La Reina Margot

Alejandro Dumas


Novela



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Índice

PRIMERA PARTE
I. EL LATÍN DEL DUQUE DE GUISA
II. LAS HABITACIONES DE LA REINA DE NAVARRA
III. UN REY POETA
IV. LA NOCHE DEL 24 DE AGOSTO DE 1572
V. DEL LOUVRE EN PARTICULAR Y DE LA VIRTUD EN GENERAL
VI. LA DEUDA PAGADA
VII. LA NOCHE DEL 24 DE AGOSTO DE 1572
VIII. LAS VÍCTIMAS
IX. LOS ASESINOS
X. MUERTE, MISA O BASTILLA
XI. EL ESPINO BLANCO DEL CEMENTERIO DE LOS INOCENTES
XII. LAS CONFIDENCIAS
XIII. DE CÓMO HAY LLAVES QUE ABREN PUERTAS A LAS QUE NO ESTABAN DESTINADAS
XIV. SEGUNDA NOCHE DE BODAS
XV. LO QUE LA MUJER QUIERE, DIOS LO QUIERE
XVI. EL CADÁVER DE UN ENEMIGO SIEMPRE HUELE BIEN
XVII. UN COLEGA DE AMBROSIO PARÉ
XVIII. LOS APARECIDOS
XIX. LA CASA DE RENATO, EL PERFUMISTA DE LA REINA MADRE
XX. LAS GALLINAS NEGRAS
XXI. LAS HABITACIONES DE LA SEÑORA DE SAUVE
XXII. «SIRE, VOS SERÉIS REY»
XXIII. EL NUEVO CONVERSO
XXIV. LA CALLE TIZON Y LA CALLE DE CLOCHE—PERCÉE
XXV. LA CAPA COLOR CEREZA
XXVI. MARGARITA
XXVII. LA MANO DE DIOS
XXVIII. UNA CARTA DE ROMA
XXIX. LA CACERIA
XXX. MAUREVEL
XXXI. CAZA MAYOR
SEGUNDA PARTE
I. FRATERNIDAD
II. LA GRATITUD DEL REY CARLOS IX
III. DIOS DISPONE
IV. LA NOCHE DE LOS REYES
V. ANAGRAMA
VI. EL REGRESO AL LOUVRE
VII. EL CORDÓN DE LA REINA MADRE
VIII. PROYECTOS DE VENGANZA
IX. LOS ATRIDAS
X. EL HOROSCOPO
XI. CONFIDENCIAS
XII. LOS EMBAJADORES
XIII. ORESTES Y PÍLADES
XIV. ORTHON
XV. LA POSADA A LA BELLE ETOILE
XVI. DE MOUY DE SAINT—PHALE
XVII. DOS CABEZAS PARA UNA CORONA
XVIII. EL LIBRO DE CETRERÍA
XIX. LA CAZA CON HALCONES
XX. EL PABELLÓN DE FRANCISCO I
XXI. INVESTIGACIONES
XXII. ACTEON
XXIII. EL BOSQUE DE VINCENNES
XXIV. LA FIGURA DE CERA
XXV. ESCUDOS INVISIBLES
XXVI. LOS JUECES
XXVII. EL TORMENTO DE LOS BORCEGUÍES
XXVIII. LA CAPILLA
XXIX. LA PLAZA DE SAINT—JEAN—EN—GRÈVE
XXX. LA PICOTA
XXXI. SUDOR SANGUÍNEO
XXXII. LA PLATAFORMA DEL CASTILLO DE VINCENNES
XXXIII. LA REGENCIA
XXXIV. EL REY HA MUERTO. ¡VIVA EL REY!
XXXV. EPÍLOGO

PRIMERA PARTE

I. EL LATÍN DEL DUQUE DE GUISA

El lunes 18 de agosto de 1572 se celebraba en el Louvre una gran fiesta.

Las ventanas de la gran residencia, habitualmente a oscuras, se hallaban profusamente iluminadas; las calles y las plazas contiguas, siempre solitarias en cuanto se oían las nueve campanadas en Saint—Germain d'Auxe­rre, estaban, aun siendo ya media noche, atestadas de gente. Aquella multitud apretujada, amenazadora y es­candalosa parecía en la oscuridad de la noche un mar tenebroso y revuelto, cuyo ímpetu rompía en oleadas murmuradoras y cuyo caudal, desembocando por la calle de Fossés—Saint—Germain y por la de l'Astruce, fluía al pie de los muros del Louvre, batiendo con su reflujo las paredes del palacio de Borbón, que se elevaba enfrente.

A pesar de la fiesta real, o quizá debido a ella, la mu­chedumbre ofrecía un aspecto poco tranquilizador. El pueblo ignoraba que semejante solemnidad, en la que tan sólo tomaba parte como simple espectador, no era sino el preludio de otra, aplazada para ocho días des­pués, a la que sí sería convidado y a la que asistiría sin recelo alguno.

Celebraba la corte las bodas de doña Margarita de Valois, hija del rey Enrique II y hermana del rey Carlos IX, con Enrique de Borbón, rey de Navarra. Aque­lla misma mañana, el cardenal de Borbón los había ca­sado, sobre una tribuna erigida frente a la puerta de Nótre—Dame, siguiendo el ceremonial de rigor en las bodas de las princesas de Francia.

Este matrimonio sorprendió a todo el mundo y dio mucho que pensar a los más perspicaces. Nadie se expli­caba cómo se habían reconciliado dos partidos como el protestante y el católico, que tanto se odiaban en aquella época. ¿Perdonaría el joven príncipe de Condé al duque de Anjou, hermano del rey, la muerte de su padre, ase­sinado en Jarnac por Montesquieu? Y el joven duque de Guisa ¿perdonaría al almirante Coligny la muerte del suyo, asesinado en Orleáns por Poltrot de Meré? Más aún: Juana de Navarra, la valiente esposa del débil An­tonio de Borbón, que condujera a su hijo Enrique a es­te regio enlace, había muerto, apenas hacía dos meses, y corrían singulares rumores acerca de tan repentina muer­te. En todas partes se comentaba a media voz, y en algu­nos lugares se llegó a decir en voz alta que Catalina de Médicis, temerosa de que revelara algún terrible secreto, la había envenenado con unos guantes perfumados, obra de un tal Renato, florentino muy hábil en tales meneste­res. El rumor se propagó, adquiriendo mayores visos de verosimilitud cuando, después de la muerte de la reina, a petición de su hijo, dos médicos, uno de los cuales era el famoso Ambrosio Paré, fueron autorizados para abrir y estudiar el cadáver, excepción hecha del cerebro. Como quiera que Juana de Navarra había sido envenenada por la vía del olfato, sólo el cerebro, única parte del cuerpo excluida de la autopsia, podía presentar huellas del cri­men. Y empleamos esta palabra porque nadie dudó que se trataba de un crimen.

No acababan aquí los motivos de extrañeza. Seña­lemos particularmente con qué empeño, lindante con la obstinación, había tomado el rey Carlos esta boda; bien es verdad que no solamente restablecía la paz en su reino, sino que atraía a París a los principales hugo­notes de Francia.

Como los desposados pertenecieran, uno a la reli­gión católica y otro a la reformada, hubo de recurrirse para la autorización a Gregorio XIII, que ocupaba por entonces la Sede Pontificia. Pero la dispensa tardaba y tal retraso llegó a inquietar en sumo grado a la reina de Navarra, quien un día expresó al rey Carlos IX sus te­mores de que no fuera concedida, a lo que el rey tuvo a bien contestar:

—No os preocupéis, mi buena tía: os respeto más que al Papa y amo a mi hermana más de lo que parece. No soy hugonote, pero tampoco soy tonto, y si el se­ñor Papa pretende hacerse el remolón, yo mismo co­geré a Margarita del brazo y la llevaré hasta el templo protestante para que se case con vuestro hijo.

Estas palabras circularon por el palacio y por la ciudad, regocijando profundamente a los hugonotes y procurando graves motivos de intranquilidad a los ca­tólicos, que ya se preguntaban en secreto si el rey les traicionaría o si sólo estaba representando una comedia que tendría a la postre cualquier desenlace inesperado.

Sobre todo al almirante Coligny, quien desde cinco o seis años atrás no había cesado en su encarnizada opo­sición al rey, la conducta de Carlos IX parecía inexplica­ble. Luego de haber puesto a precio su cabeza ofreciendo por ella ciento cincuenta mil escudos de oro, el rey no brindaba más que a su salud, llamándole padre y decla­rando ante todo el mundo que sólo a él confiaría en ade­lante la dirección de la guerra. Llegaron las cosas a tal punto, que la propia Catalina de Médicis, que hasta en­tonces dirigió los actos, la voluntad y hasta los deseos del joven príncipe, parecía empezar a inquietarse seriamen­te; no sin motivo, ya que, en un momento de desahogo, Carlos IX había dicho al almirante a propósito de la gue­rra de Flandes:

—Padre mío, será preciso que cuidemos de que la reina madre, que como sabéis en todo quiere meter la nariz, no se entere de nada. Hemos de mantener este asunto tan en secreto, que ella no lo pueda adivinar, pues embrolladora como es, nos lo echaría todo a perder.

A pesar de su buen sentido y de su experiencia, Co­ligny no supo mantenerse fiel a una confianza tan ilimi­tada. Había llegado a París con grandes sospechas, pues, al salir de Chátillon, un campesino se arrojó a sus pies gritando: «¡oh señor, nuestro buen amo, no vayáis a París, porque, si vais, moriréis lo mismo que todos los que os acompañan!» Sin embargo, aquellos recelos se apagaron poco a poco en su corazón y en el de su yerno, Teligny, a quien el rey también daba grandes muestras de amistad llamándole su hermano, así como llamaba padre al almirante, y tuteándole como solía hacer con sus mejores amigos.

Los hugonotes, pues, excepto algunos de espíritu melancólico y desconfiado, se hallaban por completo tranquilos. La muerte de la reina de Navarra se había atribuido a una pleuresía, y los espaciosos salones del Louvre se veían llenos de todos aquellos valientes pro­testantes que esperaban del matrimonio de su joven jefe Enrique un inesperado cambio de fortuna. El almirante Coligny, La Rochefoucauld, el príncipe de Condé hijo, Teligny, en fin, todos los capitostes del partido se con­sideraban triunfantes al ver todopoderosos en el Louvre y tan bien acogidos en París a aquellos mismos a quienes tres meses antes el rey Carlos y la reina Catalina querían colgar de horcas más altas que las empleadas para los reos de asesinato. No faltaban más que el mariscal de Montmorency, a quien en vano se hubiera buscado en­tre sus pares. Ninguna promesa pudo seducirlo ni se dejó engañar por ningún gesto. Retirado en su castillo de L'Isle—Adam, daba por excusa de su ausencia el dolor que aún le causaba la falta de su padre, el condestable Anio de Montmorency, muerto de un tiro de pistola por Robert Stuart en la batalla de San Dionisio. Como habían transcurrido ya más de tres años desde tan des­dichado acontecimiento y la sensibilidad no era una virtud muy en boga en aquella época, cada cual inter­pretó como quiso aquel luto que prolongaba más de lo común.

Nada daba la razón al mariscal de Montmorency: el rey, la reina y los duques de Anjou y de Alençon cum­plían a las mil maravillas con los honores de la fiesta.

El duque de Anjou recibía de los propios hugonotes alabanzas muy merecidas con motivo de las dos batallas de Jarnac y de Montcontour, que supo ganar cuando to­davía no había cumplido los dieciocho años, siendo en esto más precoz que César y Alejandro, a quienes se les comparaba, cuidando muy bien de situar en un plano in­ferior a los vencedores de Issus y de Farsalia. El duque de Alençon veía todo esto con su mirada seductora y falsa. La reina Catalina, resplandeciente de alegría, hecha una dulzura, felicitaba al príncipe Enrique de Condé por su reciente matrimonio con María de Cleves. En fin, hasta los señores de Guisa sonreían a los seculares enemigos de su casa, y el duque de Mayenne conversaba con el señor de Tavannes y el almirante sobre la próxima guerra que, ahora más que nunca, era llegado el momento de declarar a Felipe II.

Por en medio de los grupos iba y venía, con la cabeza ligeramente ladeada y el oído atento a todas las conversa­ciones, un joven barbilampiño de dieciocho años, de in­teligente mirada, cabello negro muy corto, cejas espesas, nariz aguileña y sonrisa maliciosa. Este joven, que tan sólo se había distinguido en el combate de Arnay—le­Duc, donde expuso valientemente su vida, y que ahora recibía múltiples felicitaciones, era el alumno preferido de Coligny y el héroe del día. Tres meses antes, es decir, cuando todavía su madre no había muerto, le llamaban príncipe de Bearne; ahora era rey de Navarra, hasta tanto no fuese Enrique IV.

De vez en cuando, una nube sombría y rápida cruzaba por su frente; sin duda recordaba que hacía ape­nas dos meses que su madre había muerto y que él era quien menos podía dudar que había sido envenena­da, pero la nube debía ser pasajera, puesto que desapa­recía como una sombra flotante; precisamente quienes le dirigían la palabra, le felicitaban y se codeaban con él, eran los mismos que habían asesinado a la valiente Juana de Albret.

A pocos pasos del rey de Navarra, casi tan pensa­tivo y preocupado como alegre y expansivo aparentaba estar el rey, el joven duque de Guisa conversaba con Teligny. Más afortunado que el bearnés, su fama, a los veintidós años, era casi tan grande como la de su padre, el gran Francisco de Guisa. Era un distinguido mozo, de elevada estatura, de mirada altiva y orgullosa y do­tado de tan natural majestuosidad, que a su paso los demás príncipes parecían plebeyos. Pese a su juventud, los católicos le consideraban jefe de su partido, mien­tras que los hugonotes reconocían como jefe del suyo a Enrique de Navarra, cuyo retrato se acaba de esbozar.

Comenzó usando el título de príncipe de Joinvi­lle, habiendo hecho sus primeras armas en el sitio de Orleáns, al lado de su padre, que murió en sus brazos acusando al almirante Coligny de ser su asesino. Enton­ces, el joven duque hizo, como Annibal, un solemne jura­mento: vengar la muerte de su padre en la persona del almirante o en la de algún miembro de su familia, y per­seguir a los de su religión sin tregua ni reposo, prome­tiendo a Dios convertirse en su ángel exterminador so­bre la tierra hasta concluir con el último hereje. Por fuerza había de producir gran asombro el ver a este prín­cipe, siempre tan fiel a su palabra, estrechar la mano de quienes juró ser enemigo mortal y charlar amistosamen­te con el yerno de aquél a quien, ante su padre agonizan­te, prometió dar muerte.

Pero, como ya hemos dicho, ésta era la noche de las sorpresas. El observador privilegiado, que hubiese podido asistir a la fiesta provisto de ese conocimiento del porvenir del que por fortuna carecen los hombres y de esa facultad de leer en los corazones que, por desdi­cha, solo pertenece a Dios, habría gozado sin duda del más curioso espectáculo que ofrecen los anales de la tris­te comedia humana.

Este observador, que faltaba en las galerías interio­res del Louvre, continuaba en la calle, mirando con ojos llameantes y rugiendo con voz amenazadora: este ob­servador era el pueblo, quien, con su instinto maravillo­so agudizado por el odio, seguía desde lejos el ir y venir de las sombras de sus enemigos implacables, deducien­do sus pasiones tan claramente como pueda hacerlo un espectador situado ante las ventanas de un salón de baile en el que no puede entrar. La música embriaga y mar­ca el compás al bailarín, mientras que el espectador de fuera, como no la oye y tan sólo advierte el movimien­to, ríe de ese muñeco que parece agitarse caprichosa­mente.

La música que embriagaba a los hugonotes era la voz de su orgullo. Aquellas luminarias que a media no­che veían los parisienses eran los relámpagos de su odio que iluminaban el porvenir. Sin embargo, todo reía en el interior del Louvre, y ahora un murmullo más dulce y halagador que nunca se dejó sentir: la joven desposada, después de quitarse su traje de boda, su manto y su largo velo, acababa de entrar en el salón de baile, acompañada por la hermosa duquesa de Nevers, su mejor amiga, y conducida por su hermano Carlos IX, que la presenta­ba a sus principales invitados.

La recién casada, hija de Enrique II, era la perla de la corona de Francia, es decir, Margarita de Valois, a quien el rey Carlos IX, con su familiar ternura, llamaba siem­pre «mi hermana Margot».

Jamás un recibimiento, por halagador que fuese, había sido tan merecido como el que ahora se dispen­saba a la nueva reina de Navarra. Margarita, que entonces apenas contaba veinte años, era ya el objeto de las alabanzas de todos los poetas. Unos la comparaban a la aurora, otros a Citerea. Era, en efecto, la belleza sin rival en aquella corte donde Catalina de Médicis había reunido, para convertirlas en sus Sirenas, a las mujeres más hermosas que pudo hallar. Tenía los cabellos ne­gros, el color encendido, la mirada voluptuosa y velada por largas pestañas, la boca roja y delicada, el cuello airoso, el talle firme y flexible y, ocultos en calzado de raso, unos pies de niña. Los franceses se sentían orgu­llosos de tenerla con ellos, viendo cómo se abría en su tierra una flor tan magnífica... Los extranjeros que pa­saban por Francia regresaban a sus países deslumbrados por su belleza si sólo la habían visto y admirados de su saber si habían logrado hablar con ella. Margarita no so­lamente era la más bella, sino también la más culta de las mujeres de su tiempo. Se citaba la frase de un sabio ita­liano que le había sido presentado y que, después de ha­ber conversado una hora con ella en italiano, español, latín y griego, se había ido diciendo lleno de entusiasmo: «Ver la corte de Francia sin ver a Margarita de Valois, ni es ver Francia ni es ver la corte».

No escasearon, por lo tanto, los murmullos de apro­bación al rey Carlos IX y a la reina de Navarra; ya se sabe lo aficionados que eran los hugonotes a tales demostra­ciones. No faltaron infinidad de alusiones al pasado y hubo no pocas preguntas acerca del porvenir que fueron hábilmente deslizadas hasta el oído del rey en medio de los cumplidos.

A todas estas alusiones respondía el monarca con sus labios pálidos y su falsa sonrisa:

—Al entregar a mi hermana Margarita en brazos de Enrique de Navarra, entrego mi corazón en brazos de todos los protestantes del reino.

Esta frase tranquilizaba a unos y hacía sonreír a otros, porque en realidad tenía dos sentidos: uno pater­nal, en el que Carlos IX no quería insistir demasiado; otro injurioso, para la desposada, para su marido y has­ta para el rey mismo, porque aludía a ciertos escándalos privados con que la crónica de la corte había encontra­do ya el medio de manchar el velo nupcial de Margarita de Valois.

Entre tanto, el señor de Guisa conversaba, como decíamos, con Teligny, pero sin prestar al diálogo tanta atención como para no poder dirigir de vez en cuando una mirada al grupo de damas en cuyo centro resplan­decía la reina de Navarra.

Cuando la mirada de la princesa chocaba con la del joven duque, una nube parecía oscurecer la encantado­ra frente coronada por una aureola temblorosa de ruti­lantes estrellas, y un oculto designio parecía descubrir­se en su actitud impaciente y agitada.

La princesa Claudia, hermana mayor de Margarita, casada desde hacía varios años con el duque de Lorena, había notado esa inquietud, y ya se acercaba a ella para preguntarle la causa, cuando, al apartarse todos para dar paso a la reina madre, que entraba apoyándose en el brazo del joven príncipe de Condé, la princesa se halló de nuevo alejada de su hermana.

Se produjo entonces un movimiento general que el duque de Guisa aprovechó para acercarse a su cuñada, la señora de Nevers, y, por consiguiente, a Margarita.

La señora de Lorena, que no había perdido de vista a la joven reina, vio desaparecer de su frente la nube que hasta entonces la velara y subir hasta sus mejillas una encendida llama. El duque continuaba aproximándose y, cuando estuvo a dos pasos de Margarita, esta, que más parecía sentirle que verle, se volvió, no sin hacer un violento esfuerzo para dar a su semblante una expresión calmosa a indiferente. El duque se inclinó ante ella en un respetuoso saludo mientras murmuraba a media voz:

—Ipse attuli.

Lo que significaba: «Lo he traído» o «Lo he traído yo mismo».

Margarita devolvió su reverencia al joven duque y al incorporarse pronunció esta respuesta:

—Noctu pro more.

O lo que es igual: «Esta noche, como de costumbre».

Estas dulces palabras, apagadas por el enorme cue­llo almidonado del vestido de la princesa, cual lo hubie­ran sido por una mampara, no fueron oídas más que por la persona a quien iban dirigidas. Por corto que fuese, el diálogo encerraba, sin duda, cuanto tenían que decirse, ya que, terminado este intercambio de dos palabras por tres, se separaron, Margarita más pensativa y el du­que con el rostro más radiante que antes de haberse acercado.

Tuvo lugar esta pequeña escena sin que el más inte­resado en observarla pareciera prestar la menor aten­ción. El rey de Navarra no tenía ojos más que para una sola persona, que reunía en torno suyo una corte casi tan numerosa como Margarita de Valois: esta persona era la bella señora de Sauve.

Carlota de Beaune—Semblancay, nieta del desdi­chado Semblancay y esposa de Simón de Fizes, barón de Sauve, era una de las damas de honor de Catalina de Médicis y una de las más temibles colaboradoras de esta reina, que ofrecía a sus enemigos el filtro del amor cuando no se atrevía a darles el veneno florentino. Pe­queña, rubia, tan pronto chispeante como melancólica, siempre dispuesta al amor y a la intriga, esos dos gran­des quehaceres que desde hacía cincuenta años ocupa­ban a la corte de los tres últimos reyes, mujer en toda la acepción de la palabra y con todo el encanto que esto implica, desde los ojos azules lánguidos o llameantes hasta los piececitos inquietos y arqueados en su calza­do de terciopelo, la señora de Sauve era dueña desde hacía algunos meses de todos los pensamientos del rey de Navarra, que se iniciaba entonces tanto en la carrera amorosa como en la política; de modo que Margarita de Navarra, belleza magnífica y real, ni siquiera pudo despertar la admiración en el fondo del corazón de su esposo. Cosa extraña y que asombraba a todo el mun­do, incluso a este alma llena de tinieblas y de misterios, era que Catalina de Médicis, al mismo tiempo que perseguía su proyecto de unión entre su hija y el rey de Navarra, no había dejado de favorecer, casi abierta­mente, los amores de éste con la señora de Sauve. Mas a pesar de ayuda tan poderosa y a despecho de las cos­tumbres fáciles de la época, la bella Carlota había re­sistido hasta entonces.

De esta resistencia sin precedentes, increíble, in­audita, más aún que de la belleza y de la inteligencia de la que resistía, nació en el corazón del bearnés una pa­sión que, no pudiendo satisfacerse, se replegó sobre sí misma, devorando en el corazón del joven rey la timi­dez, el orgullo y hasta aquella despreocupación mitad filosófica, mitad perezosa, que constituía el fondo de su carácter.

La señora de Sauve hacía unos minutos que acababa de entrar en el salón de baile; fuera por desprecio o por resentimiento, había resuelto en un principio no asistir al triunfo de su rival y, pretextando una indisposición, había consentido que su esposo, secretario de Estado desde hacía cinco años, fuera solo al Louvre. Pero, al ver al barón de Sauve sin su esposa, Catalina de Médicis se informó de la causa que mantenía alejada a su amada Carlota. Al saber que sólo se trataba de una leve indis­posición, le escribió unas líneas rogándole que se pre­sentara, ruego que ésta se apresuró a obedecer. Enrique, aunque muy triste al principio por su ausencia, respiró con más libertad al ver entrar solo al señor de Sauve; pero en el momento en que, no esperando ni remo­tamente su llegada, se acercaba suspirando a la amable criatura a la que estaba condenado si no a amar, por lo menos a tratar como esposa, vio aparecer a la señora de Sauve en el extremo de la galería. Entonces se quedó clavado en su sitio con los ojos fijos en aquella Circe que lo encadenaba con un lazo mágico. Luego, en lugar de dirigirse a su esposa, se acercó a la señora de Sauve con un movimiento de vacilación que más parecía de asom­bro que de temor.

Los cortesanos, por su parte, viendo que el rey de Navarra, cuyo corazón ardiente conocían, se aproxi­maba a la hermosa Carlota, no se atrevieron a impe­dirlo, y se alejaron. Así, al mismo tiempo que Margari­ta de Valois y el señor de Guisa intercambiaban las pocas palabras latinas que hemos mencionado, Enri­que entablaba con la señora de Sauve, en un francés muy inteligible, aunque salpicado de acento gascón, una charla menos misteriosa.

—¡Oh, amiga mía —le dijo—, aparecéis aquí en el momento en que acaban de informarme que estabais en­ferma y cuando había perdido ya la esperanza de veros!

—¿Pretenderá Vuestra Majestad—respondió la se­ñora de Sauve—hacerme creer que le habría costado mu­cho perder esa esperanza?

—¡Cómo! Ya lo creo —repuso el bearnés—. ¿Aca­so no sabéis que vos sois mi sol durante el día y mi es­trella durante la noche? Os aseguro que me creía en la oscuridad más profunda. Al llegar vos iluminasteis todo de pronto.

—Entonces, ¿os he hecho una mala pasada?

—¿Qué queréis decir, amiga mía?

—Quiero decir que, cuando se es dueño de la mu­jer más hermosa de Francia, lo único que se debe de­sear es que la luz deje paso a la oscuridad, porque es en la oscuridad donde nos espera la dicha.

—Esta dicha, querida, sabéis muy bien que depende de una sola persona y que esta persona se ríe y se burla del pobre Enrique.

—¡Oh! —replicó la baronesa—. Yo había creído que, por el contrario, esa persona era el juguete y la burla del rey de Navarra.

Enrique se quedó estupefacto ante aquella actitud hostil, pero después cayó en la cuenta de que era pro­ducto del despecho, y pensó que éste no es más que la máscara del amor.

—En verdad, querida Carlota—dijo—, me acusáis muy injustamente y no comprendo cómo una boca tan bella pueda ser a un mismo tiempo tan cruel. ¿Creéis por ventura que soy yo quien se casa? ¡Oh, no, de nin­guna manera! ¡Qué voy a ser yo!

—Seré yo entonces —repuso la baronesa con acri­tud, si es que puede parecer agria la voz de la mujer que nos ama y se queja de no sentirse correspondida.

—¿Con unos ojos tan bellos, no alcanzáis a ver más allá? No, no, no es Enrique de Navarra quien se casa con Margarita de Valois.

—¿Pues quién es?

—¡Por Dios, baronesa! Es la religión reformada la que se casa con el Papa. ¡Ni más ni menos!

—Nada de eso, señor, no pienso dejarme engañar por vuestros juegos de ingenio; Vuestra Majestad ama a Mar­garita y no soy yo, Dios me libre, quien puede reprochá­roslo. Ella es lo bastante hermosa como para ser amada.

Enrique reflexionó un instante, durante el cual las comisuras de sus labios fingieron una sonrisa.

—baronesa —dijo—, según veo, buscáis querella. No tenéis derecho a ello. ¿Qué habéis hecho, decidme, para impedir que me case con Margarita? Nada. Por el contrario, me habéis hecho perder toda esperanza.

—¡Bien castigada estoy! —respondió la señora de Sauve.

—¿Por qué?

—Por la sencilla razón de que hoy os casáis con otra.

—¡Si me caso con ella es porque vos no me amáis...!

—Si os amase, Sire, moriría antes de una hora.

—¡Dentro de una hora! ¿Qué queréis decir? ¿Cuál sería la causa de vuestra muerte?

—¡Los celos!... Dentro de una hora, la reina de Navarra despedirá a sus damas y Vuestra Majestad a sus gentiles hombres.

—¿Es ésta la idea que en realidad os tortura, amiga mía?

—No he querido decir eso; lo que sí digo es que, si os amara, me torturaría horriblemente.

—¡Pues bien! —exclamó Enrique lleno de júbilo al oír tal confesión, la primera que recibía de aquellos la­bios—. ¿Y si el rey de Navarra no despidiera a ninguno de sus gentiles hombres esta noche?

—Sire —dijo la señora de Sauve, mirando al rey con un asombro que por esta vez no era fingido—, es­táis diciendo cosas imposibles y sobre todo increíbles.

—Para que las creyerais, ¿qué tendría que hacer?

—Tendríais que darme una prueba que no podéis darme.

—¡Oh, señora, por san Enrique, os la daré, estad segura! —exclamó el rey devorando a la joven con una mirada amorosa.

—¡Majestad!... —murmuró la bella Carlota bajan­do la voz y los ojos—. No comprendo... ¡No, no, es imposible que renunciéis a la felicidad que os espera!

—Hay cuatro Enriques en esta sala, mi bien —re­puso el rey—: Enrique de Francis, Enrique de Condé, Enrique de Guisa y Enrique de Navarra.

—¿Y qué?

—Que Enrique de Navarra no hay más que uno. ¿Si le tuvierais a vuestro lado toda la noche...?

—¿Toda la noche?

—Sí, toda la noche. ¿Estaríais segura de que no está con otra?

—¡Ah, si sois capaz de hacer eso! —exclamó a su vez la señora de Sauve.

—Palabra de caballero.

La señora de Sauve levantó sus grandes ojos llenos de voluptuosas promesas y sonrió al rey, cuyo corazón se colmó de alegría.

—En ese caso, ¿qué diríais? —preguntó Enrique. —¡Oh! En ese caso diría que Vuestra Majestad ver­daderamente me ama —respondió Carlota.

—¡Cuerpo de Baco! Entonces decidlo, porque así es.

—Pero ¿cómo haremos? —prosiguió la señora de Sauve.

—¡Por Dios, baronesa, no os faltará alguna cama­rera, alguna doncella o alguna joven de la que podáis estar segura!

—Tengo a Dariole, que me sirve con tanta devoción que con gusto se dejaría cortar en pedazos por mí. ¡Un verdadero tesoro!

—Decidle, ¡por Satanás!, baronesa, que haré su for­tuna cuando se cumpla lo que han predicho los astrólo­gos y yo sea rey de Francia.

Carlota sonrió; ya en esa época estaba formada la reputación gascona del bearnés en lo que respecta a sus promesas.

—¿Qué deseáis de Dariole?

—Muy pocas cosa. Lo que para ella no será nada lo será todo para mí.

—¿En resumen?

—Vuestro departamento está situado encima del mío, ¿no es cierto?

—Sí.

—Decidle que espere detrás de la puerta. Daré tres golpes suaves. Cuando me abra, vos tendréis la prueba que os he prometido.

La señora de Sauve guardó silencio unos segundos; luego, como si hubiera mirado a su alrededor para ase­gurarse de que nadie la oía, fijó por un instante los ojos en el grupo donde se encontraba la reina madre, instan­te que bastó para que Catalina y su dama de honor cam­biaran una mirada.

—¡Ah! Si yo quisiera —dijo la señora de Sauve con un acento de Sirena que hubiese derretido la cera en los oídos de Ulises—, si yo quisiera sorprender en una mentira a Vuestra Majestad...

—Tratad de hacerlo, amiga mía, es cuestión de que lo intentéis...

—Os confieso que tengo que luchar contra la ten­tación.

—Daos por vencida, nunca son tan fuertes las mu­jeres como después de haber cedido.

—Señor, os cojo la palabra en nombre de Dariole para el día en que seáis rey de Francia.

Enrique lanzó un grito de alegría.

En el preciso momento en que este grito se esca­paba de los labios del bearnés, la reina de Navarra res­pondía al duque de Guisa:

—Noctu pro more: esta noche, como de costumbre.

Enrique se alejó entonces de la señora de Sauve tan dichoso como el duque de Guisa de Margarita de Va­lois.

Una hora después de esta doble escena que acaba­mos de relatar, el rey Carlos y la reina madre se retira­ban a sus aposentos. Inmediatamente, los salones co­menzaron a despoblarse y las galerías dejaron ver la base de sus columnas de mármol.

El almirante y el príncipe de Condé salieron escol­tados por cuatrocientos gentiles hombres, abriéndose paso entre la multitud que murmuraba. Luego, Enrique de Guisa y los caballeros loreneses y católicos salieron a su vez acompañados por los gritos de alegría y los aplausos de la multitud.

En cuanto a Margarita de Valois, Enrique de Na­varra y la señora de Sauve, ya se sabe que habitaban en el mismo palacio del Louvre.

II. LAS HABITACIONES DE LA REINA DE NAVARRA

El duque de Guisa acompañó a su cuñada, la du­quesa de Nevers, a su casa, sita en la calle de Chaume, frente a la de Brac. Después de haberla dejado al cuida­do de sus doncellas, entró en su cuarto para cambiarse de ropa, coger una capa y armarse de uno de esos puña­les cortos y agudos llamados «fe de caballero», que se llevaban sin la espada. En el momento en que iba a cogerlo de encima de la mesa, vio entre la hoja y la vaina un papel.

Lo abrió y leyó lo que sigue:

«Espero que el señor de Guisa no vuelva esta noche al Louvre, o, si lo hace, tome al menos la precaución de armarse con una buena cota de malla y una buena espada. »

—¡Ah! —dijo el duque, volviéndose hacia su ayu­da de cámara—. ¡Singular advertencia, Robin! Espero que me digas quién entró aquí durante mi ausencia.

—Una sola persona, monseñor.

—¿Quién?

—El señor Du Gast.

—¡Perfectamente! Me pareció reconocer la letra. ¿Estás seguro de que Du Gast ha venido? ¿Le has visto?

—Más todavía, monseñor, he hablado con él.

—¡Muy bien! Seguiré su consejo. Tráeme la cota y la espada.

El criado, habituado a estos cambios de indumenta­ria, le entregó al instante lo que pedía. El duque se puso la cota tejida con mallas tan flexibles que la trama de acero no era más gruesa que el terciopelo. Ciñóse las calzas y se vistió con un jubón gris y plata, sus colores favoritos. Se calzó unas altas botas que le llegaban hasta la mitad del muslo, se caló un gorro de terciopelo negro sin plumas ni pedrerías, se envolvió en una capa oscura, colgó su puñal al cinto y poniendo su espada en manos de un paje, única escolta que eligió como compañía, tomó el camino del Louvre.

Al poner los pies en la calle, el sereno de Saint­ Germain d'Auxerre acababa de cantar la una de la ma­drugada.

Pese a lo avanzado de la noche y a las pocas seguri­dades que ofrecían las calles en aquella época, el prín­cipe aventurero no tuvo ningún tropiezo por el cami­no, llegando sano y salvo ante la masa colosal del viejo Louvre, cuyas luces se habían apagado una tras otra y ahora se erguía, sombrío y formidable, en medio del si­lencio y la oscuridad.

Delante del castillo real se extendía un profundo foso, al que daban la mayoría de las habitaciones de los príncipes. Las habitaciones de Margarita estaban si­tuadas en el primer piso.

Este primer piso hubiera sido muy accesible a no ser por el foso, de cuyo fondo le separaba una distancia de cerca de treinta pasos. Por consiguiente, quedaba fuera del alcance de los amantes y de los ladrones, lo que no impidió que el señor de Guisa bajara resuelta­mente al foso.

En el momento en que lo hacía se oyó abrirse una ventana en la planta baja. Esta ventana estaba enrejada, pero una mano levantó uno de los barrotes, falseado con premeditación, y dejó caer un cordón de seda.

—¿Sois vos, Guillonne? —preguntó el duque en voz baja.

—Sí, monseñor —respondió una voz femenina en tono todavía más bajo.

—¿Y Margarita?

—Os espera.

—Magnífico.

Dichas estas palabras, el duque hizo una señal a su paje, quien, abriendo su capa, desenrolló una pequeña escala de cuerda. El príncipe ató uno de los extremos de la escala al cordón. Guillonne atrajo hacia sí la esca­la y la sujetó sólidamente. El señor de Guisa, luego de ceñirse la espada, comenzó la ascensión, que hizo sin tropiezo alguno. Detrás de él volvió a su sitio el barro­te, la ventana se cerró de nuevo y el paje, después de contemplar cuán tranquilamente entraba su señor en el Louvre, fue a tenderse, arrebujado en su capa, sobre la hierba del foso, al amparo de la muralla.

La noche era muy cerrada y caían algunas gotas de lluvia, tibias y gruesas, procedentes de unos nubarro­nes cargados de electricidad.

El duque de Guisa siguió a su guía, que era nada menos que la hija de Jacques de Matignon, mariscal de Francia. Pasaba por ser la confidente de Margarita, quien no tenía secretos para ella y, según las malas len­guas de la corte, entre los misterios que ocultaba su in­corruptible fidelidad, había algunos tan terribles que le obligaban a guardar los otros.

Ninguna luz había quedado encendida en las habi­taciones del piso bajo ni en los corredores. Sólo de vez en cuando un tenue relámpago iluminaba las oscuras habitaciones con un reflejo azulado y fugaz.

El duque, siempre guiado por la muchacha que lo llevaba de la mano, llegó por fin a una escalera de cara­col que se abría en el espesor de un muro y que iba a dar a una puerta secreta a invisible de la antecámara de las habitaciones de Margarita. Esta antecámara, como las demás cámaras del piso bajo, estaba sumergida en la más completa oscuridad.

Al llegar allí, Guillonne se detuvo.

—¿Habéis traído lo que la reina desea? —inquirió en voz baja.

—Sí —respondió el duque de Guisa—, pero sólo se lo entregaré a Su Majestad en persona.

—Venid, pues, sin perder un instante —dijo en­tonces, en medio de la oscuridad, una voz que hizo es­tremecer al duque, pues reconoció en ella a la de Mar­garita.

Al mismo tiempo, al levantarse un cortinaje de terciopelo violeta con doradas flores de lis, el duque distinguió en la sombra a la reina en persona que, im­paciente, le salía al encuentro.

—Heme aquí, señora —dijo entonces el duque, y traspuso rápidamente la cortina, que se cerró tras él.

Tocó el turno a Margarita de Valois de servir de guía al príncipe en estas habitaciones, que él conocía de sobra, mientras Guillonne, quedándose en la puerta, se llevaba un dedo a los labios para tranquilizar a su au­gusta señora.

Como si hubiera comprendido las celosas inquie­tudes del duque, Margarita le condujo hasta su dormi­torio, donde le dijo:

—¿Estáis contento, duque?

—¿Contento, señora? —preguntó éste—. ¿Y de qué, si puede saberse?

—De esta prueba que os doy —repuso Margarita con un imperceptible tono de despecho—, pues perte­nezco a un hombre que la misma noche de bodas hace tan poco caso de mí, que ni siquiera ha venido a agrade­cerme el honor que le he hecho, no ya eligiéndole por esposo, sino aceptándole como tal.

—¡Oh, señora! —dijo tristemente el duque—. Tran­quilizaos: vendrá, sobre todo si vos lo deseáis.

—¡Y sois vos quien dice eso, Enrique! –exclamó Margarita—. ¡Vos, que sabéis mejor que nadie lo con­trario de lo que estáis diciendo! ¿Os hubiera yo pedido que vinierais al Louvre si tuviera este deseo?

—Me habéis pedido que viniera al Louvre, Marga­rita, porque deseáis borrar todo vestigio de nuestro pa­sado, pasado que no sólo vivía en mi corazón, sino tam­bién en este cofre de plata que os traigo.

—¿Queréis que os diga una cosa, Enrique?—repu­so Margarita mirando fijamente al duque—. ¡Más que un príncipe, me parecéis un colegial! ¿Yo negar que os he amado? ¿Yo querer apagar una llama que quizá se extinga, pero cuya luz perdurará siempre? Sabed que los amores de las personas de mi rango iluminan y a veces incendian toda una época. ¡No, no, mi dueño! Podéis conservar las cartas de vuestra Margarita y el cofre que ella os dio. De todas esas cartas, ella no reclama más que una sola, que es tan peligrosa para vos como para ella misma.

—Todo es vuestro —replicó el duque—; elegid, pues, y destruid lo que queráis.

Margarita registró con rapidez el cofre abierto. Fue cogiendo con sus manos febriles hasta una docena de cartas, limitándose a ver los sobres, como si con esto su memoria recordara cuál era su contenido, pero, al lle­gar al final de su examen, miró al duque y, palidecien­do, le dijo:

—Señor, no está aquí la que busco. ¿Acaso la ha­béis perdido? Porque si la habéis entregado...

——¿Qué carta buscáis, señora?

—Aquella en que os decía que os casarais sin tardanza.

—¿Para excusar vuestra infidelidad?

Margarita se limitó a encogerse de hombros:

—No, por cierto, sino para salvaros la vida. Busco la carta en la que os decía que el rey, enterado de nues­tro amor y viendo los esfuerzos que yo hacía para romper vuestra futura unión con la infanta de Portugal, había llamado a su hermano, el bastardo de Angu­lema, y le había dicho, mostrándole dos espadas: «Con ésta matarás a Enrique de Guisa esta noche o yo lo ma­taré mañana con esta otra». Decidme, ¿dónde está esa carta?

—Vedla aquí—dijo el duque sacándola de su pecho.

Margarita casi se la arrebató de las manos, la abrió con avidez, se cercioró de que era realmente la que bus­caba, lanzó una exclamación de alegría y la acercó a una vela. La llama se comunicó enseguida al papel, que ar­dió en un instante. Luego, como si Margarita temiese que pudieran descubrirla, aplastó las cenizas con su pie.

Durante toda esta febril escena, el duque de Guisa había seguido con la mirada a su amante.

—¿Y ahora, Margarita? —le dijo cuando ella hubo terminado—. ¿Estáis contenta?

—Sí, porque ahora que estáis casado con la princesa de Porcian, mi hermano me perdonará vuestro amor, mientras que antes no me hubiese perdonado el haberos revelado un secreto como el que, en mi debilidad por vos, no tuve el valor de ocultaros.

—Es verdad —respondió el duque de Guisa—. Claro que en aquel tiempo me amabais...

—Y os amo todavía, Enrique, tanto o más que antes.

—¿Vos?

—Sí, yo. Nunca he necesitado tanto un amigo sin­cero y fiel como ahora que soy una reina sin trono y una esposa sin marido.

El joven príncipe ladeó tristemente la cabeza.

—Os digo y os repito, Enrique, que mi marido no solamente no me ama, sino que me odia, me desprecia. ¿Queréis mejor prueba de ese odio y de ese desprecio que vuestra presencia aquí, en la habitación donde él debería estar a estas horas?

—Aún no es tarde, señora, y el rey de Navarra ne­cesita tiempo para despedir a sus gentiles hombres. Si no ha venido, no tardará en llegar.

—¿Cómo queréis que os diga que no vendrá? —ex­clamó Margarita con creciente despecho.

—Señora —dijo Guillonne abriendo la puerta y le­vantando las cortinas—, el rey de Navarra sale en este momento de sus habitaciones.

—¡Estaba seguro de que vendría! —gritó el duque de Guisa.

—Enrique —dijo Margarita con voz cautelosa, co­giéndole de la mano—. Enrique, vais a ver si soy una mu­jer de palabra y si se puede confiar en mis promesas; entrad en ese gabinete.

—¡Señora, dejadme partir si es tiempo todavía, por­que a la primera prueba de amor que el rey os dé, saldré de mi escondite y... desdichado de él!

—¡Entrad os digo! ¡Estáis loco! ¡Entrad! Yo res­ponderé de todo.

Y empujó al duque hacia el gabinete. ¡Con qué oportunidad! Apenas se cerró la puerta detrás del du­que, apareció sonriente el rey de Navarra, escoltado por dos pajes que llevaban ocho velas de cera amarilla.

Margarita disimuló su turbación en una profunda reverencia.

—¿Todavía no estáis acostada, señora? —preguntó el bearnés con su aspecto franco y jovial—. ¿O es que por ventura me esperabais?

—No, señor —respondió Margarita—, ayer mis­mo me dijisteis que sabíais perfectamente que nuestro matrimonio era una alianza política y que nunca ejer­ceríais vuestros derechos sobre mí.

—Desde luego, pero esto no es razón para que no conversemos un poco los dos. Guillonne, cerrad las puertas y dejadnos.

Margarita, que se había sentado, levantóse y exten­dió la mano como para ordenar a los pajes que se que­daran.

—¿Será preciso que llame a vuestras damas? —pre­guntó el rey—. Así lo haré si es vuestro deseo, pero os confieso que, por las cosas que tengo que deciros, pre­feriría que estuviésemos solos. —Y el rey de Navarra se adelantó hacia el gabinete.

—¡No! —gritó Margarita, interceptándole violen­tamente el paso—. Es inútil; estoy dispuesta a escu­charos.

El bearnés sabía ya cuanto deseaba saber. Dirigió una rápida mirada hacia el gabinete, como si a través de los cortinajes hubiese querido penetrar en sus más som­brías profundidades. Y luego, volviendo sus ojos hacia su bella esposa, pálida de terror:

—En ese caso, señora —le dijo con voz perfecta­mente tranquila—, podremos conversar un momento.

—Como guste Vuestra Majestad —dijo la joven, dejándose caer en el sillón que le indicaba su marido.

El bearnés se colocó cerca de ella.

—Señora, a pesar de lo que diga la gente, creo que nuestro matrimonio es un buen matrimonio. Yo soy vuestro y vos sois mía.

—Pero... —dijo Margarita.

—Debemos, por consiguiente —continuó el rey de Navarra, sin advertir al parecer la vacilación de Mar­garita—, obrar como buenos aliados, puesto que hoy nos hemos jurado alianza ante Dios. ¿No es esta vues­tra opinión?

—Sin duda, señor.

—Conozco, señora, cuán grande es vuestra inteli­gencia. No ignoro de cuántos peligrosos abismos está sembrado el terreno de la corte; soy joven y, aunque nunca hice mal a nadie, tengo muchos enemigos. ¿En qué bando, señora, debo colocar a quien lleva mi nom­bre y me ha jurado fidelidad al pie del altar?

—¡Oh, señor! Podíais pensar...

—No pienso nada, señora, espero y quiero asegu­rarme de que mi esperanza es fundada. Es indudable que nuestro casamiento no es más que un pretexto o una trampa.

Margarita se estremeció, sin duda porque también a su mente había acudido la misma idea.

—Ahora bien, ¿en cuál de los dos bandos? —con­tinuó Enrique de Navarra—. El rey me odia, el duque de Anjou me odia, el duque de Alençon me odia, Ca­talina de Médicis odiaba demasiado a mi madre para no odiarme a mí también.

—¡Oh, señor! ¿Qué estáis diciendo?

—La verdad, señora —prosiguió el rey—, y de­searía, para que nadie creyera que me engaño acerca del asesinato del señor De Mouy y del envenenamien­to de mi madre, que hubiese aquí alguien que pudiera oírme.

—Señor—interrumpió Margarita, con el tono más tranquilo y sonriente que pudo—, sabéis muy bien que aquí no hay nadie más que vos y yo.

—Por eso justamente me atrevo a deciros que no me engañan los halagos que me hace la Casa de Francia ni los que me prodiga la Casa de Lorena.

—¡Sire, Sire! —exclamó Margarita.

—¿Qué hay, amiga mía? —preguntó sonriendo, a su vez, Enrique.

—Hay, señor, que tales palabras son muy peligro­sas...

—De ningún modo estando... solos como estamos —repuso el rey—. Os decía, pues...

Margarita, visiblemente atormentada, hubiera que­rido detener cada palabra en los labios del bearnés. En­rique proseguía con su aparente ingenuidad:

—Os decía, pues, que estoy amenazado por todas partes: amenazado por el rey, amenazado por el duque de Alençon, amenazado por el duque de Anjou, ame­nazado por la reina madre, amenazado por el duque de Guisa, por el de Mayenne, por el cardenal de Lorena, por todo el mundo, en fin. Esto se sabe por instinto, de sobra lo comprendéis, señora. Pues bien, contra todas esas amenazas, que no tardarán en convertirse en ataques, puedo defenderme con vuestro apoyo. A vos os quieren todas esas personas que a mí me detestan.

—¿A mí? —preguntó Margarita.

—Sí, a vos —respondió Enrique de Navarra con la mayor naturalidad—. Os quiere el rey Carlos, os quiere —añadió recalcando el nombre— el duque de Alençon, os quiere la reina Catalina, os quiere el duque de Guisa.

—Señor... —murmuró Margarita.

—Nada tiene de extraño que todo el mundo os quie­ra. Quienes acabo de nombrar son vuestros hermanos o vuestros parientes. Amar a los parientes y a los herma­nos es vivir conforme a la ley de Dios.

—Terminad ya, de una vez —dijo Margarita sofo­cada—. ¿Hasta dónde queréis llegar, señor?

—Quiero llegar hasta donde os he dicho y es que si os convertís, no diré en mi amiga, sino en mi aliada, podré afrontarlo todo; pero si, por el contrario, prefe­rís ser mi enemiga, estoy perdido.

—¡Oh! Jamás seré vuestra enemiga—exclamó Mar­garita.

—Por lo que se ve, ¿tampoco seréis nunca mi amiga?

—Puede ser.

—¿Y mi aliada?

—Eso sí.

Y Margarita se volvió, tendiendo la mano al rey.

Enrique la cogió, la besó con galantería y, guar­dándola entre las suyas más por un deseo de investiga­ción que por un sentimiento de ternura, dijo:

—Os creo, señora, y desde ahora os tengo como alia­da. Nos han casado sin que nos conociéramos, sin que nos amásemos, incluso sin consultarnos. No nos debe­mos, por lo tanto, nada como marido y mujer. Ya veis, señora, que, anticipándome a vuestros deseos, vengo a confirmaros esta noche lo que os dije ayer. Ahora noso­tros nos aliamos libremente sin que nadie nos obligue a ello; nos aliamos como dos corazones leales que se de­ben mutua protección. ¿Lo entendéis así?

—Sí, señor —dijo Margarita, tratando de retirar la mano.

—Si es así—continuó el bearnés sin apartar los ojos de la puerta del gabinete—, como quiera que la primera prueba de una sincera alianza es la confianza más ab­soluta, voy a contaros, señora, en sus más secretos de­talles, el plan que tengo concebido para salir victorioso de tantas enemistades.

—Señor... —susurró Margarita, volviendo a pesar suyo los ojos hacia el gabinete, mientras el bearnés, al ver que su treta surtía efecto, sonreía para sus adentros.

—He aquí mi plan —prosiguió, fingiendo no ad­vertir la confusión de la reina—. Voy a...

—Señor —gritó Margarita, levantándose súbita­mente y cogiendo del brazo al rey—; ¡permitidme que respire... la emoción... el calor..., no sé..., me ahogo!

En efecto, Margarita se hallaba pálida y temblorosa como si hubiera estado a punto de desmayarse.

Enrique se dirigió hacia una ventana situada a cierta distancia y la abrió. La ventana daba sobre el río.

Margarita le siguió con la mirada.

—Silencio, silencio, Sire. Os lo suplico, por vuestro bien.

—Pero, señora, ¿no me habéis dicho que estamos solos? —dijo el bearnés, sonriendo a su manera.

—Sí, señor, pero ¿no habéis oído decir que por me­dio de un tubo introducido a través de un techo o de una pared se puede escuchar todo?

—Está bien, señora —replicó en voz baja el bear­nés—. No me amáis, es cierto, pero sois una mujer hon­rada.

—¿Qué queréis decir, señor?

—Que si fuerais capaz de traicionarme, me hubie­seis dejado continuar, puesto que yo mismo me trai­cionaba. Me habéis hecho callar. Sé ahora que hay al­guien escondido aquí, que sois una esposa infiel, pero una fiel aliada, y en este momento —agregó sonriendo el bearnés— os confieso que me hace más falta la fideli­dad política que amorosa.

—Sire... —murmuró confusa Margarita.

—Bueno, bueno, ya hablaremos de todo esto más adelante, cuando nos conozcamos mejor —dijo Enri­que. Y luego, elevando la voz—: ¿Respiráis más libre­mente ahora?

—Sí, Sire —afirmó Margarita.

—En ese caso—agregó el rey—no quiero importu­naros por más tiempo. Os presento mis respetos y os ofrezco por anticipado mi buena amistad. Os ruego que la aceptéis como os la ofrezco, es decir, de todo corazón. Descansad y buenas noches.

Margarita levantó hacia su esposo unos ojos bri­llantes de gratitud a la vez que le tendía la mano.

—Queda convenido —le dijo.

—¿Alianza política, franca y leal?

—Franca y leal —respondió la reina.

Atrayendo la mirada de Margarita, que parecía fascinada, el bearnés se dirigió hacia la puerta. Luego, cuando los cortinajes cayeron entre ellos y la alcoba, añadió:

—Gracias, Margarita, gracias. Sois una verdadera princesa de Francia. Me marcho tranquilo. A falta de vuestro amor, cuento con vuestra amistad, cuento con vos, como vos podéis contar conmigo. Adiós, señora.

Enrique besó la mano de su esposa, oprimiéndola suavemente. Luego, con pasos ligeros, regresó a sus ha­bitaciones, preguntándose para sus adentros:

«¿Quién demonios estará con ella? ¿El duque de Anjou? ¿El duque de Alençon? ¿El de Guisa? ¿Será su hermano, su amante o las dos cosas a la vez? En verdad casi estoy arrepentido de haberme citado con la baro­nesa, pero empeñé mi palabra y Dariole me espera... Sospecho que será ella la que haya salido perdiendo con mi paso por el dormitorio de mi esposa antes de ir al suyo. Y es que, ¡voto a Satanás!, esta "Margot", como la llama mi cuñado Carlos IX, es una adorable criatura.»

Con un andar en el que se delataba cierta vacila­ción, Enrique de Navarra subió la escalera que condu­cía a las habitaciones de la señora de Sauve.

Margarita le siguió con los ojos hasta que desapa­reció. Al entrar de nuevo en su alcoba, encontró al du­que en la puerta del gabinete. Su presencia le produjo casi un remordimiento.

El duque, por su parte, estaba serio y su entrecejo fruncido denotaba una amarga preocupación.

—Margarita es hoy neutral—dijo—, Margarita se­rá hostil dentro de ocho días.

—¡Ah! ¿Conque habéis escuchado?

—¿Qué otra cosa queríais 'que hiciese encerra­do ahí?

—¿Y os parece que me he conducido de distinto mo­do a como debía conducirse la reina de Navarra?

—No, pero sí de otro modo a como debía hacerlo la amante del duque de Guisa.

—Señor —repuso la reina—, podré no amar a mi marido, pero nadie tiene derecho a exigirme que le traicione. Decidme de buena fe si traicionaríais vos el secreto de vuestra esposa, la princesa de Porcian.

—Vamos, señora —dijo el duque moviendo la ca­beza—, creo que ya está bien. Comprendo que ya no me amáis como en aquellos días en que me contabais lo que tramaba el rey contra mí y contra los míos.

—Entonces, el rey era el fuerte y vosotros erais los débiles. Ahora, Enrique es el débil y vosotros sois los fuertes. Como veréis, desempeño siempre el mismo papel.

—Salvo que os cambiéis de bando.

—Es un derecho que he adquirido salvándoos la vida.

—Perfectamente, señora, y como entre los aman­tes, cuando uno se separa, se le devuelve todo lo que ha dado, os salvaré la vida a mi vez si se presenta la oca­sión y estaremos en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el duque se inclinó y abandonó la estancia sin que Margarita hicie­ra un solo gesto para retenerle. En la antecámara en­contró a Guillonne, que le condujo hasta la ventana de la planta baja, y en el foso a su paje, con el cual regresó a su casa.

Entre tanto, Margarita se acercó pensativa a la ven­tana.

—¡Qué noche de bodas! —murmuró—. ¡El espo­so me rehuye y el amante me abandona!

En este momento pasó del otro lado del foso, vi­niendo de la Tour du Bois y en dirección a la Casa de la Moneda, un colegial, que, con las manos puestas en la cintura, cantaba:

Pourquoi doncques, quan je veux
ou mordre tes beaux cheveux
ou baiser lo bouche aimée,
ou toucher à ton beau sein,
contrefais—tu la nonnain
dedans un cloître enfermée?

Pour qui gardes—tu tes yeux
et ton sein délicieux,
ton front, lo lèvre jumelle?
En veux—lo baiser Pluton,
là—bas, après que Caron
t'aura mise en sa nacelle?
Après ton dernier trépas,
belle, lo n'auras là—bas
ou'une bouchette blémie;
et quand, mort, je te verrai,
aux ombres je n'avoûrai
que jadis lo fus ma mie.
Doncques, tandis que tu vis,
change, maîtresse, d'avis,
et ne m'épargne te bouche;
car au jour où tu mourras.
Lors tu te repentiras
de m'avoir été farouche.

Margarita escuchó esta canción sonriendo con me­lancolía; luego, cuando la voz del colegial se hubo per­dido en lontananza, cerró la ventana y llamó a Guillon­ne para que la ayudara a meterse en la cama.

III. UN REY POETA

Los días siguientes a la boda transcurrieron entre fiestas, bailes y torneos. Continuaba estrechándose la unión entre los dos partidos rivales. Se prodigaron fi­nezas y ternuras capaces de hacer perder la cabeza a los más fanáticos hugonotes; se vio al padre Gotton cenar y divertirse en compañía del barón de Courtaumer y al duque de Guisa remontar el Sena con el príncipe de Condé, en un barco con música.

El rey Carlos parecía haber olvidado su habitual melancolía y no se alejaba ni un minuto de su cuñado Enrique. Hasta la reina madre llegó a perder el sueño, tan alegre y entretenida estaba con sus bordados, joyas y plumas.

Los hugonotes, cediendo un tanto a la molicie de esta nueva Capua, comenzaron a lucir jubones de seda, a enarbolar sus divisas y a pavonearse ante ciertos bal­cones como si hubieran sido católicos. Por doquier se advertía tal reacción a favor de la religión reformada que pudo creerse por un momento que toda la corte se iba a convertir al protestantismo.

Incluso el almirante, a pesar de su experiencia, se dejó engañar como los demás y, tan aturdido estaba, que una tarde, durante dos horas, se olvidó de morder su palillo de dientes, ocupación a la que solía dedicarse desde las dos de la tarde, hora en que concluía su al­muerzo, hasta las ocho de la noche, en que se sentaba a la mesa para cenar.

La noche en que el almirante, faltando a sus costum­bres, cometió tan increíble descuido, el rey Carlos IX había invitado a Enrique de Navarra y al duque de Gui­sa a una merienda íntima. Terminada la colación, pasó con ellos a su dormitorio, donde comenzó a explicarles el ingenioso mecanismo de un cepo para cazar lobos, que él mismo había inventado, cuando se interrumpió repentinamente:

—¿No viene el señor almirante esta noche? —pre­guntó—. ¿Quién le ha visto hoy y puede darme nuevas suyas?

—Yo —dijo el rey de Navarra—, y si Vuestra Ma­jestad se interesa por su salud, tranquilícese, porque le he visto esta mañana a las seis y esta tarde a las siete.

—¡Ah, ah! —comentó el rey, cuya mirada, por un momento distraída, se clavó con penetrante curiosidad en su cuñado—. Sois demasiado madrugador, Enrique, para ser un recién casado.

—Sí, Sire —respondió el rey de Navarra—, quería saber a través del almirante, que todo lo sabe, si están ya en camino hacia aquí algunos gentiles hombres que aún espero.

—¡Más gentiles hombres! Teníais ya ochocientos el día de vuestra boda, y a diario llegan nuevos contingen­tes. ¿Queréis, acaso, invadirme? —dijo Carlos riendo.

El duque de Guisa frunció el ceño.

—Sire —replicó el bearnés—, se habla de una cam­paña contra Flandes. Por eso reúno en torno mío a todos aquellos de mi país y sus alrededores que creo puedan ser útiles a Vuestra Majestad.

El duque, acordándose del proyecto que el bearnés comunicara a Margarita el día de sus bodas, escuchó con mayor atención.

—¡Bueno, bueno! —respondió el rey con su sonrisa felina—. Mientras más haya, más contentos estaremos. Traedlos, pues, Enrique, traedlos. Pero ¿quiénes son esos gentiles hombres? Supongo que serán valientes...

—Ignoro, Sire, si mis gentiles hombres valdrán tan­to como los de Vuestra Majestad, los del duque de An­jou o los del señor de Guisa, pero los conozco y sé que, llegado el caso, harán lo que puedan.

—¿Esperáis a muchos?

—A diez o doce todavía.

—¿Cuáles son sus nombres?

—Sire, sus nombres escapan a mi memoria y, ex­cepto uno que me ha sido recomendado por Teligny como cabal gentilhombre y que se llama La Mole, to­dos los demás...

—¡La Mole! ¿No es un Lerac de La Mole? —pregun­tó el rey, muy versado en genealogía—. ¿Un provenzal?

—Precisamente, Sire; como veis, los recluto hasta en Provenza.

—Todavía voy yo más lejos que Su Majestad el rey de Navarra —intervino el duque de Guisa con sonrisa burlona—, porque voy a buscar hasta Piamonte a cuan­tos católicos de confianza pueda hallar.

—Católicos o hugonotes —terminó el rey—. Me importa muy poco con tal de que sean valientes.

Para decir estas intencionadas palabras que preten­dían confundir a católicos y hugonotes, el rey adoptó tal expresión de indiferencia, que hasta el duque de Guisa quedóse asombrado.

—¿Vuestra Majestad se ocupa de nuestros flamen­cos? —dijo el almirante, a quien el rey, desde hacía unos días, había concedido el favor especial de entrar en sus habitaciones sin ser anunciado, y que acababa de oír las últimas palabras del rey.

—¡Oh! He aquí a mi padre el almirante —exclamó Carlos IX abriendo los brazos—. Se habla de guerra, de gentiles hombres, de valientes, y él se presenta. El imán atrae al hierro. Mi cuñado, el rey de Navarra, y mi primo, el duque de Guisa, esperan refuerzos para vuestro ejército. A esto nos referíamos.

—Pues sabed que esos refuerzos están al llegar—di­jo el almirante.

—¿Habéis tenido noticias, señor? —preguntó el bearnés.

—Sí, hijo mío, y en particular del señor de La Mole; estaba ayer en Orleáns y mañana o pasado mañana esta­rá en París.

—¡Demonios! ¿Acaso es un brujo el señor almi­rante para saber así lo que ocurre a treinta o cuarenta leguas de distancia? Por lo que a mí respecta, me inte­resaría saber con igual certeza lo que pasa ahora en Orleáns, y más aún lo que pasó.

Coligny aguantó impasiblemente la sangrienta pu­ya del duque de Guisa, quien sin duda aludía a la muerte de su padre, don Francisco de Guisa, asesinado por Pol­trot de Meré, sospechándose que fue el almirante quien aconsejó este crimen.

—Señor —replicó éste fría y dignamente—, soy brujo o nigromante siempre que deseo saber con exac­titud lo que concierne a mis asuntos o a los del rey. Mi correo de Orleáns llegó hace una hora, y gracias a la posta, ha recorrido treinta y dos leguas en el día. El se­ñor de La Mole, que viaja a caballo, no hace sino diez por día, así es que llegará el veinticuatro. He aquí a lo que se reduce toda mi magia.

—¡Bravo, padre mío! Muy bien contestado —dijo Carlos IX—; demostradles a estos jóvenes que la sabi­duría, al mismo tiempo que los años, ha hecho blan­quear vuestra barba y vuestra cabellera. Enviémosles a que hablen de sus torneos y de sus amores y quedemos nosotros hablando de nuestras guerras. Los buenos sol­dados son quienes resultan buenos reyes. Conque ya lo sabéis, señores, tengo que conversar con el almirante.

Los dos jóvenes salieron. El rey de Navarra, prime­ro; el duque de Guisa, después.

En cuanto traspusieron la puerta, cada uno se fue por su lado, luego de cambiar una fría reverencia.

Coligny los siguió con la mirada, no sin abrigar cierta inquietud. Siempre que veía aproximarse aque­llos dos odios, temía el choque que hiciera surgir el re­lámpago. Carlos IX, comprendiendo lo que turbaba su mente, se le acercó y, cogiéndole por el brazo:

—Estad tranquilo, padre —le dijo—. Aquí estoy yo para mantener a cada uno dentro de la obediencia y del respeto debido. Soy rey desde que mi madre dejó de ser reina, esto es, desde que Coligny es mi padre.

—¡Oh, Sire! —dijo el almirante—. La reina Cata­lina...

—... Es una intrigante. Con ella no hay paz posible. Esos católicos italianos son fanáticos y no entienden de otra cosa que no sea exterminar. Yo, por el contrario, no sólo quiero pacificar, sino que, además, deseo fortalecer a los de la religión reformada. Los otros, padre mío, son demasiado disolutos y me escandalizan con sus amoríos y desvergüenzas. Mira, ¿quieres que lo hable con fran­queza? —continuó Carlos IX, cada vez más expansi­vo—. Pues bien: desconfío de todos los que me rodean, exceptuando a mis nuevos amigos. La ambición de Tavannes me resulta sospechosa. A Vieilleville sólo le interesa el buen vino, y sería capaz de traicionar a su rey por un tonel de malvasía. Montmorency no tiene más preocupación que la caza y pierde todo su tiempo con sus perros y sus halcones. El conde de Retz es español, los Guisa son loreneses; creo que no hay más verdade­ros franceses en Francia, ¡Dios me perdone!, que yo, mi cuñado, el de Navarra, y tú. Pero yo estoy encadenado al trono y no puedo mandar ejércitos, a lo sumo me dejan cazar a gusto en Saint—Germain y en Rambouillet. Mi cuñado, el de Navarra, es demasiado joven a inex­perto. Por otra parte, parece el vivo retrato de su padre Antonio, a quien las mujeres echaron a perder. Tan sólo tú, padre mío, eres al mismo tiempo valiente como Julio César y sabio como Platón. Por eso dudo, en verdad, qué debo hacer: si conservarte aquí como consejero o enviar­te allá como general. Si tú me aconsejas, ¿quién mandará el ejército? Y si tú combates, ¿quién me aconsejará?

—Sire —respondió Coligny—, lo primero es ven­cer; el consejo vendrá después de la victoria.

—¡Sea! El lunes partirás para Flandes y yo para Amboise.

—¿Se aleja Vuestra Majestad de París?

—Sí, estoy fatigado de todas estas fiestas y de tanto bullicio. Yo no soy un hombre de acción sino un soña­dor. No nací para ser rey, sino para ser poeta. Formarás una especie de Consejo que gobernará mientras tú haces la guerra; y siempre que mi madre no intervenga en él, todo marchará perfectamente. Yo he prevenido a Ronsard para que vaya a reunirse conmigo y, allá, los dos juntos, lejos del ruido, lejos del mundo, lejos de los in­oportunos, a la sombra de nuestros grandes bosques, junto a la orilla del río y oyendo el murmullo de los arroyos, hablaremos de Dios, única compensación que tiene el hombre en este mundo. Escucha estos versos, en los cuales le invito a que me acompañe. Los hice esta mañana.

Coligny sonrió. Carlos IX se pasó la mano por su frente amarillenta y tersa como el marfil. Con ritmo cadencioso recitó los versos siguientes:

Ronsard, je connais bien que si lo ne me vois
lo oublies soudain de ton grand rot la voix.
Mais, pour ton souvenir, pense que je n'oublie
continuer toujours d'apprendre en poésie,
et pour ce j'ai voulu t'envoyer cet écrit,
pour enthousiasmer ton fantastique esprit.
Donc ne t'amuse plus aux soins de ton ménage,
maintenant n'est plus temps de faire jardinage;
il faut suivre ton rot, qui t'aime par sus tous,
pour les vers qui de tot coulent braves et doux,
et crois, si lo ne viens me trouver à Amboise,
qu'entre nous adviendra une bien grande noise.

—¡Bravo, Sire! —dijo Coligny—. Soy más enten­dido en cosas de guerra que en poesía, pero creo que esos versos pueden compararse a los más bellos de Ronsard, Dorat y hasta de Miguel de L'Hôpital, canci­ller de Francia.

—¡Ay, padre mío! —exclamó Carlos IX—. ¡Si fue­ra verdad lo que dices! El título de poeta es el que ambi­ciono por encima de todo. Como le decía hace pocos días a mi maestro de poesía:

L'art de faire des vers, dût—on s'en indigner,
doit être à plus haut prix que celui de régner;
tous deux également nous portons des couronnes
mats rot, je les reçus, poéte, lo les donnes;
ton esprit, enflammé d'une celeste ardeur
éclate par sot—méme et mot par ma grandeur.
Si du côté des dieux je cherche l'avantage,
Ronsard est leur mignon et je suis leur image,
ta lyre, qui ravit par de si doux accords,
te soumet les esprits dont je n'ai que les corps;
elle t'en rend le maître et lo fait introduire
oú le plus fier tyran n'a jamais eu d'empire.

—Sire—dijo Coligny—, sabía que Vuestra Majes­tad se entretenía con las musas, pero ignoraba que hu­biese hecho de ellas sus principales consejeras.

—Después de ti, padre mío, después de ti; y para no turbar mis relaciones con ellas voy a darte el go­bierno de todos los asuntos. Escucha, pues: en este mo­mento tengo que responder a un nuevo madrigal que mi querido y gran poeta me ha enviado...; no puedo, por lo tanto, entregarte todos los papeles necesarios para que lo pongas al corriente de la gran cuestión que nos separa a Felipe II y a mí. Tengo, además, una es­pecie de plan de campaña que proyectaron mis minis­tros. Buscaré todo eso y lo entregaré mañana por la mañana.

—¿A qué hora, señor?

—Alas diez; y si por casualidad me hallara ocupa­do con mis versos y estuviese encerrado en mi despa­cho... ¡No importa! Entra de todos modos y coge cuantos papeles encuentres sobre esta mesa, dentro de esa carpeta roja: su color es tan llamativo que no po­drás equivocarte. Voy a escribir ahora mismo a Ron­sard.

—Adiós, señor.

—Adiós, padre mío.

—¿Vuestra mano?

—¿Mi mano? ¡Ven a mis brazos, junto a mi cora­zón! Es el lugar que lo corresponde. ¡Ven acá, viejo guerrero, ven!

Y Carlos IX, atrayendo hacia sí a Coligny cuando éste se inclinaba, le besó sus blancos cabellos.

El almirante salió enjugándose una lágrima.

Carlos IX le siguió mirando hasta perderlo de vis­ta, aguzó el oído hasta que no oyó sus pasos y, cuando ya no veía ni oía nada, inclinó, como acostumbraba, su cabeza sobre el hombro y pasó lentamente a la sala de armas.

Aquél era el lugar favorito del rey; allí recibía las lecciones de esgrima de Pompeyo y aprendía con Ron­sard las reglas de la poesía. Había reunido una gran co­lección de las más perfectas armas ofensivas y defensi­vas que pudo hallar.

Todas las paredes estaban cubiertas de hachas, es­cudos, picas, alabardas, pistolas y mosquetes. Aquel mismo día, un célebre armero le había traído un mag­nífico arcabuz, en cuyo cañón, incrustados en letras de plata, podían leerse estos cuatro versos compuestos por el rey poeta:

Pour maintenir la foy,
Je suis belle et fidèle;
Aux ennemis du roy
Je suis belle et cruelle.

Carlos IX entró, como hemos dicho, en esta sala y, después de cerrar la puerta principal por donde había entrado, fue a levantar un tapiz que disimulaba el paso a otra habitación, donde una mujer, arrodillada en un reclinatorio, rezaba sus oraciones.

Como este movimiento fue efectuado con lentitud y los pasos del rey, ahogados por la alfombra, no hicie­ron más ruido que los de un fantasma, la mujer arrodi­llada no oyó nada, continuando su rezo sin volver la cabeza. Carlos permaneció un instante de pie, pensati­vo y contemplándola.

Era una mujer de treinta y cuatro o treinta y cinco años, cuya enérgica belleza se veía realzada por el traje de las aldeanas de los alrededores de Caux. Llevaba un gorro alto que estuvo muy de moda en la corte de Fran­cia durante el reinado de Isabel de Baviera. Su corpiño encarnado estaba completamente bordado en oro, tal y como lo usan hoy las aldeanas de Nettuno y de Sora. El departamento contiguo al dormitorio del rey, que ocupaba desde hacía casi veinte años, ofrecía una mez­cla singular de elegancia y rusticidad, debido a que el palacio se había introducido en la cabaña en las mismas proporciones que ésta en el palacio. Así, la habitación era un término medio entre la sencillez de la campesina y el lujo de la gran dama. En efecto, el reclinatorio sobre el cual estaba arrodillada era de madera de roble prodi­giosamente tallada y tapizado de terciopelo con hilos de oro; mientras que la Biblia en que leía sus oraciones, pues esta mujer pertenecía a la religión reformada, era uno de esos viejos libros, medio destrozados, como los que se encuentran en las casas más pobres. Todo lo de­más se hallaba de acuerdo con este reclinatorio y esta Biblia.

—¡Eh, Madelón! —dijo el rey.

La mujer arrodillada levantó sonriendo la cabeza al oír aquella voz familiar.

Luego, incorporándose:

—¡Ah, eres tú, hijo mío! —exclamó.

—Sí, nodriza, ven aquí.

Carlos IX dejó caer el tapiz y fue a sentarse en el brazo de un sillón. No tardó en volverse a levantar el tapiz para dar paso a la nodriza.

—¿Qué quieres, pequeño? —preguntó.

—Ven aquí y responde en voz baja.

La nodriza se acercó con esa familiaridad que muy bien podía provenir de la ternura maternal que siente la mujer por el niño que ha amamantado, pero que los li­belos de la época atribuían a un origen infinitamente menos puro.

—Aquí estoy —dijo—, hablad.

—¿Está ahí el hombre a quien mandé llamar?

—Desde hace media hora.

Carlos se levantó, se dirigió a la ventana, observan­do si había algún curioso, se acercó a la puerta para ase­gurarse de que nadie escuchaba, sacudió el polvo de sus trofeos guerreros y acarició a un gran lebrel que le se­guía paso a paso, deteniéndose cuando su amo se dete­nía y continuando su camino cuando éste se ponía en marcha. Luego, volviéndose hacia su nodriza:

—Está bien, hazlo entrar.

La buena mujer salió por el mismo pasadizo por donde había entrado, mientras el rey se reclinaba sobre una mesa en la que había una colección de armas de to­da clase.

Inmediatamente volvió a levantarse el tapiz, dando paso al hombre que el rey esperaba. Tenía unos cua­renta años, ojos grises y falsos, nariz de lechuza, rostro alargado y pómulos salientes. Quiso parecer respetuo­so, mas su gesto se quebró en sus labios descoloridos por el miedo con una sonrisa hipócrita.

Carlos alargó pausadamente el brazo, apoyando su mano sobre el mango de una pistola de reciente inven­ción, que disparaba mediante una piedra puesta en con­tacto con una rueda de acero, en lugar de hacerlo mer­ced a una mecha. Miró con sus ojos turbios al nuevo personaje que acabamos de presentar. Durante el exa­men silbaba con una justeza y un oído admirables uno de sus aires de caza favoritos.

Después de algunos segundos, durante los cuales se descompuso cada vez más el rostro del desconocido, preguntó el rey:

—¿Vuestro nombre es Francisco Louviers Maurevel?

—Sí, señor.

—¿Sois jefe de petarderos?

—Sí, señor.

—Os quiero hablar.

Maurevel se inclinó.

—Sabréis —continuo Carlos subrayando cada pa­labra— que quiero por igual a todos mis súbditos.

—Sé que Vuestra Majestad es el padre de su pueblo —balbuceó Maurevel.

—Y que tanto a los hugonotes como a los católicos les considero mis hijos...

Maurevel se quedó callado; sólo el temblor que agi­taba su cuerpo se hizo visible a las miradas penetrantes del rey, que descubrían a su interlocutor aun cuando se hallase casi por completo oculto en las sombras.

—Quizás os contraríe lo que digo —continuo el rey—, ya que habéis librado guerra sin cuartel a los hugonotes.

Maurevel cayó de rodillas.

—Sire —balbuceó—, creedme, yo...

—Creo —continuo Carlos IX, clavando en Maure­vel una mirada vidriosa que se fue iluminando hasta tor­narse de fuego— que tuvisteis muchos deseos de matar en Moncontour al señor almirante, que acaba de salir de aquí; creo que errasteis vuestro golpe y os pasasteis en­tonces al ejército de nuestro hermano, el duque de An­jou; creo, en fin, que os volvisteis a pasar al bando de los príncipes y entrasteis en compañía del señor De Mouy de Saint—Phale...

—¡Oh, Sire!

—¿Un valiente gentilhombre picardo?

—¡No me abruméis, Sire! —exclamó Maurevel.

—Era un digno oficial ——continuo Carlos IX y, a medida que hablaba, una expresión de crueldad casi fe­roz se pintaba en su rostro—, que os acogió como a un hijo, os dio albergue, os vistió y alimentó...

Maurevel dejó escapar un suspiro de desesperación.

—Creo que le llamabais vuestro padre —continuo implacablemente el rey— y que una tierna amistad os unía a su hijo, el joven De Mouy.

Maurevel, siempre de rodillas, se inclinaba cada vez más abrumado por las palabras de Carlos IX, quien per­manecía de pie, impasible, semejante a una estatua en la que solamente los labios estuviesen dotados de vida.

—A propósito —continuo el rey—, ¿no eran diez mil escudos los que debíais recibir del señor de Guisa si matabais al almirante?

El asesino, consternado, tocaba el suelo con la frente.

—En cuanto al señor De Mouy, vuestro buen pa­dre, tengo entendido que un día lo escoltasteis en un reconocimiento que efectuaba por el lado de Chevreux. Se le cayó el látigo y bajó del caballo para recogerlo. Tan sólo vos estabais con él; desenfundasteis una pistola y mientras se agachaba le disparasteis por la espalda; lue­go, viéndolo muerto, huisteis en el mismo caballo que él os había regalado. Ésta es la historia, según creo.

Y como Maurevel permaneciera mudo ante esta acusación, cuyos detalles todos eran ciertos, Carlos IX volvió a silbar con igual justeza y ritmo el mismo aire de caza.

—¿Sabéis que con esto, señor asesino —dijo al ca­bo de un instante—, me están entrando ganas de hace­ros colgar? .

—¡Por favor, Majestad! —gritó Maurevel.

—El joven De Mouy me lo suplicaba ayer mismo y, en verdad, no supe qué decirle, porque tiene mucha razón.

Maurevel juntó sus manos.

—Tanto más justa sería vuestra condena cuanto que, como vos lo habéis dicho, soy el padre de mi pue­blo y que, como os he respondido ahora que estoy re­conciliado con los hugonotes, los considero tan hijos míos como a los católicos.

—Sire —dijo Maurevel completamente desarma­do—, mi vida está en vuestras manos, haced con ella lo que queráis.

—Sólo os digo que yo no daría ni un céntimo por ella.

—Pero, Sire, ¿no habría algún medio para que se me perdonara mi crimen? —preguntó el asesino.

—No conozco ninguno. Sin embargo, si estuviera en vuestro lugar, cosa que no es así, ¡gracias a Dios!...

—¿Si estuvierais en mi lugar...? —murmuró Mau­revel, la mirada suspensa de los labios de Carlos IX.

—Creo que saldría del paso.

Maurevel levantó una rodilla y se apoyó con una mano en el suelo, sin dejar de mirar a Carlos para ase­gurarse de que no se burlaba.

—Quiero mucho, sin duda, al joven De Mouy—con­tinuó el rey—, pero también quiero mucho a mi primo el duque de Guisa, y si él me pidiera la vida de un hom­bre cuya muerte me implorase el otro, confieso que me hallaría en un aprieto. Sin embargo, tanto en buena po­lítica como en buena religión debería complacer a mi primo, pues, por valiente capitán que sea De Mouy no puede comparársele a un príncipe de Lorena.

Conforme oía estas palabras, Maurevel se iba in­corporando lentamente como si volviese a la vida.

—Por lo tanto, lo más importante para vos en la difícil situación en que os halláis es ganar la confianza de mi primo, y a este respecto recuerdo una cosa que me contó ayer: «Figuraos, Sire —me decía—, que todas las mañanas, a eso de las diez, pasa por la calle de Saint­ Germain d'Auxerre, de vuelta del Louvre, mi enemigo mortal; le veo desde una ventana enrejada de la planta baja que corresponde a la habitación de mi antiguo preceptor el canónigo Pedro Piles, y cada vez ruego al diablo que le hunda en las entrañas de la tierra. De­cidme, pues, Maurevel —prosiguió Carlos—, si vos fueseis el diablo o si por un momento ocupaseis su lu­gar, ¿le desagradaría a mi primo el de Guisa?

Maurevel recuperó su infernal sonrisa, y sus labios, pálidos aún de terror, dejaron caer estas palabras:

—¡Pero, Sire, yo no tengo poder para abrir la tierra! —Sin embargo, si no recuerdo mal, la abristeis para el bravo De Mouy. Me diréis que fue con una pistola... ¿La habéis perdido?...

—Perdonad, Sire —repuso el truhán, ya casi tranqui­lizado—, pero manejo mejor el arcabuz que la pistola.

—¡Oh! —exclamó Carlos IX—. Poco importa que sea pistola o arcabuz, estoy seguro de que mi primo no hará cuestión por esto.

—Pero —dijo Maurevel— precisaría un arma muy segura, porque probablemente tendré que tirar de lejos.

—Tengo diez arcabuces en esta sala —dijo Carlos IX—; con cualquiera de ellos soy capaz de dar a un escudo de oro a cincuenta pasos. ¿Queréis ensayar alguno?

—¡Oh, Sire, con el mayor placer! —exclamó Mau­revel, aproximándose a un rincón donde se hallaba el arcabuz que aquel mismo día habían entregado a Car­los IX.

—No, ése no —dijo el rey—. Lo reservo para mí. Uno de estos días tendré una importante partida de caza donde espero que me sea útil. Todos los demás están a vuestra disposición.

Maurevel descolgó un arcabuz de una panoplia.

—¿Y quién será la víctima, si puede saberse? —pre­guntó el asesino.

—¿Acaso lo sé yo? —respondió Carlos IX, aplas­tando al miserable bajo una desdeñosa mirada.

—Se lo preguntaré entonces al señor de Guisa—bal­buceó Maurevel.

El rey se limitó a encogerse de hombros.

—Más vale que no preguntéis nada. El señor de Gui­sa no os responderá. ¿Por ventura se contestan esa clase de preguntas? Corresponde a aquellos que no quieren ser ahorcados adivinarlo.

—Pero, en fin, ¿cómo podré reconocer a la víctima?

—Ya os dije que todas las mañanas, a eso de las diez, pasa por delante de la ventana del canónigo.

—¡Pasarán tantos frente a esa ventana! Dígnese Vuestra Majestad indicarme siquiera alguna señal.

—¡Oh! Es muy fácil. Mañana, por ejemplo, llevará bajo el brazo una cartera de cuero rojo.

—Basta con eso, Sire.

—¿Conserváis aún aquel caballo tan ligero que os regaló el señor De Mouy?

—Tengo uno, árabe, de los más veloces.

—No creáis que os compadezco: sin embargo, os convendrá saber que el claustro tiene una puerta trasera.

—Gracias, Sire. Ahora rogad a Dios por mí.

—¡Que os lleven los demonios! Y encomendaos a ellos, porque sólo con su protección podréis evitar la horca.

—Adiós, Sire.

—Adiós. Y a propósito, señor de Maurevel, quiero que sepáis que si por cualquier motivo se oye hablar de vos mañana antes de las diez o si no se oye hablar des­pués de esa hora, hay una mazmorra en el Louvre.

Y Carlos IX se puso a silbar tranquilamente, y con mejor entonación que nunca, su canción favorita.

IV. LA NOCHE DEL 24 DE AGOSTO DE 1572

Nuestro lector no habrá olvidado que en el capítulo anterior se habla de un gentilhombre apellidado La Mo­le, a quien esperaba con cierta impaciencia Enrique de Navarra. Tal y como había anunciado el almirante, di­cho gentilhombre entraba en París al anochecer del día 24 de agosto de 1572 por la puerta de Saint—Marcel. Lue­go de contemplar desdeñosamente las numerosas po­sadas que a derecha a izquierda de su camino ostentaban pintorescos letreros, dejó que su fogoso caballo pene­trase hasta el corazón de la ciudad. Después de atravesar la plaza Maubert, el Petit—Pont, el puente de Nôtre­ Dame y de seguir la orilla del río, se detuvo en la esquina de la calle de Bresec, que se llamó luego calle de l'Arbre­ Sec, nombre que adoptaremos, para mayor comodidad del lector, por ser más moderno.

Debió agradarle el nombre de la calle, porque do­bló por ella descubriendo a su izquierda una magnífi­ca plancha de metal que se balanceaba con acompaña­miento de campanillas. Como llamase su atención el rótulo, se detuvo por segunda vez para leer estas pala­bras: A la Belle Etoile, escritas bajo una pintura que re­presentaba el espectáculo más atrayente para un viajero hambriento. En medio de un cielo negro se distinguía un ave asándose, mientras un hombre con capa colo­rada tendía hacia tan apetitoso astro de nueva especie sus brazos, su bolsa y sus ansias.

—¡Vaya! —se dijo el gentilhombre—. Ésta es una posada que se anuncia bien, cuyo dueño ha de ser, ¡por mi honor!, un ingenioso compadre. Siempre he oído de­cir que la calle de l'Arbre—Sec pertenece al mismo barrio que el Louvre, y, por poco que el establecimiento esté de acuerdo con la muestra, estaré perfectamente aquí.

Mientras el recién llegado monologaba así, otro ca­ballero que había entrado por el extremo opuesto de la calle, es decir, por la de Saint—Honoré, se detenía, per­maneciendo también en éxtasis ante el letrero de A la Belle Etoile.

Aquel a quien conocemos por lo menos de nombre montaba un caballo blanco de raza española y vestía un jubón negro adornado de azabache. Su capa era de terciopelo color violeta oscuro; llevaba botas de cue­ro negro, una espada con puño de acero cincelado y un puñal que hacía juego. Si pasamos del traje al rostro diremos que era un hombre de veinticuatro o veinti­cinco años, de tez bronceada, de ojos azules, finos bi­gotes, dientes brillantes que parecían iluminar su ros­tro cuándo sus labios se entreabrían al sonreír, con una boca de forma perfecta y de la más notable distinción. En cuanto al segundo viajero, digamos que formaba el más absoluto contraste con el primero. Bajo el sombre­ro de alas levantadas aparecían, abundantes y rizados, unos cabellos más bien rojos que rubios. Bajo sus cabe­llos, unos ojos grises brillaban a la menor contrariedad con tan resplandeciente llama que llegaban a parecer negros.

El resto de su cara, por lo demás de un tinte rosado, se componía de unos dientes admirables y de unos labios finos bajo un bigote rojizo. En suma, con sus anchos hombros era lo que se dice un apuesto caballero. Hacía más de una hora que levantaba la nariz hacia todas las ventanas, con el pretexto de buscar letreros de posadas, y durante este tiempo las mujeres le habían mirado mucho y los hombres que quizás experimentaran tenta­ciones de reír al ver su capa raquítica, sus calzas arruga­das y sus botas de forma anticuada, habían concluido con un « ¡Dios os guarde! » de lo más gracioso ante aque­lla fisonomía que cambiaba en un minuto diez veces de expresión sin adoptar nunca la que es peculiar al rostro bonachón del provinciano cohibido.

Él fue quien, primero se dirigió al otro gentilhom­bre, el cual, como hemos dicho, contemplaba la posada de A la Belle Etoile.

—¡Pardiez, señor! —dijo con ese horrible acento de la montaña que permitiría reconocer con una sola palabra a un piamontés entre cien extranjeros—. ¿Es­tamos cerca del Louvre? En todo caso creo que habéis tenido el mismo gusto que yo, lo que para mí es un honor. . .

—Señor—respondió el otro con un acento proven­zal que no tenía nada que envidiar al acento piamontés de su compañero—, creo, en efecto, que esta posada está cerca del Louvre. Sin embargo, aún me pregunto si ten­dré el honor de ser de vuestra misma opinión. Lo estoy pensando.

—¿No os habéis decidido, señor? El aspecto de la posada es atrayente. Además, quizá yo me haya dejado influir por vuestra presencia, pero reconoced, por lo menos, que la pintura del rótulo es prometedora.

—¡Oh! Sin duda, y eso es justamente lo que me hace desconfiar de la realidad. París está lleno de píca­ros, según me han dicho, y esa muestra bien puede ser un reclamo para cazar incautos.

—¡Por Dios, señor! —repuso el piamontés—. No seré yo quien se deje engañar. Si el dueño no me sirve un ave tan bien asada como la de su letrero, le pondré a él mismo en el asador y no le dejaré hasta que quede convenientemente tostado.

—Acabáis de decidirme —dijo el provenzal rien­do—.Indicadme el camino, señor, os lo ruego.

—¡Oh, señor! Por mi alma que no lo haré; no soy sino vuestro humilde servidor, el conde Annibal de Coconnas.

—Y yo, señor, no soy más que el conde Joseph­-Hyacinte—Boniface de Lerac de la Mole, para serviros.

—En ese caso, cojámonos del brazo y entremos juntos.

El resultado de esta conciliadora proposición fue que los dos jóvenes, descendiendo de sus cabalgaduras y entregando las bridas en manos de un palafrenero, se ci­ñeron las espadas y, cogidos del brazo, se encaminaron hacia la puerta de la posada, en cuyo umbral estaba el dueño. Contra la costumbre de esta clase de gente, el dig­no propietario no debía de haber reparado en ellos, pues se hallaba ocupado en conversar muy interesadamente con un sujeto flaco y amarillo envuelto en una capa de color ceniciento, tal que un búho bajo sus plumas.

Los dos gentiles hombres se habían aproximado tan­to al posadero y a su interlocutor, que Coconnas, impaciente por la poca importancia que el tal posadero les otorgaba, le dio un tirón de la manga. Éste pareció en­tonces despertar sobresaltado y despidió a su compinche diciéndole: «Hasta la vista. Volved pronto y, sobre todo, tenedme al corriente de la hora.»

—¡Eh, señor estúpido! —dijo Coconnas—. ¿No veis que nos dirigimos a vos?

—Perdón, señores, no les había visto.

—¡Cristo! Tendríais que habernos visto, y ahora en lugar de decir «Señor» a secas, deberíais haber dicho

«Señor conde». Digo, si os place.

La Mole se mantenía aparte, dejando hablar a Cocon­nas, que parecía haber tomado el asunto por su cuenta.

Sin embargo, al ver su ceño fruncido era fácil darse cuenta de que estaba dispuesto a ir en su ayuda en cuan­to se presentara la ocasión.

—¿Y qué es lo que deseáis, señor conde? —pre­guntó el posadero, con calma.

—Así, esto ya es otra cosa, ¿no es cierto? —dijo Coconnas volviéndose hacia La Mole, quien hacía con su cabeza un signo afirmativo—. El señor conde y yo, atraídos por vuestro anuncio, deseamos comer y alo­jarnos en vuestra posada.

—Lo siento infinitamente, señores —repuso el po­sadero—, pero no tengo más que una habitación dispo­nible y temo que no os convenga.

—¡Tanto mejor, a fe mía! ¡Nos iremos a otra par­te! —dijo La Mole.

—¡Ah! No, no, de ninguna manera —añadió Co­connas—. Yo me quedo aquí; mi caballo está reventa­do. Tomo, pues, ese cuarto si vos no lo queréis.

—Éste es otro inconveniente —respondió el dueño con la misma calma a igual impertinencia—. Si no sois más que uno no puedo admitiros de ningún modo.

—¡Gran Dios! —exclamó Coconnas—. A fe mía que nunca he visto un tipo tan gracioso. Antes éramos demasiados dos y ahora uno no es bastante. ¿Es que no quieres darnos albergue, bribón?

—Puesto que lo tomáis tan a la tremenda, os res­ponderé con franqueza.

—Responde entonces, pero date prisa.

—¡Sea! Prefiero no tener el honor de alojaros.

—¿Por qué? —preguntó Coconnas, pálido de ira.

—Porque no tenéis lacayo, y por un cuarto de amo ocupado tendré dos cuartos de lacayo vacíos, de modo que, si os doy el cuarto principal, corro el riesgo de no alquilar los otros.

—Señor de La Mole —dijo Coconnas volviéndose hacia su acompañante—, ¿no os está pareciendo que vamos a tener que dar una paliza a este pícaro?

—La cosa es muy sencilla —dijo La Mole prepa­rándose como su compañero a moler a latigazos al po­sadero.

A pesar de esta doble amenaza, que no tenía nada de tranquilizadora tratándose de dos gentiles hombres que parecían tan dispuestos a llevarla a cabo, el posa­dero no se inmutó, contentándose con retroceder un paso y ganar la puerta de su casa.

—Se ve que estos caballeros —dijo con aire bur­lón— llegan de provincias. En París ya pasó la moda de apalear a los posaderos que se niegan a alquilar sus cuar­tos. Ahora son los grandes señores los apaleados y no los burgueses, y si gritáis demasiado llamaré a mis veci­nos, de modo que os molerán a golpes, tratamiento ver­daderamente indigno para dos gentiles hombres.

—¡Se burla de nosotros! —exclamó Coconnas exas­perado—. ¡Maldito sea!

—Gregorio, mi arcabuz —dijo el hombre dirigién­dose a su criado con el mismo tono que si hubiera dicho: «Una silla para estos señores.»

—¡Por las tripas del Papa! —aulló Coconnas, des­envainando la espada—. ¿No os indignáis, señor de La Mole?

—No, si me lo permitís, ¡mientras peleamos noso­tros la cena se enfría!

—¡Cómo! ¿Eso decís? —exclamó Coconnas.

—Digo que me parece que el patrón de A la Belle Etoile tiene razón, aunque no sabe recibir a los viajeros, sobre todo cuando éstos son gentiles hombres. En lugar de decirnos brutalmente: «Señores, no quiero daros al­bergue», habría hecho mejor en decir con amabilidad: «Entrad, señores», y poner luego en su cuenta: «Cuarto de amo, tanto; cuarto de criado, tanto.».Puesto que si no tenemos lacayos, pensamos tenerlos.

Y al decir esto, La Mole apartó suavemente al po­sadero, que ya alargaba la mano para coger su arcabuz, hizo pasar a Coconnas al mesón y entró tras él.

—No importa —dijo Coconnas—, pero siento te­ner que envainar la espada antes de saber si pincha tan bien como los tenedores de este bandido.

—Paciencia, estimado compañero, paciencia—dijo La Mole—. Todas las posadas están llenas de gentiles hombres atraídos a París por las fiestas de la boda o por la próxima guerra de Flandes y será difícil que encon­tremos otra. Además, quizá sea costumbre en París re­cibir de este modo a los extranjeros que llegan.

—¡Bendito seáis con vuestra maldita paciencia! —murmuró Coconnas, retorciéndose con furia sus bi­gotes y fulminando al posadero con su mirada—. ¡Ya puede cuidarse el pícaro! Si su cocina es mala, si su vino no tiene tres años de embotellado, si su criado no es tan dócil como un junco...

—¡Vaya, vaya, señor mío! —dijo el hombre, afi­lando contra una piedra el cuchillo que llevaba en la cintura—. Tranquilizaos, esto es jauja.

Luego, en voz baja y moviendo la cabeza:

—Debe de ser un hugonote —murmuró—. ¡Se han vuelto tan insolentes los traidores desde el casamiento de su Bearnés con nuestra Margarita!...

Y con una sonrisa, que hubiera hecho estremecer a sus huéspedes si la hubieran visto, agregó:

—¡Ja, ja! Sería gracioso que hubiera caído un hu­gonote... y que...

—¿Qué, no cenamos? —preguntó con acritud Co­connas, interrumpiendo las cavilaciones del posadero.

—Cuando gustéis, señor —contestó éste, satisfe­cho por el último pensamiento que había tenido.

—Cuanto antes —repuso Coconnas.

Después, dirigiéndose a La Mole, dijo:

—Decidme, señor conde, mientras nos preparan el cuarto: ¿por ventura os parece. París una ciudad alegre?

—No, a fe mía—respondió La Mole—, creo no ha­ber visto hasta ahora más que rostros huraños o repulsi­vos. Quizá los parisienses tengan también miedo de la tormenta. Mirad qué negro y plomizo está el cielo.

—Decidme otra cosa, señor conde, buscáis el Lou­vre, ¿no es cierto?

—Y vos también, según creo, señor de Coconnas. —Pues si queréis lo buscaremos juntos.

—¡Ahora! ¿No es un poco tarde para salir? —dijo La Mole.

—Tarde o no es preciso que yo vaya. Las órdenes que he recibido son concluyentes. Llegar cuanto an­tes a París y en seguida entrevistarme con el duque de Guisa.

Al oír este nombre, el hostelero se acercó intere­sado.

—Me parece que este pájaro nos está escuchando —dijo Coconnas, quien, como buen piamontés, era muy rencoroso y no podía olvidar la forma poco ama­ble con que recibía a los viajeros el dueño de A la Belle Etoile.

—Sí, señores, os estoy escuchando —asintió, lle­vándose la mano al gorro—, pero es para serviros. Oigo hablar del gran duque de Guisa y heme aquí, ¿en qué puedo serviros, caballeros?

—¡Ah! ¡Ah! Este nombre es mágico, por lo visto, porque de insolente se ha vuelto obsequioso. ¡Caram­ba con el posadero!... ¿Y cómo lo llamas?

—Maese La Hurière —respondió el aludido incli­nándose.

—Pues bien, maese La Hurière. ¿Crees que mi bra­zo es menos pesado que el del señor duque de Guisa, que tiene la virtud de volverte tan amable?

—No, señor conde, pero es menos largo —replicó La Hurière—. Además, debo deciros que ese gran En­rique es el ídolo de nosotros los parisienses.

—¿Qué Enrique? —dijo La Mole.

—Me parece que no hay más que uno —dijo el po­sadero.

—Excusadme, amigo mío, hay otro de quien os ad­vierto que no debéis hablar mal y es Enrique de Nava­rra, sin contar a Enrique de Condé, que también tiene su mérito.

—A esos no los conozco —respondió La Hurière. —Pues yo sí—dijo La Mole—, y como vengo a pre­sentarme al rey Enrique de Navarra, os invito a que no habléis mal de él en mi presencia.

El hombre, sin contestar a La Mole, se limitó a tocarse ligeramente el gorro y siguió adulando a Co­connas:

—¿Conque vais a hablar con el gran duque de Gui­sa? Realmente sois dichoso; sin duda vendréis para...

—¿Para qué? —preguntó Coconnas.

—Para la fiesta —respondió el posadero con ex­traña sonrisa.

—Para las fiestas diréis, porque París entero arde en fiestas, según he oído decir. Al menos no se habla más que de baffles, festines y paradas. ¡Todo París se divierte!

—No mucho, señor, por lo menos hasta este mo­mento —contestó el aludido—, pero creo que nos va­mos a divertir de lo lindo.

—Las bodas de Su Majestad el rey de Navarra han atraído mucha gente a esta ciudad —dijo La Mole.

—Muchos hugonotes, sí señor —respondió brus­camente La Hurière.

Luego, conteniéndose, añadió:

—Perdón, ¿acaso pertenecen los señores a la reli­gión reformada?

—¡Yo a la religión reformada! —exclamó Cocon­nas—. ¡Vamos, al diablo se le ocurre! Soy tan católico como nuestro Santo Padre el Papa.

La Hurière se volvió hacia La Mole como para in­terrogarle, pero o éste no comprendió su mirada o no juzgó conveniente responder de mejor modo que con otra pregunta.

—Ya que no conocéis a Su Majestad el rey de Na­varra, maese La Hurière, tal vez conozcáis al señor al­mirante. He oído decir que el señor almirante goza de algún favor en la corte, y como vengo recomendado a él desearía, si es que la dirección de su casa no os que­ma la lengua, que me dijerais dónde vive.

—Vivía en la calle Bethisy, señor, aquí a la derecha —respondió el posadero con una satisfacción interior que no pudo mantener oculta.

—¿Cómo que vivía? —preguntó La Mole—. ¿Aca­so se ha mudado?

—De este mundo es muy probable.

—¿ Qué significa esto? —exclamaron a un tiempo los dos caballeros—. ¿El almirante ya no es de este mundo?

—¡Cómo, señor de Coconnas! —continuó el hom­bre con maliciosa sonrisa—. ¿Sois de los de De Guisa y no lo sabíais?

—¿Saber qué?

—Que anteayer, al pasar por la plaza de Saint­Germain d'Auxerre, frente a la casa del canónigo Pe­dro Piles, el almirante recibió un balazo de arcabuz.

—¿Y ha muerto? —preguntó La Mole.

—No, el tiro sólo le rompió un brazo y le cortó dos dedos, pero se espera que la bala estuviese envene­nada.

—¡Cómo, miserable! —exclamó La Mole—. Se es­pera...

—Quiero decir que se cree. No disputemos por una palabra; se me ha trabucado la lengua.

Y maese La Hurière, volviendo la espalda a La Mo­le, sacó la lengua a Coconnas de la manera más burlesca, acompañando el gesto de una mirada de inteligencia.

—¿Será cierto? —dijo Coconnas, radiante de ale­gría.

—¿Será cierto? —murmuró La Mole, con dolorosa estupefacción.

—Es... tal y como he tenido el honor de deciros —dijo La Hurière.

—En ese caso —dijo La Mole—, me voy al Louvre sin perder un segundo. ¿Encontraré allí al rey Enrique?

—Es muy posible, pues allí vive.

—Y yo también me voy al Louvre —añadió Co­connas—. ¿Encontraré al duque de Guisa?

—Es probable, porque acabo de verle pasar, no hará todavía un instante, con doscientos gentiles hombres.

—Entonces, venid conmigo, señor de Coconnas —di­jo La Mole.

—Ya os sigo, señor.

—¿Y vuestra cena, señores? —preguntó maese La Hurière.

—¡Ah! —repuso La Mole—. Yo cenaré tal vez con el rey de Navarra.

—Y yo con el duque de Guisa —dijo Coconnas.

—Y yo —murmuró el posadero después de haber seguido con la vista a los dos gentiles hombres que se encaminaban al Louvre— voy a limpiar mi casco, a poner una mecha en el arcabuz y a afilar la partesana. Nadie sabe lo que puede ocurrir.

V. DEL LOUVRE EN PARTICULAR Y DE LA VIRTUD EN GENERAL

Los dos gentiles hombres, informados por la prime­ra persona que encontraron, tomaron por la calle de Averon, luego por la de Saint—Germain d'Auxerre y no tardaron en hallarse ante el Louvre, cuyas torres se con­fundían ya con las primeras sombras de la noche.

—¿Qué os ocurre? —preguntó Coconnas a La Mo­le que, absorto a la vista del viejo castillo, miraba con profundo respeto los puentes levadizos, las ventanas estrechas y los campanarios puntiagudos que se presen­taban ante sus ojos.

—¡A fe mía que no lo sé! —dijo La Mole—. Pero el corazón me late agitado. No soy cobarde, pero no sé por qué este palacio me parece sombrío y hasta diría terrible.

—Pues a mí no sé lo que me pasa —dijo Cocon­nas—, pero siento una alegría extraña. Mi aspecto es algo descuidado—continuó observando su traje de via­je—;pero ¡bah!, tengo apostura de caballero. Además, las órdenes me indicaban rapidez. Seré, pues, bien aco­gido, ya que obedezco puntualmente.

Y los dos jóvenes continuaron su camino, preocupa­do cada cual por los sentimientos que había expresado.

Había numerosa guardia en el Louvre; todos los puestos parecían reforzados. Nuestros dos viajeros se quedaron al principio un tanto perplejos. Pero Co­connas, que había notado que el nombre del duque de Guisa era una especie de talismán para los parisienses, se acercó a un centinela y, mencionando este nombre omnipotente, preguntó si, gracias a él, podría entrar en el Louvre.

El nombre pareció ejercer sobre el centinela el efecto acostumbrado; sin embargo, también preguntó a Coconnas el santo y seña.

Coconnas se vio obligado a confesar que no lo sabía.

—Retiraos entonces, caballero —dijo el soldado.

En este momento, un hombre que conversaba con el oficial de guardia y oyó a Coconnas pedir permiso para entrar en el Louvre, interrumpiendo su charla se le acercó y le dijo:

—¿Qué quiere vos del sinnior de Güise?

—Yo querer hablarle —respondió Coconnas son­riendo.

—Imposible, el dugue estar con el rey.

—Sin embargo, tengo una carta llamándome a París.

—¡Ah! ¿Fos tener una cagta?

—Sí, y vengo desde muy lejos.

—¡Ah! ¿Fos llegar teste muy lejos?

—Vengo del Piamonte.

—¡Pien, pien! Esto es otra cosa. ¿Y cómo os llamáis

—Soy el conde Annibal de Coconnas.

—¡Pueno! ¡Pueno! Tadme la cagta, sinior Annibal, y tádmela.

—Vaya un hombre amable —se dijo La Mole—. ¡Si pudiera encontrar otro igual que me condujera ante el rey de Navarra!

—Pero tadme la cagta —continuó el gentilhombre alemán extendiendo la mano hacia Coconnas, que vaci­laba.

—¡Cáspita! —dijo el piamontés desconfiado como un semi—italiano—. No sé si debo. Tan siquiera tengo el honor de conoceros, señor.

—Soy Pesme; bertenezco al serficio del sinior de Güise.

—Pesme... —murmuró Coconnas—. No conozco ese nombre.

—Es el señor de Besme —dijo el centinela—. La pronunciación os confunde. Dadle vuestra carta, yo respondo.

—¡Ah! ¡Es el señor Besme! —exclamó Coconnas—. ¡Ya lo creo que lo conozco! ¡Cómo no! Con el mayor placer. Aquí tenéis mi carta y perdonad mi duda. Es preciso dudar cuando se quiere ser fiel.

—¡Pien, pien! —dijo Besme—. No hafía necesidad de esgusa.

—Señor —dijo La Mole aproximándose—. Ya que sois tan amable, ¿querríais encargaros de mi carta co­mo acabáis de hacer con la de mi compañero?

—¿Quién sois fos?

—El conde Lerac de La Mole.

—¿El gonde Lerac de La Mole?

—Sí, señor.

—No gonosgo ese nombre.

—Es muy fácil que yo no tenga el honor de que me conozcáis, pues soy extranjero y, lo mismo que el conde de Coconnas, acabo de llegar de muy lejos.

—¿De dónde fenís?

—De Provenza.

—¿Y con una cagta?

—Sí, con una carta.

—¿Para el sinior de Güise?

—No, para Su Majestad el rey de Navarra.

—Yo no servir al rey de Naparra, sinior —respon­dió Besme con súbita frialdad—. Yo no poder llefar puestra cagta.

Y volviendo la espalda a La Mole, Besme entró en el Louvre haciendo señas a Coconnas de que le siguiera de cerca.

La Mole se quedó solo.

En el mismo momento en que desaparecían Besme y Coconnas por una puerta del Louvre, un grupo for­mado por un centenar de caballeros salía por otra.

—¡Ah, ah! —dijo el centinela a un compañero de servicio—. Es De Mouy con sus hugonotes. ¡Están ra­diantes! El rey les habrá prometido la muerte del ase­sino del almirante y, como es el mismo que mató al padre de De Mouy, el hijo matará dos pájaros de un tiro.

—Perdón —dijo La Mole dirigiéndose al solda­do—. Creo haber oído que ese oficial es el señor De Mouy.

—En efecto.

—Y que los que le acompañan son...

—Herejes.

—Gracias —dijo La Mole sin dar muestras de ha­ber oído el término despectivo empleado por el centi­nela—. Eso es todo cuanto deseaba saber.

Y dirigiéndose al jefe de los caballeros:

—Señor—dijo abordándole—, acabo de saber que sois el señor De Mouy.

—El mismo, caballero —respondió el oficial cor­tésmente.

—Vuestro nombre, tan conocido por los de mi re­ligión, me anima a dirigirme a vos, señor, para pediros un favor.

—¿De qué se trata? Pero ante todo, ¿con quién ten­go el honor de hablar?

—Con el conde de Lerac de La Mole.

Los dos jóvenes se saludaron.

—Os escucho, señor—dijo De Mouy.

—Acabo de llegar de Aix y soy portador de una carta del señor Auriac, gobernador de Provenza. Esta car­ta va dirigida al rey de Navarra y contiene noticias importantes y urgentes. ¿Cómo podré entregarla? ¿Có­mo podré entrar en el Louvre?

—Nada más fácil que entrar en el Louvre, señor —replicó De Mouy—. Únicamente temo que el rey de Navarra esté demasiado ocupado en este momento para recibiros. Pero no importa; si queréis seguirme, os con­duciré hasta sus habitaciones. El resto corre por vuestra cuenta.

—Mil gracias.

—Venid, pues —dijo De Mouy.

El oficial dejó las riendas de su caballo en manos de un lacayo y, encaminándose hacia la garita, se dio a co­nocer al centinela. Luego introdujo a La Mole en el cas­tillo y, abriendo la puerta que daba paso a las habitacio­nes del rey:

—Entrad —le dijo—, a informaos.

Y saludándole se retiró.

Apenas estuvo solo, La Mole miró a su alrededor. La antecámara estaba vacía y una de sus puertas inte­riores abierta. Dio algunos pasos y se encontró en un pasillo. Golpeó y llamó sin que nadie le respondie­ra. El más profundo silencio reinaba en esta parte del Louvre.

« ¡Y pensar que me habían hablado de un rígido pro­tocolo! —dijo para sí—. En este palacio todo el mundo entra y sale como en una plaza pública.»

Y volvió a llamar sin obtener mejor resultado que la primera vez.

«¡Adelante, pues! —pensó—. ¡Ya tropezaré con alguien! »

Y se metió por el pasillo, que se hacía cada vez más oscuro.

De pronto, la puerta que quedaba enfrente de aqué­lla por donde había entrado se abrió y aparecieron dos pajes llevando antorchas con las que iluminaban el ca­mino a una mujer de estatura imponente, porte majes­tuoso y, sobre todo, de una admirable belleza.

La luz dio de lleno sobre La Mole, que permaneció inmóvil.

La dama se detuvo al verle.

—¿Queríais algo, señor? —le preguntó con una voz que en los oídos del joven hizo el efecto de una música deliciosa.

—¡Oh, señora! —dijo La Mole bajando la vista—. Excusadme, os lo ruego. Acabo de dejar al señor De Mouy, que ha tenido la gentileza de conducirme hasta aquí, y buscaba al rey de Navarra.

—Su Majestad no se encuentra aquí, señor; está con su cuñado. Pero en su ausencia podríais decir a la reina...

—Sí, sin duda, señora, con tal de que alguien se dignara llevarme hasta ella.

—Estáis en su presencia.

—¡Cómo! —exclamó La Mole.

—Soy la reina de Navarra—dijo Margarita.

La Mole, asustado, hizo un gesto de estupor que pro­vocó la risa de la reina.

—Hablad pronto, señor, que me está esperando la reina madre.

—¡Oh! Señora, si tenéis prisa, permitidme que me retire, porque me sería imposible hablaros en este mo­mento. Me siento incapaz de concebir una idea; vuestra presencia me ha deslumbrado. Ya no pienso, admiro.

Margarita se acercó llena de gracia y de belleza a aquel joven que, sin saberlo, acababa de expresarse co­mo un refinado cortesano.

—Serenaos, señor. Esperaré y me esperarán.

—Perdonadme, señora, si no he saludado antes a Vuestra Majestad con todo el respeto que tiene dere­cho a esperar de uno de sus más humildes servidores, pero...

—Pero —continuó Margarita—, ¿me tomasteis por una de mis damas?

—No, no, señora: por la sombra de la bella Diana de Poitiers. Me han dicho que suele aparecerse en el Louvre.

—Vamos, señor —dijo Margarita—, ya no necesi­táis que me preocupe más de vos: ¡seguro que haréis fortuna en la come! ¿Dijisteis que teníais una carta para el rey? Es inútil que esperéis, pero no importa, podéis dármela y yo se la entregaré... Pero daos prisa, os lo ruego.

En un abrir y cerrar de ojos, La Mole desató los cordones de su jubón y sacó del pecho una carta ence­rrada en un sobre de seda.

Margarita la cogió y observó la Tetra.

—¿Sois el señor de La Mole? —preguntó.

——Sí, señora. ¡Dios mío! ¿Tendré la dicha de que mi nombre sea conocido por Vuestra Majestad?

—Se lo he oído pronunciar al rey mi marido y a mi hermano el duque de Alençon. Sé que os esperan.

Y deslizó en su corpiño recamado de bordados y diamantes aquella carta que le entregaba el joven y que aún conservaba el calor de su pecho. La Mole seguía ávidamente con los ojos cada uno de los movimientos de Margarita.

—Ahora —le dijo—, descended a la galería y es­perad hasta que vayan a buscaros de parte del rey de Navarra o del duque de Alençon. Uno de mis pajes os va a conducir.

Después de pronunciar estas palabras Margarita con­tinuó su camino. Aunque La Mole se apretó contra la pared, el pasillo era tan estrecho y el miriñaque de la reina de Navarra tan ancho que su vestido de seda rozó con el joven. Quedó tras ella una estela de penetrante perfume.

La Mole se estremeció por entero y, sintiéndose a punto de caer desvanecido, se apoyó contra la pared.

Margarita desapareció como una quimera.

—¿Venís, señor? —dijo el paje encargado de acom­pañar a La Mole hasta la galería inferior. .

—Sí, sí —respondió La Mole entusiasmado. Precisamente, el muchacho le indicaba el camino por donde acababa de alejarse Margarita, con lo que pensó que, apresurándose, aún la vería.

En efecto; al llegar a lo alto de la escalera logró verla cuando llegaba al piso de abajo, y, sea por casualidad o porque el ruido de sus pasos llegara hasta ella, lo cierto es que levantó la cabeza y el joven La Mole pudo contemplar otra vez aquellos ojos.

—¡Oh! —exclamó—. No es una mortal, es una diosa, y como dijo Virgilio: Et vera incessu patuit dea.

—¿Me seguís? —preguntó el paje.

—Aquí estoy, perdonad, ya os sigo –respondió La Mole.

El paje, precedido de La Mole, descendió un piso, abrió una puerta, luego otra y, deteniéndose en el um­bral, dijo:

—Éste es el lugar donde debéis esperar.

La Mole entró en la galería y la puerta se cerró a sus espaldas.

En la galería tan sólo halló a otro gentilhombre que se paseaba y parecía esperar también.

Ya la noche comenzaba a enviar espesas sombras desde lo alto de las bóvedas y, aunque los dos hombres estaban apenas a veinte pasos de distancia uno de otro, no podían distinguir sus rostros. La Mole se acercó.

—¡Dios me perdone! —exclamó cuando estuvo a pocos pasos del otro—. ¡Si es el señor conde de Coconnas!

Al oír sus pasos, el piamontés se había vuelto y le miraba con el mismo asombro con que era mirado.

—¡Pardiez! ¡Que el diablo me lleve si no sois el señor conde de La Mole! ¡Uf! ¿Qué estoy haciendo? ¿Jurar en la casa del rey? Pero ¡bah! Tengo entendido que el rey jura más que yo y hasta en la iglesia. Nos en­contramos de nuevo en el Louvre...

—Tal como lo estáis viendo. ¿Os introdujo el se­ñor Besme?

—Sí, es un alemán sumamente amable... Y a vos ¿quién os sirvió de introductor?

—El señor De Mouy. No me equivocaba al deciros que los hugonotes tenían prestigio en la corte... ¿Ha­béis visto al duque de Guisa?

—Aún no. Y vos ¿obtuvisteis vuestra audiencia con el rey de Navarra?

—No, pero no tardaré en conseguirla. Me trajeron hasta aquí diciéndome que esperara.

—¡Ya veréis cómo se trata de algún magnífico festín al que seremos invitados! ¡Pero qué singular casualidad, a fe mía! Desde hace dos horas el destino nos une. Pero ¿qué tenéis? Parecéis preocupado...

—¿Yo? —dijo en seguida La Mole, estremeciéndo­se porque, efectivamente, seguía como en éxtasis recor­dando la visión que se le había aparecido—. No, pero el lugar en que nos hallamos trae a mi espíritu multitud de sugerencias.

—Filosóficas, ¿no es cierto? Lo mismo me ocurre a mí. Justamente cuando entrasteis, acudían a mi mente todas las recomendaciones de mi preceptor. ¿Habéis leído a Plutarco, señor conde?

—¡Cómo no! —dijo La Mole sonriendo—. Es uno de mis autores predilectos.

—Pues bien —continuo gravemente Coconnas—, creo que ese gran hombre no se equivoca cuando com­para los dones de la naturaleza con flores brillantes pero efímeras, mientras que considera a la virtud como una planta balsámica de perfume imperecedero y de sobera­na eficacia para curar las heridas.

—¿Sabéis griego, señor Coconnas? —dijo La Mole, mirando fijamente a su interlocutor.

—No, pero mi preceptor sabía y me recomendó con mucho interés que, cuando estuviese en la corte, no deja­ra de discurrir sobre la virtud: «Eso—me dijo— está bien visto.» En cuanto a eso, he venido bien pertrechado, os lo advierto. Y a propósito ¿tenéis apetito?

—No.

—Me parece, sin embargo, que os atraía bastante el ave asada de A la Belle Etoile. Yo me muero de ina­nición.

—Señor Coconnas, ésta es una buena ocasión para sacar a relucir vuestros argumentos sobre la virtud y probar vuestra admiración por Plutarco. Este buen es­critor dice en alguna parte: «Es bueno acostumbrar el alma al dolor y el estómago al hambre.» Prepon esti tên men psuchên odunê, ton de gastéra sem askeïn.

—¡Ah! ¿Sabíais el griego? —exclamó Coconnas, estupefacto.

—Ya lo creo; mi preceptor me lo enseñó.

—¡Voto al diablo, conde! Entonces tenéis asegu­rada la fortuna: haréis versos con el rey Carlos IX y hablaréis en griego con la reina Margarita.

—Sin contar —añadió La Mole riendo— con que, además, puedo hablar en gascón con el rey de Navarra.

En aquel momento se abrió una puerta de la galería que comunicaba con las habitaciones del rey; resona­ron unos pasos y se vio en la oscuridad una sombra que avanzaba. Esta sombra se convirtió en un cuerpo. Y es­te cuerpo era el del señor de Besme.

Olfateó a los dos jóvenes para. reconocer al que buscaba a hizo señas a Coconnas para que le siguiera.

Coconnas se despidió de La Mole agitando el brazo.

Besme condujo a Coconnas al extremo de la gale­ría, abrió una puerta y se encontraron ante el primer peldaño de una escalera.

Llegados allí, Besme se detuvo, y luego de mirar al­rededor, arriba y abajo, preguntó:

—Sinior de Cogonnas, ¿dónde fifís?

—En la posada de A la Belle Etoile, calle de l'Ar­bre—Sec.

—¡Pueno! ¡Pueno! Estar a dos basos de aquí... Fol­fed bronto a fuestro hotel y esta noche...

Miró otra vez en torno suyo.

—¿Esta noche? —preguntó Coconnas.

—Pien, esta noche folfed aquí con una puena es­bada. La consigna es Güise. ¡Silencio! Poca cerrada.

—¿Pero a qué hora debo venir?

—Cuando oigáis la cambana.

—¿Cómo, la cambana?

—Sí, la cambana, ¡tam! ¡tam!

—¡Ah! ¿La campana?

—Sí, esto es lo que decía.

—Así será—dijo Coconnas.

Y saludó a Besme, preguntándose en voz baja cuan­do se alejaba:

—¿Qué diablos querrá decir y con qué motivo to­carán las campanas? De todos modos mantengo mi opinión: el señor Besme es un tedesco muy amable. ¿Si esperara al conde de La Mole?... Pero no; es probable que cene con el rey de Navarra.

Y Coconnas se dirigió hacia la calle de l'Arbre—Sec, donde el anuncio de A la Belle E'toile le atraía como un imán. Entre tanto, la puerta de la galería correspondien­te a las habitaciones del rey de Navarra se abrió y un paje se adelantó hacia La Mole.

—¿Sois el conde de La Mole? —preguntó.

—El mismo.

—¿Dónde vivís?

—En la calle de l'Arbre—Sec, posada de A la Belle Etoile.

—Bien, está a las puertas del Louvre. Escuchad... Su Majestad os envía decir que no puede recibiros en este momento; quizás esta noche os mande llamar. En todo caso, si mañana por la mañana no habéis recibido noticias suyas, venid al Louvre.

—¿Y si el centinela me niega la entrada?

—¡Ah! Es cierto. El santo y seña es Navarra; pro­nunciad esta palabra y se os abrirán todas las puertas.

—Gracias.

—Esperad, caballero; tengo orden de acompañaros hasta la salida para que no os extraviéis por el palacio. —¿Qué será de Coconnas? —se preguntó La Mole cuando estuvo en la calle—. ¡Oh! Seguramente se ha­brá quedado a cenar con el duque de Guisa.

Pero al volver a casa de maese La Hurière, la pri­mera persona que vio nuestro hombre fue Coconnas, sentado ante una gigantesca tortilla con tocino.

—¡Oh, oh! —exclamó Coconnas, riendo a carca­jadas—. Parece que os quedasteis sin la cena del rey de Navarra, así como yo sin la del duque de Guisa.

—Así parece.

—¿Y os volvió el apetito?

—Creo que sí.

—¿A pesar de Plutarco?

—Señor conde —dijo riendo La Mole—, Plutarco dice en otra parte que el que tiene debe repartir con el que no tiene. ¿Queréis, por amor a Plutarco, compartir vuestra tortilla conmigo? Hablaremos de la virtud mientras cenamos.

—¡Oh, no! —dijo Coconnas—. Eso está bien para cuando uno se halla en el Louvre, temiendo ser escu­chado y con el estómago vacío. Sentaos ahí y cenemos.

—Veo que la suerte nos ha hecho inseparables. ¿Dormiréis aquí?

—No sé todavía.

—Yo tampoco.

—En todo caso sé muy bien dónde pasaré la noche.

—¿Dónde?

—Pues en el mismo sitio donde la paséis vos. ¡No fallará!

Ambos se echaron a reír, haciendo los honores a la tortilla de maese La Hurière.

VI. LA DEUDA PAGADA

Si el lector siente la curiosidad de saber por qué el señor de La Mole no fue recibido por el rey de Navarra y cuál fue la razón por la cual Coconnas no pudo ver al señor de Guisa, y, por último, por qué, en lugar de ce­nar los dos en el Louvre con faisanes, perdices y cor­zos, se contentaron con la tortilla de tocino de A la Belle Etoile, será preciso que tenga la bondad de volver con nosotros al viejo palacio de los reyes y de seguir a la reina Margarita de Navarra, a quien La Mole perdió de vista a la entrada de la galería.

Mientras Margarita descendía la escalera, el duque Enrique de Guisa, a quien ella no había vuelto a ver des­de la noche de su boda, se hallaba en el gabinete del rey. La escalera salía a un corredor que comunicaba directa­mente con las habitaciones de la reina madre, Catalina de Médicis. El gabinete donde se encontraba el duque tenía una puerta que daba a este mismo corredor.

Se hallaba Catalina de Médicis sola, sentada junto a una mesa, con el codo apoyado sobre un libro de misa entreabierto y la cabeza reclinada sobre una mano to­davía notablemente hermosa, gracias al cosmético que le preparaba el florentino Renato, que desempeñaba el doble cargo de perfumista y proveedor de venenos de la reina madre.

La viuda de Enrique II llevaba el mismo luto que adoptó a la muerte de su marido. Era una mujer de cin­cuenta y dos o cincuenta y tres años, que conservaba, gracias a su lozana robustez, algunos rasgos de su anti­gua belleza. Su cuarto, como su vestido, era el de una viuda. Todo tenía en él igual carácter sombrío: tapices, paredes y muebles. Tan sólo encima de una especie de dosel que cubría un sillón real, donde en aquel momen­to dormía la perra favorita de la reina madre, regalo de su yerno Enrique de Navarra y a la que habían puesto el nombre mitológico de Febe, se veía pintado al fresco un arco iris rodeado de esta divisa griega que el rey Francis­co I había dedicado a la reina: Phôs pherei a de kai aïth­zen, y que puede traducirse así:

Lleva la luz y la serenidad.

De pronto, y cuando más absorta parecía la reina en sus pensamientos, que dibujaban en sus labios pintados con carmín una sonrisa lenta y vacilante, un hombre abrió la puerta, levantó un tapiz y mostró su rostro pá­lido, al mismo tiempo que decía:

—Todo va mal.

Catalina levantó la cabeza y reconoció al duque de Guisa.

—¿Cómo que todo va mal? —respondió—. ¿Qué queréis decir, Enrique?

—Que el rey está cada vez más engañado con sus malditos hugonotes y que, si esperamos su consenti­miento para ejecutar la gran empresa, tendremos para largo o para nunca.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Catalina, conser­vando aquel rostro impasible que le era habitual, aun­que tan divinamente sabía, según la ocasión, darle las expresiones más opuestas.

—Ocurre que acabo de hacer a Su Majestad por vi­gésima vez la pregunta de si habremos de continuar soportando las insolencias que se permiten desde el aten­tado contra el almirante los señores de la religión refor­mada.

—¿Y qué os ha respondido, hijo mío?

—Textualmente: «Señor duque, el pueblo debe sos­pechar que sois vos el autor del asesinato cometido en la persona de mi segundo padre el almirante, defendeos como os plazca. En cuanto a mí, ya sabré defenderme si me insultan...» Y, después de estas palabras, me ha vuel­to la espalda para ir a dar de comer a sus perros.

—¿Y no habéis intentado retenerlo?

—Sí, pero me ha contestado con esa voz que ya conocéis y mirándome de ese modo especial que sólo él sabe: «Señor duque, mis perros tienen hambre y no son hombres para que los haga esperar...» En seguida he venido a preveniros.

—Habéis hecho bien —dijo la reina madre.

—Pero ¿qué hacer ahora?

—Intentar un último esfuerzo.

—¿Quién será el que lo intente?

—Yo. ¿El rey está solo?

—No, está con el señor de Tavannes.

—Esperadme aquí, o mejor, seguidme de lejos.

Catahna se levantó en seguida y fuese hacia la ha­bitación donde, sobre alfombras turcas y almohadones de terciopelo, estaban los lebreles favoritos del rey. So­bre algunas perchas sujetas a la pared había dos o tres halcones elegidos y un pequeño alcaudón, con el cual Carlos IX solía divertirse en cazar pajaritos en los jar­dines del Louvre y en los de las Tullerías, que empeza­ban a construirse.

Por el camino, la reina madre dio un aspecto de angustia a su fisonomía, dejando rodar por su artificial palidez una última lágrima que era sin duda la primera.

Se acercó sin hacer ruido a Carlos IX, que a la sa­zón repartía entre sus perros un pastel dividido en tro­zos iguales.

—¡Hijo mío! —dijo Catalina con un temblor en la voz, tan bien fingido que hizo estremecerse al rey.

—¿Qué tenéis, señora? —preguntó Carlos, volvién­dose bruscamente.

—Vengo a pediros, hijo mío, que me permitáis re­tirarme a uno de vuestros castillos, cualquiera que sea, con tal de que esté situado muy lejos de París.

—¿Por qué razón, señora? —preguntó Carlos IX, clavando en su madre aquella vidriosa mirada que en ciertas ocasiones se hacía tan penetrante.

—Porque todos los días recibo nuevos ultrajes de los partidarios de la religión reformada; porque hoy he oído a los protestantes amenazaros hasta en vuestro propio Louvre y no quiero asistir más a semejantes es­pectáculos.

—Pero, en fin, madre —dijo Carlos IX con convic­ción—, han querido matarles a su almirante. Un infame asesino ya les mató al valiente De Mouy. ¡Pobre gente! ¡Por vida mía! Es preciso que haya justicia en mi reino.

—¡Oh! Estad tranquilo, hijo mío —dijo Catali­na—. No les faltará justicia, porque si vos se la negáis, ellos se la tomarán por su mano. Hoy, sobre el duque de Guisa, mañana sobre mí, al otro día sobre vos...

—¿Creéis esto, señora?—respondió Carlos IX de­jando traslucir en su voz un primer acento de duda.

—Hijo mío —añadió Catalina abandonándose por entero a la violencia de sus pensamientos—, ¿no veis que ya no se trata de la muerte de Francisco de Guisa ni de la del almirante, de la religión protestante ni de la católica, sino simplemente de la sustitución del hijo de Enrique II por el de Antonio de Borbón?

—Vamos, madre mía, reportaos; ya volvéis a caer en vuestras exageraciones de siempre —dijo el rey.

—¿Cuál es vuestra opinión, hijo mío?

—Esperar, madre, esperar. Toda la sabiduría huma­na reside en esta palabra. El más grande, el más fuerte. el más hábil es aquel que, sobre todo, sabe esperar.

—Esperad, pues; pero yo no esperaré.

Y sin más, haciendo una reverencia, Catalina se acer­có a la puerta para volver a sus habitaciones.

Carlos IX la detuvo.

—¿Qué queréis que haga entonces? Porque, ante todo, soy justo y quisiera que todo el mundo estuviese contento de mí.

Catalina regresó a su lado.

—Venid, señor conde —le dijo a Tavannes que es­taba acariciando un halcón—, y decid al rey cuál es vuestro punto de vista.

—Si Su Majestad me lo permite—insinuó el conde.

—Di, Tavannes, di.

—¿Qué hace Vuestra Majestad en una cacería si se ve atacado por un jabalí?

—¡Pardiez! Señor, le espero a pie firme y le atra­vieso la garganta con un venablo.

—Sólo para evitar que os haga daño —agregó Ca­talina.

—¡Y para divertirme! —dijo el rey, dando un suspi­ro que indicaba un valor llevado a la temeridad—. Pero no me divertiré matando a mis súbditos, porque, des­pués de todo, los hugonotes son mis vasallos lo mismo que los católicos.

—Entonces, Sire —dijo Catalina—, vuestros vasa­llos los hugonotes harán como el jabalí cuando no se le clava un venablo en la garganta: echarán abajo el trono.

—¡Bah! ¿Eso creéis, señora? —dijo el rey en un tono revelador de que no daba mucho crédito a las pre­dicciones de su madre.

—¿Pero no habéis visto hoy al señor De Mouy y a los suyos?

—Sí, los he visto; acabo de dejarlos; ¿acaso me han pedido algo que no sea justo? De Mouy me ha rogado el castigo del asesino de su padre y del que atentó con­tra el almirante. ¿Acaso no condenamos al señor de Montmorency por la muerte de mi padre y vuestro esposo, aunque esta última se debiera a un simple acci­dente?

—Está bien, Sire —dijo Catalina secamente—. No hablemos más de este asunto. Vuestra Majestad goza de la protección de Dios, que le da fuerza, sabiduría y confianza; pero yo, pobre mujer abandonada de Dios, sin duda a causa de mis pecados, debo temer y cedo.

Al decir esto, Catalina saludó por segunda vez y salió haciendo señas al duque de Guisa, que había entra­do en la habitación, de que se quedara para hacer una última tentativa.

Carlos IX siguió con la mirada a su madre, pero esta vez no intentó detenerla, sino que se puso a acari­ciar sus perros mientras silbaba una melodía de caza. De repente se interrumpió:

—¡La verdad es que mi madre es todo un carácter! De nada duda. Pero ¿quién se atreve a matar deliberada­mente a unas cuantas docenas de hugonotes sólo por­que vienen a pedir justicia? ¿Acaso no están en su per­fecto derecho?

—¡Unas cuantas docenas! —murmuró el duque de Guisa.

—¡Ah! ¿Estáis ahí, señor? —preguntó el rey fin­giendo advertir entonces su presencia—. Sí, unas cuan­tas docenas; ¡buena caza!... ¡Ah! Si alguien viniera a de­cirme: «Sire, os libraréis de todos vuestros enemigos de tal modo que mañana no quedará uno solo para re­procharos la muerte de Los demás», entonces no me opondría.

—¿Entonces?...

—Tavannes —interrumpió el rey—, estás fasti­diando a Margot; vuelve a ponerla en su perchera; por­que lleve el nombre de mi hermana la reina de Navarra no es razón para que todo el mundo la acaricie.

Tavannes dejó a Margot en su sitio y se entretuvo en enrollar y desenrollar Las orejas de un lebrel.

—Pero, señor—replicó el duque de Guisa—, si dijesen a Vuestra Majestad: «Sire, Vuestra Majestad se verá libre mañana de todos sus enemigos...»

—¿Y por intervención de qué santo se haría tan gran milagro?

—Sire, hoy es veinticuatro de agosto; sería por obra y gracia de San Bartolomé.

—¡Bonito santo —dijo el rey—, que se dejó deso­llar vivo!

—¡Tanto mejor! Mientras más haya sufrido, ma­yor rencor guardará a sus verdugos.

—¿Y sois vos, primo —dijo el rey—, vos, con esa Lin­da espadita de dorada empuñadura, quien matará de aquí a mañana a diez mil hugonotes? ¡Ja, ja, ja! ¡Me muero de risa! ¡Sois muy gracioso, señor duque!

Con esto lanzó el rey una carcajada tan falsa, que Las paredes devolvieron un eco lúgubre.

—Sire, una sola palabra, una señal y todo está dis­puesto —respondió el duque, estremeciéndose a pesar suyo al oír aquella risa que no tenía nada de humana—. Cuento con Los suizos, mil cien gentiles hombres, la ca­ballería ligera, Los burgueses. Vuestra Majestad, por su parte, tiene sus guardias, sus amigos, su nobleza católi­ca... ¡Seremos veinte contra uno!

—Entonces, si sois tan fuerte, primo, ¿por qué dia­blos venís a zumbarme Los oídos con esta historia? Ha­ced lo que os parezca sin contar conmigo...

Y el rey tornó a ocuparse de sus perros.

En aquel momento se levantó el tapiz y reapareció Catalina.

—Todo va bien —le susurró al duque— ¡insistid y cederá!

Y el tapiz volvió a caer ocultando a Catalina, sin que Carlos IX la viese o al menos demostrara haberla visto.

—Sólo quiero saber—dijo el duque de Guisa—, si, obrando conforme a mis deseos, complaceré a Vuestra Majestad.

—En verdad os digo, primo Enrique, que eso es ponerme un puñal al pecho. Pero resistiré, ¡pardiez! ¿Acaso no soy el rey?

—Todavía no, señor; pero lo seréis mañana si queréis.

—¡Ah! Pero entonces habrá que matar también al rey de Navarra, al príncipe de Condé... ¡Y en mi pala­cio!... ¡Es demasiado!

Luego agregó con voz apenas inteligible:

—Fuera de mi casa yo no digo nada.

—¡Sire! —exclamó el duque—. Esta noche salen los dos con vuestro hermano el duque de Alençon a di­vertirse.

—Tavannes —dijo el rey simulando admirable­mente un gesto de impaciencia—. ¿No veis que estáis molestando a ese perro? ¡Ven aquí, Acteón, ven!

Sin querer oír más, Carlos IX salió de la pieza en dirección a su dormitorio, dejando al duque de Guisa y a Tavannes con la misma incertidumbre que antes.

Mientras tanto, en los aposentos de la reina madre se desarrollaba una escena de muy distinto género. Ca­talina, después de aconsejar al duque de Guisa que insistiera en sus propósitos, había regresado a su al­coba, donde halló reunidas a las personas que solían acompañarla mientras se acostaba. Tenía ahora una expresión tan risueña como afligida la tuvo al salir. Despidió paulatinamente y con la mayor amabilidad a sus damas y cortesanos hasta quedar sola con Margari­ta, quien, sentada sobre un cofre cerca de la ventana abierta, contemplaba el cielo entregada a sus pensa­mientos.

Al verse sola con su hija, la reina madre abrió dos o tres veces la boca con intención de hablar, pero cada vez una sombría idea hizo retroceder hasta el fondo de su pecho aquellas palabras que parecían a punto de es­caparse de sus labios.

A todo esto se levantó el tapiz y entró en la estancia Enrique de Navarra. La perrita que dormía en el si­llón real dio un salto y corrió a su encuentro.

—¿Vos aquí, hijo mío? —exclamó Catalina, estre­meciéndose—. ¿Vais a cenar en el Louvre?

—No, señora —respondió Enrique—. Iré a reco­rrer la ciudad esta noche con los duques de Alençon y de Condé. Creí que estarían aquí haciéndoos la corte.

Catalina sonrió.

—Id, señor... Los hombres tienen la dicha de po­der divertirse así... ¿No es cierto, hija mía?

—Así es, señora —respondió Margarita—. ¡Es tan bella y tan valiosa la libertad!

—¿Queréis decir que yo encadeno la vuestra? —di­jo Enrique, inclinándose ante su esposa.

—No, señor, no me quejo por mí, aludo a la con­dición de la mujer en general.

—¿Iréis a ver al señor almirante, hijo mío? —pre­guntó Catalina.

—Sí, tal vez.

—No dejéis de ir; será un buen ejemplo, y mañana me diréis cómo se encuentra.

—Iré, pues, ya que aprobáis tal visita.

—Yo no apruebo nada —dijo Catalina—. Pero ¿quién anda ahí? Despedid a quienquiera que sea.

Enrique dio un paso hacia la puerta para ejecutar la orden de Catalina, pero en este instante se levantó el tapiz y apareció la rubia cabeza de la señora de Sauve.

—Señora —anunció—, es Renato, el perfumista, a quien Vuestra Majestad mandó llamar.

Catalina lanzó una mirada tan rápida como el rayo a Enrique de Navarra.

El joven príncipe enrojeció y, al momento, quedóse pálido de un modo horrible. Acababa de oír pronunciar el nombre del asesino de su madre. Como sintiera que su rostro traicionaba su emoción, fue a apoyarse contra el barrote de una ventana.

La perrita lanzó un gemido.

En seguida entraron dos personas, una que había sido anunciada y otra que no tenía necesidad de serlo.

Era la primera Renato, el perfumista, quien se acer­có a Catalina con la obsequiosidad característica de los sirvientes florentinos; llevaba una caja que al abrirse de­jó ver una serie de divisiones llenas de polvos y algunos frascos.

La otra, era la señora de Lorena, hermana de Mar­garita. Entró por una puertecita secreta que comunica­ba con el gabinete del rey y, pálida y temblorosa, trató de ocultarse a la vista de Catalina, que estaba exami­nando con la señora de Sauve el contenido de la caja llevada por Renato. Fue a sentarse al lado de Margarita, junto a la cual estaba, con una mano en la frente, como quien trata de reponerse de algún desvanecimiento, el rey de Navarra.

Catalina volvió la cabeza.

—Hija mía—dijo a Margarita—, podéis retiraros a vuestras habitaciones. Y vos —agregó dirigiéndose a Enrique— id a divertiros.

Margarita se levantó y Enrique se volvió a medias.

La señora de Lorena cogió de la mano a Margarita.

—Hermana mía —dijo en voz baja y apresurada­mente—: en nombre del duque de Guisa, que os quiere salvar la vida como vos se la salvasteis a él, no salgáis de aquí, no vayáis a vuestras habitaciones.

—¿Eh? ¿Qué dices, Claudia? —preguntó Catalina, volviendo la cabeza.

—Nada, madre.

—¿No estabas hablando en voz baja con Margarita?

—Le deseaba buenas noches, señora; y le daba re­cuerdos de parte de la señora de Nevers.

—¿Dónde está la bella duquesa?

—Con su cuñado el señor de Guisa.

Catalina miró a las dos mujeres con aire de des­confianza y dijo, frunciendo el ceño:

—Acércate, Claudia.

Claudia obedeció. Catalina le cogió la mano.

—¿Qué le habéis dicho? Sois una indiscreta —aña­dió apretando por la muñeca a su hija hasta que la hizo gritar.

—Señora—dijo a su esposa Enrique, que, aunque sin oír una palabra, no había perdido ningún movi­miento de la escena de la que fueron protagonistas la reina, Claudia y Margarita—, ¿me haríais el honor de darme a besar vuestra mano?

Margarita le tendió una mano temblorosa.

—¿Qué os ha dicho? —murmuró Enrique mien­tras se inclinaba para rozar su mano con los labios.

—Que no debo salir. ¡En nombre del Cielo, no sal­gáis vos tampoco!

No fue más que un relámpago, pero por fugaz que fuese, Enrique adivinó que se trataba de un complot.

—Esto no es todo —añadió Margarita—; aquí te­néis una carta que os trajo un gentilhombre provenzal.

—¿El señor de La Mole?

—Sí.

—Gracias —dijo el rey, cogiendo la carta y guar­dándola en su jubón. Y, pasando por delante de su atri­bulada esposa, fue al encuentro del florentino, y po­niéndole la mano en el hombro, dijo—: Qué tal, maese Renato, ¿cómo marchan vuestros asuntos?

—No del todo mal, señor —respondió el envene­nador con su pérfida sonrisa.

—No me extraña—continuó Enrique—cuando se es, como sois vos, proveedor de todas las testas coro­nadas de Francia y del extranjero.

—Excepto del rey de Navarra —respondió cínica­mente el florentino.

—A fe que tenéis razón —dijo Enrique—, y eso que mi pobre madre, que también compraba vuestros perfumes, me recomendó al morir a maese Renato. Ve­nid a verme mañana o pasado mañana y traedme vues­tros mejores productos.

—No estará de más —dijo sonriendo Catalina—, porque dicen...

—¿Que sudo mucho? —concluyó Enrique rien­do—. ¿Quién os lo dijo, madre? ¿Margot?

—No, hijo mío —respondió Catalina intenciona­damente——, la señora de Sauve.

En aquel momento, la duquesa de Lorena, que a pesar de los esfuerzos que hacía no podía contenerse, rompió a llorar.

Enrique ni siquiera se volvió.

—¡Hermana mía! —gritó Margarita, lanzándose hacia donde estaba Claudia—. ¿Qué tenéis?

—Nada—dijo Catalina colocándose entre las dos jóvenes— es un acceso de esa fiebre nerviosa que Ma­zille le ha aconsejado que combata con aceites aromá­ticos.

Dicho lo cual apretó de nuevo, con más fuerza que lo hizo la primera vez, el brazo de su hija mayor. Lue­go, volviéndose hacia la menor, dijo:

—Margot, ¿no habéis oído que os he invitado a que os retiréis? Si no basta con esto, sabed que os lo ordeno.

—Perdonad, señora—dijo Margarita pálida y tem­blorosa—. Deseo que duerma bien Vuestra Majestad.

—Y yo espero que sea cumplido vuestro deseo. Buenas noches.

Margarita salió tambaleándose, buscando en vano la mirada de su esposo, quien ni siquiera se dignó vol­ver la cabeza.

Hubo un instante de silencio, durante el cual tuvo Catalina clavados los ojos en la duquesa de Lorena, quien, por su parte, miraba a su madre sin pronunciar palabra, uniendo las manos en actitud de súplica.

Enrique, aunque se hallaba de espaldas, veía la es­cena reflejada en un espejo, ante el cual fingía alisarse el bigote con una pomada que acababa de darle Renato.

—¿Y vos, Enrique, no ibais a salir por fin? —pre­guntó Catalina.

—¡Ah, sí! —exclamó el rey de Navarra—. ¡Por Bel­cebú! Olvidaba que me esperan el duque de Alençon y el príncipe de Condé. Estos admirables perfumes me embriagan de tal manera, que hasta creo que me hacen perder la memoria. Hasta la vista, señora.

—Adiós. Mañana me daréis noticias del almirante. ¿No es cierto?

—No faltaré. Vamos, Febe, ¿qué hay?

—¡Febe! —exclamó la reina madre con impaciencia.

—Llamadla, señora—dijo el bearnés—, porque no quiere dejarme salir.

La reina madre se levantó y la sujetó por el collar, mientras Enrique se alejaba con el rostro tan sereno y risueño como si no hubiera sentido en el fondo de. su corazón que corría un peligro de muerte.

La perrita, dejada ya en libertad por Catalina de Médicis, corrió detrás de él para alcanzarlo; pero la puer­ta se había cerrado y sólo pudo alargar el hocico por de­bajo del tapiz para lanzar un aullido lúgubre y prolon­gado.

—Ahora, Carlota—dijo la reina a la señora de Sau­ve—, id a buscar al duque de Guisa y al señor Tavannes, que están en mi oratorio, y volved con ellos a hacer compañía a la duquesa de Lorena, que se halla indis­puesta.

VII. LA NOCHE DEL 24 DE AGOSTO DE 1572

Cuando La Mole y Coconnas concluyeron su fru­gal comida, pues las aves de la posada de A la Belle Etoile no existían más que en el anuncio, Coconnas hizo girar su silla sobre una pata, estiró las piernas, apoyó el codo sobre la mesa y, saboreando el último vaso de vino:

—¿Pensáis acostaros inmediatamente, señor de La Mole? —preguntó.

—¡A fe mía! Puesto que es muy posible que ven­gan a despertarme a medianoche.

—A mí también —dijo Coconnas—; por eso creo que en lugar de acostarnos y luego hacer esperar a quien venga en busca nuestra, haríamos mejor en pedir una baraja y jugar. Así estaremos prevenidos en todo momento.

—Aceptaría complacido vuestra proposición, pero tengo poco dinero para jugar: escasamente cien escu­dos de oro en mi maleta. Y ése es todo mi tesoro. Con tan poco trataré de hacer fortuna en París.

—¡Cien escudos de oro! —exclamó Coconnas—. ¿Y os quejáis? ¡Pardiez! ¡Qué diré yo, que sólo poseo seis!...

—¡Vaya! —repuso La Mole—. Os he visto sacar de vuestro bolsillo una bolsa que me ha parecido no sólo bien redondeada, sino a punto de estallar.

—¡Ah! —dijo Coconnas—. Eso lo traigo para can­celar una antigua deuda con un amigo de mi padre, de quien sospecho, igual que de vos, que es algo hugonote. Sí, aquí hay cien apetitosas libras —continuó golpeando la bolsa—, pero estas cien opulentas damas le pertene­cen a maese Mercandon. En cuanto a mi patrimonio per­sonal, ya os he dicho que se reduce a seis escudos.

—¿Cómo vamos a jugar entonces?

—Precisamente por eso quiero jugar. Además, se me ocurre una idea.

—¿Cuál?

—¿No hemos venido los dos a París con un mismo objetivo?

—Sí.

—¿No contáis con el vuestro tanto como yo con el mío?

—Sí.

—Pues bien, se me ocurre que juguemos por lo pron­to nuestro dinero y luego el primer favor que reciba­mos, sea de la corte, sea de nuestras queridas...

—Realmente es un procedimiento muy ingenioso —dijo La Mole sonriendo—, pero confieso que no soy tan hábil jugador como para arriesgar mi vida entera a una carta o a los dados; puesto que de ese primer fa­vor que aludís dependerá probablemente mi vida o la vuestra.

—Suprimamos entonces el primer favor de la corte y juguemos el primero de nuestras queridas.

—No veo más que un inconveniente —repuso La Mole.

—¿Y es?

—Que no tengo querida.

—Yo tampoco; pero pronto tendré alguna. ¡Gra­cias a Dios no estoy hecho a pasarme sin mujeres!

—No os faltarán a vos, señor de Coconnas, pero como yo no tengo la misma confianza en mi estrella amorosa, creo que sería un robo apostar mis posibili­dades contra las vuestras. Juguemos, pues, los seis es­cudos que poseéis y si os los gano por desdicha vuestra y aún queréis seguir el juego... ¡Pardiez! Sois un caba­llero y vuestra palabra vale oro.

—¡En buena hora! —exclamó Coconnas—. ¡Así se habla! Y tenéis razón; la palabra de un gentilhombre vale oro, sobre todo cuando ese gentilhombre tiene cré­dito en la corte. Creedme que no arriesgaría mucho ju­gando contra vos el primer favor que obtenga.

—Sólo que podríais perderlo y yo no lo podría ganar, puesto que siendo yo del rey Enrique de Nava­rra no puedo recibir nada del señor duque de Guisa.

—¡Ah, el impío! Ya lo suponía —murmuró el po­sadero limpiando su viejo casco.

Y se interrumpió para hacer la señal de la cruz.

—¿Conque decididamente sois de los otros? —pre­guntó Coconnas mientras barajaba los naipes que le ha­bía traído el mozo.

—¿De qué otros?

—Dé los protestantes.

—¿Yo?

—Sí, vos.

—Suponed que así sea —dijo sonriendo La Mo­le—. ¿Tenéis algo en contra nuestra?

—No, a Dios gracias, no. Podéis ser lo que queráis, me es igual. Odio profundamente el protestantismo, pero no detesto a los hugonotes. Además, ahora están de moda.

—Sí—repuso La Mole, riendo con sorna—; prueba de ello es el atentado al señor almirante. ¿Queréis que también apostemos las balas de nuestros arcabuces?

—Como gustéis —replicó Coconnas—;con tal de jugar, poco me importa el qué.

Juguemos, pues —dijo La Mole, recogiendo sus cartas y acomodándolas en su mano.

Jugad y hacedlo con confianza, porque aunque pierda cien escudos de oro como los vuestros, mañana tendré con qué pagarlos.

—¿Vendrá a veros la fortuna mientras dormís?

—No, seré yo quien vaya a su encuentro.

—Decidme dónde y os acompañaré.

—Al Louvre.

—¿Volveréis allí esta noche?

—Sí, tengo una audiencia particular con el duque de Guisa.

Desde que Coconnas hubo mencionado su propó­sito de ir al Louvre a buscar fortuna, La Hurière dejó de frotar su casco y fue a colocarse detrás de la silla de La Mole, de modo que sólo el otro jugador pudiera verlo, y desde allí empezó a hacerle señas al piamontés, quien, atento a su juego y pendiente de la conversación, no las veía.

—¡Es milagroso! —exclamó La Mole—. Teníais razón al decir que habíamos nacido bajo la misma es­trella. Yo también tengo una cita esta noche en el Lou­vre; pero no con el duque de Guisa, sino con el rey de Navarra.

—¿Sabéis el santo y seña?

—Sí.

—¿Y tenéis algún distintivo?

—No.

—Pues yo sí: el santo y seña es...

Al oír estas palabras del piamontés, La Hurière hizo un gesto tan expresivo, precisamente en el momento en que el indiscreto gentilhombre levantaba la cabeza, que Coconnas se quedó petrificado más por la cara del po­sadero que por la jugada en que acababa de perder tres escudos. Viendo el asombro que se pintaba en el rostro de su adversario, La Mole miró hacia atrás, pero no vio sino al posadero cruzado de brazos y cubierto con el casco que hacía un momento estaba limpiando.

—¿Qué os pass? —preguntó La Mole a Coconnas.

Coconnas miraba al posadero y a su compañero sin responder, pues era incapaz de descifrar las reiteradas s señas de maese La Hurière.

Éste comprendió que debía sacarle de apuros.

—Es que yo también soy muy aficionado al juego

—dijo rápidamente—, y como me acerqué para ver la baza que acabáis de ganar, os habrá sorprendido sin duda este aspecto belicoso en un pobre burgués como yo.

—¡Tenéis un gran tipo, a fe mía! —exclamó el conde de La Mole riendo a carcajadas.

—¡Pues, señor! —replicó La Hurière con una inocencia admirablemente fingida y un encogimiento de hombros lleno del sentimiento de su propia inferiori­dad—. Nosotros no tenemos por qué ser valientes ni poseer esa esbeltez refinada. Esto está bien para los nobles gentiles hombres como vos, que lucen cascos

dorados y elegantes espadas. Nosotros con montar puntualmente las guardias...

—¡Ah! —dijo La Mole barajando—. ¿Hacéis guardias?

—¡Por Dios, señor conde! ¡Naturalmente! Soy sargento de las milicias burguesas.

Dicho esto, y mientras La Mole Baba las cartas, se retiró llevándose un dedo a los labios para recomendar discreción a Coconnas, que cada vez se hallaba más de­sorientado.

Esta precaución fue causa sin duda de que Coconnas perdiera la segunda jugada con tanta rapidez como la primera.

—Con esto —dijo La Mole— habéis perdido vuestros seis escudos. ¿Queréis jugar la revancha y respon­der con vuestra futura fortuna?

—Encantado —dijo Coconnas.

—Pero antes de empezar, ¿no teníais una cita con

el señor de Guisa?

Coconnas miró hacia la cocina, donde tropezó con los abultados ojos de La Hurière, que repetía la misma advertencia.

—Sí —dijo—, pero aún no es la hora. Hablemos un poco de vos, señor de La Mole.

—Mejor haríamos hablando del juego, querido se­ñor Coconnas, porque o mucho me equivoco o voy a ganaros otros seis escudos.

—¡Es verdad, voto al diablo!..: Siempre he oído de­cir que los hugonotes son afortunados en el juego. ¡Que el diablo me lleve, pero me están entrando ganas de ha­cerme protestante!

Los ojos de La Hurière brillaron como dos carbo­nes encendidos; pero Coconnas, distraído, no se dio cuenta.

—Hacedlo, conde, hacedlo; y aunque es bastante singular la forma en que os ha entrado la vocación, se­réis bien recibido entre nosotros.

Coconnas se rascó una oreja.

—Si estuviese seguro de que vuestra suerte se debe a eso —dijo—, os aseguro que... Porque, en fin, no tengo demasiado apego a la misa y, desde que al rey tampoco le gusta...

—Además, es una religión hermosa, tan sencilla, tan pura... —agregó La Mole.

—Además... está de moda —dijo Coconnas— y da suerte en el juego, porque ¡que me lleve el diablo!, no hay ases en la baraja más que para vos. Sin embargo, os estoy observando desde que empezamos a jugar y veo que no hacéis trampas... ¡Tiene que ser influencia de la religión!...

—Me debéis seis escudos más —dijo tranquila­mente La Mole.

—¡Ah! ¡Cómo me tentáis! —dijo Coconnas—. Si esta noche el duque de Guisa no me satisface...

—¿Qué haréis?

—¿Qué? Pues mañana os pediré que me presentéis al rey de Navarra, y estad tranquilo, si llego a hacerme hugonote, seré más hugonote que Lutero, Calvino, Melanchthon y todos los protestantes de la tierra.

—¡Silencio! —observó La Mole—, nos vamos a disgustar con nuestro posadero.

—¡Cierto! —dijo Coconnas mirando a la cocina—. Pero no nos escucha; está demasiado ocupado en este

momento.

—¿Qué hace? —preguntó La Mole. No podía ver­le desde su sitio.

—Conversa con.. ¡Lléveme el diablo! ¡Si es él!

—¿Quién?

—Aquella especie de lechuza con quien estaba ha­blando cuando llegamos; el hombre del jubón amarillo y la capa color ceniciento. ¡Voto al diablo! ¡Con qué fuego discute! Decidme, maese La Hurière, ¿habláis de política por casualidad?

Pero esta vez la respuesta de La Hurière fue un ges­to tan enérgico a imperioso que Coconnas, pese a su afición por la baraja, se levantó y se acercó a él.

—¿Qué os pasa? —preguntó La Mole.

—¿Pedís vino, caballero? —dijo La Hurière, ti­rando de la manga a Coconnas—. Ahora os lo servirán.

¡Gregorio: vino para estos señores!

Luego al oído del piamontés:

—¡Silencio! —bisbiseó—. ¡Silencio! ¡Por vuestra vida, separaos de vuestro compañero!

La Hurière estaba tan pálido y el individuo vestido de amarillo tan lúgubre, que Coconnas sintióse traspa­sado por un escalofrío y volviéndose a La Mole:

—Os ruego que me excuséis, querido señor de La Mole —le dijo—. He perdido ya cincuenta escudos.

Tengo mala suerte esta noche y temo comprometerme demasiado.

—Muy bien, señor, como os plazca. Además, no me disgusta la idea de echarme un rato en la cama. ¡Maese La Hurière!

—¿Señor conde?

—Si vienen a buscarme de parte del rey de Nava­rra, despertadme. Me acostaré vestido para estar listo en un momento.

—Lo mismo haré yo —dijo Coconnas—; voy a preparar mi distintivo para no hacer esperar a Su Alte­za un solo instante. La Hurière, traedme tijeras y papel blanco.

—¡Gregorio! —gritó La Huriére—. ¡Papel para cartas y unas tijeras para cortar un sobre!

«Decididamente —dijo para sí el piamontés—, aquí ocurre algo muy misterioso.»

—¡Buenas noches, señor de Coconnas! Y vos, po­sadero, tened la bondad de indicarme el camino de mi cuarto. ¡Buena suerte, amigo!

Y La Mole desapareció por una escalera de caracol, seguido de La Hurière. Entonces, el hombre misterio­so cogió del brazo a Coconnas y atrayéndole hacia sí le dijo sin transición:

—Señor, cien veces habéis estado a punto de revelar un secreto del que depende la suerte del reino. Dios ha querido que vuestra boca se cerrara a tiempo. Una pala­bra más y os hubiera hecho callar con una bala de mi arcabuz. Ahora, felizmente, estamos solos : escuchad.

—¿Pero quién sois vos para hablarme con ese tono de mando? —preguntó Coconnas.

—¿Habéis oído hablar por casualidad del señor Maurevel?

—¿Del asesino del almirante?

—Y del capitán De Mouy.

—Sí, por cierto.

—¡Pues bien! El señor Maurevel soy yo.

—¡Oh! —exclamó Coconnas.

—Escuchadme, pues.

—¡Voto al diablo! Ya lo creo que os escucho.

—¡Chist! —dijo Maurevel, poniéndose un dedo en los labios.

Coconnas aguzó el oído.

Se oyó en aquel momento al posadero cerrar la puerta de un cuarto, luego la del corredor, echar los ce­rrojos y volver precipitadamente al lugar donde estaban Coconnas y Maurevel.

Ofrecióles a cada uno una silla, y cogiendo otra para él, dijo:

—Podéis hablar, señor Maurevel. Todo está cerrado.

Dieron las once en Saint—Germain d'Auxerre. Mau­revel contó una por una las campanadas, que resonaron vibrantes y lúgubres en la noche. Cuando la última se perdió en el espacio:

—Señor —dijo, volviéndose a Coconnas, asustado al ver las precauciones que tomaban—, ¿sois buen ca­tólico?

—Por tal me tengo —respondió Coconnas.

—¿Sois adicto al rey?

—En cuerpo y alma. Hasta os diré que me ofendéis al hacerme semejante pregunta.

—No disputemos por eso. Sólo sé que habréis de seguirnos.

—¿Adónde? .

—Poco os importa. Dejaos guiar. Depende de ello vuestra fortuna y tal vez vuestra vida.

—Os advierto que a las doce tengo que estar en el Louvre.

—Precisamente vamos allí.

—El señor de Guisa me espera.

—A nosotros también.

—Tengo un santo y seña particular—continuó Coconnas, un poco mortificado al ver que tenía que com­partir una audiencia con Maurevel y maese La Huriére.

—Nosotros también.

—Pero yo poseo además un distintivo para darme a conocer.

Maurevel sonrió; sacó de su capa un puñado de cruces de tela blanca, dio una a La Huriére, otra a Co­connas y se quedó con una tercera para él. La Hurière prendió la suya a su casco. Maurevel hizo lo mismo con la suya en su sombrero.

—¡Oh! —exclamó Coconnas estupefacto—. ¿De modo que la cita, el santo y seña y el distintivo son para todo el mundo?

—Sí, señor; es decir, para los buenos católicos.

—¿Hay entonces fiesta en el Louvre? ¿Algún ban­quete real? —dijo Coconnas—. Y quieren excluir a esos perros de hugonotes, ¿no es cierto? ¡Bueno! ¡Está bien! ¡Magnífico! Hace ya demasiado tiempo que gozan de favor.

—En efecto, hay fiesta en el Louvre—afirmó Mau­revel—. Hay banquete real y los hugonotes están convi­dados... Más aún: serán los héroes de la fiesta, ¡pagarán el festín! Conque si queréis ser de los nuestros, venid. Comenzamos invitando a su principal campeón, a su Ge­deón, como ellos le llaman.

—¿Al almirante? —preguntó Coconnas.

—Sí, al viejo Gaspar, a quien no pude acertar con mi puntería. ¡Imbécil de mí! Y eso que tiré con el arca­buz del rey.

—Aquí tenéis la causa, señor mío, de que lustrara mi casco, afilara mi espada y dispusiera mis cuchillos ——dijo con voz estridente maese La Hurière, disfraza­do de guerrero.

Al oír estas palabras, Coconnas se estremeció y se puso sobremanera pálido. Empezaba a comprender.

—Pero ¿es posible?... Esta fiesta, este banquete..., es que... van a...

—Habéis tardado mucho en adivinarlo, señor——di­jo Maurevel—. Se ve que no estáis harto como nosotros de las impertinencias de esos herejes.

—¿Y vosotros os encargáis de ir a casa del almi­rante y de...?

Maurevel sonrió y llevando a Coconnas hacia una ventana:

—Mirad —le dijo—: ¿veis allá en la placita, al extremo de la calle, detrás de la iglesia, esa tropa que se alinea sigilosamente en la oscuridad?

—Sí.

—Los hombres que la forman llevan como maese La Hurière y como nosotros una cruz blanca en el sombrero.

—¿Y qué?

—Esos hombres pertenecen a un batallón de sui­zos de los pequeños cantones mandado por Toquenot. Ya sabéis que esos suizos de los pequeños cantones son compadres del rey.

—¡Ajá! —dijo Coconnas.

—¿Y no veis ahora ese escuadrón de caballería que entra por la calle? ¿Reconocéis a su jefe?

—¿Cómo queréis que lo reconozca —repuso Co­connas estremeciéndose—si he llegado a París esta mis­ma noche?

—Pues es el mismo con quien tenéis una cita a me­dianoche en el Louvre. Vedle: se dirige a esperaros.

—¿Es el duque de Guisa?

—¡El mismo! Los que le escoltan son Marcelo, ex preboste de los mercaderes, y J. Cheron, preboste ac­tual. Los dos van a movilizar sus batallones de paisa­nos: allí tenéis al capitán del barrio, que viene por esta calle; observad bien lo que hace.

—Viene llamando a las puertas. Pero ¿qué es lo que tienen pintado encima las puertas donde llama?

—Una cruz blanca, joven; una cruz igual a la que llevamos en los sombreros. Antes se encomendaba a Dios el trabajo de reconocer a los suyos, hoy somos más civilizados y le ahorramos esta molestia.

—Todas las puertas donde llama se abren, y de cada casa salen hombres armados.

—Llamará también a la nuestra y saldremos cuan­do nos toque el turno.

—¿Pero toda esa gente se pone en pie para ir a ma­tar a un anciano hugonote? ¡Esto es vergonzoso! Es una faena propia de asesinos y no de soldados.

Joven —dijo Maurevel—, si os repugnan los an­cianos, podréis elegir entre los maduros. Habrá para todos los gustos. Si despreciáis el puñal, podréis re­querir la espada; porque los hugonotes no son hom­bres que se dejen degollar sin defenderse, y sabréis que todos ellos, jóvenes o viejos, tienen el pellejo duro.

—¿Pero van a matarlos a todos? —exclamó Co­connas.

—A todos.

—¿Por orden del rey?

—Por orden del rey y del duque de Guisa.

—¿Cuándo?

—Cuando oigáis la campana en Saint—Germain d'Auxerre.

—¡Ah! Por eso aquel amable alemán que está al ser­vicio del señor de Guisa... Por cierto, ¿cómo se llama?

—¿El señor de Besme?

—¡Exacto! Por eso me dijo que fuese al Louvre cuan­do oyera la campana.

—¿Habéis visto al señor de Besme?

—Le he visto y he hablado con él.

—¿Dónde?

—En el Louvre. Fue quien me facilitó la entrada, me dio el santo y seña y me...

—Mirad.

—¡Pardiez! ¡Si es él!

—¿Queréis hablarle?

—¡Por mi alma! No me disgustaría.

Maurevel abrió la ventana sin hacer ruido. Precisa­mente pasaba Besme con una veintena de hombres.

—¡Guisa y Lorena! —dijo Maurevel.

Besme se volvió, y comprendiendo que le llama­ban, acercóse a la ventana.

—¡Ah! ¡Ah! ¿Sois fos, sinior Maurefel?

—Sí, yo soy, ¿qué buscáis?

—Busco la bosada de A la Pelle Etoile, para avisar a un tal sinior Gogonnas.

—¡Aquí estoy, señor Besme! —exclamó el joven.

—¡Pueno! ¡Muy pien!... ¿Estáis listo?

—Sí, ¿qué debo hacer?

—Lo que os tiga el sinior Maurefel. Estar un puen católico.

—¿Oís? —preguntó Maurevel.

—Sí —respondió Coconnas—. Pero vos, señor de Besme, ¿dónde vais?

—¿Yo? —preguntó Besme riendo.

—Sí, vos.

—A decir un balabrita al almirante.

—Decidle dos si es preciso —dijo Maurevel—. Si con la primera se despierta, que se quede dormido con la segunda.

—Estad tranquilo, sinior Maurefel, estad tranquilo y aleccionad pien a este joven.

—No temáis. Los Coconnas son buenos sabuesos de fino olfato y cazadores de pura sangre.

—Atiós.

—Adiós.

—¿Y fos?

—Comenzad la caza; nosotros llegaremos para el festín.

Besme se alejó y Maurevel cerró la ventana.

—¿Habéis oído, joven? —dijo Maurevel—. Si te­néis algún enemigo particular, aunque no sea del todo hugonote, ponedlo en la lista y caerá con los demás.

Coconnas, más aturdido que nunca por lo que oía y presenciaba, miró alternativamente al posadero, que adoptaba bélicas actitudes, y a Maurevel, que tranqui­lamente sacaba un papel de su bolsillo.

—Aquí está mi lista —dijo—:son trescientos. Que cada buen católico haga esta noche la décima parte de lo que haré yo y mañana no quedará un solo hereje en el reino.

—¡Silencio! —previno La Hurière.

—¿Qué pasa? —preguntaron a la vez Coconnas y Maurevel.

Se oyó vibrar en aquel momento la campana de Saint—Germain d'Auxerre.

—¡La señal! —gritó Maurevel—. Por lo visto han adelantado la hora. Me dijeron que sería a mediano­che... ¡Tanto mejor! Cuando se trata de la gloria de Dios y del rey, más vale que adelanten los relojes y no que atrasen.

Retumbó el toque lúgubre de las campanas de la iglesia. Casi al mismo tiempo sonó un tiro a inmedia­tamente el resplandor de muchas antorchas iluminó como un relámpago la calle de l'Arbre—Sec.

Coconnas se pasó por la frente su mano sudorosa.

—¡Ya empezó! —gritó Maurevel—. ¡Vamos!

—¡Un momento! ¡Un momento! —dijo el posade­ro—. Antes de entrar en campaña aseguremos la reta­guardia. No quiero que degüellen a mi mujer y a mis hijos mientras yo no esté. Aquí dentro hay un hugonote.

—¿El señor de La Mole? —preguntó Coconnas sobresaltado.

—Sí, ¡el muy impío se ha metido en la boca del lobo!

—¿Cómo? ¿Atacaréis a vuestro huésped? —pre­guntó Coconnas.

—Para él afilé mi tizona.

—¡Oh! ¡Oh! —dijo el piamontés frunciendo el entrecejo.

—Hasta ahora no he matado más que conejos, pa­tos y pollos —replicó el digno hostelero—. No sé có­mo me las arreglaré para matar a un hombre. Ensayaré con él. Si cometo alguna torpeza, nadie podrá burlarse de mí.

—¡Voto al diablo! ¡Es demasiado! —objetó Co­connas—. El señor, de La Mole es mi compañero. Ha cenado y jugado conmigo.

—Sí, pero el señor de La Mole es un hereje —intervino Maurevel—y está condenado. Si nosotros le dejamos, otros le matarán.

—Sin contar —añadió el posadero— que os ha ganado cincuenta escudos.

—Muy cierto —repuso Coconnas—, pero en bue­na ley.

—Os los haya ganado honradamente o no, el caso es que se los tendréis que pagar, mientras que, muerto el perro, se acabó la rabia.

—¡Vamos! ¡Vamos! Apresurémonos, señores—gri­tó Maurevel—. Matadlo de un balazo, de una estocada, de un martillazo, de un palo o de un golpe cualquiera, con lo que más os guste, pero acabemos si queréis llegar a tiempo como hemos prometido, para ayudar al señor de Guisa en casa del almirante.

Coconnas suspiró.

-¡Vengo volando! —gritó La Hurière—. Espe­radme.

—¡Maldita sea! —exclamó Coconnas—. Va a ha­cer sufrir a ese pobre muchacho y es capaz de robarle. Acabaré con él si es preciso; pero impediré que toque su dinero.

Y movido por tan generosa idea, Coconnas subió la escalera detrás de maese La Hurière, a quien pronto dio alcance, ya que el posadero, a medida que se acercaba a la habitación de su huésped, sin duda por efecto de la reflexión, acortaba el paso. En el momento en que llegaba a la puerta seguido de Coconnas, se oyeron va­rios disparos en la calle.

Al oírlos, La Mole saltó de la cama y sus pasos hi­cieron crujir el suelo.

—¡Diablo! —murmuró La Hurière un poco per—

plejo—. Parece despierto.

—Así lo creo —dijo Coconnas.

—¿Y se defenderá?

—Es capaz. Sería gracioso que os matase, maese La Hurière.

—¡Hum! —contestó el aludido.

Pero viéndose armado de un buen arcabuz, cobró ánimos y derribó la puerta de un vigoroso puntapié.

Apareció entonces La Mole, sin sombrero, pero completamente vestido. Se hallaba atrincherado detrás de la cama con la espada entre los dientes y una pistola en cada mano.

—¡Oh! —exclamó Coconnas dilatando las narices como fiera que huele la sangre—. Esto se está ponien­do muy interesante, maese La Hurière. ¡Adelante!

—¡Pretenden asesinarme, a lo que veo! —gritó La Mole mientras sus ojos echaban chispas—. ¿Y eres tú, miserable?

Maese La Hurière respondió cargando el arcabuz y apuntando al joven. Gracias a que, vista la maniobra, La Mole se encogió de rodillas, la bala pasó por encima de su cabeza.

—¡A mí! ¡A mí, señor de Maurevel! —gritó La Hurière.

—A fe mía, señor de La Mole —repuso Cocon­nas—. Lo más que puedo hacer en este caso es no to­mar parte en la pelea. Por lo visto esta noche matamos a los hugonotes en nombre del rey. Salid como podáis del apuro.

—¡Traidores! ¡Asesinos! ¿Conque es así? ¡Está bien!¡Esperad!

Y La Mole, apuntando a su vez, apretó el gatillo de una de sus pistolas. La Hurière, que no le quitaba ojo, tuvo tiempo de hacerse a un lado; pero Coconnas, que no esperaba esta respuesta, permaneció inmóvil y la bala le rozó un hombro.

—¡Voto al diablo! —gritó apretando los dientes—. Estoy herido. Te verás con los dos, puesto que así lo quieres.

Y, desenvainando su espada, se lanzó contra La Mole.

Si hubiera estado solo, La Mole le habría hecho frente; pero Coconnas tenía a sus espaldas a La Hurière, que cargaba de nuevo su arcabuz, sin contar con que Maurevel, al oír la invitación del posadero, subía de cua­tro en cuatro los peldaños de la escalera. La Mole se me­tió en otra habitación y atrancó la puerta.

—¡Ah! ¡Desalmado! —exclamó Coconnas furioso golpeando la puerta con la empuñadura de su espada—. ¡Espera! ¡Espera! ¡Voy a agujerearte el pellejo tantas ve­ces como escudos me ganaste anoche! ¿De modo que vengo para impedir que lo hagan daño, para que no lo ro­ben, y me recompensas con un tiro en el hombro? ¡Espe­ra! ¡Canalla! ¡Espera!...

Entre tanto maese La Hurière se acercó a la puerta, haciéndola saltar en astillas con un culatazo de su ar­cabuz.

Coconnas se precipitó por el hueco y fue a dar con la nariz en la pared de enfrente.

La pieza estaba vacía y la ventana abierta.

—Se ha tirado a la calle —dijo el posadero—, y como estamos en el cuarto piso se habrá matado.

—O se habrá escapado por el techo de la casa veci­na —añadió Coconnas, saltando por encima del barro­te de la ventana y dispuesto a seguirle por aquel escar­pado y resbaladizo terreno.

Maurevel y La Hurière se precipitaron tras él con ánimo de obligarle a desistir de sus propósitos.

—¿Estáis loco? —le dijeron los dos a la vez—. Vais a mataros.

—¡Bah! —dijo Coconnas—. Soy de la montaña y estoy acostumbrado a correr sobre el hielo. Además, cuando un hombre me ha insultado una vez, soy capaz de subir hasta el cielo o de bajar hasta los infiernos con tal de alcanzarle. ¡Dejadme!

—Id, si queréis —dijo Maurevel—, pero si no se ha muerto, ya estará muy lejos. Mejor será que vengáis con nosotros; si ése se escapa ya encontraréis otros mil que le reemplacen.

—Tenéis razón —aulló Coconnas—. ¡Mueran los hugonotes! ¡Necesito vengarme y cuanto antes mejor!

Los tres bajaron la escalera como un alud.

—¡A casa del almirante! —gritó Maurevel.

—¡A casa del almirante! —repitió La Hurière.

—¡A casa del almirante, pues! —terminó Cocon­nas.

Y juntos los tres salieron de A la Belle Etoile, de­jando de guardia en la posada a Gregorio y a los demás

mozos. Se encaminaron hacia la casa del almirante, si­tuada en la calle Bethisy. El fulgor de las antorchas y el ruido de las armas les orientaban.

—¿Eh? ¿Quién viene ahí? —gritó Coconnas—. Un hombre sin jubón y sin capa.

—Alguien que trata de escapar—dijo Maurevel.

—¡Tiradle vos, que tenéis arcabuz! —dijo Cocon­nas.

—¡Quiá! —respondió Maurevel—. Guardo la pól­vora para caza mayor.

—Esperad, esperad —repuso el posadero apun­tando.

—Sí, y mientras tanto, se os irá de las manos –dijo Coconnas.

Y se lanzó en persecución del infeliz, a quien no tardó en dar alcance, pues se hallaba herido.

En el momento en que, para no matarle por la espal­da, le gritaba: «¡Volveos! ¡Volveos!», sonó un tiro, pasó silbando una bala de arcabuz y el fugitivo cayó rodando como una liebre alcanzada en plena carrera por el plomo certero del cazador.

Se oyó un grito de triunfo y, al volverse, el pia­montés vio a La Hurière blandiendo su arma.

—¡Ah! —gritaba—. ¡Al menos me he estrenado!

—Sí, pero estuvisteis a punto de atravesarme de parte a parte.

—¡Cuidado, caballero, cuidado! —advirtió La Hu­rière.

Coconnas dio un salto hacia atrás. El herido se ha­bía levantado apoyándose en una rodilla y, dispuesto a vengarse, iba a dar una puñalada a Coconnas en el pre­ciso instante en que la advertencia del posadero puso en guardia al piamontés.

—¡Ah, víbora! —gritó Coconnas, y arrojándose sobre el herido le hundió tres veces la espada en el pe­cho hasta la empuñadura—. ¡Y ahora, a casa del almi­rante! —añadió dejando al hugonote debatiéndose en las últimas convulsiones de la agonía.

—¡Ah! ¡Ah, señor mío, parece que os vais aficio­nando! —dijo Maurevel.

—Sí, por cierto. No sé si será el olor de la pólvora lo que me embriaga o la vista de la sangre lo que me excita; pero, ¡voto al diablo!, os juro que le estoy tomando gus­to a la matanza. Es como si fuera una batida de hombres. Hasta ahora sólo había participado en las de osos o de lobos; pero ¡por mi honor! que la batida de hombres me resulta más divertida.

Y los tres siguieron animosos su camino.

VIII. LAS VÍCTIMAS

La mansión que habitaba el almirante se hallaba, como ya hemos dicho, en la calle Bethisy. El cuerpo principal del edificio se elevaba al fondo de un patio.

Las dos alas de esta gran construcción miraban a la calle. Daban acceso a este patio una puerta grande y dos pequeñas abiertas en el muro.

Cuando los tres partidarios del duque de Guisa lle­garon a la esquina de la calle Bethisy, qué es una prolon­gación de la de Saint—Germain d'Auxerre, vieron el palacio rodeado de suizos, soldados y paisanos arma­dos; todos empuñaban en el brazo derecho espadas, pi­cas o arcabuces, y algunos llevaban en la mano izquier­da antorchas que iluminaban aquella escena con un resplandor fúnebre y vacilante que tan pronto se pro­yectaba sobre el suelo o las paredes como sobre aquel mar viviente en el que relampagueaban las armas con su brillo metálico.

Alrededor del palacio y en las calles Tirechappe, Etienne y Bertin—Poirée, la terrible empresa se ponía en práctica. Se oían gritos prolongados, resonaban descargas de mosquetes y a ratos cruzaba algún desdichado semides­nudo, pálido y cubierto de sangre, saltando como un gamo perseguido en medio de un círculo de lúgubre penumbra en el que parecía agitarse un mundo de demonios.

Coconnas, Maurevel y La Hurière, a quienes se dis­tinguía desde lejos por sus cruces blancas, fueron acogi­dos con gritos de bienvenida, y pronto se hallaron en lo más compacto de aquella multitud jadeante y apretada como una jauría.

A no ser porque algunos reconocieron a Maurevel y le abrieron paso, seguramente ni él ni Coconnas y La Hurière, que se deslizaron detrás, hubieran consegui­do introducirse en el patio.

En el centro de este patio, cuyas tres puertas ha­bían sido derribadas, se hallaba de pie un hombre, en torno del cual los asesinos dejaban libre un respetuoso espacio.

Apoyado en una espada desnuda, tenía los ojos cla­vados en el balcón principal del palacio, que se elevaba a unos quince pies del suelo. Este hombre golpeaba impa­ciente el suelo con un pie y a cada momento se volvía para interrogar a quienes encontraba más cerca.

—¡Todavía, nada! —murmuraba—. Nadie apare­ce... ¿ Le habrán avisado y habrá huido? ¿Qué os parece, Du Gast?

—Que es imposible, señor.

—¿Por qué? ¿No me dijisteis que un momento an­tes de que llegáramos, un hombre sin sombrero, con la espada desenvainada y corriendo como si le persiguie­sen, vino a golpear la puerta y le abrieron?

—Sí, monseñor; pero casi en seguida llegó el señor de Besme, derribó las puertas a hizo rodear el edificio. El hombre entró, pero os aseguro que no ha podido salir.

—Pero... —dijo Coconnas a La Hurière—, si no me equivoco, aquel que veo allí es el señor de Guisa.

—El mismo, caballero. El gran Enrique de Guisa en persona, que sin duda espera que salga el almirante para hacer con él lo que el almirante hizo con su padre. A cada cual le llega su turno, señor mío, y gracias a Dios, hoy nos ha llegado el nuestro.

—¡Hola, Besme! ¡Hola! —gritó el duque con su voz potente—. ¿No habéis terminado aún?

Y la punta de su espada, tan impaciente como él, sacaba chispas contra las piedras del suelo.

Se oyeron entonces en el palacio gemidos ahoga­dos, algunos tiros, luego un gran rumor de pisadas y chocar de armas, hasta que por último volvió a hacerse el silencio.

El duque hizo ademán de precipitarse dentro de la casa.

—¡Monseñor! ¡Monseñor! —le dijo Du Gast, acer­cándose y cerrándole el paso—. Vuestra dignidad os obliga a quedaros aquí a esperar.

—Tienes razón, Du Gast; gracias, esperaré. Pero en verdad me muero de impaciencia a inquietud. ¡Ah! ¡Si se me escapara!

De pronto, el ruido de pasos se oyó más cerca..., los cristales del primer piso se iluminaron con reflejos de incendio.

La ventana hacia la que el duque alzara tantas veces sus ojos se abrió, o mejor dicho, voló en astillas, y un hombre, con el rostro pálido y el cuello blanco empa­pado de sangre, apareció en el balcón.

—¡Besme! —gritó el duque —¡Por fin! ¡Eres tú! ¿Qué hay?

—¡Mirad, mirad! —respondió con calma el alemán, que, agachándose, volvió a levantarse, pareciendo so­portar un peso considerable.

—¿Y los demás? —preguntó con impaciencia el duque—. ¿Dónde están?

—Los demás acafan con los otros.

—¿Y tú qué estás haciendo?

—Ya feréis, retiraros un poco.

El duque retrocedió un paso.

Pudo ver entonces el objeto que Besme sostenía con tan extraordinario esfuerzo.

Era el cuerpo de un anciano. Lo puso sobre la barandilla, lo balanceó un instante en el vacío y lo arrojó a los pies de su amo.

El ruido sordo de la caída y las gotas de sangre que salpicaron el suelo produjeron honda impresión, hasta en el mismo duque.

Pero tal sentimiento no duró mucho; la curiosidad hizo que todos avanzaran algunos pasos y el resplan­dor de una antorcha iluminó con su luz vacilante a la víctima.

Se distinguió entonces una barba blanca, un rostro venerable y dos manos crispadas por la inminencia de la muerte.

—¡El almirante! —exclamaron a un tiempo veinte voces, volviendo a guardar silencio en seguida.

—Sí, el almirante. ¡Es él! —dijo el duque, acercán­dose al anciano para contemplarlo con silenciosa satis­facción.

—¡El almirante! ¡El almirante! —repitieron en voz baja todos los testigos de la terrible escena, apretándo­se unos contra otros y aproximándose tímidamente al gran anciano vencido.

—¡Ah, hete aquí, Gaspar! —dijo el duque de Guisa en tono de triunfo—. ¡Hiciste asesinar a mi padre y ésta es mi venganza!

Y se atrevió a poner el pie sobre el pecho del héroe protestante.

Los ojos del moribundo se abrieron penosamente, su mano ensangrentada se crispó por última vez y el almirante, sin romper su rigidez cadavérica, dijo al sa­crílego con voz sepulcral:

—Enrique de Guisa, algún día también sentirás so­bre lo pecho la bota de un asesino. Yo no maté a lo pa­dre. ¡Maldito seas!

El duque, pálido y tembloroso a pesar suyo, sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Se pasó la mano por la frente como para apartar la fúnebre visión; cuando la dejó caer y osó dirigir sus ojos hacia el almirante, éste había cerrado ya los suyos, sus manos se habían vuelto inertes, y un coágulo de sangre negra saliendo de su bo­ca y manchando su blanca barba, había sucedido a las terribles palabras que acababa de pronunciar.

El duque levantó su espada con un gesto de trágica resolución.

—Y bien, señor —le dijo Besme—. ¿Estáis con­tento?

—Sí, mi amigo —repuso Enrique—, porque has vengado...

—Al duque Francisco, ¿no es cierto?

—A la religión —contestó Enrique con voz ron­ca—. Y ahora—continuó volviéndose hacia los suizos, soldados y paisanos que llenaban el patio y la calle—: ¡Manos a la obra, amigos, manos a la obra!

—Buenas noches, señor de Besme —dijo entonces Coconnas acercándose con cierta admiración al alemán, que, todavía en el balcón, limpiaba parsimoniosamente su espada.

—¿Sois vos quien lo mató? —gritó La Hurière en éxtasis—. ¿Cómo lo hicisteis, digno señor mío?

—¡Oh! Muy sincillamente: él haber oído un ruido, él haber apierto la buerta y yo haberle hundido mi es­bada en su cuerpo. Pero eso no es toto; creo que Telig­ny tatapía resiste, le oigo gritar.

En efecto; oyéronse entonces gritos de angustia que parecían salir de una garganta de mujer; reflejos rojizos iluminaron una de las dos alas que formaban la galería. Dos hombres huían perseguidos por una larga fila de asesinos. Un tiro de arcabuz acabó con uno de ellos; el otro encontró en su camino una ventana abierta y, sin medir la altura ni preocuparse de los ene­migos que le esperaban abajo, saltó intrépidamente al patio.

—¡Matadlo! ¡Matadlo! —gritaron los perseguido­res, viendo que su presa se escapaba.

El hombre se levantó recogiendo su espada, que al caer se le había escurrido de la mano, reanudó su carre­ra agachando la cabeza entre los espectadores, derribó a tres o cuatro, atravesó a uno con la espada y en medio de los disparos de pistola, de las imprecaciones de los soldados, furiosos por haber fallado la puntería, pasó como un rayo junto a Coconnas, que le esperaba en la puerta con un puñal en la mano.

—¡Tomad! —gritó el piamontés atravesándole el brazo con su afilado y puntiagudo acero.

—¡Cobarde! —respondió el fugitivo, golpeando el rostro de su agresor con la hoja de su espada, ya que carecía de espacio para herirle con la punta.

—¡Mil demonios! —gritó Coconnas—. ¡Si es el se­ñor de La Mole!

—¡El señor de La Mole! —repitieron La Hurière y Maurevel.

—¡Es el que previno al almirante! —gritaron va­rios soldados.

—¡Muera! ¡Muera! —aullaron por todas partes.

Coconnas, La Hurière y diez más se lanzaron en persecución de La Mole que, cubierto de sangre y ya en ese estado de exaltación que es la última reserva del vigor humano, atravesaba las calles sin otro guía que su instinto. Detrás de él, los pasos y gritos de sus enemi­gos le espoleaban y parecían prestarle alas. A veces, una bala silbaba junto a su oído a imprimía a su carrera, ya próxima a agotarse, nueva velocidad. Ya no era respi­ración ni aliento lo que salía de su pecho, sino un sordo ronquido. El sudor y la sangre corrían por sus cabellos y empapaban su rostro.

Pronto su jubón fue demasiado estrecho para con­tener los latidos de su corazón y hubo de arrancárselo. Su espada se hizo tan pesada para su mano que la tiró lo más lejos que pudo. A veces le parecía que los pasos se alejaban y que se libraría de sus verdugos. Pero, al oír los gritos de éstos, otros asesinos que encontraba a su paso abandonaban su sangrienta tarea y acudían. De pronto, a su izquierda, vio el río que se deslizaba silenciosamen­te; por un momento pensó que, como el ciervo en el bosque, experimentaría un indecible placer arrojándose al agua, idea de la que sólo la fuerza suprema de la razón pudo disuadirle. A su derecha estaba el Louvre, som­brío, inmóvil, pero lleno de ruidos sordos y siniestros. Por los puentes levadizos entraban y salían soldados cubiertos de cascos y corazas que reflejaban con vivos destellos la luz de la luna. La Mole se acordó del rey de Navarra, así como se había acordado de Coligny: eran sus dos únicos protectores. Reunió todas sus fuerzas, miró al cielo, haciéndose a sí mismo la promesa de abju­rar si escapaba con vida de la matanza, dio un rodeo para hacer perder tiempo a sus perseguidores, luego se dirigió derecho hacia el Louvre, atravesando el puente entre la confusión de soldados, recibió otra puñalada de refilón que le rozó las costillas y a pesar de los gritos « ¡Matadlo! ¡Matadlo! » que oía a sus espaldas y de la actitud ofensiva que adoptaban los centinelas, se precipitó como una fle­cha en el patio, llegó hasta el vestíbulo, subió por la esca­lera hasta el segundo piso, reconoció una puerta y, apo­yándose contra ella, golpeó con pies y manos.

—¿Quién es? —preguntó una voz femenina.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —murmuró La Mole—. Ya vienen..., los oigo..., aquí están..., los veo... Soy yo...

—¿Quién sois vos? —preguntó la voz.

La Mole recordó el santo y seña.

—¡Navarra! ¡Navarra! —gritó.

La puerta se abrió inmediatamente. La Mole, sin ver ni dar las gracias a Guillonne, se precipitó a un vestíbulo, atravesó un corredor y dos o tres departamentos y llegó .por último a una habitación iluminada por una lámpara suspendida del techo.

Bajo unos cortinajes de terciopelo bordado con flo­res de lis de oro, en un lecho de roble tallado, una mujer semidesnuda, con la cabeza apoyada sobre una mano, tenía los ojos dilatados por el terror.

La Mole corrió hacia ella.

—¡Señora! —exclamó—. Están matando y estran­gulando a mis hermanos; quieren asesinarme y dego­llarme a mí también. Sois la reina. ¡Salvadme!

Y se precipitó a sus pies, dejando sobre la alfombra un reguero de sangre.

Al ver a aquel hombre pálido y deshecho arrodi­llado ante ella, la reina de Navarra se levantó asustada, ocultando su rostro entre las manos y pidiendo auxilio.

—Señora—dijo La Mole, haciendo un esfuerzo pa­ra incorporarse—. ¡En nombre del Cielo no llaméis, porque, si os llegan a oír, estoy perdido! Los asesinos me persiguen, subían las escaleras detrás de mí. Los oi­go. Ahí están...

—¡Socorro! —repitió la reina de Navarra fuera de sí—. ¡Socorro!

—¡Ah! Sois vos quien me ha matado —dijo La Mo­le con desesperación—. ¡Morir por tan hermosa voz, morir por tan bella mano! ¡Ah, hubiera creído que era imposible!

En aquel mismo momento la puerta se abrió y una jauría de hombres jadeantes, furiosos, con las caras manchadas de sangre y de pólvora, armados de arca­buces, alabardas y espadas, se precipitó dentro de la habitación.

Al frente del grupo estaba Coconnas, con sus cabe­llos rojizos erizados, sus claros ojos azules desmesura­damente abiertos, con la mejilla señalada por la espada de La Mole, que había trazado en ella un surco sangrien­to. Así, desfigurado de aquel modo, el piamontés tenía un aspecto terrible.

—¡Voto al diablo! —gritó—. ¡Aquí está! ¡Ahora no se nos escapará!

La Mole buscó un arma en torno suyo y no halló ninguna. Clavó los ojos en la reina y vio la más profun­da conmiseración reflejada en su semblante. Compren­dió entonces que sólo ella podía salvarlo; de un salto estuvo a su lado y, una vez allí, la estrechó entre sus brazos.

Coconnas avanzó tres pasos y con la punta de su enorme espada hirió de nuevo el hombro de su enemi­go; algunas gotas de sangre tibia y roja salpicaron, como espeluznante rocío, las sábanas blancas y perfumadas de Margarita.

La reina vio correr la sangre, sintió palpitar aquel cuerpo enlazado al suyo y, por defenderlo, creyó lo mejor arrojarse con él sobre la cama. A tiempo lo hizo. La Mole, agotadas hasta el límite sus fuerzas, era inca­paz de hacer un solo movimiento para huir o defender­se. Apoyó su rostro lívido sobre el hombro de la joven y sus dedos crispados se asieron, desgarrándola, a la fina batista bordada que cubría como un velo el cuerpo de Margarita.

—¡Señora! —murmuró con voz moribunda—. ¡Sal­vadme!

Fue cuanto pudo decir. Una nube, semejante a la que precede a la muerte, veló sus ojos, su cabeza cayó hacia atrás, abrió los brazos, dobló el cuerpo y cayó al suelo bañado en su propia sangre y arrastrando a la rei­na consigo.

Coconnas, exaltado por los gritos, embriagado por el olor de la sangre, exasperado por la febril carrera que acababa de realizar, estiró su brazo hacia el lecho real. Un momento antes y su espada hubiera atravesado el corazón de La Mole, junto quizá con el de la reina.

Al ver aquel acero desnudo, o más bien ante aquella brutal insolencia, la hija de los reyes se levantó con ges­to majestuoso y lanzó un grito en el que había tanto horror, rabia a indignación, que el piamontés se quedó petrificado por un sentimiento desconocido. Cierto que si esta escena se hubiera prolongado entre los mismos actores, dicha sensación se habría fundido como la es­carcha matinal bajo el sol de abril.

Pero apareció de pronto, por una puerta disimulada en la pared, un joven de dieciséis o diecisiete años, vestido de negro, pálido y con los cabellos en des­orden.

—¡Espera, hermana mía, espera! —gritó—. ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!

—¡Socorredme, Francisco! —rogó Margarita.

—¡El duque de Alençon! —murmuró La Hurière bajando su arcabuz.

—¡Voto al diablo! ¡Un príncipe de la familia real! —refunfuñó Coconnas retrocediendo.

El duque de Alençon miró a su alrededor. Vio a Mar­garita despeinada, más bella que nunca, apoyada en la pared, rodeada de hombres con los ojos encendidos de rabia, las frentes cubiertas de sudor, echando espuma por la boca.

—¡Miserables! —gritó.

—¡Salvadme, hermano! —dijo Margarita extenua­da—. Quieren asesinarme.

El rostro pálido del duque enrojeció de ira.

Aunque estaba desarmado, sostenido sin duda por la conciencia de su rango, avanzó con los puños cerra­dos hacia Coconnas y sus compañeros, que retroce­dieron atemorizados al ver los relámpagos que despe­dían sus ojos.

—¿Asesinaréis también a un príncipe de Francia?

Y luego, como continuaban retrocediendo ante él, gritó:

—¡Aquí, capitán de mi guardia, venid y haced ahor­car a todos estos bandidos!

Más asustado ante este joven desarmado que hubie­ra podido estarlo ante toda una compañía de guardias o de lansquenetes, Coconnas ya había salido de la habita­ción. La Hurière bajaba las escaleras con la rapidez de un gamo. Los soldados se empujaban y atropellaban en el vestíbulo para huir cuanto antes, siendo muy estrecha la puerta, comparada con las ansias que tenían de ver­se fuera. Entre tanto, Margarita cubrió instintivamente con su colcha de damasco al joven desmayado y se alejó de él.

Cuando desapareció el último de los asesinos, el duque de Alençon se volvió hacia la reina.

—¡Hermana! —exclamó al ver a Margarita toda manchada de sangre—, ¿estáis herida?

Y se acercó a ella con una inquietud que hubiese hecho honor a su ternura si ésta no encerrara la sospe­cha de ser mayor de la que corresponde a un hermano.

—No —dijo Margarita—, creo que no, o si lo es­toy, ha de ser levemente.

—Pero ¿y esta sangre? —preguntó el duque reco­rriendo con manos temblorosas todo el cuerpo de Mar­garita—. ¿De quién es?

—Lo ignoro —respondió la joven—. Uno de esos miserables me puso la mano encima. Quizás estuviese herido.

—¡Tocar a mi hermana! —exclamó el duque—. ¡Oh! Si me hubieras dicho quién era, si me lo hubieras señalado, ya sabría yo castigarle...

—¡Silencio! —dijo Margarita.

—¿Por qué? —preguntó Francisco.

—Porque si lo sorprendieran a estas horas en mi habitación...

—¿Es que un hermano no puede visitar a su her­mana?

La reina clavó en el duque de Alençon una mirada tan fija y amenazadora, que el joven retrocedió.

—Sí, sí —dijo—, tienes razón, vuelvo a mi cuarto. ¿Pero podrás quedarte sola durante esta terrible no­che? ¿Quieres que llame a Guillonne?

—No, no, a nadie: vete, Francisco, vuelve por don­de viniste. '

El joven príncipe obedeció y, no bien hubo desapa­recido, Margarita oyó un suspiro que partía de debajo del lecho. Corrió hacia la puerta del pasaje secreto, echó los cerrojos, fue luego hacia la otra puerta a hizo lo mismo en el preciso momento en que un grupo de arqueros y de soldados, que perseguían a otros hugonotes aloja­dos en el palacio, pasaban como un huracán por el extre­mo del corredor.

Entonces, después de haber mirado atentamente a su alrededor para asegurarse de que estaba sola, volvió hacia su cama y, levantando la colcha de damasco que ocultaba el cuerpo de La Mole a la vista del duque de Alençon, arrastró con esfuerzo la masa inerte y, viendo que el infeliz respiraba todavía, se sentó, le apoyó la cabeza en sus rodillas y le echó un poco de agua en la cara para que volviera en sí.

Sólo cuando el agua hizo desaparecer el velo de tie­rra, pólvora y sangre que cubría el rostro del herido, reconoció Margarita en él al hermoso gentilhombre que, Reno de vida y de esperanza, había ido tres o cuatro horas antes a pedirle su protección cerca del rey de Na­varra y se había separado de ella deslumbrado por su belleza luego de causarle una honda emoción.

Margarita lanzó un grito de terror, porque lo que ahora sentía por el herido era algo más que compasión, era interés.

Ya no se trataba de un simple desconocido, sino casi de un amigo. Por sus cuidados, el hermoso rostro de La Mole apareció pronto tal cual era, aunque pálido y demacrado por el sufrimiento.

La reina, casi tan pálida como él y con un temor mortal, le puso una mano sobre el corazón y, al sentir que todavía latía, extendió el brazo hasta un frasco de sales que estaba sobre la mesa y se lo hizo aspirar.

La Mole abrió los ojos.

—¡Dios mío! —murmuró—. ¿Dónde estoy?;

—A salvo —dijo Margarita—. Tranquilizaos.

La Mole dirigió con esfuerzo sus ojos a la reina, la devoró un instante con la mirada y balbució:

—¡Oh! ¡Qué bella sois!

Y casi desvanecido cerró los párpados suspirando.

Margarita dio un grito. El joven se había puesto más pálido aún si cabe y ella creyó que aquel suspiro era el último.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! —imploró—. ¡Te­ned piedad de él!

En aquel momento golpearon violentamente la puerta.

Margarita se levantó a medias sosteniendo a La Mo­le por debajo del brazo.

—¿Quién es? —preguntó.

—¡Señora, soy yo! —gritó una voz de mujer—. Yo, la duquesa de Nevers.

—¡Enriqueta! —exclamó tranquilizadora Margari­ta—. ¡Oh! No hay peligro, es una amiga, ¿oís, señor?

La Mole, haciendo un esfuerzo, se apoyó sobre una rodilla.

—Tratad de sosteneros mientras yo abro la puerta —le dijo la reina.

La Mole apoyó una mano en el suelo y logró man­tenerse en equilibrio.

Margarita dio un paso hacia la puerta, pero se de­tuvo de pronto estremeciéndose de terror.

—¡Ah! ¿No estáis sola? —preguntó al oír ruido de armas.

—No, me acompañan doce guardias que me dio mi cuñado, el señor de Guisa.

—¡El señor de Guisa! —murmuró La Mole—. ¡Ase­sino! ¡Asesino!

—¡Silencio! —le ordenó Margarita—. No pro­nunciéis ni una sola palabra.

Y miró a su alrededor buscando donde esconder al herido.

—Dadme una espada o un puñal —murmuró La Mole.

—¿Para defenderos? Es inútil. ¡No habéis oído? Ellos son doce y vos estáis solo.

—No, para no caer vivo entre sus manos.

¡No! ¡No! ——dijo Margarita—. Yo os salvaré. ¡Ah! Ese gabinete. Venid.

La Mole hizo un esfuerzo y, sostenido por Margari­ta, se arrastró hasta el gabinete. Margarita cerró la puerta y guardó la llave en la limosnera.

—No deis un grito, una queja ni un suspiro y esta­réis salvado —le dijo a través del tabique.

Y echándose sobre los hombros una bata, fue a abrir la puerta a su amiga, que se precipitó en sus brazos pre­guntando:

—¿No os ha pasado nada, señora?

—No, nada —dijo Margarita, cruzándose la bata para que no viese las manchas de sangre de su camisón.

—Más vale así; pero de todos modos, como el señor duque de Guisa me dio doce guardias para que me acompañaran hasta su palacio y no necesito tanta escol­ta, dejaré seis a Vuestra Majestad. Seis guardias del du­que de Guisa valen más esta noche que un regimiento entero de guardias del rey.

Margarita no se atrevió a rechazar este ofrecimien­to; instaló a los seis hombres en el corredor y abrazó a la duquesa, quien, con el resto de sus guardias, se fue al palacio del duque de Guisa, donde habitaba durante la ausencia de su marido.

IX. LOS ASESINOS

Coconnas no había huido, se había retirado. La Hu­rière no había huido, se había precipitado. Uno desapa­reció como el tigre, el otro como el lobo.

A esta razón se debe el que La Hurière estuviese ya en la plaza de Saint—Germain d'Auxerre mientras Co­connas apenas había salido del Louvre.

La Hurière, al verse solo con su arcabuz en medio de la gente que corría, del silbido de las balas y de los cadá­veres que caían desde los balcones, unos enteros, otros despedazados, empezó a sentir miedo y se encaminó prudentemente hacia su posada. Pero, al desembocar por la calle de Averon en la de l'Arbre—Sec, tropezó con una compañía de suizos y de caballería ligera; precisa­mente la que mandaba Maurevel.

—¡Hola! —exclamó quien se había puesto a sí mismo el apodo de «asesino del rey»—. ¿Terminasteis ya? ¿Vol­véis a vuestra posada? ¿Qué diablos habéis hecho de nues­tro hidalgo piamontés? ¿Le ha ocurrido alguna desgracia? Sería una lástima, porque se portó como un valiente.

—No, creo que no —repuso La Hurière—. Espero que pronto se reunirá con nosotros.

—¿De dónde venís?

—Del Louvre, donde, por cierto, me recibieron bastante mal.

—¿Quién?

—El señor duque de Alençon. ¿No iba a ser de los que participasen en la matanza?

—Querido, el duque de Alençon no participa más que en las cosas que le interesan personalmente; pro­ponedle que trate como hugonotes a sus dos hermanos mayores y lo hará siempre que con ello no resulte él comprometido. ¿Pero no vais con esta buena gente, mae­se La Hurière?

—¿Adónde va?

—¡Oh, Dios mío! A la calle de Montorgueil; allí vive un pastor protestante, a quien conozco, que tiene mujer y seis hijos. Será un curioso espectáculo.

—¿Y vos? ¿Adónde vais?

—Tengo un asunto particular.

—No vayáis sin mí —dijo una voz que hizo estre­mecer a Maurevel—. Conocéis buenos lugares y quie­ro acompañaros.

—¡Ah, si es nuestro piamontés! —dijo Maurevel.

—Es Coconnas —corroboró La Hurière—. Creí que no me seguíais.

—¡Cáspita! Corréis demasiado ligero; además, me desvié un poco de la línea recta para ir a arrojar al río a un condenado muchacho que gritaba: « ¡Abajo los papistas, viva el almirante! » Desgraciadamente, creo que el mal­dito sabía nadar. Si se quiere exterminar a estos impíos miserables habrá que arrojarlos al agua de recién naci­dos, como a los gatos.

—¿Conque venís del Louvre? —preguntó Maure­vel—. ¿Se refugió allí vuestro hugonote?

—¡Sí, Dios mío, sí!

—Le disparé un pistoletazo en el momento en que se inclinaba para recoger su espada en el patio de casa del almirante; no sé cómo no le di.

—Por mi parte —añadió Coconnas—, puedo ase­gurar que le he acertado; le he hundido mi espada en el hombro y al sacarla estaba la hoja húmeda hasta cinco pulgadas de la empuñadura. Cayó en brazos de Marga­rita: linda mujer, ¡voto al diablo! Sin embargo, confieso que no me disgustaría saber con seguridad que ha muerto, porque me parece que es un hombre muy ren­coroso y sería capaz de odiarme durante toda su vida. Pero ¿no hablabais de ir no sé adónde?

—¿Insistís en venir conmigo?

—Insisto en no quedarme quieto, ¡voto al diablo! Todavía no he matado más que a tres o cuatro y en cuan­to me enfrío me duele el hombro. ¡Vamos!

—Capitán —dijo Maurevel al jefe de la tropa—. Dadme tres hombres y con el resto id a despachar al sacerdote.

Del pelotón se destacaron tres suizos que fueron a reunirse con Maurevel. Los dos contingentes marcharon juntos hasta la altura de la calle Tirechappe. Allí, la caba­llería ligera y los suizos doblaron por la calle de la Ton­nellerie, mientras que Maurevel, La Hurière y sus tres soldados tomaban por la de la Ferronnerie, seguían por la de Trousse—Vache y llegaban hasta la de Saint—Avoye.

—Pero ¿dónde diablos me lleváis? —preguntó Co­connas, que empezaba a aburrirse de tan larga camina­ta sin sentido.

—Os conduzco a una aventura brillante y prove­chosa a la vez. Después del almirante de Teligny y de esos príncipes hugonotes, nada mejor podría ofreceros. Tened paciencia. Nos dirigimos a la calle de Chaume y llegaremos allí dentro de un momento.

—Decidme —preguntó Coconnas—, ¿la calle de Chaume queda cerca del Temple?

—Sí, ¿por qué?

—Porque en ella vive un antiguo acreedor de nues­tra familia, un tal Lambert Mercandon, a quien mi padre me encargó que devolviese cien libras que con tal objeto llevo en el bolsillo.

—Ahora tenéis una excelente ocasión para quedar en paz con él.

—¿Cómo?

—Hoy es el día en que se saldan todas las viejas cuentas. ¿Es hugonote Mercandon?

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ya comprendo —dijo Coconnas—. Debe de serlo.

—¡Silencio! Hemos llegado.

—¿Qué edificio es ése del mirador?

—El palacio de Guisa.

—Realmente ——dijo Coconnas—, no podía dejar de venir aquí, puesto que llegué a París para ponerme al servicio del gran Enrique. Pero, ¡voto al diablo!, en este barrio todo parece tan tranquilo y, si no fuera por las descargas de los arcabuces, podría creerse que esta­mos en una ciudad de provincias. ¡Que el diablo me lleve si aquí no duerme todo el mundo!

En efecto, hasta el palacio de Guisa parecía tan tranquilo como de ordinario. Todas las ventanas esta­ban cerradas y una sola luz brillaba tras la persiana de aquel mirador que había llamado la atención de Co­connas desde que entró en la calle.

Un poco más allá del palacio de Guisa, es decir, en la esquina de la calle Petit—Chantier y de la de Quatre­Fils, Maurevel se detuvo.

—Aquí vive quien buscamos.

—Quien buscáis... —dijo La Hurière.

—Puesto que venís conmigo, todos buscamos al mismo.

—¿Cómo? ¿En esta casa que parece sumida en pro­fundo sueño?...

—Precisamente. Vos, La Hurière, utilizaréis esa ca­ra de hombre honrado, que por equivocación os dio el cielo, llamando a la puerta. Pasad vuestro arcabuz al se­ñor de Coconnas, porque hace una hora que veo que lo está deseando. Si lográis entrar, pedid que os dejen ha­blar con el señor De Mouy.

—¡Vaya! —exclamó Coconnas—. Ya comprendo; vos también tenéis un acreedor en el barrio del Temple.

—Así es —contestó Maurevel—. Subiréis hacién­doos pasar por hugonote y advertiréis a De Mouy de todo lo que ocurre; como es valiente, bajará...

—¿Y cuando baje? —preguntó La Hurière.

—Le pediré que mida su espada con la mía.

—¡Esto es lo propio de un caballero, por mi vida! —dijo Coconnas—. Y pienso hacer exactamente lo mismo con Lambert Mercandon; si es demasiado viejo para aceptar, desafiaré a alguno de sus hijos o de sus sobrinos.

La Hurière, sin replicar, llamó a la puerta. Sus gol­pes, vibrando en el silencio de la noche, hicieron que se abrieran las puertas del palacio de Guisa y que asoma­ran por las ventanas algunas cabezas. Se vio entonces que el palacio estaba tan tranquilo como pudiera es­tarlo una fortaleza: porque estaba lleno de soldados.

Aquellas cabezas desaparecieron en seguida, adi­vinando sin duda de qué se trataba.

—¿Vive aquí el señor De Mouy? —preguntó Co­connas señalando la casa donde La Hurière estaba lla­mando.

—No, quien vive aquí es su amante.

—¡Voto al diablo! ¡Qué galantería la vuestra! Le ofrecéis una oportunidad de batirse ante los ojos de su querida. Nosotros seremos los jueces de campo. Y eso que mucho me gustaría pelear a mí también. Tengo el hombro que me quema.

—¿Y la herida de la cara? —preguntó Maurevel—. También parece muy profunda.

Coconnas lanzó una especie de rugido.

—¡Voto a...! —dijo—. Espero que habrá muerto, porque, de lo contrario, volveré al Louvre a rematarle.

La Hurière seguía llamando.

Al cabo de un rato se abrió una ventana del primer piso y apareció en el balcón un hombre en calzoncillos y gorro de dormir.

—¿Quién es? —gritó.

Maurevel hizo señas a los suizos para que se alinea­ran debajo de una cornisa, mientras Coconnas se arri­maba contra la pared.

—¡Ah, señor De Mouy! ¿Sois vos? —dijo el posa­dero con voz melosa.

—Sí, soy yo, ¿qué queréis?

—¡Es él! —murmuró Maurevel estremeciéndose de placer.

—¿No sabéis lo que pasa, señor? —continuó La Hurière—. Han asesinado al almirante y están matan­do a nuestros hermanos. ¡Venid pronto en su auxilio! ¡Venid!

—¡Ah! —exclamó De Mouy—. Ya sospechaba que se estaba tramando algo para esta noche. No debiera haber abandonado a mis buenos compañeros. Ahora voy, amigo mío, ahora voy; esperadme.

Y sin cerrar de nuevo la ventana, por la cual se es­caparon algunos gritos de mujer atemorizada y algunas tiernas súplicas, el señor De Mouy se puso el jubón y cogió su capa y sus armas.

—¡Ya baja! ¡Ya baja! —murmuró Maurevel, páli­do de alegría—. Atención vosotros —agregó al oído de los suizos.

Luego, cogiendo el arcabuz de manos de Cocon­nas y soplando la mecha para asegurarse de que estaba bien encendida:

—Toma, La Hurière —le dijo al posadero, que se había retirado hacia el grueso de la tropa—. Aquí tie­nes lo arcabuz.

—¡Voto al diablo! —exclamó Coconnas—. Ahora sale la luna de entre las nubes para ser testigo de este noble encuentro. Daría cualquier cosa porque Lambert Mercandon estuviese aquí y sirviera de segundo al se­ñor De Mouy.

—¡Esperad! ¡Esperad! —dijo Maurevel—. El señor De Mouy vale por diez y quizá nosotros seis seamos pocos para dar cuenta de él. Adelante vosotros —continuó, haciendo señas a los suizos para que se deslizaran hasta la puerta a fin de atacarlo cuando saliera.

—¡Oh! —exclamó Coconnas viendo los preparati­vos—. Me parece que no van a suceder las cosas como yo esperaba.

Se oía ya el ruido que hacía De Mouy al levantar la barra de hierro que atrancaba la puerta. Los suizos ha­bían salido de su escondite para ocupar el puesto seña­lado. Maurevel y La Hurière se acercaban de puntillas mientras que, por un resto de caballerosidad, Cocon­nas se quedaba en el mismo lugar, cuando apareció en el balcón la joven, de quien ya nadie se acordaba, y lan­zó un grito terrible al ver a los suizos, a Maurevel y a La Hurière.

De Mouy, que ya había entreabierto la puerta, se detuvo.

—¡Sube! ¡Sube! —gritó la joven—. Veo relucir las espadas y brillar la mecha de un arcabuz. Es una em­boscada.

—¡Oh! ¡Oh! –respondió la voz del caballero hu­gonote—. Vayamos con calma hasta ver qué significa todo esto.

Y volvió a cerrar la puerta poniendo la barra de hierro y echando el cerrojo. Luego subió a su piso.

Maurevel cambió el orden de batalla al ver que De Mouy no saldría. Los suizos fueron a apostarse en la ace­ra de enfrente y La Hurière, con su arcabuz en alto, espe­raba a que el enemigo asomara de nuevo al balcón. No tuvo que esperar mucho tiempo. Apareció De Mouy precedido por dos pistolas de tan respetable calibre que La Hurière, que ya le apuntaba a la cara, cayó de pronto en la cuenta de que las balas del hugonote no tenían que recorrer más distancia para llegar a la calle que las suyas para llegar al balcón.

«Es cierto que puedo matarlo —se dijo—, pero también él puede matarme a mí al mismo tiempo.»

Y como, a fin de cuentas, maese La Hurière, posadero de profesión, no era soldado más que por casuali­dad, su reflexión le determinó a retirarse buscando re­fugio en la esquina de la calle de Braque, desde donde difícilmente podría, y más siendo de noche, calcular la trayectoria que habría de recorrer su bala hasta llegar a De Mouy.

De Mouy miró alrededor y se asomó en actitud de guardia, como quien se prepara a un duelo; pero vien­do que nadie aparecía:

—Oíd, señor mensajero —dijo—, no parece sino que habéis dejado olvidado el arcabuz en la puerta de mi casa. ¡Aquí estoy! ¿Qué me queréis?

«¡Ah! —se dijo Coconnas—. Es sin duda un va­liente. »

—Amigos o enemigos —continuó De Mouy— sea quien sea, ¿no veis que aquí os espero?

La Hurière guardó silencio. Maurevel no respon­dió y los tres suizos permanecieron quietos.

Coconnas esperó un momento. Luego, viendo que nadie seguía la conversación iniciada por La Hurière y continuada por De Mouy, salió hasta el centro de la ca­lle y con el sombrero en la mano dijo:

—Señor, no hemos venido aquí a cometer un ase­sinato, como acaso supongáis, sino a proponeros un desafío... Acompaño a un enemigo vuestro que querría medirse con vos para terminar caballerescamente una vieja diferencia. ¡Eh! ¡Por Dios! Venid, señor de Mau­revel, en lugar de volver la espalda: el señor acepta.

—¡Maurevel! —gritó De Mouy—. ¡Maurevel! ¡El asesino de mi padre! ¡El «asesino del rey»!... ¡Ya lo creo que acepto!

Y apuntando a Maurevel, que iba a llamar al pala­cio de Guisa para buscar refuerzos, atravesóle el som­brero de un balazo.

Al oír la descarga y los gritos de Maurevel, salieron los guardias que habían acompañado a la duquesa de Nevers seguidos por tres o cuatro caballeros y sus pajes, y avanzaron hacia la casa de la amante del joven De Mouy.

Un segundo pistoletazo dirigido hacia el grupo de soldados mató al que se hallaba más cerca de Maurevel, después de lo cual De Mouy, viéndose desarmado o al menos con armas inútiles, pues sus dos pistolas estaban ya descargadas y sus adversarios fuera del alcance de su espada, se protegió detrás del quicio de su ventana.

Entre tanto comenzaban a abrirse las puertas de las casas de los alrededores y, según fuese pacífico o beli­coso el carácter de sus moradores, volvían a cerrarse o se erizaban de mosquetes y arcabuces.

—¡A mí, valiente Mercandon! —gritó De Mouy haciendo señas a un hombre ya viejo que, desde una ventana que acababa de abrirse frente al palacio de Guisa, intentaba enterarse del significado de aquel es­cándalo.

—¿Me llamáis, señor De Mouy? —respondió el an­ciano—. ¿Es a vos a quien atacan?

—A mí, a vos y a todos los protestantes. ¿Queréis mejor prueba que ésta?

En aquel momento, De Mouy vio que el arcabuz de La Hurière apuntaba hacia donde él estaba. Partió el tiro, pero el joven tuvo tiempo de agacharse, de modo que la bala fue a estrellarse contra el vidrio por encima de su cabeza.

—¡Mercandon! —gritó Coconnas, que en medio del combate rebosaba de placer y había olvidado a su acreedor, hasta que al oír el apóstrofe de De Mouy lo recordó de nuevo—. Mercandon y calle de Chaume, aquí es. ¡Oh! Así cada uno se entenderá con el hombre que le interesa.

Y en tanto los hombres del palacio de Guisa derriba­ban las puertas de la casa donde estaba De Mouy, Maure­vel, con una antorcha en la mano, trataba de prender fue­go al edificio. Y, mientras, echadas abajo las puertas, se entablaba un terrible combate contra un solo hombre que a cada estocada abatía a un enemigo, Coconnas tra­ba de derribar la puerta de Mercandon, ayudándose con una piedra del pavimento, sin que el anciano, inti­midado por tan solitario ataque, cesase de disparar desde su ventana.

Aquel barrio desierto y oscuro se iluminó entonces como en pleno día, poblándose como el interior del hormiguero; desde el palacio de Montmorency, seis ocho caballeros hugonotes, acompañados de sus sirvientes, hicieron una furiosa descarga y, ayudados por fuego de los balcones, comenzaron a hacer retroceder a Maurevel y a la gente del palacio de Guisa hasta que consiguieron meterlos en el mismo lugar de donde habían salido.

Coconnas, que no había logrado aún derribar la cerca de Mercandon, fue envuelto por la brusca ma­niobra. Apoyándose entonces en la pared, espada en mano, comenzó no sólo a defenderse, sino a atacar, lan­zando terribles imprecaciones que dominaban todo el estruendo. Golpeó con su acero a derecha a izquierda, riendo a amigos y enemigos hasta que se hizo sitio libr­e a su alrededor. A medida que su espada atravesaba un pecho y la sangre tibia le salpicaba las manos o el rostro, con los ojos abiertos, la nariz dilatada y los dien­tes apretados, recuperaba el terreno perdido y se aproxi­maba a la casa sitiada.

De Mouy, después de librar un tremendo combate en la escalera y en él vestíbulo, había acabado por salir como un héroe, en medio de toda aquella lucha, de su casa incendiada. Ni un momento había dejado de gri­tar: «¡A mí, Maurevel! ¿Dónde estás?» insultándolo con los epítetos más injuriosos.

Apareció por último en la calle sosteniendo con un brazo a su querida, semidesnuda y casi desmayada. Lle­vaba un puñal entre los dientes.

Su espada, resplandeciente por el movimiento de rotación que le imprimía, trazaba círculos blancos o rojos, según que la luz de la luna plateara el acero o que una antorcha hiciera brillar la sangre de que estaba teñida.

Maurevel había huido. La Hurière, empujado por De Mouy hasta donde se hallaba Coconnas, que no le reconocía y le recibía con la punta de su espada, pedía a ambos bandos que le perdonasen la vida. En aquel mo­mento le vio Mercandon, reconociendo en él, por su blan­co distintivo, a uno de los asesinos.

Disparó contra él. La Hurière dio un grito, exten­dió los brazos, dejó caer su arcabuz y, después de tratar de acercarse a la pared para sostenerse, cayó boca abajo al suelo.

De Mouy, aprovechando esta circunstancia, se me­tió por la calle de Paradis y desapareció.

La resistencia de los hugonotes fue tal, que los par­tidarios de Guisa hubieron de replegarse de nuevo en palacio,, atrancando las puertas por temor de ser cogidos en su propia casa.

Coconnas, aturdido y ebrio de sangre, había llega­do a ese punto de exaltación en que el valor, sobre todo en los temperamentos meridionales, suele convertirse en locura. No había visto ni oído nada. A sus oídos no llegaban sino rumores atenuados y advirtió que la san­gre de su rostro y de sus manos empezaba a secarse. Bajando su espada no vio por allí cerca más que a un hombre tendido en el suelo, con la cara en un charco rojizo. El incendio que provocara Maurevel se había propagado a las casas vecinas.

Fue una tregua muy breve. En el momento en que se disponía a acercarse a aquel hombre, en quien creyó reconocer a La Hurière, se abrió la puerta en la que tan baldíamente acababa de golpear con un pedrusco y el anciano Mercandon, acompañado de su hijo y de sus dos sobrinos, se lanzó hacia el piamontés, que estaba tomando aliento.

—¡Aquí está! ¡Aquí está! —gritaron todos a un tiempo.

Se hallaba, en efecto, Coconnas en medio de la calle y, temeroso de verse rodeado por los cuatro hombres que le atacaban a la vez, dio un salto hacia atrás con la misma agilidad que uno de aquellos gamos que tantas veces persiguiera por la montaña. Se apoyó contra la pared del palacio de Guisa y, repuesto de la sorpresa, púsose en guardia y recuperó su tono burlón.

—¡Hola, papá Mercandon! ¿No me reconocéis? —preguntó.

—¡Ah, miserable! —gritó el anciano hugonote—. ¡Ya lo creo que lo reconozco! ¡Quieres matarme, a mí, el amigo, el compañero de lo padre!

—Y su acreedor, ¿no es cierto?

—Así es, ya que lo dices.

—Pues bien, vengo a arreglar cuentas —respondió Coconnas.

—¡Cogedlo y atadlo! —dijo el viejo a los jóvenes que le acompañaban, quienes, al oírlo, avanzaron hacia el muro en que el piamontés guardaba sus espaldas.

—¡Un momento! ¡Un momento! —dijo riendo Co­connas—. Para detener a un hombre es necesario poseer una orden de arresto, y vosotros habéis de solicitarla al preboste.

Y después de pronunciar estas palabras cruzó su espada con la del joven que halló más próximo. A la primera estocada le rompió la muñeca y el infeliz re­trocedió gimiendo.

—¡Uno menos! —dijo Coconnas.

En aquel instante se abrió rechinando la ventana debajo de la cual el piamontés había buscado refugio. De pronto se sobresaltó, temiendo un nuevo ataque, pero en lugar de un enemigo apareció una mujer y, en lugar del arma mortífera que se preparaba a combatir, cayó un ramo de flores a sus pies.

—¡Una mujer! —exclamó.

Y saludó a la dama con la punta de su espada, in­clinándose para recoger el regalo.

—¡Cuidado, valiente católico! ¡Cuidado! —gritó la dama.

Coconnas se irguió, pero no tan rápidamente co­mo para poder evitar que el puñal del otro sobrino atra­vesara su capa a hiriera su hombro.

La señora lanzó un grito agudo.

Coconnas, agradecido, la tranquilizó con un gesto. Inmediatamente se lanzó contra el segundo sobrino, que le hizo frente. A la segunda embestida el pie de su ene­migo resbaló en un charco de sangre. Coconnas dio un salto con la velocidad de un gato montés y le atravesó el pecho con su espada.

—¡Muy bien! ¡Muy bien, valiente caballero! —gri­tó la dama del palacio de Guisa—. ¡Muy bien! Os envío ayuda.

—No merece la pena de que os molestéis, señora —dijo Coconnas—. Mirad más bien hasta el final si os interesa y veréis cómo el conde de Coconnas despacha a los hugonotes.

El hijo del anciano Mercandon aprovechó este mo­mento para dispararle casi a boca de jarro un pistoleta­zo que le hizo caer de rodillas.

La dama de la ventana dio un grito, pero Coconnas ya estaba en pie; se había arrodillado simplemente para librarse de la bala, que fue a dar contra la pared, a dos pies de distancia de la bella espectadora.

Casi al mismo tiempo, de la ventana correspondien­te a la casa de Mercandon partió una exclamación de furia y una señora anciana, que reconoció en Coconnas a un católico por su cruz blanca, le arrojó una maceta con flores, que le pegó al piamontés en una rodilla.

—¡Bueno! —exclamó Coconnas—. ¡Una me tira flores y otra macetas! Si esto continúa así, van a termi­nar por tirar sus casas.

—Gracias, madre mía —gritó el muchacho.

—Está bien, mujer —dijo el viejo Mercandon—, defiéndenos.

—Esperad, señor Coconnas, esperad —dijo la da­ma del palacio de Guisa—. Haré que tiren a las venta­nas.

—Parece que éste es un infierno de mujeres, en el que unas están de mi parte y otras en contra mío —dijo Coconnas—. ¡Voto al diablo, acabemos!

La escena, efectivamente, había cambiado mucho y llegaba a su desenlace. Frente a Coconnas, herido, pero con todo el vigor de sus veinticuatro años, acostumbra­do a manejar las armas y más irritado que debilitado por los tres o cuatro rasguños que había recibido, no queda­ban más que Mercandon y su hijo. Mercandon, anciano de sesenta o setenta años; su hijo, un muchacho de die­ciséis o diecisiete. Este último, pálido, rubio y delicado, había arrojado su pistola descargada y, por lo tanto, in­útil, y agitaba, temblando, una espada que tenía a lo sumo la mitad del largo que la del piamontés. El padre, armado únicamente de un puñal y de un arcabuz sin mecha, pedía auxilio. Una mujer anciana, la madre del muchacho, asomada a una ventana, tenía en las manos un trozo de mármol que se disponía a arrojar.

Coconnas, excitado de un lado por las amenazas y de otro por los aplausos, orgulloso de su doble victoria, embriagado de pólvora y de sangre, iluminado por los reflejos de una casa en llamas, exaltado por la idea de que combatía ante una mujer cuya belleza le había parecido tan extraordinaria como debía de ser su alcurnia, sintió, como el último de los Horacios, que sus fuerzas se du­plicaban, y viendo vacilar a su joven enemigo, corrió a cruzar su terrible y sangrienta espada con la pequeña y trémula que su contrincante blandía.

Dos golpes bastaron para hacérsela saltar de las manos. Entonces Mercandon trató de hacer retroceder a Coconnas para que los proyectiles lanzados desde la ventana pudieran alcanzarle.

Coconnas, por el contrario, para paralizar el doble ataque del viejo Mercandon, que trataba de hundirle su puñal, y de la madre del muchacho, que pretendía par­tirle su cabeza con la piedra que estaba a punto de ti­rarle, cogió entre sus brazos a su adversario y, presen­tándolo a todos los golpes, le utilizaba como escudo oprimiéndole entre sus brazos hercúleos.

—¡A mí! ¡A mí! —gritó el joven—. ¡Me rompe el pecho! ¡Socorro! —Y su voz empezó a perderse en un ronquido sordo y ahogado,

Mercandon dejó entonces de amenazar y suplicó:

—¡Por favor! ¡Por favor! ¡Señor Coconnas! ¡Es mi único hijo!

—¡Mi hijo! ¡Mi hijo! —gritó la madre—. ¡Es el consuelo de nuestra vejez! ¡No le matéis, señor! ¡No le matéis!

—¡Ah! ¿Me pedís que no le mate? —respondió Co­connas echándose a reír—. ¿Y qué pretendía hacer él con su pistola?

—Señor —continuó Mercandon, uniendo las ma­nos en actitud de ruego—. Tengo en mi casa el pagaré firmado por vuestro padre; os lo devolveré; poseo diez mil escudos de oro que os daré junto con las joyas de la familia, pero ¡no le matéis! ¡No le matéis!...

—Y yo os daré mi amor —dijo la dama del palacio de Guisa—, os lo prometo.

Coconnas reflexionó por espacio de un segundo y, sin rodeos, le preguntó al muchacho:

—¿Sois hugonote?

—Sí —murmuró éste.

—En ese caso tendréis que morir—respondió Co­connas, frunciendo el ceño y acercando al pecho de su adversario su amenazadora espada.

—¡Morir! —exclamó el anciano—. ¡Pobre hijo mío! ¡Morir!

Se oyó un grito de mujer tan lastimero y profundo que hizo vacilar por un momento la salvaje resolución del piamontés. .

—¡Señora duquesa! —gritó el padre dirigiéndose a la dama asomada en el balcón del palacio de Guisa—. Interceded por nosotros y todos los días vuestro nom­bre será pronunciado en nuestras oraciones.

—¡Que se convierta entonces! —dijo la dama.

—Soy protestante —replicó el chico.

—¡Muere, pues! —gritó Coconnas levantando su daga—. Muere, ya que no aceptas la vida que una boca tan bella lo ofrece.

Mercandon y su esposa vieron brillar el terrible ace­ro como un relámpago encima de la cabeza de su hijo.

—¡Oliverio, hijo mío, abjura..., abjura! –imploró la madre.

—¡Abjura, hijo querido! —gritó Mercandon echán­dose a los pies de Coconnas—. No nos dejes solos en el

mundo.

—¡Abjurad todos juntos! —gritó Coconnas—. Por un credo se salvarán tres almas y una vida.

—¡Acepto! —dijo el joven.

—Así lo haremos—dijeron Mercandon y su mujer.

—¡De rodillas, entonces! —ordenó Coconnas—. Y que tu hijo repita la oración que voy a decir.

El padre obedeció primero.

—Estoy dispuesto —dijo el joven.

Y se arrodilló a su vez.

Coconnas comenzó entonces a dictarle en latín las palabras del credo. Pero, ya sea por casualidad o cálculo, el joven Oliverio se había arrodillado cerca del sitio don­de cayera su espada. Apenas vio el arma al alcance de su mano, sin dejar de repetir las palabras de Coconnas, ex­tendió el brazo para cogerla. Coconnas advirtió el movi­miento, aunque fingió no verlo, y en el momento en que el muchacho tocaba la empuñadura con la punta de sus dedos crispados se lanzó sobre él derribándole.

—¡Ah! ¡Traidor! —le dijo.

Y le hundió su daga en la garganta.

El joven lanzó un grito, se levantó convulsivamen­te sobre una rodilla y cayó muerto.

—¡Ah, verdugo! —aulló Mercandon—. Nos matas para robarnos los escudos que nos debes.

—No, a fe mía—dijo Coconnas—. Y la prueba...

Al decir estas palabras, Coconnas arrojó a los pies del anciano la bolsa que antes de partir le entregara su padre para saldar su deuda.

—La prueba —continuó— es que aquí tenéis vues­tro dinero.

—¡Y aquí times tú lo muerte! —gritó la madre desde la ventana.

—¡Cuidado, señor de Coconnas, cuidado! —dijo la señora del palacio de Guisa.

Pero antes de que el piamontés pudiese volver la cabeza para atender a este último aviso o para sustraerse a la primera amenaza, una pesada maza cruzó el aire sil­bando y le cayó sobre el sombrero, le rompió la espada en la mano y le tendió en tierra aturdido, lelo, aplastado, sin que pudiera oír el doble grito de alegría y de aflicción que sonó a derecha a izquierda. Mercandon se lanzó en seguida, puñal en mano, hacia Coconnas, desvanecido. Pero en aquel momento se abrió la puerta del palacio de Guisa y el anciano, al ver brillar las partesanas y las es­padas, huyó, mientras que la dama, a quien Coconnas había dado el título de duquesa, mostrando una belleza que parecía terrible a la luz del incendio, resplandecien­te de diamantes y pedrerías, sacó medio cuerpo fuera del balcón para gritar a los recién llegados, señalando a Coconnas:

—¡Allí! ¡Allí! Frente a mí; un caballero vestido con jubón rojo. ¡Ese, sí, sí, ése...!

X. MUERTE, MISA O BASTILLA

Como ya hemos dicho, Margarita, después de en­trar en su habitación, había cerrado la puerta. Pero al hacerlo, llena de temor, vio a Guillonne que, inclinada junto a la puerta del gabinete, contemplaba atónita las manchas de sangre esparcidas por el lecho, los muebles y la alfombra.

—¡Ah, señora! —exclamó al ver a la rema—. ¿Ha muerto?

—¡Silencio, Guillonne! —dijo Margarita, con ese tono de voz que indica la importancia de la recomen­dación.

Guillonne no despegó los labios.

Margarita sacó entonces de su limosnera una lla­vecita dorada y, abriendo la puerta del gabinete, señaló con el dedo al joven.

La Mole había conseguido levantarse y acercarse a la ventana. Por casualidad encontró un puñalito de los que en aquella época usaban las mujeres y, al oír que se abría la puerta, lo empuñó.

—Nada temáis, señor —dijo Margarita—. Os juro por mi alma que estáis seguro.

El caballero se arrodilló.

—¡Señora! —exclamó—. Sois para mí más que una reina, sois para mí una diosa.

—No os agitéis así —gritó Margarita— ¡Todavía sangran vuestras heridas...! ¡Oh, Guillonne! ¡Mira qué pálido está! Veamos, ¿dónde estáis herido?

—Señora —dijo La Mole, tratando de reconocer los puntos principales del dolor que sentía por todo el cuerpo—. Creo que recibí una estocada en el hombro y otra en el pecho; las otras heridas ni siquiera merecen.' que os ocupéis de ellas.

—Ya veremos —repuso Margarita—. Guillonne, alcánzame la caja de los bálsamos.

Obedeció la muchacha y volvió llevando en una mano la caja y en la otra una vasija dorada y un fino lien­zo de Holanda.

—Ayudadme a levantarlo, Guillonne —prosiguió la reina—. Porque el infeliz se ha quedado sin fuerzas al incorporarse.

—Señora —dijo La Mole—. Estoy confundido; ver­daderamente yo no puedo permitir...

—Supongo que os dejaréis curar —interrumpió Margarita—. Pudiendo salvaros, sería un crimen que os dejásemos morir.

—¡Oh! —exclamó La Mole—. Prefiero morir antes que ver cómo os mancháis vuestras manos con una

sangre tan indigna como la mía... ¡Eso, jamás!

Y retrocedió respetuosamente.

—¿Vuestra sangre, señor mío? –preguntó sonriendo Guillonne—. Así que no habéis manchado bastante el lecho y la alcoba de Su Majestad...

Margarita se cruzó la bata sobre su camisón de ba­tista todo salpicado de gotas de sangre. Y este gesto, lle­no de pudor femenino, recordó a La Mole que había tenido entre sus brazos y oprimido contra su pecho a aquella reina tan bella y tan amada. Este recuerdo hizo acudir a sus pálidas mejillas un fugitivo rubor.

—Señora —balbuceó—, ¿no podríais dejarme al cuidado de un cirujano?

—De un cirujano católico, ¿no es cierto? —preguntó la reina con una expresión que comprendió La Mole y que le hizo estremecerse.

—¿Ignoráis acaso —continuó la reina con una voz y una sonrisa de infinita dulzura— que nosotras, las prin­cesas de Francia, aprendemos a conocer el valor de las plantas y a preparar bálsamos? Porque nuestro deber como mujeres y como reinas ha sido siempre el de aliviar los dolores. Por eso valemos tanto como el mejor ciruja­no del mundo; esto es, al menos, lo que dicen nuestros aduladores. ¿Mi reputación en este aspecto no llegó has­ta vuestros oídos? Vamos, Guillonne, manos a la obra.

La Mole trató de resistir aún; repitió de nuevo que prefería morir antes que ocasionar a la reina un trabajo que podía comenzar por la compasión y terminar por el hastío... Esta lucha no tuvo otro resultado que el de agotar completamente sus fuerzas. Se tambaleó, cerró los ojos y dejó caer hacia atrás la cabeza, desmayándo­se por segunda vez.

Margarita, cogiendo el puñal que había soltado el herido, cortó rápidamente la cinta que cerraba su ju­bón, mientras Guillonne, con otro cuchillo, descosía o más bien rasgaba las mangas.

Luego, con un trapo mojado en agua fresca, limpió la sangre que salía del hombro y del pecho del joven, mientras que Margarita, con una aguja de oro sin pun­ta, exploraba las heridas con toda la delicadeza y habi­lidad que el propio Ambrosio Paré hubiese podido emplear en iguales circunstancias.

La herida del hombro era profunda y la del pecho se extendía a lo largo de las costillas, interesando sola­mente los músculos. Ninguna de las dos penetraba en las cavidades de esa fortaleza natural que protege el co­razón y los pulmones. .

—Herida dolorosa, no mortal. Acerrzmun humeri vulnus, non autem lethale—murmuró la bella y diestra cirujana—. Alcánzame el bálsamo y prepara vendas, Guillonne.

Entre tanto, ésta, a quien la reina acababa de dar la nueva orden, ya había limpiado y perfumado el pecho del joven, lo mismo que sus brazos, que parecían mode­lados conforme algún dibujo antiguo. Sus hombros, graciosamente echados hacia atrás y su cuello sombrea­do por espesos bucles, parecían pertenecer más bien a una estatua de mármol de Paros que al cuerpo de un hombre moribundo.

—¡Pobre joven! —murmuró Guillonne mirando, más que a su obra, a quien acababa de ser objeto de ella.

—¿No es cierto que es hermoso? —preguntó Mar­garita con la franqueza que le permitía su rango.

—Sí, señora. Pero me parece que en lugar de dejarlo así, tendido en el suelo, deberíamos levantarlo y acos­tarlo en ese mismo diván en que está apoyado.

—Sí —contestó Margarita—, tienes razón.

Y las dos mujeres, inclinándose y juntando sus fuerzas, levantaron a La Mole, depositándolo sobre un gran sofá de respaldo tallado que estaba junto a una ventana, que entreabrieron para que le entrase aire.

El movimiento reanimó a La Mole y le hizo lanzar un suspiro y, abriendo los ojos, comenzó a experimen­tar ese increíble bienestar que acompaña todas las sen­saciones del herido cuando, al volver a la vida, siente frescura en lugar del terrible ardor, y los perfumes del bálsamo en lugar del tibio y nauseabundo olor de la sangre.

Murmuró algunas palabras sin sentido, a las cuales respondió Margarita sonriendo y poniéndole un dedo sobre los labios.

En aquel momento se oyó llamar con insistencia a una puerta.

—Golpean en el pasaje secreto —dijo Margarita.

—¿Quién puede ser, señora? —preguntó Guillon­ne aterrada.

—Voy a ver—dijo Margarita—. Quédate con él y no le abandones ni un solo instante.

Margarita entró en su dormitorio y, cerrando la puerta del gabinete, abrió la del pasaje que daba a los departamentos del rey y de la reina madre.

—¡La señora de Sauve! —exclamó, retrocediendo vivamente y con una expresión que reflejaba si no es­panto, odio al menos: de tal modo es cierto el que una mujer, aun cuando no ame a un hombre, no perdona jamás el que otra se lo quite.

—Sí, Majestad —dijo ésta juntando las manos.

—¿Vos aquí, señora? —continuó Margarita, cada vez más asombrada, pero con un tono más imperativo.

Carlota cayó de rodillas.

—Señora—dijo—, perdonadme, reconozco hasta qué punto soy culpable para con vos; pero, si supierais... La culpa no es del todo mía. Una orden expresa de la reina madre...

—Levantaos —repuso Margarita—. Y como no creo que hayáis venido solamente a justificaros ante mí, decidme qué os ocurre.

—He venido, señora —dijo Carlota siempre de rodillas y con una mirada medio enloquecida—, he venido a preguntaros si está aquí...

—¿Aquí? ¿Quién? ¿A quién os referís, señora?... Porque realmente no comprendo.

—Al rey.

—¿Al rey? ¿Lo perseguís hasta mis aposentos? Sin embargo, sabéis muy bien que no viene nunca.

—¡Ah! ¡Señora! —continuó la baronesa de Sauve, sin responder a semejantes ataques y aparentando no sentirlos tan siquiera—. ¡Ojalá estuviese aquí!

—¿Por qué?

—¡Dios mío, porque están degollando a los hugo­notes y el rey de Navarra es su jefe!

—¡Oh! —gritó Margarita, cogiendo de la mano a la señora de Sauve y obligándola a levantarse— ¡Oh, lo había olvidado! Además, no creí que un rey pudiese correr los mismos peligros que los demás hombres.

—¡Más, señora, mil veces más! —exclamó Carlota. —En efecto, la señora de Lorena me lo advirtió. Le dije que no saliera. ¿Habrá salido?

—No, no; está en el Louvre. Pero no se le encuen­tra. Y si no está aquí...

—No está.

—¡Oh! —exclamó la señora de Sauve, con una ex­presión de dolor—. Entonces ya no tiene remedio, por­que la reina madre ha jurado darle muerte.

—¡Oh, me espantáis, es imposible! —dijo Margarita.

—Señora —respondió la señora de Sauve con esa energía que sólo puede producir la pasión—, os digo que no se sabe dónde está el rey de Navarra.

—¿Y la reina madre, dónde está?

—Me envió a buscar al señor de Guisa y al de Ta­vannes, que estaban en su oratorio, y después me des­pidió. Entonces volví a mi cuarto y, perdonadme, se­ñora, como de costumbre, esperé...

—A mi esposo, ¿no es cierto? —dijo Margarita.

—Y no ha venido, señora. Entonces lo he buscado por todas partes y he preguntado a todo el mundo. So­lamente un soldado me ha respondido que creía haberle visto entre unos guardias que le acompañaban con las espadas desenvainadas un rato antes de comenzar la matanza, y ésta empezó hace una hora.

—Gracias —repuso Margarita—. Y aunque quizás el sentimiento que os mueve suponga una nueva ofensa para mí, gracias.

—¡Oh! Perdonadme entonces, señora, y volveré más tranquila con vuestro perdón, porque no me atre­vo a seguiros ni siquiera de lejos.

Margarita le tendió la mano.

—Voy a buscar a la reina Catalina—dijo—; volved a vuestro cuarto. El rey de Navarra está bajo mi pro­tección, le prometí alianza y seré fiel a mi promesa.

—Pero ¿y si no podéis llegar hasta la reina madre, señora?

—Entonces, recurriré a mi hermano Carlos y le hablaré.

—Id, id, señora —dijo Carlota dejándole paso li­bre a Margarita—, y que Dios guíe a Vuestra Majestad.

Margarita salió apresuradamente al corredor, pero, al llegar al extremo de éste se volvió para asegurarse de que la señora de Sauve no la seguía. La reina de Nava­rra la vio subir la escalera que conducía a sus habita­ciones y después siguió su camino hacia las habitacio­nes de la reina madre.

Todo había cambiado; en lugar de la multitud de cortesanos obsequiosos que habitualmente se inclina­ban al paso de la reina saludándola con respeto, Marga­rita no encontró más que guardias con sus partesanas enrojecidas y los trajes manchados en sangre, o gentiles hombres con las capas desgarradas y los rostros ennegrecidos por la pólvora, que entraban y salían por­tadores de órdenes y mensajes. Estas idas y venidas pro­ducían un hormigueo terrible a inmenso en las galerías, lo que no impidió que Margarita, continuando su cami­no, llegase hasta la antecámara de su madre. Esta antecá­mara estaba guardada por una doble fila de soldados, que sólo dejaban entrar a quienes conocían determinado santo y seña.

Margarita intentó en vano franquear la barrera vi­viente. Vio varias veces abrirse la puerta y cada vez pudo distinguir por la rendija a Catalina, rejuvenecida por la acción, activa como si tuviera veinte años, escri­biendo, recibiendo cartas, abriéndolas, dando órdenes, dirigiendo a éste una palabra amable, al otro una son­risa, y las sonrisas más amables eran para los que veía más cubiertos de polvo y de sangre.

En medio de aquella confusión que reinaba en todo el Louvre, llenándolo de lúgubres rumores, se oían en la calle, cada vez más frecuentes, las descargas.

«Jamás podré llegar hasta ella —se dijo Margarita después de hacer tres inútiles tentativas con los alabarderos—. En vez de perder el tiempo aquí, voy a buscar a mi hermano.»

En aquel momento pasó el duque de Guisa; había ido a anunciar a la reina la muerte del almirante y re­gresaba de nuevo para seguir tomando parte en la car­nicería.

—¡Oh, Enrique! —exclamó Margarita—. ¿Dónde está el rey de Navarra?

El duque la contempló sonriendo y, con expresión de asombro, se inclinó y, sin responder, salió con sus guardias.

Margarita se dirigió a un capitán que iba a salir del Louvre y mandaba cargar los arcabuces a sus soldados.

—El rey de Navarra, señor, ¿dónde está el rey de Navarra?

—No sé, señora —respondió éste—. No perte­nezco a los guardias de Su Majestad.

—¡Oh, mi querido Renato! —gritó Margarita re­conociendo al perfumista de Catalina—. Sois vos... Acabáis de salir del cuarto de mi madre... ¿Sabéis qué ha sido de mi esposo?

—Su Majestad, el rey de Navarra, no es amigo mío, señora... Deberíais recordarlo. Hasta aseguran —aña­dió con un gesto que más parecía una mueca de una sonrisa— que se atreve a acusarme de haber envenena­do a su madre en complicidad con la reina Catalina.

—¡No, no! —gritó Margarita—. No creáis eso, mi buen Renato.

—¡Oh, poco me importa, señora! —dijo el perfu­mista—. Ni el rey de Navarra ni los suyos son de temer en estos momentos.

Y volvió la espalda a Margarita.

—¡Señor de Tavannes! ¡Señor de Tavannes! —gri­tó Margarita—. ¡Una palabra, una sola, os lo ruego!

Tavannes se detuvo.

—¿Dónde está el rey de Navarra? —le preguntó Margarita.

—¡A fe mía! —dijo en voz alta—. Creo que salió con los señores de Alençon y de Condé.

Y luego, de forma que sólo Margarita pudiera oírle:

—Hermosa reina, si queréis ver a la persona que ocupa un lugar por el que yo daría mi vida, id a la sala de armas del rey.

—¡Oh, gracias, Tavannes! —dijo Margarita, que de todo lo que le había dicho tan sólo había oído lo más importante—. Gracias, ya voy.

Y Margarita continuó su camino murmurando:

—Después de mi promesa, después de la forma en que se portó conmigo cuando el ingrato Enrique esta­ba escondido en mi gabinete, no puedo dejarle morir.

Fue a golpear la puerta de las habitaciones del rey, pero estaban custodiadas interiormente por dos com­pañías de guardias.

—No se puede entrar en las habitaciones del rey —dijo el oficial adelantándose rápidamente.

—¿Pero yo?... —dijo Margarita.

—La orden es general.

—¡Yo, la reina de Navarra! ¡Yo, su hermana!...

—Mi consigna no admite excepciones, señora; re­cibid, pues, mis excusas.

El oficial cerró la puerta.

—¡Oh, está perdido! —exclamó Margarita al ver aquellas caras siniestras que, cuando no respiraban ven­ganza, expresaban inflexibilidad—. Sí, sí, lo comprendo todo... Me han utilizado como un cepo. Soy el lazo con el que cazan y degüellan a los hugonotes... ¡Oh, entraré aunque me maten!

Y Margarita siguió corriendo como una loca por los corredores y las galerías del palacio, cuando, de repen­te, al pasar frente a una pequeña puerta, oyó un canto suave, casi lúgubre de tan monótono. Era una salmo calvinista que entonaba una voz temblorosa en la pieza vecina.

—¡La nodriza de mi hermano el rey, la buena Ma­delón, está aquí! —exclamó Margarita, dándose una palmada en la frente, inspirada por una sola idea—. ¡Está aquí! ¡Ayudadme, Dios de los cristianos!

Y llena de esperanza llamó suavemente a la puerta. En efecto, Enrique de Navarra, luego de recibir el aviso que le dio Margarita después de su conversación con Renato, cuando hubo salido de la alcoba de la reina madre, a lo que había querido oponerse la pobre Febe como un genio benéfico, había encontrado a unos gentiles hombres que, con el pretexto de agasajarle, le acom­pañaron hasta su habitación, donde le esperaban una veintena de hugonotes, los cuales se obstinaban en no abandonarle: tan grande era desde hacía algunas horas en el Louvre el presentimiento de lo que iba a ocurrir. Allí se quedaron sin que nadie intentara molestarles. Por fin, al oírse la primera campanada de la iglesia de Saint—Germain d'Auxerre, que resonó en todos los co­razones como un toque fúnebre, entró Tavannes y, en medio de un silencio de muerte, anunció a Enrique que el rey Carlos IX quería hablarle.

Era imposible intentar cualquier resistencia, y a na­die se le ocurrió semejante idea.

Se oían crujir los techos, las galerías y los corredo­res del Louvre bajo los pies de los soldados reunidos en los patios y habitaciones casi en número de dos mil. Enrique, después de despedirse de sus amigos, a los que no volvería a ver, siguió a Tavannes, que le condu­jo a una pequeña galería contigua al departamento del rey y allí lo dejó solo, sin armas y con el corazón hen­chido de desconfianza.

El rey de Navarra vio transcurrir así, minuto a mi­nute, hasta dos horas mortales. Oyó con creciente te­rror el toque de rebato y las descargas de los arcabuces. Asomándose a la mirilla de la puerta vio, al resplandor de los incendios y de las antorchas, pasar a los fugitivos perseguidos por sus asesinos.

No podía comprender el significado de aquellos clamores de victoria ni de aquellos gritos de angustia, pues, a pesar del profundo conocimiento que tenía de los caracteres de Carlos IX, de la reina madre y del du­que de Guisa, no suponía el horrible drama que se desa­rrollaba en aquel momento.

Enrique no tenía valor físico, pero poseía algo me­jor: fuerza moral. Temía el peligro pero lo arrastraba sonriendo cuando se trataba de un peligro en un campo de batalla, al aire libre, a la luz del día, a la vista de todo el mundo, acompañado por la estridente armonía de las trompetas y la voz sorda y vibrante de los tambores... Pero allí estaba solo, encerrado, sin armas, perdido en una semioscuridad que apenas bastaba para ver al ene­migo que podía deslizarse hasta él o para distinguir el acero que podía herirle. Aquellas dos horas fueron sin duda para él las más crueles de su vida.

Cuando más intenso era el tumulto y Enrique co­menzaba a comprender que, según todas las probabi­lidades, se trataba de una matanza organizada, entró a buscarle un capitán que le condujo por un corre­dor hasta el departamento del rey. Cuando se acerca­ron a él, la puerta se abrió y, una vez que entraron, se cerró tras ellos como por arte de encantamiento. Lue­go, el oficial introdujo a Enrique en presencia de Car­los IX, que se hallaba en la sala de armas, sentado en un gran sillón con las manos apoyadas sobre los dos brazos del asiento y la cabeza inclinada sobre el pecho.

Al ruido que hicieron los recién llegados Carlos IX alzó la frente, sobre la cual vio brillar Enrique gruesas gotas de sudor.

—Buenas noches, Enrique —dijo el joven monarca en tono brutal—. Vos, La Chastre, dejadnos.

El capitán obedeció.

Se hizo un silencio lúgubre.

Durante este momento, Enrique miró a su alrededor con inquietud, dándose cuenta de que se hallaba a solas con el rey.

Carlos IX se levantó de pronto.

—¡Por los clavos de Cristo! —dijo, alisándose con gesto rápido sus rubios cabellos al tiempo que se enju­gaba la frente—. Estaréis contento de hallaros cerca de mí, ¿verdad, Enrique?

—Sin duda, Sire —respondió el rey de Navarra—. Para mí siempre es un placer estar junto a Vuestra Ma­jestad.

—Más contento que allá abajo, ¿eh? —agregó Car­los IX, siguiendo sus propios pensamientos más que respondiendo a la cortesía de Enrique.

—No comprendo, señor... —dijo Enrique.

—Mirad y comprenderéis.

Con rápido movimiento, Carlos IX se acercó o me­jor dicho dio un salto hasta la ventana.

Y atrayendo también a su cuñado, que cada vez es­taba más aterrorizado, le mostró la horrible silueta de los asesinos que sobre la cubierta de un barco degolla­ban o ahogaban a las víctimas que les llevaban a cada momento.

—¡En nombre del Cielo! —gritó Enrique muy pá­lido—. ¿Qué pasa esta noche?

—Esta noche, señor —dijo Carlos IX—, ¡me li­bran de todos los hugonotes! ¿Veis allá, al fondo, aquel humo y aquellas llamas que salen por encima del pala­cio de Borbón? Son las llamas y el humo de la casa del almirante, que está ardiendo. ¿Veis aquel cuerpo que unos buenos católicos arrastran sobre un jergón roto? Es el cadáver del yerno del almirante, de vuestro amigo Teligny.

—¿Qué significa todo esto? —exclamó el rey de Navarra, buscando inútilmente la empuñadura de su daga y temblando de vergüenza y de cólera viendo a la vez que se burlaban de él y le amenazaban.

—Esto significa —gritó Carlos IX furioso sin transición y palideciendo de una manera espantosa ­que no deseo ya verme rodeado de hugonotes. ¿Oís, Enrique? ¿No soy yo el rey? ¿No soy el amo?

—Pero Vuestra Majestad...

—Mi Majestad mata y extermina hoy a todo el que no es católico, porque así le place. ¿Sois católico? —gri­tó Carlos, cuya cólera aumentaba sin cesar como una marea terrible.

—Sire —dijo Enrique—, recordad vuestras propias palabras: «¿Qué me importa la religión del que me sir­ve bien?»

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —exclamó Carlos lanzando una si­niestra carcajada. ¡Que recuerde mis palabras! Verba volant, como dice mi hermana Margarita. Mira—aña­dió señalando la ciudad—, ¿acaso todos ésos no me sir­vieron bien? ¿No eran también valientes en el combate, prudentes en sus consejos y fieles en todo momento? Todos ellos eran súbditos útiles, pero eran hugonotes y no quiero más que católicos.

Enrique permaneció callado.

—¡Comprendedme, pues, Enrique! —exclamó Car­los IX.

—Ya os comprendo, señor.

—¿Y qué?

—Que no veo por qué razón el rey de Navarra va a hacer algo distinto a lo que han hecho tantos caballeros y tantos infelices. Porque, al fin, si mueren todos esos desgraciados, es porque también les han propuesto lo que Vuestra Majestad me propone y lo han rechazado como lo rechazo yo.

Carlos cogió del brazo al joven príncipe y clavan­do en él una mirada cuya atonía se transformaba gra­dualmente en acerado brillo, le preguntó:

—¡Oh! ¿Crees que me he tomado la molestia de ofrecerles la misa a todos los que están pereciendo allí?

—Sire —dijo Enrique retirando su brazo—, ¿no moriríais vos en la religión de vuestros padres?

—¡Sí, vive Dios! ¿Y tú?

—Yo también, Sire —respondió Enrique.

Carlos lanzó un rugido de furia y cogió con mano temblorosa su arcabuz, que se hallaba encima de una mesa. Enrique, pegado a un tapiz, sentía correr un sudor de angustia por su frente, pero, gracias al dominio que ejercía sobre sí mismo, pudo seguir, tranquilo en apa­riencia, con el ávido estupor del pájaro fascinado por la serpiente, todos los movimientos del terrible monarca.

Carlos cargó su arcabuz y pateando el suelo con ciego furor:

—¿Aceptas la misa? —preguntó a su cuñado, ilu­minándole con el resplandor del arma fatal.

Enrique no contestó.

Carlos IX conmovió las bóvedas del Louvre con el más terrible juramento que haya salido jamás de la boca de un hombre, y de pálido que estaba se puso lí­vido.

—¡Muerte, misa o Bastilla! —gritó apuntando al rey de Navarra.

—¡Oh, Sire! ¿Vais a matarme a mí, a vuestro her­mano?

Enrique acababa de eludir, con aquella incompara­ble presencia de ánimo que constituía una de sus más poderosas facultades, la respuesta que le exigía Car­los IX; ya que, sin duda, en el caso de haber sido negati­va, habría muerto.

Así como al paroxismo de la cólera sucede siempre el comienzo de la reacción, Carlos IX no reiteró la pregunta que acababa de formular al príncipe de Na­varra y, después de un instante de vacilación, durante el cual dejó oír un sordo rugido, se volvió hacia la venta­na abierta y apuntó a un hombre que corría por la ori­lla del río.

—Es preciso que mate a alguien —gritó Carlos IX, lívido como un cadáver y con los ojos inyectados de sangre.

Y apretando el gatillo dejó muerto al hombre que corría.

Enrique dejó escapar un gemido.

Entonces, animado por una terrible excitación, Car­los cargó y descargó sin descanso su arcabuz, lanzando exclamaciones de placer cada vez que acertaba a dar a un hombre.

«Estoy perdido —pensó el rey de Navarra—. Cuando no encuentre a nadie a quien tirar, me matará a mí.»

—¿Ya terminó todo? —preguntó de repente una voz detrás de los príncipes.

Era Catalina de Médicis, que acababa de entrar sin ser oída en el mismo momento en que sonaba la última detonación.

—¡No, por mil demonios! —aulló Carlos, arro­jando al suelo su arcabuz—. ¡No, el testarudo no quiere!...

Catalina no respondió.

Volvió lentamente sus ojos hacia donde se hallaba Enrique, tan inmóvil como las figuras pintadas en el ta­piz contra el cual se apoyaba. Después miró a su hijo con una expresión que significaba: «Entonces, ¿por qué vive?»

—Vive..., vive... —murmuró Carlos IX, que com­prendía perfectamente aquella mirada y que respondía, como se ve, sin titubear—. Vive..., porque es pariente mío.

Catalina sonrió.

Al ver Enrique aquella sonrisa comprendió que contra quien tenía que combatir era, sobre todo, contra Catalina.

—Señora —le dijo—, vos sois la culpable de todo, ahora lo veo, y no mi cuñado Carlos. Vos habéis con­cebido la idea de tenderme un lazo; vos habéis ideado convertir a vuestra hija en el cebo que nos perdería a todos; vos me habéis separado de mi esposa para que ella no sufriera la afrenta de que me mataran ante sus ojos.

—¡Sí, pero eso no sucederá! —gritó otra voz ja­deante y apasionada y que hizo estremecer de sorpresa a Carlos IX y de furor a Catalina.

—¡Margarita! —exclamó totalmente sorprendido Enrique.

—¡Margot! —dijo Carlos IX.

—¡Mi hija! —murmuró Catalina.

—Señor—dijo Margarita dirigiéndose a Enrique—, vuestras últimas palabras me acusan y son a la vez justas e injustas. justas porque, en efecto, soy el instrumento de que se han servido para perderos a todos; a injustas porque yo ignoraba que marchabais a vuestra perdi­ción. Yo misma, señor, tal como me veis, debo la vida a la casualidad o quizás al olvido de mi madre; pero no bien me he enterado del peligro que corríais, recordé mi deber. Y el deber de una esposa es el de compartir la suerte de su marido. Si os destierran, os acompañaré al destierro; si os encierran en una prisión, haré que me lle­ven presa; si os matan, moriré con vos.

Y tendió la mano a su marido, que éste cogió si no con amor, al menos con gratitud.

—¡Ah, mi pobre Margot! —dijo Carlos IX—. Mejor sería que le aconsejaras que se convirtiera al ca­tolicismo.

—Sire —respondió Margarita con aquella altiva dignidad tan natural en ella—.Sire, creedme: en consi­deración a vos mismo, no exijáis una cobardía a un príncipe de vuestra casa.

Catalina lanzó a su hijo una significativa mirada.

—Hermano —exclamó Margarita, que, como el rey Carlos, comprendía perfectamente la terrible pan­tomima de Catalina—, pensad que vos hicisteis de él mi esposo.

Carlos IX, asediado por las miradas imperativas de Catalina y las suplicantes de Margarita, como por dos

fuerzas opuestas, quedó indeciso un instante, pero, al fin, venció Ormaz, el genio del bien.

—En realidad, señora ——lijo inclinándose al oído de Catalina—, Margot tiene razón y Enrique es mi .cuñado.

—Sí —respondió Catalina, aproximándose a su vez al oído de su hijo—, es cierto..., pero ¿y si no lo fuera?

XI. EL ESPINO BLANCO DEL CEMENTERIO DE LOS INOCENTES

Al volver de su habitación, Margarita trató en vano de adivinar las palabras que Catalina de Médicis pro­nunciara al oído de Carlos IX y que había dado térmi­no al terrible consejo de vida o muerte que se celebraba en aquel momento.

Una parte de la mañana la empleó en cuidar a La Mole y la otra en resolver el enigma que su mente no acertaba a comprender.

El rey de Navarra quedó prisionero en el Louvre. Los hugonotes eran perseguidos más que nunca. A la terrible noche había sucedido un día de matanza más espantoso aún. Las campanas ya no tocaban a rebato. Los gloriosos acentos de los Te Deum, en medio del crimen y de los incendios, resonaban más tristes a la luz del sol que los toques a muertos en la oscuridad de la noche anterior. Pero había algo más. Había sucedido una cosa extraña: un espino blanco, ya florecido en pri­mavera, y que, como de costumbre, perdiera sus perfu­madas galas al llegar al mes de junio, acababa de florecer durante la noche. Los católicos, que veían en este acon­tecimiento un milagro, tomando a Dios por cómplice de sus desmanes, iban en procesión, con cruces y banderas, al cementerio de los Inocentes, donde florecía el espino. Esta especie de aprobación dada por el Cielo a la matan­za había duplicado el ardor de los asesinos. Y mientras la ciudad seguía ofreciendo en cada una de sus calles y de sus plazas una escena de desolación, el Louvre había servido ya de fosa común a todos los protestantes que se encontraban dentro en el momento de la señal.

El rey de Navarra, el príncipe de Condé y La Mole eran los únicos supervivientes.

Tranquilizada con respecto a la salud de La Mole, cuyas heridas, como dijera la víspera, eran peligrosas, pero no mortales, Margarita no se preocupó más que de una cosa: salvar la vida de su esposo, que seguía amena­zada. Sin duda, el primer sentimiento que la movió fue el de leal compasión por un hombre a quien, como dije­ra el mismo bearnés, acababa de jurar si no amor, al menos alianza.

Pero detrás de este sentimiento, otro menos puro había penetrado en el corazón de la reina.

Margarita era ambiciosa. Margarita había visto la posibilidad de reinar en su casamiento con Enrique de Borbón. Navarra, ambicionada por los reyes de Francia de una parte y por los reyes de España de otra, que pe­dazo a pedazo se habían apoderado de la mitad de su territorio, podía, si Enrique de Borbón no defraudaba las esperanzas que su valor había permitido abrigar en las pocas ocasiones que hubo de usar su espada, conver­tirse en un reino verdadero con los hugonotes de Fran­cia por sus súbditos. Gracias a su espíritu fino y cultiva­do, Margarita había entrevisto y calculado todo esto. Al perder a Enrique, no sólo perdería a un marido, sino también un trono.

Se hallaba en lo más íntimo de sus reflexiones cuan­do oyó llamar a la puerta del pasadizo secreto. Se estre­meció, porque únicamente tres personas podían entrar por aquella puerta: el rey, la reina madre y el duque de Alençon.

Entreabrió la puerta del gabinete, indicó por señas a Guillonne y a La Mole que guardaran silencio y fue a ver quién llamaba.

El visitante era el duque de Alençon, que no había vuelto desde la noche anterior.

Por un instante, Margarita pensó pedirle su inter­cesión en favor del rey de Navarra; pero la detuvo una terrible idea.

El casamiento se había realizado a pesar suyo; Fran­cisco detestaba a Enrique y sólo conservó cierta neutra­lidad en favor del bearnés, porque estaba convencido de que Enrique y su esposa eran extraños el uno para el otro.

Una prueba de interés dada por Margarita hacia su esposo podía, como consecuencia, en lugar de apartar, acercar a su pecho uno de los tres puñales que lo ame­nazaban.

Margarita se estremeció, pues, al ver al joven prín­cipe, con mayor temor que si hubiese visto al rey Car­los IX o a la misma reina madre.

Por su aspecto nadie hubiera dicho que ocurría algo insólito en la ciudad ni en el palacio. Estaba vestido con tanta elegancia como de costumbre. De toda su persona se desprendían aquellos perfumes que Carlos IX des­preciaba, pero que tanto su hermano, el duque de An­jou, como él usaban continuamente.

Sólo una mirada tan aguda como la de Margarita podía notar, pese a su palidez más acentuada que de or­dinario y al ligero temblor que agitaba sus manos bellas y cuidadas como las de una mujer, que ocultaba en el fondo de su corazón un sentimiento de gozo.

Entró como solía hacerlo. Se acercó a su hermana para besarla. Pero Margarita, en lugar de ofrecerle sus mejillas como hubiese hecho con el rey o con el duque de Anjou, se inclinó y le besó la frente.

El duque de Alençon exhaló un suspiro y apoyó sus labios amoratados sobre la frente de su hermana.

Luego, sentándose, se puso a referir las sangrientas novedades de la noche: la muerte lenta y terrible del almirante; la muerte instantánea de Teligny, que, heri­do por una bala, expiró inmediatamente.

Se detuvo subrayando todos los detalles horribles de aquella noche con aquel particular amor por la san­gre que sentían él y sus dos hermanos.

Margarita le dejó hablar. Por fin, cuando hubo ter­minado y tras un breve silencio:

—No será solamente para contarme esto para lo que habréis venido a visitarme, ¿verdad, hermano mío? —preguntó Margarita.

El duque de Alençon sonrió.

—¿Tenéis algo más que decirme?

—No —respondió el duque—, estoy esperando.

—¿Qué esperáis?

—¿No me habéis dicho, querida Margarita —pro­siguió el duque acercando su sillón al de su hermana—, que el matrimonio con el rey de Navarra se había rea­lizado contra vuestra voluntad?

—Sí, sin duda. No conocía al príncipe de Bearne cuando me lo propusieron por esposo.

—Y cuando le conocisteis, ¿no me habíais afirma­do que no sentíais ningún amor hacia él?

—En efecto, así os lo dije.

—¿No teníais la opinión de que el casamiento ha­ría vuestra desdicha?

—Mi querido Francisco —dijo Margarita—, cuan­do un casamiento no es la suprema felicidad, es casi siem­pre el supremo dolor.

—Pues bien, querida Margarita; como os decía, es­toy esperando.

—Pero ¿qué esperáis?

—Que demostréis vuestra alegría.

—¿De qué tengo que alegrarme?

—De esta inesperada ocasión que se os presenta pa­ra recuperar vuestra libertad.

—¡Mi libertad! —repitió Margarita, queriendo obli­gar al príncipe a decir todo lo que pensaba.

—Sí, vuestra libertad: vais a ser separada del rey de 1 Navarra.

—¡Separada! —exclamó Margarita, clavando sus ojos en el joven príncipe.

El duque de Alençon trató de sostener la mirada de su hermana; pero pronto hubo de bajar la vista azorado.

—¡Separada! —repitió Margarita—. Vamos a ver, hermano; me alegro de que me ofrezcáis la oportunidad de examinar profundamente la cuestión. ¿Cómo pien­san separarnos?

—Enrique es hugonote —murmuró el duque.

—Es cierto, pero nunca ocultó su religión y ya se sabía cuando nos casaron.

—Sí, pero ¿qué ha hecho Enrique desde que se ca­só? —dijo el duque con el rostro iluminado a su pesar por un destello de alegría.

—Vos lo sabéis mejor que nadie, Francisco, puesto que casi todos los días los pasa en vuestra compañía, ya sea en partidas de caza, ya jugando al mallo o a la pe­lota.

—Sí, los días, sí —respondió el duque—; pero ¿y las noches?

Margarita guardó silencio y esta vez le tocó a ella bajar la vista.

—¿Y las noches? —repitió el duque.

—¿Qué queréis decir? —preguntó Margarita com­prendiendo que no podía permanecer callada.

—Que las noches las pasa con la señora de Sauve.

—¿Cómo lo sabéis?—exclamó Margarita.

—Lo sé porque tenía interés en saberlo —respon­dió el príncipe poniéndose pálido y desgarrando los bor­dados de sus mangas.

Margarita comenzaba a comprender las palabras que Catalina dijera en voz baja a Carlos IX, pero apa­rentó seguir en la ignorancia.

—¿Por qué me decís eso, hermano? —preguntó con un aire de melancolía admirablemente fingido—. ¿Será para recordarme que aquí nadie me ama ni se preocupa de mí, ni siquiera aquellos que la naturaleza me dio como protectores, m el que la Iglesia me ha dado por esposo?

—Sois injusta—dijo vivamente el duque de Alen­çon, acercando aún más su sillón al de su hermana—. Yo os amo y os protejo.

—Hermano —dijo Margarita mirándole fijamen­te—, vos tenéis algo que decirme de parte de la reina madre.

—¿Yo? No, Margarita; os juro que estáis equivo­cada. ¿Qué os hace creer tal cosa?

—El hecho de que rompáis la amistad que os unía a mi marido, de que abandonéis la causa del rey Enrique de Navarra...

—¿La causa del rey de Navarra? —exclamó el du­que de Alençon, sumamente confuso.

—Sí, sin duda. Oíd, Francisco; hablemos con fran­queza. Habéis convenido veinte veces en que no podéis elevaros ni sosteneros sino apoyándoos mutuamente. Esa alianza...

—Es ahora completamente imposible, hermana mía —interrumpió el duque de Alençon.

—¿Por qué?

—Porque el rey tiene sus intenciones con respecto a vuestro marido. Perdón, me equivoco al decir vues­tro marido; quise decir Enrique de Navarra. Nuestra madre lo ha adivinado todo. Me alié a los hugonotes porque creí que gozaban del favor real. Pero ahora los matan y dentro de ocho días no quedarán cincuenta en todo el reino. Tendí la mano al rey de Navarra porque era... vuestro esposo. Pero resulta que no lo es. ¿Qué tenéis que decir a todo esto, vos que no sólo sois la mu­jer más bella de Francia, sino también la cabeza mejor organizada de todo el reino?

—Tengo que decir que conozco a nuestro hermano Carlos. Ayer le vi en uno de esos accesos de locura que le acortan cada vez diez años de vida. Esos ataques se su­ceden por desgracia con mucha frecuencia ahora, de modo que, según todas las posibilidades, Carlos no vi­virá mucho tiempo. Tengo también que decir que el rey de Polonia acaba de fallecer y se busca, para que lo re­emplace, a un príncipe de la casa de Francia. En fin, creo que, cuando las circunstancias se presentan de esta ma­nera, no es el momento de abandonar aliados que, cuan­do llegue la ocasión, pueden contar con la ayuda de un pueblo y el apoyo de un reino.

—¿Y vos no hacéis una traición mayor prefiriendo a un extranjero que a vuestro hermano? —preguntó entonces el duque.

—Explicaos, Francisco. ¿En qué y cómo os he trai­cionado?

—¿No pedisteis ayer a Carlos la vida del rey de Na­varra?

—¿Y qué? —preguntó Margarita con falsa inge­nuidad.

El duque se levantó precipitadamente, dio dos o tres vueltas a la habitación dando muestras de hallar­se exasperado, y luego volvió a coger la mano de Mar­garita.

Aquella mano estaba rígida y helada.

—Adiós, hermana—dijo—. No habéis querido com­prenderme, de modo que no culpéis a nadie sino a vos de las desgracias que puedan ocurriros.

Margarita se puso pálida, pero no se movió, y dejó salir al duque de Alençon sin intentar un solo ademán para detenerlo.

Apenas le había perdido de vista por el corredor cuando le vio volver sobre sus pasos.

—Escuchad, Margarita —dijo—, se me olvidaba deciros una cosa, y es que mañana a estas horas el rey de Navarra habrá muerto.

Margarita dio un grito, pues la convicción de que era instrumento de un crimen le causaba un espanto invencible.

—¿Y no impediréis vos esa muerte? ¿No salvaréis la vida de vuestro mejor y más fiel aliado?

—Desde ayer el rey de Navarra ya no es mi aliado.

—¿De quién sois amigo, entonces?

—Del señor de Guisa. Como venció a los hugo­notes, han nombrado al señor de Guisa rey de los ca­tólicos.

—¡Y el hijo de Enrique II reconoce por rey a un du­que de Lorena...!

—Tenéis un mal día, Margarita, y no queréis com­prender nada.

—Confieso que trato vanamente de leer en vuestro pensamiento.

—Hermana, vos sois de tan buena cuna como la princesa de Porcian, y Guisa es tan mortal como el rey de Navarra. Suponed ahora estas tres cosas, todas muy posibles. La primera: que el duque de Anjou sea elegido rey de Polonia; la segunda: que correspondáis al cariño que yo os profeso; en tal caso yo sería rey de Francia y vos... y vos... reina de los católicos.

Margarita ocultó la cara entre sus manos, deslum­brada por la profundidad de miras de aquel adolescen­te a quien nadie en la corte quería reconocer su inteli­gencia.

—Pero —le preguntó después de una pausa— ¿no tenéis los mismos celos del duque de Guisa que del rey de Navarra?

—Lo pasado, pasado está —dijo el duque de Alen­çon con voz sorda—. Cuando el duque de Guisa me dio motivos para tener celos también los tuve.

—Una sola cosa puede oponerse a la realización de tan hermoso proyecto.

—¿Y es?

—Que ya no amo al duque de Guisa.

—¿A quién amáis entonces?

—A nadie.

El duque de Alençon miró a Margarita con el asom­bro de una persona que a su vez no comprende y salió de la habitación suspirando y oprimiéndose las sienes en­tre sus manos heladas.

Margarita se quedó sola y pensativa. La situación comenzaba a precisarse ante sus ojos: el rey había deja­do hacer la matanza de San Bartolomé y la reina y el duque de Guisa la habían organizado. El duque de Guisa y el de Alençon iban a aliarse para sacar de ella el mayor partido posible. La muerte del rey de Navarra era la consecuencia natural de aquella gran catástrofe. Una vez muerto Enrique de Navarra, se apoderarían de su reino. Margarita se quedaría viuda sin trono y sin poder, no teniendo otra perspectiva que encerrarse en un convento, en el que no le quedaría siquiera el con­suelo de llorar a un esposo que jamás había llegado a serlo.

En estas cavilaciones, la reina Catalina le mandó preguntar si no quería ir con toda la corte en peregrina­ción hasta el espino del cementerio de los Inocentes.

El primer impulso de Margarita fue el de negarse a formar parte de la comitiva. Pero la idea de que quizá se ofreciera la oportunidad de tener alguna noticia so­bre la suerte que corría el rey de Navarra, la decidió a aceptar. Respondió, pues, que si le ensillaban un caba­llo acompañaría gustosa a Sus Majestades. Cinco mi­nutos después, un paje entró a anunciarle que el cortejo iba a ponerse en marcha. Margarita recomendó por se­ñas a Guillonne que cuidara al herido y bajó.

El rey, la reina madre, Tavannes y los católicos más destacados estaban ya a caballo. Margarita lanzó una rápida ojeada sobre el grupo, que se componía de unas veinte personas, sin ver entre ellas al rey de Navarra.

La señora de Sauve formaba parte del grupo y di­rigió a Margarita una mirada tan expresiva, que ésta comprendió que la amante de su esposo tenía algo que decirle.

Se pusieron en camino por la calle de Astruce para llegar hasta la de Saint—Honoré. Las gentes del pueblo se habían reunido al ver al rey, a la reina Catalina y a los jefes católicos, y seguían al cortejo como una marea en ascenso gritando:

—¡Viva el rey! ¡Viva la misa! ¡Mueran los hugo­notes!

Al tiempo que proferían tales exclamaciones blan­dían espadas enrojecidas y arcabuces todavía humean­tes que indicaban la parte que había tomado cada cual en el siniestro acontecimiento que acababa de ocurrir.

Al llegar a la altura de la calle de Prouvelles encon­traron a unos hombres que arrastraban un cadáver sin cabeza. Era el del almirante. Y lo llevaban a Montfaucon para colgarlo por los pies.

Entraron al cementerio de los Inocentes por la puerta que se abría frente a la calle de Chaps, hoy lla­mada de los Déchargeurs. El clero, enterado de la visita del rey y de la reina madre, se había congregado para aclamar a Sus Majestades.

La señora de Sauve aprovechó el momento en que Catalina estaba escuchando un discurso de bienvenida para acercarse a la reina de Navarra y pedirle permiso para besarle la mano. Margarita extendió el brazo hacia ella. La señora de Sauve aproximó sus labios a la mano de la reina y, al inclinarse, le deslizó un papelito enro­llado por la abertura de la manga.

Por rápido y disimulado que fuera el ademán de la señora de Sauve, Catalina lo advirtió y volvió la cabeza en el momento en que su dama de honor besaba la ma­no de la reina.

Las dos mujeres se dieron cuenta de esta mirada, que llegó hasta ellas como un rayo, pero permanecie­ron impasibles.

La señora de Sauve se alejó de Margarita y volvió a ocupar su sitio junto a Catalina.

Cuando hubo respondido a la salutación que aca­baban de dirigirle, Catalina, sonriendo, hizo una seña a la reina de Navarra para que se acercara.

Margarita obedeció.

—Hija mía —dijo la reina madre en su dialecto italiano—, parece que tenéis gran amistad con la señora de Sauve.

Margarita sonrió, dando a su hermosa fisonomía la expresión más amarga que pudo hallar.

—Sí, madre mía—respondió—, la serpiente vino a morderme la mano.

—¡Ja! ¡Ja! Estáis celosa, según parece —dijo Cata­lina riendo.

—Os engañáis, señora —respondió Margarita—. Estoy tan celosa del rey de Navarra como él está ena­morado de mí. Lo que sucede es que sé distinguir a mis amigos de mis enemigos. Amo a quien me quiere y de­testo a quien me odia. De lo contrario, ¿no sería indig­na de llamarme hija vuestra?

Catalina sonrió, queriendo dar a entender a Mar­garita que, si pudo tener alguna sospecha, esta sospe­cha se había desvanecido.

Por otra parte, nuevos peregrinos llamaron la aten­ción de la augusta asamblea en aquel momento. Llegaba el duque de Guisa, acompañado por un grupo de gentiles hombres excitados todavía por la reciente carnicería. Daban escolta a una litera ricamente tapizada que se detuvo ante el rey.

—¡La duquesa de Nevers! —exclamó Carlos IX—. ¡Vaya! Parece que viene a recibir nuestras felicitaciones la bella y valiente católica. Se ha dicho, prima, que des­de vuestra propia ventana habéis atacado a los hugo­notes y hasta aseguran que matasteis a uno de una pe­drada.

La duquesa de Nevers se ruborizó visiblemente.

—No, Sire —dijo en voz baja arrodillándose a los pies del rey—. Tan sólo tuve el honor de recoger a un católico herido.

—¡Bien! ¡Bien, prima! Hay dos maneras de servir­me: una exterminando a mis enemigos, y otra prote­giendo a mis amigos. Cada cual hace lo que puede y yo estoy seguro de que habríais hecho mucho más si hu­bierais podido.

Entre tanto, el pueblo, al ver la buena armonía que reinaba entre la Casa de Lorena y Carlos IX, prorrum­pió en aclamaciones.

—¡Viva el rey! ¡Viva el duque de Guisa! ¡Viva la misa!

—¿Volveréis al Louvre con nosotros, Enriqueta? —preguntó la reina madre a la bella duquesa.

Margarita dio con el codo a su amiga, que, enterada en seguida de la seña, contestó:

—No, señora, salvo que Vuestra Majestad me lo ordene, porque tengo algo que hacer en la ciudad con Su Majestad, la reina de Navarra.

—¿Qué vais a hacer juntas? —preguntó Catalina.

—Ver unos libros griegos muy raros a interesantes que han encontrado en casa de un. viejo pastor protes­tante y que han sido llevados a la torre de Saint—Jac­ques—la—Boucherie —respondió Margarita.

—Mejor haríais en ir a ver cómo arrojan al Sena, desde lo alto del puente de Meuniers, a los últimos hu­gonotes —dijo Carlos IX—. Eso es lo que corresponde hacer a los buenos franceses.

—Si esto agrada a Vuestra Majestad, iremos —res­pondió la duquesa de Nevers.

Catalina lanzó una mirada de desconfianza sobre las dos jóvenes. Margarita, que estaba al acecho, la in­terceptó y se volvió repetidas veces, empezando a ob­servar a su alrededor con aire muy preocupado.

Tan fingida o real inquietud no pasó inadvertida a los ojos de Catalina:

—¿Qué buscáis?

—Busco..., ya no la veo —contestó.

—¿Qué buscáis? ¿A quién no veis ya?

—Busco a la señora de Sauve. ¿Habrá regresado al Louvre?

—¡Cuando lo decía que estabas celosa! —dijo Ca­talina al oído de su hija—. O bestia...! ¡Vamos, vamos, Enriqueta! —continuó encogiéndose de hombros—. Id con la reina de Navarra.

Margarita fingió todavía mirar en torno suyo, y lue­go, inclinándose al oído de su amiga, le dijo:

—Llévame pronto. Tengo que decirte algo de su­ma importancia.

La duquesa hizo una reverencia a Carlos IX y a Catalina, y luego, dirigiéndose a la reina de Navarra, le preguntó:

—¿Se dignará Vuestra Majestad subir a mi literal

—Con mucho gusto, pero después tendréis que ha­cerme acompañar de nuevo hasta el Louvre.

—Mi litera, mis servidores y yo misma estamos a disposición de Vuestra Majestad —respondió la du­quesa.

La reina Margarita subió a la litera y le hizo señas a la duquesa para que hiciera lo mismo, sentándose ésta respetuosamente en el asiento delantero.

Catalina y su comitiva regresaron al Louvre por el mismo camino que habían seguido al ir. Pero durante todo el trayecto se vio a la reina madre hablar continua­mente en voz baja con el rey y señalar varias veces a la señora de Sauve durante la conversación.

A cada oportunidad, el rey reía como acostumbra­ba hacerlo; es decir, con una risa más siniestra que una amenaza.

En cuanto a Margarita, una vez que la litera se puso en marcha y ya no tuvo que temer la mirada penetrante de Catalina, sacó rápidamente de su manga el papeli­to de la señora de Sauve y leyó lo siguiente:

«He recibido la orden de enviar esta noche al rey de Navarra dos llaves: una corresponde a la habitación donde está encerrado y la otra a la mía. Una vez que esté en mi cuarto debo obligarlo a permanecer allí hasta las seis de la mañana. Que Vuestra Majestad reflexione y decida sin tener en cuenta para nada mi vida.»

—Ya no hay duda —murmuró Margarita—. Esta pobre mujer es el instrumento que quieren utilizar para perdernos a todos. Pero veremos si de la reina «Mar­got», como dice mi hermano Carlos, hacen tan fácil­mente una religiosa.

—¿De quién es esa carta? —preguntó la duquesa de Nevers señalando el papel que Margarita acababa de leer y releer con tanta atención.

—¡Ah, duquesa, tengo muchas cosas que contarte! —respondió Margarita, haciendo mil pedazos el men­saje.

XII. LAS CONFIDENCIAS

—Ante todo, ¿adónde vamos? —preguntó Marga­rita—. Me imagino que no será al puente de Meuniers... ¡Ya he visto demasiados crímenes desde ayer, mi pobre Enriqueta!

—Me he tornado la libertad de conducir a Vuestra Majestad...

—En primer lugar, Mi Majestad lo ruega que olvi­des a Su Majestad... Me llevas, pues...

—Al palacio de Guisa, a menos que decidáis otra cosa.

—No, no, Enriqueta, vamos a lo casa. Ni el duque de Guisa ni lo marido están, ¿verdad?

—¡Oh, no! —exclamó la duquesa con una alegría que hizo brillar sus bellos ojos de color esmeralda—. ¡No, ni mi cuñado, ni mi mando, ni nadie! Soy libre, li­bre como el aire, como los pájaros, como las nubes... Libre, mi reina, ¿comprendéis? ¿Sabéis toda la felicidad que encierra esta palabra? ¡Libre!... Voy, vengo, orde­no. ¡Ah, pobre rema! Vos no sois libre, suspiráis...

—¡Vas, vienes, ordenas! ¿Eso es todo? ¿Tu liber­tad no consiste más. que en eso? Veamos, estás dema­siado alegre para que sea sólo por estar libre.

—Vuestra Majestad me permitió iniciar las confi­dencias.

—¿Todavía Majestad? Vamos, ¿quieres que nos en­fademos, Enriqueta? ¿Has olvidado lo convenido?

—No, soy vuestra respetuosa servidora ante el mun­do y lo loca confidente cuando estamos solas. ¿No es verdad, Margarita?

—Sí, sí—dijo la reina sonriendo.

—Ni rivalidades de familia, ni perfidias de amor; todo bien, todo bueno, todo franco; en fin, una alianza ofensiva y defensiva, con el único objeto de encontrar y coger al vuelo, si es que lo hallamos, ese instante efí­mero que llaman felicidad.

—Bien, duquesa, así es, y para ratificarlo, bésame.

Y las dos encantadoras cabezas, una pálida y me­lancólica, la otra sonrosada, rubia y risueña, se aproxi­maron graciosamente y unieron sus labios así como habían unido sus pensamientos.

—¿Ha ocurrido algo nuevo? —preguntó la du­quesa, clavando en Margarita una mirada ávida y llena de curiosidad.

—¿Acaso no es todo nuevo desde hace dos días?

—¡Oh! Hablo de amor y no de política. Cuando tengamos la edad de la señora Catalina, lo madre, nos ocuparemos de política. Pero tenemos veinte años, her­mosa reina, hablemos de otra cosa. Veamos. ¿Te has ca­sado por fin?

—¿Con quién? —preguntó riendo Margarita.

—¡Ah! Tu respuesta me tranquiliza.

—Lo que a ti lo tranquiliza a mí me aterra. Du­quesa, es preciso que me case.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—¡Bah! ¿Es tan necesario, pobre amiga mía?

—Absolutamente.

—¡Voto al diablo, como dice uno que yo conozco! ¡Esto es muy triste!

—¿Conoces a alguien que dice «Voto al diablo»? —preguntó Margarita riéndose.

—Sí.

—¿Quién es?

—Siempre me interrogas tú cuando lo toca hablar a ti. Acaba y empezaré yo.

—Pues lo diré en dos palabras: El rey de Nava­rra está enamorado y no quiere nada conmigo. Yo no estoy enamorada, pero tampoco quiero nada con él. Sin embargo, es necesario que los dos cambiemos de idea, o que aparentemos cambiar de hoy a mañana.

—Cambia tú y puedes estar segura de que él tam­bién lo hará.

—Precisamente eso es lo difícil, porque estoy me­nos dispuesta que nunca a cambiar.

—Espero que en lo que respecta a lo marido sola­mente.

—Enriqueta, tengo un escrúpulo.

—¿De qué clase?

—De religión. ¿Haces tú alguna diferencia entre hu­gonotes y católicos?

—¿En política?

—Sí.

—Naturalmente.

—¿Y en amor?

—Querida amiga, nosotras las mujeres somos tan paganas, que en cuanto a sectas las admitimos todas, y en cuanto a dioses, reconocemos varios.

—En uno solo, ¿no es cierto?

—Sí —dijo la duquesa con una mirada llena de pa­ganismo—. Sí, ese que se llama Eros, Cupido, Amor; sí, ese que lleva un carcaj, una venda y alas... ¡Voto al diablo! ¡Viva la devoción!

—Sin embargo, tienes una manera muy particular de rezarle; arrojando piedras a la cabeza de los hugo­notes.

—Hagamos el bien y dejemos que hablen... ¡Ah, Margarita! ¡Cómo se desfiguran las mejores ideas y las más bellas acciones al pasar por boca del vulgo!

—¡El vulgo! Si no me equivoco, el que lo felicitó fue mi hermano Carlos.

—Tu hermano Carlos, Margarita, es un gran caza­dor que se pasa todo el santo día soplando el cuerno; por eso está tan delgado... Rechazo, pues, hasta sus cumpli­dos. Por otra parte, respondí a lo hermano Carlos... ¿No oíste mi respuesta?

—No, hablabas en voz tan baja...

—Tanto mejor; así tendré más noticias que con­tarte. ¿Y el final de lo confidencia, Margarita?

—Es que..., es que...

—¿Qué?

—Que si la piedra de la que hablaba mi hermano —dijo la reina riendo— era histórica, me abstendría.

—¡Bueno! ¡Has elegido un hugonote! Puedes estar tranquila. Para aliviar lo conciencia lo prometo. ena­morarme de uno a la primera ocasión.

—¡Ah! ¡Parece que esta vez has elegido un católico!

—¡Voto al diablo! —respondió la duquesa.

—Está bien, ya comprendo.

—¿Y cómo es lo hugonote?

—No lo he elegido yo, que conste; además no es nada para mí y quizá no lo sea nunca.

—Pero, en fin, ¿cómo es? Eso no impide el que me lo digas; ya sabes que soy muy curiosa.

—Un pobre muchacho, hermoso como el Nisus de Benvenuto Cellini, que fue a refugiarse en mi alcoba.

—¡Oh! ¡Oh! ¿Y no le habías invitado?

—¡Pobre muchacho! No lo rías así, Enriqueta, porque todavía se halla entre la vida y la muerte.

—¿Está enfermo?

—Está gravemente herido.

—Pero es muy peligroso tener un hugonote heri­do; sobre todo en estos días. ¿Y qué haces con ese hu­gonote herido que no es nada para ti ni lo será jamás?

—Está en mi gabinete; lo tengo escondido y quiero salvarlo.

—Es hermoso, es joven, está herido. Tú lo ocultas en lo gabinete y quieres salvarlo. Ese hugonote sería el último de los ingratos si no sintiera por ti una profunda gratitud.

—Ya la siente y más de lo que yo quisiera...; por eso tengo miedo.

—¿Y no lo interesa... ese pobre joven?

—Por humanidad... únicamente.

—¡Ah! ¡La humanidad, mi pobre reina! Ésa es la virtud que nos pierde siempre a las mujeres.

—Compréndelo; como en cualquier momento Pue­den entrar en mi alcoba el rey, el duque de Alençon, mi madre y hasta mi marido...

—Me pides que dé albergue al pequeño hugono­te mientras se repone, con la condición de que lo devuelva cuando esté sano. ¿No es eso?

—¡Burlona! No, lo juro que mis proyectos no llega­ban tan lejos. Pero si pudieras buscar el medio de escon­der a ese pobre muchacho, si pudieras conservarle la vida que yo le he salvado... ¡en fin, lo confieso que lo agradecería eternamente! Tú eres libre en el palacio de Guisa, no tienes cuñado, ni marido que lo espíe o lo or­dene lo que has de hacer, y, además, al lado de lo cuarto, donde nadie, felizmente para ti, tiene derecho a entrar, posees un gabinete igual al mío. Préstamelo para mi hugonote; cuando esté bueno le abrirás la jaula y el pá­jaro volará.

—No hay más que un inconveniente, querida rei­na, y es que la jaula está ocupada.

—¡Cómo! ¿Tú también salvaste a alguien?

—Precisamente eso fue lo que respondí a lo her­mano.

—¡Ah! ¡Ahora comprendo! Por eso hablabas en voz tan baja que no pude oírte.

—Oye, Margarita, es una historia admirable, no menos bella ni menos política que la tuya. Después de dejarte mis seis soldados, volví con los seis restantes al palacio de Guisa, desde donde me puse a ver el incendio y el saqueo de una casa que no está separada del palacio de mi hermano más que por la calle de Quatre—Fils, cuando de repente oigo gritos de mujeres y juramentos de hombres. Salgo al balcón y veo en primer término una espada cuyo brillo parecía iluminar toda la escena. Admiro este brioso acero; ya sabes mi afición por lo bello... Luego, naturalmente, trato de distinguir el bra­zo que lo agitaba y el cuerpo al que ese brazo pertenecía. En medio de las estocadas y de los gritos descubro, por fin, al hombre y veo... un héroe, un Ayax Telamon; y oigo una voz de Estentor. Me entusiasmo, me quedo palpitante de emoción, estremeciéndome a cada estoca­da que lo amenaza, a cada golpe que él acierta. Esta emo­ción duró un cuarto de hora, ¿sabéis, reina mía? Jamás—1 había experimentado otra parecida ni creí que pudie­ra existir. Permanecí allí jadeante, muda, en suspenso, cuando de pronto mi héroe desapareció.

—¿Cómo?

—Bajo una piedra que le tiró una anciana. Enton­ces, como Ciro, recuperé el habla y grité: «¡Auxilio, socorro!» Salieron nuestros guardias, le levantaron y le transportaron a la habitación que me pides para lo pro­tegido.

—¡Ay! Te comprendo tanto mejor cuanto que esta historia, querida Enriqueta, es casi igual que la mía.

—Con la diferencia, mi reina, de que, como sirvo a mi rey y a mi religión, no necesito librarme del señor Annibal de Coconnas.

—¿Se llama Annibal de Coconnas? —replicó Mar­garita riendo.

—Es un nombre terrible, ¿no es cierto? —dijo En­riqueta—. Pues os aseguro que quien lo lleva es digno de él. ¡Qué campeón, voto al diablo! ¡Cuánta sangre ha hecho correr! Ponte el antifaz, reina, ya llegamos al pa­lacio.

—¿Para qué quieres que me lo ponga?

—Porque deseo mostrarte a mi héroe.

—¿Es hermoso?

—Durante la batalla me pareció magnífico. Es ver­dad que era de noche y le vi a la luz de las llamas. Esta mañana a la luz del día me parece que ha perdido un poco, lo confieso. Sin embargo, creo que quedarás satis­fecha.

—Entonces ¿no se admite a mi protegido en el pa­lacio de Guisa? Me enfado; sería el último sitio donde vinieran a buscar a un hugonote.

—¡Por nada del mundo os enfadéis! Esta misma noche le mandaré buscar; uno dormirá en el lado dere­cho y el otro en el izquierdo de la habitación.

—Pero si se reconocen uno como protestante y otro como católico se van a devorar.

—¡Oh! No hay peligro. El señor de Coconnas re­cibió una herida en el rostro que le impide ver con cla­ridad. Tu hugonote time una herida en el pecho que le obliga a permanecer inmóvil... Además, le recomenda­rás que no mencione para nada su religión, y todo sal­drá a pedir de boca.

=—Entonces, ¡acepto!

—Entremos, ya está decidido.

—Gracias —dijo Margarita, oprimiendo la mano de su amiga.

—Aquí, señora, volvéis a ser Majestad —dijo la du­quesa de Nevers—. Permitidme, pues, que os haga los honores del palacio de Guisa como deben hacerse a la reina de Navarra.

Y la duquesa, al bajar de su litera, se puso casi de rodillas para ayudar a Margarita a poner un pie en el suelo; luego, señalándole con la mano la puerta del pa­lacio, custodiada por dos centinelas arcabuz en mano, siguió, guardando cierta distancia, a la reina, que avan­zó majestuosamente, precediendo a la duquesa, quien mantuvo su humilde actitud mientras pudo ser vista. Una vez en la habitación, la duquesa cerró la puerta y llamando a su doncella, una siciliana sumamente des­pierta, le preguntó en italiano:

—Mica, ¿cómo sigue el señor conde?

—Mucho mejor.

—¿Y qué hace en este momento?

—Creo que está comiendo.

—¡Muy bien! —dijo Margarita—. Si vuelve el ape­tito, es buen síntoma.

—¡Ah! ¡Es verdad! Me había olvidado de que eres discípula de Ambrosio Paré. Retírate, Mica.

—¿La despides?

—Sí, para que vigile y no nos sorprendan.

Mica salió.

—Ahora—dijo la duquesa—, ¿quieres entrar a ver­lo o prefieres que le llame?

—Ninguna de las dos cosas; quisiera verlo sin ser vista.

—¿Qué puede importarte ser vista si llevas el antifaz?

—Puede reconocerme por los cabellos, las manos o las joyas.

—¡Qué prudente se ha vuelto mi hermosa reina des­de que está casada!

Margarita sonrió.

—Bien; pero no se me ocurre más que un medio.

—¿Cuál?

—Que mires por el agujero de la cerradura.

—Sea, condúceme.

La duquesa cogió a Margarita de la mano, la llevó hasta una puerta oculta tras un tapiz, se puso de rodi­llas y miro por el ojo de la cerradura.

—Ven —dijo—, justamente está sentado a la mesa y vuelve la cara hacia este lado.

La reina Margarita ocupó el lugar de su amiga, y acercó los ojos a la cerradura. Coconnas, como había dicho la duquesa, se hallaba sentado ante una mesa ad­mirablemente servida, a la que sus heridas no impedían hacer honor.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritó Margarita retrocediendo.

—¿Qué tienes? —preguntó asombrada la duquesa.

—¡Imposible! ¡No! ¡Sí! ¡Por mi vida, es el mismo!

—¿Quién?

—¡Chist! —dijo Margarita levantándose y cogien­do una mano de la duquesa—. ¡Es el mismo que quería matar a mi hugonote y le persiguió hasta mi alcoba hi­riéndole en mis brazos! ¡Oh! ¡Enriqueta! ¡Qué suerte que no me haya visto!

—Y dime, ya que le viste peleando, ¿no está admi­rable?

—No sé —respondió Margarita—. Yo miraba al per­seguido.

—¿Y el perseguido, cómo se llama?

—¿No pronunciarás su nombre delante de él?

—No, os lo prometo.

—Lerac de La Mole.

—Y ahora, dime qué lo parece.

—¿Quién, el señor de La Mole?

—No, el señor Coconnas.

—A fe mía —dijo Margarita—, confieso que me parece...

Y se detuvo.

—Vamos, vamos —dijo la duquesa—. Ya veo que le guardas rencor por las heridas que le hizo a lo hugonote.

—Pero me parece —dijo riendo Margarita— que mi hugonote no le debe nada, porque el tajo con que le ha subrayado el ojo...

—Están en paz entonces y podemos reconciliarlos. Envíame a lo herido.

—No, aún no, más tarde.

—¿Cuándo?

—Cuando le hayas dado al tuyo otra habitación.

—¿Cuál?

Margarita miró a su amiga, que, después de un mo­mento de silencio, la miró también y se echó a reír.

—¡Así será! —dijo la duquesa—. ¿Quedamos en­tonces más unidas que nunca?

—Amistad sincera, siempre —respondió la reina.

—¿Y cuál será la consigna, el santo y seña que usa­remos para reconocernos si tenemos necesidad la una de la otra?

—El triple nombre de lo dios: Eros—Cupido—Amor.

Y las dos mujeres se separaron después de besarse por segunda vez y de darse la mano por vigésima.

XIII. DE CÓMO HAY LLAVES QUE ABREN PUERTAS A LAS QUE NO ESTABAN DESTINADAS

De regreso al Louvre, la reina de Navarra halló a Guillonne presa de una gran zozobra. Durante su au­sencia, la señora de Sauve había ido a entregarle la llave que le diera la reina madre y que correspondía a la ha­bitación donde estaba encerrado Enrique. Por la causa que fuese, lo evidente era que la reina madre necesitaba que el bearnés pasara aquella noche con la señora de Sauve.

Margarita cogió la llave y le dio vueltas y más vuel­tas entre sus dedos. Se hizo repetir minuciosamente las palabras pronunciadas por la baronesa y, sospesándolas mentalmente letra por letra, creyó adivinar los proyec­tos de su madre.

Tomó una pluma y tinta y escribió en una hoja de papel:

En lugar de ir esta noche a la habitación de
la señora de Sauve, venid a la de la reina de
Navarra.

MARGARITA.

Luego enrolló el papel, lo introdujo en el hueco de la llave y ordenó a Guillonne que, en cuanto oscure­ciera, fuese a deslizarla por debajo de la puerta del pri­sionero.

Una vez hecho esto, Margarita pensó en el herido. Cerró todas las puertas, entró en el gabinete, y con gran asombro suyo encontró a La Mole vestido con las mis­mas ropas que usaba el día anterior, rotas y manchadas de sangre.

Al verla trató de ponerse en pie; pero, débil aún, no pudo sostenerse y cayó sobre el sofá, que se había trans­formado en lecho.

—¿Qué ocurre, señor? —preguntó Margarita—. ¿Y por qué cumplís tan mal las prescripciones de vues­tro médico? ¡Os recomendé reposo y en lugar de obe­decerme hacéis todo lo contrario!

—¡Oh, señora, no es culpa mía! —dijo Guillon­ne—. Rogué y supliqué al señor conde que no hiciera tales locuras, pero me ha declarado que nada podría detenerlo por más tiempo en el Louvre.

—¡Abandonar el Louvre! —dijo Margarita, mi­rando con asombro al joven, que bajó la vista—. ¡Pero eso es imposible! No podéis caminar, estáis pálido y sin fuerzas, vuestras rodillas tiemblan. Esta mañana la herida del hombro sangraba todavía.

—Señora —respondió el caballero—, del mismo modo que os agradecí profundamente el haberme dado asilo anoche, os suplico que me permitáis marcharme ahora.

—Pero —dijo Margarita asombrada—, no sé cómo calificar tan descabellada resolución: es peor que la in­gratitud.

—¡Oh, señora! —exclamó La Mole juntando las manos—. Creedme. Lejos de ser ingrato, hay en mi co­razón un sentimiento de gratitud que durará toda la vida.

—Entonces no durará mucho tiempo —dijo Margarita conmovida por este tono que no permitía dudar de la sinceridad de las palabras—. Porque se abrirán vuestras heridas y moriréis a causa de la pérdida de san­gre o seréis reconocido como hugonote y no andaréis cien pasos sin que os maten.

—Sin embargo, es preciso que abandone el Louvre —murmuró La Mole.

¡Es preciso! —dijo Margarita mirándole con sus ojos claros y profundos.

Luego, palideciendo ligeramente, continuó:

—¡Ah!, sí, ya comprendo, perdonadme, señor. Hay sin duda fuera del Louvre una persona a quien vuestra ausencia inquieta cruelmente. Es justa, señor de La Mo­le, vuestra actitud, es natural y yo me hago cargo. ¿Có­mo no lo habéis dicho en seguida y cómo no se me ha ocurrido a mí pensarlo? Cuando se ejerce la hospitali­dad, se tiene el deber de respetar los afectos del huésped, así como de curar sus heridas y ocuparse tanto de su alma como de su cuerpo.

—¡Ay, señora! —respondió La Mole—. Os equi­vocáis de un modo singular. Estoy casi solo en el mun­do y completamente solo en París, donde nadie me co­noce. Mi agresor fue el primer hombre con quien hablé en la ciudad y Vuestra Majestad es la primera mujer que me ha dirigido la palabra.

—Entonces —dijo Margarita sorprendida—, ¿por qué insistís en partir?

—Porque anoche Vuestra Majestad no descansó ni un momento y esta noche...

Margarita se ruborizó.

—Guillonne —dijo—, ya oscurece; creó que es hora de que vayas a llevar la llave.

La doncella sonrió y se retiró.

—Pero —continuó Margarita— si estáis solo en París y sin amigos, ¿cómo os las arreglaréis?

—Señora, pronto tendré muchos amigos; porque cuando huía de mis perseguidores, pensé en mi madre, que era católica; me pareció verla deslizarse delante de mí en dirección al Louvre con una cruz en la mano, e hice la promesa de convertirme a la religión de mi ma­dre si Dios me conservaba la vida. Dios hizo algo más que conservarme la vida, señora: me envió a uno de sus ángeles para hacerme amar la existencia.

—Pero no podréis andar; antes de dar cien pasos caeréis desvanecido.

—Señora, estuve ensayando hoy en el gabinete; aún ando despacio y con dolores, es cierto, pero necesito lle­gar hasta la plaza del Louvre; una vez allí, sucederá lo que Dios quiera.

Margarita apoyó la cabeza en una mano y reflexio­nó profundamente.

—¿Y el rey de Navarra? —preguntó con inten­ción—. Ya no me habláis de él. ¿Es que habéis perdido el deseo de entrar a su servicio al cambiar de religión?

—Señora —respondió La Mole, poniéndose páli­do—, acabáis de mencionar la verdadera causa de mi marcha. Sé que el rey de Navarra corre los mayores peli­gros y que todo el prestigio de Vuestra Majestad, como princesa de Francia, apenas bastará para salvar su cabeza.

—¿Cómo? —preguntó Margarita—. ¿Qué queréis decir y de qué peligros me habláis?

—Señora —dijo La Mole—, desde este gabinete donde estoy se oye todo.

—Es cierto —murmuró Margarita para sí—, ya me lo dijo el señor de Guisa.

Y en voz alta agregó:

—¿Qué habéis oído?

—En primer lugar la conversación que tuvo Vues­tra Majestad con su hermano.

—¿Con Francisco? —preguntó Margarita rubori­zándose.

—Sí, con el duque de Alençon, señora; y luego, después que vos salisteis, la de la señorita Guillonne con la señora de Sauve.

—¿Y son esas dos conversaciones las que...?

—Sí, señora. Hace apenas ocho días que os habéis casado. Amáis a vuestro esposo. Él vendrá, como vi­nieron el duque de Alençon y la señora de Sauve. Os revelarán sus secretos. Y yo no debo oírlos, sería por­tarme como un indiscreto... Y yo no puedo.... no debo, ¡sobre todo, no quiero serlo!

Por el tono en que pronunció La Mole estas últi­mas palabras, por el temblor de su voz y la turbación que mostraba su rostro, Margarita comprendió súbita­mente lo que le ocurría.

—¡Ah! —dijo—. ¿Habéis oído desde este gabinete lo que se ha dicho en la alcoba hasta este momento?

—Sí, señora.

Estas palabras salieron de sus labios como un sus­piro.

—¿Y queréis marcharos hoy mismo para no escu­char más?

—En este preciso instante, si Vuestra Majestad me lo permite. .

—¡Pobre criatura! —dijo Margarita con un singu­lar acento de piedad.

Asombrado al oír una respuesta tan dulce, cuando esperaba una brusca contestación, La Mole alzó tí­midamente la cabeza. Su mirada se encontró con la de Margarita, y el joven se sintió atraído, como por una fuerza magnética, por la profunda mirada de la reina.

—¿Os sentís incapaz entonces de guardar un se­creto, señor de La Mole? —dijo dulcemente Margarita, que, inclinada sobre el respaldo de su asiento, oculta a medias por la sombra de un tapiz, gozaba de la dicha de leer en aquella alma permaneciendo ella impenetrable.

—Señora—dijo La Mole—, mi naturaleza es mise­rable y desconfío de mí mismo; la felicidad ajena me hace daño.

—¿La felicidad de quién? —dijo Margarita sonriendo—. ¡Ah! Sí, la felicidad del rey de Navarra. ¡Po­bre Enrique!

—¡Ya veis que es dichoso, señora! —exclamó viva­mente La Mole.

—¿Dichoso...?

—Sí, puesto que Vuestra Majestad le compadece.

Margarita arrugó la seda de su limosnera y deshi­lachó los cordones de oro.

—¿De modo que os negáis a ver al rey de Navarra? —preguntó—. ¿Estáis completamente decidido?

—Temo importunar a Su Majestad en este mo­mento.

—¿Y a mi hermano el duque de Alençon?

—¡Oh, señora! —exclamó La Mole—. ¡Al señor duque de Alençon, no; menos todavía al duque que al rey de Navarra!

—¿Por qué? —preguntó Margarita, conmovida hasta el punto de temblarle la voz.

—Porque siendo ya muy mal hugonote para servir fielmente a Su Majestad el rey de Navarra, no soy toda­vía lo bastante buen católico para ser amigo del señor de Alençon y del señor de Guisa.

Esta vez fue Margarita quien bajó los ojos y sintió vibrar su corazón; no hubiera sabido decir si las pala­bras del señor de La Mole eran para ella acariciadoras o dolorosas.

Guillonne entró en aquel momento. Margarita la interrogó con la mirada y, en la misma forma, respon­dió la sirvienta de modo afirmativo. Había logrado ha­cer llegar la llave a manos del rey de Navarra.

Margarita volvió sus ojos hacia La Mole, que per­manecía ante ella indeciso, con la cabeza inclinada sobre el pecho y pálido como un hombre que sufre en cuerpo y alma.

—El señor de La Mole es orgulloso —dijo ella—, y no me atrevo a hacerle una proposición que rechazará sin duda.

El caballero se levantó, dio un paso hacia Margari­ta y quiso inclinarse ante ella para demostrarle que es­taba a sus órdenes; pero un dolor profundo, agudo, in­tenso, hizo saltar lágrimas de sus ojos, y, sintiendo que se iba a caer, se acercó a un tapiz, donde se apoyó.

—Ya veis —gritó Margarita corriendo hacia él y sosteniéndole en sus brazos—, ya veis, señor, cómo te­néis necesidad de mí.

Un movimiento apenas visible agitó los labios de La Mole.

—¡Oh, sí! —murmuró—. ¡Como del aire que res­piro, como de la luz que veo!

En aquel momento se oyeron tres golpes. Llama­ban a la puerta de la habitación de Margarita.

—¿Oís, señora? —preguntó Guillonne aterrada.

—¡Ya! —murmuró Margarita.

—¿Voy a abrir?

—Espera. Quizá sea el rey de Navarra.

—¡Oh, señora! —exclamó La Mole reanimado al escuchar las palabras que la reina había pronunciado en voz tan baja como para que solamente Guillonne pu­diera oírlas—. Señora, os lo suplico de rodillas, dejad­me salir vivo o muerto. Tened piedad de mí. ¡Oh! No me contestáis. Está bien, hablaré, y cuando haya habla­do espero que me echaréis.

—¡Oh! ¡Callaos, desdichado! —dijo Margarita, que experimentaba un placer infinito al escuchar los re­proches del joven—. Callaos, pues.

—Señora —prosiguió La Mole, que no encontraba sin duda en el acento de Margarita el esperado rigor—. Señora, os lo repito, se oye todo desde este gabinete. No me hagáis morir de un suplicio que los más crueles verdugos no se han atrevido a inventar.

—¡Silencio! ¡Silencio! —dijo Margarita.

—¡Oh, señora! No tenéis, piedad, no queréis escu­char ni comprender, pero sabed al menos que os amo...

—Silencio, pues, os repito... —interrumpió Margarita apoyando su mano cálida y perfumada sobre la boca del joven, que, tomándola entre las suyas, la besó.

—Pero... —murmuró La Mole.

—Callaos, criatura. ¿Qué clase de rebelde es este que no quiere obedecer a su reina?

Luego, saliendo del gabinete, cuya puerta cerró y, apoyándose contra la pared para amortiguar con mano temblorosa los latidos de su corazón:

—Abre, Guillonne—dijo.

Guillonne salió de la habitación y un instante des­pués la cabeza fina, espiritual y un poco inquieta del rey de Navarra apareció al levantarse un tapiz.

—¿Me llamasteis vos, señora? —preguntó el rey de Navarra a Margarita.

—Sí, señor. ¿Recibió Vuestra Majestad mi mensaje?

—Y no sin cierta sorpresa, lo confieso —dijo Enri­que, mirando a su alrededor con una desconfianza que no tardó en desvanecerse.

—Y no sin cierta inquietud, ¿verdad, señor? —aña­dió Margarita.

—También lo confieso, señora. Sin embargo, aun­que estoy rodeado de encarnizados enemigos y de ami­gos que son aún más peligrosos, recordé que una noche vi brillar en vuestros ojos el sentimiento de la generosidad. Era la noche de nuestra boda; otro día vi brillar la estrella del valor, y ese día, ayer, era el fijado para mi muerte.

—¿Y, sin embargo... señor? —dijo Margarita sonriendo mientras Enrique pretendía leer hasta el fondo de su corazón.

—Pues bien, señora; pensando en todo esto me dije en cuanto leí vuestro mensaje en el que me ordenabais venir: «Sin amigos, sin armas, prisionero, el rey de Na­varra no tiene más que una manera de morir con honor, con una muerte que figure en la Historia, y es morir trai­cionado por su esposa.» Y he venido.

—Señor —respondió Margarita—, cambiaréis de lenguaje en cuanto sepáis que todo lo que ocurre en este momento es obra de una persona que os ama... y a la que amáis.

Enrique retrocedió al oír estas palabras y sus ojos grises y penetrantes bajo sus negras cejas interrogaron a la reina con curiosidad.

—¡Oh! Tranquilizaos, señor —dijo la reina son­riendo—. No tengo la pretensión de haceros creer que esa persona sea yo.

—Pero, no obstante, señora —repuso Enrique—, vos me habéis enviado esta llave; y esta letra es vuestra.

—Confieso que es mi letra, y no niego haberos en­viado ese papel. Pero en cuanto a la llave es otra cosa. Conformaos con saber que ha pasado por las manos de cuatro mujeres antes de llegar a las vuestras.

—¡De cuatro mujeres! —exclamó Enrique asom­brado.

—Sí, de cuatro mujeres —contestó Margarita—. Por las de la reina madre, por las de la señora de Sau­ve, por las de Guillorme y por las mías.

Enrique se puso a meditar sobre este enigma.

—Hablemos razonablemente, señor —dijo Mar­garita—, y sobre todo, con franqueza. ¿Es verdad, se­gún dicen hoy públicos rumores, que Vuestra Majes­tad consiente en abjurar?

—Esos rumores engañan, señora, porque todavía no he dado mi consentimiento.

—Pero ya os habéis decidido, sin embargo.

—Es decir, reflexiono. ¿Qué queréis? Cuando uno tiene veinte años y es casi rey, hay cosas, ¡por Dios!, que bien valen una misa.

—La vida, entre otras cosas, ¿no es cierto?

Enrique no pudo reprimir una ligera sonrisa.

—No me decís todo vuestro pensamiento, señor —dijo Margarita.

—Tengo ciertas reservas para con mis aliados, se­ñora; porque, como sabéis, no somos más que simples aliados; si fueseis a la vez mi aliada... y...

—¿Y vuestra esposa, Sire?

—Sí, mi esposa.

—¿Entonces?

—Entonces tal vez sería distinto; y quizá tendría interés en seguir siendo rey de los hugonotes, como me dicen... Ahora tengo que contentarme con vivir.

Margarita contempló a Enrique de un modo tan singular que hubiera infundido sospechas a un espíritu menos sutil que el del rey de Navarra.

—¿Y estáis seguro al menos de obtener ese resul­tado?

—Casi. Ya sabéis que en este mundo, señora, uno nunca puede estar completamente seguro de nada.

—¿Es cierto —agregó Margarita— que Vuestra Majestad, que ha dado muestras de tanta moderación y profesa tanto desinterés, después de renunciar a su co­rona y a su religión, renunciará probablemente, por lo menos así se espera, a su alianza con una princesa de Francia?

Encerraban tan profundo significado estas pala­bras, que Enrique se estremeció a pesar suyo. Pero, dominando su emoción, contestó con la rapidez de un relámpago:

—Dignaos recordar, señora, que en estos momen­tos no tengo libre albedrío. Haré, pues, lo que me or­dene el rey de Francia. En cuanto a mí, si me consulta­ran con respecto a esta cuestión, en la que se juega nada menos que mi trono, mi honor y mi vida, antes que afianzar mi porvenir en los derechos que me da nuestro forzado matrimonio, preferiría retirarme como caza­dor a un castillo o como penitente a un convento.

Aquella tranquila resignación, aquel renunciamien­to a las cosas del mundo, asustaron a Margarita. Pensó que quizá la ruptura del matrimonio habría sido conve­nida entre Carlos IX, Catalina y el rey de Navarra. Pero ¿por qué no la tomarían a ella también como víctima? ¿Acaso porque era hermana de uno a hija de la otra? La experiencia le había enseñado que ésa no era una razón para confiar en su seguridad. La ambición mordió, pues, el corazón de esta mujer, o mejor dicho de esta joven reina situada demasiado por encima de las vulgares fla­quezas para dejarse llevar por el amor propio: en toda mujer, aun mediocre, cuando ama, el amor no conoce miserias, porque el amor verdadero es también una am­bición.

—Vuestra Majestad —dijo Margarita con cierto irónico desdén— parece no tener gran confianza en la estrella que brilla en la frente de cada rey.

—¡Ah! —repuso Enrique—. En vano busco la mía en este momento; no puedo verla, porque está oculta entre las nubes de la tormenta que se ciernen sobre mi cabeza.

—¿Y si el aliento de una mujer disipase esa tormen­ta y volviera esa estrella más brillante que nunca?

—Es muy difícil—dijo Enrique.

—¿Negáis, señor, la existencia de esa mujer?

—No, niego solamente su poder.

—¿Querréis decir su voluntad?

—He dicho su poder, y lo repito. La mujer no es realmente poderosa sino cuando el amor y el interés exis­ten en ella en igual proporción; si sólo le preocupa uno de estos dos sentimientos, es vulnerable como Aquiles. Ahora bien, si no me equivoco, no puedo contar con el amor de esa mujer.

Margarita se quedó callada.

—Oídme —continuó Enrique—. Al dar el último toque la campana de Saint—Germain d'Auxerre, debis­teis pensar en recuperar vuestra libertad, que utilizaron como prenda para destruir a mis partidarios. Yo tu­ve que pensar en salvar la vida. Era lo más urgente... Perdemos Navarra, es cierto; pero Navarra es poca cosa comparada con la libertad que recobráis de poder hablar en voz alta en vuestra habitación, cosa a la que no os atre­víais cuando alguien os escuchaba desde ese gabinete.

A pesar de hallarse sumamente preocupada por la entrevista, Margarita no pudo reprimir una sonrisa.

El rey de Navarra, por su parte, se había levantado para volver a su cuarto; hacía ya un rato que dieran las once y todo el mundo dormía o parecía dormir en el palacio.

Enrique avanzó tres pasos en dirección a la puerta; luego, deteniéndose de pronto como si recordara en­tonces las circunstancias que lo habían llevado a las habitaciones de la reina, dijo:

—A propósito, señora, ¿no teníais algo que comu­nicarme o no queríais más que ofrecerme la oportuni­dad de agradeceros de nuevo el momento de tregua que vuestra presencia en la sala de armas del rey me dio anoche? En verdad, señora, llegasteis a tiempo, no pue­do negarlo. Descendisteis al lugar de la escena como una antigua divinidad, justo en el momento de sal­varme.

—¡Desdichado! —exclamó Margarita con voz sor­da y cogiendo el brazo de su marido—. ¿Cómo no veis que, por el contrario, no está nada salvado, ni vuestra libertad, ni vuestra corona, ni vuestra vida?... ¡Ciego! ¡Loco! ¡Pobre loco! ¿No visteis en mi carta otra cosa que una cita? ¿Habéis creído que Margarita, ofendida por vuestra frialdad, deseaba una reparación?

—Señora—dijo Enrique asombrado—, confieso...

Margarita se encogió de hombros con una expre­sión imposible de describir.

En aquel mismo instante se oyó un ruido extraño como si alguien arañara nerviosa y apresuradamente en la puerta secreta.

Margarita acercó al rey a la puerta y le dijo:

—Escuchad.

—La reina madre sale de sus habitaciones —mur­muró una voz entrecortada por el miedo y la angustia en la que Enrique reconoció al momento a la señora de Sauve.

—¿Hacia dónde se dirige? —preguntó Margarita.

—Hacia las habitaciones de Vuestra Majestad.

Y en seguida el roce de un vestido de seda indicó que la señora de Sauve huía.

—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Enrique.

—Estaba segura de esto —dijo Margarita.

—Yo lo temía—añadió Enrique—. Y aquí tenéis la prueba.

Entonces, con un gesto rápido, abrió su jubón de terciopelo negro y Margarita vio brillar sobre su pecho una fina cota de malla de acero y un largo puñal de Milán que relampagueó en su mano como una víbora al sol.

—¡No se trata aquí de aceros ni de corazas! —gritó Margarita—. Vamos, señor, guardad esa daga. Viene la reina madre, es cierto, pero viene sola.

—Sin embargo...

—¡Es ella, ya la oigo, silencio!

Y acercándose al oído de Enrique le dijo en voz baja algunas palabras que el joven rey escuchó con atención y asombro.

Inmediatamente se ocultó entre las cortinas de la cama.

Margarita saltó, con la agilidad de una pantera, has­ta el gabinete donde La Mole esperaba sobresaltado, abrió la puerta, buscó al joven y apretándole la mano en la oscuridad:

—¡Silencio! —le dijo, aproximándose tanto a su rostro que él sintió su aliento tibio y perfumado—. ¡Si­lencio!

Luego, volviendo a su alcoba y cerrando de nuevo la puerta, desordenó su cabellera, cortó rápidamente con un puñal todos los lazos de su vestido y se tendió en el lecho.

La llave giraba ya en la cerradura. Catalina tenía lla­ves para todas las puertas del Louvre.

—¿Quién es? —gritó Margarita, mientras Catalina dejaba guardando la puerta a cuatro caballeros que la acompañaban.

Como asustada por aquella brusca irrupción en su dormitorio, Margarita saltó de la cama, salió de entre las cortinas cubierta por un blanco camisón y, recono­ciendo a Catalina, se acercó a besarle la mano con una sorpresa tan bien simulada que engañó a la misma flo­rentina.

XIV. SEGUNDA NOCHE DE BODAS

La reina madre miró a su alrededor con una ma­ravillosa rapidez. Los escarpines de terciopelo deja­dos a los pies de la cama, las ropas de Margarita espar­cidas sobre las sillas, las veces que la reina de Navarra se restregó los ojos como para ahuyentar el sueño, convencieron a Catalina de que había despertado a su hija.

Sonrió entonces como quien ve logrados sus pro­pósitos y, señalando un sillón:

—Sentémonos, Margarita —dijo—, y hablemos.

—Os escucho, señora.

—Ya es hora—dijo Catalina, cerrando los ojos con esa lentitud propia de las personas que reflexionan o disimulan profundamente—. Es hora, hija mía, de que comprendáis cuánto deseamos vuestro hermano y yo veros dichosa.

Este exordio era terrible para cualquiera que co­nociese a Catalina.

«¿Qué irá a decirme?»,—pensó Margarita.

—Es verdad que al casaros —continuó la florenti­na— hemos realizado uno de esos actos políticos a los que se ven obligados muchas veces, por graves intere­ses, quienes gobiernan. Pero es preciso reconocer, mi pobre niña, que no creímos que la repugnancia del rey de Navarra hacia vos, tan joven, bella y seductora, lle­gase a tales extremos.

Margarita se levantó y cruzándose su bata hizo una ceremoniosa reverencia a su madre.

—Hasta esta noche— dijo Catalina— no he sabido, pues de otro modo hubiera venido antes a veros, que vuestro esposo está muy lejos de tener para con vos no ya las atenciones que se deben a una hermosa mujer, sino a una princesa de Francia.

Margarita suspiró, y Catalina, animada por aquella muda adhesión, continuó:

—En efecto, que el rey de Navarra mantenga públi­camente a una de mis damas, que la adore hasta el escán­dalo, que desdeñe por este amor a la mujer que le hemos dado por esposa, es una desgracia que nosotras, pobres todopoderosas, no podemos impedir, pero que hasta el más humilde gentilhombre de nuestro reino castigaría llamando a capítulo a su yerno o haciéndole llamar por su hijo.

Margarita bajó la cabeza.

—Desde hace algún tiempo—prosiguió Catalina­ veo por vuestros ojos enrojecidos, por vuestras amargas quejas contra la señora de Sauve, que la herida de vues­tro corazón, a pesar de vuestros esfuerzos, no siempre sangra hacia dentro.

Margarita se estremeció; un ligero temblor había agitado las cortinas de la cama; pero felizmente Catali­na no lo advirtió.

—Esta herida—dijo acentuando la dulzura—, esta herida, hija, es la mano de una madre la que tiene que curarla. Aquellos que, creyendo asegurar vuestra feli­cidad, decidieron vuestro matrimonio, y que, en su preocupación por vos, comprueban que todas las no­ches Enrique de Navarra se equivoca de habitación; los que no pueden permitir que un reyezuelo como él desprecie constantemente a una mujer de vuestra be­lleza, de vuestro rango y de vuestros méritos, con desdén hacia vuestra persona y desinterés por su posteri­dad; aquellos que ven, en fin, que al primer viento fa­vorable esa loca a insolente cabeza se volverá contra nuestra familia y os expulsará de su casa, tienen el de­recho de separar del suyo vuestro destino, asegurán­doos un porvenir más digno de vos y de vuestra con­dición.

—Sin embargo, señora—respondió Margarita—, a pesar de esas observaciones llenas de amor maternal que me colman de alegría y de honor, tendré el atrevi­miento de hacer presente a Vuestra Majestad que el rey de Navarra es mi esposo.

Catalina hizo un gesto de cólera y acercándose a Margarita:

—¿Vuestro esposo?—exclamó—. ¿Acaso basta pa­ra ser marido y mujer la bendición de la Iglesia? ¿La consagración del matrimonio reside por ventura en las palabras del sacerdote? ¿Él, vuestro esposo? Vaya, hija mía, si fueseis la señora de Sauve, podríais responderme así. Pero, muy al contrario de lo que esperábamos de él, desde que concedisteis a Enrique de Navarra el honor de llamaros su esposa, ha dado a otra sus derechos, y en este mismo momento —dijo Catalina alzando la voz­ venid, venid conmigo, esta llave abre la puerta de la al­coba de la señora de Sauve y veréis.

—¡Oh! Hablad más bajo, más bajo, señora, por fa­vor —dijo Margarita—, porque no solamente os enga­ñáis, sino que, además...

—¿Qué?

—Que vais a despertar a mi marido.

Al decir estas palabras se levantó Margarita con vo­luptuosa gracia y, dejando flotar su bata entreabierta, cuyas cortas mangas dejaban desnudos sus brazos fina­mente modelados y sus manos verdaderamente dignas de una reina, acercó un candelabro de velas sonrosadas a la cama y, levantando la cortina, mostró sonriendo a su madre el perfil adusto, los cabellos negros y la boca entreabierta del rey de Navarra, que parecía reposar con el más profundo y más tranquilo de los sueños en medio del lecho en desorden.

Pálida, con los ojos fuera de las órbitas, el cuerpo echado hacia atrás como si un abismo se hubiera abierto bajo sus pies, Catalina emitió no un grito, sino un sordo rugido.

—Ya veis, señora —dijo Margarita—, como esta­bais mal informada.

Catalina miró a su hija y, después, a Enrique. Unió rápidamente en su pensamiento la imagen de aquella frente pálida y húmeda, de aquellos ojos rodeados de un círculo azulado, a la sonrisa de Margarita, y se mor­dió los finos labios con silencioso furor.

Margarita dejó que su madre contemplara un mo­mento aquel cuadro, que hacía sobre ella el efecto de la cabeza de Medusa. Luego dejó caer la cortina y acercán­dose de puntillas a Catalina, volvió a sentarse y preguntó:

—¿Me decíais, señora?...

La florentina trató en vano de sondear la aparente candidez de su hija; y luego, como si sus miradas inqui­sidoras hubieran perdido su poder ante la calma de Mar­garita, dijo:

—Nada —y salió a grandes pasos de la habitación.

No bien se hubo perdido el ruido de sus pasos en el fondo del corredor, se abrieron de nuevo las cortinas del lecho y Enrique, con los ojos brillantes, la respira­ción entrecortada, temblorosas las manos, fue a arro­dillarse ante Margarita.

Llevaba puestos únicamente los calzones y la cota de malla, de modo que al verlo así vestido, Margarita, mientras le tendía su mano de todo corazón, no pudo por menos de echarse a reír.

—¡Ah, señora! ¡Ah, Margarita! —exclamó el rey—. ¿Cómo podré pagaros lo que habéis hecho por mí?

Y cubría su mano de besos que ascendían insensi­blemente hasta el brazo de su esposa.

—Sire— dijo ella retrocediendo lentamente—, ¿ol­vidáis que a estas horas una pobre mujer a la que debéis la vida está sufriendo y gimiendo por vos? La señora de Sauve —agregó en voz baja— os ha hecho el sacrificio de sus celos enviándoos a mi lado y quizá, después de haberos sacrificado los celos, os sacrifique también la vida, porque vos mejor que nadie sabéis cuán terrible es la cólera de mi madre.

Enrique se estremeció y, levantándose, se dispuso a salir.

—Pero —dijo Margarita con una admirable co­quetería— reflexiono y me tranquilizo. La llave os ha sido entregada sin indicación y supondrán que esta no­che me habréis dado la preferencia.

—Y os la doy, Margarita; siempre que consintáis en olvidar...

—Más bajo, señor, hablad más bajo—replicó la rei­na, parodiando las palabras que diez minutos antes ha­bía dirigido a su madre—. Os oyen desde ese gabinete, y como aún no soy enteramente libre, os ruego que ba­jéis la voz.

—¡Oh! —exclamó Enrique entre risueño y triste—. Es cierto, me estaba olvidando de que quizá no me co­rresponda a mí ser el protagonista del final de esta interesante escena. Ese gabinete...

—Entremos, señor—dijo Margarita—, porque quie­ro tener el honor de presentar a Vuestra Majestad a un valiente caballero herido en la noche de la matanza cuando venía al Louvre a preveniros del peligro que corríais.

La reina se acercó a la puerta. Enrique la siguió.

Al abrirse la puerta Enrique se quedó estupefacto al ver a un hombre en aquel gabinete predestinado a las sorpresas. La Mole se quedó más sorprendido aún al encontrarse inopinadamente frente al rey de Navarra. El resultado fue que Enrique dirigió una mirada iróni­ca a Margarita, que la sostuvo valientemente.

—Sire— dijo Margarita—, me encuentro ante el te­mor de que maten en mi propia habitación a este caba­llero fiel a vuestra causa y que desde ahora pongo bajo la protección de Vuestra Majestad.

—Señor —dijo entonces el joven—, soy el conde Lerac de La Mole, el mismo a quien esperaba Vuestra Majestad. Vine recomendado por el propio señor de Teligny, que murió ayer a mi lado.

—¡Ah! —dijo Enrique—. En efecto, señor; la reina me entregó vuestra carta. Pero ¿no traíais también una del señor gobernador de Languedoc?

—Sí, señor, con el encargo de entregarla a Vuestra Majestad en cuanto llegara.

—¿Y por qué no lo hicisteis?

—Ayer por la tarde vine al Louvre, pero Vuestra Majestad estaba tan ocupado que no pudo recibirme.

—Es verdad —dijo el rey—, pero hubierais podido hacerla llegar a mi poder.

—El señor de Auriac me ordenó que la entregase a Vuestra Majestad en persona, porque me aseguró que se trataba de un aviso tan importante, que no se atrevía a confiarla en manos de un mensajero cualquiera.

—Así es —dijo el rey, cogiendo y leyendo la car­ta—, me aconsejaría que abandonara la corte y me reti­rara al Bearne. El señor de Auriac, aunque católico, es un buen amigo y es probable que como gobernador de la provincia tuviese alguna noticia de lo que iba a ocu­rrir. ¡Por Dios!, señor, ¿por qué no me entregasteis la carta hace tres días en lugar de hacerlo hoy?

—Porque, como he tenido el honor de deciros, por mucha diligencia que puse en mi viaje no pude llegar hasta ayer.

—¡Qué fastidio! ¡Qué fastidio! —murmuró el rey—. A estas horas estaríamos ya seguros en La Rochelle o en campo abierto con dos o tres mil caballos a nuestro al­rededor.

—Lo hecho ya no tiene remedio —dijo Margarita a media voz— y en lugar de perder el tiempo en recrimi­naciones sobre el pasado, de lo que se trata ahora es de sacar el mejor partido posible del porvenir.

—En mi lugar, señora—dijo Enrique con una mi­rada interrogadora—, ¿tendríais todavía alguna espe­ranza?

—Sí, por cierto; y consideraría la situación como un juego dividido en tres partidas del que sólo hubiese perdido la primera.

—¡Ah, señora! —dijo en voz baja Enrique—. Si estuviera seguro de que iríais a medias conmigo en este juego...

—Si hubiese querido pasarme al bando de vuestros adversarios, creo que no habría esperado hasta ahora —respondió Margarita.

—Tenéis razón; soy un ingrato y, como vos decís, aún es tiempo ale remediarlo todo.

—¡Ay, señor! —dijo La Mole—. Deseo a Vuestra Majestad toda suerte de venturas; pero ya no podemos contar con el señor almirante...

Enrique sonrió con aquella sonrisa de campesino astuto que nadie supo comprender en la corte hasta el día en que fue rey de Francia.

—Pero, señora —continuó mirando atentamente a La Mole—, este caballero no puede permanecer en vuestras habitaciones sin causaros infinitas molestias y sin verse expuesto a enojosas sorpresas. ¿Qué pensáis hacer con él?

—Estoy enteramente de acuerdo con vos; ¿y no podríamos sacarle del Louvre?

—Es difícil.

—Sire, ¿no podría el señor de La Mole entrar a formar parte del séquito de Vuestra Majestad?

—¡Ay, señora! Seguís tratándome como si todavía fuera rey de los hugonotes y mandase sobre un pueblo. Ya sabéis que estoy medio convertido y carezco de súbditos.

Otra mujer que no hubiera sido Margarita habría respondido inmediatamente: «Es católico.» Pero la rei­na quería que Enrique le pidiese lo que ella deseaba ob­tener de él. En cuanto a La Mole, viendo la reserva de su protectora y sin saber dónde apoyar sus pies en el resba­ladizo terreno de una corte tan religiosa como era la de Francia, guardó también silencio.

—Aquí me dice el señor gobernador de Provenza —dijo Enrique releyendo la carta que La Mole le en­tregara— que vuestra madre era católica y que a eso se debe la amistad que os profesa.

—Creo que me hablasteis de una promesa que ha­béis hecho, señor conde, de cambiar de religión —dijo Margarita—. Mis ideas son algo confusas a este res­pecto; ayudadme, señor de La Mole. ¿No se trataba de algo semejante a lo que parece desear el rey?

—¡Ay! Pero Vuestra Majestad recibió con tanta frialdad mis explicaciones que no me atreví...

—Es que nada de eso me incumbía en modo algu­no. Explicadle al rey.

—¿En qué consiste esa promesa? —preguntó En­rique.

—Sire —dijo La Mole—, al verme perseguido por los asesinos, sin armas, desfallecido a causa de mis he­ridas, me pareció ver la sombra de mi madre que me guiaba con una cruz en la mano hacia el Louvre. En­tonces hice la promesa de adoptar, si salía con vida, la religión de mi madre, a quien Dios había permitido abandonar su tumba para servirme de guía en tan ho­rrible noche. Dios me condujo aquí, Sire. Estoy bajo la doble protección de una princesa de Francia y del rey de Navarra. Mi vida fue salvada milagrosamente; no me queda más que cumplir mi promesa, Sire. Estoy dis­puesto a hacerme católico.

Enrique frunció el ceño. Su carácter escéptico com­prendía perfectamente una conversión por interés; pero dudaba de una conversión movida por la fe.

«El rey no quiere hacerse cargo de mi protegido», pensó Margarita.

Entre tanto, La Mole permanecía intimidado y co­hibido entre aquellas dos opuestas voluntades. Sentía, sin acertar a explicárselo, lo ridículo de su posición. Fue de nuevo Margarita quien con su femenina delica­deza le sacó del paso.

—Sire —dijo—, nos hemos olvidado de que el he­rido necesita reposo. Yo también me estoy cayendo de sueño; ¡ya lo veis!

En efecto, La Mole se puso pálido; pero la causa de su malestar fueron estas últimas palabras de Margarita, que oyó a interpretó a su manera.

—¡Pues bien, señora! Nada más sencillo: ¿no po­demos dejar descansar al señor de La Mole? —dijo Enrique.

El joven herido dirigió a Margarita una mirada su­plicante y, a pesar de hallarse en presencia de dos ma­jestades, se dejó caer en una silla, desfallecido de dolor y de fatiga.

Margarita comprendió todo lo que había de amor en aquella mirada y toda la desesperación que signifi­caba aquel gesto de debilidad.

—Sire—dijo—, creo que Vuestra Majestad no ten­drá inconveniente en conceder a este joven gentilhom­bre, que ha arriesgado su vida por su rey, puesto que estando herido acudió aquí para anunciaros la muerte del almirante y de Teligny, un honor por el que os que­dará agradecido eternamente.

—¿Cuál, señora? —preguntó Enrique—. Decíd­melo y estoy dispuesto.

—El señor de La Mole dormirá esta noche a los pies de Vuestra Majestad y vos dormiréis en este sofá. En cuanto a mí, con el permiso de mi augusto esposo —agregó Margarita sonriendo—, voy a llamar a Gui­llonne y volveré a acostarme: porque os aseguro, señor, que de los tres no soy la menos necesitada de descanso.

Enrique era inteligente; demasiado quizá: tanto sus amigos como sus enemigos se lo reprocharon más tarde.

Comprendió, pues, que quien así le apartaba del le­cho conyugal había adquirido ese derecho por la indi­ferencia que él había manifestado hacia ella. Por otra parte, Margarita acababa de vengarse de dicha indife­rencia salvándole la vida. Así, pues, no hubo nada de amor propio en su respuesta.

—Señora —dijo—, si el señor de La Mole se halla­se en estado de pasar a mi alcoba, le ofrecería mi propio lecho.

—Sí—repuso Margarita—, pero a estas horas vues­tro departamento no ofrece garantías para ninguno de los dos, y la prudencia aconseja que Vuestra Majestad permanezca aquí hasta mañana.

Y sin esperar la respuesta del rey, llamó a Guillon­ne, hizo preparar los almohadones para su esposo y una cama para La Mole, que parecía tan feliz y satisfe­cho de aquel honor, que cualquiera hubiera jurado que no le dolían ya las heridas. Margarita, por su parte, sa­ludó ceremoniosamente al rey, entró a su alcoba, cuyas puertas cerró herméticamente, y se metió en la cama.

«Ahora —dijo para sí— es preciso que el señor de La Mole tenga mañana mismo un protector en el Lou­vre, y acaso alguien que esta noche se hace el sordo se arrepienta muy pronto.»

Luego hizo señas a la doncella, que estaba espe­rando para recibir las últimas órdenes.

—Guillonne—le dijo en voz baja—, es preciso que mañana antes de las ocho venga aquí, con un pretexto cualquiera, mi hermano el duque de Alençon.

Daban las dos en palacio.

La Mole conversó un rato de política con el rey, quien poco a poco se fue quedando dormido y pronto empezó a roncar.

Tal vez hubiera dormido también La Mole con tanta placidez como el rey, pero Margarita no dormía y el ruido que hacía al dar vueltas en su lecho venía a tur­bar las ideas y el sueño del joven.

—Es muy joven —murmuraba Margarita en me­dio de un insomnio—, tímido; tal vez sea también ri­dículo, habrá que ver eso; tiene bellos ojos, sin embar­go, talle esbelto y no pocos encantos. ¡Pero si no fuera valiente! Huyó... Abjura... Es una lástima, el sueño co­menzaba bien... Vamos..., dejemos que las cosas sigan su curso y encomendemos nuestra alma al triple Dios de la loca Enriqueta.

Y cuando amanecía, Margarita se durmió por fin murmurando: «Eros—Cupido—Amor.»

XV. LO QUE LA MUJER QUIERE, DIOS LO QUIERE

Margarita no se había equivocado: la cólera acu­mulada en el fondo del corazón de Catalina por aquella comedia cuya intriga adivinaba sin tener el poder de cambiar en nada el desenlace, necesitó descargarse so­bre alguien. En lugar de volver a su habitación, la reina madre subió directamente a la de su dama de honor.

La señora de Sauve esperaba dos visitas; deseaba la de Enrique y temía la de la reina madre. Tendida en el lecho a medio vestir, mientras Dariole vigilaba en la antecáma­ra, oyó girar una llave en la cerradura y luego unos pasos lentos que se aproximaban y que hubieran parecido pesa­dos a no ser tan mullida la alfombra. No reconoció el modo de andar, ligero y apresurado, de Enrique; temió que impidieran a Dariole entrar a advertirla y, con la ca­beza apoyada en una mano, aguardó con la mirada y el oído alerta.

Se levantaron las cortinas y la joven vio aparecer a Catalina de Médicis. La reina parecía tranquila; pero la señora de Sauve, habituada desde hacía dos años a es­tudiar aquel semblante, comprendió cuántas sombrías preocupaciones y quizá crueles venganzas se ocultaban bajo tan aparente calma.

Al ver a Catalina, la señora de Sauve quiso levantarse de la cama, pero la reina le ordenó con un gesto que no lo hiciera, de modo que la pobre Carlota per­maneció clavada en su sitio reuniendo interiormente todas las fuerzas de su alma para hacer frente a la tor­menta que se preparaba en silencio.

—¿Enviasteis la llave al rey de Navarra? —pre­guntó Catalina sin que el tono de su voz revelara la más mínima alteración. Tan sólo sus labios se pusieron lí­vidos al pronunciar estas palabras.

—Sí, señora... —respondió Carlota, con una voz que en vano intentaba parecer tan serena como la de Catalina.

—¿Y le habéis visto?

—¿A quién? —preguntó la señora de Sauve.

—Al rey de Navarra.

—No, señora; pero como le estoy esperando, al oír girar la llave en la cerradura supuse que era él quien venía.

Al oír esta respuesta, que indicaba una perfecta confianza o un supremo disimulo por parte de la se­ñora de Sauve, Catalina no pudo contener un ligero es­tremecimiento. Su mano carnosa y corta se crispó.

—Sin embargo, Carlota, sabías perfectamente—di­jo con su sonrisa malévola— que el rey de Navarra no vendría esta noche.

—¿Yo, señora? ¿Cómo podía saberlo? —exclamó Carlota con un acento de sorpresa perfectamente imi­tado.

—Sí, tú lo sabías.

—Para no venir—repuso la joven estremeciéndose ante la sola suposición— tiene que haber muerto.

Lo que daba valor a Carlota para mentir de esta ma­nera era la certidumbre de una terrible venganza en el caso de que su pequeña traición fuera descubierta.

—¿No escribiste al rey de Navarra, Carlota mía? —preguntó Catalina con sonrisa cruel y silenciosa.

—No, señora—respondió Carlota con un admirable acento de ingenuidad—. Creo que Vuestra Majes­tad no me ordenó tal cosa.

Hubo un momento de silencio durante el cual la reina miró a la señora de Sauve como mira la serpiente al pajarito que quiere fascinar.

—Te crees bella y lo crees hábil, ¿no es cierto? —di­jo entonces Catalina.

—No, señora —respondió Carlota—; sólo sé que Vuestra Majestad ha sido a veces demasiado indulgente para conmigo cuando se trataba de mi belleza o mi ha­bilidad.

—Pues lo engañabas si lo creíste —dijo Catali­na animándose— y yo mentía si os lo dije, porque no eres sino una tonta y una fea al lado de mi hija Margot.

—¡Oh! ¡Eso es verdad! —dijo Carlota—. No in­tentaré negarlo, y a vos menos que a nadie.

—Por eso —continuó Catalina—, el rey de Nava­rra prefiere a mi hija y eso no es ni lo que tú querías ni lo que habíamos convenido.

—¡Ay, señora! —exclamó Carlota, rompiendo a llorar sin tener que fingir en lo más mínimo—. Si eso es cierto, soy muy desdichada...

—Lo es —dijo Catalina clavando sus ojos como dos puñales en el corazón de la señora de Sauve.

—Pero ¿qué motivos tenéis para creer...? —pre­guntó Carlota.

—¡Baja a la habitación de la reina de Navarra, pa­sa, y encontrarás allí a la amante!

—¡Oh! —exclamó la señora de Sauve.

Catalina se encogió de hombros.

—¿Eres celosa, por ventura? —preguntó la reina madre.

—¿Yo? —dijo la señora de Sauve apelando a todas sus fuerzas, que estaban a punto de abandonarla.

—Sí, tú; tengo curiosidad por saber cómo son los celos de una francesa.

—¿Pero cómo quiere Vuestra Majestad que esté celosa? ¡Como no sea por amor propio! Yo no amo al rey de Navarra nada más que porque así lo exige el buen servicio de Vuestra Majestad.

Catalina la observó un momento con mirada pen­sativa.

—Después de todo, puede ser verdad lo que me dices —murmuró.

—Vuestra Majestad lee en mi corazón.

—¿Y ese corazón me es fiel?

—Ordenad, señora, y podréis juzgar.

—Ya que lo sacrificas a mi servicio, Carlota, es ne­cesario que sigas enamorada del rey de Navarra y muy celosa sobre todo; celosa como una italiana.

—¿Y cómo son los celos de las italianas, señora?

—Ya os lo diré —contestó Catalina, y después de mover dos o tres veces la cabeza de arriba abajo, salió de la habitación tan lenta y silenciosamente como ha­bía entrado.

Carlota, turbada por las claras miradas de aquellos ojos dilatados como los de un gato o los de una pantera, sin que por ello perdieran nada de su profundidad, la dejó salir sin pronunciar una sola palabra, conteniendo la respiración hasta que oyó el ruido de la puerta al ce­rrarse y Dariole fue a decirle que la terrible aparición se había desvanecido.

—Dariole —le dijo entonces—, trae un sillón junto a mi cama y estate aquí toda la noche, por favor, pues no me atrevo a quedarme sola.

Dariole obedeció, pero la señora de Sauve, a pesar de la compañía de su doncella, que permaneció a su lado, a pesar de la luz de un velador que ordenó que se quedara encendida para mayor tranquilidad, no pudo conciliar el sueño hasta el amanecer; tanto resonaba en su oído el acento de la voz de Catalina.

Aunque tampoco se durmió hasta que empezaba a clarear el día, Margarita se despertó al primer toque de trompetas, al primer ladrido de los perros. Se levantó y vistióse con un traje aparentemente sencillo, pero lleno de coqueterías. Llamó a sus damas, hizo entrar en su antecámara a los gentiles hombres del servicio ordina­rio del rey de Navarra y, abriendo la puerta que ence­rraba en el mismo cuarto a Enrique y a La Mole, dio los buenos días con afectuosa mirada a este último y llamó a su esposo:

—Vamos, señor —dijo—; no es suficiente haber hecho creer a mi madre lo que no es cierto. Es conve­niente, además, que toda vuestra corte se entere de la perfecta armonía que reina entre nosotros. Pero tran­quilizaos —añadió riendo— y recordad bien mis pala­bras, que en estas circunstancias son casi solemnes: ésta será la última vez que someta a Vuestra Majestad a una prueba tan cruel.

El rey de Navarra sonrió y dio orden de que hicie­sen entrar a sus caballeros.

En el preciso momento de recibir sus saludos, apa­rentó darse cuenta de que había dejado su capa encima de la cama de la reina. Les pidió excusas por recibirles de aquel modo, cogió la capa de manos de Margarita muy ruborizada, y la prendió sobre sus hombros. Lue­go, volviéndose hacia ellos, les pidió noticias de la ciu­dad y de la corte.

Margarita observaba de reojo el imperceptible asom­bro que produjo a los caballeros la inesperada intimidad entre el rey y la reina de Navarra, cuando entró un ofi­cial seguido de tres o cuatro gentiles hombres anuncian­do al duque de Alençon.

Para que el duque se decidiera a venir, Guillonne no tuvo más que decirle que el rey había pasado la no­che en la alcoba de su esposa.

Francisco entró con tanta precipitación, que estu­vo a punto de atropellar a los que le precedían. Su pri­mera mirada fue para Enrique; Margarita sólo obtuvo la segunda. Enrique le respondió con un ceremonioso saludo. Margarita mostró un semblante en el que se ex­presaba la más perfecta serenidad.

Con otra mirada vaga, pero escrutadora, el duque abarcó toda la estancia. Vio la cama en desorden, la hue­lla de dos cabezas en la almohada y el sombrero del rey abandonado sobre una silla. Se puso pálido; pero, so­breponiéndose inmediatamente, dijo:

—Hermano Enrique, ¿vendréis esta mañana a ju­gar a la pelota con el rey?

—¿Es el rey quien me hace el honor de invitarme o se trata de una atención vuestra, hermano mío?

—No, el rey no me dijo nada—prosiguió el duque un poco cohibido—, ¿pero no sois de los asiduos a su partida cotidiana?

Enrique sonrió: habían pasado tantos y tan graves sucesos desde la última partida que jugara con el rey, que nada tendría de extraño que Carlos IX hubiese cambiado a sus habituales compañeros de juego.

—Venid —repuso el duque.

—Ya voy, hermano —dijo Enrique sonriendo.

—¿Ya os marcháis? —preguntó Margarita.

—Sí, hermana.

—¿Tenéis mucha prisa?

—Bastante.

—¿Y si os pidiera unos minutos?

Semejante petición era tan rara en boca de Marga­rita, que su hermano la miró ruborizándose y palide­ciendo sucesivamente.

«¿Qué irá a decirle?», pensó Enrique, no menos asombrado que el duque de Alençon.

Como si hubiese adivinado el pensamiento de su esposo, Margarita volvióse hacia él:

—Señor —le dijo con encantadora sonrisa—, po­déis reuniros con Su Majestad si queréis, porque el se­creto que he revelado a mi hermano ya lo conocéis. Como os negasteis al ruego que a propósito de este se­creto os hice ayer, no quisiera fatigar por segunda vez a Vuestra Majestad repitiendo ante sus oídos un deseo que le ha parecido desagradable.

—¿De qué se trata? —preguntó Francisco mirando a los dos con curiosidad.

—¡Ah! —exclamó Enrique enrojeciendo de despe­cho—. Ya sé lo que queréis decir, señora, y en verdad lamento no ser libre. Pero si no puedo dar al señor de La Mole una hospitalidad, puesto que la que le diera no habría de ofrecerle garantía, no puedo por menos de recomendar a mi hermano de Alençon a la persona por quien os interesáis. Quizás —agregó para reforzar aún más las palabras que acabamos de subrayar— mi her­mano encuentre el medio de hacer que el señor de La Mole permanezca aquí, al lado vuestro..., que sería lo mejor, ¿no es cierto, señora?

«Entre los dos harán lo que ninguno es capaz de hacer solo, se dijo Margarita.

Después de haber dicho a Enrique: «A vos, señor, corresponde explicar a mi hermano la razón de nuestro interés por el señor de La Mole, abrió la puerta del gabinete a hizo salir al joven herido.

Enrique, cogido en la trampa, contó en dos palabras al duque de Alençon, semiprotestante para llevar la contraria, así como Enrique era semicatólico por conve­niencia, la llegada de La Mole a París y de qué dramática manera fue herido el joven cuando le llevaba una impor­tante carta del señor de Auriac.

Cuando el duque volvió la cabeza, La Mole, que había salido del gabinete, se hallaba de pie frente a él.

Francisco, al verlo tan bello y pálido, doblemente seductor por su belleza y por su palidez, sintió nacer una nueva zozobra en el fondo de su alma. Margarita le atacaba al mismo tiempo por el lado de los celos y del amor propio.

—Hermano —le dijo—, respondo de que este jo­ven gentilhombre será útil a quien sepa emplearlo. Si lo aceptáis a vuestro servicio, tendrá en vos un amo poderoso y vos en él un devoto servidor. En estos tiempos es preciso seleccionar bien a quienes nos rodean, sobre todo —añadió bajando la voz de manera que sólo el duque de Alençon pudiese oírla— cuando se es ambi­cioso y se tiene la desgracia de ser el tercero de los prín­cipes de Francia.

Y Margarita se llevó un dedo a los labios como para indicarle que, aunque le daba esta muestra de franqueza, reservaba todavía una parte importante de su pensa­miento.

—Además —continuó—, es posible que, contraria­mente a lo que opina Enrique, no os parezca muy ade­cuado el que este joven habite tan cerca de mi alcoba.

—Hermana mía —replicó rápidamente Francis­co—, si el señor de La Mole está conforme, se hallará instalado dentro de media hora en mi departamento, donde nada tendrá que temer. Si me profesa afecto, yo sabré corresponderle.

Mentía al decir esto, puesto que en el fondo detes­taba ya a La Mole.

«Bien, bien..., no me había equivocado —pensó Margarita al ver arrugarse el entrecejo del rey de Nava­rra—. Ya veo que para sacar partido de ellos es necesa­rio enfrentarles. —Luego, completando su pensamien­to, añadió—: Vamos, vamos, ¡bien, Margarita!, como diría Enriqueta.»

Media hora más tarde, en efecto, La Mole, eficaz­mente catequizado por Margarita, besaba la extremidad del vestido de la reina y subía, con bastante agilidad para estar herido, la escalera que conducía al departamento del duque de Alençon.

Transcurrieron dos o tres días durante los cuales pareció cada vez más consolidada la buena armonía en­tre Enrique y su esposa. El bearnés obtuvo la dispensa de no abjurar públicamente, pero hubo de renunciar a su religión ante el confesor del rey y todas las mañanas oía la misa que se celebraba en el Louvre. Por las noches se dirigía ostensiblemente hacia las habitaciones de su mujer, entraba por la puerta principal, conversaba con ella un rato y luego salía por la puerta secreta, subiendo a las habitaciones de la señora de Sauve, quien no dejó de participarle la visita que le hiciera Catalina y el peligro indudable que le amenazaba. Informado por ambos la­dos, Enrique desconfiaba cada vez más de la reina ma­dre, con tanta mayor razón cuanto que el semblante de su suegra comenzaba insensiblemente a volverse amable. Una mañana, Enrique la vio hasta sonreír con complacencia. Este día, con gran disgusto, tuvo que decidirse a no comer más que huevos cocidos que él mismo se mandó preparar y a no beber otra cosa que no fuera el agua sacada del Sena en su presencia. La matan­za continuaba, aunque había disminuido su frenesí. El número de hugonotes era ya muy pequeño; la mayor parte había muerto, muchos se escaparon y algunos es­taban ocultos.

De vez en cuando se oía una gran algazara en algún barrio: tratábase de que se había descubierto a un hu­gonote. La ejecución podía ser entonces pública o pri­vada, según que el infeliz se viese acorralado en un lu­gar sin salida o pudiese huir. En este último caso, el acontecimiento era festejado por todo el vecindario. Los católicos, en lugar de apaciguarse al ver desapare­cer a sus enemigos, .se volvían cada vez más feroces. Y mientras menos enemigos quedaban, más se encarni­zaban contra sus desdichadas víctimas.

Carlos IX gozaba extraordinariamente cazando hugonotes, y luego, cuando no pudo hacerlo en perso­na, se deleitaba con las noticias de las cacerías efectua­das por los demás.

Un día, al volver de jugar al croquet, que, junto con el juego de pelota y la caza, era su deporte favorito, entró en la habitación de su madre con el semblante alegre y seguido de sus habituales cortesanos.

—Madre —dijo abrazando a la florentina, quien al ver su expresión jovial trataba de adivinar la causa—, traigo buenas noticias, ¡por mil demonios! ¿Sabéis una cosa? El ilustre esqueleto del señor almirante, que ya creíamos perdido, ha sido hallado.

—¡Ah! —exclamó Catalina.

—¡Sí, gracias a Dios! Habréis pensado como yo, seguramente, que los perros se habían dado un ban­quete con él, ¿verdad? Pero no fue así. Mi pueblo, mi buen pueblo, ha tenido la ocurrencia de colgarlo del garfio de Montfaucon.

Du haut en bas Gaspar on a jeté,
et puis de bas en haut on l'a monté

—¿Y qué? —dijo Catalina.

—Mi buena madre —repuso Carlos IX—, siempre he tenido deseos, desde que murió, de ver de nuevo a ese buen hombre. Hace buen tiempo; hoy todo me parece recién florecido. El aire está lleno de vida y de perfumes. Me siento mejor que nunca. Si queréis, madre, montare­mos a caballo a iremos a Montfaucon.

—Lo haría con mucho gusto, hijo mío —dijo Ca­talina—, si no tuviera una entrevista a la que no quiero faltar. Además, para visitar a una persona de la impor­tancia del señor almirante es mejor convidar a toda la corte. Los espectadores tendrán oportunidad de hacer curiosas observaciones. Veremos quién viene y quién se queda.

—Tenéis razón, madre, lo dejaremos para mañana. Invitad, pues, por vuestra parte y yo haré lo mismo por la mía, o mejor dicho, no invitemos a nadie. Digamos solamente dónde nos proponemos ir, así cada uno hará lo que prefiera. Adiós, madre mía, voy a tocar el cuerno de caza.

—Abusáis de vuestras fuerzas, Carlos. Ambrosio Paré os lo repite sin cesar y tiene razón: es un ejercicio demasiado fuerte para vos.

—¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! —dijo Carlos—. Quisiera es­tar seguro de que no moriré de otra cosa. Enterraré a todos los de mi familia, incluso a Enrique, que deberá sucedernos algún día, según pretende Nostradamus.

Catalina frunció el ceño.

—Hijo mío—dijo—, desconfiad sobre todo de las cosas que os parecen más imposibles y, entre tanto, cuidaos.

—Tocaré solamente dos o tres aires de caza para entretener a mis perros, que se mueren de fastidio los pobres. Debí soltarlos contra los hugonotes. Acaso se hubieran divertido.

Y Carlos IX salió de la habitación —de su madre, entró en su sala de armas, descolgó un cuerno de caza y se puso a soplar con un vigor que hubiera honrado al propio Rolando. Resultaba imposible comprender có­mo de aquel cuerpo débil y enfermizo y de aquellos la­bios pálidos pudiese salir un soplido tan potente.

Catalina aguardaba en efecto a alguien, tal como se lo había dicho a su hijo. Un momento después de salir el rey, entró una de sus damas de honor y le habló en voz baja. La reina sonrió, se puso de pie, saludó a los cortesanos que la acompañaban y siguió a la mensajera.

El florentino Renato, el mismo a quien el rey de Navarra hiciera una acogida tan diplomática la noche de san Bartolomé, la aguardaba en el oratorio.

—¿Sois vos, Renato?—le dijo Catalina—. Os espe­raba con impaciencia.

Renato hizo una reverencia.

—¿Recibisteis el mensaje que os escribí ayer?

—Tuve ese honor, señora.

—¿Habéis repetido, como os ordené, la prueba del horóscopo sacado por Ruggieri y que concuerda tan bien con la profecía de Nostradamus, según la cual reinarán mis tres hijos...? Las cosas se han modificado en estos últimos días, Renato, y pensé que era probable que el destino se mostrara menos amenazador.

—Señora —respondió Renato meneando la cabe­za—, Vuestra Majestad no ignora que las cosas no mo­difican el destino, sino que, por el contrario, es éste el que gobierna las cosas.

—Pero de todos modos ¿no habréis dejado de re­petir el sacrificio?

—En absoluto; lo repetí, señora, porque mi pri­mera obligación es obedeceros.

—¿Y cuál fue el resultado?

—El mismo de siempre, señora.

—¿Qué? ¿El cordero negro lanzó otra vez los tres gritos?

—Sí, señora.

—Anuncian tres crueles muertes en mi familia —mur­muró Catalina.

—¡Ay! —respondió Renato.

—¿Y después?

—Después, señora, encontré en las entrañas del animal aquella rara disposición del hígado que nota­mos en los dos primeros y que se inclina en sentido in­verso.

—Cambio de dinastía, siempre, siempre, siempre —murmuró Catalina entre dientes—. Sin embargo, es preciso luchar contra esto, Renato —añadió.

Renato movió la cabeza. _

—Ya le dije a Vuestra Majestad que el destino es quien gobierna.

—¿Estás seguro?

—Sí, señora.

—¿Recuerdas el horóscopo de Juana de Albret?

—Sí, señora.

—Repítemelo, porque lo he olvidado.

—Vives honorata —dijo Renato—, morieris refor­midata, regina amplificabere.

—Que significa, según creo: «Vivirás con honores.» ¡Y la pobre carecía de lo más necesario! «Morirás temi­da.» Y nos hemos burlado de ella. «Serás más grande de lo que fuiste como reina.» Y resulta que ha muerto y su grandeza reposa en una tumba sobre la cual nos olvida­mos hasta de grabar su nombre.

—Señora, Vuestra Majestad traduce mal el vives honorata. La reina de Navarra vivió con honores, en efecto, puesto que gozó del amor de sus hijos y del respeto de sus partidarios, sentimientos tanto más sin­ceros cuanto más pobre fue la que los inspiraba.

—Sí—dijo Catalina—, os concedo el «Vivirás con honores», pero ¿cómo explicáis el morieris reformi­data?

—Nada más fácil: «Morirás temida.»

—¿Y es que acaso murió así?

—Tan temida, señora, que no hubiese muerto si Vuestra Majestad no le hubiera tenido miedo. Por últi­mo: «Como reina lo engrandecerás o serás más grande de lo que fuiste como reina», es también la verdad, se­ñora, porque en lugar de su perecedera corona tiene quizá como reina y mártir la corona del Cielo; por otra parte, ¿quién puede saber qué reserva el porvenir a su dinastía sobre la tierra?

Catalina era supersticiosa en sumo grado.

Tal vez la atemorizó más la sangre fría del perfu­rnista que la persistencia de los augurios. Y como para ella un mal paso no era más que una ocasión de salir audazmente del aprieto, dijo bruscamente al florenti­no, sin más transición que el silencioso trabajo de su mente:

—¿Han llegado perfumes de Italia?

—Sí, señora.

—Me enviaréis un cofrecito surtido.

—¿De cuáles?

—De los últimos, de aquellos...

Catalina se detuvo.

—¿De aquellos que agradaban tanto a la reina de Navarra?—preguntó Renato—. No necesito preparar­los, ¿verdad, señora? Vuestra Majestad posee ahora tan­ta habilidad como yo.

—¿Te parece? —dijo Catalina—. Lo importante es que den resultado.

—¿No tiene otra cosa que ordenarme Vuestra Ma­jestad? —preguntó el perfumista.

—No, no —contestó Catalina pensativa—, creo que no. Si ocurriera alguna novedad en los sacrificios, avisadme. A propósito, dejemos los corderos y probe­mos con gallinas.

—¡Ay, señora! Mucho me temo que cambiando la víctima no podremos cambiar los presagios.

—Haced lo que os he dicho.

Renato saludó y salió.

Catalina permaneció un rato sentada, meditabun­da. Luego se levantó y fue a su cuarto, donde la espe­raban sus camareras, a las que anunció, para el día si­guiente, la peregrinación a Montfaucon.

La noticia de semejante gira circuló aquella noche por el palacio y la ciudad. Las damas hicieron preparar sus más elegantes vestidos; los caballeros, sus armas y corceles de gala. Los comerciantes cerraron sus tiendas y talleres y el populacho dio muerte aquí y allá a algu­nos hugonotes reservados para cuando llegara la oca­sión con el fin de ofrecer un acompañamiento digno al cadáver del almirante.

Hubo gran agitación durante toda la tarde.

La Mole había pasado el día más triste de su vida después de tres o cuatro que no fueron menos sombríos.

El duque de Alençon, cumpliendo los deseos de Margarita, lo había instalado en sus habitaciones, pero no volvió a verlo. Se sentía de repente como un pobre niño abandonado, privado de los tiernos y delicados cuidados de dos mujeres, en particular de una cuyo re­cuerdo invadía continuamente sus pensamientos. Es verdad que había tenido noticias suyas por intermedio del cirujano Ambrosio Paré, que fue a verlo de su parte; pero tales noticias, transmitidas por un hombre de cin­cuenta años que ignoraba o fingía ignorar el interés que sentía La Mole por el menor detalle que se refiriera a Margarita, fueron incompletas a insuficientes. También es cierto que Guillonne fue a verlo una vez, en su propio nombre, por supuesto, para saber cómo seguía. Aquella visita hizo el efecto de un rayo de sol en una celda y La Mole se quedó como deslumbrado en espera de una se­gunda aparición que no volvió a presentarse, aun cuan­do habían transcurrido ya dos días desde la primera.

Por eso, en cuanto llegó a oídos del convaleciente la noticia de la espléndida reunión de toda la corte, transmitió al señor de Alençon su deseo de que le per­mitiera acompañarle.

El duque, sin averiguar siquiera si La Mole se ha­llaba en estado de soportar semejante fatiga, respondió solamente:

—¡Magnífico! ¡Que le den uno de mis caballos!

Esto era cuanto La Mole deseaba. Cuando el maes­tro Ambrosio Paré fue a curarle como de costumbre, el herido le expuso la necesidad que tenía de montar a ca­ballo y le rogó que le vendara cuidadosamente. Por lo demás, las dos heridas se habían cerrado y sólo la del hombro le hacía sufrir aún. Ambas presentaban un co­lor rojizo como deben tenerlo las heridas que están en vías de cicatrizarse. El médico las cubrió con una tela adhesiva que se usaba mucho en aquella época para es­tos casos y aseguró a La Mole que nada le ocurriría siempre que evitara agitarse demasiado durante la ex­cursión.

La Mole rebosaba júbilo. Sin contar cierta debili­dad causada por la pérdida de sangre y un leve mareo consecuencia de ésta, se sentía perfectamente. Además, Margarita participaría seguramente en la peregrinación y volvería a verla. Al pensar en el enorme bien que le hiciera la presencia de Guillonne, no podía dudar de la eficacia curativa que le reportaría la presencia de su amada.

Empleó, pues, una parte del dinero que había traído de su casa, en comprar el más hermoso jubón de raso blanco y la capa más ricamente bordada que pudo pro­curarle el sastre de moda, quien también se encargó de proveerlo de unas botas de cuero perfumado que se usa­ban en aquel entonces. Todo el ajuar le fue enviado por la mañana, sólo media hora más tarde del plazo conve­nido, de modo que no tuvo motivos de queja. Se vistió rápidamente, contempló su figura en un espejo, encon­trándose tan bien vestido, peinado y perfumado, como para estar satisfecho de sí mismo. Dio unas rápidas vuel­tas por su habitación convenciéndose de que, salvo al­gunos dolores bastante agudos, el bienestar moral po­dría acallar las incomodidades físicas.

Una capa de color cereza, de su invención, y corta­da algo más larga de lo que se estilaba entonces, le senta­ba particularmente bien.

Mientras se desarrollaba esta escena en el Louvre, otra del mismo género tenía lugar en el palacio de Gui­sa. Un gentilhombre de elevada estatura y cabellos roji­zos examinaba frente al espejo una cicatriz encarnada que le atravesaba desagradablemente el rostro. Peinaba y perfumaba sus bigotes; tras esto extendió sobre la mal­hadada herida, que se obstinaba en reaparecer, todos los cosméticos conocidos a la sazón.

La cubrió con una triple capa de blanco y berme­llón, pero, como su aplicación le pareciera insuficiente, ocurriósele una idea: el ardiente sol del mes de agosto incendiaba el patio con sus rayos; descendió, pues, al patio y quitándose el sombrero cerró los ojos y echó hacia atrás la cabeza. Así se estuvo paseando durante diez minutos, expuesto voluntariamente a esta abrasa­dora llama que caía a torrentes del cielo.

Al cabo de los diez minutos, y gracias a una insolación de primer orden, el caballero tenía el rostro tan encendido que ya la cicatriz desentonaba pareciendo amarilla en comparación al resto de la cara. Nuestro amigo no parecía por eso menos satisfecho de aquella especie de arco iris que trató de armonizar lo mejor que pudo con el resto de la cara mediante una capa de bermellón. Después se vistió con un magnífico traje que un sastre había llevado a su habitación sin que él lo pidiera. Así adornado, perfumado y armado de pies a cabeza, descendió por segunda vez al patio y se puso a acariciar a un gran caballo negro cuya hermosura no hubiera tenido igual a no ser por una ligera cicatriz que, semejante a la de su amo, le había hecho, en una de las últimas batallas civiles, el sable de un reitre.

Tan satisfecho de su caballo como de sí mismo, el caballero, que nuestros lectores habrán reconocido sin duda, montó un cuarto de hora antes que nadie y atronó el patio del palacio de Guisa con los relinchos de su cor­cel, a los que respondía con «Voto al diablo» pronuncia­dos en todos los tonos, a medida que lo dominaba. Al cabo de un momento, el caballo, completamente doma­do, dio muestras, por su docilidad y obediencia, de re­conocer el legítimo dominio de su jinete. Pero la victo­ria (y esto era quizá lo que pretendía nuestro caballero) no se obtuvo sin ruido, el cual hizo salir a la ventana a una dama que sonrió con mucha amabilidad y a quien nuestro domador saludó respetuosamente.

Cinco minutos después, la señora de Nevers pre­guntó a su mayordomo:

—¿Han servido un buen almuerzo al señor conde Annibal de Coconnas?

—Sí, señora —respondió el mayordomo—. Y esta mañana ha comido con más apetito que de costumbre.

—Está bien—dijo la duquesa.

Y volviéndose hacia su primer gentilhombre:

—Señor de Arguzon —dijo—, vamos al Louvre y no descuidéis por favor al conde Annibal de Coconnas, pues todavía se encuentra débil a causa de sus heridas y no quisiera por nada del mundo que le ocurriese alguna desgracia; haría reír a los hugonotes, que le guardan ren­cor desde la venturosa noche de san Bartolomé.

Y montando a caballo, la señora de Nevers se diri­gió radiante de felicidad hacia el Louvre, punto general de reunión.

Eran las dos de la tarde cuando una fila de jinetes, resplandecientes de oro, alhajas y lujosos vestidos, apa­reció por la calle de Saint—Denis y desembocó por la es­quina del cementerio de los Inocentes, avanzando bajo el sol entre las dos filas de casas sombrías como un in­menso reptil de resplandecientes anillos.

XVI. EL CADÁVER DE UN ENEMIGO SIEMPRE HUELE BIEN

Ninguna comitiva, por lujosa que sea, podría dar idea de lo que fue aquel espectáculo. Los ricos y brillan­tes trajes de seda, legados como espléndida moda por Francisco I a sus sucesores, no se habían transformado todavía en las vestimentas estrechas y oscuras que puso en boga Enrique III, de modo que el traje de Carlos IX, menos fastuoso pero probablemente más elegante que los de las épocas anteriores, destacábase sobre todo por su perfecta armonía. En nuestros días, semejante corte­jo no puede ser comparado a ningún otro; los grandes desfiles de hoy los hemos reducido a simetría y unifor­midad.

Pajes, escuderos, gentiles hombres de poca catego­ría, perros y caballos iban a los lados y detrás de la real comitiva convirtiéndola en un verdadero ejército. Se­guía el pueblo o, mejor dicho, el pueblo estaba en todas partes; escoltaba y precedía gritando a un mismo tiem­po: «¡Noel! » y «¡Haro! », porque entre los caballeros del cortejo figuraban varios calvinistas convertidos, y el pue­blo es rencoroso.

Fue por la mañana, delante de Catalina y del duque de Guisa, cuando Carlos IX habló en presencia de Enrique de Navarra como de la cosa más natural del mun­do de ir a visitar el patíbulo de Montfaucon o más bien el cadáver mutilado del almirante. El primer impulso de Enrique de Navarra fue el de negarse a tomar parte en la comitiva. Esto era lo que esperaba Catalina. A las primeras palabras que dijo expresando su repugnancia, la reina cambió una mirada y una sonrisa con el duque de Guisa. Enrique sorprendió ambos gestos, compren­dió su intención y, cambiando de idea, dijo:

—Después de todo, ¿por qué no he de ir? Soy ca­tólico y me debo a mi nueva religión.

Luego, dirigiéndose a Carlos IX:

—Vuestra Majestad puede contar conmigo —di­jo—; para mí será siempre un placer acompañaros don­de vayáis.

Y lanzó una ojeada a su alrededor para contar los entrecejos que se fruncían. Quizá por esto la persona a quien miraban con más curiosidad en el cortejo era a este hijo sin madre, a este rey sin reino, a este hugonote convertido a la religión católica. Su figura alargada y ca­racterística, su aspecto un poco vulgar, su familiaridad para con sus inferiores, familiaridad que llegaba a un extremo casi inconveniente en un rey y que provenía de las costumbres montañesas adquiridas en su juventud y que conservó hasta la muerte, eran fácilmente visibles para los espectadores, algunos de los cuales le gritaban:

—¡A misa, Enrique! ¡A misa!

A lo que él respondía:

—Estuve ayer, he estado hoy y volveré mañana. ¡Por Dios!, creo que es bastante.

Margarita iba a caballo tan bella, tan elegante, que en torno de ella se oía un general concierto de excla­maciones de admiración, del que algunas notas, preciso es reconocerlo, se dirigían a su compañera, la señora de Nevers, con quien acababa de reunirse y cuyo caballo blanco, como orgulloso de su carga, agitaba briosa­mente la cabeza.

—¿Qué hay de nuevo, duquesa? —preguntó la rei­na de Navarra.

—Que yo sepa, nada, señora —respondió en voz alta Enriqueta.

Y luego, bajando la voz, dijo:

—Y el hugonote, ¿qué fue de él?

—Le encontré un refugio bastante seguro —repu­so Margarita—. ¿Y tú qué has hecho de lo adorable asesino?

—Quiso participar en esta fiesta; monta el caballo de combate del señor de Nevers, un animal tan grande como un elefante. Es un jinete estupendo. Le permití que asistiese a la ceremonia, porque pensé qué lo hugo­note se quedaría prudentemente en su habitación, y de ese modo no habría por qué temer ningún encuentro.

—¡Oh! —respondió Margarita sonriendo—. Aun­que estuviese, no correríamos riesgo alguno. Mi hugo­note es un buen mozo, pero nada más; una paloma y no un milano; arrulla, pero no muerde. Después de todo —añadió con inexplicable acento y encogiéndose lige­ramente de hombros—, tal vez le hemos tomado por un hugonote y sólo sea un adepto de Brahma, cuya religión le impide derramar sangre.

—¿Dónde está el duque de Alençon? —preguntó Enriqueta—. No le veo.

—Llegará más tarde, se sintió mal esta mañana y no quería venir; pero como ya se sabe que para llevar la contraria a su hermano Carlos y a su hermano Enrique se inclina hacia los hugonotes, se le hizo notar que el rey podría interpretar mal su ausencia y por fin se ha decidido. Pero justamente miran y gritan hacia allá; debe de haber entrado por la puerta de Montmartre.

—En efecto, él es —dijo Enriqueta—. Hoy tiene buen aspecto. Desde hace algún tiempo se acicala con especial esmero; sin duda está enamorado. Ahí tenéis la ventaja de ser un príncipe de sangre real: atropella a todo el mundo y la gente se aparta sin protestar.

—Así es —dijo Margarita—, y nosotras también estamos amenazadas por su caballo. ¡Dios nos perdone! Haced retirar a vuestros gentiles hombres, duquesa; allí anda uno que, si no se pone en fila, se expone a morir.

—¡Es mi intrépido campeón! —exclamó la du­quesa—. Mira, mira...

Coconnas se había destacado de su grupo para acer­carse a la señora de Nevers; pero en el momento en que su caballo atravesaba el bulevar exterior que separa la calle del arrabal de Saint—Denis, un jinete del séquito del duque de Alençon, tratando inútilmente de contener el galope desenfrenado de su caballo, fue a chocar contra Coconnas. El piamontés vaciló en su colosal montura, estuvo a punto de perder el sombrero, pero logrando sostenerlo volvió la cabeza furioso.

—¡Dios mío! —exclamó Margarita acercándose al oído de su amiga—. ¡Es el señor de La Mole!

—¿Ese hermoso joven tan pálido? —exclamó la duquesa, incapaz de dominar su primera impresión.

—Sí, sí; el mismo que ha estado a punto de derribar a lo piamontés.

—¡Oh! ¡Van a pasar cosas terribles! ¡Se han mira­do y se han reconocido!

Efectivamente, Coconnas reconoció el rostro de La Mole al volverse, y como creía haber matado a su anti­guo compañero o, por lo menos, haberlo dejado fuera de combate por algún tiempo, fue tal su sorpresa, que soltó las riendas de su caballo. La Mole, por su parte, re­conoció a Coconnas y sintió que la sangre se le agolpa­ba en las mejillas. Durante unos instantes, que bastaron para expresar todos los sentimientos que albergaba el corazón de cada cual, los dos hombres se dirigieron una mirada que hizo estremecer a las dos mujeres.

El provenzal echó una ojeada a su alrededor y, comprendiendo sin duda que el lugar era poco propi­cio para una explicación, espoleó a su caballo y fue a reunirse con el duque de Alençon. Coconnas permane—

ció por un momento firme en su sitio, retorciendo su bigote y elevando sus puntas casi hasta la altura de los ojos, después de lo cual, al ver que La Mole se alejaba sin decirle nada, siguió también su camino.

—¡Ah! —dijo con desdeñoso dolor Margarita—. No me había equivocado... ¡Pero esta vez ya pasa de la raya!

Y se mordió los labios hasta hacerse sangre.

—¡Es muy buen mozo! —respondió la duquesa con acento de conmiseración.

En aquel momento ocupó el duque de Alençon su puesto detrás del rey y la reina madre, de manera que para acercarse a él los caballeros de su séquito tuvieron que pasar por delante de Margarita y de la duquesa de Nevers. Al cruzar ante ellas, La Mole se quitó el sombrero, saludó a la reina inclinándose hasta el cuello de su caballo y permaneció con la cabeza descubier­ta en espera de que Su Majestad le honrase con una mirada.

Pero Margarita volvió orgullosamente la cabeza.

La Mole leyó sin duda la expresión de desdén que se reflejaba en el rostro de la reina, porque de pálido que estaba, púsose lívido, y para no caerse del caballo hubo de agarrarse a las crines.

—¡Oh! —dijo Enriqueta a la reina—. ¡Míralo, no seas cruel...! ¡Se va a desmayar!

—¡Bueno! Sería lo único que faltaba... —dijo la rei­na con despiadada sonrisa—. ¿Tienes sales aromáticas?

Por esta vez la señora de Nevers se equivocaba.

La Mole, vacilante, sacó fuerzas de flaqueza y, apo­yándose en los estribos, fue a unirse a la comitiva del duque de Alençon.

Seguía avanzando el cortejo y ya se distinguía a lo lejos la lúgubre silueta del patíbulo, alzado y estrenado por Enguerrando de Marigny. Nunca se vio tan hon­rado como aquel día.

Los oficiales y los guardias se adelantaron formando un amplio círculo en torno al recinto. A su llegada alzaron el vuelo, lanzando tristes graznidos, los cuer­vos que estaban posados cerca del siniestro lugar.

La horca de Montfaucon ofrecía comúnmente re­fugio detrás de sus columnas a los perros atraídos por el frecuente festín y a los bandidos filósofos que iban a meditar allí sobre las tristes vicisitudes de la fortuna. Pero aquel día no había en Montfaucon, al menos en apariencia, ni perros ni bandidos. Los oficiales y guar­dias habían desalojado a los primeros al mismo tiempo que a los cuervos, y los otros se confundieron con la multitud para realizar algunos buenos golpes, que en eso consiste el mejor atractivo de su oficio.

El cortejo se aproximaba. Primero iban el rey y Catalina; luego el duque de Anjou, el de Alençon, el rey de Navarra, el señor de Guisa y sus respectivos sé­quitos; detrás seguían la reina Margarita, la duquesa de Nevers y todas las damas que componían lo que se lla­maba el escuadrón volante de la reina; cerrando la mar­cha iban los pajes, los escuderos, los sirvientes y el pue­blo; en total, unas diez mil personas.

De la horca principal colgaba una masa informe, un cadáver negro, manchado de sangre coagulada y de barro blanqueado por el polvo.

Como el cadáver no tenía cabeza, le habían colga­do por los pies, aunque el populacho, ingenioso como siempre, había reemplazado la cabeza por un montón de paja cubierto por una careta, en cuya boca se veía un palillo de dientes colocado sin duda por algún bromis­ta, que conocía las costumbres del almirante.

Era un lúgubre y extraño espectáculo en verdad el que ofrecían aquellos elegantes caballeros y aquellas hermosas damas, desfilando como en una procesión goyesca en medio de los ennegrecidos esqueletos y de las horcas de largos y descarnados brazos. Mientras más ruidosa era la alegría de los visitantes, más notable era el contraste con el sombrío silencio y la fría insensibilidad de aquellos cadáveres objeto de burlas que ha­cían estremecer a los mismos que las cometían.

Muchos de los presentes soportaban con gran es­fuerzo la visión de tan terrible espectáculo. Entre el gru­po de los hugonotes convertidos se destacaba por su palidez Enrique de Navarra. Por grande que fuese su presencia de ánimo y por perfecto que fuera el don de disimulo con que el cielo le dotara, lo cierto es que no pudo resistir. Pretextando el nauseabundo hedor que esparcían los restos humanos, se acercó a Carlos IX, que junto con Catalina se había detenido a contemplar los despojos del almirante.

—Sire —dijo—, ¿no le parece a Vuestra Majestad que este pobre cadáver despide muy mal olor para que sigamos aquí por más tiempo?

—¿Te parece? —dijo Carlos IX, cuyos ojos brilla­ban con una feroz alegría.

—Sí, señor.

——No pienso igual que tú. El cadáver de un enemi­go siempre huele bien.

—A fe mía, señor —dijo Tavannes—; sabiendo Vuestra Majestad que íbamos a hacer una visita al almi­rante, debió avisar a Pedro Ronsard, su maestro de poesía; él hubiera compuesto aquí mismo un epitafio al viejo Gaspar.

—No necesitamos de él para eso —dijo Carlos IX—. Nosotros lo haremos... Por ejemplo, escuchad, señores —añadió el rey después de reflexionar un instante:

Ci—gif.. —mais c'est mal entendu,
pour lui le mot est trop honnête...­
Ici l ámiral est pendu
par les pieds à faute de tête.

—¡Bravo! ¡Bravo! —exclamaron los caballeros ca­tólicos, mientras que los hugonotes reconciliados frun­cían el ceño y guardaban silencio.

En cuanto a Enrique, como estaba conversando con Margarita y la señora de Nevers, fingió no haber oído.

—Vamos, vamos, señores —dijo Catalina, a quien el ambiente empezaba a causar malestar, pese a los perfumes que la cubrían—. Aunque es muy buena la compañía hay que separarse alguna vez. Despidámo­nos del almirante, y volvamos a París.

Hizo con la cabeza un gesto irónico como si se des­pidiera de algún amigo, y tomando la delantera, em­prendió el regreso mientras todo el cortejo desfilaría ante el cadáver de Coligny.

El sol se ponía en el horizonte.

La multitud siguió los pasos de Sus Majestades para gozar hasta el final de las magnificencias del cor­tejo y de los detalles del espectáculo. Los ladrones si­guieron a la multitud, de manera que, diez minutos después de la partida del rey, no quedaba nadie junto al cadáver mutilado del almirante, que las primeras brisas del anochecer balanceaban en lo alto.

Nos equivocamos al decir que no quedaba nadie. Un caballero montado en un negro corcel y que posi­blemente no había podido contemplar a su gusto el tronco informe y negruzco en presencia de los prínci­pes, se había quedado el último y se divertía en exami­nar en todos sus detalles las cadenas, garfios, pilares de piedra y la horca en fin, todo lo cual le parecía, como recién llegado a París a ignorante de los adelantos con que cuenta para todo la capital, arquetipo de lo más te­rrible y feo que el hombre puede inventar.

No es necesario decir a nuestros lectores que este hombre era nuestro amigo Coconnas. Una aguda mi­rada de mujer le buscó en vano en el cortejo y escudri­ñó las filas sin poderlo hallar.

El señor Coconnas, como hemos dicho, estaba ex­tasiado ante la obra de Enguerrando de Marigny.

Aquella mujer no era la única persona que buscaba al piamontés. Otro caballero que llamaba la atención por su jubón de raso blanco y su espléndida pluma, des­pués de mirar hacia delante y a los lados, se le ocurrió mirar hacia atrás, viendo la elevada estatura de Cocon­nas y la gigantesca silueta de su caballo destacarse níti­damente en el cielo enrojecido por los últimos reflejos del sol poniente.

Entonces el jinete del jubón blanco salió del cami­no que seguía el resto del cortejo, tomó un pequeño sendero y, describiendo una curva, regresó al lugar donde se hallaba el patíbulo.

Casi al mismo tiempo, la dama, en quien reconoci­mos a la duquesa de Nevers, así como reconocimos a Coconnas en el gentilhombre del caballo negro, se acer­có a Margarita y le dijo:

—Nos equivocamos las dos, Margarita, porque el piamontés se ha quedado atrás y La Mole se dispone a imitar su actitud.

—¡Voto al diablo! —dijo Margarita sonriendo—. Va a pasar algo. Confieso que no me disgustaría tener que cambiar la opinión que he formado de él.

Volvió la cabeza y vio, efectivamente, a La Mole ejecutando la maniobra que acabamos de describir.

Tocó entonces a las princesas el turno de abando­nar el cortejo. La ocasión era favorable; se abría allí cerca un sendero bordeado de altos arbustos que, su­biendo y bajando, pasaba a treinta metros del patíbu­lo. La señora de Nevers dijo unas palabras al oído del capitán de su escolta, Margarita hizo una señal a Gui­llonne, y las cuatro personas tomaron por el sendero, emboscándose detrás del matorral más próximo al lu­gar donde iba a desarrollarse la escena que deseaban presenciar. Como hemos dicho, había unos treinta me­tros entre este sitio y el lugar donde Coconnas permanecía extasiado gesticulando ante el cadáver del almi­rante.

Margarita dejó su cabalgadura; lo mismo hicieron la señora de Nevers y Guillonne.

El capitán cogió las riendas de los cuatro caballos. Un césped fresco y mullido ofrecía a las tres mujeres un asiento como inútilmente lo buscan a veces las prin­cesas.

Un claro entre las zarzas les permitía ver la escena sin perder detalle.

La Mole describió un círculo y se acercó hasta co­locarse detrás de Coconnas y alargando la mano le dio un golpecito en el hombro.

El piamontés se volvió.

—¡Oh! —exclamó——. ¿Entonces no fue un sue­ño? ¿Todavía vivís?

—Sí, señor, vivo todavía, aunque no gracias a vos, pero vivo al fin.

—¡Voto al diablo! Os reconozco perfectamente a pesar de vuestro rostro pálido. Teníais mejor color la última vez que nos vimos.

—Y yo —dijo La Mole— también os reconozco a pesar de esa cicatriz amarilla que os atraviesa la cara; estabais más pálido cuando os la hice.

Coconnas se mordió los labios, pero como parecía decidido a proseguir la conversación en tono irónico, continuó:

—¿No es cierto, señor de La Mole, que es curioso, sobre todo para un hugonote, poder contemplar al se­ñor almirante colgado de ese gancho de hierro cuando hay tanta gente exagerada que nos acusa de haber ma­tado hasta a los hugonotes de pecho?

—Conde —dijo La Mole inclinándose—, ya no soy hugonote; tengo el honor de ser católico.

—¡Bah! —gritó Coconnas echándose a reír—. ¿Con­que os habéis convertido? ¡Vaya, qué valiente!

—Señor —continuó La Mole con el mismo tono serio y cortés—, había hecho la promesa de convertir­me si escapaba de la matanza.

—Es una promesa muy prudente y os felicito —res­pondió el piamontés—. ¿Y no hicisteis alguna otra?

—Sí, señor, también hice otra—respondió La Mole acariciando a su caballo con perfecta tranquilidad.

—¿Cuál? —inquirió Coconnas.

—La de colgaros de allá arriba, de ese pequeño gar­fio que parece que os está esperando debajo del señor de Coligny.

—¿Cómo? —dijo Coconnas—. ¿Lleno de vida co­mo estoy?

—No, señor, después de atravesaros el cuerpo con esta espada.

Coconnas se puso de color escarlata y sus ojos ver­des arrojaron llamas.

—¿Conque de ese clavo? —dijo burlonamente.

—Sí, de ese mismo...

—No sois lo bastante alto para eso, jovencito.

—Entonces me subiré a vuestro caballo, mi buen asesino —respondió La Mole—. ¿Creéis, mi querido señor Annibal de Coconnas, que se puede asesinar así, impunemente, con el leal y honorable pretexto de ser cien contra uno? ¡No! Algún día el hombre encuentra al hombre, y creo que ese día ha llegado. No me faltan ganas de romperos esa horrible cara de un pistoletazo, pero temo hacer mala puntería, porque me tiembla aún la mano por las heridas que me hicisteis a traición.

—¡Mi horrible cara! —aulló Coconnas saltando de su caballo—. Apeaos, señor conde, desenvainemos.

—Creo que lo hugonote le ha llamado feo —mur­muró la duquesa de Nevers al oído de Margarita—. ¿Te parece a ti tan feo?

—¡Es encantador! —dijo riendo Margarita—. Y no tengo más remedio que reconocer que el furor vuelve injusto al señor de La Mole; pero cállate, observemos.

El provenzal bajó de su cabalgadura con tanta calma como precipitación había empleado el piamontés. Dejó en el suelo cuidadosamente doblada su capa color cereza y se puso en guardia.

—¡Ay! —dijo al estirar el brazo.

—¡Uf! —murmuró Coconnas al mover el suyo.

Como se recordará, ambos estaban heridos en el hom­bro y cualquier movimiento rápido les causaba dolor.

Una risa mal contenida se oyó entre los matorrales.

Las princesas no pudieron evitarla al ver a los dos campeones tocarse el omóplato haciendo muecas. Al llegar la risa a oídos de los dos gentiles hombres, que creían batirse sin testigos, hizo que éstos se volvieran reconociendo inmediatamente a las dueñas de sus pen­samientos.

La Mole volvió a ponerse en guardia, firme como un autómata y Coconnas empuñó el acero con un « ¡Voto al diablo!» de los más enérgicos.

—Mira que van a pelear en serio y son capaces de matarse si no ponemos orden. Basta de bromas. ¡Eh, señores! ¡Eh! —gritó Margarita.

—¡Déjalos! ¡Déjalos! —dijo Enriqueta que, habien­do visto pelear en otra ocasión a Coconnas, tenía espe­ranzas en el fondo de su corazón de que éste despachara a La Mole lo mismo que a los dos sobrinos y al hijo de Mercandon.

—¡Oh! ¡Realmente están hermosos así! ——dijo Mar­garita—. Mira, parece que respiran fuego.

El combate comenzado con burlas y provocacio­nes se había vuelto silencioso desde que los dos cam­peones cruzaron sus aceros.

Ambos desconfiaban de sus fuerzas y, tanto uno como otro, se veían a cada momento obligados a repri­mir un grito de dolor que les arrancaban sus antiguas heridas. Sin embargo, con los ojos fijos y ardientes, la boca entreabierta y los dientes apretados, La Mole avanzaba a pasos cortos y firmes acercándose a su ad­versario, quien, al reconocer en el provenzal a un maestro de esgrima, retrocedía y, aunque paso a paso tam­bién, lo cierto es que perdía terreno. Así llegaron los dos hasta el borde del foso en cuyo lado opuesto se ha­llaban los espectadores. Allí, y como si su retirada hu­biera obedecido a un simple cálculo para acercarse a su amada, Coconnas se detuvo y, al dar La Mole un paso demasiado largo, le tiró una estocada con la rapidez del rayo apareciendo sobre el jubón blanco del provenzal una mancha roja que se agrandaba poco a poco.

—¡Valor! —gritó la duquesa de Nevers.

—¡Ah! ¡Pobre La Mole! —dijo Margarita con acen­to de dolor.

La Mole oyó aquel grito, dirigió a la reina una de esas miradas que penetran más profundamente en el co­razón que la punta de una espada y tras una finta se tiró a fondo.

Esta vez las dos mujeres gritaron al mismo tiempo. El extremo del arma de La Mole apareció ensangren­tado por la espalda de Coconnas.

Ninguno cayó. Sin embargo, ambos se quedaron inmóviles, mirándose con la boca abierta, pues cada uno sabía que al menor movimiento que hiciera se exponía a perder el equilibrio. Por último, el piamontés, más se­riamente herido que su rival y sintiendo que con la san­gre que perdía se le iban las fuerzas, se abalanzó sobre La Mole, sujetándole con un brazo y tratando con el otro de sacar un puñal. Por su parte, La Mole reunió todas sus energías, levantó la mano y dio con la cazoleta de su espada un golpe en medio de la frente a Coconnas, que cayó atontado, pero arrastrando a su adversario en la caída de modo que ambos rodaron al foso. Margarita y la duquesa de Nevers, al ver que, aunque moribundos, todavía trataban de darse el golpe de gracia, se precipi­taron hacia ellos seguidas del capitán de guardias. Antes de que pudieran llegar a su lado les vieron estirar las manos, cerrar los ojos y, soltando las espadas, agitarse en una convulsión suprema.

Un gran charco de sangre se extendía a su alrededor.

—¡Oh, valiente La Mole! —exclamó Margarita, in­capaz de contener por más tiempo su admiración—. ¡Perdón, mil veces perdón por haber dudado de ti!

Y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Ay! ¡Ay! —murmuró la duquesa—. ¡Animoso Annibal! ¿Habéis visto alguna vez dos leones más va­lientes, señora?

Y prorrumpió en sollozos.

—¡Pardiez! .¡Qué estocadas tan tremendas! —dijo el capitán mientras trataba de contener la sangre que salía a torrentes de las heridas—. ¡Eh! ¡Vamos, acer­caos más aprisa!

En efecto, un hombre sentado en el pescante de una especie de volquete pintado de rojo se acercaba entre la bruma del atardecer, cantando aquella vieja canción que sin duda el milagro del cementerio de los Inocentes le trajo a la memoria:

Bel aubespin fleurissant
verdisant,
le long de se beau rivage,
tu es vêtu, jusqu'au bas,
des longs bras
dune lambrusche sauvage.

Le chantre rossignolet,
nouvelet,
courtisant sa bien—aimé,
pour ses amours alléger,
vient loger
tons les ans sous la ramée,

Or, vis, gentil aubespin,
vis sans fin;
vis, sans que jamais tonnerre
ou la cognée, ou les vents,
ou le temps
te puissent ruer par...

—Venid, pues, ¿no oís que os están llamando? —re­petía el capitán—. ¿No veis que estos caballeros necesi­tan auxilio?

El hombre del carrito, cuyo aspecto repelente y rudo semblante formaba extraño contraste con la dulce y bucólica canción que acabamos de citar, detuvo por fin su caballo, descendió a inclinándose sobre los dos cuerpos, dijo:

—¡Lindas heridas! Pero yo las hago mejores.

—¿Quién sois vos? —preguntó Margarita experi­mentando un cierto terror al que era incapaz de sobre­ponerse.

—Señora—respondió el hombre inclinándose has­ta el suelo—,soy maese Caboche, verdugo del distrito de París, y vengo a colgar de esa horca a unos que harán compañía al almirante.

—Pues yo soy la reina de Navarra—dijo Margari­ta—, arrojad allí vuestros cadáveres, extended en vues­tro carro las gualdrapas de nuestros caballos, colocad sobre ellas a estos dos heridos y seguidnos despacio hasta el Louvre.

XVII. UN COLEGA DE AMBROSIO PARÉ

El carro en que fueron recogidos Coconnas y La Mole tomó el camino de París, siguiendo en la oscuri­dad al grupo que le servía de guía. Se detuvo al llegar al Louvre y el verdugo recibió una espléndida propina.

Se hizo transportar a los heridos al departamento del duque de Alençon y se mandó buscar a Ambrosio Paré.

Cuando éste se presentó, ninguno de los dos heri­dos había recobrado el conocimiento.

La Mole era el menos grave; la estocada había pene­trado por debajo de la axila derecha sin interesar ningún órgano esencial. En cambio, a Coconnas el acero le ha­bía atravesado un pulmón y el soplo que salía por la he­rida hacía vacilar la llama de una vela.

Ambrosio Paré no respondió de la vida de Co­connas.

La señora de Nevers se hallaba desolada: ella fue quien, confiando en la fuerza, la destreza y el valor del piamontés, impidió que Margarita interrumpiera el combate. Hubiera deseado llevar a Coconnas al palacio de Guisa para repetir en esta ocasión los mismos cui­dados que en la primera, pero su marido podía regresar de Roma de un momento a otro y no parecerle conve­niente el que un intruso estuviera instalado en el domi­cilio conyugal.

Para ocultar el motivo de las heridas, Margarita hizo llevar a los dos jóvenes a las habitaciones de su hermano, uno de los cuales ya vivía allí anteriormente, diciendo que habían sufrido una caída del caballo du­rante el paseo. Pero la admiración del capitán, testigo del duelo, hizo que fuera divulgada la verdad, de modo que pronto se supo en la corte que dos nuevos espada­chines surgían a la luz de la fama.

Atendidos por el mismo cirujano, que dividía entre ambos sus cuidados, los dos heridos pasaron por las di­ferentes fases de su convalecencia, resultantes de la mayor o menor gravedad de su estado. La Mole, como enfermo menos grave, fue el primero en recobrar el co­nocimiento. En cuanto a Coconnas quedó postrado con una fiebre terrible y su vuelta a la vida fue acompañada por las manifestaciones de un espantoso delirio.

Aunque ocupaban la misma habitación, La Mole, al volver en sí, no vio a su compañero o por lo menos no dio muestras de advertir su presencia. Coconnas, por el contrario, al abrir los ojos, los clavó en el otro con una expresión que hubiese podido probar que la sangre que acababa de perder no disminuía en nada las pasiones de su fogoso temperamento.

Coconnas creyó que soñaba y en su sueño veía al enemigo a quien por dos veces había intentado matar. Pero esta visión se prolongaba con exceso. Después de ver a La Mole acostado como él, asistido como él por el cirujano, le vio incorporarse en el lecho donde él mis­mo se hallaba clavado por la fiebre, la debilidad y el dolor; le vio luego saltar de la cama, andar del brazo del médico, después ir sólo apoyado en un bastón y, por último, sin ayuda de nada ni de nadie.

Coconnas, siempre presa del delirio, observaba los di­ferentes períodos de la convalecencia de su compañero con mirada tan pronto fría como iracunda, pero siempre ame­nazadora.

Producíase en la mente febril del piamontés una mezcla terrible de fantasía y de realidad. Para él, La Mo­le estaba muerto y bien muerto, dos veces a falta de una, y, sin embargo, reconocía la sombra del propio La Mole acostada en una cama igual a la suya. Luego, como he­mos dicho, vio que la sombra se levantaba, andaba y, cosa extraña, se aproximaba a él. Esta sombra, a la que Coconnas hubiera querido hacer retroceder aunque fuera hasta el fondo de los infiernos, fue derecha hacia él, se detuvo a su cabecera y le contempló; hasta había en su semblante un gesto de tristeza y compasión, que el piamontés tomó por una mueca demoníaca.

Surgió entonces en su espíritu, más enfermo aún que su cuerpo, un ciego deseo de venganza. Desde en­tonces, Coconnas no tuvo otra preocupación que la de conseguirse un arma cualquiera para herir con ella aquel cuerpo o sombra que con tanta crueldad le ator­mentaba. Sus ropas, abandonadas al principio sobre una silla, habían sido retiradas por estar empapadas de san­gre, pero habían dejado allí el puñal, suponiendo que habría de pasar mucho tiempo antes de que sintiera de­seos de utilizarlo. Coconnas lo vio y durante tres no­ches, aprovechando el momento en que La Mole dor­mía, trató de estirar la mano para alcanzarlo, pero en las tres ocasiones le faltaron las fuerzas y se desmayó. Por fin, la cuarta noche llegó a tocarlo, lo asió con la punta de los dedos crispados y, lanzando un gemido de dolor, logró esconderlo debajo de la almohada.

Al día siguiente observó algo singular: la sombra de La Mole, que parecía fortalecerse día tras día, dio con aire pensativo y cada vez con pasos más firmes dos o tres vueltas por el cuarto y, después de ceñirse la es­pada y calarse un sombrero de fieltro de anchas alas, abrió la puerta y se fue.

Coconnas respiró; se creyó libre por fin del fantas­ma. Durante dos o tres horas, la sangre le circuló por las venas más tranquila y fresca que antes del duelo; un día de ausencia de La Mole le hubiese devuelto el conocimiento; una semana quizá le hubiera curado, pero por desgracia el provenzal regresó al cabo de un par de horas.

Su presencia produjo en el piamontés el efecto de una puñalada, y aunque La Mole no entró solo, Co­connas no dirigió ni una mirada a su acompañante.

Sin embargo, éste era digno de ser examinado.

Tratábase de un hombre de unos cuarenta años, bajo, tripudo, vigoroso, con cabellos negros que le caían hasta las cejas y una barba del mismo color, que, contra las costumbres de la época, le cubría toda la parte infe­rior del rostro. Pero el recién llegado parecía tener muy poco en cuenta la moda. Llevaba una especie de túnica de cuero cubierta de manchas pardas, calzones color sangre de toro, casaca roja, gruesos zapatos de cuero que le subían hasta más arriba del tobillo, un gorro del mismo color que los calzones y un ancho cinturón del que pendía un cuchillo dentro de su vaina.

Este extraño personaje, cuya presencia parecía desu­sada en el Louvre, dejó sobre una silla la capa de color pardo que llevaba puesta y se acercó brutalmente a la cama en que yacía Coconnas, que continuaba con los ojos fijos, como fascinado, observando a La Mole, el cual se mantenía a cierta distancia. Examinó al herido y meneando la cabeza dijo:

—Habéis esperado demasiado, señor mío.

—No pude salir antes —dijo La Mole.

—¡Por Dios! Debisteis mandar a buscarme.

—¿Con quién?

—¡Ah! Es cierto. Me olvidaba del lugar en que nos hallamos. Ya se lo dije a aquellas damas, pero no qui­sieron escucharme. Si hubieran seguido mis consejos en lugar de hacerle caso a ese asno sin albarda que lla­man Ambrosio Paré, ya estaríais hace tiempo en estado de correr aventuras juntos o de batiros de nuevo si os apetecía. En fin, ya veremos, ¿está en sus cabales vues­tro amigo?

—No me fío mucho.

—Sacad la lengua, caballero.

Coconnas mostró la lengua a La Mole, haciendo una mueca tan desagradable que el curandero movió otra vez la cabeza.

—¡Oh! ¡Oh! —murmuró—. ¡Contracción de los músculos! No hay tiempo que perder. Esta misma tarde os enviaré una poción ya preparada que habrá de tomar en tres veces; la primera a medianoche, la segunda al dar la una y la tercera a las dos.

—Está bien.

—¿Pero quién se la hará tomar?

—Yo.

—¿Vos mismo?

—Sí.

—¿Me lo prometéis?

—¡Palabra de caballero!

—¿Y si algún médico quisiera sustraer la más mi­nima parte del remedio para analizarla y saber qué in­gredientes entran en su composición?

—La vertería hasta la última gota.

—¿Palabra de caballero también?

—Os lo juro.

—¿Con quién podré enviar el brebaje?

—Con quien os plazca.

—Pero mi mensajero...

—¡Qué?

—¿Cómo llegará hasta vos?

—Ya está previsto. Dirá que viene de parte de Re­nato el perfumista.

—¿Ese florentino que vive junto al puente de San Miguel?

—Precisamente. Tiene entrada en el Louvre a cual­quier hora del día y de la noche.

El hombre sonrió.

—En efecto —dijo—. Eso es lo menos que la reina madre puede hacer por él. Está bien, vendrán de parte de Renato el perfumista. Bien puedo utilizar su nom­bre por una vez; demasiado ha ejercido él mi profesión sin tener ningún derecho.

—Entonces, ¿cuento con vos? —dijo La Mole.

—Podéis contar.

—En cuanto al pago...

—¡Oh! Ya arreglaremos eso con el enfermo cuan­do esté curado.

—Quedad tranquilo, porque está en condiciones de recompensaros con largueza.

—Así lo creo. Pero —agregó con singular sonri­sa— como las personas que tienen algo que ver conmi­go no acostumbran a ser agradecidas, no me extrañaría que una vez en pie se olvidara, o más bien, no quisiera acordarse de mí.

—¡Bueno, bueno! —dijo La Mole sonriendo—. En ese caso yo estaré aquí para refrescarle la memoria.

—¡Bien! Dentro de dos horas tendréis la poción.

—Hasta la vista.

—¿Cómo decís?

—Que hasta la vista.

El hombre sonrió.

—Yo tengo la costumbre de decir siempre adiós. Adiós, pues, señor de La Mole; dentro de dos horas tendréis vuestra poción. Ya sabéis, debe tomarla a me­dianoche... En tres dosis..., de hora en hora.

Después de esto salió, dejando a La Mole solo con Coconnas.

Coconnas había oído toda la conversación, pero sin comprender nada; un vago rumor de voces y una rara mezcla de palabras fue lo único que llegó hasta él. De toda la conversación no pudo retener más que la frase: «A medianoche.»

Continuó, pues, observando con su mirada ardien­te a La Mole, que siguió en la habitación paseándose pensativo.

El doctor desconocido cumplió su palabra y, a la hora convenida, mandó la poción que La Mole puso sobre un pequeño hornillo de plata y una vez tomada esta precaución se acostó.

Este gesto de La Mole tranquilizó un poco a Co­connas, quien trató de cerrar los ojos, pero su letargo febril no era sino la continuación de su delirante in­somnio.

El mismo fantasma que le perseguía durante el día se le presentaba por la noche; a través de sus párpados inflamados seguía viendo la actitud amenazadora de La Mole y una voz repetía en sus oídos: «A medianoche.»

De pronto, en medio de la noche sonó el vibrante tañido de un reloj dando doce campanadas. Coconnas abrió sus ojos irritados; el penoso aliento de sus pul­mones resecaba sus labios; una sed devoradora consu­mía su abrasada garganta, la pequeña lamparilla de aceite lucía como de costumbre y a su tenue resplandor danzaban mil fantasmas ante la mirada vacilante de Coconnas.

Entonces vio una cosa terrible, vio cómo La Mole se levantaba de la cama y, después de dar dos o tres vueltas por la habitación, como hace el gavilán con el pájaro que quiere fascinar, se le acercaba enseñándole los puños. Coconnas extendió la mano hacia su puñal, lo cogió por el mango y se dispuso a clavárselo en el vientre a su enemigo.

La Mole seguía avanzando.

Coconnas murmuraba:

—¡Ah! ¡Eres tú! ¡Tú otra vez! ¡Siempre tú! Ven. ¡Ah! ¡Tú me amenazas! ¡Me enseñas el puño! ¡Te ríes! Ven, ven. ¡Ah! Sigues acercándote lentamente, paso a paso; ven, ven y lo mataré.

Y en efecto, uniendo el gesto a esta sorda amenaza, en el momento en que La Mole se inclinaba hacia él, sacó de entre las sábanas el reluciente acero; pero el es­fuerzo que hizo el piamontés al incorporarse acabó con sus fuerzas; se detuvo a la mitad del camino con el brazo tendido hacia La Mole, el puñal cayó de su debi­litada mano y el moribundo volvió a derrumbarse so­bre la almohada.

—Vamos, vamos —murmuró La Mole, levantán­dole suavemente la cabeza y acercando una taza a sus labios—. Bebed esto, pobre amigo mío, estáis ardiendo.

Porque lo que Coconnas había tomado por un pu­ño amenazador, lo que había aterrorizado el vacío ce­rebro del herido, era simplemente una taza.

Al contacto agradable del benéfico líquido que hu­medeció sus labios y refrescó su pecho, Coconnas reco­bró la razón, o mejor dicho, el instinto: sintióse invadi­do por un bienestar que nunca había gozado: dirigió una mirada inteligente a La Mole, que le sostenía en sus brazos, y de aquellos ojos, contraídos hasta aquel mo­mento por un sombrío furor, brotó una imperceptible lágrima que, resbalando por su ardiente mejilla, fue ab­sorbida instantáneamente.

—¡Voto al diablo! —murmuró Coconnas recos­tándose en la almohada—. Si salgo con vida de ésta, se­ñor de La Mole, seréis mi amigo.

—Viviréis, camarada —dijo La Mole—, si queréis tomar tres tazas como la que os acabo de dar y no os empeñáis en soñar disparates.

Una hora más tarde, La Mole, convertido en enfer­mero y obedeciendo puntualmente las órdenes del des­conocido doctor, se levantó por segunda vez, vertió una segunda dosis del líquido en una taza y se lo ofre­ció a Coconnas. Pero esta vez el piamontés, en lugar de esperarle con el puñal en la mano, lo recibió con los brazos abiertos y bebió el brebaje con avidez; después, por primera vez, concilió un sueño tranquilo.

La tercera taza produjo un efecto no menos mara­villoso. El pecho del enfermo comenzó a respirar con cierta regularidad, aunque jadeaba todavía. Sus miem­bros contraídos se volvieron flexibles y un leve sudor se extendió por su piel ardiente, así que, cuando Ambrosio Paré fue a visitar al herido al día siguiente, son­rió con satisfacción diciendo:

—A partir de este momento respondo del señor de Coconnas, y ésta no será una de mis curas menos no­tables.

De esta escena semidramática, semiburlesca, pero que no carecía en el fondo de cierta poesía conmovedo­ra, resultó que la amistad de los dos gentiles hombres, iniciada en la posada de A la Belle Etoile y violentamen­te interrumpida por los acontecimientos de la noche de San Bartolomé, reanudóse entonces con mayor vigor y aventajó muy pronto, con cinco estocadas y un tiro re­partidos en ambos cuerpos, a la de Orestes y Pilades.

Sea como fuere, el caso es que las heridas, tanto las viejas como las recientes, tanto las graves como las leves, entraron por fin en franca mejoría. La Mole, fiel a su misión de enfermero, no quiso abandonar la habitación hasta que Coconnas estuviese completamente restable­cido. Le ayudó a incorporarse en el lecho mientras la debilidad lo tenía encadenado, le ayudó a andar cuando pudo sostenerse, en una palabra, tuvo para con él todas las atenciones propias de su carácter amable y cariñoso, que, secundadas por la fortaleza del piamontés, hicieron la convalecencia más corta de lo que podía esperarse.

Sin embargo, un único pensamiento atormentaba a los dos jóvenes: cada uno de ellos, en el delirio de la fie­bre, había creído ver junto a sí a la mujer que era dueña de su corazón; pero, desde que habían recobrado el conocimiento, ni Margarita ni la señora de Nevers ha­bían entrado en la habitación. Por lo demás, esto era bien comprensible; una, esposa del rey de Navarra, y otra, cuñada del duque de Guisa, ¿podían dar ante los ojos de todo el mundo una prueba tan notoria de interés hacia dos simples caballeros? No. Ésta era sin duda la respuesta que debían darse a sí mismos La Mole y Co­connas. Pero esta ausencia, debida quizás a un olvido completo, no era por eso menos dolorosa.

Es verdad que el oficial que había asistido al duelo fue de cuando en cuando como por su propia voluntad a preguntar por la salud de los heridos.

También es cierto que Guillonne, por su parte, hizo otro tanto, pero ni La Mole se atrevió a hablar con ésta de Margarita, ni Coconnas con aquélla de la du­quesa de Nevers.

XVIII. LOS APARECIDOS

Durante algún tiempo los dos jóvenes guardaron el secreto encerrado en su pecho, hasta que un día de mu­tuas expansiones, en que su único pensamiento asomó a sus labios, quedó sellada definitivamente su amistad con aquella prueba de absoluta confianza sin la cual no hubiera existido jamás.

Estaban perdidamente enamorados: uno de una prin­cesa, otro de una reina.

Resultaba sobremanera desagradable para los dos amantes la enorme distancia que los separaba del ob­jeto amado. Sin embargo, la esperanza es un senti­miento tan profundamente arraigado en el corazón del hombre que, pese a la locura de su fundamento, supie­ron conservarla.

Por lo demás, cada uno de ellos, a medida que reco­braba la salud, cuidaba su aspecto exterior con más atención. Cualquier hombre, por muy indiferente que sea a los atractivos físicos, tiene en determinadas cir­cunstancias conversaciones mudas con su espejo, signos de inteligencia, después de los cuales casi siempre se aparta de su confidente muy satisfecho de la entrevista. Nuestros dos jóvenes no eran de aquellos a quienes el espejo pudiera desilusionar. La Mole, delgado, pálido y elegante, poseía el encanto de la distinción; Coconnas, vigoroso, bien formado, tenía los atractivos de la forta­leza. Más aún, la enfermedad constituyó para él una ventaja: había adelgazado y empalidecido. La famosa cicatriz que tanto le diera que hacer por su semejanza con un arco iris había desaparecido, anunciando proba­blemente, como el fenómeno postdiluviano, una larga serie de días hermosos y de noches serenas.

Los dos heridos seguían siendo objeto de las más delicadas atenciones: el día que pudieron levantarse halló cada cual una bata sobré el sillón más próximo a su cama; el día que pudieron vestirse, un traje comple­to. Además, en el bolsillo de cada jubón había una bolsa bien provista que aceptaron, por supuesto, con el propósito de devolverla a su debido tiempo al protec­tor desconocido que velaba por ellos.

Este protector desconocido no podía ser de ningún modo el príncipe en cuya habitación se alojaban, por­que no sólo no había subido nunca a verlos, sino que tampoco se había dignado interesarse por su estado.

Una vaga esperanza decía en secreto a cada cora­zón que el desconocido protector era la mujer amada.

Nada de extraño, pues, que los dos heridos espera­ran con impaciencia el momento de salir a la calle. La Mole, más fuerte, y restablecido antes que su compa­ñero, ya podía haberlo hecho; pero una especie de táci­to acuerdo le ligaba a la suerte de su amigo. Habían convenido en consagrar su primera salida a hacer tres visitas.

La primera, al desconocido doctor cuyo milagroso brebaje mejoró tan notablemente el inflamado pecho de Coconnas.

La segunda, a la posada del difunto maese La Hu­rière, donde habían dejado las maletas y los caballos.

La tercera, al florentino Renato, el cual, uniendo a su título de perfumista el de mago, vendía no sólo cos­méticos y venenos, sino que componía filtros y pro­nunciaba oráculos.

Por fin, después de más de dos meses de convale­cencia y de reclusión, llegó tan ansiado día.

Hemos dicho reclusión, porque es la palabra que conviene emplear, ya que en su impaciencia varias ve­ces intentaron adelantar este día; un centinela apostado en la puerta les impidió el paso manifestándoles que no podían salir más .que con el exeat de Ambrosio Paré.

Cuando el hábil cirujano hubo reconocido que los dos enfermos, si no del todo curados, se hallaban en vías de recuperar su salud, dio este exeat, y a eso de las dos de la tarde de uno de esos hermosos días de otoño con que París obsequia a veces a sus admirados habi­tantes que ya han hecho provisión de paciencia para pasar el invierno, los dos amigos, cogidos del brazo y sosteniéndose mutuamente, pusieron los pies fuera del Louvre.

La Mole, que había encontrado con gran alegría sobre un sillón la famosa capa color cereza que doblara con tanto cuidado antes del duelo, se había constituido en guía de Coconnas, mientras éste se dejaba llevar sin resistencia y hasta sin reflexionar. Sabía que su amigo le conduciría hasta la casa del desconocido doctor cuya poción, sin patentar aún, le había curado en una sola noche, en tanto que todas las drogas de Ambrosio Paré le habían estado matando lentamente. Hizo dos partes del dinero de su bolsa, es decir, de las doscientas libras, y destinó cien para recompensar al Esculapio anónimo, a quien debía su curación. Coconnas no temía la muer­te, pero estaba muy satisfecho de vivir, y, como puede verse, se disponía a recompensar generosamente a su salvador.

La Mole se encaminó por la calle de Astruce, lue­go por la de Saint—Honoré y la de Prouvelles y pronto llegó a la plaza des Halles. Cerca de la antigua fuente, en el lugar que hoy se llama Carreau des Halles, se ele­vaba una construcción octogonal de mampostería co­ronada por una torre de madera que terminaba en un tejado puntiagudo, sobre el cual giraba rechinando una veleta. Esta torre de madera tenía ocho huecos atrave­sados, de modo semejante a como atraviesa los escudos de armas el fasce heráldico, por una especie de rueda de madera que se abría por la mitad con el fin de apresar entre sus radios la cabeza y las manos del condenado o de los condenados que eran expuestos en uno o en va­rios de los huecos.

Esta extraña construcción, sin semejanza alguna con los edificios que la rodeaban, se llamaba la picota.

Una casa informe, jorobada, vieja, tuerta y coja, con el techo manchado de musgo, como la piel de un leproso, había brotado semejante a un hongo al pie de esta especie de torre.

Era la casa del verdugo.

Un hombre estaba expuesto al público y sacaba la lengua a los transeúntes; era uno de los ladrones que ejercían su oficio junto a la horca de Montfaucon y que, por casualidad, fue cogido en el ejercicio de su función.

Coconnas creyó que su amigo le llevaba para que presenciase tan curioso espectáculo y se mezcló a la tur­ba de aficionados que respondía a las muecas del reo con gritos y silbidos.

Como era cruel por naturaleza, la escena le divirtió mucho, aunque hubiera preferido que en vez de gritos y silbidos arrojaran piedras al insolente ladrón, que se atrevía a sacar la lengua a los nobles señores que le ha­cían el honor de visitarle.

Cuando la torre giró sobre su base para que otra parte de la plaza pudiera gozar de la vista del condena­do y la multitud siguió el movimiento de aquélla, Co­connas quiso hacer lo mismo, pero La Mole le detuvo diciéndole en voz baja:

—No hemos venido aquí para ver semejante cosa.

—¿A qué hemos venido entonces?

—Ya lo verás —respondió La Mole.

Los dos amigos se tuteaban desde el día siguiente a la famosa noche en que Coconnas quiso dar una puña­lada en el vientre al provenzal.

Y La Mole le condujo hasta una ventanita que tenía la casa contigua a la torre y en la que estaba asomado un hombre.

—¡Ah! ¿Sois vos, señores? —dijo el hombre, qui­tándose el gorro color sangre de toro y dejando al des­cubierto su cabeza, cuyos negros y espesos cabellos le caían hasta las cejas—. Sed bien venidos.

—¿Quién es este hombre? —preguntó Coconnas tratando de recordar, pues le parecía haber visto aque­lla cara durante la fiebre.

—Tu salvador, querido amigo —dijo La Mole—. El que lo llevó al Louvre aquella refrescante bebida que tanto bien lo hizo.

—¡Oh! —exclamó Coconnas—. En ese caso, mi amigo...

Y le tendió la mano.

Pero el hombre, en lugar de corresponder a este ges­to con otro parecido, se incorporó echándose hacia atrás para dejar entre él y los dos amigos sitio sobrado para su rotundo vientre.

—Señor—le dijo a Coconnas—, gracias por el ho­nor que queréis hacerme, pero es probable que si su­pierais quién soy no me lo haríais.

—A fe mía —repuso Coconnas—, os juro que aunque fueseis el diablo os estaría muy agradecido porque, a no ser por vos, a estas horas sin duda estaría muerto.

—No soy precisamente el diablo —respondió el hombre del gorro colorado—. Aunque muchos prefe­rirían a veces ver al diablo antes que verme a mí.

—¿Quién sois entonces? —preguntó Coconnas.

—Señor —respondió el hombre—,soy maese Ca­boche, verdugo del distrito de París...

—¡Ah! —exclamó Coconnas retirando su mano.

—¿Lo veis? —dijo maese Caboche.

—¡No! ¡Os daré la mano aunque el diablo me lle­ve! Dádmela.

—¿De verdad?

—Y muy apretada.

—Aquí está.

—Apretad más..., más aún... así.

Coconnas sacó del bolsillo el puñado de oro que tenía preparado para su médico anónimo y lo depositó en la mano del verdugo.

—Hubiera preferido vuestra mano sola —dijo maese Caboche moviendo la cabeza—, porque oro no me falta; en cambio hay muy pocas manos que estre­chen la mía. Pero ¡qué importa! Que Dios os bendiga, caballero.

—Así pues, amigo —dijo Coconnas examinando con curiosidad al verdugo—, ¿sois vos quien da tormen­to, quien apalea, descuartiza, corta cabezas y rompe huesos? Tengo un gran placer en conoceros.

—Señor—dijo maese Caboche—, yo no me ocupo de todo eso personalmente. Así como vosotros los ca­balleros tenéis lacayos que hacen lo que no queréis ha­cer, yo tengo ayudantes que realizan los trabajos pesa­dos y despachan a los pobres diablos. Sólo cuando se trata de algún gentilhombre como vos o vuestro com­pañero, por ejemplo, entonces es otra cosa, y es para mí un honor intervenir en todos los detalles de la ejecu­ción, desde el primero hasta el último, es decir, desde el interrogatorio hasta la decapitación.

Coconnas sintió a pesar suyo que un escalofrío re­corría sus venas, como si el cepo apresara sus piernas y el filo del hacha rozara su cuello. La Mole, sin darse cuen­ta de la causa, experimentó la misma sensación.

Pero el piamontés pudo vencer la emoción que le avergonzaba y se despidió de maese Caboche con una broma final:

—Pues bien —le dijo—, os cojo la palabra para cuando me llegue el turno de subir a la horca de Enguerrando de Marigny o al patíbulo del señor de Ne­mours. Seréis el único que me toque.

—Os lo prometo.

—Aquí tenéis mi mano en prueba de que acepto vuestra promesa.

Y tendió al verdugo una mano que éste tocó tími­damente con la suya, aunque era bien visible su deseo de estrecharla.

A este simple contacto, Coconnas palideció ligera­mente, aunque sin perder la sonrisa de sus labios, mien­tras que La Mole, bastante molesto y viendo que la muchedumbre se acercaba hacia ellos siguiendo el mo­vimiento giratorio de la torrecilla, le tiró de la capa.

Coconnas, que sentía en su interior tantos deseos como su compañero de poner fin a esta escena en que por inclinación natural de su carácter había ido más allá de lo debido, saludó con la cabeza y se alejó.

—¡Vaya! —dijo La Mole cuando llegaron a la Cruz del Traidor—. Reconozco que aquí se respira mejor que en la plaza des Halles.

—Lo reconozco —declaró Coconnas—, pero no por eso estoy menos satisfecho de haber conocido a maese Caboche. Es bueno tener amigos en todas partes.

—Incluso en la posada de A la Belle Etoile —aña­dió La Mole riendo.

—¡Oh! Lo que es el pobre maese La Hurière —di­jo Coconnas— está muerto y bien muerto. Vila llama del arcabuz, oí el tiro, que resonó como si hubiese da­do en la campana mayor de Nuestra Señora, y le dejé tendido en el arroyo manando sangre por la nariz y la boca. Suponiendo que sea un amigo, es un amigo que tenemos en el otro mundo.

Charlando de este modo entraron los dos jóvenes por la calle de l'Arbre—Sec y se encaminaron hacia el anuncio de A la Belle Etoile, que seguía balanceándose en el mismo sitio, presentando siempre al viajero su hor­no gastronómico y su apetitosa leyenda.

Coconnas y La Mole esperaban encontrar la casa entregada a la desesperación, la viuda de luto y los mar­mitones con un crespón en el brazo; pero, con gran asombro suyo, la hallaron en plena actividad. La señora de La Hurière estaba rebosante de alegría, y los pinches más contentos que nunca.

—¡Oh, la infiel! —exclamó La Mole—. ¿Se habrá vuelto a casar?

Y dirigiéndose a la nueva Artemisa, dijo:

—Señora, somos dos gentiles hombres amigos de vuestro pobre marido. Dejamos aquí dos caballos y dos maletas que venimos a buscar.

—Caballeros —dijo la dueña de la casa después de intentar en vano reconocer sus rostros—, como no tengo el honor de conoceros, si no os parece mal voy a llamar a mi marido... Gregorio, llama a lo amo.

Gregorio pasó de la primera cocina, que era el pandemónium general, a la segunda, que era el labora­torio donde se confeccionaban los platos que maese La Hurière, en vida, juzgaba dignos de ser preparados por sus sabias manos.

—Que el diablo me lleve —murmuró Coconnas—, si no me da pena ver esta casa tan alegre cuando debía estar tan triste. ¡Pobre La Hurière!

—Quiso matarme —dijo La Mole—, pero le per­dono de todo corazón.

Apenas había pronunciado estas palabras cuando apareció un hombre llevando una cacerola en cuyo fon­do se doraban unas cebollas que removía con una cu­chara de madera.

La Mole y Coconnas dieron un grito de sorpresa.

Al oírlo, el hombre levantó la cabeza y respon­diendo con otro grito semejante, dejó caer la olla que­dándose con la cuchara en la mano.

—In nomine Patris —dijo el hombre agitando su cuchara a manera de hisopo—, et Filii, et Spiritus Sancti...

—¡Maese La Hurière! —exclamaron los dos Jó­venes.

—¡Señores de Coconnas y de La Mole! —dijo La Hurière.

—¿No estabais muerto? —preguntó Coconnas.

—¿Estáis vivos? —dijo La Hurière.

—Sin embargo —prosiguió Coconnas—, os vi caer y oí el ruido de la bala que os rompió no sé qué cosa. Os dejé tendido en el arroyo perdiendo sangre por la nariz, la boca y hasta por los ojos.

—Todo eso es tan cierto como el Evangelio, señor. Pero el ruido que oísteis fue el de la bala al chocar contra mi casco, donde felizmente se estrelló; verdad es que el golpe no dejó de ser fuerte y la prueba —agregó La Hurière quitándose el gorro y mostrando su cabeza pelada como una rodilla— aquí la tenéis: no me ha que­dado ni un solo pelo.

Los dos jóvenes se echaron a reír al ver aquella ca­beza grotesca.

—¡Ah! ¿Os reís? —dijo el posadero un poco más tranquilo—. ¿No venís entonces con malas intenciones?

—Y vos, maese La Hurière, ¿os habéis curado de vuestras inclinaciones belicosas?

—Sí, por cierto; y ahora...

—¿Ahora qué?

—He hecho la promesa de no ocuparme de otro fuego que no sea el de mi cocina.

—¡Bravo! Eso es ser prudente —añadió el piamon­tés—. Y hablando de otra cosa, nosotros dejamos en vuestra cuadra dos caballos y en vuestras habitaciones dos maletas.

—¡Diablos! —dijo el posadero mientras se rascaba una oreja.

—¿Qué ocurre?

—¿Dos caballos, decís?

—Sí, en la cuadra.

—¿Y dos maletas?

—Sí, en las habitaciones.

—Es que... vosotros me creísteis muerto, ¿no?

—Exacto.

—Y sin embargo os equivocasteis... También pude equivocarme yo.

—¿Creyéndonos muertos? Es muy natural.

—¡Ah! Pero es el caso... que como moríais ab—in­testato... —continuó maese La Hurière.

—Sigue.

—Creí, y ahora veo que estaba equivocado...

—¿Qué creísteis? Acabad.

—Que os podía heredar.

—¡Ah! ¡Ah! —exclamaron los dos jóvenes.

—Pero no por eso estoy menos satisfecho de veros con vida...

—¿De modo que habéis vendido nuestros caba­llos? —dijo Coconnas.

—¡Ay de mí!

—¿Y nuestras maletas? —interrogó La Mole.

—¡Oh! ¡Las maletas, no! —exclamó La Hurière—. Solamente lo que había dentro de ellas.

—Dime La Mole —dijo Coconnas— ¿no lo parece que es un rematado pillo? Si le destripáramos...

Esta amenaza pareció surtir un gran efecto sobre La Hurière, que arriesgó estas palabras:

—Pero, señores, creo que podríamos arreglarnos.

—Oye —dijo La Mole—, yo soy quien tiene más motivo de queja contra ti.

—Es verdad, señor conde, porque me acuerdo que en un momento de locura tuve la audacia de amenazaros.

—Sí, con una bala que me pasó rozando la cabeza.

—¿Lo creéis así?

—Estoy seguro.

—Si estáis seguro, señor de La Mole —dijo La Hu­rière recogiendo su cacerola con aire inocente—, no seré yo, que soy vuestro humilde servidor, quien os des­mienta.

—Por mi parte no lo reclamo nada.

—¿Cómo, señor mío?

—A no ser...

—¡Ay, ay! —dijo La Hurière.

—Que me des de comer a mí y a mis amigos cada vez que venga.

—¡Cómo no! —gritó el posadero encantado—. Estoy a vuestras órdenes, señor conde, a vuestras ór­denes.

—Entonces, ¿es cosa hecha?

—Y de todo corazón. Y vos, señor Coconnas—con­tinuó el posadero—, ¿os adherís al convenio?

—Sí, pero, como mi amigo, con una pequeña con­dición.

—¿Cuál? .

—Que devolváis al señor de La Mole los cincuenta escudos de oro que le debo y que os confié.

—¿A mí, señor? ¿Cuándo?

—Un cuarto de hora antes de que vendieseis mi caballo y mi maleta.

La Hurière hizo un gesto de resignación.

—¡Ah! ¡Ya comprendo! —dijo.

Y acercándose a un armario sacó uno tras otro los cincuenta escudos y se los entregó a La Mole.

—¡Está bien! —dijo el gentilhombre—. Servidnos una tortilla. Los cincuenta escudos serán para Gregorio.

—¡Oh! —exclamó La Hurière—. En verdad que tenéis un corazón de príncipe y podréis contar conmi­go vivo o muerto.

—En ese caso —dijo Coconnas—, preparadnos la tortilla y no ahorréis manteca ni tocino.

Y mirando el reloj, agregó:

—A fe mía, La Mole, que tienes razón. Nos faltan todavía tres horas de espera y tanto da pasarlas aquí como en otra parte. Sin contar con que, si no me equi­voco, estamos a mitad de camino del puente de Saint­Michel.

Los dos jóvenes volvieron a ocupar la mesa que en la piececita del fondo tenía la famosa noche del 24 de agosto de 1572, durante la cual Coconnas propuso a La Mole que se jugaran la primera querida que tuviesen.

Confesemos, para hacer honor a la moral de los dos caballeros, que ninguno de ellos tuvo ahora la idea de hacer a su compañero semejante proposición.

XIX. LA CASA DE RENATO, EL PERFUMISTA DE LA REINA MADRE

En la época en que transcurre nuestra historia no existían para pasar de una parte a otra de la ciudad más que cinco puentes, unos de piedra y otros de madera, que acababan todos en la Cité. Eran el puente de Meuniers, el puente del Cambio, el puente de Nôtre—Dame, el puente Pequeño y el puente de Saint—Michel.

En los demás sitios donde era necesaria la circula­ción se habían colocado barcas que mejor o peor los reemplazaban.

Sobre estos cinco puentes se elevaban algunas casas como las que existen todavía en el Ponte—Vechio de Florencia.

Cada uno de ellos tiene su historia, pero por el momento sólo nos ocuparemos del puente de Saint­ Michel.

El puente de piedra de Saint—Michel fue construido en 1373; pero a pesar de su aparente solidez, un desbor­damiento del Sena lo destruyó en parte el 31 de enero de 1408; en 1416 fue reconstruido de madera, pero durante la noche del 16 de diciembre de 1547 fue arrastrado por segunda vez; hacia 1550, es decir, veintidós años antes de la fecha a que nos referimos en nuestro relato, fue construido nuevamente de madera, y aunque ya había necesitado algunas reparaciones, pasaba por ser bastan­te sólido.

En medio de las casas que bordeaban el puente, fren­te al pequeño islote en que fueron quemados los Tem­plarios y donde se apoya hoy una de las bases del pont Neuf, se destacaba una de postigos de madera cuyo enorme tejado caía sobre ella como el párpado de un ojo colosal. Por la única ventana abierta del piso alto, encima de otra de la planta baja y de una puerta herméticamente cerrada, se filtraba una luz rojiza que atraía la atención de los paseantes hacia la ancha y baja fachada del edificio pintada de azul y con lujosas molduras doradas. En una especie de friso que separaba las dos plantas se repre­sentaban una multitud de diablillos en actitudes a cuál más grotesca, y una ancha faja, pintada de azul como la fachada, que se extendía entre el friso y la ventana supe­rior, lucía esta inscripción:

Renato el florentino,
perfumista de Su Majestad la reina madre...

Como ya hemos dicho, la puerta de la casa estaba bien cerrada; pero, más que por los cerrojos, estaba de­fendida de los ataques nocturnos por la terrible repu­tación de su inquilino, que hacía que los transeúntes que atravesaban el puente por aquel lugar describieran casi siempre una curva, como si temiesen que el olor de los perfumes se filtrara por las paredes.

Más todavía; los vecinos de la izquierda y los de la derecha, temiendo sin duda verse comprometidos por su proximidad desde que maese Renato se instaló en el puente de Saint—Michel, se mudaron a otra parte, de modo que las dos casas contiguas a la del florentino permanecían cerradas y desiertas. Sin embargo, a pesar de esta soledad y este abandono, los paseantes rezaga­dos habían visto brillar, a través de los postigos cerrados de estas casas deshabitadas, cierto extraño resplan­dor y aseguraban haber oído ciertos ruidos, parecidos a quejas, que demostraban que las casas eran frecuenta­das por algunos seres que no se sabía si pertenecían a éste o al otro mundo.

A consecuencia de tales rumores resultó que los inquilinos de las otras dos casas se preguntaban de vez en cuando si no sería lo más conveniente imitar la con­ducta de sus convecinos.

Renato debía sin duda a este privilegio terrorífico, públicamente reconocido, la concesión de tener luz en su casa después de la hora reglamentaria. Por otra par­te, ni rondas ni patrullas se hubiesen atrevido a inco­modar a un hombre doblemente grato a Su Majestad por su calidad de perfumista y de compatriota.

Como suponemos que el lector, bien preparado por la filosofía del siglo XVIII, no cree en la magia ni en los magos, le invitamos a entrar con nosotros en la casa que en aquella época de supersticiosas creencias infun­día a su alrededor tan profundo espanto.

La tienda del piso bajo está sombría y desierta des­de las ocho de la noche, hora en que se cierra para no volverse a abrir hasta que se halla bastante adelantada la mañana siguiente. Allí es donde se hace la venta coti­diana de perfumes, ungüentos y cosméticos de todo género que prepara el hábil químico. En esta venta al por menor le ayudan dos aprendices que no duermen en la casa, sino en la calle Calandre. Salen por la noche de la tienda un momento antes de que se cierre. Por la mañana se pasean frente a la puerta hasta que la ven abrirse.

En esta tienda, bastante ancha y profunda, hay dos puertas que dan a dos escaleras. Una de ellas sube late­ralmente por la misma pared; la otra es externa y visible desde el muelle llamado hoy de los Agustinos y desde la orilla que hoy se llama de los Orfebres.

Ambas conducen a la habitación del piso superior. Ésta tiene las mismas dimensiones que la tienda, sólo que una cortina colocada en el mismo sentido que el puente la divide en dos compartimientos. En el fondo del primero se abre la puerta correspondiente a la esca­lera exterior. En una de las paredes laterales del segun­do se abre la de la escalera secreta. Esta puerta es invisi­ble, porque la oculta un alto armario tallado unido a ella por bisagras de hierro, que es preciso empujar para poderla abrir. Tan sólo Catalina y Renato conocen esta puerta secreta. Por ella sube y baja la reina; y aplicando la vista o el oído a unas aberturas practicadas sobre el mueble, ve y escucha cuanto ocurre en la habitación. Otras dos puertas perfectamente visibles se abren en las paredes laterales de este segundo compartimiento. Una comunica con una habitación pequeña, iluminada por el techo, en la que no hay más que un gran horno, retortas, alambiques y crisoles; es el laboratorio del al­quimista. La otra da a una celda más extraña aún que el resto de la casa, porque no recibe ninguna luz, ni tiene tapices ni muebles, sino solamente una especie de altar de piedra.

El suelo está cubierto por una losa en declive. Al pie de las paredes corre un pequeño canal que concluye en un embudo por cuyo orificio se ve pasar el agua turbia del Sena. Cuelgan de varios clavos fijos en la pared instrumentos de formas raras, todos agudos o cortantes; unos tienen la punta como la de una aguja, otros están afilados como navajas de afeitar, los hay que brillan como espejos o que, por el contrario, tienen un color gris opaco o azul oscuro.

En un rincón rebullen dos gallinas negras atadas por las patas. Éste es el santuario del augur.

Volvamos a la habitación del centro, que se halla dividida en dos gabinetes. Allí es donde son recibidos los visitantes vulgares. Los ibis egipcios, las momias de vendajes dorados, el cocodrilo bostezando colgado del techo, las calaveras de ojos vacíos y dientes temblones,

y, en fin, los libracos polvorientos venerablemente roí­dos por las ratas, ofrecen a los curiosos una mezcla de emociones diversas que les impiden razonar cuerda­mente. Detrás de la cortina hay frascos, cajitas miste­riosas, ánforas de aspecto siniestro; todo esto está ilu­minado por dos lamparillas de plata exactamente iguales que parecen sacadas de algún altar de Santa María Novella o de la iglesia Dei—Servi de Florencia y que, ardiendo con aceites aromáticos, arrojan su ama­rillo resplandor desde lo alto de la oscura bóveda en que están suspendidas por tres cadenitas ennegrecidas.

Aquella noche, Renato se hallaba solo y se paseaba con los brazos cruzados y moviendo la cabeza por el segundo compartimiento de la habitación principal. Después de una larga y dolorosa meditación se detuvo ante un reloj de arena.

—¡Ah! —exclamó—. Me olvidé de darle la vuelta y acaso hace ya tiempo que pasó toda la arena.

Y mirando la luna que asomaba apenas por detrás de un negro nubarrón que parecía prendido en la punta del campanario de Nôtre—Dame:

—¡Las nueve! —dijo—. Si viene, vendrá como siem­pre dentro de una hora o de hora y media; tendremos tiempo para todo.

En este momento se oyó ruido en el puente. Rena­to aplicó el oído a un largo tubo cuya extremidad se abría en la calle en forma de cabeza de serpiente.

—No—dijo—, no es «ella» ni «ellas». Son pasos de hombre, se detienen ante mi puerta, vienen aquí.

Al mismo tiempo sonaron tres golpes secos.

Renato bajó rápidamente, pero se limitó a apoyar el oído contra la puerta antes de abrir. Se repitieron los mismos golpes.

—¿Quién es? —dijo Renato.

—¿Es necesario que digamos nuestros nombres? —preguntó una voz.

—Es indispensable.

—En ese caso, soy el conde Annibal de Coconnas —dijo la misma voz que se oyera anteriormente.

—Y yo soy el conde Lerac de la Mole —dijo otra voz que se oía por vez primera.

—Esperad, señores, en seguida os recibiré.

Dijo esto al mismo tiempo que descorría los cerro­jos, levantaba las barras y abría la puerta a los dos jóve­nes; la volvió a cerrar sólo con llave y conduciéndolos por la escalera exterior les introdujo en el segundo gabi­nete. La Mole, al entrar, hizo la señal de la cruz por de­bajo de su capa; estaba pálido y le temblaban las manos, sin que pudiese evitar esta muestra de debilidad.

Coconnas observó uno por uno los objetos que con­tenía la habitación y encontrando durante su examen la puerta de la celda quiso abrirla.

—Permitidme, caballero —dijo Renato con voz grave, poniendo su mano sobre la de Coconnas—. Las visitas que me hacen el honor de entrar aquí no dispo­nen más que de esta parte de la casa.

—¡Ah! ¡Eso es otra cosa! —dijo Coconnas—. Ade­más, siento necesidad de sentarme.

Y se dejó caer sobre una silla.

Hubo un instante de profundo silencio; Renato espe­raba que alguno de los dos jóvenes se explicase. Durante este tiempo se oía como un silbido la respiración de Co­connas, que todavía no estaba del todo curado.

—Maese Renato —dijo el piamontés, por fin—, sois un hombre hábil; decidme, pues, si no quedaré bien de esta herida, es decir si me durará siempre esta respiración penosa que me impide montar a caballo, manejar las armas y comer tortillas con tocino.

Renato acercó el oído al pecho de Coconnas y lo auscultó atentamente.

—No, señor conde —dijo—, os curaréis.

—¿De verdad?

—Os lo digo yo.

—Muchas gracias.

Hubo un nuevo silencio.

—¿Deseáis saber alguna otra cosa, conde?

—Sí—respondió Coconnas—, quiero saber si estoy enamorado.

—Lo estáis—dijo Renato.

—¿Cómo lo sabéis?

—Porque me lo preguntáis.

—¡Voto al diablo! Creo que tenéis razón. ¿Pero de quién?

—De la mujer que repite ahora a cada instante el juramento que acabáis de pronunciar.

—En verdad, maese Renato —dijo Coconnas es­tupefacto—, sois un hombre muy listo. Ahora llega lo turno, La Mole.

El provenzal se ruborizó y quedóse cohibido.

—¡Vamos, qué diablos! Habla, pues —le aconsejó Coconnas.

—Hablad —dijo el florentino.

—Señor Renato —balbució La Mole, cuya voz se fue serenando poco a poco—, yo no vengo a pregun­taros si estoy enamorado, pues sé que lo estoy y no me engaño; pero decidme si seré amado, porque la verdad es que todo lo que me pareció al principio motivo de esperanza se vuelve ahora contra mí.

—No habréis hecho quizá todo lo que es menester.

—¿Qué más puede hacer un hombre que demostrar con su respeto y su fidelidad a la señora de sus pensa­mientos que la ama?

—Ya sabéis —dijo Renato— que estas demostra­ciones son a veces insuficientes.

—Entonces, ¿hay que perder las esperanzas?

—No, es preciso acudir a la ciencia. Hay en la na­turaleza humana antipatías que pueden vencerse y sim­patías que pueden lograrse. El hierro no es un imán, pero imantándolo atrae al mismo hierro.

—Sin duda, sin duda —murmuró La Mole—, pero me repugnan los conjuros.

—¡Ah! Pues si os repugnan, no haber venido —re­puso Renato.

—Vamos, vamos —dijo Coconnas—, no lo hagas el niño ahora. Señor Renato, ¿podéis hacerme ver al diablo?

—No, señor conde.

—¡Cuánto lo siento! Tenía que decirle dos pala­bras y quizás eso hubiera decidido a La Mole:

—¡Sea! —consintió La Mole—. Abordemos fran­camente la cuestión. Me han hablado de ciertas figuras de cera modeladas a semejanza del objeto amado. ¿Es éste un medio eficaz?

—Infalible.

—¿Y no hay nada en este experimento que pueda afectar a la vida o a la salud de la persona querida?

—Nada.

—Ensayemos entonces.

—¿Quieres que yo comience? —dijo Coconnas.

—No —contestó La Mole—, ahora que me he comprometido llegaré hasta el fin.

—¿Tenéis, señor de La Mole, un grande, ardiente e imperioso deseo de saber a qué ateneros? —preguntó el florentino.

—¡Oh! —exclamó La Mole—. Deseo saberlo con toda mi alma.

En aquel mismo instante llamaron dulcemente a la puerta de la calle, tan dulcemente que sólo Renato oyó el ruido, sin duda porque lo esperaba.

Se acercó disimuladamente al tubo y, mientras hacía algunas preguntas indiferentes a La Mole, oyó cierto timbre de voz que al parecer acabó de convencerle.

—Resumid, pues, vuestro deseo y llamad a la per­sona que amáis.

La Mole se arrodilló como para hablar a una divi­nidad, y Renato, pasando sin hacer ruido al primer ga­binete, se deslizó silenciosamente por la escalera exte­rior; un momento después, unos ligeros pasos sonaban en el piso de la tienda. Al levantarse, La Mole vio fren­te a sí a Renato, que llevaba en la mano una figurita de cera mediocremente hecha. La estatuita tenía corona y manto.

—¿Queréis ser siempre amado por la que es reina en vuestro corazón?

—Sí, aunque me cueste la vida, aunque se pierda mi alma —respondió La Mole.

—Está bien —dijo el florentino, mojándose la punta de los dedos y sacudiéndolos sobre la cabeza de la figurita mientras pronunciaba algunas palabras en latín.

La Mole se estremeció, comprendiendo que se tra­taba de un sacrilegio.

—¿Qué hacéis? —preguntó.

—Bautizo a esta figurita con el nombre de Marga­rita.

—¿Con qué objeto?

—Para establecer la simpatía.

La Mole iba a abrir la boca para impedirle que con­tinuara, pero una irónica mirada de Coconnas le con­tuvo.

Renato, que había visto el gesto, esperó.

—Hace falta el pleno y absoluto consentimiento.

—Hacedlo —dijo La Mole.

Renato trazó en un banderita de papel rojo algunos caracteres cabalísticos y, atravesándola con una aguja de acero, la clavó en el corazón de la figurita.

¡Cosa extraña! Por el sitio del pinchazo brotó una gota de sangre. Luego, Renato quemó el papel.

El calor de la aguja derritió la cera a su alrededor y secó la gota de sangre.

—Así —dijo Renato—, por la fuerza de la simpatía vuestro amor atravesará y encenderá el corazón de la mujer que amáis.

Coconnas, en su calidad de espíritu fuerte, se reía interiormente de la escena; pero La Mole, enamorado y supersticioso, sintió que un sudor frío le corría por la raíz del pelo.

—Ahora —dijo Renato— apoyad vuestros labios sobre los de esta estatua diciendo: «¡Yo lo amo, Mar­garita! ¡Margarita, ven! »

La Mole obedeció.

Oyóse en aquel momento abrir la puerta del se­gundo gabinete y aproximarse unos pasos leves. Co­connas, curioso a incrédulo, desenvainó su puñal y, temiendo que si intentaba levantar la cortina Renato le haría la misma observación que cuando quiso abrir la puerta, rasgó de una puñalada el grueso tapiz y miran­do por la abertura lanzó un grito de asombro al que respondieron otros dos de mujer.

—¿Qué hay? —preguntó La Mole a punto de dejar caer la figurita de cera, que Renato se apresuró a coger de sus manos.

—Hay que la duquesa de Nevers y la reina Marga­rita están allí —repuso Coconnas.

—¿Y ahora, incrédulos? —dijo Renato con una leve sonrisa—. ¿Dudáis aún de la fuerza de la simpatía?

La Mole se quedó petrificado al ver a su reina; Co­connas tuvo un instante de sorpresa al reconocer a la señora de Nevers.

El primero se imaginó que las hechicerías de Rena­to habían evocado el fantasma de Margarita; el otro, al ver todavía entreabierta la puerta por donde habían pe­netrado tan encantadores fantasmas, encontró pronto la explicación del prodigio en el mundo vulgar y material.

Mientras La Mole se persignaba y suspiraba de un modo capaz de ablandar las rocas, Coconnas, que ha­bía tenido tiempo de hacerse preguntas filosóficas y de ahuyentar al espíritu del mal con ayuda de ese hisopo llamado incredulidad, habiendo visto por el agujero de la cortina la sorpresa de la señora de Nevers y la sonri­sa un tanto cáustica de Margarita, juzgó llegado el mo­mento decisivo. Comprendiendo que se puede decir por medio de un amigo lo que uno no se atreve a anun­ciar por sí mismo, marchó rectamente hacia Margarita, en lugar de dirigirse hacia la señora de Nevers, y po­niendo una rodilla en tierra, a la manera como se repre­senta en las ferias al gran Artajerjes, exclamó con una voz a la que el silbido que se escapaba por su herida le daba un cierto acento que no carecía de fuerza:

—Señora, en este mismo momento, a petición de mi amigo el conde de La Mole, Renato evocaba vuestra sombra y, con gran asombro mío, vuestra sombra ha surgido acompañada de un cuerpo que aprecio mucho y que recomiendo a mi amigo. Sombra de Su Majestad la reina de Navarra, ¿queréis decir al cuerpo de vuestra compañera que pase?

Margarita se echó a reír a hizo señas a Enriqueta para que pasara.

—Amigo La Mole—dijo Coconnas—, sé elocuen­te como Demóstenes, como Cicerón, como el señor canciller L'Hôpital, y piensa que mi vida depende de que persuadas al cuerpo de la señora de Nevers de que soy su más abnegado, obediente y fiel servidor.

—Pero... —balbució La Mole.

—Haz lo que lo digo, y vos, Renato, velad para que nadie nos importune.

Renato no se opuso a los deseos de Coconnas.

—¡Voto al diablo, señor! —dijo Margarita—. Sois in­genioso, os escucho, veamos, ¿qué tenéis que decirme?

—Señora, que la sombra de mi amigo, porque es una sombra y la prueba es que no pronuncia ni una sola palabra, me suplica que use la facultad de hablar que tienen los cuerpos para deciros: «Bella sombra, este incorpóreo caballero ha perdido las carnes y el aliento por el rigor de vuestros ojos.» Si vos fueseis la reina en persona, pediría a maese Renato que me hun­diera en algún abismo sulfuroso antes de que pudiera emplear semejante lenguaje con la hija del rey Enrique II, la hermana de Carlos IX y la esposa del rey de Navarra. Pero las sombras están despojadas de todo orgullo terrestre y no se enojan porque alguien las ame. Rogad, pues, a vuestro cuerpo, señora, que ame un poco al alma de este pobre La Mole, alma en pena si la hay; alma perseguida primero por la amistad, que en tres ocasiones le introdujo varias pulgadas de acero en el vientre; alma abrasada por el fuego de vuestros ojos, fuego mil veces más devorador que todos los fuegos del Infierno. Tened piedad, pues, de esta pobre alma y amad un poco al que fue hermoso La Mole, y, si care­céis del don de la palabra, emplead un gesto cualquiera, o por lo menos una sonrisa. El alma de mi amigo es muy inteligente y sabrá comprender. Hacedlo, ¡voto al diablo!, o atravesaré con mi espada el cuerpo de Rena­to para que en virtud del poder que ejerce sobre las sombras obligue a la que tan oportunamente supo evo­car a que no haga cosas que resulten inconvenientes en una sombra tan discreta como me hace el efecto que debe ser la vuestra.

Al oír esta peroración de Coconnas, que se había plantado ante la reina como Eneas bajando a los in­fiernos, Margarita no pudo reprimir una carcajada y, aunque guardó el silencio que correspondía en tal oca­sión a una sombra real, tendió la mano a Coconnas.

Éste la tomó delicadamente entre las suyas lla­mando a La Mole:

—¡Sombra dé mi amigo! —exclamó—, ven aquí en seguida.

La Mole, estupefacto y tembloroso, obedeció.

—Está bien —dijo Coconnas cogiéndole por la nuca—. Ahora acercad el aliento de vuestro hermoso rostro moreno a la blanca y delicada mano que veis aquí.

Y Coconnas, uniendo el gesto a la palabra, unió aquella delicada mano con la boca de La Mole, retenién­dolas por un instante respetuosamente apoyadas una sobre la otra, sin que la mano tratara de escapar a la dulce presión.

Margarita no había dejado de sonreír, pero la señora de Nevers no sonreía, se hallaba todavía impresionada por la repentina aparición de los dos gentiles hombres. Sentía aumentar su malestar con la fiebre de unos na­cientes celos, pues pensaba que Coconnas no debía ol­vidar así sus propios asuntos por ocuparse de los que concernían a los demás.

La Mole vio cómo arrugaba el ceño, sorprendía el fulgor amenazador de sus ojos, y a pesar de la embria­gadora turbación en que la voluptuosidad le aconseja­ba deleitarse, comprendió el peligro que corría su ami­go y adivinó lo que debía hacer para salvarlo.

Levantándose y dejando la mano de Margarita en la de Coconnas, fue a coger la mano de la duquesa de Nevers a hincando una rodilla en tierra:

—¡Oh, la más bella, la más adorable de las muje­res! —dijo—. Hablo de las mujeres vivas y no de las sombras.

Y dirigiendo una mirada y una sonrisa a Margarita prosiguió:

—Permitid que un alma despojada de su grosera envoltura repare las ausencias de un cuerpo enteramen­te absorbido por una amistad material. El señor de Co­connas, que veis aquí, no es más que un hombre de fir­me estructura y buenas carnes, pero perecedero: Omnis taro fenum. Aunque este caballero me dirige de la noche a la mañana las letanías más fervorosas que pronuncia en vuestro honor, aunque le hayáis visto distribuir las me­jores estocadas que se han dado jamás en Francia, este campeón, tan elocuente ante una sombra, no se atreve a hablar a una mujer. Por eso se ha dirigido a la sombra de la reina, encargándome que hable a vuestro hermoso cuerpo para deciros que deposita a vuestros pies su co­razón y su alma, que pide a vuestros divinos ojos una mirada de piedad, a vuestros dedos rosados y ardientes una seña para llamarle y a vuestra voz vibrante una de esas palabras que no se olvidan; en caso de que no os conmueva, me ha rogado que le atraviese por segunda vez con mi espada, que es de acero verdadero, porque las espadas no tienen sombra sino cuando les da el sol; que le atraviese con mi espada, por segunda vez, el cuer­po, digo, porque no podría vivir si vos no le autorizáis a vivir exclusivamente para adoraros.

Así como Coconnas empleó tanta verborrea y fan­farronería en su discurso, La Mole acababa de poner en el suyo sensibilidad, fuerza embriagadora y cálida hu­mildad en su súplica.

Los ojos de Enriqueta se apartaron entonces de La Mole, a quien acababa de escuchar, y se dirigieron a Co­connas para ver si la expresión del rostro del caballero estaba de acuerdo con la oración amorosa de su amigo. Debió de quedar satisfecha del examen, puesto que, ru­borosa, palpitante y vencida, le preguntó con una sonri­sa que descubría una doble hilera de perlas engarzadas en coral:

—¿Es verdad?

—¡Voto al diablo! —exclamó Coconnas fascinado por aquella mirada y ardiendo en el mismo fuego—. ¡Es verdad!... Sí, señora, es verdad por vuestra vida y por mi muerte.

—Entonces, venid —dijo Enriqueta, tendiéndole la mano con un abandono que se reflejaba en la lan­guidez de su mirada.

Coconnas tiró al aire su gorro de terciopelo y de un salto se aproximó a la dama, mientras que La Mole, obedeciendo a una seña de Margarita, realizaba como su amigo un intercambio amoroso.

Renato apareció en este momento por la puerta del fondo.

—¡Silencio! —exclamó en un tono que apagó la llama del entusiasmo—. ¡Silencio!

Se oyó en el espesor del muro el roce de una llave rechinando en la cerradura y el ruido de una puerta al girar sobre sus goznes.

—Pero —dijo Margarita con altivez— creo que na­die tiene derecho a entrar aquí mientras estemos no­sotros.

—¿Ni siquiera la reina madre? —murmuró Renato a su oído.

Margarita se lanzó corriendo por la escalera exte­rior, arrastrando consigo a La Mole; Enriqueta y Co­connas, medio abrazados, siguieron tras ellos, levan­tando el vuelo los cuatro, como hacen los graciosos pajarillos que picotean una rama en flor al primer ruido indiscreto.

XX. LAS GALLINAS NEGRAS

Las dos parejas se retiraron a tiempo. Catalina in­troducía la llave en la cerradura de la segunda puerta cuan­do Coconnas y la señora de Nevers salían por la del fondo, de modo que la reina madre, al entrar, pudo oír las pisadas de los fugitivos por la escalera.

Miró a su alrededor inquisitivamente, y clavando por último sus ojos desconfiados en Renato, que es­taba de pie inclinado ante ella:

—¿Quién estaba aquí? —preguntó.

—Unos amantes que se quedaron tan contentos en cuanto les aseguré que se amaban.

—Dejemos eso —dijo Catalina encogiéndose de hom­bros—. ¿Queda alguien más aquí?

—Tan sólo Vuestra Majestad y yo.

—¿Hicisteis lo que os dije?

—¿Respecto a las gallinas negras?

—Sí.

—Ya están listas, señora.

—¡Ah! ¡Si fuerais judío! —murmuró Catalina.

—¿Yo judío, señora? ¿Y por qué?

—Porque podríais leer los libros sagrados que escri­bieron los hebreos sobre los sacrificios. Me he hecho tra­ducir uno y he sabido que, a diferencia de los romanos, los hebreos no buscaban los presagios en el corazón o en el hígado, sino en la disposición del cerebro, donde leen las letras que han sido trazadas por la mano omnipotente del destino.

—Sí, señora, eso mismo le oí decir a un viejo rabi­no amigo mío.

—Hay—dijo Catalina— caracteres construidos de tal modo que abren todo un camino a las profecías que sólo los sabios caldeos recomiendan...

—¿Qué es lo que recomiendan? —preguntó Re­nato viendo que la reina vacilaba.

—Que el experimento se realice con cerebros hu­manos, porque están más de acuerdo con la voluntad de quien los consulta.

—¡Ah, pero Vuestra Majestad sabe que eso es im­posible!

—Por lo menos es difícil. ¡Si lo hubiéramos sabido la noche de San Bartolomé!... ¡Ay, Renato, qué buena cosecha! En fin... lo haremos con el primer condenado a muerte que se ofrezca. Mientras tanto, no salgamos del círculo de lo posible. ¿Está preparado el altar de los sacrificios?

—Sí, señora.

—Pasemos entonces.

Renato encendió una lamparilla en la que se con­sumían extrañas materias cuyo olor, tan pronto sutil y penetrante como nauseabundo y espeso, revelaba la presencia de muchas materias. Pasó primero a la celda alumbrando a Catalina.

La reina eligió entre todos los instrumentos de sa­crificio un cuchillo de azulado acero, mientras Renato iba a buscar una de las gallinas que movían desde el rincón sus inquietos ojos dorados.

—¿Cómo procederemos?

—Interrogaremos al hígado de una y al cerebro de la otra. Si los dos experimentos nos dan el mismo resul­tado habrá que tenerlo por cierto, sobre todo si coincide con los precedentes:

—¿Cuál experiencia hacemos primero?

—La del hígado.

—Está bien —dijo Renato.

Y dicho esto puso una de las gallinas cabeza abajo sobre el pequeño altar, atándola a dos argollas que ha­bía en los extremos, de suerte que el animal no podía, aunque se debatiera, cambiar de sitio.

Catalina le abrió el pecho de un solo tajo.

La gallina dio tres gritos y expiró después de agi­tarse durante largo rato.

—¡Siempre los tres gritos! —murmuró Catalina—. ¡Las tres señales de muerte!

Y abriéndole el cuerpo:

—Tiene el hígado muy inclinado hacia la izquierda —continuó—. ¡Siempre a la izquierda! Triple muerte seguida de un cambio de dinastía. ¿No lo parece espan­toso, Renato?

—Es preciso ver, señora, si los presagios de la se­gunda víctima coinciden con los de ésta.

Renato desató el cadáver de la gallina y lo arrojó a un rincón; luego fue a coger la otra, que, juzgando que correría la misma suerte que su compañera, trató de escapar dando vueltas alrededor de la habitación hasta que al fin, viéndose acorralada, levantó el vuelo por en­cima de la cabeza del nigromante y fue a chocar contra la lamparilla mágica que tenía Catalina en la mano, apagándola.

—Ya lo veis, Renato —dijo la reina—, así se extin­guirá nuestra estirpe. Un aleteo de la muerte la hará desa­parecer de la superficie de la tierra. ¡Pero tengo tres hijos, sin embargo, tres hijos!... —murmuró tristemente.

Renato cogió de las manos la lamparilla apagada y fue a encenderla a la habitación inmediata. Cuando vol­vió, la gallina había metido la cabeza en el embudo que desaguaba en el Sena.

—Esta vez evitaré los tres gritos —afirmó Catali­na—, le cortaré la cabeza de un solo golpe.

En efecto, en cuanto la gallina estuvo atada, la reina le separó de una cuchillada la cabeza, tal como había dicho. Pero en la convulsión suprema el pico se abrió tres veces antes de quedar cerrado para siempre.

—¿Habéis visto? —dijo Catalina aterrada—. Cuan­do no son tres gritos son tres suspiros. Tres y siempre tres. Los tres morirán. Todas estas almas antes de partir cuentan y cantan el número tres. Veamos ahora los sig­nos de la cabeza.

Entonces Catalina cortó la cresta del animal, abrió con precaución el cráneo y, separándolo de modo que quedaran al descubierto los lóbulos del cerebro, trató de hallar la forma de una letra en las sanguino­lentas sinuosidades que traza la división de la pulpa cerebral.

—¡Siempre! —exclamó golpeándose con las dos manos—. ¡Siempre! Y esta vez el pronóstico es más cla­ro que nunca. Ven a ver.

Renato se acercó.

—¿Qué letra es ésta? —le preguntó la reina seña­lando un signo.

—Una E —respondió Renato.

—¿Cuántas veces está repetida?

El perfumista las contó y dijo:

—Cuatro.

—¡Y ahora! ¡Y ahora!... ¿Qué es esto?... Ya, ya com­prendo. Esto quiere decir Enrique IV. ¡Oh! —gruñó arrojando el cuchillo—. Una maldición pesa sobre mi descendencia.

Aquella mujer, pálida como un cadáver, iluminada por el lúgubre resplandor de la lamparilla y crispando sus manos ensangrentadas, ofrecía un aspecto terrible.

—¡Reinará! —dijo con desesperado aliento—. ¡Rei­nará!

—Reinará —repitió Renato sumido en profundas cavilaciones.

Sin embargo, no tardó en desaparecer tan sombría expresión del rostro de la reina a la luz de una idea que parecía surgir del fondo de su cerebro.

—Renato —dijo extendiendo la mano hacia el flo­rentino, pero sin levantar la cabeza que tenía reclinada sobre el pecho—, ¿conoces una terrible historia de un médico de Perusa que envenenó al mismo tiempo con una pomada a su hija y al amante de su hija?

—Sí, señora.

—¿Y quién era el amante? —continuó Catalina, siempre pensativa.

—El rey Ladislao, señora.

—¡Ah! ¡Es verdad! ¿Conoces algunos detalles acer­ca de esta historia?

—Poseo un viejo libro que trata de ella—respon­dió Renato.

—Está bien; pasemos al otro cuarto y me lo pres­tarás.

Los dos salieron de la celda, cuya puerta cerró el florentino.

—¿No tiene nada que ordenarme Vuestra Majes­tad respecto a nuevos sacrificios? —preguntó Renato.

—No, Renato, no, por ahora estoy del todo con­vencida. Esperaremos hasta que podamos conseguir la cabeza de algún reo. El día de la ejecución tú se la com­prarás al verdugo.

Renato se inclinó en prueba de asentimiento, y con la lamparilla en la mano se acercó a los estantes donde se hallaban sus libros; se subió sobre una silla, cogió uno y se lo entregó a la reina.

Catalina lo abrió.

—¿Qué es esto? —preguntó—. «De la manera de criar y alimentar halcones y gerifaltes para que sean fuertes, valientes y estén siempre en buenas condicio­nes para volar.»

—¡Ah! Excusadme, señora, me he equivocado. Éste es un tratado de cetrería escrito por el sabio y famoso Castruccio Castracani. Estaba colocado al lado del que me pedís y encuadernado de la misma manera. Lo confundí. Por otra parte, éste es un libro muy valioso; no existen más que tres ejemplares en el mundo, uno que pertenece a la biblioteca de Venecia, otro que fue adquirido por vuestro abuelo Laurencio y regalado por Pedro de Médicis al rey Carlos VIII durante su visita a Florencia, y el tercero, éste que veis aquí.

—Lo admiro —dijo Catalina— por su rareza, pero como no lo necesito, os lo devuelvo.

Y extendió la mano derecha hacia Renato para co­ger el otro mientras que con la izquierda le entregaba el primero. Esta vez Renato no se equivocó; aquél era precisamente el libro que ella deseaba. Reriato bajó de la silla, lo hojeó un instante y se lo dio abierto.

Catalina se sentó ante una mesa, mientras Renato le alumbraba con su extraña lamparilla, a cuyo azulado resplandor leyó unas líneas en voz baja.

—Está bien —dijo volviéndolo a cerrar—, esto es todo lo que quería saber.

Se levantó dejando el libro encima de la mesa y lle­vando en su mente la idea que había germinado en ella y que debía madurar.

Renato esperó respetuosamente con la lámpara en la mano a que la reina, que parecía dispuesta a mar­charse, le diera nuevas órdenes o le hiciera otras pre­guntas.

Catalina dio algunos pasos con la cabeza inclinada, un dedo sobre los labios y sin decir palabra.

Luego, deteniéndose de pronto ante Renato y cla­vando en él sus ojos redondos y fijos como los de un ave de rapiña, dijo:

—Confiesa que has preparado algún filtro para ella.

—¿Para quién? —preguntó Renato estremecién­dose.

——Para la de Sauve.

—¿Yo? ¡Jamás! —dijo Renato.

—¿Jamás?

—Os lo juro por mi alma, señora.

—Debe de haber algo de magia, sin embargo, por­que él la ama como un loco y no tiene precisamente fama de constante.

—¿Quién es él, señora?

—Enrique, el maldito, el que sucedería a mis tres hijos y se llamara algún día Enrique IV aun siendo hijo de Juana de Albret...

Catalina acompañó estas palabras con un suspiro que hizo temblar a Renato, quien se acordó de los fa­mosos guantes que por orden de la reina madre había perfumado para la reina de Navarra.

—¿Sigue visitándola? —preguntó Renato.

—Sí, todos los días —respondió Catalina.

—Creí que el rey de Navarra pertenecía por entero a su esposa.

—Farsa, Renato, pura farsa. No sé por qué todo se confabula contra mí. Hasta mi hija Margarita se declara enemiga mía; quizá desee también la muerte de sus her­manos; a lo mejor espera ser reina de Francia.

—¡Quién sabe! —dijo Renato volviendo a sus me­ditaciones y haciéndose eco de la terrible duda de Ca­talina.

—¡En fin, ya veremos! —dijo la reina.

Y se encaminó hacia la puerta del fondo, juzgando sin duda inútil bajar por la escalera secreta, puesto que estaba segura de no ser vista.

Renato la precedió y pocos segundos después am­bos se hallaron en la tienda del perfumista.

—Me prometiste nuevos cosméticos para mis ma­nos y mis labios —dijo ella—. Ya viene el invierno y ya sabes que tengo el cutis muy sensible al frío.

—Me ocupé de ellos, señora. Mañana os los enviaré.

—Mañana por la noche no me encontrarás antes de las nueve o las diez. Me pasaré el día rezando.

—Está bien, señora. Iré al Louvre a las nueve.

—La señora de Sauve tiene bellas manos y hermo­sos labios —dijo Catalina con un tono indiferente—. ¿Qué crema usa?

—¿Para las manos?

—Sí.

—Crema de heliotropo.

—¿Y para los labios?

—Para los labios, una nueva pasta que he inventa­do y de la que pensaba llevar a Vuestra Majestad una caja al mismo tiempo que a ella.

La reina se quedó un momento pensativa.

—En resumidas cuentas, es una hermosa criatura —dijo como si siguiera el hilo de sus secretas medita­ciones— y no tiene nada de extraño que el bearnés la adore.

—Y, sobre todo, es muy fiel a Vuestra Majestad, según creo —agregó Renato.

Catalina sonrió encogiéndose de hombros.

—Cuando una mujer ama de veras —dijo— no le es fiel a nadie más que a su amante. ¿Le has dado algún filtro, Renato?

—Os juro que no, señora.

—Perfectamente, no hablemos más de esto. Ensé­ñame la nueva pasta de que me hablabas y que hace los labios más frescos y sonrosados.

Renato se acercó a un armario y mostró a Catalina seis cajitas de plata redondas a iguales que estaban co­locadas en fila.

—He aquí el único filtro que me ha pedido —dijo Renato—. Es cierto, como ya le dije a Vuestra Majes­tad, que lo he preparado especialmente para ella por­que tiene los labios tan finos y delicados que el sol y el viento los cortan por igual.

Catalina abrió una de las cajas y vio que contenía una pasta de carmín de lo más seductora...

—Renato, dame la crema para las manos; la llevaré yo misma.

El perfumista se alejó con la lamparilla y fue a bus­car en un anaquel especial lo que le pedía la reina. Sin embargo, volvió lo bastante pronto como para ver que Catalina, con brusco ademán, había cogido una cajita y la ocultaba debajo de su capa. Estaba demasiado acos­tumbrado a estas sustracciones de la reina para cometer la torpeza de demostrar que las notaba. Envolviendo, pues, el cosmético pedido en una bolsita de papel flor­delisado:

—Aquí está, señora—dijo.

—Gracias, Renato —respondió Catalina.

Después de una pausa agregó:

—No lleves esta pasta a la señora de Sauve hasta dentro de ocho o diez días; quiero ser la primera en pro­barla.

Y se dispuso a salir.

—¿Desea Vuestra Majestad que la acompañe?—pre­guntó Renato.

—Sólo hasta el final del puente —respondió Cata­lina—. Allí me espera mi escolta con la litera.

Salieron juntos y llegaron hasta la esquina de la calle Barillerie, donde esperaban a la reina cuatro gentiles hombres a caballo y una litera sin escudo de armas.

Al volver a su casa, lo primero que hizo Renato fue contar las cajas de pasta de carmín.

Faltaba una.

XXI. LAS HABITACIONES DE LA SEÑORA DE SAUVE

Catalina no se equivocaba en sus sospechas. Enri­que había vuelto a sus antiguas costumbres y todas las noches visitaba a la señora de Sauve. Al principio había realizado esta visita con el mayor misterio, luego fue perdiendo poco a poco la desconfianza y había descui­dado las precauciones, de suerte que Catalina no en­contró muchas dificultades para enterarse de que la reina de Navarra continuaba siéndolo de nombre Margarita y de hecho la señora de Sauve.

Al comenzar este relato hemos dicho dos palabras acerca del departamento de la señora de Sauve, pero la puerta que abrió Dariole al rey de Navarra se cerró her­méticamente tras él, de modo que la habitación, teatro de los misteriosos amores del bearnés, nos es completa­mente desconocida.

Dicha habitación, del género de las que suelen dar los príncipes a sus invitados en sus palacios para tener­los más cerca, era más pequeña y menos cómoda segu­ramente que la de cualquier casa situada en la ciudad. Estaba, como ya se ha dicho, en el segundo piso, casi encima de la de Enrique; su puerta daba a un corredor cuyo extremo estaba iluminado por una vidriera ojival, por donde no penetraba más que un vago resplandor, incluso en los días más hermosos del año. Durante el in­vierno, desde las tres de la tarde, era necesario encender una lámpara que, como contenía igual cantidad de aceite que en verano, se apagaba a la misma hora, procurando en esta época una mayor seguridad a los dos amantes.

Una pequeña antesala tapizada con damasco de se­da estampado con grandes flores amarillas, una sala de­corada con terciopelo azul, una alcoba cuyo lecho de torneadas columnas y cortinas de raso color cereza deja­ba un espacio libre hasta la pared donde había un gran es­pejo con marco de plata y dos cuadros inspirados en los amores de Venus y Adonis; tal era la residencia, hoy di­ríamos el nido, de la encantadora dama de honor de la reina Catalina de Médicis.

Examinando con atención aún se hubiera encon­trado, frente a un tocador cubierto de toda clase de ac­cesorios, en un oscuro rincón, una puertecita que co­municaba con una especie de oratorio donde sobre una tarima se elevaba un altar. En este oratorio había colga­das en la pared, y como para servir de compensación a los dos cuadros mitológicos que hemos mencionado, tres o cuatro pinturas del más exaltado espiritualismo. Entre ellas pendían de clavos dorados varias armas de mujer; porque en aquella época de misteriosas intrigas las mujeres usaban armas lo mismo que los hombres y a veces las empleaban con tanta habilidad como ellos.

Esta noche, que era la siguiente a aquella en que ocurrieron en casa de Renato las escenas que acabamos de describir, la señora de Sauve, sentada en un sofá de su alcoba, refería a Enrique sus temores y su amor y le daba como prueba de estos temores y de este amor la abnega­ción que había demostrado en la famosa noche que si­guió a la de San Bartolomé, noche que, como se recorda­rá, Enrique pasó a la habitación de su esposa.

Enrique, por su parte, le expresaba su gratitud. La señora de Sauve estaba deliciosa con su sencillo peina­dor de batista.

Enrique, como estaba realmente enamorado, pare­cía pensativo. Por su parte la señora de Sauve, que ha­bía acabado por aceptar de todo corazón el amor im­puesto como un deber por Catalina, miraba mucho al rey para ver si sus ojos estaban de acuerdo con sus pa­labras.

—Vamos, Enrique —decía Carlota—, sed franco: aquella noche que pasasteis en el gabinete de Su Ma­jestad la reina de Navarra, con el señor de La Mole durmiendo a vuestros pies, ¿no lamentasteis que el dig­no caballero se interpusiera entre vos y la alcoba de la reina?

—Claro que sí, amiga mía —dijo Enrique—, por­que me era absolutamente preciso pasar por esa alcoba para venir a ésta donde tan bien me encuentro y en la que soy tan feliz en este momento.

La señora de Sauve sonrió.

—¿Y no volvisteis después?

—Nada más que las veces que os he dicho.

—¿No volveréis a entrar sin decírmelo?

—Nunca.

—¿Lo juraríais?

—Sí, por cierto, si fuese todavía hugonote, pero...

—¿Pero qué?

—La religión católica, cuyos dogmas aprendo ac­tualmente, me enseña que no se debe jurar.

—¡Gascón! —dijo la señora de Sauve moviendo la cabeza.

—Y vos, Carlota, si os interrogara, ¿responderíais a todas mis preguntas?

—Sin duda—respondió la joven—. No tengo nada que ocultaros.

—Veamos —dijo el rey—. Explicadme de una vez cómo después de la desesperada resistencia que me opusisteis antes de mi matrimonio os mostráis ahora menos cruel conmigo que soy un torpe bearnés, un provinciano ridículo y, en una palabra, un príncipe demasiado pobre para conservar brillantes las joyas de la corona.

—Enrique —dijo Carlota—, me pedís la solución del enigma que buscan desde hace tres mil años los fi­lósofos de todos los países. Enrique, no preguntéis nunca a una mujer por qué os ama; contentaos sólo con preguntarle: ¿me amáis?

—¿Me amáis, Carlota? —preguntó Enrique.

—Os amo —respondió la señora de Sauve con en­cantadora sonrisa y dejando caer su hermosa mano en­tre las de su amante.

Enrique la retuvo.

—Pero —dijo continuando su pensamiento— ¿y si yo hubiese adivinado esa solución que los filósofos buscan en vano desde hace tres mil años, al menos en lo que se refiere a vos, Carlota?

La señora de Sauve se ruborizó.

—Me amáis —continuó Enrique—, por consi­guiente no tengo más que pediros y me considero el más dichoso de los mortales. Pero ya sabéis que siempre fal­ta algo para la felicidad completa. Adán en medio del Paraíso no se sintió completamente feliz y mordió la miserable manzana que nos ha dado a todos esta curio­sidad irresistible que nos hace pasar la vida en busca de algo desconocido. Decidme, amiga, para ayudarme a satisfacer la mía, ¿no fue la reina Catalina quien os obli­gó primero a amarme?

—Enrique—dijo la señora de Sauve—, hablad bajo cuando habléis de la reina madre.

—¡Oh! —exclamó Enrique con tal abandono y confianza que hasta la misma Carlota le creyó—. Esta­ba bien que desconfiara antes de mi buena madre, cuan­do no estábamos en buena armonía, pero ahora que soy el marido de su hija...

—¡El marido de Margarita! —dijo Carlota enroje­ciendo de celos.

—Hablad en voz baja también. Ahora que soy el marido de su hija somos los mejores amigos del mun­do. ¿Qué querían de mí? Que me hiciese católico, se­gún parece. Pues bien, la gracia me ha favorecido, y por intercesión de san Bartolomé, ya lo soy. Ahora vivi­mos en familia como buenos hermanos y como buenos cristianos.

—¿Y la reina Margarita?

—La reina Margarita es el lazo que nos une a todos —dijo Enrique.

—Pero vos, me dijisteis, Enrique, que la reina de Navarra; como recompensa a mi fidelidad por ella, ha­bía sido generosa conmigo. Si me dijisteis la verdad, si esta generosidad a la que tan agradecida estoy es real, no se trata más que de un lazo convencional muy fácil de romper.

—Sin embargo, duermo en su almohada desde ha­ce tres meses.

—¡Entonces —exclamó la señora de Sauve— me habéis engañado y Margarita es realmente vuestra es­posa!

Enrique sonrió.

—Mirad, Enrique —dijo la señora de Sauve—, te­néis una de esas sonrisas que me exasperan y, por muy rey que seáis, os aseguro que a veces me entran crueles deseos de arrancaros los ojos.

—Entonces —repuso Enrique—, esto quiere decir que consigo hacer creer en esta pretendida intimidad, ya que hay momentos en que, suponiendo que exis­te, sentís deseos de arrancarme los ojos a pesar de ser quien soy.

—¡Enrique! ¡Enrique! —dijo la señora de Sauve—. Creo que ni Dios mismo conoce vuestros pensamientos.

—Yo creo, amiga mía —contestó Enrique—, que Catalina os ordenó al principio que me amaseis y que vuestro corazón os lo ordenó después; creo que cuando esas dos voces os hablan no hacéis caso sino a vuestro corazón. Yo también os amo con toda mi alma y por eso cuando tenga secretos para vos, no os los confiaré, por miedo a comprometeros, naturalmente..., porque la amistad de la reina madre es variable; es, al fin y al cabo, la amistad de una suegra.

No era esto precisamente lo que pensaba Carlota. Le parecía que el velo que se interponía entre ella y su amante cada vez que intentaba sondear los abismos de aquel corazón sin fondo, adquiría el espesor de un muro que los separaba. Sintió que los ojos se le llena­ban de lágrimas al oír tal respuesta y como en aquel momento dieran las diez:

—Señor—dijo—, ya es hora de descansar; mañana tengo que estar muy temprano al servicio de la reina madre.

—¿Queréis decir que me vaya, amiga mía? —dijo Enrique.

—Enrique, estoy triste. Estando así me encontra­réis aburrida y encontrándome aburrida, dejaréis de amarme. Vale más que os retiréis.

—¡Sea! —dijo Enrique—. Me retiraré si vos lo exi­gís, Carlota; solamente os pido, ¡por lo que más que­ráis!, que me dejéis asistir a vuestro tocado.

—¿Pero y la reina Margarita, señor? ¿La haréis es­perar?

—Carlota —replicó Enrique seriamente—, había­mos convenido no hablar nunca entre nosotros de la reina de Navarra, y esta noche me parece que no hemos hecho más que hablar de ella.

La señora de Sauve suspiró y fue a sentarse ante el espejo. Enrique cogió una silla, la puso al lado de la de su amante y, apoyando una rodilla en el asiento, se re­costó sobre el respaldo.

—Vamos, mi buena Carlota, quiero ver cómo os embellecéis. De sobra sé que lo hacéis por mí, aunque digáis otra cosa. ¡Dios mío! ¡Cuántas cosas, cuántos frascos de perfume, cajas de polvos, tarros y pebeteros!

—Os parece mucho —dijo Carlota suspirando— y, sin embargo, es demasiado poco, puesto que con to­do aún no he encontrado el medio de reinar sola en el corazón de Vuestra Majestad.

—No volvamos a la política. ¿Para qué sirve este pincel tan fino y delicado? ¿Será para pintar las cejas de mi Júpiter olímpico?

—Sí, señor —repuso la señora de Sauve sonrien­do—. Habéis adivinado.

—¿Y este precioso peinecito de marfil?

—Es para sacar la raya del pelo.

—¿Y esta maravillosa cajita de plata cincelada?

—¡Oh! Me la envió Renato, Sire. Es la famosa pas­ta que me prometió hace mucho tiempo para suavizar estos labios que Vuestra Majestad tiene a veces la bon­dad de encontrar dulces.

Enrique, para probar lo que acababa de decir la en­cantadora mujer cuya frente se iba despejando a medida que penetraba en el terreno de la coquetería, acercó sus labios a los que la baronesa contemplaba en el espejo.

Carlota alargó la mano para coger la cajita que aca­bamos de mencionar, con idea sin duda de enseñar a Enrique el modo de usar la pasta encarnada, cuando un golpe seco dado en la puerta de la antesala hizo estre­mecerse a los dos amantes.

—Han llamado, señora —dijo Dariole asomando la cabeza por la abertura de las cortinas.

—Ve a ver quién es y luego vuelve —dijo la señora de Sauve.

Enrique y Carlota se miraron con inquietud, y ya se disponía el rey a retirarse al oratorio donde más de una vez se había escondido, cuando reapareció la don­cella.

—Señora, es Renato el perfumista —dijo.

Al oír este nombre, Enrique frunció el ceño y se mordió los labios sin querer.

—¿No queréis que le reciba? —preguntó Carlota.

—¡No faltaba más! —dijo Enrique—. Renato no hace nada sin pensarlo antes y si viene aquí es porque tendrá sus motivos.

—¿Queréis ocultaros, entonces?

—Me guardaré muy bien. Renato está enterado de todo y de seguro sabe que estoy aquí.

—Pero Vuestra Majestad, ¿tiene alguna razón para que su presencia le resulte desagradable?

—¿Yo? —dijo Enrique haciendo un esfuerzo que, pese a su dominio sobre sí, no pudo disimular del to­do—. ¿Yo? Ninguna. Estábamos un poco distanciados, es cierto, pero, desde la noche de San Bartolomé, nos he­mos reconciliado.

—Hacedle entrar —dijo la señora de Sauve a Da­riole.

Un instante después entró Renato y lanzó una ojea­da que abarcó toda la habitación.

La señora de Sauve seguía frente al espejo.

Enrique había vuelto a sentarse en el sofá.

La figura de Carlota se hallaba en el círculo de luz mientras que la de Enrique se confundía entre las sombras.

—Señora —dijo Renato con respetuosa familiari­dad—, vengo a presentaros mis excusas.

—¿Por qué, Renato?—preguntó la señora de Sauve con esa condescendencia que tienen siempre las mujeres hermosas para con esa multitud de proveedores que las rodean y contribuyen a hacerlas más bellas.

—Porque hace tanto tiempo que prometo trabajar para esos lindos labios, y...

—Y no habéis cumplido vuestra promesa hasta hoy, ¿no es cierto? —preguntó Carlota.

—¿Hasta hoy? —repitió Renato.

—Sí, acabo de recibir la cajita que me habéis enviado.

—¡Ah! En efecto —dijo Renato mirando con ex­traña expresión la cajita de pasta que estaba en el toca­dor de la señora de Sauve y que era exactamente igual a las que tenía en su tienda—. Me lo suponía —murmu­ró—. ¿Y ya la habéis usado?

—Todavía no, pensaba probarla cuando habéis entrado.

El rostro del florentino reflejó una profunda pre­ocupación, gesto que no pasó inadvertido para Enrique, a quien, por otra parte, raro era que algo se le escapase.

—Decidme, Renato, ¿qué os pasa? —preguntó el rey.

—¿A mí? Nada, Sire —dijo el perfumista—. Espe­ro humildemente a que Vuestra Majestad me dirija la palabra antes de despedirme de la señora baronesa.

—¡Vamos! —dijo Enrique—. ¿Necesitáis acaso oír mis palabras para saber que siempre me es grata vuestra presencia?

Renato miró a su alrededor, dio una vuelta por la alcoba como para sondear con la vista y el oído las puertas y tapices, y parándose de modo que abarcaba con la misma mirada a la señora de Sauve y a Enrique, dijo:

—No lo sé.

Advertido Enrique, gracias a aquel instinto admi­rable que como un sexto sentido le guió en la primera parte de su vida a través de los peligros que le rodeaban, de que alguna cosa extraña sucedía en aquel momento, parecida a una lucha en el espíritu del perfumista, se volvió hacia él desde la sombra en que se hallaba, mientras el rostro del perfumista florentino permanecía iluminado.

—¿Vos por aquí a estas horas, Renato? —le pre­guntó.

—¿Tendré la desdicha de molestar a Vuestra Ma­jestad? —respondió el perfumista dando un paso atrás.

—No, sólo deseo saber una cosa.

—¿Cuál, señor?

—Si pensabais encontrarme aquí.

—Estaba seguro de ello.

—¿Me buscabais acaso?

—Por lo menos me alegro de haberos encontrado.

—¿Teníais algo que decirme? —insistió Enrique.

—Es posible, Sire —respondió Renato.

Carlota se ruborizó porque temía que la revelación que el perfumista pensaba hacer se refiriese a su con­ducta pasada respecto a Enrique. Hizo, pues, como si absorbida por su tocado nada hubiese oído, a inte­rrumpiendo la conversación, exclamó mientras abría la cajita de carmín:

—Verdaderamente, Renato, sois un hombre encan­tador; esta crema tiene un color maravilloso, y ya que estáis aquí os voy a honrar probando en vuestra pre­sencia el nuevo invento.

Cogió la caja con una mano mientras con la otra untó la punta del dedo en la rosada pasta que debía llevar a sus labios.

Renato se estremeció.

La baronesa aproximó sonriendo el dedo a la boca.

Renato empalideció.

Enrique, siempre en la oscuridad, pero con los ojos fijos y ardientes, no perdía el menor movimiento de ella ni el menor gesto del perfumista.

La mano de Carlota estaba a punto de tocar sus la­bios, cuando Renato la detuvo en el mismo momento en que Enrique se levantaba para hacer lo mismo.

El rey volvió a sentarse en el sofá sin hacer ruido.

—Un momento, señora —dijo Renato con forzada sonrisa—. Es preciso tomar algunas precauciones espe­ciales para usar esta crema.

—¿Y quién me las indicará?

—Yo.

—¿Cuándo?

—En cuanto haya terminado de decir algo a Su Ma­jestad el rey de Navarra.

Carlota abrió sorprendida sus ojos sin comprender el misterioso lenguaje que se hablaba a su lado. Se que­dó con la cajita de crema en una mano y contemplando la punta de su dedo enrojecido por la pasta de carmín.

Enrique se levantó y, movido por un pensamiento que, como todos los del joven rey, tenía dos aspectos, uno aparentemente superficial y otro profundo, fue a coger la mano manchada de rojo de Carlota a hizo ademán de llevarla a sus labios.

—¡Un instante! —dijo vivamente Renato—. Un instante. Haced el favor, señora, de lavar vuestras be­llas manos con este jabón de Nápoles que me olvidé enviar al mismo tiempo que la pasta y que yo mismo he tenido el honor de traeros.

Y sacando de su envoltura plateada una pastilla verdosa de jabón la puso en una palangana de metal, vertió agua y, rodilla en tierra, se la ofreció a la señora de Sauve.

—No os reconozco, maese Renato —dijo Enri­que—. Dejáis atrás en materia de galantería a todos los cortesanos.

—¡Oh! ¡Qué delicioso aroma! —exclamó Carlo­ta, frotando sus hermosas manos con la nacarada es­puma que se desprendía de la perfumada pastilla.

Renato representó hasta el final su papel de caba­llero galante y alcanzó una toalla de fina tela de Frisia a la señora de Sauve, que se secó las manos con ella.

—Y ahora —dijo el florentino a Enrique— haced lo que gustéis, monseñor.

Carlota tendió su mano a Enrique, que la besó, mien­tras ella se acomodaba en su silla para escuchar lo que iba a decir Renato. El rey de Navarra volvió a su sitio más convencido que nunca de que algo extraordinario sucedía en la mente del perfumista.

Veamos —dijo Carlota.

El florentino pareció reunir toda su resolución y se volvió hacia Enrique.

XXII. «SIRE, VOS SERÉIS REY»

—Sire —dijo Renato—, vengo a hablaros de una cosa que me preocupa hace tiempo.

—¿De perfumes? —preguntó sonriendo Enrique.

—¡Pues sí... de perfumes! —respondió Renato con un singular gesto de asentimiento.

—Hablad, os escucho —dijo Enrique—; es un te­ma que siempre me ha interesado.

Renato le miró tratando de leer, pese a sus palabras, en su mente impenetrable; pero viendo que era empresa inútil continuó:

—Acaba de llegar de Florencia, Sire, un amigo mío que se dedica a la astrología.

—Sí —interrumpió Enrique—, ya sé que es una pasión florentina.

Junto con los primeros sabios del mundo ha he­cho el horóscopo de los principales señores de Europa.

—¡Ah! ¡Ah! —dijo Enrique.

—Y como la Casa de Borbón está a la cabeza de las más encumbradas, puesto que desciende del conde de Clermont, quinto hijo de San Luis, ya supondrá Vues­tra Majestad que no le han olvidado.

Enrique escuchaba cada vez con mayor atención.

—¿Y recordáis ese horóscopo?—dijo el rey de Na­varra con una sonrisa que pretendía ser indiferente.

—¡Oh! —respondió Renato moviendo la cabeza—. Vuestro horóscopo no es de los que se olvidan.

—¿De veras? —preguntó el rey con gesto irónico.

—Sí, señor; según ese horóscopo, Vuestra Majestad está llamado a cumplir uno de los más brillantes destinos.

Los ojos del joven príncipe se animaron con un bri­llo involuntario que se extinguió en seguida, dejando paso a la más completa indiferencia.

—Todos esos oráculos italianos son halagadores —dijo Enrique—y quien dice halagador dice embuste­ro. ¿No hubo acaso algunos que me predijeron que mandaría ejércitos?

Y se echó a reír. Pero un observador menos ocu­pado de sí mismo que Renato hubiera reconocido que tal risa era forzada.

—Sire —repuso fríamente Renato—, el horóscopo anuncia algo mejor.

—¿Dice que a la cabeza de esos ejércitos ganaré batallas?

—Mejor todavía, señor.

—Entonces —dijo Enrique—, dirá que voy a ser conquistador.

—Sire, vos seréis rey.

—¡Vaya! ¡Por Dios! —exclamó Enrique, repri­miendo los viejos latidos de su corazón—. ¿Acaso no lo soy ya?

—Sire, mi amigo sabe lo que se dice; no sólo seréis rey, sino que reinaréis.

—Entonces —siguió Enrique con su mismo tono burlón— vuestro amigo necesita diez escudos de oro, ¿no es cierto?; puesto que semejante profecía es bastan­te ambiciosa, sobre todo en estos tiempos. Pero como no soy rico, le daré a vuestro amigo cinco ahora y el res­to cuando la profecía se haya cumplido.

—Sire —dijo la señora de Sauve—, no os olvidéis de que os comprometisteis con Dariole y no hagáis de­masiadas promesas.

—Señora —contestó Enrique—, espero que cuan­do llegue el momento me tratarán como rey y todos estarán muy satisfechos si cumplo solamente la mitad de lo que he prometido.

—Continúo, señor —dijo Renato.

—¿Cómo? ¿Aún queda algo? Bueno, si soy em­perador, daré el doble.

—Sire, mi amigo vino de Florencia con el horósco­po, que repetido en París volvió a dar el mismo resulta­do, y me confió un secreto.

—¿Un secreto que interesa a Su Majestad? —pre­guntó ansiosamente Carlota.

—Yo así lo creo —dijo el florentino.

«Busca las palabras —pensó Enrique sin ayudar a Renato a salir del apuro—, parece que el asunto es di­fícil de decir.»

—Hablad entonces —dijo la señora de Sauve—. ¿De qué se trata?

—Se trata—respondió el florentino, pesando una a una sus palabras— de todos esos rumores de envene­namiento que circulan hace tiempo por la corte.

Una leve dilatación de la nariz de Enrique fue el único indicio de su creciente atención ante el inespera­do giro que tomaba la conversación.

—¿Y vuestro amigo el florentino —preguntó el rey— sabe algo acerca de esos envenenamientos?

—Sí, señor.

—¿Y cómo me confiáis un secreto que no os perte­nece,:sobre todo cuando es un secreto tan importante? —dijo Enrique en el tono más natural que pudo.

—Ese amigo tiene que pedir un consejo a Vuestra Majestad.

—¿A mí?

—¿Qué tiene eso de extraño, Sire? Recordad a aquel viejo soldado de Actio que, para resolver un pleito, pi­dió consejo a Augusto.

—Augusto era abogado, Renato, y yo no lo soy.

—Sire, cuando me confió mi amigo ese secreto, Vuestra Majestad era todavía el jefe del partido calvi­nista y el señor de Condé el segundo jefe.

—Continuad.

—Este amigo confiaba en que usaríais vuestra om­nipotente influencia para que el príncipe de Condé no le fuese hostil.

—Explicadme eso, Renato, si queréis que os en­tienda —dijo Enrique sin manifestar la menor altera­ción en su fisonomía ni en su voz.

—Sire, Vuestra Majestad comprenderá á la primera palabra. Mi amigo conoce todos los detalles de la ten­tativa de envenenamiento llevada a cabo contra mon­señor el príncipe de Condé.

—¿Han tratado de envenenar al príncipe de Con­dé? —preguntó Enrique con un asombro perfecta­mente simulado—. ¡Será posible! ¿Cuándo?

Renato miró fijamente al rey y respondió con estas palabras:

—Hace ocho días, Majestad.

—¿Algún enemigo? —interrogó el rey.

—Sí —respondió Renato—, un enemigo al que Vuestra Majestad conoce y que él conoce a Vuestra Majestad.

—En efecto—dijo Enrique—, creo haber oído ha­blar de eso, pero ignoro los detalles que quiere revelar­me vuestro amigo; decídmelos.

—Pues bien, ofrecieron una manzana perfumada al príncipe de Condé. Su médico, que por suerte estaba allí cuando se la llevaron, la cogió de manos del men­sajero y la olió para probar su aroma y sus virtudes. Dos días después una hinchazón gangrenosa del ros­tro, un envenenamiento de la sangre, una llaga que le consumía la cara, fueron el precio de su lealtad y el re­sultado de su imprudencia.

—Desgraciadamente —respondió Enrique—, co­mo soy ya medio católico, he perdido toda mi influencia sobre el señor de Condé; vuestro amigo hará mal en dirigirse a mí.

—Vuestra Majestad no sólo podía ser útil a mi amigo por su influencia sobre el señor de Condé, sino también sobre su hermano el príncipe de Porcian.

—¡Ah! —dijo Carlota—. ¿Sabéis, Renato, que vues­tras historias dan bastante miedo? Solicitáis audiencia en mala ocasión. Es tarde y vuestra conversación es lúgubre. En realidad valen más vuestros perfumes.

Y Carlota alargó de nuevo la mano hacia la cajita de carmín.

—Señora —dijo Renato—,antes de probarla como vais a hacerlo, escuchad de qué artes se valen los malos para producir crueles efectos.

—Decididamente, Renato —dijo la baronesa—, estáis fúnebre esta noche.

Enrique frunció el ceño, pero comprendió que Re­nato se proponía llegar a un fin ignorado y resolvió sostener aquella conversación que despertaba en él tan dolorosos recuerdos.

—¿Y conocéis también los detalles del envenena­miento del príncipe de Porcian? —preguntó.

—Sí —dijo—, sabía que todas las noches dejaban una lamparita encendida junto a su lecho; envenenaron el aceite y murió asfixiado por las emanaciones.

Enrique sintió que se crispaban sus dedos, húme­dos de sudor.

—Así, pues —murmuró—, ¿aquel a quien llamáis amigo vuestro no sólo conoce los detalles del envene­namiento, sino que también conoce a su autor?

—Sí, y por eso quisiera saber de vos si ejercéis so­bre su hermano, el otro príncipe de Porcian, bastante influencia como para hacer que perdone al asesino.

—Por desgracia —respondió Enrique—, como soy todavía medio hugonote no tengo la menor influencia sobre el príncipe de Porcian: haría mal vuestro amigo dirigiéndose a mí. Os lo aseguro.

—¿Pero qué pensáis de los propósitos del señor Condé y del príncipe de Porcian?

—¿Cómo queréis que sepa cuáles son sus propósi­tos? Dios no me ha dado el privilegio de leer en los corazones.

—Vuestra Majestad puede interrogarse a sí mismo —dijo el florentino calmosamente—. ¿No hay en la vida de Vuestra Majestad algún suceso tan sombrío que pueda servir de ejemplo a la clemencia, tan .dolo­roso que sea una piedra de toque para la generosidad?

Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento que hasta la misma Carlota se estremeció; era una alu­sión tan directa, tan a las claras, que la joven hubo de volverse para ocultar su rubor y para, no tropezar con la mirada de Enrique.

Éste hizo un supremo esfuerzo para dominarse; desarrugó su frente que durante las palabras del floren­tino se había cargado de amenazas, y trocando el noble dolor filial que le embargaba por una fingida medita­ción dijo:

—¿En mi vida? ¿Un acontecimiento triste?... No, Renato, no. Sólo recuerdo de mi juventud la locura y la despreocupación mezcladas con las más o menos crue­les necesidades que imponen las exigencias de la natura­leza y la voluntad de Dios.

Renato se contuvo a su vez, dividiendo su atención entre Enrique y Carlota, como si quisiera excitar a uno y detener a la otra, pues la señora de Sauve había vuelto a ponerse frente al espejo para ocultar el disgusto que le producía aquella conversación y acababa de coger en sus manos la caja de carmín.

—Pero, en una palabra, Sire, si vos fuerais hermano del príncipe de Porcian o el hijo del príncipe de Condé y hubiesen envenenado a vuestro hermano o asesinado a vuestro padre...

Carlota dio un ligero grito y acercó de nuevo la pomada a sus labios.

Renato advirtió el movimiento, pero por esta vez no la detuvo con palabras ni con gestos sino que se li­mitó a exclamar:

—¡En nombre del Cielo, responded! Señor, si es­tuvierais en su lugar, ¿qué haríais?

Enrique se quedó pensativo, enjugó con mano temblorosa su frente, por la que rodaban algunas gotas de sudor frío, y levantándose majestuosamente res­pondió en medio del silencio que mantenía en suspen­so la respiración de Renato y de Carlota:

—Si me hallara en su lugar y estuviese seguro de ser rey, es decir, de representar a Dios en la tierra, haría lo mismo que Dios: perdonaría.

—¡Señora —exclamó Renato arrancando la cajita de carmín de manos de la señora de Sauve—, entregad­me esa caja!; veo que el mensajero se equivocó al traer­la. Mañana os enviaré otra.

XXIII. EL NUEVO CONVERSO

Al día siguiente debía celebrarse una cacería en el bosque de Saint—Germain.

Enrique había ordenado que le tuvieran dispuesto para las ocho de la mañana, con montura y riendas, un potro de Bearne que pensaba regalar a la señora de Sau­ve después de probarlo.

A las ocho menos cuarto estaba ensillado el animal. Al dar las ocho bajaba Enrique.

El caballo, altivo a impetuoso pese a su pequeña ta­lla, sacudía las crines y relinchaba en el patio del palacio. Hacía frío y una ligera escarcha cubría el suelo.

Enrique se disponía a atravesar el patio para llegar a las caballerizas, donde le aguardaban el caballo y el palafrenero, cuando, al pasar por delante de un soldado suizo que estaba de centinela, vio que le presentaba ar­mas diciendo:

—¡Dios guarde a Su Majestad el rey de Navarra!

Este deseo, y sobre todo el tono de voz en que fue pronunciado, hicieron estremecer al bearnés, quien, vol­viendo la cabeza y dando un paso hacia atrás:

—¿De Mouy? —murmuró.

—En efecto, Sire, el mismo.

—¿Qué venís a hacer aquí?

—Os busco.

—¿Qué deseáis?

—Tengo que hablar a Vuestra Majestad.

—¡Desdichado! —dijo el rey aproximándose—. ¿No sabes que lo juegas la cabeza?

—Lo sé.

—¿Y entonces?

—Entonces... aquí estoy.

Enrique se puso ligeramente pálido, porque com­prendió que él corría el mismo peligro que el atrevido joven. Miró a su alrededor con cierta inquietud y re­trocedió tan rápidamente como la vez anterior.

Acababa de ver al duque de Alençon asomado a una ventana.

Cambiando en seguida de actitud, Enrique cogió el mosquete de manos de De Mouy, que, como hemos dicho, estaba de centinela, fingiendo examinarlo.

—De Mouy—dijo—, no habréis venido a meteros en la boca del lobo sin tener un motivo poderoso, ¿no es cierto?

—Así es, Sire. Hace ocho días que acecho la opor­tunidad de hablaros. Ayer supe que Vuestra Majestad iba a probar este caballo hoy por la mañana y ocupé este puesto en la puerta del Louvre.

—Pero ¿y el uniforme?

—El capitán de la compañía es un protestante ami­go mío.

—Tened vuestro mosquete y volved a vuestro puesto. Al regresar trataré de deciros dos palabras; pero si no lo hago no me detengáis. Adiós.

De Mouy reanudó su acompasada marcha y Enri­que se acercó al caballo.

—¿De quién es este precioso animalejo? —pre­guntó el duque de Alençon desde la ventana.

—Mío, pensaba probarlo esta mañana—respondió Enrique.

—Pero no es un caballo para un hombre.

—Por eso está destinado a una hermosa dama.

—Cuidado, Enrique, no seáis indiscreto, porque hemos de ver a esa dama en la cacería y si no sé de cuál sois caballero, al menos sabré de quién. sois escudero.

—Pues a fe mía que no lo sabréis —dijo Enrique con su fingida candidez—, porque la bella dama está enferma esta mañana y no podrá salir.

Y al decir esto montó a caballo.

—¡Ah! ¡Bah! —dijo el de Alençon riendo—. ¡Po­bre señora de Sauvel

—¡Francisco! ¡Francisco! ¡Ahora sois vos el indis­creto!

—¿Y qué le ocurre a la bella Carlota? —preguntó el duque.

—No lo sé exactamente —dijo Enrique poniendo el caballo a galope corto y haciéndole describir un cír­culo para domarle—. Según me dijo Dariole, padece una gran pesadez de cabeza, una especie de entorpeci­miento de todo el cuerpo, en fin una debilidad general.

—¿Y os impedirá eso ser de la partida? —preguntó el duque.

—¿A mí? ¿Por qué? —respondió Enrique—. Ya sa­béis que soy un apasionado de la caza y nada podría hacerme desistir.

—Pues lo que es a ésta no asistiréis, Enrique —dijo el duque después de volver la cabeza y hablar un mo­mento con una persona que permanecía invisible a los ojos del bearnés y que sin duda respondía desde el fon­do de la habitación—, porque me acaba de decir Su Majestad que la caza no tendrá lugar.

—¡Bah! —exclamó Enrique con el aire más desilu­sionado del mundo—. ¿Y por qué?

—Parece que han llegado unas cartas muy impor­tantes del señor de Nevers. El rey, la reina madre y mi hermano, el duque de Anjou, están reunidos en Con­sejo.

«¡Ah! —dijo para sí Enrique—. ¿Habrán llegado noticias de Polonia?»

Y en voz alta:

—En ese caso, es inútil que siga arriesgándome en esta resbaladiza escarcha. ¡Hasta la vista, hermano!

Luego, deteniendo su caballo ante De Mouy:

—Amigo mío —le dijo—,llama a uno de tus com­pañeros para que lo reemplace. Ayuda al palafrenero a desensillar este caballo, cárgate la silla a la cabeza y llé­vala a casa del talabartero para que concluya el borda­do que no tuvo tiempo de terminar para hoy. Después vuelve a mi habitación a darme la respuesta.

De Mouy se apresuró a obedecer, porque el duque de Alençon había abandonado la ventana y era eviden­te que había entrado en sospechas.

En efecto, apenas habían dado la vuelta a la garita, cuando apareció el duque de Alençon. Un suizo ver­dadero ocupaba el puesto de De Mouy.

El duque miró atentamente al nuevo centinela, y volviéndose a Enrique le preguntó:

—Éste no es el hombre con quien hablabais hace un momento, ¿verdad, hermano?

—No, el otro es un muchacho de mi séquito que hice entrar en la guardia suiza; le di un encargo y fue a cumplirlo.

—¡Ah! —exclamó el duque como si aquella res­puesta le bastara—. ¿Y cómo está Margarita?

—Voy a preguntárselo, hermano mío.

—¿No la habéis visto desde ayer?

—No, me presenté en su habitación anoche a eso de las once, pero Guillonne me dijo que estaba muy fa­tigada y que se hallaba dormida.

—Pues no la encontraréis en su aposento, porque ha salido.

—Sí —dijo Enrique—, es muy posible, puesto que tenía que ir al convento de la Anunciación.

No había modo de prolongar la conversación, pues Enrique parecía dispuesto a contestar lacónicamente las preguntas.

Separáronse entonces los dos cuñados; el duque de Alençon para enterarse, según dijo, de las novedades y el rey de Navarra para volver a su cuarto.

Apenas hacía cinco minutos que se hallaba en él, cuando oyó llamar a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó.

—Sire —contestó una voz en la que Enrique re­conoció a De Mouy—, es la respuesta del talabartero.

Enrique, visiblemente conmovido, hizo entrar al joven y cerró la puerta tras él.

—¿Sois vos? —dijo—. Supuse que reflexionaríais.

—Sire —respondió De Mouy—, hace tres meses que estoy reflexionando; ha llegado el momento de actuar.

Enrique hizo un movimiento de inquietud.

—Nada temáis, Sire, estamos solos y los minutos son preciosos. Vuestra Majestad puede devolvernos con una sola palabra todo lo que han hecho perder a la causa de la religión los acontecimientos de este año. Seamos claros, breves y francos.

—Os escucho, mi bravo De Mouy —respondió Enrique, comprendiendo que le era imposible eludir una explicación.

—¿Es verdad que Vuestra Majestad ha abjurado ya de la religión protestante?

—Es verdad —dijo Enrique.

—¿Pero sólo con los labios o con el corazón?

—Siempre damos gracias a Dios cuando nos salva la vida —respondió Enrique dejando a un lado la pre­gunta como solía hacer en casos semejantes—. Y Dios es sin duda quien me alejó del peligro.

—Sire —prosiguió De Mouy—, convengamos en una cosa.

—¿En cuál?

—En que vuestra abjuración no ha sido un acto de fe, sino de cálculo. Habéis abjurado para que el rey os dejase vivir y no porque Dios os haya salvado la vida.

—Cualquiera que sea el motivo de mi conversión, De Mouy —respondió Enrique—, no por eso soy me­nos católico.

—Sí, ¿pero lo seréis siempre o recobraréis vuestra libertad de existencia o de conciencia a la primera oca­sión que se os presente? Pues bien, la ocasión ha llega­do: La Rochelle se ha sublevado, el Rosellón y el Bear­ne no esperan más que una palabra para levantarse, en la Guyena todo está dispuesto para la guerra. Decidme únicamente que sois un católico a la fuerza y yo os respondo del porvenir.

—No se obliga a nada por la fuerza a un caballero de mi estirpe, querido De Mouy. Todo lo que he hecho ha sido por mi propia voluntad.

—Pero, Sire —dijo el joven con el corazón opri­mido al encontrar aquella inesperada resistencia—, ¿no veis que obrando así nos abandonáis..., nos traicionáis?

Enrique permaneció impasible.

—Sí —prosiguió De Mouy—, nos traicionáis, Sire. Apuesto que muchos de los nuestros han venido con peligro de sus vidas a salvar vuestro honor y vuestra li­bertad. Hemos preparado todo para ofreceros un trono, Sire, ¿lo oís bien? No sólo la libertad, sino el poder; un trono a vuestra elección, porque dentro de dos meses podréis optar entre Navarra y Francia.

—De Mouy —dijo Enrique bajando los ojos que a pesar suyo se habían animado al oír esta proposición—, estoy salvado, soy católico, soy el esposo de Margarita, el hermano del rey Carlos IX, el yerno de la reina Cata­lina. De Mouy, al aceptar esta posición he calculado sus ventajas y sus inconvenientes.

—Pero, Sire —insistió De Mouy—, ¿a quién debo creer? Me dicen que vuestro matrimonio no ha sido consumado, que en el fondo de vuestro corazón sois li­bre, que el odio de Catalina...

—¡Mentira, mentira! —interrumpió vivamente el bearnés—. Os han engañado vilmente, amigo mío. Mi

querida Margarita es mi esposa. Catalina es mi madre política y el rey Carlos IX es el señor y el amo de mi vi­da y de mi corazón.

De Mouy se estremeció y una sonrisa casi despec­tiva asomó a sus labios.

—De modo, Sire —dijo De Mouy dejando caer los brazos con desaliento y tratando de penetrar con la mi­rada hasta el fondo de aquella alma llena de tinieblas—, que la respuesta que puedo dar a mis hermanos es que el rey de Navarra tiende la mano y ofrece su corazón a quienes nos han degollado; les diré que hoy adula a la reina madre y es amigo de Maurevel...

—Querido De Mouy —dijo Enrique—, el rey va a salir del Consejo y tengo que averiguar por qué razón se ha postergado una cosa tan importante como una ca­cería. Adiós, amigo mío, imitadme, abandonad la polí­tica, volved al rey y aceptad la misa.

Y Enrique acompañó, o más bien empujó, hasta la antesala, al joven cuya estupefacción comenzaba a tro­carse en ira.

Apenas hubo cerrado la puerta, no pudiendo re­sistir al deseo de vengarse sobre alguna cosa a falta de poder hacerlo sobre alguien, De Mouy estrujó su sombrero entre las manos, lo tiró al suelo y pisoteán­dolo como hace un toro con el capote del matador, ex­clamó irritado:

—¡Por vida de...! ¡Qué miserable príncipe! ¡Me dan ganas de hacerme matar aquí para mancharle para siem­pre con mi sangre!

—¡Silencio, señor De Mouy! —dijo una voz que salía por el hueco de una puerta entreabierta—. ¡Silen­cio! Alguien más que yo podría escucharos.

De Mouy se volvió rápidamente y vio al duque de Alençon envuelto en una capa, sacando por el pasillo su pálido rostro para asegurarse de que estaban solos.

—¡El señor duque de Alençon! —exclamó De Mouy—. ¡Estoy perdido!

—Al contrario —murmuró el príncipe—. Puede ser que hayáis encontrado lo que buscabais, y la prueba es que no quiero que os dejéis matar aquí como de­seáis. Creedme, vuestra sangre puede utilizarse en algo mejor que en manchar el umbral del aposento del rey de Navarra.

Y, al decir esto, abrió de par en par la puerta que mantenía entreabierta.

—Este cuarto pertenece a dos caballeros de mi sé­quito —dijo el duque—, nadie vendrá a incomodar­nos y podremos conversar con entera libertad. Venid, señor.

—¡Aquí estoy, monseñor! —dijo el conspirador, atónito.

Y entró en la habitación, cuya puerta volvió a ce­rrar el duque tras de sí tan deprisa como lo hiciera el rey de Navarra.

De Mouy había entrado furioso, exasperado; echando maldiciones, pero poco a poco la mirada fija y fría del joven duque Francisco hizo sobre el capitán hugonote el efecto del espejo mágico que disipa la bo­rrachera.

—Monseñor—dijo—, si no he comprendido mal, Vuestra Alteza desea hablarme.

—Sí, señor De Mouy —respondió Francisco—. A pesar de vuestro disfraz, creí reconoceros y, cuando pre­sentasteis las armas a mi hermano Enrique, ya no tuve dudas. Pues bien, De Mouy, ¿no estáis contento con del rey de Navarra?

—¡Monseñor!

—Vamos, habladme con sinceridad; quizá yo sea amigo vuestro sin que lo sospechéis.

—¿Vos, monseñor?

—Sí, yo, hablad pues.

—No sé qué decir a Vuestra Alteza, monseñor. Los asuntos que tenía que tratar con el rey de Navarra se refieren a intereses que Vuestra Alteza no podría comprender. Además —agregó De Mouy en un tono que quería ser indiferente—, sólo se trataba de bagatelas.

—¿De bagatelas? —dijo el duque.

—Sí, monseñor.

—¿Bagatelas por las cuales habéis arriesgado vues­tra vida viniendo al Louvre donde, como sabéis, paga­rían vuestra cabeza a peso de oro? Pues nadie ignora que junto con el rey de Navarra y el príncipe de Condé, sois uno de los principales hugonotes.

—Si creéis eso, monseñor, obrad conmigo como de­be hacerlo el hermano del rey Carlos y el hijo de la reina Catalina.

—¿Por qué queréis que obre así siendo, como os he dicho, vuestro amigo? Decidme la verdad.

—Monseñor—dijo De Mouy—, os juro...

—No juréis, señor; la religión protestante prohíbe hacer juramentos y sobre todo juramentos falsos.

De Mouy frunció el ceño.

—Os aseguro que lo sé todo —dijo el duque.

De Mouy siguió callado.

—¿Dudáis? —preguntó el príncipe con afectuosa insistencia—. Pues bien, mi querido De Mouy, tendré que convenceros. Vos juzgaréis si me equivoco. ¿Ha­béis ofrecido o no a mi cuñado Enrique allí —y el du­que extendió la mano en dirección al cuarto del bear­nés—, hace un momento, vuestro apoyo y el de los vuestros para restaurarle en su trono de Navarra?

De Mouy miró al duque con aire un tanto azorado.

—Proposición que él ha rechazado con terror.

De Mouy se quedó estupefacto.

—¿Invocasteis o no, entonces, vuestra antigua amis­tad, y el recuerdo de la religión común? ¿Intentasteis o no halagar al rey de Navarra con una brillante esperan­za, tan brillante que le deslumbró, como era la de ceñir un día la corona de Francia? ¿Eh? Decidme, ¿no estoy bien informado? ¿Es esto lo que acabáis de proponer al bearnés?

—¡Monseñor! —exclamó De Mouy—. ¡Tan cierto es, que me pregunto en este momento si no debo decir a Vuestra Alteza real que miente y provocar así, en este mismo cuarto, un duelo sin cuartel que asegure por la muerte de los dos la extinción de este terrible secreto!

—Más despacio, valiente De Mouy, más despacio —dijo el duque sin cambiar de expresión ni hacer el menor movimiento ante la terrible amenaza—; este se­creto se guardará mejor entre nosotros si los dos vivi­mos que si uno muere. Escuchadme y dejad de ator­mentar así la empuñadura de vuestra espada. Por tercera vez os repito que estáis con un amigo; respondedme, pues, como a tal. Veamos, ¿no rehusó el rey todo lo que le ofrecisteis?

—Sí, monseñor, lo confieso, ya que esta confesión a nadie compromete más que a mí.

—¿No gritasteis al salir de su aposento, mientras pisoteabais vuestro sombrero, que era un príncipe co­barde a indigno de seguir siendo vuestro jefe?

—Es verdad, monseñor, así lo dije.

—¡Ah! ¡Conque es cierto! ¿Lo confesáis al fin?

—Sí.

—¿Y seguís pensando lo mismo?

—Más que nunca, monseñor. '

—Pues bien, yo, señor De Mouy, yo, tercer hijo de Enrique II, príncipe de Francia, ¿seré digno de mandar vuestros soldados? ¿Me creéis suficientemente leal pa­ra poder fiaros de mi palabra?

—¿Vos, monseñor? ¿Vos, el jefe de los hugonotes?

—¿Y por qué no? Ya sabéis que estamos en la época de las conversiones. Si Enrique se ha vuelto católico, bien puedo yo hacerme protestante.

—Sí, sin duda, monseñor, pero espero que me ex­pliquéis...

—Nada más sencillo; os diré en dos palabras la po­lítica de todo el mundo. Mi hermano Carlos mata a los hugonotes para reinar con más libertad. Mi hermano el de Anjou los deja matar porque debe suceder a Carlos, ya que éste, como sabéis, no goza de muy buena salud. Mi caso..., mi caso, es muy diferente. Yo no seré nunca rey de Francia, puesto que tengo dos hermanos mayo­res que yo; además, el odio de mi madre y de mis her­manos me aleja más del trono que las leyes de la natu­raleza. Pero yo, que no puedo aspirar a merecer ningún afecto de familia ni ninguna gloria, ni ningún reino; yo, que, sin embargo, tengo un corazón tan noble como mis mayores, quiero conquistar con la espada un reino en esta Francia que ellos cubren dé sangre. Escuchad ahora, señor De Mouy, lo que yo quiero: ser rey de Navarra, no por nacimiento, sino por elección. Y ob­servad que no podéis hacer ninguna objeción a esto, ya que no soy usurpador, puesto que mi cuñado rechaza vuestro ofrecimiento e, insistiendo en su torpeza, reco­noce abiertamente que el reino de Navarra no es más que una ficción. Con Enrique de Bearne no tenéis nada; conmigo tenéis una espada y un nombre. Fran­cisco de Alençon, príncipe de Francia, servirá de salva­guardia a todos sus partidarios o a todos sus cómplices, como queráis llamarlos. ¿Qué me decís de esta pro­puesta?

—Digo que me deslumbra, monseñor.

—De Mouy, De Mouy, tendremos que vencer mu­chos obstáculos. No os mostréis desde el principio tan exigente y esquivo con un hijo y hermano de reyes que acude a vos.

—Monseñor, desde ahora habría aceptado si yo fue­ra el único que profesara estas ideas; pero tenemos un Consejo que decide, y por brillante que sea la proposi­ción, y quizá por eso mismo, los jefes del partido no la aceptarán sin condiciones.

—Esto es otra cosa, y la respuesta es propia de un corazón honrado y de un espíritu prudente. Por la for­ma en que acabo de expresarme habréis podido conocer mi probidad. Tratadme, pues, como a un hombre a quien se estima y no como a un príncipe a quien se adu­la. ¿Puedo tener alguna esperanza?

—A fe mía, monseñor, y ya que Vuestra Alteza quiere que le dé mi parecer, sepa que puede tenerlas to­das desde que el rey de Navarra ha rehusado las propo­siciones que le formulé. Pero os lo repito, monseñor, es indispensable que antes me ponga de acuerdo con nues­tros jefes.

—Hacedlo, señor—respondió el duque—. ¿Cuán­do tendré la contestación?

De Mouy observó al príncipe en silencio. Luego, tomando al parecer una resolución:

—Monseñor—dijo—, dadme vuestra mano; nece­sito que la mano de un príncipe francés acepte la mía 'para estar seguro de que no seré traicionado.

El duque no sólo le aceptó la mano, sino que se la estrechó fuertemente.

—Ahora, monseñor, estoy tranquilo —dijo el jo­ven hugonote—. Si fuésemos traicionados, diría que vos no participasteis en nada. Sin esto, por poco que hubieseis intervenido en esta traición, quedaríais des­honrado.

—¿Por qué me decís esto antes de indicarme cuán­do me traeréis la respuesta de vuestros jefes?

—Porque esa pregunta equivale a preguntarme dón­de están y, si yo os digo «esta noche», sabréis que están ocultos en París.

Al decir estas palabras clavó con desconfianza una penetrante mirada en los ojos vacilantes y falsos del prín­cipe.

—Vamos, vamos —prosiguió el duque—, aún os quedan dudas, señor De Mouy. Pero no puedo exigiros de golpe una entera confianza. Más adelante me conoce­réis mejor. Estaremos ligados por una comunidad de intereses que apartará de vuestra mente cualquier sos­pecha. ¿Decís, pues, que esta noche, señor De Mouy?

—Sí, monseñor, porque el tiempo apremia. Esta noche, pero, ¿dónde, por favor?

—En el Louvre, aquí, en este cuarto. ¿Os con­viene?

—¿Está ocupado? —dijo De Mouy indicando con la mirada las dos camas colocadas una enfrente de otra.

—Sí, por dos gentiles hombres a mi servicio.

—Monseñor, creo que es una imprudencia el que yo vuelva al Louvre.

—¿Por qué?

—Porque así como vos me habéis reconocido, otros pueden tener tan buena vista como Vuestra Alteza, y reconocerme también. Volveré no obstante si me con­cedéis lo que voy a pediros.

—¿Qué?

—Un salvoconducto.

—De Mouy —respondió el duque—; si os encon­traran encima un salvoconducto mío me perdería sin salvaros. Sólo puedo hacer algo por vos, con la condi­ción de que pasemos ante los ojos de todo el mundo como extraños. La menor relación mía con vos que lle­gara a oídos de mi madre o de mis hermanos me costaría la vida. Estáis, pues, protegido por mi propio interés, desde el momento en que me comprometa con los de­más como acabo de hacer con vos. Libre en mi esfera de acción, fuerte si soy desconocido, mientras permanezca impenetrable os protegeré a todos, no lo olvidéis. Ha­ced, pues, un nuevo llamamiento a vuestro valor, inten­tad, confiando en mi palabra, lo que pensabais intentar sin la de mi cuñado. Venid esta noche al Louvre.

—¿Pero cómo queréis que venga? Con este traje no puedo arriesgarme en las habitaciones; está bien para los pasillos y los patios. El mío es aún más peligroso, puesto que todo el mundo me conoce aquí y seré descu­bierto.

—Entonces..., esperad... Estoy pensando. Creo que..., sí: aquí tenéis.

En efecto, el duque miró alrededor y sus ojos se fi­jaron en el traje de gala de La Mole, casualmente exten­dido sobre la cama, compuesto de aquella magnífica capa color cereza bordada con oro que ya hemos des­crito, de un gorro adornado con una pluma blanca y ri­beteado con un cordón de margaritas de oro y plata y de un jubón de raso gris perla y oro.

—¿Veis esta capa, esta pluma y este jubón? —dijo el duque—. Pertenecen al señor de La Mole, uno de mis gentiles hombres que más se distingue por su ele­gancia. Este traje ha hecho furor en la corte y cuando va con él, todos reconocen al señor de La Mole a cien pasos de distancia. Voy a daros la dirección del sastre que se lo hizo, y pagándole el doble de lo que vale ten­dréis uno igual esta noche. Recordaréis el nombre del señor de La Mole, ¿no es cierto?

Apenas acababa el duque de formular esta pregunta cuando sonaron pasos en el corredor que se fueron aproximando y poco después giró una llave en la cerra­dura.

—¿Quién anda ahí? —gritó el duque de Alençon corriendo hacia la puerta y echando el cerrojo.

—¡Pardiez! —respondió una voz desde fuera—. Extraña es la pregunta. ¿Quién anda ahí?, digo yo. ¡Pues no es poco gracioso que me pregunten quién soy cuan­do voy a entrar en mi cuarto!

—¿Sois vos, señor de La Mole?

—Ya lo creo que soy yo. Pero ¿quién sois vos?

Mientras La Mole expresaba su asombro al encon­trar su habitación ocupada y trataba de descubrir quién podía ser el nuevo huésped, el duque de Alençon se vol­vió rápidamente con una mano en el cerrojo y otra en la cerradura.

—¿Conocéis al señor de La Mole? —preguntó a De Mouy.

—No, monseñor.

—¿Y él os conoce?

—Creo que no.

—Entonces todo marcha bien. Haced como que miráis por la ventana.

De Mouy obedeció sin responder, porque La Mo­le empezaba a impacientarse y golpeaba con toda la fuerza de sus puños. El duque de Alençon miró otra vez a De Mouy y viendo que estaba de espaldas fue a abrir.

—¡El señor duque! —exclamó La Mole retroce­diendo sorprendido—. ¡Oh, perdonadme, señor, per­donadme!

—No es nada. Necesité vuestra habitación para recibir a una persona.

—Está a vuestra disposición, señor. Pero permi­tidme, os lo suplico, que coja mi capa y mi gorro que están sobre la cama, porque he perdido ambas cosas esta noche en el muelle de la Grève al ser atacado por unos ladrones.

—En efecto, señor ——dijo el príncipe sonriendo y alcanzándole a La Mole los objetos pedidos—, habéis salido bastante mal parado; tropezasteis con ladrones muy tercos, según parece.

Saludó al joven y salió para cambiarse de ropa en la antecámara, sin preocuparse lo más mínimo de lo que el duque podía estar haciendo en su cuarto, porque era bastante usual en el Louvre que las habitaciones de los gentiles hombres fuesen utilizadas por los príncipes a quienes servían, como sitios destinados a recibir toda clase de visitas. De Mouy se acercó entonces al príncipe y ambos se quedaron escuchando para saber cuándo acababa La Mole y se iba. Pero él mismo les sacó de Ju­das, pues en cuanto terminó de vestirse, aproximándose a la puerta, dijo:

—Perdonad, monseñor, ¿Vuestra Alteza no encon­tró en su camino al conde de Coconnas?

—No, señor conde, y eso que esta mañana estaba de guardia.

—Entonces me lo habrán asesinado—dijo La Mole hablando consigo mismo mientras se alejaba.

El duque escuchó el ruido de los pasos hasta que se fue apagando, y, abriendo la puerta, hizo que se asoma­ra De Mouy.

—Miradlo —dijo— y tratad de imitar ese garbo inimitable.

—Haré lo posible —respondió De Mouy—. Por desgracia, no soy nada mundano, sólo soy un soldado.

—De todos modos os espero antes de medianoche en este corredor. Si la habitación de mis gentiles hombres está vacía, os recibiré en ella; si no lo está, ya en­contraremos otra.

—Perfectamente, monseñor.

—Entonces hasta la noche, antes de las doce.

—Hasta luego.

—¡Ah! A propósito, De Mouy; balancead mucho el brazo derecho al andar. Es un gesto característico del señor de La Mole.

XXIV. LA CALLE TIZON Y LA CALLE DE CLOCHE—PERCÉE

La Mole salió apresuradamente del Louvre y se puso a recorrer París con intención de hallar al pobre Coconnas.

Su primera idea fue la de dirigirse a la calle de l'Ar­bre—Sec, a casa de maese La Hurière, pues recordaba haber oído citar muchas veces al piamontés cierta máxi­ma latina que pretendía probar que Amor, Baco y Ceres son dioses de primera necesidad, y tenía esperanzas de que Coconnas, siguiendo el aforismo romano, se hubie­se instalado en A la Belle Etoile después de una noche que no debió de ser para su amigo menos agitada que lo fue para él.

La Mole no encontró en casa de La Hurière nada más que el recuerdo del compromiso contraído y un desayuno ofrecido de muy buena gana, que nuestro gentilhombre aceptó con gran apetito a pesar de su in­quietud.

Tranquilizado el estómago, ya que no el espíritu, La Mole se puso de nuevo en camino siguiendo la orilla del Sena como un marido que buscase el cuerpo de su esposa ahogada. Al llegar al muelle de la Grève recono­ció el lugar donde, tal y como le había dicho al duque de Alençon, fue atacado hacía tres o cuatro horas, cosa nada extraña en aquel París cien años anterior al París en que Boileau se despertaba al oír que una bala atrave­saba su persiana. No tardó en encontrar sobre el cam­po de batalla un trozo de una pluma perteneciente a un sombrero.

El instinto de propiedad es innato en el hombre. La Mole poseía diez plumas, a cual más bella, pero no por eso dejó de inclinarse a recoger aquélla o, mejor di­cho, sus restos. Se hallaba mirándolos con aire melan­cólico cuando oyó ruido de pisadas que se aproxima­ban y unas fuertes voces que le ordenaban echarse a un lado. Levantó la cabeza y vio una litera precedida por dos pajes y seguida por un escudero.

La Mole creyó reconocerla y se apartó rápida­mente.

No se había equivocado.

—¡Señor de La Mole! —dijo una voz llena de dul­zura que salió del carruaje mientras una blanca mano, suave como raso, apartaba las cortinillas.

—Sí, señora, el mismo —respondió La Mole ha­ciendo una reverencia.

—El señor de La Mole con una pluma en la mano —continuó la dama de la litera—, ¿estáis acaso enamo­rado y buscáis huellas perdidas?

—Sí, señora, estoy enamorado profundamente, pe­ro por el momento son mis propias huellas las que en­cuentro, aun cuando no fuese esto lo que andaba bus­cando. Y ahora, ¿me permite Vuestra Majestad que le pregunte por el estado de su salud?

—Excelente, caballero; creo que nunca me he sen­tido mejor. Sin duda se debe a que pasé la noche re­zando.

—¿Ah, sí? —dijo La Mole mirándola de un modo extraño.

—Sí, ¿qué tiene de raro?

—¿Será una indiscreción preguntaros en qué con­vento?

—De ningún modo, señor; no es un misterio: en el convento de la Anunciación. Pero ¿qué hacéis aquí con esa cara tan asustada?

—Señora, yo también pasé la noche en oración y precisamente en los alrededores de ese convento. Aho­ra estaba buscando a mi amigo, que ha desaparecido, y acabo dé encontrar esta pluma.

—¿Que le pertenece? Me asustáis respecto a su suer­te. Este sitio es deplorable.

—Tranquilícese Vuestra Majestad; la pluma es mía. La perdí a eso de las cinco y media de la mañana, al esca­parme aquí mismo de manos de cuatro bandidos que te­nían todo el aspecto de querer asesinarme a toda costa.

Margarita reprimió un movimiento de susto.

—¡Oh! Contadme cómo fue, por favor—dijo.

—Nada más sencillo, señora. Como he tenido el honor de deciros, eran alrededor de las cinco de la ma­ñana...

—¿Y a las cinco de la mañana estabais ya en la ca­lle? —interrumpió Margarita.

—Perdone Vuestra Majestad—dijo La Mole—, to­davía no había vuelto a casa.

—¡Ah, señor de La Mole, acostarse a las cinco de la mañana! —dijo Margarita con una sonrisa que para cualquiera hubiera resultado maliciosa, pero que La Mo­le tuvo la vanidad de creer adorable—. ¡Regresar tan tarde! Habéis merecido ese castigo.

—Y no me quejo, señora—dijo La Mole, inclinán­dose respetuosamente—, y aunque me hubieran destri­pado, aún me consideraría más dichoso de lo que me­rezco ser. En fin, el caso es que regresaba al Louvre muy tarde o muy temprano, como Vuestra Majestad prefie­ra, de esa bendita casa donde pasé la noche en mis ora­ciones, cuando aparecieron cuatro bandidos por la calle de la Mortellerie y me persiguieron con enormes puña­les. Es ridículo, ¿no es cierto, señora?, pero es así. Tuve que huir porque dejé olvidada la espada.

—¡Ah! Ya comprendo —dijo Margarita con una ingenuidad admirablemente simulada—. ¿Y ahora vais a buscarla?

La Mole miró a Margarita como si hubiese surgido una duda en su espíritu.

—Efectivamente, señora, volvería con mucho gus­to porque mi espada es de excelente acero; pero ignoro dónde está la casa.

—¿Cómo? —preguntó Margarita—. ¿No sabéis dónde está la casa en que pasasteis la noche?

—Que me lleve el diablo si tengo la menor idea.

—¡Oh! Esto es muy curioso. Vuestra historia es una verdadera novela.

—Vos lo habéis dicho, señora, una verdadera no­vela.

—Contádmela.

—Es un poco larga.

—No importa. Tengo tiempo para oíros.

—Y sobre todo parece increíble.

—Tampoco importa; soy sumamente crédula.

—¿Vuestra Majestad me lo ordena?

—Sí, si es preciso.

—Obedezco. Anoche estábamos cenando en casa de maese La Hurière después de separarnos de dos ado­rables mujeres con quienes pasamos la tarde en el puen­te de Saint—Michel...

—Ante todo —interrumpió Margarita con perfecta naturalidad—, ¿quién es ese La Hurière?

—La Hurière, señora—dijo La Mole mirando otra vez a la reina con aquel aire de duda que ya hemos ad­vertido antes—, es el dueño de la posada A la Belle Etoi­le, situada, en la calle de l'Arbre—Sec.

—Bien, ya me parece estar viéndolo. Cenabais, pues, en casa de La Hurière con vuestro amigo Cocon­nas, sin duda...

—En efecto, con mi amigo Coconnas, cuando en­tró un hombre y nos entregó a cada uno un billetito.

—¿ Igual?

—Exactamente igual. Decía solamente esto: «Os esperan en la calle de Saint—Antoine esquina a la de Jouy.»

—¿Y no estaban firmados? —preguntó Margarita.

—No, tan sólo había tres encantadoras palabras que prometían la misma cosa; es decir, una triple feli­cidad.

—¿Qué palabras eran?

—Eros—Cupido—Amor.

—Son dulces palabras, en efecto. ¿Y se cumplió lo que prometían?

—¡Oh! ¡Más, señora! ¡Cien veces más! —exclamó entusiasmado La Mole.

—Continuad; tengo curiosidad de saber quién os esperaba en la esquina de la calle de Saint—Antoine con la de Jouy.

—Dos dueñas, cada una con un pañuelo en la mano. Se trataba de vendarnos los ojos. Ya supondrá Vuestra Majestad que no opusimos resistencia. Por el contrario, estiramos valientemente el cuello. Mi guía me obligó a doblar hacia la izquierda y la de mi amigo le hizo girar hacia la derecha. Nos separamos...

—¿Y entonces? —preguntó Margarita, que parecía dispuesta a llevar hasta el fin la investigación.

—No sé —repuso La Mole— adónde conducirían a mi compañero. Al infierno tal vez. Lo que yo sé es que fui llevado a un lugar que considero el paraíso.

—Del que sin duda salisteis a causa de vuestra gran curiosidad.

—Precisamente, señora; tenéis el don de adivinar. Esperaba con impaciencia que amaneciera para ver dón­de me encontraba, cuando a eso de las cuatro y media apareció la misma dueña, me vendó de nuevo los ojos, me obligó a prometer que no me quitaría el pañuelo, me sacó a la calle y me acompañó cien pasos haciéndome jurar que no trataría de ver antes de contar otros cincuenta. Los conté y me hallé en la esquina de la calle de Saint—Antoine con la de Jouy.

—¿Y entonces?...

—Entonces, señora, volví a casa tan alegre, que no presté atención a los cuatro miserables de cuyas manos tanto me costó escapar. Al encontrar aquí este pedazo de pluma, mi corazón se estremeció de dicha y la recogí, prometiéndome a mí mismo guardarla como recuerdo de esta noche feliz. Pero, en medio de mi contento, una cosa me apena, y es el no saber qué ha sido de mi compañero.

—¿No volvió al Louvre?

—Desgraciadamente no, señora. Lo he buscado en todos los sitios donde podía estar, en A la Belle Etoile, en el juego de pelota y en otros lugares honorables, pero no he hallado ni rastro de mi entrañable amigo Annibal Coconnas.

Al decir estas palabras, acompañadas de un gesto de desaliento, La Mole extendió los brazos y entre­abrió la capa bajo la cual se vio el jubón desgarrado por varios sitios mostrando, como elegantes pliegues, el fo­rro de las aberturas.

—¡Os han acribillado! —exclamó Margarita.

—Acribillado, ésa es la palabra —dijo La Mole sa­tisfecho de que reconocieran el peligro que había corri­do—. Mirad, señora, mirad.

—¿Cómo no os cambiasteis de ropa en el Louvre, puesto que estuvisteis allí? —preguntó la reina.

—Porque había gente en el cuarto —dijo La Mole.

—¿Que había gente en vuestro cuarto? —preguntó Margarita con expresión de asombro en su mirada—. ¿Y quién era?

—Su Alteza.

—¡Silencio! —interrumpió Margarita.

El joven obedeció.

—Qui ad lecticam meam stant? —preguntó a La Mole.

—Duo pueri et unus eques.

—Optime, barbari —dijo ella—. Dic, Moles, quem inveneris in biculo tuo?

—Franciscum ducem.

Agentem?

Nescio quid.

—Quocum?

—Cum ignoto.

—Es extraño. ¿De modo que no habéis podido en­contrar a Coconnas? —dijo Margarita, pensando evi­dentemente en otra cosa.

—No, señora, y como ya tuve el honor de decir a Vuestra Majestad, me estoy muriendo verdaderamente de inquietud.

—Está bien —dijo Margarita suspirando—, no quiero entreteneros más; seguid buscando, aunque no sé por qué me parece que aparecerá solo. Pero no im­porta, id de todos modos a ver si le encontráis.

La reina se llevó un dedo a los labios.

Pero como la bella Margarita no había confiado nin­gún secreto a La Mole, el joven comprendió que aquel delicioso gesto, ya que no podía recomendar silencio, debía de tener otro significado.

La litera volvió a ponerse en marcha y La Mole, continuando su búsqueda, siguió por el muelle hasta llegar a la calle de Long—Pont, y echó a andar por ésta hasta la de Saint—Antoine.

Se detuvo frente a la calle de Jouy. Allí fue donde las dos dueñas les habían vendado los ojos. Él había dado la vuelta a la izquierda y contado veinte pasos.

Repitió ahora la misma maniobra y se encontró ante una casa o más bien ante una pared detrás de la cual se elevaba una casa.

En medio de esta pared había una puerta con alero adornada con clavos y troneras.

La casa estaba situada en la calle Deboche—Percée, callejuela estrecha que comienza en la de Saint—Antoi­ne y concluye en la de Roi—de—Sicile.

Juraría que es aquí —dijo La Mole—. Al exten­der la mano cuando salía sentí los clavos de la puerta, luego bajé dos escalones. El hombre que corría pidien­do socorro y que mataron en la calle de Roi—de—Sicile pasaba en el momento en que yo ponía el pie sobre el primero. Veamos.

La Mole se aproximó a la puerta, y llamó.

Al abrirse apareció un portero bigotudo.

—Was ist das? —preguntó.

—¡Ah! —murmuró La Mole—. Según parece, sois suizo. Amigo —continuó adoptando el tono más ama­ble que pudo—, quisiera que me entregaseis la espada que dejé anoche en esta casa.

—Ich verstehe nicht —respondió el portero.

—¡Mi espada! —repitió La Mole.

—Ich verstehe nicht —volvió a decir el hombre.

—La espada que dejé...

—Ich verstehe nicht.

—¡Que dejé aquí, en esta casa! ¡Mi espada!

—Gehe zum Teufel...

Y le dio con la puerta en las narices.

—¡Pardiez! —dijo La Mole—. Si tuviera la espada que reclamo atravesaría gustoso con ella el cuerpo de este bergante... Pero como no la tengo, lo dejaré para otro día.

Continuó entonces su camino hasta la calle de Roi­de—Sicile, dobló a la derecha, anduvo cincuenta pasos, giró otra vez a la derecha y se encontró en la calle Ti­zon, callejuela paralela a la de Cloche—Percée y absolu­tamente idéntica. Más aún: en cuanto anduvo treinta pasos volvió a hallarse ante la claveteada puerta con alero, troneras y dos escalones. Se hubiera dicho que la calle de Cloche—Percée se había trasladado de sitio para verle pasar.

La Mole pensó que bien podía haberse equivocado dando la vuelta hacia la izquierda en lugar de a la dere­cha, por lo que fue a llamar a la puerta con intención de hacer la misma reclamación. Pero esta vez ni siquiera la abrieron.

Repitió dos o tres veces el mismo recorrido que acababa de hacer, lo que le llevó a la conclusión de que la casa tenía dos entradas, una por la calle de Cloche­Percée y otra por la de Tizon.

Pero este razonamiento, por lógico que fuese, no le devolvía su espada ni le indicaba dónde podía estar su amigo.

Por un momento se le ocurrió comprar otra espada y matar al condenado portero que se obstinaba en no hablar otra lengua que la alemana, pero pensó que aquel portero servía a Margarita y que, si ella lo había elegido así, sus razones tendría y que quizá la disgustara verse privada de él.

Y como La Mole por nada del mundo hubiese querido hacer algo que desagradase a Margarita, te­miendo caer en la tentación se encaminó hacia el Lou­vre a eso de las dos de la tarde.

Como esta vez no estaba ocupada su habitación, pudo entrar en ella. La tarea más urgente por el mo­mento era la de cambiar de jubón, que, según le hiciera observar la reina, estaba completamente roto.

Aproximóse inmediatamente a su cama con el pro­pósito de sustituirlo por el hermoso jubón gris per­la. Pero, cuál no sería su asombro cuando la primera cosa que vio al lado del jubón gris perla fue la famosa espada que había abandonado en la calle de Cloche­Percée.

La Mole la cogió, la miró y remiró por todas par­tes: era la misma.

—¡Ah! ¡Parece cosa de magia! —dijo, y luego, suspirando—: ¡Ah, si pudiese encontrar al pobre Cocon­nas como a mi espada!

Dos o tres horas después de que La Mole hubiese terminado su ronda circular alrededor de la casita de doble entrada, se abrió la puerta de la calle Tizon. Se­rían ya las cinco y, por consiguiente, noche cerrada.

Una mujer envuelta en una larga capa de pieles, acompañada de una sirvienta, salió por aquella puerta, que mantenía abierta una dueña como de cuarenta años; se deslizó rápidamente hasta la calle de Roi—de­Sicile, llamó a una puertecita de la calle Argenson, que se abrió ante ella, salió por la puerta principal que daba a la vieja calle del Temple, dirigióse a una puerta del pa­lacio de Guisa, la abrió con una llave que tenía en su bolso y desapareció.

Al cabo de media hora salía por la misma puerta un joven con los ojos vendados, guiado por una mujer que le condujo hasta la esquina de las calles de Geoffroy­Lasnier y de la Mortellerie. Al llegar allí le indicó que contara hasta cincuenta pasos antes de quitarse la venda.

El joven cumplió escrupulosamente la recomenda­ción y al llegar a la cifra convenida se quitó el pañuelo que le cubría los ojos.

—¡Voto al diablo! —exclamó mirando a su alrede­dor—. ¡Que me ahorquen si sé dónde estoy! ¡Las seis! —gritó al oír las campanadas del reloj de Nôtre—Da­me—. ¿Qué habrá sido del pobre La Mole? ¡Corramos al Louvre! Quizás allí tengan noticias suyas.

Y al decir esto, Coconnas bajó corriendo la calle de la Mortellerie y llegó a las puertas del Louvre en menos tiempo del que hubiera empleado un caballo. Atropelló y derribó a su paso el viviente cordón de buenos bur­gueses que paseaban tranquilamente frente a las tiendas de la plaza Baudoyer, y entró en el palacio.

Interrogó al centinela. El suizo creía haber visto entrar a La Mole por la mañana, pero no le había visto salir. El centinela no llevaba allí más que hora y media y no había visto nada.

Subió corriendo a su habitación y abrió la puerta precipitadamente; pero no pudo hallar más que el des­garrado jubón de La Mole, que aumentó su inquietud.

Entonces se acordó de La Hurière y se dirigió rápi­damente a casa del digno posadero de A la Belle Etoile. La Hurière había visto a La Mole. La Mole había desa­yunado en casa de La Hurière. Coconnas se tranquilizó por fin y, como tenía gran apetito, pidió que le sirvieran de cenar.

Coconnas gozaba de las dos condiciones precisas para hacer honor a una buena cena: tenía el espíritu en calma y el estómago vacío. Cenó tan bien, que no termi­nó hasta las ocho. Entonces, reconfortado con dos bote­llas de un vinillo de Anjou al que era muy aficionado y que saboreó con un deleite que se manifestaba en guiños y chasquidos de lengua, se dispuso a seguir la búsqueda de su amigo, acompañando esta nueva exploración por las calles con puñetazos y puntapiés dignos del animoso bienestar que produce siempre una buena comida.

El recorrido duró una hora, y, durante este tiempo, Coconnas recorrió todas las calles inmediatas al muelle de la Grève, el puerto de carbón, la calle de Saint—An­toine y las de Tizon y Cloche—Percée, donde pensaba que podía estar su amigo. Por fin comprendió que ha­bía un sitio por donde tendría que pasar de todos mo­dos, que era la puerta del Louvre, por lo que decidió ir allí a esperar su llegada.

Le faltarían unos cien pasos para llegar al palacio y estaba levantando a una mujer cuyo marido había atro­pellado ya en la plaza de Saint—Germain d'Auxerre, cuan­do divisó, a la dudosa claridad de un gran farol colocado cerca del puente levadizo del Louvre, la capa de tercio­pelo color cereza y la pluma blanca de su amigo, quien, correspondiendo al saludo del centinela, desaparecía como una sombra por la puerta.

La famosa capa color cereza había hecho tanto fu­ror en la corte que no había modo de equivocarse.

—¡Voto al diablo! —exclamó Coconnas—. Esta vez es él con seguridad. ¡Eh! ¡Eh! ¡La Mole! ¡Amigo! ¡Pestes! ¿No tengo bastante buena voz? ¿ Cómo es po­sible que no me oiga? Felizmente, mis piernas son tan fuertes como mi voz y lo alcanzaré.

Con esta esperanza echó a correr con todas sus fuerzas y, en un abrir y cerrar de ojos, llegó al Louvre; pero por veloz que fuese, en el momento en que ponía los pies en el patio, la capa roja, que parecía también muy presurosa, desapareció en el vestíbulo.

—¡Eh! ¡La Mole! —gritó Coconnas reanudando su carrera—. ¡Espérame, soy yo, Coconnas! ¿Qué diablos lo ocurre para correr de ese modo? ¿Vas huyendo acaso?

En efecto, la capa colorada, como si tuviera alas, trepaba más que subía al segundo piso.

—¡Ah! ¿Conque no quieres escucharme? —excla­mó Coconnas—. ¡Ya no me quieres! ¡Estás enfadado! Está bien, vete al diablo, ya no puedo más.

Lanzó este apóstrofe al fugitivo al pie de la escale­ra, y si renunció a seguirle con las piernas, le siguió en cambio con la vista, hasta que le vio llegar a la altura de las habitaciones de Margarita. De pronto salió una mu­jer de aquellas habitaciones y cogió del brazo al caba­llero que perseguía Coconnas.

—¡Oh! —exclamó Coconnas—. Tiene todo el aire de ser la reina Margarita. Era de esperar. Entonces es otra cosa y comprendo que no me haya respondido.

Y se tendió en el descansillo, poniéndose a mirar por el hueco de la escalera.

Gracias a esto pudo observar cómo el de la capa cereza, después de cambiar algunas palabras en voz baja, entraba tras la reina en sus habitaciones.

—¡Bien! ¡Bien! —dijo Coconnas—. No me equi­vocaba. Hay momentos en que la presencia del mejor amigo nos importuna, y mi querido La Mole está en uno de esos momentos.

Y subiendo lentamente las escaleras se sentó en un banco de terciopelo que adornaba el primer rellano, diciendo para sí:

—En lugar de perseguirle, le esperaré...; sí, pero —añadió pensándolo mejor—, si está con la reina de Navarra, tendré que aguardar mucho tiempo... Hace frío. ¡Voto al diablo! ¡Vamos, vamos! Igual puedo es­perarle en mi cuarto. Aunque el diablo intervenga, vol­verá.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras y em­pezaba a ponerlas en práctica, cuando oyó el ruido de unos pasos ligeros encima de su cabeza, acompañados por una canción tan familiar a su amigo que Coconnas volvió inmediatamente la cabeza, hacia el sitio por don­de se oía el ruido de los pasos y de la canción. La Mole bajaba del piso donde se hallaba su habitación y al ver a Coconnas se puso a saltar los peldaños de cuatro en cua­tro hasta que estuvo a su lado y se echó en sus brazos.

—¡Diablos! ¿Eres tú? —dijo Coconnas—. ¿Se pue­de saber por dónde has salido?

—Pues por la calle de Cloche—Percée, ¡pardiez!

—No, no digo de aquella casa...

—¿Pues de dónde?

—De la habitación de la reina.

—¿De la habitación de qué reina?

—De la reina de Navarra.

—No he entrado en ella.

—Vamos, estoy hablando en serio.

—Mi querido Annibal —dijo La Mole—, tú desva­rías. Acabo de salir de mi cuarto, donde hace dos horas que lo espero.

—¿De lo cuarto?

—Sí.

—¿No es a ti a quien he perseguido por la plaza del Louvre?

—¿Cuándo?

—Ahora mismo.

—No.

—¿No eras tú quien ha desaparecido por la puerta hace diez minutos?

—No.

—¿No eras tú quien ha subido esta escalera como si lo persiguiera una legión de diablos?

—No.

—¡Maldita sea! —exclamó Coconnas—. El vino de A la Belle Etoile no es tan malo como para haberme trastornado hasta ese punto la cabeza. Te digo que aca­bo de ver lo capa color cereza y lo pluma blanca entrar por la puerta del Louvre, que perseguí a una y a otra hasta el pie de esta escalera y que lo capa, lo pluma, todo, hasta lo brazo que parece un balancín, era espe­rado por una dama que, según sospecho, era la reina de Navarra, la cual hizo entrar todo este conjunto por aquella puerta que, si no me equivoco, es la que corres­ponde a la habitación de la bella Margarita.

—¡Voto al diablo! —dijo La Mole palideciendo—. ¿Será una traición?

—¡En buena hora! —dijo Coconnas—. Jura cuan­to quieras, pero no digas que miento.

La Mole titubeó un instante, cogiéndose la cabeza entre las manos y dudando entre el respeto y los celos. Pero estos últimos salieron victoriosos; se lanzó hacia la puerta y empezó a golpear con todas sus fuerzas produciendo un estrépito muy poco adecuado a la ma­jestad del lugar en que se hallaba.

—Nos van a detener—dijo Coconnas—, ¡pero no importa, de todas maneras es muy gracioso! Dime, La Mole, ¿no hay fantasmas en el Louvre?

—No lo sé —respondió el joven tan pálido como la pluma que sombreaba su frente—. Pero siempre he deseado verlos, y ya que se presenta la ocasión, haré todo lo posible por tenerlos cara a cara.

—Yo no me opongo —dijo Coconnas—, sólo lo pido que golpees un poco más quedo si no quieres que se enfaden.

La Mole, por muy exasperado que estuviese, com­prendió lo acertado de la observación y continuó lla­mando, sólo que con más suavidad.

XXV. LA CAPA COLOR CEREZA

Coconnas no se había equivocado. La dama que detuvo al caballero de la capa color cereza era efectiva­mente la reina de Navarra, y el caballero en cuestión presumo que el lector ya habrá adivinado que no era otro que el valiente De Mouy.

Al reconocer a la reina de Navarra, el joven hugo­note comprendió que se trataba de alguna confusión, pero, temiendo que un grito de Margarita lo traiciona­se, no se atrevió a decir nada. Prefirió, pues, dejarse conducir á las habitaciones interiores, para una vez allí decir a su hermosa guía:

—Silencio por silencio, señora.

En efecto, Margarita había oprimido tiernamente el brazo de aquel a quien en la penumbra tomó por La Mole y acercándose a su oído le había dicho en latín:

—Sola sum; introito, carissime.

De Mouy se dejó llevar sin responder; pero, no bien se cerró la puerta tras él y penetró en la antecámara, mejor iluminada que la escalera, Margarita descubrió que no era La Mole.

El grito de asombro que temiera el prudente hugo­note escapó en aquel momento de los labios de Margarita, pero felizmente ya no había por qué temer. —¡Señor De Mouy! —dijo retrocediendo un paso.

—Yo mismo, Señora, y suplico a Vuestra Majestad que me permita continuar libremente mi camino sin co­municar a nadie mi presencia en el Louvre.

—¡Oh!, señor De Mouy —repitió Margarita—. ¡Me había equivocado!

—Sí —dijo De Mouy—, ya comprendo. Vuestra Majestad me ha tomado por el rey de Navarra; tengo la misma pluma blanca y hasta muchos, por halagarme, dicen que tenemos el mismo aire.

Margarita miró fijamente a su interlocutor.

—¿Sabéis latín, señor De Mouy? —preguntó.

—En otro tiempo sabía —dijo el joven—, pero lo he olvidado.

Margarita sonrió.

—Señor De Mouy—dijo—, podéis estar seguro de mi discreción. Sin embargo, como creo saber el nombre de la persona a quien buscáis en el Louvre, os ofrez­co mis servicios para que lleguéis sin tropiezos a su pre­sencia.

—Perdonadme, señora —dijo De Mouy—, creo que os equivocáis y que, por el contrario, ignoráis completamente...

—¿Cómo? —exclamó Margarita—. ¿No buscáis al rey de Navarra?

—¡Ay! Señora —repuso De Mouy—, lamento te­ner que suplicaros que ocultéis mi presencia en el Lou­vre a Su Majestad el rey vuestro esposo.

—Escuchad, señor De Mouy —añadió Margarita sorprendida—, hasta ahora os había considerado como uno de los jefes más fieles del partido hugonote, co­mo uno de los partidarios más fieles del rey, mi esposo; ¿me he equivocado?

—No, señora, porque hasta esta mañana fui todo lo que acabáis de decir.

—¿Y por qué causa habéis cambiado?

—Señora—dijo De Mouy inclinándose—, os ruego que me dispenséis de contestar y concededme la gracia de aceptar mis respetos.

Y De Mouy, con una actitud respetuosa, pero de­cidida, dio algunos pasos en dirección a la puerta por donde había entrado.

Margarita le detuvo.

—Sin embargo, señor—dijo—, si yo me atreviera a pediros una pequeña explicación... ¡Creo que mi pala­bra es de fiar!

—Señora —respondió De Mouy—, debo callar y podéis creer que hay un motivo muy serio para que no os haya contestado ya.

—No obstante, señor...

Vuestra Majestad puede perderme, señora, pero no puede exigirme que traicione a mis nuevos amigos.

—Pero ¿y los antiguos no tienen también ciertos derechos?

—Los que se han mantenido fieles, sí; los que no sólo nos han abandonado, sino que se han abandonado ellos mismos, no.

Margarita, inquieta y pensativa, iba sin duda a res­ponder con otra pregunta cuando entró de pronto Gui­llonne en la habitación.

—¡El rey de Navarra! —gritó.

—¿Por dónde viene?

—Por el pasadizo secreto.

—Haced salir à este caballero por la otra puerta.

—Imposible, señora. ¿Oís?

—¿,Llaman?

—Sí, están golpeando en la puerta por la que que­réis que haga salir a este caballero.

—¿Quién llama?

—No sé.

—Id a ver quién es y volved a decírmelo.

—Señora —dijo De Mouy—, ¿me atreveré a ad­vertir a Vuestra Majestad que si el rey de Navarra me

ve aquí a estas horas y con este traje estoy perdido? Margarita tomó de un brazo a De Mouy y condu­ciéndolo hacia el famoso gabinete:

—Entrad aquí, señor —dijo—, estaréis tan bien oculto y sobre todo tan seguro como en vuestra propia casa, puesto que estáis bajo mi palabra.

De Mouy obedeció apresuradamente, y apenas hubo cerrado la puerta tras él cuando apareció Enrique.

Esta vez Margarita no tuvo que disimular la turba­ción; parecía sombría y el amor estaba a cien leguas de su pensamiento.

Enrique entró con aquella minuciosa desconfianza que hasta en los momentos de menos peligro le hacía observar los menores detalles. Con mayor razón debía ser profundamente observador en las circunstancias en que se encontraba. Así, pues, no tardó en advertir la nube que oscurecía la frente de Margarita.

—¿Estabais ocupada, señora? preguntó.

—¿Yo? Claro que sí. Sire, meditaba.

—Tenéis razón, señora, la meditación os hace atrac­tiva; pero yo, al contrario que vos, que buscáis la sole­dad, bajé expresamente para participaros mis deseos.

Margarita hizo al rey un signo de bienvenida e, in­dicándole un sillón, tomó asiento en una silla de ébano tallada, fina y sólida como si fuera de acero. Reinó en­tre ambos un instante de silencio hasta que lo rompió Enrique diciendo:

—Recuerdo, señora, que mis sueños para el porvenir tienen algo en común con los vuestros. Separados como esposos, deseamos, sin embargo, unir nuestra suerte.

—Así es, Sire.

—Creo haber comprendido también que en todos los planes de elevación común que pudiera concebir encontraría en vos no sólo una aliada fiel, sino activa.

—En efecto, Sire, y no espero más que una cosa: que al poner vos lo antes posible manos a la obra, me deis pronto la oportunidad de hacer lo mismo.

—Me alegro de hallaros en tan buena disposición, señora, y supongo que ni por un solo instante habréis dudado que perdiese de vista el plan cuya realidad de­cidí el mismo día en que, gracias a vuestra valiente in­tervención, recobré la esperanza de salvar mi vida.

—Señor, creo que vuestra despreocupación no es más que una mascara y confío en vuestro genio tanto como en los augurios de los astrólogos.

—¿Qué diríais, pues, señora, si alguien viniese a es­torbar nuestros propósitos y amenazara reduciros a vos y a mí a una situación de segundo plano?

—Diría que estoy dispuesta a luchar con vos, ya sea en la sombra o abiertamente, contra quienquiera que fuese.

—Señora —continuó Enrique—, ¿podéis entrar a cualquier hora en la habitación de vuestro hermano el duque de Alençon? Merecéis su confianza y él siente hacia vos un gran afecto. ¿Me atreveré a pediros que averigüéis si en este momento está conferenciando se­cretamente con alguien?

Margarita se estremeció.

—¿Con quién, señor? —preguntó.

—Con De Mouy.

—¿Y para qué lo queréis saber? —inquirió Marga­rita, tratando de disimular su emoción.

—Porque si es así ya podemos despedirnos de to­dos nuestros proyectos, o de los míos al menos.

—Sire, hablad en voz baja —advirtió Margarita ha­ciendo a la vez una señal con los ojos y la boca a indi­cando con el dedo al gabinete.

—¡Oh! —dijo Enrique—, ¿otra vez está ocupado? Realmente, tan a menudo está habitado este gabinete que se va haciendo inhabitable vuestro departamento.

Margarita sonrió.

—¿Es siempre por lo menos el señor de La Mole? —preguntó Enrique.

—No, Sire, es el señor De Mouy.

—¿Él? —exclamó Enrique con sorpresa mezclada de júbilo—. ¿No está entonces con el duque de Alen­çon? ¡Oh! Hacedle pasar, quiero hablarle.

Margarita corrió a abrir la puerta del gabinete, y cogiendo a De Mouy de la mano le llevó sin más preám­bulos ante el rey de Navarra.

—¡Ah, señora! —dijo el joven hugonote con un acento de reproche más triste que amargo—. Me trai­cionáis a pesar de vuestra promesa; esto no está bien. ¿Qué diríais si me vengara diciendo...?

—No os tomaréis esa venganza, De Mouy —inte­rrumpió Enrique estrechando la mano del joven—, o por lo menos me escucharéis antes. Señora —continuó dirigiéndose a la reina—, tratad, os lo ruego, de que nadie nos oiga.

Apenas acababa de decir esto Enrique cuando Gui­llonne entró muy sofocada y dijo algunas palabras al oído de Margarita que la hicieron saltar de su asiento. Mientras ella corría a la antecámara con su doncella, Enrique, sin preocuparse de indagar la causa que la ha­cía salir fuera de la habitación, examinaba el lecho, los rincones, los tapices y tanteaba con el dedo las paredes. En cuanto al señor De Mouy, alarmado con todos aque­llos preámbulos, se aseguraba de que su espada salía con facilidad de la vaina.

Al salir Margarita de su alcoba, pasó a la antecá­mara, donde se encontró a La Mole, quien, sin hacer caso a las súplicas de Guillonne, quería entrar a viva fuerza en el cuarto de Margarita.

Coconnas estaba tras él dispuesto a empujarle si avanzaba o a proteger su retirada.

—¡Ah! ¡Sois vos, señor de La Mole! —exclamó la reina—; pero ¿qué os pasa que estáis tan pálido y tem­bloroso?

—Señora —dijo Guillonne—, el señor de La Mole golpeaba de tal manera la puerta que, a pesar de las ór­denes de Vuestra Majestad, me vi obligada a abrir.

—¿Qué es eso? —preguntó la reina con severi­dad—. ¿Es cierto lo que oigo, señor?

—Señora, quería avisar a Vuestra Majestad que un extraño, un desconocido, un ladrón quizá, se ha intro­ducido en vuestro departamento con mi capa y mi som­brero.

—¡Pero estáis loco, señor! ——dijo Margarita—. Te­néis la capa sobre los hombros y Dios me perdone si no lleváis también el sombrero en la cabeza a pesar de que estáis hablando con una reina.

—¡Oh! Perdón, señora, perdón —exclamó La Mo­le descubriéndose inmediatamente—. Dios es testigo de que no es respeto lo que me falta.

—No; es la fe, ¿no es cierto? —dijo la reina.

—¡Qué queréis! —exclamó el joven—. Cuando un hombre se introduce en la habitación de Vuestra Ma­jestad usurpando mi traje y quién sabe si mi nombre—

—¡Un hombre! —dijo Margarita oprimiendo dul­cemente el brazo del pobre enamorado—. ¡Un hom­bre!... Sois modesto, señor de La Mole. Aproximad la cabeza a esta abertura y veréis dos.

Y Margarita abrió, en efecto, la cortina de terciope­lo bordada de oro, de modo que La Mole pudo recono­cer a Enrique conversando con el hombre de la capa encarnada. Coconnas, más curioso que si fuera el pro­pio interesado, miró también y reconoció a De Mouy. Ambos se quedaron estupefactos.

—Ahora que os habéis convencido —dijo Marga­rita—, quedaos en la puerta de mis habitaciones, y por vuestra vida, mi querido La Mole, no dejéis entrar a nadie. Si alguien se acerca, avisadme.

La Mole, dócil y obediente como un niño, salió, di­rigiendo una mirada a Coconnas, que a su vez le estaba mirando, y ambos se encontraron fuera sin haberse re­puesto aún del asombro.

—¡De Mouy! —exclamó Coconnas.

—¡Enrique! —murmuró La Mole.

—¡De Mouy con lo capa color cereza, lo pluma blanca y lo brazo como un balancín!

—¡Ah, sí! Pero —dijo La Mole— desde el mo­mento que no se trata de amor, se trata seguramente de algún complot.

—¡Voto al diablo! Ya estamos enredados en la po­lítica—dijo Coconnas refunfuñando—. Felizmente no veo metida en todo esto a la señora de Nevers.

Margarita volvió a ocupar su asiento junto a los dos interlocutores; su ausencia no había durado más que un minuto.

Minuto que supo aprovechar muy bien. Guillonne de vigía en el pasadizo secreto, y los dos caballeros de guardia en la puerta principal, le daban absoluta segu­ridad.

—Señora —dijo Enrique—, ¿creéis que es posible que por un medio cualquiera nos escuchen o nos oigan?

—Señor —dijo Margarita—, esta habitación está acolchada y un doble artesonado apaga los sonidos.

—Confío en vos —respondió Enrique sonriendo.

Y dirigiéndose a De Mouy:

—Veamos —dijo el rey en voz baja, como si a pe­sar de las afirmaciones de Margarita no se hubiese di­sipado del todo su temor—. ¿Qué vinisteis a hacer aquí?

—¿Aquí? —preguntó De Mouy.

—Sí, aquí, a esta habitación —repitió Enrique.

—No venía aquí —interrumpió Margarita—, le he traído yo.

—¿Entonces sabíais que...?

—Lo adiviné todo.

—Ya veis, De Mouy, que es posible adivinar.

—El señor De Mouy —continuó Margarita— es­tuvo esta mañana con el duque Francisco en el cuarto de dos de sus gentiles hombres.

—Ya veis que todo se sabe —repitió Enrique.

—En efecto —dijo De Mouy.

—Estaba seguro —continuó Enrique— de que el señor de Alençon os tiraría el anzuelo.

—Por vuestra culpa, Sire. ¿Por qué rechazasteis con tanta obstinación lo que venía a ofreceros?

—¿Lo rechazasteis? —exclamó Margarita—. ¿En­tonces era cierto lo que yo presentía?

—Señora —dijo Enrique, moviendo la cabeza—, y tú, mi bravo De Mouy, realmente me hacéis reír con vuestras exclamaciones. ¡Qué! Un hombre entra en mi alcoba, me habla de un trono, de una rebelión, de un levantamiento, a mí, a Enrique, que soy un príncipe to­lerado a condición de que lleve la frente baja, un hugo­note perdonado siempre que haga el papel de católico, ¿y pensáis que voy a aceptar cuando tales proposiciones me son formuladas en una habitación que no es acolcha­da y carece de doble artesonado? ¡Por Dios! ¡O sois ni­ños o estáis locos!

—Pero, Sire, ¿Vuestra Majestad no hubiera podido darme alguna esperanza si no con palabras, al menos con un gesto o con una señal?

—¿Qué os dijo mi cuñado, De Mouy? —preguntó Enrique.

—¡Oh, Sire!, ese secreto no me pertenece.

—¡Vaya por Dios! —dijo Enrique con cierta im­paciencia al tener que tratar con un hombre que com­prendía tan mal sus palabras—. No os pregunto cuáles fueron las proposiciones que os hizo; os pregunto so­lamente si escuchaba, si nos oyó.

—Sí escuchaba, Sire, y ha oído todo.

—Escuchaba y ha oído, vos mismo lo decís, De Mouy. ¡Pobre conspirador! Si yo hubiese dicho una palabra estabais perdido. Aunque no sabía que estuvie­se oyéndonos lo sospechaba, y si no él, habría sido cual­quier otro: el duque de Anjou, Carlos IX, la reina ma­dre. No conocéis las paredes del Louvre, amigo mío; por ellas se dice que las paredes oyen. Y conociéndolas ¿iba yo a hablar? Vamos, vamos. De Mouy, poco honor hacéis al sentido común del rey de Navarra y me asom­bra que juzgándole tan mal hayáis venido a ofrecerle una corona.

—Pero, Sire —replicó De Mouy—, ¿no podíais antes que rechazar esa corona hacerme una seña? Yo no hubiera creído que estaba todo perdido.

—¡Voto a bríos! —exclamó Enrique—. Si escucha­ba, lo mismo podía estar mirando y nos hubiéramos perdido por una seña igual que por una palabra. Mirad, De Mouy —continuó el rey mirando a su alrededor—, aun ahora, aquí, tan cerca de vos que nuestras palabras no saldrán del círculo de estas tres sillas, ahora todavía tengo miedo de ser oído cuando digo: De Mouy, repe­tidme las proposiciones.

—¡Sire —exclamó De Mouy desesperado—, ahora estoy comprometido con el duque de Alençon!

Margarita hizo con sus bellas manos un gesto de despecho.

—Entonces ¿es demasiado tarde? —dijo.

—Al contrario—murmuró Enrique—, y ved cómo hasta en esto es visible la protección divina. Conservad vuestro compromiso, De Mouy, porque el duque Fran­cisco será la salvación de todos nosotros. ¿Creéis que el rey de Navarra podría garantizar lo cabeza? ¡Al contra­rio, desdichado! A la menor sospecha os matarían a to­dos. Pero un príncipe de Francia es distinto. Conseguid pruebas, De Mouy, pedid garantías, pues sois tan inge­nuo que os habréis comprometido de corazón confor­mándote con una palabra.

—¡Oh, Sire! Creed que fue la desesperación de vuestro abandono la que me arrojó en brazos del duque y también el temor de ser traicionado por él, ya que co­nocía nuestros secretos.

—Apoderaos tú del suyo. De Mouy, esto depende de ti. ¿Qué es lo que desea? ¿Ser rey de Navarra? Pro­metedle la corona. ¿Qué pretende? ¿Abandonar la cor­te? Ofrecedle los medios de huir, trabaja para él como si lo hicieras para mí; dirige el escudo para que pare los golpes que puedan asestarnos. Cuando haga falta huir, huiremos juntos; cuando se trate de combatir y de rei­nar, me quedaré solo.

—Desconfiad del duque —dijo Margarita—, tiene un carácter sombrío y penetrante, incapaz de sentir odio ni amistad, siempre dispuesto a tratar a sus amigos co­mo enemigos y a sus enemigos como amigos.

—¿Y dónde os espera, De Mouy? —preguntó En­rique.

—En la habitación de esos dos gentiles hombres.

—¿Hasta qué hora?

—Hasta la medianoche.

—Todavía no han dado las once —dijo Enrique—, nada se ha perdido; id en seguida.

—Tenemos vuestra palabra, señor —dijo Marga­rita.

—Vamos, señora—dijo Enrique, con aquella con­fianza que tan bien sabía mostrar ante algunas personas y en ciertas ocasiones—, tratándose del señor De Mouy, esas cosas ni siquiera se piensan.

—Tenéis razón, Sire —respondió el joven—, pero yo necesito contar con la vuestra para decirles a los jefes que me la habéis dado. No sois católico, ¿verdad?

Enrique se encogió de hombros.

—¿No renunciáis a la soberanía de Navarra?

—No renuncio a ninguna soberanía. De Mouy, únicamente me reservo el derecho de elegir la mejor, es decir, la que más me convenga a mí y a vosotros.

—Y si entre tanto detuvieran a Vuestra Majestad, ¿prometéis no revelar nada aun en el caso de que, violan­do vuestras reglas prerrogativas, os aplicaran tortura?

—De Mouy, lo juro por Dios.

—Una palabra más, Sire; ¿cómo podré veros de nuevo?

—Mañana tendréis una llave de mi aposento; en­traréis en él cuantas veces sea necesario y a las horas que queráis. El duque de Alençon responderá de vues­tra presencia en el Louvre. Mientras tanto, subid por la escalera secreta, yo os guiaré. Al mismo tiempo, la rei­na hará entrar aquí al caballero de la capa roja igual a la vuestra que estaba ahora mismo en la antecámara. Es preciso que no haya la menor diferencia entre vos y ese caballero y que nadie sepa que tenéis un doble. ¿No es así, De Mouy? ¿No es así, señora?

—Sí —dijo la reina sin turbarse—, porque al fin y al cabo, el señor de La Mole está al servicio de mi her­mano, el duque Francisco.

—Haced lo posible para ganarlo a nuestra causa, señora —dijo Enrique con toda seriedad—. No aho­rréis oro ni promesas; pongo todos mis tesoros a su dis­posición.

—Entonces —dijo Margarita con una de esas son­risas que sólo se ven en las mujeres de Boccaccio—, ya que ése es vuestro deseo, haré lo posible por compla­ceros.

—Muy bien, señora; y vos, De Mouy, volved con el duque y tendedle bien el lazo.

XXVI. MARGARITA

Durante la conversación que acabamos de relatar, La Mole y Coconnas montaban guardia, el primero un poco triste y el segundo algo inquieto.

La Mole había tenido tiempo de reflexionar, a lo que le ayudó poderosamente Coconnas.

—¿Qué opinas de todo esto, amigo mío? —había preguntado La Mole a Coconnas.

—Creo —respondió el piamontés— que se trata de una intriga de la corte.

—Y si llegara el caso, ¿estaríais dispuesto a inter­venir en ella?

—Querido —respondió Coconnas—, escucha con atención lo que voy a decirte y saca las consecuencias que quieras. En todas estas intrigas principescas, en to­das estas maquinaciones entre reyes, no podemos y, sobre todo, no debemos pasar más que como sombras: donde el rey de Navarra deje un trozo de su pluma y el duque de Alençon un jirón de su capa, nosotros dejare­mos nuestra vida. La reina está encaprichada contigo y tú loco por ella, pero nada más. Pierde la cabeza en amor, pero no la arriesgues en política.

Aunque el consejo era prudente, La Mole lo escu­chó con la tristeza del hombre que siente que entre la razón y la locura va a decidirse por la locura.

—No es cosa de juego lo que siento por la reina, Annibal; la amo, y por desgracia o por suerte, la amo con toda mi alma. Me dirás que es una locura, de acuerdo; estoy loco. Pero tú que eres prudente, Co­connas, no debes sufrir mis tonterías ni mi infortunio. Vuelve al lado de nuestro protector y no lo compro­metas.

Coconnas meditó un momento y levantando la cabeza:

—Querido —respondió—, todo lo que dices es perfectamente justo. Estás enamorado y obras como tal. Yo soy ambicioso y creo que la vida vale más que un beso de mujer. Cuando arriesgue mi vida pondré condiciones; tú, pobre Medor, trata de imponer las tuyas.

Y dicho esto, Coconnas tendió la mano a La Mole y se alejó después de cambiar con su compañero una últi­ma mirada y una sonrisa.

Haría apenas diez minutos que dejara su puesto cuando se abrió la puerta, y Margarita, asomándose con precaución, cogió a La Mole de la mano y, sin de­cir una sola palabra, le introdujo hasta el fondo de su habitación cerrando ella misma las puertas con un cui­dado que indicaba la importancia de la conferencia que iba a tener lugar.

Ya en la alcoba se sentó en su silla de ébano, y, co­giendo a La Mole de las manos, lo atrajo hacia sí.

—Ahora que estamos solos—le dijo—, converse­mos seriamente, amigo mío.

—¿Seriamente, señora? —dijo La Mole.

—¡O amorosamente, si queréis! Puede haber cosas muy serias en el amor y sobre todo en el amor de una reina.

—Conversemos entonces de esas cosas serias, pero a condición de que Vuestra Majestad no se enoje con las locuras que voy a decirle.

—Sólo una cosa puede enojarme, La Mole, y es que me llaméis señora o Majestad. Para vos, querido mío, soy solamente Margarita.

—¡Sí, Margarita! ¡Sí, Margarita, sí, mi perla! —ex­clamó el joven, devorando a la reina con su mirada.

—Así me gusta —dijo la reina—. ¿Estáis celoso, bien mío?

—¡Oh! Hasta perder el juicio.

—¡Todavía!...

—Hasta volverme loco, Margarita.

—¿Y celoso de quién, si puede saberse?

—De todo el mundo.

—¿Pero principalmente...?

—Del rey.

—Creí que después de lo que habéis visto y oído podríais estar tranquilo a ese respecto.

—También de ese señor De Mouy, a quien vi esta mañana por primera vez y a quien esta noche encuen­tro en vuestra intimidad.

—¿Del señor De Mouy?

—Sí.

—¿Y qué os hace sospechar de él?

—Escuchad... Le he reconocido por su estatura, el color de su pelo y por un natural sentimiento de odio; es el mismo que estuvo esta mañana con el señor de Alençon.

—¿Y qué relación tiene todo eso conmigo?

—El duque de Alençon es vuestro hermano. Dicen que le profesáis un gran afecto; le habréis confiado un vago deseo de vuestro corazón y él, según las costum­bres de la corte, lo habrá cumplido introduciendo en vuestro aposento al señor De Mouy. Ahora bien, ¿cómo he tenido la suerte de que el rey estuviese aquí al mismo tiempo? No puedo saberlo, pero, de todos modos, señora, sed franca conmigo. A falta de otro sentimiento, un amor como el mío tiene el derecho de exigir sinceridad. Mirad, me prosterno a vuestros pies. Si lo que sentisteis por mí no fue más que el capricho de un momento, os devuelvo vuestra fe, vuestras pro­mesas y vuestro amor, devuelvo al señor de Alençon sus favores y el puesto que desempeño y voy a hacer que me maten en el sitio de La Rochelle si es que el amor no me mata antes de que llegue allá.

Margarita escuchó sonriendo estas encantadoras palabras y siguió con la mirada aquellos ademanes lle­nos de gracia; luego, inclinando su bella cabeza soña­dora sobre su mano ardiente:

—¿Me amáis? —dijo.

—¡Oh, oh, señora! Más que a mi vida, más que a mi salvación, más que a todo en el mundo; pero vos..., vos no me amáis.

—¡Pobre loco! —murmuró Margarita.

—Sí, señora —exclamó La Mole siempre arrodi­llado a sus pies—, ya os dije que lo estaba.

—¿Entonces, querido La Mole, la principal preo­cupación de vuestra vida es el amor?

—Y la única, señora.

—Está bien; yo haré entonces que todo lo demás contribuya a este amor. ¿Me amáis de verdad? ¿Que­rríais vivir siempre a mi lado?

—No ruego a Dios otra cosa sino que no me aleje de vos.

—Y no os alejaréis; tengo necesidad de vos, La Mole.

—¿Tenéis necesidad de mí? ¿Desde cuándo el sol necesita al gusano de luz?

—Si os aseguro que os amo, ¿puedo contar entera­mente con vos?

—¿Acaso no os pertenezco ya por completo?

—Sí, pero todavía, Dios me perdone, dudáis de mí.

—¡Ah! Hago mal, soy un ingrato, o mejor, como ya os he dicho y repetido, un loco. Pero ¿por qué esta­ba aquí esta noche el señor De Mouy? ¿Por qué le he visto esta mañana hablando con el duque de Alençon? ¿Qué significan esa capa color cereza, esa pluma blanca, ese interés en imitar mi modo de andar?... ¡Ah, se­ñora! No es de vos de quien sospecho, sino de vuestro hermano.

—¡Desdichado! —dijo Margarita—. ¡Pobre desdi­chado si creéis que el duque Francisco lleva la compla­cencia hasta el extremo de introducir un pretendiente en el aposento de su hermana! ¡Insensato! Os creéis celoso y no habéis adivinado... ¿Sabéis, La Mole, que el duque de Alençon os mataría mañana con su propia espada si supiese que habéis estado aquí esta noche, a mis pies, y que en vez de echaros os he dicho: «Que­daos donde estáis, La Mole, porque os amo.»? ¿Oís? Porque os amo. Pues bien, os lo repito, sería capaz de mataros.

—¡Dios mío! —exclamó La Mole retrocediendo y mirando a Margarita con terror—. ¿Será posible?

—Todo es posible, amigo, en nuestra época y en esta corte. Y ahora, una sola palabra. El señor De Mouy, disfrazado con vuestra capa y con vuestro gorro, no vie­ne por mí al Louvre, sino por el duque de Alençon. Yo le hice entrar aquí creyendo que erais vos. Posee nues­tro secreto, La Mole, de modo que es preciso tratarle bien.

—Prefiero matarle —dijo La Mole,—, es más rápi­do y mucho más seguro.

—Y yo, mi valeroso caballero —repuso la reina—, prefiero que él viva y que lo sepáis todo porque su vida nos es no solamente útil sino necesaria. Escuchad y pen­sad bien vuestras palabras antes de responderme: ¿me amáis tanto, La Mole, como para sentir satisfacción en el caso de que fuera efectivamente reina, es decir, dueña de un reino verdadero?

—¡Ay, señora, os amo lo suficiente como para de­sear lo que vos deseéis, aunque con ello fuese desgra­ciado para toda la vida!

—Entonces, ¿queréis ayudarme a realizar este de­seo que os hará todavía más feliz?

—¡Oh! ¡Voy a perderme, señora! —exclamó La Mole, ocultando la cara entre las manos.

—No. Por el contrario, en lugar de ser el primero de mis servidores seréis el primero de mis súbditos.

—¡Oh! No habléis de interés..., ni de ambición, se­ñora..., no manchéis vos misma el sentimiento que me inspiráis... ¡Devoción, nada más que devoción!

—¡Qué noble corazón! —dijo Margarita—. Sí, acepto lo cariño y sabré recompensarlo.

Y le tendió las dos manos, que La Mole cubrió de besos.

—¿Qué respondéis? preguntó ella.

—Que sí, Margarita—dijo La Mole—. Comienzo a comprender cierto vago proyecto del que ya se hablaba entre nosotros, los hugonotes, antes de la matanza de San Bartolomé y para cuya ejecución vine a París como tantos otros más dignos que yo. ¿Deseáis la soberanía real de Navarra, que debe reemplazar la ficticia que po­seéis? El rey Enrique os ayuda. De Mouy conspira con vosotros, ¿no es cierto? Pero ¿qué papel desempeña el duque de Alençon en todo esto? ¿Dónde hay un trono para él? No lo entiendo. ¿Es tan... amigo vuestro el du­que de Alençon como para prestaros ayuda sin exigir nada a cambio de los peligros que corre?

—El duque, amigo mío, conspira por su cuenta. Dejémosle perderse; su vida responde por la nuestra.

—Pero yo, que estoy a su servicio, ¿puedo traicio­narle?

—¡Traicionarle! ¿Por qué? ¿Qué os ha confiado? ¿No es él quien os ha vendido dando a De Mouy vues­tra capa y vuestro gorro como un medio para que se in­trodujera en el Louvre? ¡Decís que estáis a su servicio! ¿No me servíais a mí antes que a él? ¿Os ha dado mayor prueba de amistad el duque de Alençon que la prueba de amor que tenéis de mí?

La Mole se puso de pie, pálido y confuso.

—¡Oh! —murmuró—. Ya me lo dijo Coconnas. La intriga me envuelve entre sus pliegues y me aho­gará.

—¿Qué decidís? —preguntó Margarita.

—He aquí mi respuesta—dijo La Mole—. Se dice, y yo lo he oído decir al otro extremo de Francia, donde vuestro ilustre nombre y vuestra reputación universal como belleza me llegaron despertando en—mi corazón un vago deseo de lo desconocido, se dice que habéis amado algunas veces y que vuestro amor ha sido siem­pre fatal para quienes lo han merecido, de suerte que la muerte, celosa sin duda, os ha ido arrebatando uno a uno vuestros amantes.

—¡La Mole!...

—No me interrumpáis. ¡Oh, mi Margarita queri­da! Pues agregan tales rumores que conserváis en ca­jas de oro los corazones de esos fieles amigos y que a menudo tenéis para tan tristes restos un recuerdo me­lancólico y una mirada piadosa. Suspiráis, reina mía, vuestros ojos se empañan, luego es verdad. Pues bien, haced de mí el más amado y dichoso de vuestros favo­ritos. Habéis traspasado los corazones de los demás para guardarlos. ¡Conmigo hacéis más, exponéis mi cabeza...! Margarita, juradme ante la imagen del Dios que aquí mismo me salvó la vida que, si muero por vos, tal como me lo anuncia un sombrío presentimiento, conservaréis esta cabeza, que el verdugo habrá separa­do del tronco, para apoyar en ella de vez en cuando vuestros labios. Jurad, Margarita, y la promesa de tal recompensa hecha por mi reina me volverá mudo, traidor y hasta cobarde si es menester; es decir, enteramente fiel, como debe ser vuestro amante y vuestro cóm­plice.

—¡Oh, qué lúgubre locura, alma mía! —dijo Mar­garita—. ¡Qué fatal pensamiento, amor mío!

Jurad...

—¿Queréis que jure?

—Sí, por la cruz que está labrada en este cofre de plata. Jurad.

—Pues bien —dijo Margarita—, si vuestros som­bríos presentimientos se realizaran, ¡y no lo permita Dios!, os juro por esta cruz, amor mío, que vivo o muerto estaréis cerca de mí mientras yo viva, y si no puedo salvaros del peligro a que por mí os exponéis, sólo por mí, ya lo sé, daré al menos a vuestra pobre alma el consuelo que me pedís y que os habréis ganado.

—Una palabra todavía, Margarita. Ahora puedo morir, estoy tranquilo por lo que respecta a mi muerte; pero también puedo salvarme y tal vez triunfemos; pue­de el rey de Navarra llegar a ser rey y vos podéis ser reina; en tal caso el rey os llevará consigo; el voto de separación que habéis hecho con él quizá se rompa algún día, y en­tonces, ¿qué será de nuestra promesa de estar juntos? Margarita, mi adorada Margarita, amada mía, con una sola palabra me habéis tranquilizado en lo que concierne a mi muerte; tranquilizadme ahora en lo que se refiere a mi vida.

—¡Oh! Nada temas. ¡Tuya soy en cuerpo y alma! —exclamó Margarita extendiendo de nuevo la mano so­bre la cruz del cofrecillo—. Si me voy de aquí, tú me seguirás, y si el rey se niega a llevarte, me quedaré.

—¡Pero no osaréis resistir!

—Mi amado Hyacinte —dijo Margarita—, no co­noces a Enrique; en estos momentos no piensa en otra cosa que en ser rey; por satisfacer este deseo sacrificaría cuanto tiene y con más razón lo que no es suyo. Adiós.

—¿Me echáis, señora? —preguntó sonriendo La Mole.

—Es tarde—dijo Margarita.

—Sin duda, pero, ¿dónde queréis que vaya? De Mouy está en mi cuarto con el duque de Alençon.

—¡Ah! Es cierto —dijo Margarita con una admi­rable sonrisa—. Además, tengo muchas cosas que deci­ros aún a propósito de esta conspiración.

A partir de aquella noche, La Mole dejó de ser un favorito vulgar y pudo llevar erguida aquella cabeza a la cual, viva o muerta, estaba reservado un dulce por­venir.

Sin embargo, a veces, su frente se inclinaba hacia el suelo, sus mejillas palidecían y la profunda meditación cavaba un surco entre las cejas del joven La Mole, ¡tan alegre antes, tan feliz ahora!

XXVII. LA MANO DE DIOS

Al separarse de la señora de Sauve, Enrique le ha­bía dicho:

—Acostaos, Carlota. Fingid que estáis gravemente enferma y bajo ningún pretexto recibáis a nadie en to­do el día de mañana.

Carlota obedeció sin comprender el motivo que po­día tener el rey para hacerle semejante recomendación. Gracias a que ya comenzaba a habituarse a sus excentri­cidades, como diríamos hoy, o a sus fantasías, como se decía entonces.

Por otra parte, sabía que Enrique guardaba en su corazón secretos que no confiaba a nadie y en su men­te proyectos que temía revelar hasta en sueños, por lo que, segura de que aun sus ideas más extrañas respon­dían a un fin, acostumbraba obedecer todas sus indica­ciones.

Aquella misma noche se quejó en presencia de Da­riole de una gran pesadez de cabeza, acompañada de ma­reos, pues tales eran los síntomas que Enrique la acon­sejara fingir.

Al día siguiente aparentó querer levantarse, pero apenas hubo puesto los pies en el suelo cuando simuló resentirse de una debilidad general, por lo que hubo de acostarse de nuevo.

Esta indisposición que Enrique había ya anuncia­do al duque de Alençon llegó a oídos de la reina Cata­lina cuando preguntaba en tono indiferente por qué causa no se presentaba, como de costumbre, la señora de Sauve a la hora de levantarse.

—Está enferma —respondió la señora de Lorena, que se encontraba allí.

—¡Enferma! —repitió Catalina, sin que un solo mús­culo de su rostro denunciara el interés con que oyó la contestación—. Será algún capricho de perezosa.

—No, señora —dijo la princesa—, parece que siente un violento dolor de cabeza y una debilidad que le impide andar.

Catalina no respondió; pero, para ocultar su júbilo, sin duda, se volvió hacia la ventana, por donde preci­samente vio a Enrique que atravesaba el patio después de su diálogo con el señor De Mouy.

Se levantó para observarle mejor e, impulsada por esa conciencia que se agita constantemente en el fondo del corazón de los criminales más feroces, preguntó al capitán de su guardia:

—¿No os parece que mi hijo Enrique está más pá­lido esta mañana que de costumbre?

Nada más falso; Enrique se hallaba muy preocu­pado, pero gozaba de perfecta salud.

Poco a poco se fueron retirando las personas que asistían habitualmente al despertar de la reina; queda­ron tres o cuatro de las más íntimas. Catalina, impa­ciente, las despidió, pretextando que deseaba estar sola.

Cuando salió el último cortesano, la reina cerró la puerta, y, yendo hasta un armario secreto disimulado en una de las paredes de su alcoba, hizo correr la puerta por una ranura. del zócalo y sacó un libro cuyas gasta­das hojas revelaban su use frecuente.

Puso el libro sobre una mesa, lo abrió por donde es­taba la señal y poniéndose de codos:

—Eso es —murmuró mientras leía—, dolor de cabeza, debilidad general, ardor en los ojos a hinchazón del paladar. Aún no me han anunciado más que dolor de cabeza y debilidad... los otros síntomas no se harán esperar.

Y continuó:

—Luego, la inflamación llega a la garganta, se ex­tiende hasta el estómago, envuelve el corazón en un cír­culo de fuego y hace estallar el cerebro como al contac­to de un rayo.

Releyó el párrafo en voz baja y después continuó a media voz:

—La fiebre dura seis horas, la inflamación general doce, la gangrena otras doce, la agonía seis; en total, treinta y seis horas. Supongamos ahora que la absorción sea más lenta y en lugar de treinta y seis horas serán cua­renta y ocho; ¡sí, cuarenta y ocho horas serán suficien­tes! Pero ¿cómo es que Enrique está todavía en pie? Cierto que él es hombre y hombre de constitución ro­busta, que quizás haya bebido después de haberla besa­do y se habrá secado los labios después de beber.

Catalina esperó la hora de la comida con impacien­cia. Enrique se sentaba todos los días a la mesa del rey.

Al llegar se quejó también de mareos, no probó bocado y se retiró en seguida, diciendo que como no había dormido la noche anterior, deseaba descansar.

La reina madre escuchó cómo se alejaban las pisa­das vacilantes de Enrique y ordenó que le siguieran. Le informaron que el rey de Navarra se había dirigido al departamento de la señora de Sauve.

«Enrique—se dijo—va a encontrar esta noche a su lado el desenlace de un plan que una funesta casualidad ha dejado incompleto.»

El rey de Navarra había ido en efecto a ver a la seño­ra de Sauve, pero sólo para recomendarle que siguiera representando su papel.

Al día siguiente, Enrique no salió de su habitación durante toda la mañana y no asistió a la mesa del rey. Se decía que la señora de Sauve iba de mal en peor y el ru­mor de la enfermedad de Enrique, difundido por la mis­ma Catalina, circulaba como uno de esos hechos cuya causa se ignora, pero que están en la atmósfera.

Catalina no cabía en sí de gozo; desde la mañana del día anterior había alejado de la corte a Ambrosio Paré, ordenándole que fuera a curar a uno de sus cria­dos favoritos enfermo en Saint—Germain.

Era preciso, por lo tanto, para atender a la señora de Sauve y a Enrique, acudir a un hombre de confianza de la reina, el cual diría únicamente lo que ella quisiera. Si contra todas las probabilidades algún otro médico in­tervenía y alarmaba a la corte con alguna declaración de envenenamiento, como ya había sucedido otras veces, Catalina contaba para disuadir a la opinión con el rumor referente a los celos de Margarita por los amoríos de su esposo. Se recordará que, aprovechando cualquier oca­sión, había tratado siempre de recalcar estos celos y es­pecialmente durante la peregrinación al cementerio de los Inocentes, donde preguntó a su hija en presencia de varias personas:

—¿Estáis muy celosa, Margarita?

Esperaba, pues, con tranquilo semblante que la puerta se abriera dando paso a un criado que, pálido y sofocado, gritara: «¡Su Majestad, el rey de Navarra se muere y la señora de Sauve ha muerto!»

Dieron las cuatro de la tarde. Catalina estaba termi­nando de merendar ante la j aula donde tenía unos cuan­tos pájaros raros a los que repartía bizcochos, dándose­los a comer en su propia mano.

Aunque su rostro estuviera tan tranquilo y sereno como siempre, su corazón latía violentamente al me­nor ruido.

De pronto se abrió la puerta.

—Señora—dijo el capitán de la guardia—, el rey de Navarra está...

—¿Enfermo? —interrumpió rápidamente Catalina. —No, señora, gracias a Dios, Su Majestad goza de perfecta salud.

—¿Qué queríais decir entonces?

—Que el rey de Navarra está aquí.

—¿Qué me quiere?

—Trae a Vuestra Majestad un monito de la más ra­ra especie.

En aquel momento entró Enrique con una canasta en la mano y acariciando a un tití que estaba acostado en ella.

Enrique sonreía al entrar y parecía abstraído por completo en la contemplación del encantador animali­to. Pero, por mucho que lo pareciese no dejó de lanzar aquella ojeada que le bastaba en los momentos más difí­ciles. Catalina estaba muy pálida y su palidez aumenta­ba a medida que al acercarse su yerno vio iluminadas sus mejillas por un rubor saludable. La reina madre quedó desconcertada al verle.

Aceptó maquinalmente el obsequio de Enrique, se turbó, le felicitó por su buen aspecto y añadió:

—Estoy tanto más contenta de encontraros tan bien, hijo mío, cuanto que había oído decir que estabais enfer­mo y, si no recuerdo mal, os quejasteis en mi presencia de cierto malestar; pero ahora comprendo —agregó inten­tando sonreír— que se trataba sólo de un pretexto para estar libre.

—He estado muy enfermo, en efecto, señora—res­pondió Enrique—, pero poseo un específico usado en mis montañas y que heredé de mi madre que me ha cu­rado.

—¡Ah! Me daréis la receta, ¿no es cierto, Enrique? —dijo Catalina sonriendo de verdad esta vez, pero con una ironía que no pudo disimular.

—Algún contraveneno —murmuró—, ya tomare­mos nuestras medidas para remediar esto. Sin duda, al ver enferma a la señora de Sauve, habrá sospechado. Verdaderamente parece que la mano de Dios protege a este hombre.

Catalina esperó con impaciencia la noche; la señora de Sauve no apareció. Mientras jugaba a las cartas, pi­dió noticias suyas y le dijeron que cada vez estaba peor. Pasó inquieta toda la velada y todos se pregunta­ban con ansiedad cuáles serían los pensamientos que agitaban aquel rostro de ordinario tan impasible.

Cuando se quedó sola con sus camareras, se hizo desvestir y acostar, y cuando todo el mundo estuvo acostado en el Louvre, se levantó, cubrióse con una bata negra, cogió una vela, buscó entre todas sus llaves la que correspondía a la habitación de la señora de Sauve y su­bió al departamento de su dama de honor. Catalina abrió la puerta con precaución, atravesó la antecámara, entró en el salón, puso la vela encima de un mueble, puesto que una lamparilla ardía junto a la enferma, y como una sombra se deslizó en la alcoba.

Dariole, tumbada en un butacón, dormía al lado de su ama.

El lecho de la señora de Sauve estaba completamente tapado por las cortinas.

La respiración de la joven era tan leve que por un instante Catalina creyó que ya no respiraba.

Por fin oyó un ligero suspiro, y con maligna ale­gría fue a levantar la cortina para comprobar personal­mente los efectos del terrible veneno, estremeciéndose por adelantado del aspecto de aquella lividez mortal o de aquella encendida fiebre devoradora que esperaba encontrar; pero en lugar de todo esto halló, tranquila, los ojos dulcemente cerrados por sus blancos párpa­dos, la boca sonrosada y entreabierta, la mejilla apoya­da con blandura sobre uno de sus brazos graciosamen­te curvado, mientras el otro, terso y cual si fuera de nácar, se extendía sobre el damasco carmesí, que le ser­vía de colcha, a la hermosa joven durmiendo casi risue­ña, sin duda porque algún sueño encantador dibujaba en sus labios una sonrisa y en sus mejillas el rubor de un bienestar por nada turbado. Catalina no pudo reprimir un grito de sorpresa que despertó momentánea­mente a Dariole. La reina madre se escondió tras las cortinas del lecho.

La doncella abrió los ojos, pero abrumada de fatiga, sin tratar siquiera de buscar en su entorpecido cerebro la causa de su desvelo, dejó caer sus pesados párpados y volvióse a quedar dormida.

Catalina salió entonces de su escondite y, echando una ojeada por la habitación, vio sobre una mesita una botella de vino de España, frutas, pastas azucaradas y dos copas. Enrique debía de haber estado cenando con la baronesa, que gozaba de tan buena salud como él.

Dirigiéndose en seguida al tocador, Catalina cogió la cajita de plata, que estaba casi vacía. Era exactamente la misma o, al menos, idéntica a la que enviara a Carlota. Cogió con la punta de un alfiler de oro una partícula de carmín del tamaño de una perla y al volver a su aposento se la ofreció al mono que aquella misma tarde le había regalado Enrique. El animal, atraído por el perfume, la devoró ávidamente y, enroscándose en su cesta, se que­dó dormido. La reina esperó un cuarto de hora.

—Con la mitad de lo que éste acaba de tragarse —dijo Catalina—, mi perro Brutus murió hinchado en un minuto. Se han burlado de mí. ¿Será Renato? ¿Rena­to? ¡Imposible! ¿Habrá sido entonces Enrique? ¡Oh, fatalidad! Es claro; si ha de reinar no puede morir. Pero quizá donde el veneno falla, no fracase el acero.

Y Catalina se acostó meditando un nuevo plan que, sin duda, estuvo terminado al día siguiente, puesto que al levantarse llamó al capitán de su guardia y le entregó una carta ordenándole que la llevase rápidamente a su destinatario, a quien debería entregarla en propia mano.

La carta iba dirigida al señor de Louviers de Mau­revel, capitán de petarderos del rey, calle de los Cere­zos, cerca del Arsenal.

XXVIII. UNA CARTA DE ROMA

Habían pasado algunos días desde los episodios que acabamos de relatar cuando, una mañana, entró en el Louvre una litera escoltada por varios gentiles hombres, vestidos con los colores del señor de Guisa, que venían a anunciar a la reina de Navarra que la señora duquesa de Nevers solicitaba el honor de presentarle sus respetos.

Margarita recibió la visita de la señora de Sauve. Era la primera vez que la bella baronesa salía de sus ha­bitaciones después de su fingida enfermedad. Se había enterado de que la reina dio muestras a su marido de sentir una gran inquietud por esta indisposición, que durante una semana fue la comidilla de la corte, a iba a darle las gracias.

La reina la felicitó por su curación y por la suerte que tuvo al escapar de tan repentina enfermedad, pues­to que en su calidad de princesa de Francia apreciaba su gravedad.

' —Espero que vendréis a la gran cacería que ya ha sido suspendida una vez y que tendrá lugar mañana —dijo Margarita—. Para ser invierno hace muy buen tiempo. El sol ha vuelto más blanda la tierra, y todos nuestros cazadores aseguran que tendremos uno de los días más apropiados.

—Pero, señora—dijo la baronesa—, no sé si esta­ré lo bastante fuerte.

—¡Bah! —respondió Margarita—. Haréis un es­fuerzo; además como yo soy buena amazona, autoricé al rey para que dispusiera de un caballito del Bearne que yo debía montar y que os vendrá de maravillas. ¿No habéis oído hablar de él?

—Sí, señora, pero ignoraba que el tal caballito tu­viera el honor de estar destinado a Vuestra Majestad; de lo contrario, no lo hubiese aceptado.

—¿Por orgullo, baronesa?

—No señora, al contrario, por humildad.

—Entonces, ¿iréis?

—Vuestra Majestad me colma de atenciones. Iré, puesto que me lo ordenáis.

En aquel momento anunciaron a la duquesa de Ne­vers. Al oír su nombre, Margarita dejó escapar un gesto tal de alegría, que la baronesa comprendió que las dos mujeres tenían algo especial que decirse y se levantó pa­ra marcharse.

—Hasta mañana, entonces —dijo Margarita.

—Hasta mañana, señora.

—A propósito, ya sabéis, baronesa —continuó Margarita, despidiéndola con la mano—, que en públi­co os detesto porque estoy terriblemente celosa.

—¿Y en privado? —preguntó la señora de Sauve.

—¡Oh! En privado no sólo os perdono, sino que os lo agradezco.

—Entonces, Majestad, permitidme...

Margarita le tendió la mano, la baronesa la besó con respeto y, haciendo una profunda reverencia, salió.

Mientras la señora de Sauve subía las escaleras sal­tando como una cabrita en libertad, la señora de Nevers cambiaba con la reina algunos saludos ceremoniosos que dieron tiempo a que se retiraran los caballeros que la habían acompañado.

—¡Guillonne! —gritó Margarita cuando se cerró la puerta tras ellos—. Cuida de que nadie nos inte­rrumpa.

—Sí —dijo la duquesa—, porque tenemos que ha­blar de asuntos muy importantes.

Y se acomodó sin protocolo alguno en un sillón, segura de que nadie vendría a turbar aquella familiari­dad convenida con la reina de Navarra.

—¿Y qué es de la vida de nuestro adorable asesino? —dijo Margarita sonriendo.

—Mi querida reina —dijo la duquesa—, para mí es un ser mitológico. Tiene un ingenio incomparable que jamás se agota. Tiene salidas que harían retorcerse de risa a un santo en su nicho. Por lo demás es el más ar­diente pagano que haya existido jamás bajo la piel de católico; estoy loca por él. ¿Y tú qué haces de lo Apolo?

—¡Ay! —exclamó Margarita suspirando.

—¡Oh! Esa exclamación me hiela, querida reina. ¿Acaso es demasiado respetuoso o sentimental ese gen­til de La Mole? Si es así, me veo obligada a confesar que es todo lo contrario que su amigo Coconnas.

—No; tiene sus momentos —dijo Margarita—, y mi queja no se refiere sino a mí misma.

—¿Qué significa entonces?

—Significa, querida duquesa, que tengo un miedo atroz de enamorarme de veras.

—¿Será posible?

—¡Palabra de honor!

—¡Oh! ¡Tanto mejor! ¡Qué alegre vida íbamos a llevar! —exclamó Enriqueta—. Amar un poco era mi sueño y amar mucho el tuyo. Es tan dulce, mi querida y docta reina, descansar el espíritu en el corazón, ¿no es cierto?, y después de los arrebatos de la pasión po­der tener una sonrisa. ¡Ah, Margarita, tengo el presen­timiento de que vamos a pasar un año muy feliz!

—¿Tú lo crees? —dijo la reina—. Yo, en cambio, no sé por qué veo las cosas como a través de un velo fú­nebre. Toda esta política me preocupa enormemente.

A propósito, es preciso averiguar si lo Annibal es tan adicto a mi hermano como parece serlo. Infórmate de ello, porque es importante.

—¿Él? ¿Adicto a algo o a alguien? Ya se ve que no le conoces como yo. Si alguna vez llega a sentir inclinación por algo será por ambición nada más. Si lo hermano es hombre capaz de hacer grandes promesas, entonces le será perfectamente fiel a lo hermano. Pero que lo her­mano, por más príncipe de Francia que sea, tenga cuida­do de cumplirlas, porque si no, ¡pobre de él!

—¿De veras?

—Como lo oyes. Realmente, Margarita, hay mo­mentos en que este tigre que he domesticado me da mie­do a mí misma. El otro día le decía: «Annibal, cuidado, no me engañéis, porque si me engañáis...» Y mientras se lo decía, le miraba con mis ojos de esmeralda, que hicie­ron decir a Ronsard:

La duchese de Nevers
aux yeux verts
que, sous leer paupière blonde,
lancent sur nous plus d'éclairs
que ne font vingt Jupiters
dans les airs,
lorsque la tempête gronde.

—Seguid.

—Pues bien; creí que me respondería: «¿Yo enga­ñaros? ¡Jamás! Etcétera, etcétera...» Pero ¿sabes lo que me contestó?

—No.

—Pues júzgale: «Y vos, me respondió, tened cui­dado también, si me engañáis, porque por muy princesa que seáis...», y al decirlo me amenazaba no sólo con los ojos, sino también con su dedo seco y puntiagudo armado de una uña cortada en forma de lanza con la que casi me dio en la nariz. En aquel momento, lo con­fieso, reina mía, tenía un semblante tan poco tranquili­zador, que me estremecí, aunque ya sabes que en ver­dad no soy nada cobarde.

—¿Se atrevió a amenazarte, Enriqueta?

—¡Voto al diablo! Yo también le amenacé. Al fin y al cabo tenía razón. Así es que ya lo sabes, es adicto has­ta cierto punto, o mejor dicho, hasta un punto demasia­do incierto.

—Ya veremos —dijo Margarita pensativa—. Ha­blaré de esto con La Mole. ¿No tienes alguna cosa más que decirme?

—Sí, una cosa sumamente interesante y por la cual he venido a hablarte. Pero ¿qué quieres? Tú empezaste a decirme cosas más interesantes aún. He tenido noticias...

—¿De Roma?

—Sí; llegó un correo de mi marido.

—¿Y cómo va el asunto de Polonia?

—Alas mil maravillas, y es probable que dentro de pocos días lo veas libre de lo hermano el duque de Anjou.

—¿Ha ratificado el Papa su elección?

—Sí, querida.

—¡Y no me dijiste nada! —exclamó Margarita—. Pronto, pronto, dame más detalles.

—¡Oh! A fe mía, no tengo otros que los que acabo de transmitirte. Por otra parte, espera, voy a darte la carta del señor de Nevers. Tómala. ¡Ah! ¡No, no! Es­tos versos son de Annibal, versos atroces, Margarita, pero no sabe hacerlos mejores. Aquí está por fin. No, tampoco; es un mensaje para Coconnas que quiero que se lo hagas llegar por intermedio de La Mole. ¡Ah, por fin, ésta es la carta en cuestión!

Y la señora de Nevers entregó la carta a la reina.

Margarita la abrió inmediatamente y la leyó, pero no contenía en efecto otra cosa que lo que ya sabía por boca de su amiga.

—¿Y cómo recibiste esta carta? —preguntó la reina.

—Por un correo de mi marido que tenía orden de pasar por el palacio de Guisa antes de ir al Louvre y darme esta carta antes de entregar otra destinada al rey. Sabía la importancia que para mi reina tenía esta noticia y escribí al señor de Nevers para que lo hiciera. Ya ves cómo me ha obedecido, no es como ese monstruo de Coconnas. De modo que, en este momento, no hay en todo París más que tres personas que sepamos esto: el rey, tú y yo; a menos que el hombre que seguía a nues­tro correo...

—¿Qué hombre?

—¡Oh! ¡Qué horrible oficio! Imagínate que el des­dichado mensajero llegó exhausto, deshecho, lleno de polvo; corrió siete días y siete noches sin detenerse un instante.

—Pero ¿y ese hombre de quien hablabas?

—Espera. Constantemente seguido por un indivi­duo de cara feroz, que tenía como él caballos de relevo y corría con la misma rapidez durante todo el trayecto de cuatrocientas leguas, el pobre mensajero temía a cada instante que una bala de pistola le atravesara los riñones. Los dos llegaron a la barrera de Saint—Marcel al mismo tiempo; los dos bajaron por la calle de Mouffetard al galope; los dos atravesaron la Cité. Pero al llegar al ex­tremo del puente de Nótre—Dame, nuestro correo do­bló a la derecha, mientas que el otro torcía hacia la iz­quierda por la plaza del Châtelet y llegaba por los muelles hasta el Louvre como una flecha.

—¡Gracias, mi buena Enriqueta, muchas gracias! —exclamó Margarita—. Tenías razón, son muy intere­santes estas noticias. ¿Para quién sería el otro correo? Ya lo sabré. Ahora retírate. Esta noche nos veremos en la calle Tizon, ¿no es cierto?, y mañana en la cacería. Elige sobre todo un caballo que sea brioso para que se adelante y podamos quedarnos solas. Luego lo diré lo que deseo que averigües de Coconnas.

—¿No olvidarás la carta que lo he dado? —pre­guntó riendo la duquesa.

—No, no, puedes estar totalmente tranquila, la re­cibirá a tiempo.

En cuanto salió la señora de Nevers, Margarita en­vió a buscar a Enrique y al presentarse éste le enseñó la carta del duque de Nevers.

—¡Oh! ¡Oh! =dijo el rey.

Después Margarita le contó la historia del doble correo.

—En efecto —dijo Enrique—, yo le vi entrar en el Louvre.

—¿Sería quizá para la reina madre?

—No, estoy seguro, porque, por si acaso, estuve apostado en el corredor y no pasó nadie por allí.

—Entonces —dijo Margarita mirando a su mari­do— tiene que ser...

—Para vuestro hermano el duque de Alençon, ¿no es verdad?

—Sí, pero ¿cómo saberlo?

—¿No podríamos —preguntó Enrique displicen­temente— mandar en busca de uno de esos dos gentiles hombres y preguntarle...?

—Tenéis razón, Sire—dijo Margarita satisfecha por la proposición de su esposo—. Enviaré a llamar al señor de La Mole... ¡Guillonne! ¡Guillonne!

La joven apareció.

—Tengo que hablar un instante con el señor de La Mole —le dijo la reina—. Trata de encontrarle y dile que venga.

Guillonne salió. Enrique se sentó ante una mesa sobre la cual había un libro alemán con grabados de Alberto Durero y se puso a mirarlos con tanta atención que, cuando entró La Mole, pareció no oírle y ni si­quiera levantó la cabeza.

Por su parte, el joven, al ver al rey en la habitación de Margarita, se quedó en el umbral de la puerta mudo de sorpresa y pálido de angustia.

Margarita fue a su encuentro.

—Señor de La Mole —dijo—, ¿podríais decirme quién está hoy de guardia en el departamento del duque de Alençon?

—Coconnas, señora —dijo La Mole.

—Tratad de averiguar si ha introducido en el apo­sento de su señor a un hombre cubierto de barro que parecía haber hecho un largo viaje a galope tendido.

—¡Ah, señora! Temo que no me lo diga; hace algu­nos días que está muy taciturno.

—Sin embargo, me parece que si le dais esta carta os dará algo a cambio.

_ —¡De la duquesa!... ¡Oh! Con esta carta probaré a ver.

—Decidle también —añadió Margarita bajando la voz— que esta carta le servirá de salvoconducto para entrar esta noche en la casa que ya sabéis.

—¿Y cuál será el mío, señora? —dijo muy queda­mente La Mole.

—Será suficiente que digáis vuestro nombre.

—Dadme la carta, señora, dádmela—dijo La Mole amorosamente—. Os respondo de todo.

Y se fue.

—Mañana sabremos si el duque de Alençon está enterado del asunto de Polonia—dijo tranquilamente Margarita volviéndose hacia su marido.

—Este señor de La Mole es verdaderamente un buen servidor—dijo el bearnés con aquella sonrisa tan suya—. Y..., ¡por la misa!, juro que haré su fortuna.

XXIX. LA CACERIA

Cuando al día siguiente se levantó por detrás de las colinas de París un sol hermoso y rojizo que no que­maba, como es el de las mañanas privilegiadas del in­vierno, hacía ya dos horas que todo estaba en movi­miento en el patio del Louvre.

Un magnífico caballo árabe, tan nervioso como es­belto, de patas de ciervo en las que resaltaban las venas formando una red, esperaba en el patio, golpeando el suelo con los cascos, enderezando las orejas y echando fuego por las narices, a Carlos IX; pero su impaciencia, con todo; era menor que la de su amo, detenido al pasar por Catalina, que le había llamado para hablarle, según le dijo, de un asunto importante.

Ambos estaban en la galería de cristales: Catalina, fría, pálida a impasible como siempre; Carlos IX, tré­mulo, royéndose las uñas y castigando con la fusta a sus dos perros favoritos, .que se hallaban protegidos con cotas de malla para que el hocico del jabalí no pudiera hacer presa y estar así en condiciones de afrontar impu­nemente al terrible animal. Lucían colgando de su pe­cho un pequeño escudo con las armas de Francia, muy parecido al que llevaban los pajes, quienes más de una vez envidiaron los privilegios—de que gozaban aquellos afortunados y caninos favoritos.

—Prestad atención, Carlos —decía Catalina—. Na­die más que nosotros dos conoce aún la próxima llega­da de los polacos. Sin embargo, ¡Dios me perdone!, el rey de Navarra obra como si lo supiese. A pesar de su abjuración, de la que siempre desconfié, sospecho que está en relaciones con los hugonotes. ¿Habéis nota­do lo muy a menudo que sale últimamente? Tiene di­nero, él, que jamás lo tuvo; compra caballos y armas y los días de lluvia practica la esgrima de la mañana a la noche.

—¡Por Dios, madre mía! —dijo Carlos, impacien­tándose—. ¿Creéis que tiene intenciones de matarme o de matar a mi hermano el duque de Anjou? En tal caso, tendrá que recibir todavía varias lecciones, pues ayer le he contado once ojales en su jubón, que no tiene más que seis botones. En cuanto a mi hermano, ya sabéis que tira mejor que yo o por lo menos igual.

—Escuchad, Carlos —prosiguió Catalina—, y no tratéis a la ligera las cosas que os dice vuestra madre. Los embajadores van a llegar; pues bien, ya veréis: una vez que estén aquí, Enrique hará todo lo posible por atraérselos. Es insinuante y ladino; sin contar con que su mujer, que le ayuda en todo no sé por qué, conver­sará con ellos en latín, griego, húngaro, ¡qué sé yo! Os advierto, Carlos, y ya sabéis que jamás me equivoco, que algo se prepara.

En aquel momento se oían las campanadas de un re­loj y Carlos dejó de escuchar a su madre para contarlas.

—¡Por mi vida! ¡Si son las siete ya! —exclamó—. Una hora para ir y serán las ocho; otra para llegar al lugar donde esté acorralado el jabalí y no podre­mos iniciar la caza antes de las nueve. Verdaderamen­te, madre mía, me estáis haciendo perder demasiado tiempo. ¡Vamos, Risquetout!... ¡Por mi vida! ¡Ven acá, bribón!

Y un violento latigazo cruzó sobre el lomo del dogo. El pobre animal, sorprendido al recibir un castigo en vez de una caricia, lanzó un gemido de dolor. —Carlos —continuó Catalina—, escuchadme por Dios y no dejéis así al azar la suerte vuestra y la de Francia. La caza, la caza, la caza, decís... ¡Ya tendréis tiempo de cazar cuando hayáis cumplido vuestra mi­sión de soberano!

—Vamos, vamos, madre —dijo Carlos pálido de impaciencia—, explicaos pronto porque me estoy po­niendo nervioso. La verdad es que hay días en que no os entiendo.

Y se puso a golpearse la bota con el puño del látigo.

Catalina juzgó que había llegado el momento opor­tuno y que no debía desaprovecharlo.

—Hijo mío —dijo—, tenemos pruebas de que De Mouy ha vuelto a París. El señor de Maurevel, a quien conocéis perfectamente, le ha visto. El culpable de que esté aquí no puede ser más que el rey de Navarra, lo cual, según creo, es suficiente para que nos resulte más sospechoso que nunca.

—¡Vamos, otra vez acusando a mi pobre Enriqui­to! Queréis que me lo maten, ¿no es eso?

—¡Oh, no!

—¿Desterrarle, entonces? ¿Es que no comprendéis que desterrado será mucho más de temer que lo pue­da ser aquí, bajo nuestra mirada, en el Louvre, don­de no puede hacer nada sin que lo sepamos inmediata­mente?

—No es desterrarle lo que quiero precisamente.

—Entonces, ¿qué queréis? Decídmelo pronto.

—Me gustaría tenerlo en sitio seguro mientras los polacos estén aquí; en La Bastilla, por ejemplo.

—¡Oh! ¡A fe mía que no! —exclamó Carlos IX—. Vamos a la caza del jabalí esta mañana y Enrique es uno de mis mejores acompañantes; sin él, la cacería no resultará bien. ¡Por favor, madre mía, parece que no queréis más que contrariarme!

—¡Hijo querido! No digo que sea hoy mismo... Los embajadores no llegarán hasta mañana o pasado mañana. Hagámosle detener cuando termine la cacería; esta tarde..., esta noche...

—Eso es totalmente distinto. Ya hablaremos lue­go, cuando nos veamos; terminada la cacería no diré que no. Adiós. ¡Vamos, Risquetout, aquí, no me impa­cientes tú también!

—Carlos —dijo Catalina sujetándole por el bra­zo—, aun a riesgo de provocar con este nuevo retardo una explosión de cólera, creo que lo mejor sería firmar en seguida la orden de arresto aunque no se ponga en vigor hasta la tarde o la noche.

—¿Firmar, escribir una orden, ir a buscar el sello de los pergaminos cuando me están esperando para la cacería, a mí, que jamás he llegado tarde? ¡Váyase todo al diablo!

—No, no; os quiero demasiado para ser la culpable de vuestro retraso; todo está previsto, entrad aquí en mi habitación.

Catalina, ágil como si no tuviera más que veinte años, abrió la puerta que comunicaba con su gabinete y mostró al rey un tintero, una pluma, un pergamino, el sello y una lamparilla encendida.

El rey cogió el pergamino y lo leyó rápidamente: «Orden, etc., etc., de hacer arrestar y conducir a La Bas­tilla a nuestro hermano Enrique de Navarra.»

—Bueno, ya está —dijo firmando de un trazo—; adiós, madre mía.

Y se lanzó fuera del gabinete, seguido de sus pe­rros, contento de haberse librado tan fácilmente de la reina Catalina.

Carlos IX era esperado con impaciencia, y como conocían su puntualidad en materia de caza, todos es­taban asombrados por su tardanza. Por eso, cuando apareció, los cazadores le saludaron dando vivas, los monteros tocando sus trompetas, los caballos con sus relinchos y los perros con sus ladridos. Todo aquel ruido, todo aquel estrépito hizo subir la sangre a sus páli­das mejillas, el corazón se le ensanchó y Carlos se sin­tió por un instante joven y feliz.

Apenas se distrajo el rey saludando a la brillante comitiva reunida en el patio; hizo una inclinación de cabeza al duque de Alençon, saludó con la mano a su hermana Margarita, pasó delante de Enrique sin dar señales de haberle visto y montó sobre el caballo árabe, que impaciente dio un salto en cuanto se vio montado. A las tres o cuatro corvetas comprendió que el jinete sabía su oficio y se calmó.

Resonaron de nuevo las cornetas y el rey salió del Louvre seguido del duque de Alençon, del rey de Na­varra, de Margarita, de la señora de Nevers, de la se­ñora de Sauve, de Tavannes y de los principales gentiles hombres de la corte.

No hay que decir que La Mole y Coconnas eran también de la partida.

En cuanto al duque de Anjou, estaba desde hacía tres meses en el sitio de La Rochele.

Mientras aguardaban al rey, Enrique fue a saludar a su esposa, quien, al contestar a su cumplido, le desli­zó al oído estas palabras:

—El correo llegado de Roma ha sido introducido por el mismo señor Coconnas ante el duque de Alen­çon un cuarto de hora antes de que el enviado del du­que de Nevers llegara a presencia del rey.

—Entonces lo sabe todo —dijo Enrique.

—Debe de saberlo —respondió Margarita—. Ob­servadle y veréis cómo, a pesar de su habitual disimulo, le brillan los ojos.

—¡Por Dios! —murmuró el bearnés—, me lo ex­plico, hoy caza tres piezas: Francia, Polonia y Navarra, ¡sin contar el jabalí!

Saludó a su esposa, volvió a su puesto y, llamando a uno de sus servidores, bearnés de origen, cuyos abue­los habían estado al servicio de sus mayores desde hacía más de un siglo y al que empleaba como mensajero para sus asuntos galantes, le dijo:

—Orthon, toma esta llave, llévala a casa del primo de la señora de Sauve; ya sabes quién es; vive con su amante en la esquina de la calle de los Quatre—Fils. Le dirás que su prima desea hablarle esta noche, que vaya a mi cuarto, que me espere allí y, si tardo, que se acues­te en mi cama.

—¿No hay que esperar respuesta, Sire?

—Ninguna, sólo me dirás si le encontraste. La llave es para él solamente, ¿entiendes?

—Sí, Sire.

—Espera, no lo vayas aún. Antes de salir de París, lo llamaré con el pretexto de que ajustes la cincha de mi caballo; lo quedarás atrás con naturalidad y aprovecha­rás para cumplir mi encargo. Luego nos alcanzarás en Bondy.

El criado hizo un gesto de obediencia y se alejó.

Se pusieron en marcha por la calle de Saint—Hono­ré, siguieron por la de Saint—Denis hasta el arrabal; al llegar a la calle de Saint—Laurent, al caballo del rey de Navarra se le aflojó la cincha, Orthon acudió y todo se desarrolló tal y como había sido convenido.

El bearnés siguió al cortejo real por la calle de los Recoletos, mientras su fiel criado se alejaba por la calle del Temple.

Cuando Enrique se acercó al rey, Carlos estaba conversando con el duque de Alençon sobre temas tan interesantes como el estado del tiempo, la edad del ja­balí acorralado y el lugar elegido para la caza.

De tal modo se hallaba embebido en la conversa­ción, que no advirtió o fingió no advertir que Enrique se había quedado atrás un momento.

Entre tanto, Margarita observaba desde lejos la fi­sonomía de cada uno y creyó adivinar en los ojos de su hermano un cierto embarazo cada vez que se fijaban en Enrique. La señora de Nevers se dejaba llevar por una loca alegría, porque Coconnas, extraordinariamente di­vertido aquel día, hacía alrededor de ella mil payasadas para distraer a las damas.

La Mole, por su parte, ya había aprovechado por dos veces la oportunidad de besar el manto blanco con franja dorada de Margarita, sin que este gesto, realiza­do con la habilidad propia de los amantes, fuese visto por más de tres o cuatro personas.

Llegaron a Bondy a eso de las ocho y cuarto.

La primera preocupación de Carlos IX fue la de enterarse si estaba dispuesto el jabalí.

El animal estaba, en efecto, en su guarida, y el mon­tero que lo había apartado respondía de él.

Una ligera colación estaba servida. El rey bebió un vaso de vino de Hungría a invitó a las damas a que se sentaran a la mesa.

Como estaba impaciente, para que pasara más pron­to el tiempo se fue a visitar a los perros, ordenando que no desensillaran su caballo, pues jamás había montado otro mejor.

Mientras el rey daba este paseo, llegó el duque de Guisa. Venía armado como para ir a la guerra y no para asistir a una cacería. Veinte o treinta gentiles hombres, equipados como él, le acompañaban. Averiguó en se­guida dónde estaba el rey, fue a su encuentro y volvió conversando con él.

A las nueve en punto el rey dio personalmente la señal de comenzar la partida y, montando todos a ca­ballo, se encaminaron al lugar convenido para celebrar la caza.

En el trayecto, Enrique se las ingenió para acercar­se de nuevo a su esposa.

—¿Hay alguna novedad? —preguntó.

—No —respondió Margarita—,salvo que mi her­mano Carlos os mira de un modo extraño.

—Ya lo he notado —replicó Enrique.

—¿Y habéis tomado vuestras precauciones?

—Llevo sobre el pecho mi cota de malla y a la cin­tura un excelente cuchillo de caza español afilado co­no una navaja de afeitar, puntiagudo como una aguja y con el cual soy capaz de atravesar una moneda.

—Entonces —dijo Margarita—, ¡Dios os guarde!

El montero que guiaba a la comitiva hizo una se­ñal: habían llegado a la guarida del jabalí.

XXX. MAUREVEL

Mientras toda aquella juventud alegre y despreocu­pada, al menos en apariencia, brillaba como un dorado torbellino camino de Bondy, Catalina, enrollando el pre­cioso pergamino en el que Carlos acababa de estampar su firma, hacía introducir en su gabinete al hombre a quien su capitán de guardias llevara pocos días antes una carta a la calle de los Cerezos, en el barrio del Arsenal.

Una ancha venda de tafetán, parecida a un sello mor­tuorio, ocultaba uno de los ojos de este hombre, dejan­do ver entre los salientes pómulos la curva de una nariz de buitre. Una barba grisácea le cubría la parte inferior del rostro. Llevaba una capa larga y gruesa bajo la cual se adivinaba todo un arsenal. Además llevaba al costa­do, aunque no fuese costumbre entre la gente que acu­día a la corte, una espada de campaña, larga y con do­ble cazoleta. Una de sus manos estaba escondida bajo la capa y no se apartaba ni un instante del mango de un puñal.

—¡Ah! Estáis aquí, señor—dijo la reina sentándo­se—. Ya sabéis que os prometí después de la noche de San Bartolomé, en la que nos prestasteis tan señalados servicios, no dejaros ocioso. Ahora se presenta la oca­sión, o mejor dicho yo la he provocado. Agradecédme­lo, pues.

—Señora, doy humildemente las gracias a Vuestra Majestad —respondió el individuo de la venda negra con un tono servil a insolente al mismo tiempo.

—¡Una hermosa ocasión, señor, como no encontra­réis otra en vuestra vida! No dejéis de aprovecharla.

—Espero, señora; sólo que después del preámbulo temo...

—¿Que el encargo será difícil? ¿Y no son así los que codician quienes quieren progresar? Esta ocasión de que os hablo sería envidiada por los Tavannes y has­ta por los mismos Guisa.

—¡Ah, señora! —repuso el hombre—. Sea cual sea vuestro encargo, estoy a las órdenes de Vuestra Majestad.

—Entonces, leed —dijo Catalina presentándole el pergamino.

El hombre palideció al leerlo.

—¿Cómo? —dijo—. ¿Orden de arrestar al rey de Navarra?

—¿Y qué tiene eso de extraordinario?

—Pero es un rey, señora. Os aseguro que me ha­céis dudar, temo no ser lo bastante buen caballero.

—Mi confianza os hace el primer gentilhombre de la corte, señor de Maurevel —dijo Catalina.

—Gracias sean dadas a Vuestra Majestad —dijo el asesino con una voz temblorosa y emocionada.

—¿Obedeceréis entonces?

—Si Vuestra Majestad lo ordena, ¿no es ése mi deber?

—Sí, lo ordeno.

—Entonces obedeceré.

—¿Y cómo haréis?

—No sé, señora, desearía que me lo dijera Vuestra Majestad.

—¿Teméis el escándalo?

—Confieso que sí.

—Elegid doce hombres de confianza y, si es preciso, más.

—Ya comprendo; Vuestra Majestad me permite tomar precauciones y se lo agradezco en extremo; pero ¿dónde arrestaré al rey de Navarra?

—¿Dónde preferiríais hacerlo?

—En un lugar que, a ser posible, fuese una garan­tía. Por vos misma.

—Sí, ya comprendo; en un palacio real. ¿Qué os parece el Louvre, por ejemplo?

—¡Oh! Si Vuestra Majestad lo permitiese me haría un gran favor.

—Le arrestaréis entonces en el Louvre.

—¿En qué sitio?

—En su misma habitación.

Maurevel se inclinó.

—¿Y cuándo, señora?

—Esta tarde o, mejor, esta noche.

—Está bien. Ahora ruego a Vuestra Majestad que se digne a informarme sobre una cosa.

—¿Sobre qué?

—Sobre las atenciones debidas a su rango.

—¡Atenciones!... ¡Rango!... —dijo Catalina—. ¿Ig­noráis, señor, que el rey de Francia no debe atenciones a nadie en su reino, puesto que no reconoce a nadie un rango igual al suyo?

Maurevel hizo una segunda reverencia.

—Insistiré, sin embargo, sobre este punto si Vues­tra Majestad me lo permite.

—Decid, señor.

—Si el rey dudara de la autenticidad de la orden, lo que no es probable...

—Al contrario, es seguro.

—¿Dudará?

—Sin duda alguna.

—¿Y se negará a obedecer, por lo tanto?

—Mucho lo temo.

—¿Y resistirá?

—Es probable.

—¡Oh! ¡Diablos! —dijo Maurevel—. En ese caso... —¿En qué caso? —preguntó Catalina con la mira­da fija.

—En el caso de que resistiese, ¿qué debo hacer?

—¿Qué hacéis cuando estáis encargado de ejecutar una orden del rey, es decir, cuando representáis a Su Majestad, y alguien se resiste, señor de Maurevel?

—Pero, señora—respondió el esbirro—, cuando el rey me honra con una orden como ésta y se trata de un simple caballero, lo mato.

—Ya os he dicho —replicó Catalina—, y no. creo que haya pasado tanto tiempo como para que lo hayáis olvidado, que el rey de Francia no reconoce en su reino ningún rango superior al suyo; es decir, que el rey de Francia es el único rey y que junto a él los más grandes señores son simples gentiles hombres.

Maurevel palideció porque comenzaba ya a com­prender.

—¡Oh! —dijo—. ¡Matar al rey de Navarra!...

—Pero ¿quién habla de matarle? ¿Dónde está la orden que diga tal cosa? El rey quiere que sea llevado a La Bastilla y la orden no ofrece dudas sobre este punto. Si se deja arrestar, bien; pero como no se dejará, como resistirá, como intentará mataros...

Maurevel se puso lívido.

—Os defenderéis —continuó Catalina—. No se pue­de pedir a un valiente como vos que se deje matar sin defenderse, y en la lucha, ¡quién sabe lo que pueda suce­der!... Me entendéis, ¿no es cierto?

—Sí, señora; pero, sin embargo...

—Vamos, ¿queréis que después de estas palabras «Orden de arrestar», agregue de mi puño y letra «vivo o muerto»?

—Confieso, señora, que eso disiparía mis escrú­pulos.

—Bueno, lo haré, ya que no creéis posible ejecutar la orden de otra manera.

Y Catalina, encogiéndose de hombros, desenrolló con una mano el pergamino mientras con la otra escri­bía: «vivo o muerto.»

—Aquí tenéis—dijo—. ¿Os parece ahora que la or­den está en regla?

—Sí, señora—respondió Maurevel—, pero ruego a Vuestra Majestad que me deje entera libertad de acción.

—¿Acaso algo de lo que os he dicho perjudica su cumplimiento?

—Me ha dicho Vuestra Majestad que elija a doce hombres.

—Sí, para que estéis más seguro.

—Pues bien, os pido permiso para no llevar más que seis.

—¿Por qué?

—Porque si ocurriera alguna desgracia al príncipe, cosa que es probable, excusarían fácilmente a seis hom­bres el haber tenido miedo de un prisionero, mientras que nadie perdonaría a doce guardias el no haber deja­do matar a la mitad de sus camaradas antes de poner la mano sobre una Majestad.

—¡Valiente Majestad que carece de reino!

—Señora—dijo Maurevel—, no es un reino lo que hace al rey ser rey, sino el nacimiento.

—Está bien, obrad como os plazca —dijo Catali­na—. Solamente debo advertiros que no quiero que sal­gáis del Louvre.

—¿Y cómo haré para reunir a mis hombres?

—¿No tenéis una especie de sargento a quien po­dáis encomendar esa tarea?

—Tengo a mi lacayo, que no sólo es un muchacho fiel, sino que varias veces me ha ayudado en parecidas empresas.

—Enviad a buscarle y arreglaos con él. Conocéis la sala de armas del rey, ¿verdad? Haré que os sirvan allí el desayuno. El sitio tonificará vuestro ánimo, si es que está quebrantado. Luego, cuando mi hijo regrese de

la cacería, pasaréis a mi oratorio, donde esperaréis la hora.

—Pero ¿cómo entraremos en la habitación? El rey debe de tener sospechas y seguramente se encerrará por dentro.

—Tengo las llaves de todas las puertas —dijo Cata­lina—y han quitado los cerrojos a la de Enrique. Adiós, señor de Maurevel, hasta la vista. Haré que os conduz­can a la sala de armas del rey. ¡Ah! A propósito, no olvi­déis que lo que un rey manda debe ser ejecutado por encima de todo; que no se admite ninguna excusa y que un fracaso comprometería el honor del rey, lo que es grave.

Catalina, sin darle tiempo de que respondiera, lla­mó al señor de Nancey, capitán de guardias, y le orde­nó que condujera a Maurevel a la sala de armas del rey.

«¡Demonios! —se dijo Maurevel mientras seguía a su acompañante—. Me elevo en la jerarquía del asesi­nato; de un simple gentilhombre a un capitán, de un ca­pitán a un almirante; de un almirante a un rey sin coro­na. ¡Quién sabe si algún día no le llegará el turno a un rey que verdaderamente la tenga!...»

XXXI. CAZA MAYOR

El montero que había apartado al jabalí y que ase­guró al rey que el animal permanecía en el recinto des­tinado a la caza no estaba equivocado. En cuanto el sa­bueso encontró la pista, se metió en el monte a hizo salir de entre unos matorrales al jabalí. Como ya dijera el montero que había reconocido sus huellas, se trataba de un viejo ejemplar, es decir, de una bestia de gran ta­maño.

Salió corriendo en línea recta y atravesó el camino a cincuenta pasos del rey, seguido solamente por el sa­bueso que le había descubierto. Soltaron en seguida la primera jauría, y una veintena de perros se lanzó en su persecución.

La caza apasionaba al rey Carlos. Apenas el animal había cruzado el camino, el rey se lanzó tras él tocando el cuerno, seguido del duque de Alençon y de Enrique, quien, por una seña de Margarita, comprendió que no debía apartarse de Carlos IX.

Todos los demás cazadores siguieron al monarca.

En la época en que transcurre nuestra historia, los bosques reales de los alrededores de París distaban mu­cho de ser lo que son hoy, es decir, grandes parques cru­zados por caminos transitables. Entonces, la explota­ción forestal era casi nula. Los reyes no habían pensado aún en volverse comerciantes dividiendo sus bosques en cotos de caza o explotando las talas. Los árboles, sem­brados por la mano de Dios a capricho del viento y no por hábiles jardineros, no estaban dispuestos a tresboli­llo, sino que crecían a su antojo, como ocurre todavía en las selvas vírgenes de América. En una palabra, un bos­que en aquel entonces era una guarida de jabalís, cier­vos, lobos y bandoleros. Y sólo una docena de senderos que partían de un punto recorrían el de Bondy, que es­taba rodeado por un camino circular, tal como la llanta de una rueda envuelve los radios.

Llevando la comparación más lejos, podría decirse que el cubo de la rueda constituía la única encrucijada, situada en el centro del bosque. Allí se reunían los ca­zadores extraviados para comenzar de nuevo la bús­queda de la presa.

Al cabo de un cuarto de hora sucedió lo que siem­pre sucedía en tales casos: insuperables obstáculos se opusieron al paso de los cazadores, los ladridos de los perros se perdían a lo lejos y el rey volvió al punto de partida, jurando y maldiciendo como de costumbre.

—¡Eh! ¡Alençon! ¡Enriquito! —dijo—. ¿Qué es esto? ¡Por Dios! Estáis tranquilos como si fuerais monjas que siguieran a su abadesa. Esto no se llama cazar. Vos, Alençon, parece que acabáis de salir de una caja, estáis tan perfumado que si pasáis entre el jabalí y mis perros sois capaz de hacerles perder el rastro. Y vos, Enriquito, ¿dón­de está vuestro venablo y vuestro arcabuz?

—Señor —dijo Enrique—, ¿para qué el arcabuz? Sé que a Vuestra Majestad le agrada tirar al animal cuando resiste a los perros. En cuanto al venablo, es un arma que manejo con mucha torpeza, pues no se usa en nuestras montañas, donde cazamos osos con un simple puñal.

—¡Pardiez! Enrique, cuando volváis a vuestros Pi­rineos, quiero que me enviéis una partida de osos, por­que debe de ser una hermosa caza la que se hace cuerpo a cuerpo con un animal que puede ahogarnos. Escu­chad, creo que oigo el ladrido de los perros. No, me equi­voco.

El rey cogió su cuerno y tocó. Otros toques le res­pondieron. De pronto apareció un montero tocando un aire distinto.

—¡El rastro, el rastro! —gritó el rey.

Y salió al galope, seguido por todos los cazadores que se le habían reunido.

El montero no se había engañado. A medida que el rey avanzaba, se oían más claramente los ladridos de la jauría, compuesta ya por más de sesenta perros, pues los iban soltando sucesivamente a medida que el jabalí pasaba por los distintos sitios donde estaban colocados los relevos. El rey volvió a verlo y se metió tras él en el bosque, tocando el cuerno con todas sus fuerzas.

Los príncipes le siguieron durante algún tiempo. Pero el rey montaba un caballo tan vigoroso y era tan­to su ímpetu que, en la imposibilidad de seguirle por los caminos escarpados y por los espesos matorrales que elegía, primero las damas, luego el duque de Guisa y sus caballeros y después los dos príncipes, se vieron obligados a dejarle solo. Tavannes resistió un rato más, pero, al fin, hubo de darse también por vencido.

Todo el mundo, excepto Carlos y algunos monte­ros que alentados por una prometida recompensa no querían dejar al rey, se agrupó en las inmediaciones de la encrucijada central.

Los dos príncipes se hallaban juntos en un ancho sendero. A cien pasos de distancia, el duque de Guisa y sus caballeros habían hecho alto. En el cruce de los ca­minos estaban las damas.

—¿No parece realmente —dijo el duque de Alen­çon a Enrique mostrándole con el rabillo del ojo al du­que de Guisa— que ese hombre con su escolta armada hasta los dientes es el verdadero rey? A nosotros, po­bres príncipes, ni siquiera se digna mirarnos.

—¿Por qué nos ha de tratar él mejor de lo que nos tratan nuestros propios parientes? —respondió Enri­que—. ¡Ah, hermano mío! ¿Acaso vos y yo no estamos prisioneros en la corte de Francia, no somos algo así como rehenes de nuestro partido?

El duque Francisco se estremeció al oír estas pala­bras y miró a Enrique con el deseo de que diera alguna otra explicación; pero Enrique se había excedido más de lo que acostumbraba y guardó silencio.

—¿Qué queréis decir, Enrique? preguntó el du­que Francisco visiblemente contrariado de que su cu­ñado no continuara, después de haberle dejado entre­ver tanto.

—Quiero decir, hermano —respondió Enrique—, que estos hombres tan bien armados que parecen haber recibido orden de no perdernos de vista tienen todo el aspecto de guardias que pretendieran impedir la fuga de dos personas.

—¿Fuga? ¿Y por qué? —preguntó Francisco, fin­giendo admirablemente sorpresa y candidez.

—Tenéis un magnífico caballo español—dijo Enri­que continuando su pensamiento, aunque adoptase el aire de cambiar de conversación—. Estoy seguro de que podría hacer siete leguas en una hora y veinte desde aho­ra hasta el mediodía. El tiempo es bueno y os aseguro que invita a galopar. Mirad este lindo atajo. ¿No os tien­ta, Francisco? A mí me queman las espuelas.

Francisco no respondió. Tan sólo enrojeció y em­palideció sucesivamente y afinó el oído como si escu­chara las señales de la caza.

«La noticia de Polonia produce su efecto —pensó Enrique—, y mi querido cuñado ya tiene su plan. Él quisiera que yo me escapase, pero yo no me escaparé solo.»

Apenas acababa de hacerse esta reflexión cuando varios hugonotes recién convertidos, que habían regre­sado a la corte hacía dos o tres meses, llegaron al trote y saludaron a los dos príncipes con la más amable de las sonrisas.

El duque de Alençon, avisado por las insinuaciones de Enrique, no tenía más que decir una palabra o hacer un gesto y era evidente que los treinta o cuarenta caba­lleros, reunidos en aquel momento a su alrededor como para oponerse a los de la escolta de Guisa, favorecerían su fuga. Pero volvió la cabeza, y llevándose el cuerno a la boca, llamó a reunión.

Entre tanto, los recién llegados, como si hubieran creído que la falta de decisión del duque de Alençon se debía a la vecindad de los partidarios de Guisa, se des­lizaron entre éstos y los dos príncipes con una habili­dad estratégica que revelaba la costumbre de las ma­niobras militares.

En efecto, para llegar ahora hasta el duque de Alençon o hasta el rey de Navarra, hubiera sido preci­so pasar por encima de ellos, mientras que ante la vista de los dos cuñados se extendía un camino enteramente libre.

De pronto, a diez pasos del rey de Navarra apare­ció entre los árboles otro gentilhombre, a quien los dos príncipes no habían visto aún. Enrique trataba de des­cubrir quién era cuando el caballero, quitándose el sombrero, se dio a conocer a Enrique como el vizcon­de de Turenne, uno de los jefes del partido protestante a quien se suponía en Poitou.

El vizconde llegó incluso a hacer una señal que quería decir claramente: ¿Venís?

Pero Enrique, después de consultar el rostro im­pasible y la mirada apagada del duque de Alençon, volvió dos o tres veces hacia atrás como si algo le inco­modara en el cuello de su jubón.

Era una respuesta negativa. El vizconde lo com­prendió así, espoleó a su caballo y desapareció en la es­pesura.

En aquel mismo instante se oyó aproximarse a la jauría; después, al fondo del camino en que se hallaban, se vio cruzar al jabalí, luego a los perros y, por último, semejante a un cazador infernal, a Carlos IX, seguido de tres o cuatro monteros sin sombrero, el cuerno en la boca y tocando hasta romperse los pulmones. Tavan­nes había desaparecido.

—¡El rey! —exclamó el duque de Alençon, y se lanzó tras él.

Enrique, tranquilizado por la presencia de aquellos buenos amigos, les hizo señas de que no se alejaran y se dirigió hacia donde estaban las damas.

—¿Qué tal —le preguntó Margarita avanzando unos pasos.

—Estamos cazando el jabalí, señora —dijo En­rique.

—¿Y eso es todo?

—Sí, el viento ha cambiado desde ayer por la ma­ñana, pero creí haber predicho que ocurriría así.

—Estos cambios de tiempo son perjudiciales para la caza, ¿verdad? —preguntó Margarita.

—Sí —repuso Enrique—, trastornan a veces todas las disposiciones tomadas y es preciso rehacer el plan.

En aquel momento empezaron a oírse cada vez más cerca los ladridos de la jauría, y una especie de redoble tumultuoso advirtió a los cazadores que debían estar en guardia. Todos levantaron la cabeza y escucharon con atención.

En seguida apareció el jabalí, que, en lugar de me­terse otra vez en el bosque, siguió por el camino, yendo derecho hacia el claro donde estaban las damas, los ca­balleros que les hacían la corte y los cazadores que ha­bían perdido el rastro.

Detrás de él, a punto de darle alcance, venían treinta o cuarenta perros de los más fuertes, y a unos veinte pasos de la jauría, el rey, sin sombrero ni capa, con el traje desgarrado por los espinos y el rostro y las manos ensangrentados.

Únicamente dos monteros le acompañaban.

El rey no abandonaba el cuerno más que para ex­citar a los perros y no dejaba de excitar a sus perros más que para tocar el cuerno. El mundo entero parecía haber desaparecido ante sus ojos. Si su caballo hubiese fallado, habría exclamado como Ricardo III: «¡Mi co­rona por un caballo!»

El corcel parecía tan ardiente como su jinete; sus cas­cos no tocaban la tierra y por su nariz despedía fuego.

El jabalí, los perros y el rey pasaron como una ex­halación.

—¡Halalí! ¡Halalí! —gritó el rey al pasar. Y se llevo el cuerno a sus ensangrentados labios.

Unos pasos más atrás iban el duque de Alençon y dos monteros, los demás seguidores habían renunciado o se habían perdido.

Todo el mundo salió a galope tras el rey, pues era evidente que el jabalí no tardaría en dar la batalla.

En efecto, al cabo de unos diez minutos, el jabalí abandonó el sendero y se introdujo en el bosque. Pero al llegar a un claro, se detuvo ante una roca a hizo fren­te a los perros.

A los gritos de Carlos, que le había seguido, todo el mundo acudió.

Llegaba el momento más interesante de la cacería.

El animal se hallaba decidido a una desesperada defensa. Los perros, excitados por una carrera de más de tres horas, se arrojaron sobre él con un encarniza­miento redoblado por los gritos y juramentos del rey.

Todos los cazadores se colocaron formando un círculo; el rey un poco adelantado, teniendo a su espalda al duque de Alençon armado con un arcabuz y a Enrique que empuñaba simplemente su cuchillo de caza.

El duque de Alençon sacó el arcabuz de su funda y encendió la mecha. Enrique movió dentro de la vaina su cuchillo.

En cuanto al duque de Guisa, despreciando tales ejercicios de caza, se mantenía alejado con sus compa­ñeros.

Las damas formaban un pequeño grupo parejo a éste.

Todos los cazadores permanecían en una espera ansiosa con los ojos clavados en el animal.

A un lado, un montero se esforzaba por mantener sujetos a dos mastines del rey que, protegidos por sus cotas de malla, esperaban, aullando y saltando de tal manera que amenazaban romper sus cadenas, el mo­mento de agredir al jabalí.

El animal resistía de un modo maravilloso: atacado a la vez por cuarenta perros que le rodeaban como una marea rugiente y formaban a su alrededor con sus manchas como una abigarrada alfombra, cuando algu­no de ellos trataba de herir su rugosa piel de erizados pelos, le lanzaba de una embestida a diez pies de altura.

El perro caía destrozado y, con las entrañas arras­trando, volvía de nuevo a la pelea.

El jabalí proseguía su defensa, mientras Carlos, con los cabellos revueltos, los ojos inflamados, las ventanas de la nariz dilatadas a inclinado sobre el cuello de su caballo sudoroso, tocaba el cuerno con frenesí.

En menos de diez minutos, veinte perros quedaron fuera de combate.

—¡Los dogos! ¡Los dogos! —gritó Carlos.

Al oírle, el montero dejó en libertad a los dos canes que tenía sujetos y que se arrojaron en medio de la carnicería, derribándolo todo, abriéndose camino con sus cotas de malla hasta el animal, al que trincaron cada uno por una oreja.

El jabalí, sintiéndose apresado, hizo rechinar sus dientes de rabia y de dolor.

—¡Bravo, Duredent! ¡Bravo, Risquetout! —gritó Carlos—. ¡Ánimo! ¡Muy bien! ¡Una pica! ¡Una pica!

—¿No queréis mi arcabuz? —preguntó el duque de Alençon.

—No —repuso el rey—, no; a la bala no se la sien­te entrar y no produce ningún placer, mientras que a la pica se la siente romper la carne. ¡Una pica! ¡Una pica!

Trajeron una pica de caza para el rey, templada al fuego y provista de una punta de acero.

—¡Cuidado, hermano! ——gritó Margarita.

—¡Duro, duro con él! —gritó la duquesa de Ne­vers—. ¡No le erréis, señor! ¡Un buen golpe a ese hereje!

—Podéis estar tranquila, duquesa—dijo Carlos.

Y cogiendo el arma arremetió contra el jabalí, que, preso entre los dos perros, no pudo evitar el golpe. Sin embargo, al ver el reflejo del venablo, hizo un movi­miento de lado y el arma, en lugar de penetrarle en el pe­cho, se deslizó por el lomo y fue a estrellarse contra la roca en la que estaba apoyado.

—¡Por mil demonios! —gritó el rey—. ¡Le he fa­llado!... ¡Otra pica! ¡Otra pica!

Y retrocediendo como hacían los caballeros para tomar distancia, tiró a diez pasos de él su arma ya in­servible.

Un montero se adelantó a ofrecerle otra.

Pero en aquel momento, como si hubiese previsto la suerte que le esperaba y hubiera querido sustraerse a ella, el jabalí, con un violento tirón, sacó sus orejas des­garradas de entre los dientes de los mastines y con los ojos inyectados en sangre, erizado, espantoso, con la respiración jadeante como si su boca fuera un soplete de forja y entrechocando los dientes, se lanzó furioso, con la cabeza baja, contra el caballo del rey.

Carlos era demasiado buen cazador para no haber previsto este ataque, dio un tirón a su caballo, que hizo encabritarse al animal, pero debió de calcular mal, por­que el caballo, quizá porque le tiraban demasiado las riendas o porque se hubiera espantado, cayó hacia atrás.

Todos los espectadores lanzaron un grito terrible; al caer el caballo, el rey había quedado debajo y tenía apresado un muslo.

—¡Las riendas, Sire, soltad las riendas! —dijo Enrique.

El rey dejó las bridas y cogió la montura con la mano izquierda tratando de sacar con la derecha su cuchillo de caza; pero éste, oprimido por el peso de su cuerpo, no quiso salir de su vaina.

—¡El jabalí! ¡El jabalí! —gritó Carlos—. ¡A mí, Alençon, a mí!

Mientras tanto, el caballo, ya en libertad y como si hubiera comprendido el peligro que corría su amo, se había levantado sobre tres patas cuando, al llamamien­to de su hermano, Enrique vio al duque Francisco pa­lidecer horriblemente y apoyar el arcabuz en su hom­bro; pero la bala, en lugar de herir al jabalí, que estaba a dos pasos del rey, atravesó la rodilla del caballo, que volvió a caer. Al mismo tiempo el jabalí destrozó con sus colmillos la bota de Carlos.

—¡Oh! —murmuró Alençon con sus labios des­coloridos—. Creo que el duque de Anjou será el rey de Francia y yo el de Polonia.

En efecto, el jabalí se disponía a atacar de nuevo a Carlos cuando éste sintió que alguien le levantaba el brazo; luego vio brillar una hoja aguda y cortante que se hundía hasta la empuñadura en el lomo del animal mientras que una mano con guantelete de hierro apar­taba la humeante cabeza del jabalí.

Carlos, que con el movimiento que había hecho su caballo había logrado libertar su pierna, se levantó pe­sadamente y al verse cubierto de sangre se puso pálido como un cadáver.

—Sire —dijo Enrique, quien, arrodillado en el sue­lo, había herido al animal en el corazón—. Sire, no es nada, quitando lo de la bota, y Vuestra Majestad no es­tá herido.

Luego se levantó soltando el cuchillo y el jabalí cayó arrojando más sangre por la boca que por la herida.

Carlos, rodeado de un público ansioso, aturdido por los gritos de terror que hubiesen impresionado al más valeroso, estuvo por un momento a punto de caer junto al animal moribundo. Pero se reanimó y, vol­viéndose al rey de Navarra, le estrechó la mano con una mirada en la que brillaba el primer indicio de sensi­bilidad que había hecho latir su corazón desde hacía veinticuatro años.

—Gracias, Enriquito —le dijo.

—¡Mi pobre hermano! —exclamó el duque de Alen­çon acercándose presuroso a Carlos.

—¡Ah! ¿Eres tú? —preguntó el rey—. ¡Vaya un famoso tirador! ¿Qué fue de lo bala?

—Se habrá estrellado contra el jabalí —respondió el duque.

—¡Dios mío! —gritó Enrique con sorpresa admi­rablemente fingida—. Mirad, Francisco, vuestra bala ha roto la pata del caballo de Su Majestad. ¡Es extraño!

—¿Es verdad? —preguntó el rey.

—Es posible —dijo el duque de Alençon conster­nado—. ¡Me temblaba tanto el pulso!

—Lo cierto es que para ser un hábil tirador habéis hecho un disparo singular, Francisco —dijo Carlos frunciendo el ceño—. Gracias, por segunda vez, Enri­quito. Señores —añadió el rey—, volvamos a París, ten­go bastante con esto.

Margarita se aproximó a Enrique para felicitarle.

—A fe mía que sí, Margot—dijo Carlos—, felicíta­lo y sinceramente, porque, sin él, el rey de Francia se llamaría Enrique III.

—¡Ay, señora! —dijo el bearnés—. El señor duque de Anjou, que ya es mi enemigo, va a odiarme más to­davía. Pero ¿qué queréis? Se hace lo que se puede, y si no, preguntádselo al señor de Alençon.

Y, agachándose, sacó su cuchillo de caza del cuer­po del jabalí y lo hundió dos o tres veces en el suelo para que la hoja, al roce con la tierra, quedara limpia por completo de sangre.

SEGUNDA PARTE

I. FRATERNIDAD

Al salvar la vida de Carlos, Enrique había hecho algo más que salvar la vida de un hombre: había impe­dido que tres reinos cambiasen de soberano.

En efecto, muerto Carlos IX, el duque de Anjou se convertiría en rey de Francia y el duque de Alençon, probablemente, en rey de Polonia. En cuanto a Navarra, como el duque de Anjou era el amante de la señora de Condé, su corona hubiera servido posiblemente para pagar al marido la complacencia con que toleraba la con­ducta de su mujer. Ahora bien, de aquel trastorno no hubiera sacado ningún provecho Enrique. Cambiaba de amo, esto era todo, y en lugar de soportar a Carlos IX, que al fin era tolerante para con él, vería subir al trono de Francia al duque de Anjou, quien, siendo el ojo derecho de su madre Catalina, había jurado darle muerte y no dejaría de cumplir su juramento.

Todas estas ideas acudieron a su mente en el mo­mento en que el jabalí se lanzó sobre Carlos IX, y ya hemos visto cuál fue el resultado de sus reflexiones. La vida de Carlos estaba totalmente ligada a su propia exis­tencia. .

Carlos IX fue salvado por un sentimiento cuyo mo­tivo se hallaba muy lejos de comprender.

Pero Margarita había comprendido todo y admirado aquel singular valor de Enrique, que, semejante al relámpago, no brillaba sino en las tormentas.

Por desgracia, no se trataba sólo de evitar el reinado del duque de Anjou, sino que era preciso que llegara el mismo Enrique a ser rey. Para ello tenía que disputar Navarra al duque de Alençon y al príncipe de Condé; era indispensable, sobre todo, abandonar la corte, por donde caminaba entre dos precipicios, y abandonarla protegido por un príncipe de Francia.

Enrique, al regreso de Bondy, reflexionó profun­damente sobre su situación. Al llegar al Louvre tenía ya un plan. Sin quitarse las botas, tal como estaba, lleno de polvo y ensangrentado aún, se dirigió al cuarto del duque de Alençon, a quien encontró muy agitado pa­seando a grandes zancadas por su habitación. Al verle, el príncipe hizo un movimiento de sorpresa.

—Sí —le dijo Enrique cogiéndole las dos manos—, sí; comprendo, mi buen hermano, que estéis disgustado conmigo porque fui el primero que hice resaltar ante el rey que vuestra bala había atravesado la pata de su caba­llo en lugar de herir al jabalí, como sin duda era vuestra intención. Pero ¿qué queréis? No pude contener una exclamación de sorpresa. Por otra parte, el rey se hubie­ra enterado de todas maneras, ¿no lo creéis así?

—Sin duda, sin duda —murmuró Alençon—, sin embargo no puedo atribuir sino a mala intención esa especie de denuncia que habéis hecho y que, como ha­béis visto, ha tenido como consecuencia nada menos que poner en guardia a mi hermano Carlos respecto a mis intenciones y que una nube se interponga entre no­sotros.

—Ahora hablaremos de eso, y en cuanto a la buena o mala intención que tengo respecto a vos, vengo ex­presamente para haceros juez de ella.

—Está bien—dijo Alençon con su habitual reser­va—. Hablad, Enrique, os escucho.

—Cuando haya hablado, Francisco, veréis bien cuáles son mis intenciones, puesto que la confidencia que vengo a haceros excluye toda reserva y toda pru­dencia; en cuanto os la haya hecho, podréis perderme con una sola palabra.

—¿De qué se trata? —preguntó Francisco, que co­menzaba a turbarse.

—Conste —continuó Enrique— que he vacilado mucho tiempo antes de decidirme a hablaros del asun­to que me trae, sobre todo después de ver cómo os ha­béis hecho hoy el sordo.

—Os aseguro—dijo Francisco palideciendo—que no sé lo que queréis decir, Enrique.

—Hermano, vuestros intereses me son demasiado queridos para que no os advierta que los hugonotes han hecho cerca de mí algunas gestiones.

—¿Cuáles? —preguntó Alençon.

—Uno de ellos, el señor De Mouy de Saint—Phale, hijo del valiente De Mouy, asesinado, como sabéis, por Maurevel...

—Sí.

—Ha venido a visitarme, arriesgando su vida, para advertirme que estoy cautivo.

—¡Ah! En efecto. ¿Y qué le habéis contestado?

—Hermano mío, sabéis que quiero mucho a Carlos, que gracias a él he salvado la vida y que la reina Catalina ha reemplazado para mí a mi madre. He rechazado, pues, todos los ofrecimientos que vino a hacerme.

—¿Qué ofrecimientos eran?

—Los hugonotes quieren reconstituir el trono de Navarra, y como en realidad este trono me pertenece por herencia...

—Sí; ¿y el señor De Mouy, en lugar de vuestro con­sentimiento, recibió vuestra renuncia?

—Formal... hasta por escrito. Pero después... —con­tinuó Enrique.

—¿Os habéis arrepentido, hermano? —interrum­pió Alençon.

—No, tan sólo me había parecido que el señor De Mouy, descontento de mí, dirigía su vista hacia otra parte.

—Pero, ¿hacia dónde? —preguntó vivamente Fran­cisco.

—¡Ay! Yo no sé nada. Quizás hacia el príncipe de Condé.

—Sí, es probable —dijo el duque.

—Por otra parte —añadió Enrique—, tengo un me­dio infalible para conocer el jefe que han elegido.

Francisco se puso lívido.

—Pero —continuó Enrique— los hugonotes están divididos y el señor De Mouy, por muy leal y valiente que sea, no representa más que a la mitad del partido. Ahora bien, la otra mitad, nada desdeñable por cierto, no ha perdido la esperanza de colocar en el trono a ese Enrique de Navarra que, tras vacilar en el primer mo­mento, puede haber reflexionado después.

—¿Lo creéis así?

—¡Oh! Todos los días recibo nuevos testimonios. ¿Observasteis qué hombres formaban aquella tropa que se nos acercó durante la caza?

—Sí, eran gentiles hombres conversos.

—¿Habéis reconocido a su jefe, a aquel que me hi­zo una seña?

—Sí, era el vizconde de Turenne.

—¿Comprendisteis lo que me proponían?

—Sí, que huyerais.

—Entonces —dijo Enrique a Francisco, que pare­cía inquieto— es evidente que hay un segundo partido que quiere otra cosa que el señor De Mouy.

—¿Un segundo partido?

—Sí, y muy poderoso, como os he dicho; de modo que para triunfar sería necesario unir los dos partidos: el de Turenne y el de De Mouy. La conspiración está en marcha, las tropas están dispuestas; sólo falta la se­ñal. En esta situación suprema, que exige por mi parte una rápida decisión, he dudado entre dos soluciones que vengo a someter a vuestro criterio de amigo.

—Decid, mejor, de hermano.

—Sí, de hermano —repitió Enrique.

—Hablad, pues, ¡os escucho!

—Ante todo, debo exponeros cuál es mi estado de ánimo, querido Francisco. No tengo ningún deseo, nin­guna ambición, ninguna capacidad; soy un buen hidal­go de provincia; pobre, sensual y tímido; el oficio de conspirador me ofrece peligros que no alcanza a com­pensar la perspectiva cierta de una corona.

—¡Ah, hermano mío! —dijo Francisco—. Os equi­vocáis, y es muy triste la situación de un príncipe cuya fortuna está limitada por una barrera en el campo pater­no o por un hombre en la carrera de los honores. No creo en lo que me decís.

—Lo que os digo es tan cierto, sin embargo, her­mano mío —replicó Enrique—, que si creyera tener un amigo verdadero renunciaría en su favor el poder que quiere conferirme el partido; pero —agregó suspiran­do— no tengo ninguno.

—Quién sabe. Tal vez os engañáis.

—No, ¡por Dios! Excepto vos, hermano mío, no veo a nadie que me sea adicto; por eso, antes que dejar que aborte deshonrosamente una tentativa que podría encumbrar a algún hombre... indigno..., prefiero en verdad advertir al rey mi hermano todo lo que pasa. No nombraré a nadie ni citaré región ni fecha, pero le anunciaré la catástrofe.

—¡Gran Dios! —gritó Alençon no pudiendo re­primir su espanto—. ¿Qué decís? ¿Cómo? ¿Que vos, la única esperanza del partido desde la muerte del almirante, vos, hugonote convertido, mal convertido, según se dice, levantaréis el cuchillo sobre vuestros hermanos? Enrique, al hacerlo, ¿sabéis que entregáis a una segunda San Bartolomé a todos los calvinistas del reino? ¿Sabéis que Catalina no espera más que una ocasión semejante para exterminar a todos los supervi­vientes?

Y el duque, tembloroso, con el rostro cubierto de manchas rojas y lívidas, oprimía la mano de Enrique para suplicarle que renunciara a aquel proyecto que le perdía.

—¿Cómo? —preguntó Enrique con expresión de perfecta ingenuidad—. ¿Creéis realmente, Francisco, que ocurrirían tantas desgracias? Contando con la pa­labra del rey, opino, sin embargo, que podría garanti­zar a los imprudentes.

—¡La palabra del rey Carlos IX, Enrique!... ¡Bah! ¿Acaso no la tenía el almirante? ¿Y Teligny? ¿No la teníais vos mismo? ¡Oh, Enrique! Soy yo quien os lo advierte: si obráis así, perderéis a todos; no sólo a ellos, sino a todos los que han tenido relaciones directas o indirectas con ellos.

Enrique pareció reflexionar un momento.

—Si yo hubiese sido un príncipe importante en la corte —dijo—, habría obrado de otro modo. En vues­tro lugar, por ejemplo, Francisco, en vuestro lugar, como príncipe de Francia, heredero probable de la co­rona...

Francisco sacudió la cabeza irónicamente.

—En mi lugar—dijo—, ¿qué haríais vos?

—En vuestro lugar, hermano —respondió Enri­que—, me pondría a la cabeza del movimiento para di­rigirlo. Mi nombre y mi crédito responderán ante mi conciencia de la vida de los sediciosos y sacaría utilidad, para mí en primer lugar y para el rey después, de una empresa que de otra forma podría causar el mayor daño a Francia.

Alençon escuchó estas palabras con una alegría que alteró todos los músculos de su rostro.

—¿Creéis —dijo— que este medio sea factible y que nos ahorrará todos esos desastres que prevéis?

—Sí, lo creo —dijo Enrique—. Los hugonotes os quieren; vuestro exterior modesto, vuestra situación ele­vada a interesante a la vez, la benevolencia, en fin, que ha­béis demostrado siempre a los protestantes, hace que éstos estén dispuestos a serviros.

—Pero —dijo el duque— hay cisma en el partido. Los que están por vos, ¿estarán conmigo?

—Me encargo de conciliarlos, por dos razones.

—¿Cuáles?

—En primer lugar, gracias a la confianza que los jefes tienen en mí, después por el miedo que tendrán de que Vuestra Alteza, conociendo sus nombres...

—¿Quién me los revelará?

—Yo, ¡pardiez!

—¿Vos haréis eso?

—Escuchad, Francisco, ya os lo he dicho —conti­nuó Enrique—. No estimo a nadie más que a vos en la corte; sin duda se debe esto a que estáis tan perseguido como yo. Por otra parte, mi esposa os profesa un afec­to sin igual...

Francisco enrojeció de satisfacción.

—Creedme, hermano mío —añadió Enrique—, to­mad este asunto por vuestra cuenta, reinad en Navarra y, con tal que me reservéis un lugar en vuestra mesa y un bosque para cazar, me consideraré dichoso.

—¡Reinar en Navarra! —dijo el duque—. Pero si...

—¿Si el duque de Anjou es nombrado rey de Po­lonia? Ya veis, adivino vuestro pensamiento.

Francisco miró a Enrique con cierto temor.

—Oídme, Francisco —continuó Enrique—, pues­to que nada se os escapa y basándome en ello razono precisamente mi hipótesis: si el duque de Anjou es nombrado rey de Polonia y nuestro hermano Carlos, ¡que Dios guarde!, llega a morir, no hay más que dos­cientas leguas de Pau a París, mientras que hay cuatro­cientas de París a Cracovia. Estaréis, pues, aquí, para recibir la herencia cuando el rey de Polonia se acabe de enterar de que está vacante. Entonces, si estáis contento de mí, me daréis ese reino de Navarra, que no será más que un florón en vuestra corona; de este modo, acepto. Lo peor que puede ocurriros es que os quedéis como rey allá y hayáis de formar casta de reyes, vivien­do en familia conmigo y con mi mujer, mientras que aquí, ¿qué sois? Un pobre príncipe perseguido, un po­bre tercer hijo de rey, esclavo de dos hermanos mayo­res y expuesto a que por cualquier capricho os manden a La Bastilla.

—Sí, sí—dijo Francisco—, comprendo de sobra to­do esto, pero lo que no acabo de comprender es por qué renunciáis vos a ese plan que me proponéis. ¿Es que aquí —y el duque de Alençon puso la mano sobre el corazón de su cuñado— no late nada?

—Hay —dijo Enrique sonriendo— cargas demasia­do pesadas para ciertas manos; no pienso tratar de levan­tar ésta. El temor a la fatiga me ha quitado las ganas.

—Entonces, Enrique, ¿renunciáis de veras?

—Se lo dije a De Mouy y os lo repito.

—Pero en tales circunstancias, querido hermano, las cosas no se dicen, sino que se prueban.

Enrique respiró como un luchador que siente to­talmente derrotado a su adversario.

—Lo probaré —dijo— esta noche: a las nueve es­tarán en vuestra habitación la lista de los jefes y los planes de la empresa. Ya entregué mi renuncia a De Mouy.

Francisco cogió la mano de Enrique y la estrechó efusivamente entre las suyas.

En aquel mismo instante entró Catalina en el cuar­to del duque de Alençon, según su costumbre, sin ha­cerse anunciar.

—¡Juntos! —dijo sonriendo—. ¡Como dos buenos hermanos!

—Así lo espero, señora—dijo Enrique con la ma­yor sangre fría, mientras el duque de Alençon palidecía de angustia.

Luego Enrique retrocedió algunos pasos para dejar a Catalina en libertad de hablar con su hijo.

La reina madre sacó de su escarcela una joya mag­nífica.

—Este broche viene de Florencia —dijo— y os lo doy para que lo pongáis en el cinto de vuestra espada.

Y agregó en voz baja:

—Si oís ruido esta noche en el cuarto de vuestro cu­ñado Enrique, no os mováis.

Francisco oprimió la mano de su madre y dijo:

—¿Me permitís que le enseñe el hermoso regalo que acabáis de hacerme?

—Más aún, dádselo en vuestro nombre y en el mío, pues había ordenado que hicieran otro para él.

—Ya lo oís, Enrique —dijo Francisco—, mi buena madre me trae esta alhaja y dobla su valor permitiendo que os la ofrezca.

Enrique se extasió ante la belleza del broche y se deshizo en palabras de agradecimiento.

Cuando tales transportes se hubieron calmado:

—Hijo mío —le dijo Catalina—, estoy un poco in­dispuesta y voy a acostarme; vuestro hermano Carlos está muy dolorido por su caída y va a hacer otro tanto. De modo que esta noche, en lugar de cenar en familia, servirán a cada cual en su habitación. ¡Ah! Enrique, me olvidaba de felicitaros por vuestro valor y vuestra des­treza: habéis salvado a vuestro rey y hermano. Seréis recompensado.

—Ya lo estoy —respondió Enrique inclinándose.

—Por la satisfacción de haber cumplido con vues­tro deber —replicó Catalina—; pero no es bastante, creed que Carlos y yo pensamos hacer algo para pagar nuestra deuda.

—Todo lo que pueda venirme de vos o de mi her­mano, será bienvenido, señora.

Dicho esto se inclinó y salió.

«¡Ah, hermano Francisco! —pensó Enrique al salir—. Estoy seguro de que no partiré solo. La conspira­ción que ya tenía cuerpo acaba de hallar una cabeza y un corazón. Únicamente debo cuidar de mí mismo; Catalina me ha hecho un regalo y me ha prometido una recompensa; aquí hay gato encerrado. Esta noche ha­blaré con Margarita.»

II. LA GRATITUD DEL REY CARLOS IX

Maurevel permaneció parte del día en la sala de ar­mas del rey. Cuando Catalina vio aproximarse la hora del regreso de los cazadores, le hizo pasar a su oratorio en compañía de sus esbirros.

Carlos IX, enterado a su llegada por su nodriza de que un hombre había pasado parte del día en su gabine­te, se encolerizó ante el hecho de que hubieran permi­tido a un extraño permanecer en sus aposentos. Pero, habiéndoselo hecho describir, al decirle su nodriza que era el mismo individuo que ella misma había ido a bus­car cierta noche, el rey reconoció a Maurevel y, recor­dando la orden arrancada aquella misma mañana por su madre, comprendió todo.

—¡Oh, oh! —murmuró Carlos—. ¡En el mismo día en que me ha salvado la vida! Está mal elegido el momento.

Hizo ademán de dirigirse a las habitaciones de su madre, pero un pensamiento le detuvo.

«¡Diablo! Si le hablo de esto vamos a tener una discusión de nunca acabar; vale más que cada cual obre por su cuenta.»

—Nodriza —dijo—, cierra bien todas las puertas y avisa a la reina Isabel que esta noche, como estoy un poco dolorido por la caída, dormiré solo.

La nodriza obedeció y Carlos, como todavía no era hora de llevar a cabo su proyecto, se puso a hacer versos.

En aquella ocupación se le iba el tiempo al rey con mayor rapidez que en ninguna otra.

Cuando creyó que no eran más que las siete, die­ron las nueve. Contó las campanadas del reloj y al oír la última se levantó.

—¡Que me lleven los demonios! —dijo—. Tengo el tiempo justo.

Y, cogiendo su capa y su sombrero, salió por una puerta secreta que había hecho abrir en el zócalo y cuya existencia era ignorada hasta por la misma Catalina.

Carlos se encaminó directamente hacia la habita­ción de Enrique. El bearnés no había vuelto a su cuar­to, al dejar al duque de Alençon, nada más que para cambiarse de traje, y ya no estaba.

—«Habrá ido a cenar con Margarita —se dijo el rey—; me parece que hoy estaban en muy buena armo­nía.»

Y se dirigió a las habitaciones de su hermana.

Margarita había invitado a la duquesa de Nevers, a Coconnas y a La Mole a tomar unos dulces.

Carlos llamó a la puerta; Guillonne fue a abrir, pero, al ver al rey, quedóse tan asombrada, que apenas tuvo fuerzas para hacer una reverencia, y en lugar de correr hacia su ama para anunciarle la augusta visita, dejó pasar a Carlos sin dar otra señal que un grito.

El rey atravesó la antecámara y, guiado por las car­cajadas, avanzó hasta el comedor.

«Pobre Enriquito —pensó—, se divierte sin sos­pechar el peligro que le amenaza.»

—Soy yo —dijo, levantando el tapiz y mostrando un semblante risueño.

Margarita dio un grito terrible; por amable que pa­reciera, aquel rostro había producido en ella el efecto de la cabeza de Medusa. Sentada frente a la puerta, aca­baba de reconocer a Carlos. Los dos hombres daban la espalda al rey.

—¡Majestad! —exclamó con terror. Y se levantó.

Coconnas fue el único que no sintió vacilar su cabe­za sobre sus hombros; se levantó como los demás, pero con tal hábil torpeza, que al hacerlo derribó la mesa y con ella vasos, vajilla y candelabros.

Por un instante se hizo una completa oscuridad y hubo un silencio de muerte.

—¡Salgamos por pies! —dijo Coconnas a La Mo­le—. ¡Pronto! ¡Pronto!

La Mole no se lo hizo repetir dos veces; se acercó a la pared y, orientándose con las manos, buscó a tientas el dormitorio para ocultarse en el gabinete que conocía tan bien.

Pero al poner el pie en la alcoba tropezó con un hombre que acababa de entrar por el pasadizo secreto.

—¿Qué significa todo esto? —dijo Carlos en las tinieblas, con una voz cada vez más impaciente—. ¿Soy un aguafiestas para que se arme semejante barullo al verme? Vamos, Enriquito, Enriquito, ¿dónde estás? Respóndeme.

—¡Estamos salvados! —murmuró Margarita cogien­do una mano que creyó ser la de La Mole—. El rey cree que mi marido es uno de los invitados.

—Y yo se lo haré creer, señora, podéis estar tran­quila —murmuró Enrique, respondiendo a la reina en el mismo tono.

—¡Gran Dios! —exclamó Margarita soltando rápi­damente la mano que oprimía y que no era otra que la del rey de Navarra.

—¡Silencio! –dijo Enrique.

—¡Por mil diablos! ¿Qué cuchicheos son ésos? —gritó Carlos—. Enrique, decidme dónde estáis.

—Aquí estoy, señor —dijo la voz del rey de Na­varra.

—¡Demonios! —dijo Coconnas, que se hallaba en un rincón con la duquesa de Nevers—. Esto se com­plica.

—Entonces, estamos doblemente perdidos —dijo Enriqueta.

Coconnas, valiente hasta la imprudencia, había re­flexionado que de todos modos acabarían por encen­der luces y que, cuanto antes se hiciera, sería mejor. Dejó la mano de la señora de Nevers, recogió del suelo un candelabro, lo aproximó a un brasero y sopló un carbón para encender la vela.

La habitación se iluminó.

Carlos IX dirigió una mirada interrogadora a su alrededor.

Enrique estaba junto a su esposa; la duquesa de

Nevers sola y Coconnas, erguido en medio de la habitación, alumbraba con el candelabro toda la e é a.

—Perdonadnos, hermano mío —dijo Margarita—, no os esperábamos.

—Y como puede verlo, Vuestra Majestad nos dio un gran susto —dijo Enriqueta.

—Por mi parte —intervino Enrique dándose cuen­ta de todo— me he asustado tanto que, al levantarme, he tirado la mesa.

Coconnas miró al rey de Navarra como queriendo decir: «¡En buena hora! ¡He aquí un marido que con media palabra le basta!»

—¡Vaya un estropicio! —dijo Carlos IX—. Te has quedado sin cena, Enriquito. Ven conmigo, la acabarás en otra parte, yo lo acaparo por esta noche.

—¡Cómo! —dijo Enrique—. ¿Vuestra Majestad me hará el honor...?

—Sí. Mi Majestad lo hace el honor de sacarte del Louvre. Préstamelo, Margarita, os lo devolveré mañana por la mañana.

—¡Ah, hermano mío—dijo Margarita—, no nece­sitáis mi permiso para eso, vos mandáis!

—Señor —dijo Enrique—, voy a mi cuarto a bus­car otra capa y vuelvo al instante.

—No tienes necesidad, Enriquito, la que llevas es buena.

—Pero, señor... —insistió el bearnés.

—¡Te digo que no vayas a lo cuarto, por mil dia­blos! ¿No lo oyes? Ven, entonces.

—Sí, sí, id —dijo de pronto Margarita apretando el brazo de su marido, pues una mirada especial de Car­los acababa de revelarle que ocurría algo extraño.

—Estoy a vuestra disposición —dijo Enrique.

Pero Carlos clavó los ojos en Coconnas, que con­tinuaba encendiendo las velas, y sin dejar de observarle preguntó a Enrique:

—¿Quién es este caballero? ¿No será por ventura el señor de La Mole?

«¿Quién le habrá hablado de La Mole?», se pre­guntó sorprendida Margarita.

—No, señor —respondió Enrique—; el señor de La Mole no está aquí, y lo lamento, porque habría te­nido el honor de presentárselo a Vuestra Majestad al mismo tiempo que os presento a su amigo Coconnas; son dos compañeros inseparables y ambos sirven al se­ñor de Alençon.

—¡Ah, ah! ¡Nuestro gran tirador! —dijo Carlos—. ¡Perfectamente!

Y luego, frunciendo el ceño:

—¿No es hugonote ese señor de La Mole? —aña­dió. ,

—Convertido, señor —dijo Enrique—, y respon­do de él como de mí mismo.

—Cuando vos respondéis de alguien, Enriquito, después de lo que habéis hecho hoy, no tengo derecho a dudar. Pero a pesar de eso me hubiera gustado ver al señor de La Mole. En fin, otra vez será.

Y examinando por última vez el aposento, Carlos besó a Margarita y se llevó al rey de Navarra cogido del brazo.

Al llegar a la puerta del Louvre, Enrique intentó detenerse para hablar con alguien.

—Vamos, vamos, date prisa, Enriquito —le dijo Carlos—. Cuando yo lo digo que esta noche el aire del Louvre no es bueno para ti, ¡qué diablos!, créeme.

—¡Por Dios! —murmuró Enrique—. ¿Y qué será de De Mouy completamente solo en mi habitación?... ¡Con tal de que la atmósfera que para mí es nociva no sea peor para él!

—Dime—dijo el rey cuando ambos pasaron el puen­te levadizo—, ¿te agrada que los servidores del señor de Alençon hagan la corte a lo esposa?

—¿Cómo, señor?

—Sí, ¿no mira tiernamente a Margot ese señor Coconnas?

—¿Quién os lo ha dicho?

—¡Demonio! —dijo el rey—. Me lo han dicho.

—Pura broma, señor; cierto que el señor Cocon­nas mira tiernamente, pero es a la duquesa de Nevers.

—¡Ah! ¡Bah!

—Puedo responder a Vuestra Majestad de lo que digo.

Carlos se echó a reír a carcajadas.

—Está bien —dijo—; ahora, si el duque de Guisa vuelve a traerme cuentos, se tendrá que retorcer el bi­gote cuando sepa las hazañas de su cuñada. Lo que no sé —dijo el rey haciendo memoria— es si fue del señor de Coconnas o del señor de La Mole de quien me han hablado.

—Ni de uno ni de otro, señor—dijo Enrique—; os respondo de los sentimientos de mi mujer.

—Bien, Enriquito, bien —dijo el rey—; prefiero verte así que de otro modo, y lo aseguro por mi honor que eres tan valiente mozo que creo que acabaré por no poder pasar sin ti.

Al decir estas palabras, el rey se puso a silbar de un modo que parecía convenido. Cuatro gentiles hombres que esperaban en la esquina de la calle de Beauvais se le unieron, internándose todos juntos en la ciudad.

Dieron las diez.

—¿Qué, volvemos a sentarnos a la mesa? —pre­guntó Margarita cuando salieron Carlos y Enrique.

—No, por favor —dijo la duquesa—, me he asus­tado mucho. ¡Bendito sea el palacete de la calle de Clo­che—Percée! No se puede entrar en ella sin ponerle si­tio, y nuestros valientes amigos tienen allí derecho a echar mano de sus espadas. Pero ¿qué buscáis debajo de los muebles y en los armarios, señor Coconnas?

—Busco a mi amigo La Mole —respondió el pia­montés.

—Buscad por los alrededores de mi alcoba —dijo Margarita—; hay allí cierto gabinete...

—Bien—dijo Coconnas—,allá voy.

Y entró en el dormitorio.

—¿Dónde estamos? —preguntó una voz en la os­curidad.

—¡Voto al diablo! Estamos en los postres.

—¿Y el rey de Navarra?

—No se ha enterado de nada; es un marido per­fecto y le deseo uno igual a mi amada. Sin embargo, mucho me temo que no lo encuentre sino en segundas nupcias.

—¿Y el rey Carlos?

—¡Ah! El rey es distinto; se ha llevado al marido.

—¿De veras?

—Como lo oyes. Además, me ha hecho el honor de mirarme de reojo cuando supo que servía al señor de Alençon y de arriba abajo cuando se enteró de que era lo amigo.

—¿Crees que le habrán hablado de mí?

—Me temo que sí, y por cierto no muy bien. Pero no se trata de esto; creo que las damas proyectan hacer una peregrinación por la parte de la calle de Roi—de—Si­cile y nosotros debemos acompañar a las peregrinas.

—Pero es imposible... Lo sabes de sobra.

—¿Cómo, imposible?

—Sí, estamos de servicio en las habitaciones de Su Alteza real.

—¡Voto al diablo! Es verdad; siempre me olvido de que tenemos un grado y de que de gentiles hombres que éramos hemos tenido el honor de ascender a cria­dos.

Los dos amigos fueron a manifestar a la reina y a la duquesa la obligación que tenían de estar presentes por lo menos mientras se acostaba el duque.

—Está bien—dijo la señora de Nevers—, nos ire­mos solas.

—¿Y se puede saber adónde? —preguntó Coconnas.

—¡Oh! Sois demasiado curioso ——dijo la duque­sa—. Quoere et invenies.

Los dos jóvenes saludaron y subieron corriendo a las habitaciones del señor de Alençon.

El duque parecía aguardarlos en su gabinete.

—¡Ah, ah! —dijo—. Llegáis tarde, señores.

—Apenas si son las diez, monseñor —dijo Co­connas.

El duque sacó su reloj.

—Es verdad, y sin embargo todo el mundo está ya acostado en el Louvre.

—Sí, monseñor, pero aquí nos tenéis a vuestras órdenes. ¿Desea Vuestra Alteza que hagamos pasar a los gentiles hombres?

—Al contrario, id al salón y despedidlos a todos.

Los jóvenes obedecieron, ejecutaron la orden recibida, que no sorprendió a nadie, puesto que quienes esperaban estaban habituados al carácter del duque, y volvieron a su lado.

—Monseñor —dijo Coconnas—, ¿va a acostarse Vuestra Alteza o va a trabajar?

—Ni lo uno ni lo otro, pero, por lo que se refiere a vosotros, estáis libres hasta mañana.

—Vamos, vamos —dijo en voz baja Coconnas al oído de La Mole—; corte, por lo que parece, pasa la noche en vela. La noche va a ser del diablo; saquemos nosotros también partido de ella.

Subieron la escalera de cuatro en cuatro, cogieron sus capas y sus espadas y se precipitaron fuera del Lou­vre en persecución de las dos damas a quienes encon­traron en la esquina de la calle de Coq- Saint—Honoré.

Mientras tanto, el duque de Alençon, los ojos muy abiertos y el oído alerta, esperaba, encerrado en su al­coba, los imprevistos sucesos que le habían anunciado.

III. DIOS DISPONE

Como ya se lo hiciera notar el duque a los dos jó­venes, el más profundo silencio reinaba en el Louvre.

Margarita y la señora de Nevers habían ido a la calle Tizon. Coconnas y La Mole siguieron sus huellas. El rey Carlos y Enrique paseaban por la ciudad. El duque de Alençon permanecía en su cuarto en espera de los acontecimientos que le había anunciado la reina madre. Por último, Catalina se había acostado, y la señora de Sauve, sentada a su cabecera, leía ciertos cuentos italia­nos que le hacían mucha gracia a la buena reina.

Hacía mucho tiempo que Catalina no estaba de tan buen humor. Después de haber cenado con apetito acompañada de sus damas, tras consultar a su médico y de revisar las cuentas del día, había ordenado que se re­zara una plegaria por el buen éxito de cierta importan­te empresa de la que, según dijo, dependía la felicidad de sus hijos. Era costumbre de Catalina y también cos­tumbre en Florencia, la de hacer decir en ciertas cir­cunstancias plegarias y misas cuyo objeto sólo Dios y ella sabían.

Por último, mandó llamar a Renato y eligió varias novedades entre sus papeles perfumados y rico surtido de cosméticos.

—Que vayan a enterarse —dijo Catalina— si mi hija la reina de Navarra está en su habitación, y si es así, que le rueguen que venga a hacerme compañía.

Salió el paje a quien fue dada esta orden y un ins­tante después volvió en compañía de Guillonne.

—He llamado a la señora y no a la doncella —dijo la reina.

—Señora—dijo Guillonne—, he creído que debía venir en persona para manifestar a Vuestra Majestad que la reina de Navarra ha salido con su amiga la du­quesa de Nevers...

—¡Ha salido a estas horas! —dijo Catalina, frun­ciendo el ceño—. ¿Dónde puede haber ido?

—A una sesión de alquimia —respondió Guillon­ne— que tendrá lugar en el palacio de Guisa, en el pa­bellón habitado por la señora de Nevers.

—¿Y cuándo volverá? —preguntó la reina madre.

—La sesión se prolongará hasta muy entrada la noche, de modo que es muy probable que Su Majestad se quede en casa de su amiga hasta mañana.

—¡Qué feliz es la reina de Navarra! ——Murmuró Catalina—. Tiene amigas y es reina; lleva una corona, la llaman Vuestra Majestad y no tiene súbditos. ¡Di­chosa ella!

Después de esta ocurrencia, que hizo sonreír inte­riormente a quienes la oyeron, añadió:

—Por lo demás, ya que ha salido, decidme: ¿cuán­do salió?

—Hará una media hora, señora.

—Tanto mejor; retiraos.

Guillonne saludó y se fue.

—Continuad vuestra lectura, Carlota —dijo la reina.

La señora de Sauve prosiguió.

Al cabo de diez minutos, Catalina la interrumpió.

—¡Ah, a propósito! —dijo—. Que despidan a los guardias de la galería.

Era la señal que esperaba Maurevel.

Ejecutaron la orden de la reina madre y la señora de Sauve reanudó su lectura.

Llevaría leyendo aproximadamente un cuarto de hora sin interrupción, cuando un grito agudo, prolon­gado y terrible llegó hasta la alcoba regia y erizó los ca­bellos de los presentes.

Inmediatamente se oyó un pistoletazo.

—¿Qué es esto —dilo Catalina—, por qué no se­guís leyendo, Carlota?

—¿No habéis oído, señora? —preguntó la joven palideciendo.

—¿El qué? —dijo Catalina.

—Ese grito.

—Y ese pistoletazo —añadió el capitán de guardia.

—¿Un grito y un pistoletazo? —dijo Catalina—. No he oído nada... Por lo demás, no es nada extraordi­nario en el Louvre oír un grito y un pistoletazo. Leed, Teed, Carlota.

—Pero escuchad, señora —dijo ésta, mientras el señor de Nancey permanecía de pie con la mano en la empuñadura de su espada, no atreviéndose a salir sin permiso de la reina—, escuchad, se oyen pasos a im­precaciones.

—¿Voy a informarme, señora? —dijo este último.

—En absoluto, señor, quedaos aquí—dijo Catali­na incorporándose como para dar mayor fuerza a su orden—. ¿Quién me protegería en taro de peligro? Deben de ser algunos suizos borrachos que se estarán peleando.

La calma de la reina, en oposición al nerviosismo que dominaba a todos los presentes, producía un con­traste tan notable, que la señora de Sauve, por muy tí­mida que fuese, clavó una mirada interrogadora sobre Catalina.

—¡Pero, señora —exclamó—, se diría que están matando a alguien!

—¿Y a quién queréis que maten?

—Pues al rey de Navarra, señora; el ruido procede del lado de sus habitaciones.

—¡No seas tonta! —murmuró la reina, cuyos la­bios, a pesar del dominio que ejercía sobre sí misma, comenzaban a temblar de un modo extraño como si estuviese orando entre dientes—. ¡La muy tonta ve en todas partes a su rey de Navarra!

—¡Dios mío, Dios mío! —dijo la señora de Sauve, dejándose caer en el sillón.

—Vaya, se acabó—dijo Catalina—. Capitán—aña­dió dirigiéndose al señor de Nancey—, espero que si hubo escándalo en el palacio, mañana castigaréis se­veramente a los culpables. Seguid vuestra lectura, Car­lota.

Catalina cayó sobre su almohada y permaneció in­móvil. Quienes estaban presentes notaron que gruesas gotas de sudor corrían por su rostro.

La señora de Sauve obedeció la orden formal, pero sus ojos y su voz funcionaban maquinalmente. Su pen­samiento errante la advertía que un peligro terrible amenazaba la cabeza de un ser querido. Después de al­gunos minutos de lucha, se hallaba tan oprimida entre la emoción y la etiqueta, que su voz dejó de ser inteligible, el libro cayó de sus manos, y se desmayó.

De pronto se oyó un ruido más fuerte. Un pesado y presuroso andar retumbó en el corredor y dos tiros hicieron vibrar los cristales. Catalina, asombrada de que aquella lucha se prolongase más de lo previsto, se levantó, rígida, pálida, con los ojos dilatados... En el momento en que el capitán de su guardia iba a salir, le detuvo, diciendo:

—Quédense todos aquí; yo misma iré a ver qué sucede.

He aquí lo que pasaba o, mejor dicho, lo que había pasado:

De Mouy había recibido por la mañana de manos de Orthon la llave enviada por Enrique. En el interior de esta llave, que estaba hueca, encontró un papel enro­llado que pudo sacar gracias a una aguja.

En él leyó el santo y seña para entrar en el Louvre aquella noche.

Además, Orthon le había transmitido verbalmente las palabras de Enrique invitando a De Mouy para que fuera a verle al palacio a las diez.

A las nueve y media, De Mouy se hallaba cubierto con una armadura, cuya resistencia había tenido oca­sión de probar más de una vez; abrochóse sobre ella un jubón de seda, ciñóse su espada, colocó sus pistolas en el cinto y cubrió todo con la famosa capa color cereza de La Mole.

Ya hemos visto cómo mucho antes de volver a su habitación, Enrique juzgó conveniente hacer una visita a Margarita y cómo llegó por la escalera secreta a tiem­po de tropezar con La Mole en el dormitorio de su es­posa y de ocupar su puesto en el comedor ante los ojos del rey.

Precisamente en aquel instante, y gracias al santo y seña enviado por Enrique, y sobre todo a la famosa capa color cereza, De Mouy entraba en el Louvre.

El joven subió directamente al aposento del rey de Navarra imitando lo mejor posible, como de costum­bre, los andares de La Mole. En la antecámara encontró a Orthon, que le aguardaba.

—Señor De Mouy —le dijo el montañés—, el rey ha salido, pero me ordenó que os pasara a su alcoba y que os dijera que le esperaseis allí. Si tarda demasiado, ya sabéis que su cama está a vuestra disposición.

De Mouy entró sin pedir más explicaciones, pues­to que lo que acababa de decirle Orthon era lo mismo que le habían dicho aquella misma mañana.

Para ganar tiempo, De Mouy cogió una pluma y, acercándose a un excelente mapa de Francia que colga­ba de la pared, se puso a contar y a distribuir las etapas de París a Pau.

Aquella tarea le entretuvo un cuarto de hora, y una vez concluida, De Mouy no supo qué hacer.

Dio dos o tres vueltas por el cuarto, se frotó los ojos, bostezó, se sentó, se levantó y volvió a sentarse. Por fin, aprovechando la invitación de Enrique, excusado ade­más por las leyes de familiaridad que regían entre los príncipes y sus servidores, puso sobre la mesilla de no­che sus pistolas y una lamparilla, se tendió sobre el am­plio lecho de oscuras colgaduras que decoraban el fon­do de la habitación, colocó su espada desnuda a lo largo de su pierna y, seguro de no ser sorprendido, ya que un criado velaba en la pieza contigua, se dejó vencer por un pesado sueño. Sus ronquidos resonaron entre los plie­gues del baldaquino. De Mouy roncaba como un verda­dero soldado y, en este terreno, hubiera podido rivali­zar con el mismo rey de Navarra.

Fue entonces cuando seis hombres, espada en ma­no y puñal al cinto, se deslizaron silenciosamente por el corredor que se comunicaba con los aposentos de Catalina por una pequeña puerta y con los de Enrique por otra grande.

El que iba delante, además de su espada desnuda y de su puñal fuerte como un cuchillo de caza, llevaba sus fieles pistolas colgadas del cinturón con broches de plata. Este hombre era Maurevel.

Al llegar a la puerta de Enrique se detuvo.

—¿Os habéis asegurado bien de que los centinelas del corredor han desaparecido? —preguntó al que pa­recía mandar la pequeña tropa.

—Ni uno solo está en su puesto —respondió el te­niente.

—Está bien—dijo Maurevel—. Ahora sólo nos que­da averiguar una cosa, y es si el que buscamos está en su aposento.

—Pero —dijo el teniente cogiendo la mano que Maurevel apoyaba en el picaporte de la puerta—, mi capitán, esta habitación es la del rey de Navarra.

—¿Quién os dice lo contrario? —respondió Mau­revel.

Los esbirros se miraron sorprendidos y el teniente dio un paso atrás.

—¡Eh! —dijo el teniente—. ¿Hay que detener a al­guien a estas horas en el Louvre y en el departamento del rey de Navarra?

—¿Qué responderíais entonces—dijo Maurevel­ si os dijese que a quien vais a detener es al propio rey de Navarra?

—Diría, capitán, que el asunto es grave y que, sin una orden firmada de puño y letra por Carlos IX...

—Leed —dijo Maurevel.

Y sacando de su jubón la orden que le había entre­gado Catalina, se la dio al teniente.

—¿Estáis listo?

—Lo estoy.

—¿Y vosotros? —continuó Maurevel dirigiéndose a los otros cinco.

Los aludidos se inclinaron respetuosamente.

—Entonces, escuchadme, señores—dijo Maurevel—. He aquí el plan: dos de vosotros se quedarán en esta puerta, otros dos en la puerta de la alcoba y los dos res­tantes entrarán conmigo.

—¿Y después? —preguntó el teniente.

—Fijaos bien en esto: tenemos orden de impedir que el prisionero pida auxilio, grite o se resista; cual­quier infracción de esta orden puede costarle la vida.

—Vamos, vamos, esto quiere decir que hay carta blanca —advirtió el teniente al hombre que había sido designado junto con él para llegar hasta la alcoba del rey.

—Del todo —dijo Maurevel.

—¡Pobre diablo de rey de Navarra! —dijo uno de los hombres—. Estaba escrito allá arriba que no esca­paría.

—Y aquí abajo también—dijo Maurevel, cogiendo de manos del teniente la orden de Catalina guardándosela en su pecho.

Maurevel introdujo en la cerradura la llave que le entregara la reina madre y, dejando apostados dos hombres en la puerta exterior, tal y como había sido convenido, entró con los otros cuatro en la antecá­mara.

—¡Ah, ah! —dijo Maurevel al oír la ruidosa respi­ración del hombre que dormía, cuyos ronquidos lle­gaban hasta él—. Me parece que encontraremos aquí a quien buscamos.

Orthon, creyendo que llegaba su amo, se dirigió a su encuentro, hallándose ante cinco hombres armados que ocupaban la primera habitación.

Al ver el siniestro semblante de Maurevel, a quien llamaban «el asesino del rey», el fiel servidor retroce­dió y, deteniéndose en la segunda puerta, preguntó:

—¿Quién sois? ¿Qué queréis?

—En nombre del rey —respondió Maurevel—, ¿dónde está lo amo?

—¿Mi amo?

—Sí, el rey de Navarra.

' —El rey de Navarra no está en su habitación —di­jo Orthon defendiendo como nunca la puerta—, de modo que no podéis entrar.

—¡Pretextos! ¡Mentiras! —gritó Maurevel—. ¡Va­mos, atrás!... Los bearneses son testarudos; Orthon gruñó como un mastín de las montañas y dijo sin dejarse intimidar:

—No entraréis, el rey está ausente.

Y se aferraba a la puerta.

Maurevel hizo un gesto; los cuatro hombres se apoderaron del obstinado guardián, le arrancaron del picaporte al que se agarraba, y como abriera la boca para gritar, Maurevel le puso la mano sobre sus labios.

Orthon mordió furiosamente al asesino, que retiró la mano lanzando un grito sordo y golpeó con el pomo de su espada la cabeza del criado. Orthon se tambaleó y cayó gritando:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!

Su voz se apagó; se había desmayado.

Los asesinos saltaron sobre su cuerpo; dos de ellos se quedaron de guardia en aquella segunda puerta y los otros dos entraron en el dormitorio guiados por Mau­revel.

A la luz de la lamparilla que estaba encendida, dis­tinguieron el lecho. Las cortinas estaban echadas.

—¡Oh! —dijo el teniente—. Me parece que ya no ronca.

—¡A él!

Al oír aquella voz, un grito ronco, que más parecía el rugido de león que acento humano, partió de detrás de las cortinas, que se abrieron con violencia, y un hom­bre, armado de una coraza y con la frente cubierta por uno de esos cascos que tapaban la cabeza hasta los ojos, apareció sentado en la cama con dos pistolas en las ma­nos y la espada en las rodillas.

Apenas vio Maurevel su rostro reconoció a De Mouy; los cabellos se le erizaron, se puso horriblemen­te pálido, su boca se llenó de espuma y, como si estu­viese ante un espectro, dio un paso atrás. El hombre de la coraza se levantó de pronto y avanzó un paso igual al que Maurevel había retrocedido, de suerte que el ame­nazado parecía amenazar y el asesino huir.

—¡Ah, bandido! —dijo De Mouy con voz sor­da—. Vienes a matarme como mataste a mi padre.

Dos de los esbirros que habían entrado con Mau­revel en la alcoba del rey fueron los únicos que oyeron estas atroces palabras; pero al mismo tiempo que fue­ron pronunciadas, la pistola apuntó a la altura de la frente de Maurevel. Éste se puso de rodillas en el mo­mento en que De Mouy apoyaba el dedo en el gatillo; salió la bala y uno de los hombres que estaba detrás y que con este movimiento había quedado al descubierto, cayó herido en el corazón. Maurevel respondió in­mediatamente, pero la bala fue a estrellarse contra la coraza de De Mouy.

Entonces De Mouy, tomando impulso y midiendo la distancia, de un revés de su larga espada, hundió el cráneo del segundo esbirro y volviéndose a Maurevel cruzó la espada con la suya.

La lucha fue terrible, pero breve. A la cuarta esto­cada, Maurevel sintió en la garganta el frío del acero; lanzó un grito ahogado, cayó de espaldas y en su caída derribó la lamparilla. Todo quedó a oscuras.

De Mouy, aprovechándose de las tinieblas, vigo­roso y ágil como un héroe de Homero, se lanzó aga­chando la cabeza hacia la antecámara. Atropelló a uno de los guardias, rechazó a otro, pasó como un relám­pago entre los dos esbirros que custodiaban la puerta exterior, se libró de dos balazos y desde aquel mo­mento pudo decirse que se había salvado, pues dispo­nía aún de una pistola cargada, sin contar con la espada, que tan terribles golpes repartía.

De Mouy dudó un instante sobre lo que debía ha­cer: si refugiarse en el aposento del señor de Alen­çon, cuya puerta le pareció que acababa de abrirse, o si salir del Louvre. Se decidió por esto último; reanudó su carrera, saltó diez peldaños de una vez, llegó a la puerta, pronunció el santo y seña y la traspuso gri­tando:

—¡Id allá, que están matando por orden del rey!

Aprovechándose de la estupefacción que estas pa­labras, unidas al ruido de los pistoletazos, provocaron en los centinelas, salió a la carrera y desapareció por la calle de COE sin haber recibido un rasguño.

En aquel mismo momento fue cuando Catalina, deteniendo al capitán de su guardia, le había dicho:

—Quedaos aquí, yo misma iré a ver qué es lo que sucede.

—Pero, señora —respondió el capitán—, el peligro que podría correr Vuestra Majestad me obliga absolu­tamente a seguiros.

—Quedaos, señor —dijo Catalina en un tono más imperioso todavía que la vez primera—: quedaos. Hay en torno a los reyes una protección más poderosa que la espada del hombre.

El capitán obedeció.

Catalina cogió una vela, se calzó unas zapatillas de terciopelo, salió de su alcoba, llegó al corredor, donde aún se notaba el humo de los disparos, y avanzó fría e impasible hacia las habitaciones del rey de Navarra.

Todo se hallaba de nuevo en silencio.

Catalina llegó a la puerta, franqueó el umbral y vio en la antecámara a Orthon desmayado.

—¡Ah! —dijo—, éste es el criado, más allá estará su amo.

Y pasó a la otra habitación.

Allí su pie tropezó con un cadáver; acercó la vela, se trataba del guardia que fue muerto de un golpe en la cabeza.

Tres pasos más allá y exhalando su último suspiro yacía el teniente herido de un pistilazo.

Por último, junto al lecho, se hallaba un hombre con el rostro pálido como el de un muerto, perdiendo sangre por una doble herida. Tenía atravesado el cue­llo, a pesar de lo cual, apoyándose en sus manos cris­padas, trataba de incorporarse.

Era Maurevel.

Un escalofrío hizo estremecerse a Catalina; vio la cama vacía, miró hacia todos los rincones de la habita­ción y buscó en vano, entre aquellos tres hombres que yacían en un charco de sangre, el cadáver que anhelaba.

Maurevel reconoció a Catalina; sus ojos se abrie­ron desmesuradamente a hizo un gesto desesperado.

—Decidme, ¿dónde está? —preguntó ella a media voz—. ¿Qué ha sido de él? ¿Le habéis dejado escapar, desdichado?

Maurevel intentó articular algunas palabras, pero únicamente salió de su garganta un soplo ininteligible; una espuma rojiza asomó a sus labios y el herido sacu­dió la cabeza en señal de impotencia y de dolor.

—¡Hablad de una vez! —gritó Catalina—. ¡Ha­blad, aunque sólo sea para decirme una palabra!

Maurevel mostró su herida y dejó escapar de nue­vo algunos sonidos inarticulados, hizo un esfuerzo que dio como resultado un ronco estertor y se desmayó.

Catalina miró a su alrededor; se hallaba rodeada de cadáveres y de moribundos; la habitación parecía un mar de sangre y un silencio de muerte envolvía la es­cena.

Por una vez más dirigió la palabra a Maurevel sin que éste diera señales de vida. Estaba mudo a inmóvil. Un papel asomaba por su jubón: era la orden de arresto firmada por el rey. Catalina la cogió guardándola en su pecho.

En aquel momento, la reina madre oyó un ligero ruido a su espalda; volvióse y vio de pie en la puerta al duque de Alençon, quien, atraído por el escándalo, se hallaba fascinado ante el espectáculo que se ofrecía a sus ojos.

—¿Vos aquí? —exclamó Catalina.

—Sí, señora, ¿qué es lo que pasa, Dios mío?

—Volved a vuestras habitaciones, Francisco; pron­to sabréis lo que sucede.

Alençon no estaba tan ajeno de lo que había suce­dido como creía Catalina.

Al resonar los primeros pasos en el corredor se puso en guardia. Al ver que entraban unos hombres en el de­partamento del rey de Navarra relacionó este hecho con las palabras que le dijera su madre, y adivinando lo que iba a ocurrir se felicitó de ver a un amigo tan peligroso destruido por una mano más fuerte que la suya.

Pronto las detonaciones y los pasos rápidos del fu­gitivo llamaron su atención y reconoció en el espacio luminoso proyectado por la abertura de la puerta de la escalera, y al tiempo de desaparecer, una capa roja que le era demasiado familiar.

—¡De Mouy! —exclamó—. ¡De Mouy en las ha­bitaciones de mi cuñado el bearnés! Pero no; ¡es impo­sible! ¿Será acaso el señor de La Mole?

Sintióse inquieto. Recordó que aquel )oven le ha­bía sido recomendado por la misma Margarita y, que­riendo cerciorarse de si en efecto se trataba de él, subió rápidamente a la habitación de sus dos gentiles hombres. Estaba vacía, pero en un rincón encontró colgada la famosa capa color cereza. Sus dudas se disiparon; no se trataba de La Mole, sino de De Mouy.

Con la frente pálida, temblando ante la idea de que el hugonote pudiera ser descubierto y traicionara el secreto de la conspiración, se precipitó hacia la puerta de entrada del Louvre. Allí supo que el caballero de la capa cereza había escapado sano y salvo dando gritos de que en el interior del palacio estaban matando por orden del rey.

—«Se ha equivocado —se dijo Alençon—, es por orden expresa de la reina madre.»

Y volviendo al teatro de los sucesos, encontró a Catalina vagando como una hiena entre los muertos.

Obedeciendo la indicación que le hizo su madre, el joven volvió a su cuarto, afectando calma y sumisión a pesar de las ideas tumultuosas que conturbaban su mente.

Catalina, desesperada al ver frustrada aquella nue­va tentativa, llamó a su capitán de guardias, hizo retirar los cadáveres, ordenó que condujeran a Maurevel a su casa, ya que no estaba más que herido, y recomendó que no despertaran al rey.

—¡Oh! —murmuró al entrar en su aposento con la cabeza inclinada hacia el pecho—. ¡Por esta vez tam­bién se ha librado! Está visto que la mano de Dios pro­tege a este hombre. ¡Reinará! ¡Reinará!

Antes de abrir la puerta de su alcoba se pasó la mano por la frente y adoptó una sonrisa falsa.

—¿Qué sucedía, señora? —preguntaron todos, menos la señora de Sauve, que se hallaba demasiado asustada para hacer preguntas.

—Nada—respondió Catalina—, sólo ruido y nada más.

—¡Oh! —exclamó de pronto la señora de Sauve, señalando con el dedo el paso de Catalina—. ¡Vuestra Majestad dice que no ha pasado nada y sus pies dejan una huella de—sangre en la alfombra!

IV. LA NOCHE DE LOS REYES

Carlos IX caminaba al lado de Enrique, apoyado en su brazo, seguido de cuatro gentiles hombres y pre­cedido de dos pajes con antorchas.

—Cuando salgo del Louvre —decía el rey— expe­rimento un placer análogo al que siento cuando estoy en el bosque; respiro, gozo, soy libre...

Enrique sonrió.

—Vuestra Majestad se encontraría perfectamente en las montañas de Bearne —dijo.

—Sí, y comprendo que tengas deseos de volver allá; pero si esos deseos son demasiado violentos —aña­dió Carlos riendo—, lo aconsejo, Enriquito, que tomes tus precauciones, puesto que mi madre lo quiere tanto que no puede vivir sin ti.

—¿Qué hará esta noche Vuestra Majestad? —pre­guntó Enrique cambiando de conversación.

—Voy a presentarte a alguien, Enriquito; ya me da­rás lo opinión.

—Estoy a las órdenes de Vuestra Majestad.

—¡A la derecha! ¡A la derecha! Vamos a la calle de las Barras.

Los dos reyes, seguidos por su escolta, habían de­jado atrás la calle de la Jabonería cuando, a la altura del palacio de Condé, vieron salir a dos hombres embozados en amplias capas por una puerta falsa que uno de ellos volvió a cerrar sin ruido.

—¡Oh! —dijo el rey a Enrique, quien, según su cos­tumbre, observaba sin decir una palabra—. Esto merece nuestra atención.

—¿Por qué decís eso, señor? —preguntó el rey de Navarra.

—No lo digo por ti, Enriquito. Tú estás seguro de lo mujer —agregó Carlos con una sonrisa—, pero lo primo el de Condé no lo está de la suya o si lo está se equivoca, ¡lléveme el diablo!

—Pero ¿qué queréis decir, señor, que es a la señora de Condé a quien acaban de visitar estos caballeros?

—Ha sido un presentimiento. La inmovilidad de esos dos hombres que se han quedado pegados a la puerta en cuanto nos han visto y además el corte de la capa del más bajo... ¡Pardiez! Sería extraño.

—¿El qué?

—Nada, una idea que se me había ocurrido. Acer­quémonos.

Y se fue derechamente hacia los dos hombres, quie­nes, viéndole venir, dieron algunos pasos para alejarse.

—¡Hola, señores! —dijo el rey—. ¡Ea, deteneos!

—¿Es a nosotros? —preguntó una voz que hizo estremecer a Carlos y a su acompañante.

—Y ahora, Enriquito —dijo Carlos—, ¿reconoces esa voz?

—Señor —contestó Enrique—, si vuestro herma­no el duque de Anjou no estuviera en La Rochelle jura­ría que es él quien acaba de hablar.

—No estará en La Rochelle, eso es todo.

—¿Pero quién va con él?

—¿No le reconoces?

—No, señor.

—Sin embargo, tiene un aspecto inconfundible. Espera, ahora le reconocerás... ¡Hola! ¡Eh, a vosotros me dirijo! ¿No habéis oído? ¡Por Dios!

—¿Sois la ronda para detenernos? —preguntó el más alto de los dos sacando el brazo entre los pliegues de su capa.

—Suponed que lo seamos —dijo el rey— y dete­neos cuando os lo ordenan.

Luego inclinándose al oído de Enrique:

—Ya verás cómo del volcán salen llamas —le dijo.

—¡Vosotros sois ocho —dijo el más alto, mostran­do no sólo el brazo, sino el rostro—, pero aunque fue­seis cien, pasad de largo!

—¡Ah! ¡El duque de Guisa! —lijo Enrique.

—¡Ah! ¡Nuestro primo de Lorena! —dijo el rey—. ¡Al fin os dais a conocer! ¡Qué suerte!

—¡El rey! —exclamó el duque.

Por lo que se refiere al otro personaje, se le vio en­volverse aún más en la capa al oír estas palabras y per­manecer inmóvil luego de haberse quitado el sombrero en prueba de respeto.

—Señor —dijo el duque de Guisa—, vengo de vi­sitar a mi cuñada, la señora de Condé.

—Sí..., y habéis llevado con vos a uno de vuestros gentiles hombres. ¿A cuál?

—Señor —respondió el duque—, Vuestra Majes­tad no le conoce.

—Entonces, presentádmelo —dijo el rey.

Y yendo directamente hacia el otro personaje, lla­mó a uno de sus dos lacayos para que se aproximara con su antorcha.

—¡Perdón, hermano mío! —dijo el duque de An­jou, abriendo la capa a inclinándose con mal disimula­do despecho.

—Ah, Enrique, ¿sois vos?... Pero no, es imposible, me equivoco... Mi hermano, el duque de Anjou, no puede haber ido a visitar a nadie antes de venirme a ver. No ignora que para los príncipes de sangre que regre­san a la capital no hay más que una puerta en París: la del Louvre.

—Perdonad, señor—dijo el duque de Anjou—, rue­go a Vuestra Majestad que excuse mi inconsecuencia.

—¡Qué más da! —respondió el rey en tono bur­lón—. Pero ¿qué hacíais en el palacio de Condé?

—¡Vaya! —dijo el rey de Navarra con su aire iró­nico—. Lo que Vuestra Majestad decía hace un mo­mento.

E, inclinándose al oído del rey, terminó la frase con una sonora carcajada.

—¿Qué hay?... —preguntó el duque de Guisa con altivez, pues había adquirido como todos en la corte la costumbre de tratar groseramente al pobre rey de Na­varra—. ¿Es que no puedo visitar a mi cuñada? ¿Acaso el duque de Alençon no visita a la suya?

Enrique se sonrojó ligeramente.

—¿A qué cuñada? —preguntó Carlos—. No le co­nozco otra que la reina Isabel.

—Perdonad, señor, quise decir a su hermana, a su hermana Margarita, a quien hace media hora vimos pa­sar por aquí en su litera acompañada de dos jovencitos que trotaban junto a las portezuelas.

—¿De veras? —dijo Carlos—. ¿Qué respondéis a esto, Enrique?

—Que la reina de Navarra es dueña de ir donde quiera, pero dudo que haya salido del Louvre:

—Y yo estoy seguro de lo contrario —dijo el du­que de Guisa.

—Yo también —dijo el de Anjou—, y puedo afir­mar, además, que la litera se detuvo en la calle de Clo­che—Percée.

—Es posible que vuestra cuñada, no ésta—dijo Enri­que mostrando el palacio de Condé—, sino aquélla, —y señaló con el dedo en dirección del palacio de Guisasea también de la partida, porque las dejamos juntas y, como sabéis, son inseparables.

—No comprendo lo que quiere decir Vuestra Ma­jestad —respondió el duque de Guisa.

—Y, sin embargo —dijo el rey—, nada más senci­llo, y ésta es la razón por la cual trotaba un galán junto a cada portezuela.

—Pues bien —dijo el duque—, si hay escándalo por parte de la reina y de mis cuñadas, invoquemos la justicia del rey para que cese.

—¡Eh, pardiez! ——dijo Enrique—. Dejad tranqui­las a las señoras de Condé y de Nevers. El rey no se inquieta por su hermana... y yo tengo confianza en mi esposa.

—No, no —dijo Carlos—, quiero asegurarme bien; ocupémonos nosotros mismos del asunto. ¿De­cís, primo, que la litera se detuvo en la calle de Cloche­Percée?

—Sí, señor.

—¿Reconoceríais el lugar?

—Sí, señor.

—Entonces, vamos allá. Si hay que quemar la casa para saber quiénes están dentro, se quemará.

Con propósitos tan poco tranquilizadores para la seguridad de las personas de las que se trataba, los cua­tro principales señores del mundo cristiano se encami­naron hacia la calle de Saint—Antoine.

Los cuatro príncipes llegaron a la calle de ClochePercée y Carlos, que quería resolver sus asuntos en fami­lia, despidió a los gentiles hombres de su escolta, dicién­doles que podían disponer del resto de la noche, pero que estuvieran a las seis de la mañana con dos caballos junto a La Bastilla.

No había más que tres casas en la calle de Cloche­Percée; la búsqueda no fue difícil, puesto que las puer­tas de dos de ellas se abrieron sin dificultad. Eran las de las casas que daban, respectivamente, una a la calle de Saint—Antoine y otra a la de Roi—de—Sicile.

Los inconvenientes surgieron al llegar a la tercera casa; era la que estaba custodiada por el portero alemán cuyos modales ya conocemos. París parecía destinado a ofrecer aquella noche los más memorables ejemplos de fidelidad doméstica.

Fue inútil que el duque de Guisa amenazara en el más puro sajón, que Enrique de Anjou ofreciera una bolsa llena de oro y que Carlos llegara a afirmar que era el teniente de la ronda; el osado alemán no hizo caso ni de esta declaración, ni del ofrecimiento, ni de las amenazas. Viendo que insistían de un modo ya im­portuno, deslizó entre las barras de hierro el cañón de su arcabuz, demostración que hizo reír a tres de los cuatro visitantes, puesto que el arma, presa entre los barrotes, sólo podía ser peligrosa para un ciego que se pusiera delante. Enrique de Navarra se mantenía a dis­tancia como si el asunto no le interesara y por eso no rió.

Al ver que no podían intimidar, corromper, ni do­blegar al portero, el duque de Guisa fingió retirarse con sus compañeros, pero la retirada no duró mucho. En la esquina de la calle de Saint—Antoine el duque en­contró lo que buscaba; ni más ni menos que una de esas piedras como las que movían tres mil años antes Ayax, Telamón y Diómedes; la cargó sobre sus hombros y volvió, indicando por señas a los demás que le siguie­ran. Precisamente en aquel momento el portero, que había visto alejarse a los supuestos malhechores, cerró la puerta, pero aún no había tenido tiempo de echar los cerrojos. El duque de Guisa aprovechó la ocasión y, convertido en verdadera catapulta viviente, arrojó la piedra contra la puerta. Voló la cerradura, llevándose el pedazo de pared a la que estaba unida. Se abrió la puerta derribando al alemán, quien cayó lanzando un estentó­reo grito que sirvió de aviso para que el resto de los guardianes de la casa no fuese sorprendido.

Entre tanto, La Mole traducía con Margarita un idilio de Teócrito, y Coconnas bebía, con el pretexto de que él también era griego, abundante vino de Sira­cusa en compañía de Enriqueta. La conversación científica y el diálogo báquico fueron violentamente inte­rrumpidos.

Comenzar por apagar las luces, abrir las ventanas, lanzarse al balcón, distinguir cuatro hombres entre las tinieblas, lanzarles á la cabeza cuantos proyectiles halla­ron a mano y hacer un ruido terrible con sus espadas contra las paredes, tal fue el ejercicio a que se entregaron inmediatamente La Mole y Coconnas. A Carlos, el más encarnizado de los asaltantes, le cayó sobre el hombro una palangana de plata, al duque de Anjou una fuente llena de compota de naranjas y de cidras, y al duque de Guisa un cuarto de jabalí.

Enrique no recibió ningún golpe; se hallaba inte­rrogando en voz baja al portero, que el duque de Guisa había atado a la puerta y que respondía con su eterno:

—Ich verstehe nicht.

Las mujeres alentaban a los sitiados y les proveían de proyectiles, que caían como granizo.

—¡Por mil demonios! —gritó Carlos IX al sentir en la cabeza un taburete que le hundió el sombrero hasta la nariz—. Que abran pronto o haré colgar a to­dos los que estén arriba.

—¡Mi hermano! —dijo Margarita en voz baja a La Mole.

—¡El rey! —replicó éste en el mismo tono a Enri­queta.

—¡El rey! —dijo ésta a Coconnas, que arrastraba un cofre hasta la ventana y pretendía aplastar con él al duque de Guisa, contra quien, sin conocerle, se le ha­bía despertado verdadera furia—. ¡El rey os digo!

Coconnas dejó el cofre y miró con aire atónito.

—¿El rey? —dijo.

—Sí, el rey.

—Entonces, ¡en retirada!

—Sí, La Mole y Margarita ya se han ido, venid.

—¿Por dónde?

—Venid, seguidme.

Y cogiéndole de la mano, Enriqueta arrastró a Co­connas hasta la puerta secreta que comunicaba con la casa vecina, y los cuatro, después de cerrar la puerta a sus espaldas, huyeron por la salida que daba a la calle Tizon.

—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Carlos—. Creo que la guarnición se rinde.

Esperaron algunos minutos, pero ningún ruido llegó hasta los asaltantes.

—Preparan alguna sorpresa —dijo el duque de Guisa.

—O a lo mejor han reconocido la voz de mi her­mano y han salido huyendo —dijo el duque de Anjou.

—De todos modos tendrán que pasar por aquí —respondió Carlos.

—Sí —añadió el duque de Anjou—, siempre que la casa no tenga dos puertas.

—Primo —dijo el rey—, coged vuestra piedra y haced con la otra puerta lo mismo que con ésta.

El duque pensó que era inútil recurrir a semejante procedimiento, y como advirtió que la segunda puerta era más endeble que la primera, la derribó de un simple puntapié.

—¡Las antorchas! ¡Las antorchas! —exclamó el rey.

Los lacayos acudieron. Las antorchas estaban apa­gadas, pero las encendieron. Carlos IX cogió una y dio otra al duque de Anjou.

El duque de Guisa entró primero, con la espada en la mano.

Enrique cerraba la marcha.

Llegaron al primer piso.

En el comedor estaba servida la mesa o, mejor di­cho, levantada, pues la vajilla era particularmente la que había provisto de proyectiles a los sitiados. Los cande­labros estaban por los suelos, los muebles en desorden y todo lo que no era de metal estaba hecho añicos.

Pasaron a la sala. Allí no encontraron más señales de los fugitivos que en la primera habitación. Algunos libros griegos y latinos, algunos instrumentos de mú­sica; esto fue cuanto hallaron.

La alcoba proporcionaba todavía menos detalles. Una lamparilla ardía dentro de un globo de alabastro colgado del techo. Daba la impresión de que nadie ha­bía entrado en aquel cuarto.

—Hay una segunda salida—dijo el rey.

—Es probable —añadió el duque de Anjou.

—¿Pero dónde está? —preguntó el duque de Guisa.

Buscaron por todos lados, pero no dieron con ella.

—¿Dónde está el portero? —preguntó el rey.

—Le dejé atado a la verja —contestó el duque de Guisa.

—Interrogadle primero.

—No querrá responder.

—¡Bah! Con una buena hoguera debajo de sus pies —dijo el rey riendo—, hablará.

Enrique miró por la ventana.

—Ya no está —dijo.

—¿Quién le ha desatado? —preguntó el duque de Guisa.

—¡Por mil diablos —gritó al rey—. No podremos averiguar nada.

—En efecto —dijo Enrique—, ya veis, señor, que nada prueba que mi esposa y la cuñada del señor de Guisa hayan estado en esta casa.

—Es verdad —respondió Carlos—. Las Escrituras nos lo enseñan, hay tres cosas que no dejan huella: el pájaro en el aire, el pez en el agua y la mujer... No, me equivoco, el hombre en...

—Así, pues —dijo Enrique—, lo menos que pode­mos hacer...

—Sí —interrumpió Carlos—, es que yo me cuide de mi contusión; vos, hermano mío, de quitaros de encima esa compota de naranja, y vos, Guisa, haced des­aparecer de vuestro traje esos churretones de grasa.

Y salieron sin tomarse la molestia de cerrar la puerta. Al llegar a la calle de Saint—Antoine:

—¿Adónde vais, señores? —dijo el rey a los du­ques de Anjou y de Guisa.

—Señor, vamos a casa de Nantouillet, que nos es­pera a cenar. ¿Quiere acompañarnos Vuestra Majestad?

—No, gracias, vamos en dirección contraria. ¿Que­réis que os alumbre uno de mis lacayos?

—Os lo agradecemos mucho, señor —dijo el du­que de Anjou—, pero no es necesario.

—Bien, tiene miedo de que le haga espiar —susu­rró Carlos al oído del rey de Navarra.

Luego, cogiendo del brazo a este último:

—Ven, Enriquito —le dijo—, lo invito a cenar esta noche.

—Entonces, ¿no volvemos al Louvre? —preguntó Enrique.

—No, ya lo he dicho que no, testarudo; ven con­migo, cuando lo digo que vengas, no tienes más que obedecer.

V. ANAGRAMA

A la mitad de la calle de Geoffroy—Lasnier viene a desembocar la de Garnier—sur—l'Eau y, al final de ésta, cruza la de las Barras.

Allí, dando algunos pasos hacia la calle de la Mor­tellerie, se encuentra a mano derecha una casita aislada en el centro de un jardín rodeado de altas paredes, en las que se abre una sola puerta de acceso.

Carlos sacó una llave de su bolsillo, abrió la puerta y, haciendo pasar a Enrique y al lacayo portador de la antorcha, volvió a cerrarla.

Había una sola ventanita iluminada. Carlos se la en­señó a Enrique sonriendo.

—No comprendo, señor—dijo éste.

—Ya comprenderás, Enriquito.

El rey de Navarra miró asombrado a Carlos. Su voz y su semblante tenían una expresión de dulzura tan inusitada en él, que Enrique no le reconocía.

—Enriquito, lo dije que cuando salía del Louvre salía del infierno. Cuando entro aquí, entro en el pa­raíso.

—Señor —dijo Enrique—, es para mí una dicha el que Vuestra Majestad me haya creído digno de hacer con ella el viaje al Cielo.

—El camino es estrecho —dijo el rey mientras subía por una escalerita—, pero así no falta nada a la com­paración.

—¿Y cuál es el ángel que guarda la entrada de vues­tro edén?

—Ya verás —respondió Carlos IX, y haciendo se­ñas a Enrique de que le siguiera sin hacer ruido, empu­jó una puerta, después otra y deteniéndose en el um­bral dijo—: Mira.

Se acercó Enrique y contempló uno de los cuadros más encantadores que viera en su vida. Una mujer de unos diecinueve años dormía con la cabeza apoyada sobre la cuna de un niño, también dormido, cuyos pies cogía entre sus manos como para besarlos, mientras sus largos cabellos rubios y ondulados caían como una gran cascada de oro. Se hubiera dicho un cuadro de Al­bano representando a la Virgen y al Niño Jesús.

—¡Oh, señor! —dijo el rey de Navarra—. ¿Quién es esta encantadora criatura?

—El ángel de mi paraíso, Enriquito; la única per­sona que me ama por mí mismo.

Enrique sonrió.

—Sí, por mí mismo —insistió Carlos—, puesto que me quiso antes de saber que era rey.

—¿Y desde que lo sabe?

—Desde que lo sabe —respondió Carlos con un suspiro que probaba que su sangrienta corona le resul­taba a veces demasiado pesada—, desde que lo sabe me sigue amando; puedes juzgar.

Se acercó el rey muy despacio a la joven durmiente y, sobre su mejilla en flor, dio un beso tan suave como el roce de la abeja sobre el lirio.

Sin embargo, la despertó.

—¡Carlos! —murmuró abriendo los ojos.

—Ya ves —dijo el rey—, me llama Carlos; la reina dice «señor».

—¡Oh! —exclamó la muchacha—. ¿No estáis solo, rey mío?

—No, mi buena María. He querido traerte otro rey más feliz que yo, puesto que no tiene corona, pero también más desdichado, puesto que no tiene una Ma­ría Touchet. Dios compensa a todos.

—¿Es el rey de Navarra? —preguntó María.

—El mismo, hija mía. Acércate, Enriquito.

El rey de Navarra obedeció y Carlos le cogió la mano derecha.

—Mira esta mano, María —dijo—, es la mano de un buen hermano y de un leal amigo. Sin esta mano...

—¿Qué?

—... Sin esta mano, María, nuestro hijo no tendría hoy padre.

María dio un grito, cayó de rodillas, cogió la mano de Enrique y la besó.

—Está bien, María—dijo Carlos.

—¿Y qué habéis hecho para agradecérselo, señor?

—Le he pagado con la misma moneda.

Enrique miró a Carlos con asombro.

—Algún día sabrás lo que quiero decir, Enriquito. Mientras tanto, ven a ver.

Y se acercó a la cuna donde seguía durmiendo el niño.

—Si esta rolliza criatura durmiera en el Louvre en lugar de dormir aquí, en esta casita de la calle de las Ba­rras —dijo—, muchas cosas cambiarían en el presente y tal vez en el porvenir.

—Señor—dijo María—, si no le disgusta a Vuestra Majestad prefiero que duerma aquí; duerme mejor.

—Entonces no turbemos su sueño—dijo el rey—. ¡Es tan bueno dormir cuando no se tienen malos sueños!

—Pasemos —dijo María extendiendo la mano ha­cia una de las puertas que daban paso al comedor.

—Sí, tienes razón—dijo Carlos—, cenemos.

—Mi querido Carlos —dijo María—, diréis al rey vuestro hermano que me excuse, ¿no es cierto?

—¿Por qué?

—Porque he despedido a los criados, señor—con­tinuó María dirigiéndose al rey de Navarra—. Sabréis que Carlos no quiere ser servido más que por mí.

—¡Por Dios que lo creo! —dijo Enrique.

Los dos hombres pasaron al comedor, mientras María, inquieta y cuidadosa, tapaba con una manta al pequeño Carlos que, gracias a su tranquilo sueño de niño, tan envidiado por su padre, no se había desper­tado.

—No hay más que dos cubiertos —dijo el rey cuando María estuvo con ellos.

—Dejad que yo misma sirva a Vuestras Majestades —dijo María.

—Vaya, tú me traes la desgracia, Enriquito —dijo Carlos.

—¿Por qué, señor?

—¿No oyes?

—¡Perdón, Carlos, perdón! —exclamó María.

—Te perdono, pero siéntate aquí entre los dos.

—Obedezco.

Puso otro cubierto,—se sentó entre los dos reyes y les sirvió.

—¿No es cierto, Enriquito, que es bueno tener un sitio en el mundo donde se pueda comer y beber sin necesidad de que alguien pruebe antes los manjares y los vinos?

—Señor—dijo Enrique sonriendo—, creedme que aprecio más que nadie vuestra felicidad.

—Pues para que se prolongue, Enriquito, aconse­jad a María que no se ocupe de política y, sobre todo, que no tenga relaciones con mi madre.

—En efecto, la reina Catalina ama tan apasionada­mente a Vuestra Majestad, que podría sentirse celosa de cualquier otro amor —respondió Enrique encon­trando, gracias a este subterfugio, el modo de librarse de la peligrosa confianza del rey.

—María —dijo el rey—, lo presento a uno de los hombres más listos y espirituales que conozco. En la Corte, y esto no es poco, se ha ganado todas las volun­tades. Pero quizá sea yo el único que ha sabido com­prenderle.

—Señor—dijo Enrique—, exageráis.

—Nada exagero, Enriquito —replicó el rey—. Ade­más, ya lo conocerán algún día.

Volviéndose luego hacia la joven añadió:

—Sobre todo, sabe hacer anagramas muy ingenio­sos. Dile que haga el de lo nombre y lo aseguro que lo hará.

—¡Oh! ¿Qué queréis que encuentre en el nombre de una pobre muchacha como yo? ¿Qué idea ingeniosa puede salir de ese conjunto de letras con que el azar ha escrito María Touchet?

—¡Oh! El anagrama de ese nombre, señor —dijo Enrique—, es demasiado fácil y no tiene gran mérito el hallarlo.

—¡Ah! ¡Ah! Ya está hecho. ¿Lo ves, María?

Enrique sacó del bolsillo de su jubón un libro de notas, arrancó una hoja y debajo del nombre «Marie Touchet» escribió «Je charme tout.

Luego entregó el papel a la joven.

—¡Realmente —exclamó ésta— parece imposible!

—¿Qué es lo que dice?—preguntó Carlos.

—Señor, no me atrevo a repetirlo.

—Señor —dijo Enrique—, en el nombre de «Marie Touchet» dice letra por letra, cambiando la i por la j, como se acostumbra: «Je charme tout.»

—¡Efectivamente! —exclamó Carlos—, letra por letra. Quiero que ésta sea lo divisa, ¿oyes, María? Nunca hubo divisa tan merecida. Gracias, Enriquito. María, lo la regalaré escrita con diamantes.

La cena concluía; en el reloj de Nôtre—Dame daban las dos.

—Ahora —dijo Carlos—, y en justa correspon­dencia, le vas a dar a Enrique un sillón en el que pueda dormir hasta que sea de día; pero bien lejos de noso­tros, porque ronca de un modo que da miedo. Si lo le­vantas antes que yo, despiértame, porque tenemos que estar a las seis de la mañana en La Bastilla. Buenas no­ches, Enriquito, arréglate como puedas, pero —agregó acercándose al rey de Navarra y poniéndole una mano en el hombro— por lo vida, ¿oyes?, por lo vida, Enri­que, no salgas de aquí sin mí, y sobre todo no vuelvas al Louvre.

Enrique había supuesto muchas cosas a través de aquellas alusiones para no obedecer semejante recomen­dación.

Carlos IX entró en su alcoba, y Enrique, el duro montañés, se acomodó en un sillón donde pronto hizo honor a su fama y justificó la previsión del rey.

En cuanto se hizo de día fue despertado por Carlos. Como se había acostado vestido, su tocado no fue largo. El rey estaba alegre y risueño como jamás se le vio en el Louvre. Las horas que pasaba en aquella casita de la calle de las Barras eran para él sus horas luminosas.

Los dos volvieron a pasar por el dormitorio.

La joven dormía en su lecho y el niño en su cuna. Ambos sonreían en sueños.

Carlos los miró un instante con ternura infinita. Luego, volviéndose hacia el rey de Navarra, le dijo:

—Enriquito, si alguna vez Vegas a saber el servicio que lo he hecho esta noche y me ocurriese alguna des­gracia, acuérdate de este niño que ahora duerme en su cuna.

Y besando con ternura a la madre y al hijo en la frente, sin dar tiempo a que Enrique le preguntase na­da, añadió:

—Adiós, ángeles míos.

Y salió. Enrique le seguía pensativo.

Dos caballos, cuyas riendas sujetaban los gentiles hombres a quienes Carlos IX había citado junto a La Bas­tilla, les esperaban.

Carlos hizo señas a Enrique de que montara uno de ellos, hizo él lo mismo y, saliendo por el jardín de la Ballesta, siguió por los arrabales.

—¿Adónde vamos? —preguntó Enrique.

—Vamos a ver si el duque de Anjou ha vuelto so­lamente por la señora de Condé y si es tan amante co­mo ambicioso, que lo dudo.

Enrique no comprendió las intenciones del rey, pero le siguió sin replicar.

Al llegar al Marais, y al abrigo de las empalizadas, descubrieron lo que entonces se llamaba barrio de Saint—Laurent.

Carlos señaló a Enrique a través de la bruma gris de la mañana a unos hombres envueltos en amplias capas y con gorros de piel que se acercaban a caballo precedien­do a un coche pesadamente cargado.

A medida que avanzaban, los hombres fueron ad­quiriendo formas precisas y entonces pudo distinguir a otro hombre, también a caballo, con la frente oculta bajo el ala de un sombrero a la francesa, que conversa­ba con ellos.

—¡Ah! ¡Ya me lo suponía! —dijo Carlos con una sonrisa.

—¡Eh, señor! —advirtió Enrique—. Si no me equi­voco, ese caballero de la capa oscura es el duque de Anjou.

—El mismo —respondió Carlos IX—; apártate un poco, Enriquito, no quiero que nos vea.

—¿Pero quiénes son esos hombres de capas grises y gorros de piel, y qué llevan en ese coche? —preguntó Enrique.

—Esos hombres —afirmó Carlos— son los emba­jadores polacos y en ese coche llevan una corona. Ahora —continuo poniendo su caballo al galope y encaminán­dose hacia la puerta del Temple—ven, Enriquito; ya he visto todo lo que quería ver.

VI. EL REGRESO AL LOUVRE

Cuando Catalina creyó que ya todo había termi­nado en la alcoba del rey de Navarra, que ya habían sacado a los guardias muertos y que Maurevel había sido transportado a su casa, despidió a sus damas, pues ya era cerca de medianoche, y trató de dormir. Pero la sacudida había sido demasiado violenta y la decepción muy grande. Aquel Enrique, detestado, que escapaba continuamente a sus emboscadas casi siempre morta­les, parecía estar protegido por alguna fuerza invisible que Catalina se obstinaba en llamar azar, aunque en el fondo de su corazón una voz le dijera que el verdadero nombre de semejante fuerza era el de destino. La idea de que el rumor de su nueva tentativa, al extenderse por el Louvre y fuera del Louvre, iba a dar a Enrique y a los hugonotes todavía mayor confianza en el porve­nir, la exasperaba, y si en aquel momento el azar, con­tra el que con tan mala suerte luchaba, la hubiese pues­to ante su enemigo, no cabe duda de que con aquel puñalito florentino que llevaba a la cintura hubiera roto el fatal influjo que tan favorable le era al rey de Navarra.

Las horas de la noche, tan lentas para quien espera y vela, dieron unas tras otras sin que Catalina lograra pegar ojo. Todo un mundo de nuevos proyectos cruzó, durante aquellas horas de la noche, por su mente po­blada de visiones. Por fin, al amanecer, se levantó, se vistió sin ayuda de nadie y se dirigió a las habitaciones de Carlos IX.

Los centinelas, acostumbrados a verla entrar y salir a cualquier hora del día o de la noche en el departa­mento del rey, la dejaron pasar. Atravesó, pues, la an­tecámara y llegó hasta la sala de armas. Al llegar allí encontró a la nodriza de Carlos, que se hallaba des­pierta.

—¿Dónde está mi hijo? ——dijo la reina.

—Ha prohibido terminantemente que se entre en su alcoba antes de las ocho, señora.

—Esa prohibición no reza conmigo, nodriza.

—Reza con todo el mundo, Majestad.

Catalina sonrió.

—Sí, ya sé —dijo la mujer— que nadie tiene aquí derecho a oponerse a los deseos de Vuestra Majestad. Le suplico, pues, que oiga el ruego de una pobre mujer y no siga adelante.

—Nodriza, es preciso que hable con mi hijo.

—Señora, no abriré la puerta como no sea con una orden formal de Vuestra Majestad.

—¡Abrid! —dijo Catalina—. ¡Os lo ordeno!

Al oír esta voz, más respetada y sobre todo más temida que la del mismo Carlos, la nodriza entregó la llave a Catalina, pero ésta no la necesitaba. La reina madre sacó de su bolsillo la llave correspondiente y abrió con toda facilidad la puerta de la habitación de su hijo.

El cuarto estaba vacío y la cama de Carlos intacta. Su galgo Acteón, echado sobre una piel de oso que ha­bía a los pies de la cama, se levantó y vino a lamer las manos de marfil de Catalina.

—¡Ah! —dijo la reina—. ¿Ha salido? No importa; le esperaré.

Y se sentó, pensativa y sombría, junto a la ventana que daba al patio y desde la cual podía verse la entrada principal del Louvre.

Llevaba allí dos horas, inmóvil y pálida como una estatua de mármol, cuando vio entrar a un grupo de ca­balleros entre los que reconoció a Carlos y a Enrique de Navarra.

Entonces comprendió todo. Carlos, en lugar de dis­cutir con ella a propósito de la detención de su cuñado, se lo había llevado consigo y le había salvado.

—¡Ciego, ciego, más que ciego! —murmuró.

Un instante después resonaron unos pasos en la habitación contigua, que era la sala de armas.

—Pero, señor —decía Enrique—, ahora que esta­mos de regreso en el Louvre decidme: ¿por qué me hi­cisteis salir y cuál es el favor que os tengo que agra­decer?

—No, aún no —respondió Carlos riendo—. Qui­zá lo sepas algún día, pero por el momento es un mis­terio. Quiero que sepas solamente que por causa tuya tendré seguramente una enconada discusión con mi madre.

Al terminar estas palabras, Carlos descorrió un ta­piz y se encontró frente a frente con Catalina.

Detrás de él y por encima de su hombro aparecía la cara pálida a inquieta del bearnés.

—¡Ah! ¿Estáis aquí, señora? —dijo Carlos IX frun­ciendo el ceño.

—Sí, hijo mío; tengo que hablaros.

—¿A mí?

—A vos solamente.

—Vamos, vamos —dijo Carlos volviéndose hacia su cuñado—, ya que no hay modo de librarse, cuanto antes será mejor.

—Os dejo, señor—dijo Enrique.

—Sí, sí, dejadnos —respondió Carlos—, y ya que eres católico ve a oír misa en mi nombre; yo me quedo al sermón.

Enrique saludó y salió.

—¡Pardiez, señora! —dijo tratando de tomar a bro­ma el asunto—. Me esperáis para reñirme, ¿no es cierto? He cometido el sacrilegio de hacer fracasar vuestro pe­queño proyecto. ¡Ja, ja! ¡Por los clavos de Cristo! No podía dejar arrestar y llevar a La Bastilla al hombre que acababa de salvarme la vida. Tampoco quería discutir con vos; soy un buen hijo. Y, además —agregó en voz baja—, el buen Dios castiga a los hijos que se pelean con su madre: sirva de ejemplo mi hermano Francisco II. Perdonadme, pues, y confesad que la broma tuvo su gracia.

—Señor —contestó Catalina—, Vuestra Majestad se engaña; no se trata de ninguna broma.

—¡Vaya, vaya! ¡Que me lleve el diablo si no ter­mináis por creer que sí lo es!

—Señor, por culpa vuestra se ha frustrado un plan que nos hubiera permitido hacer un importante des­cubrimiento.

—¡Bah!... ¡Un plan! ¿Qué puede importaros un plan frustrado a vos, madre mía? Discurriréis otros vein­te, y en ésos os prometo secundaros.

—Ahora, por mucho que me secundéis, será dema­siado tarde, porque ya se ha enterado y estará en guardia.

—Veamos —dijo el rey—, acabemos de una vez. ¿Qué tenéis contra Enrique?

—Tengo que es un conspirador.

—Sí, ya comprendo, es vuestra eterna queja. Pe­ro ¿acaso no conspira todo el mundo, mucho o poco, en esta encantadora residencia real que se llama el Louvre?

—Pero él conspira más que nadie y es tanto más peligroso cuanto que nadie sospecha de su persona.

—¡Ni que fuera el Lorenzino! —exclamó Carlos.

—Oídme —dijo Catalina ensombreciéndose al es­cuchar este nombre, que le recordaba uno de los episodios más sangrientos de la historia florentina—,hay un medio de probar que estoy por completo equivocada.

—¿Cuál es, madre mía?

—Preguntadle a Enrique quién estaba anoche en su habitación.

—¿Anoche... en su habitación?

—Sí, y si os lo dice...

—¿Qué?

—... Estoy dispuesta a reconocer que me he equi­vocado.

—Pero si fuera una mujer, no podríamos exigir...

—¿Una mujer?

—Sí.

—¿Una mujer y ha matado a dos de vuestros guar­dias y ha herido mortalmente al señor de Maurevel?

—¡Oh! —dijo el rey—. Esto se pone serio. ¿Decís que ha corrido la sangre?

—Tres hombres quedaron tendidos en el suelo.

—¿Y dónde está el causante?

—Se escapó sano y salvo.

—¡Por Belcebú! —exclamó Carlos—. Sin duda es muy valiente y creo que tenéis razón, madre mía: quie­ro conocerle.

—Ya os he dicho que no sabréis cuál es su nombre, como no sea por Enrique.

—O por vos, madre. Ese hombre no habrá huido sin dejar algún rastro, sin que nadie haya visto algún detalle de su indumentaria.

—Tan sólo una capa color cereza muy elegante...

—¡Ah, una capa color cereza! —exclamó Carlos—. No conozco en la corte más que una que sea llamativa.

—¡Precisamente! —dijo Catalina.

—¿Y qué?

—¿Y qué? Esperadme aquí, hijo mío, voy a ver si mis órdenes han sido cumplidas.

Salió Catalina y Carlos quedóse solo paseando dis­traídamente de un extremo a otro de la habitación, silbando un aire de caza, una mano en el pecho y la otra colgando, de modo que cada vez que se paraba sentía sobre ella el cosquilleo de la lengua del galgo.

En cuanto a Enrique, había salido del cuarto de su cuñado sumamente inquieto. En lugar de seguir el ca­mino de costumbre, subió por la escalerilla secreta que ya hemos mencionado más de una vez y que conducía al segundo piso. Apenas había subido cuatro peldaños cuando vio aparecer una sombra en el primer descan­sillo. Se detuvo, llevándose la mano al cinto. Pero, in­mediatamente, distinguió el cuerpo de una mujer, y una encantadora voz cuyo timbre le era muy familiar le dijo mientras su dueña le cogía de la mano:

—¡Dios sea loado, señor! Estáis sano y salvo. Pasé mucho miedo por vos, pero sin duda Dios ha oído mis ruegos.

—¿Qué ha sucedido? —dijo Enrique.

—Lo sabréis al llegar a vuestra alcoba. No os in­quietéis por Orthon; yo le recogí.

Y la joven siguió rápidamente escaleras abajo como si se hubiera cruzado por casualidad con Enrique.

—¡Qué extraño! —se dijo éste—. ¿Qué habrá pa­sado? ¿Y qué será lo que le haya ocurrido a Orthon?

Por desgracia, la pregunta no podía llegar a oídos de la señora de Sauve, pues la señora de Sauve estaba ya bien lejos.

En lo alto de la escalera, Enrique vio de pronto apa­recer otra sombra; pero esta vez se trataba de la de un hombre.

—Silencio—dijo la sombra.

—¡Ah! ¿Sois vos, Francisco?

—No me llaméis por mi nombre.

—¿Qué ha ocurrido?

—Entrad en vuestra alcoba y lo sabréis; luego des­lizaos por el corredor, mirad bien a todos lados para convenceros de que nadie os espía y venid a mi cuarto; la puerta estará entornada.

Y desapareció por la escalera como esos fantasmas de teatro que desaparecen por una trampa.

—¡Por Dios! —murmuró el bearnés—. Continúa el enigma, pero ya que la solución está en mi cuarto, va­yamos allá y nos enteraremos.

Enrique continuó su camino, no sin cierta emo­ción. Tenía sensibilidad y desde joven era supersticio­so. Todo se reflejaba claramente en aquel alma de su­perficie lisa como un espejo, y cuanto acababa de oír presagiaba una desgracia.

Al llegar a la puerta de su departamento, escuchó. No se oía ningún ruido. Por lo demás, no había nada que temer, puesto que Carlota fue quien le había acon­sejado que se dirigiera a su alcoba. Lanzó una rápida ojeada por la antecámara; estaba vacía, pero nada podía indicarle aún qué era lo que había sucedido.

—«Efectivamente —se dijo—, no está Orthon.»

Y pasó a la otra pieza.

Allí se lo explicó todo.

A pesar de los cubos de agua que habían echado, in­mensas manchas rojizas cubrían el suelo; un mueble esta­ba roto, las cortinas del lecho rasgadas a punta de espa­da, un espejo de Venecia hecho añicos por una bala y la huella de una mano sangrienta podía verse sobre la pared. Todo ello revelaba que aquella silenciosa alcoba había sido testigo de una lucha a muerte.

Enrique contempló con iracundos ojos los dife­rentes detalles, se pasó la mano por la frente húmeda de sudor y murmuró:

—¡Ah! Ahora comprendo el favor que me ha hecho el rey; han venido a asesinarme... Pero... ¿Y De Mouy? ¿Qué habrán hecho de De Mouy? ¡Ah, miserables! ¿Le habrán matado?

Tan ansioso estaba de saber lo ocurrido como el duque de Alençon de explicárselo. Enrique, después de echar una última mirada por la habitación, salió, llegó al corredor, se aseguró de que estaba desierto y, empujando la puerta entornada que cerró con cuida­do tras de sí, se precipitó en el cuarto del duque de Alençon.

El duque le esperaba en la antecámara. Cogió rápi­damente la mano de Enrique y, llevándose un dedo a los labios, le condujo hasta un gabinete en forma de to­rreón, completamente aislado y libre. por lo tanto de toda tentativa de espionaje.

—¡Ah, hermano mío! —le dijo—. ¡Qué espantosa noche!

—¿Qué es lo que ha sucedido? —le preguntó En­rique.

—Quisieron arrestaros.

—¿A mí?

—Sí, a vos.

—¿Y con qué motivo?

—No lo sé. ¿Dónde estabais?

—El rey me llevó anoche a pasear en su compañía por la ciudad.

—Luego, él lo sabía —dijo Alençon—. Pero si vos no estabais, ¿quién era el que se hallaba allí?

—¿Había alguien en mi alcoba? —preguntó Enri­que como si lo ignorase.

—Sí, un hombre. Cuando oí ruido me apresuré a socorreros, pero era ya demasiado tarde.

—¿Y detuvieron al hombre? —preguntó Enrique con ansiedad.

—No, se escapó después de haber herido grave­mente a Maurevel y de matar a dos guardias.

—¡Bravo, De Mouy! —exclamó Enrique.

—¿Conque era De Mouy? —preguntó rápidamen­te Alençon.

Enrique comprendió que había cometido una falta.

—Al menos, lo presumo —contestó—, porque le había citado para ponerme de acuerdo con él respecto a vuestra huida y decirle que os había concedido todos mis derechos al trono de Navarra.

—Entonces, si se averigua esto —dijo Alençon pa­lideciendo—, estamos perdidos.

—Y se sabrá, porque Maurevel no es mudó.

—Maurevel tiene atravesada la garganta por una estocada y he sabido por el cirujano que le atiende que antes de ocho días no podrá pronunciar una sola pa­labra.

—¡Ocho días! Es más de lo que necesita De Mouy para ponerse completamente a salvo.

—Además —dijo Alençon—, puede haber sido otro que no sea De Mouy.

—¿Vos lo creéis?

—Sí, el hombre desapareció a toda velocidad y no pudo verse más que su capa color cereza.

—En efecto —afirmó—, una capa color cereza es más propia de un galán que de un soldado. Nadie reco­nocería a De Mouy dentro de una capa de semejante color.

—Desde luego. Si se sospechase de alguien —insi­nuó Alençon—, sería más bien... —Y se detuvo.

—Del señor de La Mole —dijo Enrique.

—En efecto, puesto que yo mismo, que le vi huir, dudé un instante.

—¡Dudasteis! ¡Ya lo creo que pudo haber sido el señor de La Mole!

—¿Él no sabe nada? —preguntó Alençon.

—Nada absolutamente, o, por lo menos, nada de interés.

—Hermano mío —dijo el duque—, ahora sí que creo que era él.

—¡Diablo! —exclamó Enrique—. Si en efecto era él, se va a llevar un disgusto la rema, que tanto se inte­resa por su persona.

—¿Se interesa, decís? —le preguntó Alençon pas­mado.

—Sin duda. ¿No recordáis, Francisco, que fue vues­tra hermana quien os lo recomendó?

—Sí —dijo el duque con voz sorda—. Por eso quisie­ra favorecerle, y la prueba la tenéis en que, temiendo que su capa colorada le comprometiera, subí a su cuarto y la traje aquí.

—¡Oh! —exclamó Enrique—. Habéis sido doble­mente prudente, y ahora no sólo apostaría, sino que juraría que era él.

—¿Ante la justicia, incluso?

—A fe mía que sí —respondió Enrique—. Habría ido a llevarme algún recado de parte de Margarita.

—Si estuviese seguro de que me apoyaríais con vuestro testimonio —dijo Alençon—, casi estaría dis­puesto a acusarle.

—Si le acusáis —dijo Enrique—, ya comprende­réis, hermano mío, que no os desmentiré.

—Pero, ¿y la reina? —preguntó Alençon.

—¡Ah! Es cierto.

—Será preciso conocer su opinión.

—Yo me encargo de ello.

—¡Pardiez, hermano! Haría mal en desmentirnos, pues el joven en cuestión se encontraría con una fla­mante reputación de valiente sin costarle muy caro, ya que la iba a adquirir a crédito. Es verdad que posible­mente cobrase al mismo tiempo el interés y el capital.

—¡Qué queréis! —dijo Enrique—. En este bajo mundo nada se consigue de balde.

Y despidiéndose con una sonrisa, asomó cautelo­samente la cabeza por el corredor, y, al ver que no ha­bía nadie, se deslizó rápidamente y desapareció por la escalera secreta que conducía a las habitaciones de Margarita.

La reina de Navarra no estaba más tranquila que su esposo. La expedición nocturna dirigida contra ella y la duquesa de Nevers por el rey, el duque de Anjou, el duque de Guisa y Enrique de Navarra, a quien había reconocido, la inquietaba sobremanera. Sin duda no había ninguna prueba capaz de comprometerla, pues el portero, puesto en libertad por La Mole y Coconnas, afirmó que guardaría silencio. Pero cuatro señores de la alcurnia de los que aquellos dos simples gentiles hombres mantuvieron a raya no se habrían desviado de su camino por casualidad. Margarita regresó pues, cuando amanecía, luego de haber pasado el resto de la noche en casa de la señora de Nevers. Se acostó en se­guida, pero no pudo dormir, ya que el menor ruido la sobresaltaba.

A pesar de su angustia, oyó que llamaban a la puerta secreta y, después de enviar a Guillonne para que se enterase de quién era, la mandó abrir.

Enrique se detuvo en el umbral de la puerta. Nada en él delataba al marido burlado, su habitual sonrisa va­gaba por sus labios finos y ningún músculo de su rostro traicionaba las terribles emociones que acababa de ex­perimentar.

Pareció interrogar con la vista a Margarita para sa­ber si le permitía conversar a solas con ella. Margarita comprendió la mirada de su marido a hizo señas a Gui­llonne de que se alejara.

—Señora—dijo entonces Enrique—, sé cuán liga­da estáis a vuestros amigos y por eso temo que no sea buena la noticia que os voy a dar.

—¿Qué sucede, señor? —preguntó Margarita.

—Que uno de nuestros más queridos servidores se halla en una situación muy comprometida.

—¿Quién?

—Nuestro buen conde de La Mole.

—¡El conde La Mole! ¿Y a causa de qué?

—A causa de la aventura de anoche.

Margarita enrojeció, pese a su dominio sobre sí mis­ma. Y haciendo un esfuerzo preguntó:

—¿De qué aventura?

—¿Cómo? —preguntó Enrique—. ¿No habéis oí do todo el jaleo que se armó anoche en el Louvre?

—No, señor.

—Os felicito —dijo Enrique con sencillez encanta­dora—; eso prueba que tenéis un sueño excelente.

—¿Qué pasó?

—Que nuestra buena madre dio orden al señor de Maurevel y a seis de sus guardias para que me arres­tasen.

—¿A vos, señor?

—Sí, a mí.

—¿Y por qué razón?

—¡Ah! ¿Quién puede saber las razones de un es­píritu tan profundo como el de nuestra madre? Las respeto, pero las ignoro.

—¿Y vos no estabais en vuestras habitaciones?

—No, por pura casualidad, es cierto, pero no esta­ba. Lo habéis adivinado. Anoche me invitó el rey a que lo acompañase, pero si yo no estaba en mi cuarto, es­taba en cambio otra persona.

—¿Quién era?

—Por lo visto, el conde La Mole.

—¡El conde La Mole! —exclamó Margarita asom­brada.

—¡Y por Dios que estuvo valiente el pequeño pro­venzal! ¿Sabéis que hirió a Maurevel y que mató a dos de sus guardias?

—¡Imposible!

—¿Cómo? ¿Dudáis de su valor, señora?

—No, digo que el señor de La Mole no podía estar en vuestro cuarto.

—¿Por qué?

—Pues porque... estaba en otra parte —replicó azorada Margarita.

—¡Ah! Si puede probarlo, eso es otra cosa; dirá dónde estuvo y asunto concluido.

—¿Dónde estuvo? —preguntó alarmada Margarita.

—Naturalmente. No terminará el día sin que sea detenido a interrogado. Y como por desgracia hay prue­bas...

—¿Qué pruebas?

—El hombre que supo defenderse tan a la deses­perada tenía una capa color cereza.

—Pero La Mole no es el único que tiene una capa de semejante color. Yo sé de otro...

—Y yo también. Pero ved lo que ocurrirá: si el se­ñor de La Mole no era quien estaba en mi cuarto, ten­drá que serlo otro, y este otro habrá de ser dueño de una capa igual a la suya. Ahora, ¿sabéis ya quién es este hombre?

—¡Cielos!

—Ahí está la cuestión. Vuestra inquietud me de­muestra que os dais cuenta de la dificultad. Converse­mos, si os place, como dos personas que tratan del bien más codiciado del mundo...: un trono, el bien más pre­cioso... de la vida. Si De Mouy es arrestado, ya podemos darnos por perdidos.

—Sí, comprendo.

—Mientras que el señor de La Mole no comprome­te a nadie, a no ser que le dé por inventar alguna historia y empiece, por ejemplo, a decir que estuvo en compañía de algunas damas.

—Señor—dijo Margarita—, si tenéis algún temor respecto a eso, podéis estar tranquilo... Nada dirá. .

—¿Cómo? —preguntó Enrique—. ¿No dirá nada aunque la muerte sea el precio de su silencio?

—Aunque así sea.

—¿Estáis segura?

—Os respondo de ello.

—Entonces más vale así —repuso Enrique levan­tándose.

—¿Os retiráis, señor? —preguntó ansiosamente Margarita.

—Sí, por cierto; esto es todo cuanto tenía que de­ciros.

—¿Y adónde vais?...

—A ver de qué manera podemos salir del mal paso en que ese demonio de hombre de la capa color cereza nos ha metido.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pobre muchacho! —ex­clamó dolorosamente Margarita, retorciéndose las manos.

—Verdaderamente—dijo Enrique al marcharse—, este querido señor de La Mole es un excelente servidor.

VII. EL CORDÓN DE LA REINA MADRE

Carlos había regresado a su aposento risueño y jo­vial. Pero, al cabo de una conversación de diez minutos que tuvo con su madre, se diría que ésta le había cedido su palidez y su cólera, llevándose en cambio el radiante buen humor de su hijo.

—¡El señor de La Mole! —decía Carlos—. ¡El se­ñor de La Mole! Hay que llamar a Enrique y al duque de Alençon. A Enrique, porque ese joven era hugono­te, y a mi hermano, porque le tiene a su servicio.

—Llamadlos si queréis, hijo mío, pero no vais a sacar nada en limpio. Me temo que Enrique y Francis­co estén más unidos de lo que parece. Interrogarles equivaldría a levantar sospechas; me parece que sería mejor la prueba lenta y segura de dejar pasar algunos días. Si les dais tiempo de que respiren, si les hacéis creer que han escapado de vuestra vigilancia, los cul­pables, envalentonados y triunfantes, os proporciona­rán ellos mismos la ocasión; entonces, podremos sa­berlo todo.

Carlos se paseaba indeciso, conteniendo su cólera como un caballo que mordiera el freno y aplacando con su mano crispada los latidos de su corazón mordido por la sospecha más cruel.

—No, no —dijo por fin—, no esperaré. Vos no sabéis lo que es esperar estando rodeado como estoy de fantasmas. Además, estos mozalbetes se están volvien­do cada día más insolentes. Esta misma noche, dos jo­vencitos han osado hacernos frente rebelándose contra nosotros. Si el señor de La Mole es inocente no digo nada, pero no me disgustaría saber dónde estaba ano­che mientras atacaban a mis guardias en el .Louvre y combatían contra mí en la calle de Cloche—Percée. Que vayan a buscar al duque de Alençon y después a Enri­que; quiero interrogarles por separado. Vos podéis que­daros, madre mía.

Catalina se sentó. Para un espíritu fuerte como el suyo, cualquier incidente, hábilmente dirigido por sus poderosas manos, podía conducir al fin propuesto, aunque en apariencia pareciera alejarse de él. De todo choque surge un ruido o un chispazo. El ruido guía; la chispa alumbra.

Entró el duque de Alençon; su charla con Enrique le había preparado para la entrevista y se hallaba bas­tante tranquilo.

Sus respuestas fueron terminantes. Como su madre le había dicho que permaneciera en su habitación, igno­raba por completo los sucesos de la noche. Únicamente, y debido a que sus habitaciones daban al mismo corre­dor que las del rey de Navarra, creyó oír al principio un ruido como el de una puerta que se golpea, luego impre­caciones y, por último, tiros.

Entonces se arriesgó a entreabrir la puerta, viendo cómo huía un hombre de capa encarnada.

Carlos y su madre cambiaron una mirada.

—¿De capa encarnada? —preguntó el rey.

—Sí —respondió Alençon.

—¿Y esa capa encarnada no os hace sospechar de alguien?

Alençon acudió a todas sus fuerzas para mentir con la mayor naturalidad posible.

—A primera vista —dijo— debo confesar a Vuestra Majestad que creí reconocer la capa de uno de mis gentiles hombres.

—¿Y cómo se llama ese gentilhombre?

—El señor de La Mole.

—¿Por qué el señor de La Mole no estaba a vuestro lado, como era su obligación?

—Le había dado permiso —respondió el duque.

—Está bien, retiraos —dijo Carlos.

El duque de Alençon se dirigió a la puerta por don­de había entrado.

—Por ésa no —advirtió Carlos—; por esa otra.

Y le indicó la que comunicaba con el cuarto de su nodriza.

Carlos no quería que Enrique y Francisco se en­contraran. Ignoraba que se habían visto un instante antes y que ese instante bastó para que se pusieran de acuerdo.

Cuando hubo salido Alençon, y a una señal de Car­los, entró Enrique.

Enrique no esperó que Carlos le interrogara.

—Señor—dijo—, ha hecho bien Vuestra Majestad en enviarme llamar, pues quería veros para pediros jus­ticia.

Carlos frunció el ceño.

—Sí, justicia—continuó Enrique—. Empiezo por agradecer a Vuestra Majestad que me llevase consigo anoche, pues sé que, gracias a eso, me salvó la vida. ¿Pero qué es lo que he hecho yo para que intentaran asesinarme?

—No se trataba de un asesinato —dijo precipita­damente Catalina—, sino de una orden de arresto.

—Sea —dijo Enrique—. Pero ¿qué crimen cometí para ser arrestado? Si soy culpable, lo mismo lo soy esta mañana que anoche. Decidme cuál es mi crimen, señor.

Carlos miró a su madre un tanto perplejo por la contestación que había de dar.

—Hijo mío—dijo Catalina—, recibís a gentes sos­pechosas.

—Bien —dijo Enrique—, y esas gentes sospecho­sas me comprometen, ¿no es cierto, señora?

—Sí, Enrique.

—¡Nombrádmelas, nombrádmelas!... Decidme quié­nes son. Traedlas a mi presencia.

—En efecto —dijo Carlos—, Enrique tiene dere­cho a pedir una explicación.

—¡Y la pido! —replicó Enrique, quien, sintiendo la superioridad de su posición, quería sacar partido de ella—. La pido a mi cuñado Carlos y a vos, Catalina. ¿No me he conducido como buen esposo desde mi ca­samiento con Margarita? Preguntádselo a ella. ¿No me he portado como buen católico? Preguntádselo a mi confesor. ¿Y como buen pariente? Díganlo quienes asis­tieron ayer a la cacería.

—En efecto, Enriquito —afirmó el rey—. ¿Qué quieres? Dicen que conspiras.

—¿Contra quién?

—Contra mí.

—Señor, si hubiese conspirado contra vos, no ha­bría tenido más que esperar los acontecimientos cuan­do vuestro caballo, herido en una pata, no se podía levantar, y el jabalí, furioso, embestía a Vuestra Ma­jestad.

—¡Cáspita! ¿Sabéis que tiene razón, madre mía?

—Pero, en fin, ¿quién estaba anoche en vuestro cuarto?

—Señora —contestó Enrique—, en circunstancias en que muy pocos se atreven a responder de sí mismos, no responderé yo de los demás. Abandoné mi habita­ción a las siete de la noche, a las diez mi hermano Carlos hizo que le acompañara y estuve con él toda la noche. No podía a la vez estar con Su Majestad y saber lo que ocurría en mi cuarto.

—Pero —dijo Catalina—, por eso no es menos cierto que uno de vuestros servidores mató a dos guar­dias de Su Majestad a hirió al señor de Maurevel.

—¿Uno de mis servidores? ¿Quién era, señora? Nombradle.

—Todo el mundo acusa al señor de La Mole.

—El señor de La Mole no está a mi servicio, seño­ra, sino al servicio del duque de Alençon, a quien, por cierto, fue recomendado por vuestra hija.

—En una palabra —dijo Carlos—, ¿era el señor de La Mole el que estaba en lo alcoba, Enriquito?

—¿Cómo queréis que lo sepa, señor? No puedo decir ni que sí ni que no. El señor de La Mole es un buen servidor, muy devoto de la reina de Navarra y que me trae a menudo mensajes, ya sea de Margarita, a quien está muy agradecido por haberle recomendado al señor de Alençon, ya del mismo duque. No puedo afirmar que sea el señor de La Mole.

—Era él —dijo Catalina—, han visto su capa en­carnada.

—¿El señor de La Mole tiene una capa encarnada?

—Sí.

—Y el hombre que tan bien ha despachado a dos de mis guardias y al señor de Maurevel... —añadió Carlos.

—¿Tenía una capa encarnada? —preguntó En­rique.

—Precisamente —dijo Carlos.

—No tengo nada que decir —replicó el bearnés—; pero me parece que en tal caso no es a mí a quien de­bíais haber llamado, sino al señor de La Mole, que era quien estaba en mi cuarto. Solamente —añadió Enri­que— quiero hacer a Vuestra Majestad una observa­ción.

—¿Cuál?

—Si hubiese sido yo el que, viendo una orden fir­mada por mi rey, me hubiera resistido en lugar de obe­decerla, sería culpable y merecería toda suerte de castigos, pero no soy yo; es un desconocido a quien esta or­den no se refería para nada; han querido detenerle in­justamente, se ha defendido, demasiado bien por cier­to, pero no olvidéis que estaba en su derecho.

—Sin embargo... —murmuró Catalina.

—Señora —interrumpió Enrique—, ¿mandaba la orden que se me detuviera?

—Así es —respondió Catalina—, y el rey mismo la firmó.

—Pero ¿indicaba también que en el caso de que yo no estuviera sería detenida la persona que ocupase mi lugar?

—No —contestó Catalina.

—Entonces —dijo Enrique—, mientras que no se pruebe que yo conspiro y que el hombre que estaba en mi habitación es mi cómplice, ese hombre es ino­cente.

Y volviéndose hacia Carlos IX:

—Señor—continuó Enrique—, no saldré del Lou­vre. Estoy dispuesto a dirigirme a cualquiera de las pri­siones del Estado en cumplimiento de una orden de Vuestra Majestad, pero, hasta que no se me pruebe lo contrario, tengo derecho a considerarme el más fiel ser­vidor, súbdito y hermano de Vuestra Majestad.

Y con una altivez desconocida hasta entonces, En­rique saludó a Carlos y salió.

—¡Bravo, Enriquito! —exclamó Carlos cuando el rey de Navarra se hubo retirado.

—¡Bravo! ¿Lo decís porque nos ha vencido? —ob­servó Catalina.

—¿Y por qué no le he de aplaudir? ¿Acaso cuando tiramos espada juntos y él me toca no le digo también bravo? Madre, hacéis mal en despreciarlo.

—Hijo —dijo Catalina oprimiendo la mano de Car­los IX—, no le desprecio, le temo.

—Insisto en que hacéis mal. Enrique es mi amigo y, como acaba de decir, si hubiera conspirado contra mí, no hubiese tenido más que dejar al jabalí consumar su obra.

—Sí —insistió Catalina—, ¿para que el duque de Anjou, su enemigo personal, fuera rey de Francia?

—No me importa el motivo por el que Enrique me haya salvado la vida; lo cierto es que me ha salvado. ¡Por todos los diablos! No quiero que se le cause nin­gún disgusto. Por lo que se refiere al señor de La Mole, voy a entenderme con mi hermano de Alençon, que es quien le tiene a su servicio.

Con esto Carlos IX dio por terminada la conver­sación con su madre. Catalina se retiró pensando quién pudiera ser el culpable.

El señor de La Mole no era lo suficientemente im­portante para satisfacer sus deseos.

De regreso a sus habitaciones, Catalina encontró a Margarita, que le estaba esperando.

—¡Ah! ¿Sois vos, hija mía? Anoche os mandé llamar.

—Ya lo sé, señora; pero había salido.

—¿Y esta mañana?

—Esta mañana, señora, he venido a veros para de­cir a Vuestra Majestad que va a cometer una gran injus­ticia.

—¿Cuál?

—¿Vais a ordenar que arresten al señor conde de La Mole?

—Os equivocáis, hija mía; yo no hago arrestar a nadie; es el rey quien manda y no yo.

—No juguemos con las palabras, señora, cuando los momentos son tan graves. Van a detener al señor de La Mole, ¿no es cierto?

—Es probable.

—¿Acusado de hallarse anoche en la alcoba del rey de Navarra y de haber dado muerte a dos guardias y herido al señor de Maurevel?

—Efectivamente, ése es el crimen que se le imputa.

—Sin razón, señora —afirmó Margarita—, puesto que el señor de La Mole no es culpable.

—¿Que no es culpable el señor de La Mole? —dijo Catalina haciendo un gesto de alegría y vislumbrando alguna luz en lo que Margarita acababa de afirmar.

—No es culpable —insistió Margarita— ni puede serlo, pues no estaba en la habitación del rey.

—¿Dónde estaba, entonces?

—En la mía, señora.

—¡En la vuestra!

—Sí, en la mía.

Catalina debió de quedarse atónita ante tal confe­sión en una princesa de Francia, pero se limitó a cru­zarse de brazos.

—Y... —dijo después de un momento de silencio­ si arrestan al señor de La Mole y le interrogan...

—Dirá dónde y con quién se hallaba —respondió Margarita, aunque estaba completamente segura de lo contrario.

—Si es así, tenéis razón, hija mía; será necesario impedir qué arresten al señor de La Mole.

Margarita se estremeció, creyó advertir en el tono con que su madre había pronunciado estas palabras un sentido misterioso y terrible, pero no pudo objetar na­da, puesto que le había sido concedido lo que acababa de pedir.

—Pero, entonces —dijo Catalina—, si no era el señor de La Mole el que estaba en la alcoba del rey, se­ría otro.

Margarita se calló.

—¿Conocéis a ese otro?

—No, madre mía —respondió Margarita con voz vacilante.

—Vamos, confiaos del todo.

—Os repito, señora, que no le conozco —insistió Margarita poniéndose pálida a pesar suyo.

—Bien, bien—dijo Catalina con indiferencia—, ya lo sabremos. Retiraos, hija mía, y estad tranquila; vues­tra madre vela por nuestro honor.

Margarita salió.

—¡Ah! —murmuró Catalina—. Se entienden, Enri­que y Margarita están de acuerdo; con tal de que la mu­jer sea muda, el marido es ciego. ¡Ah! Hijos míos, os creéis muy hábiles y muy fuertes, pero vuestra fuerza reside en vuestra unión y yo os separaré. Además, llega­rá el día en que Maurevel pueda hablar o escribir, pro­nunciar un nombre o trazar seis letras, y entonces lo sabremos todo... Claro que si esperamos hasta enton­ces, el culpable se habrá puesto a salvo. Lo mejor será romper su alianza en seguida.

En virtud de este razonamiento, Catalina se dirigió a las habitaciones de su hijo, a quien encontró hablan­do con Alençon.

—¡Ah! —dijo Carlos IX frunciendo el ceño—. ¿Sois vos, madre mía?

—¿Por qué no dijisteis aún? Esta palabra estaba en vuestro pensamiento, Carlos.

—Lo que está en mi pensamiento sólo a mí me per­tenece —replicó el rey con aquel tono brutal que adop­taba algunas veces hasta para hablar con Catalina—. ¿Qué queréis? Decídmelo pronto.

—Que teníais razón, hijo mío —respondió Catali­na dirigiéndose a Carlos—, mientras que vos, Francis­co, estabais equivocado.

—¿En qué señora? —preguntaron los dos prín­cipes. .

—No era el señor de La Mole quien estaba en el cuarto del rey de Navarra.

—¡Ah, ah! —exclamó Francisco, palideciendo.

—¿Quién era entonces? —preguntó Carlos.

—No lo sabemos todavía, pero lo averiguaremos en cuanto Maurevel pueda hablar. Así, pues, dejemos este asunto, que no tardará en aclararse, y volvamos al señor de La Mole.

—¿Y qué queréis del señor de La Mole si no estaba en el aposento del rey de Navarra?

—No —dijo Catalina—, no estaba en el aposento del rey, pero estaba... en el de la reina.

—¡En el de la reina! —exclamó Carlos soltando una carcajada nerviosa.

—¡En el de la reina! —murmuró Alençon ponién­dose pálido como un cadáver.

—¡Imposible! —dijo Carlos—. Guisa me dijo que había visto la litera de Margarita.

—En efecto —asintió Catalina—, la reina de Na­varra tiene una casa en la ciudad.

—¡En la calle de Cloche—Percée! —exclamó el rey.

—¡Oh! ¡Oh! Eso es demasiado fuerte—manifestó Alençon, llevándose la mano al pecho—. ¡Y pensar que me lo ha recomendado precisamente a mí!

—¡Ah! Pero ahora que pienso —dijo el rey acor­dándose de pronto—, entonces él es quien se defendió anoche contra nosotros y me arrojó una palangana de plata a la cabeza. ¡Miserable!

—Eso es, ¡miserable! —exclamó Francisco.

—Tenéis razón, hijos míos —dijo Catalina, como si no comprendiera el sentimiento que embargaba a cada uno de sus hijos—. Tenéis razón, la menor indis­creción de ese gentilhombre puede causar un horrible escándalo y perder a una princesa de Francia. Bastaría un momento de embriaguez...

—O de vanidad—dijo Francisco.

—Sin duda, sin duda —añadió Carlos—, pero ¡no podemos llevar la causa a los tribunales, a no ser que Enrique quisiera querellarse!

—Hijo mío —dijo Catalina, poniendo su mano en el hombro de Carlos como para llamar la atención del rey sobre lo que iba a proponer—, escuchad bien lo que os digo: hay delito y puede haber escándalo. Pero no es con jueces ni con verdugos como se castigan es­tos atentados de lesa Majestad. Si fueseis simples caballeros, nada tendría que deciros, porque ambos sois va­lientes, pero sois príncipes y no podéis cruzar vuestras espadas con la de un pobre hidalgo. Tratad de vengaros como príncipes.

—¡Por mil diablos! Tenéis razón, madre mía; ya lo pensaré —exclamó Carlos.

—Yo os ayudaré, hermano —dijo Francisco.

—Y yo —dijo Catalina, desatando el cordón de se­da negro que le daba tres vueltas alrededor del talle y caía hasta sus rodillas con un nudo en cada punta— me retiro, pero os dejo esto en representación mía.

Y arrojó. el cordón a los pies de los príncipes.

—¡Ah! —exclamó Carlos—. Ya comprendo.

—Este cordón... —dijo Alençon recogiéndolo.

—Es el castigo y el silencio —concluyó Catalina victoriosa—. No estaría nada mal que complicáramos a Enrique en todo esto.

Y salió.

—¡Pardiez! ——dijo Alençon—. Nada más fácil, y cuando Enrique sepa que su esposa le traiciona... ¿De modo —agregó volviéndose al rey— que adoptáis el parecer de nuestra madre?

—Punto por punto —contestó Carlos, sin sospe­char que atravesaba con mil puñales el corazón de su hermano—. Esto contrariará a Margarita, pero alegrará a Enrique.

Y, llamando a uno de los oficiales de su guardia, le ordenó que fuera en busca de Enrique. Pero cambian­do de idea:

—No —dijo—, yo mismo iré. Y tú, Alençon, llama a Anjou y a Guisa.

Y saliendo de su aposento subió por la escalera de caracol que terminaba en el segundo piso frente a la puerta de las habitaciones de Enrique.

VIII. PROYECTOS DE VENGANZA

Enrique aprovechó el momento de tregua que le daba el interrogatorio tan bien sostenido por él para ir a la habitación de la señora de Sauve. Encontró allí a Or­thon completamente repuesto de su desmayo, pero el criado nada pudo decirle aparte de que unos hombres se habían introducido en su cuarto y de que el jefe de ellos le había dado un golpe con la cazoleta de su espada de­jándole sin sentido. Nadie se había vuelto a preocupar de él. Catalina le vio desmayado y le creyó muerto.

Como había vuelto en sí en el intervalo transcurri­do entre la salida de la reina madre y la llegada del ca­pitán de los guardias encargados de despejar el terreno, se refugió en la habitación de la señora de Sauve.

Enrique rogó a Carlota que ocultase al joven hasta que se recibieran noticias de De Mouy, quien desde el sitio en que estaba refugiado no dejaría de escribirle. Entonces enviarían a Orthon con la respuesta, y así, en lugar de contar con un hombre fiel, podría contar con dos.

Una vez concebido este plan, volvió a su aposento y se paseaba de arriba abajo meditando cuando se abrió de pronto la puerta y apareció el rey.

—¡Majestad! —exclamó Enrique, precipitándose a su encuentro.

—Yo mismo..., realmente, Enriquito, eres un excelente muchacho y cada vez lo quiero más.

—Señor, Vuestra Majestad me confunde.

—No tienes más que un defecto, Enrique.

—¿Cuál? ¿El que tantas veces me ha reprochado Vuestra Majestad de preferir la caza mayor a la caza menor?

—No, no me refiero a ése, Enriquito, sino a otro.

—Explíquese Vuestra Majestad —dijo Enrique, quien al ver la sonrisa de Carlos notó que el rey estaba de buen humor— y trataré de corregirme.

—Me refiero a que, teniendo tan buenos ojos co­mo tienes, no veas más claro de lo que ves.

—¡Bah! —replicó Enrique—. ¿Será que acaso, sin advertirlo, soy miope?

—Peor todavía, Enriquito, peor; eres ciego.

—¡Ah! En efecto —dijo el bearnés—; pero ¿no será cuando cierro los ojos cuando me sucede esa des­gracia?

—Desde luego eres muy capaz de eso —respondió Carlos—, pero, por si acaso, voy a abrírtelos.

—Dios dijo: «Hágase la luz», y la luz se hizo. Vues­tra Majestad es el representante de Dios en este mundo; puede hacer en la Tierra lo que Dios hizo en el Cielo. Os escucho.

—Cuando Guisa dijo anoche que lo mujer acababa de pasar escoltada por un mozalbete, no quisiste creerle.

—¿Cómo iba a suponer, señor, que la hermana de Vuestra Majestad fuera capaz de cometer semejante imprudencia?

—Cuando lo dijo que habían ido a la calle de Clo­che—Percée tampoco le creíste.

—¿Cómo iba a creer que una princesa de Francia arriesgase tan públicamente su reputación?

—Cuando sitiamos la casa de la calle de Cloche­Percée y a mí me cayó una palangana de plata en el hombro, a Anjou una compota de naranjas por la cabeza y a Guisa un muslo de jabalí en la cara, ¿no viste a dos mu­jeres y a dos hombres?

—Nada vi, señor. Vuestra Majestad recordará que me hallaba interrogando al portero.

—Sí, pero, ¡por los clavos de Cristo!, yo sí lo he visto.

—¡Ah! Si Vuestra Majestad lo ha visto ya es otra cosa.

—Es decir, he visto a dos hombres y a dos mujeres y ahora sé, sin temor a equivocarme, que una de las mujeres era Margot y que uno de los hombres era La Mole.

—Entonces —dijo Enrique—, si La Mole estaba en la casa de la calle de Cloche—Percée no podía estar en mi alcoba.

—En efecto, pero no se trata ya de la persona que estaba aquí. Ya conoceremos su nombre cuando ese imbécil de Maurevel pueda hablar o escribir. Se trata de que Margarita lo engaña.

—¡Bah! —dijo Enrique—. No creáis en habla­durías.

—¡Cuando lo digo que más que miope eres ciego! ¡Pardiez! ¿Quieres creerme alguna vez, testarudo? Te aseguro que Margot lo engaña y que esta noche estran­gularemos al amante.

Enrique dio un salto de sorpresa y miró a su cuña­do con aire de estupefacción.

—Confiesa, Enriquito, que la idea no lo disgusta en el fondo. Margot va a gritar como cien mil cornejas, pero peor para ella. No quiero que lo hagan desgracia­do. Que Condé sea engañado por el duque de Anjou me trae sin cuidado. Condé es mi enemigo; pero tú eres mi hermano, eres más que mi hermano, eres mi amigo.

—Pero, señor...

—No quiero que lo molesten ni que se burlen de ti; hace mucho tiempo que sirves de mofa a todos esos mequetrefes que vienen de provincias a comer nuestras migajas y a cortejar a nuestras mujeres. ¡Pardiez! Te han traicionado, Enriquito; esto le puede ocurrir a todo el mundo, pero tú tendrás, yo os lo juro, una cumplida satisfacción y mañana todos dirán: « ¡Por mil diablos! Parece que el rey Carlos quiere mucho a su hermano Enriquito puesto que esta noche le ha apreta­do el gaznate al señor de La Mole.»

—Veamos, señor —dijo Enrique—, ¿se trata real­mente de una cosa decidida?

—Meditada, resuelta y decidida; el caballerete no tendrá de qué quejarse. Ejecutaremos el plan yo, An­jou, Alençon y Guisa: un rey, dos príncipes de Francia y un príncipe soberano, sin contarte a ti.

—¿Cómo sin contarme?

—Sí, tú también vendrás.

—¡Yo!

—Sí, tú; herirás con lo daga a ese mozalbete como corresponde a un rey, mientras que nosotros le estran­gularemos.

—Señor—contestó Enrique—, vuestra bondad me confunde; pero ¿cómo sabéis...?

—¡Eh! ¡Por Satanás! Parece que el miserable se ha vanagloriado. Tan pronto la visita en sus aposentos del Louvre como en la calle de Cloche—Percée. Hacen ver­sos juntos; me gustaría ver los versos que hace seme­jante mamarracho; son bucólicos, hablan de Bion de Moschus y hacen alternar a Dafnis y a Corydon.

—Señor —dijo Enrique—, reflexionando sobre esto...

—¿Qué?

—Vuestra Majestad comprenderá que no puedo tomar parte en lo que me propone. Si lo hiciera perso­nalmente, creo que no sería bien visto. Estoy demasia­do interesado en el asunto para que mi intervención no fuese calificada de ferocidad. Vuestra Majestad venga el honor de su hermana, en la persona de un fatuo que se ha vanagloriado calumniando a mi esposa; nada más sencillo, y Margarita, a quien sigo creyendo inocente, no queda deshonrada. En cambio, si yo tomo parte, ya es otra cosa; mi cooperación convertiría un acto de jus­ticia en un acto de venganza. Ya no sería un castigo, sino un asesinato, y mi esposa no una calumniada, sino una culpable.

—¡Pardiez, Enrique! Tienes un pico de oro. Hace un rato se lo dije a mi madre: eres más listo que el mis­mo diablo.

Y Carlos miró complacido a su cuñado, que se in­clinó para agradecer el cumplido.

—No obstante —añadió Carlos—, ¿te gustará que lo libre de ese galanteador?

—Todo lo que hace Vuestra Majestad está bien he­cho —respondió el rey de Navarra.

—Está bien, déjame entonces que haga yo lo papel, y puedes estar tranquilo, porque no lo haré mal.

—En vos confío, señor—dijo Enrique.

—Sólo deseo saber a qué hora va por lo general a las habitaciones de la esposa.

—A eso de las nueve de la noche.

—¿Y sale?

—Antes de que yo llegue, pues jamás le encuentro.

—Hacia las...

—Hacia las once.

—Bien, baja esta noche a las doce y ya estará todo terminado.

Carlos, después de estrechar cordialmente la mano —de Enrique y de repetir sus promesas de amistad, salió silbando su aire de caza favorito.

—¡Por Dios! —dijo el bearnés, siguiendo a Carlos con la mirada—. O mucho me equivoco o toda esta historia procede de la reina madre. Verdaderamente, ya no sabe qué inventar para separarnos a mi mujer y a mí: ¡un matrimonio tan feliz!...

Enrique se echó a reír como acostumbraba a hacer­lo cuando nadie podía verle ni oírle.

A eso de las siete de la tarde del mismo día en que habían ocurrido estos hechos, un hermoso joven, que acababa de bañarse, se depilaba y se paseaba complaci­do tarareando una cancioncilla frente a un espejo en una habitación del Louvre.

A su lado dormía o, mejor dicho, se hallaba acos­tado otro joven.

Uno era nuestro amigo La Mole, de quien tanto se habían ocupado y seguían ocupándose aquel día sin que él lo sospechara, y el otro su compañero Co­connas.

En efecto, toda aquella tormenta había pasado so­bre él sin que oyera el retumbar de los truenos ni viera el brillo de los relámpagos. Habiendo regresado a las tres de la madrugada, permaneció en la cama, medio dormi­do, medio despierto, hasta las tres de la tarde, haciendo castillos sobre esa arena movediza que llaman el porve­nir. Luego se levantó, pasó una hora en la casa de baños que estaba de moda y fue a comer a la posada de maese La Hurière y, de vuelta al Louvre, terminaba su tocado para hacer su visita diaria a la reina.

—¿Y dices que has comido? —preguntó Coconnas bostezando.

—Sí, y con gran apetito.

—¿Por qué no me llevaste contigo, egoísta?

—Dormías tan profundamente que no quise des­pertarte. Pero cenarás en lugar de almorzar. Sobre todo, no lo olvides de pedirle a maese La Hurière ese vinillo de Anjou que recibió hace unos días.

—¿Es bueno?

—Pídelo, no lo digo más que eso.

—Y tú, ¿adónde vas?

—¡Yo! —dijo La Mole sorprendido de que su amigo le hiciera tal pregunta—. ¿Que adónde voy? A hacer la corte a la reina.

—Mira, si yo fuese a comer a nuestra casita de la calle de Cloche—Percée, comería con los restos de ayer y con un vino de Alicante que hay allí y que es muy tó­nico.

—Eso sería una imprudencia, amigo Annibal, des­pués de lo ocurrido anoche. Por otra parte, ¿no dimos nuestra palabra de que no volveríamos solos? Alcánza­me la capa.

—Es cierto, a fe mía —dijo Coconnas—; lo había olvidado. Pero ¿dónde diablos está lo capa?... ¡Ah! Aquí está.

—No, ésa es la negra y la que quiero es la roja. La reina me prefiere con ella.

—Búscala tú mismo —dijo Coconnas después de mirar por todas partes—, yo no la encuentro.

—¿Cómo? ¿No la encuentras? Pero, ¿dónde pue­de estar?

—La habrás vendido.

=¿Para qué? Todavía me quedan seis escudos.

—Entonces, ponte la mía.

—¡Ah, sí...! Con una capa amarilla y un jubón ver­de pareceré un papagayo.

—Mira que eres difícil. Arréglate como quieras, entonces.

Cuando La Mole, después de revolverlo todo, co­menzó a maldecir a los ladrones que penetraban hasta el Louvre, apareció un paje del duque de Alençon lle­vando la preciosa capa.

—¡Ah! —exclamó La Mole—. ¡Aquí está, por fin!

—Vuestra capa, señor —dijo el paje—. Monseñor la mandó buscar con motivo de una apuesta que hizo sobre su color.

—¡Oh! —dijo La Mole—. La buscaba para salir, pero si Su Alteza la necesita aún...

—No, señor conde, ya no la necesita.

Salió el paje y La Mole se puso su capa.

—Bueno —dijo La Mole—, ¿qué decides por fin?

—No sé.

—¿Te encontraré aquí esta noche?

—¿Cómo quieres que lo responda a eso?

—¿No sabes lo que harás dentro de dos horas?

—Sé de sobra lo que haré, pero no lo que me harán hacer.

—¿La duquesa de Nevers?

—No, el duque de Alençon.

—Efectivamente —dijo La Mole—, he notado que desde hace tiempo lo colma de atenciones.

—Así es —dijo Coconnas.

—Entonces, has hecho lo fortuna—añadió La Mo­le riendo.

—¡Bah, un segundón!

—Realmente tiene tantos deseos de convertirse en príncipe heredero, que el Cielo quizás haga un milagro en su favor. ¿De modo que no sabes lo que harás esta noche?

—No.

—¡Al diablo, entonces...! O mejor dicho: adiós.

«Este La Mole es terrible —se dijo Coconnas—; siempre quiere que le diga dónde estaré. ¿Acaso lo sé yo? Por lo pronto, me parece que voy a seguir dur­miendo.»

Y volvió a acostarse. En cuanto a La Mole, se diri­gió volando hacia las habitaciones de la reina. Al llegar al corredor que ya conocemos tropezó con el duque de Alençon.

—¡Ah! ¿Sois vos, señor de La Mole? —preguntó el príncipe.

—Sí, monseñor —respondió el joven, saludando respetuosamente.

—¿Vais a salir?

—No, Alteza, voy a ofrecer mis respetos a Su Ma­jestad la reina de Navarra.

—¿A qué hora terminaréis, señor de La Mole?

—¿Tiene monseñor que ordenarme algo?

—No, por el momento no, pero quisiera hablaros esta noche.

—¿A qué hora?

—De nueve a diez.

—Tendré el honor de ir a esa hora a las habitacio­nes de Vuestra Alteza.

—Está bien, cuento con vos.

La Mole saludó y siguió su camino.

«Este duque —se dijo— se pone a veces tan pálido como un cadáver; es extraño.»

Llamó a la puerta de la reina. Guillonne, que pare­cía esperarle, le condujo a presencia de Margarita.

La reina estaba ocupada en un trabajo que parecía fatigarla mucho; tenía delante un papel lleno de correc­ciones y un volumen de Isócrates. Hizo señas a La Mole de que la dejase terminar un párrafo y, una vez que hubo terminado, que fue en seguida, dejó la pluma a invitó al joven a que se sentara a su lado.

La Mole no cabía en sí de Bozo; estaba más apuesto y alegre que nunca.

—¡Griego! —exclamó al ver el libro—. ¡Un dis­curso de Isócrates! ¿Qué pensáis hacer con esto? Y la­tín en este papel: Ad Sarmati e legatos regine Margaitæ condo! ¿Pensáis dirigiros a esos bárbaros en latín?

—Es indispensable—dijo Margarita—, puesto que no saben francés.

—¿Pero cómo podéis escribir la respuesta antes de conocer lo que van a decir?

—Una mujer más coqueta que yo os haría creer que se trata de una improvisación, pero con vos, Hya­cinte mío, no tengo por qué fingir; me han comunicado previamente el discurso que van a pronunciar.

—¿Van a llegar pronto esos embajadores?

—Han llegado esta mañana.

—¿Y nadie lo sabe?

—Llegaron de incógnito. Creo que su llegada oficial se ha dejado para mañana. Ya veréis —dijo Margarita con cierto tonillo satisfecho no exento de pedante­ría—;lo que he escrito esta noche es bastante cicero­niano, pero dejémonos de bagatelas y hablemos de lo que os ha ocurrido.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Qué es lo que me ha ocurrido?

—Es inútil que queráis haceros el valiente; os en­cuentro pálido.

—Será de tanto dormir; lo confieso humildemente.

—Vamos, vamos, no os hagáis el desentendido; lo sé todo.

—Tened la bondad de enterarme, perla mía, por­que yo lo ignoro.

—Veamos, respondedme francamente: ¿qué os ha preguntado la reina madre?

—¿A mí? ¿Acaso tenía que hablarme?

—¡Cómo! ¿No la habéis visto?

—No.

—¿Y al rey Carlos?

—No.

—¿Y al rey de Navarra?

—Tampoco.

—Pero al duque de Alençon sí le habréis visto.

—Sí, le acabo de encontrar en el corredor.

—¿Qué os ha dicho?

—Que tenía que darme ciertas órdenes entre nueve y diez de la noche.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Es extraño.

—Pero decidme, por favor, ¿qué es lo que os pare­ce extraño?

—Que no hayáis oído hablar de nada.

=¿Qué es lo que ha pasado?

—Ha pasado, infeliz, que durante todo el día ha­béis estado al borde del abismo.

—¿Yo?

—Sí, vos.

—¿Y debido a qué?

—Escuchad. De Mouy, sorprendido anoche en la alcoba del rey de Navarra, a quien querían detener, ma­tó a tres hombres y huyó sin que nadie viera más que el encendido color de su capa.

—¿Qué más?

—Que esa famosa capa encarnada que me engañó una vez a mí ha engañado también a los demás. Se sos­pechó de vos y hasta se os acusa de este triple crimen. Esta mañana querían arrestaros, juzgaros y quién sabe si condenaros, puesto que vos no hubierais querido de­cir, aunque esto supusiera vuestra salvación, dónde es­tuvisteis, ¿no es cierto?

—¡Decir dónde estuve! —exclamó La Mole—. ¡Com­prometeros a vos, mi hermosa Majestad! Os sobra ra­zón; hubiera muerto cantando con tal de evitar una lá­grima de esos bellos ojos.

—¡Ay, pobre amigo mío! —dijo Margarita—. Mis bellos ojos habrían llorado mucho.

—¿Y cómo se calmó la tormenta?

—Adivinadlo.

—¡Qué sé yo!

—No había más que un medio de probar que no estuvisteis en la alcoba del rey de Navarra.

—¿Cuál?

—Decir dónde estabais. Y yo lo dije.

—¿A quién?

—A mi madre.

—Y la reina Catalina...

—La reina Catalina sabe que sois mi amante.

—¡Oh, señora! Después de haber hecho tanto por mí, podéis exigir todo lo que deseéis de vuestro servi­dor. Es verdaderamente bello y grande lo que habéis hecho, Margarita. Mi vida os pertenece.

—Así lo espero, ya que he conseguido arrancarla a aquellos que querían robármela. Ahora estáis sal­vado.

—¡Y por vos! —exclamó el joven—. ¡Por vos, mi reina adorada!

En aquel momento se oyó un ruido y La Mole re­trocedió preso de un vago temor. Margarita, lanzando un grito, clavó su mirada en el cristal de la ventana, que acababa de romperse dando paso a una piedra del ta­maño de un huevo que aún rodaba por el suelo.

La Mole vio también el cristal roto y comprendió la causa del ruido.

—¿Quién será el insolente...? —exclamó.

Y se precipitó hacia la ventana.

—Un momento —le dijo Margarita—; me parece que hay algo atado a la piedra.

—En efecto —asintió La Mole—, se diría que es un papel.

Margarita recogió del suelo el proyectil y desató el papel que estaba sujeto a la piedra con una cuerda que se prolongaba hasta el hueco del cristal roto y colgaba por fuera de la ventana.

Margarita desplegó el papel y leyó.

=¡Desdichado! —exclamó.

Y pálida, erguida a inmóvil como la estatua del te­rror, entregó el papel a La Mole.

La Mole, con el corazón oprimido por un doloro­so presentimiento, leyó estas palabras:

—Esperan al señor de La Mole con largas espadas en el corredor que conduce a las habitaciones del du­que de Alençon.

»Quizá prefiera salir por esta ventana a ir a reunir­se con el señor De Mouy en Nantes...»

—¿Serán esas espadas —preguntó La Mole cuando hubo leído— más largas que la mía?

—No, pero tal vez haya diez contra una.

—¿Y quién será el amigo que nos envía este aviso? —inquirió La Mole.

Margarita tomó el papel de sus manos y lo exami­nó atentamente.

—¡Es la letra del rey de Navarra! —exclamó—. Si él nos previene es porque el peligro es real. Huid, La Mole, huid, soy yo quien os lo pide.

—¿Y cómo queréis que huya?

—.¿Y esa ventana? ¿No dice algo de esa ventana?

—Ordenad, mi reina, y saltaré por esta ventana pa­ra obedeceros, aunque me matara veinte veces al caer.

—Esperad, esperad; me parece que esta cuerda sos­tiene algo.

—Veamos —dijo La Mole.

Y ambos, al dar un tirón de la cuerda, vieron apa­recer con indecible alegría el extremo de una escala de crin y de seda.

—¡Estáis salvado! —exclamó Margarita.

—¡Es un milagro del Cielo!

—No, es un favor del rey de Navarra.

—¿Y si por el contrario fuera una trampa —pre­guntó La Mole— y esta escala se rompiera bajo mis pies? Señora, ¿acaso no confesasteis hoy vuestro afecto por mí?

Margarita, a quien la alegría había devuelto sus co­lores, quedóse mortalmente pálida.

—Tenéis razón—dijo—, es posible.

Y se dirigió hacia la puerta.

—¿Qué vais a hacer? —gritó La Mole.

—Cerciorarme por mí misma de si es verdad que os esperan en el corredor.

—¡Jamás! ¡De ninguna manera! ¿Para que la ven­ganza caiga sobre vos?

—¿Qué queréis que hagan a una princesa de Fran­cia? Como mujer y princesa real soy dos veces invio­lable.

La reina dijo estas palabras con tal dignidad que La Mole comprendió que, en efecto, ella nada arriesgaba y la dejó que hiciera lo que pensaba.

Margarita dejó a La Mole bajo la protección de Gui­llonne, con entera libertad para que, según lo que ocu­rriera, huyera o esperara su regreso. Salió al corredor, que se bifurcaba en dirección a la biblioteca y a varios salones y que terminaba en las habitaciones del rey, en las de la reina madre y en aquella escalerita secreta por donde se subía a los aposentos del duque de Alençon y de Enrique. Aunque apenas eran las nueve de la noche, todas las luces estaban apagadas, y el corredor, salvo una ligera claridad que provenía del pasadizo que iba hasta la biblioteca, se hallaba en la más absoluta oscuri­dad. La reina de Navarra avanzó decididamente, pero cuando hubo recorrido un tercio de trayecto oyó algo así como un cuchicheo al que daba un acento misterio­so y temible el cuidado que ponían sus autores en no ser oídos. Casi inmediatamente cesó el rumor, como si una orden superior lo hubiese extinguido y todo vol­vió a sumirse en las tinieblas, puesto que hasta el débil resplandor parecía disminuir.

Margarita continuó su camino yendo directamente hacia el peligro.

Estaba tranquila en apariencia, aunque sus manos crispadas revelasen una violenta tensión nerviosa. A medida que se aproximaba, aquel siniestro silencio pa­recía aumentar y una sombra semejante a la de una mano velaba la incierta y trémula claridad.

Al llegar al punto donde se dividía el corredor, un hombre dio dos pasos hacia delante, descubrió un can­delabro de plata, con el que se alumbraba, y exclamó:

—¡Aquí lo tenemos!

Margarita se encontró frente a frente con su her­mano Carlos. Detrás de él estaba el duque de Alençon con un cordón de seda en la mano. En el fondo, en la penumbra, se distinguían dos sombras en las que sólo se veían brillar las espadas desnudas que esgrimían.

Margarita abarcó la escena de una ojeada. Hizo un supremo esfuerzo y respondió sonriendo a Carlos.

—Debisteis decir «Aquí la tenemos», señor.

Carlos retrocedió un paso. Los demás permane­cieron inmóviles.

—¿Tú, Margot?—dijo—. ¿Adónde vas a estas horas?

—¡A estas horas! —respondió Margarita—. ¿Aca­so es tan tarde?

—Te pregunto que adónde vas.

—Voy a buscar un libro de los discursos de Cice­rón que creo haber dejado en la habitación de nuestra madre.

—¿Así, sin luz?

—Creí que el corredor estaría alumbrado.

—¿Y vienes de lo cuarto?

—Sí.

—¿Qué estabas haciendo?

—Estaba preparando un discurso para los envia­dos polacos. ¿No habíamos convenido que habría Con­sejo mañana y que todos someteríamos a Vuestra Ma­jestad nuestros discursos?

—¿Y no tienes a nadie que lo ayude en lo tarea?

Margarita reunió todas sus fuerzas.

—Sí, hermano mío —respondió—, al señor de La Mole; es muy erudito.

—Tan erudito —intervino el duque de Alençon­que le pedí que cuando terminara con vos, hermana, vi­niera a verme para darme consejo, pues no tengo vues­tra inteligencia.

—¿Y le esperáis? —preguntó Margarita con toda la naturalidad.

—Sí —dijo Alençon impaciente.

—En ese caso, os lo enviaré, hermano, porque ya hemos concluido.

—¿Y vuestro libro? —preguntó Carlos.

—Enviaré a Guillonne a buscarlo.

Los dos hermanos cambiaron una seña.

—Id—dijo Carlos—, mientras nosotros continua­mos nuestra ronda.

—¡Vuestra ronda! —exclamó Margarita—. ¿Qué buscáis?

—Al hombrecito encarnado —contestó Carlos—. ¿No sabéis que hay un hombrecito encarnado que se aparece en el viejo Louvre? Mi hermano de Alençon pretende haberle visto y le estamos acechando.

—¡Buena suerte! —dijo Margarita.

Y se retiró, mirando hacia atrás por última vez.

Vio entonces junto a la pared del corredor a las cua­tro sombras reunidas, al parecer conferenciando.

En un segundo llegó a la puerta de su aposento.

—Abre, Guillonne, abre —ordenó.

Guillonne obedeció.

Margarita se precipitó en su habitación, donde en­contró a La Mole, que aguardaba tranquilo y resuelto, pero con la espada en la mano.

—¡Huid! —dijo la reina—. Huid sin perder un se­gundo. Os esperan en el corredor para asesinaros.

—¿Vos lo ordenáis? —dijo La Mole.

—Lo deseo. Es preciso separarnos para volvernos a ver.

Durante la ausencia de Margarita, La Mole había asegurado la escala al barrote de la ventana y había tan­teado su resistencia. Antes de poner el pie en el primer peldaño besó tiernamente la mano de la reina.

—Si esta escala es una trampa y muero por vos, Margarita, acordaos de vuestra promesa.

—No es una promesa, La Mole, es un juramento. No temáis nada. Adiós.

Y La Mole, cobrando ánimos, se deslizó más que descender por la escala. En el mismo instante llamaron a la puerta.

Margarita siguió con la vista a La Mole en su peli­groso descenso y no apartó de él los ojos hasta asegu­rarse de que sus pies habían tocado tierra.

—¡Señora! —decía Guillonne—. ¡Señora!

—¿Qué sucede? —preguntó Margarita.

—Que el rey está llamando.

—Abrid.

Guillonne obedeció.

Los cuatro príncipes, sin duda impacientes por la espera, habían acudido a la habitación de Margarita.

Carlos entró.

Margarita fue al encuentro de su hermano con la sonrisa en los labios.

El rey lanzó una rápida ojeada a su alrededor.

—¿Qué buscáis, hermano mío? —preguntó Mar­garita.

—Busco..., busco —dijo Carlos—. ¡Cuerno! Bus­co al señor de La Mole...

—¿Al señor de La Mole?

—Sí, ¿dónde está?

Margarita cogió al rey de la mano y le condujo hasta la ventana.

En aquel momento, dos hombres montados a caba­llo se alejaban al galope en dirección a la torre de made­ra; uno de ellos sacó un pañuelo blanco y, en señal de despedida, lo agitó en la oscuridad; los dos jinetes eran La Mole y Orthon.

Margarita hizo a Carlos que mirase.

—¿Qué quiere decir esto? —preguntó el rey.

—Esto quiere decir —respondió Margarita— que el señor de Alençon puede guardar su cordón en el bol­sillo y los señores de Anjou y de Guisa pueden envai­nar sus espadas, puesto que el señor de La Mole no pa­sará esta noche por el corredor.

IX. LOS ATRIDAS

Desde su regreso a París, Enrique de Anjou no ha­bía visto aún con libertad a su madre la reina Catalina, de quien, como todo el mundo sabía, era el hijo predi­lecto.

Para él no suponía el verla un vano cumplimiento de la etiqueta palaciega ni una ceremonia penosa de soportar, sino un deber muy grato; mucho más en un hijo como Enrique, que, aunque no quería a su madre, estaba seguro al menos de que su madre le amaba tier­namente.

En efecto, Catalina prefería sobre todos a este hijo, sea por su valor o por su belleza, sea porque, además de la madre, existía en ella la mujer, sea, en fin, porque, según ciertos rumores escandalosos, Enrique de Anjou recordaba a la florentina una época feliz de misteriosos amores.

Ella únicamente conocía el regreso del duque de Anjou a París, regreso que Carlos IX hubiese ignorado si el azar no le hubiera conducido hasta la puerta del palacio de Condé en el preciso momento en que su hermano salía. Carlos no le esperaba hasta el día si­guiente y Enrique de Anjou esperaba ocultarle los dos motivos que adelantaron su llegada, que no eran otros que su visita a la hermosa María de Cleves, princesa de Condé, y su conferencia con los embajadores po­lacos.

Precisamente sobre esta última entrevista, cuyo objeto ignoraba Carlos, quería hablar con su madre el duque de Anjou. Y el lector, que seguramente está tan equivocado sobre sus motivos como Enrique de Na­varra, aprovechará la explicación.

Cuando el duque de Anjou, tanto tiempo espera­do, entró en la habitación de su madre, Catalina, tan fría a impasible habitualmente, que desde la partida de su hijo amado no había abrazado efusivamente más que a Coligny, quien debía ser asesinado al día siguien­te, abrió los brazos al hijo de su amor y le oprimió con­tra su pecho con un impulso de ternura maternal increíble en aquel corazón de piedra.

Se alejaba de él unos pocos pasos, le contemplaba y volvía a abrazarle.

—¡Ah, señora! —dijo el recién llegado—. Puesto que el Cielo me otorga la satisfacción de abrazaros sin testigos, consolad, madre mía, al hombre más desdi­chado del mundo.

—¡Dios mío, hijo de mi alma! —exclamó Catali­na—. ¿Qué os ha sucedido?

—Nada que no sepáis. Estoy enamorado y soy correspondido, pero este mismo amor es el culpable de mi desgracia.

—Explicadme eso, hijo —dijo Catalina.

—Pues bien... Esos embajadores, ese viaje...

—Sí —dijo Catalina—, los embajadores han llega­do y el viaje apremia.

—No apremia, madre mía, pero mi hermano hará que así sea. Me detesta; yo le hago sombra y quiere verse libre de mí.

Sonrió Catalina.

—¡Dándoos un trono, pobre y desdichado soberano!

—No importa —replicó Enrique con angustia—, no quiero irme. Yo, un príncipe de Francis, educado en el refinamiento de las costumbres de la corte, junto a la madre más cariñosa, y amado por una de las mujeres más encantadoras de la tierra, ¿voy a irme allí, entre las nieves, al otro extremo del mundo, a morir lentamente entre aquella gente grosera que se pass el día embria­gada y juzga la capacidad de su rey como la de un to­nel, por lo que contiene? ¡No, madre, no quiero irme, me moriría!

—Veamos, Enrique —dijo Catalina cogiendo las dos manos de su hijo—, ¿es ésa la verdadera causal

Enrique bajó los ojos como si no osara revelar ni a su misma madre lo que encerraba su corazón.

—¿No hay otra —preguntó Catalina— menos ro­mántica, más razonable y más política?

—Yo no tengo la culpa de que esta idea ocupe en mi alma mayor espacio del que debiera ocupar, pero ¿no me dijisteis vos misma que el horóscopo hecho al nacer mi hermano Carlos le condenaba a morir joven?

—Sí —dijo Catalina—, pero un horóscopo puede equivocarse, hijo mío. Hasta me inclino a creer en estos momentos que todos los horóscopos mienten.

—Pero, en fin, el horóscopo decía eso, ¿no?

—Su horóscopo hablaba de un cuarto de siglo, pero no especificaba si se trataba de su vida o se trataba de su reinado.

—Haced que me quede, señora. Mi hermano tiene casi veinticuatro años; dentro de un año la cuestión se habrá resuelto.

Catalina reflexionó profundamente.

—Sí, es cierto, sería mucho mejor que ocurrie­ra así.

—¡Oh! Juzgad, madre mía —exclamó Enrique—, cuál sería mi desesperación al ver que había cambiado la corona de Francis por la de Polonia. Me atormenta­ría constantemente la idea de que podía haber reinado en el Louvre en medio de esta corte elegante y culta, al lado de la mejor madre del mundo, cuyos consejos me hubieran evitado la mitad del trabajo y las fatigas; pues, acostumbrada a llevar con mi padre una parte de las cargas del Estado, bien podríais haberlas llevado con­migo. ¡Ah! ¡Hubiera sido un gran rey!

—Basta, basta, querido —dijo Catalina, quien ha­bía puesto siempre sus mejores esperanzas en esta so­lución—. No os desoléis. ¿No habéis pensado en bus­car el medio de arreglar la cuestión?

—¡Oh, ya lo creo! Precisamente por eso vine dos o tres días antes de lo anunciado, haciendo creer a mi hermano Carlos que el motivo era la señora de Condé. Fui al encuentro de Lasco, el más destacado de los em­bajadores, me di a conocer a hice todo lo posible en esta primera entrevista. Creo haberlo logrado.

—¡Ah, hijo querido! Eso está mal. Es preciso que antepongáis los intereses de Francia a vuestros capri­chos.

—¿Le conviene a Francia que, en caso de ocurrir una desgracia a mi hermano, ocupe el trono el duque de Alençon o el rey de Navarra?

—¡El rey de Navarra! ¡ Jamás! ¡jamás! —murmuró Catalina, dejando que un velo de inquietud cubriera su frente, como sucedía cada vez que se planteaba seme­jante cuestión.

—A fe mía—continuó Enrique—, que mi herma­no de Alençon no vale mucho más ni os tiene más ca­riño.

—En fin, ¿qué os ha dicho Lasco?

—Él mismo ha vacilado cuando le insté a que soli­citara audiencia. ¡Oh! ¡Si pudiera escribir a Polonia y anular esa elección!

—Sería una locura, hijo, una locura... Lo que el Congreso resuelve es sagrado.

—¿No se podría hacer que los polacos aceptaran a mi hermano en mi lugar?

—Es difícil, casi imposible —respondió Catalina.

—¡No importa! Intentadlo, hablad al rey, madre mía; achacadlo todo a mi amor por la señora de Condé; decidle que estoy loco por ella, que me tiene sorbido el seso. Precisamente me ha visto salir del palacio del prín­cipe con Guisa, que se porta conmigo como un buen amigo.

—Sí, para formar la Liga. Eso no lo veis vos, pero yo sí.

—Ya lo sé, señora, pero mientras tanto le utilizo. ¿No nos consideramos dichosos cuando un hombre nos sirve por su propia conveniencia?

—¿Y qué dijo el rey cuando os encontró?

—Pareció creer lo que le dije, esto es, que sólo el amor me había traído a París.

—¿Y no os pidió cuenta del resto de la noche?

—Sí, madre, pero estuve cenando en casa de Nan­touillet, donde armé un escándalo terrible para que el rey, al enterarse, se convenza de que estuve allí.

—Entonces, ¿ignora vuestra visita a Lasco?

—Absolutamente.

—Tanto mejor. Trataré de interceder por vos, hijo mío. Pero ya sabéis que nadie puede influir sobre su carácter.

—¡Oh, madre mía! ¡Qué feliz sería si me quedase aquí! Os querría mucho más de lo que os quiero, si esto fuera posible.

—Si permanecéis aquí os enviarán a la guerra.

—¡Oh! Poco me importa eso con tal de no salir de Francia.

—Os matarán.

—Madre, no se muere de las heridas..., se muere de dolor, de fastidio. Pero Carlos no permitirá que me que­de; me detesta.

—Tiene celos de vos. ¿Porque sois valiente y di­choso? ¿Porque a los veinte años apenas cumplidos habéis ganado batallas como Alejandro y como César? No sé, pero, entre tanto, no confiéis vuestro pensamiento a nadie, fingid resignación, haced la corte al rey. Hoy mismo nos reuniremos en Consejo privado para leer y discutir los discursos que se pronunciarán en la ceremonia; haced el papel de rey de Polonia, lo demás corre de mi cuenta. A propósito, ¿y vuestra ex­pedición de anoche?

—Fracasó, madre; el galán estaba prevenido y es­capó volando por la ventana.

—En fin —dijo Catalina—, algún día sabré quién es el genio maléfico que así contraría todos mis pla­nes... Entre tanto lo sospecho y... ¡Ay de él!

—¿Entonces, madre mía...? —preguntó el duque de Anjou.

—Dejadme, yo llevaré este asunto.

Y besando tiernamente a Enrique en los párpados, le empujó fuera del gabinete.

Pronto llegaron al aposento de la reina los prínci­pes de su familia. Carlos estaba de buen humor, porque el aplomo de su hermana Margarita le había gustado. No guardaba rencor a La Mole, y si le había esperado con cierta impaciencia en el corredor, fue porque para él suponía aquello una especie de caza mayor.

Alençon, por el contrario, estaba muy preocupa­do. La repulsión que siempre sintiera hacia La Mole se había trocado en odio desde el momento en que supo que su hermana le quería.

Margarita estaba a la vez pensativa y atenta. Tenía que meditar y vigilar al mismo tiempo.

Los delegados polacos habían enviado el texto de los discursos que iban a pronunciar.

Margarita, a quien no habían vuelto a hablar de la escena de la víspera como si ésta no hubiese existido, leyó los discursos y, a excepción de Carlos, cada cual puso a discusión lo que respondería. Carlos dejó a su hermana en libertad de contestar como quisiera. Se mostró muy exigente sobre los términos empleados por Alençon, y, en cuanto al discurso de Enrique de Anjou, puso la peor voluntad al escucharlo, empeñán­dose a cada paso en corregir y reformar.

Esta sesión, sin descubrir nada todavía, envenenó profundamente los espíritus.

Enrique de Anjou, que tenía que rehacer casi por entero su discurso, salió para dedicarse a esta tarea. Margarita, que no había tenido noticias del rey de Na­varra después de las que recibió a costa de los cristales de su ventana, volvió a su cuarto con la esperanza de encontrarle.

Alençon, que había notado cierta vacilación en los ojos de su hermano el duque de Anjou y había sor­prendido entre éste y su madre una mirada de inteli­gencia, se retiró para meditar sobre lo que consideraba una intriga en ciernes. Carlos pensaba ir a su fragua, para terminar un venablo que él mismo forjaba, cuan­do le detuvo Catalina.

Carlos, suponiendo que iba a encontrar en su ma­dre algún obstáculo a su voluntad, se quedó parado mirándola fijamente.

—¿Qué? ¿Hay algo más?

—Una palabra todavía, señor. Nos hemos olvida­do de algo que, sin embargo, tiene suma importancia. ¿Qué día fijaremos para la ceremonia oficial?

—¡Ah! Es cierto —dijo el rey volviéndose a sen­tar—. ¿Cuándo os parece mejor que sea?

—Creía —respondió Catalina— que en el silencio de Vuestra Majestad, en su aparente olvido, había algo profundamente calculado.

—No; ¿por qué suponías eso?

—Porque —añadió Catalina con fina ironía— me parece que no conviene que los polacos nos vean correr con tanta prisa detrás de su corona.

—Al contrario, madre mía —replicó Carlos—, ellos son quienes se han apresurado viniendo a mar­chas forzadas desde Varsovia. Honor por honor, cor­tesía por cortesía.

—Vuestra Majestad puede tener razón en cierto sentido y, como vos, la puedo tener yo en otro. ¿De modo que opináis que la ceremonia oficial debe apre­surarse?

—En efecto, madre. ¿No opináis vos lo mismo?

—Ya sabéis que no tengo otro parecer que no sea el que pueda contribuir a vuestra gloria; os diré, pues, que, al apresuraros de tal modo, temo que os acusen de aprovechar la ocasión que se presenta para aliviar al rei­no de Francia de las cargas que vuestro hermano le im­pone, aun cuando por otra parte se las compensa con gloria y abnegación.

—Os aseguro que trataré a mi hermano cuando sal­ga de Francia tan espléndidamente, que nadie se atreve­rá siquiera a pensar lo que teméis que digan.

—Me doy por vencida —dijo Catalina—, puesto que tan excelentes respuestas tenéis para mis objecio­nes... Pero para recibir a ese pueblo guerrero que juz­ga del poder de los Estados por los signos exteriores, os hace falta un despliegue considerable de tropas y no creo que haya bastantes acuarteladas en Ille—de­ France.

—Perdonadme, pero ya he previsto el caso y estoy preparado. He llamado dos batallones de Normandía, uno de Guyena, mi compañía de arqueros llegó ayer de Bretaña; la caballería ligera dispersa en Turena estará hoy en París y, mientras todos creen que dispongo apenas de cuatro regimientos, resulta que tengo veinte mil hombres dispuestos a presentarse.

—¡Ah! ¡Ah! —exclamó Catalina sorprendida—. Entonces sólo os falta una cosa, pero ya la buscaremos.

—¿Cuál?

—Dinero. Creo que no estáis muy bien de fondos.

—Al contrario, señora, al contrario, tengo un mi­llón cuatrocientos mil escudos en La Bastilla. Mis aho­rros particulares me han proporcionado hace poco ochocientos mil más que deposité en los sótanos del Louvre y, en caso de que no fuera bastante, Nantoui­llet tiene otros trescientos mil a mi disposición.

Catalina se estremeció; hasta entonces había visto a Carlos en plan violento y arrebatado, pero jamás pre­visor.

—¡Es admirable! ——dijo—. Vuestra Majestad pien­sa en todo pero, por mucho que se apresuren los sas­tres, las bordadoras y los joyeros, Vuestra Majestad no podrá fijar la fecha de esta ceremonia antes de seis se­manas.

—¡Seis semanas! —exclamó Carlos—. ¡Pero, ma­dre mía, si los sastres, las bordadoras y los joyeros es­tán trabajando desde el día en que se supo el nombra­miento de mi hermano! En rigor, todo podría estar listo para hoy, pero, con seguridad, estará todo dis­puesto para dentro de tres o cuatro días.

—¡Oh! —murmuró Catalina—. Tenéis más prisa aún de lo que yo creía.

—Honor por honor, ya os lo he dicho.

—Bien. ¿Y es este honor tributado a la familia real de Francia el que os halaga?

—Sin duda.

—¿Y ver a un príncipe francés en el trono de Po­lonia es vuestro mayor deseo?

—Desde luego.

—Entonces, lo que os preocupa es el hecho y no el hombre, y cualquiera que fuese el rey...

—No, no, madre. ¡Pardiez! Quedémonos donde estamos. Los polacos han elegido acertadamente. Son diestros y fuertes. Es lógico que una nación militar, un pueblo de soldados, elija a un capitán como rey, ¡qué diantre! Anjou les viene como anillo al dedo: el héroe de Jarnac y de Moncontour, ¡ahí es nada!... ¿A quién queréis que les envíe? ¿A Alençon? ¡Valiente cobarde! ¡Les iba a dar buena idea de los Valois! Alençon saldría huyendo al oír el primer tiro, mientras que Enrique de Anjou es un buen batallador, la espada siempre en la mano, y dispuesto a toda hora a marchar en vanguar­dia, ya sea a caballo o a pie. Es audaz; corre, arremete, golpea, mata... ¡Ah! Es todo un hombre, un valiente, que les hará pelear de la mañana a la noche, desde el primer al último día del año. Es mal bebedor, es cierto, pero les hará luchar con la mayor sangre fría. Allí esta­rá en su elemento mi buen Enrique. ¡A ellos! ¡Al cam­po de batalla! ¡Bravo las trompetas y los tambores! ¡Viva el rey! ¡Viva el vencedor! ¡Viva el general! Le proclamarán «Imperator» tres veces al año. Esto será admirable para la Casa reinante de Francia y para el ho­nor de los Valois... Quizá muera; pero, ¡por todos los cielos!, su muerte será una muerte soberbia.

Catalina se estremeció y en sus ojos brilló un re­lámpago.

—¡Decid mejor —exclamó— que queréis alejar a Enrique de Anjou, decid que no amáis a vuestro her­mano!

—¡Ja, ja, ja! —exclamó Carlos con risa nerviosa—. ¿Conque habéis adivinado que quería alejarle? ¿Ha­béis adivinado que no le quiero? ¿Y cuándo ha sido eso, decidme? ¡Querer a mi hermano! ¿Por qué he de quererle? ¡Ja, ja, ja! ¿Queréis reíros?... —A medida que hablaba, sus pálidas mejillas se encendían con un rubor febril—. ¿Acaso me quiere él? ¿Acaso me queréis vos? ¿Existe alguien que me quiera, que me haya querido nunca, excepto mis perros, María Touchet y mi nodri­za? No, no quiero a mi hermano, no quiero a nadie más que a mí mismo, ¿oís?, y no impido a mi hermano que haga lo mismo que yo.

—Señor —dijo Catalina acalorándose a su vez—, ya que me descubrís vuestro corazón, será preciso que yo os muestre el mío. Estáis obrando como un rey dé­bil, como un monarca mal aconsejado, apartáis a vues­tro hermano, el sostén natural del trono, que es digno por todos conceptos de sucederos en el caso de que os ocurriera una desgracia, dejando vuestra corona abandonada, ya que, como vos mismo decíais, Alençon es joven, incapaz, débil, más aun que débil, cobarde... Y el bearnés aguarda, ¿os dais cuenta?

—¡Por vida de todos los diablos! —gritó Carlos—. ¿Qué me importa lo que suceda cuando yo ya no exis­ta? ¿Decís que el bearnés aguarda detrás de mi herma­no? ¡Pardiez! ¡Tanto mejor!... Os acabo de decir que no quiero a nadie...; me he equivocado: quiero a En­riquito; sí, le quiero; tiene franca la mirada y el corazón ardiente, mientras que a mi alrededor no siento más que falsas miradas y corazones yertos. Juraría que es incapaz de traicionarme. Además, le debo una indem­nización; según he oído decir, fueron gentes de mi fa­milia quienes mandaron envenenar a su madre, ¡pobre muchacho! Ahora tengo salud, pero, si cayera enfer­mo, le llamaría y no dejaría que se apartara de mí, ni comería nada que no viniese de su mano y, al morir, le nombraría rey de Francia y de Navarra... Y, ¡por Sata­nás!, en lugar de reírse de mi muerte, como harán mis hermanos, Enriquito lloraría, o, por lo menos, fingiría llorar.

Un rayo que hubiera caído a los pies de Catalina la habría aterrado menos que estas palabras. Se quedó atónita, mirando a Carlos con ojos extraviados y, por fin, al cabo de algunos segundos, exclamó:

—¡Enrique de Navarra! ¡Enrique de Navarra rey de Francia en perjuicio de mis hijos! ¡Ah! ¡Virgen San­ta! Eso lo veremos. ¿Y es para esto para lo que queréis que se vaya mi hijo?

—¡Vuestro hijo!... ¿Y qué soy yo, entonces? ¡Un hijo de loba, como Rómulo! —gritó Carlos trémulo de ira y con los ojos centelleantes como si se fuera encen­diendo por momentos—. ¡Vuestro hijo! Tenéis razón, el rey de Francia no es hijo vuestro, el rey de Francia no tiene hermanos, el rey de Francia no tiene madre, el rey de Francia no tiene más que vasallos. El rey de Francia no tiene necesidad de afectos, le basta con mandar. Poco le importa que nadie le quiera, con tal de que le obedezcan.

—Señor, habéis interpretado mal mis palabras: he llamado hijo mío al que iba a separarse de mí. Es natu­ral que ahora le quiera más, puesto que es el que tengo más miedo de perder. ¿Es un crimen el que una madre no quiera separarse de su hijo?

—Pues yo os digo que os dejará, que saldrá de Francia, que se irá a Polonia, y esto antes de dos días; si agregáis una palabra más, será mañana mismo, y si no inclináis la frente y apagáis vuestra mirada amenaza­dora, le estrangularé esta noche, como queríais que es­trangularan anoche al amante de vuestra hija. Sólo que no le dejaré escapar, como nos pasó anoche con el se­ñor de La Mole.

Ante esta primera amenaza, Catalina bajó la cabe­za, pero en seguida volvió a erguirla.

—¡Ah! ¡Pobre hijo mío! —dijo—. ¡Tu hermano quiere matarte! Pues bien: vive tranquilo, lo madre lo defenderá. Morirá, no ya esta noche, ni dentro de un momento, sino ahora mismo. ¡Ah! ¡Dadme un arma! ¡Una daga! ¡Un cuchillo!...

Carlos, después de buscar en torno suyo inútil­mente lo que pedía, vio el puñalito que su madre lleva­ba en la cintura, se lanzó sobre él, lo sacó de la vaina de cuero con incrustaciones de plata y, de un salto, estuvo fuera de la habitación, dispuesto a matar a Enrique de Anjou donde le encontrara. Pero, al llegar al vestíbulo, sus fuerzas, sobreexcitadas hasta un límite fuera de to­da resistencia humana, le abandonaron de golpe: exten­dió los brazos, dejó caer el arma puntiaguda, que que­dó clavada en el suelo, y, lanzando un grito terrible, se dobló sobre sí mismo y cayó rodando.

Por boca y nariz manaba abundante sangre.

—¡Jesús! —dijo—. ¡Me matan! ¡A mí! ¡A mí!

Catalina, que le había seguido, le vio caer. Le miró por un momento impasible a inmóvil; luego, vuelta en sí y no por amor maternal, sino por lo comprometido de la situación, abrió la puerta y gritó:

—¡El rey se ha puesto malo! ¡Socorro! ¡Socorro!

Avisados por los gritos, se agruparon en torno del joven rey multitud de servidores oficiales y cortesanos. Antes que nadie se había precipitado una mujer que, apartando a los espectadores, levantó a Carlos pálido como un cadáver.

—¡Me matan, nodriza! ¡Me matan! —murmuró el rey bañado en sangre y sudor.

—¡Te matan, Carlos mío! —exclamó la buena mujer, recorriendo todos los rostros con una mirada que hizo retroceder incluso a la misma Catalina—. ¿Y quién lo mata?

Carlos exhaló un leve suspiro y perdió el sentido.

—¡Ah! —dijo el médico Ambrosio Paré, a quien se mandó inmediatamente a buscar—. ¡El rey está muy enfermo!

«Ahora, de grado o por fuerza —se dijo la impla­cable Catalina—, tendrá que aplazar la ceremonia.»

Con tal pensamiento abandonó al rey para ir a re­unirse con su segundo hijo, que esperaba en el oratorio con ansiedad el resultado de esta entrevista tan impor­tante para él.

X. EL HOROSCOPO

Al salir del oratorio, donde acababa de contar a Enrique de Anjou todo lo ocurrido, Catalina encontró a Renato en su habitación.

Era la primera vez que se veían la reina y el astró­logo desde la visita que hizo Catalina a la tienda del puente de Saint—Michel.

Le había escrito la víspera y Renato traía personal, mente la respuesta.

—¿Le habéis visto? —dijo la reina.

—Sí.

—¿Cómo sigue?

—Un poco mejor.

—¿Puede hablar?

—No, la espada le atravesó la laringe.

—¡No os dije que en ese caso le hicierais escribir!

—Lo intenté; reunió todas sus fuerzas, pero su ma­no no pudo trazar más que dos letras casi ilegibles y lue­go se desmayó. Ha perdido mucha sangre por la herida de la yugular y se ha quedado muy débil.

—¿Visteis esas letras?

—Helas aquí.

Renato sacó un papel del bolsillo y se lo entregó a Catalina, que lo desdobló ansiosamente.

—Una M y una 0... ——dijo—. ¿Será realmente La Mole y toda esta comedia de Margarita el medio de desviar las sospechas?

—Señora —dijo Renato—, si me atreviera a emitir mi parecer en una cuestión en la que Vuestra Majestad parece vacilar, diría que creo al señor de La Mole de­masiado enamorado para ocuparse seriamente de cues­tiones políticas.

—¿De veras?

—Sí, y sobre todo, demasiado enamorado de la rei­na de Navarra para servir con fidelidad al rey, pues no hay verdadero amor sin celos.

—¿Creéis que está tan enamorado?

—Estoy seguro.

—¿Ha recurrido a vos?

—Sí.

—¿Os pidió algún filtro o brebaje?

—No. Nos limitamos a la figurita de cera.

—¿La que tiene el corazón atravesado?

—La misma.

—¿Existe todavía?

—Sí.

—¿Está en vuestra casa?

—En mi casa está.

—Sería curioso —dijo Catalina— que esos proce­dimientos cabalísticos tuviesen realmente el efecto que se les atribuye.

—Vuestra Majestad puede saberlo mejor que yo.

—¿Aura la reina de Navarra al señor de La Mole?

—Le ama hasta el punto de perderse por él. Ayer le salvó de la muerte arriesgando su honor y su vida, ya veis, señora, y sin embargo, seguís dudando.

—¿Dudando? ¿De qué?

—De la ciencia.

—Es que también la ciencia me ha traicionado—di­jo Catalina mirando fijamente a Renato, quien sostuvo de forma admirable aquella mirada.

—¿En qué ocasión?

—¡Oh! Ya sabéis a lo que me refiero; a menos que sea el sabio y no la ciencia.

—No sé lo que queréis decir, señora —respondió el florentino.

—Renato, ¿han perdido su fragancia vuestros per­fumes?

—No, señora, cuando los empleo yo; pero es po­sible que al pasar por manos ajenas...

Catalina sonrió y meneó la cabeza.

—Vuestro carmín hace maravillas, Renato —di­jo—, y la señora de Sauve tiene los labios más frescos y más rojos que nunca.

—No hay que felicitar por esto a mi pasta de car­mín, señora, puesto que la baronesa de Sauve, usando del derecho que a ser caprichosa tiene toda mujer boni­ta, no ha vuelto a hablarme de ella, y yo, por mi parte, después de la recomendación que me hiciera Vuestra Majestad, creí mejor no enviársela. Los estuches están, pues, en mi casa tal como los dejasteis, excepto uno que ha desaparecido sin que se sepa quién lo ha cogido ni qué use ha podido darle.

—Está bien, Renato —dijo Catalina—, quizá vol­vamos a hablar de esto más tarde; mientras tanto, ha­blemos de otra cosa.

—Os escucho, señora.

—¿Cómo se puede apreciar la duración probable de la vida de una persona?

—Hay que saber ante todo el día de su nacimiento, la edad que tiene y bajo qué signo vio la luz primera.

—¿Y qué más?

—Se precisa sangre suya y un mechón de sus ca­bellos.

—¿Me diréis la época probable de su muerte si os traigo sangre suya, un mechón de su pelo y si os digo bajo qué signo ha nacido, la edad y el día en que vino al mundo?

—Sí, aproximadamente.

—Perfecto. Ya tengo los cabellos, la sangre me la procuraré.

—¿Esa persona nació de día o de noche?

—Alas cinco y veintitrés minutos de la tarde.

—Estad mañana a las cinco en mi casa; la experien­cia debe hacerse a la misma hora del nacimiento.

—De acuerdo; iremos.

Renato saludó y salió sin notar aparentemente la expresión iremos que indicaba que Catalina, contra su costumbre, no iría sola.

Al día siguiente, muy temprano, Catalina fue a la alcoba de su hijo Carlos. Había mandado preguntar por él a medianoche y le respondieron que Ambrosio Paré se hallaba junto al rey, dispuesto a sangrarle en el caso de que continuara la misma agitación nerviosa.

Estremeciéndose todavía en sueños y blanco por la pérdida de sangre, Carlos dormía apoyado en el hom­bro de la nodriza, quien, sentada a la cabecera del le­cho, llevaba tres horas sin cambiar de postura por no turbar el reposo de su querido niño.

De vez en cuando aparecía entre los labios del en­fermo una ligera espuma, que la nodriza enjugaba en un fino pañuelo de batista bordado. Sobre la almohada había otro pañuelo con grandes manchas de sangre.

Catalina tuvo por un instante la idea de apoderarse de este pañuelo, pero pensó que aquella sangre mez­clada con saliva no tendría quizá la misma eficacia. Preguntó a la nodriza si el médico no había sangrado a su hijo como anunciara, a lo que ésta respondió que sí y que la sangría había sido tan abundante que Carlos se había desmayado dos veces.

La reina madre, que como todas las princesas de aquella época poseía algunas nociones de medicina, quiso ver la sangre; nada más fácil, pues el médico re­comendó que se conservara para estudiar sus reac­ciones.

Estaba en una vasija, en el gabinete contiguo al dormitorio. Catalina fue a examinarla, llenando de paso un frasquito que traía a propósito. A poco volvió, ocultán­dose las manos en los bolsillos, pues las puntas de sus dedos hubieran delatado la profanación que acababa de cometer.

En el momento en que pisaba el umbral de la alco­ba, Carlos abrió los ojos y advirtió la presencia de su madre. Recordando entonces, como después de un sue­ño, todas sus ideas rencorosas, dijo:

—¡Ah! ¿Sois vos, señora? Pues bien, anunciad a vuestro hijo predilecto, a vuestro querido Enrique de Anjou, que será mañana.

—Mi querido Carlos —dijo Catalina—, será cuan­do queráis. Tranquilizaos y dormid.

Como si hubiera cedido a este consejo, Carlos ce­rró efectivamente los ojos. Catalina, que le había dicho aquellas palabras como quien consuela a un niño o a un enfermo, salió de la habitación. En cuanto Carlos oyó cerrar la puerta se incorporó en la cama y con una voz ahogada por los accesos que todavía sufría gritó:

—¡Mi canciller! ¡Los sellos! ¡La corte!... ¡Que me traigan todo!

La nodriza colocó tiernamente la cabeza del rey donde estaba y trató de cantarle algo, como cuando era niño, para que se durmiera.

—No, no, nodriza, no dormiré más. Llamad a mi gente; quiero trabajar esta mañana.

Cuando Carlos hablaba así era preciso obedecer.

Hasta la misma nodriza, pese a los privilegios que le otorgaba el rey, no hubiera osado oponerse a sus órde­nes. Se hizo venir a. quienes el rey llamaba, y la ceremo­nia, ya que no para el día siguiente, fue fijada para cinco días después.

Mientras tanto, a la hora convenida, es decir, a las cinco, la reina madre y el duque de Anjou se dirigieron a casa de Renato, que ya les esperaba y había preparado todo lo necesario para la misteriosa consulta.

En la habitación de la derecha, es decir, en la desti­nada a los sacrificios, enrojecía sobre un brasero en­cendido una hoja de acero destinada a revelar por los caprichosos arabescos que se dibujaran sobre ella el destino de la persona cuyo oráculo se hacía. Encima del altar estaba preparado el libro de la suerte, y du­rante la noche, que había sido muy clara, Renato había podido estudiar la marcha y la posición de las conste­laciones.

Enrique de Anjou fue el primero en entrar; llevaba peluca, y mientras una careta cubría su rostro, una gran capa disimulaba su figura.

Su madre llegó en seguida, y a no ser porque ya sa­bía que su hijo la aguardaba allí, no hubiera podido re­conocerle. Catalina se quitó el antifaz, pero el duque de Anjou permaneció enmascarado.

—¿Hicisteis anoche las observaciones? —pregun­tó Catalina.

—Sí, señora, y la respuesta de los astros ya me ha permitido conocer el pasado. La persona que me con­sultáis tiene, como todas las nacidas bajo el signo de Cáncer, el corazón ardiente y un orgullo sin igual. Es poderoso, ha vivido cerca de un cuarto de siglo y hasta ahora le deparó el Cielo gloria y riqueza. ¿Es cierto es­to, señora?

—Tal vez —dijo Catalina.

—¿Tenéis los cabellos y la sangre?

—Aquí están.

Catalina entregó al nigromante un rizo de cabellos de un rubio leonado y un frasquito de sangre.

Renato cogió la botella, la sacudió para mezclar bien la fibrina con la serosidad y dejó caer sobre el en­rojecido acero una gota de aquella sangre, que hirvió inmediatamente y se extendió formando fantásticos dibujos.

—¡Oh, señora! —exclamó Renato—. Le veo retor­cerse víctima de atroces dolores. ¿Oís cómo gime y pide auxilio? ¿Veis como todo se vuelve sangre en tor­no suyo? ¿Veis, en fin, cómo junto a su lecho de muer­te se libran grandes combates? Mirad, aquí están las lanzas, aquéllas son las espadas.

—¿Y esto durará mucho? —preguntó Catalina, presa de una indecible emoción y sujetando la mano de Enrique de Anjou, que, muerto de curiosidad, se incli­naba sobre el brasero.

Renato se acercó al altar y dijo una frase cabalística con tal convicción y ardor, que se le hincharon las ve­nas de sus sienes y su cuerpo se agitó en convulsiones y estremecimientos nerviosos, como los que sufrían las antiguas pitonisas en el trípode y que se prolongaban hasta su lecho de muerte.

Por fin se levantó y dijo que todo estaba dispuesto; cogió con una mano el frasco de sangre lleno aún en sus tres cuartas partes y con la otra el mechón de pelo. Luego, indicando a Catalina que abriera el libro al azar y se fijara en lo primero que vieran sus ojos, vertió so­bre la lámina de acero el resto de la sangre y arrojó en el brasero todos los cabellos pronunciando al mismo tiempo unas palabras cabalísticas en hebreo que ni él mismo comprendía.

El duque de Anjou y Catalina vieron inmediata­mente que sobre la lámina de acero se extendía una fi­gura blanca que parecía un cadáver envuelto en su su­dario.

Otra figura que semejaba la de una mujer se inclina­ba sobre la primera.

Simultáneamente ardieron los cabellos producien­do una sola llamarada, luminosa, rápida y puntiaguda como una lengua.

—¡Un año! —exclamó Renato—. Transcurrido apenas un año, ese hombre habrá muerto y sólo una mujer le llorará. Pero no, más allá, al extremo de la hoja hay otra mujer que parece tener un niño en brazos.

Catalina miró a su hijo y, a pesar de ser madre, pareció preguntarle quiénes podrían ser aquellas mujeres. En cuanto Renato concluyó de interpretar los sig­nos, la lámina de acero volvióse blanca. Todo se había borrado gradualmente.

Catalina abrió entonces el libro al azar y leyó, con una voz cuya alteración no pudo disimular a pesar de su empeño, el siguiente párrafo: «Así pereció aquel a quien temían; muy pronto, demasiado pronto, por fal­ta de prudencia.»

Un profundo silencio reinó durante algún tiempo alrededor del brasero.

—Y para aquel que tú sabes —preguntó Catali­na—, ¿cuáles son los signos de este mes?

—Florecientes como siempre, señora. A menos que alguien pueda vencer al destino en una lucha titánica, el porvenir pertenece sin duda a ese hombre. No obs­tante...

—No obstante, ¿qué?

—Una de las estrellas que componen su pléyade permaneció durante mis observaciones cubierta por una nube negra.

—¡Ah! —exclamó Catalina—. ¡Una nube negra!... ¿Habrá entonces alguna esperanza?

—¿De quién habláis, señora? —preguntó el duque de Anjou.

Catalina llevó a su hijo lejos del resplandor del brasero y le habló en voz baja.

Durante este tiempo, Renato se arrodilló, y a la luz de la llama, vertiendo en su mano la última gota de san­gre que había quedado en el frasco, dijo:

—¡Extraña contradicción que prueba cuán poco sólidos son los testimonios simples que practican los hombres vulgares! Para cualquier otro, para un médi­co, para un sabio, para el mismo Ambrosio Paré, ésta es una sangre tan pura, tan fecunda, tan llena de ácidos y jugos animales que promete largos años de vida al cuerpo del que proviene y, sin embargo, todo este vigor debe desaparecer pronto y toda esta vida se extin­guirá antes de que transcurra un año.

Catalina y Enrique de Anjou se hallaban vueltos hacia él y escuchando.

Los ojos del príncipe brillaban a través de su ca­reta.

—¡Ah! —continuó Renato—. A los sabios co­rrientes sólo les pertenece el presente, mientras que a nosotros nos pertenecen el pasado y el porvenir.

—¿De modo que seguís creyendo que morirá den­tro de un año? —preguntó Catalina.

—Tan cierto es lo que digo, como que los tres que estamos aquí yaceremos algún día en una fosa.

—Sin embargo, decíais que la sangre era pura y fe­cunda; ¿no opinabais antes que una sangre así prometía una larga existencia?

—Sí, si la cosas siguieran su curso natural. Pero es posible que un accidente...

—¡Ah! ¿Oís? —dijo Catalina a Enrique—. Un ac­cidente...

—¡Ay de mí! —repuso éste—. Razón de más para quedarme.

—¡Oh! No penséis en eso, es imposible.

—Gracias —dijo el joven, dirigiéndose hacia Re­nato y cambiando el timbre de su voz—, gracias; toma esta bolsa.

—Venid, conde —dijo Catalina, dando adrede a su hijo un título que alejara toda sospecha.

Dicho esto, se fueron.

—¡Ya veis, madre mía! —dijo Enrique—. ¡Un ac­cidente!... Y si este accidente se produce, yo no estaré aquí, estaré a cuatrocientas leguas de vos.

—Cuatrocientas leguas se recorren en ocho días, hijo mío.

—Sí, pero quién sabe si aquellas gentes me dejarán volver. ¡Que no pueda quedarme, madre mía!

—¿Quién sabe —dijo Catalina— si el accidente a que se refiere Renato no es el que mantiene desde ayer al rey en su lecho de dolor? Escuchad; volved solo al palacio; yo voy a pasar por la puertecita del claustro de los Agustinos, allí me aguarda mi séquito. Marchaos, Enrique, y tratad de no irritar a vuestro hermano si vais a verle.

XI. CONFIDENCIAS

De la primera cosa que se enteró el duque de Anjou al volver al Louvre fue de que la recepción de los emba­jadores había sido retrasada cinco días. Los sastres y joyeros esperaban al príncipe con magníficos trajes y soberbias alhajas, encargo del propio rey.

Mientras se probaba todo aquello con una cólera que humedecía sus ojos, Enrique de Navarra contem­plaba embelesado un espléndido collar de esmeraldas, una espada con la empuñadura de oro y un precioso ani­llo, todo lo cual se lo había enviado Carlos aquella mis­ma mañana.

Alençon acababa de recibir una carta y se encerró en su cuarto para leerla con entera libertad.

En cuanto a Coconnas, digamos que buscaba a su amigo por todos los rincones del Louvre. No le sor­prendió nada que La Mole no apareciera en toda la noche, pero al llegar la mañana comenzó a sentirse in­quieto; en consecuencia, comenzó la búsqueda de su amigo por la posada A la Belle Etoile. De allí se enca­minó a la calle de Cloche—Percée, luego a la de Tizon, para salir al puente de Saint—Michel y acabar por últi­mo en el Louvre.

Esta investigación para conocer el paradero de La Mole fue llevada a cabo de un modo tan nuevo y exigente, cosa nada difícil de suponer dado el carácter ex­céntrico de Coconnas, que dio lugar a un incidente con tres caballeros de la corte, incidente que terminó según la moda de la época, es decir, en el terreno del honor. Coconnas puso en los sucesivos encuentros la concien­cia que solía poner en aquella clase de asuntos, de mo­do que mató al primer contrincante y dejó heridos a los otros dos, diciendo:

—¡Con el latín que sabía el pobre La Mole!

Hasta tal punto insistió, que el último en caer, el barón de Boissey, le dijo:

—¡Por el amor de Dios, Coconnas, cambia por lo menos de estribillo y di que sabía griego!

La aventura del corredor había trascendido y, al conocerla, Coconnas se afligió en extremo, pues creyó por un instante que todos aquellos reyes y príncipes habían matado a su amigo escondiéndolo luego en al­guna cueva.

Se enteró de que Alençon había sido de la partida y, sin considerar la altura de su rango, fue a su encuen­tro y le pidió una explicación, tal y como hubiera he­cho con un simple gentilhombre.

Alençon sintió deseos en un principio de echar al impertinente que iba a pedirle cuenta de sus actos, pero Coconnas hablaba tan de prisa, lanzaban tales destellos sus ojos y la aventura de los tres duelos celebrados en menos de veinticuatro horas habían colocado tan alto el prestigio del piamontés, que, en lugar de ceder a su primer impulso, reflexionó y respondió al caballero con encantadora sonrisa:

—Mi querido Coconnas, es cierto que el rey, fu­rioso de que le cayera una palangana de plata sobre un hombro; el duque de Anjou, disgustado por el remo­jón de compota de naranjas; y el duque de Guisa, hu­millado por la ofensa que supone recibir sin previo aviso un cuarto de jabalí en la cabeza, intentaron matar al señor de La Mole; pero un amigo de vuestro amigo desvió el golpe. El intento fracasó, os doy mi palabra de príncipe.

—¡Ah! —exclamó Coconnas, respirando profun­damente al oírle—. ¡Voto al diablo, monseñor, que es una buena acción y me gustaría conocer a ese amigo para testimoniarle mi gratitud!

Alençon no respondió, pero sonrió de un modo in­sinuante, lo que hizo suponer a Coconnas que el tal amigo no era otro que el propio príncipe.

—Ya que me habéis contado el comienzo de la his­toria, monseñor—dijo Coconnas—, extremad vuestras bondades y contadme el final. Querían darle muerte y no lo consiguieron. ¿Qué hicieron entonces? Soy valiente y sabré soportar cualquier mala noticia. Vamos, decídmelo, ¿le han arrojado en alguna mazmorra? Tan­to mejor, eso le hará prudente. Nunca quiere escuchar mis consejos. Además, ya le sacaremos, ¡pardiez! ¡Las piedras no son igual de duras para todo el mundo!

Alençon movió la cabeza.

—Lo peor de todo, mi querido Coconnas, es que lo amigo desapareció después de esta aventura sin que se haya vuelto a saber nada de él.

—¡Voto al diablo! —exclamó el piamontés, pali­deciendo de nuevo—. Aunque estuviera en el infierno yo sabré encontrarle.

—Escucha—dijo Alençon, que, aunque por moti­vos diferentes, tenía tantos deseos como Coconnas de saber el paradero de La Mole—, voy a darte un consejo de amigo.

—Dádmelo, monseñor.

—Ve a hablar con la reina Margarita, ella debe de saber qué ha sido de él.

—Si Vuestra Alteza quiere que le confiese una cosa —contestó Coconnas—, le diré que ya había pensado en ello, pero que no me atreví a hacerlo puesto que, aparte de que la reina Margarita me intimida sobrema­nera, temía encontrarla hecha un mar de lágrimas. Pero ya que Vuestra Alteza me asegura que La Mole no ha muerto y que Su Majestad debe de saber dónde se ha­lla, reuniré mis fuerzas a iré a verla.

—Ve, amigo mío—dijo el duque Francisco—, y en cuanto tengas noticias comunícamelas, pues en verdad lo digo que estoy tan inquieto como tú. Tan sólo lo pi­do que lo acuerdes de una cosa, Coconnas, y es...

—¿Qué?

—Que no digas que vas de parte mía, pues, si co­metes esta imprudencia, corres el riesgo de que no lo digan absolutamente nada.

—Monseñor —dijo Coconnas—, desde el mo­mento que Vuestra Alteza me recomienda que guarde el secreto de esto, os aseguro que seré mudo como una tenca o como la reina madre.

—Buen príncipe, excelente príncipe, príncipe mag­nánimo —murmuraba Coconnas mientras se dirigía a las habitaciones de la reina de Navarra.

Margarita esperaba a Coconnas, pues la noticia de su desesperación había llegado hasta ella y, al saber cuáles eran las hazañas a que aquella desesperación le había llevado, casi estaba por perdonarle la forma un tanto ruda en que trataba a su amiga la duquesa de Nevers, a quien el piamontés no había vuelto a llamar desde hacía dos o tres días, a causa de cierto disgusto que les mantenía alejados. En cuanto se hizo anunciar, fue introducido a presencia de la reina.

Coconnas entró sin poder vencer aquella turba­ción de que ya había hablado al duque y que siempre experimentaba al hallarse ante la reina, debida más a la superioridad espiritual de ésta que a su rango. Esta vez, Margarita le recibió con tal sonrisa que le hizo tran­quilizarse en seguida.

—Señora —dijo—, os suplico que me devolváis a mi amigo o que, por lo menos, me digáis dónde está, porque no puedo vivir sin él; suponed a Euríalo sin Niso, a Damón sin Pitias o a Orestes sin Pílades, y apiadaos de mi infortunio, recordando a los héroes que acabo de nombrar y cuyos corazones, os juro, no gana­ban en ternura al mío.

Sonrió Margarita, y después de haberle hecho pro­meter que guardaría el secreto, refirió a Coconnas la huida por la ventana. En cuanto al lugar de su escondite, por reiteradas que fueron las súplicas del piamontés, observó el más profundo silencio. Esto no satisfizo a Coconnas más que a medias, por lo que trató de obtener aquel dato mediante sutilezas diplomáticas de la más alta escuela. Resultó de aquel juego que Margarita viese claramente que el duque de Alençon participaba a me­dias en los deseos de su gentilhombre, por lo que se re­fiere a conocer el paradero de La Mole.

—Pues bien —dijo la reina—, si queréis saber algo positivo respecto a la suerte de vuestro amigo, pregun­tadle al rey de Navarra; es el único que tiene derecho a hablar. En cuanto a mí, todo lo que os puedo decir es que aquel a quien buscáis está vivo; creed en mi pa­labra.

—Creo en algo más significativo aún, señora—res­pondió Coconnas—, y es en que vuestros bellos ojos no dan muestras de haber llorado.

Luego, considerando que no tenía nada que añadir a una frase que poseía la doble ventaja de expresar al mismo tiempo su pensamiento y la elevada opinión que tenía de los méritos de La Mole, Coconnas se reti­ró pensando en reconciliarse con la señora de Nevers, no por ella, sino por averiguar por su conducto lo que no había podido saber de labios de Margarita.

Los grandes dolores son situaciones anormales de las que el alma procura librarse lo antes posible. La idea de dejar a Margarita afligió al principio el corazón de La Mole. Si consintió en huir, fue más bien para salvar la re­putación de la reina que no su propia vida.

Así, pues, al día siguiente por la tarde regresó a Pa­rís para ver a Margarita, que estaría en su balcón. Margarita, por su parte, como si una secreta voz le hubiera anunciado el regreso del joven, llevaba asomada buen rato. La consecuencia fue que ambos se vieron con aquella indecible felicidad que acompaña a los placeres prohibidos. Más aún: el espíritu romántico y melancó­lico de La Mole encontraba cierto encanto. No obs­tante, como el amante verdaderamente enamorado sólo es feliz durante un momento, aquel en que ve o posee a su amada, y sufre durante su ausencia, La Mole, ardiendo en deseos de ver a Margarita, se pre­ocupó de organizar para lo antes posible el hecho que había de proporcionarle esta dicha, es decir, la fuga del rey de Navarra.

Margarita, por su parte, se dejaba llevar por el pla­cer de sentirse amada con tan pura devoción. A menu­do se reprochaba lo que para ella constituía una debili­dad; su espíritu viril, despreciando las mezquindades del amor vulgar, insensible a los detalles que constitu­yen para las almas tiernas el más dulce, el más deseable y el más delicado de todos los encantos, juzgaba sus días, si no enteramente llenos, al menos felizmente concluidos, cuando, hacia las nueve, apareciendo en su balcón cubierta con una capa blanca, divisaba en la orilla del río, dibujado apenas en la oscuridad, a un ca­ballero cuya mano se posaba sobre los labios y sobre el corazón. Una tos significativa recordaba entonces al amante el tono de la voz amada. A veces, un mensaje vigorosamente lanzado por una mano de mujer y que envolvía alguna preciosa joya, mucho más preciosa por haber pertenecido a quien la enviaba que por la materia de que estaba hecha, caía en el suelo a pocos pasos del joven. Entonces La Mole, semejante, a un milano, se precipitaba sobre aquella presa, la apretaba contra su pecho y respondía por un procedimiento análogo. Margarita no abandonaba el balcón hasta que oía per­derse en la noche los cascos de aquel caballo tan ligero al venir y que, al regreso, parecía hecho de una materia más inerte que la del famoso caballo que fue la perdi­ción de Troya.

Queda ya explicado el motivo de por qué la reina no se inquietaba por la suerte de La Mole, a quien, por otra parte, y temiendo que vigilaran sus pasos, negaba obstinadamente toda entrevista que fuera distinta de aquellas citas a la española, que se sucedían desde su fuga y continuaron durante todas las noches anteriores al día señalado para la recepción de los embajadores, recepción que, como se sabe, sufrió un retraso por or­den expresa de Ambrosio Paré.

La víspera de dicha recepción, a eso de las nueve de la noche, cuando todo el mundo en el Louvre se ocu­paba de los preparativos para el día siguiente, Margari­ta abrió su ventana y se asomó al balcón. Apenas había salido cuando La Mole, sin esperar su carta y más im­paciente que de costumbre, enviaba la suya, que fue a caer a los pies de su real amante. Margarita comprendió que la misiva debía de contener algo importante y en­tró en su cuarto para leerla.

En la primera plana del mensaje leyó estas pala­bras: «Señora, es preciso que hable con el rey de Na­varra. El asunto es urgente. Espero.»

Y en otra hoja distinta que podía separarse de la anterior: «Señora y reina mía, haced que pueda daros uno de los besos que os envío. Espero.»

Apenas acababa de leer Margarita esta segunda par­te de la carta cuando oyó la voz de Enrique de Navarra que, con su habitual reserva, llamaba a la puerta y pre­guntaba a Guillonne si podía entrar.

La reina separó rápidamente las dos hojas de la carta, escondió una de ellas en su corpiño y se guardó la otra en el bolsillo, corrió a cerrar la ventana y se acercó a la puerta.

—Entrad, señor—dijo.

Por rápida, silenciosa y hábil que fuese la acción de Margarita de cerrar la ventana, el ruido llegó hasta Enrique, cuyos sentidos casi habían adquirido en aquella corte, de la que tanto desconfiaba, la exquisita delica­deza del hombre que vive en estado salvaje. Pero el rey de Navarra no era uno de esos tiranos que pretenden impedir a sus esposas tomar el aire y contemplar las estrellas.

Estaba risueño y jovial como de costumbre.

—Señora —dijo—, mientras nuestros cortesanos se prueban sus trajes de gala, querría conversar con vos acerca de mis asuntos, que vos, si no me equivoco, se­guís considerando como vuestros.

—Así es, señor —respondió Margarita—, ¿acaso nuestros intereses no son siempre los mismos?

—Sí, señora, y precisamente por eso quería pre­guntaros vuestro parecer con respecto a la actitud del duque de Alençon, quien, desde hace unos días, me huye deliberadamente, hasta el punto de que desde ayer se ha retirado a Saint—Germain. ¿No buscará así el medio de huir solo, puesto que está poco vigilado, o de no huir? ¿Cuál es vuestra opinión, señora? Os confieso que la espero para reafirmar la mía.

—Tiene razón Vuestra Majestad inquietándose por el silencio de mi hermano. He meditado sobre ello todo el día de hoy y mi parecer es que, al cambiar las circuns­tancias, él ha cambiado también.

—Es decir, que al ver al rey Carlos enfermo y al duque de Anjou rey de Polonia, quiere permanecer en París para no perder de vista la corona de Francia, ¿no es cierto?

—Efectivamente.

—Sea. No quiero nada mejor —dijo Enrique­ que se quede. Claro que ahora queda alterado comple­tamente nuestro plan, pues, para irme solo, necesito tres veces más garantías de las que hubiese pedido para huir con vuestro hermano, cuyo nombre y actitud me protegían. Lo que más me extraña es no haber oído ha­blar del señor De Mouy. No es propio de él esto de permanecer inactivo. ¿No habéis tenido noticias suyas, señora?

—¿Yo, señor? —preguntó Margarita sorprendi­da—. ¿Cómo voy a tener yo noticias suyas?

—¡Pardiez, amiga mía! Nada sería más natural; ha­béis consentido para complacerme en salvar la vida al pobre La Mole... El hombre ha debido ir a Nantes... y del mismo modo que ha ido puede haber vuelto.

—¡Ah! Esto me da la clave de un enigma que trato inútilmente de descifrar—respondió Margarita—; dejé la ventana abierta y al entrar en mi habitación encontré encima de la alfombra este mensaje.

—¡Ya veis!... —dijo Enrique.

—Un mensaje que no comprendí al principio y al que no atribuí ninguna importancia —continuó Mar­garita—; pero quizá tengáis vos razón y proceda de esa persona.

—Es posible —dijo Enrique—; hasta me atrevería a decir que es muy probable. ¿Podría ver el papel?

—Naturalmente, señor —respondió Margarita, entregando al rey la hoja que tenía guardada en su bol­sillo.

El rey la leyó.

—¿No es ésta la letra del señor de La Mole? —pre­guntó.

—No sé —dijo Margarita—; los rasgos me han ' parecido bastante desfigurados.

—No importa, leamos: «Señora, es preciso que hable con el rey de Navarra. El asunto es urgente. Es­pero.» ¡Ah! ¿Lo veis? Dice que espera.

—Sí, ya lo veo —dijo Margarita—; pero ¿qué que­réis?

—¡Voto a bríos! Quiero que venga.

—¿Que venga? —exclamó Margarita clavando en su esposo sus bellos ojos atónitos—. ¿Cómo podéis decir semejante cosa, señor? Un hombre a quien el rey ha querido matar... que está señalado, amenazado... ¿Cómo es posible que venga? Las puertas no están he­chas para quienes...

—¿Para quienes han sido obligados a huir por la ventana?

—Exacto, habéis completado mi pensamiento.

—Pues si conocen el camino de la ventana, que vuelvan a recorrerlo, ya que por la puerta no pueden entrar. Es muy sencillo.

—¿Vos creéis? —dijo Margarita enrojeciendo de placer sólo con pensar que vería a La Mole.

—Estoy seguro.

—¿Pero cómo subirá hasta aquí? —preguntó la reina.

—¿No conserváis la escala de cuerda que os envié? ¡Oh! Si es así, no reconocería vuestra habitual previ­sión.

—Sí, señor, la conservo.

—Entonces, perfecto —dijo Enrique.

—¿Qué ordena Vuestra Majestad?

—Sencillamente que la amarréis a vuestro balcón y la dejéis colgar. Si es De Mouy el que espera..., y estoy dispuesto a creerlo...; si es De Mouy, digo, y quiere subir, pues subirá, que es amigo muy fiel.

Sin perder su tranquilidad, Enrique cogió una lamparilla para alumbrar a Margarita en la busca de su escala. No tardaron mucho en encontrarla, pues se ha­llaba guardada en un armario del famoso gabinete.

—Ya está—dijo Enrique—. Ahora, si no es dema­siado exigir de vuestra amabilidad, atad por favor esta escala al balcón.

—¿Por qué he de hacerlo yo y no vos, señor? —preguntó Margarita.

—Porque los mejores conspiradores son los más prudentes. La presencia de un hombre asustaría quizás a nuestro amigo.

Margarita sonrió y sujetó la escala a la barandilla del balcón.

—Muy bien —dijo Enrique, permaneciendo ocul­to en un rincón del cuarto—, mostraos bien ahora: moved la escala para que la vea. Perfectamente; estoy seguro de que De Mouy subirá.

En efecto, diez minutos después un hombre, ebrio de dicha, saltaba los barrotes del balcón y viendo que la reina no salía a su encuentro dudó unos instantes. A cambio de Margarita, apareció Enrique.

—¡Vaya! —dijo amablemente—. No es De Mouy, sino La Mole. Buenas noches, señor de La Mole. En­trad, os lo ruego.

La Mole se quedó estupefacto. De haber estado aún suspendido de la escala en lugar de hallarse en el balcón, es muy posible que se hubiera caído de espal­das en el vacío.

—Deseabais hablar con el rey de Navarra para tratar de asuntos urgentes —intervino Margarita—; pues bien, le hice llamar y aquí le tenéis.

Enrique fue a cerrar la ventana.

—Te amo —dijo Margarita estrechando furtiva­mente la mano del joven.

—Bien, ¿qué nos tenéis qué decir? —preguntó En­rique a La Mole al tiempo que le ofrecía una silla.

—Tengo que deciros, señor —respondió éste—, que dejé al señor De Mouy en las afueras. Desea saber si Maurevel ha hablado y si su presencia en la alcoba de Vuestra Majestad se conoce.

—Todavía no, pero no tardará en conocerse. Es necesario que nos apresuremos.

—Vuestra opinión es la suya, señor, y si mañana por la tarde el duque de Alençon está dispuesto a par­tir, él estará en la puerta de Saint—Marcel con ciento cin­cuenta hombres; quinientos os aguardarán en Fontai­nebleau. Una vez allí seguiréis hasta Blois, Angulema y Burdeos.

—Señora—dijo Enrique volviéndose hacia su mu­jer—, por mi parte estaré listo mañana, ¿lo estaréis vos?

Los ojos de La Mole se clavaron en los de Margari­ta con una profunda ansiedad.

—Tenéis mi palabra —respondió la reina—; a dondequiera que vayáis os seguiré, pero ya sabéis, es necesario que el duque de Alençon salga al mismo tiempo que nosotros. Con él no valen los términos medios; o nos sirve, o nos traiciona. Si vacila, más vale que no nos movamos.

—¿Sabe él algo acerca de ese proyecto? —pregun­tó Enrique.

—Ha debido de recibir hace pocos días una carta del señor De Mouy.

—¡Ah! —dijo Enrique—, pues no me ha comenta­do nada.

—Desconfiad, señor, desconfiad —añadió Marga­rita.

—Tranquilizaos, estoy en guardia. ¿Cómo podré hacer llegar una respuesta al señor De Mouy?

—No os preocupéis, señor. A la derecha o a la iz­quierda de Vuestra Majestad, visible o invisible, De Mouy estará mañana aquí durante la recepción de los embajadores. Una palabra en el discurso de la reina le hará comprender si aceptáis o no, si debe huir o espe­raros. Si el duque de Alençon no acepta, no pide más que quince días para reorganizarlo todo en nombre vuestro.

—Verdaderamente, De Mouy es un hombre ex­traordinario —dijo Enrique—. ¿Podríais intercalar en vuestro discurso la frase convenida, señora?

—Nada más fácil —respondió Margarita.

—Entonces —dijo Enrique— veré mañana al se­ñor de Alençon; que De Mouy esté en su lugar y que media palabra le baste.

—Estará, señor.

—Pues bien, señor de La Mole —añadió Enri­que—, id a llevar mi respuesta. Sin duda tendréis en los alrededores un caballo y un sirviente.

—Me espera Orthon a la orilla del río.

—Id a reuniros con él, señor conde. ¡Oh! No va­yáis por la ventana; eso está bien para las ocasiones graves. Podríais ser visto, y como nadie sabe que es por mí por quien os exponéis de tal modo, compromete­ríais gravemente a la reina.

—¿Por dónde he de bajar entonces, señor?

—Si no podéis entrar solo al Louvre, en cambio podéis salir conmigo, que conozco el santo y seña. Vos tenéis una capa y yo otra; nos embozaremos en ellas y atravesaremos la guardia sin dificultad. Por otra parte, tengo que dar algunas recomendaciones particulares a Orthon. Esperadme aún aquí; voy a ver si no hay nadie en los pasillos.

Enrique, con el aire más natural del mundo, salió con intención de explorar el camino. La Mole quedóse a solas con la reina.

—¿Cuándo os volveré a ver? —preguntó el ena­morado.

—Mañana por la noche si huimos; si nos que­damos, cualquier día de éstos en la calle de Cloche­Percée.

—Señor de La. Mole —dijo Enrique al volver—, podéis seguirme, no hay nadie.

La Mole se inclinó respetuosamente ante la reina.

—Dadle a besar vuestra mano, señora—dijo Enri­que—; el señor de La Mole no es un servidor más.

Margarita obedeció.

—A propósito —dijo Enrique—, guardad con cui­dado la escala, es un elemento precioso para los cons­piradores y, en el momento en que menos se piensa, puede ser útil. Venid, señor de La Mole, venid.

XII. LOS EMBAJADORES

Al día siguiente todo el pueblo de París se encami­naba hacia el barrio de Saint—Antoine, lugar elegido para que hicieran su entrada oficial en la ciudad los embaja­dores polacos. Un cordón de soldados suizos contenía a la multitud y varios destacamentos de jinetes prote­gían la circulación de las damas y caballeros de la corte, que iban al encuentro de la comitiva.

No tardó en aparecer a la altura de la abadía de Saint—Antoine un grupo de caballeros vestidos de rojo y amarillo, con gorros y capas de piel, y que llevaban sables anchos y curvos, como las cimitarras turcas.

Los oficiales venían a los flancos de las filas.

Detrás de este primer grupo venía otro equipado con un lujo verdaderamente oriental. Precedía a los em­bajadores, que en número de cuatro representaban magní­ficamente al más mítico de los reinos caballerescos del siglo XVI.

Uno de los embajadores era el obispo de Cracovia. Vestía un traje semipontificio, semiguerrero, deslum­brante de oro y pedrerías. Su caballo blanco, de largas crines flotantes y paso majestuoso, parecía arrojar fuego por las fauces. Nadie hubiera creído que aquel noble animal recorría desde hacía un mes quince leguas diarias por caminos que el mal tiempo hacía casi impracticables. Junto al obispo venía el cortesano Lasco, poderoso señor, tan vinculado a la corona, que tenía la riqueza y el orgullo de un rey.

Detrás de los dos principales embajadores, a quienes acompañaban otros dos de elevada alcurnia, marchaban una serie de señores polacos cuyos caballos, adornados con arneses de seda, oro y pedrerías, excitaron la ruidosa aprobación del pueblo. Los caballeros franceses, a pesar de la riqueza de sus atavíos, quedaron completamente eclipsados por aquellos recién llegados a quienes llama­ban con desprecio «bárbaros».

Hasta el último momento, Catalina esperó que la recepción fuera retrasada de nuevo y que la voluntad del rey se doblegara debido al estado de postración del monarca. Pero, cuando llegó el día señalado y vio a Carlos, pálido como un espectro, vestir el espléndido manto real, comprendió que debía ceder, por lo menos en apariencia, ante aquella férrea voluntad, y empezó a pensar que el partido mejor para su hijo Enrique de Anjou era el de aceptar aquel magnífico exilio a que estaba condenado.

Aparte de las pocas palabras que pronunciara al abrir los ojos, cuando su madre salía del gabinete, Car­los no había hablado con Catalina desde la escena que provocó la crisis por la que estuvo a punto de morir. En el Louvre nadie ignoraba que se había producido un te­rrible altercado entre ellos, aunque se desconocían los motivos que pudieran ocasionarlo. Lo cierto es que has­ta los más arriesgados temblaban ante aquella frialdad y aquel silencio, como tiemblan los pájaros ante la calma amenazadora que precede a las tormentas.

En efecto, en palacio se había preparado todo más que para una fiesta, para una lúgubre ceremonia. Las órdenes se cumplían con tristeza y pasividad. Se sabía que Catalina casi había temblado y todo el mundo tem­blaba.

La gran sala de recepción del palacio estaba dispuesta. Como esta clase de sesiones eran, por lo gene­ral, públicas, los guardias y centinelas tenían orden de dejar entrar, junto con los embajadores, a toda la gente que cupiese en las habitaciones contiguas y patios.

París ofrecía el mismo aspecto curioso de ocasiones semejantes. Tan sólo un observador atento hubiera re­conocido, entre los grupos compuestos de ingenuas ca­ras de burgueses bonachones, gran número de hombres envueltos en amplias capas que se respondían unos a otros con miradas y signos cuando estaban a cierta dis­tancia y cambiaban en voz baja algunas rápidas palabras cuando se encontraban. Por otra parte, aquellos hom­bres parecían muy interesados en el cortejo, eran los primeros en seguirlo y debían de recibir órdenes de un venerable anciano, cuyos ojos negros y vivos contrasta­ban con su barba blanca y sus cejas grises. En efecto, el anciano, ya fuera por sus propios medios o por los es­fuerzos de sus compañeros, logró deslizarse entre los primeros que entraron en el Louvre y, gracias a la ama­bilidad del jefe de los suizos, digno hugonote muy poco católico pese a su conversión, pudo sentarse detrás de los embajadores, precisamente enfrente de Margarita y de Enrique de Navarra.

Enrique, prevenido por la Mole de que De Mouy asistiría bajo cualquier disfraz a la ceremonia, miró ha­cia todos lados.

Por fin, sus ojos tropezaron con los del anciano y quedaron fijos en ellos. Un signo de De Mouy disipó las dudas que pudiera tener el rey de Navarra. Se había disfrazado tan bien, que el mismo Enrique no acertaba a creer que aquel anciano de barba blanca fuera el in­trépido jefe de los hugonotes que cinco o seis días antes se defendiera con tanto coraje.

A una palabra de Enrique en el oído de su esposa, la reina Margarita fijó sus ojos en De Mouy. Luego su mirada se perdió en las profundidades del salón; bus­caba a La Mole sin poder hallarle.

La Mole no estaba.

Comenzaron los discursos. El primero iba dirigido al rey. Lasco le pedía, en nombre de la Dicta, que aceptara la corona de Polonia para un príncipe de la Casa real francesa.

Carlos respondió, de manera precisa y breve, pre­sentando a su hermano el duque de Anjou, acerca de cuyo valor hizo un gran elogio a los enviados polacos. Hablaba en francés. Un intérprete traducía su respuesta después de cada párrafo. Mientras hablaba el intérprete, pudo verse que el rey se llevaba repetidamente un pa­ñuelo a la boca y que lo retiraba manchado de sangre.

Cuando terminó la contestación de Carlos, Lasco se volvió hacia el duque de Anjou, hizo una reverencia, y comenzó un discurso en latín en el que le ofrecía el trono en nombre del pueblo polaco.

El duque respondió en la misma lengua y, con una voz cuya emoción trataba en vano de disimular, dijo que aceptaba, agradecido, el honor que le conferían.

Mientras estuvo hablando, Carlos permaneció de pie con los labios apretados y los ojos fijos en él, in­móviles y amenazadores como los de un águila.

Cuando el duque de Anjou hubo concluido, Lasco cogió la corona de los Jagellons, que estaba colocada sobre un almohadón de terciopelo rojo, y mientras dos caballeros revestían al duque de Anjou con el manto real, depositó solemnemente la corona en manos de Carlos.

El rey hizo una señal a su hermano. El duque de Anjou fue a arrodillarse ante él y Carlos le puso la co­rona en la cabeza.

Entonces, los dos soberanos cambiaron uno de los besos más llenos de odio que se hayan dado jamás dos hermanos.

En seguida un heraldo gritó:

—Alejandro Eduardo Enrique de Francia, duque de Anjou, acaba de ser coronado rey de Polonia. ¡Viva el rey de Polonia!

Toda la concurrencia repitió al unísono:

—¡Viva el rey de Polonia!

Lasco se volvió entonces hacia Margarita.

El discurso de la hermosa reina había sido reserva­do para el final. Como se hizo así por galantería para que resaltara su ingenio, todo el mundo prestó gran atención a su respuesta, que debía ser pronunciada en latín. Recordemos que ella misma lo había escrito.

Las palabras de Lasco fueron más bien un elogio que un discurso. Como buen sármata cedió a la admira­ción que a todos inspiraba la reina de Navarra y, usando la lengua de Ovidio y el estilo de Ronsard, dijo que, habiendo salido de Varsovia en la más completa oscuri­dad, ni él ni sus compañeros hubieran podido hallar el camino si no hubieran tenido, como los reyes magos, dos estrellas para guiarles; estrellas que se acercaban a Francia y que no eran otras, ahora lo comprobaba, que los ojos de la reina de Navarra. Después, pasando del Evangelio al Corán, de Siria a Arabia y de Nazaret a La Meca, terminó diciendo que estaba dispuesto a hacer lo mismo que hacían los sectarios ardientes del Profeta, quienes, una vez que habían tenido la dicha de contem­plar su sepulcro, se arrancaban los ojos juzgando que después de haber gozado de tan bello espectáculo, nada en el mundo valía la pena de verse.

Este discurso fue sumamente aplaudido, tanto por los que sabían latín y compartían la opinión del orador, como por quienes no lo sabían, pero gustaban de apa­rentarlo.

Margarita hizo primero una graciosa reverencia al galante cortesano y luego, mientras respondía al emba­jador, fijó la vista en De Mouy y comenzó con estas palabras:

—Quod nunc hac in aula insperati adestis exultare­mos ego et conjux, nisi ideo immineret calamitas, scili­cet non solum fratris sed etiam amici orbitas.

Este párrafo tenía dos sentidos, y a pesar de diri­girse a De Mouy, podía muy bien referirse a Enrique de Anjou.

Carlos no se acordaba de haber leído aquella frase en el discurso que su hermana sometiera a su aproba­ción unos días antes, pero no atribuyó gran importan­cia a las palabras de Margarita, pues sabía que se trataba de un discurso de simple cortesía y, además, entendía muy mal el latín.

Margarita continuó:

—Adeo dolemur a te dividi ut tecum profisci maluis­semus. Sed iden fatum quo nunc sine ullâ mord Lutetiâ cedere juberis, hac in urbe detinet. Proficiscere ergo, frater; proficiscere, amice; proficiscere: sine nobis; pro­ficiscentem sequentur spes et desideria nostra.

Como es fácil de suponer, De Mouy escuchaba aquellas palabras con profunda atención, pues aunque iban dirigidas a los embajadores, eran pronunciadas sólo para él. Enrique había movido ya dos o tres veces la cabeza en signo negativo como para hacer entender al joven hugonote que el duque de Alençon había rehusa­do. Aquel gesto que podía ser casual, hubiera parecido insuficiente a De Mouy si las palabras de Margarita no lo hubieran confirmado. Pero mientras miraba a la rei­na Margarita y escuchaba con toda su alma, sus ojos negros, tan brillantes bajo sus cejas grises, llamaron la atención de Catalina, que se estremeció cual si estuviera presa de una conmoción eléctrica, y ya no apartó su mirada de aquel sitio del salón.

—¡Qué rostro más singular! —murmuró mientras componía su semblante conforme a las leyes de la cere­monia—. ¿Quién es este hombre que mira con tanto interés a Margarita y a quien por su parte Enrique y Margarita contemplan del mismo modo?

La reina de Navarra continuó su discurso, que, a partir de aquel momento, respondía a los cumplidos del embajador polaco, mientras Catalina daba vueltas a su cabeza tratando de averiguar quién podría ser aquel hermoso anciano. A todo esto, el maestro de ceremo­nias, acercándose por detrás, le entregó una bolsita de raso perfumado que contenía una hoja de papel dobla­da en cuatro. La abrió, sacó el papel y leyó lo siguiente:

«Maurevel, con ayuda de un cordial que acabo de suministrarle, ha recobrado al fin sus fuerzas y ha lo­grado escribir el nombre de la persona que estaba en la habitación del rey de Navarra. Esta persona es el señor De Mouy.»

«¡De Mouy! —pensó la reina—. ¡Ya me lo supo­nía! Pero ese anciano... ¡Eh! Cospetto!... Ese ancia­no es...»

Catalina se quedó con los ojos fijos en él y la boca abierta.

Luego, inclinándose al oído del capitán de guar­dias, que estaba a su lado, le dijo:

—Mirad, señor de Nancey, pero hacedlo disimula­damente. ¿Veis al señor Lasco, que es quien está hablan­do ahora? Y detrás de él, ¿no veis a un viejo de barba blanca vestido de terciopelo negro?

—Sí, señora —respondió el capitán.

—Bueno, no le perdáis de vista.

—¿Aquel a quien el rey de Navarra ha hecho una seña?

—Precisamente. Apostaos a la salida del Louvre con diez hombres y, cuando salga, invitadle a cenar de parte del rey. Si os sigue, llevadlo a una habitación donde podáis tenerlo seguro. Si os resiste, apoderaos de él vivo o muerto.

Felizmente, Enrique, muy poco atento al discurso de Margarita, tenía la mirada clavada sobre Catalina y no había perdido una sola expresión de su semblante: Viendo que la reina madre fijaba los ojos con tanta in­sistencia en De Mouy, se inquietó, y al ver que daba una orden al capitán de guardias, lo comprendió todo.

Fue en aquel momento cuando se decidió a hacer la seña que sorprendió Nancey y que en aquel lenguaje mudo quería decir: «Estáis descubierto; huid inmedia­tamente.»

De Mouy comprendió el gesto que tan bien co­rrespondía con el párrafo del discurso de Margarita. No se lo hizo repetir dos veces; se perdió entre la mul­titud y desapareció.

Enrique no estuvo tranquilo hasta que vio volver al capitán Nancey y comprendió por la contracción del rostro de la reina madre que éste le anunciaba que ha­bía llegado demasiado tarde.

La sesión había terminado. Margarita cambiaba aún algunas palabras no oficiales con Lasco. El rey se levantó vacilando, saludó y salió apoyado en el hom­bro de Ambrosio Paré, que no se apartaba de él desde el accidente. Le siguieron Catalina, pálida de ira, y En­rique, mudo de dolor.

En cuanto al duque de Alençon, estuvo eclipsado por completo durante toda la ceremonia y ni una sola vez la mirada de Carlos, que no se había apartado ni un instante del duque de Anjou, se fijó en él.

El nuevo rey de Polonia se sintió perdido.

Lejos de su madre, en manos de aquellos bárbaros del norte, parecía Anteo, el hijo de la Tierra, que per­día sus fuerzas al ser levantado por los brazos de Hér­cules.

Una vez pasada la frontera, el duque de Anjou se consideraba excluido para siempre del trono de Francia.

Así, pues, en lugar de seguir al rey, se dirigió a las habitaciones de su madre.

La encontró tan sombría y preocupada como él mismo, pues se hallaba pensando en aquel rostro fino y burlón que no había perdido de vista durante la cere­monia, y en aquel bearnés a quien el destino parecía dejar el campo libre, barriendo a su alrededor a los re­yes, a los príncipes asesinos, a toda clase, en fin, de enemigos y de obstáculos.

Viendo a su hijo predilecto, pálido bajo la corona, extenuado bajo su manto real, uniendo sin decir nada en gesto de súplica sus bellas manos, que había hereda­do de ella, Catalina se levantó y fue a su encuentro.

—¡Oh, madre mía! —exclamó el rey de Polonia—. ¡Estoy condenado a morir en el destierro!

—Hijo mío —dijo Catalina—, ¿tan pronto olvi­dáis la predicción de Renato? Estad tranquilo, no permaneceréis allá mucho tiempo.

—Os ruego, madre, que al primer rumor, a la pri­mera sospecha de que la corona de Francia pueda que­dar vacante, me aviséis...

—Tranquilizaos, hijo —replicó Catalina—; hasta que llegue el día que los dos esperamos, habrá en mis caballerizas un corcel ensillado y en mi antecámara un correo dispuesto para ir a Polonia.

XIII. ORESTES Y PÍLADES

En cuanto partió Enrique de Anjou, se diría que la paz y la felicidad habían vuelto a reinar en el Louvre, en medio de aquella familia de Atridas.

Carlos, olvidando su melancolía, recobraba su vi­gorosa salud. Salía a cazar con Enrique, o hablaba de caza con él los días que no podía salir. Tan sólo una co­sa le reprochaba a su cuñado: su indiferencia por la caza de halcones. Le aseguraba que sería un príncipe perfec­to si supiese adiestrar halcones y gerifaltes, como adies­traba perros perdigueros y sabuesos.

Catalina volvió a ser buena madre; tierna con Car­los y Francisco, amable con Enrique y Margarita, cari­ñosa con la señora de Nevers y la señora de Sauve. Con el pretexto de que había sido herido cumpliendo una orden suya, extremó su bondad hasta el punto de ir a visitar dos veces a Maurevel, convaleciente en su casa de la calle de los Cerezos.

Margarita continuaba haciendo el amor a la española.

Todas las noches abría su balcón y correspondía a La Mole por señas y por escrito; en cada una de sus cartas, el joven recordaba a la reina que le había pro­metido, aunque sólo fuera por unos instantes, y como recompensa a su exilio, estar a su lado en la calle de Cloche—Percée.

Únicamente una persona estaba sola y sin pareja en aquel palacio que volvía a ser tranquilo y apacible.

Esta persona era nuestro amigo el conde Annibal de Coconnas.

Cierto que ya era algo saber que La Mole vivía; también era bastante seguir siendo el preferido de la señora de Nevers, la más risueña y extravagante de to­das las mujeres. Pero toda la felicidad que le propor­cionaban las visitas a la hermosa duquesa, toda la tran­quilidad de espíritu que debía a Margarita por haberle facilitado noticias acerca de la suerte de su común ami­go, no valían para el piamontés tanto como una hora pasada con La Mole en casa de maese La Hurière, fren­te a una botella de vino dulce, o bien durante una de aquellas excursiones nocturnas por los rincones de Pa­rís, en los que un honrado caballero podía recibir agra­vios a su pellejo, a su bolsa o a su traje.

La señora de Nevers, preciso es confesarlo para vergüenza de la humanidad, soportaba muy mal aque­lla rivalidad con La Mole. No es que detestara al pro­venzal, al contrario; arrastrada por ese instinto irresis­tible que hace que toda mujer sea coqueta a su pesar con el amante de otra, sobre todo cuando esta otra es su amiga, no había dejado de deslumbrar a La Mole con los centelleos de sus ojos de esmeralda. Coconnas hubiese podido envidiar los francos apretones de ma­nos y las amabilidades concedidas por la duquesa a su amigo, durante los días caprichosos en que el astro del piamontés parecía palidecer en el cielo de su amada.

Pero Coconnas, que hubiera degollado a quince personas por una sola mirada de los ojos de su dama, sentía tan pocos celos de La Mole, que a menudo, a raíz de ciertas inconsecuencias de la duquesa, le había he­cho al oído ciertos ofrecimientos que ruborizaron al provenzal.

Resultó de este estado de cosas que Enriqueta, a quien la ausencia de La Mole privaba de todas las ventajas que le daba la compañía de Coconnas, es decir, de su inagotable gracia, de sus insaciables caprichos de placer, fue un día a ver a Margarita para suplicarle que le devolviera ese tercero obligado, sin el cual el espíritu y el corazón de Coconnas desfallecían día por día.

Margarita, siempre complaciente y apremiada por los ruegos de La Mole y los deseos de su propio cora­zón, dio una cita para el día siguiente a Enriqueta en la casa de las dos puertas, con intención de tratar allí to­das aquellas cuestiones en una conversación que nadie podría interrumpir.

Coconnas recibió de mala gana el aviso de Enri­queta citándole para las nueve y media en la calle Ti­zon. No por eso dejó de encaminarse al lugar señalado, donde halló a la duquesa enfadada por haber llegado la primera.

—Vaya, señor —le dijo—, es de mala educación hacer esperar .... no diré a una princesa, sino simple­mente a una mujer.

—¡Oh! ¡Esperad! —dijo Coconnas—. Ésta es una expresión muy vuestra. Apostaría, por el contrario, que nos hemos anticipado.

_ —Yo, desde luego.

—¡Bah! Yo también; apenas serán las diez.

—Pero mi carta decía a las nueve y media.

—Por eso salí del Louvre a las nueve, pues, dicho sea de paso, estoy de servicio con el duque de Alençon y tendré que dejaros dentro de una hora.

—Y eso os encanta, ¿verdad?

—No a fe mía, puesto que el señor de Alençon es un amo muy malhumorado y quisquilloso, y para que me regañen, prefiero unos lindos labios como los vuestros que no una boca torcida como la suya.

—Vamos, esto ya está un poco mejor —dijo la du­quesa—. Dijisteis que habíais salido a las nueve del Louvre, ¿no?

—Sí, por cierto. ¡Dios mío!, con la intención de venir directamente aquí, cuando en la esquina de la ca­lle de Grenelle veo a un hombre que se parece a La Mole.

—¡Ya estamos con La Mole!

—¡Siempre! Con vuestro permiso o sin él.

—Grosero.

—Bien —replicó Coconnas—, comencemos nues­tras galanterías.

—No, acabad antes vuestro relato.

—Que conste que yo no quería contaros nada; ha­béis sido vos quien, al preguntarme por qué había lle­gado tarde...

—¡Claro! ¿Acaso debo ser yo quien llegue pri­mero?

—Sin duda; vos no tenéis que buscar a nadie.

—Sois bastante pesado; pero, en fin, continuad. En la esquina de la calle de Grenelle habéis visto a un hom­bre parecido a La Mole. Pero, ¿de qué está manchado vuestro jubón? ¿De sangre?

—Será que alguno me haya salpicado al caer.

—¿Os habéis batido?

—¡Ya lo creo!

—¿Por vuestro dichoso La Mole?

—¿Por quién queréis que me bata? ¿Por una mujer quizás?

—¡Gracias!

—Seguí, pues, a ese hombre que cometía la impru­dencia de parecerse a mi amigo. Le alcancé en la calle de las Conchas, me adelanté y le vi a la luz del farol de una tienda. No era él.

—Bien, estaba en su derecho.

—Sí, pero le sentó mal que le mirase. «Señor, le dije, sois un fatuo al pretender pareceros de lejos a mi amigo el señor de La Mole, que es un cumplido caballero, mien­tras que vos se ve a la legua que no sois más que un bribón». Al oír esto echó mano a la espada y yo le imité. Al tercer pase el mal educado cayó salpicándome.

—¿Y le socorristeis por lo menos?

—Iba a hacerlo cuando pasó un jinete y esta vez os aseguro que sí era La Mole. Desgraciadamente, el caba­llo corría al galope. Eché a correr tras él y las gentes que se habían reunido para verme batir salieron corriendo detrás de mí. Luego, como hubiesen podido tomarme por un ladrón al verme seguido de toda aquella chusma que vociferaba a mis espaldas, me vi obligado a dar me­dia vuelta para ponerla en fuga, lo que me hizo perder algún tiempo. Entre tanto, el jinete desapareció. Conti­nué en su búsqueda, interrogué, di el color de su caballo, pero todo fue inútil, nadie le había visto. En fin, cansa­do de aquello, me vine aquí.

—¡Cansado de aquello! ¡Qué amable! —dijo la duquesa.

—Escuchad, querida amiga—dijo Coconnas incli­nándose indolentemente en un sillón—, sé que vais a regañarme aún a causa del pobre La Mole, pero os advierto que estáis equivocada; la amistad... ¡Oh! ¡Ya quisiera yo tener su ingenio o su sabiduría para hallar al­guna comparación que os hiciera comprender mi pensa­miento!... La amistad es una estrella, mientras que el amor..., el amor..., pues bien, ¡ya está aquí la compara­ción!: el amor no es más que una lamparilla. Me diréis que hay varias clases.

—¿De amores?

—No, de lamparillas, y que dentro de esa clasifi­cación hay algunas preferibles; la rosada, por ejemplo, es la mejor, pero por rosada que sea la lamparilla, se consume, mientras que la estrella brilla siempre. Me responderéis que cuando la lamparilla se gasta se puede utilizar otra.

—Señor Coconnas, sois un fatuo.

—¡Ay!

—Señor Coconnas, sois un impertinente.

—¡Ay! ¡Ay!

—Señor Coconnas, sois un majadero.

—Señora, os advierto que vais a hacerme sentir tres veces más la ausencia de La Mole.

—¡Ya no me amáis!

—Al contrario, duquesa, estáis equivocada; os ido­latro. Pero puedo amaros, adoraros, idolatraros, y en mis ratos perdidos hacer el elogio de La Mole.

—¿Llamáis entonces ratos perdidos a los que estáis junto a mí?

—¿Qué queréis? El pobre La Mole está siempre presente en mi memoria.

—Le preferís a mí, esto es indigno. Mirad, Anni­bal, os detesto. Atreveos a ser franco y decidme que le preferís. Pero os prevengo, Annibal, que, si preferís cualquier cosa en el mundo antes que yo...

—¡Enriqueta, la más hermosa de las duquesas! Por vuestra propia tranquilidad, creedme, no me hagáis preguntas indiscretas. Os amo más que a todas las mu­jeres, pero amo a La Mole más que a todos los hom­bres.

—¡Bien contestado! —dijo de pronto una voz ex­traña.

Y al levantarse un tapiz de damasco que ocultaba una puerta secreta entre los dos departamentos, pudo verse a La Mole que, con el recuadro de la puerta al fondo, parecía un hermoso retrato del Tiziano en su marco dorado.

—¡La Mole! —gritó Coconnas sin prestar atención a Margarita y sin tomarse la molestia de agradecerle la sorpresa que le había proporcionado—. ¡La Mole, amigo mío, mi querido La Mole!...

Y se precipitó en los brazos de su amigo, tirando patas arriba el sillón en que estaba sentado y una mesa que encontró en su camino.

La Mole le devolvió efusivamente los abrazos, he­cho lo cual dijo a la duquesa de Nevers:

—Perdonadme, señora, si mi nombre ha podido tur­bar la dicha de tan encantadora pareja; es cierto –añadió mirando con indecible ternura a Margarita— que no dependía de mí el veros antes.

—Ya ves, Enriqueta, que he cumplido mi palabra; aquí le tienes.

—¿De modo que sólo a los ruegos de la duquesa debo mi felicidad? —preguntó La Mole.

—Únicamente a eso —replicó Margarita.

Luego, volviéndose hacia La Mole, continuó:

—Amigo mío, os permito que no creáis una pala­bra de lo que digo.

Entre tanto, Coconnas, que había estrechado diez veces a su amigo entre sus brazos, que había dado veinte vueltas a su alrededor y había acercado un can­delabro a su rostro para contemplarle a su gusto, fue a arrodillarse ante Margarita y le besó el borde del ves­tido.

—¡Ah! Perfectamente —dijo la duquesa de Ne­vers—, ahora por lo menos os pareceré soportable.

—¡Voto al diablo! —exclamó Coconnas—. ¡Me parecéis adorable como siempre! Sólo que ahora os lo diré con mayor entusiasmo, y ojalá hubiera aquí treinta polacos, sármatas y otros bárbaros hiperbóreos para obligarles a confesar que sois la reina de las bellas.

—¡Eh! Poco a poco, Coconnas —dijo La Mole—. ¿Dónde dejáis a Margarita?

—¡Pues no me desdigo! —exclamó Coconnas con aquel su acento burlón que le era tan peculiar—. Enri­queta es la reina de las bellas y Margarita la más bella de las reinas.

Nada le importaba al piamontés lo que hacía ni lo que pudiese decir, embargado como estaba por la ale­gría de ver de nuevo a su amigo, para quien solamente tenía ojos.

—Vamos, vamos, reina mía—dijo la señora de Ne­vers— venid y dejemos a estos perfectos amigos con­versar una hora solos; tienen mil cosas que decirse que interrumpirían nuestro coloquio. Es duro para nosotras, pero es el único remedio que puede devolver la sa­lud a Annibal. Hacedlo por mí, reina, ya que tengo la flaqueza de amar a ese tarambana, como dice su ami­go La Mole.

Margarita deslizó algunas palabras al oído de La Mole, quien, por deseoso que estuviera de ver a su ami­go, hubiera deseado que no fuera tan exigente su amis­tad. Mientras tanto, el piamontés intentaba, a fuerza de protestas de cariño, que surgiera una franca sonrisa y una dulce palabra de los labios de Enriqueta, cosa que no le costó mucho trabajo conseguir.

Las dos mujeres pasaron a la habitación contigua, donde les esperaba la cena.

Los dos amigos se quedaron solos.

Como se comprenderá, lo primero que preguntó Coconnas a La Mole fue a propósito de la noche fatal que estuvo a punto de costarle la vida. A medida que La Mole avanzaba en la narración, Coconnas, que en aquellas cuestiones no era fácil de conmover, se estre­mecía por entero.

—¿Y por qué, en lugar de correr por los campos —le preguntó— y de procurarme a mí tantas inquietu­des, no lo refugiaste en las habitaciones del duque nuestro amo? Él lo habría defendido, lo hubiese ocul­tado. Yo hubiera estado a lo lado y mi tristeza no por ser fingida hubiera engañado menos a los tontos de la corte.

—¡Nuestro amo! —dijo La Mole en voz baja—. ¿Quién, el duque de Alençon?

—Sí, según lo que me han dicho, creía que era a él a quien debía la vida.

—A quien debo la vida es al rey de Navarra —res­pondió La Mole.

—¿Estás seguro?

—Sin duda alguna.

—¡Ah, qué bondadoso, qué excelente rey! Pero ¿qué papel desempeñó el duque de Alençon?

—Era el que llevaba la cuerda para ahorcarme.

—¡Voto al diablo! ¿Estás seguro de lo que dices, La Mole? ¿Cómo ese príncipe pálido, ese mequetrefe, ese pobre diablo pretendió ahorcar a mi amigo? ¡Ah! Ma­ñana mismo le diré lo que pienso de su acción.

—¿Estás loco?

—Es verdad, volvería a las andadas... Pero ¿qué importa? Esto no puede quedar así.

—Vamos, vamos, Coconnas, cálmate y trata de no olvidar que acaban de dar las once y media y esta noche estás de servicio.

—¡Poco me importa mi servicio! Sí, ¡ya puede con­tar conmigo! ¡Mi servicio! ¿Yo servir a un hombre que tenía la cuerda para ahorcarte?... ¡Tú bromeas! ¡No!... Estaba escrito que debía encontrarte para no separarme más de ti. Ha sido providencial. Me quedo.

—Pero reflexiona, desdichado, que no estás bo­rracho.

—No, por suerte; porque si lo estuviera, incendia­ría el Louvre.

—Veamos, Aníbal —replicó La Mole—, debes ser razonable. Regresa a palacio. El servicio es cosa sagrada.

—¿Vendrás conmigo?

—Imposible.

=¿Querrán todavía matarte?

—No lo creo. Soy demasiado insignificante para que haya contra mí un complot preparado, una reso­lución concreta. En un momento de capricho quisie­ron matarme, eso es todo; los príncipes estaban con ga­nas de divertirse aquella noche.

—¿Qué piensas hacer entonces?

—Nada; vagar, pasear...

—Pues bien, vagaré y pasearé contigo. Es una ocu­pación muy agradable. Además, si nos atacan, seremos dos y les daremos bastante que hacer. ¡Ah! ¡Que se atre­va el insecto ése del duque! ¡Lo clavo como una maripo­sa contra la pared!

—Pero le pedirás licencia al menos.

—Sí, definitiva.

—En tal caso, adviértele que dejas su servicio.

—Nada más justo. Consiento. Voy a escribirle.

—Escribirle me parece ligero, tratándose de un prín­cipe de sangre.

—Sí, de sangre, ¡de la sangre de mi amigo! Entérate —respondió Coconnas moviendo sus ojos trágicos en las órbitas— de que yo me río de las pamplinas de la etiqueta.

«En realidad —se dijo La Mole—, dentro de pocos días ya no necesitará del príncipe ni de nadie; si quiere venir con nosotros le llevaremos.»

Coconnas cogió, pues, la pluma sin gran oposición de su amigo y de un tirón escribió la elocuente carta que sigue:

«Monseñor:

No creo que Vuestra Alteza, versada como está en los autores de la antigüedad, ignore la conmovedora historia de Orestes y Pílades, que fueron dos héroes fa­mosos por sus desdichas y por su amistad. Mi amigo La Mole no es menos desgraciado que Orestes y yo no soy menos cariñoso que Pílades. Tiene él, en estos mo­mentos, graves ocupaciones que reclaman mi ayuda. Es, pues, imposible que me separe de su lado. Esto es lo que exige, salvo la aprobación previa de Vuestra Alte­za, que me tome una pequeña licencia, decidido como estoy a ligarme a su destino, cualquiera que sea el lugar donde me conduzca. Inútil decir a Vuestra Alteza con qué gran dolor me aparto de su servicio, por cuya ra­zón no pierdo las esperanzas de obtener su perdón.

Siempre respetuosamente de Vuestra Alteza real.

Monseñor, vuestro muy humilde y obediente ser­vidor, Annibal, Conde de Coconnas, amigo insepara­ble del señor de La Mole.»

Una vez terminada esta obra maestra, Coconnas se la leyó en voz alta a La Mole, quien se encogió de hom­bros.

—¿Qué lo parece? —preguntó Coconnas, que no vio el gesto o fingió no verlo. .

—Me parece —respondió La Mole— que el señor de Alençon se reirá de nosotros.

—¿De nosotros?

—Sí, de nosotros dos.

—Más vale así que no que nos ahorquen por sepa­rado.

—¡Bah! —dijo La Mole riendo—. Quizás una cosa no impida la otra.

—Tanto peor; suceda lo que suceda, enviaré la carta mañana por la mañana. ¿Dónde iremos a dormir cuan­do salgamos de aquí?

—A casa de La Hurière. ¿Te acuerdas de aquella habitación donde quisiste matarme cuando todavía no éramos Orestes y Pílades?

—Bueno, haré que el posadero lleve la carta.

En aquel momento se descorrieron las cortinas.

—¿Dónde están Orestes y Pílades? —preguntaron a la vez las dos princesas.

—¡Voto al diablo, señora! —respondió Cocon­nas—. Pílades y Orestes se están muriendo de hambre y de amor.

Fue efectivamente maese La Hurière quien al día siguiente, a las nueve de la mañana, llevó al Louvre la respetuosa misiva de Annibal Coconnas.

XIV. ORTHON

Enrique, después de la negativa del duque de Alen­çon, que dejaba sin— resolver nada y volvía a poner su vida en peligro, se había hecho, si cabe, más amigo del príncipe que nunca.

Catalina, al comprobar esta intimidad, sacó en con­clusión que no sólo se entendían, sino que conspiraban juntos.

Con este motivo interrogó a Margarita, pero Mar­garita era una digna sucesora. Se defendió tan bien la reina de Navarra, cuyo principal talento consistía en soslayar una explicación tajante, de las preguntas de su madre, que, después de responder a todas, la dejó más confusa que antes.

La florentina no tuvo, pues, otros guías que aquel instinto intrigante que había traído de Toscana, el más intrigante de los pequeños estados de aquella época, y aquel sentimiento de odio adquirido en la corte de Fran­cia, la más dividida de aquellos tiempos.

Comprendió, ante todo, que una parte de la fuerza del bearnés provenía de su alianza con el duque de Alençon y resolvió aislarlo.

Desde el día en que tomó semejante resolución, ro­deó a su hijo con la paciencia y el talento del pescador, que cuando ha arrojado las redes lejos de la presa, las arrastra insensiblemente hasta que la envuelve por en­tero.

El duque Francisco advirtió aquel aumento de ca­riñosas atenciones y se aproximó a su madre. Enrique fingió no darse cuenta de nada, pero vigiló a su aliado aproximándose a él más que nunca.

Todo el mundo esperaba un acontecimiento.

Mientras cada cual lo esperaba a su manera, cre­yéndolo seguro unos y otros probable, una mañana en que el sol lucía, procurando ese tibio calor y ese dulce perfume que anuncian un buen día, un hombre pálido, apoyándose en un bastón y caminando con dificultad, salió de una casita situada detrás del Arsenal y se diri­gió hacia la calle del Cabritillo.

Al llegar a la puerta de Saint—Antoine y después de bordear la húmeda pradera que crece junto al foso de La Bastilla, dejó a su izquierda el bulevar y entró en el jar­dín de la Ballesta, cuyo guardián le recibió con grandes muestras de amistad.

No había nadie en aquel jardín, que, como su nom­bre indica, pertenecía a una sociedad particular: la de los ballesteros. Si hubiera habido paseantes, el hombre pálido hubiese sido digno de atención, pues su poblado bigote y su paso, que conservaba cierto ritmo militar, debilitado por el sufrimiento, indicaban que se trataba de un oficial herido en ocasión reciente que recobraba sus fuerzas haciendo ejercicios moderados y tomando el sol.

Sin embargo, cosa extraña, cuando se entreabría la capa con que aquel hombre, inofensivo en apariencia, se envolvía a pesar de la agradable temperatura, dejaba ver dos grandes pistolas colgadas del cinto, que, ade­más, sostenía un ancho puñal y una larga espada, espa­da tan descomedida que resultaba difícil creer que la pudiera manejar. La vaina golpeaba las dos piernas en­flaquecidas de aquel arsenal viviente. Para colmo de precauciones, el individuo lanzaba a cada paso miradas escrutadoras como si quisiera interrogar a cada curva del sendero, a cada matorral, a cada foso.

En cuanto entró en el jardín, se aproximó a una es­pecie de glorieta sólo separada de los bulevares por un espeso matorral y un pequeño foso, que formaban su doble protección. Allí se tendió sobre un banco reves­tido de musgo, donde el guardián, que unía a su título el de bodegonero, fue al cabo de un rato a llevarle un reconfortante licor.

El enfermo llevaba allí diez minutos y se había aproximado varias veces a los labios la taza de porce­lana, cuyo contenido saboreaba a pequeños sorbos, cuando de pronto su rostro, pese a la intensa palidez que le adornaba, adquirió una expresión colérica. Aca­baba de ver, viniendo de la Croix—Faubin, por un sen­dero que hoy es la calle de Naples, a un caballero em­bozado en amplia capa que se detuvo al llegar al foso y esperó.

Hacía cinco minutos que esperaba y el hombre del semblante pálido, en quien el lector habrá reconocido ya a Maurevel, apenas había tenido tiempo de repo­nerse de la emoción que le causaba su presencia, cuan­do un joven vestido con un apretado justillo, como el que usan los pajes, se aproximó hasta el caballero por el camino que habría de ser luego la calle de Saint—Ni­colás.

Oculto tras el follaje, Maurevel podía verlo y oírlo todo sin esfuerzo, y cuando se sepa que el caballero era De Mouy y el joven del justillo Orthon, podrá supo­nerse cuán atentos estaban los ojos y los oídos del con­valeciente.

Los recién llegados miraron minuciosamente a su alrededor. Maurevel contenía su aliento.

—Podéis hablar, señor—dijo Orthon, que, como más joven, era más confiado—, nadie nos ve ni tampo­co nos oye.

—Está bien—repuso De Mouy—. Irás al aposento de la señora de Sauve, le entregarás personalmente este mensaje y, si no está, lo colocarás detrás del espejo donde el rey acostumbra a dejar los suyos. Luego espe­ras en el Louvre. Si lo dan una respuesta, la llevas don­de tú sabes; si no, vendrás a buscarme esta noche al lu­gar que lo he indicado.

—Muy bien —dijo Orthon.

—Ahora lo dejo; tengo mucho que hacer durante el día. No lo apresures, porque sería inútil. No tienes necesidad de llegar al Louvre antes de que él esté y creo que él fue a entrenarse esta mañana en la caza de hal­cones. Ve y muéstrate desenvuelto, ¡te has restablecido y vas a agradecer a la señora de Sauve las bondades que tuvo contigo durante lo convalecencia!

Maurevel escuchaba con los ojos fijos, los cabellos erizados y sudorosa la frente. Su primer impulso fue el de sacar la pistola de su funda y encañonar a De Mouy, pero, al hacer éste un movimiento, se entreabrió su capa dejando ver una coraza muy fuerte y sólida. La bala se hubiera aplastado contra ella o, todo lo más, hubiera penetrado en alguna parte del cuerpo donde la herida no fuese mortal. «Además —pensó Maurevel—, De Mouy, vigoroso y bien armado, dará buena cuenta de mí, herido como estoy.» Y con un suspiro guardó la pistola, que ya apuntaba hacia el hugonote.

—¡Qué desgracia! —murmuró—: No poderle matar aquí, sin otro testigo que ese muchacho a quien tan bien sentaría otra bala.

En aquel momento, Maurevel pensó que el mensa­je dado a Orthon, y que éste debía entregar a la señora de Sauve, era tal vez más importante que la vida misma del jefe protestante.

—¡Ah! —se dijo—. Por hoy lo escapas otra vez; está bien, aléjate sano y salvo; mañana me llegará a mí el turno y ya lo encontraré, aunque deba seguirte hasta el infierno, de donde has salido para matarme, si es que yo no lo mato a ti primero.

En aquel instante De Mouy se embozó en la capa tapándose por entero la cara y se alejó rápidamente en dirección al Temple. Orthon fue bordeando el foso has­ta salir al río.

Levantóse entonces Maurevel con más vigor y agi­lidad de lo que esperaba, volvió a su casa de la calle de los Cerezos, hizo ensillar un caballo y, débil como es­taba y exponiéndose a que se abrieran sus heridas, salió al galope por la calle de Saint—Antoine, llegó a la orilla del río y se metió en el Louvre.

Cinco minutos después de que hubiera desapare­cido por la puerta del palacio, Catalina sabía todo lo sucedido y Maurevel recibía los mil escudos de oro que le habían sido prometidos como recompensa por la de­tención del rey de Navarra.

—¡Oh! —exclamó entonces Catalina—. O mucho me equivoco, o ese De Mouy es la mancha negra que Renato vio en el horóscopo del maldito Bearnés.

Un cuarto de hora más tarde, Orthon entraba en el Louvre dejándose ver tal y como le había recomendado De Mouy y se dirigía a las habitaciones de la señora de Sauve, después de haber hablado con muchos asiduos del palacio.

Sólo encontró a la camarera; Catalina acababa de llamar. a su dueña para dictarle ciertas cartas de interés y se hallaba en los aposentos de la reina desde hacía cinco minutos.

—Está bien —dijo Orthon—; esperaré.

Aprovechándose de la familiaridad con que era tratado, el joven entró hasta el dormitorio de la baro­nesa y, después de cerciorarse de que estaba solo, co­locó el mensaje detrás del espejo.

En el preciso instante en que retiraba la mano en­tró Catalina.

Orthon se puso pálido, pues le pareció que la mira­da rápida y aguda de la reina madre se había dirigido inmediatamente hacia el espejo.

—¿Qué haces aquí, pequeño? —preguntó Catali­na—. ¿Buscas acaso a la señora de Sauve?

—Sí, señora; hace mucho tiempo que no la veo y temía pasar por ingrato si retrasaba más esta visita de agradecimiento.

—¿Quieres mucho a la buena Carlota?

—Con toda mi alma, señora.

—Y eres fiel, según dicen.

—Vuestra Majestad comprenderá que es muy na­tural que así sea cuando sepa que la señora de Sauve me prodigó cuidados que no merecía, dado que soy un simple sirviente.

—¿Y en qué ocasión lo prodigó tales cuidados? —preguntó Catalina fingiendo ignorar lo que le había pasado.

—Cuando fui herido, señora.

—¡Ah! ¡Pobre criatura! ¿Cuándo lo hirieron?

—La noche del arresto del rey de Navarra. Me asusté tanto al ver a los soldados, que grité y pedí auxilio; uno de ellos me dio un golpe en la cabeza y me dejó desmayado.

—¡Pobre hombre! ¿Y estás ya bueno?

—Sí, señora.

—¿De manera que andas buscando al rey de Na­varra para volver a su servicio?

—No, señora. Al saber el rey de Navarra que yo había osado resistir a las órdenes de Vuestra Majestad me despidió sin más contemplaciones.

—¿De veras? —dijo Catalina con sumo interés—. No lo importe, yo misma me encargaré de este asunto. Si esperas a la señora de Sauve perderás inútilmente el tiempo, pues está ocupada arriba en mi gabinete.

Catalina, pensando que quizás Orthon no había tenido tiempo de ocultar el mensaje detrás del espejo, entró en el gabinete de la señora de Sauve para dejar en entera libertad al joven.

En aquel momento, y cuando Orthon, por la inesperada presencia de la reina madre, se preguntaba si tal visita no tendría por objeto tramar algo que redundase en perjuicio de su amo, oyó dar tres golpecitos en el techo. Era la misma señal que él daba cuando estaba de guardia y su señor con la señora de Sauve, para adver­tirle en caso de peligro.

Aquellos tres golpes le—hicieron estremecerse. Una misteriosa asociación de ideas vino a esclarecer su men­te y comprendió que esta vez el aviso era para él. Corrió, pues, al espejo y retiró el billete que había dejado.

Catalina miraba por una rendija todos los movi­mientos del muchacho; le vio ir hacia el espejo, aunque no pudo distinguir si era para dejar el mensaje o para retirarlo.

—¿Por qué tardará tanto en irse? —murmuró im­paciente la florentina.

Con el semblante risueño volvió a entrar en la al­coba.

—¿Aún estás aquí, chiquillo? ¿Qué esperas? ¿No lo dije que corría por mi cuenta el arreglar lo asunto? ¿Acaso dudas cuando yo lo digo una cosa?

—¡Dios me libre, señora! —respondió Orthon.

Y acercándose a la reina puso una rodilla en tierra, besó el borde de su vestido y salió rápidamente.

Al salir, vio en la antecámara al capitán de guardias, que esperaba a Catalina. Su presencia no sirvió para di­sipar sus sospechas, sino más bien para duplicarlas.

Catalina, en cuanto vio cerrarse la puerta detrás de Orthon, se lanzó hacia el espejo, pero fue inútil que re­buscara con mano trémula; no halló ningún papel.

No obstante, estaba segura de haber visto al mu­chacho acercarse al espejo. Sin duda no para colocar el billete codiciado, sino para llevárselo. La fatalidad daba iguales fuerzas a sus adversarios.

Un niño se convertía en un hombre desde el mo­mento en que luchaba contra ella.

Registró, miró, sondeó: ¡nada!...

—¡Ah, desdichado! —exclamó—. No le deseaba ningún mal, pero he aquí que, al retirar el billete, se adelanta a su destino. ¡Hola, señor de Nancey!

La voz aguda de la reina madre atravesó la sala y llegó hasta la antecámara, donde estaba, como hemos dicho, el capitán de guardias.

El señor de Nancey acudió al llamamiento.

—Heme aquí, ¿qué desea Vuestra Majestad?

—¿Estabais en la antecámara?

—Sí, señora.

—¿Visteis salir a un joven, casi un niño?

—Hace un instante.

—¿Estará ya muy lejos?

—Apenas en la mitad de la escalera.

—Llamadle.

—¿Cuál es su nombre?

—Orthon. Si se niega a volver, traedlo a la fuerza. Sin embargo, si no opone resistencia no es preciso que le asustéis. Necesito hablar con él inmediatamente.

El capitán salió corriendo a toda prisa.

Como había previsto, Orthon apenas si había pa­sado de la mitad de la escalera, pues bajaba lentamente con la esperanza de hallar en el pasillo al rey de Nava­rra o a la señora de Sauve.

Oyó que le llamaban y se estremeció.

Su primer impulso fue huir, pero, reflexionando con mayor prudencia de la que correspondía a su edad, pensó que si huía estaba todo perdido.

Entonces se detuvo.

—¿Quién me llama?

—Yo, el señor de Nancey —respondió el capitán, precipitándose escaleras abajo.

—Me intriga la llamada —dijo Orthon.

—Es de parte de Su Majestad la reina madre—re­plicó el señor de Nancey al darle alcance.

El muchacho se limpió el sudor que corría por su frente y subió.

Le seguía el capitán.

La primera idea que tuvo Catalina fue la de man­darle detener, hacerle registrar y apoderarse del billete de que era portador. por consiguiente, creyó lo mejor acusarle de robo, y con este propósito ya había sacado del tocador un broche de diamantes cuya sustracción pretendía hacer recaer sobre él. No tardó en caer en la cuenta de que aquél era un medio peligroso, pues podía despertar las sospechas del joven, quien avisaría a su amo para ponerle en guardia.

Podía, sin duda, encerrar al mozo en alguna maz­morra, pero, por muy —secretamente que se llevara a cabo la detención, la noticia correría por el Louvre y Enrique, al enterarse, comprendería el peligro que le amenazaba.

Catalina quería, sin embargo, apoderarse del men­saje en cuestión, puesto que un mensaje del señor De Mouy al rey de Navarra recomendado con tanto cui­dado debía encerrar la clave de alguna conspiración.

Es el caso que volvió a poner el broche donde lo había cogido.

«No, no —se dijo—, es una mala idea. Por un bille­te... que tal vez no vale la pena—continuó frunciendo el ceño—. ¡Bah! pero no es culpa mía, sino suya. ¿Por qué el muy bribón no puso el mensaje donde debía? ¡Vaya! Yo quiero ver ese mensaje.»

En aquel momento entró Orthon.

Sin duda, el rostro de Catalina tenía una expresión terrorífica, pues el joven se detuvo en el umbral pali­deciendo. Era todavía demasiado niño para tener un completo dominio sobre sí.

—Señora —dijo—, ¿me habéis hecho el honor de mandarme llamar? ¿En qué puedo servir a Vuestra Ma­jestad?

—Te hice llamar por lo cara bonita. Habiéndote hecho una promesa, la de ocuparme de lo porvenir, quiero cumplirla sin tardanza. Nos acusan, a nosotras las reinas, de olvidadizas. No es nuestro corazón el que olvida, sino nuestra mente embargada por las preocu­paciones del Gobierno. Recordé que los reyes tienen en sus manos la fortuna de los hombres y lo hice llamar. Ven, hijo mío, sígueme.

El señor dé Nancey, que tomaba en serio la escena, observó con gran asombro aquel gesto de ternura de Catalina.

—¿Sabes montar a caballo, pequeño? —preguntó la reina.

—Sí, señora.

—En ese caso, ven a mi gabinete, voy a darte un mensaje que llevarás a Saint—Germain.

—Estoy a las órdenes de Vuestra Majestad.

—Hacedle preparar un caballo, Nancey.

El capitán se alejó.

—Vamos, niño —dijo Catalina.

Y salió tras él.

La reina madre bajó un piso, penetró en el corredor donde estaban situados los departamentos del rey y del duque de Alençon, bajó otro piso por la escalera de caracol, abrió una puerta que comunicaba con una ga­lería circular, cuya llave sólo poseían ella y el rey, hizo entrar a Orthon, entró tras él y volvió a cerrar la puerta. Aquella galería rodeaba y defendía parte .de las habita­ciones del rey y de la reina madre. Era algo así como la galería del castillo San Ángel, en Roma, o la del palacio Pitti, en Florencia; un refugio en caso de peligro.

Al cerrarse la puerta, Catalina quedó encerrada con el joven en aquel oscuro corredor. Avanzaron unos vein­te pasos, la reina delante y Orthon tras ella.

De pronto, Catalina volvió la cabeza y Orthon vio en su semblante la misma expresión siniestra que viera diez minutos antes. De sus ojos redondos como los de un gato o los de una pantera parecían salir llamas en la oscuridad.

—¡Detente! —ordenó.

Orthon sintió que un escalofrío le corría por la es­palda; un frío mortal semejante a una capa de hielo caía de la bóveda; el suelo estaba helado como la losa de un sepulcro. Las miradas de Catalina parecían penetrar a través del pecho del joven criado, que retrocedió apo­yándose tembloroso contra la pared.

—¿Dónde está el mensaje que debías entregar al rey de Navarra?

—¿El mensaje? —balbuceó Orthon.

—Sí, el que en su ausencia debías esconder detrás del espejo.

—¿Yo, señora? Os aseguro que no sé lo que que­réis decir.

—El mensaje que lo dio De Mouy hace una hora en el jardín de la Ballesta.

—Vuestra Majestad se equivoca; yo no tengo nin­gún mensaje, señora.

—Mientes —dijo Catalina—, dámelo y cumpliré la promesa que lo hice.

—¿Cuál, señora?

—La de enriquecerte.

—No tengo ningún mensaje, señora —repitió el muchacho.

Catalina comenzó haciendo rechinar sus dientes pa­ra concluir con una sonrisa.

——¿Me lo darás si lo doy mil escudos de oro?

—No tengo el mensaje, señora.

—¡Dos mil escudos!

—Imposible, señora; como no lo tengo, difícilmen­te os lo puedo dar.

—¡Diez mil escudos, Orthon!

Orthon, viendo que la cólera subía como una ma­rea desde el corazón a la frente de la reina, pensó que no tenía más que un medio de salvar a su amo, y era el de tragarse el papel. Se llevó la mano al bolsillo; pero Catalina, adivinando su intención, le sujetó el brazo.

—¡Vamos, niño —dijo riendo—, ya veo que eres fiel! Cuando los reyes quieren proteger a un servidor no está mal que se aseguren de que posee un corazón in­corruptible. Por lo que a ti respecta, ya sé a qué atener­me. Toma, aquí tienes mi bolsa como primera recom­pensa. Devuelve ese billete a lo amo y dile que a partir de hoy entras a mi servicio. Ve, puedes salir solo por la puer­ta que entramos; se abre desde dentro.

Catalina, poniendo la bolsa en las manos del estupe­facto muchacho, avanzó unos pasos y apoyó una mano contra la pared.

Orthon permanecía inmóvil y vacilante. No podía creer que se hubiera alejado el peligro que sintió cer­nirse sobre su cabeza.

—Vamos, no tiembles de ese modo. ¿No lo he di­cho que puedes retirarte y que, si vuelves, lo porvenir está asegurado?

—Gracias, señora—dijo Orthon—, ¿de modo que me concedéis la libertad?

—Más aún; lo recompenso. Eres un buen portador de tiernas misivas, un gentil mensajero de amor, pero olvidas que lo aguarda lo amo.

—¡Ah! Es cierto —dijo el joven encaminándose hacia la puerta.

Habría andado tres o cuatro pasos cuando el suelo se abrió bajo sus pies. Tropezó, extendió los brazos, dio un horrible grito y desapareció en las profundidades del Louvre, donde Catalina acababa de enviarle con sólo tocar un resorte.

—Bueno —comentó Catalina—, ahora a causa de la obstinación de este joven, voy a tener que bajar ciento cincuenta escalones.

Fue a su cuarto, encendió una vela, volvió al corre­dor, abrió la puerta que daba a una escalera de caracol que parecía hundirse en las entrañas de la tierra y, presa de una curiosidad insaciable, que era mayor que su odio, llegó hasta una puerta de hierro que comunicaba con un calabozo.

Allí yacía el pobre Orthon, ensangrentado, deshe­cho, hundido por una caída desde cien pies de altura, pero aún con vida.

Detrás del espeso muro se oía el batir de las aguas del Sena, que por una filtración subterránea llegaban hasta el pie de la escalera.

Catalina entró en aquel calabozo húmedo y nau­seabundo que debía de haber sido testigo de muchas caídas semejantes, registró los bolsillos de su víctima, cogió el papel, se cercioró de que era el que buscaba, apartó el cuerpo de Orthon con el pie y oprimió un re­sorte; el suelo se inclinó y el cuerpo, impulsado por su propio peso, desapareció en el río.

Luego cerró la puerta, subió las escaleras, se ence­rró en su gabinete y leyó el mensaje, que estaba conce­bido en los siguientes términos: «Esta noche, a las diez, en la calle de l'Arbre—Sec, posada A la Belle Etoile. Si venís, no respondáis; en caso contrario, decid "no" al portador. Mouy de Saint—Phale.»

Mientras lo leyó, pudo verse una sonrisa en los la­bios de Catalina, que sólo pensaba en la victoria recién obtenida, olvidando completamente cuál era el precio que había costado.

Después de todo, ¿qué era Orthon? Un corazón fiel, un alma abnegada, un niño bueno, nada más. Aque­llas condiciones no podían inclinar, como puede supo­nerse; ni por un instante, el fiel de la balanza en que se pesan los destinos de los imperios.

Una vez leído el billete, Catalina fue inmediata­mente a la alcoba de la señora de Sauve y lo dejó detrás del espejo.

Cuando bajaba encontró al capitán de guardias en el corredor.

—Señora —dijo el capitán Nancey—, de acuerdo con las órdenes de Vuestra Majestad, el caballo ya está dispuesto.

—Mi querido barón —dijo Catalina—, ya es inútil, hablé con el muchacho y es demasiado tonto para dar­le el empleo que había pensado. Le tomé por un lacayo y todo lo más es un palafrenero; le di algún dinero y se marchó por la puerta falsa.

—Pero ¿y el encargo que debía hacer? —preguntó el capitán.

—¿Qué encargo? —dijo Catalina.

—El que debía hacer en Saint—Germain; ¿quiere Vuestra Majestad que vaya yo o que envíe a uno de mis hombres?

—No, de ninguna manera —dijo Catalina—; vos y vuestros hombres tendréis que hacer otra cosa esta noche.

Catalina regresó a sus habitaciones, creyendo tener por fin en sus manos la suerte de aquel condenado rey de Navarra.

XV. LA POSADA A LA BELLE ETOILE

Dos horas después de sucedidos los hechos que acabamos de referir y de los que no quedó ni una hue­lla en el rostro de Catalina, la señora de Sauve, luego de concluir el trabajo que le encargara la reina, subió a su habitación. Tras ella iba Enrique, que, al enterarse por Dariole de que Orthon había estado allí, se dirigió al espejo y cogió el billete.

Como ya hemos dicho antes, estaba concebido en estos términos: «Esta noche, a las diez, en la calle de l'Arbre—Sec, posada A la Belle Etoile. Si venís, no res­pondáis; en caso contrario, decid "no" al portador.»

No especificaba a quién iba dirigida.

«Enrique no faltará a la cita —se dijo Catalina—, puesto que aunque quisiera negarse, ya no encontrará al portador para decirle que no.»

Sobre este punto, Catalina no estaba equivocada. Enrique preguntó por Orthon, a lo que Dariole le dijo que había salido con la reina madre. Como halló el men­saje en su sitio y sabía que el pobre muchacho era inca­paz de traicionarle, no se inquietó lo más mínimo.

Cenó como de costumbre en la mesa del rey, quien se burló mucho de Enrique a causa de las torpezas que había cometido aquella mañana en la caza con hal­cones.

Enrique se excusó diciendo que era hombre de montaña y no de llanura, y acabó prometiendo a Carlos que persistiría en su entrenamiento.

Catalina estuvo encantadora y, al levantarse de la mesa, rogó a Margarita que la acompañara.

A las ocho Enrique llamó a dos gentiles hombres, salió con ellos por la puerta de Saint—Honoré, dio un largo rodeo, entró por la Torre de Bois, atravesó el Sena en la barca de Nesle y subió hasta la calle de Saint­Jacques, donde les despidió como si se tratase de una aventura galante. En la esquina de la calle Mathurins encontró a un hombre montado a caballo y envuelto en una capa. Se acercó a él.

—Nantes —dijo el hombre.

—Pau —respondió el rey.

El desconocido echó pie a tierra inmediatamente. Enrique se cubrió con la capa, que estaba salpicada de barro, montó el caballo, que estaba sudoroso, y volvien­do por la calle de la Harpe atravesó el puente de Saint­Michel, siguió por la calle Barthélemy, cruzó de nuevo el río por el pont—aux—Meuniers, continuó por la orilla del río hasta coger la calle de l'Arbre—Sec y vino a llamar a la puerta de maese La Hurière.

La Mole estaba en la habitación que ya conocemos, escribiendo una larga carta de amor a quien todos sa­bemos.

Coconnas se hallaba en la cocina con La Hurière mirando cómo daban vueltas en el asador seis perdices y discutiendo con su amigo el posadero acerca del pun­to que necesitaban.

En aquel momento llamó Enrique. Gregorio fue a abrir y condujo el caballo a la cuadra, mientras el via­jero entraba golpeando con sus botas en el suelo, para hacer entrar en calor sus pies.

—¡Eh! Maese La Hurière —dijo La Mole sin dejar de escribir—, aquí hay un caballero que os busca.

Acercóse La Hurière, miró a Enrique de pies a cabeza, y como su capa de grueso paño no le inspirara un gran respeto:

—¿Quién sois? —preguntó.

—¡Por todos los diablos! —dijo Enrique señalan­do a La Mole—. Os lo acaba de decir este señor; soy un caballero de Gascuña y vengo a París para ser presen­tado en la corte.

—¿Y qué queréis?

—Un cuarto y una cena.

—¡Hum! —dijo La Hurière—. ¿Tenéis criado?

Era, como ya sabemos, la pregunta de costumbre.

—No —contestó Enrique—, pero pienso tenerlo en cuanto haga fortuna.

—No alquilo habitaciones de señor sin cuarto de criado —dijo el posadero.

—¿Aunque os ofrezca una libra por la cena, aparte de lo que mañana os dé por lo demás?

—¡Oh! Sois muy generoso, señor mío —dijo La Hurière, examinando a Enrique con desconfianza.

—No, nada de eso. Lo que sí sucede es que, en la creencia de que pasaría la noche en vuestra casa, que tanto me recomendó un señor paisano mío, invité a un amigo a cenar en mi compañía. ¿Tenéis buen vino de Arbois?

—Tengo uno tan bueno como el mejor qué pueda beber el bearnés.

—Bueno, lo pagaré aparte. ¡Ah! Aquí llega preci­samente mi convidado.

En efecto, la puerta acababa de abrirse dando paso a un caballero de mayor edad que el primero y que llevaba al costado un espadón.

—¡Ah! Sois muy puntual, amigo; para un hombre que acaba de recorrer doscientas leguas es difícil llegar con tanta exactitud.

—¿Es éste vuestro invitado? —preguntó La Hu­rière.

—Sí —dijo quien había llegado primero, dirigiéndose al joven del espadón y estrechándole la mano—; servidnos la cena.

—¿Aquí o en vuestro cuarto?

—Donde queráis.

—Maese —dijo La Mole llamando a La Hurière—, libradnos de esos tipos que parecen hugonotes; delante de ellos, Coconnas y yo no podremos hablar una pala­bra de nuestros asuntos.

—Servid la cena en el cuarto número dos del tercer piso —dijo La Hurière a su ayudante. Y luego a los re­cién llegados—: Subid, señores, subid.

Los dos caballeros siguieron a Gregorio, que iba delante con una vela.

La Mole los siguió con la vista hasta que desapare­cieron y, al volverse vio a Coconnas que asomaba la cabeza por la puerta de la cocina. Los ojos quietos y la boca abierta daban a su cara una expresión de marcado asombro.

La Mole se acercó a él.

—¡Voto al diablo! —le dijo Coconnas—. ¿Has visto?

—¿Qué?

—A esos dos caballeros.

—Sí, ¿qué pasa?

Juraría que uno de ellos es...

—¿Quién?

—El rey de Navarra, y el otro de la capa encarnada... Jura si quieres, pero no demasiado alto.

—¿También los has reconocido tú?

—Naturalmente.

—¿Qué vendrán a hacer aquí?

—Se tratará de algún asunto de amoríos.

—¿Tú crees?

—Estoy seguro.

—La Mole, prefiero las estocadas a semejantes amo­ríos. Hace un momento hubiese jurado, ahora apostaría mi cabeza.

—¿A qué?

—A que se trata de alguna conspiración.

—¡Oh! Estás loco.

—Lo que lo digo es que...

—¿Sabes lo que lo digo yo? Que si conspiran, allá ellos.

—Eso sí. En realidad —dijo Coconnas—, yo ya no estoy al servicio del duque de Alençon, así es que por mí... que se las arreglen como puedan.

Como quiera que las perdices estaban doradas en el punto en que a Coconnas le gustaban, el piamontés llamó a maese La Huriéere para que las retirara del fuego.

Entre tanto, Enrique y De Mouy se instalaban en la habitación señalada.

—¿Habéis visto a Orthon, señor?—dijo De Mouy cuando Gregorio hubo terminado de poner la mesa.

—No, pero vi el mensaje que dejó detrás del espejo. Presumo que el muchacho se habrá asustado, pues la reina Catalina se presentó cuando él estaba aún en la al­coba, de modo que se fue sin esperarme. Por un instante sentí cierta inquietud, pues Dariole me dijo que la reina madre le había interrogado durante mucho tiempo.

—¡Oh! No hay peligro, el chiquillo es hábil, y aun­que la reina madre sabe su oficio, estoy seguro de que le dará trabajo.

—¿Y vos le visteis? —preguntó Enrique.

—No, pero le veré esta noche; a las doce vendrá aquí a buscarme con un trabuco; ya me contará en el ca­mino lo que le pasó.

—¿Y el hombre que estaba en la esquina de la calle Mathurins?

—¿Qué hombre?

—El que me prestó el caballo y la capa. ¿Tenéis confianza en él?

—Es uno de los más fieles entre los nuestros. Por otra parte, no conoce a Vuestra Majestad a ignora con quién se ha encontrado.

—Entonces ¿podemos hablar con toda tranquilidad?

—Sin duda; además, vigila La Mole.

—Magnífico.

—¿Y qué dice el señor de Alençon, señor?

—El señor de Alençon ya no quiere irse, De Mouy; se ha expresado claramente a este respecto. La elección del duque de Anjou para el trono de Polonia y la enfer­medad del rey han cambiado todos sus planes.

—¿De modo que es él quien ha frustrado nuestros proyectos?

—Sí.

—Entonces ¿nos traiciona?

—Aún no, pero nos traicionará en la primera oca­sión que encuentre.

—¡Cobarde! ¡Pérfido! ¿Por qué no habrá respon­dido a las cartas que le escribí?

—Para tener pruebas y no darlas. Mientras tanto, todo se ha perdido, ¿no es cierto, De Mouy?

—Al contrario, señor, todo se ha ganado. Ya sabéis que el partido entero, excepto la fracción del príncipe de Condé, está de parte vuestra y solamente utilizaba al duque, con el cual aparentaba estar en relación, como salvaguardia. Pues bien, desde el día de su ceremonia he hecho que todos sean aliados vuestros. Cien hom­bres os bastaban para huir con el duque de Alençon; dispongo de mil quinientos. Dentro de ocho días esta­rán dispuestos, escalonados en el camino de Pau. Ya no se tratará de una fuga, sino de una retirada. ¿Serán sufi­cientes mil quinientos hombres, señor, y os sentiréis seguro rodeado de un ejército?

Enrique sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro.

—Ya sabes, De Mouy —le dijo—, y quizá seas el único en saberlo, que el rey de Navarra no es en el fon­do tan miedoso como se cree.

—¡Dios mío! Claro que lo sé, señor, y espero que no pasará mucho tiempo sin que Francia entera lo sepa también.

—Pero cuando se conspira es preciso vencer. La pri­mera condición de la victoria es la decisión, y para que la decisión sea rápida, franca y útil, es necesario estar convencido de que se vencerá.

—Muy bien, y decidme: ¿cuáles son los días en que hay cacería?

—Cada ocho o diez días, ya sea contra el jabalí o contra las aves.

—¿Cuándo ha sido la última vez que han salido de caza?

—Hoy mismo.

—¿Lo que quiere decir que dentro de ocho o diez días volverán a salir otra vez?

—Sin duda alguna, y puede que antes.

—Escuchad, me parece que todo está en calma: el duque de Anjou se ha ido y nadie piensa en él, el rey se repone día a día de su enfermedad y las persecuciones contra nosotros han cesado casi por completo. Poned buena cara a la reina madre y al duque de Alençon, de­cidle constantemente que no podéis iros sin él y tratad de que os crea, cosa algo más difícil.

—Estad tranquilo, lo creerá.

—¿Creéis que tiene tanta confianza en vos?

—¡No, por Dios! Pero cree todo lo que le dice la reina.

—¿Y la reina está francamente con nosotros?

—¡Oh! Tengo pruebas de ello. Además es ambi­ciosa y la corona de Navarra le quema la frente.

—Bien; tres días antes de la cacería decidme dónde tendrá lugar, si en Bondy, en Saint—Germain o en Ram­bouillet. Decidme también si estáis dispuesto y, cuando veáis al señor de La Mole espolear su caballo delante del vuestro, espolead también de firme y seguidle. Una vez fuera del bosque, si la reina madre quiere deteneros ten­drá que correr a vuestro alcance, y sus caballos normandos supongo que ni siquiera verán las herraduras de nuestros caballos árabes y españoles.

—De acuerdo, De Mouy.

—¿Tenéis dinero, señor?

Enrique hizo el gesto con que durante toda su vida respondió a semejante pregunta.

—No mucho—dijo—, pero creo que Margot tiene.

—Sea de quien sea, llevad lo más que podáis.

—Y mientras, ¿qué harás tú?

—Después de ocuparme de los asuntos de Vuestra Majestad muy activamente como veis, Vuestra Majes­tad me permitirá que me ocupe un poco de los míos.

—Desde luego, De Mouy, desde luego; pero ¿de qué asuntos se trata?

—Escuchadme, señor. Orthon me ha dicho (y es un muchacho muy inteligente que recomiendo a Vues­tra Majestad), me ha dicho, repito, que encontró ayer cerca del Arsenal a ese bergante de Maurevel, que se ha restablecido gracias a los cuidados de Renato y que sale a tomar el sol como buena serpiente que es.

—¡Ah! Sí, ya entiendo —dijo Enrique.

—¿Comprendéis? Bueno... Algún día seréis rey, señor, y si tenéis que cumplir alguna venganza del gé­nero de la mía, lo haréis como rey. Yo soy soldado y debo vengarme como tal. Así, pues, cuando acabe de resolver nuestros asuntos, lo que dará a ese canalla un plazo de cinco o seis días más para restablecerse, iré yo mismo a dar una vuelta por el lado del Arsenal y le de­jaré clavado en el césped con cuatro buenas estocadas, después de lo cual abandonaré París con el corazón más ligero.

—Resuelve tus asuntos, amigo mío, resuélvelos co­mo quieras —dijo el bearnés—; y a propósito, estás con­tento con La Mole, ¿verdad?

—¡Ah! Es un muchacho encantador y fiel a Vues­tra Majestad en cuerpo y alma. Podéis contar con él, señor, lo mismo que conmigo... Es valiente...

—Y sobre todo discreto; nos acompañará a Nava­rra y, una vez que estemos allí, ya buscaremos el modo de recompensarle.

Cuando Enrique acababa de pronunciar estas pala­bras con su sonrisa socarrona, se abrió la puerta violen­tamente y apareció, pálido y agitado, aquél cuyo elogio acababan de hacer.

—¡Alerta, señor! —gritó—. ¡Alerta! La casa está sitiada.

—¡Sitiada! —exclamó Enrique levantándose—. ¿Por quién?

—Por los guardias del rey.

—¡Oh! —dijo De Mouy sacando sus pistolas del cinto—. Por lo visto vamos a tener pelea.

—Sí —dijo La Mole—, se trata de pistolas y de pe­lea; pero ¿qué queréis hacer contra cincuenta hombres?

—Tienes razón —dijo el rey—, y si hubiera algún medio de escapar...

—Hay uno que ya me sirvió a mí en otra ocasión, y si Vuestra Majestad quiere seguirme...

—¿Y De Mouy?

—El señor De Mouy puede seguirnos también si gusta, pero es preciso que os apresuréis los dos.

Se oían ya pasos cercanos en la escalera.

—Es demasiado tarde —dijo Enrique.

—¡Ah! Si alguien pudiera entretenerlos durante cinco minutos —exclamó La Mole—, respondería del rey.

—Responded, pues, señor —dijo De Mouy—, yo me encargo de entretenerlos. Id, señor, 'id.

—¿Pero qué harás tú?

—No os preocupéis por mí, señor; huid.

De Mouy comenzó por hacer desaparecer de la me­sa el plato, la servilleta y la copa del rey, para que creye­ran que estaba cenando él solo.

—Venid, señor, venid —gritó La Mole cogiendo al rey del brazo y llevándole hacia la escalera.

—¡De Mouy! ¡Mi buen De Mouy! —exclamó En­rique tendiendo la mano al joven.

De Mouy le besó la mano y empujó a Enrique fuera de la habitación, echando el cerrojo a la puerta.

—Sí, ya comprendo —dijo Enrique—, va a dejarse detener mientras nosotros nos salvamos; pero ¿quién diablos puede habernos hecho traición?

—Venid, señor, venid, ya suben.

En efecto, ya se veía por la estrecha escalera el res­plandor de las antorchas y se oía abajo ruido de espa­das.

—Cuidado, señor, cuidado —dijo La Mole.

Y guiando al rey en la oscuridad, le hizo subir dos pisos, empujó la puerta de un cuarto que volvió a ce­rrar con cerrojos y abriendo la ventana de un gabinete:

—¿Teme Vuestra Majestad —preguntó— las ex­cursiones por los tejados?

—¿Yo? —dijo Enrique—. ¡Vamos, un cazador de gamos!

—Seguidme, entonces, Majestad; conozco el ca­mino y os serviré de guía.

—Vamos, vamos —dijo Enrique—, ya os sigo.

La Mole saltó primero por la ventana y siguió a lo largo de un canalón, al final del cual halló una especie de valle formado por el declive de dos tejados. En aquel paraje había una buhardilla sin ventana y un gra­nero deshabitado.

—Señor—dijo La Mole—hemos llegado a puerto.

—¡Ah! —suspiró Enrique—. Más vale así.

El rey se enjugó su pálida frente totalmente empa­pada en sudor.

—Ahora —dijo La Mole— las cosas marcharán como sobre ruedas; el granero da a una escalera, la esca­lera termina en un pasadizo y el pasadizo comunica con la calle. Recorrí este mismo camino, señor, una noche mucho más terrible que ésta.

—Adelante, adelante —apremió Enrique.

La Mole se introdujo el primero por la ventana abierta de par en par, llegó hasta la puerta que estaba mal cerrada, la abrió y se halló en lo alto de una escale­ra de caracol. Indicando al rey la cuerda que servía de barandilla le dijo:

—Seguidme, señor.

Al llegar a la mitad de la escalera, Enrique se detu­vo; estaba frente a una ventana que se abría sobre el patio de la posada de A la Belle Etoile. Se veía en la es­calera de enfrente correr a los soldados, los unos con espadas y los otros con antorchas.

De pronto, en el centro de un grupo, el rey de Na­varra distinguió a De Mouy. Había entregado su espa­da y descendía tranquilamente.

—¡Pobre muchacho! —dijo Enrique—. ¡Tan ab­negado y valiente!

—A fe mía, señor —observó la Mole—, notará Vuestra Majestad que tiene un aire de lo más tranqui­lo; y mirad, hasta se ríe. Debe de estar maquinando al­guna buena treta, porque ya sabéis que ríe muy pocas veces.

—¿Y aquel joven que estaba con vos?

—¿El señor Coconnas? —preguntó La Mole.

—Sí, el señor Coconnas, ¿qué ha sido de él?

—¡Oh, señor! No me inquieto en absoluto por él. Al ver a los soldados no me dijo más que esto:

»—¿Arriesgamos algo?

»—La cabeza —le respondí.

»—¿Y tú escaparás? .

»—Así lo espero.

»—Entonces yo también —me contestó.

»—Y os juro que se salvará, señor. El día que de­tengan a Coconnas os respondo de que será porque a él le convenga.

—Entonces—dijo Enrique—todo marcha perfec­tamente. Tratemos de volver al Louvre.

—¡Por Dios! Nada más sencillo, señor. Embocémonos en nuestras capas y salgamos; la calle está llena de gente que ha acudido al oír el tumulto y nos toma­rán por curiosos.

En efecto, Enrique y La Mole encontraron la puer­ta abierta y no tuvieron otra dificultad para salir que el atravesar la ola de gente que invadía la calle.

Sin embargo, pudieron deslizarse hasta la calle de Averon. Al llegar a la de las Poleas, vieron a De Mouy y su escolta dirigidos por el capitán señor de Vancey que atravesaban la plaza de Saint—Germain d'Auxerre.

—¡Ah! —exclamó Enrique—. Parece que le llevan al Louvre. ¡Diablo! Las puertas van a estar cerradas... Preguntarán el nombre a todos los que entren y si me ven llegar un momento después que De Mouy, van a suponer que he estado con él.

—Pero señor—dijo La Mole—, podéis entrar en el Louvre por otro sitio que no sea la puerta.

—¿Cómo demonios quieres que entre?

—¿No recuerda Vuestra Majestad la ventana de la reina de Navarra?

—¡Por Dios! —dijo Enrique—. Tenéis razón, se­ñor de La Mole. ¡A mí que ni siquiera se me había ocu­rrido!... ¿Pero cómo avisaremos a la reina?

—¡Oh! —dijo La Mole inclinándose respetuosa­mente y con un gesto de gratitud—. ¡Vuestra Majestad sabe arrojar piedras con tanta maestría...!

XVI. DE MOUY DE SAINT—PHALE

Por esta vez Catalina había tomado tantas precau­ciones que creía estar segura de su éxito.

En consecuencia, a eso de las diez despidió a Mar­garita convencida, y era verdad, de que la reina de Na­varra ignoraba lo que se tramaba contra su marido, y pasó a las habitaciones del rey rogándole que esperara un poco antes de acostarse.

Intrigado por el aire de triunfo que, pese a su di­simulo habitual, revelaba el rostro de su madre, Carlos interpeló a Catalina, quien replicó con estas solas pala­bras:

—Nada más que una cosa puedo decir a Vuestra Majestad, y es que esta noche se verá libre de sus dos enemigos más crueles.

Carlos levantó las cejas como si pensara para sus adentros: «Está bien, ya veremos.» Y silbando a su galgo, que vino hasta él arrastrándose sobre el vientre como una serpiente y puso su cabeza fina a inteligente sobre las rodillas de su amo, esperó.

Al cabo de algunos minutos, durante los cuales Catalina permaneció sin mover los ojos y con el oí­do atento, se oyó un tiro de pistola en el patio del Lou­vre.

—¿Qué ruido es ése? —preguntó Carlos frunciendo el ceño mientras el galgo se levantaba con un brusco movimiento irguiendo las orejas.

—Nada —dijo Catalina—, una señal, eso es todo.

—¿Y qué significa esa señal?

—Significa que a partir de este momento vuestro único, vuestro verdadero enemigo ya no puede haceros daño.

—¿Han matado a un hombre? —preguntó Carlos, mirando a su madre con esa expresión de amo que in­dica que el asesinato y el perdón son dos atributos in­herentes al monarca.

—No, señor, lo que acaban de hacer es arrestar a dos.

—¡Oh! —murmuró Carlos—. ¡Siempre tramas ocultas, siempre complots que el rey ignora! ¡Pardiez! Madre mía, soy ya lo bastante grande para velar por mí mismo y no necesito andadores ni chichonera. Idos a Polonia con vuestro hijo Enrique si queréis reinar, pero aquí ya os he dicho que os equivocáis y que hacéis mal en seguir el juego.

—Hijo mío —dijo Catalina—, es la última vez que intervengo en vuestros asuntos. Se trataba de un plan iniciado hace mucho tiempo, y como en vuestra opinión yo estaba equivocada, quería probar a Vuestra Majes­tad lo contrario.

Varios hombres se detuvieron en aquel momento en el vestíbulo y se oyó el ruido que hacían los mos­quetes de una pequeña tropa al chocar contra las bal­dosas del suelo.

En seguida el señor de Nancey pidió permiso para entrar en el aposento del rey.

—Que pase —dijo Carlos.

El capitán entró, saludó al rey y, volviéndose hacia Catalina, dijo:

—Señora, se han cumplido las órdenes de Vuestra Majestad: está preso.

—¿Cómo que está preso? —exclamó Catalina ex­trañada—. ¿No trajisteis más que a uno?

—Estaba solo, señora.

—¿Se defendió?

—No, cenaba tranquilamente en una habitación y entregó su espada a la primera invitación.

—¿Quién? —preguntó el rey.

—Lo vais a ver ——dijo Catalina—. Haced entrar al prisionero, señor de Nancey.

Cinco minutos después era introducido De Mouy.

—¡De Mouy! —exclamó el rey—. ¿Qué os sucede, señor?

—Señor—repuso De Mouy con perfecta calma—, si Vuestra Majestad me lo permite, le haré la misma pregunta.

—En lugar de preguntar nada al rey —dijo Catali­na—,tened la bondad, señor De Mouy, de decir a mi hijo quién era el hombre que estaba cierta noche en la alcoba del rey de Navarra y, resistiendo a las órdenes de Su Majestad como un rebelde, mató a dos guardias e hirió al señor de Maurevel.

—En efecto—dijo Carlos frunciendo el ceño—, ¿sa­bríais el nombre de esa persona, señor De Mouy?

—Sí, señor, ¿desea conocerlo Vuestra Majestad?

—Os confieso que sería un placer para mí.

—Pues bien, señor, se llama De Mouy de Saint­Phale.

—¿Erais vos?

—Yo mismo.

Catalina, asombrada de tanta audacia, retrocedió un paso.

—¿Y cómo tuvisteis la osadía de resistir a las ór­denes del rey? —dijo Carlos IX.

—Ante todo, señor, ignoraba que existiese una or­den de Vuestra Majestad; además, no vi más que una cosa o, mejor dicho, no vi más que a un hombre, al señor de Maurevel, al asesino de mi padre y del almirante. Recordé entonces que hacía un año y medio que Vues­tra Majestad, en esta misma habitación yen la tarde del veinticuatro de agosto, me prometió personalmente que se haría justicia en la persona del asesino. Como desde entonces han ocurrido graves acontecimientos, pensé que el rey se había visto, pese a su buena voluntad, imposibilitado de cumplir sus deseos. Al tener a Maure­vel a mi alcance, creí que el Cielo me lo enviaba. Vuestra Majestad conoce el resto; le ataqué como a un asesino y disparé sobre sus hombres como si fuesen bandidos.

Carlos no respondió. Su amistad con Enrique le hacía ver, de algún tiempo a aquella parte, muchas co­sas desde otro punto de vista. Más de una vez sus nue­vos descubrimientos le produjeron terror.

La reina madre recordaba frases salidas de la boca de su hijo a propósito de la noche de San Bartolomé, que más que otra cosa parecían revelar sus remordi­mientos.

—Pero decid, ¿qué hacíais a semejante hora en la alcoba del rey de Navarra? —preguntó Catalina.

—¡Oh! —respondió De Mouy—. Ésa es una his­toria muy larga de contar, pero si Su Majestad tiene la paciencia de oír...

—Sí —dijo Carlos—, hablad; es mi deseo.

—Obedezco, señor —dijo De Mouy inclinándose.

Catalina tomó asiento y clavó en el joven jefe una mirada inquieta.

—Os escuchamos —dijo Carlos—. Ven aquí, Acteón.

El perro volvió a ocupar el sitio que tenía antes de que entrara el detenido.

—Señor —dijo De Mouy—, había venido a ver a Su Majestad el rey de Navarra como enviado de nues­tros hermanos, vuestros fieles súbditos protestantes.

Catalina hizo entonces una seña a Carlos IX.

—Estad tranquila, madre mía —dijo éste—, no pierdo una palabra. Continuad, señor De Mouy, conti­nuad, ¿para qué vinisteis?

—Para advertir al rey de Navarra —continuó De Mouy— que su abjuración le había hecho perder la confianza del partido hugonote, pero que, no obstante, en recuerdo de su padre Antonio de Borbón y, sobre todo, en memoria de su madre la valerosa Juana de Al­bret, cuyo nombre es venerado entre nosotros, tenía­mos con él la deferencia de rogarle que desistiera de sus derechos a la corona de Navarra.

—¿Qué está diciendo? —interrumpió Catalina, quien, a pesar de su dominio, no pudo recibir aquel golpe inesperado sin una protesta.

—¡Ah! —exclamó Carlos—. Me parece que esa corona de Navarra, que así, sin mi permiso, va de ca­beza en cabeza, me pertenece un poco.

—Los hugonotes, señor, reconocen mejor que na­die ese principio de soberanía que el rey acaba de ex­presar. Por eso querían solicitar a Vuestra Majestad que la pusiera en una cabeza que le fuese querida.

—¿A mí? —dijo Carlos—. ¿Sobre una cabeza que me sea querida? ¿A qué cabeza os referís, señor? No os entiendo.

—A la cabeza del señor duque de Alençon.

Catalina se puso pálida como una muerta y fulmi­nó a De Mouy con una mirada.

—¿Y mi hermano lo sabía?

—Sí, señor.

-¿Y aceptaba la corona?

—Con la aprobación de Vuestra Majestad, a la cual nos remitía.

—¡Oh! —exclamó Carlos—. Efectivamente, es una corona que le vendría muy bien a mi hermano Francis­co. ¡Cómo no se me había ocurrido! Gracias, De Mouy, muchas gracias. Cuando tengáis otras ideas semejantes venid al Louvre; seréis bien recibido.

—Señor, estaríais informado de este proyecto hace ya mucho tiempo, a no ser por ese maldito asunto de Maurevel, por el que temí haber caído en desgracia con Vuestra Majestad.

—Sí —dijo Catalina—, ¿pero qué opinaba Enrique de semejante proyecto?

—El rey de Navarra, señora, se sometía al deseo de sus hermanos y tenía su renuncia dispuesta.

—En tal caso —dijo Catalina—, ¿tenéis vos la re­nuncia?

—En efecto, señora —continuó De Mouy—, la tengo aunque por casualidad. Está fechada y firmada por él.

—¿Con una fecha anterior a la escena del Louvre? preguntó Catalina.

—Sí, de la víspera, creo.

El señor De Mouy sacó del bolsillo la renuncia en favor del duque de Alençon, escrita y firmada por En­rique y que llevaba la fecha indicada.

—¡A fe mía! Todo está en regla —dijo Carlos.

—¿Y qué pedía Enrique a cambio de su renuncia?

—Nada, señora; nos dijo que la amistad del rey Carlos le compensaba con creces la pérdida de una co­rona.

Catalina, en el furor de su cólera, se mordió los la­bios y apretó los puños.

—Entonces —replicó la reina madre—, si todo es­taba resuelto entre vos y el rey de Navarra, ¿qué fin tenía la entrevista que tuvisteis esta noche con él?

—¿Yo con el rey de Navarra, señora? —dijo De Mouy—. El señor de Nancey, que fue quien me detu­vo, puede dar fe de que no había nadie conmigo. Lla­madle si queréis.

—¡Señor de Nancey! —gritó el rey.

El capitán de guardias acudió a la llamada.

—Señor de Nancey —dijo Catalina con viveza—, ¿estaba solo el señor De Mouy en la posada de A la Belle Etoile?

—En el cuarto sí, señora; pero en la posada, no.

—¡Ah! ——dijo Catalina—. ¿Quién lo acompañaba?

—No sé si le acompañaría, señora, sólo sé que se escapó por la puerta de atrás después de haber derriba­do a dos de mis guardias.

—¿Sin duda reconoceríais al caballero?

Yo no, pero mis guardias sí.

—¿Quién era? —preguntó vivamente interesado Carlos IX.

—El señor conde Annibal de Coconnas.

—¡Annibal de Coconnas! —repitió el rey pensati­vo—. ¿El que hizo tan terrible matanza de hugonotes la noche de San Bartolomé?

—El señor de Coconnas, gentilhombre al servicio del duque de Alençon —contestó Nancey.

—Está bien, está bien —dijo Carlos IX—, retiraos, señor de Nancey, y para otra vez acordaos de una cosa...

—¿De cuál, señor?

—De que estáis a mi servicio y de que por lo tanto sólo me debéis obedecer a mí.

El señor de Nancey salió andando hacia atrás y sa­ludando respetuosamente.

De Mouy dirigió una irónica sonrisa a Catalina.

Hubo un instante de silencio.

La reina retorcía el fleco de su cinturón. Carlos acariciaba a su perro.

—¿Pero cuál era vuestro propósito, señor? —con­tinuó Carios—. ¿Obrabais violentamente?

—¿Contra quién, señor?

—Contra Enrique, contra Francisco o contra mí.

—Señor, teníamos la renuncia de vuestro cuñado, el consentimiento de vuestro hermano y, como ya he tenido el honor de deciros, pensábamos solicitar la au­torización de Vuestra Majestad cuando ocurrió el inci­dente en la alcoba del rey de Navarra.

—Pues bien, madre mía, no veo que haya ningún mal en todo esto —dijo Carlos—. Vos estabais en vues­tro derecho, señor De Mouy, al pedir un rey. Efectiva­mente, Navarra puede y debe ser un reino separado.

Más aún, ese reino parece hecho expresamente para do­tar a mi hermano de Alençon, que siempre tuvo tantos deseos de poseer una corona, hasta el punto de que cuando me pongo la mía no aparta los ojos de ella. Lo único que se oponía a esta coronación era el derecho de Enriquito, pero puesto que Enriquito renuncia volun­tariamente...

—Voluntariamente, señor.

—Parece que es la voluntad de Dios. Señor De Mouy, estáis en libertad y podéis volver junto a vues­tros hermanos a quienes castigué... un poco duramente quizá, pero ésta es una cuestión entre Dios y yo. Decid­les que, puesto que desean como rey de Navarra a mi hermano el duque de Alençon, el rey de Francia se so­mete a sus deseos. A partir de este momento, Navarra es un reino y su soberano se llama Francisco. No pido más que ocho días para que mi hermano salga de París con todo el brillo y la pompa que convienen a un rey. Id, señor De Mouy, id... señor de Nancey, dejad paso al señor De Mouy, está en libertad.

—Señor —dijo De Mouy, avanzando un paso—, ¿me permite Vuestra Majestad?

—Sí —dijo el rey, y tendió la mano al joven hugo­note.

De Mouy hincó una rodilla en tierra y besó la mano del rey.

—A propósito —dijo Carlos deteniéndole un ins­tante cuando iba a levantarse—, ¿no me habíais pedido justicia para ese bandido de Maurevel?

—Sí, señor.

—No sé dónde está, porque se esconde; pero si lo encontráis haceos justicia vos mismo, os lo autorizo de todo corazón.

—¡Ah, señor! —exclamó De Mouy—. Esto colma mis deseos. Vuestra Majestad puede confiar en mí; yo tampoco sé dónde está, pero daré con él, tenedlo por seguro.

De Mouy, después de saludar respetuosamente al rey y a Catalina, se retiró sin que los guardias que le habían conducido tratasen de impedir su salida. Atra­vesó los corredores, llegó rápidamente a la puerta y, una vez que se vio fuera, fue de un salto desde la plaza de Saint—Germain d'Auxerre hasta la posada de A la Belle Etoile, donde encontró su caballo, gracias al cual tres horas después de la escena que acabamos de referir el joven se hallaba a salvo tras las murallas de Nantes y respiraba tranquilo.

Catalina, devorando su cólera, volvió a su aposento, de donde pasó al de Margarita.

Allí encontró a Enrique, que parecía dispuesto a meterse en la cama.

—¡Satanás —murmuró—, ayuda a una pobre reina abandonada de Dios!

XVII. DOS CABEZAS PARA UNA CORONA

—Que venga a verme el duque de Alençon —dijo Carlos despidiendo a su madre.

El señor de Nancey, dispuesto, después de la ad­vertencia hecha por el rey a no obedecer a nadie que no fuera Carlos IX, se llegó de un salto a la habitación del duque, transmitiéndole sin rodeos la orden que acaba­ba de recibir.

El duque de Alençon se estremeció; siempre había temblado ante Carlos y ahora con mayor razón que nun­ca, pues, desde que se había metido a conspirador, los motivos para temerle eran más poderosos.

No por eso dejó de acudir al llamamiento de su hermano, aunque lo hiciera con calculada prisa.

Carlos estaba en pie silbando un aire de caza.

Al entrar, el duque de Alençon sorprendió en los ojos vidriosos de Carlos una de aquellas miradas vene­nosas que tan bien conocía.

—Vuestra Majestad me mandó llamar —dijo—. Aquí estoy, señor, ¿qué desea de mí Vuestra Majestad?

—Quiero deciros, mi querido hermano, que para recompensar el cariño que me profesáis, estoy decidi­do a hacer hoy por vos lo que os guste más.

—¿Por mí?

—Sí, por vos. Buscad en vuestra mente algo que deseáis desde hace tiempo sin atreveros a pedírmelo y os lo daré.

—Señor—dijo Francisco—, os juro como herma­no que no deseo más sino que continuéis gozando de buena salud.

—Entonces estaréis satisfecho, Francisco. Ya me he curado de la indisposición que tuve cuándo vinieron los embajadores polacos. Me salvé, gracias a Enriquito, del furioso jabalí que quería matarme, y me siento tan fuerte como para no envidiar al más sano de mi reino. Podéis, pues, sin ser un mal hermano, desear otra cosa que no sea mi salud, ya que ésta es excelente.

—No deseo nada, señor.

—Sí, sí, Francisco —replicó Carlos impacientán­dose—, deseáis la corona de Navarra, puesto que os pusisteis de acuerdo con Enrique y con De Mouy; con el primero para que renunciara y con el segundo para que os la ofrecieran. Pues bien, sabed que Enrique re­nuncia, que De Mouy me ha transmitido vuestro deseo y que esta corona que ambicionáis...

—¿Qué? —preguntó Alençon con voz temblo­rosa.

—¡Que es vuestra, voto al diablo!

Alençon se puso terriblemente pálido; de repente toda la sangre de su corazón se le vino a las mejillas, que se animaron con un súbito rubor. La gracia que le concedía el rey no le hacía en absoluto feliz en aquel momento. Por el contrario, le desesperaba.

—Pero, señor —repuso trémulo de emoción, y tratando de recobrar su aplomo—, nada he deseado y, sobre todo, no he pedido nada semejante.

—Es posible—dijo el rey—, pues sois muy discre­to, hermano mío, pero otros han deseado y pedido ya por vos.

—Señor, os juro que jamás...

—No juréis en vano.

—¿Me desterráis entonces, señor?

—¿Llamáis destierro a eso, Francisco? ¡Pardiez, qué difícil sois! ¿Esperáis algo mejor acaso?

Alençon se mordió los labios con desesperación.

—A fe mía —continuó Carlos afectando ingenui­dad—, os creía menos popular, sobre todo entre los hugonotes, pero he aquí que son ellos mismos los que os reclaman y que yo me veo obligado a confesar que estaba equivocado. Por otra parte, no puedo desear otra cosa mejor que tener a un hombre de los míos, a un hermano que me quiere y es incapaz de traicionar­me, a la cabeza de un partido que desde hace treinta años nos combate. Con esta medida se calmará todo como por encanto, sin contar con que así todos sere­mos reyes en nuestra familia. Tan sólo el pobre Enri­quito habrá de conformarse con no ser más que mi amigo. No es ambicioso y le bastará con este título que nadie quiere.

—Os equivocáis, señor, lo quiero yo. ¿Quién tiene más derechos que yo a ese título? Enrique es vuestro cuñado, yo soy vuestro hermano por la sangre y, sobre todo, .por el corazón... Señor, os lo suplico, dejadme que permanezca a vuestro lado.

—No, no, Francisco —respondió el rey—, sería tanto como haceros desgraciado.

—¿Por qué?

—Por mil razones.

—Pensad un poco, señor, si encontraréis alguna vez un compañero tan fiel como yo. Desde mi niñez no me he apartado nunca de Vuestra Majestad.

—Ya lo sé, ya, a incluso algunas veces hubiera que­rido veros más lejos.

—¿Qué queréis decir?

—Nada, nada, yo me entiendo. ¡Oh! ¡Qué hermo­sas partidas de caza podréis organizar! Os envidio, Fran­cisco ¿Sabéis que en las endiabladas montañas de por allá se cazan osos como aquí jabalís? Nos enviaréis pie­les magníficas. Los cazan con puñal, como ya sabéis; se espera al animal, y se llama su atención de cualquier manera; el caso es irritarle. El oso avanza entonces hacia el cazador y, al hallarse a cuatro metros de distancia, se levanta sobre las patas traseras. En ese momento se le hunde el acero en el corazón, como hizo Enrique con el jabalí en la última cacería. Es peligroso, pero vos sois valiente, Francisco, y ese peligro será para vos un verda­dero placer.

—¡Ah! Vuestra Majestad aumenta mi disgusto. ¡Ya no volveré a cazar con vos!

—¡Pardiez! ¡Tanto mejor! —dijo el rey—. A nin­guno de los dos nos conviene cazar juntos.

—¿Qué quiere decir Vuestra Majestad?

—Quiero decir que el venir conmigo de caza os causa tal placer y os emociona tanto que vos, que sois la habilidad en persona y que con cualquier arcabuz matáis una urraca a cien pasos, errasteis a veinte pasos, la última vez que cazamos juntos, a un enorme jabalí. Y eso que tirabais con vuestro propio arcabuz. En cam­bio, le rompisteis una pata a mi mejor caballo. ¡Por to­dos los diablos! ¿Sabéis, Francisco, que me estáis dan­do que pensar?

—¡Oh, señor! Atribuidlo a mi emoción —dijo el duque poniéndose blanco.

—Sí —continuó Carlos—, fue por la emoción, ya lo sé. Precisamente por esta emoción, que aprecio en su justo valor, os digo: Creedme, Francisco, es preferible que cacemos lejos uno de otro, sobre todo cuando se es víctima de emociones semejantes. Reflexionad acerca de esto, hermano mío, no en mi presencia, puesto que ya veo que os turba, sino cuando estéis solo, y conven­dréis en que tengo razón cuando temo que en otra ca­cería os embargue de nuevo la emoción, pues no hay nada que haga perder la puntería como la emoción, y entonces mataríais al caballero, en lugar de matar al ca­ballo, y al rey, en vez de su cabalgadura. ¡Pardiez! Una bala disparada demasiado alta o demasiado baja puede cambiar completamente la política, y un buen ejemplo de esto lo tenemos en nuestra familia. Cuando Mont­gomery mató a nuestro padre Enrique II por accidente, o quién sabe si por emoción, el golpe llevó a nuestro hermano Francisco II al trono y a nuestro padre Enri­que al cementerio de San Dionisio. ¡Tan poco necesita Dios para cambiarlo todo!

El duque sintió que un sudor frío le corría por la frente al oír aquellas palabras tan terribles como imprevistas.

Era imposible que el rey le dijese de un modo más claro a su hermano que lo había adivinado todo. Car­los, ocultando su cólera bajo un velo de ironía, resulta­ba quizá más temible que si hubiese dejado salir a bor­botones la odiosa lava que le devoraba el corazón; su venganza era tan grande como su rencor, una y otro se acentuaban paralelamente y, por vez primera, Alençon sintió el remordimiento o, más bien, el pesar de haber concebido un crimen que no pudo llevarse a cabo.

Sostuvo la lucha mientras pudo, pero ante aquel úl­timo golpe bajó la cabeza y Carlos pudo ver en sus ojos esa llama que en los seres de naturaleza débil anuncia la aparición de las lágrimas. El duque de Alençon era de los que no lloran como no sea de rabia.

Carlos no apartaba de él sus ojos de buitre, absor­biendo, por así decir, cada una de las sensaciones que se sucedían en el corazón del joven. Todas eran para él tan claras, gracias al profundo estudio que había hecho de su familia, que podía leer en el alma del duque como en un libro abierto.

Le dejó que por un instante permaneciera abru­mado, inmóvil y mudo. Luego, en un tono inflexible, le dijo:

—Hermano, ya os he dicho mi resolución. Os aña­do que esta resolución es inmutable: partiréis.

Alençon hizo un gesto. Carlos pareció no adver­tirlo y continuó:

—Quiero que Navarra se enorgullezca de tener por príncipe a un hermano del rey de Francia. Tendréis todo lo que corresponde a vuestra alcurnia: poder, honores... Exactamente igual que vuestro hermano y, co­mo él —añadió sonriendo—, me bendeciréis desde le­jos. No importa que así sea; para las bendiciones no hay distancias.

—Señor...

—Aceptad, o mejor dicho: resignaos. Una vez que seáis rey, os encontraremos una mujer digna de un príncipe de Francia. Y, ¡quién sabe!, a lo mejor ella aporta como dote otra corona.

—Pero —dijo el duque de Alençon— Vuestra Majestad olvida a su amigo Enrique.

—¡Enrique! Ya os he dicho que él renuncia al tro­no de Navarra, que os lo cede. Enrique es un joven alegre y no un lánguido paliducho como vos. Quiere reír y divertirse a su antojo y no apolillarse como no­sotros, los que estamos condenados a llevar corona.

Alençon suspiró.

—Vuestra Majestad me ordena entonces que me preocupe de...

—No, en absoluto, no os preocupéis de nada, Fran­cisco, yo lo arreglaré todo, confiad en mí como en un buen hermano. Y ya que hemos convenido todo, reti­raos, podéis referir o no a vuestros amigos nuestra con­versación; tomaré las medidas precisas para que pronto sea pública. Idos, Francisco.

No había nada que contestar; el duque saludó y sa­lió con el corazón hecho un infierno.

Ardía en deseos de hallar a Enrique para hablar con él de lo que acababa de pasarle. No encontró más que a Catalina.

Mientras Enrique esquivaba la entrevista, la reina madre la buscaba.

Catalina ocultó su pesar al ver al duque y trató de sonreír. Menos afortunado que Enrique de Anjou, Francisco no buscaba en Catalina a una madre, sino a una aliada. Comenzó, pues, disimulando, ya que para conseguir buenas alianzas es preciso engañarse mutua­mente un poco.

Abordó, pues, a Catalina con un semblante en el que no quedaba ya más que una ligera huella de inquie­tud.

—Hay grandes novedades, señora —dijo—. ¿Las sabéis?

—Sé que tratan de convertiros en rey, señor.

—Es una gran bondad por parte de mi hermano.

—¿Verdad que sí?

—Casi me inclino a creer que os lo debo. Suponga­mos que fuerais vos quien hubiese dado al rey el conse­jo de regalarme un trono. Pero os confieso que en el fondo me apena despojar de este modo al rey de Na­varra.

—Profesáis gran afecto a mi hijo Enriquito, ¿no es verdad?

—En efecto, desde hace algún tiempo somos ínti­mos amigos.

—¿Creéis que él os quiere del mismo modo?

—Supongo que sí, señora.

—Es ejemplar una amistad como ésa, sobre todo entre príncipes. Las amistades en la corte ya sabéis, mi querido Francisco, que tienen fama de ser poco sólidas.

—Pensad, madre mía, que no sólo somos amigos, sino casi hermanos.

Catalina sonrió de un modo extraño.

—¿Acaso hay hermanos entre los reyes?

—¡Oh! Si es por eso, ninguno de los dos lo éramos cuando nos hicimos amigos, ni siquiera teníamos pro­babilidades de llegar a serlo nunca; quizá por eso mis­mo nos cobramos afecto.

—Sí, pero las cosas han cambiado mucho actualmente.

—¡Que han cambiado!

—Desde luego. ¿Quién os dice ahora que no seréis reyes los dos?

Al ver Catalina el estremecimiento nervioso del du­que y de qué modo el rubor invadía sus mejillas, com­prendió que su golpe había ido directo al corazón de su hijo.

—¿Él? —dijo el duque—. ¿Rey, Enriquito? ¿Y de qué reino, señora?

—De uno de los más poderosos de la cristiandad, hijo mío.

—¿Qué decís, madre mía? —dijo Alençon per­diendo el color.

—Lo que una buena madre debe decir a su hijo, lo que vos habéis pensado más de una vez, Francisco.

—¿Yo? No he pensado en nada, señora, os lo juro.

—Quiero creeros, porque vuestro amigo, vuestro hermano Enrique, como le llamáis, bajo su aparente franqueza, es un hombre muy hábil y astuto, que guar­da sus secretos mejor que vos los vuestros. Por ejemplo, ¿os ha dicho alguna vez que De Mouy era su hombre de confianza?

Al decir estas palabras, Catalina hundió como un estilete su mirada en el alma de Francisco.

Pero el duque no tenía más que una virtud o, mejor dicho, un vicio: el disimulo. Por lo tanto, soportó per­fectamente la mirada.

—¡De Mouy! —dijo con sorpresa y como si aquel nombre fuera pronunciado en su presencia por prime­ra vez.

—Sí, el hugonote De Mouy de Saint—Phale, el mis­mo que estuvo a punto de matar a Maurevel y que de manera clandestina, recorriendo Francia y la capital bajo distintos disfraces, intriga y prepara un ejército para sostener a vuestro cuñado Enrique contra nuestra familia.

Catalina, que ignoraba que sobre aquel punto se hallaba su hijo tan enterado como ella o más, se levantó y se dispuso a salir majestuosamente.

Francisco la detuvo.

—Madre —le dijo—, una palabra, por favor. Pues­to que os habéis dignado iniciarme en vuestra política, decidme, ¿cómo, con tan pobres recursos y siendo tan poco conocido como es, puede hacer Enrique una gue­rra tan seria como para inquietar a mi familia?

—Niño —dijo la reina, sonriendo—, sabed que está apoyado por más de treinta mil hombres y que, el día que pronuncie una palabra, esos treinta mil hom­bres aparecerán de pronto como si salieran de la tierra y esos treinta mil hombres son hugonotes, es decir, los soldados más valientes del mundo. Además tiene una protección que vos no supisteis o no quisisteis ganaros.

—¿Cuál?

—Tiene al rey, al rey, que le quiere y le ayuda; al rey, que por envidias con su hermano, el rey de Polo­nia, y por despecho contra vos, busca en torno suyo un sucesor. Solamente que, como sois ciego, no veis que lo está buscando fuera de su familia.

—¿Lo creéis así, señora?

—¿No habéis notado que quiere a Enriquito, a su Enriquito?

—Sí, madre mía, sí.

—¿Y no habéis notado que es correspondido, que el mismo Enriquito, olvidando que su cuñado quiso matarle la noche de San Bartolomé, se arrastra a sus pies como un perro que lame la misma mano que le ha castigado?

—Sí, sí —murmuró Francisco—, ya he advertido que Enrique es muy humilde con mi hermano Carlos.

—Y que se las ingenia por complacerle en todo.

—Hasta el punto de que, indignado por ser objeto de las burlas del rey, debido a su ignorancia en la caza con halcones, pretende adiestrarse y ayer me preguntó si yo tenía algunos libros buenos que trataran de este arte.

—¿Y qué le respondisteis? —preguntó Catalina, cuyos ojos relampaguearon como si se le hubiese ocu­rrido repentinamente una idea.

—Que buscaría en mi biblioteca.

—Muy bien; es necesario que le deis ese libro.

—Pero el caso es que no lo he encontrado.

—Ya lo encontraré yo..., pero es preciso que se lo deis como si fuese vuestro.

—¿Con qué objeto?

—¿Tenéis confianza en mí?

—Sí, madre mía.

—¿Queréis obedecerme ciegamente en lo que res­pecta a Enrique, a quien no queréis, aun cuando afir­máis lo contrario?

Alençon sonrió.

—Y a quien yo detesto —terminó Catalina.

—Sí, os obedeceré.

—Venid pasado mañana a buscar el libro. Yo os lo daré, vos se lo llevaréis a Enrique y...

—¿Y...?

—Dejad que Dios, la Providencia o el azar hagan el resto.

Francisco conocía bastante a su madre para saber que, por lo general, no confiaba a Dios, a la Providen­cia o al azar la labor de favorecer sus simpatías o sus odios, pero se guardó muy bien de añadir una sola pa­labra y, saludando, como quien acepta una comisión que le han encargado, se retiró a sus habitaciones.

«¿Qué habrá querido decir? —pensó el joven mientras subía la escalera—. Lo ignoro; lo único que para mí está claro es que ella obra contra un enemigo común. Por lo tanto, que haga lo que quiera.»

Entre tanto, Margarita, por intermedio de La Mole, recibía una carta de De Mouy. Como en política los dos ilustres consortes no tenían secretos, abrió la carta y leyó.

Debió de parecerle interesante el mensaje, pues en cuanto acabó de leerlo, y aprovechando las sombras que empezaban a invadir el Louvre, se deslizó por el pasadi­zo secreto, subió la escalera de caracol y, después de mirar atentamente a todos lados, se dirigió como una sombra al departamento del rey de Navarra.

En la antecámara no había nadie de guardia desde que desapareció Orthon.

Esta desaparición, de la que no hemos vuelto a ha­blar desde que el lector tuvo conocimiento de la ma­nera tan trágica en que ocurrió, había preocupado mu­cho a Enrique. Habló acerca de ella con la señora de Sauve y con su esposa, pero ninguna de las dos sabía más que él. Únicamente la señora de Sauve le propor­cionó algunos datos gracias a los cuales Enrique com­prendió que el pobre muchacho habría sido víctima de alguna venganza de la reina madre y que, como conse­cuencia de todo aquello, él había estado a punto de ser detenido con De Mouy en la posada de A la Belle Etoile.

Otro que no fuera Enrique hubiera guardado si­lencio no atreviéndose a decir nada; pero Enrique, há­bil calculador ante todo, comprendió que su silencio le traicionaría. Por lo general nadie pierde así como así a uno de sus servidores, mucho más cuando se trata de un confidente. Lo natural es hacer pesquisas, averiguar algo o pretender hacerlo.

Enrique, pues, averiguó y buscó en presencia del rey y de la misma reina madre. Preguntó por Orthon a todo el mundo, desde el centinela que se paseaba frente a la puerta del Louvre hasta el capitán de los guardias que permanecía en la antecámara del rey.

Todas las preguntas y gestiones fueron inútiles y Enrique pareció tan visiblemente afligido por aquel su­ceso, y se mostró tan ligado al pobre criado desapareci­do, que declaró que no le reemplazaría hasta que hubie­se adquirido la certidumbre de que había desaparecido para siempre.

Como ya hemos dicho, cuando Margarita entró en las habitaciones del rey, la antecámara estaba vacía.

Por leves que fuesen los pasos de la reina, Enrique los oyó y acudió al encuentro de la reina.

—¿Vos, señora? —exclamó.

—Sí, yo —respondió Margarita—, leed esto ahora mismo.

Y le presentó el papel desdoblado.

Decía así:

—«Señor, ha llegado el momento de poner en eje­cución el proyecto de fuga. Pasado mañana habrá caza de halcones a lo largo del Sena, desde Saint—Germain hasta Maisons, es decir, de un extremo al otro del bos­que.

»Asistid a esta cacería, aunque se trate de una caza con halcones, llevad bajo vuestro jubón una buena cota de malla, ceñíos vuestra mejor espada y montad el me­jor caballo de vuestras cuadras.

»Hacia mediodía, es decir, en el momento culmi­nante de la caza, cuando el rey se haya lanzado tras el halcón, apartaos solo, si vais a venir solo, o con la reina de Navarra si piensa acompañaros.

»Cincuenta de los nuestros estarán escondidos en el pabellón de Francisco I, cuya llave tenemos. Todo el mundo ignorará que están allí, puesto que llegarán de noche y las ventanas estarán cerradas.

»Pasaréis por el sendero de las violetas, al fondo del cual me encontraréis. A la derecha de este sendero, en un pequeño claro, estarán La Mole y Coconnas con dos caballos. Estos caballos de refresco servirán para reemplazar el vuestro y el de Su Majestad la reina de Navarra, si por casualidad estuvieran fatigados.

»Adiós, señor, estad preparado. Nosotros lo esta­remos.»

—Lo estaréis —dijo Margarita repitiendo después de mil seiscientos años las mismas palabras que pro­nunciara César en la orilla del Rubicón.

—Sea, señora —respondió Enrique—, no seré yo quien os desmienta.

—Vamos, señor, convertíos en héroe; no es difícil; no tenéis más que seguir vuestro camino y me conquis­taréis un hermoso trono —dijo la hija de Enrique 11.

Una imperceptible sonrisa se dibujó en los finos labios del bearnés. Besó la mano de Margarita y salió antes que ella de la habitación para explorar el terre­no, mientras canturreaba el estribillo de una vieja can­ción:

Cil qui mieux battit la muraille
n'entra point de dans le chateau.

La precaución no estuvo de más; en el momento en que abría la puerta de su alcoba, el duque de Alençon abrió la de la antecámara. Luego de hacer una seña con la mano a su esposa dijo en voz alta:

—¡Ah! ¿Sois vos, hermano mío? Sed bienvenido.

Al ver la indicación de su marido, la reina lo com­prendió todo y se precipitó al cuarto de aseo, cuya puer­ta estaba oculta por un enorme tapiz.

El duque de Alençon entró con paso cauteloso y mirando a su alrededor:

—¿Estamos solos, hermano? —preguntó en voz baja.

—Completamente solos. ¿Qué ocurre? Parecéis trastornado.

—Estamos descubiertos, Enrique.

—¿Cómo descubiertos?

—Sí, De Mouy ha sido arrestado.

—Ya lo sé.

—Y De Mouy se lo ha contado todo al rey.

—¿Qué es lo que le ha dicho?

—Le ha dicho que yo deseaba el trono de Navarra y que conspiraba para obtenerlo.

—¡Desgraciado! —dijo Enrique—. ¿De modo que estáis comprometido, mi pobre cuñado? ¿Y cómo no os han arrestado aún?

—Ni yo mismo lo sé: el rey se ha burlado de mí fingiendo ofrecerme el trono de Navarra. Sin duda es­peraba obtener de mí una confesión, pero yo no le he dicho nada.

—¡Habéis hecho bien, por Dios! —dijo el bear­nés—. Mantengámonos firmes: van nuestras vidas en ello.

—Sí —replicó Francisco—, pero lo cierto es que el asunto se presenta difícil. Por eso he venido a pediros vuestra opinión. ¿Qué creéis que debo hacer: huir o quedarme?

—¿Visteis al rey?

—Sí.

—Si le habéis visto, habréis podido leer en su pen­samiento. Ahora, haced lo que os parezca.

Por muy dueño que fuera de sí mismo, Enrique dejó escapar un gesto de alegría. Por imperceptible que fuese, Francisco lo captó.

—Preferiría quedarme —respondió Francisco.

—Quedaos entonces —dijo Enrique.

—¡Y vos?

—¡Diablo! —respondió Enrique—. Si vos os que­dáis, yo no tengo ningún motivo para irme. No lo ha­cía más que por seguiros, por devoción hacia vos, para no separarme de mi hermano a quien tanto quiero.

—¿De modo —dijo Alençon— que se han deshe­cho todos nuestros planes y vos los abandonáis así, sin lucha, al primer contratiempo?

—Yo—respondió Enrique—no considero un con­tratiempo el hecho de tener que quedarme aquí. Gra­cias a mi carácter despreocupado me hallo bien en todas partes.

—Sea —dijo Alençon—, no hablemos más de esto. Pero si acaso decidís otra cosa, hacédmelo saber.

—Perded cuidado, por Dios —replicó Enrique—. ¿No hemos convenido que no habría secretos entre no­sotros?

Alençon no insistió más y se retiró un tanto pen­sativo, ya que en algún momento creyó ver que se mo­vía el tapiz que cubría la puerta del cuarto de aseo.

En efecto, apenas se hubo marchado el duque cuan­do el tapiz se levantó y apareció Margarita.

—¿Qué pensáis de esta visita? —preguntó En­rique.

—Que sucede algo nuevo a importante.

—¿Qué creéis que puede ser?

—No sé nada aún, pero lo sabré.

—¿Y entre tanto?

—No dejéis de ir a verme a mi cuarto mañana por la noche.

—No faltaré, señora —dijo Enrique,'besando con galantería la mano de su esposa.

Margarita regresó a sus habitaciones con la misma precaución con que había salido de ellas.

XVIII. EL LIBRO DE CETRERÍA

Habían transcurrido treinta y seis horas desde que sucedieran los acontecimientos que acabamos de rela­tar. Comenzaba a amanecer y ya todo el mundo se ha­llaba despierto en el Louvre, como ocurría generalmen­te cuando había cacería. Cumpliendo la promesa que diera a su madre, el duque de Alençon se dirigió al apo­sento de Catalina.

La reina madre no estaba en su alcoba, pero había dejado dicho que, si venía su hijo, la esperara.

Al cabo de unos instantes salió de un gabinete secreto en el que sólo ella podía entrar y al que se reti­raba para realizar sus secretos experimentos de quí­mica.

Ya sea por el hueco de la puerta entreabierta o porque estuviera adherido a su ropaje, el caso es que, al entrar la reina madre, trascendió un penetrante y acre perfume y el duque de Alençon pudo ver por la rendija un vapor espeso como el que produce cualquier hierba aromática al arder que, semejante a una nube blanque­cina, flotaba en el laboratorio que su madre acababa de dejar.

El duque no pudo reprimir una mirada de curio­sidad.

—Sí —dijo Catalina de Médicis—, he quemado algunos pergaminos viejos y despedían al arder un olor tan desagradable que he echado un poco de enebro en el brasero. A eso se debe este aroma.

Alençon asintió.

—¿Tenéis algunas novedades desde ayer? —dijo Catalina, escondiendo en las anchas mangas de su bata sus manos salpicadas con ligeras motas de un color ana­ranjado.

—Ninguna, madre mía.

—¿Habéis visto a Enrique?

—Sí.

—¿Insiste en no irse?

—Insiste.

—¡El muy bribón!

—¿Qué decís, señora?

—Digo que se irá.

—¿Lo creéis así?

—Estoy segura.

—Entonces, ¿se nos escapa de las manos?

—Sí —dijo Catalina.

—¿Y le dejaréis escapar?

—No solamente le dejo escaparse, sino que sos­tengo que es preciso que se vaya de aquí.

—No os comprendo.

—Escuchad bien lo que voy a deciros, Francisco. Un médico muy hábil, el mismo que me ha dado el li­bro de caza que vais a prestarle, me ha dicho que el rey de Navarra está a punto de ser atacado por una enfer­medad definitiva, un mal de esos que no perdonan y contra el cual la ciencia no aporta ningún remedio. Comprenderéis fácilmente que, si debe morir de un modo tan cruel, es preferible que muera lejos de noso­tros y no aquí en la corte, ante nuestros ojos.

—En efecto —dijo el duque—, nos causaría dema­siado dolor.

—Y, sobre todo, se lo causaría a vuestro hermano Carlos—dijo Catalina—, mientras que si Enrique muere después de haberle desobedecido, el rey considerará su muerte como un castigo del Cielo.

—Tenéis razón, madre —dijo Francisco admira­do—. Es necesario que se vaya, ¿pero estáis segura de que se irá?

—Han sido tomadas todas las medidas. La reunión es en el bosque de Saint—Germain. Cincuenta hugono­tes han de servirle de escolta hasta Fontainebleau, don­de le aguardarán quinientos.

—¿Y se irá con él mi hermana Margot? —preguntó Alençon con ligera emoción y visiblemente pálido.

—Sí—respondió Catalina—, es lo convenido. Pero una vez muerto Enrique, Margot, viuda y libre, regresa­rá a la corte.

—¿Y estáis segura de que Enrique morirá?

—Por lo menos, el médico que me dio el libro en cuestión me lo aseguró.

—¿Y dónde está ese libro, señora?

Catalina volvió lentamente hacia el misterioso ga­binete, abrió la puerta, entró en él y un instante des­pués reapareció con el libro en la mano.

—Aquí está —dijo.

Alençon miró con cierto terror el libro que su ma­dre le ofrecía.

—¿Qué libro es éste? —preguntó el duque estre­meciéndose.

—Ya os he dicho, hijo mío, que es un tratado sobre el arte de criar y adiestrar halcones y gerifaltes, escrito por un hombre muy versado en estos asuntos: el señor Castruccio Castracani, tirano de Lucques.

—¿Y qué debo hacer con él?

—Debéis llevárselo a vuestro buen amigo Enri­quito, que es, según me dijisteis, quien os lo pidió para instruirse en la ciencia de la caza con halcones. Como tiene hoy que acompañar al rey en una de estas cace­rías, no dejará de leer algunas páginas para demostrar a Carlos que sigue sus consejos y que ha empezado a tomar lecciones. Lo principal es que se lo entreguéis en propia mano.

—¡Oh! ¡No me atreveré! —dijo el duque asaz tem­bloroso.

—¿Por qué? —dijo Catalina—. Es un libro como otro cualquiera, salvo que, como ha estado mucho tiempo guardado, las páginas están pegadas entre sí. No intentéis leerlas vos, Francisco, pues no se pueden leer más que humedeciendo la punta del dedo y despe­gándolas una por una, lo que requiere mucho tiempo y da demasiado trabajo.

—¿De modo que sólo un hombre que tenga gran­des deseos de aprender puede perder así el tiempo y tomarse semejante trabajo? —preguntó el duque.

—Eso es, hijo mío, ya veo que comprendéis.

—¡Oh! —exclamó Alençon—. Ya veo a Enriquito en el patio... Dádmelo, señora, dádmelo. Aprovecharé que está fuera para llevar el libro a su habitación. Cuan­do regrese lo encontrará allí.

—Preferiría, Francisco, que se lo dierais personal­mente, sería más seguro.

—Ya os dije que no me atrevería a hacerlo, señora —replicó el duque.

—Id, pues, pero, al menos, colocadlo en un sitio visible.

—¿Abierto? ¿Hay algún inconveniente en que lo deje abierto?

—No.

—Dádmelo, pues.

Alençon cogió con temblorosa mano el libro que con firme ademán le entregaba Catalina.

—Tomadlo, tomadlo, no hay peligro, puesto que yo lo toco. ¡Además, tenéis guantes!

Esta precaución no pareció suficiente a Alençon, quien envolvió el libro en su capa.

—Daos prisa —dijo Catalina—, mucha prisa; En­rique puede subir de un momento a otro.

—Tenéis razón, señora, voy en seguida.

El duque salió lleno de emoción.

Hemos introducido ya varias veces al lector en las habitaciones del rey de Navarra, haciéndole asistir a los acontecimientos felices o desgraciados que en ellas tu­vieron lugar, según que sonriera o amenazara el genio tutelar del futuro rey de Francia.

Pero nunca aquellas paredes manchadas de sangre por el crimen, rociadas de vino por la orgía o de perfu­mes por el amor, vieron un rostro tan pálido como el que tenía el duque de Alençon al abrir la puerta de la alcoba del rey de Navarra.

Y, sin embargo, como suponía el duque, no había nadie en aquel cuarto que pudiese observar con mirada curiosa o sorprendida la acción que iba a cometer. Los primeros rayos del sol iluminaban el aposento vacío.

Colgada de la pared la espada que De Mouy había aconsejado al rey que llevase. Algunos eslabones de un cinturón de mallas se hallaban esparcidos por el suelo. Había sobre un mueble una bolsa repleta y un puñal, y en la chimenea flotaban aún algunas pavesas. Todos estos indicios revelaron claramente a Alençon que el rey de Navarra se había puesto una cota de malla, había pedido dinero a su cajero y acababa de quemar papeles comprometedores.

«Mi madre no se equivocó —se dijo Alençon—, el canalla me estaba traicionando.»

Esta convicción le dio sin duda nuevas fuerzas, ya que, después de registrar con la mirada todos los rin­cones y de levantar todos los tapices que cubrían las puertas, comprobando que nadie le vigilaba, pues todo el mundo alborotaba en el patio y en la habitación rei­naba un profundo silencio, sacó el libro de debajo de su capa, lo colocó rápidamente sobre la mesa donde es­taba el dinero, apoyándolo contra un atril de madera tallada. Luego, retirándose cuanto pudo, alargó el bra­zo y, con la vacilación que traicionaba sus temores, abrió el libro, con la mano enguantada, por una página donde se veía un grabado con una escena de caza.

Una vez hecho esto, el duque retrocedió tres pasos y, quitándose el guante, lo arrojó en el rescoldo que dejaron al arder las cartas recién quemadas. El fino cuero crujió y se retorció sobre los carbones estirán­dose como el cadáver de un reptil, quedando converti­do por fin en un residuo negro y crispado.

Alençon permaneció allí hasta que la llama destru­yó completamente el guante; luego dobló la capa en que había envuelto el libro, se la puso al brazo y regre­só a su habitación. Al entrar oyó con el corazón palpi­tante unos pasos en la escalera de caracol y, no dudan­do de que era Enrique quien subía, cerró rápidamente la puerta.

Después se precipitó hacia la ventana, pero desde allí no podía ver más que una parte del patio del Lou­vre. Como Enrique no estaba en la parte visible, se convenció de que era él quien acababa de subir las esca­leras.

El duque se sentó, cogió un libro y trató de leer. Era una historia de Francia, desde Pharamond hasta Enrique II, y autorizada por éste pocos días después de su advenimiento al trono.

El duque no pudo concentrarse en lo que leía; la fiebre de la espera quemaba sus arterias, los latidos de sus sienes repercutían en el fondo de su cerebro. Al igual que en un sueño o en un éxtasis magnético, le pa­recía ver a través de las paredes. Su mirada penetraba hasta la alcoba de Enrique, a pesar del triple obstáculo que de ella le separaba.

Para apartar de su imaginación el terrible objeto que le obsesionaba trató de distraerse pensando en otra cosa que no fuera el libro abierto sobre el atril de madera de encina por la página del grabado. De nada valió que mi­rara una tras otra sus joyas, ni que recorriera cien veces la estancia de uno a otro extremo. Todos los detalles de aquel grabado que apenas había entrevisto acudían a su memoria. Representaba la estampa un señor a caballo que, desempeñando el oficio de halconero, lanzaba el señuelo llamando al halcón y corriendo al galope entre los juncos de un pantano. Por fuerte que fuese la volun­tad del duque, el recuerdo le dominaba.

Además, no solamente veía el libro, sino que ima­ginaba al rey de Navarra acercándose a él, contemplan­do el grabado, tratando de pasar las hojas y, por últi­mo, llevándose el dedo a la boca, para luego separar las páginas unidas.

Ante esta imagen, por falsa y fantástica que fuese, Alençon, tambaleándose, hubo de apoyarse contra un mueble, al tiempo que se tapaba los ojos con la mano como queriendo evitar la terrible visión.

Nada consiguió, pues aquella imagen estaba en su propio pensamiento.

De repente, Alençon vio que Enrique cruzaba el patio. Le vio detenerse un minuto junto a unos hom­bres que colocaban sobre dos mulas las provisiones para la cacería, que no eran otra cosa que el dinero y demás efectos de viaje. Tras esto, y dadas las órdenes oportunas, atravesó en diagonal el patio dirigiéndose hacia la puerta de entrada.

Alençon permaneció inmóvil. Sin duda no era En­rique quien había subido por la escalera secreta. Resul­taban, por lo tanto, inútiles todas las angustias que desde hacía un cuarto de hora experimentaba. Lo que él creía ya terminado, o a punto de terminar, comen­zaba ahora.

El duque abrió la puerta de su cuarto y fue a escu­char a la que comunicaba con el corredor. Esta vez no podía equivocarse; era Enrique quien subía. Alençon reconoció sus pasos y hasta él ruido particular de sus espuelas.

La puerta de la habitación de Enrique se abrió y volvió a cerrarse.

Alençon volvió a su alcoba y se dejó caer en un sillón.

«Bueno —pensó—, veamos lo que está pasando en este momento: Enrique atraviesa el recibidor, la ante­cámara, y entra en su alcoba; una vez allí, buscará con los ojos su espada, luego su bolsa, por último su puñal. Entonces verá el libro abierto sobre la mesa».

¿Qué libro es éste?, se preguntará. ¿Quién me lo habrá traído?

«Y a continuación se aproximará a él, verá el gra­bado, querrá leer, intentará pasar las hojas...»

Un sudor frío corrió por la frente de Francisco.

«¿Pedirá auxilio? —se preguntó—. ¿Será un vene­no de efecto inmediato? No debe de ser así, puesto que mi madre me ha dicho que morirá lentamente...»

Este pensamiento le tranquilizó un poco.

Así transcurrieron diez minutos, que, contados segundo a segundo, fueron un siglo de agonía. Cada segundo colmó su mente con las visiones más terrorí­ficas y espantosas.

Alençon no pudo resistir durante más tiempo, se levantó y atravesó su antecámara, que ya comenzaba a llenarse de gentiles hombres.

—Buenos días, señores —dijo—, voy al cuarto del rey.

Fuera para distraer su devorante inquietud o para preparar la coartada, el caso es que se dirigió efectiva­mente a ver a su hermano. ¿Para qué iba?

Él mismo lo ignoraba. ¿Qué tenía que decirle? Nada. En realidad, lo que hacía no era buscar a Carlos, sino huir de Enrique.

Descendió por la escalerita de caracol y halló en­treabierta la puerta del rey.

Los centinelas dejaron pasar al duque sin ponerle ninguna dificultad, pues los días de cacería no se guar­daba ninguna etiqueta ni consigna.

Francisco atravesó sucesivamente la antecámara, el salón y la alcoba sin encontrar a nadie. Por último, pensó que Carlos estaría en la sala de armas y empujó la puerta que comunicaba con esa pieza.

Carlos estaba sentado delante de una mesa en un gran sillón tallado que tenía un respaldo muy alto. Se hallaba de espaldas a la puerta por la que acababa de entrar Francisco.

Parecía por completo entregado a una ocupación que le dominara.

El duque se aproximó de puntillas; Carlos leía.

—¡Pardiez! —exclamó de repente—. ¡Qué libro más formidable! Había oído hablar de él, pero no creía que existiera en Francia.

Alençon aguzó el oído y dio otro paso.

—¡Malditas hojas! —dijo el rey llevándose el dedo pulgar a los labios y apoyándolo en el libro para pasar la hoja—. Se diría que las han pegado para ocultar a las miradas de los hombres las maravillas que encierra.

Alençon dio un brinco. ¡El libro que tenía Carlos entre sus manos era el mismo que el duque había deja­do en el aposento de Enrique!

Un grito sordo escapó de su garganta.

—¡Ah! ¿Sois vos, Alençon? —dijo Carlos—; sed bienvenido y acercaos a ver el mejor libro de cetrería que haya salido jamás de la pluma de un hombre.

El primer impulso del duque fue arrancar el libro de las manos de su hermano, pero una idea infernal le clavó en su sitio; una terrible sonrisa se dibujó en sus labios amoratados, y se pasó la mano por los ojos co­mo si se sintiera alucinado.

Luego, recobrando un poco el dominio sobre sí, pero sin atreverse a dar un paso hacia atrás ni hacia de­lante:

—Señor—preguntó—, ¿cómo ha llegado ese libro hasta Vuestra Majestad?

—Nada tan sencillo. Esta mañana subí al cuarto de Enriquito para ver si estaba preparado, pero no le en­contré; sin duda se hallaba recorriendo las perreras y las caballerizas. En cambio hallé este tesoro, que me traje aquí para leerlo con más comodidad.

Dicho esto, el rey se llevó de nuevo el dedo a los labios para pasar la hoja rebelde.

—Señor —balbució Alençon con los cabellos eri­zados y preso de terrible angustia—, venía a deciros...

—Dejadme concluir este capítulo, Francisco —di­jo Carlos—, y en seguida me diréis todo lo que os plaz­ca. Ya he leído, mejor dicho, he devorado cincuenta páginas.

«Ha probado veinticinco veces el veneno —pensó el duque—. ¡Seguro que se muere!»

Entonces recordó que había un Dios en el Cielo, puesto que aquello no podía atribuirse a la casualidad.

Secóse con mano trémula el helado sudor que cu­bría su frente y esperó en silencio, tal y como le había ordenado su hermano, a que éste terminara de leer el capítulo.

XIX. LA CAZA CON HALCONES

Carlos seguía leyendo; impulsado por la curiosi­dad, devoraba las páginas, que, como ya hemos dicho, ya fuera debido a la humedad a que habían estado ex­puestas durante mucho tiempo o por otro motivo cual­quiera, se hallaban adheridas unas a otras.

Alençon observaba con torva mirada aquel terrible espectáculo, cuyo desenlace solamente él podía adi­vinar.

—¡Oh! —murmuró—. ¿Qué va a pasar aquí? ¡Có­mo, yo tendré que irme, tendré que salir de Francia, tendré que ir en busca de un trono imaginario, mien­tras que Enrique se atrincherará al primer indicio de la enfermedad de Carlos en cualquier ciudad a veinte leguas de la capital! Permanecerá allí al acecho de esta presa que nos brinda el azar y podrá estar en París haciendo una sola etapa, de modo que, antes de que el rey de Polonia llegue a saber la noticia de la muerte de mi hermano, la dinastía habrá cambiado. ¡Es impo­sible!

Estas ideas fueron las que inspiraron a Francisco el primer sentimiento de horror y el deseo de advertirle a Carlos lo que ocurría. Nuevamente, el duque iba a tra­tar de oponerse a aquella fatalidad que parecía proteger a Enrique y perseguir a los Valois.

En un instante habían cambiado todos sus planes con respecto a Enrique. Era Carlos y no Enrique quien había leído el libro envenenado. Enrique debía mar­charse, pero a condición de tomar antes el veneno. Desde el momento en que la fatalidad le salvaba de nuevo, se hacía preciso que Enrique se quedara, puesto que Enrique era menos temible estando prisionero en Vincennes o en La Bastilla que no como rey de Nava­rra a la cabeza de treinta mil hombres.

El duque de Alençon dejó, pues, que Carlos aca­bara su capítulo, y cuando el rey levantó la cabeza:

—Hermano mío —le dijo—, he esperado porque Vuestra Majestad me lo ordenó; pero, muy a pesar mío, ya que tenía que deciros cosas de suma importancia.

—¡Al diablo! —dijo Carlos, cuyas mejillas pálidas, ya sea porque hubiese puesto demasiado ardor en su lectura o porque el veneno comenzara a ejercer sus efectos, se iban tornando poco a poco purpúreas—. ¡Al diablo he dicho! Si vienes otra vez a hablarme de lo mismo, lo marcharás del mismo modo que se fue el rey de Polonia. Me libré de él y me libraré de ti. Y sobre esto, ni una palabra más.

—Os advierto —dio Francisco— que no quiero hablaros de mi marcha, sino de la de otro. Vuestra Majestad me ha herido en mi sentimiento más profun­do y delicado, en mi afecto de hermano, en mi fidelidad como súbdito, y tengo empeño en demostraros que no soy un traidor.

—Vamos —dijo Carlos apoyándose de codos so­bre el libro y cruzando las piernas como quien contra su costumbre hace provisión de paciencia—. ¿Algún nuevo chisme? ¿Alguna acusación matutina?

—No, señor, una certidumbre; un complot que sólo mi ridícula delicadeza me ha impedido revelaros.

—¿Un complot? —preguntó Carlos—. Veamos de qué se trata.

—Señor —respondió Francisco—, mientras Vuestra Majestad esté cazando junto al río y en la llanura de Vesinet, el rey de Navarra irá hasta el bosque de Saint­Germain, donde encontrará un grupo de amigos con los cuales huirá.

—¡Ah! ¡Ya me lo suponía! —dijo Carlos—. ¡Con­que otra calumnia contra mi pobre Enriquito! ¿Ter­minaréis de una vez con él?

—Vuestra Majestad no tendrá mucho que esperar para cerciorarse de si es o no una calumnia lo que he tenido el honor de deciros.

—¿Por qué razón?

—Porque esta noche nuestro cuñado ya no estará aquí.

Carlos se levantó.

—Oíd —dijo—, quiero creer una vez más en vues­tras intenciones, pero tanto a lo madre como a ti os ad­vierto que esta es la última vez que lo hago.

Luego, elevando la voz, ordenó:

—Que llamen al rey de Navarra.

Un centinela hizo un movimiento disponiéndose a obedecer, pero Francisco le detuvo con un gesto.

—Mal sistema, hermano mío —dijo—, de este modo nada sabréis. Enrique negará y, al mismo tiem­po, advertirá a sus cómplices para que se vayan. Ade­más, tanto mi madre como yo, seríamos acusados no solamente de visionarios, sino de calumniadores.

—¿Qué me proponéis vos, entonces?

—Que en nombre de los vínculos que nos unen, Vuestra Majestad me escuche y que, en nombre de mi fidelidad, que terminará por reconocer, no fuerce los acontecimientos. Haced de manera, señor, que el ver­dadero culpable, que desde hace dos años traiciona in mente a Vuestra Majestad en espera de poder hacerlo de hecho, sea por fin declarado culpable gracias a una prueba infalible y castigado como merece.

Carlos no respondió. Se acercó a una ventana y la abrió; la sangre se agolpaba en su cabeza.

—¿Y qué haríais vos en mi lugar? —preguntó vol­viéndose bruscamente—. Hablad, Francisco.

—Señor—dijo Alençon—, yo mandaría que fuera rodeado el bosque de Saint—Germain por tres destaca­mentos de caballería ligera, los cuales, a una hora con­venida, a las once por ejemplo, se pondrían en marcha deteniendo a todos los que se hallaran en el bosque cerca del pabellón de Francisco I, lugar en el que, como por casualidad, yo daría la cita para el almuerzo. Lue­go, haciendo como si siguiese a mi halcón, vería cómo se alejaba Enrique y le perseguiría hasta el sitio donde estuviera encerrado con sus cómplices.

—Buena idea —dijo el rey—; que hagan venir al capitán de mis guardias.

Alençon sacó de su jubón un silbato de plata que colgaba de una cadena de oro y silbó.

Carlos fue hacia el capitán que acababa de entrar y le dio unas órdenes en voz baja.

Entre tanto, su enorme galgo Acteón había cazado una presa y la arrastraba por el suelo, destrozándola a dentelladas y dando mil saltos y cabriolas.

Carlos se volvió hacia él y profirió una terrible maldición. La presa que había hecho Acteón era nada menos que el precioso libro de cetrería, del que, como ya hemos dicho, no existían más que tres ejemplares en el mundo.

El castigo fue digno del crimen.

Carlos empuñó un látigo y la silbante correa se ciñó en una triple vuelta al cuerpo del animal. Acteón lanzó un aullido y desapareció debajo de una mesa, ocultándose bajo el tapete que la cubría.

Carlos recogió el libro y vio con júbilo que no le faltaba más que una hoja y que ésta ni siquiera perte­necía al texto, sino que era un grabado.

Lo colocó cuidadosamente sobre un estante don­de el perro no pudiese alcanzarlo. Alençon le observa­ba con inquietud. Hubiera deseado que aquel libro, cumplida ya su misión, se alejara de las manos de Carlos.

Dieron las seis.

Era la hora en que el rey debía bajar al patio, atesta­do de caballos lujosamente enjaezados y de hombres y mujeres ricamente vestidos. Los cazadores tenían en el puño los halcones tapados con un pequeño capuchón, como era costumbre. Algunos monteros llevaban los cuernos de caza en bandolera por si acaso el rey, cansa­do de cazar con halcón, cosa que solía ocurrirle, quisie­ra perseguir a un gamo o a un corzo.

Antes de bajar, el rey cerró la puerta de su sala de armas. Alençon, que no le quitaba ojo, vio que se guardaba la llave en el bolsillo.

Cuando bajaba la escalera el rey se detuvo lleván­dose la mano a la frente.

Las piernas del duque de Alençon temblaban tanto como las del rey.

—Me parece que amenaza tormenta —balbució Francisco.

—¿Tormenta en el mes de enero? —contestó Car­los—. ¡Estáis loco! No, lo que pasa es que siento vértigos y tengo la piel reseca, que estoy débil, ni más ni menos.

Y añadió a media voz:

—Me matarán con su maldito odio y sus dichosos complots.

Al llegar al patio, el aire fresco de la mañana, el al­boroto de los cazadores, los ruidosos saludos de cien personas reunidas produjeron sobre Carlos el efecto de siempre.

Respiró con libertad y se sintió lleno de alegría.

Su primera mirada fue para Enrique. El rey de Na­varra estaba al lado de Margarita. Se querían tanto los dos excelentes esposos, que parecía imposible que se separaran.

Al ver a Carlos, Enrique espoleó a su caballo. En tres corvetas llegó junto a su cuñado.

—¡Ah! —dijo Carlos—. Montáis un caballo como si fuéramos a perseguir gamos y, sin embargo, sabéis de sobra que la caza va a ser con halcones.

Y sin esperar respuesta añadió, frunciendo el ceño y con tono casi amenazador:

—Salgamos, señores, salgamos. Es preciso que co­mencemos la partida a las nueve.

Catalina contemplaba la escena desde una ventana del Louvre. Por el hueco de una cortina levantada se veía su cabeza pálida envuelta en un velo. Su cuerpo, cubierto por un vestido negro, se confundía en la pe­numbra.

Obedeciendo a las órdenes de Carlos, toda aquella multitud resplandeciente, lujosa y perfumada se puso en marcha con el rey a la cabeza y, saliendo por las puer­tas del Louvre, se extendió como un alud por el camino de Saint—Germain, en medio de las aclamaciones del pueblo, que saludaba al joven soberano. Carlos, pre­ocupado y pensativo, montaba un caballo más blanco que la nieve.

—¿ Qué os ha dicho? —preguntó Margarita a )En­rique.

—Me felicitó por la agilidad de mi caballo.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Entonces sabe alg