La Reina de los Caribes

Emilio Salgari


Novela



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Índice

Capítulo 1. El Corsario Negro
Capítulo 2. Hablar o morir
Capítulo 3. La traición del intendente
Capítulo 4. Sitiados en el torreón
Capítulo 5. El asalto al Rayo
Capítulo 6. La llegada de los filibusteros
Capítulo 7. El brulote
Capítulo 8. Un combate terrible
Capítulo 9. El odio de Yara
Capítulo 10. Las costas de Yucatán
Capítulo 11. La escuadra de los filibusteros
Capítulo 12. Un terrible abordaje
Capítulo 13. La rendición de la fragata
Capítulo 14. La laguna de Tamihaua
Capítulo 15. La almadía
Capítulo 16. La caza del Lamantino

Capítulo 1. El Corsario Negro

El mar Caribe, en plena tormenta, mugía furioso lanzando verdaderas montañas de agua contra los muelles de Puerto—Limón y las playas de Nicaragua y de Costa Rica.

El astro del día, rojo como un disco de cobre, sólo proyectaba pálidos rayos.

No llovía; pero las cataratas del cielo no debían de tardar en abrirse.

Tan sólo algunos pescadores y algunos soldados de la pequeña guarnición española se habían atrevido a permanecer en la playa.

Un motivo, sin duda muy grave, los obligaba a estar en acecho. Hacía algunas horas que había sido señalada una nave en la línea del horizonte, y por la dirección de su velamen, parecía tener intención de buscar un refugio en la pequeña bahía.

Cualquier nave que viniese de alta mar producía una viva emoción en las poblaciones españolas de las colonias del golfo de México.

Bastaba que se notase algo sospechoso en las maniobras de las naves que arribaban, para que las mujeres y los niños corrieran a encerrarse en sus casas y los hombres se armaran precipitadamente.

Si la bandera era española, la saludaban con estrepitosas vivas, celebrando el raro caso de haber esquivado los cruceros de los corsarios.

Los desmanes y saqueos llevados a cabo por Pedro el Grande, Brazo de Hierro, John Davis, Montbar, el Corsario Negro y sus hermanos el Rojo y el Verde y el Olonés, habían sembrado el pánico en todas las colonias del golfo.

Viendo aparecer aquella nave, los pocos habitantes que se habían detenido en la playa a contemplar la furia del mar habían renunciado a la idea de volver a sus casas, no sabiendo aún si tenían que habérselas con algún velero español o con algún osado filibustero.

Viva inquietud se reflejaba en el rostro de todos, tanto pescadores como soldados.

—¡Nuestra Señora del Pilar nos proteja— decía un viejo marinero, moreno como un mestizo y asaz barbudo—; pero, os digo, amigos, que esa nave no es de las nuestras! ¿Quién se atrevería con semejante tormenta a empeñar tal lucha a tanta distancia del puerto, si no fuese tripulada por los hijos del Diablo, esos bandidos de las Tortugas?

—¿Estáis seguro de que se dirige hacia aquí? —preguntó un sargento que estaba en un grupo de soldados.

—Segurísimo, señor Vasco. ¡Mirad! Ha dado una bordada hacia el Cabo Blanco, y ahora se prepara a volver sobre sus pasos.

—Es un brik; ¿no es cierto, Alonso?

—Sí, señor Vasco. Un magnífico leño, a fe mía, que lucha ventajosamente contra el mar, y que antes de una hora dará frente a Puerto—Limón.

—¿Y qué os induce a creer que no sea una nave de las nuestras?

—¿El qué? Si ese leño fuese español, en vez de venir a buscar un refugio en nuestra bahía que es poco segura, hubiera ido a la Chiriqui.

—Tendréis razón; pero yo dudo mucho que ésa esté tripulada por corsarios. Puerto—Limón no puede excitar sus ambiciones.

—¿Sabéis lo que pienso, señor Vasco? —dijo un joven marinero que se había destacado del grupo.

—Decid, Diego.

—Que esa nave es El Rayo, del Corsario Negro.

Al oír tan inesperada salida un estremecimiento de terror sobrecogió a todos los presentes.

—¡El Corsario Negro aquí! —exclamó con acentuado temblor.

—¡Estás loco!

—Pues bien; voy a demostraros lo contrario —dijo el marinero—. Hace dos días, mientras yo estaba pescando cerca de las islas de Chiriqui, vi pasar una nave a menos de un tiro de arcabuz de mi velero. Aquella nave se llamaba El Rayo.

—¡Caramba! —exclamó el sargento con tono airado—. ¡Y no has dicho nada!

—No quería asustar a la población —dijo el joven.

—Si lo hubieras advertido, se habría enviado a alguien para pedir socorro a San Juan.

—¿Para qué? —preguntaron en son de burla los pescadores.

—¡Para rechazar a esos hijos de Satanás! —repuso el sargento.

—¡Hum! —dijo un pescador alto como un granadero y fuerte como un toro—. Yo he combatido contra esa gente, y sé lo que vale. Son invencibles.

—¿Creéis eso, Cárdenas?

—Ya os convenceréis pronto, señor Vasco. ¡Fijaos! Aquella nave ha puesto la proa hacia el puerto. Dentro de media hora estará aquí: intentad oponer resistencia si os atrevéis.

—¿Y dejaréis que invadan la ciudadela? —preguntó indignado el sargento.

—Cuando no se puede defender una fortaleza, se abandona —repuso el gigante.

Los pescadores que se hallaban en la playa parecían inclinados a retirarse, cuando un hombre, ya de alguna edad, que hasta entonces había permanecido silencioso, los detuvo con un gesto.

Tenía en la mano un catalejo, con el que había estado explorando el mar.

¡Deteneos! —les dijo—. El Corsario Negro es un hombre que no hace daño a quien no se le resiste.

¿Qué sabéis vos? —le preguntó el sargento.

—Yo conozco al Corsario Negro.

—¿Y creéis que esa nave sea la suya?

—Sí; esa nave es El Rayo.

Nadie se movió. Pescadores y soldados continuaron en la playa mirando con espanto el velero, que luchaba penosamente contra la tempestad.

Parecía qué el temor los había petrificado.

Entretanto, la nave seguía aproximándose, a pesar del huracón. Parecía un inmenso pájaro marino volteando sobre el mar tempestuoso. Salvaba intrépidamente la cresta de las olas, desapareciendo casi por completo, para volver a mostrarse a la incierta luz crepuscular.

Los rayos caían en torno de sus palos, y la lívida luz de los relámpagos se reflejaba en sus velas, enormemente henchidas. Las olas la asaltaban por todas partes, lamiendo sus flancos y barriendo a veces la cubierta; pero la nave no cedía. Había renunciado a las bordadas, y marchaba enfilando al puerto, como si hubiera estado cierta de encontrar un asilo seguro y amigo. ¿Quién podía ser el audaz que tan intrépidamente desafiaba el furor del mar Caribe? Sólo un marinero de las Tortugas, uno de aquellos condenados corsarios, podía atreverse a tanto.

Los pescadores y soldados se miraban unos a otros viendo a la nave llegar al antepuerto después de un último bandazo.

—¡Está llegando! —exclamó uno de ellos—. ¡A bordo preparan las anclas!

Los pescadores, sin esperar a más, partieron corriendo desaparecieron por las calles de la pequeña ciudad.

El sargento y sus soldados, después de una breve vacilación, siguieron el ejemplo de los pescadores, dirigiéndose hacia el fortín, que se encontraba en la opuesta extremidad del muelle, en la cima de una roca dominando la bahía.

Puerto—Limón contaba con una guarnición de ciento cincuenta hombres y dos piezas de artillería, siéndoles, por tanto, imposible empeñar una lucha contra aquella nave, que debía de poseer numerosa y potente artillería.

La nave, en tanto, a pesar de la furia del viento y del mar, había entrado audazmente en el puerto, y había echado anclas a cincuenta metros del muelle.

En sus costados, cinco a babor y cinco a estribor, asomaban la boca otras tantas piezas de artillería, dignas compañeras de las dos que se veían en la cubierta.

En la popa ondeaba una bandera negra con una V dorada en el centro, y encima de ella, una corona gentilicia.

En el castillo de proa, en la toldilla y en los costados se veían multitud de marineros armados, mientras a popa algunos artilleros apuntaban las dos piezas hacia el fortín, dispuestos a desencadenar contra él un huracán de hierro.

Plegadas las velas y echadas otras dos anclas, una chalupa que fue arriada por sotavento se dirigió hacia el muelle.

A pesar del incesante movimiento del mar, la chalupa, hábilmente piloteada, tocó junto a un viejo barco español que acababa de destrozarse sobre un banco de arena, y que con su mole oponía una barrera a la furia de las aguas, y, salvando algunas escolleras, arribó felizmente al muelle.

La pequeña guarnición permanecía en el fortín, juzgando inoportuno intervenir, en consideración especialmente a aquellos doce imponentes calmes, suficientes para barrer la playa en un momento.

Mientras algunos hombres, aguantando con los remos, tenían quieta la chalupa, un hombre que iba a proa, de un salto extraordinario, digno de un tigre, se lanzó al muelle.

Aquel audaz que se atrevía a desembarcar solo en una población de dos mil habitantes, tal vez resueltos a atacarle como a una bestia feroz, era un arrogante tipo de hombre de unos treinta y cinco años, más bien alto, y de porte aristocrático.

Las líneas de su rostro eran bellas y varoniles a pesar de su palidez cadavérica.

Si su rostro era triste y fúnebre, el vestido no era más alegre. Iba vestido de negro de pies a cabeza, pero con desusada elegancia entre los corsarios.

La casaca era de seda negra, adornada con encajes de igual color: los calzones, la faja que sostenía la espada, las botas, y hasta el sombrero eran negros también.

Hasta la gran pluma que le caía sobre los hombros era negra, como asimismo las armas.

Aquel extraño personaje se detuvo para mirar las casas de la ciudad, cuyas ventanas estaban todas cerradas.

Una sonrisa burlona asomó a sus labios.

Se volvió hacia los hombres que permanecían en la chalupa, y dijo:

— ¡Carmaux, Van Stiller, Moko! ¡Seguidme!

Un negro de estatura gigantesca, un verdadero Hércules, saltó a tierra, y tras él, dos hombres blancos. Éstos, que frisaban en los cuarenta años, tenían la tez bronceada y líneas duras y angulosas.

Estaban armados de mosquetes y sables.

— Henos aquí, capitán —dijo el negro.

—Seguidme.

—¿Y la chalupa?

—Que vuelva a bordo.

—Perdonad, capitán —dijo uno de los dos marineros—; no me parece prudente aventurarnos tan pocos en la ciudad.

—El Corsario Negro no ha tenido nunca miedo, Carmaux.

—¡Si alguien se atreviera a sostener lo contrario, le cortaría la lengua, capitán!

Se volvió hacia la chalupa, gritando a los que la tripulaban:

—¡Volved a bordo, y decid a Morgan que esté pronto a zarpar!

Cuando vio alejarse la chalupa se volvió hacia sus tres compañeros diciendo:

—Vamos en busca del administrador del Duque.

—No sabemos dónde vive ese excelente administrador, Capitán.

—¿Y qué importa? Le buscaremos.

—He visto por allá un fortín —repuso el Corsario Negro—. Si nadie puede decirnos por aquí dónde podemos encontrar al administrador, iremos a preguntárselo a la guarnición.

—¡Por los cuernos de Belcebú! ¿Ir a preguntárselo a la guarnición? ¡No somos más que cuatro, señor!

—¿Y los doce cañones del Rayo? ¿No los cuentas? Vamos, ante todo, a explorar esas calles.

—¡Oh, Van Stiller! ¿Acaso los hamburgueses se han vuelto cobardes de algún tiempo a esta parte? ¡Cargad los mosquetes y vamos!

—¡Adelante, hombres del mar! ¡Yo os guío!

La noche había cerrado, y el huracán, en vez de calmarse, parecía aumentar.

La ciudad continuaba pareciendo desierta. No se veía ni una luz en sus calles, y menos a través de las persianas que cubrían las ventanas.

La noticia de la llegada de los corsarios de las Tortugas debía de haber corrido entre los habitantes.

El Corsario Negro, tras una breve vacilación, se internó en una calle que parecía la más larga de la ciudad.

Habían llegado ya a la mitad de la calle cuando el Corsario Negro se detuvo bruscamente gritando:

—¿Quién vive?

Una forma humana había aparecido en el ángulo de una esquina, y, viendo a aquellos cuatro hombres, se había rápidamente ocultado tras un carro de heno abandonado en aquel lugar.

—¿Una emboscada? —preguntó

Carmaux, acercándose al Capitán.

—¡O un espía! —dijo éste. —¿Era un hombre solo?

—Sí, Carmaux.

—Ve a prender a ese hombre, y tráelo aquí.

—¡Yo me encargo de eso! —dijo el negro empuñando su pesado espadón.

—¡Eh, compadre Saco de Carbón! —exclamó Carmaux—. ¡Primero los blancos: después el negro!

—El compadre blanco puede cederme este favor.

—Saco de carbón, eres libre de ir a recibir un tiro —exclamó Carmaux.

El gigantesco negro atravesó en tres saltos la calle, y cayó sobre el hombre escondido tras el carro.

Agarrarle por el cuello y levantarle como si fuese un fantoche, fue cuestión de un momento.

El negro, sin cuidarse de sus gritos, le llevó ante el Corsario, dejándole en el suelo.

—¡Buen tipo! —exclamó Carmaux dando una carcajada—. ¡Eh, compadre! ¿Dónde has pescado ese cámbaro (cangrejo)?

El hombre que el negro había dejado ante el Corsario no tenía el aspecto de un soldado ni de un valiente.

Era un pobre burgués, algo viejo, con una nariz monumental; dos ojuelos grises y monstruosa joroba plantada entre los hombros.

—¡Un jorobado! —exclamó Van Stiller, que le vio a la luz de un relámpago—. ¡Nos traerá buena suerte!

El Corsario Negro había puesto una mano en el hombro del español, preguntándole:

—¿Adónde ibas?

—¡Soy un pobre diablo que nunca hizo mal a nadie! —gimió el jorobado.

—Te pregunto que adónde ibas —dijo el Corsario.

—¡Este cangrejo corría al fuerte para hacernos prender por la guarnición! —dijo Carmaux.

—¡No, excelencia! —gritó el jorobado—. ¡Os lo juro!

—¡Por cien mil diablos! —exclamó Carmaux.

—¡Este jorobeta me ha tomado por algún gobernador! ¡Excelencia! ¡Oh!

—¡Silencio, hablador! —gruñó el Corsario—. Vamos; ¿adónde ibas?

—¡En busca de un médico señor! —balbuceó el jorobado—. ¡Mi mujer está enferma!

—¡Mira que, si me engañas, te hago colgar del palo mayor de mi nave!

—¡Os juro!…

—¡Deja los juramentos, y responde! ¿Conoces a D. Pablo de Ribeira?

—Sí, señor.

—¿Administrador del duque Wan Guld?

—¿El ex gobernador de Maracaibo?

—Sí.

—Le conozco personalmente.

—Pues bien; llévame a su presencia.

—Pero… , señor…

—¡Llévame! —gritó amenazadoramente el Corsario—. ¿Dónde vive?

—Aquí cerca, señor… excelencia…

—¡Silencio! ¡Adelante, si estimas tu pellejo!

El negro cogió al español en brazos, a pesar de sus protestas, y le preguntó:

—¿Dónde es?

—Al final de la calle.

La pequeña caravana se puso en marcha. Procedía, sin embargo, con cierta precaución, deteniéndose, a menudo, en los ángulos de las calles transversales, por temor a caer en alguna emboscada o recibir una descarga a quemarropa.

Llegados al final de la calle, el jorobado se volvió hacia el Corsario, y, señalándole una casa de buen aspecto, edificada en piedra y coronada por un torreón, le dijo:

—Aquí es, señor.

—¡Bien está! —repuso el Corsario.

Miró atentamente la casa, y acercándose a la puerta, la golpeó con el pesado aldabón de bronce que de ella pendía.

Aún no había cesado el ruido de la llamada, cuando se oyó abrir una persiana, y una voz desde el último piso que preguntaba:

—¿Quién sois?

—¡El Corsario Negro! ¡Abrid, o prenderemos fuego a la casa! —gritó el capitán haciendo brillar su espada a la lívida luz de un relámpago.

—¿A quién buscáis?

— ¡A D. Pablo de Ribeira, administrador del duque Wan Guld!

En el interior de la casa se oyeron pasos precipitados, gritos que parecían de espanto; luego, nada.

—Carmaux —dijo el Corsario—. ¿Tienes la bomba?

— Sí, capitán.

—¡Colócala junto a la puerta! ¡Si no obedecen, le prenderemos fuego, y nos abriremos paso nosotros mismos!

Se sentó sobre un guardacantón que se encontraba a pocos pasos, y esperó, atormentando la guarda de su espada.

Capítulo 2. Hablar o morir

Aún no había transcurrido un minuto cuando las ventanas del primer piso se iluminaron, reflejándose algunos rayos de luz en las casas de enfrente.

Una o más personas estaban preparándose a bajar.

El Corsario se había puesto rápidamente en pie, con la espada en la diestra y una pistola en la siniestra.

Sus hombres se habían colocado a los dos lados de la puerta con las armas preparadas.

—¡Alguien viene! —dijo Van Stiller, que tenía un ojo pegado a la cerradura—. ¡Veo luces detrás de la puerta!

El Corsario Negro, que empezaba a impacientarse, alzó de nuevo el pesado aldabón, y lo dejó caer con estrépito.

El golpe retumbó por el corredor. Una voz temblorosa gritó:

—¡Ya va, señores!

Se oyó un chirriar de cerrojos y cadenas, y la maciza puerta se abrió lentamente.

Un hombre ya de edad, seguido por dos pajes de raza india portadores de antorchas, apareció en el umbral.

Era un hermoso tipo de anciano, que ya debía de haber pasado de los sesenta; pero aún robusto y erguido como un joven.

Llevaba un traje de seda oscura adornado de encajes, y calzaba altas botas con espuelas de plata.

Una espada le colgaba al costado, y en la cintura llevaba uno de aquellos puñales españoles llamados de misericordia; arma terrible en una mano robusta.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó el viejo con marcado temblor.

En vez de contestar, el Corsario Negro hizo seña a sus hombres de entrar y cerrar la puerta.

El jorobado, ya inútil, fue dejado en la calle.

—Espero vuestra respuesta —insistió el viejo.

—¡El caballero de Ventimiglia no está acostumbrado a hablar en los pasillos! —dijo el Corsario Negro, con voz altanera.

—¡Seguidme! —dijo el viejo tras una breve vacilación.

Precedidos por los dos pajes, subieron una amplia escalera de madera roja y entraron en una sala amueblada con elegancia y adornada con trofeos españoles.

El Corsario Negro se aseguró con una mirada de que no había más puertas, y volviéndose hacia sus hombres, les dijo:

—Tú, Moko, te pondrás de guardia en la escalera, y colocarás la bomba detrás de la puerta. Vosotros, Carmaux y Van Stiller, permaneceréis en el corredor contiguo.

Y mirando al viejo, que se había tornado palidísimo, añadió:

—¡Y ahora nosotros dos, señor Pablo de Ribeira, intendente del duque Wan Guld!

Cogió una silla y se sentó junto a la mesa, colocándose la espada desenvainada entre las piernas.

El viejo seguía en pie, y miraba con terror al formidable Corsario.

—Sabéis quien soy; ¿no es cierto? —preguntó el filibustero.

—El caballero Emilio de Roccabruna, señor de Valpenta y de Ventimiglia —dijo el viejo.

—Celebro que tan bien me conozcáis, señor de Ribeira —continuó el Corsario—. ¿Sabéis por qué motivo he osado, solo con mi nave, aventurarme en estas costas?

—Lo ignoro; pero supongo que debe de ser muy grave el motivo para decidiros a tamaña imprudencia. No debéis de ignorar, caballero, que por estas costas está en crucero la escuadra de Veracruz.

—Lo sé —repuso el Corsario.

—Y que aquí hay una guarnición, no muy numerosa, pero superior a vuestra tripulación.

—También lo sabía.

—¿Y habéis osado venir aquí casi solo?

Una desdeñosa sonrisa plegó los labios del Corsario.

—¡No tengo miedo! —dijo con fiereza.

—Nadie puede dudar del valor del Corsario Negro —dijo D. Pablo de Ribeira—. Os escucho.

El Corsario permaneció algunos instantes silencioso, y luego dijo con voz alterada:

—Me han dicho que vos sabéis algo de Honorata Wan Guld.

En aquella voz había algo desgarrador: parecía un sollozo ahogado.

El viejo permaneció mudo y mirando con ojos asustados al Corsario.

Entre ambos hubo unos momentos de angustioso silencio. Parecía que ninguno de los dos quería romperlo.

—¡Hablad! —dijo por fin el Corsario—. ¿Es cierto que un pescador del mar Caribe os ha dicho haber visto una chalupa llevada por las aguas y tripulada por una mujer joven?

—Sí —contestó el viejo con voz que parecía un soplo.

—¿Dónde se hallaba esa chalupa? —Muy lejos de las costas de Venezuela.

¿En qué sitio?

—Al sur de la costa de Cuba, a cincuenta o sesenta millas del cabo de San Antonio, en el canal de Yucatán.

—¡A tanta distancia de Venezuela! ¿Cuándo encontraron la chalupa?

—.Dos días después de la partida de las naves filibusteras de las playas de Maracaibo.

¿Y estaba aún viva?

—Sí, caballero.

—¿Y aquel miserable no la recogió?

—La tormenta arreciaba, y su nave ya no podía resistir el embate de las aguas.

Un grito de desconsuelo salió de los labios del Corsario.

—¡Vos la habéis matado! —dijo el señor de Ribeira con voz grave—. ¡Qué tremenda venganza habéis cometido, caballero! ¡Dios os castigará!

Oyendo aquellas palabras, el Corsario Negro levantó vivamente la cabeza.

¡Dios me castigará! —exclamó con voz estridente—. Yo maté a aquella mujer a quien tanto amaba; ¿mas de quién fue la culpa? ¿Acaso ignoráis las infamias cometidas por el Duque, vuestro señor? Uno de mis hermanos duerme allá… bajo el Escalda; los otros dos reposan el báratro del mar Caribe. ¿Sabéis quién los mató? ¡El padre de la mujer a quien yo amaba!

El viejo guardaba silencio y permanecía con los ojos fijos en el Corsario.

—¡Yo había jurado odio eterno a aquel hombre, que había matado a mis hermanos en la flor de su edad, que había hecho traición a la amistad y a la bandera de su patria adoptiva, y que por oro había vendido su alma y su nobleza, mancillando infamemente su blasón, y he querido mantener mi palabra!

—¿Condenando a muerte a una joven que no podía haceros ningún mal?

—La noche en que abandoné a las aguas el cadáver del Corsario Rojo, había jurado exterminar a toda su familia, como él había destruido la mía, y no podía faltar a mi palabra. Si no lo hubiera hecho, mis hermanos habrán salido del fondo del mar para maldecirme. ¡Y el traidor vive todavía! —repuso con ira tras una pausa—. ¡El asesino no ha muerto, y mis hermanos me piden venganza! ¡La tendrán!

—¡Los muertos nada pueden pedir!

—Os engañáis. Cuando el mar riela, y yo veo al Corsario Rojo y al Verde surgir de los abismos del mar, y huir ante la proa de mi Rayo; y cuando el viento silba entre el cordaje de mi nave, oigo la voz de mi hermano muerto en tierras de Flandes. ¿Me comprendéis?

—¡Locuras!

—¡No! —gritó el Corsario—. Hasta mis hombres han visto muchas noches aparecer entre la espuma los esqueletos del Corsario Rojo y del Verde, que todavía me piden venganza. Decidme: ¿dónde está Wan Guld?

—¿Aún pensáis en él? —exclamó el Intendente—. ¿No os basta con su hija?

—¡No! Ya os he dicho que mis hermanos todavía no están satisfechos.

—El Duque está muy lejos.

—¡Hasta el Infierno iría a buscarle el Corsario Negro!

—Id, pues a buscarle.

—¿Dónde?

—No sé a punto fijo dónde está. Se dice que en México.

—¿Se dice? ¿Vos que sois su intendente, el administrador de sus bienes, lo ignoráis? ¡No seré yo quien lo crea!

—Sin embargo, no sé dónde se halla.

—¡Me lo diréis! —gritó con voz terrible el Corsario—. ¡La vida de ese hombre me es necesaria!

—¡No hablaré!

—Sin embargo, no ignoráis las infamias cometidas por vuestro señor.

—He oído narrar muchas cosas respecto del Duque; pero ¿debo creerlas?

—¡D. Pablo de Ribeira! —dijo el Corsario con tono solemne—. ¡Soy un gentilhombre!

—Hablad, pues, señor de Roccabruna.

El Corsario iba a abrir los labios, cuando se levantó, acercándose rápidamente a la ventana.

—¿Qué tenéis? —le preguntó D. Pablo con estupor.

El caballero no contestó. Inclinado hacia afuera, escuchaba atentamente.

—La tormenta estaba en todo su apogeo.

—¿Habéis oído? —preguntó el Corsario con voz alterada.

—Nada, señor —repuso inquieto el anciano.

—Diríase que el viento trae hasta aquí los gritos de mis hermanos.

—¡Siniestra locura, caballero!

— ¡No! ¡No es locura! ¡Las ondas del mar Caribe entonan a estas horas los salmos del Corsario Rojo y del Verde, víctimas de vuestro señor!

El viejo palideció y miró con espanto al Corsario.

—¿Habéis terminado, caballero? —dijo—. ¡Acabaréis por hacer que también yo vea a los muertos!

El Corsario se sentó de nuevo junto a la mesa. Parecía no haber oído las palabras del español.

—Éramos cuatro hermanos —empezó a decir con voz triste y lenta—. Pocos eran tan valientes como los señores de Roccabruna, Valpenta y Ventimiglia, y pocos tan devotos del duque de Saboya como lo éramos nosotros.

"La guerra había estallado en Flandes, Francia y Saboya combatían con extremo furor contra el duque de Alba por la libertad de los generosos flamencos. El duque Wan Guld, vuestro señor, separado del grueso del ejército francosaboyano, se había atrincherado en una roca situada en una de las bocas del Escalda. Nosotros, fieles guardianes de la gloriosa bandera del heroico duque Amadeo II, estábamos con él. Tres mil españoles con poderosa artillería habían rodeado la roca, decididos a expugnarla. Asaltos desesperados, minas, bombardas, escalos nocturnos; todo lo habían intentado, y siempre en vano: el estandarte de Saboya nunca se había arriado. Los señores de Roccabruna defendían la fortaleza, y antes se hubieran dejado hacer pedazos que entregarla. Una noche un traidor comprado por el oro español abrió la poterna al enemigo. El primogénito de Roccabruna se lanzó a detener el paso a los invasores, y cayó asesinado por un pistoletazo disparado a traición. ¿Sabéis cómo se llamaba el hombre que vilmente hizo traición a sus tropas y dio muerte a mi hermano? ¡Era el duque Wan Guld; era vuestro señor!

—¡Caballero! —exclamó el anciano.

—¡Callad y escuchadme! —prosiguió el Corsario—. Al traidor le fue dada en pago de su infamia una colonia del golfo de México, la de

Venezuela; pero había olvidado que aún vivían otros tres caballeros de Roccabruna, y que éstos habían solemnemente jurado por la cruz de Dios vengar la traición hecha a su hermano. Equipados tres navíos, zarparon hacia el golfo: uno de sus capitanes se llamaba el Corsario Verde; otro, el Rojo; el tercero, el Negro.

—Conozco la historia de los tres Corsarios —dijo el señor de Ribeira—. El Rojo y el Verde cayeron en poder de mi señor, y fueron ahorcados como vulgares malhechores.

—Y recibieron por mí honrosa sepultura en los abismos del mar Caribe —dijo el Corsario Negro—. Ahora decidme: ¿qué pena merece el hombre que hace traición a su bandera y da muerte a tres hermanos? ¡Hablad!

—Vos matásteis a su hija, caballero.

—¡Callad, por Dios! —gritó el Corsario—, ¡No despertéis el dolor que roe mi corazón! ¡Basta! ¿Dónde está ese hombre?

—Está a cubierto de vuestros ataques.

—¡Lo veremos! Decidme el sitio. El Corsario había levantado la espada.

—¡En Veracruz! —le dijo el viejo, considerándose perdido.

—¡Ah!… —gritó el Corsario.

Se dirigía hacia la puerta, cuando entró Carmaux en la estancia.

El filibustero tenía sombrío el rostro, y en sus miradas se leía una viva inquietud.

—¡Partamos, Carmaux! —le dijo el Corsario—. ¡Sé cuanto quería saber!

—¡Un momento, capitán! —¿Qué quieres?

—Mucho me alegraría de volver a bordo; pero creo que por ahora no sea fácil.

—¿Por qué?

—La casa está sitiada. —¡Bromeas!

—¡Ojalá! Desgraciadamente, digo la verdad.

—¿Quién nos ha vendido? —preguntó el Corsario mirando amenazadoramente a D. Pablo.

—¿Quién? ¡Ese maldito jorobeta a quien dejamos en libertad! —dijo Carmaux—. Hemos cometido una imprudencia que acaso nos cueste cara, capitán.

—¿Estás seguro de que la calle está tomada por los españoles?

—Con mis propios ojos he visto dos hombres esconderse en el portal que hay frente a esta casa.

—¿Sólo dos? ¿Y qué pueden hacer contra nosotros?

—¡Despacio, capitán! He visto otros dos en una ventana.

—Que son cuatro. ¡Vaya un número para nosotros! —dijo despreciativamente el Corsario.

—Puede haber más ocultos en las bocacalles, capitán —dijo Carmaux.

—¡Con semejante huracán, sus mosquetes no les servirán de nada!

—Pero cien picas y otras tantas espadas…

El Corsario permaneció pensativo un momento, y volviéndose a D. Pablo le dijo:

—¿Y no hay en esta casa ninguna salida secreta?

—Sí, señor caballero —dijo el viejo, mientras un relámpago cruzaba sus negros ojos.

—¿Nos facilitaréis la fuga? —Con una condición.

—¿Cuál?

—Abandonar vuestros proyectos de venganza contra mi señor.

—¡Queréis bromear, señor Ribeira! —dijo con acento burlón el Corsario.

—No, caballero.

—¡El señor de Roccabruna no aceptará jamás tal condición!

—¿Preferís que os hagan prisionero los españoles?

—¡Todavía no me han cogido, querido señor!

—Hay ciento cincuenta soldados en Puerto—Limón.

—¡No me asustan! Yo tengo a bordo ciento veinte lobos de mar capaces de hacer frente a un regimiento entero.

—Vuestro Rayo no está anclado frente a esta casa, caballero.

—Iremos nosotros a su bordo, señor mío.

—No conocéis el pasaje secreto. —Pero lo conocéis vos.

—No os lo indicaré si antes no juráis dejar en paz al duque Wan Guld.

—¡Pues bien; veamos! —dijo con voz estridente el Corsario.

Y amartillando rápidamente una pistola, gritó:

—¡O nos guiáis al pasaje secreto, o te mato! ¡Elige!

Capítulo 3. La traición del intendente

Ante aquella amenaza D. Pablo de Ribeira se había tornado palidísimo: Instintivamente su diestra se volvió hacia la empuñadura de su espada. Había sido en sus tiempos un valiente guerrero; pero viendo avanzar a Carmaux, juzgó inútil toda resistencia.

Por otra parte, temía por cierto que perdería la vida aun luchando con el Corsario solo, pues no ignoraba su destreza en el manejo de las armas.

—¡Caballero —dijo—, estoy en vuestras manos!

—¿Me conduciréis al pasaje secreto?

—¡Cedo a la violencia! —¡Precedednos!

El anciano cogió un candelabro que sobre un vargueño había, y encendiéndolo, hizo al Corsario seña de seguirle.

Carmaux había llamado ya a sus compañeros.

—¿A dónde vamos? —preguntó Van Stiller.

—Parece que huimos —repuso Carmaux.

—¿Vamos a bordo?

—¡Si se puede! ¡Me fío poco de este viejo!

—No le perderemos de vista. Tengo amartillada la pistola.

—Y yo —dijo Carmaux.

En tanto, D. Pablo había salido de la estancia y se había internado en un largo corredor.

El Corsario le seguía, espada y pistola en mano.

Como sus subordinados, desconfiaba del viejo administrador.

Llegados al final de la galería D. Pablo se detuvo ante un cuadro, y apoyando un dedo en la cornisa, lo hizo correr por unas ranuras.

El cuadro se destacó y cayó hasta el suelo dejando ver una abertura tenebrosa capaz de dar paso a dos personas juntas.

Un soplo de viento húmedo, hizo vacilar las luces del candelabro.

—Éste es el pasaje —dijo.

—¿Adónde conduce? —preguntó con acento de desconfianza el Corsario.

—Da vueltas a la casa y termina en un jardín.

—¿Lejos?

—A quinientos o seiscientos metros.

—¡Pasad!

El viejo vaciló.

—¿Por qué queréis que os siga? —dijo—. ¿No os basta que so haya conducido hasta aquí?

—¿Quién nos asegura que nos hayáis puesto en buen camino? Cuando lleguemos a la salida, os dejaremos libre.

El viejo frunció las cejas mirando sospechosamente al Corsario, y se internó en el pasaje.

Los cuatro filibusteros le siguieron en silencio y sin dejar sus armas.

Una escalera tortuosa se encontraba más allá del pasaje.

El viejo bajó lentamente, con una mano ante las luces para evitar que las apagara el viento y se detuvo ante una galería subterránea.

—Estamos al nivel de la calle —dijo—. No tenéis más que seguir siempre derechos.

—Será cierto lo que decís; pero no os dejaremos. Os ruego que vayáis delante —dijo el Corsario.

—¡El viejo trama algo! —murmuró Carmaux.

—¿Adónde quiere mandarnos? ¡Hum!… ¡Qué olor a traición hay por aquí!

El señor de Ribeira, aunque de mala gana, echó a andar por el subterráneo, que era muy bajo y estrecho.

La humedad era copiosísima. Rachas de aire llegaban de la parte opuesta, amenazando a cada momento apagar las luces.

D. Pablo adelantó unos cincuenta pasos, y se detuvo bruscamente lanzando un grito. En el mismo instante las luces se apagaron, y la oscuridad más absoluta invadió la galería.

—¡Mil demonios! —gritó Carmaux—. ¡Encended una mecha! ¡El viejo nos hace traición!

El Corsario se había lanzado a impedir que D. Pablo se alejase; pero, con gran estupor, no halló a nadie ante sí.

—¿Dónde estáis? —gritó—. ¡Contestadme, o hago fuego!

Un ruido sordo, que parecía el de una puerta maciza que se cierra, retumbó a pocos pasos.

—¡Traición! —gritó Carmaux. —¡Ha desaparecido! —gritó—. ¡Debí esperar esta traición!

Sonó un disparo y, a la luz de la pólvora había visto a pocos pasos una puerta que cerraba la galería.

—¡Por cien mil cuernos! ¡Nos ha burlado bien! —dijo Carmaux—. ¡Si ese viejo cae en mis manos palabra de ladrón que le ahorco!

—¡Silencio! —dijo el Corsario—. Encended una luz, una mecha, un pedazo de yesca; ¡cualquier cosa!

—He encontrado una vela, señor —dijo el negro—. Debe de haberse caído del candelabro.

Van Stiller encendió la vela.

—¡Veamos! —dijo el Corsario.

Se acercó a la puerta y la examinó atentamente.

Era maciza y estaba forrada de bronce; una verdadera puerta blindada.

Para echarla abajo hubiera sido menester un cañón.

—¡El viejo nos ha encerrado en el subterráneo! —dijo Carmaux—. ¡Ni el hacha del compadre Saco de carbón puede echarla abajo!

—Acaso no esté del todo cortada la retirada —dijo el Corsario—. Veamos de volver a la casa del traidor.

—Capitán —dijo Carmaux—, he traído conmigo la bomba. Podríamos hacerla estallar junto a la puerta.

—Creo que no bastaría. ¡Vamos! ¡En retirada!

Deshicieron lo andado, subieron la escalera, y llegaron a la salida del pasaje secreto. Allí los esperaba una desagradable sorpresa.

El cuadro había vuelto a su sitio y, habiéndolo golpeado el Corsario con su espada, produjo un sonido metálico.

—¡También aquí una pared de hierro! —murmuró—. ¡La cosa empieza a parecerme inquietante!

Iba a volverse hacia Moko para ordenarle que rompiera el cuadro a hachazos, cuando oyó voces cercanas.

Algunas personas hablaban tras el cuadro.

—¿Los soldados? —preguntó Carmaux—. ¡Por cuernos de! …

—¡Calla! —dijo el Corsario.

Dos voces se oían: la una parecía de mujer; la otra, de hombre.

—¿Quiénes serán? —se preguntó el Corsario.

Aplicó el oído a la pared metálica, y escuchó atentamente.

—¡Te digo que el amo ha encerrado aquí al gentilhombre! —decía una voz de mujer.

—Es un gentilhombre terrible, Yara —repuso la voz del hombre—. Se llama el Corsario Negro.

—¡No le dejaremos morir!

—Si abriésemos, el amo sería capaz de matarnos.

—¿No sabes que han llegado los soldados?

—Sé que ocupan las calles próximas.

—¿Dejaremos que asesinen al gentilhombre?

—Te digo que es un filibustero de las Tortugas.

—¡No le temo! ¡Obedece, Colima! —¡Qué capricho!

—Yara lo quiere así.

—Piensa en el amo.

—¡No le temo! ¡Obedece, Colima!

—¿Quiénes serán? —se preguntó el Corsario, que no había perdido ni una sílaba.

—Parece alguien que se interesa por mí, y… .

No siguió. La pared había caído, y la placa metálica que acorazaba el cuadro habíase separado, dejando libre el paso.

El Corsario se había lanzado fuera con la espada en alto, pronto a herir; pero se detuvo súbitamente haciendo un gesto de asombro.

Ante él estaba una bellísima joven india y un joven negro, que llevaba un pesado candelabro de plata.

Aquella joven podría tener unos diez y seis años, y, como queda dicho, era bellísima, aunque su piel tuviese un tinte ligeramente rojizo.

Su talle era esbeltísimo. Tenía ojos espléndidos y negros como carbones, la nariz, recta; labios, pequeños y rojos, que dejaban ver una doble hilera de dientes blancos y brillantes como perlas; sus cabellos, negros como el ala del cuervo.

Hasta el traje que llevaba era gentil. La falda, de tela roja, estaba bordada con lentejuela de plata y perlas, y la blusa, adornada de encajes y cubierta también de lentejuelas. En la cintura llevaba una faja de brillantes colores, terminada en largos flecos de seda.

Sus pies, pequeños como los de una china, desaparecían bajo unas graciosas babuchas de piel amarilla y recamada de oro.

En las orejas llevaba grandes aretes de metal, y en el cuello, multitud de monedas de gran valor.

Su compañero, un negro de diez y ocho a veinte años, tenía labios gruesos, ojos que parecían de porcelana, y una cabellera negra y encrespada.

Con una mano sostenía el candelabro y con la otra empuñaba una especie de cuchilla curva, arma usada por los plantadores.

Viendo al Corsario en tan amenazadora actitud, la joven india había retrocedido dos pasos lanzando un grito a la vez de sorpresa y alegría.

—¡Un hermoso gentilhombre! —había exclamado.

—¿Quién sois? —preguntó el Corsario.

—Yara —contesto la joven india con argentina voz.

—¡No sé más que antes! Además, no me interesan otras explicaciones. Decidme si está sitiada la casa.

—Sí, señor.

—¿Y D. Pablo de Ribeira, dónde está?

—No lo hemos visto.

El Corsario se volvió hacia sus hombres diciendo:

—¡No tenemos un instante que perder!

Sin cuidarse del negro ni de la india había enfilado al corredor para llegar a la escalera, cuando se sintió coger dulcemente por los vuelos de la casaca.

Se volvió, y vio a la india. Su bello rostro revelaba tan profunda angustia, que se quedó atónito.

—¿Qué deseas? —le preguntó.

—¡No quiero que os maten, señor! —repuso Yara con voz temblorosa.

—¿Qué puede importante a ti? —preguntó más dulcemente el Corsario.

—Los hombres que están escondidos en las calles próximas no os perdonarán.

—¡Ni nosotros a ellos!

—¡Son muchos, señor!

—¡Es necesario que salga de aquí!

¡Mi nave me espera en la boca del puerto!

—En vez de salir en busca de los soldados, ¡huid!

—Mucho me gustaría poder marchar sin empeñar batalla; pero veo que no hay sino esta salida. El subterráneo lo cerró D. Pablo.

—¡Hay aquí una cueva! ¡Escondeos!

—¡Yo! ¡El Corsario Negro! Oh! ¡Nunca, hija mía!… Sin embargo, gracias por tu consejo. Te lo agradeceré siempre ¿Como te llamas?

—Yara; os lo he dicho.

—No olvidaré nunca ese nombre.

Le hizo un gesto de adiós; y bajó la escalera seguido de Carmaux y Van Stiller y precedido por Moko.

Llegados al corredor, se detuvieron un momento para amartillar los mosquetes y pistolas, y Moko abrió resueltamente la puerta.

—¡Que Dios os proteja, señor! —gritó Yara, que se había quedado arriba.

—¡Gracias, buena niña! —repuso el Corsario lanzándose a la calle.

—¡Despacio, capitán! —dijo Carmaux deteniéndole—. ¡Veo sombras junto al ángulo de aquella casa!

El Corsario se había detenido.

La oscuridad era tal, que a treinta pasos no se distinguía una persona.

Sin embargo, el Corsario había visto las sombras señaladas por Carmaux. Era imposible saber cuántos eran; no obstante, no debían de ser pocos.

—Nos esperaban —murmuró el Corsario—. ¡Hombres del mar, adelante! ¡Daremos la batalla!

Se había arrollado el tabardo sobre el brazo izquierdo, y con la diestra mano empuñaba la espada, arma terrible en sus manos.

Habían recorrido unos diez pasos, cuando cayeron sobre ellos dos hombres armados de espada y pistola.

Se habían ocultado en un portal, y viendo aparecer al formidable Corsario se lanzaron sobre él, acaso con la esperanza de cogerle por sorpresa.

El caballero no era hombre dispuesto a dejarse coger así. Con un salto de tigre evitó las dos estocadas, y cargó a su vez, haciendo silbar la espada.

—¡Tomad! —gritó.

Con un golpe bien dirigido derribó en tierra a uno, y saltando por encima de él se precipitó sobre el segundo, que viéndose solo, huyó a todo correr.

Mientras el Corsario se desembarazaba de aquellos dos, Carmaux, Van Stiller y Moko se habían lanzado contra un grupo que había desembocado por una calle próxima.

—¡Dejadlos ir! —gritó el Corsario.

En lugar de detenerse, se lanzaron tras los fugitivos gritando:

—¡Mata! ¡Mata!

En aquel momento un destacamento desembocaba por otra callejuela. Estaba compuesto por cinco hombres, tres armados de espadas y dos de mosquetes.

Viendo al Corsario Negro solo, lanzaron un grito de alegría y se precipitaron sobre él gritando:

—¡Ríndete, o eres muerto!

El señor de Ventimiglia miró en torno suyo, y no pudo contener una sorda imprecación.

Sus tres filibusteros, llevados por su ardor, y creyendo, sin duda, facilitar el camino a su capitán, habían continuado su carrera persiguiendo a los fugitivos.

—¡Incautos! —murmuró el Corsario—. ¡Heme aquí en buen aprieto!

Se apoyó contra el muro para no ser rodeado, y empuñó una de sus pistolas, gritando con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡A mí, filibusteros!

Su voz fue sofocada por un disparo. Uno de los cinco hombres había hecho fuego, mientras los otros desenvainaban la espada.

La bala se aplastó contra el muro, a pocas pulgadas de la cabeza del Corsario.

—¡Truenos! —murmuró éste.

Apuntó la pistola, y disparó a su vez. Uno de los dos mosqueteros, herido en pleno pecho, cayó sin lanzar ni un grito.

Tiró el arma descargada y empuñó la segunda. El otro mosquetero le apuntaba.

Rápido como un rayo, el Corsario hizo fuego, pero la pólvora no ardió.

—¡Maldición! —exclamó.

—¡Ríndete! —gritaron los cuatro españoles.

—¡Ésta es mi respuesta! —contestó el Corsario.

Se separó del muro y de un salto cayó sobre ellos, dando estocadas a diestro y siniestro.

El segundo mosquetero cayó. Los otros cargaron sobre el Corsario cerrándole el paso.

—¡A mí, filibusteros! —volvió a gritar el caballero.

Le contestaron algunos disparos. Parecía como si al final de la calle sus hombres hubieran empeñado un desesperado combate, porque se oían gritos, blasfemias, gemidos y chocar de aceros.

—¡Tratemos de deshacernos de estos sayones! —murmuró el Corsario—. Por ahora, nadie ha de venir a ayudarme.

Para evitar que le rodearan fue retrocediendo hasta apoyarse de nuevo en el muro.

Habían reconocido en su adversario al formidable surcador de los mares que se hacía llamar el Corsario Negro, y por eso redoblaban su ahínco.

Después de dar unos quince pasos, el Corsario sintió tras sí un obstáculo. Alargando la mano izquierda, notó que se hallaba ante una puerta.

—¡Si no se abre, confío en hacer frente a estos bribones! murmuró.

En aquel momento oyó en lo alto un grito de mujer.

—¡Colima! … ¡Le matan!…

—¡La joven india! —exclamó el Corsario, sin dejar de defenderse—¡Magnífico! ¡Puedo confiar en alguna ayuda!

Éste, sin embargo, no desmayaba. Habilísimo tirador, paraba las estocadas con rapidez. Una vez recibió una estocada en el costado derecho, con dirección al corazón. Aunque la detuvo con el brazo izquierdo, no pudo evitar que la espada penetrara en sus carnes.

—¡Ah, perro! —aulló, atacando con más rabia.

Antes de que su contrario hubiera podido desembarazar su espada de los pliegues del tabardo, le descargó un golpe desesperado.

La hoja hirió al adversario en plena garganta cortándole la carótida.

—¡Tres! —gritó el Corsario parando una estocada.

—¡Toma ésta! —dijo uno de los dos que restaban.

El Corsario dio un salto lanzando un grito de dolor.

—¡Tocado! —dijo.

—¡Ánimo, Juan! —gritó el que le había herido—. ¡Otra estocada, y es nuestro!

—¡Todavía no! —gritó el Corsario—. ¡Tomad!

Con dos terribles tajos derribó uno tras otro a sus dos adversarios; pero casi a la par se sintió sin fuerzas, mientras sus ojos se cubrían con un velo de sangre.

—¡Carmaux!… ¡Van Stiller!… ¡Ayuda!… Murmuró con voz desfallecida.

Se llevó una mano al pecho, y la retiró bañada en sangre.

Retrocedió hasta la puerta, contra la cual se apoyó. La cabeza le daba vueltas, sentía sordo zumbido en los oídos.

—¡Carmaux!… —murmuró por última vez.

Le pareció oír pasos precipitados, después, la voz de sus fieles corsarios, y, por fin, abrirse una puerta. Vio confusamente una sombra delante de él, y le pareció que unos brazos le cogían. Luego… ya no vio nada.

Cuando volvió en sí no se encontraba en la calle donde había librado tan sangriento combate. Estaba tendido en un cómodo lecho adornado con cortinas de seda azul bordadas de oro, y blanquísimas sábanas adornadas con ricas puntillas. Un rostro gentil estaba inclinado sobre él, acechando sus más pequeños movimientos. Lo reconoció enseguida.

—¡Yara! —exclamó.

La joven india se enderezó rápidamente. Los grandes y dulces ojos de aquella criatura estaban aún húmedos de llanto.

—¿Qué haces aquí, muchacha? —le preguntó el Corsario—. ¿Quién me trajo a esta estancia? ¿Y mis hombres, dónde están?

—¡No os mováis, señor —dijo la joven.

—¡Dime dónde están mis hombres! —repitió el Corsario—. ¡Oigo fragor de armas en la calle!

—Vuestros hombres están aquí, pero…

—¡Continúa! —dijo el Corsario, viéndola vacilar—. ¡No los veo!

—Defienden la escalera, señor.

—¿Por qué?

—¿Habéis olvidado a los españoles?

—¡Ah!… ¡Es cierto!… ¿Están aquí los españoles?

—Han cercado la casa, señor —repuso angustiada la joven.

—¡Mil truenos! ¡Y yo en el lecho!…

El Corsario hizo ademán de levantarse; mas le retuvo un agudo dolor.

—¡Estoy herido! —exclamó—.

¡Ah!… ¡Ahora recuerdo!…

Sólo entonces se dio cuenta de que tenía el pecho vendado y las manos llenas de sangre.

No obstante su valor, palideció.

—Yara, ¿qué ha ocurrido después que me hirieron?

—Os hice traer aquí por dos pajes de mi señor y por Colima— repuso la joven india.

—¿Quién me ha vendado?

—Yo y uno de vuestros hombres.

—He recibido dos estocadas, ¿no es cierto?

—Sí, dos, una acaso grave, y otra más dolorosa que peligrosa.

—Sin embargo, no me siento débil.

Hemos detenido pronto la sangre.

—¿Y mis hombres, han vuelto todos?

— Sí, señor. Uno de ellos tenía muchos rasguños, y al negro le brotaba sangre de un brazo.

¿Por qué no están aquí?

—Los dos blancos vigilan la escalera; el negro está de guardia en el pasaje secreto.

—¿Hay muchos enemigos en los alrededores?

—Lo ignoro, señor.

—¡Gracias por tu afecto y por tu cura, valiente muchacha! —dijo el Corsario pasando la mano por la cabeza de la joven—. ¡El Corsario Negro no te olvidará!

—Entonces, ¿me vengará? —exclamó la india, mientras un siniestro fulgor animaba sus ojos.

—¿Qué quieres decir?

En aquel instante se oyó un tiro de mosquete, y la voz de Carmaux que gritaba:

—¡Cuidado! ¡Hay una bomba detrás de la puerta!

El Corsario Negro, viendo su espada apoyada en una silla próxima, la cogió haciendo de nuevo ademán de levantarse.

La joven le detuvo ciñéndole con ambos brazos.

—¡No, mi señor —gritó—, os mataríais!

—¡Déjame!

—¡No, capitán; no os moveréis del lecho! —dijo entrando Carmaux—. Los españoles no nos han cogido aún.

—¡Ah! ¿Eres tú? —dijo el Corsario—. Sois todos valientes, ya lo sé; pero sois pocos para defenderos de un ataque general.

—¿Y vuestras heridas? ¡Estáis inválido, capitán!

—Me parece que aún podría sostenerme, Carmaux. ¿Las has visto?

—Sí, capitán. Os han dado una estocada soberbia un poco debajo del corazón. Si el acero no llega a tropezar con una costilla, os atraviesa.

—¡No es grave!

—Es cierto —repuso Carmaux—. Yo creo que dentro de unos doce días podréis volver a dar estocadas de nuevo.

—¡Doce días! ¡Estáis loco, Carmaux!

—Tenéis que cerrar dos agujeros. Un poco más abajo os han hecho otro ojal mucho menos profundo que el primero, pero más doloroso.

— ¿Y vosotros, habéis pegado mucho? —preguntó el Corsario.

—Una media docena de hombres, a cambio de unos rasguños. Creíamos que nos habíais seguido y por eso continuamos la carga, creyendo abrirnos paso. Cuando vimos que os habíais quedado atrás, tratamos de volver sobre nuestros pasos.

—¿Cómo habéis sabido que estaba aquí?

—Nos lo avisó esta valiente muchacha.

—¿Y ahora?

— Estamos sitiados, capitán.

—¿Son muchos los enemigos?

—La obscuridad no me ha permitido aún apreciar su número —dijo Carmaux; pero estoy convencido de que son muchos.

—¿De modo que nuestra situación es muy grave?

— No lo niego, capitán; tanto más, cuanto que debemos defendernos dentro de la casa. Los españoles pueden entrar valiéndose del pasaje secreto.

—El peligro mayor está precisamente en ese pasaje —dijo la joven india—. D. Pablo tiene la llave de la puerta de hierro.

—¡Bah! ¡Si fuese necesario nos dejaríamos hacer astillas antes que entraran aquí!

—No sois bastantes para resistirlos —dijo el capitán pensativo.

—Bastaría poder sostenernos ocho o diez horas. El señor Morgan, viendo que no volvemos a bordo, pensará en algo y mandará a tierra un fuerte destacamento a buscarnos.

—¿Podréis resistir hasta el alba?

Señor —dijo la joven india, que no había perdido ni una sílaba de la conversación—, hay un sitio donde podréis resistir largo tiempo.

—¿Algún escondite? —preguntó Carmaux.

—No; en el torreón.

—¡Mil ballenas! ¿Hay un torreón en esta casa? ¡Estamos salvados! Si es muy alto, podremos hacer señales a la tripulación del Rayo.

Capítulo 4. Sitiados en el torreón

Al oír el primer cañonazo el Corsario Negro, que hacía algunos minutos, vencido por su extremada debilidad y por la pérdida de sangre, había cerrado los ojos, despertó vivamente.

La joven india, que hasta entonces había permanecido junto al lecho sin apartar la vista del enfermo se irguió, adivinando de dónde procedían aquellas detonaciones.

—Es el cañón; ¿verdad, Yara? —preguntó el Corsario.

—Sí, señor —repuso la joven.

—¿Y por la parte del mar? —Sí; hacia la costa.

—Mira a ver lo que ocurre en la bahía.

—Temo que esos disparos vengan de vuestra nave.

La joven india se acercó a la ventana, y miró en dirección a la bahía.

El Rayo seguía anclado en el mismo sitio; pero había puesto la proa hacia la playa de modo que dominase con los cañones de estribor el fuerte de la ciudad. En su puente y a lo largo de las bandas se veía moverse muchos hombres.

Ocho o diez chalupas atestadas de soldados se dirigían hacia la nave, conservando entre sí una notable distancia.

—Señor —dijo con voz alterada la joven—, amenazan a vuestra nave.

—¿A mi Rayo? —gritó el Corsario intentando levantarse.

—¿Qué hacéis, señor? —preguntó Yara corriendo junto a él.

—¡Ayúdame, muchacha! —dijo el Corsario.

—¡No debéis moveros, señor!

—¡Ya estoy fuerte! ¡Calla! ¡Oh!… ¡Otro cañonazo!… ¡Pronto! ¡Ayúdame!

Sin esperar a más se había envuelto en su tabardo, y con un potente esfuerzo de voluntad había saltado del lecho, manteniéndose en pie sin ningún apoyo.

Yara se había precipitado sobre él y le cogió entre sus brazos. El Corsario había confiado demasiado en sus propias fuerzas, y éstas le faltaban.

—Maldición —exclamó mordiéndose los labios—. ¡Estar imposibilitado en estos momentos, cuando mi nave corre acaso grave peligro!… ¡Yara, déjame que me apoye en tu hombro!

Se dirigía hacia la ventana, cuando vio aparecer a Carmaux. El bravo filibustero tenía el rostro sombrío y la mirada inquieta.

—¡Capitán! —exclamó corriendo hacia él y cogiéndole entre sus brazos—. ¿Se lucha en el mar?

—Sí, Carmaux.

—¡Mil bombas! ¡Y nosotros aquí, sitiados!

—Morgan sabrá defenderla. A bordo hay muchos valientes y muchos cañones.

—Pero aquí nuestra situación es insostenible, capitán.

—¡Cortad la escalera y salvaos!

—Eso haremos dentro de poco

—¿Pueden resistir algún tiempo más tus compañeros?

—Así lo espero.

¡Vamos a la ventana, amigo! ¡Luchan fieramente en la bahía!

Un tercero y un cuarto cañonazos habían retumbado sobre el mar, y se oían frecuentes descargas de mosquetería.

Carmaux y Yara llevaron casi en peso al Corsario, haciéndole sentarse ante la ventana del torreón.

La batalla entre El Rayo y las chalupas tripuladas por los soldados del fuerte se había trabado con mucho brío por ambas partes.

La nave, que no quería abandonar la bahía sin antes haber recogido a su capitán, había anclado a trescientos metros de la playa presentando a los asaltantes su estribor, mientras sus hombres se habían extendido por la borda, prontos a descargar sobre el enemigo sus largos fusiles.

Los dos cañones de cubierta habían ya disparado repetidas veces contra los asaltantes, y sus disparos no se habían perdido. Una chalupa alcanzada de lleno por una bala, se había hundido, y se veía a los que la tripulaban intentar a nado volver a la playa.

El Corsario Negro de una sola ojeada se había dado cuenta de la situación.

—¡Mi Rayo dará mucho que hacer a los asaltantes! —dijo—. ¡Dentro de un cuarto de hora quedarán muy pocas chalupas a flote!

—Sin embargo, mi capitán, temo que haya algo peor —dijo Carmaux—. No me parece natural que esas chalupas se lancen al abordaje de una nave tan formidablemente armada.

—También yo sospecho algo, Carmaux. ¿No veis nada en alta mar?

—No, mi capitán; pero, como veis, la costa es alta, y esas escolleras bien pueden ocultar alguna nave.

—¿Tú crees?… —preguntó con cierta ansiedad el Corsario.

—Que los españoles esperan algún auxilio por la parte del mar.

—¡Mi Rayo cogido entre dos fuegos!

—El señor Morgan es hombre capaz de hacer frente a dos adversarios, capitán.

—Lo sé, y, sin embargo, estoy muy inquieto. ¿Habrá alguna nave en la bahía de Chiriqui? Nosotros no la recorrimos del todo.

—¡Aquí sí que nos va mal, mi capitán! —dijo Carmaux que se había asomado por el agujero de la escalera—. ¿No oís el estruendo que arman los españoles?

—¡Ve a socorrer a tus compañeros, Carmaux, a mí me basta con Yara!

—Creo que me necesitarán —dijo el filibustero cargando precipitadamente su fusil.

Mientras Carmaux corría en socorro del hamburgués y del negro, los cuales comenzaban a encontrarse en mala situación a causa de los furiosos y repetidos ataques de los españoles, en la pequeña bahía, la batalla iba tomando tremendas proporciones. Las chalupas, no obstante las terribles descargas de la nave filibustera y las graves pérdidas que les causaba, corrían animosamente al abordaje enardeciéndose con gritos ensordecedores. Ya tres chalupas destrozadas por las balas filibusteras se había ido a pique, y, sin embargo, las otras no se habían detenido. Habíanse colocado en semicírculo para abordar a la nave por dos distintas partes, y forzaban los remos para llegar hasta los costados del barco y ponerse así a cubierta de los dos cañones de proa, que las perjudicaba gravemente con sus constantes descargas.

Hasta el fuerte, que dominaba la parte meridional de la bahía, había tomado parte en la acción. Aunque su guarnición no contaba más que unas pequeñas piezas de artillería, disparaba furiosamente enviando algunas balas al puente de la nave.

No obstante aquel doble ataque, la nave filibustera parecía burlarse de sus adversarios. Siempre firme en sus áncoras, se cubría de humo y de fuego, haciendo valientemente frente al fuerte y a las chalupas. Si no sobrevenía algún nuevo enemigo, la victoria del Rayo era cierta.

El Corsario Negro, apoyado en la ventana, seguía atentamente los diversos episodios de la batalla.

Parecía no sentir ningún dolor.

—¡Ánimo, hombres del mar! —gritaba—. ¡Una buena descarga sobre aquella chalupa que va a abordarnos! ¡Ya no son más que nueve!

—¡Señor, no os animéis así —le decía Yara intentando en vano hacerle sentarse—. ¡Pensad que estáis herido!

Al cabo de un rato un grito terrible salió de sus labios:

—¡Maldición!

Tres chalupas, no obstante las tremendas descargas de los filibusteros, habían llegado junto a la nave poniéndose a cubierto de su artillería, mientras que a la derecha de la península que se extendía ante la bahía habían aparecido de improviso las altísimas arboladuras de dos navíos.

—¡Señor! —gritó Yara, que las había visto—. ¡Vuestro Rayo va a ser cogido entre dos fuegos!

El Corsario iba a contestar, cuando penetraron en la estancia Carmaux, Moko y el hamburgués. Estaban rendidos, destrozados y cubiertos de pólvora de los disparos. El último tenía el rostro ensangrentado por efecto de un tajo recibido en plena frente.

—¡Capitán! —gritó Carmaux, mientras Moko retiraba precipitadamente la escalera y el hamburgués cerraba el hueco—. ¡La barricada ya no resiste!

—¿Entraron ya los españoles? —Dentro de algunos minutos estarán aquí.

—¡Ira de Dios; y El Rayo va a ser cogido entre dos fuegos!

—¿Qué decís, señor? —preguntó espantado Van Stiller.

—¡Mirad!

Los dos filibusteros y Moko se lanzaron a la ventana.

Las dos naves antes vistas por el Corsario estaban en la bahía cerrando por completo el paso al barco filibustero.

No eran dos simples veleros, sino dos naves de alto bordo, poderosamente armadas y provistas de numerosa tripulación.

Los filibusteros del Rayo, guiados por Morgan, no habían perdido ánimo ni se habían dejado sorprender. Con una prodigiosa celeridad habían levado anclas, y desplegado la vela de trinquete, la mayor y la de gravia, poniéndose pronto al viento.

El Corsario Negro y sus compañeros creyeron al principio que Morgan había tomado la heroica resolución de lanzar al Rayo contra las dos naves antes de que éstas se dispusieran al combate, e intentar con un ataque fulminante ganar altamar para sustraerse a la lucha; pero pronto comprendieron que no era tal la intención del astuto lugarteniente.

El Rayo, aprovechando un golpe de viento, había evitado primero hábilmente el abordaje de las primeras chalupas que lo alcanzaron, y con una bordada había entrado en el pequeño puerto, situándose tras un islote que se alzaba entre la costa y la península formando una especie de dique.

—¡Ah, bravo Morgan! —exclamó el señor de Ventimiglia que había comprendido la atrevida maniobra de El Rayo—. ¡Ha salvado mi nave!

—¡Pero los dos navíos irán a sacarle del refugio! —dijo Carmaux.

—Te engañas —repuso el señor de Ventimiglia—: no hay agua suficiente para barcos de ese calado.

—Más tarde nos impedirán la salida a nosotros.

—¡Eso ya lo veremos, Carmaux!

—¿Y estaremos salvados, capitán?

—¡No corras tanto, amigo!

—Sin embargo, será preciso que nos vayamos un día u otro.

—¡Ya sabes que tengo prisa por ir a Veracruz!

—¿A buscar a ese condenado viejo?

—¡Calla, Carmaux! —repuso sordamente el Corsario.

E inclinándose hacia el suelo, escuchó con profunda atención.

—Me parece que los españoles han deshecho la barricada y han entrado.

—Sí; oigo murmullo de voces debajo de nosotros —dijo Van Stiller—. Deben de haber destrozado el entredós.

—Hay que impedirles la entrada hasta que hayamos hecho las señales —dijo el Corsario—. Ya es mediodía.

—Aún podemos resistir ocho o nueve horas —repuso Carmaux—. ¡Ánimo, amigos! ¡Parapetémonos aquí; abramos agujeros para pasar el cañón de nuestros arcabuces!

—¿Es fuerte el piso? ¿Lo sabéis? —preguntó el Corsario.

—Lo bastante para impedir que nos lleguen las balas.

—¡Id, pues, valientes!

—Y vos, acostáos, señor —dijo la joven india.

—¡Imposible! —dijo el Corsario con voz sorda—. ¡Me interesa demasiado mi nave para abandonar esta ventana!

—¿Y vuestras heridas?

—¡Bah! ¡Ya curarán más tarde!

Mientras Carmaux y sus compañeros hacían sus preparativos de defensa, las dos naves de alto bordo habían echado anclas frente a la bahía, guardando una distancia de doscientos metros entre sí, y presentando el estribor a la costa, a fin de descargar toda la banda contra El Rayo en el caso de que éste hubiese intentado forzar el bloqueo.

Morgan no tenía intención alguna de presentar batalla a tan fuertes adversarios.

Rechazadas con algunos certeros disparos las chalupas que habían intentado abordar a El Rayo, y reducidos al silencio los cañones del fortín, había hecho anclar tras el islote.

Las dos naves enemigas, tras algunos ineficaces disparos, habían botado al agua algunas embarcaciones que se habían dirigido hacia el fortín.

Al verlas dijo el Corsario que las había seguido con la mirada.

—Si logro libertarme de estos soldados que me tienen prisionero, prepararé a las dos fragatas una desagradable sorpresa.

—¡Yara, ayúdame a volver al lecho!

Se separó de la ventana, y, apoyándose en la joven, volvió a acostarse, sin apartar de sí las pistolas ni la espada.

—¿Cómo va eso, valientes? —preguntó a Carmaux y a sus dos compañeros, ocupados en abrir agujeros en el suelo.

—¡Mal, capitán! —repuso Carmaux—. Parece que estos condenados españoles tienen prisa por prendernos.

—¿Los ves?

—Sí, capitán. Están en consejo.

—¿Son muchos?

—Unos veinte lo menos.

—¡Si nos dejasen en paz hasta la noche!…

—¡Uf! ¡Mucho lo dudo, capitán!

En aquel momento se oyó un golpe violento que hizo retemblar el suelo.

En la estancia inferior se oyó una voz imperiosa que gritaba:

—¿Conque os rendís? ¿Sí, o no?

Carmaux miró al Corsario riendo.

—¡Contesta! —le dijo éste.

—¡Os ruego que repitáis la pregunta, por ser yo algo tardo de oído! —gritó el filibustero pegando los labios a la hendija.

—Os pregunto si os rendís —repitió la voz.

—¿Y por qué motivo queréis que os cedamos las armas?

—¿No veis que ya estáis presos?

—Realmente, no nos habíamos dado cuenta.

—Estamos debajo de vosotros.

—Y nosotros estamos encima, querido señor.

—Podemos haceros saltar por los aires.

—Y nosotros podemos hundir el piso y aplastaros a todos. Ya veis que tenemos ventajas.

— ¡Acabad!

—¡No pido otra cosa!

—Decid al Corsario Negro que se rinda, si quiere salvar la vida.

—¡Sí; como la salvaron el Corsario Rojo y el Verde! —replicó Carmaux con ironía.

—¡Os advierto que os haremos prisioneros lo mismo!

—¡Y nosotros os esperamos! —¡Y que vuestro Rayo está bloqueado!

—¡Sus cañones no está cargados con pastillas de chocolate precisamente!

Capítulo 5. El asalto al Rayo

Al oír el primer cañonazo el Corsario Negro, que hacía algunos minutos, vencido por su extremada debilidad y por la pérdida de sangre, había cerrado los ojos, despertó vivamente.

La joven india, que hasta entonces había permanecido junto al lecho sin apartar la vista del enfermo se irguió, adivinando de dónde procedían aquellas detonaciones.

—Es el cañón; ¿verdad, Yara? —preguntó el Corsario.

—Sí, señor —repuso la joven.

—¿Y por la parte del mar? —Sí; hacia la costa.

—Mira a ver lo que ocurre en la bahía.

—Temo que esos disparos vengan de vuestra nave.

La joven india se acercó a la ventana, y miró en dirección a la bahía.

El Rayo seguía anclado en el mismo sitio; pero había puesto la proa hacia la playa de modo que dominase con los cañones de estribor el fuerte de la ciudad. En su puente y a lo largo de las bandas se veía moverse muchos hombres.

Ocho o diez chalupas atestadas de soldados se dirigían hacia la nave, conservando entre sí una notable distancia.

—Señor —dijo con voz alterada la joven—, amenazan a vuestra nave.

—¿A mi Rayo? —gritó el Corsario intentando levantarse.

—¿Qué hacéis, señor? —preguntó Yara corriendo junto a él.

—¡Ayúdame, muchacha! —dijo el Corsario.

—¡No debéis moveros, señor!

—¡Ya estoy fuerte! ¡Calla! ¡Oh!… ¡Otro cañonazo!… ¡Pronto! ¡Ayúdame!

Sin esperar a más se había envuelto en su tabardo, y con un potente esfuerzo de voluntad había saltado del lecho, manteniéndose en pie sin ningún apoyo.

Yara se había precipitado sobre él y le cogió entre sus brazos. El Corsario había confiado demasiado en sus propias fuerzas, y éstas le faltaban.

—Maldición —exclamó mordiéndose los labios—. ¡Estar imposibilitado en estos momentos, cuando mi nave corre acaso grave peligro!… ¡Yara, déjame que me apoye en tu hombro!

Se dirigía hacia la ventana, cuando vio aparecer a Carmaux. El bravo filibustero tenía el rostro sombrío y la mirada inquieta.

—¡Capitán! —exclamó corriendo hacia él y cogiéndole entre sus brazos—. ¿Se lucha en el mar?

—Sí, Carmaux.

—¡Mil bombas! ¡Y nosotros aquí, sitiados!

—Morgan sabrá defenderla. A bordo hay muchos valientes y muchos cañones.

—Pero aquí nuestra situación es insostenible, capitán.

—¡Cortad la escalera y salvaos!

—Eso haremos dentro de poco

—¿Pueden resistir algún tiempo más tus compañeros?

—Así lo espero.

¡Vamos a la ventana, amigo! ¡Luchan fieramente en la bahía!

Un tercero y un cuarto cañonazos habían retumbado sobre el mar, y se oían frecuentes descargas de mosquetería.

Carmaux y Yara llevaron casi en peso al Corsario, haciéndole sentarse ante la ventana del torreón.

La batalla entre El Rayo y las chalupas tripuladas por los soldados del fuerte se había trabado con mucho brío por ambas partes.

La nave, que no quería abandonar la bahía sin antes haber recogido a su capitán, había anclado a trescientos metros de la playa presentando a los asaltantes su estribor, mientras sus hombres se habían extendido por la borda, prontos a descargar sobre el enemigo sus largos fusiles.

Los dos cañones de cubierta habían ya disparado repetidas veces contra los asaltantes, y sus disparos no se habían perdido. Una chalupa alcanzada de lleno por una bala, se había hundido, y se veía a los que la tripulaban intentar a nado volver a la playa.

El Corsario Negro de una sola ojeada se había dado cuenta de la situación.

—¡Mi Rayo dará mucho que hacer a los asaltantes! —dijo—. ¡Dentro de un cuarto de hora quedarán muy pocas chalupas a flote!

—Sin embargo, mi capitán, temo que haya algo peor —dijo Carmaux—. No me parece natural que esas chalupas se lancen al abordaje de una nave tan formidablemente armada.

—También yo sospecho algo, Carmaux. ¿No veis nada en alta mar?

—No, mi capitán; pero, como veis, la costa es alta, y esas escolleras bien pueden ocultar alguna nave.

—¿Tú crees?… —preguntó con cierta ansiedad el Corsario.

—Que los españoles esperan algún auxilio por la parte del mar.

—¡Mi Rayo cogido entre dos fuegos!

—El señor Morgan es hombre capaz de hacer frente a dos adversarios, capitán.

—Lo sé, y, sin embargo, estoy muy inquieto. ¿Habrá alguna nave en la bahía de Chiriqui? Nosotros no la recorrimos del todo.

—¡Aquí sí que nos va mal, mi capitán! —dijo Carmaux que se había asomado por el agujero de la escalera—. ¿No oís el estruendo que arman los españoles?

—¡Ve a socorrer a tus compañeros, Carmaux, a mí me basta con Yara!

—Creo que me necesitarán —dijo el filibustero cargando precipitadamente su fusil.

Mientras Carmaux corría en socorro del hamburgués y del negro, los cuales comenzaban a encontrarse en mala situación a causa de los furiosos y repetidos ataques de los españoles, en la pequeña bahía, la batalla iba tomando tremendas proporciones. Las chalupas, no obstante las terribles descargas de la nave filibustera y las graves pérdidas que les causaba, corrían animosamente al abordaje enardeciéndose con gritos ensordecedores. Ya tres chalupas destrozadas por las balas filibusteras se había ido a pique, y, sin embargo, las otras no se habían detenido. Habíanse colocado en semicírculo para abordar a la nave por dos distintas partes, y forzaban los remos para llegar hasta los costados del barco y ponerse así a cubierta de los dos cañones de proa, que las perjudicaba gravemente con sus constantes descargas.

Hasta el fuerte, que dominaba la parte meridional de la bahía, había tomado parte en la acción. Aunque su guarnición no contaba más que unas pequeñas piezas de artillería, disparaba furiosamente enviando algunas balas al puente de la nave.

No obstante aquel doble ataque, la nave filibustera parecía burlarse de sus adversarios. Siempre firme en sus áncoras, se cubría de humo y de fuego, haciendo valientemente frente al fuerte y a las chalupas. Si no sobrevenía algún nuevo enemigo, la victoria del Rayo era cierta.

El Corsario Negro, apoyado en la ventana, seguía atentamente los diversos episodios de la batalla.

Parecía no sentir ningún dolor.

—¡Ánimo, hombres del mar! —gritaba—. ¡Una buena descarga sobre aquella chalupa que va a abordarnos! ¡Ya no son más que nueve!

—¡Señor, no os animéis así —le decía Yara intentando en vano hacerle sentarse—. ¡Pensad que estáis herido!

Al cabo de un rato un grito terrible salió de sus labios:

—¡Maldición!

Tres chalupas, no obstante las tremendas descargas de los filibusteros, habían llegado junto a la nave poniéndose a cubierto de su artillería, mientras que a la derecha de la península que se extendía ante la bahía habían aparecido de improviso las altísimas arboladuras de dos navíos.

—¡Señor! —gritó Yara, que las había visto—. ¡Vuestro Rayo va a ser cogido entre dos fuegos!

El Corsario iba a contestar, cuando penetraron en la estancia Carmaux, Moko y el hamburgués. Estaban rendidos, destrozados y cubiertos de pólvora de los disparos. El último tenía el rostro ensangrentado por efecto de un tajo recibido en plena frente.

—¡Capitán! —gritó Carmaux, mientras Moko retiraba precipitadamente la escalera y el hamburgués cerraba el hueco—. ¡La barricada ya no resiste!

—¿Entraron ya los españoles? —Dentro de algunos minutos estarán aquí.

—¡Ira de Dios; y El Rayo va a ser cogido entre dos fuegos!

—¿Qué decís, señor? —preguntó espantado Van Stiller.

—¡Mirad!

Los dos filibusteros y Moko se lanzaron a la ventana.

Las dos naves antes vistas por el Corsario estaban en la bahía cerrando por completo el paso al barco filibustero.

No eran dos simples veleros, sino dos naves de alto bordo, poderosamente armadas y provistas de numerosa tripulación.

Los filibusteros del Rayo, guiados por Morgan, no habían perdido ánimo ni se habían dejado sorprender. Con una prodigiosa celeridad habían levado anclas, y desplegado la vela de trinquete, la mayor y la de gravia, poniéndose pronto al viento.

El Corsario Negro y sus compañeros creyeron al principio que Morgan había tomado la heroica resolución de lanzar al Rayo contra las dos naves antes de que éstas se dispusieran al combate, e intentar con un ataque fulminante ganar altamar para sustraerse a la lucha; pero pronto comprendieron que no era tal la intención del astuto lugarteniente.

El Rayo, aprovechando un golpe de viento, había evitado primero hábilmente el abordaje de las primeras chalupas que lo alcanzaron, y con una bordada había entrado en el pequeño puerto, situándose tras un islote que se alzaba entre la costa y la península formando una especie de dique.

—¡Ah, bravo Morgan! —exclamó el señor de Ventimiglia que había comprendido la atrevida maniobra de El Rayo—. ¡Ha salvado mi nave!

—¡Pero los dos navíos irán a sacarle del refugio! —dijo Carmaux.

—Te engañas —repuso el señor de Ventimiglia—: no hay agua suficiente para barcos de ese calado.

—Más tarde nos impedirán la salida a nosotros.

—¡Eso ya lo veremos, Carmaux!

—¿Y estaremos salvados, capitán?

—¡No corras tanto, amigo!

—Sin embargo, será preciso que nos vayamos un día u otro.

—¡Ya sabes que tengo prisa por ir a Veracruz!

—¿A buscar a ese condenado viejo?

—¡Calla, Carmaux! —repuso sordamente el Corsario.

E inclinándose hacia el suelo, escuchó con profunda atención.

—Me parece que los españoles han deshecho la barricada y han entrado.

—Sí; oigo murmullo de voces debajo de nosotros —dijo Van Stiller—. Deben de haber destrozado el entredós.

—Hay que impedirles la entrada hasta que hayamos hecho las señales —dijo el Corsario—. Ya es mediodía.

—Aún podemos resistir ocho o nueve horas —repuso Carmaux—. ¡Ánimo, amigos! ¡Parapetémonos aquí; abramos agujeros para pasar el cañón de nuestros arcabuces!

—¿Es fuerte el piso? ¿Lo sabéis? —preguntó el Corsario.

—Lo bastante para impedir que nos lleguen las balas.

—¡Id, pues, valientes!

—Y vos, acostáos, señor —dijo la joven india.

—¡Imposible! —dijo el Corsario con voz sorda—. ¡Me interesa demasiado mi nave para abandonar esta ventana!

—¿Y vuestras heridas?

—¡Bah! ¡Ya curarán más tarde!

Mientras Carmaux y sus compañeros hacían sus preparativos de defensa, las dos naves de alto bordo habían echado anclas frente a la bahía, guardando una distancia de doscientos metros entre sí, y presentando el estribor a la costa, a fin de descargar toda la banda contra El Rayo en el caso de que éste hubiese intentado forzar el bloqueo.

Morgan no tenía intención alguna de presentar batalla a tan fuertes adversarios.

Rechazadas con algunos certeros disparos las chalupas que habían intentado abordar a El Rayo, y reducidos al silencio los cañones del fortín, había hecho anclar tras el islote.

Las dos naves enemigas, tras algunos ineficaces disparos, habían botado al agua algunas embarcaciones que se habían dirigido hacia el fortín.

Al verlas dijo el Corsario que las había seguido con la mirada.

—Si logro libertarme de estos soldados que me tienen prisionero, prepararé a las dos fragatas una desagradable sorpresa.

—¡Yara, ayúdame a volver al lecho!

Se separó de la ventana, y, apoyándose en la joven, volvió a acostarse, sin apartar de sí las pistolas ni la espada.

—¿Cómo va eso, valientes? —preguntó a Carmaux y a sus dos compañeros, ocupados en abrir agujeros en el suelo.

—¡Mal, capitán! —repuso Carmaux—. Parece que estos condenados españoles tienen prisa por prendernos.

—¿Los ves?

—Sí, capitán. Están en consejo.

—¿Son muchos?

—Unos veinte lo menos.

—¡Si nos dejasen en paz hasta la noche!…

—¡Uf! ¡Mucho lo dudo, capitán!

En aquel momento se oyó un golpe violento que hizo retemblar el suelo.

En la estancia inferior se oyó una voz imperiosa que gritaba:

—¿Conque os rendís? ¿Sí, o no?

Carmaux miró al Corsario riendo.

—¡Contesta! —le dijo éste.

—¡Os ruego que repitáis la pregunta, por ser yo algo tardo de oído! —gritó el filibustero pegando los labios a la hendija.

—Os pregunto si os rendís —repitió la voz.

—¿Y por qué motivo queréis que os cedamos las armas?

—¿No veis que ya estáis presos?

—Realmente, no nos habíamos dado cuenta.

—Estamos debajo de vosotros.

—Y nosotros estamos encima, querido señor.

—Podemos haceros saltar por los aires.

—Y nosotros podemos hundir el piso y aplastaros a todos. Ya veis que tenemos ventajas.

— ¡Acabad!

—¡No pido otra cosa!

—Decid al Corsario Negro que se rinda, si quiere salvar la vida.

—¡Sí; como la salvaron el Corsario Rojo y el Verde! —replicó Carmaux con ironía.

—¡Os advierto que os haremos prisioneros lo mismo!

—¡Y nosotros os esperamos! —¡Y que vuestro Rayo está bloqueado!

—¡Sus cañones no está cargados con pastillas de chocolate precisamente!

Capítulo 6. La llegada de los filibusteros

Después de aquel cambio de frases irónicas y amenazadoras, que revelaban el buen humor de los sitiados y la impotente rabia de los sitiadores, hubo un breve silencio, que nada bueno pronosticaba.

Carmaux y sus compañeros, después de un breve Consejo con su capitán, se habían colocado alrededor de la abertura de la escalera con los fusiles, cargados, prontos a enviar una buena descarga a sus enemigos.

Entretanto Yara, que estaba en la ventana, les había dado la buena noticia de que todo estaba tranquilo en la bahía y las dos fragatas seguían sobre sus anclas, sin intentar abordar a El Rayo.

—Esperemos —había dicho el Corsario—. Si podemos resistir aún cinco horas, vendrán a libertarnos los hombres de Morgan.

Apenas había transcurrido un minuto, cuando otro golpe más violento resonó bajo el suelo, haciendo vacilar los muebles.

—¡Mil ballenas! —exclamó Carmaux—. ¡Si continúan así, harán saltar el pavimento!

Un tercer golpe, que sacudió hasta el lecho en el que yacía el Corsario, echó por tierra parte de los trastos acumulados en torno al agujero de la escalera, e hizo saltar una tabla del piso.

—¡Fuego por ahí! —gritó el Corsario, que había empuñado sus pistolas.

Carmaux y Van Stiller y Moko pasaron los fusiles a través de la grieta, e hicieron una descarga.

Debajo se oyeron gritos de rabia y de dolor.

Apenas dispersado el humo, Carmaux miró a través de la grieta, y vio tendido en el suelo con los brazos y las piernas encogidos a un joven soldado, pero no debían de estar muy lejos, porque se les oía hablar.

—¡Eh! ¡No confiemos demasiado! —dijo Carmaux.

Iba a ponerse en pie, cuando una detonación sonó detrás de la puerta del corredor. La bala arrancó la gorra al filibustero.

—¡Mil diablos! —exclamó Carmaux levantándose vivamente—. ¡Unos centímetros más abajo y ese proyectil me deshace el cráneo!

—¡No cometáis imprudencias! Los hombres son preciosos en estos momentos, y en particular, los valientes como tú.

—¡Gracias, capitán! Trataré de salvar el pellejo, para agujerear el de ésos.

Los españoles, creyendo haber matado a aquel terrible adversario, habían asomado por la puerta, aunque guareciéndose con los restos del entredós. Viendo a Van Stiller y a Moko con los fusiles en disposición de disparar, retrocedieron, no ignorando la certera puntería de aquellos bandidos de mar.

—Empiezo a creer que nos dejarán un rato de calma —dijo Carmaux, que se había dado cuenta de la retirada.

—Construiremos un parapeto en torno del hueco de la escalera.

Maniobrando con prudencia a fin de no recibir una bala en el cráneo, los tres filibusteros dispusieron una especie de parapeto en torno de la abertura, y se echaron en el suelo sin perder de vista la puerta del corredor.

Los españoles no habían vuelto a dar señales de vida. No creyéndose acaso en número bastante para expugnar la estancia superior y a falta de los medios necesarios para dar un asalto en regla, habían acampado en el corredor, seguros de hacer capitular tarde o temprano a los sitiados. Acaso ignoraban que Yara había provisto de vituallas a sus amigos.

Hacia las seis los sitiadores empezaron a mostrarse en buen número junto a la puerta del corredor, dispuestos, al parecer, a reanudar las hostilidades.

Carmaux y sus compañeros habían abierto de nuevo el fuego desde su refugio; pero después de algunas descargas, aunque perdiendo varios hombres, los españoles lograron reconquistar la estancia y guarecerse tras los destrozados restos de las mesas y del entredós.

Los filibusteros, impotentes para hacer frente a las muchísimas descargas de los adversarios, se habían visto obligados a abandonar su puesto.

—¡Esto va mal! —dijo Carmaux—. ¡Y no falta más que una hora para anochecer!

—Preparemos entretanto la señal —dijo el Corsario—. ¿Es plano el tejadillo, Yara?

—Me parece que no se podrá llegar a él.

—Por eso no os preocupéis, capitán —dijo Carmaux—; Moko es más ágil que un simio.

—¿Qué hay que hacer? —preguntó el negro.

—Yo estoy dispuesto a todo.

—Tienes que arriesgar el pellejo, compadre Saco de carbón —dijo Carmaux.

—¡Manda; igual da!

—Ve deshaciendo la escalera.

Mientras los dos filibusteros disparaban algunas descargas contra los españoles para retrasar el asalto, el negro, con pocos, pero poderosos golpes de hacha, cortó la escalera en trozos, que colocó junto a la ventana.

—¡Ya está! —dijo.

—Ahora se trata de subir al tejadillo para hacer la señal —dijo el Corsario Negro.

—La cosa no me parece difícil, capitán.

Salió al borde de la ventana, y alargó las manos hacia el alero del tejado, probando primero su resistencia.

La empresa era tanto más peligrosa, cuanto que no tenía punto alguno de apoyo; pero el negro estaba dotado de una fuerza prodigiosa y de una agilidad capaz de competir con la de un simio, y con una flexión se izó a pulso hasta el alero del tejado o plataforma superior.

—¿Estás, compadre? —le preguntó Carmaux.

—Sí, compadre blanco —contestó Moko con cierto temblor en la voz.

—¿Se puede encender fuego ahí encima?

—Sí; dame la leña.

Se asomó a la ventana, y pasó al negro los leños de la escalera.

—Dentro de poco encenderás la hoguera —le dijo—. Una llamarada cada dos minutos.

—¡Muy bien, compadre!

Los asaltantes redoblaban en aquel momento sus ataques para expugnar la estancia superior. Ya habían por dos veces apoyado escaleras en el borde del hueco, intentando llegar hasta el parapeto formado por los trastos.

—¡Allá voy! —gritó corriendo hacia él Carmaux.

—¡Y yo! —añadió con voz de trueno el Corsario.

No pudiendo contenerse, había saltado del lecho y empuñado sus dos pistolas. Parecía en aquel momento supremo haber recobrado todo su extraordinario vigor.

Los españoles habían logrado ya llegar al parapeto y disparaban enloquecidos, repartiendo a la vez furiosas estocadas para alejar a los defensores. Un momento de retraso, y el último refugio de los filibusteros caía en su poder.

—¡Adelante, hombres de mar! —gritó el Corsario.

Descargó sus dos pistolas sobre los asaltantes y con algunos sablazos certeros derribó a dos soldados.

Los españoles, impotentes para hacer frente a los arcabuzazos de Carmaux y de Van Stiller, bajaron precipitadamente de las escaleras, y se ocultaron por tercera vez en el corredor.

—¡Moko! ¡Prende fuego a la pira! —gritó el Corsario.

El Corsario estaba pálido como la cera. Aquel supremo esfuerzo le había extenuado.

—¡Yara! —exclamó.

La joven india apenas tuvo tiempo de recibirle entre sus brazos: el Corsario se había medio desvanecido.

—¡Señor! —gritó la joven con acento de espanto—. ¡Socorro, señor Carmaux!

—¡Mil rayos! —gritó el filibustero acercándose.

Le cogió entre sus brazos, y le llevó al lecho.

Apenas acostado, el Corsario Negro había abierto los ojos.

—¡Muerte del Infierno! —exclamó con un gesto de cólera—. ¡Parezco una mujercilla!

—Son las heridas que amenazan abrirse, capitán —dijo Carmaux—. Os habíais olvidado de las dos estocadas.

—¿Y Moko?

Carmaux se asomó a la ventana. Un vivo resplandor se extendía por encima de la torre rompiendo las tinieblas.

Carmaux miró hacia la bahía, en la que se veían brillar los grandes fanales rojos y verdes de las dos fragatas.

Un cohete azul se elevaba en aquel momento tras el pequeño islote que amparaba a El Rayo.

— ¡El Rayo contesta! —gritó Carmaux gozoso—. ¡Moko, responde a la señal!

—¡Sí, compadre blanco! —repuso desde lo alto el negro.

—¡Carmaux! —interrogó el Corsario—. ¿De qué color era el cohete?

—Azul, señor.

—Con lluvia de oro; ¿no es cierto?

—Sí, capitán.

—¡Sigue mirando!

—¡Otro cohete, capitán!

—¿Verde?

—Sí.

—Entonces, Morgan se prepara a venir en socorro nuestro. Da orden a Moko de descender. ¡Me parece que los españoles vuelven a la carga!

—¡Ya no les temo! —replicó el bravo filibustero—. ¡Eh, compadre; deja tu observatorio y ven a ayudarnos!

El negro echó al fuego cuanta leña le quedaba, con el fin de que la llama sirviese de guía a los hombres de Morgan, y, agarrándose a las vigas del techo, se dejó caer con precaución.

En aquel momento se oyó gritar a Van Stiller.

—¡Ohé, amigos! ¡Vuelven al asalto!

—¿Todavía? —exclamó Carmaux—. ¿Se habrán dado cuenta de las señales que nos ha hecho nuestra nave?

—Es probable, Carmaux —repuso el Corsario Negro.

—Pero dentro de diez o quince minutos nuestros camaradas estarán aquí. Por tan poco tiempo, podemos hacer frene hasta a un ejército, ¿no es cierto, amigos?

—¡Hasta a una batería! —dijo Van Stiller.

—¡Cuidado! ¡Vienen! —gritó Moko.

Los españoles habían vuelto al piso inferior, e hicieron una descarga tremenda sobre el parapeto. Carmaux y sus amigos apenas habían tenido tiempo de echarse al suelo. Las balas, silbando por encima de su cabeza, fueron a incrustarse en las paredes, haciendo caer trozos de yeso sobre el lecho del Capitán. Después de aquella descarga, valiéndose de dos escaleras, se habían lanzado intrépidamente al asalto.

—¡Abajo el parapeto! —gritó Carmaux.

—¿Y luego? —preguntó Van Stiller.

—¡Taparéis el agujero con mi lecho! —repuso el Corsario Negro, que ya se había dejado caer al suelo.

Los trastos que formaban el parapeto fueron precipitados por el agujero, cayendo sobre los españoles que subían por las escaleras.

Un grito terrible siguió a aquella operación.

Los filibusteros y el Corsario Negro, para hacer mayor la confusión y el terror, habían descargado sobre sus enemigos todas sus armas.

—¡Pronto! ¡Volcad el lecho! —gritó el Corsario.

Moko y Carmaux estuvieron prontos en obedecer. Con un irresistible esfuerzo, el lecho, aunque muy pesado, fue colocado sobre el agujero, obturándolo completamente.

Apenas habían terminado, cuando a breve distancia se oyeron gritos y detonaciones.

—¡Adelante, hombres del mar! —había gritado una voz—. ¡El capitán está aquí!

Carmaux y Van Stiller se precipitaron a la ventana. En la calle, un grupo de hombres con antorchas adelantaba a paso de carga hacia la casa de D. Pablo.

Carmaux reconoció pronto al hombre que guiaba aquel grupo.

—¡El señor Morgan! ¡Capitán, estamos salvados!

—¡Él! —exclamó el Corsario haciendo un esfuerzo para levantarse. Y frunciendo el entrecejo murmuró:

—¡Qué imprudencia!

Carmaux, Van Stiller y el negro habían separado el lecho y reanudaban el fuego contra los españoles, que intentaban un último y desesperado ataque.

Los marineros de El Rayo habían entretanto echado abajo la puerta de entrada, y subían gritando.

—¡Capitán! ¡Capitán!

Carmaux y Van Stiller se habían dejado caer al piso inferior, y, después de haber colocado una escalera en el agujero, lanzáronse por el corredor.

Morgan, el lugarteniente de El Rayo, avanzaba al frente de cuarenta hombres elegidos entre los más audaces y vigorosos marineros de la nave filibustera.

—¿Dónde está el Capitán? —preguntó el lugarteniente.

—¡Encima de aquí; en el torreón, señor! —repuso Carmaux.

—¿Vivo?

—Sí, pero herido.

—¿Gravemente?

—No, señor; pero no puede tenerse en pie.

—Quedaos vosotros de guardia en la galería —gritó Morgan volviéndose a sus hombres.

Y, seguido de Carmaux y Wan Stiller, subió al piso superior del torreón.

El Corsario Negro, ayudado por Moko y Yara, se había puesto en pie. Viendo entrar a Morgan, le tendió la mano diciéndole:

¡Gracias, Morgan; pero no puedo menos de haceros un reproche: vuestro sitio no es éste!

—Es cierto, capitán— repuso el lugarteniente.

—Mi puesto es a bordo de El Rayo; pero la empresa reclamaba un hombre resuelto. Espero que me perdonaréis esta imprudencia.

—Todo se perdona a los valientes.

—Entonces, partamos pronto, mi capitán.

—Dejadme a mí eso —dijo Carmaux—: Moko, que es el más fuerte, llevará al Capitán.

El negro había levantado ya con sus nervudos brazos al Corsario, cuando éste se acordó de Yara.

La joven india, acurrucada en un rincón, lloraba en silencio.

—Muchacha, ¿no nos sigues? —le preguntó.

—¡Ah, señor! —exclamó Yara poniéndose en pie.

—¿Creías que te había olvidado?

—Sí, señor.

—¡No, valiente joven! Si nada te retiene en Puerto Limón, me seguirás a mi nave.

—¡Vuestra soy, señor! —repuso Yara, besándole la mano.

—Ven, pues. ¡Eres de los nuestros!

Dejaron rápidamente el torreón y bajaron al corredor.

Los marineros viendo a su capitán, prorrumpieron en un grito inmenso:

—¡Viva el Corsario Negro!

—¡A bordo, valientes! —gritó el señor de Ventimiglia—. ¡Voy a dar batalla a las dos fragatas!

—¡Pronto! ¡En Marcha! —ordenó el lugarteniente.

Cuatro hombres colocaron al Corsario sobre el colchón, y formando en torno suyo una barrera con sus mosquetes salieron a la calle precedidos y seguidos por los demás.

Capítulo 7. El brulote

Los veinte hombres que habían sido mandados para desembarazar la calle de enemigos habían empeñado la lucha contra los habitantes de la ciudad y contra los soldados que habían buscado refugio en las casas.

Desde las ventanas partían arcabuzazos en buen número.

Con nutridas y bien dirigidas descargas habían obligado a los habitantes a retirarse de las ventanas, y enviado un destacamento de tiradores con orden de tener despejadas las calles laterales, a fin de impedir una sorpresa.

Cuando apareció el Corsario Negro, un buen trozo de la calle había caído en poder de la vanguardia, mientras otros, que iban delante, continuaban haciendo descargas contra toda ventana que veían iluminada o abierta.

—¡Adelante otros diez hombres! —ordenó Morgan—. ¡Otros diez a retaguardia, y fuego toda la línea!

—¡Cuidado con las calles laterales! —gritó Carmaux, que llevaba el mando de la retaguardia.

Los habitantes, asustados, habían renunciado a la idea de perseguir a los filibusteros en su retirada.

Ya estaba la banda a unos trescientos metros de la bahía, cuando hacia el centro de la ciudad se oyeron algunas descargas.

—¿Nos atacan por la espalda? —preguntó el Corsario Negro, a quien llevaban en veloz carrera.

—¡Los españoles se han reunido, y caen sobre nosotros! —gritó Carmaux.

—¿Son muchos?

—Un centenar lo menos.

En aquel momento se oyeron hacia la bahía algunos cañonazos.

—¡Bueno! —exclamó Carmaux—. ¡Hasta las fragatas quieren tomar parte en la fiesta!

—¡Morgan! —gritó el señor de Ventimiglia viendo a su lugarteniente—, ¿qué ocurre en la bahía?

—Nada grave, señor —repuso aquél—. Son las fragatas que disparan contra la playa, creyendo acaso que tratamos de abordarlas.

—Tenemos la guarnición del fuerte sobre nosotros.

—Lo sé, señor; pero nos molestará poco. ¡Ohé! ¡Treinta hombres a retaguardia, y replegarse haciendo fuego!

—¡Y nosotros, adelante!

Mientras la retaguardia, reforzada por otros veinte hombres, detenía a los españoles en su carrera, la vanguardia, apresurando el paso; llegaba a la bahía, precipitadamente, frente al lugar ocupado por El Rayo.

La tripulación, ya preparada, había botado al agua algunas chalupas para recoger a los camaradas.

—¡Embarcad! —ordenó Morgan.

El Corsario Negro, colocado en una ballenera en unión de Yara, Carmaux y algunos otros heridos, fue rápida y cuidadosamente transportado a bordo.

Cuando se vio sobre el puente de su nave lanzó un largo suspiro diciendo:

—¡Ahora ya no me prenderéis, amigos! ¡El Rayo vale por una es cuadra!

Entretanto, los hombres que quedaban en la playa habían hecho frente al enemigo.

Las descargas se sucedían sin interrupción, causando pérdidas por ambas partes e impidiendo a los filibusteros embarcar en las chalupas.

El Corsario Negro, que no había querido dejar el puente, comprendió el peligro que corrían sus hombres, y volviéndose a los artilleros de las piezas de cubierta, les gritó:

—¡Metralla sobre los enemigos! ¡Una buena descarga!

Las dos piezas de artillería fueron dirigidas hacia la playa, y lanzaron una nube de fuego.

Los filibusteros aprovecharon la ocasión para alcanzar precipitadamente las chalupas.

Cuando los españoles se rehicieron, los últimos marineros estaban ya a bordo.

—¡Ya es tarde, queridos!

El Corsario Negro, en vista de que todos sus hombres, hasta los heridos, estaban ya a bordo, se dejó llevar a su camarote.

Aquella estancia era lo más rica y cómoda que se puede imaginar.

No era una de esas estrechas habitaciones que forman el llamado "cuadro de los oficiales", sino una salita amplia y bien aireada, con dos ventanillas adornadas por columnas corintias y forradas de seda azul.

Una gran lámpara de plata dorada con globos de vidrio rosado extendía en torno una luz extraña, que recordaba la producida por la aurora en los bellos amaneceres estivales.

El Corsario se dejó llevar al lecho sin hacer un gesto de dolor.

Morgan entró en el camarote, seguido del médico de a bordo, de Yara y de Carmaux, el ayudante de campo del filibustero.

—¿Qué opináis? —preguntó Morgan al hombre de ciencia después que hubo examinado al herido.

—Nada grave —repuso el Médico—. Dentro de quince días el Capitán podrá devolver las estocadas recibidas.

—No será necesario, doctor —dijo Carmaux—. Los hombres que le han herido deben de estar a estas horas en casa de Belcebú, su señor.

—Haced volver en sí al Capitán —dijo Morgan—. Debo hablarle con urgencia.

El Doctor abrió un botiquín, del cual sacó un frasco, que aplicó a la nariz del Corsario.

Un instante después el señor de Ventimiglia abría los ojos.

—¡Muerte del Infierno! —exclamó—. ¡Creía haber soñado! ¿Es cierto que estoy a bordo de mi nave?

—Sí, caballero —dijo Morgan riendo.

—¿He perdido el sentido?

—Sí, capitán.

—¡Malditas heridas! —exclamó el Corsario con rabia. ¡Es la segunda vez que me juegan esa mala pasada! ¡Deben de ser dos magnificas estocadas!

—Curaréis pronto, señor —dijo el Médico.

—¡Gracias por el augurio! Y bien, Morgan ¿cómo estamos?

—La bahía sigue bloqueada.

—¿Y la guarnición del fuerte?

—Por el momento, se contenta con mirarnos.

—¿Creéis que se pueda forzar el bloqueo esta noche?

—Sí, mañana, acaso sería ya tarde.

—Las dos fragatas estarán en guardia, capitán.

—¡Oh! ¡De eso estoy seguro!

—Y están poderosamente armadas. Una posee dieciocho cañones; la otra, catorce.

—Veinte más que nosotros.

—Sí, capitán.

—¡No creí que estuviesen tan bien armadas! —murmuró el Corsario.

Después de breves minutos de silencio, en que pareció vivamente preocupado, dijo:

—De todos modos, saldremos al mar.

—¡Salir! —exclamó Morgan estupefacto—. Pensad que con tres o cuatro andanadas bien dirigidas pueden desmantelar nuestra nave y hundirla.

—Podemos evitar esas bordadas.

—¿De qué modo, señor?

—Preparando un brulote. ¿No hay ninguna nave en el puerto?

—Sí; hay una lancha cañonera anclada junto al islote.

—¿Está armada?

—Con dos cañones, y es de dos palos.

—¿Tiene carga?

—No, capitán.

—A bordo tenemos materias inflamables: ¿no es cierto?

—No nos falta esparto, ni pez, ni granadas.

—Entonces, dad orden de preparar un buen brulote. Si el golpe nos sale bien, veremos arder alguna de las fragatas. ¿Qué hora tenemos?

—Las diez, capitán —dijo Morgan.

—Dejadme descansar hasta las dos.

Morgan, Carmaux y el Médico salieron mientras el Corsario volvía a echarse. Antes de cerrar los ojos buscó a la joven india y la vio acurrucada en un rincón.

—¿Qué haces, muchacha? —le preguntó dulcemente.

—Velo por ti, señor.

—Échate en uno de esos sofás, y trata de reposar. Dentro de algunas horas lloverán aquí balas y granadas.¡Duerme, buena niña, y sueña con tu venganza!

—¿Me la darás, señor? —preguntó con la mirada centelleante la joven.

—Te lo prometo, Yara.

—¡Gracias, señor! ¡Mi alma y mi sangre te pertenecen!

El Corsario sonrió, y volviéndose a un lado cerró los ojos.

Mientas el herido descansaba Morgan había subido al puente para preparar el terrible golpe de audacia que había de dar a los filibusteros la libertad o la muerte.

Aquel hombre, que gozaba de la entera confianza del Corsario, era uno de los más intrépidos lobos de mar con que entonces contaba la filibustería; un hombre que más tarde debía hacerse el más célebre de todos con la famosa expedición de Panamá y con la no menos audaz de Maracaibo y Puerto Cabello.

Era de menor estatura que el Corsario Negro; pero, en cambio, era membrudo y estaba dotado de una fuerza excepcional y de un golpe de vista de águila.

Apenas estuvo sobre cubierta ordenó a un destacamento de marineros que se apoderasen de la lancha cañonera dedicada para servir de brulote y conducirla junto a El Rayo.

No se trataba, en verdad, de una lancha propiamente dicha, sino de una carabela destinada al cabotaje, ya muy vieja y casi impotente para sostener la lucha con las aguas del golfo de México.

Su propietario, ante la aparición de los filibusteros, la había hecho desocupar, pero a bordo había quedado aún una notable cantidad de troncos de árboles de Campeche, madera usada para fabricar cierto tinte muy preciado entonces.

—Estos leños nos servirán a las mil maravillas —había dicho Morgan cuando saltó a bordo de la carabela.

Llamó a Carmaux y al contramaestre, y les dio algunas órdenes, añadiendo:

—Sobre todo, hacedlo pronto y bien. La ilusión ha de ser completa.

—¡Dejadnos hacer! —había contestado Carmaux—. No faltarán ni los cañones.

Un momento después treinta hombres bajaban al puente de la carabela.

Ante todo, con troncos de campeche alzaron junto al timón una fuerte barricada para cubrir al piloto; luego, con otros aserrados convenientemente, improvisaron unos fantoches, que colocaron a lo largo de las bordas como hombres prontos a lanzarse al abordaje, y cañones que colocaron en el castillo de proa y en el casco.

Hecho esto, los marineros amontonaron en las escotillas algunos barriles de pólvora, pez, alquitrán, esparto y una cincuentena de granadas esparcidas por popa y proa, bañando además con resina y alcohol los sitios fáciles de prender fuego rápidamente.

—¡Por Baco! —exclamó Carmaux frotándose las manos.

—¡Es un polvorín flotante! —dijo Van Stiller.

—Ahora plantemos antorchas en las bordas, y encendamos los faroles de señales.

—¡Y despleguemos a popa el estandarte de los señores de Valpenta y Ventimiglia!

—Eso es muy necesario, amigo Stiller.

—¿Crees tú que las fragatas caerán en el lazo?

—Estoy seguro —repuso Carmaux—. ¡Verás cómo tratan de abordarla!

—¿Quién piloteará el brulote?

—Nosotros, con tres o cuatro camaradas.

—Es un buen peligro, Carmaux. Las dos fragatas nos cubrirán de fuego y de hierro.

—Estaremos ocultos tras la barricada.

—¿Habéis terminado? —preguntó en aquel momento Morgan desde El Rayo.

—Todo está dispuesto —repuso Carmaux.

—Ya son las tres.

—Haced embarcar a nuestros hombres, lugarteniente.

—¿Y tú?

—Reclamo el honor de pilotear el brulote. Dejadme a Van Stiller, Moko y otros cuatro.

—Estad prontos a izar las velas; el viento sopla de tierra, y os llevará hacia las dos fragatas.

—No espero más que vuestras órdenes para cortar las amarras.

Cuando Morgan subió al puente de El Rayo, el Corsario Negro se había acostado ya sobre dos cojines de seda extendidos sobre un tapiz persa.

—Todo está dispuesto, capitán —dijo Morgan:

El Corsario Negro se sentó, y miró hacia la salida de la bahía.

La noche no era muy oscura y permitía distinguir a las dos fragatas.

En los Trópicos y en el Ecuador las noches tienen una extraordinaria transparencia.

Las dos grandes naves no habían tocado sus anclas, y su masa se destacaba en la línea del horizonte.

—Pasaremos sin que nos dé mucho qué sentir el fuego de los treinta y dos cañones —dijo el Corsario—. ¡Todos a su puesto de combate!

—¡Ya están, señor!

—¡Un hombre de confianza al mando del brulote!

—Está Carmaux.

—¡Un valiente! ¡Está bien! —repuso el Corsario—. Le diréis que apenas prendido el fuego a la carabela embarque a sus hombres en la chalupa, y venga a bordo con la mayor celeridad posible. Un retraso de pocos minutos puede ser fatal. ¡Ah!…

—¿Qué tenéis, señor?

—¡Veo luces cerca de la playa!

Morgan se volvió el entrecejo.

—¿Tratan de sorprendernos? —dijo.

—Llegarán tarde —dijo el Corsario—. Mandad levar anclas y orientar las velas.

Y volviéndose a la joven india, le dijo:

—Retírate al cuadro, Yara.

—No, señor.

—Dentro de poco lloverán balas y granadas.

—No las temo.

—Y silbará la metralla.

—Si tú la desafías, quiero desafiarla contigo.

—Puede sorprenderte la muerte.

—Moriré a tu lado, señor. La hija del cacique de Darién no ha tenido nunca miedo a la muerte.

—¿Has combatido alguna vez?

—Sí; al lado de mi padre y de mis hermanos.

—Ya que eres valiente, quédate a mi lado. Acaso me traigas buena suerte.

Con un esfuerzo se puso de rodillas, y empuñando la espada que tenía junto a sí gritó con voz de trueno:

—¡Hombres del mar, al puesto de combate!

—¡Al largo el brulote, Carmaux! —gritó Morgan.

La carabela estaba ya libre de sus amarras.

Carmaux empuñaba el timón y la guiaba hacia las dos fragatas, mientras sus compañeros encendían los dos fanales y las antorchas de las bordas, para que los españoles pudiesen ver el estandarte de los señores de Ventimiglia que ondeaba en la popa.

Un alarido terrible estalló a bordo del brulote y de El Rayo, perdiéndose sobre el mar.

—¡Viva la filibustería! ¡Hurra por el Corsario Negro!

Los tambores redoblaron fragorosamente, y las trompas que daban la señal del abordaje vibraban de un modo ensordecedor.

El brulote, con una bordada, había doblado la punta extrema del islote y marchaba intrépidamente sobre las dos fragatas, como si quisiese embestirlas y abordarlas. El Rayo le seguía a trescientos pasos de distancia. Todos sus hombres estaban en el puesto de combate; los artilleros, detrás de las piezas y con las mechas humeantes en la mano; los fusileros, en las bordas y en las cofas; los gavieros, en los gallardetes y crucetas. De pronto un relámpago, y dos, y cuatro, iluminaron la noche, y la potente voz de la artillería se mezcló a las hurras de la tripulación y a los gritos de guerra de la guarnición del fortín, reunidos en masa en la playa.

—¡Ésa es la música! —gritó Carmaux—. ¡Cuidado con los confetti! ¡Son algo duros, y podrían causar dolores de vientre!

Capítulo 8. Un combate terrible

Las dos fragatas, viendo avanzar aquella nave con las velas desplegadas y toda iluminada, creyeron al pronto que corría sobre ellas con intención de abordarlas, y por eso se acercaron la una a la otra cuanto les permitían las cadenas de sus anclas, para prestarse mutua ayuda.

A los gritos de alarma de los hombres de guardia ambas tripulaciones se habían precipitado sobre cubierta.

A una orden de los capitanes los cañones de proa fueron apuntados hacia el brulote, y a la primera descarga toda la población de Puerto—Limón y la guarnición del fuerte habían corrido a la playa.

Aquellos disparos no habían sido infructuosos: habían caído sobre el brulote. Una parte del alto castillo de proa se había hundido bajo el choque de una granada, y dos gallardetes, destrozados por un proyectil, habían caído sobre cubierta a pocos pasos de la barricada de popa.

El brulote no había contestado, a pesar de que, entre los cañones fingidos que llevaba, tuviese dos auténticos.

—¡Dejemos que desfoguen a su capricho! —dijo Carmaux.

Se volvió hacia el islote, y vio a El Rayo avanzar a menos de doscientos metros, tratando de doblar la punta del promontorio.

Tampoco la filibustería había contestado a las provocaciones de las dos fragatas, a pesar de contar con catorce grandes piezas de artillería y de tener a bordo los mejores artilleros de las fragatas.

—¡El Corsario Negro es un ladino! —dijo Carmaux a Van Stiller, que estaba a su lado—. ¡Reserva sus golpes para el momento decisivo! ¡Ohé! ¡Cuidado! ¡Van a soltarnos una andanada!

Aún no había terminado de decirlo, cuando las dos fragatas dispararon simultáneamente con estruendo horrible. De las baterías surgían lenguas de fuego, y sobre el puente se elevaban gruesas columnas de humo densísimo.

Artilleros y fusileros habían abierto un fuego infernal contra la pobre carabela, con la esperanza de echarla a pique antes de que pudiese llegar al abordaje.

El efecto de aquella descarga fue tremendo. Las bordas y el castillo de proa del brulote volaron en pedazos, y el mastelero, cortado por su base, cayó sobre cubierta con crujido horrendo, hundiendo con su peso parte de la toldilla.

—¡Mil delfines! —gritó Carmaux—. ¡Otra descarga como ésta y nos vamos a pique!

Se alzó, y miró por una rendija, sin temor a la metralla que silbaba por todas partes.

La primera fragata estaba a unos quince metros, y el brulote, que aún conservaba en pie su palo mayor y los foques del bauprés desplegados, corría hacia ella empujado por el viento de tierra.

Carmaux quitó a Van Stiller la mecha que éste tenía en la mano, e inclinándose hacia el cañón que ya estaba apuntado, le dio fuego y gritó con voz de trueno:

—¡Un hombre sobre el puente! ¡Encendedlo todo!

Un filibustero saltó sobre la barricada con una antorcha en la mano, y, no obstante las incesantes descargas de las dos fragatas, se lanzó hacia el montón de pez y esparto que había en la base del palo mayor.

Una bala de cañón le cogió por la mitad del pecho, cortándole en dos como si le hubiese herido una inmensa cimitarra.

La sangre de aquel desgraciado cubrió la cara de Carmaux.

—¡Rayos! —gritó con un gesto de horror el filibustero—. ¡Otro hombre sobre el puente!

Un segundo marinero, casi sin fijarse en lo ocurrido a su camarada, saltó de la barricada y se lanzó fuera gritando:

—¡Viva la filibust!…

No pudo terminar; una segunda bala de cañón le destrozó la cabeza como si hubiera sido una ola, lanzándola hasta el coronamiento de popa.

En aquel momento, un alarido tremendo estalló en la proa. La carabela había embestido a la fragata, empotrando su bauprés entre los cordajes del palo mayor.

Carmaux y Van Stiller empuñaron los garfios de abordaje; los lanzaron a los gallardetes y palos de maniobra de la nave y, arrancando las antorchas y fanales del cuadro, los tiraron sobre la toldilla.

La resina que corría por el suelo se inflamó en un instante, comunicándose la llama al esparto y a la vez extendidos por el puente.

Diez, quince lenguas de fuego serpentearon por la toldilla, ganaron las bordas, abrasaron las tablas y alcanzaron a las velas. Un resplandor vivísimo se alzó entre las tinieblas.

Los marineros de la fragata, creyendo que se trataba de un abordaje en regla, se precipitaron hacia las bordas, descargando sus arcabuces sobre el castillo de proa y en medio de los restos del mastelero ya caído. Algunos más audaces, saltaron al puente de la carabela, creyendo encontrarse ante los filibusteros. Sus espadas y pistolas estaban dispuestas a herir.

Un grito se oyó a popa en la carabela:

—¡Camaradas! ¡En retirada!

Carmaux abandonó el timón, saltó al castillo de popa, y se dejó resbalar por el cable. Debajo estaba la chalupa.

—¡Moko! ¡Van Stiller! ¡Pronto! —gritó—. ¡El Rayo está pasando!

El hamburgués, el negro y los otros dos filibusteros le siguieron, mientras la carabela ardía como un volcán. El esparto y el alquitrán ardían con rapidez increíble, lanzando sobre la fragata nubes de humo infecto y chispas. Los barriles de pólvora acaso estaban ya prontos a hacer explosión y lanzar por los aires al brulote.

—¿Estáis todos? —preguntó Carmaux.

—¡Todos! —respondió el hamburgués.

—¡A alta mar!

Al amparo de la carabela maniobraron con sobrehumana energía.

Entre tanto, el fuego se propagaba con rapidez fulmínea. Las bordas, el cordaje, el velamen, el mismo palo mayor de la carabela, ardían como teas, extendiendo en torno una luz siniestra. Los palos de maniobra de la fragata, y hasta sus bordas, empezaban ya a arder. Los españoles, aterrados, trataban de cortar los garfios de abordaje para alejar el brulote; pero ya era demasiado tarde.

El incendio se propagó a bordo de la fragata con rapidez increíble.

Carmaux y sus compañeros, mediante algunos golpes de remo, atravesaron la bahía y llegaron bajo las bordas de El Rayo.

—¡Pronto! —gritó Morgan.

Los cinco marineros se aferraron a las cuerdas que desde adentro les tendían, y saltaron a bordo de su nave.

—¡Ya estamos aquí, señor! —dijo Carmaux.

—¿Falta alguno? —preguntó el lugarteniente.

—Estamos todos menos dos, muertos en la carabela —contestó Carmaux.

—¡Todos al puesto de combate! —ordenó el Corsario—. ¡Preparaos para el fuego de andanada!

El Rayo se lanzó hacia adelante, pasando a doscientos pasos de la fragata incendiada. Avanzó rápidamente, sin llevar alguna luz a bordo. Sus hombres estaban todos en su puesto.

—¡Atención! —gritó Morgan.

La segunda fragata, dándose cuenta por fin de la audaz maniobra de los filibusteros, descargó una horrenda andanada, esperando detener al vuelo el paso de El Rayo; pero tenía ante sí hombres resueltos a todo y demasiado hábiles para dejarse coger.

A un silbido la filibustería viró casi en redondo, y la descarga fue a perderse contra las rocas que formaban la prolongación de la península.

La segunda fragata no pudo tomar parte en la lucha: las llamas la habían invadido por completo y ardía como una pajuela.

Una luz intensa se extendió por la bahía tiñendo las aguas de rojo, y reflejándose en las velas de la nave filibustera. Los tres palos ardían, mientras el brulote, aún amarrado a su flanco, crujió y silbó, lanzando al aire continuas nubes de chispas y de humo.

Súbitamente una llama inmensa envolvió a la carabela. El puente, el cuadro, el castillo de proa y el palo maestro saltaron bajo el estallido de los barriles de pólvora, lanzando a diestro y siniestro una nube de fragmentos incendiados.

La fragata, ligada al brulote, se inclinó sobre un costado: la explosión la resquebrajó por estribor, y el agua se precipitó con sordo mugido a través de la abertura.

Entre los alaridos de su tripulación y los gemidos de los heridos y moribundos, se elevó una voz de trueno.

—¡Fuego de bordada!

Era el Corsario Negro quien había dado aquella orden.

Los seis cañones de estribor y los dos del puente retumbaron acordes formando una sola detonación.

Las balas y la metralla cubrieron el puente de las dos fragatas, aumentando el horror y la confusión.

Un palo vaciló y cayó sobre cubierta, arrastrando tras sí las velas y las cuerdas.

—¡Hombres del mar! ¡Fuego! —volvió a gritar el Corsario.

Los fusileros de las bordas y los de las cofas atronaron los aires con un nutrido fuego, lanzando estrepitosas burras. El Rayo seguía avanzando, mientras las chalupas de la segunda fragata corrían en auxilio de la que ardía y estaba a punto de irse a pique.

—¡Fuego! ¡Fuego! —seguía gritando el Corsario Negro—. ¡Desmantelad su arboladura! ¡Arrasad el puente! ¡Demoled! ¡Destruid!

Con una última bordada, El Rayo llegó a la boca del puerto, saliendo por fin al mar.

Una última andanada de la fragata incólume le alcanzó aún, destrozándole la entena de gavia, agujereándole algunas velas y matándole cuatro hombres; pero ya podía considerarse libre y salvo.

Antes de que el navío pudiese zarpar, ya estaría muy lejos para que pudiera tener esperanza de alcanzarle.

El Corsario Negro, ayudado por Yara y Morgan, se puso en pie.

Algunos cañonazos resonaban todavía, confundiéndose con los rugidos del mar.

—¿Qué decís de todo esto? —preguntó el Corsario tranquilamente a Morgan.

—Digo, señor, que nunca mayor fortuna ha sonreído a los corsarios de las Tortugas.

—En efecto, amigo Morgan; no esperaba yo tanto.

—¡Un buen golpe de audacia, a fe mía, capitán! ¡Con vos se hace un buen aprendizaje!

—Del que vos sacaréis partido más adelante; ¿no es así, Morgan?

—Así lo espero —replicó el futuro conquistador de Panamá, mientras su mirada se animaba.

—¡Tenéis madera de corsario, señor Morgan; os lo dice el Corsario Negro! ¡Haréis cosas muy grandes; ya lo veréis!

—¿Y por qué no juntos? —preguntó el lugarteniente.

—¡Quién sabe si entonces el Corsario Negro vivirá! —dijo el señor de Ventimiglia, mientras una triste sonrisa asomaba a sus labios.

—Sois joven e invencible, señor.

—¡También mis hermanos el Corsario Rojo y el Verde eran jóvenes y audaces! y sin embargo, ¡vos lo sabéis!, ¡duermen el sueño eterno en el fondo del mar Caribe!

Calló un instante, miró al mar, que rielaba tras la popa de la nave como si fuese fosforescente, y repuso con voz melancólica:

—¡Quién sabe lo que el Destino me reserva para lo porvenir! ¡Si al menos antes de morir pudiera vengarme de mi mortal enemigo y saber dónde está la joven a quien tanto amé!

—¿Honorata? —preguntó Morgan.

—¡Han pasado cuatro años —continuó el Corsario, sin hacer caso de la pregunta del lugarteniente— y, sin embargo, la veo siempre vagar sobre las tempestuosas aguas del mar Caribe a la luz de los relámpagos y entre el mugir de las ondas encrespadas! ¡Noche fatal! ¡Nunca he de olvidarla! ¡El juramento que pronuncié la noche en que el cadáver del Corsario Rojo bajaba al fondo de las aguas, me ha destrozado la existencia! ¡Mejor es olvidar!…

Lentejuelas de oro corrían a miríadas bajo las ondas.

A veces parecían verdaderas llamaradas, o corrientes de azufre líquido, o de bronce fundido que hacían brillar la espuma. Medusas espléndidas como globos de luz eléctrica rodaban en torno de la nave.

El Corsario Negro seguía mirando. Su rostro, de palidez cérea, expresaba en aquel momento una angustia profunda, y en su mirada se leía un recóndito terror.

Morgan y Yara, en pie junto a él, callaban.

La nave corría a toda vela, internándose en el gran golfo y dejando tras sí una estela luminosa.

Los marineros dispersos por la toldilla parecían invadidos por un supersticioso terror, y miraban también mudos las ondas, cada vez más luminosas.

Carmaux se había acercado lentamente a Van Stiller, y tocándole con el codo:

—Todas las noches que hay muertos a bordo —le dijo—, la fosforescencia aparece. ¿Lo has notado?

—¡Sí! ¡Estas noches me hacen recordar al Corsario Rojo y al Verde! —o aquella en que el capitán abandonó sobre el mar en pleno huracán a Honorata de Wan Guld.

—Sí, Carmaux.

—¡Mira al Corsario! ¿Lo ves cómo observa el mar?

—Le veo.

—Se diría que espera la aparición de sus hermanos.

—¡Calla, Carmaux! ¡Me has asustado!

—¿Has oído?

—¿El qué?

—Se diría que entre la arboladura de El Rayo revolotean las almas de los dos Corsarios. ¿Oyes? ¡Parece que alguien se queja!

—Es el viento que gime entre los cordajes de El Rayo.

—¿Y esos suspiros?

—Son las olas que rompen en los costados.

—¿Tú lo crees, hamburgués?

— Sí.

—Pues yo no.

En tanto, el señor de Ventimigla seguía con ansiedad creciente mirando al mar. De tiempo en tiempo un doliente suspiro se escapaba de su pecho, y parecía como si sus ojos tratasen de discernir algo que se ocultaba tras la negra línea del horizonte.

—¡Señor! —dijo Morgan—. ¿Qué buscáis?

—¡No sé! —replicó el Corsario sordamente—. ¡Algo, sin embargo, va a aparecer!

—¿Vuestros hermanos?

El Corsario, en vez de contestar, preguntó:

—¿Están en sus hamacas los hombres muertos por las descargas de la fragata?

—Sí, capitán: vuestros marineros sólo esperan vuestra orden para echarlos al mar.

—.Esperad aún.

Se puso casi en pie aferrándose a la balaustrada del puente, y pareció escuchar con profundo recogimiento.

En la nave reinaba entonces un silencio absoluto, roto tan sólo por los murmullos del agua y los gemidos del viento en el aparejo.

Los marineros, vencidos por un supersticioso temor, parecían petrificados.

Ninguno había osado hablar después de Carmaux y Van Stiller.

De repente atravesó el espacio un grito que parecía salir de las profundidades del mar.

¿Había sido lanzado por algún cetáceo que iba a flor de agua, o por algún ser misterioso? Nadie hubiera podido decirlo.

—¿Habéis oído? —preguntó el Corsario volviéndose a Morgan.

El lugarteniente se había precipitado hacia adelante, como si quisiera tratar de distinguir entre qué ondas estaba el ser que había lanzado aquel grito.

—¡Es el Corsario Rojo que sube a flote! —repuso el señor de Ventimiglia—. ¡Sí, es que espera todavía su venganza!

Al cabo de un rato, lejos, muy lejos, en la línea del horizonte, se vio aparecer como una masa negra que surcaba con rapidez las aguas.

¿Qué era? Podía ser una barca, o un delfín, o un ballenato.

Fuera lo que fuese, el Corsario Negro, a pesar de sus heridas, se puso completamente de pie sin ninguna ayuda, aferrándose fuertemente a la balaustrada.

—¡Ella pasa por allí! —gritó—. ¿Es su alma que vaga aún sobre el mar, o aún está viva? ¡Honorata! ¡Perdón!

—¡Señor! —gritó Morgan—, ¡sois presa de una alucinación!

—¡No; yo la veo! —continuó con exaltación el Corsario—. ¡Miradla todos, hombres del mar! ¡Ella os mira y os tiende los brazos! ¡Allí! ¡Allí!… ¡El viento encrespa sus cabellos!… ¡Las aguas suben en torno de su chalupa! ¡Ella me llama!… ¿No oís su voz? ¡Pronto!… ¡Una lancha al agua antes de que desaparezca!

Y exhausto se dejó caer entre los brazos de Morgan, mientras los marineros murmuraban con voz temblorosa:

—¡La visión!

—¡Señor, señor! —había gritado Yara inclinándose hacia el Corsario, que no daba señales de vida.

—Se ha desvanecido —dijo Morgan—. Ha querido abusar demasiado de sus fuerzas… ¡No será nada!

—¿Pero aquella aparición?… —preguntó Yara.

—¡Locura! —dijo Morgan en voz baja—. Llevémosle al camarote.

A una indicación suya Carmaux y Moko subieron al puente, y cogiendo delicadamente al Corsario, que continuaba desvanecido, le llevaron al cuadro.

—¡Al agua los cadáveres! —gritó Morgan.

Los cuatro marineros muertos en el combate fueron izados por la borda de babor y dejados caer en los negros abismos del gran golfo.

—¡Dormid en paz en el gran cementerio húmedo, al lado le Corsario Rojo y del Verde, y decidles que pronto ambos serán vengados! —dijo—. ¡Ahora vamos a Veracruz, y que Dios nos guarde!

Capítulo 9. El odio de Yara

Cuando despuntó el alba y se aseguró de que ninguna nave española surcaba el mar por las costas de Nicaragua, Morgan dejó el puente para bajar al camarote del Capitán.

Ya dos veces durante el transcurso de la noche, el médico había subido sobre cubierta para tranquilizar al lugarteniente respecto al desvanecimiento sufrido por el Capitán después de la extraña visión; pero, sin embargo, no estaba tranquilo.

No dudaba que el Corsario no permanecería mucho tiempo en tal estado, dada su extraordinaria fortaleza; pero le inspiraban serios temores las heridas que había recibido.

Cuando entró en el camarote el Corsario descansaba tranquilamente, velado por Yara y por Carmaux. La respiración del herido era pausada y regular, pero de cuando en cuando un estremecimiento nervioso le agitaba, y de sus labios cerrados salía a intervalos un nombre:

—¡Honorata!

—¡Sueña! —dijo Carmaux volviéndose a Morgan, que se había acercado silenciosamente al lecho.

—Sí, cree ver pasar aún la chalupa.

—¿No habéis creído en la aparición, señor Morgan? —preguntó Carmaux.

—¿Y tú? —dijo el lugarteniente con cierto tono de ironía.

—A mí me parece haber viso una chalupa vagar por entre las aguas.

—¡Locuras!, ilusiones producidas por un terror supersticioso.

—Sin embargo, señor, juraría haber visto hasta una forma humana dentro de la chalupa.

—¿Acaso también tú delirabas? —No, señor.

—Tus compañeros y tú habéis confundido a algún cetáceo con una chalupa.

—¿Y el capitán?

—Ya sabes que desde aquella noche terrible cree ver con frecuencia a la joven flamenca errar por las aguas del gran golfo.

—¿Vos creéis que ha muerto, señor?

—¿Quién ha vuelto a oír hablar de ella en estos cuatro años?

—¿Quién? Acaso no haya muerto. Yo he oído contar cosas bien extrañas.

—¿Dónde?

—En Puerto—Limón; y me parece que D. Pablo de Ribeira, el intendente del duque Wan Guld, sabe también algo.

Morgan miró unos instantes al filibustero, y moviendo la cabeza añadió:

—¡Mucho temo que el Capitán no vuelva a verla!

Se inclinó sobre el lecho y entreabrió la camisa de finísima batista que llevaba el Corsario. Debajo vio dos ventajes manchados de sangre roja.

—¿Han vuelto a abrirse las heridas? —preguntó.

—Sí, lugarteniente —contesto Carmaux.

—¡Es preciso que estén completamente cerradas antes de nuestra llegada a Veracruz!

—Dentro de diez días el Capitán estará en pie, según ha dicho el médico.

—¿Dónde iremos a esperar a la escuadra de las Tortugas, si es lícito saberlo? —preguntó Carmaux.

—A la bahía de la Asunción —contestó Morgan.

—¿En la costa de Honduras?

—Sí, Carmaux.

En aquel momento el Corsario abrió los ojos y preguntó con voz débil:

—¿Quién habla de la bahía de la Asunción?

—Soy yo, capitán —dijo Morgan.

—¡Ah! ¿Vos?

Un rayo del sol reflejado por el agua entraba por el ventanal de popa, quebrándose en los espejos de Venecia que adornaban las paredes y en la lámpara de plata dorada.

El Corsario lo siguió con la mirada, murmurando:

—¡Ya era hora de que se disipasen las tinieblas!

Aspiró con fuerza el aire marino saturado de sal que entraba por el ventanal abierto, y volviéndose a Morgan, le preguntó:

—¿Dónde estamos?

—Dentro de pocas horas estaremos en San Juan, señor.

—¿Subimos hacia las costas de Nicaragua?

—Sí, capitán.

—¿No hay ninguna nave a la vista?

—A estas horas debe ya de haberse esparcido la noticia de que estamos por estas playas, y todas las naves se habrán refugiado en los puertos.

—¡Sí; nos temen! ¿Y la fragata?

—No ha salido de Puerto—Limon. Acaso no se creía lo bastante fuerte para medirse sola con nosotros.

—¡Más vale así! Tratad de ir de prisa; sabéis que nos esperan.

Llegaremos antes que la escuadra de las Tortugas. Nuestra nave es la más rápida de cuantas surcan el golfo de México.

—Ya lo sé, Morgan.

—¿Cómo os sentís ahora, señor?

—¡Bah! ¡Dentro de algunas semanas mandaré ya mi nave!

—¿Encontraremos al Duque en Veracruz?

—Sí —contestó el Corsario Negro, mientras un terrible relámpago cruzaba por sus ojos.

—¿Tenéis la certeza de… ?

—Me lo ha confesado D. Pablo de Ribeira con la espada en el pecho.

—¡Esta vez no se escapará!

—¡Oh! ¡Vive Dios que no! —exclamó el Corsario con acento feroz.

—Tendremos un magnífico botín, señor. Veracruz debe de encerrar riquezas extraordinarias.

—De allí zarpa la mayor parte de los galeones cargados de oro y plata —dijo el Corsario—. Sin embargo, a mí me bastaría la venganza, y os dejaré a vos y a mi tripulación la parte que me corresponde en el saqueo.

—Vos poseéis en Italia tierras y castillos bastantes para poder hacerlo —dijo Morgan sonriendo—. Vos y vuestros hermanos jamás habéis sido ladrones de mar como el Olonés, Miguel el Vasco, el Exterminador y tantos otros.

—Nosotros hemos venido a América para matar al Duque, no por sed de riquezas.

—Lo sé, capitán. ¿Tenéis alguna orden que darme?

—Continuad a lo largo de las costas de Nicaragua, y apenas señalado el cabo Gracias a Dios, cortad recto hacia la bahía de la Asunción, evitando, a ser posible, el golfo de Honduras. Prefiero que no nos vea ninguna nave española.

—Está bien, señor.

Una vez que el lugarteniente se hubo marchado, el Corsario quedó por algunos instantes en silencio. Al cabo de un rato sus miradas se fijaron en la joven india.

Durante aquel coloquio, Yara había permanecido acurrucada sobre un tapiz a breve distancia del lecho, sin apartar la vista del Corsario ni pronunciar una palabra.

Pero cuando oyó hablar del Duque, su rostro, habitualmente dulce y bello, había tomado un aspecto tan salvaje, tan feroz, que daba miedo.

Sus grandes ojos límpidos habíanse tornado tétricos: cruzó por ellos una llamarada de odio, mientras su frente se fruncía borrascosamente. El Corsario Negro, que había sorprendido aquel brusco cambio, miraba a Yara con una mezcla de sorpresa y de inquietud.

—¿Qué tienes, muchacha? –le preguntó cuando hubo salido Carmaux—. ¿Acaso piensas en Puerto—Limón?

La joven hizo un gesto negativo. —No, mi señor —dijo luego. —Veo en tus ojos una llama siniestra.

—¡Es cierto! —contestó la joven.

—Tu bello rostro tiene en este momento terrible expresión.

—¡También es cierto, señor! —dijo sordamente Yara.

—¿En qué piensas?

—¡En mi padre y en mis hermanos!

El Corsario Negro se dio una palmada en la frente.

—¡Ah, sí!… ¡Recuerdo!… —dijo—. Tú me dijiste un día: "¿Me vengarás, señor?"

—Y vos me contestásteis: "¡Te vengare!"

—Así te lo prometí.

—Esperaba encontraron en cualquier sitio del golfo de México, y esa esperanza me ha hecho vivir.

El Corsario Negro la miró con estupor.

—¿Me esperabas? —le preguntó. —Sí, señor; y, como veis, mi esperanza no ha sido fallida.

—¿Me habías visto en alguna parte antes de mi desembarco en Puerto—Limón?

—No. Solamente había oído hablar mucho de vos en Maracaibo, en Veracruz y en Puerto—Limón, y no ignoraba el motivo de vuestras correrías por el golfo de México.

—¿Tú?

—Sí, señor. Sabía que no era la sed de oro, sino la venganza, lo que os había obligado a venir a América desde lejanos países.

—¿Por quién lo supiste?

—Por mi amo.

—¿Por D. Pablo de Ribeira?

—No; por su señor.

—¡El duque de Wan Guld! —exclamó el Corsario en el colmo del asombro.

—Sí, caballero —repuso la joven, mientras sus manos oprimían bruscamente su pecho.

—¿Luego tú sabes?

—Que el duque asesinó en Flandes a vuestro hermano mayor, y luego hizo ahorcar a vuestros dos hermanos menores, el Corsario Rojo y el Verde.

—¡Ah!…

—Y sé también —continuó la joven— que vos, sin saberlo, os habíais enamorado de la hija del matador de vuestros hermanos.

—¡Calla, Yara! —murmuró el Corsario oprimiéndose con ambas manos el corazón, como si hubiese querido calmar sus precipitados latidos.

—Y sé además —prosiguió Yara— que después de la expugnación de Gibraltar, exigida por vos para vengar a vuestros hermanos, cuando volvisteis a bordo de vuestra nave y supisteis por un prisionero español que la mujer a quien amabais no era una princesa flamenca, sino la hija del asesino de vuestros hermanos, en vez de hundir en su corazón vuestra espada, como teníais derecho a hacerlo, la abandonasteis sobre el tempestuoso mar en una chalupa, encomendándola a la misericordia de Dios.

—¿Todo lo sabes, pues?

—¡Todo, señor!

—¿Vive Honorata? ¡Dímelo, Yara! ¿Vive aún? —gritó el Corsario.

—¡Ah! ¡Todavía la amáis! —exclamó la joven.

—¡Sí! —dijo el Corsario—. ¡El primer amor no muere nunca!

Yara se había dejado caer en una silla con la cara oculta entre las manos. A través de sus dedos se veían correr las lágrimas.

—¡También yo te amaba antes de verte, señor! —se le oyó murmurar con apagada voz.

Pareció que el Corsario no había oído aquella inesperada confesión.

Sus miradas se habían clavado en el mar, que a través de la ventana abierta se veía.

Por fin oyó los sollozos de la joven india.

—¿Lloras? —dijo—. ¿Piensas en tus padres y en tus hermanos? ¿Acaso tus suspiros van a las selvas vírgenes de tu país?

Yara se enjugó nerviosamente las lágrimas, y dijo como si hablara consigo misma:

—¡Que importa! ¡La venganza nos une!

—¿También tú sueñas con la venganza? —dijo el Corsario—. ¡Cuántos odios se han acumulado sobre los conquistadores de América!

—¡La mía es como la vuestra, señor!

—¿Tan despiadada?

—¡Sí, señor!

—¿A quién te han matado?

—¡A mi padre y a mis hermanos!

—¿Fueron los españoles?

—No; fue el mismo hombre que asesinó a vuestros hermanos.

El Corsario Negro había alzado vivamente la cabeza, y miraba a la joven con incredulidad.

—¿El mismo hombre? —exclamó.

—Sí, señor.

—¿El Duque?

—¡El mismo!

—¡Muerte del Infierno! ¡Ese hombre es fatal para todos! ¿Y vive aún, escapado de tantos odios? ¿Es acaso el Demonio?

—¡Es un ser monstruoso, señor!

—¡Pero yo le mataré! —gritó el Corsario.

—¿Me lo juras?

—tramos tres hermanos, ricos y poderosos en nuestro país, y, sin embargo, dimos un adiós a nuestra patria, a nuestros castillos, a nuestros vasallos, para venir a estas tierras, desconocidas para nosotros, a buscar a ese hombre fatal: mis hermanos cayeron bajo los golpes del terrible viejo; peo yo aún no he muerto, y una voz secreta me dice que los vengaré, y pronto. ¡Desde entonces sólo vivo para vengarme!

—Lo sabía, señor.

—Ahora, habla: ¿qué te ha hecho ese hombre?

—¡Ha sido el destructor de toda mi familia y de mi tribu! —dijo con acento salvaje Yara.

—¡Habla! ¡Te escucho, muchacha!

Yara acercó la silla al lecho del Corsario, y apoyando en él los codos dijo con grave acento:

—Nuestros padres no conocían aún a los hombres blancos que venían de los lejanos países de ultramar a bordo de sus casas flotantes.

"El viento del Norte sólo había llevado hasta las selvas de Darién el eco lejano de los estragos tremendos cometidos por los hombres blancos; pero ninguno de mis parientes había visto la cara de aquellos seres extraordinarios.

—¡Continúa, Yara! —dijo el Corsario, viendo a la joven detenerse.

—Nadie había dado crédito a las palabras de aquellos lejanos compatriotas, porque ninguna de aquellas grandes casas flotantes había nunca sido vista en Darién. La incredulidad de nuestros padres debía ser fatal a un pueblo entero.

"Mi tribu era tan numerosa como las hojas de los árboles del bosque, y vivía feliz en medio de las selvas que bordean el golfo de Darién. La pesca, la caza, y la fruta bastaban a todos, y la guerra era casi desconocida, porque el hombre blanco aún no había aparecido. Mi padre, cacique de la tribu, era amado y estimado por todos, y mis cuatro hermanos no lo eran menos. Un triste día aquella secular felicidad fue bruscamente destrozada para siempre. ¡Había aparecido el hombre blanco!

—¿Y ese hombre se llamaba?…

—Era el duque de Wan Guld —dijo Yara—. Una de aquellas grandes casa flotantes, combatidas por el huracán, se había despedazado en nuestra playa. Todos los que iban en ella habían sido tragados por las aguas, excepto uno. Aquel superviviente fue recogido por mi padre como si fuese un hermano, aunque su piel fuese blanca.

—¡Ah! ¡Mejor hubiera sido que le hubiese partido el cráneo! Había recogido un inmundo reptil, que más tarde debía morderle en el corazón

Yara se interrumpió de nuevo. Abrasadoras lágrimas surcaban sus mejillas y convulsivos sollozos laceraban su pecho.

—¡Sigue, muchacha! —le dijo el Corsario—. ¡Las mujeres de tu raza son fuertes!

—Es cierto, señor; pero ciertos recuerdos despedazan el corazón. El Duque fue recibido, como os digo, igual que un hermano. Mi padre que nunca había visto hombres con la piel blanca, creyó a aquel náufrago un ser superior, una especie de divinidad del mar; tanto más, cuanto que nuestros agoreros habían predicado que un día de los lejanos países en donde sale el sol vendrían hombre queridos del Gran Espíritu. ¡Ah! ¡La triste profecía debía cumplirse demasiado pronto; pero aquellos hombres, aunque protegidos por el Gran Espíritu, eran hijos del reino de las tinieblas y creados por el genio del mal! El hombre blanco arrojado por el mar a nuestras playas tuvo favores y honores, y fue el amigo de mi padre, de los agoreros y de los guerreros más célebres de mi país, ganando de tal modo su confianza, que les arrancó el secreto del oro.

—¿Tu país era rico en oro? —interrogó el Corsario.

—Sí; tenía riquísimas minas, explotadas desde siglos por nuestros esclavos para pagar el tributo anual al rey de Darién. Tesoros inmensos habían sido acumulados en cierta caverna oculta entre las montañas, y cuya situación tan sólo los caciques conocían. Un día mi padre, que no desconfiaba del hombre blanco, le condujo a aquella caverna, y le enseñó las fabulosas riquezas; y aquel infame, olvidando los favores recibidos, desde aquel día sólo ansió hacer traición a nuestro pueblo para apoderarse de aquellas riquezas. Se fingió enfermo, y manifestó el deseo de volver por algún tiempo a su país. Había dicho a mi padre que hubiera muerto, si, al menos por algún tiempo, no volvía a ver a los de su raza.

Sus palabras fueron creídas, y una mañana partió en una de nuestras canoas acompañado de cuatro indios, y prometiendo volver pronto. Cumplió su promesa: dos meses después una gran casa flotante arribaba a nuestras playas y de ella bajaba el hombre blanco en unión de algunos marineros cargados de barriles—. Toma —le dijo a mi padre señalándole los barriles—; éste es el regalo que hago a tu pueblo. Hizo desfondar aquellos recipientes, y, reunida la tribu, ofreció de beber a todos. No era vino lo que había llevado, sino agua de fuego (aguardiente). Nuestros súbditos nunca habían probado semejante licor antes de la llegada de los españoles. Como puedes imaginar, señor, se precipitaron sobre aquellos recipientes, que contenían al embriaguez. El agua de fuego no se agotaba. De la casa flotante seguían llevándola con prodigalidad loca, y el pueblo, ignorante de la horrible traición, bebía, bebía sin cesar.

"Sólo mi padre y mis hermanos, recelosos, no habían querido beber, a pesar de las reiteradas instancias del hombre blanco. Cuando llegó la noche toda la tribu estaba ebria; guerreros, mujeres y niños danzaban enloquecidos o caían al suelo como fulminados, y el hombre blanco y sus marineros, reían, mientras mi padre lloraba.

"De pronto oímos hacia el mar dos detonaciones tremendas; eran los cañones de la nave, que tronaban.

"Hombres, mujeres y niños caían como si fuesen bestias feroces. ¡Ah!… ¡Noche horrenda! ¡Si mil años viviese, siempre la recordaría, señor!

—¡Miserable! —exclamó el Corsario, pálido de ira—. ¡Continúa, Yara!

—Mi padre se había atrincherado entre las cabañas de su propiedad, en unión de mis hermanos y de algunos guerreros que no se habían dejado vencer por el agua de fuego de los hombres blancos. Aquellos escasos héroes habían tratado de oponer resistencia al enemigo defendiéndose con el furor que presta la desesperación.

"A las intimaciones que el Duque les hacía que se entregasen, ellos contestaban con nubes de flechas y lanzazos.

"De pronto nuestras cabañas comenzaron a arder: cayeron las vigas y las paredes entre torbellinos de humo; pero mi padre y mis hermanos luchaban todavía con extremo furor. Recuerdo haber oído a mi padre gritar:

—¡Adelante mis guerreros! ¡Matemos al traidor!

"Luego no vi ni oí ya nada. El humo me había hecho caer al suelo casi asfixiada.

"Cuando recobré el sentido, del pueblo no quedaban en pie ni una cabaña, y de todos sus habitantes yo era la única superviviente. Mi padre y mis hermanos habían perecido entre las llamas, a la vista del infame Duque. Sin embargo, más tarde supe que el traidor no había recibido el fruto de aquella horrenda matanza, porque algunos guerreros de una tribu vecina, enterados de sus intenciones, habían tenido tiempo para desviar un río e inundar la caverna del tesoro.

—¿Y quién te salvó? —preguntó el Corsario Negro.

—Un soldado español. Compadecido de mi juventud, se había lanzado entre las llamas, y me salvó de una muerte cierta. Me llevaron como esclava a Veracruz; luego, a Maracaibo, y, por fin, fui donada a D. Pablo de Ribeira. El Duque se había dado cuenta del odio a muerte que yo le profesaba, y, temiendo que acaso algún día me vengara, se apresuró a alejarme. Pero el odio no se extinguió de mi pecho —prosiguió la joven con acento salvaje—.

—¡Vivo para vengar a mi padre, a mis hermanos y a mi tribu! ¿Comprendes, señor?

—Comprendo, Yara..

—Tú me ayudarás a vengarme; ¿no es cierto?

—¡Mi odio es acaso más implacable que el tuyo! —dijo el Corsario sordamente.

—Yo seré tu esclava, señor, porque mi sangre te pertenece.

—¡Te vengaré. Yara! ¡Mi Rayo lleva rumbo a Veracruz!

—¡Gracias, señor! ¡Jamás habrá tenido nadie mayor devoción por ti!

El Corsario lanzó un suspiro y no contestó.

Capítulo 10. Las costas de Yucatán

El Rayo entretanto, hábilmente piloteado por Morgan, navegaba a toda vela a lo largo de las Costas de Nicaragua, manteniéndose, sin embargo, a gran distancia de los puertos por temor a encontrar alguna fragata o alguna escuadra de la flota de México, que sabía que hacía cruceros por las aguas del mar Caribe.

Había pasado ya las playas de Costa Rica, y a lo largo de San Juan del Norte, puerto que en aquella época tenía cierta importancia.

El viento era favorable, y la corriente del Gula—Stream contribuía a acelerar la marcha de la nave.

Esta corriente, que recorre todas las costas de la América Central, entrando luego a lo largo de las playas de la América del Sur, para volver al Atlántico cerca de las islas Bahamas, conserva siempre una notabilísima velocidad, que varía entre veintidós y cincuenta y seis kilómetros al día. Cerca de la Florida llega a alcanzar, sin embargo, hasta ciento cuarenta cada veinticuatro horas.

No obstante aparecer el mar desierto, Morgan había ordenado colocar vigías en las cofas y crucetas para no dejarse sorprender por alguna poderosa fragata.

Tenían ya la certeza de haber sido señalados en todos los puertos de la costa de Nicaragua después de la audaz empresa de Puerto—Limón.

Por eso había sido recomendada a bordo la más exquisita vigilancia por el Corsario Negro.

Diez días después de zarpar de Puerto—Limón El Rayo había arribado felizmente al cabo Gracias a Dios, punto extremo de Nicaragua.

Avistado el cabo, la veloz nave, después de una rápida aparición en la vasta laguna de Caratasca para ver si había aparecido alguna escuadra filibustera, se lanzó a toda vela en el golfo de Honduras, inmensa ensenada de forma triangular que baña las costas de Yucatán y de Belice por Septentrión, de Guatemala al Oeste y de Honduras al Sur.

En el momento en que la nave, después de haber doblado el cabo Camarón, bogaba hacia la isla Bonaca, el Corsario Negro, ayudado por Yara y Carmaux, subía por primera vez sobre cubierta.

Sus heridas se habían casi cicatrizado ya, gracias a las asiduas asistencias del médico y de Carmaux; pero aún estaba débil, y su palidez era tal que parecía de mármol.

Permaneció algunos minutos agarrado a la borda, sin buscar el apoyo de Yara ni de Carmaux, y se sentó, o por mejor decir, se dejó caer junto a una de las dos piezas de artillería.

Era un espléndido atardecer, uno de esos atardeceres que no se ven más que en las orillas del Mediterráneo o en el golfo de México.

El sol caía entre una inmensa nube de color de fuego que se reflejaba en la tranquila superficie del mar.

La brisa que soplaba de tierra llevaba hasta el puente de la nave el penetrante perfume de los cedros, ya en flor, la cristalina diafanidad de la atmósfera permitía distinguir con nitidez maravillosa las ya lejanas costas de Honduras.

No se veía ni una vela en el horizonte, ni un punto negro que indicara la presencia de cualquier chalupa.

El Rayo, empujado por la brisa, corría veloz sobre el agua, casi tranquila y transparente, grácilmente inclinado hacia estribor, y dejando a popa una blanca estría que se prolongaba indefinidamente: parecía un inmenso halcón rasando la superficie del mar.

—¡Espléndida tarde! —había murmurado el Corsario como si hablara consigo mismo.

Yara había levantado su gentil cabeza, y miraba al Corsario con infinita tristeza.

—Piensas en la flamenca; ¿verdad, señor? —le dijo.

—¡Sí! —repuso suspirando el Corsario— ¡Recuerdo la tarde que me esperó en mi quinta de las Tortugas! ¡Entonces ignoraba que fuese la hija de mi más mortal enemigo!

Calló un momento mirando al sol, que se hundía lentamente en el mar.

—¡Aquella tarde se decidió mi suerte, porque nunca hasta entonces había sentido latir amorosamente mi corazón, ni nunca había creído que una joven pudiera aparecérseme tan bella!

"¡Locuras! ¡Había olvidado la triste profecía de la húngara! Yo no había querido prestar fe a aquellas palabras: "La primera mujer a quien ames, te será fatal" —me había dicho aquella bruja—. ¡Y el fatídico presagio se ha cumplido!

—¿Por qué hablar de aquella flamenca, señor? —dijo Yara—. Ya ha muerto, y se ha reunido en el fondo del mar con las víctimas de su padre.

—¡Muerta! —exclamó el Corsario—. ¡No; no puede haber muerto, porque muchas veces después de aquella noche terrible he visto flotar sobre las aguas los cuerpos de mis hermanos! ¡No; sus almas no se han aplacado aún! ¡Ellos querían el cuerpo de Wan Guld, y no el de la joven!

"¡Y lo tendrán, Yara! Dentro de seis u ocho días encontraremos la escuadra a las órdenes de Grammont, Laurent y Wan Horn, tres de los más famosos filibusteros de las Tortugas.—¿Una poderosa escuadra?

—Sí, Yara.

—¿Y vendrán también a Veracruz?

—Todos, ya que ellos también han jurado vengar la muerte del Corsario Rojo y del Verde.

—¿Te ayudaron en el asalto a Maracaibo, señor?

—No; entonces estaban conmigo el Olonés y Miguel el Vasco.

—¿El famoso Olonés, el terror de los marinos?

—Sí, Yara.

—¿Y por qué no te ha seguido? Su sola presencia valía por cien hombres.

—Ese fiero pirata no ha tenido suerte, niña mía.

—¿Murió acaso?

—Fue devorado por los salvajes de Darién; acaso por tus compatriotas.

—¿Naufragó en aquellas playas?

—Sí; después de una terrible tempestad.

—Si mis compatriotas hubieran sabido el mal que aquel hombre había causado a los españoles, de seguro le hubieran perdonado. Señor, ¿quieres un consejo?

—¡Habla, Yara!

—Vamos a Veracruz antes de que llegue la escuadra de tus amigos. Si el Duque se entera de la llegada de los filibusteros a aquella plaza, se apresurará a huir al interior. Ya sabes que en Gibraltar y en Maracaibo se te escapó antes de que ambas ciudades capitulasen.

—Es cierto, Yara. ¿Conoces Veracruz?

—Sí, señor: sabré guiarte con plena seguridad, y llevarte a un palacio donde podrás sorprender al Duque.

—¿Podrás hacer eso? —exclamó el Corsario.

—Fue dónde vive la marquesa de Bermejo.

—¿Quién es esa marquesa?

—La amiga del Duque –repuso la joven—. Sorprender al flamenco en su palacio, sería imposible estando, como está, rodeado de centinelas día y noche.

—Mientras que en casa de la Marquesa…

—¡Oh! La cosa sería fácil —dijo Yara—. Una noche entré yo hasta el cuarto de ella trepando a un árbol.

—¿Qué querías hacer? —preguntó con asombro el Corsario.

—¡Matar al asesino de mi padre!

—¿Tú? ¡Tan joven!…

—¡Lo hubiera hecho! —dijo Yara con tono resuelto—. Desgraciadamente, aquella noche el Duque no había ido a casa de su amiga.

—¿Y sabrías conducirme hasta allí?

—Sí, señor.

—¡Muerte del Infierno! —exclamó el Corsario—. ¡Iré a buscarle y le mataré!

—Pero no podremos entrar muchos en la ciudad; te descubrirían y ahorcarían como a tus hermanos.

—Iremos pocos y escogidos. Mi nave nos desembarcará en cualquier playa desierta, y luego se reunirá con la escuadra de los filibusteros. Cuando ellos vengan a asaltar la ciudad, tú y yo ya nos habremos vengado del Duque.

—¡Ah, señor! —exclamó Yara sombríamente.

—¡Le mataremos, muchacha!

—¡Esperan el alma del Duque! —Dijo Yara.

—¡Sí; lo mismo que mis hermanos! —añadió el Corsario.

Cogióse la cabeza entre las manos y miró obstinadamente al mar, que ya se oscurecía.

La brisa se tornaba fresca y silbaba dulcemente entre la arboladura de la nave inflando las velas.

—Yara, —dijo al cabo de un rato el Corsario—, ¿no ves nada a lo lejos, en medio de la luz que la Luna proyecta sobre las aguas?

—No, señor —contestó la joven india.

—¿No ves un punto negro atravesar la estría plateada?

Yara se puso en pie y miró atentamente en la dirección indicada por el Corsario; pero nada distinguió.

—Nada veo —dijo la joven al cabo de algunos instantes.

—Sin embargo, yo juraría haber visto una chalupa surcar aquel espacio iluminado.

—¡Es una ilusión tuya, señor!

—¡Acaso! —repuso suspirando el Corsario—. ¡La veo siempre, siempre!

—Yo no puedo creer que la flamenca bogue siempre delante de la proa de tu nave.

—Tampoco yo lo creo. Y, sin embargo, ¡mira! ¡Aún distingo un punto negro surcar la estría luminosa! ¡No es una nave; es una chalupa!

—¿Será acaso el espíritu de la flamenca que vaga por el mar? —preguntó con acento de terror la joven.

El Corsario no contestó. Se había levantado vivamente y, apoyado en la barandilla, seguía mirando al punto de unión del mar y el cielo.

—¡Ha desaparecido! —murmuró al cabo de algunos instantes.

—Ese punto negro que tú veías, ¿no podría ser algún tiburón, señor?

—Sí; un tiburón, o un cetáceo —dijo el Corsario—. También Morgan dice siempre lo mismo; y, sin embargo, estoy convencido de que se trata de otra cosa. ¡En fin, olvidémoslo!

Había comenzado a pasear por el puente, y aspiraba con cierta voluptuosidad el aire fresco de la noche.

Yara seguía sentada y con la cabeza oculta entre las manos.

Al cabo de un rato Morgan se acercó vivamente al Corsario, diciéndole:

—¿No habéis visto nada, capitán?

—No, Morgan.

—Yo he visto algunos puntos luminosos brillar en la línea del horizonte.

—¿Muchos?

—Muchos, señor.

—¿Alguna escuadra?

—Mucho lo temo.

—¿Acaso la de México? ¡Mal encuentro sería en estos momentos!

—Vuestra nave es rápida, señor, y puede desafiar impunemente a las pesadas fragatas españolas.

—¡Veamos! —dijo el Corsario tras una pausa.

Tomó el catalejo que el lugarteniente le tendía y le dirigió hacia el Este, escrutando atentamente el horizonte.

Varios puntos luminosos, dispuestos de dos en dos como los fanales de reglamento de las naves, bogaban sobre las aguas a una distancia de doce a quince millas.

Si el Corsario se hubiera hallado en tierra, hubiera podido creer en luminarias lejanas. En el mar era bien distinto.

—Sí —dijo al fin—; es una escuadra que pasa. Afortunadamente, navegamos con los fanales apagados.

—¿Creéis que sea la escuadra de México?

—Sí, Morgan. Acaso el almirante que la manda haya tenido noticias de nuestra arribada, y nos busca.

—¿Va hacia el Sur, capitán?

—Sí. Cuando lleguen a Puerto—Limón, nosotros nos habremos alejado ya de las costas de Yucatán. Id a buscarme: yo os espero en Veracruz, y entonces no estaremos solos. ¿Verdad, Morgan?

—¡Habrá otros más!

—¡Y yo habré matado al Duque! —añadió el Corsario—. ¡Buenas noches, Morgan, y buena guardia!

Al día siguiente El Rayo, que había llevado continuamente rumbo Norte—Noroeste, daba vista a la isla Bonacca, tierra casi desierta en aquella época.

El Corsario Negro, que raras veces abandonaba la cubierta, lanzó El Rayo hacia el Norte, queriendo huir de las costas de Honduras, que estaban ocupadas por los españoles.

La bahía de la Ascensión no estaba ya muy lejana. En unas cuarenta horas aquella rápida nave podía llegar sin fatigar demasiado a la tripulación; tanto más, cuanto que el viento no tenía tendencias a cambiar y que la corriente del Gula—Stream aumentaba en celeridad.

Varios gavieros habían sido mandados a las crucetas provistos de fuertes catalejos para que señalasen prontamente la aparición de cualquier nave.

Las esperanzas del Corsario no resultaron fallidas. Cuarenta horas después la embarcación filibustera avistaba un pequeño barco que navegaba a cincuenta o sesenta millas de la bahía.

Era un explorador enviado por los capitanes filibusteros. Apenas advirtió la presencia de El Rayo se dirigió rápidamente hacia él haciendo señales de banderas y disparando dos tiros al aire.

—Nos esperaban —dijo el Corsario a Morgan—. Confiemos en que la escuadra sea lo bastante numerosa para poder afrontar a las fragatas del virrey de México.

—Estarán todos —repuso el lugarteniente—. Wan Horn, Grammont y Laurent no son capaces de faltar a su palabra.

—¡Veracruz puede ya considerarse perdida!

—La tomaremos por sorpresa, y luego, cuando nuestros amigos asalten la ciudad, yo los guiaré.

—Es una empresa audaz, capitán.

—Que tendrá éxito feliz —repuso el Corsario.

—Veracruz, sin embargo, debe de estar bien defendida.

—¿Nos dejaréis, capitán?

—Os precederé —repuso el Corsario.

—No cometáis imprudencias. ¡Wan Guld es hombre que no perdona!

—Seré yo quien no le perdone a él, Morgan.

Y mirando atentamente la pequeña nave que se acercaba, dijo:

—Es la María Ana que viene en nuestra busca.

—Lleva los colores de Grammont, Laurent y Wan Horn —añadió Morgan.

—Sí; los tres audaces filibusteros van a su bordo —repuso el Corsario—. Nos hacen el honor de una visita en alta mar.

La María Ana estaba entonces a unos cuatrocientos metros, y se había puesto a través del viento. La tripulación se preparaba a lanzar al agua una ballenera.

—¡Todo el mundo sobre cubierta! —gritó el Corsario.

Los ciento veinte filibusteros que formaban la tripulación de El Rayo se colocaron a lo largo de las bordas en doble fila, mientras Carmaux y Moko, llevaban sobre cubierta botellas y vasos. La ballenera se había destacado de la María Ana y se dirigía hacia El Rayo. La tripulaban doce marineros armados de fusiles, y tres filibusteros que llevaban amplios sombreros adornados con plumas de papagayo.

El Corsario Negro hizo bajar la escala de honor de babor, y bajó hasta la plataforma, diciendo:

—¡Sed bienvenidos a bordo de mi Rayo!

Los tres filibusteros que habían saltado ágilmente sobre la plataforma, tendieron la diestra al Corsario.

—¡Caballero, gran placer tenemos en veros! —dijeron los tres.

—¡Y yo, Grammont! ¡subid, amigos!

Capítulo 11. La escuadra de los filibusteros

Entre los más famosos corsarios de las Tortugas corresponde preferente lugar a aquellos tres audaces filibusteros que se llamaron Grammont, Laurent y Wan Horn, unidos al Corsario Negro para intentar la toma y saqueo de Veracruz, una de las más importantes y ricas ciudades de México.

Wan Horn era brabantino: Grammont, un gentilhombre francés que marchó a América por odio a los españoles, y Laurent de Graff holandés.

El primero había comenzado su carrera como simple marinero; pero pronto se hizo famoso timonel.

Reunió unos centenares de piastras y compró un barquito pequeño, con el cual hizo el corso por su cuenta unido a una banda de desesperados.

En aquella época estalló la guerra entre Francia y Holanda. Atacó tan frecuentemente a las naves de esta última nación, que se hizo muy notable y estimado. Terminada la guerra, no obstante los tratados continuó su corso por las aguas de la Mancha, respetando tan sólo las naves francesas; pero, envalentonado osó atacarlas también, declarándose en guerra con todas las naciones marinas de la Europa septentrional. Un día una nave de guerra francesa enviada en su busca y captura dio con él, y le intimó la rendición sin condiciones.

Wan Horn no se espantó ante la enorme superioridad del adversario. Con increíble audacia pasó a bordo de la nave francesa y se fingió altamente maravillado del proceder del Comandante, jurando solemnemente haber respetado siempre los navíos de pabellón francés, y dando a entender que sus hombres no se hubieran rendido sin combate y que su lugarteniente era hombre capaz de disputar largo tiempo la victoria.

El Comandante, sabiendo con qué canalla, resuelto a todo tenía que entendérselas, y no queriendo comprometer su nave en semejante lucha, dejó a Wan Horn en libertad.

En aquel tiempo las audacísimas empresas de los filibusteros de las Tortugas habían causado mucho ruido en Europa entera.

El bramantino, comprendiendo que corrían malos vientos por la Mancha, por el mar del Norte y el de Vizcaya (Cantábrico), atravesó el Atlántico, y se dirigió a Puerto Rico, con la idea fija de costear en perjuicio de los españoles.

Ardía entonces la guerra entre España y Francia. Wan Horn, ya muy conocido en América por sus anteriores hazañas, entró en San Juan al son de trompas y tambores, y ofreció sus servicios al gobernador de la isla.

Es de notar la audacia del filibustero; pero más aún la buena fe de los españoles.

Wan Horn fue en seguida aceptado y encargado de dar escolta a los galeones cargados de oro que debían hacer la travesía del Atlántico.

Era la ocasión esperada por el corsario. En la primera tormenta se lanzó sobre dos de los más cargados, que habían sido separados del grueso de la escuadra, los saqueó y huyó triunfante a las Tortugas poniéndose bajo la protección de jos hermanos de la Costa.

Grammont era, como queda dicho, un gentilhombre francés que ya había servido como capitán en la escuadra de Luis XIV.

No habiendo por entonces guerras en Europa, atravesó también el Atlántico, y habiendo perdido su barco armado en corso, del que tenía el mando por real patente, se unió a los filibusteros de las Tortugas, y con setecientos hombres fue al asalto de Maracaibo y de Torrijos, perdiendo mucha gente con poco fruto.

Un año después bombardeó a Puerto Cabello, entró en la ciudad y se retiró a bordo de sus naves con ciento cincuenta prisioneros, entre ellos el gobernador, y llevándose grandes tesoros.

Desgraciadamente, un huracán sorprendió a su escuadra en la bahía de Goave, echó a pique gran parte de sus naves, y de este modo perdió el fruto de la ardua empresa.

Laurent, a su vez, estuvo primero al servicio de España luchando tenazmente contra los filibusteros, a quienes capturó multitud de naves.

Vencido finalmente por sus enemigos y reducido a decidirse entre la muerte y la vida, con la condición en este caso de unirse a sus vencedores, como hombre práctico, había aceptado de buen grado la oferta, convirtiéndose al poco tiempo en el terror de sus antiguos protectores.

Entre las maravillosas empresas intentadas por él en perjuicio de los españoles, citaré la siguiente: Encontrándose una mañana de improviso entre dos poderosas fragatas españolas, en vez de rendirse, intentó audazmente la batalla. Colocó a un hombre en la santabárbara con encargo de volar la nave a la primera señal, y empeñó audazmente el combate. Sus mosqueteros derribaron a cuantos españoles aparecían en el puente de las fragatas; luego, con una bien dirigida andanada, tronchó el palo mayor de la nave almirante, y huyó después, sin ser molestado, a las Tortugas.

Éstos eran los hombres que en 1683 se habían puesto de acuerdo con el Corsario Negro para intentar la más arriesgada empresa hasta entonces ideada por los filibusteros de las islas Tortugas; esto es, la expugnación y saqueo de la plaza fuerte de Veracruz.

Los tres filibusteros subieron a cubierta, precedidos por el Corsario Negro y seguidos por Morgan y el contramaestre.

Eran tres tipos muy distintos, de puras razas diversas.

Vaciaron algunos vasos de exquisito vino español que Carmaux había llenado, y Grammont, que era el más locuaz, dijo:

— Ahora, caballero, nos diréis qué habéis hecho en Puerto—Limón. Estábamos muy inquietos no viéndoos llegar a la bahía.

—He tenido que sostener el ataque de dos fragatas, y por poco nos quedamos bloqueados en el puerto —contestó el Corsario—. Como veis, sin embargo, mi Rayo salió del peligro casi sin ningún daño.

— No me hubiera consolado nunca si hubiese visto vuestra bella nave desmantelada. ¿Y Wan Guld?

—Está en Veracruz, amigos.

—¿Estáis seguro?

—No tengo duda alguna. —Entonces, os vengaremos —dijeron Laurent y Wan Horn. —¡Gracias, amigos! ¿Es fuerte vuestra escuadra?

—Cuenta con quince naves y mil doscientos hombres de tripulación.

Una arruga surcó la frente del Corsario.

—No seremos demasiados —dijo—; sé que en Veracruz hay más de tres mil soldados, y, según se dice, aguerridos.

—Y que de las ciudades del interior pueden acudir otros quince o diez y seis mil hombres —añadió Morgan, que estaba presente—. Lo he sabido por un negro de Veracruz.

—Se trata de sorprender la plaza. Desembarcaremos a pocas millas del puerto, y nos acercaremos atravesando los bosques.

—Yo estaré allí para llevaros a la victoria.

—¿Qué queréis decir? —preguntó Grammont.

—Que yo os precederé y os esperaré dentro de la plaza.

—¿Os haréis prender?

—Al contrario; seré yo quien perderé a alguien:

—¿Al duque?

—Sí, señor de Grammont. El Rayo, que es más veloz que vuestros barcos, me llevará hasta la costa. Nos encontraremos en Veracruz.

—¿Iréis solo? —preguntaron los tres filibusteros.

—Con poquísimos hombres de confianza y de valor a toda prueba.

—¡Con tres huracanes! —dijo Wan Horn—. Conozco el vayor de Carmaux, de Moko y de Van Stiller.

—Precisamente con ésos —repuso sonriendo el Corsario.

—Pero tened en cuenta que…

—Pederéis inútilmente el tiempo, señor de Grammont. Estoy resuelto, y no me detendrá ningún consejo.—Os deseo buena suerte.

—También nosotros os la deseamos dijo Wan Horn—. ¡Dios os aparte de los malos encuentros!

—¡Gracias, amigos! Volveremos a vernos en Veracruz.

Estrecharon por última vez la mano del Corsario, descendieron a su ballenera, y tomaron rápidamente rumbo hacia alta mar.

Casi al mismo tiempo El Rayo se ponía al viento y reanudaba su carrera hacia el Norte.

El Corsario había permanecido apoyado en la borda de babor, y miraba la ballenera, ya casi al costado de la María Ana. Parecía tan pensativo y preocupado, que no había notado la presencia de Yara.

—¿En qué piensa mi señor? —preguntó tímidamente la joven india.

Al oír aquella voz el Corsario se estremeció, y tomando a la joven por un brazo e indicándole la ballenera, le dijo:

—Ésos son los vengadores de tu padre.

—¿Irán también a Veracruz, señor?

—Sí, Yara; y esos hombres son capaces de exterminar a todos los habitantes de Veracruz. ¿No ves aquellos mástiles y entenas?

—Sí, señor.

—Es la escuadra de los filibusteros de las Tortugas.

— ¿Muy poderosa?

—Y muy temida, Yara.

En aquel momento el pálido rostro del Corsario había tomado tal expresión de ira, que Yara casi se espantó.

—Yo no había sentido nunca odio; pero ahora que me has contado tu historia, siento que me invade un terrible deseo de destruir sus ciudades y dispersar a sus habitantes.

— Entonces, ¿continuaréis el corso después de haber vengado a vuestros hermanos? —le preguntó bruscamente Morgan, que se había acercado.

—¡Quizás! —contestó el Corsario. Y, tras un breve silencio, repuso—:

Después de vengado, tengo otra misión que cumplir, y no abandonaré las aguas del gran golfo sin haberla llevado a término. ¿Quién me asegura que ella ha muerto?

—Aunque la flamenca viviese, todo habría terminado entre ella y vos —dijo Morgan—. ¡Entre vosotros estaría el cadáver de su padre!

—¡Y el de vuestros hermanos! —dijo Yara con un sollozo.

El Corsario miró a la joven india, que se había plegado sobre sí misma como si tratara de ocultar el rostro.

—¿Lloras, Yara? —le dijo con voz dulce—. ¿No te gusta que hable de la duquesa flamenca?

—¡No, mi señor! —repuso la joven.

El Corsario se inclinó hacia ella y le dijo con triste acento:

—¡No se puede amar al Corsario Negro, muchacha!

Y se alejó lentamente, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja, desapareciendo en el cuadro de popa.

Al día siguiente El Rayo, después de haber bordeado las playas orientales de Yucatán y de haber cruzado felizmente las islas de Cozumel llegaba al cabo Catoche.

Siendo grandes las probabilidades que tenían de encontrar naves españolas en aquellos parajes, a causa de la vecina isla de Cuba, El Rayo se mantuvo en el centro del canal de Yucatán, para poder mejor dirigirse a alta mar en caso de peligro.

Ya el Corsario Negro y Morgan creían poder llegar sin ser vistos a las playas de México, cuando al cuarto día después del paso del estrecho, a la altura de la amplia Laguna de Términos, advirtieron la presencia de una vela.

—Es una nave que, probablemente, viene de Cuba —había dicho Morgan al Corsario.

—¿No será algún barco encargado de vigilar nuestros movimientos? —repuso el señor de Ventimiglia pensativo.

—¿Qué puede haceros suponer eso, capitán?

—Hace dos noches, poco después del ocaso, he percibido una nave que seguía exactamente nuestra ruta.

—¿Habremos sido descubiertos ya?

—Ya sabéis que los españoles siempre están en guardia para evitar sorpresas.

—Es cierto, capitán. Tienen veloces naves encargadas de vigilar la costa y advertir a las ciudades marítimas los peligros que las amenazan.

—¿Queréis que probemos a ver si realmente nos siguen?

—¿Cambiando de ruta?

—Sí; remontando al Norte.

—Dentro de dos horas será de noche, y haremos ruta falsa, Morgan. Entretanto, tratemos de espiar los movimientos de ese barco: acaso podamos saber con quién tenemos que habérnoslas.

Dejaron la cubierta, y se izaron hasta la cofa del palo mayor para abarcar mayor horizonte.

El Corsario asestó su anteojo, y observó con extrema atención la vela señalada.

—Señor Morgan —dijo tras de algunos instantes—, muy lejos estamos de esos espías; pero estoy cierto de no engañarme.

—¿Qué queréis decir, señor?

—Que la nave que nos sigue puede crearnos graves inconvenientes.

—¿Es grande, pues?

—Acaso una fragata.

Señor, tengo una sospecha.

—¿Cuál?

—Que sea una de las dos fragatas que trataron de bloquearnos en Puerto—Limón.

—Para habernos seguido, tenía que ser un velero de primer orden, porque muy pocas naves pueden luchar con nuestro Rayo.

Bajaron a cubierta, y dieron orden al piloto de virar de rumbo poniendo la proa al Norte, como para hacer creer que se dirigían hacia la Luisiana.

El Rayo viró de bordo y, empujado por un viento favorable, se alejó velozmente, volviendo la popa a la costa de Yucatán.

El Corsario y Morgan se habían colocado de vigías en cubierta, y mandaron a las crucetas del trinquete y del mayor algunos hombres provistos de catalejos.

La vela señalada, contrariando todas las previsiones, había continuado su curso hacia el golfo de Campeche. Aunque no había que fiarse de ello, podía ocurrir que el comandante español no hubiese creído oportuno virar súbitamente de bordo para no aumentar las sospechas de los filibusteros, pero pensando reanudar más adelante la caza.

La noche, cerrada hacía ya algún tiempo, puso fin a las investigaciones del Corsario y de Morgan; pero ni uno ni otro abandonaron la cubierta.

Ya había sonado la media noche, cuando entre la profunda oscuridad que sobre el mar reinaba apareció un punto luminoso que se destacaba en la línea del horizonte.

—Nos siguen, en efecto —había dicho Morgan al Corsario Negro, el cual, inclinado sobre la borda de popa, escrutaba atentamente el horizonte.

—Sí —dijo éste—. Ya no hay ninguna duda: estamos espiados, y acaso nos siguen.

—¡Esto es grave, capitán! Alguna nave amenaza comprometer nuestra expedición. ¿Qué hacer, señor?

El Corsario Negro guardó silencio. Apoyado en la borda, continuaba mirando el fanal, que seguía exactamente la ruta de El Rayo.

—¿No es así, señor? —preguntó Morgan.

—Pensaba, lugarteniente, en el modo de asaltar esa nave.

—Pudiera ser una de las fragatas de Puerto—Limón, señor.

—¿Acaso no tenemos balas bastantes para echar a pique un navío de línea? —preguntó el Corsario.

—¿Y si huyese? Pensad, señor, que si logra tocar las costas de México, deberemos renunciar a nuestra empresa.

—Mi nave es demasiado rápida para dejar escapar a un velero español, y somos lo bastante resueltos para no dejarnos echar a pique, señor Morgan, haced botar al mar las seis chalupas balleneras, y elegid ochenta de entre los más valientes de nuestra tripulación.

—¿Queréis asaltar la fragata con las chalupas? —preguntó Morgan estupefacto.

—Sí; pero cuando hayamos desarbolado aquella nave. ¡Daos prisa, Morgan! Debemos aprovechar la noche, para sorprender a los españoles y cogerlos entre dos fuegos. Vosotros, con las balleneras; yo con El Rayo.

—¿Y vuestras órdenes?

—Os las daré en el último momento. ¡Marchad!

Pocos minutos después El Rayo se ponía al pairo, mientras las seis balleneras eran botadas al agua. Ochenta hombres, elegidos por Morgan de entre los más valientes, se apresuraron a tomar puesto en ellas, llevando consigo fusiles, sables de abordaje y pistolas.

Cuando todos hubieron embarcado, Morgan se acercó a él.

—Espero vuestras órdenes, señor.

El Corsario Negro se volvió lentamente, y señalándole el punto luminoso, dijo:

—¿Lo véis?

—Sí, señor.

—Viene hacia nosotros.

—Es cierto, capitán.

—Yo me quedo aquí, e iluminaré la nave; vos iréis hacia ella, manteniéndoos oculto. Cuando veáis a esa nave empeñada en lucha conmigo, os acercáis con las chalupas y os lanzáis a un abordaje fulminante.

—¡Empresa audacísima!

—Pero de resultado seguro, Morgan —repuso el Corsario.

—Confiad en mí, capitán. —¡Marchad, y que Dios os asista!

—¡Gracias, señor!

Apenas había transcurrido un minuto, cuando ya las seis balleneras se alejaban a fuerza de remos y desaparecían en las tinieblas.

El Corsario iba a subir al puente, cuando vio delante de sí una sombra.

—Yara —dijo, ¿qué haces aquí?

—¿Qué ocurre, señor?

—Ya lo ves; que nos siguen.

—¿Los españoles?

— Sí, Yara.

— ¿Y vos?

—Me preparo para defenderme. Vuelve a tu camarote, Yara, que aquí reina la muerte.

—¿Y tú, mi señor?

—¡La muerte tiene miedo de mí! —dijo—. ¡Vete!

—¡Temo por ti, señor!

—¡También la flamenca temió por mí, y, sin embargo, volví vivo a bordo de mi nave para abandonarla en el mar Caribe! ¡Pero no es ésta la hora de sentir remordimientos, sino la de batirse! ¡Hombres del mar! —gritó—. ¡Encended los fanales, y preparaos a aniquilar a la nave que nos sigue!

La noche, que era obscurísima, permitía distinguir un punto luminoso que brillaba sobre la tenebrosa superficie del mar.

El viento había amainado y silbaba débilmente con ciertos extraños gemidos entre los mil cordajes del aparejo.

Los cuarenta hombres que quedaban a bordo de la nave corsaria habían ocupado sus puestos de combate.

El Corsario Negro, en pie sobre cubierta, se destacaba extrañamente a la luz de los dos fanales de la popa.

Vestido todo de negro, con aquella larga pluma negra que descendía por detrás de su amplio fieltro, tenía un aspecto pavoroso.

Guardaba una inmovilidad absoluta; pero no apartaba los ojos del punto luminoso, que seguía acercándose.

—Carmaux —preguntó el Corsario Negro volviéndose a su fiel marinero, que en unión de Van Stiller se había colocado a su lado— ¿ves las chalupas?

—Sí, capitán —contestó el interpelado—. Navegan hacia aquel punto luminoso; pero dentro de algunos instantes ya no serán visibles.

—¿A qué distancia crees que está la nave que nos da caza?

—A mil doscientos metros, señor.

—Dejémosla acercarse más: así tendremos mayor seguridad en el tiro.

Se irguió y volviéndose hacia los artilleros de cubierta, les gritó:

—¡Quinientas piastras para quien eche abajo un palo de la española!

—¡Mil ballenas! —masculló Carmaux—. ¡Lástima no haber nacido artillero! ¡Hay para beberse veinte barriles de vino de España!

—¡Hombres del mar! tronó el Corsario—. ¡Listos para tomar el viento! ¡Vamos al asalto!

El Rayo, que hasta entonces había permanecido casi inmóvil, viró casi en redonda, y se adelantó al encuentro de la nave adversaria corriendo bordada, por tener viento contrario.

El Corsario Negro llevaba el timón y miraba a la nave enemiga, que se acercaba con cierta precaución, pues ya había visto los fanales de El Rayo.

La distancia se acortaba rápidamente. A la una la nave española se encontraba a trescientos pasos, y maniobraba con intento de pasar a estribor de la nave filibustera.

De pronto resonó una voz, conducida en alas del viento, que soplaba del Sur:

—¿Quién vive?

—¡Que nadie conteste! —ordenó el Corsario Negro.

Y tomando el portavoz, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡España!

—¡Deteneos!

—¿Quién sois?

—¡Fragata española!

—¡Acerca! … —gritó el Corsario.

Los artilleros de las piezas de cubierta se volvieron hacia él, interrogándole con la mirada.

—¡Esperemos! —repuso éste.

Miró a las aguas; pero la oscuridad era tal, que no permitía distinguir a las seis balleneras.

—¡Podemos empezar! —murmuró—. En el momento oportuno, Morgan hará su aparición. ¡Ohé!… ¡Fuego!…

Sucedió un breve silencio, tan sólo interrumpido por el silbar de la brisa nocturna y el murmullo de las aguas contra la proa, y dos relámpagos iluminaron bruscamente la cubierta de El Rayo, seguidos de dos formidables detonaciones.

Un clamor ensordecedor se alzó a bordo de la nave enemiga ante aquel inesperado saludo.

—¡Traición!… ¡traición! —gritaban los españoles.

El Corsario Negro se había doblado sobre la borda, esperando poder distinguir lo que sucedía a bordo de la fragata; pero la oscuridad era demasiado densa para permitírselo.

— Veremos más tarde si nuestras balas han causado daños— murmuró.

Volvió a empuñar el timón, gritando:

— ¡A la caza!

El Rayo había virado de bordo, y presentaba la proa a la nave enemiga.

Apenas había reanudado su carrera, cuando la fragata disparó con horrendo estrépito. Algunas balas arrancaron parte de la borda de popa, mientras que otras pasaban silbando roncamente sobre la toldilla, horadando las velas. Alguna se empotró en el casco; por fortuna, sobre la línea de flotación.

—¡Qué música! —exclamó Carmaux, que por poco no es despedazado por aquella lluvia de proyectiles—. ¡La española va a darnos qué hacer!

En aquel momento se oyó al Corsario lanzar un grito de cólera: —¡Trata de huir!

—¡Mil ballenas! —exclamó Carmaux—. ¡Si logra evitar el abordaje, estamos fritos!

—¡Tanto más cuanto que tenemos las balleneras en el agua! —dijo Van Stiller—. Tendremos que esperarlas, y la española aprovechará esa circunstancia para ganar tiempo y camino.

La fragata, después de aquella primera andanada, en vez de esperar a El Rayo, había virado de bordo, poniendo la proa a la costa de Campeche. Rehuía el combate y trataba de refugiarse en algún puerto de México, para advertir a las guarniciones de las ciudades costeras la presencia de un barco de corso y ponerlas en guardia.

Ya su destino estaba logrado reconociendo al misterioso velero que desde hacía tantos días navegaba en torno de las playas de Yucatán.

—¡Es necesario impedir que huya, o debemos renunciar a la empresa de Veracruz! —había dicho el Corsario.

Y gritando, añadió:

—¡Listos a la maniobra! ¡Le cortaremos el paso!

Con dos bordadas El Rayo orientó hacia el Oeste, y quedó entre la fragata y la costa americana.

Aquella maniobra fue ejecutada con tal pericia y rapidez, que cuando la nave española trató de volver al viento vio aparecer ante sí la proa de El Rayo.

—¡Alto ahí! ¡De aquí no se pasa! —gritó Carmaux.

Viendo cortado el paso, la fragata se había detenido indecisa, hasta que de repente se cubrió de humo y de llamas. Los españoles, comprendiendo que no podían luchar en celeridad con la nave filibustera, habían aceptado resueltamente la lucha, con la esperanza de ganar la victoria o de forzar el paso.

El Corsario Negro no se había desanimado por eso. Contaba mucho con la habilidad de sus marineros, artilleros y fusileros, por nadie superados y sobre todo con las balleneras mandadas por Morgan.

—¡Fuego a voluntad! —había gritado—. ¡Abordemos la española!

Las dos naves disparaban con igual vigor, alternando descargas de metralla y granadas. Las granadas estallaban en gran número, especialmente en el castillo de proa, y algunas, llegando hasta las baterías, causaban bajas en los artilleros.

Sin embargo, El Rayo no retrocedía, sino que continuaba la lucha, dando bordadas.

La voz del Corsario Negro sonaba sin descanso, dominando a veces el estruendo de la artillería y el tiroteo de los mosquetes.

—¡Teneos firmes! ¡Fuego! ¡Al puente! ¡Apuntad a la arboladura!

Sus hombres, no obstante las mortíferas descargas de metralla y la incesante lluvia de granadas, no perdían valor. Sus balas herían siempre, haciendo especial estrago en los hombres encargados del servicio de las piezas de cubierta.

La batalla duraba ya un cuarto de hora, con grandes perjuicios por ambas partes, cuando se oyó a lo lejos un clamoreo inmenso.

—¡Adelante, hombres del mar! —había gritado una voz.

El Corsario Negro había dado un salto hacia adelante, exclamando:

—¡Morgan!

Abandonó el timón a Carmaux y se lanzó hacia la borda.

—¡Valor, hombres de mar! —gritó—. ¡Nuestros compañeros abordan a la española!

En aquel momento se oyeron gritos terribles a bordo de la nave enemiga, mientras la mosquetería ensordecía los aires con sus disparos.

—¡Fuego de bordada! —gritó el Corsario—. Y adelante para el abordaje!

Capítulo 12. Un terrible abordaje

Apenas las seis balleneras mandadas por Morgan se separaron de El Rayo, se dirigieron lentamente hacia la nave española.

La profunda oscuridad que reinaba favorecía aquella audaz maniobra.

Para no correr el peligro de ser echados a pique, después de haber recorrido una milla, Morgan había dado la señal de detenerse.

La nave española sólo distaba siete u ochocientos metros, trecho cortísimo para aquellas rápidas balleneras, que podían cruzarlo en pocos minutos. Estando el mar en completa calma, Morgan podía oír distintamente las órdenes que se daban a bordo de la nave enemiga.

Una falsa alarma hubiera podido tener incalculables consecuencias para aquellas frágiles navecillas privadas de toda defensa.

Después de su inútil tentativa de fuga, como ya queda relatado, la fragata había aceptado resueltamente el combate.

Los filibusteros asistieron así al primer duelo de artillería más ruidoso que perjudicial (ya que las dos adversarios no podían distinguirse claramente) con la ansiedad natural de aquellos hombres, ya avezados a la sangre y al fragor de los combates.

Si no hubiera estado allí Morgan, que sabía contener el ardor de aquellos endemoniados, hubieran hecho fuerza de remos y se hubieran lanzado contra la fragata.

—¿Vamos, señor Morgan? —se oía preguntar en todas las balleneras—. ¡Ya no podemos contenernos más!

—¡Todavía no! —contestaba con voz tranquila el futuro conquistador de Panamá.

Cuando Morgan vio que la fragata estaba por completo envuelta por el humo, dio la señal de avanzar con la mayor velocidad posible y orden de no disparar sin que él lo mandase.

Era el momento oportuno para intentar el abordaje.

—¡Adelante! —repetía Morgan, que piloteaba la primera ballenera.

Los españoles, ocupados en responder a las incesantes andanadas de El Rayo, no se habían dado cuenta del gravísimo peligro que los amenazaba tanto más, cuanto que volvían la espalda a la flotilla.

El Rayo avanzaba en aquel momento para intentar abordarla; así que todos los españoles se habían reunido a estribor para rechazar el ataque.

Al llegar Morgan bajo la nave, se había puesto en pie con la espada en alto. Con la mano izquierda se agarró a un cable, y de un brinco se colocó en el reborde de la línea de flotación.

Los catorce hombres de su ballenera le habían seguido trepando como monos.

Ya iban a saltar sobre cubierta, cuando un gaviero de la fragata, que descendía de las crucetas, gritó:

—¡A las armas! ¡Nos abordan!

—¡Mis filibusteros! —gritó Morgan—. ¡Fuego los de esas dos chalupas!

Una descarga terrible cayó sobre los españoles, derribando a más de la mitad.

—¡Los filibusteros! ¡Los filibusteros! —se oía gritar.

El comandante de la fragata vio el peligro que corría, y sin perder su presencia de ánimo hizo girar sobre las cureñas los dos cañones de cubierta, ya cargados y que estaban para enfilar el puente de El Rayo, y gritó:

—¡Fuego a babor!

Un huracán de hierro y plomo destrozó la borda, arrancando jarcias y trozos de maniobra y destrozando dos botes que colgaban de sus grúas. Algunos filibusteros que ya estaban a caballo sobre la banda cayeron al mar, muertos o heridos; pero los otros, sin detenerse, escalaron la borda y saltaron al puente vociferando espantosamente.

Morgan, milagrosamente salvado de la metralla, estaba a su frente. Con la diestra empuñaba su espada, y con la siniestra, la pistola.

—¡A mí, hombres del mar! —gritaba.

Al oír los españoles los gritos de sus oficiales, se reunieron sobre cubierta y junto al castillo de popa para hacer frente al enemigo; pero su posición era peligrosísima, porque El Rayo avanzó para abordarlos por el lado opuesto.

Una lucha desesperada se trabó entre los filibusteros de Morgan y los españoles, mientras los cañones de ambas naves con creciente furor descargaban nubes de metralla y plomo. Los golpes de El Rayo ya no iban dirigidos sobre cubierta, para no herir a los hombres de Morgan; las balas caían en la carena y en los mástiles, rompiendo las entenas.

—¡Adelante! —gritó Morgan, siempre en primera fila.

El choque fue por demás sangriento. De ambas partes cayeron muchos hombres muertos o heridos.

De las escotillas del entrepuente salieron nuevos refuerzos. Los artilleros habían abandonado sus piezas, ya casi inútiles, y corrían para rechazar a los filibusteros de Morgan y el inminente abordaje de El Rayo…

Solamente las piezas de cubierta sonaban sin interrupción barriendo la cubierta de la nave filibustera.

Entre el palo mayor y el trinquete se combatía con furor.

La sangre corría a torrentes, formando junto a las bordas canalillos que por los agujeros desaguaban en el mar, los gemidos de los heridos, los disparos de mosquetes y de pistolas, los ¡hurras! de los filibusteros y los gritos de ¡viva España! de los españoles junto con el atronador estrépito de los cañones, formaban un ensordecedor y horrible estruendo.

Todos los hombres de las chalupas estaban ya en la toldilla de la fragata. Mientras los más valientes trataban de contener a los españoles disputándoles ferozmente el terreno palmo a palmo.

La lucha era, sin embargo, desigual. No obstante el valor desesperado de Morgan y de sus hombres, se vieron obligados a retroceder ante

el número, siempre creciente, de sus enemigos.

Un momento de retraso, y estaban perdidos. El Corsario Negro llegó en su socorro.

Hizo descargar sus cañones de cubierta sobre el castillo de proa y el casco de la fragata, y lanzó al Rayo al abordaje.

La filibustería, hábilmente guiada, empotró su bauprés en las jarcias del trinquete de la española, y, empujado por el viento, arremetió a la nave enemiga con sordo choque.

El Corsario Negro, abandonando la rueda del timón, saltó sobre cubierta espada en mano y gritó con voz de trueno:

—¡A mí, hombres de mar!

Los filibusteros le siguieron corriendo, prontos a dejarse matar por su capitán.

La terrible espada del Corsario Negro abrió sangriento surco en la masa de sus adversarios.

—¡Valor, valientes! —gritaba. ¡A mí, Morgan!

El terror que en aquella época inspiraban los corsarios de las islas Tortugas, reputados como hijos del Infierno y, por tanto, como hombres invencibles, era tal, que con frecuencia los enemigos se dejaban matar sin resistencia, creyendo inútil toda tentativa de lucha. Sin embargo, aún no se hablaba de rendirse. Por eso, aunque divididos por los filibusteros guiados por el Corsario Negro, oponían gran resistencia, concentrándose en el centro y en el castillo de proa para intentar el último esfuerzo.

Una segunda y más encarnizada lucha comenzó en el puente de la fragata.

A las intimaciones de rendición, los españoles contestaban con descargas de arcabuces; pero todos comprendían que la última hora iba a sonar vara el estandarte de España, que aún ondeaba glorioso sobre el coronamiento de popa.

Ya gran parte de los oficiales de la fragata habían caído bajo el infalible tiro de los hombres de Morgan, y hasta el comandante, después de heroica resistencia, estaba medio muerto al pie del palo de mesana, herido por la espada terrible del Corsario.

—¡Un esfuerzo aún! —gritaban por todas partes.

El Corsario Negro atacó a bordo a los españoles, decidido a arriar el estandarte de España.

El Corsario cortó el asta con un golpe de espada, y el estandarte de España cayó al mar, desapareciendo en las aguas del golfo de México.

—¡Se acabó! —dijo Morgan acercándose al Corsario Negro, que miraba con ojos de sombría tristeza los cadáveres que cubrían la toldilla de la fragata.

—¡Sí; pero cuánta sangre! murmuró dando un suspiro—. ¡Es terrible tener que matar hombres a quienes no se odia!

El Corsario inclinó la cabeza en silencio, y al cabo de algunos instantes, dijo:

—Sin embargo, todavía no hemos acabado.

—Una cuarentena de los nuestros han muerto, y quince están en la enfermería.

—Afortunadamente, encontraremos otros tantos sin tener que volver a las Tortugas.

—Ya sabéis que todos los filibusteros están deseando embarcarse en vuestro Rayo, y que aspiran a combatir bajo vuestras órdenes.

—Tratemos de evitar un nuevo derramamiento de sangre.

—¿Vuestras condiciones, señor?

—La vida a todos, y sin rescate.

—Perderéis, de seguro, veinte mil piastras.

El Corsario Negro se encogió de hombros y dijo:

—¡Dejad las piastras, y marchad a tratar la rendición!

Los filibusteros habían ocupado todas las salidas del cuadro y de la cámara de proa, a fin de impedir a los españoles hacer irrupción en la toldilla.

Éstos por su parte, habían tomado precauciones para evitar una sorpresa de los vencedores. Como el Corsario había previsto, presentaron algunos cañones hacia la extremidad de las escotillas y levantaron rápidamente una trinchera con sacos de serrín, barriles de balas, lastre de plomo, colchones y piezas de recambio.

Eran todavía unos ochenta, y, a pesar de la retirada, no habían abandonado las armas

Desgraciadamente, no habían pensado que sobre ellos se abría la escotilla mayor, desde la cual los filibusteros podían abrir un fuego infernal, y sobre aquella escotilla el Corsario Negro y Morgan tenían ya sus planes. El lugarteniente se guardó muy bien por el momento de parlamentar por aquella abertura. Bajó al cuadro, pero llegado al entrepuente, fue detenido por cuatro soldados, de guardia en la barricada, que le apuntaron con sus arcabuces.

—¡Abajo las armas! —gritó Morgan cruzando los brazos sobre el pecho—. No vengo como enemigo, sino como parlamentario.

—¿Qué queréis? —preguntó un soldado.

—Hablar con vuestro capitán.

Un teniente de navío que se ocultaba detrás de la barricada se levantó vivamente.

—¿Quién os envía aquí? —preguntó con acento de ira.

—El Corsario Negro —replicó Morgan.

—Sois su lugarteniente; ¿no es cierto?

—Tengo ese honor.

—¿Y qué deseáis?

—Vengo a intimaros la rendición en nombre del caballero de Ventimiglia.

—¡Decid al Corsario Negro que los españoles mueren, pero no se rinden jamás!

—Habéis ya combatido como bravos, y vuestro honor está en salvo —dijo Morgan—. También nosotros alguna vez, después de desafiar a la muerte, entregamos las armas.

—Estamos prontos a continuar la lucha, señor.

—Sois ya prisioneros.

—Aún tenemos nuestras armas.

—Os concedemos la vida sin rescate alguno pecuniario. Ningún filibustero hizo jamás proposición más generosa.

—Gracias; pero combatiremos hasta el fin —repuso altivamente el español.

—¡Entonces, os mataremos a todos! —replicó Morgan en tono amenazador.

—¡Os ametrallaremos!

—Probadlo.

—¡Basta, señor: retiraos, o mando hacer fuego!

Morgan abandonó el entrepuente y subió al cuadro. El Corsario le esperaba en la cubierta.

—¿Se niegan? —le dijo al verlo. —Sí, señor.

—Los admiro y, si no estuviese cierto de que me traicionarían, los dejaría libres.

—Irían enseguida a llevar la alarma a Veracruz.

—Ya lo sé, Morgan.

—Intentemos forzar el paso, capitán.

—Perderemos mucha gente, acaso sin resultado. Haced llevar al puente algunas cajas de granadas.

—¿Que luego vaciaremos por el escotillón?

—Sí; pero en el momento oportuno.

Y alzando la voz gritó:

—¡Valor, mis bravos! ¡Preparaos al combate!

Capítulo 13. La rendición de la fragata

Pocos minutos después dos columnas de veinte hombres cada una, elegidos de entre los mejores tiradores de la tripulación, bajaban en silencio al cuadro y a la cámara común, atrincherándose atrás de los muebles y las cajas que habían sido amontonados en ella.

Como fácilmente se comprende, el Corsario Negro no tenía ninguna idea de sacrificarse en un nuevo ataque.

Debían hacer una simple demostración para atraer la atención de los españoles. El golpe maestro debía darse en el escotillón, en cuyo alrededor se habían detenido todos los restantes filibusteros.

—¡Sobre todo, haced mucho ruido! —había dicho el Corsario.

Y en efecto; el estrépito había comenzado con un crescendo formidable, ensordecedor. Los dos destacamentos, apenas colocados, habían abierto el fuego contra las barricadas españolas prorrumpiendo en alaridos generales para hacer creer que se preparaban a un asalto general.

Los españoles habían contestado haciendo tronar las piezas colocadas en el entrepuente. El efecto de aquellas descargas a tan breve distancia había sido desastroso, si no para los filibusteros, para la nave.

Los filibusteros, tendidos en el suelo, aunque sentían caer sobre ellos todos aquellos destrozos, no se movían. Ya invadía la cámara un humo denso y sofocante.

El Corsario Negro, en pie junto al escotillón, aún cerrado, escuchaba con cierta ansiedad los gritos feroces que repercutían en el interior de la nave.

Al cabo de un rato cuando ya el humo comenzaba a salir por las fisuras del puente, se volvió hacia sus hombres, impacientes por tomar parte en la batalla, diciendo:

—¡Preparad las granadas! —¡Ya están, señor! —contestó un contramaestre.

—¡Levantad el escotillón, y no economicéis proyectiles! ¡Dentro de pocos minutos esos hombres estarán en nuestras manos!

Cuatro marineros levantaron las dos barras de hierro, y el escotillón quedó abierto. Una densa nube de humo blanco que se escapó de él se elevó en los aires por entre los gallardetes del palo mayor.

Debajo de aquella humareda se veían cruzar los relámpagos, y se oían atronadoras detonaciones; eran las piezas de artillería que destrozaban la nave enemiga.

Sin esperar a que el humo se disipase, los marineros dedicáronse a lanzar granadas al entrepuente, y especialmente hacia donde veían el resplandor de las piezas de artillería. Los españoles no se enteraron al principio de la abertura del escotillón, a causa de la humareda que invadía el entrepuente; pero cuando oyeron el estallido de las granadas, vieron caer al suelo a sus camaradas fulminados por los cascos de aquellos proyectiles, abandonaron la batería.

Aquel inesperado ataque había producido inmenso pánico entre sus filas: hasta los más animosos habían abandonado su puesto, a pesar de los gritos de los pocos oficiales que se libraron de la muerte, y de los juramentos de los contramaestres y de los suboficiales.

Los filibusteros, entretanto, no se habían detenido. Mientras los dos destacamentos del cuadro y de la cámara común continuaban sus descargas esparciendo a cada instante mayor terror y confusión, los de cubierta lanzaban granadas en todas direcciones, con peligro de provocar un desastroso incendio.

Astillas y fragmentos de hierro candente volaban por doquier. Muchas lenguas de fuego serpenteaban amenazadoramente aquí y allá.

En medio de los alaridos de los combatientes, los lamentos de los heridos y el estallar de las granadas se elevó la poderosa voz del Corsario Negro, diciendo:

—¡Rendíos, u os exterminaremos a todos!

—¡Basta! ¡Basta! —gritaron cincuenta voces.

—¡Matémoslos a todos! —gritó un contramaestre preparándose a volcar en el entrepuente una caja llena de granadas.

El Corsario se volvió hacia aquel hombre, alzando sobre él su espada.

—¡Si no obedeces, te mato! —le dijo—. ¡Vete!

El Corsario se inclinó por el escotillón, repitiendo:

—¡Rendíos, u os exterminaremos a todos!

Una voz se elevó a través del humo que llenaba el entrepuente:

—¡Deponemos las armas!

—¡Que se me envíe un parlamentario!

Pocos instantes después un hombre subía al puente. Era un oficial, el único superviviente de todo el estado mayor de la nave. Aquel desgraciado estaba pálido y sumamente conmovido; tenía el uniforme hecho jirones, y un brazo destrozado por un casco de granada.

Entregó su espada al Corsario Negro, diciéndole con trémula voz:

—¡Hemos sido vencidos!

El señor de Ventimiglia rechazó el arma que le tendía, diciéndole noblemente:

Conservad vuestra espada para mejor ocasión, señor oficial. ¡Sois un valiente!

—¡Gracias caballero! repuso el español—. No esperaba tal cortesía del Corsario Negro.

—Soy un gentilhombre.

—Lo sé, caballero. Y ahora, ¿qué haréis de nosotros?

—Permaneceréis prisioneros en mi nave hasta el término de nuestra expedición.

—¿Vais a emprender una expedición contra nuestra ciudad de México? —preguntó el oficial con doloroso estupor.

—A esa pregunta no os puedo responder —repuso el Corsario—; es un secreto que no me pertenece a mí solo.

Y cogiéndole por un brazo y llevándole hacia popa, le preguntó con sordo acento:

—Conocéis al duque Wan Guld, ¿no es cierto?

—Sí, caballero.

—¿Está en Veracruz?

El español no contestó.

—Os he dado la vida, cuando por derecho de guerra hubiera podido sepultaros en el mar con todos vuestros compañeros y vuestra nave. Podéis, por consiguiente, prestar a un gentilhombre tal leve favor.

—Pues bien, sí; el duque está en Veracruz —dijo el español tras breve vacilación.

—¡Gracias, señor! —replicó el Corsario—. ¡Estoy satisfecho de haber sido generoso con vos!

El oficial volvió hacia el escotillón, y gritó:

—¡Deponed las armas! ¡El caballero de Ventimiglia os concede a todos la vida!

Los dos destacamentos de filibusteros, guiados por Morgan, habían pasado al entrepuente para recibir las armas.

¡Qué horrible espectáculo ofrecía el interior de la fragata!

Por todas partes maderos humeantes, tablones hundidos, viguetas rotas, cañones desmontados y hombres horrendamente mutilados por las granadas. Algunos heridos se arrastraban por el suelo.

En medio de aquella confusión cincuenta españoles, mudos, pálidos y con el traje destrozado, esperaban a los filibusteros. Todos los demás habían caído bajo la tremenda lluvia de granadas.

Morgan recibió las armas, mandó a algunos de los suyos a encargarse de los heridos, y condujo a los otros a bordo de El Rayo, haciéndolos encerrar en la estiba, y poniendo algunos centinelas en las puertas.

Visitada la nave, se convenció de que ya no se podía sacar ningún partido de ella.

—Señor —dijo presentándose al Corsario—, la fragata está perdida. Al primer golpe de viento, su arboladura caerá sobre cubierta y, además, el incendio adelanta rápidamente.

—Haced llevar a bordo de nuestra nave cuanto pueda sernos útil y abandonémosla a su suerte— repuso el Corsario.

El saqueo de la nave no dio gran fruto, ya que la artillería estaba inservible. Armas y municiones fueron, sin embargo, embarcadas en gran cantidad a bordo de El Rayo, así como la caja del capitán conteniendo veinte mil piastras, que fueron repartidas entre la tripulación filibustera.

A mediodía El Rayo izaba sus velas deseoso de alcanzar las costas del golfo de México.

La fragata ardía ya con increíble rapidez.

—¡Lástima que tan bella nave se pierda! —dijo el Corsario, que miraba a la fragata desde la cubierta de El Rayo—. Hubiera podido rendir soberanos servicios a la filibustería.

—¿Se irá a pique? —preguntó detrás de él una voz con acento terrible.

El Corsario se volvió a la joven india.

—¿Tú, Yara? —le dijo.

—Sí, mi señor.

—¡Cuánto odio implacable veo brillar en tus ojos! —dijo sonriendo el Corsario.

—Pero tú no odias a esos españoles, señor.

—Es cierto, Yara.

—Ya tienen demasiados enemigos, Yara —replicó el Corsario.

—¡Sí; pero el hombre que ha destruido mi tribu vive aún!

—Ese hombre es ya un moribundo —dijo con aire sombrío el Corsario—. ¡El Destino le ha condenado ya!

—¿Y hasta cuándo vivirá todavía?

—Sus días están contados; ya te lo he dicho.

—¡Tengo prisa por verle morir!

—Las costas de México no están lejanas, Yara. Esta noche arribaremos.

—¿A Veracruz?

—No; no cometeré semejante imprudencia. Nosotros entraremos antes de que llegue la flota de los filibusteros, para impedir a Wan Guld que huya. Si tuviese el Duque tan sólo una sospecha de lo que están tramando los corsarios, no nos esperaría, sino que huiría a Panamá.

—¿Luego, te teme?

—Sí, porque sabe que le busco para matarle.

—¿Y si huyese? ¿Te acuerdas de Maracaibo?

El Corsario no contestó. Se había apoyado en la borda y miraba a la fragata, que ardía como un haz de leña seca.

Las gigantescas llamas se elevaban hasta los masteleros de juanetes. Todo lo habían envuelto de popa a proa.

Aunque El Rayo estuviese ya lejano, aún se oía el sordo crujir de los palos al caer sobre cubierta.

Los maderos y duelas, ya consumidos por el fuego que todo lo destruía en el interior de la nave, se abrían, dejando salir al alquitrán líquido.

Pero los minutos estaban contados para la fragata: ya los palos habían caído todos, y el bauprés habíase hundido en el mar.

De repente resonó una sorda detonación. Un torbellino de chispas, de leños ardiendo y de fragmentos carbonizados se elevó sobre la nave silbando en el aire y cayendo en el mar a gran distancia.

Algún depósito de granadas no encontrado en las pesquisas de los filibusteros debía de haber estallado en el fondo de la estiba.

—¡Ya acabó! —dijo el Corsario volviéndose a Yara.

La fragata se hundía con un gran balanceo: el agua y el fuego combatían en torno del leño haciendo hervir el mar.

El navío, entretanto, continuaba sumergiéndose, inclinándose cada vez más a proa, mientras la popa se elevaba.

De improviso la proa del navío, ya llena de agua, se sumergió. La popa enseñaba ya la quilla. La enorme masa, casi vertical, se hundía rápidamente y, por fin, la masa entera, lanzando al aire una última nube de vapor y un postrero haz de chispas.

Todo había terminado: el poderoso navío de guerra, mutilado primero por las balas, semidevorado después por el fuego y, finalmente, deshecho por la explosión, se sepultó en las límpidas aguas del golfo.

El Corsario Negro se había vuelto hacia Yara, la cual parecía que aún trataba de distinguir la nave hundida.

—¿No es terrible todo esto? —le preguntó.

—Sí, mi señor —repuso la joven—. ¡Pero aún no estoy vengada!

—Lo estarás pronto —contestó el Corsario.

El lugarteniente, que estaba cómodamente sentado en el puente viendo al Corsario, se puso en pie, y enseñándole un mapa del golfo.

—¿Dónde debo desembarcaros? —preguntó—. Esta misma noche daremos vista a las costas de México.

—¿Conocéis Veracruz?

—Sí, capitán.

—¿Hay cruceros?

—Me han dicho que toda la costa hasta Tuxpan está vigilada para evitar una posible sorpresa en Jalapa.

—Entonces, ¿un desembarco tendría pocas probabilidades de éxito?

—Decid ninguna, señor. Apenas desembarcado, os prenderían.

—¿Qué me aconsejáis, pues?

—Elegir un lugar desierto, aunque sea lejos de Veracruz, y avanzar después en pequeñas etapas, vestidos de muleteros o de cazadores.

—¿Conocéis algún sitio donde el desembarco pueda realizarse sin peligro de que nos descubran? Me interesa que todos ignoren mi presencia en estos parajes.

—Os comprendo, señor, Wan Guld no os esperaría.

—Es cierto.

—Entonces, os aconsejo que desembarquéis al sur de Tampico, en la vasta laguna de Tamiahua. Allí no habrá ningún puesto de guarda, porque en esta época reina la fiebre amarilla.

—¿Está lejos la laguna de Veracruz?

—En cuatro o cinco jornadas de marcha podéis llegar sin gran esfuerzo.

—Es cierto; tanto más cuanto que la escuadra no llegará a Veracruz hasta dentro de unos diez días.

—¿Así que?…

—Iremos a la laguna —dijo el Corsario después de algunos instantes.

—Cuidad de que no es descubran, señor. Los españoles vigilan acaso más de lo que creéis.

Cuatro horas después de aquel coloquio, El Rayo, que había conservado su ruta hacia el Norte, para pasar muy a lo largo de Veracruz, se orientaba hacia Occidente para acercarse a las playas mexicanas.

Siendo la noche muy obscura, había muchas probabilidades de eludir la vigilancia.

El Corsario no abandonó ni un momento el puente, queriendo cerciorarse por sus propios ojos de que ningún peligro amenazaba a su nave.

Afortunadamente, durante aquella carrera hacia Occidente ningún punto luminoso anunciando la vecindad de alguna nave enemiga fue señalado en el horizonte.

Al día siguiente El Rayo avistaba la larguísima península que sirve de barrera a la gran laguna de Tamiahua.

No siendo prudente acercarse en pleno día, El Rayo volvió a tomar el largo y remontó la península en dirección a Tampico.

Para mejor engañar a las naves españolas que pudieran encontrar, el Corsario había hecho retirar parte de los cañones, esconder más de la mitad de la tripulación y desplegar a popa el estandarte de Castilla.

La playa aparecía desierta, pero no árida.

—Diríase que esta costa ha padecido alguna súbita inmersión —dijo Morgan, que la examinaba con un catalejo—. Nunca he visto palmeras salir del mar como las algas.

—Estas playas están sujetas a bruscas modificaciones —dijo el Corsario—. Los terremotos sumergen con frecuencia trozos considerables de la costa.

—¿Queréis decir que sufren depresiones?

—Y a veces elevaciones, Morgan.

—La cosa me parece extraña. Depresiones si es posible, pero elevaciones…

—¿Os asombra?

—Sí capitán.

—Pues no es sólo aquí donde tales cosas ocurren, Morgan. En muchísimas costas de Europa, sin sufrir las sacudidas de los terremotos, y aunque alejadas de los volcanes, padecen alteraciones considerables en su nivel.

—Debe de ser cierto, capitán, porque yo he oído decir que las costas del Perú y de Chile van lentamente levantándose.

—Y entre nosotros, especialmente en Sicilia y en Calabria, las costas tienden a alzarse, mientras que en el Vesubio descienden.

—Deben de ser, sin embargo, muy lentos esos desniveles.

—Lo bastante para no temerles, Morgan. Nuestras tierras del Vesubio por ejemplo, han descendido a razón de tres o cuatro centímetros por año, mientras que las costas de Sicilia han empleado la bagatela de mil doscientos años para alcanzar una elevación de cuatro a seis metros.

—Entonces, no hay peligro de que ciertas regiones se sumerjan del todo.

—Inmediato, no, Morgan; pero si el rebajamiento de ciertas tierras continuase, lo cierto sería que antes de transcurrir muchos siglos estarían bajo el agua.

—¿Y de qué proceden esas elevaciones y depresiones? —preguntó el lugarteniente.

—Los levantamientos son producidos por terremotos regionales, y las depresiones parece que deben ser atribuidas a mutaciones sísmicas o moleculares de las masas rocosas. Morgan, dad orden de remontar más hacia alta mar y de preparar mi ballenera.

—¿Quién irá con vos, señor? —Carmaux, Van Stiller, Moko y la joven india.

—¿Yara también? —exclamó Morgan sorprendido.

—Me será más útil que los otros —repuso sonriendo el Corsario—. ¡Sabe muchas cosas que mis hombres ignoran!

—¿El lugar donde se oculta vuestro mortal enemigo?

—¡Sí, Morgan; el lugar donde le mataré! —repuso con sombrío acento el Corsario.

Capítulo 14. La laguna de Tamihaua

A las once de la noche, El Rayo, después de haber bordeado por alta mar, arribaba sin ser observado a la punta meridional de la laguna, poniéndose al pairo a quinientos metros de la costa.

Ninguna luz había sido señalada durante la noche, siendo, por lo tanto, de esperar que no hubiese ninguna nave en crucero por aquellas aguas y que aquellas playas no estuviesen vigiladas.

Después de haber mirado en todas direcciones, el Corsario Negro bajó a la toldilla, donde los marineros estaban preparando, para botarla al agua, una esbelta ballenera cargada con algunas cajas conteniendo víveres. Carmaux, Moko y Van Stiller estaban ya allí.

Llevaban amplios sombreros de paja muy altos y que ocultaban parte de su rostro.

Hasta el Corsario había cambiado sus negras vestiduras por un traje casi igual al de sus hombres, pero sin abandonar su espada, con la que contaba clavar en cualquier pared al asesino de sus hermanos.

—¿Todo listo? —preguntó a Morgan, que ya había hecho botar la chalupa.

—Sí, señor —repuso el lugarteniente.

—¿Y Yara?

—¡Aquí estoy, señor! —repuso la joven.

Lo mismo que sus compañeros, se había envuelto en un gran manto, en un sarape franjeado, y ocultaba sus espléndidos cabellos bajo un sombrero de amplias alas.

—¿Vuestras últimas instrucciones, capitán? —dijo Morgan.

—Reuníos pronto con la flota y dirigíos a Veracruz.

—Sabéis, señor, que Grammont ha decidido desembarcar al sur de la ciudad.

—Sí, a dos leguas. Si puedo, estaré esperándoos allí.

—¿Conocéis pues, el lugar en que se efectuará el desembarco?

—Sí; Grammont y Laurent me lo han dicho. ¡Adiós, Morgan; nos veremos pronto!

—Deseo, señor, que esta vez vuestro enemigo no se os escape.

—Haré lo posible por matarle, Morgan.

—Sed, sin embargo, prudente.

—Una vez vengado, ¿qué me importa la vida?

—Tenéis otra misión que cumplir.

—¡Ah, sí; buscar a la flamenca! —dijo el Corsario suspirando.

Calló un momento, miró distraídamente a la laguna, y bajó con rapidez la escala, diciendo con voz bronca:

—¡Adiós!

Se sentó a popa de la chalupa al lado de la joven india, e hizo a sus hombres ademán de que bogaran.

Carmaux, Van Stiller y el negro cogieron los remos, y la esbelta ballenera emprendió la marcha, mientras El Rayo viraba de bordo para salir de nuevo al mar.

Una ligera niebla ondeaba sobre las negras aguas de la laguna, haciendo más obscura la noche; niebla peligrosa, por estar cargada de emanaciones pestíferas debidas a la putrefacción de las plantas de la fiebre.

Estos vegetales se encuentran en gran número en las lagunas de México y en las orillas de los ríos creciendo en el agua,, y marchitándose poco a poco corrompen el aire. Ellos son los que producen el vómito negro, o sea la fiebre amarilla, que tantas vidas humanas devora durante los meses cálidos.

Ninguna luz brillaba en la amplia extensión del agua ni en las dos penínsulas que cierran la laguna por la parte del mar.

—¡Qué mal lugar! —dijo Carmaux sin dejar el remo—. ¡Parece la morada de Belcebú!

—En efecto; Belcebú se oculta entre esas ondas de niebla que avanzan hacia nosotros —dijo Van Stiller.

—La fiebre; ¿verdad, Moko?

—¡Amarilla! —repuso el negro—. ¡Si os coge, os habéis lucido!

—¡Bah! ¡Tenemos la piel muy dura! —repuso Carmaux.

—Entonces, remad fuerte, amigos. ¡Mi piel, por ahora, me es muy cara!

La chalupa, bajo el vigoroso impulso de los tres remeros, corría rápidamente.

El Corsario Negro, en el timón, regulaba la marcha.

La chalupa había ya atravesado más de media laguna, cuando Carmaux, al volver la cabeza hacia la punta septentrional de la península interior, vio chispear un punto luminoso.

—¡Oh! —exclamó—. Parece que esta laguna no está del todo desierta. ¿Habéis visto, capitán?

—Sí, —replicó el Corsario que se había puesto en pie para observar mejor.

—¿Será alguna carabela?

—A mí me parece una luz fija —dijo Van Stiller.

—No —dijo Moko, que tenía la mirada más penetrante—; es un fuego movedizo.

—Acaso alguna carabela que va a Pueblo Viejo —murmuró el Corsario.

—¿Debemos seguir bogando, señor? —preguntó Carmaux.

—Sí, y alejarnos antes de que la bruma maléfica nos alcance.

Los tres marineros se inclinaron sobre los remos, e hicieron que la ballenera volase por las aguas.

El punto luminoso se alejaba entonces hacia el Norte describiendo breves bordadas.

—Pasaremos a mucha distancia dijo el Corsario a Carmaux.

La ballenera seguía su rápida marcha, cortando las aguas con leve murmullo.

En torno de la pequeña embarcación reinaba un profundo silencio.

A las dos de la mañana Carmaux, que iba a proa, notó que el agua empezaba a faltar.

—La playa no debe estar lejana —dijo volviéndose hacia el Corsario.

—Me parece distinguirla —repuso éste poniéndose en pie—. Ante nosotros se delinea una masa obscura que parece indicar un bosque.

Poco después la chalupa navegaba por entre un laberinto de plantas acuáticas y bancos de arena. Grupos de mangles que surgían por doquier extendían sus tortuosas ramas en todas direcciones exhalando pestíferos miasmas.

—¿Estamos acaso en un pantano? —preguntó el Corsario.

—En las costas mexicanas abundan —repuso Carmaux.

—Como los caimanes —añadió Van Stiller.

—¿Has visto alguno? —preguntó Carmaux.

—Sí; uno que miraba con tales ojos a la chalupa, que supuse que tenía grandes deseos de destrozarla de un coletazo.

—¿Caimanes? ¡Malos bichos! —dijo Moko.

Por un canal abierto entre los bancos y los mangles pasó la chalupa, avanzando lentamente para no embarrancar.

Ninguno sabía dónde estaban, ya que aquellas tierras les eran desconocidas, a Yara inclusive.

Al cabo de media hora de camino se encontraron frente a varios islotes que formaban infinidad de canalillos. Grandes árboles que habían arraigado en aquellas porciones de tierra proyectaban sobre las aguas una sombra siniestra.

—¿Adónde vamos, señor? —preguntó Carmaux.

—Aproximémonos a uno de esos islotes, y esperemos al alba —repuso el Corsario.

—¡Me parece haber cegado de repente! —dijo el hamburgués.

Aproximaron la ballenera al islote más cerca, que estaba cubierto de altísimos árboles, y desembarcaron para estirar un poco las piernas.

La evaporación de los canales formaba una neblina que se condensaba rápidamente, saturada de fiebre y de miasmas.

Los filibusteros se habían acostado al pie de uno de aquellos árboles, bien envueltos en sus tabardos para defenderse de la humedad de la noche. Al lado habían colocado los fusiles, pues no estaban muy tranquilos. Y, en efecto, pocos minutos habían transcurrido cuando se oyó a pocos pasos un grito agudo, que terminó en un mugido espantoso.

Otro grito semejante contestó algo más lejos, y luego un tercero, y un cuarto.

—¡Son caimanes! —dijo Carmaux palideciendo.

Un intenso olor almizclado que procedía del canal era signo evidente de que en aquel lugar abundaban aquellos saurios.

Después de los primeros aullidos hubo un breve silencio, y de pronto estallaron gritos agudísimos, no ya en el agua, sino entre las ramas de los árboles.

Se oían mugidos, rugidos, notas agudas parecidas a las de instrumentos metálicos, y aullidos de inaudita intensidad.

Carmaux y Van Stiller se habían puesto en pie, creyéndose rodeados por batallones de bestias feroces: el negro, Yara y el Corsario se habían limitado a levantar la cabeza y mirar a los árboles.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Van Stiller—. ¿Qué ocurre?

—Una cosa sencillísima —repuso Moko riendo—: son los micos aulladores que se divierten dándonos un concierto.

—¿Micos? —exclamó con incredulidad Carmaux—. ¡Compadre Saco de carbón, te estás burlando de mí!

—No, Carmaux —dijo el Corsario.

—¿Me diréis, entonces, señor, qué son esos gimoteos?

Precisamente encima de ellos, en medio de la fronda, se oían gritos lamentosos que parecían lanzados por una turba de niños.

—También son simios, Carmaux —repuso el Corsario

—¡Pues diríase que entre esas ramas hay una legión de chicos!

—Sí; pero sólo son micos.

El filibustero no mentía. Los gritos de los simios rojos y de los llorones alcanzaban tal intensidad, que era para desesperar al más paciente.

—Debe de haber aquí millones de cuadrumanos —dijo el hamburgués.

—Te engañas, compadre blanco —replicó Moko—. Acaso tan sólo haya siete u ocho.

—Entonces, deben de tener la garganta forrada de bronce. —Tienen algo mejor.

—¿El qué?

—Una doble laringe que centuplica la intensidad de su voz —dijo el Corsario.

—Sí, capitán —añadió el negro.

—¡Formidables cantores! —exclamó Carmaux—. Sería mejor no obstante, que reservaran sus facultades para mejor ocasión.

—¿Quieres hacerlos callar enseguida? —preguntó el negro. —¡Ojalá!

—Descarga tu fusil, y todos esos simios huirán; y si logras matar uno, haremos una excelente colación.

—¡ P u a h ! —exclamó con asco Carmaux—. ¿Comer mico? ¿Por quién me tomas, compadre Saco de carbón?

—Te aseguro que son excelentes. Todos los negros y los indios los comen.

—Me parece tan repugnante como comerme un niño asado.

—¿Quieres probar?

—¡Dejad a los simios, y reservad vuestros tiros para otros animales! —dijo el Corsario, que se había puesto bruscamente en pie.

—¿Qué nos amenaza, capitán? —preguntó Carmaux.

—Los caimanes.

—¡Ah! ¿Se deciden a venir? —Veo dos o tres —añadió Moko. —¡Veamos si pueden con nosotros! —dijo Carmaux.

Se había disipado la niebla y comenzaba a alborear, habiéndose, por tanto, atenuado la obscuridad lo bastante para distinguir lo que ocurría en el canal.

Un gran saurio, lo menos de seis metros de largo, había salido de un compacto grupo de mangles y avanzaba lentamente hacia el islote ocupado por los filibusteros.

El tal reptil llevaba sobre el dorso un verdadero jardín; entre las óseas escamas, llenas de fango, habían crecido muchas hierbas palustres.

Contando con engañar a sus enemigos, mantenía la cabeza bajo el agua, y asomaba tan sólo de cuando en cuando la extremidad del hocico para aspirar el aire. También tenía la cola sumergida; pero al agitarla levantaba una estela de burbujas que hacía fácil descubrirle.

—Ese animal trata de sorprendernos —dijo Carmaux—. No seremos bastante estúpidos para confundirle, sin embargo, con un tronco de árbol. ¿Qué opinas, compadre Saco de carbón?

—¡Deja que se acerque, y verás como lo trato! —contestó el negro.

—¿Emplearemos los fusiles?

—¡Es inútil, compadre blanco! Tanto más, cuanto que las balas se aplastarían contra las escamas.

—¿Nos dejaremos devorar? —preguntó Carmaux.

—¡Déjame hacer a mí, te he dicho! —dijo el negro.

El gigante cortó una rama gruesa de árbol; con algunos navajazos la despojó de las hojas, y se escondió entre los mangles que crecían en la orilla.

Carmaux y Van Stiller también se escondieron entre las torcidas ramas de las plantas acuáticas, mientras el Corsario ocultaba a Yara detrás del tronco de un árbol.

El caimán seguía avanzando con lentitud, dejándose llevar por la débil corriente.

Ya sólo distaban algunos pasos del islote, cuando otro caimán apareció de improviso. Salía de un grupo de plantas acuáticas que crecían en un banco medio sumergido.

Un momento después un tercer caimán salía bruscamente de las aguas y se colocaba furiosamente entre los dos.

—¡To! —exclamó sorprendido Carmaux—; ¿Qué va a pasar? Diríase que estos reptiles no vienen contra nosotros precisamente.

—Es cierto, compadre blanco —dijo el negro.

Dos aullidos estridentes estallaron a breve distancia, y otros dos caimanes se lanzaron al medio del canal golpeando furiosamente el agua con la cola.

Uno de los saurios, el más pequeño, se había colocado aparte apoyándose en los mangles que coronaban la orilla; los otros cuatro se habían precipitado unos contra otros con espantosa furia, mostrando sus quijadas monstruosas armadas de formidables dientes.

Mugían como toros enfurecidos y agitaban la cola, levantando espumantes ondas.

—¡Eh, compadre! ¿Qué les ocurre a estos bribones? —preguntó Carmaux—. ¿Quieren devorarse recíprocamente?

—¡Están enamorados! —contestó riendo el negro.

—¿De las blancas carnes de Yara? —preguntó Van Stiller.

—No, compadre blanco, de la hembra que se ha refugiado entre los mangles.

—¡Ah! —exclamó Carmaux—. ¿La señora se dejaba cortejar por cuatro galanes?

—¡Nunca hubiera creído que tales brutos pudieran tener celos!

—¿Y la señora?

—Asistirá tranquilamente a la batalla, y luego se irá con el vencedor.

Los cuatro saurios, entretanto, habían caído furiosos los unos sobre los otros. Mugían de un modo tan espantoso, que hicieron callar a los simios rojos y a los llorones, y trataban de triturarse mutuamente las mandíbulas.

Los cuatro monstruos se asaltaban con encarnizado furor, decididos a destrozarse mutuamente antes que dejar el campo.

La hembra, echada en medio de las plantas acuáticas, asistía tranquilamente a la lucha.

Poco después uno de los cuatro saurios, acaso el más débil, estaba fuera de combate: su rival con un terrible hocicazo le había partido la cola primero, y luego, la extremidad del hocico.

El pobre mutilado, cubierto de sangre, se debatía desesperadamente entre los mangles enrojeciendo las aguas.

Algunos minutos más tarde, el segundo se iba a pique: asaltado por los otros dos, que momentáneamente se habían aliado, quedó completamente destrozado.

Los vencedores, sin embargo, se hallaban en un estado lamentable: el uno tenía rota la quijada, y el otro había perdido una de las extremidades anteriores.

Sin embargo, desembarazados de sus dos adversarios, habían caído el uno sobre el otro con furor y mugiendo ferozmente.

El que tenía la quijada rota, al recibir los primeros mordiscos había iniciado la huida hacia el islote ocupado por los filibusteros: la horrible herida no le permitía asaltar ventajosamente a su rival, y para defenderse ya sólo tenía la cola.

Viéndole acercarse, Moko había empuñado la rama, dispuesto a descargarle un golpe mortal.

Era una precaución inútil, porque el adversario le había seguido dispuesto a darle el golpe do gracia.

Una nueva lucha se empeñó a pocos pasos del islote, casi junto a la chalupa.

Los dos saurios, a pesar de que debían de estar exhaustos por la copiosa pérdida de sangre, se asaltaron de nuevo con un arranque desesperado.

Menudeaban los coletazos y las dentelladas contra las cuales las escamas óseas defendían a los contendientes.

—¡Moko! —exclamó de pronto Carmaux— ¡Nuestra chalupa!

También el Corsario había advertido el peligro que corría la embarcación, ya que se había lanzado hacia la orilla gritando:

—¡A mí, filibusteros!

Los dos saurios se habían apoyado en el islote y amenazaban los costados de la ligera embarcación.

Moko se había lanzado por entre los mangles, seguido por Carmaux y el hamburgués.

Iba a precipitarse hacia la orilla, cuando resonó un golpe seco. Destrozada por un formidable coletazo, la ballenera se había volcado, desapareciendo rápidamente bajo las aguas.

—¡Truenos de Hamburgo! —gritó Van Stiller.

—¡Ah, ladrones! —exclamó furioso el negro.

Sin cuidarse del peligro se precipitó sobre los dos saurios, que, ciegos de rabia, no habían notado la presencia de los hombres.

El hercúleo negro alzó la rama, y descargó sobre el más cercano un golpe que le partió la espina dorsal.

El otro se volvió ante aquella acometida. Era el de la quijada rota; pero en vez de huir, saltó a la orilla y embistió furiosamente al negro, que apenas tuvo tiempo para dar un salto de costado.

Temiendo por Yara, que se hallaba a pocos pasos, el Corsario Negro, se había adelantado espada en mano. Rápido como el rayo cortó el paso al monstruo, y bajándose bruscamente, le hundió la espada en la garganta.

Aquella nueva herida acaso no hubiera bastado para detener al monstruo, a no mediar la intervención del negro.

El valeroso africano, esquivando la formidable cola, que levantaba oleadas de agua y fango, había recogido su arma y gritaba al Corsario:

—¡Atrás, señor!

Se oyó un crujido comparable al de un árbol que se tronchaba. Las escamas óseas del reptil, aplastadas por el terrible golpe, habían cedido.

El saurio quedó un momento como atontado, pero enseguida, reuniendo sus últimos alientos, desapareció bajo las aguas entre un nimbo sanguinolento.

—¡Ahora, ve a buscar a la hembra! —gritó Carmaux.

—Pero nosotros hemos perdido la ballenera —dijo Moko.

Capítulo 15. La almadía

Moko había dicho la verdad.

Además de haber perdido la ballenera, los filibusteros habían perdido los víveres encerrados en las cajas, y una buena parte de sus municiones.

Por fortuna para ellos, no se habían desprendido de los fusiles, y tenían un centenar de cargas y algunas mantas.

No obstante, su situación no era muy halagüeña.

—¡Estamos lucidos! —dijo Carmaux—. ¡Sin chalupas y sin víveres!

—Víveres podemos tenerlos —dijo Moko—. Aquí no faltarán pájaros, simios y caimanes.

—¿Querrás decir que hasta los caimanes pueden servirnos de almuerzo? —preguntó con asco Carmaux.

—Su cola no es mala, compadre blanco: la he comido más de una vez. Tiene un sabor agradable, compadre, al que es fácil acostumbrarse.

—¿Y cómo remediar lo de la chalupa? —preguntó Van Stiller.

—La madera no falta —dijo el Corsario—. ¿Acaso mis marineros no saben construir una almadía?

—¡Soy un animal, señor! —dijo el hamburgués—. ¡No había pensado en esos árboles!

—¡Pues son bien visibles! —dijo riendo Carmaux.

—Moko, ¿tienes tu hacha?

—Sí, capitán —repuso el aludido. —Ya que clarea el día, ve a derribar algunos árboles.

—Y nosotros iremos a buscar bejucos —dijo Carmaux.

—¿Y el almuerzo? —dijo el Corsario Negro. —Ya sé que no puedes trabajar con el estómago vacío.

—¡Ya lo pensaba yo, capitán!.

—Mientras Moko derriba algunos árboles, tú y Van Stiller recorreréis la isla.

—¿Habrá caza aquí?

—En su defecto, nos contentaremos con un asado de simio.

—¡Ah! —exclamó Carmaux haciendo una mueca.

—En los bosques de Gibraltar has comido cosas peores —dijo el Corsario—. Recuerdo que mirabas con deseo hasta las serpientes. Pues aquí no nadamos precisamente en abundancia. ¡Daos prisa! Entretanto, Yara prepara el fuego.

—Vamos, pues, a registrar nuestra selva —dijo Carmaux.

Mientras el africano y el Corsario recorrían la orilla a fin de elegir las plantas necesarias para la construcción de la almadía, Carmaux y el hamburgués se metieron por entre los árboles para buscar el almuerzo.

Aquel islote era mucho mayor de lo que creían y estaba muy poblado de árboles.

Después de haber prestado atención algunos minutos sin oír los gritos de los simios, Carmaux y Van Stiller, se metieron resueltamente por entre el altísimo césped y avanzaron con precaución.

El sol había ya salido, e infinidad de volátiles piaban en las más altas cimas de los árboles, y entre las plantas acuáticas se alzaban bandadas de airones que lanzaban ensordecedores aullidos. En medio de las grandes hojas de las palmeras reales y de caoba, muchos simios se divertían brincando y vociferando.

Estos cuadrumanos, dotados de una agilidad prodigiosa, eran muy abundantes en México.

—Antes que apelar a los simios, veamos si hay algún asado mejor —dijo Carmaux a Van Stiller—. Este islote no debe de estar desprovisto de caza.

—Hay bandadas de airones —repuso el hamburgués—. Nos alimentaremos con ellos.

—¡Eh! ¡Mil ballenas!

—¿Qué te ocurre Carmaux?

—He visto escapar una bestia entre la hierba.

—¿Grande?

—Como un conejo.

—¡Si fuese un conejo! ¡Ah; qué asado, Carmaux!

Los dos filibusteros, que ya preveían un apetitoso asado, se habían lanzado entre las hierbas, en las que veían moverse algo.

Un animalito que no podían distinguir bien huía ante ellos, pero sin darse mucha prisa. Llegado a un árbol viejo, le vieron meterse rápidamente por un hueco del tronco, sin dejar fuera más que una cola larga y escamosa.

—¡Ah, bribón! —exclamó Carmaux agarrándole por aquel apéndice—. ¡Ya eres nuestro!

Dio un tirón, y, con gran sorpresa suya, no logró hacer salir al animalito.

—¡Mil ballenas! —exclamó—. ¿Es posible que sea más fuerte que yo?

—Veamos de qué se trata —dijo Van Stiller acercándose al agujero y mirando.

Como el agujero era bastante ancho, vio que aquel animalito tenía el dorso cubierto con una especie de coraza formada por placas óseas, al parecer muy resistentes y de forma irregular.

—No sé con qué clase de bicho nos las habemos —dijo—; pero puedo decirte que no es muy grande y que, a juzgar por su tamaño, no debe de poder resistirte.

—¿Habré perdido la fuerza? —se preguntó Carmaux.

—Déjame que yo pruebe —dijo Van Stiller.

El hamburgués cogió con ambas manos la cola, apoyó un pie en el árbol y tiró con toda su fuerza. Fue en vano: el animalito resistía tenazmente.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó—. ¡Es increíble!

Carmaux había contestado con una sonora carcajada.

—¡Tira, tira! —repuso Carmaux, presa de creciente hilaridad.

—¡Te digo que este condenado animal está atornillado al árbol!

—No, Van Stiller; ha clavado en él las uñas.

—Entonces, tú conoces esta clase de… no sé qué.

—Sí; es un tatuejo.

—¿Qué dices?

—Un armadillo.

—No sé lo que es.

—Ya lo verás —dijo Carmaux. —¿Tienes algún remedio para obligarle a salir?

—Sí.

—¿A tirones?

—No. Le arrancarías el rabo sin que se decidiera a soltarse. Tiene uñas de tal robustez, que desafían al acero.

—Entonces, será muy peligroso.

—¡Nada de eso, querido hamburgués!

—¿Es comestible?

—¡Delicioso; como un lechoncillo!

—¡Entonces, hazle salir pronto!

—La cosa es fácil. ¡Mira!

Con una mano agarró la cola del armadillo, con la otra pasó la navaja por el agujero del árbol, y le pinchó fuertemente

El animalito intentó primero replegarse sobre sí mismo, y luego abandonó su refugio y cayó al suelo.

Van Stiller, sabiendo que no era peligroso, se había inclinado y miraba con curiosidad.

Era del tamaño de un conejo grande, tenía las patas muy cortas y el dorso cubierto por una coraza de placas óseas amarillentas, muy resistentes y que le bajaban hasta los costados.

Su cabeza, muy pequeña y con un hociquito acabado en punta, estaba protegida por una especie de visera escamosa.

Sus patas, como queda dicho, eran muy cortas y estaban provistas de robustísimas y largas uñas.

Apenas en tierra, el animalito se había arrollado extendiendo las escamas, que parecían dotadas de cierta movilidad y recogiendo la cola. En tal forma se presentaba como una bola.

—¡Muy extraño! —exclamó el hamburgués—. ¡Se ha encerrado a maravillas en su coraza!

—La cual no le protegerá contra nosotros —dijo Carmaux golpeándole violentamente con la culata del fusil.

El pobre animal lanzó un grito y cayó sin vida.

—¡He aquí el asado! —exclamó Carmaux cogiéndole por la cola.

—Pero ¿qué raza de bestia es está? preguntó Van Stiller.

—Es un animal absolutamente inofensivo, de hábitos nocturnos y que no molesta a nadie —dijo Carmaux.

—¿Y de qué se mantiene? ¿Acaso de hierba?

—No: son carnívoros; y como les es muy difícil proporcionarse caza, por su poca ligereza y su escasa acometividad, viven generalmente de gusanos. Se cuenta que los armadillos, cuando encuentran muerto un animal de gran tamaño, se introducen en él y lo devoran poco a poco, dejando, no obstante, intacta la piel.

—¿Y me aseguras que son buenos de comer?

—¡Riquísimos! Amigo Stiller, continuemos la cacería.

—¿Qué más esperas encontrar? —Haremos algunas descargas contra los airones.

Convencidos de que en aquel islote no encontrarían nada, retrocedieron hacia la orilla.

En efecto: llegados a los mangles vieron revolotear en torno de aquellas plantas bandadas de gaviotas y espléndidos airones de verde plumaje.

Con dos descargas mataron buen número de ellos.

Cuando llegaron, Moko había cortado varios árboles jóvenes y algunos bejucos, que debían servir de cuerdas.

Mientras Yara se ocupaba en desplumar los airones, los filibusteros, después de haberse cerciorado de que no había caimanes en la orilla, comenzaron la construcción de la almadía.

Siendo todos ellos habilísimos, bastó una hora para construirla lo suficientemente amplia para todos.

Como medida de precaución circundaron el borde con gruesas ramas para impedir que los caimanes saltasen sobre ella, y en el centro construyeron una especie de cabaña formada por bambúes y grandes hojas de palmera.

A las ocho de la mañana, después de haber devorado el almuerzo, los filibusteros y la joven se embarcaron y remaron vigorosamente.

Pasado ya el islote, se encontraron ante una segunda laguna, cubierta de plantas palustres e interrumpida aquí y allá por bancos de arena sobre los cuales se veían no pocos caimanes.

El Corsario, que se había subido al techo de la cabaña para abarcar mayor horizonte, vio en lontananza una línea oscura y no interrumpida que parecía indicar alguna floresta.

—La tierra firme está allí —dijo—; pero nos costará mucho trabajo alcanzarla.

—¡Eh, Carmaux! —exclamó. —¡Señor! —repuso el marinero. —Lleva la almadía siempre hacia el Oeste.

—Sí, capitán, con tal que los canales nos permitan conservar esa dirección. Me parece que dan vueltas muy caprichosas.

—Es cierto, Carmaux; pero desde aquí he visto algunos que me parecen cortados por derecho.

—Haremos lo posible por llegar a ellos, capitán.

La almadía avanzaba lentamente.

El hamburgués, Moko, y hasta el Corsario empujaban con fuerza, pero casi sin provecho.

Algunos caimanes, viendo avanzar aquella masa flotante, atraídos por la curiosidad iban de cuando en cuando a rodear a los navegantes. No eran agresivos, y se alejaban a los primeros palos que el hamburgués y Moko repartían enérgicamente.

A mediodía la almadía arribaba a un nuevo canal, que, en vez de dirigirse hacia la línea oscura indicadora de la tierra firme, doblada hacia el Sur.

Entre aquellas plantas se alzaban verdaderas nubes de volátiles que huían ante la almadía.

Se veían gran número de pyrocephalus, con las plumas de la cabeza de color de fuego y las patas cortísimas; bandadas de coclarnis, parecidos a nuestros jilgueros, y selvícolas con espléndidas plumas de color de oro.

Alineados indolentemente en los bancos de arena veíanse muchos zopilotes.

Son pájaros domesticables, que se encargan de la limpieza de la ciudad devorando ansiosamente cuantas inmundicias encuentran por las calles. Dotados de una voracidad extraordinaria, lo engullen todo sin molestia.

—¡Es el verdadero paraíso de los cazadores! —dijo Carmaux—. ¡Si no tuviéramos prisa, sería cosa de hacer una buena cacería! ¿Qué te parece, amigo Stiller?

—¡Que se me hace la boca agua! —repuso el hamburgués—. ¡Mira aquella espléndida ave!

—¡Bocado de rey, amigo!

—Y ese pajarraco de aspecto guerrero, ¿qué será? ¿Lo ves, Carmaux?

¿Ése que va por el cañaveral?

—Sí. ¿Le ves? ¡Parece un guerrero alado!

—Es un kamiki —dijo Moko.

—¡No sé más que antes, querido Saco de carbón! —dijo Van Stiller.

—Presta atención, y verás qué clase de pájaro es ése. ¡Mira! Se prepara a dar batalla.

—¿A quién?

—Mira, compadre blanco, y espera.

El pájaro aludido era un bello volátil, esbelto, vivaz, armado con una especie de cuerno que se elevaba sobre su cabeza, con alas muy robustas, cubiertas de largas plumas rígidas y terminadas en espolones asaz agudos.

Aquel pájaro, un superviviente de edades más remotas, se había precipitado sobre un plantel de cañas ahuecando las plumas y lanzando un grito agudo, un grito de guerra, sin duda.

—El kamiki se prepara al asalto —dijo la joven india—. Es un pájaro valiente que no teme a ningún enemigo.

—¿A quién va a asaltar? —preguntó el Corsario.

—A una serpiente que se esconde en el cañaveral.

¿Es un serpentario ese pájaro?

—Sí, señor. Ya le veréis trabajando.

El kamiki se había precipitado de nuevo entre las cañas, batiendo las alas y echando hacia adelante su armada cabeza. Parecía decidido a levantar al adversario, que se mantenía obstinadamente oculto, sabiendo ya con qué peligroso enemigo tenía que habérselas.

De pronto, sin embargo, entre las cañas se vio desenroscarse una serpiente negra como el ébano, gruesa como el puño y con la cabeza bastante aplastada.

Era una serpiente alligator, reptil muy común en los pantanos de la América Central.

Viendo al kamiki resuelto a presentarle batalla, se había preparado con desesperado valor, intentando sorprenderle y morderle.

El pájaro ya avezado a tales luchas, se había protegido bajo sus alas, que agitaba furiosamente.

Su adversario silbaba con su lengua bífida, hacía contorsiones, se enroscaba y desenroscaba alternativamente y daba saltos prodigiosos.

—¡Por Baco! ¡Qué lucha! —exclamó Carmaux, que seguía atentamente los movimientos de los dos adversarios—. ¿Cómo acabará?

—Con el peor de los reptiles —repuso Yara.

—¿Es posible que ese volátil venza? ¿Y si le muerde?

—No; no se dejará atrapar.

El kamiki, dotado de extraordinaria agilidad, no se estaba quieto ni un momento. Saltaba, amenazando al reptil con el cuerno, y luego retrocedía vivamente escudándose con las alas, para volver a atacar.

La serpiente perdía ya la calma. A cada instante saltaba, con peligro de clavarse ella misma en las aceradas puntas que guarnecían las alas del volátil.

La lucha duraba ya algunos minutos, cuando el kamiki, juzgando a su adversario suficientemente cansado y desorientado, se lanzó resueltamente hacia adelante.

Agarrar con el robusto pico a la serpiente, aturdirla con dos aletazos y elevarla en alto, fue cuestión de un instante.

Se remontó a diez o doce metros, la dejó caer bruscamente al suelo y, volviendo de nuevo sobre ella, de un picotazo le destrozó el cráneo.

Hecho esto empezó tranquilamente a comérsela como si se hubiera tratado de una inocente anguila.

—¡Buen apetito! —gritó Carmaux.

Capítulo 16. La caza del Lamantino

Hacia la noche la almadía, que aún no había logrado alcanzar tierra firme, arribaba junto a un islote cubierto de abundante vegetación.

Muchísimas palmeras de varias especies elevaban su esbelto tronco entre los mangles.

Los filibusteros, que habían remado todo el día bajo un sol implacable, estaban rendidos, y sobre todo sedientos, pues no habían logrado encontrar ni una sola gota de agua dulce.

Probada varias veces la de la laguna, la habían encontrado salobre, denotando que se hacía sentir en los canales el flujo y reflujo del mar.

—¡Un vaso de agua a cambio de mi pipa! —decía Carmaux—. ¡Ya no puedo más!

—¡Una gota, y doy cuantas piastras tengo! —añadía el hamburgués.

—Temo, valientes, que tendremos que pasar la noche sin humedecernos la boca —decía el Corsario—. Hasta que lleguemos a algún río, no encontraremos agua potable.

—¡Esperad, señor! —dijo de repente Moko, que hacía ya algunos instantes miraba atentamente las plantas del islote, aún iluminadas por un último rayo de sol.

—¿Qué esperas hallar? ¿Algún manantial? —dijo el Corsario—. ¡No los hay en estas tierras fangosas!

—Me parece haber visto una planta que nos quitará la sed, señor.

—¿Un árbol fuente? —exclamó Carmaux riendo.

—Algo parecido, compadre blanco.

—¡Si nos diese vino!…

—Contentémonos con agua por ahora —dijo el negro—. ¡Seguidme!

Los tres filibusteros y Yara desembarcaron y siguieron al negro, que ya se había abierto paso por entre las plantas y las ramas.

Después de haber recorrido cerca de' doscientos pasos, Moko se había detenido ante una bellísima planta que crecía solitaria en un pequeño claro.

Era una especie de sauce de más de sesenta pies de alto, con la cima semejante a una inmensa cúpula formada por hojas oblongas y largas, pero no tanto como las de las palmeras.

De las ramas y del tronco de aquella extraña planta trasudaba el agua en tan gran cantidad, que formaba al pie un gran charco. Era una lluvia continua, incesante, que caía con monótono rumor.

—¡Una verdadera planta fuente! —exclamó asombrado Carmaux—. ¡Nunca he visto cosa semejante!

—¡Es realmente curiosísima! —dijo el Corsario—. ¿Qué planta es ésta?

—Un tamal caspi, señor —dijo Moko.

—¿Y de dónde proviene toda esta agua? —preguntó el hamburgués.

—Probablemente, este árbol absorbe y condensa la humedad de la atmósfera por medio de órganos especiales —dijo el Corsario—. En Canarias hay también plantas que manan abundante agua.

—¡Aprovechemos la ocasión de refrescarnos! —añadió Carmaux—. ¡A pesar de que Moko nos asegure que este árbol mana siempre, tengo miedo de que cese de un momento a otro!

Sin embargo, Carmaux no estaba sólo sediento: tenía un horrible apetito; y como las provisiones se habían agotado en la jornada y no habían sido renovadas por la absoluta prohibición de hacer uso de las armas de fuego, se volvió hacia el negro y le dijo:

—El agua es una buena bebida; pero he notado que las lágrimas de este tamal caspi sólo sirven para lavar los intestinos. Si tú, Moko, eres realmente una persona decente, debes encontrarnos algún otro árbol que suministre algo más sólido. ¿Qué os parece capitán?

—Que siempre tienes razón —repuso el Corsario sonriendo.

—Entonces, querido Moko, busca otro tamal caspi, que llore pollos asados, por ejemplo.

—¡Te vuelves exigente, compadre blanco! —dijo el negro—. ¡Ni aun en África he visto plantas que den pollos asados!

—Entonces, busquemos otra cosa.

En aquel momento se oyó hacia la laguna un grito extraño que parecía lanzado por algún animal bastante grande.

—¿Qué es eso! —preguntó Carmaux.

El negro y Yara se habían vuelto, y miraban a través de los árboles.

—¡Un manatí! —exclamó la joven mirando a Moko.

—Sí —dijo éste—. Es el grito de una vaca marina.

—O sea un lamantino? —preguntó el Corsario.

—Sí, capitán: una exquisita presa. —Pero difícil de capturar.

— ¡La cogeremos, capitán!

—¿Sin hacer uso de los fusiles? —Bastará un arpón.

—No lo tenemos.

—¡Se hace! Compadre blanco, ¿tienes una cuerda?

—Y diez, si quieres —contestó Carmaux—. Un marinero no está nunca desprovisto de cuerdas.

—Entonces, el manatí es nuestro.

—¿A qué raza pertenece ese señor manatí?—Ya lo verás, compadre.

Un segundo grito se oyó más cerca: el animal debía de estar cerca de la orilla del islote.

El negro cortó una larga rama casi recta, la despojó de sus hojas, y en una de las extremidades amarró sólidamente su navaja, formando así una especie de lanza de unos tres metros de largo.

—Venid —dijo después— y procurad no hacer ruido.

Moko se dirigió hacia el lugar donde estaba la almadía. Llegado junto a los mangles que bordeaban el islote, se detuvo observando atentamente el agua del canal.

Las tinieblas envolvían ya la tierra; pero, no habiendo niebla, se podía distinguir perfectamente cuanto hubiese en la laguna.

A breve distancia de la almadía las plantas acuáticas se agitaban como si algún animal tratara de abrirse paso.

—¡Ahí está! —dijo el negro volviéndose a sus camaradas— ¡Está comiendo!

—¿Quién? —preguntó Carmaux,

—El manatí.

—¿No le veremos?

—Espera un poco, y verás cómo sale, compadre.

—¿Permaneceremos ocultos aquí? —Por ahora, sí —repuso Moko—. ¡Ah! ¡Helo aquí!

El Corsario Negro, y sus compañeros se inclinaron hacia adelante. Entre las hierbas acuáticas había aparecido un animal enorme, algo semejante a una foca, pero de hocico alargado, no redondo.

—¡No os mováis! —repuso el negro.

Empuñó la lanza y avanzó cautelosamente por entre las ramas de los mangles sin producir ruido.

El lamantino estaba casi sumergido; pero de cuando en cuando alzaba la cabeza como si tratase de inquirir la procedencia de algún rumor.

De improviso se vio a Moko alzarse en el extremo de los mangles.

La lanza atravesó el espacio y cayó sobre el dorso del lamantino, hundiéndose profundamente en sus carnes.

—¡A la almadía! —gritó el negro.

Los tres filibusteros se habían precipitado hacia ella, y también Yara. Moko los precedía empuñando su hacha.

El lamantino, acaso herido de muerte, se debatía furiosamente entre las plantas acuáticas, lanzando gruñidos que se atenuaban rápidamente.

Brincaba entre las cañas, rompiéndolas.

A pesar de sus desesperados esfuerzos la lanza seguía clavada: con sus bruscas sacudidas se la clavaba más y más, aumentando la pérdida de sangre.

—¡A él! ¡A él! —gritaba el Corsario con la espada en la mano.

La almadía, vigorosamente empujada por Carmaux y el hamburgués, atravesó rápidamente el canal y alcanzó al desgraciado mamífero, que se había enredado entre las raíces de los mangles.

Moko alzó su hacha. Se oyó un sordo golpe seguido de un largo gruñido.

—¡Es muerto! —gritó.

El lamantino, con la cabeza destrozada por un hachazo, había caído sobre un banco de arena, exhalando en él el último suspiro.

—¡He aquí la cena! —dijo Moko preparándose a partir en trozos la presa.

—¡Y qué cena! —exclamó Carmaux—. ¡Necesitaríamos ser más de ciento para dar cuenta de ella!

El Corsario, inclinado sobre el mamífero, le observaba con curiosidad.

Aquel habitante de los ríos y lagunas de la América Central y Meridional medía cinco metros de largo, y no era de los mayores, pues que alcanzan hasta siete u ocho metros.

Tenía el aspecto de una foca; pero su hocico era largo y algo aplastado, en vez de dedos tenía dos especies de palmetas, y la cola era muy larga. En el pecho tenía dos ubres repletas de leche.

Estos mamíferos son bastante raros; hoy día se encuentran, sin embargo, algunos en el Orinoco, en el Amazonas, cerca de las bocas de los ríos de Guinea, y rara vez en México.

Son absolutamente inofensivos, y se nutren de plantas acuáticas.

Con algunos hachazos Moko había partido la parte inferior del lamantino. Era un magnífico trozo, de unas sesenta libras de peso, más que suficiente para que se alimentaran abundantemente durante algunos días los filibusteros.

El resto quedó abandonado para pasto de los caimanes.

Vueltos al islote, los filibusteros encendieron un buen fuego y asaron un trozo de lamantino ensartada en la baqueta de un fusil. La cena fue exquisita.

Al día siguiente los filibusteros reembarcaron con la esperanza de arribar a tierra firme antes de la puesta del sol.

A mediodía, después de haber dejado atrás muchos canales e islotes, el Corsario, que estaba sentado en el tejadillo para dominar la laguna, descubrió una columna de humo que se elevaba sobre los árboles que cubrían la tierra firme.

—¡Hay gente acampada en el bosque! —dijo Carmaux, que también había visto el humo.

—Sí —repuso el Corsario.

—¿Debemos huir, o acercarnos?

—¿Tú qué opinas, Moko? —preguntó el Corsario.

—No deben de ser españoles —dijo el gigante—. Por estos contornos no hay, que yo sepa, ninguna ciudad.

—¿Y tú, Yara, qué me aconsejas?

—Acerquémonos a ese campamento, señor —repuso la jovencita—. De los indios no tenemos nada que temer, y pueden darnos preciosas indicaciones.

—Vamos, pues, a la costa –dijo el Corsario tras una breve indecisión.

La almadía había embocado un largo canal que parecía dirigirse hacia la columna de humo.

El viento era muy favorable y la almadía avanzaba con cierta velocidad.

Islas e islotes seguían extendiéndose a diestro y siniestro del canal.

En sus orillas, de cuando en cuando, se veían familias de caimanes tomando el sol.

Aquellos peligrosos saurios no se cuidaban de los viajeros.

A las dos tan sólo medio kilómetro les separaba de tierra firme.

La playa, muy baja, estaba cubierta de plantas.

La columna de humo ya no se veía; pero, a pesar de ello, el Corsario esperaba llegar al campo indio, ya que había cuidado de anotar su posición.

—¡Un último esfuerzo, amigos! —dijo a Carmaux y a sus dos compañeros, que remaban fatigosamente, porque el viento era contrario—. ¡Pronto reposaréis!

El agua disminuía poco. El fondo, cubierto de plantas, detenía frecuentemente a la almadía.

Pero al fin la última dificultad fue superada, y a las cuatro los filibusteros y Yara desembarcaban en el lindero del bosque.

—¿Vamos al campamento? —preguntó Carmaux.

—Tú preferirías descansar, ¿verdad, valiente? preguntó el Corsario.

—Mejor aún, preparar la cena, capitán —contestó riendo el filibustero—. Todavía nos queda un buen trozo de vaca marina para un asado.

—¡Vaya por la cena! —dijo el Corsario—. Más tarde nos dirigiremos al campamento.

—Compadre Saco de carbón, puedes recorrer la selva. Debe de haber árboles frutales por aquí.

—Y miel —repuso el negro, que miraba atentamente entre los árboles.

—¿Miel has dicho? ¡Vientre de ballena! ¡Has descubierto hasta colmenas!

—No; hormigueros, compadre blanco.

¿Hormigueros? —exclamó Carmaux mirando al negro con estupor—. ¿Y qué tienen qué ver las hormigas con la miel que nos prometes?

—Sígueme, compadre, y lo verás.

—¡O este hombre está loco de remate, o es el mayor pillo que hay bajo la capa del cielo! —dijo Carmaux—. ¿No tendrás intenciones de burlarte de mí?

—Cuando Moko promete, cumple.

—Sigámosle —dijo el Corsario, no menos asombrado que Carmaux.

El negro se internó en el césped, y se detuvo ante un pequeño montículo como de un metro de largo y ocho o diez centímetros de alto que se extendía al pie del tronco de una palmera.

—¿Qué es eso? —preguntó Carmaux.

—Un hormiguero —dijo el negro—. ¡Ahora salen: miradlas!

Por un agujero en forma de embudo, abierto en el centro del montículo, salían en aquel momento unas hormigas mayores que las nuestras y con el vientre bastante abultado, a modo de un grano de uva.

Moko cogió una, la aplastó entre los dedos, y acercándosela a los labios succionó con avidez.

—¡Puah! —dijo Carmaux.

—Está llena de miel —repuso Moko.

Con la navaja hendió el montículo y puso al descubierto una serie de galerías divididas por pequeños muros formados de briznas, y fango.

Excavando en la dirección de las galerías repletas de hormigas, levantó un pedazo de tierra y enseñó a los asombrados filibusteros ocho celdillas de forma ovalada, de unas cinco o seis pulgadas de diámetro por cuatro de altura. Los tales depósitos estaban llenos de una materia oscura que exhalaba un ligero olor acidulado.

—¿Qué es? —preguntó Carmaux.

—Meta el dedo el compadre blanco, y lléveselo a los labios —dijo Moko.

—¡No me fío! —repuso el marinero.

—Yo probaré —dijo el Corsario. Hundió un dedo en aquella materia y se lo llevó a la boca.

—Es miel dulcísima —dijo. —¿De verdad es miel, capitán? —preguntó Carmaux.

—Y muy rica. Tan sólo algo ácida, a causa del ácido fórmico que tienen estos animales.

—¡Quién creyera que en este país las hormigas elaboran miel como las abejas! Si me lo hubiesen contado, no lo hubiera creído nunca.

—Pruébalo, Carmaux —dijo Van Stiller—. Es verdadera miel.

—Recojámosla, y nos servirá de postre para después del asado —dijo el Corsario.

Moko cogió una hoja de palma muy larga e hizo una especie de cartucho, que llenó de miel.

—Lo menos tenemos cuatro libras —dijo.

—¡Lástima no tener bizcochos! —dijo Carmaux.

—Los sustituiremos con plátanos —dijo el negro—. Espero encontrarlos.

Vaciadas todas las celdillas, los filibusteros tornaron a su campamento.

Los pobres insectos, arrojados de su nido, huían en todas direcciones como un ejército vencido.

Probablemente, esperaban la partida de los saqueadores para volver a las galerías y reparar los destrozos causados por el negro.

Esas laboriosísimas hormigas abundan en la América Central, particularmente en México y en el Colorado.

La miel que almacenan en las celdillas se diferencia poco de las de las abejas y tienen un sabor agradable, pero sin perfume.

La materia prima la extraen de la goma azucarada de la nuez gálica, y se calcula que son necesarias más de novecientas hormigas para elaborar una libra.

Los mexicanos, y sobre todo los indios, hacen gran consumo de ella, y fabrican con la misma un licor muy alcohólico bastante agradable.


Publicado el 6 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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