La República

Platón


Filosofía, Política



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Índice

I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X

I

I. Acompañado de Glaucón, el hijo de Aristón, bajé ayer al Pireo con propósito de orar a la diosa y ganoso al mismo tiempo de ver cómo hacían la fiesta, puesto que la celebraban por primera vez. Parecióme en verdad hermosa la procesión de los del pueblo, pero no menos lucida la que sacaron los tracios. Después de orar y gozar del espectáculo, emprendíamos la vuelta hacia la ciudad. Y he aquí que, habiéndonos visto desde lejos, según marchábamos a casa, Polemarco el de Céfalo mandó a su esclavo que corriese y nos encargara que le esperásemos. Y el muchacho, cogiéndome del manto —por detrás, me dijo:

—Polemarco os encarga que le esperéis.

Volviéndome yo entonces, le pregunte dónde estaba él.

—Helo allá atrás —contestó— que se acerca; esperadle.

—Bien está; esperaremos —dijo Glaucón.

En efécto, poco después llegó Polemarco con Adimanto, el hermano de Glaucón, Nicérato el de Nicias y algunos más, al parecer de la procesión. y dijo Polemarco:

—A lo que me parece, Sócrates, marcháis ya de vuelta a la ciudad.

—Y no te has equivocado —dije yo.

—¿Ves —repuso— cuántos somos nosotros?

—¿Cómo no?

—Pues o habéis de poder con nosotros —dijo— u os quedáis aquí.

—¿Y no hay —dije yo— otra salida, el que os convenzamos de que tenéis que dejarnos marchar?

—¿Y podríais convencemos —dijo él— si nosotros no queremos?

—De ningún modo —respondió Glaucón.

—Pues haceos cuenta que no hemos de querer.

Y Adimanto añadió:

—¿No sabéis acaso que al atardecer habrá una carrera de antorchas a caballo en honor de la diosa?

—¿A caballo? —dije yo—. Eso es cosa nueva. ¿Es que se pasarán unos a otros las antorchas corriendo montados? ¿O cómo se entiende?

—Como tú lo has dicho —replicó Polemarco—, y además celebrarán una fiesta nocturna que será digna de ver; y nosotros saldremos después de levantamos de la cena y asistiremos a la fiesta y nos reuniremos allá con mucha gente joven y charlaremos con toda ella. Quedaos, pues, y no penséis en otra cosa.

—Veo —dijo Glaucón— que vamos a tener que quedamos.

—Pues si así parece —dije yo—, habrá que hacerlo.

II. Fuimos, pues, a casa de Polemarco y encontramos allí a Lisias y a Eutidemo, los hermanos de aquél, y también a Trasímaco el calcedonio y a Carmántides el peanieo y a Clitofonte, el hijo de Aristónimo. Estaba asimismo en la casa Céfalo, el padre de Polemarco, que me pareció muy avanzado en años, pues hacia tiempo que no le veía. Estaba sentado en un asiento con cojín y tenía puesta una corona, ya que acababa de hacer un sacrificio en el patio; y nosotros nos sentamos a su lado, pues había allí algunos taburetes en derredor.

Al verme Céfalo me saludó y me dijo: —¡Oh, Sócrates, cuán raras veces bajas a vernos al Pireo! No debía ser esto; pues si yo tuviera aún fuerzas para ir sin embarazo a la ciudad, no haría falta que tú vinieras aquí, sino que iríamos nosotros a tu casa. Pero como no es así, eres tú el que tienes que llegarte por acá con más frecuencia: has de saber, en efecto, que cuanto más amortiguados están en mí los placeres del cuerpo, tanto más crecen los deseos y satisfacciones de la conversación; no dejes, pues, de acompañarte de estos jóvenes y de venir aquí con nosotros, como a casa de amigos y de la mayor intimidad.

Y en verdad, Céfalo —dije yo—, me agrada conversar con personas de gran ancianidad; pues me parece necesario informarme de ellos, como de quienes han recorrido por delante un camino por el que quizá también nosotros tengamos que pasar, cuál es él, si áspero y difícil o fácil y expedito. y con gusto oiría de ti qué opinión tienes de esto, pues que has llegado a aquella edad que los poetas llaman «el umbral de la vejez»: si lo declaras período desgraciado de la vida o cómo lo calificas.

III. —Yo te diré, por Zeus —replicó—, cómo se me muestra, ¡oh, Sócrates!: muchas veces nos reunimos, confirmando el antiguo proverbio, unos cuantos, próximamente de la misma edad; y entonces la mayor parte de los reunidos se lamentan echando de menos y recordando los placeres juveniles del amor, de la bebida y los banquetes y otras cosas tocantes a esto, y se afligen como si hubieran perdido grandes bienes y como si entonces hubieran vivido bien y ahora ni siquiera viviesen. Algunos se duelen también de los ultrajes que su vejez recibe de sus mismos allegados y sobre ello se extienden en la cantinela de los males que aquélla les causa. y a mí me parece, Sócrates, que éstos inculpan a lo que no es culpable; porque si fuera ésa la causa, yo hubiera sufrido con la vejez lo mismo que ellos, y no menos todos los demás que han llegado a tal edad. Pero lo cierto es que he encontrado a muchos que no se hallaban de tal temple; en una ocasión estaba junto a Sófocles, el poeta, cuando alguien le preguntó: «¿Qué tal andas, Sófocles, con respecto al amor? ¿Eres capaz todavía de estar con una mujer?». y él repuso: «No me hables, buen hombre; me he librado de él con la mayor satisfacción, como quien escapa de un amo furioso y salvaje». Entonces me pareció que había hablado bien, y no me lo parece menos ahora; porque, en efecto, con la vejez se produce una gran paz y libertad en lo que respecta a tales cosas. Cuando afloja y remite la tensión de los deseos, ocurre exactamente lo que Sófocles decía: que nos libramos de muchos y furiosos tiranos. Pero tanto de estas quejas cuanto de las que se refieren a los allegados, no hay más que una causa, y no es, Sócrates, la vejez, sino el carácter de los hombres; pues para los cuerdos y bien humorados, la vejez no es de gran pesadumbre, yal que no lo es, no ya la vejez, ¡oh, Sócrates!, sino la juventud le resulta enojosa.

IV: Admirado yo con lo que él decía, quise que siguiera hablando, y le estimulé diciendo: —Pienso, Céfalo, que los más no habrán de creer estas cosas cuando te las oigan decir, sino que supondrán que tú soportas fácilmente la vejez no por tu carácter, sino por tener gran fortuna; pues dicen que para los ricos hay muchos consuelos.

—Verdad es eso —repuso él—. No las creen, en efecto; y lo que dicen no carece de valor, aunque no tiene tanto como ellos piensan, sino que aquí viene bien el dicho de Temístocles a un ciudadano de Sérifos, que le insultaba diciéndole que su gloria no se la debía a sí mismo, sino a su patria. «Ni yo —replicó— sería renombrado si fuera de Sérifos, ni tú tampoco aun siendo de Atenas» Y a los que sin ser ricos llevan con pena la vejez se les acomoda el mismo razonamiento: que ni el hombre discreto puede soportar fácilmente la vejez en la pobreza, ni el insensato, aun siendo rico, puede estar en ella satisfecho.

—¿Y qué, Céfalo —díjele—, lo que tienes lo has heredado en su mayor parte o es más lo que tú has agregado por ti?

—¿Lo que yo he agregado, Sócrates? —replicó—. En cosas de negocios yo he sido un hombre intermedio entre mi abuelo y mi padre; porque mi abuelo, que llevaba mi mismo nombre, habiendo heredado una fortuna poco más o menos como la que yo tengo hoy, la multiplicó varias veces, y Lisanias, mi padre, la redujo aún a menos de lo que ahora es. Yo me contento con no dejársela a éstos disminuida, sino un poco mayor que la recibí.

—Te lo preguntaba —dije— porque me parecía que no tenías excesivo amor a las riquezas, y esto les ocurre generalmente a los que no las han adquirido por sí mismos, pues los que las han adquirido se pegan a ellas doblemente, con amor como el de los poetas a sus poemas y el de los padres a sus hijos: el mismo afán muestran los enriquecidos en relación con sus riquezas, como por obra propia, y también, igual que los demás, por la utilidad que les procuran. y son hombres de trato difícil porque no se prestan a hablar más que del dinero.

—Dices verdad —aseveró él.

V. —No hay duda —dije yo—; pero contéstame a esto otro. ¿Cuál es la mayor ventaja que, según tú, se saca de tener gran fortuna?

—Es algo —dijo él— de lo que quizá no podría convencer a la mayor parte de las gentes con mis palabras. Porque has de saber, Sócrates —siguió—, que, cuando un hombre empieza a pensar en que va a morir, le entra miedo y preocupación por cosas por las que antes no le entraban, y las fábulas que se cuentan acerca del Hades, de que el que ha delinquido aquí tiene que pagar allí la pena, fábulas hasta entonces tomadas a risa, le trastornan el alma con miedo de que sean verdaderas; y ya por la debilidad de la vejez, ya en razón de estar más cerca del mundo de allá, empieza a verlas con mayor luz. y se llena con ello de recelo y temor y repasa y examina si ha ofendido a alguien en algo. y el que halla que ha pecado largamente en su vida se despierta frecuentemente del sueño lleno de pavor, como los niños, y vive en una desgraciada expectación. Pero al que no tiene conciencia de ninguna injusticia le asiste constantemente una grata y perpetua esperanza, bienhechora «nodriza de la vejez», según frase de Píndaro: donosamente, en efecto, dijo aquél, ¡oh, Sócrates!, que al que pasa la vida en justicia y piedad, le acompaña una dulce esperanza animadora del corazón, nodriza de la vejez, que rige, soberana, la mente tornadiza de los mortales.

—En lo que habló con razón y de muy admirable manera. Ahí pongo yo el principal valor de las riquezas, no ya respecto de cualquiera, sino del discreto; pues para no engañar ni mentir, ni aun involuntariamente, y para no estar en deuda de sacrificios con ningún dios ni de dinero con ningún hombre, y partirse así sin miedo al mundo de allá, ayuda no poco la posesión de las riquezas. Tiene también otros muchos provechos; pero, uno por otro, yo sostendría, ¡oh, Sócrates!, que para lo que he dicho es para lo que es más útil la fortuna al hombre sensato.

—De perlas —contesté yo— es lo que dices, Céfalo; pero eso mismo de que hablamos, esto es, la justicia, ¿afirmaremos que es simplemente el decir la verdad y el devolver a cada uno lo que de él se haya recibido, o estas mismas cosas se hacen unas veces con justicia y otras sin ella? Pongo por caso: si alguno recibe unas armas de un amigo estando éste en su juicio, y ese amigo se las pide después de vuelto loco, todo el mundo diría que no debe devolvérselas y que no obraría en justicia devolviéndoselas ni diciendo adrede todas l&s verdades a quien se halla en semejante estado.

—Bien dices —afirmó él.

—Por lo tanto, no se confma la justicia en decir la verdad ni en devolver lo que se ha recibido.

—Sí de cierto, ¡oh, Sócrates! —dijo interrumpiendo Polemarco—, si hemos de dar crédito a Simónides.

—Bien —dijo Céfalo—, os hago entrega de la discusión, pues tengo que atender al sacrificio.

—Según eso —dijo Polemarco— ¿soy yo tu heredero?

—En un todo —contestó él riendo, y se fue a sacrificar.

VI. —Di, pues —requerí yo—, tú que has heredado la discusión, ¿qué es eso que dijo Simónides, acertadamente a tu ver, acerca de la justicia?

—Que es justo —repuso él— dar a cada uno lo que se le debe, y al decir esto, me parece a mí que habló bien.

—De cierto —dije yo—, no es fácil negar crédito a Simónides, pues es hombre sabio e inspirado, pero lo que con ello quiera significar, quizá tú, Polemarco, lo sepas; yo, por mi parte, lo ignoro. Claro está, sin embargo, que no se refiere a aquello que hace poco decíamos de devolver a uno el depósito hecho silo pide sin estar en su juicio. Y en verdad, lo depositado es en alguna manera debido; ¿no es así?

—Sí.

—Pero de ningún modo se ha de devolver cuando lo pida alguien que esté fuera de juicio.

—Cierto —dijo él.

—Así, pues, a lo que parece, Simónides quiso significar cosa distinta de esto al decir que es justo devolver lo que se debe.

—Otra cosa, por Zeus —dijo—; pues su idea es que los amigos deben hacer bien a los amigos, pero nunca mal.

—Lo creo —dije yo—, porque no da lo que debe aquel que devuelve su oro al depositante si resulta nocivo el devolverlo y el tomarlo y son amigos el que devuelve y el que toma. ¿No es eso lo que, según tú, quiere decir Simónides?

—Exactamente.

—¿Y qué? ¿A los enemigos se les ha de devolver lo que se les debe?

—Sin duda, en absoluto, lo que se les debe —respondió—; y según pienso, débese por el enemigo al enemigo lo que es apropiado: algún mal.

VII. —Así, pues —dije yo—, según parece, Simónides envolvió poéticamente en un enigma lo que entendía por justicia; porque, a lo que se ve, pensaba que lo justo era dar a cada uno lo que le era apropiado; y a esto lo llamó debido.

—¿Y qué otra cosa podrías pensar? —dijo él.

—¡Oh, por Zeus! —exclamé—. Si le hubieran preguntado: «Di, Simónides, ¿qué es lo debido y apropiado que da el arte llamado medicina y a quiénes lo da?». ¿Qué crees tú que nos hubiera contestado?

—Pues bien claro —dijo—: que da remedios y alimentos y bebidas a los cuerpos.

—¿Y qué es lo debido y apropiado que da el arte llamada culinaria y a quiénes lo da?

—El condimento a los manjares.

—Bien; ¿y qué ha de dar, ya quiénes, el arte a que podamos aplicar el nombre de justicia?

—Pues si hemos de atenemos, ¡oh, Sócrates!, a lo dicho antes —replicó—, ha de dar ventajas a los amigos y daños a los enemigos.

—Según eso, ¿llama justicia al hacer beneficios a los amigos y daños a los enemigos.

—Así lo creo.

—¿ Y quién es el más capaz de hacer bien a los amigos pacientes y mal a los enemigos en lo que atañe a enfermedad y salud?

—El médico.

—¿ Y quién a los navegantes en lo que toca a los riesgos del mar?

—El piloto.

—¿ Y qué diremos del justo? ¿En qué asunto y para qué efecto está su especial capacidad de favorecer a los amigos y dañar a los enemigos?

—En guerrear contra ellos o luchar a su lado, según creo.

—Bien. Para los que no están enfermos, amigo Polemarco, es inútil el médico.

—Verdad.

—Y para los que no navegan, el piloto.

—Sí.

—Así, pues, también el justo será inútil para los que no combaten.

—En eso no estoy del todo conforme.

—¿Luego es útil también la justicia en la paz?

—Útil.

—Y la agricultura, ¿lo es o no?

—Sí.

—¿Para la obtención de los frutos?

—Sí.

—¿Y la zapatería?

—Sí.

—¿Dirás acaso, pienso yo, que para la obtención del calzado?

—Exacto.

—Ahora bien: ¿para provecho y obtención de qué dirás que es útil la justicia en la paz?

—Para los convenios, ¡oh, Sócrates!

—¿Convenios llamas a las asociaciones o a qué otra cosa?

—A las asociaciones precisamente.

—Pues bien, ¿en la colocación de fichas en el juego del chaquete es socio bueno y útil el justo o el buen jugador?

—El buen jugador.

—¿Y para la colocación de ladrillos y piedras es el justo más útil y mejor socio que el albañil?

—De ningún modo.

—Pues ¿en qué caso de sociedad es el justo mejor socio que el albañil o citarista, como el citarista lo es respecto del justo para la de pulsar las cuerdas?

—Creo que para la asociación en asuntos de dinero.

—Con excepción tal vez, ioh, Polemarco!, del uso del dinero, cuando haya que comprar o vender con él un caballo. Entopces pienso que el útil será el caballista. ¿No es así? c —Sí, parece.

—Y cuando se trate de un barco, el armador o el piloto.

—Así conviene.

—¿Cuándo, pues, será el justo más útil que los demás? ¿A qué uso en común del oro o de la plata?

—Cuando se trate de depositarIo y conservarlo, ¡oh, Sócrates!

—¿Que es decir cuando no haya que utilizarlo, sino tenerlo quieto?

—Exacto.

—Así, pues, ¿cuando el dinero queda sin utilidad, entonces es útil la justicia en él?

—Eso parece.

—E igualmente será útil la justicia, ya en sociedad, ya en privado, cuando se trate de guardar una podadera; pero cuando haya que servirse de ella ¿lo que valdrá será el arte de la viticultura?

—Está claro.

—¿Y dirás también del escudo y de la lira que, cuando haya que guardarlos y no utilizarlos para nada, será útil la justicia, y cuando haya que servirse de ellos, el arte militar o la música?

—Por fuerza.

—¿Y así, respecto de todas las cosas, la justicia es inútil en el uso y útil cuando no se usan?

—Eso parece.

VIII. —Cosa, pues, de poco interés sería, amigo, la justicia si no tiene utilidad más que en relación con lo inútil. Pero veamos esto otro: el más diestro en dar golpes en la lucha, sea ésta el pugilato u otra cualquiera, ¿no lo es también en guardarse?

—Bien de cierto.

—Y así también, el diestro en guardarse de una enfermedad, ¿no será el más hábil en inocularla secretamente?

—Eso creo.

—Y aún más: ¿no será buen guardián del campamento aquel mismo que es bueno para robar los planes y demás tratos del enemigo?

—Bien de cierto. —y así, cada uno es buen robador de aquello mismo de lo que es buen guardador.

—Así parece.

—Por tanto, si el justo es diestro en guardar dinero, también es diestro en robarlo.

—Por lo menos, así lo muestra ese argumento —dijo.

—Parece, pues, que el justo se revela como un ladrón, y acaso tal cosa la has aprendido de Homero; pues éste, que tiene en mucho a Autólico, abuelo materno de Ulises, dice de él que «mucho renombre le daban fraudes y robos». Es, por tanto, evidente que, según tú y según Homero y según Simónides, la justicia es un arte de robar para provecho de los amigos y daño de los enemigos. ¿No era esto lo que querías decir?

—No, por Zeus —respondió—, pero ya no sé yo mismo lo que decía; con todo, me sigue pareciendo que la justicia es servir a los amigos y hacer daño a los enemigos.

—Y cuando hablas de los amigos, ¿entiendes los que a cada uno parecen buenos o los que lo son en realidad, aunque no lo parezcan, y los enemigos lo mismo?

—Natural es —dijo— que cada cual ame a los que tenga por buenos y odie a los que juzgue perversos.

—¿Y acaso no yerran los hombres sobre ello, de modo que muchos les parecen buenos sin serIo y con muchos otros les pasa lo contrario?

—Yerran de cierto.

—¿Para éstos, pues, los buenos son enemigos y los malos, amigos?

—Exacto.

—Y no obstante, ¿resulta entonces justo para ellos el favorecer alos malos y hacer daño a los buenos?

—Eso parece.

—Y, sin embargo, ¿los buenos son justos e incapaces de faltar a la justicia?

—Verdad es.

—Por tanto, según tu aserto es justo hacer mal a los que no han cometido injusticia.

—De ningún modo, Sócrates —respondió—; ese aserto me parece inmoral.

—Así, pues —dije yo—, ¿es a los injustos a quienes es justo dañar, así como hacer bien a los justos?

—Eso me parece mejor.

—Para muchos, pues, ¡oh, Polemarco!, para cuantos padecen error acerca de los hombres, vendrá a ser justo el dañar a los amigos, pues que los tienen también perversos, y favorecer a los enemigos por ser buenos. Y así venimos a decir lo contrario de lo que, según referíamos, decía Simónides.

—Así ocurre, en efecto —dijo—; pero cambiemos el supuesto, porque parece que no hemos establecido bien lo que es el amigo y el enemigo.

—¿Qué supuesto era ése, Polemarco?

—El de que es amigo el que parece bueno.

—¿Y cómo hemos de cambiarlo? —dije yo.

—Afirmando —dijo él— que es amigo el que parece y es realmente bueno, y que el que lo pareceyno lo es, es amigo en apariencia, pero no en realidad; y otro tanto hay que sentar acerca del enemigo.

—En virtud de ese aserto, a lo que se ve, el bueno será amigo, y el malo, enemigo.

—Sí.

—Así, pues, ¿pretendes que añadamos a la idea de lo justo algo más sobre lo que primero decíamos, cuando afirmábamos que era justo el hacer bien al amigo y mal al enemigo; diciendo ahora, además de ello, que es justo el hacer bien al amigo que es bueno y mal al enemigo que es malo?

—Exactamente —respondió—; dicho así me parece acertado.

IX. —¿Y es, acaso, propio del hombre justo —dije yo— el hacer mal a quienquiera que sea?

—Bien de cierto —dijo—; a los perversos y malvados hay que hacerles mal.

—y cuando se hace daño a los caballos, ¿se hacen éstos mejores o peores?

—Peores.

—¿Acaso en lo que toca a la virtud propia de los perros o en lo gue toca a la de los caballos?

—En la de los caballos.

—¿Y del mismo modo los perros, cuando reciben daño, se hacen peores, no ya con respecto a la virtud propia de los caballos, sino a la de los perros?

—Por fuerza.

—¿Y no diremos también, amigo, que los hombres, al ser dañados, se hacen peores en lo que toca a la virtud humana?

—Ni más ni menos.

—¿ Y la justicia no es virtud humana?

—También esto es forzoso.

—Necesario es, por tanto, querido amigo, que los hombres que reciben daño se hagan más injustos.

—Eso parece.

—¿Y acaso los músicos pueden hacer hombres rudos en música con la música misma?

—Imposible.

—¿Ni los caballistas hombres torpes en cabalgar con el arte de la equitación?

—No puede ser.

—¿Ni tampoco los justos pueden hacer a nadie injusto con la justicia, ni, en suma, los buenos a nadie malo con la virtud?

—No, imposible.

—Porque, según pienso, el enfriar no es obra del calor, sino de su contrario.

—Así es.

—Ni el humedecer de la sequedad, sino de su contrario.

—Exacto.

—Ni del bueno el hacer daño, sino de su contrario.

—Eso parece.

—¿Y el justo es bueno?

—Bien seguro.

—No es, por tanto, ¡oh, Polemarco!, obra propia del justo el hacer daño ni a su amigo ni a otro alguno, sino de su contrario el injusto.

—Me parece que en todo dices la verdad, ¡oh, Sócrates! —repuso él.

—Por tanto, si alguien afirma que es justo el dar a cada uno lo debido y entiende con ello que por el hombre justo se debe daño a los enemigos y beneficio a los amigos, no fue sabio el que tal dijo, pues no decía verdad; porque el hacer mal no se nos muestra justo en ningún modo.

—Así lo reconozco —dijo él.

—Combatiremos, pues, tú y yo en común —dije—, si alguien afirma que ha dicho semejante cosa Simónides, o Biante, o Pítaco o algún otro de aquellos sabios y benditos varones.

—Yo, por lo que a mí toca —contestó—, estoy dispuesto a acompañarte en la lucha.

—¿Y sabes —dije— de quién creo que es ese dicho de que es justo favorecer a los amigos y hacer daño a los enemigos?

—¿De quién? —preguntó.

—Pues pienso que de Periandro, o de Perdicas, o de Jerjes, o de Ismenias el tebano, o de algún otro hombre opulento muy convencido de su gran poder.

—Verdad pura es lo que dices —repuso él.

—Bien —dije yo—; pues que ni lo justo ni la justicia se nos muestran así, ¿qué otra cosa diremos que es ello?

X. Y entonces, Trasímaco —que varias veces, mientras nosotros conversábamos, había intentado tomar por su cuenta la discusión y había sido impedido en su propósito por los que estaban a su lado, deseosos de oírla hasta el final—, al hacer nosotros la pausa y decir yo aquello, no se contuvo ya, sino que, contrayéndose lo mismo que una fiera, se lanzó sobre nosotros como si fuera a hacemos pedazos. Tanto Polemarco como yo quedamos suspensos de miedo; y él, dando voces en medio de todos: —¿Qué garrulería —dijo— es ésta, oh, Sócrates, que os ha tomado hace rato? ¿A qué estas bobadas de tanta deferencia del uno hacia el otro? Si quieres saber de cierto lo que es lo justo, no te limites a preguntar y a refutar ufanamente cuando se contesta, bien persuadido de que es más fácil preguntar que contestar; antes bien, contesta tú mismo y di qué es lo que entiendes por lo justo. Y cuidado con que me digas que es lo necesario, o lo provechoso, o lo útil, o lo ventajoso, o lo conveniente, sino que aquello que digas has de decirlo con claridad y precisión, porque yo no he de aceptar que sigas con semejantes vaciedades.

Estupefacto quedé yo al oírle, y mirándole sentía miedo; y aun me parece que, si no le hubiera mirado antes de que él me mirara a mí, me habría quedado sin habla. Pero ocurrió que, cuando comenzó a encresparse con nuestra discusión, dirigí a él mi mirada el primero, y así me hallé capaz de contestarle y le dije, no sin un ligero temblor:"— Trasímaco, no te enojes con nosotros: si éste y yo nos extraviamos un tanto en el examen del asunto, cree que ha sido contra nuestra voluntad. Porque si estuviéramos buscando oro, bien sabes que no habríamos de condescender por nuestra voluntad el uno con el otro y perder la ocasión del hallazgo; no pienses, pues, que cuando investigamos la justicia, cosa de mayor precio que muchos oros, íbamos a andar neciamente con mutuas concesiones en vez de esforzamos con todas nuestras fuerzas en que aparezca aquélla. Persuádete, amigo: lo que pienso es que no podemos; así es mucho más razonable que hallemos compasión, y no enojo, por parte de vosotros, los capacitados.

XI. Oyendo él esto, rióse muy sarcásticamente y dijo: —¡Oh, Heracles! Aquí está Sócrates con su acostumbrada ironía; ya les había yo dicho a éstos que tú no querrías contestar, sino que fmgirías y acudirías a todo antes que responder, si alguno te preguntaba.

—En efecto, Trasímaco —dije yo—, tú eres discreto y bien sabes que si preguntaras a uno cuántas son doce y al preguntarle le añadieras: «Cuidado, amigo, con decirme que doce son dos veces seis, ni tres veces cuatro, ni seis veces dos, ni cuatro veces tres, porque no aceptaré semejante charlatanería», te resultaría claro, creo, que nadie iba a contestar al que inquiriese de ese modo. Supón que te preguntara: «Trasímaco, ¿qué es lo que dices? ¿Que no he de contestar nada de lo que tú has enunciado previamente, ni aun en el caso, oh, varón singular, de que sea en realidad alguna de estas cosas, sino que he de decir algo distinto de la verdad? ¿O cómo se entiende?». ¿Qué le responderías a esto?

—¡Bien —dijo—, como si eso fuera igual a aquello! —Nada se opone a que lo sea —afirmé yo—; pero aunque no fuera igual, ¿piensas que si se lo parece al interrogado va a dejar de contestar con su parecer, se lo prohibamos nosotros o no?

—¿Yeso precisamente es lo que vas tú a hacer? ¿Contestar con algo de lo que yo te he vedado? —preguntó.

—No sería extraño —dije— si así se me mostrara después de examinarlo.

—¿Y qué sería —dijo él— si yo diera otra respuesta acerca de la justicia, distinta de todas esas y mejor que ellas? ¿A qué te condenarías?

—¿A qué ha de ser —repuse yo—, sino a aquello que conviene al que no sabe? Lo que para él procede es, creo yo, aprender del que sabe, y de esta pena me considero digno.

—Chistoso eres en verdad —dijo—; pero, además de aprender, has de pagar dinero.

—De cierto, cuando lo tenga —dije. —Lo tienes —dijo Glaucón—; si es por dinero, habla, Trasímaco, que todos nosotros lo aportaremos para Sócrates.

—Bien lo veo —repuso él; para que Sócrates se salga con lo de costumbre: que no conteste y que, al contestar otro, tome la palabra y lo refute.

—Pero ¿cómo —dije yo— podría contestar, oh, el mejor de los hombres, quien primeramente no sabe nada, y así lo confiesa, y además, si algo cree saber, se encuentra con la prohibición de decir una palabra de lo que opina, impuesta por un hombre nada despreciable? Más en razón está que hables tú, pues dices que sabes y que tienes algo que decir. No rehúses, pues, sino compláceme contestando, y no escatimes tu enseñanza a Glaucón, que así te habla, ni a los demás.

XII. Al decir yo esto, Glaucón y los otros le pidieron que no rehusase; ya era evidente que Trasímaco estaba deseando hablar para quedar bien, creyendo que poseía una contestación insuperable, pero fingía disputar por que yo fuera el que contestara. Al fin cedió y seguidamente:

—Ésta es —dijo—la ciencia de Sócrates: no querer enseñar por su parte, sino andar de acá para allá, aprendiendo de los demás sin dar ni siquiera las gracias.

—En lo de aprender de los demás —repuse yo— dices verdad, ¡oh, Trasímaco!; en lo de que no pago con mi agradecimiento, yerras, pues pago con lo que puedo, y no puedo más que con alabanzas, porque dinero no tengo. y de qué buen talante lo hago cuando me parece que alguien habla rectamente lo vas a saber muy al punto, en cuanto des tu respuesta, porque pienso que vas a hablar bien.

—Escucha, pues —dijo—: sostengo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte. ¿Por qué no lo celebras? No querrás, de seguro.

—Lo haré —repliqué yo— cuando llegue a saber lo que dices; ahora no lo sé todavía. Dices que lo justo es lo que conviene al más fuerte. ¿Y cómo lo entiendes, Trasímaco? Porque, sin duda, no quieres decir que si Polidamante, el campeón del pancracio, es más fuerte que nosotros y le conviene para el cuerpo la carne de vaca, este alimento que le conviene es también adecuado, y justo para nosotros, que somos inferiores a él.

—Desenfadado eres, Sócrates —dijo—, y tomas mi aserto por donde más fácilmente puedas estropearlo.

—De ningún modo, mi buen amigo —repuse yo—, pero di más claramente lo que quieres expresar.

—¿No sabes —preguntó— que de las ciudades las unas se rigen por tiranía, las otras por democracia, las otras por aristocracia?

—¿Cómo no?

—¿Y el gobierno de cada ciudad no es el que tiene la fuerza en ella?

—Exacto.

—Y así, cada gobierno establece las leyes según su conveniencia: la democracia, leyes democráticas; la tiranía, tiránicas, y del mismo modo los demás. Al establecerlas, muestran los que mandan que es justo para los gobernados lo que a ellos conviene, y al que se sale de esto lo castigan como violador de las leyes y de la justicia. Tal es, mi buen amigo, lo que digo que en todas las ciudades es idénticamente justo: lo conveniente para el gobierno constituido. Y éste es, según creo, el que tiene el poder; de modo que, para todo hombre que discurre bien, lo justo es lo mismo en todas partes: la conveniencia del más fuerte.

—Ahora —dije yo— comprendo lo que dices; si es verdad o no, voy a tratar de verlo. Has contestado, Trasímaco, que lo justo es lo conveniente; y no obstante, a mí me habías prohibido que contestara eso. Cierto es que agregas: «para el más fuerte».

—¡Dirás, acaso, que es pequeña añadidura! —exclamó.

—No está claro todavía si pequeña o grande; pero sí que hay que examinar si eso que dices es verdad. Yo también reconozco que lo justo es algo conveniente; tú, por tu parte, añades y afirmas que lo conveniente para el más fuerte. Pues bien, eso es lo que yo ignoro, y, en efecto, habrá que examinarlo.

—Examínalo —dijo.

XIII. —Así se hará —repliqué—. y dime, ¿no afirmas también que es justo obedecer a los gobernantes?

—Lo afirmo.

—¿Y son infalibles los gobernantes en cada ciudad o están sujetos a error?

—Enteramente sujetos a error —dijo.

—¿Y así, al aplicarse a poner leyes, unas las hacen bien y otras mal?

—Eso creo.

—¿ Y el hacerlas bien es hacérselas convenientes para ellos mismos, y el hacerlas mal, inconvenientes? ¿O cómo lo entiendes?

—Así como dices.

—¿Y lo que establecen ha de ser hecho por los gobernados y eso es lo justo?

—¿Cómo no?

—Por tanto, según tu aserto no es sólo justo el hacer lo conveniente para el más fuerte, sino también lo contrario: lo inconveniente.

—¿Que estás diciendo? —preguntó él.

—Lo mismo que tú, según creo. Examinémoslo mejor: ¿no hemos convenido en que los gobernantes, al ordenar algunas cosas a los gobernados, se apartan por error de lo que es mejor para ellos mismos, y en que lo que mandan los gobernantes es justo que lo hagan los gobernados? ¿No quedamos de acuerdo en ello?

—Así lo pienso —dijo.

—Piensa, pues, también —dije yo— que has reconocido que es justo hacer cosas inconvenientes para los gobernantes y dueños de la fuerza cuando los gobernantes, involuntariamente, ordenan lo que es perjudicial para ellos mismos, pues que dijiste que era justo hacer lo que éstos hayan ordenado. ¿Acaso entonces, discretísimo Trasímaco, no viene por necesidad a ser justo hacer lo contrario de lo que tú dices? Porque sin duda alguna se ordena a los inferiores hacer lo inconveniente para el más fuerte.

—Sí, por Zeus —dijo Polemarco—. Eso está clarísimo, ¡oh, Sócrates!

—Sin duda —interrumpió Clitofonte—, porque tú se lo atestiguas.

—¿Y qué necesidad —replicó Polemarco —tiene de testigo? El mismo Trasímaco confiesa que los gobernantes ordenan a veces cosas perjudiciales para ellos mismos y que es justo que los otros las hagan.

—El hacer lo ordenado por los gobernantes, ¡oh, Polemarco!, eso fue lo que estableció Trasímaco como justo.

—Pero también, ¡oh, Clitofonte!, puso como justo lo conveniente para el más fuerte. Y estableciendo ambas cosas, confesó que los más fuertes ordenan a veces lo inconveniente para ellos mismos, con el fin de que lo hagan los inferiores y gobernados. y según estas confesiones, igual de justo sería lo conveniente para el más fuerte que lo inconveniente.

—Pero por lo conveniente para el más fuerte —dijo Clitofonte— quiso decir lo que el más fuerte entendiese que le convenía. y que esto había de ser hecho por el inferior: en eso puso la justicia.

—Pues no fue así como se dijo —afirmó Polemarco.

—Es igual—dije yo, ¡oh, Polemarco! Si ahora Trasímaco lo dice así, así se lo aceptaremos.

XIV: —Dime, pues, Trasímaco: ¿era esto lo que querías designar como justo: lo que pareciera ser conveniente para el más fuerte, ya lo fuera, ya no? ¿Hemos de sentar que ésas fueron tus palabras?

—De ningún modo —dijo—. ¿Piensas, acaso, que yo llamo más fuerte al que yerra cuando yerra?

—Yo, por lo menos —dije—, pensaba que era eso lo que decías al confesar que los gobernantes no eran infalibles, sino que también tenían sus errores.

—Tramposo eres, ¡oh, Sócrates!, en la argumentación —contestó—: ¿es que tú llamas, sin más, médico al que yerra en relación con los enfermos precisamente en cuanto yerra? ¿O calculador al que se equivoca en el cálculo, en la misma ocasión en que se equivoca y en cuanto a su misma equivocación? Es cierto que solemos decir, creo yo, que el médico erró o que el calculador se equivocó o el gramático; pero cada uno de ellos no yerra en modo alguno, según yo opino, en cuanto es aquello con cuyo título le designamos. De modo que, hablando con rigor, puesto que tú también precisas las palabras, ninguno de los profesionales yerra: el que yerra, yerra porque le falla su ciencia, en lo cual no es profesional; de suerte que ningún profesional ni gobernante ni sabio yerra al tiempo que es tal, aunque se diga siempre que el médico o el gobernante erró. Piensa, pues, que ésa es también mi respuesta ahora, y lo que hay con toda precisión es esto: que el gobernante, en cuanto gobernante, no yerra, y no errando establece lo mejor para sí mismo; y esto ha de ser hecho por el gobernado. y así como dije al principio, tengo por justo el hacer lo conveniente para el más fuerte.

XV: —Bien, Trasímaco —dije—; ¿crees que hay trampa en mis palabras?

—Lo creo enteramente —contestó. —¿Piensas, pues, que, al preguntarte como te preguntaba lo hacía insidiosamente, para perjudicarte en la discusión?

—De cierto lo sé —dijo—. y no conseguirás nada, porque ni habrá de escapárseme tu mala intención ni, puesta al descubierto, podrás hacerme fuerza en el debate.

—Ni habría de intentarlo, bendito Trasímaco —repliqué yo—, pero para que no nos suceda otra vez lo mismo, determina si, cuando hablas del gobernante y del más fuerte, lo haces conforme al decir común o en el rigor de la palabra, según tu propia expresión de hace un momento; me refiero a aquel cuya conveniencia, por ser él más fuerte, es justo que realice el más débil.

—Al que es gobernante en el mayor rigor de la palabra —dijo—. Ensáñate y maquina contra esto, si es que puedes: no te pido indulgencia; pero aseguro que no has de poder hacerlo.

—¿Acaso piensas —dije— que he de estar tan loco como para tratar de esquilar al león y engañar a Trasímaco?

—Por lo menos —contestó— acabas de intentarlo, aunque mostrándote incapaz en ello como en todo.

—Basta —dije yo— de tales cosas, pero dime: el médico en el rigor de la palabra, del que hablabas antes, ¿es por ventura negociante, o bien curador de los enfermos? Entiende el que es médico en realidad.

—Curador de los enfermos —replicó.

—¿Y qué diremos del piloto? ¿El verdadero piloto es jefe de los marinos o marino?

—Jefe de los marinos.

—En nada, pues, se ha de tener en cuenta, creo yo, que navega en el bajel, ni por ello se le ha de llamar marino; pues no por navegar recibe el nombre de piloto, sino por su arte y el mando de los marinos.

—Verdad es —dijo.

—¿Y no tiene cada uno de éstos su propia conveniencia?

—Sin duda.

—¿ Y no existe el arte —dije yo— precisamente para esto, para buscar y procurar a cada uno lo conveniente?

—Para eso —replicó.

—¿Y acaso para cada una de las artes hay otra conveniencia que la de ser lo más perfecta posible?

—¿Qué quieres preguntar con ello?

—Pongo por caso —dije—: si me preguntases si le basta al cuerpo ser cuerpo o necesita de algo más, te contestaría que «sin duda necesita; y por ello se ha inventado y existe el arte de la medicina, porque el cuerpo es imperfecto y no le basta ser lo que es. Y para procurarle lo conveniente se ha dispuesto el arte». ¿Te parece que hablo rectamente al hablar así —pregunté— o no?

—Rectamente —dijo.

—¿Y qué más? ¿La medicina misma es imperfecta o, en general, cualquier otra arte necesita en su caso de alguna virtud, como los ojos de la vista o las orejas del oído, a los que por esto hace falta un arte que examine y procure lo conveniente para ellos? ¿Acaso también en el arte misma hay algún modo de imperfección y para cada arte se precisa otra parte que examine lo conveniente para ella y otra a su vez para la que examina y así hasta lo infinito? ¿O es ella misma quien examina su propia conveniencia? ¿O quizá no necesita ni de sí misma ni de otra para examinar lo conveniente a su propia imperfección y es la razón de ello que no hay defecto ni error en arte alguna, ni le atañe a ésta buscar lo conveniente para nada que no sea su propio objeto, sino que ella misma es incontaminada y pura en cuanto es recta, esto es, mientras cada una es precisa y enteramente lo que es? Examínalo con el convenido rigor de palabra: ¿es esto o no?

—Tal parece —contestó.

—La medicina, pues, no busca lo conveniente para sí misma, sino para el cuerpo —dije.

—Así es —dijo.

—Ni la equitación lo conveniente para la equitación, sino lo conveniente para los caballos; ni ninguna otra arte lo conveniente para sí misma, pues de nada necesita, sino para el ser a que se aplica.

—Eso parece —dijo.

—Y las artes, ¡oh, Trasímaco!, gobiernan y dominan aquello que constituye su objeto.

Aunque a duras penas convino también en esto.

—Por tanto, no hay disciplina alguna que examine y ordene la conveniencia del más fuerte, sino la del ser inferior y gobernado por ella.

Reconociólo al fin también, aunque dispuesto a discutir sobre ello; y una vez que lo reconoció, dije yo:

—Según eso, ¿no es lo cierto que ningún médico en cuanto médico examina ni ordena lo conveniente para el médico mismo, sino lo conveniente para el enfermo? Ahora bien, convinimos en que el verdadero médico gobierna los cuerpos y no es un negociante. ¿O no convinimos? Confesólo así.

—¿Y en que el verdadero piloto es jefe de los marinos y no marino él mismo?

Quedó confesado.

—Ahora bien, el tal piloto y jefe no examina ni ordena lo conveniente para el piloto, sino lo conveniente para el marino y gobernado.

Reconociólo, aunque de mala gana.

—Y así, Trasímaco —dije yo—, nadie que tiene gobierno, en cuanto es gobernante, examina ni ordena lo conveniente para sí mismo, sino lo conveniente para el gobernado y sujeto a su arte, y dice cuanto dice y hace todo cuanto hace mirando a éste y a su conveniencia y ventaja.

XVI. Llegados a este punto de la discusión, y hecho claro para todos que lo dicho por él sobre lo justo se había convertido en su contrario, Trasímaco, en vez de contestar, exclamó:

—Dime, Sócrates, ¿tienes nodriza?

—¿A qué viene eso? —dije—. ¿No valía más contestar que preguntar tales cosas?

—Lo digo —replicó— porque te deja en tu flujo y no te limpia los mocos, estando tú necesitado de ello, pues ni siquiera sabes por ella lo que son ovejas y pastor.

—¿Por qué así? —dije yo.

—Porque piensas que los pastores y los vaqueros atienden al bien de las ovejas y de las vacas y las ceban y cuidan mirando a otra cosa que al bien de sus dueños o de sí mismos, e igualmente crees que los gobernantes en las ciudades, los que gobiernan de verdad, tienen otro modo de pensar en relación con sus gobernados que el que tiene cualquiera en regir sus ovejas, y que examinan de día y de noche otra cosa que aquello de donde puedan sacar provecho. y tanto has adelantado acerca de lo justo y la justicia y lo injusto y la injusticia que ignoras que la justicia y lo justo es en realidad bien ajeno, conveniencia para el poderoso y gobernante y daño propio del obediente y sometido; y que la injusticia es lo contrario, y que gobierna a los que son de verdad sencillos y justos, y que los gobernados realizan lo conveniente para el que es más fuerte y, sirviéndole, hacen a éste feliz, pero de ninguna manera a sí mismos. Hay que observar, candidísimo Sócrates, que al hombre justo le va peor en todas partes que al injusto. Primeramente, en las asociaciones mutuas, donde uno se junta con otro, nunca verás que, al disolverse la comunidad, el justo tenga más que el injusto, sino menos. Después, en la vida ciudadana, cuando hay algunas contribuciones, el justo con los mismos bienes contribuye más; el segundo, menos. y cuando hay que recibir, el primero sale sin nada; el segundo, con mucho. Cuando uno de los dos toma el gobierno, al justo le viene, ya que no otro castigo, el andar peor por causa del abandono en sus asuntos privados, sin aprovechar nada de lo público por ser justo, y sobre ello, el ser aborrecido de los allegados y conocidos cuando no quiera hacerles favor alguno contra justicia; con el injusto todas estas cosas se dan en sentido contrario. Me refiero, en efecto, a aquel mismo que ha poco decía, al que cuenta con poder para sacar grandes ventajas: fíjate, pues, en él si quieres apreciar cuánto más conviene a su propio interés ser injusto que justo. Y lo conocerás con la máxima facilidad si te pones en la injusticia extrema, que es la que hace más feliz al injusto y más desdichados a los que padecen la injusticia y no quieren cometerla. Ella es la tiranía que arrebata lo ajeno, sea sagrado o profano, privado o público, por dolo o por fuerza, no ya en pequeñas partes, sino en masa. Si un cualquiera es descubierto al violar particularmente alguna de estas cosas, es castigado y recibe los mayores oprobios; porque, en efecto, se llama sacrílegos, secuestradores, horadadores de muros, estafadores o ladrones a aquellos que violan la justicia en alguna de sus partes con cada uno de estos crímenes. Pero cuando alguno, además de las riquezas de los ciudadanos, los secuestra a ellos mismos y los esclaviza, en lugar de ser designado con esos nombres de oprobio es llamado dichoso y feliz no sólo por los ciudadanos, sino por todos los que conocen la completa realización de su injusticia; porque los que censuran la injusticia no la censuran por miedo a cometerla, sino a sufrirla. Así, Sócrates, la injusticia, si colma su medida, es algo más fuerte, más libre y más dominador que la justicia; y como dije desde el principio, lo justo se halla ser lo conveniente para el más fuerte, y lo injusto lo que aprovecha y conviene a uno mismo.

XVII. Dicho esto, Trasímaco pensaba marcharse después de habemos vertido por los oídos, como un bañero, el torrente de su largo discurso; pero los presentes no le dejaron, antes bien, le obligaron a quedarse y a dar explicación de lo que había dicho. y yo mismo también le rogaba con encarecimiento y le decía:

—Bendito Trasímaco, ¿piensas irte después de habernos lanzado tal discurso, sin enseñamos en forma o aprender tú si es ello así como dices o de otra manera? ¿Crees que es asunto baladí el que has tomado por tu cuenta, y no ya el definir la norma de conducta a la que ateniéndonos cada uno podamos vivir más provechosamente nuestra vida?

—¿Acaso —dijo Trasímaco— no estoy yo también en ello?

—Así parecía —contesté yo—, o bien que no te cuidabas nada de nosotros ni te preocupabas de que viviésemos mejor o peor ignorando lo que tú dices saber. Atiende, mi buen amigo, a instruir nos: no perderás el beneficio que nos hagas, siendo tantos nosotros. Por mi parte, he de decirte que no reconozco ni creo que la injusticia sea más ventajosa que la justicia, ni aun cuando se le dé a aquélla rienda suelta y no se le impida hacer cuanto quiera. Dejemos, amigo, al injusto en su injusticia; démosle la facultad de atropellar sea por ocultación, sea por fuerza, que no por ello me persuadirá de que ha de sacar más provecho que con la justicia. Quizá algún otro de nosotros lo sienta así, no sólo yo; persuádenos, pues, bendito Trasímaco, de que no discurrimos rectamente teniendo a la justicia en más que a la injusticia.

—¿Y cómo te he de persuadir? —dijo—. Si con lo que he dicho no has quedado persuadido, ¿qué voy a hacer contigo? ¿He de coger mi razonamiento y embutírtelo en el alma?

—No, por Zeus, no lo hagas —repliqué yo—; mas, ante todo, mantente firme en aquello que digas; y si lo cambias, cámbialo abiertamente y no nos induzcas a error. Bien ves, Trasímaco —consideremos una vez más lo de antes—, que después de haber definido al verdadero médico no te creíste obligado a observar la misma precisión en lo que toca al verdadero pastor, sino que piensas que éste ceba sus ovejas en su calidad de pastor, no atendiendo a lo mejor para ellas, sino a manera de un glotón dispuesto al banquete, para su propio regalo o bien para venderlas como un negociante, no como tal pastor. Pero a la pastoría, de cierto, no interesa otra cosa que aquello para que está ordenada a fin de procurarle lo mejor, puesto que, por lo que a ella misma respecta, está bien dotada hasta la máxima excelencia, en tanto no le falte nada para ser verdadera pastoría. Y así, creo yo ahora que es necesario confesemos que todo gobierno, en cuanto gobierno, no considera el bien sino de aquello que es gobernado y atendido por él, lo mismo en el gobierno pú­blico que en el privado. Mas tú, por lo parte, ¿piensas que los gobernantes de las ciudades ‑me refiero a los verda­deros gobernantes‑ gobiernan por su voluntad?

‑No lo pienso, por Zeus ‑dijo él‑, sino que lo sé.

XVIII. ‑¿Cómo, Trasímaco? ‑contesté yo‑. ¿No lo perca­tas de que, cuando se trata de los otros gobiernos, nadie quiere ejercerlos por su voluntad, sino que piden recom­pensa, entendiendo que ninguna ventaja les ha de venir a ellos de gobernar, sino más bien a los gobernados? Porque, dime, ¿no aseveramos constantemente que cada arte es distinta de las otras en cuanto tiene distinta eficacia? Y no contestes, bendito mío, contra lo opinión, para que podamos adelantar algo.

‑En eso es distinto ‑dijo.

‑¿Y no nos procura cada una un provecho especial, no ya común con las otras, como la medicina procura la sa­lud, el pilotaje la seguridad al navegar, y así las demás?

‑Bien de cierto.

‑Y así, ¿el arte de granjear nos procura granjería?

Porque, en efecto, ésa es su eficacia; ¿o designas tú con el mismo nombre a la medicina y al pilotaje? O si de cierto quieres definir con precisión, como propusiste, en caso de que un piloto se ponga bueno por convenirle navegar por el mar, ¿vas a llamar en razón de ello medicina a su arte?

‑No, por cierto ‑dijo.

‑Ni tampoco al granjeo, creo yo, porque alguien se cure recibiendo granjería.

‑Tampoco.

‑¿Y qué? ¿La medicina será granjeo porque uno, cu­rando, haga granjería?

Nególo.

‑¿Y así confesamos que cada arte tiene su propio pro­vecho?

‑Sea así ‑dijo.

‑De modo que aquel provecho que obtienen en gene­ral todos los profesionales de ellas, está claro que lo sacan de algo adicional idéntico en todas las artes.

‑Tal parece ‑repuso.

‑Diremos, pues, que los profesionales que obtienen granjería, la obtienen por servirse en añadidura del arte del granjeo.

Aunque a duras penas, lo reconoció así.

‑Ese provecho, pues, de la granjería no lo recibe cada uno de su propia arte, sino que, consideradas las cosas con todo rigor, la medicina produce salud y el granjeo, granjería; la edificación, casas, y el granjeo que acompa­ña a ésta, granjería; y así en todas las demás artes hace cada una su trabajo y obtiene el provecho para que está ordenada. Y si no se añade la ganancia, ¿sacará algo el profesional de su arte?

‑No parece ‑dijo.

‑¿No aprovecha, pues, nada cuando trabaja gratuitamente?

‑Sí aprovecha, creo.

‑Así, pues, Trasímaco, resulta evidente que ningún arte ni gobierno dispone lo provechoso para sí mismo, sino que, como veníamos diciendo, lo dispopte y ordena para el gobernado, mirando al bien de éste, que es el más débil, no al del más fuerte. Y por esto, querido Tra­símaco, decía yo hace un momento que nadie quiere go­bernar de su grado ni tratar y enderezar los males aje­nos, sino que todos piden recompensa; porque el que ha de servirse rectamente de su arte no hace ni orde­na nunca, al ordenar conforme a ella, lo mejor para sí mismo, sino para el gobernado; por lo cual, según parece, debe darse recompensa a los que se disponen a gobernar: sea dinero, sea honra, sea castigo al que no gobierna.

XIX. ‑¿Cómo se entiende, oh, Sócrates? ‑dijo Glaucón‑. Reconozco lo de las dos recompensas, pero lo de ese cas­tigo de que hablas y del que has hecho también mención como un modo de recompensa no lo comprendo.

‑¿No lo das cuenta acaso ‑dije‑ del premio propio de los mejores, por el que gobiernan los hombres de prove­cho cuando se prestan a gobernar? ¿O ignoras que la am­bición y la codicia son tenidas por vergonzosas y lo son en realidad?

‑Lo sé ‑dijo.

‑Por esto ‑repuse yo‑ los buenos no quieren gober­nar ni por dinero ni por honores; ni, granjeando abier­tamente una recompensa por causa de su cargo, quie­ren tener nombre de asalariados, ni el de ladrones tomándosela ellos subrepticiamente del gobierno mis­mo. Los honores no los mueven tampoco, porque no son ambiciosos. Precisan, pues, de necesidad y castigo si han de prestarse a gobernar, y ésta es tal vez la razón de ser tenido como indecoroso el procurarse gobierno sin ser forzado a ello. El castigo mayor es ser gobernado por otro más perverso cuando no quiera él gobernar: y es por temor a este castigo por lo que se me figura a mí que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces van al gobierno no como quien va a algo ventajoso, ni pensando que lo van a pasar bien en él, sino como el que va a cosa necesaria y en la convic­ción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quienes confiarlo. Porque si hubiera una ciu­dad formada toda ella por hombres de bien, habría probablemente lucha por no gobernar, como ahora la hay por gobernar, y entonces se haría claro que el ver­dadero gobernante no está en realidad para atender a su propio bien, sino al del gobernado; de modo que todo hombre inteligente elegiría antes recibir favor de otro que darse quehacer por hacerlo él a los demás. Yo de ningún modo concedo a Trasímaco eso de que lo justo es lo conveniente para el más fuerte. Pero este asunto lo volveremos a examinar en otra ocasión, pues me parece de mucho más bulto eso otro que dice ahora Trasímaco al afirmar que la vida del injusto es preferible a la del justo. Tú, pues, Glaucón ‑dije‑, ¿por cuál de las dos cosas lo decides? ¿Cuál de los dos asertos lo parece más verdadero?

‑Es más provechosa, creo yo, la vida del justo.

‑¿Oíste ‑pregunté yo‑ todos los bienes que Trasíma­co relataba hace un momento del injusto?

‑Los oí ‑contestó‑, pero no he quedado persuadido.

‑¿Quieres, pues, que, si hallamos modo de hacerlo, le convenzamos de que no dice verdad?

‑¿Cómo no he de querer? ‑replicó.

‑Bien está ‑dije yo‑, pero si ahora, esforzándonos en refutarle, pusiéramos razón contra razón, enumerando las ventajas de ser justo, y él nos replicara en la misma forma y nosotros a él, habría necesidad de contar y me­dir los bienes que cada uno fuéramos predicando en cada parte y precisaríamos de unos jueces que decidieran el asunto; mas, si hacemos el examen, como hasta aquí, por medio de mutuas confesiones, seremos todos nosotros a un mismo tiempo jueces y oradores.

‑Bien de cierto ‑dijo.

‑¿Cuál, pues, de los dos procedimientos lo agrada? ‑dije yo.

‑El segundo ‑contestó.

XX. ‑Vamos, pues, Trasímaco ‑dije yo‑; volvamos a empezar y contéstame: ¿dices que la injusticia perfecta es más ventajosa que la perfecta justicia?

‑Lo afirmo de plano ‑contestó‑ y dichas quedan las razones.

‑Y dime: ¿cómo lo entiendes? ¿Llamas a una de esas dos cosas virtud y vicio a la otra?

‑¿Cómo no?

‑Así, pues, ¿llamas virtud a la justicia yvicio a la injus­ticia?

‑¡Buena consecuencia, querido ‑exclamó‑, cuando digo que la injusticia da provecho yla justicia no!

‑¿Qué dices, pues?

‑Todo lo contrario ‑repuso.

‑¿Que la justicia es vicio?

‑No, sino una generosa inocencia.

‑¿Y maldad, por tanto, la injusticia?

‑No, sino discreción ‑replicó.

‑¿De modo, Trasímaco, que los injustos lo parecen in­teligentes y buenos?

‑Por lo menos ‑dijo‑, los que son capaces de realizar la injusticia completa, consiguiendo someter a su poder ciudades y pueblos; tú piensas acaso que hablo de los ra­teros de bolsas. Esto también aprovecha ‑siguió‑ si pasa inadvertido; pero no es digno de consideración, sino sólo aquello otro de lo que ahora hablaba.

‑En verdad ‑dije‑, no ignoro lo que quieres decir. Pero me ha dejado suspenso que pongas la injusticia como parte de la virtud y la sabiduría; y la justicia, entre los contrarios de éstas.

‑Así las pongo en un todo.

‑Eso es aún más duro, amigo ‑dije yo‑, y no es fácil hacerle objeción; porque si hubieras afirmado que la injusticia es ventajosa, pero confesaras que es vicio y desdoro, como reconocen otros, podríamos replicar algo, siguiendo la doctrina común, pero ahora queda claro que has de decir que la injusticia es cosa hermosa y fuerte y que has de asignarle por añadidura todo aquello que nosotros asignamos a la injusticia, puesto que lo has atrevido a clasificarla como virtud y discre­ción.

‑Adivinas sin el menor error —dijo él.

‑Pero no por eso ‑repuse yo‑ he de retraerme de seguir el examen en la discusión, mientras presuma que tú dices lo que realmente piensas. Porque en efecto, Trasímaco, me parece ciertamente que no hablas en broma, sino que estás exponiendo lo verdadera opinión sobre el asunto.

‑¿Qué lo importa ‑replicó‑ que sea así o no? Refuta mi aserto.

‑Nada me importa ‑dije yo‑; pero trata de responder también a esto: ¿te parece que el varón justo quiere sacar ventaja en algo al varón injusto?

‑De ninguna manera ‑dijo‑; porque, de lo contrario, no sería tan divertido a inocente como es.

‑¿Y qué? ¿No querrá tampoco rebasar la acción justa?

‑Tampoco ‑replicó.

‑¿Le parecería bien, en cambio, sacar ventaja al injus­to y creería que ello es justo o no lo creería?

‑Lo creería justo y le parecería bien ‑repuso‑; pero no podría conseguirlo.

‑No lo pregunto tanto ‑observé yo‑, sino si el justo, ya que no al justo, creería conveniente y querría sacar venta­ja al injusto.

‑Así es ‑dijo.

‑¿Y qué diremos del injusto? ¿Acaso le parecería bien rebasar al justo y la acción justa?

‑¿Cómo no ‑dijo‑, siendo así que cree conveniente sacar ventaja a todos?

‑¿Así, pues, el injusto tratará de rebasar al hombre justo y la acción justa y porfiará por salir más aventajado que nadie?

‑Esto es.

XXI. ‑Sentemos, pues, esto ‑dije‑: el justo no tratará de sacar ventaja a su semejante, sino a su desemejante; y el injusto, en cambio, al semejante y al desemejante.

‑Perfectamente dicho ‑asintió él.

‑¿Y no es el injusto ‑pregunté‑ inteligente y bueno, y el justo ni una cosa ni otra?

‑Bien dicho también ‑contestó.

‑¿Así, pues ‑repuse‑, el injusto se parece al inteligente y al bueno y el justo no?

‑¿Cómo no ha de parecerse a ellos el que es tal –dijo ­y cómo ha de parecerse el otro?

‑Claro está. ¿Cada uno, pues, es tal como aquellos a que se parece?

—¿Qué otra cosa cabe? ‑dijo.

‑Bien, Trasímaco; ¿hay alguien a quien tú llamas mú­sico y alguien a quien niegas esta calidad?

‑Sí.

‑¿Y a cuál de ellos llamas inteligente y a cuál no?

‑Al músico, de cierto, inteligente, y al que no es músi­co no inteligente.

‑¿Y al uno también bueno en aquello en que es inteli­gente y al otro malo en aquello en que no lo es?

‑Cierto.

‑Y respecto del médico, ¿no dirías lo mismo?

‑Lo mismo.

‑¿Y lo parece a ti, varón óptimo, que el músico, cuan­do afina la lira, quiere rebasar al músico en tender o aflo­jar las cuerdas o pretende sacarle ventaja?

‑No me parece.

‑¿Y al no músico?

‑A ése por fuerza ‑replicó.

‑¿Y el médico? Al administrar alimento o bebida, ¿quiere ponerse por cima del médico o de la práctica mé­dica?

‑No, por cierto.

‑¿Y del que no es médico?

‑Sí.

‑Mira, pues, si en cualquier orden de conocimiento o ignorancia lo parece que el que es entendido quiere sacar ventaja en hechos o palabras a otro entendido o sólo al­canzar lo mismo que su semejante en la misma actuación.

—Quizá ‑dijo‑ tenga eso que ser así.

‑¿Y el ignorante? ¿No desearía sacar ventaja lo mismo al entendido que al ignorante?

‑Tal vez.

‑¿Y el entendido es discreto?

‑Sí.

‑¿Y el discreto, bueno?

‑Sí.

‑Así, pues, el bueno y discreto no querrá sacar ventaja a su semejante, sino sólo a su desemejante y contrario.

‑Eso parece ‑dijo.

‑Y en cambio, el malo a ignorante, a su semejante y a su contrario.

‑Tal se ve.

‑Y el injusto, ¡oh, Trasímaco! ‑dije yo‑, ¿no nos saldrá yneriendo aventajar a su desemejante y a su semejante? No era eso lo que decías?

‑Sí ‑contestó.

‑¿El justo, en cambio, no querrá aventajara su seme­jante, sino sólo a su desemejante?

‑Sí.

‑El justo, pues, se parece al discreto y bueno ‑dije‑, y el injusto al malo a ignorante.

‑Puede ser.

‑Por otra parte, hemos reconocido que cada uno es tal como aquel a quien se parece.

‑En efecto, lo hemos reconocido.

‑Así, pues, el justo se nos revela como bueno y discre­to; y el injusto, como ignorante y malo.

XXII. Y Trasímaco reconoció todo esto, pero no con la fa­cilidad con que yo lo cuento, sino arrastrado y a duras pe­nas, sudando a chorros, pues era verano. Y entonces vi lo qtie nunca había visto: cómo Trasímaco se ponía rojo. pero, cuando llegamos a la conclusión de que la justicia es virtud y discreción y la injusticia maldad a ignorancia, dije: ‑Bien, dejemos eso sentado. Decíamos también que la injusticia era fuerte; ¿no lo acuerdas, Trasímaco?

‑Me acuerdo ‑contestó‑, pero no estoy confor­me tampoco con lo que ahora vas diciendo y tengo que hablar sobre ello; mas si hablara, bien sé que me ibas a salir con que estaba discurseando. Así, pues, déja­me decir cuanto quiera o ve preguntando, si quieres preguntar. Yo lo responderé «¡Sí!», como a las viejas que cuentan cuentos y aprobaré o desaprobaré con la cabeza.

‑Pero de ningún modo ‑dije yo‑ contra lo propia opi­nión.

‑Como a ti lo agrade ‑dijo‑, puesto que no me dejas hablar. ¿Qué más quieres?

‑Nada, por Zeus ‑dije‑; si has de hacerlo así, hazlo: yo preguntaré.

‑Pregunta, pues.

‑Y he de preguntar ahora lo mismo que hace un ins­tante a fin de que sigamos sin interrupción el argumento: ¿qué es la justicia en relación con la injusticia? Creo que dijimos, en efecto, que la injusticia era algo más pode­roso y fuerte que la justicia, y ahora ‑agregué‑, si es que la justicia es discreción y virtud, pienso que fácilmente se nos va a aparecer como cosa más fuerte que la injusticia, siendo esta última ignorancia; nadie podría desconocer esto. Pero yo no aspiro a demostrarlo tan sencillamente, sino de esta otra manera: ¿reconoces, Trasímaco, que se da la ciudad injusta que trata de esclavizar injustamente a otras ciudades y las ha esclavizado de hecho y las conser­va esclavas bajo su poder?

‑¿Cómo no? ‑dijo‑. Y la ciudad más excelente y que lleve a mayor perfección su injusticia será la que mayor­mente lo haga.

‑Entiendo ‑dije‑; porque ésta es lo teoría. Pero lo que acerca de ello quiero considerar es esto: si la ciudad que se hace más fuerte tendrá este poder sin la justicia o le será la justicia necesaria.

‑Si es como tú decías ‑respondió‑, que la justicia es discreción, con la justicia; si como yo afirmaba, con la in­justicia.

‑Contentísimo quedo, Trasímaco ‑dije yo‑, porque no sólo apruebas o desapruebas con señas, sino que das perfecta respuesta.

‑Quiero complacerte con ello ‑contestó.

XXIII. ‑Muy bien por lo parte; pero hazme este otro fa­vor y dime: ¿crees que una ciudad o un ejército, o unos piratas, o unos ladrones, o cualquiera otra gente, sea cual sea la empresa injusta a que vayan en común, pueden lle­varla a cabo haciéndose injusticia los unos a los otros?

‑Sin duda que no ‑dijo él.

‑¿No la realizarían mejor sin hacerse injusticia?

‑Bien de cierto.

‑Porque, en efecto, la injusticia produce sediciones, ¡oh, Trasímaco!, y odios y luchas de unos contra otros, mientras que la justicia trae concordia y amistad; ¿no es así?

‑Sea así ‑dijo‑, porque no quiero contradecirte.

‑Muy bien por lo parte, ¡oh, varón óptimo!, pero con­téstame a esto otro: siendo obra propia de la injusticia el meter el odio dondequiera que esté, ¿no ocurrirá que al producirse, ya entre hombres libres, ya entre esclavos, los lleve a odiarse recíprocamente y a dividirse y a quedar impotentes para realizar nada en común los unos con los otros?

‑Bien seguro.

‑¿Y qué ocurriría tratándose sólo de dos personas? ¿No discreparán y se odiarán y se harán tan enemigas la una de la otra como de las personas justas?

‑Se harán ‑contestó.

‑Y finalmente, ¡oh, varón singular!, si la injusticia se produce en una persona sola, ¿perderá aquélla su espe­cial poder o lo conservará íntegramente?

‑Consérvelo íntegramente, si quieres ‑replicó.

‑Así, pues, la injusticia se nos muestra con un poder especial de tal índole que a aquello en que se introduce, sea una ciudad o un linaje o un ejército a otro ser cual­quiera, lo deja impotente para conseguir nada en concor­dia consigo mismo a causa de la reyerta y disensión y además lo hace tan enemigo de sí mismo como de su con­trario el justo; ¿no es así?

‑Bien de cierto.

‑E igualmente creo que, cuando se asienta en una sola persona, produce todo aquello que por su naturaleza ha de producir: lo deja impotente para obrar, en reyerta y discordia consigo mismo, y lo hace luego tan enemigo de sí mismo como de los justos; ¿no es esto?

‑¿Y no son justos, oh, amigo, también los dioses?

‑Conforme ‑replicó.

‑Por lo tanto, ¡oh, Trasímaco!, para los dioses el injus­to será odioso; y el justo, amigo.

‑Goza sin miedo ‑dijo‑ del banquete de lo argumen­tación; yo no he de contradecirte para no indisponerme con éstos.

‑Ea, pues ‑dije yo‑, complétame el resto del banquete contestándome como lo hacías ahora; porque los justos se nos muestran como más discretos, mejores y más do­tados para obrar, y los injustos, como incapaces para toda acción en común, y así, cuando decimos que siendo injustos hacen algo eficazmente en compañía, no deci­mos la verdad. En efecto, si fueran totalmente injustos no se perdonarían unos a otros; evidentemente, hay en ellos cierta justicia que les impide hacerse injuria recíprocamente al mismo tiempo que van a hacerla a los demás, y por esta justicia consiguen lo que consiguen, y se lanzan a sus atropellos corrompidos sólo a medias por la injusti­cia, ya que los totalmente malvados y completamente in­justos son también completamente impotentes para obrar. Así entiendo que es esto y no como tú en primer término sentaste. Y en cuanto a aquello de si los justos vi­ven mejor que los injustos y son más felices que ellos, cosas que nos propusimos examinar después, habrá que probarlo. Tales se nos muestran ya desde ahora, me pare­ce, en virtud de lo que llevamos dicho; no obstante, habrá que examinarlo mejor, porque la discusión no es sobre un asunto cualquiera, sino sobre el modo como se debe vivir.

‑Examínalo, pues ‑dijo.

‑Voy a examinarlo ‑repliqué‑. Pero dime: ¿el caballo tiene a lo parecer una operación propia?

‑Sí.

‑¿Considerarías como operación propia del caballo o de otro ser cualquiera aquella que sólo, o de mejor mane­ra que por otros, pudiera hacerse por él?

‑No entiendo ‑dijo.

‑Sea esto: ¿puedes ver con otra cosa que con los ojos?

‑No de cierto.

‑¿O acaso oír con algo distinto de los oídos?

‑De ningún modo.

‑¿No podríamos, pues, decir que ésas son operacio­nes propias de ellos?

‑Bien de cierto.

‑¿Y qué? ¿Podrías cortar un sarmiento con una es­pada o con un trinchete?

‑¿Cómo no?

‑Pero con nada mejor, creo yo, que con una podadera fabricada a este efecto.

‑Verdad.

‑¿No pondremos, pues, esta operación como propia suya?

‑La pondremos, de cierto.

XXIV ‑Ahora pienso que podrás entender mejor lo que últimamente preguntaba al informarme de si era opera­ción propia de cada cosa aquello que realiza ella sola o ella mejor que las demás.

‑Lo entiendo ‑dijo‑, y me parece que ésa es, efec­tivamente, la operación propia de cada una.

‑Bien ‑dije‑; ¿te parece que hay también una virtud en cada una de las cosas a que se atribuye una operación? Volvamos a los mismos ejemplos: ¿hay una operación propia de los ojos?

‑La hay.

‑Y así, ¿hay también una virtud en ellos?

‑También una virtud.

‑¿Y qué? ¿No había también una operación propia de los oídos?

‑Sí.

‑¿Y, por tanto, también una virtud?

‑También.

‑¿Y no ocurrirá lo mismo con todas las otras cosas?

‑Lo mismo.

‑Bien está: ¿acaso los ojos podrán realizar bien su operación sin su propia virtud, con vicio en lugar de ella?

‑¿Qué quieres decir? ‑preguntó‑. Acaso hablas de la ceguera en vez de la visión.

‑De la virtud de ellos, sea cual sea ‑dije yo‑; porque todavía no pregunto esto, sino si se realizará bien su ope­ración con su propia virtud y mal con el vicio contrario.

‑Dices bien ‑respondió.

‑¿Y del mismo modo los oídos privados de su virtud realizarán mal su propia operación?

‑Bien de cierto.

‑¿Ponemos, en fin, todas las demás cosas en la misma cuenta?

‑Eso creo.

‑Vamos, pues, adelante y atiende a esto otro: ¿hay una operación propia del alma que no puedes realizar sino por ella? Pongo por caso: el dirigir, el gobernar, el delibe­rar y todas las cosas de esta índole, podríamos atribuírse­las a algo que no sea el alma misma o diríamos que son propias de ésta?

‑De ella sólo.

‑¿Y respecto de la vida? ¿No diremos que es operación del alma?

‑Sin duda ‑dijo.

‑¿No diremos, pues, que existe una virtud propia del alma?

‑Lo diremos.

‑¿Y acaso, oh Trasímaco, el alma realizará bien sus ope­raciones privada de su propia virtud o será ello imposible?

‑Imposible.

‑Fuerza será, por tanto, que el alma mala dirija y go­bierne mal y que la buena haga bien todas estas cosas.

‑Fuerza será.

‑¿Y no convinimos en que la justicia era virtud del al ma y la injusticia vicio?

‑En eso convinimos, en efecto.

‑Por tanto, el alma justa y el hombre justo vivirá bien; y el injusto mal.

‑Así aparece conforme a lo argumento ‑dijo.

‑Y, por otra parte, el que vive bien es feliz y dichoso, y el que vive mal, lo contrario.

‑¿Cómo no?

‑Y así, el justo es dichoso; y el injusto, desgraciado.

‑Sea ‑dijo.

‑Por otro lado, no conviene ser desgraciado, sino di­choso.

‑¿Qué duda tiene?

‑Por tanto, bendito Trasímaco, jamás es la injusticia más provechosa que la justicia.

‑Banquetéate con todo eso, ¡oh, Sócrates!, en las fies­tas Bendidias ‑dijo.

‑Banquete que tú me has preparado, ¡oh, Trasímaco! ‑observé yo‑, pues lo aplacaste conmigo y cesaste en lo enfado. Mezquino va a ser, sin embargo, no por lo culpa, sino por la mía; y es que, así como los golosos gustan siempre con arrebato del manjar que en cada momento se les sirve sin haber gozado debidamente del anterior, así me parece que yo, sin averiguar lo que primeramente considerábamos, qué cosa sea lo justo, me desprendí del asunto y me lancé a investigar acerca de ello, si era vicio e ignorancia o discreción y virtud; y presentándose luego un nuevo aserto, que la injusticia es más provechosa que la justicia, no me retraje de pasar a él, dejando el otro, de modo que ahora me acontece no saber nada como resul­tado de la discusión. Porque no sabiendo lo que es lo justo, difícil es que sepa si es virtud o no y si el que la po­see es desgraciadoo dichoso.

II

I. Con estas palabras creí haber dado ya fin a la discu­sión; mas al parecer no habíamos pasado todavía del pre­ludio, porque Glaucón, que siempre y en todo asunto se muestra sumamente esforzado, tampoco entonces siguió a Trasímaco en su retirada, antes bien, dijo: ‑¿Prefieres, oh, Sócrates, que nuestra persuasión sea sólo aparente, o bien que quedemos realmente persuadi­dos de que es en todo caso mejor ser justo que injusto?

‑Yo preferiría, si en mi mano estuviera ‑respondí‑, convenceros realmente.

‑Pues bien ‑siguió‑, lo deseo no se cumple. Porque dime: ¿no crees que existe una clase de bienes que aspi­ramos a poseer no en atención a los efectos que produ­cen, sino apreciándolos por ellos mismos; por ejemplo, la alegría y cuantos placeres, siendo inofensivos, no produ­cen ninguna consecuencia duradera, sino únicamente el goce de quien los posee?

‑Sí ‑respondí‑, creo en la existencia de esos bienes.

‑¿Y qué? ¿No hay otros que apreciamos tanto en gra­cia a ellos mismos como en consideración a sus resulta­dos; por ejemplo, la inteligencia, la vista o la salud? Por­que en mi opinión son estas dos razones las que hacen que estimemos tales bienes.

‑Sí ‑asentí.

‑Y, por último ‑concluyó‑, ¿no sabes que existe una tercera especie de bienes, entre los que figuran la gimnás­tica, el ser curado estando enfermo y el ejercicio de la me­dicina o cualquiera otra profesión lucrativa? De todas estas cosas podemos decir que son penosas, pero nos be­nefician, y no nos avendríamos a poseerlas en atención a ellas mismas, sino únicamente por las ganancias a otras ventajas que resultan de ellas.

‑En efecto ‑dije‑, también existe esta tercera especie. Pero ¿a qué viene esto?

‑¿En cuál de estas clases ‑preguntó‑ incluyes la justi­cia?

‑Yo creo ‑respondí‑ que en la mejor de ellas: en la de las cosas que, si se quiere ser feliz, hay que amar tanto por sí mismas como por lo que de ellas resulta.

‑Pues no es ése ‑dijo‑ el parecer del vulgo, que la cla­sifica en el género de bienes penosos, como algo que hay que practicar con miras a las ganancias y buena reputa­ción que produce, pero que, considerado en sí mismo, merece que se le rehúya por su dificultad.

II. ‑Ya sé ‑respondí‑ que tal es la opinión general; por eso Trasímaco lleva un buen rato atacando a la justicia, a la que considera como un bien de esa clase, y ensalzando la injusticia. Pero yo, a lo que parece, soy difícil de con­vencer.

‑¡Ea, pues! ‑exclamó‑. Escúchame ahora, a ver si lle­gas a opinar del mismo modo que yo. Porque yo creo que Trasímaco se ha dado por vencido demasiado pron­to, encantado, como una serpiente, por tus palabras. En cambio, a mí no me ha persuadido todavía la defensa de ninguna de las dos tesis. Lo que yo quiero es oír hablar de la naturaleza de ambas y de los efectos que por sí mis­mas producen una y otra cuando se albergan en un alma; pero dejando aparte los beneficios y cuanto resul­ta de ellas. He aquí, pues, lo que voy a hacer, si tú me lo permites. Volveré a tomar la argumentación de Trasí­maco y trataré primeramente de cómo dicen que es la justicia y de dónde dicen que ha nacido; luego demos­traré que todos cuantos la practican lo hacen contra su voluntad, como algo necesario, no como un bien; y en tercer lugar mostraré también que es natural que así procedan, pues, según dicen, es mucho mejor la vida del injusto que la del justo. No creas, Sócrates, que mi opi­nión es ésa en realidad; pero es que siento dudas y me zumban los oídos al escuchar a Trasímaco y otros mil, mientras no he hablado jamás con nadie que defienda a mi gusto la justicia y demuestre que es mejor que la in­justicia. Me gustaría oír el elogio de la justicia conside­rada en sí misma y por sí misma, y creo que eres tú la persona de quien mejor puedo esperarlo. Por eso voy a extenderme en alabanzas de la vida injusta y, una vez lo haya hecho, lo mostraré de qué modo quiero oírte ata­car la injusticia y loar la justicia. Mas antes sepamos si es de lo agrado lo que propongo.

‑No hay cosa más de mi agrado ‑dije‑. ¿Qué otro me­jor tema para que una persona inteligente disfrute ha­blando y escuchando?

‑Tienes mucha razón ‑convino‑. Escucha ante todo aquello con lo que dije que comenzaría: qué es y de dón­de procede la justicia.

Dicen que el cometer injusticia es por naturaleza un bien, y el sufrirla, un mal. Pero como es mayor el mal que recibe el que la padece que el bien que recibe quien la comete, una vez que los hombres comenzaron a co­meter y sufrir injusticias y a probar las consecuencias de estos actos, decidieron los que no tenían poder para evi­tar los perjuicios ni para lograr las ventajas que lo mejor era establecer mutuos convenios con el fin de no co­meter ni padecer injusticias. Y de ahí en adelante em­pezaron a dictar leyes y concertar tratados recíprocos, y llamaron legal y justo a lo que la ley prescribe. He aquí expuesta la génesis y esencia de la justicia, término me­dio entre el mayor bien, que es el no sufrir su castigo quien comete injusticia, y el mayor mal, el de quien no puede defenderse de la injusticia que sufre. La justicia, situada entre estos dos extremos, es aceptada no como un bien, sino como algo que se respeta por impotencia para cometer la injusticia; pues el que puede cometer­la, el que es verdaderamente hombre, jamás entrará en tratos con nadie para evitar que se cometan o sufran in­justicias. ¡Loco estaría si tal hiciera! Ahí tienes, Sócrates, la naturaleza de la justicia y las circunstancias con mo­tivo de las cuales cuenta la gente que apareció en el mundo.

III. Para darnos mejor cuenta de cómo los buenos lo son contra su voluntad, porque no pueden ser malos, bastará con imaginar que hacemos lo siguiente: demos a todos, justos a injustos, licencia para hacer lo que se les antoje y después sigámosles para ver adónde llevan a cada cual sus apetitos. Entonces sorprenderemos en flagrante al justo recorriendo los mismos caminos que el injusto, im­pulsado por el interés propio, finalidad que todo ser está dispuesto por naturaleza a perseguir como un bien, aun­que la ley desvíe por fuerza esta tendencia y la encamine al respeto de la igualdad. Esta licencia de que yo hablo podrían llegar a gozarla, mejor que de ningún otro modo, si se les dotase de un poder como el que cuentan tuvo en tiempos el antepasado del lidio Giges. Dicen que era un pastor que estaba al servicio del entonces rey de Lidia. Sobrevino una vez un gran temporal y terremoto; abrióse la tierra y apareció una grieta en el mismo lugar en que él apacentaba. Asombrado ante el espectáculo, descendió por la hendidura y vio allí, entre otras muchas maravillas que la fábula relata, un caballo de bronce, hue­co, con portañuelas, por una de las cuales se agachó a mi­rar y vio que dentro había un cadáver, de talla al parecer más que humana, que no llevaba sobre sí más que una sortija de oro en la mano; quitósela el pastor y salióse. Cuando, según costumbre, se reunieron los pastores con el fin de informar al rey, como todos los meses, acerca de los ganados, acudió también él con su sortija en el dedo. Estando, pues, sentado entre los demás, dio la casualidad de que volviera la sortija, dejando el engaste de cara a la palma de la mano; a inmediatamente cesaron de verle quienes le rodeaban y con gran sorpresa suya, comenza­ron a hablar de él como de una persona ausente. Tocó nuevamente el anillo, volvió hacia fuera el engaste y una vez vuelto tornó a ser visible. Al darse cuenta de ello, re­pitió el intento para comprobar si efectivamente tenía la joya aquel poder, y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia dentro el engaste, desaparecía su dueño, y cuando lo volvía hacia fuera, le veían de nuevo. Hecha ya esta ob­servación, procuró al punto formar parte de los enviados que habían de informar al rey; llegó a Palacio, sedujo a su esposa, atacó y mató con su ayuda al soberano y se apo­der6 del reino. Pues bien, si hubiera dos sortijas como aquélla de las cuales llevase una puesta el justo y otra el injusto, es opinión común que no habría persona de con­vicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al mercado y tomar de allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en las casas ajenas y fornicar con quien se le antojara, matar o libertar per­sonas a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales. En nada diferirían, pues, los comporta­mientos del uno y del otro, que seguirían exactamente el mismo camino. Pues bien, he ahí lo que podría conside­rarse una buena demostración de que nadie es justo de grado, sino por fuerza y hallándose persuadido de que la justicia no es buena para él personalmente; puesto que, en cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete. Y esto porque todo hombre cree que resul­ta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia. «Y tiene razón al creerlo así», dirá el defensor de la teoría que expongo. Es más: si hubiese quien, estan­do dotado de semejante talismán, se negara a cometer ja­más injusticia y a poner mano en los bienes ajenos, le ten­drían, observando su conducta, por el ser más miserable y estúpido del mundo; aunque no por ello dejarían de en­salzarle en sus conversaciones, ocultándose así mutua­mente sus sentimientos por temor de ser cada cual objeto de alguna injusticia. Esto es lo que yo tenía que decir.

IV Finalmente, en cuanto a decidir entre las vidas de los dos hombres de que hablamos, el justo y el injusto, tan sólo nos hallaremos en condiciones de juzgar rectamente si los consideramos por separado; si no, imposible. ¿Y cómo los consideraremos separadamente? Del siguiente modo: no quitemos nada al injusto de su injusticia ni al justo de su justicia, antes bien, supongamos a uno y otro perfectos ejemplares dentro de su género de vida. Ante todo, que el injusto trabaje como los mejores artífices. Un excelente timonel o médico se dan perfecta cuenta de las posibilidades o deficiencias de sus artes y emprenden unas tareas sí y otras no. Y si sufren algún fracaso, son ca­paces de repararlo. Pues bien, del mismo modo el malo, si ha de ser un hombre auténticamente malo, debe reali­zar con destreza sus malas acciones y pasar inadvertido con ellas. Y al que se deje sorprender en ellas hay que considerarlo inhábil, pues no hay mayor perfección en el mal que el parecer ser bueno no siéndolo. Hay, pues, que dotar al hombre perfectamente injusto de la más perfecta injusticia, sin quitar nada de ella, sino dejándole que, cometiendo las mayores fechorías, se gane la más in­tachable reputación de bondad. Si tal vez fracasa en algo, sea capaz de enderezar su yerro; pueda persuadir con sus palabras, si hay quien denuncie alguna de sus maldades; y si es preciso emplear la fuerza, que sepa hacerlo valién­dose de su vigor y valentía y de las amistades y medios con que cuente. Ya hemos hecho así al malo. Ahora ima­ginemos que colocamos junto a él la imagen del justo, un hombre simple y noble, dispuesto, como dice Esquilo, no a parecer bueno, sino a serlo. Quitémosle, pues, la apariencia de bondad; porque, si parece ser justo, tendrá honores y recompensas por parecer serlo, y entonces no veremos claro si es justo por amor de la justicia en sí o por los gajes y honras. Hay que despojarle, pues, de todo ex­cepto de la justicia y hay que hacerle absolutamente opuesto al otro hombre. Que sin haber cometido la me­nor falta, pase por ser el mayor criminal, para que, puesta a prueba su virtud, salga airosa del trance al no dejarse infiuir por la mala fama ni cuanto de ésta depende; y que llegue imperturbable al fin de su vida tras de haber goza­do siempre inmerecida reputación de maldad. Así, lle­gados los dos al último extremo, de justicia el uno, de in­justicia el otro, podremos decidir cuál de ellos es el más feliz.

V ‑¡Vaya! ‑exclamé‑. ¡Con qué destreza, amigo Glau­cón, nos has dejado limpios y mondos, como si fuesen es­tatuas, estos dos caracteres para que los juzguemos!

‑Lo mejor que he podido ‑contestó‑. Y siendo así uno y otro, me creo que no será ya difícil describir con palabras la clase de vida que espera a los dos. Voy, pues, a hablar de ello. Pero si acaso en algún punto mi lenguaje resultare demasiado duro, no creas, Sócrates, que hablo por boca mía, sino en nombre de quienes prefieren la in­justicia a la justicia; dirán éstos que, si es como hemos di­cho, el justo será flagelado, torturado, encarcelado, le quemarán los ojos, y tras de haber padecido toda clase de males, será al fin empalado y aprenderá de este modo que no hay que querer ser justo, sino sólo parecerlo. En cuanto a las palabras de Esquilo, estarían, según eso, mu­cho mejor aplicadas al injusto, que es ‑dirán‑ quien en realidad ajusta su conducta a la verdad y no a las aparien­cias, pues desea no parecer injusto, sino serlo quiere y cultiva el surco fecundo de su mente para que en élgerminen los más nobles designios, y mandar ante todo en la ciudad apoyado por su reputa­ción de hombre bueno, tomar luego esposa de la casa que desee, casar sus hijos con quien quiera, tratar y mantener relaciones con quien se le antoje y obtener de todo ello ventajas y provechos por su propia falta de escrúpulos para cometer el mal. Si se ve envuelto en procesos públi­cos o privados podrá vencer en ellos y quedar encima de sus adversarios, y al resultar vencedor se enriquecerá y podrá beneficiar a sus amigos y dañar a sus enemigos y dedicar a la divinidad copiosos y magníficos sacrificios y ofrendas, con lo cual honrará mucho mejor que el justo a los dioses y a aquellos hombres a quienes se proponga honrar, de modo que hay que esperar razonablemente que por este procedimiento llegue a ser más amado de los dioses que el varón justo. Tanto es, según dicen, ¡oh, Só­crates!, lo que supera a la vida del justo la que dioses y hombres deparan al que no lo es.

VI. Así terminó Glaucón. Y, cuando me disponía a darle alguna respuesta, interrumpió su hermano Adimanto: ‑¿Me figuro que no creerás, Sócrates, que la cuestión ha sido suficientemente discutida?

‑¿Pues qué más cabe? ‑pregunté.

‑No se ha dicho ‑replicó‑ lo que más falta hacía que se dijese.

‑Entonces ‑dije‑, aquí del refrán: que el hermano ayude al hermano. De modo que también tú debes co­rrer en auxilio de éste si flaquea en algún punto. Sin em­bargo, a mí me basta ya con lo que ha dicho para quedar completamente vencido a imposibilitado para defender a la justicia.

‑Pues eso no es nada ‑dijo‑; escucha también lo que sigue. Es necesario que examinemos igualmente la tesis contraria a la expuesta por éste, la de los que alaban la justicia y censuran la injusticia, para que quede sentado con más claridad lo que me parece que quiere hacer ver Glaucón. Dicen, según tengo entendido, y recomiendan los padres a los hijos y todos los tutores a sus pupilos, que es menester ser justo, pero no alaban la justicia en sí misma, sino la consideración moral que de ella re­sulta; de manera que quien parezca ser justo podrá ob­tener, valiéndose de esta reputación, cargos públicos, matrimonios y todos cuantos bienes acaba de enumerar Glaucón que sólo por su buena reputación consigue el justo. Pero estas gentes van todavía más allá en lo tocante a la buena fama; porque cargan en cuenta la opinión fa­vorable de los dioses y enumeran las infinitas bendicio­nes que otorgan, según ellos, las divinidades a los justos. Por ejemplo, el bueno de Hesíodo y Homero. Según aquél, los dioses hacen que las encinas de los justos «en el tronco produzcan abejas y arriba bellotas. Y agobia el vellón dundante a la oveja lanuda», y cita muchos otros favores semejantes a éstos. De manera parecida dice también el otro: Cual la fama de un rey intachable, que teme a los dioses y, rigiendo una gran multitud de esforzados vasallos, la justicia mantiene, y el negro terruño le rinde sus cebadas y trigos, los árboles dóblanse al fruto y le nace sin tregua el ganado y el mar le da peces.

Museo y su hijo conceden a los buenos, en nombre de los dioses, dones todavía más espléndidos que los cita­dos, pues los transportan con la imaginación al Hades y allí los sientan a la mesa y organizan un banquete de jus­tos, en el que les hacen pasar la vida entera coronados y beodos, cual si no hubiera mejor recompensa de la virtud que la embriaguez sempiterna. Pero hay otros que pro­longan más todavía los efectos de las recompensas divi­nas, diciendo que el hombre pío y cumplidor de los jura­mentos dejará hijos de sus hijos y una posterioridad tras de sí. Como éstos o semejantes son los encomios que se prodigan a la justicia. En cambio, a los impíos a injustos los sepultan en el fango del Hades o les obligan a acarre­ar agua en un cedazo, les dan mala fama en vida y, en fin, aplican al injusto, sin poder concebir ninguna otra clase de castigo para él, todos cuantos males citaba Glaucón con respecto a los buenos que pasan por ser malos. Tal es su manera de alabar al justo y censurar al injusto.

VII. Repara además, Sócrates, en otra cosa que dicen to­dos, poetas y hombres vulgares, referente a la justicia e injusticia. El mundo entero repite a coro que la templanza y justicia son buenas, es cierto, pero difíciles de practicar y penosas, y en cambio la licencia a injusticia son agra­dables, es fácil conseguirlas y, si son tenidas por vergon­zosas, es únicamente porque así lo imponen la opinión general y las convenciones. Dicen también que general­mente resulta más ventajoso lo injusto que lo justo, y es­tán siempre dispuestos a considerar feliz y honrar sin es­crúpulos, en público como en privado, al malo que es rico o goza de cualquier otro género de poder y, al contrario, a despreciar y mirar por encima del hombro a quienes sean débiles en cualquier aspecto o pobres, aun reconociendo ti que éstos son mejores que los otros. En todo ello no hay nada más asombroso que lo que se cuenta de los dioses y la virtud; por ejemplo, cómo los dioses han destinado ca­lamidades y vida miserable a muchos hombres buenos o suerte contraria a quienes no lo son. Por su parte los charlatanes y adivinos van llamando a las puertas de los ricos y les convencen de que han recibido de los dio­ses poder para borrar, por medio de sacrificios o conju­ros realizados entre regocijos y fiestas, cualquier falta que haya cometido alguno de ellos o de sus antepasados; y, si alguien desea perjudicar a un enemigo, por poco dinero le harán daño, sea justo o injusto, valiéndose de encantos o ligámenes, ya que, según aseguran, tienen a los dioses convencidos para que les ayuden. Y todas estas afir­maciones las defienden aduciendo testimonios de poe­tas, que a veces atribuyen facilidades a la maldad, por ejemplo: Gran maldad fácilmente lograrla es posible, pues llano resulta el (amino y habita bien cerca del hombre, pero, en cambio, los dioses han puesto el sudor por delante de la virtud, y una ruta larga, difícil y escarpada. Otras veces ponen a Homero por testigo de la influencia ejercida por los hombres sobre los dioses, porque también él dijo: Mueven las súplicas hasta a los dioses; los hombres les ruegan y ablandan con sus sacrificios y dulces plegarias y votos y humeantes ofrendas de grasa cada vez que en cualquier transgresión o pecado han caído.

O bien nos presentan un rimero de libros de Museo y Orfeo, descendientes, según se dice, de la Luna y las Musas, con arreglo a los cuales regulan sus ritos y hacen creer, no ya sólo a ciudadanos particulares, sino incluso a ciudades enteras, que bastan sacrificios o juegos pla­centeros para lograr ser absuelto y purificado de toda ini­quidad en vida, o incluso después de la muerte, pues los llamados ritos místicos nos libran de los males de allá abajo, mientras a quienes no los practican les aguarda algo espantoso.

VIII. Tantas y tales son, amigo Sócrates ‑siguió‑, las co­sas que se oyen contar con respecto a la virtud y el vicio y la estimación que conceden dioses y hombres a una y otro. Pues bien, ¿qué efecto hemos de pensar que produ­cirán estas palabras en las almas de aquellos jóvenes que las escuchen y que, bien dotados naturalmente, sean ca­paces de libar, por así decirlo, en una y otra conversación y extraer de todas ellas conclusiones acerca de la clase de persona que hay que ser y el (amino que se debe seguir para pasar la vida lo mejor posible? Un joven semejante se diría probablemente a sí mismo aquello de Píndaro: «¿Debo seguir "el camino de la justicia o la torcida senda del fraude para escalar la alta fortaleza" y vivir en lo suce­sivo atrincherado en ella? Porque me dicen que no sacaré de ser justo, aunque parezca no serlo, nada más que tra­bajos y desventajas manifiestas. En cambio, se habla de una "vida maravillosa" para quien, siendo injusto, haya sabido darse apariencia de justicia. Por consiguien­te, puesto que, como me demuestran los sabios, "la apariencia vence incluso a la realidad" y "es dueña de la di­cha", hay que dedicarse por entero a conseguirla. Me rodearé, pues, de una ostentosa fachada que reproduzca los rasgos esenciales de la virtud y llevaré arrastrando tras de mí la zorra, "astuta y ambiciosa", del sapientísimo Arquíloco». «Pero ‑se objetará‑ no es fácil ser siempre malo sin que alguna vez lo adviertan los demás.» «Tam­poco hay ninguna otra empresa de grandes vuelos ‑res­ponderemos‑ que no presente dificultades. En todo caso, si aspiramos a ser felices no tenemos más remedio que seguir el camino que nos marcan las huellas de la tradi­ción. Para pasar inadvertidos podemos además organi­zar conjuras y asociaciones y también existen maestros de elocuencia que enseñan el arte de convencer a asam­bleas populares y jurados, de modo que podremos utili­zar unas veces la persuasión y otras la fuerza con elfin de abusar de los demás y no sufrir el castigo.» «Pero los dio­ses no se dejan engañar ni vencer por la fuerza.» «Mas si no existen o no se les da nada de las cosas humanas, ¿por e qué preocuparnos de engañarles? Y si existen y se cuidan de los hombres, no sabemos ni hemos oído de su existencia por otro conducto que por medio de cuentos y genealogías de los poetas. Pues bien, éstos son los prime­ros en decir que es posible seducirles atrayéndoles con sacrificios, ‘agradables votos’ y ofrendas. Hay, pues, que creer a los poetas o en ambas afirmaciones o en nin­guna de las dos. Si les creemos, hay que obrar mal y sacri­ficar luego con los frutos de las malas acciones. Es cier­to que si fuésemos justos, no tendríamos nada que temer por parte de los dioses, pero en tal caso habríamos de re­nunciar a las ganancias que proporciona la injusticia. Por el contrario, siendo injustos obtendremos provechos; una vez cometida la falta o transgresión, conseguiremos con nuestras súplicas que nos perdonen, y de este modo no tendremos que padecer mal alguno.» «Pero en el Ha­des habremos de sufrir la pena por todos cuantos crí­menes hayamos cometido aquí arriba, y si no nosotros, los hijos de nuestros hijos.» « Pero, amigo mío ‑dirá con cálculo‑, también es mucha la eficacia de los ritos místi­cos y las divinidades liberadoras, según aseguran las más grandes comunidades y los hijos de los dioses, que, convertidos en poetas a intérpretes de ellos, nos atestiguan la verdad de estos hechos.»

IX. ¿Qué razones nos quedarían, pues, para preferir la justicia a la suma injusticia cuando es posible hacer ésta compatible con una falsa apariencia de virtud y lograr así de dioses y hombres todo cuanto deseemos en este mun­do o en el otro según la común opinión tanto de las personas vulgares como de las gentes de mayor autoridad? Y según todo lo que acabamos de decir, ¿qué posibilidad habrá, oh, Sócrates, de que cualquier persona a quien confieran la más mínima excelencia su alma, sus rique­zas, su cuerpo o su familia se muestre dispuesta a honrar la justicia y no se ría al oír que otro la alaba? De modo que, aun cuando uno pueda demostrar que no es verdad lo dicho y se halle suficientemente persuadido de que vale más la justicia, sin embargo sentirá, me figuro yo, una gran indulgencia para con los malos y no se irritará contra ellos, porque sabe que, excepto en el caso de que un instinto divino impulse a una persona a aborrecer el mal o los conocimientos adquiridos a apartarse de él, na­die es justo por su voluntad, sino porque su poca hom­bría, su vejez o cualquier otra debilidad semejante le hacen despreciar el mal por falta de fuerzas para come­terlo. Esto se demuestra fácilmente: no bien llega uno cualquiera de estos hombres a adquirir algún poder cuando ya empieza a obrar mal en el grado en que lo permitan sus medios. Y la causa de todo ello no hay que buscarla en otra cosa sino en el mismo hecho que ha ori­ginado esta larga discusión en que éste yyo venimos a de­cirte a ti, Sócrates: «¡Oh, varón extraordinario! De todos cuantos os gloriáis de defensores de la justicia, empezan­do por los héroes de antaño cuyas palabras han llegado a nosotros, y terminando por los hombres de hogaño, no ha habido jamás nadie que censure la injusticia o enco­mie la justicia por otras razones que por las famas, hono­res y recompensas que de la última provienen. Pero por lo que toca a los efectos que una a otra producen, por su propia virtud, cuando están ocultas en el alma de quien las posee a ignoradas de dioses y hombres, nunca, ni en verso ni en lenguaje común, se ha extendido nadie sufi­ciente en la demostración de que la injusticia es el mayor de los males que puede albergar en su interior el alma y la justicia el mayor bien. Pues, si tal hubiese sido desde un principio el lenguaje de todos vosotros y os hubieseis de­dicado desde nuestra juventud a persuadirnos de ello, no tendríamos que andar vigilándonos mutuamente para que no se cometan injusticias, antes bien, cada uno sería guardián de su propia persona, temeroso de obrar mal y atraerse con ello la mayor de las calamidades».

Estas, Sócrates, o tal vez otras todavía más fuertes se­rían, me parece a mí, las razones que adujeran Trasímaco u otro como él acerca de la justicia y de la injusticia con­fundiendo torpemente, al menos en mi opinión, los efec­tos de la una y de la otra. En cambio yo ‑porque no nece­sito ocultarle nada‑ únicamente me he extendido todo lo posible porque deseo oírte a ti defender la tesis contraria. No lo limites, por tanto, a demostrar con tu argumenta­ción que la justicia es mejor que la injusticia, sino mués­tranos cuáles son los efectos que ambas producen por sí mismas sobre quien las practica, efectos en virtud de los cuales la una es un mal y la otra un bien. En cuanto a la reputación, prescinde de ella, como Glaucón lo aconseja­ba. Porque, si no segregas de una y otra las reputaciones verdaderas ni añades, por el contrario, las falsas, lo obje­taremos que no alabas la justicia, sino la apariencia de tal, ni censuras la injusticia sino su apariencia; que exhortas a ser injusto sin que advierta el mundo que uno lo es y que coincides con Trasímaco en apreciar que la justicia es un bien, sí, pero un bien para los demás, ventajoso para el fuerte, y que, en cambio, la injusticia es conveniente y provechosa para quien la practica y sólo perjudicial para el débil. Así, pues, ya que has reconocido que la justicia se cuenta entre los mayores bienes, aquellos que vale la pena de poseer por las consecuencias que de ellos nacen, pero mucho más todavía por sí mismos, como, por ejem­plo, la vista, el oído, la inteligencia, la salud o cualquier otro bien de excelencia genuina a intrínseca, indepen­diente de la opinión, alaba en la justicia aquello por lo cual resulta ventajosa en sí misma para el justo, mientras la injusticia perjudica al injusto; en cuanto a las remune­raciones y prestigios, deja que otros los celebren. Por lo que a mí toca, soportaría tal vez en los demás aquellos elogios de la justicia y críticas de la injusticia que no en­comian ni censuran otra cosa que el renombre y las ga­nancias que están vinculados a ellas; mas a ti no lo lo tole­raría, a no ser que me lo mandaras, puesto que a lo largo de tu vida entera jamás lo has dedicado a examinar otra cuestión que la presente. No lo ciñas, pues, a demostrar con tun argumentos que es mejor la justicia que la injusti­cia, sino muéstranos cuáles son los efectos que una y otra producen por sí mismas, tanto si dioses y hombres cono­cen su existencia como si no, en quien las posee, de ma­nera que la una sea un bien y un mal la otra.

X. Y yo, que siempre había admirado, desde luego, las dotes naturales de Glaucón y Adimanto, en aquella oca­sión sentí sumo deleite al escuchar sun palabras y ex­clamé: ‑No carecía de razón, ¡oh, herederos de ese hom­bre!, el amante de Glaucón, cuando, con ocasión de la gloria que alcanzasteis en la batalla de Mégara, os dedicó la elegía que comenzaba: ¡Oh, divino linaje que sois de Aristón el excelso!

Esto, amigos míos, me parece muy bien dicho. Pues verdaderamente debéis de tener algo divino en vosotros si, no estando persuadidos de que la injusticia sea preferi­ble a la justicia, sois empero capaces de defender de tal modo esa tesis. Yo estoy seguro de que en realidad no opináis así, aunque tengo que deducirlo de vuestro modo de ser en general, pues vuestras palabras me harían descon­fiar de vosotros y cuanto más creo en vosotros, tanto más grande es mi perplejidad ante lo que debo responder. En efecto, no puedo acudir en defensa de la justicia, pues me considero incapaz de tal cosa, y la prueba es que no me habéis admitido lo que dije a Trasímaco creyendo demostrar con ello la superioridad de la justicia sobre la injusti­cia; pero, por otra parte, no puedo renunciar a defender­la, porque temo que sea incluso una impiedad el callarse cuando en presencia de uno se ataca a la justicia y no de­fenderla mientras queden alientos y voz para hacerlo. Vale más, pues, ayudarle de la mejor manera que pueda.

Entonces Glaucón y los otros me rogaron que en modo alguno dejara de defenderla ni me desentendiera de la cuestión, sino al contrario, que continuase investi­gando en qué consistían una y otra y cuál era la verdad acerca de sus respectivas ventajas. Yo les respondí lo que a mí me parecía: ‑La investigación que emprendemos no es de poca monta; antes bien, requiere, a mi entender, una persona de visión penetrante. Pero como nosotros carecemos de ella, me parece ‑dije‑ que lo mejor es seguir en esta inda­gación el método de aquel que, no gozando de muy bue­na vista, recibe orden de leer desde lejos unas letras pe­queñas y se da cuenta entonces de que en algún otro lugar están reproducidas las mismas letras en tamaño mayor y sobre fondo mayor también. Este hombre consideraría una feliz circunstancia, creo yo, la que le permitía leer primero estas últimas y comprobar luego si las más pe­queñas eran realmente las mismas.

‑Desde luego ‑dijo Adimanto‑. Pero ¿qué semejanza adviertes, Sócrates, entre ese ejemplo y la investigación acerca de lo justo?

‑Yo lo lo diré ‑respondí‑. ¿No afirmamos que existe una justicia propia del hombre particular, pero otra tam­bién, según creo yo, propia de una ciudad entera?

‑Ciertamente ‑dijo.

‑¿Y no es la ciudad mayor que el hombre?

‑Mayor ‑dijo.

‑Entonces es posible que haya más justicia en el obje­to mayor y que resulte más fácil llegarla a conocer en él. De modo que, si os parece, examinemos ante todo la na­turaleza de la justicia en las ciudades y después pasare­mos a estudiarla también en los distintos individuos in­tentando descubrir en los rasgos del menor objeto la similitud con el mayor.

‑Me parece bien dicho ‑afirmó él.

‑Entonces ‑seguí‑, si contempláramos en espíritu cómo nace una ciudad, ¿podríamos observar también cómo se desarrollan con ella la justicia a injusticia?

‑Tal vez ‑dijo.

‑¿Y no es de esperar que después de esto nos sea más fácil ver claro en lo que investigamos?

‑Mucho más fácil.

‑¿Os parece, pues, que intentemos continuar? Porque creo que no va a ser labor de poca monta. Pensadlo, pues.

‑Ya está pensado ‑dijo Adimanto‑. No dejes, pues, de hacerlo.

XI. ‑Pues bien ‑comencé yo‑, la ciudad nace, en mi opi­nión, por darse la circunstancia de que ninguno de noso­tros se basta a sí mismo, sino que necesita de muchas co­sas. ¿O crees otra la razón por la cual se fundan las ciudades?

‑Ninguna otra ‑contestó.

‑Así, pues, cada uno va tomando consigo a tal hombre para satisfacer esta necesidad y a tal otro para aquella; de este modo, al necesitar todos de muchas cosas, vamos reuniendo en una sola vivienda a multitud de personas en calidad de asociados y auxiliares y a esta cohabitación le damos el nombre de ciudad. ¿No es ast?

‑Así.

‑Y cuando uno da a otro algo o lo toma de él, ¿lo hace por considerar que ello redunda en su beneficio?

‑Desde luego.

‑¡Ea, pues! ‑continué‑. Edifiquemos con palabras una ciudad desde sus cimientos. La construirán, por lo visto, nuestras necesidades.

‑¿Cómo no?

‑Pues bien, la primera y mayor de ellas es la provisión de alimentos para mantener existencia y vida.

‑Naturalmente.

‑La segunda, la habitación; y la tercera, el vestido y cosas similares.

‑Así es.

‑Bueno ‑dije yo‑. tY cómo atenderá la ciudad a la provisión de tantas cosas? ¿No habrá uno que sea labra­dor, otro albañil y otro tejedor? ¿No será menester añadir a éstos un zapatero y algún otro de los que atienden a las necesidades materiales?

‑Efectivamente.

‑Entonces una ciudad constará, como mínimo indis­pensable, de cuatro o cinco hombres.

‑Tal parece.

‑¿Y qué? ¿Es preciso que cada uno de ellos dedique su actividad a la comunidad entera, por ejemplo, que el La­brador, siendo uno solo, suministre víveres a otros cuatro y destine un tiempo y trabajo cuatro veces mayor a la ela­boración de Los alimentos de que ha de hacer participes a los demás? ¿O bien que se desentienda de los otros y dedi­que la cuarta parte del tiempo a disponer para él sólo la cuarta parte del alimento común y pase Las tres cuartas partes restantes ocupándose respectivamente de su casa, sus vestidos y su calzado sin molestarse en compartirlos con Los demás, sino cuidándose él solo y por sí solo de sus cosas?

Y Adimanto contestó: ‑Tal vez, Sócrates, resultará más fácil el primer proce­dimiento que el segundo.

‑No me extraña, por Zeus ‑dije yo‑. Porque al hablar tú me doy cuenta de que, por de pronto, no hay dos per­sonas exactamente iguales por naturaleza, sino que en todas hay diferencias innatas que hacen apta a cada una para una ocupación. ¿No lo crees así?

‑Sí.

‑¿Pues qué? ¿Trabajaría mejor una sola persona dedi­cada a muchos oficios o a uno solamente?

‑A uno solo ‑dljo.

‑Además es evidente, creo yo, que, si se deja pasar el momento oportuno para realizar un trabajo, éste no sale bien.

‑Evidente.

‑En efecto, la obra no suele, según creo, esperar el mo­mento en que esté desocupado el artesano; antes bien, hace falta que éste atienda a su trabajo sin considerarlo como algo accesorio.

‑Eso hace falta.

‑Por consiguiente, cuando más, mejor y más fácil­mente se produce es cuando cada persona realiza un solo trabajo de acuerdo con sus aptitudes, en el momento oportuno y sin ocuparse de nada más que de él.

‑En efecto.

‑Entonces, Adimanto, serán necesarios más de cuatro ciudadanos para la provisión de Los artículos de que ha­blábamos. Porque es de suponer que el labriego no se fa­bricará por sí mismo el arado, si quiere que éste sea bue­no, ni el bidente ni los demás aperos que requiere la labranza. Ni tampoco el albañil, que también necesita muchas herramientas. Y lo mismo sucederá con el teje­dor y el zapatero, ¿no?

‑Cierto.

‑Por consiguiente, irán entrando a formar parte de nuestra pequeña ciudad y acrecentando su población los carpinteros, herreros y otros muchos artesanos de pare­cida índole.

‑Efectivamente.

‑Sin embargo, no llegará todavía a ser muy grande ni aunque les agreguemos boyeros, ovejeros y pastores de otra especie con el fin de que los labradores tengan bue­yes para arar, los albañiles y campesinos puedan em­plear bestias para los transportes y los tejedores y zapate­ros dispongan de cueros y lana.

‑Pues ya no será una ciudad tan pequeña ‑dijo‑ si ha de tener todo lo que dices.

‑Ahora bien ‑continué‑, establecer esta ciudad en un lugar tal que no sean necesarias importaciones es algo casi imposible.

‑Imposible, en efecto.

‑Necesitarán, pues, todavía más personas que traigan desde otras ciudades cuanto sea preciso.

‑Las necesitarán.

‑Pero si el que hace este servicio va con las manos vacías, sin llevar nada de lo que les falta a aquellos de quie­nes se recibe lo que necesitan los ciudadanos, volverá también de vacío. ¿No es así?

‑Así me lo parece.

‑Será preciso, por tanto, que las producciones del país no sólo sean suficiente para ellos mismos, sino también adecuadas, por su calidad y cantidad, a aquellos de quie­nes se necesita.

‑Sí.

‑Entonces nuestra ciudad requiere más labradores y artesanos.

‑Más, ciertamente.

‑Y también, digo yo, más servidores encargados de importar y exportar cada cosa. Ahora bien, éstos son los comerciantes, ¿no?

‑Sí.

‑Necesitamos, pues, comerciantes.

‑En efecto.

‑Y en el caso de que el comercio se realice por mar, se­rán precisos otros muchos expertos en asuntos maríti­mos.

‑Muchos, sí.

XII. ‑¿Y qué? En el interior de la ciudad, ¿cómo cambia­rán entre sí los géneros que cada cual produzca? Pues éste ha sido precisamente el fin con el que hemos establecido una comunidad y un Estado.

‑Está claro ‑contestó‑ que comprando y vendiendo.

‑Luego esto nos traerá consigo un mercado y una mo­neda como signo que facilite el cambio.

‑Naturalmente.

‑Y si el campesino que lleva al mercado alguno de sus productos, o cualquier otro de los artesanos, no llega al mismo tiempo que los que necesitan comerciar con él, ¿habrá de permanecer inactivo en el mercado desaten­diendo su labor?

‑En modo alguno ‑respondió‑, pues hay quienes, dán­dose cuenta de esto, se dedican a prestar ese servicio. En las ciudades bien organizadas suelen ser por lo regular las per­sonas de constitución menos vigorosa a imposibilitadas, por tanto, para desempeñar cualquier otro oficio. Éstos a tienen que permanecer allí en la plaza y entregar dinero por mercancías a quienes desean vender algo y mercan­cías, en cambio, por dinero a cuantos quieren comprar.

‑He aquí, pues ‑dije‑, la necesidad que da origen a la aparición de mercaderes en nuestra ciudad. ¿O no llama­mos así a los que se dedican a la compra y venta estableci­dos en la plaza, y traficantes a los que viajan de ciudad en ciudad?

‑Exactamente.

‑Pues bien, falta todavía, en mi opinión, otra especie de auxiliares cuya cooperación no resulta ciertamente muy estimable en lo que toca a la inteligencia, pero que gozan de suficiente fuerza física para realizar trabajos pe­nosos. Venden, pues, el empleo de su fuerza y, como lla­man salario al precio que se les paga, reciben, según creo, el nombre de asalariados. ¿No es así?

‑Así es.

‑Estos asalariados son, pues, una especie de comple­mento de la ciudad, al menos en mi opinión.

‑Tal creo yo.

‑Bien, Adimanto; ¿tenemos ya una ciudad lo suficien­temente grande para ser perfecta?

‑Es posible.

‑Pues bien, tdónde podríamos hallar en ella la justicia y la injusticia? ¿De cuál de los elementos considerados han tomado su origen?

‑Por mi parte ‑contestó‑, no lo veo claro, ¡oh, Sócrates! Tal vez, pienso, de las mutuas relaciones entre estos mismos elementos.

‑Puede ser ‑dije yo‑ que tengas razón. Mas hay que examinar la cuestión y no dejarla.

Ante todo, consideremos, pues, cómo vivirán los ciu­dadanos así organizados. ¿Qué otra cosa harán sino pro­ducir trigo, vino, vestidos y zapatos? Se construirán vi­viendas; en verano trabajarán generalmente en cueros y descalzos y en invierno convenientemente abrigados y calzados. Se alimentarán con harina de cebada o trigo, que cocerán o amasarán para comérsela, servida sobre juncos a hojas limpias, en forma de hermosas tortas y pa­nes, con los cuales se banquetearán, recostados en le­chos naturales de nueza y mirto, en compañía de sus hi­jos; beberán vino, coronados todos de flores, y cantarán laudes de los dioses, satisfechos con su mutua compañía, y por temor de la pobreza o la guerra no procrearán más descendencia que aquella que les permitan sus recursos.

XIII. Entonces, Glaucón interrumpió, diciendo: ‑Pero me parece que invitas a esas gentes a un ban­quete sin companage alguno.

‑Es verdad ‑contesté‑. Se me olvidaba que también tendrán companage: sal, desde luego; aceitunas, queso, y podrán asimismo hervir cebollas y verduras, que son ali­mentos del campo. De postre les serviremos higos, gui­santes y habas, y tostarán al fuego murtones y bellotas, que acompañarán con moderadas libaciones. De este modo, después de haber pasado en paz y con salud su vida, morirán, como es natural, a edad muy avanzada y dejarán en herencia a sus descendientes otra vida similar a la de ellos.

Pero él repuso: ‑Y si estuvieras organizando, ¡oh, Sócrates!, una ciu­dad de cerdos, ¿con qué otros alimentos los cebarías sino con estos mismos?

‑¿Pues qué hace falta, Glaucón? ‑pregunté.

‑Lo que es costumbre ‑respondió‑. Es necesario, me parece a mí, que, si no queremos que lleven una vida mi­serable, coman recostados en lechos y puedan tomar de una mesa viandas y postres como los que tienen los hom­bres de hoy día.

‑¡Ah! ‑exclamé‑. Ya me doy cuenta. No tratamos sólo, por lo visto, de investigar el origen de una ciudad, sino el de una ciudad de lujo. Pues bien, quizá no esté mal eso. Pues examinando una tal ciudad puede ser que llegue­mos a comprender bien de qué modo nacen justicia a in­justicia en las ciudades. Con todo, yo creo que la verdade­ra ciudad es la que acabamos de describir: una ciudad sana, por así decirlo. Pero, si queréis, contemplemos también otra ciudad atacada de una infección; nada hay que nos lo impida. Pues bien, habrá evidentemente algu­nos que no se contentarán con esa alimentación ygénero de vida; importarán lechos, mesas, mobiliario de toda es­pecie, manjares, perfumes, sahumerios, cortesanas, golosinas, y todo ello de muchas clases distintas. Enton­ces ya no se contará entre las cosas necesarias solamente lo que antes enumerábamos, la habitación, el vestido y el calzado, sino que habrán de dedicarse a la pintura y el bordado, y será preciso procurarse oro, marfil y todos los materiales semejantes. ¿No es así?

‑Sí ‑dijo.

‑Hay, pues, que volver a agrandar la ciudad. Porque aquélla, que era la sana, ya no nos basta; será necesario que aumente en extensión y adquiera nuevos habitan­tes, que ya no estarán allí para desempeñar oficios indis­pensables; por ejemplo, cazadores de todas clases y una plétora de imitadores, aplicados unos a la reproducción de colores y formas y cultivadores otros de la música, esto es, poetas y sus auxiliares, tales como rapsodos, actores, danzantes y empresarios. También habrá fabricantes de artículos de toda índole, particularmente de aquellos que se relacionan con el tocado femenino. Precisaremos tam­bién de más servidores. ¿O no crees que harán falta pre­ceptores, nodrizas, ayas, camareras, peluqueros, cocine­ros y maestros de cocina? Y también necesitaremos porquerizos. Éstos no los teníamos en la primera ciudad, porque en ella no hacían ninguna falta, pero en ésta tam­bién serán necesarios. Y asimismo requeriremos grandes cantidades de animales de todas clases, si es que la gente se los ha de comer. ¿No?

‑¿Cómo no?

‑Con ese régimen de vida, ¿tendremos, pues, mucha más necesidad de médicos que antes?

‑Mucha Más.

XIV ‑Y también el país, que entonces bastaba para sus­tentar a sus habitantes, resultará pequeño y no ya sufi­ciente. ¿No lo crees así?

‑Así lo creo ‑dijo.

‑¿Habremos, pues, de recortar en nuestro provecho el territorio vecino, si queremos tener suficientes pastos y tierra cultivable, y harán ellos lo mismo con el nuestro si, traspasando los límites de lo necesario, se abandonan también a un deseo de ilimitada adquisición de rique­zas?

‑Es muy forzoso, Sócrates ‑dije.

‑¿Tendremos, pues, que guerrear como consecuencia de esto? ¿O qué otra cosa sucederá, Glaucón?

‑Lo que tú dices ‑respondió.

‑No digamos aún –seguí— si la guerra produce males o bienes, sino solamente que, en cambio, hemos descu­bierto el origen de la guerra en aquello de lo cual nacen las mayores catástrofes públicas y privadas que recaen sobre las ciudades.

‑Exactamente.

‑Además será preciso, querido amigo, hacer la ciudad todavía mayor, pero no un poco mayor, sino tal que pue­da dar cabida a todo un ejército capaz de salir a campaña para combatir contra los invasores en defensa de cuanto poseen y de aquellos a que hace poco nos referíamos.

‑¿Pues qué? ‑arguyó él‑. ¿Ellos no pueden hacerlo por sí?

‑No —repliqué‑, al menos si tenía valor la consecuen­cia a que llegaste con todos nosotros cuando dábamos forma a la ciudad; pues convinimos, no sé si lo recuer­das, en la imposibilidad de que una sola persona desem­peñara bien muchos oficios.

‑Tienes razón ‑dijo.

‑¿Y qué? ‑continué‑. ¿No lo parece un oficio el del que ti combate en guerra?

‑Desde luego ‑dijo.

‑¿Merece acaso mayor atención el oficio del zapatero que el del militar?

‑En modo alguno.

‑Pues bien, recuerda que no dejábamos al zapatero que intentara ser al mismo tiempo labrador, tejedor o al­bañil; tenía que ser únicamente zapatero para que nos realizara bien las labores propias de su oficio; y a cada uno de los demás artesanos les asignábamos del mismo modo una sola tarea, la que les dictasen sus aptitudes na­turales y aquella en que fuesen a trabajar bien durante toda su vida, absteniéndose de toda otra ocupación y no dejando pasar la ocasión oportuna para ejecutar cada obra. ¿Y acaso no resulta de la máxima importancia el que también las cosas de la guerra se hagan como es de­bido? ¿O son tan fáciles que un labrador, un zapatero u otro cualquier artesano puede ser soldado al mismo tiempo, mientras, en cambio, a nadie le es posible cono­cer suficientemente el juego del chaquete o de los dados si los practica de manera accesoria y sin dedicarse for­malmente a ellos desde niño? ¿Y bastará con empuñar un escudo o cualquier otra de las armas a instrumentos de guerra para estar en disposición de pelear el mismo día en las filas de los hoplitas o de otra unidad militar, cuan­do no hay ningún utensilio que, por el mero hecho de to­marlo en la mano, convierta a nadie en artesano o atleta ni sirva para nada a quien no haya adquirido los conoci­mientos del oficio ni tenga atesorada suficiente experien­cia?

‑Si así fuera ‑dijo‑ ¡no valdrían poco los utensilios!

XV ‑Por consiguiente ‑seguí diciendo‑, cuanto más im­portante sea la misión de los guardianes tanto más preciso será que se desliguen absolutamente de toda otra ocupación y realicen su trabajo con la máxima competen­cia y celo.

‑Así, al menos, opino yo ‑dijo.

‑¿Pero no hará falta también un modo de ser adecua­do a tal ocupación?

‑¿Cómo no?

—Entonces es misión nuestra, me parece a mí, el desig­nar, si somos capaces de ello, las personas y cualidades adecuadas para la custodia de una ciudad.

‑Misión nuestra, en efecto.

‑¡Por Zeus! ‑exclamé entonces‑. ¡No es pequeña la carga que nos hemos echado encima! Y, sin embargo, no podemos volvernos atrás mientras nuestras fuerzas nos lo permitan.

‑No podemos, no —dijo.

‑¿Crees, pues ‑pregunté yo‑, que difieren en algo por su naturaleza, en lo tocante a la custodia, un can de raza y un muchacho de noble cuna?

‑¿A qué lo refieres?

‑A que es necesario, creo yo, que uno y otro tengan vi veza para darse cuenta de las cosas, velocidad para perse guir lo que hayan visto y también vigor, por si han de lu char una vez que le hayan dado alcance.

‑De cierto ‑asintió‑, todo eso es necesario.

‑Además han de ser valientes, si se quiere que luche bien.

‑¿Cómo no?

‑¿Pero podrá, acaso, ser valiente el caballo, perro otro animal cualquier que no sea fogoso? ¿No has of servado que la fogosidad es una fuerza irresistible a invencible, que hace intrépida a indomable ante cualquier peligro a toda alma que está dotada de ella?

‑Lo he observado, sí.

‑Entonces está clam cuáles son las cualidades corporales que deben concurrir en el guardián.

‑En efecto.

‑E igualmente por lo que al alma toca: ha de tener, menos, fogosidad.

‑Sí, también.

‑Pero siendo tal su carácter, Glaucón ‑dije yo ¿cómo no van a mostrarse feroces unos con otros y con resto de los ciudadanos?

‑¡Por Zeus! ‑contestó~. No será fácil.

‑Ahora bien, hace falta que sean amables Para con sus conciudadanos, aunque fieros ante el enemigo. Y si no, no esperarán a que vengan otros a exterminarlos, sino que ellos mismos serán los primeros en destrozarse entre sí.

‑Es verdad ‑dijo.

‑¿Qué hacer entonces? —pregunté‑. ¿Dónde vamos a encontrar un temperamento apacible y fogoso al mismo tiempo? Porque, según creo, mansedumbre y fogosidad son cualidades opuestas.

‑Así parece.

‑Pues bien, si una cualquiera de estas dos falta, no es posible que se dé un buen guardián. Pero como parece imposible conciliarlas, resulta así imposible también en­contrar un buen guardián.

‑Temo que así sea ‑dijo.

Entonces yo quedé perplejo; pero, después de refle­xionar sobre lo que acabábamos de decir, continué: ‑Bien merecido tenemos, amigo mío, este atolladero. Porque nos hemos apartado del ejemplo que nos propu­simos.

‑¿Qué quieres decir?

‑Que no nos hemos dado cuenta de que en realidad existen caracteres que, contra lo que creíamos, reúnen en sí estos contrarios.

‑¿Cómo?

‑Es fácil hallarlos en muchas especies de animales, pero sobre todo entre aquellos con los que comparába­mos a los guardianes. Supongo que has observado, como una de las características innatas en los perros de raza, que no existen animales más mansos para con los de la familia y aquellos a los que conocen, aunque con los de fuera ocurra lo contrario.

‑Ya lo he observado, en efecto.

‑Luego la cosa es posible —dije yo‑. No perseguimos pues, nada antinatural al querer encontrar un guardián así.

‑Parece que no.

XVI. ‑¿Pero no crees que el futuro guardián necesita todavía otra cualidad más? ¿Que ha de ser, además de fogoso, filósofo por naturaleza?

‑¿Cómo? ‑dijo‑. No entiendo.

‑He aquí otra cualidad ‑dije‑ que puedes observar en los perros: cosa, por cierto, digna de admiración en un bestia.

‑¿Qué es ello?

‑Que se enfurecen al ver a un desconocido, aunque no hayan sufrido previamente mal alguno de su mano, y, en cambio, hacen fiestas a aquellos a quienes conocen aunque jamás les hayan hecho ningún bien. ¿No te ha extrañado nunca esto?

‑Nunca había reparado en ello hasta ahora –dijo— ­Pero no hay duda de que así se comportan.

‑Pues bien, ahí se nos muestra un fino rasgo de su natural verdaderamente filosófico.

‑¿Y cómo eso?

‑Porque ‑dije‑ para distinguir la figura del amigo de la del enemigo no se basan en nada más sino en que la una la conocen y la otra no. Pues bien, ¿no va a sentir deseo de aprender quien define lo familiar y lo ajeno por su conocimiento o ignorancia de uno y otro?

‑No puede menos de ser así ‑respondió.

‑Ahora bien ‑continué‑, ¿no son lo mismo el deseo de saber y la filosofía?

—Lo mismo, en efecto —convino.

—¿Podemos, pues, admitir confiadamente que para que el hombre se muestre apacible para con sus familia­res y conocidos es preciso que sea filósofo y ávido de sa­ber por naturaleza?

—Admitido —respondió.

—Luego tendrá que ser filósofo, fogoso, veloz y fuerte por naturaleza quien haya de desempeñar a la perfección su cargo de guardián en nuestra ciudad.

—Sin duda alguna —dijo.

—Tal será, pues, su carácter. Pero ¿con qué método los criaremos y educaremos? ¿Y no nos ayudará el examen de este punto a ver claro en el último objeto de todas nuestras investigaciones, que es el cómo nacen en una ciudad la justicia y la injusticia? No vayamos a omitir nada decisivo ni a extendernos en divagaciones.

Entonces intervino el hermano de Glaucón: —Desde luego, por mi parte espero que el tema resul­tará útil para nuestros fines.

—Entonces, querido Adimanto, no hay que dejarlo, por Zeus, aunque la discusión se haga un poco larga —dije yo. —No, en efecto.

—¡Ea, pues! Vamos a suponer que educamos a esos hombres como si tuviéramos tiempo disponible para contar cuentos.

—Así hay que hacerlo.

XVII. —Pues bien, ¿cuál va a ser nuestra educación? ¿No será difícil inventar otra mejor que la que largos siglos nos han transmitido? La cual comprende, según creo, la gimnástica para el cuerpo y la música para el alma.

—Así es.

—¿Y no empezaremos a educarlos por la música más bien que por la gimnástica?

—¿Cómo no?

—¿Consideras —pregunté— incluidas en la música las narraciones o no?

—Sí por cierto.

—¿No hay dos clases de narraciones, unas verídicas y otras ficticias?

—Sí.

—¿Y no hay que educarlos por medio de unas y otras, pero primeramente con las ficticias?

—No sé —contestó— lo que quieres decir.

—¿No sabes —dije yo— que lo primero que contamos a los niños son fábulas? Y éstas son ficticias por lo regular, aunque haya en ellas algo de verdad. Antes intervienen las fábulas en la instrucción de los niños que los gimna­sios.

—Cierto.

—Pues bien, eso es lo que quería decir: que hay que to­mar entre manos la música antes que la gimnástica.

—Bien dices —convino.

—¿Y no sabes que el principio es lo más importante en toda obra, sobre todo cuando se trata de criaturas jó­venes y tiernas? Pues se hallan en la época en que se dejan moldear más fácilmente y admiten cualquier impresión que se quiera dejar grabada en ellas.

—Tienes razón.

—¿Hemos de permitir, pues, tan ligeramente que los niños escuchen cualesquiera mitos, forjados por el primero que llegue, y que den cabida en su espíritu a ideas generalmente opuestas a las que creemos necesario que tengan inculcadas al llegar a mayores?

—No debemos permitirlo en modo alguno.

—Debemos, pues, según parece, vigilar ante todo a los forjadores de mitos y aceptar los creados por ellos cuan­do estén bien y rechazarlos cuando no; y convencer a las madres y ayas para que cuenten a los niños los mitos au­torizados, moldeando de este modo sus almas por medio de las fábulas mejor todavía que sus cuerpos con las ma­nos. Y habrá que rechazar la mayor parte de los que ahora cuentan.

—¿Cuáles? —preguntó.

—Por los mitos mayores —dije— juzgaremos también de los menores. Porque es lógico que todos ellos, mayores y menores, ostenten el mismo cuño y produzcan los mis­mos efectos. ¿No lo crees así?

—Desde luego —dijo—. Pero no comprendo todavía cuáles son esos mayores de que hablas.

—Aquellos —dije— que nos relataban Hesíodo y Ho­mero, y con ellos los demás poetas. Ahí tienes a los forja­dores de falsas narraciones que han contado y cuentan a las gentes.

—¿Qué clase de narraciones —preguntó— y qué tienes que censurar en ellas?

—Aquello —dije— que hay que censurar ante todo y so­bre todo, especialmente si la mentira es además inde­corosa.

—¿Qué es ello?

—Que se da con palabras una falsa imagen de la na­turaleza de dioses y héroes, como un pintor cuyo retrato no presentara la menor similitud con relación al modelo que intentara reproducir.

—En efecto —dijo—, tal comportamiento merece censu­ra. Pero ¿a qué caso concreto te refieres?

—Ante todo —respondí—, no hizo bien el que forjó la más grande invención relatada con respecto a los más ve­nerables seres, contando cómo hizo Urano lo que le atri­buye Hesíodo, y cómo Crono se vengó a su vez de él. En cuanto a las hazañas de Crono y el tratamiento que le in­fligió su hijo ni aunque fueran verdad me parecería bien que se relatasen tan sin rebozo a niños no llegados aún al uso de razón, antes bien, sería preciso guardar si­lencio acerca de ello y, si no hubiera más remedio que mencionarlo, que lo oyese en secreto el menor número posible de personas y que éstas hubiesen inmolado pre­viamente no ya un cerdo, sino otra víctima más valiosa y rara, con el fin de que sólo poquísimos se hallasen en condiciones de escuchar.

—Es verdad —dijo—, tales historias son peligrosas.

—Y jamás, ¡oh, Adimanto!, deben ser narradas en nuestra ciudad —dije—, ni se debe dar a entender a un jo­ven oyente que, si comete los peores crímenes o castiga por cualquier procedimiento las malas acciones de su pa­dre, no hará con ello nada extraordinario, sino solamente aquello de que han dado ejemplo los primeros y más grandes de los dioses.

—No, por Zeus —dijo—; tampoco a mí me parecen estas cosas aptas para ser divulgadas.

—Ni tampoco —seguí— se debe hablar en absoluto de cómo guerrean, se tienden asechanzas o luchan entre sí dioses contra dioses —lo que, por otra parte, tampoco es cierto—, si queremos que los futuros vigilantes de la ciu­dad consideren que nada hay más vergonzoso que dejar­se arrastrar ligeramente a mutuas disensiones. En modo alguno se les debe contar o pintar las gigantomaquias o las otras innumerables querellas de toda índole desarro­lladas entre los dioses o héroes y los de su casta y familia. Al contrario, si hay modo de persuadirles de que jamás existió ciudadano alguno que se haya enemistado con otro y de que es un crimen hacerlo así, tales y no otros de­ben ser los cuentos que ancianos y ancianas relaten a los niños desde que éstos nazcan; y, una vez llegados los ciu­dadanos a la mayoría de edad, hay que ordenar a los poe­tas que inventen también narraciones de la misma ten­dencia. En cuanto a los relatos acerca de cómo fue aherrojada Hera por su hijo o cómo, cuando se dispo­nía Hefesto a defender a su madre de los golpes de su pa­dre, fue lanzado por éste al espacio y todas cuantas teo­maquias inventó Hornero no es posible admitirlas en la ciudad tanto si tienen intención alegórica como si no la tienen. Porque el niño no es capaz de discernir dónde hay alegoría y dónde no y las impresiones recibidas a esa edad difícilmente se borran o desarraigan. Razón por la cual hay que poner, en mi opinión, el máximo empeño en que las primeras fábulas que escuche sean las más hábil­mente dispuestas para exhortar al oyente a la virtud.

XVIII. —Sí, eso es razonable —dijo—. Pero, si ahora nos vi­niese alguien a preguntar también qué queremos decir y a qué clase de fábulas nos referimos, ¿cuáles les podría­mos citar?

Y yo contesté: —¡Ay, Adimanto! No somos poetas tú ni yo en este mo­mento, sino fundadores de una ciudad. Y los fundadores no tienen obligación de componer fábulas, sino única­mente de conocer las líneas generales que deben seguir en sus mitos los poetas con el fin de no permitir que se salgan nunca de ellas.

—Tienes razón —asintió—. Pero vamos a esto mismo: ¿cuáles serían estas lineas generales al tratar de los dioses?

—Poco más o menos las siguientes —contesté—: se debe en mi opinión reproducir siempre al dios tal cual es, ya se le haga aparecer en una epopeya o en un poema lírico o en una tragedia.

—Tal debe hacerse, efectivamente.

—Pues bien, ¿no es la divinidad esencialmente buena y no se debe proclamar esto de ella?

—¿Cómo no?

—Ahora bien, nada bueno puede ser nocivo. ¿No es así?

—Creo que no puede serlo.

—Y lo que no es nocivo, ¿perjudica?

—En modo alguno.

—Lo que no perjudica, ¿hace algún daño?

—Tampoco.

—Y lo que no hace daño alguno, ¿podrá, acaso, ser cau­sante de algún mal?

—¿Cómo va a serlo?

—¿Y qué? ¿Lo bueno beneficia?

—Sí.

—¿Es causa, pues, del bien obrar?

—Sí.

—Entonces, lo bueno no es causa de todo, sino única­mente de lo que está bien, pero no de lo que está mal..

—No cabe duda —dijo.

—Por consiguiente —continué—, la divinidad, pues es buena, no puede ser causa de todo, como dicen los más, sino solamente de una pequeña parte de lo que sucede a los hombres; mas no de la mayor parte de las cosas. Pues en nuestra vida hay muchas menos cosas buenas que malas. Las buenas no hay necesidad de atribuírselas a ningún otro autor; en cambio, la causa de las malas hay que buscarla en otro origen cualquiera, pero no en la divinidad.

—No hay cosa más cierta, a mi parecer, que lo que dices —contestó.

—Por consiguiente —seguí—, no hay que hacer caso a Homero ni a ningún otro poeta cuando cometen tan ne­cios errores con respecto a los dioses como decir, por ejemplo, que dos tinajas la casa de Zeus en el suelo fijadas tiene. repleta está la una de buenos destinos y la otra de malos; aquel a quien Zeus otorga una mezcla de unos y otros, hoy tendrá el mal en su vida y los bienes mañana; pero, si a alguno no se los da mezclados, sino tomados exclusivamente de una de las tinajas, a ése terrible miseria a vagarporla tierra divina le obliga.

Ni admitiremos tampoco que Zeus dispensador sea de bienes y males.

XIX. —En cuanto ala violación de los juramentos y de la tregua que cometió Pándaro, si alguien nos cuenta que lo hizo instigado por Atenea y Zeus, no lo aprobaremos, como tampoco la discordia y combate de los dioses que Temis y Zeus promovieron; ni se debe permitir que es­cuchen los jóvenes lo que dice Esquilo de que la divinidad hace culpables a los hombres si exterminar alguna casa de raíz quiere, sino que, al contrario, si un poeta canta las desgracias de Níobe, como el autor de estos yámbicos, o las de los Peló­pidas o las gestas de Troya o algún otro tema semejante, o no se le debe dejar que explique estos males como obra divina o, si lo dice, tendrá que inventar alguna interpre­tación parecida a la que estamos ahora buscando y decir que las acciones divinas fueron justas y buenas y que el castigo redundó en beneficio del culpable. Pero que lla­me infortunados a los que han sufrido su pena o que pre­sente a la divinidad como autora de sus males, eso no se lo toleraremos al poeta. Podrá, sí, decir que los malos eran infortunados precisamente porque necesitaban un castigo y que al recibirlo han sido objeto de un beneficio divino. Pero, si se aspira a que una ciudad se desenvuelva en buen orden, hay que impedir por todos los medios que nadie diga en ella que la divinidad, que es buena, ha sido causante de los males de un mortal y que nadie, jo­ven o viejo, escuche tampoco esta clase de narraciones, tanto si están en verso como en prosa; porque quien rela­ta tales leyendas dice cosas impías, inconvenientes y con­tradictorias entre sí.

—Voto contigo esta ley —dijo—. Me gusta.

—Ésta será, pues —dije—, la primera de las leyes referen­tes a los dioses y de las normas con arreglo a las cuales de­berán relatar los narradores y componer los poetas: la di­vinidad no es autora de todas las cosas, sino únicamente de las buenas.

—Eso es suficiente —dijo.

—¿Y qué decir de la segunda? ¿Hay que considerar, acaso, a un dios como a una especie de mago capaz de manifestarse de industria cada vez con una forma distin­ta, ora cambiando él mismo y modificando su apariencia para transformarse de mil modos diversos, ora engañán­donos y haciéndonos ver en él tal o cual cosa, o bien lo concebiremos como un ser simple, más que ninguno in­capaz de abandonar la forma que le es propia?

—De momento no puedo contestarte aún —dijo.

—¿Pues qué? ¿No es forzoso que, cuando algo abando­na su forma, lo haga o por sí mismo o por alguna causa externa?

—Así es.

—¿Y no son las cosas más perfectas las menos sujetas a transformaciones o alteraciones causadas por un agente externo? Por ejemplo, los cuerpos sufren la acción de los alimentos, bebidas y trabajos; toda planta, la de los soles, vientos u otros agentes similares. Pues bien, ¿no son los se­res más sanos y robustos los menos expuestos a alteración?

—¿Cómo no?

—¿No será, pues, el alma más esforzada e inteligente la que menos se deje afectar o alterar por cualquier influen­cia exterior?

—Sí.

—Y lo mismo ocurre también, a mi parecer, con todos los objetos fabricados: utensilios, edificios y vestidos. Los que están bien hechos y se hallan en buen estado son los que menos se dejan alterar por el tiempo u otros agentes destructivos.

—En efecto, tal sucede.

—Luego toda obra de la naturaleza, del arte o de am­bos a la vez que esté bien hecha se halla menos expuesta que otras a sufrir alteraciones causadas por elementos externos.

—Así parece.

—Ahora bien, la condición de la divinidad y de cuanto a ella pertenece es óptima en todos los aspectos. —¿Cómo no ha de serlo?

—Según esto, no hay ser menos capaz que la divinidad de adoptar formas diversas.

—No lo hay, desde luego.

XX. —¿Se deberán, entonces, a su propia voluntad sus transformaciones y alteraciones?

—Si se transforma—dijo— no puede ser de otro modo.

—¿Pero se transforma a sí misma para mejorarse y em­bellecerse o para empeorar y desfigurar su aspecto?

—Tiene que ser forzosamente para empeorar, siempre suponiendo que se transforme —dijo—. Porque no vamos a pretender que la divinidad sea imperfecta en bondad o belleza.

—Dices muy bien —aprobé—. Y, siendo así, ¿te parece, Adimanto, que puede haber alguien, dios u hombre, que empeore voluntariamente en cualquier aspecto?

—Imposible —respondió.

—Imposible, pues, también —concluí— que un dios quiera modificarse a sí mismo; antes bien, creo que todos y cada uno de ellos son los seres más hermosos y excelen­tes que pueden darse y, por ende, permanecen invariable y simplemente en la forma que les es propia.

—Me parece —dijo— que ello es muy forzoso.

—Entonces, amigo mío —dije—, que ningún poeta nos hable de que los dioses, que toman tan varias figuras, las ciudades recorren a veces en forma de errantes peregrinos, ni nos cuente nadie mentiras acerca de Proteo y Tetis ni nos presente en tragedias o poemas a Hera transformada en sacerdotisa mendicante que pide para los almos hijos de Ínaco, el río de Argos ni nos vengan con otras muchas y semejantes patrañas. Y que tampoco las madres, influidas por ellos, asusten a sus hijos contándoles mal las leyendas y hablándoles de unos dioses que andan por el mundo de noche, disfrazados de mil modos como extranjeros de los más varios países. Así no blasfemarán contra los seres divinos y evitarán, al mis­mo tiempo, que sus niños se vuelvan más miedosos.

—No deben hacerlo, en efecto —dijo.

—¿O será quizá —continué preguntando— que los dio­ses no pueden cambiar de apariencia por sí mismos, pero nos hacen creer a nosotros, con trampas y hechicerías, que se presentan bajo formas diversas?

—Tal vez —admitió.

—¿Pues qué? —pregunté—. ¿Puede un dios desear enga­ñarnos de palabra o de obra presentándonos una mera apariencia?

—No lo sé —contestó.

—¿No sabes —interrogué— que la verdadera mentira, si es lícito emplear esta expresión, es algo odiado por todos los dioses y hombres?

—¿Cómo dices? —preguntó a su vez.

—Digo —aclaré— que en mi opinión nadie quiere ser en­gañado en la mejor parte de su ser ni con respecto a las cosas más trascendentales; antes bien, no hay nada que más se tema que el tener allí arraigada la falsedad.

—Sigo sin entenderte —dijo.

—Es porque esperas oírme algo extraordinario —dije—. Y lo que quiero decir yo es que ser y estar engañado en el alma con respecto a la realidad y permanecer en la igno­rancia, y albergar y tener albergada allí la mentira es algo que nadie puede soportar de ninguna manera y que de­testan sumamente todos cuantos lo sufren.

—Tienes mucha razón —dijo.

—Ahora bien, ningún nombre mejor que el de «verda­dera mentira», como decía yo hace un momento, para designar la ignorancia que existe en el alma del engaña­do. Porque la mentira expresada con palabras no es sino un reflejo de la situación del alma y una imagen nacida a consecuencia de esta situación, pero no una mentira ab­solutamente pura. ¿No es así?

—Exacto.

XXI. —Quedamos, pues, en que la verdadera mentira es odiada no sólo por los dioses, sino también por los hom­bres.

—Así me parece a mí.

—¿Y qué decir de la mentira expresada en palabras? ¿Cuándo y para quién puede ser útil y no digna de ser odiada? ¿No resultará beneficiosa, como el remedio con que se contiene un mal, contra los enemigos y cuando al­guno de los que llamamos amigos intenta hacer algo malo, bien sea por efecto de un ataque de locura o de otra per­turbación cualquiera? ¿Y no la hacemos útil también con respecto a las leyendas mitológicas de que antes hablába­mos, cuando, no sabiendo la verdad de los hechos anti­guos, asimilamos todo lo que podemos la mentira a la ver­dad?

—Ciertamente —asintió—. Así es.

—Pues bien, ¿cuál de estas razones podrá hacer bene­ficiosa una falsedad de un dios? ¿Acaso le inducirá el des­conocimiento de la antigüedad a asimilar mentiras a ver­dades?

—¡Pero eso sería ridículo! —exclamó.

—No podemos, pues, concebir a un dios como un poe­ta embustero.

—No lo creo.

—¿Mentirá, pues, por temor de sus enemigos?

—De ninguna manera.

—¿O le inducirá a ello alguna locura o perturbación de un amigo?

—Ningún demente ni insensato —dijo— es amigo de los dioses.

—Luego no hay razón alguna para que un dios mienta.

—No la hay.

—Por consiguiente, todo lo demónico y divino es abso­lutamente incapaz de mentir.

—Absolutamente —dijo.

—La divinidad es, por tanto, absolutamente simple y veraz en palabras y en obras y ni cambia por sí ni engaña a los demás en vigilia ni en sueños con apariciones, pala­bras o envíos de signos.

—Tal creo yo también después de haberte oído —dijo.

—¿Convienes, pues —pregunté—, en que sea ésta la se­gunda de las normas que hay que seguir en las palabras y obras referentes a los dioses, según la cual no son éstos hechiceros que se transformen ni nos extravien con di­chos o actos mendaces?

—Convengo en ello.

—Por consiguiente, aunque alabemos muchas cosas de Homero, no aprobaremos el pasaje en que Zeus envía el sueño a Agamenón ni tampoco el de Esquilo en que dice Tetis que Apolo cantó en sus bodas y celebró su di­chosa descendencia y mi longeva vida de dolencias exenta.

Ya continuación en honor de mi sino grato para los dioses el peán entonó alegrando mi espíritu. Yo pensé que mentira en la divina boca no cabía de Febo floreciente en las artes proféticas; pues bien, el mismo que en la fiesta cantó diciendo aquello, él mismo matador ahora de mi hijo ha sido ....

Cuando alguien diga tales cosas con respecto a los dioses, nos irritaremos contra él y nos negaremos a darle coro y a permitir que los maestros se sirvan de sus obras para educar a los jóvenes si queremos que los guardianes sean piadosos y que su naturaleza se aproxime a la divina todo cuanto le está permitido a un ser humano.

—Por mi parte —dijo entonces él—, estoy completamen­te de acuerdo con estas normas y dispuesto a tenerlas por leyes.

III

I. —Bien —concluí—. Tales son, según parece, las cosas re­lativas a los dioses que pueden o no escuchar desde su ni­ñez los que deban honrar más tarde a la divinidad y a sus progenitores y tener en no pequeño aprecio sus mutuas relaciones de amistad.

—Sí —dijo—, y creo acertadas nuestras normas.

—Ahora bien, ¿qué hacer para que sean valientes? ¿No les diremos acaso cosas tales que les induzcan a no temer en absoluto a la muerte? ¿O piensas tal vez que puede ser valeroso quien sienta en su ánimo ese temor?

—¡No, por Zeus! —exclamó.

—¿Pues qué? Quien crea que existe el Hades y que es terrible, ¿podrá no temer a la muerte y preferirla en las batallas a la derrota y servidumbre?

—En modo alguno.

—Me parece, pues, necesario que vigilemos también a los que se dedican a contar esta clase de fábulas y que les roguemos que no denigren tan sin consideración todo lo del Hades, sino que lo alaben, pues lo que dicen actual­mente ni es verdad ni beneficia a los que han de necesitar valor el día de mañana.

—Es necesario, sí —asintió.

—Borraremos, pues —dije yo—, empezando por los ver­sos siguientes, todos los similares a ellos: Yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos que allá fenecieron.

O bien: Y a inmortales y humanos la lóbrega casa tremenda se mostrara que incluso en los dioses espanto produce.

O bien: ¡Ay de mí! Por lo visto en el Hades perduran el alma y la imagen por más que privadas de mente se encuentren.

O esto otro: ...conservar la razón, rodeado de sombras errantes.

O bien: Y el alma sus miembros dejó y se fue al Hades volando y llorando su sino y la fuerza y hombría perdidas.

O aquello otro de Y el alma chillando se fue bajo tierra lo mismo que el humo.

Y lo de Cual murciélagos dentro de un antro asombroso que, si alguno se cae de su piedra, revuelan y gritan y agloméranse llenos de espanto, tal ellas entonces exhalando quejidos marchaban en grupo ...

Estos versos y todos los que se les asemejan, rogare­mos a Homero y los demás poetas que no se enfaden si los tachamos, no por considerarlos prosaicos o desagra­dables para los oídos de los más, sino pensando que, cuanto mayor sea su valor literario, tanto menos pueden escucharlos los niños o adultos que deban ser libres y te­mer más la esclavitud que la muerte.

—Efectivamente.

II. —Además habremos de suprimir también todos los nombres terribles y espantosos que se relacionan con estos temas: «el Cocito», «la Éstige», «los de abajo», «los espíri­tus» y todas las palabras de este tipo que hacen estreme­cerse a cuantos las oyen. Lo cual será, quizá, excelente en otro aspecto, pero nosotros tememos, por lo que toca a los guardianes, que, influidos por temores de esa índole, se nos hagan más sensibles y blandos de lo que sería menester.

—Bien podemos temerlo —asintió.

—¿Los suprimimos entonces?

—Sí.

—¿Y habrá que narrar y componer según normas ente­ramente opuestas?

—Es evidente que sí.

—¿Tacharemos también los gemidos y sollozos en boca de hombres bien reputados?

—Será inevitable —dijo— después de lo que hemos he­cho con lo anterior.

—Considera ahora —seguí— si los vamos a suprimir con razón o no. Admitamos que un hombre de pro no debe considerar la muerte como cosa temible para otro seme­jante a él del cual sea compañero.

—En efecto, así lo admitimos.

—No podrá, pues, lamentarse por él como si le hubiese sucedido algo terrible.

—Claro que no.

—Ahora bien, afirmamos igualmente que un hombre así es quien mejor reúne en sí mismo todo lo necesario para vivir bien y que se distingue de los otros mortales por ser quien menos necesita de los demás.

—Es cierto —dijo.

—Por tanto, para él será menos dolorosa que para na­die la pérdida de un hijo, un hermano, una fortuna o cualquier otra cosa semejante.

—Menos que para nadie, en efecto.

—Y también será quien menos se lamente y quien más fácilmente se resigne cuando le ocurra una desgracia se­mejante.

—Desde luego.

—Por consiguiente, haremos bien en suprimir las la­mentaciones de los hombres famosos y atribuírselas a las mujeres —y no a las de mayor dignidad— o a los hombres más viles, con el fin de que les repugne la imitación de tales gentes a aquellos que decimos educar para la custodia del país.

—Bien haríamos —dijo.

—Volveremos, pues, a suplicar a Homero y demás poe­tas que no nos presenten a Aquiles, hijo de diosa, tan pronto tendiéndose sobre el costado y tan pronto hacia arriba o quizá boca abajo o, ya erguido, empezando a vagar agitado en la playa del mar infecundo ni tampoco con ambas manos cogiendo puñados de polvo negruzco y vertiéndolo sobre su pelo, ni, en fin, llorando y lamentándose con tantos y tales extremos como aquél; que no nos muestren tampoco a Príamo, próximo pariente de los dioses, suplicando y revolcándose por el estiércol y porsu nombre invocando a cada uno Pero mucho más encarecidamente todavía les supli­caremos que no representen a los dioses gimiendo y di­ciendo: ¡Ay de mí, desdichada!iAy de mí, triste madre de un héroe!

Y si no respeta a los dioses, al menos que no tenga la osadía de atribuir al más grande de ellos un lenguaje tan indigno como éste: ¡Ay, ay! Veo cómo persiguen en torno al recinto a un hombre a quien amo y se aflige mi espíritu en ello.

O bien: ¡Ay, ay de mí, Sarpedón, a quien amo entre todos, es destino que ante el Meneciada Patroclo sucumba!

III. —Porque, querido Adimanto, si nuestros jóvenes oyesen en serio tales manifestaciones, en lugar de tomar­las a broma como cosas indignas, sería difícil que ningu­no las considerase impropias de sí mismo, hombre al fin y al cabo, o que se reportara si le venía la idea de decir o hacer algo semejante; al contrario, ante el más pequeño contratiempo se entregaría a largos trenos y lamentacio­nes sin sentir la menor vergüenza ni demostrar ninguna entereza.

—Gran verdad, la que dices —asintió.

—Pues bien, eso no debe ocurrir, según nos manifestaba el razonamiento hace un instante; y hay que obedecerle mientras no venga quien nos convenza con otro mejor.

—En efecto, no debe ocurrir.

—Pero tampoco tienen que ser gente dada a la risa. Porque casi siempre que uno se entrega a un violento ataque de hilaridad, sigue a éste una reacción también violenta.

—Tal creo yo —dijo.

—No será admitida, por tanto, ninguna obra en que aparezcan personas de calidad dominadas por la risa; y menos todavía si son dioses.

—Mucho menos —dijo.

—No aceptaremos, pues, palabras de Homero como éstas acerca de los dioses: E inextinguible nació entre los dioses la risa cuando vieron a Hefesto en la sala afanándose tanto.

Esto no podemos admitirlo según tu razonamiento.

—¿Mío? ¡Si tú lo dices! —exclamó—. En efecto, no lo ad­mitiremos.

—Pero también la verdad merece que se la estime sobre todas las cosas. Porque, si no nos engañábamos hace un momento y realmente la mentira es algo que, aunque de nada sirve a los dioses, puede ser útil para los hombres a manera de medicamento, está claro que una semejante droga debe quedar reservada a los médicos sin que los particulares puedan tocarla.

—Es evidente —dijo.

—Si hay, pues, alguien a quien le sea lícito faltar a la verdad, serán los gobernantes de la ciudad, que podrán mentir con respecto a sus enemigos o conciudadanos en beneficio de la comunidad sin que ninguna otra persona esté autorizada a hacerlo. Y si un particular engaña a los gobernantes, lo consideraremos como una falta igual o más grave que la del enfermo o atleta que mienten a su médico o preparador en cuestiones relacionadas con sus cuerpos, o la del que no dice al piloto la verdad acerca de la nave o de la tripulación o del estado en que se halla él o cualquier otro de sus compañeros.

—Nada más cierto —dijo.

—De modo que si el gobernante sorprende mintiendo en la ciudad a algún otro de los que tienen un arte en servicio de todos, ya adivino, ya médico o ya constructor de viviendas, le castigará por introducir una práctica tan perniciosa y subversiva en la ciudad como lo sería en una nave.

—Perniciosa, ciertamente —dijo—, si a las palabras si­guenlos hechos.

—¿Y qué? ¿No necesitarán templanza nuestros mucha­chos?

—¿Cómo no?

—Y con respecto a las multitudes, ¿no consiste la tem­planza principalmente en obedecer a los que mandan y mandar ellos, en cambio, en sus apetitos de comida, be­bida y placeres amorosos?

—Yo, al menos, así lo creo.

—Diremos, pues, creo yo, que están bien los pasajes como el de Homero en que dice Diomedes Calla y siéntate, amigo, y escucha lo que he de ordenarte y lo que sigue, o, por ejemplo, Respirando coraje marchaban las tropas aqueas y callaban temiendo a sus jefes y todos los demás semejantes a éstos.

—En efecto, están bien.

—¿Y acaso están bien los versos como Borracho con ojos de perro y el alma de ciervo?

¿Y los que les siguen, y en general todas aquellas narra­ciones o poemas en que un particular habla con insolen­cia a sus superiores?

—Esos no están bien.

—En efecto, no parecen aptos para infundir templanza a los jóvenes que los escuchen, aunque no es extraño que, por otra parte, les proporcionen algún deleite. ¿No lo crees tú así?

—Así lo creo —respondió.

IV —¿Y qué? El presentarnos al más sabio de los hombres diciendo que no hay en el mundo cosa que le parezca más hermosa que cuando delante las mesas ven repletas de carnes y pan y el copero les saca de la gruesa cratera el licory lo escancia en las copas, ¿te parece propio para hacer nacer en el joven que escu­che sentimientos de templanza? ¿O aquello de que no hay nada tan horrible en verdad como hallar nuestro fin por el hambre?

¿O el espectáculo de Zeus, a quien la pasión amorosa le hace olvidar súbitamente cuantos proyectos ha tramado, velando él solo mientras dormían todos los demás dioses y hombres, y se excita de tal modo al contemplar a Hera, que no tiene ni paciencia para entrar en su aposen­to, sino que quiere yacer con ella allí mismo, en tierra, di­ciéndole que jamás se ha hallado poseído por un tal de­seo, ni cuando se unieron la primera vez «sin saberlo sus padres queridos»? ¿O el episodio en que Hefesto enca­dena a Afrodita y a Ares por motivos semejantes?

—No, por Zeus —contestó—, no me parece nada propio.

—En cambio —dije yo—, si existen personas de calidad que den muestras de fortaleza en todos sus dichos y he­chos, hay que contemplarlas y escuchar versos como Pero a su alma increpó golpeándose el pecho y le dijo:

Calla ya, corazón, que otras cosas más duras sufriste.

—Desde luego que sí —asintió.

—Tampoco hay que permitir que los hombres sean ve­nales ni ávidos de riquezas.

—De ningún modo.

—Ni se les debe cantar que a los dioses y nobles monarcas persuaden los dones ni alabar la prudencia de Fénice, el preceptor de Aquiles, que le aconsejaba que, si le hacían regalos los aqueos, les ayudase, pero, en caso contrario, no depusiera su rencor contra ellos. Tampoco nos avendremos a considerar al propio Aquiles de tan gran codicia como para admitir dones de Agamenón y acceder a la devolución del cadá­ver mediante rescate, pero no sin él.

—No creo —dijo— que merezcan encomios tales relatos.

—Y tan sólo por respeto de Homero —continuó— me abstengo de afirmar que es hasta una impiedad el hablar así de Aquiles e igualmente el creer a quien lo cuente; lo mismo que cuando dice a Apolo: Me engañaste, flechero, funesto entre todos los dioses, pero bien me vengara de ti si me fuese posible.

Y, en cuanto a su resistencia a obedecer al río, contra el cual, siendo éste un dios, está dispuesto a pelear, o sus palabras con respecto a sus cabellos, consagrados ya al otro río, el Esperqueo, sea mi melena la ofrenda del héroe Patroclo, que es ya un cadáver, no es de creer que haya dicho ni hecho tales cosas. Tampoco consideraremos cierto todo eso que se cuenta del arrastre de Héctor en torno al monumento de Patroclo, o de la matanza de pri­sioneros sobre la pira; ni permitiremos que crean los nuestros que Aquiles, hijo de una diosa y de Peleo, hombre éste el más sensato y descendiente en tercer grado de Zeus; Aquiles, educado por el sapientísimo Quirón, era hombre de tan perturbado espíritu, que reunía en él dos afecciones tan contradictorias entre sí como una vil avaricia y un soberbio desprecio de dio­ses y hombres.

—Bien dices —convino.

V —Pues no creamos todo eso —seguí— ni dejemos que se diga que Teseo, hijo de Posidón, y Pirítoo, hijo de Zeus, em­prendieron tan tremendos secuestros ni que cualquier otro héroe o hijo de Zeus ha osado jamás cometer atroces y sacrílegos delitos como los que ahora les achacan calumnio­samente. Al contrario, obliguemos a los poetas a decir que semejantes hazañas no son obra de los héroes, o bien que éstos no son hijos de los dioses, pero que no sostengan am­bas cosas ni intenten persuadir a nuestros jóvenes de que los dioses han engendrado algo malo o de que los héroes no son en ningún aspecto mejores que los hombres. Porque, como hace un rato decíamos, tales manifestaciones son falsas e impías, pues a mi parecer quedó demostrada la im­posibilidad de que nada malo provenga de los dioses.

—¿Cómo no?

—Y además hacen daño a quienes les escuchan. Porque toda persona ha de ser por fuerza muy tolerante con res­pecto a sus propias malas acciones si está convencida de que, según se cuenta, lo mismo que él han hecho y hacen también los hijos de los dioses, los parientes de Zeus, que en las cumbres etéreas del monte Ideo tienen un altar de Zeus patrio y cuyas venas aun bullen con la sangre divina.

Razón por la cual hay que atajar el paso a esta clase de mi­tos, no sea que por causa de ellos se inclinen nuestros jó venes a cometer el mal con más facilidad.

—Desde luego —dijo.

—Pues bien —continué—, ¿qué otro género de temas nos queda por examinar en nuestra discriminación de aque­llos relatos que se pueden contar y aquellos que no? Pues nos hemos ocupado ya de cómo hay que hablar de los dioses, de los demones y héroes y de las cosas de ultra­tumba.

—Efectivamente.

—Nos falta, pues, lo referente a los hombres, ¿no?

—Claro que sí.

—Pues de momento, querido amigo, nos es imposible poner orden en este punto.

—¿Por qué?

—Porque creo que vamos a decir que poetas y cuen­tistas yerran gravemente cuando dicen de los hombres que hay muchos malos que son felices mientras otros justos son infortunados, y que trae cuenta el ser malo con tal de que ello pase inadvertido, y que la justicia es un bien para el prójimo, pero la ruina para quien la practica. Prohibiremos que se digan tales cosas y mandaremos que se cante y relate todo lo contrario. ¿No te parece?

—Sé muy bien que sí —dijo.

—Ahora bien, si reconoces que tengo razón, ¿no podré decir que me la has dado en cuanto a aquello que veni­mos buscando desde hace rato?

—Está bien pensado —dijo.

—Por lo tanto, ¿convendremos en que hay que hablar de los hombres del modo que he dicho cuando hayamos descubierto en qué consiste la justicia y si es ésta intrín­secamente beneficiosa para el justo tanto si los demás le creen tal como si no?

—Tienes mucha razón —aprobó.

VI. —Hasta aquí, pues, lo relativo a los temas. Ahora hay que examinar, creo yo, lo que toca a la forma de desarro­llarlos, y así tendremos perfectamente estudiado lo que hay que decir y cómo hay que decirlo.

—No entiendo qué quieres decir con eso —replicó en­tonces Adimanto.

—Pues hay que entenderlo —respondí—. Quizá lo que voy a decir te ayudará a ello. ¿No es una narración de co­sas pasadas, presentes o futuras todo lo que cuentan los fabulistas y poetas?

—¿Qué otra cosa puede ser? —dijo.

—¿Y esto no lo pueden realizar por narración simple, por narración imitativa3 o por mezcla de uno y otro sis­tema?

—Este punto también necesito que me lo aclares más —dijo.

—¡Pues sí que soy un maestro ridículo y oscuro! —ex­clamé—. Tendré, pues, que proceder como los que no saben explicarse: en vez de hablar en términos generales, tomaré una parte de la cuestión e intentaré mostrarte, con aplicación a ella, lo que quiero decir. Dime, vamos a ver. ¿Tú te sabrás, claro está, los primeros versos de la Ilíada, en los cuales dice el poeta que Crises solicitó de Agamenón la devolución de su hija y el otro se irritó y aquél, en vista de que no lo conseguía, pidió al dios que enviara males a los aqueos?

—Sí que los conozco.

—Entonces sabrás también que hasta unos determina­dos versos, y a la íntegra tropa rogó y sobre todo a ambos hijos de Atreo, los ordenadores de pueblos, habla el propio poeta, que no intenta siquiera inducirnos a pensar que sea otro y no él quien habla. Pero a partir de los versos siguientes habla como si él fuese Crises y pro­cura por todos los medios que creamos que quien pro­nuncia las palabras no es Homero, sino el anciano sacer­dote. Y poco más o menos de la misma manera ha hecho las restantes narraciones de lo ocurrido en Ilión e Ítaca y la Odisea entera.

—Exacto —dijo.

—Pues bien, ¿no es narración tanto lo que presenta en los distintos parlamentos como lo intercalado entre ellos?

—¿Cómo no ha de serlo?

—Y cuando nos ofrezca un parlamento en que habla por boca de otro, ¿no diremos que entonces acomoda todo lo posible su modo de hablar al de aquel de quien nos ha advertido de antemano que va a tomar la palabra?

—Claro que lo diremos.

—Ahora bien, el asimilarse uno mismo a otro en habla o aspecto, ¿no es imitar a aquel al cual se asimila uno?

—¿Qué otra cosa va a ser?

—Por consiguiente, en un caso como éste tanto el poeta de que hablamos como los demás desarrollan su narra­ción por medio de la imitación.

—En efecto.

—En cambio, si el poeta no se ocultase detrás de nadie, toda su obra poética y narrativa se desarrollaría sin ayuda de la imitación. Para que no me digas que esto tampoco lo entiendes, voy a explicarte cómo puede ser así. Si Hornero, después de haber dicho que llegó Crises, llevando consigo el rescate de su hija, en calidad de suplicante de los aqueos y en particular de los reyes, continuase hablando como tal Homero, no como si se hubiese transformado en Crises, te darás perfecta cuenta de que en tal caso no habría imita­ción, sino narración simple expresada aproximadamente en estos términos —hablaré en prosa, pues no soy poeta—: «Llegó el sacerdote e hizo votos para que los dioses conce­dieran a los griegos el regresar indemnes después de haber tomado Troya y rogó también que, en consideración al dios, le devolvieran su hija a cambio del rescate. Ante estas sus palabras, los demás asintieron respetuosamente, pero Aga­menón se enfureció y le ordenó que se marchase en seguida para no volver más, no fuera que no le sirviesen de nada el cetro y las ínfulas del dios. Dijo que, antes de que le fuese de­vuelta su hija, envejecería ésta en Argos acompañada del propio Agamenón. Mandóle, en fin, que se retirase sin pro­vocarle si quería volver sano y salvo a su casa. El anciano sintió temor al oírle y marchó en silencio; pero, una vez lejos del campamento, dirigió una larga súplica a Apolo, invo­cándole por todos sus apelativos divinos, y le rogó que, si al­guna vez le había sido agradable con fundaciones de tem­plos o sacrificios de víctimas en honor del dios, lo recordase ahora y, a cambio de ello, pagasen los aqueos sus lágrimas con los dardos divinos». He aquí, amigo mío —terminé—, cómo se desarrolla una narración simple, no imitativa.

—Ya me doy cuenta —dijo.

VII. —Pues bien, date cuenta igualmente —agregué— de que hay un tipo de narración opuesto al citado, el que se da cuando se entresaca lo intercalado por el poeta entre los parlamentos y se deja únicamente la alternación de éstos.

—También esto lo comprendo —dijo—. Tal cosa ocurre en la tragedia.

—Muy justa apreciación —dije—. Creo que ya te he he­cho ver suficientemente claro lo que antes no podía lo­grar que entendieras: que hay una especie de ficciones poéticas que se desarrollan enteramente por imitación; en este apartado entran la tragedia, como tú dices, y la comedia. Otra clase de ellas emplea la narración hecha por el propio poeta; procedimiento que puede encon­trarse particularmente en los ditirambos. Y, finalmente, una tercera reúne ambos sistemas y se encuentra en las epopeyas y otras poesías. ¿Me entiendes?

—Ahora comprendo —dijo— lo que querías decir en­tonces.

—Recuerda también que antes de esto decíamos haber hablado ya de lo que se debe decir, pero todavía no de cómo hay que hacerlo.

—Ya me acuerdo.

—Pues lo que yo quería decir era precisamente que re­sultaba necesario llegar a un acuerdo acerca de si deja­remos que los poetas nos hagan las narraciones imitando o bien les impondremos que imiten unas veces sí, pero otras no —y en ese caso cuándo deberán o no hacerlo—, o, en fin, les prohibiremos en absoluto que imiten.

—Sospecho —dijo— que vas a investigar si debemos ad­mitir o no la tragedia y la comedia en la ciudad.

—Tal vez —dije yo—, o quizá cosas más importantes to­davía que éstas. Por mi parte, no lo sé todavía; adonde­quiera que la argumentación nos arrastre como el viento, allí habremos de ir.

—Tienes razón —dijo.

—Pues bien, considera, Adimanto, lo siguiente. ¿De­ben ser imitadores nuestros guardianes o no? ¿No depende la respuesta de nuestras palabras anteriores, según las cuales cada uno puede practicar bien un solo oficio, pero no muchos, y si intenta dedicarse a más de uno no llegará a ser tenido en cuenta en ninguno aunque ponga mano en muchos?

—¿Cómo no va a depender?

—¿No puede decirse lo mismo de la imitación, que no puede ser capaz la misma persona de imitar muchas co­sas tan bien como una sola?

—No.

—Pues mucho menos podrá simultanear la práctica de un oficio respetable con la imitación profesional de mu­chas cosas distintas cuando ni siquiera dos géneros de imitación que parecen hallarse tan próximos entre sí como la comedia y la tragedia es posible que los practi­quen bien al mismo tiempo las mismas personas. ¿No llamabas hace un momento imitaciones a estos dos gé­neros?

—Sí, por cierto. Y tienes razón: no pueden ser los mis­mos.

—Tampoco se puede ser rapsodo y actor a la vez.

—Es verdad.

—Ni siquiera simultanean los actores la comedia con la tragedia. Y todos éstos son géneros de imitación, ¿no?

—Lo son.

—Es más; creo, Adimanto, que son todavía menores las piezas en que están fragmentadas las aptitudes huma­nas, de tal manera que nadie es capaz de imitar bien mu­chos caracteres distintos, como tampoco de hacer bien aquellas mismas cosas de las cuales las imitaciones no son más que reproducción.

—Muy cierto —dijo.

VIII. —Ahora bien, si mantenemos el principio que he­mos empezado por establecer, según el cual es preciso que nuestros guardianes queden exentos de la práctica de cualquier otro oficio y que, siendo artesanos muy efi­caces de la libertad del Estado, no se dediquen a ningu­na otra cosa que no tienda a este fin, no será posible que ellos hagan ni imiten nada distinto. Pero, si han de imi­tar, que empiecen desde niños a practicar con modelos dignos de ellos, imitando caracteres valerosos, sensatos, piadosos, magnánimos y otros semejantes; pero las ac­ciones innobles no deben ni cometerlas ni emplear su habilidad en remedarlas, como tampoco ninguna otra cosa vergonzosa, no sea que empiecen por imitar y ter­minen por serlo en realidad. ¿No has observado que, cuando se practica durante mucho tiempo y desde la ni­ñez, la imitación se infiltra en el cuerpo, en la voz, en el modo de ser, y transforma el carácter alterando su natu­raleza?

—En efecto —dijo.

—Luego no permitiremos —seguí— que aquellos por quienes decimos interesarnos y que aspiramos a que sean hombres de bien imiten, siendo varones, a mujeres jóve­nes o viejas que insultan a sus maridos o, ensoberbeci­das, desafían a los dioses, engreídas en su felicidad, o bien caen en el infortunio y se entregan a llantos y lamen­taciones. Y mucho menos todavía les permitiremos que imiten a enfermas, enamoradas o parturientas.

—En modo alguno —dijo.

—Ni a siervas o siervos que desempeñen los meneste­res que les son propios.

—Tampoco eso.

—Ni tampoco, creo yo, a hombres viles, cobardes o que reúnan, en fin, cualidades opuestas a las que antes enu­merábamos: hombres que se insultan y burlan unos de otros, profieren obscenidades, embriagados o no, y co­meten toda clase de faltas con que las gentes de esa ralea pueden ofender de palabra u obra a sí mismos o a sus pró­jimos. Creo, además, que tampoco se les debe acostum­brar a que acomoden su lenguaje o proceder al de los de­mentes. Pues, aunque es necesario conocer cuándo está loco o es malo un hombre o una mujer, no se debe hacer ni imitar nada de lo que ellos hacen.

—Muy cierto —dijo.

—¿Pues qué? —continué—. ¿Podrán imitar a los herreros u otros artesanos, a los galeotes de una nave y los cómi­tres que les dan el ritmo o alguna otra cosa semejante?

—¿Cómo han de hacerlo —dijo—, si no les es lícito ni aun prestar la menor atención a ninguno de estos menesteres?

—¿Y qué? ¿Podrán tal vez imitar el relincho del caballo, el mugido del toro, el sonar de un río, el estrépito del mar, los truenos u otros ruidos similares?

—¡Pero si les hemos prohibido —exclamó— que enlo­quezcan o imiten a los locos!

—Entonces —dije—, si comprendo bien lo que quieres decir, hay una forma de dicción y narración propia para que la emplee, cuando tenga que decir algo, el verdadero hombre de bien; y otra forma muy distinta de la primera a la que siempre recurre y con arreglo a la cual se expresa aquella persona cuyo modo de ser y educación son opuestos a los del hombre de bien.

—¿Mas cómo son —preguntó— esas formas?

—A mí me parece —expliqué— que, cuando una perso­na como es debido llegue, en el curso de la narración, a un pasaje en que hable o actúe un hombre de bien, estará dispuesto a referirlo como si él mismo fuera ese hombre y no le dará vergüenza alguna el practicar tal imitación si el imitado es una buena persona que obra irreprochable y cuerdamente; pero lo hará con menos gusto y frecuencia si ha de imitar a alguien que padece los efectos de la en­fermedad, el amor, la embriaguez o cualquier otra cir­cunstancia parecida. Ahora bien, cuando aparezca un personaje indigno del narrador, éste se resistirá a imitar seriamente a quien vale menos que él y, o no lo hará sino de pasada, en el caso de que el personaje haya de llevar a cabo alguna buena acción, o se negará a hacerlo por ver­güenza, ya que, además de que carece de experiencia para imitar a personas de esa índole, rechaza la idea de amoldarse y adaptarse al patrón de gentes más bajas que él a quienes desprecia de todo corazón; esto siempre que no se trate de un mero pasatiempo.

—Es natural —dijo.

IX. —Empleará, pues, el tipo de narración que estudiába­mos hace poco con referencia a los poemas de Homero y su dicción participará de ambos procedimientos, imita­tivo y narrativo; pero la imitación constituirá una pequeña parte con respecto a los largos trozos de narración. ¿Vale lo que digo?

—Vale —dijo—; he ahí el tipo de dicción que es fuerza que emplee un narrador como ése.

—En cambio —continué—, cuanto menos valga el hom­bre que no sea así, tanto más se inclinará a contarlo todo y no considerar nada como indigno de su persona, de modo que no habrá cosa que no se arroje a imitar seriamente y en presencia de muchos; por ejemplo, imitará, como antes decíamos, truenos, bramar de vientos y resonar de grani­zos, chirridos de ejes y poleas, trompetas, flautas, siringas, sones de toda clase de instrumentos y hasta voces de pe­rros, ovejas y pájaros. ¿No se convertirá, pues, su dicción en una simple imitación de ruidos y gestos que contenga, todo lo más, una pequeña parte narrativa?

—Es forzoso también —convino— que así suceda. —Pues ahí tienes —concluí— las dos clases de dicción de que hablaba.

—En efecto, así son —dijo él.

—Ahora bien, la primera de las dos clases presenta po­cas variaciones: una vez se ha dado al discurso la armo­nía y ritmo que le cuadran, el que quiera declamar bien no tiene casi más que ceñirse a la invariable y única ar­monía —pues las variaciones son escasas— siguiendo igualmente un ritmo casi uniforme.

—Efectivamente —dijo—, así es.

—Mas ¿qué diremos de la otra clase? ¿No ocurre todo lo contrario, que, por reunir en sí variaciones de las más diversas especies, necesita, para ser empleada con pro­piedad, de toda clase de armonías y ritmos?

—Tampoco ocurre así, en efecto.

—¿No es cierto que todos los poetas o narradores se atienen al primero de estos dos géneros de dicción o bien al segundo o, en fin, mezclan ambos procedimientos en uno diferente?

—Es forzoso —dijo.

—¿Qué haremos, pues? —pregunté—. ¿Aceptaremos en la ciudad todos estos géneros o bien uno u otro de los dos puros o tal vez el mixto?

—Si ha de vencer mi criterio —dijo—, la imitación pura de lo bueno.

—Sin embargo, Adimanto, también resulta agradable el mixto; pero el que más agrada con mucho, tanto a los niños como a sus ayos y a la multitud en general, es el género opuesto al que tú eliges.

—En efecto, es el que más gusta.

—No obstante, me parece —dije— que vas a negar que pue­da adaptarse a nuestra ciudad, basándote en que entre no­sotros no existen hombres que puedan actuar como dos ni como muchos, ya que cada cual se dedica a una sola cosa. —En efecto, no se puede adaptar.

—¿No será ésta la razón por la cual esta ciudad será la única en que se encuentren zapateros que sean sólo zapa­teros y no pilotos además de zapateros, y labriegos que únicamente sean labriegos y no jueces amén de labriegos, y soldados que no sean más que soldados y no negocian­tes y soldados al mismo tiempo, y así sucesivamente?

—Es verdad —dijo.

—Parece, pues, que, si un hombre capacitado por su in­teligencia para adoptar cualquier forma e imitar todas las cosas, llegara a nuestra ciudad con intención de exhibirse con sus poemas, caeríamos de rodillas ante él como ante un ser divino, admirable y seductor, pero, indicándole que ni existen entre nosotros hombres como él ni está permitido que existan, lo reexpediríamos con destino a otra ciudad, no sin haber vertido mirra sobre su cabeza y coronado ésta de lana; y, por lo que a nosotros toca, nos contentaríamos, por nuestro bien, con escuchar a otro poeta o fabulista más austero, aunque menos agradable, que no nos imitara más que lo que dicen los hombres de bien ni se saliera en su lenguaje de aquellas normas que establecimos en un principio, cuando comenzamos a educar a nuestros soldados.

—Efectivamente —dijo—, así lo haríamos si se nos diese oportunidad.

—Pues bien —continué—; ahora parece, querido amigo, que hemos terminado por completo con aquella parte de la música relacionada con los discursos y mitos. Ya se ha hablado de lo que hay que decir y de cómo hay que decirlo.

—Así lo creo yo también —dijo.

X. —Después de esto —seguí— nos queda aún lo referente al carácter del canto y melodía, ¿no?

—Evidentemente.

—Ahora bien, ¿no está al alcance de todo el mundo el adi­vinar lo que vamos a decir, si hemos de ser consecuentes con lo ya hablado, acerca de cómo deben ser uno y otra?

Entonces Glaucón se echó a reír y dijo: —Por mi parte, Sócrates, temo que no voy a hallarme incluido en ese mundo de que hablas; pues por el momento no estoy en condiciones de conjeturar qué es lo que vamos a decir, aunque lo sospecho.

—De todos modos —contesté—, supongo que esto pri­mero sí estarás en condiciones de afirmarlo: que la melo­día se compone de tres elementos, que son letra, armonía y ritmo.

—Sí —dijo—. Eso al menos lo sé.

—Ahora bien, tengo entendido que las palabras de la letra en nada difieren de las no acompañadas con música en cuanto a la necesidad de que unas y otras se atengan a la misma manera y normas establecidas hace poco.

—Es verdad —dijo.

—Por lo que toca a la armonía y ritmo, han de acomo­darse a la letra.

—¿Cómo no?

—Ahora bien, dijimos que en nuestras palabras no ne­cesitábamos para nada de trenos y lamentos.

—No, efectivamente.

—¿Cuáles son, pues, las armonías lastimeras? Dímelas tú, que eres músico —La lidia mixta —enumeró—, la lidia tensa y otras se­mejantes.

—Tendremos, por tanto, que suprimirlas, ¿no? —dije—. Porque no son aptas ni aun para mujeres de mediana condición, cuanto menos para varones.

—Exacto.

—Tampoco hay nada menos apropiado para los guar­dianes que la embriaguez, molicie y pereza.

—¿Cómo va a haberlo?

—Pues bien, ¿cuáles de las armonías son muelles y con­vivales?

—Hay variedades de la jonia y lidia —dijo— que suelen ser calificadas de laxas.

—¿Y te servirías alguna vez de estas armonías, querido, ante un público de guerreros?

—En modo alguno —negó—. Pero me parece que omites la doria y frigia.

—Es que yo no entiendo de armonías —dije—; mas per­mite aquella que sea capaz de imitar debidamente la voz y acentos de un héroe que, en acción de guerra u otra es­forzada empresa, sufre un revés o una herida o la muerte u otro infortunio semejante y, sin embargo, aun en tales circunstancias se defiende firme y valientemente contra su mala fortuna. Y otra que imite a alguien que, en una acción pacífica y no forzada, sino espontánea, intenta convencer a otro de algo o le suplica, con preces si es un dios o con advertencias o amonestaciones si se trata de un hombre; o al contrario, que atiende a los ruegos, lec­ciones o reconvenciones de otro y, habiendo logrado, como consecuencia de ello, lo que apetecía, no se envane­ce, antes bien, observa en todo momento sensatez y mo­deración y se muestra satisfecho con su suerte. Estas dos armonías, violenta y pacífica, que mejor pueden imitar las voces de gentes desdichadas o felices, prudentes o va­lerosas, son las que debes dejar.

—Pues bien —dijo—; las armonías que deseas conservar no son otras que las que yo citaba ahora mismo.

—Entonces —seguí—, la ejecución de nuestras melodías y cantos no precisará de muchas cuerdas ni de lo panar­mónico.

—No creo —dijo.

—No tendremos, pues, que mantener constructores de triángulos, péctides y demás instrumentos policordes y poliarmónicos.

—Parece que no.

—¿Y qué? ¿Admitirás en la ciudad a los flauteros y flau­tistas? ¿No es la flauta el instrumento que más sones dis­tintos ofrece, hasta el punto de que los mismos instru­mentos panarmónicos son imitación suya?

—En efecto, lo es —dijo.

—No te quedan, pues —dije—, más que la lira y cítara como instrumentos útiles en la ciudad; en el campo, los pastores pueden emplear una especie de zampoña.

—Así al menos nos lo muestra la argumentación —dijo.

—Y no haremos nada extraordinario, amigo mío —dije—, al preferir a Apolo y los instrumentos apolíneos antes que a Marsias y a los suyos.

—No, por Zeus —exclamó—, creo que no.

—¡Por el can! —exclamé a mi vez—. Sin darnos cuenta de ello estamos purificando de nuevo la ciudad que hace poco llamábamos ciudad de lujo.

—Y hacemos bien —dijo él.

XI. —¡Ea, pues! —dije—. ¡Purifiquemos también lo que nos queda! A continuación de las armonías hemos de tratar de lo referente a los ritmos, no para buscar en ellos compleji­dad ni gran diversidad de elementos rítmicos, sino para averiguar cuáles son los ritmos propios de una vida orde­nada y valerosa; y, averiguado esto, haremos que sean for­zosamente el pie y la melodía los que se adapten al lengua­je de un hombre de tales condiciones y no el lenguaje a los otros dos. En cuanto a cuáles sean estos ritmos, es cosa tuya el designarlos, como hiciste con las armonías.

—Pues, por Zeus —replicó— que no sé qué decirte. Por­que que hay tres tipos rítmicos con los cuales se combi­nan los distintos elementos, del mismo modo que existen cuatro tipos tonales de donde proceden todas las armo­nías, eso lo sé por haberlo observado. Pero lo que no puedo decir es qué clase de vida refleja cada uno de ellos.

—En este punto —dije—, Damón nos ayudará a deci­dir cuáles son los metros que sirven para expresar vileza, desmesura, demencia u otros defectos semejantes y qué ritmos deberán quedar reservados a las cualidades opuestas. Porque recuerdo vagamente haberle oído ha­blar de un metro compuesto al que llamaba enoplio y de un dáctilo y un heroico que arreglaba no sé cómo, igua­lando la sílaba de arriba y la de abajo y haciéndolo termi­nar ya en breve, ya en larga; también citaba, si no me equivoco, un yambo y otro que llamaba troqueo, a cada uno de los cuales atribuía cantidades largas o breves. Con respecto a algunos de ellos creo que censuraba o elo­giaba la vivacidad del pie no menos que el ritmo en sí. O tal vez se tratase de la combinación de uno y otro; no recuerdo bien. En fin, todo esto, como decía, quede re­servado a Damón, pues el discutirlo nos llevaría no poco tiempo. ¿O acaso piensas de otro modo?

—No, por Zeus, yo no.

—¿Pero puedes contestarme si lo relativo a la gracia o carencia de ella depende de la eurritmia o arritmia del movimiento?

—¿Cómo no?

—Ahora bien, lo eurrítmico tomará modelo y seguirá a la bella dicción y lo arrítmico a la opuesta a ella; lo mismo ocurrirá también con lo armónico e inarmónico si, como decíamos hace poco, el ritmo y la armonía han de seguir a las palabras, no éstas o aquéllos.

—Efectivamente —dijo—, han de seguir a las palabras.

—¿Y la dicción —seguí preguntando— y las palabras? ¿No dependerán de la disposición espiritual?

—¿Cómo no?

—¿Y no sigue lo demás a las palabras?

—Sí.

—Entonces, la bella dicción, armonía, gracia y eurrit­mia no son sino consecuencia de la simplicidad del ca­rácter; pero no de la simplicidad que llamamos así por eufemismo, cuando su nombre verdadero es el de nece­dad, sino de la simplicidad propia del carácter realmente adornado de buenas y hermosas prendas morales.

—No hay cosa más cierta —dijo.

—¿No será, pues, necesario que los jóvenes persigan por doquier estas cualidades si quieren cumplir con el deber que les incumbe?

—Deben perseguirlas, en efecto.

—Pues pueden hallarlas fácilmente, creo yo, en la pin­tura o en cualquiera de las artes similares o bien en la te­jeduría, el arte de recamar, el de construir casas o fabri­car toda suerte de utensilios y también en la disposición natural de los cuerpos vivos y de las plantas; porque en todo lo que he citado caben la gracia y la carencia de ella. Ahora bien, la falta de gracia, ritmo o armonía están ín­timamente ligadas con la maldad en palabras y modo de ser y, en cambio, las cualidades contrarias son hermanas y reflejos del carácter opuesto, que es el sensato ybonda­doso.

—Tienes toda la razón —dijo.

XII. —Por consiguiente, no sólo tenemos que vigilara los poetas y obligarles o a representar en sus obras modelos de buen carácter o a no divulgarlas entre nosotros, sino que también hay que ejercer inspección sobre los demás artistas e impedirles que copien la maldad, intemperan­cia, vileza o fealdad en sus imitaciones de seres vivos o en las edificaciones o en cualquier otro objeto de su arte; y al que no sea capaz de ello no se le dejará producir entre nosotros, para que no crezcan nuestros guardianes ro­deados de imágenes del vicio, alimentándose de este modo, por así decirlo, con una mala hierba que recogie­ran y pacieran día tras día, en pequeñas cantidades, pero tomadas éstas de muchos lugares distintos, con lo cual introducirían, sin darse plena cuenta de ello, una enorme fuente de corrupción en sus almas. Hay que buscar, en cambio, a aquellos artistas cuyas dotes naturales les guían al encuentro de todo lo bello y agraciado; de este modo los jóvenes vivirán como en un lugar sano, donde no desperdiciarán ni uno solo de los efluvios de belleza que, procedentes de todas partes, lleguen a sus ojos y oí­dos, como si se les aportara de parajes saludables un aura vivificadora que les indujera insensiblemente desde su niñez a imitar, amar y obrar de acuerdo con la idea de be­lleza. ¿No es así?

—Ciertamente —respondió—, no habría mejor educa­ción.

—¿Y la primacía de la educación musical —dije yo— no se debe, Glaucón, a que nada hay más apto que el ritmo y armonía para introducirse en lo más recóndito del alma y aferrarse tenazmente allí, aportando consigo la gracia y dotando de ella a la persona rectamente educada, pero no a quien no lo esté? ¿Y no será la persona debidamente educada en este aspecto quien con más claridad per­ciba las deficiencias o defectos en la confección o natura­leza de un objeto y a quien más, y con razón, le desagra­den tales deformidades, mientras, en cambio, sabrá ala­bar lo bueno, recibirlo con gozo y, acogiéndolo en su alma, nutrirse de ello y hacerse un hombre de bien; re­chazará, también con motivos, y odiará lo feo ya desde niño, antes aún de ser capaz de razonar; y así, cuando le llegue la razón, la persona así educada la verá venir con más alegría que nadie, reconociéndola como algo fami­liar?

—Creo —dijo— que sí, que por eso se incluye la música en la educación.

—Pues bien —seguí—, así como al aprender las letras no nos hallábamos suficientemente instruidos mien­tras no conociésemos todas ellas, que, por lo demás, son pocas, en todas las combinaciones en que aparecen, sin despreciar ninguna, pequeña o grande, como indigna de que nos fijásemos en ella, antes bien, aplicándonos con celo a distinguir todas y cada una de las letras, convenci­dos de que no sabríamos leer mientras no obrásemos de aquel modo...

—Es verdad.

—¿Y no lo es que no reconoceremos las imágenes de las letras si aparecen reflejadas, por ejemplo, en el agua o en un espejo mientras no conozcamos las propias letras, pues uno y otro son conocimientos de la misma arte y disciplina?

—Absolutamente cierto.

—Pues entonces, ¿no es verdad, por los dioses, que, como digo, tampoco podremos llegar a ser músicos, ni nosotros ni los guardianes que decimos haber de educar, mientras no reconozcamos, dondequiera que aparezcan, las formas esenciales de la templanza, valentía, genero­sidad, magnanimidad y demás virtudes hermanas de és­tas, e igualmente las de las cualidades contrarias, y nos demos cuenta de la existencia de ellas o de sus imágenes en aquellos que las poseen, sin despreciarlas nunca en lo pequeño ni en lo grande, sino persuadidos de que el co­nocimiento de unas y otras es objeto de la misma arte y disciplina?

—Gran fuerza es —dijo— que así suceda.

—Por lo tanto —dije—, si hay alguien en quien coincidan una hermosa disposición espiritual y cualidades físicas del mismo tipo que respondan y armonicen con ella, ¿no será éste el más hermoso espectáculo para quien pueda contemplarlo?

—Claro que sí.

—¿Y lo más bello no es lo más amable?

—¿Cómo no ha de serlo?

—Entonces el músico amará a las personas que se pa­rezcan lo más posible a la que he descrito. En cambio, no amará a la persona inarmónica.

—No la amará—objetó— si sus defectos son de orden es­piritual. Pero, si atañen al cuerpo, los soportará tal vez y se mostrará dispuesto a amarla.

—Ya comprendo —repliqué—. Hablas de ese modo por­que tienes o has tenido un amante así. Y te disculpo. Pero respóndeme a esto: ¿tiene algo de común el abuso del placer con la templanza?

—¿Qué ha de tenerlo —dijo—, si perturba el alma no me­nos que el dolor?

—¿Y con la virtud en general?

—En absoluto.

—¿Entonces qué? ¿Acaso con la desmesura e in­continencia?

—Más que con ninguna otra cosa.

—¿Y puedes citarme algún otro placer mayor ni más vivo que el placer venéreo?

—No lo hay —respondió—, ni ninguno tampoco más pa­recido ala locura.

—¿Y no es el verdadero amor un amor sensato y con­certado de lo moderado y hermoso?

—Efectivamente —respondió.

—¿Entonces no hay que mezclar con el verdadero amor nada relacionado con la locura o incontinencia?

—No hay que mezclarlo.

—¿No se debe, pues, mezclar con él el placer de que hablá­bamos, ni debe intervenir para nada en las relaciones entre amante y amado que amen y sean amados como es debido?

—No, por Zeus —convino—, no se debe mezclar, ¡oh, Só­crates!

—Por consiguiente, tendrás, según parece, que dar a la ciudad que estamos fundando una ley que prohiba que el amante bese al amado, esté con él y le toque sino como a un hijo, con fines honorables y previo su consentimien­to, y prescriba que, en general, sus relaciones con aquel por quien se afane sean tales que no den jamás lugar a creer que han llegado a extremos mayores que los cita­dos. Y, si no, habrá de sufrir que se le moteje de inedu­cado ygrosero.

—Así será —dijo.

—Pues bien, ¿no te parece a ti —concluí— que con esto finaliza nuestra conversación sobre la música? Por cier­to, que ha terminado por donde debía terminar; pues es preciso que la música encuentre su fin en el amor de la belleza.

—De acuerdo —convino.

XIII. —Bien; después de la música hay que educar a los muchachos en la gimnástica.

—¿Cómo no?

—Es necesario, pues, que también en este aspecto re­ciban desde niños una educación cuidadosa a lo largo de toda su vida. Mi opinión acerca de la gimnástica es la siguiente; pero considera tú también el asunto. Yo no creo que, por el hecho de estar bien constituido, un cuerpo sea capaz de infundir bondad al alma con sus excelencias, sino al contrario, que es el alma buena la que puede dotar al cuerpo de todas las perfecciones po­sibles por medio de sus virtudes. ¿Y tú qué opinas de ello?

—Lo que tú —respondió.

—Entonces, ¿no sería lo mejor que, después de haber dedicado al alma los cuidados necesarios, la dejásemos encargada de precisar los detalles de la educación cor­poral limitándonos nosotros a señalar las líneas gene­rales para no habernos de extender en largos discur­sos?

—Exacto.

—Pues bien, con respecto a la embriaguez dijimos que habían de renunciar a ella. Porque de nadie es menos propio, creo yo, que de un guardián el embriagarse y no saber ni en qué lugar de la tierra se halla.

—Sería ridículo —dijo— que el guardián necesitara de un guardián.

—¿Y acerca de la alimentación? Nuestros hombres deben ser atletas que luchen en el más grande certa­men. ¿No es así?

—Sí.

—Entonces ¿les resultará conveniente el régimen de vida que observan estos atletas?

—Tal vez.

—Sin embargo —objeté—, se trata de un régimen apto para producir somnolencia y hacer la salud precaria. ¿No has observado que estos atletas se pasan la vida durmien­do y, a poco que se aparten de las normas que les han fija­do, sufren grandes yviolentas enfermedades?

—Sí, lo he observado.

—Es necesario, pues —dije—, un régimen de vida más flexible para nuestros atletas guerreros, ya que tienen por fuerza que estar, como los canes, siempre en vela, tener sumamente aguzados vista y oído y, aunque cambien muchas veces de aguas y alimentos o padezcan soles y temporales en sus campañas, su salud no debe sufrir que­branto alguno.

—Así me parece a mí.

—¿No será, pues, la mejor gimnástica hermana de la música de que hace poco hablábamos?

—¿A qué te refieres?

—A una gimnástica sencilla y equilibrada, sobre todo si la han de practicar soldados.

—¿Pues cómo será ésta?

—Hasta en Homero —aclaré— pueden hallarse ejemplos de ella. Ya sabes que, cuando comen los héroes en campa­ña, el poeta no les sirve pescados a pesar de que están a orillas del mar, en el Helesponto, ni carne guisada, sino únicamente asada, que es la que mejor pueden procurar­se los soldados. Porque, por regla general, es más fácil en todas partes encender un fuego que ir acá y allá con las ollas por delante.

—Mucho más.

—Tampoco, que yo recuerde, hace Homero mención jamás de las golosinas. ¿No es algo sabido por todos los atletas que, para que un cuerpo esté en buenas condicio­nes, hay que abstenerse de toda esta clase de manjares?

—Lo saben muy bien —asintió—; y, en efecto, se abstie­nen de ellos.

—No creo, pues, que apruebes, amigo mío, la cocina si­racusana ni la variedad de guisos que se comen en Sici­lia, si es que te parece que esto está bien.

—Me temo que no.

—También censurarás, por consiguiente, que tengan una amiguita corintia los hombres que deben mante­ner sus cuerpos en forma.

—Claro que lo censuro.

—¿Y las supuestas delicias de la pastelería ática?

—Por fuerza.

—Creo, pues, que haríamos bien poniendo en paran­gón todo ese género de vida y alimentos con las melodías y cantos compuestos con arreglo a toda clase de armo­nías y ritmos.

—¿Cómo no?

—¿No vimos que la variedad engendraba allí licencia y aquí enfermedad y, en cambio, la simplicidad en la músi­ca infundía a las almas templanza, y en la gimnástica, sa­lud a los cuerpos?

—Nada más cierto —dijo.

—Y cuando en una ciudad prevalecen licencia y enfer­medad, ¿no se abren entonces multitud de tribunales y dispensarios y adquieren enorme importancia la legule­yería y medicina, puesto que hasta muchos hombres li­bres se interesan con todo celo por ellas?

—¿Cómo no va a ocurrir así?

XIV —¿Podrá, pues, haber un mejor testimonio de la mala y viciosa educación de una ciudad que el hecho de que no ya la gente baja y artesana, sino incluso quienes se precian de haberse educado como personas libres, nece­siten de hábiles médicos y jueces? ¿Y no te parece una vergüenza y un claro indicio de ineducación el verse obli­gado, por falta de justicia en sí mismo, a recurrir a la aje­na, convirtiendo así a los demás en señores y jueces de quien acude a ellos?

—No hay vergüenza mayor —convino.

—¿Pero no crees —seguí interrogando— que hay otra si­tuación más vergonzosa aún que la citada, la del que no sólo pasa la mayor parte de su vida demandando y siendo demandado ante los tribunales, sino que incluso es indu­cido por su mal gusto a jactarse de esta misma circunstan­cia, y hace alarde de su habilidad para delinquir y su capa­cidad para dar toda clase de rodeos, recorrer todos los caminos y escapar doblándose como el mimbre con tal de no sufrir su castigo, y eso en asuntos de poca o ninguna monta, sin comprender cuánto mejor y más decoroso es disponer la vida de cada uno de manera que no se necesite para nada de la intervención de un juez somnoliento?

—Cierto —asintió—; esto es peor todavía que aquello.

—¿Y el necesitar de la medicina —seguí— cuando no obli­gue a ello una herida o el ataque de alguna enfermedad epidémica, sino el estar, por efecto de la molicie o de un ré­gimen de vida como el descrito, llenos, tal que pantanos, de humores o flatos, obligando a los ingeniosos Asclepía­das a poner a las enfermedades nombres como «flatu­lencias» o «catarros», eso no te parece vergonzoso?

—Mucho —dijo—. Realmente, ¡qué nuevos y estrambó­ticos son esos nombres de enfermedades!

—Nombres tales —dijo— como, según yo creo, no exis­tían en tiempos de Asclepio. Y lo deduzco de que, hallán­dose ante Troya sus hijos, no reprendieron a la que, heri­do Eurípilo, le daba a beber vino de Pramno profusa­mente espolvoreado con harina de cebada y queso rallado, ingredientes que, por cierto, me parecen ser in­flamativos, ni tampoco reprocharon su proceder a Patro­clo, que cuidaba del paciente.

—¡Pues vaya una bebida extraña —comentó— para quien estaba así!

—No lo es tanto —repliqué— si recuerdas que la terapéu­tica «pedagógica» de las enfermedades, lo que hoy se llama yátrica, no estaba en uso entre los Asclepíadas, se­gún dicen, antes de la época de Heródico. Pero éste, que era profesor de gimnasia y perdió la salud, hizo una mix­tura de gimnástica y medicina y comenzó por torturarse a sí mismo para seguir después torturando a muchos otros más.

—¿Cómo? —inquirió.

—Dándose —respondí— una muerte lenta. Porque, por no ser capaz, supongo yo, de sanar de su enfermedad, que era mortal, se dedicó a seguirla paso a paso y vivió durante toda su vida sin otra ocupación que su cuidado, sufriendo siempre ante la idea de salirse lo más mínimo de su dieta acostumbrada; y así consiguió llegar a la vejez muriendo continuamente en vida por culpa de su propia ciencia.

—¡Pues así que sacó buen partido de su arte! —exclamó.

—Como es natural que suceda —dije— a quien no sabe que no fue por ignorancia ni por inexperiencia de esta rama de la medicina por lo que Asclepio no la transmitió a sus descendientes, sino porque sabía que en toda ciu­dad bien regida le está destinada a cada ciudadano una ocupación a que ha de dedicarse forzosamente sin que nadie tenga tiempo para estar enfermo y cuidarse duran­te toda su vida. Lo que resulta gracioso es que nosotros nos demos cuenta de ello en cuanto se refiere a los artesa­nos y no, en cambio, cuando se trata de personas acauda­ladas y que parecen ser felices.

—¿Cómo? —dijo.

XV —Cuando está enfermo un carpintero —aclaré—, pide al médico que le dé a beber una pócima que le haga vomitar la enfermedad o que le libere de ella mediante una evacuación por abajo, un cauterio o una incisión. Y si se le va con prescripciones de un largo régimen, aconse­jándole que se cubra la cabeza con un gorrito de lana y haga otras cosas por el estilo, en seguida sale diciendo que no tiene tiempo para estar malo ni vale la pena vivir de ese modo, dedicado a la enfermedad y sin poder ocu­parse del trabajo que le corresponde. Y luego manda a paseo al médico, se pone a hacer su vida corriente y, o se cura y vive en lo sucesivo atendiendo a sus cosas, o bien, si su cuerpo no puede soportar el mal, se muere y queda con ello libre de preocupaciones.

—En efecto —dijo—, he ahí el género de medicina que parece apropiado para un hombre de esa clase.

—¿Y eso no es acaso —dije— porque tiene que dedicarse a una ocupación sin ejercer la cual su vida no valdría la pena de ser vivida?

—Claro —dijo.

—En cambio, del rico podemos decir que no tiene a su cargo ninguna otra tarea tal que la renuncia forzosa a de­dicarse a ella le hubiese de hacer intolerable la vida.

—Por lo menos no he oído de nadie que la tenga.

—¿No conoces lo que dijo Focílides —pregunté— que, cuando uno tiene ya suficientes medios de vida, debe practicar la virtud?

—Yo creo —dijo— que incluso antes de tenerlos.

—Pero no le objetemos nada a este respecto —dije—, sino informémonos nosotros de si ésta debe ser la ocu­pación del rico, de tal modo que su vida no sea vida si no la practica, o bien si esa dedicación a las enfermedades, que impide que puedan atender a su oficio los carpinte­ros y demás artesanos, no se opone en nada al cumpli­miento de la exhortación de Focílides.

—Sí se opone, por Zeus —exclamó—. Y hasta es posible que no haya nada que se oponga tanto a ello como el ex­cesivo cuidado del cuerpo que va más allá de la simple gimnástica, pues constituye también un impedimen­to para la administración de la casa, el servicio militar y el desempeño de cualquier cargo sedentario en la ciudad.

—Y lo que es peor todavía, dificulta toda clase de estu­dios, reflexiones y meditaciones interiores, pues se teme constantemente sufrir jaquecas o vértigos y se cree hallar la causa de ellos en la filosofía; de manera que es un obs­táculo para cualquier ejercicio y manifestación de la vir­tud, pues obliga a uno a pensar que está siempre enfermo y a atormentarse incesantemente, preocupado por su cuerpo.

—Es natural —dijo.

—¿Y no diremos que pensaría en esto Asclepio cuando dictó las reglas de la medicina para su aplicación a aque­llos que, teniendo sus cuerpos sanos por naturaleza y en virtud de su régimen de vida, han contraído alguna en­fermedad determinada, pero únicamente para estos se­res y para los que gocen de esta constitución, a quienes, para no perjudicar a la comunidad, deja seguir el régi­men ordinario limitándose a librarles de sus males por medio de drogas y cisuras, mientras, en cambio, con res­pecto a las personas crónicamente minadas por males in­ternos, no se consagra a prolongar y amargar su vida con un régimen de paulatinas evacuaciones e infusiones, de modo que el enfermo pueda engendrar descendientes que, como es natural, heredarán su constitución, sino al contrario, considera que quien no es capaz de vivir de­sempeñando las funciones que le son propias no debe recibir cuidados por ser una persona inútil tanto para sí mismo como para la sociedad?

—¡Qué buen político fue, según tú, Asclepio! —excla­mó.

—Claro que lo fue —dije—. ¿Y no ves cómo sus hijos, que tan excelentes guerreros demostraron ser frente a Troya, empleaban la medicina del modo que he descrito? Recordarás que, cuando la herida que Pándaro infligió a Menelao, le chuparon la sangre y vertieron remedios calmantes, pero no le prescribieron lo que había de beber o comer a continuación, como tampoco en el caso de Eurípilo, por considerar que, tratándose de hombres que, hasta que recibieron sus heridas, habían estado sanos y lleva­do una vida ordenada, bastarían las medicinas para sa­narlos, aunque se diese la circunstancia de que en el mismo momento se hallasen bebiendo una mixtura como aquélla; pero de las personas constitucionalmente enfermizas o de costumbres desarregladas pensaban que, como la prolongación de su vida no había de repor­tar ventaja alguna a sí mismos ni a sus prójimos, no de­bía aplicarse a estos seres el arte médico ni era posible atenderles aunque fuesen más ricos que el mismo Mi­das.

—¡Muy inteligentes los hijos de Asclepio —exclamó—, a juzgar por lo que dices!

XVI. —Como tenían que ser —respondí—. Sin embargo, los trágicos y Píndaro cuentan, apartándose de nues­tras normas, que Asclepio, hijo de Apolo, fue inducido por dinero a sanar a un hombre rico que estaba ya mu­riéndose, lo que le costó ser fulminado. Pero nosotros, de acuerdo con lo antes dicho, no les creeremos ambas afir­maciones. «Si era hijo de dios» objetaremos «no pudo ser codicioso. Y si lo era, no sería hijo de ningún dios».

—Muy bien está eso —dijo—. Pero ¿qué me dices de esto otro, Sócrates? ¿No es preciso que haya en la ciudad bue­nos médicos? Y éstos serán, me figuro yo, aquellos por cuyas manos hayan pasado más personas sanas y enfer­mas, del mismo modo que también son buenos jueces los que han tratado con más hombres de los más distintos modos de ser.

—En efecto —convine—, e incluso muy buenos. Pero ¿sabes a quiénes tengo por tales?

—¡Si tú me lo dices! —respondió.

—Voy a intentarlo —dije—. Aunque tú has unido en la pregunta dos cuestiones diferentes.

—¿Cómo? —preguntó.

—Los médicos más hábiles —respondí— serán aquellos que, además de tener bien aprendida su profesión, hayan estado desde niños en contacto con la mayor cantidad posible de cuerpos mal dotados físicamente, y, no gozan­do ellos de muy robusta constitución, hayan sufrido per­sonalmente toda clase de enfermedades. Porque no es con el cuerpo, creo yo, con lo que cuidan de los cuerpos —pues en ese caso no sería admisible que ellos estuviesen o cayesen jamás enfermos—, sino con el alma, que, si es o se hace mala, no se hallará en condiciones de cuidar bien de nada.

—Exactamente —asintió.

—En cambio, amigo mío, el juez gobierna las almas por medio del alma, a la cual no podemos exigir que se haya formado desde la niñez en el trato y familiaridad con otras almas malas ni que haya recorrido personalmente toda la escala de las acciones criminales solamente con el fin de que, basada en su propia experiencia, pueda conje­turar con sagacidad en lo tocante a los delitos de los de­más como el médico con respecto a las enfermedades corpóreas. Al contrario, es preciso que se haya manteni­do pura y alejada de todo ser vicioso durante su juventud si se quiere que su propia honradez la capacite para juz­gar con criterio sano acerca de lo que es justo. Razón por la cual las buenas personas parecen simples cuando jóve­nes y se dejan engañar fácilmente por los malos; es por­que no tienen en sí mismos ningún modelo que les per­mita identificar a los seres perversos.

—En efecto —dijo—; eso es exactamente lo que les suele pasar.

—Por eso —seguí— el buen juez no debe ser joven, sino un anciano que, no por tenerla arraigada en su alma como algo propio, sino por haberla observado durante largo tiempo como cosa ajena en almas también ajenas, haya aprendido tardíamente lo que es la injusticia y llega­do a conocer bien, por medio del estudio, pero no de la experiencia personal, de qué clase de mal se trata.

—¡Qué noble parece ser ese juez! —exclamó.

—¡Y qué bueno! —contesté—, que es lo que tú me pre­guntabas. Porque quien tiene el alma buena es bueno. En cambio, aquel otro hombre habilidoso y suspicaz que ha cometido mil fechorías y se tiene a sí mismo por ladino e inteligente, en el comercio con sus iguales se muestra há­bil y cauto, ya que le basta para ello con mirar a los mode­los que guarda en su interior. Mas cuando, por el contra­rio, se pone en relación con gentes mejores y de más edad que él, entonces se comporta estúpidamente, con su desconfianza extemporánea e incapacidad para com­prender a los caracteres rectos, propia de quien no tiene en sí mismo ningún modelo de esa especie, y únicamente porque se encuentra más veces con los malos que con los buenos es por lo que tanto él como los demás lo tienen más bien por inteligente que por necio.

—Sí —dijo—, así sucede.

XVII. —Pues bien —continué—, no debemos buscar el juez bueno y sabio en esa persona, sino en la anteriormente descrita. Pues la maldad jamás podrá conocerse al mis­mo tiempo a sí misma y a la virtud, y, en cambio, la vir­tud innata llegará, con los años y auxiliada por la educa­ción, a adquirir un conocimiento simultáneo de sí misma y de la maldad. En mi opinión será, pues, sabio el hombre virtuoso, pero no el malo.

—Lo mismo opino —dijo.

—¿No tendrás, pues, que establecer en la ciudad, junto con esa judicatura, un cuerpo médico de individuos como aquellos de que hablábamos, que cuiden de tus ciudadanos que tengan bien constituidos cuerpo y alma, pero, en cuanto a los demás, dejen morir a aquellos cuya deficiencia radique en sus cuerpos o condenen a muerte ellos mismos a los que tengan un alma naturalmente mala e incorregible?

—Ciertamente —aprobó—, ésa es la mejor solución, tan­to para los propios individuos como para la ciudad en ge­neral.

—Por lo que toca a tus jóvenes —continué—, es evidente que podrán no tener que recurrir ala justicia si practican aquella música sencilla de la que decíamos que engen­draba templanza.

—Efectivamente —respondió.

—Y si el músico cultiva la gimnástica siguiendo los mismos pasos, ¿no podrá, si quiere, llegar a no necesitar para nada de la medicina más que en caso forzoso?

—Yo creo que sí.

—Pero, al ejercitarse en la gimnasia y realizar sus ejer­cicios, lo hará atendiendo al elemento fogoso de su natu­raleza y con intención de estimularlo más bien que con vistas al mero vigor corporal; no como los atletas ordina­rios, que enderezan sus trabajos y régimen alimenticio únicamente al logro de este último.

—Tienes mucha razón —apoyó.

—¿No es cierto, amigo Glaucón —continué—, que quie­nes establecieron una educación basada en la música y la gimnástica no lo hicieron, como creen algunos, con objeto de que una de ellas atendiera al cuerpo y otra al alma?

—¿Pues con qué otro fin? —preguntó.

—Es muy posible —dije— que tanto una como otra ha­yan sido establecidas con miras principalmente al cui­dado del alma.

—¿Cómo?

—¿No has observado —pregunté— cómo tienen el ca­rácter los que dedican su vida entera a la gimnástica sin tocar para nada la música? ¿Y cuantos hacen lo con­trario?

—¿A qué te refieres? —dijo.

—A la ferocidad y dureza en un caso o blandura y dul­zura en el otro —aclaré.

—Sí, por cierto —exclamó—. Los que practican ex­clusivamente la gimnástica se vuelven más feroces de lo que sería menester y, en cambio, los dedicados única­mente a la música se ablandan más de lo decoroso. —En efecto —dije—; esta ferocidad puede ser resultado de una fogosidad innata, que bien educada llegará a con­vertirse en valentía, pero, si se la deja aumentar más de lo debido, terminará, como es natural, en brutalidad y du­reza.

—Tal creo —asintió.

—¿Y qué? ¿No es, en cambio, patrimonio del carácter filosófico lo suave, que por una relajación excesiva se hace más blando de lo debido, aunque con buena edu­cación no pasa de manso y amable?

—Así es.

—Pues bien, afirmábamos que era necesario que los guardianes reuniesen en su carácter ambas cualidades.

—Es necesario, sí.

—¿Y no lo será también que una y otra armonicen en­tre sí?

—¿Cómo no?

—¿El alma en que se dé esta armonía será sobria y vale­rosa a la vez?

—Sí.

—¿Y cobarde y grosera la que carezca de ella?

—Desde luego.

XVIII. —Pues bien, cuando alguien se da a la música y deja que le inunde el alma derramando por sus oídos, como por un canal, aquellas dulces, suaves y lastimeras armonías de que hablábamos hace poco y pasa su vida entera entre gorjeos y goces musicales, esta persona co­mienza por templar, como el fuego al hierro, la fogosidad que pueda albergar su espíritu y hacerla útil de dura e in­servible. Pero si persiste y no cesa de entregarse a su he­chizo, entonces ya no hará otra cosa que liquidar y ablan­dar ésta su fogosidad hasta que, derretida ya por completo, cortados, por así decirlo, los tendones del alma, la persona se transforma en un «feble guerrero». —Exactamente —dijo.

—Y si ha recibido —continué— un alma originaria y na­turalmente privada de fogosidad, llegará muy pronto a ello. En cambio, si su índole es fogosa, al debilitarse su es­píritu se vuelve inestable y propenso a excitarse o abatir­se fácilmente y por los menores motivos. De fogosos se nos han vuelto, pues, coléricos o irascibles, siempre mal­humorados.

—En efecto.

—Pero ¿qué ocurrirá si se dedica con asiduidad a la gimnástica y la buena vida sin acercarse siquiera a la filo­sofía ni a la música? ¿No le llenará al principio de arro­gancia y coraje la plena conciencia de su bienestar físico y se hará más valiente de lo que antes era?

—Desde luego.

—Mas ¿y si no se dedica a ninguna otra cosa ni conser­va el menor trato con las Musas? ¿No sucederá entonces que, al no tener acceso a ninguna clase de enseñanza o in­vestigación ni poder participar en ninguna discusión o ejercicio musical, aquel deseo de aprender que pudiera por acaso existir en su alma se atrofiará y quedará como sordo y ciego por falta de algo que lo excite, fomente o li­bere de las sensaciones impuras?

—Sí —dijo.

—Por tanto, creo que el hombre así educado dará final­mente en odiador de las letras y de las Musas; no recurri­rá jamás al lenguaje para persuadir, sino que intentará, como las alimañas, conseguirlo todo por la fuerza y bru­talidad y vivirá, en fin, sumido en la más torpe ignoran­cia, apartado de todo cuanto signifique ritmo y gracia.

—Sí —dijo—, así es.

—Son, pues, estos dos principios los que, en mi opi­nión, podríamos considerar como causas de que la divi­nidad haya otorgado a los hombres otras dos artes, la música y la gimnástica, no para el alma y el cuerpo, ex­cepto de una manera secundaria, sino para la fogosidad y filosofía respectivamente, con el fin de que estos princi­pios lleguen, mediante tensiones o relajaciones, al punto necesario de mutua armonía.

—Sí, así me parece a mí —convino.

—Por consiguiente, el que mejor sepa combinar gim­nástica y música y aplicarlas a su alma con arreglo a la más justa proporción, ése será el hombre a quien poda­mos considerar como el más perfecto y armonioso músico con mucha más razón que a quien no hace otra cosa que armonizar entre sí las cuerdas de un instru­mento.

—Es probable, ¡oh, Sócrates! —dijo.

—¿Entonces, Glaucón, no será necesario, si hemos de evitar que fracase su constitución, que rija constante­mente nuestra ciudad un gobernante de tales condiciones?

—Claro que será preciso y más que ninguna otra cosa.

XIX. —Pues ya tenemos ahí las normas generales de la instrucción y educación. En efecto, ¿para qué entretenernos con las danzas de nuestra gente, las cacerías con perros o sin ellos o los concursos gimnásticos e hípi­cos? Porque resulta casi de todo punto evidente la nece­sidad de que todo esto se ajuste a las normas de nuestro plan y no será difícil acomodarlo a ellas.

—No —dijo—, probablemente no será difícil.

—Bien —concluí—. Y después de esto, ¿qué tenemos que definir? ¿No hablaremos de cuáles de los ciudadanos han de gobernar o ser gobernados?

—¿Por qué no?

—¿Es, pues, evidente que los gobernantes deben ser más viejos y más jóvenes los gobernados?

—Evidente.

—¿Y que tienen que gobernar los mejores de entre ellos?

—También.

—¿Los mejores labradores no son los mejor dotados para la agricultura?

—Sí.

—Entonces, puesto que los jefes han de ser los mejores de entre los guardianes, ¿no deberán ser también los más aptos para guardar una ciudad?

—Sí.

—¿No se requerirán, pues, para esta misión personas sensatas, influyentes y que se preocupen además por la comunidad?

—Así es.

—Ahora bien, cada cual suele preocuparse más que por nada por aquello que es objeto de su amor.

—Forzosamente.

—Y lo que uno más ama es aquello para lo cual se tiene por conveniente lo que lo es para uno mismo y lo que, si prospera, cree el amante prosperar él también, y si no, lo contrario.

—Cierto —dijo.

—Habrá, pues, que elegir entre todos los guardianes a los hombres que, examinada su conducta a lo largo de toda su vida, nos parezcan más inclinados a ocuparse con todo celo en lo que juzguen útil para la ciudad y que se nieguen en absoluto a realizar aquello que no lo sea.

—Ciertamente, son los más apropiados —dijo.

—Creo, pues, que es menester vigilarles en todas las edades de su vida para comprobar si se mantienen siem­pre en esta convicción y no hay seducción ni violencia ca­paz de hacerles olvidar y echar por la borda su idea de que es necesario hacer lo que más conveniente resulte para la ciudad.

—Pero ¿qué quieres decir con «echar por la borda»? —preguntó.

—Voy a explicártelo —contesté—. A mí me parece que una opinión puede salir de nuestro espíritu con nuestro asenso o sin él; con él, cuando, siendo falsa, sale uno de su engaño, y sin él, siempre que se trate de una opinión verdadera.

—El primer caso —dijo— lo comprendo bien, pero el se­gundo necesito que me lo aclares.

—¿Pues qué? ¿No piensas tú también —seguí pre­guntando— que los hombres son privados de las cosas bue­nas involuntariamente y de las malas voluntariamente? ¿Y no es malo el ser engañado con respecto a la verdad y bue­no el hallarse en posesión de ella? ¿O es que no crees que pensar que las cosas son como son es poseer la verdad?

—Sí —dijo—. Dices bien y creo que es a pesar suyo como se ven privados los hombres de las opiniones rectas.

—¿Y esto no les ocurre cuando les roban, seducen o fuerzan?

—Tampoco esto —dijo— lo entiendo bien.

—Es que me parece que hablo en estilo trágico —acla­ré—. Digo que son robados aquellos que son disuadidos o se olvidan, porque a estos últimos les priva de su opinión, sin que lo adviertan, el tiempo, y a los primeros, las pala­bras. ¿Lo comprendes ahora?

—Sí.

—En cuanto a los forzados, me refiero a aquellos a quienes les hace cambiar de opinión un dolor o una pena.

—También esto lo entiendo —dijo—. Bien hablas.

—Y, por último, tú mismo podrías decir, creo yo, que los seducidos son quienes cambian de criterio atraídos por el placer e influidos por algún temor.

—Parece, pues —dijo—, que seduce todo cuanto engaña.

XX. —Pues bien, como decía hace un momento, hay que investigar quiénes son los mejores guardianes de la con­vicción, que en ellos reside, de que hay que hacer en todo momento aquello que crean más ventajoso para la repú­blica. Hay que vigilarlos, por tanto, desde su niñez, en­cargándoles las tareas en que con más facilidad esté uno expuesto a olvidar ese principio o dejarse engañar, y lue­go elegiremos al que tenga memoria y sea más difícil de embaucar y desecharemos al que no. ¿No te parece?

—Sí.

—Y habrá también que imponerles trabajos, dolores y pruebas en que podamos observarles del mismo modo.

—Exacto —asintió.

—Pero ¿no será preciso —seguí— instituir una tercera prueba de otra especie, una prueba de seducción, y obser­var su conducta en ella? Lo mismo que se lleva a los po­tros adonde hay ruidos y barullo con el fin de comprobar si son espantadizos, igualmente hay que enfrentar a nues­tros hombres, cuando son jóvenes, con cosas que provoquen temor y luego introducirlos en los placeres. Con ello los probaremos mucho mejor que al oro con el fuego y comprobaremos si el examinado se muestra incorrupti­ble y decente en todas las situaciones, buen guardián de sí mismo y de la música que ha aprendido, y si se comporta siempre con arreglo a las leyes del ritmo y la armonía; si es, en fin, como debe ser el hombre más útil tanto para sí mismo como para la ciudad. Y al que, examinado una y otra vez, de niño, de muchacho y en su edad viril, salga ai­roso de la prueba, hay que instaurarlo como gobernante y guardián de la ciudad, concederle en vida dignidades y, una vez difunto, honrar sus despojos con los más solem­nes funerales y su memoria con monumentos; pero al que no sea así hay que desecharlo. Tal me parece, Glaucón —concluí—, que debe ser el sistema de selección y designa­ción de gobernantes y guardianes; esto hablando en lí­neas generales y prescindiendo de pormenores.

—También yo —dijo— opino lo mismo.

—¿Y no tendríamos realmente toda la razón si llamáse­mos a éstos guardianes perfectos, encargados de que los enemigos de fuera no puedan y los amigos de dentro no quieran hacer mal, y que, en cambio, a los jóvenes a quie­nes hace poco llamábamos guardianes les calificásemos de auxiliares y ejecutores de las decisiones de los jefes?

—Eso creo —dijo.

XXI. —¿Cómo nos las arreglaríamos ahora —seguí— para inventar una noble mentira de aquellas beneficiosas de que antes hablábamos y convencer con ella ante todo a los mismos jefes y si no a los restantes ciudadanos?

—¿A qué te refieres? —preguntó.

—No se trata de nada nuevo —dije—, sino de un caso fe­nicio, ocurrido ya muchas veces en otros tiempos, se­gún narran los poetas y han hecho creer a la gente, pero que nunca pasó en nuestros días ni pienso que pueda pa­sar; es algo que requiere grandes dotes de persuasión para hacerlo creíble.

—Me parece —dijo— que no te atreves a relatarlo.

—Ya verás cuando lo cuente —repliqué— cómo tengo ra­zones para no atreverme.

—Habla —dijo— y no temas.

—Voy, pues, a hablar, aunque no sé cómo ni con qué palabras osaré hacerlo, ni cómo he de intentar persuadir, ante todo a los mismos gobernantes y a los estrategos, y luego a la ciudad entera, de modo que crean que toda esa educación e instrucción que les dábamos no era sino algo que experimentaban y recibían en sueños; que en reali­dad permanecieron durante todo el tiempo bajo tierra, moldeándose y creciendo allá dentro de sus cuerpos mientras se fabricaban sus armas y demás enseres; y que, una vez que todo estuvo perfectamente acabado, la tie­rra, su madre, los sacó a la luz, por lo cual deben ahora preocuparse de la ciudad en que moran como de quien es su madre y nodriza y defenderla si alguien marcha contra ella y tener a los restantes ciudadanos por herma­nos suyos, hijos de la misma tierra.

—No te faltaban razones —dijo— para vacilar tanto an­tes de contar tu mentira.

—Era muy natural —hice notar—. Pero escucha ahora el resto del mito. «Sois, pues, hermanos todos cuantos ha­bitáis en la ciudad —les diremos siguiendo con la fábula—; pero, al formaros los dioses, hicieron entrar oro en la composición de cuantos de vosotros están capacitados para mandar, por lo cual valen más que ninguno; plata, en la de los auxiliares, y bronce y hierro, en la de los labra­dores y demás artesanos. Como todos procedéis del mismo origen, aunque generalmente ocurra que cada clase de ciudadanos engendre hijos semejantes a ellos, puede darse el caso de que nazca un hijo de plata de un padre de oro o un hijo de oro de un padre de plata o que se produzca cualquier otra combinación semejante entre las demás clases. Pues bien, el primero y principal man­dato que tiene impuesto la divinidad sobre los magistra­dos ordena que, de todas las cosas en que deben compor­tarse como buenos guardianes, no haya ninguna a que dediquen mayor atención que a las combinaciones de metales de que están compuestas las almas de los niños. Y si uno de éstos, aunque sea su propio hijo, tiene en la suya parte de bronce o hierro, el gobernante debe estimar su naturaleza en lo que realmente vale y relegarle, sin la más mínima conmiseración, a la clase de los artesanos y labradores. O al contrario, si nace de éstos un vástago que contenga oro o plata, debe apreciar también su valor y educarlo como guardián en el primer caso o como auxi­liar en el segundo, pues, según un oráculo, la ciudad pe­recerá cuando la guarde el guardián de hierro o el de bronce.» He aquí la fábula. ¿Puedes sugerirme algún pro­cedimiento para que se la crean?

—Ninguno —respondió—, al menos por lo que toca a esta primera generación. Pero sí podrían llegar a admi­tirla sus hijos, los sucesores de éstos ylos demás hombres del futuro.

—Pues bien —dije—, bastaría esto sólo para que se cui­dasen mejor de la ciudad y de sus conciudadanos; pues me parece que me doy cuenta de lo que quieres decir.

XXII. —Pero ahora dejemos que nuestro mito vaya adon­de lo lleve la voz popular y nosotros armemos a nuestros terrígenas y conduzcámoslos luego bajo la dirección de sus jefes. Una vez llegados, que consideren cuál es el lugar de la ciudad más apropiado para acampar en él: una base apta para someter desde ella a los conciudadanos, si hay entre ellos quien se niegue a obedecer a las leyes, y defen­derse contra aquellos enemigos que puedan venir de fue­ra como lobos que atacan un rebaño. Y una vez hayan ya acampado y ofrecido sacrificios a quienes convenga, dis­pónganse a acostarse. ¿No es así?

—Sí —respondió.

—Pues bien, ¿no lo harán en un lugar que les ofrezca abrigo en invierno y resguardo en verano?

—¿Cómo no? Porque me parece que hablas de habita­ciones —dijo.

—Sí —dije—, y precisamente de habitaciones para solda­dos, no para negociantes.

—Pero ¿qué diferencia crees que existe entre unas y otras? —preguntó.

—Intentaré explicártelo —respondí—. No creo que para un pastor pueda haber nada más peligroso y humillante que dar a sus perros, guardianes del ganado, una tal crianza y educación que la indisciplina, el hambre o cual­quier mal vicio pueda inducirles a atacar ellos mismos a los rebaños y parecer así, más bien que canes, lobos.

—Sería terrible —convino—. ¿Cómo no iba a serlo?

—¿No habrá, pues, que celar con todo empeño para que los auxiliares no nos hagan lo mismo con los ciuda­danos y, abusando de su poder, se asemejen más a salva­jes tiranos que a aliados amistosos?

—Sí, hay que vigilar —dijo.

—¿Y no contaríamos con la mejor garantía a este respec­to si supiéramos que estaban realmente bien educados?

—¡Pero si ya lo están! —exclamó.

Entonces dije yo: —Eso no podemos sostenerlo con úe­masiada seguridad, querido Glaucón. Pero sí lo que decía­mos hace un instante, que es imprescindible que reciban la debida educación, cualquiera que ésta sea, si queremos que tengan lo que más les puede ayudar a ser mansos con­sigo mismos y con aquellos a quienes guardan.

—Tienes mucha razón —dijo.

—Pues bien, con respecto a esta educación, cualquiera que tenga sentido común defenderá la necesidad de que dispongan de viviendas y enseres tales que no les impi­dan ser todo lo buenos guardianes que puedan ni les im­pulsen a hacer mal a los restantes ciudadanos.

—Y lo dirá con razón.

—Considera, pues —dije yo—, si es el siguiente el régi­men de vida y habitación que deben seguir para ser así. Ante todo nadie poseerá casa propia excepto en caso de absoluta necesidad. En segundo lugar nadie tendrá tam­poco ninguna habitación ni despensa donde no pueda entrar todo el que quiera. En cuanto a víveres, recibirán de los demás ciudadanos, como retribución por su guar­da, los que puedan necesitar unos guerreros fuertes, so­brios y valerosos, fijada su cuantía con tal exactitud que tengan suficiente para el año, pero sin que les sobre nada. Vivirán en común, asistiendo regularmente a las comi­das colectivas como si estuviesen en campaña. Por lo que toca al oro y plata, se les dirá que ya han puesto los dioses en sus almas, y para siempre, divinas porciones de estos metales, y por tanto para nada necesitan de los terrestres ni es lícito que contaminen el don recibido aliando con la posesión del oro de la tierra, que tantos crímenes ha pro­vocado en forma de moneda corriente, el oro puro que en ellos hay. Serán, pues, ellos los únicos ciudadanos a quie­nes no esté permitido manejar ni tocar el oro ni la pla­ta ni entrar bajo el techo que cubra estos metales ni llevarlos sobre sí ni beber en recipiente fabricado con ellos. Si así proceden, se salvarán ellos y salvarán a la ciu­dad; pero si adquieren tierras propias, casas y dinero, se convertirán de guardianes en administradores y labrie­gos y de amigos de sus conciudadanos en odiosos déspo­tas. Pasarán su vida entera aborreciendo y siendo aborre­cidos, conspirando y siendo objeto de conspiraciones, temiendo, en fin, mucho más y con más frecuencia a los enemigos de dentro que a los de fuera; y así correrán en derechura al abismo tanto ellos como la ciudad. ¿Bastan, pues, todas estas razones —terminé— para que convenga­mos en la precisión de un tal régimen para el alojamiento y demás necesidades de los guardianes, y lo establecemos como digo, o no?

—Desde luego —asintió Glaucón.

IV

I. Y Adimanto, interrumpiendo, dijo: —¿Y qué dirías en tu defensa, Sócrates, si alguien te objetara que no haces nada fe­lices a esos hombres, y ello ciertamente por su culpa, pues, siendo la ciudad verdaderamente suya, no gozan bien algu­no de ella, como otros que adquieren campos y se constru­yen casas bellas y espaciosas y se hacen con el ajuar acomo­dado a tales casas y ofrecen a los dioses sacrificios por su propia cuenta, albergan a los forasteros y además, como tú decías, granjean oro y plata y todo aquello que deben tener los que han de ser felices? Estos, en cambio —agregaría el ob­jetante—, parece que están en la ciudad ni más ni menos que como auxiliares a sueldo, sin hacer otra cosa que guardarla.

—Sí —dije yo—, y esto sólo por el sustento, sin percibir sobre él salario alguno como los demás, de modo que, aunque quieran salir privadamente fuera de la ciudad, no les sea posible, ni tampoco pagar cortesanas ni gastar en ninguna otra cosa de aquellas en que gastan los que son tenidos por dichosos. Estos y otros muchos particulares has dejado fuera de tu acusación.

—Pues bien —contestó—, dalos también por incluidos en ella.

—¿Y dices que cómo habríamos de hacer nuestra de­fensa?

—Sí.

—Pues siguiendo el camino emprendido —repliqué yo—, encontra—ríamos, creo, lo que habría que decir. Y di­remos que no sería extraño que también éstos, aun de ese modo, fueran felicísimos; pero que, como quiera que sea, nosotros no establecemos la ciudad mirando a que una clase de gente sea especialmente feliz, sino para que lo sea en el mayor grado posible la ciudad toda; por­que pensábamos que en una ciudad tal encontraríamos más que en otra alguna la justicia, así como la injusticia en aquella en que se vive peor, y que, al reconocer esto, podríamos resolver sobre lo que hace tiempo venimos investigando. Ahora, pues, formamos la ciudad feliz, en nuestra opinión, no ya estableciendo diferencias y otor­gando la dicha en ella sólo a unos cuantos, sino dándola a la ciudad entera; y luego examinaremos la contraria a ésta. Lo dicho es, pues, como si, al pintar nosotros una estatua, se acercase alguien a censurarla diciendo que no aplicábamos los más bellos tintes a lo más hermoso de la figura, porque, en efecto, los ojos, que es lo más hermo­so, no habían quedado teñidos de púrpura, sino de ne­gro; razonable parecería nuestra réplica al decirle: «No pienses, varón singular, que hemos de pintar los ojos tan hermosamente que no parezcan ojos, ni tampoco las otras partes del cuerpo; fíjate sólo en si, dando a cada parte lo que le es propio, hacemos hermoso el conjunto. Y así, no me obligues a poner en los guardianes tal felici­dad que haga de ellos cualquier cosa antes que guardia­nes. Sabemos, en efecto, el modo de vestir hasta a los labriegos con mantos de púrpura, ceñirlos de oro y en­cargarles que no labren la tierra como no sea por placer; y el de tender a los alfareros en fila a que, dando de lado al torno, beban y se banqueteen junto al fuego para hacer cerámica sólo cuando les venga en gana; y el de hacer feli­ces igualmente a todos los demás de la ciudad para que toda ella resulte feliz. Pero no nos requieras a hacer nada de ello; porque, si te hiciéramos caso, ni el labriego sería labriego ni el alfarero alfarero ni aparecería nadie en conformidad con ninguno de aquellos tipos de hombres que componen la ciudad. Y aun de los otros habría menos que decir, porque, si los zapateros se hacen malos, se co­rrompen y fingen ser lo que no son, ello no es ningún pe­ligro para la comunidad; pero los guardianes de las leyes y de la ciudad que no sean tales en realidad, sino sólo en apariencia, bien ves que arruinan la misma ciudad de arriba abajo, de igual modo que son los únicos que tienen en sus manos la oportunidad de hacerla feliz y de buena vivienda». Así, pues, nosotros establecemos auténticos guardianes y no en manera alguna enemigos de la ciu­dad; y el que propone aquello otro de los labriegos y los que se banquetean a su placer, no ya como en una ciu­dad, sino como en una gran fiesta, ése no habla de ciudad, sino de cualquier otra cosa. Tenemos, pues, que exami­nar si hemos de establecer los guardianes mirando a que ellos mismos consigan la mayor felicidad posible o si, con la vista puesta en la ciudad entera, se ha de considerar el modo de que ésta la alcance y obligar y persuadir a los au­xiliares y guardianes a que sean perfectos operarios de su propio trabajo, y ni más ni menos a los demás; de suerte que, prosperando con ello la ciudad en su conjunto y vi­viéndose bien en ella, se deje a cada clase de gentes que tome la parte de felicidad que la naturaleza les procure.

II. —En verdad creo —dijo él— que hablas con acierto.

—¿Y acaso —dije— te parecerá que tengo razón en otro asunto que corre parejas con éste?

—¿De qué se trata?

—Examina si estas otras cosas no corrompen a los de­más trabajadores hasta el punto de ocasionar su perver­sión.

—¿Y cuáles son ellas?

—La riqueza —contesté— y la indigencia.

—¿Y cómo?

—Como voy a decirte. ¿Crees tú que un alfarero que se hace rico va a querer dedicarse de aquí en adelante a su oficio?

—De ningún modo —replicó.

—¿No se hará más holgazán y negligente de lo que era? —Mucho más.

—¿Vendrá, pues, a ser peor alfarero?

—También —dijo—. Mucho peor.

—Y, por otra parte, si por la indigencia no puede pro­curarse herramientas o alguna otra cosa necesaria a su arte, hará peor sus obras, y a sus hijos o a otros a quienes enseñe, los enseñará a ser malos artesanos.

—¿Cómo no?

—Por consiguiente, tanto con la riqueza como con la indigencia resultan peores los productos de las artes y peores también los que las practican.

—Así parece.

—Hemos encontrado, pues, por lo visto, dos cosas a que deben atender nuestros guardianes vigilando para que no se les metan en la ciudad sin que ellos se den cuenta.

—¿Qué cosas son?

—La riqueza —dije— y la indigencia; ya que la una trae la molicie, la ociosidad y el prurito de novedades, y la otra, este mismo prurito y, a más, la vileza y el mal obrar.

—Conforme en todo —dijo—; pero considera, Sócrates, cómo nuestra ciudad, sin estar en posesión de riqueza, se hallará capaz de hacer la guerra, sobre todo cuando se vea forzada a pelear con otra ciudad grande y rica.

—Está claro —dije— que contra una sola le será más di­fícil; pero más fácil si pelea contra dos de tales ciuda­des.

—¿Cómo dices? —preguntó.

—Primeramente —dije—, si hay que luchar, ¿no lucha­rán contra hombres ricos siendo ellos atletas en la gue­rra?

—Sí por cierto —replicó.

—Y bien, Adimanto —pregunté—; un solo púgil prepa­rado lo mejor posible en su oficio, ¿no te parece que pue­de luchar fácilmente con otros dos que no sean púgiles, pero sí ricos y grasos?

—Quizá no —contestó— con los dos a un tiempo.

—¿Y si le fuera posible —observé— emprender la huida y golpear, dando cara de nuevo, a cada uno de los que su­cesivamente le fueran alcanzando, y si hiciera todo esto bajo el ardor del sol? ¿No podría el tal habérselas aun con más de dos de aquellos otros?

—Sin duda —dijo—, no sería nada extraño.

—¿Y no crees tú que a los ricos se les alcanza por cono­cimiento y práctica más de pugilato que de guerra?

—Lo creo —contestó.

—Por lo tanto, nuestros atletas podrán luchar proba­blemente con un número de enemigos doble y triple que el suyo.

—Lo concedo —dijo—, porque, en efecto, me parece que llevas razón.

—¿Y qué sucedería si, enviando una embajada a una de aquellas otras dos ciudades, dijeran, como era verdad: «Nosotros no queremos para nada el oro ni la plata ni nos es licito servirnos de ellos como os lo es a vosotros; luchad, pues, a nuestro lado y quedaos con lo de los contrarios»? ¿Piensas que habría quienes, al oír esto, eligieran el com­batir contra unos perros duros y magros en vez de aliarse con ellos contra unos carneros mantecosos y tiernos?

—No creo que los hubiera —dijo—; pero, si se juntan en una sola ciudad las riquezas de las otras, mira no haya pe­ligro para la que carece de ellas.

—Eres un bendito —dije— si crees que se debe llamar ciudad a otra que no sea tal como la que nosotros forma­mos.

—¿Y por qué? —preguntó.

—A las otras —repliqué— hay que acrecerles el nombre; porque cada una de ellas no es una sola ciudad, sino mu­chas, como las de los jugadores. Dos, en el mejor caso, enemiga la una de la otra: la de los pobres y la de los ricos. Y en cada una de ellas hay muchísimas, a las cuales, si las tratas como a una sola, lo errarás todo, pero, si te aprove­chas de su diversidad entregando a los unos los bienes, las fuerzas y aun las personas de los otros, te hallarás siempre con muchos aliados y pocos enemigos. Y mien­tras tu ciudad se administre juiciosamente en la disposi­ción que queda dicha, será muy grande, no digo ya por su fama, sino en realidad de verdad, aunque no cuente más que con un millar de combatientes; y dificilmente halla­rás otra tan grande ni entre los griegos ni entre los bárba­ros, aunque muchas parezcan ser varias veces más gran­des que ella. ¿O tal vez opinas de otro modo?

—No, por Zeus —dijo.

III. —De modo —proseguí— que éste será para nuestros gobernantes el mejor limite al desarrollo que han de dar a la ciudad y al territorio que, conforme a este desarrollo, han de asignarle dejando fuera lo demás.

—¿Qué límite? —dijo.

—Creo que el siguiente —dije—: mientras su crecimiento permita que siga siendo una sola ciudad, acrecerla; pero no pasar de ahí.

—Perfectamente —dijo.

—Y así, haremos también otra prescripción a los guar­dianes: que atiendan por todos los medios a que la ciu­dad no sea pequeña ni parezca grande, sino sea sufi­ciente en su unidad.

—¡Ligera prescripción, la que les hacemos! —dijo.

—Y aún más ligera —continué—, esta otra, que ya re­cordamos antes cuando decíamos que, en caso de tener los guardianes algún descendiente de poca valía, han de despedirlo y mandarlo con los demás ciudadanos, y que si a estos últimos les nace algún retoño de provecho ha de ir con los guardianes. Con esto se quiere mostrar que, aun entre los demás de la ciudad, cada uno debe ser pues­to a un trabajo, que ha de ser aquel para el que esté dota­do, de modo que, atendiendo a una sola cosa, conserve él también su unidad y no se divida, y así la ciudad entera resulte una sola y no muchas.

—¡Bien por cierto —dijo—, más insignificante es eso que lo otro!

—En verdad —dije— parecerá, buen Adimanto, que es­tas prescripciones son muchas y de peso; pero todas son realmente de poca importancia con tal de que guarden aquella única gran cosa del proverbio o más bien, en vez de grande, suficiente.

—¿Y cuál es ella? —preguntó.

—La educación y la crianza —contesté—; porque, si con una buena educación llegan a ser hombres discretos, percibirán fácilmente todas estas cosas y aun muchas más que ahora pasamos por alto, como lo de que la pose­sión de las mujeres, los matrimonios y la procreación de los hijos deben, conforme al proverbio, ser todos comu­nes entre amigos en el mayor grado posible.

—Y sería lo mejor —dijo él.

—Y aún más —dije—: una vez que el Estado toma im­pulso favorable, va creciendo a manera de un círculo; porque, manteniéndose la buena crianza y educa­ción, producen buenas índoles, y éstas, a su vez, imbui­das de tal educación, se hacen, tanto en las otras cosas como en lo relativo a la procreación, mejores que las que les han precedido, igual que sucede en los demás animales.

—Es natural —dijo.

—Para decirlo, pues, brevemente: los que cuidan de la ciudad han de esforzarse para que esto de la educación no se corrompa sin darse ellos cuenta, sino que en todo han de vigilarlo, de modo que no haya innovaciones con­tra lo prescrito ni en la gimnasia ni en la música; antes bien, deben vigilar lo más posible y sentir miedo si algu­no dice la gente celebra entre todos los cantos el postrero, el más nuevo que viene a halagar sus oídos, no crean que el poeta habla, no ya de cantos nuevos, sino de un género nuevo de canto y lo celebren. Porque ni hay que celebrar tal cosa ni hacer semejante suposición. Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio e introduc­ción de una nueva especie de canto en el convencimiento de que con ello todo se pone en peligro; porque no se pueden remover los modos musicales sin remover a un tiempo las más grandes leyes, como dice Damón y yo creo.

—Ponme a mí también entre los convencidos —dijo Adimanto.

IV —Por tanto, es en el ámbito de la música —dije— don­de, según parece, han de establecer su cuerpo de guardia los guardianes.

—Ahí es, en efecto —replicó—, donde, al insinuarse, la ilegalidad pasa más fácilmente inadvertida.

—Sí —dije—, como cosa de juego y que no ha de produ­cir daño alguno.

—Ni lo produce —observó— sino introduciéndose poco a poco y deslizándose calladamente en las costum­bres y modos de vivir; de ellos sale, ya crecida, a los tra­tos entre ciudadanos y tras éstos invade las leyes y las constituciones, ¡oh, Sócrates!, con la mayor impudencia hasta que al fui lo trastorna todo en la vida privada y en la pública.

—Bien —dije yo—, ¿ocurre ello así?

—Tal me parece —contestó.

—¿Así, pues, como ya al comienzo decíamos, a los ni­ños se les ha de procurar desde el primer momento un juego más sujeto a normas en la convicción de que, si ni el juego ni los niños se atienen a éstas, es imposible que, al crecer, se hagan varones justos y de provecho?

—¿Cómo no? —dijo.

—Y cuando los niños, comenzando a jugar como es de­bido, reciben la buena norma por medio de la música, aquélla, al contrario de lo que ocurre con los otros, los se­guirá a todas partes y los hará medrar enderezando cuanto anteriormente estaba caído en la ciudad.

—Verdad es —dijo.

—Y ellos —dije— descubrirán también aquellas reglas que sus predecesores dejaron totalmente perdidas.

—¿Cuáles son?

—De este género: el silencio que los jóvenes han de guardar ante personas de más edad; cómo han de hacer que se sienten y levantarse ellos en su presencia; el respe­to de los propios padres; y también el modo de cortarse el pelo, de vestir y calzar, el pergeño general del cuerpo y, en fin, todo cuanto hay de semejante a esto. ¿No te parece?

—Desde luego.

—Creo que sería tonto disponer por ley todas estas co­sas: no se hace en ninguna parte y, aunque se hiciera, no se mantendrían ni por la palabra ni por la escritura.

—¿Cómo iban a mantenerse?

—Será, pues, probable, ¡oh, Adimanto! —dije yo—, que, partiendo de la educación en la dirección de la vida, todo lo que sigue sea como ella. ¿O no es cierto que lo seme­jante llama a lo semejante?

—¿Qué más cabe?

—Y al fin, creo que podríamos decirlo, saldrá de ello algo completo y vigoroso, sea bueno, sea malo.

—¿Cómo no? —dijo él.

—De modo —proseguí— que yo, por los motivos dichos, no trataría de legislar sobre estas cosas.

—Y con razón —dijo él.

—¿Y qué diremos, por los dioses —continué—, acerca de esos lances del mercado, de los convenios que en él hacen unos y otros entre sí y, si quieres, de los tratos con los ar­tesanos, de las injurias y atropellos, de las citaciones en justicia y las elecciones de los jueces, de la necesidad de tales y cuales exacciones o imposiciones de tributos en plazas y puertos y, en general, de todos los usos placeros, urbanos y marítimos y cuantas cosas hay del mismo estilo? ¿Nos atreveremos a poner leyes sobre ellas?

—No vale la pena —contestó— de dar ordenanzas a hombres sanos y honrados: ellos mismos hallarán fácil­mente la mayor parte de aquello que habría de ponerse por ley.

—Sí, amigo —dije—, si el cielo les da conservar las leyes de que antes hicimos mención.

—En otro caso —dijo— se pasarán la vida dando y recti­ficando normas y figurándose que van a alcanzar lo más perfecto.

—Quieres decir —respondí— que los tales van a vivir como los enfermos que no quieren, por su indocilidad, salir de un régimen dañino.

—Exactamente.

—Y de cierto que es graciosa su vida; pues no consi­guen otra cosa que complicar y agravar sus enfermeda­des ni con el tratamiento ni con sus inacabables esperan­zas de sanar por obra del medicamento que cada cual les recomienda.

—Eso es de cierto —dijo— lo que les pasa a tales enfermos.

—¿Y qué más? —continué yo—. ¿No es gracioso que ten­gan por su peor enemigo al que les dice la verdad, esto es, que, si no dejan sus borracheras, sus atracones, sus pla­ceres amorosos y su ociosidad, ni las medicinas ni los cauterios ni las sajaduras ni tampoco los ensalmos ni los talismanes ni ninguna otra de tales cosas ha de servir­les para nada?

—No es nada gracioso —dijo—, porque el enojarse con el que habla razonablemente no tiene gracia.

—A lo que parece —dije— no eres muy celebrador de se­mejantes hombres.

—No, por Zeus —dijo.

V —Por consiguiente, cuando la ciudad entera, como ahora decíamos, hiciere otro tanto, tampoco lo celebra­rás; ¿o es que no te parece que obran lo mismo que aqué­llos todas las ciudades que, estando mal regidas, prescri­ben a los ciudadanos que no toquen a punto alguno de su propia constitución en la inteligencia de que ha de morir el que lo haga, mientras el que más blandamente adule a los que viven en semejante régimen y los obsequie con su sumisión y el conocimiento previo de sus deseos y se muestre hábil en satisfacerlos, ése resulta un varón exce­lente y discreto en los grandes asuntos y recibe honra de ellos?

—Me parece, en efecto —dijo—, que hacen lo mismo que aquellos otros; y no los celebro en modo alguno.

—¿Y qué diremos de los que se prestan con afán a curar a tales ciudades? ¿No admiras su valor y buena voluntad?

—Sí, los admiro —dijo—; exceptuando, sin embargo, a aquellos que andan engañados y se creen que son en realidad políticos, porque se ven celebrados por la mul­titud.

—¿Cómo se entiende? ¿No vas a dispensar —dije— a ta­les hombres? ¿Crees, acaso, posible que un sujeto que no sabe medir, cuando otros muchos iguales que él le dicen que tiene cuatro codos de estatura, deje de creerlo de sí mismo?

—No es posible —dijo.

—No te irrites con ellos, por lo tanto; y los tales hom­bres son de cierto los más graciosos del mundo. Se ponen a legislar sobre cuantos particulares antes enumerába­mos, rectifican después y piensan siempre que van a en­contrar algo nuevo en relación con los maleficios de los contratos y las cosas de que yo hace poco hablaba sin dar­se cuenta de que, en realidad, están cortando las cabezas de la hidra.

—Y por cierto —dijo— que no es otra su tarea.

—Por eso —proseguí—, yo no podía pensar que el verda­dero legislador hubiera de tratar tal género de leyes y constituciones ni en la ciudad de buen régimen ni en la de malo: en ésta, porque resultan sin provecho ni efica­cia, y en aquélla, porque en parte las descubre cualquiera y en parte vienen por sí mismas de los modos de vivir precedentes.

—¿Qué nos queda, pues, que hacer en materia de legis­lación? —preguntó.

Y yo contesté: —A nosotros nada de cierto; a Apolo, el dios de Delfos, los más grandes, los más hermosos y pri­meros de todos los estatutos legales.

—¿Y cuáles son ellos? —preguntó.

—Las erecciones de templos, los sacrificios y los demás cultos de los dioses, de los demones y de los héroes; a su vez, también, las sepulturas de los muertos y cuantas honras hay que tributar para tener aplacados a los del mundo de allá. Como nosotros no entendemos de estas cosas, al fundar la ciudad no obedeceremos a ningún otro, si es que tenemos seso, ni nos serviremos de otro guía que el propio de nuestros padres; y sin duda, este dios, guía patrio acerca de ello para todos los hombres, los rige sentado sobre el ombligo de la tierra en el centro del mundo.

—Hablas acertadamente —observó— y así se ha de hacer.

VI. —Da, pues, ya por fundada a la ciudad, ¡oh, hijo de Aristón! —dije—, y lo que a continuación has de hacer es mirar bien en ella procurándote de donde sea la luz nece­saria; y llama en tu auxilio a tu hermano y también a Po­lemarco y a los demás, por si podemos ver en qué sitio está la justicia y en cuál la injusticia y en qué se diferen­cia la una de la otra y cuál de las dos debe alcanzar el que ha de ser feliz, lo vean o no los dioses y los hombres.

—Nada de eso —objetó Glaucón—, porque prometiste hacer tú mismo la investigación, alegando que no te era lícito dejar de dar favor a la justicia en la medida de tus fuerzas y por todos los medios.

—Verdad es lo que me recuerdas —repuse yo— y así se ha de hacer; pero es preciso que vosotros me ayudéis en la empresa.

—Así lo haremos —replicó.

—Pues por el procedimiento que sigue —dije— espe­ro hallar lo que buscamos: pienso que nuestra ciu­dad, si está rectamente fundada, será completamente buena.

—Por fuerza —replicó.

—Claro es, pues, que será prudente, valerosa, modera­da y justa.

—Claro.

—¿Por tanto, sean cualesquiera las que de estas cuali­dades encontremos en ella, el resto será lo que no haya­mos encontrado?

—¿Qué otra cosa cabe?

—Pongo por caso: si en un asunto cualquiera de cuatro cosas buscamos una, nos daremos por satisfechos una vez que la hayamos reconocido, pero, si ya antes había­mos llegado a reconocer las otras tres, por este mismo hecho quedará patente la que nos falta; pues es manifies­to que no era otra la que restaba.

—Dices bien —observó.

—¿Y así, respecto a las cualidades enumeradas, pues que son también cuatro, se ha de hacer la investigación del mismo modo?

—Está claro.

—Y me parece que la primera que salta a la vista es la pru­dencia; y algo extraño se muestra en relación con ella.

—¿Qué es ello? —preguntó.

—Prudente en verdad me parece la ciudad de que he­mos venido hablando; y esto por ser acertada en sus de­terminaciones. ¿No es así?

—Sí.

—Y esto mismo, el acierto, está claro que es un modo de ciencia, pues por ésta es por la que se acierta y no por la ignorancia.

—Está claro.

—Pero en la ciudad hay un gran número y variedad de ciencias.

—¿Cómo no?

—¿Y acaso se ha de llamar a la ciudad prudente y acer­tada por el saber de los constructores?

—Por ese saber no se la llamará así —dijo—, sino maes­tra en construcciones.

—Ni tampoco habrá que llamar prudente a la ciudad por la ciencia de hacer muebles, si delibera sobre la ma­nera de que éstos resulten lo mejor posible.

—No por cierto.

—¿Y qué? ¿Acaso por el saber de los broncistas o por al­gún otro semejante a éstos?

—Por ninguno de ésos —contestó.

—Ni tampoco la llamaremos prudente por la produc­ción de los frutos de la tierra, sino ciudad agrícola.

—Eso parece.

—¿Cómo, pues? —dije—. ¿Hay en la ciudad fundada hace un momento por nosotros algún saber en determi­nados ciudadanos con el cual no resuelve sobre este o el otro particular de la ciudad, sino sobre la ciudad entera, viendo el modo de que ésta lleve lo mejor posible sus re­laciones en el interior y con las demás ciudades?

—Sí, lo hay.

—¿Y cuál es —dije— y en quiénes se halla?

—Es la ciencia de la preservación —dijo— y se halla en aquellos jefes que ahora llamábamos perfectos guardianes. —¿Y cómo llamaremos a la ciudad en virtud de esa ciencia?

—Acertada en sus determinaciones —repuso— y verda­deramente prudente.

—¿Y de quiénes piensas —pregunté— que habrá mayor número en nuestra ciudad, de broncistas o de estos ver­daderos guardianes?

—Mucho mayor de broncistas —respondió.

—¿Y así también —dije— estos guardianes serán los que se hallen en menor número de todos aquellos que por su ciencia reciben una apelación determinada?

—En mucho menor número.

—Por lo tanto, la ciudad fundada conforme a naturale­za podrá ser toda entera prudente por la clase de gente más reducida que en ella hay, que es aquella que la presi­de y gobierna; y éste, según parece, es el linaje que por fuerza natural resulta más corto y al cual corresponde el participar de este saber, único que entre todos merece el nombre de prudencia.

—Verdad pura es lo que dices —observó.

—Hemos hallado, pues, y no sé cómo, esta primera de las cuatro cualidades y la parte de la ciudad donde se en­cuentra.

—A mí, por lo menos —dijo—, me parece que la hemos hallado satisfactoriamente.

VII. —Pues si pasamos al valor y a la parte de la ciudad en que reside y por la que toda ella ha de ser llamada valero­sa, no me parece que la cosa sea muy difícil de percibir.

—¿Y cómo?

—¿Quién —dije yo— podría llamar a la ciudad cobarde o valiente mirando a otra cosa que no fuese la parte de ella que la defiende y se pone en campaña a su favor?

—Nadie podría darle esos nombres mirando a otra cosa —replicó.

—En efecto —agregué—, los demás que viven en ella, sean cobardes o valientes, no son dueños, creo yo, de ha­cer a aquélla de una manera u otra.

—No, en efecto.

—Y así, la ciudad es valerosa por causa de una clase de ella, porque en dicha parte posee una virtud tal como para mantener en toda circunstancia la opinión acerca de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y tales cuales el legislador las prescri­bió en la educación. ¿O no es esto lo que llamas valor?

—No he entendido del todo lo que has dicho —contes­tó—, repítelo de nuevo.

—Afirmo —dije— que el valor es una especie de conser­vación.

—¿Qué clase de conservación?

—La de la opinión formada por la educación bajo la ley acerca de cuáles y cómo son las cosas que se han de temer. Y dije que era conservación en toda circunstancia por­que la lleva adelante, sin desecharla jamás, el que se halla entre dolores y el que entre placeres y el que entre deseos y el que entre espantos. Y quiero representarte, si lo permites, a qué me parece que es ello semejante.

—Sí, quiero.

—Sabes —dije— que los tintoreros, cuando han de teñir lanas para que queden de color de púrpura, eligen pri­mero, de entre tantos colores como hay, una sola clase, que es la de las blancas; después las preparan previamen­te, con prolijo esmero, cuidando de que adquieran el ma­yor brillo posible, y así las tiñen. Y lo que queda teñido por este procedimiento resulta indeleble en su tinte, y el lavado, sea con detersorios o sin ellos, no puede quitarle su brillo; y también sabes cómo resulta lo que no se tiñe así, bien porque se empleen lanas de otros colores o por­que no se preparen estas mismas previamente.

—Sí —contestó—, queda desteñido y ridículo.

—Pues piensa —repliqué yo— que otro tanto hacemos no­sotros en la medida de nuestras fuerzas cuando elegimos los soldados y los educamos en la música y en la gimnásti­ca: no creas que preparamos con ello otra cosa sino el que, obedeciendo lo mejor posible a las leyes, reciban una espe­cie de teñido, para que, en virtud de su índole y crianza ob­tenida, se haga indeleble su opinión acerca de las cosas que hay que temer y las que no; y que tal teñido no se lo puedan llevar esas otras lejías tan fuertemente disolventes que son el placer, mas terrible en ello que cualquier sosa o lejía, y el pesar, el miedo y la concupiscencia, más poderosos que cualquier otro detersorio. Esta fuerza y preservación en toda circunstancia de la opinión recta y legítima acerca de las cosas que han de ser temidas y de las que no es lo que yo llamo valor y considero como tal si tú no dices otra cosa.

—No por cierto —dijo—; y, en efecto, me parece que a esta misma recta opinión acerca de tales cosas que nace sin educación, o sea, a la animal y servil, ni la conside­ras enteramente legítima ni le das el nombre de valor, sino otro distinto.

—Verdad pura es lo que dices —observé.

—Admito, pues, que eso es el valor.

—Y admite —agregué— que es cualidad propia de la ciu­dad y acertarás con ello. Y en otra ocasión, si quieres, trataremos mejor acerca del asunto, porque ahora no es eso lo que estábamos investigando, sino la justicia; y ya es bastante, según creo, en cuanto a la búsqueda de aquello otro.

—Tienes razón —dijo.

VIII. —Dos, pues, son las cosas —dije— que nos quedan por observar en la ciudad: la templanza y aquella otra por la que hacemos toda nuestra investigación, la justi­cia.

—Exactamente.

—¿Y cómo podríamos hallarla justicia para no hablar todavía acerca de la templanza?

—Yo, por mi parte —dijo—, no lo sé, ni querría que se de­clarase lo primero la justicia, puesto que aún no hemos examinado la templanza; y, si quieres darme gusto, pon la atención en ésta antes que en aquella.

—Quiero en verdad —repliqué— y no llevaría razón en negarme.

—Examínala, pues —dijo.

—La voy a examinar —contesté—. Y ya a primera vista, se parece más que todo lo anteriormente examinado a una especie de modo musical o armonía.

—¿Cómo?

—La templanza —repuse— es un orden y dominio de placeres y concupiscencia según el dicho de los que ha­blan, no sé en qué sentido, de ser dueños de sí mismos, y también hay otras expresiones que se muestran como rastros de aquella cualidad. ¿No es así?

—Sin duda ninguna —contestó.

—Pero ¿eso de «ser dueño de sí mismos» no es ridícu­lo? Porque el que es dueño de sí mismo es también escla­vo, y el que es esclavo, dueño; ya que en todos estos di­chos se habla de una misma persona.

—¿Cómo no?

—Pero lo que me parece —dije— que significa esa expre­sión es que en el alma del mismo hombre hay algo que es mejor y algo que es peor; y cuando lo que por naturaleza es mejor domina a lo peor, se dice que «aquel es dueño de sí mismo», lo cual es una alabanza, pero cuando, por mala crianza o compañía, lo mejor queda en desventaja y resulta dominado por la multitud de lo peor, esto se cen­sura como oprobio, y del que así se halla se dice que está dominado por sí mismo y que es un intemperante.

—Eso parece, en efecto —observó.

—Vuelve ahora la mirada —dije— a nuestra recién fun­dada ciudad y encontrarás dentro de ella una de estas dos cosas; y dirás que con razón se la proclama dueña de sí misma si es que se ha de llamar bien templado y dueño de sí mismo a todo aquello cuya parte mejor se sobrepone a lo peor.

—La miro, en efecto —respondió—, y veo que dices ver­dad.

—Y de cierto, los más y los más varios apetitos, concu­piscencias y desazones se pueden encontrar en los niños y en las mujeres y en los domésticos y en la mayoría de los hombres que se llaman libres, aunque carezcan de valía.

—Bien de cierto.

—Y, en cambio, los afectos más sencillos y moderados, los que son conducidos por la razón con sensatez y recto juicio, los hallarás en unos pocos, los de mejor índole y educación.

—Verdades —dijo.

—Y así ¿no ves que estas cosas existen también en la ciudad y que en ella los apetitos de los más y más ruines son vencidos por los apetitos y la inteligencia de los me­nos y más aptos?

—Lo veo —dijo.

IX. —Si hay, pues, una ciudad a la que debamos llamar dueña de sus concupiscencias y apetitos y dueña también ella de sí misma, esos títulos hay que darlos a la nuestra.

—Enteramente —dijo.

—¿Y conforme a todo ello no habrá que llamarla asi­mismo temperante?

—En alto grado —contestó.

—Y si en alguna otra ciudad se hallare una sola opi­nión, lo mismo en los gobernantes que en los goberna­dos, respecto a quiénes deben gobernar, sin duda se ha­llará también en ésta. ¿No te parece?

—Sin la menor duda —dijo.

—¿Y en cuál de las dos clases de ciudadanos dirás que reside la templanza cuando ocurre eso? ¿En los gober­nantes o en los gobernados?

—En unos y otros, creo —repuso.

—¿Ves, pues —dije yo—, cuán acertadamente predecía­mos hace un momento que la templanza se parece a una cierta armonía musical?

—¿Y por qué?

—Porque, así como el valor y la prudencia, residiendo en una parte de la ciudad, la hacen a toda ella el uno va­lerosa y la otra prudente, la templanza no obra igual, sino que se extiende por la ciudad entera, logrando que canten lo mismo y en perfecto unísono los mas débi­les, los más fuertes y los de en medio, ya los clasifiques por su inteligencia, ya por su fuerza, ya por su número o riqueza o por cualquier otro semejante respecto; de suerte que podríamos con razón afirmar que es tem­planza esta concordia, esta armonía entre lo que es infe­rior y lo que es superior por naturaleza sobre cuál de esos dos elementos debe gobernar ya en la ciudad, ya en cada individuo.

—Así me parece en un todo —repuso.

—Bien —dije yo—; tenemos vistas tres cosas de la ciudad según parece; pero ¿cuál será la cualidad restante por la que aquélla alcanza su virtud? Es claro que la justicia.

—Claro es.

—Así, pues, Glaucón, nosotros tenemos que rodear la mata, como unos cazadores, y aplicar la atención, no sea que se nos escape la justicia y, desapareciendo de nues­tros ojos, no podamos verla más. Porque es manifiesto que está aquí; por tanto, mira y esfuérzate en observar por si la ves antes que yo y puedes enseñármela.

—¡Ojalá! —dijo él—, pero mejor te serviré si te sigo y al­canzo a ver lo que tú me muestres.

—Haz, pues, conmigo la invocación y sígueme —dije.

—Así haré —replicó—, pero atiende tú a darme guía.

—Y en verdad —dije yo— que estamos en un lugar difícil y sombrío, porque es oscuro y poco penetrable a la vista. Pero, con todo, habrá que ir.

—Vayamos, pues —exclamó.

Entonces yo, fijando la vista, dije: —¡Ay, ay, Glaucón! Parece que tenemos un rastro y creo que no se nos va a escapar la presa.

—¡Noticia feliz! —dijo él.

—En verdad —dije— que lo que me ha pasado es algo es­túpido.

—¿Y qué es ello?

—A mi parecer, bendito amigo, hace tiempo que está la cosa rodando ante nuestros pies y no la veíamos incu­rriendo en el mayor de los ridículos. Como aquellos que, teniendo algo en la mano, buscan a veces lo mismo que tienen, así nosotros no mirábamos a ello, sino que diri­gíamos la vista a lo lejos y por eso quizá no lo veíamos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Quiero decir —repliqué— que en mi opinión hace tiempo que estábamos hablando y oyendo hablar de nuestro asunto sin darnos cuenta de que en realidad de un modo u otro hablábamos de él.

—Largo es ese proemio —dijo— para quien está desean­do escuchar.

X. —Oye, pues —le advertí—, por si digo algo que valga. Aquello que desde el principio, cuando fundábamos la ciudad, afirmábamos que había que observar en toda cir­cunstancia, eso mismo o una forma de eso es a mi pare­cer la justicia. Y lo que establecimos y repetimos muchas veces, si bien te acuerdas, es que cada uno debe atender a una sola de las cosas de la ciudad: a aquello para lo que su naturaleza esté mejor dotada.

—En efecto, eso decíamos.

—Y también de cierto oíamos decir a otros muchos y dejábamos nosotros sentado repetidamente que el hacer cada uno lo suyo y no multiplicar sus actividades era la justicia.

—Así de cierto lo dejamos sentado.

—Esto, pues, amigo —dije—, parece que es en cierto modo la justicia: el hacer cada uno lo suyo. ¿Sabes de dónde lo infiero?

—No lo sé; dímelo tú —replicó.

—Me parece a mí —dije— que lo que faltaba en la ciudad después de todo eso que dejamos examinado —la tem­planza, el valor y la prudencia— es aquello otro que a to­das tres da el vigor necesario a su nacimiento y que, des­pués de nacidas, las conserva mientras subsiste en ellas. Y dijimos que si encontrábamos aquellas tres, lo que fal­taba era la justicia.

—Por fuerza —dijo.

—Y si hubiera necesidad —añadí— de decidir cuál de es­tas cualidades constituirá principalmente con su presen­cia la bondad de nuestra ciudad, sería difícil determinar si será la igualdad de opiniones de los gobernantes y de los gobernados o el mantenimiento en los soldados de la opinión legítima sobre lo que es realmente temible y lo que no o la inteligencia y la vigilancia existente en los go­bernantes o si, en fin, lo que mayormente hace buena a la ciudad es que se asiente en el niño y en la mujer y en el es­clavo y en el hombre libre y en el artesano y en el gober­nante y en el gobernado eso otro de que cada uno haga lo suyo y no se dedique a más.

—Cuestión dificil —dijo—. ¿Cómo no?

—Por ello, según parece, en lo que toca a la excelencia de la ciudad esa virtud de que cada uno haga en ella lo que le es propio resulta émula de la prudencia, de la tem­planza y del valor.

—Desde luego —dijo.

—Así, pues, ¿tendrás a la justicia como émula de aqué­llas para la perfección de la ciudad?

—En un todo.

—Atiende ahora a esto otro y mira si opinas lo mismo: ¿será a los gobernantes a quienes atribuyas en la ciudad el juzgar los procesos?

—¿Cómo no?

—¿Y al juzgar han de tener otra mayor preocupación que la de que nadie posea lo ajeno ni sea privado de lo propio?

—No, sino ésa.

—¿Pensando que es ello justo?

—Sí.

—Y así, la posesión y práctica de lo que a cada uno es propio será reconocida como justicia.

—Eso es.

—Mira, por tanto, si opinas lo mismo que yo: el que el carpintero haga el trabajo del zapatero o el zapatero el del carpintero o el que tome uno los instrumentos y prerro­gativas del otro o uno solo trate de hacer lo de los dos tro­cando todo lo demás ¿te parece que podría dañar gra­vemente a la ciudad?

—No de cierto —dijo.

—Pero, por el contrario, pienso que, cuando un arte­sano u otro que su índole destine a negocios privados, engreído por su riqueza o por el número de los que le siguen o por su fuerza o por otra cualquier cosa seme­jante, pretenda entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en la de los consejeros o guardia­nes, sin tener mérito para ello, y así cambien entre sí sus instrumentos y honores, o cuando uno solo trate de hacer a un tiempo los oficios de todos, entonces creo, como digo, que tú también opinarás que seme­jante trueque y entrometimiento ha de ser ruinoso para la ciudad.

—En un todo.

—Por tanto, el entrometimiento y trueque mutuo de estas tres clases es el mayor daño de la ciudad y más que ningún otro podría ser con plena razón calificado de cri­men.

—Plenamente.

—¿Y al mayor crimen contra la propia ciudad no ha­brás de calificarlo de injusticia?

—¿Qué duda cabe?

XI. —Eso es, pues, injusticia. Y a la inversa, diremos: la actuación en lo que les es propio de los linajes de los trafi­cantes, auxiliares y guardianes, cuando cada uno haga lo suyo en la ciudad, ¿no será justicia, al contrario de aque­llo otro, y no hará justa a la ciudad misma?

—Así me parece y no de otra manera —dijo él.

—No lo digamos todavía con voz muy recia —obser­vé—; antes bien, si, trasladando la idea formada a cada uno de los hombres, reconocemos que allí es también justicia, concedámoslo sin más, porque ¿qué otra cosa cabe oponer? Pero, si no es así, volvamos a otro lado nuestra atención. Y ahora terminemos nuestro examen en el pensamiento de que, si tomando algo de mayor extensión entre los seres que poseen la justicia, nos es­forzáramos por intuirla allí, sería luego más fácil obser­varla en un hombre solo. Y de cierto nos pareció que ese algo más extenso es la ciudad y así la fundamos con la mayor excelencia posible, bien persuadidos de que en la ciudad buena era donde precisamente podría hallar­se la justicia. Traslademos, pues, al individuo lo que allí se nos mostró y, si hay conformidad, será ello bien; y, si en el individuo aparece como algo distinto, volveremos a la ciudad a hacer la prueba, y así, mirando al uno jun­to a la otra y poniéndolos en contacto y roce, quizá con­seguiremos que brille la justicia como fuego de enjutos y, al hacerse visible, podremos afirmarla en nosotros mismos.

—Ese es buen camino —dijo— y así hay que hacerlo.

—Ahora bien —dije—; cuando se predica de una cosa que es lo mismo que otra, ya sea más grande o más pe­queña, ¿se entiende que le es semejante o que le es dese­mejante en aquello en que tal cosa se predica?

—Semejante —contestó.

—De modo que el hombre justo no diferirá en nada de la ciudad justa en lo que se refiere a la idea de justicia, sino que será semejante a ella.

—Lo será —replicó.

—Por otra parte, la ciudad nos pareció ser justa cuan­do los tres linajes de naturalezas que hay en ella hacían cada una lo propio suyo; y nos pareció temperada, vale­rosa y prudente por otras determinadas condiciones y dotes de estos mismos linajes.

—Verdad es —dijo.

—Por lo tanto, amigo mío, juzgaremos que el indivi­duo que tenga en su propia alma estas mismas especies merecerá, con razón, los mismos calificativos que la ciu­dad cuando tales especies tengan las mismas condiciones que las de aquélla.

—Es ineludible —dijo.

—Y henos aquí —dije—, ¡oh, varón admirable!, que he­mos dado en un ligero problema acerca del alma, el de si tiene en sí misma esas tres especies o no.

—No me parece del todo fácil —replicó—; acaso, Sócra­tes, sea verdad aquello que suele decirse, de que lo bello es dificil.

—Tal se nos muestra —dije—. Y has de saber, Glaucón, que, a mi parecer, con métodos tales como los que ahora venimos empleando en nuestra discusión no vamos a al­canzar nunca lo que nos proponemos, pues el camino que a ello lleva es otro más largo y complicado; aunque éste quizá no desmerezca de nuestras pláticas e investiga­ciones anteriores.

—¿Hemos, pues, de conformarnos? —dijo—. A mí me basta, a lo menos por ahora.

—Pues bien —dije—, para mí será también suficiente en un todo.

—Entonces —dijo— sigue tu investigación sin desmayo. —¿No nos será absolutamente necesario —proseguí— el reconocer que en cada uno de nosotros se dan las mismas especies y modos de ser que en la ciudad? A ésta, en efec­to, no llegan de ninguna otra parte sino de nosotros mis­mos. Ridículo sería pensar que, en las ciudades a las que se acusa de índole arrebatada, como las de Tracia y de Es­citia y casi todas las de la región norteña, este arrebato no les viene de los individuos; e igualmente el amor al saber que puede atribuirse principalmente a nuestra región y no menos la avaricia que suele achacarse a los fenicios o a los habitantes de Egipto.

—Bien seguro —dijo.

—Así es, pues, ello —dije yo— y no es dificil reconocerlo.

—No de cierto.

XII. —Lo que ya es más difícil es saber si lo hacemos todo por medio de una sola especie o si, siendo éstas tres, hacemos cada cosa por una de ellas. ¿Entendemos con un cierto elemento, nos encolerizamos con otro distinto de los existentes en nosotros y apetecemos con un tercero los placeres de la comida y de la genera­ción y otros parejos o bien obramos con el alma entera en cada una de estas cosas cuando nos ponemos a ello? Esto es lo difícil de determinar de manera conve­niente.

—Eso me parece a mí también —dijo.

—He aquí, pues, cómo hemos de decidir si esos ele­mentos son los mismos o son diferentes.

—¿Cómo?

—Es claro que un mismo ser no admitirá el hacer o sufrir cosas contrarias al mismo tiempo, en la misma parte de sí mismo y con relación al mismo objeto; de modo que, si hallamos que en dichos elementos ocurre eso, vendremos a saber que no son uno solo, sino va­rios.

—Conforme.

—Atiende, pues, a lo que voy diciendo. —Habla —dijo.

—¿Es acaso posible —dije— que una misma cosa se esté quieta y se mueva al mismo tiempo en una misma parte de sí misma?

—De ningún modo.

—Reconozcámoslo con más exactitud para no vacilar en lo que sigue: si de un hombre que está parado en un si­tio, pero mueve las manos y la cabeza, dijera alguien que está quieto y se mueve al mismo tiempo, juzgaríamos que no se debe decir así, sino que una parte de él está quieta y otra se mueve; ¿no es eso?

—Eso es.

—Y si el que dijere tal cosa diera pábulo a sus facecias pretendiendo que las peonzas están en reposo y se mue­ven enteras cuando bailan con la púa fija en un punto o que pasa lo mismo con cualquier otro objeto que da vuel­tas sin salirse de un sitio, no se lo admitiríamos, porque no permanecen y se mueven en la misma parte de sí mis­mos. Diríamos que hay en ellos una línea recta y una cir­cunferencia y que están quietos por su línea recta, puesto que no se inclinan a ningún lado, pero que por su circun­ferencia se mueven en redondo; y que, cuando inclinan su línea recta a la derecha o a la izquierda o hacia adelante o hacia atrás al mismo tiempo que giran, entonces ocurre que no están quietos en ningún respecto.

—Y eso es lo exacto —dijo.

—Ninguno, pues, de semejantes dichos nos conmoverá ni nos persuadirá en lo más mínimo de que haya algo que pueda sufrir ni ser ni obrar dos cosas contrarias al mismo tiempo en la misma parte de sí mismo y en relación con el mismo objeto.

—A mí por lo menos no —aseveró.

—No obstante —dije—, para que no tengamos que alar­garnos saliendo al encuentro de semejantes objeciones y sosteniendo que no son verdaderas, dejemos sentado que eso es así y pasemos adelante reconociendo que, si en algún modo se nos muestra de modo distinto que como queda dicho, todo lo que saquemos de acuerdo con ello quedará vano.

—Así hay que hacerlo —aseguró.

XIII. —¿Y acaso —proseguí— el asentir y el negar, el desear algo y el rehusarlo, el atraerlo y el rechazarlo y todas las cosas de este tenor las pondrás entre las que son contra­rias unas a otras sin distinguir si son acciones y pasiones? Porque esto no hace al caso.

—Sí —dijo—; entre las contrarias las pongo.

—¿Y qué? —continué—. ¿El hambre y la sed y en general todos los apetitos y el querer y el desear, no referirás to­das estas cosas a las especies que quedan mencionadas? ¿No dirás, por ejemplo, que el alma del que apetece algo tiende a aquello que apetece o que atrae a sí aquello que desea alcanzar o bien que, en cuanto quiere que se le en­tregue, se da asentimiento a sí misma, como si alguien le preguntara, en el afán de conseguirlo?

—Así lo creo.

—¿Y qué? ¿El no desear ni querer ni apetecer no lo pon­drás, con el rechazar y el despedir de sí mismo, entre los contrarios de aquellos otros términos?

—¿Cómo no?

—Siendo todo ello así, ¿no admitiremos que hay una clase especial de apetitos y que los que más a la vista es­tán son los que llamamos sed y hambre?

—Lo admitiremos —dijo.

—¿Y no es la una apetito de bebida y la otra de comida?

—Sí.

—¿Y acaso la sed, en cuanto es sed, podrá ser en el alma apetito de algo más que de eso que queda dicho, como, por ejemplo, la sed será sed de una bebida caliente o fría o de mucha o poca bebida o, en una palabra, de una determi­nada clase de bebida? ¿O más bien, cuando a la sed se agre­gue un cierto calor, traerá éste consigo que el apetito sea de bebida fría y, cuando se añada un cierto frío, hará que sea de bebida caliente? ¿Y asimismo, cuando por su intensidad sea grande la sed, resultará sed de mucha bebida, y cuando pequeña, de poca? ¿Y la sed en sí no será en manera alguna apetito de otra cosa sino de lo que le es natural, de la bebida en sí, como el hambre lo es de la comida?

—Así es —dijo—; cada apetito no es apetito más que de aquello que le conviene por naturaleza; y cuando le ape­tece de tal o cual calidad, ello depende de algo accidental que se le agrega.

—Que no haya, pues —añadí yo—, quien nos coja de sor­presa y nos perturbe diciendo que nadie apetece bebida, sino buena bebida, ni comida, sino buena comida. Por­que todos, en efecto, apetecemos lo bueno; por tanto, si la sed es apetito, será apetito de algo bueno, sea bebida u otra cosa, e igualmente los demás apetitos.

—Pues acaso —dijo— piense decir cosa de peso el que tal habla.

—Comoquiera que sea —concluí—, todas aquellas cosas que por su índole tienen un objeto, en cuanto son de tal o cual modo se refieren, en mi opinión, a tal o cual clase de objeto; pero ellas por sí mismas, sólo a su objeto propio.

—No he entendido —dijo.

—¿No has entendido —pregunté— que lo que es mayor lo es porque es mayor que otra cosa?

—Bien seguro.

—¿Y esa otra cosa será algo más pequeño?

—Sí.

—Y lo que es mucho mayor será mayor que otra cosa mucho más pequeña. ¿No es así?

—Sí.

—¿Y lo que en un tiempo fue mayor, que lo que fue más pequeño; y lo que en lo futuro ha de ser mayor, que lo que ha de ser más pequeño?

—¿Cómo no? —replicó.

—¿Y no sucede lo mismo con lo más respecto de lo me­nos y con lo doble respecto de la mitad y con todas las co­sas de este tenor y también con lo más pesado respecto de lo más ligero e igualmente con lo caliente respecto de lo frío y con todas las cosas semejantes a éstas?

—Enteramente.

—¿Y qué diremos de las ciencias? ¿No ocurre lo mis­mo? La ciencia en sí es ciencia del conocimiento en sí o de aquello, sea lo que quiera, a que deba asignarse ésta como a su objeto; una ciencia o tal o cual ciencia lo es de uno y determinado conocimiento. Pongo por ejemplo: ¿no es cierto que, una vez que se creó la ciencia de hacer edifi­cios, quedó separada de las demás ciencias y recibió con ello el nombre de arquitectura?

—¿Cómo no?

—¿Y no fue así por ser una ciencia especial distinta de todas las otras?

—Sí.

—Así, pues, ¿no quedó calificada cuando se la entendió como ciencia de un objeto determinado? ¿Y no ocurre lo mismo con las otras artes y ciencias?

—Así es.

XIV —Reconoce, pues —dije yo—, que eso era lo que yo que­ría decir antes, si es que lo has entendido verdaderamente ahora: que las cosas que se predican como propias de un objeto lo son por sí solas de este objeto solo; y de tales o cuales objetos, tales determinadas cosas. Y no quiero decir con ello que como sean los objetos, así serán también ellas, de modo que la ciencia de la salud y la enfermedad sea igualmente sana o enferma, sino que, una vez que esta cien­cia no tiene por objeto el de la ciencia en sí, sino otro deter­minado, y que éste es la enfermedad y la salud, ocurre que ella misma queda determinada como ciencia y eso hace que no sea llamada ya ciencia a secas, sino ciencia especial de algo que se ha agregado, y se la nombra medicina.

—Lo entiendo —dijo— y me parece que es así.

—¿Y la sed? —pregunté—. ¿No la pondrás por su natura­leza entre aquellas cosas que tienen un objeto? Porque la sed lo es sin duda de...

—Sí —dijo—; de bebida.

—Y así, según sea la sed de una u otra bebida será tam­bién ella de una u otra clase; pero la sed en sí no es de mu­cha ni poca ni buena ni mala bebida ni, en una palabra, de una bebida especial, sino que por su naturaleza lo es sólo de la bebida en sí.

—Conforme en todo.

—El alma del sediento, pues, en cuanto tiene sed no desea otra cosa que beber y a ello tiende y hacia ello se lanza.

—Evidente.

—Por lo tanto, si algo alguna vez la retiene en su sed tendrá que haber en ella alguna cosa distinta de aquella que siente la sed y la impulsa como a una bestia a que beba, porque, como decíamos, una misma cosa no pue­de hacer lo que es contrario en la misma parte de sí mis­ma, en relación con el mismo objeto y al mismo tiempo.

—No de cierto.

—Como, por ejemplo, respecto del arquero no sería bien, creo yo, decir que sus manos rechazan y atraen el arco al mismo tiempo, sino que una lo rechaza yla otra lo atrae.

—Verdad todo —dijo.

—¿Y hemos de reconocer que algunos que tienen sed no quieren beber?

—De cierto —dijo—; muchos y en muchas ocasiones. —¿Y qué —pregunté yo— podría decirse acerca de esto? ¿Que no hay en sus almas algo que les impulsa a beber y algo que los retiene, esto último diferente y más podero­so que aquello?

—Así me parece —dijo.

—¿Y esto que los retiene de tales cosas no nace, cuando nace, del razonamiento, y aquellos otros impulsos que les mueven y arrastran no les vienen, por el contrario, de sus padecimientos y enfermedades?

—Tal se muestra.

—No sin razón, pues —dije—, juzgaremos que son dos cosas diferentes la una de la otra, llamando, a aquello con que razona, lo racional del alma, y a aquello con que de­sea y siente hambre y sed y queda perturbada por los de­más apetitos, lo irracional y concupiscible, bien avenido con ciertos hartazgos y placeres.

—No; es natural —dijo— que los consideremos así.

—Dejemos, pues, definidas estas dos especies que se dan en el alma —seguí yo—. Y la cólera y aquello con que nos encolerizamos, ¿será una tercera especie o tendrá la misma naturaleza que alguna de esas dos?

—Quizá —dijo— la misma que la una de ellas, la concu­piscible.

—Pues yo —repliqué— oí una vez una historia a la que me atengo como prueba, y es ésta: Leoncio, hijo de Aglayón, subía del Pireo por la parte exterior del muro del norte cuando advirtió unos cadáveres que estaban echados por tierra al lado del verdugo. Comenzó en­tonces a sentir deseos de verlos, pero al mismo tiempo le repugnaba y se retraía; y así estuvo luchando y cu­briéndose el rostro hasta que, vencido de su apetencia, abrió enteramente los ojos y, corriendo hacia los muer­tos, dijo: «¡Ahí los tenéis, malditos, saciaos del hermoso espectáculo!»

—Yo también lo había oído —dijo.

—Pues esa historia —observé— muestra que la cólera com­bate a veces con los apetitos como cosa distinta de ellos.

—Lo muestra, en efecto —dijo.

XV —¿Y no advertimos también en muchas otras ocasio­nes —dije—, cuando las concupiscencias tratan de hacer fuerza a alguno contra la razón, que él se insulta a sí mis­mo y se irrita contra aquello que le fuerza en su interior y que, como en una reyerta entre dos enemigos, la cólera se hace en el tal aliada de la razón? En cambio, no creo que puedas decir que hayas advertido jamás, ni en ti mismo ni en otro, que, cuando la razón determine que no se ha de hacer una cosa, la cólera se oponga a ello haciendo causa común con las concupiscencias.

—No, por Zeus —dijo.

—¿Y qué ocurre —pregunté— cuando alguno cree obrar injustamente? ¿No sucede que, cuanto más generosa sea su índole, menos puede irritarse aunque sufra hambre o frío u otra cualquier cosa de este género por obra de quien en su concepto le aplica la justicia y que, como digo, su cólera se resiste a levantarse contra éste?

—Verdad es —dijo.

—¿Y qué sucede, en cambio, cuando cree que padece injusticia? ¿No hierve esa cólera en él y se enoja y se alía con lo que se le muestra como justo y, aun pasando ham­bre y frío y todos los rigores de esta clase, los soporta has­ta triunfar de ellos y no cesa en sus nobles resoluciones hasta que las lleva a término o perece o se aquieta, llama­do atrás por su propia razón como un perro por el pas­tor?

—Exacta es esa comparación que has puesto —dijo—; y, en efecto, en nuestra ciudad pusimos a los auxiliares como perros a disposición de los gobernantes, que son los pastores de aquélla.

—Has entendido perfectamente —observé— lo que qui­se decir; ¿y observas ahora este otro asunto?

—¿Cuál es él?

—Que viene a revelársenos acerca de la cólera lo con­trario de lo que decíamos hace un momento; entonces pensábamos que era algo concupiscible y ahora confesa­mos que, bien lejos de ello, en la lucha del alma hace ar­mas a favor de la razón.

—Enteramente cierto —dijo.

—¿Y será algo distinto de esta última o un modo de ella de suerte que en el alma no resulten tres especies, sino dos sólo, la racional y la concupiscible? ¿O bien, así como en la ciudad eran tres los linajes que la mantenían, el traficante, el auxiliar y el deliberante, así habrá tam­bién un tercero en el alma, el irascible, auxiliar por na­turaleza del racional cuando no se pervierta por una mala crianza?

—Por fuerza —dijo— tiene que ser ése el tercero.

—Sí —aseveré—, con tal de que se nos revele distinto del racional como ya se nos reveló distinto del concu­piscible.

—Pues no es difícil percibirlo —dijo—. Cualquiera pue­de ver en los niños pequeños que, desde el punto en que nacen, están llenos de cólera; y, en cuanto a la razón, al­gunos me parece que no la alcanzan nunca y los más de ellos bastante tiempo después.

—Bien dices, por Zeus —observé—. También en las bes­tias puede verse que ocurre como tú dices; y a más de todo servirá de testimonio aquello de Homero que deja­mos mencionado más arriba: Pero a su alma increpó golpeándose el pecho y le dijo...

En este pasaje, Homero representó manifiestamente como cosas distintas a lo uno increpando a lo otro: aque­llo que discurre sobre el bien y el mal contra lo que sin discurrir se encoleriza.

—Enteramente cierto es lo que dices —afirmó.

XVI. —Así, pues —dije yo—, hemos llegado a puerto, aun­que con trabajo, y reconocido en debida forma que en el alma de cada uno hay las mismas clases que en la ciudad y en el mismo número.

—Así es.

—¿Será, pues, forzoso que el individuo sea prudente de la misma manera y por la misma razón que lo es la ciudad?

—¿Cómo no?

—¿Y que del mismo modo y por el mismo motivo que es valeroso el individuo, lo sea la ciudad también, y que otro tanto ocurra en todo lo demás que en uno y otra hace refe­rencia a la virtud?

—Por fuerza.

—Y así, Glaucón, pienso que reconoceremos también que el individuo será justo de la misma manera en que lo era la ciudad.

—Forzoso es también ello.

—Por otra parte, no nos hemos olvidado de que ésta era justa porque cada una de sus tres clases hacía en ella aquello que le era propio.

—No creo que lo hayamos olvidado —dijo.

—Así, pues, hemos de tener presente que cada uno de nosotros sólo será justo y hará él también lo propio suyo en cuanto cada una de las cosas que en él hay haga lo que le es propio.

—Bien de cierto —dijo—, hay que tenerlo presente.

—¿Y no es a lo racional a quien compete el gobierno, por razón de su prudencia y de la previsión que ejerce sobre el alma toda, así como a lo irascible el ser su súbdito y aliado?

—Enteramente.

—¿Y no será, como decíamos, la combinación de la música y la gimnástica la que pondrá a los dos en acuer­do, dando tensión a lo uno y nutriéndolo con buenas pa­labras y enseñanzas y haciendo con sus consejos que el otro remita y aplacándolo con la armonía y el ritmo?

—Bien seguro —dijo.

—Y estos dos, así criados yverdaderamente instruidos y educados en lo suyo, se impondrán a lo concupiscible, que, ocupando la mayor parte del alma de cada cual, es por naturaleza insaciable de bienes; al cual tienen que vi­gilar, no sea que, repleto de lo que llamamos placeres del cuerpo, se haga grande y fuerte y, dejando de obrar lo propio suyo, trate de esclavizar y gobernar a aquello que por su clase no le corresponde y trastorne enteramente la vida de todos.

—No hay duda —dijo.

—¿Y no serán también estos dos —dije yo— los que me­jor velen por el alma toda y por el cuerpo contra los ene­migos de fuera, el uno tomando determinaciones, el otro luchando en seguimiento del que manda y ejecutando con su valor lo determinado por él?

—Así es.

—Y, según pienso, llamaremos a cada cual valeroso por razón de este segundo elemento, cuando, a través de do­lores y placeres, lo irascible conserve el juicio de la razón sobre lo que es temible y sobre lo que no lo es.

—Exactamente —dijo.

—Y le llamaremos prudente por aquella su pequeña porción que mandaba en él y daba aquellos preceptos, ya que ella misma tiene entonces en sí la ciencia de lo conve­niente para cada cual y para la comunidad entera con sus tres partes.

—Sin duda ninguna.

—¿Y qué más? ¿No lo llamaremos temperante por el amor y armonía de éstas cuando lo que gobierna y lo que es gobernado convienen en que lo racional debe mandar y no se sublevan contra ello?

—Eso y no otra cosa es la templanza —dijo—, lo mismo en la ciudad que en el particular.

—Y será asimismo justo por razón de aquello que tan­tas veces hemos expuesto.

—Forzosamente.

—¿Y qué? —dije—. ¿No habrá miedo de que se nos oscu­rezca en ello la justicia y nos parezca distinta de aquella que se nos reveló en la ciudad?

—No lo creo —replicó.

—Hay un medio —observé— de que nos afirmemos en­teramente, si es que aún queda vacilación en nuestra alma: bastará con aducir ciertas normas corrientes.

—¿Cuáles son?

—Por ejemplo, si tuviéramos que ponernos de acuerdo acerca de la ciudad de que hablábamos y del varón que por naturaleza y crianza se asemeja a ella, ¿nos parecería que el tal, habiendo recibido un depósito de oro o plata, habría de sustraerlo? ¿Quién dirías que habría de pensar que lo había hecho él antes que los que no sean de su con­dición?

—Nadie —contestó.

—¿Y así, estará nuestro hombre bien lejos de cometer sacrilegios, robos o traiciones privadas o públicas contra los amigos o contra las ciudades?

—Bien lejos.

—Y no será infiel en modo alguno ni a sus juramentos ni a sus otros acuerdos.

—¿Cómo habría de serlo?

—Y los adulterios, el abandono de los padres y el me­nosprecio de los dioses serán propios de otro cualquiera, pero no de él.

—De otro cualquiera, en efecto —contestó.

—¿Y la causa de todo eso no es que cada una de las co­sas que hay en él hace lo suyo propio tanto en lo que toca a gobernar como en lo que toca a obedecer?

—Esa y no otra es la causa.

—¿Tratarás, pues, de averiguar todavía si la justicia es cosa distinta de esta virtud que produce tales hombres y tales ciudades?

—No, por Zeus —dijo.

XVII. —Cumplido está, pues, enteramente nuestro en­sueño: aquel presentimiento que referíamos de que, una vez que empezáramos a fundar nuestra ciudad, podría­mos, con la ayuda de algún dios, encontrar un cierto principio e imagen de la justicia.

—Bien de cierto.

—Teníamos, efectivamente, Glaucón, una cierta sem­blanza de la justicia, que, por ello, nos ha sido de prove­cho: aquello de que quien por naturaleza es zapatero debe hacer zapatos y no otra cosa, y el que constructor, construcciones, y así los demás.

—Tal parece.

—Y en realidad la justicia parece ser algo así, pero no en lo que se refiere a la acción exterior del hombre, sino a la interior sobre sí mismo y las cosas que en él hay; cuan­do éste no deja que ninguna de ellas haga lo que es propio de las demás ni se interfiera en las actividades de los otros linajes que en el alma existen, sino, disponiendo recta­mente sus asuntos domésticos, se rige y ordena y se hace amigo de sí mismo y pone de acuerdo sus tres elementos exactamente como los tres términos de una armonía, el de la cuerda grave, el de la alta, el de la media y cual­quiera otro que pueda haber entremedio; y después de enlazar todo esto y conseguir de esta variedad su propia unidad, entonces es cuando, bien templado y acordado, se pone a actuar así dispuesto ya en la adquisición de ri­quezas, ya en el cuidado de su cuerpo, ya en la política, ya en lo que toca a sus contratos privados, y en todo esto juzga y denomina justa y buena a la acción que conserve y corrobore ese estado y prudencia al conocimiento que la presida y acción injusta, en cambio, a la que destruya esa disposición de cosas e ignorancia a la opinión que la rija.

—Verdad pura es, Sócrates, lo que dices —observó.

—Bien —repliqué—; creo que no se diría que mentíamos si afirmáramos que habíamos descubierto al hombre jus­to y a la ciudad justa y la justicia que en ellos hay.

—No, de cierto, por Zeus —dijo.

—¿Lo afirmaremos, pues?

—Lo afirmaremos.

XVIII. —Bien —dije—, después de esto creo que hemos de examinar la injusticia.

—Claro está.

—¿No será necesariamente una sedición de aquellos tres elementos, su empleo en actividades diversas y ajenas y la sublevación de una parte contra el alma toda para gober­nar en ella sin pertenecerle el mando, antes bien, siendo esas partes tales por su naturaleza que a la una le convenga estar sometida y a la otra no, por ser especie regidora? Algo así diríamos, creo yo, y añadiríamos que la perturba­ción y extravío de estas especies es injusticia e indisciplina y vileza e ignorancia, y, en suma, total perversidad.

—Eso precisamente —dijo.

—Así, pues —dije yo—, el hacer cosas injustas, el violar la justicia e igualmente el obrar conforme a ella ¿son cosas todas que ahora distinguimos ya con claridad si es que hemos distinguido la injusticia y la justicia?

—¿Cómo es ello?

—Porque en realidad —dije— en nada difieren de las co­sas sanas ni de las enfermizas, ellas en el alma como éstas en el cuerpo.

—¿De qué modo? —preguntó.

—Las cosas sanas producen salud, creo yo; las enfermi­zas, enfermedad.

—Sí.

—¿Y el hacer cosas justas no produce justicia y el obrar injustamente injusticia?

—Por fuerza.

—Y el producir salud es disponer los elementos que hay en el cuerpo de modo que dominen o sean domina­dos entre sí conforme a naturaleza; y el producir enfer­medad es hacer que se manden u obedezcan unos a otros contra naturaleza.

—Así es.

—¿Y el producir justicia —dije— no es disponer los ele­mentos del alma para que dominen o sean dominados entre sí conforme a naturaleza; y el producir injusticia, el hacer que se manden u obedezcan unos a otros contra naturaleza?

—Exactamente —replicó.

—Así, pues, según se ve, la virtud será una cierta salud, belleza y bienestar del alma; y el vicio, enfermedad, feal­dad y flaqueza de la misma.

—Así es.

—¿Y no es cierto que las buenas prácticas llevan a la consecución de la virtud y las vergonzosas a la del vi­cio?

—Por fuerza.

XIX. —Ahora nos queda, según parece, investigar si con­viene obrar justamente, portarse bien y ser justo, pase o no inadvertido el que tal haga, o cometer injusticia y ser injusto con tal de no pagar la pena y verse reducido a me­jorar por el castigo.

—Pues a mí, ¡oh, Sócrates! —dijo—, me parece ridícula esa investigación si resulta que, creyendo, como creemos, que no se puede vivir una vez trastornada y destruida la naturaleza del cuerpo, aunque se tengan todos los ali­mentos y bebidas y toda clase de riquezas y poder, se va a poder vivir cuando se trastorna y pervierte la naturaleza de aquello por lo que vivimos, haciendo el hombre cuanto le venga en gana excepto lo que le puede llevar a escapar del vicio y a conseguir la justicia y la virtud. Esto suponiendo que una y otra se revelen tales como noso­tros hemos referido.

—Ridículo de cierto —dije—, pero, de todos modos, puesto que hemos llegado a punto en que podemos ver con la máxima claridad que esto es así, no hemos de re­nunciar a ello por cansancio.

—No, en modo alguno, por Zeus —replicó—; no hay que renunciar.

—Atiende aquí, pues —dije—, para que veas cuántas son las especies que, a mi parecer, tiene el vicio: por lo menos las más dignas de consideración.

—Te sigo atentamente —repuso él—. Ve diciendo.

—Pues bien —dije—, ya que hemos subido a estas alturas de la discusión, se me muestra como desde una atalaya que hay una sola especie de virtud e innumerables de vi­cio; bien que de estas últimas son cuatro las más dignas de mencionarse.

—¿Cómo lo entiendes? —preguntó.

—Cuantos son los modos de gobierno con forma pro­pia —dije—, tantos parece que son los modos del alma.

—¿Cuántos?

—Cinco —contesté—, los de gobierno; cinco, los del alma.

—Dime cuáles son —dijo.

—Afirmo —dije— que una manera de gobierno es aque­lla de que nosotros hemos discurrido, la cual puede reci­bir dos denominaciones; cuando un hombre solo se dis­tingue entre los gobernantes, se llamará reino, y cuando son muchos, aristocracia.

—Verdad es —dijo.

—A esto lo declaro como una sola especie —observé—; porque, ya sean muchos, ya uno solo, nadie tocará a las leyes importantes de la ciudad si se atiene a la crianza y educación que hemos referido.

—No es creíble —contestó.

V

I. —Tal es, pues, la clase de ciudad y de constitución que yo califico de buena y recta y tal la clase de hombre; ahora bien, si éste es bueno, serán malos yviciosos los demás ti­pos de organización política o de disposición del carác­ter de las almas individuales, pudiendo esta su maldad revestir cuatro formas distintas.

—¿Cuáles son esas formas? —preguntó.

Y yo iba a enumerarlas una por una, según el orden en que me parecían nacer unas de otras, cuando Polemarco, que estaba sentado algo lejos de Adimanto, extendió el brazo, y cogiéndole de la parte superior del manto, por junto al hombro, lo atrajo a sí e, inclinado hacia él, le dijo al oído unas palabras de las que no pudimos entender más que lo siguiente: —¿Lo dejamos entonces o qué hace­mos?

—De ningún modo —respondió Adimanto hablando ya en voz alta.

Entonces yo: —¿Qué es eso —pregunté— que no vais a dejar vosotros?

—A ti —contestó.

—Pero ¿por qué razón? —pregunté.

—Nos parece —contestó— que flaqueas e intentas sus­traer y no tratar todo un aspecto y no el menos impor­tante, de la cuestión: crees, por lo visto, que no adverti­mos cuán a la ligera lo has tocado, diciendo, en lo relativo a mujeres e hijos, que nadie ignora cómo las cosas de los amigos han de ser comunes —¿Y no estoy en lo cierto, Adimanto? —dije.

—Sí —respondió—. Pero esa certidumbre necesita tam­bién, como lo demás, de alguna aclaración que nos mues­tre en qué consiste tal comunidad. Pues ésta puede ser de muchas maneras. No pases por alto, pues, aquella a la cual tú te refieres; porque, en lo que a nosotros respecta, hace ya tiempo que venimos esperando y pensando que ibas a decir algo sobre cómo será la procreación de descendien­tes, la educación de éstos una vez nacidos y, en una pala­bra, esa comunidad de mujeres e hijos que dices. Consi­deramos, en efecto, que es grande, mejor dicho, capital la importancia de que en una sociedad vaya esto bien o mal. Por eso, viendo que pasas a otro tipo de constitución sin haber definido suficientemente este punto, hemos decidi­do, como acabas de oír, no dejarte mientras no hayas tra­tado todo esto del mismo modo que lo demás.

—Pues bien —dijo Glaucón—, consideradme también a mí como votante de ese acuerdo.

—No lo dudes —dijo Trasímaco—; ten entendido, Sócra­tes, que esta nuestra decisión es unánime.

II. —¡Qué acción la vuestra —exclamé— al echaros de ese modo sobre mí! ¡Qué discusión volvéis a promover, como en un principio, acerca de la ciudad! Yo estaba tan conten­to por haber salido ya de este punto y me alegraba de que lo hubieseis dejado pasar aceptando mis palabras de en­tonces; y ahora queréis volver a él sin saber qué enjambre de cuestiones levantáis con ello. Yo sí que lo preveía y por eso lo di de lado entonces, para que no nos diera tanto quehacer.

—¿Pues qué? —dijo Trasímaco—. ¿Crees que éstos han venido aquí a fundir oro o a escuchar una discusión?

—Sí —asentí—, una discusión mesurada.

—Pero para las personas sensatas —dijo Glaucón—, no hay, Sócrates, otra medida que limite la audición de tales debates sino la vida entera. No te preocupes, pues, por nosotros; y en cuanto a ti, en modo alguno desistas de decir lo que te parece sobre las preguntas que te hacemos: explica qué clase de comunidad se establecerá entre nuestros guardianes, por lo que toca a sus mujeres e hi­jos, y cómo se criará a éstos mientras sean aún pequeños, en el período intermedio entre el nacimiento y el comien­zo de la educación, durante el cual parece ser más peno­sa que nunca su crianza. Intenta, pues, mostrarnos de qué manera es preciso que ésta se desarrolle.

—No es tan fácil, bendito Glaucón —dije—, el exponerlo, pues ha de provocar muchas más dudas todavía que lo discutido antes. Porque o no se considerará tal vez reali­zable lo expuesto, o bien, aun admitiéndolo como perfectamente, viable, se dudará de su bondad. Por lo cual me da cierto reparo tocar estas cosas, no sea, mi querido ami­go, que parezca cuanto digo una aspiración quimérica.

—Nada temas —dijo—. Pues no son ignorantes, incrédu­los ni malévolos quienes te van a escuchar.

Entonces pregunté yo: —¿Acaso hablas así, mi buen amigo, porque quieres animarme?

—Sí por cierto —asintió.

—Pues bien —repliqué—, consigues todo lo contrario. Porque, si tuviera yo fe en la certeza de lo que digo, esta­rían bien tus palabras de estímulo. Pues puede sentirse seguro y confiado quien habla, conociendo la verdad acerca de los temas más grandes y queridos, ante un au­ditorio amistoso e inteligente; ahora bien, quien diserta sobre algo acerca de lo cual duda e investiga todavía, ése se halla en posición peligrosa y resbaladiza, como lo es ahora la mía, no porque recele provocar vuestras risas —eso sería ciertamente pueril—, sino porque temo que, no acertando con la verdad, no sólo venga yo a dar en tierra, sino arrastre tras de mí a mis amigos y eso en las cuestio­nes en que más cuidadosamente hay que evitar un mal paso. Y suplico a Adrastea, ¡oh, Glaucón!, que me per­done por lo que voy a decir: considero menos grave ma­tar involuntariamente a una persona que engañarla en lo relativo a la nobleza, bondad y justicia de las institucio­nes. Si ha de exponerse uno a este peligro, es mejor hacer­ lo entre enemigos que entre amigos; de modo que no ha— b ces bien en animarme.

Entonces se echó a reír Glaucón y dijo: —Pues bien, Só­crates, si algún daño nos causan tus palabras, desde ahora te absolvemos, como en caso de homicidio, y te decla­ramos limpio de engaño con respecto a nosotros. Habla, pues, sin miedo.

—Realmente —dije—, el absuelto queda en casos tales limpio según la ley. Es natural, por tanto, que ocurra aquí lo mismo que allí.

—Buena razón —dijo— para que hables.

—Es necesario, pues —comencé—, que volvamos ahora atrás para decir lo que tal vez debíamos haber dicho an­tes, en su lugar correspondiente; aunque, después de todo, quizá no resulte tampoco improcedente que, una vez terminada por completo la representación masculi­na, comience, sobre todo ya que tanto insistes, la feme­nina.

III. Para hombres configurados por naturaleza y educa­ción como hemos descrito no hay, creo yo, otras rectas normas de posesión y trato de sus hijos y mujeres que el seguir por el camino en que los colocamos desde un principio. Ahora bien, en nuestra ficción emprendimos, según creo, el constituir a los hombres en algo así como guardianes de un rebaño.

—Sí.

—Pues bien, sigamos del mismo modo: démosles ge­neración y crianza semejantes y examinemos si nos con­viene o no.

—¿Cómo? —preguntó.

—Del modo siguiente. ¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto con ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajara y tienen todo el cuidado de los rebaños?

—Harán todo, en común —dijo—; sólo que tratamos a las unas como a más débiles y a los otros como a más fuertes.

—¿Y es posible —dije yo— emplear a un animal en las mismas tareas si no le das también la misma crianza y educación?

—No es posible.

—Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que a los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.

—Sí.

—Ahora bien, a aquéllos les fueron asignadas la música y la gimnástica.

—Sí.

—Por consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera.

—Así resulta de lo que dices —replicó.

—Pero quizá mucho de lo que ahora se expone —dije­— parecería ridículo, por insólito, si llegara a hacerse como decimos.

—Efectivamente —dijo.

—¿Y qué es lo más risible que ves en ello? —pregunté yo—. ¿No será, evidentemente, el espectáculo de las muje­res ejercitándose desnudas en las palestras junto con los hombres, y no sólo las jóvenes, sino también hasta las an­cianas, como esos viejos que, aunque estén arrugados y su aspecto no sea agradable, gustan de hacer ejercicio en los gimnasios?

—¡Sí, por Zeus! —exclamó—. Parecería ridículo, al me­nos en nuestros tiempos.

—Pues bien —dije—, una vez que nos hemos puesto a ha­blar, no debemos retroceder ante las chanzas de los gra­ciosos por muchas y grandes cosas que digan de seme­jante innovación aplicada a la gimnástica, a la música y no menos al manejo de las armas yla monta de caballos.

—Tienes razón —dijo.

—Al contrario, ya que hemos comenzado a hablar, hay que marchar en derechura hacia lo más escarpado de nuestras normas, y rogar a ésos que, dejando su oficio, se pongan serios y recordarles que no hace mucho tiempo les parecía a los griegos vergonzoso y ridículo lo que aho­ra se lo parece a la mayoría de los bárbaros, el dejarse ver desnudos los hombres, y que, cuando comenzaron los cretenses a usar de los gimnasios y les siguieron los lacedemonios,los guasones de entonces tuvieron en todo esto materia para sus sátiras. ¿No crees?

—Sí por cierto.

—Pero cuando la experiencia, me imagino yo, les de­mostró que era mejor desnudarse que cubrir todas esas partes, entonces lo ridículo que veían los ojos se disipó ante lo que la razón designaba como más conveniente; y esto demostró que es necio quien considera risible otra cosa que el mal o quien se dedica a hacer reír contem­plando otro cualquier espectáculo que no sea el de la es­tupidez y la maldad o el que, en cambio, propone a sus actividades serias otro objetivo distinto del bien.

—Absolutamente cierto —dijo.

IV —¿No será, pues, esto lo primero que habremos de de­cidir con respecto a tales cosas, si son factibles o no, y no concederemos controversia a quien, en broma o en serio, quiera discutir si las hembras humanas son capaces por naturaleza de compartir todas las tareas del sexo mascu­lino o ni una sola de ellas, o si pueden realizar unas sí y otras no, y a cuál de estas dos clases pertenecen las ocu­paciones militares citadas? ¿Acaso no es éste el mejor co­mienzo, partiendo del cual es natural que lleguemos al más feliz término?

—Desde luego —dijo.

—¿Quieres, pues —pregunté—, que discutamos con no­sotros mismos en nombre de esos otros para que la parte contraria no se halle sin defensores ante nuestro ataque?

—Nada hay que lo impida —dijo.

—Digamos, pues, en su nombre: «Sócrates y Glaucón, ninguna falta hace que vengan otros a contradeciros. Pues fuisteis vosotros mismos quienes, cuando empezabais a establecerla ciudad que habéis fundado, convinisteis en la necesidad de que cada cual ejerciera, como suyo pro­pio, un solo oficio, el que su naturaleza le dictara».

—Lo reconocimos, creo yo; ¿cómo no?

—«¿Y puede negarse que la naturaleza de la mujer di­fiere enormemente de la del hombre?»

—¿Cómo negar que difiere?

—«¿No serán, pues, también distintas las labores, con­formes a la naturaleza de cada sexo, que se debe prescri­bir a uno y otro?»

—¿Cómo no?

—«Entonces, ¿no erráis ahora y caéis en contradicción con vosotros mismos al afirmar, en contrario, la necesi­dad de que hombres y mujeres hagan lo mismo, yeso te­niendo naturalezas sumamente dispares?» ¿Tienes algo que oponer a esto, mi inteligente amigo?

—Así, de momento —respondió —, no es muy fácil. Pero te suplicaré, te suplico ya mismo, que des también voz a nuestra argumentación cualquiera que ésta sea.

—He aquí, Glaucón —dije—, una dificultad que, con otras muchas semejantes, preveía yo hace tiempo; de ahí mi temor y el no atreverme a tocar las normas sobre la manera de adquirir y tener mujeres e hijos.

—No, ¡por Zeus! —dijo—, no parece cosa fácil.

—No lo es —dije—. Pero ocurre que una persona no se echa menos a nadar si ha caído en el centro del más gran­de piélago que si en una pequeña piscina.

—En efecto.

—Pues bien, también nosotros tenemos que nadar e intentar salir con bien de la discusión esperando que tal vez nos recoja un delfín o sobrevenga cualquier otra salvación milagrosa.

—Así parece —dijo.

—¡Ea, pues! —exclamé—. A ver si por alguna parte en­contramos la salida. Convinimos, por lo visto, en que cada naturaleza debe dedicarse a un trabajo distinto y en que las de hombres y mujeres son diferentes, y, sin em­bargo, ahora decimos que estas naturalezas distintas han de tener las mismas ocupaciones. ¿Es eso lo que nos re­procháis?

—Exactamente.

—¡Cuán grande es, oh, Glaucón —dije—, el poder del arte de la contradicción!

—¿Por qué?

—Porque —seguí— me parecen ser muchos los que, aun contra su voluntad, van a dar en ella creyendo que lo que hacen no es contender, sino discutir; porque no son ca­paces de considerar las cuestiones estableciendo distin­ciones en ellas, sino que se atienen únicamente a las pala­bras en su búsqueda de argumentos contra lo expuesto, y así es pendencia, no discusión común la que entablan.

—En efecto —dijo—, a muchos les ocurre así. Pero ¿es ello aplicable a nosotros en este momento? —Completamente —dije—. En efecto, nos vemos en pe­ligro de caer inconscientemente en la contradicción.

—¿Cómo?

—Porque nos atenemos sólo a las palabras para soste­ner denodadamente y por vía de disputa que las natura­lezas que no son las mismas no deben dedicarse a las mis­mas ocupaciones y no consideramos en modo alguno de qué clase era y a qué afectaba la diversidad o identidad de naturalezas que definíamos al atribuir ocupaciones diferentes a naturalezas diferentes y las mismas ocupa­ciones a las mismas naturalezas.

—En efecto —dijo—, no lo tuvimos en cuenta.

—Pues bien —dije—, podemos, según parece, pregun­tarnos a nosotros mismos si los calvos y los peludos tie­nen la misma u opuesta naturaleza y, una vez que con­vengamos en que es opuesta, prohibir, si los calvos son zapateros, que lo sean los peludos, y si lo son los peludos, que lo sean los otros.

—Ridículo sería ciertamente —dijo.

—¿Y será acaso ridículo por otra razón —dije— sino porque entonces no considerábamos de manera absoluta la identidad y diversidad de naturalezas, sino que única­mente poníamos atención en aquella especie de diversi­dad y similitud que atañía a las ocupaciones en sí? Que­ríamos decir, por ejemplo, que un hombre y otro hombre de almas dotadas para la medicina tienen la misma natu­raleza. ¿No crees?

—Sí por cierto.

—¿Y el médico y el carpintero tienen naturalezas dis­tintas?

—En absoluto.

V —Por consiguiente —dije—, del mismo modo, si los se­xos de los hombres y de las mujeres se nos muestran so­bresalientes en relación con su aptitud para algún arte u otra ocupación, reconoceremos que es necesario asignar a cada cual las suyas. Pero si aparece que solamente difie­ren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa demostrada que la mujer difiera del hombre en relación con aquello de que hablábamos; antes bien, seguiremos pensando que es necesario que nuestros guardianes y sus mujeres se dediquen a las mismas ocupaciones.

—Y con razón —dijo.

—Pues bien, ¿no rogaremos después al contradictor que nos enseñe en relación con cuál de las artes o menes­teres propios de la organización cívica no son iguales, sino diferentes las naturalezas de mujeres y hombres?

—Justo es hacerlo.

—Pues bien, quizá respondería algún otro, como tú de­cías hace poco, que no es fácil dar respuesta satisfacto­ria de improviso, pero no es nada dificil hacerlo después de alguna reflexión.

—Sí, lo diría.

—¿Quieres, pues, que a quien de tal modo nos contra­diga le invitemos a seguir nuestro razonamiento por si acaso le demostramos que no existe ninguna ocupación relacionada con la administración de la ciudad que sea peculiar de la mujer?

—Desde luego: —«¡Ea, pues —le diremos—, responde! ¿No decías acaso que hay quien está bien dotado con respecto a algo y hay quien no lo está, en cuanto aquél aprende las cosas fácil­mente y éste con dificultad? ¿Y que al uno le bastan unas ligeras enseñanzas para ser capaz de descubrir mucho más de lo que ha aprendido, mientras el otro no puede ni retener lo que aprendió en largos tiempos de estudio y ejercicio? ¿Y que en el primero las fuerzas corporales sir­ven eficazmente a la inteligencia, mientras en el segundo constituyen un obstáculo? ¿Son tal vez otro o éstos los ca­racteres por los cuales distinguías al que está bien dotado para cada labor y al que no?»

—Nadie —dijo— afirmará que sean otros.

—¿Y conoces algún oficio ejercido por seres humanos en el cual no aventaje en todos esos aspectos el sexo de los hombres al de las mujeres? ¿O vamos a extendernos ha­blando de la tejeduría y del cuidado de los pasteles y gui­sos, menesteres para los cuales parece valer algo el sexo femenino y en los que la derrota de éste sería cosa ridícu­d la cual ninguna otra?

—Tienes razón —dijo—; el un sexo es ampliamente aventajado por el otro en todos o casi todos los aspec­tos. Cierto que hay muchas mujeres que superan a mu­chos hombres en muchas cosas; pero en general ocurre como tú dices.

—Por tanto, querido amigo, no existe en el regimiento de la ciudad ninguna ocupación que sea propia de la mujer como tal mujer ni del varón como tal varón, sino que las do­tes naturales están diseminadas indistintamente en unos y otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por su natu­raleza a todas las labores y el hombre también a todas; úni­camente que la mujer es en todo más débil que el varón.

—Exactamente.

—¿Habremos, pues, de imponer todas las obligaciones a los varones y ninguna a las mujeres?

—¿Cómo hemos de hacerlo?

—Pero diremos, creo yo, que existen mujeres dotadas para la medicina y otras que no lo están; mujeres músicas y otras negadas por naturaleza para la música.

—¿Cómo no?

—¿Y no las hay acaso aptas para la gimnástica y la gue­rra y otras no belicosas ni aficionadas a la gimnástica?

—Así lo creo.

—¿Y qué? ¿Amantes y enemigas de la sabiduría? ¿Y unas fogosas y otras carentes de fogosidad?

—También las hay.

—Por tanto, existen también la mujer apta para ser guardiana y la que no lo es. ¿O no son ésas las cualidades por las que elegimos a los varones guardianes?

—Ésas, efectivamente.

—Así, pues, la mujer y el hombre tienen las mismas naturalezas en cuanto toca a la vigilancia de la ciu­dad, sólo que la de aquélla es más débil y la de éste más fuerte.

—Así parece.

VI. —Precisa, pues, que sean mujeres de esa clase las elegidas para cohabitar con los hombres de la misma clase y compartir la guarda con ellos, ya que son capaces de ha­cerlo y su naturaleza es afín a la de ellos.

—Desde luego.

—¿Y no es preciso atribuir los mismos cometidos a las mismas naturalezas?

—Los mismos.

—Henos, pues, tras un rodeo, en nuestra posición primera: convenimos en que no es antinatural asignar la música y la gimnástica a las mujeres de los guar­dianes.

—Absolutamente cierto.

—Vemos, pues, que no legislábamos en forma irreali­zable ni quimérica puesto que la ley que instituimos está de acuerdo con la naturaleza. Más bien es el sistema contrario, que hoy se practica, el que, según parece, re­sulta oponerse a ella.

—Así parece.

—Ahora bien, ¿no habíamos de examinar si lo que de­cíamos era factible y si era lo mejor?

—Sí.

—¿Estamos de acuerdo en que es factible?

—Sí.

—¿Y ahora nos falta dejar sentado que es lo mejor? —Claro.

—Pues bien; en cuanto a la formación de mujeres guar­dianas, ¿no habrá una educación que forme a nuestros hombres y otra distinta para las mujeres, sobre todo puesto que es la misma la naturaleza sobre la que una y otra actúan?

—No serán distintas.

—Ahora bien, ¿cuál es tu opinión sobre lo siguiente?

—¿Sobre qué?

—Sobre tu creencia de que hay unos hombres mejores y otros peores. ¿O los consideras a todos iguales?

—En modo alguno.

—Pues bien, ¿crees que, en la ciudad que hemos funda­do, hemos hecho mejores a los guardianes, que han reci­bido la educación antes descrita, o a los zapateros, educa­dos en el arte zapateril?

—¡Qué ridiculez preguntas! —exclamó.

—Comprendo —respondí—. ¿Y qué? ¿No son éstos los mejores de todos los ciudadanos?

—Con mucho.

—¿Y qué? ¿No serán estas mujeres las mejores de entre las de su sexo?

—También lo serán con mucho —dijo.

—¿Y existe cosa más ventajosa para una ciudad que el que haya en ella mujeres y hombres dotados de toda la excelencia posible?

—No la hay.

—¿Y esto lo lograrán la música y la gimnástica actuan­do del modo que nosotros describimos?

—¿Cómo no?

—De modo que no sólo era viable la institución que es­tablecimos, sino también la mejor para la ciudad.

—Así es.

—Deberán, pues, desnudarse las mujeres de los guar­dianes (porque, en vez de vestidos se cubrirán con su vir­tud) y tomarán parte tanto en la guerra como en las de­más tareas de vigilancia pública sin dedicarse a ningu­na otra cosa; sólo que las más llevaderas de estas labores serán asignadas más bien a las mujeres que a los hombres a causa de la debilidad de su sexo. En cuanto al hombre que se ría de las mujeres desnudas que se ejercitan con los más nobles fines, ése «recoge verde el fruto» de la risa y no sabe, según parece, ni de qué se ríe ni lo que hace; pues con toda razón se dice y se dirá siempre que lo útil es hermoso y lo nocivo es feo.

—Ciertamente.

VII. —¿Podemos, pues, afirmar que ésta es, por así decir­lo, la primera oleada que al hablar de la posición legal de las mujeres hemos sorteado, puesto que no sólo no he­mos sido totalmente engullidos por ella cuando estable­cíamos que todos los empleos han de ser ejercidos en co­mún por nuestros guardianes y guardianas, sino que la misma argumentación ha llegado en cierto modo a con­venir consigo misma en que cuanto sostiene es tan hace­dero como ventajoso?

—Efectivamente —dijo—, no era pequeña la ola de que has escapado.

—Pues no la tendrás por tan grande —dije— cuando veas la que viene tras ella.

—Habla, pues; véala yo —dijo.

—De éstas —comencé— y de las demás cosas antes di­chas se sigue, en mi opinión, esta ley.

—¿Cuál?

—Esas mujeres serán todas comunes para todos esos hombres y ninguna cohabitará privadamente con ningu­no de ellos; y los hijos serán asimismo comunes y ni el padre conocerá a su hijo ni el hijo a su padre.

—Eso —dijo— provocará mucha más incredulidad toda­vía que lo otro en cuanto a su viabilidad y excelencia.

—No creo —repliqué— que se dude de su utilidad ni de que sería el mayor de los bienes la comunidad de mujeres e hijos siempre que ésta fuera posible; lo que sí dará lugar, creo yo, a muchísimas discusiones, es el problema de si es realizable o no.

—Más bien serán ambos problemas —dijo— los que pro­voquen con razón muchos reparos.

—He aquí, según dices —respondí—, una coalición de argumentos. ¡Y yo que esperaba escapar por lo menos del uno de ellos, si tú convenías en que ello era beneficioso, y así sólo me quedaba el de si resultaría hacedero o no!

—Pues no pasó inadvertida tu escapatoria —dijo—; ten­drás que dar cuenta de los dos.

—Menester será —dije— sufrir mi castigo. Pero sólo te pido el siguiente favor: déjame que me obsequie con un festín como los que las personas de mente perezosa sue­len ofrecerse a sí mismos cuando pasean solas. En efecto, esta clase de gentes no esperan a saber de qué manera se realizará tal o cual cosa de las que desean, sino que, de­jando esa cuestión, para ahorrarse el trabajo de pensar en si ello será realizable o no, dan por sentado que tienen lo que desean y se divierten disponiendo lo demás y enu­merando lo que harán cuando se realice, con lo cual ha­cen aún más indolente el alma que ya de por sí lo era. He aquí, pues, que también yo flojeo y deseo aplazar para más tarde la cuestión de cómo ello es factible; por ahora, dando por supuesto que lo es, examinaré, si me lo permi­tes, el cómo lo regularán los gobernantes cuando se reali­ce y mostraré que no habría cosa más beneficiosa para la ciudad y los guardianes que esta práctica. Eso es lo que ante todo intentaré investigar juntamente contigo; y lue­go lo otro, si consientes en ello.

—Sí que consiento —dijo—; ve, pues, investigando.

—Pues bien; creo yo —dije— que, si son los gobernantes dignos de ese nombre, e igualmente sus auxiliares, esta­rán dispuestos los unos a hacer lo que se les mande y los otros a ordenar obedeciendo también ellos a las leyes o bien siguiendo el espíritu de ellas en cuantos aspectos les confiemos.

—Es natural —dijo.

—Entonces, tú, su legislador —dije—, elegirás las muje­res del mismo modo que elegiste los varones y les entre­garás aquellas cuya naturaleza se asemeje lo más posible a la de ellos. Y, como tendrán casas comunes y harán sus comidas en común, sin que nadie pueda poseer en par­ticular nada semejante, y estarán juntos y se mezclarán unos con otros tanto en los gimnasios como en los demás actos de su vida, una necesidad innata les impulsará, me figuro yo, a unirse los unos con los otros. ¿O no crees en esa necesidad de que hablo?

—No será una necesidad geométrica —dijo—, pero sí erótica, de aquellas que tal vez sean más pungentes que las geométricas y más capaces de seducir y arrastrar «grandes multitudes».

VIII. —En efecto —dije—. Mas sigamos adelante, Glaucón; en una ciudad de gentes felices no sería decoroso, ni lo permitirían los gobernantes, que se unieran promiscua­mente los unos con los otros o hicieran cualquier cosa se­mejante.

—No estaría bien —dijo.

—Es evidente, pues, que luego habremos de instituir matrimonios todo lo santos que podamos. Y serán más santos cuanto más beneficiosos.

—Muy cierto.

—Mas, ¿cómo producirán los mayores beneficios? Dime una cosa, Glaucón: veo que en tu casa hay perros cazadores y gran cantidad de aves de raza. ¿Acaso, por Zeus, no prestas atención a los apareamientos y crías de estos animales?

—¿Cómo? —preguntó.

—En primer lugar, ¿no hay entre ellos, aunque todos sean de buena raza, algunos que son o resultan mejores que los demás?

—Los hay.

—¿Y tú te procuras crías de todos indistintamente o te preocupas de que, en lo posible, nazcan de los mejores?

—De los mejores.

—¿Y qué? ¿De los más jóvenes o de los más viejos o de los que están en la flor de la edad?

—De los que están en la flor.

—Y, si no nacen en estas condiciones, ¿crees que dege­nerarán mucho las razas de tus aves y canes?

—Sí que lo creo —dijo.

—¿Y qué opinas —seguí— de los caballos y demás ani­males? ¿Ocurrirá algo distinto?

—Sería absurdo que ocurriera —dijo.

—¡Ay, querido amigo! —exclamé—. ¡Qué gran necesidad vamos a tener de excelsos gobernantes si también sucede lo mismo en la raza de los hombres!

—¡Pues claro que sucede! —dijo—. ¿Pero por qué?

—Porque serán muchas —dije— las drogas que por fuer­za habrán de usar. Cuando el cuerpo no necesita de reme­dios, sino que se presta a someterse a un régimen, consi­deramos, creo yo, que puede bastar incluso un médico mediano. Pero, cuando hay que recurrir también a las dro­gas, sabemos que hace falta un médico de más empuje. .

—Es verdad. ¿Pero a qué refieres eso?

—A lo siguiente —dije—: de la mentira y el engaño es po­sible que hayan de usar muchas veces nuestros gober­nantes por el bien de sus gobernados. Y decíamos, se­gún creo, que era en calidad de medicina como todas esas cosas resultaban útiles.

—Muy razonable —dijo.

—Pues bien, en lo relativo al matrimonio y la genera­ción parece que eso tan razonable resultará no poco im­portante.

—¿Por qué?

—De lo convenido se desprende —dije— la necesidad de que los mejores cohabiten con las mejores tantas veces como sea posible y los peores con las peores al contrario; y, si se quiere que el rebaño sea lo más excelente posible, habrá que criar la prole de los primeros, pero no la de los segundos. Todo esto ha de ocurrir sin que nadie lo sepa, excepto los gobernantes, si se desea también que el reba­ño de los guardianes permanezca lo más apartado posi­ble de toda discordia.

—Muy bien —dijo.

—Será, pues, preciso instituir fiestas en las cuales una­mos a las novias y novios y hacer sacrificios, y que nues­tros poetas compongan himnos adecuados a las bodas que se celebren. En cuanto al número de los matrimo­nios, lo dejaremos al arbitrio de los gobernantes, que, te­niendo en cuenta las guerras, epidemias y todos los acci­dentes similares, harán lo que puedan por mantener constante el número de los ciudadanos de modo que nuestra ciudad crezca o mengüe lo menos posible.

—Muy bien —dijo.

—Será, pues, necesario, creo yo, inventar un ingenioso sistema de sorteo, de modo que, en cada apareamiento, aquellos seres inferiores tengan que acusar a su mala suerte, pero no a los gobernantes.

—En efecto —dijo.

IX. —Y a aquellos de los jóvenes que se distingan en la guerra o en otra cosa, habrá que darles, supongo, entre otras recompensas y premios, el de una mayor libertad para yacer con las mujeres; lo cual será a la vez un buen pretexto para que de esta clase de hombres nazca la ma­yor cantidad posible de hijos.

—Bien.

—Y así, encargándose de los niños que vayan naciendo los organismos nombrados a este fin, que pueden com­ponerse de hombres o de mujeres o de gentes de ambos sexos, pues también los cargos serán accesibles, digo yo, tanto a las mujeres como a los hombres....

—Sí.

—Pues bien, tomarán, creo yo, a los hijos de los mejo­res y los llevarán a la inclusa, poniéndolos al cuidado de unas ayas que vivirán aparte, en cierto barrio de la ciu­dad, en cuanto a los de los seres inferiores —e igualmente si alguno de los otros nace lisiado—, los esconderán, como es debido, en un lugar secreto y oculto.

—Si se quiere —dijo— que la raza de los guardianes se mantenga pura...

—¿Y no serán también ellos quienes se ocupen de la crianza; llevarán a la inclusa a aquellas madres que ten­gan los pechos henchidos, pero procurando por todos los medios que ninguna conozca a su hijo; proporciona­rán otras mujeres que tengan leche, en el caso de que ellas no puedan hacerlo; se preocuparán de que las madres sólo amamanten durante un tiempo prudencial y, en cuanto a las noches en vela y demás fatigas, ésas las enco­mendarán a las nodrizas y ayas?

—¡Qué descansada maternidad —exclamó— tendrán, según tú, las mujeres de los guardianes!

—Así debe ser —dije—. Mas sigamos examinando lo que nos propusimos. Afirmamos la necesidad de que los hijos nazcan de padres que estén en la flor de la edad.

—Cierto.

—¿Estás, pues, de acuerdo en que el tiempo propio de dicha edad son unos veinte años en la mujer y unos trein­ta en el hombre?

—¿Qué años son ésos? —preguntó.

—Que la mujer —dije yo— dé hijos a la ciudad a partir de los veinte hasta los cuarenta años. Y en cuanto al hom­bre, una vez que haya pasado «de la máxima fogosidad en la carrera», que desde entonces engendre para la ciu­dad hasta los cincuenta y cinco años.

—En efecto —dijo—, ésa es la época de apogeo del cuer­po y de la mente en unos y otros.

—Así, pues, si alguno mayor de estas edades o menor de ellas se inmiscuye en las procreaciones públicas, consideraremos su falta como una impiedad y una iniquidad, pues el niño engendrado por el tal para la ciudad nacerá, si su concepción pasa inadvertida, no bajo los auspicios de los sacrificios y plegarias —con las que, en cada fiesta matrimonial, impetrarán las sacer­dotisas y sacerdotes y la ciudad entera que de padres buenos vayan naciendo hijos cada vez mejores y de ciu­dadanos útiles otros cada vez más útiles—, sino en la clandestinidad y como obra de una monstruosa incon­tinencia.

—Tienes razón —dijo.

—Y la ley será la misma —dije— en el caso de que alguien de los que todavía procrean toque a alguna de las mujeres casaderas sin que los aparee un gobernante. Pues declararemos como bastardo, ilegítimo y sacrílego al hijo que dé a la ciudad.

—Muy justo —dijo.

—Ahora bien, cuando las hembras y varones hayan pasado de la edad de procrear habrá que dejarles, supon­go yo, que cohabiten libremente con quien quieran, ex­cepto un hombre con su hija o su madre o las hijas de sus hijas o las ascendientes de su madre, o bien una mujer con su hijo o su padre o los descendientes de aquél o los ascendientes de éste; y ello sólo después de haberles ad­vertido que pongan sumo cuidado en que no vea siquie­ra la luz ni un solo feto de los que puedan ser concebidos, y que, si no pueden impedir que alguno nazca, dispon­gan de él en la inteligencia de que un hijo así no recibirá crianza.

—Está muy bien lo que dices —respondió—. ¿Pero cómo se conocerán unos a otros los padres e hijos y los demás parientes de que ahora hablabas?

—De ningún modo —dije—, sino que cada uno llamará a todos los varones e hijas a todas las hembras de aquellos niños que hayan nacido en el décimo mes, o bien en el séptimo, a partir del día en que él se haya casa­do; y ellos le llamarán a él padre. E igualmente llamará nietos a los descendientes de estos niños, por los cuales serán a su vez llamados abuelos y abuelas; y los nacidos en la época en que sus padres y madres engendraban se llamarán mutuamente hermanos y hermanas. De modo que, como decía hace un momento, no se tocarán los unos a los otros; pero, en cuanto a los hermanos y herma­nas, la ley permitirá que cohabiten si así lo determina el sorteo y lo ordena también la pitonisa.

—Muy bien —dijo.

X. —He aquí, ¡oh, Glaucón!, cómo será la comunidad de mujeres e hijos entre los guardianes de tu ciudad. Pero que esta comunidad esté de acuerdo con el resto de la constitución y sea el mejor con mucho de los sistemas, eso es lo que ahora es preciso que la argumentación nos confirme. ¿O de qué otro modo haremos?

—Como dices, por Zeus —asintió.

—Pues bien, ¿no será el primer paso para un acuerdo el preguntarnos a nosotros mismos qué es lo que podemos citar como el mayor bien para la organización de una ciu­dad, el cual debe proponerse como objetivo el legislador al dictar sus leyes, y cuál es el mayor mal, y luego investi­gar si lo que acabamos de detallar se nos adapta a las hue­llas del bien y resulta en desacuerdo con las del mal?

—Nada mejor —dijo.

—¿Tenemos, pues, mal mayor para una ciudad que aquello que la disgregue y haga de ella muchas en vez de una sola? ¿O bien mayor que aquello que la agrupe y aúne?

—No lo tenemos.

—Ahora bien, lo que une, ¿no es la comunidad de ale­grías y penas, cuando el mayor número posible de ciuda­danos goce y se aflija de manera parecida ante los mis­mos hechos felices o desgraciados?

—Desde luego —dijo.

—¿Y lo que desune no es la particularización de estos sentimientos, cuando los unos acojan con suma tristeza y los otros con suma alegría las mismas cosas ocurridas a la ciudad o a los que están en ella?

—¿Cómo no?

—¿Acaso no sucede algo así cuando los ciudadanos no pronuncian al unísono las palabras como «mío» y «no mío» y otras similares con respecto a lo ajeno?

—Absolutamente cierto.

—La ciudad en que haya más personas que digan del mismo modo y con respecto a lo mismo las palabras «mío» y «no mío», ¿ésa será la que tenga mejor gobierno?

—Con mucho.

—¿Y también la que se parezca lo más posible a un solo hombre? Cuando, por ejemplo, recibe un golpe un dedo de alguno de nosotros, toda la comunidad corporal que, mirando hacia el alma, se organiza en la unidad del ele­mento rector de ésta, toda ella siente y toda ella sufre a un tiempo y en su totalidad al sufrir una de sus partes; y así decimos que el hombre tiene dolor en un dedo. ¿Se puede decir lo mismo acerca de cualquier otra parte de las del hombre, de su dolor cuando sufre un miembro y su pla­cer cuando deja de sufrir?

—Lo mismo —dijo—. Mas, volviendo aloque preguntas, la ciudad mejor regida es la que vive del modo más pare­cido posible a un ser semejante.

—Supongo, pues, que, cuando a uno solo de los ciuda­danos le suceda cualquier cosa buena o mala, una tal ciu­dad reconocerá en gran manera como parte suya a aquel a quien le sucede y compartirá toda ella su alegría o su pena.

—Es forzoso —dijo—, al menos si está bien regida.

XI. —Hora es ya —dije— de que volvamos a nuestra ciudad y examinemos si las conclusiones de la discusión se apli­can a ella más que a ninguna o si hay alguna otra a que se apliquen mejor.

—Así hay que hacerlo —dijo.

—¿Pues qué? ¿Existen también gobernantes y pueblo en las demás ciudades como los hay en ésta?

—Existen.

—Y el nombre de conciudadanos ¿se lo darán todos ellos los unos a los otros?

—¿Cómo no?

—Pero, además de llamarlos conciudadanos, ¿cómo llama el pueblo de las demás a los gobernantes?

—En la mayor parte de ellas, señores, y en las regidas democráticamente se les da ese mismo nombre, el de go­bernantes.

—¿Y el pueblo de nuestra ciudad? Además de llamarles conciudadanos, ¿qué dirá que son los gobernantes?

—Salvadores y protectores —dijo.

—¿Y cómo llamarán ellos a los del pueblo?

—Pagadores de salario y sustentadores.

—¿Cómo llaman a los del pueblo los gobernantes de otras?

—Siervos —dijo.

—¿Y unos gobernantes a otros?

—Colegas de gobierno —dijo.

—¿Y los nuestros?

—Compañeros de guarda.

—¿Puedes decirme, acerca de los gobernantes de otras ciudades, si hay quien pueda hablar de tal de sus colegas como de un amigo y de tal otro como de un ex­traño?

—Los hay, y muchos.

—¿Y así al amigo le considera y cita como a alguien que es suyo y al extraño como a quien no lo es?

—Sí.

—¿Y tus guardianes? ¿Habrá entre ellos quien pueda considerar o hablar de alguno de sus compañeros de guarda como de un extraño?

—De ninguna manera —dijo—. Porque, cualquiera que sea aquél con quien se encuentre, habrá de considerar que se encuentra con su hermano o hermana o con su pa­dre o madre o con su hijo o hija o bien con los descen­dientes o ascendientes de éstos.

—Muy bien hablas —dije—; pero dime ahora también esto otro; ¿te limitarás, acaso, a prescribirles el uso de los nombres de parentesco o bien les impondrás que actúen en todo de acuerdo con ellos, cumpliendo, con relación a sus padres, cuanto ordena la ley acerca del respeto y cui­dado a ellos debido y de la necesidad de que uno sea es­clavo de sus progenitores sin que en otro caso les espere ningún beneficio por parte de dioses ni hombres, porque no sería piadoso ni justo su comportamiento si obraran de manera distinta a lo ordenado? ¿Serán tales o distintas las máximas que todos los ciudadanos deben hacer que resuenen constantemente y desde muy pronto en los oí­dos de los niños, máximas relativas al trato con aquellos que les sean presentados como padres u otros parientes?

—Tales —dijo—. Sería, en efecto, ridículo que se limita­ran a pronunciar de boca los nombres de parentesco sin comportarse de acuerdo con ellos.

—Esta será, pues, la ciudad en que más al unísono se repita, ante las venturas o desdichas de uno solo, aquella frase de que hace poco hablábamos, la de «mis cosas van bien» o «mis cosas van mal».

—Gran verdad —dijo.

—¿Y a este modo de pensar y de hablar no dijimos que le seguía la comunidad de goces y penas?

—Con razón lo dijimos.

—¿Y no participarían nuestros ciudadanos, más que los de ninguna otra parte, de algo común a lo que llamará cada cual «lo mío»? Y al participar así de ello; ¿no ten­drán una máxima comunidad de penas y alegrías?

—Muy cierto.

—¿Y no será la causa de ello, además de nuestra restan­te organización, la comunidad de mujeres e hijos entre los guardianes?

—Desde luego que sí —dijo.

XII. —Por otra parte, hemos reconocido que éste es el su­premo bien de la ciudad al comparar a ésta, cuando está bien constituida, con un cuerpo que participa del placer y del dolor de uno de sus miembros.

—Y con razón lo reconocimos —dijo.

—Así, pues, la comunidad de hijos y de mujeres en los auxiliares se nos aparece como motivo del mayor bien en la ciudad.

—Bien de cierto —dijo.

—Y también quedamos conformes en los otros aser­tos que precedieron a éstos: decíamos, en efecto, que ta­les hombres no debían tener casa ni tierra ni posesión al­guna propia, sino que, tomando de los demás su sustento como pago de su vigilancia, tienen que hacer sus gastos en común si han de ser verdaderos guardianes.

—Es razonable —observó.

—Por tanto, como voy diciendo, lo antes prescrito y lo enunciado ahora, ¿no los perfeccionará más todavía como verdaderos guardianes, y no tendrá por efecto que no desgarren la ciudad, como lo harían llamando «mío» no a la misma cosa, sino cada cual a una distinta, arram­blando el uno para su casa y el otro para la suya, que no es la misma, con lo que pueda conseguir sin contar con los demás, dando nombres de mujeres e hijos cada uno a personas diferentes y procurándose en su independencia placeres y dolores propios, sino que, con un mismo pen­sar sobre los asuntos domésticos, dirigidos todos a un mismo fin, tendrán, hasta donde sea posible, los mismos placeres y dolores?

—Enteramente —dijo.

—¿Y qué más? ¿No podrían darse por desaparecidos entre ellos los procesos y acusaciones mutuas, por no poseer cosa alguna propia, sino el cuerpo, y ser todo lo demás común, de donde resulta que no ha de haber entre ellos ninguna de aquellas reyertas que los hombres tie­nen por la posesión de las riquezas, por los hijos o por los allegados?

—Por fuerza —dijo— han de estar libres de ellas.

—Y, asimismo, tampoco habrá razón para que existan entre ellos procesos por violencias ni ultrajes; porque, si hemos de imponerles la obligación de guardar su cuerpo, tenemos que afirmar que será bueno y justo que se de­fiendan de los de su misma edad.

—Exactamente —dijo.

—Y también —añadí— es razonable esta regla: si alguien se encoleriza con otro, una vez que satisfaga en él su cóle­ra no tendrá que promover mayores disensiones.

—Bien seguro.

—Y se ordenará que el más anciano mande y corrija a todos los más jóvenes.

—Es claro.

—Y, como es natural, el más joven, a menos que los go­bernantes se lo manden, no intentará golpear al más an­ciano ni infligirle ninguna otra violencia, ni creo que lo ultrajará tampoco en modo alguno, pues hay dos guar­dianes bastantes a detenerle, el temor y el respeto: el res­peto, que les impedirá tocarlos, como si fueran sus pro­genitores, y el miedo de que los demás les socorran en su aflicción, los unos como hijos, los otros como hermanos, los otros como padres.

—Así ocurre, en efecto —dijo.

—¿De ese modo, estos hombres guardarán entre sí una paz completa basada en las leyes?

—Paz grande, de cierto.

—Suprimidas, pues, las reyertas recíprocas, no habrá miedo de que el resto de la ciudad se aparte sediciosa­mente de ellos o se divida contra sí misma.

—No, de ningún modo.

—Y, por estar fuera de lugar, dejo de decir aquellos ma­les menudos de que se verían libres, pues no tendrán en su pobreza que adular a los ricos; no sentirán los apuros y pesadumbres que suelen traer la educación de los hijos y la necesidad de conseguir dinero para el indispensable sustento de los domésticos, ya pidiendo prestado, ya ne­gando la deuda, ya buscando de donde sea recursos para entregarlos a mujeres o siervos y confiarles la adminis­tración; y, en fin, todas las cosas amigo, que hay que pa­sar en ello y que son manifiestas, lamentables e indignas de ser referidas.

XIII. —Claro es eso hasta para un ciego —dijo.

—De todo ello se verán libres y llevarán una vida más dichosa que la misma felicísima que llevan los vencedo­res de Olimpia.

—¿Cómo?

—Porque aquéllos tienen una parte de felicidad menor de la que a éstos se alcanza: la victoria de éstos es más hermosa y el sustento que les da el pueblo, más completo. Su victoria es la salvación del pueblo entero y obtienen por corona, tanto ellos como sus hijos, todo el sustento que su vida necesita: reciben en vida galardones de su propia patria y al morir se les da condigna sepultura.

—Todo eso es bien hermoso —dijo.

—¿Y no recuerdas —pregunté— que en nuestra anterior discusión nos salió no sé quién con la objeción de que no hacíamos felices a los guardianes, puesto que, siéndoles posible tener todos los bienes de los ciudadanos, no te­nían nada? ¿Y que contestamos entonces que, si se pre­sentaba la ocasión, examinaríamos el asunto, pero de momento nos contentábamos con hacer a los guardianes verdaderos guardianes y a la ciudad lo más feliz posible sin tratar de hacer dichoso a un linaje determinado de ella con la vista puesta exclusivamente en él?

—Me acuerdo—dijo.

—¿Y qué? Puesto que la vida de esos auxiliares se nos muestra mucho más hermosa y mejor que la de los ven­cedores olímpicos, ¿habrá riesgo de que se nos aparezca al nivel de la de los zapateros u otros artesanos o de la de los labriegos?

—No me parece —replicó.

—Y además debo repetir aquí lo que allá dije, que, si tratase el guardián de conseguir su felicidad de modo que dejara de ser guardián y no le bastase esta vida modera­da, segura y mejor que ninguna otra, según nosotros creemos, sino, viniéndole a las mientes una opinión in­sensata y pueril acerca de la felicidad, se lanzase a adue­ñarse, en virtud de su poder, de cuanto hay en la ciudad, vendría a conocer la real sabiduría de Hesíodo cuando dijo que la mitad es en ciertos casos más que el todo.

—De seguir mi consejo —dijo— permanecería en aque­lla primera manera de vivir.

—¿Convienes, pues —dije—, en la comunidad que, según decíamos, han de tener las mujeres con los hombres en lo relativo a la educación de los hijos y a la custodia de los otros ciudadanos y concedes que aquéllas, ya permane­ciendo en la ciudad, ya yendo a la guerra, deben participar de su vigilancia y cazar con ellos, como lo hacen los perros; han de tener completa comunidad en todo hasta donde sea posible y, obrando así, acertarán y no transgre­dirán la norma natural de la hembra en relación con el va­rón por la que ha de ser todo común entre uno y otra?

—Convengo en ello —dijo.

XIV —Así, pues —dije—, ¿lo que nos queda por examinar no es si esta comunidad es posible en los hombres, como en los otros animales, y hasta dónde lo sea?

—Te has adelantado a decir lo mismo de que iba yo a hablarte —dijo.

—En lo que toca a la guerra —observé— creo que está claro el modo en que han de hacerla.

—¿Cómo? —preguntó.

—Han de combatir en común y han de llevar asimismo a la guerra a todos los hijos que tengan crecidos, para que, como los de los demás artesanos, vean el trabajo que tienen que hacer cuando lleguen a la madurez; además de ver, han de servir y ayudar en todas las cosas de la guerra obedeciendo a sus padres y a sus madres. ¿No te das cuenta, en lo que toca a los oficios, de cómo los hijos de los alfareros están observando y ayudando durante largo tiempo antes de dedicarse a la alfarería?

—Bien de cierto.

—¿Y han de poner más empeño estos alfareros en edu­car a sus hijos que los guardianes a los suyos con la prác­tica y observación de lo que a su arte conviene?

—Sería ridículo —dijo.

—Por lo demás, todo ser vivo combate mejor cuando están presentes aquellos a quienes engendró.

—Desde luego; pero no es pequeño, ¡oh, Sócrates!, el pe­ligro de que los que caigan, como suele suceder en la gue­rra, además de llevar a sí mismos y a sus hijos a la muerte, dejen a su ciudad en la imposibilidad de reponerse.

—Verdad dices —repuse—; pero ¿juzgas, en primer lu­gar, que se ha de proveer a no correr nunca peligro algu­no?

—De ningún modo.

—¿Y qué? Si alguna vez se ha de correr peligro, ¿no será cuando con el éxito se salga mejorado?

—Claro está.

—¿Y te parece que es ventaja pequeña y desproporcio­nada al peligro el que vean las cosas de la guerra los niños que al llegar a hombres han de ser guerreros?

—No; antes bien, va mucho en ello conforme a lo que dices.

—Se ha de procurar, pues, hacer a los niños testigos de la guerra, pero también tratar de que tengan seguridad en ella y con esto todo irá bien ¿no es así?

—Sí.

—¿Y no han de ser sus padres —dije— expertos en cuan­to cabe humanamente y conocedores de las campañas que ofrecen riesgo y las que no?

—Es natural —dijo.

—Y así los llevarán a estas últimas y los apartarán de las primeras.

—Exacto.

—Y colocarán al frente de ellos como jefes —dije— no a gentes ineptas, sino a capitanes aptos por su experiencia y edad y propios para la dirección de los niños.

—Así procede.

—Pero se dirá que también ocurren muchas cosas con­tra lo que se ha previsto.

—Bien seguro.

—Por ello, amigo, hay que dar alas a los niños desde su primera infancia a fin de que, cuando sea preciso, se reti­ren en vuelo.

—¿Cómo lo entiendes? —preguntó.

—Han de cabalgar desde su primera edad —dije— y, una vez enseñados, han de ser conducidos a caballo apresen­ciar la guerra no ya en corceles fogosos y guerreros, sino en los más rápidos y dóciles que se puedan hallar. Esta es la mejor y más segura manera de que observen el trabajo que les atañe; y, si hace falta, se pondrán a salvo siguiendo a sus jefes de mayor edad.

—Entiendo —dijo— que tienes razón.

—¿Y qué se ha de decir —pregunté— de lo atañente a la guerra misma? ¿Cómo crees que se han de conducir los soldados entre sí y con sus enemigos? ¿Te parece bien mi opinión o no?

—Dime —replicó— cuál es ella.

—Aquel de entre ellos —dije— que abandone las filas o tire el escudo o haga cualquier otra cosa semejante, ¿no ha de ser convertido por su cobardía en artesano o labra­dor?

—Sin duda ninguna.

—Y el que caiga prisionero con vida en poder de los enemigos, ¿no ha de ser dejado como galardón a los que le han cogido para que hagan lo que quieran de su presa?

—Enteramente.

—Y aquel que se señale e ilustre por su valor, ¿te parece que primeramente debe ser coronado en la misma cam­paña por cada uno de los jóvenes y niños, sus camaradas de guerra? ¿O no?

—Sí, me parece.

—¿Y qué más? ¿Ser saludado por ellos?

—También.

—Pues esto otro que voy a decir —seguí— me parece que no vas a aprobarlo.

—¿Qué es ello?

—Que bese a cada uno de sus compañeros y sea a su vez besado por ellos.

—Lo apruebo más que ninguna otra cosa —dijo—. Y quiero agregar a la prescripción que, mientras estén en esa campaña, ninguno a quien él quiera besar pueda rehusarlo, a fin de que, si por caso está enamorado de al­guien, sea hombre o mujer, sienta más ardor en llevarse el galardón del valor.

—Perfectamente —observé—; y ya hemos dicho que el valiente tendrá a su disposición mayor número de bodas que los otros y se le elegirá con más frecuencia que a los demás para ellas a fin de que alcance la más numerosa descendencia.

—Así lo dijimos, en efecto —repuso.

XV —También en opinión de Homero es justo tributara estos jóvenes valerosos otra clase de honores; pues cuen­ta cómo a Ayante, que se había señalado en la guerra, «le honraron con un lomo enorme» en consideración a ser este premio a propósito para un guerrero joven y esforza­do, que con él, además de recibir honra, aumentaba su robustez.

—Exacto —dijo.

—Seguiremos, pues, en esto a Homero —dije—; y así, en los sacrificios y en todas las ocasiones semejantes honra­remos a los valientes, a medida que muestren ser tales, con himnos y estas otras cosas que ahora decimos y además «con asientos de honor y con carnes y copas reple­tas», a fin de honrar y robustecer al mismo tiempo a las personas de pro sean hombres o mujeres.

—Muy bien dicho —asintió.

—Bien; y a aquel que perezca gloriosamente entre los que mueren en la guerra, ¿no le declararemos primera­mente del linaje de oro?

—Por encima de todo.

—¿Y no creeremos a Hesíodo en aquello de que cuan­do mueren los de este linaje se hacen demones terrestres, benéficos, santos que a los hombres de voces bien articuladas custodien?

—Lo creeremos de cierto.

—¿Preguntaremos, pues, a la divinidad cómo se ha de enterrar y con qué distinción a estos hombres demónicos y divinos; y, como ella nos diga, así los enterraremos?

—¿Qué otra cosa cabe?

—¿Y en todo el tiempo posterior veneraremos y reve­renciaremos sus sepulcros como tumbas de tales demones? ¿Y las mismas cosas dispondremos para cuantos en vida hubieran sido tenidos por señaladamente valerosos yhubiesen muerto de vejez o de otro modo cualquiera?

—Es justo —afirmó.

—¿Y qué más? Con respecto a los enemigos, ¿cómo se comportarán nuestros soldados?

—¿En qué cosa?

—Lo primero, en lo que toca a hacer esclavos, ¿parece justo que las ciudades de Grecia hagan esclavos a los grie­gos o más bien deben imponerse en lo posible aun a las otras ciudades para que respeten la raza griega evitando así su propia esclavitud bajo los bárbaros?

—En absoluto —dijo—; importa mucho que la respeten.

—¿Y, por tanto, que no adquiramos nosotros ningún esclavo griego y que en el mismo sentido aconsejemos a los otros helenos?

—En un todo —repuso—; de ese modo se volverán más bien contralos bárbaros y dejarán en paz a los propios.

—¿Y qué más? ¿Es decoroso —dije yo— despojar, des­pués de la victoria, a los muertos de otra cosa que no sean sus armas? ¿No sirve ello de ocasión a los cobardes para no marchar contra el enemigo, como si al quedar agacha­dos sobre un cadáver estuvieran haciendo algo indispen­sable, y no han perecido muchos ejércitos con motivo de semejante depredación?

—Bien cierto.

—¿No ha de parecer villano y sórdido el despojo de un cadáver y propio asimismo de un ánimo enteco y mujeril el considerar como enemigo el cuerpo de un muerto cuando ya ha volado de él la enemistad y sólo ha queda­do el instrumento con que luchaba? ¿Crees, acaso, que éstos hacen otra cosa que lo que los perros que se enfu­recen contra las piedras que les lanzan sin tocar al que las arroja?

—Ni más ni menos —dijo.

—¿Hay, pues, que acabar con la depredación de los muertos y con la oposición a que se les entierre?

—Hay que acabar, por Zeus —contestó.

XVI. —Ni tampoco, creo yo, hemos de llevar a los tem­plos las armas para erigirlas allí, y mucho menos las de los griegos, si es que nos importa algo la benevolen­cia para con el resto de Grecia; más bien temeremos que el llevar allá tales despojos de nuestros allegados sea contaminar el templo, si ya no es que el dios dice otra cosa.

—Exacto —dijo.

—¿Y qué diremos de la devastación de la tierra heléni­ca y del incendio de sus casas? ¿Qué harán tus soldados en relación con sus enemigos?

—Oiría con gusto —dijo— tu opinión sobre ello.

—A mí me parece —dije— que no deben hacer ninguna de aquellas dos cosas, sino sólo quitarles y tomar para sí la cosecha del año. ¿Quieres que te diga la razón de ello?

—Bien de cierto.

—Creo que a los dos nombres de guerra y sedición corresponden dos realidades en las discordias que se dan en dos terrenos distintos: lo uno se da en lo domés­tico y allegado; lo otro, en lo ajeno y extraño. La enemis­tad en lo doméstico es llamada sedición; en lo ajeno, guerra.

—No hay nada descaminado en lo que dices —respon­dió.

—Mira también si es acertado esto otro que voy a decir: afirmo que la raza griega es allegada y pariente para con­sigo misma, pero ajena y extraña en relación con el mun­do bárbaro.

—Bien dicho —observó.

—Sostendremos, pues, que los griegos han de comba­tir con los bárbaros y los bárbaros con los griegos y que son enemigos por naturaleza unos de otros y que esta enemistad ha de llamarse guerra; pero, cuando los grie­gos hacen otro tanto con los griegos, diremos que siguen todos siendo amigos por naturaleza, que con ello la Gre­cia enferma y se divide y que esta enemistad ha de ser lla­mada sedición.

—Convengo contigo —dijo—; mi opinión es igual a la tuya.

Considera ahora —dije—, en la sedición tal como la he­mos reconocido en común, cuando ocurre lo dicho y la ciudad se divide y los unos talan los campos y queman las casas de los otros, cuán dañina aparece esta sedición y cuán poco amantes de su ciudad ambos bandos —pues de otra manera no se lanzarían a desgarrar así a su madre y criadora—, mientras que debía ser bastante para los ven­cedores el privar de sus frutos a los vencidos en la idea de que se han de reconciliar y no han de guerrear eterna­mente.

—Esa manera de pensar —dijo— es mucho mas propia de hombres civilizados que la otra.

—¿Y qué? —dije—. La ciudad que tú has de fundar, ¿no será una ciudad griega?

—Tiene que serlo —dijo.

—¿Sus ciudadanos no serán buenos y civilizados?

—Bien de cierto.

—¿Y amantes de Grecia? ¿No tendrán a ésta por cosa propia y no participarán en los mismos ritos religiosos que los otros griegos?

—Bien seguro, igualmente.

—Y así ¿no considerarán como sedición su discordia con otros griegos, sin llamarla guerra?

—No la llamarán, en efecto.

—¿Y no se portarán como personas que han de recon­ciliarse?

—Bien seguro.

—Los traerán, pues, benévolamente a razón sin casti­garlos con la esclavitud ni con la muerte, siendo para ellos verdaderos correctores y no enemigos.

—Así lo harán —dijo.

—De ese modo, por ser griegos, no talarán la Grecia ni incendiarán sus casas ni admitirán que en cada ciudad sean todos enemigos suyos, lo mismo hombres que mu­jeres que niños; sino que sólo hay unos pocos enemigos, los autores de la discordia. Y por todo ello ni querrán ta­lar su tierra, pensando que la mayoría son amigos, ni quemar sus moradas; antes bien, sólo llevarán la reyerta hasta el punto en que los culpables sean obligados a pa­gar la pena por fuerza del dolor de los inocentes.

—Reconozco —dijo— que así deberían portarse nuestros ciudadanos con sus adversarios; con los bárbaros, en cam­bio, como ahora se portan los griegos unos con otros.

—¿Impondremos, pues, a los guardianes la norma de no talar la tierra ni quemar las casas?

—Se la impondremos —dijo— y entenderemos que es acertada, lo mismo que las anteriores.

XVII. —Pero me parece, ¡oh, Sócrates!, que, si se te deja hablar de tales cosas, no te vas a acordar de aquello a que diste de lado para tratar de ellas: la cuestión de si es posi­ble que exista un tal régimen político y hasta dónde lo es. Porque admito que, si existiera, esa ciudad tendría toda clase de bienes; y los que tú te dejas atrás, yo he de enu­merarlos. Lucharían mejor que nadie contra los enemi­gos, puesto que, reconociéndose y llamándose mutua­mente hermanos, padres e hijos, no se abandonarían en modo alguno los unos a los otros; además, si las mujeres combatiesen también, ya en la misma línea, ya en la reta­guardia, para inspirar temor a los enemigos y por si en un momento se precisase su socorro, aseguro que con todo ello serían invencibles; yveo asimismo las muchas venta­jas que tendrían en la vida de paz y que han sido pasadas por alto. Piensa, pues, que te concedo que se darían todas esas ventajas y otras mil si llegara a existir ese régimen y no hables más acerca de ello; antes bien, tratemos de per­suadirnos de que es posible que exista y en qué modo y dejemos lo demás.

—Has hecho —dije— como una repentina incursión en mi razonamiento, sin indulgencia alguna para mis diva­gaciones, y quizá no te das cuenta de que, cuando apenas he escapado de tus dos primeras oleadas, echas sobre mí la tercera, la más grande y difícil de vencer; pero des­pués que lo veas y oigas comprenderás la razón con que me retraía y temía emprender y tratar de decidir proble­ma tan desconcertante.

—Cuantas más excusas des —dijo—, más te estrecharemos a que expliques cómo puede llegar a existir el régi­men de que tratamos. Habla, pues, y no pierdas el tiempo.

—Siendo así —repliqué—, es preciso que recordemos primero que llegamos a esa cuestión investigando qué cosa fuese la justicia y qué la injusticia.

—Es preciso —dijo—; mas ¿qué sacamos de eso?

—Nada; pero, en caso de que descubramos cómo es la justicia, ¿pretenderemos que el hombre justo no ha de di­ferenciarse en nada de ella, sino que ha de ser en todo tal como ella misma? ¿O nos contentaremos con que se le acerque lo más posible y participe de ella en grado supe­rior a los demás?

—Con eso último nos contentaremos —replicó.

—Por tanto —dije—, era sólo en razón de modelo por lo que investigábamos lo que era en sí la justicia, y lo mismo lo que era el hombre perfectamente justo, si llegaba a existir, e igualmente la injusticia y el hombre totalmente injusto; todo a fin de que, mirándolos a ellos y viendo cómo se nos mostraban en el aspecto de su dicha o infeli­cidad, nos sintiéramos forzados a reconocer respecto de nosotros mismos que aquel que más se parezca a ellos ha de tener también la suerte más parecida a la suya; pero no con el propósito de mostrar que era posible la existencia de tales hombres.

—Verdad es lo que dices —observó.

—¿Y piensas, acaso, que es de menos mérito el pintor porque, pintando a un hombre de la mayor hermosura y trasladándole todo con la mayor perfección a su cuadro, no pueda demostrar que exista semejante hombre?

—No, por Zeus —contestó.

—¿Y qué? ¿No diremos que también nosotros fabricá­bamos en nuestra conversación un modelo de buena ciu­dad?

—Bien seguro.

—¿Crees, pues, que nuestro discurso pierde algo en caso de no poder demostrar que es posible establecer una ciudad tal como habíamos dicho?

—No por cierto —repuso.

—Esa es, pues, la verdad —dije—; y si, para darte gusto, hay que emprender la demostración de cómo y en qué manera sería posible tal ciudad, tienes que quedar de acuerdo conmigo en los mismos puntos.

—¿Cuáles son ellos?

—¿Crees que se pueda llevar algo a la práctica tal como se anuncia o, por el contrario, es cosa natural que la reali­zación se acerque a la verdad menos queúa palabra aun­que a alguien parezca lo contrario? ¿T, por tu parte, estás de acuerdo en ello o no?

—Estoy de acuerdo —dijo.

—Así, pues, no me fuerces a que te muestre la necesi­dad de que las cosas ocurran del mismo modo exacta­mente que las tratamos en nuestro discurso; pero, si so­mos capaces de descubrir el modo de constituir una ciudad que se acerque máximamente a lo que queda di­cho, confiesa que es posible la realización de aquello que pretendías. ¿O acaso no te vas a contentar con conseguir esto? Yo, por mi parte, ya me daría por satisfecho.

—Pues yo también —observó.

XVIII. —Después de esto parece bien que intentemos in­vestigar y poner de manifiesto qué es lo que ahora se hace mal en las ciudades, por lo cual no son regidas en la mane­ra dicha, y qué sería lo que, reducido lo más posible, ha­bría que cambiar para que aquélla entrase en el régimen descrito: de preferencia, una sola cosa; si no, dos y, en todo caso, las menos en número y las de menor entidad.

—Conforme en todo —dijo.

—Creo —proseguí— que, cambiando una sola cosa, po­dríamos mostrar que cambiaría todo; no es ella pequeña ni fácil, pero sí posible.

—¿Cuál es? —preguntó.

—Voy —contesté— al encuentro de aquello que compa­rábamos a la ola más gigantesca. No callaré, sin embargo, aunque, como ola que estallara en risa, me sumerja en el ridículo y el desprecio. Atiende a lo que voy a decir.

—Habla —dijo.

—A menos —proseguí— que los filósofos reinen en las ciudades o cuantos ahora se llaman reyes y dinastas prac­tiquen noble y adecuadamente la filosofía, vengan a coin­cidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político, y sean detenidos por la fuerza los muchos caracteres que se en­caminan separadamente a una de las dos, no hay, amigo Glaucón, tregua para los males de las ciudades, ni tam­poco, según creo, para los del género humano ; ni hay que pensar en que antes de ello se produzca en la medida posible ni vea la luz del sol la ciudad que hemos trazado de palabra. Y he aquí lo que desde hace rato me infundía miedo decirlo: que veía iba a expresar algo extremada­mente paradójico porque es difícil ver que ninguna otra ciudad sino la nuestra puede realizar la felicidad ni en lo público ni en lo privado.

—¡Oh, Sócrates! —exclamó—. ¡Qué razonamiento, qué palabras acabas de emitir! Hazte cuenta de que se va a echar sobre ti con todas sus fuerzas una multitud de hombres no despreciables por cierto en plan de tirar sus mantos y coger cada cual, así desembarazados, la pri­mera arma que encuentren, dispuestos a hacer cualquier cosa; y, si no los rechazas con tus argumentos y te escapas de ellos, ¡buena vas apagarla en verdad!

—¿Y acaso no eres tú —dije— el culpable de todo eso? —Y me alabo de ello —replicó—, pero no he de hacerte traición, sino que te defenderé con lo que pueda; y podré con mi buena voluntad y dándote ánimos, y quizá tam­bién acertaré mejor que otro a responder a tus preguntas. Piensa, pues, en la calidad de tu aliado y procura conven­cer a los incrédulos de que ello es así como tú dices.

—A intentarlo, pues —dije yo—, ya que tú me ofre­ces tan gran ayuda. Me parece, por tanto, necesario, si es que hemos de salir libres de esas gentes de que hablas, que precisemos quiénes son los filósofos a que nos referimos cuando nos atrevemos a sostener que deben gobernar la ciudad; y esto a fin de que, siendo bien conocidos, tenga­mos medios de defendernos mostrando que a los unos les es propio por naturaleza tratar la filosofía y dirigir la ciudad y a los otros no, sino, antes bien, seguir al que di­rige.

—Hora es —dijo— de precisarlo.

—¡Ea, pues! Sígueme, si es que nuestra guía es en algún modo apropiada.

—Vamos —replicó.

—¿Será necesario —dije— recordarte o que recuerdes tú mismo que aquel de quien decimos que ama alguna cosa debe, para que la expresión sea recta, mostrarse no amante de una parte de ella sí y de otra parte no, sino amante en su totalidad?

XIX. —Tendrás que recordármelo, según parece —dijo—; porque yo no caigo en ello del todo.

—Propio de otro y no de ti es, Glaucón, eso que dices —continué—: a un hombre entendido en amores no le está bien olvidar que todos los jóvenes en sazón hacen presa de algún modo y agitan el ánimo del amoroso o enamoradizo pareciéndole dignos de su solicitud y sus caricias. ¿O no es así como os comportáis con vuestros miñones? Al uno, porque es chato, lo celebráis con nombre de gracioso; lla­máis nariz real a la aquilina del otro y del que está entre am­bos decís que la tiene extremadamente proporcionada. Los cetrinos os parecen de apariencia valerosa y a los blancos los tenéis por hijos de dioses. ¿Y qué es ese nombre de «co­lor de miel» sino una invención del enamorado compla­ciente que sabe conllevar la palidez de su amado cuando éste está en su sazón? En una palabra, os servís de todos los pretextos y empleáis todos los registros de vuestra voz a con tal de no dejaros ir ninguno de los jóvenes en flor.

—Si es tomándome por muestra —dijo— como quieres exponer la conducta de los enamorados, lo admito en gracia del argumento.

—¿Pues qué? —pregunté—. ¿No ves cómo hacen lo mis­mo los aficionados al vino? ¿Cómo se encariñan con toda clase de vinos con cualquier pretexto?

—Bien de cierto.

—Y asimismo, creo, ves a los ambiciosos que, si no pueden llegar a generales en jefe, mandan el tercio de un cuerpo de infantería y, si no logran ser honrados de los hombres grandes e importantes, se contentan con serlo de los pequeños y comunes, porque están en un todo de­seosos de honra.

—Así es exactamente.

—Ahora confirma o niega lo que voy a preguntarte: cuando decimos que uno está deseoso de algo, ¿entende­mos que lo desea en su totalidad o en parte sí y en parte no?

—En su totalidad —replicó.

—Así, pues, ¿del amante de la sabiduría diremos que la desea no en parte sí y en parte no, sino toda entera?

—Cierto.

—Por tanto, de aquel que siente disgusto por el estudio, y más si es joven y aun no tiene criterio de lo que es bueno y de lo que no lo es, no diremos que sea amante del estu­dio ni filósofo, como del desganado no diremos que ten­ga hambre ni que desee alimentos ni que sea buen come­dor, sino inapetente.

—Y acertaremos en ello.

—En cambio, al que con la mejor disposición quiere gustar de toda enseñanza, al que se encamina contento a aprender sin mostrarse nunca ahíto, a ése le llamaremos con justicia filósofo. ¿No es así?

Y Glaucón respondió: —Si a ello te atienes te vas a en­contrar con una buena multitud de esos seres y va a haberlos bien raros: tales me parecen los aficionados a es­pectáculos, que también se complacen en saber, y aun son de más extraña ralea para ser contados entre los filósofos los que gustan de las audiciones, que no vendrían de cier­to por su voluntad a estos discursos y entretenimientos nuestros, pero que, como si hubieran alquilado sus orejas, corren de un sitio a otro. para oír todos los coros de las fiestas Dionisias sin dejarse ninguna atrás, sea de ciudad o de aldea. A estos todos y a otros tales aprendices, aun de las artes más mezquinas, ¿hemos de llamarles filósofos?

—De ningún modo —dije—, sino semejantes a los filóso­fos.

XX. —¿Pues quiénes son entonces —preguntó— los que llamas filósofos verdaderos?

—Los que gustan de contemplar la verdad —respondí.

—Bien está eso —dijo—; pero ¿cómo lo entiendes?

—No sería fácil de explicar —respondí— si tratara con otro; pero tú creo que has de convenir conmigo en este punto.

—¿Cuál es?

—En que, puesto que lo hermoso es lo contrario de lo feo, se trata de dos cosas distintas.

—¿Cómo no?

—¿Y puesto que son dos, cada uno es una cosa? —Igualmente cierto.

—Y lo mismo podría decirse de lo justo ylo injusto y de lo bueno y lo malo y de todas las ideas que cada cual es algo distinto, pero, por su mezcla con las acciones, con los cuerpos y entre ellas mismas, se muestra cada una con multitud de apariencias.

—Perfectamente dicho —observó.

—Por ese motivo —continué— he de distinguir de un lado los que tú ahora mencionabas, aficionados a los es­pectáculos y a las artes y hombres de acción, y de otro, és­tos de que ahora hablábamos, únicos que rectamente po­dríamos llamar filósofos.

—¿Qué quieres decir con ello? —preguntó.

—Que los aficionados a audiciones y espectáculos —dije yo— gustan de las buenas voces, colores y formas y de todas las cosas elaboradas con estos elementos; pero su mente es incapaz de ver ygustar la naturaleza de lo be­llo en sí mismo.

—Así es, de cierto —dijo.

—Y aquellos que son capaces de dirigirse a lo bello en sí y de contemplarlo tal cual es, ¿no son en verdad escasos?

—Ciertamente.

—El que cree, pues, en las cosas bellas, pero no en la be­lleza misma, ni es capaz tampoco, si alguien le guía, de seguirle hasta el conocimiento de ella, ¿te parece que vive en ensueño o despierto? Fíjate bien: ¿qué otra cosa es en­soñar, sino el que uno, sea dormido o en vela, no tome lo que es semejante como tal semejanza de su semejante, sino como aquello mismo a que se asemeja?

—Yo, por lo menos —replicó—, diría que está enroñan­do el que eso hace.

—¿Y qué? ¿El que, al contrario que éstos, entiende que hay algo bello en sí mismo y puede llegar a percibirlo, así como también las cosas que participan de esta belleza, sin tomar a estas cosas participantes por aquello de que participan ni a esto por aquéllas, te parece que este tal vive en vela o en sueño?

—Bien en vela —contestó.

—¿Así, pues, el pensamiento de éste diremos recta­mente que es saber de quien conoce, y el del otro, parecer de quien opina?

—Exacto.

—¿Y qué haremos si se enoja con nosotros ese de quien decimos que opina, pero no conoce, y nos discute la verdad de nuestro aserto? ¿Tendremos medio de exhortarle y con­vencerle buenamente ocultándole que no está en su juicio?

—Preciso será hacerlo así —contestó.

—¡Ea, pues! Mira lo que le hemos de decir. ¿Te parece que nos informemos de él diciéndole que, si sabe algo, no le tomaríamos envidia, antes bien, veríamos con gusto a alguien que supiera alguna cosa? «Dinos: el que conoce, ¿conoce algo o no conoce nada?» Contéstame tú por él.

—Contestaré —dijo— que conoce algo.

—¿Algo que existe o que no existe?

—Algo que existe. ¿Cómo se puede conocer lo que no existe?

—¿Mantendremos, pues, firmemente, desde cualquier punto de vista, que lo que existe absolutamente es abso­lutamente conocible y lo que no existe en manera alguna enteramente incognoscible?

—Perfectamente dicho.

—Bien, y si hay algo tal que exista y que no exista, ¿no estaría en la mitad entre lo puramente existente y lo abso­lutamente inexistente?

—Entre lo uno ylo otro.

—Así, pues, si sobre lo que existe hay conocimiento e ignorancia necesariamente sobre lo que no existe, ¿sobre eso otro intermedio que hemos visto hay que buscar algo intermedio también entre la ignorancia y el saber con­tando con que se dé semejante cosa?

—Bien de cierto.

—¿Sostendremos que hay algo que se llama opinión?

—¿Cómo no?

—¿Y tiene la misma potencia que el saber u otra distinta?

—Otra distinta.

—A una cosa, pues, se ordena la opinión y a otra el sa­ber, cada uno según su propia potencia.

—Esto es.

—¿Y así, el saber se dirige por naturaleza a lo que existe para conocer lo que es el ser? Pero más bien me parece que aquí hay que hacer previamente una distinción.

—¿En qué forma?

XXI. —Hemos de sostener que las potencias son un género de seres por medio de los cuales nosotros podemos lo que podemos; y lo mismo que nosotros, otra cualquier cosa que pueda algo. Por ejemplo, digo que están entre las potencias la vista y el oído, si es que entiendes lo que quiero designar con este nombre específico.

—Lo entiendo —dijo.

—Oye lo que me parece acerca de ellas. En la potencia yo no distingo color alguno ni forma ni ninguno de esos accidentes semejantes, como en tantas otras cosas en las que, considerando algunos de ellos, puedo separar den­tro de mí como distintas unas de otras. En la potencia sólo miro a aquello para que está y a lo que produce, y por ese medio doy nombre a cada una de ellas, y a la que está ordenada a lo mismo y produce lo mismo, la llamo con el mismo nombre, y a la que está ordenada a otra cosa y produce algo distinto, con nombre diferente. ¿Y tú qué? ¿Cómo lo haces?

—De ese mismo modo —dijo.

—Volvamos, pues, atrás, mi noble amigo —dije—. ¿Del saber dirás que es una potencia o en qué especie lo clasi­ficas?

—En ésta —dijo—, como la más poderosa de todas las potencias.

—¿Y qué? ¿La opinión, la pondremos entre las poten­cias o la llevaremos a algún otro género de cosas?

—A ninguno —dijo—; porque la opinión no es sino aquello con lo que podemos opinar.

—Sin embargo, hace un momento reconocías que el sa­ber y la opinión no eran lo mismo.

—¿Y cómo alguien que esté en su juicio —dijo— podría jamás suponer que es lo mismo lo que yerra y lo que no yerras?

—Bien está —dije—; resulta claro que reconocemos la opinión como algo distinto del saber.

—Distinto.

—¿Cada una de las dos cosas está, por tanto, ordenada para algo diferente, pues tiene diferente potencia?

—Por fuerza.

—¿Y el saber está ordenado a lo que existe para conocer cómo es el ser?

—Sí.

—¿Y la opinión, decimos, está para opinar?

—Sí.

—¿Lo mismo, acaso, que conoce el saber? ¿Y serán la misma cosa la conocible y lo opinable? ¿O es imposible que lo sean?

—Imposible —dijo—, según lo anteriormente conveni­do, puesto que cada potencia está por naturaleza para una cosa y ambos, saber y opinión, son potencias, pero distintas, como decíamos, una de otra; por lo cual no cabe que lo conocible ylo opinable sean lo mismo.

—¿Por tanto, si lo conocible es el ser, lo opinable no será el ser, sino otra cosa?

—Otra.

—¿Se opinará, pues, sobre lo que no existe? ¿O es impo­sible opinar sobre lo no existente? Pon mientes en ello: ¿el que opina no tiene su opinión sobre algo? ¿O es posible opinar sin opinar sobre nada?

—Imposible.

—¿Por tanto, el que opina opina sobre alguna cosa?

—Sí.

—¿Y lo que no existe no es «alguna cosa», sino que real­mente puede llamarse «nada»?

—Exacto.

—Ahora bien, ¿a lo que no existe le atribuimos forzosa­mente la ignorancia y a lo que existe el conocimiento?

—Y con razón —dijo.

—¿Por tanto, no se opina sobre lo existente ni sobre lo no existente?

—No, de cierto.

—¿Ni la opinión será, por consiguiente, ignorancia, ni tampoco conocimiento?

—No parece.

—¿Acaso, pues, está al margen de estas dos cosas supe­rando al conocimiento en perspicacia o a la ignorancia en oscuridad?

—Ni una cosa ni otra.

—¿Quizá entonces —dije yo— te parece la opinión algo más oscuro que el conocimiento, pero más luminoso que la ignorancia?

—Y en mucho —replicó.

—¿Luego está en mitad de ambas?

—Sí.

—Será, pues, un término medio entre una y otra.

—Sin duda ninguna.

—¿Y no dijimos antes que, si apareciese algo tal que al mismo tiempo existiese y no existiese, ello debería estar en mitad entre lo puramente existente y lo absolutamente inexistente, y que no habría sobre tal cosa saber ni igno­rancia, sino aquello que a su vez apareciese intermedio entre la ignorancia y el saber?

—Y dijimos bien.

—¿Y no aparece entre estas dos cosas lo que llamamos opinión?

—Sí, aparece.

XXII. —Ahora, pues, nos queda por investigar, según se ve, aquello que participa de una y otra cosa, del ser y del no ser, y que no es posible designar fundadamente como lo uno ni como lo otro; y ello a fin de que, cuando se nos muestre, le llamemos con toda razón lo opinable, refiriendo los extremos y lo intermedio a lo intermedio ¿No es a así? —Así es.

—Sentado todo esto, diré que venga a hablarme y a res­ponderme aquel buen hombre que cree que no existe lo bello en sí ni idea alguna de la belleza que se mantenga siempre idéntica a sí misma, sino tan sólo una multitud de cosas bellas; aquel aficionado a espectáculos que no aguanta que nadie venga a decirle que lo bello es uno y uno lo justo y así lo demás. «Buen amigo —le diremos­¿no hay en ese gran número de cosas bellas nada que se muestre feo? ¿Ni en el de las justas nada injusto? ¿Ni en el de las puras nada impuro?»

—No —dijo—, sino que por fuerza esas cosas se muestran en algún modo bellas y feas, y lo mismo ocurre con las demás sobre que preguntas.

—¿Y qué diremos de las cantidades dobles? ¿Acaso se nos aparecen menos veces como mitades que como tales dobles?

—No.

—Y las cosas grandes y las pequeñas y las ligeras y las pesadas, ¿serán nombradas más bien con estas designa­ciones que les damos que con las contrarias?

—No —dijo—, sino que siempre participa cada una de ellas de ambas cualidades.

—¿Y cada una de estas cosas es más bien, o no es, aque­llo que se dice que es?

—Aseméjase ello —dijo— a los retruécanos que hacen en los banquetes y a aquel acertijo infantil acerca del eunuco y del golpe que tira al murciélago, en el que dejan adivi­nar con qué le tira y sobre qué le tira; porque estas cosas son también equívocas y no es posible concebir en firme ni que cada una de ellas sea o deje de ser ni que sea ambas cosas o ninguna de ellas.

—¿Tendrás, pues, algo mejor que hacer con ellas –dije— ­o mejor sitio en dónde colocarlas que en mitad entre la existencia y el no ser? Porque, en verdad, no se muestran más oscuras que el no ser para tener menos existencia que éste ni más luminosas que el ser para existir más que él.

—Verdad pura es eso —observó.

—Hemos descubierto, pues, según parece, que las múl­tiples creencias de la multitud acerca de lo bello y de las demás cosas dan vueltas en la región intermedia entre el no ser y el ser puro.

—Lo hemos descubierto.

—Y ya antes convinimos en que, si se nos mostraba algo así, debíamos llamarlo opinable, pero no conocible­y es lo que, andando errante en mitad, ha de ser captado por la potencia intermedia.

—Así convinimos.

—Por tanto ven anto, de los que perciben muchas cosas bellas, pero no ven lo bello en sí ni pueden seguir a otro que a ello los conduzca y asimismo ven muchas cosas justas, pero no lo justo en sí, y de igual manera todo lo demás, diremos que opinan de todo, pero que no conocen nada de aquello sobre que opinan.

—Preciso es —aseveró.

—¿Y qué diremos de los que contemplan cada cosa en sí siempre idéntica a sí misma? ¿No sostendremos que és­tos conocen yno opinan?

—Forzoso es también eso.

—¿Y no afirmaremos que estos tales abrazan y aman aquello de que tienen conocimiento, y los otros, aquello de que tienen opinión? ¿O no recordamos haber dicho que estos últimos se complacen en las buenas voces y se recrean en los hermosos colores, pero no toleran ni la existencia de lo bello en sí?

—Lo recordamos.

—¿Nos saldríamos, pues, de tono llamándolos aman­tes de la opinión más que filósofos o amantes del saber? ¿Se enojarán gravemente con nosotros si decimos eso?

—No, de cierto, si siguen mi consejo —dijo—; porque no es lícito enojarse con la verdad.

—Y a los que se adhieren a cada uno de los seres en sí, ¿no habrá que llamarlos filósofos o amantes del saber y no amantes de la opinión?

—En absoluto.

VI

I. –Así pues —dije yo—, tras un largo discurso se nos ha mostrado al fin, ¡oh, Glaucón!, quiénes son filósofos y quiénes no.

—En efecto —dijo—, quizá no fue posible conseguirlo por más breve camino.

—No parece —dije—; de todos modos, creo que se nos habría mostrado mejor si no hubiéramos tenido que ha­blar más que de ello ni nos fuera preciso el discurrir ahora sobre todo lo demás al tratar de examinar en qué difie­re la vida justa de la injusta.

—¿Y a qué —preguntó— debemos atender después de ello?

—¿A qué va a ser —respondí— sino a lo que se sigue? Puesto que son filósofos aquellos que pueden alcan­zar lo que siempre se mantiene igual a sí mismo y no lo son los que andan errando por multitud de cosas dife­rentes, ¿cuáles de ellos conviene que sean jefes en la ciu­dad?

—¿Qué deberíamos sentar —preguntó— para acertar en ello?

—Que hay que poner de guardianes —dije yo— a aque­llos que se muestren capaces de guardar las leyes y usos de las ciudades.

—Bien —dijo.

—¿Y no es cuestión clara —proseguí— la de si conviene que el que ha de guardar algo sea ciego o tenga buena vista?

—¿Cómo no ha de ser clara? —replicó.

—¿Y se muestran en algo diferentes de los ciegos los que de hecho están privados del conocimiento de todo ser y no tienen en su alma ningún modelo claro ni pue­den, como los pintores, volviendo su mirada a lo pura­mente verdadero y tornando constantemente a ello y contemplándolo con la mayor agudeza, poner allí, cuan­do haya que ponerlas, las normas de lo hermoso, lo justo y lo bueno y conservarlas con su vigilancia una vez esta­blecidas?

—No, ¡por Zeus! —contestó—. No difieren en mucho.

—¿Pondremos, pues, a éstos como guardianes o a los que tienen el conocimiento de cada ser sin ceder en expe­riencia a aquéllos ni quedarse atrás en ninguna otra parte de la virtud?

—Absurdo sería —dijo— elegir a otros cualesquiera si es que éstos no les son inferiores en lo demás; pues con lo dicho sólo cabe afirmar que les aventajan en lo principal.

—¿Y no explicaremos de qué manera podrían tener los tales una y otra ventaja?

—Perfectamente.

—Pues bien, como dijimos al principio de esta discu­sión, hay que conocer primeramente su índole; y, si que­damos de acuerdo sobre ella, pienso que convendremos también en que tienen esas cualidades y en que a éstos, y no a otros, hay que poner como guardianes de la ciudad.

—¿Cómo?

II. —Convengamos, con respecto a las naturalezas filosó­ficas, en que éstas se apasionan siempre por aprender aquello que puede mostrarles algo de la esencia siempre existente y no sometida a los extravíos de generación y corrupción.

—Convengamos.

—Y además —dije yo—, en que no se dejan perder por su voluntad ninguna parte de ella, pequeña o grande, valio­sa o de menor valer, igual que referíamos antes de los am­biciosos y enamorados.

—Bien dices —observó.

—Examina ahora esto otro, a ver si es forzoso que se halle, además de lo dicho, en la naturaleza de los que han de ser como queda enunciado.

—¿Qué es ello?

—La veracidad y el no admitir la mentira en modo al­guno, sino odiarla y amar la verdad.

—Es probable —dijo.

—No sólo es probable, mi querido amigo, sino de toda necesidad que el que por naturaleza es enamorado, ame lo que es connatural y propio del objeto amado.

—Exacto —dijo.

—¡Y encontrarás cosa más propia de la ciencia que la verdad?

—¿Cómo habría de encontrarla? —dijo.

—¡Será, pues, posible que tengan la misma naturaleza el filósofo y el que ama la falsedad?

—De ninguna manera.

—Es, pues, menester que elverdadero amante del saber tienda, desde su juventud, a la verdad sobre toda otra cosa.

—Bien de cierto.

—Por otra parte, sabemos que, cuanto más fuertemen­te arrastran los deseos a una cosa, tanto más débiles son para lo demás, como si toda la corriente se escapase ha­cia aquel lado.

—¡Cómo no?

—Y aquel para quien corren hacia el saber y todo lo se­mejante, ése creo que se entregará enteramente al placer del alma en sí misma y dará de lado a los del cuerpo si es filósofo verdadero y no fingido.

—Sin ninguna duda.

—Así, pues, será temperante y en ningún modo avaro de riquezas, pues menos que a nadie se acomodan a él los motivos por los que se buscan esas riquezas con su corte­jo de dispendios.

—Cierto.

—También hay que examinar otra cosa cuando hayas de distinguir la índole filosófica de la que no lo es.

—¡Cuál?

—Que no se te pase por alto en ella ninguna vileza, por­—que la mezquindad de pensamiento es lo más opuesto al alma que ha de tender constantemente a la totalidad y universalidad de lo divino y de lo humano.

­—Muy de cierto —dijo.

—Y a aquel entendimiento que en su alteza alcanza la contemplación de todo tiempo y de toda esencia, ¿crees tú que le puede parecer gran cosa la vida humana?

—No es posible —dijo.

—¿Así, pues, tampoco el tal tendrá a la muerte por cosa temible?

—En ningún modo.

—Por lo tanto, la naturaleza cobarde y vil no podrá, se­gún parece, tener parte en la filosofia.

—No creo.

—¿Y qué? El hombre ordenado que no es avaro ni vil, ni vanidoso ni cobarde, ¿puede llegar a ser en algún modo intratable o injusto?

—No es posible.

—De modo que, al tratar de ver el alma que es filosófica y la que no, examinarás desde la juventud del sujeto si esa alma es justa y mansa o insociable y agreste.

—Bien de cierto.

Pero hay otra cosa que tampoco creo que pasarás por alto.

—¿Cuál es ella?

—Si es expedita o torpe para aprender: ¿podrás con­fiar en que alguien tome afición a aquello que practi­ca con pesadumbre y en que adelanta poco y a duras penas?

—No puede ser.

—¿Y si, siendo en todo olvidadizo, no pudiera retener nada de lo aprendido? ¿Sería capaz de salir de su inani­dad de conocimientos?

—¿Cómo?

—Y trabajando sin fruto, ¿no te parece que acabaría forzosamente por odiarse a sí mismo y al ejercicio que practica?

—¿Cómo no —Por lo tanto, al alma olvidadiza no la incluyamos en­tre las propiamente filosóficas, sino procuremos que ten­ga buena memoria.

—En un todo.

—Pues por lo que toca a la naturaleza inarmónica e in­forme, no diremos, creo yo, que conduzca a otro lugar sino ala desmesura.

—¿Qué otra cosa cabe?

—¿Y crees que la verdad es connatural con la desmesu­ra o con la moderación?

—Con la moderación.

—Busquemos, pues, una mente que, a más de las otras cualidades, sea por naturaleza mesurada ybien dispuesta y que por sí misma se deje llevar fácilmente a la contem­plación del ser en cada cosa.

—¿Cómo no?

—¿Y qué? ¿No creerás acaso que estas cualidades, que hemos expuesto como propias del alma que ha de alcan­zar recta y totalmente el conocimiento del ser, no son ne­cesarias ni vienen traídas las unas por las otras?

—Absolutamente necesarias —dijo.

—¿Podrás, pues, censurar un tenor de vida que nadie sería capaz de practicar sino siendo por naturaleza me­morioso, expedito en el estudio, elevado de mente, bien dispuesto, amigo y allegado de la verdad, de la justicia, del valor y de la templanza?

—Ni el propio Momo —dijo— podría censurar a una tal persona.

—Y cuando estos hombres —dije yo— llegasen a madu­rez por su educación y sus años, ¿no sería a ellos a quie­nes únicamente confiarías la ciudad?

III. Entonces Adimanto dijo: —¡Oh, Sócrates! Con respec­to a todo eso que has dicho, nadie sería capaz de contrade­cirte, pero he aquí lo que les pasa una y otra vez a los que oyen lo que ahora estás diciendo: piensan que es por su inexperiencia en preguntar y responder por lo que son arrastrados en cada pregunta un tanto fuera de camino por la fuerza del discurso, y que, sumados todos estos tantos al final de la discusión, el error resulta grande, con lo que se les muestra todo lo contrario de lo que se les mostraba al Principio; y que, así como en los juegos de tablas los que no son prácticos quedan al fin bloqueados por los más hábiles y no saben adónde moverse, así también ellos acaban por verse cercados y no encuentran nada que decir en este otro juego que no es de fichas, sino de palabras, bien que la ver­dad nada aventaje con ello. Digo esto mirando al caso presente: podría alguien decir que no hay nada que oponer de palabra a cada una de tus cuestiones, pero en la realidad se ve que cuantos, una vez entregados a la filosofía, no la dejan después, por no haberla abrazado simplemente para educarse en su juventud, sino que siguen ejercitándola más largamente, éstos resultan en su mayoría unos seres extra­ños,por no decir perversos, ylos que parecen más razona­bles, al pasar por ese ejercicio que tú tanto alabas se hacen inútiles para el servicio de las ciudades.

Y yo al oírle dije:

—¿Y piensas que los que eso afirman no dicen verdad?

—No lo sé —contestó—; pero oiría con gusto lo que tú opinas.

—Oirás, pues, queme parece que dicen verdad.

—¿Y cómo se puede decir —preguntó— que las ciudades no saldrán de sus males hasta que manden en ellas los fi­lósofos, a los que reconocemos inútiles para aquéllas?

—Has hecho una pregunta —dije— ala que hay que con­testar con una comparación.

—¡Pues sí que tú no acostumbras, creo yo, a hablar por comparaciones! —exclamó.

IV —Bien —dije—, ¿te burlas de mí, después de haberme lanzado a una cuestión tan difícil de exponer? Escucha, pues, la comparación y verás aún mejor cuán torpe soy en ellas. Es tan malo el trato que sufren los hombres más juiciosos de parte de las ciudades, que no hay ser alguno que tal haya sufrido; y así, al representarlo y hacer la de­fensa de aquéllos, se hace preciso recomponerlo de mu­chos elementos, como hacen los pintores que pintan los ciervos—bucos y otros seres semejantes. Figúrate que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que voy a de­cirte: hay un patrón más corpulento y fuerte que todos los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto cor­to de vista y con conocimientos náuticos parejos de su vista y de su oído; los marineros están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe regirlo sin haber aprendido jamás el arte del ti­monel ni poder señalar quién fue su maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes bien, aseguran que no es cosa de estudio y, lo que es más, se muestran dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es. Estos tales rodean al patrón instándole y empeñándose por todos los medios en que les entregue el timón; y sucede que, si no le persuaden, sino más bien hace caso de otros, dan muerte a éstos o les echan por la borda, dejan impedido al honrado patrón con mandrágora, con vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como es natural que lo hagan tales gentes y, sobre ello, llaman hombre de mar y buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se da arte a ayudarles en tomar el mando por medio de la persuasión o fuerza hecha al patrón y censuran como inútil al que no lo hace; y no en­tienden tampoco que el buen piloto tiene necesidad de preocuparse del tiempo, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo aquello que atañe al arte si ha de ser en realidad jefe de la nave. Y en cuanto al modo de regirla, quieran los otros o no, no piensan que sea posible aprenderlo ni como ciencia ni como práctica, ni por lo tanto el arte del pilotaje. Al suceder semejantes co­sas en la nave, ¿no piensas que el verdadero piloto será llamado un miracielos, un charlatán, un inútil por los que navegan en naves dispuestas de ese modo?

—Bien seguro —dijo Adimanto.

—Y creo —dije yo— que no necesitas examinar por me­nudo la comparación para ver que representa la actitud de las ciudades respecto de los verdaderos filósofos, sino que entiendes lo que digo.

—Bien de cierto —repuso.

—Así, pues, instruye en primer lugar con esta imagen a aquel que se admiraba de que los filósofos no reciban honra en las ciudades y trata de persuadirle de que sería mucho más extraño que la recibieran.

—Sí que le instruiré —dijo.

—E instrúyele también de que dice verdad en lo de que los más discretos filósofos son inútiles para la multi­tud, pero hazle que culpe de su inutilidad a los que no se sirven de ellos y no a ellos mismos. Porque no es natural que el piloto suplique a los marineros que se dejen gober­nar por él ni que los sabios vayan a pedir a las puertas de los ricos, sino que miente el que dice tales gracias y la verdad es, naturalmente, que el que está enfermo sea , rico o pobre, tiene que ir a la puerta del médico, y todo el que necesita ser gobernado, a la de aquel que puede go­bernarlo; no que el gobernante pida a los gobernados que se dejen gobernar si es que de cierto hay alguna utili­dad en su gobierno. No errarás, en cambio, si comparas a los políticos que ahora gobiernan con los marineros de que hablábamos hace un momento, y a los que éstos lla­maban inútiles y papanatas, con los verdaderos pilotos.

—Exactamente —observó.

—Por lo tanto, y en tales condiciones, no es fácil que el mejor tenor de vida sea habido en consideración por los que viven de manera contraria, y la más grande, con mu­cho, y más fuerte de las inculpaciones le viene a la filoso­fía de aquellos que dicen que la practican; a ellos se refie­re el acusador de la filosofía de que tú hablabas al afirmar que la mayor parte de los que se dirigen a aquélla son unos perversos, y los más discretos, unos inútiles, cosa en que yo convine contigo. ¿No es así?

—Sí.

V —¿Hemos, pues, explicado la causa de que los buenos sean inútiles?

—En efecto.

—¿Quieres que a continuación expongamos cuán for­zoso es que la mayor parte de ellos sean malos y que, si podemos, intentemos mostrar que tampoco de esto es culpable la filosofía?

—Ciertamente que sí.

—Sigamos, pues, hablando y escuchando por turno, pero recordando antes el lugar en que describíamos las cualidades innatas que había de reunir forzosamente quien hubiera de ser hombre de bien. Y su principal y primera cualidad era, si lo recuerdas, la verdad, la cual debía él perseguir en todo asunto y por todas partes si no era un embustero que nada tuviese que ver con la verda­dera filosofía.

—En efecto, así se dijo.

—¿Y no era ese un punto absolutamente opuesto a la opinión general acerca del filósofo?

—Efectivamente —dijo.

—Pero ¿no nos defenderemos cumplidamente alegan­do que el verdadero amante del conocimiento está natu­ralmente dotado para luchar en persecución del ser y no se detiene en cada una de las muchas cosas que pasan por existir, sino que sigue adelante, sin flaquear ni renunciar a su amor hasta que alcanza la naturaleza misma de cada una de las cosas que existen, y la alcanza con aquella par­te de su alma a que corresponde, en virtud de su afinidad, el llegarse a semejantes especies, por medio de la cual se acerca y une a lo que realmente existe y engendra inteli­gencia y verdad, librándose entonces, pero no antes, de los dolores de su parto, y obtiene conocimiento y verda­dera vida y alimento verdadero?

—No hay mejor defensa —dijo.

—¿Y qué? ¿Será propio de ese hombre el amar la menti­ra o todo lo contrario, el odiarla?

—El odiarla —dijo.

—Ahora bien, si la verdad es quien dirige, no diremos, creo yo, que vaya seguida de un coro de vicios.

—¿Cómo ha de ir?

—Sino de un carácter sano y justo, al cual acompañe también la templanza.

—Exacto —dijo.

—Pero ¿qué falta hace volver a poner en fila, demos­trando que es forzoso que existan, el coro de las restantes cualidades filosóficas? En efecto, recuerdas, creo yo, que resultaron propios de estos seres el valor, la magnanimi­dad, la facilidad para aprender, la memoria. Y, como tú objetaras que toda persona se verá obligada a convenir en lo que decimos, pero, si prescindiera de los argumentos y pusiera su atención en los seres de quienes se habla, dirá que ve cómo los unos de entre ellos son inútiles y la ma­yor parte perversos de toda perversidad, hemos llegado ahora, investigando el fundamento de esta interpreta­ción malévola, a la cuestión de por qué son malos la ma­yor parte de ellos; ésa es la razón por la cual nos ha sido forzoso volver a estudiar y definir el carácter de los au­ténticos filósofos.

—Así es —dijo.

VI. —Siendo ésta —seguí— su naturaleza, precisa exami­nar las causas de que se corrompa en muchos y de que sólo escapen a esa corrupción unos pocos a quienes, como tú decías, no se les llama malos, pero sí inútiles. Y pasaremos después a aquellos caracteres que imitan a esa naturaleza y la suplantan en sus menesteres y vere­mos qué clase de almas son las que, emprendiendo una ocupación de la cual no son dignas ni están a la altura, se propasan en muchas cosas y con ello cuelgan a la filoso­fía esa reputación común y universal de que hablas.

—¿Y cuáles son —dijo— las causas de corrupción a que te refieres?

—Intentaré exponértelas —dije— si soy capaz de ello. He aquí un punto en que todos, creo yo, me darán la razón: una naturaleza semejante a la descrita y dotada de todo cuanto hace poco exigimos para quien hubiera de hacer se un filósofo completo, es algo que se da rara vez y en muy pocos hombres. ¿No crees?

—En efecto.

—Pues bien, mira cuántas y cuán grandes causas pue­den corromper a esos pocos.

—¿Cuáles son, pues?

—Lo que más sorprende al oírlo es que, de aquellas cualidades que ensalzábamos en el carácter, todas y cada una de ellas pervierten el alma que las posee y la arrancan de la filosofía. Quiero decir el valor, la templanza y todo lo que enumerábamos.

—Sí que suena raro al oírlo —dijo.

—Y además —continué— también la pervierten y apar­tan todas las cosas a las que se llama bienes: la hermosu­ra, la riqueza, la fuerza corporal, los parentescos, que hacen poderoso en política, y otras circunstancias seme­jantes. Ya tienes idea de a qué me refiero.

—La tengo —asintió—. Pero me gustaría conocer más pormenores de lo que dices.

—Pues bien —seguí—, toma la cuestión rectamente, en sentido general, y se te mostrará perspicua y no te pare­cerá ya extraño lo que se ha dicho acerca de ella.

—¿Qué quieres, pues, que haga? —dijo.

—De todo germen o ser vivo vegetal o animal sabemos —dije— que, cuanto más fuerte sea, tanto mayor será la fal­ta de condiciones adecuadas en el caso de que no obtenga la alimentación o bien el clima o el suelo que a cada cual convenga. Porque, según creo, lo malo es más contrario de lo bueno que de lo que no lo es.

—¿Cómo no va a serlo?

—Es, pues, natural, pienso yo, que la naturaleza más perfecta, sometida a un género de vida ajeno a ella, salga peor librada que la de baja calidad.

—Lo es.

—¿Diremos, pues, Adimanto —pregunté—, que del mis­mo modo las almas mejor dotadas se vuelven particular­mente malas cuando reciben mala educación? ¿O crees que los grandes delitos y la maldad refinada nacen de na­turalezas inferiores y no de almas nobles viciadas por la educación, mientras que las naturalezas débiles jamás se­rán capaces de realizar ni grandes bienes ni tampoco grandes males?

—No opino así —dijo—, sino como tú.

—Pues bien, es forzoso, creo yo, que, si la naturaleza fi­losófica que definíamos obtiene una educación adecua­da, se desarrolle hasta alcanzar todo género de virtudes; pero, si es sembrada, arraiga y crece en lugar no adecua­do, llegará a todo lo contrario si no ocurre que alguno de los dioses le ayude. ¿O crees tú también, lo mismo que el vulgo, que hay algunos jóvenes que son corrompidos por los sofistas, y sofistas que, actuando particularmente, les corrompen en grado digno de consideración y no que los mayores sofistas son quienes tal dicen, los cuales saben perfectamente cómo educar y hacer que jóvenes y viejos, hombres y mujeres, sean como ellos quieren?

—¿Cuándo lo hacen? —dijo.

—Cuando, hallándose congregados en gran número —dije—, sentados todos juntos en asambleas, tribunales, teatros, campamentos u otras reuniones públicas, censu­ran con gran alboroto algunas de las cosas que se dicen o hacen y otras las alaban del mismo modo, exagerada­mente en uno y otro caso, y chillan y aplauden; y retum­ban las piedras y el lugar todo en que se hallan, redoblan­do así el estruendo de sus censuras o alabanzas. Pues bien, al verse un joven en tal situación, ¿cuál vendrá a ser, como suele decirse, su estado de ánimo? ¿O qué educa­ción privada resistirá a ello sin dejarse arrastrar, anegada por la corriente de semejantes censuras y encomios, adondequiera que ésta la lleve, o llamar buenas y malas a las mismas cosas que aquéllos o comportarse igual que ellos o ser como son?

—Es muy forzoso, ¡oh, Sócrates! —dijo.

VII. —Sin embargo —dije—, aún no hemos hablado de la mayor fuerza.

—¿Cuál? —dijo.

—La coacción material de que usan esos educadores y sofistas cuando no persuaden con sus palabras. ¿O no sa­bes que a quien no obedece le castigan con privaciones de derechos, multas y penas de muerte?

—Lo sé muy bien —dijo.

—Pues bien, ¿qué otro sofista, qué otra instrucción pri­vada crees que podrá prevalecer si resiste contra ellos?

—Pienso que nadie —dijo.

—No, en efecto; sólo el intentarlo —dije— sería gran lo­cura. Pues no existe ni ha existido ni ciertamente existi­rá jamás ningún carácter distinto en lo que toca a vir­tud ni formado por una educación opuesta a la de ellos; hablo de caracteres humanos, mi querido ami­go, pues los divinos hay que dejarlos a un lado de acuer­do con el proverbio. En efecto, debes saber muy bien que, si hay algo que en una organización política como ésta se salve y sea como es debido, no carecerás de razón al afirmar que es una providencia divina la que lo ha salvado.

—No opino yo de otro modo —dijo.

—Pues bien —dije—, he aquí otra cosa que debes creer también.

—¿Cuál?

—Que cada uno de los particulares asalariados o los que esos llaman sofistas y consideran como competido­res no enseña otra cosa sino los mismos principios que el vulgo expresa en sus reuniones, y a esto es a lo que llaman ciencia. Es lo mismo que si el guardián de una criatura grande y poderosa se aprendiera bien sus instintos y humores y supiera por dónde hay que acercársele y por dónde tocarlo y cuándo está más fiero o más manso y por qué causas y en qué ocasiones suele emitir tal o cual voz y cuáles son, en cambio, las que le apaciguan o irritan cuando las oye a otro; y, una vez enterado de todo ello por la experiencia de una larga familiaridad, considerase esto como una ciencia y, habiendo compuesto una especie de sistema, se dedicara a la enseñanza ignorando qué hay realmente en esas tendencias y apetitos de hermoso o de feo, de bueno o de malo, de justo o de injusto, y emplease todos estos términos con arreglo al criterio de la gran bestia, llamando bueno a aquello con que ella goza y malo a lo que a ella le molesta, sin poder, por lo demás, dar ninguna otra explicación acerca de estas calificacio­nes, y llamando también justo y hermoso a lo inevitable cuando ni ha comprendido ni es capaz de enseñar a otro cuánto es lo que realmente difieren los conceptos de lo inevitable y lo bueno. ¿No te parece, por Zeus, que una tal persona sería un singular educador?

—En efecto —dijo.

—Ahora bien, ¿te parece que difiere en algo de éste el que, tanto en lo relativo a la pintura o música como a la política, llama ciencia al haberse aprendido el temperamento y los gustos de una heterogénea multitud congre­gada? Porque, si una persona se presenta a ellos para someter a su juicio una poesía o cualquier otra obra de arte o algo útil para la ciudad, haciéndose así depen­diente del vulgo en grado mayor que el estrictamente in­dispensable, la llamada necesidad diomedea le forza­rá a hacer lo que ellos hayan de alabar. ¿Y has oído alguna vez a alguno que dé alguna razón que no sea ri­dícula para demostrar que realmente son buenas y be­llas esas cosas?

—Ni espero oírlo nunca —dijo.

VIII. —Pues bien, después de haberte fijado en todo esto, acuérdate de aquello. ¿existe medio de que el vulgo ad­mita o reconozca que existe lo bello en sí, pero no la mul­tiplicidad de cosas bellas, y cada cosa en sí, pero no la multiplicidad de cosas particulares?

—De ningún modo —dijo.

—Entonces —dije—, es imposible que el vulgo sea filó­sofo.

—Imposible.

—Y por tanto, es forzoso que los filósofos sean vitupe­rados por él.

—Forzoso.

—Y también por esos particulares que conviven con la plebe y desean agradarle.

—Evidente.

—Según esto, ¿qué medio de salvación descubres para que una naturaleza filosófica persevere hasta el fin en su menester? Piensa en ello basándote en lo de antes. En efecto, dejamos sentado que la facilidad para aprender, la memoria, el valor yla magnanimidad eran propios de esa naturaleza.

—Sí.

—Pues bien, el que sea así, ¿descollará ya desde niño entre todos los demás, sobre todo si su cuerpo se desa­rrolla de modo semejante a su alma?

—¿Por qué no va a descollar? —dijo.

—Y, cuando llegue a mayor, me figuro que sus parien­tes y conciudadanos querrán servirse de él para sus pro­pios fines.

—¿Cómo no?

—Se postrarán, pues, ante él y le suplicarán y agasaja­rán anticipándose así a adular de antemano su futuro poder.

—Al menos así suele ocurrir —dijo.

—¿Y qué piensas —dije— que hará una persona así en tal situación, sobre todo si se da el caso de que sea de una gran ciudad y goce en ella de riquezas y noble abolengo teniendo además belleza y alta estatura? ¿No se henchirá de irrealizables esperanzas creyendo que va a ser capaz de gobernar a helenos y bárbaros y remontándose por ello «a las alturas», lleno de «presunción» e insensata «vanagloria»?

—Efectivamente —dijo.

—Y si al que está en esas condiciones se le acerca alguien y le dice tranquilamente la verdad, esto es, que no hay en él razón alguna, que está privado de ella y que la razón es algo que no se puede adquirir sin entregarse completamente a la tarea de conseguirla, ¿crees que es fá­cil que haga caso quien está sometido a tantas malas in­fluencias?

—Ni mucho menos —dijo.

—Ahora bien —dije yo—, si, movido por su buena índole y por la afinidad que siente en aquellas palabras, atiende algo a ellas y se deja influir y arrastrar hacia la filosofía, ¿qué pensamos que harán aquellos que ven que están perdiendo sus servicios y amistad? ¿Habrá acción que no realicen, palabras que no le digan a él, para que no se deje persuadir, y a quien le intenta convencer, para que no pueda hacerlo, y no les atacarán con asechanzas privadas yprocesos públicos?

—Es muy forzoso —dijo.

—¿Hay, pues, posibilidad de que la tal persona llegue a ser filósofo?

—En absoluto.

IX. —¿Ves —dije— cómo no nos faltaba razón cuando de­cimos que son los mismos elementos de la naturaleza del filósofo los que, cuando están sometidos a una mala educación, contribuyen en cierto modo a apartarle de su ejercicio, como igualmente las riquezas y todas las cosas semejantes que pasan por ser bienes?

—No se dijo sin razón —contestó—, sino con ella.

—He aquí, ¡oh, admirable amigo! —dije—, cuántas y cuán grandes son las causas que pervierten e inhabilitan para el más excelente menester a las mejores naturalezas, que ya de por sí son pocas como nosotros decimos. Y esa es la clase de hombres de que proceden tanto los que causan los mayores males a las ciudades y a los particula­res como los que, si el azar de la corriente los lleva por ahí, producen los mayores bienes. En cambio los espíri­tus mezquinos no hacen jamás nada grande ni a ningún particular ni a ningún Estado.

—Gran verdad —dijo.

—De modo que éstos, aquellos a los que más afín les es, se apartan de la filosofía y la dejan solitaria y célibe; y así, mientras ellos llevan una vida no adecuada ni verdadera, ella es asaltada, como una huérfana privada de parien­tes, por otros hombres indignos que la deshonran y le atraen reproches como aquellos con los que dices tú que la censuran quienes afirman que entre los que tratan con ella hay algunos que no son dignos de nada y otros, los más, que merecen los peores males.

—En efecto —asintió—, eso es lo que se dice.

—Y con razón —contesté yo—. Porque, al ver otros hombrecillos que aquella plaza está abandonada y reple­ta de hermosas frases y apariencias, se ponen contentos, como prisioneros que, escapados de su encierro, halla­sen refugio en un templo; y se abalanzan desde sus ofi­cios a la filosofía los que resulten ser más habilidosos en lo relativo a su modesta ocupación. Pues, aun hallán­dose en tal condición la filosofía, le queda un prestigio más brillante que a ninguna de las demás artes, atraídas por el cual muchas personas de condición imperfecta, que tienen tan deteriorados los cuerpos por sus oficios manuales omo truncas y embotadas las almas a cau­sa de su ocupación artesana... ¿No es esto forzoso?

—Muy forzoso —dijo.

—¿Y crees que su aspecto difiere en algo —dije— del de un calderero calvo y rechoncho que ha ganado algún dinero y que, de sus grilletes recién liberado y en los ba­ños recién lavado, se ha compuesto como un novio, con su vestido nuevo, y va a casarse con la hija del dueño por­que ella es pobre y está sola?

—No difiere en nada —dijo.

—Pues bien, ¿qué prole es natural que engendre una se­mejante pareja? ¿No será degenerada yvil?

—Es muy forzoso.

—¿Y qué? Cuando las gentes indignas de educación se acercan a ella y la frecuentan indebidamente, ¿qué pensa­mientos y opiniones diremos que engendrarán? ¿No se­rán tales que realmente merezcan ser llamados sofismas sin que haya entre ellos ninguno que sea noble ni tenga que ver con la verdadera inteligencia?

—Desde luego —dijo.

X. —No queda, pues, ¡oh, Adimanto! —dije—, más que un pequeñísimo número de personas dignas de tratar con la filosofía; tal vez algún carácter noble y bien educado que, aislado por el destierro, haya permanecido fiel a su naturaleza filosófica por no tener quien le pervierta; a veces en una comunidad pequeña nace un alma gran­de que desprecia los asuntos de su ciudad por conside­rarlos indignos de su atención; y también puede haber unos pocos seres bien dotados que acudan a la filosofía movidos de un justificado desdén por sus oficios. A otros los puede detener quizá el freno de nuestro com­pañero Téages, que, teniendo todas las demás condi­ciones necesarias para abandonar la filosofía, es deteni­do y apartado de la política por el cuidado de su cuerpo enfermo. Y no vale la pena de hablar de mi caso, pues son muy pocos o ninguno aquellos otros a quienes se les ha aparecido antes que a mí la señal demónica. Pues bien, quien pertenece a este pequeño grupo y ha gustado la dulzura y felicidad de un bien semejante y ve, en cambio, con suficiente claridad que la multitud está toca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en polí­tica y que no hay ningún aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a morir antes de haber prestado ningún servicio a la ciu­dad ni a sus amigos, con muerte inútil para sí mismo y para los demás, como la de un hombre que, caído entre bestias feroces, se negara a participar en sus fechorías siwser capaz tampoco de defenderse contra los furores de todas ellas... Y, como se da cuenta de todo esto, per­manece quieto y no se dedica más que a sus cosas, como quien, sorprendido por un temporal, se arrima a un pa­redón para resguardarse de la lluvia y polvareda arras­tradas por el viento; y, contemplando la iniquidad que a todos contamina, se da por satisfecho si puede él pasar limpio de injusticia e impiedad por esta vida de aquí abajo y salir de ella tranquilo y alegre, lleno de bellas es­peranzas.

—Pues bien —dijo—, no serán los menores resultados los que habrá conseguido al final.

—Pero tampoco los mayores —dije— por no haber en­contrado un sistema político conveniente; pues en un ré­gimen adecuado se hará más grande y, al salvarse él, sal­vará a la comunidad.

XI. —Mas de porqué ha sido atacada la filosofía y de que lo ha sido injustamente, de eso me parece a mí que, a no ser que tú tengas algo más que decir, ya hemos hablado bastante.

—Nada tengo ya que añadir acerca de ello —contestó—. Pero ¿cuál de los gobiernos actuales consideras adecuado a ella?

—Ninguno en absoluto —dije—. De eso precisamente me quejo: de que no hay entre los de ahora ningún siste­ma político que convenga a las naturalezas filosóficas y por eso se tuercen éstas y se alteran. Como suele ocurrir con una simiente exótica que, sembrada en suelo extra­ño, degenera, vencida por él, y se adapta a la variedad in­dígena, del mismo modo un carácter de esta clase no conserva, en las condiciones actuales, su fuerza peculiar, sino que se transforma en otro distinto. Pero, si encuen­tra un sistema político tan excelente como él mismo, en­tonces es cuando demostrará que su naturaleza es real­mente divina, mientras en los caracteres y maneras de vivir de los demás no hay nada que no sea simplemen­te humano. Ahora bien, después de esto es evidente que me vas a preguntar qué sistema político es ése.

—No acertaste —dijo—; no te iba a preguntar eso, sino si es el mismo que nosotros describimos al fundar la ciudad o bien otro distinto.

—Es el mismo —dije yo— excepto en una cosa, con rela­ción a la cual dijimos entonces que sería necesario que hubiese siempre en el Estado alguna autoridad cuyo cri­terio acerca del gobierno fuese el mismo con que tú, el le­gislador, estableciste las leyes.

—Así se dijo, en efecto —asintió.

—Pero no quedó lo suficientemente claro —dije—, por­que me asustaron las objeciones con que me mostrasteis cuán larga y dificil era la demostración de este punto; ade­más lo que queda no es en modo alguno fácil de explicar.

—¿Qué es ello?

—La cuestión de cómo debe practicar la filosofía una ciudad que no quiera perecer; porque todas las grandes empresas son peligrosas yverdaderamente lo hermoso es dificil, como suele decirse.

—Sin embargo —dijo—, hay que completar la demostra­ción dejando aclarado este punto.

—Si algo lo impide —dije— no será la falta de voluntad, sino de poder. Pero tú, que estás aquí, verás cuánto es mi celo. Mira, pues, de qué modo tan vehemente y ternera­río voy ahora a decir que la ciudad debe adoptar con res­pecto a este estudio una conducta enteramente opuesta a la de ahora.

—¿Cómo?

—Los que ahora se dedican a ella —dije— son mozalbe­tes, recién salidos de la niñez, que, después de haberse asomado a la parte más difícil de la filosofía —quiero de­cir lo relativo a la dialéctica—, la dejan para poner casa y ocuparse en negocios y con ello pasan ya por ser con­sumados filósofos. Y en lo sucesivo creen hacer una gran cosa si, cuando se les invita, acceden a ser oyentes de otros que se dediquen a ello, porque lo consideran como algo de que no hay que ocuparse sino de manera acceso­ria. Y al llegar la vejez, todos, excepto unos pocos, se apa­gan mucho más completamente que el sol heracliteo, porque no vuelven a encenderse de nuevo.

—¿Y qué hay que hacer? —dijo.

—Todo lo contrario. Cuando son niños y mozalbetes deben recibir una educación y una filosofia apropiadas a su edad; y en esa época en que crecen y se desarrollan sus cuerpos tienen que cuidarse muy bien de ellos preparán­dolos así como auxiliares de la filosofia. Llegada la edad en que el alma entra en la madurez, hay que redoblar los ejercicios propios de ella; y, cuando, por faltar las fuerzas, los individuos se vean apartados de la política y milicia, entonces hay que dejarlos ya que pazcan en libertad y no se dediquen a ninguna otra cosa sino de manera acce­soria; eso si se quiere que vivan felices y que, una vez ter­minada su vida, gocen allá de un destino acorde con su existencia terrena.

XII. —Verdaderamente —dijo— me parece que hablas con vehemencia, ¡oh, Sócrates! Sin embargo, creo que la ma­yor parte de los que escuchan, empezando por Trasíma­co, te contradirán con mayor vehemencia todavía y no se convencerán en manera alguna.

—No intentes —dije— enemistarme con Trasímaco, de quien hace poco me he hecho amigo sin que, por lo de­más, hayamos sido nunca enemigos. Y no escatimare mos esfuerzos hasta que convenzamos tanto a éste como a los demás o al menos les seamos útiles en algo para el caso de que, nuevamente nacidos a otra vida, se encuen­tren allí en conversaciones como ésta.

—¡Pues sí que es corto el plazo de que hablas! —dijo.

—No es nada —contesté—, al menos comparado con la eternidad. Por lo demás no me sorprende en absoluto que el vulgo no crea lo que se ha dicho, porque jamás han visto realizado lo que ahora se ha presentado ni han oído sino frases como la que acabo de decir, pero en las cuales no se han reunido fortuitamente, como en ésta, las pala­bras consonantes, sino que han sido igualadas de in­tento las unas con las otras. Pero hombres cuyos hechos y palabras estén, dentro de lo posible, en la más perfecta consonancia y correspondencia con la virtud y que go­biernen en otras ciudades semejantes a ellos, de esos ja­más han visto muchos, ni uno tan siquiera. ¿No crees?

—De ningún modo.

—Ni tampoco, mi buen amigo, han sido oyentes lo su­ficientemente asiduos de discusiones hermosas y nobles en que, sin más miras que el conocimiento en sí, se bus­que, denodadamente y por todos los medios, la verdad; discusiones en las cuales se saluden desde muy lejos esas sutilezas y triquiñuelas que no tienden más que a causar efecto y promover discordia en los tribunales y reuniones privadas.

—Tampoco las han oído —dijo.

—Esto era lo que considerábamos —dije—, y esto lo que preveíamos nosotros cuando, aunque con miedo, diji­mos antes, obligados por la verdad, que no habrá jamás ninguna ciudad ni gobierno perfectos, ni tampoco nin­gún hombre que lo sea, hasta que, por alguna necesidad impuesta por el destino, estos pocos filósofos, a los que ahora no llaman malos, pero sí inútiles, tengan que ocu­parse, quieran que no, en las cosas de la ciudad y ésta ten­ga que someterse a ellos; o bien hasta que, por obra de al­guna inspiración divina, se apodere de los hijos de los que ahora reinan y gobiernan o de los mismos gober­nantes un verdadero amor de la verdadera filosofia. Que una de estas dos posibilidades o ambas sean irrealizables, eso yo afirmo que no hay razón alguna para sostenerlo. Pues, si así fuera, se reirían de nosotros muy justificada­mente como de quien se extiende en vanas quimeras ¿No es así?

—Así es.

—Pero, si ha existido alguna vez en la infinita extensión del tiempo pasado o existe actualmente, en algún lugar bárbaro y lejano a que nuestra vista no alcance o ha de existir en el futuro alguna necesidad por la cual se vean obligados a ocuparse de política los filósofos más emi­nentes, en tal caso nos hallamos dispuestos a sostener con palabras que ha existido, existe o existirá un sistema de gobierno como el descrito siempre que la musa filosófica llegue a ser dueña del Estado. Porque no es imposible que exista; y cuanto decimos es ciertamente difícil —eso lo he­mos reconocido nosotros mismos—, pero no irrealizable.

—También yo opino igual —dijo.

—Pero ¿me vas a decir que no es esa, en cambio, la opi­nión del vulgo? —pregunté.

—Tal vez —dijo.

—¡Oh mi bendito amigo! —dije—. No censures de tal modo a las multitudes. Pues cambiarán de opinión si, en vez de buscarles querella, se les aconseja y se intenta des­hacer sus prejuicios contra el amor de la ciencia indicán­doles de qué filósofos hablas y definiendo, como hace un instante, su naturaleza y profesión para que no crean que te refieres a los que ellos se imaginan. ¿O dirás que no han de cambiar de opinión o a responder de distinto modo ni aun cuando los vean a esa luz? ¿Piensas tal vez que quien no es envidioso y es manso por naturaleza va a ser vio­lento contra el que no lo sea o a envidiar a quien no envi­die? Por mi parte diré, anticipándome a tus objeciones, que un carácter tan dificil puede darse en unas pocas per­sonas, pero no en una multitud.

—También yo estoy enteramente de acuerdo —dijo.

—¿Entonces estarás también de acuerdo en que la cul­pa de que el vulgo esté mal dispuesto para con la filosofía la tienen aquellos intrusos que, tras haber irrumpido indebidamente en ella, se insultan y enemistan mutua­mente y no tratan en sus discursos más que cuestiones personales comportándose así de la manera menos pro­pia de un filósofo?

—Sí —dijo.

XIII. —En efecto, ¡oh, Adimanto!, a aquel cuyo espíritu está ocupado con el verdadero ser no le queda tiempo para bajar su mirada hacia las acciones de los hombres ni para ponerse, lleno de envidia y malquerencia, a luchar con ellos; antes bien, como los objetos de su atenta con­templación son ordenados, están siempre del mismo modo, no se hacen daño ni lo reciben los unos de los otros y responden en toda su disposición a un orden ra­cional, por eso ellos imitan a estos objetos y se les asimi­lan en todo lo posible. ¿O crees que hay alguna posibili­dad de que no imite cada cual a aquello con lo que convive y a lo cual admira?

—Es imposible —dijo.

—De modo que, por convivir con lo divino y ordena­do, el filósofo se hace todo lo ordenado y divino que pue­de serlo un hombre; aunque en todo haypretexto para le­vantar calumnias.

—En efecto.

—Pues bien —dije—, si alguna necesidad le impulsa a in­tentar implantar en la vida pública y privada de los de­más hombres aquello que él ve allí arriba en vez de limi­tarse a moldear su propia alma, ¿crees acaso que será un mal creador de templanza y de justicia y de toda clase de virtudes colectivas?

—En modo alguno —dijo.

—Y si se da cuenta el vulgo de que decíamos verdad con respecto a él, ¿se irritarán contra los filósofos y des­confiarán de nosotros cuando digamos que la ciudad no tiene otra posibilidad de ser jamás feliz sino en el caso de que sus líneas generales sean trazadas por los dibujantes que copian de un modelo divino?

—No se irritarán —dijo— si se dan cuenta de ello. Pero ¿qué clase de dibujo es ese de que hablas?

—Tendrán —dije— que coger, como se coge una tablilla, la ciudad y los caracteres de los hombres y ante todo ha­brán de limpiarla, lo cual no es enteramente fácil. Pero ya sabes que este es un punto en que desde un principio di­ferirán de los demás, pues no accederán ni a tocar siquie­ra a la ciudad o a cualquier particular, ni menos a trazar sus leyes, mientras no la hayan recibido limpia o limpia­do ellos mismos.

—Y harán bien —dijo.

—Y después de esto, ¿no crees que esbozarán el plan general de gobierno?

—¿Cómo no?

—Y luego trabajarán, creo yo, dirigiendo frecuentes miradas a uno y a otro lado, es decir, por una parte a lo naturalmente justo ybello y temperante y a todas las vir­tudes similares y por otra a aquellas que irán implan­tando en los hombres mediante una mezcla y combina­ción de instituciones de la que, tomando como modelo lo que, cuando se halla en los hombres, define Homero como divino y semejante a los dioses, extraerán la verda­dera carnación humana.

—Muy bien —dijo.

—Y pienso yo que irán borrando y volviendo a pintar este o aquel detalle hasta que hayan hecho todo lo posible por trazar caracteres que sean agradables a los dioses en el mayor grado en que cabe serlo.

—No habrá pintura más hermosa que esa —dijo.

—¿No lograremos, pues —dije—, persuadir en algún modo a aquellos de quienes decías que avanzaban con todas sus fuerzas contra nosotros, demostrándoles que ese consumado pintor de gobiernos no es otro que aquel cuyo elogio les hacíamos antes y por causa del cual se indigna­ban viendo que queríamos entregarle las ciudades, y no se quedarán algo más tranquilos al oírnoslo decir ahora?

—Mucho más —dijo—, si es que son sensatos.

—Porque ¿qué podrán discutir? ¿Negarán que los filó­sofos son amantes del ser y de la verdad?

—Sería absurdo —dijo.

—¿Dirán que la naturaleza de ellos, tal como la hemos descrito, no es afín a todo lo más excelente?

—Tampoco eso.

—¿Pues qué? ¿Que una naturaleza así no será buena y filosófica en grado más perfecto que ninguna otra, con tal de que obtenga condiciones adecuadas? ¿O dirá que lo son más aquellos a quienes excluimos?

—No por cierto.

—¿Se irritarán, pues, todavía cuando digamos noso­tros que no cesarán los males de la ciudad y de los ciuda­danos ni se verá realizado de hecho el sistema que hemos forjado en nuestra imaginación mientras no llegue a ser dueña de las ciudades la clase de los filósofos?

—Quizá se irritarán menos —dijo.

—¿Y no prefieres —pregunté— que, en vez de decir «me­nos», los declaremos por perfectamente convencidos y amansados para que, si no otra razón, al menos la ver­güenza les impulse a convenir en ello?

—Desde luego —dijo.

XIV —Pues bien —dije—, helos ya persuadidos de esto. ¿Y puede alguien negar la posibilidad de que algunos des­cendientes de reyes o gobernantes resulten acaso ser filó­sofos por naturaleza?

—Nadie —dijo.

—¿O hay quien pueda decir que es absolutamente fatal que se perviertan quienes reúnen tales condiciones? Que es dificil que se salven, eso nosotros mismos lo hemos admitido. Pero que jamás, en el curso entero de los tiem­pos, pueda salvarse ni uno tan sólo de entre todos ellos, ¿puede alguien afirmarlo?

—¿Cómo lo va a afirmar?

—Ahora bien —dije—, bastaría con que hubiese uno solo y con que a éste le obedeciera la ciudad para que fuese ca­paz de realizar todo cuanto ahora se pone en duda.

—Sí que bastaría —dijo.

—Y, si hay un gobernante —dije— que establezca las le­yes e instituciones antes descritas, no creo yo imposible que los ciudadanos accedan a obrar en consonancia.

—En modo alguno.

—Ahora bien, lo que nosotros opinamos, ¿será acaso sorprendente o imposible que lo opinen también otros?

—No creo yo que lo sea —dijo.

—Y en la parte anterior dejamos suficientemente de­mostrado, según yo creo, que nuestro plan era el mejor, siempre que fuese realizable.

—En efecto, suficientemente.

—Pues bien, ahora hallamos, según parece, que, si es realizable, lo que decimos acerca de la legislación es lo mejor, y, si bien es dificil que llegue a ser realidad, no re­sulta en modo alguno imposible.

—Así es —dijo.

XV —Ya, pues, que, aunque a duras penas, hemos termi­nado con esto, ahora nos queda por estudiar la manera de que tengamos personas que salvaguarden el Estado, las enseñanzas y ejercicios con los cuales se formarán y las distintas edades en que se aplicarán a cada uno de ellos.

—Hay que estudiarlo, sí —dijo.

—Entonces —dije— de nada me sirvió la habilidad con que antes pasé por alto las espinosas cuestiones de la po­sesión de mujeres y procreación de hijos y designación de gobernantes, porque sabía cuán criticable y difícil de realizar era el sistema enteramente conforme a la verdad; pero no por ello ha dejado de venir ahora el momento en que hay que tratarlo. Lo relativo a las mujeres e hijos está ya totalmente expuesto; pero con la cuestión de los go­bernantes hay que comenzar otra vez como si estuviése­mos en un principio. Decíamos, si lo recuerdas, que era preciso que, sometidos a las pruebas del placer y del do­lor, resultasen ser amantes de la ciudad y que no hubiese trabajo ni peligro ni ninguna otra vicisitud capaz de ha­cerles aparecer como desertores de este principio; al que fracasara había que excluirlo y al que saliera de todas es­tas pruebas tan puro como el oro acrisolado al fuego, a ése había que nombrarle gobernante y concederle hono­res y recompensas tanto en vida como después de su muerte. Tales eran, poco más o menos, los términos eva­sivos y encubiertos de que usó la argumentación, porque temía removerlo que ahora se nos presenta.

—Muy cierto es lo que dices —repuso—. Sí que lo re­cuerdo.

—En efecto —dije yo—, no me atrevía, mi querido ami­go, a hablar con tanto valor como hace un momento; pero ahora arrojémonos ya a afirmar también que es ne­cesario designar filósofos para que sean los más perfec­tos guardianes.

—Quede afirmado —dijo.

—Observa ahora cuán probable es que tengas pocos de éstos, pues dijimos que era necesario que estuviesen do­tados de un carácter cuyas distintas partes rara vez sue­len desarrollarse en un mismo individuo, antes bien, generalmente la tal naturaleza aparece así como des­membrada.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Ya sabes que quienes reúnen facilidad para aprender, memoria, sagacidad, vivacidad y otras cualidades seme­jantes, no suelen poseer al mismo tiempo una tal noble­za y magnanimidad que les permita resignarse a vivir una vida ordenada, tranquila y segura; antes bien, tales personas se dejan arrastrar adonde quiera llevarlos su es­píritu vivaz y no hay en ellos ninguna fijeza.

—Tienes razón —dijo.

—En cambio, a los caracteres firmes y constantes, en los cuales puede uno más confiar y que se mantienen inconmovibles en medio de los peligros guerreros, les ocurre lo mismo con los estudios; les cuesta moverse y aprender, están como amodorrados y se adormecen y bostezan constantemente en cuanto han de trabajar en alguna de estas cosas.

—Así es —dijo.

—Pues bien, nosotros afirmábamos que han de par­ticipar justa y proporcionadamente de ambos grupos de cualidades y, si no, no se les debe dotar de la más comple­ta educación ni concederles honores o magistraturas. —Bien —dijo.

—¿Y no crees que esta combinación será rara?

—¿Cómo no?

—Hay que probarlos, pues, por medio de todos los tra­bajos, peligros y placeres de que antes hablábamos; y diremos también ahora algo que entonces omitimos: que hay que hacerles ejercitarse en muchas disciplinas y así veremos si cada naturaleza es capaz de soportar las más grandes enseñanzas o bien flaqueará como los que fla­quean en otras cosas.

—Conviene, en efecto —dijo él—, verificar este examen. Pero ¿a qué llamas las más grandes enseñanzas?

XVI. —Tú recordarás, supongo yo —dije—, que colegi­mos, con respecto a la justicia, templanza, valor y sabi­duría, cuál era la naturaleza de cada uno de ellos, pero no sin distinguir antes tres especies en el alma.

—Si no lo recordara —dijo—, no merecería seguir escu­chando.

—¿Y lo que se dijo antes de eso?

—¿Qué?

—Decíamos, creo yo, que para conocer con la mayor exactitud posible estas cualidades había que dar un largo rodeo al término del cual serían vistas con toda claridad; pero existía una demostración, afín a lo que se había di­cho anteriormente, que podía ser enlazada con ello. Vo­sotros dijisteis que os bastaba y entonces se expuso algo que, en mi opinión, carecía de exactitud; pero, si os agra­dó, eso sois vosotros quienes lo habéis de decir.

—Para mí —dijo— llenaste la medida y así se lo pareció también a los otros.

—Pero, amigo mío —dije—, en materia tan importante no hay ninguna medida que si se aparta en algo, por poco que sea, de la verdad, pueda en modo alguno ser tenida por tal, pues nada imperfecto puede ser medida de ninguna cosa. Sin embargo, a veces hay quien cree que ya basta y que no hace ninguna falta seguir investigando.

—En efecto —dijo—, hay muchos a quienes les ocurre eso por su indolencia.

—Pues he ahí —dije— algo que le debe ocurrir menos que a nadie al guardián de la ciudad y de las leyes.

—Es natural —dijo.

—De modo, compañero, que una persona así debe ro­dear por lo más largo —dije— y no afanarse menos en su instrucción que en los demás ejercicios. En caso contra­rio ocurrirá lo que hace poco decíamos: que no llegará a dominar jamás aquel conocimiento que, siendo el más sublime, es el que mejor le cuadra.

—Pero ¿no son aquellas virtudes las más sublimes —dijo—, sino que existe algo más grande todavía que la justicia y las demás que hemos enumerado?

—No sólo lo hay—dije yo—, sino que, en cuanto a estas mismas virtudes, no basta con contemplar, como ahora, un simple bosquejo de ellas; antes bien, no se debe re­nunciar a ver la obra en su mayor perfección. ¿O no es absurdo que, mientras se hace toda clase de esfuerzos para dar a otras cosas de poco momento toda la limpie­za y precisión posibles, no se considere dignas de un grado máximo de exactitud a las más elevadas cuestio­nes?

—En efecto. ¿Pero crees —dijo— que habrá quien te deje seguir sin preguntarte cuál es ese conocimiento el más sublime y sobre qué dices que versa?

—En modo alguno —dije—; pregúntamelo tú mismo. Por lo demás, ya lo has oído no pocas veces; pero ahora o no te acuerdas de ello o es que te propones ponerme en un brete con tus objeciones. Más bien creo esto último, pues me has oído decir muchas veces que el más sublime objeto de conocimiento es la idea del bien, que es la que, asociada a la justicia y alas demás virtudes, las hace útiles y beneficiosas. Y ahora sabes muy bien que voy a hablar de ello y a decir además que no lo conocemos suficiente­mente. Y, si no lo conocemos, sabes también que, aunque conociéramos con toda la perfección posible todo lo de­más excepto esto, no nos serviría para nada, como tam­poco todo aquello que poseemos sin poseer a un tiempo el bien. ¿O crees que sirve de algo el poseer todas las co­sas salvo las buenas? ¿O el conocerlo todo excepto el bien y no conocer nada hermoso ni bueno?

—No lo creo, ¡por Zeus! —dijo.

XVII. —Ahora bien, también sabes que para las más de las gentes el bien es el placer y para los más ilustrados el conocimiento.

—¿Cómo no?

—Y también, mi querido amigo, que quienes tal opi­nan no pueden indicar qué clase de conocimiento, sino que al fin se ven obligados a decir que el del bien.

—Lo cual es muy gracioso —dijo.

—¿Cómo no va a serlo —dije— si, después de echarnos en cara que no conocemos el bien, nos hablan luego como a quien lo conoce? En efecto, dicen que es el cono­cimiento del bien, como si comprendiéramos nosotros lo que quieren decir cuando pronuncian el nombre del bien.

—Tienes mucha razón —dijo.

—¿Y los que definen el bien como el placer? ¿Acaso no incurren en un extravío no menor que el de los otros? ¿No se ven también éstos obligados a convenir en que existen placeres malos?

—En efecto.

—Les acontece, pues, creo yo, el convenir en que las mismas cosas son buenas y malas. ¿No es eso?

—¿Qué otra cosa va a ser?

—¿Es, pues, evidente, que hay muchas y grandes dudas sobre esto?

—¿Cómo no?

—¿Y qué? ¿No es evidente también que, mientras con respecto a lo justo y lo bello hay muchos que, optando por la apariencia, prefieren hacer y tener lo que lo parez­ca aunque no lo sea, en cambio, con respecto a lo bueno, a nadie le basta con poseer lo que parezca serlo, sino que buscan todos la realidad desdeñando en ese caso la apa­riencia?

—Efectivamente —dijo.

—Pues bien, esto que persigue y con miras a lo cual obra siempre toda alma, que, aun presintiendo que ello es algo, no puede, en su perplejidad, darse suficiente cuenta de lo que es ni guiarse por un criterio tan seguro como en lo relativo a otras cosas, por lo cual pierde tam­bién las ventajas que pudiera haber obtenido de ellas... ¿Consideraremos, pues, necesario que los más excelentes ciudadanos, a quienes vamos a confiar todas las cosas, permanezcan en semejante oscuridad con respecto a un bien tan preciado y grande?

—En modo alguno —dijo.

—En efecto, creo yo —dije— que las cosas justas y her­mosas de las que no se sabe en qué respecto son buenas no tendrán un guardián que valga gran cosa en aquel que ignore este extremo; y auguro que nadie las conocerá su­ficientemente mientras no lo sepa.

—Bien auguras —dijo.

—¿No tendremos, pues, una comunidad perfectamen­te organizada cuando la guarde un guardián conocedor de estas cosas?

XVIII. —Es forzoso —dijo—. Pero tú, Sócrates, ¿dices que el bien es el conocimiento o que es el placer o que es algu­na otra cosa distinta de éstas?

—¡Vaya con el hombre! —exclamé—. Bien se veía des­de hace rato que no te ibas a contentar con lo que opina­ran los demás acerca de ello.

—Porque no me parece bien, ¡oh, Sócrates! —dijo—, que quien durante tanto tiempo se ha ocupado de estos asun­tos pueda exponerlas opiniones de los demás, pero no las suyas.

—¿Pues qué? —dije yo—. ¿Te parece bien que hable uno de las cosas que no sabe como si las supiese?

—No como si las supiese —dijo—, pero sí que acceda a exponer, en calidad de opinión, lo que él opina.

—¿Y qué? ¿No te has dado cuenta —dije— de que las opiniones sin conocimiento son todas defectuosas? Pues las mejores de entre ellas son ciegas. ¿O crees que difieren en algo de unos ciegos que van por buen cami­no aquellos que profesan una opinión recta, pero sin co­nocimiento?

—En nada —dijo.

—¿Quieres, entonces, ver cosas feas, ciegas y tuertas cuando podrías oírlas claras y hermosas de labios de otros?

—¡Por Zeus! —dijo Glaucón—. No te detengas, ¡oh, Só­crates!, como si hubieses llegado ya al final. A nosotros nos basta que, como nos explicaste lo que eran la justicia, templanza y demás virtudes, del mismo modo nos expli­ques igualmente lo que es el bien.

—También yo, compañero —dije—, me daría por plena­mente satisfecho. Pero no sea que resulte incapaz de ha­cerlo y provoque vuestras risas con mis torpes esfuerzos. En fin, dejemos por ahora, mis bienaventurados amigos, lo que pueda ser lo bueno en sí, pues me parece un tema demasiado elevado para que, con el impulso que llevamos ahora, podamos llegar en este momento a mi concep­ción acerca de ello. En cambio estoy dispuesto a hablaros de algo que parece ser hijo del bien y asemejarse suma­mente a él; eso si a vosotros os agrada, y si no lo dejamos.

—Háblanos, pues —dijo—. Otra vez nos pagarás tu deu­da con la descripción del padre.

—¡Ojalá —dije— pudiera yo pagarla y vosotros percibir­la entera en vez de contentaros, como ahora, con los inte­reses! En fin, llevaos, pues, este hijo del bien en sí, este in­terés producido por él; mas cuidad de que yo no os engañe involuntariamente pagándoos los réditos en mo­neda falsa.

—Tendremos todo el cuidado posible —dijo—. Pero ha­bla ya.

—Sí —contesté—, pero después de haberme puesto de acuerdo con vosotros y de haberos recordado lo que se ha dicho antes y se había dicho ya muchas otras veces.

—¿Qué? —dijo.

—Afirmamos y definimos en nuestra argumentación —dije— la existencia de muchas cosas buenas y muchas cosas hermosas y muchas también de cada una de las de­más clases.

—En efecto, así lo afirmamos.

—Y que existe, por otra parte, lo bello en sí y lo bueno en sí; y del mismo modo, con respecto a todas las cosas que antes definíamos como múltiples, consideramos, por el contrario, cada una de ellas como correspondiente a una sola idea, cuya unidad suponemos, y llamamos a cada cosa «aquello que es».

—Tal sucede.

—Y de lo múltiple decimos que es visto, pero no conce­bido, y de las ideas, en cambio, que son concebidas, pero no vistas.

—En absoluto.

—Ahora bien, ¿con qué parte de nosotros vemos lo que es visto?

—Con la vista —dijo.

—¿Y no percibimos —dije— por el oído lo que se oye y por medio de los demás sentidos todo lo que se percibe?

—¿Cómo no?

—¿No has observado —dije— de cuánta mayor generosi­dad usó el artífice de los sentidos para con la facultad de ver y ser visto?

—No, en modo alguno —dijo.

—Pues considera lo siguiente: ¿existe alguna cosa de especie distinta que les sea necesaria al oído para oír o a la voz para ser oída; algún tercer elemento en ausencia del cual no podrá oír el uno ni ser oída la otra?

—Ninguna —dijo.

—Y creo también —dije yo— que hay muchas otras fa­cultades,por nodecirtodas, que no necesitan de nada se­mejante. ¿O puedes tú citarme alguna?

—No, por cierto —dijo.

—Y en cuanto a la facultad de ver y ser visto, ¿no te has dado cuenta de que ésta sí que necesita?

—¿Cómo?

—Porque aunque, habiendo vista en los ojos, quiera su poseedor usar de ella y esté presente el color en las cosas, sabes muy bien que, si no se añade la tercera especie par­ticularmente constituida para este mismo objeto, ni la vista verá nada ni los colores serán visibles.

—¿Y qué es eso —dijo— a que te refieres?

—Aquello —contesté— a lo que tú llamas luz.

—Tienes razón —dijo.

—No es pequeña, pues, la medida en que, por lo que toca a excelencia, supera el lazo de unión entre el sentido de la vista y la facultad de ser visto a los que forman las demás uniones; a no ser que la luz sea algo despreciable.

—No —dijo—; está muy lejos de serlo.

XIX. —¿Y a cuál de los dioses del cielo puedes indicar como dueño de estas cosas y productor de la luz por me­dio de la cual vemos nosotros y son vistos los objetos con la mayor perfección posible?

—Al mismo —dijo— que tú y los demás, pues es evidente que preguntas por el sol.

—Ahora bien, ¿no se encuentra la vista en la siguiente relación con respecto a este dios?

—¿En cuál?

—No es sol la vista en sí ni tampoco el órgano en que se produce, al cual llamamos ojo.

—No, en efecto.

—Pero éste es, por lo menos, el más parecido al sol, creo yo, de entre los órganos de los sentidos.

—Con mucho.

—Y el poder que tiene, ¿no lo posee como algo dispen­sado por el sol en forma de una especie de emanación?

—En un todo.

—¿Mas no es así que el sol no es visión, sino que, sien­do causante de ésta, es percibido por ella misma?

—Así es —dijo.

—Pues bien, he aquí —continué— lo que puedes decir que yo designaba como hijo del bien, engendrado por éste a su semejanza como algo que, en la región visible, se comporta, con respecto a la visión y a lo visto, del mismo modo que aquél en la región inteligible con respecto a la inteligencia y a lo aprehendido por ella.

—¿Cómo? —dijo—. Explícamelo algo más.

—¿No sabes —dije—, con respecto a los ojos, que, cuan­do no se les dirige a aquello sobre cuyos colores se extien­da la luz del sol, sino a lo que alcanzan las sombras noc­turnas, ven con dificultad y parecen casi ciegos como si no hubiera en ellos visión clara?

—Efectivamente —dijo.

—En cambio, cuando ven perfectamente lo que el sol ilumina, se muestra, creo yo, que esa visión existe en aquellos mismos ojos.

—¿Cómo no?

—Pues bien, considera del mismo modo lo siguiente con respecto al alma. Cuando ésta fija su atención sobre un objeto iluminado por la verdad y el ser, entonces lo comprende y conoce y demuestra tener inteligencia; pero, cuando la fija en algo que está envuelto en penum­bras, que nace o perece, entonces, como no ve bien, el alma no hace más que concebir opiniones siempre cam­biantes y parece hallarse privada de toda inteligencia.

—Tal parece, en efecto.

—Puedes, por tanto, decir que lo que proporciona la verdad a los objetos del conocimiento y la facultad de co­nocer al que conoce es la idea del bien, a la cual debes concebir como objeto del conocimiento, pero también como causa de la ciencia y de la verdad; y así, por muy hermosas que sean ambas cosas, el conocimiento y la verdad, juzgarás rectamente si consideras esa idea como otra cosa distinta y más hermosa todavía que ellas. Y, en cuanto al conocimiento y la verdad, del mismo modo que en aquel otro mundo se puede creer que la luz y la visión se parecen al sol, pero no que sean el mismo sol, del mis­mo modo en éste es acertado el considerar que uno y otra son semejantes al bien, pero no lo es el tener a uno cual­quiera de los dos por el bien mismo, pues es mucho ma­yor todavía la consideración que se debe a la naturaleza del bien.

—¡Qué inefable belleza —dijo— le atribuyes! Pues, sien­do fuente del conocimiento y la verdad, supera a ambos, según tú, en hermosura. No creo, pues, que lo vayas a identificar con el placer.

—Ten tu lengua —dije—. Pero continúa considerando su imagen de la manera siguiente.

—¿Cómo?

—Del sol dirás, creo yo, que no sólo proporciona a las cosas que son vistas la facultad de serlo, sino también la generación, el crecimiento y la alimentación; sin embar­go, él no es generación.

—¿Cómo había de serlo?

—Del mismo modo puedes afirmar que a las cosas in­teligibles no sólo les adviene por otra del bien su cualidad de inteligibles, sino también se les añaden, por obra tam­bién de aquél, el ser y la esencia; sin embargo, el bien no es esencia, sino algo que está todavía por encima de aquélla en cuanto a dignidad y poder.

XX. Entonces Glaucón dijo con mucha gracia: —¡Por Apolo! ¡Qué maravillosa superioridad!

—Tú tienes la culpa —dije—, porque me has obligado a decir lo que opinaba acerca de ello.

—Y no te detengas en modo alguno —dijo—. Sigue ex­poniéndonos, si no otra cosa, al menos la analogía con respecto al sol, si es que te queda algo que decir.

—Desde luego —dije— es mucho lo que me queda.

—Pues bien —dijo—, no te dejes ni lo más insignificante.

—Me temo —contesté— que sea mucho lo que me deje. Sin embargo, no omitiré de intento nada que pueda ser dicho en esta ocasión.

—No, no lo hagas —dijo.

—Pues bien —dije—, observa que, como decíamos, son dos y reinan, el uno en el género y región ínteligibles, y el otro, en cambio, en la visible; y no digo que en el cielo para que no creas que juego con el vocablo. Sea como sea, ¿tienes ante ti esas dos especies, la visible y la inteli­gible?

—Las tengo.

—Toma, pues, una línea que esté cortada en dos seg­mentos desiguales y vuelve a cortar cada uno de los segmentos, el del género visible y el del inteligible, si­guiendo la misma proporción. Entonces tendrás, clasi­ficados según la mayor claridad u oscuridad de cada uno: en el mundo visible, un primer segmento, el de las imágenes. Llamo imágenes ante todo a las sombras y, en segundo lugar, a las figuras que se forman en el agua y en todo lo que es compacto, pulido y brillante y a otras cosas semejantes, si es que me entiendes.

—Sí que te entiendo.

—En el segundo pon aquello de lo cual esto es imagen: los animales que nos rodean, todas las plantas y el género entero de las cosas fabricadas.

—Lo pongo —dijo.

—¿Accederías acaso —dije yo— a reconocer que lo visi­ble se divide, en proporción a la verdad o a la carencia de ella, de modo que la imagen se halle, con respecto a aque­llo que imita, en la misma relación en que lo opinado con respecto a lo conocido?

—Desde luego que accedo —dijo.

—Considera, pues, ahora de qué modo hay que dividir el segmento de lo inteligible.

—¿Cómo?

—De modo que el alma se vea obligada a buscar la una de las partes sirviéndose, como de imágenes, de aque­llas cosas que antes eran imitadas, partiendo de hipó­tesis y encaminándose así, no hacia el principio, sino ha­cia la conclusión; y la segunda, partiendo también de una hipótesis, pero para llegar a un principio no hipoté­tico y llevando a cabo su investigación con la sola ayuda de las ideas tomadas en sí mismas y sin valerse de las imá­genes a que en la búsqueda de aquello recurría.

—No he comprendido de modo suficiente —dijo— eso de que hablas.

—Pues lo diré otra vez —contesté—. Y lo entenderás me­jor después del siguiente preámbulo. Creo que sabes que quienes se ocupan de geometría, aritmética y otros estu­dios similares dan por supuestos los números impares y pares, las figuras, tres clases de ángulos y otras cosas em­parentadas con éstas y distintas en cada caso; las adoptan como hipótesis, procediendo igual que si las conocieran, y no se creen ya en el deber de dar ninguna explicación ni a sí mismos ni a los demás con respecto a lo que conside­ran como evidente para todos, y de ahí es de donde parten las sucesivas y consecuentes deducciones que les llevan fi­nalmente a aquello cuya investigación se proponían.

—Sé perfectamente todo eso —dijo.

—¿Y no sabes también que se sirven de figuras visibles acerca de las cuales discurren, pero no pensando en ellas mismas, sino en aquello a que ellas se parecen, discu­rriendo, por ejemplo, acerca del cuadrado en sí y de su diagonal, pero no acerca del que ellos dibujan, e igual­mente en los demás casos; y que así, las cosas modeladas y trazadas por ellos, de que son imágenes las sombras y reflejos producidos en el agua, las emplean, de modo que sean a su vez imágenes, en su deseo de ver aquellas cosas en sí que no pueden ser vistas de otra manera sino por z medio del pensamiento?

—Tienes razón —dijo.

XXI. —Y así, de esta clase de objetos decía yo que era inteligible, pero que en su investigación se ve el alma obligada a servirse de hipótesis y, como no puede remon­tarse por encima de éstas, no se encamina al principio, sino que usa como imágenes aquellos mismos objetos, imitados a su vez por los de abajo, que, por comparación con éstos, son también ellos estimados y honrados como cosas palpables.

—Ya comprendo —dijo—; te refieres a lo que se hace en geometría y en las ciencias afines a ella.

—Pues bien, aprende ahora que sitúo en el segundo segmento de la región inteligible aquello a que alcanza por sí misma la razón valiéndose del poder dialéctico y considerando las hipótesis no como principios, sino como verdaderas hipótesis, es decir, peldaños y trampo­lines que la eleven hasta lo no hipotético, hasta el princi­pio de todo; y una vez haya llegado a éste, irá pasando de una a otra de las deducciones que de él dependen hasta que de ese modo descienda a la conclusión sin recurrir en absoluto a nada sensible, antes bien, usando solamente de las ideas tomadas en sí mismas, pasando de una a otra y terminando en las ideas.

—Ya me doy cuenta —dijo—, aunque no perfectamente, pues me parece muy grande la empresa a que te refieres, de que lo que intentas es dejar sentado que es más clara la visión del ser y de lo inteligible que proporciona la cien­ciadialéctica que la que proporcionan las llamadas artes, a las cuales sirven de principios las hipótesis; pues, aun­que quienes las estudian se ven obligados a contemplar los objetos por medio del pensamiento y no de los senti­dos, sin embargo, como no investigan remontándose al principio, sino partiendo de hipótesis, por eso te parece a ti que no adquieren conocimiento de esos objetos que son, empero, inteligibles cuando están en relación con un principio. Y creo también que a la operación de los geó­metras y demás la llamas pensamiento, pero no conoci­miento, porque el pensamiento es algo que está entre la simple creencia y el conocimiento.

—Lo has entendido —dije— con toda perfección. Ahora aplícame a los cuatro segmentos estas cuatro operaciones que realiza el alma: la inteligencia, al más elevado; el pen­samiento, al segundo; al tercero dale la creencia y al últi­mo la imaginación; y ponlos en orden, considerando que cada uno de ellos participa tanto más de la claridad cuanto más participen de la verdad los objetos a que se aplica.

—Ya lo comprendo —dijo—; estoy de acuerdo y los orde­no como dices.

VII

I. —Y a continuación —seguí— compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza. Imagina una es­pecie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo an­cho de toda la caverna y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un ca­mino situado en alto; y a lo largo del camino suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mampa­ras que se alzan entre los titiriteros y el público, por en­cima de las cuales exhiben aquéllos sus maravillas.

—Ya lo veo —dijo.

—Púes bien, contempla ahora, a lo largo de esa pare­dilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

—Qué extraña escena describes —dijo— y qué extraños pioneros!

—Iguales que nosotros —dije—, porque, en primer lu­gar ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyecta­das por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

—¡Cómo —dijo—, si durante toda su vida han sido obli­gados a mantener inmóviles las cabezas?

—¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

—¿Qué otra cosa van a ver?

—Y, si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no pien­sas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

Forzosamente.

—¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

—No, ¡por Zeus! —dijo.

—Entonces no hay duda —dije yo— de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

—Es enteramente forzoso —dijo.

—Examina, pues —dije—, qué pasaría si fueran libera­dos de sus cadenas y curados de su ignorancia y si, con­forme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse sú­bitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la reali­dad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una vi­sión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que esta­ría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mos­traba?

—Mucho más —dijo.

II. —Y, sise le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía volvién­dose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que éstos son realmente más claros que los que le muestran?

—Así es —dijo.

—Y, si se lo llevaran de allí a la fuerza —dije—, obligán­dole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le deja­ran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado y, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

—No, no sería capaz —dijo—, al menos por el momento.

—Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder lle­gar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras, luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.

—¿Cómo no?

—Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imá­genes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y con­templar.

—Necesariamente —dijo.

—Y, después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobier­na todo lo de la región visible y es, en cierto modo, el au­tor de todas aquellas cosas que ellos veían.

—Es evidente —dijo— que después de aquello vendría a pensar en eso otro.

—¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habita­ción y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

Efectivamente.

—Y, si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profeti­zar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que senti­ría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quie­nes gozaran de honores y poderes entre aquéllos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría de­cididamente «ser siervo en el campo de cualquier labra­dor sin caudal» o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?

—Eso es lo que creo yo —dijo—: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.

—Ahora fíjate en esto —dije—: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas como a quien deja súbita­mente la luz del sol?

—Ciertamente —dijo.

—Y, si tuviese que competir de nuevo con los que ha­bían permanecido constantemente encadenados, opinan­do acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad —y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse—, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían, si encontraban manera de echarle mano y ma­tarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?

—Claro que sí—dijo.

III. —Pues bien —dije—, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh, amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vis­ta con la vivienda—prisión y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la región inteli­gible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me pa­rece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas, que, mientras en el mun­do visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

—También yo estoy de acuerdo —dijo—, en el grado en que puedo estarlo.

—Pues bien —dije—, dame también la razón en esto otro: no te extrañes de que los que han llegado a ese pun­to no quieran ocuparse en asuntos humanos; antes bien, sus almas tienden siempre a permanecer en las alturas, y es natural, creo yo, que así ocurra, al menos si también esto concuerda con la imagen de que se ha hablado.

—Es natural, desde luego —dijo.

—¿Y qué? ¿Crees —dije yo— que haya que extrañarse de que, al pasar un hombre de las contemplaciones divinas a las miserias humanas, se muestre torpe y sumamente ridículo cuando, viendo todavía mal y no hallándose aún suficientemente acostumbrado a las tinieblas que le ro­dean, se ve obligado a discutir, en los tribunales o en otro lugar cualquiera, acerca de las sombras de lo justo o de las imágenes de que son ellas reflejo y a contender acerca del modo en que interpretan estas cosas los que jamás han visto la justicia en sí?

—No es nada extraño —dijo.

—Antes bien —dije—, toda persona razonable debe re­cordar que son dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos: al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la luz. Y, una vez haya pensado que también le ocurre lo mismo al alma, no se reirá insensa­tamente cuando vea a alguna que, por estar ofuscada, no es capaz de discernir los objetos, sino que averiguará si es que, viniendo de una vida más luminosa, está cegada por falta de costumbre o si, al pasar de una mayor ignorancia a una mayor luz, se ha deslumbrado por el exceso de ésta; y así considerará dichosa a la primera alma, que de tal manera se conduce y vive, y compadecerá a la otra, o bien, si quiere reírse de ella, esa su risa será menos ridícu­la que si se burlara del alma que desciende de la luz.

—Es muy razonable —asintió— lo que dices.

IV —Es necesario, por tanto —dije—, que, si esto es ver­dad, nosotros consideremos lo siguiente acerca de ello: que la educación no es tal como proclaman algunos que es. En efecto, dicen, según creo, que ellos proporcio­nan ciencia al alma que no la tiene del mismo modo que si infundieran vista a unos ojos ciegos.

—En efecto, así lo dicen —convino.

—Ahora bien, la discusión de ahora —dije— muestra que esta facultad, existente en el alma de cada uno, y el órgano con que cada cual aprende deben volverse, apartándose de lo que nace, con el alma entera —del mismo modo que el ojo no es capaz de volverse hacia la luz, dejando la tiniebla, sino en compañía del cuerpo entero— hasta que se hallen en condiciones de afrontar la contemplación del ser e incluso de la parte más bri­llante del ser, que es aquello a lo que llamamos bien. ¿No es eso?

—Eso es.

—Por consiguiente —dije— puede haber un arte de des­cubrir cuál será la manera más fácil y eficaz para que este órgano se vuelva; pero no de infundirle visión, sino de procurar que se corrija lo que, teniéndola ya, no está vuelto adonde debe ni mira adonde es menester.

—Tal parece —dijo.

—Y así, mientras las demás virtudes, las llamadas vir­tudes del alma, es posible que sean bastante parecidas a las del cuerpo —pues, aunque no existan en un principio, pueden realmente ser más tarde producidas por medio de la costumbre y el ejercicio—, en la del conocimiento se da el caso de que parece pertenecer a algo ciertamente más divino que jamás pierde su poder y que, según el lu­gar a que se vuelva, resulta útil y ventajoso o, por el contrario, inútil y nocivo. ¿O es que no has observado con cuánta agudeza percibe el alma miserable de aquellos de quienes se dice que son malos, pero inteligentes, y con qué penetración discierne aquello hacia lo cual se vuelve, porque no tiene mala vista y está obligada a servir a la maldad, de manera que, cuanto mayor sea la agudeza de su mirada, tantos más serán los males que cometa el alma?

—En efecto —dijo.

—Pues bien —dije yo—, si el ser de tal naturaleza hubiese sido, ya desde niño, sometido a una poda y extirpación de esa especie de excrecencias plúmbeas, emparentadas con la generación, que, adheridas por medio de la gula y de otros placeres y apetitos semejantes, mantienen vuelta hacia abajo la visión del alma; si, libre ésta de ellas, se volviera de cara a lo verdadero, aquella misma alma de aquellos mismos hombres lo vería también con la mayor penetración de igual modo que ve ahora aquello hacia lo cual está vuelta.

—Es natural —dijo.

—¿Y qué? —dije yo—. ¿No es natural y no se sigue forzo­samente de lo dicho que ni los ineducados y apartados de la verdad son jamás aptos para gobernar una ciudad ni tampoco aquellos a los que se permita seguir estudiando hasta el fin; los unos, porque no tienen en la vida ningún objetivo particular apuntando al cual deberían obrar en todo cuanto hiciesen durante su vida pública y privada y los otros porque, teniéndose por transportados en vida a las islas de los bienaventurados, no consentirán en actuar?

—Es cierto —dijo.

—Es, pues, labor nuestra —dije yo—, labor de los funda­dores, el obligar a las mejores naturalezas a que lleguen al conocimiento del cual decíamos antes que era el más ex­celso y vean el bien y verifiquen la ascensión aquella; y, una vez que, después de haber subido, hayan gozado de una visión suficiente, no permitirles lo que ahora les está permitido.

—¿Y qué es ello?

—Que se queden allí —dije— y no accedan a bajar de nuevo junto a aquellos prisioneros ni a participar en sus trabajos ni tampoco en sus honores, sea mucho o poco lo que éstos valgan.

—Pero entonces —dijo—, ¿les perjudicaremos y haremos que vivan peor siéndoles posible el vivir mejor?

V —Te has vuelto a olvidar, querido amigo —dije—, de que a la ley no le interesa nada que haya en la ciudad una clase que goce de particular felicidad, sino que se esfuer­za por que ello le suceda a la ciudad entera y por eso in­troduce armonía entre los ciudadanos por medio de la persuasión o de la fuerza, hace que unos hagan a otros partícipes de los beneficios con que cada cual pueda ser útil a la comunidad y ella misma forma en la ciudad hombres de esa clase, pero no para dejarles que cada uno se vuelva hacia donde quiera, sino para usar ella misma de ellos con miras a la unificación del Estado.

—Es verdad —dijo—. Me olvidé de ello.

—Pues ahora —dije— observa, ¡oh, Glaucón!, que tam­poco vamos a perjudicar a los filósofos que haya entre nosotros, sino a obligarles, con palabras razonables, a que se cuiden de los demás y les protejan. Les diremos que es natural que las gentes tales que haya en las demás ciudades no participen de los trabajos de ellas, porque se forman solos, contra la voluntad de sus respectivos go­biernos, y, cuando alguien se forma solo y no debe a na­die su crianza, es justo que tampoco se preocupe de rein­tegrar a nadie el importe de ella. Pero a vosotros os hemos engendrado nosotros, para vosotros mismos y para el resto de la ciudad, en calidad de jefes y reyes, como los de las colmenas, mejor y más completamente educados que aquéllos y más capaces, por tanto, de parti­cipar de ambos aspectos. Tenéis, pues, que ir bajando uno tras otro a la vivienda de los demás y acostumbraros a ver en la oscuridad. Una vez acostumbrados, veréis infi­nitamente mejor que los de allí y conoceréis lo que es cada imagen y de qué lo es, porque habréis visto ya la verdad con respecto a lo bello y a lo justo y a lo bueno. Y así la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día y no entre sueños, como viven ahora la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras o se disputan el mando como si éste fuera algún gran bien. Mas la verdad es, creo yo, lo siguiente: la ciu­dad en que estén menos ansiosos por ser gobernantes quienes hayan de serlo, ésa ha de ser forzosamente la que viva mejor y con menos disensiones que ninguna; y la que tenga otra clase de gobernantes, de modo distinto.

—Efectivamente —dijo.

—¿Crees, pues, que nos desobedecerán los pupilos cuando oigan esto y se negarán a compartir por turno los trabajos de la comunidad viviendo el mucho tiempo res­tante todos juntos y en el mundo de lo puro?

—Imposible —dijo—. Pues son hombres justos a quienes ordenaremos cosas justas. Pero no hay duda de que cada uno de ellos irá al gobierno como a algo inevitable al revés que quienes ahora gobiernan en las distintas ciudades.

—Así es, compañero —dije yo—. Si encuentras modo de proporcionar a los que han de mandar una vida mejor que la del gobernante, es posible que llegues a tener una ciudad bien gobernada, pues ésta será la única en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que poseer en abundancia para ser feliz: una vida buena y juiciosa. Pero donde son mendigos y ham­brientos de bienes personales los que van a la política cre­yendo que es de ahí de donde hay que sacar las riquezas, allí no ocurrirá así. Porque, cuando el mando se convierte en objeto de luchas, esa misma guerra doméstica e intesti­na los pierde tanto a ellos como al resto de la ciudad.

—Nada más cierto —dijo.

—Pero ¿conoces —dije— otra vida que desprecie los car­gos políticos excepto la del verdadero filósofo?

—No, ¡por Zeus! —dijo.

—Ahora bien, no conviene que se dirijan al poder en calidad de amantes de él, pues, si lo hacen, lucharán con ellos otros pretendientes rivales.

—¿Cómo no?

—Entonces, ¿a qué otros obligarás a dedicarse a la guarda de la ciudad sino a quienes, además de ser los más entendidos acerca de aquello por medio de lo cual se rige mejor el Estado, posean otros honores y lleven una vida mejor que la del político?

—A ningún otro —dijo.

VI. —¿Quieres, pues, que a continuación examinemos de qué manera se formarán tales personas y cómo se les podrá sacar a la luz, del mismo modo que, según se cuenta, ascendieron algunos desde el Hades hasta los dioses?

—¿Cómo no he de querer? —dijo.

—Pero esto no es, según parece, un simple lance de te­juelo, sino un volverse el alma desde el día nocturno hacia el verdadero; una ascensión hacia el ser de la cual diremos que es la auténtica filosofía.

—Efectivamente.

—¿No hay, pues, que investigar cuál de las enseñanzas tiene un tal poder?

—¿Cómo no?

—Pues bien, ¿cuál podrá ser, oh, Glaucón, la enseñanza que atraiga el alma desde lo que nace hacia lo que existe? Mas al decir esto se me ocurre lo siguiente. ¿No afirma­mos que era forzoso que éstos fuesen en su juventud atletas de guerra?

—Tal dijimos, en efecto.

—Por consiguiente es necesario que la enseñanza que buscamos tenga, además de aquello, esto otro.

¿Qué?

—El no ser inútil para los guerreros.

—Desde luego —dijo—; así debe ser si es posible.

—Ahora bien, antes les educamos por medio de la gimnástica yla música.

—Así es —dijo.

—En cuanto a la gimnástica, ésta se afana en torno a lo que nace y muere, pues es el crecimiento y decadencia del cuerpo lo que ella preside.

—Tal parece.

—Entonces no será esta la enseñanza que buscamos.

—No, no lo es.

—¿Acaso lo será la música tal como en un principio la describimos?

—Pero aquélla —dijo— no era, si lo recuerdas, más que una contrapartida de la gimnástica: educaba a los guar­dianes por las costumbres; les procuraba, por medio de la armonía, cierta proporción armónica, pero no cono­cimiento, y por medio del ritmo, la eurritmia; y en lo rela­tivo a las narraciones, ya fueran fabulosas o verídicas, presentaba algunos otros rasgos —siguió diciendo— seme­jantes a éstos. Pero no había en ella ninguna enseñanza que condujera a nada tal como lo que tú investigas ahora.

—Me lo recuerdas con gran precisión —dije—. En efecto, no ofrecía nada semejante. Pues entonces, ¿cuál podrá ser, oh, bendito Glaucón, esa enseñanza? Porque como nos ha pare­cido, según creo, que las artes eran todas ellas innobles...

—¿Cómo no? ¿Pues qué otra enseñanza nos queda ya, aparte de la música y de la gimnástica y de las artes?

—Si no podemos dar con ninguna —dije yo— que no esté incluída entre éstas, tomemos, pues, una de las que se aplican a todas ellas.

—¿Cuál?

—Por ejemplo, aquello tan general de que usan todas las artes y razonamientos y ciencias; lo que es forzoso que todos aprendan en primer lugar.

—¿Qué es ello? —dijo.

—Eso tan vulgar —dije— de conocer el uno y el dos y el tres. En una palabra, yo le llamo número y cálculo. ¿O no ocurre con esto que toda arte y conocimiento se ven obli­gados a participar de ello?

—Muy cierto —dijo.

—¿No lo hace también —dije— la ciencia militar?

—Le es absolutamente forzoso —dijo.

—En efecto —dije—, es un general enteramente ridículo el Agamenón que Palamedes nos presenta una y otra vez en las tragedias. ¿No has observado que Palamedes dice haber sido él quien, por haber inventado los núme­ros, asignó los puestos al ejército que acampaba ante Ilión y contó las naves y todo lo demás, y parece como si antes de él nada hubiese sido contado y como si Agame­nón no pudiese decir, por no saber tampoco contar, ni si­quiera cuántos pies tenía. Pues entonces, ¿qué clase de general piensas que fue?

—Extraño ciertamente —dijo— si eso fuera verdad.

VII. —¿No consideraremos, pues —dije—, como otro co­nocimiento indispensable para un hombre de guerra el hallarse en condiciones de calcular y contar?

—Más que ningún otro —dijo— para quien quiera en­tender algo, por poco que sea, de organización o, mejor dicho, para quien quiera ser un hombre.

—Pues bien —dije—, ¿observas lo mismo que yo con res­pecto a este conocimiento?

—¿Qué es ello?

—Podría bien ser uno de los que buscamos y que con­ducen naturalmente a la comprensión; pero nadie se sir­ve debidamente de él a pesar de que es absolutamente apto para atraer hacia la esencia.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Intentaré enseñarte —dije— lo que a mí al menos me pa­rece. Ve contemplando junto conmigo las cosas que yo voy a ir clasificando entre mí como aptas o no aptas para con­ducir adonde decimos y afirma o niega a fin de que vea­mos con mayor evidencia si esto es como yo lo imagino.

—Enséñame —dijo.

—Pues bien —dije—, te enseño, si quieres contemplarlas, que, entre los objetos de la sensación, los hay que no in­vitan a la inteligencia a examinarlos, por ser ya suficien­temente juzgados por los sentidos; y otros, en cambio, que la invitan insistentemente a examinarlos, porque los sentidos no dan nada aceptable.

—Es evidente —dijo— que te refieres a las cosas que se ven de lejos y a las pinturas con sombras.

—No has entendido bien —contesté— lo que digo. —¿Pues a qué te refieres? —dijo.

—Los que no la invitan —dije— son cuantos no desem­bocan al mismo tiempo en dos sensaciones contradicto­rias. Y los que desembocan los coloco entre los que la in­vitan, puesto que, tanto si son impresionados de cerca como de lejos, los sentidos no indican que el objeto sea más bien esto que lo contrario. Pero comprenderás más claramente lo que digo del siguiente modo. He aquí lo que podríamos llamar tres dedos: el más pequeño, el se­gundo y el medio.

—Desde luego —dijo.

—Fíjate en que hablo de ellos como de algo visto de cerca. Ahora bien, obsérvamelo siguiente con respecto a ellos.

—¿Qué?

—Cada uno se nos muestra igualmente como un dedo y en esto nada importa que se le vea en medio o en un ex­tremo, blanco o negro, grueso o delgado, o bien de cual­quier otro modo semejante. Porque en todo ello no se ve obligada el alma de los más a preguntar a la inteligencia qué cosa sea un dedo, ya que en ningún caso le ha indica­do la vista que el dedo sea al mismo tiempo lo contrario de un dedo.

—No, en efecto —dijo.

—De modo que es natural —dije— que una cosa así no llame ni despierte al entendimiento.

—Es natural.

—¿Y qué? Por lo que toca a su grandeza o pequeñez, ¿las distingue acaso suficientemente la vista y no le im­porta a ésta nada el que uno de ellos esté en medio o en un éxtremo? ¿Y le ocurre lo mismo al tacto con el grosor yladelgadez o la blandura y la dureza? Y los demás senti­dos, ¿no proceden acaso de manera deficiente al revelar estas cosas? ¿O bien es del siguiente modo como actúa cada uno de ellos, viéndose ante todo obligado a encar­garse también de lo blando el sentido que ha sido encar­gado de lo duro y comunicando éste al alma que percibe cómo la misma cosa es a la vez dura y blanda?

—De ese modo —dijo.

—Pues bien —dije—, ¿no es forzoso que, en tales casos, el alma se pregunte por su parte con perplejidad qué en­tiende esta sensación por duro, ya que de lo mismo dice también que es blando, y qué entiende la de lo ligero y pe­sado por ligero y pesado, puesto que llama ligero a lo pe­sado ypesado a lo ligero?

—Efectivamente —dijo—, he ahí unas comunicaciones extrañas para el alma y que reclaman consideración.

—Es, pues, natural —dije yo— que en caso semejante co­mience el alma por llamar al cálculo y la inteligencia e in­tente investigar con ellos si son una o dos las cosas anun­ciadas en cada caso.

—¿Cómo no?

—Mas, si resultan ser dos, ¿no aparecerá cada una de ellas como una y distinta de la otra?

—Sí.

—Ahora bien, si cada una de ellas es una y ambas jun­tas son dos, las concebirá a las dos como separadas, pues si no estuvieran separadas no las concebiría como dos, sino como una.

—Bien.

—Así, pues, la vista también veía, según decimos, lo grande y lo pequeño, pero no separado, sino confun­dido. ¿No es eso?

—Sí.

—Y para aclarar esta confusión, la mente se ha visto obligada a ver lo grande y lo pequeño no confundido, sino separado, al contrario que aquélla.

—Cierto.

—Pues bien, ¿no es de aquí de donde comienza a venir­nos el preguntar qué es lo grande y qué lo pequeño?

—En un todo.

—Y de la misma manera llamamos a lo uno inteligible y a lo otro visible.

—Muy exacto —dijo.

VIII. —Pues bien, eso es lo que yo quería decir cuando afirmaba hace un momento que hay cosas provocadoras de la inteligencia y otras no provocadoras y cuando a las que penetran en los sentidos en compañía de las opues­tas a ellas las definía como provocadoras y a las que no como no despertadoras de la inteligencia.

—Ya me doy cuenta —dijo— y así opino también.

—¿Y qué? El número y la unidad, ¿de cuáles te parece queson?

—No tengo idea —dijo.

—Pues juzga —dije— por lo expuesto. Si la unidad es contemplada —o percibida por cualquier otro sentido— de manera suficiente y en sí misma, no será de las cosas que atraen hacia la esencia, como decíamos del dedo; pero, si hay siempre algo contrario que sea visto al mismo tiem­po que ella, de modo que no parezca más la unidad que lo opuesto a ésta, entonces hará falta ya quien decida y el alma se verá en tal caso forzada a dudar y a investigar, po­niendo en acción dentro de ella el pensamiento, y a pre­guntar qué cosa es la unidad en sí, y con ello la aprehen­sión de la unidad será de las que conducen y hacen volverse hacia la contemplación del ser.

—Pero esto —dijo— ocurre en no pequeño grado con la visión de ella, pues vemos la misma cosa como una y como infinita multitud.

—Pues si tal ocurre a la unidad —dije yo—, ¿no les ocu­rrirá también lo mismo a todos los demás números?

—¿Cómo no?

—Ahora bien, toda la logística y aritmética tienen por objeto el número.

—En efecto.

—Y así resultan aptas para conducir ala verdad.

—Sí, extraordinariamente aptas.

—Entonces parece que son de las enseñanzas que bus­camos. En efecto, el conocimiento de estas cosas le es in­dispensable al guerrero a causa de la táctica y al filósofo por la necesidad de tocar la esencia emergiendo del mar de la generación, sin lo cual no llegará jamás a ser un calculador.

—Así es —dijo.

—Ahora bien, se da el caso de que nuestro guardián es guerrero y filósofo.

—¿Cómo no?

—Entonces, ¡oh, Glaucón!, convendría implantar por ley esta enseñanza e intentar persuadir a quienes vayan a participar en las más altas funciones de la ciudad para que se acerquen a la logística y se apliquen a ella no de una manera superficial, sino hasta que lleguen a contem­plar la naturaleza de los números con la sola ayuda de la inteligencia y no ejercitándola con miras a las ventas o compras, como los comerciantes y mercachifles, sino a la guerra y a la mayor facilidad con que el alma misma pue­da volverse de la generación a la verdad y la esencia.

—Muy bien dicho —contestó.

—Y he aquí —dije yo— que, al haberse hablado ahora de la ciencia relativa a los números, observo también cuán sutil es ésta y cuán beneficiosa en muchos aspectos para nosotros con relación a lo que perseguimos; eso siempre que uno la practique con miras al conocimiento, no al trapicheo.

—¿Por qué? —dijo.

—Por lo que ahora decíamos: porque eleva el alma muy arriba y la obliga a discurrir sobre los números en sí no tolerando en ningún caso que nadie discuta con ella aduciendo números dotados de cuerpos visibles o palpables: Ya sabes, creo yo, que quienes entienden de estas cosas se ríen del que en una discusión intenta divi­dir la unidad en sí y no lo admiten; antes bien, si tú la di­vides, ellos la multiplican, porque temen que vaya a apa­recer la unidad no como unidad, sino como reunión de varias partes.

—Gran verdad —asintió— la que dices.

—¿Qué crees, pues, oh, Glaucón? Si alguien les pregun­tara: «¡Oh, hombres singulares! ¿Qué números son esos sobre que discurrís, en los que las unidades son tales como vosotros las suponéis, es decir, son iguales todas ellas en­tre sí, no difieren en lo más mínimo las unas de las otras y no contienen en sí ninguna parte?» ¿Qué crees que res­ponderían?

—Yo creo que dirían que hablan de cosas en las cuales no cabe más que pensar sin que sea posible manejarlas de ningún otro modo.

—¿Ves, pues, oh, mi querido amigo —dije yo—, cómo este conocimiento parece sernos realmente necesario, puesto que resulta que obliga al alma a usar de la inteli­gencia para alcanzar la verdad en sí?

—Efectivamente —dijo—, sí que lo hace.

—¿Y qué? ¿Has observado que a aquellos a los que la naturaleza ha hecho calculadores les ha dotado también de prontitud para comprender todas o casi todas las cien­cias, y que, cuando los espíritus tardos son educados y ejercitados en esta disciplina, sacan de ella, si no otro provecho, al menos el hacerse todos más vivaces de lo que antes eran?

—Así es —dijo.

—Y verdaderamente creo yo que no te sería fácil en­contrar muchas enseñanzas que cuesten más trabajo que ésta a quien la aprende y se ejercita en ella.

—No, en efecto.

—Razones todas por las cuales no hay que dejarla; an­tes bien, los mejor dotados deben ser educados en ella.

—De acuerdo —dijo.

IX. —Pues bien —dije—, dejemos ya sentada esta primera cosa. Pero hay una segunda que sigue a ella de la que de­bemos considerar si tal vez nos interesa.

—¿Qué es ello? ¿Te refieres acaso —dijo— a la geometría?

—A eso mismo —dije yo.

—Pues en cuanto de ella se relaciona con las cosas de la guerra —dijo—, es evidente que sí que nos interesa. Porque en lo que toca a los campamentos y tomas de posiciones y concentraciones y despliegues de tropas y a todas las demás maniobras que, tanto en las batallas mismas como en las marchas, ejecutan los ejércitos, una misma persona proce­derá de manera diferente si es geómetra que si no lo es.

—Sin embargo —dije—, para tales cosas sería suficiente una pequeña parte de la geometría y del cálculo. Pero es precisamente la mayor y más avanzada parte de ella la que debemos examinar para ver si tiende a aquello que decíamos, a hacer que se contemple más fácilmente la idea del bien. Y tienden a ese fin, decimos, todas las cosas que obligan al alma a volverse hacia aquel lugar en que está lo más dichoso de cuanto es, lo que a todo trance tiene ella que ver.

—Dices bien —asintió.

—De modo que si obliga a contemplar la esencia, con­viene; y si la generación, no conviene.

—Tal decimos, en efecto.

—Pues bien —dije yo—, he aquí una cosa que cuantos se­pan algo, por poco que sea, de geometría no nos irán a discutir: que con esta ciencia ocurre todo lo contrario de lo que dicen de ella cuantos la practican.

—¿Cómo? —dijo.

—En efecto, su lenguaje es sumamente ridículo y forza­do, pues hablan como si estuvieran obrando y como si todas sus explicaciones las hicieran con miras a la prácti­ca, y emplean toda clase de términos tan pomposos como «cuadrar», «aplicar» y «adicionar»; sin embargo, toda esta disciplina es, según yo creo, de las que se culti­van con miras al conocimiento.

—Desde luego —dijo.

—¿Y no hay que convenir también en lo siguiente?

—¿En qué?

—En que es cultivada con miras al conocimiento de lo que siempre existe, pero no de lo que en algún momento nace o muere.

—Nada cuesta convenir en ello —dijo—; en efecto, la geometría es conocimiento de lo que siempre existe.

—Entonces, ¡oh, mi noble amigo!, atraerá el alma hacia la verdad y formará mentes filosóficas que dirijan ha­cia arriba aquello que ahora dirigimos indebidamente hacia abajo.

—Sí, y en gran manera —dijo.

—Pues bien —repliqué—, en gran manera también hay que ordenar a los de tu Calípolis que no se aparten en absoluto de la geometría. Porque tampoco son exiguas sus ventajas accesorias.

—¿Cuáles? —dijo.

—No sólo —dije— las que tú mismo citaste con respecto a la guerra, sino que también sabemos que, por lo que toca a comprender más fácilmente en cualquier otro es­tudio, existe una diferencia total y absoluta entre quien se ha acercado a la geometría y quien no.

—Sí, ¡por Zeus!, una diferencia absoluta —dijo. —¿Establecemos, pues, ésta como segunda enseñanza paralos jóvenes?

—Establezcámosla —dijo.

X. —¿Y qué? ¿Establecemos como tercera la astronomía? ¿O no estás de acuerdo?

—Sí por cierto —dijo—. Pues el hallarse en condiciones de reconocer bien los tiempos del mes o del año no sólo es útil para la labranza y el pilotaje, sino también no me­nos para el arte estratégico.

—Me haces gracia —dije—, porque pareces temer al vulgo, no crean que prescribes enseñanzas inútiles. Sin embargo, no es en modo alguno despreciable, aunque resulte difícil de creer, el hecho de que por estas ense­ñanzas es purificado y reavivado, cuando está corrom­pido y cegado por causa de las demás ocupaciones, el órgano del alma de cada uno que, por ser el único con que es contemplada la verdad, resulta más digno de ser conservado que diez mil ojos. Ahora bien, los que pro­fesan esta misma opinión juzgarán que es impondera­ble la justeza con que hablas; pero quienes no hayan re­parado en ninguna de estas cosas pensarán, como es natural, que no vale nada lo que dices, porque no ven que estos estudios produzcan ningún otro beneficio digno de mención. Considera, pues, desde ahora mis­mo con quiénes estás hablando; o si tal vez no hablas ni con unos ni con otros, sino que eres tú mismo a quien principalmente diriges tus argumentos, sin llevar a mal, no obstante, que haya algún otro que pueda acaso obte­ner algún beneficio de ellos.

—Eso es lo que prefiero —dijo—: hablar, preguntar y res­ponder sobre todo para provecho mío.

—Entonces —dije yo— vuelve hacia atrás, pues nos he­mos equivocado cuando, hace un momento, tomamos lo que sigue ala geometría.

—¿Pues cómo lo tomamos? —dijo.

—Después de las superficies —dije yo— tomamos el só­lido que está ya en movimiento sin haberlo considerado antes en sí mismo. Pero lo correcto es tomar, inmediata­mente después del segundo desarrollo, el tercero. Y esto versa, según creo, sobre el desarrollo de los cubos y sobre lo`que participa de profundidad.

—Así es —dijo—. Mas esa es una cuestión, ¡oh, Sócrates!, que me parece no estar todavía resuelta.

—Y ello, por dos razones —dije yo—: porque, al no haber ninguna ciudad que los estime debidamente, estos cono­cimientos, ya de por sí difíciles, son objeto de una investi­gación poco intensa; y porque los investigadores necesi­tan de un director, sin el cual no serán capaces de descubrir nada, y este director, en primer lugar, es dificil que exista, y en segundo, aun suponiendo que existiera, en las condiciones actuales no le obedecerían, movidos de su presunción, los que están dotados para investigar sobre estas cosas. Pero, si fuese la ciudad entera quien, honrando debidamente estas cuestiones, ayudase en su tarea al director, aquéllos obedecerían y, al ser investiga­das de manera constante y enérgica, las cuestiones serían elucidadas en cuanto a su naturaleza, puesto que aun ahora, cuando son menospreciadas y entorpecidas por el vulgo e incluso por los que las investigan sin darse cuenta de cuál es el aspecto en que son útiles, a pesar de todos es­tos obstáculos, medran, gracias a su encanto, y no sería nada sorprendente que salieran a la luz.

—En efecto —dijo—, su encanto es extraordinario. Pero repíteme con más claridad lo que decías hace un momen­to. Ponías ante todo, si mal no recuerdo, el estudio de las superficies, es decir, la geometría.

—Sí —dije yo.

—Y después —dijo—, al principio pusiste detrás de ella la astronomía; pero luego te volviste atrás.

—Es que —dije— el querer exponerlo todo con demasia­da rapidez me hace ir más despacio. Pues a continua­ción viene el estudio del desarrollo en profundidad; pero como no ha originado sino investigaciones ridículas, lo pasé por alto y, después de la geometría, hablé de la astro­nomía, es decir, del movimiento en profundidad.

—Bien dices —asintió.

—Pues bien —dije—, pongamos la astronomía como cuarta enseñanza dando por supuesto que la ciudad con­tará con la disciplina que ahora hemos omitido tan pron­to como quiera ocuparse de ella.

—Es natural —dijo él—. Pero como hace poco me re­prendías, ¡oh, Sócrates!, por alabar la astronomía en for­ma demasiado cargante, ahora lo voy a hacer desde el punto de vista en que tú la tratas. En efecto, me parece evidente para todos que ella obliga al alma a mirar hacia arriba y la lleva de las cosas de aquí a las de allá.

—Quizá —contesté— sea evidente para todos, pero no para mí. Porque yo no creo lo mismo.

—¿Pues qué crees? —dijo.

—Que, tal como la tratan hoy los que quieren elevarnos hasta su filosofia, lo que hace es obligar a mirar muy ha­cia abajo.

—¿Cómo dices? —preguntó.

—Que no es de mezquina de lo que peca, según yo creo —dije—, la idea que te formas sobre lo que es la disciplina referente a lo de arriba. Supongamos que una persona observara algo al contemplar, mirando hacia arriba, la decoración de un techo; tú pareces creer que este hombre contempla con la inteligencia y no con los ojos. Quizá seas tú el que juzgues rectamente y estúpidamente yo; pero, por mi parte, no puedo creer que exista otra ciencia que haga al alma mirar hacia arriba sino aquella que ver­sa sobre lo existente e invisible; pero, cuando es una de las cosas sensibles la que intenta conocer una persona, yo afirmo que, tanto si mira hacia arriba con la boca abierta como hacia abajo con ella cerrada, jamás la conocerá, porque ninguna de esas cosas es objeto de conocimiento, y su alma no mirará hacia lo alto, sino hacia abajo ni aun en el caso de que intente aprenderlas nadando boca arri­ba por la tierra o por el mar.

XI. —Lo tengo bien merecido —dijo—; con razón me re­prendes. Pero ¿de qué manera, distinta de la usual, decías que era menester aprender la astronomía para que su co­nocimiento fuera útil con respecto a lo que decimos?

—Del modo siguiente —dije yo—: de estas tracerías con que está bordado el cielo hay que pensar que son, es ver­dad, lo más bello y perfecto que en su género existe; pero también que, por estar labradas en materia visible, des­merecen en mucho de sus contrapartidas verdaderas, es decir, de los movimientos con que, en relación la una con la otra y según el verdadero número y todas las verdade­ras figuras, se mueven, moviendo a su vez lo que hay en ellas, la rapidez en sí y la lentitud en sí, movimientos que son perceptibles para la razón y el pensamiento, pero no para la vista. ¿O es que crees otra cosa ?

—En modo alguno —dijo.

—Pues bien —dije—, debemos servirnos de ese cielo re­camado como de un ejemplo que nos facilite la compren­sión de aquellas cosas, del mismo modo que si nos hubié­semos encontrado con unos dibujos exquisitamente trazados y trabajados por mano de Dédalo o de algún otro artista o pintor. En efecto, me figuro yo que cual­quiera que entendiese de geometría reconocería, al ver una tal obra, que no la había mejor en cuanto a ejecución; pero consideraría absurdo el ponerse a estudiarla en se­rio con idea de encontrar en ella la verdad acerca de lo igual o de lo doble o de cualquier otra proporción.

—¿Cómo no va a ser absurdo? —dijo.

—Pues bien, al que sea realmente astrónomo —dije yo—, ¿no crees que le ocurrirá lo mismo cuando mire a los mo­vimientos de los astros? Considerará, en efecto, que el ar­tífice del cielo ha reunido, en él y en lo que hay en él, la mayor belleza que es posible reunir en semejantes obras; pero, en cuanto a la proporción de la noche con respecto al día y de éstos con respecto al mes y del mes con respec­to_al año y de los demás astros relacionados entre sí y con aquéllos, ¿no crees que tendrá por un ser extraño a quien opine que estas cosas ocurren siempre del mismo modo y que, aun teniendo cuerpos y siendo visibles, no varían jamás en lo más mínimo, e intente por todos los medios buscar la verdad sobre ello?

—Tal es mi opinión —contestó— ahora que te lo oigo decir.

—Entonces —dije yo— practicaremos la astronomía del mismo modo que la geometría, valiéndonos de proble­mas, y dejaremos las cosas del cielo si es que queremos tornar de inútil en útil, por medio de un verdadero trato con la astronomía, aquello que de inteligente hay por na­turaleza en el alma.

—Verdaderamente —dijo— impones una tarea mu­chas veces mayor que la que ahora realizan los astróno­mos.

—Y creo también —dije yo— que si para algo servimos en calidad de legisladores, nuestras prescripciones serán similares en otros aspectos.

XII. —Pero ¿puedes recordarme alguna otra de las ense­ñanzas adecuadas?

—No puedo —dijo—, al menos así, de momento.

—Pues no es una sola —contesté—, sino muchas las formas que, en mi opinión, presenta el movimiento. Todas ellas las podría tal vez nombrar el que sea sabio; pero las que nos saltan a la vista incluso a nosotros son dos.

—¿Cuáles?

—Además de la citada —dije yo—, la que responde a ella.

—¿Cuál es ésa?

—Parece —dije— que, así como los ojos han sido cons­tituidos para la astronomía, del mismo modo los oídos lo han sido con miras al movimiento armónico y estas ciencias son como hermanas entre sí, según dicen los pitagóricos, con los cuales, ¡oh, Glaucón!, estamos de acuerdo también nosotros. ¿O de qué otro modo opi­namos?

—Así —dijo.

—Pues bien —dije yo—, como la labor es mucha, les pre­guntaremos a ellos qué opinan sobre esas cosas y quizá sobre otras; pero sin dejar nosotros de mantener cons­tantemente nuestro principio.

—¿Cuál?

—Que aquellos a los que hemos de educar no vayan a emprender un estudio de estas cosas que resulte imper­fecto o que no llegue infaliblemente al lugar a que es pre­ciso que todo llegue, como decíamos hace poco de la as­tronomía. ¿O no sabes que también hacen otro tanto con la armonía? En efecto, se dedican a medir uno con otro los acordes y sonidos escuchados y así se toman, como los astrónomos, un trabajo inútil.

—Sí, porlos dioses —dijo—, y también ridículo, pues ha­blan de no se qué espesuras y aguzan los oídos como para cazar los ruidos del vecino, y, mientras los unos di­cen que todavía oyen entremedias un sonido y que éste es el más pequeño intervalo que pueda darse, con arreglo al cual hay que medir, los otros sostienen, en cambio, que del mismo modo han sonado ya antes las cuerdas, y tanto unos como otros prefieren los oídos a la inteligencia.

—Pero tú te refieres —dije yo— a esas buenas gentes que dan guerra a las cuerdas y las torturan, retorciéndolas con las clavijas; en fin, dejaré esta imagen, que se alargaría de­masiado si hablase de cómo golpean a las cuerdas con el plectro y las acusan y ellas niegan y desafían a su verdu­go y diré que no hablaba de ésos, sino de aquellos a los que hace poco decíamos que íbamos a consultar acerca de la armonía. Pues éstos hacen lo mismo que los que se ocu­pan de astronomía. En efecto, buscan números en los acordes percibidos por el oído; pero no se remontan a los problemas ni investigan qué números son concordes y cuáles no y por qué lo son los unos y no los otros.

—Es propia de un genio —dijo— la tarea de que hablas. —Pero es un estudio útil —dije yo— para la investigación de lo bello y lo bueno, aunque inútil para quien lo practi­que con otras miras.

—Es natural —dijo.

XIII. —Y yo creo —dije—, con respecto al estudio de todas estas cosas que hemos enumerado, que, si se llega por medio de él a descubrir la comunidad y afinidad existen­tes entre una y otras y a colegir el aspecto en que son mu­tuamente afines, nos aportará alguno de los fines que perseguimos y nuestra labor no será inútil; pero en caso contrario lo será.

—Eso auguro yo también —dijo—. Pero es un enorme ~ajo el que tú dices, ¡oh, Sócrates!

—¿Te refieres al preludio —dije yo— o a qué otra cosa? ¿O es no sabemos que todas estas cosas no son más que el preludio de la melodía que hay que aprender? Pues no creo que te parezca que los entendidos en estas cosas son dialécticos.

—No, ¡por Zeus! —dijo—, excepto un pequeñísimo nú­mero de aquellos con los que me he encontrado.

—Pero entonces —dije—, quienes no son capaces de dar o pedir cuenta de nada, ¿crees que sabrán jamás algo de lo que decimos que es necesario saber?

—Tampoco eso lo creo —dijo.

—Entonces, ¡oh, Glaucón! —dije—, ¿no tenemos ya aquí la melodía misma que el arte dialéctico ejecuta? La cual, aun siendo inteligible, es imitada por la facultad de la vis­ta, de la que decíamos que intentaba ya mirar a los pro­pios animales y luego a los propios astros y por fin, al mismo sol. E igualmente, cuando uno se vale de la dialéc­tica para intentar dirigirse, con ayuda de la razón y sin in­tervención de ningún sentido, hacia lo que es cada cosa en sí y cuando no desiste hasta alcanzar, con el solo auxi­lio de la inteligencia, lo que es el bien en sí, entonces llega ya al término mismo de la inteligible del mismo modo que aquél llegó entonces al de lo visible.

Exactamente —dijo.

—¿Y qué? ¿No es este viaje lo que llamas dialéctica?

—¿Cómo no?

—Y el liberarse de las cadenas —dije yo— y volverse de las sombras hacia las imágenes y el fuego y ascender desde la caverna hasta el lugar iluminado por el sol y no poder allí mirar todavía a los animales ni a las plan­tas ni a la luz solar, sino únicamente a los reflejos divi­nos que se ven en las aguas y a las sombras de seres reales, aunque no ya a las sombras de imágenes pro­yectadas por otra luz que, comparada con el sol, es se­mejante a ellas; he aquí los efectos que produce todo ese estudio de las ciencias que hemos enumerado, el cual eleva a la mejor parte del alma hacia la contempla­ción del mejor de los seres del mismo modo que antes elevaba a la parte más perspicaz del cuerpo hacia la contemplación de lo más luminoso que existe en la re­gión material y visible.

—Por mi parte —dijo— así lo admito. Sin embargo me parece algo sumamente difícil de admitir, aunque es tam­bién dificil por otra parte el rechazarlo. De todos modos, como no son cosas que haya de ser oídas solamente en este momento, sino que habrá de volver a ellas otras mu­chas veces, supongamos que esto es tal como ahora se ha dicho y vayamos a la melodía en sí y estudiémosla del mismo modo que lo hemos hecho con el proemio. Dinos, pues, cuál es la naturaleza de la facultad dialéctica y en cuántas especies se divide y cuáles son sus caminos, por­que éstos parece que van por fin a ser los que conduzcan a aquel lugar una vez llegados al cual podamos descansar de nuestro viaje ya terminado.

—Pero no serás ya capaz de seguirme, querido Glaucón —dije—, aunque no por falta de buena voluntad por mi parte; y entonces contemplarlas, no ya la imagen de lo que decimos, sino la verdad en sí o al menos lo que yo entiendo por tal. Será así o no lo será, que sobre eso no vale la pena de discutir; pero lo que sí se puede man­tener es que hay algo semejante que es necesario ver. ¿No es eso?

—¿Cómo no?

¿No es verdad que la facultad dialéctica es la única que puede mostrarlo a quien sea conocedor de lo que ha poco enumerábamos y no es posible llegar a ello por ningún otro medio?

—También esto merece ser mantenido —dijo.

—He aquí una cosa al menos —dije yo— que nadie podrá firmar contra lo que decimos, y es que exista otro método que intente, en todo caso y con respecto a cada cosa en sí, aprehender de manera sistemática lo que es cada una de ellas. Pues casi todas las demás artes versan o sobre las opiniones y deseos de los hombres o sobre los nacimientos y fabricaciones, o bien están dedicadas por entero al cui­dado de las cosas nacidas y fabricadas. Y las restantes, de las que decíamos que aprehendían algo de lo que existe, es decir, la geometría y las que le siguen, ya vemos que no ha­cen más que soñar con lo que existe, pero que serán inca­paces de contemplarlo en vigilia mientras, valiéndose de hipótesis, dejen éstas intactas por no poder dar cuenta de ellas. En efecto, cuando el principio es lo que uno sabe y la conclusión y parte intermedia están entretejidas con lo que uno no conoce, ¿qué posibilidad existe de que una se­mejante concatenación llegue jamás a ser conocimiento?

—Ninguna —dijo.

XIV —Entonces —dije yo— el método dialéctico es el úni­co que, echando abajo las hipótesis, se encamina hacia el principio mismo para pisar allí terreno firme; y al ojo del alma, que está verdaderamente sumido en un bárba­ro lodazal lo atrae con suavidad v lo eleva alas altu­ras, utilizando como auxiliares en esta labor de atrac­ción a las artes hace poco enumeradas, que, aunque por rutina las hemos llamado muchas veces conocimientos, necesitan otro nombre que se pueda aplicar a algo más claro que la opinión, pero más oscuro que el conoci­miento. En algún momento anterior empleamos la pa­labra «pensamiento»; pero no me parece a mí que deban discutir por los nombres quienes tienen ante sí una in­vestigación sobre cosas tan importantes como ahora nosotros.

—No, en efecto —dijo.

—Pero ¿bastará con que el alma emplee solamente aquel nombre que en algún modo haga ver con claridad la condición de la cosa?

—Bastará.

—Bastará, pues —dije yo—, con llamar, lo mismo que antes, a la primera parte, conocimiento; a la segunda, pensamiento; a la tercera, creencia, e imaginación a la cuarta. Y a estas dos últimas juntas, opinión; y a aquellas dos primeras juntas, inteligencia. La opinión se refiere a la generación, y la inteligencia, a la esencia; y lo que es la esencia con relación a la generación, lo es la inteligencia con relación a la opinión, y lo que la inteligencia con res­pecto a la opinión, el conocimiento con respecto a la creencia y el pensamiento con respecto a la imagina­ción. En cuanto a la correspondencia de aquello a que estas cosas se refieren y a la división en dos partes de cada una de las dos regiones, la sujeta a opinión y la inteligible, dejémoslo, ¡oh, Glaucón!, para que no nos envuelvan en una discusión muchas veces más larga que la anterior.

—Por mi parte —dijo— estoy también de acuerdo con estas otras cosas en el grado en que puedo seguirte.

—¿Y llamas dialéctico al que adquiere noción de la esen­cia de cada cosa? Y el que no la tenga, ¿no dirás que tiene tanto menos conocimiento de algo cuanto más incapaz sea de darse cuenta de ello a sí mismo o darla a los demás?

—¿Cómo no voy a decirlo? —replicó.

—Pues con el bien sucede lo mismo. Si hay alguien que no pueda definir con el razonamiento la idea del bien separándola de todas las demás ni abrirse paso, como en una batalla, a través de todas las críticas, esfor­zándose por fundar sus pruebas no en la apariencia, sino en la esencia, ni llegar al término de todos estos obstáculos con su argumentación invicta, ¿no dirás, de quien es de ese modo, que no conoce el bien en sí ni ninguna otra cosa buena, sino que, aun en el caso de que tal vez alcance alguna imagen del bien, la alcanzará por medio de la opinión, pero no del conocimiento; y que en su paso por esta vida no hace más que soñar, su­mido en un sopor de que no despertará en este mundo, pues antes ha de marchar al Hades para dormir allí un sueño absoluto?

—Sí, ¡por Zeus! —exclamó—; todo eso lo diré, y con to­das mis fuerzas.

—Entonces, si algún día hubieras de educar en reali­dad a esos tus hijos imaginarios a quienes ahora educas e instruyes, no les permitirás, creo yo, que sean gober­nantes de la ciudad ni dueños de lo más grande que haya en ella mientras estén privados de razón como líneas irracionales.

—No, en efecto —dijo.

—¿Les prescribirás, pues, que se apliquen particular­mente a aquella enseñanza que les haga capaces de pre­guntar y responder con la máxima competencia posible?

—Se lo prescribiré —dijo—, pero de acuerdo contigo.

—¿Y no crees —dije yo— que tenemos la dialéctica en lo más alto, como una especie de remate de las demás ense­ñanzas, y que no hay ninguna otra disciplina que pueda ser justamente colocada por encima de ella, y que ha ter­minado ya lo referente a las enseñanzas?

—Sí que lo creo —dijo.

XV —Pues bien —dije yo—, ahora te falta designara quié­nes hemos de dar estas enseñanzas y de qué manera.

—Evidente —dijo.

—¿Te acuerdas de la primera elección de gobernantes y de cuáles eran los que elegimos?

—¿Cómo no? —dijo.

—Entonces —dije— considera que son aquéllas las natu­ralezas que deben ser elegidas también en otros aspectos. En efecto, hay que preferir a los más firmes y a los más va­lientes, y, en cuanto sea posible, a los más hermosos. Además hay que buscarlos tales que no sólo sean genero­sos y viriles en sus caracteres, sino que tengan también las.prendas naturales adecuadas a esta educación.

¿Y cuáles dispones que sean?

—Es necesario, ¡oh, bendito amigo! —dije—, que haya en ellos vivacidad para los estudios y que no les sea dificil aprender. Porque las almas flaquean mucho más en los estudios arduos que en los ejercicios gimnásticos, pues les afecta más una fatiga que les es propia y que no com­parten con el cuerpo.

Cierto —dijo.

—Y hay que buscar personas memoriosas, infatiga­bles y amantes de toda clase de trabajos. Y si no, ¿cómo crees que iba nadie a consentir en realizar, además de los trabajos corporales, un semejante aprendizaje y ejercicio?

—Nadie lo haría —dijo— ano ser que gozase de todo gé­nero de buenas dotes.

—En efecto, el error que ahora se comete —dije yo— y el descrédito le han sobrevenido a la filosofía, como antes decíamos, porque los que se le acercan no son dignos de ella, pues no se le deberían acercar los bastardos, sino los bien nacidos.

—¿Cómo? —dijo.

—En primer lugar —dije yo—, quien se vaya a acercar a ella no debe ser cojo en cuanto a su amor al trabajo, es de­cir, amante del trabajo en la mitad de las cosas y no amante en la otra mitad. Esto sucede cuando uno ama la gimnasia y la caza y gusta de realizar toda clase de tra­bajos corporales sin ser, en cambio, amigo de aprender ni de escuchar ni de investigar, sino odiador de todos los trabajos de esta especie. Y es cojo también aquel cuyo amor del trabajo se comporta de modo enteramente opuesto.

—Gran verdad es la que dices —contestó.

—Pues bien —dije yo—, ¿no consideraremos igualmente como un alma lisiada con respecto a la verdad a aquella que, odiando la mentira voluntaria y soportándola con dificultad en sí misma e indignándose sobremanera cuando otros mienten, sin embargo acepta tranquila­mente la involuntaria y no se disgusta si alguna vez es sorprendida en delito de ignorancia, antes bien, se re­vuelca a gusto en ella como una bestia porcina?

—Desde luego —dijo.

—También con respecto a la templanza —dije yo— y al valor y a la magnanimidad y a todas las partes de la vir­tud hay que vigilar no menos para distinguir el bastardo del bien nacido. Porque cuando un particular o una ciu­dad no saben discernir este punto y se ven en el caso de utilizar a alguien con miras a cualquiera de las virtudes citadas, en calidad de amigo el primero o de gobernante ]asegunda, son cojos ybastardos aquellos de que incons­cientemente se sirven.

Efectivamente —dijo—, tal sucede.

—Así, pues, hemos de tener —dije yo— gran cuidado con todo eso. Porque, si son hombres bien dispuestos en cuerpo y alma los que eduquemos aplicándoles a tan im­portantes enseñanzas y ejercicios, la justicia misma no podrá echarnos nada en cara y salvaremos la ciudad y el sistema político; pero, si los aplicados a ello son de otra índole, nos ocurrirá todo lo contrario y cubriremos a la filosofia de un ridículo todavía mayor.

—Sería verdaderamente vergonzoso —dijo.

—Por completo —dije—. Pero me parece que también a mí me está ocurriendo ahora algo risible.

—¿Qué? —dijo.

—Me olvidé —dije— de que estábamos jugando y hablé con alguna mayor vehemencia. Pero es que, mientras ha­blaba, miré a la filosofia, y creo que fue al verla tan indig­namente afrentada cuando me indigné y, encolerizado contra los culpables, puse demasiada seriedad en lo que dije.

—No, ¡por Zeus! —exclamó—, no es esa la opinión de quien te escucha.

—Pero sí la de quien habla —dije—. Mas no olvidemos esto: que, si bien en la primera elección escogíamos a an­cianos, en esta segunda no será posible hacerlo. Pues no creamos a Solón cuando dice que uno es capaz de aprender muchas cosas mientras envejece; antes podrá un viejo correr que aprender y propios son de jóvenes to­dos los trabajos grandes y múltiples.

—Por fuerza —dijo.

XVI. —De modo que lo concerniente a los números y ala geometría y a toda la instrucción preliminar que debe preceder a la dialéctica hay que ponérselo por delante cuando sean niños, pero no dando a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.

—¿Por qué?

—Porque no hay ninguna disciplina —dije yo— que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. En efecto, si los trabajos corporales no deterioran más el cuerpo por el hecho de haber sido realizados obligada­mente, el alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza.

—Cierto —dijo.

—No emplees, pues, la fuerza, mi buen amigo —dije—, para instruir a los niños; que se eduquen jugando y así podrás también conocer mejor para qué está dotado cada uno de ellos.

—Es natural lo que dices —respondió.

—Pues bien ¿te acuerdas —pregunté— de que dijimos que los niños habían de ser también llevados a la guerra en calidad de espectadores montados a caballo y que era menester acercarlos a ella, siempre que no hubiese peli­gro, y hacer que, como los cachorros, probasen la sangre?

—Me acuerdo —dijo.

—Pues bien —dije—, al que demuestre siempre una ma­yor agilidad en todos estos trabajos, estudios y peligros, a ése hay que incluirlo en un grupo selecto.

—¿A qué edad? —dijo.

—Cuando haya terminado —dije— ese período de gim­nasia obligatoria que, ya sean dos o tres los años que dure, les impide dedicarse a ninguna otra cosa; pues el cansan­cio y el sueño son enemigos del estudio. Además una de las pruebas, y no la menos importante, será esta de cómo demuestre ser cada cual en los ejercicios gimnásticos.

—¿Cómo no? —dijo.

—Y después de este período —dije yo— los elegidos de erre los veintenarios obtendrán mayores honras que los demás y los conocimientos adquiridos separadamente por éstos durante su educación infantil habrá que dárse­losreunidos en una visión general de las relaciones que existen entre unas y otras disciplinas y entre cada de ellas yla naturaleza del ser.

—Ciertamente —dijo—, es el único conocimiento que se mantiene firme en aquellos en que penetra.

— —Además —dije yo— es el que mejor prueba si una na­turaleza es dialéctica o no. Porque el que tiene visión de conjunto es dialéctico; pero el que no, ése no lo es.

—Lo mismo pienso —dijo.

—Será, pues, necesario —dije yo— que consideres estoy que a quienes, además de aventajar a los otros en ello, se muestren también firmes en el aprendizaje y firmes en la guerra y en las demás actividades, a éstos los separes nue­vamente de entre los ya elegidos, tan pronto como hayan rebasado los treinta años, para hacerles objeto de hono­res aún más grandes e investigar, probándoles por medio del poder dialéctico, quién es capaz de encaminarse ha­cia el ser mismo en compañía de la verdad y sin ayuda de la vista ni de los demás sentidos. Pero he aquí una labor que requiere grandes precauciones, ¡oh, amigo mío!

—¿Por qué? —preguntó.

—¿No observas —dije yo— cuán grande se hace el mal que ahora afecta a la dialéctica?

¿Cuál? —dijo.

—Creo —dije— que se ve contaminada por la iniquidad.

—En efecto —dijo.

—¿Consideras, pues, sorprendente lo que les ocurre —dije— y no les disculpas?

—¿Porqué razón? —dijo.

—Esto es —dije— como si un hijo putativo se hubiese cria­do entre grandes riquezas, en una familia numerosa e im­portante y rodeado de multitud de aduladores y, al llegar a hombre, se diese cuenta de que no era hijo de aquellos que decían ser sus padres, pero no pudiese hallar a quienes realmente le habían engendrado. ¿Puedes adivinar en qué disposición se hallaría con respecto a los aduladores y a sus supuestos padres en aquel tiempo en que no supiera lo de la impostura y en aquel otro en que, por el contrario, la co­nociera ya? ¿O prefieres escuchar lo que yo imagino?

—Lo prefiero —dijo.

XVII. —Pues bien, supongo —dije— que honraría más al padre y a la madre y a los demás supuestos parientes que a los aduladores, y toleraría menos que estuviesen priva­dos de nada, y les haría o diría menos cosas con que pu­diera faltarles, y en lo esencial desobedecería menos a aquéllos que a los aduladores durante el tiempo en que no conociese la verdad.

—Es natural —dijo.

—Ahora bien, una vez se hubiese enterado de lo que ocurría, me imagino que sus lazos de respeto y atención se relajarían para con aquéllos y se estrecharían para con los aduladores; que obedecería a éstos de manera más se­ñalada que antes y acomodaría su vida futura a la con­ducta de ellos, con los cuales conviviría abiertamente; y, a no estar dotado de un natural muy bueno, no se preo­cuparía en absoluto de aquel su padre ni de los demás pa­rientes supositicios.

—Sí; sucedería todo lo que dices —respondió—. Pero ¿en qué se relaciona esta imagen con los que se aplican a la dialéctica?

—En lo siguiente. Tenemos desde niños, según creo, unos principios sobre lo justo y lo honroso dentro de los cuales nos hemos educado obedeciéndoles y respetándo­les a fuer de padres.

—Así es.

—Pero hay también, en contraposición con éstos, otros principios prometedores de placer que adulan a nuestra alma e intentan atraerla hacia sí sin convencer, no obs­tante, a quienes tengan la más mínima mesura; pues és­tos honran y obedecen a aquellos otros principios pater­nos.

—Así es.

—¿Y qué? —dije yo—. Si al hombre así dispuesto viene una interrogación y le pregunta qué es lo honroso, y al responder él lo que ha oído decir al legislador le refuta la argumentación y, confutándole mil veces y de mil mane­ras, le lleva a pensar que aquello no es más honroso que deshonroso y que ocurre lo mismo con lo justo y lo bue­no y todas las cosas por las que sentía la mayor estima­ción, ¿qué crees que, después de esto, hará él con ellas en lo tocante a honrarles y obedecerlas?

—Es forzoso —dijo— que no las honre ya ni les obedezca del mismo modo.

—Pues bien —dije yo—, cuando ya no crea, como antes, que son preciosas ni afines a su alma, pero tampoco haya encontrado todavía la verdad, ¿existe alguna otra vida a que naturalmente haya de volverse sino aquella que le adula?

—No existe —dijo.

—Entonces se advertirá, creo yo, que de obediente para con las leyes se ha vuelto rebelde a ellas.

—Por fuerza.

—¿No es, pues, natural —dije— lo que les sucede a quie­nes de tal modo se dan a la dialéctica y no son como antes decía yo, muy dignos de que se les disculpe?

—Y de que se les compadezca —dijo.

—Pues bien, para que no merezcan esa compasión tus treintañales, ¿no hay que proceder con la máxima pre­caución en su contacto con la dialéctica?

—Efectivamente —dijo.

—¿Y no es una gran precaución la de que no gusten de la dialéctica mientras sean todavía jóvenes? Porque creo que no habrás dejado de observar que, cuando los ado­lescentes han gustado por primera vez de los argumen­tos, se sirven de ellos como de un juego, los emplean siempre para contradecir y, a imitación de quienes les confunden, ellos a su vez refutan a otros y gozan como cachorros dando tirones y mordiscos verbales a todo el que se acerque a ellos —Sí, gozan extraordinariamente —dijo.

—Y una vez que han refutado a muchos y sufrido tam­bién muchas refutaciones, caen rápidamente en la incre­dulidad con respecto a todo aquello en que antes creían y como consecuencia de esto desacreditan ante los demás no sólo a sí mismos, sino también a todo lo tocante a la fi­losofia.

—Muy cierto —dijo.

—En cambio —dije yo—, el adulto no querrá acompa­ñarles en semejante manía e imitará más bien a quien quiera discutir para investigar la verdad que a quien por divertirse haga un juego de la contradicción; y así no sólo se comportará él con mayor mesura, sino que convertirá la profesión de deshonrosa en respetable.

—Exactamente —dijo.

—¿Y no es por precaución por lo que ha sido dicho todo cuanto precedió, a esto, lo de que sean disciplinados y firmes en sus naturalezas aquellos a quienes se vaya a hacer partícipes de la dialéctica de modo que no pueda aplicarse a ella, como ahora, el primer recién llegado que carezca de aptitud?

—Es cierto —dijo.

XVIII. —¿Será, pues, suficiente que cada uno se dedique al estudio de la dialéctica de manera asidua e intensa, sin hacer ninguna otra cosa, sino practicando con el mismo ahínco que en los ejercicios corporales durante un núme­ro de años doble que antes?

—¿Son seis —dijo— o cuatro los que dices?

—No te preocupes —dije—: pon cinco. Porque después de esto les tendrás que hacer bajar de nuevo a la caverna aquella y habrán de ser obligados a ocupar los cargos ata­ñederos a la guerra y todos cuantos sean propios de jóve­nes para que tampoco en cuanto a experiencia queden por bajo de los demás. Y habrán de ser también probados en estos cargos para ver si se van a mantener firmes cuan­do se intente arrastrarles en todas direcciones o si se mo­verán algo.

—¿Y cuánto tiempo fijas para esto? —dijo.

—Quince años —contesté—. Y una vez hayan llegado a cincuentenarios, a los que hayan sobrevivido y desco­llado siempre y por todos conceptos en la práctica y en el estudio hay que conducirlos ya hasta el fin y obligar­les a que, elevando el ojo de su alma, miren de frente a lo que proporciona luz a todos; y, cuando hayan visto el bien en sí, se servirán de él como modelo durante el res­to de su vida, en que gobernarán, cada cual en su día, tanto a la ciudad y a los particulares como a sí mismos; pues, aunque dediquen la mayor parte del tiempo a la filosofía, tendrán que cargar, cuando les llegue su vez, con el peso de los asuntos políticos y gobernar uno tras otro por el bien de la ciudad y teniendo esta tarea no tanto por honrosa como por ineludible. Y así, después de haber formado cada generación a otros hombres como ellos a quienes dejen como sucesores suyos en la guarda de la ciudad, se irán a morar en las islas de los bienaventurados y la ciudad les dedicará monumentos y sacrificios públicos honrándoles como a demones si lo aprueba así la pitonisa, y si no, como seres beatos y divinos.

—¡Qué hermosos son, oh, Sócrates —exclamó—, los go­bernantes que, como un escultor, has modelado!

—Y las gobernantas, Glaucón —dije yo—. Pues no creas que en cuanto he dicho me refería más a los hombres que a aquellas de entre las mujeres que resulten estar suficien­temente dotadas.

—Nada más justo —dijo—, si, como dejamos sentado, todo ha de ser igual y común entre ellas y los hombres.

—¿Y qué? —dije—. ¿Reconocéis que no son vanas qui­meras lo que hemos dicho sobre la ciudad y su gobierno, sino cosas que, aunque difíciles, son en cierto modo rea­lizables, pero no de ninguna otra manera que como se ha expuesto, es decir, cuando haya en la ciudad uno y va­rios gobernantes que, siendo verdaderos filósofos, desprecien las honras de ahora, por considerarlas inno­bles e indignas del menor aprecio, y tengan, por el con­trario, en la mayor estima lo recto, con las honras que de ello dimanan, y, por ser la cosa más grande y necesaria, lo justo, a lo cual servirán y lo cual fomentarán cuando se pongan a organizar su ciudad?

—¿Cómo? —dijo.

—Enviarán al campo —dije— a todos cuantos mayores de diez años haya en la ciudad y se harán cargo de los hi­jos de éstos, sustrayéndolos a las costumbres actuales y practicadas también por los padres de ellos, para educar­los de acuerdo con sus propias costumbres y leyes, que serán las que antes hemos descrito. ¿No es este el proce­dimiento más rápido y simple para establecer el sistema que exponíamos de modo que, siendo feliz el Estado, sea también causa de los más grandes beneficios para el pue­blo en el cual se dé?

—Sí, y con mucho —dijo—. Me parece, Sócrates, que has hablado muy bien de cómo se realizará, si es que alguna vez llega a realizarse.

—¿Y no hemos dicho ya —pregunté yo— demasiadas pa­labras acerca de esta comunidad y del hombre similar a ella? Pues también está claro, según yo creo, cómo dire­mos que debe ser ese hombre.

—Está claro —dijo—. Y con respecto a lo que preguntas, me parece que esto se ha terminado.

VIII

I. —Muy bien. Hemos convenido, ¡oh, Glaucón!, en lo si­guiente. En la ciudad que aspire al más excelente sistema de gobierno deben ser comunes las mujeres, comunes los hijos y la educación entera e igualmente comunes las ocupaciones de la paz y la guerra; y serán reyes los que, tanto en la filosofía como en lo tocante a la milicia, resul­ten ser los mejores de entre ellos.

—Convenido —dijo.

—También reconocimos esta otra cosa: que, una vez hayan sido designados los gobernantes, se llevarán a los guerreros para asentarles en viviendas como las antes descritas, que no tengan nada exclusivo para nadie, sino sean comunes para todos. Y además de estas viviendas dejamos arreglada, silo recuerdas, la cuestión de qué cla­se de bienes poseerán.

—Sí que me acuerdo —dijo— de que consideramos nece­sario que nadie poseyera nada de lo que poseen ahora los otros, sino, en su calidad de atletas de guerra y guar­dianes, recibirían anualmente de los demás, como salario por su guarda, la alimentación necesaria para ello es­tando, en cambio, obligados a cuidarse tanto de sí mis­mos como del resto de la ciudad.

—Dices bien —respondí—. Pero, ¡ea!, ya que hemos ter­minado con esto, acordémonos de dónde estábamos cuando nos desviamos hacia acá para que podamos se­guir de nuevo por el mismo camino.

—No es difícil —dijo—. En efecto, empleabas, como si ya hubieses expuesto todo lo referente a la ciudad, poco más o menos los mismos términos que ahora, dicien­do que considerabas como buenos a la ciudad tal como la que entonces habías descrito y al hombre semejante a ella, y eso que, según parece, podías hablar de otra ciu­dad y otro hombre todavía más hermosos. En todo caso, decías que, si ésta era buena, las demás habían de ser por fuerza deficientes. Y, en cuanto a las restantes formas de gobierno, afirmabas, según recuerdo, que existían cuatro especies de ellas y que valía la pena que las tomáramos en cuenta y contempláramos en sus defectos, así como a los hombres semejantes a cada una de ellas, para que, habiendo visto a todos éstos y conve­nido en cuál es el mejor y cuál el peor de ellos, investigá­ramos si el mejor es el más feliz y el peor el más desgra­ciado o si es otra cosa lo que ocurre. Y, cuando te preguntaba yo que cuáles son esos cuatro gobiernos de que hablabas, en esto te interrumpieron Polemarco y Adimanto y entonces tomaste tú la palabra en una di­gresión que te ha llevado hasta aquí.

—Me lo has recordado —dije— con gran exactitud.

—Pues ahora permite, como si fueras un luchador, que te vuelva a coger en la misma presa y, cuando yo te pre­gunte lo mismo, intenta decir lo que antes ibas a contes­tar.

—Si puedo —dije.

—Pues bien —dijo—, por mi parte estoy deseando oír cuáles son los cuatro gobiernos de que hablabas.

—Nada cuesta decírtelo —respondí—, pues aquellos de que hablo son los que tienen también su nombre: el tan ensalzado por el vulgo, ése de los cretenses y lacedemo­nio; el segundo en orden y segundo también en cuanto a popularidad, la llamada oligarquía, régimen lleno de in­numerables vicios; sigue a éste su contrario, la democracia, y luego la gloriosa tiranía, que aventaja a todos los demás en calidad de cuarta y última enfermedad del Esta­do. ¿O conoces alguna otra forma de gobierno que deba ser situada en una especie claramente distinta de éstas? Porque las dinastías y reinos venales y otros gobiernos semejantes no son, según creo, más que formas interme­dias entre unas y otras como las que pueden hallarse en no menor cantidad entre los bárbaros que entre los griegos.

—Sí, son muchas y extrañas las que se mencionan —dijo.

II. —¿Y sabes —dije yo— que es forzoso que existan también tantas especies de caracteres humanos como formas de gobierno? ¿O crees que los gobiernos nacen acaso de algu­na encina o de alguna piedra y no de los caracteres que se dan en las ciudades, los cuales, al inclinarse, por así de­cirlo, en una dirección arrastran tras de sí a todo lo demás?

—No creo en modo alguno —dijo— que vengan de otra parte sino de ahí.

—Entonces, si en las ciudades son cinco, también serán cinco los modos en que estén dispuestas las almas indivi­duales.

—¿Cómo no?

—Ya hemos descrito al hombre correspondiente a la aristocracia, del que decimos con razón que es bueno y justo.

—Ya lo hemos descrito.

—Después de esto, ¿no tenemos acaso que pasar revis­ta a los caracteres inferiores, ante todo al que, de acuerdo con el sistema establecido en Laconia, ansía victorias y honores, y luego al oligárquico y al democrático y por úl­timo al tiránico, para que, después de haber visto quién es el más injusto, podamos contraponerle al más justo completando así nuestra investigación acerca de la rela­ción en que se hallan la justicia pura y la injusticia pura en cuanto a la felicidad o infelicidad de quien las posee y seguir luego a la injusticia o a la justicia según que obe­dezcamos a Trasímaco o a las razones que ahora se nos manifiestan?

—Perfectamente —dijo—; tal debemos hacer.

—Y del mismo modo que comenzarnos por estudiar los caracteres en los gobiernos antes que en los particula­res, porque así estaba más claro, ¿acaso no debemos tam­bién ahora comenzar igualmente por el estudio del go­bierno basado en la ambición, al cual, como no conozco ningún otro nombre con que se le designe, habrá que lla­marle timocracia o timarquía? ¿Estudiaremos, compa­rándolo con ella, al hombre que se le asemeje, pasaremos luego a la oligarquía y al hombre oligárquico, dirigiremos después nuestras miradas a la democracia para contem­plar al hombre democrático y, una vez hayamos visitado y visto en cuarto lugar la ciudad tiranizada, en la que se presentará a su vez ante nuestros ojos el alma tiránica, in­tentaremos comportarnos como jueces competentes en la cuestión que nos hemos planteado?

—Sí —dijo—; así se harán de modo racional ese examen y juicio.

III. —¡Ea, pues! —dije yo—. Intentemos exponer cómo po­drá nacer la timocracia de la aristocracia. ¿O no está claro el hecho de que ningún gobierno cambia sino cuando se produce una disensión en el seno mismo de aquella parte que ocupa los cargos, y, por muy pequeña que sea esta parte, es imposible que se produzca ningún movimiento mientras ella permanezca acorde?

—Tal sucede, en efecto.

—¿Pues cómo —dije— podrá darse un movimiento en nuestra ciudad, oh, Glaucón, y por dónde comenzarán a estar en desacuerdo los auxiliares con los gobernantes y los de cada una de estas clases con sus propios compañe­ros? ¿O quieres que, como Homero, roguemos a las Musas que nos digan «cómo surgió en un principio» la discordia y que nos las imaginemos empleando, cual si hablaran seriamente, el lenguaje elevado de la tragedia cuando lo que hacen es jugar y divertirse con nosotros como con niños?

—¿Cómo?

—Del modo siguiente. «Es difícil que haya movimien­tos en una ciudad así constituida; pero, como todo lo que nace está sujeto a corrupción, tampoco ese sistema per­durará eternamente, sino que se destruirá. Y se destruirá de esta manera**: no sólo a las plantas que crecen en la tie­rra, sino también a todos los seres vivos que se mueven sobre ella les sobreviene la fertilidad o esterilidad de al­mas y cuerpos cada vez que las revoluciones periódicas cierran las circunferencias de los ciclos de cada especie, circunferencias que son cortas para los seres de vida breve y al contrario para sus contrarios. Ahora bien, por lo que toca a vuestra raza, aquellos a quienes educasteis para ser gobernantes de la ciudad no podrán, por muy sabios que sean y por mucho que se valgan del razonamiento y los sentidos, acertar con los momentos de fecundidad o este­rilidad, sino que se les escapará la ocasión y engendrarán hijos cuando no deberían hacerlo. Pues para las criaturas divinas existe un período comprendido por un número perfecto; y para las humanas, otro número, que es el pri­mero en que, habiendo recibido tres distancias y cuatro lí­mites los incrementos dominantes y dominados de lo que iguala y desiguala y acrece y aminora, estos incrementos hacen aparecer todas las cosas como acordadas y raciona­les entre sí. De aquello, la base epítrita, acoplada con la péntada y tres veces acrecida, proporciona dos armonías: la una, igual en todas sus partes, siendo éstas varias veces mayores que cien; y la otra, equilátera en un sentido, pero oblonga, comprende cien números de la diagonal racio­nal de la péntada, disminuido cada uno en una unidad, o de la irracional, disminuidos en dos, y cien cubos de la tríada. He aquí el número geométrico que de tal modo impera todo él sobre los mejores o peores nacimientos; y cuando por ignorancia de esto, emparejen extemporá­neamente vuestros guardianes a las novias con los novios, sus hijos no se verán favorecidos ni por la naturaleza ni por la fortuna. De entre ellos los mejores serán designa­dos por sus predecesores; pero, tan pronto como hayan ocupado a su vez los cargos de sus padres, comenzarán, como indignos que serán de ellos, por desatendernos ante todo a nosotras, a pesar de ser guardianes, y tener en me­nos estima de la debida a la música en primer lugar y lue­go a la gimnástica, como consecuencia de lo cual se apar­tarán de nosotras vuestros jóvenes. De resultas de ello serán designadas como gobernantes personas no muy ap­tas para ser guardianes ni para aquilatar las razas hesio­deas que se darán entre vosotros: la de oro, la de plata, la de bronce y la de hierro. Y, al mezclarse la férrea con la ar­géntea y la broncínea con la áurea, se producirá una cierta diversidad y desigualdad inarmónica, cosas todas que, cuando se producen, engendran siempre guerra y ene­mistad en el lugar en que se produzcan. He aquí la raza de la que hay que decir que nace la discordia dondequiera que se presente.»

—Y reconoceremos —dijo— que tienen razón en su res­puesta.

—Nada más natural —dije—, puesto que son Musas.

—¿Y qué dicen las Musas después de esto? —preguntó.

—Una vez producida la disensión —dije yo—, cada uno de los dos bandos tiró en distinta dirección: lo férreo y broncíneo, hacia la crematística y posesión de tierras y casas, de oro y plata; en cambio, las otras dos razas, la áurea y la argéntea, que no eran pobres, sino ricas por na­turaleza, intentaban llevar a las almas hacia la virtud y la antigua constitución. Hubo violencias y luchas entre unos y otros y por fin un convenio en que acordaron re­partirse como cosa propia la tierra y las casas y seguirse ocupando de la guerra y de la vigilancia de aquellos que, protegidos y mantenidos antes por ellos en calidad de amigos libres, iban desde entonces a ser, esclavizados, sus colonos y siervos.

—También yo creo —dijo— que es por ahí por donde empieza ese cambio.

—¿Y esa forma de gobierno —pregunté— no será un tér­mino medio entre la aristocracia y la oligarquía?

—En efecto.

IV —Así se hará, pues, el cambio. Pero ¿cómo será el ré­gimen que le siga? ¿No es evidente que, por ser un térmi­no medio, imitará en algunas cosas al anterior sistema y en otras a la oligarquía, pero teniendo algo que le sea pe­culiar?

—Así es —dijo.

—En el respeto de los gobernantes y la aversión de la clase defensora de la ciudad hacia la agricultura, oficios manuales y negocios y en la organización de comidas co­lectivas y la práctica de la gimnástica y los ejercicios mili­tares, ¿en todo esto imitará al régimen anterior?

—Sí.

—Y en lo de no atreverse a llevar sabios a las magistra­turas por no poseer ya personas de esa clase que sean sencillas y firmes, sino más mezcladas en su carácter, e inclinarse hacia otros seres fogosos y más simples, más aptos para la guerra que para la paz, y tener en gran aprecio los engaños y ardides propios de aquélla y ha­llarse durante todo el tiempo en pie de guerra... ¿No se­rán peculiares del sistema muchos de los rasgos seme­jantes a éstos?

—Sí.

—Codiciadores de riquezas —dije yo— serán, pues, los tales, como los de las oligarquías, y adoradores feroces y clandestinos del oro y la plata, pues tendrán almacenes y tesoros privados en que mantengan ocultas las riquezas que hayan depositado en ellos y también viviendas mu­radas, verdaderos nidos particulares en que derrocha­rán mucho dinero gastándolo para las mujeres o para quien a ellos se les antoje.

—Muy cierto —dijo.

—Serán también ahorradores de su dinero, como quien lo venera y no lo posee abiertamente, y amigos de gastar lo ajeno para satisfacer sus pasiones; y se propor­cionarán los placeres a hurtadillas, ocultándose de la ley como los niños de sus padres, y eso por haber sido edu­cados no con la persuasión, sino con la fuerza, y por ha­ber desatendido a la verdadera Musa, la que va unida al discurso y a la filosofía, honrando en más alto grado a la gimnástica que a la música.

—Es ciertamente una mezcla de bien y mal —dijo— ese sistema de que hablas.

—Sí que es una mezcla —dije—. Pero hay en él un solo rasgo sumamente distintivo y debido a la preponderancia del elemento fogoso: la ambición y el ansia de honores.

—En gran manera —dijo.

—Tales serán, pues —dije yo—, el origen y carácter de este sistema político, del que con mis palabras he trazado un simple esbozo no completo en sus pormenores, por­que basta este esbozo para darnos a conocer al hombre más justo y al más injusto y sería una tarea de inacabable duración la de recorrer, sin dejarse ni uno solo, todos los sistemas y todos los caracteres.

—Tiene razón —dijo.

V —¿Cuál será, pues, el hombre correspondiente a ese sistema? ¿Cómo se formará y qué clase de persona será?

—Por mi parte —dijo Adimanto— creo que, por lo me­nos en punto a ambición, se parecerá bastante a nuestro Glaucón.

—Quizá sea así —dije—. Pero a mí me parece que en los rasgos siguientes no se le puede comparar con él.

—¿En cuáles?

—Debe ser más obstinado —dije yo— y un poco más aje­no a las Musas, aunque sea amigo de ellas; y aficionado a escuchar, pero en modo alguno a hablar. Y será el tal duro para los esclavos, en vez de despreciarlos como quienes están suficientemente educados; pero amable con los hombres libres. Muy obediente para con los go­bernantes, y amigo de los cargos y honras, aunque no base su aspiración al mando en su elocuencia ni en nada semejante, sino en sus hazañas guerreras y relacionadas con la guerra; y amante, en fin, de la gimnasia y la caza.

—En efecto —dijo—, tal es el carácter que responde a tal sistema.

—Y en cuanto a las riquezas —dije yo—, las despreciará mientras sea joven, pero ¿no las amará tanto más cuanto más viejo se vaya haciendo como quien posee un carác­ter partícipe de la avaricia y no puro en cuanto a virtud por hallarse privado del más excelente guardián?

—¿De quién? —dijo Adimanto.

—Del razonamiento combinado con la música —dije yo—, que es el único que, cuando se da en una persona, re­side en ella durante toda su vida como conservador de la virtud.

—Dices bien —asintió.

—Así es —dije yo— el muchacho timocrático, semejante a la ciudad que es como él.

—Exacto.

—Y esa persona se forma —dije— poco más o menos de este modo. Aveces, siendo hijo todavía joven de un padre honesto que vive en una ciudad no bien regida y huye de las honras, cargos, procesos y todos los engorros seme­jantes y prefiere perder de su derecho antes que sufrir molestias...

—Pero ¿cómo se forma? —dijo.

—Cuando, en primer lugar —dije yo—, oye a su madre que está disgustada porque su marido no forma parte de los gobernantes, por lo cual se encuentra rebajada ante las otras mujeres; y además ella ve que él no se ocu­pa activamente en negocios ni pelea con invectivas en los procesos privados ni en público, sino que se mues­tra indiferente para con todo ello; y, dándose cuenta de que él no hace caso nunca sino de sí mismo y de que a ella ni la estima mucho ni tampoco deja de estimarla, se queja de todo esto y dice al hijo que su padre no es hombre y es excesivamente dejado y todo lo demás que, a este respecto, suelen repetir una y otra vez las mu­jeres.

—Ciertamente —dijo Adimanto— dicen muchas cosas y muy propias de ellas.

—Y ya sabes —dije yo— que frecuentemente son tam­bién aquellos criados de estas personas que pasan por ser adictos a ellas los que a escondidas les dicen a los hijos algo semejante; y, si ven que el padre no persigue a cual­quiera que le deba dinero o le haya perjudicado en alguna otra cosa, entonces exhortan al hijo para que, una vez lle­gado a mayor, se vengue de todos ésos y sea más hombre que su padre. Y, al salir de su casa, oye y ve otras cosas pa­recidas: aquellos de entre los ciudadanos que sólo se ocu­pan de lo suyo son tenidos por necios y gozan de poca consideración, mientras son honrados y ensalzados quienes se ocupan de lo que no les incumbe. Entonces el joven, que por una parte oye y ve todo esto, pero por otra escucha también las palabras de su padre y ve de cerca su comportamiento y lo compara con el de los demás, se en­cuentra solicitado a un tiempo por estas dos fuerzas: su padre riega y desarrolla la parte razonadora de su alma, y los otros, la apasionada y fogosa. Y, como en su naturale­za no es hombre perverso, sino que está influido por las malas compañías de los demás, al verse solicitado por es­tas dos fuerzas se pone en un término medio y entrega el gobierno de sí mismo a la parte intermedia, ambiciosa y fogosa, con lo cual se convierte en un hombre altanero y ansioso de honores.

—Perfectamente —dijo— me parece que has descrito la evolución de éste.

—Ya tenemos, pues —dije yo—, el segundo gobierno y el segundo hombre.

—Lo tenemos —dijo.

VI. —¿Y después de esto no hablaremos, como Esquilo, de «otro que está formado de cara a otra ciudad» o, me­jor dicho, no veremos ante todo la ciudad de acuerdo con nuestro plan?

—Ciertamente —dijo.

—El que sigue a aquel sistema es, según creo, la oligar­quía.

—Pero ¿a qué clase de constitución —dijo— llamas oli­garquía?

—Al gobierno basado en el censo —dije yo—, en el cual mandan los ricos sin que el pobre tenga acceso al gobierno.

—Ya comprendo —dijo.

—¿Y no habrá que decir cómo se empieza a pasar de la timarquía a la oligarquía?

—Sí.

—Pues bien —dije yo—, hasta para un ciego está claro cómo se hace el cambio.

—¿Cómo?

—Aquel almacén —dije yo— que tenía cada cual lleno de riquezas, ése es el que pierde al tal gobierno, porque co­mienzan por inventarse nuevos modos de gastar dinero y para ello violentan las leyes y las desobedecen tanto ellos como sus mujeres.

—Natural —dijo.

—Luego cada cual empieza, me imagino yo, a contem­plar a su vecino y a quererle emular y así hacen que la ma­yoría se asemeje a ellos.

—Es natural.

—Y a partir de entonces —dije yo— avanzan cada vez más por el camino de la riqueza y, cuanto mayor sea la es­tima en que tienen a ésta, tanto menor será su aprecio de la virtud. ¿O no difiere la virtud de la riqueza tanto como si, puestas una y otra en los platillos de una balanza, se movieran siempre en contrarias direcciones?

—En efecto —dijo.

—De modo que cuando en una ciudad son honrados la riqueza y los ricos, se aprecia menos a la virtud y a los vir­tuosos.

—Evidente.

—Ahora bien, se practica siempre lo que es apreciado y se descuida lo que es menospreciado.

—Tal sucede.

—Y así aquellas personas ambiciosas y amigas de ho­nores pasan por fin a ser amantes del negocio y la rique­za; y al rico le alaban y admiran y le llevan a los cargos, mientras al pobre le desprecian.

—Completamente.

—Y entonces establecen una ley, verdadero mojón de la política oligárquica, en que determinan una cantidad de dinero, mayor donde la oligarquía es más fuerte y menor donde es más débil, y prohíben que tenga acceso a los cargos aquel cuya fortuna no llegue al censo fijado; y esto lo logran o por la fuerza y con las armas o bien, sin llegar a tanto, imponiendo por medio de la intimidación ese sistema político. ¿No es así?

—Así ciertamente.

—He aquí el modo en que por lo regular se instaura. —Sí —dijo—. Pero ¿cuál es el carácter de ese sistema? ¿Y cuáles son los defectos que le atribuíamos?

VII. —Ante todo —dije— la propia naturaleza de su marca distintiva. Considera, en efecto: si a los pilotos de las na­ves se les eligiera del mismo modo, conforme a censo, y al pobre, aunque fuese mejor piloto, no se le confiara... —¡Mala sería —dijo— la navegación que llevasen!

—¿Y no ocurre también lo mismo con el mando de cualquier otra cosa?

—Creo que sí.

—¿Excepto con el de la ciudad? —pregunté—. ¿O tam­bién con el de la ciudad?

—Mucho más que con ninguno —dijo—, porque es un mando sumamente importante y difícil.

—Pues bien, he aquí un primer defecto capital que puede atribuirse a la oligarquía.

—Tal parece.

—¿Y qué? ¿Acaso es este otro menor que aquél?

—¿Cuál?

—El de que una tal ciudad tenga necesariamente que ser no una sola, sino dos, una de los pobres y otra de los ricos, que conviven en un mismo lugar y conspiran ince­santemente la una contra la otra.

—No es nada menor, ¡por Zeus! —exclamó.

—Pues tampoco es precisamente una ventaja el ser tal vez incapaces de hacer una guerra por verse reducidos, o a servirse de la plebe armada y temerla entonces más que a los enemigos, o bien a no servirse de ella, caso en el cual se verá en la batalla misma que merecen bien su nombre de oligarcas; aparte de que, por ser amantes del dinero, no estarán dispuestos a contribuir con él.

—No, no es ninguna ventaja.

—¿Y qué? Aquello que hace rato censurábamos, lo de que en una tal ciudad se ocupen las mismas personas de muchas cosas distintas, como la labranza, por ejem­plo, y los negocios y la guerra, ¿acaso te parece que eso está bien?

—En modo alguno.

—Pues considera si el siguiente no es el mayor de todos esos males y el que este régimen es el primero en sufrir.

—¿Cuál?

—El de que sea lícito al uno vender todo lo suyo y al otro comprárselo y el que lo haya vendido pueda vivir en la ciudad sin pertenecer a ninguna de sus clases ni ser negociante ni artesano ni caballero ni hoplita, sino pobre y mendigo por todo título.

—Sí que es el primero —dijo.

—En efecto, en las ciudades regidas oligárquicamente no hay nada que lo impida. Pues en otro caso no serían los unos demasiadamente ricos y los otros completa­mente pobres.

—Justo.

—Ahora mira lo siguiente: cuando, siendo rico, dilapi­daba el tal su fortuna, ¿acaso le resultaba entonces algo más útil a la ciudad con respecto a lo que ahora decida­mos? ¿O tal vez, aunque pareciera ser de los gobernantes, no era en realidad ni gobernante ni servidor de la ciudad, sino solamente un derrochador de su hacienda?

—Así es —dijo—. Parecía otra cosa, pero no era más que un derrochador.

—¿Quieres, pues —dije yo—, que digamos de él que, del mismo modo que nace en su celdilla el zángano, azote del enjambre, igualmente nace ése en su casa como otro zán­gano, azote de la ciudad?

—Ciertamente, ¡oh, Sócrates! —dijo.

—¿Y no será, Adimanto, que, mientras la divinidad ha hecho nacer sin aguijón a todos los zánganos alados, en cambio entre esos pedestres los hay que no lo tienen, pero hay otros que están dotados de aguijones terribles? ¿Y que de los carentes de aguijón salen quienes a la vejez terminan siendo mendigos, y de los provistos de él, todos aquellos a los que se llama malhechores?

—Muy cierto —dijo.

—Es evidente, pues —dije yo—, que, en una ciudad don­de veas mendigos, en ese mismo lugar estarán sin duda ocultos otros ladrones, cortabolsas, saqueadores de tem­plos y artífices de todos los males semejantes.

—Evidente —dijo.

—¿Y qué? ¿No ves mendigos en las ciudades regidas oligárquicamente?

—Casi todos lo son —dijo— excepto los gobernantes.

—¿No pensaremos, pues —dije yo—, que también hay en ellas muchos malhechores dotados de aguijones a quie­nes el gobierno se preocupa de contener por la fuerza?

—Así lo pensamos —dijo.

—¿Y no diremos que es por ignorancia y mala educa­ción y mala organización política por lo que se da allí esa clase de gentes?

—Lo diremos.

—Tal será, pues, la ciudad regida oligárquicamente y tantos, o quizá más todavía, los vicios que contiene.

—Quizá —dijo.

—Dejemos, pues, completamente descrito también este sistema —dije yo— que es llamado oligarquía y tiene aquellos gobernantes que determine el censo. Y después de esto, examinemos al hombre semejante a ella: veamos cómo nace y cómo es una vez nacido.

—Ciertamente —dijo.

VIII. —¿Acaso no es sobretodo del modo siguiente como se cambia en oligárquico aquel hombre timocrático?

—¿Cómo?

—Cuando el hijo nacido de un timócrata imita en un principio a su padre y sigue las huellas de aquél; pero lue­go le ve chocar súbitamente contra la ciudad, como con­tra un escollo, y zozobrar en su persona y sus bienes cuando, por ejemplo, después de haber sido estratego o haber ocupado algún otro importante cargo, tuvo que comparecer ante un tribunal y, perjudicado por los sico­fantas, fue ejecutado o desterrado o sometido a interdic­ción yperdió toda su fortuna.

—Es natural —dijo.

—Y, cuando el hijo ha visto y sufrido todo esto, ¡oh, que­rido amigo!, y al encontrarse privado de su patrimonio, se echa a temblar, me figuro yo, y en seguida arroja cabeza abajo, del trono que ocupaban en su alma, a aquella ambi­ción y fogosidad de antes; y, humillado por la pobreza, se dedica a los negocios y, a fuerza de trabajo y de pequeños y mezquinos ahorros, se hace con dinero. Pues bien, ¿no crees que el tal instalará entonces en el trono aquel al ele­mento codicioso y amante de la riqueza, de quien hará un gran rey de su alma revestido de tiara, collar y cimitarra?

—Ciertamente —dijo.

—En cuanto al elemento razonador y al fogoso, creo yo que les hará sentarse en tierra y permanecer, uno a cada lado, a los pies de aquél; y los mantendrá esclavizados, pues al uno no le dejará pensar ni examinar nada más sino la manera de que el poco dinero se convierta en mu­cho y el otro no podrá tampoco admirar ni estimar nada más que la riqueza y los ricos ni poner su amor propio en ninguna otra cosa sino en la adquisición de bienes o en todo aquello que conduzca a este fin.

—No hay nada —dijo— que tan rápida y seguramente pueda cambiar a un joven de ambicioso en codicioso.

—¿Y este no es acaso el hombre oligárquico? —dije yo.

—Por lo menos el cambio se produce a partir de un hombre semejante al sistema de que nació la oligarquía.

—Examinemos, pues, si es igual a ella.

—Examinémoslo.

IX. —Ante todo, ¿no se le parece por el gran aprecio en que tiene a las riquezas?

—¿Cómo no?

—Y también por ser hombre ahorrador e industrioso, que se limita a satisfacer en su persona los deseos más necesarios, pero no se permite ningún otro dispendio, sino que mantiene sometidos, por ociosos, a los demás apetitos.

—Exactamente.

—Porque es un hombre sórdido —dije yo— que en todo busca la ganancia; un amontonador de tesoros de aque­llos a los que, por cierto, ensalza el vulgo. ¿No será así el hombre semejante a un tal sistema?

—Por mi parte —dijo— así lo creo; en todo caso, no hay nada más precioso que las riquezas ni para esa ciudad ni tampoco para esa clase de hombre.

—Es que, según creo —dije yo—, el tal no ha atendido ja­más a educarse.

—Me parece que no —dijo—, pues en otro caso no ha­bría elegido a un ciego como director de su coro y obje­to de su mayor estima.

—Bien —dije—. Ahora considera lo siguiente. ¿No dire­mos que, por falta de educación, hay en él apetitos zanga­niles, propios los unos de un mendigo, los otros de un malhechor, y que a todos ellos los contiene por la fuerza su interés dirigido hacia otras cosas?

—Efectivamente —dijo.

—¿Sabes, pues —dije—, adónde has de mirar para ver sus malas tendencias?

—¿Adónde? —dijo.

—A las tutorías de los huérfanos o a cualquier otra cosa semejante en que les acontezca el gozar de gran libertad para ser malos.

—Cierto.

—¿Y acaso no resulta con ello evidente que lo que hace el tal en los demás negocios, en los que goza de buena re­putación por su apariencia de hombre justo, es contener, por una especie de prudente violencia con que se domi­na a sí mismo, otras malas pasiones que hay en él, a las cuales no las convence de que ello no está bien ni las amansa con razones, sino que las reprime por la fuerza y gracias al temor que le hace temblar por el resto de su fortuna?

—Ciertamente —dijo.

—Ahora bien, mi querido amigo —dije yo—, será, ¡por Zeus!, siempre que se trate de gastarlo ajeno cuando des­cubras que en la mayoría de ellos existen esos apetitos propios del zángano.

—Así es —dijo—, indudablemente.

—No dejará, pues, de haber disensiones en la propia alma de un tal hombre; y, no habiendo ya unidad en ella, sino dualidad, prevalecerán por regla general los mejores deseos contra los peores.

—Así es.

—Y por eso es, creo yo, por lo que el tal presentará una apariencia más decorosa que muchos otros; pero habrá volado muy lejos de él la genuina virtud de un alma con­certada y armónica.

—Tal me parece.

—Y será, por su tacañería, un competidor de poco cui­dado para los particulares que en la ciudad se disputen alguna victoria o cualquier otra distinción honrosa, por­que no querrá gastar dinero para conseguir gloria en esa clase de certámenes, ya que no se atreve a despertar los apetitos pródigos ni a pedirles que le ayuden como alia­dos en su lucha; combate, pues, solamente con una parte de sus fuerzas, a la manera oligárquica, y así es derrotado las más de las veces, pero sigue siendo rico.

—Efectivamente —dijo.

—¿Dudamos, pues, todavía —dije yo— de que, en cuanto a similitud, a ese avariento negociante hay que situarlo frente a la ciudad regida oligárquicamente?

—De ninguna manera —dijo.

X. —Es la democracia, según parece, lo que hemos de examinar a continuación: veamos de qué modo nace y qué carácter tiene una vez nacida para que, habiendo co­nocido el modo de ser del hombre semejante a ella, lo pongamos en línea para ser juzgado.

—Así seguiríamos —dijo— por el mismo camino que siempre.

—Pues bien —dije yo—, ¿no es de la manera siguiente como se produce el cambio de la oligarquía a la democra­cia por causa de la insaciabilidad con que se proponen como un bien, el hacerse cada cual lo más rico posible?

—¿De qué modo?

—Como los gobernantes de esta ciudad lo son, creo yo, por el hecho de poseer grandes riquezas, por eso no están dispuestos a reprimir a aquellos de los jóvenes que se ha­gan disolutos con una ley que les prohiba gastar y dilapi­dar su hacienda; y así, comprando los bienes de tales per­sonas y prestándoles mediante garantía, se hacen aún más opulentos e influyentes.

—Nada más cierto.

—Pero ¿no es ya evidente en una ciudad que les es im­posible a los ciudadanos el estimar el dinero y adquirir al mismo tiempo una suficiente templanza, sino que es for­zoso que desatiendan una cosa u otra?

—Es bastante evidente —dijo.

—Se inhiben, pues, en las oligarquías, toleran la licen­cia y así obligan frecuentemente a personas no innobles a convertirse en mendigos.

—Ciertamente.

—Andan, pues, ociosos por la ciudad, según yo creo, estos hombres provistos de aguijón y bien armados, de los que unos deben dinero, otros han perdido sus dere­chos, y algunos, las dos cosas. Y así odian a los que han adquirido sus bienes y a los demás, conspiran tanto con­tra unos como contra otros y ansían vivamente un cambio.

—Así es.

—En cambio, los negociantes van con la cabeza baja, fingiendo no verles; hieren, hincándoles el aguijón de su dinero, a cualquiera de los otros que se ponga a su alcan­ce, se llevan multiplicados los intereses, hijos de su capi­tal, y con todo ello crean en la ciudad una multitud de zánganos y pordioseros.

—¿Cómo no van a ser multitud? —dijo.

—Y el fuego ardiente de ese mal —dije yo— no quieren apagarlo ni por aquel procedimiento, esto es, impidien­do que cada cual haga de lo suyo lo que se le antoje, ni por este otro con el que se resolvería tal situación por medio de otra ley.

—¿Por medio de cuál?

—De una que sería la mejor después de aquélla y que obligaría a los ciudadanos a preocuparse de la virtud. Porque, si se prescribiese que fuera a cuenta y riesgo suyo como tuviese uno que hacer la mayor parte de las tran­sacciones voluntarias, ni se enriquecerían de manera tan desvergonzada los de la ciudad ni abundarían de tal modo en ella los males semejantes a cuantos hace poco describíamos.

—Muy cierto —dijo.

—Pero, tal como están las cosas —dije yo—, queda ex­puesto el estado en que, por todas esas razones, mantie­nen a sus súbditos los gobernantes de la ciudad. Y, en cuanto a ellos y a los suyos, ¿no hacen lujuriosos a los jó­venes e incapaces de trabajar con el cuerpo ni con el alma y perezosos y demasiado blandos para resistir el placero soportar el dolor?

—¿Cómo no?

—¿Y los padres se desentienden de todo lo que no sea el negocio y no se preocupan de la virtud más que los pobres?

—No, en efecto.

—Pues bien, siendo esta su disposición, cuando gober­nantes y gobernados coincidan unos con otros er un via­je por tierra o en alguna otra ocasión de encuentro, por ejemplo, en una teoría o expedición en que naveguen y guerreen juntos; o cuando, al contemplarse mutuamente en un momento de peligro, no sean en modo alguno des­preciados los pobres por los ricos, sino que muchas veces sea un pobre, seco y tostado por el sol, quien, al formar en la batalla junto a un rico criado a la sombra y cargado de muchas carnes superfluas, le vea jadeante y agobia­do, ¿crees acaso que no juzgará el pobre que es sólo por lo cobardes que son ellos mismos por lo que los otros son ricos, y que, cuando se encuentre con los suyos en priva­do, no se dirán, como una consigna, los unos a los otros: «Nuestros son los hombres, pues no valen nada»?

—Por mi parte —dijo— sé muy bien que eso es lo que hacen.

—Pues bien, así como a un cuerpo valetudinario le basta con recibir un pequeño impulso de fuera para in­clinarse hacia la enfermedad, y como a veces nace la disensión en su propio seno incluso sin causa exterior, ¿no le ocurre otro tanto a la ciudad que está lo mismo que aquél, pues basta el menor pretexto para que, lla­mando unos u otros en su auxilio a aliados exteriores procedentes de ciudades oligárquicas o democráticas, enferme ella y se debata en lucha consigo misma, mien­tras que a veces se produce la disensión incluso sin nece­sidad de los de fuera?

—En efecto.

—Nace, pues, la democracia, creo yo, cuando, habiendo vencido los pobres, matan a algunos de sus contrarios, a otros los destierran y a los demás les hacen igualmente partícipes del gobierno y de los cargos, que, por lo regular, suelen cubrirse en este sistema mediante sorteo.

—Sí —dijo—, así es como se establece la democracia, ya por medio de las armas, ya gracias al miedo que hace re­tirarse a los otros.

XI. —Ahora bien —dije yo—, ¿de qué modo se adminis­tran éstos? ¿Qué clase de sistema es ése? Porque es evi­dente que el hombre que se parezca a él resultará ser de­mocrático.

—Evidente —dijo.

—¿No serán, ante todo, hombres libres y no se llenará la ciudad de libertad y de franqueza y no habrá licencia para hacer lo que a cada uno se le antoje?

—Por lo menos eso dicen —contestó.

—Y, donde hay licencia, es evidente que allí podrá cada cual organizar su particular género de vida en la ciudad del modo que más le agrade.

—Evidente.

—Por tanto este régimen será, creo yo, aquel en que de más clases distintas sean los hombres.

—¿Cómo no?

—Es, pues, posible —dije yo— que sea también el más bello de los sistemas. Del mismo modo que un abigarra­do manto en que se combinan todos los colores, así tam­bién este régimen, en que se dan toda clase de caracteres, puede parecer el más hermoso. Y tal vez —seguí dicien­do—habrá, en efecto, muchos que, al igual de las mujeres y niños que se extasían ante lo abigarrado, juzguen tam­bién que no hay régimen más bello.

—En efecto —dijo.

—He aquí —dije yo— una ciudad muy apropiada, ¡oh, mi bendito amigo!, para buscar en ella sistemas políticos.

—¿Por qué?

—Porque, gracias a la licencia reinante, reúne en sí toda clase de constituciones y al que quiera organizar una ciu­dad, como ahora mismo hacíamos nosotros, es probable que le sea imprescindible dirigirse a un Estado regido de­mocráticamente para elegir en él, como si hubiese llega­do a un bazar de sistemas políticos, el género de vida que más le agrade y, una vez elegido, vivir conforme a él.

—Tal vez no sean ejemplos lo que le falte —dijo.

—Y el hecho —dije— de que en esa ciudad no sea obliga­torio el gobernar, ni aun para quien sea capaz de hacerlo, ni tampoco el obedecer si uno no quiere, ni guerrear cuando los demás guerrean, ni estar en paz, si no quie­res paz, cuando los demás lo están, ni abstenerte de go­bernar ni de juzgar, si se te antoja hacerlo, aunque haya una ley que te prohiba gobernar y juzgar, ¿no es esa una práctica maravillosamente agradable a primera vista?

—Quizá lo sea a primera vista —dijo.

—¿Y qué? ¿No es algo admirable la tranquilidad con que lo toman algunas personas juzgadas? ¿O no has visto nunca en este régimen a hombres que, habiendo sido condenados a muerte o destierro, no por ello dejan de quedarse en la ciudad ni de circular, paseando y ha­ciendo el héroe, por entre la gente, que, fingiendo no verles, hace caso omiso de ellos?

—A muchos —dijo.

—¿Y su espíritu indulgente y nada escrupuloso, sino al contrario, lleno de desprecio hacia aquello tan importan­te que decíamos nosotros cuando fundamos la ciudad, que, a no estar dotado de una naturaleza excepcional, no podría ser jamás hombre de bien el que no hubiese empe­zado por jugar de niño entre cosas hermosas para seguir aplicándose más tarde a todo lo semejante a ellas, y la in­diferencia magnífica con que, pisoteando todos estos principios, no atiende en modo alguno al género de vida de que proceden los que se ocupan de política, antes bien, le basta para honrar a cualquiera con que éste afir­me ser amigo del pueblo?

—Muy generosa ciertamente —dijo.

—Estos, pues —dije—, y otros como éstos son los rasgos que presentará la democracia; y será, según se ve, un ré­gimen placentero, anárquico y vario que concederá in­distintamente una especie de igualdad tanto a los que son iguales como a los que no lo son.

—Es muy conocido lo que dices —respondió.

XII. —Considera, pues —dije yo—, qué clase de hombre será el tal en su vida privada. ¿O habrá que investigar pri­mero, del mismo modo que hemos hecho con el gobier­no, la manera en que se forma?

—Sí —dijo.

—¿Y no será acaso de esta manera? ¿No habrá, creo yo, un hijo de aquel avaro oligárquico que haya sido educa­do por su padre en las costumbres de éste?

—¿Cómo no?

—Siendo, pues, también éste dominador por la fuerza de aquellos de entre sus apetitos de placer que acarreen dispendio y no ganancia, es decir, de los que son llama­dos innecesarios...

—Evidente —dijo.

—Pero ¿quieres —dije yo— que, para no andar a tientas, definamos ante todo qué apetitos son necesarios y cuá­les no?

—Sí que quiero —dijo.

—Pues bien, ¿no se llamaría justamente necesarios a aquellos de que no podemos prescindir, y a cuantos al sa­tisfacerlos nos aprovechan? Porque a estas dos clases de ob­jetos es forzoso que aspire nuestra naturaleza. ¿No es así?

—En efecto.

—Con razón, pues, aplicaremos a éstos la calificación de necesarios.

—Con razón.

—¿Y qué? Aquellos de que puede uno librarse si empie­za a procurarlo desde joven y además a la persona en que se dan no le hacen ningún bien, sino a veces lo contrario, de todos esos si dijéramos que eran innecesarios, ¿no lo diríamos acaso con razón?

—Con razón ciertamente.

—¿Tomamos, pues, un ejemplo de cómo son unos y otros para tener una idea general de ellos?

—Sí, es preciso.

—¿No es acaso necesario el deseo de comer alimento y companage en la medida indispensable para la salud y el bienestar?

—Así lo creo.

—Ahora bien, el deseo de alimento es necesario, me parece a mí, por dos razones: porque aprovecha y porque es capaz de poner fin a la vida.

—Sí.

—Y el de companage, en el grado en que resulte de al­gún provecho para el bienestar corporal.

—Exactamente.

—¿Y el deseo que va más allá que éstos, el de manjares de otra índole que los citados, deseo que puede extin­guirse en los más de los hombres cuando ha sido repri­mido y educado en la juventud y es nocivo para el cuer­po y nocivo para el alma en lo que toca a la cordura y templanza? ¿No lo consideraríamos con razón como no necesario?

—Con mucha razón.

—¿No llamaremos, pues, dispendiosos a estos deseos y productivos a aquellos otros que son útiles para la pro­ducción?

—¿Qué otra cosa llamarlos?

—¿Y diremos lo mismo de los deseos amorosos y de los demás?

—Lo mismo.

—Y aquel a quien hace poco llamábamos zángano, ¿no decíamos acaso que es el hombre entregado a tales placeres y apetitos y gobernado por los deseos innecesa­rios, mientras que el regido por los necesarios es el hom­bre ahorrativo y oligárquico?

—¿Cómo no?

XIII. —Pues bien, digamos ahora —seguí— cómo del hom­bre oligárquico sale el democrático: en mi opinión, en la mayor parte de los casos es del siguiente modo.

—¿Cómo?

—Cuando en su juventud, después de criarse como íbamos diciendo, en la ineducación y la codicia, llega a gustar de la miel de los zánganos y convive con estos ar­dientes y terribles animales capaces de procurar toda cíase de placeres con variedad de color y de especie, en­tonces date a pensar que empieza la oligarquía que hay en él a convertirse en democracia.

—Por fuerza —dijo.

—Y así como la ciudad se transformaba al venir un aliado exterior en socorro de uno de los partidos de ella siendo de la misma índole que éste, ¿no ocurre que el adolescente se transforma también si a uno de los géne­ros de deseos que en él hay le llega de fuera la ayuda de una clase de ellos emparentada y semejante a aquél?

—En un todo.

—Y, a mi ver, si al elemento oligárquico que en él hay le socorre a su vez algún otro aliado, ya sea por parte de su padre, ya de otros deudos que le reprenden y afean la cosa, entonces surgen en él la revolución y la contrarre­volución y la lucha consigo mismo.

—¿Cómo no?

—Y alguna vez, supongo yo, lo democrático cede a lo oligárquico y, de determinados deseos, los unos su­cumben y los otros van fuera por haber nacido un cier­to pudor en el alma del joven y éste entra de nuevo en regla.

—Así en efecto sucede en ciertas ocasiones —dijo.

—Y a su vez, creo yo, otros deseos de la misma estirpe, nacidos bajo aquellos que fueron ya expulsados, se mul­tiplican y hacen fuertes por la insipiencia de la educación paterna.

—Al menos tal suele ocurrir —replicó.

—Y de ese modo le arrastran a las antiguas compañías y, uniéndose todos los deseos de unos y otros, engendran numerosa descendencia.

—¿Cómo no?

—Y al fin, según pienso, se apoderan de la fortaleza del alma juvenil, dándose cuenta de que está vacía de buenas doctrinas y hábitos y de máximas de verdad, que son los mejores vigilantes y guardianes de la razón en las mentes de los hombres amados por los dioses.

—Los mejores con mucho —dijo.

—Y otras máximas y opiniones falsas, creo yo, y pre­suntuosas dan el asalto y ocupan, en el alma del tal, el mismo lugar que ocupaban aquéllas.

—Sin ninguna duda —dijo.

—¿Y no es el caso que entonces, retornando a aquellos lotófagos, convive abiertamente con ellos y, si de parte de los deudos viene algún refuerzo al elemento de par­quedad que hay en su alma, aquellas máximas arrogantes cierran en él las puertas del alcázar real y ni dejan pasar aquel auxilio ni acogen los consejos que, como embaja­dores, envían otras personas de más edad, sino que ellas triunfan en la lucha y echan fuera el pudor, desterrándolo ignominiosamente y dándole nombre de simplicidad, arrojan con escarnio la templanza, llamándola falta de hombría, y proscriben la moderación y la medida en los gastos como si fuesen rustiquez y vileza, todo ello con la ayuda de una multitud de superfluos deseos?

—Bien de cierto.

—Vaciando, pues, de todo aquello el alma de su prisione­ro y purgándole como a iniciado en grandes misterios, en­tonces es cuando introducen en él una brillante y gran comi­tiva en que figuran coronados la insolencia, la indisciplina, el desenfreno y el impudor; y elogian y adulan a éstos, lla­mando a la insolencia buena educación; a la indisciplina, li­bertad; al desenfreno, grandeza de ánimo, y al impudor, hombría. ¿No es así —dije— cómo, en su juventud, se torna de su crianza dentro de los deseos necesarios a la libertad y al desate de los placeres innecesarios y sin provecho?

—A la vista está —dijo él.

—Después de esto, según yo creo, el tal sujeto vive gas­tando tanto en los placeres innecesarios como en los ne­cesarios, ya sea su gasto de dinero, de trabajo o de tiem­po; y, si es afortunado y no sigue adelante en su delirio, sino, al hacerse mayor, acoge, pasado lo más fuerte del torbellino, a unos grupos de desterrados y no se entre­ga del todo a los invasores, entonces vive poniendo igual­dad en sus placeres y dando, como al azar, el mando de sí mismo al primero que cae hasta que se sacia y lo da a otro sin desestimar a ninguno, sino nutriéndolos por igual a todos —Bien seguro.

—Y no da acogida —dije yo— a máxima alguna de ver­dad ni la deja entrar en su reducto si alguien le dice que son distintos los placeres que traen los deseos justos y dignos y los que responden a los deseos perversos, y que hay que cultivar y estimar los primeros y refrenar y do­minar los segundos, sino que a todo esto vuelve la cabeza y dice que todos son iguales y que hay que estimarlos igualmente.

—De cierto —dijo— que eso es lo que hace el que se en­cuentra en tal situación.

—Y así pasa su vida día por día —dije yo—, condescen­diendo con el deseo que le sale al paso, ya embriagado y tocando la flauta, ya bebiendo agua y adelgazando; otras veces haciendo gimnasia; otras, ocioso y despreocupado de todo, y en alguna ocasión, como si dedicara su tiempo a la filosofía. Con frecuencia se da a la política y, saltando a la tribuna, dice y hace lo que le viene a las mientes; y, si en algún caso le dan envidia unos militares, a la milicia va, y si unos banqueros, a la banca. Y no hay orden ni sujeción alguna en su vida, sino que, llamando agradable, libre y fe­liz a la que lleva, sigue con ella por encima de todo.

—Has recorrido de punta a cabo —dijo— la vida de un hombre igualitario.

—Y pienso —proseguí— que este hombre es muy vario y está repleto de índoles distintas y que él es el lindo y abiga­rrado semejante a la ciudad de que hablábamos. Y mu­chos hombres y mujeres envidiarían su vida, que tiene en sí muchos modelos de regímenes políticos y modos de ser.

—Ese es, de cierto —dijo.

—¿Y qué? ¿Quedará el tal varón catalogado al lado de la democracia en la idea de que hay razón para llamarle de­mocrático?

—Quede, en efecto —dijo.

XIV —Nos falta, pues, que tratar —dije yo— del más her­moso régimen político y del hombre más bello, que son la tiranía y el tirano.

—De entero acuerdo —dijo.

—Veamos entonces, mi querido amigo, ¿con qué carác­ter nace la tiranía? Porque, por lo demás, parece evidente que nace de la transformación de la democracia.

—Evidente.

—¿Y acaso no nacen de un mismo modo la democracia de la oligarquía y la tiranía de la democracia?

—¿Cómo?

—El bien propuesto —dije yo— y por el que fue estableci­da la oligarquía era la riqueza, ¿no es así?

—Sí.

—Ahora bien, fue el ansia insaciable de esa riqueza y el abandono por ella de todo lo demás lo que perdió a la oli­garquía.

—Es verdad—dijo.

—¿Y no es también el ansia de aquello que la democra­cia define como su propio bien lo que disuelve a ésta?

—¿Y qué es eso que dices que define como tal?

—La libertad —repliqué—. En un Estado gobernado de­mocráticamente oirás decir, creo yo, que ella es lo más hermoso de todo y que, por tanto, sólo allí vale la pena de vivir a quien sea libre por naturaleza.

—En efecto —observó—, estas palabras se repiten con frecuencia.

—¿Pero acaso —y esto es lo que iba a decir ahora— el an­sia de esa libertad y la incuria de todo lo demás no hace cambiar a este régimen político y no lo pone en situación de necesitar de la tiranía? —dije yo.

—¿Cómo? —preguntó.

—Pienso que, cuando una ciudad gobernada demo­cráticamente y sedienta de libertad tiene al frente a unos malos escanciadores y se emborracha más allá de lo con­veniente con ese licor sin mezcla, entonces castiga a sus gobernantes, si no son totalmente blandos y si no le pro­curan aquélla en abundancia, tachándolos de malvados y oligárquicos.

—Efectivamente, eso es lo que hacen—dijo.

—Y a quienes se someten a los gobernantes —dije— les injuria como a esclavos voluntarios y hombres de nada; y a los gobernantes que se asemejan a los gobernados y a los gobernados que parecen gobernantes los encomia y honra así en público como en privado. ¿No es, pues, for­zoso que en una tal ciudad la libertad se extienda a todo?

—¿Cómo no?

—Y que se filtre la indisciplina, ¡oh, querido amigo!, en los domicilios privados —dije— y que termine por imbuir­se hasta en las bestias.

—¿Cómo ha de entenderse eso que dices? —preguntó.

—Pues que el padre —dije— se acostumbra a hacerse igual al hijo y a temer a los hijos, y el hijo a hacerse igual al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores a fin de ser enteramente libre; y el meteco se iguala al ciudadano y el ciudadano al meteco y el forastero ni más ni menos.

—Sí, eso ocurre —dijo.

—Eso y otras pequeñeces por el estilo —dije—: allí el maestro teme a sus discípulos y les adula; los alumnos menosprecian a sus maestros y del mismo modo a sus ayos; y, en general, los jóvenes se equiparan a los mayores y rivalizan con ellos de palabra y de obra, y los ancianos, condescendiendo con los jóvenes, se hinchen de buen humor y de jocosidad, imitando a los muchachos, para no parecerles agrios ni despóticos.

—Así es en un todo —dijo.

—Y el colmo, amigo, de este exceso de libertad en la de­mocracia —dije yo— ocurre en tal ciudad cuando los que han sido comprados con dinero no son menos libres que quie­nes los han comprado. Y a poco nos olvidamos de decir cuánta igualdad y libertad hay en las mujeres respecto de los hombres y en los hombres respecto de las mujeres.

—Así, pues, según aquello de Esquilo, ¿«diremos cuan­to nos vino ahora a la boca»? —preguntó.

—Sin dudarlo —contesté—, y lo que digo es esto: que, por lo que se refiere a las bestias que sirven a los hombres, nadie que no lo haya visto podría creer cuánto más libres son allí que en ninguna otra parte, pues, conforme al re­frán, las perras se hacen sencillamente como sus due­ñas, y lo mismo los caballos y asnos, que llegan allí a acostumbrarse a andar con toda libertad y empaque, em­pellando por los caminos a quienquiera que encuentren si no se les cede el paso; y todo lo demás resulta igual­mente henchido de libertad.

—Me estás contando —dijo— mi propio sueño, pues a mí me ha ocurrido eso más de una vez cuando salgo para el campo.

—¿Y conoces —dije— el resultado de todas estas cosas juntas, por causa de las cuales se hace tan delicada el alma de los ciudadanos que, cuando alguien trata de imponer­les la más mínima sujeción, se enojan y no la resisten? Y ya sabes, creo yo, que terminan no preocupándose si­quiera de las leyes, sean escritas o no, para no tener en modo alguno ningún señor.

—Muy bien que lo sé —contestó.

XV —He aquí, ¡oh, amigo! —dije—, el principio, tan bello y hechicero, de donde, a mi parecer, nace la tiranía.

—Hechicero, en efecto —replicó—; pero ¿qué es lo que viene después?

—Que la misma enfermedad —dije— que, produciéndo­se en la oligarquía, acabó con ella, esa misma se hace aquí aún más grave y poderosa, a causa de la licencia que hay, y esclaviza a la democracia. Pues en realidad todo exceso en el obrar suele dar un gran cambio en su contrario lo mis­mo en las estaciones que en las plantas que en los cuerpos y no menos en los regímenes políticos.

—Es natural —dijo.

—La demasiada libertad parece, pues, que no termina en otra cosa sino en un exceso de esclavitud lo mismo para el particular que para la ciudad.

—Así parece, ciertamente.

—Y por lo tanto —proseguí— es natural que la tiranía no pueda establecerse sino arrancando de la democracia; o sea que, a mi parecer, de la extrema libertad sale la mayor y más ruda esclavitud —Eso es lo natural, en efecto —replicó.

—Pero no era esto lo que preguntabas, según creo —dije—, sino cuál era esa enfermedad que nace en la oli­garquía y que es la misma que esclaviza a la democracia.

—Dices verdad —observó.

—Pues bien —dije yo—, me refería al linaje de hombres holgazanes y pródigos: una parte de ellos más varonil, que es la que guía, y otra más cobarde, que le sigue; y los comparábamos con zánganos, los unos provistos de aguijón, los otros sin él.

—Y muy justamente —observó.

—Ésos, pues, al aparecer en cualquier régimen, lo perturban como la mucosidad y la bilis perturban al cuerpo —proseguí—; y es necesario que el buen médico y legislador de la ciudad, no menos que el entendido api­cultor, se prevenga de ellos muy de antemano, en primer lugar para que no nazcan y, si llegan a nacer, para arran­carlos lo más pronto posible juntamente con sus pa­nales.

—Sí, ¡por Zeus! —dijo él—, desde luego.

—Vamos ahora —dije— a considerarlo en otro aspecto para que veamos más distintamente lo que queremos ver.

—¿Cómo?

—Dividamos con el pensamiento la ciudad democráti­ca en tres partes, de las que efectivamente está formada en la realidad. Una es, creo yo, el linaje que nace en ella por la misma licencia que allí hay, no menos numeroso que en la ciudad oligárquica.

—Así es.

—Pero resulta mucho más corrosivo que en aquélla.

—¿Cómo así?

—Allá, por no recibir honras, sino más bien ser apar­tado de los mandos, resulta inexperto y sin poder, pero en la democracia, en cambio, es él quien manda, con pocas excepciones, y su parte más corrosiva es la que habla y obra; el resto, sentado en torno de las tribunas, runfla y no aguanta a quien exponga opinión distinta, de modo que en semejante régimen todo se administra por esta clase de hombres salvo un corto número de los otros.

—Muy de cierto —dijo.

—Pero hay otro grupo que siempre se distingue de la multitud.

—¿Cuáles?

—Buscando todos la ganancia, los que por su índole son más ordenados se hacen generalmente los más ricos.

—Es natural.

—Y de ahí es, si no me equivoco, de donde los zánga­nos sacan más miel y con mayor facilidad.

—En efecto —dijo—, ¿cómo habrían de sacársela a los que tienen poco?

—Y tales ricos son, a mi ver, los que se llaman hierba de zánganos.

—Eso parece —contestó.

XVI. —El tercer linaje será el del pueblo, esto es, el de aquellos que, viviendo por sus manos o apartados de las actividades públicas, tienen escaso caudal. Y es el linaje más extenso y el más poderoso en la democracia cuando se reúne en asamblea.

—Así es, de cierto —dijo—; pero con frecuencia no quie­re hacerlo si no recibe una parte de miel.

—Y la recibe siempre —dije— en la medida en que les es posible a los que mandan el quitar su hacienda a los ricos y repartir algo al pueblo, aunque quedándose ellos con la mayor parte.

—Así es como la recibe, en efecto —dijo.

—Y entonces, creo yo, los que han sufrido el despojo se ven forzados a defenderse hablando ante el pueblo y ha­ciendo cuanto cabe en sus fuerzas.

—¿Cómo no?

—Y, aunque en realidad no quieran cambiar nada, son inculpados por los otros de que traman asechanzas con­tra el pueblo y de que son oligárquicos.

—¿Qué otra cosa cabe?

—Y así, cuando ven al fin que el pueblo, no por su vo­luntad, sino por ser ignorante y porque le engañan los ca­lumniadores, trata de hacerles daño, entonces, quiéranlo o no, se hacen de veras oligárquicos y no espontánea­mente; antes bien, es el mismo zángano el que, picándo­les, produce este mal.

—Así es en un todo.

—Y surgen denuncias, procesos y luchas entre unos y otros.

—En efecto.

—¿Y así el pueblo suele siempre escoger a un determi­nado individuo y ponerlo al frente de sí mismo mante­nerlo y hacer que medre en grandeza?

—Eso suele hacer, en efecto.

—Resulta, pues, evidente —proseguí— que, dondequie­ra que surge un tirano, es de esta raíz de la jefatura y no de otro lado de donde brota.

—Bien evidente.

—¿Y cuál es el principio de la transformación del jefe en tirano? ¿No es claro que empieza cuando comienza el jefe a hacer aquello de la fábula que se cuenta acerca del templo de Zeus Liceo en Arcadia?

—¿Qué fábula? —preguntó.

—La de que el que gusta de una entraña humana des­menuzada entre otras de otras víctimas, ése fatalmente ha de convertirse en lobo. ¿No has oído ese relato?

—Sí.

—¿Y así, cuando el jefe del pueblo, contando con una multitud totalmente dócil, no perdona la sangre de su raza, sino que acusando injustamente, como suele ocu­rrir, lleva a los hombres a los tribunales y se mancha, destruyendo sus vidas y gustando de la sangre de sus hermanos con su boca y lengua impuras, y destierra y mata mientras hace al mismo tiempo insinuaciones so­bre rebajas de deudas y repartos de tierras, no es fuer­za y fatal destino para tal sujeto el perecer a manos de sus enemigos o hacerse tirano y convertirse de hombre en lobo?

—Es de toda necesidad —dijo.

—Así viene a resultar —dije— el que se levanta en sedi­ción contra las gentes acaudaladas.

—Así.

—Y cuando, habiendo sido desterrado, vuelve a la pa­tria a pesar de sus enemigos, ¿no llega entonces como ti­rano consumado?

—Claro está.

—Y, si son impotentes para echarlo o matarlo ponien­do a la ciudad contra él, en ese caso conspiran para darle a escondidas muerte violenta.

—Al menos tal suele ocurrir —dijo.

—Y este es el punto en que todos los que han llegado a esta situación recurren a aquella famosa súplica de los ti­ranos en que piden al pueblo algunos guardias de corps para que aquél conserve su defensor.

—Muy de cierto —dijo.

—Y los del pueblo se los dan, creo yo, temiendo por él, pero enteramente seguros por lo que toca a ellos mismos.

—Muy de cierto también.

—Y, cuando ve esto el hombre que tiene riquezas y que, por tenerlas, se siente inculpado de ser enemigo del pue­blo, entonces es, ¡oh, camarada!, cuando éste, ajustándo­se al oráculo dado a Creso, escapa a lo largo del Hermo pedregoso sin miedo a que alguno le llame cobarde.

—No, en efecto —dijo—, porque no tendría tiempo de avergonzarse segunda vez.

—Y al que es cogido —dijo— bien seguro que se le entre­ga a la muerte.

—Sin remedio.

—Y es manifiesto que aquel jefe no yace «grande, ocu­pando un espacio infinito», sino que, echando abajo a otros muchos, se sienta en el carro de la ciudad consu­mando su transformación de jefe en tirano.

—¿Cómo podría no ser así? —dijo.

XVII. —¿Repasamos ahora —seguí— la felicidad del hom­bre y la de la ciudad en que surge un mortal de esa especie?

—Conforme. Hagámoslo así —dijo.

—¿No es cierto —dije— que, en los primeros días y en el primer tiempo, aquél sonríe y saluda a todo el que en­cuentra a su paso, niega ser tirano, promete muchas co­sas en público y en privado, libra de deudas y reparte tie­rras al pueblo y a los que le rodean y se finge benévolo y manso para con todos?

—Es de rigor —contestó.

—Y pienso que, cuando en sus relaciones con los ene­migos de fuera se ha avenido con los unos y ha destruido a los otros yhay tranquilidad por parte de ellos, entonces suscita indefectiblemente algunas guerras para que el pueblo tenga necesidad de un conductor.

—Es natural.

—¿Y para que, pagando impuestos, se hagan pobres y, por verse forzados a atender a sus necesidades cotidia­nas, conspiren menos contra él?

—Evidente.

—¿Y también, creo yo, para que, si sospecha de al­gunos que tienen temple de libertad y no han de de­jarle mandar, tenga un pretexto para acabar con ellos entregándoles a los enemigos? ¿No es por todo eso por lo que le es necesario siempre al tirano promover gue­rras?

—Necesario, en efecto.

—Pero, al obrar así, ¿no se expone a hacerse más y más odioso a los ciudadanos?

—¿Cómo no?

—¿Y no sucede que algunos de los que han ayudado a encumbrarle y cuentan con influencia se atrevan a fran­quearse ya con él, ya entre sí unos y otros, censurando las cosas que ocurren, por lo menos aquellos que sean más valerosos?

—Es natural.

—Y así el tirano, si es que ha de gobernar, tiene que qui­tar de en medio a todos éstos hasta que no deje persona al­guna de provecho ni entre los amigos ni entre los enemi­gos.

—Está claro.

—Debe, por tanto, mirar perspicazmente quién es va­leroso, quién alentado, quién inteligente y quién rico, y es tal su dicha que por fuerza, quiéralo o no, ha de ser ene­migo de todos éstos y conspirar en su contra hasta que depure la ciudad.

—¡Hermosa depuración! —dijo.

—Sí —repliqué—, la opuesta a la que hacen los médicos en el cuerpo: pues éstos, quitando lo peor, dejan lo mejor y aquél hace todo lo contrario.

—Y según parece —dijo— resulta para él una necesidad si es que ha de gobernar.

XVIII. —¡Pues sí que es envidiable —dije— la necesidad a que está sujeto, que le impone el vivir con la muchedum­bre de los hombres ruines, siendo además odiado por ellos, o dejar de vivir!

—Tal es ella —dijo.

—¿Y no es cierto que, mientras más odioso se haga a los ciudadanos al obrar así, mayor y más segura será la guardia de hombres armados que necesite?

—¿Cómo no?

—¿Y quiénes serán esos leales? ¿De dónde los sacará?

—Volando —dijo— vendrán por sí mismos en multitud si les da sueldo.

—Me parece, ¡por vida del perro! —exclamé—, que te re­fieres a otros zánganos, pero extranjeros éstos y proce­dentes de todas partes.

—Y es verdad lo que te parece —dijo.

—¿Y qué? ¿No querría acaso a los del país...?

—¿Cómo?

—Quitando los siervos a los ciudadanos y dándoles li­bertad, hacerlos de su guardia.

—Bien seguro —dijo—, puesto que éstos resultan los más fieles para él.

—¡Pues buena cosa —dije— es la que, según tú, le ocurre al tirano si ha de utilizar a tales personas como amigos y leales servidores después de haber hecho perecer a aque­llos otros!

—Y, sin embargo —dijo—, de ellos se sirve.

—¿Y así estos tales compañeros le admiran —dije— y los nuevos ciudadanos forman su sociedad mientras que los que son como deben serle odian yle esquivan?

—¿Cómo no han de hacerlo?

—No sin razón —dije— se tiene a la tragedia en general como algo lleno de sabiduría y, dentro de ella, principal­mente a Eurípides.

—¿Por qué así?

—Porque él es quien dejó oír aquel dicho propio de una mente sagaz de que «son sabios los tiranos porque a otros sabios tratan». Y es claro que, en su entender, los sa­bios con quienes aquél convive no son otros que los ya mencionados.

—Y elogia a la tiranía —agregó él— como cosa que iguala a los dioses con otras muchas alabanzas; y esto no sólo él, sino los otros poetas.

—Ahora bien —seguí—, como también son sabios los poetas trágicos, seguro que nos perdonan, a nosotros y a los que siguen una política allegada de la nuestra, el que no les acojamos en nuestra república por ser cantores de la tiranía.

—Pienso —dijo— que nos han de perdonar, por lo me­nos los que entre ellos sean discretos.

—No obstante ellos van, creo yo, dando vueltas por las otras ciudades, congregando a las multitudes y alquilan­do voces hermosas, sonoras y persuasivas; y con ello arrastran los regímenes políticos hacia la tiranía o la de­mocracia.

—Muy de cierto.

—Y además reciben sueldo y honras sobre todo, como es natural, de los tiranos, y en segundo lugar, de la demo­cracia; pero, cuanto más suben hacia la cima de los regí­menes políticos, tanto más desfallece su honor como im­posibilitado de andar por falta de aliento.

—Así es en un todo.

XIX. —Pero con esto —dije— nos hemos desviado de nues­tro camino. Volvamos a hablar del ejército del tirano, de aquel ejército hermoso, grande, multicolor y siempre cambiante, y digamos de dónde sacará para mantenerlo.

—Está claro —dijo— que, si hay tesoros sagrados en la ciudad, los gastará; y mientras le baste el precio de su venta, serán menores los tributos que imponga al pueblo.

—¿Y qué hará cuando falten aquellos recursos?

—Pues no hay duda —contestó—; vivirá de los bienes pa­ternos, así él como sus comensales, sus amigos y sus cor­tesanas.

—Entendido —dije—: el pueblo que ha engendrado al ti­rano mantendrá a éste y a sus socios.

—No le quedará más remedio —afirmó.

—¿Cómo lo entiendes? —pregunté—. ¿Y si el pueblo se irrita y dice que no procede que un hijo, en el vigor de su juventud, sea alimentado por su padre, sino al contrario, el padre por el hijo, y que no lo engendró y lo puso en su puesto para que, al hacerse grande, él, el padre, tuviera, esclavo de sus propios esclavos, que mantenerlo, así como a los esclavos mismos y a otros advenedizos, sino para quedar libre, bajo su jefatura, de los ricos y de los que se llaman en la ciudad hombres de pro, y si, en vis­ta de ello, les manda salir de la ciudad a él y a su cohorte como el padre que echa de su casa a un hijo suyo en com­pañía de sus turbulentos invitados?

—Entonces, ¡por Zeus! —exclamó él—, vendrá a darse cuenta el pueblo de cómo obró y de qué clase de criatura engendró, cuidó e hizo medrar; y de cómo, siendo el más débil, pretende expulsar a otros más fuertes que él.

—¿Cómo lo entiendes? —pregunté—. ¿Se atreverá el tira­no a violentar a su padre y aun a pegarle si no se le somete?

—Sí —dijo—, una vez que le haya quitado las armas. —Así —dije yo— llamas parricida al tirano y perverso sustentador de la vejez; y a lo que parece, esto es lo que se conoce universalmente como tiranía. Y el pueblo, huyen­do, como suele decirse, del humo de la servidumbre bajo hombres libres, habrá caído en el fuego del poder de los siervos; y en lugar de aquella grande y destemplada li­bertad viene a dar en la más dura y amarga esclavitud: la esclavitud bajo esclavos.

—Muy de cierto —dijo—; eso es lo que ocurre.

—¿Y qué? —dije—. ¿Nos saldremos de tono si decimos que hemos expuesto convenientemente cómo sale la ti­ranía de la democracia y cómo es aquélla una vez que nace?

—Bien en un todo lo hemos expuesto —replicó.

IX

I. —Queda por ver —dije— el hombre tiránico en sí mismo, cómo surge por la transformación del democrático, cuál es, una vez que nace, y de qué modo vive, si desgraciado o feliz.

—En efecto, eso es lo que nos queda por examinar —re­plicó.

—¿Y sabes —dije— lo que aún echo de menos?

—¿Qué?

—En lo relativo a los deseos creo que no hemos anali­zado bien cuántos y de qué clase son; y, habiendo falta en esto, va a adolecer de oscuridad la investigación que nos proponemos.

—¿Y no estamos aún —preguntó— en ocasión de pro­veer a ello?

—Sí por cierto; y atiende a lo que en esos deseos quiero percibir, que es esto: me parece que de los placeres y de­ seos no necesarios una parte son contra ley y es proba­ble que se produzcan en todos los humanos; pero, repri­midos por las leyes y los deseos mejores con ayuda de la razón, en algunos de los hombres desaparecen totalmen­te o quedan sólo en poco número y sin fuerza, pero en otros, por el contrario, se mantienen más fuertes y en mayor cantidad.

—¡Y qué deseos —preguntó— son esos de que hablas?

—Los que surgen en el sueño —respondí—, cuando duerme la parte del alma razonable, tranquila y buena rectora de lo demás y salta lo feroz y salvaje de ella, ahíto de manjares o de vino, y, expulsando al sueño, trata de abrirse camino y saciar sus propios instintos. Bien sabes que en tal estado se atreve a todo, como liberado y desa­tado de toda vergüenza y sensatez, y no se retrae en su imaginación del intento de cohabitar con su propia ma­dre o con cualquier otro ser, humano, divino o bestial, de mancharse en sangre de quien sea, de comer sin reparó el alimento que sea; en una palabra, no hay disparate ni ig­nominia que se deje atrás.

—Verdad pura es lo que dices —observó.

—Pero, por otra parte, a mi ver, cuando uno se halla en estado de salud y templanza respecto de sí mismo y se entrega al sueño después de haber despertado su pro­pia razón y haberla dejado nutrida de hermosas pala­bras y conceptos; cuando ha reflexionado sobre sí mis­mo y no ha dejado su parte concupiscible ni en necesi­dad ni en hartura, a fin de que repose y no perturbe a la otra parte mejor con su alegría o con su disgusto, sino que la permita observar en su propio ser y pureza e in­tentar darse cuenta de algo que no sabe, ya sea esto de las cosas pasadas, ya de las presentes, ya de las futuras; cuando amansa del mismo modo su parte irascible y no duerme con el ánimo excitado por la cólera contra na­die, sino que, apaciguando estos dos elementos, pone en movimiento el tercero, en que nace el buen juicio, y así se duerme, bien sabes que es en este estado cuando me­jor alcanza la verdad y menos aparecen las nefandas vi­siones de los sueños.

—Eso es enteramente lo que yo también creo —dijo.

—Pero nos hemos dejado arrastrar demasiado lejos; lo que queríamos reconocer era esto: que hay en todo hom­bre, aun en aquellos de nosotros que parecen mesurados, una especie de deseo temible, salvaje y contra ley, y que ello se hace evidente en los sueños. Mira, pues, si te pare­ce que vale algo lo que digo y si estás conforme.

—Lo estoy.

II. —Recuerda, pues, cómo dijimos que era el hombre democrático: había nacido y se había criado desde su pri­mera edad bajo un padre ahorrativo, que daba valor so­lamente a la pasión del dinero y despreciaba los deseos superfluos que tienen por objeto la diversión o el fausto. ¿No es así?

—Sí.

—Y entrando después en la compañía de hombres más ambiciosos y repletos de los deseos que últimamente mencionábamos, se lanza, movido por el aborrecimiento de la parsimonia de su padre, a todo desafuero y al género de vida de aquéllos; pero, con mejor índole que los que lo corrompen y atraído de una parte y otra, queda en mitad de los dos modos de ser y, gustando moderadamente, a su parecer, de ambos lleva una vida que no es ni villana ni in­fame, convertido de oligárquico en democrático.

—Esa era —dijo— y sigue siendo nuestra opinión sobre tal sujeto.

—Imagínate ahora —dije— que, llegado a su vez este hombre a la senectud, hay un hijo suyo joven que ha sido criado en las mismas costumbres de aquél.

—Lo imagino.

—E imagínate que le pasa lo mismo que a su padre y que es arrastrado a un desenfreno sin límites llamado li­bertad integral por los que le arrastran; imagínate al pa­dre y a los otros deudos que dan ayuda a los deseos mode­rados mientras los otros ayudan a los deseos contrarios. Pues bien, cuando estos terribles seductores y creadores de tiranos desconfían de dominar al joven de otra manera sino dándose arte a introducir en él algún amor, como jefe de los deseos ociosos y dilapidadores de sus bienes: un zángano grande y con alas... ¿O piensas que es otra cosa el amor entre estos hombres?

—Ninguna otra cosa —dijo— sino precisamente ésa.

—Así, pues, cuando los otros deseos, zumbando en de­rredor de él y repletos de perfumes, de aromas, de coro­nas y de bebidas y de los otros placeres que andan sueltos en tales compañías, hacen crecer y alimentan al zángano hasta no poder más e insertan en él el aguijón de la pa­sión, entonces él, jefe del alma, toma por escolta a la locu­ra, se vuelve furioso y, si encuentra en el hombre algunos deseos y opiniones de los tenidos por buenos y todavía pudorosos, los mata y los echa de él hasta que lo deja lim­pio de sensatez y lo llena todo de aquella locura advene­diza.

—Estás explicando en toda regla —dijo— el nacimiento del hombre tiránico.

—¿Y no es esta —pregunté— la razón de que, desde anti­guo, Eros sea llamado tirano?

—Bien parece —respondió.

—Y el borracho ¡oh, amigo mío!, ¿no tiene también un temple tiránico? —pregunté.

—Sí lo tiene.

—Y también el hombre furioso y perturbado intenta e imagina ser capaz de mandar no sólo en los hombres, sino también en los dioses.

—Muy de cierto —dijo.

—Así, pues, amigo —dije yo—, el hombre se hace con todo rigor tiránico cuando, por su naturaleza o por sus modos de vivir o por ambas cosas, resulta borracho o enamorado o loco.

—Así es enteramente.

III. —Parece, pues, que es de este modo como llega ese hombre a la existencia; pero ¿cómo vive?

—Aquí —contestó— de lo que suele oírse en las chanzas: esto también me lo has de decir tú.

—Lo diré, de cierto —respondí—. Pienso que, después de lo dicho, vienen las fiestas, los banquetes, las orgías y las cor­tesanas y todo lo demás de este jaez entre aquellos en cuyo interior habita el tirano Eros gobernando el alma toda.

—Por fuerza —dijo.

—¿Y no es verdad que al lado de éstos brotan cada día y cada noche nuevos y terribles deseos con multitud de exigencias?

—Muchos, en efecto.

—Y entonces las rentas de ese hombre, si algunas tiene, se gastan prontamente.

—¿Cómo no?

—Y después de ello vienen los préstamos y la merma del patrimonio.

—¿Qué remedio?

—Y cuando todo llega a faltar, ¿no es fuerza que los de­seos apiñados y violentos que anidan en él se pongan a chillar y él mismo, hostigado por los aguijones de los otros deseos y principalmente por el amor mismo, que guía a todos los demás como a su escolta armada, se en­furezca y mire en derredor quién tiene algo que pueda quitarle por engaño o por fuerza?

—Sin duda ninguna —dijo.

—Es preciso, pues, que saque dinero de donde sea so pena de ser presa de atroces dolores y tormentos.

—Es preciso.

—¿Y no ocurre acaso que, así como los placeres nuevos nacidos en él dominan a los antiguos y les quitan lo suyo, así él mismo, siendo más joven, pretende sobreponerse a su padre y a su madre y quitarles lo que tienen adueñán­dose de los bienes paternos después de haber dilapidado los propios?

—¿Cómo no va a suceder? —dijo.

—Y, si ellos no se lo consienten, ¿no tratará primera­mente de sustraérselos engañando a los que le han dado el ser?

—Desde luego.

—Y si no pudiera, ¿no pasaría a arrebatárselos por la violencia?

—Eso creo —contestó.

—Y en caso, mi buen amigo, de que ellos, el anciano y la anciana, resistan y luchen, ¿se reportará acaso y excu­sará hacer algo de lo que es propio de los seres tiránicos?

—Yo, por mi parte —dijo—, no estaría muy tranquilo por lo que toca a los padres de un tal sujeto.

—Pero, ¡oh, Adimanto, por Zeus!, ¿te parece que un tal hombre, por una amiga reciente y superflua, va a dar de golpes a su madre, la amiga necesaria de tanto tiempo, y por un mancebo, amigo innecesario de última hora, ha de hacer otro tanto con su padre, el anciano marchito, su obligado y más antiguo amigo, y ha de poner a éstos como esclavos de aquéllos una vez que haya introducido a los últimos en su casa?

—Sí, ¡por Zeus! —replicó.

—Dicha grande —dije— parece, pues, al haber engen­drado un hijo tiránico.

—Desde luego —dijo.

—¿Y qué? Cuando se le acaben a tal hombre los bienes del padre y de la madre y se haya espesado en él grande­mente el enjambre de los placeres, ¿no empezará por po­ner mano en el muro de un vecino o en el vestido de al­gún viandante retrasado en la noche y no la emprenderá después con algún templo? Y, entre todas estas cosas, las antiguas opiniones que desde niño tenía sobre lo que es púdico y decoroso, aquellas opiniones consideradas como justas, quedarán dominadas, con ayuda del amor, por aquellas otras, escolta de éste, que han sido reciente­mente libertadas de la esclavitud: aquellas opiniones que andaban sueltas en el sueño cuando él estaba aún bajo la autoridad de las leyes y de su padre, gobernado democrá­ticamente en sí mismo. Ahora, tiranizado por el amor, se hace perpetuamente en la vigilia como antes era tal cual vez en sueños y no se abstiene de horror alguno de san­gre, de bocado impuro ni de crimen, sino que, por el contrario, el amor, viviendo tiránicamente en sus aden­tros, como solo señor, en total indisciplina y desenfreno, empuja al que lo lleva en sí a toda clase de osadías, como el tirano a la ciudad; y esto a fin de que le alimente a él y a la turba que le rodea, venida en parte de fuera por las ma­las compañías y en parte de dentro, ya suelta y liberada por disposiciones de la misma índole que en él hay. ¿No es esta la vida de semejante sujeto?

—Ésa, de cierto —dijo.

—Y, si los tales hombres —proseguí— son pocos en la ciudad y el resto del pueblo tiene sensatez, saldrán de ella y servirán de guardia armada a algún otro tirano o pres­tarán auxilio por dinero si hay guerra en algún sitio; pero, si viven en época de paz y tranquilidad, entonces causarán a la ciudad misma algunos pequeños males.

—¿Cuáles son esos males?

—Por ejemplo, roban, perforan muros, cortan bolsas, hurtan vestidos, despojan templos y hacen esclavos a hombres libres; algunas veces se dedican a la delación, si son hábiles para hablar, o se hacen testigos falsos ypreva­ricadores a sueldo.

—Verdad que son pequeños —dijo— los males de que hablas si son pocos los tales sujetos.

—Es que lo pequeño —dije yo— es pequeño en relación con lo grande; y todas estas cosas no son nada, como sue­le decirse, al lado del tirano en lo que toca a la miseria y desdicha de la ciudad. Pero, cuando llega a ser grande el número de esos hombres y el de los otros que les siguen, y cuando se dan cuenta de su multitud, entonces son ellos los que, ayudados por la insensatez del pueblo, engen­dran como tirano a aquel de entre ellos que lleve a su vez en la propia alma al más grande y consumado tirano.

—Naturalmente —dijo—, porque ése será el más apro­piado para la tiranía.

—Si los otros ceden, bien; pero, si no lo consiente la ciudad, lo mismo que entonces reprimía a su padre y a su madre, reprimirá ahora a su patria si puede atrayéndose nuevos amigos; y bajo los tales tendrá y mantendrá escla­vizada a la anteriormente amada, a la patria o matria como dicen los cretenses. Y éste será el término del de­seo de tal hombre.

—Ése en un todo —dijo.

—Ahora bien —proseguí—, Lesos hombres no se com­portan, en privado y antes de gobernar, del modo si­guiente? ¿No ocurre, ante todo, que aquellos con quienes conviven se hacen sus aduladores, dispuestos a servirles en lo que sea, o ellos mismos, si en algo necesitan de algu­no, se arrastran a sus pies tomando impúdicamente todas las apariencias, como si fueran sus deudos, para reapare­cer como extraños cuando han conseguido lo que que­rían?

—Muy de cierto.

—Y así no son en toda su vida amigos de nadie, sino siempre déspotas de alguno o esclavos de otro; pues de la verdadera libertad y amistad no gusta nunca la naturale­za tiránica.

—Desde luego.

—¿Acaso, pues, no llamamos con razón desleales a es­tos hombres?

—¿Cómo no?

—Y también sumamente injustos si es que fue acertado nuestro acuerdo en lo que va dicho acerca de lo que es la justicia.

—Acertado fue, sin duda —dijo.

—Resumamos, pues —seguí—, en cuanto al hombre más perverso. Éste es, según creo, el que sea tal en vela cual lo describimos antes en sueños.

—Muy de cierto.

—Y llega a ser así el que, teniendo por naturaleza la ín­dole más tiránica, logra reinar por sí solo; y, cuanto más tiempo viva en la tiranía, más se afirmará en ser como es.

—Por fuerza —dijo Glaucón tomando a su vez la palabra.

IV. —¿Y acaso —dije— el que se muestra más perverso no se ha de mostrar también el más desgraciado? ¿Y no lo será igualmente en mayor grado y duración, a decir ver­dad, el que más y por más tiempo ejerza la tiranía? Pues las opiniones de la multitud son ciertamente distintas en este punto.

—De todos modos es fuerza que sea como tú dices —observó.

—¿Y no es también cierto —pregunté— que el hombre ti­ránico es la semejanza de la ciudad tiranizada y el demo­crático la de la gobernada democráticamente y así los de­más?

—¿Cómo no?

—¿Y del mismo modo la proporción en virtud y dicha entre una ciudad y otra ha de existir también entre hom­bre y hombre?

—¿Qué otra cosa cabe?

—¿Y cuál es la diferencia en virtud entre la ciudad tira­nizada y la real, de que discurrimos en primer término?

—La de ser todo lo contrario —contestó—: la una es la mejor; la otra, la peor que existe.

—No te preguntaré —dije yo— a cuál de ellas aplicas cada uno de esos calificativos, porque es manifiesto; pero ¿es el mismo tu juicio acerca de su felicidad y desdicha o es distinto? Y no nos deslumbremos fijando los ojos en el tirano solo o en unos cuantos que pueda tener a su alre­dedor, sino que, como es necesario que nos filtremos en la ciudad yla contemplemos íntegramente, sólo debemos dar nuestra opinión una vez que la hayamos recorrido y visto toda ella.

—Recta —dijo— es tu advertencia; y con ello para todo el mundo resulta evidente que no hay ciudad más infeliz que la tiranizada ni más dichosa que la gobernada por el rey.

—¿Y no tendría yo razón —dije— al advertir lo mismo en el juicio acerca de los hombres, exigiendo que juzgue so­bre ellos aquel que pueda penetrar y ver con su mente en el carácter de ellos y no se deslumbre, mirando desde fue­ra como un niño, por la superioridad que afectan los ti­ranos ante los extraños, sino distinga como debe? ¿Y si yo pensara que todos debíamos oír a ese sujeto capaz de juz­gar y que, por otra parte, ha vivido en la misma casa del tirano, ha estado a su lado en los casos de la vida domés­tica, en sus relaciones con las personas de su propio ho­gar, en las que ha podido vérsele más desnudo de su in­dumento teatral, y también en los azares públicos, y si, después que él ha visto todo esto, le requiriera yo a que nos comunicase cuál es el estado de dicha o infelicidad del tirano en relación con el de los demás?

—Estarías muy en razón al pedir eso —contestó.

—¿Quieres, pues —dije—, que supongamos que noso­tros mismos poseemos esta capacidad de juzgar y que ya nos hemos encontrado en la vida con tales hombres, a fin de que tengamos quien conteste a nuestras preguntas?

—Sí por cierto.

V —Vamos, pues —seguí—: examina la cosa conmigo. Acuérdate de la semejanza que existe entre la ciudad y el individuo y, considerando a cada cual punto por punto, expón cuanto les ocurre a uno y otro.

—¿Qué es ello? —preguntó.

—Primeramente —dije—, hablando de la ciudad, ¿lla­mas libre o esclava a la que está tiranizada?

—Esclava hasta no poder más —respondió.

—Sin embargo, ves en ella señores y hombres libres.

—Los veo —dijo—, pero en pequeña cantidad; en con­junto puedo decir que la parte más considerable de ella es ignominiosa y miserablemente esclava.

—Por tanto —dije—, si el individuo es semejante a la ciu­dad, ¿no es fuerza que en él haya la misma disposición y que su alma esté henchida de esclavitud y vileza y que es­tén en servidumbre aquellas de sus partes que sean más decentes mientras impera una pequeña, la más malvada y furiosa?

—Fuerza es —contestó.

—¿Y qué? ¿Dirás que tal alma es libre o que es esclava?

—Esclava sin ninguna duda.

—¿Pero la ciudad esclava y tiranizada no hace en modo alguno lo que quiere?

—No, desde luego.

—Y por tanto el alma tiranizada, hablando de ella en su totalidad, no hará tampoco lo que quiera, sino que, arrastrada siempre por la violencia del aguijón, estará llena de turbación y de pesar.

—¿Cómo no?

—¿Y la ciudad tiranizada será necesariamente rica o pobre?

—Pobre.

—Por tanto el alma tiránica ha de ser, sin remedio, igualmente pobre e indigente.

—Así es —dijo.

—¿Y qué? ¿No es forzoso que tal ciudad y tal hombre estén llenos de miedo?

—Muy forzoso.

—¿Y crees que podremos hallar en ninguna otra ciu­dad más lamentos, gemidos, plañidos y dolores que en aquélla?

—De ningún modo.

—Y en cuanto al individuo, ¿admitirás que hay más de todas estas cosas en cualquier otro que en este hombre ti­ránico alocado por los deseos y los amores?

—¿Cómo habría de admitirlo? —dijo.

—Así, pues, creo que el mirar a todo ello y a otras cosas semejantes fue el motivo de que no sólo juzgaras a esta ciudad la más desdichada de las ciudades...

—Y con razón, ¿no es cierto? —preguntó.

—Con mucha razón —contesté—; pero ¿qué dices del hombre tiránico considerando esos mismos puntos?

—Que es, con mucho, el más desdichado de todos los hombres —dijo.

—Pues eso —repliqué— ya no lo dices con razón.

—¿Cómo así? —preguntó.

—Creo —dije yo— que no es ése todavía el más desdi­chado.

—¿Quién lo es, pues?

—El que voy a decirte tal vez te parezca más desdicha­do aún que él.

—¿Cuál?

—El que, siendo tiránico por sí —dije yo—, no termina su vida como particular, sino que es lo bastante infortu­nado para que un azar le permita ejercer la tiranía.

—Por lo que ya hemos hablado —observó— conjeturo que dices verdad.

—Sí —dije—; pero no conviene creer simplemente tales cosas, sino examinarlas conforme al razonamiento que voy a hacer: porque nuestro examen es sobre lo más grande que puede darse, sobre la buena o mala vida.

—Tienes entera razón —dijo él.

—Mira, pues, si es de algún peso lo que digo: me parece que, al investigar acerca del tirano, tenemos que repre­sentárnoslo partiendo de este ejemplo.

—¿De cuál?

—De cada uno de los ciudadanos particulares que son ricos y poseen muchos esclavos. Éstos son semejantes a los tiranos en lo de mandar en muchas personas, aunque la cantidad sea en el tirano diferente.

—Diferente, en efecto.

—¿Y sabes que los tales ricos viven sin miedo y no te­men a sus domésticos?

—¿Qué habrían de temer?

—Nada —dijo—; pero ¿te das cuenta de cuál es la causa?

—Sí, que la ciudad entera da favor a cada uno de esos particulares.

—Bien dicho —observé—. ¡Y qué? Si una divinidad co­giese a uno de esos hombres que tuviera cincuenta escla­vos o más y, sacándolo de la ciudad a él, a su mujer y a sus hijos, los pusiera en un desierto juntamente con su ha­cienda y sus domésticos, allí donde ninguno de los hom­bres libres hubiera de darle ayuda, ¿en qué clase y qué grado de miedo crees que habría de entrar respecto de sí mismo, de su mujer y de sus hijos, pensando que iban a perecer a manos de sus esclavos?

—En un miedo sin límites —respondió.

—¿No se vería, pues, obligado a halagar a algunos de aquellos esclavos, a formularles grandes promesas, a ha­cerlos libres sin necesidad y a aparecer con ello como adulador de sus propios servidores?

—Sin remedio —dijo— tendría que hacer eso o perecer.

—¿Y qué sería —dije yo— si el mismo dios estableciese a su alrededor una multitud de vecinos que no sufrieran que nadie pretendiese mandar en otro, sino que, si a al­guien sorprendían en tal intento, lo castigaran con los úl­timos castigos?

—Creo yo —dijo— que aumentaría lo extremo de sus males al estar vigilado en derredor no más que por ene­migos.

—¿Y no es esa la cárcel en que está preso el tirano sien­do por naturaleza como hemos referido, un cúmulo de muchos y diversos miedos y pasiones? ¿No es cierto que, por mucha que sea la curiosidad de su espíritu, a él solo le está prohibido el salir de su ciudad adondequiera que sea y contemplar todo aquello que desean contemplar to­dos los demás hombres libres, y así vive la mayor parte del tiempo metido en su casa como una mujer, envidian­do a los otros ciudadanos si salen fuera y ven algo que merezca ser visto?

—Muy de cierto es así—dijo.

VI. —Tanto mayor es la cosecha de grandes males que recoge aquel hombre tiránico, al que tú juzgaste como el más desgraciado, cuando, gobernándose mal a sí mismo, no pasa la vida como simple particular, sino que se ve forzado por alguna circunstancia a ejercer la tiranía y, no siendo dueño de sí, trata de gobernar a los demás: compararíase a un individuo enfermo y sin fuerzas para regirse que, en vez de quedarse en casa, fuese obligado a pasar la vida en certámenes y luchas con otros sujetos.

—Exacta es la comparación, ¡oh, Sócrates! —exclamó—, y cuanto dices es la pura verdad.

—¿No es, pues, cierto, querido Glaucón —dije yo—, que todo lo que le sucede es una desgracia y que el que ejerce la tiranía vive una vida más miserable aún que aquella que tú tuviste por la más miserable?

—Bien de cierto —dijo.

—Por lo tanto, en realidad y aunque alguien no lo crea, el auténtico tirano resulta ser auténtico esclavo, sujeto a las más bajas adulaciones y servidumbres, lisonjeador de los hombres más perversos, totalmente insatisfecho en sus de­seos, falto de multitud de cosas y verdaderamente indigen­te si aprendemos a mirar en la totalidad de su alma; hen­chido de miedo durante toda su vida y lleno de sobresaltos y dolores si de veras se parece su disposición a la de la ciudad que gobierna. Y se parece, en efecto, ¿no es así?

—Y mucho —replicó.

—Sobre esto, aún hemos de adscribir a este hombre to­das aquellas cosas de que antes hablábamos: le es forzoso ser, e incluso hacerse en mayor grado que antes por vir­tud de su mando, envidioso, desleal, injusto, falto de amigos, impío, albergador y sustentador de toda maldad y, por consecuencia de todo esto, infeliz en grado sumo; finalmente, ha de hacer iguales que él a todos los que es­tán a su lado.

—Nadie que esté en su juicio —contestó— dirá lo con­trario.

—¡Ea, pues! —dije yo—. Tú ahora, a manera de un juez que decide en último término, dictamina quién, a tu parecer, es el primero en felicidad, quién el segundo y así sucesivamente hasta los cinco que son: el hombre real, el timocrático, el oligárquico, el democrático y el tiránico.

—El juicio es fácil —dijo—; yo los juzgo, como si fueran coros, por el orden en que han entrado en escena, tanto en virtud y en maldad como en felicidad y en su contrario.

—¿Alquilaremos, pues, un pregonero —dije—, o bien debo proclamar yo mismo que el hijo de Aristón ha de­clarado que el hombre más dichoso es el mejor y más justo, y que éste es el hombre real, que reina sobre sí mismo; y que el más desdichado es el peor y el más in­justo, y éste, en cambio, se halla ser el que, siendo más tiránico, se tiranice en mayor grado a sí mismo y a su ciudad?

—Proclámalo —dijo.

—¿Y no he de proclamar además —pregunté— que esto es así lo encubran o no lo encubran los tales a la vista de los hombres y los dioses todos?

—Añade eso también —dijo él.

VII. —Bien —proseguí—, ésta podría ser una demostra­ción; he aquí una segunda, si te parece de algún peso.

—¿Cuál es ella?

—Si es cierto —dije— que, lo mismo que la ciudad se di­vide en tres especies, también se divide en otras tres el alma de cada individuo, nuestra tesis obtendrá, según creo, una segunda prueba.

—¿Qué prueba?

—Ésta: siendo tres esos elementos, los placeres se mos­trarán también de tres clases, propia cada uno de aqué­llos, ylo mismo los deseos ylos mandos.

—¿Cómo lo entiendes? —pregunté.

—Había algo, decimos, con lo que el hombre compren­de; algo con lo cual se encoleriza y una tercera cosa, en fin, a la que por la variedad de sus apariencias no pudi­mos designar con un nombre adecuado, por lo cual le di­mos el del elemento más importante y fuerte que en ella había: la llamamos lo concupiscible, por la violencia de las concupiscencias correspondientes al comer y al beber, a los placeres eróticos y a todo aquello que viene tras esto, y la llamábamos también avarienta o deseosa de rique­zas, porque es con las riquezas principalmente con lo que se satisfacen tales deseos.

—Y es razonable llamarla así —dijo.

—Y si dijéramos que su placer e inclinación es la ganan­cia, ¿no apoyaríamos esta designación sobre un punto ca­pital, de suerte que tengamos como una señal evidente cuando hablemos de esta parte del alma, y no acertaría­mos llamándola codiciosay deseosa de ganancia?

—Bien me parece —dijo.

—¿Y qué? La parte irascible, ¿no decimos que tiende entera y constantemente al mando, a la victoria y al re­nombre?

—Muy de cierto.

—¿No sería, pues, acertado que la llamáramos arro­gante y ambiciosa?

—Acertadísimo.

—Pues, por lo que toca a aquella otra con que com­prendemos, a todo el mundo le resulta claro que siempre tiende toda ella a conocer la verdad tal cual es y no hay nada que le importe menos que las riquezas o la fama.

—Muy cierto.

—¿La llamaremos, pues, apropiadamente amante de la instrucción o del saber?

—¿Cómo no?

—¿Y no es cierto —proseguí— que en el alma de los hombres manda unas veces este elemento que hemos di­cho y otras alguno de los otros dos según el caso?

—Así es —dijo.

—¿Por eso afirmamos que los géneros fundamentales de hombres son tres: el filosófico, el ambicioso y el avaro?

—De entero acuerdo.

—¿Y tres las clases de placeres que subsisten respecti­vamente en ellos?

—Muy de cierto.

—¿Y no sabes —dije— que, si fueras a preguntar sucesiva­mente a cada uno de estos hombres cuál de sus vidas res­pectivas era más agradable, cada uno alabaría sumamente la propia suya? ¿Y el hombre avaro dirá que no valen nada el placer de los honores o el del saber al lado de la ganancia a menos que en ellos haya algo que produzca dinero?

—Es verdad —dijo.

—¿Y qué dirá el ambicioso? —seguí—. ¿No tendrá por grosero el placer de la riqueza, e igualmente por humo y fruslería el del saber si la ciencia no lleva honra consigo?

—Así es ello —replicó.

—¿Y qué hemos de creer —dije— que piensa el filósofo de los otros placeres en comparación con el de conocer la ver­dad tal cual es y estar aprendiendo siempre algo en tal as­pecto? ¿No pensará que están bien lejos del placer verda­dero y no los llamará con verdad placeres forzosos, pues no los echaría de menos si no fuera por su necesidad?

—Hay que estar seguros de ello —dijo.

VIII. —Siendo así —dije— que están en discusión los pla­ceres de cada especie y la misma manera de vivir, no ya en lo que se refiere a cuál es más decorosa o ignominiosa o mejor o peor, sino a cuál es más agradable y exenta de pesares, ¿cómo podríamos saber cuál de esos hombres habla con mayor verdad?

—No está en mí decirlo en modo alguno —replicó.

—Pues atiende a esto: ¿a quién corresponde juzgar lo que ha de ser rectamente juzgado? ¿No es acaso a la expe­riencia, al talento y al raciocinio? ¿O hay un medio de juz­gar mejor que éstos?

—¿Cómo habría de haberlo? —preguntó.

—Atiende, pues. Siendo tres los hombres, ¿cuál te pare­ce el de más experiencia en todos los placeres de que he­mos hablado? ¿Acaso el avaro, puesto a conocer la verdad tal cual es, te parece más experimentado del placer de sa­ber que el filósofo del placer de la ganancia?

—Va mucha diferencia —dijo—, porque este último ha gustado por fuerza de los otros placeres desde su niñez, mientras que el avaro, cuando le ocurra estudiar las esen­cias, no es forzoso que saboree la dulzura de este placer ni que adquiera su experiencia, digo más, no le será fácil aunque tenga empeño en ello.

—Grande es, por tanto —dije yo—, la ventaja que lleva el filósofo al avaro en experiencia de estos dos placeres.

—Mucha de cierto.

—¿Y qué será respecto del ambicioso? ¿Acaso tendrá aquél menos experiencia del placer de la honra que éste del placer de razonar?

—Por lo que toca a la honra —dijo—, si realizan aquello a que cada uno ha aspirado, entonces a todos se les alcanza, porque, en efecto, el rico recibe honra de mucha gente y lo mismo el valiente y el sabio, de modo que todos tienen ex­periencia de cómo es el placer que da el ser honrado; pero del placer propio de la contemplación del ser, de ése es imposible que haya gustado ningún otro salvo el filósofo.

—Por tanto —dije—, en razón de experiencia éste es, de esos hombres, el que juzga mejor.

—Con gran diferencia.

—Y será, además, el único que tenga esa experiencia ayudada por el entendimiento.

—¿Cómo no?

—Por otro lado, el instrumento con que se debe juzgar no es propio del avaro ni del ambicioso, sino del filósofo.

—¿Cuál es?

—Dijimos que era por medio de razonamientos como había que juzgar, ¿no es así?

—Sí.

—Y los razonamientos son capitalmente instrumento del filósofo.

—¿Cómo no?

—Por tanto, si lo sometido ajuicio se juzgara mejor con la riqueza y la ganancia, la aprobación o reprobación del avaro contendrían forzosamente la máxima verdad.

—Sin duda alguna.

—Y si hubiera que juzgar con el honor, la victoria y la valentía, ¿no estaría esa verdad en la opinión del hecho ambicioso y arrogante?

—Es claro.

—Pero ¿y si el juicio ha de hacerse con la experiencia, el entendimiento y el raciocinio?

—Es fuerza —dijo— que la máxima verdad se halle en la alabanza del filósofo y razonador.

—Siendo, pues, tres los placeres, ¿el de aquella parte del alma con que alcanzamos el saber será el más deleitoso, y la vida más grata, la del hombre en que esa parte rij a lo demás?

—¿Cómo va a ser de otro modo? —dijo—. En su ser de calificador soberano, el hombre inteligente alaba su pro­pia vida.

—¿Y cuáles —pregunté— serán la vida y el placer que ese juez ponga en segundo término?

—Es evidente que los del hombre guerrero y ambicio­so, porque están más cerca de los suyos que los del hom­bre de negocios.

—La del avaro será, pues, según parece, la manera infe­rior de vivir.

—¿Qué otra cosa cabe? —dijo él.

IX. —Ésas, pues, podrán ser las dos pruebas sucesivas y el justo resulta dos veces vencedor del injusto; para la terce­ra invoquemos, a la manera olímpica, a Zeus Olimpio Salvador. Fíjate en que el placer de los demás, excluido el filósofo, no es completo ni puro, sino que está como sombreado, conforme oí yo decir a alguno de los sa­bios; y ésta es, para el injusto, la mayor y más soberana de sus caídas.

—Con mucho; pero ¿cómo lo explicas?

—La explicación —dije— la he de hallar inquiriendo si tú me respondes.

—Pregunta, pues —dijo.

—Dime —proseguí—, ¿no diremos del dolor que es con­trario al placer?

—Sin duda.

—¿Y que hay, además de ellos, otra cosa que no es estar ni en gozo ni en dolor?

—La hay de cierto.

—¿Algo que está en medio de los dos, un cierto sosiego del alma en lo que a uno y otro se refiere? ¿No es eso lo que dices?

—Eso —replicó.

—¿Y no recuerdas —pregunté —lo que suelen decir los enfermos durante el curso de su enfermedad?

—¿Qué?

—Que no hay nada más dulce que estar sano, bien que esa dulzura se les pasara por alto antes de enfermar.

—Lo recuerdo —dijo.

—¿Y asimismo oyes decir a los que están dominados por un dolor violento que nada hay más placentero que la cesación del dolor?

—Eso oigo.

—Y asimismo sabes, creo yo, que los hombres pasan por muchas circunstancias en las que, cuando están do­loridos, encomian como sumo placer no ya el gozar, sino el no sentir el dolor y descansar de él.

—En efecto —dijo—, quizá sea entonces ese descanso lo que resulte deleitoso y apetecible.

—Y cuando alguno —seguí—, estando en gozo, cese de gozar, esa cesación del placer será penosa.

—Tal vez —dijo.

—Por lo tanto, aquello que dijimos que estaba en me­dio de ambos, el sosiego, será en algún modo las dos co­sas: dolor y placer.

—Así parece.

—¿Y es posible que, no siendo ninguna de las dos co­sas, venga a convertirse en una y otra?

—Creo que no.

—Además lo placentero y lo doloroso, cuando se pro­ducen en el alma, constituyen uno y otro un cierto movi­miento, ¿no es así?

—Sí.

—Y lo que no es placentero ni doloroso, ¿no es sosiego y no se nos ha mostrado hace un momento en medio de aquéllos?

—Se nos ha mostrado, en efecto.

—¿Cómo puede, pues, tomarse rectamente el no tener dolor por algo placentero y el no sentir gozo por algo pe­noso?

—De ningún modo.

—Por lo tanto —dije yo—, el sosiego no es, sino simple­mente parece ser placentero junto a lo doloroso y doloro­so junto a lo placentero; y en relación con la esencia del placer no hay nada válido en esas apariencias, sino una cierta superchería.

—Así resulta por lo menos de tu razonamiento —dijo.

—Mira, pues —dije yo—, a placeres que no procedan de dolores para que no te des más a creer, en el caso que voy a ponerte, que ello es así y que el placer consiste en el des­canso del dolor y el dolor en la pausa del placer.

—Son muchos —dije— y los percibirás principalmente si quieres fijarte en los propios del olfato. éstos se produ­cen de pronto con una extraordinaria intensidad, sin que les haya precedido dolor, y al cesar no dejan tampoco do­lor alguno.

—Es la pura verdad —replicó.

—No nos convencerá, pues, eso de que el cese del dolor es un placer puro y el cese del placer un dolor.

—No, en efecto.

—Sin embargo —dije—, los llamados placeres que por el cuerpo se extienden hacia el alma y resultan quizá los más abundantes e intensos son de ese género: unas esca­padas del dolor.

—Eso son.

—¿Y no son de esa misma índole los presentimientos agradables o dolorosos del porvenir, nacidos de la expec­tación?

—De la misma.

X. —¿Y sabes —dije yo— cómo son esos placeres y qué es aquello a que en mayor grado se asemejan?

—¿Qué? —preguntó.

—¿Crees —dije— que existen en la naturaleza lo alto, lo bajo y lo de en medio?

—Lo creo.

—¿Y crees que una persona llevada de lo bajo a lo de en medio puede pensar otra cosa sino que se la lleva a lo alto? Y, cuando esté en medio, contemplando el punto de donde ha sido traída, ¿supondrá que está en otro sitio sino en la altura no habiendo visto la altura verdadera?

—No creo, ¡por Zeus! —exclamó—, que tal persona pue­da pensar de manera distinta.

—Y, si fuese llevada de nuevo al punto de partida —se­guí—, ¿no pensaría, esta vez con razón, que se la llevaba a lo bajo?

—¿Qué más cabe?

—¿Y todo eso le pasaría por su inexperiencia de lo que es verdaderamente lo alto, lo bajo y lo de en medio?

—Claro está.

—¿Y te admirarás de que los que no conocen la verdad no sólo tengan opiniones extraviadas sobre otras mu­chas cosas, sino también se hallen en tal disposición, respecto del dolor y del placer y de lo que hay en medio de ellos, que, cuando son arrastrados al dolor, se sienten realmente doloridos, poniéndose con ello en lo cierto, pero cuando son pasados del dolor a lo intermedio, creen a pies juntillas que han llegado a la satisfacción y al placer y, a semejanza de los que, por no conocer lo blanco, ven en lo gris lo opuesto a lo negro, ellos, por ig­norancia del placer, se engañan viendo en la falta de do­lor lo opuesto al dolor?

—No me admiraré, ¡por Zeus! —dijo—; más bien me ad­miraría de que no fuese así.

—Atiende ahora —dije— a esto otro: el hambre y la sed y fenómenos semejantes, ¿no son como unos vacíos en la disposición del cuerpo?

—¿Qué otra cosa cabe?

—Y la ignorancia y la insensatez, ¿no son a su vez unos vacíos en la disposición del alma?

—Muy de cierto.

—¿Y no llenaría esos vacíos el que tomase alimento o adquiriese inteligencia?

—¿Cómo no?

—¿Y es más verdadera la plenitud de lo que tiene más realidad o la de lo que tiene menos?

—Claro que la de lo que tiene más.

—¿Y cuál de los dos géneros de cosas crees que partici­pa más de la existencia pura, el de aquellas como el trigo, la bebida, el companage y los demás alimentos o el de la creencia verdadera, la doctrina y la inteligencia, en una pa­labra, el de toda virtud? Juzga de esto: lo que está atenido a lo que es siempre igual, inmortal y verdadero, siendo ade­más tal en sí mismo y produciéndose en algo de su misma índole, ¿no te parece de mayor realidad que lo que, estando atenido a lo siempre mudable y mortal, es así igualmente en sí mismo y se pro duce en algo de su misma naturaleza?

—Es muy superior —dijo— lo atenido a lo que es igual.

—Según eso, ¿el ser de lo siempre mudable tiene más realidad que el ser de la ciencia?

—De ningún modo.

—¿Y qué? ¿Acaso tiene más de verdad?

—Tampoco eso.

—Y, si tiene menos de verdad, ¿tendrá menos también de realidad?

—Es forzoso.

—¿Así, pues, en general las especies de cosas que ata­ñen al servicio del cuerpo participan menos de la verdad y de la realidad que las que atañen al servicio del alma?

—Mucho menos.

—¿Y no crees lo mismo del cuerpo con respecto al alma?

—Sí por cierto.

—Así, pues, lo lleno de cosas más reales y que es más real en sí mismo, ¿está más realmente lleno que lo lleno de cosas menos reales y que es además menos real en sí mismo?

—¿Cómo no?

—De modo que, si el llenarse de las cosas convenientes a la naturaleza es placentero, lo que se llena más realmen­te y de cosas más reales gozará más real y verdaderamen­te con auténtico placer; y lo que participa de cosas menos reales se llenará menos real y sólidamente y participará de un placer menos seguro y verdadero.

—Nada hay más forzoso —dijo.

—Por eso los faltos de inteligencia y virtud, que siem­pre andan en festines y otras cosas de este estilo, son arrastrados, según parece, a lo bajo y de aquí llevados nuevamente a la mitad de la subida y así están errando toda su vida; y, sin rebasar este punto, jamás ven ni al­canzan la verdadera altura ni se llenan realmente de lo real ni gustan de firme ni puro placer, sino, a manera de bestias, miran siempre hacia abajo y, agachados hacia la tierra y hacia sus mesas, se ceban de pasto, se aparean y, por conseguir más de todo ello, se dan de coces y se acornean mutuamente con cascos y cuernos de hierro y se matan por su insatisfacción, porque no llenan de cosas reales su ser real y su parte apta para contener aquéllas.

—Eres un oráculo, Sócrates —dijo Glaucón—, pintan­do tan a la perfección la vida de la mayoría de los hom­bres.

—¿No es, pues, fuerza que no tengan sino placeres mezclados con dolores, meras apariencias del verdadero placer y sombras sin otro color que aquel, aparentemente muy intenso, que les da la yuxtaposición de placer y dolor y que nazcan en los insensatos unos mutuos y fu­riosos amores, por los cuales luchan como cuenta Estesí­coro que, por ignorancia de la verdad, se luchó ante Troya en torno a la apariencia de Helena?

—Sin remedio ha de ser así —dijo.

XI. —¿Y qué? ¿No ha de suceder otro tanto con lo irasci­ble, cuando alguien le da salida en la envidia, movido por la ambición, o en la violencia, movido de soberbia, o en la ira, movido de su mal humor, buscando saciedad de honra, de predominio o de venganza sin razonamiento ni discreción?

—También es fatal —dijo— que ocurran en ellos tales co­sas.

—¿Y qué? —dije yo—. ¿No podemos afirmar sin miedo que, de los deseos comprendidos en el afán de riquezas y de honra, aquellos que, siguiendo al conocimiento y al raciocinio y buscando en compañía de éstos los placeres, tomen los que la razón les presente, ésos serán los que lle­guen a percibir los más verdaderos —en cuanto pueden serlo los que ellos perciben—, puesto que la verdad es su guía, y a percibir también aquellos placeres que más se les apropien, dado que lo mejor para cada cosa es también lo más adecuado para ella?

—Lo más adecuado, en efecto —dijo.

—Por tanto, cuando el alma toda sigue al elemento fi­losófico y no hay en ella sedición alguna, entonces sucede que cada una de sus partes hace lo que le es propio y cum­ple la justicia; y además cada cual disfruta de sus peculia­res placeres, que son los mejores y, en la medida de lo po­sible, los más verdaderos.

—Así es en un todo.

—Pero, cuando se impone alguno de los otros elemen­tos, ocurre que éste no halla su propio placer y encima fuerza a los otros a perseguir un placer extraño y no ver­dadero.

—Así es —dijo.

—¿Conforme a ello, lo que más lejos esté de la filosofía y de la razón será lo que mayormente produzca tales efec­tos?

—Bien seguro.

—Y lo que más se aleja de la razón, ¿no es también lo que más se aleja de la ley y el orden?

—Es claro.

—¿Y los que se muestran más alejados de todo ello no resultaron ser los deseos eróticos ytiránicos?

—Con mucho.

—¿Y los que menos, los deseos monárquicos y ordena­dos?

—Sí.

—Creo, pues, que el tirano es el que más lejos se halla del placer verdadero y apropiado; y el otro, el que más cerca.

—No cabe la menor duda.

—La vida del tirano —dije yo— será, pues, la más ingra­ta; y la del rey, la más placentera.

—Sin remedio.

—¿Y sabes —dije— cuánto más amargamente vive el ti­rano que el rey?

—Si tú me lo dices... —respondió.

—Habiendo, según parece, tres placeres, uno legítimo y dos bastardos, el tirano rebasa los límites aun de estos últimos, se escapa de ley y de razón y vive entre ciertos placeres serviles y mercenarios; ahora bien, cuánta sea su inferioridad no es enteramente fácil decirlo si no es acaso por el siguiente procedimiento.

—¿ Cómo? —preguntó.

—Empezando a contar por el hombre oligárquico, el ti­rano ocupa el tercer puesto, ya que entre uno y otro está el hombre demótico.

—Cierto.

—Y, si lo que queda dicho tiene fundamento, ¿no vive respecto de la verdad con la tercera apariencia de placer contando desde el hombre oligárquico?

—Así es.

—Y el hombre oligárquico es a su vez el tercero contan­do desde el monárquico si hacemos uno solo al hombre monárquico y al aristocrático.

—El tercero es, en efecto.

—El tirano está, pues —dije yo—, alejado del verdadero placer en un número triplemente triple.

—Tal parece.

—Según eso —dije— la apariencia de placer del tirano sería, en el respecto de su largura, un número plano.

—No hay duda.

—Elevándolo, pues, a la segunda y la tercera potencia quedará de manifiesto a qué distancia se halla.

—Es cosa clara —dijo— para el que sabe calcular.

—Y así, si en sentido inverso hubiéramos de decir a qué distancia está el rey del tirano en la realidad del placer, hallaríamos, hecha la multiplicación, que la vida de aquél es setecientas veintinueve veces más deleitosa que la de éste y que la del tirano es a su vez más amarga en la mis­ma proporción.

—Imponente —dijo— es la cifra que acabas de dar de la diferencia entre los dos hombres, el justo y el injusto, en lo que toca al placer y al dolor.

—Y no obstante—contesté yo—, ese número es verdade­ro y ajustado a sus vidas si a ellas responden sus días, sus noches, sus meses y sus años.

—Pues responden de cierto —dijo.

—Así, si el hombre bueno y justo supera tanto al malva­do e injusto en cuanto a placer, ¿cuánto más enorme ven­taja le sacará en el arreglo, la belleza y la virtud de su vida?

—Enorme, enverdad, ¡por Zeus! —observó.

XII. —Bien —dije—; puesto que hemos llegado a este pun­to de nuestro discurso volvamos a lo antes expuesto, que es lo que nos condujo hasta aquí. Creo que se sostuvo en algún momento que al que es absolutamente injusto le conviene cometer injusticia con tal de aparecer como jus­to. ¿No se dijo así?

—Así se dijo, en efecto.

—Pues ahora —dije— vamos a dialogar con el que sostu­vo eso, ya que hemos llegado a un acuerdo sobre el espe­cial efecto de ambas cosas: del obrar justamente y del obrar contra justicia.

—¿Cómo? —preguntó.

—Formando en nuestro pensamiento una imagen del alma para que el que dice eso vea bien lo que ha dicho.

—¿Qué imagen? —dijo.

—La de una de aquellas tantas criaturas —contesté— que se cuenta existieron en la antigüedad, como la Quimera, Escila, el Cérbero y otras muchas que se dice que vinie­ron a formarse en una unidad de distintas figuras.

—Eso se dice, en efecto —replicó.

—Modela, pues, la figura de una bestia abigarrada y policéfala que tiene en torno diversas cabezas de anima­les mansos y feroces y que es capaz de cambiar y sacar de sí misma todas estas cosas.

—Trabajo es ése —dijo— de un hábil modelador; no obs­tante, puesto que el pensamiento es aún más plástico que la cera y otros materiales semejantes, dala por modelada.

—Plasma ahora una figura de león y otra de hombre; pero que aquella otra primera sea la más grande y que le siga en tamaño la segunda.

—Eso es más fácil —dijo—; ya están modeladas.

—Acomoda ahora esas tres cosas distintas en una sola haciendo que se unan de algún modo entre sí.

—Ya están acomodadas —contestó.

—Pues bien, en derredor y por fuera de ellas modela la imagen de una cosa sola: una imagen humana dé modo que para el que no pueda ver lo interior, sino únicamente la envoltura, no aparezca más que un ser vivo, el hombre.

—Ya está modelada—dijo.

—Digamos, pues, al que afirmó que a este hombre le conviene hacer injusticia y no le conviene obrar justa­mente, que lo que él dice no significa otra cosa sino que a tal sujeto le interesa tratar con todo regalo a la fiera monstruosa y hacerla fuerte, y lo mismo al león y a lo re­latívo a éste, y, en cambio, dejar hambriento y débil al hombre de suerte que sea arrastrado adonde le lleve el uno o el otro de aquéllos; y asimismo no acostumbrar a ninguno de ellos a la compañía de los demás ni hacerlos amigos, sino dejar que se muerdan mutuamente y se de­voren en su lucha.

—En efecto, eso es exactamente —dijo— lo que dice el que alaba la injusticia.

—¿Y a la inversa, el que sostiene la conveniencia de la justicia vendrá a decir que es necesario obrar y hablar de tal modo que de ello resulte el hombre interior el más fuerte dentro del otro hombre y sea él quien se cuide de la bestia policéfala y la críe cultivando, como un labrador, lo que hay en ella de manso y evitando que crezca lo sil­vestre, procurándose en ello la alianza de la naturaleza leonina, atendiendo en común a todos y haciéndolos amigos entre sí y también de sí mismo?

—Eso es, bien de cierto, lo que viene a decir el que en­salza la justicia.

—En todos los respectos, pues, el alabador de la justi­cia dirá verdad y mentirá el de la injusticia. Ya se mire al placer, ya a la buena fama, ya al provecho, el que encomia lo justo acierta y el que lo censura no dice nada en razón y ni siquiera conoce lo que censura.

—No creo —dijo— que lo conozca en modo alguno.

—Tratemos, por tanto, de persuadirle con dulzura, puesto que si yerra no es por su voluntad. Preguntémos­le: «¿No reconoceremos, hombre bendito, el origen de la ley de lo digno y de lo indigno en el hecho de que lo pri­mero pone bajo el hombre, mejor dicho tal vez, bajo su parte divina lo que hay en su naturaleza de salvaje y lo segundo esclaviza lo que hay en él de manso a lo salva­je?». Asentirá a ello, ¿no? ¿O qué dirá?

—Asentirá si sigue mi consejo —replicó.

—«Conforme a este razonamiento —seguí—, ¿habrá pues, alguien a quien convenga tomar dinero injustamente si acontece que, al tomarlo, esclaviza lo mejor de su ser a lo más miserable? Y, mientras el tomar dinero por hacer es­clavo a un hijo o a una hija, y precisamente bajo hombres fieros y malvados, no le convendrá por grande que sea la cantidad percibida, si somete, en cambio, sin compasión la parte más divina que en él hay a la más impía e infame, ¿no se hará con ello desgraciado y no pagará el oro de su soborno con un destino mucho más terrible y fatal que el de Erifile al recibir el collar por la vida de su esposo?»

—Mucho más ruinoso —dijo Glaucón—; que yo respon­do por él.

XIII. —Así, pues, ¿no pensarás también que, si la irregu­laridad en la vida ha sido vituperada desde antiguo, lo ha sido porque con ella se da rienda suelta en mayor grado de lo conveniente a aquella bestia terrible, a aquel grande y abigarrado animal que queda referido?

—Es claro —contestó.

—¿Y la insolencia y el mal humor no se censuran cuan­do lo leonino y colérico crece y se extiende desmesurada­mente?

—Bien de cierto.

—¿Y el lujo y la molicie no se censuran por la flojedad y remisión de este mismo elemento cuando producen en él la cobardía?

—¿Qué otra cosa cabe?

—¿Y la lisonja y la bajeza, cuando alguno pone eso mis­mo, o sea lo irascible, bajo aquella otra parte turbulenta y, por causa de las riquezas y del insaciable apetito de ésta, humilla a aquélla desde la juventud y la hace conver­tirse de león en mono?

—Bien seguro —dijo.

—Y el artesanado y la clase obrera, ¿por qué crees que son vituperados? ¿Diremos que por otra cosa sino por­que son gente en quienes la parte mejor es débil por na­turaleza, de modo que no puede gobernar a las bestias que hay dentro, sino que las sirve y no es capaz de apren­der más que a adularlas?

—Eso parece —replicó.

—¿Por consiguiente, para que esa clase de hombres sea gobernada por algo semejante a lo que rige al hombre su­perior, sostenemos que debe ser esclava de este mismo hombre, que es el que lleva en sí el principio rector divi­no; y esto no porque pensemos que el esclavo debe ser gobernado para su daño, como creía Trasímaco de los sometidos a gobierno, sino porque es mejor para todo ser el estar sujeto a lo divino y racional, sea, capitalmente, que este elemento habite en él, sea, en otro caso, que lo rija desde fuera, a fin de que todos, sometidos al mismo gobierno, seamos en lo posible semejantes y amigos?

—Exactamente —dijo.

—Y la ley —dije yo— muestra también que es eso mismo lo que quiere, puesto que da favor a todos los que viven en la ciudad. E igualmente el gobierno que ejercemos sobre los niños, a quienes no dejamos que sean libres hasta que establecemos dentro de ellos un régimen como el de la ciu­dad misma, cuando, después de haber cultivado en ellos la parte mejor con lo mejor que hay en nosotros, ponemos dentro de cada uno, en lugar nuestro, un guardián y jefe semejante a nosotros para sólo entonces darles la libertad.

—Sí que lo muestra —dijo.

—¿En qué respecto o conforme a qué cálculo diremos, pues, oh, Glaucón, que es provechoso el cometer injusti­cia o el obrar con intemperancia o el hacer algo ignomi­nioso, si por resultado de todo ello se es más perverso, aunque por otra parte se consigan riquezas o se alcance otra clase de poder?

—En ningún respecto —dijo.

—¿Y cómo ha de ser tampoco provechoso que el que cometa injusticia lo mantenga escondido y no pague su pena? ¿O no sucede más bien que el que se oculta se hace más miserable, mientras que, si no se oculta, sino recibe el castigo, entonces lo bestial de su ser se aplaca y aman­sa, lo pacífico se libera y toda su alma, puesta en mejor condición, adquiere, al conseguir moderación y justicia con la ayuda del buen entendimiento, un nuevo temple tanto más precioso que el del cuerpo dotado de salud, vi­gor y hermosura cuanto que el alma misma es más pre­ciosa que el cuerpo?

—Así es en un todo —dijo.

—Y el hombre sensato, ¿no vivirá tendiendo con todas sus energías a honrar aquellas enseñanzas que hacen su alma tal como queda dicho y a despreciar todo lo demás?

—Es evidente —dijo.

—Además —seguí—, en lo que toca al uso y sustento de su cuerpo, no sólo no se volverá al placer fiero e irracio­nal para vivir de cara a él, sino que ni siquiera mirará su salud ni atenderá a ella para ser fuerte, sano y hermoso si estas cosas no le sirven para la sanidad de su mente; antes al contrario, aparecerá siempre ajustando la ar­monía de su cuerpo en razón de la sinfonía de su alma.

—Puntualmente lo hará así —dijo— si es que ha de ser músico de verdad.

—¿Y no ajustará también a ello —pregunté —el orden y la armonía en la adquisición de sus bienes? ¿O es que, im­presionado por lo que la multitud entiende por felicidad, va a aumentar hasta el infinito la masa de sus bienes pro­curándose con ello también infinitos males?

—No creo —dijo.

—Antes bien —proseguí—, poniendo la vista en su go­bierno interior y cuidando de que no se mueva nada de lo que allí hay por exceso o escasez de fortuna, se regirá conforme a esta norma aumentando o gastando de lo que tiene según su capacidad.

—Exacto —dijo.

—Y del mismo modo mirará a los honores y participa­rá y gustará de buen grado de aquellos que crea que le han de hacer mejor; y, en cuanto a aquellos otros que vea que han de relajar la disposición de su ser, los rehuirá así en la vida pública como en la privada.

—Entonces —dijo— no querrá actuar en política si su preocupación es, en efecto, la que queda dicha.

—No, por vida del perro —contesté—: actuará, e intensa­mente, en su ciudad interior, pero no de cierto en la ciu­dad patria a menos que se presente alguna ocasión de origen divino.

—Ya entiendo —dijo—: quieres decir que sólo ha de ser en la ciudad que veníamos fundando, la cual no existe más que en nuestros razonamientos, pues no creo que se dé en lugar alguno de la tierra.

—Pero quizá —proseguí— haya en el cielo un modelo de ella para el que quiera mirarlo y fundar conforme a él su ciudad interior. No importa nada que exista en algún si­tio o que haya de existir; sólo en esa ciudad actuará y en ninguna más.

—Es de razón —dijo él.

X

I. —Y por cierto —dije— que tengo en la mente muchas otras razones para suponer que la ciudad que fundábamos es la mejor que pueda darse; pero lo afirmo sobre todo cuando pongo mi atención en lo que toca a la poesía.

—¿Y qué es ello? —preguntó.

—Que no hemos de admitir en ningún modo poesía al­guna que sea imitativa; y ahora paréceme a mí que se me muestra esto mayormente y con más claridad, una vez analizada la diversidad de las especies del alma.

—¿Cómo lo entiendes?

—Para hablar ante vosotros —porque no creo que va­yáis a delatarme a los autores trágicos y los demás poetas imitativos—, todas esas obras parecen causar estragos en la mente de cuantos las oyen si no tienen como contrave­neno el conocimiento de su verdadera índole.

—¿Y qué es lo que piensas —dijo— para hablar así?

—Habrá que decirlo —contesté—; aunque un cierto cari­ño y reverencia que desde niño siento por Homero me em­baraza en lo que voy a decir, porque, a no dudarlo, él ha sido el primer maestro y guía de todos esos pulidos poetas trágicos. Pero ningún hombre ha de ser honrado por enci­ma de la verdad y, por lo tanto, he de decir lo que pienso.

—Muy de cierto —dijo.

—Escucha, pues, o más bien respóndeme.

—Pregunta tú.

—¿Podrás decirme lo que es en conjunto la imitación? Porque yo mismo no comprendo bien lo que esta palabra quiere significar.

—¡Pues si que, en ese caso, voy a comprenderlo yo! —exclamó.

—No sería extraño —observé—, porque los que tienen poca vista ven muchas cosas antes que los que ven bien.

—Así es —replicó—, pero, estando tú presente, no sería yo capaz ni de intentar decir lo que se me muestra; tú ve­rás, por lo tanto.

—¿Quieres, pues, que empecemos a examinarlo par­tiendo del método acostumbrado? Nuestra costumbre era, en efecto, la de poner una idea para cada multitud de cosas a las que damos un mismo nombre. ¿O no lo en­tiendes?

—Sí, lo entiendo.

—Pongamos, pues, la que quieras de esas multitudes. Valga de ejemplo si te parece: hay una multitud de camas y una multitud de mesas.

—¿Cómo no?

—Pero las ideas relativas a esos muebles son dos, una idea de cama y otra idea de mesa.

—Sí.

—¿Y no solíamos decir que los artesanos de cada uno de esos muebles, al fabricar el uno las camas y el otros las mesas de que nosotros nos servimos, e igualmente las otras cosas, los hacen mirando a su idea? Por lo tanto, no hay ninguno entre los artesanos que fabrique la idea mis­ma, porque ¿cómo habría de fabricarla?

—De ningún modo.

—Mira ahora qué nombre das a este otro artesano.

—¿A cuál?

—Al que fabrica él solo todas las cosas que hace cada uno de los trabajadores manuales.

—¡Hombre extraordinario y admirable es ése de que hablas!

—No lo digas aún, pues pronto vas a decirlo con más razón: tal operario no sólo es capaz de fabricar todos los muebles, sino que hace todo cuanto brota de la tierra y produce todos los seres vivos, incluido él mismo, y ade­más de esto la tierra y el cielo y los dioses y todo lo que hay en el cielo ybajo tierra en el Hades.

—Estás hablando —dijo— de un sabio bien maravilloso.

—¿No lo crees? —pregunté—. Y dime: ¿te parece que no existe en absoluto tal operario o que el hacedor de todo esto puede existir en algún modo y en otro modo no? ¿O no te das cuenta de que tú mismo eres capaz de hacer todo esto en cierto modo?

—¿Qué moda es ése? —preguntó.

—No es difícil —contesté—, antes bien, puede practicar­se diversamente y con rapidez, con máxima rapidez, si quieres tomar un espejo y darle vueltas a todos lados: en un momento harás el sol y todo lo que hay en el cielo; en un momento, la tierra; en un momento, a ti mismo y a los otros seres vivientes y muebles y plantas y todo lo de­más de que hablábamos.

—Sí —dijo—; en apariencias, pero no existentes en ver­dad.

—Linda y oportunamente —dije yo— sales al encuentro de mi discurso. Entre los artífices de esa clase está sin duda el pintor; ¿no es así?

—¿Cómo no?

—Y dirás, creo yo, que lo que él hace no son seres ver­daderos; y, sin embargo, en algún modo el pintor hace ca­mas también. ¿No es cierto?

—Sí —dijo—; también hace una cama de apariencia.

II. —¿Y qué hace el fabricante de camas? ¿No acabas de decir que éste no hace la idea, que es, según convenía­mos, la cama existente por sí, sino una cama determi­nada?

—Así lo decía.

—Si no hace, pues, lo que existe por sí, no hace lo real, sino algo que se le parece, pero no es real; y, si alguno di­jera que la obra del fabricante de camas o de algún otro mecánico es completamente real, ¿no se pone en peligro de no decir verdad?

—No la diría —observó—, por lo menos a juicio de los que se dedican a estas cuestiones.

—No nos extrañemos, pues, de que esa obra resulte también algo oscuro en comparación con la verdad.

—No por cierto.

—¿Quieres, pues —dije—, que, tomando por base esas obras, investiguemos cómo es ese otro imitador de que hablábamos?

—Si tú lo quieres —dijo.

—Conforme a lo dicho resultan tres clases de camas: una, la que existe en la naturaleza, que, según creo, po­dríamos decir que es fabricada por Dios, porque, ¿quién otro podría hacerla?

—Nadie, creo yo.

—Otra, la que hace el carpintero.

—Sí —dijo.

—Y otra, la que hace el pintor; ¿no es así?

—Sea.

—Por tanto, el pintor, el fabricante de camas y Dios son los tres maestros de esas tres clases de camas.

—Sí, tres.

—Y Dios, ya porque no quiso, ya porque se le impuso alguna necesidad de no fabricar mas que una cama en la naturaleza, así lo hizo: una cama sola, la cama en esencia; pero dos o más de ellas ni fueron producidas por Dios ni hay miedo de que se produzcan.

—¿Cómo así? —dijo.

—Porque, si hiciera aunque no fueran mas que dos —dije yo—, aparecería a su vez una de cuya idea participarían esas dos y ésta sería la cama por esencia, no las dos otras.

—Exacto —dijo.

—Y fue porque Dios sabe esto, creo yo, y porque quiere ser realmente creador de una cama realmente existente y no un fabricante cualquiera de cualquier clase de camas, por lo que hizo ésa, única en su ser natural.

—Es presumible.

—¿Te parece, pues, que le llamemos el creador de la na­turaleza de ese objeto o algo semejante?

—Es justo —dijo—, puesto que ha producido la cama na­tural y todas las demás cosas de ese orden.

—¿Y qué diremos del carpintero? ¿No es éste también artífice de camas?

—Sí.

—Y el pintor, ¿es también artífice y hacedor del mismo objeto?

—De ningún modo.

—Pues ¿qué dirás que es éste con respecto a la cama?

—Creo —dijo— que se le llamaría más adecuadamente imitador de aquello de que los otros son artífices.

—Bien —dije—; según eso, ¿al autor de la tercera especie, empezando a contar por la natural, le llamas imitador?

—Exactamente —dijo.

—Pues eso será también el autor de tragedias, por ser imitador: un tercero en la sucesión que empieza en el rey y en la verdad; y lo mismo todos los demás imita­dores.

—Tal parece.

—De acuerdo, pues, en lo que toca al imitador; pero contéstame a esto otro acerca del pintor: ¿te parece que trata de imitar aquello mismo que existe en la naturaleza, o las obras del artífice?

—Las obras del artífice —dijo.

—¿Tales como son o tales como aparecen? Discrimina también esto.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Lo siguiente: ¿una cama difiere en algo de sí misma según la mires de lado o de frente o en alguna otra direc­ción? ¿O no difiere en nada, sino que parece distinta? ¿Y otro tanto sucede con lo demás?

—Eso —dijo—; parece ser diferente, pero no lo es.

—Atiende ahora a esto otro: ¿a qué se endereza la pin­tura hecha de cada cosa? ¿A imitar la realidad según se da o a imitar lo aparente según aparece, y a ser imitación de una apariencia o de una verdad?

—De una apariencia —dijo.

—Bien lejos, pues, de lo verdadero está el arte imitativo; y según parece, la razón de que lo produzca todo está en que no alcanza sino muy poco de cada cosa y en que esto poco es un mero fantasma. Así decimos que el pintor nos pintará un zapatero, un carpintero y los demás artesanos sin entender nada de las artes de estos hombres; y no obs­tante, si es buen pintor podrá, pintando un carpintero y mostrándolo desde lejos, engañar a niños y hombres ne­cios con la ilusión de que es un carpintero de verdad.

—¿Cómo no?

—Y creo, amigo, que sobre todas estas cosas nuestro modo de pensar ha de ser el siguiente: cuando alguien nos anuncie que ha encontrado un hombre entendido en todos los oficios y en todos los asuntos que cada uno en particular conoce y que lo sabe todo más perfecta­mente que cualquier otro, hay que responder a ese tal que es un simple y que probablemente ha sido engañado al topar con algún charlatán o imitador que le ha parecido omnisciente por no ser él capaz de distinguir la ciencia, la ignorancia y la imitación.

—Es la pura verdad —dijo.

III. —Por tanto —proseguí—, visto esto, habrá que exami­nar el género trágico y a Homero, su guía, ya que oímos decir a algunos que aquéllos conocen todas las artes y to­das las cosas humanas en relación con la virtud y con el vicio, y también las divinas; porque el buen poeta, si ha de componer bien sobre aquello que compusiere, es fuer­za que componga con conocimiento o no será capaz de componer. Debemos, por consiguiente, examinar si éstos no han quedado engañados al topar con tales imitadores sin darse cuenta, al ver sus obras, de que están a triple distancia del ser y de que sólo componen fácilmente a los ojos de quien no conoce la verdad, porque no componen más que apariencias, pero no realidades; o si, por el con­trario, dicen algo de peso y en realidad los buenos poetas conocen el asunto sobre el que parecen hablar tan acerta­damente a juicio de la multitud.

—Hay que examinarlo puntualmente —dijo.

—¿Piensas, pues, que si alguien pudiera hacer las dos cosas, el objeto imitado y su apariencia, se afanaría por en­tregarse a la fabricación de apariencias y por hacer de ello el norte de su vida como si no tuviera otra cosa mejor?

—No lo creo.

—Por el contrario, opino que, si tuviera realmente co­nocimiento de aquellos objetos que imita, se afanaría mucho más por trabajar en ellos que en sus imitaciones, trataría de dejar muchas y hermosas obras como monu­mentos de sí mismo y ansiaría ser más bien el encomiado que el encomiador.

—Eso pienso —dijo—, porque son muy distintas la hon­ra y el provecho de uno y otro ejercicio.

—Ahora bien, de la mayoría de las cosas no hemos de pedir cuenta a Homero ni a ningún otro de los poetas, preguntándoles si alguno de ellos será médico o sólo imitador de la manera de hablar del médico; cuáles son los enfermos que se cuente que haya sanado alguno de los poetas antiguos o modernos, tal como se refiere de Asclepio, o qué discípulos dejó el poeta en el arte de la medicina, como aquél sus sucesores. No le pregunte­mos tampoco acerca de las otras artes; dejemos eso. Pero sobre las cosas más importantes y hermosas de que se propone hablar Homero, sobre las guerras, las campa­ñas, los regímenes de las ciudades y la educación del hombre, es justo que nos informemos de él preguntán­dole: «Amigo Homero, si es cierto que tus méritos no son los de un tercer puesto a partir de la verdad, ni sólo eres un fabricante de apariencias al que definimos como imitador, antes bien, tienes el segundo puesto y eres ca­paz de conocer qué conductas hacen a los hombres me­jores o peores en lo privado y en lo público, dinos cuál de las ciudades mejoró por ti su constitución como Lacede­monia mejoró la suya por Licurgo y otras muchas ciu­dades, grandes o pequeñas, por otros muchos varones. ¿Y cuál es la ciudad que te atribuye el haber sido un buen legislador en provecho de sus ciudadanos? Pues Italia y Sicilia señalan a Carondas y nosotros a Solón. ¿Y a ti cuál?» ¿Podría nombrar a alguna?

—No creo —dijo Glaucón—, porque no cuentan tal cosa ni siquiera los propios Homéridas.

—¿Y qué guerra se recuerda que, en los tiempos de Ho­mero, haya sido felizmente conducida por su mando o su consejo?

—Ninguna.

—¿O se refieren de él por lo menos esa multitud de inven­tos y adquisiciones ingeniosas para las artes o para alguna otra esfera de acción que son propios de un varón sabio, como cuentan de Tales de Mileto o de Anacarsis el escita?

—No hay nada de eso.

—Pero ya que no en la vida pública, a lo menos en la privada, ¿se dice acaso que Homero haya llegado algu­na vez, mientras vivió, a ser guía de educación para personas que le amasen por su trato y que transmitie­sen a la posteridad un sistema de vida homérico, a la manera de Pitágoras, que fue especialmente amado por ese motivo y cuyos discípulos, conservando aun hoy día el nombre de vida pitagórica, aparecen seña­lados en algún modo entre todos los demás hom­bres?

—Nada de ese género —dijo— se refiere de aquél. Pues en cuanto a Creófilo, el discípulo de Homero, es posible, ¡oh, Sócrates!, que resultara ser quizá más digno de risa por su educación que por su nombre si es verdad lo que de Homero se cuenta; pues dicen que éste quedó, estan­do aún en vida, en el más completo abandono por parte de aquél.

IV —Así se cuenta de cierto —dije yo—. Pero ¿crees, Glau­cón, que si Homero, por haber podido conocer estas cosas y no ya sólo imitarlas, hubiese sido realmente capaz de educar a los hombres y hacerlos mejores, no se habría granjeado un gran número de amigos que le hubiesen honrado y amado, y que, si Protágoras el abderita y Pródi­co el ceo y otros muchos pudieron, con sus conversaciones privadas, infundir en sus contemporáneos la idea de que no serían capaces de gobernar su casa ni su ciudad si ellos no dirigían su educación, y por esta ciencia son amados tan grandemente que sus discípulos casi los llevan en pal­mas, en cambio, los contemporáneos de Homero iban a dejar que éste o Hesíodo anduviesen errantes entonando sus cantos si hubiesen sido ellos capaces de aprovecharles para la virtud, y no se hubieran pegado a ellos más que al oro ni les hubieran forzado a vivir en sus propias casas, o, en caso de no persuadirles, no les hubieran seguido a to­das partes hasta haber conseguido la educación conve­niente?

—Me parece, Sócrates —respondió—, que dices en un todo la verdad.

—¿Afirmamos, pues, que todos los poetas, empezando por Homero, son imitadores de imágenes de virtud o de aquellas otras cosas sobre las que componen; y que en cuanto a la verdad, no la alcanzan, sino que son como el pintor de que hablábamos hace un momento, que hace algo que parece un zapatero a los ojos de aquellos que en­tienden de zapatería tan poco como él mismo y que sólo juzgan por los colores y las formas?

—Sin duda ninguna.

—Asimismo diremos, creo yo, que el poeta no sabe más que imitar, pero, valiéndose de nombres y locucio­nes, aplica unos ciertos colores tomados de cada una de las artes, de suerte que otros semejantes a él, que juzgan por las palabras, creen que se expresa muy acertada­mente cuando habla, en metro, ritmo o armonía, sea so­bre el arte del zapatero o sobre estrategia o sobre otro cualquier asunto: tan gran hechizo tienen por naturale­za esos accidentes. Porque, una vez desnudas de sus tin­tes musicales las cosas de los poetas y dichas simple­mente, creo que bien sabes cómo quedan: alguna vez lo habrás observado.

—Sí por cierto —dijo.

—¿No se asemejan —dije yo— a los rostros jóvenes, pero no hermosos según se los puede observar cuando pasa su sazón?

—Exactamente —dijo.

—¡Ea, pues! Atiende a esto otro: el que hace una apa­riencia, el imitador, decimos, no entiende nada del ser, sino de lo aparente. ¿No es así?

—Sí.

—No lo dejemos, pues, a medio decir: examinémoslo convenientemente.

—Habla ~dijo.

—¿El pintor, decimos, puede pintar unas riendas y un freno?

—Sí.

—¿Pero el que los hace es el talabartero y el herrero?

—Bien de cierto.

—¿Y acaso el pintor entiende cómo deben ser las rien­das y el freno? ¿O la verdad es que ni lo entiende él ni tam­poco el herrero ni el guarnicionero, sino sólo el que sabe servirse de ellos, que es el caballista?

—Así es la verdad.

—¿Y no podemos decir que eso ocurre en todas las de­más cosas?

—¿Cómo?

—¿Que sobre todo objeto hay tres artes distintas: la de utilizarlo, la de fabricarlo y la de imitarlo?

—Cierto.

—Ahora bien, la excelencia, hermosura y perfección de cada mueble o ser vivo o actividad, ¿no están en relación exclusivamente con el servicio para que nacieron o han sido hechos?

—Así es.

—Resulta enteramente necesario, por lo tanto, que el que utiliza cada uno de ellos sea el más experimentado y que venga a ser él quien comunique al fabricante los bue­nos o malos efectos que produce en el uso aquello de que se sirve; por ejemplo, el flautista informa al fabricante de flautas acerca de las que le sirven para tocar y le ordena cómo debe hacerlas y éste obedece.

—¿Cómo no?

—¿Así, pues, el entendido informa sobre las buenas o malas flautas y el otro las hace prestando fe a ese informe?

—Sí.

—Por lo tanto, respecto de un mismo objeto, el fabri­cante ha de tener una creencia bien fundada acerca de su conveniencia o inconveniencia, puesto que trata con el entendido y está obligado a oírle; el que lo utiliza, en cambio, ha de tener conocimiento.

—Bien de cierto.

—Y el imitador, ¿tendrá acaso también conocimiento, derivado del uso, de las cosas que pinta, de si son bellas y buenas o no, o una opinión recta por comunicación ne­cesaria con el entendido y por las órdenes que reciba de cómo hay que pintar?

—Ni una cosa ni otra.

—Por tanto, el imitador no sabrá ni podrá opinar debi­damente acerca de las cosas que imita en el respecto de su conveniencia o inconveniencia.

—No parece.

—Donoso, pues, resulta el imitador en lo que toca a su saber de las cosas sobre que compone.

—No muy donoso, por cierto.

—Con todo, se pondrá a imitarlas sin conocer en qué respecto es cada una mala o buena; y lo probable es que imite lo que parezca hermoso a la masa de los totalmente ignorantes.

—¿Qué otra cosa cabe?

—Parece, pues, que hemos quedado totalmente de acuerdo en esto: en que el imitador no sabe nada que val­ga la pena acerca de las cosas que imita; en que, por tanto, la imitación no es cosa seria, sino una niñería, y en que los que se dedican a la poesía trágica, sea en yambos, sea en versos épicos, son todos unos imitadores como los que más lo sean.

—Completamente cierto.

V —Y esa imitación —exclamé yo—, ¿no versa, por Zeus, sobre algo que está a tres puestos de distancia de la ver­dad? ¿No es así?

—Sí.

—¿Y cuál es el elemento del hombre sobre el que ejerce el poder que le es propio?

—¿A qué te refieres?

—A lo siguiente: una cosa de un tamaño determinado no nos parece igual a la vista de cerca que de lejos.

—No, en efecto.

—Y unos mismos objetos nos parecen curvos o rectos según los veamos en el agua o fuera de ella, y cóncavos o convexos conforme a un extravío de visión en lo que toca a los colores; y en general, se revela en nuestra alma la existencia de toda una serie de perturbaciones de este tipo y, por esta debilidad de nuestra naturaleza, la pintu­ra sombreada, la prestidigitación y otras muchas inven­ciones por el estilo son aplicadas y ponen por obra todos los recursos de la magia.

—Verdad es.

—¿Y no se nos muestran como los remedios más aco­modados de ello el medir, el contar y el pesar, de modo que no se nos imponga esa apariencia mayor o menor o de mayor número o más peso, sino lo que cuenta, mide o pesa?

—¿Cómo no?

—Pues eso será, de cierto, obra del elemento calculador que existe en nuestra alma.

—Obra suya ciertamente.

—Y a ese elemento, una vez que ha medido unas cosas como mayores o menores o iguales que otras, se le apare­cen términos contrarios como juntos al mismo tiempo en un mismo objeto.

—Cierto.

—¿Pero no dijimos que era imposible que a una misma facultad se le muestren los contrarios al mismo tiempo en un objeto mismo?

—Y con razón lo dijimos.

—Por tanto, lo que en nuestra alma opina prescindien­do de la medida no es lo mismo que lo que opina confor­me a la medida.

—No en modo alguno.

—Y lo que da fe a la medida y al cálculo será lo mejor de nuestra alma.

—¿Cómo no?

—Y lo que a ello se opone será alguna de las cosas viles que en nosotros hay.

—Necesariamente.

—A esta confesión quería yo llegar cuando dije que la pintura y, en general, todo arte imitativo hace sus traba­jos a gran distancia de la verdad y trata y tiene amistad con aquella parte de nosotros que se aparta de la razón, y ello sin ningún fin sano ni verdadero.

—Exactamente —dijo.

—Y así, cosa vil y ayuntada a cosa vil, sólo lo vil es en­gendrado por el arte imitativo.

—Tal parece.

—¿Y sólo —pregunté— el que corresponde a la visión o también el que corresponde al oído, al cual llamamos poesía?

—Es natural —dijo— que también este segundo.

—Pero ahora —dije— no demos crédito exclusivamente a su analogía con la pintura; vayamos a aquella parte de nuestra mente ala que habla la poesía imitativa y veamos si es deleznable o digna de aprecio.

—Así hay que hacerlo.

—Sea nuestra proposición la siguiente: la poesía imita­tiva nos presenta a los hombres realizando actos forzosos o voluntarios a causa de los cuales piensan que son feli­ces o desgraciados y en los que se encuentran ya apesa­dumbrados, ya satisfechos. ¿Hay algo además de esto?

—Nada.

—¿Y acaso el hombre se mantiene en todos ellos en un mismo pensamiento? ¿O se dividirá también en sus actos y se pondrá en lucha consigo mismo a la manera en que se dividía en la visión y tenía en sí al mismo tiempo opi­niones contrarias sobre los mismos objetos? Bien se me ocurre que no haría falta que nos pusiéramos de acuerdo sobre ello, porque en lo que va dicho quedamos suficien­temente conformes sobre todos esos puntos, a saber, en que nuestra alma está llena de miles de contradicciones de esta clase.

—Y con razón convinimos en ello —dijo.

—Con razón, en efecto —proseguí—; pero lo que enton­ces nos dejamos atrás creo que es forzoso lo tratemos ahora.

—¿Y qué es ello? —dijo.

—Un hombre discreto —dije— que tenga una desgracia tal como la pérdida de un hijo o la de algún otro ser que singularmente estime, decíamos que la soportará más fácilmente que ningún otro hombre.

—Bien de cierto.

—Dilucidemos ahora si es que no sentirá nada o si, por ser esto imposible, lo que hará será moderar su dolor.

—En verdad —dijo— que más bien lo segundo.

—Contéstame ahora a esto otro; ¿crees que este hom­bre luchará mejor con el dolor y le opondrá mayor resis­tencia cuando sea visto por sus semejantes o cuando que­de consigo mismo en la soledad?

—Cuando sea visto, con mucha diferencia —dijo.

—Al quedarse solo, en cambio, no reparará, creo yo, en dar rienda suelta a unos lamentos de que se avergonzaría si alguien se los oyese y hará muchas cosas que no con­sentiría en que nadie le viera hacer.

—Así es —dijo.

VI. —Ahora bien, ¿lo que le manda resistir no es la razón y la ley y lo que le arrastra a los dolores no es su mismo pesar?

—Cierto.

—Habiendo, pues, dos impulsos en el hombre sobre el mismo objeto y al mismo tiempo, por fuerza, decimos, ha de haber en él dos elementos distintos.

—¿Cómo no?

—¿Y no está el uno de ellos dispuesto a obedecer ala ley por donde ésta le lleve?

—¿Cómo?

—La ley dice que es conveniente guardar lo más posible la tranquilidad en los azares y no afligirse, ya que no está claro lo que hay de bueno o de malo en tales cosas; que tampoco adelanta nada el que las lleva mal, que nada hu­mano hay digno de gran afán y que lo que en tales situa­ciones debe venir más prontamente en nuestra ayuda queda impedido por el mismo dolor.

—¿A qué te refieres? —preguntó.

—A la reflexión —dije— acerca de lo ocurrido y al colo­car nuestros asuntos, como en el juego de dados, en rela­ción con la suerte que nos ha caído, conforme la razón nos convenza de que ha de ser mejor, y no hacer como los niños, que, cuando son golpeados, se cogen la parte do­lorida y pierden el tiempo gritando, sino acostumbrar al alma a tornarse lo antes posible a su curación y al endere­zamiento de lo caído y enfermo suprimiendo con el re­medio sus plañidos.

—Es lo más derecho —dijo— que puede hacerse en los infortunios de la vida.

—Así, decimos, el mejor elemento sigue voluntaria­mente ese raciocinio.

—Evidente.

—Y lo que nos lleva al recuerdo de la desgracia y a las lamentaciones, sin saciarse nunca de ellas, ¿no dire­mos que es irracional y perezoso y allegado de la co­bardía.

—Lo diremos de cierto.

—Ahora bien, uno de esos elementos, el irritable, ad­mite mucha y variada imitación; pero el carácter reflexi­vo y tranquilo, siendo siempre semejante a sí mismo, no es fácil de imitar ni cómodo de comprender cuando es imitado, mayormente para una asamblea en fiesta y para hombres de las más diversas procedencias reunidos en el teatro. La imitación, en efecto, les presenta un género de sentimientos completamente extraño para ellos.

—En un todo.

—Es manifiesto, por tanto, que el poeta imitativo no está destinado por naturaleza a ese elemento del alma ni su ciencia se hizo para agradarle, si ha de ganar renombre entre la multitud, sino para el carácter irritable y multi­forme, que es el que puede ser fácilmente imitado.

—Manifiesto.

—Con razón, pues, la emprendemos con él y lo coloca­mos en el mismo plano que al pintor, porque de una par­te se le parece en componer cosas deleznables compara­das con la verdad y de otra se le iguala en su relación íntima con uno de los elementos del alma, y no con el me­jor. Y así fue justo no recibirle en una ciudad que debía ser regida por buenas leyes, porque aviva y nutre ese ele­mento del alma y, haciéndolo fuerte, acaba con la razón a la manera en que alguien, dando poder en una ciudad a unos miserables, traiciona a ésta y pierde a los ciudada­nos más prudentes. De ese modo, diremos, el poeta imi­tativo implanta privadamente un régimen perverso en el alma de cada uno condescendiendo con el elemento irra­cional que hay en ella, elemento que no distingue lo gran­de de lo pequeño, sino considera las mismas cosas unas veces como grandes, otras como pequeñas, creando apa­riencias enteramente apartadas de la verdad.

—Muy de cierto.

VII. —Pero todavía no hemos dicho lo más grave de la poesía. Su capacidad de insultar a los hombres de prove­cho, con excepción de unos pocos, es sin duda lo más terrible.

—¿Cómo no, si en efecto hace eso?

—Escucha y juzga: los mejores de nosotros, cuando oí­mos cómo Homero o cualquier otro de los autores trági­cos imita a alguno de sus héroes que, hallándose en pesar, se extiende, entre gemidos, en largo discurso o se pone a cantar y se golpea el pecho, entonces gozamos, como bien sabes; seguimos, entregados, el curso de aquellos efectos y alabamos con entusiasmo como buen poeta al que nos coloca con más fuerza en tal situación.

—Bien lo sé, ¿cómo no?

—Pero cuando a nosotros mismos nos ocurre una des­gracia, ya sabes que presumimos de lo contrario si pode­mos quedar tranquilos y dominarnos, pensando que esto es propio de varón y aquello otro que antes celebrábamos de mujer.

—Ya me doy cuenta —dijo.

—¿Y está bien ese elogio —dije yo—, está bien que, vien­do a un hombre de condición tal que uno mismo no con­sentiría en ser como él, sino se avergonzaría del parecido, no se sienta repugnancia, sino que se goce y se le celebre?

—No, por Zeus —dijo—, no parece eso razonable.

—Bien seguro —dije—, por lo menos si lo examinas en este otro aspecto.

—¿Cómo?

—Pensando que aquel elemento que es contenido por fuerza en las desgracias domésticas y privado de llorar, de gemir a su gusto y de saciarse de todo ello, estando en su naturaleza el desearlo, éste es precisamente el que los poe­tas dejan satisfecho y gozoso; y que lo que por naturaleza es mejor en nosotros, como no está educado por la razón ni por el hábito, afloja en la guarda de aquel elemento pla­ñidero, porque lo que ve son azares extraños y no le resulta vergüenza alguna de alabar y compadecer a otro hombre que, llamándose de pro, se apesadumbra inoportunamen­te; antes al contrario, cree que con ello consigue él mismo aquella ganancia del placer y no consiente en ser privado de éste por su desprecio del poema entero. Y opino que son pocos aquellos a quienes les es dado pensar que por fuerza han de sacar para lo suyo algo de lo ajeno y que, nu­triendo en esto último el sentimiento de lástima, no lo contendrán fácilmente en sus propios padecimientos.

—Es la pura verdad —dijo.

—¿Y no puede decirse lo mismo de lo cómico? Cuan­do te das al regocijo por oír en la representación cómica o en la conversación algo que en ti mismo te avergonza­rías de tomar a risa y no lo detestas por perverso, ¿no ha­ces lo mismo que en los temas sentimentales? Pues das suelta a aquel prurito de reír que contenías en ti con la razón, temiendo pasar por chocarrero, y no te das cuen­ta de que, haciéndolo allí fuerte, te dejas arrastrar fre­cuentemente por él en el trato ordinario hasta convertir­te en un farsante.

—Bien de cierto —dijo.

—Y por lo que toca a los placeres amorosos y a la cólera y a todas las demás concupiscencias del alma, ya doloro­sas, ya agradables, que decimos que siguen a cada una de nuestras acciones, ¿no produce la imitación poética esos mismos efectos en nosotros? Porque ella riega y nutre en nuestro interior lo que había que dejar secar y erige como gobernante lo que debería ser gobernado a fin de que fuésemos mejores y más dichosos, no peores y más des­dichados.

—No cabe decir otra cosa —afirmó.

—Así, pues —proseguí—, cuando topes, Glaucón, con panegiristas de Homero que digan que este poeta fue quien educó a Grecia y que, en lo que se refiere al go­bierno y dirección de los asuntos humanos, es digno de que se le coja y se le estudie y conforme a su poesía se ins­tituya la propia vida, deberás besarlos y abrazarlos como a los mejores sujetos en su medida y reconocer también que Homero es el más poético y primero de los trágicos; pero has de saber igualmente que, en lo relativo a poesía, no han de admitirse en la ciudad más que los himnos a los dioses y los encomios de los héroes. Y, si admites tam­bién la musa placentera en cantos o en poemas, reinarán en tu ciudad el placer y el dolor en vez de la ley y de aquel razonamiento que en cada caso parezca mejor a la comu­nidad.

—Esa es la verdad pura —dijo.

VIII. —Y he aquí —dije yo— cuál será, al volver a hablar de la poesía, nuestra justificación por haberla desterrado de nuestra ciudad siendo como es: la razón nos lo imponía. Digámosle a ella además, para que no nos acuse de dureza y rusticidad, que es ya antigua la discordia entre la filoso­fía y la poesía: pues hay aquello de «la perra aulladora que ladra a su dueño», «el hombre grande en los vaniloquios de los necios», «la multitud de los filósofos que dominan a Zeus», «los pensadores de la sutileza por ser mendigos» y otras mil muestras de la antigua oposición entre ellas. Digamos, sin embargo, que, si la poesía placentera e imi­tativa tuviese alguna razón que alegar sobre la necesidad de su presencia en una ciudad bien regida, la admitiría­mos de grado, porque nos damos cuenta del hechizo que ejerce sobre nosotros; pero no es lícito que hagamos trai­ción a lo que se nos muestra como verdad. Porque ¿no te sientes tú también, amigo mío, hechizado por ella, sobre todo cuando la percibes a través de Homero?

—En gran manera.

—¿Y será justo dejarla volver una vez que se haya justi­ficado en una canción o en cualquier otra clase de versos?

—Enteramente justo.

—Y daremos también a sus defensores, no ya poetas, sino amigos de la poesía, la posibilidad de razonar en su favor fuera de metro y sostener que no es sólo agradable, sino útil para los regímenes políticos y la vida humana. Pues ganaríamos, en efecto, con que apareciese que no es sólo agradable, sino provechosa.

—¿Cómo no habríamos de ganar? —dijo.

—Pero en caso contrario, mi querido amigo, así como los enamorados de un tiempo, cuando vienen a creer que su amor no es provechoso, se apartan de él, bien que con violencia, del mismo modo nosotros, por el amor de esa poesía que nos ha hecho nacer dentro la educación de nuestras hermosas repúblicas, veremos con gusto que ella se muestre buena y verdadera en el más alto grado; pero, mientras no sea capaz de justificarse, la hemos de oír repitiéndonos a nosotros mismos el razonamiento que hemos hecho y atendiendo a su conjuro para librar­nos de caer por segunda vez en un amor propio de los ni­ños y de la multitud. La escucharemos, por tanto, con­vencidos de que tal poesía no debe ser tomada en serio, por no ser ella misma cosa seria ni atenida a la verdad; antes bien, el que la escuche ha de guardarse temiendo por su propia república interior y observar lo que queda dicho acerca de la poesía.

—Convengo en absoluto —dijo.

—Grande, pues —seguí—, más grande de lo que parece es, querido Glaucón, el combate en que se decide si se ha de ser honrado o perverso, de modo que ni por la exalta­ción de los honores ni por la de las riquezas ni por la de mando alguno ni tampoco por la de la poesía vale la pera descuidar la justicia ni las otras partes de la virtud.

—Conforme a lo que hemos discurrido —dijo— estoy de entero acuerdo contigo y creo que cualquier otro lo esta­ría también.

IX. —Y sin embargo —observé—, no hemos tratado aún de las más grandes recompensas de la virtud, de los premios que le están preparados.

—De cosa bien grande hablas si es que hay algo más grande que lo que queda dicho —replicó.

—Pero ¿qué hay—repuse— que pueda llegar a ser grande en un tiempo pequeño? Porque todo ese tiempo que va desde la niñez hasta la senectud queda en bien poco com­parado con la totalidad del tiempo.

—No es nada de cierto —dijo.

—¿Y qué? ¿Piensas que a un ser inmortal le está bien afanarse por un tiempo tan breve y no por la eternidad?

—No creo —respondió—; pero ¿qué quieres decir con ello?

—¿No sientes —dije— que nuestra alma es inmortal y que nunca perece?

Y él, clavando en mí su vista con extrañeza, replicó:

—No, de cierto, ¡por Zeus! ¿Es que tú puedes afir­marlo?

—Sí —contesté—, si no me engaño; y pienso que tú tam­bién, porque no es tema difícil.

—Para mí, sí —repuso—; pero oiría de ti con gusto ese fá­cil argumento.

—Escucha, pues —dije.

—No tienes más que hablar —replicó.

—¿Hay algo —preguntéle— a lo que das el nombre de bueno o de malo?

—Sí.

—¿Y piensas acerca de estas cosas lo mismo que yo?

—¿Qué?

—Que lo malo es todo lo que disuelve y destruye; y lo bueno, lo que preserva y aprovecha.

—Eso creo —dijo.

—¿Y qué más? ¿No reconoces lo bueno y lo malo para cada cosa? ¿Por ejemplo, la oftalmía para los ojos, la en­fermedad para el cuerpo entero, el tizón para el trigo, la podredumbre para las maderas, el orín para el bronce o el hierro y, en fin, como digo, un mal y enfermedad con­natural a casi cada uno de los seres?

—Así es —dijo.

—¿De modo que, cuando alguno de ellos se produce en un ser, pervierte aquello en que se produce y finalmente lo disuelve y arruina enteramente?

—¿Cómo no?

—Por consiguiente, el mal connatural con cada cosa y la perversión que produce es lo que la disuelve; y, si no es él quien la destruye, ninguna otra cosa podrá destruirla. Porque jamás ha de destruirla lo bueno ni tampoco lo que no es bueno ni malo.

—¿Cómo había de destruirla? —dijo.

—Si hallamos, pues, alguno de los seres a quien afecte un mal que lo hace miserable, pero que no es capaz de di­solverlo ni acabarlo, ¿no vendremos a saber con ello que no existe ruina posible para el ser de esa naturaleza?

—Así hay que creerlo —dijo.

—¿Y qué? —proseguí—. ¿No hay también en el alma algo que la hace perversa?

—Desde luego —dijo—; todo aquello que ha poco refe­ríamos: la injusticia, el desenfreno, la cobardía y la igno­rancia.

—¿Y acaso alguna de estas cosas la descompone y di­suelve? Y cuida de que no nos engañemos pensando que el hombre injusto e insensato, cuando es sorprendido en su injusticia, perece por causa de ella, que es la que per­vierte su alma. Por el contrario, considéralo más bien en este aspecto. Así como la enfermedad, siendo la perver­sión del cuerpo, lo funde y arruina y lo lleva a no ser ya cuerpo, y todas las otras cosas que decíamos, por causa de su mal peculiar y por la destrucción que éste produce con su contacto e infusión, vienen a dar en el no ser... ¿No es así?

—Sí.

—¡Ea, pues! Considera al alma de la misma manera. ¿Acaso la injusticia y sus demás males la destruyen y co­rrompen cuando se le adhieren e infunden hasta llevarla a la muerte al separarla del cuerpo?

—De ningún modo —contestó.

—Por otra parte —observé—, es absurdo que la perver­sión ajena destruya una cosa y la propia no.

—Absurdo.

—Y reflexiona, ¡oh, Glaucón! —continué—, en que por la mala condición de los alimentos, sea ésta la que sea, rancie­dad, putrefacción o cualquier otra, no pensamos que el cuerpo tenga que perecer, sino que, cuando la corrupción de esos alimentos ha hecho nacer en el cuerpo la corrup­ción propia de éste, entonces diremos que el cuerpo ha pe­recido con motivo de aquéllos, pero bajo su propio mal, que es la enfermedad; en cambio, por la mala calidad de los ali­mentos, siendo éstos una cosa y el cuerpo otra y no habien­do sido producido el mal propio por el mal extraño, por esa causa jamás juzgaremos que el cuerpo haya sido destruido.

—Muy exacto es lo que dices —observó.

X. —Pues bien, conforme al mismo razonamiento —dije—, si la corrupción del cuerpo no implanta en el alma la co­rrupción propia de ésta, no admitiremos que ella quede destruida por el mal extraño sin la propia corrupción, es decir, lo uno por el mal de lo otro.

—Así es de razón —dijo.

—Ahora, pues, o refutemos todo esto, como dicho fue­ra de propósito, o sostengamos, en tanto no esté refuta­do, que ni por la fiebre ni por otra cualquier enfermedad ni por el degüello ni aunque el cuerpo entero quede des­menuzado en tajos, ni aun así ha de perecer ni destruirse el alma en lo más mínimo; sostengámoslo hasta que al­guno nos demuestre que por estos padecimientos del cuerpo se hace ella más injusta o impía. Porque por la aparición en una cosa de un mal que le es extraño, si no se le junta el mal propio, no hemos de dejar que se diga que se destruye el alma ni otro ser alguno.

—Pues en verdad —aseveró— que nadie demostrará ja­más esto de que el alma de los que están en trance de mo­rir se haga más injusta por la muerte.

—Pero si alguien —dije yo—, por no ser forzado a reco­nocer que las almas son inmortales, se atreve a salir al en­cuentro de nuestro argumento y a decir que el moribun­do se hace más perverso y más injusto, en ese caso juzgaremos que, si dice verdad el que eso dice, la injusti­cia es algo mortal, como una enfermedad, para el que la lleva en sí y, por causa de ello, que es matador por su pro­pia naturaleza, mueren los que la abrazan, los unos en se­guida, los otros menos prontamente; pero de manera distinta a aquella en que mueren ahora los injustos a ma­nos de los que les aplican la justicia.

—¡Por Zeus! —exclamó él—. La injusticia no aparecería como cosa tan terrible si fuera mortal para el que la abra­za, porque sería su escape de los males; más bien creo que se muestra como todo lo contrario, porque mata, si le es posible, a los demás, pero al que la lleva en sí, a ése le hace estar muy vivo y además bien despierto. Tan lejos se ha­lla, según parece, de producir la muerte.

—Bien dicho —observé—; en efecto, si la propia perver­sión y el mal propio no son bastantes para matar y des­truir el alma, el mal ordenado para otro ser estará bien le­jos de destruirla ni a ella ni a cosa alguna salvo aquella para la que ese mal esté ordenado.

—Bien lejos, como es natural —dijo.

—Y así, si no perece por mal alguno ni propio ni extra­ño, es evidente que por fuerza ha de existir siempre; y lo que existe siempre es inmortal.

—Necesariamente —dijo.

XI. —Esto, pues, ha de ser así —afirmé—; y, si así es, com­prenderás que existen siempre las mismas almas, ya que ni pueden ser menos, porque no perece ninguna, ni tam­poco más, pues si se produjera algo de más en los seres inmortales, bien te das cuenta de que nacería de lo mor­tal, y entonces todo terminaría siendo inmortal.

—Verdad es lo que dices.

—Pero no podemos admitir eso —añadí—, porque la ra­zón no lo permite, como tampoco que el alma, en su más verdadera naturaleza, sea algo que rebose diversidad, de­sigualdad y diferencia en relación consigo mismo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—No es fácil —dije— que lo eterno sea algo compuesto de muchos elementos y con una composición que no es la más conveniente, como en lo anterior se nos ha mostra­do el alma.

—No, no es propio.

—Así, pues, el que el alma sea algo inmortal nos lo impo­ne nuestro reciente argumento y los demás que se dan; pero para saber cómo sea ella en verdad no hay que con­templarla degradada por su comunidad con el cuerpo y por otros males, como lavemos ahora, sino adecuadamen­te con el raciocinio, tal como es ella al quedar en su pureza, y se la hallará entonces mucho más hermosa y se distingui­rán más claramente las obras justas y las injustas y todo lo demás de que hemos tratado. Pero esto que acabamos de decir solamente es verdad según se nos aparece al presen­te, porque antes la hemos contemplado en una disposición tal que, así como los que veían al marino Glauco no po­dían percibir fácilmente su naturaleza originaria, porque, de los antiguos miembros de su cuerpo, los unos habían sido rotos y los otros consumidos y totalmente estropeados por las aguas, mientras le habían nacido otros nuevos por la acumulación de conchas, algas y piedrecillas, de suerte que más bien parecía una fiera cualquiera que lo que era por nacimiento, en esa misma disposición contemplamos nosotros al alma por efecto de una multitud de males. Por ello, Glaucón, hay que mirar a otra parte.

—¿Adónde? —dijo.

—A su amor del saber, y hay que pensar en las cosas a que se abraza y en las compañías que desea en su calidad de allegada de lo divino e inmortal y de lo que siempre existe; y en cómo haya de ser cuando vaya toda ente­ra tras esto y se salga, por el mismo impulso, del mar en que se halla y se sacuda las muchas piedras y conchas que ahora, puesto que de la tierra se nutre, se han fijado a su alrededor: costra térrea, rocosa y silvestre procedente de esos banquetes a que suele atribuirse la felicidad. Y en­tonces se podrá ver su verdadera naturaleza, si es com­puesta o simple o de qué manera y cómo sea. Por ahora, según creo, hemos recorrido suficientemente sus acci­dentes y formas en la vida humana.

—En efecto —observó.

XII. —Así, pues —pregunté—, ¿no hemos resuelto en nues­tro razonamiento las dificultades propuestas sin celebrar por otra parte las recompensas y la gloria de la justicia como, según vosotros, hicieron Hesíodo y Homero, sino encontrando que la práctica de la justicia es en sí misma lo mejor para el alma considerada en su esencia, y que ésta ha de obrar justamente tenga o no tenga el anillo de Giges y aunque a este anillo se agregue el casco de Hades?

—Pura verdad —respondió— es lo que dices.

—Entonces —seguí— ¿se podrá ver con malos ojos, Glaucón, que, además de esas excelencias, restituyamos a la justicia y a las demás virtudes los muchos y califica­dos premios que suele recibir tanto de los hombres como de los dioses, así en vida del sujeto como después de su muerte?

—De ningún modo —dijo.

—¿Me devolveréis, pues, lo que tomasteis prestado en nuestra discusión?

—¿Y qué es ello?

—Os concedí que el justo pareciera ser injusto y el in­justo justo; porque vosotros creíais que, aunque no fuera ello cosa que pudiera pasar a la vista de los dioses ni de los hombres, debía con todo concederse en gracia de la argumentación para que la justicia en sí fuese juzgada en relación con la injusticia en sí. ¿No lo recuerdas?

—Mal haría —dijo— en no recordarlo.

—Por consiguiente —dije—, puesto que ahora ya están juzgadas, pido de nuevo, en nombre de la justicia, que reconozcamos que ésta se nos muestra tal como corres­ponde al buen nombre que tiene entre los dioses y los hombres; y ello a fin de que recoja los premios del vence­dor que gana por su fama y da a los que la poseen, puesto que ya la hemos visto conceder los bienes derivados de su propia esencia sin engaño para los que de veras la abrazan.

—Razonable —dijo— es lo que pides.

—Así, pues —dije—, ¿me restituiréis primeramente la afirmación de que ninguno de esos dos hombres escapa en su manera de ser a la mirada de los dioses?

—Te la restituiremos —dijo.

—Y, si no se ocultan, el uno será amado por ellos y el otro odiado según convinimos desde el principio.

—Así es.

—¿Y no hemos de reconocer que al amado de los dio­ses todas las cosas que de esos dioses procedan le han de venir de la manera más favorable salvo algún mal necesa­rio que traiga desde su nacimiento por consecuencia de un yerro anterior?

—Bien seguro.

—Por tanto, del hombre justo hay que pensar que, si vive en pobreza o en enfermedades o en algún otro de los que parecen males, todo ello terminará para él en bien sea durante su vida, sea después de su muerte. Porque nunca será abandonado por los dioses el que se esfuerza por hacerse justo y parecerse a la divinidad, en cuanto es posible al ser humano la práctica de lavirtud.

—Es de creer —dijo— que el tal no será abandonado por su semejante.

—Y en cuanto al injusto, ¿no habrá que pensar lo con­trario de todo esto?

—Sin duda ninguna.

—Éstos serán, pues, los galardones que hay para el jus­to de parte de los dioses.

—Al menos en mi opinión —dijo.

—¿Y qué —dije yo— recibirán de los hombres? ¿No será ello como voy a decir si nos ponemos en la realidad? A los hombres desenvueltos e injustos, ¿no les pasa como a los corredores que corren bien a la salida y mal al regreso? Saltan con rapidez al comienzo; pero al fin quedan en ri­dículo dejando precipitadamente la prueba con las orejas gachas y sin corona. Por el contrario los expertos de ver­dad en la carrera llegan al fin, recogen los premios y son coronados. ¿No ocurre así de ordinario con los justos? Al final de cada una de sus acciones, de sus tratos con los de­más y de la vida, ¿no quedan con buena fama y reciben las recompensas de los hombres?

—Bien de cierto.

—¿Te avendrás, pues, a que diga yo acerca de ellos todo lo que tú decías acerca de los injustos? Diré, en efecto, que los justos, cuando llegan a mayores, mandan en sus ciudades si quieren mandar, casan con quien quieren y dan sus hijos en matrimonio a quien se les antoja; en fin, todo lo que tú afirmabas de los otros lo afirmo yo de ellos. Y, con respecto a los injustos, he de decir que en su mayoría, aunque se encubran durante su juventud, son cogidos al final de su carrera, se hacen con ello dignos de risa y, al llegar a viejos, son despiadadamente vejados por forasteros y conciudadanos, reciben azotes y al fin su­fren, dalo por dicho, todas aquellas cosas que tú tenías con razón por tan duras. Pues bien, considera tú, como digo, si te has de avenir a esto.

—En un todo —dijo—, porque es razonable lo que afir­mas.

XIII. —Tales son, pues —dije yo—, los premios, recompen­sas y dones que en vida recibe el justo de hombres y dio­ses además de aquellos bienes que por sí misma les pro­cura la virtud.

—Bienes ciertamente hermosos y sólidos —dijo.

—Pues éstos —dije yo— no son nada en número ni en grandeza comparados con aquello que a cada uno de esos hombres le espera después de la muerte; y también esto hay que oírlo a fin de que cada cual de ellos recoja de este discurso lo que debe escuchar.

—Habla, pues —dijo—, que son pocas las cosas que yo oiría con más gusto.

—Pues he de hacerte —dije yo— no un relato de Alcínoo, sino el de un bravo sujeto, Er, hijo de Arme­nio, panfilio de nación, que murió en una guerra y, ha­biendo sido levantados, diez días después, los cadáveres ya putrefactos, él fue recogido incorrupto y llevado a casa para ser enterrado y, yacente sobre la pira, volvió a la vida a los doce días y contó, así resucitado, lo que había visto allá. Dijo que, después de salir del cuerpo, su alma se ha­bía puesto en camino con otras muchas y habían llegado a un lugar maravilloso donde aparecían en la tierra dos aberturas que comunicaban entre sí y otras dos arriba en el cielo, frente a ellas. En mitad había unos jueces que, una vez pronunciados sus juicios, mandaban a los justos que fueran subiendo a través del cielo, por el camino de la derecha, tras haberles colgado por delante un rótulo con lo juzgado; y a los injustos les ordenaban ir hacia abajo por el camino de la izquierda, llevando también, éstos detrás, la señal de todo lo que habían hecho. Y, al adelantarse él, le dijeron que debía ser nuncio de las co­sas de allá para los hombres y le invitaron a que oyera y contemplara cuanto había en aquel lugar; y así vio cómo, por una de las aberturas del cielo y otra de la tierra, se marchaban las almas después de juzgadas; y cómo, por una de las otras dos, salían de la tierra llenas de suciedad y de polvo, mientras por la restante bajaban más almas, limpias, desde el cielo. Y las que iban llegando parecían venir de un largo viaje y, saliendo contentas a la pradera, acampaban como en una gran feria, y todas las que se co­nocían se saludaban y las que venían de la tierra se infor­maban de las demás en cuanto a las cosas de allá, ylas que venían del cielo, de lo tocante a aquellas otras; y se hacían mutuamente sus relatos, las unas entre gemidos y llantos, recordando cuántas y cuán grandes cosas habían pasado y visto en su viaje subterráneo, que había durado mil años; y las que venían del cielo hablaban de su bienaven­turanza y de visiones de indescriptible hermosura. Refe­rirlo todo, Glaucón, sería cosa de mucho tiempo; pero lo principal —decía— era lo siguiente: que cada cual pagaba la pena de todas sus injusticias y ofensas hechas a los de­más, la una tras la otra, y diez veces por cada una, y cada vez durante cien años, en razón de ser ésta la duración de la vida humana; y el fin era que pagasen decuplicado el castigo de su delito. Y así, los que eran culpables de gran número de muertes o habían traicionado a ciudades o ejércitos o los habían reducido a la esclavitud o, en fin, eran responsables de alguna otra calamidad de este géne­ro, ésos recibían por cada cosa de éstas unos padecimien­tos diez veces mayores; y los que habían realizado obras buenas y habían sido justos y piadosos, obtenían su me­recido en la misma proporción. Y también sobre los ni­ños muertos en el momento de nacer o que habían vivi­do poco tiempo refería otras cosas menos dignas de mención; pero contaba que eran aún mayores las sancio­nes de la piedad e impiedad para con los dioses y los pa­dres y del homicidio a mano armada.

»Decía, pues, que se había hallado al lado de un sujeto al que preguntaba otro que dónde estaba Ardieo el Grande. Este Ardieo había sido, mil años antes, tirano de una ciudad de Panfilia después de haber matado a su anciano padre y a su hermano mayor y de haber realizado, según decían, otros muchos crímenes impíos. Y contaba que el pregunta­do contestó: "No ha venido ni es de creer que venga aquí.

XIV »"En efecto, entre otros espectáculos terribles he­mos contemplado el siguiente: una vez que estuvimos cer­ca de la abertura y a punto de subir, tras haber pasado por todo lo demás, vimos de pronto a ese Ardieo y a otros, ti­ranos en su mayoría. Y había también algunos particula­res de los más pecadores, a todos los cuales la abertura, cuando ya pensaban que iban a subir, no los recibía, sino que, por el contrario, daba un mugido cada vez que uno de estos sujetos, incurables en su perversidad o que no ha­bían pagado suficientemente su pena, trataba de subir. En­tonces —contaba— unos hombres salvajes y, según podía verse, henchidos de fuego, que estaban allá y oían el mugi­do, se llevaban a los unos cogiéndolos por medio, y a Ar­dieo y a a otros les ataban las manos, los pies y la cabeza y, arrojándolos por tierra y desollándolos, los sacaban a ori­lla del camino, los desgarraban sobre unos aspálatos y de­claraban a los que iban pasando por qué motivos y cómo los llevaban para arrojarlos al Tártaro". Allí —decía—, aun­que eran muchos los terrores que ya habían sentido, les su­peraba a todos el que tenían de oír aquella voz en la subi­da; y, si callaba, subían con el máximo contento. Tales eran las penas y castigos, y las recompensas en correspon­dencia con ellos. Y, después de pasar siete días en la prade­ra, cada uno tenía que levantar el campo en el octavo y po­nerse en marcha; y otros cuatro días después llegaban a un paraje desde cuya altura podían dominar la luz extendida a través del cielo y de la tierra, luz recta como una columna y semejante, más que a ninguna otra, a la del arco iris, bien que más brillante y más pura. Llegaban a ella en un día de jornada y allí, en la mitad de la luz, vieron, tendidos desde el cielo, los extremos de las cadenas, porque esta luz enca­denaba el cielo sujetando toda su esfera como las ligaduras de las trirremes. Y desde los extremos vieron tendido el huso de la Necesidad, merced al cual giran todas las esfe­ras. Su vara y su gancho eran de acero, y la tortera, de una mezcla de esta y de otras materias. Y la naturaleza de esa tortera era la siguiente: su forma, como las de aquí, pero, según lo que dijo, había que concebirla a la manera de una tortera vacía y enteramente hueca en la que se hubiese em­butido otra semejante más pequeña, como las cajas cuan­do se ajustan unas dentro de otras; y así una tercera y una cuarta y otras cuatro más. Ocho eran, en efecto, las torte­ras en total, metidas unas en otras, y mostraban arriba sus bordes como círculos, formando la superficie continua de una sola tortera alrededor de la vara que atravesaba de parte a parte el centro de la octava. La tortera primera y exterior tenía más ancho que el de las otras su borde circu­lar; seguíale en anchura el de la sexta; el tercero era el de la cuarta; el cuarto, el de la octava; el quinto, el de la séptima; el sexto, el de la quinta; el séptimo, el de la tercera, y el oc­tavo, el de la segunda. El borde de la tortera mayor era también el más estrellado; el de la séptima, el más brillan­te; el de la octava recibía su color del brillo que le daba el de la séptima; los de la segunda y la quinta eran semejantes entre sí y más amarillentos que los otros; el tercero era el más blanco de color; el cuarto, rojizo y el sexto tenía el se­gundo lugar por su blancura. El huso todo daba vueltas con movimiento uniforme, y en ese todo que así giraba los siete círculos más interiores daban vueltas a su vez, lenta­mente y en sentido contrario al conjunto; de ellos el que llevaba más velocidad era el octavo; seguíanle el séptimo, el sexto y el quinto, los tres a una; el cuarto les parecía que era el tercero en la velocidad de ese movimiento retrógra­do; el tercero, el cuarto; y el segundo, el quinto. El huso mismo giraba en la falda de la Necesidad, y encima de cada uno de los círculos iba una Sirena que daba también vueltas y lanzaba una voz siempre del mismo tono; y de to­das las voces, que eran ocho, se formaba un acorde. Ha­bía otras tres mujeres sentadas en círculo, cada una en un trono y a distancias iguales; eran las Parcas, hijas de la Ne­cesidad, vestidas de blanco y con ínfulas en la cabeza: Lá­quesis, Cloto y Átropo. Cantaban al son de las Sirenas: Lá­quesis, las cosas pasadas; Cloto, las presentes y Átropo, las futuras. Cloto, puesta la mano derecha en el huso, ayuda­ba de tiempo en tiempo el giro del círculo exterior; del mismo modo hacía girar Átropo los círculos interiores con su izquierda; y Láquesis, aplicando ya la derecha, ya la izquierda, hacía otro tanto alternativamente con el uno y los otros de estos círculos.

XV »Y contaba que ellos, una vez llegados allá, tenían que acercarse a Láquesis; que un cierto adivino los colo­caba previamente en fila y que, tomando después unos lotes y modelos de vida del halda de la misma Láquesis, subía a una alta tribuna y decía: »"Ésta es la palabra de la virgen Láquesis, hija de la Ne­cesidad: ‘Almas efímeras, he aquí que comienza para vo­sotras una nueva carrera caduca en condición mortal. No será el Hado quien os elija, sino que vosotras elegiréis vuestro hado. Que el que salga por suerte el primero, esco­ja el primero su género de vida, al que ha de quedar inexo­rablemente unido. La virtud, empero, no admite dueño; cada uno participará más o menos de ella según la honra o el menosprecio en que la tenga. La responsabilidad es del que elige; no hay culpa alguna en la Divinidad’”.

»Habiendo hablado así, arrojó los lotes a la multitud y cada cual alzó el que había caído a su lado, excepto el mis­mo Er, a quien no se le permitió hacerlo así; y, al cogerlo, quedaban enterados del puesto que les había caído en suerte. A continuación puso el adivino en tierra, delante de ellos, los modelos de vida en número mucho mayor que el de ellos mismos; y las había de todas clases: vidas de toda suerte de animales y el total de las vidas humanas. Contábanse entre ellas existencias de tiranos: las unas, lle­vadas hasta el fin; las otras, deshechas en mitad y termi­nadas en pobrezas, destierros y mendigueces. Y había vi­das de hombres famosos, los unos por su apostura y belleza o por su robustez y vigor en la lucha, los otros por su nacimiento y las hazañas de sus progenitores; las había asimismo de hombres oscuros y otro tanto ocurría con las de las mujeres. No había, empero, allí categorías de alma, por ser forzoso que éstas resultasen diferentes según la vida que eligieran; pero todo lo demás aparecía mezcla­do entre sí y con accidentes diversos de pobrezas y rique­zas, de enfermedades y salud, y una parte se quedaba en la mitad de estos extremos. Allí, según parece, estaba, que­rido Glaucón, todo el peligro para el hombre; y por esto hay que atender sumamente a que cada uno de nosotros, aun descuidando las otras enseñanzas, busque y aprenda ésta y vea si es capaz de informarse y averiguar por algún lado quién le dará el poder y la ciencia de distinguir la vida provechosa y la miserable y de elegir siempre yen to­das partes la mejor posible. Y para ello ha de calcular la relación que todas las cosas dichas, ya combinadas entre sí, ya cada cual por sí misma, tienen con la virtud en la vida; ha de saber el bien o el mal que ha de producir la hermosura unida a la pobreza y unida a la riqueza y a tal o cual disposición del alma, y asimismo el que traerán, combinándose entre sí, el bueno o mal nacimiento, la condición privada o los mandos, la robustez o la debili­dad, la facilidad o torpeza en aprender y todas las cosas semejantes existentes por naturaleza en el alma o adquiri­das por ésta. De modo que, cotejándolas en su mente to­das ellas, se hallará capaz de hacer la elección si delimita la bondad o maldad de la vida de conformidad con la na­turaleza del alma y si, llamando mejor a la que la lleva a ser más justa y peor a la que la lleva a ser más injusta, deja a un lado todo lo demás: hemos visto, en efecto, que tal es la mejor elección para el hombre así en vida como des­pués de la muerte. Y al ir al Hades hay que llevar esta opi­nión firme como el acero para no dejarse allí impresionar por las riquezas y males semejantes y para no caer en tira­nías y demás prácticas de este estilo, con lo que se realizan muchos e insanables daños y se sufren mayores; antes bien, hay que saber elegir siempre una vida media entre los extremos y evitar en lo posible los excesos en uno y otro sentido, tanto en esta vida como en la ulterior, por­que así es como llega el hombre a mayor felicidad.

XVI. »Y entonces el mensajero de las cosas de allá conta­ba que el adivino habló así: "Hasta para el último que venga, si elige con discreción y vive con cuidado, hay una vida amable y buena. Que no se descuide quien elija pri­mero ni se desanime quien elija el último".

»Y contaba que, una vez dicho esto, el que había sido primero por la suerte se acercó derechamente y escogió la mayor tiranía; y por su necedad y avidez no hizo pre­viamente el conveniente examen, sino que se le pasó por alto que en ello iba el fatal destino de devorar a sus hijos y otras calamidades; mas después que lo miró despacio, se daba de golpes y lamentaba su preferencia, saliéndose de las prescripciones del adivino, porque no se reconocía culpable de aquellas desgracias, sino que acusaba a la for­tuna, a los hados y a todo antes que a sí mismo. Y éste era de los que habían venido del cielo y en su vida anterior había vivido en una república bien ordenada y había te­nido su parte de virtud por hábito, pero sin filosofia. Y en general, entre los así chasqueados no eran los menos los que habían venido del cielo, por no estar éstos ejercitados en los trabajos, mientras que la mayor parte de los proce­dentes de la tierra, por haber padecido ellos mismos y haber visto padecer a los demás, no hacían sus elecciones tan de prisa. De esto, y de la suerte que les había caído, les venía a las más de las almas ese cambio de bienes y males. Porque cualquiera que, cada vez que viniera a esta vida, filosofara sanamente y no tuviera en el sorteo uno de los últimos puestos, podría, según lo que de allá se contaba, no sólo ser feliz aquí, sino tener de acá para allá y al regre­so de allá para acá un camino fácil y celeste, no ya escar­pado y subterráneo.

»Tal —decía— era aquel interesante espectáculo en que las almas, una por una, escogían sus vidas; el cual, al mismo tiempo, resultaba lastimoso, ridículo y extra­ño, porque la mayor parte de las veces se hacía la elec­ción según aquello a lo que se estaba habituado en la vida anterior. Y dijo que había visto allí cómo el alma que en un tiempo había sido de Orfeo elegía vida de cis­ne, en odio del linaje femenil, ya que no quería nacer engendrada en mujer a causa de la muerte que sufrió a manos de éstas; había visto también al alma de Támi­ras, que escogía vida de ruiseñor, y a un cisne que, en la elección, cambiaba su vida por la humana, cosa que ha­cían también otros animales cantores. El alma a quien había tocado el lote veinteno había elegido vida de león, y era la de Ayante Telamonio, que rehusaba volver a ser hombre, acordándose de juicio de las armas. La si­guiente era la de Agamenón, la cual, odiando también, a causa de sus padecimientos, al linaje humano, había tomado en el cambio una vida de águila. El alma de Atalanta, que sacó suerte entre las de en medio, no pudo pasar adelante viendo los grandes honores de un cierto atleta, sino que los tomó para sí. Después de ésta vio el alma de Epeo, hijo de Panopeo, que trocó su con­dición por la de una mujer laboriosa; y, ya entre las últi­mas, a la del ridículo Tersites, que revistió forma de mono. Y ocurrió que, última de todas por la suerte, iba a hacer su elección el alma de Ulises y, dando de lado a su ambición con el recuerdo de sus anteriores fatigas, buscaba, dando vueltas durante largo rato, la vida de un hombre común y desocupado y por fin la halló echada en cierto lugar y olvidada por los otros y, una vez que la vio, dijo que lo mismo habría hecho de haber salido la primera y la escogió con gozo. De igual manera se hacían las transformaciones de los animales en hom­bres o en otros animales: los animales injustos se cam­biaban en fieras; los justos, en animales mansos, y se daban también mezclas de toda clase.

»Y después de haber elegido su vida todas las almas, se acercaban a Láquesis por el orden mismo que les ha­bía tocado; y ella daba a cada uno, como guardián de su vida y cumplidor de su elección, el hado que había esco­gido. Éste llevaba entonces al alma hacia Cloto y la po­nía bajo su mano y bajo el giro del huso movido por ella, sancionando así el destino que había elegido al venirle su turno. Después de haber tocado en el huso se le lleva­ba al hilado de Átropo, el cual hacía irreversible lo dis­puesto; de allí, sin que pudiera volverse, iba al pie del trono de la Necesidad y, pasando al otro lado y acaban­do de pasar asimismo los demás, se encaminaban todos al campo del Olvido a través de un terrible calor de as­fixia, porque dicho campo estaba desnudo de árboles y de todo cuanto produce la tierra. Al venir la tarde acam­paban junto al río de la Despreocupación, cuya agua no puede contenerse en vasija alguna; y a todos les era for­zoso beber una cierta cantidad de aquella agua, de la cual bebían más de la medida los que no eran conteni­dos por la discreción, y al beber cada cual se olvidaba de todas las cosas. Y, una vez que se habían acostado y eran las horas de la medianoche, se produjo un trueno y tem­blor de tierra y al punto cada uno era elevado por un sitio distinto para su nacimiento, deslizándose todos a manera de estrellas. A él, sin embargo, le habían impe­dido que bebiera del agua; pero por qué vía y de qué modo había llegado a su cuerpo no lo sabía, sino que de pronto, levantando la vista, se había visto al amanecer yacente en la pira.

»Y así, Glaucón, se salvó este relato y no se perdió, y aun nos puede salvar a nosotros si le damos crédito, con lo cual pasaremos felizmente el río del Olvido y no conta­minaremos nuestra alma. Antes bien, si os atenéis a lo que os digo y creéis que el alma es inmortal y capaz de sostener todos los males y todos los bienes, iremos siem­pre por el camino de lo alto y practicaremos de todas for­mas la justicia, juntamente con la inteligencia, para que así seamos amigos de nosotros mismos y de los dioses tanto durante nuestra permanencia aquí como cuando hayamos recibido, a la manera de los vencedores que los van recogiendo en los juegos, los galardones de aquellas virtudes; y acá, y también en el viaje de mil años que he­mos descrito, seamos felices.


Publicado el 15 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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