Las Cuatro Verdades

Arturo Robsy


Cuento



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El día, lleno de sol, avanzaba como una flecha en el aire. Dios había puesto en la mañana sonrisas, brisa, juego de niños, música lejana y paseos de enamorados. El polen, enterado de la llegada de la primavera, procuraba expandirse por cuantos metros cúbicos estaban a su alcance, mientras la buena gente empezaba a advertir algo de envidiable en las sombras frescas.

Julián también participaba de todo esto. Cruzaba el decorado con una sonrisa, convencido de que hay días que justifican una vida. De tanto en tanto, hinchaba el pecho para que el oxígeno corriera a sus anchas por las venas. Movía con vigor los brazos; caminaba con la alegría del deportista bien entrenado y permitía que su mente se sacudiera las brumas del invierno y del televisor tarareando una canción ligeramente parecida al brindis de La Traviata.

No sabía si atribuir la euforia al cambio de estación o al chato recién tomado con los amigos, sobre crujientes cáscaras de mejillones. Ni siquiera le enfriaba la idea de llegar a casa y ser olfateado por su suegra, empeñada en demostrar al vecindario que Julián era un dipsómano peligroso.

Cuando ella olfateaba, él contenía el aliento hasta que conseguía parapetarse tras el periódico. Así cobijado, elaboraba pensamientos malignos que solían dar a la mujer un fin acorde con sus merecimientos. Muy doloroso.

Pero aquel mediodía Julián corrió en busca de la suegra y le echó el aliento a la cara, deseoso de colaborar con sus prácticas policíacas y, si Dios lo quería, transmitirle algún virus.

—Huele bien, ¿verdad? Ëchele la culpa a don Federico Paternina, que es un diablo. —exclamó, dispuesto a decir la verdad— Cuando su marido cogía la cogorza usaba género de peor calidad.

Meditó un poco, en busca de la palabra alada y fugitiva. No era "vieja bruja".

—Urraca. —dijo al fin.— Graja.

Julián jamás se había atrevido a tanto. Pertenecía a la clase de hombres silenciosos con hábitos de conejo perseguido. Pero una fuerza interior le llevaba a expresar sus verdaderos sentimientos.

—Sinvergüenza. —respondió la suegra, también víctima de la misma fuerza interior.

Algo había en el aire muy superior al simple intercambio de opiniones sinceras entre generaciones emparentadas. Quizá por el agujero de ozono se colaban efluvios de eternidad hasta el planeta; quizá era sólo la singular intensidad de la primavera, capaz de poner a burbujear las sangres más frías.

Pedro Llanos, por ejemplo, alarmó a su jefe de ventas más o menos a la misma hora. Daba palmadas sobre un televisor de alta definición, joya de la técnica japonesa:

—¿Y para qué? —decía— Mucho más caro y aquí no se emite en alta definición. De los cuarenta canales, lo mismo, si sólo se pueden usar seis o siete. Y el servicio técnico...Si esto se les avería, nosotros no tenemos a quien lo sepa arreglar.

Cientos de miles de vendedores, antaño duchos en el ardid, decían la verdad sobre los productos, descorazonando a los clientes potenciales. Unos hablaban de la mantequilla en relación con el colesterol y las explosiones de corazón; otros recordaban la peligrosidad de los rayos catódicos o el riesgo de que los niños se cortaran los dedos en lonchas con el precioso ventilador.

Don Roque, catedrático de física, hacía confidencias a sus alumnos: tenía que explicarles la Teoría de la Relatividad y les advertía que no era de confianza sino sólo una teoría, no una demostración:

—El mismo Einstein dijo que la entendía mal; dudaba de ella. Por otro lado, los quasars demuestran que hay velocidades superiores a la de la luz, que ya no puede ser tomada como constante universal.

Las novias decían a los novios lo que pensaban de ellos: poco y mal. Estos, a su vez, comunicaban a sus parejas las agradables impresiones que les causaban las chicas que pasaban por su lado. Esposos y esposas practicaban los mismos juegos y, de paso, decían a sus hijos lo que les sugerían sus modales. Estos, con la sinceridad de la juventud, devolvían los cumplidos mientras el ambiente hogareño se caldeaba.

En el telediario la situación adquirió dimensiones alarmantes. La locutora, con una sonrisa sarcástica, leía las noticias y las comentaba:

—¿Pueden ustedes creerse que, subiendo un dolar el barril de petróleo, aquí nos tengan que aumentar cinco pesetas por litro? —decía con sorna.

—¿Tienen ustedes la cabeza lo bastante deteriorada para creer que las crisis turísticas son cíclicas? Lo que pasa es que robamos a los extranjeros y huyen.

Los jueces del mundo, tradicionalmente discretos, criticaban las leyes que se veían obligados a aplicar. Redactadas por gente que ignoraba la gramática. —decían— Y la realidad. Leyes hechas para que los poderosos lo siguieran siendo, añadían los más perspicaces.

Más de un político, en más de un parlamento, sintió la necesidad de tirar de la manta y destapar finanzas, amantes o favores. Un cantante famoso, al tener un micro cerca, se vio impulsado, lo mismo que Julián, por aquella fuerza interior:

—Qué cretinos son mis seguidores. —suspiró.

El mundo oscilaba sobre sus cimientos. Milenios de evolución, siglos de educación y décadas de propaganda masiva le habían dejado sin defensas frente a la verdad. No la resistía. No se puede vivir en un lugar en el que el operario confiesa no trabajar; el patrón, explotar; el hombre público, corromper; el informador, engañar, y el marido ejemplar, ser fervoroso partidario de la poligamia y del gato de siete colas como elemento de diálogo hogareño.

—La Humanidad corre peligro. —reconocieron los políticos, arrastrados por una insólita sinceridad.— Esto es peor que la bomba de hidrógeno.

— A mí —añadió uno a guisa de ejemplo—, el capitán de la guardia me acaba de llamar calvo panzón y miope.

—Es la verdad. —le advirtió otro.

—Pues ahí le duele. Exijo que le encierren inmediatamente.

Aquella franqueza desatada había puesto a todos contra todos. La gente avanzaba por las calles cantándose las cuatro verdades y, como los planos del hombre tenían tantos puntos débiles, el personal andaba con la sensibilidad en carnes vivas.

Sí, pero, ¿cómo mentir? Era imposible: algo en el ambiente no lo permitía. Quizá se tratara de una mutación, quizá de un virus escapado de algún laboratorio secreto. Nadie lo sabía y, lo que era peor, nadie lo llegaría a saber: la sociedad se disolvía.

Ludwig Kohn, sociólogo de segunda y, por lo tanto, famoso divulgador científico, salió a entregar su último artículo. Él y el mensajero que debía llevárselo habían intercambiado opiniones sinceras sobre sus respectivas personalidades y a Ludwig no le quedó otra solución que ir en persona a la redacción.

Con su trabajo en el bolsillo avanzaba por la calle parándose, irreflexivamente para decir lo que pensaba a cuantos se cruzaban con él que, por otro lado, hacían lo mismo. El griterío no le dejaba pensar más que intermitentemente pero, aún así, se las apañaba para reforzar la tesis del artículo: la Humanidad, hipócrita desde lo de la manzana en el Eden, sucumbiría en un breve plazo. ¿Quién trabajaría, ocupado en decir sus críticas al vecino? ¿Quién se casaría con la mujer que le revelara el fondo de su pensamiento? ¿Quién cuidaría amorosamente del hijo que no paraba de dirigir críticas a su nariz, a su barriga o a su aliento?

—¡Borracho! —gritó Kohn a un tipo vacilante que miraba el mundo con optimismo. El afán de verdad de Ludwig era irrefrenable.

El borracho, impasible, osciló sobre sus grandes pies, siempre sonriendo en dirección al universo. Vigilaba a una mujer fea, extremadamente delgada y con ojos de enferma de tiroides.

—¡Guapa! —le gritó cuando pasó por su lado.— Cuando te hicieron pensaban en las rosas.

—¡Idiota! —aulló Kohn, diagnosticando certeramente.

Sólo unos instantes después fue capaz de comprender: el espíritu empapado del borracho seguía pudiendo mentir. En un mundo trastocado, también había dejado de regir la máxima clásica sobre el vino y la verdad.

—¡Dios mío! —exclamó Kohn, corriendo hacia la Presidencia del Gobierno y deteniéndose sólo para despachar tres rápidas jarras de cerveza: tendría que mentir lo necesario como para atribuirse todo el mérito del descubrimiento.

Desde entonces el alcoholismo ha avanzado mucho, pero, al menos, se puede vivir con dignidad y cortesía. Basta con acudir al bar en cuanto se sienten las cuatro verdades empujando contra los dientes.

Por otro lado, es interesantísimo ver cómo regulan el tráfico los guardias, esquivando a los conductores correctamente achispados. También es útil escuchar los discursos de los políticos, colocados hasta la raíz del pelo, mientras juran que dicen la verdad.

Como reza el ya famoso anuncio que enriqueció a su creador:

"Haga su vida normal con vinos El Botijo"

"11,5% de agua clara."

Lo redactó un abstemio. Se habla de que pronto los perseguirá la ley. Por antisociales.


Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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