El Sitio de Sebastopol

León Tolstói


Novela


Índice

DICIEMBRE DE 1854.
SEBASTOPOL EN MAYO DE 1855.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
SEBASTOPOL EN AGOSTO DE 1855
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI

DICIEMBRE DE 1854.

El crepúsculo matutino colorea el horizonte hacia el monte, Sapun; la superficie del mar, azul obscura, va, surgiendo de entre las sombras, de la noche y sólo espera el primer rayo de sol para cabrillear alegremente; de la bahía, cubierta de brumas, viene frescachón el viento; no se ve ni un copo de nieve; la tierra está negruzca, pero, la escarcha hiere el rostro y cruje bajo los pies. Sólo el incesante rumor de las olas, interrumpido a intervalos por el estampido sordo del cañón, turba la calma del amanecer.

En los buques de guerra todo permanece en silencio. El reloj de arena acaba de marcar las ocho, y hacia el Norte la actividad del día reemplaza poco a poco a la calma de la noche. Aquí, un pelotón de soldados que va a relevar a los centinelas; oyese el ruido metálico de sus fusiles; un médico, que se dirige apresuradamente hacia su hospital; un soldado que se desliza fuera de su choza para lavarse con agua helada el rostro curtido, y vuelta la faz a Oriente reza su oración, acompañada de rápidas persignaciones. Allá, enorme y pesado furgón de crujientes ruedas, tirado por dos camellos, llega al cementerio donde recibirán sepultura los muertos que, apilados, llenan el vehículo. Al pasar por el puerto, produce desagradable sorpresa la mezcla de olores; huele a carbón de piedra, a estiércol, a humedad, a carne muerta.

Mil y mil objetos varios; madera, harina, gaviones, carne, vense arrojados en montón por todas partes.

Soldados de diferentes regimientos, unos con fusiles y morrales, otros sin morrales ni fusiles, agólpanse en tropel, fuman, discuten y transportan los fardos al vapor atracado junto al puente de tablas y próximo a zarpar. Botes y lanchas particulares llenos de gente de todas clases, soldados, marinos, vendedores y mujeres, abordan al desembarcadero y desatracan de él sin cesar.

—Por aquí, Vuestra, Nobleza; a la Grafskaya!— y dos o tres marineros viejos, de pie en sus botes, os ofrecen sus servicios. Escogéis el más próximo, pasando sin pisar sobre el cadáver medio descompuesto de un caballo negro sumergido en el fango, a dos pasos de la barquilla, y vais a sentaros a popa, cogiendo la caña del timón. Os alejáis de la ribera; en torno vuestro brilla el mar herido por el sol de la mañana; ante vos, un atezado marinero, envuelto en su gabán de piel de camello, y un muchacho de cabellera rubia, reman rápidamente. Dirigís la vista hacia los buques gigantescos, de casco pintado a franjas, por la rada esparcidos; a las lanchas, puntos negros que bogan sobre el azul rielante de las olas, a los lindos edificios de la ciudad, de colores claros que el sol naciente tiñe de sonrosado matiz; a la línea blanca, de espuma que rodea el rompeolas y los barcos sumergidos, de los que surgen tristemente, sobre la superficie del agua, las negras puntas de los mástiles; hacia la escuadra enemiga, que sirve de faro en el lejano cristal de las aguas, y en fin, a las ondas rizadas en que juguetean los glóbulos salinos que los remos hacen saltar con sus golpeteos. Y oís al propio tiempo el sonido uniforme de las voces que el agua os trae, y el tronar grandioso del cañoneo, que parece ir aumentando en Sebastopol.

Y ante la idea de que estáis asimismo, en el propio Sebastopol, sentís, invadida el alma por una sensación de orgullo y valentía, y la sangre circula con mayor rapidez en vuestras venas.

Vuestra Nobleza, vía al Constantino —os dice el marinero volviéndose para rectificar el rumbo que con el timón dais al bote.

¡Toma! Conserva aún todos sus cañones — exclama el muchacho rubio, mientras que la lancha se desliza junto al costado del navío.

Es nuevo; debe tenerlos todos; Korniloff ha estado en él —replica el viejo, examinando a su vez el buque de guerra.

¡Allí ha reventado! —grita el chico tras un rato de silencio, fijando los ojos en una nubecilla, blanca, de humo, que se disipa tras de aparecer súbitamente en el cielo sobre la bahía del Sur, acompañada del ruido estridente que produce la explosión de una granada.

Es de la batería nueva que tira hoy añade el marino, escupiéndose tranquilamente en las manos.

—¡Vamos, Nichka, boga! a adelantarnos a aquella lancha.

Y el bote surca rápidamente la amplia superficie ondulada de la bahía; deja atrás un macizo lanchón, cargado de sacos y de soldados, inhábiles remeros que maniobran torpemente, y aborda por fin al centro de los numerosos buques amarrados a tierra, en el puerto de la Grafskaya. Por el muelle circulan multitud de soldados con capote gris, marineros de chaquetón negro y mujeres con, trajes de colores vivos. Campesinas, vendedoras de pan, labriegos que, junto a su samovar, ofrecen sbitene caliente a sus parroquianos. Sobre los primeros escalones del desembarcadero aparecen, formando montón, balas de cañón oxidadas, bombas, metralla, cañones de fundición de diferentes calibres; más lejos, en una extensa plaza, vense en tierra enormes maderos, cureñas, afustes, soldados dormidos, y junto a todo esto, carretas, caballos, cañones, armones de artillería, haces de fusiles de infantería, y después más soldados en movimiento, marinos, oficiales, mujeres y niños; carretones cargados de pan, sacos y barricas, un cosaco a caballo y un General que atraviesa la plaza en drocki. A la derecha, en la calle, se eleva una barricada, y en sus troneras, cañones de reducido calibre junto a los cuales sentado un marinero, fuma tranquilamente su pipa.

A la izquierda, un edificio de buen aspecto sobre cuyo frontis aparece un rótulo en letras romanas, y a sus pies soldados y camillas manchadas de sangre: los tristes vestigios del campo del combate en tiempo de guerra, saltan por doquier a la vista. La primera impresión es, a no dudar, desagradable; tan extraña mezcla de la vida urbana con la campestre, de la elegante ciudad y el vivac fangoso, no tiene nada de atractiva y os choca con su horrible contraste; hasta os parece que todos, presos del terror, se agitan en el vacío. Pero examinad de cerca el rostro de aquellos hombres que en rededor nuestro se mueven, y hablaréis de otro modo. Fijaos bien en aquel soldado del tren que lleva a beber los caballos bayos de su troika, tarareando entre dientes, y veréis que no se extraviará entre la turba, revuelta, que por lo visto no existe para él; atento solamente a su obligación, cumplirá de seguro su deber, cualquiera que sea: conducir sus caballos al abrevadero o arrastrar un cañón, con tanta tranquilidad e indiferente aplomo como si estuviera en Tula o Saransk. Encontraréis igual expresión en la cara de aquel oficial que pasa ante vos con guantes de irreprochable blancura; del marinero que fuma su pipa, sentado sobre la barricada; de aquellos soldados disciplinarios que esperan con las camillas a la entrada de lo que fue un tiempo sala de Asamblea, y hasta en el rostro de aquella muchacha que atraviesa la calle saltando de un adoquín a otro por temor de ensuciarse el vestido color de rosa. Sí, decepción grande os espera a vuestra llegada a Sebastopol.

En vano procuraréis descubrir en cualquier fisonomía señales de agitación, de sobresalto, ni siquiera de entusiasmo, de resignación a la muerte, de resolución; no hay nada de eso. Veréis el trajín de la vida ordinaria: gentes ocupadas en sus labores diarias, de modo que os reprocharéis vuestra exaltación exagerada, poniendo en duda, no sólo, la exactitud de la opinión que por los relatos formasteis acerca del heroísmo de los defensores de Sebastopol, sino la veracidad de la descripción que os han hecho del extremo Norte, y hasta de los ruidos ensordecedores que llenan el aire. Sin embargo, antes de dudar, subid a un baluarte, ved a los defensores de la plaza, en el lugar mismo de la defensa, o mejor aún, entrad directamente en aquel edificio a cuya, puerta están los camilleros, y contemplaréis a esos defensores de Sebastopol, y presenciaréis espectáculos horribles y tristísimos, grandiosos y cómicos, pero conmovedores y propios para elevar el alma. Entrad, pues, en el salón que hasta la guerra sirvió para las sesiones de la Asamblea. Apenas hayáis abierto la puerta, cuando el olor que exhalan cuarenta o cincuenta amputados os asfixiara. No cedáis al sentimiento que os detiene en el umbral de la sala; es un sentimiento vergonzoso; avanzad resueltamente, no os ruboricéis por haber venido a ver a aquellos mártires; aproximaos a ellos y habladles; los infelices ansían ver un rostro compasivo, referir sus sufrimientos y escuchar palabras de caridad y de simpatía. Al pasar por el centro, entre las camas, buscáis con la vista el rostro menos austero, menos contraído por el dolor. Al encontrarlo, os decidís a interpelarlo, a preguntar.

—¿Dónde estás herido? —interrogáis con timidez a un veterano de rostro demacradísimo que se halla sentado sobre un lecho, y cuya cordial mirada os viene siguiendo y parece, invitaros a que os aproximéis a él. Y digo que habéis preguntado con timidez, porque la vista del que sufre, inspira no tan sólo viva piedad, sino yo no sé qué temor de molestarlo, unido a profundo respeto.

—En el pie —responde el soldado, y no obstante, reparáis bajo los pliegues de la ropa que la pierna le fue cortada por bajo de la rodilla. ¡Gracias a Dios —añade,— me darán el alta!

—¿Hace mucho que estás aquí?

—Esta es la sexta semana.

—¿Dónde te duele ahora?

—Nada me duele ya. Sólo a veces en la pantorrilla, cuando hace, mal tiempo: fuera de eso, nada.

—¿Cómo fue?

—En el quinto bakcion, Vuestra Nobleza; en el primer bombardeo. Acababa de apuntar el cañón y me dirigía tranquilamente a otra cañonera, cuando de pronto el golpe me hirió en el pie. Creí caer en un agujero. Miro, y ya no había pierna.

—¿No sentiste dolor en el primer momento?

—Nada; únicamente como si me escaldaran la pierna.

—¿Y después?

_Después nada; sólo cuando extendieron la piel me escoció algo. Sobre todo, Vuestra Nobleza, no hay que pensar; cuando no se piensa no se siente nada; cuando el hombre piensa, es peor.

A todo esto, una buena mujer, vestida de gris y con un pañuelo negro anudado a la cabeza, se aproxima, se mezcla en vuestra conversación y se pone a contaros detalles sobre el marinero; cuánto había padecido y cómo se desesperó de salvarlo durante cuatro semanas y cómo, cuando lo traían herido, hizo detener la camilla para ver bien la descarga de nuestra batería, y cómo los grandes Duques habían hablado con él, dándole veinticinco rublos, y respondiéndoles él que no pudiendo ya ser útil lo que quería era, volver al baluarte a instruir a los reclutas.

Y contándoos todo esto de un tirón la excelente mujer, cuyos ojos brillan de entusiasmo, os contempla y mira al, que se vuelve de espaldas, y hace como que no oye lo que ella dice, ocupado en peinar hilas sobre su almohada.

—Es mi esposa, Vuestra Nobleza —dice por fin el hombre con una entonación que parece significar, «hay que excusarla, todo eso es charlatanería de mujeres; ya sabéis, tonterías, vaya» Entonces comenzáis a comprender lo que son los defensores de Sebastopol, y os avergonzáis de vosotros mismos en presencia de aquel hombre: quisierais expresarle toda vuestra admiración, todas vuestras simpatías, pero las palabras no acuden o las que se os ocurren nada dicen, y os limitáis a inclinaros en silencio ante aquella grandeza inconsciente, ante aquel temple de alma y aquel exquisito pudor del propio mérito.

—Bueno. Que Dios te cure pronto —decís, y os detenéis ante otro paciente acostado en tierra y que parece esperar la muerte presa de horribles dolores.

Es rubio; veis su rostro pálido, abotargado; tendido de espaldas, con la mano izquierda hacia atrás, su posición revela lo agudo de sus sufrimientos. Seca, y abierta la boca, deja pasar trabajosamente la respiración silbante; sus papilas azules y vidriosas tienden a ocultarse tras de los párpados, dejándolo en blanco los ojos, y de la colcha arrugada sale un brazo mutilado, envuelto en vendajes. Os emponzoña el olor nauseabundo de cadáver, y la fiebre que devora y abrasa los miembros del agonizante parece penetrar en vuestro propio cuerpo.

—¿No tiene conocimiento? —preguntáis a la mujer que os acompaña afectuosamente y para la cual ya no sois un extraño.

—No, conoce aún, pero, está muy malo. —Y añade en voz baja: —Le he dado un poco de te hace rato; no es nada mío, pero a una le da lástima, ¿no es verdad? Pues bien, a duras penas ha podido beber algunas cucharadas.

—¿Cómo estás? —le preguntáis.

Al sonido de vuestra voz sus pupilas se vuelven hacia vosotros, pero el herido ya no ve ni entiende nada.

¡Esto abrasa el corazón! —murmura.

Algo más lejos, un veterano se muda de ropa. Su rostro y su cuerpo aparecen de idéntico atezado color y con demacración de esqueleto. Fáltale un brazo, desarticulado por el hombro; se halla sentado sobre la cama; está ya restablecido, pero en su mirada sin brillo, sin vida, en su espantosa delgadez, en su faz arrugada, comprendéis que aquel pobre ser pasó ya la parte mejor de su existencia padeciendo.

En la cama de enfrente divisáis el semblante pálido, delicado, contraído por el dolor, de una mujer cuyas mejillas enciende la calentura.

—Es la mujer de un marinero —os dice vuestra guía. —Iba a llevar la comida a su marido y una granada la hirió en el pie.

—¿Y la han amputado?

—Por encima de la rodilla.

Y ahora, si vuestros nervios son firmes, entrad allí abajo, a la Izquierda. Es la sala de las operaciones y de las curas. Hallaréis a los médicos con el rostro pálido y serio, y los brazos ensangrentados hasta el codo, Junto al lecho de un herido, que tumbado, con los ojos abiertos, delira, bajo la influencia del cloroformo pronunciando frases entrecortadas, sin interés las unas, las otras lastimeras. Los médicos atienden a su faena repulsiva pero bienhechora: la amputación. Veréis la hoja curva y tajante introducirse en la carne sana y blanca, y al herido volver en sí súbitamente con desgarradores gritos e impresiones, y al ayudante arrojar en un rincón el brazo amputado, mientras que aquel otro herido que desde su camilla presencia la operación, tuércese y gime, más a impulsos del martirio moral por la espera producido, que del sufrimiento físico que ha de soportar.

Contemplaréis escenas espantosas, angustiosísimas; veréis la guerra sin el correcto y lucido alineamiento de las tropas, sin músicas, sin redoblar de tambores, sin estandartes flameando al viento, sin Generales caracoleando sobre sus corceles; la veréis tal y como es, ¡en la sangre, en los sufrimientos, en la muerte! Al salir de aquella morada del dolor, experimentaréis de seguro cierta impresión de bienestar, respirando a bocanadas el aire fresco, y os regocijaréis al sentiros bueno y sano, pero a la vez la contemplación de aquellos males os habrá convencido de vuestra nulidad, y entonces, con firmeza, y sin vacilaciones podréis subir al baluarte...

—¿Qué son —os diréis— los sufrimientos y la muerte de un gusano como yo, junto a tantos sufrimientos, a tan innumerables muertes? Pronto, además, el aspecto del puro cielo, del sol resplandeciente de la pintoresca ciudad de la iglesia abierta, de los militares que van y vienen en todas direcciones, vuelve vuestro espíritu a su estado normal, a su habitual apatía, y la preocupación de lo presente y de sus menudos intereses sobrepónese otra vez a todo.

Podrá ser que encontréis en vuestro camino el entierro de un oficial; un ataúd color de rosa, seguido de músicas y banderas desplegadas, y el vibrante cañoneo en los baluartes puede ser que llegue a vuestros oídos, pero los pensamientos de poco antes no volverán.

El entierro no será más que un cuadro pintoresco, un episodio militar; el tronar del cañón, un acompañamiento militar grandioso, y no habrá nada de común entre aquel cuadro, aquel estampido y la impresión precisa, personal, del sufrimiento, y de la muerte, evocada por la vista, de la sala de operaciones.

Dejad atrás la iglesia, la barricada, y entraréis en el barrio más animado, más bullicioso de la población. A entrambos lados de la calle, muestras de tiendas y de fondas. Aquí, mercaderes, mujeres tocadas con sombreros o pañuelos, oficiales con vistosos uniformes; todo os demuestra el valor, la confianza, la seguridad de los habitantes.

Entrad a la derecha de este restaurant. Si ponéis atención a las conversaciones de los marinos y de los oficiales, oiréis contar los incidentes de la pasada noche, de la acción del 24, quejarse del alto precio de las chuletas mal preparadas, y citar a los compañeros muertos últimamente.

— ¡Que el demonio me lleve! ¡Deliciosamente está uno ahora en su casa! — dice con voz de bajo un oficial bisoño, rubio, casi albino, imberbe, con el cuello liado en una bufanda verde de lana.

—¿Y dónde está eso, su casa de usted? — le pregunta otro.

—En el cuarto baluarte —contesta el joven. Y ante esta contestación, lo contemplaréis con atención y aun con cierto respeto. Su negligencia exagerada, su excesivo accionar, su risa demasiado estrepitosa, que os parecían hace un momento signo de despreocupación, conviértense a vuestros ojos en señal de cierta disposición de ánimo batalladora, habitual en todos los jóvenes que se han visto expuestos a algún peligro, y os imagináis que os va a explicar cómo tienen la culpa las balas de cañón y las bombas de que se viva tan mal en el cuarto baluarte.

¡De ningún modo! Se está mal porque el fango es muy profundo.

—Es imposible llegar hasta la batería — dice, y enseña sus botas sucias de lodo hasta el empeine.

—A mi mejor jefe de pieza lo han dejado hoy en el sitio —responde uno de sus compañeros. —Un balazo en la frente.

—¿Quién? ¿Miteschin?

—No, otro. Vamos, ¿vas a traerme o no la chuleta, bribón? —dice dirigiéndose al mozo.

Era Abrosnoff, un valiente de verdad; había tomado parte en seis salidas.

En el otro extremo de la mesa vese a dos oficiales de infantería dispuestos a dar fin a sendas chuletas con guisantes, regadas con un vinillo agrio de Crimea bautizado como Burdeos. El uno, joven, con cuello encarnado y dos estrellas en el capote, refiere a su vecino, que no lleva estrellas y sí negro el cuello, detalles sobre el combate de Alma. El primero está algo bebido; sus relatos, interrumpidos frecuentemente; su incierta mirada, que refleja la falta de confianza que éstos inspiran a su oyente, y las valentías que se atribuye, así como el color recargadísimo de sus cuadros, hacen comprender que se aparta, por completo de la verdad. Pero no os debéis preocupar de esas relaciones que oiréis durante mucho tiempo de un extremo a otro de Rusia; no sentís ya más que un deseo: trasladaros directamente al cuarto baluarte, del que de tan diversos modos os vienen hablando. Habréis observado cómo todo aquel que refiere haber estado allí, hacelo con satisfacción y orgullo, y que quien se dispone a ir, deja ver ligera emoción o afecta exagerada sangre fría. Si se da broma a alguno, invariablemente se le dirá:

—Anda, ve; vete al cuarto baluarte.

Si encontramos un herido en camilla, y queremos saber de dónde viene, la respuesta será casi siempre la misma:

—Del cuarto baluarte.

Sobre el terrible baluarte se han extendido dos opiniones distintas; primera, la de los que no pusieron allí nunca los pies, y para los cuales es inevitable tumba de sus defensores; después, la de los que, como el oficialito rubio, viven allí, y al hablar, dicen sencillamente si está seco el piso o fangoso, si hace calor o frío. En la media hora que pasasteis en el restaurant ha cambiado el tiempo; la niebla que se extendía sobre el mar se levantó; nubes apiñadas, grises, húmedas, ocultan el sol; el cielo está triste; cae una llovizna mezclada con menuda nieve, que moja los tejados, las aceras y los capotes de la tropa.

Transponiendo otra barricada, subiréis por la calle principal; allí ya no hay muestras en las tiendas; las casas están inhabitables; las puertas cerradas con tablones; hendidas las ventanas; ya la arista de un edificio desplomada, ya el muro perforado. Las casas, semejantes a veteranos carcomidos por el dolor y la miseria, parecen contemplaros con altivez y aun diríase que con desprecio. En el camino tropezáis a lo mejor con balas de cañón enterradas, o con agujeros llenos de agua, perforados por las bombas en el suelo pedregoso. Dejáis atrás los grupos de oficiales y soldados: encontráis alguna que otra mujer o un niño, pero aquí no lleva sombrero la mujer. Y la del marino, envuelta en una raída capa de pieles viejas se calzó recias botas de soldado. La calle baja en suave pendiente, pero ya no hay casas; sólo un montón informe de arcilla, piedras, tablas y vigas.

Ante, vosotros, sobre un cerro escarpado, extiéndese un espacio negro, fangoso, cortado por zanjas, y aquello es, precisamente, el baluarte número cuatro del recinto de Sebastopol.

Los transeúntes son más escasos; ya no se encuentran mujeres; los soldados caminan con paso vivo, algunas gotas de sangre manchan el piso, y veis venir cuatro individuos que llevan una camilla, y sobre ella un rostro de amarillenta palidez y un capote ensangrentado; si preguntáis a los camilleros dónde tiene la herida, os responderán secamente, con tono irascible, sin miraros:

—En el brazo, en la pierna. —si está muerto, si un proyectil le arrancó la cabeza, guardarán feroz silencio.

El silbido más próximo ya de las balas y las bombas, os impresiona desagradablemente mientras subís al cerró, y de pronto apreciáis de diferente manera que antes lo que significan los cañonazos oídos en la ciudad. No sé qué recuerdo apacible y dulce brillará entonces en vuestra memoria; vuestro yo íntimo os ocupará tan vivamente, que no pensaréis en observar lo que os rodea. Ni os dejaréis siquiera invadir por el penoso sentimiento de la irresolución. Sin embargo, la vista de aquel soldado que, con los brazos tendidos, trepa cuesta arriba sobre el fango líquido y pasa corriendo y riéndose a vuestro lado, impone silencio, a la tenue voz interior, consejero cobarde que se alzó en vuestro pecho ante el peligro. Os erguís a pesar vuestro, y levantando la cabeza, escaláis también la pendiente resbaladiza de la arcillosa montaña. Y no habéis dado aún muchos pasos cuando derecha e izquierda, zumban en vuestros oídos los proyectiles de la fusilería, y os preguntáis si no sería mejor marchar a cubierto por la trinchera que se alza paralelamente al camino; pero la trinchera está llena de barro líquido, amarillo y fétido, de tal modo, que por fuerza continuáis por donde ibais, y tanto más, cuanto que esta es la vereda de todo el mundo. Doscientos pasos mas allá, desembocareis en un terreno cubierto de terraplenes, cestones, traveses, cañones de hierro fundido y un montón de proyectiles simétricamente apilados. Aquel amontonamiento os produce la sensación del más extraño desorden desprovisto de todo objeto. A una parte, sobre la batería, aparece un grupo de marineros; más allá, hacia el centro, yace un cañón inútil sumergido en el lodo pegajoso, del cual un infante que, con el arma sobre el hombro, se dirige a la batería, retira con esfuerzo los pies uno tras otro. Sólo veis por doquiera entre ese mismo fango acuoso granadas sin estallar, cascos de bombas, balas de cañón, señales de toda suerte del campo de batalla... Os parece oír a corta distancia el ruido de un proyectil que cae, y por todas partes os llega el silbar de las granadas que, ora zumban como avispas, ora gimen y hienden los aires vibrando como una cuerda de instrumento, dominándolo todo el tronar siniestro del cañón, que os sacude de pies a cabeza aterrorizándoos.

—Este es el cuarto baluarte; el lugar verdaderamente terrible —os decís, experimentando ligera emoción de orgullo y otra inmensa de mal comprimido miedo. No es verdad; sois el juguete de una ilusión. Aquello no es aún el baluarte número cuatro; es el reducto de Jason, un puesto que, comparativamente no es ni de peligro ni espantoso. Para llegar al baluarte, tomad por aquella angosta trinchera que sigue agachándose el soldado. Podrá ser que halléis de nuevo camillas, marineros y soldados con azadones y palas; hilos conductores que van a las minas, abrigos de tierra, también fangosos, donde no pueden deslizarse arrastras más que dos hombres y donde los plastuny de los batallones del Mar

Negro viven, comen, fuman y se calzan entre trozos de hierro fundido de todas formas, esparcidos por doquier. Otros cien pasos más y llegáis a la batería, una planicie hendida por zanjas, rodeada de cestones, cubierta de tierra, de traveses y de cañones sobre sus explanadas. Tal vez encontraréis allí a cuatro o cinco marineros que juegan a los naipes, protegidos por el parapeto y un oficial de marina que, al ver aparecer una cara nueva, un curioso, se complacerá en iniciaros en los detalles de su domicilio y poderos dar todas las explicaciones que apetezcáis.

Aquel oficial, sentado sobre un cañón, lía con tanta tranquilidad un cigarrillo de papel amarillento, pasa tan descuidadamente de una cañonera a otra y os habla con sangre fría tan natural, que recobráis la vuestra a despecho de las balas que silban aquí en mayor número. Lo preguntáis y aun atendéis a sus relatos. El os describirá, si se lo indicáis, el bombardeo del 5, el estado de su batería con un solo cañón útil, y sus sirvientes reducidos a ocho, y que, no obstante el día 6 por la mañana, volvía a hacer fuego con todas sus piezas. Os contará igualmente cómo penetró una bomba el día 5 en un abrigo y destrozó a once marineros. A través de una tronera os indicará los atrincheramientos y baterías del enemigo, del cual os separa únicamente unas treinta y tantas sagenas. Aunque, temo que si os Inclináis sobre el plano de la cañonera para mirar mejor las posiciones enemigas no veáis nada, o que, si por ventura distinguís algo, os sorprendáis al saber que aquel murallón alto, y peñascoso que parece estar dos pasos y sobre el cual surgen nubecillas de humo, es precisamente el enemigo; él, como dicen soldados y marineros.

Es muy posible que el oficial, por vanidad o sencillamente sin propósito deliberado por entretenerse, quiera hacer fuego ante vos. A sus voces, el Jefe de pieza y los sirvientes, en total catorce marineros, se aproximaran alegremente al cañón para cargarlo; unos mordiendo un trozo de galleta, otros guardándose la negra y apestosa pipa en el bolsillo, mientras que sus claveteadas botas resuenan sobre la explanada. Examinad los semblantes de esos hombres, su aire resuelto, su ademán, y reconoceréis en cada uno de los pliegues del curtido rostro de pómulos salientes, en cada músculo, en la amplitud de los hombros, en el espesor de los pies, calzados con botas colosales, en cada movimiento tranquilo y reposado, los principales elementos de que se compone la fuerza de Rusia, la simplicidad de espíritu y de obstinación, veréis asimismo, que el peligro, las miserias y las penalidades de la guerra, han impreso en aquellas fisonomías la conciencia de su dignidad, de una idea elevada, de un sentimiento noble.

De súbito, formidable estrépitos os hace estremecer de pies a cabeza. Y oís enseguida silbar el proyectil que va alejándose, mientras que la tupida humareda de la pólvora envuelve la explanada y las negras caras de los marineros que entre ella se mueven.

Oíd sus dichos, fijaos en su animación, y descubriréis en ellos sentimientos que tal vez no esperabais encontrar: el del odio al enemigo, el de la venganza.

—Ha caído de lleno en la tronera; dos muertos; mira, ¡se los llevan!

Y gritan de júbilo.

—Pero míralo; le ha dolido, nos va a dar la vuelta — dice una voz, y en efecto, veis a poco brillar un fogonazo, seguir el humo, y que el centinela grita desde el parapeto.

—¡Cañón! —Silba, un proyectil cerca de vosotros y entiérrase en el suelo, que perfora, lanzando en torno suyo, una lluvia de terrones y de piedras. El comandante de la batería se amosea, vuelve a ordenar que carguen el segundo y el tercer cañón; contesta el enemigo, y experimentáis interesantes sensaciones.

Veis y oís cosas curiosísimas. El centinela avisa de nuevo «cañón» y el mismo fogonazo, igual ruido, igual golpe, salto igual de piedras se reproduce. Mas, si por el contrario grita, «mortero» os sentiréis impresionado por un silbido regular, quizá agradable, que no podréis unir en vuestra mente a nada terrible; va aproximándose, aumenta su rapidez, veis el globo negro caer en tierra y cómo estalla con crepitación metálica. Los cascos hienden los aires silbando y crujiendo las piedras, sacudidas, chocan entre sí, y el fango os salpica todo. Ante rumores tan diversos, sentís extraña mezcla de gozo y de terror.

Mientras veis el proyectil amenazando caer sobre vos, os acude a la imaginación infaliblemente la idea de que os ha de matar, pero el amor propio, os sostiene y a nadie dais a conocer el puñal que os taladra, el corazón.

Por eso, cuando pasó sin tocaros, renacéis por un instante, cierta sensación de inapreciable dulzura apodérase de vos, hasta el punto de que encontráis encanto particular en el peligro, en el juego de la vida y de la muerte. Hasta quisierais que la bala o la bomba cayese más cerca, muy cerca de donde estáis.

Pero he aquí que el centinela anuncia con voz fuerte y llena:

—¡Un mortero! —y repítense el silbido, el golpe y la explosión, acompañados esta vez de un grito humano.

Os acercáis al herido a la vez que los camilleros.

Revolcándose en el lodo mezclado de sangre, ofrece extraño aspecto; parte del pecho le fue arrancada por el casco. En el primer momento, su rostro, sucio de fango, no expresa más que el susto y la sensación prematura del dolor, sensación familiar al hombre en aquel estado; pero cuando traen la camilla, y en ella acuéstase él por sí mismo sobre el costado libre, exaltada expresión, ráfaga de una idea elevada y contenida viene a iluminar sus facciones.

Brillantes los ojos, apretados los dientes, levanta la cabeza con esfuerzo, y cuando los camilleros vacilan los detiene, y dirigiéndose a sus compañeros dice con voz temblorosa:

—¡Adiós; perdón hermanos!

Quisiera hablar más aún; se ve que trata le decir algo afectuoso, pero se limita a repetir: —¡Adiós, hermanos míos! ...

Uno de sus compañeros aproxímase a él, colócale la gorra en la cabeza y torna, con indiferente ademán a su cañón. Y ante la expresión de vuestra aterrorizada fisonomía, dice el oficial bostezando, mientras lía su cigarrillo de amarillento papel: —Lo de cada día, de seis a siete hombres.

¿Y ahora? Acabáis de ver a los defensores de Sebastopol en el lugar mismo de la defensa, y volvéis por vuestros mismos pasos, sin prestar, cosa extraña la menor atención a los proyectiles de cañón y de fusil que continúan cruzando, durante todo el camino hasta que llegáis a las ruinas del teatro. Marcháis con tranquilidad, con el espíritu conmovido y confortado, pues poseéis ya la consoladora, certeza, de que nunca, en ningún lugar será quebrantada la fuerza del pueblo ruso. Y esa seguridad la habéis sacado, no de la solidez de los parapetos y de las trincheras ingeniosamente combinadas, ni de las innumerables minas y cañones apilados unos sobre otros, y de todo aquello de que no comprendéis nada, sino de los ojos y las palabras y la actitud, de todo eso que se llama el espíritu de los defensores de Sebastopol.

Hay tanta sencillez y tan poco esfuerzo en cuanto, hacen, que os persuadís de que podrían, si fuera preciso, hacer cien veces más; que podrían hacerlo todo. Adivináis que los sentimientos que los impulsan no son los que habéis experimentado, vanidosos, mezquinos, sino otros más potentes que obligan a los hombres a vivir tranquilamente en el lodo, trabajando y en vela bajo los proyectiles, con cien suertes contra una de ser muertos, al revés de lo que constituye el lote común de sus semejantes. Y no es una cruz ni un ascenso; no es la fuerza de las amenazas lo que los somete a condiciones tan espantosas de existencia, es preciso que haya otro móvil más alto. Este móvil hállase en un sentimiento, que se manifiesta muy poco, que se oculta con pudor, pero que está profundamente arraigado en el corazón de todo ruso: el amor a la patria. Ahora tan sólo es cuando se han convertido en realidad, en hechos, aquellas relaciones que circulaban durante el primer período del sitio de Sebastopol; cuando no había, ni fortificaciones, ni soldados, ni posibilidad de mantenerse allí, no obstante, nadie admitía la idea de rendición, y aquellas palabras de Kordiloff, de ese héroe digno de la Grecia antigua, al decir a sus tropas: «Hijos míos, moriremos, pero no entregaremos a Sebastopol!» Y la respuesta de los valientes soldados, incapaces de hacer frase alguna: « ¡Moriremos, hurra!» ¡Así os representáis fácilmente, bajo las facciones de los que habéis visto, a los héroes de aquel período de prueba, que no perdieron el valor y que se aprestaron hasta con júbilo a morir, no por la defensa de la ciudad, sino por la de la patria! ¡Rusia conservará durante mucho tiempo las señales sublimes de la epopeya de Sebastopol, de la que el pueblo ruso ha sido el héroe!...

Declina la tarde; el sol, que va a desaparecer en el horizonte, hiende las nubes grises que lo ocultan e ilumina con sus rayos de púrpura el mar de verdosos reflejos, ondulado ligeramente, cubierto de navíos y otros buques, y las casitas blancas de la ciudad y la población que allí se mueve. En el bulevar, la música de un regimiento toca un antiguo vals, a cuyas notas, que a lo lejos transmite el agua, únese el estampido de los cañonazos en acompañamiento extraño y sorprendente.

SEBASTOPOL EN MAYO DE 1855.

Seis meses han transcurrido desde que la primera bomba lanzada de las fortificaciones de Sebastopol perforó la tierra, arrojándola sobre los trabajos del enemigo; desde aquel día, miles de bombas, granadas y balas de cañón y de fusil no han cesado de cruzar de los baluartes a las trincheras y de las trincheras a los baluartes, cerniéndose el ángel de la muerte sobre aquel espacio.

El amor propio de millares de seres, hase visto humillado en los unos, satisfecho en los otros, o apaciguado por el abrazo de la muerte. ¡Cuántos ataúdes color de rosa bajo envolturas de lienzo! Y siempre el mismo tronar en las murallas. Desde su campo, los franceses, impelidos por involuntario sentimiento de ansiedad y terror, examinan en una tarde serena el piso amarillento y hundido de los baluartes de Sebastopol, sobre los cuales van y vienen las obscuras siluetas de nuestros marinos; cuentan las troneras, de donde surgen cañones de hierro fundido de aspecto feroz; en la torrecilla del telégrafo, un sargento observa con un anteojo a los soldados enemigos, sus baterías, sus tiendas, el movimiento de sus columnas sobre el mamelón verde y el humo que sale de las trincheras; con igual ardor viene a converger de diferentes partes del mundo, sobre aquel sitio fatal, multitud formada por razas heterogéneas y movida por los más contradictorios apetitos. La pólvora y la sangre no consiguen resolver una cuestión que los diplomáticos no supieron zanjar.

I

En la sitiada Sebastopol, la música de un regimiento toca en el bulevar. Muchedumbre de militares y mujeres vestidas con el traje de los domingos, paséase por las avenidas. El sol espléndido de primavera, salió por la mañana sobre las obras de sitio de los ingleses, pasó luego sobre los baluartes, sobre la ciudad y sobre el cuartel Nicolás, esparciendo alegremente para todos por igual su luz vivificadora; ahora ya, desciende hacia el lejano azul del mar, que ondula blandamente, rielando con facetas de plata.

Un oficial de infantería, de elevada estatura, ligeramente encorvado, sale, calzándose los guantes de dudosa blancura, pero presentables aún, de una de las casitas de marineros construidas a la izquierda de la calle de la Marina. Dirígese hacia el bulevar mirándose las botas con aspecto distraído. La expresión de su rostro, francamente feo, no revela gran capacidad intelectual; pero la buena fe, el buen sentido, la honradez y el amor al orden se leen en él con claridad. Es poco airoso, y parece sentir alguna confusión por la torpeza de sus movimientos. Cubierto con una gorra usada, viste capote de extraño color tirando a lila, bajo el cual se distingue la cadena de oro del reloj; el pantalón es de trabillas y las botas limpias y relucientes, Si sus facciones no atestiguaran su origen puramente ruso, tomárasele por alemán, por un ayudante de campo o por el oficial de tren de un regimiento (es verdad que le faltan las espuelas), o bien por uno de aquellos oficiales de caballería que han permutado para tomar parte en la campaña. Esto era efectivamente, y al subir hacia el bulevar pensaba en la carta que había recibido poco antes de un ex—compañero suyo, en la actualidad propietario en el Gobierno de F... y pensaba también en la mujer de aquel compañero, la pálida Natacha, de ojos azules, su gran amiga; recordando, sobre todo, el siguiente párrafo:

«Cuando llega El Inválido, Pupka (así llama el ex—hulano a su mujer) precipítase a la antesala, se apodera del periódico y se arroja sobre el dos—a—dos del berceau en el salón donde pasamos tan buenas veladas de invierno contigo cuando tu regimiento estuvo de guarnición en esta ciudad. ¡No puedes figurarte con qué entusiasmo lee las relaciones de vuestras heroicas hazañas! ¡Mikhailof, repite con frecuencia hablando de ti, es una perle; me arrojaré a su cuello cuando lo vea! Se bate en los baluartes: Il se bat sur les bastions, lui, y le darán la cruz de San Jorge, y hablarán de él todos los periódicos. En fin, que casi comienzo a sentir celos de ti. Los diarios tardan muchísimo en llegar, y a pesar de que mil noticias corren de boca en boca, no es posible dar a todas crédito. Por ejemplo, tus excelentes amigas las demoiselles a musique, referían ayer que Napoleón, cogido prisionero por nuestros cosacos, había sido llevado a Petersburgo. ¡Ya comprenderás que en eso no pude creer!... Poco después, un recién llegado de la capital, un funcionario agregado al ministerio, joven encantador y el gran recurso para nuestra ciudad, ahora desierta, nos aseguraba que los nuestros habían ocupado Eupatoria, lo que impido a los franceses la comunicación con Balaklava ; que habíamos perdido doscientos hombres en la empresa, y ellos cerca de quince mil. Mi mujer sintió tanta alegría, que ha bamboché toda la noche, y sus presentimientos le dicen que has tomado parte en la expedición y te has distinguido...»

A pesar de las palabras, las expresiones subrayadas y el tono general de la carta, no podía menos el capitán Mikhailof de transportarse en pensamiento, con dulce y triste satisfacción, junto a su pálida amiga provinciana; recordando sus conversaciones sobre los sentimientos en el berceau del salón, y cómo su buen compañero el ex—hulano se enfadaba y les ponía multas en las partidas de naipes a tanto de un kopek, cuando lograban organizar alguna en el gabinete, y cómo su mujer se burlaba de él riendo, recordaba la amistad que aquellas buenas gentes le demostraban siempre, y ¡quién sabe si había algo más que amistad por parte de su pálida amiga! Todas aquellas figuras evocadas de un cuadro familiar surgían en su imaginación, que les prestaba maravilloso y dulce encanto. Veíalas de color de rosa, y sonriendo ante aquellas imágenes, oprimía cariñosamente con la mano la carta allá en el fondo del bolsillo.

Tales recuerdos transportaron involuntariamente al capitán a sus esperanzas, a sus sueños.

—¡Cuánto será —decíase mientras seguía por la angosta calleja, —el asombro y la alegría de Natacha cuando lea en El Inválido que he sido el primero en coger un cañón y que me han dado la Cruz de San Jorge! Debo ascender a capitán mayor, ya hace mucho tiempo que estoy propuesto, y me será después muy fácil, en el transcurso del año, llegar a jefe de batallón (comandante de ejército); pues muchos son muertos y no pocos lo habrán de ser aún en esa campaña. Mas adelante, en cualquiera otra acción futura, cuando me haya dado bien a conocer, me darán un regimiento, y heme aquí ya teniente coronel, comendador de Santa Ana; luego coronel...

Y se veía ya General, honrando, con su visita a Natacha, la viuda de su compañero (el cual, para sus cálculos, debía morirse por entonces), cuando los acordes de la música militar llegaron distintamente a sus oídos; la multitud de paseantes atrajo sus miradas y encontróse en el bulevar tal y como era, es decir, capitán de segunda clase de infantería.

II

Acercóse desde luego al pabellón junto al en que tocaban algunos músicos: unos cuantos soldados del mismo regimiento les servían de atriles, para lo cual mantenían abiertos ante ellos los papeles de música, y un no muy numeroso círculo los rodeaba: furrieles, sargentos, criadas y chiquillos ocupados más en mirar que en oír. En torno del pabellón, marinos, ayudantes de oficiales con guante blanco, permanecían de pie o sentados, o paseaban; más lejos, en el paseo central, veíase una mezcla de oficiales de todas armas y mujeres de todas clases, algunas con sombrero, la mayoría de pañuelo a la cabeza; otras no llevaban ni sombrero ni pañuelo, pero, cosa particular, no había viejas; todas eran jóvenes.

Más abajo, en las calles sombrías y olorosas de acacias blancas, distinguíanse algunos grupos aislados, en reposo o en marcha. Al ver al capitán Mikhailof, nadie demostró el menor júbilo, a excepción quizá de los capitanes de su regimiento Objogof y Suslikof, que le estrecharon la mano calurosamente; pero el primera no llevaba guantes, sino pantalón de piel de camello y capote raído, y su cara, encendida aparecía, cubierta de sudor; el segundo hablaba a gritos, con un desenfado molestísimo.

En fin, que no era muy halagüeño pasearse con tal compañía, sobre todo, en presencia de oficiales enguantados. Entre éstos se encontraba, un ayudante de campo con el que Mikhailof cambió un saludo, y un oficial de Estado Mayor, al que también hubiera podido saludar por haberse visto con él dos veces en casa de un amigo común. No sentía, pues, positivamente, ningún placer en pasear con aquellos dos compañeros, que encontraba cinco o seis veces al día, y a los cuales estrechaba todas ellas la mamo; no había venido al paseo para semejante cosa.

Hubiera querido acercarse al ayudante de campo con el cual cambiara el saludo, y alternar con aquellos caballeros, no para que los capitanes Objogof, Suslikof, el teniente Paschtezky y otros le vieran con ellos en conversación, sino sencillamente porque eran personas agradables al corriente de las noticias, y que le habrían referido algo nuevo. ¿Por qué tiene miedo Mikhailof y no se decide a abordarlos? ¿Es que se pregunta con inquietud lo que hará si esos señores no le devuelven el saludo; si continúan charlando entre sí, haciendo como que no le han visto y si se alejan dejándolo solo entre los aristócratas? La palabra aristócrata, en sentido de grupo escogido, entresacado del montón, perteneciente a cualquier clase, ha adquirido desde hace algún tiempo entre nosotros, en Rusia, donde no debiera haber echado raíces, a lo que parece, extraordinaria popularidad, penetrando en todas las capas sociales en donde la vanidad se infiltrara. ¿Y dónde no se infiltra tan lamentable flaqueza? En todas partes, entre los empleados, los comerciantes, los furrieles, los oficiales; en Saratof, en Mamadisch, en Venitsy, en tina palabra, doquiera que haya hombres. Ahora bien: como en la ciudad sitiada de Sebastopol hay muchos hombres, hay también muchísima vanidad; lo cual quiere decir que los aristócratas están en gran número, por más que la muerte se cierna constantemente sobre las cabezas de todos, aristócratas o no.

Para el capitán Objogof, el capitán de segunda, Mikhailof, es un aristócrata; para el capitán de segunda, Mikhailof, el ayudante de campo Kaluguin será un aristócrata, porque es tal ayudante de campo, y se trata con tal otro ayudante; en fin, para Kaluguin, el conde Nordof será un aristócrata, porque es ayudante del Emperador.

Vanidad, vanidad y sólo vanidad ¡Hasta junto al ataúd y entre gentes prontas a morir por una idea elevada! ¿No será, la vanidad el rasgo característico, la enfermedad que distingue al siglo actual? ¿Por qué no se conocía en otro tiempo esta debilidad, más de lo que eran conocidos el cólera o las viruelas?

¿Por qué no existen en nuestros días más que tres clases de hombres: unos que aceptan la vanidad como un hecho existente, necesario, y por consecuencia justo, y que se someten a él libremente; otros que la consideran como un elemento nefasto, pero imposible de destruir, y los últimos que obran bajo su influencia con inconsciente servilismo? ¿Por qué los Homeros y los Shakespeare hablan de amor, de gloria y de sufrimientos mientras que la literatura de nuestro siglo abarca sólo la interminable historia del snobismo de la vanidad?

Mikhailof, siempre indeciso, pasó dos veces por delante del grupito de aristócratas; a la tercera, haciéndose violencia, se aproximó a ellos. El grupo se componía de cuatro oficiales, el ayudante de campo Kaluguin, a quien Mikhailof conocía; el también ayudante de campo príncipe Galtzin, aristócrata para el mismo Kaluguin; el coronel Neferdof, uno de los ciento veintidós (apellidábase así un grupo de oficiales de la buena sociedad que habían vuelto al servicio para tomar parte en la guerra), y por último, el capitán de caballería, Praskunin, que también figuraba entre los ciento veintidós. Afortunadamente para Mikhailof, Kaluguin, estaba en la mejor disposición de ánimo (acababa de hablar el General muy confidencialmente con él y el príncipe Galtzin, recién llegado de Petersburgo, habíase detenido en su casa), así es que no creyó comprometerse tendiendo la mano a un capitán de segunda. Praskunin no se decidió a tanto, aunque encontraba a menudo a Mikhailof en el baluarte y hubiese bebido más de una vez de su vino y su aguardiente, y hasta le debiera además aún doce rublos y medio de una partida de favor. Como conocía poco al príncipe Galtzin, no le agradaba demostrar ante él su intimidad con un segundo capitán de infantería; se limitó, pues a saludar a éste ligeramente.

—Y bien, capitán —dijo Kaluguin,— ¿cuándo volvemos a ese baluarte de tres al cuarto? ¿Se acuerda usted de nuestro encuentro en el reducto Schwarz?

¡Se batía bien el cobre! ¿Eh?

— Sí, se batía — respondió Mikhailof, recordando aquella noche en que, al subir por la trinchera hacia el baluarte, encontró a Kaluguin que caminaba con desenvoltura haciendo sonar de firme su sable ­ No me tocaba ir hasta mañana — prosiguió, — pero tenemos un oficial enfermo...

Y se disponía a contar cómo, aunque no le correspondiera el turno, había creído deber ocupar el puesto del teniente Nepchissetzky, porque el comandante de la compañía estaba también enfermo y sólo quedaba, un cadete; pero Kaluguin no le dejó concluir.

—Presiento — dijo, volviéndose hacia el príncipe, Galtzin — que tendremos algo estos días.

—¿Y no pudiera ser que ese algo, ocurriese hoy? — preguntó tímidamente Mikhailof, mirando uno tras otro a Kaluguin y Galtzin.

Nadie le contestó; el Príncipe hizo un ligero mohín, y dirigiendo una mirada por encima de la gorra de Mikhailof.

—¡Qué bonita, muchacha! — dijo tras unos minutos de silencio, —allá abajo, con el pañuelo colorado.

¿La conoce usted, capitán?

—Es hija de un marinero; vive junto a mi casa —respondió éste.

—Vamos a verla más de cerca.

Y el príncipe Galtzin se cogió del brazo: por un lado a Galuguin, por el otro, al capitán de segunda, persuadido de que proporcionaba a éste, al proceder así, viva satisfacción. Y no se engañaba. Mikhailof era supersticioso, y a sus ojos, gran pecado ocuparse de mujeres antes de entrar en fuego; pero aquel día se las echó de libertino. Ni Kaluguin ni Galtzin se dejaron engañar; la joven del pañuelo de color se sorprendió mucho, pues más de una vez había observado que el capitán se ponía colorado al pasar ante su ventana. Praskunin iba detrás de los otros y daba con el codo al Príncipe, haciendo toda suerte de comentarios en francés, pero como el estrecho callejón de árboles no les permitía marchar los cuatro de frente, tuvo que quedarse atrás y cogerse, en la segunda vuelta, al brazo de Servraguine, oficial de marina, conocido por su bravura excepcional y muy deseoso de mezclarse al grupo de los aristócratas.

Este valiente pasó con júbilo su mano honrada y musculosa sobre el brazo de Praskunin, a pesar de saber que éste no era de lo más intachable ni mucho menos. Para explicar al príncipe Galtzin su intimidad con aquel marino, Praskunin murmuró a su oído que era un bravo de gran reputación; pero el Príncipe, que estuviera la víspera en el cuarto baluarte, y vio allí estallar una bomba a veinte pasos de su persona, considerábase igual en valor a aquel caballero; así es que, convencido de que la mayor parte de las reputaciones son exageradas, no prestó la menor atención a Servraguine.

Mikhailof se sentía tan gozoso al pasear con tan brillante compañía, que ya ni se acordaba de la preciada carta de F... ni de las lúgubres reflexiones que le asaltaran siempre que iba al baluarte. Permaneció, pues, con ellos hasta que lo excluyeron visiblemente de su conversación, evitando sus miradas como para darle a comprender que podía continuar solo su camino. Por fin, lo plantaron. A pesar de esto estaba tan satisfecho, que, permaneció indiferente ante la expresión altanera con que el junker barón Pesth, se incorporó, descubriéndose delante de él. Aquel joven se había vuelto muy orgulloso desde que pasara su primera noche bajo el blindaje del baluarte número 5, lo cual lo transformó en un héroe a sus propios ojos.

III

Apenas hubo transpuesto Mikhailof el umbral de su casa, cuando muy diferentes pensamientos asaltaron su imaginación. Volvió a contemplar su reducido cuarto, en el que la tierra apisonada formaba el pavimento; sus ventanas deformes, cuyos cristales ausentes habían sido reemplazados por trozos de papel; su antigua cama, sobre la cual velase clavado en la pared un tapiz viejo que representaba una amazona; las dos pistolas de Tula colgadas a la cabecera, y allí mismo, al lado, otra cama poco limpia cubierta con una colcha de percal; la del junker, que compartía con él el alojamiento. Y vio a su asistente Nikita que se levantó del suelo donde estaba sentado, rascándose la pelambrera grasienta y enmarañada, y la capa vieja, las botas de servicio, y el paquete preparado para pasar la noche en el baluarte; una servilleta de la cual salía el canto de un trozo de queso, y el cuello de una botella de aguardiente.

De pronto se acordó que aquella misma noche debía conducir su compañía a las casasmatas.

—Me matarán, es la. Fija — díjose, —lo presiento; tanto más, cuanto que me he ofrecido yo mismo a ir, y el que hace un servicio voluntario está siempre seguro de morir en él. ¿Y qué enfermedad será la de ese maldito Nepchissetzky? ¿Quién sabe? ¡Puede ser que lo esté mucho!... Y gracias a él matarán a un hombre; sí, lo matarán, de seguro. Aunque... si no me matan, me incluirán en propuesta... Ya he visto la satisfacción del coronel cuando le pedí licencia para reemplazar a Nepchissetzky, por estar enfermo.

¡Si no es el empleo de mayor será la cruz de Vladimiro, seguramente! Y es la décima tercera vez que voy al baluarte. ¡Oh, oh!, 13; mal número, me matarán de fijo; tengo la certeza, lo siento. Sin embargo, la compañía no puede ir con un cadete. Y si ocurriera algo... la honra del regimiento, la del ejército, podría verse comprometida... Mi deber es ir...

Sí; deber sagrado... Pero de todas maneras, tengo el presentimiento...

Y el capitán olvidábase de que había tenido ese mismo presentimiento, con más o menos fuerza, cada vez que fue al baluarte, e ignoraba que todos cuantos han de entrar en fuego lo experimentan siempre, bien que con diferente intensidad. Pero más tranquilo por la noción del deber que había desarrollado particularmente, sentóse a la mesa y escribió una carta, de despedida a su padre; a los diez minutos, con los ojos húmedos, levantóse y comenzó a vestirse, repitiendo mentalmente todas las oraciones que sabía de memoria. Su asistente, un animalote, medio borracho lo ayudó a ponerse la levita nueva, pues la vieja que usaba de ordinario para ir al baluarte no estaba recompuesta.

—¿Por qué no has arreglado la levita? —No piensas más que en dormir, animal.

—¡Dormir...— gruñó Nikita,— cuando todo el día hay que correr como un perro; se revienta uno! ¡Y después de esto aun habrá que no dormir!

—Vuelves a estar borracho, por lo que veo.

—No he bebido con su dinero de usted, ¿por qué me regaña?...

—¡Silencio, bruto! —gritó el capitán, pronto a sacudir al asistente.

Nervioso y agitado como estaba ya, la estupidez de Nikita hacíale perder la paciencia. No obstante, apreciaba a aquel hombre, y aun lo toleraba más de lo debido. Teníalo junto sí hacía más de doce años.

—¡Bruto, bruto! —repetía el soldado. —¿Por qué me injuria usted, señor? ¡Y en qué momento! ¡No está bien insultarme!

Mikhailof recordó a qué lugar iba y le dio vergüenza.

—Harás perder la paciencia a un santo, Nikita — dijo con voz más afable.— Deja ahí sobre la mesa esta carta dirigida a mi padre; no la toques ­añadió ruborizándose.

—¡Está bien! —repuso Nikita enterneciéndose bajo la influencia del vino que bebiera con su propio dinero, según decía, y entornando los ojos prestos a llorar.

De tal modo, que cuando el capitán le gritó al salir de la casa: —¡Adiós Nikita! —estalló en ahogados sollozos, y cogiendo la mano de su amo, besósela con gruñidos, repitiendo:

—¡Adiós, barina, adiós!

Una vieja, mujer de marinero, que estaba sentada en el umbral, no pudo menos, como buena mujeruca, de tomar parte en aquella escena de enternecimiento: frotándose los ojos con la sucia manga de su vestido, masculló algo a propósito de los amos, que también habían de soportar tantos males, y refirió por centésima vez al ebrio Nikita, cómo ella, la infeliz, quedo viuda como fue muerto su marido en el primer bombardeo, y derribada su casita, pues la que habitaba ahora no era de su propiedad, etc. Cuando el capitán se alejó, Nikita encendió su pipa, rogó a la hija de la patrona que fuera a traer aguardiente, y enjugó bien pronto sus lágrimas, concluyendo por pelearse con la vieja, por causa de un vaso que, según decía, ésta le había roto.

—Aunque puede ser que sólo resulte herido... —decía Mikhailof, al obscurecer, acercándose ya, al baluarte a la cabeza, de su compañía. —¿Pero dónde? ¿Aquí? o...

Y se tocaba con el dedo sucesivamente el abdomen y el pecho.

—Si siquiera, fuese aquí— pensaba, señalando, la parte superior del muslo— y si la bala no tocase el hueso... ¡Pero si es un casco de granada se concluyó!

Llegó felizmente a las casasmatas, siguiendo por las trincheras, en la más completa obscuridad; con auxilio de un oficial de zapadores, puso su gente al trabajo, y después se sentó en un pozo de tirador al abrigo del parapeto. Tirábase muy poco; de tiempo en tiempo, ora en nuestro campo, ora allá, brillaba un fogonazo, y la mecha encendida de la bomba trazaba un arco de fuego en el obscuro estrellado cielo pero caían muy lejos los proyectiles; detrás o a la derecha del alojamiento en que el capitán habíase ocultado sentándose en el fondo de su cavidad.

Comió un trozo de queso, bebió un trago de aguardiente, encendió un cigarrillo, y rezadas sus oraciones, procuró dormir.

IV

El príncipe Galtzin, el teniente coronel Neferdof y Praskunin (á quien nadie había invitado y con el que nadie hablaba, pero que así y todo los seguía) abandonaron el bulevar para ir a tomar el te a casa de Kaluguin.

—Concluye de una vez la historia sobre Vaska Mendel —decía Kaluguin, que despojándose de la capa se había sentado junto a la ventana en un sillón bien relleno, mientras se desabrochaba el cuello de su fina camisa de holanda almidonada cuidadosamente.

—¿Cómo se ha vuelto a casar?

— Es curiosísimo, os lo aseguro.

—Por entonces no se hablaba de otra cosa en Petersburgo —respondió riendo el príncipe Galtzin.

Y separándose del plano, junto al que se había sentado, acercóse a la ventana.

— Es de lo que no hay. Conozco todos los detalles...

Y vivamente, con ingenio y jovialidad, púsose a referir la historia de una intriga amorosa, que pasaremos en silencio, dado el poco interés que nos ofrece. Lo que chocaba más en todos los presentes, el uno sentado sobre el alféizar de la ventana, el otro al piano y el tercero sobre un mueble con las piernas recogidas, era que parecían otros hombres completamente distintos de los que antes viéramos en el bulevar. Ni el ceño altivo ni la ridícula afectación aparentada, con los oficiales de infantería; allí, en familia, mostrábanse tal como eran, buenos chicos, alegres y dispuestos. La conversación giraba sobre sus compañeros y amistades de Petersburgo.

— ¿Y Maslovsky?

— ¿Quién? ¿el hulano o el de caballería de la Guardia?

—Conozco a los dos. En mis tiempos el de la Guardia era un muchacho recién salido de la escuela.

¿Y el mayor, es capitán?

—Sí, desde hace mucho tiempo.

—¿Está aún con su gitana?

—No la dejó ya.

— Y la conversación prosiguió en aquel tono.

El príncipe Galtzin cantó muy bien una canción gitana acompañándose al piano. Praskunin, sin que nadie se lo rogara, le hizo el dúo, y con tal maestría, que lo obligaron a repetirla, lo que lo envaneció mucho.

Un criado trajo, sobre una bandeja de plata, el te con crema y hojaldres.

—Sírvele al Príncipe —le dijo Kaluguin.

—¿No es extraño —siguió Galtzin bebiendo su taza junto a la ventana— pensar que estamos en una ciudad sitiada, y que tenemos piano y te con crema; todo ello, en una casa que me gustaría mucho habitar en Petersburgo?

— Si no tuviéramos siquiera esto —dijo el teniente coronel, hombre ya maduro, siempre descontento,— la existencia nos sería intolerable. ¡Esta continua espera de algún suceso... ver a diario morir gente; morir sin cesar!... y vivir en el fango, sin las menores comodidades.

—¿Y nuestros oficiales de infantería ­interrumpió Kaluguin,— que han de habitar en los baluartes con los soldados, y compartir con ellos la sopa bajo los blindajes? ¿Cómo se las arreglan?

—¿Cómo se las arreglan?

—¡No se cuidan de ropa, es verdad, durante diez días, pero son hombres admirables; verdaderos héroes!

Precisamente en aquel momento, entró un oficial de infantería en la estancia.

—Yo... he... traigo orden... de ver al General... a Vuestra Excelencia... de parte del general N... ­dijo saludando con timidez.

Kaluguin se levantó, y sin devolver el saludo al recién venido, sin invitarlo a que se sentara, con cierta cortesía mortificante y una sonrisa oficial, le rogó que esperase, y continuó hablando en francés con Galtzin sin hacer el menor caso del pobre oficial que permanecía plantado en medio de la habitación y no sabía qué hacer de su persona.

—Vengo a un asunto urgente —dijo por fin tras un minuto de silencio.

—Si es así, haga usted el favor de venir conmigo.

Y Kaluguin cogió su capa y dirigióse a la puerta.

Pocos instantes después volvía de casa del General.

—Vamos, amigos; creo que esta noche arreciara la cosa.

—¿Qué, una salida? —preguntaron los dos a la vez.

—No sé; ya lo veréis —respondió con sonrisa enigmática.

—Mi comandante está en las fortificaciones; tengo precisión de ir —dijo Praskunin ciñéndose el sable.

Nadie le contestó; ya debía saber él de sobra lo que tenía que hacer.

Praskunin y Neferdof salieron con dirección a sus puestos.

—Adiós, caballeros; hasta la vista; ya nos encontraremos esta noche —gritóles Kaluguin desde la ventana, mientras que ambos se alejaban al trote largo, inclinándose sobre el arzón de sus monturas cosacas.

El ruido de los cascos de sus caballos se desvaneció bien pronto en la obscura calle.

—Vamos, dime: ¿de verdad habrá algo esta noche?

—dijo Galtzin, de codos junto a Kaluguin sobre el alféizar de la ventana, desde donde contemplaban cruzar las bombas sobre las fortificaciones.

—A ti te lo puedo decir; ¿has estado en los baluartes?

¿Sí?

Aunque Galtzin sólo estuviera una vez respondió con ademán afirmativo.

—Pues bien, frente a nuestra luneta había una trinchera...

Y Kaluguin, que no era un especialista, pero que estaba convencido de la exactitud de sus juicios militares, púsose a explicar, embrollándose y empleando a roso y belloso los términos técnicos de fortificación, el estado de nuestros trabajos, las disposiciones del enemigo y el plan de la empresa que se preparaba.

—¡Hola, hola, empiezan a tirar de firme contra los alojamientos! ¿Va desde aquí o viene de allá esa que ha estallado?

Y los dos oficiales, apoyados en la ventana, miraban las líneas de fuego, trazadas por las bombas al cruzarse en el espacio; el humo blanco de la pólvora, los fogonazos que precedían a cada disparo e iluminaban durante un segundo el cielo azul casi negro, y oían el tronar del cañoneo que iba aumentando.

—¡Qué hermoso golpe de vista! —exclamó Kaluguin llamando la atención de su huésped sobre aquel espectáculo de belleza real. —¿Sabes que muchas veces no se pueden distinguir las estrellas de las bombas?

—Sí, es verdad; ahora la tomé por una estrella; pero va cayendo; mírala; revienta. Y aquel lucero, allí abajo, ¿cómo se llama? Parece una bomba.

—Tengo ya tanta costumbre de ver esto, que cuando vuelva a Rusia, en el cielo estrellado me parecerá contemplar constelaciones de bombas.

—¿Debo yo tomar parte en esta salida? —dijo el Príncipe tras una pausa.

— ¡Vaya una idea, querido! No pienses en ello; no te dejaré ir; no te faltará tiempo.

—¿De verdad? ¿Crees que puedo excusarme?

En aquel instante, y en la dirección de la mirada de ambos interlocutores, escuchóse entre el fragor de la artillería el crujido de terribles descargas de fusil, mientras mil fogonazos más pequeños surgían y brillaban en toda la línea.

—Mira, la cosa va de firme —dijo Kaluguin, — no puedo oír con calma este ruido de la fusilería; me conmueve todo. Gritan ¡hurra! —añadió aplicando el oído hacia los baluartes, de donde llegaba el clamor lejano y prolongado de millares de voces.

—¿Quiénes gritan ¡hurra!, ellos o nosotros?

—No lo sé, pero se deben batir cuerpo a cuerpo, de seguro; no se oye ya la fusilería.

Un oficial montado, seguido por un cosaco, llegó al galope bajo la ventana; allí se detuvo y echó pie a tierra.

—¿De dónde viene usted?

—Del baluarte, a ver al General.

—Vamos, ¿y qué hay? diga usted.

—Han atacado; ocupan los alojamientos. Los franceses han hecho avanzar sus reservas, atacando a los nuestros... sólo había dos batallones —decía el oficial con la voz sofocada.

Era el mismo que vino por la tarde, pero entonces se dirigió a la puerta, con aplomo.

—¿Y se han retirado?

—No —respondió el oficial con acento rudo. Ha llegado a tiempo un batallón; los hemos rechazado; pero el coronel del regimiento ha muerto y muchos oficiales; hacen falta refuerzos.

Y al decir esto, entró con Kaluguin en casa del General adonde no los seguiremos.

Cinco minutos después, Kaluguin pasaba hacia el baluarte sobre su caballo, montado a la cosaca, género de equitación que parece ocasionar a los ayudantes singular placer; llevaba algunas órdenes y debía esperar el resultado definitivo del choque. En cuanto al príncipe Galtzin, agitado por la penosa emoción que producen habitualmente en el espectador ocioso los indicios de que comienza un combate, salió apresuradamente a la calle para marchar sin rumbo fijo arriba y abajo.

V

Soldados que conducen a los heridos en camillas, sosteniendo en brazos a algunos; la calle obscura completamente, y a lo lejos luces que brillan en las ventanas de un hospital o el alojamiento de un oficial que vela. De los baluartes llega sin interrupción el estampido de los cañonazos de la fusilería, y continúan resplandores mil encendiendo el obscurísimo horizonte.

De tiempo en tiempo oyese el galopar de un ordenanza, el gemir de un herido, los pasos y las voces de los camilleros, y las exclamaciones de las mujeres asustadas, que de pie en el umbral de sus puertas, miran en dirección del cañoneo.

Entre estas últimas encontramos a nuestro conocido Nikita, a la vieja, viuda de un marinero, con la cual había hecho ya aquél las paces, y a la hija de esta última, niña de diez años.

—¡AY, Dios mío, Santísima Virgen Madre!

—murmura suspirando la pobre mujer, mientras sigue con la vista las bombas que cruzan por los aires de una parte a otra, semejantes a pelotas de fuego.

—¡Qué desgracia, qué desgracia! No era tan fuerte el primer bombardeo. Mira, mírala cómo revienta la maldita, allá en el barrio, encima precisamente de nuestra casa.

—No, es más lejos; siempre caen todas en el jardín de la tía Arina —dice la chicuela.

—¿Dónde estará mi amo? ¿Dónde estará ahora? —gime Nikita, borracho aún y balbuceando las palabras.

—¡Lo que quiero yo a este amo mío! ¡No se puede decir! Si, lo que Dios no permita, cometieran el pecado de matarlo, le aseguro a usted, comadre, que no respondo de lo que haría yo. De veras. Es un amo tan bueno... que... no hay palabras para decirlo... mire usted, yo no lo cambiaría por aquellos que juegan a los naipes ahí dentro; de verdad. Puff — concluyó por decir Nikita, señalando el cuarto de su capitán donde el junker Ivatchesky había organizado con algunos cadetes una orgía en pequeño, para remojar la cruz que acababa de recibir.

—¡Cuántas estrellas! ¡Cuántas estrellas que corren! —exclamó la niña rompiendo el silencio que siguiese al discurso de Nikita. —¡Allí, allí cae otra! ¿Por qué caen así, mamaíta?

—¡Destruirán nuestra barraca! —decía tan sólo la pobre vieja, suspirando y sin contestar a su hija.

—Hoy —continuó con entonación de canturria la charlatancilla— hoy he visto en el cuarto del tío, junto al armario, una bala muy grande; ha agujereado el techo y ha caído derecha, derecha en el cuarto. Mira, es tan grande, que no se la puede levantar en peso.

—Las que tienen marido y dinero se han marchado —proseguía la vieja— y yo no tengo más que una barraca y me la destruyen... ¡Mira, mira cómo tiran los malvados! ¡Señor! ¡Dios mío! Cuando yo salía de casa del tío —continuó la niña,— ha caído una bomba allí derecha, derecha; ha reventado, con mucho ruido. Levantó la tierra por muchos sitios, y por poquito, por poquito, nos alcanza uno de los pedazos.

VI

El príncipe Galtzin iba encontrando cada vez en mayor número, heridos transportados en camillas y otros muchos que se arrastraban por sus pies, o bien se sostenían mutuamente hablando con calor.

—Cuando cayeron sobre nosotros, hermanos — decía con voz de bajo un soldado de elevada estatura que llevaba dos fusiles al hombro ­cuando cayeron sobre, nosotros gritando: ¡Allah, Allah! se agolpaban unos sobre otros. Morían los primeros y otros subían detrás. Nada se podía hacer; ¡había tantos, tantos!

—¿Vienes del baluarte? —preguntó Galtzin, interrumpiendo al orador.

—Sí, Vuestra Nobleza.

—Y bien, ¿qué ha pasado allí? Cuenta.

—¿Lo que ha pasado?... Pues... mire Vuestra Nobleza, su fuerza nos rodeó; treparon al parapeto, y allí pudieron más que nosotros.

—¿Cómo más? ¿Pero no los habéis rechazado?

—¡Vaya! ¡Pues! ¡Sí!... — ¡Rechazado!... Cuando toda su fuerza vino, sobre nosotros; mató a todos nosotros... y sin socorros...

El soldado se equivocaba, pues habíamos conservado la trinchera; pero cosa rara y que cualquiera puede comprobar, todo soldado herido en una acción de guerra la cree perdida siempre, y terriblemente sangrienta.

—Sin embargo, me han dicho que los habéis rechazado —replicó con mal humor Galtzin. —¿Será quizá después que te retiraste?... ¿Hace mucho?

—Ahora mismo, Vuestra Nobleza; la trinchera debe ser suya; nos llevaban ventaja.

—¿Pero, no os ha dado vergüenza? ¡Abandonar la trinchera! ¡Es horroroso! —dijo Galtzin, indignado por la indiferencia de aquel hombre.

_ ¿Y cómo no, cuando él es más fuerte?

_ ¡Eh; Vuestra Nobleza! —dijo entonces un soldado conducido en camilla. —¿Cómo no abandonarla cuando nos matan a todos? ¡Ah! Sí hubiéramos tenido la fuerza no la hubiésemos abandonado nunca. ¿Pero qué hacer? Yo acababa de pinchar a uno cuando recibí el golpe. Con cuidado hermanos, con cuidado: ¡ay! por favor gemía el herido.

—Vamos; se vuelve demasiada gente ­dijo Galtzin deteniendo otra vez al soldado de los dos fusiles. —¿Por qué te retiras tú, eh? ¡Alto!

El soldado obedeció, quitándose la gorra con la mano izquierda.

—¿Adónde vas? —siguió severamente el Príncipe

—¿Y quién te ha permitido retirarte?

Pero entonces, habiéndose acercado más, vio que el brazo derecho del soldado estaba cubierto de sangre hasta el codo.

—Estoy herido, Vuestra Nobleza.

—¡Herido! ¿Dónde?

—Aquí, de bala —y enseñó su brazo. —Pero no sé lo que me han roto también aquí.

Y bajando la cabeza, dejó ver sobre la nuca mechones de cabellos pegados entre sí por la sangre coagulada.

—Y ese fusil, ¿de quién es?

—Es una carabina francesa, Vuestra Nobleza; la he cogido. No me hubiera retirado, pera era preciso conducir a este soldadillo; puede caerse —y el hombre señaló a un infante que marchaba algunos pasos delante de ellos arrastrando penosamente la pierna izquierda.

El príncipe Galtzin sintióse cruelmente avergonzado de sus injustas sospechas, y conociendo que se turbaba, volvió el rostro, y sin preguntar ni vigilar ya a los heridos dirigióse a la ambulancia.

Abriéndose camino con trabajo hasta el portal, a través de los soldados, parihuelas, camilleros que entraban con heridos y salían con cadáveres, penetró en la Primera sala, lanzó una ojeada, en torno suyo, retrocedió involuntariamente y salió con apresuramiento a la calle. Lo que acaba de ver era demasiado horrible.

VII

La gran sala, sombría y de elevado techo, iluminada solamente por cuatro o cinco bujías que los médicos transportaban para examinar a los pacientes, estaba, tal como suena, atestada de gente. Los camilleros traían sin cesar nuevos heridos y los depositaban uno junto a otro en tierra; la prisa era tal, que los infelices se empujaban, bañándose en la sangre de sus vecinos. Charcos de ella se estancaban en los huecos vacíos; la respiración febril de algunos centenares de hombres, el sudor de los portadores de heridos, desprendía de si una atmósfera pesada, espesa, pestífera, en la que ardían sin brillo las bujías encendidas en diferentes puntos de la sala; sentíase murmullo confuso de gemidos, suspiros, ronquidos, que gritos penetrantes interrumpían. Algunas hermanas, cuyos tranquilos rostros expresaban no la compasión fútil y lacrimosa de la mujer, sino interés despierto y vivo, se deslizaban de acá para allá entre los capotes y las camisas ensangrentadas, pasando a veces sobre los heridos para llevarles medicamentos, agua, vendajes e hilas. Los médicos, con las mangas remangadas, arrodillados ante los heridos, bajo la luz de las teas que sus ayudantes sostenían, examinaban y sondaban las heridas sin hacer caso de los gritos espantosos y de las súplicas de los pacientes.

Sentado sobre una manta junto a la puerta un mayor inscribía el número 532.

—Iván Bogosef, fusilero, de la 3º compañía, del regimiento, de C... fractura femuris complicata ­gritaba al otro extremo de la sala uno de los cirujanos, mientras curaba una pierna rota— ¡Volvedle!

—¡Ay, ay! padres míos —murmuraba roncamente el soldado, suplicando que lo dejaran tranquilo.

—Perforatio capitis. Simón Neferdof, teniente coronel del regimiento N. Tenga usted un poco de paciencia, coronel; no hay medio... tendré que dejarle a usted ahí —decía un tercero que sondaba con una especie de corchete en la cabeza al desventurado oficial.

—¡En nombre del Cielo, concluya usted de una vez!

—Perforatio pectoris. Sebastián Sereda, de infantería, ¿qué regimiento? Por lo demás es inútil; no lo inscriba usted, moritur. Llevárselo añadió el médico alejándose del moribundo, que con la vista vidriosa y extraviada agonizaba ya.

Unos cuarenta soldados camilleros esperaban su carga a la puerta: de vivos enviados al hospital y de muertos a la capilla. Aguardaban silenciosos, y a veces escapábaseles algún suspiro, mientras contemplaban aquel cuadro.

VIII

Kaluguin encontró muchos más heridos al dirigirse al baluarte. Conociendo prácticamente la influencia perjudicial que este espectáculo produce en el ánimo do todo hombre que va a entrar en fuego, no tan sólo no los detuvo para interrogarlos, sino que se esforzó en no prestar atención a tales encuentros.

Al pie de la montaña se cruzó con un oficial de órdenes, que bajaba del baluarte a rienda suelta.

—¡Zobkin, Zobkin! un momento.

—¿Qué?

—¿De dónde viene usted?

—De los alojamientos.

—Y bien, ¿qué pasa allí? ¿Arrecia la cosa?

—¡Oh! terriblemente.

Y el oficial se alejó al galope. La fusilería parecía ir cesando; en cambio el cañoneo proseguía con nuevo vigor.

—¡Hum! mal negocio— pensó Kaluguin.

Experimentaba una sensación indefinible muy desagradable; hasta llegó a tener un presentimiento, es decir, una idea muy común... la idea, de la muerte.

Kaluguin tenía amor propio y nervios de acero; era, en una palabra, lo que se ha convenido en apellidar un valiente. No se dejó, pues, dominar por aquella primera impresión, sino que reanimó su valor recordando el caso de un ayudante de Napoleón que regresó con la cabeza ensangrentada, después de transmitir una orden urgente.

—¿Está usted herido? —le preguntó el Emperador.

—Con permiso de Vuestra Majestad, ¡estoy muerto! —respondió el ayudante, que cayendo del caballo expiró en el sitio.

Aquella anécdota le gustaba. Colocándose, con la imaginación en el puesto de aquel ayudante, fustigó a su caballo, adoptó un aire más a la cosaca, alineándose con una mirada con el ordenanza que lo seguía al trote apoyado en los estribos, llegó al punto donde debía desmontar. Allí encontró a cuatro soldados que fumaban su pipa sentados sobre unas piedras.

—¿Qué hacéis aquí? —les gritó.

—Mire Vuestra Nobleza; hemos transportado un herido, y descansábamos un poco —dijo uno de ellos, ocultando su pipa tras de la espalda y quitándose el gorro.

—¡Está bien!... ¡Descansáis! ¡Largo; a vuestros puestos!

Y poniéndose a su frente avanzó con ellos por la trinchera, encontrando heridos a cada momento.

En lo alto de la meseta giró a la izquierda, y encontróse, algunos pasos más allá, completamente solo.

Un casco de bomba, silbó muy cerca de él, yendo a sepultarse en la trinchera; una granada que se elevó por los aires parecía dirigirse recta contra su pecho; presa de terror, adelantó algunos pasos corriendo y se echó a tierra; pero cuando la granada hubo estallado bastante lejos, sintió violenta irritación contra sí mismo y levantóse; miró en torno suyo, por si alguien le había visto echarse al suelo, no había nadie.

Cuando el miedo se apodera del alma, no deja ya lugar a otro sentimiento. Él, Kaluguin, que se vanagloriaba de no bajar nunca la cabeza, atravesó la trinchera con paso veloz y casi a gatas.

—¡Alto! mala señal —se dijo al dar un tropezón,— me matarán hoy, de seguro.

Respiraba con dificultad; estaba empapado en sudor y admirábase de esto, sin hacer el menor esfuerzo para dominar su miedo. De pronto, al ruido de unos pasos que se acercaban, incorpórose vivamente, irguió la cabeza, hizo sonar con arrogancia su sable y acortó la rapidez de su marcha. Cruzáronse entonces con él un oficial de zapadores y un marinero; aquél le gritó:

—¡A tierra! —indicándole el punto luminoso de una bomba que caía con creciente velocidad y brillo.

El proyectil dio junto a la trinchera; al grito del oficial, Kaluguin hizo un ligero saludo involuntario; después continuó su camino sin pestañear.

—¡He ahí un valiente! —dijo el marinero, que contemplaba con sangre fría la caída de la bomba.

Su vista ya acostumbrada había calculado que los cascos no alcanzarían a la trinchera.

—¡No ha querido tumbarse!

Para llegar al abrigo blindado del comandante del baluarte, no le faltaba ya a Kaluguin sino atravesar un espacio descubierto, cuando se sintió de nuevo invadido por terror estúpido, su corazón latía agitadamente; subiósele la sangre a la cabeza, y sólo a costa, de violentísimo esfuerzo sobre sí mismo logró alcanzar corriendo el blindaje.

—¿Por qué viene usted tan sofocado? —le preguntó el General, después que le fue transmitida la orden de que era portador el ayudante.

—He venido muy de prisa, Excelencia.

—¿Puedo ofrecerle a usted un vaso de vino?

Kaluguin apuró un vaso lleno y encendió un cigarrillo.

La lucha había terminado, pero continuaba aún el recio cañoneo por ambas partes. En el blindaje se encontraban reunidos el jefe del baluarte y algunos oficiales, entre ellos Praskunin; referían los pormenores de la acción. La casamata aparecía tapizada con papel de fondo azul, y amueblábanla un canapé, una cama y una mesa cubierta de papelotes; reloj en la pared y una imagen ante la que ardía una lamparilla completaban el adorno. Sentado en habitación tan confortable, Kaluguin contemplaba todos aquellos indicios de una existencia tranquila, y midiendo a ojo las recias vigas del techo de una, archiva en cuadro, oía el tronar del cañón, apagado por los blindajes, y no podía comprender cómo pudo sucumbir dos veces a imperdonables accesos de debilidad. Indignado contra sí mismo, se hubiera querido exponer otra vez a los riesgos de antes, para ponerse así a prueba.

Un oficial de marina, muy bigotudo y con la cruz de San Jorge sobre su capote de Estado Mayor, llegó en aquel momento a pedirle al General obreros para poner en estado de servicio dos cañoneras desmoronadas de su batería.

—Me felicito de verlo, capitán —dijo Kaluguin al recién venido;— el General me ha encargado preguntar a usted si sus cañones pueden disparar metralla contra las trincheras.

—Sólo una pieza —respondió él con aire indolente.

—Vamos a examinarlas...

El oficial frunció las cejas, y dijo medio refunfuñando —Acabo de pasar allá toda la noche, y vengo a descansar un poco. ¿No puede ir usted solo?

Allí encontrará a mi segundo, el teniente Kratz, ese le enseñará a usted todo.

El capitán venía mandando desde hacia seis meses aquella batería, una de las más peligrosas; desde que comenzó el sitio, y mucho antes de que se construyeran los abrigos blindados, no había abandonado el baluarte, lo que le hiciera adquirir entre los marinos una reputación de valor a toda prueba, así es que su negativa, sorprendió vivamente a Kaluguin.

—¡He aquí lo que son las reputaciones! —se dijo.

—Entonces iré solo, con su permiso —añadió con cierto retintín, al cual el otro no prestó atención ninguna.

Kaluguin olvidábase que aquel hombre llevaba seis meses completos de vida de baluarte, mientras él, ajustando bien las cuentas, no había pasado allí, en varias veces, arriba de unas cincuenta horas. La vanidad, el deseo de brillar, de obtener una recompensa, de crearse una reputación, hasta el placer del peligro le aguijoneaban aún, mientras que el capitán sentía ya indiferencia por todo eso. También había alardeado, hecho demostraciones de valor, expuesto inútilmente su vida, esperado y recibido recompensas, adquirido su reputación de oficial valiente; pero hoy todos aquellos estimulantes perdieron ya su poder sobre él; apreciaba las cosas de otra manera, comprendiendo bien que le quedaban pocas probabilidades de escapar a la muerte. Tras una permanencia de más de seis meses en los baluartes, no se arriesgaba a la ligera y limitábase a cumplir estrictamente su deber, de tal modo que el bisoño teniente Kratz, que estaba a sus órdenes en la batería, sólo desde la semana anterior, y Kaluguin, a quien aquél iba enseñando en detalle las obras, parecían diez veces más valientes que el capitán. Sobrepujándose el uno al otro, se asomaban al exterior de las cañoneras y trepaban sobre las banquetas y traveses.

Terminada la visita, y de vuelta ya al blindaje, tropezóse Kaluguin con el General, que se dirigía hacia la torrecilla de atalaya, seguido de sus ayudantes.

—Capitán Praskunin —dijo en aquel momento —haga usted el favor de bajar a los alojamientos de la derecha, al segundo batallón de M....que está trabajando allí: que cese en los trabajos, y se retire sin ruido a unirse a su regimiento en la reserva, al pie de la montaña. ¿Se entera usted? Condúzcalo usted mismo al regimiento.

—¡A la orden! —respondió Praskunin, que se alejó a escape.

El cañoneo iba cesando.

IX

—¿Es este el segundo batallón de M...? ­preguntó Praskunin a un soldado que transportaba sacos llenos de tierra.

—Sí.

—¿Dónde está el jefe?

Mikhailof, suponiendo que preguntaban por el capitán de la compañía, salió del hoyo donde estaba resguardado; llevóse la mano a la visera de la gorra y acercóse a Praskunin, a quien había tomado por un jefe.

—De parte del General... en retirada... inmediatamente... sin ruido... a retaguardia... ya lo sabe usted... a la reserva... —le dijo Praskunin, mirando de reojo en dirección de los fuegos del enemigo.

Mikhailof, que a todo esto reconociera a su compañero, bajo la mano, y haciéndose bien cargo de la maniobra, dio las órdenes necesarias a su tropa.

Cogieron los soldados sus fusiles alinearon sus capotes y emprendieron la marcha.

Quien no lo haya experimentado alguna vez, no podrá apreciar nunca la intensidad del júbilo, que siente un hombre al alejarse, después de tres horas de bombardeo, de lugar tan peligroso como los alojamientos de una obra de fortificación. Durante esas tres horas, Mikhailof, que no sin motivo pensaba en la muerto como en cosa inevitable, había tenido tiempo de habituarse a la idea de que sería irremisiblemente muerto y de que no pertenecía ya al mundo de los vivos. A pesar de esto, costóle hacer un esfuerzo violento para no correr, cuando salió de los alojamientos a la cabeza de su compañía y al lado de Praskunin.

—¡Hasta la vista! ¡Buen viaje! —gritóle el mayor que mandaba el batallón que había quedado en los alojamientos.

Míkhailof había compartido con él su queso, sentados los dos en el hoyo al abrigo del parapeto.

—Lo mismo digo. ¡Buena suerte! Me parece que la cosa va amainando.

Pero apenas había pronunciado estas palabras, cuando el enemigo, que reparó sin duda el movimiento, volvió a tirar de firme; los nuestros contestaron, y el fuego de cañón se reanudó con violencia.

Brillaban las estrellas, pero sin resplandor; la noche era muy obscura; tan sólo el fulgor de los fogonazos y la explosión de las granadas iluminaban, durante unos segundos los objetos próximos; los soldados, en silencio, caminando rápidamente, adelantábanse unos a otros; se oía tan sólo el ruido regular de sus pasos sobre el piso endurecido, acompañado por el estampido incesante del cañoneo, el choque metálico de las bayonetas al chocar entre sí, y el suspiro, o la plegaria de algún soldado.

—¡Señor, Señor!

De vez en cuando gemía un herido y oíase pedir una camilla. En la compañía mandada por Mikhailof, el fuego de la artillería llevaba ya puestos fuera de combate veintiséis hombres desde la tarde anterior.

Un fogonazo iluminó las lejanas tinieblas del horizonte; el centinela gritó desde el baluarte ¡Ca... ñón!

Y un proyectil, silbando por encima de la compañía, fue a hundirse en tierra, socavándola y haciendo saltar mil terrones y pedruscos.

—¡Que el demonio se los lleve! ¡Qué despacio andan! —decíase Praskunin, mirando hacia atrás a cada momento, y sin dejar de seguir a Mikhailof.— Podría adelantarme, puesto que ya comuniqué orden...

¡Pero... no, no; en el acto irían diciendo que era una gallina!... Pase lo que pase, iré con ellos.

—¿Por qué me sigue éste? —decíase por su parte Mikhailof. —He reparado que siempre trae consigo la desgracia, Y otra bomba que viene... derecha hacia nosotros... me parece...

Algunos pasos más allá encontraron a Kaluguin, que hacía golpear airosamente su sable contra las piedras; iba a los alojamientos; el General lo enviaba a preguntar si avanzaban los trabajos; pero a la vista de Mikhailof, se dijo que en lugar de exponerse a aquel fuego terrible, lo cual no le había sido ordenado, podía muy bien informarse interrogando al oficial que regresaba de allí. Mikhailof le dio, en efecto, todos los detalles precisos; Kaluguin lo acompañó un rato, y por último, volvió a seguir la trinchera que conducía al abrigo blindado

—¿Qué hay de nuevo? Pregunto el oficial que cenaba solo dentro de este reducto.

—Nada; creo que no habrá más fuego esta noche.

—¡Cómo! ¿Qué no habrá? Al contrario, el General acaba de subir al baluarte; ha venido otro regimiento.

Además oiga usted, otra vez la fusilería.

—No vaya usted, ¿para qué? — añadió viendo a Kaluguin hacer un movimiento.

Debería ir, no obstante, decíase éste, pero por otra parte, ¿no me he expuesto bastante al peligro por hoy? El fuego es terrible.

—Es verdad ­ dijo en alta voz —será mejor que me espere aquí.

Veinte minutos después volvió el General acompañado por sus oficiales, entre los que estaba el junker barón Pesth. Pero Praskunin no venía.

Los alojamientos habían sido tomados y vueltos a recuperar por nuestra gente.

Y tras de oír los detalles circunstanciados de la empresa, Kaluguin salió con Pesth del abrigo.

X

—Tiene usted sangre en el capote; ¿se ha batido usted al arma blanca? —le preguntó Kaluguin.

—¡Oh! He sido atroz; figúrese usted...

Y Pesth se puso a referirle cómo había conducido al fuego su compañía, después de muerto el comandante de ella, y de que modo sin él se hubiera perdido la acción. El fondo del relato, es decir, la pérdida del comandante y lo del francés muerto por Pesth, era verídico; pero el junker, al precisar los pormenores, los amplificaba vanidosamente.

Pero se envanecía sin premeditación; durante todo el fuego, se había sentido rodeado de brumas fantásticas, hasta tal punto, que todo lo ocurrido parecíale cosas vagamente acaecidas Dios sabe dónde y Dios sabe cuando, y referentes a otro cualquiera, que no fuese él. Y naturalmente, intentaba crear incidentes en honra suya. He aquí, sin embargo, lo sucedido: El batallón al cual fue agregado para tomar parte en la salida, hubo de permanecer dos horas bajo el fuego enemigo; después, su comandante había pronunciado algunas palabras; los de las compañías se movieron; la tropa, salió de su abrigo en el parapeto y se formó en línea de columnas cien pasos más allá.

Pesth recibió orden de colocarse al flanco exterior de la segunda compañía.

Sin darse cuenta del lugar, ni de la operación, el junker, con la respiración comprimida, presa de un escalofrío nervioso, que le corría por la espalda, colocose en el sitio indicado, y miró maquinalmente ante sí en la obscuridad, esperando algo muy terrible.

A pesar de todo, no era el miedo la impresión dominante en él, pues ya no se hacía fuego; lo que le parecía extraño, inquietante, era verse en pleno campo, fuera de las fortificaciones.

El comandante del batallón pronunció de nuevo, algunas palabras que fueron repetidas otra vez en voz baja por los oficiales, y de súbito la muralla negra, formada por la primera compañía, se hundió; había recibido la orden de echarse a tierra; la segunda compañía hizo lo propio, y Pesth, al tumbarse, se pinchó en la mano con algo puntiagudo. Sólo se veía la silueta del capitán de la segunda, que permanecía de pie, blandiendo su espada y sin cesar de hablar y de moverse ante los soldados.

—Atención, muchachos; portaos bien, valientes, nada de tiros, vamos sobre esa canalla a la bayoneta.

Cuando yo grite ¡hurra! seguidme todos de cerca y bien juntos. Así verán de lo que somos capaces. —

No nos cubriremos de vergüenza, ¿no es verdad, hijos míos? ¡Por el Czar, nuestro padre!

—¿Cómo se llama el capitán? —preguntó Pesth a otro junker su vecino.— ¡Es un valiente!

—Sí, en el fuego siempre esta así; se llama Lissin Kovosky.

En aquel momento brotó una llamarada, seguida de ensordecedora detonación; cascos y piedras volaron por el aire; cincuenta segundos después, una de las piedras cayó de gran altura, y aplastó el pie a un soldado. Había caído una bomba en medio de la compañía, lo que probaba que los franceses repararon en la columna.

¡Ah! nos tiras bombas ahora. Déjanos sólo alcanzarte, probarás las bayonetas rusas ¡maldito!...

Y el capitán gritaba tan recio, que el comandante del batallón lo mandó callar.

La primera compañía se incorporó, y tras ella la, segunda; la tropa recogió los fusiles y el batallón avanzó. Pesth, poseído de terror, no pudo acordarse jamás de si marcharon mucho tiempo; iba como borracho.

De súbito, por todas partes surgieron multitud de fogonazos, entre silbidos y crepitaciones horrorosas, dio un grito y corrió hacia adelante, porque corrían y gritaban todos; después tropezó, cayendo sobre alguien. Era el capitán herido al frente de la compañía, que tomando al junker por francés, le cogió por una pierna. Desprendiese Pesth y se levantó; un bulto se arrojó sobro él en la obscuridad, y poco le faltó para no caer de nuevo.

Una voz le gritó:

¡Dale!, ¿Qué esperas?

Sintió que una mano sujetaba su fusil y que la punta de su bayoneta se hundía en cuerpo blando.

—¡Ah! ¡Dios!...

Estas palabras fueron dichas en francés con acento de dolor y espanto. El junker comprendió que acababa de matar a un francés. Frío sudor humedeció su cuerpo, sintió temblor extraño y dejó caer el fusil. Pero esto duró sólo un segundo; la idea de que era un héroe acudió a su imaginación. Recogiendo el arma, se alejó del muerto corriendo, y gritando: ¡hurra! con los demás. Veinte pasos más allá, alcanzó la trinchera donde se encontraban los nuestros y el comandante del batallón.

— ¡He matado a uno! —dijo a éste.

—Es usted un valiente, Barón —le fue contestado.

XI

—¿Sabe usted que Praskunin ha muerto? ­dijo Pesth a Kaluguin, al acompañarlo a su casa.

— No es posible.

— ¿Cómo que no? ¡Lo he visto yo!

—Adiós, tengo prisa.

—¡Buena jornada! —se decía Kaluguin al volver a su morada, —¡he tenido suerte por primera vez! La acción ha sido brillante y he salido sano y salvo; habrá muchas propuestas, lo menos que me pueden dar es un sable de honor. Y a fe mía que lo he merecido.

Y después de dar parte al General de cuanto viera, se dirigió a su cuarto; el príncipe Galtzin, leyendo un libro que cogió de sobre la mesa, lo esperaba desde hacía mucho tiempo.

Inexplicable sensación de alegría fue la de Kaluguin al volverse a encontrar en su casa, lejos del peligro.

Con la camisa de dormir, echado sobre su cama, refirió a Galtzin los incidentes del combate; los incidentes los arreglaba, como es natural, para demostrar que él, Kaluguin, era un oficial experto y valiente. Tocaba esto, no obstante, con suma discreción, así a la ligera, deslizándose sobre ello, ya que nadie debía de ignorarlo ni tenía derecho a dudar, excepto, quizá, el difunto capitán Praskunin quien, aunque se sentía muy favorecido al ir de bracete con el ayudante, había contado la víspera, precisamente al oído de uno de sus colegas, que Kaluguin, excelente chico aparte de esto, no era muy amigo de visitar los baluartes.

Quedó Praskunin de vuelta con Mikhailof; habían llegado a un lugar de menos exposición, y comenzaban a sentir renacer sus alientos, cuando divisaron, al volver la cabeza, el súbito resplandor de un fogonazo; el vigía gritó:

—¡Mor...te... ro!

Y uno de los soldados que le seguían, añadió:

—¡Viene derecha al baluarte!

Míkhailof observó. El punto luminoso de la bomba parecía fijo en el cenit, mientras la dirección que había de seguir hacíase imposible de determinar; duró aquello el espacio de un segundo. De pronto, redoblando la velocidad, fue acercándose más y más el proyectil; veíanse ya saltar las chispas de la mecha y se oía el lúgubre silbido; iba a caer precisamente en medio del batallón.

—¡A tierra! —gritó una voz.

Mikhailof y Praskunin obedecieron. El último, con los ojos cerrados, oyó caer la bomba por allí, muy cerca de él, sobre la dura tierra. Un segundo, que le pareció una hora, transcurrió; la bomba no estallaba. Praskunin se aterrorizó después pensó si tenía motivos para aterrorizarse; quizá había caído más lejos y equivocábase al sentir silbar la mecha a su lado. Abriendo los ojos, miró con satisfacción a Mikhailof, tendido sin moverse, a sus pies; pero al mismo tiempo divisó, a una archina de distancia, la espoleta inflamada de la bomba girando como una peonza.

Terror glacial, que anulaba toda idea y todo sentimiento, se apoderó de su ser; cubrióse el rostro con las manos.

Pasó otro segundo, durante el cual un mundo entero de ideas, de esperanzas, de recuerdos y de sensaciones acudió a su mente.

—¿A quién matará? ¿A mí o a Mikhailof? ¿O a los dos juntos? Y si es a mí, ¿en dónde me dará?

¿En la cabeza? Y todo habrá concluido; ¿en un pie?... me lo cortarán, y yo insistiré para que me den cloroformo y poder seguir con Vida. Quizá muera sólo Mikhailof, y contaré después quo estábamos juntos y que me roció con su sangre. ¡No, no, está más cerca de mí! ¡Seré yo! ...

—Y aquí se acordó de los doce rublos que debía a Mikhailof y de otra deuda de Petersburgo que hubiera debido pagar a su tiempo; una canción zíngara que cantó la víspera, acudióle a la memoria. Presentose también a su imaginación la mujer a quien amaba, con una gorra de cintas, color lila en la cabeza; el hombre que le ofendió cinco años antes y del que no se había vengado; pero entre todos aquellos recuerdos y otros muchos más, el sentimiento de lo presente (la espera de la muerte) no le abandonaba. Si no estallase, se decía, y estuvo a punto de abrir los ojos con audacia, desesperadísimo; pero en aquel instante, a través de sus párpados entreabiertos, una llamarada roja hirió sus pupilas algo le golpeó, con estruendo terrible, en mitad del pecho, salió corriendo al azar, se le enredaron los pies en el sable, vaciló y cayó de costado.

—¡Gracias a Dios! Sólo tengo una contusión.

Esta fue su primera idea, y quiso tocarse el pecho; pero le, pareció que tenía las manos atadas; una prensa le oprimía el cráneo, ante su vista corrían los soldados contábalos maquinalmente.

— Uno, dos, tres soldados; ahí va un oficial que pierde la capa.

Brilló otro fogonazo, y preguntóse qué habían disparado; era mortero o cañón sin duda. Tiraron de nuevo, otra vez soldados; cinco, seis, siete; siguen adelante, y de pronto sintió miedo horrible de ser pisoteado por ellos. Quiso gritar, decir que estaba contusionado, pero tenía seca la boca: se le pegaba la lengua al paladar y sentía sed ardiente; conociendo que su pecho estaba mojado, la sensación de aquella, humedad hacíale pensar en el agua; hubiera querido beber lo que le mojaba...

—He debido desollarme al caerse dijo, y cada vez más asustado, ante la idea de que lo aplastasen los soldados que corrían en masa ante él, trató de gritar de nuevo —¡Recogedme!...

Pero en vez de esto, lanzó un gemido tan terrible, que él mismo se asustó. Luego, mil chispas luminosas comenzaron a danzar ante sus ojos; parecíale que los soldados amontonaban piedras sobre él; las chispas danzaban cada vez con menor viveza; hizo un violento esfuerzo para librarse de ellas, se extendió, cesó de ver, de oír, de pensar, de sentir.

Había sido muerto en el sitio por un casco que le dio en mitad del pecho.

XII

Mikhailof, por su parte, también se echó a tierra al ver la bomba; como Praskunin, había pensado en multitud de cosas durante los dos segundos que precedieron a la explosión. Rogaba a Dios mentalmente, repitiendo:

—¡Hágase tu voluntad! ¿Por qué soy militar, Señor? ¿Por qué he permutado para infantería por venir a campaña? ¿por qué no he permanecido en el regimiento de hulanos en el Gobierno de F... junto a mi amiga Natacha? ¡Y ahora, lo que me espera!...

Y se puso a contar: uno, dos, tres, cuatro, diciéndose que si la bomba reventaba en número par viviría, y si era en impar perecería. —¡Todo concluyó!

¡Soy muerto! —pensó al oír la explosión, sin acordarse de lo de pares o nones.

Herido en la cabeza, sintió violentísimo dolor.

—¡Señor, perdona mis pecados! —murmuró juntando las manos.

Trató de levantarse y volvió a caer desvanecido, de cara al suelo.

Su primera sensación, cuando tornó en sí, fue la de la sangre que le brotaba de la nariz; el dolor de la cabeza no era tan fuerte, ¡Es el alma que se va! ...

¿Qué habrá allá?... ¡Dios mío, recibid mi alma en gracia! No, obstante, es extraño —reflexionaba, —me muero, y oigo distintamente el andar de los soldados, y los tiros...

—Aquí una camilla; el comandante de la compañía ha muerto —gritó, por encima de él, una voz en la que reconoció la del tambor Ignatief.

Sintióse levantado por los hombros, abrió los párpados con esfuerzo y vio sobre su cabeza el cielo azul obscuro, miríadas de estrellas y dos bombas que cruzaban el espacio, como si trataran de adelantarse una a otra. Divisó a Ignatief, a los soldados conductores de camillas y fusiles, el talud de la trinchera, y de pronto comprendió que pertenecía aún a este mundo.

Habíale herido ligeramente una piedra en la cabeza.

Su inmediata, impresión fue para él casi de pesar; tan bien y tranquilamente preparado estaba para irse allá, que la vuelta a la vida, la vista de las bombas, de las trincheras y de la sangre le fue penosa. La segunda impresión fue el gozo involuntario de sentirse vivo, y la tercera el deseo de dejar el baluarte en seguida. El tambor vendó la cabeza a su capitán y se lo llevó hacia la ambulancia, sosteniéndolo por el brazo.

—¿Adónde voy y para qué? —pensó Mikhailof algo repuesto ya;— mi deber es quedarme con la compañía; tanto más —añadióle una voz interior— cuanto que muy pronto estará libre del fuego enemigo.

—Es inútil, amigo —díjole al tambor, retirando el brazo. —No voy a la ambulancia me quedaré con la compañía.

—Es mejor dejarse curar como corresponde, Vuestra Nobleza. En el primer momento parece que no es nada, pero luego puede empeorar. De verdad, Vuestra Nobleza.

El capitán se había detenido con indecisión, pero acordose del gran número de heridos que atestaban la ambulancia, casi todos graves. Puede ser que el médico se burle de esta descalabradura, se dijo, y sin atender a los argumentos del tambor, dirigióse con paso firme al encuentro de su compañía.

—¿Dónde está el oficial Praskunin, que venía hace poco a mi lado? —preguntó al subteniente, que se había puesto al frente de la fuerza.

—No sé; creo que ha muerto —respondió vacilando.

—¿Muerto, o herido? ¿Y cómo no lo sabe usted?

Venía con nosotros. ¿Por qué no lo han recogido?

¡No ha sido posible en aquel infierno!

¡Cómo, Mikhail Ivanitch! —dijo Mikhailof con acento irritado,— ¿abandonar a un vivo? y si estaba muerto, se ha debido recoger el cuerpo.

—¡Sí, vivo!... ¿No le digo a usted que me he acercado a él y lo he visto?... ¡Qué quiere usted! ¡Gracias que podamos transportar a los nuestros!...

—¡Ah! ¡Los canallas ahora, tiran con bala rasa!...

—Mikhailof se había sentado y sujetábase con las manos la cabeza; al andar habíase aumentado la violencia del dolor.

—¡No! —dijo—es preciso ir a recogerlo; puede que viva aún; ese es nuestro deber, Mikhail Ivanitch! Mikhail Ivanitch no respondió.

—No se le ha ocurrido recogerlo, y ahora habrá que destacar unos soldados... ¿Cómo mandarlos bajo este fuego infernal a una muerte sin objeto?

—reflexionaba Mikhailof.

—Muchachos, hay que ir allá abajo a buscar aquel oficial herido; allá, al foso —dijo sin alzar la voz y en tono que nada tenía de imperativo, pues adivinaba hasta qué punto la ejecución de aquella orden debía desagradar a su gente.

Como no se dirigía a nadie en particular, ninguno atendió al llamamiento.

—¿Quién sabe? Puede que esté muerto, y no vale en tal caso la pena de exponer inútilmente ningún hombre. La culpa es mía; debí pensarlo. Iré solo; es mi obligación. Mikhail Ivanitch —añadió en alta voz conduzca usted la compañía; ya la alcanzaré.

Y recogiendo con una mano los pliegues de su capa, oprimió con la otra la imagen de San Mitrophano que llevaba al pecho siempre por devoción especial hacia este bienaventurado.

El capitán retrocedió el camino hecho; cerciorose de que Praskunin estaba bien muerto, y volvió sujetándose con la mano el vendaje, medio desprendido, de su cabeza. El batallón encontrábase ya al pie de la montaña y casi fuera del alcance de los proyectiles, cuando Mikhailof se incorporó a él.

Sólo algunas bombas perdidas llegaban aún.

—Será preciso que vaya mañana a inscribirme en la ambulancia —díjose el capitán, mientras el médico militar le aplicaba un apósito.

XIII

Centenares de cuerpos mutilados entre arroyos de sangre, que dos horas atrás hallábanse aún llenos de esperanzas y de voluntad, ya sublime o ya mezquina, yacían, rígidos los miembros en el barranco florido y bañado de rocío que separa el baluarte de la trinchera, o sobre el suelo compacto de la capillita de los muertos en Sebastopol; los secos labios de todos aquellos hombres murmuran plegarias, maldiciones o gemidos; se incorporan y se retuercen; abandonados los unos entre los cadáveres de la florida hondonada, los otros en las camillas, las camas y el piso húmedo de la ambulancia. A pesar de esto, el cielo, como en los días anteriores, enciéndese de luz boreal hacia el monte Sapun; palidecen las temblorosas estrellas; blanca neblina se eleva sobre el oleaje sombrío y quejumbroso del mar; el crepúsculo tiñe de púrpura el oriente; prolongados arreboles surcan el horizonte azul, y como los días anteriores, el inmenso luminar reaparece con lentitud, potente y majestuoso, ofreciendo al mundo, en su nuevo despertar, la alegría, la felicidad y el amor.

XIV

A la tarde siguiente, la música del regimiento de cazadores tocaba de nuevo en el bulevar; en torno del pabellón, oficiales, junkers, soldados y mujeres jóvenes se pasean con aspecto de fiesta por las calles de acacias blancas en flor.

Kaluguin, el príncipe Galtzin y otro coronel, caminan cogidos del brazo y hablando del combate del día anterior. El objeto dominante en la conversación es, como siempre, no el suceso en sí mismo, sino la parte que han tomado en él los interlocutores; la expresión de sus rostros, el sonido de su voz, tienen algo de serio, de triste, y pudiera suponerse muy bien que las pérdidas sufridas los afligen profundamente; pero, a decir verdad, como ninguno de ellos ha experimentado la de un ser querido, impónense aquella expresión oficial de duelo por guardar las conveniencias. Kaluguin y el coronel, aunque eran excelentes sujetos, no hubieran deseado otra cosa sino asistir cada día a una acción semejante para recibir cada vez una espada de honor o el grado de General Mayor. Cuando oigo calificar de monstruo a un conquistador que envía a la muerte millones de hombres para satisfacer su ambición, me dan ganas siempre de reír; interrogad un poco a los subtenientes Petruchef, Antonof y otros, y veréis en cada uno de ellos un Napoleón en pequeño, un monstruo presto a cometer una batalla, a matar una centena de hombres para obtener alguna estrella mas o una mejora de sueldo.

—Con perdón de usted —decía el coronel,— el encuentro comenzó por la derecha. Estaba yo...

—Podrá ser —respondió Kaluguin,— pues todo el tiempo permanecí en el flanco izquierdo. Fui dos veces: primero a buscar al General, luego sencillamente porque sí, por curiosidad. Allí sí que se batía el cobre.

— Si lo aseguraba Kaluguin, es positivo— dijo a su vez el coronel volviéndose hacia Galtzin.— ¿Sabes que hoy mismo me ha asegurado N... que eres un valiente? Nuestras pérdidas son en realidad horrorosas en mi regimiento, cuatrocientos hombres fuera de combate. ¡No comprendo cómo he escapado con vida!

En el extremo opuesto del bulevar vieron surgir la cabeza vendada de Mikhailof, que venía a su encuentro.

—¿Está usted herido, capitán?— le preguntó Kaluguin.

—Sí, ligeramente; por una piedra.

—¿Han arriado ya el pabellón? —preguntó el príncipe Galtzin, mirando por encima de la gorra del capitán y sin dirigirse en particular a ninguno.

— No, pas encore— dijo Mikhailof, deseoso de demostrar que sabía francés.

—¿Dura, pues, el armisticio? —volvió a preguntar Galtzin, dirigiéndole políticamente la palabra en ruso; lo que parecía querer decir: «Sé que habla usted con dificultad el francés; ¿por qué no usar sencillamente el ruso?» Y tras esto, los ayudantes de campo separáronse de Mikhailof, que se sintió, como el día antes, muy aislado, y no queriendo alternar con los unos, limitose a saludar a algunos y se sentó junto al monumento de Kazarsky a fumar un cigarrillo.

El barón Pest apareció asimismo en el bulevar, donde refirió que había tomado parte en la negociación del armisticio, que había hablado con oficiales franceses, y que uno de ellos le había dicho:

—Si hubiese tardado una hora mas en ser de día, hubiéramos vuelto a apoderarnos de las emboscadas.

A lo cual contestó él:

—Caballero, no os digo que no por no daros un mentís.

Esta réplica, llenábale de orgullo.

Y en realidad, aunque el joven asistió a la firma del armisticio, con grandes deseos de hablar con los franceses, cosa muy divertida, no había dicho nada de particular. El junker, barón Pesth, habíase paseado mucho tiempo por las líneas, preguntando a los franceses más próximos

—¿De qué regimiento es usted?

Contestábanle, y he aquí todo. Pero como hubiese avanzado un poco más allá del terreno neutral, un centinela francés, no figurándose que aquel ruso comprendía su lengua, dirigiole una interjección formidable.

—Viene a espiar nuestros trabajos ¡ce sacré! De tal modo, que después de esto, no encontrando interés alguno en su excursión, el junker, barón Pesth, se había vuelto a su casa, componiendo por el camino las frases francesas que había esparcido entre sus relaciones.

Veíase también en el paseo al capitán Zobkin, hablando a voces; al capitán Objogof con su uniforme destrozado; al capitán de artillería que no busca favores de nadie; al Junker enamoradizo y afortunado; en una palabra, a todos los personajes de siempre, obrando todos bajo el impulso de los mismos eternos móviles. Sólo faltaban Praskunin, Neferdof y algunos otros; nadie se acordaba de ellos, sin embargo de que sus cuerpos aun permanecían sin lavar ni vestir, y sin sepultura.

XV

En nuestros baluartes y en las trincheras francesas flotan banderas blancas; en el barranco, cubierto de flores, yacen en pilas y descalzos, vestidos de azul o de gris, mutilados cuerpos que los trabajadores transportan para depositarlos en las carretas; la atmósfera se halla apestada por el olor de los cadáveres.

De Sebastopol y del campo francés la multitud afluye para contemplar el espectáculo, y ávida y complaciente curiosidad es el sentimiento que domina, en unos y otros al encontrarse en aquel terreno.

Oigamos las frases que se cambiaban entre ellos.

Allá, en aquel reducido grupo de rusos y franceses, un oficial joven examina una cartuchera; aunque habla mal el francés, se hace comprender lo bastante.

—¿Y esto, para qué es... este pájaro? ­pregunta.

—Porque esta cartuchera es de un regimiento de la Guardia, señor oficial; lleva el águila imperial.

—¿Usted es de la Guardia?

—No, señor; del sexto de línea.

—Y esto, ¿dónde compra? —El oficial indica el tubito de madera que sostiene el cigarrillo del francés (una boquilla).

En Balaklava, señor oficial, es sólo un pedazo de madera de palma.

—¡Bonito! —replica el oficial, obligado a emplear las pocas palabras que conoce y que bien o mal se imponen en la conversación.

—Si tiene usted la bondad de aceptarlo en recuerdo, se lo agradeceré.

Y el francés arroja su cigarro, sopla en la boquilla y la presenta galantemente al oficial saludándole, este le da a su vez, la suya; todos los presentes, franceses y rusos, sonríen, pareciendo muy complacidos.

He aquí un soldado de infantería de avispada fisonomía, con camisa de color de rosa, el capote echado sobre los hombros; su cara respira la alegría y la curiosidad; seguido por dos compañeros suyos y con las manos a la espalda, aproxímase, pide fuego al francés; éste sopla, sacude su pipa de tierra y ofrece lumbre al ruso.

—Tabac bonn —dice el soldado de la camisa rosa, y los espectadores se ríen.

—Sí, buen tabaco; tabaco turco —respondió el francés, —y vosotros, ¿tabaco ruso bueno?

—Rous bonn —contesta el soldado de la camisa rosa, y ahora todos los presentes ríen a carcajadas. —

¡Francais pas bonn; bonn jour, mousiou!— prosigue el soldado haciendo alarde de todos sus conocimientos en francés, riendo y dando palmadas en el vientre a su interlocutor. Los franceses ríen también.

—No son nada guapos, hermosos b... de rusos —dice un zuavo.

—¿De qué se ríen? —pregunta otro con fuerte acento italiano.

— Le caftan bonn —vuelve a comenzar el travieso soldado, examinando la chaquetilla bordada del zuayo.

—A vuestro sitio ¡sacré nom! —grita en aquel momento un cabo francés.

Y los soldados se dispersan de mala gana, mientras nuestro joven teniente de caballería se pavonea en un grupo de oficiales enemigos.

—Conocí mucho al conde Sasonof —dice Uno de éstos;— es un Conde ruso de los verdaderos, tales como a nosotros nos gustan.

—También he conocido un Sasonof —replica el oficial de caballería— pero no era Conde, según tengo entendido; un chico moreno, bajo, de su edad de usted sobre poco más o menos.

—Ese es, caballero, él es. ¡Cuanto me alegraría de verlo! Si usted lo ve, salúdelo en mi nombre. El capitán Latour —añade saludando cortésmente.

—¡Qué triste oficio el nuestro! La cosa iba de firme esta noche, ¿no es verdad? —prosigue el oficial de caballería deseoso de sostener la conversación e indicando los cadáveres.

—Sí señor, es terrible; pero, ¡qué mocetones los soldados rusos! Es un placer batirse con bravos así.

Hay que confesar que los vuestros no se suenan tampoco con el pie —responde en francés siempre el jinete ruso saludando, persuadido de que ha replicado perfectamente bien.

Pero, basta de este asunto; contemplad en cambio a aquel rapaz de diez años, con una gorra vieja, usada, perteneciente sin duda a su padre, desnudas las piernas y calzados los pies con grandes zapatones, y que viste un pantalón de lienzo sostenido por un solo tirante. Salió de las fortificaciones al principio de la tregua; desde entonces se pasea por aquel terreno acribillado y examina, con curiosidad estúpida a los franceses, y los cuerpos tendidos en tierra, recogiendo las florecillas azules de los campos de que está sembrado el valle. El chicuelo regresa con un gran ramo y se tapa la nariz para no sentir el infecto olor que el viento le envía; detiénese ante algunos cadáveres amontonados, y contempla durante mucho rato a un muerto a quien le falta la cabeza, y que es horroroso de mirar. Tras de larga contemplación, aproxímase y le toca con el pie el brazo rígido, tendido, y como lo empuje con más fuerza, muévese el brazo y cae a plomo. El rapaz lanza un grito, oculta el rostro entre las flores y vuelve a entrar en las fortificaciones corriendo a todo correr.

¡ Sí, sobre los baluartes y las trincheras flotan banderas blancas; espléndido el sol desciende sobre la mar azul, y esa mar ondula y brilla bajo sus rayos de oro ; millares de personas se agrupan, se miran, charlan y se sonríen unas a otras, y aquellos hombres, que son cristianos, que profesan la gran ley de amor y sacrificio, contemplan su obra sin arrojarse arrepentidos a los pies de Aquel que les dio vida y con la vida el temor de la muerte, el amor al bien y a lo bello! ¡Y aquellas gentes no se abrazan como hermanos vertiendo lágrimas de gozo y felicidad! ...

Consolémonos al menos con la idea de que no somos nosotros los autores de esta guerra que nos limitamos a defender nuestro país, nuestro suelo natal. Arríanse las banderas blancas; los ingenios mortíferos y dolorosos retumban de nuevo; de nuevo corre a oleadas sangre inocente, y vuelven a escucharse gemidos y maldiciones.

He dicho todo, cuanto quería decir, por lo menos esta vez; pero duda penosísima viene a agobiarme.

Tal vez hubiera, sido mejor callar, pues quizá lo que dije esté en el número de las verdades perniciosas, obscuramente sepultadas en el alma de cada cual, y que para proseguir siendo inofensivas no deben ser reveladas, así como no hay que agitar el vino viejo por miedo de que los posos no se revuelvan y suban y el líquido se enturbie.

¿Dónde, pues, veremos en este relato el mal que es preciso evitar y el bien hacia que debemos tender? ¿Dónde esta el traidor? ¿Dónde el héroe?

Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caballeresco y su vanidad, principal motor de todas sus acciones... ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de batalla por la fe, el trono y la patria... mi Mikhailof, tan tímido; ni Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido moral, quienes puedan pasar por desleales o por héroes.

No; el héroe de mis relatos, aquel a quien amo con todas las fuerzas de mi espíritu; el que he tratado de reproducir con toda su hermosura; el que ha sido y es y será siempre bello, ¡es la verdad!

SEBASTOPOL EN AGOSTO DE 1855

A fines del mes de agosto, por la carretera peñascosa

de Sebastopol entre Duvanka y Baktchisarai avanzaba al paso, entre el cálido y espeso polvo, una telega de oficial, de extraña forma, por entonces desconocida, que venía a ser algo entre el cesto, la britchka Judía y la carreta rusa.

En aquel carruaje, sentado sobre los talones, un asistente, con levita militar de lienzo y gorra de oficial vieja y deformada, conducía el tiro. Tras él, reclinado sobre paquetes y sacos cubiertos con un capote de tropa, veíase a un oficial con capa de verano; de pequeña estatura, por lo que podía juzgarse en aquella posición, y que chocaba, al pronto, menos por la maciza anchura de hombro a hombro, que por el espesor de su busto entre el pecho y la espalda; la nuca, y el cuello gruesos y fuertes, ofrecían también gran desarrollo a lo ancho, y sus músculos aparecían en vigora tensión. Lo que hemos convenido en llamar cintura no existía, ni vientre tampoco, pero a pesar de todo no era posible considerarlo obeso, y su rostro, sobre el cual se extendía un paño amarillento y enfermizo, llamaba la atención por lo demacrado. Hubiera podido pasar por guapo mozo sin cierta hinchazón de las carnes y la piel plegada y con arrugas profundas que, al confundirse unas con otras, desvanecían las facciones, quitándoles toda frescura y les daban expresión grosera.

La de sus ojos pequeños, pardos, extraordinariamente vivos, rayaba en imprudencia, el bigote, muy espeso, y siempre medio mordido por costumbre, no se extendía mucho a lo ancho; las mejillas y la barba, sin afeitar hacía dos días, cubríalas vello negro y áspero. Herido el 10 de Mayo por un casco, de granada en la cabeza, la cual traía vendada aún, encontrábase, sin embargo, completamente restablecido ya, y salía del hospital de Sympheropol para incorporarse a su regimiento, situado no sabía dónde, allá en la dirección en que se oían los cañonazos; pero aun no había podido averiguar si estaba en el mismo Sebastopol, en la Severnaia o en Inkerman.

Oíase distintamente el cañoneo que parecía muy próximo cuando las montañas no interceptaban el fragor traído por el viento; ora violenta explosión hacía vibrar el aire haciéndoos estremecer a pesar vuestro; ora estampidos menos violentos, semejantes al redoble del tambor seguíanse a cortos intervalos, interrumpidos por algún trueno ensordecedor, o bien confundíase todo, en un rugir continuo de tableteos prolongados, parecido al de la tormenta cuando rompe a llover violentamente. Cada ruido decía, y entendíase bien, que el bombardeo era horroroso. El oficial daba prisa a su asistente para llegar pronto; a su encuentro venía una fila de carros conducidos por campesinos rusos que habían llevado víveres a Sebastopol, y que regresaban conduciendo enfermos y heridos; soldados con capote gris, marineros con negros chaquetones, voluntarios con fez rojo, y barbudos milicianos. El vehículo se vio obligado a detenerse, y el oficial, guiñando los ojos y parpadeando entre aquella nube de polvo impenetrable levantado por los carros y que se le introducía en los ojos y las orejas, examinó las caras de los que iban pasando.

—Ahí va un soldado de nuestra compañía —dijo el asistente, volviéndose a su amo e indicándole uno de los heridos.

En el pescante, sentado de medio perfil, un campesino ruso, con toda la barba y gorro de fieltro, iba haciendo un nudo en el enorme látigo que retenía por la vara, sujetándolo por el codo contra su cuerpo. Volvía la espalda a cuatro o cinco soldados sacudidos y traqueteados en el carretón. Uno de ellos, con el brazo en cabestrillo, el capote echado sobre la camisa, y en actitud firme y erguida, aunque pálido y demacrado, iba en el centro. Al distinguir al oficial, llevóse instintivamente la mano a la cabeza, pero acordándose de su herida, hizo ademán de quererse rascar; otro aparecía recostado al lado suyo en el fondo de la telega, no viéndose de él más que las dos manos asidas a los barrotes de madero, y las rodillas dobladas, oscilando sin resistencia como dos copos de cáñamo, y otro más atrás, que con la cara hinchada, envuelta en un pañuelo la cabeza y sobre ésta su gorro de uniforme, sentado de través y con las piernas colgantes y rozando las ruedas, dormitaba con las manos sobre las rodillas.

—Doljikoff —le gritó el viajero.

—Presente —respondió aquél, abriendo los ojos y descubriéndose su voz de bajo era tan llena, tan formidable, que parecía salir de veinte soldados juntos.

—¿Cuándo te han herido?

—Saludo a Vuestra Nobleza —contestó con su voz seca, animándose sus ojos vidriosos e inflamados al ver a su superior.

— ¿Dónde está el regimiento?

—En Sebastopol, Vuestra Nobleza; se cree que saldrá el miércoles.

—¿Para dónde?...

—No se sabe...para la Severnaia, de seguro,

Vuestra Nobleza. Ahora—añadió expresándose con lentitud, — él tira sobre todo... Con bombas, principalmente; ¡tira que es un horror! ..

Y añadió algunas palabras que no pudieron entendérsele; pero en su rostro y en su ademán adivinábase que, con el resentimiento del hombre que sufre, decía cosas poco halagüeñas.

El subteniente Koseltzoff que acababa de interrogarlo, no era un oficial adocenado ni de aquellos que viven de cierto modo porque los demás vivan y obren así. Su naturaleza hallábase dotada con abundancia de cualidades relativamente superiores. Cantaba y tocaba con habilidad la guitarra; hablaba y escribía con facilidad, sobre todo la correspondencia oficial, con la cual se había familiarizado en su servicio de ayudante del batallón. Era notable su energía, pero ésta no recibía impulso sino del amor propio. A pesar de estar como injertada sobre aquella capacidad de segundo orden, constituía por sí sola el —trazo más saliente v característico de su temperamento. Aquel género de amor propio que se desarrolla más comúnmente entre los hombres, en particular los militares, habíase infiltrado de tal suerte en su existencia, que no se concebía elección posible sino entre «sobresalir o aniquilarse»; el amor propio era, pues, el motor de sus acciones más íntimas; hasta solo, consigo mismo gustaba de darse la primacía entre aquellos con quienes se comparaba.

—¡Vamos! No seré yo, quien escuche la charla de este «Moscú» —murmuró el subteniente, en cuyas ideas, el encuentro con el convoy de heridos, introdujo la perturbación gravitándolo sobre el corazón las palabras del soldado, cuya importancia acrecía y confirmaba a cada paso el estampido del cañón.

—¡Son divertidos estos «Moscú!...» Vamos, Nicolaief, adelante. ¿Duermes, por lo visto? —gritó malhumorado a su sirviente, recogiendo los pliegues de su capa.

Nicolaief sacudió las riendas; de sus labios salió un chasquido azuzando el tiro, y el carruaje partió al trote.

—No nos vamos a detener sino para dar pienso a los caballos —le dijo el oficial —, y ahora en marcha; ¡adelante!

II

Al ir a entrar en la calle de Duvanka, montón de ruinas, el subteniente Koseltzoff viose detenido por un convoy de balas y de bombas dirigido hacia Sebastopol, y que permanecía, estacionado en mitad del camino.

Dos soldados de infantería, sentados en el polvo sobre las piedras de una pared desplomada, daban cuenta de una sandía con pan.

—¿Van ustedes muy lejos, paisano? —dijo uno de ellos, mordiendo una rala de sandía.

Dirigíase a otro soldado, que estaba de pie junto a los otros dos y con el morral a cuestas.

—Vamos a nuestra compañía; venimos de allá, de nuestro país —respondió el soldado, apartando los ojos de la sandía y sujetándose bien el morral.— Hace tres semanas estábamos aún custodiando el heno de la compañía; pero ahora nos han llamado a todos, y no sabemos en dónde se encuentra hoy nuestro regimiento.

Dicen que desde la semana pasada están los nuestros en la Korabelnaia. ¿No saben ustedes nada, señores?

—Está en la ciudad, hermano; en la ciudad — contestó un veterano, conductor de los carros, que se entretenía cortando con una navaja la carne blanca de una sandía sin madurar.— Venimos de allí precisamente.

¡Qué cosa más horrible, hermano!

—¿Qué pasa, señores?

—¿No oyes cómo tira ahora? No hay abrigo en ninguna parte.

—¡Cuántos han muerto de los nuestros!.... Es espantoso —añadió su interlocutor, haciendo un ademán significativo y encasquetándose bien la gorra.

El soldado transeúnte sacudió pensativamente la cabeza, sacó de su caja la pipa de barro, removió con el dedo el tabaco a medio consumir, encendió un pedazo de yesca en la pipa de un compañero que estaba fumando, y quitándose el gorro, dijo:

—¡Dios está sobre todo, señores! Él quede con vosotros.

Y arreglándose bien el morral, continuó su camino.

—¡eh! Quédate; será mejor —dijo con acento convencido, el de la sandía.

—Lo mismo da —murmuró el soldado, echándose el morral a la espalda y desfilando entre las ruedas de las carretas detenidas.

III

Al llegar al cambio de tiro, Koseltzoff encontró multitud de gente, y el primer rostro que hubo de distinguir fue el del maestro de postas en persona, muy joven y muy delgado, en actitud de disputar con dos oficiales.

—No veinticuatro horas, sino diez veces veinticuatro horas, son las que habrán de esperar. También esperan los Generales —decía, con el propósito evidente de herirles en lo vivo; no seré yo, si les parece, quien se enganche.

— Si es así, si no hay caballos, no se dan a nadie.

—¿Por qué se le han dado, pues, a un criado que lleva sólo equipajes? —gritaba uno de los dos oficiales, con un vaso de te en la mano.

A pesar de que evitaba cuidadosamente el uso de pronombres, se podía adivinar fácilmente que, su gusto hubiera sido tutear a su interlocutor.

—Hágase usted cargo, señor maestro de postas —dijo otro oficial con indecisión, —que no viajamos por nuestro gusto; si se nos ha llamado, es porque hacemos falta. Puede usted estar seguro de que daré parte al General... porque, verdaderamente... parece que no tiene usted el menor respeto a la categoría de oficial.

—Me echa usted a perder siempre lo que hago, y me estorba —intervino su compañero, irritado.— ¿Qué le habla usted de respeto? Hay que hablarle de otro modo. ¡Caballos! —gritó rudamente.— ¡Caballos en seguida!

—Si no deseo otra cosa sino facilitarlos. ¿Pero dónde los encontraré? Lo comprendo muy bien, ¡batiuchka! prosiguió el maestro de postas tras un intervalo de silencio, y enardeciéndose por grados al gesticular.— ¿Pero qué quieren ustedes que haga?

Déjenme ustedes tan sólo (la cara de los oficiales expresó, al oír esto, la esperanza) ir tirando hasta fin de mes, y ya no me verán más. Prefiero irme a Malakoff que continuar aquí. ¡Por Dios! Hagan ustedes lo que quieran; no tengo ni una britchka en buen estado, y hace tres días que los, caballos no ven ni un manojo de heno.

Y al decir esto se eclipsó. Koseltzoff y los dos oficiales entraron en la casa.

—¡Está bien! —dijo el de más edad al más joven con tono tranquilo, el cual contrastaba vivamente con su cólera de poco antes. —Hace tres meses que estamos en camino; esperaremos; esto no es una desgracia, nadie nos apresura.

Koseltzoff encontró con trabajo, en la sala de la casa de postas, ahumada, sucia, llena de oficiales y de maletas, un lugar próximo a la ventana. Sentóse allí, y se puso, mientras liaba un cigarrillo, a examinar las caras y oír las conversaciones. El grupo principal estaba a la derecha de la puerta de entrada, en torno de una mesa coja y grasienta, sobre la cual hervían dos samovares de cobre, manchados en varios sitios por pequeñas placas de verde gris; veíase también azúcar en pedazos dentro de muchos envoltorios de papel. Un oficialito, imberbe, vestido con arkaluk nuevo, vertía agua en una tetera; otros cuatro, de su edad poco más o menos, aparecían dispersos por los rincones de la estancia; uno, con la cabeza reclinada sobre la pelliza que le servía de almohada, dormía en un diván; otro, de pie junto a una mesa, cortaba, en trozos pequeños, carnero asado, para un compañero suyo a quien le faltaba un brazo. Otros dos oficiales, el uno con capote de ayudante y el otro con capote de infantería, de paño fino, y portador de bolsa o cartera de viaje, aparecían sentados junto a la estufa, y adivinábase por la manera conque miraban a los demás, y el modo que tenía de fumar el de la cartera, que no eran oficiales de línea, de lo cual se alegraban mucho. Su aspecto exterior no revelaba menosprecio, pero sí cierta satisfacción de sí mismos, fundada en parte en sus relaciones con los Generales, y en un sentimiento de superioridad llevado al punto de que tuvieran que ocultarlo a las gentes.

Había también un médico de labios carnosos y un artillero con fisonomía alemana casi sentado a los pies del dormitando los unos, otros buscando algo en las maletas y sacos apilados junto a la puerta, completaban el número de las personas presentes, entre las que no descubrió Koseltzoff ninguna cara conocida.

Los oficialitos le agradaron; comprendió en seguida que acababan de salir de la escuela militar, lo que le hizo recordar a su hermano menor que debía llegar en breve de ella para ir a una de las baterías de Sebastopol. En cambio, el oficial de la cartera, a quien creía haber visto, no recordaba dónde le desagradó desde el primer instante; encontróle una fisonomía tan antipática e insolente, que fue a sentarse sobre el ancho reborde de la estufa, con intención de aplicarle un correctivo, si se permitía decir algo mortificante.

En su calidad de oficial de filas, valiente y pundonoroso, le disgustaban los oficiales de Estado

Mayor, y había tomado por tales a aquellos de primera vista.

IV

—¡Es mala suerte! —decía uno de los jóvenes,— encontrarse tan cerca y no poder llegar. Hoy mismo puede ser que haya algo, y no estaremos.

En el timbre algo agudo de su voz, en el matiz encarnado, juvenil, que se extendía en placas por su fresco rostro, adivinábase la simpática timidez de un joven que teme decir algo fuera de lugar.

El oficial manco lo contemplaba sonriendo.

—¡No le faltará a usted tiempo, créame usted! ­le dijo.

El joven fijó con respeto los ojos sobre aquel rostro enflaquecido, súbitamente iluminado por una sonrisa, y continuó echándose el te en silencio. Y en verdad que la cara, la actitud del herido, y sobre todo la manga flotante de su uniforme, le daban una apariencia de tranquilidad indiferente, que parecía responder a cuanto se decía o hacía en torno suyo.

«Todo eso está muy bien, pero estoy al cabo de ello y podría realizarlo si quisiera.»

¿Qué hacemos? —dijo otro de los jóvenes, su compañero el del arkaluk. —¿Vamos a pasar aquí la noche o seguiremos adelante con nuestro único caballo?

—Figúrese usted, capitán —prosiguió cuando su compañero hubo declinado el contestar a su proposición (se dirigía al manco, recogiéndole el cuchillo que éste había dejado caer),— que como nos han dicho que los caballos están carísimos en Sebastopol, hemos comprado uno en Sympheropol a medias.

—¿Les han saqueado rnucho?

—No lo sé, capitán. Hemos pagado por todo, caballo y carreta, noventa rublos. ¿Es muy caro?

—añadió dirigiéndose a todos, incluso a Koseltzoff que lo contemplaba.

—No es muy caro si el caballo es joven —dijo éste.

—¿No es verdad? Y, sin embargo, nos aseguraban que era caro. Cojea un poco, sí, pero ya se le pasará. Nos han dicho que es vigoroso.

—¿De dónde han salido ustedes? —preguntó Koseltzoff, deseoso de recibir noticias de su hermano.

—Formábamos parte del regimiento de la Nobleza; somos seis los que venimos a petición propia a Sebastopol —contestó el locuaz oficialito,— pero no sabemos finalmente dónde está nuestra batería; unos dicen que en Sebastopol, y he aquí que el señor nos asegura que está en Odessa.

—No se han podido informar ustedes en Sympheropol

—interrogó Koseltzoff.

—¡No saben nada allí!... Figúrese usted que a uno de mis compañeros que ha ido a preguntar a la cancillería lo han insultado... Eso es muy desagradable.

¿Quiere usted este cigarrillo liado? —continuó, ofreciéndole uno al oficial manco, que buscaba su petaca.

El entusiasmo del joven hacia él traslucíase en las menudas atenciones que le prodigaba.

—¿Viene usted también de Sebastopol? —prosiguió.— ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Es asombroso!

En Petersburgo no hacíamos sino acordarnos de ustedes, de ustedes los héroes —añadió volviéndose con naturalidad y respeto hacia Koseltzoff.

—¿Y si tienen ustedes que volver atrás? —le preguntó éste.

— Eso es precisamente lo que tememos; pues después de comprar el caballo y lo que nos era más indispensable, por ejemplo esta cafetera y algunos otros objetos menudos, nos hemos quedado sin un céntimo —añadió en voz más baja, y dirigiendo una mirada de reojo a su compañero— de manera que no sé cómo saldremos del paso.

—¿No han recibido ustedes los auxilios de marcha?

—añadió Koseltzoff.

—No— murmuró el joven— pero han prometido dárnoslo aquí.

—¿Traen ustedes el certificado?

—Ya sé que el certificado es lo más esencial. Un tío mío, senador en Moscou, hubiera podido dármelo; pero me han asegurado que lo recibiría aquí sin falta. Me lo facilitarán, ¿no es verdad?

—Sin duda alguna.

—Así lo creo —replicó el mozo con acento que probaba cómo a la fuerza de repetir la misma pregunta en treinta sitios diferentes y haber recibido las contestaciones mas contradictorias, ya no daba crédito a nadie.

V

—¿Quién ha pedido borchtch? —interrumpió en aquel momento la dueña de la casa, gruesa mocetona, de unos cuarenta años, no muy limpiamente vestida, que traía una enorme cazuela.

Nadie contestó; todos los ojos se volvieron hacia la mujer, hasta uno de los oficiales llegó a guiñarle el ojo, cambiando con su compañero una mirada que tenía a la matrona por objetivo.

—Sí, Koseltzoff es quien la ha pedido —repuso el oficial joven,— hay que despertarlo, vamos; ven a comer —añadió, acercándose al que dormía y sacudiéndolo por un hombro.

Un jovenzuelo de diecisiete años, con ojos negros, vivos, brillantes y mejillas coloradas, se levantó de un salto, y como empujara involuntariamente al doctor:

—Dispense usted —le dijo, frotándose los ojos y permaneciendo plantado en medio de la sala. El subteniente Koseltzoff reconoció en seguida a su hermano menor y acercóse a él.

—¿Me reconoces? —le dice.

—¡Ah, ah! ¡Esto es asombroso! —exclamó el mancebo abrazando a su hermano.

Sonaron dos besos, pero al irse a abrazar por tercera vez, como exige el uso, vacilaron un segundo; hubiérase dicho, que ambos se preguntaban por qué habían de abrazarse tres veces precisamente.

—¡Cuánto me alegro de encontrarte! —dijo el mayor, llevándose fuera a su hermano— hablemos un poco.

—Vamos, vamos, ya no quiero borchtch; cómetelo tú, Fedorow —dijo a su compañero.

—Pero tú tenías gana.

—No, ya no quiero.

Una vez fuera y en el vestíbulo, tras de las primeras efusiones del mozalbete que no cesaba de interrogar a su hermano sin hablarle de lo que a él le concernía, el último, aprovechando unos segundos de silencio, le preguntó por fin, cómo no había entrado en la Guardia, según esperaban.

—Porque quiero ir a Sebastopol. Si todo termina bien, ganaré más que si hubiera permanecido en la Guardia; allí hay que pasar diez años hasta llegar a coronel, mientras que aquí Todtleben, de teniente coronel ha llegado a General en dos años. ¿Y si me matan? Entonces... pues... ¡qué se le ha de hacer!

—¡Qué modo de razonar! —dijo el hermano mayor sonriendo.

—Y además, lo que te acabo de decir no tiene importancia, la razón principal... —y se detuvo vacilando, sonriendo a su vez y poniéndose colorado como si fuese a decir algo vergonzoso, la razón principal... es que mi conciencia me daba que hacer, sentía escrúpulos de vivir en Petersburgo mientras aquí se muere por la patria. Deseaba también encontrarte —añadió con más timidez.

—¡El demonio del chiquillo! —dijo su hermano sin mirarlo y buscando su petaca.— Y siento que no podamos permanecer juntos.

—Vamos, te lo ruego, dime la verdad, eso de los baluartes ¿es verdaderamente tan espantoso?

—Sí, al principio, después se acostumbra uno, ya lo verás.

—Dime, además, te lo suplico, ¿crees que Sebastopol será tomado? Me parece que eso no sucederá.

—¡Sólo Dios lo sabe!

—Si supieses qué aburrido estoy. Figúrate mi desgracia; en el camino me han robado varias cosas, entro ellas el casco, y me encuentro en una situación tremenda. ¿Cómo me las arreglaré para presentarme al jefe?

Vladimiro Koseltzoff, el menor, parecíase muchísimo a su hermano Miguel, por lo menos tanto como una flor de agavanzo que se entreabre a otra deshojada. Tenía también rubio el Cabello, más poblado y en rizos sobre las sienes mientras que sobre la nuca, blanca y delicada, perdíase un largo mechón, signo de felicidad según las comadres. Sangre generosa, y joven coloreaba a cada impresión del espíritu su cutis, habitualmente mate. Sobre sus ojos, parecidos a los de su hermano, pero más abiertos y más límpidos, extendíase a menudo un baño de humedad.

Fino bozo rubio comenzaba a sombrear sus mejillas y sus labios, éstos eran de rojo púrpura y se plegaban con frecuencia en sonrisa tímida, dejando ver la dentadura de un blanco deslumbrador. Tal como aparecía allí, con el capote desabrochado, bajo el cual llevaba camisa roja de cuello ruso; esbelto, ancho de hombros, con un cigarrillo entre los dedos, apoyado contra la balaustrada del peristilo, el rostro iluminado por franca alegría, los ojos fijos sobre su hermano, era a buen seguro el adolescente más simpático que se pudiera contemplar, apartábase de él la mirada con pena. Sinceramente feliz al encontrar a su hermano, a quien consideraba con respeto y orgullo, como a un héroe, sentía, sin embargo, algo de vergüenza por ese hermano, a causa de su propia educación más cultivada, de sus conocimientos en francés, del trato con personas de alta posición, y encontrándose superior a él, esperaba llegar a civilizarlo.

Sus impresiones, sus juicios se habían formado en Petersburgo bajo la influencia de cierta dama, que débil por los rostros lindos, hacíale pasar los días de fiesta en su casa. Moscou contribuyó también por su parte, pues allí había bailado en gran soirée en casa de su tío el senador.

VI

Después de hablar hasta saciarse, hasta demostrar cosa que sucede con frecuencia, que sin dejar de quererse mucho tenían muy pocos intereses comunes, los dos hermanos permanecieron silenciosos durante algún tiempo.

—Bueno, bien, recoge tu equipaje y partamos.

El joven enrojeció turbándose.

—¿A Sebastopol directamente? —preguntó por fin.

—Claro está. Me parece que no tienes mucha impedimenta. Ya te haremos sitio.

—Bueno, vamos —replicó Vladimiro, que entró en la casa lanzando un suspiro.

Al abrir la puerta de la sala se detuvo e inclinó la cabeza.

—Ir directamente a Sebastopol —se dijo— exponerse a las bombas es terrible. Pero por otra parte, ¿no da lo mismo que sea hoy u otro día? Al menos, con mi hermano.

A decir verdad, ante la idea de que la telega lo condujese de un tirón hasta Sebastopol, de que ningún nuevo incidente lo detendría en el camino, fue tan sólo cuando se dio cuenta del peligro que había venido a buscar y cuya proximidad lo emocionó profundamente. Tranquilo por fin se reunió a sus compañeros, permaneció tanto rato con ellos, que su hermano, impaciente, abrió la puerta y lo vio cuadrado delante del oficial que lo amonestaba como a un escolar. A la vista de, su hermano. Perdió todo el aplomo.

—Voy en seguida —le gritó haciendo un ademán con la mano,— espérame, ahora voy.

Un segundo después fue a su encuentro.

— Imagínate —le dijo suspirando profundamente que no me puedo marchar contigo.

—¡Qué tontería! ¿Por qué?

—Voy a decirte la verdad, Micha, no tenemos un céntimo, por lo contrario, le debemos dinero a aquel capitán, al que está allí, y eso es terriblemente vergonzoso.

El hermano mayor frunció el entrecejo y no respondió.

—¿Debes mucho? —le preguntó por fin sin mirarlo.

No, mucho no; pero me mortifica sobremanera.

Ha pagado por mí en tres casas de posta, utilizo su azúcar y además hemos jugado a la preferencia, y le he quedado a deber un pico...

—¡Eso está mal, Volodia! ¿Qué hubieras hecho a no encontrarme? —le dijo el primogénito con severidad, siempre sin mirarlo.

—Pero ya sabes que espero recibir mis auxilios de marcha en Sebastopol, entonces lo pagaré. Esto puede hacerse aún, por eso es mejor que llegue con él mañana.

Miguel sacó en aquel momento del bolsillo un portamonedas del cual extrajo, con mano vacilante dos asignados de diez rublos y uno de tres.

—He, aquí todo lo que tengo —dijo.— ¿Cuánto necesitas?

—Exageraba un poco al decir que era aquel todo su caudal, pues poseía además cuatro monedas de oro cosidas entre las vueltas de su uniforme, pero a las cuales habíase prometido no tocar.

Resultó, ajustadas las cuentas, que Koseltzoff no debía más que ocho rublos, incluyendo lo perdido al Juego y el azúcar. Dióselos su hermano, advirtiéndole tan sólo que no se debe jugar nunca cuando no se tiene dinero. El mozo no replicó, la advertencia de su hermano mayor parecía contener dudas sobre su delicadeza. Irritado, avergonzándose por haber cometido un acto que podía dar lugar a sospechas mortificantes para él por parte de Miguel, a quien quería, su naturaleza impresionable sintióse trastornada con tal violencia, que conociendo la imposibilidad de retener los sollozos que le oprimían la garganta, tomó el asignado sin replicar y se lo llevó a su compañero de viaje.

VII

Nikolaieff, después de entonarse en Duvanka con dos vasos de aguardiente, que vendía un soldado en el puente, sacudió las riendas y la telega comenzó su traqueteo sobre el pedregoso camino en el que sólo a largos espacios aparecía algún trozo de sombra, y que conduce a lo largo del Belbek hasta Sebastopol, mientras que los dos hermanos, tan juntos que sus piernas se tocaban, permanecían en obstinado silencio sin dejar de pensar uno en el otro.

—¿Por qué me ha ofendido? —decíase el mancebo.—

¿Me tomará realmente por un estafador? Parece que está aún enojado. Henos aquí peleados para siempre, y sin embargo, los dos, en Sebastopol, ¡qué dichosos hubiéramos sido! ¡Dos hermanos bien unidos entre sí los dos batiéndose contra el enemigo! el mayor, falto quizá de un poco de cultura pero militar bizarro, y el menor, tan valiente como él, pues al cabo de una semana habré demostrado a todos que ya no soy tan niño, no me pondré colorado, mi cara será varonil, y él bigote tendrá tiempo de crecerme hasta aquí —decía pellizcándose con los dedos el bozo que nacía junto a la comisura de los labios.— ¡Podrá suceder que lleguemos hoy mismo y podamos tomar parte en alguna acción! ¡Mi hermano debe ser muy bravo y muy tenaz! Es de aquellos que hablan poco y se portan mejor que los demás, pero, ¿hará a propósito eso de empujarme hacia el borde de la telega? Debe de conocer que me incomoda y hace como si no lo notara. Llegaremos de seguro hoy —prosiguió mentalmente, estrechándose contra el borde del carruaje por temor, si se removía de demostrar a su hermano que iba incómodo. Llegaremos directamente al baluarte, yo con los cañones, mi hermano con su compañía. De pronto los franceses se arrojan sobre nosotros; tiro sin cesar, mato a una porción, pero así y todo vienen sobre mí, y he aquí mi hermano se lanza sable en mano, yo cojo mi fusil y corremos juntos, los soldados nos siguen. Los franceses se precipitan sobre él, corro, mato primero a uno, luego a otro, y salvo a Micha.

Estoy herido en un brazo, cojo el fusil con la otra mano Y adelante, sin parar, mi hermano es muerto de un balazo junto a mí, me detengo un segundo, lo miro con tristeza, me incorporo y grito: ¡Seguidme! ¡Adelante! ¡Venguémoslo! Y añadiré: Yo quería a mi hermano sobre todas las cosas, lo he perdido. Venguémoslo, demos muerte a nuestros enemigos o muramos todos juntos. Todos me siguen gritando.

Pero he aquí al ejército francés entero, con Pellissier a la cabeza concluimos con todos, Pero soy herido una vez, dos veces, y a la tercera mortalmente; me rodean todos. Gostschakoff viene, me pregunta lo que deseo. Respondo que no deseo nada, sólo una cosa, que me lleven junto a mi hermano y morir con él. Me transportan, me acuestan junto a su cadáver ensangrentado, me incorporo y les digo: Sí, no habéis sabido apreciar a dos hombres que amaban sinceramente a su patria, vedlos aquí morir... ¡Que Dios os perdone! Y después... expiro.

¡Quién hubiera podido decir hasta qué punto tales ensueños se habían de realizar!

—¿Has estado alguna vez en un combate? — preguntó de súbito a su hermano, olvidándose por completo que no quería hablarle.

—No, nunca hemos perdido dos mil hombres de nuestro regimiento, pero todos durante los trabajos, allí me hirieron. La guerra no se hace como tú te figuras, Volodia.

Este diminutivo enterneció al adolescente, y quiso explicarse con su hermano, que no se imaginaba haberlo ofendido.

—¿Estas enfadado conmigo, Micha? —le preguntó al cabo de algunos instantes.

—¿Por qué?

—Es que... nada... creí que había habido entre nosotros.

—Nada de eso —replicó su hermano, volviéndose hacia él y dándole una palmada amistosa en la rodilla.

—¡Perdón, Micha, si te he ofendido! —contestó el otro, volviendo la cabeza para ocultar las lagrimas que llenaban sus ojos.

VIII

—¿Pero es este, y de verdad, Sebastopol? ­preguntó Volodia cuando llegaron a la cúspide de la montaña.

Ante ellos apareció la bahía con su bosque de mástiles; el mar con la escuadra enemiga a lo lejos, las blancas baterías de la costa, los cuarteles, los acueductos, los docks, los edificios del a ciudad.

Nubes de humo, blanco y violáceo claro elevábanse sin cesar sobre las amarillentas que rodean la población y se dibujaban sobre el cielo azul, iluminado por los rayos rojizos del sol, reflejados luminosamente por las ondas, mientras que el astro rey descendía en el horizonte hacia el obscuro mar.

Sin el más leve estremecimiento de temor contempló Volodia aquel lugar temible en que tanto pensara; por lo contrario experimentaba, cierto gozo estético, un sentimiento de satisfacción heroica, al considerar que, antes de media hora se encontraría él mismo, allí, y atención profunda puso al contemplar con persistencia aquel cuadro de original atractivo, hasta el momento de llegar a la Severnaia, donde estaban los bagajes del regimiento de su hermano y donde debía informarse del sitio en que se encontraba su propio regimiento y su batería.

El oficial del tren vivía, a lo que llamaban la Pequeña Ciudad Nueva, formada por barracones construidos con tablazón por las familias de los marineros.

En una tienda de campaña contigua a un cobertizo de grandes dimensiones, hecho de ramas de encina sin deshojar y que aun no habían tenido tiempo de secarse, los dos hermanos encontraron al oficial, sentado, en mangas de camisa, y ésta de un amarillo sucio ante una mesa no muy limpia, sobre la cual se enfriaba un vaso de te Junto a una fuente vacía y una garrafa de aguardiente, algunas migas de pan y de caviar veíanse esparcidas: estaba contando un paquete de asignados. Pero antes de sacarlo a escena nos es indispensable examinar de cerca el interior de su campamento, sus ocupaciones y su manera de vivir. La barraca, recién construida, era grande, cómoda y de gran solidez, provista de mesas y de bancos cubiertos de césped, como no se construyen sino para los Generales, y a fin de impedir la caída de la hojarasca, tres tapices de mal gusto, aunque nuevos, y probablemente muy caros, aparecen extendidos sobre las paredes y en lo alto del barracón.

Sobre una cama de hierro, colocada bajo el tapiz principal, que representa la eterna amazona, vense un cobertor rojo afelpado, una almohada manchada y rota, una pelliza de gineta y sobre una mesa, revueltos, una palmatoria, un espejo con marco de plata, un cepillo del mismo metal de suciedad extraordinaria, un peine roto de asta lleno de pelambre, grasiento, una botella de licor adornada con enorme marbete rojo y oro, un reloj de bolsillo, también de oro, con el retrato de Pedro I, pinzas doradas, cajas conteniendo cápsulas, una corteza de pan y naipes viejos esparcidos en desorden, y por último, sobre la cama, una porción de botellas, vacías unas y llenas las demás. Aquel oficial tenía a cargo el tren de equipaje y la alimentación del ganado.

Uno de sus amigos, que se ocupaba de operaciones financieras, compartía su habitación, y en aquel momento dormía en la tienda, mientras él ajustaba las cuentas del mes con el dinero de la Corona; su exterior era agradable y marcial, gran estatura, recio bigote y corpulencia de buena ley le distinguían, pero poseía dos cosas poco favorables que saltaban al punto a la vista; primero, un sudor continuo en la cara, junto con el abotagamiento que ocultaba casi sus ojuelos grises dándolo la apariencia de un odre lleno, y extremada suciedad, que se extendía desde sus cabellos escasos y canosos hasta sus enormes pies desnudos, calzados con zapatillas forradas de armiño.

¡Cuánto dinero! ¡Cuánto dinero, Dios mío! ­dijo Koseltzoff primero, que al entrar lanzó una mirada de codicia a los asignados. —¡Si me prestara usted la mitad, Vassili Mikhailovitch!...

El oficial del tren hizo un rnohín al ver a sus visitantes, y recogiendo el dinero, los saludó sin levantarse.

—¡Oh, si fuera mío; pero es dinero de la Corona! ¡batiuchka! Mas ¿qué trae usted ahí?

Y miraba a Volodia, mientras ordenaba los papeles, encerrándolos en una cajita, abierta que tenía junto a sí.

—Es mi hermano; sale de la escuela militar. Venimos a preguntar dónde está el regimiento.

—Siéntense ustedes, señores —les dijo, levantándose para pasar a la tienda.— ¿Tomarán ustedes un vaso de porter?

—Vé por el porter, Vassili Mikkhailovitch.

Volodia, al cual el aire de importancia del oficial de tren produjo profunda impresión, así como su abandono y el respeto que le demostraba a su hermano, decíase, al tomar asiento en el borde del diván: «Este oficial a quien todo el mundo respeta, es sin duda un buen muchacho y de seguro muy valiente»—¿Dónde está, pues, nuestro regimiento? — preguntó el hermano mayor al oficial.

—¿Qué dice usted? —le gritó éste. —He visto hoy a Seiffer —contestó— me ha dicho que está en el quinto baluarte.

—¿Es eso seguro?

—Lo que digo es cierto: ahora bien; ¡que el diablo se lo lleve, no le cuesta gran trabajo mentir! Diga usted —añadió,— ¿quiere usted porter?

—Con mucho gusto —respondió Koseltzoff.

—Y usted, Ossip Ignatievitch —continuó la misma voz dentro, de la tienda, dirigiéndose al negociante que dormía,— ¿quiere usted beber? Basta de dormir; son cerca de las cinco.

Concluya usted de machacar. Ya ve usted que no duermo —respondióle una voz atiplada y perezosa.

—Entonces levántese usted, ¡que ya me voy fastidiando!

Y el oficial del tren se incorporó a sus huéspedes.

—Sirve porter de Sympheropol —gritó a su criado.

Este, empujando a Volodia, sacó de debajo del banco, con desprecio, según le pareció al joven, una botella del porter pedido.

Tiempo hacía que vaciaran la botella, y la conversación seguía sostenida, cuando se abrió la puerta de la tienda para dar paso a un hombre de corta estatura, vestido de bata azul con cordones y borlas, y gorro con cenefa encarnada, adornado con una escarapela.

—Dame un vaso —dijo, sentándose junto a la mesa.

—¿Viene usted, sin duda, de Petersburgo, joven? — añadió, dirigiéndose con amabilidad a Volodia.

—Sí, y voy a Sebastopol.

—¿A petición propia?

—Sí.

—¿Y a qué demonios va usted? Señores, en verdad, no comprendo esto —prosiguió el negociante.—

Me parece que si pudiera regresaría a pie a Petersburgo.

—Pero ¿de qué se queja usted? —le preguntó el mayor de los Koseltzoff.— Lleva usted aquí una vida muy envidiable.

—Este peligro constante, estas privaciones (pues no puede uno procurarse nada), todo esto es terrible.

No los comprendo a ustedes, señores. Y si siquiera se obtuvieran algunas ventajas; pero, ¿es agradable, pregunto yo, quedar inútil a su edad para toda la vida?

—Unos tratan de hacer su negocio, otros viven por el honor —replicó con aspereza Kozeltzoff mayor.

—¡Qué vale el honor cuando uno no tiene qué llevarse a la boca! —repuso el negociante con cierta risita desdeñosa y volviéndose hacia el oficial del tren, que siguió su ejemplo.— Da cuerda a la música —añadió, señalando con el dedo una caja— oiremos Lucía, que tanto me gusta.

—¿Es buena, persona ese Vassilli Mikhailovitch?

—preguntó Volodia a su hermano, cuando a la caída de la tarde rodaba su coche de nuevo por la carretera de Sebastopol.

—Ni bueno ni malo, sino de avaricia terrible. En cuanto al negociante, no puedo verlo ni en pintura.

El mejor día le rompo el alma.

IX

Cuando llegaron, ya al obscurecer, al puente grande sobre la bahía, Volodia no se encontraba precisamente disgustado pero sentía terrible peso en el corazón; todo lo que veía, todo lo que escuchaba aveníase muy poco con las últimas impresiones que le dejaran el salón de exámenes, claro y entarimado, las voces de sus compañeros y la alegría, de su simpático reír, el uniforme nuevo; su Czar adorado, a quien acostumbrose a ver durante siete años, y que al despedirlos, con lágrimas en los ojos, habíalos apellidado «sus hijos.» Sí, todo lo que veía se armonizaba muy poco con sus ilusiones de mil facetas.

—Hemos llegado —le dijo su hermano, al descender del carruaje ante la batería de M....—SI nos dejan atravesar el puente iremos desde luego a los cuarteles de Nicolás; allí te quedarás hasta por la mañana; en cuanto a mí, volveré al regimiento para saber dónde está la batería; te iré a buscar temprano.

—¿Para qué? Mejor será que vayamos juntos —contestó Volodia.— Iré, contigo al baluarte. ¿No da lo mismo? Es preciso acostumbrarse. Si vas tú, ¿por qué no he de ir yo?...

—Harás mejor en quedarte.

—Déjame ir, te lo ruego; así al menos veré lo que es...

—Te aconsejo que no vayas; pero sin embargo...

El cielo, sin nubes estaba sombrío; las estrellas, los fogonazos de las descargas y los surcos de las bombas, que cruzaban el espacio, lucían en la obscuridad, la cabeza del puente y la gran Construcción blanca de la batería destacábase en la negrura de la noche. Los dos hermanos se aproximaron al puente, donde un miliciano, preparando torpemente el fusil, les gritó— ¿Quién vive?

—¡Soldados!

—No se puede pasar.

—¡Imposible! Es preciso que pasemos.

—Decídselo al oficial.

—El oficial dormitaba; levantóse y dio la orden de que los dejaran pasar.

—Se puede ir, no se puede volver. ¡Atención!

¿Dónde os metéis todos a la vez? —gritó a los carruajes detenidos a la entrada del puente, y en los cuales se apilaban los cestones.

En el primer pontón encontraron a algunos soldados que hablaban en voz alta.

—Ha recibido su equipo. Lo ha recibido todo, ¡Eh, amigos! —dijo otra voz.— Cuando se llega a la Severnaia se renace. El aire es otro, de verdad.

—¿Qué canturreas ahí? —dijo el primero.— El otro día una maldita bomba se les llevó las piernas a dos marineros...

El agua invadía en algunos sitios el segundo pontón, donde ambos hermanos se detuvieron para esperar su carruaje; el viento que parecía débil en tierra, soplaba aquí más violentamente y a ráfagas; balanceábase el puente, y las olas, chocando con furia inundaban el piso; el mar mugía sordamente, formando una línea negra, unida, sin fin, que se destacaba en el horizonte estrellado, donde lucían plateados fulgores. En lontananza veíanse las luces en la escuadra enemiga; a la derecha un vapor procedente de la Severnaia acercábase rápida y ruidosamente.

Estalló una bomba, iluminando durante un segundo el montón de cestones, la cubierta del buque y en ella a hombres de Pie; a un tercero que en mangas de camisa, sentado, con las piernas colgando, ocupábase en una reparación junto al borde mismo del puente, y la espuma blanquecina de las olas de verdosos reflejos, hendidas por el vapor en marcha.

Los mismos trazos luminosos continuaban surcando el cielo sobre Sebastopol, y los ruidos que inspiraban espanto iban aproximándose; una ola, venida del mar, reventó contra el costado derecho del puente, mojando los pies de Volodia; dos soldados, arrastrando sus piernas con ruido por el agua, pasaron por su inmediación. De pronto, algo estalló con estrépito e iluminó la parte del puente que se extendía ante ellos y por la cual rodaba un carruaje, seguido de un militar a caballo. Los cascos cayeron silbando en el agua, haciéndola saltar a chorros.

—¡Ah, Mikhail Semenovitch! —dijo el jinete, deteniéndose ante Koseltzoff mayor.— ¿Ya está usted restablecido?

—Sí, como puede usted ver. ¿Adónde le envía a usted Dios?

—A la Severnaia, por cartuchos; me mandan en lugar del ayudante del regimiento. Se espera de un momento a otro el asalto.

—¿Y Martzeff, dónde está?

—Ha perdido una pierna ayer; en la ciudad en su cuarto... dormía. ¿Le conocía usted?

—El regimiento está en el quinto... ¿no es verdad?

—Sí; ha relevado a los de M... Pase usted a la ambulancia; allí encontrará usted a algunos de los nuestros que lo conducirán.

—¿Y mi alojamiento de la Morskaia, se ha librado?

—¡Ja¡¡Ja!... ¡batiuchka! hace mucho tiempo que lo arrasaron las bombas. No reconocerá usted a Sebastopol; no queda un alma: ni mujeres, ni música, ni fondistas; el último se marchó ayer. ¡Ha quedado todo más triste!... ¡Adiós!

Y el oficial partió al trote.

Miedo terrible se apoderó de pronto de Volodia; pareciole que una bomba iba a caer sobre él y que alguno de sus cascos le daría irremediablemente en la cabeza. Aquellas tinieblas húmedas, aquellos sones siniestros, el rumor constante de las olas irritadas, todo parecía sujetarle para que no diese un paso más y decirle que nada bueno le esperaba allí; que haría bien en volverse atrás, en huir deprisa lejos de aquellos lugares terribles en que reinaba la muerte. —¿Quién sabe? Tal vez es muy tarde ya... ¡mi suerte está decidida!... —He aquí lo que él se decía, temblando ante esa idea y también por el agua, que penetraba en sus botas. Lanzó un suspiro y se apartó un poco de su hermano.

—¡Dios mío! Verdaderamente moriré; precisamente yo... ¡Dios mío, ten piedad de mí! — murmuró persignándose.

—Y bien, Volodia, adelante —le dijo su hermano cuando el vehículo los alcanzó.— ¿Has visto la bomba?

Más lejos encontraron otra vez carruajes que transportaban heridos y cestones; uno de ellos, lleno de muebles, iba conducido por una mujer.

Arrimándose instintivamente contra la muralla de la batería Nicolás, los dos hermanos siguieron junto a ella en silencio, poniendo oído a la detonación de las bombas que reventaban sobre sus cabezas, al rugir de los cascos esparcidos desde arriba, y llegaron, por fin, al sitio de la batería en que estaba la Santa imagen. Allí supieron que la quinta, batería, ligera, a la cual debía unirse Volodia, se encontraba en la Korabelnaia. Decidieron, en su consecuencia, a pesar del peligro, irse a dormir al quinto baluarte y de allí pasar al día siguiente a la batería. Penetraron, pues, por el estrecho pasadizo, y pasando sobre los hombres que dormían al pie del muro, arribaron por fin a la ambulancia.

X

Al entrar en la primera sala, provista de camas en las que había heridos, les impresionó el olor pesado y nauseabundo particular de los hospitales; dos hermanas de la caridad vinieron a su encuentro; una, de cincuenta años de edad próximamente y de severa fisonomía, llevaba en las manos un paquete de vendajes e hilas y daba órdenes a un practicante muy joven que la seguía; la otra, linda joven de, veinte años, tenía el rostro de rubia, pálida y delicada.

Esta parecía singularmente gentil y tímida, seguía a su compañera con las manos en el bolsillo del delantal y veíase que tenía miedo de quedarse rezagada.

Koseltzoff preguntó dónde estaba Martzeff, aquel que el día antes había perdido una pierna.

—¿Del regimiento, de P...? —preguntó la de más edad— ¿Es usted pariente suyo?

—¡No, su compañero!...

—Condúzcalos usted —dijo en francés a la otra hermana,— y los dejo, acompañada del practicante, para acercarse a un herido.

—Vaya, veamos, ¿qué miras tanto? —dijo Koseltzoff a Volodia, que, parado, fruncida la frente e impregnados los ojos de simpatía dolorosa, no podía apartar la mirada de los pacientes, a los que no cesaba de examinar mientras seguía a su hermano, repitiendo a pesar suyo:

—¡Dios mío, Dios mío!...

—Acaba de llegar, ¿no es cierto? —preguntó la hermana de la caridad señalando a Volodia.

—Sí, acaba de llegar.

La joven lo contempló de nuevo y rompió a llorar, repitiendo con desesperación— ¡Dios mío, Dios mío! ¿Cuándo acabará esto?...

Entraron en la sala de oficiales. Martzeff yacía acostado de espaldas, con los brazos musculosos descubiertos hasta el codo y cruzados tras de la cabeza.

La expresión de su rostro amarillento era la de un hombre que aprieta los dientes para no gritar de dolor. Su pierna sana calzada con un calcetín, salía por debajo del cobertor, y los dedos del pie contraíanse convulsivamente.

—Y bien ¿cómo está usted? —le preguntó la hermana levantando la cabeza, algo caliente del herido y arreglándole la almohada, con sus dedos delicados, sobre uno de los cuales distinguió Volodia una sortija de oro.— He aquí a dos compañeros que vienen a verlo.

—¡Sufro, claro está! —replicó con rabia;— no, no toque usted, está bien así —y los dedos del pie se agitaban en el calcetín con movimientos nerviosos.—

¡Buenos días! ¿Cómo se llama usted? ¡Ah, perdón cuando Koseltzoff se dio a conocer— Aquí se olvida uno de todo, y, sin embargo, ¡hemos vivido juntos!

—añadió mientras miraba a Volodia con aspecto de curiosidad.

—Es mi hermano; viene de Petersburgo.

—¡Ah! Y yo he concluido, me parece. ¡Cuánto sufro!

¡Si esto pudiera terminar cuanto antes!...

Y con un movimiento convulsivo retiró la pierna.

Sus dedos saltaron con redoblada agitación; cubrióse la cara con las manos.

—Hay que dejarle tranquilo; está muy malo ­les dijo, al oído la hermana con los ojos llenos de lágrimas.

Los dos hermanos, que habían decidido ir al quinto baluarte, cambiaron de opinión al salir de la ambulancia, y convinieron, sin comunicarse la verdadera razón, en irse cada uno por su lado para no exponerse a un peligro inútil.

—¿Encontrarás el camino, Volodia? —le preguntó el mayor.— Por lo demás, Nikolaieff te conducirá a la Korabelnaia; ahora me voy solo y mañana me reuniré contigo.

Y no se dijeron nada más en aquella última entrevista.

XI

El cañón tronaba con igual violencia, pero la calle Ekatherinenskaia que seguía Volodia, acompañado del silencioso Nikolaieff, permanecía desierta y tranquila. No distinguía en la obscuridad sino paredes blancas, en pie, entre grandes edificios desplomados, y las losas de la acera por donde caminaba; cruzábase a veces con soldados y oficiales, y al pasar a la izquierda, próximo al Almirantazgo, divisó, a la viva luz de una hoguera que ardía, tras el cercado, una fila, de acacias plantadas hacía poco a lo largo de la acera y sostenidas por sus tutores pintados de verde. Sus pasos y los de Nicolaieff, que respiraba estrepitosamente, interrumpían tan sólo el silencio. Sus ideas eran vagas; la linda hermana de la caridad, la pierna de Martzeff con sus dedos dentro del calcetín, la obscuridad, las bombas, las diferentes imágenes de la muerte, cruzaban confusamente entre sus recuerdos: su alma, joven e impresionable, sentíase inquieta y dolorida en su aislamiento, por la absoluta indiferencia de cada uno hacia su propia suerte, aunque esté expuesta al peligro.

—¡Sufriré, perderé la vida, y nadie me llorará! ­se decía.

¿Dónde estaba, pues, la vida del héroe llena de ardor enérgico, y de simpatías en la cual tanto soñara?

Las bombas silbaban y estallaban, aproximándose cada vez más, y Nikolaieff suspiraba con más frecuencia sin romper el silencio. Al atravesar el puente que conduce a la Korabelnaia, vio a dos pasos de él sumergirse un objeto, silbando, en el golfo; iluminar con fulgor purpúreo las olas de matiz violáceo y rebotar, lanzando al aire el agua en menuda lluvia.

¡Maldita!... la bribona está viva aún ­murmuró Nikolaieff.

—Sí —replicó Volodia a pesar suyo y sorprendido, por el eco de su voz, agudo y chillón.

A su encuentro venían heridos transportados en camillas, carretas llenas de gaviones, un regimiento, algunos jinetes. Uno de éstos, oficial, seguido de un cosaco, detúvose al ver a Volodia; examinó su rostro, y después, volviéndole la espalda, dio un latigazo a su montura y prosiguió su camino.

—¡Solo, solo, que viva o no, a todos les da lo mismo!... — díjose el adolescente, pronto a echarse a llorar.

Después que hubo cruzado un murallón blanco, entró en una calle formada por casitas completamente derruidas, iluminadas sin cesar por el fulgor de las bombas. Una. mujer borracha, harapienta, acompañada de un marinero, salió por una puertecilla, tropezando contra él.

—Perdón, Vuestra Nobleza —murmuró.

El corazón del pobre mozo iba oprimiéndose cada vez más, mientras que en el sombrío horizonte los fogonazos brillaban de continuo, y los proyectiles venían ruidosamente a estallar en torno suyo. De pronto, Nikolaieff suspiró y dijo con voz que parecíole a Volodia expresión de terror mal contenido:

—¿Valía la pena de darse prisa, para venir aquí, desde allí... andando, y andando?... ¿Y para qué tanta prisa?...

—Pero a Dios gracias, mi hermano se curó —contestó Volodia para librarse, hablando, de la horrible sensación que se apoderaba de él.

—¡Sí, perfectamente curado!... ¡Cuando todos están enfermos! Los sanos se encontrarían mucho mejor en el hospital en un tiempo como este. ¿Sentimos nosotros, acaso, ninguna alegría por estar aquí? Ahora un brazo... ya una pierna... se pierde... y mire usted, aquí aun... en la ciudad, se está mejor que en los baluartes. ¡Dios de Dios! ¡En el camino hay que rezar todas las oraciones!... ¡Eh, canalla!

¿Vienes a zumbarme en los oídos? —añadió atento al ruido de un casco que pasó junto a él.— Y bueno, ahora —continuó Nikolaieff,— me han mandado conducir a Vuestra Nobleza, y ya sé que hay que hacer lo que mandan; pero el coche lo dejé al cuidado de un compañero, Y el equipaje está deshecho me han dicho que venga, y he venido. Pero si se pierde algo de lo que traemos, ¿seré yo, Nikolaieff, quien responda?

¡He aquí la artillería, Vuestra Nobleza! ­dijo de súbito:— pregunte al centinela, él le indicará...

Volodia se adelantó solo. No oyendo ya tras de sí los suspiros de Nikolaieff, sintióse definitivamente abandonado; la impresión de ese abandono ante el peligro, ante la muerte, como creía, pesó sobre su corazón con el frío glacial de una losa; parado en el centro de la plaza, miró en torno suyo para ver si le observaban, y cogiéndose la cabeza con las manos, murmuró con voz entrecortada por el terror —¡Dios mío! ¿Seré verdaderamente un miedoso vil, un cobarde? ¡Yo que soñaba no hace mucho, morir por la patria, por el Czar, y todo con júbilo!... ¡Si, soy un ser desgraciado y despreciable!

—exclamó con profunda desesperación y desilusionado de sí mismo. Por último, dueño al fin de su emoción, dijo al centinela que le indicase dónde paraba el comandante de la batería.

XII

El comandante de la batería habitaba en una casita de dos pisos, que tenía entrada por el patio. A través de una de las ventanas, a la que le faltaba un cristal, substituido por una hoja de papel, veíase el débil resplandor de una bujía; el asistente, sentado a la puerta, fumaba su pipa. Después de anunciar a su amo la visita de Volodia, introdujo a éste en la habitación.

Allí, entre dos huecos de ventana, junto a un espejo roto, veíase una mesa cargada de papelotes oficiales, algunas sillas, una cama de hierro con ropa limpia y un biombo delante.

Junto a la puerta se hallaba el sargento primero, buen mozo, de poblados bigotes y el sable al cinto, en el capote ostentaba una cruz y la medalla de la campaña de Hungría. El oficial de estado mayor, jefe de la batería, de pequeña estatura, con la cara hinchada y en ella un vendaje, paseábase por la estancia.

De corpulencia muy pronunciada, parecía, tener unos cuarenta años de edad; la calvicie se le marcaba distintamente en la parte superior del cráneo; su espeso bigote descendía recto hasta ocultarle la boca, sus ojos pardos tenían agradable expresión, las manos eran blancas y finas, algo llenas; los pies muy echados hacia afuera., asentábanse en tierra con cierta seguridad y coquetería que probaban que no era la timidez el lado débil del comandante.

—Tengo el honor de presentarme; vengo agregado a la quinta batería ligera, Koseltzoff segundo, alférez —dijo Volodia, que al entrar en la estancia recitó de un golpe esta lección aprendida de memoria.

El comandante de la batería le contestó con un saludo bastante seco y lo invitó a sentarse. El joven se sentó, y cogiendo en su distracción un par de tijeras, comenzó a juguetear con ellas maquinalmente.

El comandante, con las manos cruzadas a la espalda y baja la cabeza, reanudó su paseo en silencio, dirigiendo de vez en cuando la mirada a los dedos del alférez que continuaban usando con las tijeras.

—Sí —dijo por último, deteniéndose delante del sargento— desde mañana habrá que dar un garnetz más a los caballos de los furgones; están flacos.

¿Qué te parece?

—¿Por qué no? Se puede hacer, Vuestra Alta Nobleza.

La avena está ahora más barata —respondió el sargento, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y removiendo los dedos, movimiento habitual en él—

Y además hay, que el forrajeador Frantzone me ha escrito ayer dos letras, Vuestra Alta Nobleza: dice que hay que comprar; ahora están a buen precio; ¿qué dispone usted, pues?

—Bueno, comprarlos, hay dinero —respondió el jefe, volviendo a pasear.— ¿Dónde tiene usted su equipaje? —dijo de pronto, deteniéndose delante de Volodia.

El pobre muchacho, perseguido por la idea de que era un cobarde, veía transparentarse en cada mirada, en cada frase, el desprecio que debía inspirar, y le pareció que su superior había penetrado ya tan triste secreto y se burlaba de él; así es que respondió turbado que su equipaje estaba en la Grafskaia, y que su hermano se lo enviaría al día siguiente.

—¿Dónde alojaremos al alférez? —preguntó el teniente coronel al sargento primero, sin atender a la respuesta del joven.

—¿El alférez?... —repitió el sargento. Y una rápida mirada dirigida sobre Volodia y que parecía decir

« ¿Quién es este alferecillo?» acabó de desconcertar al oficial.— Pues allá abajo, Vuestra Alta Nobleza; con el segundo capitán, puesto que el capitán se halla en el baluarte; su cama está desocupada.

—¿Le acomoda eso por hoy? —preguntó el jefe de la batería.— Debe usted estar cansado, me parece.

Mañana ya lo podremos instalar más cómodamente.

Volodia, se levantó y saludó.

—¿Quiere usted tomar té? —añadió su superior.—

Se puede hacer que calienten el samovar...

El alférez, que estaba ya en la puerta, volvió, saludó otra vez y salió. El asistente del teniente coronel lo condujo a la planta baja, haciéndolo entrar en una pieza sucia, en la que un montón de objetos rotos aparecían arrojados al azar por todas partes, y donde en un rincón, sobre una cama de hierro, dormía, sin sábanas ni cobertor, envuelto en su capote, un hombre, a quien el joven tomó por un soldado.

—Pedro Nicolalevitch —y el sirviente tocó en el hombro al que dormía— el alférez ha de acostarse aquí. Es nuestro junker —agregó, dirigiéndose a Volodia. —No se mueva usted, se lo suplico —exclamó éste, viendo al junker, joven alto y robusto, de hermosas facciones, pero completamente desprovistas de inteligencia, levantarse, y echándose el capote sobre los hombros, salir medio dormido y murmurando: —Lo mismo me da; iré a dormir al patio.

XIII

Solo con sus pensamientos, la primera impresión de Volodia fue otra vez el espanto producido por la turbación que trastornaba su espíritu. Contando con el sueño para no pensar más en lo que le rodeaba, y olvidarse de sí mismo, dio un soplo a la bujía y se acostó, cubriéndose por completo con el capote y hasta la cabeza, pues había conservado de su infancia el miedo a la obscuridad; pero de súbito la idea lo acudió de que una bomba podría horadar el techo y matarlo; puso oído y escuchó: sobre su cabeza paseaba el comandante de la batería.

— Comenzará por matarlo a él primero —se dijo— a mí después; ¡no moriré solo!

Esta reflexión lo tranquilizó, y ya iba a dormirse cuando la idea de que Sebastopol pudiese ser tomado aquella misma noche, de que los franceses forzaran su puerta y de que no tenía ni un arma para defenderse, le despertó del todo; levantóse y recorrió la estancia; el temor del verdadero peligro había sofocado el miedo misterioso a la obscuridad, buscó, encontrando sólo al alcance de su mano un escabel y un samovar.— Soy un cobarde, un pusilánime, un miserable —se dijo otra vez, lleno de indignación y de desprecio contra sí mismo. Se acostó y trató de no meditar más. Pero entonces las impresiones del día aparecieron en su imaginación, y los estampidos incesantes que hacían retemblar los vidrios de su única ventana le recordaron el peligro; sucedíanse las visiones: ora veía heridos cubiertos de sangre, bombas haciendo explosión y cuyos cascos penetraban en su cuarto; ora a la linda hermana de la caridad que lo curaba llorando ante su agonía, o a su madre, que después de acompañarlo a la capital del distrito, rogaba a Dios por él, vertiendo lágrimas ante una imagen milagrosa. Huyóle el sueño, pero de improviso la idea de mi Dios Todopoderoso, que todo lo ve y que escucha todas las plegarias, surgió nítida Y clara entre sus delirios; se arrodilló, persignándose, y Juntó las manos como le enseñaron en su niñez. Sólo aquella actitud hizo nacer en su alma un sentimiento de infinita dulzura, de mucho tiempo atrás olvidado.

—Si he de morir, es que soy inútil. Si es así, Señor, hágase tu voluntad; ¡cuanto antes sea cumplida!...

Pero si el valor y la energía que me faltan me son necesarios, evítame la vergüenza y la deshonra, que no podría soportar, y enséñame lo que debo hacer para cumplir tu voluntad. —Su alma, de niño débil y aterrorizada, se conforto, serenándose en el acto y sumergiéndose en nuevos horizontes, amplios y luminosos; pensó mil cosas, experimento mil sensaciones durante el corto transcurso de aquella impresión; después se durmió reposadamente al sordo rumor del bombardeo y de los vidrios que retemblaban.

¡Señor! Tú sólo oíste; sólo a Ti llegarán las plegarias sencillas pero ardientes y desesperadas de la ignorancia, del arrepentimiento confuso, que piden la curación del cuerpo, la purificación del alma; oraciones que de aquellos lugares habitados por la muerte subieran hasta Ti, comenzando por el General que presiente con terror el ataque, y que un segundo antes sólo pensaba en llevar al cuello la cruz de San Jorge, hasta concluir por el simple soldado, que sobre el desnudo suelo de la batería Nicolás, te suplica que des a sus sufrimientos la recompensa inconscientemente presentida.

XIV

El primogénito de los Koseltzoff encontró en la calle a un soldado de su regimiento y se hizo acompañar por él al quinto baluarte.

—Péguese Vuestra Nobleza bien al muro —le dijo el soldado.

—¿Por qué?

—Hay peligro, Vuestra Nobleza; pasan ya por encima —respondió el infante, escuchando el silbido del proyectil que hería con golpe seco en el lado opuesto del camino apisonado; pero Koseltzoff prosiguió por el centro sin hacer caso del aviso.

Eran aquellas las mismas calles, los mismos fogonazos, más frecuentes, los mismos rumores y los mismos lamentos, y el encontrar heridos y las baterías, trincheras y parapetos, tales como los hubo de ver en la primavera; pero ahora el aspecto era más triste, más sombrío, pudiera decirse que más guerrero; mayor número de casas aparecían agujereadas, y en las ventanas no había luces; sólo el hospital constituía una excepción. Ni una mujer en la calle, y el carácter de la vida habitual e indiferente, impreso antes sobre todas las cosas, había desaparecido, reemplazado por el de expectación inquieta y de esfuerzos redoblados e incesantes.

He aquí ya la última trinchera y a un soldado del regimiento de P... que reconoce al antiguo oficial de su compañía; he aquí al tercer batallón cuya presencia se puede adivinar por el murmullo contenido de las voces y el choque metálico de los fusiles apoyados contra el muro, y que la luz de las descargas ilumina a frecuentes intervalos.

—¿Dónde está el jefe del regimiento? ­pregunta Koseltzoff.

—En el blindaje de los marinos, Vuestra Nobleza— responde el servicial soldado. —¿Quiere Vuestra Nobleza venir? Yo lo conduciré...

Y pasando de una trinchera a otra, guía a Koseltzoff al foso, donde hallan a un marinero fumando su pipa, tras él se abre una puerta, a través de cuyas junturas brilla una luz.

—¿Se puede entrar?

—Yo anunciaré.

El marinero entra en la casamata, donde se oye el rumor de dos voces.

—Si Prusia continúa en su neutralidad, entonces — dice una de ellas, —Austria...

—¿Qué importa lo que haga Austria, mientras los pueblos eslavos?... —responde la otra.

—¡Ah! Sí, dile que entre —añadió la misma voz.

Koseltzoff, que no había puesto nunca los pies en aquel alojamiento, quedó sorprendido por su elegancia; un entarimado substituía al piso natural; una mampara cubría la puerta; en el ángulo derecho, una gran icona representando la Santa Virgen, con su dosel dorado, iluminada por una lamparilla de cristal color de rosa; dos lechos colocados junto a la pared, en uno de los cuales dormía vestido un marino; sobre el otro, sentábanse el nuevo jefe de Regimiento y un ayudante de campo. Koseltzoff, que no era nada tímido y que no creía estar en falta en modo alguno ni con el estado ni con el Jefe de su regimiento, experimentó, sin embargo, al hallarse en presencia de éste, su compañero poco antes, cierta aprensión singular.

—Es extraño —se dijo al verlo levantarse para oírle;— no hace aún siete semanas que manda el regimiento, y ya en su actitud, en su mirada, en su traje, respira la autoridad. No ha mucho tiempo que este mismo Batritcheff se divertía con nosotros, y se comía solo, sin invitar nunca a nadie, sus bithi, y sus vareniki, y ahora la expresión de orgullo lleno de sequedad, en sus ojos, que me dicen: «Aunque sea yo tu compañero, pues soy un coronel de la nueva escuela puedes estar seguro de que sé que darías la mitad de tu vida por hallarte en mi lugar.»

—¡Se ha cuidado usted bastante tiempo!... ­díjole fríamente el coronel.

—He estado enfermo, mi coronel, y mi herida no se cicatrizó aún.

—Si es así, ¿por qué ha vuelto usted? —La corpulencia de Koseltzoff inspiraba desconfianza a su jefe.— ¿Puede usted hacer servicio?

_Seguramente; sí puedo.

—Está bien. El alférez Taitkeff le entregará a usted la novena compañía, la que ha mandado usted ya; vaya usted a recibir la orden del día, y haga el favor, al salir, de enviarme al ayudante del regimiento.

Al salir de allí Koseltzoff hubiérase podido creer que se sentía incómodo o que estaba irritado, pero no precisamente contra su coronel, sino en particular contra sí mismo y contra todo cuanto lo rodeaba.

XV

Antes de ir a reunirse a sus oficiales, fue a buscar su compañía situada en el camino cubierto que conducía al sexto baluarte.

Al entrar en el abrigo blindado abierto por un lado, encontró tanta gente, que a duras penas pudo abrirse paso entre ella. En uno de los extremos ardía una vela de sebo que un soldado, tendido en tierra, sostenía sobre un libro en el cual leía uno de sus compañeros deletreando; en torno suyo, multitud de cabezas vueltas hacia el lector, al cual escuchaban ávidamente. Koseltzoff reconoció el a b c en esta frase. O—ra—ción des—pués del es—tu—dio. Te—doy gra—cias, Cre—a—dor mí—o.

—Despabilad la luz —gritó uno.

—¡Qué buen libro! —exclamó el lector que se disponía a proseguir; pero a la voz de Koseltzoff llamando al sargento primero, enmudeció: los soldados salieron de su inmovilidad, tosiendo sonándose, cosa que ocurre siempre tras un rato de forzoso silencio; el sargento, abrochándose el uniforme, se levantó de en medio de un grupo, y pasando por encima de sus compañeros, pisándole los pies, que por falta de espacio no sabían dónde meter.

—¡Hola, muchacho! ¿Está siempre lo mismo nuestra compañía?

—¡Salud a Vuestra Nobleza! Lo felicitamos por estar de regreso —respondió el sargento alegremente.

—¿Se curó ya Vuestra Nobleza? ¡Ah, bueno!

Alabado sea Dios, pues hemos notado mucho su falta.

Conocíase que Koseltzoff era querido en la compañía; oyóse enseguida cómo se comunicaban unos a otros que el antiguo oficial de ella había vuelto; aquel que fue herido, Koseltzoff Mikhail Semenovitch. Algunos soldados, entre ellos el tambor, vinieron a saludarlo.

—¡Hola, Obanetchuk! —le dijo el oficial— ¿estás bueno y sano? ¡Hola, hijos míos! —añadió alzando la voz.

Los soldados respondieron a coro: —¡Salud a Vuestra Nobleza!

—¿Cómo va, muchachos?

—Esto va mal, Vuestra Nobleza; el francés va ganando; tira desde sus atrincheramientos, pero no se deja ver fuera de ellos.

—Y bien, ¿quién sabe? Tal vez tendré yo la suerte de verlo salir de sus trincheras. No será la, primera vez que vayamos juntos y que lo batiremos.

—Estamos dispuestos a hacer cuanto se pueda, Vuestra Nobleza —respondieron muchos a la vez.

—¿Son, pues, muy valientes?

—Terriblemente atrevidos —dijo a media voz el tambor, pero de modo que pudiera ser oído, y dirigiéndose a otro soldado, como para justificar a su superior por haber empleado aquella expresión y persuadir a su compañero de que no tenía nada de exagerado ni de inverosímil. Koseltzoff se separó de sus soldados para ir a reunirse con los oficiales en el cuartel.

XVI

La sala de banderas del cuartel estaba llena de gente, de multitud de oficiales de marina, de artillería y de infantería; los unos dormían, los otros charlaban sentados sobre cajas de municiones o sobre el afuste de un cañón; el grupo más numeroso lo formaban algunos sentados sobre sus burkas extendidas en el suelo, y que bebían porter y jugaban a los naipes.

¡Eh! Koseltzoff, ¿ya de vuelta? ¿Y tu herida? — dijeron varias voces salidas de diferentes lados.

Después de estrechar la mano a sus conocidos, Koseltzoff se reunió al grupo central de los jugadores.

Uno de estos, de exterior agradable, moreno, delgado, de larga nariz, seco y con gran bigote que le cubría las mejillas, llevaba la banca con sus dedos blancos y finos, en uno de los cuales se veía una sortija con solitario; parecía agitado. Y al echar las cartas hacíalo con negligencia afectada a su derecha, medio recostado y apoyándose en los codos, un mayor de pelo gris, apuntaba y pagaba cada vez medio rublo con exagerada tranquilidad; A la izquierda, sentado sobre sus talones, un oficial de cara encendida y reluciente, bromeaba y sonreía con esfuerzo, y cuando mataban su carta agitábase una de sus manos en el bolsillo vacío del pantalón; jugaba fuerte pero sin dinero, lo que ponía de mal talante al oficial moreno, de rostro agraciado. Yendo y viniendo por la estancia, con un paquete de asignados en la mano, otro oficial, pálido, delgado y calvo, de enorme nariz y enorme boca, ponía dinero contante a cada vabanca y ganaba siempre.

Koseltzoff bebióse una copa de aguardiente y se sentó junto a los jugadores.

—Vamos, Mikhail Semenovitch, vamos, apunte usted —le dijo el banquero— apostaría a que ha traído un dineral.

—¿Dónde lo he de haber encontrado? Al revés; he gastado mis últimos rublos en la ciudad.

—¿De verdad? Habrá desplumado usted a alguien en Sympheropol; estoy seguro.

—¡Vaya una idea! —replicó Koseltzoff, a quien agradaba que en esto no se le diese crédito sobre su palabra, y desabrochándose el uniforme para estar con más comodidad, cogió algunos naipes usados.

—No tengo nada que arriesgar; pero ¡que el diablo me lleve!... ¿quién puede prever la suerte?

Un mosquito en ocasiones hace prodigios. Bebamos para tener ánimos.

Y no tardó nada en beberse otra copa de aguardiente, y en perder sus últimos tres rublos, mientras que ciento cincuenta eran inscriptos en la cuenta del oficialote de rostro empapado en sudor.

—Haga usted el favor de enviarme el dinero ­dijo el que tenía la banca interrumpiendo la talla para mirar a éste.

—Permítame usted demorar el envío hasta mañana —respondió el interpelado levantándose; su mano no cesaba de moverse con agitación en el bolsillo.

—¡Hum! —murmuró el banquero, lanzando con despecho a derecha e izquierda las últimas cartas de la baraja.— No se puede jugar así —exclamó,— otro talla; esto no es posible, Takar Ivanovitch; jugamos dinero contante y no de boquilla.

—¿Dudará usted de mí? Sería verdaderamente extraño.

—¿De quién he de recibir ocho rublos? ­ preguntó en aquel momento el mayor, que acababa de ganar,— he pagado más de veinte y cuando gano no cobro nada.

—¿Cómo quiere usted que le pague, cuando no hay dinero en la banca?

—Eso no me importa —replicó el mayor levantándose,— yo juego con usted y no con el señor.

—Pero como he asegurado... —interrumpió el oficial sudoroso— como he asegurado que pagaré mañana, ¿por qué se atreve usted a insultarme?

—Digo lo que me da la gana; no se procede así clamaba el mayor a voz en grito.

—¡Vamos, cálmese usted, Fedor Fedorovitch! — intervinieron varios jugadores a la vez rodeándole.

Dejemos caer un velo sobre esta escena,... Mañana, hoy mismo, quizá, aquellos hombres irán alegremente y decididos a buscar la muerte, y morirán con tranquilidad y valor. En el alma de todos los hombres ocúltase la sublime chispa que, en el momento dado, hará de ellos héroes; pero esa chispa se cansa de brillar de continuo. Sin embargo, cuando llegue el instante fatal, surgirá la llama que ha de iluminar las más grandes acciones.

XVII

Al día siguiente, el bombardeo prosiguió con la misma violencia. Hacia las once de la mañana, Volodia Koseltzoff reuniose a los oficiales de su batería.

Íbase acostumbrando a aquellas caras nuevas; les interrogaba y les transmitía, a su vez parte de sus impresiones. La conversación modesta, quizá un poco pedante, de los artilleros, le agradaba, inspirándole respeto, y en cambio su exterior simpático, sus tímidas maneras y su ingenuidad, predisponían a aquellos señores en favor suyo. El oficial más antiguo de la batería, un capitán bajito, de pelo rojo, con tupé y peinado bien liso sobre las sienes, educado en las antiguas tradiciones de la artillería, galante con las damas y con pretensiones de sabio, explorábale sobre sus conocimientos en esta ciencia, sobre los adelantos más recientes, y lo trataba como a un hijo, lo cual traía encantado a Volodia. El subteniente Dedenko, oficialito con acento de pequeño ruso, de cabellera alborotada y capote roto, le gustaba también, a pesar de sus gritos; pues bajo aquella ruda corteza, adivinaba Volodia un hombre digno y pundonoroso. Dedenko ofreció con insistencia sus servicios al joven y trató de probarle que los cañones de Sebastopol no habían sido emplazados según las reglas. Por el contrario, el teniente, Tchernovitzky, de cejas notablemente arqueadas, vestido de levita aseada cuidadosamente, aunque ajada y con remiendos, y cadena de oro sobre chaleco de raso, no le inspiró bien que fuese superior a los otros en distinción y finura, la menor simpatía; no cesaba de preguntar a Volodia detalles sobre el Emperador y el ministro de la Guerra; refería con ficticio entusiasmo las hazañas realizadas en Sebastopol; hacía alarde de gran saber, de sentimientos muy nobles, perro a pesar de todo, y sin que supiera decirse el por qué, aquellos discursos sonaban en hueco al oído del joven, y aun pudo notar que los demás oficiales evitaban generalmente la conversación de Tchernovitzky. El junker Vlang, a aquel a quien despertó la noche antes, sentado modestamente en un rincón, callaba, riéndose a veces de algún chiste, pronto siempre a recordar lo que olvidaban los otros; ofrecía por turno a estos el frasco del aguardiente y liaba cigarrillos para todos.

Seducido por las maneras sencillas y afables de Volodia, que no lo trataba como a un chiquillo, y por su exterior agradable, no se apartaban sus ojazos cariñosos del rostro del recién llegado; adivinaba y preveía todos sus deseos, impulsado por un sentimiento de admiración exaltada que los oficiales notaron en seguida y con motivo del cual no le escasearon las bromas.

Poco antes de comer, el segundo capitán, Kraut, relevado de su servicio en el baluarte, vino a unirse a la reducida sociedad. Rubio, guapo mozo, vivo, poseedor de bigotes rojos y patillas de igual color, hablaba el ruso perfectamente, pero con excesiva corrección y elegancia, para un ruso de pura sangre.

Tan irreprochable en el servicio como en la vida privada, la perfección era su defecto; excelente compañero de seguridad a prueba en los asuntos de intereses, faltábale algo como hombre, precisamente porque lo poseía todo. Por un contraste notable con los alemanes idealistas de Alemania era, a ejemplo de los alemanes rusos, práctico en grado exorbitante.

—¡He aquí, he aquí a nuestro héroe! —exclamó el capitán en el momento en que entraba Kraut accionando,

y haciendo chocar sus espuelas.— ¿Qué quiere usted, Federico Cristianovitch, té o aguardiente?

—Me he mandado hacer té —respondió;— pero no rehusaré el aguardiente mientras lo hacen, para consolarme el espíritu. Me alegro mucho de conocerle.

Le ruego que nos quiera y sea un buen compañero para nosotros —dijo a Volodia, que se había levantado para saludarlo.— Capitán de segunda Kraut... Me han dicho que llegó usted anoche.

—Permítame usted que le dé las gracias por su cama, que he utilizado esta noche.

—¿Y ha dormido usted siquiera cómodamente?

Porque le falta una pata, y no es posible componerla mientras dure el sitio.

— Y bien, ¿ha salido usted bien hoy?— le preguntó Dedenko.

—¡Sí, gracias a Dios! Pero Shovortzoff ha caído.

Hubo que arreglar una cureña; las gualderas quedaron hechas añicos...

Y se levantó de pronto para pasear por la estancia: veíase que experimentaba la sensación agradable del hombre que acaba de salir sano y salvo de un gran peligro.

—Y bien, Dimitri Gravilovitch —dijo, dando una palmada amistosa,— ¿cómo estamos? ¡batiuchka!

¿Por dónde anda su propuesta? ¿No ha, resollado aún?

—No; no hay nada.

—Y no habrá —intervino Dedenko,— ya se lo he demostrado.

—¿Por qué no resultará nada?

—Porque la comunicación está mal puesta.

—¡Qué sempiterno discutidor! —dijo Kraut jovialmente.— ¡Un verdadero ruso—menor testarudo!

Bueno, pues, ya verá usted cómo para mortificarle lo ascenderán a teniente.

— No, no harán nada.

—Vlang, —añadió Kraut, dirigiéndose al junker,— llene usted mi pipa y tráigamela, haga usted el favor.

La presencia de Kraut había animado a todos.

Hablando con cada uno, daba detalles y preguntaba lo que había ocurrido en su ausencia.

XVIII

—Conque... ¿se ha instalado usted ya? ­preguntó Kraut a Volodia. —Pero, usted perdone, ¿cómo se llama? El nombre y apellido. Así es costumbre entro nosotros, en artillería. ¿Tiene usted caballo de montar?

—No —respondió el alférez— y estoy en un compromiso; se lo he dicho al capitán. No tengo ni caballo ni dinero hasta que reciba los gastos de forraje y de marcha. Quisiera pedir al comandante de la batería que me prestase su caballo, pero temo que rehúse.

—¿Quiere usted pedírselo a Apolo Sergueitch?

—dijo Kraut, emitiendo con los labios un sonido, que debía expresar la duda. Y se quedó mirando al capitán.

—¡Bueno, bueno! —repuso este.— ¡Si rehúsa, el mal no será mucho! A decir verdad, maldita la falta que hace aquí el caballo; yo me encargo de pedírselo hoy mismo.

—¡No lo conoce usted! —añadió por su parte Dedenko— rehusaría cualquiera otra cosa; pero no le negará eso al señor ¿qué apuesta usted?

—¡Bah! Usted siempre esta dispuesto a contradecir... usted...

—Contradigo cuando hay por qué. El no es rumboso de suyo, pero prestará el caballo, porque no tiene ningún interés en rehusarlo.

—¿Cómo ningún interés? Cuando la avena le sale aquí a ocho, rublos; es evidente su interés; siempre será un caballo menos que alimentar.

—¡Vladimir Seinenovitch! —interrumpió Vlang, que venía con la pipa de Kraut— pídale usted el Estornino, es un caballo superior...

—¿Con el cual se cayó usted al foso, ¡eh! Vlang?

—hizo observar el capitán segundo.

—Se equivoca usted al decir que la avena está a ocho rublos —sostenía entretanto Dedenko, que había continuado la discusión.— Según las últimas noticias, está a diez cincuenta... es evidente, que no le resulte provechoso en...

—¿Pero quiere usted que no le quede nada? Si usted estuviera en su lugar, no prestaría un caballo ni para ir a paseo. Cuando yo sea comandante de batería, mis caballos, ¡batiutchka!, tendrán sus cuatro garnetz bien llenos, y no pensaré en adquirir rentas.

—El que viva lo vera —replicó Kraut,— usted hará lo mismo cuando tenga una batería, y éste también —indicando a Volodia.

—¿Por qué supone usted, Federico Cristianovitch, que el señor querrá obtener también menudos provechos? Si tiene algún caudal, ¿a qué ha de proceder así? —preguntó a su vez Tchernovitzky.

— No... yo... dispense usted, capitán —dijo Volodia ruborizándose hasta las orejas, — eso sería indigno a mis propios ojos.

—¡Oh, oh! ¡Qué sopa en leche! —le dijo Kraut.

—Eso es otra cuestión, capitán; pero creo que no puedo quedarme con dinero que no me pertenezca.

—Y yo le digo a usted otra cosa —prosiguió el capitán con tono mas seguro.— Sepa usted que es muy ventajoso llevar bien las cuentas siendo comandante de batería. Sepa usted que éste no tiene que cuidarse de la alimentación de sus soldados; así ocurre, siempre, entro nosotros, en artillería. Si usted no logra unir bien los dos cabos, no le quedará un céntimo.

Enumere más a la ligera los gastos. En primer lugar el herraje —y el capitán dobló un dedo— después el botiquín —dobló el segundo— luego la oficina ­ya son tres,— más los caballos de tiro, que cuestan seguramente quinientos rublos —son cuatro— la recomposición de los cuellos de los soldados y el carbón que se gasta, en gran cantidad, y por último, la mesa de los oficiales. Además, como jefe de batería, hay que vivir de un modo conveniente; necesita una caleche, una, pelliza, etc.

—Y lo principal —dijo el capitán, que había guardado silencio hasta entonces,— helo aquí, Vladimir Semenovitch. Aquí tiene usted a un hombre como yo, por ejemplo, que ha servido veinte años recibiendo primero doscientos, después trescientos rublos de paga... Pues bien, ¿cómo no ha de recompensar el Gobierno sus años de servicios dándole un pedazo de pan para la vejez?

—Es indiscutible —replicó el segundo capitán— así, no se dé usted prisa a juzgar; sirva usted algún tiempo, y ya verá...

Volodia, avergonzado de la observación que había soltado sin reflexionar, murmuró algunas palabras y oyó en silencio cómo la emprendió Dedenko para defender la tesis contraria; la discusión fue interrumpida por la entrada del asistente del teniente coronel, anunciando que la comida estaba servida.

—Debe usted decirlo a Apolo Sergevitch que nos dé vino hoy —dijo el teniente Tchernovitzky abrochándose— ¡al diablo su avaricia! Si lo matan no lo disfrutará nadie.

—Dígaselo usted mismo.

—¡Ah! no, usted es más antiguo; la jerarquía ante todo.

XIX

Una mesa cubierta con mantel bastante manchado aparecía dispuesta en el centro de la habitación donde Vololdia fue recibido la noche antes por el jefe; éste le tendió la mano preguntándole nuevas de Petersburgo y de su viaje.

—Bueno, señores; hagan ustedes el favor de acercar el aguardiente ¿los alféreces no beben? ­añadió sonriendo.

El comandante de la batería no parecía hoy tan severo como la noche anterior; más bien tenia el aspecto de un huésped bondadoso y hospitalario; de un compañero entre sus oficiales, todos, a pesar de esto, desde el veterano capitán al alférez Dedenko, le demostraban un respeto que se traducía en la atención tímida, con que le hablaban, aproximándose por turno para beber su copa de aguardiente.

La comida componíase de chtchi servido en una gran sopera, donde flotaban trozos de carne empapados en grasa, hojas de laurel y mucha pimienta; de zrasi a la polonesa con mostaza, y de kolduny con manteca ligeramente rancia; no había servilletas; las cucharas eran de madera o de estaño; vasos aparecían sólo dos, y sobre la mesa sólo una garrafa de agua con el cuello roto. La conversación no cesaba; se habló primero de la batalla de InKerman, en la cual hubo de tomar parte la batería; cada cual recordaba sus impresiones, sus juicios sobre las causas del fracaso, callándose en cuanto, hablaba el jefe de la batería. Después se lamentaron de carecer de cañones de ciertos calibres; fueron discutidos los últimos perfeccionamientos, lo que dio ocasión a Volodia para demostrar su ciencia, y dato curioso, la conversación no llegó a rozar siquiera levemente el asunto de la tremenda situación de Sebastopol, lo que parecía querer decir que todos y cada uno, por lo que a sí mismo concernía, se preocupaban de ello demasiado para poder hablar. Volodia muy admirado y aún apesadumbrándose de que ni se aludiese tan sólo a los deberes del servicio, decíase que sin duda no había llegado uno a Sebastopol para dar detalles sobre los nuevos cañones y comer con el comandante de la batería. Una granada estalló, durante la comida, a dos pasos de la casa; el techo y las paredes fueron sacudidas como en un terremoto, y el humo de la pólvora extendióse por fuera sobre los vidrios de la ventana.

—No habrá visto usted esto en Petersburgo pero aquí recibimos a menudo esas sorpresas. A ver, Vlang, haga, usted el favor de mirar —añadió el comandante,— dónde ha caído esa granada.

Vlang miró y anunció que en la plaza.

Poco antes de concluir de comer, uno de los soldados escribientes entró para dar a su jefe tres pliegos cerrados:

—Este es muy urgente; lo acaba de traer un cosaco, a caballo, de parte del Comandante General de artillería.

Los oficiales siguieron con ansiosa impaciencia los dedos ejercitados de su superior al romper el sello del sobre que traía escrito «muy urgente», y de donde sacó un papel.

—¿Qué podrá ser esto? —preguntóse cada cual.—

¿Será la orden de salir de Sebastopol para descansar, o la de sacar a las fortificaciones toda la batería?

—¡Siempre lo mismo! —exclamó el comandante arrojando con cólera el pliego sobre la mesa.

—¿Qué es eso, Apolo Sergevitch? —preguntó el oficial más antiguo.

—Piden un oficial y sirvientes para una batería de morteros. No tengo más que cuatro oficiales y mis sirvientes no están completos —dijo entre dientes— y ahora, me exigen... Sin embargo, es preciso que vaya alguno, señores —prosiguió al cabo de un instante hay que estar a las siete. Envíeme usted al sargento primero. Y bien, caballeros, ¿quién va a ir? Decídanlo ustedes mismos.

—Pues mire usted... El señor no ha hecho aún ningún servicio —dijo Tchernovitzky señalando a Volodia.

El comandante de la batería, guardó silencio.

—Sí, no deseo otra cosa —exclamó Volodia, sintiendo un sudor frío humedecerle el cuello y el espinazo.

—No; ¿por qué? —interrumpió el capitán— nadie debe rehuir el servicio, pero ofrecerse voluntario es inútil; puesto que Apolo Sergevitch nos deja libres, echaremos suertes como la otra vez.

Todos se conformaron. Kraut cortó con cuidado unos cuadraditos de papel, y enrollándolos, los echó en una gorra. El capitán soltó algunas bromas y aprovechó la ocasión para pedir vino al teniente coronel, a fin de adquirir valor, según añadió. Dedenko tenía aspecto sombrío, Volodia sonreía, Tchernovitzky pretendía que él iba a ser el designado por la suerte, Kraut permanecía completamente tranquilo.

Ofrecieron a Volodia que sacase el primero; el joven cogió una de las papeletas, la más larga, pero la cambió en el acto por otra más pequeña y más fina, y desenvolviéndola, leyó la palabra Ir.

—Me toca a mí —dijo.

—Pues bien, ¡que Dios lo proteja!... Este será su bautismo de fuego —dijo el comandante, contemplando con una sonrisa de bondad el rostro conmovido del alférez,— pero, alístese usted pronto; para que vaya usted mejor, Vlang le acompañara en lugar del artificiero.

XX

Vlang, muy satisfecho de su misión, corrió a vestirse y volvió en el acto a ayudar a Volodia a hacer sus preparativos, aconsejándole que se llevara su cama, la pelliza, un número viejo de Los Anales de la Patria, una cafetera con una lamparilla de espíritu de vino y otros objetos inútiles. El capitán, a su vez, encargó a Volodia, que leyese en el Manual para uso de los oficiales de artillería, el pasaje referente al tiro de mortero, sacando, acto seguido, copia de él. Volodia se puso, desde luego, al trabajo, feliz y sorprendido, al sentir que el terror a los peligros, el miedo, sobre todo, de pasar por un cobardón, no eran tan fuertes en él como el día antes, pues las impresiones del día y sus ocupaciones habían contribuido a disminuir su intensidad. A las siete de la tarde, cuando el sol descendía ya a ocultarse tras del cuartel Nicolás, el sargento primero vino a decirle que la gente estaba lista y esperando.

—Ya he dado la lista a Vlang; Vuestra Nobleza se la podrá pedir.

—¿Habrá que hacerles un discurso? ­preguntó Volodia al ir, acompañado del junker, en busca de los veinte artilleros que, ceñido el sable, lo esperaban fuera— ¿O bastará decirles sencillamente: «buenos días, muchachos» o no decir nada. ¿Por qué no decirles buenos días, muchachos? Me parece que eso es lo que corresponde... —y con su voz llena y sonora gritó:— ¡Buenos días, muchachos!

Los soldados respondieron alegremente a su saludo; su voz joven y fresca, habíales acariciado agradablemente el oído. Púsose a su frente, y a pesar de que su corazón latía como si acabase de cruzar algunas verstas corriendo, su paso era ligero y sus labios sonreían. Al llegar cerca, del mamelón de Malakoff, notó, al subirlo, que Vlang, el cual no se separaba un paso de él y que le había parecido tan valiente abajo en el alojamiento, huía el cuerpo y bajaba la cabeza, como si las balas y las granadas que venían silbando hasta allí, sin interrupción, fuesen a caer directamente sobre él; algunos soldados hacían lo mismo, y la mayor parte de las fisonomías expresaban, si no miedo, por lo menos inquietud: esta circunstancia, acabó de afirmar, reanimándolo, su valor.

—Heme aquí, pues; heme aquí, también yo, en el mamelón de Malakoff; me lo figuraba mil veces más terrible, y ando y avanzo sin hacer cortesías a los proyectiles. ¿Tengo, acaso, menos miedo que los otros? No soy, pues, un cobarde —decíase con júbilo, con el entusiasmo del amor propio satisfecho.

Este sentimiento fue, no obstante, amortiguado por el espectáculo que se presentó ante sus ojos; cuando llegaba ya con el crepúsculo a la batería de Korniloff, cuatro marineros, cogiendo unos por los pies y otros por los brazos el cuerpo ensangrentado de un hombre descalzo y sin capote, se disponían a arrojarlo por encima del parapeto (al segundo día de bombardeo echábanse los muertos al foso, pues no había tiempo de retirarlos). Volodia, presa de estupor, vio el cadáver chocar con la cresta del parapeto y caer resbalando desde allí al foso; felizmente para él, encontró en aquel mismo momento al Comandante del baluarte, que le dio un conductor para guiarlo a la batería y al alojamiento blindado de los sirvientes. No referiremos cuantas veces nuestro héroe se vio expuesto al peligro aquella noche; nada diremos de su decepción al ver que en vez de encontrar allí un tiro ajustado a todas las reglas de precisión, tal como se practicaba en Petersburgo, en la llanura de Volkovo, hallose frente a dos morteros solamente, el uno con los rebordes partidos por una granada, y el otro sosteniéndose sobre los fragmentos de un afuste hecho pedazos; ni diremos cómo le fue imposible procurarse soldados para repararlo antes del día, cómo no encontró carga alguna de calibre indicado en el manual; ni hablaremos de sus impresiones al ver rodar por tierra a dos de sus artilleros heridos ante él, ni, en fin, cómo se vio él mismo, veinte veces con la vida pendiente de un cabello.

Por fortuna, el jefe de pieza, que le dieron para ayudarlo, un marino de gran estatura, afecto a los dos morteros desde que principiara el sitio, le aseguró que podían servir aún, prometiéndole, mientras paseaba por el baluarte con una linterna en la mano con tanta tranquilidad como si estuviese en su huerto, que los pondría en estado de servicio antes del amanecer.

El reducto blindado en el cual su guía lo introdujo, no era sino una gran cavidad estrecha y larga, perforada en el suelo pedregoso, de unas dos sagenas cúbicas de profundidad, protegida por vigas de encina de una archina de diámetro; allí se estableció con su gente. En cuanto, Vlang divisó la puertecilla baja que le daba paso, lanzóse dentro con tal precipitación, que lo arrastró casi a caer al suelo, pavimentado con piedras, y escondiéndose en un rincón no quiso salir más. Los soldados se instalaron en tierra junto a las paredes; algunos encendieron sus pipas, y Volodia armó su cama en un rincón, echóse en ella y encendió a su vez un cigarrillo. Sobre sus cabezas se sentía, debilitado por el blindaje, el estampido sin interrupción de las descargas; un cañón solo, emplazado muy cerca, hacía retemblar el abrigo cada vez que disparaba. En el interior todo permanecía en calma. Los soldados, intimidados aún por la presencia del oficial nuevo, sólo cambiaban entre sí alguna que otra palabra para pedirse fuego o algo de sitio; una rata roía allá entre las piedras, y Vlang, que aun no se había repuesto de su emoción, lanzaba de vez en cuando profundos suspiros, contemplando en rededor suyo. Lo mismo aquí, sin estar del todo a su gusto, sentíase casi predispuesto a la alegría.

XXI

Al cabo de diez minutos, los soldados fueron animándose, comenzando a charlar; cerca del lecho del oficial, en el círculo de luz, habíanse colocado los de mayor graduación; los dos artificieros, el uno viejo, de cabellera gris, con el pecho adornado con muchas medallas y cruces, entre las que faltaba la de San Jorge; el otro, un joven que fumaba cigarrillos liados por él, y el tambor, que, como siempre, se puso allí en el fondo a las órdenes inmediatas del alférez.

En las sombras de la entrada, tras del bombardero y los soldados condecorados que ocupaban el primer término, estaban los humildes, que fueron los primeros en romper el mutismo. Uno de ellos, que vino corriendo asustado y con gran estrépito, sirvió de tema a su conversación.

—¡He, oye! ¿No has querido andar más por la calle?

—¿No se pasean por allí las muchachas, eh? ­dijo una voz.

—Al revés, cantan unas canciones maravillosas, como no se oyen en el pueblo —respondió riendo y sofocado el recién venido.

—Vassin no es amigo de las bombas, no; no le gustan —exclamó otro de los del grupo aristocrático.

—Cuando es preciso, ya es otra cosa ­replicó lentamente Vassin, a quien todos atendían cuando hablaba.— El 24, por ejemplo, caían que era una bendición. ¿A qué hacernos matar sin objeto? ¿Nos lo agradecerían nuestros jefes?

Estas palabras provocaron gran risa.

—Y sin embargo, mirad a Menilkoff, que se está siempre fuera —dijo otro.

—Es verdad; hazle que, entre —añadió el veterano artificiero.— Si no se va a hacer matar como un tonto.

—¿Quién es Menilkoff? —preguntó Volodia.

—Mire Vuestra Nobleza, es un animal que no tiene miedo a nada: se esta paseando ahí fuera. ¿Quiere verlo Vuestra Nobleza? parece un oso.

— Sabe hacer sortilegios —añadió Vassin con su voz reposada.

Menilkoff, soldado de gran corpulencia, cosa rara, de pelo rojo, frente enorme, extraordinariamente bombeada, y ojos saltones azul claros, entró en aquel momento.

—¿Tienes miedo de las bombas?

—¿Por qué he de tener miedo? —contestó Menilkoff rascándose el cogote,— no será una bomba la que me mate, bien lo sé...

—¿Te gusta, pues, estar aquí?

—Seguramente; es muy divertido. —Y se echó a reír.

—¡Entonces habrá que hacerte tomar parte en una salida! ¿Quieres? Se lo diré al General añadió Volodia, que no conocía, sin embargo a General alguno.

—¡Por qué no he de querer! ¡Sí que quiero! ­Y Merillkoff se ocultó tras de sus compañeros.

—Vamos a jugar, muchachos; ¿quién tiene cartas?

—preguntó una voz impaciente, y organizose el juego en el rincón más apartado.

Volodia, entretanto, bebía té del que le preparó el tambor, ofreciendo de él a los artificieros, con quienes charlaba bromeando, deseoso de hacerse popular y muy complacido por el respeto que le demostraban. Los soldados, al notar que el barina era buen chico, fueron animándose, y uno de ellos anunció que el sitio, iba a concluir muy pronto, pues un marinero le había asegurado, como cosa cierta, que Constantino, el hermano del Czar, venía a libertarlos con la escuadra Mericana, y que en breve habría un armisticio de dos semanas para descansar, y que por cada cañonazo que se disparase durante la tregua se tendrían que pagar setenta y cinco kopeks.

Vassin, en quien Volodia había reparado ya, aquel soldado bajito con ojos grandes y dulces y patillas, refirió a su vez, en medio, del silencio general, roto en seguida por mil risotadas, el placer que habían sentido primero al verlo volver a su pueblo con licencia, pero que en el acto su padre lo envió a trabajar al campo, cada día, mientras que el señor teniente de la guardia forestal mandaba a buscar a su mujer en drochki. Muchos de los soldados roncaban ya; Vlang habíase tumbado también en tierra, y el artificiero veterano, tras de extender su capote en el suelo persignábase devotamente mascullando las oraciones de la noche, cuando se le ocurrió a Volodia, el capricho de salir para ver lo que acontecía fuera.

—Retirad las piernas —dijéronse al momento los soldados unos a otros al verlo levantarse, y cada cual encogió las suyas para dejarlo pasar.

Vlang, a quien creyérase dormido, se incorporó, sujetando a Volodia por un faldón del capote.

—Vamos, no salga usted, ¿qué va usted a hacer?

—le dijo con acento compungido y persuasivo: —¿no sabe usted lo que pasa? llueven los proyectiles allí; aquí se está mejor.

Pero Volodia salió sin atenderlo y fue a sentarse en el umbral mismo del alojamiento, junto a Menilkoff.

La atmósfera estaba fresca y pura, sobre todo, comparándola con la que acababa de respirar; la noche clarísima y serena; entre el tronar del cañón oíase el ruido de las ruedas de las telegas que traían cestones y faginas, y las voces de los que trabajaban en el polvorín: sobre su cabeza brillaba el cielo estrellado, dibujándose en él los surcos luminosos de los proyectiles; a la izquierda veíase la reducida abertura de una archina de alto, que conducía al interior de otro blindaje, dentro del que se podían ver los pies y las espaldas de los marineros que allí paraban y a los que se oía hablar; enfrente alzábase el macizo que cubría el polvorín, ante el cual pasaban y repasaban cuerpos encorvados, y en la cúspide misma de la eminencia, expuesta a las balas y las granadas que no cesaban de silbar en aquel sitio, aparecía una figura negra, elevada, con las manos en los bolsillos, pisoteando la tierra fresca que traían en sacos; de tiempo en tiempo caía una bomba y estallaba a dos pasos de la cava; los soldados obreros agachábanse y se apartaban de allí, mientras que la obscura silueta proseguía tranquilamente igualando la tierra con los pies y sin moverse de su sitio.

—¿Quién es ese? —preguntó Volodia a Menilkoff.

—No sé; voy a verlo.

—No vayas, es inútil.

Pero Menilkoff se levantó sin oírlo; acercóse al hombre negro y permaneció largo rato inmóvil junto a éste, con la misma indiferencia que él, hacia el peligro.

—¿Es el vigilante del polvorín, Vuestra Nobleza?

—dijo al volver— una bomba ha horadado el espaldón y lo vuelven a cubrir de tierra.

Al concluir la noche, conocía perfectamente el número y la dirección de los cañones que disparaban y en que dirección hacían fuego.

XXII

Al día siguiente, 27 de agosto, después de diez horas de sueño, salió Volodia fresco y descansado del blindaje. Siguiole Vlang, pero éste al primer silbido de una bala, dio un salto hacia atrás, y abriéndose camino con la cabeza, se precipitó por la angosta abertura entre la risa general de los soldados, de los cuales todos, a excepción de Vlang, del veterano artificiero y de otros dos o tres que solían aparecer raras veces en el atrincheramiento, habían salido fuera, para respirar el aire fresco de la mañana.

A pesar de la violencia del bombardeo, no se les pudo impedir que permanecieran allí, unos cerca de la entrada, otros cubriéndose con el parapeto; en cuanto a Menilkoff, desde que rayó el alba, iba y venía por las baterías observándolo todo, con aire indiferente.

En el umbral mismo del alojamiento sentáronse tres soldados, dos viejos y un joven: este último, judío de crespo cabello, infante agregado a la batería, recogió una bala que rodó a sus pies y aplastándola con un casco de bomba contra una piedra, la recortó en forma de cruz según el modelo de la de San Jorge, mientras los otros conversaban, siguiendo, con interés su trabajo que le salía muy bien.

— Yo digo que si continuamos aquí algún tiempo más, cuando la paz se haga, nos darán el retiro.

—De seguro; no me faltaban más que cuatro años de servicio, y hace cinco meses que estoy aquí. —Eso no se cuenta para el retiro —dijo otro, en el momento en que una bala de cañón, tras de pasar silbando sobre el grupo, dio en tierra a una archiva de Menilkoff, que venía hacía ellos por la trinchera.

—A poco mata a Menilkoff —dijo un soldado.

—No me matara —repuso éste.

—Toma, ten esta cruz por tu valor —dijo el bisoño judío, concluyendo la que hacía, y dándosela.

— No, hermano, aquí los meses valen por años; hay una orden acerca de eso —prosiguió aquel que antes hablaba.

—Sea lo que fuere, es seguro que al llegar la paz nos pasará una revista el Emperador en Varsovia, y si no nos dan la absoluta, por lo menos será licencia ilimitada.

En este instante, una bala pequeña, saltando de rebote, y que parecía gemir al silbar, cruzó por sobre sus cabezas y fue a caer sobre un pedrusco.

—¡Cuidado! —dijo uno— Puede ser que de aquí a la noche tengas tu licencia absoluta.

Todos se echaron a reír. Y no habían pasado dos horas, no había venido la noche aún, cuando dos de ellos habían recibido, en efecto, la licencia absoluta, y cinco estaban heridos; pero los demás proseguían chanceando como antes.

Por la mañana fueron aprestados los dos morteros, y Volodia recibió, a eso de las diez, orden del comandante del baluarte de reunir su gente y situarse con ella en la batería. Una vez metidos en faena, ya no les quedaron ni señales de aquel terror, que la tarde precedente se manifestaba de un modo tan franco. Sólo Vlang no conseguía dominar el suyo, agachándose y escondiéndose a cada momento.

Vassin también había perdido la sangre fría; agitábase y saludaba. En cuanto a Volodia, excitado por satisfacción entusiasta, no pensó más en el peligro.

El júbilo que sentía al cumplir bien su deber, en no ser un cobarde, en verse, por lo contrario, lleno de valor; el sentimiento del mando y la presencia de veinte hombres, que (bien lo sabía) le observaban con curiosidad, hicieron de él un verdadero héroe.

Hasta, vanagloriándose de su bravura, subíase a la banqueta, con el capote desabrochado, para llamar bien la atención. El jefe del baluarte, al revistar su fuerza, no obstante haberse acostumbrado durante ocho meses a ver el valor bajo todas sus formas, no pudo evitarse el admirar a aquel guapo mancebo, que con el rostro, y los ojos animados, suelto el capote y dejando pasar la camisa roja que aprisionaba su cuello blanco y fino, hacía las señales de reglamento, gritaba con voz de mando: «¡Primero! ¡Segundo! » Y subía alegremente al parapeto para ver dónde caía su bomba. A las once y media, el fuego de cañón cesó por ambas partes, y a las doce en punto comenzó el asalto del mamelón de Malakoff, así corno de los baluartes segundo, tercero y quinto.

XXIII

A la parte de acá de la bahía, entre Inkerman y las fortificaciones del Norte, a la mitad del día y sobre el mogote del telégrafo, veíase a los marineros; junto a ellos, un oficial examinaba a Sebastopol con un anteojo de larga vista, y otro, a caballo, al que acompañaba un cosaco, acababa de reunírsele al pie del gran mástil de señales.

El sol se hallaba en lo alto del horizonte, suspendido sobre el golfo, en cuyas aguas, cubiertas de grandes buques de guerra anclados, de veleros mercantes y botes en movimiento, jugueteaban alegre mente sus rayos abrasadores y luminosos. Ligera brisa, agitando apenas las hojas de algunas encinas achaparradas, que crecían junto al telégrafo, hinchaba las velas de los barcos y hacía rizarse ligeramente las olas. En la costa opuesta del golfo, divisábase Sebastopol, siempre igual, con su iglesia sin concluir, su columna, su muelle, su bulevar, que se destaca verde sobre la montaña; el elegante edificio de la Biblioteca las lagunas de azul de mar, con su bosque de mástiles; los pintorescos acueductos, y sobre todo esto las nubes del tono azulado formadas por el humo de la pólvora, iluminadas de tiempo en tiempo por el rojo resplandor de las descargas; siempre el mismo Sebastopol, hermoso, altivo, con su aspecto de fiesta, rodeado por una parte de montañas amarillas, coronadas de humo, y por la otra de mar, cuya superficie, azul, obscura, y brillante, centellea al sol. En el horizonte, allá donde el humo de un vapor traza una línea negra, va subiendo, un nublado en fajas blancas y angostas, precursoras del viento; en toda la línea de fortificaciones, a lo largo de las montañas, sobre todo en la izquierda, surgen de súbito, rasgados por un relámpago, visible aún en pleno día, penachos de humo blanco y espeso, que adoptando formas variadas se extiende, se eleva y se colora sobre el cielo de tonos sombríos aquellas masas de humo, brotan por todas partes; de las montañas, de las baterías enemigas, de la ciudad, y se remontan a los aires; el estampido de las detonaciones conmueve el aire con su continuo fragor. Cerca de mediodía, las humaredas van haciéndose más escasas, y las vibraciones de las capas de aire menos frecuentes.

—¿Sabe usted que el segundo baluarte no contesta?

—dice el oficial de húsares.— Está todo por tierra; ¡es espantoso!

—Sí, y de Malakoff sólo responden dos veces por cada tres —replica el que observa con el anteojo.—

¡Ese silencio me da rabia! No cesan de tirar sobre la batería de Korniloff, y ésta no responde...

—Ya verá usted, será lo que he dicho; a mediodía, cesará el bombardeo. Siempre sucede así. Vamos a almorzar; nos están esperando. No hay nada más que ver aquí.

—Espérese, no me distraiga— responde a su vez con marcada agitación el que mira con el catalejo.

—¿Qué? ¿Qué hay?

—Movimiento en las trincheras. Columnas cerradas que se ponen en marcha.

—Ah, sí; ya lo veo bien —dice uno de los marineros;— avanzan en columnas; hay que hacer la señal. —Pero mire usted ahora, mire. Salen de las trincheras.

Distinguíanse, efectivamente, a la simple vista, descender numerosas manchas negras desde la montaña al barranco, y dirigirse desde las baterías francesas a nuestros baluartes. En primer término, ante ellas veíanse unas rayas negras también, muy próximas a nuestras líneas. De los baluartes surgieron de repente, y de distintos puntos a la vez, los albos penachos de las descargas, y merced al viento oyóse el crujir de nutrida fusilería, parecido a la crepitación de lluvia torrencial al caer sobre cristales.

Las líneas negras avanzaban envueltas en una cortina de humo, e iban acercándose; la fusilería aumentaba en violencia; la humareda surgía a intervalos, cada vez más cortos; extendíase rápidamente a lo largo de la línea, en una sola nube de color violáceo claro, desarrollándose y desenvolviéndose sin interrupción, surcada aquí y allá por fogonazos o atravesada por puntos negros. Todos los ruidos se confundían en el fragor de un prolongado trueno.

—Es el asalto —dijo el oficial, palideciendo de emoción y alargando el anteojo al marino.

Cosacos y oficiales pasaron a caballo por la cumbre, precediendo al comandante en jefe que iba en carruaje, acompañado por su escolta; sus rostros expresaban penosa emoción de ansiedad.

—Es imposible que lo tomen —dijo el oficial de caballería.

—¡Dios del Cielo! ¡La bandera!... ¡mirad!

—exclamó el otro sofocado de angustia, y se apartó del anteojo.— ¡El pabellón francés sobre el mamelón de Malakoff

—¡Imposible!...

XXIV

El mayor de los Koseltzoff, que había tenido tiempo durante la noche de ganar y de volver a perder todas sus ganancias, incluso además las monedas de oro cosidas en las vueltas de su uniforme, dormía, por la mañana en el cuartel del quinto baluarte con el sueño más profundo, cuando estalló el siniestro grito repetido con indiferentes voces de, ¡a las armas, a las armas!

—Despierte usted, Mikhail Semenovitch, el asalto —le gritó una voz al oído.

— ¡Una broma de estudiante! —respondió abriendo los ojos sin creer en la noticia.

Pero cuando vio a un oficial pálido, agitado, que corría aturdido de un lado para otro, lo comprendió todo, y a la idea de que pudieran tomarle quizá por un cobarde, que procuraba no incorporarse a su compañía en el momento crítico, le dio tal volquetazo en el corazón, que se echó fuera, y corrió de un tirón a reunirse a sus soldados. Los cañones habían enmudecido, pero la fusilería arreciaba de firme, silbando las balas, no aisladamente, sino por enjambres, como pasan sobre muchas cabezas en otoño las bandadas de pájaros. Todo el espacio ocupado la víspera por su batallón estaba lleno de humo, de gritos e imprecaciones; en su camino encontró multitud de soldados y heridos, y treinta pasos allá distinguió a su compañía adosada al parapeto.

— El reducto de Schwarz ha sido ocupado por ellos —le dijo un oficial joven.— Todo está perdido.

—¡Qué majadería! —le respondió con cólera, y sacando de la vaina su espada corta y sin punta, exclamó:— Adelante, muchachos, ¡hurra!...

Su voz fuerte y sonora, lo reanimó a él mismo; corrió adelante a lo largo del camino cubierto cincuenta soldados siguieron en pos gritando; al desembocar en un espacio libre, una granizada de proyectiles los recibió; dos le dieron simultáneamente, pero no tuvo tiempo de comprender dónde le habían tocado y si le hirieran o contusionaran, pues entre el humo, aparecían ante él los uniformes azules, pantalones grancé y oíanse gritos que no eran rusos. Un francés, sentado sobre el parapeto, agitaba su chacó, gritando. La convicción de que sería muerto aguijoneaba el valor de Koseltzoff; corrió mas, siempre a vanguardia; algunos soldados lo repasaron, otros aparecieron de pronto por otra parte y corrieron con él; la distancia entre ellos Y los uniformes azules, que al huir se volvían a las trincheras, permanecía invariable, pero sus pies tropezaban con heridos y muertos; al llegar al foso exterior, todo se confundió ante sus ojos, y sintió violentísimo dolor en el pecho; media hora después hallábase sobre una camilla, junto al cuartel Nicolás. Sabía que estaba herido, pero sin sufrir molestia alguna; hubiera deseado, no obstante, beber algo frío y hallarse acostado con más comodidad.

Un médico, grueso y bajito con patillas negras, acercóse a él y le desabrochó el capote. Koseltzoff contempló, por encima de su barba, la cara del doctor, que examinaba su herida sin causarle dolor alguno; aquél, tras de cubrirla con la camisa del herido, se enjugó los dedos con el faldón de la levita, y volviendo la cabeza, pasó silencioso, a otro herido.

Koseltzoff seguía maquinalmente con la vista lo que pasaba en torno suyo, y transportándose con la memoria al quinto baluarte, sintió dulce satisfacción al hacerse justicia; había cumplido con su deber, siendo la primera vez, desde que estaba en el servicio, que lo hiciera sin tener nada que reprocharse. El médico, que acababa de curar otro oficial, hizo una seña al capellán, de hermosa y luenga barba roja, que permanecía allí con su cruz.

—Pero, ¿es que voy a morir? —le preguntó Koseltzoff, viéndolo acercarse.

El pope nada respondió, recitó unas oraciones, y le presentó la cruz.

La muerte no asustaba a Koseltzoff; aproximando con mano débil la cruz a sus labios, lloró.

—Los franceses... ¿han sido rechazados? — preguntó al capellán con voz firme.

—La victoria es nuestra en toda la línea ­respondió éste para consolar al moribundo, ocultándole la verdad, pues el pabellón francés ondeaba ya sobre el mamelón de Malakoff.

—¡Gracias sean dadas a Dios! —murmuró el herido, cuyas lágrimas corrían, sin que él lo sintiera, por sus mejillas. El recuerdo de su hermano atravesó durante un segundo por su cerebro.

— Dios quiera concederle la misma dicha — agregó.

XXV

Pero no fue tal la suerte de Volodia. Escuchando estaba una historia que refería Vassin, cuando el grito de alarma ¡vienen los franceses! hizo que se le agolpara la sangre al corazón; sintió palidecer y helarse sus mejillas, quedó un segundo herido de estupor, después, mirando en torno suyo, vio a los soldados abrocharse los capotes y salir fuera, unos tras de otros, y oyó a uno de ellos, probablemente Menilkoff, decir chanceándose: —Vamos, hijos, ofrezcámosles el pan y la sal.

Volodia y Vlang, que no se apartaban de él, salieron juntos, precipitándose a la batería. Tanto de una parte como de otra, la artillería había cesado de tirar. La despreciable y cínica pusilanimidad del junker, más que la sangre fría de los soldados, tuyo la virtud de reanimar el valor del alférez.

—¿Me pareceré a él? —se dijo, lanzándose vivamente hacia el parapeto tras el cual estaban emplazados los morteros.

Desde allí vio distintamente a los franceses cruzar corriendo un espacio libre de todo obstáculo y venir derechos hacia él; sus bayonetas, brillando al sol, se agitaban en las trincheras más próximas. Un zuavo de corta estatura, de hombros cuadrados, corría, sable en mano, ante los demás, brincando los fosos.

—A metralla —gritó Volodia, saltando de la banqueta, pero a los soldados se les había ocurrido ya esto, y el crujir metálico, de la metralla, lanzada primero por un mortero y después por el segundo, resonó sobre su cabeza. —¡Primero! ¡segundo! —mandó, cruzando velozmente el espacio entre las dos piezas y olvidándose por completo del peligro. Los gritos y el montar de los fusiles del batallón encargado de defender nuestra batería oíase por una parte, cuando de, súbito, por la izquierda elevose un clamor desesperado, repetido por muchas voces.

—¡Vienen por retaguardia! —y Volodia, volviéndose, divisó unos veinte franceses. Uno de ellos, buen mozo, de barba roja, corrió hacia él, y deteniéndose a diez pasos de la batería le disparó un tiro y prosiguió su carrera. Volodia, petrificado no quería creer a sus ojos. ¡Ante él, sobre el parapeto, más uniformes azules y dos franceses que clavaban ya un cañón! Excepto Menilkoff, muerto de un balazo junto a él, y de Vlang, que con los ojos bajos y el rostro inflamado por el furor, blandía el espeque, no quedaba nadie.

—Sígame usted, Vladimir Semenovitch, sígame —gritó Vlang con voz desesperada; defendiéndose con la palanca contra los franceses que venían por la gola.

El aspecto amenazador del junker y el golpe con que derribó a uno los detuvieron.

—Sígame usted, Vladimir Semenovitch. ¿Qué espera?

¡Huya usted! —y se precipitó a la trinchera, desde donde nuestra infantería disparaba sobre el enemigo. Volvió a salir, sin embargo, enseguida para ver qué había sido de su adorado alférez. Una masa informe, envuelta en un capote gris, vacía con el rostro hacia tierra en el lugar donde quedara Volodia, y todo el espacio aquél hallábase ocupado ya por los franceses que tiraban sobre los nuestros.

XXVI

Vlang logró encontrar su batería en la segunda línea, de defensa; de los veinte soldados que la componían poco antes, ocho solamente habían quedado con vida.

Hacia las nueve de la noche, el junker con su gente atravesaba la bahía en vapor con rumbo a la Severnaia. El buque iba, cargado de heridos, de cañones y de caballos; el fuego había cesado en toda el campo de batalla. Como la noche anterior, brillaban las estrellas en el cielo, pero el viento había arreciado y agitaba el mar.

En el primero y segundo baluarte surgían numerosos fogonazos al ras del suelo que iluminaban el horizonte, precediendo a otras tantas explosiones que sacudían la atmósfera, permitiendo ver lanzadas por el aire nubes de piedras y objetos negros de forma extraña; algo ardía cerca de los docks, y una llamarada rojiza reflejábase en el agua; el puente, cubierto por apretada muchedumbre aparecía iluminado por los fuegos de la batería Nicolás; un haz de llamas parecía elevarse sobre el agua en la lejana punta de la batería Alejandro, iluminando la capa inferior de una nube, de humo que se balanceaba encima de ella.

Como la noche anterior, las luces de la escuadra enemiga brillaban a lo lejos en el mar, tranquilas e insolentes; los mástiles de nuestros buques, echados a pique y sumergiéndose poco a poco en las profundas aguas, dibujábanse sobre la roja luz del incendio.

Sobre la cubierta del vapor nadie hablaba; de tiempo en tiempo, entre el cabrilleo de las ondas, hendidas por sus ruedas, y el ruido de la máquina, oíase resoplar a los caballos, cuyas herraduras golpeaban la tablazón, y al capitán lanzar algunas voces de mando, así como los lamentos dolorosos de los heridos. Vlang, que no había comido desde el día antes, sacó un cantero de pan del bolsillo y mordió en él, pero al acordarse de Volodia rompió a sollozar tan ruidosamente que llamó la atención de los soldados.

—¡Mira! Come pan y llora nuestro Vlang ­dijo Vassin.

—Es extraño —añadió otro.

—Mira allí, han quemado nuestros cuarteles

—prosiguió suspirando.— ¡Cuántos han muerto de los nuestros! ¡Y a pesar de todo, los franceses han entrado!

—Y a duras penas hemos logrado escapar vivos; hay que dar gracias a Dios —agregó Vasssin.

—¡Lo mismo da; es desesperante!

—¿Por qué? ¿Crees que les irá bien ahí? Espérate; ya verás cómo lo recobramos. ¡Perderemos más gente, es posible; pero, tan verdad como que Dios es Santo, que si el Emperador lo manda, se recobrará!

¿Crees que se les ha dejado de cualquier modo?

¡Vaya! No les quedan sino cuatro paredes; han sido volados los atrincheramientos. Han conseguido plantar su bandera sobre el mamelón, es cierto; pero no se arriesgarán a entrar en la ciudad. —Espérate un poco, no quedaremos en deuda contigo. Danos tiempo tan sólo —exclamó, mirando hacia las posiciones de los franceses.

—Así será, de seguro —añadió otro, convencidamente.

En toda la línea de los baluartes de Sebastopol, donde durante meses enteros alentó la vida ardiente y enérgica, donde durante meses sólo la muerte relevaba a los héroes que agonizando unos tras otros inspiraban el terror, el odio y hasta la admiración del enemigo; sobre aquellos baluartes, repito, no se veía ya un alma; todo estaba muerto, feroz, espantoso, pero no en silencio, que todo iba desplomándose en aquel contorno con hórrido fracaso. Sobre la tierra, agrietada, por reciente explosión, yacían esparcidas cureñas rotas y cadáveres rusos y franceses aplastados; enormes cañones de hierro fundido, que rodaron al foso a impulsos de terrible fuerza, medio enterrados en el suelo y mudos para siempre; bombas, balas, fragmentos de vigas, zanjas, armaduras de los blindajes y más cadáveres aún con capotes azules o grises que parecían sacudidos por supremas convulsiones, y a los que, iluminaba a intervalos el rojo resplandor de las explosiones que hacían retemblar el aire.

El enemigo veía, bien claro que algo insólito ocurría en el formidable Sebastopol, y aquellas explosiones, aquel silencio de muerte en los baluartes hacíale temblar; bajo la impresión de la resistencia tranquila y firme de aquella postrera jornada, no se atrevía aún a creer en la desaparición de su invencible adversario, y esperaba con ansiedad, callado e inmóvil, el fin de aquella noche lúgubre.

El ejército de Sebastopol, semejante a un mar cuya masa líquida, inquieta y azulada, se extiende y se desborda, avanzaba con lentitud en la noche sombría, ondulando en la obscuridad impenetrable por el puente de la bahía, dirigiéndose a la Severnaia; alejándose de aquellos lugares en los que habían sucumbido en tan crecido número los héroes que regaran con su sangre; de aquellos lugares defendidos durante once meses contra un enemigo dos veces superior en fuerza, y los cuales había recibido orden de abandonar aquel mismo día, sin combatir.

La primera impresión cansada por aquella orden del día, oprimió pesadamente el corazón de los rusos; después, el temor de la persecución fue el sentimiento dominante en todos. Los soldados, hechos a batirse en los sitios que abandonaban, sintiéronse sin defensa en cuanto se alejaron de ellos; inquietos, agolpábanse en la entrada del puente, sacudido por ráfagas violentas. A través de la aglomeración de regimientos, de milicias, de carruajes, echándose unos sobre otros; la infantería, cuyos fusiles chocaban entre sí, y los oficiales de órdenes, a duras penas podían abrirse camino; los vecinos y los sirvientes militares que acompañaban a los bagajes, pedían llorando, que los dejaran pasar, mientras que la artillería, presurosa por alejarse, rodaba con estrépito al descender a la bahía.

Aunque la atención se viera distraída por mil detalles, el sentimiento de la conservación y el deseo de huir lo más pronto posible de aquel lugar horrible, invadía el espíritu de cada cual, así del soldado mortalmente herido, echado entre otros quinientos infelices sobre las losas del muelle Pablo y pidiendo a Dios la muerte, como del miliciano rendido, que haciendo el postrer esfuerzo penetra en la compacta multitud para dejar camino libre a un jefe; como del General que pide paso con voz imperiosa a los soldados impacientes, o del marinero perdido entre un batallón en marcha y casi ahogado por la muchedumbre en movimiento, y del oficial herido a quien transportan cuatro soldados que, detenidos por el tropel, dejan en el suelo la camilla junto a la batería Nicolás, y del veterano artillero que durante dieciséis años no se separó del cañón y que con ayuda de sus compañeros y por orden, para él incomprensible, de su jefe, aprestase a volcarlo de un golpe en la bahía, y en fin, de los marinos que acaban de echar a pique sus buques y que reman con vigor al alejarse en los botes y falúas. Al llegar al extremo del puente, cada soldado, con poquísimas excepciones, se descubría persignándose; pero además de este sentimiento experimentaba otro, más profundo: una sensación próxima al arrepentimiento, a la vergüenza, al odio, y con indescriptible amargura en el corazón, suspiraban todos penosamente, proferían entre dientes terrible amenaza contra el enemigo y lanzaban, al llegar a la costa norte, la última mirada sobre Sebastopol abandonado.


Publicado el 5 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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