin saber de qué términos valerme para agradecerle a mi señora el honor que acababa de dispensarme. Ante el mayor de los asombros resultó, sin embargo, que no se trataba de un honor, sino de un soborno. Antes de que yo mismo lo percibiera, el ama había descubierto que me estaba poniendo viejo y se había allegado, por eso, hasta mi cabaña, para arrancarme con zalemas (si se me permite la expresión) de las duras faenas que en mi carácter de baile cumplía al aire libre y ofrecerme el descansado cargo de mayordomo de la casa. Con todas mis fuerzas me opuse a ese descanso que consideraba indigno. Pero el ama conocía mi punto débil: le dio al asunto el carácter de un favor que le haría a ella. Esto puso término a la disputa, y mientras me restregaba los ojos, como un viejo tonto que era, con el flamante justillo de lana, le dije que habría de pensarlo.

Tan espantosamente confundido me hallaba por la materia puesta en discusión, al partir el ama, que hube de recurrir al remedio que nunca me ha fallado en los casos de duda y emergencia. Tras encender la pipa, le eché una ojeada a mi Robinsón Crusoe. No hacía aún cinco minutos que me hallaba enfrascado en la lectura de ese libro tan extraordinario, cuando di con este consolador fragmento (página ciento cincuenta y ocho): «Amamos hoy lo que odiaremos mañana.» Inmediatamente se hizo la luz en mi cerebro. Hoy deseaba yo, con toda el alma, proseguir en mis funciones de baile de la granja; al día siguiente, de acuerdo con lo que opina esa autoridad que es Robinsón Crusoe, habría de pensar todo lo contrario. Me imaginaría, pues, ya en ese mañana y el problema se hallaría resuelto. Aliviado mi espíritu en esta forma, fuime a dormir esa noche en el carácter de baile de Lady Verinder y desperté a la mañana siguiente convertido en su mayordomo. ¡Todo se había solucionado y ello debido únicamente a Robinsón Crusoe!

Mi hija Penélope acaba de mirar por encima de mi hombro para ver hasta dónde he llegado en lo que escribo. Me hace notar que lo he expresado todo muy bellamente y que cada palabra constituye de por sí una verdad. Pero tiene algo que objetar. Manifiesta que lo que he escrito hasta ahora nada tiene que ver con el fin propuesto. Se me ha pedido la historia del diamante y en su lugar he estado narrando mi propia historia. Algo curioso, en verdad, y que no podría explicar. Me pregunto si esos caballeros que hacen un negocio y viven de los libros que escriben, hallan también que su persona se entremezcla con los asuntos que tratan, como me pasa a mí. Si es así, puedo hablar por ellos. Mientras tanto, he aquí otro falso comienzo y una nueva pérdida de buen papel de escribir. ¿Qué hacer, entonces? Que yo sepa, no otro cosa que permanecer ustedes en calma, y en cuanto a mí, dar comienzo al relato por tercera vez.

CAPÍTULO III

La cuestión de cómo dar comienzo a esta historia, he tratado de resolverla de dos maneras. La primera ha consistido en rascarme la cabeza, lo cual no me ha sido de ningún provecho. La segunda, en una consulta hecha a mi hija Penélope, cosa que ha dado lugar al surgimiento de una idea enteramente nueva.

Penélope opina que debiera yo ir registrando día por día y regularmente todos los acontecimientos producidos a partir de la fecha en que nos enteramos de la próxima visita a nuestra casa de Mr. Franklin Blake. Cuando ocurre que uno obliga a su memoria a fijarse de esta manera en determinada fecha, es maravilloso comprobar cuánto cosecha aquélla, para nosotros, mediante esa compulsión. La única dificultad consiste en dar con las fechas en seguida. Penélope me ofrece su ayuda, recurriendo para ello al diario personal que le enseñaron a llevar en la escuela y que ha venido escribiendo desde entonces. En respuesta a una proposición mía que tiende a perfeccionar dicha idea y según la cual debiera ser ella la narradora, auxiliada por su diario, observa, con mirada violenta y la faz encendida que aquél no habrá de ser contemplado en la intimidad más que por sus ojos y que no habrá jamás criatura humana que llegue a saber lo que él encierra, fuera de ella misma. Cuando le pregunto qué es lo que eso significa, me responde Penélope: «¡Bagatelas!» Yo le digo entonces: «¡Amoríos!».

Comenzando, pues, sobre la base del plan de Penélope, permítaseme declarar que en la mañana del miércoles veinticuatro de mayo de 1848, fue requerida mi presencia en el aposento de mi ama.

—Gabriel —me dijo aquélla—, he aquí una noticia que habrá de sorprenderte. Franklin Blake acaba de regresar del extranjero. Ha pasado un tiempo junto a su padre en Londres y arribará mañana aquí, donde permanecerá hasta el mes próximo, proponiéndose pasar a nuestro lado el día del cumpleaños de Raquel.

Si hubiese tenido en ese instante un sombrero en las manos, nada que no hubiera sido el respeto que le debía al ama hubiérame impedido arrojarlo hasta el techo. No había visto a Mr. Franklin desde el tiempo en que siendo él un muchacho, vivía con nosotros en esta misma casa. Era, fuera de toda duda (tal como lo veo ahora en el recuerdo), el más hermoso muchacho que hizo girar jamás una peonza o rompió alguna vez el cristal de una ventana. Miss Raquel, que se hallaba presente y a quien le hice notar ese detalle, observó a su vez que ella lo recordaba como al más atroz verdugo que jamás torturó a muñeca alguna y al más implacable cochero que haya dirigido nunca a una muchachita inglesa enjaezada con cuerdas.

—Ardo de indignación y me fatigo hasta el sufrimiento —resumió Miss Raquel—, cuando pienso en Franklin Blake.

Luego de oír esto preguntarán, sin duda, ustedes cómo fue que Mr. Franklin vivió todos esos años, los transcurridos desde que era muchacho hasta el día en que se trocó en un hombre, lejos de su patria. En respuesta a esa pregunta diré que se debió al hecho de que su padre tuvo la desgracia de ser el mas próximo heredero de un Ducado y que nunca pudo demostrarlo.

En pocas palabras, así fue como ocurrieron las cosas:

La hermana mayor de mi ama se había desposado con el famoso Mr. Blake, célebre no sólo por sus grandes riquezas, sino también por el litigio que mantenía ante los tribunales. Cuántos años fueron los que pasó molestando a la justicia de su país con el propósito de entrar en posesión del título de Duque y de ocupar el lugar del Duque; cuántas fueron las bolsas de abogados que llenó hasta reventar y cuántas fueron, también, las pobres gentes que intervinieron por su causa en disputas donde se trataba de probar si estaba en lo cierto o equivocado, sobrepasa en mucho cualquier cuenta que pueda yo intentar. Su esposa y dos de sus tres hijos habían ya muerto, cuando los tribunales decidieron enseñarle la puerta y se rehusaron a seguir recibiendo su dinero. Terminado el asunto y habiendo quedado el Duque usufructuario en posesión del título, Mr. Franklin descubrió entonces que la mejor manera de responderle a su patria por la forma en que ésta lo había tratado, habría de ser privándola del honor de educar a su hijo.

—¿Cómo puedo confiar en nuestras instituciones —acostumbraba a decir—, luego de haberse conducido ellas conmigo de tal manera?

Si se añade a esto el desagrado que le producían a Mr. Blake los muchachos, en general, incluso el propio, tendrán ustedes que admitir que el asunto no podía terminar más que de una sola manera. El señorito Franklin nos fue quitado a nosotros, los ingleses, para ir enviado al país en cuyas instituciones podía su padre confiar: Alemania. En cuanto a Mr. Blake, debo deciros que permaneció cómodamente en Inglaterra, dispuesto a bregar en favor de la evolución de sus compatriotas desde el Parlamento y para dar a la publicidad una declaración relativa al Duque en posesión del título, la cual ha quedado inconclusa hasta nuestros días.

¡Por fin! ¡Gracias a Dios, ya hemos terminado! Ni ustedes ni yo tendremos que preocuparnos para nada, respecto a Mr. Blake, padre. Dejémoslo con su Ducado y retornemos al asunto del diamante.

Esto nos obliga a volver a Mr. Franklin, que fue el inocente intermediario a través del cual llegó la infortunada gema a la casa.

Nuestro bello muchacho no nos había olvidado durante su permanencia en el extranjero. Escribió de tanto en tanto; algunas veces a mi ama, otras a Miss Raquel y, en ciertas ocasiones, a mí. Antes de su partida realizamos una operación que consistió en el préstamo de un ovillo de cordel, de un cuchillo de cuatro hojas y de siete chelines y seis peniques en efectivo, de los cuales no supe más nada ni espero tener noticias jamás. Sus cartas se referían, sobre todo, a nuevos préstamos. Por intermedio del ama pude informarme, no obstante, de sus progresos en el extranjero, a medida que iba aumentando en años y en estatura. Luego de haber asimilado cuanto de bueno fueron capaces de enseñarle las instituciones alemanas, les dio una oportunidad a las francesas y más tarde a las italianas. Entre todos hicieron de él una especie de genio universal, hasta donde fui yo capaz de percibir. Escribía un poco, pintaba otro poco, cantaba, componía y ejecutaba también un poco, recibiendo prestado en todas esas ramas, según presumo, como había recibido aquel dinero de mi bolsillo. Al llegar a la edad correspondiente, vio llover sobre sí la fortuna de su madre (setecientas libras por año), la cual se escurrió a través de su mano como a través de una criba. Cuanto más era el dinero a su alcance, más necesitado se hallaba de él; existía en su bolsillo un agujero que no había manera de tapar. Dondequiera que fuese sus modales vivaces y espontáneos le ganaban todas las simpatías. Vivía ya en un lugar, ya en otro: en todas partes; su dirección (como acostumbraba a decir él mismo) era la siguiente: «Posta Restante. Europa; reténgase hasta que sea solicitada.» En dos ocasiones se dispuso a regresar a Inglaterra para vernos, y en igual número de ocasiones (con perdón de ustedes) una mujer dudosa se cruzó en su camino impidiéndoselo. Su tercera tentativa, como ustedes ya saben, tuvo éxito, de acuerdo con lo que me acababa de comunicar el ama. El jueves 25 de mayo habríamos de comprobar por vez primera qué es lo que había hecho nuestro hermoso muchacho para trocarse en un hombre. Era de buena sangre, poseía un gran coraje y contaba veinticinco años de edad, según nuestros cálculos. Ahora, pues, saben ustedes tanto respecto a Mr. Blake como sabía yo… hasta el momento inmediatamente anterior a su regreso a nuestra casa.

El jueves fue un día de verano tan hermoso como jamás habrán tenido ustedes ocasión de vivir; el ama Miss Raquel (que no aguardaban a Mr. Franklin sino para la hora del almuerzo) salieron en coche para asistir a un lunch con algunos amigos del vecindario.

Luego de su partida me dirigí hacia el dormitorio destinado al huésped, para comprobar si las cosas se hallaban ya dispuestas. Después, siendo como era a la vez mayordomo y despensero de la casa (por iniciativa propia, según creo, y porque me molestaba el hecho de que alguien que no fuera yo mismo se hallara en posesión de la llave de la bodega del difunto Sir John), después, como iba diciendo, subí algunas botellas de nuestro famoso clarete Latour y las expuse a la acción del cálido aire estival, para hacerle entrar en calor antes de la comida. Cuando, dispuesto yo también a exponerme a esa misma influencia del aire del verano —y luego de reflexionar que lo que es bueno para el clarete antiguo lo es también para un anciano—, me dirigía con mi silla colmenera a cuestas en dirección al patio trasero, fui detenido de improviso por el rumor de un tambor suavemente batido, que llegaba desde la terraza frontera de la residencia de mi señora.

Dando un rodeo avancé hacia allí y me encontré con tres hindúes de piel color caoba, que vestían túnicas y pantalones blancos de lino y se hallaban mirando hacia lo alto en dirección a la casa.

De sus hombros pendían, como pude advertirlo al contemplarlos de más cerca, unos tambores pequeños, en la parte delantera. Detrás de ellos veíase a un muchacho inglés de apariencia delicada y cabellos claros, sosteniendo un zurrón.

Yo pensé que se trataría de hechiceros ambulantes y que el muchacho sería el portador de sus instrumentos de trabajo. Uno de ellos, que hablaba inglés y que exhibió, debo reconocerlo, los modales más elegantes, me informó que estaba yo en lo cierto. Y solicitó permiso para demostrar sus habilidades ante la señora de la casa.

Ahora bien; yo no soy ningún viejo irascible. Me hallo generalmente bien dispuesto hacia toda clase de diversiones y soy la última persona del mundo que vaya a desconfiar de alguien por la mera razón de que la tonalidad de su piel sea un tanto más oscura que la mía. Pero aun los mejores tienen sus flaquezas, y la mía consiste en el hecho de que, cada vez que se halla fuera un cesto doméstico que contiene vajilla, sobre una mesa destinada a la comida, la presencia de un extranjero errante cuyos modales son superiores a los míos tiene la virtud de hacerme recordar dicho cesto. En consecuencia, le hice saber al hindú que el ama se hallaba ausente, previniéndole a él y a sus acompañantes que debían alejarse de la finca. En respuesta a mis palabras me hizo una elegante reverencia y alejóse de allí junto con los otros. Por mi parte retorné a mi silla colmenera, que se hallaba en la parte del patio bañada por el sol y caí (si he de decir la verdad), no exactamente en el sueño, pero sí en el estado que más se le aproxima.

Fui despertado por mi hija Penélope, quien venía corriendo hacia mí, como si la casa se hallara presa del fuego. ¿Qué creen ustedes que la traía a mi lado? Pues el deseo de que hiciera arrestar inmediatamente a los tres nigromantes hindúes; sobre todo, porque sabían quién era la persona que vendría a visitarnos desde Londres y tenían la intención de inferirle algún daño a Mr. Franklin Blake.

Al oír este nombre me desperté. Abriendo los ojos le dije a mi hija que se explicara.

Al parecer, Penélope acababa de estar en el pabellón de guardia, donde habló con las hijas del guardián. Las dos muchachas habían visto salir a los hindúes seguidos por el muchachito, luego que yo les ordenara abandonar la casa. Habiéndoseles antojado a ambas que el muchacho era maltratado por los extranjeros —no sé por qué motivos, como no fuera por su aspecto hermoso y delicado—, deslizáronse luego a lo largo de la parte trasera del seto que separaba la casa del camino, para observar las maniobras efectuadas por aquéllos, del otro lado del cerco. Dichas maniobras consistieron en la ejecución de las siguientes y asombrosas operaciones:

Primero habían mirado de arriba abajo el camino, para asegurarse de que se hallaban solos. Luego se volvieron los tres hacia la casa, dirigiéndole una dura mirada. Posteriormente cuchichearon y disputaron en su lengua nativa, mirándose entre sí como si se hallaran en la duda. Por último se volvieron hacia el muchacho inglés como esperando que él los ayudara. El cabecilla, que hablaba el inglés, dijo al muchacho:

—Extiende tu mano.

Al oír tan terribles palabras, mi hija Penélope me dijo que no sabía cómo su corazón no escapó de su pecho. Yo me dije a mí mismo que sería debido a su corsé. No le respondí, sin embargo, más que esto:

—Me haces poner la carne de gallina. (Nota bene: a las mujeres les agradan estos pequeños cumplimientos.)

Pues bien, cuando el hindú dijo: «Extiende tu mano», el muchacho retrocedió y sacudió negativamente la cabeza, respondiendo que no le agradaba tal cosa. El hindú le preguntó en seguida, no muy ásperamente, si le gustaría ser enviado de regreso a Londres y al lugar donde lo habían encontrado dormido en un cesto que se hallaba en un mercado… hambriento, haraposo y abandonado. Esto bastó, al parecer, para eliminar su resistencia. El pequeño alargó de mala gana su mano. El hindú extrajo entonces una botella de su pecho y vertió cierta cantidad de una sustancia negra como la tinta en la mano del muchacho. Luego de rozar con su mano la cabeza de éste y hacer algunos signos por encima de ella, en el aire, dijo:

—Mira.

El muchacho se puso enteramente rígido y adquirió la apariencia de una estatua, con la vista clavada en la tinta vertida en el hueco de su mano.

(Hasta aquí todo esto no me pareció más que un simple juego de manos, acompañado de un estúpido despilfarro de tinta. Comenzaba a dormirme de nuevo, cuando las próximas palabras de Penélope vinieron a despertarme del todo.)

Los hindúes miraron una vez más de arriba abajo el camino… Y entonces su jefe le dijo estas palabras al muchacho:

—Mira hacia los caballeros ingleses que regresan del extranjero.

El muchacho respondió:

—Estoy viéndolos.

El hindú dijo entonces:

—¿Será por el camino que se dirige a esta casa y no por otro por donde habrá de pasar hoy el caballero inglés?

Y el muchacho replicó:

—Será por el camino que se dirige a esta casa y no por otro por donde habrá de pasar hoy el caballero inglés.

El hindú hizo una segunda pregunta, luego de un breve intervalo.

—¿Vendrá el caballero inglés con eso? —dijo.

El muchacho respondió:

—No puedo afirmarlo.

El hindú le preguntó por qué.

Y el muchacho repuso:

—Estoy cansado. La niebla que rodea mi cabeza me confunde. No puedo ver más por hoy.

Con esto terminó el interrogatorio. El jefe hindú les dijo algo en su propia lengua a sus dos compañeros, señalando al muchacho y apuntando con su mano hacia la ciudad, en la que, como descubrimos más tarde, se alojaban todos ellos. Entonces, y luego de trazar nuevos signos sobre la cabeza del muchacho, sopló en la frente de éste, que se despertó estremecido. En seguida reanudaron su marcha hacia la ciudad, y desde ese momento las muchachas no habían vuelto a verlos.

Según se dice, casi todos los hechos sugieren alguna moraleja sólo que hace falta saber extraerla. ¿Cuál era la que se desprendía de lo antedicho? En mi opinión era la siguiente: primero, el jefe de los escamoteadores había oído hablar puertas afuera, a la servidumbre, respecto al arribo de Mr. Franklin, y descubrió la manera de hacer algún dinero a costa de ello. Segundo, tanto él como sus dos subalternos y el muchachito (con vistas a obtener esa pequeña ganancia a que nos hemos referido) se dispusieron a errar por allí hasta el momento del arribo de mi ama, con el propósito de retornar entonces y predecir, en forma mágica, la llegada de Mr. Franklin. Tercero, lo que Penélope había oído no era más que el ensayo de sus tretas, tal como cuando los actores ensayan una obra. Cuarto, haría yo bien en no perder de vista esa noche el cesto de la vajilla. Quinto, Penélope no podía hacer otra cosa mejor que apagar su vehemencia y dejarme a mí, su padre, que me adormeciera de nuevo bajo el sol.

Esto es lo que me parecía más conveniente. Si tienen ustedes alguna experiencia respecto a las jovencitas, no habrán de sorprenderse cuando les diga que Penélope no hizo nada de eso. Según ella, los hechos eran de mucha gravedad. Sobre todo me hizo reparar en la tercera pregunta hecha por el hindú: «¿Vendrá el caballero inglés con eso?»

—¡Oh, padre! —dijo Penélope, enlazando fuertemente sus manos—, ¡no te burles! ¿Qué significa eso?

—Se lo preguntaremos a Mr. Franklin, querida —le dije—, si es que puedes aguardar hasta su arribo.

Le guiñé un ojo, para demostrarle que tomaba la cosa en broma. Penélope la tomaba en serio. Su vehemencia me divertía.

—¿Qué diablos puede saber de esto Mr. Franklin? —inquirí.

—Pregúntale —dijo Penélope—. Y averigua si él, también, toma el asunto en broma.

Luego de este último disparo se alejó de mi lado.

Una vez que se hubo ido, decidí realmente interrogar a Mr. Franklin, sobre todo para tranquilizar a Penélope. Lo que hablamos ambos, luego de haberle hecho yo esa pregunta, habrán de hallarlo ustedes expuesto al detalle en el lugar pertinente. Pero, como no deseo despertar la expectativa de ustedes, para defraudarlos más tarde, permítome anticiparles desde ya —y antes de ir más lejos— que no habrán de hallar ustedes el menor asomo de broma en la conversación que sostuvimos en torno a los prestidigitadores. Con gran sorpresa advertí que Mr. Franklin, al igual que Penélope, tomaba el asunto en serio. Hasta qué punto lo hacía, podrán ustedes comprobarlo cuando les diga que «Eso», en su opinión, significaba la Piedra Lunar.

CAPÍTULO IV

En verdad, lamento mucho obligarlos a permanecer a mi lado y junto a mi silla. Un anciano que se halla adormecido en un soleado patio trasero nada tiene de interesante, lo reconozco. Pero las cosas habrán de ser puestas cada cual en su sitio, de acuerdo con lo realmente acaecido, y les ruego que prosigan andando a paso lento junto a mí, mientras aguardamos a Mr. Franklin, que arribará en las últimas horas del día.

Antes de haber tenido tiempo de amodorrarme de nuevo, luego de la partida de mi hija Penélope, fui perturbado por un rechinar de vajilla, proveniente de las dependencias de los criados, que vino a anunciarme que la cena se hallaba lista. Comiendo, como yo lo hacía en mi propia habitación, nada tenía que ver con la cena de la servidumbre, como no fuera desearles una buena digestión, antes de volver a apoltronarme en mi silla. Acababa de estirar mis piernas, cuando vi de pronto surgir ante mí a otra mujer. No era mi hija; se trataba, esta vez, de Nancy, la ayudante de cocina. Yo le cerraba el paso. Mientras me pedía que la dejara pasar pude observar que la expresión de su rostro era de mal humor…, cosa que, en mi carácter de jefe de la servidumbre, tenía por norma no dejar pasar jamás por alto.

—¿Por qué abandonas la mesa, Nancy? —le pregunté—. ¿Qué es lo que ocurre, ahora?

Nancy trató de abrirse paso sin responderme, ante lo cual me levanté yo y la tomé de una oreja. Es una muchacha rolliza y hermosa, y en cuanto a mí, tengo por costumbre proceder en esa forma, cada vez que deseo demostrarle a una muchacha que apruebo personalmente su conducta.

—¿Qué es lo que pasa ahora? —le volví a preguntar.

—Rosanna ha vuelto a retrasarse para la cena —dijo Nancy—. Y me han ordenado ir en su busca. Los trabajos más duros caen siempre sobre mis espaldas. ¡Déjeme pasar, Mr. Betteredge!

La persona que aquí se designa con el nombre de Rosanna era la segunda criada de la casa. Sintiendo hacia ella una especie de piedad (por qué, ya habrán de saberlo ustedes ahora) y presintiendo, a través de la expresión del rostro de Nancy, que ésta habría de dirigirle palabras más duras que las que aconsejaban las circunstancias, ocurrióseme de pronto pensar que no tenía nada que hacer y que bien podía ir por Rosanna yo mismo, previniéndole que en el futuro debería ser más puntual, cosa que, estaba seguro, habría de acatar sumisamente, dicho por mis labios.

—¿Dónde está Rosanna? —inquirí.

—En la playa, naturalmente —dijo Nancy, sacudiendo la cabeza—. Esta mañana sufrió uno de sus acostumbrados desmayos y pidió que la dejaran salir para respirar un poco de aire fresco. Se me está acabando la paciencia.

—Vuelve a cenar, muchacha —le dije—. Yo, que soy paciente con ella, iré en su busca.

Nancy, que es de muy buen comer, se mostró complacida. Cuando así ocurre parece hermosa. Y cuando se me aparece hermosa tengo ya costumbre de pasarle la mano por debajo de la barbilla. No es un acto inmoral, sino una costumbre.

Pues bien, echando mano de mi bastón, me dirigí hacia las arenas.

¡No!, aún no es conveniente partir. Siento mucho verme obligado a detenerlos otra vez; pero es necesario, realmente, que escuchen ustedes la historia de Rosanna y las arenas, por la simple razón de que la historia del diamante se halla estrechamente vinculada con ambas. ¡Con cuánto esfuerzo trato de proseguir narrando sin detenerme en el trayecto, y cuán malamente llevo a cabo mi propósito! Pero, ¡vaya!… Hombres y Cosas se mezclan en forma arbitraria en nuestra vida, reclamando todas, a la vez, nuestra atención. Seamos, pues, pacientes y breves; les prometo que muy pronto habremos de hallarnos sumergidos en pleno misterio.

Rosanna (para nombrar a la Persona antes que la Cosa, lo cual hacemos por mera cortesía) era la única criada nueva de la casa. Cerca de cuatro meses antes de la época a la que me estoy refiriendo, había ido mi ama a Londres a visitar un reformatorio, con el objeto de salvar a algunas mujeres y evitar que reincidieran en el mal camino, una vez que abandonaran la prisión. La directora, advirtiendo su interés, indicóle una muchacha llamada Rosanna Spearman, narrándole, al mismo tiempo, una historia de lo más desdichada, que no me atrevo a repetir aquí, porque no deseo, como no desearán sin duda ustedes, pasar un mal momento, sin provecho alguno. En resumen, Rosanna Spearman había sido una ladrona, pero como no era de esa especie de ladrones que fundan compañías en las ciudades para hurtarles a millares de personas, en lugar de robarle a una sola, la ley dejó caer su garra sobre ella, y la cárcel y el reformatorio siguieron las directivas de la ley. La directora opinaba, pese a tales antecedentes, que la muchacha constituía una excepción entre miles de casos diversos y que sólo necesitaba una oportunidad para mostrarse digna del interés de que la hiciera objeto cualquier mujer cristiana. Mi ama (que era una cristiana, si es que en verdad ha habido alguna vez alguien que lo fuera) replicó a la directora: «Rosanna Spearman contará con esa oportunidad bajo mi servicio.» Una semana después ingresó como segunda doncella.

Exceptuándonos a Miss Raquel y a mí, a ninguna otra persona le fue revelada dicha historia. Mi ama, que me concedía siempre el honor de consultarme respecto a cualquier clase de asunto, lo hizo también esa vez en la cuestión de Rosanna. Y habiendo yo adquirido, en gran parte, la costumbre del difunto Sir John de asentir siempre a lo que ella decía, convine cordialmente con ella en todo lo que se vinculaba a la misma.

Jamás muchacha alguna contó con una oportunidad mejor que la que se le brindó a esta pobre muchacha. Ningún criado podía echarle en cara su pasado, porque ninguno de ellos lo conocía. Contó con un salario y gozó de los mismos privilegios que los demás; y de tanto en tanto recibía, en privado, alguna palabra de estímulo por boca de mi ama. En retribución, necesario es que lo diga, se mostró ella siempre digna del benévolo tratamiento que se le dispensaba. Aunque, lejos de ser fuerte, era víctima a menudo de esos desvanecimientos a que se ha hecho referencia, realizaba sus faenas con modestia y sin quejarse, efectuándolo todo cuidadosa y concienzudamente. Pero, fuera por lo que fuere, lo cierto es que jamás entabló amistad alguna con las otras criadas, exceptuando a mi hija Penélope quien, aunque no intimó nunca con ella, la trató siempre con benevolencia.

No puedo explicarme en qué forma pudo ofender la muchacha a las demás. No había en ella, ciertamente, belleza alguna que hubiera podido provocar su envidia; era, por otra parte, la más humilde de la casa, a lo cual se agregaba la desgracia de tener un hombro más grande que el otro. En mi opinión, las causas principales del resentimiento de sus compañeras eran, sobre todo, su mutismo y su soledad. Acostumbraba leer o trabajar en las horas libres, momentos que las demás dedicaban a las murmuraciones. Y cuando le correspondía salir, nueve de cada diez veces en que tal cosa ocurría, se colocaba en silencio su gorro y salía completamente sola. Jamás disputaba ni se ofendía por nada; sólo mantenía cierta distancia, obstinada y cortésmente, entre sí misma y las otras. Añadíase a ello la circunstancia de que, simple como era, existía en su persona la pizca de un algo que no correspondía a una criada, y esa pizca la hacía asemejarse a una señora. Trascendía tal cosa de su voz, o quizá de su rostro. Lo que sí puedo asegurar es que las otras mujeres se lanzaron sobre esa peculiaridad suya como un rayo, desde el primer día en que se la vio en la casa, y dijeron, lo cual era de lo más injusto, que Rosanna Spearman se daba tono.

Habiendo narrado ya su historia, no me queda otra cosa por hacer que darles a conocer una de las tantas costumbres extrañas de esta rara muchacha, antes de proseguir con mi relato sobre lo ocurrido en las arenas. Nuestra finca se yergue bien hacia lo alto, en la costa de Yorkshire, próxima al mar. Y cuenta con muy hermosas sendas en todas direcciones, salvo en una. Ésta, puedo asegurarles, es una senda horrible. Luego de surcar a través de un cuarto de milla una melancólica plantación de abetos, nos lleva hasta un lugar ceñido por dos bajos acantilados que se alzan sobre una pequeña bahía, la más solitaria y deprimente de toda la costa.

Las dunas se suceden allí cuesta abajo, en dirección al mar, y culminan en dos cabos rocosos y combados que surgen el uno frente al otro, hasta perderse en el mar. Uno de ellos recibe el nombre de Cabo Norte y el otro de Cabo Sur. Entre ambos, y fluctuando continuamente en ciertos períodos del año, extiéndese la más horrenda de las arenas movedizas de Yorkshire. Cuando retorna la marea, hay algo allí, en las remotas profundidades, que le transmite un temblor de lo más extraño a esa superficie arenosa, lo cual ha dado lugar a que las gentes de la región bautizaran al sitio con el nombre de las Arenas Temblonas. Un gran banco situado media milla más allá, próximo a la boca de la bahía, atempera la violencia de las aguas oceánicas que vienen desde mar afuera. En invierno y verano, cuando fluye la marea sobre las arenas movedizas, parece como si el mar, luego de abandonar allí sus olas, sobre el banco, se deslizase calmosamente, suspirando y cubriendo de silencio la costa. ¡Se trata, sin duda, del más horrible y solitario de los lugares! Ni un solo niño de nuestra aldea de pescadores, llamada Cobb's Hole, viene a jugar aquí. Los mismos pájaros, creo, eluden a estas Arenas Temblonas. Que una muchacha ante cuya mirada se ofrecen por docenas los caminos más hermosos, y a quien no le habría de faltar compañía en cuanto le dijera a alguien: «¡Ven!», escoja este sitio para sentarse a trabajar en él o dedicarse, solitaria, a la lectura, cuando le corresponde salir, es algo, en verdad, extraordinario. Como quiera que sea, y tómenlo ustedes como quieran, lo cierto es que ése era el paseo favorito de Rosanna Spearman, si se exceptúan los viajes que realizaba de tanto en tanto, para ir a visitar a su única amiga residente en Cobb's Hole, la persona más próxima a su vida. También es cierto que era ése el sitio hacia donde yo me dirigía con el propósito de hacerla regresar para la cena, lo cual nos retrotrae, felizmente, al punto de partida, impulsándonos otra vez hacia las arenas.

Ni un solo vestigio de su existencia advertí en el plantío. Cuando, después de trasponerlo, avancé por los médanos en dirección a la costa, pude verla con el pequeño sombrero de paja y la sencilla capa gris que usaba siempre para disimular, de la mejor manera posible, su hombro deforme. Allí estaba, solitaria, dirigiendo su vista, a través de las arenas movedizas, en dirección al mar.

Se estremeció al verme a su lado y volvió la cabeza hacia otra parte. Como por principio no podía yo, en mi carácter de jefe de la servidumbre, permitir que se rehusase mirarme a la cara, sin inquirir la causa, le hice volver el rostro hacia mí y comprobé que estaba orando. Teniendo a mano mi pañuelo de hierbas —una de las seis maravillas que le debo al ama—, lo sustraje de mi bolsillo y le dije a Rosanna:

—Ven y siéntate conmigo, querida, en el declive de costa. Luego de enjugarte las lágrimas seré tan osado como para preguntarte cuál es el motivo de esas lágrimas.

Cuando sean ustedes tan viejos como yo, hallarán entonces mucho más fatigoso de lo que ahora les resulta el acto de ir a sentarse en el declive de una costa. Sentado allí comprobé que Rosanna se había estado secando los ojos con su propio pañuelo, de una clase y inferior a la del mío, un mezquino pañuelo de artista. Se hallaba muy serena, sintiéndose a la vez desdichada, pero se sentó a mi lado como una buena muchacha en cuanto se lo indiqué. La manera más eficaz de consolar a una mujer consiste en sentarla sobre nuestras rodillas. Yo me acordé al instante de tan preciosa norma. Pero, ¡vaya!, lo cierto es que Rosanna no era Nancy.

—Dime, querida —le dije—, ¿por qué estabas llorando?

—Por mi vida de estos últimos años, Mr. Betteredge —dijo Rosanna calmosamente—. Todavía me acuerdo, de vez en cuando, de mi vida pasada.

—Vamos, vamos, muchacha —le dije— tu pasado ya ha sido borrado. ¿Por qué razón no puedes olvidarlo?

Asió, entonces, uno de los faldones de mi casaca. Yo soy un viejo desaliñado que vuelco buena parte de lo que como y bebo sobre mis ropas. Ya una ya otra mujer de la casa me quitan siempre la grasa de encima. La víspera Rosanna había quitado una mancha de mi faldón, con un nuevo producto del que se decía que eliminaba toda mancha. Desaparecida la grasa, una huella opaca aparecía en el mismo lugar, sobre la pelusa del paño. La muchacha señaló el lugar y sacudió la cabeza.

—La mancha ha desaparecido —dijo—. ¡Pero el lugar la descubre, Mr. Betteredge…, el lugar la descubre!

Una observación que nos toma desprevenidos, valiéndose para ello de nuestra propia chaqueta, no es fácil de ser contestancia. Por otra parte, algo trascendía en ese instante de la muchacha que me hizo sentirme particularmente sensible a su dolor.

Tenía unos hermosos ojos castaños, simples, como lo eran también muchas de sus otras características personales, y me miró denotando una tan profunda sensación de respeto hacia mi dichosa ancianidad y mi buen carácter, que fue como si me hubiera dado a entender que tales cosas habrían de hallarse en todo tiempo fuera del alcance de sus posibilidades; lo cual hizo que se me oprimiera el corazón ante la suerte de nuestra segunda doncella. Considerándome incapaz de confortarla, sólo me quedaba una cosa por hacer. Y esta cosa consistía… en hacerla regresar para comer.

—Ayúdame a levantarme —le dije—. Te has rehusado para la cena, Rosanna, y he venido a buscarte.

—¡Usted, Mr. Betteredge! —respondió ella.

—Nancy era la encargada de hacerlo —le dije—. Pero pensé que habría de molestarte menos el regaño si éste venía de mis labios.

En lugar de ayudarme, la pobre criatura deslizó su mano sobre la mía, y la apretó suavemente. Se esforzó por no llorar y lo consiguió… ganándose de esa manera mi respeto.

—Es usted muy bueno, Mr. Betteredge —dijo—. No deseo comer nada hoy… Permítame quedarme un rato más aquí.

—¿Qué es lo que te hace desear este lugar? —le pregunté—. ¿Qué es lo que te impulsa a venir continuamente a un sitio tan miserable?

—Hay algo que me arrastra aquí —dijo la muchacha, trazando figuras con su dedo en las arenas—. Quiero evitarlo y no puedo. A veces —dijo en voz baja y como atemorizada por sus propias visiones—, a veces, Mr. Betteredge, pienso que la muerte me está aguardando aquí.

—Allá están el carnero asado y el budín aguardándote —le dije—. Entra a comer en seguida. ¡Eso es lo que ocurre cuando se medita con el estómago vacío, Rosanna!

Le hablé con severidad, naturalmente indignado, a esa altura de mi vida, ante una muchacha de veinticinco años que hablaba de la muerte.

Pareció no oírme; colocándome una mano sobre el hombro me obligó a permanecer sentado junto a ella.

—Creo que este sitio me ha embrujado —dijo—. Sueño con él todas las noches y pienso en él cuando me hallo cosiendo. Usted sabe, Mr. Betteredge, que soy una persona agradecida… y sabe también que trato de merecer la bondad suya y la confianza del ama. Pero algunas veces me pregunto si no es ésta una vida demasiado tranquila y buena para una mujer como yo, para una mujer que ha pasado por todo lo que yo he pasado, Mr. Betteredge…, por todo lo que yo he pasado. Me encuentro más a solas allá, entre los demás criados, sabiendo, como bien sé, que no soy igual a ellos, que aquí, en este sitio. Ni el ama ni la directora del reformatorio pueden imaginarse el espantoso reproche que significan en sí mismas las gentes honestas para una mujer como yo. No me regañe usted que es un hombre bueno. ¿No cumplo acaso con mis obligaciones? Por favor, no le diga al ama que estoy descontenta… Pues no lo estoy. Mi espíritu se inquieta algunas veces; eso es todo. ¡Mire! —dijo—. ¿No es maravilloso? ¿No es terrible? Lo he visto infinidad de veces y siempre me parece tan nuevo como si jamás lo hubiera visto anteriormente.

Yo dirigí mi vista hacia donde ella indicaba. La marea retornaba y las horribles arenas comenzaron a temblar. La ancha y morena superficie se hinchaba levemente y luego se ahuecaba y temblequeaba en toda su extensión.

—¿Sabe usted en lo que me hace pensar, a mí, esto? —dijo Rosanna, asiéndose de mi hombro nuevamente—. En cientos y cientos de seres jadeantes que se hallarán allí debajo…, luchando todos por alcanzar la superficie y hundiéndose más y más en esas terribles profundidades. ¡Tire una piedra, Mr. Betteredge, tire una piedra allí y veamos si la arena se la engulle!

¡He aquí una charla enfermiza! ¡He aquí un estómago vacío, nutriéndose con los pensamientos de una mente agitada! Mi respuesta —un tanto abrupta, pero en su propio beneficio, puedo aseguraros— se hallaba ya en la punta de mi lengua, cuando fue contenida súbitamente en ella por una voz, que surgiendo de las dunas me llamaba a gritos por mi nombre. «¡Betteredge!» —prorrumpió la voz—, «¿dónde está usted?». «¡Aquí!», respondí con un grito, sin la menor idea respecto a quién podía ser esa persona. Rosanna se puso en pie, y, estremecida y rígida, clavó su vista en el lugar desde el cual llegaba la voz. Estaba yo por levantarme, a mi vez, cuando me hizo vacilar un cambio advertido en las facciones de la muchacha.

Su piel adquirió un bello matiz rojo, como jamás lo había yo percibido anteriormente; todo su ser resplandecía bajo los efectos de una indecible sorpresa que le cortó el aliento.

—¿Quién es? —pregunté.

Rosanna me contestó repitiendo mi pregunta.

—¡Oh! ¿Quién es? —dijo suavemente, hablándose más a sí misma que dirigiéndose a mí. Yo giré sobre la arena y miré en sentido contrario. Allí, avanzando hacia nosotros a través de los montículos, pude advertir a un joven caballero de ojos vivaces, luciendo un hermoso traje color de cervatillo, ostentando un sombrero y unos guantes que armonizaban con el mismo, una rosa en el ojal de la solapa y una sonrisa que hubiera sido capaz de hacer sonreír a las propias Arenas Temblonas, en retribución a su acogida. Antes de que tuviera yo tiempo de ponerme de pie, se dejó caer, de golpe, a mi lado, colocó su brazo en torno de mi cuello —una moda extranjera— y me dio un abrazo que casi me corta el resuello.

—¡Mi viejo y querido Betteredge! —dijo el recién Ilegado—. Te debo siete libras y seis peniques. ¿Sabes ahora quién soy? ¡Dios nos bendiga y nos salve! ¡Porque he aquí que —cuatro horas antes de la señalada— teníamos junto a nosotros a Mr. Franklin Blake!

Antes de que lograra yo articular palabra alguna, advertí que Mr. Franklin, muy sorprendido, al parecer, desviaba su vista de mi persona para fijarla en Rosanna. Siguiendo su trayectoria con la mía, yo también me puse a mirar a la muchacha. Ésta se ruborizaba más y más, lo cual se debía, aparentemente, al hecho de haber tropezado con los ojos de Mr. Franklin; dándonos la espalda, súbita e indeciblemente confundida, abandonó el lugar sin saludar siquiera al caballero o dirigirme una sola palabra a mí, hecho que se halla enteramente en pugna con su habitual manera de conducirse, pues jamás habrán conocido ustedes una criada más cortés y de mejores modales.

—Qué extraña muchacha —dijo Mr. Franklin—. Me pregunto qué es lo que la habrá sorprendido en mí.

—Creo, señor —respondí, bromeando a costa de la educación europea de nuestro joven caballero—, que debe de haber sido su barniz extranjero.

Hago constar aquí las displicentes palabras de Mr. Franklin y mi tonta respuesta, a manera de consuelo y estímulo para cuanta gente estúpida hay en este mundo, ya que, como lo he hecho notar con este ejemplo, constituye siempre un motivo de satisfacción para nuestros subalternos el comprobar cómo en ciertas ocasiones no se muestran sus superiores más perspicaces que sus inferiores. Ni Mr. Franklin, pese a su maravillosa cultura extranjera, ni yo mismo, con toda mi experiencia y mi innata sagacidad, logramos siquiera vislumbrar a qué se había debido, realmente la insólita actitud de Rosanna Spearman. Su pobre imagen se había desvanecido de nuestra mente antes de que cesáramos de percibir el postrero temblor de su pequeña capa gris en medio de las dunas. ¿Y qué importa ello?, se preguntará, con razón, el lector. Lea mi buen amigo, con tanta paciencia como le sea posible, y llegará a lamentar en la misma medida, tal vez, en que yo lo hice, el destino de Rosanna Spearman, desde el momento en que di con la verdad.

CAPÍTULO V

Lo primero que hice, en cuanto nos quedamos solos, fue intentar, por tercera vez, ponerme en pie sobre la arena. Mr. Franklin me contuvo entonces.

—Este horrendo lugar nos depara una ventaja —dijo—; y ésta consiste en que somos sus únicos moradores. No te muevas, Betteredge; tengo algo que decirte.

Mientras prestaba oídos a sus palabras, tenía yo mi vista fija en él, y me esforzaba por hallar en los rasgos del hombre algo que me hiciera ver de nuevo al niño. El hombre me desconcertó. Su aspecto me persuadió de que, mirándolo como lo mirara, tenía tantas probabilidades de descubrir las rosadas mejillas del niño como de volver a percibir la pequeña y acicalada chaqueta del muchacho. Su piel había empalidecido; su rostro, ante mi asombro y disgusto, se hallaba recubierto en la parte inferior por un bigote y una barba morena y rizada. Sus maneras eran frívolas y vivaces, agradables y atractivas, debo reconocerlo, pero nada había en ellas que pudiera compararse con sus espontáneos modales de antaño. Lo que agravaba las cosas era el hecho de que, pese a su promesa de crecer, no había cumplido tal compromiso. Era delgado, elegante bien proporcionado, pero le faltaban una o dos pulgadas para alcanzar una estatura mediana. En suma, me desconcertó completamente. Los años transcurridos nada habían dejado en pie de su antigua apariencia, como no fuera su vivaz y franca mirada. Esta me hizo dar de nuevo con el muchacho y allí resolví detenerme en mi examen.

—Bienvenido sea en esta vieja residencia, Mr. Franklin —le dije—. Tanto más bienvenido cuanto que ha llegado usted, señor, con algunas horas de anticipación.

—He tenido un motivo para anticiparme —respondió Mr. Franklin—. Sospecho, Betteredge, que se me ha seguido y vigilado en Londres durante los tres o cuatro últimos días; he viajado de mañana en lugar de tomar el tren vespertino, para chasquear a cierto extranjero de piel oscura.

Estas palabras me sorprendieron sobremanera. Trajéronme a la mente de inmediato a los tres prestidigitadores y la advertencia de Penélope, quien sospechaba que los mismos se hallaban tramando algo en contra de la persona de Mr. Franklin Blake.

—¿Quién lo ha estado vigilando, señor… y por qué? —inquirí.

—Quiero que me informes respecto a esos tres hindúes que han estado hoy en la casa —dijo Mr. Franklin, sin responder a mi pregunta—. Es muy posible, Betteredge, que tanto el extranjero como esos escamoteadores tuyos formen parte del mismo acertijo.

—¿Cómo se ha enterado usted, señor, de la presencia de esos prestidigitadores? —le respondí, colocando una pregunta inmediatamente a la zaga de la otra, lo cual, admito, no encuadra con las normas de la buena educación.

Pero no siendo mucho lo que debe esperarse de la pobre naturaleza humana, confío en que no exigirán tampoco mucho de mi persona.

—Estuve con Penélope en la casa —dijo Mr. Franklin—, y me puso al tanto de lo ocurrido. Tu hija, Betteredge, ha cumplido su promesa de trocarse en bella jovencita. Penélope se halla dotada de un oído aguzado y de un pie leve. ¿Poseía acaso la difunta Mrs. Betteredge tan inestimables cualidades?

—La difunta Mrs. Betteredge poseía, señor, una buena suma de defectos —respondile—. Uno de ellos consistía, y le pido perdón por mencionarlo, en el hecho de que jamás se mantenía dentro de los límites del problema en discusión. Se asemejaba más a una mosca que a una mujer: le era imposible detener su vuelo sobre cosa alguna.

—Hubiera congeniado cabalmente conmigo —dijo Franklin—. Jamás logré yo tampoco concentrarme en cosa alguna. Betteredge, tienes ahora un filo más aguzado que nunca. Tu hija, al pedirle yo detalles acerca de los prestidigitadores, sólo me dijo lo siguiente: «Mi padre le dará informes. Es un hombre maravilloso, pese a su edad, y sabe expresarse muy bellamente.» Éstas fueron, exactamente, las palabras pronunciadas por Penélope, quien se ruborizó de la manera más encantadora. Ni aun el respeto que siento por ti impidió… pero eso no tiene importancia; la conocí de niña y no creo que tal cosa pueda perjudicarla. Hablemos seriamente. ¿Qué es lo que han hecho esos escamoteadores?

Yo me sentí un tanto incomodado por la conducta de mi hija, no por haberle permitido a Mr. Franklin que la besara, lo cual podía muy bien hacer, sino por forzarme a hacer el relato de su tonta historia, de segunda mano. No obstante, me veía ahora obligado a narrar los mismos hechos. Toda la alegría de Mr. Franklin se vino abajo, a medida que yo avancé en mi relato. Se hallaba allí, sentado, con las cejas fruncidas y retorciéndose la barba. Cuando hube dado término a la historia, se repitió a sí mismo dos de las preguntas que el jefe de los juglares le hiciera al muchacho, al parecer con la intención de grabárselas profundamente en la memoria.

—¿Será por el camino que se dirige a esta casa no por otro por donde habrá de pasar hoy el caballero inglés? ¿Vendrá el caballero inglés con eso?

—Sospecho —dijo Mr. Franklin, extrayendo de su bolsillo un pequeño envoltorio de papel lacrado— que eso se refiere a esto. Y esto, Betteredge, no es otra cosa que el famoso diamante de mi tío Herncastle.

—¡Dios mío, señor! —prorrumpí—. ¿Cómo ha venido a parar a sus manos el diamante del maligno Coronel?

—El maligno Coronel ha dispuesto en su testamento que este diamante se convierta en un presente de cumpleaños para mi prima Raquel —dijo Mr. Franklin—. Y mi padre, en su carácter de albacea del maligno Coronel, me ha confiado la misión de traerlo a este lugar.

Si el mar, que en ese instante se filtraba suavemente en las Arenas Temblonas, se hubiera convertido en tierra firme ante mis propios ojos, dudo de que mi sorpresa hubiese sido mayor que la provocada en mi espíritu por estas palabras de Mr. Franklin.

—¡Miss Raquel heredera del diamante del Coronel! —dije—. ¡Y su padre, señor, es el albacea del Coronel! ¡Vaya, Mr. Franklin, le hubiera apostado a usted cualquier cosa a que su padre se hubiese rehusado a tocar al Coronel aun con tenazas!

—¡Eres muy severo, Betteredge! ¿Qué es lo que tienes que decir en contra del Coronel? Pertenecía a una época que no es la nuestra. Ponme al tanto de lo que sepas a su respecto y habré de explicarte entonces cómo fue que mi padre se convirtió en su albacea y algo más aún. En Londres realicé algunos descubrimientos en torno a la persona de mi tío Herncastle y su diamante, que presentan, me parece, un feo aspecto y necesito que tú me los confirmes. Acabas de llamarlo el «maligno Coronel». Indaga en tus recuerdos, viejo amigo, y aclárame por qué.

Al percibir cuán seriamente lo decía, resolví darle esa explicación.

Transcribo aquí, en beneficio del lector, y en sus aspectos fundamentales, la información que le di a él. Preste atención, porque de lo contrario se extraviará cuando nos internemos más en nuestra historia. Ahuyente del pensamiento a los niños, a la cena, a su nuevo sombrero o lo que quiera que fuere. Trate de olvidarse de la política, los caballos, las cotizaciones de la City y las querellas del club. Espero que no habrá de ser en vano; sólo se trata de una de las tantas maneras a que recurro para requerir la atención del benevolente lector. ¡Dios mío! ¿No lo he visto acaso con los más grandes autores en la mano y no sé por ventura lo propenso que es a dejar divagar su atención, cuando es un libro quien la solicita y no una persona? Hace un instante me he referido al padre de mi ama, el viejo Lord de la lengua larga y el carácter áspero. En total tuvo cinco hijos. Para comenzar, dos varones; luego de un largo intervalo su esposa se dio engendrar de nuevo y tres damiselas fueron surgiendo prestamente una detrás de otra, lo cual hizo con mayor premura que puede permitir el curso natural de las cosas; mi ama, como ya he apuntado más arriba, era la más joven y bella de las tres. El mayor de dos varones, Arturo, heredó el título y las posesiones. El segundo, el Honorable John, recibió de un pariente una gran fortuna e ingresó en el ejército.

Hay un proverbio que tacha de mal pájaro a aquel que empuerca su propio nido. Y como yo me considero un integrante de la noble familia de los Herncastle, espero se me conceda el favor de no solicitarme detalles vinculados con el Honorable John. Honestamente considero que fue uno de los más grandes temibles guardias que jamás hayan existido. Se inició en el ejército, incorporándose al Cuerpo de Guardias. Tuvo que abandonarlo antes de los veintidós años…, no importa por qué causa. Las leyes del ejército son muy rigurosas y lo fueron también en el caso del Honorable John. Dirigióse luego a la India para comprobar si allí también lo eran y probar un poco el servicio activo. En lo que respecta al coraje (hay que reconocerlo) era una mezcla de bull dog y de gallo de riña, con una pizca de salvajismo. Intervino en la toma de Seringapatam. Bien pronto cambió de regimiento, y con el correr del tiempo se incorporó a un tercero. En éste alcanzó el último grado a que fue promovido, o sea de Teniente Coronel, juntamente con una insolación, emprendiendo entonces el regreso a Inglaterra.

Retornó con un carácter que hizo que le cerraran la puerta todos sus familiares, entre quienes se destacó en primer término mi ama, recién casada, al proclamar, con el asentimiento de Sir John, naturalmente, que jamás habría de permitirle a su hermano la entrada en ninguna residencia suya. Más de un baldón empañaba la fama del Coronel y hacía que las gentes se avergonzaran de su trato, pero aquí sólo interesa insistir sobre el estigma que se refiere al diamante.

Se decía que había entrado en posesión de esa gema india valiéndose de medios que, aunque era osado, no se atrevía él mismo a reconocer. Jamás procuró venderlo, ya que no se halló nunca necesitado de dinero, ni hizo nunca, para hacerle justicia nuevamente, del dinero un fin. Jamás se desprendió de la gema, ni se la mostró a ser viviente alguno. Se dijo que temía verse envuelto en dificultades, ante las autoridades militares, por su causa; otros, ignorando completamente su verdadera naturaleza, afirmaron que temía que su exhibición le costara la vida.

Sin duda había una parte de verdad en esta última afirmación. Hubiera sido falso afirmar, por ejemplo, que se hallaba amedrentado, pero era cierto, por otra parte, que su vida se había visto amenazada en dos ocasiones en la India, y era creencia arraigada que el diamante jugaba un papel importante en ese asunto. Cuando a su regreso a Inglaterra se vio que todo el mundo eludía su presencia, pensó la gente de nuevo que el diamante era el causante de todo. El misterio de la vida del Coronel fue infiltrándose en sus propios modales y lo colocó al margen de la ley, por así decirlo, entre las gentes de su país. Los hombres le impedían la entrada a los clubes; las mujeres —muchas, sin duda— con que intentó casarse lo rechazaron; amigos y parientes se tornaron demasiado cortos de vista para poderlo distinguir en la calle.

Otro hombre, en medio de tanta hostilidad, se hubiera esforzado por ganarse la buena voluntad de las gentes. Pero el Honorable John no era un hombre que habría de ceder aunque estuviese errado y tuviera que enfrentar a todo el mundo. Así como había conservado el diamante en la India, desafiando abiertamente a quienes lo podían acusar de asesinato, seguía conservándolo en Inglaterra, desafiando en la misma forma a la opinión pública. He aquí el retrato de ese hombre, pintado como sobre un lienzo; un carácter que se atrevía a toda cosa y un rostro que, hermoso como era, parecía no obstante poseído por el demonio.

Numerosos rumores circulaban en torno a su persona. Hubo quien dijo que se había entregado al opio y a coleccionar libros antiguos; otros afirmaron que se hallaba consagrado a extraños experimentos químicos; en ciertas ocasiones se lo vio divertirse y jaranear entre las gentes más bajas de los más disolutos barrios de Londres. Como quiera que fuere, llevaba el Coronel una existencia subterránea, viciosa y solitaria. En una ocasión, tan sólo en una, luego de su regreso a Inglaterra, tuve la oportunidad de encontrarme con él cara a cara.

Cerca de dos años antes de la época a que me estoy refiriendo y un año y medio antes de su muerte apareció inesperadamente el Coronel en la finca de mi ama en Londres. Fue en la noche del cumpleaños de Miss Raquel, el veintiuno de junio, mientras se realizaba una tertulia en su honor, como era costumbre en la casa. Un mensaje me fue entregado por el lacayo, a través del cual se me anunciaba que un caballero requería mi presencia. Al llegar al vestíbulo me encontré allí con el Coronel, viejo, rendido y miserable y tan perverso y salvaje como nunca.

—Sube en busca de mi hermana —me dijo— y dile que he venido a desearle a mi sobrina muchas felicidades en este día.

Más de una vez, anteriormente, había tratado de reconciliarse por carta con su hermana, con el único propósito, muy firmemente convencido, de crearle dificultades. Pero ésa era la primera vez que aparecía allí en persona. Tenía ya en la punta de la lengua la noticia de que mi ama se hallaba esa noche en una tertulia, pero su diabólico aspecto me acobardó. Así fue como me dirigí escaleras arriba con su mensaje, dejándolo, según sus deseos, a solas en el vestíbulo.

Los criados lo observaban, rígidos, desde lejos, como si se tratase de una máquina humana de destrucción cargada de pólvora y municiones para lanzarse sobre ellos en cualquier momento.

Mi ama había heredado una pizca —nada más que una pizca— de la irascibilidad proverbial en la familia.

—Dígale al Coronel Herncastle —me respondió al transmitirle el mensaje de su hermano— que Miss Verinder se halla ocupada y que yo me niego a verlo.

Yo hice lo posible por lograr una réplica más cortés, conociendo, como conocía, al Coronel, cuyo carácter no se detenía ante ninguna de esas restricciones que suelen contener a un caballero. ¡Fue inútil! La cólera familiar se descargó súbitamente sobre mi persona.

—Bien sabe usted que cuando necesito su consejo —me dijo el ama— recurro, sin vacilar, a él. Pero ahora no se lo he pedido.

Bajé, pues, la escalera, portador de aquel mensaje, tomándome la libertad de presentarlo bajo una forma que era como una nueva edición, corregida de acuerdo con mis deseos y que constaba de las siguientes palabras:

—Tanto el ama como Miss Raquel lamentan tener que comunicarle que se hallan ocupadas, Coronel, y esperan se las excuse por no poder gozar del honor de recibirlo.

Yo esperaba que habría de estallar, aun ante esa frase tan cortés. Pero, con sorpresa, advertí que no hizo nada de lo que yo temía. Me alarmé ante el hecho de que tomara la cosa con esa calma tan enteramente en desacuerdo con su índole. Sus ojos grises, vivaces y relucientes, se posaron en mi rostro durante un instante; luego rió, pero no hacia afuera como las demás personas, sino hacia adentro, hacia sí mismo, de una manera suave, ahogada y horriblemente perversa.

—Gracias, Betteredge —me dijo—. No habré de olvidar nunca el cumpleaños de mi sobrina.

Dicho esto, giró sobre sus talones y abandonó la casa.

Cuando llegó el cumpleaños siguiente nos enteramos de que se hallaba enfermo en cama. Seis meses más tarde —o sea un semestre antes de la época a que me estoy refiriendo— arribó a la casa una misiva que le era enviada al ama por un clérigo altamente respetable. A través de la misma se le comunicaban dos nuevas maravillosas, referentes a la vida familiar. La primera anunciaba que el Coronel perdonó a su hermana en su lecho de muerte. La segunda, que también había perdonado a todo el mundo y tenido un fin de lo más edificante. Yo siento, a pesar de los obispos y del clero, un verdadero respeto hacia la Iglesia, pero me hallo enteramente convencido, al mismo tiempo, de que el demonio debió entrar de inmediato, y sin dificultad, en posesión del alma del Honorable John y de que la última acción abominable cometida por ese hombre aborrecible fue, con perdón de ustedes, llamar a un sacerdote.

Esto es todo lo que dije a Mr. Franklin. Advertí que me había estado escuchando más y más atentamente, a medida que avanzaba en mi relato. Comprobé también que la historia que se refería al rechazo del Coronel de la casa de su hermana, en ocasión del cumpleaños de su sobrina, había herido, al parecer, a Mr. Franklin, como una bala que da en el blanco. Aunque no dijo una sola palabra, pude advertir, por la expresión de su rostro, que se sentía incómodo.

—Ya has dicho lo que te correspondía decirme, Betteredge —observó—. Ahora me corresponde a mí. Sin embargo, antes de darte a conocer los descubrimientos que he realizado en Londres y los detalles que explican cómo me vi mezclado en este asunto del diamante, necesito saber una cosa. A juzgar por tu expresión, mi viejo amigo, pareces no haber captado enteramente la índole del asunto que buscamos resolver. ¿O es, acaso, engañosa tu apariencia?

—No, señor —dije—. Mi apariencia, en este instante por lo menos, es sincera.

—En tal caso —dijo Mr. Franklin—, ¿qué te parece si te doy a conocer mi opinión antes de proseguir? Frente a mí veo surgir tres interrogantes, relacionados con el regalo de cumpleaños que el Coronel le envió a Miss Raquel. Sígueme con atención, Betteredge, y lleva la cuenta de lo que te iré diciendo, con los dedos, si lo crees conveniente —dijo Mr. Franklin, satisfecho de poder dar esa muestra de lucidez mental, lo cual me retrotrajo a los viejos y maravillosos tiempos en que era un muchacho—. Primer interrogante: ¿Dio lugar el diamante del Coronel a una conspiración en la India? Segundo interrogante: ¿Siguieron los conspiradores al diamante hasta Inglaterra? Tercer interrogante: ¿Tuvo conocimiento, el Coronel, de que se conspiraba en torno del diamante y se propuso dejarle un legado peligroso y molesto a su hermana, a través de la inocente persona de su hija? Hacia eso es hacia donde me conducen mis deducciones Betteredge. Te ruego que no te espantes.

Muy fácil era decirlo, pero lo cierto es que me había espantado.

De ser verdad lo que decía, he aquí a nuestra pacífica morada inglesa perturbada por un diabólico diamante hindú, que arrastraba tras sí a varios tunos inspiradores, arrojados sobre nosotros para vengar un difunto. ¡Ésa era nuestra situación, según las últimas palabras de Mr. Franklin! ¿Quién ha oído halar alguna vez de una cosa semejante, en pleno siglo diecinueve, en una era de progreso y en un país que disfruta de las bendiciones de la constitución británica? Nadie, sin duda, lo habrá oído jamás y no habrá, por lo tanto, quien acepte tal cosa. Proseguiré, sin embargo, con mi relato, a pesar de ello.

Cuando una alarma repentina, de la índole de la que acababa yo de experimentar, los inquiete, pueden tener la seguridad de que, en nueve de cada diez ocasiones, la misma se hace sentir en el estómago. Y al ocurrir tal cosa en este órgano, nuestra atención diga que comienza a sentirse uno molesto. Yo me agité silencioso, allí, en la arena. Mr. Franklin, advirtiendo mi lucha con mis perturbaciones mentales o estomacales —lo mismo da, ya que ambas significan lo mismo—, se detuvo en el preciso instante en que se disponía a proseguir con su relato, para decirme en forma abrupta:

—¿Qué es lo que quieres?

¿Qué es lo que yo quería? Aunque no se lo dije a nadie se lo diré a ustedes confidencialmente. Deseaba echar una bocanada con mi pipa y echarle un vistazo a mi Robinsón Crusoe.

CAPÍTULO VI

Ocultando mis sentimientos, le pedí respetuosamente a Mr. Franklin que continuara. Y éste replicó:

—No te inquietes, Betteredge —y prosiguió con su narración.

A través de lo que dijo en seguida nuestro joven caballero, me enteré de que los descubrimientos hechos en torno al diamante del maligno Coronel había empezado a hacerlos durante una visita efectuada, antes de venir a nuestra casa, al abogado de su padre en Hampstead. Una palabra lanzada al azar por Mr. Franklin, mientras se hallaban conversando a solas cierto día después de la cena, dio lugar a que se le dijera que había sido encargado por su padre para efectuar la entrega de un regalo de cumpleaños a Miss Raquel. Una cosa se fue eslabonando con la otra, hasta que por último terminó el abogado por revelarle la índole del regalo y el origen del vínculo amistoso que llegó a establecerse entre el difunto Coronel y Míster Blake, padre. Los hechos que a continuación expondré son de tan insólita naturaleza que dudo de mi capacidad para hacerlo debidamente. Prefiero remitirme a los descubrimientos efectuados por Mr. Franklin, valiéndome, hasta donde me sea posible, de sus propias palabras.

—¿Te acuerdas, Betteredge, de la época —me dijo— en que mi padre se hallaba empeñado en demostrar las razones que le asistían para aspirar a ese infortunado Ducado? Pues bien, por ese entonces regresó mi tío Herncastle de la India. Mi padre llegó a saber que su cuñado poseía ciertos documentos que podían serle de utilidad mientras se ventilaba el proceso. Fue a visitar, por lo tanto, al Coronel, con el pretexto de darle la bienvenida a su regreso a Inglaterra. El Coronel no era persona que se dejara engañar de esa manera.

—Tú necesitas algo —le dijo—; de lo contrario no habrías comprometido tu reputación para venir a mi casa.

Mi padre comprendió que la mejor manera de salir airoso habría de ser arrojar todas las cartas sobre la mesa: admitió de entrada que iba en busca de esos papeles. El Coronel le pidió un día de plazo para meditar la respuesta. Ésta llegó bajo la forma de la más extraordinaria de las cartas, la cual me fue mostrada por el letrado. Comenzaba expresando el Coronel que, hallándose él a su vez necesitado de algo que poseía mi padre, le proponía un cordial intercambio de servicios. Los azares de la guerra (tales fueron sus propias palabras) lo habían puesto en posesión de uno de los más grandes diamantes del mundo y tenía sus razones para creer que tanto su persona como la piedra preciosa correrían peligro mientras permanecieran juntos en cualquier morada o rincón de la tierra. Frente a tan alarmante perspectiva, había resuelto confiarle en custodia del diamante a otra persona. Esta no tenía nada que temer. Podría depositar la gema en algún sitio fuera de su casa y especialmente vigilado, en un banco o en la caja fuerte de algún joyero, donde es costumbre guardar los objetos más valiosos. Su responsabilidad personal en el asunto habría de ser de índole enteramente pasiva. Debería comprometerse a recibir en una fecha preestablecida —y en un lugar también predeterminado—, todos los años, una esquela del Coronel, donde constara simplemente el hecho de que aquél seguía existiendo. Si transcurría tal fecha sin obtener noticias suyas, debía interpretarse ese silencio como una segura señal de que el Coronel había sido asesinado. En tal caso —solamente en ése— deberían abrirse ciertas instrucciones selladas que habían sido depositadas junto con el diamante, en las cuales se indicaba lo que habría de hacerse con aquél; instrucciones que debían ser seguidas al pie de la letra.

De aceptar mi padre tan extraño compromiso, los documentos que le solicitara al Coronel se hallarían a su disposición. Tal era el contenido de la misiva.

—¿Y qué es lo que hizo su padre, señor? —le pregunté.

—¿Qué fue lo que hizo? —respondió Mr. Franklin—. De inmediato te lo diré. Decidió echar mano de esa valiosa facultad que se conoce con el nombre de sentido común para interpretar la carta del Coronel. Todo lo que allí se expresaba le pareció, simplemente, absurdo. En algún lugar de la India, durante sus correrías por aquel país, debió haber hallado el Coronel algún mezquino trozo de cristal que su imaginación convirtió en un diamante. En cuanto a su temor de ser asesinado y a las precauciones tomadas para salvaguardar su vida, nos hallábamos en pleno siglo diecinueve, por lo cual todo hombre que estuviera en su sano juicio no encontraría otra respuesta mejor que poner el asunto en manos de la policía. El Coronel había sido durante años y años un notorio fumador de opio; en cuanto a mi padre, si la única forma de obtener los valiosos documentos que se hallaban en poder de aquél habría de ser la de tomar por cosa auténtica esa divagación de opiómano, se hallaba dispuesto a cargar con la ridícula responsabilidad que se le imponía, tanto más prestamente cuanto que no le depararía incomodidad personal alguna. Tanto el diamante como las instrucciones selladas fueron, pues, depositados en la caja de caudales de un banquero y periódicamente recibió y fue abriendo nuestro abogado, en nombre de mi padre, las cartas en las que hacía constar el Coronel que seguía siendo un ser viviente. Ninguna persona cuerda habría encarado el asunto de otra manera. Nada hay en este mundo, Betteredge, que se aparezca como una cosa probable, si no logramos vincularla con nuestra engañosa experiencia, y sólo creemos en lo novelesco, cuando se halla estampado en letras de molde.

A través de sus palabras, se me hizo evidente que Mr. Franklin consideraba falsa y ligera la opinión que su padre se formaba del Coronel.

—¿Cuál es, sinceramente, su opinión sobre este asunto, señor? —le pregunté.

—Déjame antes terminar con la historia del Coronel —dijo Mr. Franklin—. Se advierte, Betteredge, una curiosa ausencia de sistema en la mentalidad británica; tu pregunta, mi viejo amigo, es un ejemplo de ello. Mientras no nos hallamos contraídos en la labor de construir alguna maquinaria, constituimos, desde el punto de vista mental, el pueblo más desordenado de la tierra.

«¡Eso se debe —me dije— a su educación extranjera! Sin duda ha aprendido a mofarse de nosotros en Francia.»

Mr. Franklin retomó el hilo perdido.

—Mi padre —dijo— obtuvo los papeles que buscaba y no volvió a ver jamás a su cuñado. Año tras año, en los días preestablecidos, llegó la carta predeterminada, que fue abierta siempre por el letrado. He podido verlas, formando un montón, redactadas todas en el siguiente estilo, lacónico y comercial: «Señor, la presente es para comunicarle que sigo existiendo. No toque el diamante. John Herncastle.» Eso fue todo lo que dijo en cada carta, que arribó siempre en la fecha señalada; hasta que, hace seis u ocho meses, varió por vez primera el tono de la misiva. La última se hallaba redactada en los siguientes términos: «Señor, aquí dicen que me hallo moribundo. Venga a verme y ayúdeme a redactar el testamento.» El abogado cumplió la orden y lo halló en su pequeña casa suburbana rodeada por las tierras de su propiedad, donde moraba solo desde que retornara de la India. Lo acompañaban perros, gatos y pájaros, pero ningún ser humano se hallaba próximo a él, excepto la persona que iba allí diariamente para efectuar los trabajos domésticos y el médico que se encontraba junto al lecho. Su testamento fue la cosa más simple. El Coronel había disipado casi toda su fortuna en la realización de experimentos químicos. Su última voluntad se hallaba contenida en tres cláusulas que dictó desde el lecho y en plena posesión de sus facultades. La primera se refería al cuidado y nutrición de sus animales. La segunda, a la creación de una cátedra de química experimental en una universidad nórdica. En la tercera expresaba su propósito de legarle la Piedra Lunar, como presente de cumpleaños, a su sobrina, siempre que mi padre fuera quien desempeñase las funciones de albacea. Mi padre se rehusó, en un principio, a actuar como tal. Meditando más tarde sobre ello consintió, sin embargo, en parte porque se le dieron seguridades de que tal actitud no le habría de ocasionar perjuicio alguno y en parte porque el letrado le sugirió que, después de todo, y en beneficio de Miss Raquel, convenía prestarle alguna atención al diamante.

—¿Explicó el Coronel la causa que lo indujo a legarle el diamante a Miss Raquel? —inquirí yo.

—No sólo la explicó, sino que la especificó en el testamento —dijo Mr. Franklin—. Tengo en mi poder un extracto del mismo, que habré de mostrarte en seguida. ¡Pero no seas tan desordenado, Betteredge! Cada cosa debe ir surgiendo a su debido tiempo. Ya has oído hablar del testamento del Coronel; ahora deberás prestar oído a lo que acaeció después de su muerte. Se hacía necesario, para llenar los requisitos legales, proceder a la tasación del diamante antes de efectuar la apertura del testamento. Todos los joyeros consultados coincidieron en la respuesta, confirmando lo aseverado anteriormente por el Coronel, esto es, que se trataba de uno de los diamantes más grandes del mundo. La cuestión de fijarle un precio exacto presentaba algunas dificultades. Su volumen hacía de él un verdadero fenómeno en el mercado de los diamantes; su color obligaba a situarlo dentro de una categoría que tan sólo él integraba y a estas ambiguas características había que agregar un defecto, bajo la forma de una grieta situada en el mismo corazón de la gema. Pese a este último inconveniente, la más baja de las valuaciones le atribuía un valor de veinte mil libras. ¡Imagina el asombro de mi padre! Había estado a punto de renunciar a su cargo de albacea, lo cual le hubiera significado a la familia la pérdida de tan magnífica piedra. El interés que logró entonces despertarle dicho asunto lo impulsó a abrir las instrucciones selladas que habían sido puestas en depósito, junto al diamante. El letrado me mostró ese documento, como así también los otros papeles; ellos, en mi opinión, nos pueden dar la pista que conduzca al esclarecimiento de los móviles de la conspiración que amenazó en vida al Coronel.

—¿Entonces cree usted, señor —le dije—, que existió ese complot?

—Falto del excelente sentido común de mi padre —replicó Mr. Franklin—, opino que al Coronel se lo amenazó en vida, tal cual él lo afirmaba. Las instrucciones selladas creo que sirven para explicar por qué murió, después de todo, tranquilamente en su lecho. En el supuesto caso de una muerte violenta (o sea, que no arribara la misiva correspondiente, en la fecha establecida), se le ordenaba a mi padre remitir secretamente la Piedra Lunar a Amsterdam. Allí debía depositársela en manos de un famoso diamantista, el cual habría de subdividirla en cuatro o seis piedras independientes. Las gemas se venderían al más alto valor posible y el producto habría de destinarse a la fundación de esa cátedra de química experimental a la cual dotaba el Coronel por intermedio de su testamento. Ahora, Betteredge, haz trabajar esa aguda inteligencia que posees y descubrirás entonces el blanco hacia el cual apuntaban las instrucciones del Coronel.

Instantáneamente hice entrar en actividad a mi cerebro; pero como no era éste más que un desordenado cerebro inglés, no hizo otra cosa que enredar más y más el asunto, hasta el momento en que Mr. Franklin decidió echar mano de él, para hacerme ver lo que tenía que ver.

—Observa —me dijo Mr. Franklin— que la integridad del diamante como gema se ha hecho depender aquí arteramente de la circunstancia de que el Coronel no perezca de muerte violenta. No satisfecho con decirles a los enemigos que teme: «Podéis matarme, pero no por eso os hallaréis más cerca del diamante de lo que os halláis ahora, pues lo he colocado fuera de vuestro alcance, en la segura caja fuerte de un banco», agrega: «Si me matáis… la piedra dejará para siempre de ser el diamante; su identidad habrá desaparecido entonces.» ¿Qué quiere decir esto?

A esta altura del relato, según me pareció, brilló en mí un relámpago de la maravillosa sagacidad de los extranjeros.

—Yo no puedo decirlo —respondí—. ¡Significa la desvalorización de la piedra, para engañar en esa forma a los villanos!

—¡Nada de eso! —dijo Mr. Franklin—. Me he informado a ese respecto. Si se subdividiera el diamante agrietado, el producto obtenido en la venta sería mayor que el que se lograría si se lo vendiese tal cual se halla ahora, por la sencilla razón de que los cuatro o seis brillantes a obtenerse de él valdrán, en conjunto, más que la gema única e imperfecta. Si el objeto del complot era un robo con fines lucrativos, las instrucciones del Coronel tornaban, entonces, aún más apetecible a la piedra. De pasar ésta a manos de los operarios de Amsterdam, podría obtenerse por ella más dinero, contándose a la vez con más facilidades para disponer del mismo en el mercado de diamantes.

—¡Bendito sea Dios, señor! —estallé—. ¿En qué consistía entonces ese complot?

—Se trata de una conspiración tramada por los hindúes, quienes fueron los primitivos dueños de la gema —dijo Mr. Franklin—, un complot en cuyo fondo asoma una vieja superstición indostánica. Esa es mi opinión, confirmada por una carta familiar que tengo aquí, en este momento.

Fue entonces cuando comprendí por qué Mr. Franklin se había interesado tanto en torno a la aparición de los tres juglares indios en nuestra casa.

—No quiero obligarte a pensar como yo pienso —prosiguió Mr. Franklin—. La idea de que varios escogidos servidores de cierta antigua superstición indostánica se han consagrado, frente a todas las dificultades y peligros, a rescatar una gema sagrada, la considero ahora yo perfectamente lógica, de acuerdo con lo que sé respecto a la paciencia de los orientales y al influjo de las religiones asiáticas. Pero es que yo soy muy imaginativo; a mi entender la realidad no se halla sólo compuesta por el carnicero, el panadero o el cobrador de impuestos. Coloquemos esta conjetura mía en torno a la verdad, en el lugar que merezca, y prosigamos ahora tomando sólo en cuenta las realidades tangibles, en el asunto que nos ocupa. ¿Sobrevivió el Coronel al complot tramado en procura del diamante? ¿Y sabía éste que habría de ocurrir tal cosa, cuando dispuso legarle su regalo de cumpleaños a su sobrina?

Yo empecé a vislumbrar que tanto el ama como Miss Raquel se hallaban involucradas en el fondo del asunto. Ni una sola de las palabras que siguieron se perdió para mis oídos.

—Cuando llegué a conocer la historia de la Piedra Lunar —dijo Mr. Franklin—, no sentí muchos deseos de trocarme en el vehículo que la trajera hasta aquí. Pero mi amigo el abogado que me hizo notar que alguien tendría que poner el legado en manos de mi prima, y que muy bien podía ser yo, quien hiciera tal cosa. Luego de retirarme del banco con la gema, se me antojó que era seguido por un harapiento individuo de piel oscura. Al llegar a la casa de mi padre, en busca de mi equipaje, hallé la carta que me detuvo inesperadamente en Londres. Regresé al banco con la piedra y otra vez me pareció que era seguido por un hombre harapiento. Al retirar esta mañana nuevamente la gema del banco, volví a ver a ese individuo por tercera vez; para darle el esquinazo partí, antes de que recobrara aquél la pista, en el tren matutino en lugar de hacerlo en el de la tarde. Llegué aquí con el diamante sano y salvo… ¿y cuáles son las primeras noticias que recibo? Pues que han estado aquí tres hindúes vagabundos y que mi arribo de Londres y alguna cosa que creen que poseo constituyen para ellos dos motivos de preocupación, cuando piensan que nadie los ve. No quiero perder tiempo ni malgastar palabras, refiriéndome a la tinta volcada en la mano del muchacho ni a las palabras que le ordenaron que viese a un hombre remoto y descubriera cierto objeto en su bolsillo. En mi opinión se trata de un ardid (de la índole de esos que tan a menudo he tenido ocasión de presenciar en la India), y lo mismo habrá de ser, sin duda, para ti. El problema por resolver en este momento consiste en aclarar si es que le estoy atribuyendo una falsa trascendencia a un mero azar o si realmente se pusieron los hindúes sobre la pista de la Piedra Lunar, a partir del preciso momento en que ésta fue retirada de la caja fuerte del banco.

Ninguno de los dos parecía sentir el menor agrado por este aspecto de la investigación. Luego de mirarnos a la cara, dirigimos nuestra vista hacia la marea que avanzaba más y más, lentamente, sobre las Arenas Temblonas.

—¿En qué estás pensando? —me dijo súbitamente Mr. Franklin.

—Pensaba, señor —respondí—, que de muy buena gana arrojaría el diamante en las arenas movedizas, para acabar en esa forma con este asunto.

—Si tienes en el bolsillo el dinero equivalente a su valor —respondió Mr. Franklin—, dímelo, Betteredge, y allí lo arrojaré.

Es en verdad curioso comprobar cómo, siempre que nuestra mente se halla convulsionada, la más leve chanza provoca en ella una enorme sensación de alivio. En ese instante hallamos ambos un gran motivo de diversión en la idea de arrojar allí el legado de Miss Raquel y en imaginar a Mr. Blake afrontando, en su carácter de albacea, una situación extraordinariamente dificultosa… aunque lo que había en ello de divertido es algo que ahora no percibo absolutamente.

Mr. Franklin fue el primero en hacer que la conversación retornara a su cauce natural. Extrayendo un sobre de su bolsillo me tendió el papel que sacó de su interior.

—Betteredge —me dijo—. En consideración a mi tía, tenemos que aclarar cuáles fueron los motivos que impulsaron al Coronel a dejarle ese legado a su sobrina. Recuerda cómo trató Lady Verinder a su hermano, desde el momento en que retornó a Inglaterra hasta el instante en que aquél te dijo que no habría de olvidarse nunca del cumpleaños de su sobrina. Y lee esto ahora.

Me alargó entonces un extracto del testamento del Coronel. Lo tengo ante mis ojos mientras escribo estas líneas y lo transcribiré en seguida en beneficio del lector:

«Tercero y último: lego y otorgo a mi sobrina Raquel Verinder, única hija de mi hermana, Julia Verinder, viuda, el diamante amarillo hindú, de mi propiedad, conocido en Oriente bajo el nombre de la Piedra Lunar…, siempre que su madre, la susodicha Julia Verinder, se halle con vida en ese momento. Y dispongo que mi albacea le haga entrega, en tal caso, del diamante, personalmente o por intermedio de una persona digna de confianza y escogida por él, a mi ya nombrada sobrina Raquel, el día de su primer cumpleaños a partir de mi muerte y en presencia de mi hermana, la susodicha Julia Verinder. Otrosí: deseo que, de acuerdo con lo establecido más arriba, se le informe a mi hermana, por intermedio de una copia fiel de ésta, sobre la tercera y última cláusula de mi testamento: que lego el diamante a su hija Raquel, en señal de amplio perdón por el agravio que para mi reputación significó su manera de conducirse conmigo durante mi existencia y sobre todo en señal de perdón, como corresponde que haga un moribundo, por el insulto de que se me hizo objeto, en mi carácter de militar y caballero, cuando su criado, cumpliendo sus órdenes, me cerró la puerta en la cara, en ocasión de celebrarse el cumpleaños de su hija.»

Seguían más líneas, a través de las cuales se disponía que, en caso de haber muerto ya mi ama o Miss Raquel, en el instante del fallecimiento del testador, debía enviarse el diamante a Holanda, de acuerdo con lo especificado en las instrucciones selladas que se hallaban junto al diamante. El producto de la venta debería sumarse, en tal caso, a la cifra destinada, por el mismo testamento, a la creación de una cátedra de química en una universidad del Norte.

Le devolví el papel a Mr. Franklin, extraordinariamente inquieto y sin saber qué decirle. Hasta ese momento mi opinión había sido, como ya saben ustedes, que el Coronel seguía siendo tan malo en el momento de su muerte como lo fuera durante su existencia. No diré que la copia de su testamento me hizo cambiar de parecer; sólo afirmo que me hizo vacilar.

—Y bien —dijo Mr. Franklin—, ahora que has leído las palabras del Coronel, ¿qué tienes que decirme? Al traer la Piedra Lunar a la casa de mi tía, ¿estoy obrando como un ciego instrumento de su venganza o bien soy el agente reivindicador de la memoria de un cristiano penitente?

—Cuesta creer, señor —respondí—, que haya muerto albergando tan horrible venganza en su corazón y tan horrenda mentira en los labios. Sólo Dios conoce la verdad. No me haga a mí una pregunta de esa especie.

Mr. Franklin doblaba y retorcía con sus dedos, sentado allí en la arena, el extracto del testamento, como si esperara arrancarle de esa manera la verdad. Su actitud sufrió un cambio muy notable en ese instante. Vivaz y chispeante, como había sido hasta entonces, se trocó ahora, de la manera más inexplicable, en un joven lento, solemne y reflexivo.

—El problema tiene dos facetas —dijo—. Una objetiva y otra subjetiva. ¿Cuál de las dos habremos de tomar en cuenta?

Mr. Franklin tenía una cultura alemana y otra francesa. Una de ellas, en mi opinión, lo había estado dominando, sin dificultad, hasta ese momento. Y ahora, hasta donde alcanzaba mi intuición, descubría que la otra venía a reemplazarla. Una de las normas que rigen mi vida es la de no tener jamás en cuenta lo que no comprendo. Opté, pues, por situarme a mitad de camino, entre lo objetivo y lo subjetivo. Hablando en lengua vulgar, clavé mis ojos en su rostro sin decir palabra.

—Vayamos al fondo de la cuestión —dijo Mr. Franklin—. ¿Por qué le dejó mi tío el diamante a Raquel, en lugar de legárselo a mi tía?

—No creo que sea tan difícil la respuesta, señor —le dije—. El Coronel Herncastle conocía lo suficiente a mi ama como para prever que ésta habría de negarse a aceptar cualquier legado que proviniera de él.

—¿Cómo sabía que Raquel no habría de negarse a recibirlo?

—¿Conoce usted, señor, alguna joven que fuera capaz de resistir la tentación de aceptar un presente de cumpleaños comparable a la Piedra Lunar?

—Ésa es la faz subjetiva del asunto —dijo Mr. Franklin—. Mucho habla en tu favor, Betteredge, el hecho de que seas capaz de enfocar el asunto desde el punto de vista subjetivo. Pero hay, en torno al legado del Coronel, otro misterio que no hemos aclarado aún. ¿Cómo explicar los motivos que lo indujeron a establecer que sólo habría de entregársele a Raquel su presente de cumpleaños, siempre que se hallara su madre con vida?

—No deseo calumniar a un difunto, señor —respondí—. Pero si en verdad se propuso él dejarle a su hermana un legado peligroso y molesto, a través de su hija, forzosamente debió condicionar su entrega a la circunstancia de que su hermana se hallara viva, para poder humillarla.

—¡Oh! De manera que ésa es tu opinión, ¿no es así? ¡Nuevamente la faceta subjetiva! ¿Has estado alguna vez en Alemania, Betteredge?

—No, señor. ¿Cuál es su opinión personal, por favor?

—Se me ocurre —dijo Mr. Franklin— que el Coronel debió haberse propuesto no beneficiar a su sobrina, a quien jamás había visto, sino más bien probarle a su hermana que la perdonaba al morir, demostrándole tal cosa en forma convincente, esto es, mediante un regalo hecho a su hija. Existe una explicación totalmente diferente de la tuya, Betteredge, que surge si se encara el problema desde un punto de vista objetivo-subjetivo. Hasta donde alcanza mi entendimiento, una interpretación es tan valedera como la otra.

Después de plantear el problema en esos términos tan agradables y consoladores, pareció Mr. Franklin haberse convencido a sí mismo de que ya había cumplido su parte en el asunto. Tendido a lo largo con la espalda apoyada en la arena, me preguntó qué es lo que correspondía hacer ahora.

Luego de haber asistido a la exhibición que hizo de su gran destreza y lucidez mental (antes de que comenzara a hablar en jerigonza extranjera), y de haberle visto dirigir el curso de la conversación, me tomó ahora completamente desprevenido ese súbito cambio que lo transformaba en un ser desvalido que lo esperaba todo de . No fue sino más tarde cuando comprendí —con la ayuda de Miss Raquel, la primera que advirtió tal cosa— que esos extraordinarios cambios y transformaciones del carácter de Mr. Franklin tenían su origen en su educación foránea. A la edad en que el hombre se halla en mejores condiciones de adquirir su propio matiz vital, mediante el reflejo que su persona recibe del matiz vital de los demás, había sido él enviado al extranjero y viajado de una nación a otra, sin dar tiempo a que el color particular de ninguna de ellas impregnase firmemente su ser. Como consecuencia de ello retornaba ahora exhibiendo tan múltiples facetas, unas más, otras menos definidas y en mayor o menor desacuerdo entre sí, que parecía pasarse la vida en un estado de perpetua discrepancia consigo mismo. Podía ser, a la vez, industrioso y abúlico; nebuloso y lúcido; ya mostrarse como un modelo de hombre enérgico, ya mostrarse como un ser imponente, todo ello al unísono. Tenía un yo francés, otro germano y un yo italiano; su fondo inglés emergía de tanto en tanto a través de ellos y parecía dar a entender lo siguiente: «Aquí me tienen lamentablemente cambiado, como podrán advertirlo, pero aún sigue habiendo en el fondo de su ser, una partícula del mío.» Miss Raquel acostumbraba decir que era su yo italiano el que emergía cuando, cediendo inesperadamente, le pedía a uno de manera suave y encantadora que echara sobre sus hombros la carga de responsabilidades que a él le correspondía. No estarían ustedes desacertados, creo, si afirmaran que era su yo italiano el que afloraba ahora en su persona.

—¿No es acaso asunto suyo, señor —le pregunté—, el decidir cuál habrá de ser el próximo paso que ha de darse? ¡Sin duda no me corresponde a mí tal cosa!

Mr. Franklin pareció ser incapaz de percibir la fuerza que emanaba de mi pregunta… Se hallaba en ese momento en una posición que le impedía ver otra cosa que no fuera el cielo.

—No quiero alarmar a mi tía sin motivo —dijo—. Pero tampoco deseo abandonarla sin haberle hecho antes una prevención, que puede serle de alguna utilidad. En una palabra, Betteredge, ¿qué es lo que harías tú de hallarte en mi lugar?

—Aguardaría.

—De mil amores —repuso Mr. Franklin—. ¿Cuánto tiempo?

De inmediato pasé a explicarme.

—En mi opinión, señor —le respondí—, alguien tendrá que poner ese enfadoso diamante en las propias manos de Miss Raquel el día de su cumpleaños, lo cual puede muy bien ser hecho por usted, tanto como por otro cualquiera. Ahora bien. Hoy es veinticinco de mayo y dicho cumpleaños será el veintiuno de junio. Tenemos casi cuatro semanas por delante. Dejemos las cosas como están y esperemos para ver lo que ocurre en ese lapso; en cuanto al hecho de poner o no sobre aviso a mi ama, haremos lo que nos dicten las circunstancias.

—¡Perfecto, Betteredge, en lo que a eso se refiere! —dijo Mr. Franklin—. Pero ¿qué haremos con el diamante mientras tanto?

—¡Lo mismo que hizo su padre, señor, sin lugar a dudas! —le respondí—. Su padre lo depositó en la caja fuerte de un banco de Londres. Pues bien, usted ahora deposítelo en la caja fuerte del banco de Frizinghall. (Frizinghall era la más próxima ciudad de la región, y su banco, tan seguro como el Banco de Inglaterra.) De hallarme yo en su lugar —añadí— me lanzaría inmediatamente a caballo hacia Frizinghall, antes del regreso de las señoras.

La perspectiva de poder hacer algo —y, lo que es más interesante, de realizar la faena a caballo— hizo que Mr. Franklin se lanzara hacia lo alto como tocado por un rayo. Poniéndose de pie inmediatamente, tiró de mí sin ceremonia, para obligarme a hacer lo mismo.

—¡Betteredge, vales en oro lo que pesas! —dijo—. ¡Ven conmigo y ensíllame en seguida el mejor caballo que haya en los establos!

¡He aquí (¡Dios lo bendiga!) su fondo inglés original aflorando, por fin, a través de su barniz exótico! ¡He aquí al señorito Franklin, tan añorado, exhibiendo otra vez sus bellas maneras de antaño ante la perspectiva de un viaje a caballo y trayendo a mi memoria los viejos y buenos tiempos! ¡Acababa de ordenarme que le ensillara un caballo! ¡De buena gana le hubiera ensillado una docena, si es que hubiera podido él cabalgar a la vez sobre todos ellos!

Emprendimos, presurosos, el regreso hacia la casa; en un momento ensillamos el más veloz de los caballos del establo y Mr. Franklin echó a andar ruidosamente, con el fin de guardar una vez más el diamante maldito en la caja fuerte de un banco. Cuando dejé de oír el fragor producido por los cascos del caballo de regreso en el patio me encontré otra vez a solas conmigo mismo, estuve a punto de pensar que acababa de despertar de un sueño.

CAPÍTULO VII

Me hallaba aún en esa situación embarazosa y deseando ardientemente encontrarme por un instante a solas para poner en orden mis pensamientos, cuando me crucé en el camino con mi hija Penélope (exactamente de la misma manera que acostumbraba cruzarse su difunta madre conmigo en la escalera) e instantáneamente me emplazó a que la pusiera al tanto de todo lo que habíamos hablado Mr. Franklin y yo. En tal circunstancia no cabía otra cosa que echar mano del matacandelas para apagar al punto su curiosidad. En consecuencia le dije que, luego de haber estado comentando con Mr. Franklin la política extranjera, y al no tener ya más nada que decir, nos quedamos dormidos bajo los cálidos rayos del sol. Ensayen esta respuesta cada vez que su hijo o su esposa los molesten con alguna pregunta embarazosa, en cualquier instante igualmente difícil, y tengan la plena seguridad de que siguiendo los dictados de su dulce naturaleza, los habrán de besar, difiriendo la cosa para la próxima oportunidad que se les ofrezca.

La tarde siguió su curso y, a su debido tiempo, regresaron el ama y Miss Raquel.

De más está decir que se asombraron en forma extraordinaria, al enterarse de que Mr. Franklin había llegado ya y partido, de nuevo, a caballo. De más está también añadir que ellas me hicieron seguidamente varias preguntas embarazosas y que lo de la «política exterior» y lo del «sueño al sol» no surtió efecto alguno, esta segunda vez, en el caso de ellas. Luego de haber agotado toda mi inventiva les dije que al arribo de Mr. Franklin en el tren de la mañana había que clasificarlo como uno de sus tantos caprichos. Interrogado respecto a si su viaje a caballo debía ser considerado, también, como un capricho, respondí:

—Sí, también.

De esta manera eludía, en mi opinión muy hábilmente, la cuestión planteada.

Después de haber sorteado el obstáculo constituido por las señoras, me hallé aún frente a nuevas dificultades al retornar a mi cuarto. Allí fui visitado por Penélope, la cual —siguiendo los dictados de su dulce naturaleza de mujer— me besó, volviendo a diferir la cosa para próxima ocasión, y —con la curiosidad, también natural de las mujeres— me hizo otra pregunta. Sólo me pedía ahora que le dijera qué es lo que ocurría con nuestra segunda criada, Rosanna Spearman.

Luego de dejarnos a Mr. Franklin y a mí en las Arenas Temblonas, parece que aquélla había regresado a la casa en un estado de indecible agitación. Exhibió sucesivamente (de creerla a Penélope) todos los colores del arco iris.

Se había mostrado alegre sin ningún motivo y triste, también, sin causa alguna. Conteniendo el aliento le había hecho a Penélope mil preguntas en torno a Mr. Franklin Blake y jadeando de cólera se había opuesto a ella cuando dio a entender Penélope que era imposible que un caballero desconocido sintiera interés alguno hacia ella. Se la había sorprendido, ya sonriendo, ya garabateando el nombre de Mr. Franklin en su costurero. Se la observó, también, llorando frente al espejo y contemplando en él su hombro deforme. ¿Se conocían acaso Mr. Franklin y ella desde antes? ¡Imposible! ¿Había oído alguna vez el uno del otro? Yo expresé que el asombro de Mr. Franklin, al ver cómo le clavaba la muchacha la mirada, había sido auténtico. Penélope, por su parte, podía asegurarme que la curiosidad de Rosanna cuando le hizo las preguntas en torno a Mr. Franklin, había sido también genuina. La conversación se iba tornando, por ese camino, extremadamente fatigosa, hasta que mi hija decidió poner súbitamente término a la misma, mediante una sospecha que sonó en mis oídos como la frase más monstruosa escuchada por mí hasta entonces.

—¡Padre! —dijo Penélope muy seriamente—, esto sólo se puede explicar de una manera. ¡Rosanna se ha enamorado de Mr. Franklin Blake a primera vista!

Sin duda habrán oído hablar de hermosas muchachas que se enamoran a primera vista y les ha parecido ésa la cosa más natural del mundo. Pero que una sirvienta sacada de un reformatorio, con un rostro vulgar y un hombro deforme, se enamore a primera vista de un caballero que viene a visitar a su ama, me parece, por lo absurdo, algo que puede parangonarse con la más absurda fábula que haya podido urdirse en el seno de la Cristiandad, si es que hay alguna para establecer la comparación.

Me reí hasta que las lágrimas rodaron por mis mejillas. Penélope se resintió, en una forma un tanto extraña, por esa alegría.

—Nunca fuiste tan cruel anteriormente —me dijo, y me abandonó en silencio.

Sus palabras cayeron sobre mí como un chorro de agua fría. Me reproché a mí mismo el haberme sentido incómodo cuando ella pronunció tales palabras… pero eso es lo que había ocurrido. Cambiaremos de tema, si les place. Lamento haber divagado y escrito lo que acabo de escribir, pero he tenido mis razones para hacerlo, como ustedes han de comprobarlo cuando hayamos avanzado un trecho más allá en nuestro relato.

Llegó la noche y se oyó sonar la campanilla que indicaba que era ya hora de acicalarse para la cena, pero Mr. Franklin no había aún regresado de Frizinghall. Yo mismo le subí el agua caliente a su habitación, con la esperanza de oír, luego de tanta demora, alguna novedad relativa al asunto. Pero ante mi gran disgusto (y sin duda el de ustedes), nada importante ocurrió. No había encontrado a los hindúes ni a la ida ni a la vuelta. Después de entregar en el banco la Piedra Lunar —explicando tan sólo allí que se trataba de una gema valiosa—, recibió en cambio un recibo que aseguraba su custodia, el cual introdujo en su bolsillo.

Bajé la escalera con la sensación de que era ése un epílogo más bien pobre, luego de la gran excitación que provocara en mí el diamante esa mañana.

En lo que concierne al curso que siguió la entrevista sostenida por Mr. Franklin con su tía y mi prima, carezco de todos los detalles.

Hubiera dado no sé qué por servir a la mesa ese día. Pero ocupando el puesto que desempeñaba en la casa, dicha faena (como no fuera en los festivales familiares) hubiera ido en desmedro de mi dignidad, ante los ojos de los otros criados… algo que mi ama consideraba que yo estaba siempre demasiado inclinado a hacer por mí mismo, sin necesidad de que ella me instigara por su parte a hacerlo. Las nuevas que llegaron hasta mí esa noche, desde las altas regiones de la casa, me fueron traídas por Penélope y el lacayo. Aquélla me dijo que nunca se preocupó Miss Raquel tanto por su peinado y que jamás la vio tan hermosa y luciendo un aspecto tan lozano como cuando descendió la escalera para ir al encuentro de Mr. Franklin Blake en la sala. El lacayo manifestó que el conducirse de manera respetuosa ante sus superiores y el atender a Mr. Franklin durante la comida constituyeron dos de las cosas más difíciles de conciliar que jamás debió afrontar en su vida de criado. Avanzada la noche, se los oyó cantar y ejecutar duetos, en medio de los cuales surgía la voz aguda y alta de Mr. Franklin y por encima de ella el registro aún más agudo y alto de Miss Raquel, mientras mi ama los seguía en el piano, como en una carrera a través de zanjas y vallas, y sentimos la alegría de saberlos a salvo, de la manera más maravillosa y agradable de oír a través de las ventanas que se abrían en la noche, sobre la terraza. Posteriormente me dirigí hacia Mr. Franklin, que se encontraba en el salón de fumar, con la soda y el brandy, y puede advertir entonces que Miss Raquel le había hecho olvidar enteramente el diamante.

«¡Es la muchacha más hermosa que he visto desde mi regreso a Inglaterra!», fue todo lo que logré sacarle, luego de haberme esforzado por llevar la conversación hacia un plano más serio.

Al llegar la medianoche efectué mi ronda habitual por la casa, acompañado por el segundo doméstico Samuel, el lacayo, con el fin de cerrar las puertas. Una vez que las hube cerrado todas, excepto la que se halla hacia un costado y que da sobre la terraza, envié a dormir a Samuel y salí para aspirar una bocanada de aire fresco, antes de irme, a mi vez, a la cama.

Era una noche serena y profunda y la luna brillaba en todo su apogeo. Tan hondo era el silencio allí fuera, que de tiempo en tiempo podía oírse, muy tenue y suavemente, la caída del agua del mar, la cual, luego de recorrer las ondulaciones de la costa, descendía hasta el banco de arena situado en la boca de nuestra pequeña bahía. Dada la ubicación de la finca, la terraza era el lugar más oscuro de la misma en ese momento, pero la enorme luna bañaba ampliamente el sendero de grava que corría desde el otro extremo de la casa hasta la terraza. Mirando hacia el camino, luego de haberlo hecho hacia lo alto, dieron mis ojos con una sombra humana, proyectada por la luz de la luna desde detrás de la esquina de la casa.

Viejo y astuto como soy, me abstuve de llamar a nadie; pero viejo y pesado a la vez, por desgracia me delataron mis pasos sobre los guijarros. Antes de que pudiera escurrirme de sopetón en torno a la esquina del edificio, como había sido mi intención, pude oír como unos pies más veloces que los míos —más de un par, me pareció—, se retiraban de allí presurosos. Al llegar a aquel sitio, los intrusos, quienesquiera que ellos hubieran sido, habían alcanzado ya los arbustos que se encuentran hacia el costado derecho del camino y se habían ocultado entre los frondosos árboles y arbustos que se yerguen en dicho lugar. Desde la arboleda podían escapar fácilmente, luego de trasponer la cerca, hacia el camino exterior. De haber tenido cuarenta años menos, hubiese podido, quizá, darles caza antes de que hicieran abandono de la finca, pero no siendo ése el caso, decidí marchar en busca de otras piernas más ágiles que las mías. En el mayor silencio —nos armamos, Samuel y yo, con dos escopetas, y dando un rodeo en torno de la casa, nos dirigimos luego en dirección a los arbustos. Después de asegurarnos de que no había un solo ser humano acechando en nuestras tierras, retornamos a la casa. Al pasar ahora por la senda en la cual había visto yo la sombra, descubrí un pequeño objeto que brillaba sobre la límpida grava, a la luz de la luna. Al levantarlo comprobé que se trataba de una pequeña botella que contenía un líquido espeso de agradable fragancia y negro como la tinta.

Nada le dije a Samuel. Pero al recordar las palabras de Penélope relativas a los escamoteadores y al líquido que fuera vertido en la mano del muchacho, barrunté que acababa de ahuyentar a los tres hindúes, dedicados esa noche a acechar a las gentes de la casa y dar con el paradero del diamante, de acuerdo con sus tácticas paganas.

CAPÍTULO VIII

Se hace ahora indispensable efectuar un breve alto en el camino.

Al recurrir a mis propios recuerdos —contando con la colaboración de Penélope que ha consultado su diario—, descubro que podemos muy bien avanzar rápidamente a través del lapso que media entre el arribo de Mr. Franklin y el día del cumpleaños de Miss Raquel. Casi todo ese intervalo transcurrió sin que acaeciese hecho alguno digno de mención. Con el permiso del lector y la ayuda de Penélope, daré sólo a conocer aquí ciertas fechas, reservándome el derecho de narrar la historia día por día nuevamente, tan pronto lleguemos al período en que el asunto de la Piedra Lunar se trocó en una cuestión fundamental para todos los habitantes de la casa.

Dicho lo cual, continuaremos con nuestro relato, comenzando, naturalmente, a referirnos a la botella que contenía esa tinta de agradable fragancia que encontré sobre la grava aquella noche.

A la mañana siguiente (el día veintiséis) exhibí ante Mr. Franklin esa pieza de engaño, narrándole lo que ya les he contado a ustedes. En su opinión, los hindúes no sólo habían estado acechando en procura del diamante, sino que habían sido lo suficientemente estúpidos como para tomar en serio su propia magia, la cual había consistido en los signos que hicieran sobre la cabeza del muchacho y en el acto de volcar tinta en la palma de su mano, con la esperanza de poder percibir de esa manera las personas y cosas que se hallaban fuera del alcance de sus ojos. Mr. Franklin me informó que tanto en nuestro país como en Oriente hay personas que practican esas tretas (aunque sin hacer uso de la tinta) y que le dan a las mismas una denominación francesa que significa algo así como penetración visual.

—Puedo asegurarte —dijo Mr. Franklin— que los hindúes no tenían la menor duda respecto a que habríamos de esconder aquí el diamante. Y trajeron al muchacho vidente con el propósito de que les indicara el camino, en caso de que lograran introducirse en la casa la víspera por la noche.

—¿Cree usted que lo intentarán de nuevo, señor? —le pregunté.

—Eso depende —dijo Mr. Franklin— de lo que el muchacho sea realmente capaz de hacer. Si logra percibir el diamante a través de las paredes de la caja de hierro del banco de Frizinghall, no volveremos a sufrir nuevas visitas de los hindúes, por el momento. Si no lo consigue contaremos con otra oportunidad para echarles el guante en los arbustos, cualquiera de estas noches.

Yo aguardé, esperanzado, esa oportunidad, pero por extraño que parezca, ésta nunca se produjo.

Ya sea porque los jugadores de manos se enteraron en la ciudad de que Mr. Franklin había estado en el banco, extrayendo de tal evento las conclusiones pertinentes, o porque hubiera en verdad el muchacho logrado percibir el diamante en el lugar en que éste se hallaba depositado (lo cual yo, por mi parte, no creía en absoluto), o por mero azar, después de todo, lo cierto es que, y ésa era la única verdad, no se vio ni la sombra de un hindú, siquiera, en las inmediaciones de la finca, durante las semanas transcurridas desde ese entonces hasta la fecha del cumpleaños de Miss Raquel. Los escamoteadores prosiguieron desarrollando sus juegos de manos en la ciudad y sus alrededores y tanto Mr. Franklin como yo, decidimos mantenernos a la espera de lo que pudiera ocurrir, dispuestos a no llamar la atención de los truhanes con una desconfianza demasiado prematura. Luego de haberme referido al doble aspecto ofrecido por este asunto, nada tengo ya que decir en torno a los hindúes por el momento.

Hacia el día veintinueve de ese mismo mes, Miss Raquel y Mr. Franklin descubrieron una nueva manera de emplear juntos el tiempo, que de otro modo hubiese pendido pesadamente sobre sus vidas. Hay varias razones que justifican el hecho de registrar aquí la índole de la ocupación en que se entretuvieron ambos. El lector tendrá ocasión de comprobar que la misma se halla vinculada a algo que se mencionará más adelante.

En general, las gentes de abolengo encuentran ante sí una roca molesta…, la roca de la pereza. Pasándose la vida, como se la pasan, curioseando en torno con el propósito de hallar alguna cosa en que emplear sus energías, extraño es comprobar cómo —sobre todo cuando sus inclinaciones son de la índole de ésas que se han dado en llamar intelectuales— se entregan frecuentemente, a ciegas y al azar, a alguna miserable ocupación. De cada diez personas en tal situación nueve se dedican a atormentar a un semejante o a estropear algo, creyendo todo el tiempo, firmemente, que están enriqueciendo su mente, cuando lo cierto es que no han hecho más que traer el desorden a la casa. He visto a algunas (damas también, lamento tener que decirlo) salir todos los días, por ejemplo, con una caja de píldoras vacía con el fin de cazar lagartijas acuáticas, escarabajos, arañas y ranas y regresar luego a sus casas, para atravesar con alfiles a esos pobres seres indefensos o cortarlos sin el menor remordimiento en pequeños trozos. Así es como tiene uno ocasión de sorprender a su joven amo o ama escrutando, a través de un vidrio de aumento, las partes interiores de una araña o de ver cómo una rana decapitada desciende la escalera, y si inquiere uno el motivo de tan sórdida y cruel ocupación, se le responde que la misma denota en el joven o la muchacha su vocación por la historia natural. También suele vérselos entregados durante horas y más horas a la tarea de estropear alguna hermosa flor con instrumentos cortantes, impelidos por el estúpido afán de curiosear y saber de qué partes se compone una flor. ¿Se tornará más bello su olor o más dulce su fragancia cuando logremos saberlo? Pero, ¡vaya!, los pobres diablos tienen que emplear, como ustedes comprenderán, de alguna manera el tiempo…, hacer algo con él. De niños, acostumbramos a chapotear en el fango más horrible con el objeto de fabricar pasteles de lodo, y de grandes nos dedicamos a chapalear de manera horrible en la ciencia, disecando arañas y estropeando flores. Tanto en uno como en otro caso, el secreto reside en la circunstancia de no tener nuestra pobre cabeza hueca en qué pensar y nada que hacer con nuestras pobres manos ociosas. Y así es como terminamos por deteriorar algún lienzo con nuestros pinceles llenando de olores la casa, o introducimos un renacuajo en una vasija de vidrio llena de agua fangosa, provocando náuseas en todos los estómagos de la casa, o desmenuzamos una piedra aquí o allá, atiborrando de arena las vituallas; o bien nos ensuciamos las manos en nuestras faenas fotográficas, mientras administramos implacable justicia sobre todos los rostros de la casa. Es difícil que todo esto sea emprendido por quienes realmente se ven obligados a trabajar para adquirir las ropas que los cubren, el techo que los ampara y el alimento que les permite seguir andando. Pero comparen los más duros trabajos que hayan tenido que ejecutar, con la ociosa labor de quienes desgarran flores o hurgan en el estómago de las arañas, y agradezcan a su estrella las circunstancias de que tengan necesidad de pensar en algo y que sus manos se vean también en la necesidad de construir alguna cosa.

En lo que concierne a Mr. Franklin y Miss Raquel, ninguno de los dos, me es grato poder anunciarlo, torturó a cosa alguna. Se limitaron, simplemente, a trastornar el orden de la casa, concretándose todo el daño causado por ellos, para hacerles justicia, a la decoración de una puerta.

El genio enciclopédico de Mr. Franklin, que había incursionado en toda cosa, lo hizo también en el campo de la que él denominaba «pintura decorativa». Se proclamaba a sí mismo inventor de una nueva composición destinada a humedecer los colores, a la cual daba el nombre genérico de «excipiente». Ignoro cuáles eran sus ingredientes. Pero sí puedo informarles respecto a sus consecuencias: la cosa hedía. Miss Raquel quiso ensayar a toda costa, con sus propias manos, el nuevo procedimiento y Mr. Franklin envió entonces a buscar a Londres los componentes, mezclándolos luego y añadiéndoles un perfume que hacía estornudar a los mismos perros, cada vez que penetraban en el cuarto; después le colocó a Miss Raquel un delantal y un babero sobre las ropas y la inició en la tarea de decorar su pequeña estancia, llamada, debido a la carencia de una palabra inglesa apropiada, su boudoir. Comenzaron con la parte interior de la puerta. Mr. Franklin la raspó con una piedra pómez hasta hacer desaparecer completamente el hermoso barniz que la recubría, convirtiéndola, según sus palabras, en una superficie lista para trabajar sobre ella. Miss Raquel la cubrió entonces, bajo su asesoría y su ayuda manual, de dibujos: grifos, pájaros, flores, cupidos y otras figuras por el estilo, todas ellas copiadas de los bocetos creados por un famoso pintor italiano cuyo nombre no recuerdo, el mismo, creo, que inundó el mundo de Madonas y tuvo una amante en una panadería. Era ése un trabajo sucio de lenta ejecución, pero nuestra joven dama y nuestro joven caballero parecían no hastiarse nunca de él. Cuando no cabalgaban o iban de visita a algún sitio o se hallaban a la mesa comiendo o cantando con agudo registro sus canciones, allí era donde podía vérselos con las cabezas juntas, laboriosos como abejas, estropeando la puerta. ¿Qué poeta fue el que dijo que Satán halla siempre la forma de brindarle a los ociosos alguna empresa dañina que ejecutar con sus manos?. De haber ocupado él mi lugar en la familia y visto a Miss Raquel con pincel y a Mr. Franklin con el excipiente, no habría escrito sin duda nada más cierto respecto a ellos que lo que acabo de mencionar.

La próxima fecha digna de recordarse fue el domingo cuatro de junio.

Ese día, hallándonos en las dependencias de la servidumbre, se desarrolló un debate en torno a algo que, como la decoración de la puerta, ejerció su influencia sobre un hecho que está aún por relatarse.

Ante el agrado que experimentaban Mr. Franklin y Miss Raquel cuando se hallaban juntos y al advertir la hermosa pareja formada por ambos en muchos aspectos, comenzamos nosotros a especular, naturalmente, respecto a la posibilidad de que el acto de aproximar sus cabezas tuviera otros motivos que el mero deseo de ornamentar una puerta. Alguien dijo que habría boda en la casa antes de que se extinguiera el verano. Otros, a cuya vanguardia me encontraba yo, admitían como muy posible el casamiento de Miss Raquel, pero dudaban, por razones que daré a conocer de inmediato, que el novio hubiera de ser Mr. Franklin Blake.

Que Mr. Blake se hallaba enamorado no podía ser puesto en duda por nadie que lo viera o lo escuchara. La dificultad estribaba en sondear las intenciones de Miss Raquel. Concédanme el honor de presentársela y luego sondéenla… si es que pueden.

El cumpleaños ya próximo, y que caía el veintiuno de junio, marcaría sus dieciocho años de vida. Si ocurre que sientan predilección por las mujeres morenas (las cuales, según mis informes, han pasado de moda últimamente en el gran mundo), y no abrigan prejuicio alguno en favor de una estatura elevada, respondo entonces del hecho de que Miss Raquel habrá de constituirse en una de las más bellas mujeres que hayan visto sus ojos. Era delgada y pequeña, pero muy bien proporcionada, de la cabeza a los pies. Bastaba verla sentarse, ponerse de pie y sobre todo caminar para que cualquier hombre en sus cinco sentidos experimentase la sensación de que la gracia emanaba de su figura y (perdónenme la expresión) brotaba de su carne, no de sus ropas. Era el suyo el cabello más negro que jamás vieron mis ojos. Estos últimos tenían en ella idéntica tonalidad. Reconozco, en cambio, que su nariz no era lo suficientemente larga. Su boca y su barbilla, para mencionar las palabras de Mr. Franklin, eran, verdaderamente, dos manjares de los dioses, y su piel, siempre de acuerdo con la misma infalible autoridad en la materia, ardía como el sol, poseyendo respecto al astro la gran ventaja de que podía mirársela siempre con agrado. Si agregamos a lo antedicho el detalle de que en todo momento llevaba erguida la cabeza como una saeta, en actitud osada, elegante y vivaz; de que su clara voz delataba la presencia de un metal noble en ella y de que su sonrisa surgía muy bellamente en sus ojos antes de descender hasta sus labios, tendremos ya su retrato, a través de la mejor pintura que sea yo capaz de ejecutar y trascendiendo el vigor de una cosa viva.

¿Y qué decir de sus restantes cualidades? ¿No tenía, acaso, ese ser encantador, sus lagunas? Las tenía, en la misma proporción que aparecen en usted, señora, ni en mayor ni en menor medida.

Para hablar imparcialmente, debo reconocer que mi bella y querida Miss Raquel, poseyendo, como poseía, innumerables gracias y atractivos, era víctima de un defecto que me veo obligado a reconocer. Se diferenciaba de las otras muchachas de su edad por el hecho de poseer ideas propias y una altivez que la hacía desafiar las propias modas, cuando éstas no armonizaban con sus puntos de vista. En el campo de las bagatelas esta independencia suya era una cualidad meritoria, pero en lo que atañe a las cosas fundamentales la llevaba (como decía mi ama y opino yo también) demasiado lejos. Juzgaba las cosas por sí misma, avanzando hasta más allá del límite ante el cual se detenían generalmente las mujeres que la doblaban en edad; jamás solicitaba un consejo; nunca le anticipaba a nadie lo que habría de hacer; en ningún momento le confió un secreto o le hizo confidencias a alguien, desde su madre hasta la última persona de la casa. Tanto en lo que se refiere a las grandes como a las pequeñas cosas de su vida, a los seres que amaba u odiaba (sentimientos ambos que sentía con igual intensidad), obraba siempre Miss Raquel de manera personal, bastándose a sí misma respecto a los dolores y alegrías de la vida. Una y otra vez oí decir a mi ama: «El mejor amigo y el más grande enemigo de Raquel son una misma y única persona: la propia Raquel.»

Añadiré otro detalle para terminar con esto.

Pese a todo su misterio y a su gran obstinación, no existía en ella el menor vestigio de falsía. No recuerdo que haya nunca dejado de cumplir la palabra empeñada, ni que haya dicho jamás no, cuando quería significar sí. Si me remontara a su infancia podría comprobar cómo, en más de una ocasión, la buena y pobre criatura hizo recaer sobre sí la condena y sufrió el castigo a que se hizo acreedor algún amado compañero de juegos. Nadie logró nunca hacerla confesar, si se descubrió la cosa, y ella cargó posteriormente con toda la responsabilidad. Pero tampoco mintió nunca respecto a eso. Lo miraba a uno directamente a la cara y, sacudiendo su pequeña e insolente cabeza, decía simplemente: «¡No se lo diré!» Castigada de nuevo, no dejaba de reconocer cuánto sentía el tener que decirle a uno que «no», pero, aunque se la sometiese a pan y agua, no habría de decirlo jamás. Terca —diabólicamente empecinada algunas veces—, debo admitirlo que lo era, pero también la criatura más admirable que posó alguna vez su planta en este bajo mundo. Quizá les parezca que hay aquí una contradicción. En tal caso, escuchen lo que les diré al oído. Estudien con ahínco a sus esposas durante las próximas veinticuatro horas. Si durante ese lapso no han descubierto ninguna contradicción en su conducta, el cielo los ayude… puesto que se han casado con un monstruo.

Acabo de relacionarlos, lectores, con Miss Raquel, lo cual hallarán que los coloca de inmediato frente a frente al punto de vista que respecto al matrimonio sostenía dicha joven.

El doce de junio le fue remitida por mi ama una invitación a cierto caballero londinense, para que se hiciera presente en la finca con el fin de ayudarle en los preparativos y asistir a la celebración del cumpleaños de Miss Raquel. Se trataba del dichoso mortal a quien ésta le había entregado secretamente, en mi opinión, su corazón. Al igual que Mr. Franklin, era primo suyo. Se llamaba Mr. Godfrey Ablewhite.

La segunda hermana de mi ama (no se alarmen, que no habremos de profundizar demasiado en los asuntos familiares), la segunda hermana de mi ama, como iba diciendo, sufrió un desengaño amoroso que la impulsó a casarse de inmediato y sin motivo alguno, era una persona que su familia llamó de una clase inferior. Violenta fue la labor desplegada en el seno de la familia, cuando la Honorable Carolina insistió en desposarse con Mr. Ablewhite, el vulgar banquero de Frizinghall. Era muy rico y poseía un buen carácter y fue el origen de una familia prodigiosamente numerosa… Hasta aquí todo hablaba en su favor. Pero ocurría que tenía la pretensión de haber sido capaz de elevarse desde un plano inferior hasta uno más alto del mundo, y esto era lo que iba en su contra. No obstante, el tiempo y las luces progresistas de la civilización moderna pusieron las cosas en su lugar y el matrimonio llegó a ser aceptado como una cosa correcta. Todo el mundo es liberal actualmente, y mientras pueda usted seguir tachando mi nombre, cada vez que yo borre el suyo, ¿qué importancia tiene que dentro o fuera del Parlamento sea usted un duque o un barrendero? Este es el moderno punto de vista… y yo no hago más que ponerme a tono con él. Los Ablewhite moraban en una hermosa finca rodeada por sus tierras, un poco más allá de Frizinghall. Se trataba de una gente muy digna y respetada por todo el vecindario. No nos habrán de molestar mucho con su ingerencia en estas páginas…, excepto Mr. Godfrey, segundo hijo de Mr. Ablewhite, el cual ocupará, con el permiso de ustedes, un lugar en el relato, a causa de su vinculación con Miss Raquel.

Pese a toda la viveza de su ingenio, a su inteligencia y a sus buenas cualidades en general, muy escasas eran las probabilidades con que contaba en su favor, en mi opinión, Mr. Franklin para desplazar a Mr. Godfrey del lugar que ocupaba en la estimación de mi joven ama.

En primer lugar y en lo que concierne a la contextura física Mr. Godfrey era, con mucho, el más hermosamente constituido de los dos. Tenía una estatura de más de seis Pies, una coloración en la que se combinaban muy bellamente el blanco y el encarnado, un rostro suave y redondo, tan desprovisto de barba como la palma de la mano y una cabeza recubierta por una larga y hermosa cabellera de color de lino, que descendía negligentemente sobre su cuello desnudo. Pero, ¿por qué describirlo tan minuciosamente? Si alguna vez han pertenecido ustedes a alguna Sociedad de Damas de Caridad, conocerán, sin duda, a Mr. Ablewhite tan bien como yo. Era abogado de profesión, el hombre ideal de las damas por su temperamento y un buen samaritano por propia opción. Ni la caridad ni la indigencia femenina hubieran podido hacer nada sin él. Era vicepresidente, árbitro y administrador de varias sociedades maternales donde se redimía a las pobres Magdalenas y de algunas asociaciones donde imperaban las ideas viriles y que tenían por objeto colocar a las mujeres pobres en los puestos ocupados por los hombres indigentes, dejando que éstos se las arreglaran como mejor pudieran. Dondequiera que hubiese una mesa rodeada por un comité femenino reunido en consejo, podía verse a Mr. Godfrey ocupando la cabecera, atemperando el clima de la reunión y guiando a sus queridas criaturas en medio de la espinosa senda de los negocios, con el sombrero en la mano. En mi opinión, fue el más grande filántropo (dentro de lo que le permitía su pequeña independencia económica) que vio jamás la luz en Inglaterra. Como orador, no había en los mítines de caridad quien lo igualara en la tarea de arrancar lágrimas y dinero a su auditorio. Era todo un personaje público. La última vez que estuve en Londres, mi ama me obsequió con dos invitaciones. Me envió primero al teatro, para que pudiese admirar a una bailarina que hacía furor en ese momento, y luego al Exeter Hall, para que oyese a Mr. Godfrey. La dama cumplió su labor acompañada por una banda de música. El caballero, con la ayuda de un pañuelo y un vaso de agua. Una gran muchedumbre asistió al espectáculo ejecutado con las piernas. Otro enorme gentío presenció el verificado con la lengua (aludo a Mr. Godfrey) de la persona de más dulce carácter que jamás haya existido. Amaba a todo el mundo. Y todos lo amaban a él. ¿Qué probabilidades podía tener Mr. Franklin —qué probabilidades cualquier hombre de capacidad y fama medianas— frente a un hombre de su categoría?

El día catorce llegó la respuesta de Mr. Godfrey.

Aceptaba la invitación de mi ama desde el miércoles, que era el día del cumpleaños de Miss Raquel, hasta la noche del viernes, fecha en que se vería obligado a regresar a la ciudad, para atender sus compromisos con la Sociedad de Damas de Beneficencia. Envió con su respuesta la copia de unos versos suyos, en honor del «día natal» de su prima. Miss Raquel, según me dijeron, se burló juntamente con Mr. Franklin, durante la cena, de tales versos. Y Penélope, que se hallaba enteramente de parte de Mr. Franklin, me preguntó triunfalmente qué pensaba yo de todo eso.

—Miss Raquel, querida, te ha despistado mediante un perfume falso —le repliqué—, pero mi olfato no puede ser engañado tan fácilmente. Aguarda hasta el instante en que los versos de Mr. Ablewhite sean seguidos por su propio autor.

Mi hija me respondió que muy bien podía Mr. Franklin meter su cuchara y probar suerte, antes de que los versos fueran seguidos por el poeta. En favor de tal punto de vista, debo reconocer que Mr. Franklin no desechó la menor oportunidad que se le presentó para intentar ganarse los favores de Miss Raquel.

No obstante ser el más inveterado de los fumadores, abandonó el cigarro porque ella le expresó un día que le repugnaba sentir el olor dejado por el humo del mismo en sus ropas. Luego de ese acto de abnegación pasó tan malas noches, debido a la ausencia de la acción calmante del tabaco, a la cual estaba tan acostumbrado, y bajó cada mañana con un aspecto tal de agotamiento y tan ojeroso, que la misma Miss Raquel hubo de pedirle que volviera a sus cigarros. ¡No!; jamás habría él de volver a una cosa que le causara a ella la menor molestia; lucharía con resolución hasta vencer su insomnio y recobraría, tarde o temprano, el sueño por la mera presión de la paciencia que estaba dispuesto a emplear para lograrlo. Tal devoción, pensarán ustedes (coincidiendo con lo que dijo alguien escaleras abajo), no podía dejar nunca de producir el efecto correspondiente en Miss Raquel…, respaldada como se hallaba tal devoción por la labor diaria de decorar la puerta. Todo eso estará muy bien… pero lo cierto es que ella poseía en su alcoba un retrato de Mr. Godfrey, donde se lo veía hablar, durante un mitin, con el cabello flotando a impulsos de su propia elocuencia, y se advertía cómo sus ojos, de la manera más agradable, embrujaban y hacían salir el dinero. Cada mañana, como la misma Penélope hubo de reconocerlo, se exhibía allí en efigie ese hombre de quien las mujeres no podían prescindir y observaba a Miss Raquel mientras era peinada. Poco tiempo habría de pasar, pensaba yo, antes de que la estuviera mirando con sus ojos reales.

El dieciséis de junio se produjo un evento que hizo que las probabilidades de éxito de Mr. Franklin en este asunto se tornaran más lejanas que nunca.

Un extraño caballero, que hablaba el inglés con acento extranjero, apareció esa mañana en la casa y solicitó una entrevista con Mr. Franklin Blake para tratar cuestiones de negocio. Estas no tenían nada que ver, posiblemente, con el asunto del diamante, por las dos razones que paso en seguida a exponer: primero, porque Mr. Franklin nada me dijo acerca de esa entrevista, y segundo, porque puso al tanto de la misma (luego que el extraño caballero hubo partido) a mi ama. Quizá ésta hizo alguna insinuación respecto al asunto, poco tiempo después, delante de su hija. Comoquiera que sea, oí decir que Miss Raquel le dirigió algunos severos reproches a Mr. Franklin, mientras se hallaban junto al piano, esa noche, relacionados con las gentes entre las cuales había aquél vivido y a los principios que adoptara durante su permanencia en el exterior. Al día siguiente, por primera vez hasta entonces, nada se hizo en materia de decoración allí en la puerta. Sospecho que alguna imprudencia cometida por Mr. Franklin en el Continente —relacionada con alguna mujer o deuda— lo había seguido hasta Inglaterra. Pero todo esto no es más que mera conjetura. En lo que se refiere a este asunto, tanto mi ama como Mr. Franklin me dejaron extrañamente en las tinieblas.

El diecisiete, según todas las apariencias, la nube se había disipado nuevamente. Ambos volvieron a su labor decorativa junto a la puerta y parecían seguir siendo tan amigos como siempre. De creer a Penélope, Mr. Franklin había sabido aprovechar la oportunidad que se le presentara a raíz de la reconciliación, para hacerle a Miss Raquel una declaración amorosa que no había sido ni aceptada ni rechazada. Mi hija estaba segura, a través de diversos signos y señales que no vale la pena especificar aquí, que su joven ama había reñido y alejado a Mr. Franklin, en el primer momento, por no creer que hablara en serio, pero que más tarde lamentó en secreto el haberlo tratado de esa manera. Aunque Penélope gozaba ante su joven ama de una familiaridad que iba más allá de la que generalmente se les dispensa a las criadas —ya que habían compartido, casi, de niñas la misma educación—, demasiado bien conocía yo, no obstante, el carácter reservado de Miss Raquel, para pensar que habría de revelarle sus sentimientos a nadie en tal sentido. Lo que mi hija me dijo en tal ocasión era, sospecho, más la expresión de sus deseos que lo que ella misma sabía en realidad.

El diecinueve hubo otro acontecimiento. Recibimos la visita de nuestro médico, por motivos profesionales. Se lo llamó para que atendiera a cierta persona de quien ya hemos tenido ocasión de hablar en estas páginas: nuestra segunda criada, Rosanna Spearman.

Esta pobre muchacha —que me dejó perplejo, como ya saben, en las Arenas Temblonas— volvió a confundirme una vez más, durante el lapso a que me estoy refiriendo. La idea de Penélope, según la cual su compañera se hallaba enamorada de Mr. Franklin (y mantenida estrictamente en secreto por mi hija, de acuerdo con mis órdenes), seguía pareciéndome tan absurda como siempre. Pero debo reconocer que, teniendo en cuenta lo que me mostraban mis propios ojos y lo que vio mi hija con los suyos, la conducta de nuestra segunda doméstica comenzó a adquirir ante los mismos un cariz misterioso, y ello, hablando de la manera más moderada posible.

La muchacha se cruzaba, por ejemplo, constantemente en el camino con Mr. Franklin…, muy disimulada y silenciosamente, pero lo cierto es que eso ocurría. En cuanto a él, reparaba en ella tanto como hubiera podido hacerlo en el gato; al parecer no pensó nunca malgastar una sola de sus miradas, para dirigirla hacia el rostro vulgar de la muchacha. La pobre criatura, que no había tenido nunca mucho apetito, lo tenía menos ahora y comenzó a consumirse en forma aterradora; sus ojos mostraban cada mañana las visibles huellas del insomnio y del llanto nocturno. Un día Penélope fue testigo de una escena embarazosa, descubrimiento que decidimos, desde el primer instante, mantener en secreto. Había sorprendido a Rosanna junto al tocador de Mr. Franklin, reemplazando furtivamente una rosa que le obsequiara a aquél Miss Raquel para que la luciera en el ojal de la solapa, por otra de la misma variedad, que acababa de cortar con sus manos. Posteriormente se condujo ante mí, en una o dos ocasiones, en forma descarada, cuando le hice presente de manera inequívoca, aunque general, que debía poner más cuidado en lo que hacía y, lo que fue peor aún, no se mostró ya tan extremadamente respetuosa como anteriormente, en las pocas ocasiones en que Miss Raquel le dirigió, por casualidad, la palabra.

Mi ama, que advirtió el cambio, quiso conocer mi opinión al respecto. Yo traté de proteger a la muchacha y le respondí que se hallaba enferma, lo cual dio lugar a que se llamase al médico el día diecinueve, como he dicho más arriba. Aquél manifestó que se trataba de los nervios y que ponía en duda el hecho de que la muchacha pudiese atender el servicio. El ama se ofreció para procurarle un cambio de aire, diciendo que la enviaría a alguna de nuestras granjas interiores. Pero Rosanna, con lágrimas en los ojos, le pidió y rogó que le permitiera quedarse en la casa, y entonces fue cuando yo, en mala hora, le aconsejé que le permitiera quedarse un poco más de tiempo. De acuerdo con lo que acaeció después, fue ése el peor de los consejos que pude haberle dado. Si hubiese sido capaz de intuir por un instante el futuro, habría sacado entonces y sin pérdida de tiempo a Rosanna de la casa con mis propias manos.

El día veinte se recibió una nota firmada por Mr. Godfrey. Había resuelto hacer escala en Frizinghall esa noche, para aprovechar la ocasión que se le ofrecía de consultar a su padre por asuntos de negocios. En la tarde del día siguiente reanudaría su marcha a caballo, en compañía de sus dos hermanas mayores, y pensando llegar a nuestra finca mucho antes de la hora de la cena. Un elegante estuche de porcelana acompañaba a la esquela, el cual le fue entregado a Miss Raquel, juntamente con las expresiones de amor y los mejores deseos de su primo. Mr. Franklin sólo le había regalado un guardapelo de la mitad del valor de aquél. Mi hija Penélope, no obstante —tal es la obstinación de las mujeres—, seguía aún considerándolo el futuro ganador.

¡Gracias a Dios hemos llegado, por fin, a la víspera del día del cumpleaños! Deben reconocer que los he conducido esta vez hasta el sitio indicado, sin haberme entretenido demasiado en el camino. ¡Animo, lectores! He aquí que un nuevo capítulo viene en ayuda de ustedes…, y, lo que es más importante aún, ese nuevo capítulo los llevará directamente hacia lo más intrincado del relato.

CAPÍTULO IX

El veintiuno de junio, o sea el día del cumpleaños, el cielo apareció nublado y el tiempo inestable, pero hacia el mediodía se aclaró aquél del todo.

Nosotros, los criados, dimos comienzo, en las dependencias de la servidumbre, a la celebración de tan feliz aniversario como de costumbre, esto es, ofreciéndole a Miss Raquel nuestros modestos regalos, simultáneamente con el tradicional discurso pronunciado por mí todos los años, en mi carácter de doméstico principal. En tales ocasiones, adopto el plan puesto en práctica por la Reina al inaugurar el período parlamentario…, sobre todo su costumbre de decir regularmente cada año la misma cosa. Antes de ser pronunciado, como ocurre con el de la Reina, se lo aguarda con la misma expectativa que si se tratara de algo jamás escuchado. Luego de oído y cuando se ha comprobado que no es todo lo novedoso que se esperaba, pese a algunos breves rezongos que se hacen escuchar entonces, vuelven todos a fijar su vista en el futuro, con la esperanza de oír algo más nuevo el próximo año. Lo cual viene a demostrar que constituimos una nación fácil de gobernar tanto desde el Parlamento como desde la cocina.

Luego del desayuno, Mr. Franklin y yo sostuvimos una entrevista, a solas, sobre el asunto de la Piedra Lunar…, pues ya había llegado el momento de retirarla del banco de Frizinghall, para ponerla en las propias manos de Miss Raquel.

Sea porque hubiera estado haciéndole nuevamente la corte a Miss Raquel y ésta lo hubiese rechazado… o porque su falta reiterada de reposo nocturno hubiera ido agravando paulatinamente las contradicciones y fluctuaciones de su carácter, cosas éstas que no puedo yo afirmar, lo cierto es que Mr. Franklin fracasó en lo que respecta al inmejorable aspecto que debió exhibir la mañana del día del cumpleaños. En lo que concierne al diamante, expresó veinte ideas antagónicas durante un período constituido por igual número de minutos. En cuanto a mí, seguía aferrándome tenazmente a los simples eventos que ya les son conocidos. Nada de lo ocurrido hubiera tornado razonable la idea de alarmar a nuestra ama en la cuestión de la gema y nada podía acaecer que viniera a alterar la obligación legal que pesaba sobre Mr. Franklin de poner a su prima en posesión de la misma. Este era mi punto de vista y ése fue también el suyo, cuando luego de darle vueltas y más vueltas al asunto en su cabeza, se vio compelido a adoptarlo. Resolvimos que Mr. Franklin habría de dirigirse luego del almuerzo a Frizinghall en busca del diamante, para regresar después muy probablemente acompañado por Mr. Godfrey, y las dos jóvenes damas.

Aprobado dicho temperamento, retornó nuestro joven caballero junto con Miss Raquel.

Ambos emplearon toda la mañana y parte de la tarde en la interminable faena de decorar la puerta, auxiliados por Penélope, que les mezclaba los colores de acuerdo con sus instrucciones; mi ama, a medida que la hora del almuerzo se aproximaba, comenzó a entrar y salir del cuarto con un pañuelo en la nariz (pues ambos utilizaban en ese momento cierta cantidad del «excipiente» de Mr. Franklin) y se esforzó por ahuyentar a los dos artistas. Sólo hacia las tres de la tarde se despojaron de sus delantales, liberaron a Penélope, cuyo aspecto era mucho más lamentable que el de ellos a causa del excipiente, y se desembarazaron a sí mismos de todo ese embrollo. Pero habían cumplido lo que se habían propuesto: acababan de dar término a la labor de decorar la puerta el mismo día del cumpleaños y sentirse orgullosos por ello. Tanto los grifos como los cupidos y demás figuras producían, debo reconocerlo, el más hermoso efecto visual, aunque era tal su número y se enmarañaba en tal forma en medio de las flores y las diferentes imágenes circundantes, siendo sus actitudes y posturas tan dislocadas que, luego de haber uno en el primer momento experimentado el placer de contemplarlas, las veía bailotear más tarde de la manera más endiabladas en su cabeza durante horas y horas. Si a esto añado que Penélope terminó, luego de su faena matinal, por caer enferma en la trascocina, no es porque quiera demostrar hostilidad alguna en contra del mencionado excipiente. ¡No! ¡No! Debo hacer constar que esto dejó de heder en cuanto se secó; por otra parte, si el Arte exige de nosotros tales sacrificios, no dejaré por eso —pese a que se trata de mi hija— de exclamar: ¡Todo sea a favor del Arte!

Mr. Franklin, luego de comer un presuroso bocado del almuerzo, partió a caballo en dirección a Frizinghall, para escoltar a sus primas, como le dijo a mi ama. Pero era para ir en busca de la Piedra Lunar, según sabíamos ambos en secreto.

Tratándose de uno de los más grandes festines en que me haya tocado intervenir junto al aparador, en mi carácter de jefe del servicio, muchas eran las cosas en que tenía que pensar, mientras durase la ausencia de Mr. Franklin. Luego de haber examinado el vino y revistado a los hombres y las mujeres que atenderían la mesa me aparté un instante para recobrarme, antes de que comenzaran a llegar los invitados. Una bocanada de… lo que ustedes ya saben y una ojeada a cierto libro, que ya he tenido ocasión de mencionar en estas páginas, bastaron para sosegar mi cuerpo y mi espíritu. Me despertó, de lo que estoy más inclinado a calificar de ensueño que de modorra, un rumor de cascos de caballos provenientes de afuera; dirigiéndome, entonces, hacia la puerta, salí a recibir una cabalgata compuesta por Mr. Franklin y sus tres primos, escoltada por uno de los palafreneros del viejo Mr. Ablewhite.

Mr. Godfrey me sorprendió de la manera más extraña, por la similitud que guardaba con Mr. Franklin en cierto detalle de su aspecto: parecía no hallarse del mismo humor que de ordinario. Estrechó mi mano tan cordialmente como de costumbre y demostró alegrarse, muy políticamente, de hallar en tan buen estado de salud a su viejo amigo Betteredge. Pero una especie de sombra pendía sobre él, algo cuyo origen no sabía yo a que atribuirlo; cuando le pregunté cómo había encontrado a su padre, me respondió un tanto abruptamente: «Como siempre». No obstante, las dos señoritas Ablewhite reflejaban el júbilo de veinte personas juntas, lo cual sirvió para compensarnos de aquello. Eran casi tan voluminosas como su hermano, extraordinariamente enormes y de cabello amarillo; se trataba de dos mozas, rebosantes de carne y de sangre; pletóricas de salud y vivacidad, de los pies a la cabeza. Las patas de los pobres animales vacilaban bajo el peso de su cargo, y cuando saltaron de sus sillas, sin aguardar la ayuda de nadie, afirmo que rebotaron en la tierra como si fueran de goma. Toda anécdota narrada por ambas Ablewhite surgía de sus labios precedida por una O gigante; cada cosa ejecutada por ellas iba acompañada de un golpe estrepitoso y tenían la costumbre de reírse estúpidamente o de chillar, hubiera o no motivo para ello, ante la menor provocación. Mocetonas…, ése es el nombre que considero adecuado para ellas.

Detrás de la cortina formada por el estrépito que producían ambas jóvenes, tuve ocasión de dirigirle una palabra a hurtadillas a Mr. Franklin en el hall.

—¿Ha traído el diamante, señor?

Inclinando afirmativamente la cabeza, golpeó sobre el bolsillo superior de su chaqueta.

—¿Ha visto usted a los hindúes?

—Ni la sombra de ellos.

Luego de esta respuesta me preguntó por mi ama y al responderle que se encontraba en su pequeña sala de recibo, hacia allí se dirigió inmediatamente.

Cuando alrededor de media hora más tarde atravesaba yo el vestíbulo, me detuve de pronto al oír una serie de chillidos que venían desde la pequeña sala. No habré de decir que experimenté alarma alguna, ya que pude identificar en medio de los gritos la enorme O característica de las señoritas Ablewhite. Con todo, penetré allí con la excusa de ir en busca de instrucciones para la cena y cerciorarme si es que algo grave había, en verdad, ocurrido.

Al entrar pude ver a Miss Raquel junto a la mesa, con el aspecto de una persona hechizada y sosteniendo el aciago diamante del Coronel en su mano. A ambos costados suyos se hallaban de hinojos las dos mocetonas, devorando con sus ojos la gema y chillando extasiadas cada vez que la piedra les lanzaba un relámpago de diverso matiz. En el extremo opuesto de la mesa se encontraba Mr. Godfrey, quien aplaudía como un niño y cantaba suavemente: «¡Exquisito! ¡Exquisito!» Mr. Franklin, sentado junto al armario de los libros, tiraba de su barba y dirigía ansiosas miradas en dirección a la ventana. Y allí, junto a ésta, se hallaba el objeto de su curiosidad: mi ama, que exhibía en sus manos el testamento del Coronel, dándole la espalda a toda la reunión.

Al volverse hacia mí, cuando le pedí las instrucciones, pude advertir cómo el ceño característico de la familia se iba acentuando paulatinamente sobre sus ojos y cómo la ira, también peculiar de la familia, crispaba las comisuras de sus labios.

—Venga a mi habitación dentro de media hora —me respondió—. Para entonces tendré algo que decirle.

Dicho lo cual, abandonó la estancia. Era evidente que se hallaba confundida ante la misma suerte de obstáculo que nos había confundido a Mr. Franklin y a mí, durante la entrevista celebrada en las Arenas Temblonas. ¿Constituía, acaso, el legado de la Piedra Lunar una prueba de lo injusto y cruel que había sido ella con su hermano, o era, más bien, algo que venía a probar que aquél había sido mucho peor de lo que ella se atrevió jamás a imaginarse? Dilema éste difícil de resolver, y ante el cual se hallaba ahora el ama, mientras su inocente hija, ignorando la índole del Coronel, permanecía allí cerca con su regalo de cumpleaños en la mano.

Antes de que hubiera tenido tiempo de abandonar, a mi vez, la habitación, Miss Raquel, siempre atenta con el viejo doméstico que la había visto nacer, me contuvo.

—¡Mire, Gabriel! —dijo, e hizo rutilar la gema ante mis ojos bajo un rayo de sol que penetraba a través de la ventana.

¡El Señor nos bendiga! ¡Era un diamante! ¡Y tan grande, casi tan grande, como un huevo de avefría! La luz que irradiaba era idéntica al resplandor que mana de la luna en el tiempo de la cosecha. Desde el instante en que posaba uno sus ojos en la piedra, se sumergía en una profundidad amarilla que absorbía su mirada hasta el punto de impedirle distinguir cualquier otra cosa. Parecía insondable; esa gema, que podía tener uno asida entre el índice y el pulgar, era tan abismal como el propio firmamento. Luego de oscurecer la habitación, la colocamos al sol y pudimos entonces observar cómo un terrible fulgor brotaba de las entrañas luminosas de la gema, invadiendo igual que un rayo lunar la oscuridad. No era extraño que Miss Raquel se hallase fascinada, ni que sus primas hubiesen chillado de esa manera. Fue tal la impresión que me produjo el diamante, que yo también estallé en una O tan grande como las que nacieran en los labios de las dos mocetonas. La única persona que seguía siendo dueña de sí misma, era Mr. Godfrey. Deslizando sus brazos en torno a la cintura de sus dos hermanas y dirigiendo alternativamente su vista desde el diamante a mi persona, dijo:

—¡Carbón, Betteredge! ¡Sólo es un mero pedazo de carbón, mi viejo amigo, después de todo!

Su propósito era, sin duda, instruirme. Sólo logró, sin embargo, hacerme recordar la cena. Cojeando me dirigí escaleras abajo, hacia donde se hallaba mi ejército de criados. Cuando salía, le oí decir a Mr. Godfrey:

—¡Mi viejo y querido Betteredge! ¡Siempre me ha inspirado el mayor respeto!

Mientras me honraba con esta muestra de afecto, seguía abrazando a sus dos hermanas y devorando con los ojos a Miss Raquel. ¡Algo así como el nacimiento de un amor vislumbrándose allí! Mr. Franklin resultaba un perfecto rústico comparado con él.

Al cumplirse la media hora fui a ver al ama, como se me había ordenado, a su habitación.

Lo ocurrido entre ambos, en esa ocasión, fue casi lo mismo, en su faz primordial, a lo que aconteciera durante mi entrevista con Mr. Franklin en las Arenas Temblonas…, con la sola diferencia, esta vez, de que me guardé muy bien de expresarle mi opinión respecto a los prestidigitadores, ya que no se había producido hasta entonces hecho alguno que justificara el alarmar a mi ama en tal sentido. Me despedí de ella con la completa certidumbre de que enfocaba ahora al Coronel desde el más sombrío punto de vista posible y de que se hallaba dispuesta a hacerle abandonar, a su hija, en la primera oportunidad, la Piedra Lunar.

Al regresar a mis propias habitaciones me encontré con Mr. Franklin. Me preguntó si había visto a su prima Raquel. Le dije que no. ¿Podía yo acaso informarle dónde se hallaba su primo Godfrey? También lo ignoraba; pero empecé a sospechar que su primo Godfrey no se hallaría muy lejos de la prima Raquel, Mr. Franklin pareció abrigar la misma sospecha. Tirando fieramente de su barba prosiguió su camino y se encerró en la biblioteca, luego de dar un portazo extraordinariamente sugestivo.

No volví a ser molestado en mi tarea de preparar la cena del cumpleaños, hasta que llegó el momento en que debí aplicarme a la labor de acicalar mi persona, con el fin de ir más tarde al encuentro de los huéspedes. Acababa apenas de ponerme mi chaleco blanco, cuando vi llegar a mi tocador a Penélope, quien lo hacía con la excusa de cepillar los restos de cabellera que aún me quedan. Mi hija se hallaba muy animada e intuí que tenía algo que decirme. Luego de darme un beso en la cúspide de mi cabeza calva murmuró a mi oído:

—¡Buenas nuevas para ti, padre! Miss Raquel lo ha rechazado.

—¿A quién te refieres? —le pregunté.

—Al hombre de los comités femeninos, padre —dijo Penélope—. Es un pícaro detestable. ¡Lo odio por haber tratado de desplazar a Mr. Franklin!

De haber contado con el aliento suficiente, hubiera sin duda hecho oír mi protesta ante tan indecorosa apreciación respecto a tan eminente y filantrópico ciudadano. Pero ocurrió que mi hija se hallaba en ese instante rectificando el nudo de mi corbata y toda la fuerza de sus ideas se había escurrido en la punta de sus dedos. Jamás me hallé tan próximo a ser estrangulado como en ese momento.

—Los vi cuando se dirigieron a solas hacia el jardín de las rosas —dijo Penélope—. Y estuve acechando detrás del acebo, para poder verlos cuando emprendieran el regreso. A la ida avanzaron del brazo y riendo. A la vuelta venían separados y muy serios, rehuyendo el mirarse a la cara en una forma que no dejaba lugar a dudas. ¡Jamás me he alegrado tanto en mi vida, padre! Comoquiera que sea hay en el mundo una mujer capaz de resistir a Mr. Godfrey Ablewhite; ¡y, de haber sido yo una dama, habría de haber otra!

Nuevamente hubiera querido protestar. Pero mi hija se había apoderado ahora del cepillo para la cabeza y todo el vigor de sus ideas lo había transmitido al mismo. Si eres tú calvo, lector, podrás entonces hacerte una idea de la forma en que Penélope escarificó mi cabeza. Si no lo eres, mejor será que pases por alto y le des las gracias a Dios por contar con una especie de defensa interpuesta entre tu cabeza y el cepillo para el cabello.

—Exactamente delante del acebo fue donde se detuvo Mr. Godfrey —prosiguió Penélope—. «¿Así es que prefieres», le dijo él, «que me quede aquí igual que si nada hubiera ocurrido?» Miss Raquel se volvió hacia Mr. Godfrey como un rayo. «Has aceptado la invitación de mi madre», le dijo, «y te hallas aquí para atender a los huéspedes. ¡A menos que desees provocar un escándalo en la casa, habrás de quedarte, sin duda!» Después de avanzar unos pasos, pareció ella ceder un tanto. «Olvidemos lo que acaba de pasar, Godfrey», le dijo, «y sigamos tratándonos como amigos». En seguida le alargó su mano. El se la besó, lo cual me pareció que era una extralimitación, y ella entonces se alejó de allí. Mr. Godfrey permaneció con la cabeza gacha durante un momento, abriendo lentamente con su tacón un hoyo en el sendero de grava; jamás habrás visto tú un hombre más fuera de sí de lo que se hallaba él en ese instante. «¡Torpe!», dijo entre dientes, al levantar la cabeza y echar a andar en dirección a la casa…, «¡terriblemente torpe!» Si ésa era la opinión que tenía de sí mismo, se hallaba enteramente en lo cierto. Sin duda lo es bastante, estoy segura de ello. Debajo de todo este asunto, padre, se hallaba aquello de que ya te hablé —exclamó Penélope, dando término a su obra con una última escarificación, la más violenta de todas—: ¡Míster Franklin es el elegido!

Apoderándome del cepillo para el cabello, abrí la boca dispuesto a administrarle a mi hija la reprimenda a que, deben ustedes reconocerlo, se había hecho en todo sentido acreedora por su lenguaje y su conducta.

Antes de que hubiera podido articular una sola palabra, sin embargo, un crujir de ruedas, proveniente de afuera, me hizo enmudecer estremecido. Los primeros convidados acababan de llegar. Poniéndome la chaqueta eché una ojeada sobre mi persona en el espejo. Mi cabeza se hallaba tan roja como puede estarlo un cangrejo, pero desde otro punto de vista me hallaba tan acicalado para la ceremonia de esa noche, como podría haberlo estado el hombre más elegante del mundo. Entré en el vestíbulo justamente a tiempo para poder anunciar la llegada de la primera pareja de convidados. No tienen por qué manifestar curiosidad alguna al respecto. Se trataba, simplemente, de los progenitores del filántropo, Mr. y Mrs. Ablewhite.

CAPÍTULO X

Uno tras otro fueron llegando los huéspedes restantes, a partir del arribo de los Ablewhite, hasta quedar cubierto el número global de concurrentes. Incluyendo a los miembros de la familia, se contaban allí veinticuatro personas en total. Fue, en verdad, un noble cuadro el que ofrecieron todos ellos, luego de haber ocupado cada uno su sitio respectivo en torno de la mesa, y se vio levantarse al cura párroco de Frizinghall, quien, con elocuente palabra, bendijo la comida.

No es necesario fatigar aquí al lector dando la nómina completa de los huéspedes, ya que no habrá de encontrarse con ninguno de ellos —en la parte de esta historia que me corresponde a mí narrar, por lo menos—, con la sola excepción de dos personas.

Estas últimas se hallaban sentadas una a cada lado de Miss Raquel, quien, como reina de la reunión, constituía la máxima atracción de la fiesta. En esta ocasión había más motivos que nunca para considerarla el centro hacia el cual convergían todas las miradas, dado que, ante la desazón secreta de mi ama, lucía un maravilloso presente de cumpleaños que eclipsaba todo lo circundante: la Piedra Lunar. En el primer momento le había sido entregada en las manos sin ningún agregado, esto es, suelta, pero luego, ese genio universal que era Mr. Franklin halló la forma de fijarlo a manera de broche sobre la pechera del traje blanco de Miss Raquel, con la ayuda de sus pulcros dedos y de un pequeño trozo de hilo plateado. Todo el mundo expresó su asombro ante las peligrosas dimensiones y la belleza del diamante, por medio de las palabras que se acostumbra decir en tales casos. Las únicas personas que se abstuvieron de decir vulgaridad alguna en torno al mismo fueron aquellos dos huéspedes que ya he mencionado y que se hallaban sentados, uno a la derecha y otro a la izquierda de Miss Raquel.

El de la izquierda se llamaba Mr. Candy, era el médico de la familia y residía en Frizinghall.

Se trataba de un hombrecillo agradable y cordial, con la desventaja, no obstante, debo reconocerlo, de que se mostraba, en y fuera de ocasión, demasiado dispuesto a regodearse con sus propias chanzas y entablar un tanto precipitadamente conversación con los extraños, antes de informarse debidamente respecto a su idiosincrasia. En sociedad no hacía más que cometer yerros y arrastrar a la gente hacia campos hostiles, sin proponérselo. Como médico se conducía con más prudencia, y echando mano instintivamente, como decían sus enemigos, de su discreción, lograba demostrar por lo general que se hallaba en lo cierto, cuando otros colegas suyos más cautos se equivocaban. Lo que él le dijo esa noche a Miss Raquel respecto al diamante, cobró como de costumbre la forma de una broma o una burla. Le rogó gravemente, en interés de la ciencia, que le permitiera llevárselo a su casa para hacerlo arder.

—Primeramente, Miss Raquel —dijo el doctor—, lo someteremos a muy elevada temperatura y luego lo expondremos a una corriente de aire y así, poco a poco —¡puf!—, evaporaremos el diamante, ahorrándole a usted el trabajo de tener que custodiar tan valiosa gema.

Mi ama, mientras lo escuchaba con expresión un tanto fatigada, parecía estar deseando que el doctor hablara en serio y que sus palabras fueran capaces de despertar en Miss Raquel el celo suficiente por la ciencia, como para inducirla a sacrificar su regalo de cumpleaños.

El otro huésped, que se hallaba sentado a la derecha de la joven, era un célebre personaje: Míster Murthwaite, famoso por sus expediciones a la India, el cual, a riesgo de perder la vida, se había internado disfrazado en regiones donde ningún europeo posara jamás su planta.

Era alto y delgado, de tez morena, curtido y silencioso. Tenía el aspecto de un ser cansado y unos ojos firmes y atentos. Se decía que hastiado de la monótona existencia inglesa no deseaba otra cosa que volver a la brecha, para darse a vagar nuevamente por las zonas más salvajes de Oriente. Si se exceptúan las escasas palabras que cambió con Miss Raquel relativas a la gema, dudo que haya pronunciado después de ello seis palabras o que haya bebido más de un vaso de vino durante la comida. La Piedra Lunar fue lo único que despertó en él una especie de curiosidad. La fama del diamante parecía haber llegado hasta sus oídos, en alguna de aquellas comarcas peligrosas visitadas por él durante sus correrías. Luego de haberlo observado en silencio durante tanto tiempo que Miss Raquel comenzó a sentirse confundida, dijo a ésta en un tono frío e inconmovible.

—Si va usted alguna vez a la India, Miss Verinder, no lleve jamás el regalo de cumpleaños de su tío. Todo diamante indostánico suele hallarse vinculado a alguna religión de esos lugares. Conozco una ciudad, y en esa ciudad un templo, donde, aderezada como usted se halla ahora, su vida no tendría el más mínimo valor.

Miss Raquel, a salvo en Inglaterra, sintió un gran placer al oír hablar del riesgo que corría en la India. Las mocetonas se regodearon aún más: dejando caer ruidosamente tenedores y cuchillos, prorrumpieron al unísono en vehementes exclamaciones:

—¡Oh, qué interesante!

Mi ama se agitó nerviosa en su asiento y cambió el tema de la conversación.

A medida que la cena avanzaba llegué a darme cuenta, poco a poco, que esta fiesta no prosperaba en la medida en que lo habían hecho otras reuniones semejantes.

Recordando ahora aquel día, y a la luz de lo que aconteció después, estoy casi tentado a pensar que la piedra maldita debió haber obrado como un influjo maligno sobre la reunión. Yo les serví el vino en abundancia y, aprovechando las prerrogativas de mi cargo, anduve en todo instante dando vueltas en torno de la mesa en pos de los platos que no merecían su aprobación y diciéndole confidencialmente a cada huésped: «Por favor, no lo mire así y pruébelo; estoy seguro de que le sentará a usted bien.» Nueve de cada diez convidados cambiaban de opinión en consideración a su antiguo y ocurrente amigo Betteredge, según afirmaban complacidos—; no obstante, ello no dio ningún resultado. A medida que el tiempo fue transcurriendo, se produjeron algunos intervalos de silencio, que me hicieron sentirme incómodo. Cuando volvían a dirigirse la palabra lo hacían, inocentemente, de la peor manera y con escasa fortuna. Mr. Candy, el doctor, dijo, por ejemplo, las cosas más desdichadas que jamás lo oyera decir hasta entonces. Bastará un solo ejemplo de su manera de conducirse en tal ocasión, para dar una idea de lo mucho que sufrí yo junto al aparador, tomando tan a pecho como había tomado la idea de que la fiesta debía constituir un éxito.

Se hallaba entre la concurrencia la digna señora de Threadgall, viuda del difunto profesor del mismo nombre. Esta buena señora tenía la costumbre de referirse en todo instante a su esposo, pero sin mencionarle nunca a su interlocutor la circunstancia de que aquél había muerto. Consideraba sin duda que toda persona adulta y físicamente capacitada, en Inglaterra, se hallaba en la obligación de conocer tal cosa. En uno de esos intervalos de silencio a que ya me he referido, se le ocurrió a alguien poner sobre el tapete ese tema árido y un tanto desagradable que es la anatomía, lo cual dio lugar a que Mrs. Threadgall trajera de inmediato a colación, como era su costumbre, el nombre de su difunto marido, pasando por alto la circunstancia de su muerte. Afirmó que la anatomía era el pasatiempo favorito del profesor en sus momentos de ocio. Desgraciadamente Mr. Candy, que se hallaba sentado enfrente de ella (e ignoraba la muerte del caballero), pudo oír lo que decía. Siendo, como era, el hombre más cortés del mundo, no dejó pasar la oportunidad que se le ofrecía de cooperar de inmediato a los esparcimientos anatómicos del profesor.

—En el Colegio de Cirujanos acaban de recibir varios esqueletos de notable apariencia —dijo desde el otro lado de la mesa y en un tono alegre y ruidoso—. Le recomiendo encarecidamente al profesor, señora, que en el primer momento libre vaya a hacerles una visita.

El silencio que se hizo fue tal que hubiera podido oírse caer un alfiler. Los comensales, por respeto a la memoria del profesor, no dijeron una sola palabra. Yo me hallaba en ese instante a espaldas de Mrs. Threadgall, recomendándole confidencialmente un vaso de vino del Rin. Bajando la cabeza, dijo aquélla en voz muy baja:

—Mi amado esposo ya no existe.

El desdichado de Mr. Candy, sordo a tales palabras y muy lejos de sospechar, siquiera, la verdad, prosiguió hablando por encima de la mesa, más cortés y ruidoso que nunca.

—El profesor quizá ignora —dijo— que una tarjeta de un miembro del Colegio bastaría para facilitarle la entrada allí, cualquier día de la semana, excepto los domingos, de diez a cuatro.

Mrs. Threadgall hundió aún más su barbilla en el escote y en voz más baja todavía repitió las solemnes palabras:

—Mi amado esposo ya no existe.

Yo le hice un guiño a Mr. Candy a través de la mesa. Miss Raquel lo rozó con su brazo. Mi ama le dijo las cosas más terribles con su mirada. ¡Todo fue inútil! Siguió hablando y hablando con una cordialidad que no se detenía ante nada.

—Me sentiré muy complacido —dijo— de enviarle mi tarjeta al profesor, si me hace usted el favor de comunicarme su dirección actual.

—Su dirección actual es el sepulcro —dijo Mrs. Threadgall, perdiendo súbitamente la paciencia y hablando con un énfasis y una violencia que hicieron vibrar de nuevo el cristal de los vasos—. ¡El profesor ha muerto hace diez años!

—¡Oh Dios santo! exclamó Mr. Candy.

Si se exceptúan las dos mocetonas, que estallaron en una carcajada, se hizo un silencio tan profundo en la reunión, que fue como si todos los allí congregados hubieran seguido el camino del profesor y moraran donde él moraba, esto es, en el sepulcro.

Dejemos ya a Mr. Candy. Los restantes comensales se condujeron, cada cual a su manera, en la misma forma provocativa que el doctor. Cuando debían hablar, no lo hacían, y cuando abrían la boca era para hostilizarse mutuamente y sin descanso. Mr. Godfrey, que solía ser tan elocuente en público, declinó el hacer gala de tal cualidad en privado. Quizá se hallaba de mal humor o tal vez se sentía avergonzado, a causa de su derrota en el jardín de las rosas: no puedo afirmar ni lo uno ni lo otro. Toda su charla se circunscribió a las palabras que vertió secretamente al oído de la dama que se encontraba a su lado. Se trataba de una de las integrantes de una junta de mujeres… un ser espiritual que exhibía una hermosa clavícula y gran afición por el champaña: le agradaba seco y en abundancia. Como me hallaba próximo a ellos, junto al aparador, puedo dar fe, teniendo en cuenta lo que los oí decir mientras descorchaba botellas, trinchaba al carnero o efectuaba cualquier otro menester por el estilo, que la reunión dejó escapar una gran oportunidad de levantar el tono general de la conversación. Lo que dijeron respecto a las obras de beneficencia realizadas por ambos no pude escucharlo. Cuando alcancé a oírlos, hacía ya tiempo que habían abandonado el tema acerca de las mujeres que debieran ser encerradas y de las que era necesario redimir, para empeñarse en la discusión de asuntos más graves. Religión, creo haberlos oído decir mientras quitaba los corchos y trinchaba la carne, es sinónimo de amor. Y decir amor es decir religión. La tierra es un paraíso un poco menos perfecto que el otro. Y el cielo, por otra parte, es una tierra fraccionada, que lo ha sido para que aparezca otra vez con el aspecto de una cosa nueva. Existía en el mundo cierto número de gentes indeseables, pero, para contrarrestar tal cosa, todas las mujeres que habitaban en el paraíso habrían de integrar un prodigioso comité en el que jamás se producirían disensiones, siendo asistidas en sus tareas por los hombres, quienes actuarían a la manera de ángeles ejecutivos. ¡Muy hermoso! ¡Muy hermoso! Pero, ¿por qué se reservaba tan aviesamente Mr. Godfrey para sí mismo y su dama todas esas cosas?

Mr. Franklin, insistirán ustedes, ¿no logró Mr. Franklin convertir esa reunión nocturna en una fiesta agradable?

¡Nada de eso! Recobrado enteramente, desplegó una energía y un buen humor maravillosos, al tanto como se hallaba, sin duda, sospecho que por medio de Penélope, del recibimiento que se le dispensó a Mr. Godfrey en el jardín de las rosas. Pero, hablara lo que hablare, lo cierto es que, nueve de cada diez veces que tomaba la palabra, escogía un mal tema o se dirigía a quien no debía haberle hablado, lo cual dio por resultado que ofendiese siempre a alguno y dejara perplejos en todo momento a los demás. Su educación extranjera, las facetas germana, francesa e italiana de su carácter que ya he apuntado, se mostró nuevamente ante la hospitalaria mesa de mi ama de la manera más embarazosa.

¿Qué piensan, por ejemplo, de la discusión promovida por él cuando inquirió hasta dónde debía una mujer casada demostrar su admiración por un hombre que no era su marido, dejando caer en medio de la conversación y de acuerdo con su ingeniosa y franca modalidad francesa, el nombre de la tía soltera del vicario de Frizinghall? ¿Qué piensan de su actitud, cuando luego de sacar a relucir su yo germano, le dijo al señor de una heredad en el momento en que éste, toda una autoridad en materia ganadera, hizo mención de su experiencia en el arte de criar toros, que, hablando con propiedad, la experiencia para nada contaba y que la mejor manera de criar un toro era concentrarse con la mayor energía en la idea de un toro perfecto y hacerlo surgir en carne y hueso de nuestra mente? ¿Qué opinan de lo que dijo cuando el representante del Condado, caldeado ya en el instante en que se servían el queso y la ensalada, estalló en esta forma, refiriéndose al incremento de la democracia en Inglaterra. «Si llegamos a perder alguna vez nuestras ancestrales garantías, ¿puede usted decirme, sir. Blake, qué nos quedará?» Este replicó entonces, sacando a relucir su yo italiano: «Nos quedarán tres cosas, señor: el Amor, la Música y la Ensalada.» No solamente aterró a la concurrencia con tales exabruptos, sino que, volviendo a su yo inglés, a su debido tiempo, dejó de lado toda su suavidad extranjera y al hablar de la profesión médica afirmó rotundamente cosas que ponían en ridículo a los médicos, sacando de sus casillas aun al pequeño y alegre Mr. Candy.

La disputa se inició a raíz de haberse visto obligado a reconocer Mr. Franklin —por motivos que he olvidado— que había estado durmiendo muy mal últimamente. Mr. Candy le dijo al punto que sus nervios se hallaban resentidos y que debía someterse a un tratamiento de inmediato. Mr. Franklin le contestó que, en su opinión, un tratamiento médico y un sistema que lo obligara a andar a uno a tientas en la oscuridad eran la misma cosa. Mr. Candy le devolvió el golpe hábilmente respondiéndole que, en el terreno físico, no hacía Mr. Franklin más que andar a tientas en la oscuridad en busca del sueño y que la única manera de recobrarlo sería confiándose a un tratamiento médico. Mr. Franklin, deteniendo en el aire la pelota, le replicó que muchas fueron las voces que oyó hablar del caso de un ciego que dirigía a otro ciego, pero que ésa era la primera vez que tal cosa se le hacía evidente. Siempre en el mismo tono prosiguieron parando y devolviéndose los golpes con energía, hasta que se acaloraron…, especialmente Mr. Candy, quien perdió de tal manera el dominio sobre sí mismo al salir en defensa de su profesión, que obligó a mi ama a intervenir para prohibirles que siguieran más adelante. Esta indispensable muestra de autoridad actuó a manera de golpe de gracia sobre la atmósfera de la reunión. De tanto en tanto volvió a reanudarse aquí y allá la conversación, pero pudo advertirse una lamentable carencia de vida e ingenio en las palabras. El Demonio (o el diamante) había embrujado a este dinner-party y fue un alivio para todos el ver levantarse al ama, quien les indicó con señas a las señoras que debían dejar libres a los hombres para beber.

Acababa yo apenas de disponer en una fila las garrafas delante del anciano Mr. Ablewhite (que actuaba en calidad de anfitrión), cuando llegó hasta nosotros desde la terraza un rumor que me hizo estremecer y olvidar de golpe las maneras adecuadas al lugar. Mr. Franklin y yo nos miramos a la cara: era el redoble de un tambor indio. ¡Hubiera apostado cualquier cosa a que se trataba de los escamoteadores hindúes que regresaban a nuestra casa atraídos por la Piedra Lunar!

En el momento en que doblaban la esquina de la terraza y aparecían ante nuestra vista, me dirigí hacia ellos cojeando, con el fin de ahuyentarlos. Pero quiso mi mala suerte que se me adelantaran en el camino las dos mocetonas. Zumbando pasaron junto a mí en dirección a la terraza, con la velocidad de dos cohetes y enloquecidas por presenciar las triquiñuelas de los hindúes. Las otras mujeres las siguieron y hasta los propios caballeros hicieron allí su aparición. Antes de que hubiera uno podido exclamar: «¡el Señor nos asista!», ya estaban allí los truhanes haciéndonos zalemas y las dos mocetonas besando al hermoso muchachito.

Mr. Franklin se situó junto a Miss Raquel y yo a espaldas de ésta. De confirmarse mis presunciones, he ahí que delante de los hindúes se hallaba ella exhibiendo su diamante sobre el pecho, ignorando absolutamente su verdadera situación.

No me hallo en condiciones de especificar cuántos fueron los juegos verificados y en qué forma los ejecutaron. En parte debido a los malos ratos pasados durante la cena y en parte a causa de la provocación que entrañaba el regreso de esos pícaros que llegaban justamente a tiempo para contemplar la gema, reconozco que perdí totalmente la cabeza. La primera cosa que recuerdo haber notado entonces fue la presencia súbita en el lugar del explorador hindú Mr. Murthwaite. Deslizándose en torno del semicírculo formado por las personas que se hallaban sentadas o de pie, avanzó con cuidado hasta situarse a espaldas de los juglares, a quienes les habló repentinamente en su propia lengua.

De haberlos punzado con una bayoneta, dudo que los hindúes se hubieran estremecido de tal manera y que se hubiesen vuelto hacia él con más agilidad felina que la que pusieron en juego al oír las primeras palabras brotadas de sus labios. Pero inmediatamente comenzaron a prodigarle sus zalemas y a hacerle reverencias en la forma más política y taimada. Luego de las pocas palabras cambiadas en lengua extranjera, se alejó de allí Mr. Murthwaite tan silenciosamente como se había acercado. El jefe, que actuaba en calidad de intérprete, giró de inmediato sobre sí mismo, para enfrentar de nuevo a la concurrencia. Pude advertir entonces que el individuo de la tez color de café exhibía una coloración gris, a raíz de las palabras oídas de labios de Mr. Murthwaite. Haciéndole una reverencia al ama, declaró que el espectáculo había terminado. Las mocetonas, terriblemente disgustadas, lanzaron un estrepitoso «¡Oh!» que iba dirigido directamente contra Mr. Murthwaite, por haber interrumpido éste la exhibición. El jefe de los juglares, llevándose con ademán humilde la mano al pecho, declaró por segunda vez que los juegos habían terminado. El muchachito inglés comenzó a pasar el sombrero. Las señoras se retiraron a la sala y los caballeros, excepto Mr. Franklin y Mr. Murthwaite, volvieron a sentarse ante sus copas de vino. El lacayo y yo seguimos a los hindúes para comprobar si abandonaban la finca.

Al retornar por el lado de los arbustos, sentí olor a tabaco y me encontré con Mr. Franklin y Mr. Murthwaite (este último fumando una trompetilla), los cuales se paseaban de un lado a otro entre los árboles. Mr. Franklin me hizo una seña para que me acercara.

—Este —dijo Mr. Franklin, presentándome al famoso viajero— es Gabriel Betteredge, viejo amigo y servidor de la familia de la cual acabo de hablarle. Te ruego le cuentes al señor lo que me has referido a mí.

Mr. Murthwaite se quitó la trompetilla de la boca y se recostó contra un árbol con aire fatigado.

—Mr. Betteredge —comenzó—, esos tres hindúes son tan juglares como lo podemos ser usted o yo.

¡He aquí otro hecho sorprendente! Naturalmente, le pregunté al viajero si había visto a los hindúes anteriormente.

—Jamás —replicó Mr. Murthwaite—; pero conozco a fondo lo que son los verdaderos juegos de manos hindúes. Lo que acaba de ver usted aquí esta noche no es más que una pobre y burda imitación de aquéllos. A menos que, pese a mi larga experiencia, me halle yo enteramente equivocado, esos hombres son brahmanes de alta jerarquía. Habrá usted observado, sin duda, cómo reaccionaron cuando los acusé de falsarios, pese a lo hábiles que son los indostánicos para ocultar sus verdaderos sentimientos. Hay en su conducta un algo misterioso que no logro explicarme. Han sacrificado en dos oportunidades sus privilegios de casta: primero, al cruzar el mar, y después, al disfrazarse de juglares. En la tierra de que ellos proceden, constituye ése un inmenso sacrificio. Debe haber un motivo muy serio respaldando su actitud y alguna razón poderosa que les sirva para justificarse y los ayude a recuperar, a su regreso, dichos privilegios.

Yo enmudecí, Mr. Murthwaite siguió fumando. Mr. Franklin, luego de fluctuar en medio de las diversas facetas de su carácter, quebró el silencio en esta forma, hablando según su bella manera italiana, en tanto que dejaba traslucir a través de ella, su sólida base inglesa original.

—Mr. Murthwaite; no sé si se valdrá la pena molestarlo dándole a conocer ciertos detalles domésticos por los cuales no habrá de sentir usted, sin duda, ningún interés y de los que no siento yo, por mi parte, muchos deseos de hablar, fuera del círculo de mis allegados. Pero, luego de lo que acaba usted de decir, me creo obligado, en interés de Lady Verinder y de su hija, a poner en su conocimiento algo que puede quizá colocarlo a usted sobre la pista. Le hablo en forma confidencial y estoy seguro que habrá de ser usted lo suficientemente amable como para no olvidar tal circunstancia.

Luego de este exordio le narró al viajero hindú, según su lúcida manera francesa, lo mismo que me había contado a mí en las Arenas Temblonas. Aun el inmutable Mr. Murthwaite se sintió tan atraído hacia lo que estaba oyendo que dejó caer el cigarro de su boca.

—Y ahora —dijo Mr. Franklin, al dar término al relato— ¿qué es lo que le aconseja su experiencia?

—Mi experiencia me dice, Mr. Franklin Blake —respondió el esplorador—, que ha estado usted mucho más próximo a perder la vida que yo en cualquier ocasión; y eso es ya mucho decir.

Ahora fue Mr. Franklin quien se asombró.

—¿Se trata, realmente, de algo tan grave? —preguntó.

—En mi opinión, sí —replicó Mr. Murthwaite—. No me cabe la menor duda, luego de haberlo escuchado, de que la reintegración de la Piedra Lunar al sitio que ocupaba en la frente del ídolo hindú es el motivo y la justificación de esa renuncia a los privilegios de casta a que acabo de referirme. Estos hombres aguardarán con paciencia felina su oportunidad y lucharán entonces con la ferocidad de los tigres. No puedo explicarme cómo ha podido escapar usted con vida —agregó el eminente viajero, volviendo a encender su cigarro y clavando su enérgica mirada en el semblante de Mr. Franklin—. ¡Ha estado usted yendo y viniendo de un lado a otro, acá y en Londres, con el diamante encima y sigue respirando todavía! Aclaremos esto. ¿Fue a la luz del día cuando retiró usted, en ambas oportunidades, la gema del banco, en Londres?

—A la plena luz del día —dijo Mr. Franklin.

—¿Y había mucha gente en las calles?

—Sí.

—Sin duda fijó usted la hora en que habría de llegar a la residencia de Lady Verinder. La zona que media entre la casa y la estación es muy solitaria. ¿Pudo usted cumplir su palabra?

—No. Llegué cuatro horas antes de la convenida.

—¡Permítame que lo felicite por el procedimiento! ¿Cuándo depositó el diamante en el banco local?

—Una hora después de haberlo traído a esta casa… y tres horas antes de que esperase verme nadie por estos alrededores.

—¡Permítame que lo felicite nuevamente! ¿Lo trajo usted aquí, solo?

—No. Sucedió que me encontré en el camino con mis primos y su palafrenero y hube de regresar a la casa con ellos.

—¡Permítame que lo felicite por tercera vez! Si en alguna ocasión decide usted realizar un viaje hasta más allá de los límites del mundo civilizado, hágamelo saber, Mr. Blake, porque habré de acompañarlo. Es usted un hombre afortunado.

A esa altura fue cuando intervine yo. Todo esto se hallaba en pugna con mi mentalidad inglesa.

—Sin duda no querrá usted decir, señor —le dije—, que hubieran sido capaces de matar a Mr. Franklin para apoderarse del diamante, de haberse presentado la oportunidad.

—¿Fuma usted, Betteredge? —preguntó el viajero.

—Sí, señor.

—¿Le preocupa a usted mucho la ceniza cuando está limpiando su pipa?

—No, señor.

—En el país de donde estos hombres provienen importa tanto asesinar a un semejante como le importa a usted eliminar la ceniza de su pipa. Si un millar de vidas se interpusiesen entre ellos y el diamante —y estuvieran seguros de que la cosa habría de quedar en el misterio—, las sacrificarían todas sin vacilar. Concedo que el sacrificio de la propia casta constituye un hecho trascendental entre los hindúes. Pero el sacrificio de la vida humana carece para ellos de importancia alguna.

Al oír esto declaré que en mi opinión no se trataba más que de un hatajo de ladrones y criminales. Mr. Murthwaite replicó que, en su opinión, se trataba de un pueblo maravilloso. Mr. Franklin, sin expresar la suya, nos hizo volver al asunto en cuestión.

—Ya han visto la Piedra Lunar sobre el pecho de Miss Verinder —dijo—. ¿Qué debe hacerse ahora?

—Lo mismo que su tío amenazó hacer —respondió Mr. Murthwaite—. Bien sabía el Coronel Herncastle con qué gentes trataba. Envíe mañana el diamante (bajo la custodia de varias personas) a Amsterdam, para que se lo fragmente. Conviértalo en media docena de diamantes. En esa forma desaparecerá la sagrada identidad de la Piedra Lunar…, y se acabará así con el complot.

Mr. Franklin se volvió hacia mí.

—La cosa no tiene remedio —dijo—. Es necesario que hablemos de ello mañana con Lady Verinder.

—¿Por qué no esta misma noche, señor? —le pregunté—. ¿Y si vuelven los hindúes?

Mr. Murthwaite se apresuró a responder, antes de que lo hiciera Mr. Franklin.

—Los hindúes no querrán correr el riesgo de venir aquí esta noche —dijo—. Rara vez utilizan ellos los procedimientos directos para afrontar cualquier hecho, y mucho menos lo harán en este caso, en que el menor yerro podría ser de fatales consecuencias para la consecución de lo que se proponen obtener.

—Pero, ¿y si esos pícaros resultan ser más osados de lo que usted supone, señor? —insistí yo.

—En este caso —dijo Mr. Murthwaite—, suelte a los perros. ¿Tienen ustedes algún perro grande en el patio?

—Dos, señor. Un mastín y un sabueso.

—Con ellos bastará. En la actual emergencia, Betteredge, el mastín y el sabueso tienen la gran ventaja, sobre usted, de no sentir tantos escrúpulos respecto a la santidad de la vida humana.

En el mismo instante en que esta respuesta estallaba como un pistoletazo en mis oídos llegó hasta nosotros la voz desafinada del piano, proveniente de la sala. Arrojando el cigarro, Mr. Murthwaite tomó del brazo a Mr. Franklin y se dirigió con él hacia donde se hallaban las señoras. Mientras avanzaba en pos de ellos, advertí que el cielo se encapotaba rápidamente. Mr. Murthwaite también lo advirtió. Volviéndose me dijo con un tono fatigado y burlón:

—¡Los hindúes van a necesitar de sus paraguas esta noche, Mr. Betteredge!

La cosa podía ser divertida para él. Pero yo no era ningún viajero eminente, ni había andado nunca por tierras remotas jugando al peligro entre ladrones y asesinos. Luego de penetrar en mi pequeña habitación tomé asiento, sudoroso, en una silla y me pregunté con embarazo qué es lo que debía hacerse de inmediato. Otro, en mi lugar, hubiese terminado por ponerse febril; yo acabé con eso de otra manera: encendí mi pipa y me dispuse a hojear mi Robinsón Crusoe.

No hacía cinco minutos que me hallaba leyendo, cuando di con este asombroso pasaje, en la página ciento sesenta y uno:

«El temor del Peligro es diez mil veces más aterrador que el Peligro en sí mismo, cuando se torna éste aparente ante nuestros ojos; entonces descubrimos que el Peso de la Ansiedad supera en mucho al de la Desgracia que provoca esa misma Ansiedad.»

¡Quien después de leer estas líneas no crea en el valor del Robinsón Crusoe, o bien es porque algo anda mal en su cabeza o bien es un ser extraviado en la bruma de su propia arrogancia! Si así ocurre, mejor será no malgastar con él palabras y reservar nuestra piedad para alguien que posea más viva fe.

Hacía ya largo tiempo que me hallaba fumando mi segunda pipa y que seguía perdido en mi sentimiento de admiración hacia ese maravilloso libro, cuando oí entrar a Penélope, quien luego de servir el té, venía a informarme de lo acontecido en la sala. Cuando ella salió de allí, las dos mocetonas se hallaban cantando un dúo, cuya letra comenzaba con una enorme «O» y al que servía de fondo la música correspondiente. Había observado que el ama cometió por vez primera, hasta donde alcanzaba su memoria, varios yerros en el juego de whist. Había visto, también, al famoso viajero durmiendo en un rincón; oído cómo Mr. Franklin ejercitaba su ingenio a costa de Mr. Godfrey y de las Damas de Beneficencia en general y cómo le devolvía Mr. Godfrey el golpe, en una forma un tanto violenta y que no se avenía con la habitual conducta de tan benevolente caballero. Pudo ver luego a Miss Raquel dedicándose en apariencia a calmar a Mrs. Threadgall mediante la exhibición de algunas fotografías, pero esforzándose en realidad por lanzarle a Mr. Franklin miradas tan expresivas, que aun la más torpe criada hubiera sabido interpretarla debidamente. Por último, fue sorprendida por la ausencia súbita de Mr. Candy, quien luego de desaparecer en forma misteriosa, reapareció en forma igualmente misteriosa y entabló conversación con Mr. Godfrey. En general puede decirse que las cosas seguían un curso más favorable que el que era de prever, teniendo en cuenta lo ocurrido durante la comida. De mantenerse una hora más tal situación, las viejas manos del Padre Tiempo llegarían allí con el carruaje de cada cual, librándonos, por fin, de todos ellos.

Todo llega a su fin en este mundo; así fue como aun el estimulante efecto del Robinsón Crusoe se disipó en mi espíritu, luego que abandonó Penélope mi habitación. Otra vez inquieto, resolví efectuar una inspección por las tierras que rodean la casa, antes de que comenzara a llover. En lugar de ir acompañado del lacayo, cuyo olfato era humano y por lo tanto de ninguna utilidad frente a cualquier emergencia, partí en compañía del sabueso. Su olfato era especial para descubrir a los extraños. Después de recorrer todo el perímetro de la heredad, salimos a la carretera y emprendimos luego el regreso tan ignorantes como cuando partimos y sin haber dado con el menor rastro de alguien que pudiera estar acechando en cualquier sitio. Encadené otra vez al perro, y al dirigirme nuevamente por el lado de los arbustos en dirección a la casa, me encontré con dos caballeros que viniendo de la sala avanzaban hacia mí. Se trataba de Mr. Candy y Mr. Godfrey, quienes, tal como los dejara Penélope, se hallaban conversando y reían suavemente a raíz de alguna ocurrencia de su propia cosecha. Yo experimenté cierto asombro ante el hecho de que hubieran llegado a hacerse amigos, pero resolví pasar de largo, naturalmente, aparentando no verlos.

El arribo de los vehículos fue la señal para que comenzara a llover. El agua cayó a cántaros y en una forma que parecía anunciar que llovería toda la noche. Con la sola excepción del doctor, cuyo birlocho estaba aguardando allí, el resto de los contertulios partió arrellanándose cada cual cómodamente en su coche cerrado. Le dije a Mr. Candy que lamentaba el que hubiera de mojarse. Me respondió que mucho le extrañaba que a mi edad siguiera ignorando que la piel de un médico es impermeable. Y así fue como, riéndose ante su propia chanza, se lanzó en medio de la lluvia y pudimos al fin vernos libres de todos los huéspedes.

Corresponde ahora narrar lo acontecido durante esa noche.

CAPÍTULO XI

Luego que el último huésped se hubo alejado regresé al vestíbulo interior, donde encontré a Samuel junto al aparador presidiendo la labor de quienes servían el brandy y la gaseosa. El ama y Miss Raquel abandonaron la sala y entraron allí seguidas de dos caballeros. Mr. Godfrey bebió un poco de brandy y gaseosa. Mr. Franklin se abstuvo en absoluto. Se sentó, denotando un cansancio mortal; creo que las conversaciones sostenidas por él durante esa fiesta de cumpleaños habían rebasado su capacidad de resistencia.

Al volverse para decirles buenas noches, posó mi ama una dura mirada sobre el legado del Coronel que rutilaba sobre el pecho de su hija.

—Raquel —le preguntó—, ¿dónde piensas guardar el diamante esta noche?

Miss Raquel se hallaba muy animada, en ese estado espiritual propicio para decir tonterías e insistir perversamente en ellas como si se tratara de cosas henchidas de sentido, que habrán podido sin duda observar algunas veces en las jovencitas cuando se hallan excitadas hacia el final de un día agitado. Primero expresó que no sabía dónde colocarlo. Luego que lo pondría, «naturalmente, sobre su tocador, entre las demás cosas». Pero en seguida recordó que muy bien podía la piedra darse a brillar por su cuenta, aterrorizándola con su espantosa luz lunar en medio de la noche. Después se refirió a un bufete hindú que se encontraba en su sala privada y decidió instantáneamente colocar el diamante hindú en dicho bufete para que así tuvieran esos dos bellos objetos nativos la oportunidad de admirarse mutuamente. Luego de haber permitido que la pequeña corriente de su insensatez avanzara hasta ese punto, decidió interponerse su madre para contenerla.

—¡Pero, querida! Tu bufete hindú carece de cerradura —le dijo.

—¡Por Dios, mamá! —exclamó Miss Raquel—. ¿Vivimos acaso en un hotel? ¿Hay ladrones en la casa?

Sin responder a tan absurdas palabras, les deseó mi ama buenas noches a los dos caballeros. Luego se volvió hacia Miss Raquel para besarla.

—¿Por qué no me dejas guardar a el diamante, esta noche? —le preguntó.

Miss Raquel respondió en la misma forma en que hubiera replicado diez años atrás, de habérsele propuesto en ese entonces abandonar una muñeca nueva. Mi ama advirtió que no sería posible hacerla entrar en razones esa noche.

—Ven a mi alcoba mañana en cuanto te levantes, Raquel —le dijo—. Pues tendré entonces algo que decirte.

Dicho lo cual, abandonó el cuarto lentamente, abismada en sus propios pensamientos, que parecían conducirla por senderos nada gratos.

Miss Raquel fue la primera persona en dar las buenas noches después de ella. Estrechó primero la mano de Mr. Godfrey, que se hallaba dedicado a la contemplación de un cuadro en el extremo opuesto del cuarto. Luego se volvió hacia Mr. Franklin, que permanecía sentado, silencioso y con aire de fatiga, en un rincón.

Ignoro lo que hablaron. Pero hallándome, como me hallaba, a pocos pasos de nuestro grande y antiguo espejo de marco de roble, pude verla reflejándose en él, mientras le enseñaba por un momento y a hurtadillas a Mr. Franklin, luego de haberlo extraído de su escote, el guardapelo que aquél le regalara, acompañando su acción con una sonrisa cuyo sentido trascendía los límites de un acto ordinario, antes de dirigirse con paso ágil a su alcoba. Este incidente me hizo perder un tanto la confianza que había tenido hasta entonces en mi discernimiento. Comencé a pensar que bien podía, después de todo, hallarse Penélope en lo cierto respecto a los sentimientos de su joven ama.

Tan pronto como liberó Miss Raquel los ojos de Mr. Franklin y pudo éste de nuevo mirar por su cuenta, reparó en mi presencia. Su variable opinión, que cambiaba ante cualquier cosa, varió también en lo que respecta a los juglares.

—Betteredge —dijo—, me siento inclinado a pensar que tomé demasiado en serio las palabras que me dijo Mr. Murthwaite allí, en los arbustos. Me pregunto ahora si no nos habrá hecho víctimas de alguno de sus embustes de viajero. ¿Piensas soltar, de veras, a los perros?

—Les quitaré el collar, señor —respondí—, dejándolos en libertad para que se den una vuelta por ahí esta noche, si es que huelen algo que los impulse a hacer tal cosa.

—Muy bien —dijo Mr. Franklin—. Ya veremos mañana qué es lo que hay que hacer. No estoy dispuesto, de ninguna manera, Betteredge, a alarmar a mi tía, mientras no tenga una razón poderosa para hacerlo. Buenas noches.

Tan pálido y agotado se hallaba en el instante en que asiendo la bujía se dispuso a ascender la escalera, que me atreví a aconsejarle que tomara un trago de brandy con gaseosa antes de irse a la cama. Mr. Godfrey, que avanzó hacia nosotros desde el otro extremo del hall, apoyó mi ofrecimiento. Insistió de la manera más cordial ante Mr. Franklin, para hacerlo beber un trago antes de retirarse.

Si detallo estas pequeñeces, es sólo para hacer constar el gran placer que experimenté al advertir cómo, pese a cuanto había visto y oído ese día, los dos caballeros se hallaban en mejores relaciones que nunca. La guerra verbal (que presenció Penélope en la sala) y su rivalidad anterior en procura del favor de Miss Raquel parecían no haber dejado ninguna huella profunda en sus espíritus. Pero, ¡bueno!, tengan en cuenta que se trataba de dos caballeros de buen carácter y de dos hombres de mundo. Indudablemente la gente de condición posee el método de no ser tan pendenciera como la que no lo es.

Mr. Franklin rehusó el brandy con gaseosa y ascendió la escalera acompañado de Mr. Godfrey, pues sus cuartos se hallaban contiguos. Ya en el rellano, no obstante, y fuera porque su primo lo hubiese convencido o porque dando un viraje como de costumbre hubiese cambiado nuevamente de opinión, me gritó desde lo alto:

—Quizá necesite echar un trago durante la noche. Súbeme un poco de brandy a mi habitación.

Envié a Samuel con el brandy y la soda y salí de la casa para ir a quitarles el collar a los perros. Listos, atónitos y locos de alegría al ver que se los libertaba a esa altura de la noche, comenzaron a saltarme encima como dos cachorros. Sin embargo, la lluvia se encargó bien pronto de apagar su vehemencia: luego de mojar su lengua en breve instante, se deslizaron nuevamente en sus perreras. Al emprender el regreso hacia la casa, observé en lo alto señales de un cambio favorable en las condiciones del tiempo. Por el momento, sin embargo, seguía lloviendo torrencialmente y la tierra se hallaba enteramente empapada.

Samuel y yo recorrimos la casa, cerrando como de costumbre todas las puertas. Sin confiarme a mi subalterno, me aseguré, esta vez por mí mismo, de que todo se hallaba en orden. Todo estaba bajo llave y a salvo cuando tendí mi vieja osamenta en la cama, entre la medianoche y la una de la madrugada.

Sin duda las inquietudes del día resultaron un tanto agobiantes para mí. Sea como fuere, me sentí aquejado en cierta medida por la misma dolencia que había hecho presa de Mr. Franklin. Salía el sol cuando pude dormirme. Todo el tiempo que duró mi desvelo permaneció la casa tan silenciosa como una tumba. No escuché otro rumor que el de la lluvia o el viento silbando entre los árboles, cuando empezó a soplar la brisa de la madrugada.

Me desperté a las siete y media, y al abrir la ventana tuve ocasión de admirar un magnífico día de sol. El reloj ya había dado las ocho y me disponía a salir para amarrar de nuevo a los perros, cuando escuché de improviso un crujido de faldas detrás de mí en la escalera.

Al volverme vi venir a Penélope corriendo como una loca.

—¡Padre! —chilló—. ¡Sube, por Dios, la escalera! ¡El diamante ha desaparecido!

—¿Estás loca? —le pregunté.

—¡Ha desaparecido! —dijo Penélope—. ¡Nadie sabe cómo pudo ocurrir tal cosa! ¡Sube y compruébalo por ti mismo!

A la rastra me condujo hasta la sala privada de su joven ama, que se hallaba contigua a su dormitorio.

Allí, sobre el umbral de este último, se erguía Miss Raquel con el rostro tan blanco como el níveo peinador que la cubría. Allí también pude observar las dos puertas del bufete hindú abiertas de par en par. Una de las gavetas interiores había sido impulsada hacia afuera en toda su longitud.

—¡Mira! —dijo Penélope—. Yo misma vi a Miss Raquel guardar anoche el diamante en ese cajón.

Me dirigí hacia el bufete. La gaveta se hallaba vacía.

—¿Es cierto eso, Miss Raquel? —le pregunté.

Con una mirada que no era la habitual y una voz que tampoco era la propia, Miss Raquel me respondió de la misma manera que me había replicado mi hija:

—El diamante ha desaparecido.

Dichas estas palabras se retiró a su alcoba y se encerró en ella con llave.

Antes de que tuviéramos tiempo de decidir lo que habría de hacerse, entró allí nuestra ama, la cual, atraída por mi voz, venía a enterarse de lo ocurrido en la habitación privada de su hija. La noticia de la pérdida del diamante la dejó petrificada. Avanzando hacia el dormitorio de su hija, insistió en ser recibida. Miss Raquel abrió la puerta.

La alarma, propagándose como un fuego por la casa, alcanzó de inmediato a los dos caballeros.

Mr. Godfrey fue el primero en lanzarse fuera de su alcoba. Todo lo que hizo al enterarse de la noticia fue elevar las manos en un ademán de perplejidad que no hablaba para nada en favor de su fuerza de carácter. Mr. Franklin, en cuya lucidez mental yo confiara y cuyo consejo esperaba, se mostró tan impotente como su primo al llegar la noticia a sus oídos. Quiso la casualidad que esa noche descansara por fin a sus anchas y, al parecer, como lo dijo él mismo, ese inusitado derroche de sueño entorpeció sus facultades. No obstante, luego que hubo bebido una taza de café —cosa que, siguiendo una costumbre extranjera, hacía siempre antes de ingerir comida alguna—, se aclaró su cerebro, su yo lúcido retornó, y tomando el asunto en sus manos resuelta y diestramente, adoptó las medidas que siguen:

En primer lugar hizo comparecer a los criados, para comunicarles que debían dejar cerradas todas las puertas y ventanas de la planta baja, excepto la principal, que ya había yo abierto. Luego nos propuso, a su primo y a mí, que antes de emprender acción alguna nos aseguráramos bien de si el diamante no había caído por accidente en algún lugar oculto…, detrás del bufete, por ejemplo, o debajo de la tarima sobre la cual se hallaba aquél. Después de haber indagado allí infructuosamente —y de haber interrogado a Penélope, quien no le dijo más de lo que me había dicho a mí—, manifestó Mr. Franklin que sería conveniente incluir a Miss Raquel en el interrogatorio y le ordenó a Penélope que llamara a su puerta. El llamado fue contestado por mi ama, quien al salir cerró la puerta tras sí. De inmediato se oyó cómo Miss Raquel hacía girar la llave en la cerradura desde adentro. Mi ama se reunió con nosotros, trascendiendo una zozobra y una perplejidad angustiosas.

—La pérdida del diamante parece haber abatido enteramente a Raquel —dijo en respuesta a una pregunta que le hizo Mr. Franklin—. Se niega de la manera más extraña a hablar de la gema aun conmigo. Es en vano que intenten verla ahora.

Luego de haber sumado un nuevo motivo de perplejidad a los ya existentes, con esta mención del estado de Miss Raquel, recobró mi ama mediante un leve esfuerzo su calma habitual.

—Creo que esto no tiene remedio —dijo calmosamente—. ¿No les parece a ustedes que no queda otra alternativa que dar cuenta a la policía?

—Y lo primero que hará la policía —añadió Mr. Franklin, acogiendo con entusiasmo sus palabras—, será echar el guante a los juglares hindúes que actuaron aquí anoche.

Tanto mi ama como Mr. Godfrey, que ignoraban lo que sabíamos Mr. Franklin y yo, clavaron, perplejos, sus miradas en él.

—No tengo tiempo para entrar en detalles —prosiguió Mr. Franklin—. Lo único que puedo asegurarles ahora es que el diamante ha sido robado por esos hindúes.

—Extiéndeme una carta de presentación —le dijo a mi ama—, dirigida a alguno de los magistrados de Frizinghall…, haciendo constar solamente que yo te represento en tus deseos e intereses y déjame partir de inmediato. Las probabilidades que tenemos de darles caza a esos ladrones depende quizá del hecho de no desperdiciar un solo minuto. (Nota bene: se tratara o no de la faceta británica o francesa de su carácter, lo cierto es que la que se mostraba ahora en todo su apogeo constituía la base auténtica de su yo. Sólo cabía preguntarse ahora cuánto tiempo permanecería a flote la misma.)

Echando mano del tintero, del portaplumas y del papel, los puso delante de su tía, quien, según me pareció, escribió la carta que le era solicitada un tanto de mala gana. Si le hubiera sido posible pasar por alto la desaparición de una gema cuyo valor ascendía a veinte mil libras, creo que mi ama —teniendo en cuenta la opinión que le merecía su difunto hermano y el recelo que despertaba en ella ese presente de cumpleaños— se hubiera sentido secretamente aliviada al dejar que los ladrones huyeran impunemente con la Piedra Lunar.

Mientras nos dirigíamos, Mr. Franklin y yo, hacia los establos, se me presentó la oportunidad de preguntarle cómo habían podido los hindúes, de quienes tan mala opinión tenía él, introducirse en la casa.

—Es posible que alguno de ellos se haya deslizado en el vestíbulo durante la confusión que se produjo al retirarse los huéspedes —dijo Mr. Franklin—. Oculto bajo el sofá puede haber oído mencionar a mi tía y a Raquel el nombre del lugar en que habría de ser depositado el diamante anoche. Luego de ello, no habrá tenido más que aguardar a que se hiciese el silencio en la casa para echar mano a la gema en el bufete.

Dicho esto le gritó al establero para que abriese la puerta y se lanzó en seguida al galope.

Esa parecía ser la explicación más lógica. No obstante, ¿de qué medios se había valido el ladrón para abandonar la casa? Al ir a abrir yo esa mañana la puerta principal, la hallé cerrada con llave y cerrojo, tal cual la dejara la noche anterior. En lo que concierne a las restantes puertas y ventanas, he aquí que se hallaban aún todas cerradas e intactas, hecho este último elocuente por sí mismo. ¿Y los perros? Concediendo que el ladrón hubiera escapado lanzándose desde alguna de las ventanas del piso alto, ¿cómo había logrado eludir a los perros? ¿Dándoles de comer carne narcotizada? Me hallaba aún pensando en ello, cuando vi venir corriendo hacia mí a los animales, los cuales, luego de doblar una esquina de la casa, se echaron a rodar sobre el césped con tanta alegría y saludable dinamismo, que me vi en apuros para que se calmasen, con el fin de encadenarlos de nuevo. Cuantas más vueltas le daba en mi cabeza, menos satisfactoria me parecía la explicación de Mr. Franklin.

Llegó la hora del desayuno… Pase lo que pase en una casa, haya o no habido en ella un robo o un asesinato, lo cierto es que no puede uno rehuir el desayuno. Terminado éste, envió por mí el ama y me vi obligado a revelarle todo lo que hasta ese instante mantuviera en secreto, en lo que atañía a los hindúes y a su complot. Mujer de gran coraje, supo bien pronto recobrarse del asombro inicial que le provocaron mis palabras. Se hallaba mucho más preocupada por el estado de su hija que por la conspiración de los paganos hindúes.

—Usted sabe lo rara que es Raquel y en qué forma tan distinta de las demás muchachas se conduce en ciertas ocasiones —me dijo—. No obstante, jamás anteriormente he observado en ella el extraño y reservado aspecto que ahora tiene. La pérdida de la gema parece haberle hecho perder la cabeza. ¿Quién hubiera imaginado que ese horrible diamante habría de ejercer sobre ella tal influjo y en tan brevísimo espacio de tiempo?

Sin duda era para extrañarse. En lo que concierne a los juguetes y dijes en general, no había ido ella nunca más allá del entusiasmo que por esas cosas sienten la mayoría de las niñas. No obstante, he aquí que seguía encerrada en su alcoba, desconsolada. Justo es agregar, sin embargo, que no fue ella la única persona de la casa que se vio lanzada repentinamente fuera del curso ordinario de su vida. Mr. Godfrey, por ejemplo —pese a ser, profesionalmente hablando, una especie de mitigador de los males ajenos—, parecía hallarse enteramente desorientado respecto de los medios a usar para ayudarse a sí mismo. No contando con ningún compañero que lo entretuviera, ni pudiendo ensayar en la persona de Miss Raquel su experiencia relativa a las mujeres en desgracia, erraba de aquí para allá por la casa y el jardín, sin rumbo y desasosegado. Dos ideas diferentes contendían en su espíritu, en lo que atañe a la conducta a seguir por él, frente a la desgracia acaecida en el seno de la familia. ¿Debía en la actual emergencia aliviar a esta última de la carga que implicaba su presencia allí, en calidad de huésped, o era mejor que se quedara para el caso de que sus humildes servicios pudieran ser de alguna utilidad? Decidió al fin que este último era quizá el procedimiento que aconsejaba la costumbre y el decoro, frente a un infortunio de índole tan peculiar como el que acababa de sobrevenir en la casa. La realidad es la piedra de toque donde se pone a prueba el metal de que está constituido un hombre. Mr. Godfrey, al ser probado por las circunstancias, demostró hallarse fundido en un metal más pobre que el que yo había supuesto. En lo que se refiere a la servidumbre femenina —excepto Rosanna, que se replegó sobre sí misma—, todas las mujeres se dieron a cuchichear en los rincones y a clavar sus miradas suspicaces en cuanta cosa les parecía extraña, como es costumbre en quienes componen esa mitad más débil del género humano, cuando ocurre algún suceso extraordinario en una casa. Admito que yo mismo me inquieté y me puse de mal humor. La maldita Piedra Lunar había trastornado todas las cosas.

Poco antes de las once regresó Mr. Franklin. La faceta expeditiva de su carácter había naufragado, según todas las apariencias, durante el tiempo que permaneció afuera, bajo el peso de la responsabilidad recaída sobre él. Había partido de nuestro lado al galope y regresaba al paso. Cuando salió era un hombre de acero. A su retorno parecía una cosa rellena de algodón y tan blanda como es posible serlo.

—¡Y bien! —dijo mi ama—. ¿Vendrá la policía?

—¡Sí! —respondió Mr. Franklin—; me dijeron que vendrían volando: el Inspector Seegrave con dos agentes. ¡Mera fórmula! No hay esperanza alguna.

—¡Cómo! ¿Han huido los hindúes, señor? —le pregunté.

—Esos pobres e infortunados hindúes han sido encarcelados de la manera más injusta —dijo Mr. Franklin—. Son tan inocentes como un niño recién nacido. Mi sospecha de que alguno de ellos se había escondido en la casa ha terminado, como todas las demás, por desvanecerse como el humo. Se ha probado que tal cosa —añadió Mr. Franklin, regodeándose en su propia incompetencia— es, desde todo punto de vista, imposible.

Luego de asombrarnos con este anuncio que implicaba un cambio radical en el aspecto presentado por el asunto de la Piedra Lunar, nuestro caballero tomó asiento a pedido de su tía, disponiéndose a explicarse.

Al parecer, la faceta expeditiva de su carácter había seguido actuando en primer plano hasta no más allá de Frizinghall. Luego de haber escuchado su sobria exposición, el magistrado dispuso que el asunto pasara a manos de la policía. Las primeras indagaciones efectuadas en torno a las actividades de los hindúes demostraron que éstos no intentaron siquiera abandonar la ciudad. Posteriormente pudo comprobar la policía que los tres juglares fueron vistos de regreso junto con el muchacho en Frizinghall, entre las diez y las once de la noche anterior…, circunstancia que venía, a su vez, a demostrar, teniendo en cuenta la hora y la distancia, que emprendieron el regreso apenas terminaron su exhibición en la terraza. Aún más, hacia la medianoche tuvo ocasión la policía de comprobar en la casa de huéspedes donde aquéllos se alojaban, que tanto los prestidigitadores como el muchachito inglés se encontraban allí como de costumbre. Yo mismo había cerrado las puertas de la casa poco después de medianoche. No podría haberse hallado otra prueba que hablase más que ésta en favor de los hindúes. El magistrado afirmó que no había el menor motivo para sospechar de ellos hasta ese momento. Pero como podía ocurrir que las investigaciones policiales trajeran a luz ciertos hechos relacionados con los juglares, habría de valerse, con el fin de ponerlos a nuestra disposición, del pretexto de que eran unos truhanes y vagabundos, para encerrarlos bajo llave y cerrojo. Una transgresión cometida por ellos sin saberlo (he olvidado cuál) los colocó automáticamente bajo la acción de las leyes. Toda institución humana, incluso la justicia, extenderá un tanto el radio de su acción, con sólo apartarla de su cauce natural. El digno magistrado era un viejo amigo de la casa…, y los hindúes fueron, por lo tanto, «encarcelados» por una semana, de acuerdo con la orden impartida apenas abrió las puertas el tribunal esa mañana.

Tal fue el relato que de los hechos acaecidos en Frizinghall hizo ante nosotros Mr. Franklin. La pista que se basaba en los hindúes, para esclarecer el misterio de la gema perdida, se había esfumado en nuestras manos, según todas las apariencias. Si los juglares eran inocentes, ¿quién diablos había hecho entonces desaparecer la Piedra Lunar de la gaveta de Miss Raquel?

Diez minutos más tarde la presencia del Inspector Seegrave en la casa provocó en todos una infinita sensación de alivio. Luego de presentarse ante Mr. Franklin, lo siguió hasta la terraza y se sentaron después al sol (la faceta italiana del carácter de aquél se hallaba, sin duda, ahora, en todo su apogeo). Mr. Franklin previno al policía que no cabía abrigar esperanza alguna respecto a la investigación, antes de que éste hubiera dado siquiera comienzo a la misma.

Teniendo en cuenta la situación en que nos hallábamos, ninguna visita hubiera podido ser más estimulante para nosotros que la del Inspector de la policía de Frizinghall. Míster Seegrave era una persona imponente, de elevada estatura y ademanes marciales. Tenía una hermosa voz de acento imperativo, una mirada extraordinariamente enérgica y una gran levita pulcramente abotonada hasta la altura de su corbatín de cuero. «¡He aquí al hombre que ustedes necesitan!», parecía hallarse estampado en todo su semblante; y les dio unas órdenes tan severas a sus dos subalternos, que no nos quedó ya la menor duda respecto a que nadie se atrevería a jugar con él.

Comenzó por indagar dentro y fuera de la finca, llegando a la conclusión de que ningún ladrón había tratado de violentar las puertas y que, por lo tanto, el hurto había sido cometido por algún habitante de la casa. Imaginamos la alarma que cundió entre la servidumbre, cuando ese anuncio oficial llegó a sus oídos. El Inspector resolvió examinar primero el boudoir, terminado lo cual dispuso el registro de los criados. Al mismo tiempo apostó a uno de sus hombres junto a la escalera que conducía a los dormitorios de la servidumbre, con la orden de no dejar pasar a nadie de la casa, hasta tanto no se le dieran nuevas instrucciones.

Esto último dio lugar a que las representantes de la otra mitad más débil del género humano se dieran a vagar por allí desorientadas. Saltando cada una de su rincón, se lanzaron escalera arriba en dirección al aposento de Miss Raquel, donde se presentaron en corporación. (Rosanna Spearman había sido arrastrada esta vez en medio de ellas) y se arrojaron luego como una tromba sobre el Inspector Seegrave, emplazándolo, con el aire de ser cada una de ellas la culpable, a que dijera de una vez por todas sobre quién recaían sus sospechas.

El señor Inspector se mostró a la altura de las circunstancias…, las miró con sus ojos enérgicos y las amedrentó con su voz de militar:

—Bueno, ahora, todas las mujeres pueden ir bajando la escalera. Todas. No las necesito aquí para nada. ¡Miren! —dijo el Inspector, señalando súbitamente una pequeña mancha que se hallaba hacia el borde y exactamente debajo de la cerradura de la puerta recién decorada del aposento de Miss Raquel—. ¡Miren lo que ha hecho alguna de ustedes con su falda! ¡Fuera, fuera de aquí!

Rosanna Spearman, que era quien más próxima se hallaba a él y a la mancha, dio el ejemplo, retirándose obedientemente para ir a reanudar sus faenas. El resto de la servidumbre la imitó. El Inspector terminó su registro del cuarto y no habiendo sacado nada en limpio, me preguntó quién había sido la persona que descubrió el robo. Mi hija había sido tal persona. Se envió, pues, por ella.

El señor Inspector se mostró un tanto severo con Penélope, al dar comienzo al interrogatorio.

—Ahora, muchacha, escúcheme bien…, y trate de decir tan sólo la verdad.

Penélope se inflamó instantáneamente.

—¡Nunca se me ha enseñado a decir otra cosa que la verdad, señor policía!… ¡Y si mi padre, que se halla aquí presente, permite que se me acuse de ladrona y falsaria, que se me impida la entrada a mi propia habitación y se pisotee mi buena reputación, la única cosa de valor con que cuenta una muchacha pobre, si mi padre lo permite, consideraré que no es tan buen padre como yo lo creí hasta ahora!

Una palabra oportuna dicha por mí en ese instante, sirvió para colocar las relaciones de Penélope con la Justicia en un plano menos enojoso. Las preguntas y las réplicas se sucedieron, sin que se arribara a nada digno de mención. La última escena a que asistió mi hija la noche anterior fue aquella en que vio a Miss Raquel colocar su diamante en la gaveta del bufete. Cuando, hacia las ocho de la mañana siguiente, pasó por allí con una taza de té para Miss Raquel, halló el cajón abierto y vacío. Ante lo cual puso sobre aviso a toda la casa… Eso es todo lo que tenía que decir Penélope.

El señor Inspector solicitó ver en seguida a la propia Miss Raquel. Penélope le hizo llegar a ésta el pedido a través de la puerta. La réplica llegó por la misma vía:

—No tengo nada que decirle a la policía… No quiero ver a nadie.

Nuestro experimentado oficial se sintió, a la vez, perplejo y ofendido al oír tal respuesta. Yo le dije que mi joven ama se encontraba enferma y le rogué que difiriese la entrevista para más adelante. En seguida descendimos la escalera y nos cruzamos luego con Mr. Godfrey y Mr. Franklin en el hall.

Ambos caballeros, siendo, como eran también, moradores de la casa, fueron requeridos para que arrojaran, de serles posible, alguna luz sobre el asunto. Ninguno de ellos sabía nada importante. ¿Habían escuchado algún ruido sospechoso durante la noche? Ninguno, como no fuera el golpeteo acompasado de la lluvia. ¿Y yo, por mi parte, despierto como había estado durante más tiempo que cualquiera de ellos, no había oído nada? ¡Nada tampoco! Se me liberó del interrogatorio. Mr. Franklin, aferrado aún al punto de vista de que nuestras dificultades eran insalvables, cuchicheó en mi oído:

—Este hombre no nos servirá para nada. El Inspector Seegrave es un asno.

Liberado a su vez de las preguntas, Mr. Godfrey me murmuró al oído:

—Evidentemente se trata de un hombre muy capaz. ¡Betteredge, confío plenamente en él!

Muchos hombres, muchas opiniones, como dijo hace tiempo uno de nuestros mayores.

El señor Inspector decidió ir de inmediato al boudoir; mi hija y yo íbamos pisándole los talones. Tenía el propósito de averiguar si es que alguno de los muebles fue cambiado de lugar durante la noche…, pues su previa indagación en el mismo sitio lo había dejado, al parecer, insatisfecho.

Mientras nos hallábamos hurgando aún entre sillas y mesas, se abrió súbitamente la puerta del dormitorio. Después de haberse rehusado a recibir a nadie, he aquí que, ante nuestro asombro, avanzaba Miss Raquel hacia nosotros, por su propia voluntad. Luego de echar mano de su sombrero de jardín, que se hallaba sobre una silla, avanzó en línea recta hacia Penélope para hacerle esta pregunta:

—¿Mr. Franklin Blake la envió con un recado para mí esta mañana?

—Sí, señorita.

—Deseaba hablar conmigo, ¿no es así?

—Sí, señorita.

—¿Dónde está él ahora?

Al oír voces provenientes de la terraza de abajo, me asomé a la ventana y pude distinguir a dos caballeros que se paseaban por allí de arriba a abajo. Respondiendo en lugar de Penélope dije:

—Mr. Franklin se halla en la terraza, señorita.

Sin agregar una sola palabra y haciendo caso omiso de lo que le decía el señor Inspector, quien se esforzó por hacerse oír, con el semblante mortalmente pálido y extrañamente aislada en sus propios pensamientos, abandonó Miss Raquel la estancia y bajó en dirección a la terraza, para ir a enfrentar a sus primos.

Sin duda fue la mía una falta de respeto y también de educación, pero no pude de ningún modo resistir a la tentación de asomarme a la ventana, para asistir al encuentro de Miss Raquel con los dos caballeros.

Avanzó aquélla directamente al encuentro de Mr. Franklin, sin reparar, al parecer, en Mr. Godfrey, el cual optó por retirarse, dejándoles el campo libre. Cualquier cosa que le haya dicho a Mr. Franklin, lo expresó de una manera vehemente. Fueron tan sólo unas pocas palabras; pero, a juzgar por lo que alcancé a ver del rostro de él, desde mi observatorio, despertaron en Mr. Franklin un asombro que iba más allá de todo intento descriptivo. Se hallaban aún los dos allí, cuando vi aparecer a mi ama en la terraza. Miss Raquel la vio… le dijo unas palabras más a Mr. Franklin… y emprendió súbitamente el regreso a la casa, antes de que mi ama pudiera darle alcance. Esta, sorprendida por su conducta, y advirtiendo la sorpresa de Mr. Franklin, se puso a hablar con su sobrino. Mr. Godfrey se acercó entonces para unirse a la conversación. Mr. Franklin echó a andar entre ambos y comenzó a referirse, sin duda, a lo que acababa de ocurrirle, pues los otros dos, luego de haber avanzado unos pocos pasos, se detuvieron en seco como paralizados por el asombro. A esta altura de mi observación oí que la puerta de la habitación privada de mi ama era impulsada de manera violenta. Miss Raquel atravesó el cuarto velozmente, irradiando una cólera salvaje, con los ojos llameantes y las mejillas ardientes. El señor Inspector intentó de nuevo interrogarla. Ya sobre el umbral de su alcoba, Miss Raquel se volvió para gritarle enfurecida:

—¡Yo no lo he mandado llamar! Ni lo necesito. He perdido mi diamante. ¡Ni usted, ni nadie en el mundo habrán de encontrarlo jamás!

Dicho lo cual, se introdujo en su alcoba y luego de cerrarnos la puerta en la cara, le echó la llave a la puerta. Penélope, que se hallaba muy próxima a ésta, dijo que la oyó estallar en sollozos, apenas se encontró a solas en su cuarto.

¡Tan pronto rugía, tan pronto lloraba! ¿Qué significaba eso?

Respondí al Inspector que ello significaba que la mente de Miss Raquel se hallaba perturbada por la desaparición de la gema. Preocupado como me sentía por el buen nombre de la familia, mucho fue lo que lamenté ese olvido de las formas de parte de mi joven ama —aun frente a un funcionario policial—, y la excusé de la mejor manera, en consecuencia. En el fondo me hallaba de lo más perplejo ante las asombrosas palabras y la conducta seguida por Miss Raquel en esta emergencia. Apoyándome, para descifrar su sentido, en las palabras que pronunciara junto a la puerta de su alcoba, sólo pude sacar en limpio que se hallaba mortalmente ofendida por el hecho de que hubiéramos mandado llamar a la policía, y que el asombro que se reflejó en el rostro de Mr. Franklin, en la terraza, tuvo su origen en el reproche que ella le dirigió a raíz de haber sido él la persona más responsable de traer la policía a la casa. Si esta suposición mía se confirmaba, ¿por qué entonces… habiendo ella perdido el diamante… se oponía a la entrada en la finca de esas gentes cuya misión consistía, precisamente, en reintegrarle la gema? ¿Y cómo es que, ¡en nombre del cielo!, podía ella saber que la Piedra Lunar no habría de ser jamás recuperada?

Tal como se hallaban las cosas, era imposible que persona alguna de la casa estuviese en condiciones de responder a ninguna de esas preguntas. Mr. Franklin consideraba, al parecer, que su honor le impedía repetirle a un criado —aun tan anciano como yo— lo que Miss Raquel le dijo en la terraza. Mr. Godfrey, cuya condición de caballero y de pariente le hubiera dado probablemente acceso a la intimidad de Mr. Franklin, respetó su secreto por decoro. Mi ama, que se hallaba también en conocimiento del mismo y era la única persona que podía llegar hasta Miss Raquel, hubo de reconocer abiertamente que nada pudo obtener de su hija. «¡Me enloqueces cuando me hablas del diamante!»: ni una sola palabra más pudo arrancarle su madre, luego de poner en juego toda su influencia.

He aquí que nos encontrábamos ante una valla infranqueable, en lo que respecta a Miss Raquel…, y ante un escollo también infranqueable, en lo que concierne a la Piedra Lunar. En cuanto a lo primero, mi ama se mostró impotente para prestarnos ayuda. En lo que atañe a lo segundo (como lo habrán sospechado ustedes), Mr. Seegrave estaba ya a punto de convertirse en un inspector que no sabe qué hacer.

Luego de haber huroneado de arriba abajo en el boudoir sin haber descubierto absolutamente nada entre los muebles nuestros experimentado funcionario se dedicó a averiguar si los domésticos tenían o no conocimiento del sitio en que fue colocado el diamante la noche anterior.

—Para empezar le diré, señor —contesté—, que yo conocía el lugar. También Samuel el lacayo…, pues se encontraba presente en el hall, en el instante en que se habló respecto al sitio en que debía ser colocado esa noche el diamante. Mi hija también lo sabía, como ya lo ha manifestado ella misma. Penélope o Samuel debieron mencionar la cosa ante los demás criados…, o bien éstos oyeron por sí mismos la conversación a través de la puerta lateral del hall, que da sobre la escalera posterior, la cual pudo muy bien hallarse abierta en este instante. En mi opinión, todo el mundo conocía el lugar en que se encontraba la gema anoche.

Como mi respuesta abría ante el señor Inspector un campo demasiado vasto en donde volcar sus sospechas, aquél trató de reducir sus proporciones pidiendo de inmediato detalles acerca del carácter de cada uno de los domésticos.

Yo pensé en seguida en Rosanna Spearman. Pero no era mi propósito ni tampoco me correspondía hablar para hacer recaer las sospechas sobre una pobre muchacha cuya honestidad se hallaba por encima de toda sospecha, de acuerdo con lo que yo conocía de ella hasta ese momento. La directora del reformatorio se la había recomendado a mi ama diciéndole que se trataba de una sincera penitente y de una muchacha digna de la mayor confianza. Era el señor Inspector quien debía dar con las causas que hicieran recaer las sospechas sobre ella… Entonces, el deber me obligaría a ponerlo al tanto de cómo había entrado Rosanna al servicio de mi ama.

—Todas éstas son personas excelentes —le dije—. Y todas se han mostrado dignas de la confianza que les dispensa nuestra ama.

Luego de esto no le quedaba a Mr. Seegrave otra cosa por hacer… que, en primer término, habérselas con los criados por su cuenta y ponerse en seguida a trabajar.

Uno tras otro fueron todos interrogados. Uno tras otro probaron que no tenían nada que decir, lo cual fue expresado (por las mujeres) en forma harto locuaz y que dejaba trascender el desagrado que les causaba la prohibición de retornar a sus alcobas. Una vez que se los mandó a todos de vuelta abajo, se solicitó de nuevo la presencia de Penélope, quien fue interrogada por segunda vez.

Su pequeño estallido colérico en el boudoir y la circunstancia de que se hubiera apresurado a pensar que se sospechaba de ella produjeron, al parecer, una mala impresión en el Inspector Seegrave. Esta impresión se hallaba robustecida, en parte, por el hecho de que aquél insistía en la idea de que había sido ella la última persona que vio el diamante la noche anterior. Cuando el segundo interrogatorio llegó a su fin, mi hija vino hacia mí frenética. No había ya lugar a dudas: ¡el funcionario policial la había casi señalado como la autora del robo! Apenas podía yo creer que aquél fuera (utilizando palabras de Mr. Franklin) tan asno como para opinar de esa manera. Pero, a pesar de que no dijo una palabra, las miradas que le dirigió a mi hija no dejaban traslucir nada bueno. Yo me reí de la pobre Penélope, diciéndole, para calmarla, que la cosa era demasiado ridícula para ser tomada en serio, en lo cual me hallaba, sin duda, en lo cierto. Aunque mucho me temo que en el fondo fui tan estúpido como para sentirme, a mi vez, irritado. El asunto era, realmente, un tanto enojoso. Mi hija en un rincón, cubriéndose la cara con un delantal. Sin duda dirán que era una tonta: debería haber aguardado a que él la acusara abiertamente. Y bien, siendo un hombre justo y equilibrado como soy, admito que tienen razón. No obstante, el señor Inspector debería haber tenido presente… no importa lo que debería haber tenido presente. ¡El demonio se lo lleve!

El siguiente y último eslabón de la encuesta condujo las cosas, según el lenguaje corriente, a una crisis. El funcionario mantuvo una entrevista con mi ama, a la cual asistí yo. Después de informarle que el diamante debió, sin duda alguna, haber sido tomado por alguno de los moradores de la casa, le pidió permiso para registrar inmediatamente, junto con sus hombres, las habitaciones y arcas de la servidumbre. Mi ama, haciendo honor a su condición de mujer generosa y de alta clase, rehusó a tratarnos como ladrones.

—Jamás consentiré que se les pague de esta forma —dijo— todos los servicios que les debo a los fieles servidores de esta casa.

El señor Inspector hizo una reverencia y dirigió sus ojos hacia mí, dándome a entender con ellos claramente: «¿Para qué me llaman, si luego me atan las manos de esta manera?» Como primer doméstico sentí inmediatamente que, si es que queríamos ser justos con ambas partes, no debíamos aprovecharnos de la bondad del ama.

—Le estamos muy agradecidos a Su Señoría —dije—, pero le rogamos, al mismo tiempo, nos permita hacer lo que consideramos debe hacerse en este caso, esto es, entregar nuestras llaves. En cuanto vean hacer tal cosa a Gabriel Betteredge —añadí, deteniendo al Inspector Seegrave junto a la puerta—, el resto de los criados seguirá su ejemplo, se lo prometo. Aquí tiene usted mis llaves, para empezar.

Mi ama me estrechó la mano, agradeciéndome el gesto con lágrimas en los ojos. ¡Dios mío!; ¡cuánto hubiera dado en ese instante por que se me concediera el privilegio de derribar de un golpe al Inspector Seegrave!

Tal como lo prometiera yo, los otros criados siguieron mi ejemplo, de mala gana, naturalmente, pero sin hacer objeción alguna. Las mujeres, sobre todo, presentaron un cuadro digno de ser contemplado, durante todo el tiempo en que los empleados policiales se dedicaron a hurgar en sus enseres. La cocinera daba a entender, a través de su apariencia, que de muy buena gana hubiera asado vivo en su horno al señor Inspector, y las restantes, que habrían sido capaces de comérselo una vez efectuada la operación.

Terminada la búsqueda y no habiéndose dado con el diamante ni con vestigio alguno de su presencia en ningún sitio, el Inspector Seegrave se retiró a mi pequeño cuarto para meditar acerca de las medidas que correspondía ahora tomar. Llevaba ya con sus hombres varias horas en la finca, y no había avanzado una sola pulgada en el sentido de poder indicar la forma en que había sido quitado de allí el diamante, ni de hacer recaer las sospechas sobre ninguna persona en particular.

Mientras el policía seguía rumiando en la soledad, fui enviado a la biblioteca en busca de Mr. Franklin. ¡Ante el mayor de los asombros, al posar mi mano en la puerta de la misma, ésta fue abierta súbitamente desde adentro, para dar paso a Rosanna Spearman!

Luego que era barrida y limpiada cada mañana, nada tenían que hacer en la biblioteca, en las restantes horas del día, ni la primera ni la segunda criada de la casa. Deteniéndola, pues, la acusé al punto de haber violado las leyes de la disciplina doméstica.

—¿Qué es lo que está haciendo usted aquí a esta hora del día? —le pregunté.

—Mr. Franklin perdió un anillo arriba —dijo Rosanna— y he venido a la biblioteca para entregárselo.

Se puso roja al decirme esas palabras; luego se alejó, sacudiendo la cabeza y adoptando un aire de importancia que me dejó perplejo. Los procedimientos efectuados en la casa habían indudablemente trastornado, a unas más, a otras menos, a todas las sirvientas de la casa, pero ninguna se apartó tanto de sus maneras habituales como, según todas las apariencias, lo había hecho Rosanna.

Hallé a Mr. Franklin escribiendo sobre la mesa de la biblioteca. Apenas hube entrado me pidió un coche para ir de inmediato a la estación. El timbre de su voz me convenció al instante de que la faceta expeditiva de su carácter se hallaba una vez más en primer plano en su persona. El hombre de algodón se había esfumado: era el de acero el que se encontraba de nuevo allí sentado ante mí.

—¿Va a ir a Londres el señor? —le pregunté.

—Voy a telegrafiar a Londres —dijo Mr. Franklin—. He convencido a mi tía de la necesidad de conseguir los servicios de una cabeza más lúcida que la del Inspector Seegrave y he logrado su permiso para dirigirle este telegrama a mi padre. Mi padre es amigo del Jefe de Policía y éste se halla en condiciones de indicar el hombre ideal para aclarar el misterio del diamante. Y ya que hablo de misterios… —añadió Mr. Franklin, bajando el tono de su voz—, tengo otra cosa que decirte, antes de que te dirijas al establo. No vayas a dejar escapar una sola palabra de lo que te diré en seguida: o bien Rosanna no se halla en sus cinco sentidos, o mucho me temo que sepa respecto a la Piedra Lunar más de lo que es conveniente que sepa.

No puedo afirmar cuál fue mayor, si mi asombro o mi pena, al enterarme de ello. De haber sido más joven, le habría confesado a Mr. Franklin lo que sentía en ese momento. Pero en la vejez adquirimos un hábito hermoso: al hallarse uno ante algo que no ve claro del todo, opta por retener su lengua.

—Vino para traerme un anillo que se me había caído en mi dormitorio —prosiguió Mr. Franklin—. Luego de darle las gracias, aguardé, naturalmente, a que se retirase. En lugar de hacer tal cosa, permaneció frente a mí junto al borde opuesto de la mesa, mirándome de la manera más extraña: semiatemorizada, semifamiliarmente, no sé por qué motivo. «Es raro lo que ha ocurrido con el diamante, señor», me dijo, con una premura y una osadía repentinas. Yo le repliqué: «Sí; es raro», y me pregunté en voz alta qué ocurriría ahora. ¡Palabra de honor, Betteredge, creo que debe estar mal de la cabeza! «¿No es cierto, señor, que no habrán de recuperar jamás el diamante?» —dijo—. «No, como tampoco darán nunca con la persona que se lo llevó… Respondo de ello». ¡Y, haciéndome una reverencia, se atrevió a sonreírme! Antes de que hubiera tenido yo tiempo de preguntarle qué quería decir, oímos tus pasos. Creo que temía que tú la sorprendieses aquí dentro. Sea como fuere, cambió de color y abandonó el cuarto. ¿Qué diablos significa esto?

Ni aun entonces me atreví a narrarle la historia de la muchacha, ya que hacerlo hubiera equivalido, casi, a denunciarla como ladrona. Por otra parte, aunque yo hubiese reconocido francamente mi error en este punto y aun suponiendo que ella fuera efectivamente la autora del robo, el hecho de que hubiera recurrido, entre todas las personas del mudo, a Mr. Franklin para confiarle su secreto, constituía de por sí un misterio que había que aclarar aún.

—No puedo ni siquiera concebir que la pobre muchacha se vea envuelta en un enredo, por el solo hecho de ser un tanto traviesa y de expresarse en la forma más extraña —prosiguió Mr. Franklin—. No obstante, de haberle dicho al Inspector Seegrave lo que me dijo a mí, tonto como es éste, mucho me temo…

Se detuvo a esta altura dejando inconclusa la frase.

—Lo mejor será, señor —le dije—, que en la primera oportunidad, confidencialmente y en dos palabras, ponga yo a mi ama al corriente de lo acontecido. Ella siente por Rosanna un cordial interés y es posible, después de todo, que la muchacha haya dicho lo que dijo, de puro tonta y atolondrada. Siempre que ocurre en una casa algún hecho desusado, señor, las criadas lo enfocan desde el ángulo más tenebroso… esto las hace adquirir a las infelices un cierto grado de importancia ante sus propios ojos. Si se trata de un enfermo, puede usted estar seguro de que profetizan su muerte. Si de una gema perdida, presagiarán que nunca habrá de ser recuperada.

Esta apreciación (que, debo reconocer, llegué a considerar yo mismo como razonable luego de haber meditado sobre ella) sirvió, al parecer, para tranquilizar a Mr. Franklin en forma notable; luego de plegar el telegrama, dejó de lado la cuestión. Mientras iba hacia el establo para ordenar que se enganchara el pony al calesín, lancé una mirada hacia el interior de las dependencias de los criados, quienes se hallaban comiendo en ese instante. Rosanna Spearman no se encontraba allí. Al preguntar por ella me respondieron que, habiendo enfermado súbitamente, debió ser conducida escaleras arriba hasta su alcoba, para descansar.

—¡Qué extraño! Me pareció que se hallaba enteramente bien la última vez que la vi —observé.

Penélope me siguió afuera.

—No hables de esa manera delante de los otros criados, padre —me dijo—. Así no haces más que incitarlos a ser más duros aún con ella. La pobre está sufriendo lo indecible por Mr. Franklin Blake.

He aquí otro punto de vista respecto a la conducta de la muchacha. De estar en lo cierto Penélope, podían explicarse la extraña conducta y el desusado lenguaje de Rosanna, diciendo que poco le importaba lo que hubiera de decir, con tal de sorprender a Mr. Franklin y obligarlo a hablar con ella. Concediendo que ésta fuese la explicación exacta del enigma, se aclaraba, quizá, de tal manera el motivo que la impulsó a obrar en la forma presuntuosa y casquivana en que lo hizo, cuando pasó junto a mí en el hall. Aunque él no le dijo más que tres palabras, se había salido con la suya, puesto que Mr. Franklin habló, realmente, con ella.

Con la vista seguí la faena de enjaezar el pony. En medio de la diabólica red de misterios e incertidumbres que nos rodeaban, puedo afirmar que experimenté un gran alivio al observar lo bien que armonizaba cada hebilla con la correa correspondiente. Luego de haber visto al pony recostarse contra las varas del calesín, podía uno afirmar que acababa de percibir una cosa que no dejaba lugar a dudas. Y esto, permítanme que lo diga, era algo que ocurría cada vez menos en la casa.

Mientras giraba con el calesín en dirección a la puerta principal, advertí que no sólo me aguardaba sobre los peldaños Mr. Franklin, sino también Mr. Godfrey y el Inspector Seegrave.

Las reflexiones de Mr. Seegrave (luego de haber fracasado en el registro efectuado en las habitaciones y en las arcas de la servidumbre) lo llevaban ahora hacia una nueva conclusión. Persistiendo en su idea primitiva, sobre todo en aquello de que fue una persona de la casa quien robó la gema, nuestro experimentado funcionario opinaba ahora que el ladrón (y fue lo suficientemente perspicaz para no mencionar a Penélope, cualquiera que haya sido su idea última al respecto) había actuado de común acuerdo con los hindúes y propuso, en consecuencia, desviar el curso de la pesquisa en dirección a aquéllos, que se hallaban en la prisión de Frizinghall. Al tener noticia de tal decisión, Mr. Franklin se ofreció para llevar de regreso al Inspector a la ciudad, desde donde podría él por su parte telegrafiar a Londres con la misma comodidad que lo hubiera podido hacer desde nuestra estación. Mr. Godfrey, con su fe depositada aún en la persona de Mr. Seegrave e interesado grandemente en el interrogatorio de los hindúes, había pedido permiso para acompañar al funcionario a Frizinghall. Uno de los dos subalternos fue dejado en la finca, en previsión de lo que pudiera ocurrir. El otro acompañaría al Inspector a la ciudad. Así es como los cuatro asientos del calesín se hallarían todos ocupados.

Antes de empuñar las riendas, Mr. Franklin me llevó unos cuantos pasos más allá, fuera del alcance del oído de los otros.

—Aguardare, antes de telegrafiar a Londres —me dijo—, que hayan sido interrogados los hindúes, para ver lo que ocurre. En mi opinión, este estúpido funcionario de la policía local se halla tan a oscuras como lo estuvo siempre en este asunto y trata simplemente de ganar tiempo. La idea de que alguno de los criados se halla en connivencia con los hindúes me parece la cosa más absurda y ridícula. Presta atención a cuanto ocurra en la casa, Betteredge, mientras dure mi ausencia y trata de esclarecer la situación de Rosanna Spearman. No te exijo que hagas nada que te degrade ante sus propios ojos, ni que te conduzcas en forma cruel con la muchacha. Sólo te pido que ejercites tus facultades de observación con más intensidad que de costumbre. Por más a la ligera que tomemos esto delante de mi tía, se trata de una cosa más importante de lo que tú te imaginas.

—Se hallan en juego veinte mil libras, señor —le dije, pensando en el valor del diamante.

—Se halla en juego la tranquilidad de Raquel —me respondió, gravemente, Mr. Franklin—. Estoy muy preocupado por ella.

Me abandonó en seguida, como si deseara darle un corte abrupto al diálogo. Yo estaba seguro de haberlo comprendido. De proseguir hablando, se hubiera visto obligado a revelarme el secreto de las palabras que Miss Raquel le dijo en la terraza.

Así fue como partieron para Frizinghall. Yo me hallaba enteramente dispuesto, en interés de ella misma, a cambiar algunas palabras en privado con Rosanna Spearman. Pero la oportunidad buscada no se presentó. Aquélla sólo bajó la escalera a la hora del té. Demostró estar excitada y poseída por una gran versatilidad de espíritu, sufrió luego lo que allí denominaban un ataque de histerismo y, después de ingerir una dosis de carbonato amónico por orden del ama, fue enviada de nuevo a la cama.

El día se deslizó monótona y aridamente. Miss Raquel seguía encerrada en su aposento, luego de comunicar que se sentía demasiado enferma para comer esa noche. Mi ama se hallaba tan preocupada respecto a su hija, que yo no me atreví a aumentar su desasosiego mediante el relato de lo que Rosanna Spearman le había dicho a Mr. Franklin. Penélope insistió en que debía ser inmediatamente juzgada, sentenciada y transportada al presidio por ladrona. Las demás mujeres tomaron sus Biblias y sus libros de cánticos y se entregaron a la lectura mostrando un rostro tan áspero como el agraz, cosa que siempre ocurre, según he tenido ocasión de comprobar en la esfera de mis actividades, cada vez ejecuta la gente un acto piadoso a una hora desacostumbrada. En lo que a mí se refiere, no me hallaba con el ánimo suficiente para abrir siquiera mi Robinsón Crusoe. Salí al patio, y ansioso como estaba de alegrarme un poco y sentirme acompañado, me dirigí con mi silla hacia las perreras para conversar con los perros.

Media hora antes de la fijada para cenar retornaron los dos caballeros de Frizinghall, luego de haber convenido con el Inspector Seegrave que éste regresaría al día siguiente. Durante su estancia en la ciudad visitaron al viajero hindú Mr. Murthwaite, en su nueva residencia, próxima a la población. Complaciendo el pedido que le hiciera Mr. Franklin, puso cordialmente su conocimiento de la lengua de los hindúes a disposición del mismo, para interrogar a los juglares, que ignoraban el inglés. La encuesta, prolongada y cuidadosa, no condujo a nada concreto: no existía el menor motivo para suponer a los juglares en connivencia con ninguno de nuestros criados. Al llegar a esta conclusión, Mr. Franklin resolvió despachar su mensaje telegráfico a Londres y el asunto quedó en un punto muerto hasta el día siguiente.

Esto es cuanto tengo que decir respecto a lo ocurrido el día posterior al cumpleaños. Uno o dos días más tarde, sin embargo, las tinieblas se disiparon un tanto. De qué y cuáles fueron las consecuencias es algo que sabréis en seguida.

CAPÍTULO XII

La noche del jueves llegó a su término sin que ocurriera hecho alguno digno de ser recordado. En la mañana del viernes se produjeron dos novedades.

Primero: el repartidor del pan declaró haber visto a Rosanna Spearman la tarde anterior, cubierta con un denso velo, camino a Frizinghall, por la senda de peatones que atravesaba la ciénaga. Difícil era que alguien se equivocara respecto a Rosanna, cuyo hombro deforme servía para identificarla, a la pobre, sin ninguna dificultad… No obstante, el hombre debió haberse equivocado, pues Rosanna, como ustedes están enterados, había permanecido en su alcoba del piso superior toda la tarde del jueves.

La segunda novedad nos fue transmitida por el cartero. El muy digno doctor Mr. Candy había dicho una de las tantas cosas infortunadas que expresó en su vida, cuando afirmó ante mí, al partir en medio de la lluvia la noche del día del cumpleaños, que la piel de un médico era una cosa impermeable. A despecho de su piel, la humedad había sabido cómo infiltrarse a través de su cuerpo. Luego de sufrir un enfriamiento esa misma noche, se hallaba ahora con fiebre. Las últimas noticias traídas por el cartero aseguraban que le fallaba la cabeza…, y que hablaba en su delirio tan tonta y volublemente, el pobre hombre, como acostumbraba hacerlo cuando se encontraba sano. Todo el mundo sintió mucho lo que le ocurrió al pobre doctor; pero Mr. Franklin pareció, sobre todo, lamentarlo, a causa del estado en que se hallaba Miss Raquel. De acuerdo con lo que oí que le decía a mi ama mientras estuve en el aposento donde se desayunaban, Mr. Franklin parecía ser de la opinión que Miss Raquel —de no aclararse pronto la cuestión de la Piedra Lunar— habría de necesitar la urgente asistencia del mejor de los médicos a nuestro alcance.

No había transcurrido mucho tiempo desde que terminara el desayuno, cuando llegó un telegrama de Mr. Blake, padre, en respuesta al que le remitiera su hijo. Nos comunicaba en él que acababa de dar, gracias a la ayuda de su amigo el Jefe de Policía, con el hombre ideal para el caso. Era el Sargento Cuff, quien llegaría procedente de Londres en el tren de esa mañana.

Al leer el nombre del nuevo funcionario policial, Mr. Franklin se sobresaltó. Se hallaba, al parecer, enterado de algunas curiosas anécdotas relacionadas con el Sargento Cuff, las que le fueron narradas por el abogado de su padre durante su estancia en Londres.

—Comienzo a vislumbrar que nos estamos aproximando al fin de este problema —dijo—. De ser cierta la mitad de las historias que han llegado a mis oídos, no existe en Inglaterra, cuando ocurre que hay que desvelar algún misterio, persona alguna que pueda equipararse con el Sargento Cuff.

Nuestra excitación e impaciencia fueron en aumento a medida que se aproximaba el instante del arribo de tan renombrado y competente personaje. El Inspector Seegrave, de regreso a la hora señalada y enterado de la inminente llegada del Sargento, se encerró de inmediato en una habitación, llevándose consigo tinta, papel y pluma, con el propósito de trabajar en el informe que indudablemente le sería requerido. En lo que a mí concierne, me hubiera agradado ir a la estación en busca del Sargento. Pero en ese instante no había ni qué pensar en el vehículo o los caballos del ama, aunque se tratara de traer al famoso Sargento Cuff, y en cuanto al calesín, se lo tenía en reserva para transportar más tarde a Mr. Godfrey. Mucho fue lo que lamentó este último al tener que abandonar a su tía en un momento tan trascendental, y así fue como dirigió su partida hasta la hora de salida del último tren. Pero el viernes a la noche tenía que encontrarse en la ciudad, debido a que una Sociedad Femenina de Beneficencia, que se hallaba en dificultades, requería su presencia allí para consultarlo, en la mañana del sábado.

A la hora indicada descendí hasta la entrada principal, para aguardar la llegada del Sargento.

Cuando llegué a la altura del pabellón de guardia, vi avanzar camino arriba, desde la estación, un cabriolé. De su interior surgió un hombre de edad madura, de cabellos grises y tan espantosamente delgado, que era como si en ningún lugar de sus huesos se hallara, siquiera, una onza de carne. Estaba decorosamente vestido de blanco de pies a cabeza y lucía una corbata, también blanca, en torno al cuello. Su rostro era tan aguzado como un destral y tenía la piel amarilla, reseca y marchita como una hoja de otoño. Sus ojos, acerados y ligeramente grises, poseían la artera propiedad de desconcertar a quien se encontraba con ellos, como si dejaran entrever que esperaban de uno más de lo que uno sabía respecto de sí mismo. Su andar era suave, su voz melancólica y sus largos dedos se encorvaban como garras. Se lo hubiera podido tomar por un párroco, un empresario de pompas fúnebres o cualquiera otra cosa, menos por lo que realmente era. Desafío al lector a que me muestre, dondequiera que sea, un ser más antagónico al Inspector Seegrave y un funcionario policial más deprimente para una familia en desgracia que el Sargento Cuff.

—¿Vive aquí Lady Verinder? —me preguntó.

—Sí, señor.

—Soy el Sargento Cuff.

—Por aquí, señor, tenga la bondad.

Durante el trayecto hacia la casa le dije mi nombre y mi situación en la misma, con el propósito de ganarme su voluntad y hacerlo hablar respecto a la misión que le encargaría el ama. A despecho de mi esfuerzo, ni una sola palabra conseguí arrancarle. Demostró su admiración por las tierras de la finca e hizo notar que el aire marino era extremadamente agradable y vivificante. Secretamente me pregunté cómo había logrado tanta fama el renombrado Sargento Cuff. Llegamos a la casa en la actitud de dos perros recíprocamente hostiles y constreñidos a permanecer juntos por primera vez en su vida, por hallarse amarrados a la misma cadena.

Luego de preguntar por el ama y de enterarnos de que se encontraba en uno de los invernaderos, dimos la vuelta en torno a los jardines que se hallan en la parte trasera de la casa y enviamos un criado en su busca. Mientras aguardábamos, el Sargento Cuff se dedicó a observar el arco de siemprevivas que se alzaba a nuestra izquierda y a atisbar por entre los rosales; avanzó luego directamente hacia allí, con muestras de hallarse por primera vez interesado respecto a algo. Ante el asombro del jardinero y mi disgusto personal, este famoso pesquisante demostró ser todo un pozo de sabiduría en lo que atañe a esa cosa baladí que son las rosas.

—¡Ah!, veo que las han plantado en el lugar exacto: mirando hacia el Sur y Suroeste —dijo el Sargento, meneando su cabeza gris y dejando trascender cierto agrado a través de su voz melancólica—. Este ordenamiento es el que más conviene a un jardín de rosas… nada de círculos engastados en rectángulos. Sí, así debe ser; y con senderos entre un macizo y otro. Pero no de grava como son éstos. Césped, señor jardinero… caminos de césped entre sus rosas: la grava es demasiado áspera para ellas. He aquí un hermoso macizo de rosas blancas y rojas. Juntas producen siempre un hermoso efecto, ¿no le parece? Aquí tenemos, Mr. Betteredge, la blanca rosa almizcleña, nuestra vieja rosa inglesa, irguiendo su cabeza en medio de las más finas y recientes variedades de rosas. ¡Querida mía! —dijo el Sargento, acariciándola con sus dedos flacos, igual que si se tratara de un niño.

¡De manera que éste era el hombre encargado de recuperar el diamante de Miss Raquel y de descubrir al ladrón!

—Parece que le agradan a usted mucho las rosas, Sargento —observé.

—No es mucho el tiempo de que dispongo para sentir agrado por nada —dijo el Sargento Cuff—. Pero cuando dispongo de algún instante para ello, se lo dedico, la mayor parte de las veces, a las rosas. Me crié entre ellas, en el vivero de mi padre, y habré de terminar mis días entre las rosas, de serme posible. Sí. Cualquier día de éstos abandonaré, si Dios quiere, la caza de ladrones, para probar fortuna con las rosas. Pero los caminos que irán de un macizo a otro en mi jardín serán de hierba, señor jardinero —dijo el Sargento, a quien la desagradable idea de construir los senderos de grava en los jardines de rosas parecía obsesionarlo.

—Extraña preferencia, señor —me aventuré a decir—, en un hombre de su oficio.

—Si mira usted en torno suyo (cosa que muy poca gente hace) —dijo el Sargento Cuff—, comprobará usted que los gustos de un hombre se hallan, la mayor parte de las veces, en pugna total con lo que hace. Muéstreme dos cosas más antagónicas que un ladrón y una rosa y me comprometo a cambiar mis preferencias…, si no es ya demasiado tarde para realizar tal cosa, a esta altura de mi vida. ¿No le parece, señor jardinero, que la rosa de damasco es un buen injerto para las otras variedades más frágiles? ¡Ah! En mi opinión, sí. He aquí al ama. ¿No es ésa Lady Verinder?

La había visto antes que yo o el jardinero…, y eso que ambos sabíamos hacia qué lado mirar para dar con ella y él no. Comencé, pues, a pensar ahora que se trataba quizá de un hombre más listo de lo que supusimos a primera vista.

La presencia del Sargento en la casa o tal vez su mensaje —alguna de esas dos cosas—, pareció confundir en cierta medida a mi ama. Por primera vez desde que la conocía, vi que vacilaba respecto a las palabras que correspondía utilizar frente a un extraño. El Sargento Cuff le allanó el camino de inmediato. Le preguntó si alguna otra persona había sido llamada con anterioridad, para hacerse cargo de la investigación del robo. Al respondérsele afirmativamente y comunicársele que dicha persona se encontraba en la casa, solicitó autorización para entrevistarse con ella como primera providencia.

Mi ama lo dirigió en el camino de regreso. Antes de ponerse en marcha, resolvió el Sargento liberar su mente del peso que implicaba la cuestión de las sendas de grava y le dijo unas palabras de despedida al jardinero.

—Trate de convencer a su ama para que ensaye el césped —dijo lanzando una mirada hostil hacia los senderos—. ¡Nada de grava! ¡Nada de grava!

A qué se debió que el Inspector Seegrave pareciera haber disminuido varias veces de volumen cuando le fue presentado el Sargento Cuff es algo que no podría yo aclarar. Dejo sólo constancia del hecho. Se retiraron los dos a deliberar y permanecieron durante un largo y árido espacio de tiempo alejados de todo otro contacto mortal. A su regreso, el señor Inspector venía excitado y el señor Sargento se dedicaba a bostezar.

—El Sargento desea ver la habitación privada de Miss Verinder —me dijo Mr. Seegrave, en un tono muy pomposo y diligente—. Puede ser que quiera hacerle algunas preguntas. ¡Tenga la bondad de atenderlo!

Mientras me daba estas órdenes, dirigí mi vista hacia el gran Cuff. El gran Cuff, por su parte, miraba hacia el Inspector Seegrave, en esa forma tranquila y expectante que ya he señalado. No afirmaré que se hallase al acecho para sorprender en su dinámico colega algún detalle que lo hiciera aparecer en su carácter de asno…, sólo diré que lo sospeché intensamente.

Los conduje escaleras arriba. El Sargento avanzó suavemente en dirección del armario hindú y dio toda una vuelta en torno del boudoir; hizo varias preguntas dirigidas casi todas a mí y sólo unas pocas al señor Inspector, y cuyo sentido, creo, se nos escapó por igual a ambos. A su debido tiempo la investigación lo llevó hasta la puerta y se encontró frente a frente de las imágenes decorativas que ustedes ya conocen. Su dedo inquisitivo y descarnado se detuvo sobre la mancha situada exactamente debajo de la cerradura, la cual había sido advertida anteriormente por el Inspector Seegrave, cuando regañó a las criadas por aglomerarse en el cuarto.

—Es una lástima —dijo el Sargento Cuff—. ¿Cómo ha ocurrido esto?

La pregunta me la había dirigido a mí. Le contesté que las criadas se agolparon en el cuarto la mañana anterior y que alguna de ellas debió haber causado ese daño con su falda.

—El Inspector Seegrave les ordenó salir —añadí—, para evitar que aumentaran el daño.

—¡Así es! —dijo el señor Inspector, con su tono militar—. Les ordené salir. Las faldas tienen toda la culpa, Sargento… las faldas.

—¿Pudo usted ver cuál fue la que lo hizo? —preguntó el Sargento Cuff, insistiendo en interrogarme a mí y no a su colega.

—No, señor.

Luego de esto volvióse hacia el Inspector Seegrave para decirle:

—Supongo que usted lo sabrá, ¿no es así?

—No puedo recargar mi memoria con esas menudencias, Sargento —dijo—, con esas menudencias.

El Sargento Cuff miró a Mr. Seegrave de la misma manera que había mirado los senderos de grava en el jardín de las rosas y nos dio así, según su modo melancólico, la primera muestra de su calidad.

—La semana pasada, señor Inspector, llevé a cabo una investigación privada —dijo—. En un extremo de la misma se hallaba un crimen y en el otro una mancha de tinta sobre un mantel, mancha en la cual nadie había reparado. En mi larga excursión por los sucios caminos de este mundo pequeño y cochino, no encontré jamás cosa alguna que mereciera ser llamada una menudencia. Antes de avanzar un solo paso en este asunto, tenemos que averiguar qué falda fue la que originó esa mancha y establecer sin lugar a dudas cuánto tiempo permaneció húmeda la puerta.

El señor Inspector —aceptando un tanto de mala gana la reprimenda— le preguntó si había que citar a las mujeres. El Sargento Cuff, luego de reflexionar durante un breve instante, suspiró y sacudió negativamente la cabeza.

—No —dijo—; aclararemos primero la cuestión de la pintura. En lo que a ella concierne, sólo caben un o un no…, lo cual significa que será un asunto breve. En lo que respecta a las mujeres, se trata en cambio de habérselas con faldas…, lo cual indica que el asunto será largo. ¿A qué hora estuvieron las criadas en esta habitación, ayer a la mañana? ¿A las once… eh? ¿Se halla alguno de los presentes en condiciones de asegurar si se había ya secado o no la pintura a las once de la mañana del día de ayer?

—Mr. Franklin Blake, el sobrino de Su Señoría, podrá informarlo —dije.

—¿Se encuentra en la casa dicho caballero?

Mr. Franklin se hallaba tan a mano como era posible, aguardando la oportunidad de ser presentado al gran Cuff. Medio minuto más tarde se encontraba ya en la habitación, y le daba las siguientes explicaciones:

—Esta puerta, Sargento —dijo—, ha sido pintada por Miss Verinder bajo mi dirección, con mi ayuda y utilizando un excipiente creado por mí. Dicha sustancia se seca en doce horas, cualquiera sea el color con que se mezcle la misma.

—¿Recuerda a qué hora dio término a la pintura de ese fragmento en que aparece la mancha, señor? —preguntó el Sargento.

—Exactamente —respondió Mr. Franklin—. Fue esa la última parte de la puerta que pintamos. Queríamos que estuviese lista para el miércoles último y yo mismo la completé hacia las tres de la tarde o quizá un poco más.

—Hoy es viernes —dijo el Sargento Cuff, dirigiéndose al Inspector Seegrave—. Llevemos la cuenta, señor. A las tres de la tarde del día miércoles, ese fragmento de la puerta se hallaba ya pintado. El excipiente se secó en doce horas… lo cual quiere decir que estaba seco hacia las tres de la mañana del día jueves. A las once de la mañana del jueves realizó usted aquí su indagación. Réstele tres a once y quedan ocho. Hacía ya ocho horas que la pintura se había secado, señor Inspector, cuando usted pensó que las faldas de las criadas habían hecho esa mancha.

¡Mr. Seegrave acababa de sufrir su primer knock-down! De no haber sido por la circunstancia de que había hecho recaer antes las sospechas en la pobre Penélope, me hubiese apiadado de él.

Luego de haber aclarado la cuestión de la pintura, el Sargento Cuff dejó de lado inmediatamente a su colega, y se dirigió a Mr. Franklin por considerarlo su auxiliar más prometedor.

—Es un hecho evidente, señor —dijo—, que ha puesto usted el hilo en nuestras manos.

Mientras estas palabras se deslizaban por sus labios se abrió la puerta de la alcoba y vimos llegar súbitamente a Miss Raquel.

Se dirigió al Sargento, sin advertir, al parecer, o no tomando en cuenta, el hecho de que se trataba de un perfecto desconocido para ella.

—¿Dice usted —le preguntó, indicando a Mr. Franklin— que él acaba de colocar el hilo en sus manos?

—Ésta es Miss Verinder —murmuré a espaldas del Sargento.

—Este caballero, señorita —dijo el Sargento, estudiando minuciosamente con sus ojos grises y acerados el semblante de mi joven ama—, ha colocado, posiblemente, el hilo en nuestras manos.

Volviéndose, trató ella de mirar hacia Mr. Franklin. Digo trató, porque repentinamente volvió sus ojos hacia otra parte, antes de que sus ojos se encontraran. Su mente parecía hallarse extrañamente perturbada. Enrojeció y luego empalideció de nuevo. Y con su palidez, una nueva expresión surgió en su rostro, una expresión que me hizo estremecer.

—Habiendo respondido a su pregunta, señorita —dijo el Sargento—, le ruego ahora que conteste a su vez a la nuestra. Hay una mancha en la pintura de su puerta. ¿Sabe usted, acaso, cuándo fue hecha, o quién la hizo?

En lugar de responder, Miss Raquel prosiguió con sus preguntas, como si no le hubieran hablado o no hubiese escuchado las palabras.

—¿Es usted otro funcionario policial? —le preguntó.

—Soy el Sargento Cuff, señorita, de la Policía de Investigaciones.

—¿Tomará usted en cuenta el consejo de una joven?

—Me sentiré muy complacido en escucharla, señorita.

—Haga usted el trabajo por sí mismo… ¡y no permita que Mr. Franklin Blake lo ayude!

Dijo tales palabras con tanto rencor, de una manera tan salvaje y extraordinariamente abrupta y con tan mala intención respecto a Mr. Franklin, tanto en la voz como en la mirada, que a pesar de haberla conocido yo desde niña y de amarla y honrarla casi tanto como a mi ama, me sentí por primera vez en mi vida avergonzado de la conducta de Miss Raquel.

La mirada inmutable del Sargento Cuff no se desvió un palmo del rostro de ella.

—Gracias, señorita —dijo—. ¿Sabe usted algo respecto a esa mancha? ¿No pudo haberla hecho usted misma, por casualidad?

—Nada sé respecto a esa mancha.

Luego de esta réplica abandonó el cuarto, encerrándose nuevamente en su alcoba. Esta vez pude oír —tal como Penélope la había oído anteriormente— cómo estallaba en sollozos en cuanto se encontró sola de nuevo.

No me atreví a mirar al Sargento… Dirigí mi vista hacia Mr. Franklin, que era quien se hallaba más próximo a mí. Me pareció que su angustia respecto a lo ocurrido era más honda que la mía.

—Le dije antes que me hallaba preocupado por ella —dijo—. Ahora sabe usted por qué.

—Miss Verinder parece un tanto contrariada por la pérdida de su diamante —observó el Sargento—. ¡Se explica, se explica! Es una gema valiosa.

He aquí la disculpa que yo había ideado para justificar su conducta (cuando se olvidó de sí misma el día anterior delante del Inspector Seegrave), lanzada otra vez por un hombre que no podía tener en absoluto el interés que yo tenía por justificarla… ¡puesto que no era más que un perfecto desconocido para ella! Una especie de frío temblor me acometió a través de todo el cuerpo: algo que no pude explicarme en ese instante. Ahora sé que en ese momento debí haber sospechado por vez primera la existencia de una luz nueva (de una luz espantosa), que acababa de caer súbitamente sobre el asunto entre manos, en la mente del Sargento Cuff… pura y exclusivamente a consecuencia de lo que él acababa de descubrir con su mirada en el rostro de Miss Raquel y de lo que acababa de oír de labios de la misma Miss Raquel en esa primera entrevista.

—La lengua de una joven es un órgano privilegiado, señor —le dijo el Sargento a Mr. Franklin—. Olvidemos lo pasado y vayamos directamente a nuestro asunto. Gracias a usted sabemos a qué hora se hallaba seca la pintura. Lo que ahora hay que averiguar es cuándo fue vista por última vez la puerta sin esa mancha. Tiene usted una cabeza entre los hombros… y comprenderá, pues, lo que le quiero decir.

Mr. Franklin, recobrándose, logró desasirse de la influencia de Miss Raquel, para retornar al asunto entre manos.

—Creo que lo entiendo —dijo—. Cuanto más reduzcamos esa cuestión que se refiere al tiempo, más limitado será el campo en que se desarrolle la investigación.

—Así es, señor —dijo el Sargento—. ¿Echó usted una ojeada a su trabajo, luego de haberlo terminado, el miércoles por la tarde?

Mr. Franklin respondió, sacudiendo la cabeza:

—No podría asegurarlo.

—¿Y usted? —inquirió el Sargento Cuff, volviéndose hacia mí.

—Yo tampoco podría asegurarlo, señor.

—¿Quién fue la última persona que estuvo en esta habitación el miércoles por la noche?

—Creo que Miss Raquel, señor.

Mr. Franklin intervino para decir:

—O posiblemente su hija, Betteredge.

Volviéndose hacia el Sargento Cuff le explicó que mi hija era la doncella de Miss Verinder.

—Mr. Betteredge, dígale a su hija que suba. ¡Un momento! —me dijo el Sargento llevándome hacia la ventana y fuera del alcance del oído de los demás—. El Inspector local —prosiguió en un cuchicheo— me ha hecho llegar un amplio informe respecto a la manera en que ha conducido este asunto. Entre otras cosas y según lo admite él mismo, ha convulsionado a la servidumbre. Se hace imprescindible devolverles la tranquilidad. Dígale a su hija y a los criados restantes estas dos cosas a las que acompaño mis felicitaciones: primero, que no he encontrado prueba alguna, hasta ahora, de que el diamante haya sido robado, y que lo único que sé es que el diamante se ha perdido. Y segundo, que mi labor aquí, en lo que concierne a la servidumbre, se circunscribirá, simplemente, a pedirles que unan sus esfuerzos y me ayuden a dar con la gema.

Mi experiencia respecto a la servidumbre, abonada por lo que vi cuando el Inspector Seegrave les prohibió la entrada en sus habitaciones, me ofreció ahora la oportunidad de intervenir.

—Me atreveré a pedirle, Sargento, que me permita hacerle a las mujeres un tercer anuncio —le dije—. ¿Se las autorizará, con su consentimiento, a que suban y bajen las escaleras cuando quieran y entren y salgan de sus habitaciones cuando lo deseen?

—Gozarán de entera libertad —dijo el Sargento.

Eso es lo que habrá de calmarlos a todos, señor —observé—, desde la cocinera hasta el último galopín de la cocina.

—Vaya y hábleles de una vez, Mr. Betteredge.

Así lo hice antes de que hubiesen transcurrido cinco minutos. Sólo se presentó una dificultad y esto ocurrió cuando les hablé de los dormitorios. A un gran esfuerzo se vio sometida mi autoridad cuando, en mi carácter de jefe de la servidumbre, hube de impedir que la población femenina de la casa se lanzara detrás de mí y Penélope escaleras arriba, pues todas querían desempeñar su papel de testigos voluntarios y lanzarse ansiosa y febrilmente en ayuda del Sargento Cuff.

Éste pareció simpatizar con Penélope. Perdió un tanto su melancolía y cobró casi el aspecto que tuviera cuando advirtió la rosa almizclera en el jardín. He aquí la declaración de mi hija, tal cual le fue arrancada por el Sargento. En mi opinión, llenó muy bien su cometido…, pero, ¡vaya!, se trata de mi hija: nada hay en ella que la asemeje a su madre; ¡gracias a Dios, nada que la recuerde!

Deposición de Penélope: Habiéndose sentido profundamente interesada por la decoración de la puerta, se ofreció para mezclar los colores. Recordaba el fragmento situado inmediatamente debajo de la cerradura, por haber sido ése el último sitio que fue pintado. Había mirado hacia allí varias horas más tarde, sin advertir mancha alguna. Estuvo en el lugar por última vez a las doce de la noche, sin percibir, tampoco, ninguna mancha. A esa hora le dio las buenas noches a su joven ama en su dormitorio, oyó las campanadas del reloj del boudoir; se hallaba en ese instante con la mano en el picaporte de la puerta recién pintada; sabía que la pintura estaba húmeda (ya que ayudó a la tarea de pintarla, mezclando los colores, como se ha dicho); trató, por lo tanto, en lo posible de no tocarla; podía jurar que levantó sus faldas en ese instante y que no existía entonces mancha alguna en la pintura; pero no podía jurar en cambio que no la hubiera rozado involuntariamente con sus ropas al salir; se acordaba de su traje de entonces, porque era nuevo y le había sido regalado por Miss Raquel; su padre se acordaba de ello y podría confirmarlo, por su parte; pudo hacerlo, en efecto y se mostró dispuesto a ello, después de haber ido en busca del vestido; su padre reconoció que ése era el traje que llevaba aquella noche; en el examen de las faldas, tarea prolongada a causa de la longitud del vestido, ni la sombra de una mancha se descubrió en parte alguna. Y aquí termina la deposición de Penélope, bastante buena y convincente, por otra parte. Firmado: Gabriel Betteredge.

El próximo paso del Sargento fue preguntarme si era posible que algún perro grande que hubiera en la casa hubiese penetrado en la habitación y cometido el daño al agitar su cola. Al asegurársele que tal cosa era imposible, mandó buscar un vidrio de aumento y se esforzó por estudiar el aspecto de la mancha. Ningún dedo humano había dejado su marca en la pintura. Según todas las apariencias, la pintura había sido manchada por alguna pieza flotante del traje de alguien que rozó la puerta al pasar por allí. Esa misma persona, si se relacionaban las deposiciones respectivas de Penélope y Mr. Franklin, debió haberse hallado en la habitación y cometido el daño entre la medianoche y las tres de la mañana del día jueves.

A esta altura de la investigación el Sargento Cuff advirtió que cierto individuo, llamado el Inspector Seegrave, hallábase aún en el aposento, y resolvió entonces efectuar una síntesis de sus procedimientos, en beneficio de su colega, de la siguiente manera:

—Eso que usted llamó una menudencia, señor Inspector —díjole el Sargento, señalando la mancha de la puerta—, ha adquirido cierta importancia desde el instante en que usted se fijó en ella por última vez. En el estado actual de la investigación y según mi opinión; pueden hacerse tres descubrimientos tomando a esa mancha como punto de partida. Averigüe usted, primeramente, si hay en la casa algún traje que ostente una huella de pintura. Luego, a quién pertenece dicho traje. Y, por último, trate de lograr que esa persona explique por qué se encontraba en dicha habitación entre la medianoche y las tres de la mañana y cómo fue que manchó la puerta. Si esa persona no logra satisfacer sus deseos, no tendrá usted entonces que dedicarse por más tiempo a la búsqueda de la mano que se apoderó del diamante. En tal caso, si no le es molesto, tomaré el asunto por mi cuenta y no lo detendré aquí por más tiempo, impidiéndole el atender sus labores cotidianas en la ciudad. Veo que ha traído usted a uno de sus subalternos. Déjelo a mi disposición por si lo necesito… y permítame desearle a usted muy buenos días.

Grande era la estima que el Inspector Seegrave sentía por el Sargento, pero mayor era aún la que experimentaba hacia sí mismo. Golpeado duramente por el famoso Cuff, decidió devolverle el golpe elegantemente, poniendo en juego todo su ingenio, en el instante de abandonar la habitación.

—Hasta ahora me he abstenido de expresar opinión alguna —dijo el Inspector con su voz de militar todavía incólume—. Sólo quiero hacer notar ahora, en el momento de abandonar este caso en sus manos, una cosa. Lo que pasa, Sargento, es que se está viendo una montaña donde no hay más que una cueva de topo. Buenos días.

—Lo que pasa es que no ve usted más que una cueva de topo, porque su cabeza se halla demasiado en lo alto para poder distinguir la cosa. Y luego de haber devuelto el cumplimiento de su colega en esta forma, el Sargento Cuff giró sobre sus talones y se dirigió hacia la ventana.

Mr. Franklin y yo aguardamos para ver qué ocurría ahora. El sargento permaneció junto a la ventana mirando hacia afuera con las manos en los bolsillos y silbando la melodía de «La última rosa del verano», suavemente, para sus propios oídos. En los procedimientos que se sucedieron más tarde tuve ocasión de comprobar que al distraerse no iba nunca más allá del silbido, en los momentos en que se hallaba más concentrado en su labor y siguiendo palmo a palmo el sendero que lo conduciría hacia sus fines últimos; en tales ocasiones «La última rosa del verano» le servía evidentemente de ayuda y estímulo. Creo que esa canción concordaba con su carácter. Le recordaba, sin duda, a sus rosas predilectas, y cuando él la silbaba, se convertía en la más melancólica de las canciones.

Volviéndose desde la ventana, un minuto o dos más tarde se dirigió el Sargento hacia el centro de la habitación, y se detuvo allí enfrascado en sus ideas y con la vista fija en la puerta del dormitorio de Miss Raquel. Luego de un instante volvió en sí y asintió con la cabeza, diciendo tan sólo:

—¡Con eso basta!

Y, dirigiéndose a mí, preguntó si sería posible hablar durante diez minutos con el ama, en el momento que ella considerase más conveniente.

Mientras abandonaba la habitación para transmitir este mensaje, oí que Mr. Franklin le dirigía al Sargento una pregunta, por lo cual decidí detenerme en el umbral para captar la respuesta.

—¿Se halla usted ya en condiciones —inquirió Mr. Franklin— de decir quién ha robado el diamante?

El diamante no ha sido robado —replicó el Sargento Cuff.

Sacudidos por tan extraordinaria opinión, le preguntamos ansiosos qué quería significar con tales palabras.

—Hay que aguardar todavía un poco —dijo el Sargento—. Las piezas de este rompecabezas se hallan completamente dispersas aún.

CAPÍTULO XIII

Encontré a mi ama en su gabinete. Se estremeció y pareció sentirse molesta cuando le anuncié que el Sargento Cuff deseaba hablar con ella.

—¿Es necesario que lo vea? —me preguntó—. ¿No podría usted representarme, Gabriel?

Yo fui incapaz de comprender lo que quería decirme y debo de haber mostrado esa incapacidad en mi semblante en forma muy visible. Mi ama fue tan bondadosa como para explicarse.

—Mucho me temo que mis nervios no se hallen bien —me dijo—. Hay algo en ese policía londinense que me repele… No sé por qué. Tengo el presentimiento de que ha de traer consigo la miseria y el dolor a esta casa. Sin duda es una gran tontería y algo que no está de acuerdo con mi carácter…, pero así es.

Apenas si supe qué responder a esto. Cuanto más reparaba yo en el Sargento Cuff, tanto más me agradaba su persona. Mi ama se reanimó un tanto luego de haberme abierto su corazón, pues se trataba, como ya he tenido ocasión de afirmarlo, de una mujer de gran coraje.

—Si es menester que lo vea, lo veré —dijo—. Pero no me atrevo a hacerlo a solas. Tráigalo aquí, Gabriel, y permanezca luego con nosotros mientras dure la entrevista.

Era ésta, que yo recuerde, la primera jaqueca sufrida por mi ama desde los días de su juventud.

Regresé al boudoir.

Mr. Franklin, paseándose fuera de la casa, fue al encuentro de Mr. Godfrey, que se hallaba en el jardín, próxima ya la hora de la partida de éste. El Sargento Cuff y yo nos dirigimos directamente hacia la habitación del ama.

¡Afirmo que mi ama palideció aún más al verlo! Dominándose a sí misma, en otro plano, le preguntó no obstante al Sargento si tenía que hacer alguna objeción respecto a mi presencia en el lugar. Fue tan buena como para añadir a esas palabras que yo era su consejero de confianza tanto como su más viejo criado y que en lo que se refería a la casa no había persona cuya opinión resultara más provechosa. El Sargento replicó cortésmente que había de considerar mi presencia en el lugar como un favor, ya que habría de referirse en esta conversación a la servidumbre en general y yo le había prestado anteriormente con mi experiencia cierta ayuda en tal sentido. El ama nos indicó dos sillas y nos dispusimos a iniciar la conferencia de inmediato.

—Ya he hecho mi composición de lugar en lo que se refiere a este asunto —dijo el Sargento Cuff—, y le ruego a Su Señoría me permita reservarme por el momento mi opinión. Lo que debo decir ahora se refiere a lo que he descubierto arriba, en la sala privada de Miss Verinder, y a lo que he resuelto hacer, con el permiso de Su Señoría, inmediatamente.

Entrando en seguida en materia aludió a la mancha de la puerta y dio a conocer las conclusiones extraídas frente a esa circunstancia, exactamente las mismas, sólo que expresadas en una forma mucho más respetuosa que las que le diera a conocer a Mr. Seegrave.

—Sólo hay —dijo para concluir— una cosa cierta. Y es que el diamante ha desaparecido de la gaveta del bufete. Existe otro detalle que se le aproxima en verosimilitud. La mancha de la puerta debe de haber sido producida por alguna pieza flotante del traje de cierta persona de esta casa. Es menester dar con esa pieza, antes de avanzar un solo paso en este asunto.

—¿Y ese descubrimiento —observó mi ama— implicará, sin duda, el descubrimiento del ladrón?

—Con el permiso de Su Señoría…, me atreveré a decir que yo no he dicho que el diamante haya sido robado. Sólo afirmo, por el momento, que se ha perdido. El hallazgo del traje manchado puede ponernos sobre la pista.

Mi ama dirigió su vista hacia mí.

—¿Comprende usted esto? —dijo.

—El Sargento Cuff lo comprende, señora —respondí.

—¿De qué medios se valdrá usted para dar con el traje manchado? —inquirió el ama, dirigiéndose una vez más al Sargento—. Mi buena servidumbre, que se halla bajo mis órdenes desde hace muchos años, ha tenido que sufrir, me avergüenza el decirlo, que sus arcas y habitaciones fueran registradas ya por el otro funcionario. No puedo ni habré de permitir que se les infiera de nuevo ese agravio.

(¡He ahí una ama que merecía ser servida! ¡He ahí el caso de una mujer entre mil, si les parece!)

—De eso es de lo que le quería hablar, precisamente, a Su Señoría —dijo el Sargento—. El otro policía ha entorpecido enormemente el curso de la investigación al hacer que los criados comprobaran que sospechaba de ellos. Si les doy motivo para que piensen otra vez lo mismo, no pocos habrán de ser los obstáculos que arrojen ellos en nuestro camino… principalmente las mujeres. Al mismo tiempo debo decirle que sus arcas tendrán que ser registradas de nuevo… por la sencilla razón de que antes se lo hizo para dar con el diamante y ahora habrá que hacerlo para buscar ese traje manchado. Estoy enteramente de acuerdo con usted, respecto a que deben consultarse los sentimientos de la servidumbre. Pero al mismo tiempo me siento en la misma medida convencido de que los guardarropas de los criados tienen que ser registrados.

El asunto parecía haber llegado a un punto muerto. Mi ama se refirió a ello en un lenguaje más refinado que el mío.

—Tengo un plan para afrontar esa dificultad —dijo el Sargento Cuff—, si es que Su Señoría lo aprueba. Me propongo explicarle el caso a la propia servidumbre.

—Las mujeres pensarán en seguida que se sospecha de ellas —dije, interrumpiéndolo.

—Las mujeres no sospecharán nada, Mr. Betteredge —replicó el Sargento—, si les digo que revisaré los guardarropas de todas las personas —desde el ama hasta el último criado— que durmieron aquí la noche del miércoles. Es una mera formalidad —añadió, mirando de soslayo al ama—, que los criados aceptarán como algo equitativo, ya que se los colocará en el mismo nivel que sus superiores; y así es como en lugar de obstaculizar la investigación, harán una cuestión de honor del hecho de cooperar en la pesquisa.

Yo reconocí la razón que le asistía. También mi ama, luego de la sorpresa del primer momento, lo reconoció.

—¿Considera usted necesario ese registro? —dijo.

—Me parece el camino más corto para llegar, señora, al fin propuesto.

Mi ama se levantó para tocar la campanilla en demanda de su doncella.

—Les hablará usted a los criados —dijo— con las llaves de mi guardarropa en la mano.

El Sargento Cuff la detuvo, con una pregunta extraordinariamente inesperada.

—¿Por qué no nos aseguramos primero —le preguntó— si las otras damas y los caballeros están dispuestos a hacer lo mismo?

—La única otra dama de la casa es Miss Verinder —le respondió el ama, mirándolo sorprendida—. Los únicos caballeros que hay aquí son mis sobrinos, Mr. Blake y Mr. Ablewhite. No hay por qué temer en lo más mínimo una negativa de parte de cualquiera de los tres.

A esta altura de la conversación le recordé a mi ama que Mr. Godfrey se hallaba a punto de partir. Apenas acababa de decirlo, cuando el propio Mr. Godfrey golpeó a la puerta para despedirse; venía seguido de Mr. Franklin, quien lo acompañaría hasta la estación. Mi ama les explicó lo que ocurría. Mr. Godfrey resolvió en seguida la dificultad. Le ordenó a Samuel desde la ventana que volviera a subir su maleta y puso luego la llave en manos del Sargento Cuff.

—Mi equipaje puede seguirme a Londres —dijo— cuando haya terminado el registro.

El Sargento recibió la llave excusándose de manera oportuna.

—Lamento provocarle esta incomodidad, señor, para llenar una mera formalidad; pero el ejemplo de sus superiores servirá para reconciliar de manera maravillosa a los criados con esta pesquisa.

Mr. Godfrey, luego de pedirle permiso al ama de la manera más simpática, le dejó un mensaje de despedida a Miss Raquel, a través de cuyos términos se me hizo patente que no había tomado por un no la respuesta que ella le diera y que pensaba poner nuevamente sobre el tapete la cuestión del matrimonio, en la primera oportunidad. Mr. Franklin, mientras iba en pos de su primo hacia afuera, informó al Sargento que todas sus ropas se hallaban a su disposición y que nada de lo que le pertenecía se hallaba bajo llave. El Sargento Cuff reconoció en la forma más elocuente el valor de su gesto. Como habrán visto ustedes, su punto de vista había sido aceptado sin la menor vacilación tanto por mi ama como por Mr. Godfrey y Mr. Franklin. Solo faltaba ahora que Miss Raquel siguiera el ejemplo de ellos para citar a la servidumbre y dar comienzo a la búsqueda del traje manchado.

La inexplicable objeción que mi ama le hacía al Sargento pareció influir para que la conferencia se tornara más desagradable que nunca para ella, en cuanto nos encontramos solos de nuevo.

—Espero que, una vez que le haya enviado abajo las llaves de Miss Verinder —le dijo—, habré ya cumplido con todo lo que usted exige de mí, por el momento.

—Usted dispense, señora —dijo el Sargento—. Pero antes de comenzar el registro, quisiera tener en mis manos, si le parece conveniente, el libro donde se inscriben las ropas que se dan a lavar. Es posible que esa pieza del traje sea una prenda de lino. Si la búsqueda que estamos por efectuar fracasa tendré que hacer un recuento de toda la ropa blanca que hay en la casa, como así también de la que se ha enviado a lavar. Si se demuestra que falta alguna prenda, podremos sospechar, al menos, que la mancha se encuentra en ella y que la ha hecho desaparecer deliberadamente, ayer u hoy, el propietario de la misma. El Inspector Seegrave —añadió el Sargento, volviéndose hacia mí— dirigió la atención de las criadas hacia esa mancha, cuando se agolparon en la habitación el jueves por la mañana. Esa puede haber sido, Mr. Betteredge, una equivocación más entre las muchas cometidas por él.

Mi ama me ordenó que hiciera sonar la campanilla y mandase traer el libro requerido. Y permaneció con nosotros hasta que la orden se hubo cumplido, por si el Sargento Cuff tenía alguna pregunta que hacerle, luego de examinado el libro.

Rosanna Spearman fue quien lo trajo. La muchacha había bajado para desayunarse esa mañana, terriblemente pálida y macilenta, pero lo suficientemente repuesta de su enfermedad del día anterior, como para poder cumplir con sus labores cotidianas. El Sargento Cuff dirigió su vista atenta hacia nuestra segunda doncella…, mirándola a la cara cuando entró, y reparando en su hombro encorvado cuando salió.

—¿Tiene usted algo más que decirme? —le preguntó mi ama, ansiosa como nunca por desprenderse de la compañía del Sargento.

El gran Cuff abrió el libro del lavado, se compenetró perfectamente de su contenido y lo volvió a cerrar.

—Me atreveré a molestar a Su Señoría con una última pregunta —dijo—. La joven que acaba de traernos este libro, ¿es tan antigua en la casa como las otras criadas?

—¿Por qué me lo pregunta? —dijo mi ama.

—La última vez que la vi —replicó el Sargento— se hallaba encarcelada por hurto.

Luego de esto no había más remedio que decirle la verdad. Mi ama recalcó vigorosamente la buena conducta observada por Rosanna a su servicio y el inmejorable concepto que tenía de ella la directora del Reformatorio.

—Espero que no sospechará usted de ella concluyó diciendo muy seriamente.

—Ya le he dicho a Su Señoría que hasta el momento no sospecho de ninguna persona de la casa.

Después de esto mi ama se levantó para subir en busca de las llave de Miss Raquel. El Sargento, que se había adelantado conmigo, le abrió la puerta y le hizo una leve inclinación de cabeza. Mi ama se estremeció al pasar junto a él.

Aguardamos y aguardamos, pero las llaves no aparecieron. El Sargento Cuff no me dijo absolutamente nada. Volvió su melancólico rostro hacia la ventana, deslizó sus manos descarnadas en los bolsillos y comenzó a silbar para sí mismo y de manera triste «La última rosa del verano».

Por último apareció Samuel, pero no con las llaves, sino con un recorte de papel que me entregó. Yo empecé a buscar mis anteojos con cierta torpeza y embarazo, sintiendo todo el tiempo los ojos melancólicos del Sargento posados sobre mí. Dos o tres líneas aparecían escritas a lápiz en el papel con la letra de mi ama. A través de ellas me informaba que Miss Raquel se rehusaba de plano a que fuese revisado su guardarropa. Cuando se le preguntó por qué, había estallado en sollozos. Y al insistirse con la pregunta había respondido: «Porque no quiero. Cederé por la fuerza, si es que recurren a ella, pero de ninguna otra manera.» Comprendí entonces por qué mi ama había evitado enfrentar al Sargento Cuff con esa respuesta de su hija. De no haber sido yo demasiado viejo para dejarme vencer por las gratas flaquezas de la juventud, creo que hubiera enrojecido, por mi parte, ante la mera idea de tener que enfrentar al Sargento.

—¿Algo nuevo respecto a las llaves de Miss Verinder? —preguntó el Sargento.

—Mi joven ama se rehusa al registro de su guardarropa.

—¡Ah! —dijo el Sargento.

Su voz no contradecía en absoluto la perfecta serenidad que emanaba de su semblante. Había dicho «¡Ah!» con el tono de un hombre que escucha algo que esperaba oír. Por una parte casi me encolerizó; por la otra, casi me produjo espanto… Por qué, no podría decirlo, pero lo cierto es que eso es lo que sentí.

—¿Habrá que suspender el registro, entonces? —le pregunté.

—Sí —dijo el Sargento—, el registro no podrá efectuarse porque su joven ama se niega a someterse a él como los demás. O se examinan todos los guardarropas de la casa, o ninguno. Envíele a Mr. Ablewhite su maleta a Londres por el próximo tren y devuélvale el libro del lavado a la joven que lo trajo, haciéndole llegar mi agradecimiento y mi saludo.

Colocó el libro del lavado sobre la mesa, extrajo del bolsillo su cortaplumas y comenzó a arreglarse las uñas.

—No parece hallarse usted muy disgustado —le dije.

—No —repuso el Sargento Cuff—; no me hallo muy disgustado.

Yo traté de que me diera una explicación.

—¿Por qué obstaculizará Miss Raquel su investigación? —inquirí—. ¿No está acaso en el interés de ella ayudarlo?

—Aguarde un poco, Mr. Betteredge…, aguarde un poco.

Una persona más lista que yo habría, sin duda, percibido su intención. O una persona que quisiera menos a Miss Raquel de lo que yo la quería. Es posible que el horror experimentado ante él por mi ama fuera una muestra de que ella, como llegué a pensar más tarde, percibió su intención, como dicen las Escrituras, «en un cristal, secretamente». Yo no advertí tal cosa…; eso es todo lo que puedo decir.

—¿Qué es lo que hay que hacer ahora? —le pregunté.

El Sargento Cuff dio término al arreglo de la uña que le preocupaba en ese instante, fijó en ella su mirada un momento con curiosa melancolía y guardó por fin en su bolsillo el cortaplumas.

—Venga conmigo al jardín —dijo— para echar un vistazo a las rosas.

CAPÍTULO XIV

La manera más rápida de llegar al jardín desde el gabinete del ama era por el sendero de los arbustos, que ustedes ya conocen. Con el fin de tornarles más comprensibles los hechos que narraré en seguida, debo decirles que dicha senda constituía el paseo favorito de Mr. Franklin. Cada vez que salía al jardín o que advertíamos su ausencia en la casa, solíamos hallarlo en ese lugar.

Mucho me temo que deba confesar aquí que soy un anciano un tanto obstinado. Cuanto más tenazmente ocultaba el Sargento Cuff sus pensamientos, más empeño ponía yo en descubrirlos. Mientras doblábamos hacia el sendero de los arbustos, intenté engañarlo de otra manera.

—Tal como están las cosas —le dije—, si me hallara yo en su lugar no sabría a estas horas qué hacer.

—Si se hallara usted en mi lugar —me respondió el Sargento—, sabría a qué atenerse respecto a este asunto…, y, tal como están las cosas en este instante, cualquier duda que hubiera usted sentido previamente, con relación a sus propias conclusiones, se habrían disipado totalmente. Por el momento no interesan tales conclusiones, Mr. Betteredge. No lo he traído aquí para que tire usted de mí, igual que de un tejón, sino para que me dé algunos informes. Sin duda podría usted haberlo hecho en la casa, en lugar de hacerlo aquí. Pero ocurre que en general puertas y oyentes van muy de acuerdo y, por otra parte, las gentes de mi oficio se sienten atraídas por la saludable influencia del aire libre.

¿Quién podía engañar a este hombre? Cedí, pues, y aguardé tan pacientemente como me fue posible, para escuchar lo que habría de decirme ahora.

—No habré de indagar las razones que tenga su joven ama —prosiguió el Sargento—; sólo diré que lamento su negativa, porque entorpece de esa manera la investigación. Tenemos que aclarar el misterio de la mancha sobre la puerta el cual, le doy mi palabra, involucra el misterio del propio diamante, por otro camino. He resuelto observar a la servidumbre, y examinar sus actos y pensamientos en lugar de registrar sus guardarropas. Antes de comenzar, no obstante, quiero hacerle una o dos preguntas. Usted es un hombre observador… ¿Advirtió algo desacostumbrado en alguno de los domésticos (dejando de lado el espanto y la confusión naturales en esos casos) luego que se supo la pérdida del diamante? ¿Hubo alguna reyerta entre ellos? ¿Advirtió algún cambio en el modo de ser de algún criado o criada? ¿Mal humor, por ejemplo, o alguna enfermedad repentina?

Acababa de pensar en la repentina dolencia que aquejara a Rosanna Spearman el día anterior hacia la hora de la cena, pero no tuve tiempo de dar respuesta alguna, porque los ojos del Sargento se volvieron rápidamente hacia los arbustos y lo oí entonces decirse a sí mismo suavemente «¡Hola!».

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Un pequeño dolor reumático en la espalda —dijo el Sargento, en voz alta y como si tratara de hacerse oír de un tercer oyente—. Poco habrá de tardar en producirse un cambio en las condiciones del tiempo.

Avanzando unos pasos llegamos a la esquina de la casa. Volviendo bruscamente hacia la derecha entramos en la terraza y descendiendo por los peldaños que se hallaban en su centro nos dirigimos hacia el jardín de abajo. El Sargento Cuff se detuvo allí, en medio de un espacio libre, desde el cual podíamos abarcar con la mirada todo el espacio circundante.

—Quiero hablarle de Rosanna Spearman —me dijo—. No es probable que con su físico pueda tener un amante. No obstante y en beneficio de la propia muchacha me veo obligado a preguntarle de una vez si ella, esa pobre desgraciada, se ha procurado como las demás algún amigo.

¿Qué diablos quería significar con esa pregunta hecha en tales circunstancias?

Clavé mis ojos en su rostro en lugar de responderle.

—He visto a Rosanna Spearman ocultarse en medio de los arbustos cuando pasamos por allí —dijo el Sargento.

—¿Cuando dijo usted «hola»?

—Sí…, cuando dije «hola». Si existe, en verdad, un amante, su ocultamiento importa poco. Pero si no lo hay —tal como se presentan las cosas en la casa—, dicha actitud resulta extraordinariamente sospechosa y me veré en la dolorosa necesidad de obrar tal como lo aconsejen las circunstancias.

¿Qué era, por Dios, lo que quería decir? Yo sabía que el bosque de arbustos constituía el paseo preferido de Mr. Franklin; sabía también que a su regreso de la estación lo más probable era que se dirigiese hacia allí y sabía, por otra parte, que Penélope había hallado más de una vez a su compañera de trabajo aguardando a alguien en ese sitio, habiendo afirmado en todo momento que el objeto de Rosanna era llamar la atención de Mr. Franklin. De estar mi hija en lo cierto, muy posible habría sido que hubiese estado esperando el regreso de Mr. Franklin, cuando el Sargento la descubrió allí. Yo me vi colocado entre dos escollos: o bien debía mencionar la opinión de Penélope, haciéndola propia, o bien permitir que esa infortunada criatura sufriera las consecuencias, las muy peligrosas consecuencias de haber despertado las sospechas del Sargento Cuff. Nada más que por piedad, por pura compasión hacia la joven, le di al Sargento las necesarias explicaciones, diciéndole que Rosanna había sido tan loca como para enamorarse de Mr. Franklin Blake.

El Sargento Cuff no reía jamás. En las pocas ocasiones en que alguna cosa lo divertía, fruncía un tanto las comisuras de los labios, pero no iba más allá de ese gesto.

Eso fue lo que hizo ahora.

—¿No sería mejor que hubiera usted dicho que es ella lo suficientemente loca como para no ser más que una mujer fea y una criada? —me preguntó—. El hecho de que se haya enamorado de un caballero de la educación y el físico de Mr. Franklin Blake, no es, para mí, de ninguna manera, una locura. No obstante, me alegro de que la cosa se haya aclarado: es un alivio para la mente de uno el hecho de que algo se haya aclarado. Sí, guardaré el secreto, Mr. Betteredge. Me gusta mostrarme tolerante con las flaquezas humanas… aunque no son muchas las oportunidades que se me ofrecen para ejercitar tal virtud, en el campo de mis actividades. ¿Dice usted que Mr. Franklin Blake no ha sospechado el interés que por él siente la muchacha? ¡Ah! Sin duda lo habría percibido de la manera más oportuna de haber sido ella bien parecida. Las feas no lo pasan muy bien en este mundo: esperemos que se las compense en el otro. Tienen ustedes un hermoso jardín, y un hermoso césped muy bien cuidado. Compruebe por sí mismo cuánto más bellas parecen las flores, cuando hay césped en torno de ellas en lugar de grava. No, gracias. No cortaré ninguna rosa. Me partiría el corazón el separarlas de su tallo. Tal como se le parte a usted el corazón cuando advierte algo fuera de lugar en las dependencias de los criados. ¿Percibió usted algo inexplicable en la conducta de alguno de ellos en cuanto se difundió la noticia de la pérdida del diamante?

Yo había llegado a congeniar de la mejor manera con el Sargento Cuff, pero la astucia de que se valió para dejar escapar de sus labios esta última pregunta hizo que me pusiera en guardia. Hablando en lenguaje vulgar, no sentí el menor agrado en ayudarlo en sus indagaciones, cuando estas últimas lo llevaban a accionar, a la manera de una serpiente en la hierba, en medio de mis camaradas los criados.

—No he advertido nada —le dije—, como no sea el hecho de que todos perdimos la cabeza, incluso yo.

—¡Oh! —dijo el Sargento—, ¿eso es todo lo que tiene usted que decirme?

Yo le repliqué (¡cómo me jacté de ello!) adoptando una postura inconmovible:

—Eso es todo.

Los ojos melancólicos del Sargento Cuff se clavaron en mi rostro.

—Mr. Betteredge —dijo—, ¿tiene usted alguna objeción que hacerle al deseo mío de estrecharle las manos? Siento hacia usted una extraordinaria simpatía.

¡Por qué eligió el instante preciso en que yo lo estaba engañando para darme esa prueba de la buena opinión que le merecía es algo que escapa a toda comprensión! Yo experimenté cierto orgullo… ¡sentí en verdad cierto orgullo al comprobar que por fin el famoso Cuff distinguía la identidad de mi persona entre las de otras mil!

Regresamos a la casa; el Sargento me pidió una habitación para su uso y ordenó que, uno por uno, se fueran presentando, de acuerdo con su jerarquía, todos los domésticos de la casa.

Yo lo llevé hasta mi propio aposento y reuní luego a los criados en el hall. Rosanna Spearman apareció entre ellos con su aspecto habitual. A su manera, se demostraba tan lista como el Sargento y sospecho que había escuchado lo que aquél dijera respecto a los criados en general, apenas un momento antes de descubrir su presencia. Sea como fuere, allí estaba con un aspecto que daba a entender que jamás había oído hablar en su vida de un sitio como el bosque de arbustos.

Uno por uno los fui enviando adentro, satisfaciendo sus deseos. La primera que entró en la Corte de Justicia, en otros términos mi habitación, fue la cocinera.

Esto es lo que dijo al salir: «El Sargento Cuff se halla abatido; pero el Sargento Cuff es un cumplido caballero.» La siguió la doncella del ama. Su ausencia duró mucho más tiempo. Esto es lo que dijo al salir: «¡Si el Sargento Cuff no le cree a una mujer respetable, podría muy bien guardarse esa opinión para sí mismo!» La próxima en entrar fue Penélope. Sólo permaneció allí un minuto o dos. Su informe al salir fue el siguiente: «El Sargento Cuff es digno de lástima. Debe de haber sufrido algún desengaño amoroso cuando era joven.» En seguida entró la primera criada de la casa. Tal como la doncella del ama, permaneció allí largo tiempo. Esto fue lo que dijo al salir: «¡Yo no he entrado al servicio de mi señora para soportar, Mr. Betteredge, que un subalterno funcionario policial se permita dudar en mi cara de lo que le digo!» Rosanna Spearman fue la que entró después. Permaneció allí más tiempo que ninguna. Nada dijo al salir…; salió envuelta en un silencio mortal y con los labios color de ceniza. Samuel, el lacayo, fue quien la siguió. Su ausencia duró uno o dos minutos. Su informe fue el siguiente: «Quienquiera sea la persona que le lustre los zapatos al Sargento Cuff, debiera avergonzarse de sí misma.» Nancy, la fregona, fue la última en entrar. Su ausencia duró uno o dos minutos. Su informe, al salir, fue: «El Sargento Cuff es una persona de buen corazón; no acostumbra burlarse, Mr. Betteredge, de una pobre muchacha trabajadora.»

Al entrar, cuando todo hubo terminado en la Corte de Justicia, en demanda de nuevas órdenes, si las había, vi cómo el Sargento se entregaba a su antigua treta: se hallaba asomado a la ventana silbándose a sí mismo «La última rosa del verano».

—¿Ha descubierto algo, señor? —inquirí.

—Si Rosanna Spearman le pide permiso para salir —dijo el Sargento—, déjela ir a la pobre; pero antes hágamelo saber.

¡Muy bien podía haberme yo callado la boca, en lo que se refería a Rosanna y Mr. Franklin! Era evidente que la pobre muchacha se había tornado sospechosa para el Sargento Cuff, pese a todo lo que yo pudiera hacer en su favor.

—Espero que no ha de considerar usted a Rosanna complicada en la desaparición del diamante —me aventuré a decir.

Las comisuras de la melancólica boca del Sargento frunciéronse y su vista se detuvo duramente en mi rostro, tal como había ocurrido en el jardín.

—Creo que será mejor que no se lo diga, Mr. Betteredge —dijo—. Como usted sabe, podría usted volver a perder la cabeza.

¡Yo empecé a preguntarme si era en verdad cierto que el famoso Cuff me había distinguido entre otros mil, después de todo! Significó un alivio para mí el hecho de que alguien llamara a la puerta y de que fuéramos interrumpidos por la cocinera, quien traía un mensaje. Rosanna Spearman había pedido permiso para salir, por el motivo habitual: su cabeza no estaba bien y necesitaba respirar un poco de aire fresco. Ante una señal del Sargento respondí que sí.

—¿Cuál es la puerta de salida de la servidumbre? —preguntó en cuanto se hubo alejado la mensajera.

Yo le indiqué el sitio.

—Cierre con llave la puerta de su cuarto —dijo el Sargento—; y si alguno pregunta por mí, dígale que estoy aquí ordenando mis ideas.

Nuevamente volvió a fruncir las comisuras de sus labios y desapareció de mi vista.

Solo, en medio de esas circunstancias, me sentí devorado por una curiosidad que me instigaba a realizar indagaciones por mi cuenta.

Era evidente que las sospechas del Sargento respecto a Rosanna tenían su origen en algún hallazgo efectuado durante el interrogatorio de la servidumbre. Ahora bien, los dos únicos criados, exceptuando a la misma Rosanna, que habían permanecido más tiempo en mi habitación eran la doncella particular del ama y la primera doméstica de la casa, las cuales habían sido, también, las que se hallaron a la cabeza de la persecución iniciada contra su infortunada compañera, desde el primer momento. Luego de llegar a estas conclusiones me asomé, aparentemente por casualidad, a las dependencias de la servidumbre y, al comprobar que se hallaban tomando el té, me invité instantáneamente yo mismo a la reunión. Porque, nota bene, una gota de té es a la lengua de una mujer lo que una gota de aceite para una lámpara agotada.

Mi confianza en la tetera como aliada no dejó de verse recompensada. En menos de media hora llegué a saber tanto como el mismo Sargento.

Tanto la doncella del ama como la otra doméstica no creían, al parecer, en la enfermedad que aquejara a Rosanna, el día anterior. Este par de demonios —perdón, lector, pero ¿de qué otra manera podría llamar a esas dos malévolas mujeres?— se habían deslizado escalera arriba, a intervalos, durante la tarde del jueves; habían probado el picaporte de la puerta de Rosanna comprobando que se hallaba cerrada con llave habían golpeado sin recibir respuesta alguna; habían aplicado el oído a la puerta sin advertir ningún ruido. Luego, cuando la muchacha bajó para tomar el té y fue enviada de nuevo arriba, por hallarse aún indispuesta, los dos demonios antedichos trataron de abrir otra vez la puerta, hallándola cerrada con llave; después intentaron mirar por el ojo de la cerradura que se encontraba obstruido; más tarde, hacia la medianoche, vieron surgir una luz por debajo de la puerta, y oído crujir un fuego (¡un fuego en el dormitorio de una sirvienta en el mes de junio!) hacia las cuatro de la mañana. Todo eso es lo que le habían dicho al Sargento Cuff, quien en respuesta a sus palabras, las miró con ojos mordaces y escépticos, dándoles claramente a entender que no creía a ninguna de las dos. De aquí la opinión desfavorable expresada por ambas, luego del interrogatorio. De aquí, también (dejando de lado la influencia ejercida en ellas por el té), la presteza con que sus lenguas entraron en actividad para referirse a sus anchas a la descortés conducta del Sargento.

Poseyendo ya alguna experiencia respecto a las maneras indirectas del gran Cuff y habiendo advertido hacia poco lo inclinado que se hallaba a seguirle los pasos secretamente a Rosanna cuando ésta salió de la casa, se me hacía evidente que aquél trató de impedir que tanto la doncella del ama como la primera doméstica llegaran a vislumbrar lo valioso que había resultado su aporte. Ambas, de haber dejado él traslucir que su deposición era digna de crédito, se habrían enorgullecido de tal cosa y hecho o dicho algo que sirviera para poner sobre aviso a Rosanna Spearman.

Salí y me halle en medio de un hermoso atardecer de estío, lamentando la suerte de la pobre muchacha en particular y sumido en un gran desorden mental, frente al cariz tomado por las cosas. Andando a la deriva, fui a parar al bosque de los arbustos, donde encontré a Mr. Franklin en ese su lugar favorito. Al regresar de la estación, hacía ya cierto tiempo, se entrevistó con el ama, con quien mantuvo una conversación prolongada. Esta se había referido a la inexplicable actitud de Miss Raquel, quien se había negado al registro de su guardarropa; estas palabras respecto a mi joven ama lo deprimieron tanto, que el joven parecía eludir toda mención del tema. El carácter de la familia se reflejó en su rostro esa tarde por primera vez desde que yo lo conocía.

—Y bien, Betteredge —dijo—, ¿qué tal se siente la atmósfera de misterio y sospecha que nos envuelve a todos en este momento? ¿Recuerda usted aquella mañana en que llegué aquí por vez primera con la Piedra Lunar? ¡Ojalá Dios me hubiera impulsado a arrojarla sobre las arenas movedizas!

Luego de este estallido se abstuvo de volver a hablar hasta que no hubo recobrado la calma. En silencio nos pusimos a caminar juntos, durante uno o dos minutos, hasta que él me preguntó qué había sido del Sargento Cuff. Era imposible alejar del tema a Mr. Franklin con la excusa de que el Sargento se hallaba en mi cuarto ordenando sus ideas. Lo puse, pues al tanto de todo lo ocurrido y en particular de lo que la doncella del ama y la primera doméstica de la casa habían dicho en torno a Rosanna Spearman.

La mente lúcida de Mr. Franklin advirtió el nuevo rumbo que seguían las sospechas del Sargento, en un abrir y cerrar de ojos.

—¿No me dijiste esta mañana —preguntó— que uno de los vendedores ambulantes declaró haber visto a Rosanna, ayer, en el camino de peatones que lleva a Frizinghall, en el momento en que todos nosotros la suponíamos enferma en su habitación?

—Sí, señor.

—Si la doncella de mi tía y la otra mujer han dicho la verdad, puedes estar seguro de que el vendedor ambulante se encontró con ella en el camino. La enfermedad de la muchacha no fue, entonces, más que una pantalla utilizada para engañarnos. Algún hecho comprometedor impulsó a la muchacha a ir a la ciudad secretamente. El traje que ostenta la mancha de pintura es de ella; y el fuego que se oyó crujir en su cuarto hacia las cuatro de la mañana fue encendido para destruirlo. Rosanna Spearman es quien ha robado el diamante. Entraré en seguida para informar a mi tía respecto al nuevo cariz tomado por las cosas.

—Todavía no, señor, por favor —dijo una voz melancólica detrás de nosotros.

Ambos nos volvimos y nos encontramos cara a cara con el Sargento Cuff.

—¿Por qué no todavía? —preguntó Mr. Franklin.

—Porque si usted, señor, informa a Su Señoría, Su Señoría le referirá el caso a Miss Verinder.

—Suponiendo que lo haga, ¿qué ocurrirá entonces? —Mr. Franklin dijo estas palabras con un calor y una vehemencia tan repentinos que era como si el Sargento le hubiese inferido una ofensa mortal.

—¿Le parece a usted, señor, razonable —dijo el Sargento Cuff calmosamente— hacerme una pregunta de esa índole… en este momento?

Hubo un breve intervalo de silencio. Mr. Franklin avanzó hasta colocarse casi junto al Sargento. Ambos se miraron fijamente a la cara. Mr. Franklin fue quien habló primero, bajando la voz tan rápidamente como la había elevado.

—Supongo que sabe usted, Mr. Cuff —dijo—, que el asunto que tenemos entre manos es delicado.

—No es ésta la primera vez, entre cientos de casos, que tengo entre manos un asunto delicado —replicó el otro, inconmovible como nunca.

—Según tengo entendido me ha prohibido usted comunicarle a mi tía lo ocurrido, ¿no es así?

—Lo que tiene usted que entender, señor, se lo ruego, es que habré de abandonar este asunto si le dice usted a Lady Verinder o a cualquier otra persona lo ocurrido, hasta tanto no le dé yo permiso.

Esto sirvió para poner término a la disputa; Mr. Franklin no tenía que elegir, sino someterse. Se puso colérico y se alejó del lugar.

Yo había permanecido allí prestando oídos a lo que decían, todo tembloroso, sin saber de quién sospechar ni qué pensar en el primer momento. En medio de mi confusión, sin embargo, dos cosas se me hacían evidentes. La primera consistía en suponer que mi joven ama se hallaba involucrada de manera inexplicable en el fondo de las abruptas palabras de cada uno de ellos. Y la segunda se refería a la creencia de que ambos se comprendían perfectamente, sin haber cambiado previamente palabra alguna.

—Mr. Betteredge —dijo el Sargento—, ha cometido usted una gran tontería durante mi ausencia. Se ha dedicado usted a una pequeña labor detectivesca por su propia cuenta. En adelante me hará usted, sin duda, el favor de realizar sus indagaciones de acuerdo con las mías.

Tomándome del brazo me llevó hacia el camino por el cual había él venido. Mucho me temo que el reproche haya sido merecido… pero con todo no me hallaba dispuesto a auxiliarlo en la tarea de tenderle celadas a Rosanna Spearman. Que fuera o no ladrona, que actuara dentro o fuera de la ley, poco me importaba, lo cierto es que me apiadé de ella.

—¿Qué es lo que quiere usted de mí? —le pregunté desprendiéndome con una sacudida de su brazo y deteniéndome en seco.

—Sólo unos pocos informes respecto a las tierras de los alrededores —dijo el Sargento.

Yo no pude negarme a acrecentar los conocimientos geográficos del Sargento Cuff.

—¿Existe algún sendero, en esa dirección, que lleve de la playa a la casa? —preguntó el Sargento. Su dedo apuntaba, mientras hablaba, hacia el bosque de abetos que conducía a las Arenas Temblonas.

—Sí —le dije—; hay un sendero.

—Muéstremelo.

Juntos y envueltos por las luces grises de ese atardecer de verano, el Sargento Cuff y yo echamos a andar en dirección a las Arenas Temblonas.

CAPÍTULO XV

El Sargento permaneció sumido en sus propios pensamientos hasta el instante en que arribamos a la plantación de abetos que conducía a las arenas movedizas. Allí se recobró como un hombre que ha estado ordenando sus ideas para hablarme nuevamente.

—Mr. Betteredge —dijo—, en vista de haberme hecho usted el honor de compartir mi bote, y teniendo en cuenta el hecho de que puede usted brindarme algún apoyo antes de que este crepúsculo se haya extinguido, no veo que tengamos nada que ganar ninguno de los dos engañándonos recíprocamente, por lo cual me dispongo inmediatamente a ofrecerle un ejemplo de mi buena voluntad. Usted está resuelto a no darme información alguna que pueda perjudicar a Rosanna Spearman, porque ella ha sido siempre para usted una buena muchacha y siente una gran piedad hacia ella. Esos sentimientos humanitarios hablan mucho en favor de su persona, pero ocurre que en el presente caso los sentimientos humanitarios no tienen por qué jugar ningún papel. Rosanna Spearman se halla fuera de todo peligro… no, no corre el menor peligro si relaciono sus actos, en el asunto de la desaparición del diamante, con una prueba tan evidente como esa nariz que tiene usted en el rostro.

—¿Quiere usted decir que mi ama no habrá de acusarla?

—Quiero significarle que su ama no podrá acusarla —dijo el Sargento—. Rosanna Spearman no es más que un instrumento en manos de otra persona y ella habrá de convertirse en la víctima inofensiva que salve a esa otra persona.

Hablaba seriamente…, no podía negarse. Pero con todo, algo en mí se agitaba en su contra.

—¿No puede usted darme el nombre de esa otra persona? —le dije.

—¿Puede dármelo usted, Mr. Betteredge?

El Sargento Cuff permaneció inmóvil y silencioso y me dirigió una mirada inquisidora y melancólica.

—Experimento siempre un gran placer cuando puedo mostrarme tolerante hacia las flaquezas humanas —dijo—. Y me siento particularmente tolerante en el presente caso, Mr. Betteredge, hacia usted. Por su parte usted, impulsado por el mismo y excelente motivo, siente particular tolerancia hacia Rosanna Spearman, ¿no es así? ¿Sabe usted, por casualidad, si la muchacha ha renovado últimamente su ropa blanca?

Cuál fue el motivo que lo impulsó a dejar caer como al acaso esa pregunta tan extraordinaria, era algo que escapaba totalmente a mi entendimiento. Sabiendo, como sabía, que ningún daño habría de ocasionarle a Rosanna al decir la verdad, le respondí que la muchacha había llegado a la casa un tanto desprovista de ropa blanca, y que mi ama, en premio a su buena conducta (insistí aquí respecto a su buen comportamiento), le había regalado, no hacía una quincena, un nuevo juego de ropa blanca.

—Es éste un mundo miserable —dijo el Sargento—. La vida del hombre, Mr. Betteredge, es una especie de blanco…, en dirección al cual hace fuego de continuo la desgracia que da siempre en el centro. De no haber sido por ese juego nuevo de ropa blanca, habríamos sin duda descubierto entre las ropas de Rosanna algún peinador o enaguas nuevos que nos hubiera servido para condenarla. Sin duda no se halla usted tan confundido como para no poder seguirme, ¿no es así? Usted ha interrogado a los criados por sí mismo y se halla al tanto de los descubrimientos realizados por dos de ellos junto a la puerta de Rosanna. Sin duda sabrá usted en qué andaba la muchacha, ayer, luego que la llevaron hacia arriba enferma. ¿No tiene usted ninguna idea? ¡Oh Dios mío!, y sin embargo es tan evidente como esa franja de luz que aparece allí hacia el límite del bosque. A las once de la mañana del día jueves, el Inspector Seegrave, que no es más que un bloque de debilidades humanas, le indica a toda la servidumbre de la casa la mancha descubierta en la puerta. Rosanna tiene sus buenas razones para sospechar de sus ropas; aprovecha la primera oportunidad que se le presenta para dirigirse a su cuarto, da con la mancha de pintura en su peinador, en su enagua o en lo que quiera que sea, finge hallarse enferma y se escurre subrepticiamente a la ciudad con el fin de proveerse del material necesario para confeccionarse una nueva enagua o peinador; se dedica a ello durante la noche del jueves, enciende una lumbre (no para destruir la prenda: dos compañeras suyas se hallan junto a la puerta curioseando y ella conoce recursos mejores que el de provocar un humo sospechoso y el de proveerse de una yesca de la que habrá que desembarazarse…), enciende una lumbre, digo, para secar y planchar la nueva prenda luego de retorcerla entre sus manos, oculta la ropa manchada (probablemente sobre sí misma) y se halla en estos momentos entregada a la tarea de liberarse de ella, en algún sitio conveniente, sobre esa franja de arena solitaria que se extiende ante nuestra vista. Le he seguido la pista, esta tarde, hasta la aldea pesquera y hasta una casa de campo, en particular, que habremos tal vez de visitar antes de emprender el regreso. Permaneció dentro de dicha casa cierto espacio de tiempo y salió luego, según mi opinión, ocultando algo debajo de su capa. Una capa, sobre las espaldas de una mujer, es un emblema de caridad…, sirve para cubrir innumerables pecados. La vi luego seguir hacia el Norte a lo largo de la costa, luego de abandonar la casa de campo. ¿Consideran aquí a esa franja de arena como un bello ejemplo de paisaje marino, Mr. Betteredge?

Yo le respondí: «Sí», tan brevemente como pude.

—Los gustos difieren —dijo el Sargento Cuff—. Mirándolo desde mi punto de vista, puedo decir que jamás he contemplado un paisaje menos digno de admiración. Si ocurriera que estuviese usted siguiendo a alguna persona a lo largo de la costa del mar, y esa persona decidiera mirar en torno suyo, no encontraría usted en ninguna parte un sitio donde ocultarse. Yo tuve que escoger entre apresar a Rosanna por hallarse bajo sospecha o dejarla ir por el momento para que siguiera desarrollando el pequeño juego que tenía entre manos. Por razones que no quiero exponer ahora a fin de no fatigarlo, decidí hacer cualquier sacrificio antes de despertar prematuramente la atención, esta misma noche, de cierta persona cuyo nombre seguiremos ignorando. Regresé a la casa para pedirle a usted que me condujera hacia el extremo norte de la costa por otro camino. La arena —en lo que respecta a las pisadas de las gentes— es uno de los mejores detectives que conozco. Si no damos con Rosanna Spearman luego de este rodeo, la arena nos dirá dónde ha estado, siempre que la luz se prolongue un tiempo prudencial. He aquí la arena. Me atrevo a sugerirle que me excuse…, si le propongo retener la lengua y dejar que vaya yo primero.

Si existe en verdad en medicina algo que reciba el nombre de fiebre detectivesca, ésa era la enfermedad que había hecho presa de este humilde criado. El Sargento Cuff avanzó entre los montículos de arena, descendiendo hacia la costa. Yo lo seguí con el corazón en la boca y aguardé a cierta distancia a la espera de lo que podría ocurrir.

Así las cosas, descubrí que me hallaba casi en el mismo sitio donde Rosanna y yo habíamos estado conversando cuando vimos aparecer súbitamente ante nosotros a Mr. Franklin de regreso de Londres. Mientras mis ojos seguían posados en el Sargento, mi mente vagaba, a despecho de mí mismo, hacia la escena que se desarrolló entre nosotros en aquella ocasión. Confieso que casi sentí de nuevo cómo la pobrecita deslizaba su mano en la mía, dándole un pequeño apretón de agradecimiento, por haberle hablado con tanta benevolencia. Confieso que casi volví a oír su voz, cuando me dijo que le parecía como si las Arenas Temblonas tiraran de ella, contra su propia voluntad, cada vez que salía de la casa…, y que casi me pareció ver brillar su rostro como cuando vio dirigirse a Mr. Franklin hacia nosotros, con paso vivo, a través de los montículos.

Mi espíritu decayó y más a medida que meditaba en esas cosas…, y la vista de la pequeña y solitaria bahía, cuando alcé los ojos para despertarme del todo, sirvió tan sólo para aumentar mi desazón.

Las últimas luces del crepúsculo se diluían, y a todo lo largo del paisaje se extendía una calma terriblemente silenciosa. El jadeo del mar, junto al banco de arena, fuera de la bahía, era un rumor ahogado. El mar interior se perdió en la sombra, sin que el más leve soplo de viento agitase su superficie. Asquerosos montones de limo de una tonalidad blancuzco-amarillenta sobrenadaban en las aguas muertas. Fango y espuma brillaban débilmente en ciertos lugares, allí donde la luz lograba darles alcance aún, entre los dos grandes cabos rocosos que avanzaban mar adentro: uno hacia el Norte, el otro hacia el Sur. Era ésa la hora del cambio de la marea y, mientras me hallaba aún aguardando allí, pude observar cómo la vasta y morena superficie de las arenas movedizas empezaba a ahuecarse y temblequear…, única cosa dotada de movimiento en ese sitio tan horrendo.

Advertí que el Sargento se estremecía al percibir ese temblor de la arena. Después de haber mirado hacia allí un breve instante, se volvió y emprendió el regreso hacia donde yo me encontraba.

—Un lugar traicionero, Mr. Betteredge —dijo—; no hay el menor vestigio de Rosanna Spearman, mire uno hacia donde mire, en todo a lo largo de la costa.

Me llevó unos pasos costa abajo y pude comprobar por mí mismo que las huellas de sus pasos y las de los míos eran las únicas marcadas en la arena.

—¿Hacia qué punto cardinal se encuentra la aldea de pescadores, tomando como base el sitio en que ahora nos encontramos? —me preguntó el Sargento Cuff.

—Cobb's Hole —le respondí, pues éste era el nombre de la misma— se halla situado tan al sur de este lugar, como pueda estarlo sitio alguno en el mundo.

—Esta tarde vi que la muchacha avanzaba por el camino a lo largo de la costa procedente de Cobb's Hole, en dirección al Norte —dijo el Sargento—. En consecuencia debe de haber venido caminando hacia aquí. ¿Se halla Cobb's Hole sobre el otro extremo de esa lengua de tierra? ¿Podríamos llegar a la aldea, ahora que el agua ha descendido, andando por la costa?

Yo le respondí que «sí» a ambas preguntas.

—Usted perdone, pero tendremos que apurarnos —dijo el Sargento—. Necesito dar con el sitio en el cual Rosanna abandonó la costa, antes de que se haga oscuro.

Habíamos andado un par de yardas, más o menos, en dirección a Cobb's Hole, cuando repentinamente el Sargento Cuff cayó de hinojos sobre la costa, con el aspecto de quien se siente poseído por el frenético y súbito deseo de decir sus oraciones.

—¡Después de todo, hay algo ahora que decir en favor de su paisaje marino! —observó el Sargento—. ¡He aquí las huellas de una mujer, Mr. Betteredge! Atribuyámoselas a Rosanna, hasta que no aparezca la prueba irrefutable que demuestre lo contrario. Si usted me hace el bien de observarlas, comprobará que son muy confusas…, confusa intencionalmente, diría. ¡Ah, la pobrecita se halla tan al tanto de las virtudes detectivescas de la arena como yo mismo! ¿Pero no le parece que un gran apremio le ha impedido borrarlas del todo? Esa es mi opinión. He aquí una huella que viene de Cobb's Hole y he aquí otra que regresa hacia allá. ¿No apunta por otra parte, el extremo de calzado directamente hacia el borde del agua? Lamento herirlo en sus sentimientos, pero mucho me temo que Rosanna es una persona astuta. Todo parece indicar que se propuso llegar al lugar desde el cual acabamos de venir, sin dejar la menor huella de su paso en la arena. ¿Diremos que luego de marchar a través del agua desde el lugar en que nos encontramos ahora avanzó hasta alcanzar aquella capa rocosa que se encuentra a nuestras espaldas y que regresó por el mismo camino, dirigiéndose luego hacia la playa otra vez, donde pueden verse aún las huellas de sus tacones? Sí, eso es lo que diremos. Creo que venía con algo oculto debajo de la capa al abandonar la casa de campo. ¡No! ¡No para destruirlo!…, porque, en ese caso, ¿qué necesidad tenía de tomar tantas precauciones para impedir que yo pudiera descubrir el sitio en que terminó su paseo? Creo que lo más probable es que haya ido allí a ocultar algo. ¡Si fuéramos a esa casa podríamos, tal vez, dar con la cosa!

Al oír tal proposición mi fiebre detectivesca se enfrió súbitamente.

—Usted ya no me necesita —le dije—. ¿Para qué puedo servirle?

—Cuanto más lo conozco, Mr. Betteredge —dijo el Sargento—, más virtudes descubro en su persona. La modestia…, ¡oh Dios mío, cuán rara es la modestia en este mundo!, ¡y en qué medida posee usted esa cosa tan rara! Si voy solo a esa casa, ante la primera pregunta enmudecerán todas las lenguas. Si voy con usted, les seré presentado por un vecino justicieramente respetable, lo cual dará lugar indefectiblemente a un diluvio de palabras. Esa es mi opinión; ¿cuál es la suya?

Incapaz de dar con la frase inteligente y rápida con que me hubiese gustado responderle, traté de ganar tiempo inquiriendo cuál era la casa de campo que deseaba visitar.

A través de la descripción que de la misma hizo el Sargento reconocí la vivienda de un pescador llamado Yolland, quien tenía una esposa y dos hijos ya grandes, un muchacho y una muchacha. Si vuelve el lector sus ojos hacia las páginas anteriores hallará que, cuando le presenté por primera vez a Rosanna Spearman, afirmé que en determinadas ocasiones alternaba sus paseos a las Arenas Temblonas con visitas efectuadas a unos amigos que tenía en Cobb's Hole. Esos amigos eran los Yolland, gentes dignas, respetables y muy estimadas por todo el vecindario. La amistad con Rosanna se había iniciado por intermedio de la hija que sufría de un defecto en un pie y la cual era conocida en los alrededores por el sobrenombre de la coja Lucy. Creo que las dos muchachas contrahechas se sentían unidas por una especie de recíproca simpatía. Comoquiera que fuere, los Yolland y Rosanna parecían congeniar, en las pocas ocasiones en que tenían ocasión de verse, de la manera más grata y amistosa. El hecho de que el Sargento Cuff la hubiera seguido hasta la casa de campo de ellos, colocaba la cuestión de la ayuda que debía yo prestarle en la investigación bajo la luz de una circunstancia enteramente nueva. Rosanna no había ido más que adonde tenía costumbre de ir y, al demostrar que visitó al pescador y su familia, se evidenciaba en forma clara que había estado entregada a una labor inocente, hasta ese instante, por lo menos. Le haría a la muchacha un servicio en lugar de un daño si me dejaba convencer por la lógica del Sargento Cuff. Me dejé, pues, convencer por ella.

Nos dirigimos hacia Cobb's Hole y seguimos viendo siempre huellas marcadas en la arena mientras hubo luz que las alumbrara.

Al llegar a la casa de campo, nos enteramos de que tanto el pescador como su hijo se hallaban afuera, en el bote; la coja Lucy, fatigada y débil como siempre, reposaba en su lecho, arriba. La buena de Mrs. Yolland nos recibió, ella sola, en la cocina. En cuanto se enteró de que el Sargento Cuff era un famoso personaje de Londres, destapó una botella de ginebra holandesa, colocó dos pipas vacías sobre la mesa y se quedó mirándolo con la vista clavada en su rostro, como si nunca alcanzase a mirarlo lo suficiente.

Yo me senté en silencio en un rincón esperando ver cómo se las arreglaba el Sargento para derivar la conversación hacia la persona de Rosanna Spearman. Su habitual manera indirecta de entrar en materia resultó en esa ocasión más vaga que nunca. Cómo se las arregló para ello es algo que no pude en aquel tiempo ni puedo aún explicármelo. Lo cierto es que comenzó por referirse a la familia real, a los primitivos metodistas y al precio del pescado; de allí pasó, con su tono melancólico y solapado, a la pérdida de la Piedra Lunar, a la malevolencia de nuestra primera doncella y al mal trato que le daban las criadas en general a Rosanna Spearman. Luego de haber alcanzado de esta manera su objetivo, declaró que al hacer esa investigación en torno al diamante perdido, lo guiaban dos propósitos: el de dar con él y el de liberar a Rosanna de las injustas sospechas que hicieron recaer sobre ella sus enemigos de la casa. Habían transcurrido apenas quince minutos desde el instante en que penetráramos en la cocina, cuando ya la buena de Mrs. Yolland se hallaba persuadida de que estaba hablando con el más íntimo amigo de Rosanna e insistía para que el Sargento Cuff alegrara su estómago y reanimara su espíritu con algún trago de ginebra holandesa.

Firmemente persuadido de que el Sargento perdía el tiempo con Mrs. Yolland, yo asistía gozoso desde mi asiento a su conversación, tal como en mis tiempos me regodeaba ante una obra de teatro. El gran Cuff demostró ser capaz de una paciencia maravillosa; con sus modos melancólicos probó suerte ya en su sentido, ya en otro, e hizo fuego, por así decirlo, ininterrumpidamente, al azar, esperando dar por casualidad en el blanco. Todo hablaba en favor de Rosanna, nada en su contra; ésa era la conclusión a que arribó, apuntara hacia donde apuntara. Mrs. Yolland habló casi ella sola durante todo el tiempo y demostró confiar plenamente en él. El último esfuerzo del Sargento se produjo en el momento en que dirigimos nuestra vista hacia nuestros relojes y ya de pie nos disponíamos a abandonar la casa.

—Ha llegado el momento de desearle a usted muy buenas noches, señora —dijo el Sargento—. Sólo diré en el instante de partir que Rosanna Spearman tiene en mí, en este humilde servidor suyo, señora, su más sincero defensor. Pero, ¡oh, Dios mío!, jamás prosperará ella en el lugar en que se encuentra: yo le aconsejaría… que lo abandonara.

—¡Santo cielo! ¡Ya lo creo que se irá! exclamó Mrs. Yolland. ( Nota bene: yo he vertido las palabras de Mrs. Yolland de su dialecto de Yorkshire al inglés. Cuando les diga que el Sargento Cuff, pese a su cultura, se vio en aprietos a cada instante para entenderla sin mi ayuda, sacarán las debidas conclusiones respecto a la situación mental en que se hallarían ustedes, de haber yo transcripto sus palabras en su lengua nativa.)

¡Rosanna Spearman a punto de abandonarnos! Yo agucé mis oídos al oír tal cosa. Me parecía extraño, para decir lo menos que me sugería el asunto, que no nos hubiese puesto sobre aviso, antes que a nadie, al ama o a mí. Empecé a sentir dudas y a preguntarme si no habría dado en el blanco el último disparo lanzado al azar por el Sargento Cuff. Comencé a preguntarme, también, si mi participación en las diligencias emprendidas por él era tan inofensiva como yo había pensado. Sin duda encuadraba dentro de las actividades del Sargento el hecho de engañar a una mujer honesta tendiendo en su torno una red de mentiras; pero era por otra parte mi deber, como buen protestante, el tener en cuenta que el Demonio es el padre de todas las mentiras…, y que el mal y Satán no andan nunca lejos el uno del otro. Percibiendo en la atmósfera el daño que estaba a punto de ser consumado, traté de llevar afuera al Sargento Cuff. Pero éste volvió a sentarse de inmediato y pidió un último trago de ginebra holandesa para darse aliento. Mrs. Yolland tomó asiento en el lado opuesto y le sirvió de la botella. Yo me dirigí hacia la puerta, muy molesto, y les dije que era ya tiempo de que nos retiráramos…, y sin embargo no pude irme.

—¿Así es que piensa irse Rosanna? —dijo el Sargento—. ¿Qué hará cuando se vaya? ¡Qué desdicha, qué desdicha! ¡La pobre criatura no tiene otros amigos en el mundo que ustedes y yo!

—¡Ah, pero se irá, sin embargo! —dijo Mrs. Yolland—. Como ya le dije, vino aquí esta tarde y, luego de charlar un rato con mi hija Lucy y conmigo, nos pidió que la dejáramos subir sola hasta el cuarto de Lucy. Es el único lugar de la casa donde hay tinta y lapiceros. «Tengo que escribirle una carta a un amigo —me dijo—, y no puedo hacerlo en casa porque las otras criadas son muy curiosas y me espiarían.» A quién le escribió la carta, no podría decirlo; debe haber sido sumamente larga a juzgar por el tiempo que permaneció arriba. Yo le ofrecí una estampilla cuando bajó. Pero vino sin la carta y rechazó la estampilla. Como usted sabe la pobre es un tanto reservada respecto a sí misma y a las cosas que hace. Pero puedo asegurarle a usted que tiene un amigo en alguna parte y que es seguro que irá hacia ese amigo.

—¿Pronto? —preguntó el Sargento.

—Tan pronto como le sea posible —dijo Mrs. Yolland.

A esta altura de la conversación abandoné yo la puerta para avanzar otra vez hacia el interior del cuarto. Como jefe de la servidumbre no podía permitir que en mi presencia se hablara tan libremente respecto al hecho de si alguna criada habría o no de abandonar la casa.

—Me parece que está usted equivocada en lo que se refiere a Rosanna Spearman —dije—. De haber resuelto ella abandonar su puesto actual, me lo hubiera comunicado, en primer término a mí.

—¿Equivocada? —exclamó Mrs. Yolland—. Vaya, si hace una hora apenas me compró varias cosas que necesitaba para el viaje, a mí misma, Mr. Betteredge, y en este mismo cuarto. Y, ya que hablamos de esto, me acuerdo ahora —dijo la tediosa mujer palpando súbitamente algo en su bolsillo— de algo que tenía que decirles respecto a Rosanna y su dinero. ¿La verá alguno de ustedes cuando regresen a la casa?

—Me encargaré de ese mensaje, con el mayor placer —respondió el Sargento Cuff, antes de que pudiera yo intercalar palabra alguna.

Mrs. Yolland sacó de su bolsillo unas cuantas monedas de un chelín y de seis peniques y se puso a contarlas sobre la palma de su mano de la manera más minuciosa y exasperante. Luego se las ofreció al Sargento, después de haber dejado traslucir todo el tiempo las pocas ganas que sentía de desprenderse de ellas.

—¿Me hace el favor de devolverle esto a Rosanna, haciéndole llegar al mismo tiempo mis cariñosos saludos? —dijo Mrs. Yolland—. Esta tarde insistió en pagarme por una o dos cosas que se llevó de aquí porque le agradaron…, y aunque reconozco que el dinero es siempre bienvenido en esta casa, sin embargo no quiero privar a la pobre muchacha de sus pequeños ahorros. Y, para decirle la verdad, no creo que a mi marido le agradara enterarse, cuando regrese mañana por la mañana de su trabajo, que he recibido este dinero de manos de Rosanna Spearman. Le ruego le diga que tengo mucho gusto en regalarle…, lo que me acaba de comprar. Y no deje el dinero sobre la mesa —dijo Mrs. Yolland depositándolo en ella súbitamente ante los ojos del Sargento y como si le quemaran los dedos—, ¡no lo deje, por Dios! Porque los tiempos son difíciles y la carne es débil y podría sentir la tentación de guardármelo otra vez en el bolsillo.

—¡Vamos! —dije—. No puedo esperar más tiempo: es necesario que regrese a la casa.

—En seguida estaré con usted —dijo el Sargento Cuff.

Por segunda vez me dirigí hacia la puerta y por segunda vez, también, por más esfuerzos que hice no logré atravesar el umbral.

—Eso de devolver el dinero —oí decir al Sargento— es un asunto delicado. Sin duda le ha cobrado usted muy poco por las cosas, ¿no es así?

—¡Barato! —dijo Mrs. Yolland—. Venga y juzgue por sí mismo.

Echando mano de una bujía, condujo al Sargento hacia un rincón de la cocina. Nada en el mundo hubiera sido capaz de impedirme que los siguiera. Amontonado allí veíase un conjunto de restos de cosas (la mayor parte de metal viejo) obtenidas en diferentes épocas por el pescador en los naufragios y para las cuales no había hallado aquél aún mercado conveniente. Mrs. Yolland se zambulló en esos despojos y surgió de allí con un viejo estuche de estaño barnizado, con tapadera y un aro en ésta que permitía colgarlo…, un estuche igual a esos utilizados a bordo para preservar de la humedad a los mapas y cartas marítimas.

—¡Vaya! —dijo la mujer— Rosanna me compró esta tarde el compañero de éste. Me servirá para guardar mis cuellos y puños, que no se arrugarán aquí como en mi caja. Un chelín y nueve peniques, Mr. Cuff. ¡Por el aire que respiro, ni medio penique más le he cobrado!

Y calculó el peso del estuche en su mano. Me pareció oírle una o dos notas de «La última rosa del verano», mientras tenía su vista fija en él. ¡No cabía ya la menor duda! ¡Acababa de hacer, en perjuicio de Rosanna Spearman, un descubrimiento distinto de todos aquellos de los que yo la creía a salvo, y ello a través, enteramente, de mi propia persona! Dejo por cuenta de ustedes el imaginar lo que sentí y cuán sinceramente me arrepentí de haber servido de intermediario para poner en relación a Mrs. Yolland con el Sargento Cuff.

—Con eso basta —dije—. Tenemos que irnos de una vez.

Sin prestar la menor atención a mis palabras, Mrs. Yolland efectuó una nueva zambullida en los despojos y salió de allí esta vez con una cadena para amarrar perros.

—Tómele el peso, señor —dijo el Sargento—. Teníamos tres iguales y Rosanna se ha llevado dos. «¿Para qué necesitas estas dos cadenas?», le pregunté. «Si las uno, podré amarrar mi caja perfectamente», repuso. «La soga es más barata», le dije yo. «Pero la cadena es más segura», me contestó. «¿Quién ha visto jamás una caja amarrada con una cadena?», le dije. «¡Oh Mrs. Yolland, no me ponga obstáculos! —respondió—. ¡Déjeme llevar esas cadenas!» Una extraña muchacha, Mr. Cuff —vale como el oro y es más buena que una hermana para mi Lucy—, pero siempre me resultó un tanto extraña. ¡Vaya! Accedí a sus deseos. Tres chelines y seis peniques. ¡Le doy mi palabra de mujer honesta de que no le cobré más que tres chelines y seis peniques, Mr. Cuff!

—¿Cada una? —preguntó.

—¡Las dos! —dijo Mrs. Yolland—. ¡Tres chelines y seis peniques por las dos!

—Regaladas, señora —dijo el Sargento, sacudiendo la cabeza—. Completamente regaladas.

—Allí está el dinero —dijo Mrs. Yolland volviéndose de costado hacia el pequeño montón de dinero depositado sobre la mesa, como si éste la atrajera a despecho de sí misma—. El estuche de estaño y las dos cadenas fue todo lo que compró y todo lo que se llevó de aquí. Un chelín y nueve peniques y tres chelines y seis peniques…, total cinco chelines y tres peniques. Devuélvaselo con mis cariñosos saludos… pues no quiero que mi conciencia me reproche el haber aceptado los ahorros de una pobre muchacha que puede hallarse necesitada de ellos.

—Yo por mi parte no quiero que mi conciencia, señora, me reproche el haber hecho entrega de ese dinero —dijo el Sargento Cuff—. Puede usted estar segura de que se las ha regalado, completamente segura, en verdad.

—¿Es ésa sinceramente su opinión, señor? —dijo Mrs. Yolland, animándose como maravillada.

—No puede haber la menor duda respecto de ello —respondió el Sargento—. Pregúntele a Mr. Betteredge.

Fue inútil que me preguntaran a tal cosa. Todo lo que lograron de fue un «buenas noches».

—¡Maldito dinero! —dijo Mrs. Yolland. Y con esas palabras pareció perder todo dominio sobre su persona; con un rápido ademán se apoderó del montón de dinero y lo volvió a echar en su bolsillo hecho una pelota—. La pone a una fuera de sí el verlo allí, sobre la mesa, sin que nadie lo tome —exclamó la ingobernable mujer dejándose caer ruidosamente en su asiento y dirigiéndole al Sargento Cuff una mirada que parecía significar: «¡Ahora se halla de nuevo en mi bolsillo…, sáquelo de él si puede!»

Esta vez, no sólo me dirigí hacia la puerta, sino que avancé hacia el camino para emprender el regreso. Tómenlo ustedes como quieran, pero lo cierto es que al salir sentí como si alguno de los dos me hubiera ofendido mortalmente. Antes de que hubiese dado tres pasos por la aldea oí la voz del Sargento detrás de mí.

—Gracias por la presentación, Mr. Betteredge —dijo—. Le estoy muy reconocido a la mujer del pescador por esa noticia tan sensacional. Mrs. Yolland me ha dejado perplejo.

En la punta de la lengua tenía ya lista una brusca respuesta sin otro motivo que éste: el de que me hallaba irritado contra él porque estaba encolerizado conmigo mismo. Pero cuando él reconoció que se hallaba perplejo, una duda estimulante hizo que me preguntara a mí mismo si era verdad, después de todo, que se le acababa de inferir daño alguno a alguien. En discreto silencio aguardé para oír lo que seguiría.

—Sí —dijo el Sargento, como si hubiese estado leyendo realmente mis pensamientos en la oscuridad—. En lugar de ponerme sobre la pista, puede usted consolarse ante el hecho, Mr. Betteredge (teniendo en cuenta su interés por Rosanna), de haberme arrojado de ella. Lo que ha estado haciendo la muchacha esta noche es algo que no deja lugar a dudas, naturalmente. Luego de unir las dos cadenas las ha amarrado al aro del estuche de estaño. Ha sumergido a éste en las aguas o en la arena movediza. Ha asegurado al extremo libre de la cadena en algún sitio debajo de las rocas que ella sola conoce. Y habrá de dejar a salvo en su escondite el estuche, hasta que se haya dado fin a los procedimientos actualmente en vías de realización; cuando éstos terminen irá secretamente allí para sacarlo del escondrijo, en el momento que le parezca más conveniente. Hasta aquí todo se explica claramente. Pero —dijo el Sargento, y su voz reflejó una impaciencia que nunca le había oído hasta entonces— el misterio radica en esta circunstancia… ¿Qué diablos es lo que ha escondido en el estuche de estaño?

Yo me dije a mí mismo: «¡La Piedra Lunar!». Pero sólo le pregunté al Sargento Cuff:

—¿No se le ocurre lo que pueda ser?

—No se trata del diamante —dijo el Sargento—. De nada me habrá servido mi experiencia en el oficio si resultara que Rosanna Spearman fue quien se apoderó del diamante.

Al oír esas palabras, creo que comenzó a arder en mí la infernal fiebre detectivesca que me había invadido antes. Sea como fuere, perdí toda conciencia de mí mismo arrebatado por la idea de resolver ese nuevo enigma. Imprudentemente exclamé:

—¡El traje manchado!

El Sargento Cuff se detuvo en seco en la oscuridad y dejó caer una mano sobre mi hombro.

—¿Ha sucedido acaso alguna vez que una cosa arrojada en esa arena movediza haya vuelto jamás a la superficie? —me preguntó.

—Nunca —le respondí—. Liviana o pesada, toda cosa que cae en las Arenas Temblonas es absorbida por ellas para no volver a ser vista jamás.

—¿Conoce Rosanna tal circunstancia?

—Lo sabe tanto como yo.

—Entonces —dijo el Sargento—, ¿qué otra cosa podía ella haber hecho sino atar un trozo de piedra a la ropa manchada, para arrojarla en las arenas movedizas? No hay la menor razón para suponer que ella se hubiese visto obligada a ocultarla…; no obstante, tiene que haberla ocultado. Pregunta —dijo el Sargento, echando a andar de nuevo—: ¿es la prenda manchada de pintura una enagua o un peinador? ¿O se trata de algo que hay que preservar a todo trance? Mr. Betteredge, siempre que ningún nuevo acontecimiento me lo impida, tengo resuelto ir mañana a Frizinghall para investigar qué compró allí Rosanna, cuando se dirigió a la ciudad secretamente con el fin de adquirir los materiales destinados a la confección de la nueva prenda. Es peligroso abandonar la casa ahora, como están las cosas, pero lo es más todavía avanzar un solo paso en medio de las tinieblas que rodean a este asunto. Disculpe esta ligera irritación mía; me siento degradado ante mis propios ojos… ya que he permitido que Rosanna Spearman me haya desconcertado.

Cuando llegamos a la casa, los criados se hallaban cenando. La primera persona con quien dimos en el patio exterior fue el policía que el Inspector Seegrave dejara allí a disposición del Sargento. Este le preguntó si Rosanna Spearman había ya regresado. Sí. ¿Cuándo? Hacía aproximadamente una hora. ¿Qué había hecho? Había subido por la escalera, para dejar arriba su gorro y su capa…, y se hallaba ahora cenando tranquilamente con los demás.

Sin hacer la menor observación prosiguió el Sargento Cuff su camino en dirección a la parte trasera de la finca, sintiendo que caía en descrédito ante su propia persona. Errando en la oscuridad la entrada, siguió caminando, a pesar de mi llamada, hasta que fue detenido por el portillo que daba entrada al jardín. Al llegar a su lado con el propósito de reintegrarlo al camino verdadero, advertí que se hallaba con la vista clavada en determinada ventana del piso alto, donde se encontraban los dormitorios, en la parte posterior de la casa.

Mirando en la misma dirección, pude yo a mi vez comprobar que se trataba de la ventana del aposento de Miss Raquel y que las luces iban y venían allí dentro, como si algo desusado estuviera acaeciendo en la habitación.

—¿No es ése el cuarto de Miss Verinder? —me preguntó el Sargento Cuff.

Yo le respondí afirmativamente y lo invité a entrar para cenar. El Sargento permaneció en el mismo sitio y dijo algo que se refería al placer que le producía el aspirar los perfumes del jardín en la noche. Yo lo dejé abandonado a su deleite. En el preciso instante en que doblando penetraba en la casa, oí la música de «La última rosa del verano», que llegaba hasta mis oídos desde el portillo del jardín. ¡El Sargento Cuff acababa de hacer un nuevo descubrimiento! ¡Y la ventana de Miss Raquel era el origen del mismo esta vez!

Esta última reflexión me impulsó a retornar a él, insinuándole políticamente que no me parecía justo dejarlo librado allí a sí mismo.

—¿Hay algo allí arriba que le preocupa? —añadí, señalando la ventana de Miss Raquel.

A juzgar por el tono de su voz, el Sargento Cuff acababa de elevarse nuevamente hasta el lugar que ocupara anteriormente en su propia estimación.

—Ustedes, en Yorkshire son muy aficionados a las apuestas, ¿no es así? —me preguntó.

—Y bien —le dije—, ¿qué hay si lo somos?

—Si yo fuera del lugar, Mr. Betteredge —prosiguió el Sargento, tomándome del brazo—, le apostaría, en números redondos, un soberano, a que su joven ama ha resuelto abandonar repentinamente la casa. Y si ganara, le apostaría un nuevo soberano a que la idea de hacer tal cosa se le ha ocurrido a ella en el transcurso de esta última hora.

La primera de las conjeturas del Sargento me estremeció. La segunda se entremezcló no sé por qué motivo en mi recuerdo con la noticia que nos diera el policía respecto al hecho de que Rosanna Spearman había regresado de la playa durante el transcurso de esa última hora. Ambas circunstancias produjeron en mí un curioso efecto mientras entrábamos para ir a cenar. Desprendiéndome del brazo del Sargento Cuff, y olvidando las buenas maneras, me lancé a través de la puerta con el fin de investigar por mi cuenta.

La primera persona con quien di en el pasillo fue Samuel, el lacayo.

—Su Señoría los está aguardando, a usted y al Sargento Cuff —me dijo, antes de que pudiera yo hacerle pregunta alguna.

—¿Cuánto tiempo lleva allí esperando? —le preguntó la voz del Sargento a mis espaldas.

—Una hora, señor.

¡Otra vez esa palabra! Rosanna había regresado; Miss Raquel había tomado una desusada resolución y mi ama se hallaba aguardando al Sargento Cuff…; ¡todo ello había ocurrido durante ese lapso de una hora! No era nada agradable comprobar que todas esas personas y esos hechos se eslabonaban los unos con los otros en esa forma. Me dirigí escaleras arriba sin mirar al Sargento Cuff ni decirle una palabra. Mi mano se puso de pronto a temblar en cuanto la alcé para llamar a la puerta de mi ama.

—No me sorprendería lo más mínimo —murmuró el Sargento por encima de mi hombro— que estallara un escándalo esta noche en la casa. ¡Pero no se alarme! Mi hocico se ha posado, en mis tiempos, sobre cuestiones domésticas más graves aún que éstas.

Apenas acababa de hablar cuando oí que el ama nos llamaba desde adentro.

CAPÍTULO XVI

La única luz que había en el cuarto del ama era la de su lámpara para leer. La pantalla se hallaba tan baja como para que su cabeza se mantuviera en la sombra. En lugar de mirarnos directamente a la cara, como era su costumbre, permaneció sentada junto a la mesa, manteniendo obstinadamente fijos sus ojos sobre un libro abierto.

—Oficial —dijo—, ¿tiene alguna importancia, para la investigación a su cargo, que usted sepa con anticipación que una persona de esta casa desea abandonar la misma?

—Mucha importancia, señora mía.

—Debo comunicarle, entonces, que Miss Verinder se propone ir a pasar una temporada a casa de su tía, Mrs. Ablewhite, de Frizinghall. Ha hecho ya todos los preparativos para ir mañana por la mañana.

El Sargento Cuff me miró. Yo di un paso hacia adelante dispuesto a hablarle a mi ama…, pero mi corazón se echó atrás (debo reconocerlo) y decidí entonces retroceder sin decir una palabra.

—¿Puedo preguntarle a Su Señoría cuándo decidió Miss Verinder marcharse a la casa de su tía? —inquirió el Sargento.

—Hace aproximadamente una hora —respondió mi ama.

El Sargento Cuff me miró una vez más. Es corriente oír decir que el corazón de los viejos no se conmueve tan fácilmente. ¡El mío no hubiera podido golpear más fuerte, de haber tenido yo veinticinco años, que en esa ocasión!

—Yo no soy quién, señora mía —dijo el Sargento—, para vigilar los actos de Miss Verinder. Todo lo que puedo pedirle es la postergación de la partida, si es posible, hasta una hora más avanzada del día. Yo mismo tengo que ir a Frizinghall mañana por la mañana…, y estaré de regreso a las dos de la tarde, si no antes. Si Miss Verinder pudiera ser retenida aquí hasta ese momento, me agradaría decirle dos palabras —súbitamente— antes de su partida.

Mi ama me comunicó entonces que le ordenara al cochero que su carruaje no debía venir en busca de Miss Raquel sino hasta las dos de la tarde.

—¿Tiene usted algo más que decirme? —le preguntó al Sargento, para luego dar la orden.

—Sólo una cosa, Señoría. Si Miss Verinder demostrara sorpresa ante este cambio, le ruego que no le mencione que he sido yo la causa de la postergación de su viaje.

Mi ama levantó de golpe la cabeza que tenía inclinada sobre el libro, como si fuera a decir algo, pero, reprimiéndose merced a un gran esfuerzo, volvió a dirigir su vista hacia el libro y nos despidió con un ademán.

—Es una mujer maravillosa —dijo el Sargento Cuff, en cuanto nos encontramos solos, de nuevo, en el hall—. De no haber sido por el dominio ejercido sobre sí misma, el misterio que en este momento lo tiene preocupado, Mr. Betteredge, se habría aclarado esta misma noche.

Ante esas palabras, la verdad se precipitó, por fin, en mi vieja y estúpida cabeza. Por un instante, supongo, debo de haber perdido, realmente, el juicio. Asiendo al Sargento por el cuello de su levita lo oprimí contra el muro.

—¡Maldito sea! —exclamé—, hay algo malo en la conducta de Miss Raquel…, ¡y usted me lo ha estado ocultando todo el tiempo!

El Sargento Cuff me miró desde lo bajo —aplastado contra la pared—, sin mover una mano ni agitar uno solo de los músculos de su melancólico rostro.

—¡Ah —dijo—, por fin lo ha adivinado usted!

Mi mano descendió de su cuello y mi cabeza se hundió en mi pecho. Ruego al lector tenga en cuenta, como excusa por ese proceder grosero de mi parte, el hecho de que me hallaba al servicio de la familia desde hacía cincuenta años. Miss Raquel había trepado hasta mis rodillas y había tirado de mis patillas, muchas veces, siendo una niña. Con todos sus defectos había sido siempre para mí la más querida, la más bella y la mejor ama joven a quien pudo servir o amar un viejo criado. Le pedí al Sargento Cuff que me perdonara, pero mucho me temo lo haya hecho con los ojos húmedos y no de la manera más conveniente.

—No se aflija, Mr. Betteredge —dijo el Sargento mostrando una benevolencia que en verdad yo no merecía—. Si en el campo de nuestras actividades nos mostráramos demasiado susceptibles, no tendríamos entonces el valor siquiera de la sal con que sazonamos nuestra comida. Si ello sirve para estimularlo, tire otra vez de mi cuello. Sin duda no sabrá usted ahora cómo hacerlo; pero yo estoy resuelto a pasar por alto su torpeza en consideración a sus sentimientos.

Frunció las comisuras de sus labios y, según su manera melancólica, pareció creer que acababa de dar curso a una frase muy jocosa.

Yo lo conduje hasta mi pequeña sala y cerré la puerta.

—Dígame la verdad, Sargento —le dije—. ¿De quién sospecha? No me parece bien que me lo siga ocultando.

—No sospecho —repuso el Sargento Cuff—. Sé.

Mi infortunado carácter comenzó a sacar el mejor partido posible de la situación, nuevamente.

—¿Quiere usted decir, en inglés vulgar —le dije—, que Miss Raquel es quien ha robado su propio diamante?

—Sí —asintió el Sargento—; eso es lo que habré de decirle en un número mayor de palabras. Miss Verinder ha estado secretamente en posesión del diamante, desde el primer instante hasta ahora; y le ha dispensado su confianza a Rosanna Spearman porque calculaba que habríamos de sospechar de ésta. He ahí, en pocas palabras, toda la historia. Tire de mi cuello otra vez, Mr. Betteredge. Si eso le sirve para desahogar sus sentimientos, vuelva a tirar de él.

¡Dios me asistiera! Mis sentimientos no habrían de desahogarse en esa forma.

—¡Deme usted sus razones!

Eso fue todo lo que pude decirle.

—Las oirá mañana —dijo el Sargento—. Si Miss Verinder se rehusa a postergar la visita a su tía (lo que hará), me veré obligado a exponer el caso en todos sus detalles ante su ama, mañana. Y, como no estoy seguro de lo que habrá de ocurrir, le rogaré a usted que se halle presente para oír lo que digan ambas partes. Dejemos el asunto por esta noche. No, Mr. Betteredge, no logrará usted hacerme decir una palabra más en torno a la Piedra Lunar. He ahí su mesa, tendida ya para la cena. Esa es una de las muchas flaquezas humanas hacia la que me muestro indulgente. Si tira usted del cordón de la campanilla, le estaré muy agradecido. Porque lo que estamos a punto de recibir…

—Le deseo muy buen provecho, Sargento —dije—. Mi apetito se ha desvanecido. Aguardaré y veré que se le sirva y luego le pediré me excuse y me permita salir de la casa para atar estos cabos por mi cuenta.

Velé, pues, para que se le sirviera de la mejor manera posible…, y no hubiera lamentado mucho la circunstancia de que los mejores manjares se le hubiesen atragantado. El jardinero principal, Mr. Begbie, entró en ese mismo instante con el informe de la semana. El Sargento se engolfó en seguida en el tema de las rosas y en el valor de los senderos de grava y los de césped. Yo los dejé y salí con el corazón oprimido. Fue ése el primer contratiempo, en muchos años, que yo recuerde, sobre el cual no surtió efecto alguno el humo de mi pipa y ni siquiera mi Robinsón Crusoe.

En un estado de lamentable desasosiego y no deseando ir a ningún cuarto en particular, resolví dar una vuelta por la terraza, para meditar a solas en medio de la paz y la quietud de ese lugar. No interesa especificar aquí cuáles eran mis pensamientos. Me sentía miserablemente viejo, agotado e incapaz para el cargo que ocupaba…, y comencé a preguntarme, por primera vez en mi vida, cuándo le placería a Dios sacarme de este mundo. Pese a todo esto, seguía yo confiando en Miss Raquel. Si el Sargento Cuff hubiera sido el rey Salomón en toda su gloria y me hubiese dicho que mi joven ama se hallaba complicada en algún asunto vil y delictuoso, no habría tenido para el rey Salomón, sabio como era, otra respuesta que ésta:

«Usted no la conoce como la conozco yo.»

Fui interrumpido en mis meditaciones por Samuel. Me traía un mensaje escrito de parte del ama.

Mientras me dirigía hacia la casa en busca de luz para poder leerlo, Samuel observó que era posible que se produjera un cambio en las condiciones del tiempo. La agitación de mi mente me había impedido advertir tal cosa. Pero ahora mi atención se había despertado y reparé en el desasosiego de los perros y en el grave lamento del viento. Mirando hacia arriba comprobé cómo las nubes tenues se iban ennegreciendo más y más y aumentaban a cada instante en velocidad, mientras pasaban por encima de una luna húmeda. Habría tormenta… Tenía razón Samuel: tendríamos tormenta.

El mensaje del ama ponía en mi conocimiento que el juez de paz de Frizinghall le había escrito para recordarle la situación en que se hallaban los tres hindúes. En las primeras horas de la semana entrante los tres truhanes debían ser liberados y dejados en entera libertad para poder proseguir con sus acostumbradas triquiñuelas. Si teníamos que hacerles aún alguna pregunta, debía ser sin pérdida de tiempo. Habiéndose olvidado de ello la última vez que estuvo con el Sargento Cuff, mi ama deseaba ahora que yo salvase esa omisión. Los hindúes se habían esfumado de mi mente (como sin duda se habrán esfumado de la de ustedes). Por mi parte no veía por qué debía acordarme de ellos nuevamente. No obstante, acatando los hechos, cumplí al punto la orden.

Hallé al Sargento Cuff y al jardinero frente a una botella de whisky escocés y enfrascados en una conversación que se refería al cultivo de las rosas. El Sargento se mostraba tan hondamente interesado por el mismo, que al entrar yo allí alzó su mano para indicarme que no los interrumpiera. Hasta donde yo pude comprender, el problema en discusión se refería si era o no conveniente injertar en el escaramujo la blanca rosa musgosa para favorecer su desarrollo. Mr. Begbie decía que sí; el Sargento Cuff dijo que no. Ambos apelaron a mí como dos muchachos enardecidos. Desconociendo enteramente todo lo que se relacionaba con el cultivo de las rosas, adopté una posición intermedia…, como hacen los jueces de Su Majestad cuando se sienten molestos ante las vacilaciones de los platillos, aunque sólo exista entre ambos una diferencia equivalente al peso de un cabello.

—Caballeros —observé—, mucho es lo que puede decirse por ambas partes.

Y aprovechando el intervalo de calma que se produjo a raíz de esa sentencia tan imparcial, coloqué el recado del ama sobre la mesa, ante los ojos del Sargento Cuff.

Por ese entonces mis sentimientos hacia su persona eran casi de odio. Con todo, la verdad me obliga a reconocer que, en lo que se refiere a agilidad mental, era un hombre maravilloso.

Medio minuto después de haber leído el recado su memoria había dado con el informe del Inspector Seegrave; había extraído de él el fragmento que se refería a los hindúes y se hallaba listo para darme su respuesta.

¿No se hacía mención, en el informe de Mr. Seegrave, de cierto famoso viajero que conocía a los hindúes y su lengua? Muy bien. ¿Conocía yo su nombre y su dirección? Muy bien, otra vez. ¿Tendría yo a bien anotárselos al dorso del mensaje del ama? Muy agradecido. El Sargento Cuff habría de visitar a tal caballero a la mañana siguiente, cuando fuera a Frizinghall.

—¿Espera usted algo de esa visita? —le pregunté—. El Inspector Seegrave comprobó que esos hindúes eran tan inocentes como un niño recién nacido.

—Ya se ha probado que el Inspector ha estado errado en todas sus apreciaciones hasta el momento —replicó el Sargento—. Puede ser que valga la pena comprobar mañana si también se han equivocado respecto a los hindúes.

Dicho lo cual se volvió hacia Mr. Begbie y retomó el hilo de la discusión exactamente en el mismo sitio en que lo había abandonado.

—En esta cuestión que hemos puesto sobre el tapete se hallan involucrados el suelo, la estación, la paciencia y el trabajo personal, señor jardinero. Ahora bien, permítame enfocar el asunto desde otro punto de vista. Tome usted, por ejemplo, la rosa musgosa blanca…

En ese instante había yo cerrado la puerta y el resto de la disputa quedó fuera del alcance de mis oídos.

En el pasillo me encontré con Penélope, quien se hallaba acechando allí y a quien le pregunté qué estaba esperando.

Aguardaba el llamado de la campanilla de su joven ama y el anuncio de que podría seguir efectuando los preparativos para el viaje del día siguiente. Posteriores indagaciones sirvieron para poner en mi conocimiento que Miss Raquel daba como motivo para ir a visitar a su tía de Frizinghall el hecho de que la casa se le hacía insoportable y de que no podía tolerar por más tiempo la odiosa presencia de un policía bajo el mismo techo. Al ser informada, media hora antes, de que su partida debía ser diferida hasta las dos de la tarde, había sido acometida por la más violenta cólera. Mi ama, presente en ese instante, la regañó severamente y luego, como tenía que decir algo reservado para el oído particular de su hija, hizo salir a Penélope del cuarto. Mi hija se hallaba extraordinariamente deprimida por los cambios sobrevenidos en la casa.

—Nada sale bien, padre; nada es como era antes. Siento como si alguna horrible desgracia pendiera sobre todos nosotros.

Eso era lo que yo también sentía. Pero, ante mi hija, oculté mis sentimientos tras un rostro alegre. La campanilla de Miss Raquel llamó mientras estábamos allí conversando. Penélope se lanzó hacia la escalera trasera para seguir empacando. Yo me dirigí en sentido contrario, hacia el vestíbulo, para consultar el barómetro respecto al probable cambio de las condiciones atmosféricas.

Exactamente en el mismo instante en que me aproximaba a la puerta de vaivén que separa el vestíbulo de las dependencias de la servidumbre, fue abierta aquélla violentamente desde el otro lado y vi venir a Rosanna Spearman a la carrera con una terrible expresión de dolor en el rostro y oprimiendo la región del corazón con una de sus manos, como si el mal proviniera de ese lugar.

—¿Qué te pasa, muchacha? —le pregunté, cortándole el paso—. ¿Estás enferma?

—¡Por Dios, no me hable! —me respondió, desasiéndose de mi mano y corriendo en dirección a la escalera de la servidumbre.

Yo le dije a la cocinera, que se encontraba por allí que vigilara a la muchacha. Luego comprobé que otras dos personas se hallaban, como la cocinera, al alcance de mi voz. El Sargento Cuff se precipitó suavemente desde mi habitación para preguntarme qué ocurría. Le respondí: «Nada». Mr. Franklin, desde el lado opuesto, abrió de golpe la puerta de vaivén y haciéndome señales para que entrase en el vestíbulo me preguntó si había visto a Rosanna Spearman.

—Acaba de pasar a mi lado, señor, con la cara descompuesta y haciendo muy extraños ademanes.

—Mucho me temo, Betteredge, que sea yo el causante involuntario de su mal.

—¡Usted, señor!

—No puedo explicármelo —dijo Mr. Franklin—; pero si la muchacha se halla, de verdad, complicada en la cuestión de la pérdida del diamante, creo entonces que vino a verme con la intención, y estuvo a punto, de confesármelo todo —a mí, entre todos los seres de este mundo—, hace apenas dos minutos.

Al dirigir mi vista hacia la puerta de vaivén mientras prestaba oídos a estas últimas palabras, me pareció que aquélla era abierta ligeramente desde adentro.

¿Estaría allí alguien escuchando? La puerta se cerró antes de que llegara yo a la misma. Cuando miré a través de ella un instante después, me pareció que los faldones de la respetable levita negra del Sargento Cuff desaparecían hacia la esquina del pasillo. Sabía él tanto como yo que no podía esperar de mi ayuda alguna, ahora que conocía yo el rumbo cierto que seguía en su pesquisa. En tales circunstancias se avenía muy bien con su carácter ayudarse a sí mismo y el hacer tal cosa de una manera subterránea.

Como no me hallaba plenamente seguro de que la persona que había visto era, en realidad, el Sargento —y no deseaba provocar un daño innecesario allí donde, el Cielo bien lo sabe, demasiadas cosas malas estaban sucediendo—, le dije a Mr. Franklin que uno de los perros se había introducido en la casa…, y luego le pedí que me contara lo ocurrido entre él y Rosanna.

—¿Pasaba usted por el vestíbulo en ese momento, señor? —le pregunté—. ¿La había encontrado casualmente cuando ella le dirigió la palabra?

Mr. Franklin señaló la mesa de billar.

—Yo me hallaba jugando allí —dijo—, esforzándome por olvidar esa miserable historia del diamante. Al alzar la vista… ¡he aquí que descubro a Rosanna Spearman, a mi lado, igual que un fantasma! Su manera de aproximarse había sido tan extraña, que no supe, al principio, qué hacer. Percibiendo una expresión ansiosa en su semblante le pregunté si deseaba hablar conmigo. Me respondió: «Sí, si es que tengo el coraje suficiente.» Al tanto como me hallaba de las sospechas recaídas sobre su persona, sabía muy bien el sentido que debía darle a esa frase. Confieso que me sentí incómodo. No sentía el menor deseo de provocar sus confidencias. Al mismo tiempo y en vista de las dificultades en que nos encontrábamos en la casa, no podía negarme a escucharla, si es que realmente se sentía inclinada a hablarme. La situación era violenta y me atrevo a decir que salí de ella de una manera igualmente violenta. Le dije: «No la entiendo, absolutamente. ¿Necesita usted algo de mí?» ¡Ten en cuenta, Betteredge, que no lo hice con maldad! La pobre muchacha no tiene la culpa de ser tan fea… Fui bien consciente de ello todo el tiempo. El taco se hallaba aún en mis manos y proseguí jugando con el fin de librarme de un asunto tan embarazoso. Los hechos me demostraron que no hice, en esa forma, más que agravar las cosas. ¡Mucho me temo que la haya mortificado sin quererlo! Ella se alejó súbitamente. «Se ha puesto a mirar el juego», le oí decir. «¡Prefiere mirar cualquier cosa, con tal de no mirarme a !» Antes de que pudiera detenerla, había ya abandonado el vestíbulo. No me siento satisfecho de mi conducta, Betteredge. ¿Me harías el favor de decirle a Rosanna que lo hice sin ninguna mala intención? He sido un tanto duro con ella, hasta en mis propios pensamientos… casi he deseado que la pérdida del diamante le fuera atribuida a ella. Y no porque le desee ningún mal a la pobre muchacha; pero… —se detuvo repentinamente, y dirigiéndose hacia la mesa de billar, siguió haciendo carambolas.

Luego de lo ocurrido entre el Sargento y yo, me hallaba tan al tanto de las palabras que Mr. Franklin no quiso decir, como podía estarlo él mismo.

Nada que no fuera el implicar a nuestra segunda doncella en la pérdida del diamante podría librar a Miss Raquel de la infame sospecha que el Sargento Cuff hacía recaer en su persona. No se trataba ya de aplacar la excitación nerviosa de mi joven ama, sino de probar su inocencia. Si Rosanna no había hecho, en verdad, nada que la comprometiera, el deseo que Mr. Franklin confesó haber sentido respecto de ella hubiese entonces sido un deseo miserable, para cualquier conciencia. Pero no se trataba de eso. Ella había fingido hallarse enferma e ido secretamente a Frizinghall. Había pasado la noche en pie, haciendo o destruyendo algo en privado. Y estuvo esa tarde en las Arenas Temblonas, bajo circunstancias altamente sospechosas, si es que se concretaba uno a decir las cosas menos graves. Por todas estas razones (y pese a lo mucho que lamentaba lo que le ocurría a Rosanna), no pude menos de reconocer que la manera como Mr. Franklin enfocaba el caso era natural y razonable, teniendo en cuenta su situación. A ello me referí brevemente.

—¡Sí, sí! —me contestó—. Pero existe una posibilidad —muy pobre, por cierto—, y es la de dar con algo que venga a justificar la conducta de Rosanna; algo que no se ha producido todavía. ¡Me disgusta el herir los sentimientos de una mujer, Betteredge! Dile a la pobre lo que te he pedido que le expresaras. Y, si desea ella hablar conmigo —poco importa que esto me envuelva en un lío—, envíala a la biblioteca, que es donde yo estaré.

Dichas estas palabras abandonó el taco y se alejó de mi lado.

A través de las indagaciones realizadas en las dependencias de la servidumbre me enteré de que Rosanna se había retirado a su aposento. Rechazando todos los ofrecimientos de ayuda que se le hicieron, dio las gracias por ellos y respondió que sólo quería que la dejaran descansar. Allí, por lo tanto, terminaba su confesión (si es que en verdad tenía algo que confesar) por esa noche. Yo le transmití el resultado a Mr. Franklin, quien decidió abandonar de inmediato la biblioteca para irse a dormir a su cuarto de arriba.

Me hallaba apagando las luces y cerrando las ventanas cuando vi entrar a Samuel, quien me traía noticias de los dos huéspedes que abandonara yo en mi habitación momentos antes. La discusión en torno a la rosa musgosa blanca parecía haber terminado, por fin. El jardinero se había retirado a su casa y el Sargento Cuff se hallaba en algún sitio, en la parte más baja de la finca.

Yo entré en mi habitación. Era completamente cierto… No se advertía allí más que un par de vasos sucios y un fuerte y áspero olor de grog. ¿Se había dirigido el Sargento por su propia cuenta hacia el dormitorio que le fuera destinado? Subí la escalera para comprobarlo.

Al llegar al segundo rellano me pareció oír el rumor suave y acompasado de una respiración, hacia mi mano izquierda. Allí había un corredor que comunicaba con la alcoba de Miss Raquel. Al mirar hacia ese sitio pude ver, enroscado sobre tres sillas atravesadas en el pasillo…, con un pañuelo rojo atado sobre sus cabellos grises y con su respetable levita negra enrollada a manera de almohada, ¡al Sargento Cuff durmiendo!

Se despertó instantánea y silenciosamente, igual que un perro, en cuanto yo me aproximé.

—Buenas noches, Mr. Betteredge —dijo—. Y escuche lo que le voy a decir: si alguna vez se le ocurre dedicarse al cultivo de las rosas, tenga en cuenta que la rosa musgosa blanca resulta de más calidad cuando no se la injerta en el escaramujo, ¡diga lo que dijere el jardinero en contrario!

—¿Qué está haciendo usted aquí? —le pregunté—. ¿Por qué no duerme en su cama?

—Si no me hallo en ella en este instante —replicó al Sargento— se debe al hecho de que soy uno de los tantos individuos que en este mísero planeta no pueden ganarse el pan honesta y cómodamente al mismo tiempo. Se han producido esta tarde dos sucesos concordantes: el regreso de Rosanna Spearman de las arenas y la resolución tomada por Miss Verinder de abandonar la casa, a continuación de aquél. Cualquiera que fuere el objeto escondido por Rosanna, es evidente, a mi entender, que su joven ama no podía partir hasta tanto no estuviera segura de que tal cosa se hallaba ya oculta. Ambas deben ya haberse puesto en comunicación, secretamente, esta noche. Y si tratan de volver a hacerlo cuando la casa se halle en silencio, es necesario que esté yo alerta para impedirlo. No me culpe por haber estropeado sus proyectos respecto a mi alcoba, Mr. Betteredge…, cúlpelo al diamante.

—¡Ojalá ese diamante no hubiera llegado jamás a esta casa! estallé.

El Sargento Cuff dirigió una mirada dolorida hacia las tres sillas en las cuales se había condenado a sí mismo a pasar la noche.

—Lo mismo opino yo —respondió gravemente.

CAPÍTULO XVII

Nada ocurrió durante la noche; ninguna tentativa (me es grato anunciarlo) de parte de Miss Raquel o de Rosanna, para comunicarse entre sí, vino a premiar la vigilancia establecida por el Sargento Cuff.

Yo confiaba en que lo primero que acaecería al día siguiente habría de ser la partida para Frizinghall del Sargento. No obstante, éste se demoró aquí y allá, como si tuviera que hacer algo antes de emprender la marcha. Yo lo abandoné a sus proyectos y me dirigí hacia el parque donde di con Mr. Franklin, quien se hallaba en su paseo favorito, el bosque de arbustos.

Antes de que hubiéramos cambiado dos palabras, se agregó a nosotros, inesperadamente, el Sargento. Avanzó hacia Mr. Franklin, quien lo recibió, debo reconocerlo, altivamente.

—¿Tiene usted algo que decirme? —fue toda la respuesta que obtuvo el cortés buenos días que le dirigiera a Mr. Franklin.

—Sí; tengo algo que decirle, señor —respondió el Sargento—, respecto a la investigación que estoy realizando en esta casa. Ayer advirtió usted, por vez primera, el rumbo que ha tomado la pesquisa. Es natural que, dada su situación, experimente usted disgusto y desasosiego. Y es natural, también, que vuelque la ira que le provoca este escándalo familiar en mi persona.

—¿Qué es lo que se propone? exclamó Mr. Franklin bruscamente.

—Recordarle, señor, que, sea como fuere, y hasta el momento, nadie ha podido probarme que me hallo equivocado. Tenga a bien tomar nota de eso, como así también del hecho de que soy un funcionario de la ley que actúa aquí con la aprobación de la dueña de la casa. Esto sentado, ¿tiene o no usted el deber, como buen ciudadano, de proporcionarme cualquier información especial que posea referente a este asunto?

—No poseo información alguna —dijo Mr. Franklin.

El Sargento Cuff hizo caso omiso de la respuesta, como si ésta no hubiera sido nunca expresada.

—Podría usted hacerme ahorrar, señor —prosiguió—, el tiempo que me vería obligado a emplear en una indagación a larga distancia, si optara por comprender lo que estoy diciendo, y hablara.

—No lo entiendo —replicó Mr. Franklin—; ni tengo nada que decirle.

—Una de las criadas, que no quiero mencionar, habló con usted, señor, anoche, en privado.

Una vez más lo interrumpió Mr. Franklin bruscamente; y una vez más le respondió:

—No tengo nada que decirle.

Silencioso junto a ellos, recordé yo el movimiento advertido en la puerta de vaivén el día anterior y el de los faldones de la levita que viera desaparecer pasillo abajo. El Sargento Cuff había, sin duda, oído lo suficiente antes de que yo lo interrumpiera, como para llegar a sospechar que Rosanna se había sacado un peso de encima, mediante alguna confesión que le hiciera a Mr. Franklin Blake.

Acababa apenas de ocurrírseme tal cosa, cuando, ¿a quién creen que vi aparecer en el extremo del sendero de los arbustos sino a Rosanna Spearman en persona? En pos de ella iba Penélope, quien se esforzaba por hacerla regresar a la casa. Al advertir que Mr. Franklin no se hallaba solo se detuvo evidentemente perpleja y sin saber qué hacer. Penélope aguardaba detrás de ella. Mr. Franklin vio a las muchachas en el mismo instante en que las advertí yo. El Sargento, con su diabólica astucia acostumbrada, expresó que lamentaba grandemente no haberse percatado antes de su presencia. Todo ello ocurrió en un instante. Antes de que Mr. Franklin o yo tuviéramos tiempo de decir una sola palabra, el Sargento Cuff ya estaba hablando suavemente y en un tono que lo hacía aparecer como si reanudara una conversación interrumpida.

—No debe usted temer que se le ocasione daño alguno a la muchacha, señor —le dijo a Mr. Franklin, con una voz lo suficientemente fuerte como para que pudiese oírlo Rosanna—. Por el contrario, le ruego me conceda el honor de confiar en mi persona, si es que siente algún interés por Rosanna Spearman.

Mr. Franklin lamentó también, por su parte, grandemente, no haber reparado hasta entonces en las muchachas. En voz alta replicó:

—No tengo interés alguno por Rosanna.

Yo miré hacia el extremo del sendero. Sólo alcancé a ver a la distancia que Rosanna se había vuelto en forma súbita, cuando oyó hablar a Mr. Franklin. En lugar de rechazar a Penélope, como lo había estado haciendo hasta hacía unos momentos, dejó ahora que mi hija la tomara del brazo y que la condujese hacia la parte trasera de la casa.

La campanilla que anunciaba el desayuno vibró en el mismo instante en que las muchachas desaparecían de nuestra vista… y aun el mismo Sargento Cuff se vio obligado a abandonar el tema por inoportuno. Calmosamente me dijo:

—Iré a Frizinghall, Mr. Betteredge, y estaré de regreso antes de las dos.

Se alejó luego sin agregar una palabra; y por unas cuantas horas nos vimos libres de su presencia.

—Tendrás que explicarle a Rosanna —me dijo Mr. Franklin en cuanto nos quedamos solos—. Parece como si estuviera condenada a decir yo siempre algo inadecuado delante de esa desgraciada. Sin duda habrás advertido que el Sargento Cuff nos tendió una trampa a los dos. Si hubiera logrado confundirme a o irritarla a ella, cualquiera de los dos hubiera lanzado la respuesta que él aguardaba. En mi apuro no hallé mejor camino que el escogido en ese instante. Le impedí con él a la muchacha decir una sola palabra más y le demostré al mismo tiempo al Sargento que estaba leyendo su pensamiento. Evidentemente, Betteredge, nos estuvo escuchando anoche mientras hablábamos tú y yo.

Sin duda había hecho algo peor que escuchar, me dije a mí mismo. Recordando lo que yo le dijera respecto a la circunstancia de que la muchacha se hallaba enamorada de Mr. Franklin, especuló con ello cuando se refirió al interés de Mr. Franklin por Rosanna, sabiendo que ésta lo estaba escuchando.

—En lo que se refiere al acto de escuchar, señor —observé (reservándome lo demás para mí mismo)—, muy poco tiempo habrá de pasar antes de que nos hallemos remando todos en un mismo bote, si las cosas siguen como hasta ahora. El atisbar, el curiosear y el escuchar, constituyen la ocupación natural de las personas que se encuentran en nuestra situación. Dentro de uno o dos días, Mr. Franklin, habremos de enmudecer todos aquí súbitamente…, por la siguiente razón: cada uno buscará sorprender los secretos de los demás y será a la vez consciente de ello. Perdone mi violencia, señor. El horrible misterio que se cierne sobre nosotros, los de esta casa, me hace perder la cabeza y decir disparates, como si hubiera bebido licor. Aprovecharé la primera oportunidad que se presente para poner las cosas en claro ante Rosanna Spearman.

—¿Le has dicho algo respecto a lo ocurrido anoche? —me preguntó Mr. Franklin.

—No, señor.

—Entonces, no le digas nada. Será mejor que renazca su confianza, mientras persiste el Sargento en acecharnos para sorprendernos juntos. Sin duda su conducta no es muy conveniente, ¿no es así, Betteredge? No percibo en este asunto ningún desenlace que no sea horrible, a menos que se vincule a la persona de Rosanna Spearman con el diamante. Y, sin embargo, no puedo ni pienso ayudar al Sargento Cuff en la tarea de demostrar su culpabilidad.

Cosa ilógica, sin duda. Pero así pensaba yo también. Lo entendí completamente. Si recuerdas, lector, una vez en tu vida, que eres también un ser mortal, lo comprenderás, a tu vez, en la misma medida.

Resumiendo: la situación, dentro y fuera de la casa, mientras se hallaba el Sargento en viaje a Frizinghall, era la siguiente:

Miss Raquel persistió en aguardar el carruaje que la conduciría a la casa de su tía, obstinadamente encerrada en su cuarto. Mi ama y Mr. Franklin almorzaron juntos. Luego de la comida, Mr. Franklin adoptó una de sus habituales actitudes imprevistas y salió precipitadamente de la casa, para iniciar un largo paseo destinado a sosegar su mente. Yo fui el único que lo vio salir y a quien le dijo que volvería antes del regreso del Sargento. El cambio en las condiciones del tiempo, pronosticado en la noche precedente, ya se había producido. A una lluvia copiosa siguió, poco después de la alborada, un viento recio. Este, que era fresco, siguió soplando durante todo el día. Pero, aunque las nubes amenazaron una y otra vez, no volvió, sin embargo, a llover. No estaba mal el día para efectuar un paseo, siempre que fuera uno joven y fuerte y pudiese darle cabida en su pecho a las violentas ráfagas de viento que barrían la tierra, procedentes del mar.

Ayudé al ama después del desayuno, auxiliándola en la tarea de ordenar las cuentas domésticas. Sólo una vez mencionó la cuestión de la Piedra Lunar, y fue para prohibirme que mencionara tal cosa por el momento.

—Aguarde a que regrese ese hombre —me dijo, refiriéndose al Sargento—. Cuando esté él aquí tendremos que hablar de eso: ahora no estamos obligados a hacerlo.

Luego de abandonar al ama me encontré con Penélope, quien se hallaba esperándome en mi cuarto.

—Quisiera, padre, que vinieses conmigo para hablarle a Rosanna —dijo—. Estoy muy intranquila respecto a ella.

Yo sospeché en seguida de qué se trataba. Pero un axioma de mi propia cosecha sostiene que el hombre, siendo un ser superior, tiene la obligación de contribuir al mejoramiento de la mujer…, si es que puede. Cuando una mujer me pide que haga alguna cosa (sea o no mi hija, lo mismo da), insisto siempre en conocer el motivo. Cuanto más pronto las obliga uno a buscar en su mente una razón, más fácil le será a uno manejarlas en todas las circunstancias de la vida. No es culpa suya (¡pobres infortunadas!) si tienen la costumbre de actuar primero y luego pensar; la culpa es de los hombres estúpidos que consienten tal cosa.

La razón que asista a Penélope en esta ocasión puede ser expresada mediante sus propias palabras.

—Temo, padre —dijo—, que Mr. Franklin haya herido cruelmente, aunque sin quererlo, a Rosanna.

—¿Qué fue lo que la impulsó a dirigirse hacia el sendero de los arbustos? —le pregunté.

—Su locura —dijo Penélope—; no puedo darle otro nombre. Se hallaba decidida a hablarle a Mr. Franklin… esta mañana, pasara lo que pasare. Yo hice todo lo posible por impedirlo: tú lo has visto. Si sólo hubiera logrado apartarla de allí, antes de que hubiesen sido pronunciadas aquellas terribles palabras…

—¡Vamos, vamos! —le dije—; no pierdas ahora la cabeza. Que yo recuerde, nada ha ocurrido que pueda alarmar a Rosanna.

—Nada que pueda alarmarla, padre. No obstante, Mr. Franklin dijo que no tenía ningún interés por ella…, y, ¡oh, con un tono de voz tan cruel!

—Lo dijo para cerrarle la boca al Sargento —respondí.

—Se lo he dicho, padre —dijo Penélope—. Pero como tú sabes, padre (aunque no hay por qué condenar a Mr. Franklin por ello), él ha estado mortificándola y chequeándola desde hace varias semanas para que él se interese por ella. Sería una monstruosidad que se olvidara en tal forma de sí misma y de su situación personal, como para pensar en tal cosa. Pero parece haber perdido la dignidad, el sentido de las conveniencias y toda otra cosa. Me espantó, padre, cuando Mr. Franklin dijo aquellas palabras. Pareció quedarse petrificada. Una súbita calma se apoderó de ella y ha estado haciendo sus labores desde entonces como una mujer que trabaja soñando.

Yo empecé a sentirme un tanto incómodo. Algo había en la manera de expresarse de Penélope que le imponía silencio a mis facultades superiores. Traté entonces de acordarme, ahora que mis ideas convergían hacia esa dirección, de lo acontecido la noche anterior entre Mr. Franklin y Rosanna. En esa oportunidad parecía tener el corazón destrozado; y ahora, infortunadamente, se la había herido involuntariamente a la pobre, en la misma parte vulnerable de su ser. ¡Malo, malo!… Tanto más, cuanto que no tenía la muchacha razón alguna que justificase su conducta ni derecho alguno a sentir lo que sentía.

Yo le había prometido a Mr. Franklin hablarle a Rosanna y ése me pareció el momento más propicio para cumplir mi palabra.

Encontramos a la muchacha barriendo el corredor hacia el cual daban los dormitorios, pálida y serena y aseada como nunca en su modesto traje estampado. Percibí en sus ojos una curiosa opacidad y una aridez…, que no se debían al llanto, sino más bien al hecho de haber estado mirando durante largo tiempo una cosa única. Posiblemente se trataba de una niebla producida por sus propios pensamientos. No había ciertamente a su alrededor objeto alguno que no hubiese mirado centenares de veces.

—¡Animo, Rosanna! —le dije—. No debes dejarte vencer por ninguna fantasía. Tengo algo que decirte de parte de Mr. Franklin.

De inmediato pasé a explicarle el asunto poniendo las cosas en su lugar, escogiendo las palabras más cordiales y estimulantes que hallé a mi alcance. Mis ideas, en lo que atañe al otro sexo y como ya habrán tenido ustedes oportunidad de advertirlo, son muy severas. Pero, por una u otra razón, cuando llega el momento de enfrentar a una mujer, la situación (debo reconocerlo) no es nada agradable.

—Mr. Franklin es muy bueno y considerado. Le ruego que le dé las gracias.

Eso fue todo lo que me respondió.

Mi hija había ya dicho que Rosanna realizaba sus labores como en un sueño. A ello agregaba yo ahora esta otra observación: que también hablaba y escuchaba como en un sueño. Entré en dudas respecto a si su mente sería capaz de comprender lo que acababa de decirle.

—¿Estás completamente segura, Rosanna, de que me has comprendido? —le pregunté.

—Completamente segura.

Se hizo eco de mis palabras, no como una mujer viviente, sino como una cosa movida por un mecanismo. Prosiguió barriendo todo el tiempo. Yo le quité la escoba tan blanda y suavemente como pude.

—¡Ven, muchacha, ven! —le dije—. Te noto cambiada. Hay algo que te preocupa. Soy tu amigo…, y seguiré siéndolo aunque hayas hecho algo malo. Confiesa tu error, Rosanna… ¡reconócelo!

Ya había pasado el tiempo en que esa manera de hablarle, de mi parte, le hubiera arrancado lágrimas. No observé cambio alguno en sus ojos.

—Sí —dijo—, lo reconoceré.

—¿Ante el ama? —le pregunté.

—No.

—¿Ante Mr. Franklin?

—Sí; ante Mr. Franklin.

Apenas si supe contestar a tales palabras. No se hallaba ella en condiciones de comprender la advertencia que Mr. Franklin me ordenó le hiciera llegar, respecto a la inconveniencia de entrevistarse en privado. Tanteando el terreno cuidadosamente, sólo le dije que Mr. Franklin había salido a dar un paseo.

—Eso no importa —me respondió—; no habré de molestar a Mr. Franklin hoy.

—¿Por qué no hablarle al ama? —le dije—. La mejor manera de aliviar tu corazón habrá de ser conversando con esa piadosa y cristiana mujer que es el ama, quien ha sido siempre buena contigo.

Durante un momento me miró con mirada grave y firmemente atenta, como si buscara fijar mis palabras en su mente. Luego tomó la escoba de mis manos y se alejó lentamente hasta un poco más allá, corredor abajo.

—No —dijo, continuando el barrido y hablando conmigo misma—; conozco otra manera mejor para aliviar mi corazón.

—¿Cuál es?

—Por favor, déjeme continuar con mi trabajo.

Penélope la siguió para ofrecerle su ayuda.

Ella le respondió:

—No. Tengo necesidad de hacerlo yo misma. Muchas gracias, Penélope.

Luego de mirar a su alrededor hasta dar conmigo, dijo:

—Muchas gracias, Mr. Betteredge.

Nada la hubiera hecho cambiar de parecer…, nada quedaba ya por decir. Le hice señas a Penélope para que siguiera. La dejamos tal como la habíamos encontrado: barriendo el corredor como una mujer que obra en sueños.

—Este es un caso que debe ser tratado por un médico —dije—. Se halla fuera de mis posibilidades.

Mi hija me recordó que el doctor Candy se hallaba enfermo, debido, como ustedes recordarán, al enfriamiento que sufriera la noche del dinner-party. Su ayudante —un tal Ezra Jennings— se pondría, seguramente, a nuestra disposición. Pero muy pocos eran quienes lo conocían en el lugar. Había entrado al servicio de Mr. Candy bajo circunstancias un tanto extrañas y, tuviéramos o no razón, lo cierto es que ninguno de nosotros gustaba de él o confiaba en su persona. Había en Frizinghall otros médicos. Pero no eran todos desconocidos; y Penélope dijo, teniendo en cuenta el estado actual de Rosanna, que la intervención de un médico extraño quizá le haría más daño que bien a la muchacha.

Yo pensé consultar al ama. Pero, al recordar la tremenda carga de ansiedad que pesaba ya sobre su espíritu, vacilé en añadir a sus actuales molestias esta nueva preocupación. No obstante, era imprescindible hacer algo. El estado de la muchacha era, en mi opinión, completamente alarmante, y el ama debía informarse. De muy mala gana me dirigí hacia su aposento. Ni un alma había allí. El ama se había encerrado con Miss Raquel. Me fue imposible verla hasta que salió de allí.

Esperé en vano hasta que oí dar al reloj, que se hallaba sobre la escalera exterior, las dos menos cuarto. Cinco minutos más tarde oí que me llamaban desde el sendero que daba frente a la casa. Instantáneamente identifiqué la voz. El Sargento Cuff ya estaba de regreso de Frizinghall.

CAPÍTULO XVIII

Mientras descendía hacia la puerta principal me encontré con el Sargento en los peldaños.

Se hubiera hallado en pugna con mi carácter demostrar ahora interés alguno en sus procedimientos, luego de lo acontecido entre ambos. A despecho de mí mismo, sin embargo, me sentí poseído por una curiosidad irresistible. Mi dignidad se hundió bajo mis pies y di salida a las siguientes palabras:

—¿Qué nuevas trae de Frizinghall?

—He estado con los hindúes —respondió el Sargento Cuff—. Y he averiguado lo que Rosanna compró secretamente en la ciudad el jueves último. Los hindúes recobrarán la libertad el miércoles de la semana entrante. No me cabe la menor duda, y de la misma opinión es Mr. Murthwaite, de que vinieron aquí en busca de la Piedra Lunar. Pero sus cálculos se vieron frustrados por lo ocurrido en la casa el miércoles a la noche y están tan comprometidos en la desaparición de la joya como puede estarlo usted. No obstante, puedo asegurarle una cosa, Mr. Betteredge: si nosotros no somos capaces de dar con la Piedra Lunar, ellos lo serán. Usted no está al tanto de las últimas noticias respecto a los tres hindúes.

Mr. Franklin regresaba de su paseo en el mismo instante en que el Sargento pronunciaba esas palabras sobrecogedoras. Dominando su curiosidad mejor de lo que ya había dominado la mía pasó a nuestro lado sin decir una palabra, y se introdujo en la casa.

En cuanto a mí, habiendo ya dejado a un lado mi dignidad, me propuse sacar todo el proyecto posible de tal sacrificio.

—Eso en lo que se refiere a los hindúes —le dije—. ¿Y en cuanto a Rosanna?

El Sargento Cuff sacudió la cabeza.

—El misterio en ese sentido es más impenetrable que nunca —dijo—. He seguido su pista hasta dar con una tienda de Frizinghall atendida por un lencero llamado Maltby. No le compró nada a ningún otro pañero, ni a ninguna modista o sastre y no compró en lo de Maltby otra cosa que un gran trozo de paño. Se mostró escrupulosa en lo que se refiere a la calidad.

En cuanto a la cantidad, compró lo suficiente para hacer un peinador.

—¿Para quién? —le pregunté.

—Para ella misma, puede usted estar seguro. Entre las doce y las tres, en la mañana del jueves, debe de haberse deslizado hasta el aposento de su joven ama para decidir dónde ocultarían la Piedra Lunar, mientras todo el mundo dormía en la casa. Al regresar a su habitación su peinador debe de haber rozado la puerta húmeda de pintura. No pudo hacer desaparecer la mancha con agua y tampoco podía destruir el peinador, sin despertar sospechas, antes de haberse provisto de otro idéntico, con el fin de que el inventario de su ropa blanca no sufriera alteraciones.

—¿En qué se basa usted para decir que ese peinador era de Rosanna? —objeté.

—En el material comprado para la nueva prenda —respondió el Sargento—. Si hubiera sido para el peinador de Lady Verinder, hubiese tenido que adquirir también encajes y volantes y Dios sabe cuántas otras cosas; y no hubiera tenido tiempo para confeccionarlo en una sola noche. Un paño vulgar hace pensar en un vulgar peinador de criada. No, no, Mr. Betteredge, todo esto es muy claro. El problema en este caso reside en la pregunta: ¿Por qué, luego de haberse provisto de otra prenda, oculta ella el peinador manchado en lugar de destruirlo? Si la muchacha no quiere decirlo, sólo existe una manera de vencer esa dificultad. Habrá que buscar el escondite en las Arenas Temblonas…, allí es donde habremos de dar con la pista verdadera.

—¿Cómo va a dar usted con el sitio? —inquirí.

—Lamento mucho tener que chasquearlo —dijo el Sargento—, pero es ése un secreto que no habré de compartir con nadie.

Sin duda no habrá de ser mayor la curiosidad sentida por ustedes que la que experimenté yo cuando supe que había regresado de Frizinghall provisto con un auto de registro. Su experiencia en la materia le decía que lo más probable era que Rosanna tuviese en su poder un papel-guía, en el cual constara la ubicación del escondite, con el fin de regresar a él después de cierto lapso y una vez que hubiesen variado las circunstancias. La posesión de ese papel significaría para el Sargento el logro de todas sus aspiraciones.

—Ahora bien, Mr. Betteredge —prosiguió—, ¿qué le parece si abandonando el campo especulativo nos entregamos a la acción? Le recomendé a Joyce que no perdiera de vista a Rosanna. ¿Dónde está Joyce?

Joyce era el agente de policía que el Inspector Seegrave dejara bajo las órdenes del Sargento Cuff. El reloj dio las dos en el mismo instante en que hacía la pregunta y con puntualidad cronométrica se vio aparecer el vehículo que habría de llevar a Miss Raquel hasta la casa de su tía.

—Cada cosa a su debido tiempo —dijo el Sargento, deteniéndome en el mismo momento en que me lanzaba en busca de Joyce—. Debo atender primero a Miss Verinder.

Como aún amenazaba lluvia, era el carruaje cerrado el que habría de llevar a Miss Raquel a Frizinghall. El Sargento Cuff le hizo una seña a Samuel para que descendiera del pescante trasero y se acercara.

—Un amigo mío se hallará aguardando entre los árboles, sobre ese lado de la casa de guarda —dijo—. Sin detener el coche subirá al pescante, a su lado. No tiene usted otra cosa que hacer como no sea retener la lengua y cerrar los ojos. De lo contrario se creará dificultades.

Luego de aconsejarlo en esta forma, envió al lacayo de nuevo a su lugar. Qué es lo que pensó Samuel; no puedo saberlo. Era evidente para mí que Miss Raquel habría de ser vigilada en secreto desde el instante en que abandonara la casa… si es que la abandonaba. ¡Mi joven ama bajo vigilancia! ¡Un espía habría de estarla acechando desde el pescante del coche de su madre! Mejor hubiera sido que me cortara la lengua antes que hablarle jamás al Sargento Cuff.

La primera persona que salió de la casa fue mi ama. Se mantuvo a un lado, sobre el último peldaño a la espera de los acontecimientos. Ni una sola palabra nos dijo al Sargento o a mí. Con los labios apretados y los brazos cruzados debajo de la ligera capa que acostumbraba llevar cuando salía al aire libre, se mantuvo allí tan inmóvil como una estatua aguardando la aparición de su hija.

Un minuto más tarde se vio bajar la escalera a Miss Raquel, hermosamente ataviada con un traje amarillo que hacía resaltar su tez oscura, ajustado, a la manera de un jubón, en la cintura. Llevaba un pequeño y elegante sombrero de paja con un velo blanco enroscado alrededor. Sus guantes color de vellorita armonizaban con sus manos igual que una segunda piel. Su hermosa cabellera negra surgía por debajo del sombrero y era tan suave como el raso. Sus pequeñas orejas semejaban dos conchas rosadas… y de cada una de ellas pendía una perla. Avanzó hacia nosotros ágilmente, tan erguida como un lirio en su tallo y tan flexible y tierna en el andar como un gato joven. No advertí en su bello rostro alteración alguna, como no fuera en los ojos y los labios. Aquéllos brillaban con un fuego que no era muy de mi agrado y éstos habían perdido en tal forma el color y la sonrisa, que apenas si logré reconocerlos. De manera súbita y precipitada besó a su madre en la mejilla, y le dijo:

—Trata de perdonarme, mamá… —y en seguida tiró hacia abajo el velo con tanta vehemencia que lo desgarró. Inmediatamente se lanzó escaleras abajo y se introdujo precipitadamente en el carruaje como en un escondite.

El Sargento Cuff obró tan rápidamente como ella. Luego de haber hecho a un lado a Samuel se hallaba ya con la mano en la portezuela abierta del vehículo, cuando Miss Raquel penetraba en él.

—¿Qué quiere? —le preguntó Miss Raquel a través de su velo.

—Tengo algo que decirle, señorita —respondió el Sargento—, antes de que parta. No pretendo impedirle que visite a su tía. Sólo me atreveré a decirle que su partida, tal como están las cosas, dificultará la labor en que me hallo empeñado de dar con su diamante. Le ruego que me comprenda; y ahora decida usted por sí misma si habrá de quedarse o partir.

Miss Raquel persistió más que nunca en su negativa de responderle.

—¡Adelante, James! —le gritó al cochero.

Sin agregar una sola palabra cerró el Sargento la portezuela. En el mismo instante en que lo hacía se vio bajar corriendo las escaleras a Mr. Franklin.

—Adiós, Raquel —le dijo, extendiéndole la mano.

—¡Adelante! —gritó Miss Raquel con más fuerza que nunca y haciendo tanto caso de su persona como de la del Sargento Cuff.

Mr. Franklin volvió a subir la escalera con el aspecto de quien ha sido tocado por un rayo. El cochero, sin saber qué hacer, dirigió su vista hacia el ama, que permanecía inmóvil en lo alto de la escalera. La ira, el dolor y la vergüenza se reflejaban en su rostro cuando le hizo una señal al cochero para que echara a andar los caballos, y se volvió luego, presurosa, hacia la casa. Mr. Franklin, recobrando el habla, la llamó desde atrás, mientras el vehículo se ponía en marcha:

—¡Tía! Tenías mucha razón. Permíteme que agradezca todas tus bondades y déjame partir.

Mi ama se volvió como para hablarle. Pero, en seguida, como si desconfiara de sí misma, agitó sólo su mano en un ademán cordial.

—Ven a verme antes de irte, Franklin —le dijo con la voz quebrada… Y prosiguió su camino en dirección a su cuarto.

—¿Me harás un último favor, Betteredge? —dijo Mr. Franklin, volviéndose hacia mí con lágrimas en los ojos—. ¡Llévame, tan rápido como te sea posible, a la estación!

También él entró en la casa. Por el momento, Miss Raquel lo había trocado en un ser completamente desvalido. A juzgar por su estado actual, ¡cuán grande debía ser la pasión que sentía por ella!

El Sargento Cuff y yo nos quedamos solos, frente a frente, junto al pie de la escalera. Sus ojos estaban fijos en un claro que había entre los árboles, a través del cual podía divisarse uno de los recodos del camino que conducía a la casa. Tenía las manos en los bolsillos y silbaba suavemente, para sus propios oídos, «La última rosa del verano».

—Cada cosa debe hacerse a su debido tiempo —le dije en un tono salvaje—. No creo que sea éste el momento oportuno para ponerse a silbar.

En ese instante apareció el carruaje a la distancia, a través del claro, y en dirección hacia la puerta de la casa de guardia. Se hizo entonces visible la presencia de otro hombre en el pescante trasero, junto a Samuel.

—¡Muy bien! —se dijo a sí mismo el Sargento. Y volviéndose hacia mí—: Tiene usted razón, Mr. Betteredge; como usted dice, no es éste un momento oportuno para ponerse a silbar. Lo que corresponde ahora es poner manos a la obra, sin pasar por alto a ninguna persona de la casa. Comencemos con Rosanna Spearman. ¿Dónde está Joyce?

Los dos lo llamamos por su nombre sin obtener respuesta. Envié entonces a uno de los estableros en su busca.

—¿Oyó usted lo que le dije a Miss Verinder? —observó el Sargento mientras aguardábamos—. ¿Y advirtió usted la reacción que produjo en ella? Le dije, sencillamente, que su partida dificultaría mi tarea de dar con su diamante, ¡y ella optó por partir contra viento y marea! Su joven ama, Mr. Betteredge, lleva a su lado un compañero de viaje en el coche, y el nombre de ese acompañante es la Piedra Lunar.

Yo no dije una sola palabra. Seguiría creyendo, hasta la muerte, en Miss Raquel.

El establero regresó seguido —de muy mala gana, según me pareció— de Joyce.

—¿Dónde está Rosanna Spearman? —preguntó el Sargento Cuff.

—No lo sé, señor —comenzó a decir Joyce—; lo siento mucho. Pero por uno u otro motivo…

—Antes de partir para Frizinghall —lo interrumpió en forma brusca el Sargento—, le dije que no le quitara los ojos de encima a Rosanna Spearman, y que no le hiciera comprender que se la vigila. ¿Quiere decir, entonces, que se ha dejado usted burlar por ella?

—Mucho que temo, señor —dijo Joyce, comenzando a temblar—, haber puesto demasiado empeño en eso de no hacerle ver que la vigilaba. Hay tantos pasillos en la planta baja de la casa…

—¿Cuánto tiempo hace que la perdió de vista?

—Más o menos una hora, señor.

—Puede usted volver a su trabajo en Frizinghall —le dijo el Sargento tan sereno como siempre y en la forma calmosa y monótona que era habitual en él—. No creo que tenga usted talento alguno para actuar en nuestro oficio, Joyce. Su actual ocupación se halla un tanto por encima de su capacidad. Buenos días.

El hombre se escabulló. En lo que a mí se refiere, se me hace muy difícil describir las sensaciones que experimenté al tener noticia de la desaparición de Rosanna Spearman. Mi mente parecía fluctuar entre cincuenta opiniones diferentes al mismo tiempo. Así es como me quedé con la vista clavada en el Sargento Cuff…, privado enteramente de la facultad del habla.

—No, Mr. Betteredge —dijo el Sargento, como si acabara de echar mano del primero de mis pensamientos a su alcance para responderle antes que a los otros—. Su joven amiga Rosanna no habrá de escapárseme tan fácilmente como usted parece creerlo. Mientras me halle al tanto del sitio en que se encuentra Miss Verinder, tendré a mi disposición los medios de dar con el paradero de su cómplice. Yo les impedí que se vieran anoche. Muy bien. Tratarán de encontrarse en Frizinghall en lugar de hacerlo aquí. La investigación deberá proseguir ahora, simplemente, mucho antes de lo que yo esperaba, en la casa hacia la cual va de visita Miss Verinder. Mientras tanto, mucho me temo verme obligado a molestarlo a usted para que reúna de nuevo a la servidumbre.

Juntos nos dirigimos hacia las dependencias de la servidumbre. Fue en verdad una desgracia, aunque no por eso un hecho menos cierto, la circunstancia de que me sintiese acometido de nuevo por la fiebre detectivesca, en cuanto oí al Sargento decir estas últimas palabras. Me olvidé de que lo odiaba. Lo tomé del brazo muy confiadamente y le dije:

—¡Por Dios, dígame qué es lo que piensa hacer ahora con los criados!

El gran Cuff permaneció completamente inmóvil y habló luego, sumido en una especie de rapto melancólico.

—¡Si este hombre —dijo el Sargento, refiriéndose aparentemente a mí—, entendiese siquiera de rosas, habría de ser la criatura más perfecta de la creación! —Luego de expresar en forma tan franca sus sentimientos hacia mí, suspiró y enlazó su brazo con el mío.

—Rosanna ha hecho una de estas dos cosas —prosiguió—. O bien se ha dirigido directamente hacia Frizinghall (antes de que pueda llegar yo allí) o ha ido a visitar su escondite en las Arenas Temblonas. La primera cosa que tenemos que averiguar consiste en saber cuál fue el criado que la vio por última vez antes de que abandonara la casa.

El interrogatorio demostró que la última persona que posó sus ojos sobre Rosanna fue Nancy, la muchacha de la cocina.

La había visto salir con una carta en la mano y detener al repartidor de la carne, quien acababa de hacer su entrega diaria por la puerta trasera. Nancy oyó que le decía al hombre que echara la carta al correo cuando regresase a Frizinghall. EL hombre, luego de fijarse en la dirección, le dijo que era una forma muy indirecta ésa de enviar una carta dirigida a Cobb's Hole a través del correo de Frizinghall… y que, además, era sábado, lo cual haría que la misma no llegase a destino antes del lunes a la mañana. Rosanna le contestó que la demora no tenía importancia. Lo único que deseaba era estar segura de que el hombre cumpliría su pedido. Luego de asentir, aquél había partido. Nancy fue requerida en la cocina para seguir con su faena. Y ninguna otra persona había vuelto a ver a Rosanna Spearman desde entonces.

—¿Y bien? —le pregunté al Sargento cuando nos hallamos solos de nuevo.

—Bien —dijo el Sargento—. Tengo que ir a Frizinghall.

—¿Por la carta, señor?

—Sí. En ella es donde se halla especificado el escondite. Tengo que averiguar la dirección en el correo.

Si es la que yo sospecho, habré de visitar nuevamente a nuestra amiga Mrs. Yolland, el lunes próximo.

Junto con el Sargento partí para ordenar que se enganchara el pony al calesín. En la cuadra, una nueva luz vino a sumarse en torno a la muchacha desaparecida.

CAPÍTULO XIX

La nueva de la desaparición de Rosanna se había propagado, al parecer, entre los criados de fuera de la casa. Estos habían estado investigando por su cuenta y echado mano a un pequeño y vivaz tunantuelo, apodado «Duffy», quien era empleado de tanto en tanto para limpiar de hierbas el jardín y el cual había visto a Rosanna por última vez, hacía media hora. Duffy aseguraba haber visto pasar a la muchacha frente a él mientras se hallaba en el bosque de abetos, no caminando, sino corriendo en dirección a la playa.

—¿Conoce este muchacho la costa de los alrededores? —preguntó el Sargento Cuff.

—Ha nacido y se ha criado en la playa —le respondí.

—¡Duffy! —dijo el Sargento—. ¿Quieres ganarte un chelín? Si lo quieres, ven conmigo inmediatamente. Mr. Betteredge, mantenga listo el calesín hasta que yo regrese.

Y se lanzó hacia las Arenas Temblonas a una velocidad que mis piernas, pese a lo bien conservadas que se hallan para la edad que tengo, no tenían la menor esperanza de igualar. El pequeño Duffy, como es costumbre entre los jóvenes salvajes de nuestra región cuando están de buen humor, dio un alarido y comenzó a trotar pisándole los talones al Sargento.

Nuevamente se me hace imposible dar aquí una clara idea de lo que aconteció en mi espíritu durante el intervalo que siguió a la partida del Sargento Cuff. Me sentí poseído por un extraño y turbador desasosiego. Hice, dentro y fuera de la casa, una docena de cosas innecesarias, de las cuales me he olvidado totalmente. No podría tampoco decir cuánto fue el tiempo transcurrido entre la partida del Sargento hacia las arenas y el instante en que vi venir corriendo a Duffy, portador de un mensaje para mí. El Sargento Cuff le había dado al muchacho una hoja arrancada de su cartera, en la cual escribió con lápiz: «Envíeme uno de los zapatos de Rosanna Spearman lo más pronto posible.»

Despaché a la primera criada que hallé a mano al cuarto de Rosanna y envié de vuelta al muchacho con la noticia de que yo mismo habría de seguirlo con el zapato.

Bien sabía que no era ésa la manera más rápida de cumplir las órdenes recibidas. Pero estaba resuelto a ver por mí mismo el desarrollo de esta nueva comedia ya en curso, antes de entregarle al Sargento el zapato de Rosanna. Mi vieja idea de proteger a la muchacha en todo lo posible retornaba en la hora undécima. Este sentimiento, para no mencionar la fiebre detectivesca, me impulsó, tan pronto como el zapato se halló en mis manos, a lanzarme a lo que un hombre que ha llegado a los setenta años puede considerar la cosa que más se parece a una carrera.

Mientras me aproximaba a la costa el cielo se cubrió de nubes oscuras y la lluvia comenzó a caer en grandes oleadas blancas batidas por el viento. Pude escuchar el fragor del mar sobre el banco de arena, en la boca de la bahía. Un poco más adelante pasé junto al muchacho, quien, agachado, trataba de refugiarse a sotavento junto a los médanos. Y más tarde pude ver al mar rugiente y a las olas enormes rompiéndose sobre el banco de arena, a la violenta lluvia precipitándose sobre el agua como una prenda fluctuante, y al amarillo desierto de la playa sobre el cual se destacaba la presencia de una figura solitaria…: el Sargento Cuff.

En cuanto me vio, señaló con su mano hacia el Norte.

—¡Consérvese en esa posición! —me gritó—. Y baje hasta donde yo me encuentro.

Yo descendí hacia allí casi sin aliento y sintiendo que mi corazón brincaba como si estuviera a punto de lanzarse fuera de mi pecho. Había perdido el habla. Tenía cien preguntas que hacerle, pero ninguna de ellas logró llegar a mis labios. Su rostro me espantó. Arrebatándome el zapato lo colocó sobre una huella marcada en la arena en dirección al Sur y apuntando directamente hacia la rocosa saliente llamada Cabo Sur. La huella no había sido borrada aún por la lluvia, y el zapato de la muchacha coincidía exactamente con ella.

El Sargento señaló hacia el zapato colocado sobre la huella sin decir una palabra.

Yo lo tomé del brazo y traté de hablarle, pero fracasé como había fracasado anteriormente. Él echó a andar nuevamente en pos de las huellas, bajando más y más hacia el lugar donde se unían las rocas y la arena. El Cabo Sur se hallaba exactamente a flor de agua con el flujo de la marea; las aguas oscilaban sobre la oculta superficie de las Arenas Temblonas. Ya en un sentido, ya en otro, y sumido en un porfiado silencio que pasaba sobre uno como el plomo y una obstinada paciencia que causaba espanto, el Sargento Cuff colocó el zapato sobre las huellas, comprobando siempre que apuntaban hacia el mismo sitio, directamente hacia las rocas. Fuera hacia donde fuere, no pudo en ningún momento descubrir una sola huella que viniera desde allí.

Por último abandonó la búsqueda. Dirigió nuevamente su vista hacia mí y luego hacia las aguas que se extendían ante nosotros y que se infiltraban más y más en la oculta superficie de las Arenas Temblonas. Yo miré hacia donde él miraba… y pude leer sus pensamientos en su rostro. Un terrible y mudo temblor recorrió mi cuerpo súbitamente. Y caí de hinojos sobre la arena.

—Ella volvió al escondite —oí que el Sargento se decía a sí mismo—. Algún accidente fatal debió de haberle ocurrido sobre esas rocas.

Las miradas descompuestas de la muchacha, sus palabras, sus acciones… la rigidez mortal con que había prestado oído y me había hablado hacía unas horas, cuando la sorprendí barriendo el corredor, todo eso volvió a cobrar vida ante mí y me previno, aun antes de que el Sargento terminara de hablar, que la conjetura de éste se hallaba muy lejos de la terrible realidad. Me esforcé por comunicarle el temor que acababa de paralizarme. Y traté de decirle: «La muerte que ella ha tenido, Sargento, es la que ella misma se ha buscado.» ¡No!, no pude articular tales palabras. El mudo temblor me tenía asido con sus garras. Era inconsciente a la violencia de la lluvia. No podía ver el ascenso de la marea. Como en un sueño, la visión del pobre ser perdido surgió de nuevo ante mí. La volví a ver como la había visto en el pasado… como en la mañana en que fui en su busca para traerla de regreso a la casa. La oí decir otra vez que las Arenas Temblonas la arrastraban hacia ellas contra su propia voluntad y preguntarse si no estaría allí aguardándola la tumba. El horror de esa situación se me hizo perceptible, en forma inexplicable, a través de mi propia hija. Esta era de su misma edad. De haber sufrido ella lo que sufrió Rosanna, habría llevado una vida tan miserable y tenido una muerte tan espantosa como la suya.

El Sargento, bondadosamente, me ayudó a ponerme de pie y me alejó del lugar en que ella había perecido.

Eso sirvió por hacerme recobrar el aliento y permitirme ver las cosas que me rodeaban tal como realmente eran. Dirigiendo mi vista hacia las dunas pude advertir que los criados de la casa venían corriendo hacia nosotros en tropel, junto con Yolland, el pescador, y gritando, ya sobre aviso, si habíamos dado con la muchacha. En la forma más breve posible les señaló el Sargento las evidentes marcas halladas en la arena, diciéndoles que algún fatal percance debió de haberle acaecido a la muchacha. Luego, dirigiéndose en particular al pescador, le preguntó mientras se volvía nuevamente de cara al mar:

—Dígame, ¿podría ella haberse alejado en un bote, desde ese arrecife, donde se detienen sus pisadas?

El pescador señaló hacia las largas olas que se estrellaban en el banco de arena y hacia las otras más grandes que levantaban nubes de espuma al chocar con los dos promontorios que se elevaban a cada lado nuestro.

—No hay bote en el mundo —respondió— que hubiera podido llevarla a través de eso.

El Sargento Cuff miró por última vez hacia las huellas de la arena, que iban siendo borradas rápidamente por la lluvia.

—Eso —dijo— prueba que no pudo abandonar este lugar por tierra. Y aquello —prosiguió, dirigiendo su vista hacia el pescador— demuestra que no pudo alejarse por mar. —Se detuvo, para pensar un minuto—. Media hora antes de que yo llegase aquí, se la vio venir corriendo hacia este lugar —dijo dirigiéndose a Yolland—. Cierto tiempo ha transcurrido desde entonces. Supongamos que haya sido hace una hora. ¿Qué altura habrían alcanzado las aguas hacia este lado de las rocas por ese entonces?

Apuntaba hacia el lado Sur… el cual, por otra parte, no se hallaba tan invadido por la arena movediza.

—Tal como avanza hoy la marea —dijo el pescador—, no debe haber habido hacia ese lado del cabo, hace una hora, el agua suficiente como para que se ahogara siquiera un cachorro de gato.

El Sargento Cuff se volvió hacia la arena movediza, un tanto en dirección al Norte.

—¿Y aquí? —le preguntó.

—Menos aún —respondió Yolland—. Las Arenas Temblorosas apenas se hallarían cubiertas por las aguas.

El Sargento se volvió hacia mí para decirme que el accidente debió de haber ocurrido en el sitio en que se encontraba la arena movediza. Mi lengua entonces recuperó el habla.

—¡No se trata de ningún accidente! —le dije—. Cuando ella vino a este lugar, se hallaba ya cansada de la vida y dispuesta a ponerle fin aquí.

El Sargento retrocedió sobresaltado.

—¿Cómo lo sabe usted? —me preguntó.

Los demás se amontonaron en torno mío. Recobrándose instantáneamente, los alejó el Sargento de mi lado y les dijo que era yo un anciano y que el hallazgo me había perturbado, añadiendo:

—Déjenlo solo un momento.

Luego, volviéndose hacia Yolland, le preguntó:

—¿Habrá alguna probabilidad de dar con ella cuando se produzca el reflujo?

Yolland respondió:

—Ninguna. Lo que la arena absorbe en ella queda para siempre.

Dicho esto, el pescador, dando un paso en mi dirección, me dirigió la palabra.

—Mr. Betteredge —dijo—, tengo algo que decirle respecto a la muerte de esa joven. A lo largo del Cabo existe una capa rocosa que se extiende hasta cuatro pies más allá de su borde y se halla oculta debajo, a una distancia de media braza de la superficie de arena. Lo que yo me pregunto es esto: ¿cómo es que no se golpeó contra ella? Si hubiera resbalado accidentalmente en el Cabo habría caído allí y podido hacer pie en una cavidad que apenas ocultaría su cuerpo hasta la cintura. Tiene que haber caminado o saltado desde allí hasta esas profundidades; de lo contrario no la echaríamos de menos ahora. ¡No se trata de un accidente, señor! Ha sido absorbida por la arena movediza. Y lo ha sido por su propia voluntad.

Luego del testimonio de ese hombre, en cuyo saber podía confiarse, el Sargento guardó silencio. Los demás, al igual que él, permanecimos callados. De común acuerdo nos volvimos para iniciar el regreso costa arriba.

Mientras andábamos entre las dunas nos encontramos con el establero inferior, quien venía corriendo hacia nosotros desde la casa. Era un buen muchacho que me respetaba mucho. Me alargó un papel con una decorosa expresión de dolor en el semblante.

—Penélope me dijo que le entregara esto, Mr. Betteredge —dijo—. Lo encontró en el cuarto de Rosanna.

Se trataba de las últimas palabras dirigidas a un anciano que había hecho siempre lo posible —gracias a Dios, siempre lo posible— para favorecerla.

«Usted me ha perdonado muchas veces en el pasado. La próxima ocasión que vaya a las Arenas Temblorosas trate de perdonarme una vez más. He venido a morir junto a la tumba que me estaba destinada. En la vida y en la muerte le he estado siempre agradecida, señor, por su bondad.»

Eso era todo lo que decía. Breve como era, no tuve yo la entereza suficiente para contrarrestar su influencia. Las lágrimas surgen fácilmente en la juventud, cuando da uno los primeros pasos en el mundo. Y también cuando uno es viejo y está a punto de dejarlo. Yo estallé en sollozos.

El Sargento Cuff avanzó un paso hacia mí…, con buena intención, no lo dudo. Pero yo retrocedí para evitar su presencia.

—No me toque —le dije—. Es el temor a usted lo que la llevó a ese lugar.

—Está usted equivocado, Mr. Betteredge —me respondió calmosamente—. Pero ya tendremos tiempo de hablar de ello, una vez adentro.

Yo eché a andar detrás de todos ellos, ayudado por el establero inferior, que me llevaba del brazo. A través de la lluvia impetuosa emprendimos el regreso…, para ir al encuentro de la inquietud y el terror que nos aguardaban en la casa.

CAPÍTULO XX

Ya los primeros habían desparramado la noticia antes de que nosotros llegáramos. Hallamos a la servidumbre poseída por el pánico. Al pasar frente a la puerta del ama, aquélla fue abierta violentamente desde adentro. Y vimos salir al ama, seguida por Mr. Franklin, quien se esforzaba en vano por calmarla, completamente fuera de sí ante la horrenda noticia.

—¡Usted es el responsable de esto! —gritó, amenazando violentamente al Sargento con su mano—. ¡Gabriel!, páguele a este miserable…, y sáquelo de mi vista.

El Sargento era el único que podía haber contendido con el ama…, siendo también el único que tenía pleno dominio sobre sí mismo.

—Soy tan responsable de esta terrible calamidad, señora, como lo puede ser usted misma —dijo—. Si dentro de media hora insiste usted aún en que debo abandonar la casa, lo haré, pero sin aceptar el dinero de Su Señoría.

Las palabras fueron dichas con mucho respeto, pero muy firmemente a la vez, y surtieron efecto no sólo en mi ama, sino también en mí. Aquélla consintió en volver a su habitación, acompañada por Mr. Franklin. En cuanto la puerta se hubo cerrado, el Sargento, al dirigir su vista hacia la servidumbre femenina, según su manera inquisidora, advirtió que, mientras las demás se hallaban simplemente espantadas, había lágrimas en los ojos de Penélope.

—Una vez que su padre se haya cambiado las ropas mojadas —le dijo—, venga a hablar con nosotros en el cuarto de su padre.

Antes de que expirase la media hora ya me hallaba yo vestido con la ropa seca y había provisto al Sargento Cuff de las prendas requeridas. Penélope se presentó entonces ante nosotros, para saber qué es lo que quería el Sargento. No creo que jamás haya yo visto conducirse a mi hija de manera tan respetuosa como en ese instante. Sentándola sobre mis rodillas, le pedí a Dios su bendición para ella. Con la cabeza hundida en mi pecho, Penélope me rodeó el cuello con sus brazos… y aguardamos durante un rato en silencio.

La pobre muchacha muerta debía, sin duda, estar gravitando sobre nosotros. El Sargento se dirigió hacia la ventana y se quedó allí mirando hacia afuera. Yo consideré oportuno agradecerle esa deferencia tenida para con nosotros, y así lo hice.

Las gentes mundanas pueden permitirse todos los lujos… entre otros, el de dar rienda suelta a sus propios sentimientos. Los pobres no disfrutan de tal privilegio. La necesidad, que no cuenta para los ricos, se muestra inflexible hacia nosotros. La vida nos enseña a ocultar nuestros sentimientos y a proseguir con nuestro trabajo, en la forma más paciente posible. No me quejo de ello…, simplemente lo hago notar. Penélope y yo nos encontramos listos, tan pronto como el Sargento lo estuvo por su parte. Al preguntársele si sabía qué es lo que había impulsado a su compañera a quitarse la vida, mi hija respondió, como ustedes habrán ya previsto, que su amor por Mr. Franklin Blake. Al preguntársele si le comunicó tal cosa a alguna otra persona, contestó Penélope:

—No he hablado de ello, para no perjudicar a Rosanna.

Yo consideré necesario añadir a lo dicho una palabra. Y dije:

—Y para no perjudicar, tampoco, querida, a Mr. Franklin. Si Rosanna ha muerto por él, él lo ignora y no tiene culpa alguna. Dejémoslo abandonar la casa, si es que se va, evitándole la inútil congoja de saber la verdad.

El Sargento Cuff dijo:

—Muy bien —y volvió a quedarse silencioso, tal como si estuviera comparando, según me pareció, lo que Penélope acababa de decirle, con alguna opinión propia que guardaba para sí mismo.

Al expirar la media hora, sonó la campanilla del ama.

Mientras acudía al llamado di con Mr. Franklin que abandonaba en ese instante el aposento de su tía. Me dijo que Su Señoría se hallaba lista para recibir al Sargento Cuff en mi presencia, como anteriormente—, añadiendo que él, por su parte, necesitaba primero hablar dos palabras con el Sargento. En el trayecto hacia mi cuarto se detuvo para consultar el horario de trenes colocado en el vestíbulo.

—¿Piensa usted, realmente, abandonar la casa, señor? —le pregunté—. Miss Raquel volverá con toda seguridad en sí. Sólo es cuestión de tiempo.

—Volverá en sí —replicó Mr. Franklin— cuando se entere de mi partida y de que no habrá de volverme a ver jamás.

Yo pensé que era el resentimiento por la forma en que lo había tratado mi joven ama el que le dictaba esas palabras. Pero no se trataba de eso. Mi ama había advertido, desde el primer momento en que se halló la policía en la casa, que la mera mención del nombre de él bastaba para poner fuera de sí a Miss Raquel. Demasiado enamorado de ésta para aceptar la verdad, se vio forzado a abrir los ojos cuando aquélla partió hacia la casa de su tía. Abiertos sus ojos en la forma cruel que ustedes ya conocen, Mr. Franklin resolvió —adoptando la única resolución que un hombre que posea un mínimo de temple puede adoptar— abandonar la finca.

Las palabras que tenía que decirle Mr. Franklin al Sargento fueron dichas en mi presencia. Afirmó que Su Señoría se hallaba dispuesta a reconocer que obró precipitadamente. Y le preguntó al Sargento si aceptaría —en tal caso— su paga y si se hallaba dispuesto a abandonar el asunto del diamante, tal como se encontraba en ese instante. El Sargento respondió:

—No, señor. Si se me paga, es por mi trabajo. Declino tomar el dinero hasta no haberlo realizado.

—No lo entiendo —dijo Mr. Franklin.

—Me explicaré, señor —dijo el Sargento—. Yo vine aquí para aclarar en forma conveniente la cuestión de la pérdida del diamante. Y ahora me hallo listo y a la espera del momento en que pueda cumplir mi palabra. Una vez que haya puesto al tanto a Lady Verinder del estado actual de este asunto y le haya indicado, en forma sencilla, el plan de acción a seguir para recobrar la Piedra Lunar, abandonaré la responsabilidad que pesa actualmente sobre mis hombros. Que Su Señoría decida ahora si debo proseguir o abandonar mi labor. Recién entonces habré efectuado lo que me propuse hacer… y aceptaré la paga.

Con estas palabras el Sargento Cuff nos hizo recordar que aun en la Policía de Investigaciones puede tener un hombre una reputación que perder.

Su punto de vista resultaba tan palmariamente convincente, que no había una sola objeción que hacerle.

Al levantarme para conducirlo hasta el cuarto del ama, le preguntó a Mr. Franklin si deseaba hallarse presente.

—No —respondió éste—, a menos que Lady Verinder lo desee.

Y mientras avanzábamos en pos del Sargento, añadió en un cuchicheo, dirigiéndose a mí:

—No sé lo que este hombre habrá de decir con respecto a Raquel; estoy demasiado enamorado de ella para poder oírlo y conservar la calma. Déjenme solo.

Lo dejé allí, recostado con aspecto miserable contra el alféizar de mi ventana y con la cara oculta entre las manos… Penélope lo atisbaba desde la puerta, deseando poder confortarlo. De haber estado yo en el lugar de Mr. Franklin, la hubiera hecho entrar. Cuando se sufre por una mujer, nada hay más estimulante que recurrir a otra…, ya que, la mayor parte de las veces, habrá la última de ponerse de nuestra parte. ¿La llamó, otra vez, cuando les di yo la espalda? En tal caso no hago más que ser justo con mi hija, cuando afirmo que hizo todo lo posible para consolar a Mr. Franklin Blake.

Mientras tanto, el Sargento Cuff y yo nos dirigimos hacia el cuarto de mi ama.

Durante la última entrevista no había ella demostrado grandes deseos de levantar la vista del libro que tenía sobre la mesa. Ahora se produjo un cambio favorable. Enfrentó la mirada del Sargento con unos ojos tan firmes como los de él. La energía de la familia se reveló en cada línea de su rostro y yo pensé que el Sargento Cuff encontraría su igual, ahora que una mujer como mi ama se hallaba dispuesta a oír las cosas más graves que pudieran serle anunciadas.

Las primeras palabras dichas allí lo fueron por boca de mi ama.

—Sargento Cuff —dijo—, quizá haya tenido algún motivo para hablarle en la forma desconsiderada en que le hablé hace media hora. Sin embargo no tengo la intención de echar mano de ninguna excusa. Sólo he de decirle con la mayor sinceridad que lamento cualquier clase de injusticia que haya podido cometer con usted.

La gracia del tono y el ademán con que efectuó este desagravio a la persona del Sargento produjo el efecto deseado. Aquél le pidió permiso para justificarse… dándole a su justificación el carácter de una muestra de respeto hacia mi ama. Era imposible, dijo, que pudiera ser él la causa de la calamidad que acababa de sacudirnos a todos nosotros por la evidente razón de que el éxito de su investigación dependía del hecho de no decir ni hacer nada que pudiese haber alarmado a Rosanna Spearman. Apeló a mi testimonio para demostrar si había o no actuado de esa manera. Yo me hallaba en condiciones de certificarlo y así lo hice. Con esto, según pensó, el asunto habría de llegar a un fin juicioso.

No obstante, el Sargento Cuff dio un paso más allá, con la evidente intención (como podrán ustedes comprobarlo ahora) de provocar la más dolorosa de las explicaciones que pudiera haber entre ambos.

—He oído decir algo respecto al motivo del suicidio de la joven —dijo el Sargento—, motivo que me parece el más probable. Es algo que no tiene nada que ver con la causa que estoy investigando aquí. Tengo el deber de añadir, sin embargo, que mi opinión personal apunta hacia otra parte. Una agitación insoportable y vinculada a la pérdida del diamante ha sido, según lo que yo creo, lo que ha impulsado a esa joven hacia su propia destrucción. No pretendo saber nada respecto a la misma. Pero creo, con licencia de Su Señoría, que me hallo en condiciones de señalar a la persona capaz de decidir si estoy en lo cierto o equivocado.

—¿Se encuentra esa persona actualmente en la casa? —preguntó mi ama, luego de una pequeña pausa.

—Dicha persona ha abandonado la casa, señora mía.

La respuesta no podía señalar en forma más directa hacia la persona de Miss Raquel. Sobre nosotros descendió un silencio que yo creí que no se interrumpiría jamás. ¡Dios mío!, ¡cómo ululaba el viento y golpeaba la lluvia en la ventana, mientras yo esperaba allí sentado que alguno de los dos tomase nuevamente la palabra!

—Le ruego que tenga la bondad de expresarse claramente —dijo mi ama—. ¿Se refiere usted a mi hija?

—Así es —dijo el Sargento Cuff, sin emplear más palabras que ésas.

Cuando entramos pudimos ver el talonario de cheques de mi ama sobre la mesa…, indudablemente para pagarle sus honorarios al Sargento. Ahora lo había vuelto a guardar en la gaveta. Yo me sentí morir al ver temblar su mano…, esa mano que tantos beneficios había prodigado a su viejo criado; esa mano que, Dios lo quiera, habrá de posarse en la mía cuando me llegue la hora y deba abandonar este mundo para siempre.

—Yo esperaba —dijo mi ama, muy lenta y calmosamente— premiar sus servicios y despedirme de usted, sin que hubiera llegado a mencionarse abiertamente entre nosotros el nombre de Lady Verinder, como ha ocurrido ahora. ¿Le ha dicho acaso mi sobrino algo referente a este asunto, antes de venir usted a mi cuarto?

—Mr. Blake me dio su mensaje, señora mía. Y yo le di a Mr. Blake una explicación…

—Es innecesario que me la dé usted a conocer. Luego de lo que acaba de decirme, sabe usted tan bien como yo que ha ido ya demasiado lejos para retroceder. Por mí misma y por mi hija, estoy en la obligación de insistir en que permanezca usted en la casa y en que se explique.

El Sargento miró su reloj.

—De haber tenido tiempo, señora mía —le respondió—, hubiese preferido presentarle mi informe por escrito en lugar de hacerlo verbalmente. Pero, si esta investigación ha de seguir adelante, el tiempo adquiere entonces un valor demasiado grande para emplearlo en escribir. Estoy listo para entrar en materia de inmediato. Es para mí muy doloroso tener que referirme y para usted tener que escuchar…

Aquí fue interrumpido nuevamente por mi ama.

—Creo que yo puedo hacer que el asunto se torne menos doloroso no sólo para usted, sino también para mi viejo amigo y criado aquí presente —dijo—, si por mi parte le doy el ejemplo a usted de hablar abiertamente. ¿Sospecha usted que Miss Verinder nos ha engañado a todos al ocultar el diamante por algún motivo personal? ¿Es eso cierto?

—Enteramente cierto, señora.

—Muy bien. Ahora y antes de que usted comience, deseo informarle, en mi carácter de madre de Miss Verinder, que ésta es absolutamente incapaz de hacer lo que usted le atribuye. El conocimiento que usted tiene de su persona data de uno o dos días. El mío desde que nació. Puede usted sospechar de ella todo lo que quiera…, pero no podrá usted ofenderme en absoluto. De antemano estoy convencida de que pese a toda su experiencia las circunstancias lo han llevado a usted, fatalmente, por un camino errado en este asunto. ¡Escuche! No poseo información privada alguna. Ignoro, en la misma medida que usted, los secretos de mi hija. La única razón que tengo para hablarle en forma tan categórica es la que le he dado a conocer. Conozco a mi hija.

Volviéndose hacia mí, me dio la mano. Yo se la besé en silencio.

—Puede usted continuar —dijo—, enfrentando al Sargento con más seguridad que nunca.

El Sargento Cuff le hizo una reverencia. Las palabras del ama influyeron sobre él sólo en cierto sentido. Su enjuto rostro se suavizó por un instante, como si se compadeciera de ella. En lo que respecta a su opinión, era evidente que no lo había conmovido ni logrado desviarlo una sola pulgada de la misma. Acomodándose en la silla, inició su vil ataque contra Miss Raquel, de esta manera:

—Antes que nada debo pedirle a Su Señoría —dijo— que enfoque este asunto, no sólo desde su punto de vista personal, sino también desde el mío. ¿Me hará usted el favor de imaginarse a sí misma llegando aquí por primera vez, en lugar mío? ¿Y me permitirá que le relate en forma muy sucinta en qué ha consistido tal experiencia?

Mi ama le indicó con un ademán que podía hacerlo. Y el Sargento prosiguió:

—Durante estos últimos veinte años —dijo— he empleado la mayor parte de mi tiempo en la dilucidación de escándalos familiares, actuando en el carácter de agente confidencial. La única experiencia extraída de esa práctica doméstica, que tiene alguna relación con el asunto entre manos, es la que especificaré en dos palabras. Mi experiencia me ha demostrado plenamente que las jóvenes de categoría y posición suelen contraer deudas en privado que no se atreven a reconocer ante sus más próximos parientes y amigos. Unas veces se trata de la modista, otras del joyero. En algunas ocasiones necesitan el dinero para algo que no creo haya ocurrido en este caso, y que no habré de mencionar aquí para no escandalizarla. ¡Tenga en cuenta, señora, lo que acabo de decirle…, y veamos ahora cómo fue que los hechos acaecidos en esta casa me forzaron a retornar al camino de mi propia experiencia, me gustara o no hacerlo!

Luego de reflexionar durante un momento, prosiguió hablando con tan horrenda claridad que nos obligó a comprenderlo y en una forma abominablemente precisa que no favorecía a nadie.

—La primera noticia relativa a la pérdida de la Piedra Lunar —dijo el Sargento— llegó a mí por intermedio del Inspector Seegrave. Ante mi entera satisfacción comprobé que éste era completamente incapaz de solucionar el problema. La única cosa que me comunicó, digna de ser escuchada, y que llamó mi atención, fue ésta: que Lady Verinder se había rehusado a ser interrogada por él y que su respuesta había sido inexplicablemente áspera y desdeñosa. A mí me pareció esto algo extraño…, pero lo atribuí, más que nada, a alguna torpeza que, cometida por el Inspector Seegrave, agravió a la joven. Después tomé el asunto en mis manos y me dediqué por mi cuenta a resolver el caso. El resultado fue que, como usted se halla enterada, dimos con la mancha de la puerta y tuve yo la satisfacción de comprobar, mediante el testimonio de Mr. Franklin Blake, que tanto esa mancha como la desaparición del diamante constituían dos piezas del mismo rompecabezas. Hasta aquí, si algo sospechaba yo, era que la Piedra Lunar había sido robada y que alguno de la servidumbre era el ladrón. Muy bien. ¿Qué ocurre entonces? Miss Verinder sale precipitadamente de su cuarto para venir a hablar conmigo. Yo observo en su apariencia tres detalles sospechosos. Primero: sigue siendo presa de la más violenta agitación, pese a que han transcurrido ya más de veinticuatro horas desde el momento en que desapareció el diamante. Segundo: se conduce conmigo como se condujo antes con el Inspector Seegrave. Y, por último, se siente mortalmente ofendida hacia Mr. Franklin Blake. Muy bien, otra vez. He aquí —me digo— a una joven que acaba de perder una joya valiosa… y a una joven, también, que, según lo que me dicen mis ojos y oídos, posee un carácter impetuoso. Teniendo en cuenta tales circunstancias y el carácter de la joven, ¿cómo reacciona ésta? Demostrando un inexplicable resentimiento hacia Mr. Blake, hacia el Inspector Seegrave y hacia mí…, quienes somos, por otra parte, cada uno a su manera, las tres únicas personas que nos hemos esforzado por hallar la gema perdida. A esta altura de la investigación…, sólo ahora, señora, y no antes, comienzo yo a echar una mirada retrospectiva hacia mi pasada experiencia. Y allí encuentro la explicación de la conducta de Miss Verinder, que no hubiese podido hallar de ninguna otra manera. Mi experiencia la relaciona con aquellas otras jóvenes que me son conocidas. Me dice que tiene deudas que no se atreve a dar a conocer y que deben ser pagadas. Y me impulsa a preguntarme a mí mismo si la pérdida del diamante no puede significar… que el diamante ha sido empeñado secretamente para pagarlas. Esta es la conclusión que mi experiencia extrae, sencillamente, de lo ocurrido. ¿Qué réplica le dicta a Su Señoría su propia experiencia en contra de esto?

—La que ya le he dado a conocer —respondió mi ama—. Las circunstancias lo han llevado a usted por un camino errado.

Por mi parte, yo no dije nada. Robinsón Crusoe —sólo Dios sabe cómo— volvió a hacerse presente en mi vieja y desordenada cabeza. Si el Sargento Cuff se hubiera hallado en ese instante en una isla desierta, sin contar con la ayuda de ningún hombre llamado Viernes ni de barco alguno que viniera a salvarlo, se habría encontrado en el sitio exacto en que yo deseé que se encontrara. (Nota bene: debo hacer constar que soy lo que generalmente se llama un buen cristiano, siempre que no se le exija demasiado a mi cristianismo. Esto me asemeja, sin duda —lo cual es un gran consuelo—, a la mayor parte de ustedes, en tal sentido.)

El Sargento Cuff prosiguió:

—Acertado o no, señora —dijo—, extraje mis propias conclusiones; y el próximo paso debía consistir en ponerlas inmediatamente a prueba. Le sugerí, pues, a Su Señoría, efectuar el registro de todos los guardarropas de la casa. Esa habría de ser la manera de dar con la prenda que, según todas las apariencias, debió de ser la causa de la mancha y de poner al mismo tiempo a prueba mis deducciones. ¿Qué ocurrió entonces? Su Señoría consintió; Mr. Blake consintió y Mr. Ablewhite también consintió. Sólo Miss Verinder se opuso categóricamente a ello, interrumpiendo en esa forma el procedimiento. Si Su Señoría y Mr. Betteredge insisten en discrepar conmigo, es porque se hallan ciegos y no han sido capaces de percibir lo acaecido hoy ante sus propios ojos. Delante de ustedes le dije a la joven que, tal como estaban las cosas, su abandono de la casa obstaculizaría mi labor de dar con la gema. Con sus propios ojos han podido ustedes observar que partió en su carruaje, haciendo caso omiso de tal indicación. Y han podido, a la vez, comprobar cómo lejos de perdonar a Mr. Blake por haber contribuido más que nadie en la tarea de colocarme a mí sobre la pista, lo ha insultado públicamente, sobre los peldaños de la casa de su madre. ¿Qué significa todo esto? Si no se halla Miss Verinder complicada en la desaparición del diamante, ¿qué sentido tienen entonces tales hechos?

Esta vez dirigió su vista hacia mí. Era horrible estar oyendo cómo acumulaba pruebas y más pruebas contra Miss Raquel y saber que, pese al gran anhelo que sentía uno por defenderla, era imposible desconocer la verdad de lo que él decía. ¡Gracias a Dios soy yo un ser que reacciona orgánicamente por encima de la razón! Esto me capacitó para apoyar firmemente el punto de vista sustentado por mi ama, que era el mío propio. Esto sirvió también para levantar mi espíritu y hacer que enfrentara osadamente al Sargento Cuff. Aprovéchense mis buenos amigos, se lo ruego, de este ejemplo. Se evitarán así muchas molestias enojosas. Cultiven la supremacía de los sentimientos sobre la razón y verán entonces cómo le cortan las garras a todo ser cuerdo que intente arañarlos, por el propio bien de ustedes.

Al ver que ni yo ni el ama hacíamos comentario alguno, prosiguió hablando el Sargento Cuff. ¡Dios mío! ¡Cómo me enfureció el advertir que nuestro silencio no lo conmovía en lo más mínimo!

—He aquí el caso, señora, enfocado desde el punto de vista de las pruebas que existen contra Miss Verinder —dijo—. Corresponde ahora hacerlo desde el punto de vista de las pruebas que existen contra Miss Verinder y la extinta Rosanna Spearman en conjunto. Con su permiso, nos retrotraemos, por un instante, al momento en que su hija se rehusó al registro de su guardarropa. Hecha mi composición de lugar, respecto a este asunto, me correspondía en seguida averiguar dos cosas. Primero: cuál habría de ser el método a emplear en la pesquisa. Y segundo: aclarar si Miss Verinder contaba con algún cómplice entre los criados de la casa. Luego de meditar profundamente sobre ello, decidí conducir la investigación siguiendo un método que utilizando las palabras de nuestro oficio denominaremos totalmente irregular. Por el siguiente motivo: me hallaba ante un escándalo familiar y debía no salirme de los límites domésticos. Cuanto menos ruido se hiciera y menos extraños tuviesen ingerencia en el asunto, mejor. En cuanto a la usual práctica de colocar a las gentes bajo custodia por sospechas, de llevarlos ante el juez, etcétera…, ni que pensar había en ello, hallándose como se hallaba su hija, según mi opinión, envuelta de manera principalísima en el asunto. En tal sentido, pensé entonces que Míster Betteredge, por sus condiciones personales y la función que desempeña en la casa —conociendo, como conoce, a toda la servidumbre y respetando, como respeta, a la familia, de todo corazón—, podría constituirse en el mejor auxiliar de que podía echar mano entre cuantas personas me rodeaban. Habría podido hacer la prueba con Mr. Blake…, si no hubiese sido por determinado impedimento. Aquél conocía ya desde el principio el rumbo seguido por la investigación y, por otra parte, su interés personal por Miss Verinder tornaba enteramente imposible todo mutuo entendimiento entre él y yo. Si fatigo con estos detalles a Su Señoría, es sólo para demostrarle que he mantenido este secreto de familia dentro de los límites familiares. Yo soy el único extraño que se halla al tanto del mismo…, y mi carrera profesional depende del hecho de que sepa retener mi lengua.

A esta altura de su exposición sentí yo que mi carrera profesional dependía del hecho de no retener, por mi parte, la lengua. Que se me hiciera aparecer ante el ama, a mis años, como una especie de colaborador de la policía era, una vez más, algo que iba más allá de lo que mi moral cristiana podía tolerar.

—Ruego a Su Señoría me permita informarle —dije— que en ningún momento, que yo sepa, he participado en esta abominable pesquisa, en el sentido que fuere, desde que se inició hasta el instante actual, y desafío al Sargento Cuff a que se atreva a probarme lo contrario.

Luego de dar salida a estas palabras, me sentí enormemente aliviado. Su Señoría me honró con un pequeño y amistoso golpecito en el hombro. Después miré al Sargento justamente indignado para ver cómo reaccionaba ante semejante testimonio. El Sargento volvió la vista como un cordero y pareció simpatizar más que nunca conmigo.

Mi ama le dijo que podía continuar con su exposición.

—Considero —dijo— que ha hecho usted todo lo que honestamente creyó que redundaría en mi beneficio. Me hallo lista para seguir escuchándolo.

—Lo que tengo que decirle ahora —respondió el Sargento Cuff— se refiere a Rosanna Spearman. Reconocí a la joven, como Su Señoría recordará, cuando la vi entrar con el libro del lavado en esta habitación. Hasta ese momento me hallaba inclinado más bien a dudar de la posibilidad de que Miss Verinder hubiese confiado su secreto a nadie. En cuanto vi a Rosanna, mi actitud varió. Sospeché al punto que se hallaba comprometida en la desaparición del diamante. La pobre ha encontrado una muerte espantosa y no deseo que Su Señoría piense que he procedido con ella de una manera innecesariamente cruel. Si se hubiera tratado de un hurto corriente habría otorgado a Rosanna el beneficio de la duda, con la misma amplitud con que se lo hubiese concedido al resto de la servidumbre de la casa. La experiencia nos enseña que las mujeres procedentes de los reformatorios, al entrar al servicio de alguien —si es que se las trata cordial y razonablemente—, se conducen en la mayoría de los casos como honestas penitentes y demuestran ser dignas del interés que nos han inspirado. Pero en este caso no se trataba de un robo corriente, sino que nos hallábamos, en mi opinión, frente a un engaño cuidadosamente planeado, en el fondo del cual aparecía la mano de la dueña del diamante. Adoptado este punto de vista, la primera idea que surgió naturalmente y por sí misma, en mi cerebro, fue la siguiente: ¿se contentaría Miss Verinder (con perdón de Su Señoría) con hacernos creer que la Piedra Lunar se había simplemente extraviado? ¿O iría más lejos hasta el punto de hacernos creer que fue robada? De decidirse por esto último, he aquí a Rosanna Spearman… —con antecedentes ya como ladrona— al alcance de su mano: la persona ideal para despistar a Su Señoría y para despistarme a mí como un perfume falso.

¿Era acaso posible —me pregunté— que pudiera él presentar de manera más horrenda las cosas, en contra de Miss Raquel y Rosanna? Lo era, como verán en seguida.

—Tenía aún otro motivo para sospechar de la extinta —dijo—, que me parece todavía más convincente. ¿Qué persona era la más indicada para ayudar a Miss Verinder a obtener dinero mediante la piedra?: Rosanna Spearman. Una joven de la condición de Miss Verinder no podía afrontar, sin riesgo, una operación de esa naturaleza. Se necesitaría un intermediario, y ¿quién se adaptaba mejor a ese papel, me pregunto yo, que Rosanna Spearman? La difunta doncella de Su Señoría se hallaba en lo más alto de la escala, dentro de su profesión, cuando oficiaba de ladrona. De acuerdo con mi relativa documentación en tal sentido, tenía vinculaciones con uno de los pocos hombres que en Londres, dentro del campo de los prestamistas, hubiera sido capaz de adelantar una gran suma, recibiendo en prenda tan notable gema como era la Piedra Lunar, sin formular preguntas embarazosas ni presentar exigencias molestas. Tenga bien en cuenta estos detalles, señora, y permítame demostrarle ahora cómo mis sospechas se han visto confirmadas por los propios actos de Rosanna y las claras consecuencias que se pueden extraer de ellos.

Inmediatamente se dedicó a pasar revista a todas las actividades de Rosanna. Ustedes ya conocen, tan bien como yo, cuanto se refiere a las mismas y comprenderán por lo tanto de qué manera incontestable ese trozo del informe hacía recaer la culpa de la desaparición de la Piedra Lunar sobre la persona de la pobre muchacha muerta. Aun el ama se acobardó ahora, ante lo que él dijo. No le respondió una sola palabra cuando terminó su exposición. Al parecer, poco es lo que le importaba al Sargento que le respondiera o no. Siguió adelante en su marcha (¡el demonio se lo lleve!) con mayor tenacidad que nunca.

—Luego de haber planteado el caso según los dictados de mi inteligencia —dijo—, sólo habré de decirle ahora a Su Señoría cuál es el paso que me propongo dar de inmediato. Dos caminos se me ofrecen para llevar esta pesquisa a un desenlace feliz. A uno de ellos lo considero seguro. El otro, admito, es un osado experimento; nada más que eso. Su Señoría será quien decida. ¿Adoptamos primero el que es seguro?

Mi ama le hizo un signo para que escogiera él.

—Muchas gracias —dijo el Sargento—. Comenzaremos con el método seguro, ya que Su Señoría ha sido tan amable como para permitirme elegir. Ya decida Miss Verinder permanecer en Frizinghall, o resuelva regresar aquí, propongo que en cualquiera de los dos casos se mantenga una estricta vigilancia sobre sus actos…, sobre sus entrevistas con otras personas, sus paseos a caballo o los paseos que realice a pie y las cartas que despache o reciba.

—¿Qué más? —preguntó mi ama.

—En seguida —replicó el Sargento—, solicitaré permiso de Su Señoría para traer a la casa, y hacerla ocupar el puesto de criada que en la misma desempeñaba Rosanna Spearman, a una mujer experta en investigaciones domésticas de esta índole, de cuya discreción respondo personalmente.

—¿Qué más? —repitió mi ama.

—Luego —prosiguió el Sargento—, y como último pedido le propongo el envío de uno de mis compañeros de profesión a Londres, para que llegue a un arreglo con el prestamista que acabo de citar como viejo conocido de Rosanna Spearman… y cuyo nombre y dirección, puede estar Su Señoría segura, le fueron revelados por Rosanna a Miss Verinder. No niego que la realización del procedimiento que le estoy sugiriendo ahora demandará una cierta suma de dinero y de tiempo. Pero el resultado es seguro. Tenderemos con él una línea en torno de la Piedra Lunar, línea que iremos estrechando más y más, hasta dar con la gema en poder de Miss Verinder, suponiendo que ésta decida conservarla. Si bajo la presión de sus deudas resuelve desprenderse de ella, tendremos ya a nuestro hombre listo para echar mano de la Piedra Lunar a su llegada a Londres.

Al oír las palabras que hacían blanco a su hija de semejante proposición, mi ama, herida, adoptó un tono iracundo por primera vez.

—Considere esa proposición denegada en todos sus detalles —dijo—. Y prosiga, dándome a conocer el otro camino susceptible de llevar a su fin la investigación.

—El otro camino —dijo el Sargento, prosiguiendo con más calma que nunca— consiste en efectuar ese osado experimento al que ya he aludido. Creo que la opinión que me he formado respecto al carácter de Miss Verinder es bastante correcta. La considero muy capaz (de acuerdo con esa creencia) de cometer, por ejemplo, un atrevido fraude. Pero es demasiado ardiente e impetuosa y se halla muy poco acostumbrada al engaño, considerado éste como un hábito, para actuar hipócritamente en las pequeñas cosas y saber refrenarse frente a toda clase de provocaciones. Sus sentimientos, en este caso, han escapado reiteradamente a su dominio en momentos en que era evidente que debía ocultarlos en su propio interés. Sobre esa faceta de su carácter me propongo obrar. Necesito provocar en ella un sacudimiento súbito, bajo circunstancias tales, que harán que lo sienta en carne viva. Hablando vulgarmente, pienso anunciarle a Miss Verinder, sin preámbulos de ninguna especie, la muerte de Rosanna, en la esperanza de que sus mejores sentimientos la impulsen a hacer una precipitada confesión. ¿Acepta Su Señoría esta alternativa?

Mi ama provocó en mí entonces un asombro que elude todo intento descriptivo. Le respondió al punto:

—Sí, acepto.

—El calesín ya se halla listo —dijo el Sargento—. Deseo a Su Señoría muy buenos días.

Mi ama elevó su mano y lo detuvo cuando estaba ya en la puerta.

—Apelaremos, sí, a los buenos sentimientos de mi hija, tal cual usted lo acaba de proponer —dijo—. Pero, en mi carácter de madre, reclamo el derecho que me asiste de ser yo quien la ponga a prueba. Tenga la bondad de aguardar aquí; yo seré quien vaya a Frizinghall.

Por primera vez en su vida el gran Cuff perdió el habla, asombrado, igual que un hombre común.

Mi ama hizo sonar la campanilla y ordenó que le trajeran sus prendas impermeables. Seguía aún lloviendo; el carruaje cerrado había partido, como ustedes saben, con Miss Raquel a Frizinghall. Yo intenté disuadir a Su Señoría de su intención de arrostrar un tiempo tan hostil. ¡Todo fue inútil! Le pedí entonces permiso para acompañarla con el paraguas. Ni oírme quiso. El calesín apareció de pronto, guiado por el caballerizo.

—Puede usted estar seguro de dos cosas —le dijo al Sargento Cuff en el hall—: que ensayaré el procedimiento en Miss Verinder tan osadamente como lo haría usted mismo, y que le comunicaré el resultado, ya sea personalmente o por carta, antes de que parta de aquí el último tren para Londres, esta noche.

Dicho lo cual se introdujo en el calesín y, tomando las riendas con sus propias manos, se lanzó en dirección a Frizinghall.

CAPÍTULO XXI

Habiendo partido mi ama, yo gozaba ahora de un descanso para poder observar al Sargento Cuff. Lo hallé sentado en un cómodo rincón del vestíbulo, consultando su libreta de apuntes y arrugando maliciosamente las comisuras de sus labios.

—¿Tomando notas del caso? —le pregunté.

—No —dijo el Sargento—. Tratando de ver cuál es el próximo caso.

—¡Oh! —dije—. ¿Piensa usted que ya todo ha terminado aquí?

—Pienso —respondió el Sargento Cuff— que Lady Verinder es una de las más astutas mujeres de Inglaterra. Y pienso también que una rosa es algo mucho más digno de interés que un diamante. ¿Dónde está el jardinero, Mr. Betteredge?

Ni una palabra más logré arrancarle en lo que concierne a la cuestión de la Piedra Lunar. Había perdido todo interés personal en su propia pesquisa e insistió en dar con el jardinero. Una hora más tarde los oí disputar en voz alta en el invernadero, y el escaramujo era el tema de la discusión.

Mientras tanto, era necesario que aclarara yo si Mr. Franklin persistía en su resolución de abandonarnos partiendo en el tren de la tarde. Luego de haberse enterado de la entrevista efectuada en la habitación del ama y de su resultado, decidió inmediatamente aguardar hasta que llegaran noticias de lo ocurrido en Frizinghall. Esta alteración de los planes, tan natural en él —y que no hubiese conducido a nada en particular a cualquier hombre corriente—, demostró en el caso de Mr. Franklin ser capaz de producir un efecto inconveniente. Lo sumió en el desasosiego y dio pie a que las facetas foráneas de su carácter comenzaran a abandonar una tras otra su yo, como ratas que huyen de un costal.

Ya en su carácter de angloitaliano, ya en el de anglogermano o en el de francoinglés, penetró y salió de todos los aposentos de la casa, sin hablar de otra cosa que de la manera como lo había tratado Miss Raquel; y sin otro interlocutor que yo en todo momento. Lo hallé, por ejemplo, en la biblioteca, sentado al pie del mapa de la Italia moderna y demostrando no ser capaz de enfrentar sus penurias como no fuera haciendo mención continua de ellas. «Dentro de mí albergo muy dignas ambiciones, Betteredge; pero ¿qué haré con ellas ahora? Estoy henchido de hermosas cualidades latentes. ¡Ah, si Raquel me hubiera sólo ayudado a actualizarlas!» Se mostró tan elocuente en la pintura de sus propios méritos olvidados y tan patético en sus lamentaciones, luego de haberlo hecho, que yo no supe cómo hacer para consolarlo en el primer momento, pero súbitamente se me ocurrió que ése era un caso que se prestaba para ser tratado con un trozo del Robinsón Crusoe. Cojeando me dirigí, pues, hacia mi habitación y cojeando emprendí el regreso a la biblioteca, portador de ese libro inmoral. ¡Ni un alma había en la biblioteca! El mapa de la Italia moderna pareció clavar en un par de ojos; y yo clavé, a mi vez, mi vista en él.

Probé luego en la sala. Su pañuelo, que se hallaba sobre el piso, demostraba que había entrado allí. Y he ahí que el cuarto vacío demostraba, a su vez, que se había escurrido nuevamente hacia afuera.

Me dirigí entonces al comedor y di allí con Samuel, quien con una galleta y un vaso de jerez en las manos se dedicaba a indagar silenciosamente en la atmósfera vacía del cuarto. Un minuto antes Mr. Franklin había agitado furiosamente la campanilla, para pedir ese pequeño estimulante. Al llegar allí Samuel con lo solicitado, luego de violenta carrera, comprobó que Mr. Franklin se había esfumado, antes de que la campanilla que se hallaba al pie de la escalera hubiese cesado de vibrar a raíz del tirón con que aquél la había impulsado.

Probé a continuación en el cuarto matinal y lo hallé por fin allí. Se encontraba junto a la ventana, dibujando jeroglíficos con su dedo en el húmedo cristal.

—Su jerez lo está aguardando, señor —le dije.

Fue lo mismo que si le hubiera hablado a las paredes. Estaba sumergido en el insondable abismo de sus propias ideas, sin miras a que se detuviera en sus reflexiones.

—¿Cómo explicas tú la actitud de Raquel, Betteredge? —fue la única respuesta que recibí.

No encontrando ninguna réplica adecuada a mano, saqué a relucir mi Robinsón Crusoe, completamente persuadido de que hallaríamos en él algún pasaje explicativo del caso, siempre que empleáramos cierto tiempo en su búsqueda. Mr. Franklin cerró el libro e insistió al punto en su jerigonza anglogermana. «¿Por qué no estudiar a fondo la cuestión?», dijo como si él mismo hubiera estado objetando dicho procedimiento.

—¿Por qué demonios habremos de perder la paciencia, Betteredge, cuando es mediante esa cualidad que arribaremos a la verdad? No me interrumpas. La actitud de Raquel se torna enteramente inteligible si, haciéndole justicia, adoptamos primero el punto de vista objetivo, a continuación el subjetivo y por último y como remate el objetivo-subjetivo. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sabemos que la pérdida del diamante, descubierta el jueves último por la mañana, la sumió en un estado de excitación nerviosa del cual no se ha recobrado aún. ¿Vas a negarme la existencia hasta aquí del aspecto objetivo? Muy bien, entonces… no me interrumpas. Ahora bien, hallándose en ese estado de excitación nerviosa, ¿cómo podía esperarse que reaccionara, frente a las gentes que la rodeaban, de igual manera que si se hallase en otras condiciones? Al argüir en esta forma, o sea, partiendo de lo interno hacia lo externo, ¿a qué arribamos? Al punto de vista subjetivo. Te desafío a que me niegues la existencia de este aspecto subjetivo del asunto. Muy bien…, ¿qué ocurre entonces? ¡Dios santo! ¡Arribamos, naturalmente, al aspecto objetivo-subjetivo! Resulta entonces que Raquel, hablando con justeza, no es Raquel propiamente dicha, sino otra persona. ¿Debe importarme el ser tratado cruelmente por otra persona? Tú eres bastante irrazonable, Betteredge; pero difícilmente podrías acusarme a mí de lo mismo. Ahora bien, ¿en qué termina todo esto? Concluye en que, a despecho de tu maldita estrechez mental inglesa y tus prejuicios, me siento enteramente cómodo y feliz. ¿Dónde está el jerez?

Mi cabeza se hallaba a esta altura en un estado tal de confusión, que no estaba seguro de si era la mía o la de Mr. Franklin. En tan deplorables condiciones me las arreglé para cumplir tres acciones objetivas: le alcancé a Mr. Franklin el jerez; me retiré a mi habitación y me conforté a mí mismo con la más estimulante pipa de tabaco que recuerdo haber fumado jamás.

No crean, sin embargo, que logré desembarazarme de manera tan fácil de Mr. Franklin. Escurriéndose otra vez del cuarto matinal al vestíbulo, halló el camino de los cuartos de servicio, olió en la atmósfera el aroma de mi pipa y recordó al instante que había sido tan simple como para dejar de fumar en obsequio de Miss Raquel. En un abrir y cerrar de ojos irrumpió en mi cuarto con su cigarrera y volvió, empecinado, a la carga con su tema eterno, tratándolo ahora según su pulcra, ingeniosa e increíble modalidad francesa.

—Dame fuego, Betteredge. ¿Se concibe que haya un hombre que después de haber fumado durante tantos años como yo lo he hecho, sea incapaz de descubrir todo un sistema para el tratamiento que debe dispensarse a las mujeres, en el fondo de su cigarrera? Sígueme con atención y te probaré la cosa en dos palabras. Tú escoges, por ejemplo, un cigarro; lo pruebas y te desagrada. ¿Qué haces, entonces? Lo tiras y ensayas otro. Ahora bien, observa ahora la aplicación del sistema. Tú escoges una mujer, la pruebas y ésta destroza tu corazón. ¡Tonto!, aprende de tu cigarrera. ¡Arrójala de tu lado y ensaya otra!

Yo sacudí la cabeza negativamente. Maravillosamente ingenioso, me atrevo a decir, pero mi experiencia personal se hallaba totalmente en pugna con ese procedimiento.

—En tiempos de la difunta Mrs. Betteredge —le dije— me sentí inclinado innumerables veces a poner en práctica su filosofía, Mr. Franklin. Pero la ley insiste en que debe uno seguir fumando su cigarro, luego de haber escogido.

Hice la observación, guiñándole un ojo. Mr. Franklin soltó una carcajada… y seguimos disfrutando de nuestra alegría igual que dos grillos, hasta el instante en que un nuevo aspecto de su carácter surgió, a su debido tiempo, en primer plano. Así iban las cosas entre mi joven amo y yo y así, mientras el Sargento y el jardinero disputaban en torno de las rosas, empleamos el tiempo que precedió a la llegada de las nuevas de Frizinghall.

El calesín tirado por el pony se halló de vuelta una buena media hora antes del momento en que yo hubiese osado imaginar que lo haría. Mi ama había resuelto permanecer, por el momento, en la casa de su hermana. El caballerizo trajo dos cartas escritas por ella: una dirigida a Mr. Franklin y la otra a mi nombre.

La de Mr. Franklin se la envié a éste a la biblioteca, en donde se había refugiado por segunda vez, luego de tanta andanza. A la mía le di lectura en mi propia habitación. Un cheque que se escurrió de ella en cuanto abrí el sobre, sirvió para indicarme, antes de enterarme de su contenido, que el despido del Sargento Cuff como encargado de la investigación en torno a la Piedra Lunar era ya un hecho consumado.

Le mandé decir al invernadero que deseaba hablar con él inmediatamente. Surgió ante mí con la cabeza atiborrada de la persona del jardinero y del escaramujo, y afirmó que jamás había existido, ni habría de existir en el futuro, persona alguna que pudiese compararse, por lo obstinada, con Mr. Begbie. Yo lo insté a ahuyentar esas ideas de la conversación y a dedicar toda su atención a las cosas realmente importantes. Al oír tales palabras, esforzó su atención lo suficiente como para ver la carta que yo tenía en la mano.

—¡Ah! —dijo con su tono fatigado—, ha recibido usted noticias de Su Señoría. ¿Tengo yo algo que ver en el asunto, Mr. Betteredge?

—Podrá usted comprobarlo por sí mismo, Sargento.

Y a continuación comencé a leerle la carta, con el mayor énfasis y la mayor discreción posibles, la cual se hallaba concebida en los siguientes términos:

«Mi buen Gabriel: Le ruego informe al Sargento Cuff que he cumplido la promesa que le hiciera, con el siguiente resultado, en lo que atañe a Rosanna Spearman: Miss Verinder declara solemnemente que en ningún instante cambió en privado palabra alguna con Rosanna, desde el instante en que esta infortunada mujer entró por vez primera en mi casa. Que en ningún momento, ni siquiera por casualidad, se encontró con ella la noche en que desapareció el diamante; y que ninguna clase de contacto hubo entre ellas desde la mañana del jueves, día en que se dio la primera alarma en la casa, hasta el día de hoy, sábado a la tarde, en que Miss Verinder abandonó la misma. Luego de haberle comunicado a mi hija la noticia del suicidio de Rosanna Spearman, en forma repentina y con las palabras estrictamente imprescindibles para efectuar tal anuncio…, esto fue lo que ocurrió.»

Al llegar a este punto, elevé mi vista hacia el Sargento Cuff y le pregunté qué opinaba de la carta.

—No haría más que ofenderse si le expresara mi opinión —replicó el Sargento—. Continúe, Mr. Betteredge —añadió con exasperante obstinación—, continúe.

Al acordarme de que éste era el hombre que tuvo la audacia de quejarse de la obstinación del jardinero, mi lengua sintió el vehemente impulso de «continuar», pero con palabras que no eran las de mi ama.

No obstante, mi yo cristiano se mantuvo firme. Proseguí pacientemente la lectura de la carta del ama:

«Dirigiéndome a Miss Verinder en la forma que deseaba el policía, le hablé de la manera que me pareció más susceptible de provocar sorpresa en ella. En dos ocasiones, antes de que mi hija abandonara mi techo, le previne que al hacerlo se expondría a despertar la más degradante e intolerable de las sospechas. Ahora acabo de decirle que mis temores se hallaban justificados.»

«Su respuesta ha sido respaldada por su tono más solemne, tan sencillamente como es posible que sea cosa alguna expresada con palabras. En primer lugar, no le debe dinero en privado a ser viviente alguno. En segundo lugar, el diamante no se encuentra ni se ha encontrado nunca en sus manos, desde que lo puso en su bufete el miércoles por la noche.»

«La confianza de mi hija en mi persona no ha ido más allá de estas palabras. Se mantiene en un obstinado silencio cada vez que le pregunto si puede darme alguna explicación respecto a la desaparición del diamante. Se niega a hacerlo, con lágrimas en los ojos, cuando apelo a ella diciéndole que lo haga en mi beneficio. «Algún día llegarás a saber por qué me tiene tan sin cuidado la acusación y por qué guardo silencio, aun ante ti. Mucho es lo que he hecho para merecer la piedad de mi madre…, nada que pueda hacerla avergonzarse de mi conducta.» Estas han sido sus palabras.»

«Luego de lo ocurrido entre ese funcionario y yo, creo —pese a que no es más que un extraño— que debe hacérsele conocer, igual que a usted, cuanto ha dicho Miss Verinder. Léale esta carta y entréguele en seguida, en sus propias manos, el cheque que adjunto a la misma. Al renunciar a toda nueva intervención suya en el asunto, sólo tengo que agregar que estoy segura de su honestidad e inteligencia; pero me hallo a la vez más persuadida que nunca de que las circunstancias lo han arrastrado fatalmente en este caso por un camino equivocado.»

Con estas palabras terminaba la carta. Antes de alargarle el cheque, le pregunté al Sargento si tenía alguna observación que hacer.

—No encuadra con mis obligaciones, Betteredge —replicó—, hacer observación alguna respecto a un caso, cuando he dado a éste por terminado.

Yo arrojé el cheque en su dirección, a través de la mesa.

—¿Cree usted en esta parte de la carta de Su Señoría? —le dije indignado.

El Sargento miró el cheque y arqueó melancólicamente sus cejas, al comprobar la liberalidad de Su Señoría.

—Es ésta una tan generosa estimación del valor de mi tiempo —dijo—, que me siento obligado a retribuirla en alguna forma. Tendré en cuenta el monto de ese cheque, Mr. Betteredge, cuando llegue el momento en que sea oportuno recordarlo.

—¿Qué quiere usted decir? —le pregunté.

—Su Señoría ha sorteado los escollos del momento en forma muy inteligente —dijo el Sargento—. Pero este escándalo de familia pertenece a esa categoría de hechos que vuelven a estallar en la superficie cuando menos lo espera uno. Nuevos problemas detectivescos se hallarán en nuestras manos, señor, antes de que la Piedra Lunar tenga muchos meses más de vida.

Si algún sentido trascendía de tales palabras y algo quiso dar a entender con el tono con que las dijo, fue lo siguiente: la carta de mi ama demostraba, según él, que Miss Raquel era lo suficientemente tenaz como para resistir la más potente súplica que le fuera dirigida y que había hecho víctima a su madre (¡Dios mío, y en qué momento!) de toda una serie de abominables mentiras. Qué respuesta le hubiera dado cualquier otra persona al Sargento, no podría decirlo. Yo, por mi parte, le repliqué de esta sencilla manera:

—¡Sargento Cuff, considero sus últimas palabras como un insulto inferido a mi ama y a su hija!

—Mr. Betteredge, considérelas usted como una advertencia y se hallará más próximo a la verdad.

Furioso e iracundo como me encontraba, la diabólica presunción de esta respuesta selló mis labios.

Con el fin de serenarme avancé hacia la ventana. La lluvia había ya cesado; y, ¿a quién fue que vieron mis ojos en el patio sino a Mr. Begbie, nuestro jardinero, aguardando allí afuera el instante de reanudar la disputa acerca del escaramujo, con el Sargento Cuff?

—Saludos para el Sargento —dijo Mr. Begbie, en cuanto advirtió mi presencia—. Si está él dispuesto a caminar hasta la estación, tendré el placer de acompañarlo.

—¡Cómo! —gritó el Sargento a mis espaldas—, ¿no se ha convencido usted aún?

—¡Demonios, ni una pizca! —respondió Míster Begbie.

—¡Entonces iré a la estación! —dijo el Sargento.

—¡Lo esperaré en la puerta! —exclamó Mr. Begbie.

Yo me hallaba, como ustedes ya saben, bastante enfurecido… Pero ¿cómo podía la cólera de ningún hombre mantenerse incólume ante una interrupción de esta índole? El Sargento Cuff advirtió el cambio producido en mí y estimuló su progreso con una expresión oportuna.

—¡Venga! ¡Venga! —dijo—. ¿Por qué no aplicarle a mi caso el mismo punto de vista puesto en práctica por Su Señoría? ¿Por qué no decir que las circunstancias me han arrastrado fatalmente por un camino equivocado?

Poder juzgar una cosa desde el punto de vista en que lo hacía Su Señoría era un privilegio de ser gustado… aun teniendo en cuenta la desventaja de que el ofrecimiento había sido hecho por el Sargento Cuff. Lentamente me fui apaciguando, hasta que alcanzó mi espíritu su nivel normal. Toda opinión en torno a la persona de Miss Raquel, que no fuese la mía o la de mi ama, provocaba de mi parte un altivo desdén. ¡La única cosa que escapaba a mi voluntad era echar en el olvido la cuestión de la Piedra Lunar! Mi propio sentido común debió de haberme aconsejado, bien lo sé, hacer a un lado la cosa…, pero, ¡vaya!, las virtudes que distinguen a la actual generación no existían en mi tiempo. El Sargento Cuff me había herido en mi punto débil y, pese a mis altivas miradas de desprecio, la tierna zona herida por él seguía aún hormigueando. Lo cual me impulsó perversamente a obligarle a dirigir su atención hacia la carta de Su Señoría.

—En lo que a mí se refiere, estoy enteramente convencido —dije—. ¡Pero dejemos de lado eso! Haga de cuenta que tiene aún que convencerme. Usted es de opinión de que no debe dársele crédito a las palabras de Miss Raquel y de que volveremos a oír hablar de la Piedra Lunar. Demuéstreme tal cosa, Sargento —concluí en un tono ligero—. Demuéstremela.

En lugar de ofenderse, asió el Sargento mi mano y la sacudió hasta hacerme doler nuevamente los dedos.

—¡Juro ante Dios —dijo este extraño oficial, solemnemente— que ingresaría mañana mismo en el servicio doméstico, Mr. Betteredge, si se me brindara la oportunidad de trabajar a su lado! Decir que es usted tan transparente como un niño, es hacer a los niños un cumplido que nueve de cada diez de ellos no merecen. ¡Vaya, vaya!, no empecemos a disputar de nuevo. Le diré lo que quiere saber sin recurrir a ese enojoso expediente. No diré una palabra más respecto a Su Señoría o Miss Verinder…, sino que, por primera vez en mi vida, me trocaré, en cierto sentido, en un profeta, y ello en su beneficio. Ya le he prevenido que este asunto de la Piedra Lunar no ha terminado todavía. Muy bien. Ahora, en el momento de partir, le anunciaré tres cosas que habrán de ocurrir en el futuro y las cuales, es mi creencia, los obligarán a ustedes a fijar su actuación en ellas, les agrade o no hacer tal cosa.

—¡Prosiga! —le dije, con el mayor descaro y ligereza.

—Primero —dijo el Sargento—, tendrá usted noticias de los Yolland… cuando entregue el cartero la misiva de Rosanna en Cobb's Hole, el lunes próximo.

Si me hubiera volcado encima un balde de agua fría, dudo que mi desagrado hubiese sido mayor que el que me provocaron tales palabras. Las protestas de inocencia de Miss Raquel habían dejado las actividades de Rosanna —la confección del peinador, el ocultamiento de la prenda manchada y demás hechos— sin la menor explicación. ¡Y esto no se me ocurrió a mí en ningún momento, antes de que el Sargento Cuff me obligara a pensar en todo ello de repente!

—Luego —prosiguió el Sargento—, tendrá usted noticias de los tres juglares hindúes. Oirá hablar de ellos en los alrededores, si Miss Raquel permanece en el vecindario. Y oirá hablar de ellos en Londres, si Miss Raquel se dirige a Londres.

No sintiendo ya el menor interés por los escamoteadores y hallándome plenamente convencido de la inocencia de mi joven ama, acogí esta segunda profecía con la mayor ligereza.

—Basta ya de las dos primeras cosas de las tres que habrán de suceder —le dije—. ¡Dígame cuál es la otra!

—La tercera y última —dijo el Sargento Cuff— consiste en que tarde o temprano oirá usted hablar de ese prestamista londinense que me he tomado ya la libertad de mencionar dos veces. Deme usted su libreta de apuntes para anotarle su nombre y dirección…, para evitar que se produzca confusión alguna, en caso de que el hecho se consume en realidad.

En consecuencia, escribió sobre una hoja en blanco: «Mr. Septimus Luker, Middlesex Place, Lambeth, Londres.»

—Estas son las últimas palabras —dijo, indicando la dirección— relativas a la Piedra Lunar, con que habré de molestarlo a usted por el momento. El tiempo dirá si estoy en lo cierto o equivocado. Mientras tanto, señor, me voy de aquí llevándome una favorable y sincera impresión de su persona, que en mi opinión nos honra a ambos. Si no volvemos a encontrarnos antes de que me retire del ejercicio de mi profesión, espero que venga usted a verme a esa casita próxima a Londres, a la cual ya le he echado el ojo. Le prometo, Mr. Betteredge, que los senderos serán de hierba en mi jardín. En cuanto a las rosas musgosas…

—¡Demonios, ni una pizca podrá hacer crecer a la rosa musgosa, si no la injerta primero en el escaramujo! —gritó una voz desde la ventana.

Ambos nos volvimos. Allí estaba el eterno Mr. Begbie, quien se hallaba demasiado impaciente respecto a la controversia, para seguir aguardando un minuto más en la puerta. El Sargento estrujó mi mano y se precipitó al patio, más caldeado aún que su antagonista.

—Pregúntele qué pasó con la rosa musgosa cuando regrese y fíjese bien si lo he dejado con alguna pierna en que pararse —gritó el gran Cuff, a su vez, desde la ventana.

—Caballeros —respondí yo, tratando de aplacarlos como los había aplacado anteriormente—, en lo que concierne a la rosa musgosa, mucho es lo que puede decirse por ambas partes.

Fue lo mismo que si me hubiese puesto, como dicen los irlandeses, a silbarle gigas a una piedra. Ambos prosiguieron el camino, disputando la batalla de las rosas, sin dar ni pedir cuartel. La última vez que los vi, Mr. Begbie sacudía su obstinada cabeza y el Sargento Cuff lo había tomado de un brazo igual que si se tratara de un preso. ¡Ah, vaya, vaya! Reconozco que no pude evitar un sentimiento de simpatía hacia el Sargento…, aunque seguí odiándolo todo el tiempo.

Explíquese como mejor puedan este estado mental. Pronto se verán libres de mi persona y mis contradicciones. Una vez que me haya referido a la partida de Mr. Franklin, el relato de lo acontecido el día sábado habrá llegado, por fin, a su término. Y cuando, luego de ello, haya narrado ciertos extraños eventos acaecidos en el curso de la nueva semana, habré cumplido mi misión respecto a esta historia y entregaré la pluma a la persona designada para sucederme. Si se hallan ustedes fatigados por la lectura, como yo por la faena de escribir este relato…, ¡qué alegría, Dios mío, será la que experimentaremos dentro de muy pocas páginas!

CAPÍTULO XXII

Yo había ordenado que el calesín se mantuviera listo, para el caso de que Mr. Franklin persistiera en su deseo de partir en el tren de esa noche. La aparición del equipaje, seguida por la del propio Mr. Franklin, me hizo comprender claramente que éste persistía en un propósito por primera vez en su vida.

—¿De modo que ya es una cosa resuelta, señor? —le dije al encontrarme con él en el vestíbulo—. ¿Por qué no aguarda un día o dos más y le ofrece otra oportunidad a Miss Raquel?

Todo el barniz extranjero de Mr. Franklin se disipó ahora que había llegado el instante de decirnos adiós. En lugar de responderme con palabras, colocó en mis manos la carta que Su Señoría acababa de remitirle. Lo que allí decía era, en su mayor parte, lo mismo que me comunicara a mí en la otra carta. Pero había un fragmento hacia el final de la misiva relativo a Miss Raquel, que servirá, si no para otra cosa, para aclarar al menos la causa de la firmeza de Mr. Franklin.

«Me atrevo a afirmar (decía allí Su Señoría) que habré de provocar su asombro cuando le diga que he permitido que mi propia hija me mantenga en la más completa oscuridad. Un diamante cuyo valor alcanza a las veinte mil libras acaba de perderse…, y las circunstancias quieren llevarme a inferir que el misterio de su desaparición no constituye tal cosa para Raquel y que un inexplicable compromiso de guardar silencio pesa sobre ella, compromiso que le ha sido impuesto por una o varias personas que me son desconocidas en absoluto, con miras a un propósito del que no tengo la menor idea. ¿Se concibe que me deje engañar a mí misma en esta forma? Sí, se justifica enteramente, teniendo en cuenta el estado actual de Raquel. Mi hija se halla bajo los efectos de una agitación nerviosa que conmueve. Evitaré toda mención de la Piedra Lunar, mientras el tiempo no haya logrado hacerle recuperar su tranquilidad. Con el fin de alcanzar tal cosa no he vacilado en despedir al policía. El misterio que nos tiene en ascuas a nosotros lo mantiene a él también en idéntico estado. No es éste un asunto en el que pueda sernos de utilidad ningún extraño. Su presencia no hace más que aumentar mis sufrimientos, y Raquel enloquece ante la sola mención de su nombre.»

«Mis planes para el futuro han sido trazados de la mejor manera en que fue posible hacerlo. Me propongo actualmente dirigirme con Raquel a Londres…, en parte para aliviar su espíritu mediante un cambio total de ambiente y en parte para probar qué se puede hacer, de acuerdo con el mejor consejo médico que se nos haga llegar. ¿Me atreveré a pedirte que vayas a recibirnos a la ciudad? Mi querido Franklin, en cierto sentido tienes que imitar mi paciencia y aguardar, como yo lo hago, un instante más favorable. La valiosa ayuda que has aportado a la investigación con motivo de la pérdida de la gema sigue constituyendo una imperdonable ofensa para la mente de Raquel, en su espantoso estado actual. Obrando a ciegas como lo has hecho en este asunto has aumentado la carga de ansiedad que ya pesaba sobre ella desde el instante en que, en forma inocente, la amenazaste con descubrir su secreto mediante la diligencia puesta en juego. Me es imposible hallar justificación alguna a la maligna opinión que te hace responsable de unas consecuencias que ni tú ni yo podíamos imaginar o prever. Pero ella no se encuentra en un estado que le permita razonar…»

«Solo cabe apiadarse de Raquel. Mucho es lo que sufro al tener que decirte que por el momento será mejor que tú y ella se mantengan alejados. El único consejo que puedo darte es que le des tiempo.»

Le devolví la carta sinceramente afligido por lo que le pasaba a Mr. Franklin, pues bien sabía lo enamorado que se hallaba de la joven y en qué forma lo había herido en el corazón ese relato que del estado de ella acababa de hacerle llegar mi ama.

—Sin duda conoce usted el proverbio, señor —me atreví a decirle—: «Cuando las cosas alcanzan su nivel más bajo, es seguro entonces que comenzarán a mejorar.» Las cosas han llegado aquí tan bajo, Mr. Franklin, que no es posible que empeoren más.

Mr. Franklin dobló la carta de su tía, sin que se sintiese al parecer confortado en lo más mínimo por las palabras que me aventuré a dirigirle.

—Cuando llegué aquí procedente de Londres con ese horrendo diamante —dijo—, no creo que hubiera en toda Inglaterra un hogar más dichoso que éste. ¡Míralo, ahora! ¡Disperso, desunido…, la propia atmósfera del lugar se halla emponzoñada por el misterio y la sospecha! ¿Te acuerdas de aquella mañana cuando en las Arenas Temblonas hablamos de mi tío Herncastle y de su regalo de cumpleaños? ¡La Piedra Lunar le ha servido para vengarse, Betteredge, de una manera que el propio Coronel no osó jamás soñar!

Dicho esto, me estrechó la mano y se dirigió al calesín. Yo lo seguí escaleras abajo. Era en verdad muy lamentable verlo partir de esa manera de la vieja residencia donde transcurrieron los más felices años de su vida. Penélope (triste y trastornada por lo acontecido en la casa) se hizo presente para decirle adiós. Mr. Franklin la besó. Yo lo saludé con la mano, como si le dijera: «con todo mi corazón lo autorizo a hacerlo, señor». Varias domésticas surgieron en la esquina de la casa para atisbar su partida. Pertenecía él a esa categoría de hombres que agradan a todas las mujeres. A último momento detuve el pony y le pedí, por favor, que nos hiciera llegar noticias suyas por carta. No pareció escuchar lo que le dije…; deslizó su mirada de una cosa a la otra como si estuviera despidiéndose de la vieja mansión y de las tierras circundantes.

—¡Díganos adónde va, señor! —le rogué, mientras caminaba a la par del calesín y me esforzaba por penetrar sus planes futuros de esa manera.

Mr. Franklin se bajó súbitamente el sombrero hasta los ojos.

—¿Adónde voy? —me dijo, haciéndose eco de mis palabras—. ¡Al infierno!

El pony echó a correr al oír esta palabra, como si experimentase una especie de horror cristiano ante la misma.

—¡Dios lo bendiga, señor, dondequiera que vaya! —fue cuanto tuve tiempo de decirle, antes de que desapareciera de mi vista y del alcance de mi oído.

¡Un agradable y simpático caballero! ¡A pesar de todas sus locuras y defectos, un agradable y simpático caballero! Su partida dejó en la casa de mi ama un triste vacío.

Monótono y triste era el ambiente de la casa, cuando el largo crepúsculo de ese día de verano se trocó en la noche del sábado.

Yo evité que mi ánimo decayera, recurriendo en seguida a mi pipa y a mi Robinsón Crusoe. Las mujeres, excepto Penélope, mataron el tiempo hablando del suicidio de Rosanna. Todas se obstinaron en afirmar que la pobre muchacha había robado la Piedra Lunar y que se había eliminado aterrorizada ante la idea de que podían descubrirla. Mi hija, naturalmente seguía aferrada íntimamente a lo que ya había dicho. Su opinión respecto al verdadero motivo del suicidio de Rosanna resultaba insatisfactorio frente a los mismos obstáculos que tornaban, también, insatisfactoria la afirmación que mi joven ama hacía de su inocencia, lo cual constituía una extraña coincidencia. Ninguna de las dos tomaba para nada en cuenta el misterioso viaje de Rosanna a Frizinghall ni sus actividades en torno al peinador. Inútil era hacerle reparar en ello a mi hija; la objeción la dejaba tan impasible como un chubasco a una prenda impermeable. La verdad es que ha heredado esa supremacía de los sentidos sobre la razón que distingue a mi persona…, superando en ello por amplio margen a su padre.

Al día siguiente —domingo— llegó de regreso, pero sin nadie dentro, el coche cerrado que transportara a Mr. Ablewhite. El cochero me entregó un mensaje que me dirigía mi ama, así como también las instrucciones que por escrito le hacía llegar aquélla a su doncella privada y a Penélope.

El mensaje me anunciaba que el ama había resuelto instalarse con Miss Raquel en su casa de Londres el día lunes. Las instrucciones ponían en conocimiento de las dos criadas cuáles eran las ropas que necesitaban y les ordenaban ir a reunirse con sus dos amas en la ciudad, a determinada hora del día. La mayor parte de la servidumbre debía seguirlas más tarde. Mi ama había hallado tan poco dispuesta a Miss Raquel a retornar a la casa luego de lo acontecido en ella, que decidió marcharse directamente a Londres desde Frizinghall. Yo debía permanecer en el campo hasta nueva orden y vigilar las faenas dentro y fuera de la finca. Los criados que quedaran debían recibir en retribución por sus servicios sólo el cuarto y la comida.

Al hacerme recordar esto lo que Mr. Franklin me dijera acerca de la desunión y dispersión de la familia, mi pensamiento se sintió impelido, naturalmente, a recordar al propio Mr. Franklin. Cuanto más pensaba en él, más inquietud sentía en lo que concernía a sus futuras actividades. Por último decidí enviarle una carta por el correo del sábado a Mr. Jeffco, el valet de su padre (a quien conociera yo años atrás), para rogarle me hiciera saber qué decisión había tomado Mr. Franklin a su llegada a Londres.

El crepúsculo del domingo fue aún más monótono, si es que ello era posible, que el del día anterior. Terminamos el día de descanso semanal en la misma forma que cientos de miles de personas, en estas islas, pasan las últimas horas del mismo, o sea, anticipamos la hora del sueño, quedándonos dormidos en nuestras sillas.

De qué manera influyó el día lunes en los demás no podría decirlo. En produjo una conmoción. La primera de las profecías del Sargento Cuff —es decir, aquélla que anunciaba que habría de recibir noticias de los Yolland —se cumplió en esa fecha.

Acababa de asistir en la estación a la partida de Penélope y de la doncella del ama que se dirigían a Londres con el equipaje y me hallaba echando un vistazo por las tierras de la finca, cuando oí de pronto que me llamaban por mi nombre. Al girar sobre los talones me vi frente a frente de la coja Lucy, la hija del pescador. Dejando de lado su cojera y su delgadez (terrible desventaja esta última, en mi opinión, para una mujer), la muchacha poseía ciertas cualidades no exentas de atracción para los hombres. Un rostro oscuro, perspicaz e inteligente, una bella y clara voz y una hermosa cabellera castaña, se contaban entre sus atractivos. Una muleta, en la lista de sus infortunios. Y un carácter extraordinariamente violento agregábase a la suma total de sus defectos.

—Y bien, querida —le dije—, ¿qué es lo que quieres de mí?

—¿Dónde se encuentra ese hombre que ustedes llaman Franklin Blake? —dijo la muchacha, fijando en mi rostro una furiosa mirada, mientras apoyaba el cuerpo en su muleta.

—Esa no es manera correcta de expresarse tratándose de un caballero —le contesté—. Si deseas saber algo respecto al sobrino de mi ama, debes tener a bien mencionarle como Mr. Franklin Blake.

Aproximóse, cojeando, un paso más hacia donde yo me hallaba y me miró igual que si estuviera a punto de comerme vivo.

—¿Mr. Franklin Blake? —dijo, remedando mi voz—. «Franklin Blake el asesino» sería el nombre más apropiado para él.

Mi experiencia con la difunta Mrs. Betteredge surgió de pronto ante mí. Toda vez que una mujer intenta sacar a ustedes de las casillas, inviertan los papeles y háganlas salir a ellas de las casillas. Generalmente se hallan preparadas para responder a cualquier clase de defensa que ensayemos, menos a ésta. Una sola palabra ejercerá el mismo influjo que cien, en tal sentido; y una palabra única fue la que le dije a la coja Lucy. Mirándola alegremente a la cara, exclamé.

—¡Bah!

La muchacha se inflamó inmediatamente. Luego de apoyarse en su pie sano, golpeó tres veces de manera furiosa el piso con su muleta.

—¡Es un asesino! ¡Un asesino! ¡Un asesino! ¡Ha sido el causante de la muerte de Rosanna Spearman! —chilló con su tono de voz más agudo. Una o dos personas que se hallaban trabajando la tierra cerca de nosotros alzaron su vista, comprobaron que se trataba de la coja Lucy, intuyeron lo que podía esperarse de ella, y volvieron a mirar hacia otra parte.

—¿Que ha sido él el causante de la muerte de Rosanna Spearman? —repetí yo—. ¿En qué te basas para afirmar tal cosa, Lucy?

—¿Qué puede importarle a usted? ¿Qué puede importarle a ningún hombre? ¡Oh, si hubiera tenido ella la misma opinión que yo tengo de los hombres, seguiría viviendo!

—Ella siempre pensó en con cariño, ¡pobrecita! —dije—; y yo siempre traté de protegerla cariñosamente.

Dije estas palabras con el tono más estimulante que me fue posible hallar. A decir verdad no quise ensañarme con la muchacha irritándola con mis réplicas punzantes. En el primer instante no advertí en ella más que su ira. Ahora sólo sentía su infortunio, y éste va unido comúnmente a la insolencia, en los humildes. Mi respuesta ablandó a la coja Lucy. Inclinando su cabeza la apoyó en el extremo de la muleta.

—Yo la quería —dijo suavemente la muchacha—. Su existencia había sido miserable, Míster Betteredge; gentes viles la habían maltratado, llevándola por el mal camino…, pero eso no consiguió hacerle perder sus dulces maneras. Era un ángel. Hubiera podido ser feliz a mi lado. Yo tenía el plan de ir a Londres con ella, donde hubiéramos vivido como hermanas, ganándonos la vida con la aguja. Pero apareció el hombre y lo echó todo a perder. Él la embrujó. No me diga que lo hizo sin querer y que no lo sabía. Tenía el deber de saberlo y el deber de apiadarse de ella. «No puedo vivir sin él…, y él, ¡oh Lucy!, él ni siquiera me mira jamás.» Eso es lo que me dijo. «¡Malo, malo, malo!» —le contesté—. «Ningún hombre merece que una se preocupe por él de esa manera.» Y ella afirmó: «¡Hay hombres dignos de que se muera por ellos, Lucy, y él es uno de ellos.» Yo tenía ahorrado algún dinero. Había llegado a un acuerdo con mi padre y mi madre. Pensaba alejarla de los sinsabores que sufría en este lugar. Hubiéramos vivido en algún pequeño alojamiento de Londres, unidas como dos hermanas. Ella había recibido una buena educación, señor, usted lo sabe, y tenía buena letra. Era hábil con la aguja. Yo también he recibido una buena educación y tengo buena letra. No soy tan hábil como ella con la aguja…, pero podía haber aprendido. Podíamos habernos ganado la vida maravillosamente. ¿Y qué es lo que ocurre esta mañana?, ¿qué es lo que ocurre? Llega una carta en la que me comunica que ha resuelto librarse de la carga de su vida. Viene su carta donde me dice adiós para siempre. ¿Adónde está él? —solloza la muchacha, levantando la cabeza que tenía apoyada en la muleta, iracunda otra vez, en medio de sus lágrimas—. ¿Dónde está ese caballero del cual no debo hablar sino con respeto? ¡Ah, Mr. Betteredge, no está lejos el día en que el pobre se alzará contra el rico! Ruego a Dios que comiencen con él. Ruego a Dios que comiencen con él.

He aquí a otra de nuestras cristianas comunes y he aquí también el habitual desmoronamiento de ese cristianismo cuando se exige demasiado. El propio párroco (aunque reconozco que esto es decir bastante) se hubiera visto en aprietos para sermonear a la muchacha, en el estado en que ésta se encontraba. Todo lo que yo me atreví a hacer fue esforzarme por que se mantuviera dentro del tema…; con la esperanza de oírla decir algo digno de ser escuchado.

—¿Qué es lo que quieres con Mr. Franklin Blake? —le pregunté.

—Necesito verlo.

—¿Para algo en particular?

—Tengo que entregarle una carta.

—¿De Rosanna Spearman?

—Sí.

—¿La envió dentro de la tuya?

—Sí.

¿Estaba acaso por disiparse la niebla? ¿Se hallaban a punto de ofrecérseme por sí mismas todas esas cosas por las que yo me moría de curiosidad? Me vi obligado a efectuar una pausa. El Sargento Cuff me había contagiado su mal. Ciertos signos y señales interiores que me eran ya familiares me advirtieron que la fiebre detectivesca renacía en mi espíritu.

—No puedes ver a Mr. Franklin —le dije.

—Tengo que verlo y lo veré.

—Partió para Londres anoche.

La coja Lucy me miró fijamente a la cara y pudo comprobar que le decía la verdad. Sin decir una palabra más, se volvió instantáneamente en dirección a Cobb's Hole.

—¡Un momento! —le dije—. Espero carta de Mr. Franklin Blake, mañana. Dame la tuya para enviársela por correo.

La coja Lucy se afirmó sobre la muleta y dio vuelta a la cabeza, mirándome por encima de su hombro.

—La carta deberá pasar de mis manos a las manos de él —dijo—. No pienso hacérsela llegar de otra manera.

—¿Puedo escribirle diciéndole lo que tú me has dicho?

—Dígale que lo odio, y le habrá dicho la verdad.

—Está bien, está bien. Pero ¿y la carta?…

—Si desea él la carta, tendrá que volver aquí y obtenerla de mis manos.

Con estas palabras echó a andar cojeando en dirección a Cobb's Hole. La fiebre detectivesca devoró al punto con su fuego toda mi dignidad. Siguiéndola, traté de hacerla hablar. Fue en vano. Por desgracia era yo un hombre…, y la coja Lucy se regodeaba con hacerme sufrir. Posteriormente, ese mismo día, probé fortuna con su madre. La buena de Mrs. Yolland no hizo más que llorar y recomendarme un trago estimulante, extraído de su botella holandesa. Al pescador lo hallé en la playa. Sólo me respondió que era ése un «asunto desgraciado» y prosiguió componiendo su red. Ni el padre ni la madre sabían más de lo que yo conocía. La única oportunidad que me quedaba era la de escribirle, al día siguiente, a Mr. Franklin Blake.

Imaginen con qué ansiedad aguardé la llegada del cartero el martes por la mañana. Me entregó dos cartas. Una, la de Penélope (que apenas si tuve la paciencia suficiente de leer), me anunciaba que el ama y Miss Raquel se hallaban instaladas sin novedad en Londres. La otra, de Mr. Jeffco, informábame que el hijo de su señor había ya abandonado Inglaterra.

Al llegar a la metrópoli, Mr. Franklin se dirigió, al parecer, inmediatamente a la residencia de su padre. Arribó allí a una hora inconveniente. Mr. Blake padre se hallaba absorbido por su labor en la Cámara de los Comunes y entregado en su casa esa noche al divertido pasatiempo parlamentario denominado por las gentes del oficio «un proyecto privado». Mr. Jeffco en persona condujo a Mr. Franklin hasta el estudio de su padre.

—¡Mi querido Franklin! ¿Por qué vienes a verme en un momento tan intempestivo? ¿Pasa algo?

—Sí; algo malo ha pasado con Raquel; estoy terriblemente apenado.

—¡Cuánto lo siento! Pero no puedo atenderte ahora.

—¿Cuándo podrás escucharme?

—¡Querido niño! No quiero engañarte. No podré escucharte hasta que termine la sesión, ni un minuto antes. Buenas noches.

—Gracias, señor. Buenas noches.

Esta fue la conversación sostenida en el estudio, de acuerdo con la versión hecha por Mr. Jeffco. La que mantuvo fuera del mismo fue aún más breve.

—Jeffco, infórmese respecto a la hora en que subirá la marea mañana a la mañana.

—A las seis y cuarenta, Mr. Franklin.

—Llámeme a las cinco.

—¿Parte al exterior el señor?

—Iré, Jeffco, hasta donde se le ocurra al tren llevarme.

—¿Debo informar a su padre, señor?

—Sí; dígaselo cuando termine la sesión.

A la mañana siguiente Mr. Franklin emprendió su viaje al exterior. Hacia qué lugar iba, nadie, incluso él mismo, podría haber sido capaz de decirlo. Más tarde recibiríamos noticias suyas de Europa, Asia, Africa o América. Las cuatro partes del globo, en opinión de Mr. Jeffco, contaban con las mismas probabilidades de albergarlo.

Estas noticias —al dar por tierra con mi proyecto de hacer entrar en contacto a la coja Lucy con Mr. Franklin— paralizaron todo intento de mi parte de avanzar en el terreno de la investigación. La opinión de Penélope relativa al suicidio de su compañera de faenas, y según la cual el hecho tuvo su origen en su amor no correspondido hacia Mr. Franklin, se vio confirmada y todo quedó ahí. Que la epístola dejada por Rosanna, para que le fuese entregada después de su muerte, a Mr. Franklin, contuviera o no la confesión que aquél sospechaba que estuvo a punto de hacerle en vida, era algo imposible de aclarar. Muy bien podía tratarse de una simple despedida, en la que sólo constara el secreto de su infortunado amor hacia una persona que se hallaba fuera de su alcance, o también de una admisión lisa y llana de las extrañas actividades en que la sorprendiera el Sargento Cuff, desde el instante en que desapareció la Piedra Lunar hasta aquél en que corrió hacia su perdición y se arrojó en las Arenas Temblonas. Una carta sellada había sido puesta en las manos de la coja Lucy y una carta sellada siguió siendo la misma, tanto para mí como para cuantas personas rodeaban a la muchacha, sus padres inclusive. Todo el mundo sospechó que había merecido la confianza de la muerta y todo el mundo trató de hacerla hablar, en lo cual fracasamos todos también. Ya un doméstico, ya otro, toda la servidumbre —aferrada a la creencia de que Rosanna fue quien robó y ocultó el diamante— se dio a hurgar y mirar aquí y allá entre las rocas por donde se dijo que había andado ella, hurgando y atisbando en vano. La marea bajó y la sucedió el flujo; el verano avanzó y se trocó en otoño. Y las arenas movedizas que absorbieron su cuerpo escondieron también su secreto.

La noticia relativa a la partida de Mr. Franklin de Inglaterra y la que anunciaba la llegada de mi ama y Miss Raquel a Londres, el lunes a la tarde, llegaron hasta mí, como ya os he referido, por el correo del martes. El miércoles transcurrió sin que acaeciera ningún hecho importante. El jueves recibí una segunda tanda de noticias remitidas por Penélope.

Me informaba mi hija en su carta que cierto gran facultativo londinense, consultado respecto a la salud de su joven ama, se ganó una guinea luego de opinar que lo mejor sería que la muchacha se divirtiese. Exposiciones florales, óperas, bailes…, todo un cúmulo de distracciones en perspectiva; y Miss Raquel, ante el asombro de su madre, se dio a ellas con gran entusiasmo. Mr. Godfrey fue a visitarlas; evidentemente estuvo con su prima más tierno que nunca, a despecho de la actitud de ella cuando probó él fortuna en ocasión del día del cumpleaños. Ante el disgusto de Penélope, había sido muy bien recibido y añadió al punto el nombre de Miss Raquel a una lista de Damas de Beneficencia. Según se decía, Lady Verinder se hallaba muy desanimada, agregándose que había mantenido largas entrevistas con su abogado. A continuación seguían ciertas especulaciones en torno a una pariente pobre, una tal Miss Clack, de quien dije en mi relato de la fiesta del cumpleaños que se hallaba sentada junto a Mr. Candy y era afecta al champaña. Penélope se preguntaba con asombro cómo era posible que Miss Clack no se hubiese hecho aún presente en la casa. Seguramente no habría de pasar mucho tiempo antes de que se le pegara al ama, como era su costumbre… y ¡dale que dale!, ¡dale que dale!, en esa forma que utilizan las mujeres para mofarse unas de otras; palabras y más palabras y papel malgastado. Todo esto no sería digno de mención siquiera, de no ser por una sola razón. He oído decir que se encontrarán más adelante con Miss Clack. Si ello ocurre, no crean nada de lo que les diga acerca de mi persona.

El viernes nada ocurrió…, excepto que uno de los perros apareció con señales de enfermedad debajo de las orejas. Le di una dosis de jarabe de ladierno y dispuse para él una dieta de agua y verduras, hasta nueva orden. Perdón por mencionar estas cosas. Se han deslizado aquí no sé cómo. Pásenlas por alto, se lo ruego. Rápidamente me acerco al instante en que habrán de cesar mis agravios al refinado gusto moderno de ustedes. Por otra parte, el perro era bueno y merecía una buena purga: era muy útil en verdad.

El sábado, último día de la semana, es también el postrero de mi narración.

El correo de la mañana me deparó una sorpresa bajo la forma de un periódico londinense. La letra que estampara mi dirección despertó mi curiosidad. Comparándola con aquella que trazó en mi libreta el nombre y la dirección del prestamista, la identifiqué con la del Sargento Cuff.

Al recorrer ansiosamente el periódico con la vista, luego de este descubrimiento, advertí una línea trazada con tinta, en torno de una de las noticias policiales. A continuación transcribo la nota en beneficio de ustedes. Léanla con la misma atención con que yo la he leído y apreciarán en todo su valor la cortés deferencia de que me hizo objeto el Sargento al enviarme las nuevas del día.

«LAMBETH.— Poco antes de que cerraran los tribunales presentóse ante el juez de turno en demanda de consejo Míster Septimus Luker, el prestigioso traficante en gemas, esculturas, grabados, etc. El recurrente afirmó que había sido molestado a distintas horas, durante todo el día, por las actividades de varios de esos hindúes vagabundos que suelen infestar las calles. Las personas contra quienes presentaba su queja eran tres. Luego de haber sido ahuyentados por la policía, volvieron a hacerse presentes una y otra vez, intentando penetrar en la finca con la excusa de solicitar una caridad. Alejados de la parte delantera, fueron descubiertos en la trasera, nuevamente. Además de quejarse de tal molestia, Mr. Luker demostró hallarse hasta cierto punto poseído por el temor de que se intentara robarle. En su colección había numerosas gemas únicas en su tipo, europeas y orientales, de sumo valor. La víspera no más, se vio obligado a despedir a un diestro operario en el tallado del marfil (un nativo de la India, según parecía, por sospechar que intentaba robarle; y no podía asegurar, de ninguna manera, que dicho sujeto y los juglares callejeros de quienes se quejaba no estuvieran actuando de común acuerdo. Quizá intentaran una aglomeración de público, producir un alboroto e internarse en la casa en medio de la confusión originada con tal motivo. En respuesta a una pregunta que le hiciera el magistrado, Mr. Luker admitió que no tenía prueba alguna que ofrecer respecto a la posibilidad de que se intentara robarle. En concreto, sólo podía quejarse de las molestias y de la pérdida de tiempo que le ocasionaron en sus actividades los hindúes. El magistrado observó que, de insistir aquéllos en su actitud, podría el recurrente obligarlos a comparecer ante ese mismo tribunal, donde caerían fácilmente bajo las disposiciones legales. En lo que concernía a los valores de Mr. Luker, era el propio Mr. Luker quien debía adoptar las medidas más adecuadas para su salvaguardia. Quizá fuese conveniente que se pusiera en comunicación con la policía y tomase, por su parte, las precauciones que le dictara su propia experiencia. Luego de darle las gracias a Su Señoría, el recurrente abandonó la sala.»

Se dice que cierto sabio antiguo recomendó (no recuerdo en qué ocasión) a sus semejantes «cuidar el final». Velando por el remate de estas páginas y después de haberme pasado varios días preguntándome a mí mismo cuál podría ser el final de las mismas, me encuentro ahora con que este simple relato halla su epílogo por sí mismo de la manera más apropiada. En este asunto de la Piedra Lunar hemos ido avanzando de prodigio en prodigio; y he aquí que el más grande de todos es el que surge en este último instante, el que se refiere, sobre todo, al cumplimiento de las tres profecías del Sargento Cuff, antes de que hubiese transcurrido una semana desde el momento en que las hizo.

Luego de haber tenido noticias de los Yolland, el día lunes, acababa de recibirlas, ahora, de los hindúes y del prestamista, junto con las nuevas llegadas desde Londres… Recuerden, por otra parte, que Miss Raquel se hallaba en Londres en esa época. Como ustedes pueden comprobar, narro siempre las cosas desde el peor punto de vista posible, aunque me obligue éste a colocarme en una situación enteramente opuesta al sostenido por mí mismo. Si después de esto abandonan mi opinión para solidarizarse con la del Sargento frente a la evidencia que se ofrece a sus ojos —si la única conclusión lógica que extraen de lo antedicho los induce a ustedes a pensar que Miss Raquel y Mr. Luker se encontraban allí y que la Piedra Lunar debe hallarse, en calidad de prenda, en casa del prestamista—, reconozco que no puedo condenarlos por tal cosa. A través de la oscuridad los he traído hasta aquí. Y en la oscuridad me veo obligado a abandonarlos, con mis mejores respetos.

¿Por qué obligado?, se preguntarán quizá ustedes. ¿Por qué no echar mano del testimonio de las otras personas que me han acompañado bien arriba en mi ascensión hacia las altas regiones de la verdad en que me sitúo a mí mismo?

A ello respondo que no puedo hacer otra cosa que cumplir las órdenes recibidas y que estas últimas me han sido impartidas, según tengo entendido, en beneficio de la verdad. Se me ha prohibido ir más allá, en mi relato, de lo que yo sabía por mí mismo en aquel tiempo. O, para hablar más claramente, me veo constreñido a mantenerme estrictamente dentro de los límites de mi propia experiencia de los sucesos y a no decirles nada de lo que otras personas que contaron…, por la muy plausible razón de que ustedes habrán de saber tales cosas por boca de esas mismas personas; esto es, de primera mano. En la cuestión de la Piedra Lunar el plan trazado exige presentar testigos, no rumores. Me imagino ahora a un pariente mío, entregado, de aquí a cincuenta años, a la lectura de estas páginas. ¡Dios mío!, ¡cuán satisfecho habrá de sentirse cuando se lo invite a desechar las hablillas y se le dispensen los honores de miembro de un tribunal!

Aquí es donde tenemos que separarnos, por el momento, al menos, luego de haber andado un largo trecho juntos, confío que de una manera recíprocamente amistosa. El diamante hindú proseguirá bailando su diabólica danza en Londres y hasta Londres deberán seguirlo abandonándome a mí en esta finca rural. Les ruego dejen de lado las torpezas del relato: mi afán de hablar mucho de mí mismo y el haber usado, mucho me temo, un tono demasiado íntimo con el lector. Nada de eso ha sido hecho con mala intención; bebo, pues, con el mayor respeto (acabada apenas la cena), por la salud y prosperidad personal de ustedes, un pichel de la cerveza de Su Señoría. Ojalá hallen en esta narración salida de mis manos lo que encontró Robinsón Crusoe durante su aventura en la isla desierta…, por encima de todo «algo que los resarza de la misma y que puedan anotar en el Haber del libro del Bien y del Mal».

SEGUNDA ÉPOCA

Descubrimiento de la verdad (1848-1849).

Los hechos según el testimonio de varios testigos.

PRIMERA NARRACIÓN

A cargo de Miss Clack, sobrina del difunto Sir John Verinder.

CAPÍTULO I

Grande es mi deuda con mis queridos padres (ambos ya en el cielo) por los hábitos de orden y regularidad que lograron inculcarme siendo yo muy pequeña.

En aquella feliz época, ya ida, se me enseñó a tener el cabello bien peinado a toda hora del día y de la noche y a doblar cada prenda de mi traje pulcramente, de la misma manera y sobre la misma silla, situada ésta siempre en el mismo sitio, esto es, a los pies del lecho, antes de retirarme a dormir. Una mención de los acontecimientos del día en mi pequeño diario precedía siempre al plegado de las ropas. La oración de la noche (dicha en la cama) sucedía invariablemente al plegado. Y el dulce sueño de la niñez sucedía en la misma forma invariable a la oración.

Posteriormente, ¡ay!, la oración se vio desplazada por reflexiones de una índole triste y amarga, y el dulce sueño de la niñez trocado desventajosamente en el sueño irregular que ronda junto a la inquieta almohada de la zozobra. Por el contrario, he conservado el hábito de doblar las prendas y de escribir mi pequeño diario. El primero me liga a la época de mi dichosa niñez…, antes de que papá se arruinara. El segundo —que hasta hoy ha contribuido más que ninguna otra cosa para ayudarme a disciplinar esta blanda naturaleza que heredamos de Adán— ha demostrado inesperadamente su utilidad en mi humilde provecho, de una manera totalmente distinta. He capacitado a este pobre ser, que soy yo, para satisfacer el capricho de un miembro acaudalado de nuestra familia. Me siento muy feliz de poder serle de alguna utilidad, en el sentido mundano de la palabra, a Mr. Franklin Blake.

Me hallo desde hace cierto tiempo ajena a cuanto ocurre en el seno de la rama próspera de mi familia. Cuando estamos pobres y solos, no es difícil que nos olviden. Resido ahora, por economía, en una pequeña ciudad de Bretaña poblada por un selecto grupo de cuáqueros ingleses, la cual cuenta con la ventaja de poseer un clérigo protestante y un mercado de baratijas.

En ese retiro —una isla de Patmos en medio del rugiente océano papista circundante— ha llegado hasta mí, por fin, una carta de Inglaterra. He aquí que de pronto Mr. Franklin Blake se acuerda de mi insignificante existencia. Mi próspero, y ¡ojalá pudiera añadir mi espiritual pariente!, me escribe sin intentar siquiera disimular que lo que quiere de mí es un mero servicio. Se le ha antojado remover el deplorable y escandaloso asunto de la Piedra Lunar y debo yo auxiliarlo mediante el relato de lo que he presenciado durante mi estancia en casa de tía Verinder, en Londres. Me ha ofrecido una remuneración pecuniaria, haciendo gala de esa carencia de sentimientos común entre los pudientes. Deberé, pues, reabrir las dolorosas heridas que el tiempo acaba apenas de cerrar; sacar a relucir los más tristes y dolorosos recuerdos…, y, luego de esto, sentirme compensada por una nueva laceración que adoptará la forma del cheque de Mr. Blake. Mi naturaleza es débil. Dura fue la lucha que hube de sostener conmigo misma, antes de que mi cristiana humildad se impusiese a mi pecaminoso orgullo y me obligase a aceptar abnegadamente el cheque.

Dudo que sin la ayuda de mi diario —¡y les pido perdón por expresarme en tan groseros términos!— hubiera podido ganarme honradamente ese dinero. Sólo él hará que se torne la jornalera (quien le perdone a Mr. Franklin el agravio que le ha inferido) digna de su salario. Nada pasó inadvertido para mí durante el período en que estuve junto a mi querida tía Verinder. Cuanto ocurrió en ese entonces lo tengo registrado, gracias a mis precoces hábitos, día por día, fielmente; y habrá de ser narrado aquí en sus más mínimos detalles.

Mi devoto amor a la verdad se halla, gracias a Dios, muy por encima de mi respeto por las personas. Fácil habrá de serle a Mr. Blake eliminar de estas páginas todo aquello que considere poco lisonjero para la persona mayormente implicada en las mismas. Ha comprado mi tiempo, pero ni aun su dinero logrará sobornar mi conciencia.

Mi diario me informa que el día 3 de julio del año 1848 pasé yo accidentalmente delante de la casa de tía Verinder en Montagu Square.

Al advertir los postigos abiertos y las persianas levantadas pensé que constituiría un acto de buena educación el golpear a su puerta y preguntar por ella. La persona que respondió al llamado me informó que mi tía y su hija (¡no puedo, realmente, llamarla mi prima!) habían llegado del campo hacía ya una semana con el propósito de pasar una temporada en Londres. Envié arriba un mensaje de inmediato, ya que no quise causarles molestia alguna, para comunicarles que deseaba únicamente saber si podía serles útil en algo.

La persona que acudió a abrir la puerta acogió mis palabras con insolente mutismo y me abandonó en el hall. Se trata de la hija de un viejo pagano llamado Betteredge, quien ha sido tolerado durante muchos años en casa de mi tía. Tomé asiento mientras aguardaba la respuesta, y, como acostumbro llevar siempre en mi bolsillo algunos opúsculos, seleccioné entre ellos uno que resultó providencialmente aplicable a la persona que acudiera a abrir la puerta. El hall se hallaba cubierto de polvo y el asiento era duro; pero la santa noción de devolver bien por mal me hizo elevar muy por encima de tales pequeñeces. El folleto pertenecía a una serie destinada a las jóvenes y trataba de la pecaminosa cuestión del vestido. Su estilo era familiar y devoto. El título: «Breves palabras contigo, respecto a las cintas de tu sombrero.»

—Mi ama le da las gracias y le ruega que venga a almorzar mañana a las dos.

Pasé por alto el tono con que la muchacha me transmitió la respuesta y el terrible descaro de su mirada. Luego de darle las gracias a esta joven réproba, le respondí con tono fraternalmente cristiano:

—¿Me hará usted el favor de aceptar este folleto?

Ella reparó en el título.

—¿Lo ha escrito un hombre o una mujer, señorita? Si lo escribió una mujer, mejor será que no lo lea, precisamente por eso. Y, si lo escribió un hombre, le ruego que le informe que no sabe absolutamente nada del asunto.

Me devolvió el folleto y abrió la puerta. De una u otra manera estamos obligados a sembrar la buena simiente. Aguardé hasta que hubo cerrado la puerta y dejé caer el folleto en el buzón. Luego de haber arrojado otro a través de la verja del patio me sentí un tanto aliviada de una pesada responsabilidad para con mis semejantes.

Esa noche teníamos un mitin los componentes de la Junta Selecta de la Liga de Madres para la Confección de Pantalones Cortos. El objeto de esta excelente asociación de caridad es —como toda persona seria sabe— rescatar de manos de los prenderos los pantalones de los padres reincidentes con el fin de evitar que sean recobrados por el padre incorregible y acortarlos de inmediato para adaptarlos al cuerpo del hijo inocente. Yo integraba en ese entonces la Junta; menciono aquí dicha liga, debido a que mi grande y admirable amigo Mr. Godfrey Ablewhite cooperaba en nuestra misión de utilidad moral y material. Yo me proponía entrevistarlo en el comedor la noche del día lunes al cual me estoy refiriendo y pensaba comunicarle la nueva del arribo de mi querida tía Verinder a Londres. Pero ante mi gran disgusto, no apareció allí. Al exteriorizar mi sentimiento de sorpresa a causa de su ausencia, mis hermanas de la Junta alzaron todas a la vez sus ojos, que se hallaban fijos en los pantalones (teníamos un trabajo de gran urgencia esa noche), y me preguntaron si no estaba al tanto de lo ocurrido. Yo reconocí mi ignorancia y fui informada entonces por primera vez de lo que, por así decirlo, constituye el punto de partida de esta narración. El viernes anterior dos caballeros —pertenecientes a dos esferas totalmente opuestas de la sociedad— habían sido víctimas de un ultraje que conmovió a todo Londres. Uno de ellos era Mr. Septimus Luker, de Lambeth. El otro Mr. Godfrey Ablewhite.

Viviendo tan aislada como vivo actualmente, me es imposible insertar en mi relato la crónica aparecida en el diario. También me vi privada en ese entonces de la inestimable ventaja de escuchar la narración de lo ocurrido a través de la férvida palabra de Mr. Godfrey Ablewhite. Todo lo que puedo hacer es contar lo que me contaron a mí la noche de ese lunes, adoptando el mismo plan que me enseñaron a aplicar en la infancia para doblar mis ropas. Cada cosa será puesta en orden y en el lugar correspondiente. Estas líneas proceden de una pobre y débil mujer. ¿Quién será tan cruel como para exigir más que eso de una pobre y débil mujer?

La fecha —gracias a mis amados padres ningún diccionario de los escritos hasta hoy será nunca más explícito que yo en cuanto a las fechas— era la siguiente: viernes 30 de junio de 1848.

En las primeras horas de la mañana de ese día memorable ocurrió que nuestro talentoso amigo Mr. Godfrey se hallaba cobrando un cheque en un banco de la Lombard Street. El nombre de los dueños se encuentra accidentalmente oculto tras una mancha en mi diario y mi santo respeto por la verdad me prohibe aventurar ninguna conjetura en una cuestión de esa índole. Afortunadamente el nombre de los propietarios no interesa. Lo que importa es lo ocurrido después que Mr. Godfrey hubo efectuado la operación allí. Al ganar la puerta se encontró con un caballero enteramente desconocido para él, quien abandonaba por casualidad el edificio exactamente en el mismo instante en que él lo hacía. Una momentánea puja de urbanidad tuvo lugar entre ambos, respecto a quién había de ser el que pasara primero a través de la puerta del banco. El desconocido insistió en que Mr. Godfrey debía precederlo; Mr. Godfrey le contestó con unas breves frases corteses, se saludaron con una reverencia y partieron en dirección de la calle.

Las gentes ligeras y superficiales dirán sin duda: he aquí, con toda seguridad, un pequeño y mezquino incidente relatado en una forma absurdamente minuciosa. ¡Oh mis jóvenes amigos y compañeros en el pecado!, guárdense de tener el atrevimiento de aplicar aquí su pobre razón carnal. ¡Oh, procedan en lo moral ordenadamente! Que su fe se inspire en sus medias y éstas en su fe. ¡Ambas igualmente inmaculadas y ambas por igual siempre listas para poder usarlas en la primera ocasión que se presente!

Les pido mil veces perdón. Insensiblemente he reincidido en mi estilo de tiempos de la Escuela Dominical. Algo de lo más inapropiado para un asunto como éste. Permítanme que les hable con tono mundano… permítanme que les diga que las cosas pequeñas y mezquinas en éste como en otros muchos casos provocan terribles consecuencias. Luego de sentar la premisa de que el desconocido no era otro que Mr. Luker, de Lambeth, seguiremos ahora a Mr. Godfrey hasta su hogar establecido en Kilburn.

Allí encontró, aguardándolo en el hall un muchachito pobremente vestido, pero de aspecto delicado e interesante. El muchacho le alargó una carta diciéndole tan sólo que se la había confiado una señora anciana a quien no conocía y que no le había indicado si debía o no esperar la respuesta. Incidentes como éste abundaban en la larga trayectoria de Mr. Godfrey como promotor de la caridad pública. Dejó ir al muchacho y abrió el sobre.

La letra era enteramente desconocida. Se le pedía en la carta que hiciera acto de presencia dentro de una hora en una casa de la Northumberland Street, Strand, en la cual no había tenido jamás ocasión de entrar hasta entonces. El motivo de la entrevista era obtener de labios de su digno administrador ciertos detalles referentes a la Liga de Madres para la confección de pantalones cortos, y la interesada era una dama anciana que tenía el propósito de contribuir con largueza a los fondos de caridad, siempre que sus preguntas obtuvieran una réplica satisfactoria. Le daba su nombre, y añadía que su breve estancia en Londres le impedía ser más explícita con el eminente filántropo a quien se dirigía.

Un hombre corriente hubiera vacilado antes de abandonar sus propios asuntos para atender los de un desconocido. Pero nuestro Héroe Cristiano jamás vacila cuando se trata de hacer un bien. Volviéndose instantáneamente, se dirigió Mr. Godfrey hacia la casa de la calle Northumberland. Un hombre muy respetable, aunque un tanto corpulento, respondió a su llamado, y al oír el nombre de Mr. Godfrey lo condujo inmediatamente hasta un aposento vacío de la parte trasera de la finca, situado en el mismo piso en que se hallaba la sala. Dos cosas desusadas le llamaron la atención al ser introducido en el cuarto. Una consistía en un tenue perfume de almizcle y alcanfor. La otra en un antiguo manuscrito oriental, bellamente iluminado con imágenes y dibujos hindúes, que aparecía abierto y a la vista, sobre una mesa.

Se hallaba observando el libro en una posición que lo obligaba a dar la espalda a las puertas corredizas y cerradas que comunicaban con el cuarto que daba a la calle, cuando, sin que ningún ruido previo viniera a anunciárselo, se sintió repentinamente asido por un brazo que le rodeó el cuello desde atrás. Apenas si tuvo tiempo de percibir otra cosa que no fuera el hecho de que el brazo que rodeó su cuello se hallaba desnudo y era curtido y moreno, antes de ser vendado, amordazado y arrojado al suelo, indefenso, por dos individuos. Un tercero saqueó sus bolsillos y —si es que a una dama le está permitida tal expresión— indagó hasta dar con su piel, una y otra vez.

Quizá debiera yo brindarme aquí la satisfacción de decir unas pocas y estimulantes palabras respecto al hecho de que tan sólo su devota confianza en sí mismo ayudó a Mr. Godfrey a sobrellevar una emergencia tan terrible como ésa. Quizá, por otra parte, la postura y el aspecto de mi admirable amigo durante el apogeo del ultraje, que ya he descrito más arriba, difícilmente encuadre dentro de los límites de la discusión femenina. Permitidme que pase por alto los instantes inmediatos posteriores y que retorne a Mr. Godfrey cuando ya la odiosa búsqueda a través de su persona se había completado. El ultraje se efectuó en medio de un silencio mortal. Al finalizar el mismo, se produjo un breve cambio de palabras entre los invisibles sujetos en una lengua que él no entendió, pero que claramente hubieran podido ser identificadas (por un oído refinado) como de ira y disgusto. Súbitamente fue levantado del piso, colocado en una silla y atado a ella de pies y manos. En seguida percibió una corriente de aire proveniente del hueco de la puerta, prestó oídos y llegó a la conclusión de que se hallaba nuevamente solo en la habitación.

Transcurrido cierto espacio de tiempo oyó un ruido que venía desde abajo y que semejaba el crujir de un vestido de mujer. El rumor avanzó hacia arriba y cesó luego. Un chillido de mujer rasgó esa atmósfera culpable. Una voz de hombre exclamó desde abajo: «¡Hola!» Pies masculinos ascendieron por la escalera. Mr. Godfrey advirtió que unos dedos cristianos aflojaban su venda y le arrancaban la mordaza. Al mirar en torno suyo asombrado descubrió la presencia de dos respetables personas desconocidas y articuló débilmente estas palabras: «¿Qué significa esto?» Las dos personas desconocidas y respetables le dijeron, luego de reflexionar un instante: «Eso es precisamente lo que deseábamos preguntarle a usted

La inevitable explicación del caso sucedió a las palabras. ¡No! Permitidme que os pinte el caso en todos sus detalles. Una dosis de carbonato amónico y de agua le fue administrada inmediatamente a nuestro querido Mr. Godfrey para calmar sus nervios. La explicación vino luego.

De las palabras del amo y del ama —personas que gozaban de buena reputación en el vecindario— se desprendía, al parecer, que el primero y segundo pisos de la finca habían sido alquilados la víspera, por una semana, por un caballero de respetabilísima apariencia…, el mismo que ya se ha indicado que fue quien le abrió la puerta a Mr. Godfrey cuando llamó a ella. Dicho caballero pagó el alquiler y todos los gastos extras correspondientes a una semana, por adelantado, diciendo que los aposentos serían ocupados por tres nobles hindúes, amigos suyos, quienes se hallaban de paseo en Inglaterra por primera vez. En las primeras horas de la mañana del día del ultraje, dos de esos orientales desconocidos, acompañados por su respetable amigo inglés, tomaron posesión de las habitaciones. El tercero habría de reunirse con ellos muy en breve y el equipaje (que se decía era muy abultado) habría de seguirlos, según sus palabras, una vez que se hubieran llenado las formalidades en la aduana, hacia las últimas horas de la tarde. No menos de diez minutos antes de la visita de Mr. Godfrey llegó el tercer hindú. Nada desacostumbrado había ocurrido, de acuerdo con lo que sabían el amo y el ama, hasta esos últimos cinco minutos…, en que vieron abandonar la casa a los tres extranjeros acompañados de su respetable amigo inglés, los cuales echaron a andar calmosamente en dirección al Strand. Recordando que un visitante había entrado en la casa y que dicho visitante no había aún hecho abandono de la misma, se le ocurrió al ama que era un tanto raro el hecho de que un caballero fuese dejado a solas en el piso de arriba. Luego de breve discusión con su marido, consideró ella conveniente asegurarse de si había o no ocurrido algo malo allí. El resultado de ello fue el que he intentado describir aquí y así fue como la explicación del ama llegó a su fin.

Inmediatamente se procedió a registrar el cuarto. Las pertenencias de nuestro querido Mr. Godfrey se hallaban desparramadas por todas partes. Una vez que se las reunió a todas se advirtió, sin embargo, que no faltaba ninguna; su reloj, la cadena, el portamonedas, las llaves, el pañuelo de bolsillo, su libro de apuntes y todos sus papeles sueltos habían sido cuidadosamente examinados y arrojados luego intactos para que los recogiera su dueño. Al mismo tiempo pudo comprobarse que no había sido sustraído el menor objeto de propiedad de los dueños de la casa. Los tres nobles orientales sólo se habían llevado su manuscrito iluminado; nada más que eso.

¿Qué significaba esto? Considerando el asunto desde un punto de vista terrenal, Mr. Godfrey parecía haber sido víctima de un incomprensible error cometido por varios sujetos desconocidos. Un oscuro complot se cernía sobre nosotros, y nuestro bienamado e inocente compañero había sido apresado entre sus mallas. Cuando un héroe cristiano, vencedor en mil combates de caridad, puede caer en una trampa que ha sido cavada para él por equivocación, ¡oh, qué advertencia implica tal circunstancia para el resto de nosotros, a quienes nos incita a mantenernos en guardia en todo instante! ¡Y cuán prontos se hallan nuestros malignos instintos para demostrar que no son más que unos nobles orientales que nos toman del cuello de improviso!

Muchas son las páginas de afectuosa prevención que podría dedicarse a este tema, pero, ¡ay!, no se me ha concedido aquí la libertad de enmendar a nadie, sino que se me ha condenado a narrar. El cheque de mi pariente rico —de aquí en adelante el íncubo de mi existencia— me previene que aún no he dado término al registro de este acto de violencia. Deberemos, pues, dejar a Mr. Godfrey para que se recobre en la Northumberland Street y seguir los movimientos de Mr. Luker, en las últimas horas de ese día.

Luego de abandonar el banco, Mr. Luker había visitado varios sitios de Londres por motivos de negocios. Al retornar a su residencia se encontró con una carta que, según se le dijo, había sido dejada poco tiempo antes por un muchacho. En este caso, como en el de Mr. Godfrey, se trataba de una escritura desconocida; pero el nombre allí mencionado era el de uno de los clientes de Mr. Luker. Su corresponsal (que escribía en tercera persona, y aparentemente a través de un intermediario) le anunciaba que había sido citado inesperadamente en Londres. Acababa de tomar alojamiento en el Alfred Place, Tottenham Court Road, y deseaba hablar en seguida con Mr. Luker con respecto a una compra que estaba a punto de realizar. Dicho caballero era un entusiasta coleccionista de antigüedades orientales y, desde hacía muchos años, un generoso protector del establecimiento de Lambeth. ¡Oh, cuándo dejaremos de adorar a Mammón! Mr. Luker llamó un cabriolé y partió inmediatamente en busca de su liberal protector.

Lo que le ocurriera a Mr. Godfrey en la Northumberland Street, ocurrió exactamente a Mr. Luker en Alfred Place. Una vez más acudió al llamado el hombre de apariencia respetable e invitó a pasar al visitante, escaleras arriba, a la sala trasera. Allí sobre la mesa se encontraba nuevamente el manuscrito iluminado. La atención de Mr. Luker fue absorbida, como anteriormente la de Mr. Godfrey, por esa bella expresión del arte hindú. También a él lo arrancó de su examen un brazo desnudo y curtido que rodeó su garganta, una venda que le fue puesta en los ojos y una mordaza que le cubrió la boca. Se lo arrojó, igualmente, en el suelo, y registróselo hasta dar con su piel. El intervalo de silencio fue en su caso más prolongado que el que sobrevino durante la experiencia en que intervino Mr. Godfrey; pero tuvo el mismo desenlace que el anterior: dos personas de la casa, presumiendo que algo malo habría ocurrido, ascendieron la escalera con el fin de averiguarlo. Exactamente la misma explicación que el amo de la Northumberland Street le había dado a Mr. Godfrey, le fue dada a Mr. Luker por el dueño del Alfred Place. Ambos se habían sentido conmovidos de la misma manera por los correctos modales y la bolsa repleta del respetable caballero desconocido, quien se anunció como representante de unos amigos extranjeros. La única diferencia entre ambos casos sólo pudo verse cuando se procedió a reunir las pertenencias de Mr. Luker, desparramadas en el suelo. Se hallaron el reloj y la cadena, pero, menos afortunado que Mr. Godfrey, echó de menos uno de sus papeles sueltos. El papel en cuestión certificaba la recepción de un objeto muy valioso, el cual había sido depositado por Mr. Luker en manos de sus banqueros. Dicho documento no podía ser de utilidad alguna para el caso de que se intentara efectuar un robo, debido al hecho de que en él se especificaba que el objeto habría de ser devuelto sólo en el caso de ser requerido por su propio dueño. Tan pronto como se recobró, Mr. Luker se precipitó en dirección al banco, con la esperanza de que los ladrones, ignorantes de la cláusula, se presentaran allí con el recibo. Cuando llegó, nadie había visto aún a los desconocidos en el banco, y nadie los vio más tarde. Los directores del banco opinaron que el respetable amigo inglés de los hindúes debió haber examinado el recibo antes de que intentaran hacer uso de él y que los había prevenido a tiempo.

Los detalles de ambos atropellos fueron puestos en conocimiento de la policía, la cual, según creo, efectuó con el mayor celo las investigaciones pertinentes. Las autoridades opinaron que el robo había sido planeado por unos ladrones escasos de información. Era evidente que no se hallaban seguros de si Mr. Luker había o no confiado a otra persona la misión de entregar la preciosa gema y el pobre y cortés de Mr. Godfrey había sido castigado por el crimen de encontrarse accidentalmente con Mr. Luker. Debo añadir ahora que la ausencia de Mr. Godfrey en nuestra reunión del lunes a la noche fue motivada por una consulta de las autoridades que requirieron su presencia, y, dadas ya las explicaciones del caso, podré ahora seguir narrando la simple historia de mis pequeñas experiencias personales en Montagu Square.

Exactamente a la hora indicada, hice acto de presencia en el lunch del día martes. Mi diario me dice que fue ése un día desigual: mucho hubo en él para ser piadosamente lamentado y mucho también para estarle piadosamente agradecido.

Mi querida tía Verinder me recibió con su acostumbrada cordialidad y donosura. Pero a poco de haber llegado tuve la sensación de que algo malo había ocurrido. Pude advertir ciertas miradas ansiosas y furtivas de mi tía, en dirección de su hija. Jamás puedo mirar, por mi parte, a Miss Raquel, sin dejar de preguntarme cómo puede ser que una persona de aspecto tan insignificante sea la hija de dos padres tan distinguidos como Sir John y Lady Verinder. En esta ocasión, sin embargo, no sólo me disgustó su presencia, sino que, realmente, me chocó. Había en su lenguaje y sus modales una ausencia tan cabal de esa moderación que debe distinguir a las damas, que daba pena observarla. Se hallaba poseída por una especie de excitación febril que hizo que se condujera en una forma desdichadamente estrepitosa cuando reía y culpablemente exagerada y caprichosa cuando comió y bebió durante el lunch. Yo sentí una gran congoja por su pobre madre, aun antes de que llegara en forma confidencial a mis oídos la verdad de lo ocurrido.

Terminado el almuerzo, dijo mi tía:

—Acuérdate, Raquel, de lo que te dijo el médico: que después de comer tomes un libro para serenarte.

—Iré a la biblioteca, mamá —respondió Miss Raquel—. Pero si viene Godfrey, quiero que se me informe. Me muero por recibir noticias suyas, luego de lo que pasó en la Northumberland Street.

Besó a su madre en la frente y dirigió su mirada hacia mí.

—¡Adiós, Clack! —me dijo displicentemente.

Su insolencia no despertó en mí cólera alguna. Sólo tomé nota de su actitud, en privado, para rezar más tarde por ella.

Cuando nos encontramos a solas, mi tía me contó en todos sus detalles la horrenda historia del diamante hindú, la cual, gracias a Dios, no es necesario que sea repetida aquí. No me ocultó mi tía el hecho de que hubiese preferido guardar silencio con respecto a ese asunto. Pero cuando sus propios criados se hallaban enterados de la desaparición de la Piedra Lunar y algunos de los detalles del asunto habían realmente salido a la luz en los diarios; cuando los extraños especulaban en torno a si existía algún lazo de unión entre lo acaecido en la casa de campo de Lady Verinder y lo que ocurriera en la Northumberland Street y el Alfred Place, no había ni que pensar en ocultar nada: una franqueza sin limitaciones se imponía entonces, como una necesidad y una virtud al mismo tiempo.

Otra persona, al oír lo que yo escuché en ese momento, se hubiera sentido probablemente anonadada por el asombro. En cuanto a mí, sabiendo, como sabía, que el alma de Miss Raquel había sido esencialmente, desde la infancia, un alma rebelde, me hallaba preparada para oír cualquier cosa que mi tía me dijera y que tuviese por tema a su hija. Podía la historia haberse deslizado de un mal a otro mayor y terminar, por último, en el crimen; lo mismo me habría dicho a mí misma: «¡Esa es la consecuencia natural, oh Dios mío, Dios mío, la consecuencia natural!» La única cosa que logró estremecerme fue el procedimiento adoptado por mi tía en tales circunstancias. ¡He aquí un caso como jamás se habrá presentado otro, que reclamara en tal forma la presencia de un clérigo! Lady Verinder fue de opinión de que correspondía al médico. Toda la juventud de mi pobre tía transcurrió en la impía mansión de su padre. ¡Otra vez la consecuencia natural! ¡Oh Dios mío, Dios mío; la consecuencia natural otra vez!

—El médico le ha recomendado mucho ejercicio y diversiones a Raquel y me ha urgido encarecidamente que trate yo de mantener su mente lo más alejada posible del pasado —dijo Lady Verinder.

«¡Oh, qué consejo pagano!», me dije a mí misma. «En un país tan cristiano como éste, un consejo tan pagano!»

Mi tía prosiguió:

—Yo hago lo posible por cumplir las prescripciones del médico. Pero esa extraña aventura de Godfrey se ha producido, infortunadamente, en el instante menos oportuno. Raquel se ha mantenido incesantemente agitada e inquieta desde que oyó hablar de ello. No me dejó en paz hasta que no le hube escrito a mi sobrino Ablewhite pidiéndole que viniera a vernos. Y ha expresado aún su interés por otra persona duramente maltratada —Mr. Luker, o algo parecido—, aunque no es éste, naturalmente, más que un perfecto desconocido para ella.

—Tu conocimiento del mundo, querida tía, es más amplio que el mío —le sugerí tímidamente—. Pero debe haber alguna razón que justifique esa extraordinaria manera de conducirse de Raquel. Ella les está ocultando a ti y a todo el mundo algún pecado secreto. ¿No habrá algo, en lo que acaba de ocurrir, que amenaza con revelar ese secreto?

—¿Revelar? —repitió mi tía—. ¿Qué quieres decir? ¿Revelación a través de Mr. Luker? ¿Revelación a través de mi sobrino?

Apenas se deslizaron estas palabras de sus labios prodújose un hecho providencial. El criado abrió la puerta y anunció a Mr. Godfrey Ablewhite.

CAPÍTULO II

Mr. Godfrey en persona siguió al anuncio de su nombre, haciendo tal cosa como él sabe hacerlo todo, esto es, en el momento oportuno. No tan próximo a los talones del criado como para sobresaltarnos, ni tan lejos de él como para provocarnos la doble incomodidad de una pausa y una puerta que se abre. Es en el conjunto de los detalles de su vida cotidiana donde el cristiano verdadero demuestra que lo es. Este ser querido lo era integralmente.

—Vaya donde está Miss Verinder —le dijo mi tía al criado— y anúnciele que Mr. Ablewhite se halla aquí.

Ambas inquirimos por su salud. Ambas le preguntamos a la vez si volvió a sentirse el mismo de antes, luego de su terrible aventura de la semana anterior. Con su admirable tacto acostumbrado se las arregló para contestarnos a las dos simultáneamente. A Lady Verinder le contestó con palabras. A mí con una encantadora sonrisa.

—¿Qué he hecho yo —exclamó con infinita ternura— para merecer tanta simpatía? ¡Mi querida tía!, ¡mi querida Miss Clack! Simplemente me han tomado por otra persona. No han hecho más que vendarme; no han hecho más que estrangularme; no he sido más que arrojado cuan largo soy sobre una suave alfombra que cubría un suelo particularmente duro. Piensen lo que pudo en verdad haber ocurrido; podría haber sido asesinado; podrían haberme robado. ¿Qué es lo que he perdido? Nada como no sea cierta cantidad de energía nerviosa…, a lo cual la ley no le reconoce el carácter de propiedad; de manera, pues, que hablando con exactitud no he perdido absolutamente nada. De haber sido por mí hubiera escondido el secreto de esta aventura dentro de mí mismo… Me molesta todo este ruido y esta publicidad; pero Mr. Luker hizo públicas sus injurias, y las mías han tenido necesariamente que tornarse públicas a su vez. He pasado a ser una pertenencia de los periódicos hasta el momento en que el benévolo lector se harte del asunto. Yo mismo ya estoy harto de ello. ¡Ojalá le ocurra pronto lo mismo al benévolo lector! ¿Cómo está mi querida Raquel? ¿Disfrutando aún de las diversiones londinenses? ¡Me alegro de ello! Miss Clack, necesito toda su indulgencia. Reconozco tristemente que me hallo en un gran atraso respecto a la Junta de Trabajo y mis queridas señoras. Pero confío, en verdad, echarle un vistazo a la Liga de Madres la próxima semana. ¿Adelantaron algo en su labor durante la reunión del lunes? ¿Se muestra la Junta optimista en lo que concierne al futuro? ¿Y nos hemos atrasado mucho en la cuestión de los pantalones?

La celestial dulzura de su sonrisa hizo que sus excusas se tornaran irresistibles. La riqueza sonora de su voz profunda le añadió un indecible hechizo a la interesante pregunta comercial que acababa de dirigirme. En verdad nos encontrábamos casi demasiado atrasadas en la cuestión de los pantalones; estábamos enteramente abrumadas bajo su peso. Me hallaba a punto de expresar tal cosa cuando volvió a abrirse la puerta y un elemento de discordia mundana hizo su aparición en el cuarto, en la forma humana de Miss Verinder.

Se aproximó a Mr. Godfrey con una celeridad muy poco apropiada a una dama, con el cabello espantosamente revuelto y el rostro, me atrevería a decir yo, inconvenientemente sonrojado.

—Estoy encantada de verte, Godfrey —le dijo hablándole, lamento tener que manifestarlo, en la misma forma despreocupada con que un joven se dirige a otro joven—. Me hubiera gustado que hubieses traído a Mr. Luker. Tú y él, mientras dure nuestra actual excitación, seguirán siendo los dos hombres más interesantes de Londres. Es morboso decirlo; malsano; y se trata de algo ante lo cual se estremecerán instintivamente como ante ninguna otra cosa las mentes bien reguladas de las personas como Miss Clack. Pero poco me importa eso. Cuéntame en seguida la historia completa de lo acaecido en la Northumberland Street. Sé que los diarios no lo han dicho todo.

Aun nuestro querido Mr. Godfrey participa de la flaca naturaleza que hemos todos nosotros heredado de Adán…; se trata de una partícula de ese nuestro legado carnal, pero, ¡ay!, existe también en él. Confieso que me acongojó el verlo asir la mano de Raquel entre las suyas y depositarla suavemente sobre el costado izquierdo de su chaleco. Era ésa una manera de estimularla directamente en el tono que había adoptado para hablarme y en la insolente manera de referirse a mi persona.

—Mi amadísima Raquel —dijo con el mismo timbre de voz con que me había conmovido al hablar de nuestras perspectivas y de nuestros pantalones—, los periódicos te lo han dicho ya todo, y en una forma mucho más precisa que la que pueda yo utilizar.

—Godfrey opina que le estamos dando demasiada importancia a este asunto —observó mi tía—. Acaba de decirnos que no le interesa hablar de ello.

—¿Por qué?

Hizo la pregunta, Miss Raquel, con los ojos relampagueándole súbitamente en las órbitas y mirando súbitamente hacia lo alto, en dirección al rostro de Mr. Godfrey. Por su parte, bajó él los ojos para mirarla con una indulgencia tan imprudente y tan poco merecida por ella, que yo me sentí llamada a intervenir.

—¡Raquel querida! —la amonesté suavemente—, la verdadera grandeza y el verdadero coraje son siempre modestos.

—Eres, a tu manera, Godfrey, un muchacho muy bueno —le dijo ella, sin reparar en lo más mínimo—, tened en cuenta mi persona —e insistiendo en hablarle a su primo con el mismo tono con que un joven se dirige a otro joven—. Pero estoy segura de que no eres grande; ni creo tampoco que poseas ningún coraje extraordinario; y me hallo firmemente persuadida —si es que tuviste alguna vez modestia— de que tus adoradoras femeninas te han librado de esa virtud hace ya una buena suma de años. Algún motivo secreto te impide hablar de tu aventura en la Northumberland Street y yo quiero conocer ese motivo.

—Mi motivo es de lo más simple que se pueda imaginar y de lo más fácil para dar a conocer —respondió él, aún indulgente con ella—. Me hallo harto de este asunto.

—¿Tú, harto de este asunto? Mi querido Godfrey, quiero hacerte una indicación.

—¿De qué se trata?

—Has vivido demasiado tiempo en la sociedad de las mujeres. Y has contraído, por lo tanto, dos hábitos muy malos. Te has acostumbrado a hablar tonterías seriamente y te has aficionado a contar embustes nada más que por el placer de contarlos. Frente a tus adoradoras femeninas no puedes nunca ir derechamente a la cuestión. Pero yo me propongo que vayas al grano conmigo. Ven y siéntate. Estoy desbordante de preguntas claras y espero que tú lo estés también de respuestas.

Arrastrándolo a través del cuarto lo llevó hasta una silla situada cerca de la ventana, donde habría de darle la luz en la cara. Me siento profundamente afectada por el hecho de tener que transcribir aquí semejante lenguaje y describir una conducta como la suya. Pero, cerrada como me hallo por el cheque de Mr. Franklin Blake por un lado y mi propio y sagrado amor a la verdad por el otro, ¿qué puedo hacer? Dirigí, pues, la mirada hacia mi tía. Permanecía inmóvil en su asiento; al parecer no pensaba intervenir. Jamás advertí en ella anteriormente una apatía semejante. Quizá no era ésa sino la reacción que se producía en ella luego de las tribulaciones que soportara en el campo. Muy poco grato era el síntoma, fuera éste de la índole que fuere, teniendo en cuenta la edad de mi querida tía Verinder y la otoñal exuberancia de su figura.

Mientras tanto Raquel se había colocado junto a la ventana con nuestro amable y benevolente —demasiado benevolente— Mr. Godfrey. Y comenzó a desgranar unas tras otras las preguntas con las cuales lo amenazara, prestando tan poca atención a la presencia de su madre y a la mía en el cuarto como si no nos halláramos en él.

—¿Ha hecho algo la policía, Godfrey?

—Nada absolutamente.

—¿No es cierto que los tres hombres que te tendieron esa trampa fueron los mismos que se la tendieron más tarde a Mr. Luker?

—Hablando desde un punto de vista humano, mi querida Raquel, no cabe abrigar la menor duda.

—¿No han descubierto ningún rastro de su paso?

—Ninguno.

—¿No es cierto que se cree que estos tres individuos son los tres hindúes que estuvieron en nuestra casa de campo?

—Algunos son de esa opinión.

—¿Lo crees tú?

—Mi querida Raquel, fui vendado antes de que pudiese advertir sus rostros. No sé nada de este asunto. ¿Cómo puedo dar opinión alguna sobre el mismo?

Como podéis ver, aun la angélical benevolencia de Mr. Godfrey estaba a punto de esfumarse a raíz de la persecución de que se le hacía objeto. Que las preguntas de Miss Verinder le fueran dictadas a ésta por una desenfrenada curiosidad o un temor ingobernable es algo que no me atrevo a inquirir. Sólo habré de decir que, al intentar Mr. Godfrey levantarse, luego de haberle respondido en la forma ya descrita, lo tomó ella materialmente de los hombros y lo obligó a sentarse de nuevo. ¡Oh, no digáis que fue ése un acto impúdico!, ¡ni os atreváis a insinuar que sólo el atolondramiento provocado por un terror culpable puede justificar una reacción como la que acabo de describir! No debemos juzgar a nuestros semejantes. ¡Sí, mis amigos cristianos, realmente, verdaderamente, bajo ningún concepto, debemos juzgar a nuestros semejantes!

Desvergonzadamente prosiguió ella su interrogatorio. Los fervientes estudiosos de la Biblia recordarán quizá —como recordé yo entonces— a los ciegos hijos del diablo, viviendo de orgía en orgía, impúdicamente, en los tiempos anteriores al Diluvio.

—Necesito saber algo relacionado con Mr. Luker, Godfrey.

—Otra vez soy un hombre infortunado, Raquel.

Ningún hombre sabe menos respecto a Mr. Luker que yo.

—¿No lo habías visto anteriormente, antes de que te encontraras con él en el banco?

—Jamás.

—¿Lo has visto posteriormente?

—Sí. Hemos sido interrogados juntos y separadamente por la policía.

—Mr. Luker fue despojado de un recibo que le entregaron en la casa de su banquero, ¿no es así? ¿Por qué fue que recibió el mismo?

—Por una gema valiosa que dejó en custodia en el banco.

—Eso es lo que dicen los periódicos. Eso podrá satisfacer al lector común; pero no es suficiente para mí. En el recibo del banco debe decir de qué gema se trata, ¿no es así?

—En el recibo bancario, Raquel —según he oído decir—, no se hace mención alguna de esa especie. Una gema valiosa de propiedad de Mr. Luker; depositada por Mr. Luker; sellada con el sello de Mr. Luker; y la cual será entregada sólo cuando la solicite personalmente Mr. Luker: eso es lo que consta en el recibo y cuanto yo sé al respecto.

Ella hizo una pausa, luego que él terminó de hablar. Miró después a su madre y suspiró. Volvió a mirar a Mr. Godfrey y prosiguió.

—Ciertos asuntos privados nuestros —dijo— han salido a la luz en los periódicos, ¿verdad?

—Lamento tener que decir que sí.

—Y ciertas gentes ociosas, enteramente desconocidas para nosotros, están esforzándose por hallar un nexo entre lo que ocurrió en nuestra casa de Yorkshire y lo que ha estado acaeciendo más tarde aquí en Londres, ¿no es cierto?

—Mucho me temo que la curiosidad pública, en ciertos círculos, se haya encauzado por ese camino.

—La misma gente que afirma que los tres desconocidos que te maltrataron a ti y a Mr. Luker eran los tres hindúes afirma también que la piedra preciosa…

Aquí se detuvo. Gradualmente, durante los últimos minutos, había ido palideciendo más y más. La extraordinaria negrura de su cabello tornaba, por contraste, tan aterradora su palidez, que todos pensamos que habría de desmayarse cuando se interrumpió en ese instante en medio de su pregunta. Nuestro querido Mr. Godfrey hizo una segunda tentativa de abandonar su asiento. Mi tía le rogó a ella que se abstuviera de preguntar. Yo respaldé su palabra mediante un simple y medicinal ofrecimiento de paz, bajo la forma de un frasco de sales. Ninguno de los tres obtuvo el menor éxito con su actitud.

—Godfrey, quédate aquí. Mamá, no tienes por qué alarmarte en lo más mínimo respecto a mí. Clack, te estás muriendo por conocer el desenlace de esto; no me desmayaré, expresamente, para ganarme tu agradecimiento.

Éstas fueron, textualmente, sus palabras, que registré en mi diario apenas me hallé en casa. ¡Pero no juzguemos! ¡Amigos cristianos, no juzguemos! Miss Raquel se volvió nuevamente hacia Mr. Godfrey. Con terrible obstinación retomó el hilo del discurso en el mismo lugar en que lo había dejado cuando se detuvo y completó su pregunta con estas palabras:

—Hace un minuto te hablé de lo que actualmente comentan las gentes de ciertos círculos. Contéstame claramente, Godfrey: ¿ha dicho alguna de esas personas que la valiosa gema de Mr. Luker es… la Piedra Lunar?

En cuanto el nombre del diamante hindú hubo salido de los labios de ella, advertí un cambio en el rostro de mi admirable amigo. Su tez oscureció. Se desvaneció su cordial y suave disposición de ánimo, que es uno de sus mayores encantos. Una noble indignación inspiró su réplica.

—Sí; lo han dicho —respondió—. Hay gentes que no vacilan en acusar a Mr. Luker de haber falseado la cosa para servir algún fin privado personal. Éste ha declarado una y otra, solemnemente, que antes de verse envuelto en el escándalo no había oído hablar jamás de la Piedra Lunar. Y esas gentes viles replican, sin que una mera sombra de verdad justifique sus palabras: «tendrá sus razones para ocultarlo; nos rehusamos a creer lo que afirma bajo juramento.» ¡Vergonzoso!

Raquel estuvo mirándolo de una manera muy extraña —no puedo decir con propiedad en qué forma— durante el tiempo en que él habló. Una vez que hubo terminado le dijo:

—Considerando que Mr. Luker es sólo un amigo ocasional para ti; defiendes su causa, Godfrey, un tanto apasionadamente.

Mi talentoso amigo le contestó con una de las réplicas más genuinamente evangélicas que he oído jamás.

—Tengo la esperanza, Raquel, de haber defendido siempre la causa de los oprimidos, un tanto apasionadamente —dijo.

El tono con que pronunció estas palabras hubiera sido capaz de fundir una piedra. Pero, ¡oh Dios mío!, ¿qué dureza hay, después de todo, en una piedra? Ninguna si se la compara con la del corazón de un ser degenerado.

Ella le dirigió una mirada burlona. Enrojezco al recordarlo; se le burló a él en la cara.

—Guarda esas bellas palabras para tus juntas femeninas, Godfrey. Estoy segura de que el escándalo en que se ha visto envuelto Mr. Luker no te ha perdonado a ti tampoco.

Aun la apatía de mi tía se desvaneció ante esas palabras.

—¡Mi querida Raquel —la amonestó—, no tienes en verdad derecho de afirmar tal cosa!

—No lo hago para perjudicarlo, mamá…, sino por su bien. Ten un poco de paciencia conmigo y ya verás.

Volviéndose hacia Mr. Godfrey lo miró con lo que al parecer era un súbito arranque de piedad. Llegó al extremo —al muy poco femenino extremo— de tomar su mano.

—Estoy segura —dijo— de haber descubierto el motivo de tu repugnancia a hablar de este asunto delante de mi madre y de mí. Un desdichado accidente ha ligado tu nombre con el de Mr. Luker en el pensamiento de las gentes. Me has dicho ya lo que se dice de él, en este escándalo. ¿Qué es lo que se dice de ti respecto del mismo?

Aun al escuchar eso nuestro querido Mr. Godfrey —siempre dispuesto a devolver bien por mal— se esforzó por perdonarla.

—¡No me preguntes nada! —dijo—. Mejor será olvidarlo, Raquel…, realmente, mejor será dejar esto así.

—¡Quiero saberlo! —gritó ella, fieramente, con su tono más alto de voz.

—¡Díselo, Godfrey! —le suplicó mi tía—. ¡Nada podrá hacerle el daño que le está haciendo ahora tu silencio!

Los bellos ojos de Mr. Godfrey se llenaron de lágrimas. Apeló ella con una postrera mirada, y exhaló por fin las palabras fatales:

—Ya que lo quieres saber, Raquel…, he aquí lo que se dice de mí respecto a este escándalo: que la Piedra Lunar ha sido empeñada por mí y que se halla en calidad de prenda en manos de Mr. Luker.

Ella saltó de su asiento y se puso en pie dando un chillido. Empezó a mirar ya hacia adelante ya hacia atrás, de mi tía a Mr. Godfrey, de tan frenética manera que parecía, realmente, haberse vuelto loca.

—¡No me habléis! ¡No me toquéis! —exclamó rehuyéndonos a todos (¡afirmo que como un animal acorralado!) y retrocediendo hacia un rincón del cuarto—. ¡Esta es mi falta! Yo tengo que subsanarla. Me he sacrificado a mí misma… tenía el derecho de hacerlo, si es que me gustaba hacerlo. Pero arruinar a un hombre inocente; mantener un secreto que habrá de destruir su reputación para siempre…, ¡oh Dios mío, eso es algo demasiado horrendo! ¡No puedo soportar tal cosa!

Mi tía se levantó a medias de su asiento y se dejó caer luego súbitamente en él. Me llamó con voz desmayada, indicándome una pequeña redoma que se hallaba en su costurero.

—¡Rápido! —murmuró—. Seis gotas en agua. Que no te vea Raquel.

En otras circunstancias me hubieran extrañado tales palabras. Pero no había ahora tiempo para pensar… sólo cabía echar mano de la medicina. Nuestro querido Mr. Godfrey me ayudó inconscientemente a ocultarle a Raquel lo que yo estaba por hacer, al dirigirle a ésta algunas palabras para serenarla, en el otro extremo del cuarto.

—En verdad…, en verdad, tú exageras —lo oí decir—. Mi reputación se halla en lo alto para que pueda ser destruida por un escándalo miserable y pasajero como éste. Todo caerá en el olvido dentro de una semana. No hablemos más de ello.

Ella se mostró enteramente inaccesible a una generosidad tan grande como ésta. Prosiguió hablando, yendo de mal en peor.

—Yo debo y habré de detener el escándalo —dijo ella—. ¡Mamá! Escucha lo que voy a decir. ¡Miss Clack!, escuche lo que voy a decir. Yo sé cuál fue la mano que se llevó la Piedra Lunar. Lo sé… —puso un gran énfasis en las palabras y golpeó con los pies en el piso, poseída por la cólera—. ¡Yo sé que Godfrey es inocente! ¡Llévame ante el juez, Godfrey! ¡Llévame ante el juez para jurarlo!

Mi ama asió mi mano y cuchicheó:

—Quédate un minuto o dos más aquí. Que Raquel no me vea.

Yo advertí en su rostro un tinte azulado que me alarmó. Ella se dio cuenta de que yo estaba inquieta.

—Las gotas me pondrán bien en uno o dos minutos —dijo. Y cerró los ojos, aguardando así durante un instante.

Mientras esto ocurría pude oír cómo nuestro querido Mr. Godfrey la seguía amonestando suavemente.

—No debes aparecer mezclada públicamente en este asunto —le dijo—. Tu reputación, mi queridísima Raquel, es algo demasiado puro y sagrado para jugar con ella.

—¡Mi reputación! —dijo ella soltando una carcajada—. Vaya, se me ha acusado, Godfrey, tanto como a ti. El mejor detective de Inglaterra afirma que he robado mi propio diamante. Pregúntale lo que opina y te dirá que he empeñado la Piedra Lunar para pagar mis deudas privadas. —Se detuvo, corrió a través del cuarto, y cayó de rodillas a los pies de su madre—. ¡Oh mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Debí de estar loca, ¿no es cierto?, para no haber descubierto la verdad hasta ahora!

Se hallaba demasiado excitada para advertir el estado de su madre; en un instante se puso en pie de nuevo y en otro se halló de regreso junto a Mr. Godfrey.

—No dejaré que tú…, no dejaré que ningún hombre inocente sea acusado ni deshonrado por mi culpa. Si no quieres llevarme ante el juez, redacta entonces en un papel una declaración de inocencia, que yo habré de firmarla. Haz lo que te digo, Godfrey; de lo contrario, la escribiré yo misma a los diarios… ¡Saldré de aquí e iré diciéndolo a gritos por las calles!

No diremos que era el remordimiento el que hablaba, sino simplemente la histeria. El indulgente de Mr. Godfrey la aplacó echando mano de una hoja de papel y extendiendo allí la declaración. Ella la firmó con una prisa febril.

—Muéstrala en todas partes, sin preocuparte por —dijo, mientras se la devolvía—. Mucho me temo, Godfrey, que no te haya hecho justicia hasta ahora en mi pensamiento. Eres más desinteresado…, eres mejor hombre de lo que te creía. Ven aquí cuando puedas, que yo me esforzaré por reparar el daño que te he hecho.

Le dio la mano. ¡Ay, esta débil naturaleza nuestra! ¡Ay, Mr. Godfrey! No sólo llegó a olvidarse en tal forma de sí mismo como para besarle la mano, sino que adoptó tal suavidad de tono al responderle, que, teniendo en cuenta la situación del momento, significaba poco menos que una concesión hecha al pecado.

—Vendré, amadísima Raquel —dijo—, con la condición de que no volvamos a hablar de este odioso asunto.

Jamás anteriormente había visto yo a nuestro Héroe Cristiano caer tan bajo como en esa ocasión.

Antes de que ninguno de nosotros hubiese tenido tiempo de proferir una palabra, un golpe espantoso dado en la puerta de calle nos estremeció a todos. Asomándome a la ventana pude ver al Mundo, la Carne y el Demonio aguardando ante nuestra casa, personificados en un carruaje y unos caballos, un polvoriento lacayo y tres de las mujeres más audazmente trajeadas que haya visto jamás en mi vida.

Raquel dio un respingo y compuso su persona. Luego cruzó el cuarto en dirección a su madre.

—Han venido a buscarme para ir a la exposición floral —dijo—. Una palabra antes de irme, mamá. ¿No te he causado un disgusto?, ¿verdad que no?

¿Había que compadecerse o condenar ese embotamiento del sentido moral que la hacía dirigir una pregunta de esa índole, en semejante situación? Yo me inclino por el perdón. Apiadémonos de ella.

Las lágrimas produjeron su efecto. La tez de mi pobre tía volvió a ser la de siempre.

—No, no, querida —le dijo—. Ve con tus amigos y diviértete.

Su hija se inclinó y la besó. Yo había abandonado ya la ventana y me hallaba junto a la puerta, cuando Raquel se aproximó para salir. Un nuevo cambio se había operado en ella: se hallaba bañada en lágrimas. Yo miré con simpatía el momentáneo ablandamiento de ese corazón obstinado, y me sentí inclinada a decirle unas pocas palabras de estímulo. Pero ¡ay!; mis bien inspiradas palabras de simpatía no hicieron más que ofenderla.

—¿Qué significan esas palabras de consuelo? —me respondió en un murmullo áspero, mientras se dirigía hacia la puerta—. ¿No ves lo feliz que soy? Iré a la exposición floral, Clack, y me pondré el gorro más hermoso de Londres.

Completó su hueco sarcasmo enviándome un beso que sopló sobre la palma de su mano…, y abandonó luego la habitación.

Quisiera poder transmitir con palabras toda la compasión que sentí por esta miserable y descarriada muchacha, pero me encuentro tan escasamente dotada de elocuencia como de dinero. Permítanme ustedes que lo diga: mi corazón sangró por ella.

Al regresar junto a la silla de mi tía, advertí que nuestro querido Mr. Godfrey se hallaba dedicado a la búsqueda de algo, aquí y allí, en las diferentes partes del cuarto. Antes de que pudiera ofrecerle ayuda había ya descubierto lo que buscaba. Regresó hacia donde estábamos su tía y yo, trayendo su declaración de inocencia en una mano y una caja de cerillas en la otra.

—¡Querida tía, un pequeño complot! —dijo—. ¡Mi querida Miss Clack, una piadosa mentira que aun su elevada integridad moral sabrá excusar! ¿Le harán creer a Raquel que he aceptado este generoso sacrificio que la ha llevado a firmar este documento? ¿Y seréis tan buenas como para atestiguar que lo destruyo en vuestra presencia antes de abandonar la casa?

Encendiendo una cerilla puso fuego al papel, colocándolo para que ardiera en un plato que había sobre la mesa.

—Cualquier pequeño contratiempo que pueda yo sufrir no es nada —observó—, comparándolo con la importancia que tiene el preservar a un nombre tan puro del pecaminoso contacto del mundo. ¡Vaya!, hemos reducido esto a un minúsculo e inofensivo puñado de cenizas y nuestra querida e impulsiva Raquel no sabrá jamás lo que hemos hecho. ¿Cómo se sienten…? Mis preciosas amigas, ¿cómo se sienten? En lo que a esta pobre persona mía se refiere, puedo decir que me siento tan dichoso como un niño.

Irradiando alegría volcó sobre nosotras su bella sonrisa, y nos tendió luego una mano a cada una. Yo me hallaba demasiado conmovida por esa noble acción como para intentar hablar. Cerré los ojos y llevé su mano, impulsada por una especie de olvido de mí misma, a mis labios. Él murmuró una suave amonestación. ¡Oh, el éxtasis, el puro y extraterrenal éxtasis de ese instante! Tomé asiento —difícilmente podría decir sobre qué— completamente extraviada en la exaltación de mis sentimientos. Cuando volví a abrir los ojos, sentí lo mismo que si bajase del cielo a la tierra. No vi más que a mi tía en la habitación. El había desaparecido.

Me agradaría detenerme aquí… Me gustaría cerrar mi relato con el registro de esa noble acción de Mr. Godfrey. Desgraciadamente hay más, muchas más cosas que la inexorable presión pecuniaria del cheque de Mr. Blake me obliga a seguir. Los penosos descubrimientos que habrían de revelárseme durante mi visita a Montagu Square el día martes no pararon aquí.

Hallándome a solas con Lady Verinder volví, naturalmente, al tema de su salud, haciendo referencia muy delicadamente a la ansiedad que demostrara por ocultarle su indisposición y la medicina ingerida a su hija.

La réplica de mi tía me sorprendió enormemente.

—Drusilla —me dijo (si es que no he dicho anteriormente que mi nombre de pila es Drusilla, permítanme que lo haga ahora)—, estás rozando, de la manera más inocente, lo sé, un asunto muy penoso.

Yo me levanté instantáneamente. El decoro no me aconsejaba más que una alternativa…, la alternativa de alejarme luego de ofrecerle mis excusas. Lady Verinder me contuvo e insistió en que volviera a sentarme.

—Has sorprendido un secreto —me dijo— que sólo le había confiado a mi hermana, Mrs. Ablewhite, y a mi abogado, Mr. Bruff; a nadie más que a ellos. Puedo confiar en su discreción y estoy segura de contar también con la tuya, cuando te haya puesto al tanto de lo ocurrido. ¿Tienes algún compromiso urgente, Drusilla, o puedes disponer de todo el tiempo esta tarde?

Innecesario es decir que todo mi tiempo se hallaba a la entera disposición de mi tía.

—Acompáñame, entonces —me dijo—, una hora más. He de decirte algo que, según creo, lamentarás mucho oír. Y habré de pedirte un favor después, si es que no me rehusas tu ayuda.

Innecesario vuelve a ser que diga que, lejos de objetar tal ayuda, me hallaba pronta para prestarle toda la que se hallaba a mi alcance.

—Puedes aguardar aquí —prosiguió—, hasta que llegue Mr. Bruff a las cinco. Y actuarás en calidad de testigo, Drusilla, cuando deba firmar yo mi testamento.

¡Su testamento! Me acordé de las gotas que viera en su costurero. Y también del tinte azulado que percibí en su rostro. Una luz que no era de este mundo —una luz que surgía de un sepulcro increado— alumbró solemnemente mi inteligencia. El secreto de mi tía había dejado de ser para siempre un secreto.

CAPÍTULO III

El respeto que siento por la pobre Lady Verinder me impidió insinuar siquiera que había descubierto la triste verdad antes de que abriera ella los labios. Aguardé en silencio su decisión; y, luego de haber resuelto en mi fuero interno decirle unas pocas palabras de consuelo en cuanto se presentara la oportunidad de hacerlo, me sentí preparada para cumplir cualquier deber que se me impusiera, por penoso que fuese.

—He estado seriamente enferma, Drusilla, desde hace algún tiempo —comenzó a decirme mi tía—. Y, lo que es extraño, sin saberlo.

Yo me acordé de las miles y miles de perecederas criaturas humanas que se hallaban en ese mismo instante enfermas del espíritu, sin saberlo ellas mismas. Y mucho temí que mi pobre tía perteneciera a esa multitud.

—Sí, querida —le dije tristemente—. Sí.

—He traído a Raquel a Londres, tú lo sabes, por consejo médico —prosiguió—. Y me pareció conveniente consultar a dos médicos.

¡Dos médicos! Y, ¡oh Dios mío, en el estado en que se halla Raquel, ni un solo sacerdote!

—Sí, querida —dije una vez más—. ¿Y?

—Uno de los médicos —prosiguió mi tía— me era desconocido. El otro había sido un viejo amigo de mi esposo y demostró siempre interés por mi persona. Luego de prescribirle el tratamiento a Raquel, manifestó que deseaba hablar a solas conmigo, en otro aposento. Yo esperaba, naturalmente, que me hiciera conocer algunas instrucciones especiales relativas a la curación de mi hija. Ante mi sorpresa asió mi mano gravemente y me dijo: «La he estado observando, Lady Verinder, no sólo con interés profesional, sino también personal. Se halla usted, mucho me temo, mucho más necesitada de urgente consejo médico que su hija.» Me hizo algunas preguntas que al principio me sentí inclinada a tomar ligeramente, hasta que observé que mis réplicas lo apenaban. Terminó la entrevista con el anuncio suyo de que vendría al día siguiente acompañado de un médico amigo, a una hora en que no se hallaría Raquel en la casa. La consulta —cuyo resultado me fue transmitido de la manera más cordial y afable— convenció a los dos facultativos de que había habido una preciosa pérdida de tiempo que no podría jamás recuperarse y que mi estado de salud escapaba a cuanto podía su ciencia hacer en mi favor. Desde hacía más de dos años había estado yo padeciendo una subrepticia dolencia al corazón, la cual, sin darse a conocer bajo ningún síntoma alarmante, fue minándome poco a poco hasta llevarme fatalmente a un estado ruinoso. Puedo vivir aún algunos meses o puedo también morir antes de que un nuevo día se deslice en torno mío… Los médicos no pueden ni osan afirmar, positivamente, otra cosa que ésa. Sería inútil negar, querida, que he pasado por algunos momentos angustiosos desde que me fue dado a conocer mi verdadero estado de salud. Pero estoy ahora más resignada y me hallo dispuesta a hacer lo posible para ordenar mis asuntos terrenos. Mi más grande motivo de preocupación reside en el hecho de que Raquel sea mantenida en la ignorancia, en cuanto a la verdad. Si la conociera atribuiría mi ruina física a la ansiedad provocada en mí por el diamante y se reprocharía a sí misma una cosa de la que ella, pobre niña, no es en modo alguno la culpable. Según los médicos, la dolencia surgió hace dos, si no tres años. Estoy segura de que sabrás guardar mi secreto, Drusilla…, porque estoy convencida de no ver más que sincera congoja y simpatía en tu semblante en este momento.

¡Congoja y simpatía! ¡Oh, qué emociones más paganas se aguardaban de una cristiana inglesa anclada sólidamente en su fe!

Difícil le hubiera sido a mi pobre tía imaginar el raudal de devoto agradecimiento que inundó todo mi ser al acercarse ella al epílogo de su melancólica historia. ¡He aquí toda una brillante y útil carrera en perspectiva! ¡He aquí a una amada parienta, a una perecedera criatura humana, en la víspera de un gran cambio, completamente desapercibida para el mismo, e instigada, providencialmente instigada a revelarme su situación a ! ¡Cómo describir la alegría que me produjo el recordar que los preciosos amigos clericales, en cuya ayuda podía confiar, podían contarse no de a uno o de a dos, sino por decenas y veintenas! Tomé a mi tía en mis brazos…, mi abrumadora ternura no se satisfacía ahora con nada que fuese menos que un abrazo. «¡Oh! —le dije con fervor—, cuán grande es el interés que me inspiras! ¡Oh! ¡Cuánto bien pienso volcar sobre ti, querida, antes de que nos separemos!» Luego de una o dos palabras de advertencia, a manera de prólogo ardoroso, le di a escoger entre tres preciosos amigos míos dedicados de la mañana a la noche a su labor piadosa en su propio vecindario; los tres afectuosamente inclinados a ejercitar sus dones, ante una sola palabra mía. Pero ¡ay!, la realidad fue mucho menos alentadora. La pobre Lady Verinder me miró perpleja y atemorizada y rechazó cuanto pude ofrecerle haciéndome la objeción puramente mundana de que no se encontraba con fuerzas para recibir a ningún extraño. Yo cedí…, por el momento, naturalmente. Mi larga experiencia (colectora y visitadora religiosa, bajo las órdenes de no menos de catorce bienamados amigos clericales, contándolos a todos) me sugirió que me hallaba ante un nuevo caso en el que debía recurrir a mis libros, que se ajustaban, todos ellos, a la actual emergencia, los cuales habían sido escritos para estimular, convencer, preparar, iluminar y fortificar a mi tía.

—¿Leerás, querida? —le dije de la manera más persuasiva—. ¿Leerás, no es cierto, si te traigo algunos de mis preciosos volúmenes, doblados todos en la página indicada, y con señales a lápiz en los lugares en que debes detenerte y preguntarte a ti misma: «¿Tiene esto aplicación en mi caso?». Aun este simple ruego —tan absorbente es la influencia pagana del mundo— pareció estremecer a mi tía. «Haré lo que pueda, Drusilla, para complacerte», me dijo, con una mirada de sorpresa que era a la vez instructiva y terrible. No había un instante que perder. El reloj que estaba sobre el mármol de la chimenea me informó que contaba apenas con el tiempo suficiente para precipitarme a casa, proveerme de las primeras series de lecturas selectas que encontrara a mano (una docena, diremos) y regresar a tiempo para encontrarme con el abogado y presenciar la firma del testamento de Lady Verinder. Prometiéndole fielmente estar de retorno a las cinco, dejé la casa para ejecutar mi piadosa misericordia.

Cuando sólo se halla en juego mi interés personal, me conformo muy humildemente con ir de sitio en sitio en ómnibus. Permítanme que les dé una idea de mi devoción por mi tía, al recordar que en esa ocasión fui tan dilapidadora como para tomar un cabriolé.

Llegué a mi casa, escogí y marqué la primera serie de lecturas y emprendí el regreso a Montagu Square con una docena de obras en un saco de noche, libros que no tienen rivales, estoy enteramente segura, en la literatura de ningún otro país de Europa. Le pagué al cochero el precio exacto del viaje. Lo recibió con un juramento y yo le entregué al punto un folleto. Difícilmente hubiera demostrado hallarse ese pobre desventurado más consternado si le hubiese puesto una pistola en la cabeza. Pegando un salto en el pescante y lanzando profanas exclamaciones de disgusto partió de allí furiosamente. ¡No obstante, todo fue inútil, tengo la dicha de poder decirlo! Sembré la buena semilla a despecho de él, al arrojar un segundo folleto adentro del cabriolé a través de la ventanilla.

El criado que me abrió la puerta —no la persona con su gorro de cintas, ante mi gran alivio, sino el lacayo— me informó que el doctor había llegado y se encontraba aún encerrado arriba con Lady Verinder. Mr. Bruff, el abogado, había llegado hacía un minuto y se hallaba aguardando en la biblioteca. Yo también fui conducida allí para aguardar.

Mr. Bruff pareció sorprenderse al verme. Era el abogado de la familia y nos habíamos encontrado en más de una ocasión anteriormente bajo el techo de Lady Verinder. Se trata, lamento tener que decirlo, de un hombre que ha crecido y envejecido al servicio del mundo. Un hombre que en sus horas de labor era el profeta elegido de la Ley y de Mammón, y en sus horas de ocio, culpable igualmente de leer una novela y destruir un folleto.

—¿Ha venido usted para quedarse, Miss Clack? —me preguntó, dirigiendo una mirada hacia mi saco de noche.

Revelarle el contenido de mi precioso bolso a una persona como ésa, equivaldría simplemente a invitarla a lanzar un diluvio de profanaciones. Descendiendo a su mismo nivel terrenal le mencioné el motivo de mi presencia en la casa.

—Mi tía me ha informado que se halla a punto de firmar su testamento —le respondí—. Y ha sido tan buena como para pedirme que actúe en calidad de testigo.

—¡Ay! ¡Ay! Bien, Miss Clack, podrá usted serlo. Tiene más de veintiún años y no la guía el menor interés pecuniario, en cuanto se relaciona con el testamento de Lady Verinder.

¡No tenía el menor interés pecuniario en cuanto al testamento de Lady Verinder! ¡Oh, cuán agradecida le estuve al oír estas palabras! Si mi tía, que poseía miles de libras, se hubiera acordado de esta pobre criatura que soy yo y para la cual cinco libras constituyen toda una meta; si mi nombre hubiese aparecido en el testamento, con un pequeño y estimulante legado adscrito al mismo, mis enemigos habrían quizá dudado del motivo que me impulsó a cargar con los más escogidos tesoros de mi biblioteca y habrían tratado de sacar provecho de mis débiles recursos, a raíz del despilfarro cometido al viajar en cabriolé. Ni el más cruel y burlón de todos ellos dudaría ahora. ¡Tanto mejor que así ocurriera!

Fui despertada de estas consoladoras reflexiones por la voz de Mr. Bruff. Mi pensativo silencio pareció haber pesado sobre el espíritu de ese ser mundano, forzándolo, por así decirlo, a hablar contra su misma voluntad.

—Y bien, Miss Clack, ¿cuáles son las últimas novedades en el terreno de la caridad? ¿Cómo se encuentra su amigo Mr. Godfrey Ablewhite, luego de la azotaina que le dieron esos bandidos en la Northumberland Street? ¡Vaya! En el club circula una linda historia en torno a este caritativo caballero.

Yo había pasado por alto la forma en que este individuo observó que tenía más de veintiún años y que no albergaba interés pecuniario alguno respecto al testamento de mi tía. Pero el tono con que se refirió a mi querido Mr. Godfrey iba mucho más allá de lo que mi tolerancia podía soportar. Obligada como me sentía, luego de lo acaecido en mi presencia esa tarde, a asegurar la inocencia de mi admirable amigo, dondequiera que se trajese a colación el tema, debo reconocer a la vez que sentí la obligación de reforzar tan justiciero propósito, en el caso de Mr. Bruff, con un punzante castigo.

—Vivo demasiado alejada del mundo —le dije—, y no tengo la ventaja, señor, de pertenecer a un club como usted. Pero ocurre que conozco la historia a que acaba usted de aludir; y sé también que mentira más vil que esa no ha sido jamás propalada.

—Sí, sí, Miss Clack…, cree usted en su amigo. Muy natural. Mr. Godfrey Ablewhite comprobará que no es tan fácil convencer a las gentes en general como a una junta de damas caritativas. Las apariencias están todas, fatalmente, en contra suya. Se hallaba en la casa cuando desapareció el diamante. Y fue la primera persona que la abandonó para dirigirse a Londres, luego de ello. Son ésas dos feas circunstancias, señora, cuando se les observa a la luz de los posteriores eventos.

Reconozco que debí haberlo puesto en su lugar antes de que prosiguiera hablando. Debería haberle dicho que estaba hablando sin tener en cuenta el testimonio que de la inocencia de Mr. Godfrey podía ofrecer la única persona innegablemente capacitada para hablar con pleno conocimiento de causa. Pero, ¡ay!, la tentación de conducir al abogado diestramente hasta su propia derrota era algo demasiado pesado para mí. Le pregunté qué había querido decir con eso de los «posteriores eventos…», con un tono de lo más inocente.

—Por posteriores eventos, Miss Clack, quiero significar eventos en los cuales se han visto implicados los hindúes —prosiguió Mr. Bruff, adoptando un aire más y más superior hacia esta pobre criatura que soy yo, a medida que proseguía hablando—. ¿Qué es lo que hacen los hindúes en cuanto se les abren las puertas de la prisión de Frizinghall? Dirigirse inmediatamente a Londres y fijar su vista en la persona de Mr. Luker. ¿Qué es lo que dice Mr. Luker cuando acude por vez primera a la justicia en demanda de protección? Reconoce que ha sospechado que uno de los operarios de su establecimiento se halla en connivencia con los hindúes. ¿Puede haber una prueba moral más evidente, hasta aquí, de que los truhanes contaban con un cómplice entre los empleados de Mr. Luker y que sabían que la Piedra Lunar se encontraba en la casa de Mr. Luker? Muy bien. ¿Qué ocurre luego? Mr. Luker se siente preocupado (y con mucha razón) por la seguridad de la gema que se le ha entregado en calidad de prenda. La coloca entonces secretamente, según todas las apariencias, en la caja fuerte de sus banqueros. Maravillosa perspicacia la suya; pero los hindúes son, por su parte, tan perspicaces como él. Sospechan que el diamante es cambiado de un lugar a otro; y hallan la forma, singularmente osada y cabal, de aclarar sus sospechas. ¿A quién apresan para registrar? No solamente a Mr. Luker —lo cual es bien comprensible—, sino también a Mr. Godfrey Ablewhite. ¿Por qué? Mr. Ablewhite afirma que han obrado ciegamente, y sospechado de él por haberlo visto hablar accidentalmente con Mr. Luker. ¡Absurdo! Otra media docena de personas conversaron con Mr. Luker esa mañana. ¿Por qué no siguieron a los demás hasta sus casas y les tendieron la misma trampa? ¡No! ¡No! La explicación más sencilla es que Mr. Ablewhite sentía un interés oculto por la Piedra Lunar al igual que Mr. Luker, y que los hindúes se hallaban tan en la duda respecto a cuál de los dos se encontraba en posesión de la misma, que no contaron con otra alternativa que la de registrarlos a los dos. Eso es lo que dice la opinión pública, Miss Clack. Y la opinión pública no puede en este caso ser muy fácilmente refutada.

Dijo estas últimas palabras con un aire de sabiduría tan maravillosamente sustentado por su vanidad mundana, que no pude realmente (para vergüenza mía lo digo) resistir la tentación de conducirlo un breve trecho más allá en ese camino, antes de apabullarlo con la verdad.

—No pretendo argüir con un letrado tan hábil como usted —le dije—. Pero ¿le parece a usted, señor, que se es justo con Mr. Ablewhite cuando se pasa por alto la opinión del famoso funcionario de la policía de Londres que investigó este caso? Ni una sombra de sospecha recayó sobre nadie de la casa como no fuera sobre Miss Verinder, según la opinión del Sargento.

—¿Quiere usted decir, Miss Clack, que se halla de acuerdo con el Sargento?

—No soy juez de nadie, señor, ni doy opinión alguna.

—Yo, por mi parte, cometeré ambas enormidades señora. Juzgo que el Sargento se ha equivocado completamente y doy mi opinión al afirmar que si aquél hubiese conocido el carácter de Miss Raquel como lo conozco yo, hubiese sospechado de cualquiera de la casa antes que de ella. Admito que tiene sus defectos; es reservada y terca, rara e indómita y distinta de las otras muchachas de su edad. Pero es fiel como el acero, magnánima y generosa hasta el exceso. Si la prueba más evidente del mundo apuntara en determinada dirección y tan sólo la palabra de honor de Raquel lo hiciera en sentido contrario, yo me declararía en favor de su palabra y en contra de la evidencia, ¡abogado como soy! Palabras fuertes, Miss Clack; pero eso es lo que pienso en verdad.

—¿Tendría usted algún inconveniente en ilustrar lo que piensa, Mr. Bruff, de manera que pueda yo estar completamente segura de que lo comprendo? Supongamos que halla usted a Miss Verinder insistentemente interesada por saber qué les ha ocurrido a Mr. Ablewhite y Mr. Luker. Supongamos que ella formula las más extrañas preguntas en torno a este espantoso escándalo y demuestra hallarse poseída por la más indomable agitación al enterarse del giro que el asunto va tomando.

—Suponga usted lo que suponga, Miss Clack, no hará usted vacilar la fe que me inspira Raquel Verinder, en lo más mínimo.

—¿Puede confiarse en ella hasta tal grado?

—Absolutamente hasta ese punto.

—Permítame entonces que le informe, Mr. Bruff, que Mr. Godfrey Ablewhite ha estado en esta casa hace menos de dos horas y que el pleno reconocimiento de su inocencia en lo que concierne a la desaparición de la Piedra Lunar ha sido proclamado por la propia Miss Verinder en el más violento lenguaje que escuché jamás salir de boca de una joven dama.

Me gocé en el triunfo —triunfo impío, me temo, lo admito— que significaba el ver a Mr. Bruff enteramente confundido y aplastado por estas pocas palabras mías. Saltando de su asiento, se puso en pie y me clavó su vista en silencio. Yo permanecí sentada, inconmovible y procedí a narrar de manera exacta lo ocurrido.

—¿Qué tiene usted que decir respecto a Mr. Ablewhite, ahora? —le pregunté, con la mayor suavidad que me fue posible utilizar, tan pronto como hube terminado.

—Si Raquel ha certificado su inocencia, Miss Clack, no tengo el menor escrúpulo en decir que creo en su inocencia tan firmemente como usted. Me he dejado extraviar por las apariencias igual que el resto de las gentes y me entregaré ahora a la tarea de reparar el daño de la mejor manera a mi alcance refutando públicamente las escandalosas apreciaciones que se hagan en torno a su amigo, dondequiera que las oiga. Mientras tanto, permítame que la felicite por la forma magistral en que abrió el fuego graneado de sus baterías sobre mí, en el instante en que menos lo esperaba. Hubiera usted hecho grandes cosas en mi profesión, señora, de haber querido la suerte que fuese usted hombre.

Dichas estas palabras se alejó de mi lado y comenzó a pasearse, irritado, de arriba abajo por el cuarto.

Era evidente que la nueva luz que arrojé yo sobre el tema lo había convulsionado y sorprendido en forma extraordinaria. Ciertas expresiones que dejó escapar de sus labios mientras se engolfaba más y más en sus reflexiones sirvieron para sugerirme el abominable punto de vista que había hasta entonces sustentado respecto al misterio de la desaparecida Piedra Lunar. No había tenido el menor escrúpulo en sospechar a Mr. Godfrey autor de la infame acción de apoderarse del diamante y de atribuirle a Raquel la generosa intención de ocultar el crimen. De acuerdo con el testimonio de la propia Miss Verinder —autoridad completamente inexpugnable, como ya lo saben ustedes, de acuerdo con la opinión de Mr. Bruff—, la explicación de los hechos resultaba enteramente equivocada. La perplejidad en medio de la cual fue lanzada por mí esta alta autoridad en la materia era tan abrumadora, que no le fue posible ocultarla. «¡Qué problema!», lo oí decir cuando se detuvo junto a la ventana y empezó a tamborilear con sus dedos en el cristal. «No sólo desafía toda explicación, sino que se halla más allá de toda conjetura!»

Nada había en estas palabras que hiciese necesaria una réplica de mi parte… y, no obstante, ¡le contesté! Me parece increíble que no haya sido capaz, ni aun entonces, de dejar en paz a Mr. Bruff. Y parece que escapa a los límites de la mera maldad humana el hecho de que yo descubriera en las palabras que acababa de decirme una nueva oportunidad para tratar de convertirme en una persona desagradable para él. Pero… ¡ah, mis queridos amigos!, ¡la perversidad humana no tiene límites y todo se torna posible cuando nuestra débil naturaleza saca de nosotros todo el provecho que puede!

—Perdóneme que lo interrumpa en sus reflexiones —le dije al desprevenido Mr. Bruff—. Pero ¿no existe acaso una posibilidad que no se nos ha ocurrido aún a ninguno de los dos?

—Puede ser, Miss Clack. Confieso que ignoro cuál puede ser.

—Antes de que hubiera sido tan afortunada, señor, como para convencerlo de la inocencia de Mr. Ablewhite, dijo usted que una de las razones que lo hicieron sospechar de él fue la circunstancia de que se hallara en la casa en el instante en que desapareció el diamante. Permítame recordarle que Mr. Franklin se encontraba también en ella en esa misma oportunidad.

Nuestro viejo hombre mundano abandonó la ventana, colocó una silla exactamente enfrente de la mía y me miró con firmeza, mientras se sonreía con una sonrisa dura y maligna.

—No es usted tan buena abogada, Miss Clack —observó en un tono meditabundo—, como había yo supuesto. No sabe usted dejarlo a uno en paz.

—Mucho me temo que no pueda seguirlo, Mr. Bruff —le dije con modestia.

—No me engañará con eso, Miss Clack…, no podrá engañarme con eso por segunda vez. Franklin Blake es el joven que yo más estimo; usted bien lo sabe. Pero ello no importa. Adoptaré su punto de vista, en esta ocasión, antes de que tenga usted tiempo de volverlo contra mí. Se halla usted enteramente en lo cierto, señora. He sospechado de Mr. Ablewhite por motivos que en abstracto justificarían también el sospechar de Mr. Blake. Muy bien; sospechemos, también, de éste. Encuadra enteramente con su carácter, diríamos, el acto de robar la Piedra Lunar. La única pregunta que cabe hacer ahora es si tenía algún interés en hacer tal cosa.

—Que Mr. Franklin Blake tiene deudas —observé— es un asunto del dominio familiar.

—Y que las de Mr. Godfrey Ablewhite no han alcanzado aún ese grado de desarrollo, también. Completamente cierto. Pero ocurre que surgen los escollos en el camino de su teoría, Miss Clack. Yo administro los bienes de Franklin Blake y me atrevo a informarle a usted que la gran mayoría de sus acreedores (sabiendo como saben que su padre es rico) siente una gran satisfacción al cargar sus intereses sobre sus deudas, mientras aguardan su dinero, esa es la primera dificultad…, bastante pronunciada por cierto. Ahora verá usted que la segunda lo es aún más. Me he enterado a través de esa fuente fidedigna que es la propia Lady Verinder de que su hija se hallaba dispuesta a casarse con Franklin Blake, antes de que el diabólico diamante hindú desapareciese de la casa. Lo había atraído y rechazado varias veces anteriormente. Pero le confesó a su madre que amaba al primo Franklin y su madre le confió el secreto al primo Franklin. Así es como, Miss Clack, se hallaba por un lado, frente a unos acreedores conformes con aguardar, y por el otro, ante la probable perspectiva de casarse con una rica heredera. Júzguelo usted, por todos los medios posibles, un pícaro; pero ¿me hará el favor de decirme por qué habría de robar la Piedra Lunar?

—El corazón humano es inescrutable —le dije suavemente—. ¿Quién podrá sondearlo?

—En otras palabras, señora —aunque no hubiese tenido ni una sombra de razón para apoderarse del diamante—, podría haberlo tomado no obstante, a causa de su natural depravación. Muy bien. Digamos que así lo hizo. ¿Por qué diablos…?

Usted dispense, Mr. Bruff. Pero si lo oigo otra vez referirse al diablo en esa forma, me veré obligada a abandonar la habitación.

—Usted dispense, Miss Clack…; le prometo cuidar más la elección de mis palabras en adelante. Todo lo que quise preguntar fue esto. ¿Por qué —aun concediendo que tomase él el diamante— habría Franklin Blake de convertirse a sí mismo en la figura más llamativa de la casa al esforzarse por recuperar la piedra? Usted podrá sin duda responder que se propuso desviar astutamente las sospechas que pudieran recaer sobre su persona. Y yo le respondo que no tenía ninguna necesidad de hacerlo… ya que nadie sospechaba de él. Primeramente hurta la Piedra Lunar (sin el menor motivo) y a causa de su natural depravación; y luego desempeña un papel, en lo que concierne a la desaparición de la gema, que no tenía la menor necesidad de desempeñar y que lo lleva a inferirle una ofensa mortal a la joven que, de no ser por eso, se hubiera casado con él. Esta es la monstruosa conclusión a que arribará si intenta usted ligar el nombre de Franklin con la desaparición de la Piedra Lunar. ¡No, no, Miss Clack! Luego de lo que ha ocurrido hoy aquí entre nosotros dos, el punto muerto a que se ha llegado en este asunto es completo. Raquel es inocente (como su madre lo sabe y yo también lo sé), fuera de toda duda. Mr. Ablewhite es igualmente inocente…, o Raquel no lo hubiese jamás certificado. Y la inocencia de Franklin Blake, como ya lo ha visto usted, se desprende irrefutablemente de los mismos hechos. Por una parte nos hallamos enteramente seguros de estas cosas. Y por otra, tenemos la misma completa certidumbre de que alguien ha traído la Piedra Lunar a Londres y de que Mr. Luker o su banquero están secretamente en posesión de ella en este instante. ¿Para qué servirá mi experiencia, para qué servirá la de ninguna persona en un asunto de esta índole? Este se burla de mí, como se burla de usted, y de todo el mundo.

No…, no de todo el mundo, pues no se había burlado del Sargento Cuff. Me hallaba a punto de mencionar este detalle con la mayor dulzura posible y las más grandes protestas en contra del hecho de que se me supusiera inclinada a arrojar una mancha sobre el nombre de Raquel…, cuando apareció el criado para anunciarnos que el doctor había partido y que mi tía se hallaba lista para recibirnos.

Esto puso término a la discusión. Mr. Bruff reunió sus papeles con el aspecto de hallarse un tanto fatigado a raíz del esfuerzo desplegado durante nuestra conversación. Yo eché mano de mi bolso repleto de preciosas publicaciones, sintiéndome aún capaz de proseguir hablando durante horas y horas. En silencio nos dirigimos hacia el aposento de Lady Verinder.

Permítanme añadir aquí, antes de que el curso de mi relato nos lleve hacia nuevos eventos, que si he descrito lo acaecido entre el abogado y yo, lo he hecho, teniendo en vista un propósito definido. Se me ha ordenado incluir en mi colaboración respecto a la horrenda historia de la Piedra Lunar no sólo un claro esquema del curso seguido por las sospechas, sino también especificar los nombres de las personas sobre quienes recaían las sospechas en la época en que se sabía que el diamante hindú se hallaba en Londres. Una reproducción de la charla mantenida en la biblioteca con Mr. Bruff me ha parecido que era la manera exacta de corresponder a ese propósito, mientras que, al mismo tiempo, poseía este recurso la gran ventaja moral de exigir de mi parte un sacrificio esencial de mi amor propio. Se me ha obligado a reconocer que mi flaca naturaleza se aprovechó de mí de la mejor manera posible. Al hacer esta humillante confesión saco yo de ella ahora el mejor partido posible. El equilibrio moral ha sido recuperado; la atmósfera espiritual ha vuelto a aclararse. Queridos amigos, podemos ahora continuar.

CAPÍTULO IV

La ceremonia de la firma del testamento llevó mucho menos tiempo que el que yo había supuesto. Todo fue hecho precisamente, en mi opinión, con una indecente premura. Samuel, el lacayo, fue mandado llamar para actuar en calidad de segundo testigo… y la pluma fue colocada de súbito en la mano de mi tía. Yo experimenté la urgente necesidad de decir unas pocas palabras apropiadas a tan solemne ocasión. Pero los modales de Mr. Bruff me convencieron de que sería más prudente reprimir ese impulso en tanto se hallara él en la habitación. En menos de dos minutos todo había terminado, y Samuel, perdida la ocasión de beneficiarse con mis palabras, se hallaba ya de regreso al piso bajo.

Mr. Bruff plegó el testamento y fijó luego sus ojos en mí, aparentemente preguntándose si pensaba yo dejarlo o no a solas con mi tía. Yo tenía que dar aún cumplimiento a mi piadosa misión y me encontraba lista con mi bolso de preciosas publicaciones sobre el regazo. Era lo mismo que si hubiese intentado él conmover a la Catedral de San Pablo con su mirada cuando esperó conmoverme a con sus ojos. Poseía este hombre un mérito, debido, sin duda, a su educación mundana, que no tengo yo la intención de negarle. Era muy ágil para percibir las intenciones. Me pareció que mis palabras produjeron en él el mismo efecto que le habían producido al cochero. También él lanzó una expresión profana y se retiró con violenta premura, dejándome dueña del campo.

Tan pronto como nos encontramos solas, se reclinó mi tía en el sofá y comenzó luego a hablar de su testamento, con el aspecto de hallarse un tanto confundida.

—Espero que no habrás de pensar que te he olvidado, Drusilla —me dijo—. Tengo el propósito de entregarte tu pequeño legado, querida, con mis propias manos.

¡He aquí una brillante oportunidad! Yo la apresé al vuelo. En otras palabras, abrí instantáneamente mi bolso y extraje la publicación que se hallaba más próxima a mi mano. Resultó ser ésta una primitiva edición —sólo la vigesimaquinta— de la famosa obra anónima, escrita, según se cree, por la bienamada Miss Bellows, y titulada La serpiente en casa. El objeto de la obra —con la cual el lector moderno quizá no se halle familiarizado— es demostrar cómo el Maligno acecha en medio de las acciones más aparentemente inocentes de nuestra vida cotidiana. Los capítulos que más adaptan a la reflexión femenina son los siguientes: «Satán en el cepillo para la cabeza», «Satán tras el espejo», «Satán bajo la mesa del té», «Satán espiando desde la ventana»…, y muchos otros.

—Presta atención, querida tía, a este libro precioso…, y me entregarás luego todo lo que te pida.

Con estas palabras le alargué el volumen abierto en determinado pasaje marcado…; ¡un continuo estallido de la más ardiente elocuencia! Su tema: Satán en medio de los cojines del sofá.

La pobre Lady Verinder, reclinada desaprensivamente sobre los cojines de su propio sofá, le echó una ojeada al libro y me lo devolvió, mirándome más confundida que nunca.

—Mucho me temo, Drusilla —me dijo—, que tendré que aguardar a que me encuentre un poco mejor, antes de leer esto. El doctor…

En cuanto nombró al doctor adiviné lo demás. Una y otra vez en el pasado, durante mis andanzas en medio de mis perecederos semejantes, los miembros de esa profesión notoriamente infiel que es la Medicina se interpusieron entre mi persona y mi labor piadosa… con la miserable excusa de que el paciente requería descanso y de que entre todas las influencias susceptibles de perturbarlo no había otra a la cual temieran más que a la ejercida por Miss Clack y por sus libros. Y era precisamente ese mismo y ciego materialismo, accionando arteramente a mis espaldas, el que intentaba ahora despojarme del único derecho de propiedad que mi pobreza podía reclamar…, el derecho de propiedad espiritual, en lo que se refería a mi tía moribunda.

—El doctor me ha dicho —prosiguió mi pobre y descarriada parienta— que no me encuentro muy bien hoy. Me ha prohibido ver a cualquier extraño y me ha ordenado que si leo algo, lo poco que lea habrá de ser en libros de lo más ligeros y entretenidos. «Evite, Lady Verinder, todo lo que tienda a fatigar su cabeza y a acelerar su pulso». Esas fueron sus últimas palabras, Drusilla, antes de partir.

No hubo más remedio que ceder otra vez…, por el momento, al menos, igual que anteriormente. Cualquiera franca afirmación de mi parte respecto a la importancia infinitamente mayor de mis servicios, comparados con los del médico, sólo hubiera servido para provocar en el doctor el deseo de practicar sobre la humana flaqueza de su paciente, amenazándolo a éste con hacer abandono del caso. Felizmente hay otros métodos para sembrar la buena semilla y pocas personas se hallan más versadas en ellos que yo.

—Quizá dentro de una o dos horas, querida, te encuentres mejor —le dije—. O tal vez despiertes mañana por la mañana con la sensación de que necesitas algo que este humilde volumen será capaz de brindarte. ¿Me permites que te deje el libro, tía? ¡Difícilmente hallará el doctor motivo alguno para oponerse a ello!

Deslicé el libro debajo de los cojines del sofá, mitad hacia adentro, mitad hacia afuera, cerca de su pañuelo y de su redoma de sales. Toda vez que su mano fuese en busca de cualquiera de estas dos cosas, habría de rozar el libro y, tarde o temprano (¿quién lo sabe?), el libro podría rozarle el alma a ella. Luego de haber dispuesto así las cosas, consideré lo más prudente retirarme.

—Permíteme partir, querida tía, para que puedas reposar; vendré otra vez mañana.

Accidentalmente dirigí mi vista hacia la ventana al pronunciar estas palabras. Se hallaba aquélla atestancia de flores en cajas y potes. Lady Verinder sentía una pasión extravagante por esos tesoros perecederos y tenía la costumbre de levantarse de vez en cuando para ir a mirarlas y oler su perfume. Una nueva idea cruzó como un rayo por mi mente.

—¡Oh! ¿Puedo tomar una flor? —le pregunté, y avancé hacia la ventana, sin despertar así sus sospechas.

En lugar de quitar de allí una flor añadí otra, en la forma de un nuevo libro extraído de mi bolso, al cual coloqué, para sorprender a mi tía, en medio de las rosas y los geranios. Fue entonces cuando se me ocurrió la feliz idea: «¿Por qué no hacerle a la pobre el mismo bien en cada una de las otras habitaciones a las cuales habría de entrar?» Le dije inmediatamente adiós y, luego de cruzar el vestíbulo, me deslicé en la biblioteca. Samuel, que subió para guiarme a la salida, supuso que ya me había ido y volvió a descender la escalera. Sobre la mesa de la biblioteca advertí dos de esos «libros entretenidos» que el infiel doctor le recomendara. Instantáneamente los hice desaparecer cubriéndolos con dos de mis preciosas publicaciones. En el cuarto del desayuno hallé al canario favorito de mi tía cantando en su jaula. Ella tenía la costumbre de alimentar al pájaro por sí misma. Cierta cantidad de hierba cana había desparramada sobre la mesa que se encontraba exactamente debajo de la jaula. Coloqué, pues, un libro, en medio de la hierba cana. En la sala se me presentaron más felices oportunidades de vaciar mi bolso. Las piezas musicales favoritas de mi tía estaban sobre el piano. Deslicé entre ellas dos nuevos volúmenes. Coloqué después otro en la sala trasera, debajo de cierto bordado inconcluso, que sabía era ejecutado por Lady Verinder. Una tercera y pequeña habitación se hallaba detrás de la sala trasera, de la cual se encontraba separada por una cortina en lugar de una puerta. El antiguo y sencillo abanico de mi tía reposaba sobre el delantero de la chimenea. Luego de abrir mi noveno volumen en su pasaje especialmente importante, lo coloqué allí disponiendo encima el abanico a manera de indicador. Se me presentó entonces el problema de si debía o no ir más arriba todavía y esforzarme por alcanzar el piso de los dormitorios, corriendo el riesgo, naturalmente, de ser insultada, en caso de que me descubriera en las regiones más altas de la casa la persona del gorro con cintas. Pero, ¡oh!, ¿qué importaba eso? Miserable cristiano es aquél que le teme al insulto. Ascendí la escalera dispuesta a afrontar cualquier cosa. Todo estaba en silencio y desierto; supongo que era ésa la hora en que los criados tomaban el té. El cuarto de mi tía se hallaba enfrente de mí. La miniatura de mi difunto y querido tío, Sir John, colgaba en el muro opuesto a la cama. Pareció sonreírme, y luego hablarme: «¡Drusilla!, deja aquí un libro.» Había una mesa a cada lado del lecho de mi tía. Como tenía insomnio necesitaba o creía necesitar muchos objetos de noche. Coloqué un libro próximo a las cerillas, en un lado, y otro debajo de la caja de las pastillas de chocolate que se encontraba en la mesa opuesta. Ya sea que necesitara alumbrarse o requiriese una pastilla, he ahí que sus ojos o sus manos habrían de tropezar con alguno de esos valiosos volúmenes que le dirían en cada caso: «¡Tómame y pruébame!, ¡pruébame!» Pero quedaba un libro en el fondo de mi bolso y un solo cuarto sin haber sido explorado, el baño, que daba a la alcoba y dentro del cual atisbé; la sagrada voz interior que nunca me engaña murmuró en mis oídos: «Le has salido al encuentro, Drusilla, en todas partes; sorpréndela ahora en el baño y habrás cumplido tu misión». Reparé en un peinador que había sido arrojado sobre una silla. Tenía aquél un bolsillo y fue en ese bolsillo donde coloqué mi último volumen. ¿Podría acaso palabra alguna expresar la sensación del deber cumplido que experimenté cuando, luego de escabullirme de la casa, inadvertida por todos, me encontré en la calle con el bolso vacío bajo el brazo? ¡Oh mis terrenales amigos que persiguen a ese fantasma que es el Placer, en medio del pecaminoso laberinto del Desenfreno, cuán fácil es ser dichoso: sólo basta con ser bueno!

Cuando doblé esa noche mis prendas, cuando reflexioné acerca de las genuinas riquezas que desparramé con pródiga mano de arriba abajo en la casa de mi acaudalada tía, afirmo que me sentí tan libre de toda preocupación, como si me hubiera tornado de nuevo en una niña. Tan alado sentí mi corazón que me puse a cantar un verso de la Oración de la Noche. Tan alado lo sentí, que caí dormida antes de que hubiera tenido tiempo de cantar el siguiente. ¡Enteramente igual que una niña otra vez!, ¡enteramente igual que una niña otra vez!

Así fue como pasé una noche venturosa. Al levantarme al día siguiente, ¡cuán fresca me sentí! Podría añadir, cuán joven era mi apariencia, si es que me atreviese a demorarme en las cosas que le conciernen a mi cuerpo perecedero. Pero, como no soy capaz de hacerlo…, no añado una sola palabra.

Hacia la hora del almuerzo —no para halagar a la criatura humana, sino para tener la seguridad de encontrarme con mi querida tía— me puse el gorro para ir a Montagu Square. Justamente en el instante en que me disponía a partir, asomó la cabeza por el vano de la puerta la doncella del alojamiento en el cual entonces me hospedaba, para decirme: «El criado de Lady Verinder desea ver a Miss Clack.»

Yo ocupaba el piso en que se hallaba la sala de recibo, durante mi permanencia en Londres en esa época. La sala de enfrente hacía las veces, para mí, de gabinete. Muy pequeña era en verdad, de cielo raso muy bajo y muy pobremente amueblada…, pero, ¡oh, tan pulcra! Me asomé al pasillo para averiguar cuál de los criados de Lady Verinder había preguntado por mí. Se trataba de Samuel, el joven lacayo…, un sujeto muy cortés, rubicundo, de apariencia dócil y modales muy obsequiosos. Siempre había experimentado una especie de interés espiritual por Samuel y deseé probarlo mediante un serio intercambio de palabras. En esa ocasión lo invité a pasar a mi gabinete.

Entró en él con un gran paquete bajo el brazo. Luego de depositarlo sobre el piso pareció asustarse del mismo.

—Con el cariño de mi ama, señorita; y me dijo que le anunciara que hallará una carta dentro.

Luego de transmitirme el mensaje, el rozagante y joven lacayo me sorprendió con su aspecto, el cual me dio a entender que no deseaba otra cosa más que huir.

Lo detuve para hacerle algunas preguntas. ¿Hallaría a mi tía si me dirigía a Montagu Square? No: había salido de paseo. Miss Raquel la acompañaba y Mr. Ablewhite tomó asiento, también, en el carruaje. Enterada como estaba yo del enorme retraso en que se hallaba nuestro querido Mr. Godfrey respecto de sus labores de caridad, me extrañó que saliese de paseo como cualquier hombre ocioso. Ya en la puerta lo retuve a Samuel para hacerle otras pocas preguntas cordiales. Miss Raquel pensaba asistir a un baile esa noche y Mr. Ablewhite resolvió ir a tomar el café a Montagu Square y acompañarla al mismo. Para el día siguiente estaba anunciado un concierto matinal y se le ordenó a Samuel que hiciera reservar asientos para un grupo numeroso, en el que estaba incluido Mr. Ablewhite. «Todas las entradas estarán ya vendidas, miss», dijo el inocente muchacho, «si no corro y las compro en seguida». Echó a correr mientras decía estas palabras… y volví entonces a encontrarme a solas conmigo misma y con ciertos angustiosos pensamientos en que ocuparme.

Teníamos esa noche una reunión especial las integrantes de la Liga de Madres para la Confección de Pantalones Cortos convocada expresamente con miras a obtener el consejo y la ayuda de Mr. Godfrey. ¡Y en lugar de auxiliar a la hermandad que sufría bajo el peso de un agobiante torrente de pantalones, peso éste que mantenía enteramente postrada a nuestra pequeña comunidad, había él resuelto ir a tomar café a Montagu Square y asistir luego al baile! La tarde del día siguiente había sido escogida para llevar a cabo el festival de la Sociedad Supervisora de los Amantes Dominicales de las Criadas de las Damas Británicas. ¡Y en lugar de hacer acto de presencia en el mismo, el alma y centro de esa batalladora institución se comprometió para integrar una partida de gentes mundanas que asistiría a un concierto dominical! Me pregunté a mí misma: «¿Qué quiere decir esto?» ¡Ay!; significaba que nuestro Héroe Cristiano se hallaba a punto de revelárseme bajo un nuevo aspecto y por presentárseme en la mente asociado a la figura precisa de uno de los más horrendos apóstatas de los tiempos modernos.

Retornemos, no obstante, a los hechos de ese día. Al hallarme sola en el cuarto, mi atención recayó, naturalmente, en el paquete que tan extrañamente intimidara, al parecer, al joven y rozagante lacayo. ¿Me enviaba mi tía el legado prometido, y había éste adoptado la forma de un montón de ropas en desuso o de cucharas de plata gastadas o de un conjunto de joyas fuera de moda o cualquier otra cosa de esa índole? Lista para aceptar lo que fuera y no ofenderme por nada, abrí el envoltorio… y ¿qué es lo que vieron mis ojos? Los doce hermosos volúmenes que había yo sembrado por la casa la víspera, los cuales me eran devueltos en cumplimiento de las órdenes impartidas por el doctor. ¡Razón había tenido el joven Samuel para encogerse de temor cuando introdujo el paquete en mi cuarto! ¡Razón también para echar a correr una vez que hubo cumplido su ruin misión! En lo que atañe a la carta de mi tía, la pobre sólo me anunciaba en ella lo siguiente: que no se atrevía a desobedecer a su médico.

¿Qué correspondía hacer ahora? Con mi experiencia y mis principios, jamás he tenido un solo instante de duda.

Una vez que se siente apoyado por su conciencia, una vez que se ha embarcado en una misión de patente utilidad, el verdadero cristiano nunca cede. Ni los influjos públicos ni los privados producen el menor efecto sobre nosotros, cuando nos hemos decidido a llevar a cabo una misión. Los tributos podrán ser la consecuencia de una misión; el motín también su desenlace; la guerra, en otras ocasiones, su resultado; nosotros seguimos en nuestra faena sin tener para nada en cuenta los móviles que impulsan al mundo en torno nuestro. Nos hallamos por encima de la razón; más allá del ridículo; no miramos con los ojos ajenos, ni escuchamos con los oídos de los demás, como tampoco sentimos con otro corazón que no sea el propio. ¡Magnífico, glorioso privilegio! ¿Y cómo es que se lo gana? ¡Ah, mis amigos; pueden ahorrarse el trabajo de meditar sobre ello! Unicamente nosotros podemos alcanzarlo…, porque sólo nosotros obramos siempre virtuosamente.

En lo que se refiere al caso de mi descarriada tía, la forma que debía adoptar mi labor de pía perseverancia se me reveló por sí misma con claridad meridiana.

Toda acción preparatoria de acuerdo con mis amigos clericales fracasó debido al rechazo de Lady Verinder. Toda acción similar por intermedio de los libros se vio frustrada por la infiel obstinación del médico. ¡Que así fuera! ¿Qué correspondía hacer ahora? La próxima sería probar: «Iniciación a través de Pequeñas Notas». En otras palabras, habiendo sido devueltos los libros, habrían de enviarse, copiados por diferentes manos, algunos por correo y otros personalmente con el fin de que fueran desparramados por la casa de acuerdo con el plan puesto en práctica por mí el día anterior, selectos fragmentos de esos libros, a manera de epístolas dirigidas a mi tía. Bajo la forma de misivas no habrían de despertar la menor sospecha y como tales habrían de ser abiertas…, y una vez abiertas, quizá fueran leídas. Algunas las escribí yo misma. «Querida tía: ¿puedo reclamar tu atención para estas pocas líneas?», etc. «Querida tía: leyendo anoche un libro, di por casualidad con el siguiente pasaje», etc. Otras fueron escritas para mí por algunas de mis inapreciables compañeras de labor pertenecientes a la hermandad de la Liga de Madres para la Confección de Pantalones Cortos. «Querida señora: perdón por el interés demostrado hacia su persona para esta fiel aunque humilde amiga suya.» «Querida señora: ¿permitirá usted que una persona seria la sorprenda con unas pocas palabras de aliento?» Utilizando éste y otros métodos similarmente amables, volvimos a introducir en la casa todos esos valiosos fragmentos de mis libros, bajo una forma que ni aun la vigilancia positivista del médico sería capaz de sospechar siquiera. Antes de que las sombras de la noche se volcaran sobre nosotros, tenía yo en mis manos doce epístolas instructivas para mi tía, en lugar de una docena de libros estimulantes. Seis de ellas, decidí despacharlas inmediatamente por correo y las otras seis las guardé en mi bolsillo con el propósito de distribuirlas en la casa, personalmente, al día siguiente.

Poco después de las dos, de nuevo en el campo de batalla donde contiende la piedad, golpeé la puerta de Lady Verinder y le dirigí nuevas y cordiales preguntas a Samuel en el umbral.

Mi tía había pasado una mala noche. Se hallaba ahora en el mismo cuarto en que yo actuara en un sofá y esforzándose por dormir un poco. Yo le dije que aguardaría en la biblioteca, con la esperanza de poder verla. En el celo y fervor desplegados en la tarde en distribuir la correspondencia, no se me ocurrió en ningún momento preguntar por Miss Raquel. La casa se hallaba silenciosa y había ya pasado la hora señalada para la iniciación de la velada musical. Yo di por un hecho la circunstancia de que tanto ella como su partida de buscadores de placer (Mr. Godfrey, ¡ay!, entre ellos) se hallarían en el concierto y me consagré ardientemente a mi piadosa labor, mientras se me ofrecía la oportunidad y contaba con el tiempo suficiente para hacerlo.

La correspondencia matinal de mi tía —incluso las cartas estimulantes que yo había despachado la noche anterior— reposaba intacta sobre la mesa de la biblioteca. Sin duda no se había sentido con las fuerzas suficientes como para afrontar la tarea de habérselas con esa montaña de cartas…, y quizá, de entrar allí más tarde, se espantara ante su número. Coloqué una perteneciente a la segunda serie de seis epístolas sobre el delantero de la chimenea, con el fin de que atrajera su atención a causa de su solitaria ubicación, lejos de todas las demás. Coloqué intencionalmente una segunda carta sobre el piso del cuarto del desayuno. El primer doméstico que entrara allí habría de suponer sin duda que se le había caído a mi tía y pondría especial cuidado en devolvérsela. Sembrada en esta forma la planta baja, eché a correr ligeramente escalera arriba para esparcir de inmediato mis mercedes sobre el piso de la sala.

Exactamente en el instante en que penetraba en el cuarto que da a la calle, escuché un llamado doble en la puerta exterior…, un suave, tembloroso y prudente golpeteo. Antes de que hubiese tenido tiempo de escurrirme para regresar a la biblioteca (en donde se suponía en la casa que debía estar yo aguardando), el dinámico y juvenil lacayo se hallaba ya en la puerta respondiendo al llamado. Poco importaba, pensé. En el estado actual de mi tía, no se le daba entrada en la casa a ningún visitante. Ante mi asombro y mi horror, el autor del prudente golpeteo constituyó una excepción a la regla general. Desde arriba oí que la voz de Samuel, luego de haber aparentemente respondido a algunas preguntas que no pude captar, decía inequívocamente: «Tenga la bondad de subir, señor.» En seguida escuché un rumor de pasos de hombre que se aproximaban al piso superior, donde se encuentra la sala. ¿Quién podía ser ese privilegiado visitante masculino? Casi en el mismo instante en que me lo pregunté, se me ocurrió la respuesta. ¿Quién podía ser sino el médico?

De haberse tratado de cualquier otra persona, no me hubiese importado dejarme descubrir en la sala. Nada de extraño hubiera habido en el hecho de que, cansada de la biblioteca, hubiese subido allí en procura de un cambio. Pero mi propio decoro me impedía encontrarme con la persona que me había ultrajado al enviarme de vuelta los libros. Me deslicé, pues, en el tercer cuartito, que comunicaba, según ya he dicho, con la antesala, y dejé caer las cortinas que cerraban el vano libre de la puerta. Sólo tenía que aguardar allí uno o dos minutos, para que los hechos arribaran al epílogo acostumbrado en tales casos, o sea, para que el doctor fuese conducido hasta el aposento del enfermo.

Aguardé uno o dos minutos, y luego, un poco más. Pude oír cómo el visitante se paseaba, inquieto, de arriba abajo por el cuarto. Lo oí también hablar consigo mismo. Y llegué aún a imaginarme que reconocía su voz. ¿Me había equivocado? ¿Era el doctor o alguna otra persona? ¿Mr. Bruff, por ejemplo? ¡No! Un infalible instinto me decía que no se trataba de Mr. Bruff. Quienquiera que fuese seguía conversando consigo mismo. Separando las pesadas cortinas con el fin de abrir la más pequeña abertura que pueda abrirse en lugar alguno de la tierra, me puse a escuchar.

Las palabras que llegaron entonces a mis oídos fueron éstas: «¡Lo haré hoy mismo!» Y la voz que las pronunció fue la de Mr. Godfrey Ablewhite.

CAPÍTULO V

Mi mano soltó la cortina. ¡Pero no crean ustedes —¡oh, no crean!— que el azoramiento espantoso provocado por la situación en que me hallaba era la idea central que albergaba en mi mente! Tan fervoroso seguía siendo el interés fraternal que sentía por Mr. Godfrey, que en ningún momento me detuve para preguntarme a mí misma por qué razón no se encontraba aquél escuchando el concierto en ese instante. ¡No! Sólo reparé en las palabras —las alarmantes palabras— que acababan de surgir de sus labios. Lo haría hoy. En un tono terriblemente decidido había dicho que lo haría hoy. ¿Qué? ¡Oh! ¿Qué es lo que haría él hoy? ¿Algo aún más lamentablemente indigno de su persona que lo que ya había hecho? ¿Renegaría de su fe? ¿Nos abandonaría a nosotras, las de la Liga de Madres para la Confección de Pantalones Cortos? ¿Había sido, la que viéramos últimamente, la postrera sonrisa angelical que habríamos de ver en la sala de reuniones, y la que oyéramos hacía poco, la última demostración de su elocuencia sin paralelo, en Exeter Hall? Tan grande fue la excitación que experimenté ante la mera sospecha de estas horribles eventualidades relacionadas con un hombre de semejante talla, que creo hubiera sido capaz de lanzarme precipitadamente fuera de mi escondite para implorarle en nombre de todas las Juntas Femeninas de Londres que se explicara…, de no haber sido porque, repentinamente, se oyó otra voz en el cuarto. La voz atravesó las cortinas; era ruidosa, atrevida y carente de todo encanto femenino ¡Era la voz de Raquel Verinder!

—¿Por qué has subido aquí, Godfrey? —le preguntó—. ¿Por qué no fuiste a la biblioteca?

El se rió suavemente y respondió:

—Miss Clack se halla en la biblioteca.

—¡Clack en la biblioteca!

E instantáneamente se dejó caer ella sobre la otomana que se encontraba en la antesala.

—Tienes razón, Godfrey. Mucho mejor será aquí. Un momento antes me había sentido poseída por un ardor febril y por la duda respecto a lo que me correspondía hacer de inmediato. Ahora me había enfriado y no dudaba en absoluto. Tornarme visible, luego de lo que escuchara allí era imposible. Toda retirada —como no fuera hacia el interior de la chimenea— debía ser también desechada. El martirio me aguardaba. Para hacerme justicia a mí misma, arreglé silenciosamente las cortinas de manera de poder ver y escuchar. Y me dispuse entonces a afrontar el martirio con el mismo valor de un cristiano primitivo.

—No te sientes en la otomana —prosiguió la joven—. Arrima una silla, Godfrey. Me agrada ver a la gente sentada enfrente de mí cuando converso con ella.

El echó mano de la silla más próxima. Se trataba de un asiento bajo. Era muy alto y de una talla varias veces mayor que la que exigía la silla. Jamás observé sus piernas en más desventajosa posición.

—¿Y bien? —prosiguió ella—. ¿Qué les has dicho?

—Exactamente lo que tú me dijiste a mí, querida Raquel.

—¿Que mamá no se encuentra del todo bien hoy? ¿Y que yo no deseaba de ninguna manera abandonarla para asistir al concierto?

—Esas fueron mis palabras. Lamentaron tu ausencia en la velada, pero supieron comprenderla. Todos te envían cariños y todos también expresaron la alentadora creencia de que la indisposición de Lady Verinder habrá de ser pasajera.

—Tú no crees que sea nada serio, ¿verdad Godfrey?

—¡Absolutamente! Dentro de pocos días, estoy seguro, se hallará enteramente bien.

—Yo también creo lo mismo. Al principio me asusté un poco, pero ahora creo lo mismo. Ha sido una buena acción de tu parte el ir a excusarme ante personas que te son casi desconocidas. Pero, ¿por qué no has ido con ellos? Me parece injusto que hayas perdido tú también el concierto.

—¡No digas eso, Raquel! ¡Si supieras cuánto más dichoso soy aquí, contigo!

Entrelazó sus manos y la miró en la cara. Al hacerlo se volvió en mi dirección. ¿Podrá acaso palabra alguna expresar la sensación de angustia que experimenté al advertir en su rostro, exactamente, el mismo gesto patético con que me hechizara durante sus alegatos en favor de los millones de semejantes desvalidos, desde la plataforma del Exeter Hall?

—Mucho es lo que cuesta abandonar los malos hábitos, Godfrey. Pero haz lo posible por desechar tu costumbre de dirigir cumplidos…, hazlo por mí.

—Jamás te he dirigido a ti cumplido alguno, Raquel, en toda mi existencia. Admito que un amante afortunado recurra algunas veces a la lisonja. Pero el amante desdichado dice siempre la verdad.

Acercó su silla y le tomó la mano, cuando dijo lo de «amante desdichado». Hubo un momento de silencio. El, que a tantas gentes conmoviera, acababa, sin duda, de conmoverla a ella también. Se me ocurrió entonces que comprendía ahora las palabras que lo oí decir cuando se encontraba solo en la sala. «Lo haré hoy mismo.» ¡Ay!, difícilmente podría el más rígido de los intérpretes dejar de convenir en que lo estaba haciendo ahora.

—¿Te has olvidado, Godfrey, de lo que convinimos cuando me hablaste allá en el campo? Convinimos en que habríamos de seguir siendo primos y nada más que eso.

—Violo ese pacto, Raquel, cada vez que te veo.

—¡Entonces no vuelvas a verme!

—¡Será completamente inútil! Rompo el convenio cada vez que pienso en ti. ¡Oh Raquel!, ¡qué buena has sido al decirme el otro día que el lugar que ocupo en tu estimación es el más elevado que haya ocupado jamás anteriormente! ¿Soy un loco al fundar vanas esperanzas como lo hago, en esas amadas palabras tuyas? ¿Soy un loco cuando sueño que llegará el día en que habrá de ablandarse tu corazón con respecto a mí? ¡Si lo soy, no me lo digas! ¡Déjame con mi ilusión, mi bienamada! ¡Si no habré de contar con otra cosa, déjame, al menos, eso, para que me sostenga y me conforte!

Su voz temblaba; se llevó el blanco pañuelo a los ojos. ¡Exeter Hall, otra vez! Nada faltaba para completar el paralelo, excepto la audiencia, los aplausos y el vaso con agua.

Hasta la inflexible naturaleza de ella se sintió conmovida. La vi inclinarse un tanto en la dirección de él. Y percibí un nuevo matiz, que expresaba cierto interés, en las palabras que pronunció en seguida.

—¿Estás completamente seguro, Godfrey, de que es tan grande la pasión que sientes por mí?

—¡Absolutamente! Tú sabes, Raquel, cómo era yo. Permíteme que te describa lo que soy actualmente. He perdido todo interés por lo que me rodea, excepto por ti. Una transformación se ha operado en mi vida, que no sé cómo explicármela. ¿Quieres creer? Mi labor de beneficencia se ha convertido para mí en una insoportable carga, y cada vez que me encuentro ante una Junta de Señoras desearía hallarme en los últimos confines de la tierra.

Si los anales de la apostasía registran algo que pueda compararse con esta declaración, sólo me cabe a mí decir que tal cosa no figura para nada en el conjunto global de mis lecturas. Me acordé entonces de la Maternal de los Pantalones para Niños; de la Supervisora de los Amantes Dominicales, y de las otras agrupaciones, demasiado numerosas para ser mencionadas aquí, y sostenidas por la acción de este hombre como por una fuente de energía. Me acordé de la batalladora Junta Femenina, que, por así decirlo, aspiraba el aire que nutría su vida laboriosa a través de las ventanas de la nariz de Mr. Godfrey, de ese mismo Mr. Godfrey que acababa de injuriar nuestra misión, al considerarla como una «carga…», y que acababa también de afirmar que hubiese deseado hallarse en los últimos confines de la tierra, cuando se encontraba en nuestra compañía. Mis jóvenes amigas se habrán de sentir sin duda estimuladas, a perseverar, cuando les diga que aun mi disciplina personal pasó por un instante de prueba antes de que me hallara yo en condiciones de devorar mi propia y muy justa indignación, en silencio. Al mismo tiempo, no hago más que hacerme justicia a mí misma, cuando añado que no perdí por eso una sola sílaba de la conversación. Raquel habló a continuación.

—Ya me has hecho tu confesión —le dijo—. Me pregunto ahora si no serviría para curarte de esa infortunada pasión que sientes por mí el hecho de que yo te hiciera llegar a mi vez la mía.

El se estremeció. Y confieso que yo también me estremecí. Pensó él y pensé yo que se hallaría a punto de revelarle el misterio de la Piedra Lunar.

—¿Serías capaz de imaginar, al mirarme —prosiguió ella—, que soy la más infortunada de todas las muchachas? Esa es la verdad. Godfrey. ¿Qué mayor desdicha puede haber que la de vivir teniendo conciencia de la propia degradación?

—¡Mi querida Raquel…! ¡Es imposible que tengas motivo alguno para hablar de ti misma en esa forma!

—¿Cómo sabes que no tengo motivo?

—¡Y me lo preguntas a mí! Lo sé, porque te conozco bien. Tu silencio, amada mía, no te ha hecho descender en el grado de estimación de tus verdaderos amigos. La desaparición de tu valioso regalo de cumpleaños puede haber parecido una cosa extraña; tu inexplicable conexión con ese hecho puede aparecer, también, como algo extraño…

—¿Te refieres a la Piedra Lunar, Godfrey?

—En verdad creía que te referías…

—No me refería a nada de eso. Puedo oír hablar de la pérdida de la Piedra Lunar a quienquiera que sea, sin que por ello me sienta degradada ante mí misma. Si la historia del diamante llega a ver alguna vez la luz, se comprobará entonces que acepté una espantosa responsabilidad; se sabrá que me vi complicada en la preservación de un secreto miserable, ¡pero surgirá también más clara que la luz del sol a mediodía, la evidencia de que no he cometido ninguna bajeza! Me has interpretado mal, Godfrey. La culpa es mía, por no haberme expresado más claramente. Cuésteme lo que me cueste, hablaré ahora con claridad. Imagínate que no me amas. Imagínate que te hallas enamorado de otra mujer.

—Sí.

—Imagínate que acabas de descubrir que esa mujer es enteramente indigna de ti. Y que te hallas completamente convencido de que sería una desgracia el malgastar un nuevo pensamiento en su persona. Imagínate que la simple idea de llegar a casarte con esa mujer te hace arder la sangre.

—Sí.

—E imagínate que, a pesar de todo esto…, no pudieras arrancarla de tu corazón. Imagínate que el sentimiento que había despertado en ti, cuando aún creías en ella, era un sentimiento que no tenías por qué ocultar. Imagínate que el amor que esa desdichada te ha inspirado… ¡Oh!, ¿dónde hallar palabras para expresar lo que siento? ¿Cómo podré hacerle comprender a un hombre que el sentimiento que me horroriza a mí misma me fascina al mismo tiempo? ¡Es el aire que respiro, Godfrey, y el veneno que me mata…, las dos cosas a la vez! ¡Vete! Debo estar loca para hablar como lo estoy haciendo. ¡No!, no debes irte…, no debes llevarte una impresión equivocada. Debo decir lo que corresponde decir en defensa de mí misma. ¡Recuerda! El no sabe…, jamás sabrá lo que acabo de decirte a ti. No lo volveré a ver jamás…, pase lo que pasare…, ¡jamás, jamás, jamás volveré a verlo! ¡No me preguntes su nombre! ¡No me preguntes más nada! Cambiemos de tema. ¿Sabes acaso lo suficiente de medicina, Godfrey, para poder explicarme por qué razón siento ahora que me asfixió igual que si me faltara el aire? ¿Existe acaso alguna forma de histeria que nos hace estallar en palabras en lugar de hacernos estallar en lágrimas? ¡Me atrevo a afirmarlo! ¿Qué importa eso? Ahora te será más fácil pasar por alto cualquier molestia que te haya ocasionado. He descendido hasta el lugar que me corresponde en tu estimación, ¿no es así? ¡Olvídate de mí! ¡No te apiades de mí! ¡Por amor de Dios, vete!

Volviéndose súbitamente comenzó a golpear salvajemente con ambas manos sobre la parte trasera de la otomana. Su cabeza descendió hasta los cojines y estalló en sollozos. Antes de que hubiese tenido yo tiempo de horrorizarme por esto, vino a escandalizarme una acción completamente inesperada de parte de Mr. Godfrey. ¿Querrán creer ustedes que cayó de rodillas a sus pies…? ¡Sobre ambas rodillas, declaro solemnemente! ¿Me permitirá mi modestia decir ahora que extendió sus brazos en torno a ella? ¿Y podrá acaso mi forzada admiración reconocer que la electrizó con dos palabras?

—¡Noble criatura!

¡Nada más que eso! Pero lo hizo en uno de esos arranques que lo han hecho famoso en el campo de la oratoria. Ella permanecía en su asiento completamente paralizada o fascinada —no podría afirmarlo—, sin intentar siquiera el esfuerzo necesario para hacer que los brazos de él volvieran a estar donde correspondía. En cuanto a mí, mi sentido del decoro se encontraba enteramente desconcertado. Me hallaba tan penosamente insegura respecto a si mi más inmediato deber habría de consistir en cerrar los ojos o detener las lágrimas, que no hice ninguna de las dos cosas.

Atribuyo enteramente a la represión de mi histeria mi capacidad para seguir asiendo la cortina en la posición exacta para poder seguir viendo y escuchando, en ese instante. Hasta los médicos admiten que para vencer la histeria debe uno echar mano de algo.

—Sí —dijo él, poniendo en juego todo el poder evangélico y fascinante de su voz y sus maneras—, ¡eres una noble criatura! Una mujer capaz de decir la verdad, por la verdad en sí misma —una mujer dispuesta a sacrificar su orgullo antes que sacrificar al hombre honesto que la ama— es el más preciado de los tesoros. Cuando una mujer así se casa, con sólo que gane su esposo su estima y consideración, ha ganado lo suficiente para ennoblecer toda su existencia. Te has referido recién, mi bienamada, al lugar que ocupas en mi estimación. Podrás hacerte una idea del mismo…, cuando te implore de rodillas que me permitas ser el custodio de tu pobre corazón herido. ¡Raquel!, ¿me concederás el honor, la bendición de convertirte en mi esposa?

A esta altura habría yo ciertamente dejado de oír, de no haber sido porque Raquel me alentó a seguir escuchando al responderle con las primeras palabras sensatas que jamás oí brotar de sus labios.

—¡Godfrey! —le dijo—, ¡debes de estar loco!

—Jamás hablé más razonablemente, queridísima mía…, en tu beneficio y en el mío propio. Mira por un instante hacia el futuro. ¿Habrás de sacrificar tu felicidad por un hombre que no sabrá nunca lo que sientes por él y a quien has resuelto no ver nunca más? ¿No te obliga un deber hacia ti misma echar en el olvido tan funesto y nocivo sentimiento de cariño? ¿Y podrás hallar el olvido en la vida que llevas actualmente? Has probado esa vida y ya estás cansada de ella. Rodéate de cosas más nobles que las mezquinas cosas de este mundo. Un corazón que te ame y te venere, un hogar cuyas pacíficas reclamaciones y dichosos deberes te vayan ganando dulcemente día a día…; prueba esas cosas, Raquel, y verás el consuelo que te deparan las mismas. No te pido que me ames…; me contentaré con tu afecto y estima. Deja lo demás, con entera confianza, librado a la devoción de tu esposo y al tiempo, que sabe curar heridas aun tan profundas como las tuyas.

Ella empezó a ceder. ¡Oh, cuánta falta le hacía una buena educación! ¡Oh, cuán distinta habría sido mi actuación de encontrarme en su lugar!

—¡No me tientes, Godfrey! —dijo—; demasiado infortunada y confusa es mi situación actual. ¡No me tientes con una mayor desventura y temeridad!

—Una pregunta, Raquel. ¿Tienes alguna objeción personal a mi respecto?

—¡Yo…! Siempre me gustaste. Y luego de lo que acabas de decirme, sería en verdad insensible si no te respetara y admirara en la misma medida.

—¿Conoces tú acaso, mi querida Raquel, muchas esposas que respeten y admiren a sus esposos? No obstante, unas y otros se llevan muy bien. ¿Cuántas son las novias que van hacia el altar con un corazón susceptible de tolerar un análisis de parte de los hombres que las llevan allí? Y sin embargo, la cosa no tiene un desenlace infortunado…, de una u otra manera la institución nupcial sigue afirmándose lentamente. La verdad es que las mujeres, muchas más de las que se hallan resueltas a admitirlo, buscan en el matrimonio un refugio, y, lo que es más importante, hallan siempre que el matrimonio ha justificado sus esperanzas. Observa tu caso, nuevamente. A tu edad y con tus atractivos, ¿es posible que te condenes a ti misma a vivir una existencia solitaria? Confía en mi experiencia del mundo…; nada podría ser menos factible. Sólo es cuestión de tiempo. Podrás casarte, de aquí a unos años, con algún otro hombre. O puedes casarte, queridísima mía, con el que se halla ahora a tus pies y coloca su respeto y admiración hacia ti por encima del amor de cualquiera otra mujer que viva sobre la faz de la tierra.

—¡Dulcemente, Godfrey, estás haciéndome pensar en algo en que no había reparado hasta ahora! Me tientas con una nueva perspectiva, cuando todos los demás caminos se me cierran. Vuelvo a decirte que es tal mi desdicha y tal mi desesperación que, de agregar tú una sola palabra y lo ya dicho, seré capaz de casarme contigo de acuerdo con tus condiciones. ¡Repara en la advertencia y vete!

—¡No me pondré de pie hasta que me digas que sí!

—¡Si lo hago, habrás de arrepentirte tú y habré de arrepentirme yo también, cuando ya sea demasiado tarde!

—Bendeciremos el día, querida, en que yo insistí y tú cediste.

—¿Es tan grande tu confianza como dices?

—Juzga por ti misma. Hablo por lo que he visto en mi propia familia. Dime lo que opinas respecto a nuestro hogar de Frizinghall. ¿Son acaso mi padre y mi madre desgraciados?

—Lejos de ello…, hasta donde he podido yo comprobarlo.

—Cuando mi madre era una muchacha, Raquel (no es un secreto para nadie en la familia), se enamoró como tú te has enamorado…; le entregó su corazón a un hombre indigno de ella. Se casó luego con mi padre sintiendo sólo, por él, admiración, respeto, nada más que eso. Con tus propios ojos has podido asistir al resultado. ¿No puede ella servirnos de estímulo a ti y a mí?

—¿No me apurarás, Godfrey?

—Mi tiempo será tuyo.

—¿No me exigirás más de lo que pueda darte?

—¡Mi ángel! Sólo te pido que des tu ser.

—¡Tómame!

¡Con esta sola palabra lo aceptó!

El tuvo un nuevo arrebato…, un impío arrebato esta vez. La atrajo más y más hacia sí hasta que el rostro de ella rozó el rostro de él; y entonces… ¡No! No puedo en verdad inducirme a mí misma a llevar adelante la escalofriante revelación de lo ocurrido. Permítanme tan sólo añadir que traté de cerrar los ojos antes de que ello se consumara, pero que llegué tarde por la mínima fracción de tiempo posible. Yo había pensado, como ustedes supondrán, que ella resistiría. Pero se sometió. Para cualquier persona de mi sexo, de sentimientos normales, todo un cúmulo de libros no hubiera podido añadir nada a lo ya visto.

Aun mi propia inocencia en estos asuntos comenzó a percibir que el final de la entrevista no se hallaba muy lejos. Habían llegado a tal entendimiento a esta á altura, que yo esperaba, con seguridad, que habría de verlos salir juntos del brazo, para ir a casarse. Al parecer, sin embargo, y a juzgar por las inmediatas palabras de Mr. Godfrey, había otra formalidad baladí que llenar forzosamente. Se sentó —sin que se le prohibiera hacerlo esta vez— en la otomana, junto a ella.

—¿Le hablaré yo a tu querida madre? —preguntó—. ¿O lo harás tú?

Ella rechazó ambas sugestiones.

—No le hagamos saber nada antes de que se halle mejor. Desearía mantenerlo en secreto por el momento, Godfrey. Vete ya y regresa esta noche. Hemos estado solos aquí demasiado tiempo.

Ella se levantó y, al hacerlo, miró por primera vez hacia la pequeña habitación en que yo soportaba mi martirio.

—¿Quién ha corrido esas cortinas? —exclamó—. Bastante cerrado es de por sí el cuarto, para que se impida la entrada de aire en esta forma.

Avanzó hacia las cortinas. Y en el mismo momento en que posaba su mano sobre ellas en el mismo instante en que la revelación de mi persona era, al parecer, un hecho inevitable, la voz del rozagante y joven lacayo, viniendo desde la escalera, suspendió cualquier acción posible de su parte o de la mía. Se trataba indudablemente de la voz de un hombre muy alarmado.

—¡Miss Raquel! —gritó—. ¿Dónde está usted, Miss Raquel?

Ella saltó hacia atrás alejándome de las cortinas y echó a correr en dirección a la puerta.

El lacayo apareció en ese mismo instante en la habitación. Sus vivaces colores habían desaparecido.

—¡Por favor, señorita, venga abajo! La señora se ha desvanecido y no podemos hacerla volver en sí.

Un instante después me hallaba sola y libre para bajar la escalera a mi vez, sin ser observada por nadie.

Mr. Godfrey pasó corriendo a mi lado por el vestíbulo, en busca del médico.

—¡Entre y ayúdeles! —me dijo—, indicándome la habitación. Hallé a Raquel de rodillas junto al sofá y apoyando la cabeza de su madre en el pecho. Una mirada al rostro de mi tía, sabiendo lo que yo sabía, bastó para sugerirme la terrible verdad. Oculté mi opinión, hasta el momento de la llegada del doctor. No tardó mucho éste en arribar. Comenzó por enviar a Raquel fuera del cuarto…, y nos dijo, entonces, a los restantes, que Lady Verinder había dejado de existir. Quizá a alguna persona seria, dedicada a la búsqueda de ejemplos que hablen de un inflexible escepticismo, le interese saber que el doctor no evidenció síntoma alguno de remordimiento al fijar sus ojos en mí.

Más tarde atisbé dentro del cuarto del desayuno y de la biblioteca. Mi tía había muerto sin abrir una sola de las cartas que yo le dirigiera. Tan impresionada me sentí por ello que en ningún momento se me ocurrió pensar entonces, sino varios días más tarde, que también había muerto sin dejarme su pequeño legado.

CAPÍTULO VI

(1) «Miss Clack saluda cordialmente a Mr. Franklin Blake, y al remitirle el quinto capítulo de su relato se permite comunicarle que se considera enteramente incapaz de ser más explícita, como sería su deseo, sobre un hecho tan horrendo, por las circunstancias que lo rodearon, como la muerte de Lady Verinder. Ha resuelto, por lo tanto, recurrir a los copiosos extractos manuscritos, efectuados por su mano, de valiosas publicaciones que se hallan en su poder, relacionados todos con ese tan terrible asunto. Y ojalá puedan tales extractos (es el ferviente anhelo de Miss Clack) soplar como una trompeta en los oídos de su respetable pariente Mr. Franklin Blake.»

(2) «Franklin Blake le presenta sus saludos a Miss Clack, comunicándole le permita agradecerle el envío del quinto capítulo de su historia. Al devolverle los extractos, manifiesta que se abstendrá de hacer mención alguna de cualquier objeción personal que pudiera provocar en él esa clase de literatura y que se concretará a señalar que las propuestas adiciones al manuscrito son innecesarias para el logro pleno del propósito en vista.»

(3) «Miss Clack hace constar su agradecimiento por la devolución de sus extractos. Afectuosamente le recuerda a Mr. Franklin Blake que es una cristiana y que por lo tanto le será a él completamente imposible ofenderla. Miss Clack insiste en manifestar que siente el más profundo interés por la persona de Mr. Blake y se compromete consigo misma a ofrecerle, en la primera ocasión en que la enfermedad que él padece lo suma en el abatimiento, esos mismos extractos por segunda vez. Mientras tanto, le agradaría saber, antes de dar comienzo al próximo y último capítulo de su narración, si se le permitiría completar su humilde contribución a esta historia mediante el aprovechamiento de la luz que posteriores revelaciones han arrojado sobre el misterio de la Piedra Lunar.»

(4) «Mr. Franklin Blake lamenta tener que defraudar a Miss Clack. Sólo le cabe repetir las instrucciones que tuvo el honor de hacerle llegar, cuando ella dio comienzo a su narración. Se le exigió entonces limitarse a su propia experiencia de personas y hechos, tal como están registrados en su diario. Será tan buena de dejar los descubrimientos posteriores a la pluma de las personas que habrán de sucederla, quienes relatarán los hechos en calidad de testigos oculares.»

(5) «Miss Clack lamenta extremadamente tener que molestar a Mr. Franklin Blake con una nueva epístola. Sus extractos le han sido devueltos impidiéndose así que vieran la luz sus maduras reflexiones en torno al asunto de la Piedra Lunar. Miss Clack es dolorosamente consciente de que debería (utilizando una frase mundana) sentirse humillada. Pero no… Miss Clack ha aprendido lo que es la Perseverancia, en la Escuela de la Adversidad. Su objeto, al escribir estas líneas, es comprobar si Mr. Blake (que le ha prohibido tantas otras cosas) le prohibirá también la transcripción de esta correspondencia en su narración. En su opinión, razones de estricta justicia hacen indispensable dar alguna explicación respecto a la situación en que ha sido colocada en su carácter de autora, por la intromisión de Mr. Blake. Miss Clack, por su parte, se halla ansiosa porque sus cartas sean dadas a conocer para que hablen por sí mismas.»

(6) «Mr. Franklin Blake está de acuerdo con la proposición de Miss Clack, siempre que ella resuelva considerar amablemente esta sugestión aprobatoria como un hecho que habrá de servir para cerrar esta correspondencia.»

(7) «Miss Clack considera que su condición de cristiana le impone el deber (antes de que la correspondencia llegue a su término) de informarle a Mr. Franklin Blake que su última carta —escrita con el evidente propósito de ofenderla— no ha logrado el fin que se propuso su autor. Afectuosamente invita a Mr. Blake a retirarse al silencio de su aposento para considerar consigo mismo si esta experiencia que eleva a una pobre y débil mujer por encima del alcance de su injuria es o no digna de una admiración mucho mayor que la que él está dispuesto a otorgarle. De ser favorecida con una insinuación afirmativa, Miss Clack se compromete solemnemente a remitirle de nuevo la serie completa de sus extractos a Mr. Franklin Blake.»

(Esta carta no obtuvo respuesta. Los comentarios huelgan.)

(Firmado):

Drusilla Clack.

CAPÍTULO VII

La anterior correspondencia bastará para explicar por qué razón no me ha quedado otra alternativa, en lo que concierne a la muerte de Lady Verinder, que la de la simple mención del hecho con que cierro el capítulo quinto.

Manteniéndome, en lo que atañe a lo que acaeció después, rigurosamente dentro de los límites de mi experiencia personal, debo decir que hubo de transcurrir un mes, luego del deceso de mi tía, antes de que Raquel Verinder y yo volviéramos a encontrarnos. El hecho ocurrió en ocasión de haber ido a pasar yo unos pocos días bajo el mismo techo, con ella. Durante mi estancia allí tuvo lugar un hecho relacionado con su compromiso matrimonial con Mr. Godfrey Ablewhite, lo suficientemente importante como para ser registrado en estas páginas. Cuando este último eslabón de una cadena de desdichas familiares sea revelado, habré dado cumplimiento a mi misión; porque habré entonces referido todo lo que sé en mi carácter de testigo (y de lo más mal dispuesto) de estos hechos.

Los restos de mi tía fueron transportados desde Londres al campo y depositados en el pequeño cementerio adyacente a la iglesia que se halla en sus propias tierras. Se me invitó, como a los demás miembros de familia, a asistir al funeral. Pero era imposible, debido a mis creencias religiosas, que lograra arrancarme a mí misma de mi propio abatimiento cuando tan pocos días habían transcurrido desde el momento en que recibí el golpe que significó para mí su muerte. Supe además que el Rector de Frizinghall habría de ser quien leyera las oraciones durante el servicio. Habiendo tenido ocasión de ver con mis propios ojos anteriormente cómo este réprobo clérigo se sumaba a los jugadores junto a la mesa de whist de Lady Verinder, dudo que, aun de haberme hallado en condiciones de viajar, hubiera asistido a la ceremonia.

A la muerte de Lady Verinder su hija fue puesta bajo la tutela de su cuñado, Mr. Ablewhite, padre. En el testamento se lo designaba tutor hasta el momento en que su sobrina se casase o alcanzara la mayoría de edad. Frente a tales circunstancias Mr. Godfrey, sospecho, puso al tanto a su padre de la clase de relación que la unía en ese entonces con Raquel. Sea como fuere, diez días después de la muerte de mi tía, el secreto de su compromiso matrimonial había dejado de ser tal en el círculo de sus familiares, y el gran problema que se le presentó a Mr. Ablewhite, padre —¡otro réprobo consumado!—, para resolver, fue cómo habría de arreglárselas para hacer que su persona y su autoridad resultaran lo más amable posible a la acaudalada joven que habría de casarse con su hijo.

Raquel le ocasionó cierta molestia en un principio cuando se trató de persuadirla en lo que atañe al lugar en que debía residir. La casa de Montagu Square se hallaba asociada a la desdichada idea de la muerte de su madre. La de Yorkshire, al escandaloso asunto de la desaparición de la Piedra Lunar. La residencia de su tutor en Frizinghall no se hallaba expuesta a ninguna de estas dos objeciones. Pero la presencia de Raquel en la misma, luego de su reciente pérdida, implicaba un obstáculo en medio de las alegrías de sus primas, las Ablewhite…, y ella misma exigió que la visita fuera postergada hasta una oportunidad más favorable. Se terminó por adoptar la idea, emanada del viejo Mr. Ablewhite, de probar suerte en una casa amueblada de Brighton. Su esposa, su hija inválida y Raquel irían a habitarla en seguida. Él se les uniría cuando la estación se hallase más avanzada. No contarían con otra compañía que la de unos pocos amigos y tendrían a Godfrey, que viajaría continuamente hacia Londres y desde Londres hacia allí en tren, a su entera disposición.

Si me detengo en este fluctuar sin rumbo de una residencia a la otra —en este insaciable desasosiego del cuerpo y este espantoso estancamiento del alma—, es meramente para alcanzar un fin determinado. El acto que, inspirado por la Providencia, probó ser el vehículo que habría de unirnos una vez más a Raquel Verinder y a mí, no fue otro que el hecho de haber alquilado la finca de Brighton.

Mi tía Ablewhite es una mujer alta, silenciosa, de hermosa tez, que se distingue por determinado rasgo de su carácter. Desde el día en que nació no se sabe que haya hecho nada por sí misma. En su marcha a través de la vida ha ido aceptando la ayuda de uno y otro y adoptando las opiniones de cada cual. Otra persona más sin remedio, desde el punto de vista religioso, no creo que haya encontrado yo jamás… No existe en ese ser asombroso escollo alguno que se oponga al trabajo ajeno. Tía Ablewhite sería capaz de escuchar al Gran Lama del Tibet con la misma atención con que me escucha a mí y de meditar luego sobre sus opiniones como lo haría sobre las mías. En cuanto a la casa amueblada de Brighton, se enteró de que existía, después de haber descendido frente a un hotel de Londres, de haberse arrellanado en un sofá y enviado por su hijo. Determinó el número de criados que harían falta allí, mediante el acto de desayunarse en su lecho una mañana (todavía en el hotel), y de darle asueto a su criada con la condición de que «comenzara a divertirse trayendo de inmediato a Miss Clack». La encontré abanicándose plácidamente en su peinador, hacia las once.

—Mi querida Drusilla, necesito varios criados. Tu eres práctica… Hazlo por mí.

Yo miré en torno, hacia las cosas de ese cuarto en desorden. Las campanas de la iglesia llamaban para el servicio del día; su sonido me insinuó la conveniencia de lanzar una frase afectuosa.

—¡Oh, tía! —le dije tristemente—, ¿es acaso digno esto de una cristiana inglesa? ¿Debe acaso afrontarse el tránsito de lo temporal a lo eterno en esta forma?

Mi tía me respondió:

—Me pondré el vestido, Drusilla, si eres tan buena como para ayudarme.

¿Qué respuesta cabía luego de estas palabras? Yo he hecho maravillas con mujeres criminales… Pero no he avanzado una sola pulgada con tía Ablewhite.

—¿Dónde está la lista de los criados que necesitas?

Mi tía sacudió la cabeza; no contaba con las energías suficientes siquiera para echar mano de la lista.

—Raquel se la ha llevado, querida —me dijo—, a la otra habitación.

Me dirigí al otro cuarto, y así fue como me encontré con Raquel por primera vez desde el momento en que nos separáramos en Montagu Square.

Aparecía lamentablemente pequeña y delgada en su traje de luto riguroso. Si yo le atribuyera importancia alguna a esa cosa baladí y perecedera que es la apariencia personal, me sentiría inclinada ahora a añadir que el suyo era uno de esos cutis que se resienten toda vez que no se hallan bordeados por alguna prenda blanca. Pero ¿qué importancia tienen nuestro cutis y nuestra apariencia? ¡No son más que un estorbo y una trampa, mis queridas muchachas, que nos acechan en nuestra marcha hacia cosas más altas! Ante mi gran sorpresa, Raquel se levantó al entrar yo en el cuarto y vino a mi encuentro extendiéndome la mano.

—Me alegro de verte, Drusilla —me dijo—. He tenido antes la costumbre de hablarte en una forma extremadamente tonta y grosera. Perdóname. Confío en que me perdonarás.

Supongo que mi rostro debió traicionar el asombro que experimenté ante esas palabras. Enrojeció por un momento y prosiguió luego con su explicación.

—En tiempos de mi madre —dijo—, no siempre sus amigos fueron también los míos. Ahora que la he perdido, mi corazón se vuelve en busca de consuelo hacia aquellas personas que a ella le agradaron. Tú le gustabas. Prueba a ser mi amiga, Drusilla, si te es posible.

Para cualquier inteligencia decorosamente constituida, este reconocimiento del motivo que la impulsaba era, simplemente, chocante. ¡He aquí, en nuestra cristiana Inglaterra, una joven que, en medio de su desgracia, tan escasa noción tenía del lugar hacia el cual debía mirar en busca de consuelo, que esperaba realmente hallarlo entre los amigos de su madre! ¡He aquí a una parienta mía que despertaba a la realidad de sus faltas respecto a sus semejantes, bajo la influencia no del deber ni la convicción, sino del sentimiento y del impulso! Cosa ésta de lo más deplorable…, aunque susceptible de despertar las esperanzas de una persona tan experimentada como yo en los trabajos piadosos. Nada de malo tendría, me dije, que me asegurara de la magnitud del cambio operado en el carácter de Raquel a raíz de la pérdida de su madre. Resolví, a manera de útil experimento, probarla en lo que se refería a la cuestión de su compromiso matrimonial con Mr. Godfrey Ablewhite.

Luego de haber respondido a sus insinuaciones con la mayor cordialidad posible, me senté a su lado en el sofá, a su propio requerimiento. Discutimos los asuntos familiares y los planes para el futuro… todos ellos, menos ese otro plan futuro que habría de epilogar en su matrimonio. Por más que me esforcé en una u otra forma para hacer recaer la conversación en el mismo, ella se obstinó en no recoger mi insinuación. Cualquier franca alusión al tema de mi parte hubiese resultado prematura en esta primera etapa de nuestra reconciliación. Además, acababa yo de descubrir cuanto me hacía falta saber. Ya no era ella esa criatura desafiante y temeraria a quien viera y escuchara durante mi martirio en Montagu Square. Lo ocurrido fue ya suficiente de por sí para estimularme a tomar en mis manos el asunto de su conversión, a la cual di comienzo dirigiéndole unas pocas palabras de prevención en contra de la idea de un prematuro establecimiento del vínculo matrimonial, para deslizarme poco a poco hacia temas más elevados. Considerándola ahora a la luz del nuevo interés que despertaba en mí su persona —y acordándome de la temeraria premura con que había acogido ella la proposición matrimonial de Mr. Godfrey—, me sentí solemnemente llamada a intervenir con un fervor que me aseguró que habría de alcanzar resultados nada comunes. Una acción rápida era lo que, me pareció, correspondía en el presente caso. Inmediatamente volví a la cuestión de los criados requeridos por la casa amueblada.

—¿Dónde está la lista, querida?

Raquel me la alargó.

—Una cocinera, una fregona, una criada y un lacayo —leí—. Mi querida Raquel, estos criados serán tomados sólo por una temporada…, la temporada por la cual ha alquilado tu tutor la casa. Nos será muy dificultoso conseguir que personas de capacidad y buenos antecedentes acepten un contrato tan breve, aquí en Londres ¿Han encontrado ya casa en Brighton?

—Sí. Godfrey la ha alquilado; y las gentes de la casa se ofrecieron para ocupar las plazas de criados.

A él le pareció que difícilmente habrían de adaptarse a nuestras necesidades y regresó sin llegar a nada concreto.

—¿Y tú no tienes experiencia alguna en cuanto a ese asunto, Raquel?

—Absolutamente ninguna.

—¿Y tía Ablewhite no tratará de hacer algo?

—No, pobrecita de ella. No la condenes, Drusilla. Creo que es la única persona dichosa que he encontrado jamás en mi vida.

—Hay diversos grados de felicidad, querida. Algún día hablaremos un poco de ello. Mientras tanto tomaré a mi cargo la tarea de salvar esa dificultad constituida por los criados. Tu tía tendrá que escribirles una carta a los criados de la casa…

—La firmará después que yo la haya escrito, lo cual es lo mismo.

—Exactamente lo mismo. Yo tomaré la carta y partiré para Brighton mañana.

—¡Qué buena eres! Nos reuniremos contigo tan pronto como te halles lista para recibirnos. Y espero que te quedes con nosotros, en calidad de huésped mía. ¡Brighton es tan animado!; estoy segura de que te agradará.

Con estas palabras me fue extendida la invitación, y la gloriosa perspectiva de una intervención de mi parte se ofreció de inmediato ante mi vista.

Nos hallábamos a mediados de la semana. Hacia la tarde del sábado la casa se encontraba lista para recibirlos. En tan breve espacio de tiempo me había informado no sólo respecto a los antecedentes personales, sino también a las creencias religiosas de los criados desocupados que acudieron a mí, y llevado a feliz término una selección que mereció la aprobación de mi conciencia. Encontré también allí y mandé llamar a dos graves amigos míos, residentes en la ciudad, a quienes sabía podía confiarles la piadosa misión que me llevó a Brighton. Uno de ellos —un amigo clérigo— me ayudó buenamente en la tarea de lograr asientos para nuestro pequeño grupo familiar, en la iglesia en la cual él oficiaba. El otro —una dama soltera, como yo— puso todo el material de su biblioteca, compuesta de valiosas publicaciones, a mi entera disposición. Le tomé prestados una media docena de volúmenes, escogidos cuidadosamente con el propósito de entregárselos a Raquel. Una vez que los hube distribuido muy juiciosamente por las habitaciones que indudablemente habría ella de ocupar, consideré que los preparativos se hallaban completados. Firme creencia religiosa en los criados que los aguardaban; firme doctrina en el sacerdote que la arengaría; sana doctrina en los libros que reposaban sobre la mesa…, ¡ésa era la triple bienvenida que mi celo religioso le había preparado en la casa a la muchacha huérfana! Una paz celestial saturó mi pensamiento, cuanto me senté en la tarde de ese sábado junto a la ventana para aguardar el arribo de mis parientes. La aturdida multitud pasaba y repasaba ante mis ojos. ¡Ay!, ¿cuántos de entre ellos serían capaces de sentir la exquisita satisfacción del deber cumplido que a mí me embargaba? Terrible pregunta. No insistamos en ella.

Entre las seis y las siete llegaron los viajeros. Una indecible sorpresa me produjo el hecho de que vinieran escoltados no por Mr. Godfrey (como yo me imaginara), sino por Mr. Bruff, el abogado.

—¿Cómo está usted, Miss Clack? —me dijo—. Esta vez pienso quedarme.

Su referencia a aquella ocasión en que lo obligué a posponer sus negocios en aras de los míos, cuando nos hallábamos ambos de visita en Montagu Square, me convenció de que ese viejo mundano había venido a Brighton para poner en práctica algún plan de su parte. ¡Yo le había preparado, cabalmente, un pequeño paraíso a mi bien amada Raquel…, y he aquí la serpiente instalada ya en él!

—Godfrey sintió mucho no haber podido venir con nosotros, Drusilla —dijo mi tía Ablewhite—. Cierto asunto lo obligó a permanecer en la ciudad. Mr. Bruff se ofreció para remplazarlo y se ha tomado asueto hasta el lunes por la mañana. (Entre paréntesis, Mr. Bruff, se me ha ordenado hacer ejercicio, pero no me gusta). Esa —añadió tía Ablewhite apuntando a través de la ventana y en dirección a un inválido que pasaba en ese instante sobre una silla de ruedas— es la idea que yo tengo del ejercicio. Si es aire lo que se quiere, hay que tomarlo en su silla. Y si es que quiere uno fatigarse, estoy segura de que se fatigará lo suficiente con sólo mirar a los hombres.

Raquel permanecía silenciosa junto a la ventana y con la vista clavada en el mar.

—¿Cansada, querida? —inquirí yo.

—No. Solamente un poco triste —me respondió—. He visto el mar muchas veces, en nuestra costa de Yorkshire, alumbrado por esta misma luz. Y estaba pensando, Drusilla, en días que jamás habrán de volver.

Mr. Bruff se quedó a comer y seguía en la casa al llegar la noche. Cuando más lo observaba, más me convencía de que algún fin secreto lo impulsó a venir a Brighton. Lo vigilé estrechamente. Se mantuvo siempre con aspecto despreocupado y se refirió en su conversación a los mismos e impíos chismes de siempre, hora tras hora, hasta que llegó el momento de la despedida. Cuando estrechó la mano de Raquel, advertí que su mirada dura y astuta se detenía por un instante en el rostro de ella, denotando un interés y una atención de índole peculiar. Ella se hallaba indudablemente implicada en su fin secreto. No dijo nada que saliera de lo común ni a ella ni a ningún otro, al abandonar la casa. Se invitó a sí mismo para el almuerzo del día siguiente y partió entonces para su hotel.

Fue imposible lograr, a la mañana siguiente, que tía Ablewhite se quitara a tiempo el peinador para poder ir al templo. Su hija inválida, que no padecía de otra cosa, en mi opinión, que de una pereza incurable heredada de su madre, anunció que pensaba quedarse en la cama todo el día. Raquel y yo nos dirigimos, solas, a la iglesia. Un magnífico sermón fue pronunciado por mi talentoso amigo, respecto de la pagana indiferencia del mundo, en lo que concierne a la gravedad de los pecados menores. Durante más de una hora atronó su elocuencia, auxiliada por una voz soberbia, a través del sagrado edificio. Al salir le dije a Raquel:

—¿Ha conseguido llegarte al corazón, querida? —Y ella me respondió:

—No, sólo me ha producido jaqueca.

Estas palabras habrían sin duda decepcionado a cualquiera otra persona. En lo que a mí se refiere, una vez embarcada en una misión de manifiesta utilidad, nada hay que pueda desalentarme.

Encontramos a tía Ablewhite y a Mr. Bruff a la mesa, almorzando. En cuanto Raquel se rehusó a comer dando como motivo su dolor de cabeza, el astuto abogado aprovechó la oportunidad que ella acababa de darle.

—Sólo existe un remedio para el dolor de cabeza —dijo este horrible anciano—. Un paseo, Miss Raquel, es lo que habrá de curarla. Me pongo a su entera disposición si me concede el honor de darme el brazo.

—Con el mayor placer. Un paseo es lo que más estaba deseando realizar ahora.

—Son ya más de las dos —sugerí blandamente—. Y el servicio de la tarde comienza a las tres.

—¿Cómo puedes creer que vuelva a la iglesia —me respondió de manera petulante— con este dolor de cabeza?

Mr. Bruff le abrió, oficiosamente, la puerta. Un minuto después estaban fuera de la casa. No creo que haya sentido en ninguna otra ocasión más hondamente el deseo de intervenir. ¿Pero qué podía yo hacer? Nada, como no fuera aguardar la primera oportunidad que se me ofreciera para ello, a una hora más avanzada del día.

Al volver de los servicios religiosos de la tarde hallé que acababan de regresar en ese instante. Una sola mirada que les dirigí a ambos me bastó para comprobar que ya le había dicho el abogado lo que tenía que decirle. Jamás vi a Raquel tan silenciosa y pensativa como en esa ocasión. Jamás vi anteriormente que Mr. Bruff se consagrara tan devotamente a ella y la observase con tan notables muestras de respeto. Tenía, o fingió tener, el compromiso de asistir a una comida ese día…, y se despidió de todos a una hora temprana, con el propósito de regresar a Londres en el primer tren de la mañana siguiente.

—¿Está segura de no volverse atrás? —le dijo a Raquel ya en la puerta.

—Completamente segura —le respondió ella…, y así fue como se separaron.

En cuanto él le dio la espalda, Raquel se retiró a su cuarto. No apareció en ningún momento durante la comida. Su criada, la mujer del gorro con cintas, fue enviada escalera abajo para anunciar que había vuelto a dolerle mucho la cabeza. Yo subí corriendo y le ofrecí luego, a través de la puerta, cuanta ayuda es posible que una hermana le preste a otra hermana. La puerta se encontraba cerrada y ella siguió manteniéndola así. ¡He aquí todo un cúmulo de obstáculos materiales, contra los cuales podría yo luchar! Me sentí alegre y estimulada por el hecho de que hubiese cerrado la puerta.

Cuando a la mañana siguiente le fue llevada su taza de té yo ascendí en pos de ella, me senté a su lado en la cama y le dije unas pocas palabras juiciosas. Raquel me escuchó con lánguida cortesía. Vi las preciosas publicaciones que me diera mi grave amigo, amontonadas sobre una mesa que se hallaba en un rincón. ¿Había acaso reparado por casualidad en las mismas?, le pregunté. Sí…, pero no le interesaron. ¿Me permitiría leerle unos pocos pasajes, muy profundos, que probablemente habían escapado a su mirada? No; entonces no…; tenía otras cosas en las cuales pensar. Me dio estas respuestas aparentemente absorbida por la tarea de plegar y replegar el volante de su camisa de dormir. Era evidente que se hacía necesario despertarla mediante alguna referencia a esas cosas mundanas que aún gravitaban en el fondo de su corazón.

—¿Sabes, mi amor —le dije—, que tuve una extraña ocurrencia ayer respecto de Mr. Bruff? Pensé, cuando te vi a tu regreso del paseo que realizaste con él, que te comunicó alguna mala nueva.

Sus dedos soltaron el volante de su camisa de dormir y sus coléricos ojos negros relampaguearon ante mí.

—¡Todo lo contrario! —dijo—. Fueron nuevas que tenía mucho interés en oír…, y le estoy muy agradecida a Mr. Bruff por habérmelas comunicado.

—¿Sí? —le dije, en un tono dulcemente interesado.

Sus dedos retornaron el volante y volvió su cabeza con enfado, dejando de mirarme. Por centenares se cuentan las veces en que se me respondió de esa manera durante el cumplimiento de mi misión piadosa. Ahora, su actitud no hizo más que estimularme a probar de nuevo. En mi impávido afán por bregar por su dicha resolví afrontar el gran riesgo y aludí abiertamente a su compromiso matrimonial.

—¿Nuevas que tenías interés en oír? —le dije, repitiendo sus palabras—. Supongo, mi querida Raquel, que tales nuevas se referirán a Mr. Godfrey Ablewhite.

Saltó en el lecho y se puso mortalmente pálida. Era evidente que en la punta de su lengua se hallaba ya lista una réplica de la misma índole insolente y desenfrenada de las de antaño. Se reprimió… dejó caer su cabeza hacia atrás, sobre la almohada… meditó durante un minuto…, y me respondió después con estas notables palabras:

Jamás me casaré con Mr. Godfrey Ablewhite.

Me llegó ahora el turno a mí de sobresaltarme.

—¿Qué quieres decir? —exclamé—. Toda la familia considera ya el matrimonio como una cosa hecha.

—Mr. Godfrey Ablewhite es esperado hoy aquí —me contestó empecinadamente—. Aguarda a que él venga…, y verás lo que sucede.

—Pero mi querida Raquel…

Hizo sonar la campanilla que se hallaba a la cabecera de su lecho. La persona del gorro con cintas apareció en el cuarto.

—¡Penélope, el baño!

Hagámosle justicia. Teniendo en cuenta mi situación mental de ese momento, creo sinceramente que dio con el único medio posible capaz de obligarme a abandonar la alcoba.

Un espíritu meramente mundano habría juzgado mi situación, en lo que respecta a Raquel, cargado de dificultades de índole desusada. Yo había dado por seguro el ir llevándola hacia planos más y más elevados, mediante una breve y ardiente exhortación sobre el tema del matrimonio. Y he aquí, de creer lo que ella me dijo, que tal hecho no habría de verificarse de ningún modo. Pero, ¡ah, mis amigos!, una cristiana batalladora como yo y con mi experiencia (con la perspectiva de poder realizar una labor evangelizadora ante sí), juzga las cosas con un criterio más amplio. Admitiendo que Raquel desistiera en verdad del matrimonio que los dos Ablewhite, padre e hijo, daban como una cosa segura, ¿cuál habría de ser el resultado? La cosa sólo podía terminar, de mantenerse ella firme, en un simple intercambio de expresiones duras y de ásperas acusaciones por ambas partes. ¿Y cuál sería el efecto de todo ello en Raquel, una vez que la borrascosa entrevista hubiese terminado? Una saludable depresión moral. Su orgullo se agotaría, y su obstinación cedería también, bajo el peso de la firme resistencia que, de acuerdo con su carácter, habría de oponer. Debería, pues, volverse en demanda de simpatía hacia la persona más próxima a ella susceptible de ofrecérsela. Y yo era esa persona que se hallaba más cerca…, desbordando consuelo, henchida hasta el exceso de las más oportunas y vivificantes palabras. Jamás anteriormente se habían ofrecido ante mis ojos tan brillantes perspectivas en el campo de la evangelización.

Bajó para el almuerzo, pero no comió nada y apenas si articuló palabra alguna.

Luego del almuerzo empezó a vagar negligentemente de un cuarto a otro…, y, de repente, despertándose a sí misma, procedió a abrir el piano. La música que escogió para ejecutar en el instrumento fue de lo más escandalosa y profana y se hallaba asociada al recuerdo de ciertas obras de teatro que le helaban a una la sangre en las venas con sólo pensar en ellas. Hubiera sido imprudente intervenir en ese momento.

Luego de asegurarme, secretamente, de la hora de la llegada de Mr. Godfrey Ablewhite, salí de la casa para huir de la música.

Ya sola, en el exterior, se me presentó la oportunidad de visitar a los dos amigos que tenía en el vecindario. Un lujo indescriptible significaba para mí el sentir que me toleraba a mí misma la debilidad de mantener una conversación sobre temas importantes con personas serias. Infinitamente animada y confortada desanduve el camino, y regresé a la casa con tiempo de sobra para aguardar el arribo del huésped a esa hora del día…, ¡y me encontré cara a cara con Mr. Godfrey Ablewhite!

No intentó abandonar el lugar. Todo lo contrario. Avanzó para salirme al encuentro, con la mayor vehemencia.

—¡Mi querida Miss Clack, he estado aguardando aquí tan sólo para verla a usted! Quiso la casualidad que me viera libre de mis compromisos en Londres, antes de lo que yo esperaba…, y he venido aquí, en consecuencia, antes de la hora indicada.

Ni la menor muestra de embarazo entorpeció su explicación, pese a que era ésta la primera vez que nos encontrábamos, luego de la escena que se desarrolló en Montagu Square. Cierto es que él ignoraba que yo había sido testigo de la misma. Pero sabía por otra parte, que por el hecho de concurrir a la Junta Maternal para la Confección de Pantalones Cortos y por hallarme vinculada a ciertos amigos que se dedicaban a diversas obras de beneficencia, tenía que hallarme enterada de su negligente y vergonzosa conducta respecto de las damas y de los pobres. ¡No obstante, allí lo tenía yo ante mí, en plena posesión de sus encantadoras cuerdas vocales y de su irresistible sonrisa!

—¿Ha visto ya a Raquel? —le pregunté.

Lanzando un dulce respiro me tomó la mano. Yo la hubiera arrancado, sin duda, de la suya, de no haber quedado paralizada por el asombro que me produjo el tono con que expresó su respuesta.

—He visto a Raquel —me dijo, con la mayor tranquilidad—. Usted sabe, querida amiga mía, que se hallaba comprometida conmigo, ¿no es así? Pues bien; repentinamente ha decidido romper el compromiso.

—Luego de meditar sobre ello se ha convencido de que la mejor manera de propender a su felicidad y a la mía sería la de retractarse de su imprudente promesa y dejarme libre para que efectúe yo una elección más afortunada en cualquier otro sitio. Esa es la única explicación que me ha dado y la única respuesta que lograra sacarle cualquier pregunta mía.

—¿Qué ha hecho usted, por su parte? —inquirí—. ¿Se ha sometido?

—Sí —dijo, con una calma inconmovible—. Me he sometido.

Tan inconcebible me resultaba su conducta en tales circunstancias, que permanecí, confundida, con mi mano en la suya. Clavarle la vista a cualquiera constituye, hasta cierto punto, una grosería; clavársela a un caballero resulta una acción indecorosa. Yo cometí ambas indiscreciones. Y le dije, como en un sueño:

—¿Qué quiere usted decir?

—Permítame que se lo diga —replicó—. ¿Qué le parece si nos sentamos?

Me condujo entonces hacia una silla. Tengo la vaga impresión ahora de que se mostró muy afectuoso conmigo. No digo que deslizara su brazo en derredor de mi cintura… aunque no estoy muy segura. Yo me hallaba desamparada y él tenía la costumbre de ser muy cariñoso con las damas. Sea como fuere, nos sentamos. Puedo responder de ello, aunque no pueda hacerlo respecto de ninguna otra cosa.

CAPÍTULO VIII

—He perdido a una bella muchacha, una excelente posición social y una hermosa renta —comenzó a decir Mr. Godfrey—; y me he sometido a todo ello sin ofrecer la menor resistencia. ¿Cuál puede ser el motivo de tan extraordinaria conducta? No existe ninguno, preciosa amiga mía.

—¿Ningún motivo? —repetí.

—Permítame recurrir, mi querida Miss Clack, a su experiencia con los niños —prosiguió—. Un niño se conduce, por ejemplo, de cierta manera. A usted le choca su actitud e intenta entonces descubrir el motivo de la misma. Nuestro querido pequeñuelo es incapaz de decírselo. De igual manera hubiera podido usted preguntarle a la hierba por qué crece o a los pájaros por qué cantan. ¡Pues bien!, en este asunto yo vengo a ser como el querido pequeñuelo…, como la hierba… como los pájaros. No sé en verdad por qué le hice mi proposición matrimonial a Miss Verinder. No sé tampoco por qué he descuidado tan vergonzosamente a mis queridas damas. E ignoro por qué he renegado de la Junta Maternal para la Confección de Pantalones Cortos. Si usted le pregunta, por ejemplo, a un niño: «¿por qué eres tan malo?», el angelito habrá de llevarse un dedo a la boca y no sabrá qué responder: ¡ése es, exactamente, mi caso! ¡Me he sentido impulsado a confesárselo a usted!

Yo empecé a recobrarme. Un problema mental significaba lo que acababa de oír. Yo siento un profundo interés por ellos…, y no carezco, según se dice, de cierta habilidad para resolverlos.

—Querida amiga, aguce el entendimiento y ayúdeme —prosiguió él—. Dígame: ¿por qué ocurre que llega un momento en que todos esos planes matrimoniales míos comienzan a parecerme algo como forjado en un sueño? ¿Por qué se me ha ocurrido de manera tan súbita la idea de que mi verdadera felicidad habrá de residir en la ayuda que les preste a mis queridas damas, en el hecho de cumplir modestamente mi útil labor, y de pronunciar unas pocas palabras juiciosas, cada vez que me invite a hacerlo el presidente de la directiva? ¿Para qué quiero yo una posición? Ya he alcanzado una. ¿Para qué una renta? Me hallo en condiciones de pagarme mi pan y mi queso, mi pequeño y hermoso alojamiento y mis dos levitas anuales. ¿Para qué necesito yo a Miss Verinder? Acaba de decirme con sus propios labios (esto, mi querida señora, aquí entre nosotros) que ama a otro hombre y que el único motivo que la impulsó a decirme que se casaría conmigo fue el de exasperar y hacer perder la cabeza a ese otro hombre. ¡Qué horrenda unión! ¡Oh Dios mío, qué horrenda unión sería! ¡Tales son mis reflexiones, Miss Clack, mientras viajo hacia Brighton! Me aproximo a Raquel igual que un criminal que va a escuchar su sentencia. Cuando me enteré de que ella había también cambiado de opinión…, cuando oí decir que se proponía romper el compromiso…, experimenté (no hay la menor duda respecto a ello) una enorme sensación de alivio. Un mes atrás la estrechaba arrobado contra mi pecho. Hace una hora la dicha de saber que nunca más habré de hacerlo me ha embriagado lo mismo que un fuerte licor. Me parece imposible: no puede ser, me digo a mí mismo. Y, sin embargo, allí están los hechos, como ya tuve el honor de darlos a conocer apenas nos sentamos en estas dos sillas. He perdido a una bella muchacha, una excelente posición social y una hermosa renta; y me he sometido a ello sin ofrecer la menor resistencia ¿puede usted explicárselo, mi querida amiga? en cuanto a mí debo decirle que esto se halla fuera del alcance de mi inteligencia.

Su magnífica cabeza se reclinó en su pecho, en tanto abandonaba, desesperado, el problema.

Yo me sentí profundamente conmovida. El caso (si he de hablar en el carácter de un médico espiritual) me pareció enteramente sencillo. No es difícil que en el curso de nuestra vida hayamos podido ver, cualquiera de nosotros, cómo el poseedor de las más poderosas facultades cae ocasionalmente hasta situarse al nivel de las personas más pobremente dotadas que se hallan a nuestro alrededor. Esto, sin duda, tiene por objeto, dentro del plan de la sabia Providencia, recordarle a la grandeza que es mortal y que el poder que le ha sido conferido puede serle también retirado. Se tornó evidente —en mi opinión—, ahora, que las deplorables acciones ejecutadas por nuestro querido Mr. Godfrey y de las cuales fuera yo invisible testigo, constituían otras tantas y saludables humillaciones de esa índole. Y se tornaba igualmente un hecho evidente la bienvenida reaparición de su más fina naturaleza, a través del horror con que rechazaba la idea de casarse con Raquel y de la encantadora vehemencia con que demostraba su deseo de retornar a sus damas y a sus pobres.

Le explique todo esto en unas pocas y simples frases fraternales. ¡Qué bello espectáculo fue el de su alegría! Se comparó a sí mismo, en cuanto yo proseguí hablando, con un ser perdido que emergía de la sombra a la luz. Cuando le aseguré que habría de dispensársele una cariñosa acogida en la J. Maternal para la Confección de Pantalones Cortos, el agradecido corazón de nuestro Héroe Cristiano desbordó de alegría. Alternativamente se llevó a los labios y oprimió contra ellos mis manos. Abrumada por la espléndida victoria de haberlo hecho retornar a nuestro campo, dejé que hiciera con mis manos lo que quisiese. Cerré los ojos. Y sentí que mi cabeza, olvidándose de sí misma, se apoyaba sumida en el éxtasis, en su hombro. Un momento más y me hubiera desvanecido en sus brazos, de no haber sido por una interrupción proveniente del mundo exterior y que me hizo recobrarme. Un horrendo rechinar de cuchillos y tenedores llegó hasta nosotros desde la puerta y vimos entrar al lacayo, quien se disponía a tender la mesa para el almuerzo.

Mr. Godfrey se puso de pie, de repente, y dirigió su vista hacia el reloj que se encontraba sobre el manto de la chimenea.

—¡Cómo vuela el tiempo a su lado! —exclamó—. Apenas si llegaré a tiempo para tomar el tren.

Yo me aventuré a preguntarle a qué se debía esa prisa por retornar a la ciudad. Su respuesta me trajo a la memoria las dificultades domésticas que debían ser aún salvadas y las desavenencias aún por surgir.

—He recibido noticias de mi padre —me dijo—. Sus negocios lo obligan a abandonar Frizinghall para dirigirse a Londres y se propone llegar allí esta noche o mañana. Debo ponerlo al tanto de lo ocurrido entre Raquel y yo. Ha puesto su corazón en este asunto del matrimonio…, y mucho habrá de costar, me temo, el hacerle aceptar la idea del rompimiento. Debo detenerlo, en beneficio de todos nosotros, para que no venga aquí antes de que haya logrado yo hacerlo aceptar tal cosa. ¡Queridísima amiga mía, la mejor que poseo, ya nos volveremos a ver!

Con estas palabras salió del cuarto precipitadamente. Con igual prisa corrí yo escalera arriba en dirección de mi aposento para arreglarme antes de enfrentar a tía Ablewhite y a Raquel junto a la mesa del almuerzo.

Sé muy bien —para volver de nuevo a la persona de Mr. Godfrey— que la opinión general y profana del mundo exterior lo ha acusado de tener razones privadas para liberar a Raquel de su compromiso, en la primera ocasión que ella le ofreció para ello. También ha llegado a mis oídos la afirmación de que su celo por recobrar mi estimación ha sido atribuido en ciertos círculos al mercenario anhelo de hacer las paces (por mi intermedio) con cierta venerable dama de la Junta Directiva de la Maternal para la Confección de Pantalones Cortos, abundantemente provista de bienes materiales y que es una muy amada e íntima amiga mía. Si me detengo en estos odiosos infundios es sólo para hacer constar que tales influencias no gravitaron en ningún instante en mi espíritu. De acuerdo con las instrucciones recibidas, he ido reflejando las fluctuaciones de mi pensamiento en lo que atañe a nuestro Héroe Cristiano, tal como se hallan registradas en mi diario. Haciéndome justicia a mí misma debo agregar que, una vez reinstalado en el sitio que ocupara anteriormente en mi estimación, no volvió mi talentoso amigo a perderlo nunca más. Escribo estas líneas con lágrimas en los ojos y consumida por el deseo de decir algo más. Pero no…, se me ha impuesto la cruel limitación de atenerme a mi experiencia real de las personas y las cosas. Antes de que hubiese transcurrido un mes de los sucesos que acabo de narrar, la situación del mercado monetario, que determinó una disminución aun en el monto de mi renta escasa y miserable, me obligó a partir hacia el exilio en el extranjero, sin dejarme otra cosa que un amable recuerdo de la persona de Mr. Godfrey, imagen que la malevolencia mundana ha atacado una y otra vez aunque en vano.

Permítanme ahora enjugarme los ojos y retomar el hilo de mi historia.

Bajé la escalera para ir a almorzar, naturalmente ansiosa por conocer la reacción de Raquel ante la noticia de la anulación de su compromiso matrimonial.

Me pareció —aunque debo reconocer que soy un mal juez en tal materia— que la recuperación de su libertad hizo que su pensamiento se volviera hacia el otro hombre, hacia aquél a quien ella amaba, y de que se hallaba furiosa consigo misma por no haber sabido controlar ese cambio repentino operado en sus sentimientos, cambio del cual se hallaba íntimamente avergonzada. ¿Quién era ese hombre? Yo tenía mis sospechas…, pero era innecesario malgastar el tiempo en tan ociosa especulación. Una vez que la hubiera convertido, era seguro que ella no habría de tener secreto alguno para mí. Me enteraría de cuanto concernía a tal hombre y cuanto se refería a la Piedra Lunar. Aunque para estimular su espíritu y elevarlo a un más alto plano espiritual no hubiera tenido yo otro motivo más digno que el de aliviar su mente de sus culpables planes, hubiera éste bastado para alentarme a llevar adelante mi labor.

Tía Ablewhite realizó su ejercicio esa tarde, en una silla para inválidos. Raquel la acompañó.

—Me gustaría arrastrar la silla estalló en forma temeraria—. ¡Quisiera cansarme hasta caer rendida!

A la noche seguía con el mismo humor. Yo di, en una de las valiosas publicaciones que me entregara mi amiga —Vida, Obra y Epístolas de Jane Ann Stamper, cuadragésimoquinta edición—, con algunos pasajes que se prestaban maravillosamente para ser aplicados a la situación actual en que se encontraba Raquel. En cuanto le propuse su lectura se dirigió hacia el piano. ¡Imagínense cuán inexperta debía ser, respecto de las personas graves, para suponer que mi paciencia habría de agotarse en esa forma! Con mi Miss Jane Ann Stamper al alcance de mi mano, aguardé el curso de los sucesos con una inconmovible confianza en el futuro.

El viejo Mr. Ablewhite no apareció en ningún momento esa noche. Pero bien sabía yo la importancia que su voraz apetencia terrenal le atribuía al matrimonio de su hijo con Miss Verinder…, y me hallaba completamente persuadida (hiciera lo que hiciere Mr. Godfrey para evitar tal cosa) de que habríamos de verlo al día siguiente. Su intervención en el asunto daría lugar, seguramente, a la tormenta que yo había vaticinado como cosa segura, la cual habría de ser seguida, con toda seguridad, también, por un saludable agotamiento de la capacidad de resistencia de Raquel. No ignoro que el viejo Mr. Ablewhite tiene fama (sobre todo entre sus inferiores) de ser un hombre notablemente bonachón. De acuerdo con mi propia observación debo decir que se hace acreedor a tal fama mientras puede salirse con la suya, pero no más allá.

Al día siguiente, tal como yo lo previera, tía Ablewhite experimentó lo que, de acuerdo con su naturaleza, es lo que más se parece al asombro, al ver aparecer súbitamente en la casa a su esposo. Apenas llevaba éste un minuto en ella cuando fue seguido, ante mi asombro esta vez, por una inesperada complicación en la forma humana de Mr. Bruff.

No recuerdo que jamás me haya parecido más inoportuna que en esa ocasión la presencia del abogado entre nosotros. Parecía hallarse listo para hacer cualquier cosa que representara un obstáculo en el camino… y para demostrar que era capaz de establecer la paz, pese al hecho de ser Raquel uno de los contendientes.

—Es una agradable sorpresa para mí, señor —dijo Mr. Ablewhite, dirigiéndose con engañosa cordialidad a Mr. Bruff—. Al dejar su despacho ayer, no esperaba que habría de tener el honor de recibirlo hoy en Brighton.

—He estado dándole vueltas en mi cabeza a lo que conversamos, luego que usted se fue —replicó Mr. Bruff—. Y se me ha ocurrido pensar que quizá podría serles útil en algo. Apenas si tuve tiempo para alcanzar el tren; pero no tuve la oportunidad de descubrir el compartimiento en el cual usted viajaba.

Luego de dar esta explicación se sentó junto a Raquel. Yo me retiré modestamente a un rincón…, con mi Miss Jane Ann Stamper sobre el regazo, a la expectativa. Mi tía se sentó junto a la ventana y empezó a abanicarse con su calma acostumbrada. Mr. Ablewhite, que se hallaba de pie sobre el centro de la habitación, con su calva más rosada de lo que yo la viera jamás anteriormente, se dirigió a su sobrina de la manera más afectuosa.

—Raquel, querida mía —le dijo—, acabo de enterarme, por intermedio de Godfrey, de una noticia de lo más extraordinaria. Y he venido aquí para informarme respecto a ella. Tú tienes tu propio gabinete en esta casa. ¿Me harás el honor de conducirme hasta él?

Raquel permaneció completamente inmóvil. Que se hubiese propuesto provocar una crisis en el asunto o que obedeciera a una oculta señal de Mr. Bruff es algo que escapa a lo que yo sé. Sólo puedo afirmar que declinó el honor de conducir al viejo Mr. Ablewhite hasta su gabinete.

—Sea lo que fuere lo que tenga que decirme —le respondió—, puede comunicármelo en presencia de mis parientes y de (y dirigió su mirada hacia Mr. Bruff) este viejo amigo que mereció la confianza de mi madre.

—Como te parezca, querida mía —dijo el amable Mr. Ablewhite, y echó mano de una silla.

Los demás clavaron la vista en su rostro…, como si aguardasen que éste, luego de setenta años de experiencia mundana, fuera a decir la verdad. Yo, por mi parte, dirigí mi vista hacia la cúspide de su cabeza calva, por haber notado en anteriores ocasiones que su estado de ánimo tenía la costumbre de hacerse visible allí.

—Varias semanas atrás —prosiguió el viejo caballero—, mi hijo me comunicó que Miss Verinder le había concedido el honor de comprometerse en matrimonio con él. ¿Es posible, Raquel, que haya mi hijo interpretado mal o se haya jactado de que comprendía tu respuesta?

—Ciertamente, no —replicó ella—. Me comprometí, en verdad, a casarme con él.

—¡Muy bien por tu franca respuesta! —dijo Mr. Ablewhite—. Todo se explica de la manera más satisfactoria hasta aquí, querida mía. En lo que respecta a lo ocurrido hace varias semanas, Godfrey no se ha equivocado, pues. El error radica en lo que me dijo ayer. Comienzo a explicarme ahora las cosas. Tú y él habéis tenido una disputa de amantes…, y el tonto de mi hijo la ha tomado en serio. ¡Ah! Yo habría sabido conducirme mejor a su edad.

La parte débil de la naturaleza de Raquel —la madre Eva resucitando en ella— comenzó a irritarse por estas palabras.

—Le ruego que trate de comprenderme, Mr. Ablewhite —le dijo—. Nada que pueda en lo más mínimo merecer el nombre de disputa ocurrió ayer entre su hijo y yo. Si le ha dicho él que yo he resuelto romper nuestro compromiso matrimonial, y que él por su parte se halla de acuerdo con ello…, no ha hecho más que decirle la verdad.

El termómetro indicador, sobre la cima calva de Mr. Ablewhite, comenzó a registrar un aumento de mal genio. Su rostro se mostraba más amable que nunca…, pero ¡he ahí, sobre la cumbre del rostro, esa coloración rosada un tanto más pronunciada que habitualmente!

—¡Ven, ven, querida! —dijo él, de la manera más suave—, ¡vamos, no seas tan dura y tan mala con el pobre Godfrey! Seguramente te ha dicho alguna cosa inconveniente. Desde chico ha sido siempre un poco torpe…, ¡pero es un muchacho bien intencionado, Raquel, un muchacho bien intencionado!

—Mr. Ablewhite, o bien me he expresado muy malamente o bien se ha propuesto usted interpretar mal lo que le digo. De una vez por todas habré de decirle que de común acuerdo hemos resuelto su hijo y yo no mantener otras relaciones, durante el resto de nuestras vidas, que las de primo y prima. Está claro, ¿no?

El tono con que dijo estas palabras hizo imposible que el viejo Mr. Ablewhite siguiera aún equivocando sus ideas por más tiempo. El termómetro registró otro avance de un grado y su voz, cuando volvió a hablar, dejó de tener el tono que más conviene a un hombre afable.

—Según eso debo dar por sentado, entonces —dijo—, que tu compromiso matrimonial ha quedado anulado.

—Eso es lo que habrá de dar usted por sentado, Mr. Ablewhite, si le place.

—¿Debo también dar por sentado que la proposición de deshacer el compromiso se te ocurrió, desde el primer momento, a ti?

—Se me ocurrió desde el primer instante a mí. Y contó luego, como acabo de decírselo, con la aprobación de su hijo.

El termómetro registró el más alto nivel que era capaz de señalar. Quiero con ello decir que el matiz rosado se convirtió de pronto en escarlata.

—¡Mi hijo es un perro miserable! —gritó con furia el anciano hombre de mundo—. Para hacerme justicia a mí mismo, como padre —y no a él como hijo—, le ruego me permita inquirir, Miss Verinder, qué es lo que tiene usted que decir de Mr. Godfrey Ablewhite.

A esta altura intervino por vez primera Mr. Bruff.

—No está usted obligada a responder a esa pregunta —le dijo a Raquel.

El viejo Mr. Ablewhite se lanzó sobre él inmediatamente.

—No olvide usted, señor —le dijo—, que no es aquí más que un huésped que se ha invitado solo. Su intromisión hubiese contado con una mejor acogida de haber usted aguardado a que se la solicitaran.

Mr. Bruff no se dio por aludido. El suave barniz que recubría su piel jamás se agrietaba. Raquel le dio las gracias por el consejo y se volvió luego hacia el viejo Mr. Ablewhite…, manteniendo su compostura en una forma que, teniendo en cuenta su sexo y su edad, provocaba, simplemente, espanto.

—Su hijo me hizo la misma pregunta que usted acaba de hacerme —le dijo ella—. Una sola respuesta tuve para él y una sola igualmente habré de tener para usted. Le propuse liberarnos del compromiso, porque luego de haber meditado sobre ello, había llegado al convencimiento de que la mejor manera de propender a su felicidad y a la mía habría de ser la de retractarme yo de una imprudente promesa y dejarlo libre a él para que escogiera a una mujer en cualquiera otra parte.

—¿Qué ha hecho mi hijo? —insistió Mr. Ablewhite—. Tengo el derecho de saberlo. ¿Qué ha hecho mi hijo?

Ella se obstinó, por su parte, de la misma manera.

—Le he dado ya la única explicación que creo necesario deba darle a usted o a su hijo —respondió.

—Hablando vulgarmente, Miss Verinder, son su deseo y su voluntad soberanos el darle calabazas a mi hijo, ¿no es así?

Raquel permaneció en silencio un instante. Sentada, como me hallaba, muy próxima a sus espaldas, pude oír el suspiro que lanzó. Mr. Bruff tomó su mano y le dio un leve apretón. Recobrándose aquélla le replicó a Mr. Ablewhite tan atrevidamente como lo había hecho antes.

—Me he expuesto anteriormente a sufrir mayores malentendidos que éste —le dijo—. Y los he sobrellevado pacientemente. Ha pasado ya el tiempo en que hubiera podido usted mortificarme llamándome coqueta.

La acritud de su tono me convenció de que en una u otra forma se la había obligado a recordar el escándalo de la Piedra Lunar.

—No tengo más nada que decir —añadió con un tono cansado sin dirigirse a nadie en particular y pasándonos por alto para mirar hacia afuera, a través de la ventana que se hallaba más próxima a ella.

Mr. Ablewhite se puso de pie y arrojó lejos de sí su silla con tanta violencia, que ésta se volcó y cayó sobre el piso.

—Por mi parte, tengo algo que decir —anunció, dejando caer ruidosamente la palma de su mano sobre la mesa—. ¡Y es que si mi hijo no considera esto un insulto, yo sí lo considero tal cosa!

Raquel se estremeció y lo miró sorprendida.

—¿Insulto? —replicó—. ¿Qué quiere usted decir?

—¡Insulto! —reiteró Mr. Ablewhite—. ¡Conozco el motivo, Miss Verinder, que la ha impulsado a usted a romper con mi hijo! Lo percibo tan claramente como si me lo hubiera usted confesado con sus propias palabras. Su maldito orgullo de familia es quien está ultrajando ahora a Godfrey, de la misma manera que me ultrajó a mí antes, cuando me case con su tía. Su familia —su miserable familia— le volvió la espalda cuando se hubo casado con un hombre honesto que se hizo a si mismo y se labró su propia fortuna. No sé de ningún hatajo de pillos y degolladores que hubieran vivido del crimen y del robo. No podía, tampoco, referirme a ninguna época en que los Ablewhite no hubiesen tenido una camisa con que cubrir su espalda y en que no hubiesen sido capaces de escribir sus propios nombres. ¡Ah!, ¡ah! No me hallaba a la altura de los Herncastle cuando me casé. Y ahora, vuelven ustedes a la carga; tampoco mi hijo se halla a la altura de usted. Lo sospeché desde el principio. ¡Ha heredado usted, mi jovencita, la sangre de los Herncastle! Lo sospeché desde el principio.

—Es ésta una indigna sospecha —observó Míster Bruff—. Me asombra que tenga usted el coraje de afirmar tal cosa.

Antes de que Mr. Ablewhite hubiera podido hallar palabras con qué responderle, habló Raquel, con un tono de lo más exasperante por lo desdeñoso.

—Tiene usted razón —le dijo al abogado—; es algo que no tiene precedentes. Si es capaz de pensar en esa forma, dejémoslo que piense lo que quiera.

Del escarlata comenzó a pasar, ahora, Mr. Ablewhite, al púrpura. Jadeó en procura de aire; y empezó a dirigir su vista, ya hacia atrás, ya hacia adelante, de Raquel a Mr. Bruff, tan furioso y frenético contra ambos, que no sabía a quién atacar primero. Su esposa, quien se había estado abanicando imperturbablemente en su asiento hasta ese instante, trató, aunque sin resultado alguno, de calmarlo. Yo había sentido, durante el curso de esta penosa entrevista, más de un llamado interior que instigaba a intervenir con unas pocas palabras juiciosas, pero me contuvo el temor de un posible desenlace completamente indigno de una cristiana inglesa cuyas miras se hallan puestas, no sobre lo que aconseja una mezquina prudencia, sino sobre lo que es moralmente justo. Al advertir la gravedad de la situación me elevé por encima de toda mera contemplación de las conveniencias. Si me hubiera yo dispuesto a intervenir mediante alguna amonestación de mi propia y humilde creación, es posible que hubiera aún vacilado. Pero la infortunada querella doméstica que se ofrecía ahora a mi vista contaba con una solución maravillosa y bellamente descrita en la correspondencia de Miss Jane Ann Stamper…, Carta número mil uno, titulada: «Paz en el Hogar». Me levanté, pues, en mi modesto rincón y abrí el precioso libro.

—Mi querido Mr. Ablewhite —dije—, ¡una sola palabra!

En el primer momento y al atraer por vez primera la atención de todos al levantarme, pude advertir que estaba a punto de decirme alguna cosa fuerte. Pero mi fraternal manera de dirigirle la palabra, lo retuvo. Clavó en mí sus ojos con un asombro pagano.

—En mi carácter de amiga y de persona bien inspirada —proseguí—, de persona que cuenta con una gran experiencia en lo que se refiere a despertar, convencer, preparar, iluminar y fortificar a sus semejantes, permítanme que me tome la más inocente de todas las libertades…, la libertad de apaciguar el ánimo de ustedes.

Él comenzó a recobrarse; se hallaba ya a punto de estallar…, y hubiera sin duda estallado, frente a cualquier otra persona. Pero mi voz, habitualmente dulce, alcanza un rico acento en los instantes de aprieto. En éste, por ejemplo, me sentí llamada a intervenir con un registro mas alto que el suyo.

Levantando mi valioso libro frente a él, golpeteé con mi índice de manera impresionante sobre la página en que se hallaba abierto.

—¡No son palabras mías! —exclamé interrumpiéndolo con mi ferviente estallido—. ¡Oh, no supongan que reclamo su atención para que escuchen mis humildes palabras! ¡Maná en el desierto, Mr. Ablewhite! ¡Rocío sobre la tierra calcinada! ¡Palabras de consuelo, de sabiduría, de amor…, las benditas tres veces benditas, palabras de Miss Jane Ann Stamper!

Me detuvo aquí un momentáneo impedimento de índole respiratoria. Antes de que lograra recobrarme, ese monstruo con figura de hombre gritó furiosamente.

—¡Miss Jane Ann Stamper es…!

Me es imposible transcribir aquí la horrenda palabra representada por estos puntos.

Chillé al oírla deslizarse entre sus labios; volé hacia mi pequeño bolso, que se hallaba sobre el trinchero; volqué todo su contenido, así un tratado especial que versaba sobre los juramentos profanos, titulado: «¡Silencio, por amor de Dios!», y se lo tendí con una expresión de agonizante súplica. Él lo desgarró en dos y me lo tiró de vuelta por encima de la mesa. Los demás se pusieron en pie alarmados, ignorando lo que habría de seguir. Yo me senté instantáneamente, de nuevo en mi rincón. En cierta ocasión y en circunstancias un tanto similares, Miss Jane Ann Stamper fue tomada por ambos hombros y lanzada fuera de una habitación. Yo aguardé, inspirada por su ejemplo, la repetición de su martirio.

Pero no… no había de sucederme a mí tal cosa. Su esposa fue la primera persona a quien le dirigió él la palabra.

—¿Quién…, quién…, quién —le dijo, tartamudeando de ira— invitó a esta fanática osada a entrar en esta casa? ¿Fuiste tú?

Antes de que tía Ablewhite hubiera tenido tiempo de pronunciar una sola palabra respondió Raquel por ella:

—Miss Clack se halla aquí —le dijo— como huésped mía.

Estas palabras tuvieron un singular efecto sobre Mr. Ablewhite. Súbitamente transformaron a ese hombre enrojecido por la ira en un ser que emanaba un helado desprecio. Palmariamente percibió todo el mundo que Raquel acababa de decir algo —breve y simple como había sido su respuesta— que lo colocó a él, por fin, en ventaja sobre ella.

—¡Oh! —dijo—. Así que Miss Clack es huésped suya…, aquí, en mi casa, ¿no es así?

Le tocó ahora el turno a Raquel de perder la paciencia. Su color se acentuó y sus ojos brillaron fieramente. Volviéndose hacia el abogado y señalando a Mr. Ablewhite, preguntó altivamente:

—¿Qué quiere él decir?

Mr. Bruff intervino por tercera vez.

—Parece usted olvidar —dijo, dirigiéndose a Mr. Ablewhite— que ha alquilado usted la casa en su carácter de tutor de Miss Verinder y para uso de Miss Verinder.

—No se apresure —lo interrumpió Mr. Ablewhite—. Tengo aún algo que decir; una última palabra que hubiera dicho hace algún tiempo, de no haber sido por esta… —y me miró, deteniéndose a pensar qué abominable calificativo podía aplicarme—, de no haber sido interrumpido por esta atrevida solterona. Permítame que le informe, señor, que si mi hijo no merece ser el esposo de Miss Verinder, presumo que su padre no debe merecer el título de tutor de Miss Verinder. Tenga la bondad de tomar nota de que me rehuso a aceptar el cargo que se me ha ofrecido en el testamento de Lady Verinder. Utilizando su lenguaje forense diré que renuncio a actuar. La casa ha sido, necesariamente, alquilada en mi nombre. Cargo sobre mis hombros con toda la responsabilidad que ello implica. Es mi casa. La habito o la abandono, según me plazca. No deseo apurar a Miss Verinder. Por el contrario, le ruego a ella que aleje a su huésped con su equipaje, cuando lo crea más conveniente.

Luego de hacer una profunda reverencia abandonó el aposento.

¡Así fue como se vengó Mr. Ablewhite de Raquel, por haberse negado ésta a casarse con su hijo!

En cuanto se cerró la puerta, tía Ablewhite realizó una acción tan prodigiosa que nos dejó a todos paralizados. ¡Exhibió la energía suficiente como para atravesar el cuarto!

—Querida mía —le dijo a Raquel en tanto la tomaba de la mano—, me avergonzaría de mi esposo, si no supiera, como bien sé, que ha sido su mal genio y no su persona la que te ha dicho esas palabras. Usted —continuó diciendo tía Ablewhite, volviéndose hacia mi rincón y haciendo otro derroche de energía, con su mirada esta vez, no con sus miembro—, usted ha sido la miserable que provocó su cólera. Espero no volver a verla nunca más aquí, como tampoco a sus tratados.

Volviéndose hacia Raquel la besó nuevamente.

—Te pido perdón, querida —le dijo—, en nombre de mi esposo. ¿Qué puedo hacer por ti?

Obstinadamente perversa en todo —caprichosa e irrazonable en todas sus acciones— se deshizo Raquel en lágrimas al oír tan triviales palabras y le devolvió el beso a su tía en silencio.

—Si se me permitiera responder en nombre de Miss Verinder —dijo Mr. Bruff—, me atrevería a pedirle a Mrs. Ablewhite que enviara abajo a Penélope con el gorro y el chal de su ama. Concédanos diez minutos a solas —añadió bajando la voz— y le aseguro que arreglaré las cosas a su entera satisfacción y a la de Raquel también.

La confianza que toda la familia depositaba en este hombre era, en verdad, maravillosa. Sin que hubiera mediado una nueva palabra de su parte, tía Ablewhite abandonó la habitación.

—¡Ah! —dijo Mr. Bruff mirándola con atención—. Admito que la sangre de los Herncastle tiene sus desventajas. ¡Pero algo representa la buena educación, después de todo!

Luego de haber lanzado esta observación puramente mundana, miró con dureza hacia mi rincón, como si aguardase a que yo me fuera. Mi interés por Raquel —infinitamente superior al que sentía él por ella— me clavó en la silla.

Mr. Bruff desistió, como había desistido anteriormente en casa de tía Verinder, en Montagu Square. Condujo a Raquel hasta una silla que se hallaba junto a la ventana y empezó a hablarle.

—Mi querida señorita —le dijo—, la conducta de Mr. Ablewhite la ha horrorizado y tomado, naturalmente, de sorpresa. Si valiera la pena debatir esta cuestión con semejante hombre, habríamos de demostrarle bien pronto que no siempre habrá de salirse él con la suya. Pero no vale la pena. Ha estado usted en lo cierto cuando le dijo lo que acaba de decirle: su conducta no ha tenido precedentes.

Se detuvo y dirigió la vista hacia mi rincón. Yo permanecía allí sentada, inconmovible, con mis tratados junto al codo y mi Miss Jane Stamper sobre el regazo.

—Como usted sabe —prosiguió él, volviéndose nuevamente hacia Raquel—, era privativo de la excelente naturaleza de su madre el ver siempre la faz mejor, jamás la peor, de las gentes que la rodeaban. Nombró tutor suyo a su cuñado porque creía en él y porque sabía que tal cosa habría de agradarle a su hermana. En cuanto a mí, nunca me agradó Mr. Ablewhite e induje a su madre a insertar una cláusula en su testamento mediante la cual se les confería el poder a sus albaceas de consultar conmigo respecto a un nuevo tutor, si lo aconsejaban las circunstancias. Uno de esos eventos acaba de producirse hoy, y yo me hallo en condiciones de poner término a estos áridos detalles legales, espero que de una manera satisfactoria, mediante una carta dirigida a mi esposa. ¿Honrará usted a Bruff convirtiéndose en su huésped? ¿Y permanecerá usted bajo mi techo, como un miembro más de mi familia, hasta que nosotros, los sabios, maduremos nuestros proyectos y decidamos qué deberá hacerse posteriormente?

Al oír esto me puse de pie dispuesta a intervenir. Mr. Bruff acababa de hacer exactamente lo que yo había temido que hiciera cuando le pidió a Mr. Ablewhite que enviara abajo el gorro y el chal de Raquel.

Pero, antes de que hubiera podido intercalar yo una sola palabra, había ya aceptado Raquel la invitación en los términos más cordiales. De haber yo tolerado que este arreglo fuera llevado más adelante —de transponer ella el umbral de la puerta de Mr. Bruff—, ¡adiós entonces al más grande deseo de mi vida, a mi esperanza de hacer volver al redil a mi oveja descarriada! La sola idea de tal calamidad me anonadó. Lanzando al viento la miserable carga que toda discreción mundana implica, le hablé con todo el fervor que me poseía y con las palabras que más pronto vinieron a mis labios.

—¡Alto! —les dije—, ¡alto ahí! Deben escucharme. ¡Mr. Bruff!, usted no se halla emparentado con ella como lo estoy yo. La invito a ella…, y emplazo a sus albaceas para que me designen su tutora. Raquel, mi queridísima Raquel, te ofrezco mi humilde hogar; ven conmigo a Londres en el próximo tren, mi amor, para compartirlo conmigo.

Mr. Bruff no dijo nada. Raquel me miró con un cruel espanto que no se esforzó por ocultar.

—Eres muy buena, Drusilla —me dijo—. Y espero ir a visitarte cuantas veces vaya a Londres. Pero he aceptado ya la invitación de Mr. Bruff y me parece que lo mejor que puedo hacer ahora es quedar bajo su cuidado.

—¡Oh, no digas eso! —imploré yo—. ¡No puedo separarme de ti, Raquel…, no puedo separarme de ti!

Traté de estrecharla entre mis brazos. Pero ella retrocedió. Mi fervor no logró contagiarla; sólo le causó alarma.

—En verdad —dijo—, ¿no es excesiva tanta agitación? No logro comprenderla.

—Ni yo tampoco —dijo Mr. Bruff.

La dureza de ambos —su mundana y espantosa dureza— me rebeló.

—¡Oh, Raquel! ¡Raquel —estallé—. ¿Es posible que no hayas aún percibido que mi corazón desfallece por hacer una cristiana de ti? ¿No te ha dicho alguna voz interior que estoy tratando de hacer por ti lo que estaba tratando de hacer por tu querida madre cuando la muerte me la arrebató de las manos?

Raquel avanzó un paso y me miró muy extrañamente.

—No entiendo tu referencia a mi madre —dijo—. Miss Clack, ¿quieres tener la bondad de explicarte?

Antes de que pudiera contestar, llegó Mr. Bruff y ofreciéndole el brazo a Raquel trató de conducirla fuera de la habitación.

—Mejor no siga con el tema, querida —dijo—. Y Miss Clack haría mejor en no explicarse.

Aunque hubiera sido un tronco o una piedra, una interferencia como ésa me hubiera animado a dar testimonio de la verdad. Hice a un lado a Mr. Bruff con mi propia mano, indignada, y, en lenguaje solemne y adecuado, formulé el punto de vista con que la sana doctrina no tiene escrúpulos en referirse a la horrible calamidad de morir sin preparación.

Raquel se apartó de mí —me sonrojo al escribirlo— con un grito de horror.

—¡Vayámonos! —dijo a Mr. Bruff—. ¡Vayámonos, por Dios, antes de que esta mujer pueda decir nada más! ¡Oh, piense en la inocente, útil, hermosa vida de mi madre! Usted estuvo en el funeral, Mr. Bruff; usted vio cómo todos la querían; usted vio a las pobres gentes desvalidas llorando en su tumba la pérdida de su mejor amiga. ¡Y esta miserable se planta aquí y trata de hacerme dudar de que mi madre, que fue un ángel sobre la tierra, sea ahora un ángel en el paraíso! ¡No sigamos hablando de esto! ¡Vayámonos! ¡Me sofoca respirar el mismo aire que ella! ¡Me espanta sentir que estamos juntas en la misma habitación!

Sorda a toda reconvención, corrió hacia la puerta.

En ese mismo instante entraba su doncella con su gorro y su chal. Ella los tomó y los amontonó de cualquier modo.

—Empaca mis cosas —le dijo—, y llévalas hasta el domicilio de Mr. Bruff.

Yo intenté acercarme… Me hallaba afligida y conmovida, pero innecesario será que afirme que no me sentía ofendida. Sólo experimenté el deseo de decirle estas palabras:

—¡Ojalá llegue a ablandarse tu duro corazón! ¡Te perdono con toda el alma!

Ella tiró hacia abajo su velo, me arrancó el chal de las manos y se precipitó cerrándome la puerta en la cara. Yo soporté el ultraje con mi habitual entereza Y lo recuerdo ahora con la misma superioridad con que enfrento siempre todo ultraje.

Mr. Bruff me dirigió una burlona frase de despedida, antes de precipitarse, a su vez, al exterior.

—Más le hubiera valido no explicarse, Miss Clack —me dijo; y haciéndome una reverencia, abandonó el cuarto.

La mujer del gorro con cintas habló a su vez.

—No es difícil determinar quién ha sido la persona que los ha malquistado a los unos con los otros —me dijo—. No soy más que una pobre criada…, pero afirmo, con todo, que estoy avergonzada de usted.

También ella abandonó la estancia, cerrando con estrépito la puerta.

Denigrada, abandonada por todos, quedé librada a mí misma en el cuarto.

¿Puede acaso añadírsele una sola palabra a esta simple exposición de los hechos…, a esta conmovedora pintura de una cristiana perseguida por el mundo? ¡No! Mi diario me recuerda que aquí termina uno de los tantos capítulos variados de mi existencia. Desde ese día no volví a ver jamás a Raquel Verinder. En aquel entonces, cuando me insultó, le otorgué mi perdón. Desde ese día en adelante ha contado con mis más devotos y buenos augurios. Y cuando muera —para completar, por mi parte, el retorno de todo bien por un mal— habré de legarle, según haré constar en mi testamento, la Vida, Obra y Epístolas de Miss Jane Ann Stamper.

SEGUNDA NARRACIÓN

A cargo de Mathew Bruff, abogado, de Gray's Inn Square.

CAPÍTULO I

Habiendo hecho abandono de la pluma mi bella amiga Miss Clack, dos razones me impulsaban a tomarla, a mi vez, inmediatamente.

En primer lugar, me hallo en situación de arrojar la luz indispensable sobre ciertos puntos interesantes que han sido dejados hasta ahora en la sombra. Miss Verinder tenía un motivo oculto para romper su compromiso matrimonial…, y yo jugué un papel importante en ello. Mr. Godfrey Ablewhite tenía un motivo privado para renunciar a cuanto derecho lo asistiera para reclamar la mano de su encantadora prima… y yo descubrí de qué se trataba.

En segundo lugar, por un feliz o infortunado azar, no podría en verdad precisar si fue lo uno o lo otro, me hallé personalmente implicado en la época a que aludo en estas páginas —en el misterio del diamante hindú—. Tuve el honor de entrevistarme en mi bufete con un oriental de distinguidos modales, quien no era, fuera de toda duda, otra persona que el cabecilla de los tres hindúes.

Añadan a esto que me encontré al día siguiente con el famoso viajero Mr. Murthwaite, con quien sostuve una conversación acerca de la Piedra Lunar estrechamente relacionada con posteriores eventos. Y tendrán en esa forma una idea de los títulos que poseo para ocupar el puesto que ocupo en estas páginas.

La verdadera historia de la anulación del compromiso matrimonial es lo que surge primeramente en el orden cronológico y habrá de ocupar por lo tanto el primer lugar en mi relato. Recorriendo la cadena de los eventos desde un extremo al otro, me encuentro con que debo necesariamente abrir la escena, hecho curioso, sin duda, pensarán ustedes, junto al lecho de mi excelente cliente y amigo, el difunto Sir John Verinder.

Sir John participaba —quizá en una medida un tanto excesiva— de las más inocentes y amables flaquezas inherentes al género humano. Entre ellas puedo mencionar, por su aplicabilidad al asunto entre manos, su invencible resistencia —que persistió en él mientras gozó de su habitual buena salud— a afrontar la responsabilidad de hacer su testamento. Lady Verinder puso en juego su influencia para despertar en él el sentido del deber en tal materia; yo también puse en juego la mía. Él admitió la justicia de nuestros puntos de vista… pero no fue más allá de eso, hasta que llegó el instante en que cayó enfermo de la dolencia que lo llevó a la tumba. Entonces fui mandado llamar, por fin, para recibir las instrucciones de mi cliente, relativas a su testamento. Resultaron ser éstas para mí las más simples instrucciones que recibí a lo largo de toda mi actuación profesional.

Sir John se hallaba dormitando cuando entré en la habitación. Se despertó al verme aparecer.

—¿Cómo está usted, Mr. Bruff? —me dijo—. Seré muy breve respecto de este asunto. Y luego me dormiré otra vez.

Con gran interés siguió mis movimientos mientras reunía yo las plumas, la tinta y el papel.

—¿Está ya listo? —me preguntó.

Yo incliné mi cabeza, sumergí y saqué la pluma de la tinta y aguardé sus instrucciones.

—Todos mis bienes a mi esposa —dijo Sir John—. Eso es todo.

Volvió la cara en la almohada y se dispuso a dormirse nuevamente.

Yo me vi obligado a molestarlo.

—¿Debo dar por sentado —pregunté— que lega usted la suma total de las propiedades, de toda suerte y naturaleza, poseídas por usted en el instante de su muerte, a Lady Verinder únicamente?

—Sí —dijo Sir John—. Sólo que yo lo digo más brevemente. ¿Por qué no lo establece usted con tan pocas palabras como yo y me deja dormir de nuevo? Lego todo lo que tengo a mi esposa. Esa es mi voluntad.

Sus propiedades se hallaban a su entera disposición y eran de dos clases.

Propiedad en tierra (intencionadamente me abstengo de utilizar un lenguaje técnico) y propiedad en efectivo. En la mayoría de los casos, mucho me temo, hubiera yo sentido que mi deber me obligaba a pedirle a mi cliente que reconsiderara su actitud. En el caso de Sir John, sabía yo que Lady Verinder era no solamente digna de la ilimitada confianza que depositaba en ella su esposo (toda buena esposa es digna de ella)…, sino también capaz de administrar adecuadamente un legado (cosa que, según mi experiencia personal del bello sexo, muy pocas mujeres son lo suficientemente competentes para hacer). En diez minutos se hallaba redactado y legalizado el testamento de Sir John, y Sir John, ese buen hombre, concluía su siesta interrumpida.

Lady Verinder justificó ampliamente la confianza que su esposo depositara en ella. En los primeros días de su viudez envió por mí y me dictó su testamento. Su manera de encarar la situación fue tan profundamente integral y razonable que me vi relevado de la necesidad de aconsejarla. Mi responsabilidad comenzó y terminó con la tarea de darle forma legal a sus instrucciones. No hacía un quincena que se hallaba Sir John en la tumba, cuando ya el futuro de su hija se hallaba salvaguardado de la manera más sabia y cariñosa.

El testamento permaneció en la caja, a prueba de fuego, de mi bufete, durante más años de los que me agradaría contar. Y no fue sino hasta el verano del año 1848 cuando tuve ocasión de posar mi vista en él, en medio de las más tristes circunstancias.

En la fecha mencionada los doctores pronunciaron su sentencia respecto a Lady Verinder, la cual fue, literalmente, una sentencia de muerte. Yo fui la primera persona a quien ella hizo conocer la verdad y la vi ansiosa por revisar el testamento conmigo.

Era imposible mejorar las estipulaciones relacionadas con su hija. Pero, con el correr de los años, sus deseos en lo que atañía a ciertos legados menores destinados a diferentes parientes suyos, experimentaron cierto cambio, y se hizo necesario añadirle tres o cuatro codicilos al documento original. Hecho esto, todo a un mismo tiempo, por temor a algún accidente, obtuve de Su Señoría permiso para englobar sus recientes instrucciones en un segundo testamento. Mi propósito era evitar ciertas inevitables confusiones y repeticiones que desfiguraban entonces el testamento original y las cuales, a decir verdad, molestaron grandemente mi sentido profesional del ajuste de todas las partes.

La legalización del segundo testamento ha sido ya descrita por Miss Clack, quien fue tan gentil como para actuar de testigo. En lo que atañe a los bienes pecuniarios de Raquel Verinder el documento en cuestión era, palabra por palabra, un verdadero duplicado del primer testamento. Los únicos cambios introducidos en él se referían al nombramiento de un tutor y a ciertas estipulaciones relacionadas con lo mismo, hechas por insinuación mía. A la muerte de Lady Verinder el testamento fue colocado en las manos de mi procurador, para ser «abierto y hecho público», según la frase ritual, de acuerdo con lo establecido.

Alrededor de tres semanas más tarde —hasta donde me permite recordar mi memoria— percibí la primera señal de algo anormal que se producía por debajo de la superficie. Ocurrió que al visitar a mi amigo el procurador en su despacho, advertí que éste me recibió con un aspecto que trascendía un interés desacostumbrado.

—Tengo varias nuevas para usted —me dijo—. ¿Qué cree usted que oí decir esta mañana en el Colegio de Abogados? ¡Pues que el testamento de Lady Verinder ha sido reclamado y revisado ya!

¡Una gran novedad, en verdad! Nada había en el testamento que hubiera podido dar lugar a ninguna disputa; como tampoco había, que yo supiera, persona alguna que tuviera el menor interés en hacerlo examinar. (Creo que no estará de más que explique aquí, en beneficio de las pocas personas que desconocen aún estas cosas, que la ley permite que cualquier testamento sea examinado en el Colegio de Abogados por cualquier persona que lo solicite, previo el pago de un chelín).

—¿Te han dicho quién ha sido el que pidió el testamento?

—Sí, el empleado no vaciló en decírmelo a mí. Mr. Smalley de la firma Skipp y Smalley, fue quien lo pidió. De manera, pues, que no hubo otra alternativa que la de apartarse de las normas habituales y dejarle ver el documento original. Luego de observarlo atentamente hizo una anotación en su libreta de apuntes. ¿Puedes hacerte una idea de lo que buscaba allí?

Yo sacudí la cabeza.

—Lo sabré —respondí— antes de que sea un día más viejo.

Dicho lo cual, regresé de inmediato a mi propio despacho.

De haber sido otra firma la implicada en ese inexplicable registro del testamento de mi difunta cliente, hubiera tenido alguna dificultad para enterarme de lo que necesitaba saber. Pero yo contaba con cierta influencia en lo que respecta a Skipp y Smalley, que me sirvió en este caso para facilitar mi acción de una manera relativa. Mi actuario de derecho consuetudinario (un hombre excelente y muy capaz) era hermano de la esposa de Mr. Smalley y, a raíz de esta especie de indirecta conexión conmigo, Skipp y Smalley habían venido recogiendo desde hacía varios años las migajas que caían de mi mesa, bajo la forma de asuntos traídos hasta mi bufete, de los cuales, por diversas razones, no me interesaba hacerme cargo. Mi amparo jurídico era, en tal sentido, de alguna utilidad para la firma. Me proponía, si fuera necesario, recordarles tal ayuda en la presente ocasión.

En cuanto llegué a mi despacho hablé con mi escribano y, luego de ponerlo al tanto de lo ocurrido, lo envié al despacho de su cuñado para «hacerle llegar los saludos de Mr. Bruff, a quien le agradaría conocer por qué razón consideraron necesario los señores Skipp y Smalley examinar el testamento de Lady Verinder».

Este mensaje tuvo la virtud de traer a Mr. Smalley, acompañado de su hermano, a mi despacho. Admitió que había obrado de acuerdo con las instrucciones que recibiera de un cliente. Y por último me preguntó si no violaría el secreto profesional, por su parte, si decía algo más.

Sostuvimos una sutil controversia en torno al asunto. La verdad es que yo estaba irritado y sospechaba, e insistí en saber más. Lo peor fue que me rehusé a considerar cualquier información adicional que se me ofreciera como un secreto que debía guardar: exigí completa libertad para hacer uso de mi propia discreción según me pareciera más conveniente. Y peor aún que eso, aproveché de manera injustificable la ventaja que me deparaba mi situación.

—Elija usted, señor —le dije a Mr. Smalley—, entre estos dos riesgos: el de perder el asunto de su cliente o el de perder los míos.

Algo enteramente indefendible, lo admito…, una muestra de tiranía de mi parte; y no otra cosa. E igual que todos los tiranos, me salí con la mía. Mr. Smalley escogió la primera alternativa, sin vacilar un solo instante. Sonrió con resignación y me cedió el nombre de su cliente: Mr. Godfrey Ablewhite.

Esto me basó… No necesitaba saber más.

A esta altura de mi relato se hace necesario que coloque al lector de estas líneas en lo que concierne al asunto del testamento de Lady Verinder, en un perfecto pie de igualdad conmigo respecto a la información.

Permítaseme entonces declarar que Raquel Verinder no había de contar más que con la renta vitalicia de las propiedades. El excelente sentido común de su madre y mi dilatada experiencia se combinaron para relevarla de toda responsabilidad y librarla del peligro de ser víctima en el futuro de algún hombre necesitado e inescrupuloso. Ni ella ni su esposo, si se casaba, podrían obtener siquiera seis peniques en calidad de préstamos, sobre la base de sus bienes en tierras o en dinero. Podrían contar con sus casas de Londres y de Yorkshire para vivir en ellas y disfrutar de su hermosa renta: eso era todo.

Cuando me puse a pensar en lo que acababa de descubrir, me sentí poseído por una dolorosa perplejidad respecto a lo que debía hacer de inmediato.

Apenas hacía una semana que había oído hablar (ante mi sorpresa y pesar) del compromiso matrimonial de Miss Verinder. Yo sentía la más sincera admiración y un grande afecto por ella y experimenté una indecible angustia al enterarme de que había decidido arrojarse en brazos de Mr. Godfrey Ablewhite. Y he aquí que ahora ese hombre —a quien yo siempre consideré un meloso impostor— justificaba mis peores pensamientos respecto de su persona y revelaba de manera palmaria el mercenario propósito que lo impulsaba a casarse. ¿Y qué hay con eso? —podrá usted responderme—; la cosa ocurre todos los días. Tiene usted razón, mi querido señor. Pero ¿consideraría usted el asunto tan a la ligera si la cosa, digamos, le sucediera a su propia hermana?

Lo primero que se me ocurrió pensar, naturalmente, ahora, fue esto: ¿seguirá Mr. Godfrey Ablewhite siendo de la misma opinión respecto a su compromiso luego de enterarse de lo que acababa de descubrir su abogado?

Todo dependía de su situación económica, la cual me era enteramente desconocida. Si no era ella desesperada, valdría la pena todavía para él casarse con Miss Verinder por sus rentas únicamente. Si, por el contrario, se hallaba en la urgente necesidad de obtener una gran suma en una fecha dada, el testamento de Lady Verinder habría de ajustarse exactamente al caso y serviría para preservar a su hija del peligro de caer en las garras de un pillo.

De ocurrir esto último, no era entonces necesario que angustiara yo a Miss Raquel, en los primeros días de su duelo por su madre, con la revelación inmediata de la verdad. De acaecer lo primero, si guardaba yo silencio, habría de hacerme cómplice entonces de la realización de un matrimonio que la haría desdichada por toda la vida.

Mis dudas terminaron en el instante en que concurrí al hotel en que se hospedaban en Londres Mrs. Ablewhite y Miss Verinder. Allí me informaron que partirían para Brighton al día siguiente y que un compromiso inesperado impediría a Mr. Godfrey Ablewhite acompañarlas. Yo le propuse inmediatamente ocupar su lugar. Mientras pensé, nada más, en Raquel Verinder, fue posible que dudara. Pero cuando la vi en persona resolví al instante, y pasara lo que pasase, anunciarle la verdad.

Se me presentó dicha oportunidad cuando salí a dar un paseo con ella el día posterior al de mi arribo.

—¿Me permitirá usted que le hable —le dije— respecto a su compromiso matrimonial?

—Sí —me respondió con indiferencia—, si es que no tiene usted otra cosa más interesante de que hablarme.

—¿Le perdonará usted a un viejo amigo y servidor de la familia, Miss Raquel, la osadía de preguntarle si se halla en juego su corazón en el asunto del matrimonio?

—Me caso por desesperación, Mr. Bruff…, y con la esperanza de llegar a sumergirme en una especie de estática felicidad que me reconcilie con la vida.

¡Lenguaje fuerte, sin duda, y que sugería la presencia, debajo de la superficie, de algo que tenía la apariencia de una cuestión sentimental! Pero yo tenía mi propio asunto que resolver aún y decliné (como decimos nosotros los abogados) derivar la cuestión hacia los incidentes menores.

—Difícilmente opinará en la misma forma Mr. Godfrey Ablewhite —le dije—. Debe de haber puesto su corazón en la idea del matrimonio, ¿no es así?

—Así dice él y supongo que debo creerlo. Difícilmente se casaría conmigo, luego de lo que le he confesado, de no hallarse enamorado de mí.

¡Pobrecita! La sola idea de un hombre que se casara con ella, con la vista fija en sus propios fines, mercenarios y egoístas, no había logrado albergue en su cabeza. La faena que me había impuesto a mí mismo, comenzaba a trocarse en una tarea más ardua que la que yo me había comprometido a realizar.

—Muy extraño les resulta —le dije— a mis anticuados oídos…

—¿Qué es lo que les resulta extraño? —me preguntó.

—Oírla hablar a usted de su futuro esposo, como si no estuviera completamente segura de la sinceridad de sus propósitos. ¿Tiene usted algún motivo para dudar de él?

Su asombrosa agilidad perceptiva le permitió descubrir un cambio en el tono de mi voz o mis maneras, cuando le hice esa pregunta, y la puso sobre aviso respecto al hecho de que yo le había estado hablando hasta entonces con miras a una meta ulterior. Se detuvo; apartando su brazo del mío, empezó a escrutar mi semblante.

—Mr. Bruff —me dijo—, usted tiene algo que decirme respecto a Mr. Godfrey Ablewhite. Dígame de qué se trata.

Yo la conocía lo suficiente como para confiar en ella. Y se lo dije.

Volvió a enlazar su brazo con el mío y prosiguió andando lentamente a mi lado. Yo sentí que su mano acentuaba mecánicamente su presión sobre mi brazo y la vi ponerse más pálida a medida que avanzábamos…, pero ni una sola palabra brotó de sus labios mientras le dirigí la palabra. Cuando hube terminado, persistió en su silencio. Su cabeza se inclinó un tanto y siguió caminando a mi lado insensible a mi presencia y a cuanto la rodeaba; perdida —sumergida, podría casi decir— en sus propios pensamientos.

No intenté molestarla. Mi experiencia con respecto a su carácter me previno como en anteriores ocasiones que debía darle tiempo.

El primer impulso que acomete en general a las muchachas, cuando acaban de escuchar algo que provoca su interés, es el de hacer un tropel de preguntas y el de echar a correr luego para conversar del asunto con la amiga predilecta. El primer impulso de Raquel Verinder en similares circunstancias era el de encerrarse en sí misma y el de meditar a solas lo ocurrido. Esta extremada independencia constituye una gran virtud cuando pertenece a un hombre. En una mujer implica una seria desventaja porque la distancia moralmente del conjunto de las personas de su sexo, exponiéndola por lo tanto a las malas interpretaciones de parte de la opinión general. En cuanto a mí, tengo la firme sospecha de que opino en este asunto como el resto de mis semejantes…, excepto cuando se trata de Raquel Verinder. La independencia de carácter constituía en ella una virtud, en mi opinión; en parte sin duda, porque me agradaba y sentía por ella sincera admiración, y en parte porque el punto de vista adoptado por mí en lo que concernía a su vinculación con el asunto de la desaparición de la Piedra Lunar se basaba en un especial conocimiento de su carácter. Por desfavorable que fuese el cariz presentado por las cosas en la cuestión del diamante espantable —como era sin duda la circunstancia de saber que se hallaba en alguna forma vinculada con el misterio de un robo aún por descifrar—, me hallaba yo convencido, no obstante, de que nada había hecho Raquel indigno de ella, ya que estaba también, por otra parte, convencido de que no habría dado un paso en tal asunto sin haberse antes concentrado en sí misma y meditado sobre ello primero.

Habíamos andado cerca de una milla, creo, cuando despertó por fin Raquel de su ensimismamiento. Elevó su vista hacia mí, súbitamente, y exhibió lo que no fue más que un débil reflejo de su sonrisa de tiempos más felices…, la más fascinadora sonrisa que haya visto surgir jamás en el rostro de una mujer.

—Mucho es lo que le debía a usted por su bondad antes de ahora —me dijo—. Y me siento en deuda con ella en este momento como nunca lo estuve anteriormente. Si oye usted, cuando regrese a Londres, algún rumor que se refiera a mi matrimonio, refútelo de inmediato, en mi nombre.

—¿Ha resuelto usted romper su compromiso? —le pregunté.

—¿Puede usted ponerlo en duda —me replicó altivamente— luego de lo que acaba de decirme?

—Mi querida Raquel, es usted muy joven… y puede hallar más obstáculos que los que ahora imagina, cuando intente deshacer ese compromiso. ¿No tiene usted a nadie —me refiero a una señora, naturalmente— a quien consultar?

—A nadie —me respondió.

Me apenó, me entristeció de veras el oírla decir tales palabras. ¡Era tan joven, se hallaba tan sola, y sobrellevaba tan bien su situación! Mi impulso de ir en su ayuda se impuso a cualquier otro sentimiento que hubiera podido yo albergar respecto de la inutilidad de mi persona en ese trance y le di a conocer cuantas ideas sobre la materia se me ocurrieron, bajo el acicate de las circunstancias, desplegando al máximo mi capacidad. Yo he aconsejado a un prodigioso número de clientes y he tenido que habérmelas, en mis tiempos, con algunas dificultades de lo más espinosas. Pero ésta era la primera ocasión en que me veía a mí mismo aconsejándole a una joven cómo debía hacer para lograr la anulación de su compromiso matrimonial. Mi sugerencia se concretaba, en pocas palabras, a lo siguiente: le insinué que le dijera a Mr. Godfrey Ablewhite —durante el curso de una entrevista, privada, indudablemente— que éste había dejado traslucir, según sabía ella de muy buena fuente, la mercenaria naturaleza de sus propósito. Sólo tenía por su parte que añadir que el matrimonio, luego de lo que acababa ella de descubrir, resultaba completamente imposible…, y debía preguntarle también si consideraba más prudente asegurarse el silencio de ella accediendo a sus deseos o prefería obligarla, con su oposición, a hacer públicos los motivos que la impulsaron a obrar de esa manera. Si intentaba él defenderse a sí mismo o negar los hechos, ella debía, en tal caso, decirle que se entendiera conmigo.

Miss Verinder escuchó atentamente, hasta que di término a mi exposición. Me dio luego las gracias muy efusivamente por el consejo, pero me hizo saber al mismo tiempo que le sería imposible.

—¿Puedo preguntarle —le dije— cuál es el escollo que le impide seguirlo?

Ella vaciló…, y me contestó, al fin con una pregunta.

—Imagínese usted que le pidiera su opinión respecto al proceder de Mr. Godfrey Ablewhite —comenzó a decir.

—¿Sí?

—¿Qué diría usted?

—Diría que ha procedido como un hombre ruin y solapado.

—¡Mr. Bruff! He creído en ese hombre. Le he prometido casarme con él. ¿Cómo podré decirle que es un ruin, que me ha engañado y abochornarlo delante del mundo, luego de esto? Me he degradado ante mí misma al pensar alguna vez que podría ser mi marido. Si yo dijera lo que usted me ha sugerido que le diga, no haría más que confesar que me estaba degradando ante los ojos de él. ¡No puedo hacer eso…, luego de lo que ha ocurrido entre nosotros…, no puedo hacer eso! La vergüenza no significaría nada para él. Pero el bochorno sería insoportable para mí.

He aquí otra de las notables peculiaridades de su carácter, revelándose sin la menor reserva. ¡He aquí un sensible horror por el mero contacto con una cosa ruin, encegueciéndola frente a cualquier consideración que se debiera a sí misma, precipitándola en una falsa situación que podría comprometerla a los ojos de todos sus amigos! Hasta ese instante me había yo mostrado un tanto inseguro respecto del valor del consejo que acababa de darle. Pero, luego de lo que ella me dijo no me cupo ya la menor duda de que era ése el mejor consejo que podía haberle dado y no vacilé un instante para instarla, nuevamente, a seguirlo.

Ella no hizo más que sacudir la cabeza y me repitió su objeción con otras palabras.

—Él ha gozado de la suficiente intimidad conmigo como para poder pedirme que fuera su esposa. Y se hallaba tan alto en mi estimación como para lograr obtener mi consentimiento. ¡No puedo decirle ahora en la cara que es la más despreciable criatura viviente!

—Pero, mi querida Miss Raquel —la amonesté—, igualmente imposible le será anunciarle que retira usted la palabra que le diera, sin darle ninguna razón que lo explique.

—Le diré que he meditado sobre ello y que me he convencido de que será mejor para ambos separarnos.

—¿Nada más que eso?

—Nada más.

—¿Ha previsto usted lo que puede él responderle, por su parte?

—Que diga lo que le parezca.

Era imposible no admitir su delicadeza y resolución, pero era también imposible no percibir que se estaba colocando en un plano equivocado. La insté a que tuviera en cuenta su propia situación. Le recordé que se expondría a la más odiosa tergiversación de sus motivos verdaderos, de parte de los demás.

—No puede usted desafiar a la opinión pública —le dije— bajo el imperio de sus sentimientos privados.

—Podré —me respondió—. Ya lo he hecho anteriormente.

—¿Qué quiere usted decir?

—Ha olvidado usted la Piedra Lunar, Mr. Bruff. ¿No he desafiado acaso a la opinión pública, en ese asunto, bajo el dictado de mis propios sentimientos?

Su respuesta me hizo callar por un instante. Me impulsó a tratar de explicarme la conducta seguida por ella en la época de la desaparición de la Piedra Lunar, a través de la pista que entraña esa extraña confesión que se escapó de sus labios. Quizá lo hubiera logrado de ser más joven. Ciertamente no lo conseguí entonces.

Probé una última advertencia, antes de que volviéramos a la casa. Ella se mostró tan inflexible como nunca. Cuando la dejé ese día, en mi mente chocaban los más extraños pensamientos respecto de su persona. Era obstinada e injusta. Interesante y admirable y digna de la mayor compasión. Le hice prometer que me habría de escribir en cuanto tuviera alguna nueva que comunicarme. Y regresé a mis asuntos de Londres en un estado de ánimo excesivamente intranquilo.

La noche de mi retorno y antes de que me hubiera sido posible recibir la carta prometida, fui sorprendido por la visita de Mr. Ablewhite, padre, quien me informó que Mr. Godfrey había sido rechazado —y aceptada, por su parte, la decisión— ese mismo día.

Al tanto como me hallaba de las cosas, el simple hecho anunciado por las palabras que he subrayado me reveló cuál había sido la razón que tuvo Mr. Godfrey Ablewhite para someterse, tan claramente, como si hubiera sido admitida de viva voz por él mismo. Necesitaba dinero, y ello, para determinada fecha. La renta de Raquel, que le hubiera sido de utilidad para toda otra cosa, no podría ayudarlo en la actual emergencia; y Raquel había podido por lo tanto liberarse del compromiso, sin hallar ninguna seria oposición de su parte. Si se me dice que esto no es más que una mera especulación mía, preguntaré a mi vez: ¿qué otra teoría podrá explicar esa renuncia a un matrimonio que habría de mantenerlo en un plano de esplendidez material por el resto de sus días?

Toda la alegría que de otra manera hubiera yo sentido ante el feliz curso que seguían los acontecimientos se vio contenida en una forma positiva por lo que ocurrió en la entrevista que sostuve con el viejo Mr. Ablewhite.

Vino, naturalmente, para preguntarme si le podía dar alguna explicación respecto de la extraña conducta seguida por Miss Verinder. De más está que diga que no me fue posible darle los informes solicitados. La molestia que ello le ocasionó, unida a la irritación que le había producido una reciente entrevista con su hijo, impulsó a Mr. Ablewhite a hacer a un lado toda cautela. Tanto sus miradas como su lenguaje me convencieron de que Miss Verinder tendría que habérselas con un hombre despiadado cuando se reuniera aquél con las señoras al día siguiente, en Brighton.

Pasé una noche intranquila, meditando acerca de lo que me correspondía hacer de inmediato. A qué conclusiones me llevaron muchas de esas reflexiones y de qué manera plena se hallaba justificada mi desconfianza respecto del viejo Mr. Ablewhite, son cosas que, según se me ha dicho, han sido ya explicadas pulcramente y a su debido tiempo por esa ejemplar persona que es Miss Clack. Sólo habrá de añadir —completando lo que ella ha contado en su narración— que Miss Verinder halló en mi casa de Hampstead la quietud y el reposo que tanto necesitaba la pobrecita. Nos honró con una prolongada estancia. Mi esposa y mis hijas se hallaban encantadas con ella, y cuando los albaceas decidieron designar un nuevo tutor, tengo el sincero orgullo y el placer de hacer notar que tanto mi huésped como mi familia se separaron sintiéndose cada cual una vieja amiga de la otra.

CAPÍTULO II

La próxima acción que me corresponde efectuar es la de presentar toda la información suplementaria que poseo respecto al asunto de la Piedra Lunar o, para hablar con más propiedad, respecto al asunto del complot hindú destinado a hacer desaparecer el diamante. Lo poco que me hallo en condiciones de referir reviste, no obstante, como creo haberlo ya dicho, cierta importancia, debido a su vinculación con sucesos aún por venir.

Alrededor de una semana o diez días después de que Miss Verinder abandonara nuestra casa, uno de mis escribientes entró en mi despacho privado, en mi oficina, con una tarjeta en la mano y me anunció que un caballero que se hallaba abajo deseaba hablar conmigo.

Yo miré la tarjeta. Aparecía en ella un nombre extranjero que se ha borrado de mi memoria. A éste seguía una línea escrita en inglés, hacia el pie de la tarjeta, que decía, lo recuerdo perfectamente:

«Recomendado por Mr. Septimus Luker.»

La audacia demostrada por una persona que hallándose en la situación de Mr. Luker atrevíase a recomendarme a mi a quienquiera que fuese, me tomó tan completamente de sorpresa, que, por un instante, permanecí sentado en silencio y preguntándome si es que había sido engañado por mis propios ojos. El empleado, al observar mi azoramiento, tuvo la gentileza de hacerme conocer el resultado de su observación personal respecto del extranjero que aguardaba abajo.

—Es un hombre de apariencia un tanto notable señor. De piel tan oscura, que todos dimos por sentado en el despacho que se trataba de un hindú o de algo por el estilo.

Asociando la opinión de mi escribiente con la línea extraordinariamente ofensiva impresa en la tarjeta que tenía en la mano, sospeché inmediatamente que la Piedra Lunar jugaba un papel muy importante en la recomendación de Mr. Luker, como así también el forastero que se hallaba en mi bufete. Ante el asombro de mi empleado, decidí conceder la entrevista que me era solicitada por el caballero que esperaba abajo.

En descargo de este sacrificio extremadamente antiprofesional hecho en favor de mi simple curiosidad, permítaseme recordarle a cualquier posible lector de estas páginas que ningún ser viviente, en Inglaterra, por lo menos, puede afirmar que se ha hallado más íntimamente vinculado con la novela del diamante hindú que lo que yo lo he estado. Fue a mí a quien confiaron el secreto del plan trazado por el Coronel Herncastle para evitar el ser asesinado. Yo fui quien recibió las cartas periódicas en las que el Coronel dejaba constancia de que seguía existiendo. Yo redacté el testamento donde aquél dispuso legarle la Piedra Lunar a Miss Verinder. Yo fui quien persuadió a su albacea de que debía actuar, frente a la posibilidad de que la gema significara una valiosa adquisición para la familia. Y yo, por último, fui quien combatió los escrúpulos de Mr. Franklin Blake y quien lo indujo a convertirse en el vehículo que habría de transportar el diamante a la casa de Lady Verinder. Si alguien hay que pueda reclamar para sí el derecho, sancionado por los hechos, de sentir algún interés por la Piedra Lunar y por cuanta cosa se halle vinculada con ella, creo que difícilmente podrá negárseme que ese hombre soy yo.

En cuanto el misterioso cliente fue introducido en mi cuarto tuve la íntima certidumbre de que me hallaba en presencia de uno de los hindúes…, probablemente el jefe. Vestía pulcramente, a la manera europea. Pero su atezada piel, su flexible contextura y la garbosa y grave cortesía de sus maneras bastaban para delatar su origen oriental a cualquier ojo inteligente que se posara en su figura.

Le indiqué una silla y le rogué me diera a conocer la naturaleza del asunto que lo había traído hasta aquí.

Luego de excusarse —mediante una excelente selección de vocablos ingleses— por la libertad que se había tomado de molestarme, me mostró el hindú un pequeño paquete cuya cubierta exterior era una tela de oro. Después de quitar ésta y una segunda envoltura de cierta especie de seda, colocó sobre la mesa un pequeño estuche, o arquilla, de ébano, rica y bellamente incrustado de gemas.

—He venido, señor —me dijo—, para solicitarle un préstamo en dinero. Y le dejo esto como una prueba de que la deuda habrá de serle pagada.

Yo señalé la tarjeta.

—¿Y acude usted a mí —le repliqué— por recomendación de Mr. Luker?

El hindú asintió con la cabeza.

—¿Puedo preguntarle por qué el mismo Mr. Luker no le ha anticipado el dinero que necesita?

—Mr. Luker me comunicó, señor, que no tenía dinero para prestarme.

—¿Y por eso le recomendó que viniera a verme?

El hindú señaló, a su vez, la tarjeta.

—Allí está escrito —me dijo.

¡Breve la respuesta y enteramente ajustada a las circunstancias! De haberse hallado la Piedra Lunar en mi poder, este caballero hindú me hubiera asesinado, bien lo sé, sin la menor vacilación. Al mismo tiempo, y exceptuando este pequeño inconveniente, me siento en la obligación de certificar que era el modelo del cliente perfecto. No hubiera, tal vez, respetado mi vida. Pero hizo, por otra parte, algo que ninguno de mis compatriotas ha hecho jamás en los años que tengo de experiencia: respetó mi tiempo.

—Lamento —le dije— que se haya usted molestado para venir a verme. Mr. Luker se ha equivocado completamente al enviarlo aquí. Como a otros hombres de mi profesión, se me ha confiado dinero para prestar. Pero jamás le hago préstamos a ningún extranjero, ni acepto prendas de la índole de la que usted me ha mostrado.

Lejos de procurar, como sin duda hubieran intentado hacerlo otras personas, inducirme a abandonar mis propias normas, el hindú sólo me hizo una reverencia y envolvió nuevamente en sus dos envolturas el estuche, sin proferir una sola palabra de protesta. ¡Se levantó!… ¡Este admirable asesino se puso de pie en cuanto le di mi respuesta!

—¿Condescenderá usted con este extranjero y lo disculpará por la nueva pregunta que desea hacerle antes de partir? —me dijo.

Ahora fui yo quien inclinó la cabeza. ¡Una sola pregunta antes de partir! El promedio, según mi experiencia, había sido siempre de cincuenta.

—Suponiendo, señor, que le hubiera sido a usted posible, y estuviese encuadrado dentro de sus normas el prestarme ese dinero —dijo—, ¿en qué espacio de tiempo hubiera sido posible que yo, de acuerdo también con lo acostumbrado, le devolviera dicha suma?

—De acuerdo con las normas seguidas en este país —le respondí— tendría usted el derecho de devolverla, si quería hacerlo, un año después de la fecha en que yo le entregara el dinero.

El hindú me hizo una última reverencia, la más pronunciada de todas…, y súbita y silenciosamente abandonó la habitación.

Lo hizo sin ruido, en un instante, y en una forma tan ágilmente gatuna que me hizo estremecer un tanto, debo reconocerlo. Tan pronto como me hallé en condiciones de pensar, llegué a una conclusión precisa respecto del visitante que acababa de favorecerme con su presencia, la cual, de otra manera, se hubiera tornado indescifrable.

Su rostro y sus modales —mientras estuvo delante de mí— se habían hallado sometidos al más severo control de su parte, control que desafió todo examen. Pero, a pesar de todo, me había dado una oportunidad para atisbar lo que se escondía debajo de esa amable superficie. No había demostrado el menor interés por grabar en su mente palabra alguna de lo que yo le decía, hasta el momento en que le anunció la fecha en que le sería permitido al deudor, de acuerdo con lo acostumbrado, efectuar la primera amortización de la suma adeudada. En cuanto le di esta pequeña información, me miró directamente a la cara, por primera vez, desde que estábamos hablando. De ello deduje que tenía un especial interés en hacerme esa última pregunta y un interés, también especial, en aguardar mi respuesta. Cuanto más atentamente meditaba acerca de lo ocurrido entre ambos, más astutamente infería yo que la exhibición del estuche y la solicitación del préstamo, no habían sido más que meras formalidades destinadas a prepararle el terreno a la pregunta que me dirigió en el momento de partir.

Me había ya convencido a mí mismo de la exactitud de esta conclusión —y me hallaba empeñado en avanzar un paso más allá, para penetrar de inmediato los motivos que pudieran haber guiado al hindú—, cuando me fue entregada una carta que probó ser nada menos que del propio Mr. Septimus Luker. Con repugnante servilismo solicitaba mi perdón, asegurándome que podría explicarme las cosas a mi entera satisfacción si lo honraba con una entrevista personal.

Sacrificando nuevamente mis intereses profesionales a la mera curiosidad, lo honré con la concesión de una cita en mi despacho para el día siguiente.

Tan inferior al hindú demostró ser, en todo sentido, Mr. Luker como persona —tan vulgar era y horrible, tan rastrero y tan prosaico en sus maneras— que es indigno de que se le dedique espacio alguno en estas páginas. Resumiendo diré lo que me dijo, lo cual puede muy bien concretarse en las siguientes palabras:

La víspera del día en que yo recibí la visita del hindú, Mr. Luker había sido favorecido con la presencia de ese culto caballero. A pesar de su disfraz europeo, Mr. Luker había reconocido instantáneamente a su visitante, identificándolo con el jefe de los tres hindúes que lo estuvieron molestando anteriormente, mientras merodeaban en las proximidades de su establecimiento y no dejándole otra alternativa que la de recurrir a la justicia. Este alarmante descubrimiento lo condujo rápidamente a la conclusión, bastante justificada, lo reconozco, de que se hallaba sin duda en presencia de uno de los tres hombres que le habían vendado los ojos, amordazado y despojado del recibo de su banquero. La consecuencia de este descubrimiento fue que se quedó paralizado de terror y en la firme creencia de que su última hora había llegado.

Por su parte el hindú prosiguió actuando como si fuera un perfecto desconocido. Exhibió su pequeña arquilla y le hizo exactamente el mismo pedido que me hiciera a mí más tarde. Considerando que esa sería la forma de liberarse más rápidamente de su presencia, Mr. Luker lo informó de inmediato que no tenía dinero. El hindú le pidió entonces que lo informara respecto a cuál había de ser la persona más digna de confianza y segura para solicitarle el préstamo. Mr. Luker le respondió que en tales casos, la persona más segura y digna de confianza es, siempre, un abogado.

Instado a dar el nombre de algún individuo de tal carácter y profesión, le había dado el mío…, por la única y sencilla razón de que fue ese el primer nombre que se le ocurrió pronunciar en medio de su extremado terror. «El sudor me empapó como una lluvia», concluyó diciendo este miserable sujeto. «No sabía ni lo que decía. Y espero que usted sabrá tener en cuenta, Mr. Bruff, que me hallaba realmente y sin lugar a dudas fuera de juicio.»

Yo lo excusé a su satisfacción. Era esa la mejor manera de librarme cuanto antes de su presencia. Antes de que me abandonara lo detuve para hacerle una pregunta. ¿Había dicho el hindú, acaso, antes de retirarse, alguna cosa digna de mención?

¡Sí! Le había hecho, al partir, a Mr. Luker, la misma pregunta que me hiciera a mí, obteniendo, naturalmente, idéntica respuesta.

¿Qué significaba esto? La explicación de Mr. Luker no me fue de utilidad alguna en lo que concierne a la solución del problema. Mi propia y humilde ingenuidad, consultada en seguida, demostró ser tan incapaz como él para aclarar el misterio. Estaba invitado esa noche para asistir a una cena y me dirigí, pues, escalera arriba, en un estado de ánimo no muy favorable y sin sospechar siquiera que el camino hacia mi tocador y el que habría de llevarme al descubrimiento de la verdad constituirían en esa ocasión una misma y única cosa.

CAPÍTULO III

Ya en la cena advertí que el personaje más prominente allí, era, para todo el mundo, Mr. Murthwaite.

Al hacer su aparición en Inglaterra, varios meses atrás, el gran mundo había demostrado un gran interés por el viajero teniéndolo por un hombre que había afrontado innumerables y peligrosas aventuras, y escapado de ellas con vida para poder narrarlas. Acababa de anunciar ahora su propósito de retornar al teatro de sus hazañas y de penetrar en regiones aún inexploradas. Esta magnífica indiferencia con respecto a su destino y el hecho de que hubiera decidido poner en peligro por segunda vez su seguridad personal, tuvieron la virtud de reavivar el débil entusiasmo de los adoradores por su héroe. La ley de las probabilidades se hallaba netamente en contra de una segunda escapatoria con vida. No todos los días se nos ofrece la oportunidad de encontrarnos en una cena frente a un eminente personaje y de experimentar la sensación de que es muy razonable esperar que nos llegue la noticia de su asesinato, antes que ninguna otra, respecto de su persona, la próxima vez que oigamos hablar de él.

Cuando quedaron solos los caballeros en el comedor, descubrí que me hallaba sentado junto a Mr. Murthwaite. De más está decir que, siendo como eran todos los huéspedes ingleses, tan pronto como desapareció el saludable obstáculo que implicó la presencia de las señoras, la discusión de los temas de política se convirtió de inmediato en una necesidad de la concurrencia.

En lo que se refiere a este único gran tema nacional, ocurre que soy el más anti-inglés de los ingleses vivientes. Por regla general, las conversaciones políticas son para mí las más aburridas e inútiles de todas las conversaciones. Echándole una ojeada a Mr. Murthwaite, cuando ya las botellas habían cumplido su primera vuelta en torno de la mesa, comprobé que aquél compartía, al parecer mi opinión. Con mucho tacto —y todas las consideraciones posibles, respecto de su anfitrión—, pero no por ello con menos resolución, se disponía a echar una siesta. Se me ocurrió entonces pensar si no sería un experimento digno de ser realizado el de probar si era posible que una juiciosa alusión a la Piedra Lunar fuera capaz de despertarlo y, de confirmarse ello, el de constatar cuál era su opinión respecto de la nueva y reciente complicación originada en el asunto de la conspiración hindú, tal como ésta se me había revelado dentro de los prosaicos límites de mi despacho.

—Si no me equivoco, Mr. Murthwaite —comencé a decirle—, usted fue amigo de la difunta Lady Verinder y demostró cierto interés por esa extraña sucesión de eventos que culminaron con la pérdida de la Piedra Lunar, ¿no es así?

El eminente viajero me concedió el honor de despertarse al instante y de preguntarme quién era.

Lo puse al tanto de los vínculos profesionales que me ligaban a los Herncastle, sin dejar de mencionarle el curioso papel que había desempeñado respecto del Coronel y del diamante, en el pasado.

Mr. Murthwaite se volvió en su silla de manera de darle la espalda a la concurrencia (a conservadores y liberales por igual), con el fin de concentrar toda su atención en el humilde señor Bruff, de Gray's Inn Square.

—¿Ha oído usted hablar últimamente de los hindúes? —me preguntó.

—Tengo grandes motivos para creer —le respondí— que uno de ellos estuvo ayer en mi bufete y sostuvo allí conmigo una conversación.

Mr. Murthwaite no era un hombre a quien se pudiera asombrar fácilmente; pero esta última respuesta mía lo hizo trastabillar completamente. Le conté lo que le ocurrió a Mr. Luker y lo que me acaeció a mí con las mismas palabras con que se lo he contado a ustedes.

—Es evidente que la última pregunta del hindú encubría algún propósito —añadí—. ¿Por qué se mostró tan ansioso por conocer la extensión del plazo que se le concede a todo prestatario para efectuar la devolución del dinero recibido?

—¿Será posible que no pueda ver usted el motivo, Mr. Bruff?

—Estoy avergonzado de mi propia estupidez, Mr. Murthwaite…, pero, ciertamente, no logro verlo.

El gran viajero sintió un notable interés en sondear la inmensa vacuidad de mi estupidez hasta sus más remotos confines.

—Permítame hacerle una pregunta —me dijo—. ¿En qué grado de desarrollo se encuentra actualmente la conspiración tramada para echar mano de la Piedra Lunar?

—No me hallo en condiciones de informarlo —le respondí—. El complot de los hindúes es un misterio para mí.

—El complot hindú, Mr. Bruff, sólo puede ser un misterio para usted, porque no ha meditado sobre él seriamente. ¿Qué le parece si echamos una ojeada sobre el mismo, desde la época en que redactó usted el testamento del Coronel Herncastle hasta el momento en que recibió en su despacho la visita del hindú? Por la posición que usted ocupa sería muy importante, en interés de Miss Verinder, que se hallara en condiciones de tener una clara visión del asunto, en caso de que las circunstancias así lo exigieran. Dígame ahora, y reténgalo bien en la memoria: ¿quiere usted descubrir el móvil de los hindúes por sí mismo o desea que yo le ahorre el trabajo de hacer alguna investigación en tal sentido?

Innecesario es que diga que supe apreciar en todo su valor el práctico punto de vista que acababa de darme a conocer, y que escogí la primera de las dos alternativas.

—Muy bien —dijo Mr. Murthwaite—. Consideraremos primero la cuestión que se refiera a la edad de cada uno de los hindúes. En cuanto a mí, puedo afirmar que los tres me parecen de la misma edad…, usted decidirá por sí mismo si es que el hombre que fue a visitarlo se halla o no en la flor de la vida. ¿Menos de cuarenta, dice usted? Exactamente lo que opino yo. Diremos, pues, que tiene menos de cuarenta. Volvamos ahora a la época en que regresó a Inglaterra el Coronel Herncastle y en que usted se vio implicado en el plan proyectado para salvaguardar la vida de aquél. No le exijo que cuente los años. Sólo diré que es evidente que los hindúes actuales, por su edad, tienen que ser los sucesores de los otros tres hindúes (¡brahmanes de alta jerarquía los tres, Mr. Bruff, en el momento de abandonar su tierra natal!) que siguieron al Coronel hasta estas playas. Muy bien. Estos individuos actuales han sucedido a aquellos otros que estuvieron aquí con anterioridad. Si todo se concretara a esto, no valdría entonces la pena inquirir más allá. Pero han hecho algo más que eso. Han sucedido a la organización que aquéllos dejaron establecida en este país. ¡No se espante! De acuerdo con nuestras ideas, dicha organización no es más que un mero engaño, sin duda. Y estaría aun dispuesto a admitir que incluye en sí como fuerza propulsora al dinero; los servicios, cuando son considerados útiles, de esa especie de inglés sospechoso que vive en contacto con los más bajos círculos extranjeros de Londres, y finalmente la secreta simpatía de cuanto individuo de su propio país y (anteriormente, al menos) de su propia religión que colaboran en la tarea de ayudar en algunas de las múltiples necesidades materiales de esta gran ciudad. ¡Nada del otro mundo, como puede usted comprobar! Pero algo digno de ser mencionado, no obstante, porque nos permitirá referirnos a la pequeña y modesta organización hindú, a medida que vayamos avanzando en nuestro análisis. Limpio ya el terreno pasaré de inmediato a hacerle una pregunta, y espero que su experiencia le permitirá contestarla. ¿Cuál fue el hecho que dio a los hindúes la primera oportunidad de echar mano del diamante?

Yo percibí el sentido que encerraba esa alusión a mi experiencia.

—La primera oportunidad que se les presentó —repliqué— les fuera ofrecida sin ninguna duda por la muerte del Coronel Herncastle. Supongo que consideraban a la misma un hecho indefectible, ¿no le parece?

—Así es. Y su muerte, como dice usted, les ofreció esa primera oportunidad. Hasta ese instante la Piedra Lunar se había hallado a salvo, dentro de la caja fuerte del banco. Usted fue quien redactó el testamento del Coronel; en él constaba que le legaba la gema a su sobrina; luego fue abierto y hecho público de acuerdo con lo acostumbrado. Como abogado no le costará a usted mucho trabajo imaginar la acción emprendida por los hindúes, asesorados por algún inglés a continuación de eso.

—Deben de haberse provisto de alguna copia del testamento en el Colegio de Abogados —le dije.

—Exactamente. Alguno de esos ingleses sospechosos a los cuales ya he aludido, les habrá proporcionado la copia de que usted ha hablado. Mediante esa copia debieron enterarse de que la Piedra Lunar le era legada a la hija de Lady Verinder, y que Mr. Blake, padre, o alguna persona designada por él, habría de colocar la gema en las manos de ella. Convendrá usted conmigo en que no es difícil obtener información alguna relacionada con personajes de la categoría de Lady Verinder y Mr. Blake. La única dificultad que tenían que resolver los hindúes consistía en el hecho de si debían intentar apropiarse del diamante mientras era retirado del banco o aguardar a que fuese transportado a la casa de Lady Verinder en Yorkshire. La segunda alternativa era la más segura…, y allí tiene usted la explicación de la presencia de los hindúes en Frizinghall, disfrazados de juglares, aguardando el momento oportuno. En Londres, innecesario es que lo diga, contaban con el pleno apoyo de la organización para hallarse al tanto de los acontecimientos. Dos hombres bastarían para llevar a cabo los planes. Uno le seguiría los pasos a quienquiera que se dirigiese desde la casa de Mr. Blake al banco. Y el otro convidaría con cerveza a los criados inferiores para obtener noticias de la casa. Mediante estas simples precauciones deben de haberse enterado fácilmente de que Mr. Franklin Blake fue quien concurrió al banco y de que este mismo habría de ser la única persona de la casa que iría a visitar a Lady Verinder. Lo que ocurrió, realmente, luego de este descubrimiento, lo recordará usted, sin duda, tan bien como yo.

Yo sabía que Franklin Blake había descubierto a uno de los espías en la calle —que anticipó, por lo tanto, su llegada a Yorkshire en varias horas— y que, gracias al excelente consejo que le diera el viejo Betteredge, dejó en custodia el diamante en el banco de Frizinghall, antes de que los hindúes se hallaran siquiera en condiciones de sospechar su presencia en el vecindario. Hasta aquí todo era muy claro. Pero, ¿cómo fue entonces que los hindúes, ignorando como ignoraban tal precaución, no intentaron efectuar indagación alguna en casa de Lady Verinder (donde debían haber supuesto que se hallaba el diamante) durante todo el lapso que transcurrió hasta el día de cumpleaños de Raquel?

Al hacerle presente esta objeción a Mr. Murthwaite, me pareció atinado añadir lo que había oído yo decir en torno al muchachito, a la gota de tinta y todo lo demás, manifestándole al mismo tiempo que toda explicación basada en la teoría de la clarividencia no lograría convencer a mi mente.

—Ni a la mía tampoco —dijo Mr. Murthwaite—. La clarividencia en este caso no constituye más que un recurso destinado a satisfacer la faceta romántica que existe en el carácter hindú. Contribuirá sin duda a vivificarla y estimular a esos hombres —algo enteramente inconcebible, lo admito, para la mentalidad inglesa— y para rodear su árida y peligrosa misión en este país de cierto halo maravilloso y sobrenatural. Su muchachito es incuestionablemente sensible a la influencia de las fuerzas mesmerianas…, y bajo su influjo no ha hecho más que repetir lo que ya existía en la cabeza de la persona que lo hipnotizó. Por mi parte, he puesto a prueba la teoría de la clarividencia sin lograr jamás percibir que tales manifestaciones avanzaran más allá de ese punto. Esos hindúes no escudriñan como nosotros; consideran a su muchacho como a un vidente capaz de ver cosas que son invisibles para ellos…, y repito que ese elemento maravilloso constituye para ellos la fuente de un nuevo atractivo en la ejecución del propósito que los mantiene unidos. Sólo hago mención de ello para ofrecerle a usted una curiosa faceta del carácter humano, quizá enteramente desconocida para usted. Nada tenemos que hacer nosotros con la clarividencia, el mesmerismo o cualquiera otra cosa tan inverosímil como éstas, para la mente de un hombre práctico, en el asunto que intentamos aclarar. El objeto que persigo al referirme al complot hindú, paso a paso, es el de relacionar retrospectivamente, y de manera racional, los efectos con las causas originales. ¿He logrado acaso satisfacer, hasta aquí, sus deseos?

—¡Sin duda alguna, Mr. Murthwaite! No obstante estoy esperando con cierta ansiedad escuchar alguna explicación racional relacionada con la objeción que he tenido el honor de someter a su consideración.

Mr. Murthwaite se sonrió.

—Es ésa, de todas, la objeción más fácil de destruir —me dijo—. Permítame que comience por admitir que su punto de vista es enteramente correcto. Los hindúes ignoraban, sin duda, lo que Mr. Franklin Blake había hecho con el diamante…, ya que los vemos dar su primer paso en falso la primera noche que se encontró Mr. Franklin en la casa de su tía.

—¿Su primer paso en falso? —repetí yo.

—¡Seguramente! Cometieron el error de permitir ser sorprendidos por Mr. Betteredge mientras atisbaban esa noche en la terraza. No obstante, hay que reconocerles el mérito de haberse dado cuenta por sí mismos de que cometieron un yerro, puesto que, como usted dice, por otra parte, dejaron pasar tan largo lapso como ese que se hallaba a su disposición, sin volver a poner los pies en la casa en ningún momento durante varias semanas.

—¿Por qué, Mr. Murthwaite? Eso es lo que quiero saber. ¿Por qué?

—Porque ningún hindú, Mr. Bruff, corre jamás un riesgo innecesario. La cláusula redactada por usted en el testamento del Coronel Herncastle les aclaró (¿sí o no?) que la Piedra Lunar habría de pasar a ser de absoluta propiedad de Miss Verinder, el día de su cumpleaños. Muy bien. Dígame ahora: ¿cuál le parece a usted que era el procedimiento más seguro, de todos los que se les ofrecían a esos hombres, en la situación en que se hallaban? ¿Intentar apropiarse del diamante mientras éste se hallaba aún bajo el control de Mr. Franklin Blake, el cual había demostrado que sospechaba de ellos y que era más listo también que los hindúes, o aguardar hasta el momento en que el diamante se hallara a la disposición de una joven que se deleitaría inocentemente con su magnífica gema y que habría de lucirla cuantas veces se le presentara la oportunidad de hacerlo? Quizá quiera usted una prueba que venga a corroborar la exactitud de mi teoría. Considere usted la propia conducta de los hindúes como la prueba requerida. Aparecieron en la casa, luego de dejar transcurrir todas esas semanas, el día del cumpleaños de Miss Verinder y vieron premiada la paciente y exacta ejecución de sus planes por el espectáculo de verle lucir sobre la pechera de su vestido la Piedra Lunar. Cuando oí, más avanzada la noche, la historia del Coronel y del diamante, no me quedó la menor duda respecto del riesgo corrido por Mr. Franklin Blake (de no haber venido acompañado por otras personas a su regreso a la casa de Lady Verinder, habría sido seguramente atacado por ellos) y me convencí tan plenamente de los riesgos aún más graves que habría de correr en el futuro Miss Verinder, que les aconsejé llevar a la práctica el plan del Coronel y destruir la identidad de la piedra mediante su desintegración en varias gemas distintas. De qué manera vino la extraordinaria circunstancia de la desaparición de la gema, ocurrida esa noche, a invalidar mi consejo y a desbaratar totalmente el complot de los hindúes —y cómo toda acción posterior de éstos se vio paralizada, al ser confinados al día siguiente en la prisión por embaucadores y vagabundos—, es algo de lo que usted está tan bien enterado como yo. El primer acto de la conspiración se cierra allí. Antes de proseguir con el segundo, ¿me permitirá usted que le pregunte si he rebatido su objeción con una explicación que puede ser considerada satisfactoria por el criterio de un hombre práctico?

Era imposible negar que había enfrentado mi objeción de una manera eficaz, gracias a su hondo conocimiento del carácter hindú, ¡y gracias, también, al hecho de no haber tenido que habérselas con otros cientos y cientos de testamentos, desde los tiempos del Coronel Herncastle!

—Hasta aquí todo va bien —resumió Mr. Murthwaite—. La primera oportunidad que se les presentó a los hindúes de apropiarse del diamante fue la que perdieron desde el instante en que se los encerró en la prisión de Frizinghall. ¿Cuándo se presentó la segunda? La segunda se les presentó —y me hallo en condiciones de probarlo— mientras se hallaban encarcelados.

Extrayendo de su bolsillo su libreta de apuntes, la abrió en determinada página y prosiguió con su relato.

—Yo me hospedaba —continuó diciendo— en casa de unos amigos míos, en Frizinghall. Un día o dos antes de que los hindúes recobraran su libertad (un lunes, creo), se presentó ante mí el gobernador de la prisión con una carta. Había sido dejada allí por una tal Mrs. Macann, en cuya casa se alojaban aquéllos y en cuya puerta había sido entregada, la víspera por la mañana, por el correo ordinario. Las autoridades de la prisión advirtieron que el sello postal decía «Lambeth» y que la dirección, aunque escrita correctamente en inglés, difería de manera extraña, por su disposición, de la habitual manera de dirigir una carta. Al abrirla habían descubierto que el contenido se hallaba escrito en un idioma extranjero, que acertadamente consideraron el indostánico. El motivo que los llevó a visitarme fue naturalmente, el de que les tradujera la carta. Yo copié en mi libreta de apuntes el contenido del original y de mi traducción…, los cuales pongo a su disposición.

Y me alargó la libreta de apuntes abierta. La dirección de la carta era lo que figuraba en primer término. Estaba escrita en una sola línea y sin la menor puntuación, de esta manera: «Para los tres hindúes que viven con la señora llamada Macann en Frizinghall en Yorkshire.» A continuación seguían los caracteres indostánicos y por último la traducción inglesa, cuyo texto se hallaba constituido por las siguientes y misteriosas palabras:

«En nombre del Señor de la Noche, cuyo trono se halla sobre el Antílope y cuyos brazos ciñen los cuatro puntos del mundo.»

«Hermanos, volved vuestros rostros hacia el Sur y venid hacia mí por la calle de los ruidos múltiples que baja en dirección del río fangoso.»

«La razón es ésta: mis ojos la han visto.»

Allí terminaba la carta que no tenía fecha ni firma, Se la devolví a Mr. Murthwaite y le confesé que ese extraño espécimen de correspondencia indostánica me había dejado perplejo.

—Yo le explicaré la primera frase —me dijo— la conducta de los mismos hindúes le explicará a usted el resto. El dios de la luna está representado en la mitología indostánica por una deidad de cuatro manos, que se halla sentada sobre un antílope y uno de los títulos que se le otorgan a ese dios es el de Señor de la Noche. He aquí, pues, para comenzar, algo que se halla indirecta, aunque sospechosamente, relacionado con la Piedra Lunar. Ahora bien, veamos en seguida de qué manera procedieron los hindúes luego que la, autoridades de la prisión les permitieron recibir la carta. El mismo día en que se vieron libres se dirigieron de inmediato a la estación de ferrocarril y tomaron el primer tren que partió para Londres. Todos los que nos hallábamos en Frizinghall pensamos que era una lástima que no se los vigilara en sus actividades. Pero luego que Lady Verinder decidió despedir al policía e impidió toda encuesta que se relacionara con la desaparición del diamante, nadie se atrevió allí a entrometerse en el asunto. Los hindúes eran libres de ir a Londres si se les ocurría hacerlo y a Londres fue hacia donde se dirigieron. ¿Cuáles fueron las primeras noticias que obtuvimos después de ellos, Mr. Bruff?

—Nos enteramos de que se dedicaron allí a molestar a Mr. Luker —le respondí— y a rondar su casa de Lambeth.

—¿Leyó usted el informe referente al pedido que le hizo Mr. Luker al magistrado?

—Sí.

—En el curso de su declaración, como usted recordará, se refirió a cierto operario extranjero de su establecimiento al que acababa de despedir por sospechar que intentaría robarle y por considerarlo en connivencia con esos hindúes que lo estaban molestando. Fácil es deducir de ello, Mr. Bruff, quién fue la persona que escribió esa carta que acaba de dejarlo a usted perplejo y cuál era, por otra parte, entre los tesoros de Mr. Luker, aquél que intentaría robar el operario.

Su deducción, como me apresuré a reconocerlo, era demasiado evidente para tomarse siquiera el trabajo de hacer mención de ella. En ningún momento había yo dudado que la Piedra Lunar cayó en manos de Mr. Luker en la época a que aludió ahora Mr. Murthaite. La única pregunta que me había hecho yo siempre era la siguiente: ¿cómo se habían enterado los indúes de tal cosa? Esta pregunta (la más embarazosa de todas, en mi opinión) acababa de recibir ahora, como las demás, su respuesta. Abogado como era, comencé a pensar que podría quizá confiar en Mr. Murthaite y dejarme guiar ciegamente por él a través de sus últimos recodos de ese laberinto a lo largo del cual acababa de conducirme hasta ese momento. Le hice el cumplido de comunicarle tal cosa y tuve la satisfacción de comprobar que era acogido con la mayor cortesía.

—Deberá usted darme ahora, a su vez, una pequeña formación, antes de que continuemos con nuestro asunto —me dijo—. Alguien tuvo que haberse encargado de transportar la Piedra Lunar desde Yorkshire hasta Londres. Y alguien tuvo que recibir dinero por la gema; de lo contrario no se hubiera hallado aquélla roca en las manos de Mr. Luker. ¿Ha logrado saberse quién fue esa persona?

—No, que yo sepa.

—Existe una historia (¿sí o no?) en torno a Mr. Godfrey Ablewhite. He oído decir que es un eminente filántropo…, lo cual habla, decididamente, en su contra, para comenzar.

Cordialmente convine en ello con Mr. Murthwaite. Al mismo tiempo me sentí en el deber de informarle (sin mencionar, de más está que lo diga, el nombre de Miss Verinder) que Mr. Godfrey Ablewhite había quedado libre de toda sospecha, debido a una prueba de cuya veracidad podía yo responder que se hallaba por encima de toda discusión.

—Muy bien —respondió Mr. Murthwaite, calmosamente—; dejemos que el tiempo lo aclare por sí mismo. Mientras tanto, Mr. Bruff, debemos retornar a nuestros hindúes, en honor de usted. Su viaje a Londres culminó en una nueva derrota para ellos. La pérdida de la segunda oportunidad que se les presentó de echar mano del diamante debe serle atribuida principalmente, en mi opinión, a la astucia y previsión de Mr. Luker…, quien por algo se halla a la cabeza de cuantos cultivan esa próspera y antigua profesión que se llama la usura. Mediante el rápido despido de su empleado privó a los hindúes de la ayuda que su compinche les hubiera prestado al entrar en la casa. Y mediante el rápido traslado de la Piedra Lunar a la casa de su banquero tomó de sorpresa a los complotados antes de que los mismos tuvieran tiempo de preparar un nuevo plan destinado a robarla. Cómo fue que los hindúes sospecharon, respecto de esto último, el procedimiento seguido por él y cómo se las arreglaron para apoderarse del recibo bancario, son hechos estos últimos demasiado recientes para que nos detengamos en ellos. Bástenos decir que sabían ahora que la Piedra Lunar se hallaba, una vez más, fuera de su alcance y depositada (bajo la denominación general de «gema valiosa») en la caja fuerte de un banquero. Ahora bien, Mr. Bruff, ¿cuál será la tercera oportunidad que se presente de apoderarse del diamante, y cuándo ocurrirá tal cosa?

¡En tanto esta pregunta trasponía sus labios, descubrí, al fin, el motivo que impulsó a los hindúes a visitarme en mi despacho!

—¡Ya lo tengo! —exclamé—. Los hindúes dan como cosa segura, igual que nosotros, el hecho de que la Piedra Lunar ha sido empeñada y necesitan saber de buena fuente cuál es la fecha más temprana en que puede ser retirada la prenda…, porque esa habrá de ser también la más próxima fecha en que pueda ser retirado el diamante de la caja fuerte del banco.

—Ya le he dicho que lo descubriría usted por sí mismo, siempre que yo le brindara una buena oportunidad para hacerlo. Cuando haya transcurrido un año desde la fecha en que fue empeñada la Piedra Lunar, volverán los tres hindúes a acechar, a la espera de que se produzca la tercera oportunidad. Por boca del propio Mr. Luker se han enterado respecto del tiempo que tendrán que aguardar para ello y la respetable y autorizada palabra suya, Mr. Bruff, los ha convencido de que Mr. Luker les dijo la verdad. ¿En qué fecha le parece a usted, así, a ojo de buen cubero, que fue puesto el diamante en las manos del prestamista?

—Hacia los últimos días del pasado mes de junio —le respondí— de acuerdo con mis mejores cálculos.

—Y nos hallamos ahora en el año cuarenta y ocho. Muy bien. Si esa persona desconocida que empeñó la Piedra Lunar se halla en condiciones de rescatarla dentro de un año, la gema se encontrará nuevamente en su poder hacia las postrimerías del mes de junio del cuarenta y nueve. Yo estaré en esa fecha a cientos de millas de distancia de Inglaterra y de todo rumor que se refiera a Inglaterra. Pero quizá valga la pena que tome usted nota de ello y disponga las cosas de manera de encontrarse en Londres para esa fecha.

—¿Cree usted que ocurrirá algo grave? —le dije.

—Creo que me hallaría más a salvo —me respondió— en medio de los más feroces fanáticos del Asia Central que cruzando el umbral del banco con la Piedra Lunar en el bolsillo. Los hindúes han sido ya burlados en dos ocasiones, Mr. Bruff. Creo firmemente que no lo serán por tercera vez.

Estas fueron las últimas palabras sobre el asunto. En ese instante fue servido el café; los huéspedes se levantaron y se dispersaron por la habitación; nosotros nos reunimos con las señoras del dinnerparty, arriba.

Yo tomé nota de la fecha y creo que no estaría de más que cerrara mi relato transcribiendo aquí la misma:

«Junio de mil ochocientos cuarenta y nueve. Esperar noticias de los hindúes, hacia las postrimerías del mes.»

Hecho esto le entrego la pluma, que no tengo ya el derecho de seguir utilizando un solo instante más, al narrador siguiente.

TERCERA NARRACIÓN

A cargo de Franklin Blake.

CAPÍTULO I

En la primavera del año mil ochocientos cuarenta y nueve me hallaba yo vagabundeando por el Oriente y acababa de alterar los planes de viaje que, trazados unos meses antes, les había hecho llegar a mi abogado y a mi banquero en Londres.

Este cambio hizo necesario el envío de uno de mis criados para que le solicitara mis cartas y mis giros bancarios al cónsul inglés de cierta ciudad que había sido excluida como lugar de descanso de mi nuevo plan de viaje. Dicho criado habría de reunirse conmigo en determinado lugar y en una fecha prefijada. Un accidente del que no fue responsable lo demoró en la ejecución de su encargo. Durante una semana aguardamos mi gente y yo acampados junto a los bordes de un desierto. Al cumplirse ese lapso, apareció el ausente con el dinero y las cartas a la entrada de mi tienda.

Mucho me temo traerle aquí malas nuevas, señor —me dijo, señalando una de las cartas, bordeada de negro y cuya dirección había sido escrita por Mr. Bruff.

No hay cosa, cuando se trata de un asunto de esa clase, que me sea más insoportable que la duda. La carta enlutada fue la que abrí primero.

En ella se me comunicaba que mi padre había muerto y que heredaba yo su cuantiosa fortuna. La riqueza que de esta manera caía en mis manos, traía consigo una serie de responsabilidades; y Mr. Bruff me rogaba que regresara sin pérdida de tiempo a Inglaterra.

Al romper el día, a la mañana siguiente, emprendí viaje de retorno a mi patria.

La pintura que de mí ha hecho mi viejo amigo Betteredge, en la época de mi partida de Inglaterra es, en mi opinión, un tanto exagerada. Ha interpretado, con la seriedad inherente a su modo de ser bello y arcaico, muchas de las satíricas referencias relativas a mi educación extranjera hechas por su joven ama y se ha persuadido a sí mismo de que veía en mí, realmente, todas aquellas facetas: la francesa, la germana y la italiana de mi temperamento, facetas que mi ruidosa prima sólo pretendió descubrir en el campo humorístico y que jamás tuvieron existencia real, como no fuera en la mente de nuestro buen Betteredge. Pero, dejando de lado esta objeción, debo reconocer que no hizo más que decir la verdad cuando me representó como herido en lo hondo del corazón a raíz de la conducta de Raquel y afirmó que abandonaba yo Inglaterra bajo los efectos recientes del más amargo desengaño de mi vida.

Partí al exterior resuelto —si es que el cambio y la ausencia podían ayudarme— a olvidarla. Estoy convencido de que es una idea falsa, respecto de la naturaleza humana, esa que afirma que el cambio y la ausencia no le sirven de ayuda a un hombre que se encuentra en tales condiciones: ambas cosas lo obligan a desviar su atención y la apartan de la exclusiva contemplación de su propia desdicha. Yo nunca llegué a olvidarla; no obstante, la angustia de su recuerdo fue perdiendo poco a poco sus más vivos matices, a medida que el tiempo, la distancia y la nueva atmósfera se interponían más y más prácticamente entre su persona y la mía.

Por otra parte, no es menos cierto que al emprender mi regreso al hogar el remedio que tan firmemente fuera ganando terreno dentro de mí, comenzó desde ese mismo instante a perderlo de la misma manera tenaz. Cuanto más cerca me hallaba del país que ella habitaba y más probable se tornaba la perspectiva de volver a verla, más irresistiblemente volvía ella a ejercer su imperio sobre mí. Al dejar Inglaterra su nombre habría sido el último que le hubiera yo permitido pronunciar a mis labios. A mi regreso fue ella la primera persona por quien pregunté, tan pronto como volví a encontrarme con Mr. Bruff.

Se me puso al tanto, naturalmente, de cuanto había ocurrido durante mi ausencia; en otras palabras, de cuanto ha sido dicho aquí luego del relato de Betteredge…, con excepción de una sola circunstancia. Mr. Bruff no se consideró en este momento en libertad como para informarme respecto de los motivos secretos que indujeron a Raquel y Godfrey Ablewhite a anular de común acuerdo su promesa matrimonial. Yo evité el molestarlo con ninguna pregunta embarazosa relativa a ese tema tan delicado. Bastante alivio encontraba luego del chasco y los celos provocados en mí por la noticia de que había sido capaz de pensar alguna vez en convertirse en su esposa, al saber ahora que su propia reflexión le hizo comprender la imprudencia de tal acción, llevándola a liberarse a sí misma de su promesa matrimonial.

Luego de informarme de lo ya acontecido, mis posteriores preguntas (¡siempre apuntando en la dirección de Raquel!) se deslizaron, naturalmente, hacia el plano actual. ¿Bajo qué tutela había sido colocada, luego de abandonar la casa de Mr. Bruff y dónde vivía ahora?

Se hallaba bajo el cuidado de una hermana viuda del difunto Sir John Verinder —una tal Mrs. Merridew—, a quien los albaceas de su madre le suplicaron que se convirtiera en su tutora y la cual había aceptado dicha proposición. Según oí decir se llevaban admirablemente bien, y vivían actualmente en la casa que Mrs. Merridew poseía en Portland Place, donde pasarían una temporada.

¡Media hora después de haberme enterado de esto, me hallaba en camino de Portland Place, sin haber tenido el coraje de reconocer tal cosa delante de Mr. Bruff!

El hombre que respondió a mi llamado no se hallaba seguro de si Miss Verinder se encontraba o no en la casa. Lo envié escalera arriba con mi tarjeta, para poner fin de la manera más rápida a la incertidumbre.

El hombre bajó nuevamente, con un rostro impenetrable, y me informó que Miss Verinder se encontraba fuera de la casa. Yo hubiera creído capaz a cualquier otra persona de negarse a verme, intencionadamente. Pero imposible era que sospechase de Raquel. Dejé, pues, dicho que volvería a las seis, esa misma tarde.

A las seis se me comunicó por segunda vez que Miss Verinder no se hallaba en la casa. ¿No había dejado algún recado para mí? Ninguno. ¿Habría llegado mi tarjeta a sus manos? El doméstico solicitó mi perdón y me dijo… que Miss Verinder la había recibido.

La cosa era demasiado evidente para ser discutida. Raquel se negaba a recibirme.

Por mi parte, yo me resistí a que se me tratara de esa manera, sin haber intentado conocer, por lo menos, el motivo de su actitud. Me hice anunciar a Mrs. Merridew, quien se hallaba arriba, rogándole me favoreciera con una entrevista personal, a la hora que le pareciera más conveniente fijar.

Mrs. Merridew no halló dificultad alguna en recibirme inmediatamente. Se me hizo pasar a un pequeño y confortable gabinete donde me encontré de pronto ante una exquisita y pequeña dama de edad madura.

Esta fue tan buena como para experimentar un gran pesar y una gran sorpresa a causa de lo que a mí me ocurría. No obstante, no se hallaba en condiciones de ofrecerme explicación alguna o de ejercer ninguna presión sobre Raquel, en lo que concernía a un punto que parecía ser de índole puramente privada. Esto me fue repetido una y otra vez con una cortesía paciente e infatigable y eso fue lo que gané con haber recurrido a Mrs. Merridew.

La última oportunidad que se me ofrecía era la de escribirle a Raquel. Mi criado concurrió al día siguiente con una carta y con estrictas instrucciones de aguardar su respuesta.

Esta se produjo, pero se concretó, literalmente, a una frase única:

«Miss Verinder lamenta tener que comunicarle que declina mantener correspondencia alguna con Mr. Franklin Blake.»

Amándola como la amaba, no dejé por eso de indignarme ante el insulto que implicaba esa respuesta. Mr. Bruff entró para hablarme de negocios, antes de que hubiera logrado recobrar mi dominio sobre mí mismo. Hice a un lado la cuestión y pasé a exponerle mi situación del momento. Por su parte demostró tanta incapacidad para aclararme nada, como la que demostró anteriormente Mrs. Merridew. Le pregunté si algún infundio respecto de mi persona había llegado a los oídos de Raquel. Mr. Bruff no tenía noticias de ningún infundio que hubiese tenido por base mi persona ¿Se había ella referido a mi persona en una u otra forma, durante el tiempo que vivió bajo el mismo techo que Mr. Bruff? Jamás. ¿No había siquiera preguntado, alguna vez, durante mi larga ausencia, si me hallaba vivo o había muerto? Ninguna pregunta de esa índole se había deslizado jamás a través de sus labios.

Yo extraje de mi cartera la carta que la pobre Lady Verinder me había escrito desde Frizinghall, el día que abandoné su casa de Yorkshire. Y le llamé la atención a Mr. Bruff, en lo que respecta a estas dos frases:

«La valiosa ayuda que has aportado a la investigación del paradero de la gema desaparecida continúa siendo considerada por Raquel como una ofensa imperdonable, dadas las presentes y horrendas condiciones de su mente. Actuando como lo has hecho en este asunto, ciegamente, has aumentado el volumen de la carga de ansiedad que venía soportando, al amenazarla inocentemente con la revelación de su secreto, mediante tus esfuerzos en tal sentido.»

—¿Será posible —le pregunté— que el sentimiento aquí descrito, relativo a mi persona, siga siendo tan enconado como antes?

Mr. Bruff me miró sinceramente afligido.

—Si insiste usted en obtener una respuesta —me dijo— me veré obligado a admitir que no puede haber una mejor interpretación de lo que ella siente que ésa.

Hice sonar la campanilla y le ordené a mi criado que empacara en mi saco de viaje y que fuera luego en busca de una guía de ferrocarril. Mr. Bruff me preguntó asombrado qué es lo que pensaba hacer.

—Partiré para Yorkshire —le repliqué— en el primer tren.

—¿Me permitirá inquirir con qué objeto?

—Mr. Bruff; la ayuda que inocentemente he prestado en lo que atañe al diamante constituyó, hace cerca de un año, una imperdonable ofensa para Raquel; y continúa siendo considerada como tal todavía. ¡No estoy dispuesto a aceptar esta situación! Tengo el firme propósito de desvelar el secreto de su silencio con respecto a su madre y de su enemistad con respecto a mi persona. ¡Si sólo bastan para ello el tiempo, los sinsabores y el dinero, seguro habrá de ser que le eche el guante al ladrón que hurtó la Piedra Lunar!

El anciano y digno caballero intentó prevenirme, hacerme entrar en razón, cumplir con su deber para conmigo, en suma. Yo hice oídos sordos a cuanta palabra creyó él urgente decirme. Ningún obstáculo humano hubiera conseguido hacer vacilar esa resolución que me poseía.

—Reanudaré la encuesta —proseguí— a partir del punto en que fue abandonada; e iré avanzando paso a paso desde entonces, hasta llegar a la época actual. Se advierte la ausencia de algunos eslabones entre las pruebas presentadas hasta el momento en que yo la abandoné, eslabones que Gabriel Betteredge se halla en condiciones de suministrarme. ¡Por lo tanto, hacia él me dirijo ahora!

Hacia el crepúsculo de esa misma tarde, me hallaba yo sentado otra vez en la inolvidable terraza y dirigía una vez más la mirada hacia la apacible estructura de la vieja casa de campo. La primera persona que hallé en el parque desierto fue el jardinero. Había dejado a Betteredge hacía una hora tomando sol en su acostumbrado rincón del patio trasero. Yo conocía muy bien el lugar y le dije que iría y lo buscaría por mí mismo.

Luego de recorrer los senderos y pasadizos familiares, me asomé a la puerta abierta que daba sobre el patio.

¡Allí estaba —mi viejo y querido amigo de un tiempo feliz que no habría ya de volver—, allí, en su viejo rincón, sobre su vieja silla colmenera, con la pipa en la boca, su Robinsón Crusoe sobre el regazo, y sus dos amigos, los perros, dormitando a cada lado suyo! En la situación en que yo me hallaba, mi sombra era proyectada hacia adelante por los últimos y oblicuos rayos del sol. Los dos perros la vieron, o bien su penetrante olfato les advirtió mi presencia; levantándose inmediatamente, lanzaron un gruñido. Incorporándose precipitadamente a su vez, el anciano los acalló con una sola palabra; colocó su mano a manera de pantalla sobre sus débiles ojos, y dirigió luego una mirada inquisitiva a la figura que se hallaba junto a la puerta.

Mis propios ojos se llenaron de lágrimas. Me vi obligado a aguardar un instante antes de atreverme a dirigirle la palabra.

CAPÍTULO II

—¡Betteredge! —le dije, señalando con el dedo el inolvidable libro que se hallaba sobre sus rodillas—, ¿te ha anunciado Robinsón Crusoe esta tarde que podría ocurrir que vieras a Franklin Blake?

—¡Por Dios, Mr. Franklin! —gritó el anciano—, ¡eso es exactamente lo que me anunció Robinsón Crusoe!

Con mucho trabajo logró ponerse de pie mediante mi ayuda y permaneció luego durante un momento mirando ya hacia atrás, ya hacia adelante, dividiendo su atención entre Robinsón Crusoe y mi persona, como si se hallara en la duda respecto de quién habría sido, de los dos, el que más lo asombró. El veredicto terminó por inclinarse en favor del libro. Asiéndolo con ambas manos abierto en determinada página, se dedicó a inquirir en el maravilloso volumen con mirada fija e indeciblemente expectante…, como si aguardara ver avanzar fuera del libro al propio Robinsón Crusoe, para favorecernos con una entrevista personal.

—¡Aquí está el pasaje, Mr. Franklin! —me dijo, tan pronto como hubo recobrado el habla—. ¡Como que necesito comer para vivir, señor, he aquí el pasaje que estaba leyendo en el mismo instante en que entró usted aquí! Página ciento cincuenta y seis; dice así: «Me hallaba estupefacto, o como si acabara de percibir una aparición». Si esto no equivale a decir: «De un momento a otro habrás de ver súbitamente a Mr. Franklin Blake»…, el idioma inglés no tiene entonces sentido alguno —dijo Betteredge, cerrando el libro con estrépito y liberando por fin una de sus manos, para poder estrecharme la que yo le ofrecía.

Yo esperaba que me abrumaría con un tropel de preguntas, cosa muy natural, en vista de las circunstancia. Pero no…, la idea de la hospitalidad era la que reinaba sobre todas las demás en la mente del viejo criado, toda vez que algún miembro de la familia (¡no importa de qué manera!), aparecía de visita en la casa.

—Entremos, Mr. Franklin —me dijo, abriendo la puerta que se hallaba detrás de sí y haciéndome una exquisita reverencia a la antigua usanza—. Le preguntaré qué es lo que lo ha traído aquí después…, antes debo ayudarlo a sentirse cómodo. Cosas muy tristes han ocurrido desde que usted se fue. La casa está cerrada y los criados se han ido. ¡Pero no importa! Yo le prepararé la cena y la esposa del jardinero le hará la cama…, y si hay en la bodega alguna botella de nuestro famoso clarete Latour, garganta abajo habrá de ir por su cuerpo, Mr. Franklin, el contenido de esa botella. ¡Sea bienvenido, señor, a esta casa! ¡Bienvenido de todo corazón! —me dijo mi viejo y pobre camarada, esforzándose virilmente por ahuyentar la atmósfera melancólica de la casa y recibiéndome con la sociable y cortés solicitud de los tiempos idos.

Sentí mucho tener que desilusionarlo. Pero la casa era ahora de Raquel, y la cosa no tenía remedio, por lo tanto, ¿Podría yo comer o dormir en ella, luego de lo acontecido en Londres? El más ligero sentimiento del propio decoro me prohibía —literalmente me prohibía— cruzar siquiera el umbral.

Tomando a Betteredge del brazo lo conduje hacia el jardín. No tuve más remedio que hacerlo. Me sentí obligado a decirle la verdad. Oscilando entre su afecto hacia mi persona y el que sentía hacia Raquel, se mostró dolorosamente asombrado y angustiado por el cariz que habían tomado las cosas. Su opinión, cuando la dio a conocer, fue expresada de la manera más categórica, característica en él, y vino envuelta en la agradable fragancia de la más positiva de todas las filosofías…: la filosofía de la escuela Betteredge.

—Miss Raquel tiene sus defectos…, jamás lo he negado —comenzó a decirme—. Y uno de ellos es el de montar el caballo de la arrogancia. Ha intentado ahora gobernarlo a usted de esa manera…, y usted lo ha tolerado. ¡Dios mío, Mr. Franklin!, ¿tan poco conoce usted a las mujeres? ¿Me ha oído alguna vez hablar de la difunta Mrs. Betteredge?

Yo lo había oído hablar muchas veces de la difunta Mrs. Betteredge…, a quien invariablemente presentaba como el ejemplo máximo y categórico de la innata fragilidad y perversidad del otro sexo. En tal sentido la volvió a presentar ahora.

—Muy bien, Mr. Franklin. Ahora, escúcheme. Cada mujer tiene su manera particular de cabalgar sobre el caballo de la arrogancia. La difunta Mrs. Betteredge realizaba su ejercicio sobre ese animal favorito de las mujeres, toda vez que yo le negaba alguna cosa en la que había puesto su corazón. Tan pronto regresaba yo de mi trabajo a mi casa, en tales ocasiones, seguro era que habría de ser llamado desde lo alto de la escalera que conducía a la cocina, por mi mujer, quien me anunciaba que no tenía fuerzas para cocinar mi comida, luego de mi brutal conducta para con ella. Yo toleré tal situación durante un tiempo…, de la misma manera que usted la tolera con respecto a Miss Raquel. Por último perdí la paciencia. Bajé un día la escalera y tomando a Mrs. Betteredge en mis brazos —cariñosamente, se entiende—, la conduje de inmediato a su sala principal, donde recibía ella a las visitas. Y le dije luego: «Este es el sitio donde te corresponde estar, querida mía», y dicho esto regresé a la cocina. Me encerré allí, me quité la chaqueta y, arremangándome las mangas de la camisa, comencé a preparar mi comida. Cuando se halló lista me la serví a mí mismo de la mejor manera y disfruté de ella de todo corazón. Luego fumé mi pipa, eché un trago de grog y, levantando la mesa, procedí de inmediato a lavar la vajilla, a limpiar los cuchillos y los tenedores, a colocar cada cosa en su sitio y a barrer la cocina. Cuando todo se halló tan limpio y brillante como era posible que se hallara, abrí la puerta y dejé entrar a Mrs. Betteredge. «Ya he comido, querida», le dije; «y espero que hallarás que te he dejado la cocina en el mejor estado en que pudieras desear encontrarla». ¡Por el resto de la vida de esa mujer, Mr. Franklin, jamás tuve que volver a hacerme yo mismo la comida! Moraleja: usted la toleró a Miss Raquel en Londres; no la tolere en Yorkshire. Entre en la casa.

¡Incontestable argumento! Sólo pude asegurarle a mi buen amigo que aun su poder persuasivo era una cosa inútil, en mi caso.

—Es una tarde hermosa —le dije—. Caminaré hasta Frizinghall y me alojaré en el hotel y tú podrás venir mañana a la mañana y desayunarte conmigo. Tengo algo que comunicarte.

Betteredge sacudió con ademán grave la cabeza.

—Lo siento de todo corazón —me dijo—. Yo esperaba, Mr. Franklin, que las relaciones entre usted y Miss Raquel hubieran vuelto a deslizarse en un plano agradable y cordial. Si está dispuesto a salirse con la suya, señor —prosiguió, luego de reflexionar brevemente—, no tiene usted por qué ir a Frizinghall en busca de una cama esta noche. Puede usted conseguirla en un lugar más próximo. La granja de Hotherstone está a dos millas escasas de aquí. Difícilmente podrá usted negarse a ello a causa de Miss Raquel —añadió el anciano astutamente—. Hotherstone vive, Mr. Franklin, en propia heredad.

Yo me acordé del lugar, en cuanto Betteredge se refirió a él. La granja se hallaba en un abrigado valle interior, sobre las márgenes de la más hermosa corriente de agua que existe en esa parte de Yorkshire y el granjero disponía de una alcoba y de un locutorio, que acostumbraba alquilarse a los artistas, los pescadores o turistas en general. Ningún otro lugar más agradable podía haber deseado yo para morar durante mi estancia en el vecindario.

—¿Están desalquiladas dichas habitaciones? —inquirí.

—Mrs. Hotherstone en persona me pidió ayer, señor, que le recomendara alguna persona.

—Las tomaré con el mayor placer, Betteredge.

Regresamos al patio trasero, donde había dejado yo mi saco de viaje. Luego de haber hecho pasar un palo a través de su asa y de columpiar el saco sobre su hombro, Betteredge se sintió poseído, al parecer, por un asombro igual al que le provocó mi súbita aparición, cuando se hallaba sentado en su silla colmenera. Miró con ojos incrédulos hacia la casa, y después de girar sobre sus talones, me miró a mí con unos ojos aún más incrédulos.

—Llevo ya en este mundo un cierto y prolongado número de años —me dijo éste, el mejor y más querido de cuanto viejo criado hay en el mundo—, pero jamás pensé que podría llegar a ver una cosa semejante. He ahí la casa y he aquí a Mr. Franklin Blake…, y ¡demonios!, ¿no está él dispuesto a darle la espalda a ella, para ir a dormir en un hospedaje?

Tomando la delantera echó a andar meneando la cabeza y gruñendo de manera fatalista.

—Un solo milagro queda ahora por cumplir —me dijo por sobre el hombro—. La próxima cosa que deberá usted hacer, Mr. Franklin, será la de devolverme los siete chelines y seis peniques que me pidió prestados cuando era muchacho.

Esta salida sarcástica lo puso de mejor humor respecto de su persona y de la mía. Abandonamos la casa y transpusimos la entrada del pabellón de guarda. Una vez fuera de las tierras de la finca, los deberes que le imponía la hospitalidad (según su código moral particular) cesaron para Betteredge, y comenzaron los privilegios de la curiosidad.

Se detuvo para permitir que yo lo alcanzara.

—Hermosa tarde para pasear, Mr. Franklin —me dijo, como si acabáramos de encontrarnos accidentalmente en ese momento—. Suponiendo que hubiera ido usted a ese hotel de Frizinghall, señor…

—Sí.

—Hubiera yo tenido el honor de desayunarme mañana por la mañana con usted.

—Ven a desayunarte conmigo, entonces, a la granja de Hotherstone.

—Mucho le agradezco su bondad, Mr. Franklin. Pero no era el desayuno a lo que yo aspiraba. Creo que usted me dijo que tenía algo que decirme, ¿no es así? No es un secreto, señor —dijo Betteredge, abandonando de súbito sus maneras sinuosas para adoptar un tono directo—, que ardo en deseos por saber el motivo que lo ha traído aquí de manera tan repentina, si no le es molesto.

—¿Qué es lo que me trajo aquí anteriormente? —le pregunté.

—La Piedra Lunar, Mr. Franklin. Pero ¿qué es lo que lo ha traído ahora, señor?

—La Piedra Lunar nuevamente, Betteredge.

El anciano se quedó repentinamente callado y me miró, en el gris crepúsculo, como si desconfiara de sus propios oídos.

—Si se trata de una broma, señor —me dijo—, mucho me temo que me estoy volviendo un tanto estúpido con la edad. No capto su sentido.

—No es una broma —le respondí—. He venido para retomar el hilo de esta encuesta que fue abandonada al partir yo de Inglaterra. He venido aquí para descubrir lo que nadie ha descubierto aún…, o sea, quién fue la persona que se apoderó del diamante.

—¡Deje usted en paz al diamante, Mr. Franklin! ¡Siga usted mi consejo: olvídese del diamante! Esa maldita gema hindú se ha burlado de cuantos se le han aproximado. No malgaste usted su dinero y su tranquilidad —en la flor de la vida, señor—, entremetiéndose con la Piedra Lunar. ¿Cómo puede usted triunfar (con perdón de usted), cuando el propio Sargento Cuff no hizo más que enredarse en este asunto? ¡El Sargento Cuff, nada menos! —repitió Betteredge agitando severamente su índice frente a mi rostro—. ¡El más grande detective de Inglaterra!

—Estoy ya resuelto a ello, mi viejo amigo. Ni aun el fracaso del Sargento Cuff logrará desanimarme… Y, entre paréntesis, quizá tenga que hablar con él tarde o temprano. ¿Has oído hablar de él últimamente?

—El Sargento no habrá de ayudarlo, Mr. Franklin.

—¿Por qué no?

—Porque durante su ausencia, señor, ha ocurrido determinado suceso en las esferas policiales. El gran Cuff se ha retirado del servicio. Ha adquirido una pequeña casa de campo en Dorking y se halla enfrascado hasta los ojos en la tarea de cultivar rosas. Lo he sabido de su puño y letra, Mr. Franklin. Ha logrado cultivar la rosa musgosa, sin necesidad de injertarla en el escaramujo. Y Mr. Begbie, el jardinero, se halla a punto de dirigirse hacia Dorking para reconocer frente al Sargento que éste lo ha vencido, al fin.

—No importa —le dije—. Deberé hacerlo sin la ayuda del Sargento Cuff. Y deberé confiarme a ti en el principio.

Muy probable es que se lo haya dicho con un tono un tanto negligente. Sea como fuere, Betteredge se irritó, al parecer, por algo que advirtió en mi réplica.

—Podría usted haber confiado en alguien aún peor que yo, Mr. Franklin…, puedo asegurárselo —me dijo, un tanto mordazmente.

El tono de su réplica y cierto desasosiego que advertí en sus maneras, después que hubo hablado, provocaron en mí la creencia de que se hallaba en el secreto de algo que vacilaba en comunicarme.

—Espero que me ayudes —le dije— a recoger los fragmentos de las pruebas que el Sargento Cuff abandonó tras sí. Tú sabes que puedes hacerlo. Pero ¿no podrías hacer algo más?

—¿Qué más podría usted esperar de mí, señor? —me preguntó Betteredge con aire humilde.

—Espero más…, respecto de lo que acabas de decirme.

—Mera jactancia, Mr. Franklin —replicó obstinadamente el anciano—. Hay gentes que son fanfarronas de nacimiento y que no consiguen librarse de tal defecto hasta la hora de su muerte. Yo soy una de ellas.

Sólo un procedimiento cabía adoptar frente a él. Apelé a su sentimiento amistoso hacia la persona de Raquel y hacia la mía.

—Betteredge, ¿te agradaría oír decir que Raquel y yo fuéramos buenos amigos otra vez?

—¡De poco me habrá valido servirle a su familia, señor, si puede usted poner en duda tal cosa!

—¿Recuerdas de qué manera se condujo conmigo Raquel antes de que abandonara yo Inglaterra?

—¡Tan bien como si hubiera ocurrido ayer! Mi propia ama le escribió a usted una carta sobre este asunto, y usted fue tan bueno como para mostrármela. Decía en ella que Raquel se sentía mortalmente ofendida con usted, por el papel que desempeñara en los esfuerzos hechos para recuperar su gema. Y ni mi ama, ni usted, ni ninguna otra persona en el mundo lograron averiguar el motivo.

—¡Exacto, Betteredge! Y al regresar ahora de mis correrías me encuentro con que ella sigue mortalmente ofendida conmigo. Hace un año yo sabía que el diamante jugaba un gran papel en la cuestión y ahora sé que el diamante se halla también en el fondo del asunto. He tratado de hablar con ella y se ha negado a recibirme. He probado con una carta y no ha querido contestarme. ¿Cómo, en nombre del cielo, habré de aclarar este asunto? ¡La oportunidad de hacerlo a través de la cuestión de la pérdida de la Piedra Lunar es la única que me ha sido dejada por la propia Raquel!

Estas palabras sirvieron, evidentemente, para hacerle ver las cosas de una manera distinta. La pregunta que me hizo en seguida me convenció de que lo había impresionado.

—¿No hay ninguna mala intención, Mr. Franklin, de parte suya?… ¿No es cierto que no?

—Hubo cierta cólera en mí —le respondí— cuando abandoné Londres. Pero ella se ha disipado por completo. Necesito llegar a un entendimiento con Raquel: eso es todo.

—¿No teme usted, señor —suponiendo que efectuara algún descubrimiento—, dar con algo que pueda estar relacionado con Miss Raquel?

Yo advertí que una celosa confianza en la persona de su ama lo había impulsado a proferir esas palabras.

—Estoy tan seguro respecto de su persona como lo estás tú —le respondí—. La más amplia revelación de su secreto no habrá de mostrarnos nada que venga a desplazarla del lugar que ocupa en tu estimación o la mía.

Los postreros escrúpulos de Betteredge se desvanecieron al oírme hablar así.

—Si hago mal al ayudarlo, Mr. Franklin —exclamó—, sólo puedo decir que… ¡soy tan inocente de ello como pueda serlo un niño que no ha abierto aún sus ojos a la vida! Lo puedo poner a usted sobre la pista, con tal de que prosiga luego a solas su camino. ¿Se acuerda de aquella pobre muchacha, de Rosanna Spearman?

—Naturalmente.

—Usted siempre creyó que ella necesitaba confesarle cierta cosa vinculada con la Piedra Lunar, ¿no es así?

—Indudablemente no podía pensar de otra manera, dada su extraña conducta.

—Puede usted abandonar tal pensamiento, Mr. Franklin, tan pronto como le parezca conveniente hacerlo.

Me llegó ahora el turno a mí de hacer una pausa. Vanamente me esforcé por distinguir su rostro en la creciente oscuridad que nos rodeaba. Impulsado por mi sorpresa del momento, le pregunté, un tanto impacientado, qué era lo que quería decir.

—¡Calma, señor! —prosiguió Betteredge—. No quiero decir otra cosa que lo que estoy diciendo. Rosanna Spearman ha dejado tras sí una carta sellada…, una carta dirigida a usted.

—¿Dónde está?

—Se halla en poder de una amiga que ella tenía en Cobb's Hole. Usted debe de haber oído hablar, durante los últimos días de su estancia aquí, señor, de la coja Lucy…, una muchacha inválida que usa una muleta.

—¿La hija del pescador?

—La misma, Mr. Franklin.

—¿Por qué no se me entregó la carta?

—La coja Lucy es muy caprichosa, señor. No quiso entregársela a otras manos que no fueran las suyas. Y usted abandonó Inglaterra antes de que tuviera yo tiempo de escribirle.

—¡Volvamos, Betteredge, para que nos la entreguen de una vez!

—Demasiado tarde, señor, por esta noche. Las gentes de nuestras costas son muy ahorrativas en lo que respecta a las candelas y las de Cobb's Hole se acuestan temprano.

—¡Absurdo! Podríamos estar allí en media hora.

—Podría, sí, usted, estarlo. Y cuando llegara se hallaría con que la puerta está cerrada.

Apuntó con su mano hacia una luz que temblaba debajo de nosotros y, al tiempo que lo hacía, llegó hasta mis oídos, hendiendo la calma de la noche, el rumor de una corriente.

—¡He ahí la granja, Mr. Franklin! Acomódese en ella por esta noche y venga a verme mañana por la mañana…, si es tan bueno como para hacer tal cosa.

—¿Irás conmigo hasta la cabaña del pescador?

—Sí, señor.

—¿Temprano?

—Tan temprano como usted lo disponga, Mr. Franklin.

Y descendimos por el sendero que llevaba a la granja.

CAPÍTULO III

Sólo una vaga imagen conservo de lo acontecido en la granja de Hotherstone.

Recuerdo que se me dispensó una cordial bienvenida; me acuerdo de una cena prodigiosa que hubiera servido para alimentar a toda una aldea en Oriente; de un dormitorio deliciosamente pulcro sin otra cosa que lamentar en él que esa detestable invención de nuestros abuelos llamada colchón de plumas; de una noche agitada y pródiga en fósforos que se inflaman, de una pequeña bujía que se ilumina a cada instante, y de una honda sensación de alivio al elevarse el sol y vislumbrar la perspectiva de poder levantarme.

De acuerdo con lo convenido la noche anterior con Betteredge, debía yo ir a buscarlo, para dirigirnos a Cobb's Hole, tan temprano como lo creyera yo conveniente…, lo cual, interpretado por mi impaciencia, significaba que habría de ser tan pronto como me fuera posible. Sin aguardar el desayuno en la granja, tomé un mendrugo y emprendí la marcha, diciéndome que era posible que sorprendiera a mi excelente amigo Betteredge en la cama. Un gran alivio significó para mí el comprobar que se hallaba tan extraordinariamente excitado, respecto del hecho en cierne, como yo mismo. Lo encontré listo ya y aguardándome con su bastón en la mano.

—¿Cómo te encuentras esta mañana, Betteredge?

—Muy mal, señor.

—¡Cuánto lo lamento! ¿De qué se trata?

—Me aqueja una nueva dolencia, Mr. Franklin, que yo mismo he descubierto. No quiero alarmarlo pero puede usted estar seguro de que habrá de atraparla antes de que termine la mañana.

—¡Caramba, la estoy ya sintiendo!

—¿No siente usted, señor, un molesto ardor en la boca del estómago? ¿Y un horrible golpeteo en la coronilla? ¡Ah!, aún no, ¿eh? Ya habrá de sentir su garra cuando estemos en Cobb's Hole, Mr. Franklin. Yo la llamo la fiebre detectivesca y la sufrí por vez primera junto al Sargento Cuff.

—¡Ay!, ¡ay!, y la cura, en este caso, consistirá en abrir la carta de Rosanna Spearman, ¿no es así? ¡Vamos, echemos mano de ella!

A pesar de lo temprano de la hora, hallamos a la mujer del pescador trajinando ya en la cocina. Al serle presentado por Betteredge, la buena de Mrs. Yolland llevó a cabo una ceremonia social, estrictamente reservada, como me enteré posteriormente, para los visitantes distinguidos. Colocó una botella de ginebra holandesa y dos pipas vacías sobre la mesa y abrió la conversación con estas palabras:

—¿Qué nuevas hay en Londres, señor?

Antes de que hubiera tenido yo tiempo de hallar una respuesta capaz de abarcar la inmensa vastedad de esta pregunta, vi avanzar hacia mí un fantasma que surgió de un oscuro rincón de la cocina. Una muchacha pálida, montaraz, extravagante, con una cabellera notablemente hermosa y unos ojos fieramente sagaces, se aproximó, cojeando y sosteniéndose en una muleta, a la mesa ante la cual me hallaba yo sentado y me miró como si estuviera observando un objeto interesante y a la vez horrendo, que la fascinaba totalmente.

—Mr. Betteredge —dijo, sin quitarme los ojos de encima—, le ruego tenga a bien repetirme su nombre.

—Este caballero se llama —replicó Betteredge (recalcando con énfasis la palabra caballero)— Mr. Franklin Blake.

La muchacha me volvió la espalda y abandonó súbitamente la habitación. La buena de Mrs. Yolland, creo, me dio algunas excusas por el extraño comportamiento de su hija, y Betteredge, probablemente, las tradujo a un inglés decoroso. Escribo de esto sin mayor certeza. Mi atención se hallaba absorbida en seguir el rumor de la muleta de la muchacha. ¡Pum!, ¡pum!, mientras subía por la escalera de madera; ¡pum!, ¡pum!, a través del cuarto, sobre nuestras cabezas; ¡pum!, ¡pum!, por la escalera nuevamente… ¡y he ahí, en el vano de la puerta, al fantasma, con una carta en la mano y haciéndome señas!

Yo dejé que las nuevas excusas siguieran su curso a mis espaldas y avancé en pos de esa extraña criatura —que cojeaba más y más rápidamente delante de mí— cuesta abajo, hacia la playa. Luego de conducirme hasta detrás de unos botes, fuera de la vista y del alcance del oído de las pocas gentes que se veían en la aldea de pescadores, se detuvo y me enfrentó por vez primera.

—No se mueva —me dijo—. Necesito observarlo.

No había cómo engañarse respecto de la expresión de su cara. Yo le inspiraba las más hondas sensaciones de horror y repugnancia que sea posible inspirar. No seré tan vanidoso como para afirmar que ninguna mujer me había mirado anteriormente de esa manera. Solamente aventuraré la más modesta aserción de que ninguna me había hecho percibir tal cosa hasta ese instante. Hay un límite respecto de la longitud del examen que todo hombre es capaz de tolerar, bajo determinadas circunstancias. Yo traté de desviar la atención de la coja Lucy hacia otra cosa menos repulsiva que mi cara.

—Creo que tiene usted una carta que entregarme —comencé a decirle—. ¿Es la que tiene ahora en la mano?

—Repita esas palabras —fue la única respuesta que recibí.

Así lo hice, igual que un niño juicioso que está estudiando su lección.

—No —dijo la muchacha, hablando consigo misma, pero manteniendo sus despiadados ojos fijos en mi rostro—. No logro ver lo que ella vio en su rostro. Ni adivinar lo que escuchó en su voz.

Súbitamente dejó de mirarme y apoyó su fatigada cabeza sobre el extremo de la muleta.

—¡Oh pobrecita mía! —dijo, con la voz más tierna que le había oído hasta entonces—. ¡Oh mi perdido bien!, ¿qué es lo que vieron tus ojos en este hombre?

Y volviendo a levantar fieramente su cabeza, me miró a la cara una vez más.

—¿Puede usted comer y beber? —me preguntó.

Yo hice lo posible por conservar mi gravedad y le contesté:

—Sí.

—¿Puede usted dormir?

—Sí.

Cuando ve a alguna pobre criada, ¿no siente remordimiento alguno?

—Ciertamente que no. ¿Por qué habría de sentir tal cosa?

Bruscamente me arrojó la carta (ésa es la verdad) al rostro.

—¡Tómela usted! —exclamó, furiosa—. ¡Jamás lo había visto a usted antes de ahora! Quiera el Todopoderoso que no vuelva a posar jamás mis ojos sobre su persona.

Luego de estas palabras de despedida, echó a andar cojeando a la mayor velocidad que le era posible. La única interpretación que podía yo darle a su conducta es lo que ya todos ustedes se habrán anticipado, sin duda, a darle. Sólo podía pensar que estaba loca.

Después de haber arribado a esta inevitable conclusión, dirigí mi atención hacia esa cosa más digna de interés, la carta de Rosanna Spearman. Su dirección era la siguiente: «Para Franklin Blake, Esq. Para serle entregada en sus propias manos por Lucy Yolland (y por ella únicamente).»

Desgarré el sello. El sobre contenía una carta y ésta, a su vez, una tira de papel. Leí primero la esquela:

«Sir: Si desea comprender el sentido de mi actitud hacia usted, mientras se hospedó en la casa de Lady Verinder, mi ama, haga lo que le indico en el apunte que va adjunto a ésta…, y que no haya ninguna persona presente que pueda observarlo. Su humilde criada,

Rosanna Spearman.»

Volví mi vista entonces hacia la tira de papel. He aquí la copia literal de su texto, palabra por palabra:

«MEMORÁNDUM: — Ir a las Arenas Temblonas, cuando vuelva la marea. Caminar por el Cabo Sur hasta que alcance a verse el faro y el asta de la bandera de la caseta del guardacostas que asoma sobre Cobb's Hole, en una misma línea. Colocar debajo, sobre las rocas, un palo o cualquiera otra cosa rígida para guiar mi mano y hacerla posarse de manera exacta sobre la línea que va desde el faro hasta el asta de la bandera. Tener cuidado, al hacer esto, de que un extremo del palo se encuentre sobre el borde de las rocas, en el lugar desde donde se dominan las arenas movedizas. Ir palpando a lo largo de la estaca, entre las algas marinas (comenzando desde el extremo del palo que apunta hacia el faro), en busca de la cadena. Recorrer la cadena con mi mano, cuando la haya encontrado, hasta llegar al lugar donde ésta baja desde las rocas y se sumerge debajo, en la arena movediza. Y entonces, tirar de la cadena.»

Apenas acababa de leer estas últimas palabras —subrayadas en el original—, cuando escuché a mis espaldas la voz de Betteredge. El descubridor de la fiebre detectivesca acababa de sucumbir bajo la influencia de tan irresistible dolencia.

—No puedo aguardar más tiempo, Mr. Franklin. ¿Qué dice esa carta? ¡Por Dios, señor!, ¿qué dice esa carta?

Le entregué la carta y el memorándum. Leyó la primera, la cual, al parecer, no despertó en él un gran interés. Pero el segundo —el memorándum— le produjo una gran impresión.

—¡Esto es lo que dijo el Sargento! —exclamó Betteredge—. Siempre, desde el primero hasta el último instante, afirmó que ella poseía un memorándum relativo al escondite. ¡Aquí lo tenemos! ¡El Señor nos ampare, Mr. Franklin; he aquí el misterio que nos mantenía perplejos a todos, desde el Sargento Cuff para abajo, listo y aguardando el momento, por así decirlo, para revelársele a usted por sí mismo! Es la hora del reflujo, señor, como puede comprobarlo quienquiera tenga ojos. ¿Cuánto tiempo habrá de pasar antes de que cambie la marea?

Elevó su vista y la dirigió hacia un muchacho que se hallaba componiendo su red a cierta distancia de nosotros.

—¡Tammie Bright! —le gritó a voz en cuello.

—¡Lo oigo! —le gritó, a su vez, Tammie.

—¿A qué hora cambiará la marea?

—Dentro de una hora.

Ambos dirigimos la vista hacia nuestros relojes.

—Podemos ir a dar una vuelta por la costa, Mr. Franklin —dijo Betteredge—, y allegarnos así, descansadamente, a las arenas movedizas, con tiempo de sobra para obrar. ¿Qué le parece, señor?

—Vamos.

En nuestro trayecto hacia las Arenas Temblonas le rogué a Betteredge que reavivara mis recuerdos (relacionados con Rosanna Spearman) de la época en que el Sargento Cuff efectuó su investigación. Con la ayuda de mi viejo amigo logré bien pronto distinguir de nuevo en mi memoria la clara sucesión de los eventos. El viaje efectuado por Rosanna hasta Frizinghall, cuando todo el mundo en la casa la creía enferma en su habitación; sus misteriosas actividades nocturnas, encerrada bajo llave allí, con la bujía encendida hasta la mañana siguiente; la sospechosa compra que hizo de un estuche de estaño barnizado y de las dos cadenas; los perros en casa de Mrs. Yolland; la seguridad que tenía el Sargento de que Rosanna había ocultado algo; las Arenas Temblonas y su absoluta ignorancia respecto de lo que tal cosa podía ser; todo este cúmulo de conclusiones a que se arribara en la pesquisa interrumpida, en torno a la Piedra Lunar, surgieron nítidamente en mi recuerdo, y se hallaban de nuevo en él cuando alcanzamos las arenas movedizas y avanzamos juntos sobre esa baja capa rocosa llamada Cabo Sur.

Con la ayuda de Betteredge no tardé mucho en alcanzar el lugar desde el cual podían verse el faro y el asta de la bandera de la Guardia de Costas, en una misma línea. Siguiendo las indicaciones del memorándum, colocamos en seguida mi bastón en la dirección señalada allí, tan apropiadamente como nos fue posible, sobre la despareja superficie de piedra. Y entonces volvimos a consultar nuestros relojes.

Faltaban aún veinte minutos, aproximadamente, para que se produjera el cambio en la marea. Le propuse guardar, durante ese intervalo, en la costa, en lugar de hacerlo sobre la húmeda y resbaladiza superficie rocosa. Una vez sobre la seca arena, y cuando me disponía a sentarme allí, advertí, con gran sorpresa, que Betteredge se disponía a abandonarme.

—¿Por qué te vas? —le pregunté.

—Vuelva a leer la carta, señor, y habrá de saberlo.

Una sola ojeada a la carta me bastó para recordar la exigencia de que, en el instante del descubrimiento, debería hallarme solo.

—¡Cómo me duele tener que abandonarlo en un momento como éste! —dijo Betteredge—. Pero la pobre tuvo una muerte horrenda, y me parece sentir dentro de mí una voz, Mr. Franklin, que me induce a complacerla en su capricho. Por otra parte —añadió con tono confidencial—, nada hay en la carta que lo obligue a mantener el secreto, posteriormente. Iré a dar una vuelta por la plantación de abetos y esperaré allí hasta que pase a recogerme. No se demore más de lo absolutamente necesario, señor. La fiebre detectivesca se convierte en una enfermedad difícil, en circunstancias como éstas.

Luego de esta última advertencia se alejó de mi lado.

Ese período de expectativa, breve como resultaba aplicándosele una medida cronológica, asumía proporciones formidables al aplicársele la medida de mi ansiedad. He aquí una de esas ocasiones en que el inapreciable hábito de fumar se torna en un hábito particularmente bello y consolador. Encendí un cigarro y me senté sobre el declive de la costa.

La luz del sol derramaba su inmaculada claridad sobre cada cosa en que se posaban mis ojos. La exquisita frescura del aire trocaba el mero acto de vivir y de respirar en una cosa deliciosa. Aun la pequeña y solitaria bahía le daba su bienvenida a la mañana con señales de alegría, y aun la desnuda y húmeda superficie de la arena movediza relucía con un brillo que ocultaba su morena superficie debajo de una sonrisa pasajera. Era ése el más bello día que había visto desde mi regreso a Inglaterra.

El cambio en la marea se produjo antes de que hubiera terminado de fumar mi cigarro. Vi primero levantarse las arenas y observé luego el terrible temblor que las recorría en toda su extensión… como si algún espíritu horrendo viviera, se agitara y temblara en sus insondables profundidades. Arrojé mi cigarro y regresé a las rocas.

Según el memorándum debía yo palpar a lo largo de la línea indicada por el bastón, comenzando a hacerlo desde el extremo que apuntaba al faro.

Recorrí, pues, de esa manera más de la mitad del bastón, sin encontrar otra cosa que no fuera el borde de la roca. Una o dos pulgadas más allá, no obstante, fue premiada mi paciencia. En una pequeña y estrecha fisura, justamente al alcance de mi dedo índice, palpé la cadena. Al intentar luego seguirla en la dirección de la arena movediza, me vi detenido en mi avance por una densa profusión de algas marinas, que habían invadido la grieta, sin duda, durante el tiempo transcurrido desde el momento en que Rosanna Spearman escogió ese sitio como escondite.

Era tan imposible arrancar las algas como hurgar con mi mano a través de ellas. Después de dejar marcado el sitio indicado por el extremo de la estaca que apuntaba hacia la arena movediza, resolví proceder a la búsqueda de la cadena, siguiendo un método propio. Mi propósito era «sondear» en seguida debajo de las rocas, para ver si lograba recobrar la pista perdida de la cadena, allí donde ésta se internaba en la arena. Levanté la estaca y me arrodillé sobre el borde del Cabo Sur.

En esta posición mi cabeza se hallaba a pocos pies de la superficie de la arena movediza. Su proximidad y el horrible temblor que a intervalos la recorría hicieron flaquear mis nervios durante un momento. El espantoso temor de ver surgir a la muerta en el lugar de su suicidio, para venir en mi ayuda —el indecible terror de verla levantarse desde lo hondo de la arena palpitante para venir a indicarme el lugar—, forzó mi pensamiento y me hizo sentir frío en medio de la cálida luz del sol. Confieso que cerré los ojos en el instante en que el extremo del palo se introdujo en la arena movediza.

Un momento después y antes de que aquél se hallara sumergido más allá de unas pocas pulgadas, me sentí liberado de las garras de mi propio terror supersticioso y empecé a palpitar de emoción, de la cabeza a los pies. ¡Sondeando a ciegas, como lo había hecho, en esa primera tentativa…, acababa de sondear perfectamente bien! Mi bastón dio con la cadena.

Asiendo firmemente con mi mano izquierda las raíces de las algas marinas, me tendí sobre el borde del cabo y palpé con la derecha por debajo de las rocas salientes. Mi mano derecha dio con la cadena.

Tiré de ella hacia lo alto sin la menor dificultad. Y he ahí que amarrado a su extremo vi aparecer el estuche de estaño barnizado.

De tal manera se había herrumbrado la cadena bajo la acción del agua, que me fue imposible desprenderla del anillo que la unía al estuche. Colocando éste entre mis rodillas y mediante el mayor esfuerzo que me fue posible, logré arrancarle la cubierta. Cierta sustancia blanca llenaba todo su interior. La tomé en mis manos y comprobé que se trataba de un género de lino.

Con éste salió del estuche una carta completamente apañuscada Luego de inquirir su dirección y comprobar que figuraba allí mi nombre, me la guardé en el bolsillo y quité del todo el género del estuche. Salió de él bajo la forma de un grueso rollo que había adquirido la configuración del estuche en el que permaneciera tanto tiempo encerrado y libre de toda acción dañina, respecto del agua del mar.

Me dirigí con el trozo de género hacia la seca arena de la costa, y lo desenrollé y alisé allí. No había la menor duda de que se trataba de una prenda de vestir. Era una camisa de dormir.

En su parte superior, cuando la extendí, no percibí otra cosa que un sinnúmero de pliegues y arrugas. Indagué entonces en su extremo inferior y descubrí instantáneamente la mancha producida por la pintura de la puerta del boudoir de Raquel.

Mis ojos permanecieron clavados en la mancha y mi memoria me hizo retroceder de un salto del presente al pasado. Volví a oír exactamente las mismas palabras que pronunciara el Sargento Cuff, en otra ocasión, como si éste se encontrara de nuevo a mi lado y se refiriera a la irrefutable consecuencia que extraía de la mancha sobre la puerta:

«Averigüe usted, primeramente, si hay en la casa algún traje que ostente una huella de pintura. Luego, a quién pertenece dicho traje. Y, por último, trate de lograr que esa persona explique por qué se encontraba en dicha habitación entre la medianoche y las tres de la mañana y cómo fue que manchó la puerta. Si esa persona no logra satisfacer sus deseos, no tendrá usted entonces que dedicarse por más tiempo a la búsqueda de la mano que se apoderó del diamante.»

Una tras otra, cada una de estas palabras comenzaron a recorrer mi memoria, repitiéndose una y otra vez con mecánica y árida obstinación. Desperté de ese trance cuya duración me pareció de varias horas —y que, realmente y sin la menor duda, no duró más que un breve instante—, al escuchar una voz que me llamaba. Alcé la vista y comprobé que la paciencia de Betteredge se había agotado, al fin. Apenas si era visible entre los médanos, mientras se acercaba, de regreso de la costa. La figura del anciano sirvió para traerme de inmediato a la realidad y recordarme que la investigación se hallaba aún incompleta. Acababa de descubrir la mancha en la camisa de dormir. Pero ¿a quién pertenecía esa prenda?

Mi primer impulso fue consultar la carta que tenía en el bolsillo…, la que había encontrado dentro del estuche.

Acababa de levantar la mano para apoderarme de ella, cuando recordé que había otra manera de descubrir lo que deseaba. La propia camisa de dormir me habría de revelar el misterio, porque, con toda seguridad, debía estar marcada con el nombre de su dueño. Di con él y lo leí…

¡Mi propio nombre!

He ahí que esas letras familiares me demostraban que la prenda era mía. Levanté mi vista. He allí el sol; he allí las resplandecientes aguas de la bahía y el viejo Betteredge aproximándose más y más hacia mí. Volví a mirar las letras. Mi propio nombre. Frente a mí, sencillamente…, las letras de mi nombre.

«Si el tiempo, el esfuerzo personal y el dinero bastan para ello, habré sin duda de echarle el guante al ladrón que hurtó la Piedra Lunar…» Con estas palabras en la boca había partido de Londres. Desvelé luego el secreto que las arenas movedizas le habían ocultado a todo ser viviente. Y frente a esa prueba irrefutable que era la mancha de pintura, acababa de descubrir que yo mismo había sido el ladrón.

CAPÍTULO IV

No encuentro palabras adecuadas para expresar mis sensaciones de ese instante.

Tengo la impresión de que el choque que en mí se produjo provocó una paralización de mi facultad de pensar y de la de sentir. Sin duda no debí saber lo que hacía cuando se reunió conmigo Betteredge, ya que éste me ha asegurado que me eché a reír cuando me preguntó qué es lo que ocurría y que le entregué la camisa de noche para que leyera el acertijo por sí mismo.

De lo que hablamos en la costa entonces no tengo el más remoto recuerdo. El primer sitio en el cual alcanzo a distinguir mi figura claramente, luego de eso, es la plantación de abetos. Me veo a mí mismo y a Betteredge caminando juntos en dirección de la casa, y oigo que Betteredge me dice que me hallaré yo y se hallará él en condiciones de afrontar lo ocurrido, una vez que hayamos bebido un vaso de grog.

La acción muda de escenario y pasa de la plantación de abetos al pequeño gabinete de Betteredge. He olvidado mi decisión de no penetrar en la casa de Raquel. Percibo la agradable frescura, la sombra y la quietud del cuarto. Bebo el grog (un lujo para mí enteramente nuevo, a esa hora del día) que mi viejo y buen amigo mezcla con el agua helada de la fuente. En cualesquiera otras circunstancias la bebida no hubiera hecho más que atolondrarme. En las actuales, aquieta mis nervios. Comienzo ya a afrontar lo ocurrido, según ha predicho Betteredge. Este también, por su parte, comienza a afrontar lo ocurrido.

Sospecho que la pintura que estoy haciendo de mí mismo constituye, para decir lo menos que se puede afirmar respecto de ella, una pintura bien extraña. Colocado en una situación que, en mi opinión, puede ser considerada absolutamente sin paralelo, ¿cuál es el primer expediente a que recurro? ¿Me alejo, acaso, de todo contacto con los demás? ¿Me pongo a analizar pacientemente esa abominable imposibilidad que se me opone, sin embargo, como una innegable realidad? ¿Me precipito de regreso a Londres, en el primer tren, para consultar con las más altas autoridades y para iniciar de inmediato una investigación? No. Acepto, en cambio, cobijarme bajo el techo de una casa respecto de la cual he dicho que no habría de degradarme jamás hasta el punto de llegar a trasponer su umbral; y me siento a empinar el codo con alcohol y agua en compañía de un viejo criado, a las diez de la mañana. ¿Es ésa la conducta que podía esperarse de un hombre colocado en la horrible situación en que yo me hallaba? Sólo me cabe responder que la contemplación del rostro familiar del viejo Betteredge significó para mí un estímulo de incalculable valor y que el grog del viejo Betteredge me ayudó, según creo, como ninguna otra cosa hubiera logrado hacerlo, a levantar mi cuerpo y mi espíritu del plano de postración en que habían caído. Sólo esta excusa puedo ofrecer para justificar mi conducta, y proclamar en seguida mi admiración por ese invariable mantenimiento de la dignidad y esa estricta y lógica consistencia de conducta que distinguirá sin duda, ante cualquier emergencia, desde la cuna a la tumba, a todo hombre o mujer que pose sus ojos en estas páginas.

—Ahora, Mr. Franklin, hay, sea como fuere, un hecho cierto —dijo Betteredge, arrojando la camisa de noche sobre la mesa que se interponía entre ambos y señalando a aquélla como si se tratara de un ser viviente que pudiera escucharlo—. Para comenzar, debo decir que él es un mentiroso.

Este consolador punto de vista difería del que surgió en mi mente, respecto de ese asunto.

—Soy tan inocente, en lo que concierne al robo del diamante, como lo eres tú —le dije—. ¡Pero he ahí esa prueba en contra de mí! La pintura sobre la camisa de dormir y el nombre que aparece sobre la misma constituyen dos realidades.

Betteredge levantó mi vaso y lo colocó persuasivamente en mi mano.

—¿Realidades? —repitió—. ¡Tome un trago más de grog, Mr. Franklin, y verá usted cómo desaparece esta debilidad que lo hace creer en ellas! ¡Trampa, señor! —continuó diciendo, bajando la voz hasta hacerla alcanzar un tono confidencial—. Eso es lo que me sugiere este acertijo. Trampa que se oculta en algún lugar de él…, y que yo y usted tenemos que descubrir. ¿No había otra cosa en el estuche de estaño cuando introdujo usted su mano en él?

La pregunta me trajo a la memoria instantáneamente la carta que guardara en mi bolsillo. La extraje de él y la abrí. Se componía de numerosas páginas ceñidamente escritas. Impaciente, dirigí mis ojos hacia el final de la misma, en busca de la firma, «Rosanna Spearman».

En cuanto comencé a leer ese nombre, una súbita añoranza iluminó mi cerebro y una imprevista sospecha brotó al conjuro de esa nueva luz.

—¡Alto ahí! —exclamé—. ¿Rosanna Spearman vino a casa de mi tía luego de salir de un reformatorio? ¿No había sido antes una ladrona?

—Nadie lo niega, Mr. Franklin. ¿A qué viene eso ahora? ¡Por favor!…

—¿A qué viene? ¿Cómo podemos afirmar que no fue ella quien robó el diamante, después de todo? ¿O decir que no manchó intencionadamente mi camisa de noche con la pintura?…

Betteredge dejó caer su mano sobre mi brazo, y me contuvo antes de que pudiera añadir una sola palabra a lo ya dicho.

—No me cabe la menor duda de que logrará usted verse libre de esto, Mr. Franklin. Pero espero que no sea de esa manera. Entérese de lo que dice la carta, señor. Para hacerle justicia a la memoria de la muchacha, entérese de lo que dice la carta.

Sus palabras graves influyeron en mi ánimo… las sentí casi como si constituyeran un reproche.

—Podrás juzgar luego de que te haya leído la carta —le dije—; la leeré en voz alta.

Comencé, pues…, y di lectura a las siguientes líneas:

«Sir: Tengo algo que confesarle. Una confesión que encierra una gran desgracia puede decirse, a veces, en muy pocas palabras. Para decir ésta no necesito más que dos. Lo amo.»

La carta se deslizó de mi mano. Miré a Betteredge y le dije:

—En nombre del Cielo, ¿qué significa esto?

Él pareció tener miedo de responder a la pregunta.

—Usted estuvo esta mañana a solas con la coja Lucy, señor —me dijo—. ¿Le dijo ella algo respecto de Rosanna Spearman?

—Ni siquiera mencionó su nombre una sola vez.

—Tenga la bondad de volver a su carta, Mr. Franklin. Le confieso que no me atrevo a causarle un nuevo trastorno, luego de lo que ha tenido usted que soportar hasta ahora. Deje que ella le hable por sí misma, señor. Y termine con su grog. Por su propio bien, termine de beber su grog.

Yo reanudé la lectura de carta.

Mucha vergüenza me habrían de causar estas palabras, si estuviera viva cuando usted las leyera. Habré muerto y desaparecido, señor, cuando usted descubra esta carta. Eso es lo que me hace ser osada. No habrá siquiera una tumba que me recuerde. Me atrevo a decirle la verdad…, porque sé que la arena movediza me está aguardando para ocultarme una vez que haya escrito estas palabras.

Además, hallará usted su camisa de dormir en mi escondite, con la mancha de pintura en ella y querrá usted saber cómo llegué yo a ocultarla, y por qué no le dije una palabra de ello cuando estaba viva. Una sola razón puedo darle. Si hice todas esas cosas extrañas fue porque lo amaba.

No lo molestaré con mayores detalles respecto a mí misma o de la vida que llevé antes de que visitara usted la casa de mi ama. Lady Verinder me sacó de un reformatorio. Había ido a éste desde la prisión. A la prisión por ladrona. Y fui ladrona porque mi madre vagaba por las calles desde que yo era muy pequeña. Mi madre salió a vagar por las calles debido a que un caballero, que era mi padre, la abandonó. No es necesario que me detenga más en una historia tan vulgar. A cada momento aparecen en los diarios.

Lady Verinder fue muy buena conmigo, y Mr. Betteredge también lo fue. Estos dos y la directora del reformatorio han sido las únicas personas buenas que encontré durante toda mi existencia. Hubiera podido acostumbrarme a esa existencia —aunque sin ser feliz—, hubiera podido, de todos modos, acostumbrarme, si no hubiera venido usted de visita a la casa. No lo condeno a usted, señor. La culpa es mía…, totalmente mía.

¿Se acuerda usted de aquella mañana en que apareció frente a nosotros, en medio de las dunas, en busca de Mr. Betteredge? Era usted como el príncipe de un cuento de hadas, como el amante de un sueño. Era usted el ser más adorable que jamás vieran mis ojos. Algo me hizo sentir esa felicidad que nunca había experimentado; brotó dentro de mí en cuanto posé mis ojos en usted. No se ría de mi, si le es posible. ¡Oh, si pudiera hacerle sentir tan sólo cuán importante es esto para mí!

Me volví en seguida a la casa y escribí su nombre y el mío en mi costurero y dibujé debajo de ambos el lazo del perfecto amor. Y entonces, algún demonio… no, debiera más bien decir un ángel bueno, me cuchicheó al oído: «Ve al espejo y mírate en él». El espejo me dijo…, no importa lo que él me dijo. Demasiado entontecida me hallaba para reparar en su advertencia. Y seguí enamorándome más y más de usted, como si fuera una dama de su misma condición y la más hermosa criatura que hubieran visto sus ojos. Me esforcé —¡oh, de qué manera, querido mío!— para lograr que usted me mirara. Si usted hubiera sabido de qué manera lloraba yo por las noches, mortificada y dolorida por el hecho de que usted nunca se fijara en mí, se habría apiadado, tal vez, de mí y me habría dirigido de vez en cuando alguna mirada, para que pudiera vivir de ella.

Y no hubiera sido ésa una mirada muy amable, quizá, si hubiera usted adivinado en qué forma odiaba yo a Miss Raquel. Creo que descubrí que usted la amaba, antes de que lo hiciera usted mismo. Ella tenía la costumbre de regalarle rosas para que se las pusiera usted en el ojal de su chaqueta. ¡Ah, Mr. Franklin, llevó usted más veces mis rosas, en el ojal, de lo que usted o ella sospecharon! Mi único consuelo, en ese entonces, era el de colocar a hurtadillas mi rosa en su vaso con agua, en lugar de la de ella… y luego arrojar la rosa de Miss Raquel.

Si hubiera sido ella, realmente, tan hermosa como usted la imaginaba, podría yo haber sobrellevado mejor mi destino. Pero no; creo que hubiera sentido aún mayor rencor hacia ella. Supongamos que viste usted a Miss Raquel con las ropas de una criada y le quita todos sus adornos… No sé qué objeto tiene escribir de esta manera. No se podía negar que ella tenía un pobre aspecto; era demasiado delgada. Pero ¿quién podrá adivinar lo que habrá de gustarle a un hombre? Por otra parte, las señoritas llegan a conducirse, a veces, de una manera que bastaría para hacerle perder su empleo a una criada. Pero no es éste un asunto que me atañe. No puedo esperar que lea usted mi carta, si escribo de esta manera. Pero es que me rebela oír decir que Miss Raquel es hermosa, cuando bien sabe una que sólo es su ropa y su confianza en sí misma las que producen tal efecto.

Trate de no impacientarse conmigo, señor. Me aproximaré, de la manera más rápida que me sea posible, a la época que, sin duda, habrá de despertar en usted un mayor interés…; la época de la desaparición del diamante.

Pero hay una cosa que se me ha antojado decirle primero.

Mi vida no fue muy difícil de sobrellevar mientras fui una ladrona. Sólo cuando se me enseñó en el reformatorio a sentir mi propia degradación y a esforzarme por alcanzar cosas mejores, mis días se tornaron aburridos y largos. Las ideas sobre el futuro se abrieron paso por su cuenta dentro de mí misma, entonces llegué a sentir el horrendo reproche que la gente honesta —aun los más buenos entre los honestos— significaba en sí misma para mí. Una angustiosa sensación de soledad me seguía fuese donde fuere, hiciese lo que hiciere y viese a la gente que viere. Mi deber me imponía, bien lo sé, tratar de armonizar con mis compañeros de labor de mi nuevo destino. Por una u otra causa no pude hacerme amigo de ninguno de ellos allí. Me miraban (o me pareció que me miraban) como si sospecharan lo que había sido yo anteriormente. No lamento, absolutamente, el hecho de que se me haya despertado y se me haya obligado a hacer un esfuerzo para convertirme en una mujer mejor; pero en verdad, era ésa una existencia árida. Usted apareció en ella como un rayo de sol, al principio… y luego, también usted me decepcionó. Yo fui lo suficientemente loca como para enamorarme de usted, y no logré hacerlo reparar siquiera en mí. Era ésa una gran desdicha…, realmente una gran desdicha.

Ahora estoy llegando a lo que quería decirle. En aquellos días de amargura fui dos o tres veces, durante mis salidas, a mi lugar predilecto…: la costa que domina las Arenas Temblonas. Y me dije a mí misma: «Creo que esto habrá de terminar aquí. Cuando no pueda soportarlo más, creo que habré de terminar aquí». Tiene usted que tener en cuenta, señor, que el sitio ejercía sobre mí una especie de hechizo, desde antes de que usted llegara a la casa. Siempre había tenido el presentimiento de que algo había de ocurrirme algún día en la arena movediza. Pero jamás había mirado hacia ella considerando que podría convertirse en el medio de librarme de mí misma, antes de la época a la cual me estoy refiriendo ahora. Entonces fue cuando pensé que contaba con un lugar donde poner fin a todas mis penas en un momento…, y donde ocultarme para siempre.

Esto es cuanto tengo que decirle respecto de mí misma, desde la mañana en que lo vi por vez primera hasta la otra mañana en que la pérdida del diamante alarmó a toda la casa.

Tan exasperada me hallaba por la tonta charla de las criadas, que no hacían más que preguntarse sobre quién debían recaer inmediatamente las sospechas, y tan irritada me hallaba con usted (que estaba tan poco enterado de lo ocurrido por ese entonces) por el trabajo que se tomó a fin de dar con la gema y por haber recurrido a la policía, que resolví mantenerme lo más alejada que me fuera posible de los demás, hasta que, más tarde ese mismo día, llegó el funcionario de Frizinghall a la casa.

Mr. Seegrave comenzó, como usted recordará, por establecer una guardia en los dormitorios de las mujeres, y éstas subieron entonces la escalera hechas unas furias, para que se les explicara por qué las había insultado aquél de esa manera. Yo fui con ellas porque, si no lo hubiera hecho, ese hombre de tan cortos alcances que es Mr. Seegrave, habría sospechado de mí inmediatamente. Lo encontramos en el cuarto de Miss Raquel. Nos dijo entonces que no quería allí tantas mujeres, señaló la mancha que se hallaba en la pintura de la puerta y sugirió que alguna de nosotras debía de haberla hecho con su falda. Después nos envió escalera abajo nuevamente.

Luego de abandonar el cuarto de Miss Raquel me detuve un instante en uno de los rellanos, para comprobar si había manchado por azar mi vestido. Penélope Betteredge (la única, entre las mujeres, con quien me hallaba en amistosas relaciones) pasó en ese momento a mi lado y advirtió lo que me hallaba haciendo.

—No tienes por qué preocuparte, Rosanna —me dijo—. La pintura de la puerta de Miss Raquel hace ya varias horas que se halla seca. Si Mr. Seegrave no hubiera puesto guardia en nuestros dormitorios, se lo hubiera dicho. No sé lo que piensas tú de ello… Yo, por mi parte, jamás fui insultada anteriormente de esa manera.

Penélope era una muchacha muy fogosa. Yo la calmé y la retrotraje a lo que me dijera antes, cuando manifestó que la pintura de la puerta hacía ya varias horas que se había secado.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunté.

—Estuve con Miss Raquel y Mr. Franklin durante toda la mañana de ayer —me dijo Penélope—, mezclando los colores, mientras ellos terminaban la puerta. Oí que Miss Raquel le preguntaba si la puerta estaría seca para el atardecer, a fin de poder ser contemplada por los invitados del día del cumpleaños. Y Mr. Franklin sacudió la cabeza y le contestó que no se secaría hasta dentro de doce horas. Hacía ya rato que había pasado la hora del almuerzo…, eran ya más de las tres cuando terminaron de pintar. ¿Qué es lo que te sugieren tus cálculos, Rosanna? Los míos me dicen que la puerta se hallaba seca a las tres de esta mañana.

—¿Subió alguna de las señoras ayer por la noche para verla? —le pregunté—. Me pareció oír decir a Miss Raquel que no debían acercarse a la puerta.

—Ninguna de las señoras ha manchado la puerta —me respondió Penélope—. Dejé a Miss Raquel en su lecho a las doce, anoche. Miré luego hacia la puerta y no advertí nada anormal en ella.

—¿No deberías comunicarle tal cosa a Mr. Seegrave, Penélope?

—No le diría una sola palabra que pudiera ayudar a Mr. Seegrave, me ofrezcan lo que me ofrecieren.

Partió en seguida para sus ocupaciones y yo para las mías.

Mi trabajo, señor, consistía en hacerle a usted la cama y en ordenar su cuarto. Era ése, para mí, el instante más feliz del día. Acostumbraba besar la almohada en la que había reposado su cabeza toda la noche. Quienquiera se haya encargado desde entonces de ello, jamás le habrá plegado nadie sus ropas en la forma delicada en que yo lo hacía. En ninguna de las chucherías guardadas en su neceser se advirtió jamás una mancha de polvo. Usted reparó tanto en ello como reparó en mi propia persona. Perdón: ya me estaba olvidando de mí misma. Debo apresurarme y continuar con lo que le estaba diciendo.

Pues bien, entré esa mañana en su cuarto para realizar mi trabajo cotidiano. Sobre la cama se hallaba su camisa de dormir, en la misma posición en que usted la dejara al arrojarla allí. La tomé en mis manos para doblarla…, ¡y descubrí la mancha de pintura hecha en la puerta de Miss Raquel!

Tanto pavor me provocó este descubrimiento que eché a correr con la camisa de noche en la mano en dirección de la escalera trasera y me encerré con llave en mi cuarto para poder observarla en un lugar donde ningún intruso viniera a interrumpirme.

Tan pronto como recuperé el aliento me acordé de mi conversación con Penélope y me dije a mí misma: ¡He aquí una prueba que viene a demostrar que él se halló en el gabinete de Miss Raquel, entre las doce de anoche y las tres de esta mañana!

No le diré aquí, de manera clara, cuál fue la primera sospecha que cruzó por mi mente al hacer ese descubrimiento. No haría usted más que irritarse…, y, si se irritara, habría de desgarrar esta carta y no leer una sola palabra más.

Permítame que le diga sólo esto. Luego de meditar sobre ello hasta donde me lo permitía mi capacidad, deduje que lo que había pasado no era posible, por el motivo que le daré a conocer en seguida. Si se hubiera encontrado usted en el gabinete de Miss Raquel, sabiéndolo ella, a esa hora de la noche (y si hubiera sido usted tan tonto como para olvidarse de que debía tener cuidado con la puerta húmeda), ella se lo habría recordado…, y ella no lo hubiera dejado salir jamás de allí llevándose un testimonio en su contra, como ése sobre el cual posaba yo ahora mis ojos. Al mismo tiempo debo reconocer que no me hallaba completamente segura de haberme probado a mí misma que mi primera sospecha era equivocada. Recordará usted, sin duda, que he admitido que odiaba a Miss Raquel. Haga usted lo posible por pensar, si es que puede, en que había un poco de odio en todo esto. La cosa terminó con mi resolución de retener la camisa de noche y aguardar, observar y pensar en lo que debía hacer con la prenda. Le ruego que recuerde que hasta ese momento ni la sombra de una sospecha había anidado en mi cabeza, respecto al hecho de que usted era quien había robado el diamante.

A esta altura suspendí por segunda vez la lectura de la carta.

Había leído todos los pasajes de la confesión de la infeliz mujer con natural sorpresa, y puedo honestamente añadir que con sincero pesar. Había lamentado, sinceramente lamentado, la calumnia que atolondradamente arrojara sobre su memoria antes de haber leído una sola línea de su carta. Pero al llegar al pasaje citado más arriba, debo reconocer que sentí que me iba encolerizando más y más contra Rosanna Spearman, a medida que avanzaba en la lectura.

—Lee tú el resto —le dije a Betteredge, alargándole la carta por encima de la mesa—. Si encuentras algo en ella que sea imprescindible que yo lea, puedes leérmelo en voz alta, en el instante en que lo halles.

—Lo comprendo, Mr. Franklin —me respondió—. Es natural, señor, tratándose de usted. Y, ¡Dios nos ampare a todos! —añadió bajando la voz—, no es menos natural, tratándose de ella.

A continuación transcribo la carta, según el original que obra en mi poder.

Resuelta ya a retener la camisa de noche y a aguardar con el fin de ver el uso que mi amor o mis deseos de venganza (difícilmente podría precisar cuál de los dos) me impulsaban a hacer de la prenda en el futuro, el próximo paso que debía dar ahora era el de hallar la manera de conservarla sin correr el riesgo de ser descubierta.

Sólo existía una manera…; confeccionar otra camisa de dormir exactamente igual a la anterior antes de que con el día sábado llegara a la casa la lavandera con su inventario de la ropa.

Temí postergar tal cosa hasta el día siguiente, el viernes, debido a que en ese intervalo podía ocurrir cualquier accidente inesperado. Me dispuse, pues, a confeccionar la nueva camisa de dormir ese mismo día (el jueves), durante el cual podía contar, si es que jugaba hábilmente mis cartas, con el tiempo suficiente para hacerlo. La primera cosa que debía hacer (luego de cerrar bajo llave su camisa de noche en mi gaveta) era regresar a su dormitorio…, no tanto para poner allí las cosas en orden (Penélope lo hubiera hecho de habérselo yo pedido), sino para comprobar si había usted borrado alguna mancha de pintura dejada por la camisa de dormir en su lecho o sobre cualquiera de los muebles de la habitación.

Examiné todas las cosas con el mayor cuidado y descubrí, al fin, unas pocas y débiles rayas de pintura en la parte interior de su bata…; pero no en la bata de lino que acostumbraba usted ponerse durante ese verano, sino en otra de franela que también era suya. Yo supuse que había sentido usted frío, luego de haber andado de aquí para allá sin otra cosa encima que su camisa de dormir y que decidió echarse encima la ropa más abrigada que encontró a mano. Sea como fuere, allí estaban las manchas, apenas visibles, en la parte interior de la bata. Yo las quité de allí rápidamente, raspando la franela. Una vez hecho esto, la única prueba que había en contra suya era la que se hallaba encerrada bajo llave en mi gaveta.

Acababa de dar término al arreglo de su cuarto, cuando fui llamada a comparecer ante Mr. Seegrave, junto con el resto de la servidumbre. Luego vino el registro de todas nuestras arcas. Y más tarde el más extraordinario de los eventos del día —para mí—, desde el momento en que hallara la mancha de pintura en su camisa de dormir. Se produjo el mismo a raíz del segundo interrogatorio de Penélope Betteredge efectuado por el Inspector Seegrave.

Penélope retornó a nuestro lado completamente fuera de sí por la manera en que la había tratado Mr. Seegrave. Le había insinuado, sin dejar lugar a dudas, que sospechaba que ella era la ladrona. Todas nos asombramos en la misma medida y le hicimos la misma pregunta: «¿Por qué?»

—Porque el diamante se hallaba en el gabinete de Miss Raquel —nos mostró Penélope—. Y porque yo fui la última persona que estuvo en él esa noche.

Antes casi de que estas palabras brotaran de sus labios, me acordé yo de que otra persona había estado en el gabinete después de Penélope. Esa persona era usted. La cabeza me dio vueltas y mis ideas se entremezclaron de manera espantosa. En medio de todo esto, cierta voz interior me cuchicheó al oído que la mancha de su camisa de dormir podía muy bien significar algo completamente diferente de aquello que yo había pensado hasta entonces. «Si las sospechas deben recaer sobre la última persona que estuvo en la habitación», pensé, «entonces el ladrón no es Penélope, sino Mr. Franklin Blake.»

De haberse tratado de otro caballero, creo que me hubiera sentido avergonzada de sospechar que era el autor del robo, en el mismo instante en que tal sospecha se hubiera hecho presente en mi cerebro.

Pero el simple pensamiento de que usted había descendido a mi nivel y de que yo misma, al apoderarme de su camisa de noche, me había adueñado, a la vez, de los medios que me servirían para evitar que lo descubrieran y lo deshonraran para toda la vida…, le digo, señor, que ese simple pensamiento pareció ofrecerme una tan grande oportunidad de ganarme su buena voluntad, que pasé ciegamente de la sospecha, por así decirlo, a la creencia. De inmediato me convencí a mí misma de que usted había demostrado mayor celo que nadie por ir a buscar a la policía, utilizando eso como una pantalla que sirviera para engañarnos a todos, y que la mano que se había apoderado de la gema de Miss Raquel no podía ser otra, sin lugar a dudas, que la suya.

La agitación que tal descubrimiento me produjo debió, creo, de haberme hecho perder la cabeza durante un momento. Sentí entonces un deseo tan absorbente de verlo —de ensayar una o dos palabras relativas al diamante y obligarlo así a mirarme y hablarme—, que luego de ordenarme el cabello y embellecerme cuanto me fue posible, me dirigí osadamente a la biblioteca, donde sabía que se hallaba usted escribiendo.

Usted había olvidado arriba uno de sus anillos, lo cual me brindó la mejor y más excelente excusa que podría yo haber deseado para justificar mi intromisión. Pero, ¡oh señor!, si ha estado usted enamorado alguna vez podrá entonces comprender cómo fue que todo mi coraje se vino abajo en cuanto penetré en la habitación y me hallé en su presencia. Y en seguida levantó usted su vista para mirarme tan fríamente y me dio las gracias por haber encontrado su anillo con un tono tan indiferente, que sentí que las rodillas me temblaban y me pareció que estaba a punto de caer sobre el piso, a sus pies. Luego de haberme dado las gracias, volvió usted a dirigir su mirada, según recordará, hacia el papel sobre el cual se hallaba escribiendo. Tanto me mortificó el ser tratada de esa manera que recobré el ánimo suficiente como para poder hablar. Y le dije: «Es raro lo que ha ocurrido con el diamante, señor.» Usted volvió a alzar la vista y me dijo: «Sí, es raro.» Su tono fue cortés (no puedo negarlo); pero aun así seguía usted manteniendo la distancia…, una cruel distancia entre nosotros. Creyendo, como yo creía, que había usted ocultado el diamante desaparecido, mientras se hallaba allí hablando conmigo, su frialdad me provocó en tal forma, que fui lo suficientemente osada, en el ardor del momento, como para prevenirle. Y le dije: «¿No es cierto, señor, que no habrán de recuperar jamás el diamante? No. Como tampoco darán nunca con la persona que se lo llevó… Respondo de ello.» Lo saludé con la cabeza y le sonreí, como si le dijera: «¡Estoy enterada!» Esta vez levantó usted su vista para mirarme de una manera que parecía denotar en sus ojos la existencia de algo semejante al interés, y fui consciente entonces de que unas pocas palabras de parte suya y mía bastarían para traer la verdad a la superficie. En ese mismo instante Mr. Betteredge lo estropeó todo al acercarse a la puerta. Yo conocía sus pisadas y sabía también que era ir contra las reglas establecidas por él en la casa el hallarme en la biblioteca a esa hora del día…, mucho más todavía estando allí usted. Apenas si tuve el tiempo suficiente para salir de la habitación por mi cuenta, antes de que él entrara y me echara de ella. Me hallaba irritada y desanimada, pero no había perdido las esperanzas, a pesar de ello. El hielo, como usted ve, se había roto entre nosotros…, y me propuse cuidarme bien de que en la próxima ocasión no se cruzara Mr. Betteredge en mi camino.

En tanto regresaba al vestíbulo de la servidumbre oí sonar la campanilla que anunciaba el almuerzo. ¡Era ya la tarde, y no había adquirido aún los materiales para confeccionar la nueva camisa de dormir! Sólo una oportunidad se me ofrecía de procurarlos. Fingí hallarme enferma a la hora del almuerzo y pude disponer así de todo el intervalo que mediaba entre ese instante y la hora del té.

Cómo fue que empleé mi tiempo mientras todo el mundo en la casa me imaginaba reposando en mi cuarto y cómo la noche luego que fingí nuevamente a la hora del té hallarme enferma y se me envió a mi alcoba de arriba, no es necesario que se lo diga a usted. El Sargento Cuff descubrió, al menos eso, si no otra cosa. Me imagino cómo fue. Fui descubierta, aunque tenía la cara cubierta con un velo, mientras me hallaba en la tienda del pañero de Frizinghall. En el mostrador ante el cual efectuaba yo la compra de la tela había un espejo y en ese espejo vi que uno de los tenderos le indicaba mi hombro a otro y le cuchicheaba algo al oído. Esa noche, por otra parte, y mientras me hallaba encerrada con llave en mi cuarto, y entregada furtivamente a mi labor, oí la respiración de las criadas, que sospechaban de mí, junto a mi puerta.

De nada sirvió ello entonces: de nada servirá tampoco ahora. El viernes por la mañana y varias horas antes de que entrara en la casa el Sargento Cuff, estaba ya lista la nueva camisa de noche —que habría de reemplazar a la que yo poseía— confeccionada, retorcida, secada, planchada, marcada y doblada en la misma forma en que la lavandera plegara todas las otras prendas y a salvo en su gaveta. No había por qué temer (en caso de que se procediera al registro de la ropa blanca de la casa) que la camisa de dormir me descubriera por su calidad de nueva. Toda su ropa interior había sido renovada cuando usted vino a nuestra casa…, supongo que a su retorno al país desde el extranjero.

El próximo acontecimiento fue la llegada del Sargento Cuff y la próxima gran sorpresa el anuncio de lo que él opinaba respecto de la mancha de la puerta.

Yo lo había considerado a usted culpable, como ya lo he admitido, más por la necesidad que sentía de que usted lo fuera que por ninguna otra razón. ¡Y he ahí que ahora el Sargento Cuff llegaba exactamente a la misma conclusión por un camino diferente! ¡Y yo tenía en mi poder la prenda que constituía la única prueba en su contra! ¡Ninguna otra criatura viviente sabía tal cosa…, usted inclusive! Me espanta el decirle lo que pensé en el instante en que me acordé de todas esas cosas…, maldeciría usted mi memoria eternamente si se lo dijera.

A esta altura, Betteredge levantó su vista de la carta.

—Ni la menor chispa de luz hasta el momento, Mr. Franklin —me dijo el anciano, quitándose sus pesados espejuelos de carey y apartando un tanto la confesión de Rosanna Spearman—. ¿Ha llegado usted por su parte a alguna conclusión, señor, mientras me escuchaba?

—Termina de leer primero, Betteredge; puede ser que al final haya algo que venga a iluminarnos. Para ese entonces tendré una o dos palabras que decirte.

—Muy bien, señor. Dejaré descansar un poco mis ojos y proseguiré en seguida mi lectura. Mientras tanto, Mr. Franklin —y aunque no quiero apurarlo—, ¿le sería molesto decirme, de la manera más breve, si percibe usted la pista en medio de todo este enredo?

—Percibo un viaje de regreso a Londres —le dije—, para ir a consultar a Mr. Bruff. Si él no puede ayudarme…

—Sí, señor.

—Y si el Sargento no se decide a abandonar su retiro de Dorking

—¡No querrá abandonarlo, Mr. Franklin!

—Entonces, Betteredge —hasta donde alcanzo yo a percibir ahora—, me encuentro con que he agotado todos mis recursos. Exceptuando a Mr. Bruff y al Sargento, no conozco a nadie que pueda serme de utilidad alguna en este asunto.

En cuanto decía estas palabras oímos que alguien llamaba a la puerta desde afuera.

Betteredge pareció sorprenderse tanto como irritarse por la interrupción.

—¡Adelante —gritó enojado—, quienquiera que sea!

Se abrió la puerta y he ahí que en dirección a nosotros vimos entrar y avanzar calmosamente al hombre de más notable apariencia que jamás haya yo contemplado. De juzgárselo tomando sólo en cuenta su aspecto general y sus ademanes, se lo hubiera considerado todavía una persona joven. Mirándole el rostro, y comparándolo con el de Betteredge, parecía el más anciano de los dos. Su piel era oscura como la de los gitanos, sus descarnadas mejillas se habían hundido en profundas cavidades sobre las que se proyectaba el hueso como un alero. Su nariz se hallaba tan finamente conformada y modelada como es frecuente encontrarla entre las antiguas razas de Oriente y tan poco probable en las nuevas razas de Occidente. Su frente se elevaba verticalmente desde las cejas y era muy alta. Las marcas y las arrugas eran innumerables en su piel. Desde ese rostro extraño, unos ojos más extraños aún y de la más leve tonalidad morena que pueda existir —ojos soñadores y tristes y profundamente sumidos en sus órbitas—, lo miraban a uno y (en mi caso, al menos) se apoderaban de su atención, a voluntad. Añadían a esto una maraña de cabello apretadamente ensortijado que, por algún capricho de la Naturaleza, había perdido su color en una forma de lo más aterradoramente parcial y extravagante. Sobre la coronilla conservaba su profunda tonalidad oscura original. Y en torno de la cabeza —y sin que mediara la menor gradación de tonos grises que pudieran tornar menos violento dicho contraste— había emblanquecido totalmente. La línea divisoria entre los dos colores era de lo más irregular. En un sitio, por ejemplo, el cabello blanco se precipitaba sobre el negro y en otro este último se lanzaba sobre el primero. Yo dirigí mi vista hacia él con una curiosidad que, me avergüenza decirlo, escapó a todo control de mi parte. Sus dulces ojos castaños me miraron, en respuesta, mansamente, y a la involuntaria rudeza y fijeza de mi mirada le replicó con una excusa que yo mismo sentí que no merecía.

—Perdón, señor —dijo—. No tenía la menor idea de que Mr. Betteredge estuviese ocupado.

Sacó entonces una tira de papel de su bolsillo y se la extendió a Betteredge.

—La lista para la próxima semana —le dijo.

Sus ojos se posaron nuevamente en mi rostro…, y abandonó en seguida la habitación, tan calladamente como entrara en ella.

—¿Quién es? —le pregunté.

—El ayudante de Mr. Candy —dijo Betteredge—. Y, entre paréntesis, Mr. Franklin, sin duda le apenará saber que el doctor no se recobró jamás de la enfermedad que contrajo mientras regresaba a su casa, luego de la fiesta del cumpleaños. Su salud no es del todo mala, pero perdió la memoria a raíz de la fiebre y no cuenta desde entonces más que con un despojo de memoria. Todo el trabajo recae sobre su ayudante. Aunque no es mucho ahora, excepto el que se refiere a los pobres. Estos no tienen más remedio que tolerar al hombre del cabello blanquinegro y de la piel gitana, porque de lo contrario no podrían contar con médico alguno.

—Parece que no te agrada mucho su persona, Betteredge, ¿no es así?

—A nadie le agrada, señor.

—¿Por qué es tan poco querido?

—Bueno, Mr. Franklin, para comenzar diremos que su aspecto predispone muy poco en su favor. Y luego está esa historia que dice que Mr. Candy lo tomó para que desempeñara un papel harto dudoso. Nadie sabe quién es…, y no cuenta con un solo amigo en los alrededores. ¿Cómo puede usted esperar que le guste a nadie después de lo que acabo de decirle?

—¡Completamente imposible, naturalmente! Pero ¿podrías decirme qué fue lo que lo trajo hasta ti cuando te entregó la tira de papel?

—Sólo vino para entregarme su lista semanal de enfermos de los alrededores, señor, los cuales se hallan necesitados de un poco de vino. Mi ama distribuía regularmente cierta cantidad de su buen y saludable oporto y su buen y saludable jerez entre los pobres enfermos, y Miss Raquel desea que se mantenga esa costumbre. ¡Cómo cambian los tiempos!, ¡cómo cambian los tiempos! Me acuerdo ahora de la época aquella en que el propio Mr. Candy le traía la lista a mi ama. Ahora es su ayudante quien me la trae a mí. Proseguiré con la carta, señor, si me lo permite —dijo Betteredge, atrayendo hacia sí nuevamente la confesión de Rosanna Spearman—. No es una lectura muy estimulante, lo admito. Pero, ¡vaya!, sirve al menos para evitarme la amargura de pensar en el pasado.

Volvió a calarse los espejuelos y meneó tristemente la cabeza.

—Hay un gran fondo de sentido común, Mr. Franklin, en la actitud que adoptamos para con nuestras madres, cuando nos lanzan éstas en el viaje de la vida. Todos, en mayor o menor medida, nos mostramos muy poco deseosos de que nos traigan a este mundo. Y en eso tenemos todos razón.

Demasiado fuerte había sido la impresión que me produjera el ayudante de Mr. Candy para que pudiera yo desterrar su imagen tan fácilmente de mi memoria. Pasando por alto la última e incontestable declaración filosófica de Betteredge, insistí en volver a hablar del hombre del cabello blanquinegro.

—¿Cómo se llama? —le pregunté.

—Su nombre es tan feo como lo requiere el caso —replicó ásperamente Betteredge. Ezra Jennings.

CAPÍTULO V

Luego de haberme dicho el nombre del ayudante de Mr. Candy, Betteredge pensó, al parecer, que ya habíamos malgastado demasiado tiempo respecto a tan insignificante sujeto, y reanudó su lenta lectura de la carta de Rosanna Spearman.

Por mi parte, me senté junto a la ventana, a la espera de que diera término a aquélla. Poco a poco la impresión que me produjo Ezra Jennings —¡parecía inexplicable, en verdad, que encontrándome en la situación en que me encontraba hubiera ser humano alguno capaz de impresionarme aún!— se desvaneció de mi mente. Mis pensamientos volvieron a fluir por su cauce anterior. Una vez más me obligué a mí mismo a contemplar con resolución y frente a frente la increíble situación en que me hallaba. Una vez más repasé en mi mente la línea de conducta que, luego de poner en juego toda la serenidad que me fue posible hallar dentro de mí mismo, planeé para el futuro.

Debía regresar a Londres ese mismo día; exponerle el caso en toda su amplitud a Mr. Bruff y, por último, efectuar el acto más importante, esto es, obtener, no importa de qué manera y a costa de qué sacrificio, una entrevista personal con Raquel…; en esto consistía el plan de acción que forjé de acuerdo con lo que fui capaz de realizar en ese entonces. Contaba aún con una hora, antes de la partida del tren, y con la dudosa probabilidad de que Betteredge descubriera en la parte aún no leída de la carta de Rosanna Spearman, algo que me fuera útil saber antes de que abandonara la casa en que desapareció el diamante. A la espera de esa oportunidad fue que decidí aguardar.

La carta proseguía con estas palabras:

No tiene usted por qué encolerizarse, Mr. Franklin, aun cuando haya yo experimentado una pequeña sensación de triunfo al saber que tenía en mis manos todas las posibilidades de su futuro. Muy pronto se descargaron de nuevo sobre mí la ansiedad y el temor. Teniendo en cuenta el punto de vista adoptado por el Sargento Cuff en lo que concernía a la pérdida del diamante, podía asegurarse que habría él de concluir por ordenar el registro de nuestra ropa blanca y de nuestros vestidos. No había un lugar en mi habitación —no lo había en toda la casa—, estaba segura, que fuera a librarse de sus garras. ¿Cómo ocultar la camisa de dormir de manera tal que ni el propio Sargento pudiera dar con ella, y cómo hacerlo sin desperdiciar un solo instante de ese tiempo precioso con que contaba para ello? No era fácil contestar a estas preguntas. Mi incertidumbre concluyó cuando me dispuse a seguir un procedimiento que le causará sin duda risa. Me desvestí y me eché encima su camisa de noche. Usted la había llevado…, y yo viví un pequeño instante de placer al llevarla luego que usted la hubo usado.

Las próximas nuevas que llegaron hasta las dependencias de los criados sirvieron para demostrarme que no me había anticipado en un solo minuto respecto al límite máximo con que contaba para poner a buen recaudo la camisa de dormir. El Sargento Cuff acababa de pedir el libro del lavado.

Di con él y se lo entregué en el gabinete de mi ama. El Sargento y yo nos habíamos encontrado más de una vez anteriormente. Estaba segura de que habría de reconocerme…, pero no tenía la misma certeza en lo que respecta a lo que haría al comprobar que me hallaba empleada de sirvienta en una casa donde acababa de desaparecer una gema. Frente a tanta incertidumbre consideré que significaría un alivio para mí el afrontar de una vez el encuentro.

Me miró como a una desconocida, cuando le alargué el libro del lavado; y me lo agradeció con una particular cortesía. Yo consideré ambas cosas como dos malas señales. ¿Qué sabía yo lo que podía decir de mí a mis espaldas?, ¿qué sabía yo cuánto tiempo habría de pasar antes de que se me detuviera bajo sospecha y se me registrara? Era ésa la hora en que debía usted regresar del viaje en tren que efectuara para ir a visitar a Mr. Godfrey Ablewhite; por tanto, me dirigí hacia su sendero favorito, entre los arbustos, a la espera de una nueva oportunidad de hablar con usted…, la última oportunidad, a pesar de todo lo que yo sabía en contrario, que habría de presentárseme jamás.

Usted no apareció en ningún momento y, lo que fue peor todavía, vi pasar junto a mi escondite a Mr. Betteredge y al Sargento Cuff…, y el Sargento me vio.

No me quedaba otra alternativa, luego de esto, que regresar al sitio en que me correspondía estar y a la labor que era de mi incumbencia, antes de que se descargaran nuevos desastres sobre mí. En el mismo instante en que iba yo a echar a andar a través del sendero, regresaba usted de su viaje en ferrocarril. Cuando se disponía usted a avanzar directamente hacia allí, —me vio estoy segura, señor, de que me vio—, y volviéndose entonces, como si hubiera estado yo apestada, cambió de rumbo y se internó en la casa.

Hice casi todo mi recorrido, puertas adentro, otra vez, y penetré por la entrada de la servidumbre. No había nadie en el lavadero, y me senté allí, solitaria. Ya le he dicho cuáles fueron las ideas que las Arenas Temblonas me metieron en la cabeza. Dichas ideas retornaban a mi mente ahora. Me pregunté a mí misma qué es lo que me sería más difícil de soportar, si las cosas seguían por el rumbo en que iban: si la indiferencia de Mr. Franklin Blake o la resolución de arrojarme a la arena movediza para terminar en ella para siempre.

Es inútil que se me pida una explicación de mi conducta de ese entonces. Me esfuerzo…, pero no logro comprenderme a mí misma.

¿Por qué no traté de detenerlo al ver que usted me evitaba de tan cruel manera? ¿Por qué no lo desafié y le dije: «Mr. Franklin, tengo algo que decirle; se refiere a su persona y deberá y habrá usted de escucharlo?» Se hallaba usted a mi merced… Le había arrebatado a usted el látigo de la mano, como es corriente decir. Y aún más que eso: me hallaba en condiciones, si sólo podía lograr que me dispensara su confianza, de serle útil en el futuro. Naturalmente, jamás pensé que usted —un caballero— hubiera robado el diamante por el mero placer de hacer tal cosa. No, Penélope la había oído hablar a Miss Raquel y yo lo había oído hablar a Mr. Betteredge, tanto de sus deudas como de sus extravagancias. Se hizo evidente para mí que había tomado usted el diamante para venderlo o empeñarlo con el fin de obtener por su intermedio la suma que necesitaba. ¡Vaya! Yo podría haberle indicado un hombre que en Londres le hubiera anticipado una gran suma por la gema sin hacerle ninguna pregunta embarazosa.

¡Por qué no le habré hablado a usted, por qué no se lo habré dicho!

Me pregunto si los riesgos y dificultades que implicaba el hecho de esconder la camisa de noche no eran ya demasiados de por sí como para añadirles otros. Eso hubiera podido ocurrir con cualquiera otra mujer…, pero ¿cómo podía tratarse de tal cosa en mi caso? En los días en que fuera yo una ladrona había corrido riesgos cincuenta veces mayores que ése y sorteado dificultades con las cuales ésta de ahora resultaba un simple juego de niños. Me hallaba iniciada, por así decirlo, en timos y engaños…, algunos de los cuales se hicieron famosos y aparecieron en los periódicos. ¿Era posible que algo tan mezquino como el guardar la camisa de dormir pesara de tal manera sobre mi espíritu, hasta el punto de hacer naufragar mi corazón bajo su peso en el preciso instante en que debía ponerlo sobreaviso a usted? ¡Qué tonta soy al hacer tal pregunta! Eso no podía ser.

¿Qué objeto tiene el insistir de esta manera en mi propia manera tonta de obrar? ¿No es acaso demasiado evidente la simple veracidad de los motivos? A espaldas suyas, lo amaba yo con toda mi alma y mi corazón. Frente a usted —no tengo por qué ocultarlo— me sentía atemorizada; temía encolerizarlo y temía también lo que usted pudiera decirme, pese a haber sido usted quien se había apoderado del diamante, en cuanto yo me atreviera a anunciarle que me había enterado de ello. Avancé tanto en ese terreno como me lo permitió mi coraje, cuando le dirigí la palabra en la biblioteca. Usted no me había vuelto la espalda en esa oportunidad. Como tampoco había huido de mí igual que si se tratara de la peste. Yo traté de despertar en mí un sentimiento de cólera hacia usted y de estimular en esa forma mi coraje. ¡Pero no! No pude sentir otra cosa que mi propia miseria y humillación. «Es usted una muchacha vulgar; tiene usted un hombro encorvado; no es más que una simple criada…, ¿qué se propone, pues, al intentar dirigirme la palabra a mí?» ¡Jamás pronunció usted palabra alguna que se pareciera a éstas, Mr. Franklin; pero, no obstante, me lo dijo! ¿Puede explicarse una locura semejante? No. No queda otra cosa que confesarla y dejarla luego en paz.

Le pido perdón una vez más por esta nueva divagación de mi pluma. No hay temor de que ello ocurra otra vez. Me hallo ahora muy cerca del final.

La primera persona que vino a molestarme en el cuarto solitario fue Penélope. Había descubierto mi secreto hacía ya largo tiempo y hecho lo posible por hacerme entrar en razón…, de la manera más bondadosa, por otra parte.

—¡Ah! —me dijo—, sé que estás aquí sentada lamentándote, sola y sin ayuda de nadie. Lo mejor que puede ocurrirte, Rosanna, es que termine cuanto antes la visita de Mr. Franklin a esta casa. Creo que no pasará mucho tiempo antes de que se vaya.

En medio de todos mis pensamientos acerca de usted, nunca se me ocurrió pensar que podría usted irse de aquí.

—Acabo de dejar a Miss Raquel —prosiguió Penélope—. Gran trabajo me costó tolerar su mal humor.

Dice que la casa se le hace insoportable con la policía adentro y se halla determinada a hablar con mi ama esta tarde e irse a casa de su tía Ablewhite mañana. Si hace eso, la primera persona de la casa que busque algún motivo para abandonarla también habrá de ser Mr. Franklin; ¡puedes estar segura de ello!

Yo recobré la facultad de la palabra entonces.

—¿Quieres significar que Mr. Franklin habrá de irse con ella? —le pregunté.

—De mil amores, si ella se lo permite; pero no ocurrirá tal cosa. A él también le ha hecho sentir su irritación; él también se halla en su lista negra…, y ello a pesar de haber hecho todo lo posible por ayudarla, el pobre. ¡No, no! Si no llegan a reconciliarse antes de mañana, habrás entonces de ver a Miss Raquel tomando por un lado y a Mr. Franklin yendo por otro. Hacia dónde se dirigirá él es algo que no me hallo en condiciones de decírtelo. Pero lo cierto es que no seguirá viviendo un solo instante más aquí una vez que Miss Raquel nos haya abandonado.

Yo me las arreglé para contener mi desesperación ante la perspectiva de que usted se fuera. A decir verdad, percibía un pequeño rayo de esperanza en mi futuro, si se producía realmente una seria divergencia entre Miss Raquel y usted.

—¿Sabes a qué se debe su desinteligencia? —le pregunté.

—Toda la culpa recae sobre Miss Raquel —me dijo Penélope—. A pesar de todo lo que sé en contrario, todo se debe a la cólera de Miss Raquel; nada más que a eso. No quiero afligirte, Rosanna, pero no vaya a ocurrírsele huir con la idea de que Mr. Franklin habrá de estar disputando siempre con ella. Está demasiado enamorado para que eso ocurra.

Acababa apenas de pronunciar tan crueles palabras, cuando llegó hasta nosotros la voz de Mr. Betteredge, que nos llamaba. Toda la servidumbre interior de la casa debía reunirse en el vestíbulo. Y luego habríamos de ir pasando, uno por uno, para ser interrogados en el cuarto de Mr. Betteredge, por el Sargento Cuff.

Me llegó el turno a mí, una vez que hubieron pasado la doncella del ama y la doméstica principal de la casa. Las preguntas del Sargento Cuff —aunque disfrazadas muy astutamente— me dejaron entrever bien pronto que aquellas dos mujeres (las más acérrimas enemigas que tenía en la casa) habían hecho algunos descubrimientos junto a mi puerta, desde afuera, la tarde del jueves, y, luego, la noche del mismo día. Le habían dicho al Sargento lo suficiente como para abrirle los ojos respecto a determinada porción de la verdad. Se hallaba aquél en lo cierto cuando sospechaba que había confeccionado yo una nueva camisa de dormir, pero se equivocaba cuando creía que la prenda manchada de pintura me pertenecía. A través de lo que me dijo llegué a convencerme de otra cosa que me dejó perpleja. Sospechaba, naturalmente, que me hallaba yo implicada en la desaparición del diamante. Pero, al mismo tiempo, me dejó entrever —de propósito, según me pareció— que no me consideraba a mí la persona principalmente responsable de la pérdida de la gema. Al parecer, pensaba que yo había actuado siguiendo las órdenes de otra persona. Quién podía ser dicha persona es algo que no pude adivinar entonces ni logro imaginármelo ahora.

En medio de tanta incertidumbre, una sola cosa era evidente: que el Sargento Cuff se hallaba a muchas millas de distancia de saber toda la verdad. Usted estaría a salvo mientras estuviese a salvo la camisa de noche…, pero ni un minuto más.

Yo me desesperé por hacerlo comprender todo el horror y la desdicha que presionaban ahora sobre mí. Era imposible que me arriesgara a llevar un minuto más, encima, su camisa de dormir. Podrían enviarme de repente a comparecer ante el tribunal de Frizinghall, bajo sospecha, y ser registrada, en consecuencia. Mientras el Sargento Cuff me dejara en libertad debía escoger —y ello en seguida— entre proceder a la destrucción de la camisa de dormir o el ocultamiento de la misma en algún sitio seguro que se hallara también a segura distancia de la casa.

De haber estado siquiera un tanto menos enamorada de usted, creo que la hubiera destruido. Pero, ¡oh!, ¿cómo podía yo destruir la única cosa que me hubiera servido para demostrar que lo había salvado a usted? Si tuviéramos que llegar a explicarnos mutuamente y si usted sospechara que yo había tenido alguna mala intención, y se negara a creerme, ¿cómo podría yo ganarme su confianza como no fuera por medio de su camisa de dormir? ¿Me equivoco, acaso, al creer, como lo creí entonces y lo sigo creyendo ahora, que podría usted vacilar respecto a la conveniencia de que una pobre muchacha como yo compartiera su secreto y fuera su cómplice en el robo que lo tentó a cometer su malestar económico? Si piensa usted en su fría conducta para conmigo, señor, no le causará asombro alguno la circunstancia de que tuviera yo tan pocos deseos de destruir el único título que tenía la fortuna de poseer para merecer su confianza y su agradecimiento.

Resolví, pues, ocultarla; y el lugar elegido fue aquel que me era más familiar: las Arenas Temblonas.

Tan pronto como terminó el interrogatorio di la primera excusa que me vino a la mente y conseguí permiso para salir e ir a tomar un poco de aire fresco. Me dirigí directamente hacia Cobb's Hole, hacia la cabaña de Mr. Yolland. Su esposa y su hija eran las mejores amigas que yo tenía. No crea usted que fui allí para confiarles su secreto…, no se lo he confiado a nadie. Sólo fui para escribirle a usted una carta y para contar con una segura oportunidad que me permitiera sacarme de encima la camisa de noche. Sabiendo, como sabía, que se sospechaba de mí, no podía hacer ninguna de esas dos cosas, allá, en las dependencias superiores de la casa.

Y he aquí que ya llego al final de esta carta, que estoy escribiendo, sola, en el dormitorio de Lucy Yolland. Cuando la haya terminado bajaré por la escalera con la camisa de dormir arrollada y oculta bajo mi capa. Ya encontraré, entre ese montón de cosas viejas que hay en la cocina de Mrs. Yolland, alguna que se preste para conservar seca y a salvo la camisa en su escondite. Y luego iré a las Arenas Temblonas —¡no se asuste porque deje que las huellas me delaten!— y ocultaré la camisa de dormir, debajo, en las arenas y en un sitio que no habrá ser humano alguno que sea paz de descubrir, a menos que le comunique yo el secreto.

Hecho esto, ¿qué haré a continuación?

Entonces, Mr. Franklin, me asistirán dos razones para intentar nuevamente decirle a usted las palabras que aún no le he dicho. Si abandona usted la casa, como cree Penélope que usted hará, sin que yo le haya hablado aún, habré perdido mi oportunidad para siempre. Esa es una de las razones. Por otra parte, además, tengo la consoladora certidumbre de saber —si mi palabra llega a encolerizarlo a usted— que la camisa de noche se halla lista y a mi disposición para abogar por mi causa, como no se halla ninguna otra cosa. Esa es la otra razón. Si estas dos razones no consiguen, juntas, endurecerme el corazón de manera tal que le permita a éste defenderse de la frialdad que lo ha estado helando hasta ahora (me refiero a la frialdad de sus modos para conmigo), habré llegado al final de mis esfuerzos… y al final de mi vida.

Sí; de perder la próxima oportunidad —si se muestra usted tan cruel como siempre y me hace sentir tal cosa como la he sentido ya anteriormente—, le diré adiós a este mundo que me ha mezquinado la felicidad que a otros les da. Le diré adiós a una vida que sólo una pizca de bondad de parte de usted podría convertir alguna vez en una cosa agradable, de nuevo, para mí. No me condene, señor, por este final. ¡Pero trate —esfuércese— de sentir cierta piedad dolorosa hacia mí! Trataré en lo posible que descubra lo que he hecho por usted, cuando ya no me encuentre aquí para decírselo. ¿Me dirá usted entonces, cuando ello ocurra, alguna cosa amable…, con el mismo tono tierno con que le habla a Miss Raquel? Si lo hace, y si existen, de verdad, los espectros, creo que el mío lo oirá y temblará de placer cuando ello ocurra.

Ya es tiempo de terminar con esto. Yo misma estoy llorando. ¿Cómo podré ver el camino que conduce al escondite, si permito que estas inútiles lágrimas me enceguezcan?

Por otra parte, ¿por qué habré de mirar las cosas desde el lado más sombrío? ¿Por qué no creer, mientras pueda, que esto terminará bien, después de todo? Puede ser que lo halle a usted de buen humor esta noche…, o quizá que tenga más suerte mañana por la mañana. No habré de mejorar mi rostro irritándome… ¿no es así? Quién sabe si no he llenado, después de todo, estas largas y fatigosas páginas inútilmente. Ellas también habrán de ir, para que no se pierdan (no importa ahora para qué), dentro del escondite junto con la camisa de dormir. Duro, muy duro me ha sido escribir esta carta. ¡Oh, si llegáramos siquiera a entendernos mutuamente, con qué alegría habría de desgarrarla!

Permítame, señor, que me despida como su fiel amante y su humilde servidora.

Rosanna Spearman.

Betteredge terminó de leer la carta y guardó silencio. Luego de volverla a colocar cuidadosamente dentro del sobre, permaneció pensativo en su asiento, con la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos clavados en el piso.

—Betteredge —le dije—, ¿hay algo hacia el final de la carta que pueda servirnos para orientarnos?

Él alzó la cabeza y miró, lanzando un profundo suspiro…

—Nada hay en ella que pueda servir para orientarlo, Mr. Franklin —me respondió—. Siga usted mi consejo: no saque de su sobre la carta hasta que haya pasado su presente agitación. Ya habrá de angustiarlo hondamente en cualquier tiempo que la lea. No lo haga ahora.

Yo guardé la carta en mi cartera.

Una ojeada retrospectiva hacia los capítulos dieciséis y diecisiete de la Narración de Betteredge bastará para demostrar que había en realidad una razón para que yo desistiera de leer la carta, en una época en que mi coraje se hallaba sometido a tan cruel prueba. En dos ocasiones la infeliz mujer había efectuado una última tentativa para hablar conmigo. Y en igual número de oportunidades había tenido yo la desgracia (¡sólo Dios sabe cuán inocentemente!) de rechazar sus solicitaciones. La noche del viernes, como hace constar verazmente Betteredge, me halló a solas junto a la mesa de billar. Sus maneras y sus palabras me dieron la impresión —y se la hubieran dado a cualquier otro hombre— de que estaba a punto de hacerme una confesión culpable respecto de la desaparición del diamante. Por su propio bien no le presté ninguna atención especial cuando la vi venir, y por su propio bien y también de propósito, dirigí mi vista hacia las bolas de billar en lugar de mirarla a ella…, ¿y con qué resultado? ¡La despedí dos veces con el corazón herido! El sábado, nuevamente —el día en que, según debió ella haber previsto de acuerdo con lo que le dijera Penélope, mi partida era ya una cosa inminente—, nos persiguió la misma fatalidad. Ella trató una vez más de encontrarse conmigo en el sendero de los arbustos y me halló en compañía de Betteredge y del Sargento Cuff. Al alcance de su oído el Sargento apeló, impulsado por un móvil interno, a mi interés por Rosanna Spearman. Y otra vez, por el propio bien de la pobre muchacha, le respondí al funcionario policial con un franco desmentido y declaré —afirmé en voz alta, para que pudiera ella oírme también—, que no sentía «interés alguno por Rosanna Spearman». Ante esas palabras, cuyo único objeto fue el de prevenirla contra toda tentativa de llegar a la confidencia conmigo, se desvió de allí y abandonó el lugar; prevenida por el peligro, según creí; condenándose a sí misma a su propia destrucción, según sé ahora. Ya he trazado el curso seguido por los sucesos desde ese instante hasta el momento en que efectué el asombroso descubrimiento en la arena movediza. La ojeada retrospectiva ya ha sido completada. Puedo ahora abandonar esta miserable historia de Rosanna Spearman —la cual, aun después de tanto tiempo, no puedo releer sin experimentar una dolorosa sensación de desgracia— para que sugiera por sí misma todo lo que no ha sido dicho aquí. Puedo también pasar ya del suicidio en las Arenas Temblonas, con toda la extraña y terrible influencia que ha ejercido en mi presente situación y mis probabilidades futuras, a otras cosas más interesantes que les conciernen a las demás personas de este relato y a los eventos que estaban ya preparándome el camino para que pudiera realizar el lento y fatigoso viaje que me habría de conducir de la sombra a la luz.

CAPÍTULO VI

Me dirigí a la estación de ferrocarril, innecesario será que lo diga, acompañado de Gabriel Betteredge. Llevaba la carta en el bolsillo y la camisa de noche empacada, a salvo, dentro de mi pequeño saco de viaje…; ambas habrían de ser sometidas al examen de Mr. Bruff.

Abandonamos la casa en silencio. Por primera vez desde que lo conocía noté que el viejo Betteredge iba a mi lado sin decirme una palabra. Teniendo algo de qué hablar, por mi parte, inicié la conversación tan pronto traspusimos la entrada del pabellón de guardia.

—Antes de partir para Londres —comencé a decirle—, tengo que hacerte dos preguntas. Ambas se relacionan con mi persona y creo que habrán de sorprenderte un tanto.

—Si ambas vienen a quitarme de la cabeza la carta de esa pobre muchacha, Mr. Franklin, podrán ellas hacer lo que quieran conmigo. Tenga la bondad de comenzar por sorprenderme, señor, tan pronto como le sea posible.

—Mi primera pregunta, Betteredge, es la siguiente: ¿me hallaba yo borracho la noche del cumpleaños de Raquel?

—¡Borracho usted! —exclamó el anciano—. ¡Vaya, si su más grande defecto, Mr. Franklin, es el de beber solamente en la comida y no probar una sola gota de licor después de esa hora!

—Pero el día del cumpleaños fue una fecha especial. Muy bien podría ser que hubiera hecho abandono de mis hábitos regulares esa noche, única entre todas las demás.

Betteredge meditó durante un momento.

—Abandonó, sí, usted sus hábitos, señor —me dijo—. Pero le diré en qué sentido. Presentó un aspecto lastimosamente enfermizo…, y lo persuadimos para que tomara un trago de brandy con agua para levantarle un poco el ánimo.

—No acostumbro beber brandy con agua. Es muy posible…

—Aguarde un instante, Mr. Franklin. También yo sabía que no se hallaba acostumbrado a ello. Escancié para usted medio vaso de los que se usan para el vino, de nuestro viejo coñac de cincuenta años, ¡y qué vergüenza para mí!, inundé ese noble licor con cerca de medio vaso de agua fría. Un chico no hubiera podido emborracharse con él…, ¡mucho menos un hombre!

Yo sabía que podía confiar en su memoria en una cuestión como ésa. Era completamente imposible que me hubiera embriagado. Pasé, pues, a la segunda pregunta.

—Antes de que se me enviara al extranjero, Betteredge, siendo un muchacho, tú me conocías bastante, ¿no es así? Ahora bien: dime sin ambages si recuerdas alguna cosa extraña que haya yo hecho, luego de haberme ido a la cama a dormir. ¿Me viste alguna vez caminar dormido?

Betteredge se detuvo, me miró durante un momento, asintió con la cabeza y prosiguió su camino nuevamente.

—¡Ya sé cuál es su propósito, Mr. Franklin! —me dijo—. Está usted tratando de explicarse cómo fue que se manchó con pintura su camisa de noche, sin enterarse usted mismo de ello. Pero se equivoca, señor. Se halla usted muy lejos de la verdad, señor. ¿Caminar dormido? ¡Jamás hizo usted tal cosa durante su existencia!

Nuevamente tuve la sensación de que Betteredge debía de estar en lo cierto. Ni en mi patria ni en el extranjero había llevado yo nunca una vida solitaria. De haber sido yo sonámbulo, cientos y cientos de personas lo hubieran comprobado e, interesándose por mi seguridad, me hubieran prevenido respecto de tal hábito y tomado las precauciones del caso.

Admitiendo aun todo eso, me seguí aferrando —con una obstinación indudablemente natural y excusable dadas las circunstancias por que atravesaba— a una u otra de las dos explicaciones que yo concebía como las únicas capaces de justificar la insoportable situación en que me hallaba entonces. Advirtiendo que no estaba aún convencido se refirió Betteredge astutamente a ciertos eventos posteriores, relacionados con la historia de la Piedra Lunar y dispersó a los vientos de una vez y para siempre mis dos teorías.

—Probemos sus teorías de otra manera, señor —me dijo—. Persista usted en esa idea y veamos hasta dónde lo hace avanzar la misma en el camino de la verdad. Si hemos de creerle a la camisa de dormir —a quien, yo por lo menos, no le creo—, no solamente la manchó usted con la pintura de la puerta, sino que robó usted el diamante, también sin saberlo. ¿Es o no es así, hasta aquí, por lo menos?

—Completamente cierto. Continúa.

—Muy bien, señor. Diremos que se hallaba usted borracho o que caminó dormido cuando se apoderó de la gema. Esto puede admitirse en lo que concierne a la noche del día del cumpleaños y a la mañana subsiguiente. Pero ¿cómo podrá servir para explicar lo que ocurrió después? El diamante fue llevado a Londres, después de eso. Le fue entregado en calidad de prenda a Mr. Luker posteriormente. ¿Hizo usted ambas cosas, sin saberlo, también? ¿Se hallaba borracho cuando lo vi fuera en el calesín del pony, la tarde del sábado? ¿Y se dirigió usted, dormido, hacia la casa de Mr. Luker, luego que abandonó el tren al final de su viaje? Perdóneme que le diga, Mr. Franklin, que este asunto lo ha trastornado de tal forma, que no se halla usted en condiciones de juzgar las cosas por sí mismo. Cuando más pronto se halle usted junto a Mr. Bruff, más pronto distinguirá el camino que lo conduzca fuera del punto de estancamiento en que se encuentra ahora.

Arribamos a la estación con uno o dos minutos de adelanto.

Apresuradamente le di mi dirección de Londres a Betteredge, de manera que pudiera escribirme si se hacía necesario, prometiéndole, de mi parte, ponerlo al tanto de cualquier novedad que se produjese. Hecho esto y en el preciso instante en que me despedía de él, eché por casualidad una ojeada al puesto de los libros y diarios. Y ¡he ahí que, conversando con el encargado del puesto, vi de nuevo al extraño ayudante de Mr. Candy! Nuestros ojos se descubrieron los unos a los otros simultáneamente. Ezra Jennings se quitó el sombrero al verme. Yo le devolví el saludo y me introduje en mi compartimiento en el mismo instante en que el tren partía. Fue un alivio para mi mente, creo, poder detenerse en cosas que no tenían ninguna especie de relación personal conmigo. Sea lo que fuere, comencé ese viaje de regreso que habría de llevarme hacia Mr. Bruff, sorprendido —absurdamente sorprendido, lo admito— por el hecho de haberme encontrado dos veces, durante el mismo día, con el hombre del cabello blanquinegro.

La hora en que llegué a Londres excluía toda esperanza de hallar a Mr. Bruff en el teatro de sus actividades. Me dirigí, pues, desde la estación a su residencia privada de Hampstead, donde perturbé la modorra del abogado, que se hallaba solo en su comedor con su doguillo favorito sobre las rodillas y su botella de vino junto al codo.

La mejor manera de describir el efecto que le produjo mi historia a Mr. Bruff será la de puntualizar las diversas medidas que tomó en cuanto hube llegado al término de la misma. Ordenó que llevaran bofes y té fuerte a su estudio e hizo poner en conocimiento de las señoras de la casa que les estaba prohibido interrumpirnos, cualquiera fuera el pretexto que utilizaran para ello. Luego de estas medidas preliminares, examinó primero la camisa de dormir y se consagró en seguida a la lectura de la carta de Rosanna Spearman.

Cuando hubo terminado, Mr. Bruff me dirigió por primera vez la palabra, desde que nos recluyéramos en su cuarto.

—Franklin Blake —me dijo el anciano caballero—, es éste un asunto serio, desde más de un punto de vista. En mi opinión, le concierne casi tanto a Raquel como a usted mismo. Su extraordinaria conducta ha dejado de ser un misterio ahora. Ella cree que fue usted quien robó el diamante.

Yo me había resistido a razonar imparcialmente, para no arribar a tan odiosa conclusión. Pero ésta había forzado el paso dentro de mí, no obstante. Mi resolución de obtener una entrevista personal con Raquel se basaba cierta y realmente en esa causa que acababa de puntualizar Mr. Bruff.

—El primer paso por darse en esta investigación —prosiguió el abogado— habrá de ser el de apelar a Miss Raquel. Ha guardado silencio hasta ahora por motivos que yo, que conozco su carácter, puedo fácilmente explicarme. Es imposible, luego de lo ocurrido, tolerar ese silencio por más tiempo. Debe ser persuadida, o forzada, a decirnos en qué se basa para creer que fue usted quien robó la Piedra Lunar. Hay muchas probabilidades que todo este asunto, difícil como nos parece ahora, se derrumbe y desintegre en mil pedazos, con sólo que logremos abrirnos paso a través de la inveterada reserva de Raquel y podamos convencerla de que debe hablar sin ambages.

—Es ésta una consoladora opinión para mí —le dije—. No obstante, admito que me gustaría saber…

—En qué se basa mi presunción —me interrumpió Mr. Bruff—. Podré decírselo en dos minutos. Tenga en cuenta, en primer lugar, que juzgo el caso desde el punto de vista del abogado. Las pruebas son las que me interesan. Muy bien. Estas surgen al comienzo del caso y en una faz importante del mismo.

—¿Qué faz?

—Escuche usted. Admito que el nombre estampado en la camisa de dormir es el suyo. Admito también que la marca de pintura prueba que dicha prenda fue la que provocó la mancha en la puerta de Raquel. Pero ¿qué testimonio existe, ante usted o ante mí, que venga a demostrar que usted fue la persona que vistió en ese momento la camisa de dormir?

Su objeción me electrizó. No se me había ocurrido en ningún momento.

—En cuanto a esto —prosiguió el abogado, levantando la confesión de Rosanna Spearman—, comprendo que se trata de una carta dolorosa para usted. Comprendo también por qué no se resuelve usted a analizarla desde un punto de vista puramente imparcial. Pero yo no me hallo en su misma situación. Puedo aplicarle mi experiencia profesional a este documento, de la misma manera en que se la aplicaría a cualquier otro. Sin aludir para nada a las actividades de esa mujer como ladrona, le haré notar simplemente que su carta viene a demostrar que era una perita en imposturas, como lo demuestra ella misma; y arguyo, por tanto, que se justifica mi sospecha de que no ha dicho toda la verdad. No lanzaré ninguna teoría respecto de lo que pudo o no pudo ella hacer. Solamente diré que si Raquel ha sospechado de usted, basándose únicamente en la camisa de dormir, existen noventa y nueve probabilidades entre cien de que Rosanna Spearman fuera la persona que le mostró la prenda. En tal caso, ahí está la carta de esa mujer en la cual ella confiesa que se hallaba celosa de Raquel, que le cambiaba las rosas y que percibía un pequeño rayo de esperanza en su futuro, en caso de que produjera una disputa entre Raquel y usted. No me detendré para inquirir quién robó la Piedra Lunar (para conseguir sus fines, Rosanna Spearman hubiera sido capaz de hurtar cincuenta Piedras Lunares); sólo diré que la desaparición de la gema le dio a esa ladrona, que se hallaba enamorada de usted, la oportunidad de desunirlos, a usted y a Raquel, por el resto de sus vidas. Tenga en cuenta que ella no había decidido aún en ese entonces eliminarse, y habiéndosele presentado tal oportunidad, afirmo sin la menor vacilación que se hallaba de acuerdo con su carácter el aprovecharla. ¿Qué me dice usted de ello?

—Una sospecha parecida —le respondí— cruzó por mi mente tan pronto abrí la carta.

—¡Exacto! Y una vez que la hubo leído se apiadó de la pobre muchacha y no se atrevió a sospechar de ella. ¡Eso habla mucho en su favor, mi querido señor…, mucho en su favor!

—Pero supongamos que resulte que he llevado realmente encima la camisa de dormir. ¿Qué ocurre entonces?

—No veo cómo pueda probarse tal cosa —dijo Mr. Bruff—. Pero, dando por sentado que existe tal prueba, la vindicación de su inocencia no sería entonces una fácil faena. No profundicemos ahora en eso. Aguardemos y veamos si es que Raquel ha sospechado de usted, basándose únicamente en la camisa de noche.

—¡Dios mío, cuán fríamente habla usted de las sospechas de Raquel! —prorrumpí—. ¿Qué derecho tiene ella a sospechar de mí, exista la prueba que existiere, y a pensar que yo soy el ladrón?

—Pregunta muy sensata, mi querido señor. Hecha con un poco de vehemencia…, pero digna de ser tenida en cuenta a pesar de ello. Lo mismo que a usted lo confunde me tiene perplejo a mí. Busque en su memoria y conteste a lo siguiente: ¿ocurrió durante su permanencia en la casa algo, no, naturalmente, que viniera a hacer vacilar la creencia de Raquel en su honor, pero sí que viniera, digamos, a hacerla vacilar en su creencia, no importa si con muy poca razón, en los principios de usted en general?

Yo me puse en pie de un salto, impelido por una ingobernable agitación. La pregunta del abogado me hizo recordar, por primera vez desde que abandonara Inglaterra, que algo había, en verdad, ocurrido.

En el capítulo octavo de la Narración de Betteredge se hace alusión a la llegada de un extranjero desconocido a la casa de mi tía, quien fue a verme allí por asuntos de negocios. La naturaleza de su misión era la siguiente:

Yo había sido tan tonto (hallándome, como me hallaba habitualmente, necesitado de dinero) como para aceptar un préstamo del encargado de un pequeño restaurante de París, donde era un cliente bien conocido. Una fecha fue fijada para la devolución del dinero, y, cuando venció el plazo, comprobé, como les habrá ocurrido comúnmente a millares de hombres honestos, que me era imposible cumplir con mi compromiso. Le envié entonces al hombre una letra. Mi nombre era, desgraciadamente, demasiado conocido respecto de tales documentos: el hombre no lo pudo negociar. Sus asuntos se habían desordenado luego que me prestara a mí esa suma; la bancarrota se avecinaba, cuando un pariente suyo, un abogado francés, vino a verme a Inglaterra para insistir en el pago de la deuda. Era éste un individuo de fogoso temperamento, que optó, frente a mi, por la injuria. Cambiamos palabras ásperas y, desgraciadamente, mi tía y Raquel, que se encontraban en el cuarto contiguo, las oyeron. Lady Verinder entró en la habitación e insistió en enterarse de lo que ocurría. El francés exhibió sus credenciales y me proclamó el culpable de la ruina de un pobre hombre que confiara en mi honor. Mi tía le entregó inmediatamente el dinero y lo despidió. Me conocía mejor, sin duda, que el francés, para adoptar el punto de vista de éste, respecto de la transacción. Pero le chocó, al mismo tiempo, mi negligencia y se irritó justamente conmigo por haberme colocado en una situación que, de no haber mediado su intervención, hubiera llegado a ser deshonrosa. Que su madre la hubiera puesto al tanto de lo ocurrido o que Raquel lo hubiera oído por sí misma… es cosa que no puedo yo determinar. Lo cierto es que ella adoptó su personal punto de vista romántico y presuntuoso en lo que concierne a este asunto. Según dijo, era yo un «hombre sin corazón», «sin honor» y que «carecía de principios», agregando que «no se podía decir lo que sería capaz de hacer la próxima vez…»; en suma, me dijo las cosas más duras que oyera jamás de labios de una joven. La brecha abierta entre ambos persistió hasta el día siguiente. Al otro día logré hacer las paces con ella y dejé de pensar en este asunto. ¿Había Raquel vuelto a pensar en tan desgraciada contingencia, cuando se produjo el momento crítico en que el lugar que yo ocupaba en su estimación se vio nuevamente y de manera mucho más seria en peligro? Mr. Bruff, al mencionarle yo tal cosa anteriormente, había respondido afirmativamente y de inmediato a mi pregunta.

—Esto no habrá dejado de ejercer su efecto en ella —me dijo gravemente—. Y desearía, por el bien suyo, que eso no hubiera ocurrido jamás. No obstante, hemos descubierto que existía determinado influjo que la predisponía en contra de usted…, y, sea como fuere, hemos despejado ya una de las incógnitas. El próximo paso que habremos de dar en nuestra investigación será el que nos lleve junto a Raquel.

Se levantó y echó a andar, pensativo, de arriba abajo por el cuarto. En dos oportunidades estuve a punto de decirle que me hallaba decidido a entrevistarme con Raquel y en igual número de ocasiones el respeto que me inspiraba su edad y su carácter me hicieron vacilar respecto del hecho de sorprenderlo en un momento desfavorable.

—La gran dificultad estriba —me dijo resumiendo— en lograr que ella dé a conocer, sin reservas, su opinión sobre este asunto. ¿Se le ocurre a usted algo?

—He decidido, Mr. Bruff, hablarle a Raquel personalmente.

—¡Usted! —se detuvo súbitamente y me miró como si pensara que había perdido el juicio—. ¡Usted, entre tantas personas como hay en el mundo! —se contuvo bruscamente y empezó a dar otra vuelta por el cuarto—. Aguarde un poco —me dijo—. En casos tan extraordinarios como éste, el método osado resulta a veces el mejor de todos —meditó sobre ello durante un minuto o dos, bajo esa nueva luz arrojada sobre el asunto y optó de manera audaz por declararse en mi favor—. Quien no arriesga, nada consigue —prosiguió el anciano—. Cuenta usted con una probabilidad que yo no poseo… y habrá de ser, por tanto, usted quien experimente primero.

—¿Una probabilidad en mi favor? —repetí, con la mayor sorpresa.

Mr. Bruff suavizó por vez primera la expresión de su rostro, hasta llegar a sonreír.

—Así es —me dijo—. Le digo a usted claramente que no confío ni en su discreción ni en su carácter. Pero sí en que Raquel conserva aún, en algún remoto y minúsculo rincón de su corazón, cierta enfermiza debilidad por usted. Toque ese resorte… ¡y verá usted cómo habrá de escuchar la más plena confesión que haya brotado jamás de labios de una mujer! El problema reside en saber cómo se las arreglará usted para verla.

—Ella ha sido ya huésped suya en esta casa —le respondí—. ¿Me atreveré a sugerirle —si es que no se ha hablado ya en forma desfavorable de mí en este lugar— si no podría verla en esta casa?

—¡Calma! —dijo Mr. Bruff.

Sin otro comentario que esta palabra única respecto de mi réplica, comenzó a pasearse otra vez de arriba abajo por el cuarto.

—Hablando vulgarmente, mi casa habrá de convertirse en una trampa destinada a cazar a Raquel, mediante la utilización de un cebo que adoptará la forma de una invitación que le harán a ella mi esposa y mis hijas. Si fuera usted cualquiera otra persona, menos Pranklin Blake, y el asunto un poquito menos serio de lo que en realidad es el mismo, habría de rehusarme yo de plano. Tal como están las cosas, abrigo la total certeza de que vivirá Raquel lo suficiente como para agradecerme algún día esta traición que le haré en mi ancianidad. Considéreme usted su cómplice. Raquel será invitada a pasar el día en mi casa y usted habrá de recibir la comunicación pertinente.

—¿Cuándo? ¿Mañana?

—Si fuera mañana, no contaríamos con el tiempo suficiente como para recibir su respuesta. Digamos pasado mañana.

—¿Cuándo tendré noticias suyas, Mr. Bruff?

—Permanezca en su casa toda la mañana y aguarde mi llamado.

Luego de agradecerle el valioso servicio que me estaba prestando, con toda la gratitud que experimentaba, realmente, en ese instante, decliné la hospitalaria invitación que me hizo para que durmiera esa noche en Hampstead y regresé a mi alojamiento de Londres.

Del día que siguió a éste sólo puedo afirmar que fue el más largo de toda mi existencia. Inocente, como sabía yo mismo que lo era, y seguro como me hallaba de que la abominable imputación que se hacía recaer sobre mi persona debía, tarde o temprano, disiparse, experimentaba, no obstante, una sensación de vergüenza que me hacía rehuir instintivamente a mis amigos. Es común oír decir (casi invariablemente de boca de observadores superficiales) que el delito puede tener la apariencia de la inocencia. Por mi parte creo que es un axioma mucho más cierto ése que afirma que la inocencia presenta a veces el aspecto del delito. Decidí no recibir a nadie, durante todo el día, en la casa, y sólo me aventuré a salir amparándome en la oscuridad de la noche.

A la mañana siguiente Mr. Bruff me sorprendió junto a la mesa del desayuno. Luego de alargarme una llave de gran tamaño, me anunció que se sentía avergonzado de sí mismo por primera vez en su vida.

—¿Vendrá ella?

—Vendrá hoy a almorzar y a pasar la tarde con mi esposa y mis hijas.

—¿Se hallan Mrs. Bruff y sus hijas en el secreto?

—Ha sido inevitable. Pero las mujeres, como habrá usted observado, carecen de principios. Mi familia no experimenta mis escrúpulos de conciencia. Siendo nuestro fin avenirlos, a usted y a Raquel, mi esposa y mis hijas pasan por alto los medios puestos en juego para lograr tal cosa, con la misma tranquilidad que si fueran jesuitas.

—Le estoy infinitamente agradecido. ¿De dónde es esa llave?

—Es de la puerta que se halla en el muro de mi jardín trasero. Hágase presente allí a las tres de la tarde. Introdúzcase en el jardín y penetre en la salita y abra luego la puerta que hallará enfrente y que comunica con el cuarto de música. Allí se encontrará con Raquel…, a solas con ella.

—¿Cómo podré agradecerle a usted?

—Ya le diré cómo. No me condene por lo que pase luego.

Con estas palabras salió del cuarto.

Muchas eran las horas áridas que debía pasar aguardando. Para matar el tiempo le eché una ojeada a las cartas recibidas. Entre ellas se hallaba una de Betteredge.

La abrí ansiosamente. Ante mi sorpresa y mi chasco, comenzaba con una excusa y me prevenía respecto del hecho de que no debía aguardar ninguna novedad de importancia. ¡En la frase siguiente volvía a aparecer el eterno Ezra Jennings! Había detenido a Betteredge mientras abandonaba la estación y le preguntó quién era yo. Satisfecha su curiosidad en ese punto, le comunicó a Mr. Candy, su amo, que me había visto. Al enterarse de ello, Mr. Candy se había dirigido por su cuenta a Betteredge, para expresarle que lamentaba el que no nos hubiéramos encontrado. Tenía cierto motivo particular para hablar conmigo y me pedía que la próxima vez que estuviera yo en el pueblo de Frizinghall se lo hiciera saber. Dejando de lado unas pocas sentencias típicas de la filosofía de Betteredge, eso era todo lo que en sustancia decía la carta de mi corresponsal. El fiel y cordial anciano reconocía que la había escrito «sobre todo para gozar del placer de escribirme».

Yo estrujé la carta en mi bolsillo y la olvidé en seguida, absorbido, como me hallaba totalmente, por la inminente entrevista que habría de sostener con Raquel.

En cuanto el reloj de la iglesia de Hampstead dio las tres, introduje la llave en la cerradura de la puerta del muro. Confieso que al dar el primer paso dentro del jardín, mientras me hallaba asegurando aún la puerta desde adentro, experimenté una culpable sensación de incertidumbre respecto de lo que podría ocurrir más tarde. Dirigí una mirada furtiva hacia la izquierda y la derecha como si sospechara la presencia de algún inesperado testigo oculto en cierto rincón ignorado del jardín. Nada ocurrió que viniera a confirmar mis aprensiones. Los senderos estaban todos desiertos, y no había otros testigos allí como no fueran los pájaros y las abejas.

Atravesé el jardín, penetré en el invernadero y crucé la salita. Al poner mi mano sobre la puerta que había enfrente de mí, oí unas pocas notas quejumbrosas que surgían del piano que se hallaba dentro de ese cuarto. Ella acostumbraba dejar vagar sus dedos por el teclado de esa manera, durante mi estancia en la casa de su madre. Me vi obligado a aguardar un instante, para poder calmarme. El pasado y el presente surgieron al unísono en el supremo instante…, y el contraste ofrecido por ambos me conmovió.

Transcurrido un breve lapso, excité mi hombría y abrí entonces la puerta.

CAPÍTULO VII

En cuanto mi figura se recortó en el vano de la puerta Raquel se levantó del piano.

Yo cerré la puerta tras de mí. Nos enfrentamos en silencio, separados por todo lo ancho del cuarto. El movimiento que efectuó ella al levantarse pareció ser el único esfuerzo que era capaz de realizar. Toda otra actividad de sus facultades físicas o mentales fue absorbida, al parecer, por el mero acto de mirarme.

El temor de haber obrado precipitadamente cruzó de súbito por mi mente. Avancé unos pocos pasos hacia ella, y le dije dulcemente:

—¡Raquel!

El timbre de mi voz le devolvió la vida a sus miembros y el color a su rostro. Ella avanzó, por su parte, pero sin pronunciar todavía palabra alguna. Lentamente, como si obrara bajo el influjo de una fuerza independiente de su voluntad, se aproximó más y más hacia mí; un matiz ardiente y oscuro se derramó por sus mejillas y la luz de su inteligencia vuelta a la vida brillaba con más intensidad en sus pupilas. Yo me olvidé del motivo que me trajera a su presencia; de la vil sospecha que ensombrecía mi nombre… Me olvidé de toda consideración, pasada, presente o futura, que tenía la obligación de recordar. No vi otra cosa que a la mujer que amaba, avanzando más y más hacia mí. La vi temblar, y detenerse luego, indecisa. No pude resistir ya más tiempo… La tomé en mis brazos y cubrí de besos su rostro.

Hubo un momento en que creí que los besos me eran devueltos, en que me pareció que ella también había olvidado. Antes casi de que la idea hubiera tenido tiempo de adquirir forma en mi mente, la primera acción voluntaria de su parte vino a hacerme sentir que recordaba. Dando un grito que fue algo así como una exclamación de horror —y tan potente que dudo que hubiera sido capaz yo mismo de proferirlo si lo hubiera intentado— me apartó de sí. Percibí en sus ojos una ira inexorable y un idéntico desdén en sus labios. Me miró de pies a cabeza, como hubiera mirado a un desconocido que la hubiese insultado.

—¡Tú, el cobarde! —me dijo—. ¡Tú, el ruin, el miserable, el hombre cobarde y sin corazón!

¡Esas fueron sus primeras palabras! El reproche más intolerable que puede arrojar una mujer a un hombre, fue el que ella escogió para arrojármelo a mí.

—Recuerdo que hubo un tiempo, Raquel —le dije—, en que me hubieras dicho que te había ofendido de una manera más digna que la que acabas de utilizar ahora. Perdón por mis palabras.

Una porción de la amargura que yo sentía debió de habérsele comunicado a mi voz. Ante las primeras palabras de mi réplica, sus ojos, que se habían desviado hacía un instante, volvieron a mirarme de mala gana. Me respondió en voz baja y en una forma hosca y sumisa, enteramente desusada en ella, de acuerdo con lo que yo conocía hasta entonces de su carácter.

—Quizá haya algo que justifique mi conducta —me dijo—. Luego de lo que has hecho, creo que constituye una baja acción de tu parte el acercarte a mí de la manera en que lo has hecho hoy. Me parece un procedimiento cobarde ése de recurrir a la debilidad que siento por ti. Y me parece también una cobarde sorpresa esa que recurre a los besos para ser tal cosa. Pero éste no es más que el punto de vista de una mujer. No debía haber pensado que iba a ser también el tuyo. Hubiera sido mucho mejor que me dominara y no hubiese dicho una sola palabra.

La excusa era más intolerable que el propio insulto. El hombre más degradado la hubiera recibido como una humillación.

—Si mi honor no se hallara en tus manos —le dije—, me iría ahora mismo para no verte nunca más.

Te has referido a algo que yo he hecho. ¿Qué es lo que yo he hecho?

—¡Qué es lo que has hecho! ¿Y tú me preguntas eso a mí?

—Así es.

—He mantenido tu infamia en secreto —me respondió—. Y he sufrido las consecuencias de dicho ocultamiento. ¿No tengo derecho a que se me ahorre el insulto que implica la pregunta que acabas de hacerme? ¿Ha muerto en ti todo sentimiento de gratitud? Hubo un tiempo en que fuiste muy querido por mi madre y en que lo fuiste aún más por mí…

Su voz flaqueó. Dejándose caer sobre una silla me dio la espalda y ocultó su rostro detrás de sus manos.

Yo aguardé un breve instante, hasta sentirme capaz de agregar algo. Apenas si sé lo que sentí de manera más aguda durante ese intervalo de silencio…, si el aguijón que me clavó su desdén o la altiva decisión mía de eludir todo contacto con su desgracia.

—Si tú no quieres ser la primera en hablar —le dije—, debo ser yo quien lo haga. He venido aquí porque tengo que comunicarte una cosa importante. ¿Me otorgarás esa pequeña y justiciera concesión de prestarle oído a lo que habré de decirte?

Ella no se movió ni me respondió. Yo no le hice ninguna nueva solicitud ni avancé un solo centímetro para aproximarme a su silla. Con un orgullo que era tan obstinado como el de ella, le hice la historia del descubrimiento efectuado por mí en las Arenas Temblonas y de todo lo que me había conducido a él. El relato absorbió necesariamente cierto espacio de tiempo. Y desde su comienzo hasta el final no me miró ella una sola vez ni me dirigió una sola palabra.

Yo me contuve. Todo mi futuro dependía, muy probablemente, del hecho de que no perdiera el dominio sobre mí mismo un solo instante. Llegó, por fin, el momento en que debía poner a prueba la teoría de Míster Bruff. Ansioso por efectuar la prueba, giré en redondo hasta situarme enfrente de ella.

—Tengo que hacerte una pregunta —le dije—. Ella me obligará a hacer mención de un asunto doloroso. ¿Te mostró Rosanna Spearman la camisa de dormir?

Ella se puso súbitamente de pie y echó a andar hasta situarse muy cerca de mí, por su propia voluntad. Sus ojos escudriñaron mi rostro, como si estuvieran leyendo en él algo que nunca habían visto.

—¿Estás loco? —me preguntó.

Yo me contuve aún. Y le dije con calma:

—¿Responderás, Raquel, a mi pregunta?

Ella prosiguió hablando sin atender a mis palabras.

—¿Has venido aquí con el propósito de obtener algo, algo de lo que yo no logro hacerme una idea? ¿Te ha impulsado algún temor ruin respecto del futuro, en el cual me hallo implicada? Se dice que la muerte de tu padre te ha convertido en un hombre acaudalado. ¿Has venido para compensarme por la pérdida del diamante? ¿Y te ha quedado alguna pieza de corazón para avergonzarte de tu misión? ¿Es ése el secreto de tu pretendida inocencia y de tu historia relativa a Rosanna Spearman? ¿No se oculta algún motivo vergonzoso debajo de toda esa falsía ahora?

Ya la detuve allí. No logré controlarme a mí mismo por más tiempo.

—¡Me has hecho víctima de una infame mentira! —prorrumpí con vehemencia—. Has sospechado que te robé tu diamante. ¡Tengo el derecho de saber, y habré de saberlo, en qué te basas para afirmarlo!

—¡Sospechar de ti! —exclamó, en tanto su ira aumentaba a la par de la mía—. ¡Villano; yo misma te vi robar el diamante con mis propios ojos!

La revelación que surgió súbitamente ante mí al oír tales palabras, el golpe de muerte que recibió instantáneamente y a raíz de ellas el punto de vista en que se basaban las deducciones de Mr. Bruff, me dejaron indefenso. Inocente como era, permanecí en silencio ante ella. A los ojos suyos y a los de quienquiera que me hubiese mirado, debo de haber presentado el aspecto de un hombre abrumado por el descubrimiento de su delito.

Ella se contuvo ante el espectáculo de mi humillación y de su triunfo. El súbito silencio que cayó sobre mí pareció atemorizarla.

—Lo pasé por alto ante ti aquella vez —me dijo—. Y habría hecho lo mismo ahora si no me hubieras obligado a hablar.

Se alejó como si tuviera el propósito de abandonar la habitación…, pero vaciló antes de llegar a la puerta.

—¿Para qué has venido aquí a humillarte a ti mismo? —me preguntó—. ¿Para qué has venido aquí a humillarme?

Avanzó unos pasos y se detuvo una vez más.

—¡Por el amor de Dios, di algo! —exclamó apasionadamente—. ¡Si te queda aún algún resto de piedad no permitas que me degrade en esa forma! ¡Di algo, y arrójame luego de esta habitación!

Yo avancé hacia ella, apenas consciente de lo que hacía. Quizá albergaba la confusa idea de que no debía detenerla hasta que no me dijera algo más. Desde el momento en que supe que la prueba que me condenaba ante ella era una prueba percibida con sus propios ojos, nada —ni la convicción personal que tenía yo de mi inocencia— fue una cosa clara para mí. La tomé de la mano y me esforcé por hablar con firmeza e ir al grano.

—Raquel, hubo un tiempo en que me amaste —fue cuanto pude decirle.

Ella se estremeció y desvió su vista de mí. Su mano yacía, impotente y temblorosa, en la mía.

—Suéltame —profirió débilmente.

El roce de mi mano pareció ejercer sobre ella el mismo efecto que produjo anteriormente el timbre de mi voz, cuando entré en el cuarto. Luego de haber lanzado al aire esta palabra que me designaba como un cobarde y de admitir que me había estigmatizado por ladrón…, en cuanto su mano reposó sobre la mía comprobé que seguía siendo su dueño.

La hice volver, tiernamente, hacia el centro del cuarto. Y la senté a mi lado.

—Raquel —le dije—, no puedo explicarme la confusión que existe en lo que voy a decirte. Sólo te habré de decir la verdad, de igual manera que lo has hecho tú. Me has visto, dices…, apoderarme del diamante, con tus propios ojos. ¡Ante Dios, que nos está escuchando, proclamo que es ésta la primera vez que me entero de haber hecho tal cosa! ¿Dudas de mí aún?

Ella ni prestó atención ni oyó lo que le dije.

—Suelta mi mano —repitió con voz desmayada.

Fue ésta su única respuesta. Su cabeza cayó sobre mi hombro y su mano estrechó inconscientemente la mía, en tanto me decía que la dejara libre.

Yo renuncié a insistir con mi pregunta. Pero mi indulgencia se negó a ir más allá. La probabilidad con que contaba de no volver a ir jamás con la cabeza erguida entre las gentes honestas, dependía de la circunstancia de inducirla a revelarme todo el misterio. La única esperanza que se me ofrecía era la de suponer que ella había olvidado algún eslabón en la cadena de las pruebas…, una simple futesa, quizá, pero que se convertiría, no obstante, y luego de una minuciosa investigación, en el medio que sirviera para demostrar, por fin, mi inocencia. Reconozco que seguí en posesión de su mano. Y admito que le hablé echando mano del resto de simpatía y confianza que existió entre nosotros en el pasado.

—Necesito preguntarte algo —le dije—. Necesito que me digas cuanto sepas respecto de lo ocurrido desde el instante en que nos dijimos buenas noches hasta el momento en que me viste apoderarme del diamante.

Ella levantó su cabeza de mi hombro e intentó liberar su mano.

—¡Oh!, ¿por qué volver a eso? —me dijo—. ¿Por qué volver a eso?

—Te lo diré, Raquel. Tanto tú como yo hemos sido víctimas de un monstruoso engaño que se ha cubierto con la máscara de la verdad. Si meditamos conjuntamente acerca de lo que ocurrió la noche del día de tu cumpleaños, aún podremos, tal vez, llegar a entendernos mutuamente.

Su cabeza volvió a caer sobre mi hombro. Las lágrimas que brotaron de sus ojos comenzaron a fluir lentamente sobre sus mejillas.

—¡Oh! —dijo—, ¿no he alimentado yo, acaso, esa misma esperanza? ¿No me he esforzado yo también por descubrir lo que tú intentas percibir ahora?

—Lo has hecho a solas —le respondí—. Pero no con mi ayuda.

Estas palabras despertaron, al parecer, en ella, la misma esperanza que hicieron nacer en mí cuando las dije. Me contestó, a partir de entonces, algo más que dócilmente…; esforzando su inteligencia; voluntariamente se franqueó totalmente conmigo.

—Comencemos —le dije— por referirnos a lo ocurrido luego que nos dijéramos buenas noches. ¿Fuiste tú a la cama en seguida, o permaneciste en pie?

—Me fui a la cama.

—¿Reparaste en la hora? ¿Era ya tarde?

—No mucho. Creo que serían cerca de las doce.

—¿Te dormiste en seguida?

—No. No pude dormir esa noche.

—¿Te sentías inquieta?

—Pensaba en ti.

Su respuesta estuvo a punto de hacerme perder todo mi coraje. Cierto matiz en el tono de su voz se abrió paso directamente hacia mi corazón de manera más rápida que sus propias palabras. Sólo después de haber hecho una pequeña pausa me hallé en condiciones de seguir hablando.

—¿Había alguna luz en tu cuarto? —le pregunté.

—Ninguna…, hasta que me levanté para encender mi bujía.

—¿Cuánto tiempo había transcurrido cuando lo hiciste, desde el instante en que te retiraras a dormir?

—Cerca de una hora, creo. Aproximadamente, a la una de la mañana.

—¿Abandonaste entonces tu alcoba?

—Estuve a punto de hacerlo. Me había puesto ya mi peinador y me dirigía a mi gabinete en busca de un libro…

—¿Habías abierto ya la puerta de la alcoba?

—Acababa de hacerlo.

—Pero, ¿no habías entrado aún en el gabinete?

—No…, algo me detuvo.

—¿Qué cosa fue la que te detuvo?

—Vi una luz por debajo de la puerta y escuché un rumor de pasos que se aproximaban.

—¿Tuviste miedo?

—Aún no. Sabía que mi madre era de muy mal dormir y me acordé de que se había esforzado al máximo esa noche para que la dejara hacerse cargo del diamante. A mi entender, se hallaba injustificadamente ansiosa en lo que atañía al mismo, y pensé, por lo tanto, que vendría a comprobar si me hallaba ya en la cama, para hablarme del diamante, si es que me encontraba despierta.

—¿Qué hiciste tú?

—Apagué la bujía para hacerle creer que me hallaba en la cama. Era una insensata… Estaba determinada a guardar el diamante en el sitio que yo misma escogiera.

—Luego que apagaste la vela, ¿regresaste al lecho?

—No tuve tiempo de hacerlo. En el mismo instante en que soplé la llama, se abrió la puerta del gabinete y vi…

—¿A quién viste?

—Te vi a ti.

—¿Con mi traje habitual?

—No.

—¿Con mi camisa de dormir?

—Sí…, y sosteniendo con tu mano la bujía que se hallaba en tu alcoba.

—¿Solo?

—Solo.

—¿Pudiste verme la cara?

—Sí.

—¿Claramente?

—Muy claramente. La luz de la vela te daba plenamente en el rostro.

—¿Tenía los ojos abiertos?

—Sí.

—¿Advertiste algo extraño en ellos? ¿Algo así como una mirada fija y vaga?

—Nada de eso. Tus ojos brillaban… con más fuerza que habitualmente. Dirigiste en torno tuyo una mirada que hacía pensar que tú sabías que te hallabas en un lugar donde no deberías haberte hallado y que expresaba tu temor de ser descubierto.

—¿Advertiste algún cambio en mí cuando penetré en la habitación?… ¿Observaste mi andar?

—Caminabas como siempre lo haces. Avanzaste hasta llegar al centro de la habitación…, allí te detuviste y miraste a tu alrededor.

—¿Qué es lo primero que hiciste al verme?

—Absolutamente nada. Quedé petrificada. No pude hablar, ni gritar, ni aun moverme lo suficiente como para cerrar la puerta.

—¿Podía verte yo desde donde me encontraba?

—Sin duda, podrías haberme visto. Pero en ningún momento dirigiste hacia mí tu mirada. Está de más preguntar tal cosa. Estoy segura de que no me viste en ningún momento.

—¿Cómo te hallas tan segura?

—¿Te habrías apoderado, acaso, del diamante? ¿Habrías hecho luego lo que hiciste? ¿Estarías ahora aquí… si hubieras advertido que yo estaba despierta y observándote? ¡No me obligues a hablar de ello! Deseo contestar tus preguntas con calma. Ayúdame a mantener toda la serenidad que sea yo capaz de tener. Háblame de otra cosa.

Se hallaba en lo cierto; desde cualquier punto de vista que se la juzgase, tenía razón. Me referí, pues, a otras cosas.

—¿Qué hice, luego de haberme detenido en el centro de la habitación?

—Te desviaste de allí, para avanzar directamente hacia la esquina próxima a la ventana…, que es donde se encuentra mi bufete hindú.

—Mientras estuve junto al bufete, tengo que haberte dado la espalda. ¿Cómo pudiste ver lo que hacía?

—En cuanto tú te moviste, yo también me moví.

—¿De manera de poder ver lo que hacía yo con mis manos?

—Hay tres espejos en mi gabinete. Todo el tiempo que estuviste tú allí pude observar lo que hacías reflejado en uno de ellos.

—¿Qué es lo que viste?

—Colocaste tu bujía en la parte superior del bufete. Abriste y cerraste una gaveta tras otra hasta que llegaste al cajón en que yo había guardado el diamante. Miraste hacia su interior durante un momento. Y luego introdujiste en él tu mano para apoderarte del diamante.

—¿Cómo sabes que me apoderé del diamante?

—Te vi introducir la mano dentro de la gaveta. Y pude advertir el brillo de la gema, entre tu dedo índice y tu dedo pulgar, cuando sacaste de allí la mano.

—¿Volvió a acercarse mi mano a la gaveta…, como para cerrarla, por ejemplo?

—No. Tenías el diamante en tu mano derecha y tomaste la bujía de encima del bufete con la izquierda.

—¿Volví a mirar en torno mío, luego de ello?

—No.

—¿Abandoné el cuarto inmediatamente?

—No. Permaneciste inmóvil durante un tiempo que me pareció prolongado. Podía ver de soslayo tu rostro reflejado en el espejo. Presentabas el aspecto de un hombre que medita y que se halla desconforme con sus propios pensamientos.

—¿Qué ocurrió en seguida?

—Te recobraste de golpe y te dirigiste directamente hacia la puerta de salida.

—¿La cerré al salir?

—No. Te introdujiste rápidamente en el pasillo y la dejaste abierta.

—¿Y luego?

—Luego desapareció la luz de tu bujía y se extinguió el rumor de tus pasos y quedé yo a solas en la oscuridad.

—¿Ocurrió algo… durante el lapso que medió entre ese instante y el momento en que se enteraron todos en la casa que el diamante había desaparecido?

—Nada.

—¿Estás segura de ello? ¿No te habrás dormido alguna vez, durante ese tiempo?

—No dormí en ningún instante. Ni volví para nada a mi lecho. Nada ocurrió hasta el momento en que entró Penélope, a la hora habitual, a la mañana siguiente.

Yo dejé caer su mano, me puse de pie y eché a andar por el cuarto. Toda pregunta que pudiera hacerle había sido ya respondida. Todo detalle que pudiera yo desear conocer había sido colocado ante mis ojos. Nuevamente había vuelto a la cuestión del sonambulismo y a la idea de la embriaguez y otra vez se había demostrado que debían ambas teorías ser descartadas… de acuerdo con el testimonio del testigo de la escena. ¿Qué podía decir ahora?, ¿qué paso dar en seguida? ¡Frente a mí se levantaba el horrible hecho que implicaba ese robo…, como la única cosa visible y tangible, en medio de la impenetrable oscuridad que envolvía todo lo demás! Ni un solo resplandor que hubiera podido guiarme había percibido antes, cuando entré en posesión del secreto de Rosanna Spearman en las Arenas Temblonas. Y ningún resplandor advertía ahora, luego de haber apelado a la propia Raquel y haber oído, de sus propios labios, la odiosa historia de lo acaecido aquella noche.

Ella fue quien primero rompió esta vez el silencio.

—Y bien —me dijo—, me has interrogado y te he respondido. Me has hecho aguardar algo de esto, porque tú esperabas que surgiera algo. ¿Qué tienes que decirme ahora?

El tono con que me dijo estas palabras me previno de que había dejado de ejercer, nuevamente, todo influjo sobre ella.

—Según dijiste, habríamos de meditar conjuntamente acerca de lo que ocurrió la noche del día de mi cumpleaños —prosiguió—, y llegaríamos, a través de ello, a entendernos. ¿Ha ocurrido tal cosa?

Sin compasión alguna se quedó aguardando mi respuesta. Al responderle, cometí yo un error fatal…; dejé que el desamparo de mi propia situación se impusiera sobre el dominio de mí mismo. Precipitada e inútilmente le reproché su silencio, que me había mantenido hasta ese momento alejado de la verdad.

—Si hubieras hablado cuando debiste hacerlo —comencé a decirle—; si de acuerdo con los principios más comunes de la justicia te hubieras explicado ante mí…

Prorrumpió furiosa en un estallido. Las pocas palabras que acababa yo de pronunciar cayeron sobre ella, al parecer, como un latigazo que la hizo montar en cólera.

—¡Explicarme! —dijo—. ¡Oh!, ¿existirá acaso otro hombre igual a éste en todo el mundo? Lo perdono, primero, cuando se me está desgarrando el corazón; lo encubro, luego, cuando mi propia reputación se halla en juego, y él, por su parte entre todos los seres que hay en el mundo—, él se vuelve ahora contra mí para decirme que debiera yo haberme explicado. Luego de haber creído en él como yo creí, de haberlo amado como lo amé y soñado con él durante mis noches…, he aquí que ahora él se pregunta por qué no le imputé su desgracia, la primera vez que nos encontramos: «¡Amado mío, eres un ladrón! ¡Tú, el héroe a quien amo y venero, te has deslizado dentro de mi cuarto al abrigo de la noche y has robado mi diamante!» Eso es lo que debí haberte dicho. ¡Villano, ruin, ruin y villano; hubiera preferido perder cincuenta diamantes, antes que oírte mentir en mi cara, como lo estás haciendo ahora!

Yo tomé mi sombrero. Y compadeciéndome de ella —¡sí!, puedo honestamente afirmarlo—, compadeciéndome de ella, me volví sin decirle una palabra y abrí la puerta por donde había entrado anteriormente en la habitación.

Ella me siguió, y arrebatándome la puerta de la mano, la cerró y me indicó que regresara al lugar que había ocupado anteriormente.

—¡No! —me dijo—. ¡Todavía no! Al parecer debo yo justificar la conducta que he observado contigo. Habrás de quedarte y oírme, o de lo contrario, tendrás que descender hasta cometer la más grande infamia, o sea, a tener que usar la fuerza para salir.

Se me encogió el corazón al contemplarla, se me contrajo al oírle decir tales palabras. Mediante una señal —que fue cuanto me sentí capaz de hacer— le respondí que me sometía a su voluntad.

El tono carmesí de la ira comenzó a disiparse en su rostro a medida que me fui aproximando en silencio a mi silla. Ella aguardó un breve lapso para serenarse. Cuando volvió a hablar, ni un solo vestigio de emoción se percibió en ella. Lo hizo sin mirarme. Sus manos se hallaban anudadas estrechamente sobre su regazo, y sus ojos miraban fijamente hacia el piso.

—De acuerdo con los principios más comunes de la justicia, debiera yo explicarme —me dijo repitiendo mis palabras—. Ya verás si traté o no de hacerte justicia. Acabo de decirte que en ningún momento me dormí ni volví a mi lecho, luego que tú abandonaste mi gabinete. Sería inútil que te molestara deteniéndome a recordar lo que pensé entonces —tú no comprenderías tales pensamiento—; sólo habré de decirte lo que hice luego que transcurrió el tiempo suficiente que me ayudó a recobrarme. Me abstuve de alarmar a las gente de la casa y de contarle a todo el mundo lo ocurrido…, como debiera, en verdad, haber hecho. A despecho de lo que viera, me hallaba tan enamorada de ti como para creer —¡no importa lo que ello fuera!— cualquier imposible, antes que admitir ante mí misma que tú eras un ladrón deliberado. Pensé una y otra cosa…, hasta que opté por escribirte una carta.

—Jamás recibí esa carta.

—Ya sé que nunca la recibiste. Aguarda un poco y sabrás a qué se debió. Mi carta no te hubiera dicho nada abiertamente. No te hubiera estropeado la vida, de caer en manos extrañas. No hubiera dicho en ella más que —y en un tono cuyo sentido no hubiera, posiblemente, equivocado— tenía yo mis razones para creer que te hallabas endeudado y que tanto a mí como a mi madre la experiencia que teníamos de ti nos decía que no eras tú muy discreto ni muy escrupuloso en lo que se refiere a la manera de obtener dinero para pagar tus deudas. Esto te hubiera recordado la visita del abogado francés y habrías comprendido entonces lo que te quería decir. De haber sentido algún interés por seguir leyendo, habrías llegado a enterarte del ofrecimiento que te hacía…, del ofrecimiento que te hacía en privado (¡ni una sola palabra, ten en cuenta, debía cruzarse abiertamente entre ambos!) de un préstamo consistente en la suma más grande de dinero que me fuera posible reunir. ¡Y la habrías tenido! —exclamó enrojeciendo nuevamente y levantando sus ojos para mirarme una vez más—. ¡Habría empeñado yo misma el diamante, si no hubiese logrado reunir el dinero de otra manera! En esos términos se hallaba concebida la carta. ¡Aguarda! Hice aún algo más. Dispuse, con Penélope, las cosas de manera de hacértela llegar a solas. Y me propuse encerrarme en mi dormitorio, dejando abierta la puerta de mi desierto gabinete, durante toda la mañana. Esperaba —¡con toda el alma y con el corazón aguardaba!— que tú habrías de aprovechar la oportunidad que se te ofrecía para volver a colocar en secreto el diamante en la gaveta.

Yo intenté hablar. Pero ella levantó, impaciente, su mano y me contuvo. En medio de las cambiantes alternativas de su carácter, comenzó a encresparse de nuevo su ira. Abandonó su asiento y se aproximó a mí.

—¡Ya sé lo que quieres decirme! —prosiguió—. Quieres volver a recordarme de que jamás recibiste tal carta. Yo puedo decirte por qué. La rompí.

—¿Por qué motivo? —le pregunté.

—Por el más razonable de los motivos. ¡Preferí desgarrarla antes que malgastarla enviándosela a un hombre como tú! ¿Cuál fue la primera noticia que recibí a la mañana? ¿Qué es lo que oí decir en el mismo instante en que acababa de darle forma a mi modesto plan? Oí decir que tú —¡nada menos que tú!— fuiste el primero en traer a la policía a la casa. ¡Tú eras el más activo: el jefe; quien luchaba más que nadie para recobrar la gema! Y fuiste tan audaz como para querer hablar conmigo respecto de la desaparición del diamante…, del diamante que tú mismo robaras; el diamante que tuviste todo el tiempo en tus manos. Ante esta horrible demostración de astucia y falsedad, desgarré mi carta. Pero aun entonces —aun en el momento en que me hallaba enloquecida por la búsqueda y el registro efectuados por ese policía que tú trajeras a la casa—, aun entonces, cierta infatuación personal me impidió el darte por perdido. Y me dije a mí misma: «Ha estado desempeñando una vil farsa ante todas las gentes de la casa. Veamos si es que se atreve a desempeñarla ante mí.» Alguien me dijo que te hallabas en la terraza. Bajé, pues, a la terraza. Me esforcé por mirarte y también por hablarte. ¿Has olvidado ya lo que te dije?

Pude haberle respondido que me acordaba de cada palabra. Pero, ¿qué objeto hubiera tenido el hacerlo en ese momento?

¿Cómo podía decirle que lo que me dijo en aquella ocasión me dejó pasmado y acongojado, me hizo pensar que se encontraba bajo los efectos de una peligrosa conmoción nerviosa y pensar si no sería posible que la desaparición de la gema no constituyera para ella el misterio que la misma significaba para las otras personas de la casa…, y que no me había hecho percibir en ningún momento la más ligera vislumbre de la verdad? No teniendo a mi alcance ni la sombra de una prueba que sirviera para vindicar mi inocencia, ¿cómo habría logrado persuadirla de que no sabía yo más, en lo que concernía a lo que ella estaba pensando en ese momento allí, en la terraza, que lo que hubiera sabido respecto de ello la persona más ajena al asunto?

—Quizá te convenga olvidar; en cuanto a mí, me conviene hacer memoria —prosiguió—. Sabía muy bien lo que decía…, ya que medité sobre ello antes de hablar. Una tras otra fui dándote varias oportunidades para que confesaras la verdad. No callé nada de lo que pude decirte…, nada, excepto el decirte claramente que tú eras el autor del robo. Y por toda respuesta no hiciste más que dirigirme una fingida y vil mirada de asombro y mostrarme un engañoso rostro de inocente…; exactamente como lo has hecho hoy aquí, ¡exactamente como lo estás haciendo en este mismo instante! Te dejé esa mañana con el convencimiento de que te había conocido, al fin, tal cual eras —tal cual eres—: ¡como el ser más miserable que ha pisado jamás la tierra!

—Si me hubieras hablado claro en aquella ocasión Raquel, te habrías alejado de mi lado, quizá, con el convencimiento de que habías sido cruelmente injusta con un inocente.

—¡Si hubiera hablado claro ante las otras gentes —me replicó en un nuevo acceso de indignación—, habrías quedado deshonrado por el resto de tus días! ¡Si hubiera hablado claro para tus oídos, tan sólo, te habrías negado a creerme como lo estás haciendo ahora! ¿Piensas, acaso, que te hubiese creído? ¿Vacilaría en mentir un hombre que había hecho lo que yo te vi hacer a ti…, y que se condujo como tú te condujiste más tarde, respecto de ese asunto? Te repito que me contuvo el horror de oírte mentir, luego de haber experimentado el horror de comprobar que eras un ladrón. ¡Hablas de esto como si se tratara de un malentendido que pudiera disiparse mediante unas pocas palabras! ¡Bien!, el malentendido ha terminado. ¿Se ha rectificado algo? ¡No!, las cosas se hallan como antes. ¡No te creo, ahora! ¡No creo que hayas encontrado la camisa de dormir, ni que exista esa carta de Rosanna Spearman, no creo una sola palabra de lo que has dicho. Tú lo robaste… ¡Yo te vi! Simulaste ayudar a la policía; ¡lo vi también! Y empeñaste el diamante en la casa del prestamista de Londres, ¡estoy segura de ello! ¡Hiciste recaer tu deshonra (gracias a mi indigno silencio) sobre un hombre inocente! ¡Y fuiste hacia el Continente con tu botín, a la mañana siguiente! Luego de tanta vileza, sólo una cosa podías aún hacer. Venir aquí con una última mentira en los labios…, ¡venir aquí para decirme que he sido injusta contigo!

Si hubiera permanecido allí un instante más, quién sabe qué palabras, de las cuales me hubiese arrepentido en vano posteriormente, habría dejado escapar de mis labios. Pasé de largo a su lado y abrí por segunda vez la puerta. Por segunda vez, también —y con la frenética terquedad de una mujer excitada—, me asió del brazo y se interpuso en mi camino.

—Déjame ir, Raquel —le dije—. Será mejor para los dos. Déjame ir.

Su histerismo y su cólera le hinchaban el pecho… su anhelosa respiración me golpeó casi en el rostro, en tanto me retenía junto a la puerta.

—¿Por qué has venido? —insistió, desesperada—. Te lo vuelvo a preguntar…, ¿por qué has venido? ¿Tienes miedo de que te delate? Ahora que eres un hombre rico; ahora que ocupas un lugar en el mundo y puedes casarte con la dama más encumbrada de la tierra…, ¿temes que diga yo las palabras que no le he dicho a nadie hasta ahora más que a ti? ¡No puedo hacerlo! ¡No puedo denunciarte! Soy peor, si es posible tal cosa, peor de lo que tú eres.

Volvió a estallar en sollozos. Luchó consigo misma fieramente; asió mi brazo más y más fuertemente.

—No puedo arrancarte de mi corazón —me dijo—, ¡ni aun ahora! ¡Puedes estar seguro de esta vergonzosa, de esta indigna flaqueza que no puede luchar contigo más que de esta manera! —abandonando súbitamente mi brazo… elevó sus manos y las retorció frenéticamente en el aire—. ¡Cualquiera otra mujer rehuiría la acción de tocarlo! —exclamó—. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Me desprecio a mí misma, más hondamente de lo que lo desprecio a él!

Las lágrimas forzaron su paso a través de mis pupilas, a despecho de mí mismo…; no podía seguir sufriendo por más tiempo tan horrenda situación.

—Tendrás que comprender que has sido injusta conmigo, sin embargo —le dije—. ¡De lo contrario no habrás de volver a verme jamás!

Dicho esto me alejé. Ella abandonó de inmediato la silla en que se había dejado caer un momento antes; se puso de pie, de súbito —¡la noble criatura!—, y me siguió a través del cuarto exterior, para hacerme llegar una postrera y clemente frase de despedida.

—¡Franklin! —me dijo—. ¡Te perdono! ¡Oh, Franklin, Franklin, no nos volveremos a ver nunca más! ¡Dime que me perdonas a mí!

Yo me volví para demostrarle con la expresión de mi rostro que me era imposible recurrir a la palabra… Me volví y la saludé con la mano y la vi turbiamente, como en un sueño, a través de las lágrimas que me vencieron, al fin.

Un instante después la más honda amargura había ya pasado. Me encontraba nuevamente en el jardín.

No la pude ya ver ni escuchar.

CAPÍTULO VIII

En las últimas horas de esa misma tarde, me sorprendió la visita que me hizo en mi alojamiento Mr. Bruff.

Un cambio notable se advertía en las maneras del abogado. Había perdido su habitual cordialidad y su confianza. Por primera vez en su vida me estrechó en silencio la mano.

—¿Se va ya para Hampstead? —le pregunté, por decir algo.

—Acabo, justamente, de abandonar Hampstead —me respondió—. Sé, Mr. Franklin, que ha logrado usted enterarse, por fin, de la verdad. Pero, honestamente, le digo que, de haber previsto yo el precio que debía usted pagar por ello, hubiera preferido dejarlo en las tinieblas.

—¿Ha visto usted a Raquel?

—He venido hacia aquí luego de llevarla de regreso a Portland Place; era imposible dejar que se volviera sola en el vehículo. Difícilmente podría hacerlo a usted responsable —teniendo en cuenta que la vio usted en mi casa y con mi permiso— del golpe que esta infortunada entrevista ha significado para ella. Todo cuanto puedo yo hacer es esforzarme por evitar una repetición de esta desgracia. Ella es joven, posee un carácter enérgico, y logrará sobreponerse a esto con la ayuda del tiempo y del reposo. Necesito asegurarme de que usted no habrá de estorbarla en su recuperación. ¿Puedo confiar en que no intentará verla usted nuevamente…, sin contar con mi autorización y aprobación?

—Luego de lo que ella ha sufrido y lo que yo he soportado —le dije—, puede usted confiar en mí.

—¿Me lo promete?

—Le doy mi palabra.

Mr. Bruff pareció aliviado. Depositando su sombrero arrimó su silla a la mía.

—¡Eso ya está arreglado! —dijo—. Ahora, hablemos del futuro…, de su futuro, quiero decir. En mi opinión, las consecuencias del extraño giro tomado por este asunto son, en pocas palabras, las siguientes: en primer lugar, nos hallamos seguros de que Raquel le ha dicho a usted toda la verdad, tan claramente como es posible expresarla con palabras. En segundo lugar —y aun creyendo como creemos que alguna terrible equivocación se esconde en alguna parte de este asunto— apenas si podemos condenarla por el hecho de que lo crea a usted culpable, basándose en el testimonio de sus propios sentidos, respaldados éstos, como lo han sido, por determinadas circunstancias que parecen hablar ante los mismos de una manera harto concluyente en contra de usted.

Aquí lo interrumpí.

—Yo no condeno a Raquel —le dije—. Sólo lamento que no lograra convencerse a sí misma de que debía hablarme claramente cuando era el momento oportuno.

—De la misma manera podría usted lamentar el que Raquel no sea cualquier otra persona —me replicó Mr. Bruff—. Y aun así, dudo que ninguna muchacha delicada que hubiera puesto su ilusión en casarse con usted, se hubiese atrevido a acusarlo, en la cara, de ladrón. De cualquier modo, no concordaba con la naturaleza de Raquel el hacer tal cosa. En un asunto muy distinto de éste suyo —y que la colocó, no obstante, en una situación no muy diversa de la que ocupó con respecto a usted— llegué a saber que actuó bajo la influencia de un motivo similar al que gravitó sobre ella en este asunto en que intervino usted. Por otra parte, como me dijo ella misma durante nuestro viaje de regreso a la ciudad esta tarde, de haber hablado ella claramente en aquel entonces, hubiera creído tanto en su negativa como ha creído ahora. ¿Qué puede usted contestarle a esto? No hay respuesta posible. ¡Vamos! ¡Vamos!, Mr. Franklin; se ha comprobado que mi punto de vista respecto de este caso era erróneo; lo admito…, pero, tal como están las cosas, puede ser que mi consejo sea digno de ser seguido, a pesar de ello. Le digo sinceramente que no haremos más que perder el tiempo y devanarnos los sesos sin provecho alguno, si es que intentamos volver atrás para hacer ensayos y desembrollar un asunto tan espantosamente complicado desde el principio. Volvámosle la espalda con decisión a cuanto ocurrió el año último en la casa de Lady Verinder; y veamos qué es lo que podemos descubrir en el futuro, en lugar de comprobar qué es lo que no logramos percibir en el pasado.

—Sin duda olvida usted —le dije— que todo el asunto pertenece esencialmente al pasado…, en lo que a mi concierne.

—Contésteme esta pregunta —me replicó mister Bruff—. ¿Se halla la Piedra Lunar implicada en el fondo de tan desgraciado asunto?… ¿Sí o no?

—Sí…, naturalmente.

—Muy bien. ¿Qué creemos nosotros que se hizo con la Piedra Lunar cuando fue llevada a Londres?

—Le fue entregada en prenda a Mr. Luker.

—Sabemos que no fue usted la persona que la empeñó. ¿Sabemos acaso quién lo hizo?

—No.

—¿Dónde se halla ahora, en nuestra opinión, la Piedra Lunar?

—Depositada en casa de los banqueros de míster Luker.

—Exactamente. Ahora bien, observe lo siguiente.

Nos hallamos ya en el mes de junio. Hacia fin de este mes, no puedo precisar el día, habrá transcurrido un año desde el día en que, según nuestra creencia, fue empeñada la gema. Existe la posibilidad —para decir lo menos de ello— de que la persona que la empeñó pueda hallarse lista en estos momentos para rescatarla, cuando haya expirado ese plazo de un año. De ocurrir tal cosa, el propio mister Luker en persona —de acuerdo con los términos de su propio contrato— deberá recibir el diamante de manos de los banqueros. En tales circunstancias, propongo que se establezca vigilancia en el banco, tan pronto como el presente mes se aproxime a su fin, para descubrir a la persona a quien mister Luker le reintegrará la Piedra Lunar. ¿Me entiende usted ahora?

Yo admití, un tanto de mala gana, que se trataba, sea como fuere, de una idea novedosa.

—Me pertenece a mí tanto como a Mr. Murthwaite —dijo Mr. Bruff—. Jamás hubiera penetrado en mi cabeza de no haber sido por la conversación que sostuve con él hace algún tiempo. De estar en lo cierto Mr. Murthwaite, es probable que los hindúes se hallen rondando el banco hacia las postrimerías de este mes, también…, y es posible que ocurra entonces algo serio. Lo que acaezca no debe importarnos nada, ni a usted ni a mí…, como no sea en lo que se refiere a la ayuda que pueda prestarnos para echarle el guante a ese misterioso personaje que empeñó el diamante. Dicha persona, puede usted estar seguro de ello, es responsable, no pretendo decir de qué manera, de la situación en que se halla usted en este momento, y sólo ella podrá hacerlo recobrar el lugar que ocupaba anteriormente en la estimación de Raquel.

—No puedo negar —le dije— que el plan que me propone enfrenta la dificultad de una manera muy osada, muy ingeniosa y muy novedosa. Pero…

—Pero, ¿tiene usted que hacerme alguna objeción?

—Sí. Mi objeción es la siguiente: su plan nos obligará a aguardar.

—Concedido. Según mis cálculos necesitaremos aguardar alrededor de una quincena…, más o menos. ¿Es mucho tiempo?

—Toda una vida, mister Bruff, para quien se halla en mi situación. Mi existencia me resultará sencillamente intolerable, a menos que no haga de una vez algo destinado a limpiar mi reputación.

—Bien, bien, lo comprendo. ¿Ha pensado usted algo?

—He pensado consultar al Sargento Cuff.

—Se ha retirado de la policía. Es inútil esperar ninguna ayuda del Sargento.

—Yo sé dónde encontrarlo; podré, al menos, hacer la prueba.

—Hágala —dijo Mr. Bruff, luego de meditar un instante—. El caso ha adquirido un aspecto tan extraordinario desde el tiempo en que actuó el Sargento Cuff, que es posible que usted logre revivir su interés por la investigación. Pruébelo y hágame saber el resultado. Mientras tanto —me dijo, poniéndose de pie—, de no hacer usted hallazgo alguno durante el lapso que habrá de transcurrir desde ahora hasta fin de mes, ¿me hallaré yo en libertad para ensayar, por mi parte, qué es lo que pueda hacerse, según lo que aconseje el resultado de la vigilancia establecida en el banco?

—Seguramente —le respondí—; a menos que lo releve yo completamente, en el intervalo, de la necesidad de efectuar dicho experimento.

Mr. Bruff se sonrió y se encasquetó el sombrero.

—Dígale al Sargento Cuff —me replicó— que yo opino que el hallazgo de la verdad depende del hallazgo de la persona que empeñó el diamante. Y hágame usted saber qué es lo que le sugiere su experiencia al Sargento.

Y así fue como nos despedimos esa noche.

En las primeras horas de la mañana del día siguiente, partí hacia la pequeña ciudad de Dorking…, lugar adonde se había retirado el Sargento Cuff, según me dijo Betteredge.

Luego de inquirir en el hotel me hallé en posesión de los datos necesarios para dar con el cot